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jueves, 8 de junio de 2017

Una Sombra En El Camino (Zane Grey)

Una Sombra En El Camino
Zane Grey

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Durante mis lecturas de libros históricos acerca de las fronteras americanas y mis muchos viajes a los lugares más abruptos del Oeste, lo mismo que en mis anteriores contactos con los grandes occidentales, tales como Búfalo Bill, Búfalo Jones, Joe Sitter, y Vaugh, batidores tejanos, y Wyatt Earp y Dick Moore, pistoleros, y mis guías Al Doyle y John Wetherill, una de las cosas notables de la vida occidental que más me ha intrigado ha sido el modo como algunos personajes turbulentos y proscritos perseguidos desaparecieron sin dejar huellas y sin que nunca más se oyese hablar de ellos.
PRÓLOGO
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX

Zane Grey
UNA SOMBRA
EN EL CAMINO
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PRÓLOGO
Durante mis lecturas de libros históricos acerca de las fronteras americanas y mis muchos viajes a los lugares más abruptos del Oeste, lo mismo que en mis anteriores contactos con los grandes occidentales, tales como Búfalo Bill, Búfalo Jones, Joe Sitter, y Vaugh, batidores tejanos, y Wyatt Earp y Dick Moore, pistoleros, y mis guías Al Doyle y John Wetherill, una de las cosas notables de la vida occidental que más me ha intrigado ha sido el modo como algunos personajes turbulentos y proscritos perseguidos desaparecieron sin dejar huellas y sin que nunca más se oyese hablar de ellos.
Henderson, uno de los hombres de la cuadrilla de Billy «el Niño», fue un malvado, un asesino reclamado por todos los sheriffs, desde Abilene a Santa Fe. Pero se separó de Billy «el Niño», precisamente poco tiempo antes de que este hombre funesto instigase a la guerra campesina de Lincoln en Nuevo Méjico y fuese eliminado con su cuadrilla y otras que le acompañaban. De Henderson jamás se volvió a oír hablar. ¿Qué fue de él?
Otro ejemplo de esta clase, que es el que sirvió principalmente de inspiración a esta novela, fue el del joven lugarteniente de Sam Bass, el famoso bandido y ladrón de Bancos tejano. Se supo muy poco acerca de tal proscrito, cuyo nombre era Jackson, durante la vida de Sam Bass, y nada en absoluto de sus andanzas posteriores a la muerte de Bass.
Cuando Sam Bass y su cuadrilla intentaron robar el Banco de Mercer, Texas, fueron sorprendidos y atacados por los batidores tejanos y los ciudadanos; y durante la terrible lucha que se originó, perecieron todos los bandidos, excepto el joven Jackson.
Jackson se alejó de la ciudad llevando sobre la silla de su caballo a Bass mortalmente herido. Los batidores que los persiguieron encontraron al moribundo Bass, que estaba sentado al pie de un árbol, cerca de la carretera. Murió al cabo de pocos momentos. Pero nada pudo hallarse de Jackson, no siendo sus huellas; y aun cuando los batidores lo persiguieron por espacio de varios años y siguieron más de un centenar de pistas, jamás pudieron dar con él.
¿Qué fue de Jackson, así como de tantos bandidos y proscritos de aquellos días? ¿Qué fue de todos aquellos hombres de los que jamás se volvió a tener noticia?
Para un novelista de la vida del Oeste americano la pregunta está llena de intrigante interés. Algunos de tales hombres, probablemente, se volvieron de espaldas a las incertidumbres y al inevitable desenlace de la vida dedicada a la maldad. Algunos de ellos, seguramente, no fueron tan siniestros como las gentes de las fronteras los pintan. Es posible que algunos se reformasen, que viviesen después, escondidos, unas vidas útiles y llenas de remordimiento en alguno de los rincones del vasto Oeste.
Está dentro de las prerrogativas de un escritor de obras de pura invención la tarea de imaginar y describir lo que pudo sucederle a uno de tales proscritos desaparecidos. Y esto es lo que he intentado hacer en Altadena, 1.° de diciembre de 1936.


I
El silbido del tren expreso de la línea Texas-Pacífico animó a Wade Holden a atreverse a exponer un argumento más contra el improvisado ataque y robo que su jefe había proyectado.
En pie, en medio de la oscuridad de la noche, bajo los árboles, con el rostro húmedo por la niebla, mientras los caballos se cubrían de espuma, Wade pensó rápidamente y comprobó el peligro que revestía el hablar mal de los hombres a quienes Simm Bell había escogido como compañeros para la realización de un acto de bandidaje.
—Escucha, Simm —murmuró Wade junto al oído del sombrío y delgado proscrito que se hallaba junto a él —Es demasiado repentino ese ataque. Tenemos ya preparado por completo el otro atraco: el del Banco.
Ha sido una corazonada —contestó Bell con la energía de quien jamás se rindió a la oposición—. Hemos cabalgado a través del campo. El tiempo es malo. Hemos pasado de noche por los poblados. Nadie nos ha visto. Wade, vamos a recoger muchísimo dinero con la misma facilidad que si recogiéramos ramitas secas en un bosque.
—Te olvidas de esos dos desconocidos. No sabemos quiénes son.
Blue dice que los conoce. Y eso es suficiente para mí.
—No tengo confianza en Randall Blue, jefe —replicó Wade haciendo un esfuerzo.
—¿Qué dices, hijo? —preguntó enojosamente sorprendido Bell. Sus anchos ojos brillaron en la oscuridad.
—Sé lo que digo. No confío en Blue desde que lo vi hablando con aquel batidor, Pell. Es...
—¡Cómo! ¿Lo viste?
—Lo vi. Hablaban con mucha seriedad. Blue ha accedido a traicionarte.
—¡Fuegos de infierno! ¿Te atreverías a decírselo?
—Me gustaría mucho.
—Y lo matarías. Veamos... Hijo, se es un malvado cuando se acomete a otro hombre. Pero no quiero que dividas mi cuadrilla.
—Simm, ya has leído el último aviso de la recompensa que se ofrece por tu captura, vivo o muerto: diez mil dólares.
—El capitán Mahaffey ha reunido la recompensa. Soy un hombre que vale mucho dinero ahora... mas esos diablos de batidores no me capturarán jamás vivo.
—Pero podrán capturarte muerto. Esa cuadrilla de batidores te persigue desde hace dos años. Ya te habrían atrapado, si no hubiera sido por la ayuda que has recibido de tus muchos amigos. Pero no nos arriesguemos a realizar ese atraco con Blue. Sigue tu camino para reunirte con tu banda. Blue no debe saber nada de nuestro proyecto de atracar el Banco de Mercer.
—Ya se lo he dicho, Wade.
—¡Nos has perdido, Simm!
El tren entró ruidosamente en la estación, débilmente alumbrada, y se detuvo. La máquina quedó al extremo final del andén.
—Vamos, Wade. Vamos a obtener dinero con facilidad —dijo roncamente Bell en tanto que tiraba de su acompañante con fuerte mano. Los dos hombres cruzaron corriendo la carretera. Wade vio cómo Bell se aproximaba al jefe del tren y decía enérgicamente:
—Manos arriba!
Los otros dos hombres, que se llamaban Smith y Hazlitt, debían de encontrarse en aquel momento atacando al maquinista y al guardafrenos. Un instante después, Wade oyó unas voces roncas que brotaban de la cabina del maquinista.
—Ahí está el coche del correo —susurró Bell—. El encargado del coche está abriendo la puerta. ¡Qué suerte! Déjame que me encargue de la cuestión, Wade, pero no descuides la vigilancia.
Y entraron en el coche a través de la puerta abierta. Tras hacerlo primero con una pistola que llevaba en la mano, Bell metió la cabeza y los hombros en el vagón.
—¡Manos arriba! —conminó el bandido, con voz baja y amenazadora—. Si gritas, ¡te mataré!
El hombre levantó lentamente las manos y empalideció. Bell entró de un salto en el coche. Holden lo siguió con la pistola preparada para disparar.
—No dejes de apuntarle con la pistola mientras yo echo una mirada por aquí —dijo el jefe.
El coche estaba bien iluminado. Wade vio algunas cajas dispuestas para ser entregadas.
Una gran caja de seguridad se encontraba junto a una de las paredes. Bell le dio un empujón.
—¡Demasiado pesada! ¡Fuérzalo a que la abra! —No sé abrirla. Es la caja fuerte de Wells Fargo. No me ha enseñado la combinación.
—¡Ábrela... o te mataré!
—¡Mátame si quieres! ¡Te digo que no sé abrirla!
—Me parece que debe de ser cierto lo que dice —comentó Wade.
—¿Qué hay en esos otros paquetes? —preguntó Bell, en tanto que descargaba un puntapié en uno de los envoltorios que había junto a la caja de seguridad.
—No lo sé —contestó el hombre.
El bandido miró a su alrededor, y en busca de algún objeto pesado, y descubrió un hacha.
La cogió y descargó un golpe con ella en la superficie de uno de los envoltorios. Tras el golpe sonó el musical tintineo de unas monedas.
—¡Dinero! —exclamó Bell; y abrió completamente la caja. Unas monedas de oro de veinte dólares cayeron al suelo—. ¡Águilas dobles! ¡Míralas, compañero! ¡Recoge esas que han rodado! —Saltó hacia el encargado de la vigilancia del coche y le descargó un golpe con la pistola en la cabeza—. ¿Qué te parece mi corazonada, muchacho? ¡El trabajo más fácil que hemos realizado en nuestra vida...! Acerca esos paquetes a la puerta.
Bell bajó al andén para mirar con sus ojos de halcón hacia la estación.
—¡Blue viene...! ¡Date prisa, Wade...! ¡Blue, corre en busca de tus compañeros!
Wade se llenó los bolsillos de la chaqueta con monedas de las que habían caído al suelo, donde dejó algunas. Luego cerró el extremo del paquete que Bell había roto y lo aproximó a la puerta. Cuando terminó de transportar los cinco envoltorios, Blue regresó con sus compa— ñeros.
—¡Coged un paquete cada uno y corred en busca de los caballos! —ordenó Bell, excitado y muy contento.
Wade saltó a tierra y cogió el último paquete. Era muy pesado, y le fue preciso utilizar la mano en que llevaba la pistola para sostenerlo. Cargado de este modo, corrió tras la forma oscura que le precedía. Un momento más tarde se encontraba fuera de la luz del andén, rodeado de oscuridad. Unos gritos estridentes resonaron en la estación. Wade alcanzó a sus compañeros, a los que había seguido guiado más por el ruido que por la vista. Dos de ellos se hallaban ya a caballo.
—¡Arriba! —ordenó, ahogadamente, el jefe—. ¿Fue buena... mi... corazonada? ¡Ja! ¡Ni un disparo...! ¿Dónde está el muchacho...? ¡Ah, aquí estás...! Levanta el paquete... ¿Ha sido fácil... apoderarse del dinero...? Ningún batidor podrá... jamás... relacionar a Simm Bell... con este atraco.
Wade se quitó la máscara de tela que tenía puesta, montó y cogió el paquete que su jefe tenía sobre la silla.
—¡Ya...! ¡Todo ha concluido...! ¡No os separéis de mí...! ¡No dejéis de vigilar atentamente...! Seguir esa carretera... hacia el Sur... Y comienza a llover... para borrar nuestras huellas...
Wade Holden cabalgó detrás de Smith y Hazlitt. Le pareció muy significativo que el jefe de los ladrones se colocara en cabeza, junto a Blue. Todos avanzaron tan próximos unos a otros, que habrían podido tocarse. La lluvia comenzó a caer con fuerza. Wade tenía un impermeable atado a la silla, y para cogerlo hubo de retirar a un lado el paquete que Bell le había entregado. No parecía tan pesado ni tan duro como los demás paquetes. Lo apretó. A través del grueso papel que lo cubría y del cartón, percibió que contenía billetes. Se hallaba a punto de comunicar a Bell su descubrimiento, pero pensó que la noticia podría esperar hasta más tarde el momento de ser divulgada.
El trote de los caballos dejó atrás en poco tiempo la estación, envuelta en las sombras de la noche. La descarga de una pistola a sus espaldas produjo gran regocijo al jefe. Fue el único de los cinco que rompió el silencio, rió, habló y fanfarroneó, como solía hacer siempre después de un ataque fructuoso. Pero esto no engañaba a Holden, que conocía bien a su jefe.
La lluvia continuaba cayendo sostenidamente. Wade apoyó el paquete en la silla y lo cubrió con el impermeable para que no se mojara.
—Sigue en línea recta... —dijo Bell—. Estamos cruzando el desvío. Blue, creí que conocías la carretera.
—La conozco. Pero la oscuridad es demasiado grande... —explicó el otro.
—Bien, yo también conozco este terreno —replicó, enojado; y siguió hacia la izquierda, al otro lado del camino.
Wade se colocó en la silla lo más cómodamente que le fue posible y se preparó para soportar otra de las noches de larga cabalgata que tanto prodigaba Simm Bell. Los cascos de los caballos producían muy poco ruido sobre la arenosa carretera; solamente sonaba en ocasiones el chapotear del agua cuando pisaban algún charco. Ante los viajeros la carretera aparecía como una pálida y oscura veredita que separaba dos muros de sombra. Al cabo de poco tiempo Bell se cansó de su locuacidad. Después los cinco hombres continuaron avanzando silenciosos y sombríos, absorto cada uno de ellos en sus pensamientos.
Los de Holden no eran precisamente los propios de un joven proscrito que acabase de atracar un tren y de apoderarse sin lucha de varios millares de dólares. Estaba atormentado por un inexplicable e indefinible temor por la suerte de su jefe. Quería a aquel dadivoso bandido. Por esta causa había permanecido últimamente a su lado, contra lo que su razón le dictaba. El bandido había pasado en los últimos tiempos de la comisión de robos sin importancia, a la de sangrientos asesinatos. Su nombre se había hecho conocido desde la frontera de Kansas hasta el Río Grande. Había incurrido en el enojo de los batidores de Texas, y esto, juntamente con el precio que se había puesto a su cabeza, presagiaba la ruina para Simm Bell. Era astuto, valiente, luchador; pero no inteligente.
Sin embargo, Holden no veía el modo de romper su relación con su jefe. No le importaba mucho lo que pudiera sucederle a sí mismo, mas le habría gustado poder apartar a su amigo del evidente desastre que le amenazaba. Holden y su familia debían mucho a Bell. El padre de Holden había sido guerrillero en Missouri durante la guerra civil. Después de la guerra, a su regreso, era un hombre tullido y destrozado. Bell había sido uno de sus subalternos, y durante varios años atendió materialmente a los Holden. Pero a Simm también lo había pervertido la vida libre de los guerrilleros. No le agradaba la idea de trabajar como labrador. En los años sucesivos se desvió hacia el camino del mal y llevó a Wade consigo.
Esto explicaba las razones de la presencia de Wade Holden en aquella solitaria carretera de Texas convertido en un ladrón, con las manos manchadas de sangre, demasiado conocido a sus veintidós años como pistolero rápido y mortal, y señalado por los batidores tejanos como compañero de Simm Bell. Wade se había hecho duro y se había llenado de amargura. Sufría pocos momentos de remordimiento. La esperanza casi había muerto en su corazón. Podía mirar atrás y ver cuán inevitablemente había sido forzado a apartarse de los senderos de la honradez. Jamás tuvo ocasión de abandonar la vida que vivía. Y todo lo que parecía restarle era la seguridad de morir luchando por y para aquel jefe. A través de las largas horas de la noche esta sensación de lealtad llegaba a convertirse en una pasión.
Continuaron cabalgando en silencio y a un trote sostenido entre las sombras de la noche.
Pasaron junto a diversas casas rancheras y un pueblo en el que todos los perros estaban hundidos en el sueño.
Llovió más duramente durante la negra hora que precedió a la del alba. Después, al romper el día con una claridad gris, la lluvia terminó y los viajeros pudieron esperar que el tiempo mejoraría. El crepúsculo encontró a Bell conduciendo a sus hombres a un bosque situado cerca de la carretera, en el cual se detuvieron al llegar a un claro herboso.
—Daremos descanso a los caballos y nos secaremos —decidió Bell, alegremente, en tanto que desmontaba—. El granjero de aquella posesión es amigo mío. Podremos conseguir comida.
—Si no te importa mucho, Bell, Nosotros nos marcharemos —dijo Smith, un hombre pecoso y de ojos fieros.
Bell se estiró, pero no movió ni siquiera un párpado. Estaba preparado para hacer frente a la situación.
—Smith, no es lo mismo para mí. Y ¿a quién te refieres al decir nosotros? —contestó fríamente.
—A mí y a Hazlitt. Queremos marcharnos con nuestra parte.
—¿Quién ha dicho nada acerca de vuestra parte? —preguntó Bell en tono agudo, y levantó lentamente el pesado paquete de monedas que había en la silla de Smith, y luego, de un modo aún más enérgico, repitió la operación con el de Hazlitt. Cuando se volvió hacia Blue, éste estaba desmontando con su tesoro. Bell se apoderó de él y lo puso junto a los otros, sobre un tronco.
Holden bajó del caballo y colocó también su paquete en el tronco, pero separado de los demás.
—Quiero conservar el mío seco —dijo, y lo cubrió con su chaqueta. Esta precaución era sólo un pretexto. Wade no quería tropezar con dificultades en el caso de que se originara alguna discusión o alguna contienda. Evidentemente, Bell había dado un paso en falso. Smith y Hazlitt tenían una expresión amenazadora e insegura cuando bajaron del caballo y se apoyaron sobre las ateridas piernas. Wade miró a hurtadillas a Randall Blue, que tenía menos de treinta años y era alto, rubio y de no mal aspecto. Wade desconfiaba de su mirada esquiva, de su lengua suelta, de su sonrisa. Bell observó a los tres hombres, mientras descinchaba el caballo y arrojaba la silla al suelo. En sus negros ojos había una expresión irónica.
—Bueno, Bell —comenzó diciendo Smith—, nadie dijo nada acerca de un reparto, pero era una cosa que todos entendimos.
—Yo siempre pago a los hombres que trabajan para mí —replicó el jefe.
—¡Pagar...! Bien, ¿cuánto te propones pagarnos?
—Creo que con uno solo de esos paquetes está más que pagado vuestro trabajo en este negocio tan fácil.
—Y yo no creo que sea así —opinó Smith—. Y, lo que es más importante, no queremos que se nos pague. Queremos un reparto equitativo. Somos cinco hombres y hay cinco paquetes de oro: uno para cada uno de nosotros.
—¿Qué opinas tú sobre esta cuestión, Blue? —preguntó Bell a su amigo; y tanto su tono como su expresión fueron extraños.
—A mí me parece justo —contestó Blue nerviosamente.
—¿Qué piensas tú, Wade?
—Jefe, tú fuiste quien concibió la idea y planeó la operación —dijo Holden con rapidez—. Si ésta fuera tu cuadrilla dividirías lo obtenido como siempre: por partes iguales. Pero yo no lo haría en esta ocasión.
—Ésa es exactamente mi opinión —comentó satisfecho el jefe—. Smith, tú y Hazlitt coged un paquete para los dos y marchad donde queráis.
—No, no estoy de acuerdo. Tú darás a Blue un paquete. Y Blue no ha tomado una parte tan importante en el asunto como Jim y yo.
—Blue ha permanecido siempre junto a mí.
—Tengo mis dudas respecto a que ahora permanezca también a tu lado... Pregúntale a quién estaba enviando telegramas ayer cuando llegamos a la estación del ferrocarril en Belton.
—¡Telegramas! —exclamó Bell; y se volvió lentamente en dirección a Blue, con una extraña vibración en su duro cuerpo—. Rand, ¿enviaste telegramas ayer?
—Sí. Telegrafié a mi familia para decir que no espere que llegue pronto a casa —replicó Blue con amabilidad.
—Pero ya me dijiste que se lo habías comunicado antes de venir a reunirte conmigo.
—Lo sé. Pero mi telegrama ha servido para confirmar mis palabras anteriores —añadió Blue, cuyos labios comenzaban a adquirir una tonalidad grisácea.
—¡Ah! —gruñó Bell.
—Jefe, es un... embustero —afirmó Holden agudamente.
El momento le había hecho afirmarse en sus sospechas. Blue era un traidor.
—Es posible que lo sea. Pero arreglemos antes la cuestión con estos dos hombres —dijo, agresivamente, el bandido—. Smith, ¿aceptáis tú y Hazlitt lo que os he ofrecido?
—Me parece que no —replicó Smith con rencor. Sus ojillos de comadreja brillaron de un modo que denotaba valor, decisión y un estudio detenido de las posibilidades de Bell, todo lo cual hizo que Holden se pusiera instantáneamente en una fría actitud de guardia. Por la razón que fuere, Smith no tomaba al joven compañero de Bell en serio.
—Perfectamente. Entonces no tendréis nada —concluyó el jefe de los ladrones.
La réplica de Smith consistió en desenfundar el revólver.
—Bell, nos lo repartiremos o... —dijo, agriamente. Holden se detuvo un momento, en espera del instante en que fuera necesaria su intervención. Simm Bell rió.
Había estado en muchas situaciones iguales a aquélla anteriormente.
—¿De modo que te atreves a amenazarme con el revólver? —preguntó despectivamente.
—Sí.
—¿Qué te propones?
—Que accedas a que se haga una división equitativa del dinero.
—Simm Bell jamás retira una palabra suya.
—Tendrás que retirarla ahora... o te mataré y me quedaré con todo el oro —gritó Smith con un estremecimiento.
Holden entró en acción súbitamente. Su disparo arrojó a Smith a tierra, laxo y con el rostro ensangrentado. Su segundo disparo, hecho mientras Hazlitt desenfundaba el revólver, hirió a este individuo en el pecho y detuvo su exacerbada cólera. La pistola de Hazlitt vomitó un tiro, que reboté en el suelo, mientras Hazlitt caía sobre el tronco y comenzaba a agitarse encima de la hierba. Bell desenfundó su arma y puso fríamente fin a los aterradores sonidos y a las convulsiones de ambos.
—¡Una vez más, muchacho! —dijo ceñudamente—. Creo que te debo muchísimo hasta ahora.
Blue había reaccionado de un modo sorprendente al presenciar la escena. Tenía el rostro pálido, la piel pegajosa y se encontraba totalmente desalentado; y fue al más joven de los dos hombres a quien miró. Holden pisó el cadáver de Smith, para poner el cañón de su revólver en el abdomen de Blue.
—Blue, has traicionado al jefe —declaró con voz tan fría como el hielo—. Te vi hablando con Pell. Adiviné de lo que hablasteis. Te pusiste de acuerdo con los batidores para atrapar a Bell..., para hacerle traición y entregarle en sus manos.
—¡Sí! ¡Sí, lo hice! —exclamó, roncamente, Blue—. Me tenían en su poder. Me encargaron que realizara esa labor... Escuché... y consentí. Pero... no me proponía hacerlo.
—¡Embustero!
Bell empujó a Wade hacia atrás y se encaró con su amigo.
—¡Dios mío, Rand! ¡No! ¿Te pusiste de acuerdo con los batidores para atraparme?
—¡Qué podría haber hecho? Pell me tenía en sus manos como consecuencia de aquel raro ataque que realizamos —gritó el hombre hoscamente al comprobar cuán cerca de la muerte se encontraba—. Me reconocieron. Ninguno de esos batidores te ha visto jamás. Pell me preguntó cómo eras. Y mentí... Me obligaron a escoger entre encarcelarme o ponerme de acuerdo con ellos para preparar un proyecto que sirviera para detenerte. No podía hacer otra cosa, Simm...
Pero juro que me proponía engañar a los batidores, no a ti.
—Mientes de nuevo, Blue —gritó Holden—. Telegrafiaste a Pell para decirle que vamos a atracar el Banco de Mercer.
—No es cierto —contestó, a grandes voces, Blue, con el rostro pálido y de un modo acaso convincente para Bell, mas no para Holden.
—¡Si vuelves a negar, te acribillaré a tiros!
—Simm, este hombre me odia. Siente envidia de la amistad que me profesas —protestó Blue, que comenzaba a recobrar un poco de fortaleza—. Lo niego. Juro...
Bell dio un golpe al revólver de Holden en el momento preciso. El arma se disparó, y la pólvora ennegreció el rostro de Blue.
—¡Alto, demonio sanguinario! —gritó Bell, que evidentemente se debatía entre dos fuerzas opuestas. Pero su oscuro rostro estaba lívido y su frente arrugada. Su confianza no moría fácilmente—. Este hombre ha sido mi amigo. No puedo permitirte que le mates solamente porque sospeches de el—. Después empujó a Holden hacia atrás y se enfrentó con Blue—. Rand, no me gusta el aspecto que presenta la cuestión. Coge tu caballo y vete. Te concedo los beneficios de la duda. Pero si me has engañado, lo mejor que podrás hacer será continuar corriendo hasta el fin del mundo. Porque dondequiera que te escondas te encontraré y te mataré.
Randall Blue montó de un salto su caballo y lo espoleó. Un momento después desaparecía entre el espeso follaje primaveral. Bell se detuvo para escuchar el roce de las hojas y el crujido de las ramitas rotas hasta que estos sonidos cesaron.
Envuelto en un sudor frío, Wade se sentó en el tronco del árbol, y recargó el arma. El húmedo cabello le caía sobre la fruncida frente. Bell le puso una mano sobre el hombro.
—Gracias, hijo. Creo que de nuevo me has salvado la vida —dijo, emocionado—. Pero no podía permitirte que mataras a Blue.
—¿Por qué no? ¿No viste su cara? —preguntó Holden.
—Sí. Esa cuestión me preocupa. Pero no comprendo las cosas con rapidez... Déjame pensar. ¿Qué haremos ahora? —Y se dejó caer sobre el tronco y escondió la cabeza entre las manos.
Después de un momento de concentración, levantó la mirada; nuevamente volvía a ser el fuerte hombre de siempre.
—Iré a buscar a ese agricultor amigo mío..., he olvidado su nombre..., y le pediré comida.
Haré un trato con él para que esconda nuestros caballos y nos preste un cochecito o un carro ligero. De este modo podremos avanzar tan aprisa como con los caballos, y será menos probable que despertemos sospechas. La noticia de ese pequeño ataque que hemos realizado se extenderá muy pronto sobre todo Texas. ¡Cómo se enfurecerán Mahaffey y Pell! ¡Ja, ja...! Ya te dije, muchacho, que nos sería muy fácil apoderarnos del dinero.
—Creo que mi paquete contiene billetes en lugar de águilas dobles, Simm —dijo Holden.
—¿Qué dices? ¡Bien! También te daré un poco de oro.
—¿Qué vamos a hacer con ésos? —preguntó Wade, señalando a los dos hombres muertos, mas sin mirarlos.
—Regístralos y corta algunas ramas para arrojarlas sobre ellos... Regresaré muy pronto.
Dos días más tarde, Bell y Holden se encontraban próximos al pueblecito de Belknap, en la región de Denton, Texas, montados en un carro ligero arrastrado por un tronco de huesudos caballos.
Los dos bandidos parecían dos vulgares agricultores. El carro semejaba contener utensilios campestres, lechos, comidas y heno. Ningún observador podría haber sospechado que bajo el asiento, escondida entre las herramientas y una vieja lona, reposaba una fortuna en oro y en billetes.
Al llegar a un cruce de la carretera, los viajeros fueron alcanzados por un grupo de jinetes.
—¡Ah! Batidores. Déjame hablar a mí —murmuró Bell.
Había diez hombres en el grupo que detuvo a Bell; eran unos jinetes delgados, de ojos astutos, fuertemente armados y montados en buenas caballerías. El que iba delante, evidentemente el jefe, se inclinó hacia ellos para inspeccionar a Bell y Holden. No era joven.
De robusta constitución, de labios finos y de cuadrado mentón, bronceado tan intensamente que el cabello de sus sienes parecía blanco, era un hombre difícil de olvidar.
—Soy el capitán Mahaffey, de la octava compañía de batidores tejanos —anunció, con voz sonora y autoritaria, que armonizaba perfectamente bien con su aspecto.
—¿Han visto ustedes un grupo de jinetes, cinco en total, que se dirigen por esta carretera en dirección al Sur?
—No, señor, no los hemos visto —contestó despacio Bell—. Hemos visto un negro montado en una mula hace...
—¿Desde cuándo viajan ustedes por esta carretera? —le interrumpió, impacientemente, el bronceado batidor.
—Veamos, veamos. Hemos entrado en esta carretera no sé a qué hora de esta mañana, viniendo de Yorkville, donde hemos pasado toda la noche. Creo que habrá sido hacia media mañana...
—¿Adónde van ustedes?
—Yo y mi hermano vamos a la región de Denton, donde queremos comprar unas tierras.
No sabemos exactamente en qué lugar...
—He visto que llevan ustedes un Winchester detrás del asiento. ¿Para qué lo llevan?
—Por ninguna razón especial. Lo hemos recogido juntamente con las demás cosas que poseemos.
El oficial parecía hallarse desconcertado.
—Muchachos, parece ser que esa cuadrilla de salteadores de trenes se encaminó hacia esta carretera anoche, o ayer. No deben de estar muy lejos de aquí, aunque quizá ya hayan pasado.
Estamos desorientados. El aviso de Pell ha llegado demasiado tarde.
—¿Ha habido un asalto a un tren, señor batidor? —preguntó Bell, con asombro.
—Sí, hace tres noches. El coche correo del ferrocarril de Texas fue asaltado en Halley. Los ladrones se han escapado con treinta mil dólares. Parece que todo ha sido obra de Simm Bell.
¿Han oído ustedes hablar de él?
—¿Simm Bell? —murmuró el jefe de los ladrones meditativamente—. Me parece que he oído ese nombre alguna vez.
—¡Ah, ah! —rió el capitán—. Si usted es tejano, debe de haber vivido en lo alto de alguna montaña solitaria. Gracias, labradores, y buena suerte.
—Lo mismo le deseamos, capitán. Espero que consiga echar el guante a ese Simm Bell —contestó alegremente Bell; y agarrando las riendas tiró de ellas y puso el carro en marcha.
Los agudos oídos de Holden intentaron percibir alguna palabra más de las que los batidores pronunciaron.
—¡Otra vez burlados! —exclamó el capitán, con voz profunda y sonora—. Ese bandido de Bell tiene demasiados amigos en la parte central de Texas. Pero aun cuando hubiera de ser mi último trabajo como batidor, juro que atraparé a ese bandido.
—¿Has oído eso, Simm? murmuró Wade, mirando de reojo para ver como los batidores daban la vuelta y se dirigían hacia el Este.
—¿Oírlo? ¡Sí, diablos...! Y ése que lo ha dicho era el mismísimo capitán Mahaffey! —exclamó el bandido. A continuación volvió a invadirle la alegría, rió y se burló—. ¡Engañarle de ese modo...! ¡Por todos los diablos, que ha sido una cosa digna de verse! ¿Qué demonio habría dicho el capitán si hubiera descubierto que tenemos los treinta mil dólares debajo de este asiento?
—Habría dicho muchísimas cosas y habría hecho muchas más —contestó Wade con seriedad—. Ha sido una situación peligrosa para nosotros. ¡Y para ellos! Si hubieran comenzado a registrar el carro, yo habría matado a Mahaffey. Y los batidores nos habrían llenado el cuerpo de plomo... Estoy contentísimo de que hayas engañado a Mahaffey. No me ha disgustado su cara. Nunca la olvidaré.
—«¡Hum! Nunca olvidaré lo que dijo —gruñó Bell—. ¡Atraparé a ese hombre, a Bell...!»
Y parece que tiene interés en conseguirlo. ¡Ah, diablos! El hablar no me agujerea la piel. El hablar no cuesta dinero. Y es cierto; tengo amigos en esta región.
—Y también enemigos, Simm. No lo olvides.
—El capitán dijo que el aviso de Pell llegó demasiado tarde. ¿Qué quiso decir?
—No lo sé. Es posible que Blue telegrafiase a Pell.
—¡Ah, no..., no! Rand no sería capaz de hacer una jugada tan sucia como esa.
—Veremos... Pero por lo menos ya hemos tenido indicaciones de que debemos renunciar a realizar ese ataque contra el Banco de Mercer.
—¿Renunciar? ¡A nada! —replicó Bell con un gesto de desprecio y de nerviosidad.
—Simm, tenemos muchísimo dinero que nos permitirá vivir durante mucho tiempo.
Podemos escondernos en Smoky hasta que todo esto se haya olvidado.
—Sí, después de haber atracado el Banco de Mercer. Esos batidores han confundido las huellas de otros caballos con las de los nuestros. Se han marchado hacia el Este. Están fuera de nuestro camino. Esta es la gran ocasión para nosotros. Diablos, cómo va a bramar el capitán!
—Desconfío del éxito de ese ataque —contestó Wade gravemente.
—Bueno, en ese caso puedes acampar aquí en Hollow y esperarnos —dijo burlonamente Bell.
—Patrón, ¿te he abandonado alguna vez? —preguntó Wade con energía.
—No, nunca. Y eso es lo que me sorprende..., que seas cobarde ahora.
—No soy cobarde... Lo hago por tu bien. Te digo que he estado muy preocupado durante los últimos tiempos. Te estás haciendo demasiado inquieto. No es por mí mismo, Simm. ¿Qué importo yo para mí? Toda mi familia ha muerto, excepto mi hermana, Lil, como recordarás.
Está casada. Sabe que me he entregado al mal.
—Estás conmigo desde que tenías dieciséis años. Y ahora ya eres un hombre. ¿Qué será de ti cuando a mí me maten...? Esto me hace pensar que te he obligado a seguir un camino muy malo, Wade. Pero jamás pensé que lo fuera.
—No te preocupes por mí. Estaré satisfecho solamente con que hagas uso de un poco de sentido común... Simm, has sido para mí más que mi propio padre. Me repugna el pensamiento de que algún día puedan matarte.
—Bien, hijo, en ese caso, lo mejor que puedes hacer es marcharte de Texas, porque yo probablemente detendré con el pecho algún trozo de plomo, más pronto o más tarde. ¡Pero jamás seré ahorcado! Eso es seguro.
—No me hables de separarme de ti —replicó Wade con amargura—. ¿Dónde iría? ¿Qué haría...? Ya estamos en el pueblo. ¿Vas a detenerte en él?
—Sí, el tiempo suficiente para comprar un poco de comida y de alcohol para la cuadrilla.
No dejes de vigilar con atención para ver si los batidores vuelven grupas.


II
Smoky Hollow era el lugar favorito de Simm Bell para esconderse tras haber cometido alguna de sus fechorías.
Se hallaba situado en el occidente de la región de Denton, que estaba escasamente poblada y se extendía sobre un terreno escabroso; tenía una ancha garganta en la fuente del Clear Creek, y aparecía tan densamente cubierta de árboles, que constituía una selva casi impenetrable.
Ningún pelotón de tejanos o de batidores se había acercado jamás sino a varias millas de distancia de aquel escondite. La razón era que los pocos habitantes de la región tenían mucho que perder y nada que ganar en el caso de que facilitasen informes respecto al paradero del bandido. Bell era generoso y amable. Sus amigos acostumbraban desviar a los desconocidos, curiosos, y a los oficiales de la Ley de los terrenos abruptos del oeste de Denton, con lo cual siempre obtenían algún beneficio.
Cabalgando incansablemente durante todo el día siguiente, Bell y Holden consiguieron llegar a la linde boscosa de la garganta en la tarde del día inmediato. Desengancharon las caballerías y escondieron el carro en una arboleda de alerces.
—Es probable que pueda sernos de utilidad —observó Bell—. Pero tendremos que renunciar a los caballos. No es mala idea. El resto de lo que tenemos, habremos de llevarlo sobre las espaldas.
—¡Qué diablos vamos a hacerlo! Ni en este viaje ni en el siguiente.
—Tienes razón. Ya sabes que no soy muy listo. ¿Cuánto puedes cargarte?
Holden estaba poniéndose el pesado cinturón del revólver y las municiones.
—Creo que la silla, el rifle.., y mi paquete de billetes, en el caso de que sean billetes.
—¡Por todos los diablos! Todavía no lo hemos abierto. Vamos a hacerlo ahora mismo, muchacho.
Wade sacó el cuchillo, rajó la gruesa envoltura de papel, abrió una esquina y vio el extremo de unos billetes perfectamente empaquetados.
—¡Billetes de cincuenta...! ¡Y te di ese paquete!.. Bien, hijo, no me arrepiento... Ahora, voy a ir en busca de la cuadrilla. Creo que lo más que podré llevar serán dos paquetes de esos de dinero en monedas. Quédate aquí. Lo mejor que puedes hacer será esconder tu tesoro. Te daré un puñado de monedas de oro para que puedas oírlas tintinear en tu bolsillo.
Exhalando unos murmullos ocasionados por la satisfacción y por el esfuerzo, Bell tomó el camino en pendiente, cargado con todo lo que le era posible transportar. Wade cogió sus alforjas, su abrigo y su parte de botín, y se introdujo con ello en el bosque, a cierta distancia, donde se sentó para examinar sus ganancias y decidir lo que habría de hacer con ellas. La operación de abrir el paquete, que realizó con manos vigorosas, era naturalmente excitante, pero Wade no se entusiasmó al ver los muchos fajos de billetes que contenía. Aun cuando pareciera extraño, el dinero no tenía una gran importancia para Wade Holden, que tenía ante sí más dinero junto que cuanto había visto en toda su vida. El primer efecto que le produjo fue el de revivir un sueño infantil durante largo tiempo acariciado : poseer un rancho de ganado; pero este sueño se había desvanecido gradualmente a medida que fue introduciéndose en la mala vida a que le había arrastrado Simm Bell. Wade sonrió amargamente al recordar aquel sueño. ¡Demasiado tarde! Pero ¿qué hacer con todo aquel dinero? No le gustaba beber, y era un mal jugador.
Wade comenzó a contar mecánicamente el dinero. Había dos paquetes de billetes de cincuenta dólares, con un valor total de cinco mil. Después encontró dos rollos de billetes de cien dólares, cuyo valor total era de diez mil. Wade comenzó a sudar y sus dedos temblaron.
Además de los dichos, había paquetes de billetes de veinte dólares, de diez y de cinco, que no se molestó en contar ni sumar. Escondió los de veinte dólares entre el forro de la chaqueta, donde había ocultado dinero en otras ocasiones, y metió los billetes más pequeños en las alforjas. Los paquetes de billetes de más valor encajaban perfectamente en los bolsillos interiores de su chaleco suelto de piel, y determinó asegurarlos allí por medio de un cosido.
Una vez hecho esto, Wade regresó junto al camino.
El sol comenzaba a hundirse en el Occidente y una brisa fresca agitaba las copas de los árboles. La primavera había llegado y las ramas estaban casi completamente cuajadas de bolas. En las verdes profundidades se despertaba un soñador murmullo de agua corriente.
Wade oyó los gritos de los patos silvestres. Estaba contento de regresar a Smoky Hollow. Allí podía descansar, pescar y cazar de nuevo, y vagabundear, sin tener que hallarse torturado por una ininterrumpida vigilancia. Repentinamente pensó cuán bueno, cuán maravilloso sería el verse libre para siempre de aquella necesidad de escuchar, de vigilar, de estar siempre dispuesto para correr, correr y correr. Pero ¡qué pensamiento más disparatado...!
Al cabo de cierto tiempo, el sonido de unas voces interrumpió aquella extraña abstracción en que tan frecuentemente se hundía durante los últimos tiempos. Un sonido se elevó en el aire; Wade replicó con otro silbido igual, que era la imitación del canto de un pájaro. No tardó mucho tiempo en ver aparecer el cuerpo delgado y el rostro cubierto de patillas rojas de Arkansas, que subía por el camino. Tras él caminaba trabajosamente el cetrino y rechoncho Bill Morgan, y finalmente Pony Heston, el gigante rubio de la cuadrilla.
Los tres hombres subían con desacostumbrada ansiedad. La sonrisa de Arkansas abría un hueco en la rojez de su rostro.
—¡Hola, hijo! —jadeó—. ¿Dónde están... esas monedas amarillas... de que nos ha hablado el jefe?
—Ark, ¿te ha hablado Simm de ese estúpido atraco? —preguntó Wade.
—Sí, y. le he echado muchas maldiciones. Pero al resto... de la cuadrilla..., le ha parecido una cosa muy buena.
—Toma. Coge esos dos paquetes... Pony, coge este otro y lo que puedas llevar además.,.
Bill, lleva tú el resto.
Todos hablaron simultáneamente, con voces roncas, alegres, como chiquillos que hubieran encontrado un melonar. Wade los hizo ponerse prontamente en marcha y los siguió, tan abrumado bajo su carga, que se quedó muy atrás.
Bell, como un zorro, tenía más de un escondite en su madriguera. Había varios caminos que conducían a Smoky Hollow. Pero todos ellos eran imprecisos, y jamás habían sido hollados por los cascos de ninguna caballería. Los hombres perseguidos han de tener buen cuidado en lo referente a los lugares en que se reúnen. Wade no había estado nunca en aquel camino, ni en ninguno de los otros que zigzagueaban hasta llegar a él.
Desde los montículos inmediatos, aquella quebrada profunda parecía estar llena de una neblina azul, que daba origen al nombre de «humosa». Tenía varias millas de longitud, y sus ramificaciones eran muchísimas.
Los ansiosos ladrones que caminaban delante de Wade descendieron hasta un punto desde el cual no podían ser, oídos, depositaron sus cargas en el lugar que les pareció más apropiado y se sentaron para descansar. La dulzura de la bravía región se apoderó nuevamente de Wade, que podía ver los boquetes abiertos en el verde follaje, los caminos trazados por los ciervos y los osos, que se dirigían hacia abajo. La vista del oro del sol poniente a través de la neblina que se extendía sobre él, le recordó que el día estaba a punto de terminar. Wade comenzó a caminar de nuevo hacia abajo. Una manada de patos silvestres había estado escarbando bajo los robles. Un murmullo de alas y el agitarse de las ramas dio fe de que algunas aves de gran tamaño se habían elevado. El murmullo de la corriente de agua aumentó de volumen. A medida que Wade descendía, la pendiente se hacía menos inclinada y los árboles más espesos. Sin embargo, la maleza era tan densa en algunos sitios, que Wade se vio obligado a arrastrarse, trabajo que su carga hacía muy pesado. Descansó en otro punto agradable, y se dio cuenta de que estaba completamente descontento de su suerte. Sólo cuando se reintegraba a la tranquilidad y a la seguridad de aquel escondrijo le asaltaba esa impresión, que en tal momento le pareció más fuerte. No podía desprenderse del arraigado presentimiento que le atormentaba, de que esperaba un trágico fin a Simm Bell. Y este temor le llenaba de pesar.
El dorado crepúsculo moría lentamente, con lo que aumentaba la belleza y el misterio de la garganta. Wade contempló el terreno llano que se extendía ante él, y descendió. Unos grandes robles, castaños y olmos se elevaban; en revuelta confusión y señalaban el centro de la quebrada, donde el arroyuelo serpenteaba rápidamente para perderse en la lejanía.
Al llegar a la orilla, donde el claro arroyo discurría con corta profundidad sobre unas piedras lisas, Holden se desembarazó nuevamente de su carga para arrodillarse y beber. ¡Qué fresca, qué dulce, era el agua!
Continuó caminando, y, antes de que el crepúsculo hubiera cedido el paso a la oscuridad, vio la luz de una hoguera entre los árboles.
Cuando Wade llegó al campamento y dejó caer su carga, contestó con un corto saludo a los de sus compañeros, se quitó el abrigo y se secó el sudor que le corría por la frente.
Si Wade había esperado encontrar una compañía alegre y regocijada, su suposición era equivocada. Gilchrist, el cocinero de camisa roja, estaba atrafagado con la hoguera, sobre la cual humeaban pucheros y cazuelas. Oberney, un menudo y marchito tejano que tenía un rostro parecido al de una rata, estaba contando, avarienta y laboriosamente, unas monedas de oro. Tex Corning, alto y delgado, hallábase en pie ante la hoguera; su rostro cetrino y su bigote caído y arenisco le daban un aspecto de solemnidad. Morgan, Pony Heston y Muddy Ackers se detuvieron expectantes ante Bell, que tenía una botella de whisky en la mano. Nick Allen, el vaquero de la cuadrilla, se estaba llevando una taza a los labios rodeados de espesa pelambrera.
—Bien, ésta es a tu salud, Simm —decía Arkansas; y a continuación vació la taza.
Wade comprendió prontamente que el hecho de que los batidores siguieran las huellas de Bell era la causa de la relativa seriedad de los bandidos. Gilchrist los llamó pronto para la cena. Todos comieron durante casi todo el tiempo en silencio, como hombres hambrientos al aire libre. Después de la comida Bell sacó algunos cigarros, que repartió equitativamente entre sus hombres, según tenía costumbre de hacer con todos.
—Muchachos, estoy más cansado que un perro, pero me parece que voy a hablar un poco con vosotros y a fumar un cigarro antes de tumbarme —dijo. Encendió el cigarro con una ramita ardiente y se recostó en un tronco de árbol.
Su duro rostro tenía una expresión sombría a la luz del fuego, Luego, sin recurrir a sus habituales fanfarronadas y chacotas, especialmente ridiculizando a los empleados del ferrocarril y a los batidores, refirió brevemente la historia del atraco al tren del expreso.
—He dividido el oro entre todos vosotros y me he quedado con la parte más pequeña para mí —continuó—. Es posible que haya sido un trabajo disparatado, si se tiene en cuenta el gran negocio del Banco que tenemos a la vista. Reconozco que lo ha sido. Pero ya está hecho. No tenemos nada más que decir acerca de ello, como no sea para discutir sobre si Rand Blue me ha hecho traición o no. Me gustaría conocer vuestra opinión.
—¿Cuál es la tuya, jefe? —preguntó Heston.
—No puedo creer que Rand sea tan canalla. Pero Wade le hizo reconocer que se había puesto de acuerdo con Pell para darme caza. Rand juró que se vio obligado a hacerlo para no ir a la cárcel. Creo que todavía tengo fe en él.
Tres de los individuos de la cuadrilla, que habían acompañado a Bell y a Blue en algunos robos recientes, mostraron su conformidad con la opinión del jefe. Otros tres, que conocían mejor a Blue, no afirmaron nada comprometedor.
—Pien, a mi nunca me ha gustado su mirada —declaró Nick Allen.
Resultó evidente que el jefe se dolía de la falta unánime de fe en su amigo Blue.
—Jefe, puedo decirte que no me gusta absolutamente nada ese hombre —respondió Arkansas—. Pero si Blue tuvo que hacer revelaciones a los batidores para salvarse, pronto lo sabremos. Mi opinión es que no debemos correr peligros inútiles. Blue ha estado aquí con nosotros. Yo diría que sería prudente que nos fuéramos hacia las quebradas de Río Grande y que nos ocultáramos allí durante seis meses.
—¿Después de que hayamos atracado el Banco de Mercer? —preguntó el jefe ásperamente.
—No. Ese trabajo puede esperar. ¡Vámonos pronto!
—Si empezamos a posponer los trabajos, no los haremos jamás.
—Lo que hasta ahora no ha sido más que una cosa afortunada para nosotros.—Voy a hacer lo que nunca he hecho antes de ahora. Vamos a someter el asunto a votación.
Uno por uno, fue preguntando a sus hombres, primero respecto a la conveniencia de abandonar Smoky Hollow y, en segundo lugar, sobre si debía robarse o no el Banco de Mercer. Wade y Arkansas fueron los dos únicos individuos que votaron por levantar el campo inmediatamente y renunciar al proyecto referente al Banco.
—Queda convenida la cuestión —dijo el jefe, sin su habitual animación—. Mi voto no tendría importancia, lo mismo si fuese favorable que si fuese adverso... Descansaremos hasta mañana; cogeremos los caballos, esconderemos este equipo de campo y cuando llegue la noche nos pondremos en camino hacia Mercer. Al día siguiente atracaremos el Banco, como hemos proyectado, y nos iremos a toda prisa hacia Río Grande.
Holden dejó a sus compañeros muy animados y se preparó el lecho a cierta distancia de la hoguera. Acababa de estirarse, cómodamente tumbado, cuando oyó que Bell daba unos pasos y le llamaba.
—Aquí estoy, jefe —contestó.
Bell se acercó, como una silueta negra que se moviese ante el fuego, y se sentó junto a Holden. Luego dio una chupada al cigarro, sin saber que se había apagado.—¿ Qué piensas, Simm?
—Me resulta un poco difícil decirlo, muchacho —contestó Bell, de una manera sorprendente en un hombre de su temple—. Pero me ha estado preocupando durante todo el día lo que oí decir al capitán Mahaffey. Ese demonio de batidor me ha atemorizado. «Atraparé a ese bandido»... ¡Maldita sea su alma de tejano!
—Simm, no podía decir otra cosa. Mahaffey se encuentra en una situación un poco comprometida. Está obligado a echarte el guante o a presentar su dimisión como batidor. Has causado muchísimos trastornos en el terreno de su jurisdicción.
—Es cierto. Y en este momento no es una cosa que me haga mucha gracia... Muchacho, he experimentado el sentimiento más extraño de toda mi vida. ¡No es que sea una de mis corazonadas...! No obstante, he aquí la idea que me ha acometido: ¿qué te parecería si mañana por la noche huyeras de nosotros y te ausentaras de Texas para siempre?
—¡Simm! —susurró Wade, sorprendido.
—Todavía eres un chiquillo —continuó, con apresuramiento, Bell—. En cierto modo, me siento responsable por ti. La idea de ser encarcelado jamás me ha causado ninguna inquietud, porque nunca lo seré. Moriré con las botas puestas. Pero tu destino debe ser diferente al mío.
Tu madre fue una buena mujer. Y Lil es una muchacha también muy buena. Tú has recibido una educación, y eres ilustrado y un muchacho guapo... He pensado que abandones a la cuadrilla y te marches lejos, muy lejos, puesto que Arizona, según he oído decir, es una tierra maravillosa... Debes volverte honrado, Wade. Eso mismo han hecho muchos proscritos que eran muchísimo peores que tú. Abandona esa afición que tienes al manejo de las armas y sigue el camino recto. Me gustaría que lo hicieras, Wade. Con eso, me quitaría un peso de la conciencia.
—Muchas gracias, jefe —contestó, emocionado, Wade, en tanto que oprimía la mano que el bandido tenía apoyada en su lecho—. Pero no. No lo haré..., no lo haré... en tanto que tú estés vivo.
—Lo siento mucho. Temía que no quisieras aceptar mi sugerencia —replicó, sombríamente, el jefe—. Pero, Wade.., si yo...
Y se interrumpió bruscamente. Su oscuro rostro parecía espectral a la luz de la hoguera.
—Simm, ¿puedo tener alguna esperanza de que hagas... lo que me has pedido que haga yo... cuando hayamos realizado el atraco que proyectas?
—¡No, diablos! Es ya demasiado tarde para hacerlo, aun cuando lo quisiera. Pero para ti, muchacho...
—Muy bien, Simm. Si te cogen o te matan, y a mí no, —, prometo hacerlo.
Mercer era una ciudad bastante grande, situada en el centro de Texas, y poseía una larga calle principal cuya manzana más importante se componía de tiendas, tabernas y salones de baile. Frente al hotel, en la esquina, se encontraba el edificio del Banco de Mercer, una nueva edificación mucho más altanera que las que la rodeaban.
La hora meridiana de aquel día de primavera parecía haber sido menos afectada por el hábito de la siesta, tan peculiar de los tejanos, puesto que podían verse peatones que iban y venían por las aceras, y vehículos que corrían entre ellas.
Cuatro jinetes que cabalgaban muy juntos, dieron la vuelta para entrar en una calle lateral situada en la manzana inmediata al hotel, precisamente en el mismo momento que otros siete caballistas aparecían en dirección contraria. Ambos grupos pusieron los caballos al trote hasta encontrarse.
—Patrón, no me gusta el modo como las gentes de este pueblo se alejan de la calle —observó Arkansas.
—Me parece que Tex está conduciendo su cuadrilla con demasiada prisa —añadió Pony Heston.
Los cuatro jinetes habían llegado hasta un punto casi apuesto al que ocupaba el hotel, frente al cual se extendía la fachada de piedra del Banco, cuando Wade Holden agarró a Bell de un brazo, y murmuró:
—¡Alto, jefe! He visto el brillo del sol reflejado en el cañón de un rifle en aquella ventana sobre el Banco.
—Yo también lo he visto, jefe —corroboró Arkansas, fríamente—. Nos han tendido una emboscada.
—¡Blue...! ¡Maldita sea su negra alma! —gruñó Bell. La aguda mirada de Wade inspeccionó rápidamente los alrededores.
—Patrón, ¡vayámonos...! ¡Pronto! —recomendó ansiosamente Arkansas.
—Pero ¿por dónde? —preguntó con voz ronca Bell, que comprendí demasiado tarde.
Wade vio que un hombre en mangas de camisa aparecía ante una puerta abierta. No era un batidor, sino probablemente un ciudadano que se encontraba demasiado excitado para que pudiera esperar a que se le dieran órdenes. Levantó el rifle y disparó. Wade pudo percibir el chasquido que produjo el proyectil al hundirse en la carne. Bell cayó de la silla. Arkansas agarró de la brida al fugitivo caballo.
Rápido como un relámpago Holden se apeó. Apuntó con la pistola al hombre, que nuevamente se disponía a utilizar el rifle, se inmovilizó con precisión mortal, y disparé. El hombre soltó el rifle en el momento en que éste vomitaba fuego, y cayó hacia delante. Otros disparos sonaron al mismo tiempo que el resonar de unos cascos sobre las piedras de la calle.
Bell comenzaba a ponerse en pie.
—¡Aprisa, Wade! —gritó Arkansas—. ¡Ayúdale a levantarse!
Wade pudo alzar al jefe hasta la silla, saltó a la suya y sacó dos revólveres. Heston estaba galopando en zigzag para alejarse. Una lluvia de disparos brotó del piso superior del Banco.
Gritos alocados, golpear de cascos, y estampidos de tiros acompañaron la carrera de los jinetes de Tex Corning, que se acercaban a toda velocidad calle abajo. Wade vio que una silla quedaba sin jinete. Dio vuelta a su atemorizado caballo en dirección a Arkansas, que se encontraba sosteniendo a Bell en la silla con una mano, mientras disparaba la pistola con la otra.
Wade hizo repetidos disparos contra las nubecitas de humo que brotaban de las ventanas superiores del Banco. La calle estaba desierta. Los rifles vomitaban balas desde el hotel. Los proyectiles silbaban en torno a Wade y rebotaban en el polvo del arroyo. Repentinamente, Arkansas cayó de cabeza de su silla y quedó tumbado en el suelo. El caballo interrumpió la marcha. Wade enfundó la pistola que llevaba en la mano izquierda y estiró el brazo para sostener al vacilante Bell. Entonces, los dos caballos doblaron la esquina y se dirigieron hacia el campo abierto.
—Simm, ¿estás malherido? —preguntó Wade en tono dolorido.
El bandido movió la cabeza dubitativamente. Había perdido el sombrero; el cabello, húmedo, le colgaba sobre la pálida frente. Con una mano se agarraba a la pera de la silla; con la otra se apretaba la camisa al cuerpo.
Wade pudo vencer prontamente sus temores. ¿Qué era una herida de bala para Simm Bell? Wade recordó aquella ocasión en que a su jefe le habían metido tres trozos de plomo en el cuerpo, uno de los cuales lo tenía todavía. Wade ya no oía disparos, sino solamente el rítmico golpetear de unos rápidos cascos. La carretera se extendía recta, mente ante él; era como un pasaje amarillento y solitario entre las tierras sin cercar. En el caso de que Simm pudiera resistir la larga carrera, ambos se encontrarían a salvo. Los batidores no disponían de caballos que pudieran vencer en rapidez a los suyos, que habían sido escogidos y educados para el mismo trabajo que estaban realizando tan perfectamente.
Holden volvió la cabeza hacia atrás. Todavía no había perseguidores a la vista. Pero sabía que los habría muy pronto. Y miró ante sí. Millas y más millas, hasta la región poblada de árboles y de maleza.
Bell se tambaleaba en la silla. Wade le sostuvo para impedir que se cayera. Los fogosos caballos corrían con igual velocidad, con una velocidad que les permitiría alcanzar muy pronto el oculto escondite que tenían ante sí. ¡Si Simm pudiera mantenerse...! Una vez que estuvieran en las alturas pobladas de árboles, Wade podría burlar a sus perseguidores y atender al cuidado de la herida de su jefe. Pero su corazón desmayó. Bell se comportaba de una manera extraña para un gran bandido que se había reído y burlado de los pelotones y de los batidores por espacio de tantos años. Su herida era grave.
—Wade..., no puedo... sostenerme... —dijo con voz apagada.
—Simm..., es preciso que lo intentes —gritó Holden repentinamente atemorizado—. ¡Sólo hasta que lleguemos a la arboleda...! No está lejos. Recuerda, Simm, lo que dijo Mahaffey.
No hay esperanzas, muchacho. ¡Estoy muerto...! Continúa... tú solo. ¡Sálvate!
Bell tiró de la brida de su caballo para reducir la marcha. Wade se vio obligado a hacer lo mismo, con el fin de sostener a su jefe e impedir que se cayera.
—No debemos detenernos —exclamó Wade, mientras miraba atrás temerosamente—. ¡No se ven jinetes!
—Tengo que detenerme...; ha llegado mi último día muchacho... ¡Corre, si quieres salvarte!
No —replicó Wade apasionadamente. Obligó a los caballos a abandonar la carretera, los detuvo bajo un ancho roble y saltó de la silla en el momento preciso para recoger a Bell cuando estaba a punto de caer. El jefe se sentó bajo el árbol y se apoyó en el tronco. Tenía el rostro tan pálido como el papel. Un sudor frío perlaba su frente, y una espuma sanguinolenta le brotaba de los labios.
—¡Dios mío..., Simm! —exclamó aterrorizado Wade.
—Vete en seguida, muchacho..., y yo me iré... con las botas puestas. ¿Quién me hirió?
¿Un batidor?
—No. Un hombre que estaba en mangas de camisa. ¡Yo lo maté, Simm!
Está bien... Vi caer a Arkansas... herido en el centro del pecho. ¿Qué ha sido de Heston?
—Se alejó muy malherido también.
—¿Y el resto... de la cuadrilla?
—Huyó. Vi una silla vacía. Debió de hallarse en medio de una granizada de balas.
¡Ah!.., Mira, muchacho. ¿Ves jinetes?
Wade se puso en pie para mirar carretera abajo. Un grupo de ocho o diez jinetes había dado vuelta al llegar al recodo.
—¡Sí! Batidores! —exclamó Wade estridentemente—. Vienen despacio. Nos siguen. Están a dos millas de distancia o algo más.
Bell se abrió la chaqueta con la mano que tenía libre. Todavía tenía la otra apretada contra el cuerpo. La sangre le resbalaba por los dedos. Al verlo, Wade exhaló un potente grito y se arrodilló junto a su compañero. Aquella camisa ensangrentada, aquella crispada mano, sólo significaban una cosa: la muerte.
Wade habría sido capaz de gemir en su desesperación. Aun cuando estaba preparado para lo que en aquel momento sucedía, la presencia del acontecimiento le desgarraba el corazón y se le hacía insoportable.
—¡Oh Simm, Simm! —exclamó quejosamente—. ¡Si me hubieras hecho caso...!
—Demasiado tarde, muchacho... Estoy arrepentido... Toma esto. —Y le entregó una gruesa y pesada cartera de piel—. No te preocupes del oro... Es demasiado pesado. —Y arrojó la cartera al bolso de Wade—. Coge tu caballo... y vete. ¡Recuerda tu promesa!
—¡No! ¡No te abandonaré! —gritó Wade, mientras daba un salto para coger el Winchester que tenía en la funda de la silla.
Los batidores continuaban aproximándose, se encontraban cerca. Muy pronto verían los dos caballos que estaban detenidos bajo el olmo.
—¡Vete, loco! ¿Quieres que vea... cómo te matan? Todavía puedes huir.
—Simm, creo que podré matar a todos los que componen el grupo.
—¿Y qué, si lo hicieras? Entonces te perseguiría... todo el cuerpo de batidores jamás...
estarías seguro.
—Voy a matar a ese... Mahaffey. Ahora lo veo. Bell pidió a Wade entre juramentos y exclamaciones que le abandonase.
¡No quiero, Simm! —contestó Wade fríamente, al mismo tiempo que la sensación de abatimiento y de tristeza abandonaba su pecho. Su corazón de luchador le dictaba su mandato.
—¡Wade...! Me obligarás... a decirte.., algo.., y luego me odiarás.
—¡Nunca...!, Pero creo que moriré antes que tú, Simm De modo que puedes guardarte tu secreto.
El pelotón de batidores se encontraba a menos de media milla de distancia. Los batidores seguramente verían muy pronto los caballos y comprenderían la situación. Todo lo que Wade pedía al azar era que se mantuviesen agrupados. Tenía diez balas en su rifle. No podía haber muchos batidores que salieran de la refriega sin sufrir grandes daños. Pero en el caso de que se dispersasen para correr y rodear el olmo, la esperanza de Wade no se cumpliría. Entonces, vio unos arbustos tras de los cuales podría esconder los dos caballos para que no los vieran los batidores, y calculó que aquel obstáculo podría ocultarlos hasta que el pelotón se encontrase a un centenar de yardas.
—¿No me escuchas..., muchacho? —dijo Bell roncamente.
—Jefe, no tenemos nada más que decirnos..., no siendo ¡adiós! —contestó Wade sombríamente.
—¡Corre, muchacho..., corre! ¡Hazlo por mí! Wade negó con un movimiento de cabeza mientras miraba hacia la parte baja de la carretera. Estaba calculando la distancia. Los batidores se aproximaban a un trote lento. El capitán Mahaffey, de hombros robustos y cuadrados, con el rostro bronceado y resplandeciente de ansiedad, iba junto a un batidor que se inclinaba sobre la silla con la mirada fija en las huellas de caballo que seguían. La posibilidad de una emboscada en una carretera lisa y en un terreno descubierto, fue cosa en la que ninguno de los batidores pensó jamás. Todos ellos caminaban juntamente hacia la muerte.
—Wade..., ¿no quieres obedecer... mi último mandato?
—No, jefe. No quiero.
—¿Mi deseo..., mis súplicas...?
Wade guardó silencio. No quería mirar a Bell por miedo a desfallecer. Había una entonación en la voz del bandido, que jamás había conocido. Además, quería hallarse dispuesto para disparar en el mismo momento que los batidores surgieran tras el seto de maleza.
—Simm, antes de que haya transcurrido un minuto, el capitán Mahaffey estará mordiendo el polvo de la carretera —sentenció Wade agudamente.
—¡No lo mates, muchacho...! ¡No mates a ningún batidor...! Por eso yo... he vivido tanto tiempo.
—Mataré a todos ellos... Son ocho los que vienen. Simm... ¡Solamente les falta un centenar de pasos...! Menos... Ninguno lleva el rifle preparado. ¡Qué ocasión, Simm...! Nos han alcanzado, pero a un precio muy caro.
—¡Baja ese rifle!
Wade oyó estas palabras, pero no les prestó atención, aun cuando un extraño grito de su moribundo jefe le conmovió las fibras del corazón. Wade levantó el rifle a mayor altura, con la imaginación en plena actividad y llena de un anhelo mortal. En aquel momento se regocijó de poseer el don de manejar con infalible precisión las armas de fuego. A la distancia que se encontraba, podría matar tres o cuatro de aquellos batidores en menos de la mitad de otros tantos segundos..., aun antes de que pudieran desviar los caballos. Y una alegría demoníaca se apoderó de él. La suerte estaba de su parte. Si al hacer los primeros disparos los jinetes no se dispersaban, como bandadas de codornices, aquél sería el fin del pelotón de Mahaffey.
—¡Wade!
No fue la inflexión de mando que había en la voz de Bell lo que conmovió a Wade. El rifle se movió, medio apuntado. Los batidores de Mahaffey surgieron tras el seto » de maleza.
—¡Wade, soy tu verdadero padre...! Tu madre me quiso... Jim Holden nunca lo supo.
—¡Oh Dios mío! —exclamó Wade conmovido hasta lo más profundo del alma. Aquél había sido el lazo que le había unido al jefe de ladrones. Un cerrojo se disparó hacia atrás en su pecho. Wade se arrodilló—. ¡Mi padre...!
—¡Oh! ¿Por qué no me lo dijiste hace mucho tiempo?
—No podía decírtelo, hijo. Ahora... me alegro... ¡Vete...! ¡Sálva la vida! ¡Déjame morir sabiendo.., que te fuiste..., que cumpliste tu promesa...!
La voz de Bell se quebró, pero la expresión que había en sus ojos fue de tal naturaleza, que Wade no pudo desobedecerla. Aquella mirada arrancó las palabras: «Cumpliré mi promesa», de sus labios. Pasó una rápida y temblorosa mano por el pálido rostro de Bell y creyó apreciar que con aquella primera y última caricia una hermosa luz comenzaba a desvanecerse en los anchos ojos del padre.
Unos agudos gritos obligaron a Wade a ponerse en pie. Colocó nuevamente el rifle en su funda y de un solo salto montó en la silla. El fogoso caballo reaccionó como si hubiera sido disparado por una catapulta. Y entre los gritos y los disparos, la voz estentórea de Mahaffey articuló estas palabras:
—¡Atrapad a ese hombre!


III
Unos sonoros disparos que retumbaron detrás de Wade, en tanto que éste espoleaba a su caballo para forzarle a correr, le obligaron a volver la cabeza hacia atrás. Bell estaba sentado, mas con el cuerpo erguido, con ambas manos extendidas, en las que reposaban unos revólveres que vomitaban fuego.
Sus disparos sorprendieron al pelotón de batidores, que se extendieron por ambos lados de la carretera para separarse del olmo. Uno de los batidores cayó de la silla, y otro tuvo que ser sostenido para impedir que cayera. Wade vio que Bell se doblaba hacia delante y golpeaba el suelo con el rostro.
Wade lanzó un grito terrible, y volvió la ensombrecida mirada hacia delante. Simm Bell había utilizado el último resto de fortaleza que le quedaba para detener a los batidores durante unos breves momentos, tiempo en el cual sabía que el veloz caballo de Wade se pondría fuera del alcance de sus perseguidores. Éste fue el último gesto del proscrito de Texas. Wade comprendió que acababa de ver morir a su padre.
La rápida transición del odio y la sed de sangre, del valor acerado que despreciaba la muerte propia, a la angustia de encontrar a su padre para perderle en el mismo momento, y la comprobación de la terrible necesidad en que se encontraba de huir para cumplir su promesa..., este cambio abrumador hizo que Wade se curvase sobre la silla, y fue más doloroso que todos los dolores de amargura que había sufrido durante su vida. Obró sobre él como una convulsión, y todo su ser físico quedó a merced de la violencia de su lucha mental.
Huir para salvarse la vida..., resistirse a detenerse y a combatir contra aquellos batidores hasta el último aliento..., esto necesitaba fortaleza y una voluntad nacida del extremado amor y del dolor que le habían transformado.
Y le pareció que en su imaginación nacía una extraña y relampagueante luz ante la cual se borraban las tinieblas. Huiría. Viviría para cumplir la promesa que había hecho a su padre.
Este pensamiento infundía una fe tan profunda, que ninguna persecución, ninguna penalidad, ninguna futura amenaza podría anularla jamás.
Cuando Wade levantó la cabeza nuevamente para mirar hacia atrás, vio que seis batidores se habían lanzado en su persecución y se hallaban a una distancia de alrededor de mil quinientos metros. Dos de los individuos que componían la cuadrilla primitiva habían muerto. Los seis hombres que cabalgaban en seguimiento suyo parecían correr a la misma velocidad que Wade. Wade pudo reconocer al Mahaffey de anchos hombros, el implacable capitán de batidores que podía competir en lucha con los hombres más destacados de aquella intrépida organización. Mahaffey intentaría alcanzarle, en el caso de que le fuera posible, y si no pudiera hacerlo, Wade sabía que recurriría al empleo de los rifles para detenerle, vivo o muerto.
Wade hizo un cálculo desesperado de las probabilidades que tenía a su favor. No podía cometer ni un solo error. Los batidores, acostumbrados durante mucho tiempo a la persecución de los delincuentes, raramente los cometían. El caballo de Wade poseía una fortaleza llena de una rapidez excepcional.
Los batidores montaban unos membrudos caballitos mejicanos que podían correr durante todo un día sin rendirse. Pero en una carrera corta, de cinco a diez millas, no tenían ninguna posibilidad de alcanzar al gran caballo negro de Wade. Wade sabía que los batidores lo comprenderían en seguida. Era muy probable que los veteranos caballistas que había entre ellos se percataran muy pronto de que el caballo negro no se había empleado todavía a fondo.
Inclinándose hacia atrás, Wade desató su impermeable, que contenía una manta enrollada en torno a un paquete de provisiones de boca y algunos de los saquitos del oro de Bell. Todo ello pesaba cincuenta libras, o acaso más. Wade lo dejó caer al suelo. Su propósito era aminorar la carga del caballo y detener, posiblemente, a los batidores, que cuando perseguían a los atracadores de bancos o de trenes, nunca dejaban de poner su atención en los paquetes que encontraban. En aquel caso, Mahaffey evidentemente ordenó a uno de sus hombres que se detuviera para comprobar lo que el fugitivo había abandonado. Los demás continuaron corriendo sin aminorar la marcha.
La región accidentada y boscosa no se encontraba más lejos de dos o tres millas. La carretera giraba al llegar a un pequeño desfiladero situado entre dos colinas verdes. La hierba que crecía en el centro de la carretera mostraba que era utilizada con muy poca frecuencia.
Había una aldea a unas diez millas al oeste de Mercer. En cierta parte del campo se desenvolvía uno de los caminos secundarios que utilizaban las caravanas cuando se dirigían al Norte o al Oeste. Al llegar a este punto, Wade decidió cruzarlo y dirigirse más hacia el Sur.
Sin duda, Mahaffey estaba seguro de apoderarse de él, puesto que de otro modo sus hombres habrían recurrido hacía mucho tiempo al empleo de los rifles. A Wade le atemorizaba esta posibilidad. La distancia que le separaba de sus perseguidores no era muy grande; un buen disparo de rifle podría herirlos, a él o a su caballo, antes de que pudieran ponerse fuera de su alcance. De todos modos, Wade comprendió que la mejor táctica para él era permitir que sus perseguidores se mantuvieran constantemente a la misma distancia de él, o adelantarlos un poco, hasta que llegase a la zona poblada de árboles. Una vez que se encontrase en ella, decidiría la orientación que debería tomar.
En la siguiente ocasión en que Wade miró atrás, vio que el sexto caballista ganaba terreno y se aproximaba a sus compañeros. Cabalgaba un caballo rápido, indudablemente el más rápido del pelotón. Parecía ser un mesteño, delgado, mejor corredor que los restantes, y un caballo que podía inspirar temor.
—¡No te esfuerces, Blazkie! —gritó Wade a su vertiginosa montura—. ¡Más despacio! No corras mucho ahora.
El caballo aminoró perceptiblemente su tendencia continuada a correr más aprisa. Sus cascos golpeteaban rítmicamente la dura carretera. Blazkie comenzaba a acalorarse. Había sido un joven caballo de carreras antes de que Bell lo robase y enseñase a mostrar las herraduras traseras a los batidores.
Las anchas llanuras comenzaron a morir en unos terrenos bordeados de árboles. Wade se aproximaba rápidamente a la región boscosa, la que pudo contemplar muy pronto desde la altura de una pendiente que se deslizaba hacia abajo para morir en el valle. Entonces comprendió que se hallaba ante una de las cuencas arboladas que tanto abundan en Texas. Era un lugar en cuya espesura sería muy difícil poder encontrar a alguien.
Wade recurrió a un ardid que podría obligar a sus perseguidores a abandonar sus huellas.
No esperó hasta el momento en que la carretera muriera en el bosque, sino que la abandonó y atravesó la llanura para introducirse entre la maleza a plena vista de los batidores.
Los batidores tendrían que guiarse por sus huellas para perseguirle, cosa que estaban habituados a hacer. Muy rara mente perdían una pista, pero tendrían que avanzar despacio, en tanto que él podría acomodar la rapidez de su marcha a las características del terreno. Una espesura compuesta de robles enanos y de maleza no ofrecía muchas probabilidades de ser cruzada a gran velocidad sobre un caballo. Wade giró hacia la derecha y corrió tan rápidamente como pudo bajo los árboles, sobre los troncos caídos y a través de los setos, en dirección a la estrecha cuenca, al llegar a la cual espoleó a Blazkie, a pesar de la posibilidad de que en ella hubiera tierra movediza. El caballo tropezó con dificultades, pero cruzó en la forma prevista, sin encontrar ningún cenagal. Wade estuvo a punto en dos ocasiones de volver a salir a la carretera. En el fondo de la cuenca los cinturones arbolados se estrechaban entre las montañas. Wade temía encontrarse encajonado o perdido en aquel lugar, y detuvo el caballo para mirar a través de la hojarasca, lo que le permitió ver hasta una distancia de alrededor de un cuarto de milla.
De este modo, Blazkie obtendría un descanso, mientras que los caballos de los batidores estarían todavía caminando.
Wade pensó que Mahaffey podría ser demasiado astuto para que cometiera la imprudencia de mandar a todos sus hombres que siguieran sus huellas entre el terreno poblado de árboles. Algunos de ellos continuarían en la carretera. Wade se inclinó en la silla para escuchar; su recompensa consistió en oír el ruido que producían unos cascos más allá del recodo de la carretera.
Sin dudar un solo momento espoleó a Blazkie para que saliera de la maleza y se lanzase a una carrera desenfrenada. Su suposición era que los batidores no podrían oír los pasos de su caballo, como él había oído los de sus perseguidores.
Todas las ventajas estaban de parte de Wade. La longitud de las sombras proclamaban que la tarde se hallaba próxima a morir. Si le fuera posible conservar a los batidores a sus espaldas hasta la caída de la noche, su escape estaría asegurado. Como quiera que no conocía la región. le resultaba absolutamente necesario permanecer en la carretera hasta que se viera obligado a abandonarla.
Blazkie corrió fácilmente a lo largo del serpenteante camino del fondo del desfiladero. La circunstancia de que se hacía a cada momento más accidentado y rocoso, imponía la necesidad de correr a una velocidad moderada. Wade siguió y cruzó la hendidura, atravesó zigzagueando unos grupos de olmos y de sicómoros, donde unas ráfagas oblicuas de sol dorado aclaraban la oscuridad de la vegetación. Unas manadas de patos silvestres y de ciervos dejaron de beber para huir. El decreciente volumen del sonido que producía la corriente de agua, y la pequeñez de la roca sobre las cuales discurría, indicaron a Wade que se aproximaba a su fuente. Cuando el camino comenzase a abandonar la depresión del terreno, Wade vería que muy pronto se hallaría fuera del terreno cubierto.
Y salió de él. Wade se encontró una vez más a campo descubierto, el cual era más ondulante y accidentado que el que rodeaba a Mercer. Con gran sorpresa e interés descubrió que el fondo de la cuenca daba vuelta hacia atrás con la carretera y trazaba un ancho recodo.
¿Qué sucedería en el caso de que los batidores lo supieran?
El caballo estiró las negras orejas. Wade volvió la mirada de derecha a izquierda. Tres caballistas corrían a toda velocidad por la llanura en dirección a él. Uno de ellos era Mahaffey y otro el batidor del mesteño delgado.
—¡Corre, Blazkie, corre! —gritó Wade a su caballo, al mismo tiempo que lo acicateaba con las espuelas. El caballo saltó como si hubiera estado quieto anteriormente, y al cabo de muy pocos momentos de loca carrera, el peligro de que los batidores pudieran alcanzar a Wade había desaparecido. Los batidores corrían a varios centenares de yardas detrás suyo.
Pero no a tantas que Wade dejase de oír las expresiones de rabia y de enojo de Mahaffey.
Un sonido familiar, un silbido que cortó el aire en lugar muy próximo a la cabeza de Wade, fue seguido por el estampido de un disparo de rifle. Wade miró hacia atrás sin volver la cabeza. El batidor del caballo mesteño se había adelantado a Mahaffey y a los demás. Su caballo tenía rienda libre y corría, bajo y estirado, en el instante en que una nubecita de humo blanco se elevó. Si Wade no se hubiera agachado instintivamente, una bala se le habría clavado en el centro del cuerpo. Aun así y todo, el proyectil le pasó muy cerca de la cabeza y le arrebató el sombrero. El cálido silbido despertó un ansia de sangre en el corazón de Wade y le quemó las venas. Aquellos batidores le obligarían a luchar, le acorralarían. Pero ¡no! Jamás le alcanzarían.
Inclinándose hacia delante hasta quedar casi tumbado, Wade gritó a su caballo:
—¡Corre, Blazkie...! ¡Aléjate de ellos...! ¡Quiero cumplir la palabra que le di!
Los proyectiles levantaban unas pequeñas polvaredas al caer delante de Wade. Todos sus perseguidores disparaban. Si no hubiese sido por la dificultad de hacer blanco desde un caballo lanzado a la carrera, muy pronto habrían puesto fin a la huida de Wade.
El joven miró hacia atrás. El caballista delgado del caballo mesteño avanzaba delante de los demás batidores. Mahaffey iba tras él y disparaba con una carabina. El tercero se apartó a un lado, detrás de ellos, con un rifle apoyado en el hombro. Muy detrás, en la carretera, los otros tres batidores continuaban corriendo.
Blazkie se alejaba de sus perseguidores de un modo que debería de causar gran enojo a Mahaffey. Pero los batidores preferían la perseverancia de los caballos a la velocidad desenfrenada. Sus persecuciones eran siempre largas, y sus hojas de servicio indicaban que jamás fracasaban en sus propósitos. El jinete delgado estaba cargando nuevamente el Winchester. Mahaffey disparaba con más apresuramiento que sangre fría, y sus proyectiles caían sobre el polvoriento camino. El tercer hombre era más peligroso. Su plomo levantaba el polvo detrás de Wade, porque disparaba para herir a Blazkie. El caballo se portaba de una manera admirable. En una distancia de menos de dos millas dobló la cantidad de yardas que le separaban de los batidores. Su carrera era continuada y rápida, tanto, que Wade solamente podía ver de un modo borroso los lados del camino.
Blazkie podría correr de aquel modo desesperado durante mucho tiempo sin reventarse. Sabía muy bien lo que dependía de su esfuerzo, y el corazón luchador de su jinete parecía palpitar en él. A medida que corría más y más, se alejaba más y más de sus perseguidores. Mahaffey cesó de malgastar municiones. Llegó el momento en que el tercer batidor renunció también a disparar, pero continuó corriendo a la mayor velocidad de su mesteño. Era al jinete delgado a quien Blazkie tenía que derrotar. Este batidor quedaba gradualmente atrás. Ya no era peligroso, no siendo por su rifle.
Wade sintió que algo húmedo y cálido le corría por el brazo izquierdo. ¡Sangre! No experimentaba dolor alguno. ¿Podría provenir aquella sangre de la herida que tenía en la cabeza? Cogió con la mano izquierda las bridas, y se tocó el brazo. Lo tenía atravesado por un disparo, sin saberlo. Pero el hueso estaba intacto. Una sombra de amargura se apoderó de él.
¿Acabarían por matarlo? ¡Qué implacables eran los batidores! Algo, acaso la justicia y el derecho, los hacía ser implacables.
Blazkie, con su magnífico paso, se hallaba casi fuera del alcance del más indeclinable perseguidor. ¡Sólo unas yardas más! El jinete delgado apuntaba alto. Sus proyectiles ya no levantaban aquellos pequeños remolinos de polvo. Y entonces, casi en el momento de la victoria, uno de aquellos disparos alcanzó a Blazkie en el flanco.
Blazkie vaciló durante unos instantes; luego reanudó la marcha.
—¡Oh diablos! —exclamó frenéticamente Wade al percibir el cambio del ritmo muscular del caballo. El terrible enojo de Wade se inflamó una vez más, no por sí mismo, sino por su fiel caballo. En el caso de que Blazkie cayese, Wade se encontraría en la misma situación en que se encontraba cuando la inesperada revelación de su padre salvé la vida a Mahaffey. El joven se inclinó para sacar el Winchester de la funda. Sin embargo, no desfalleció. Un indefinible sentimiento, más fuerte que la esperanza, le dijo que no moriría.
Pero Blazkie no cayó. Recobró el paso anterior y aumentó la ventaja que había obtenido sobre sus perseguidores hasta encontrarse fuera de su alcance. Aquella velocidad parecía ser un límite: Wade no tenía modo de asegurarse del lugar en que Blazkie había sido herido, de la importancia de la lesión. No le corría sangre por el flanco, y ciertamente la herida no afectaba a ningún hueso, puesto que el caballo corría ansiosamente, con la rapidez suficiente para conservar la ventaja adquirida.
—¡Oh Blazkie...! ¡Gran caballo! —exclamó Wade roncamente cuando la fiebre de la ira se hubo desvanecido. Había querido a muchísimos caballos; pero todos los sentimientos que hasta entonces le inspiraron eran pocos si se los comparaba con los que Blazkie provocaba en él. Una vez más, Wade prestó atención al camino que tenía ante sí, la hora y sus perseguidores.
La carretera se había ensanchado y aparecía desnuda de hierba y profusamente marcada de huellas de cascos y de ruedas. Wade había llegado a la arteria principal del viaje, al Oeste.
Una caravana reciente había dejado aquellas huellas. No podía hallarse muy lejos. Los últimos rayos del sol poniente enrojecían las abruptas elevaciones de la tierra en el horizonte.
Detrás de Wade, a media milla de distancia, o acaso menos, corría Mahaffey acompañado de dos batidores, y a otra distancia igual, detrás de ellos, galopaban los tres restantes.
Durante varias millas, la carrera continuó en el mismo estado; la velocidad de los caballos de los batidores se hacía más lenta, y la de Blazkie disminuía también perceptiblemente.
El resplandor del crepúsculo se extinguía. La oscuridad parecía surgir de las profundidades de la áspera tierra. Las esperanzas de Wade renacieron. Blazkie debía de haber sufrido una herida solamente superficial en la carne. La noche estaba próxima. Wade rechazó el impulso que le animaba a apartarse de la carretera, buscar refugio en uno de los accidentados barrancos que exhalaban su negrura bajo el nivel de la pradera, y dirigirse hacia el Sur cuando la noche hubiera caído por completo. Pero antes de que accediera a este deseo, la carretera llegaba a un paso empinado entre unas accidentadas praderas. Sería preferible esperar hasta llegar a aquel punto.
Continuó corriendo e intentó no darse cuenta de que Blazkie había reducido de nuevo su velocidad. Pero muy pronto tuvo que dar crédito a lo que le decían sus sentimientos. El caballo corría trabajosamente. La creciente oscuridad favorecía a Wade, así como el ensanchamiento de sus muros y los densos grupos de árboles y de arbustos que crecían a ambos lados. El agua brillaba entre la oscuridad, al pie del talud izquierdo. En el caso de que la cruzase, Wade comprobó que podría esconderse, pero que ya no podría salir. Los batidores debían de estar ganando terreno. Una nueva extensión, recta y lisa, de la carretera, serviría para aminorar la ventaja que había conseguido.
Esta circunstancia se dio. Al atravesar un ancho semicírculo de pendientes inaccesibles y de escaso arbolado, a través del cual la carretera corría rectamente hacia lo que podía ser una salida al campo abierto o a alguna bolsa del terreno, Wade no tuvo elección. Mientras Blazkie corría con paso cada vez más débil, Wade no cesó de mirar hacia atrás. Cuando vio que los batidores salían del paso, mucho más cerca de él que anteriormente, y oyó sus gritos, la frialdad del desánimo le acometió. En el peor de los casos, sólo le quedaría el recurso de morir, pero no se entregaría a la muerte de un modo sumiso. Únicamente lo haría después de haber agotado todas las posibilidades de salvación que estuviesen a su alcance.
El caballo de raza que montaba Wade continuaría corriendo hasta que el corazón le fallase. Pero Wade comenzó a detenerle con el propósito de abandonar la silla antes de que fuese derribado de ella a tiros. Miró hacia atrás por última vez, y pudo ver el oscuro grupo de los caballistas ante la palidez del horizonte. Se hallaban al alcance de su rifle; Wade supuso que las negras sombras que tenía ante sí le hacían invisible. A través de los árboles, le pareció ver una débil lucecita. La carretera dio vuelta; era como una estrecha veredita situada entre dos árboles. Wade podría burlar a sus perseguidores a pie.
El joven salió de la carretera con Blazkie, saltó al suelo. dio una última palmadita al noble caballo, y comenzó a correr. Muy pronto llegó a otro espacio abierto, fuera del terreno poblado de árboles, a través del cual arribó hasta una delgada pared de maleza. Se detuvo para elegir el camino, y oyó el resonar de cascos de caballos tras él y unas voces excitadas. Los batidores habían encontrado a Blazkie.
—¡Desplegaos! ¡Atrapadle! —rugió el inexorable Mahaffey.
Wade se encogió como una bestia acorralada. Tenía el pecho agitado y la lengua adherida al paladar. Los batidores se aproximarían muy pronto a él. Extendiéndose por el estrecho desfiladero podrían obligar a salir de su escondrijo hasta a un conejo. El instintivo modo que tuvo de desenfundar el revólver daba fe de que Wade no había perdido aún las últimas esperanzas. Y contra lo que le ordenaba su indignación y su ansia de lucha, corrió.
El desfiladero se estrechaba. Una ladera abombada le obligó a salir a la carretera, que trazaba un nuevo recodo. Cuando Wade la hubo rodeado, oyó el crujido de las ramas muertas al ser pisadas tras él.
Repentinamente, los dos muros del desfiladero parecieron abrirse y separarse. Aquella quebrada era la entrada a un nuevo valle. Al dar vuelta a un grupo de arbustos y de maleza, el joven se encontró ante varios caballos, que le sobresaltaron de un modo tan terrible, que estuvo a punto de caer al suelo. No había hombres junto a los caballos ni sobre sus sillas. Los caballos resoplaron y saltaron torpemente hacia atrás. ¡Estaban trabados! Wade vio una luz que se encendía tras una hilera de árboles. ¡Hogueras! Su mente atormentada captó dificultosamente estas sensaciones, e intentó averiguar su significado. Estaba aproximándose a la caravana que iba ante él por aquella misma carretera, y de la que se había olvidado. Se había detenido para pasar la noche, y seguramente le cerraba el paso, le impediría escapar. Sin embargo, continuó adelante, girando un poco hacia la izquierda, con la esperanza de poder pasar cerca de la ladera. Pasó junto a otros caballos, bueyes, carros cubiertos de lonas, siempre procurando esconderse tras los árboles. Tras éstos se abría un ancho espacio, en el que brillaban las hogueras.
Wade se agachó y continuó avanzando lentamente de uno a otro árbol, siempre en dirección a los lugares más oscuros. Finalmente, llegó hasta un seto de maleza, donde permaneció quieto, sofocado, latiéndole el corazón violentamente, destilando un sudor frío.
Su fortaleza y su resistencia no eran iguales a su espíritu. Luchó para dominar su sibilante aliento. Un momento más tarde dio unos pasos y miró hacia el exterior.
Una pequeña tienda de campaña había sido erigida en el espacio abierto, a una distancia de veinte pies del lugar en que Wade se había ocultado. Wade se encogió más aún. Junto a la tienda se hallaba arrodillada una joven que colocaba ramitas secas sobre la hoguera campestre que había comenzado a encender. La joven estaba tarareando una canción. Su tienda se hallaba bastante separada de un gran carro de viaje junto al cual resplandecían los fuegos de una numerosa caravana. Más lejos sonaba el alegre zumbido de unas voces. Wade vio hombres y mujeres que trabajaban en torno a las hogueras, y olió el humo del fuego y la fragancia del tocino frito. Durante todo el camino desde el lugar en que se hallaba, las hogueras cerrarían el paso a Wade. No podía alimentar esperanzas de cruzar aquel terreno sin ser visto; pero tenía que intentar correr el riesgo.
Se enderezó y respiró hondo. Había llegado el final. Experimentaba una terrible amargura y el remordimiento de no haberse quedado atrás para morir luchando junto a su padre. Luego, un insoportable recuerdo anuló su debilidad. En tanto que viviera, tendría posibilidades de salvarse. Su mirada volvió a posarse sobre la muchacha. La joven se había puesto en pie junto a la hoguera; era esbelta y morena. El instinto que había actuado sobre Wade cuando cogió el revólver le abandonó.
El joven dio unos pasos y se detuvo ante ella.
—¡Joven...! ¡Por amor de Dios...! ¡Escóndame! —suplicó jadeante.
La joven se estremeció y clavó en él los grandes ojos cargados de temor. Su mirada observó el rostro pálido y manchado de sangre de Wade y la mano vacilante que extendió hacia ella. Pero no gritó.
—Quién es usted? —murmuró con súbito interés.
—Soy un fugitivo —jadeó él—. Me persiguen los batidores... Me han herido... dos veces...
Están muy cerca... ¡Me matarán...! ¡Por amor de Dios, escóndame! La muchacha le miró como si estuviera fascinada. De sus ojos, negros y anchos, pareció desaparecer el temor.
En aquel instante un estruendo resonó en el aire, estruendo ocasionado por los cascos de los caballos y las voces de los hombres.
—¿Quién viene? —gritó un hombre; sin duda, el jefe de la caravana.
—Los batidores de Mahaffey —replicó alguien con voz resonante desde detrás de los árboles.
—¿Qué desean?
—Estamos persiguiendo a un bandido. Está aquí. Acaba de caer del caballo..., muy malherido. La silla está ensangrentada. ¡Prestad atención...!
—¡Id a buscarle.., para que no pueda escapar! ¡Atrapadle La muchacha corrió hacia su tienda.
—¡Pronto! ¡Escóndase aquí! —murmuró mientras descorría la lona que cubría la entrada.
Wade saltó y cayó al interior. La muchacha entró tras él y, cerrando las lonas, miró fuera.


IV
Wade fue a dar sobre un blando lecho compuesto de mantas. La horrorosa presión que le oprimía el corazón desapareció. A la luz del fuego exterior vio el perfil de la muchacha, que continuaba mirando hacia el campo libre. Sonó un retumbar de cascos, una babel de voces acompañada de agudos silbidos.
—Han continuado avanzando —murmuró la muchacha volviéndose hacia Wade—. Ese batidor, el capitán Mahaffey, es tío mío.
¡Volverán! —exclamó él ahogadamente—. ¿Su tío?
La joven continuó observando y escuchando junto a la abertura de las lonas, y durante aquellos momentos Wade pudo recobrar la normalidad de la respiración. La punzada que sentía en un costado parecía perforarle como si tuviera una hoja de acero clavada en él. Las sombras de las llamas se estremecían ante la tienda. El fuego restallaba. El golpeteo de los cascos de los caballos sobre el suelo disminuyó, y también el volumen de las voces; sólo continué oyéndose el zumbido de las conversaciones.
—¿Qué hacen... ahora? —preguntó Wade roncamente.
—Van de un lado... para otro —replicó ella; el oscuro y aterciopelado brillo de sus ojos se esforzó en poder descubrir lo que había entre las sombras.
—¿Hasta dónde llega ese desfiladero?
—Desemboca aquí mismo, en la pradera.
—¿Podría trepar por uno de sus costados?
—No. Son demasiado altos y verticales.
Se produjo un silencio, en tanto que la muchacha continuaba observando. Wade contempló su expresivo perfil y escuchó mientras intentaba decidir respecto a lo que debería hacer a continuación.
—Será mejor que salga de nuevo..., que intente trepar hasta cualquier sitio... murmuró desalentadamente. Pero la esperanza renacía. Estaba seguro de que conseguiría escapar a la persecución de aquellos sabuesos.
—¡Quédese aquí! Los hombres de papá están vigilando... Además, está usted herido.
Apenas puede tenerse en pie.
—Si, estoy herido. Me arde la cabeza. Estoy sangrando mucho.
La muchacha se sobresaltó y murmuró con temor: —¡Quieto! ¡Ya vuelven...! Se acercan a papá y a los hombres, que se encuentran junto a la hoguera.
—Déjeme mirar.
—¡Oh, tenga cuidado! Están demasiado cerca.
Wade se inclinó para mirar por las rendijas que se abrían entre las lonas de la tienda. A menos de un centenar de pasos se encontraba el más próximo de los batidores, el delgado jinete de la chaquetilla de cuero. Mahaffey, con el rostro enrojecido por la luz de la hoguera, se hallaba en medio de sus hombres. Se habían detenido no mucho más allá del primer carro de viaje, donde los hombres de la caravana habían instalado su vigilancia.
—Lo siento, capitán. No has tenido suerte, ¿eh? Podrías haberte ahorrado el trabajo de buscarle aquí. Ningún hombre ha entrado en nuestro campamento.
—Diablos! ¡Yo mismo le he visto apearse del caballo! —replicó Mahaffey nerviosamente—.
Mi batidor, Pim Thorne, le vio también.
—Sí, y toqué con la mano la sangre todavía caliente que había sobre la silla del caballo —añadió el caballista aludido.
—Estamos perdiendo el tiempo. Tengo la seguridad de que está oculto en este campamento —declaró Mahaffey.
—Pen, tú eres el jefe de esta caravana, ¿verdad?
—Lo soy. Vamos en dirección a Nuevo Méjico —contestó el jefe.
—Perfectamente. Lamento mucho tener que hacer un registro de tu campamento.
—¡Hazlo! Pero debo indicarte que me parece que te excedes en tus atribuciones.
—Un capitán de batidores de Texas puede registrar lo que quiera y detener a quien le parezca conveniente.
—Sé muy bien cómo son los batidores —replicó Pencarrow, secamente—. Ya te he dicho que efectúes el registro. Pero ten cuidado. Mi esposa y mis hijos se encuentran entre nosotros.
Y lo mismo otras varias familias.
—¿Has creído que somos unos mejicanos groseros? —preguntó Mahaffey con indignación.
—No. Pero he querido hacerte una advertencia que me parecía necesaria.
—¡Eh, vosotros! —ordenó imperativamente Mahaffey—. ¡Registrad el campamento! Se ha escondido no sé dónde... Registrad las tiendas, los carros, todo lo que haya Mirad en todas partes en que pueda esconderse un conejo.
Wade se dejó caer sobre las rodillas. La muchacha, que todavía continuaba teniendo entreabierta la lona de entrada, se volvió y vio su torturado rostro.
—¡Oh, son unos sabuesos! —exclamó—. He tenido otro tío que no era batidor... ¡Le mataron a tiros!
—Tendré que defenderme —dijo Wade desesperada. mente mientras sacaba el revólver y comenzaba a ponerse en pie.
La muchacha le dio un empujón para contenerle.
—¡Quédese aquí! ¡Yo le salvaré...! Escóndase bajo la manta... ; más lejos.
Mientras Wade se tendía y estiraba, la muchacha le cubrió de pies a cabeza. Wade permaneció tumbado, con el corazón dolorosamente palpitante y comprendiendo con lentitud los propósitos de la muchacha. Era buena, tenía valor. Wade levantó un borde de la manta para poder ver. La joven estaba observando de nuevo de un modo angustiado y atento. La curva de sus plenos labios parecía llena de desprecio.
Wade hizo un esfuerzo por oír los sonidos del exterior. Solamente percibía el continuado rumor de una conversación. ¡Qué lentamente transcurrían los segundos! Mahaffey haría un registro concienzudo y completo. Wade tembló bajo la manta. La terrible emoción y el esfuerzo que había realizado le tenían aterrorizado. Pero muy pronto comenzó a recobrarse y a ser el hombre sereno que generalmente era. La muchacha también era tejana. Seguramente despistaría a los batidores.
—Ya vienen —murmuró la joven sin dejar de mirar—. Han dejado nuestro carro para lo último. Papá viene con ellos... Y si papá no está enfurecido, entonces es que no le conozco.
Wade comenzó a distinguir las voces que sonaban.
—Pen, cumplo mi deber del modo que me parece que debo hacerlo —estaba diciendo con impertinencia el capitán Mahaffey.
—Mahaffey, en este mundo hay otras cosas más importantes que tu maldito deber de batidor —replicó Pencarrow fríamente—. Por ejemplo: los sentimientos de las personas honradas y el respeto por la propiedad personal.
—Éste es el último carro. Registradlo. —Mahaffey golpeó sobre el aro de hierro de la rueda con la culata de la pistola—. Oye, joven, ya estoy cansado de decirte que salgas. Si te quedase un adarme de sentido común, ya te habrías entregado.
Siguió una pausa silenciosa y llena de ansiedad.
—Ese hombre no lo hará, jefe —dijo uno de los batidores—. Morirá como murió Simm Bell: disparando con su revólver.
—No tiene balas. No ha disparado ni una sola vez contra nosotros —explicó otro.
—Eso es lo que me ha sorprendido —declaró Mahaffey con desconcierto—. No podemos olvidarlo. Yo le vi matar a Wess Jenkins, el camarero que derribó a Bell del caballo.
Encontramos aquel rifle con sólo una bala de menos. Es extraño.
—Capitán, vi a Holden en pie junto a su caballo bajo el olmo a cuyo pie cayó Bell. Y tenía el rifle colgado de un hombro. Podría habernos acometido a tiros.
—Holden, ¡si estás ahí dentro, sal! —gritó Mahaffey sonoramente—. Recuerdo que hasta ahora, que nosotros sepamos, jamás mataste a un batidor de Texas.
Wade contuvo la respiración para escuchar. La muchacha se arrodilló tras la apertura de la lona, atenta, conmovida y con singular frialdad.
—Entrad, y registrad cuidadosamente —ordenó Mahaffey con enojo.
Se produjeron ruidos y voces que demostraron que se estaba realizando un registro profundo del carro.
—Todo es inútil, jefe —declaró un batidor.
—Muy bien. Salid... Aquí hay otra tienda. Registradla también.
La muchacha juntó los dos bordes de las lonas y ató las cuerdas con rapidez. De este modo la tienda quedó sumida en la oscuridad, sin que la iluminase el resplandor de la hoguera. Se dirigió hacia el lecho, se arrodilló y comenzó a quitarse la blusa.
—Mahaffey. Esa es la tienda de mi hija —dijo Pencarrow—. Si mi hija está ahí, nadie abrirá esa tienda.
El retumbar de unos pasos y el tintineo de unas espuelas advirtieron a Wade que el grupo de hombres se aproximaba. El joven se cubrió el rostro con la manta, pero dejó una pequeña abertura para poder mirar.
—¡No me importa un comino de quien pueda ser esta tienda! —exclamó.
—Bien. Te importará en el caso de que mi hija esté en ella —replicó Pencarrow fríamente—.
Jacqueline, ¿estás ahí?
—Sí, papá. ¿Está preparada la cena? ¿Qué sucede? —contestó la joven con calma.
—Han venido unos batidores. Entre ellos, tu tío, el capitán Mahaffey. Están registrando el campamento en busca de un proscrito que se ha fugado. ¿Pueden entrar en tu tienda?
—¡Batidores tejanos...! ¿Mi tío? No, no pueden entrar. Estoy desnuda.
La joven sólo se había quitado la blusa y se disponía a tumbarse en el lecho. Sus brazos, blancos y torneados, se destacaron pálidamente en la oscuridad. Wade pudo verla arrodillada, con la cabecita erguida, en la actitud de un cervatillo que escuchase.
—Perdóname, Jackie —dijo deferentemente Mahaffey—. ¿Cuánto tiempo hace que estás en tu tienda?
—Hace un rato. Encendí la hoguera, y luego entré para vestirme para la cena.
—¿Has visto pasar por aquí un hombre?
—No.
—¿No has oído correr a alguien?
—No.
—Muchas gracias. Lamento haberte molestado... Bien, compañeros; hemos sido engañados por centésima vez.
—Se nos ha escapado, jefe —dijo el batidor, cuya voz conocía Wade.
—¡Sí, se nos ha escapado, diablos!
—Capitán, ¿quién es ese proscrito a quien andáis persiguiendo? —preguntó Pencarrow con curiosidad.
—Es el joven Wade Holden, mano derecha del bandido Simm Bell. Pero algunos de mis hombres no están de acuerdo respecto a esta cuestión. Holden es un atracador, un desesperado, y el hombre más peligroso de la cuadrilla. Uno de ellos, Rand Blue, hizo una declaración para salvarse. Tomó parte en el atraco al tren expreso hace menos de una semana, y telefoneó al sargento Pell diciéndole que la cuadrilla se disponía a asaltar el Banco de Mercer. Conseguimos frustrar ese atraco, y en la lucha eliminamos a su cuadrilla. Solamente tres de sus componentes consiguieron huir, sin contar a este hombre a quien andamos persiguiendo. Estaba con Bell y otros dos bandidos, cuando Wess Jenkins comenzó a disparar demasiado pronto; Jenkins hirió a Bell, y el joven Holden lo mató. Encontramos a Bell y a este hombre fuera de la ciudad, junto a un árbol donde, evidentemente, Bell cayó del caballo o se vio obligado a renunciar a la huida. Holden, si es que era él, escapó. Y cuando nos disponíamos a perseguirle, Bell abrió fuego contra nosotros con dos revólveres, y mató al sargento Pell e hirió a otro batidor antes de caer muerto.
—¡Ah! ¿Ese ha sido el final de Simm Bell? —exclamó Pencarrow—. Eso me recuerda a Wess Hardin y Buck Duane.
—Simm Bell no era de la calidad de esos tejanos —replicó Mahaffey—. Era un ladrón corriente. Tenía facilidad para conquistar amistades, y eso es lo que nos ha impedido atraparle hace mucho tiempo. Pero he de confesar que murió con grandeza.
—Supongo que esa noticia producirá alegría en Houston —comentó Pencarrow con seca ironía.
—¡Claro que sí! —afirmó con energía el capitán—. ¡La política...! Un partido político ha estado defendiendo la necesidad de suprimir el cuerpo de batidores. Y eso nos ha hecho mucho daño.
—¡Ah, comprendo! La cosa tiene gran importancia.
—No, me parece que no —replicó Mahaffey con enojo.
—Los batidores son gente práctica para la persecución de los hombres de la clase del que ahora queremos atrapar. Si no fuera por ellos, Pencarrow, en Texas no habría seguridad para nadie. El joven Holden era el hombre más peligroso de la cuadrilla de Bell. Tiene una puntería maravillosa, lo mismo con la pistola que con el rifle, un valor frío, y carece absolutamente de temor. Es sólo un chiquillo en lo referente a su edad...; no puedo comprender por qué no utilizó el rifle contra nosotros. Probablemente el bandido que estaba con Bell no era Holden, sino otro cualquiera. Ésa es mi explicación. ¡Pero le atraparemos aunque tengamos que perseguirlo todo el verano!
—Bien, lo mejor que podéis hacer es cenar con nosotros, descansar y poneros en marcha nuevamente mañana por la mañana —invitó Pencarrow—. Por mi parte espero que vuestra presa consiga escapar.
—Y así ha sido, por ahora —contestó Mahaffey seca mente—. Muchas gracias por tu invitación. Tenemos que marcharnos en seguida. No podemos permitir que nos lleve mucha ventaja el fugitivo.
Al mismo tiempo que sus voces se perdían en la lejanía, el golpeteo de un hierro contra otro hierro anunció que había llegado el momento de la cena para la caravana.
—Se han marchado. ¡No ha aceptado la invitación... ese pobre diablo! —dijo fervientemente la muchacha en voz baja—. Ese ruido que ha sonado es el gongo que nos llama para la cena. Tengo que darme prisa para salir.
—No olvide usted que estaba cambiándose de vestido —contestó Wade con la aguda astucia propia de los fugitivos.
—Así lo dije. Pero no lo haré. Papá no se dará cuenta. Y los batidores no me han visto.
La joven estaba poniéndose la blusa, cuando se interrumpió de repente. Wade pudo ver confusamente que había inclinado la cabeza sobre una mano. Luego, la joven se sobresaltó con violencia.
—¡Está ensangrentada!
—No es extraño. He estado sangrando sobre sus mantas. Asegúrese de lavarse bien las manos antes de ir a cenar.
Querrá usted quedarse aquí hasta que yo vuelva? Es lo más seguro para usted. Luego le vendaré las heridas y... ya veremos lo que hacemos...—Me quedaré —contestó él sobriamente.
La muchacha se frotó las manos con algo que Wade no pudo ver, y terminó de ponerse la blusa. En aquel momento un pensamiento pareció asaltarla.
—¿Es usted... Wade Holden? —preguntó con su pintoresco acento tejano.
—¡Bien sabe Dios que me gustaría poder negarlo! —contestó Wade con amargura.
Ella no hizo ningún comentario, abrió las lonas de la tienda para salir, y —después las cerró tras sí.
Wade quedó a solas, víctima de contrarias corrientes de emociones y de pensamientos.
Simm Bell, su padre, había sucumbido al fiero deseo de contener la persecución de los batidores, y prefirió matar a Pell con preferencia a Mahaffey. Verdaderamente, el bandido había muerto del modo que siempre había jurado que moriría: con las botas puestas y las armas en las manos. Wade se alegró al pensarlo. El locuaz jefe de ladrones se había elevado hasta las alturas de la batalla con su último acto, y su último pensamiento había sido en defensa de su hijo. ¡Qué tenaz era Mahaffey! Era un verdadero tejano cuando se proponía cumplir una misión. Wade supuso que en el caso de que consiguiera huir de la amenaza que se cernía sobre él en aquel momento, jamás podría considerarse seguro. Debería huir aquella misma noche, no dejar huellas tras él y marcharse lejos. Aquella muchacha, ¿cómo se llamaba? Jacqueline Pencarrow, le había salvado la vida. Una inexpresable gratitud, algo que se sobreponía a su sombría amargura, nació en el corazón de Wade. Las mujeres no habían tomado parte en su vida desde que comenzó a seguir los senderos del mal. ¡Siete arios! No le era posible recordar con interés a ninguna mujer, con excepción de su hermana, Lil. Wade recordó a su madre. Que esta mujer había amado a Simm Bell, en lugar de al rebelde guerrillero, Jim Holden, estaba profundamente grabado en la imaginación de Wade; por lo tanto, debía ser aceptado.
Al cabo de un momento Wade comprobó que, a pesar de lo turbulento de sus pensamientos y de sus sentimientos, comenzaba a caer lentamente presa de la debilidad o del sueño. La pérdida de sangre le había debilitado. Todavía percibía el calor del reguero que le corría a lo largo del brazo. Sentándose con cuidado retiró las mantas y se quitó la chaqueta.
En la parte superior de la camisa, junto al hombro izquierdo, había un agujerito. La herida era sólo una estría superficial trazada en la carne. Debería vendarla para evitar el desangre.
Sacando el pañuelo del bolsillo, miró en torno suyo en busca de algo que le pudiera servir para hacer una almohadilla y colocarla sobre la herida; encontró una tela blanca que se hallaba en la parte superior de la maleta de la muchacha, y colocándosela bajo la camisa, la sujetó con el pañuelo.
Después esperó el regreso de la joven e hizo un esfuerzo por oponerse a la tentación de mirar al exterior. Aparentemente, todas las personas que componían la caravana, se habían reunido en un solo grupo, puesto que todas las risas y las conversaciones provenían de una sola dirección. Los componentes de la caravana, con sus invitados de la campiña, se divertían al mismo tiempo que comían. A Wade le parecieron, en cierto modo, gentes sin corazón.
Mientras todas aquellas personas hablaban con despreocupación, él se encontraba solo, retorciéndose de dolor, sufriendo sus heridas, hambriento y sediento, perseguido tan implacablemente como un perro rabioso. Y pensó en la muchacha. Sí, Jackie tenía corazón.
Le había salvado sin preguntarle siquiera quién ni qué era. Representaba la gracia salvadora de la mujer, de la cual había oído hablar, pero de la cual jamás había tenido pruebas directas hasta aquel momento. Esta muchacha se interponía entre Wade y su desprecio por el mundo.
Unos pasos ligeros sonaron en el exterior. La joven regresaba. Wade oyó el crepitar de las ramas verdes al caer sobre el fuego y comenzar a incendiarse. Un vivo resplandor iluminó el interior de la tienda. Las lonas que cubrían la entrada fueron desatadas, y Jacqueline entró en el interior aureolada de un momentáneo relámpago de luz amarilla. La joven llevaba en las manos un paquete que colocó sobre el lecho.
—Creí que jamás podría escapar —susurró—. Los hombres están un poco excitados, y las mujeres están bromeando con los campesinos. He recogido unos trozos de carne, sal, cerillas, todas las galletas que he podido sustraer, y una manzana. Seguramente usted debe de estar hambriento.
—No he tomado ni un solo bocado desde anteanoche. Pero esperaremos... ; he de decir a usted que he cogido una tela de su maleta y la he utilizado para vendarme la herida del brazo.— ¿Tela...? ¿Qué... será...? —se volvió, se arrodilló en el suelo y comenzó a revolver a tientas el interior de la maleta—. ¡Oh...!
—Es blanda y suave —dijo él al ver la confusión de la muchacha—. Perdóneme. Pero necesitaba algo.
—¡Ha cogido usted mi... mi camisa!
—No miré lo que era... ; ya es demasiado tarde para...
—No importa. Puede usted tirarla.
Wade no contestó. Repentinamente, lo extraño de la situación en que se encontraba le sorprendió, aparte la tragedia cuyo desarrollo llenaba su imaginación: muerte, batidores implacables, lucha desesperada, peligro inminente... Una muchacha joven, probablemente no mayor de dieciséis años, le había admitido en la intimidad y la protección de su tienda. Wade representaba sólo un hombre perseguido para ella. Pero a él le parecía ella un ser importante como la madre que había perdido años antes, que poseía ese espíritu llamado femenino, y que era lista y estaba deseosa de salvarlo.
—¿Dónde está usted herido? —preguntó ella con gran sentido práctico—. Tiene sangre en el rostro.
—Estoy herido en la parte alta de la cabeza —contestó él al mismo tiempo que se inclinaba para que la joven le reconociese. La muchacha le apartó el cabello que tapaba la lesión.
—¡Uf! Es un surco bastante largo... Está lleno de sangre coagulada.
—Pase el dedo sobre él. Vea si es profundo. No le importe hacerme daño. Quiero saberlo.
Después de varios intentos, la muchacha realizó lo que se le pedía.
—Es bastante profundo. Pero la bala no se ha alojado en la herida. Se ha limitado a pasar rozando —murmuré ella, esperanzada.
—Está bien. Temí que se me escaparan por la herida los pocos sesos que me quedan.
—¡No tiene usted muchos qué perder! —comentó ella en el mismo tono tejano y burlón con que hablaba su padre. Aquellas palabras parecían contener una insinuación sutil sobre la insensatez que representaba el que un joven tan valioso como el que tenía delante fuese un ladrón y pusiera su vida a merced de los batidores. Wade tenia aún la suficiente cantidad de vergüenza para que el aguijonazo le doliese íntimamente.
—Tiene usted el cabello completamente enmarañado,, y sangre coagulada en el rostro —continuó ella—. Voy en busca de agua. Puedo traer la palangana.
Wade se sentó con la cabeza inclinada; inmediatamente, ella comenzó a bañarle en primer lugar el rostro y a continuación la herida. El agua fría le produjo un agudo escozor, pero también le refrescó. El deshacer la maraña de sus cabellos, representó una dura prueba para él.
—Esto es todo lo que puedo hacer. No tengo nada qué ponerle en la herida... ¿Dónde tiene usted el sombrero?
—Lo he perdido. La bala que me hirió me lo arrebató de la cabeza.
—Yo tengo un sombrero —murmuró ella; e inclinándose hacia atrás, recogió dicha prenda, que se hallaba sobre su almohada—. Es demasiado grande para mí. Pruébeselo.
—¡Como hecho a la medida para mí...! Bien... No quiero ni siquiera intentar darle las gracias, señorita Jacqueline Pencarrow... Y ahora, debo irme.
—Todavía no. Las hogueras están aún en exceso encendidas y producen demasiada luz.
¡Espere! Vamos a terminar bien lo que hemos iniciado. Túmbese y descanse, si no puede dormir. Yo continuaré sentada y vigilaré en espera de la ocasión.
No podía negarse su sagacidad, ni tampoco su increíble generosidad. Por otra parte, Wade experimentaba la necesidad de descansar y dormir. Puesto que aquella muchacha quería que él tuviera mayores motivos de agradecimiento, se dejó caer sin decir una sola palabra más y cerró los ojos. Y fue maravilloso para él el sentir cómo sus pensamientos de desvanecían, cómo el olvido se adueñaba de su ser a pesar de las angustias, de las heridas y de los dolores.
A cierta hora de la noche, Wade, que continuaba dormido, notó que alguien le sacudía.
Se dio cuenta de ello, aunque no pudo despertar inmediatamente.
—¡Despierte, despierte! —dijo una voz baja a su oído, una voz que procedía de unos labios que él conocía. Se agitó, se lamentó y abrió los ojos. Las negras sombras del follaje temblaban sobre la tienda iluminada por la luz de la luna. Una débil luz le hizo ver que la muchacha se hallaba arrodillada a su lado.
—¡Oh, qué sueño más pesado tiene usted! —murmuró la joven—. Temí que se hubiera muerto... Está amaneciendo. Todos mis compañeros de viaje duermen. Debe marcharse ahora.
Wade se sentó trabajosamente.
—¡Amaneciendo! ¿Ha estado usted despierta durante toda la noche?
—Sí. No tiene importancia. Las horas han volado... Ésta es la mejor hora para usted.
¡Váyase!
Mientras la joven se arrodillaba para abrir las lonas que cerraban la tienda, Wade se puso la chaqueta y se la abrochó. Después, halló el sombrero y se lo puso.
—¡Oiga! No se olvide la comida y esta cantimplora.
Wade recibió lo que le entregaba y al tomarlo en sus manos vio que las de ella temblaban. Después, la joven se aproximó para levantar la lona. Una luna pálida brillaba débilmente sobre el accidentado borde de la pendiente. Todo aparecía gris y pálido, y tan silencioso como una tumba.
—Vaya en dirección a la izquierda —murmuró la joven—. Manténgase cerca de la pendiente. Allí no hay carros ni tiendas... ¡Buena suerte, Wade Holden!
Cuando Wade llegó a la entrada de la tienda, pudo ver claramente el rostro de la joven a la luz de la luna. Era pequeño, ovalado, expresivo y juvenil. Pero sus grandes ojos eran insondables. Wade los recordaría durante toda su vida.
—¡Bendita sea usted..., mujer! —murmuró él, roncamente; y avanzó unos pasos y se perdió entre la sombra de los árboles. Cuando hubo llegado hasta ella, se enderezó para mirar a su alrededor. Los enormes carros entoldados brillaban fantásticamente bajo la luz de la luna. Las hogueras se habían extinguido hacía mucho tiempo; nada se movía. Aguzando el oído, Wade pudo percibir un murmullo de agua corriente, lo que le indicó que más allá del campamento podría saciar la sed. Se deslizó a hurtadillas junto a la pendiente vertical de la montaña, y a medida que avanzaba, el borde de la elevación opuesta ocultaba más y más la luna. Antes de pisar, Wade se aseguraba de donde ponía el pie; no debía dejar detrás de sí ninguna ramita rota, ninguna huella sobre el polvo, ninguna mata de hierba doblada. Habría avanzado varios centenares de yardas cuando una sombra perceptible oscureció el desfiladero. La luna se había ocultado. El alba no estaba lejana. Wade pasó junto a los grises carros del campamento. El desfiladero se abría, y su lienzo de montaña izquierdo se dirigía hacia el Sur, negro y sombrío por efecto del arbolado y de la maleza. El arroyuelo se desviaba de la carretera en la dirección que Wade había escogido.
Se detuvo para respirar profundamente el aire frío de la mañana. Le inundaba una maravillosa exaltación. ¡Libre! Y aquella vida negra quedaba tras él. Miró a sus espaldas, hacia el campamento, con el intento de perforar la oscuridad y ver una vez más aquella pequeña tienda de campaña y a su salvadora de ojos oscuros. Los batidores que perseguían a los hombres, fracasaban cuando éstos eran favorecidos por una mujer. Si el destino de Wade hubiera sido que los batidores se apoderasen de él, sus pasos no le habrían conducido jamás hacia ella.
Wade continuó avanzando sin dejar huellas. Aceptaba la presencia de Jacqueline Pencarrow como algo más espiritual que real, como una barrera contra el odio, como una recompensa por la promesa que hizo a su padre y por la fortaleza que le llevó a dejar de apuntar a los batidores con su revólver.


V
La gran tarea de Wade consistió en continuar avanzando sin dejar huellas de su paso.
Esta tarea era propia de los indios, no de un hombre blanco habituado a los caballos y a las botas. La fortuna le favoreció, puesto que la hierba era espesa y corta y estaba desprovista de rocío.
Al llegar a una fuente que brotaba de una rendija en las rocas, Wade volvió a llenar la cantimplora y bebió cuanto pudo. De este modo pudo seguir refrescando.
La mañana rompió, brillante y soleada. Los sinsontes y los patos silvestres, los ciervos y los conejos hablaban de música o movimiento a la fría mañana primaveral. Wade percibió todas estas cosas, pero no le produjeron placer alguno. Era un hombre sombrío y vigilante, empeñado en la tarea de salvar su vida.
Mahaffey recorrería los terrenos inmediatos al campamento de la caravana en un intento para hallar las huellas de Wade. Lo más probable sería que no las encontrase. En el caso de que las hallase, Wade lo sabría antes de que el sol llegase a su cenit.
De otro modo, los batidores recurrirían a su vieja costumbre de recorrer el campo desplegados en semicírculo, deteniéndose en todos los edificios, ranchos, campamentos, en todos los lugares a que un fugitivo pudiera ir en busca de alimento; no podrían adivinar que Wade disponía de comida suficiente para una semana y de sal para un mes, y que no necesitaría aproximarse a ninguna casa o ciudad. Pero los batidores de Texas eran incansables. Si Wade no salía de aquel Estado, los batidores le matarían o capturarían, más pronto o más tarde. Y la vasta extensión y las elevaciones del terreno de Texas Occidental habían de ser cruzadas por Wade.
Wade siguió el arroyuelo hacia su nacimiento. Allí, en un lugar sombreado, volvió a beber agua y comió frugalmente una parte de sus provisiones. En aquellos momentos debía de haber recorrido quince o dieciocho millas desde su punto de partida. No conocía el terreno que tenía ante sí, pero poseía una idea superficial de la dirección que debería seguir para ir hacia el sur de las áridas pendientes del Llano Estacado, una región que pocos hombres han cruzado a pie. Debería mantenerse alejado de las carreteras y rehuir las moradas de los hombres. Ningún ferrocarril atravesaba la comarca situada al sur del Texas Central. Cada paso que diera conduciría a Wade hacia una región más despoblada. Caminando por la altura le sería posible vadear los ríos por los lugares en que surgían de la meseta. Eventualmente, podría dirigirse hacia el Oeste, a las inmediaciones del río Pecos, al oeste del cual no había leyes, ni batidores, ni nada que no fuese ganado bravío y hombres bravíos, rocas, cactos y maleza.
Aquella noche, acampó, junto a un arroyo varias millas más adelante; y si dejó algunas huellas detrás de sí, éstas serían borradas por los restos de la última gran manada de búfalos.
Wade recordó entonces la circunstancia de que los búfalos estaban siendo eliminados rápidamente por los cazadores de pieles. En el caso de que continuase en aquella dirección, pronto se encontraría en los campamentos de aquellos carniceros. Aquel año, 1878, vería el final de las grandes bestias peludas de la llanura.
Wade durmió aquella noche como un hombre a quien ni la persecución ni las preocupaciones pudieran mantener despierto. Al día siguiente sentía como si la herida del brazo le latiera y quemara. Se quitó el vendaje y la ensangrentada almohadilla, y recordó que era la prenda interior de que se había apropiado en la tienda de la muchacha. No era ya un objeto bello, pero lo conservó. Luego se lavó la herida, que ya había comenzado a cicatrizar, pero que estaba hinchada y era dolorosa. La vendó flojamente y continuó su camino.
Tres días más tarde llegó a una zona herbosa en la que había muchos espectrales esqueletos de búfalos. Centenares y centenares de ellos se ofrecieron a su vista. Los zorros y los coyotes, los buitres y los busardos se movían por todas partes. El olor era nauseabundo. Al cabo de unos momentos, Wade oyó el distante estallido de una bala de rifle para cazar búfalos. Debajo de él, a lo largo del río, unas sombras movedizas y unas nubes de polvo de las que provenían los continuos disparos, representaban una escena de matanza que Wade no deseaba presenciar. A la hora del crepúsculo llegó a un campamento de cazadores, donde había una docena o más de hombres pesados y barbudos, algunos de ellos cubiertos de polvo y con las manos ensangrentadas por efecto del trabajo del día; otros, llegaban mojados del río.
Los carros cargados de pieles se hallaban dispuestos para emprender la marcha. Los caballos y los bueyes pastaban a lo largo del arroyo. Las pieles de búfalo estaban amontonadas y medio rodeaban el campamento.
Los cazadores no hicieron ninguna pregunta a Wade, sino que le invitaron a comer con ellos. No concedían gran importancia a un hombre que caminase a pie. Había millares de cazadores de pieles en las llanuras de Texas.
Wade se alegró de descansar y comer con ellos. Eran hombres alegres, procedentes de toda la región del Norte y del Este, entre los cuales Wade no reconoció a ningún tejano.
Estaban obteniendo buena caza, lo cual, indudablemente daba motivo a su jovial hospitalidad.
—¿Quieres trabajo como despellejador de búfalos o enclavijador de pieles? —preguntó el jefe—. Te daré dos centavos por cada piel.
—Gracias. Creo qué no sabría hacerlo —contestó Wade oponiéndose a su deseo de aceptar.
—¿Nunca has desollado un búfalo? —preguntó otro cazador.
—No.
—Bien, si nunca lo has hecho, ganarías alrededor de dos centavos diarios por espacio de un mes.
Todos rieron al oír la broma.
—¿Tiene usted algún caballo que vender? —preguntó Wade, con expresión de indiferencia.
—Muchísimos.
—¿Y una silla?
—También. Puedo complacerte. ¿Cuánto quieres pagar? —No podría dar por ello más de veinticinco dólares.
—¡Trato hecho!
A la mañana siguiente, Wade se encontró montado en un caballo robusto, con un envoltorio de carne de búfalo, galletas, sal, azúcar, café y diversos utensilios atados a la parte posterior de la silla.
—¿Hacia dónde vas, muchacho? —preguntó el cazador de búfalos con una mirada de astucia e interés.
—El caso es que ni siquiera sé dónde estoy —reconoció Wade.
—A doscientas millas al oeste y un poco al sur de Waco. ¿Adónde quieres ir?
—Al oeste del Pecos.
—Es un viaje largo, desconocido. Cruza el primer río que encuentres y vete hacia el Oeste.
Evita el dirigirte al Sur. Esa región está llena de cazadores de pieles y de injuns. Deja el río donde sale de entre los riscos, y dirígete al Sudoeste. El camino es muy duro y el agua escasea. No sé en dónde, encontrarás el camino ganadero que se dirige al Pecos.
—Gracias, cazador —contestó Wade, agradecido.
—¡Buena suerte! —Y cuando Wade se alejaba, añadió—: No te he visto en toda mi vida.
Día tras día Wade cabalgó en dirección al Oeste, siempre alerta y ojo avizor, siempre mirando hacia atrás. Mas a medida que los días se multiplicaron y no divisaba ninguna casa de agricultor ni ningún caballo, ni cruzó ninguna carretera, algo comenzó a desvanecerse en él de un modo parecido al aminoramiento de una carga. Siempre había deseado estar solo; pero en aquellos días conoció la soledad de un modo como jamás la había experimentado.
El río se bifurcaba al pie de las colinas. Nunca había visto Wade un lugar tan hermoso.
Unos árboles maravillosos extendían su verde dosel sobre terrenos en que ni los ciervos ni los patos huían al verle. Los osos y los jaguares le siguieron con curiosidad. El profundo lago en que los arroyuelos concluían estaba lleno de peces. Wade pasó allí un día entero guisando carne de venado para los días de su permanencia en zonas aún más inhóspitas que aquélla. El verano había llegado prematuramente a aquella región de Texas.
A la mañana siguiente se levantó temprano para ponerse en marcha muy pronto. Algunos días se veía obligado a perder el tiempo buscando a su maniatado caballo. Pero esto no le sucedió en aquel sitio. El caballo tenía los costados llenos y redondos. Lo necesitaba para los días venideros. Wade abandonó el solitario y silvestre lugar con pesar. ¡Qué maravilloso sería poseer un rancho allí!
Se alejó del río y tomó la dirección del Sur solamente lo necesario para mantenerse al pie de la pendiente. Cuando salió del valle fluvial, pudo ver el verdadero Texas, que se extendía hasta el infinito, gris y estéril.
Lo que más le interesaba en aquellos momentos era el agua. Pero en aquella época, a lo largo de la combadura de la meseta occidental, apenas podría transcurrir un día en que no encontrase algún arroyo o manantial. Su caballo era buen caminante, y recorría tres millas o más por hora. Wade dejó muy pronto tras sí los caminos marcados por los animales. La hora solemne del mediodía halló a Wade como un puntito moviente en una llanura de verdor. Las horas transcurrían insensiblemente. El hábito del joven de mirar hacia atrás, no le había abandonado aún. Pero jamás le permitió descubrir a sus espaldas seres vivientes. Antes del crepúsculo cruzó varias hebras de agua orilladas de maleza, y antes de que llegase la oscuridad eligió un terreno herboso para acampar. En aquella ocasión Wade no trabó a su caballo. Había establecido desde hacía bastante tiempo unas amistosas relaciones con el manso y robusto animal. Ambos dependían uno de otro. Las tareas de acampamiento de Wade fueron muy sencillas. Encendió una hoguera para calentar el café y un trozo de carne. Se había concedido a sí mismo una galleta cada día. Su libertad era tan gloriosa, la extraña compañía que había encontrado en sí mismo tan intrigante, que la monotonía y aquella sencilla vida jamás le abrumaron.
Comió y esperó el paso de las horas desde el crepúsculo hasta que la noche se completó.
Por espacio de varios años había acampado siempre en lugares solitarios. Pero aquél era diferente a los que conocía. Nada de beber, de reñir, de jugar, de alegres compañías, nada de lealtad incomprensible para su jefe o de temor para él. Todo esto parecía muy lejano, perdido en el pasado, del cual solamente se había salvado el recuerdo.
Aquella noche Wade no oyó el lamento de los lobos y el ladrido de los coyotes. Había terminado por amar estos sonidos, y se sentía demasiado solitario cuando le faltaban. Wade vivía en el presente. Su deseo de huir de Texas era tan fuerte, que absorbía todo el tiempo que dedicaba a meditar. El pasado se desvanecía. El porvenir no había nacido aún. El momento, la hora y la noche ocuparon su imaginación. Durmió sobre la manta de su silla y utilizó la silla como almohada.
Bajo la luz rosada del amanecer, cuando Wade examinó sus provisiones comprobó que disponía de diez galletas y de una cantidad de café suficiente para el mismo tiempo que duraran aquéllas. Y se puso en marcha y se perdió en la gris lejanía que parecía llamarle amistosamente.
Cuando las diez galletas se concluyeron, Wade advirtió que había viajado por espacio de diez días.
El carácter de la vida vegetal cambiaba gradual e imperceptiblemente. Desde la artemisa pasó a los mezquites enanos y otras plantas espinosas, con excepción de los cactos, de los cuales vio muy pocos. El terreno se hacía a cada momento más accidentado, con escasa hierba y una pequeña mezcla de arena. Wade entró con recelo en aquella zona. No era la traidora braseda de Texas meridional, y, sin embargo, podría muy bien entorpecer su marcha y crear para él y para su caballo entorpecimientos difíciles de vencer. Desde su silla, Wade podía ver como la ancha espesura se extendía ante él para fundirse con una línea de verde más oscuro.
Allí debería de haber un arroyo. Y desde aquel punto la tierra oscurecida por la vegetación, parecía elevarse lentamente hacia los negros espectros de unas cumbres situadas en el Oeste.
Aquel fue un momento crucial para Wade. No podía volver atrás. Hacia el Sur, la densa maleza se espesaba.
El ir hacia el Norte estaba prohibido por la estéril llanura que en aquella dirección se desarrollaba. Sólo podía viajar hacia el Oeste. Triste y conociendo plenamente el peligro que le amenazaba, Wade se introdujo entre la maleza, orientado por el sol.
E inmediatamente le pareció que se había hundido en un laberinto de vericuetos, senderos, y claros rodeados por espesuras impenetrables. No le era posible cabalgar en línea recta. Se veía obligado a avanzar en zigzag, a volver atrás, trasponer las barreras de vegetación, a dar vuelta en torno a ellas. El terreno era demasiado estéril para que pudiera tener una cobertura completa de verdor, lo que resultó muy afortunado para Wade, puesto que, de otro modo, no habría podido orientarse.
Continuó avanzando, y el calor del sol aumentó. Wade se humedecía de vez en cuando la boca y la garganta, pero el hacerlo representaba un despilfarro de agua. El caballo sudaba copiosamente, hasta el punto de que el sudor le corría por todo el cuerpo. A Wade le sucedió lo mismo. Tuvo que quitarse la chaqueta y atarla a la silla; mas continuó dirigiéndose hacia el Oeste, indomable y decididamente. Cabalgó hasta que la oscuridad le obligó a detenerse. Su caballo se encontró sin agua y sin hierba en aquel campamento.
Wade durmió muy pocas horas y permaneció durante la mayor parte de la noche despierto y presa de las preocupaciones. Cuando hubo la suficiente luz para que pudiera verse la abertura de la maleza, ensilló el caballo y se preparó para el que había de ser un día crítico en su vida.
La mañana era dulce y fresca. El caballo de Wade lamió el rocío de las hojas de hierba y de algunas otras matas. La esperanza renació en el corazón del fugitivo, que creyó que podría salvarse. Los conejos americanos, pocos y espaciados, fueron los únicos seres que desfilaron ante la vista de Wade, que igualó en resistencia a su caballo y economizó aún más la corta cantidad de agua que le restaba. El sol continuó calentando a cada momento con más fuerza, y cuando estuvo situado verticalmente sobre la tierra, a Wade le pareció casi insoportable.
Después la maleza se cerró en torno a él, de modo que las salidas escasearon más que anteriormente. Esta circunstancia tenía un aspecto agradable: cuanto más densa fuese la espesura, tanto más cerca debía hallarse del agua. Pero se vio obligado a continuar avanzando del modo más recto que le fuera posible, cualquiera que fuera la dirección que en su camino le condujese. Las espinas le rasguñaban las piernas, y el calor y el polvo caían implacablemente sobre él. A medida que aumentaba su fatiga, la sed se fue haciendo enloquecedora. La mitad de su agua había desaparecido. Bebió un buen trago y determinó reservar el resto para el día siguiente. Wade creía que podría vivir dos días más sin sufrir grandes detrimentos. Pero ¿podría el caballo soportar la sed y la fatiga del mismo modo que él? Wade comprobó que su cabalgadura soportaba bien las penalidades. Y una vez más sabía lo que podía confiarse en un caballo y cuánto dependía de él.
Los obstáculos aumentaban. Al llegar el mediodía Wade era un hombre con las ropas desgarradas, abrumado, perdido en una selva de espinos y que comenzaba a sentirse cerca del final de sus recursos físicos y mentales. Su caballo caminaba trabajosamente.
A la hora del crepúsculo, el horror de su situación sobresaltó a Wade. Su anhelo de vivir se convirtió en un delirio. Y aquellos infernales muros de maleza, de ramas y de espigas, y el sofocante polvo le presentaban tan brutales y terribles barreras contra la vida, que Wade dudó en ocasiones de la cordura de su inabatido espíritu. Su inteligencia le advirtió que todavía se encontraba muy lejos del derrumbamiento físico. Lo que más debía temer era el efecto del calor sobre su cerebro. Y parecía que el sol estaba abriendo, a fuerza de fuego, un orificio en la copa dé su sombrero. Wade se colocó sobre ella un montón de hojas de árboles y descansó en un lugar sombroso para meditar sobre la situación. La noche llegaría muy pronto nuevamente. Decidió dar rienda suelta a su caballo y continuar cabalgando.
Mientras Wade tomaba estas resoluciones, el caballo lanzó un resoplido y comenzó a marchar por su propia iniciativa. Wade interpretó estos actos como una demostración del instinto de conservación, y permitió que el caballo siguiera la dirección que se le antojase a través de la espesura. Las horas siguientes, hasta la puesta del sol, fueron horrorosamente largas y penosas. La llegada del crepúsculo no proporcionó alivio al hombre ni al caballo; tan grandes habían sido el esfuerzo y las penalidades. Wade se empeñaba en la tarea de luchar contra su desánimo, cuando el caballo salió a una ancha carretera.
Wade abrió los ojos con incredulidad. No era una ilusión suya ni un espejismo. Una ancha carretera amarilla rompía la espantosa masa de maleza. Wade miró hacia abajo agradecido, como si en los momentos anteriores no hubiera tenido un terreno sólido bajo los pies. ¡Huellas de ganado! Wade las descubrió, aquí, allí, al otro lado de la carretera, y se inclinó sobre la silla para verlas más cerca. ¡Huellas de caballos! ¡Huellas frescas sobre las huellas del ganado! Wade dedujo que por aquel lugar había pasado uno o dos días antes una gran manada de reses, y que hacía una hora sobre poco más o menos unos jinetes habían seguido la misma dirección. Wade era un experto en huellas de caballos. Su profesión le había enseñado a conocerlas.
Aquélla era la carretera de que le habían hablado los cazadores de búfalos: un camino para ganado que se dirigía hacia el Pecos. Wade siguió avanzando mientras luchaba vigorosamente contra el cambio que en su ánimo se operaba. Algo desconocido, importante y vital estaba muy próximo a producirse en su porvenir.
El crepúsculo no había muerto todavía cuando Wade oyó el sonido de un hacha. Su corazón saltó al oírlo. Entonces se dio cuenta de que su caballo había venteado agua. Dando vuelta al llegar a un recodo, arribó repentinamente a un campamento instalado en un claro en el que un arroyuelo corría y brillaba sobre un lecho de rosas. Una hoguera resplandecía amarillentamente. Varios hombres se levantaron al verle llegar.
—¡Hola, viajero! —dijo alguien, con voz ronca que tenía tanto de desafío como de saludo.
Un hombre voluminoso, con la pistola en la mano, se interpuso ante Wade.
—Eres un negro o un hombre blanco? —preguntó.
—¡Espere...! ¡Agua! —contestó Wade, con voz ronca y ahogada al mismo tiempo que caía de la silla y se inclinaba sobre el arroyo.
Bebió ansiosamente, y su caballo con él, y pensó que si en alguna ocasión anterior le había agradado el agua, nunca le había parecido tan excelente como en aquel momento.
Después se puso en pie, como una persona que tuviera las piernas entumecidas a consecuencia de una larga cabalgata. El voluminoso hombre que se había aproximado a Wade a su llegada, permaneció junto a él en unión de dos compañeros suyos. Wade había visto a bastantes personajes duros en su vida para que pudiera reconocerlos instantáneamente.
—Acércate al fuego. Déjanos que te examinemos —habló el jefe.
—Creo que he sido afortunado —contestó Wade.
El grupo se componía de seis hombres, todos ellos maduros, y evidentemente de muy distinta naturaleza a la de los robustos y cordiales cazadores de pieles. Aquellos hombres eran en su mayoría delgados, iban vestidos con ropas oscuras, bien afeitados, y tenían unos ojos voraces y brillantes. El jefe permanecía descubierto, y era un hombre de baja estatura, de anchos hombros y pesado, con un rostro como de piedra, en el que se destacaban dos orificios de fuego en lugar de ojos, y una delgada y dura línea por labios.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—No importa. Mi nombre cambia a medida que me acerco al Oeste —respondió Wade, riendo. Tenía la desenvoltura que la intimidad con hombres de la clase de aquéllos le había proporcionado.
—Te has perdido en la maleza, ¿eh?
—Sí, dos días. Vengo de la cabeza del Blanco.
—¡Ah! ¿Has estado con los cazadores de pieles?
—Sí.
—¿Eres cazador de búfalos?
—No.
—Entonces, ¿cazador de caravanas? —preguntó el jefe, mientras examinaba con agrado la ligera constitución física de Wade.
—No. Si os interesa saberlo, os diré que soy un perseguido —contestó Wade, secamente, con un acento de voz que no invitaba a indebidas indiscreciones—. Estoy agotado y muerto de hambre. ¿Me daréis comida, o deberé proseguir mi camino?
—Quédate, desconocido. Tenemos mucha comida. Y si te persiguen, nuestra mano no intentará crearte perjuicios. Eso es seguro.
—Muchas gracias —replicó Wade, agradecido, mientras libraba al caballo de la silla y de la rienda, cosas que condujo a un lugar descubierto y cercano a la hoguera; luego desató la cantimplora y la chaqueta, que llevaba atadas al arzón. A continuación, se dirigió al arroyo con una pastilla de jabón y una toalla para hacerse el lavado que tan necesario le era. Se quitó la camisa, que estaba húmeda, desgarrada y tan negra como si jamás hubiera sido de un color claro, y, después de lavarla y asearse a sí mismo, oyó la llamada para la cena. Wade se dirigió hacia el fuego, junto al cual colgó la camisa de un palo para que se secase, y se presentó con celeridad ante la lona que se hallaba tendida en el suelo.
—Siéntate, desconocido, y come lo que quieras —invitó el jefe—. Esta no es una cena como las de Santone; pero hay abundancia de lo que poseemos.
Wade aprovechó inmediatamente la invitación que se le hacía. Fue una comida campesina, pero saludable, con una gran abundancia de carne fresca. Wade comió hasta hartarse y, levantándose después, dio gracias a su anfitrión y felicitó al cocinero. Los hombres parecían hallarse dispuestos a comportarse amistosamente con él, excepto un tejano de rostro negruzco que miró sospechosamente a Wade. Wade se recluyó en las sombras para huir de aquellos ojos inquisitivos, y se quitó el chaleco, pesadamente cargado, para ponerse la camisa, que todavía no estaba del todo seca. En el caso de que aquellos hombres supusieran que Wade tenía dinero, aun cuando fuese tan sólo una pequeña cantidad, no vacilarían en matarle, con el fin de arrebatárselo. Wade experimentó una gran alegría cuando terminó de abotonarse su chaleco de cuero.
—¿Qué tenéis para mi caballo, patrón? —preguntó al jefe.
—Tenemos un saquillo de grano para él. Y en estos alrededores hay varios lugares donde tu caballo podrá comer hierba.
Esto resolvió el problema del animal. Wade silbó distraídamente, mientras en realidad vigilaba a aquellos hombres. Inmediatamente supuso que serían una cuadrilla de ladrones de ganado, que seguiría con fines siniestros aquellas huellas que se marcaban en la carretera. Un momento más tarde pudo encontrar un espacio descubierto y próximo al arroyuelo, en el que crecía un poco de hierba, y condujo allí a su caballo. Se había hecho de noche. Wade pudo acertar a transportar su silla y su alforja al mismo lugar.
Cuando volvió junto a la hoguera, sus pasos no produjeron ningún sonido sobre la blandura del terreno, por lo que le fue posible oír una conversación que no era sostenida para que él la oyese.
—Bueno, aun cuando tuviera dinero, yo no intentaría quitárselo... No me atrevería a intentar a hacer nada contra un hombre que lleva el revólver del modo que él lo lleva. Ese hombre es un pistolero, Nippert, créeme. Es uno de esos tejanos de casta, bravíos.
La respuesta de Nippert fue un gruñido, en voz demasiado baja para que Wade pudiera entenderla.
—Y otra cosa más, Nip: si es un perseguido, podría sernos útil para nuestro proyecto. Y créeme, con ese equipo de caballistas que le acompaña, no será muy fácil despojar a Aulsbrook de una parte de su ganado.
—Conozco bien este camino de ganados, Catlin —contestó Nippert. —En el cruce de Cabeza de Caballo podemos tender una celada a ese tipo y salir de la contienda sin sufrir un solo arañazo.
—Ya me lo dijiste antes. Pero el Pecos está a una distancia infernal de aquí; Y si nos apoderamos de la manada en ese lugar, tendremos que venderla en Nuevo Méjico. Y yo no conozco esa región.
—Jesse Chisum nos comprará, sin hacer ni una sola pregunta, todas las cabezas de ganado que le llevemos.
—¡Hum! ¿Está ese rey del ganado dispuesto a negociar ahora?
¡Claro que sí! Lo sé muy bien.
Con un débil ¡chist! otro miembro de la cuadrilla advirtió a los dos hombres que sostenían la conversación, de la llegada de Wade. Cuando éste llegó junto a la hoguera, Catlin le ofreció su petaca.
—Lía un cigarrillo, desconocido, y siéntate —le dijo, con áspera cordialidad.
—¡Diablos! ¡Cuánto tiempo hace que no he fumado! —exclamó Wade.
—Guárdate la petaca. Tengo mucho tabaco... Y ¿cuál me dijiste que es tu nombre?
—No lo he dicho —contestó, alegremente, Wade, mientras liaba un cigarrillo.
—Es cierto. No te has mostrado muy sociable.
—Bien, el caso es que mi verdadero nombre hace que los tejanos, especialmente los batidores, se interesen demasiado por mí; por esta causa, generalmente me hago llamar Jim Crow o Sam Smith o de cualquier otro modo por el estilo.
—¡Ah! Comprendo. Muchas gracias. No siento gran curiosidad por saberlo... Pero ¿adónde vas?
—No tengo ni siquiera la menor idea de adónde voy, no siendo que quiero salir de Texas —contestó Wade francamente.
—Amigo, todavía tienes que caminar muchísimo para lograrlo.
—¿A qué distancia está el Pecos?
—Nit, ¿qué distancia hay hasta el cruce de Cabeza de Caballo?
—Para el ganado, eso depende de la cantidad de hierba que haya en el camino. Esta primavera hay muchísima, en cuanto se sale de esta espesura. Yo diría que se tardará alrededor de veinte días, suponiendo que no se produzca ningún ataque de los comanches o algo por el estilo. ¡Ja, ja!
—¡Veinte días para el ganado! —murmuró, impresionado, Wade.
—Bien, amigo; eso significa veinte días aproximadamente para nosotros —explicó Catlin, suavemente—. ¿No te gustaría hacer el viaje con nosotros? Tendrás mucha comida y buena compañía.
Gracias. ¿Supone eso que he de contraer algún compromiso? —preguntó Wade.
—Absolutamente ninguno. Puedes tomarlo o dejarlo. Me gusta tu aspecto..., si es cierto que eres un fugitivo.
Eso es hablar bien y claro. Lo agradezco mucho. Pero es posible que algunos de tus hombres no sean tan... complacientes.
—Verdaderamente, tengo un equipo muy poco civilizado —declaró Catlin, con un gesto de desprecio—. Pero no quiero hacer ningún elogio de ellos. Lo único que puedo decirte es que cuando conocen a un hombre terminan por ser amigos de él.
—Consultaré esta noche con la almohada —contestó Wade pensativamente—. ¡Veinte días para llegar al oeste del Pecos! ¡Es desesperante!
—Desconocido —explicó animadamente Nippert—, puedes llegar al Pecos en dos días, a través del campo, siguiendo este arroyuelo.
—¿A través de esa espesura espinosa?
—Sí. Es muy duro, pero puedes atravesarla sin perderla. Puedes atravesar el río a nado y encontrar un camino que conduce a Nido de Águila. Allí no hay ley, sino solamente mejicanos y gente de pelo en pecho. ¡Ja, ja!
—Perdón. Quiero probar mi suerte en la carretera —contestó Wade, mientras se dirigía de nuevo al jefe—. Oye, ¿te parecería ofensivo que expresase mi suposición de que... de que vuestro viaje de veinte días al cruce de Cabeza de Caballo tiene alguna relación con la manada de reses que ha pasado por aquí recientemente?
—No es ofensivo, desconocido, y tiene relación con el ganado.
—Muchas gracias. Ahora me parece encontrarme entre amigos. Podría ser beneficioso para mí el cambiar mi actitud de lobo solitario. Pero creo que estoy obligado a deciros que si me uniese a vosotros aumentarían mucho las probabilidades que tengo de morir con las botas puestas.
—¡Ja, ja, ja! ¡Bien hablado! —exclamó el ladrón de reses, seducido por la sutil observación de Wade—. Permíteme que te diga, mi joven amigo, que ni tú, ni Wess Hardin, ni siquiera el propio Simm Bell, podrían hacer que aumentasen esas probabilidades para Bill Catlin.
—Perfectamente. Lo pensaré —terminó Wade, repentinamente sorprendido y enajenado por la observación referente a su padre; dio las buenas noches a aquellos hombres, y se encaminó hacia la oscuridad. Sin duda, el mal renombre de Simm Bell había llegado hasta los lugares más remotos de Texas. ¡Una razón más para que Wade abandonase Texas para siempre! Miró hacia atrás para ver los oscuros rostros de los ladrones iluminados por el rojizo fuego. ¡Qué escena más verdaderamente occidental! Wade podía leerla tan claramente como si fuera una página impresa.
Se encaminó con cuidado hacia el lugar en que había dejado el caballo y la silla. El claro de la maleza estaba iluminado por la luz de las estrellas y fuera de la vista de los ladrones. Wade buscó otra salida a la carretera, y, cuando la hubo encontrado, decidió huir por aquel lugar durante la noche. Con este propósito, y resuelto a despertarse temprano, hizo su lecho y se tumbó a dormir. Cuando se despertó, comprobó que había dormido mucho tiempo.
Sin embargo, aun no había nacido el alba. Wade había descansado, y lo mismo su caballo. Ensillándole y embridándole silenciosamente, Wade condujo su cabalgadura a la carretera y la llevó cogida de la brida durante una larga distancia antes de montar. Una vez sobre la silla, llevó el caballo al paso hasta que ya no hubo peligro de que los ladrones oyeran el ruido de los cascos, y entonces lo lanzó al galope.
El nacimiento del día le indicó la grata circunstancia de que había salido de la maleza.
Había nuevamente hierba en el terreno en que se encontraba, y una extensión cubierta de salvia, que se hacía rocosa en dirección al Oeste y que trepaba hasta la llanura gris del Este.
La carretera se dirigía rectamente hacia el Norte. Wade se regocijó al pensar que se hallaba en ella, a no muchas millas de distancia del famoso río, más allá del cual se encontraría a salvo.
Los ladrones tardarían cierto tiempo en descubrir su fuga, y, además, no podrían explicarse con facilidad las razones que la originaron. Catlin la atribuiría a las características de lobo solitario que había atribuido a Wade. Nippert se enojaría ante la pérdida de la ocasión de robar a alguien en quien hubiese notado olor a dinero. Y probablemente sospecharía la verdad de lo que Wade se proponía hacer, que era informar al ganadero Aulsbrook del peligro que le amenazaba. Sin embargo, pensó Wade, aquellos ladrones no sabían que él había oído su proyecto de tender una emboscada al ganadero en el cruce de Cabeza de Caballo.
Wade siguió cabalgando, a veces al trote y a veces al paso. La luz del día llegó y el Este se iluminó con un resplandor rojo que tiñó la ondulante tierra de rocas y de salvia y la herbosa llanura. Wade vio de nuevo los perfiles de unas pálidas cumbres, no tan vagas ni tan espectrales aquella mañana. Al pie de aquella interminable extensión corría el Pecos, un río oprimido entre laderas de piedras, según había oído, vadeable en pocos puntos, y lugar de cita para proscritos, como el Rim Rock del Río Grande.
Desde lo alto de una elevación contempló una numerosa manada de reses que pastaba en una llanura próxima a la carretera. El humo azul señalaba la situación del campamento de los ganaderos, a una distancia menor de cinco millas. Wade espoleó su caballo para lanzarlo al trote. Inmediatamente pudo ver unos jinetes que marchaban delante del ganado. Cuando, al fin, Wade detuvo su caballo en el campamento, vio a cinco hombres que estaban desayunándose. Un tejano fornido, de edad mediana, de rostro bronceado y cabello arenisco, como tantos y tantos tejanos, se levantó para inspeccionar a Wade con ojos de halcón.
—Buenos días —saludó.
—¿Cómo está usted? —contestó Wade, en tanto que miraba al ganadero y a los demás hombres. Estos eran unos jinetes delgados, larguiruchos, jóvenes, como la mayoría de los conductores de manadas.
—¿A qué tanta prisa? —preguntó el alto tejano.
—Quería alcanzar pronto a ustedes.
—¿Vienes solo? —y su mirada de águila se apartó de Wade para inspeccionar la carretera hasta el punto en que desaparecía tras una pendiente.
—Sí.
—Y ¿por qué tenías tanta prisa por alcanzarnos?
—Les siguen a ustedes una cuadrilla de ladrones de ganado. Está compuesta por Nippert, Catlin y otros cuatro hombres cuyos nombres no conozco.
—No es preciso que los conozcas. Con Catlin ya hay bastante... ¿Por qué no te apeas y nos acompañas a desayunar?
Wade se sentó junto a ellos, y se dio cuenta del modo tan atento con que todos le observaban.
—Supongo que usted debe ser Aulsbrook —dijo Wade.
—El mismo. ¿Cuál es tu nombre?
—No digo nunca mi verdadero nombre. Por esta causa puede usted llamarme del modo que se le antoje.
—Bien, toma el desayuno.
Wade consumió más comida y bebida que minutos dedicó a esta labor. Después se apresuré a explicar:
—Vengo de los alrededores del río Blanco y me perdí en la maleza del bosque. La noche pasada tuve la suerte de encontrar la carretera, e inmediatamente hallé un grupo de seis hombres que habían acampado cerca de ella. Conocí inmediatamente la clase a que pertenecían, y no perdí el tiempo para decirles que era un fugitivo y que estaba perseguido.
Esto simplificó las cosas. Los hombres me acogieron bien. Después de la cena oí que Nippert y Catlin hablaban. Nippert quería robarme..., y supongo que antes me habría matado. A Catlin no le agradó la idea, porque me había tomado por un pistolero, y dijo que podría ayudarlos en el «trabajo» que preparaban. Nippert conoce bien la región. Su proyecto consiste en permitir a ustedes llegar al cruce de Cabeza de Caballo, tenderles una emboscada y huir con todas las reses... No les he dejado traslucir que había oído su conversación; pero cuando Catlin me hizo la proposición de que me uniera a ellos, le dije que lo pensaría. Y esta mañana, antes de la salida del sol, ensillé mi caballo y corrí en busca de ustedes.
El tejano se rascó la dura barbilla durante un momento y contrajo los grises ojos.
—Desconocido, cuando te vi venir, supuse que pertenecerías a la cuadrilla de Catlin —habló despacio—. Por esto he de pedirte perdón, a causa de mi equivocada sospecha.
Jefe, ¿cómo sabes que este hombre no miente? —preguntó el jinete que se hallaba más cerca.
—Bien, Ber, hay ocasiones en que ha de juzgarse a los hombres por las palabras que pronuncian —contestó el ganadero pensativamente—. De todos modos, no me propongo escuchar lo que tengas que decirme.
—No tengo mucho que decir. Estaba pensando... Este desconocido parece que habla con sinceridad. Además, si forma parte de esa cuadrilla, no sería muy probable que nos revelase el proyecto de Nippert de tendernos una emboscada en el cruce de Cabeza de Caballo.
—Exactamente. Y óyeme, Ver, es posible que algunos de los robos de ganado realizados en ese lugar, y que se han atribuído a los comanches, sean obra de esa cuadrilla.
—Ya lo había pensado, jefe.
—Bueno. Blanco, no sabiendo tu nombre, te llamaré Blanco... ¿Quieres seguir conmigo como caballista o como conductor de manadas?
—¿Es eso una invitación a que me vaya o a que me ponga de parte de usted?
—Puedes tomarlo como mejor te parezca. Haz lo que quieras.
—Creo que me agradaría poderle ayudar, si pudiera hacerlo. Dios sabe que ya es hora de que haga algo decente —dijo Wade, con expresión de amargura—. Además, me gustaría enfrentarme con Nippert con un revólver en la mano.
—¿Eres buen pistolero?
—Creo que lo único que sé hacer bien es manejar un arma.
—En este camino es una cosa muy conveniente; no lo olvides. ¿Manejas con la misma habilidad el rifle?
—Todavía mejor. Con un rifle puedo hacer blanco sobre cualquier cosa —contestó Wade, sonriendo al darse cuenta de su inmodestia.
—Samm, trae aquella funda que hay en el carro y que tiene un rifle de 44 —ordenó Auslbrook—. Apenas sé manejar las armas largas. Y ninguno de mis muchachos lo hace bien.
—Entonces, ¿acepta usted lo que le he dicho como expresión de la verdad? —preguntó, emocionado, Wade. Comenzaba a pensar que su desconfianza por los hombres podría haber sido ocasionada por su profesión.
—Claro que sí. ¿Y tú, Ber?
—Jefe, si yo hubiera de decidir, me parece que creería lo que este hombre nos ha dicho.
—¿Estáis de acuerdo, muchachos...? —preguntó Aulsbrook a los demás.
—No tenemos ninguna objeción que hacer —replicó cordialmente uno de los hombres.
Samm regresó trayendo la funda, el Winchester y los cartuchos, que entregó a Wade.
—Muchachos, me parece que el hecho de que Blanco haya huido de la compañía de esos ladrones, anoche, los obligará a cambiar sus planes —observó Aulsbrook, tras haber meditado unos momentos—. Cierto que no esperan encontrar a Blanco con nosotros; pero también seguramente saben que no ignoramos que nos vienen siguiendo. Y esto puede hacer que su impaciencia sea demasiado irresistible. ¿Qué objeto tendría para ellos el esperar a atacarnos en Cabeza de Caballo cuando saben que no pueden sorprendernos?
—No tendría sentido común, jefe —contestó el vaquero llamado Ber—. Nos seguirán con el intento de atacarnos cualquier noche.
—Esa puede ser la opinión de Catlin; pero Nippert puede pensar de un modo diferente.
Es la cabeza de esa cuadrilla, aunque no sea el jefe... ¿Qué piensas de todo eso, Blanco?
—No soy ganadero. Y ésos son los primeros ladrones de ganado con quienes he tratado.
Yo diría que en estos momentos se consideran ya fracasados.
—¡Bien dicho! —exclamó Aulsbroock—. Pero ¿por qué lo supones?
—No es una suposición. Es una afirmación.
Aulsbrook no insistió sobre aquel punto. Pero la tranquilidad que se reflejó en su frente fue muy expresiva.
—Tú, Samm, y tú, Jimm, preparaos para la marcha —ordenó—. Ber, tú y Blanco recoged los caballos. Nick, vete a buscar los de mi carro y ayúdame a engancharlos.
—¡Pronto!
Aún no había transcurrido una hora cuando la manada se había puesto en movimiento.
Wade se sentó en el asiento del carro, junto a Aulsbrook, que lo dirigía. El caballo de Wade, despojado de la silla, había tenido tiempo suficiente para descansar junto al resto de la remuda, y pastaba, en unión de las reses. Los cuatro vaqueros iban uno a cada lado de las vacas y dos detrás. Todos cabalgaban negligentemente inclinados sobre las sillas y fumando.
El conducir manadas era un trabajo poco penoso.
—Esto me agrada —dijo Wade— : ir hacia delante, sin prisa, corno si el tiempo no existiera.
¿Cuántas millas diarias?
—Alrededor de diez. Depende de la cantidad de hierba que encontremos en el camino.
Esta vez correremos más. Nunca he visto el campo tan verde.
—¿Adónde se dirige usted?
—Al Colorado. Allí puedo vender las reses a veinte dólares por cabeza.
—¡Ah! ¿Cuántas cabezas tiene esta manada?
—Unas dos mil. Se las venderé a Chisum, si me ofrece un buen precio.
—Chisum... Jesse Chisum, ¿el rey del mercado de ganado?
—¡Ése es el hombre!
—¿Por qué le llaman también el rey del, cascabel?
—¡Ja, ja! Se ve que eres un novato en estas lides. Chisum corta las orejas a sus añojos de manera que un trozo quede colgando para que suba y baje cuando el novillo corre. Es una marca que ningún ganadero ha copiado nunca.
—Nippert dijo a Catlin que Chisum compraría esta manada sin hacer preguntas.
—Lo mismo creo. Chisum tiene más de una docena de equipos de vaqueros, y cuando estuve la última vez en Siete Ríos poseía más de cien mil cabezas en aquel terreno. Compra y vende muchísimas reses.
—¿Y cree usted que eso es honrado?
—Tal como van las cosas, ése es el modo como suelen proceder los ganaderos cuando son ricos y pueden permitirse el lujo de correr riesgos. Es posible que Chisum no haga preguntas, pero sabe bien cuándo el ganado que se le ofrece ha sido robado. Además, conoce perfectamente la voluntad de las personas que hablan con él, particularmente la de los compradores de reses para los fuertes y las colonias indias, y cree que puede pedir mucho menos de lo que le ofrecen. Nueve veces de cada diez, el ganado que compra desaparece antes de que el legítimo propietario aparezca, cosa que raramente sucede al oeste del Pecos. Yo, por mi parte, no habría podido aparecer, si no hubiera sido gracias a ti, joven amigo.
—Pero eso ¿no fomenta el robo de ganados?
—¡Claro que sí! Y el robo de reses en estos tiempos constituye un negocio casi tan grande como el negocio honrado de ganado. Esta región es el paraíso de los ladrones, y mucho más ahora, cuando se está desarrollando la guerra campesina de Lincoln.
—Perdóneme mi ignorancia del Oeste —dijo Wade, riendo—. ¿Cuál es la guerra campesina de Lincoln?
—Una guerra entre los ganaderos de Nuevo Méjico. Ninguno de los dos bandos tiene razón. Y se derramará mucha sangre antes de que haya concluido.
—Me parece que llegaré en una ocasión muy interesante —comentó Wade como para sí mismo.
—Sigue mi consejo y continúa trabajando como caballista. Nuevo Méjico es una región peor que Texas. Todos los indeseables a quienes los batidores han obligado a salir de Bid Bend y del Panhandle, se encuentran en Nuevo Méjico.
Las últimas palabras del ganadero curaron a Wade del deseo de adquirir más informaciones por el momento, y se limitó a observar a la manada y a los conductores, y a volver la cabeza de vez en cuando para inspeccionar la carretera hasta donde la vista le alcanzaba. Aulsbrook lo hizo también, acaso no tan frecuentemente como Wade, para quien se había hecho habitual el acto de mirar a sus espaldas. El descansado modo de viajar no impidió que las horas transcurriesen. Cuando los caballistas reunieron a la manada en una llanura herbosa, Wade comprendió que había llegado la hora del descanso de mediodía.
Aulsbrook avanzó un poco más para unirse a sus caballistas en el lugar en que un grupo de árboles les ofrecía sombra.
—Bien, patrón, había supuesto que podría ser aquí lo mismo que en cualquier otra parte —dijo Ber, mientras miraba maliciosamente al ganadero.
—¿Qué podría ser? —preguntó Aulsbrook.
—Nuestra pequeña trifulca con Catlin. Por allí viene.
Aulsbrook salió de detrás de los carros para estirar el cuello y mirar a lo largo de la carretera que habían recorrido.
—No veo ningún caballo.
—No ha mirado usted acertadamente, patrón... Allá, fuera de la carretera.
Más allá de la llanura herbosa, Wade vio un oscuro grupo de jinetes y varias bestias de carga. Y no sólo se sobresaltó, sino que se afligió al comprobar lo inútil que había sido su vigilancia.
—¡Por todos los diablos, allí están! —declaró Aulsbrook—. ¿Qué suponéis que se propondrán hacer?
—Van a correr a campo traviesa para llegar al recodo de la carretera.
—Vienen en busca de nosotros.
El ganadero lanzó unas maldiciones en voz baja.
—Es una maniobra demasiado atrevida para unos ladrones. No me gusta. Catlin sabe que no hay muchos hombres en nuestro grupo. Preparad los rifles y disponeos para la lucha. Esos bandidos no podrán sorprendernos ni atemorizarnos.


VI
Wade se maravilló ante una reacción inhabitual en él : la del resentimiento y animosidad, que no guardaba relación alguna con Simm Bell ni con los momentos posteriores a alguno de sus atracos. Aquella maniobra de los ladrones, no inesperada, era una consecuencia de su contacto con él. Abandonado a sus propias decisiones, su primera lucha, después de la huida originada por la persecución de los batidores, estaba relacionada con el Derecho y la Justicia.
Esta circunstancia le sorprendió profundamente, y cuando comprendió su significado experimentó un júbilo que aumentó al mismo tiempo que su enojo.
Su primer acto consistió en ensillar el caballo; al hacerlo no dejó de ver la significativa mirada que Ber dirigió a Aulsbrook. Wade se detuvo instantáneamente.
—Ber, me parece que vas a tener motivos de arrepentimiento —dijo agresivamente.
—¿Por qué? —preguntó el caballista.
Por esa mirada que has dirigido a tu jefe. Esa mirada decía tan claramente como una página impresa, que la desconfianza que te inspiré a mi llegada es ahora más fuerte que entonces.
—Bien, no lo niego. De todos modos, te pregunto: ¿no es extraño que ahora te pongas a ensillar el caballo?
—No es lo suficientemente extraño para convertirme en un puerco embustero —replicó Wade con ira—. Cuando hayamos terminado con la cuadrilla de Catlin, arreglaremos esa cuestión. —Y se encaró con Aulsbrook—. Estoy en paz con usted. Pero si no tiene fe en mí, le devolveré su rifle y me marcharé en dirección al Norte.
—Blanco, no te ofendas con Ber. Es joven, se acalora fácilmente.
—Lo mejor que puede hacer Ber es retirarlo, ahora que tiene la ocasión.
—¿Qué he de retirar? —preguntó el caballista.
—No sólo piensas que soy un malvado embustero, sino que, además, crees que estoy de acuerdo con esa cuadrilla de bandidos, —Conforme, tendrás que probarme que no lo estás.
Una furiosa réplica tembló en los labios de Wade; pero acertó a reprimirla y se dirigió al otro hombre.
—¿Será preciso que le diga, Aulsbrook, que esa cuadrilla de Catlin es muy peligrosa?
—No, no es preciso. Y viene en busca nuestra, es seguro. No sé qué pensar, en definitiva.
Me intriga. Esos hombres están muy habituados al uso de las armas, pero jamás suelen atacar cara a cara ni abiertamente.
—Supongo que quieren ver si me he puesto de parte de usted, para librarse de mí en tal caso. ¿Y si me permitiera usted ir a hablar con ellos?
—No. Seré yo quien hable, en el caso de que sea necesario. Me está encolerizando la osadía de esos malvados —contestó Aulsbrook, enojado.
Aulsbrook se apartó a un lado con Ber. Los otros caballistas comenzaron a abrir un fardo, encender una hoguera y extender un lienzo como preparativo para la comida meridiana.
Cuatro Winchester quedaron apoyados visiblemente en las ruedas del carro. Wade se sentó al fondo.
Los bandidos dejaron sus bestias de carga comiendo hierba al otro lado de la carretera, mientras ellos la cruzaban para detenerse ante Aulsbrook. Catlin y Nipper cambiaron unas palabras duras, pero ininteligibles, mientras se adelantaban. El rostro cetrino del último no era precisamente una invitación a la cortesía.
—Qué quieren ustedes? —preguntó Aulsbrook, antes de que pudiera hablar ninguno de ellos.
—Bien, Aulsbrook —contestó Catlin, de un modo que no podía interpretarse como hostil—, puesto que mis deseos ocupan un segundo lugar en esta cuestión, pueden esperar.
—¡No nos importan ni un comino sus deseos ni su es. pera! Lo que queremos saber es por qué demonios se han acercado ustedes a nosotros.
—Mi compañero, aquí presente, está excitado con razón —contestó Catlin; y, riendo burlonamente, se encaró con su lugarteniente—. Ahora..., ¡habla!
Nippert no utilizó inmediatamente el permiso que se le concedía. Sus ojos brillaron como dos agujeros bajo el ancho sombrero, y movió lentamente la mirada desde Aulsbrook a Ber, y desde Ber a los demás caballistas. No podía haber visto a Wade todavía. Pero Wade no había dejado de mirarle. Bueno, ¿qué quiere usted? —preguntó el ganadero, poniendo la atención en Nippert.
—Si lo que quería era un saludo amable, me parece que no lo he obtenido —refunfuñó el bandido.
—Ni lo obtendrá nunca de nosotros. De modo que puede usted marcharse.
—Aquí no se tienen en cuenta las costumbres del Oeste, ¿eh?
—No sé a qué costumbres se refiere usted.
—Cuando los tejanos se encuentran en el campo, suelen compartir un bocado y una copa.
—Los tejanos, sí —replicó Aulsbrook, irónicamente—. Pero no con los ladrones.
—¿Ladrones?
—Eso es lo que he dicho.
—¿Quién diablos le ha contado a usted ese cuento?
—¡Bah! No necesitamos que nos lo cuenten: sabemos desde hace tres días que la cuadrilla de Catlin nos viene siguiendo.
—¡Ah! Entonces, ¿niega usted que se lo hayan dicho? —No niego nada. No tengo que negar ni que afirmar nada a ustedes.
—En ese caso, es posible que no niegue que un joven ha venido a caballo para unirse a usted esta mañana.
—No diré que sí ni que no. Es cosa que a ustedes no les importa.
—He visto su caballo, Aulsbrook; y ése que está escondido ahí detrás, ése es él.
Wade se puso en pie de un salto, dio unas largas zancadas para separarse de los caballistas, y se enfrentó con Nippert en la carretera. Dejó que su repentina acción sustituyese a las palabras, pero toda su intuición se centraba sobre las posibilidades del bandido. Nipper no se intimidó ni en lo más mínimo. En su rostro había una expresión insolente y sus ojos ocultaron muy poco a Wade. Aquel criminal desenfundaría su revólver y haría fuego tan pronto como tuviera oportunidad; y este propósito comenzaba a formarse en su imaginación.
Wade advirtió instantáneamente que Nipper, disparando desde la silla, no podría jamás vencerle. Supuso que Nipper querría, probablemente, saber lo que Wade habría averiguado y lo que habría dicho, con el fin de refutarle. Y esto era tanto como decir que el vil proscrito suponía que podría salir con éxito de su empresa y matar después a Wade. La actitud de Catlin parecía ser de intensa curiosidad y de cómica duda respecto al desenlace de la situación. Sólo uno de sus hombres continuaba al lado de Nippert, un hombrecillo de nariz ganchuda que tenía unos pálidos círculos en torno a sus azules ojos de pez. Sus ademanes eran amenazadores.
Después de observarle atentamente unos momentos, Nippert dijo con voz ronca:
—Has huido de nosotros después de haberte aprovechado de nuestra comida, ¿eh?
—No he huido, señor Nippert —replicó Wade.
—Bueno, te marchaste de una manera muy rara. Y creo que has sospechado de Catlin y que te propusiste venir a contar fábulas a estos ganaderos.
—Qué quieres decir? —preguntó Wade, agriamente, creyendo que no había interpretado de modo suficientemente claro las palabras del bandido.
—Lo que quiero decir es que vas a tragarte lo que has dicho a Aulsbrook.
—Cómo, bandido del infierno...? ¡No podrás obligarme a retirar ni una sola palabra...! —replicó Wade insolentemente.
Nippert no era capaz de dominar su ira, lo que le relegaba a un segundo rango entre los luchadores a revólver. Una contracción muscular estremeció todo su cuerpo.
—Mentiste, como quiera que fuese lo que dijiste a Aulsbrook. Apostaría cualquier cosa a que no le has dicho lo que comunicaste a Catlin: que eres un perseguido de la justicia.
—Pregúntaselo.
—Estoy hablándote a ti, joven, y me parece que muy pronto voy a cansarme de tenerte delante de mí, y que...
—¡Bah! Eso son bravatas, ¡fanfarrón! No puedes intimidarme, Nippert. Puedo ver perfectamente a través de ti. No es lo que he dicho a Aulsbrook lo que te interesa, sino lo que puedo saber.
—¡Ah! No eres mal charlatán.
—Tómalo con calma —gritó Wade con fría decisión—. Oí lo que tú y Catlin hablasteis. Su proyecto era robarme, matarme cuando estuviera dormido, supongo, y luego seguir detrás de estos ganaderos, tenderles una emboscada en el cruce de Cabeza de Caballo.. donde, ¡por todos los diablos!, apostaría a que habéis hecho lo mismo otras muchas veces..., escapar con el ganado y venderlo a Chisum, que no os haría ninguna pregunta... Esto es lo que oí, y esto es lo que me obligó a marcharme para decírselo a Aulsbrook... Ahora, ¿qué... qué tienes que decir?
Wade pronunció lentamente las últimas palabras: la situación era comprometida. La soez maldición de Nippert precedió a un espasmódico respingo. Wade comenzó a desenfundar el revólver en el instante en que Nippert entreabría los labios. El disparo del arma alcanzó a Nippert en la mano, y el terrible impacto del proyectil lo arrojó de la silla e hizo que su revólver saliese volando y que el caballo se arrojase espantado entre los demás. El aliado de Nippert había desenfundado el arma también. Pero su caballo saltó hacia atrás en el momento en que oprimía el gatillo, con lo que el disparo se perdió en el aire. Wade hizo un segundo disparo. Su adversario pareció alcanzado por el proyectil, puesto que no continuó disparando y no pudo refrenar al espantado animal, que galopó en dirección a la carretera con el bandido tambaleándose en la silla.
Wade amenazó a Catlin y a los demás. Ninguno de ellos había hecho intento de desenfundar el arma. Catlin aquietó a su brioso caballo.
—¡Basta, joven! —gritó, con fuerza.
—Catlin, me parece que voy a matarte —replicó Wade, presa de una fría y fiera reacción.
—Serías un asesino si lo hicieras —replicó el bandido.
—No defiendo a Nippert. Yo estaba en contra de este proyecto; pero no pude conseguir que cambiara de opinión.
Catlin bajó la mirada hacia el hombre que yacía en el suelo con los brazos extendidos, con las espuelas clavadas en el polvo, con el sombrero junto al rostro, en el que había una expresión de dolor que pronto se trocó en otra de frialdad.
—¡Se lo dije, se lo dije! —repetía una y otra vez, como si hubiera sido el encargado de juzgar.
—Ponle sobre el caballo, y vete con tu cuadrilla —ordenó Wade—. Catlin, me diste comida cuando estaba muerto de hambre. Ahora lo recuerdo. Pero te aconsejo que andes con mucho cuidado si volvemos a encontrarnos alguna vez.
—¡Maldito matón! Te conocí tan pronto como te vi...
—Oíd, vosotros: vaya uno a buscar el caballo de Nip. Y los demás, reunid las bestias de carga detrás de Bill.
—Jefe, Bill está allá abajo. Se ha escapado hacia la carretera —replicó uno de los hombres.
—¡Ja, ja! Es también un tonto redomado... Yo le había dicho que no intentase atacar a este hombre.
Cargaron en su silla al muerto, Nippert, regresaron a la carretera y reemprendieron el camino en dirección al Norte. En tanto que los vigilaba, Wade recargó el revólver con los proyectiles que llevaba en el cinturón.
—¡Eh! Recoged ese revólver —gritó Aulsbrook—. Blanco, cualesquiera que fueran sus propósitos, los has hecho fracasar. Te quedo muy agradecido.
—¡Oye, Ber! —gritó Wade—. ¡Ven aquí!
—Me había... engañado —contestó el joven caballista, al mismo tiempo que su rostro se cubría de palidez.
—¡Demasiado tarde! Me llamaste embustero, y me dijiste que pertenecía a esa cuadrilla.
Ahora, no tendrás más remedio que hacerme frente con el revólver en la mano.
—Pero... lo lamento... Te pido perdón...
—No es ése el modo de proceder —dijo a voces Aulsbrook—. Ber jamás ha desenfundado un arma para acometer a un hombre, Blanco.
—¡Ya es hora de que comience a hacerlo! Cualquier hombre que tenga una lengua tan suelta como la suya, está obligado a respaldar las palabras con el revólver.
—¿Qué puedo hacer..., jefe...? —preguntó, ahogadamente, Ber.
—¡Demonios! Tendrás que hacerle frente si insiste... Ove, Blanco, me fuiste simpático desde el primer momento... ¿No podrías considerar— que mis atenciones te compensan de sus sospechas?
—Si plantea usted las cosas de ese modo... —contestó Wade, en tanto que enfundaba el revólver—. Ber, te engañaste conmigo en la peor ocasión... Pero olvidémoslo... Aulsbrook, estoy dispuesto a trabajar para usted y a servirle del mejor modo que pueda hacerlo.
Wade se cuidó de la vigilancia de la manada durante las horas del mediodía. Aulsbrook no parecía tener mucha prisa. Sin duda, tenía mucho de que hablar y discutir con sus caballistas. Wade experimentó la amarga satisfacción que le producía la seguridad de que desde aquel momento en adelante ninguno de ellos podría dudar de su sinceridad ni de la rectitud de sus afirmaciones.
A lo lejos, los bandidos hicieron un alto en la carretera y se dirigieron al terreno cubierto de vegetación, con el propósito evidente de enterrar a su muerto. Wade sabía dónde había tocado al segundo jinete y que cuando se alejó iba mortalmente herido.
La muerte de aquellos dos hombres, aun cuando hubiese sido ocasionada en defensa propia, causó en Wade un efecto muy intenso, aunque diferente a los que anteriormente había experimentado en circunstancias parecidas. Su actitud seguía siendo fría y dura. Sus sombrías meditaciones giraron en torno a su autodefensa y muy poco alrededor del hecho de haber conseguido conservar la vida. Si el compinche de Nippert hubiera sido un poco más rápido de movimientos, si hubiese si de mejor pistolero, podría haber matado a Wade. Estaba fuera de toda posibilidad de duda que Wade habría de encontrar al otro lado de la frontera mejores tiradores, mejores pistoleros que aquél. Podría ofender a hombres malvados y a hombres honrados, quizás; y debía, por lo tanto, comprenderlo y estar preparado para el caso de que así sucediese. Aulsbrook le llamaba Blanco. Cualquier nombre sería bueno para él, puesto que no podía utilizar el propio. A este nombre añadía el ganadero el calificativo: pistolero. Pero Wade no se consideraba un pistolero. Ni la cuadrilla de Bell le había considerado, tampoco.
De todos modos, aún no había encontrado un hombre superior a él en el manejo de las armas de fuego. Pero esto habría de suceder, inevitablemente. Wade pensó que tendría que perfeccionar su rapidez, su puntería, su precisión, y que para hacerlo habría de practicar, practicar, practicar. Y esta tarea debía ser realizada en privado. Era una de las circunstancias con que no había contado. Su sueño había consistido en alejarse de Texas, en ir a algún lugar donde no fuese necesario el empleo de las armas de fuego. Comenzó a sospechar que cuanto más se introdujese en el Oeste, tanto más necesitaría recurrir a su utilización, tanto más dependería su vida de la perfección de su manejo. El capitán de batidores había jurado que se apoderaría de él. Y esto significaba que Wade se vería precisado a viajar solitariamente, a mantenerse oculto por espacio de varios años, antes de que pudiera encontrarse seguro. No obstante, esta severa compulsión era completamente ajena a la dureza de las situaciones en que habría de encontrarse a diario como consecuencia de los encuentros que se ocasionarían en los caminos del Oeste.
Aulsbrook se adelantó con su carro en el momento oportuno, y los caballistas orientaron de nuevo a la manada en dirección a la carretera. Wade eludió el contacto con ellos. Una vez se separó de la manada para inspeccionar el lugar en que los bandidos se habían congregado.
Y, como había supuesto, se habían ocupado en enterrar a sus dos compañeros muertos. Los restantes cuatro hombres se habían perdido ya de vista a lo largo de la carretera. La deducción de Wade fue que Aulsbrook nada debía temer de Catlin, sino en el caso de que éste lograse reunirse con varios hombres más de su calaña.
La tarde transcurrió. El viaje se realizaba lentamente. Las reses se detenían con frecuencia para pastar. Los viajeros continuaron su marcha hasta que hallaron un lugar en el que había agua, lo que sucedió después del anochecer. El campamento fue instalado en aquel punto, a pesar de la escasez de leña para encender las hogueras. Ni Aulsbrook ni sus caballistas hablaron aquella noche más que lo necesario, y Wade no se mostró más comunicativo que ellos. Después de haber cenado dijo:
—Jefe, me gustaría hacer la guardia de esta noche.
—Muy bien. Hacedla tú y Nick —contestó el ganadero.
Wade se alejó en unión de Nick, quien le preguntó:
—¿Verdad que has hecho alguna guardia antes de ahora? —No. Esta es la primera vez que guardo ganado. ¿Qué he de hacer?
—Es muy sencillo en un lugar como éste. Hay mucha hierba, y no hay tormentas ni manadas de búfalos que puedan desbandar el ganado. Pero el trabajo será muy pesado en el Camino Viejo, desde Santone hasta Dodge. Lo realicé una vez y fue suficiente para hartarme... Todo lo que has de hacer es montar a caballo, fumar y observar. Obligar a unirse a la manada las reses descarriadas. Eso es todo.
—¡Diablos! De ese modo, se tiene una gran ocasión para pensar... Creo que va a gustarme ese trabajo.
—Es muy agradable si te gustan las estrellas, la noche y la soledad... O si tienes una mujer en quien pensar. ¡Ja, ja!
—¡Una mujer...! ¡Oh, comprendo...! Puede ser un consuelo —contestó Wade, pensativo; y no habló más. Le parecía que aquello era algo que le faltaba. Jamás había tenido novia; nunca había podido tenerla. Y recordó a Jacqueline Pencarrow con una extraña melancolía.
Jamás olvidaría sus grandes ojos oscuros, los ojos que se clavaron en él con una expresión que jamás podría comprender.
Cabalgó hasta llegar a la cabeza de la manada y obligó a unirse a ella algunas reses descarriadas. La mayoría de los animales estaban tumbados. La noche era fresca y estaba estrellada. Una intensa soledad se tendía sobre la pradera, como un manto. El zumbido de los insectos incrementaba la impresión de soledad. Wade escuchó y vigiló. Tenía el sentido de la vista y el del oído maravillosamente desarrollados. Qué hermoso era poder ejercitarlos como vaquero en vez de como fugitivo atracador de trenes! En aquellas primeras horas de guardia, con la gran manada visible indistintamente bajo la débil luz de las estrellas, y la noche solitaria envolviendo la pradera, Wade observó que nacía en su interior el amor por aquel trabajo.
Se entristeció cuando fue relevado. Y durmió como si algo que prolongase la duración de las horas se hubiera interpuesto entre las de mediodía y medianoche de aquel día pletórico de acontecimientos.
Al llegar la mañana, todos los caballistas de Aulsbrook estaban descansados y alegres.
Aceptaron a Wade como a uno de ellos, un poco atemorizados, acaso, pero con verdadera amistad y cordialidad. Wade salía a buscarlos hasta la mitad del camino, cuando se aproximaban a él, y lo embarazoso de la situación anterior desapareció en el acto. Después de esto, todos podrían adaptarse fácilmente unos a otros.
Pasaron los días, días solemnes, lentos, y las noches estrelladas y cortas, hasta el punto de que Wade olvidó cuantos había dejado tras sí en la carretera.
A medida que caminaba se sentía más fascinado por la región que atravesaba. Vista en la distancia, se presentaba como una extensión cubierta de rocas y de salvia, pero desde cerca podía apreciarse que no carecía de praderas, de llanuras y de terrenos cuajados de hierba. La manada no perdió peso, circunstancia que alegraba a Aulsbrook.
Finalmente, los viajeros iniciaron la larga caminata de un día que conducía al cruce de Cabeza de Caballo, junto al río Pecos. Hacia el mediodía desapareció la hierba y el terreno se hizo más silvestre y estéril. Las pálidas lomas y los rocosos desfiladeros se fundían en la lejanía en un conjunto de gris desolación. Wade experimentó una gran excitación al ver por primera vez el bostezo del desfiladero del Pecos, el famoso río que tenía pocos vados.
A lo largo del camino veíanse calaveras de ganado; los esqueletos y las pieles secas se amontonaban en los bordes de la carretera. El cálido sol resplandecía sobre el rostro de los viajeros, el polvo se elevaba en revueltas nubes; los novillos de largos cuernos apresuraron el paso al percibir el olor del agua. La tétrica cualidad de su avance hacia el río aumentaba la impresión de esterilidad, de barreras de piedra, de sed, de muerte y de angustia que producía el paisaje. A la hora del crepúsculo la manada coronó la elevación que se extendía sobre el cruce de Cabeza de Caballo, y corrió apresurada y confusamente en dirección al río. Fue una desbandada, sólo contenida por el agua fría y de poca profundidad.
Wade permaneció inmóvil en su caballo durante unos momentos para posesionarse del carácter del famoso cruce con toda su sombría belleza y su terrible soledad. Ni siquiera los comanches se detenían allí mucho tiempo. Wade sorprendió la borrosa forma de la cabeza de un caballo en el recodo del río. Todo era mucho más grande que cuanto él había imaginado: el desierto, el extraño río, la seca atmósfera que se tendía sobre él, la interminable extensión de tierra que se desplegaba hacia el Oeste... Al otro lado se hallaba la región conocida por el nombre «Oeste del Pecos». Y al Norte, la hermosa tierra de Nuevo Méjico.
Aulsbrook hizo que la manada cruzase el río antes del anochecer, y acampó más allá de la orilla occidental. Después de la cena, él y Fred, principalmente éste, parecieron hallarse de alegre, por no decir bullicioso, talante. Aulsbrook sacó de las profundidades del carro una botella recubierta de hojalata.
Todos bebieron y pasaron la botella a Wade.
—He jurado no beber —objetó Wade.
—Sólo esta vez, Blanco —insistió el ganadero.
—Aulsbrook, necesito estar muy tranquilo y muy sereno y ojo avizor en estas tierras del oeste del Pecos.
—Lo estarás, Blanco, con toda seguridad... No te he dicho que voy al Oeste para siempre...
Y supongo que te propones hacer lo mismo. Bebamos porque la suerte nos acompañe.
—Eso me llega al alma —replicó, cordialmente, Wade. —Un trago más, Aulsbrook, y luego habré terminado para siempre con la botella...
Aulsbrook vendió toda la manada a Chisum.
Resultaba difícil para un ganadero pasar más allá del Rancho de los Siete Ríos. Wade se dio cuenta muy pronto de la estratégica situación del rancho del rey de los ganaderos. No podría haber ni siquiera uno de ellos entre mil que se negase a aceptar una buena oferta después de haber viajado extenuadoramente a través de las malas tierras de Texas.
—Blanco, voy a llevar a Fred conmigo a Arizona. Los otros muchachos se quedan para trabajar para Chisum. ¿Te ha ofrecido un puesto en su rancho?
—No, tengo el proyecto de pedirle trabajo. Jamás he visto una región tan maravillosa como ésta.
—Me agradaría que continuaras conmigo. Me sentiría entonces más seguro. Este montón de dinero me llena de temores.
—Gracias, Aulsbrook. Pero creo que será mejor que no vaya.
—¡Cómo, Blanco! Nos hemos entendido muy bien desde...
—Así es, Aulsbrook. ¡Desde..,! Prefiero estar entre desconocidos.
—¡Ah! Comprendo. Te deseo buena suerte. Pero permíteme que te haga unas observaciones. Chisum tiene diez equipos de vaqueros. Siempre contrata solamente a los caballistas más duros y valientes que hayan montado un caballo. No estarás aquí como en un lecho de rosas. No olvides que la guerra campesina y ganadera de Lincoln está en marcha. Y Jesse Chisum tiene una parte de culpa de que se haya iniciado. Tuvo en cierta ocasión en su rancho a Billy «el Niño», y su cuadrilla. Por si no lo sabes, te diré que Billy «el Niño», es el rayo y el veneno de la frontera. Chisum aprecia mucho a Billy, y seguramente le incumbe una parte de responsabilidad en el hecho de que Billy sea lo que ahora es.
—¿Qué es? —preguntó Wade, con curiosidad.
—Billy «el Niño», es todo lo malo de la frontera metido en un chiquillo de dieciocho años.
—¿Pistolero?
—Creo que sí... Aún más sanguinario, más fatal que el mismo Wild Bill Hickok... Blanco, esta región será muy mala para ti; porque tú también eres un pistolero.
—Quiero hacer la prueba —declaró Wade, irreductible.
—¿Quieres permitirme que te pague tu sueldo por el mes que has trabajado para mí?
—Preferiría no admitir nada, Aulsbrook. La experiencia..., mi primera ocupación como vaquero..., la amistad que me ha concedido usted y sus vaqueros... Todo eso me parece suficiente recompensa.
—Como quieras. Me acordaré de ti, Blanco. Y escucha lo que voy a decirte: quienquiera que seas, y como quiera que hayas obrado..., cualquiera que sea la causa de que... Bueno, continúa siendo el hombre que eres ahora. ¡Adiós!
Wade vio con pesar como se alejaban el ganadero y el joven. Más tarde fue en busca de Jesse Chisum.
El rey del ganado parecía hallarse en la plenitud de una maravillosa vida física, aun cuando el rumor popular afirmaba que padecía una enfermedad incurable. Era bajo, cuadrado de hombros, extremadamente fuerte y tenía los ojos azules característicos de los tejanos, un rostro ancho y duro, los labios delgados y la mandíbula prominente.
—¿Podría usted darme trabajo, señor Chisum? —le preguntó Wade.
—¿Qué sabes hacer?
La seca pregunta fue acompañada de una rápida inspección que indicó a Wade una de las razones por las que aquel ganadero era tan poderoso.
—No mucho... Sé montar a caballo y disparar.
—Tú eres el caballista que Aulsbrook trajo consigo. Blanco te llamó, ¿no es cierto?
—Sí, señor; pero ése no es mi verdadero nombre.
—Los nombres no nos importan aquí... Aulsbrook me dijo que habías hecho fracasar a Catlin en su proyecto de robarle el ganado.
—Ayudé a hacerlo.¡Hum! ¿A qué llamarías obra tuya exclusivamente...? Los caballistas me dijeron que eres un pistolero. ¿Es cierto?
—Jamás he sido considerado como tal.
—Quedas admitido. Cuarenta dólares. Vete al almacén para que te den un equipo nuevo.
Tienes las ropas completamente destrozadas. Luego, vete a ver a Hicks, mi capataz.
—Muchas gracias, señor Chisum.
—¡Diablos...! No me llames Chisum. Llámame Jesse.
—Sí, señor... Creo que me gusta el trabajo duro...
—Déjame que te vea las manos —le interrumpió el ganadero. Cuando Wade las hubo extendido, con las palmas abiertas y hacia arriba, Chisum murmuró—: ¡Ja! Has montado potros cerriles, has herrado caballos y has cortado leña, Blanco. No importa. Me agrada tu aspecto, y me agrada lo que Aulsbrook me dijo acerca de ti. ¿Por qué no te has ido con él?
—Prefiero estar con hombres a quienes... Con hombres que no me conozcan.
—¡Ah! ¿Qué te parecería el formar parte de uno de mis equipos de la alta montaña? Están allí por espacio de varios meses sin ver ni a un solo hombre blanco.
—Me parece muy bien.
—Perfectamente. Haremos una prueba. Es posible que te necesite, más adelante, para luchar contra esas turbas de Lincoln. Se está poniendo pesado... ese lío. Habla con Hicks. Y ven a verme mañana por la mañana. Tengo que enviar un mensaje a Jesse Evans.


VII
Había transcurrido medio verano.
El campamento de los caballistas montañeros de Chisum estaba situado junto al límite de un cinturón de pinos y se abría sobre una extensión de cien millas de terreno plateado y verde de Nuevo Méjico.
Wade pensaba que era el lugar más bravío y hermoso del mundo. Los pinos estaban separados, como si hubieran sido plantados para adornar un parque, y el frío viento de la elevada altitud gemía o susurraba incansablemente. Las hojas de los pinos amontonadas en tierra, las matas de gramas, los ásteres purpúreos y las doradas margaritas alfombraban el terreno. Desde detrás de la pendiente, caía un arroyo con una blanca cascada de espumas y corría rumorosamente junto al campamento.
Una cintura de lujuriante hierba descendía por espacio de varias millas hacia la amarillenta extensión cubierta de salvia y de yuca. Y sobre este terreno se movían diez millares de vacas, novillos, añojos, terneras, todos con las orejas cortadas en forma de badajo de campana, y todos tan redondos como rollos de manteca. La manada no necesitaba que se la vigilase mucho, puesto que no era probable que abandonase un terreno, de tan rica hierba y agua tan pura.
Siempre que Wade dirigía la mirada a lo largo de la pendiente, encontraba el ganado que pastaba; y la escena llenaba de deliciosas sensaciones su corazón. Había encontrado su puesto en el mundo. Sería un vaquero hasta el momento en que pudiera adquirir una manada propia.
Más allá de la escarpadura moteada de puntos rojos, la tierra comenzaba a descender tan suavemente, que parecía por completo nivelada; de este modo engañaba la lejanía. Era una llanura de Nuevo Méjico cubierta de yuca y de amarillenta hierba que llegaba por el Norte hasta las borrosas montañas y las neblinosas cumbres situadas a doscientas millas de distancia, se desvanecía en la purpúrea meseta de Panhandle, en el Este, y trazaba una curva en dirección al Oeste, en torno a las negras cumbres. Siete Ríos estaba escondido allá, abajo, a cien millas. Unas cintas ondulantes marcaban el curso de los ríos. Detrás de ellos, muy lejos, el Cimarrón parecía una hebra serpenteante. Lo que semejaba manchas o puntos, podría ser ranchos o rocas. Era magnífico el paisaje, completamente diferente a los de Texas, que era una región alta; encallejonada entre montañas, aquella tierra resultaba encantadora para quien fuera amante de la libertad y de lo agreste.
Los caballistas del equipo décimo de Chisum se encontraban tumbados a la sombra de los pinos. Su misión tenía muchos inconvenientes, pero entre ellos no figuraba el trabajo duro.
Tenían muy poco que hacer, no siendo el marcado de alguna res nueva cuando la encontraban.
Debían permanecer en vigilancia contra los indios y los ladrones de ganado. El combatir a los pumas, los lobos y los coyotes que acechaban a las reses resultaba divertido para ellos. Aparte las rutinarias tareas, todo lo que tenían que hacer era partir leña, realizar los trabajos necesarios para el campamento, lo que para nueve fuertes jóvenes que se habían graduado en la vida al aire libre no podría decirse que representase trabajo.
Jesse Evans era el capataz del equipo. Tenía veinte años, la cabeza pelirroja, los ojos azules y acerados, las piernas arqueadas y el cuerpo esbelto. Era famoso por muchas cosas en aquella frontera de Nuevo Méjico, pero principalmente por su antigua amistad con Billy «el Niño»».
—¡Maldición, Jesse! —se quejaba tristemente Wade—. ¿Qué tienes contra mí?
—¡Escuchad lo que dice, compañeros! —replicó Jesse, que estaba tumbado de espaldas bajo la bocanada de humo de su cigarrillo—. ¿Qué no tengo contra ti? Lo primero de que te acuso es de que no quieres luchar conmigo.
—Crees, Jesse, que sería una buena idea el provocarte para obligarte a desenfundar el revólver? Si algún día he de ser atravesado por una bala, cosa que es muy probable que suceda, quiero tener siquiera algunas posibilidades de defender mi vida. Y si luchase contigo, no las tendría.
—¡Hum! Si te dejan hablar, no te ahorcan, Blanco. Es otra cosa más que tengo en contra tuya. ¿Cómo demonios sabes que habría de vencerte en rapidez y en precisión de puntería?
Sé que es cierto, Jesse.
—Siempre se ha dicho que podría derrotar a Billy «el Niko» —continuó Jesse, con seriedad—. Y creo que es cierto. Billy no pensaba del mismo modo. ¡Bien sabe Dios que no me gustaría encontrarme con él ahora que está en malos términos con Chisum —Por lo que he oído decir acerca de Billy, me gustaría veros reñir revólver en mano.
—¡No digas ni una palabra en contra de mi antiguo compañero! Me separé de él porque se volvió un canalla. Pero no quiero oír nada contra él.
Uno de los demás caballistas, un joven curtido por el sol, de ojos soñolientos, largo y delgado como el barrote de una verja, dijo, riendo:
—No trabajas bastante, Jesse. No tienes suficiente trabajo. Estás demasiado tiempo ocioso.
Deja de atormentar al pobre Blanco. Sabes de un modo indudable que es el mejor hombre que Chisum ha contratado desde que estamos con él.
—Sí, es cierto —respondió lentamente Jesse, en un intento por conseguir que se le provocase cuando nadie tenía ganas de hacerlo—. Y ¿qué? Ha venido aquí haciendo ostentación de su habilidad como pistolero, ¿no es cierto? No hay conejo al que no meta un tiro en la cabeza. Y no es posible encontrar por todos estos alrededores una lata que no esté atravesada por una bala. Es un novato como no he visto ninguno antes que él. No es posible hacer que se enfade; presta todo lo que tiene..., menos las armas; da a sus compañeros el último cigarrillo; se presta a hacer las guardias y los trabajos de los demás... Juega al póquer, pero nunca más de un par de centavos en cada jugada, y... ¿ha ganado o perdido alguna vez tanto como un dólar? ¡No, diablos! Jamás dice ni una sola palabra acerca de sí. Se levanta y se aleja de la hoguera siempre que alguien refiere alguna historia puerca o habla de mujeres... Y yo os pregunto, compañeros: ¿qué vamos a hacer con un hombre como este Blanco?
La risa que siguió a estas palabras confirmó los elogios del capataz.
—Voy a hacerte una proposición, Jesse —habló Wade —: reconozco que los dos tenemos buenas razones para desear cada uno de nosotros que el otro no haga uso de —su mano derecha. Hagamos que nuestros compañeros nos aten los brazos derechos al costado, y luchemos sólo con la mano izquierda.
—¿A revólver?
—No. A puñetazos.
La proposición fue acogida con muestras de aprobación. El capataz pareció quedar intrigado.
—Es una buena idea, no hay duda... Pero no quiero arriesgarme a ponerla en práctica. No quiero, Blanco. Renuncio a que luchemos, Blanco. Te aprecio mucho. Si no fueras un hombre tan misterioso, serías un gran compañero.
—Quisiera que todos fuerais verdaderos compañeros míos —respondió Wade, pensativo—.
Si no lo sois, no es por culpa mía.
—Blanco, no quiero molestarte ni atormentarte más. Eres un amigo que me ha llegado al fondo del corazón —contestó Evans, en tono cordial, que reveló la inteligencia y el fervor que su ligereza había ocultado—. No te ofendas por lo que te he dicho. Todos te apreciamos muchísimo. Pero tú no conoces a los vaqueros como los vaqueros te conocemos a ti. Dicen que provienes de Texas, pero estoy seguro de que no eres tejano. Procedes de no sé qué parte del Norte, lo que no significa nada en contra tuya. Jamás te sinceras con nosotros. Siempre estás buscando a alguien. Trajiste casi un carro de balas cuando viniste. Y siempre estás disparando. Tienes la mirada, la mano y el modo de desenfundar propio de los pistoleros. Es seguro que has matado algunos hombres, además de aquellos dos de que habló Aulsbrook la pasada primavera... No importa, Blanco; no te apreciamos menos por eso. Pero, con excepción mía, los muchachos están un poco recelosos de ti. Esto pasará con el tiempo, en el caso de que te quedes junto a nosotros. Pero no te quedarás por mucho tiempo. Blanco, toma nota de mis palabras: te marcharás antes de que comience a caer nieve.
Wade inclinó la cabeza y no pronunció palabra. Estaba sorprendido y conmovido al ver lo profundamente que había leído en él aquel inteligente vaquero. No podía negar ni una sola de las suposiciones de Jesse, aun cuando hasta aquel momento no había pasado por su imaginación la idea de abandonar aquel lugar. Pero en tal momento adquirió la seguridad de que lo haría, más pronto o más tarde, y esta certeza le llenó de pesadumbre.
—Espero que no habré herido tus sentimientos, Blanco —añadió Evans.
—No es eso lo que me sucede, Evans. Lo que pasa, es que me has hecho pensar en mí mismo, que es una cosa que me disgusta hacer.
—Te aprecio más aún, por haberlo reconocido... Blanco, todos tenemos un lado bueno y un lado malo. Dios sabe que yo también tengo ese lado malo. Eso es lo que me hace ser tan camorrista. Esta ocupación que aquí tenemos está muy cerca de colocarnos en el paraíso de los vaqueros. Pero..., ya lo sabéis..., quiero volver a la vida de los garitos de juego y de las tabernas, quiero volver a divertirme con las mujeres embadurnadas de pinturas. Y eso es algo que tú no deseas, Blanco; estoy seguro.
—¡Anímate...! Y ahora, vaqueros, decidme: ¿qué estamos haciendo para ganar los, sueldos que nos pagan? —Yo estoy trabajando en este mismo instante replicó el delgado vaquero, que dirigía la mirada de sus ojos de águila hacia la lejana pendiente.
—Oye, Jesse, ¿por qué te has puesto tan serio repentinamente? —preguntó otro.
—Ven con nosotros, jefe, vamos a jugar a las cartas. Todavía me quedan cinco dólares tuyos.
—¡Lo había olvidado, demonios! —contestó el placentero vaquero—. Voy a recuperarlos.
¿Quieres jugar con nosotros, Blanco?
—No me gusta ese juego, jefe. Veo unas nubes de polvo en la lejanía.
Wade estaba mirando fijamente hacia la parte inferior de la montaña.
—Jefe, hay algo que se mueve allá, abajo —añadió el vaquero de ojos de águila.
—En ese caso, Jack, coge el caballo y vete con Blanco a ver lo que sucede. Siempre estáis mirando.
Lo que Jack y Wade habían visto indistintamente, resultó ser una cuadrilla de indios que se había apoderado de una veintena de reses, o acaso más. Los pieles rojas estaban demasiado lejos para que pudiera distinguirse si eran kiowas, comanches o utes. Corrían desnudos sobre unos caballos mesteños de largas crines.
—Quieren rodear la colina —dijo Wade—. Si nos apresuramos, podremos hacer unos disparos contra ellos desde larga distancia.
—¿Y hacer que luego Jesse se ponga hecho una furia con nosotros? No.
Media hora más tarde, ambos interrumpían la tranquilidad de la partida de juego que los vaqueros desarrollaban a la sombra de unos árboles. Jack fue quien relató lo que habían observado. Jesse comenzó a maldecir tan violentamente como un pirata.
—No se llevaban más de veinte reses, Evans —explicó el vaquero.
—¡Demonios! ¿Qué diablos me importa el ganado? Lo que me subleva es que estos ladrones me han ganado otros cinco dólares —gritó el capataz—. Y ahora... ¡tenemos que montar a caballo...! ¡Maldición! ¡La vida del vaquero es muy duuuraaa...! ¡Ensillad!
Wade salió por primera vez con los vaqueros de Chisum para perseguir a unos ladrones.
Había cabalgado muchas veces para salvar la vida. Pero aquellas carreras no eran nada importante si se las comparaba con las que Evans obligó a realizar a los hombres de su cuadrilla hasta conseguir ahuyentar a los indios y obligarlos a abandonar el ganado robado.
—¡Kiowas! Este es el segundo ataque... que hacen este verano... dijo ahogadamente Evans cuando sus jinetes se detuvieron junto a él—. El jefe... se va a enfadar como un demonio... Creo que... no hemos vigilado... con la debida atención... No tiene objeto... el seguirlos... Esos pieles rojas son escurridizos.., y se perderían de vista... como los patos... entre la maleza...
Bueno, dejemos que descanse el ganado hasta la noche.., y entonces lo llevaremos... a nuestros terrenos...
Ya era completamente de noche cuando los vaqueros llegaron a sus dominios con las cansadas reses.
El ataque pareció inaugurar un período lleno de trabajo para los caballistas de Evans. Los kiowas regresaron, siendo sorprendidos. Cuando consiguieron escapar, tras una lucha a tiros a larga distancia, muchos de ellos iban heridos. Esto demostró la habilidad de Wade para disparar con el rifle.
No mucho tiempo después de este incidente, los vaqueros tuvieron un encuentro con unos ladrones blancos de ganado. Wade percibió de nuevo el olor a pólvora. Los caballistas de Evans persiguieron a los ladrones hasta muy lejos. ¡Son ladrones de reses y de caballos, muchachos, no lo olvidéis! —declaró Jesse con indignación—. Me parece que vamos a terminar por ser arrastrados a esa guerra campesina de Lincoln.
—¿Podrían esos hombres ser Billy «el Niño», y. sus compañeros? —preguntó Jack.
—Podrían serlo, pero no lo eran —respondió, lealmente, Evans—. Billy no me robaría absolutamente nada..., ¡de ningún modo!
—¿Cómo marcha esa guerra?
—Muy mal para el bando de McSween. Todos los que lo componen terminarán por sucumbir en ella, por morir... Y así sucedería aun cuando toda la cuadrilla de Billy luchara a favor suyo. Esa guerra va a terminar por afectar también a los que vivimos alejados de todos.
Con la llegada del mes de septiembre, la necesidad de una vigilancia constante se hizo menos imperativa. Una reata de mulas de carga llevó a Evans los abastecimientos necesarios para él y sus hombres y un mensaje del jefe con la orden de que continuara en el mismo campamento hasta mediados de octubre y que, entonces, se dirigiese con la manada al terreno de invierno, que estaba próximo a los Siete Ríos. Los caballistas que acompañaban a las bestias transmitieron también los últimos rumores acerca del desarrollo de la guerra.
Octubre llevó la maravillosa estación otoñal a la parte baja de la montaña. Las tempranas escarchas colorearon los robles y los arces. Más arriba, los álamos se doraron y las enredaderas que crecían sobre las rocas se tornaron rojas. Por primera vez en su vida Wade se hartó de cazar. Los ciervos y los alces abundaban. Los leones siguieron a los ciervos. Wade disfrutó las delicias de una caza accidentada tras los podencos. Pero el encantador período transcurrió con demasiada celeridad, se esfumó; y Wade se encontró muy pronto acompañando a la numerosa vacada hacia terrenos situados a menor altura.
La cuadrilla tardó diez días en llegar a la extensión inmediata al río Sicómoro, donde aquella manada de reses de orejas partidas debía permanecer durante todo el invierno. El terreno no se hallaba muy alejado del rancho de Chisum, y constituía el final de la extensión en disputa, que Chisum declaraba que era de su pertenencia. Había otros ganaderos, poseedores de vacadas menos numerosas, que aspiraban también a la posesión de tan fértiles terrenos. Y estos ganaderos pugnaban unos contra otros con grave riesgo de pisar las que el rey de los ganaderos consideraba sus posesiones.
Los vaqueros desplegaron los lechos y abrieron las alforjas bajo los algodoneros de la orilla del río. Stoke, el cocinero, llevó su carro de provisiones hasta un lugar convenientemente escondido. Evans mandó a tres caballistas que acompañasen a las reses.
—Hasta ahora hemos tenido muy poco trabajo —dijo—. Y ahora vamos a regresar al infierno de los vaqueros... Comienzo a estar cansado de carne, de judías y de galletas sin azúcar.
El capataz luchó varonilmente contra una evidente tentación.
—Jack, tú y Sleepy vais a ir en busca de provisiones. Poned algún pretexto que os permita andar de un lado para otro con el fin de adquirir noticias de lo que suceda... Decid a Chisum que tenemos mil cien cabezas más que en la última primavera. Eso agradará al viejo diablo más que nada de este mundo.
Wade dio algunos paseos en busca del rincón que deseaba encontrar para dormir. Aquel lugar no era comparable al maravilloso campamento de que habían disfrutado entre los pinos, pero era agradable. El Camino Viejo de las caravanas pasaba próximo al río, y esto era algo que estimulaba el pensamiento. Los padres españoles habían trazado aquel camino trescientos años antes. A los padres siguieron los aventureros españoles, los comerciantes franceses en pieles, los negociantes americanos, hasta llegar a las caravanas de trajineros, los buscadores de oro, los colonizadores y los conductores de manadas con sus reses. ¡Qué camino de años, de sangre y de polvo!
Wade encontró un punto arenoso junto a una espesura de girasoles, en el que había un algodonero caído. Y allá llevó sus escasas pertenencias. No olvidó el joven, ni siquiera durante un momento, que tenía una fortuna escondida en el interior del chaleco de cuero, y otros millares de dólares ocultos entre los forros de la gruesa chaqueta. Jamás había contado el dinero que su padre le entregó en su último y fatal día. El dinero era lo menos necesario para él. Pero habría de llegar un día en que le fuera útil. Siempre tenía un pequeño saco lleno de objetos de su propiedad dispuesto para ser atado a la silla en el momento preciso.
Al salir de su escondrijo Wade divisó un grupo de jinetes vestidos con ropas oscuras, que se había detenido a la orilla del río, no lejos del campamento. Su pulso comenzó a latir con rapidez. El equipo de Jesse Evans era, indiscutiblemente, uno de los más bravíos, pero comparados con aquellos harapientos jinetes de caballos salvajes, sus componentes parecían débiles y tímidos. Wade sabía apreciar las cualidades de los caballos a primera vista, y aquellos caballos parecían armonizar perfectamente con el carácter de sus poseedores.
Adelantándose cautelosamente, Wade vio a continuación que Jesse Evans estaba conversando con un jinete joven de corta estatura, que había desmontado y tenía agarrada a su montura de la brida. Había un algo impresionante en aquel joven, pero este algo no era solamente su destrozado sombrero plano ni sus desgarradas botas o el calzado. Era el modo como se presentaba, el modo como llevaba el revólver. Lo llevaba al lado izquierdo, en posición contraria a la habitual, del modo generalmente adoptado por los hombres del Oeste.
Wade apreció con prontitud que en aquel joven había un algo indefinible y excepcional.
—Ven aquí, vaquero —gritó Jesse Evans.
Al aproximarse, Wade observó que Evans estaba pálido y un poco excitado.
—Te presento a un antiguo compañero mío: Billy «el Niño».
Wade acertó a dominarse, a pesar de la turbación que el nombre le provocó.
—¿Cómo estás? —preguntó el joven, con voz fría y sin inflexiones, mientras le presentaba la mano.
—¿Cómo estás..., Billy? —preguntó a su vez cordialmente Wade—. Me alegro mucho de conocerte. Jesse me ha hablado mucho de ti.
—Apostaría a que no ha sido bien —contestó Billy riendo.
Wade pudo contemplar los ojos más fríos y claros que jamás viera en toda su vida.
Aquellos ojos parecían escudriñar en las profundidades del alma. Billy «el Niño», no era antipático ni repelente. Si no hubiera poseído aquel prominente diente que le asomaba fuera de la boca cuando reía, podría haber parecido hasta guapo. Tenía un rostro liso, inquieto, juvenil, singularmente frío, que parecía tallado en piedra. Wade reconoció que en Billy encarnaba, en toda su profundidad, el carácter del bravío Oeste. Billy era lo que el Oeste había hecho de él. Parecía un chiquillo, tenía el frescor propio de los chiquillos; pero era un hombre, un hombre a quien el miedo no— había dominado jamás.
—Bien, no puedo recordar que Jesse haya hablado nunca mal de ti —contestó Wade, escogiendo cuidadosamente las palabras.
—Blanco, Billy acaba de llegar de Lincoln —explicó presurosamente Jesse—. Su cuadrilla ha matado al sheriff Baker y a algunos de sus ayudantes. Esa guerra ganadera va a tener un final desastroso. Billy dice que ha oído hablar de ti y que quiere conversar contigo. No ha tenido confianza en mí para decirme lo que ha oído. Pero estoy preocupado. Todo lo que puedo decirte es esto: si Billy es tu amigo, no tienes nada que temer por tu seguridad.
—¡Espera, Jesse! —dijo el desesperado, al ver que Evans se disponía a dejarlos a solas—. No tengo inconveniente en que oigas lo que he de decir, si Blanco no lo tiene tampoco.
—Quédate, Jesse —accedió Wade secamente. Le parecía adivinar increíbles acontecimientos. Como el zorro, alejado hasta el punto de no poder ser oído por los podencos, vibraba al percibir un ladrido lejano.
—¿Te llamas Blanco? —preguntó Billy.
—No. Me pusieron ese nombre porque dije que venía de la fuente del río Blanco —explicó Wade.
—Este es el hombre, Jesse. No hay duda —afirmó el proscrito, volviéndose hacia su amigo.
—Creo que sí. Continúa. Desembucha lo que tengas que decir.
—Tu verdadero nombre es Wade..., Wade Holden..., y eres el último de una cuadrilla de atracadores de bancos.
—No lo admito —replicó Wade con indignación, estremecido hasta la medula. Luego sintió que la sangre se le retiraba del rostro y lo dejaba frío.
—No es preciso que lo admitas. Pero si realmente eres Holden, no olvides que soy tu amigo y que también lo es Jesse.
—Muy bien... Soy Holden —reconoció Wade roncamente y con voz estrangulada.
—Hay un pelotón de batidores en Chisum. Van en busca tuya. Vendrán a hablar con Jesse tan pronto como llegue a Siete Ríos la noticia de que estás aquí abajo.
—Sí. Y la noticia llegará muy pronto —añadió con amargura Jesse.
—Verás de qué modo lo he averiguado, Holden —continuó Billy, con naturalidad, como si con sus palabras no diera un golpe de muerte a las esperanzas de Wade—: En los últimos tiempos he tenido cierto contacto con un tejano llamado Blue. Está libre y quiere unirse a nosotros. Nos ha seguido con varios hombres, que no tienen utilidad para nosotros. Bueno, pues este Blue es el hombre que estableció una relación entre Wade Holden y el nuevo caballista de Chisum, Blanco. Supongo que las hablillas de los campesinos llegaron hasta sus oídos y que algún jinete que te hubiera visto en el campamento de Chisum le haría una descripción de ti. Ignoro si te habrá denunciado a los batidores, pero si no lo hizo él, puede haberlo hecho Chisum, que no concede importancia a los ladrones de ganado ni a los ladrones ordinarios, en tanto que no formen parte de sus equipos de trabajadores. Hace mucho tiempo que me enemisté con él. Chisum estaba en contra de un inglés llamado Tunstan, que era amigo mío. Ese pelotón de guerra de Lincoln asesinó a Tunstan. Yo he matado, en desquite, a algunos de los hombres que componen ese equipo. Y mataré a Chisum antes de que él pueda matarme.
—Pero los batidores... ¿Cómo has sabido que habían llegado? —preguntó Wade.
—Sólo por accidente. Encontré en el camino a Bud Slatten, que ha pasado la noche en casa de Chisum. Bud es un buen amigo de Jesse. Hemos sido compañeros. Y me contó todas las noticias.
—¿Te ha dicho qué compañía de batidores es la que ha venido?
—No.
—¿Ni quién es su capitán?
—Bud no me dijo su nombre. Dijo que era un hombre de rostro rojo, fanfarrón...
—¡Mahaffey...! ¡Dios mío! —murmuró Wade. ¿Qué te sucedería si se apoderase de ti?
—Me mataría... o me condenarían a pasar el resto de la vida encarcelado.
—Yo sé que te matarían —afirmó sombríamente Jesse Evans. Su aprecio por Wade fue expresado con estas palabras y el gesto que las acompañó.
—Blanco —continuó Billy, como si pretendiera enterrar el otro nombre del perseguido—: Vente conmigo. Sal al campo abierto. Tengo el mejor equipo de hombres que jamás haya apretado el gatillo de una pistola. Arrastraremos a los batidores a tomar parte en la guerra de Lincoln. ¡Esos batidores tejanos son una cuadrilla de sabuesos de poca inteligencia! Y, ¡por todos los diablos!, quiero que no consigan atrapar al hombre a quien persiguen. ¡Dame la mano en señal de conformidad y acuerdo!
—Muchas gracias, Billy —tartamudeó Wade, que estaba anonadado y disgustado—. Eres muy bondadoso al ofrecerme tu protección..., llevarme conmigo..., luchar por defenderme...
Déjame pensarlo... Dios sabe que.., terminarán por echarme el guante... «¡Atrapadle...!» Ese es su lema... ¡Oh, siempre he sabido...! ¡No he olvidado jamás...! ¿Por qué no salir al campo abierto y luchar a pecho descubierto...? ¡Luchar...!
—¡Así se habla, Blanco! Esa es la verdad. ¡Vamos! ¡Dame la mano! —exclamó Billy, con voz que resultaba terrible a causa de su dureza y frialdad, y una vez más, tendió a su nuevo amigo su delgada y mortífera mano.
Wade se encontró ante una atormentadora tentación. Le parecía que estaba cayendo al fondo de un precipicio. Lo repentino del peligro que se cernía sobre su libertad y sobre su vida le privaban de la facultad de razonar.
—Blanco, ¿quieres luchar o huir? —preguntó el joven rufián que había matado más de un hombre por cada año que había vivido.
—¡Querría luchar...! Pero..., pero... —exclamó Wade fieramente.
Jesse Evans debía de haber leído lo que estaba escrito en el fondo del alma de Wade.
—Aquí está tu caballo, Blanco —gritó, como si hubiera recibido una inspiración, con los ojos brillantes, mientras ponía sobre él una mano que parecía de acero—. ¡Móntalo, y corre hasta que el infierno se hiele!
Un agudo silbido brotó de entre el grupo de caballistas que se encontraba junto a la orilla del río.
—¡Mira, Billy! ¡Viene un grupo de jinetes hacia aquí!
—¿A qué distancia está?
—A tres..., acaso a cuatro millas.
¿Quiénes son esos jinetes?
—No lo sé. No son vaqueros ni injuns.
—¡Son tus batidores, Blanco! ¡Corre...! Si volviera a encontrarme con Blue, lo mataré...
¡Adiós! —dijo el proscrito.
Jesse corrió con Wade hasta el lugar en que se hallaba atado el caballo de éste. Wade recogió apresuradamente su alforja y su chaqueta. Jesse le ayudó a atarlo a la silla, y durante todo el tiempo, mientras sus dedos se movían con presteza, no dejó de hablar.
—Sigue junto al lecho del río, hasta que llegues a la elevación del terreno. Entonces continúa en la misma dirección que el camino, pero marcha fuera de él, sobre la hierba.
¡Corre, pero no agotes al caballo! Procura escabullirte de las fuerzas de Lincoln... ¡Mira...!
Engañaré a los batidores. Los entretendré, los entretendré..., los despistaré... ¡Corre, compañero, corre!


VIII
Wade lanzó su caballo a la carrera por entre los algodoneros, pero miró hacia atrás. Al realizar de nuevo aquel instintivo acto, su excitación se convirtió en terror. Por, sus venas circulaba una sangre ardiente y cálida, que le ordenaba detenerse, apoyar la espalda en un árbol y contender a muerte con aquellos sabuesos de la ley; pero siempre un impulso más fuerte, que no era físico ni primitivo, le hacía mostrarse cobarde.
Continuó corriendo a través de los girasoles y bajo los árboles, y mirando hacia atrás.
Jesse Evans y Billy seguían observándole y le hicieron un ademán de despedida. Los hombres que componían la cuadrilla de Billy miraban en dirección opuesta, y después bajaron la pendiente para dirigirse hacia el río. Cuando Wade volvió a mirar atrás, habían desaparecido de la vista.
Su robusto caballo galopaba fácilmente sobre los terrenos cubiertos de arena o de hierba.
Una vez Wade vio el polvo que se elevaba en la parte baja del Camino Viejo y pensó que la visión de las amarillentas nubes de polvo le sería odiosa durante el resto de su vida. Por fin llegó al final del terreno cubierto de algodoneros, donde la tierra comenzaba a elevarse suavemente, excepto en las zonas inmediatas al río. Wade alcanzó suficiente altura para poder mirar por encima de las copas de los árboles, y se detuvo para hacerlo.
Inmediatamente, sobre una lejana pendiente, apareció un grupo de caballistas perfectamente ordenados; tres de ellos iban en cabeza. Aun cuando hubieran estado a una distancia doble de la que se hallaban, Wade los habría identificado como batidores de Texas.
Corrían como si estuvieran empujados por la ley y la justicia.
Wade espoleé a su caballo, descendió por la pendiente que conducía hacia el río, donde dio vuelta a la izquierda, y continuó cabalgando por el terreno cubierto de hierba. Once mil cabezas de ganado habían discurrido por aquel lugar durante el mismo día. Las huellas del caballo de Wade se perderían como una aguja en un pajar. El terror comenzó a abandonarle gradualmente, y el pensamiento de que jamás debería haberlo tenido se apoderó de él. Nunca volvería a sentirse tan débil. La súbita conmoción que experimentó cuando Billy «el Niño», le dijo que los batidores se hallaban próximos a él, había sido una cosa devastadora y amedrentadora, que le privó durante unos momentos de entereza y le dejó enfermo, decaído y enloquecido, viéndose obligado a realizar un esfuerzo para recobrar su frío y entero valor., Llegó hasta donde el río se extendía en someras sabanas sobre unas barras de arena blanca, que recordó que era el lugar a que la manada de Jesse había descendido por primera vez para abrevar. Una elevación del terreno ocultaba el ancho bosquecillo de algodoneros y la campiña que nacía a sus espaldas. Wade se separó del camino y, manteniéndolo bajo la vista, puso su caballo a un trote moderado.
Tras haber recorrido varias millas más, volvió de nuevo la cabeza y observó que la pendiente que recorrió anteriormente había desaparecido de su vista. De nuevo respiré satisfecho, creyéndose libre. Jesse Evans había entretenido a los batidores, que, probablemente, acamparían en aquel punto durante la noche próxima o regresarían a Siete Ríos. ¡Se había salvado por un pelo! Y Wade debía la vida a Billy «el Niño», el más conocido e implacable de todos los proscritos de la época. Wade recordaría siempre a aquel joven, aquel algo indefinible que había en él, el modo como llevaba el revólver, la frialdad y la tranquilidad de su voz y sus maravillosos ojos.
El viejo trampero dirigió a Wade una astuta mirada llena de comprensión y benevolencia.
—Voy a subir a mi choza de la montaña y a colocar las trampas para el invierno.
—¿Le produce utilidad esa ocupación? ¿Gana mucho dinero?
—Ya no. Antiguamente producía tanto como el cavar en un terreno aurífero. He conocido muy buenos días. He comerciado con los injuns. Había buenos negocios hasta que las caravanas obligaron a los pieles rojas a intervenir en la guerra.
—¿Nieva mucho por allá arriba? —preguntó Wade con curiosidad.
—Bastante. Y es la época que más me gusta: me entusiasma caminar sobre la nieve cuando está cubierta por una capa de hielo. Entonces tengo que utilizar unas botas especiales.
¿No las has utilizado nunca, vaquero?
—No. Y estoy seguro de que me agradaría.
—Tienes una expresión inteligente. Ven a pasar el invierno conmigo.
—¿Cómo?
—Ven conmigo. Podrás cazar osos y ciervos por espacio de un mes.
—¡Demonios...! ¿Sube alguien en alguna ocasión a su cabaña?
—Nunca ha subido nadie todavía. Está muy alta y el camino es difícil de recorrer.
—Pero, oiga, usted no me conoce —protestó Wade, con el rostro lívido y profundamente interesado por aquella proposición—. Yo podría ser... Billy «el Niño»..., algún atracador de trenes... o algún malhechor.
—Podrías serlo, pero no lo eres... He tenido un hijo..., vivíamos al otro lado del río... Si viviera, ahora tendría tu misma edad... ¿Qué me dices, joven amigo?
—Iré. Trabajaré sin cobrar ningún sueldo... Pero ¿qué voy a hacer de mi caballo?
—Déjale por ahí suelto. Allá abajo hay un valle donde suelen invernar los ciervos y los alces; podemos dejar la silla escondida.
—¡Es usted como un don celestial, trampero...! Voy con usted... ¡Juro que jamás lamentará haberme hecho esa proposición!
Una vez más una inesperada aparición se había interpuesto entre Wade Holden y el odio, el temor, la desesperación, acaso la maldad. En lo alto de las montañas, en un valle rodeado de colinas, el viejo trampero le condujo a una cabaña de madera en la que había una enorme chimenea de piedra amarilla.
La subida a pie requirió el empleo de dos días. Wade se angustió al pensar en las huellas que iba dejando a sus espaldas; mas como si fuera una respuesta a su inconstante plegaria, la nieve cayó abundantemente y las huellas desaparecieron, lo mismo que si jamás hubieran existido. El terror que se había apoderado de Wade tan de repente se desvaneció en el transcurso de pocas horas.
Wade entró en su nueva vida con la cordial gratitud, la alegría y la ansiedad de un chiquillo que hubiera anhelado encontrar aquella aventura. Derribó árboles a fuerza de hachazos, serró la madera, cazó las piezas que descendían de las alturas, reunió una gran cantidad de provisiones de carne de oso, y de ciervo, alce y patos silvestres. Esta carne se heló y quedó en un perfecto estado de conservación. Tras varias semanas de intenso trabajo, Wade se encontró en condiciones que le hacían capaz de grandes esfuerzos y de soportar los sufrimientos hasta un punto que no había conocido anteriormente.
Después la nieve cayó con mayor abundancia y la montaña quedó cerrada hasta la llegada de la primavera. Muy pronto se formó una capa de hielo, que podía soportar sin romperse el peso de un hombre. El trampero comenzó a trabajar en su profesión. Enseñó a Wade el modo de andar con esquís, de tender las trampas y de desollar a los animales que poseían pieles valiosas.
Los días solemnes y blancos, fríos y ventosos, con un hielo que parecía suspenderse en el aire como diminutos diamantes, transcurrieron rápidamente. Wade habría deseado que el tiempo se detuviera. Por la noche, cuando el trabajo del día había concluido, y tras disfrutar de la sabrosa cena, solía sentarse ante los crepitantes leños de la chimenea y escuchar los relatos de los tiempos antiguos que el trampero le ofrecía. Después, encogido en su lecho de pieles, acostumbraba permanecer despierto y escuchar el aullido del viento, el penetrante silencio de la Naturaleza o el lúgubre gemido de los lobos.
Llegó la primavera. Wade, siguiendo al viejo trampero, descendió de las montañas. Su caballo había desaparecido. Wade caminó al modo de los montañeros, puesto que ya era uno de ellos, y al llegar a Santa Fe se despidió de su amigo. Se encontraba completamente cambiado, si no en el corazón, al menos en lo referente a su aspecto. Se había dejado crecer la barba, y cuando se miró por primera vez al espejo, no se reconoció. La barba ocultaba la magra dureza de su rostro. Su primera intención fue afeitarse; pero la barba era una máscara.
Fue a casa de un barbero para que se la recortase, y luego pensó que se parecía a un inglés a quien había conocido. La barba tenía una coloración dorada que armonizaba perfectamente con el acerado azul de sus ojos. Entonces se sorprendió al observar en éstos una expresión que le recordó la que poseían los de Billy «el Niño». Sería conveniente, no había duda, ocultar aquellos ojos bajo el ancha ala de un sombrero.
Wade tomó la diligencia que llevaba a Taos, donde permaneció durante un día entero, interesado por el extraño pueblecito mejicano. Después, continuó hasta Lamy, que se encontraba junto al ferrocarril. Alburquerque, con sus mejicanos vestidos de ropajes multicolores y con su vida india, con la tranquilidad y la ociosidad de sus días, le entretuvo durante cierto tiempo. En esta población conoció a un comerciante que tenía un almacén en Shiproch. Wade le acompañó y aceptó un trabajo en su establecimiento, que estaba situado en el interior del desierto. Allí comenzó a apreciar a los navajos, que tenían una voz suave y agradable. El comerciante quedó tan satisfecho de sus servicios, que le envió a que comprase a los indios mantas, lana y carneros. Y entonces creyó Wade que había encontrado la ocupación más conveniente para él.
Comenzó a querer al desierto, con sus grandes tormentas de polvo, sus amplias extensiones de salvia y de yuca, sus horizontes purpúreos y rojizos. Pero el invierno modificó este afecto. El viento helado soplaba continuamente de modo incansable.
Al llegar la primavera, Wade se dirigió hacia el Oeste. Siempre viajaba en dirección al sol poniente. Se hizo pastor para un rancho de Mariposa y conservó este empleo durante todo el verano y compartió el trabajo con un mejicano. Ambos conducían su rebaño hacia las frías mesetas. Wade pudo ejercer su habilidad con la pistola, al disparar contra conejos y coyotes, y algunas veces contra zorros y pumas. Al llegar el invierno, los dos hombres condujeron a Mariposa el aumentado rebaño.
Wade pasó el invierno trabajando en un campo maderero de las Montañas Blancas, cerca de la frontera de Arizona. El trabajo era duro, los jornales bajos, los obreros *no le agradaban.
Otra primavera le encontró al otro lado de la línea del territorio que por espacio de varios años!le había atraído con tanta intensidad. No era decepcionante, pero era diferente a lo que había imaginado. Las montañas, cubiertas de árboles, alternaban con las llanuras pobladas de salvia; unos arroyos claros, rápidos y fríos cruzaban la región en zigzag. Wade se trasladó de un rancho ganadero a otro, y consiguió en algunas ocasiones un trabajo temporal y en otras sólo una comida. Cuando llegó al rancho del Río Blanco, creyó que aquel lugar era el que representaba, de un modo concreto, lo que en sus sueños había imaginado. Consiguió ocupación en él como vaquero, pero al fin resultó que el propietario del Triple Bar era mormón, y que todos los compañeros de Wade eran mormones también. Wade les cobró afecto, a pesar de su parcialidad y de su proselitismo, y ellos se encariñaron también con él, puesto que de otro modo no habrían intentado convertirle al mormonismo.
Todo marchó perfectamente hasta que la rolliza hija del ranchero comenzó a dirigirle tiernas miradas. Y lo hacía de una manera tan descarada, que Wade no pudo hacerse el desentendido. Cuanto más tímido se hacía Wade, cuanto más huía de la mimada criatura, tanto más osada se hacía la persecución de ella. De este modo, se despertaron los celos de un antiguo perseguido por la joven. Y llegó muy pronto el día en que Wade tuvo que huir de nuevo.
A medida que penetraba en aquella sorprendente tierra de Arizona, Wade iba adquiriendo la certeza de que en alguna parte de aquella vasta extensión habría de encontrar un lugar apropiado para sus anhelos. No tenía prisa. El antiguo temor había desaparecido; Wade ya no volvía la cabeza para mirar atrás. Y el pasado, cubierto de errores, se desvanecía con el transcurso de los meses. Wade continuó dirigiéndose hacia el Oeste, y al aproximarse el invierno viró hacia el Sur, donde el sol brillaba con más fuerza. Los campos ganaderos, los terrenos en que pastaban los rebaños, los solitarios villorios que nacían en el camino de Tuxon, le retenían durante un día o una semana entera, conforme al interés que en él despertasen. Intentó hacer diversos trabajos desacostumbrados en Tuxon, y de este modo pasó allí el invierno entero.
Tombstone se hallaba en su apogeo. Wade se dirigió allá. La fiebre del oro se extendía como una nube de polvo sobre aquel centro minero, que estaba lleno de jugadores, ladrones, mujerzuelas, aventureros, vaqueros, viajeros, además de la nutrida horda de mineros. El zumbido perpetuo de la ciudad fascinó a Wade, que intentó probar su suerte como minero.
Tuvo una suerte asombrosa. En cada lugar en que hundía el pico encontraba oro. De este modo halló una rica vena de la cual extrajo polvo por valor de varios millares de dólares. Esta circunstancia provocó la envidia de un minero vecino, que dijo poseía un derecho anterior sobre aquel terreno. Wade comenzó a frecuentar la «Pajarera, un lugar muy conocido al que el populacho de Tombstone solía concurrir en busca de diversiones, bebidas y bullicio. La buena presencia y la amabilidad de Wade despertaron el interés de una linda bailarina, de quien las murmuraciones decían que había sido amante de un jugador llamado Monte. Wade sintió lástima por ella, pero no quiso sacar partido del interés que en la bailarina había suscitado. El jugador maltrató a la muchacha. El demonio que se albergaba en Wade se desató. Ante una multitud que se hallaba congregada en la sala de juego, Wade dirigió al jugador todos los insultos más viles y más comunes en el Oeste, le arrojó las cartas y las fichas al rostro, le obligó a desenfundar el revólver, y le mató en el acto.
Una vez más Wade fue un hombre señalado, pero esta vez de un modo diferente.
Quienes le encontraban en su camino le daban golpecitos amistosos en la espalda por haber matado a Monte, y como este personaje había sido calificado de muy hábil para desenfundar y disparar las armas, el duelo y su feliz resultado proporcionaron a Wade el viejo sobrenombre de pistolero. Wyatt Earp, el exponente más acreditado del duelo a revólver de Tombstone, presenció el encuentro entre Wade y Monte.
—Es un pistolero de Texas —comentó—. No me importan un comino los hombres de su clase.
De este modo, en la ciudad más bravía de la frontera de Arizona, Wade, que había viajado bajo el apellido de Brandon, que era el de su madre, se hizo conocido como Tex Brandon. Y supuestos asesinos, peludos, buscadores de notoriedad, vaqueros borrachos y vagos de las salas de juego, colocaron a Wade en la poco envidiable situación de tener que defenderse abiertamente, así como de las celadas que se le tendieron en la oscuridad. Wade hirió a tres hombres antes de verse forzado a matar a otro. Los amigos que había hecho en Tombstone disfrutaron del prestigio y de la distinción que su amistad les prestaba, y la muchacha bailarina del garito sacó el mejor partido posible de la protección que encontró.
Pero Wade desconfió de su posición en aquella ciudad y del giro que tomaba su vida. Y un día de primavera, cuando la salvia estaba en flor, se alejó de allí.
La Arizona meridional resultó durante el verano demasiado cálida para Wade, por lo que éste se dirigió hacia el Norte. Día a día, a medida que avanzaba, el calor se atemperaba, el desierto florecía, y las confusas y neblinosas elevaciones que se erguían en el horizonte adquirieron forma y color. Wade pasó el verano y el otoño en la Cuenca del Tonto, y tomó más cariño a aquel valle bravío cubierto de blancos árboles y surcado de arroyos cristalinos que a cualquiera otra región de Arizona. Pero la guerra del Pleasant Valley entre ganaderos que eran ladrones y ganaderos que eran hombres primitivos, estaba a punto de estallar, y el conflicto invitaba a la partida a todos los forasteros.
Wade ascendió al Mogollón Rim y se perdió en los maravillosos bosques de abetos plateados, y de meples escarlata, y de tiemblos dorados, entre los que florecían los grandes pinos amarillos. Aquellos bosques estaban poblados por manadas de reses y por caballistas a quienes Wade tuvo buen cuidado en evitar.
Noviembre le halló cansado de una dieta de sal y carne, aunque se mostraba reacio a abandonar aquella magnífica selva. Pudo encontrar trabajo para el invierno en Concha, donde partió leña y ordeñó las vacas para una anciana viuda que se alegró de poder concederle alojamiento.
La primavera volvió luego. La primavera siempre sorprendía a Wade, que contaba las estaciones con los dedos. Cinco. ¡Cinco años, que parecían cinco siglos, desde que huyó con Simm Bell de Mercer!
—Eres uno de esos vaqueros de ojos tristes, vagabundos y aficionados al uso de la pistola —declaró la mujer cuando él la miró desde lo alto del caballo—. Y es una lástima. ¡Un muchacho tan guapo, tan bueno, tan pacífico...! Deberías casarte y sosegarte. Si no lo haces, Tex Brandon, tendrás mal fin.
Wade llegó a una región que le fascinó de tal modo, que frecuentemente volvía la vista, detenía el caballo y se sentaba para contemplarla. Un paisaje magnífico sucedía a otro, con todos los múltiples encantos de Arizona. Valles de salvia purpúrea, regados por arroyos bordeados de pinares que se extendían hasta el pie de las colinas; anchas praderas, lisas, en que florecían los grises cedros, se extendían hacia el Sur, a través de las cuales unos montecillos y unos peñascos parecían flotar en el aire. Profundos y verdes desfiladeros se abrían bajo sus pies, desde los que brotaba hacia la altura el melodioso cantar de la cascada. Una ondulante línea de rocas purpúreas atrajo su atención durante cierto tiempo; riscos de rojas grietas, como bestias enormes, se elevaban sobre el nivel del terreno. Y dominando el conjunto había un grupo de montañas de cumbres blancas, rodeadas de árboles. Y lo más ilusorio y atrayente de todo era aquel vago espejismo que se tendía sobre las pintadas mesetas, a mucha altura sobre las inclinaciones del desierto, que atraía y llamaba con su espectral naturaleza.
—¡Buenos días, muchacho! Apéate y entra—. Este fue el saludo del vaquero, pronunciado en tanto que inspeccionaba a Wade desde la punta de los pies hasta la copa del sombrero.
La invitación era un poco desconcertante. No había ningún lugar en que entrar. Los vaqueros estaban en pie, o acuclillados, o sentados ante unos platos y unas tazas humeantes.
El cocinero, un hombre jovial y de edad indefinible, depositó en el plato y en el vaso de Wade más comida y más bebida que cuanto el muchacho había consumido en el espacio de varios días. El equipo parecía ser amistoso. Y estaba compuesto de media docena de caballistas y otros dos hombres de más edad. Todos parecían hallarse en un estado próspero. Las botas y las ropas, las sillas y las alforjas, el carro y los utensilios, todo daba testimonio de pertenecer a un ranchero que se hallaba muy lejos de estar arruinado.
—¿Quieres fumar? —preguntó el jefe cuando Wade hubo concluido la abundante comida.
—Muchas gracias.
—¿Vas en busca de trabajo? —preguntó el otro con interés.
Wade producía siempre buena impresión.
—Así es. Pero puedo pagarle lo que he comido.
—Jamás oí decir nada parecido en Arizona... ¿Hacia dónde vas?
—No lo sé. Me limito a viajar.
—¿Conoces esta región?
—Yo diría que no. Si la hubiera visto anteriormente, jamás la habría abandonado.
—¡Bien! —exclamó el vaquero riendo—. Sí, es un paraíso. Es muy rica en ganado y mucho más rica en ladrones... ¿Cómo te llamas, desconocido?
—Tex Brandon.
—He oído hablar de ti, no sé donde. Vienes del Estado de la estrella solitaria, ¿eh?
—Sí. Pero no soy tejano.
—Ya lo había supuesto. ¿Dices que andas buscando trabajo?
—Sí. Pero en el caso de que me sea posible encontrarlo en un equipo tan agradable como el de usted.
—Lo siento mucho, tengo completo mi equipo. Además, mi jefe desconfía de los viajeros solitarios. Solamente da trabajo a los muchachos a quienes conoce. Los admite cuando son muy jóvenes, y los enseña... Vamos a ver, acaso podrías entenderte con Driscoll. Pero sus hombres hacen pasar las penas del Purgatorio a los nuevos jinetes que llegan. Por otra parte, el capataz de Mason, Steward... Bueno, trabajar para él es un infierno. Drill siempre tiene trabajo, pero paga unos salarios muy pequeños. Y solamente nos queda Pencarrow, que no paga absolutamente nada.
—¿Pencarrow? —repitió Wade, indiferente. Y entonces, repentinamente, el pasado pareció renacer en su imaginación y el recuerdo se le llenó de nombres y de lugares olvidados hacía mucho tiempo.
—Sí, Pencarrow. Es tejano —continuó el vaquero—. ¡Es la sal de la tierra! Cayó en estos terrenos hace cuatro o cinco años; tenía mucho dinero. Compró la propiedad de Band Drake, que es maravillosa. Una de las más hermosas de Arizona. Y construyó una casa ranchera que no tiene rival en ninguna parte... Bien, antes de que Pencarrow aprendiera a conocer los usos y costumbres de estos terrenos de Cedar, adquirió veinte mil cabezas de ganado y alrededor de doscientos caballos hermosísimos; disponía de hierba y de agua, y comenzó a trabajar de un modo muy halagador. Arizona trató a Pencarrow de manera cruel. Todos estamos avergonzados. Pero jamás nos pidió ayuda ni consejo... Y le dejaron limpio. Por eso, ahora no puede...
—¿Quiénes lo dejaron limpio? —le interrumpió Wade.
—Pues... los ladrones de ganados y de caballos. El «Cuchillo Fatídico» se ensañó con él.
Y lo mismo sucedió con los individuos del Diamante B, de Bullon. Se han aprovechado bien todas las cuadrillas de caballistas malvados de la región.
—¿Crees que Pencarrow me daría trabajo?
—Lo haría, si no le exigieras que te pagara inmediatamente tus sueldos.
—Sé correr a caballo y disparar —dijo Wade como si hablase para sí.
—Tienes aspecto de saberlo hacer, Brandon —replicó el vaquero secamente—. Pero no tienes aire de vaquero. No naciste sobre un caballo.
—No sé echar el lazo ni seguir huellas; ni conozco nada del arte de cocinar. Pero creo que de todos modos, voy a hablar con él.
Uno de los vaqueros dijo enigmáticamente:
—¿Te das maña, forastero, para cavar hoyos, para hacer cercas, ordeñar las vacas y limpiar los graneros?
La afirmativa respuesta provocó una risa unánime en el grupo. A todos les agradaba la expresión de Wade y la sencillez que se hallaba en contraste tan evidente con ella.
—Brandon, di a Pencarrow que yo te he dicho que creo que le conviene admitirte —añadió con seriedad el vaquero.
—Gracias. Y ¿quién eres tú?
—Soy Lawsford, el capataz de los tres equipos de Aulsbrook.
—¡Aulsbrook!
Sí. Y también es tejano.
Wade inclinó la cabeza para esconder el relámpago que en ellos debió de brillar.
¿Adónde le había conducido sùvagabundeo?
—¿Tiene ese ganadero..., ese Pen... Pen... carrow..., creó que has dicho que se llama así..., tiene familia?
—¡Eso es lo malo de la cuestión! Tiene mucha familia. Son la mejor gente que ha venido á Arizona. Todos de sangre meridional pura... Son personas ilustradas. La madre, una hija, un chiquillo y una chiquilla de catorce años... Estos últimos son gemelos. Y otros dos pequeñuelos, nacidos después de la llegada de Pencarrow. Y desde una vida de lujo y de riquezas, has descendido hasta una situación en que apenas pueden cubrir sus necesidades.
—¡Qué pena! —exclamó Wade pensativamente en tanto que se apretaba el cinturón, lo que constituía un acto acostumbrado en él cuando se disponía a entregarse a la acción—. ¿Está casada la hija mayor?
—No. Pero no puede decirse que sea por culpa de los hombres de estos contornos. Podría haberse casado con cualquiera de nosotros, con el hombre que hubiera preferido. En realidad, esa Jacqueline Pencarrow ha revolucionado estas tierras. Ha habido más pendencias y reyertas a causa de ella que por culpa del ganado. Pero no quiere ni oír hablar de rancheros o vaqueros.
Se ha consagrado por entero a su padre, su madre y los pequeños.
—¿Cómo puedo encontrar el rancho de Pencarrow, Lawsford?
—Voy a decírtelo. Agáchate y dibujaré un mapa en el suelo. Sigue en línea recta a través de la llanura poblada de salvia. Atraviesa aquel cinturón de arbolado, y sigue derecho hacia la pelada meseta que se halla detrás. Bordéala por el lado izquierdo. Encontrarás un desfiladero que se dirige hacia el Sur. Síguelo hasta llegar a un camino. Baja, da vuelta, sube de nuevo, y llega hasta el punto en que el desfiladero se abre. Cuando hayas llegado allá, no tendrás dificultades para reconocer el rancho.
—¿Está muy lejos de aquí?
—A unas treinta millas de distancia. Creo que te convendrá descansar esta noche junto a nosotros, y ponerte en camino mañana por la mañana.
—Será preferible. Muchas gracias —respondió Wade, preocupado por la presencia de unos pensamientos tan rápidos y tan cambiantes, que apenas podía llegar a comprenderlos.
—Sería más conveniente que se fuera esta misma noche, jefe —dijo lentamente uno de los vaqueros, con acento y expresión maliciosos—. Nuestro compañero, Ben, podría decirle lo terriblemente hermosa que es Jacqueline Pencarrow y que en todo el mundo no hay ojos de vaquero que sean dignos de mirarla.
Wade no dijo nada. La sangre le golpeteaba en los oídos. Y vio repentinamente una visión: una forma esbelta bajo una tienda en la oscuridad..., una luz brillando entre las aberturas..., un rostro hermoso y lleno de ansiedad..., unos ojos grandes y oscuros como la noche...
—Oye, Ben, dinos lo guapa que es esa muchacha —añadió otro de los caballistas—. Nunca la he visto. Y tengo mucha curiosidad...
—¡Diablo, no hay modo de decirlo! Para saber lo hermosa que es, es necesario ver a Jacqueline Pencarrow. Es alta, aunque no excesivamente —respondió Ben, que, evidentemente, era un pretendiente fracasado, y todavía fiel, de la joven—. Y ¡qué formas! No habéis visto jamás unas piernas parecidas a las suyas. Vi a Jacque en cierta ocasión, adornada con un vestido de baile, con la espalda, los brazos y el cuello desnudos... ¡Hermosa, compañeros, hermosa! No es una mujer a quien deban ver los vaqueros enamoradizos y sin compromiso, creedme. Su rostro no se parece a ninguna flor de las que he visto, y sin embargo, obliga a pensar en las flores... Unos labios rojos, que cualquier hombre querría besar aunque hubiese de morir después... Y los ojos... ¡Ah! ¡Como dos estrellas en el cielo!
—Tú no agradaste a Jacque tanto como ella a ti, ¿verdad, Ben? —observó el vaquero que había provocado el elocuente discurso.
Wade condujo su caballo hacia la hierba y le quitó la silla y la brida. Extendió la manta y luego se sentó para pensar después de haber encendido un cigarrillo que no fumó. El cigarrillo ardió hasta llegar a quemarle los dedos. El crepúsculo y el anochecer nacieron y murieron, y llegó la noche con su cortejo de estrellas. Wade continuaba sentado. Los vaqueros entonaron canciones y contaron cuentos alegres; los trabados caballos se movieron torpemente por el espacio cubierto de hierba; los coyotes aullaron en las lejanas elevaciones; y la noche cerró.
Pencarrow, Aulsbrook, la muchacha de ojos oscuros, jamás olvidados, dieron nacimiento a un torbellino de meditaciones y recuerdos que Wade, al fin, acertó a ordenar de un modo coherente y lleno de razón. La última, aconsejó imperativamente a Wade que huyese, le mostró la necesidad y la conveniencia de no arriesgarse a ser reconocido por Pencarrow y Aulsbrook, de no permitir que la joven de ojos oscuros volviese a verle. Esta instantánea consecuencia, no se convirtió en una instantánea decisión. Había algo que impedía a Wade poner en ejecución lo que su inteligencia le dictaba. Pencarrow no le había visto jamás, y Aulsbrook no le reconocería. No importaba que la joven lo hiciera, aun cuando Wade prefería que no sucediera de este modo. Jacque se había comportado de una manera admirable, llena de amistad y de cordialidad, con él. Había sido su ángel bueno. Y se hallaba en dificultades.
Su padre, un tejano de corazón noble, un hombre generoso y confiado, había sido arruinado por los rufianes de Arizona, y su familia sufría las consecuencias de esta situación. Jacqueline, la hija mayor, según dijo Lawsford, estaba ayudando a su padre en aquellas terribles circunstancias... Repentinamente, una luz brotó con la energía de un relámpago en la ensombrecida imaginación de Wade y llegó deslumbrado hasta el confuso campo de su conciencia. Lo mismo que un rayo que aclara la lobreguez de la atmósfera, quemó y destruyó sus temores. Wade había encontrado su puesto en el mundo. Aquel bravío rincón de Arizona le había atraído a través de los años. La ocasión de pagar la incalculable deuda que contrajo con Jacqueline Pencarrow había llegado también. Lo que su padre necesitaba era un hombre astuto, implacable, incorruptible, insobornable. Sólo un hombre que reuniera estas cualidades, como reunía Wade, podría hacer frente a los elementos sin ley social alguna. Wade tuvo la respuesta a la antigua pregunta que tantas veces se había formulado: ¿Por qué era hijo de un hombre que no era el esposo de su madre? ¿Por qué había querido a Simm Bell, ladrón y proscrito, y había unido su suerte a la de él? ¿Por qué, desde la infancia, su vida había estado presidida por el odio, la violencia, el temor, la huida y la vigilancia? ¿Por qué le habían conducido las trancadas de su caballo hasta aquel terreno del Cedar? ¿Por qué había hecho él a su padre la irrevocable promesa que le imploró con su aliento de muerte?
Todo parecía haber sido preparado para conducirle a aquella situación y a aquel lugar.
—¡Todo me impele hacia la realización de esta gran tarea! —se dijo, exaltado—. ¡Todo ha sucedido para hacer de mí un verdadero hombre...! Y todo... a causa de esa joven de ojos grandes y oscuros...


IX
Wade detuvo el caballo al borde del desfiladero e intentó ver claramente, razonadamente, al reconocer que sus emociones habían alcanzado un grado de exaltación más elevado que jamás hubiera experimentado. Quería tener la certeza de que el color, el encanto, la gloria de aquel bravío Arizona no eran una ilusión.
La maravillosa luz procedía de un sol temprano y de una atmósfera rarificada. Mas, aun cuando engañaban en cuanto a la distancia, eran verdaderas en lo que se refería a la forma y la tonalidad.
Durante todo el camino a través del desierto —puesto que desierto era, a pesar del calor y de la lujuriante vegetación—, Wade había sido conducido, por medio de pasos reveladores, desde una maravilla hasta otra, cada una de las cuales aumentaba y variaba el encanto de la anterior hasta que el joven se detuvo, enajenado y asombrado, junto al borde de aquel abismo azul que Lawsford había llamado el Desfiladero Engañoso.
Wade meditó sobre este nombre, que en los primeros momentos le pareció impropio y ridículo. Era imposible dudar de su inmensa profundidad, de sus costados escarpados y rojos, de los centenares de tongas cubiertas de follaje verde en el que solamente las águilas podrían posarse, de sus blancas cascadas y brillantes remansos, de la murmuradora melodía del agua y del viento, de la espesura que cubría su fondo, tan lejano, de los innumerables desfiladeros de accidentadas bocas, en apariencia tan grandes y tan profundos como el principal... Wade recordó el Smoky Hollow, el Paso Humeante, de Texas, que antiguamente le había parecido un escondrijo ideal para los perseguidos, y sonrió al establecer una comparación. Smoky Hollow podría haberse perdido, y no ser encontrado jamás, en el Desfiladero Engañoso. Si no hubiera sido por su belleza, aquel desfiladero podría haber sido llamado el Desfiladero Centípodo, a causa de sus muchas ramificaciones. Y esto le llevó a la observación de que todas las ramificaciones se hallaban situadas en el lado occidental.
En sus primeros cálculos Wade supuso que el desfiladero tendría una profundidad de alrededor de mil pies y una anchura superior a una milla. Pero no quiso aceptar este juicio como definitivo. La Grieta Roja, la abertura cubierta de vapor que se abría en la tierra, parecía aumentar de tamaño a medida que la contemplaba. Entonces comenzó a comprender por qué al desfiladero que tenía ante sí se le llamaba engañoso.
Pero ¿dónde estaba el rancho de Pencarrow? La cuenca del Tonto tenía muchos ranchos; mas esparcidos entre sus gargantas y sus lomas había varios valles y terrenos llanos y praderas en los que la hierba crecía abundantemente. Wade no pudo hallar una abertura en la parte baja del Desfiladero Engañoso, poblada de exuberante vegetación, excepto donde brillaba la serpenteante corriente de agua. Hacia el Norte, en dirección en que las grandes montañas se erguían altivas y blancas sobre el desierto, pudo ver un ancho cinturón de cedros y de salvia que se extendía hasta muchas leguas más allá y que luego comenzaba a subir gradualmente al parecer hacia la negra línea irregular. Wade calculó la distancia que habría hasta aquellos terrenos y la multiplicó por tres. Aquellas altivas montañas debían de hallarse a más de cien millas de él.
El desfiladero se ensanchaba y comenzaba a ascender hacia la campiña. El arroyo y los lienzos de pared debían de nacer en aquella lejanía, acaso en aquella ancha mezcla de purpúreas rocas que bordeaban el desierto.
Wade continuó cabalgando a lo largo del borde en dirección al Sur. Cuando vio que el desfiladero se estrechaba y profundizaba y que lo accidentado de su aspecto se agudizaba, miró absorto y suspenso. Y cuando la naturaleza accidentada del borde le obligó a hacer largos rodeos, experimentó deseos de volver atrás, hasta un punto desde el que le fuera posible volver a contemplar la azul profundidad.
Al fin, llegó a un camino que se desenvolvía descendentemente. Estaba bien marcado, y, con toda evidencia, era muy transitado. Pero, como la mayoría de los caminos de Arizona, era empinado y accidentado, estaba lleno de rocas y trazaba un zigzag a lo largo de unos repechos cuya tierra se deslizaba bajo las patas del caballo. Wade siguió junto a la base sombrosa de los riscos y se vio forzado a desmontar en ocasiones para continuar descendiendo hacia la espesa selva de pinos y arces.
Lo que le había parecido un terreno llano desde la altura, resultó ser un conjunto de oteros rojos y de verdes tierras pantanosas que estaban pobladas de una densa vegetación de árboles de diversas clases. Era una selva fragante, oscura y fresca. El camino conducía hasta una ancha espesura que acompañaba al arroyo en ambas orillas. El arroyo era un verdadero río en realidad: claro, ambarino, que formaba remansos, se precipitaba sobre rocas, caía sobre arrecifes. Wade dio vuelta hacia el Norte. Los ciervos se internaban en la maleza. El camino estaba cruzado de huellas de osos. Las ardillas y las chovas protestaron de la intrusión del jinete. Cada vuelta que daba producía a Wade una nueva sorpresa; y al llegar a una cascada en forma de abanico, de la que nacía el profundo canto del agua, vio unas grandes truchas oscuras que nadaban sobre un fondo claro y lleno de blancas piedrecitas. El asombro del joven creció. Los grandes sicómoros resplandecían blancamente entre los árboles de un color verde oscuro; en los lugares soleados, los helechos, los lirios y las colombinas se inclinaban bajo el soplo perezoso del viento.
Wade encontró en tres ocasiones caminos que se desviaban del que él seguía para cruzar el arroyo. Pero no halló ninguno que continuase a su izquierda. Los bordes afilados y rojos del desfiladero, que divisaba con infrecuentes intervalos, se elevaban lejos, hacia el azul del cielo.
Mucho antes de llegar hasta una suave pendiente, una ascensión del camino a través de un terreno musgoso, Wade ya se había rendido a la belleza y al encanto del Desfiladero Engañoso.
Al final, un arroyo de sonido y rumores diferentes a los del anterior atrajo la atención del joven. El sonido y los rumores no parecían proceder de la caída del agua. Era un rumor extraño, parecido al del agua hirviente. Wade subió hasta una zona más clara del desfiladero, señalada por algunos pinos y abetos. Un momento más tarde el camino le condujo hasta un ancho lago del que procedía el gorgoteante sonido. Allí concluía el arroyo. El gigantesco lago era una fuente, de cincuenta pies de anchura, tan clara como el cristal, que reflejaba los árboles y las rocas y que parecía hervir y borbotear al surgir abundantemente el agua de una zona enclavada al pie del risco. Esta fuente, rodeada de helechos, de flores y de rocas musgosas, con su surtidor ambarino, con su verde dosel de follaje traspasado por los rayos del sol, obtuvo preferencia en la memoria de Wade sobre todos los lugares hermosos que anteriormente había conocido.
Y continuó avanzando y subiendo. El camino se dividió; el ramal derecho conducía a la altura, a una elevación que ya no era visible; el izquierdo se retorcía a través de una región que parecía un parque, en la que unos pinos solitarios y unas rocas grises alternaban con llanuras pobladas de salvia gris y con lomas cubiertas de vegetación. La mirada de Wade se dirigió, sobre la extensión herbosa, hasta las sublimes cumbres del fondo. Había salido del Desfiladero Engañoso, y aquéllos debían de ser los terrenos de Pencarrow. El aspecto de lo que veía superaba en magnificencia a lo que Wade había esperado. Y al cabo de un momento, tras haber cruzado un arroyo y cabalgar en torno a un grupo de árboles, pudo ver caballos en la campiña, y una casa de madera, amarilla, grande, situada entre los dispersos pinos de una loma baja, y un hermoso panorama que se desarrollaba detrás.
El sol brillaba en lo alto del cielo. Las blancas naves de unas nubes surcaban el mar azul del cielo. El aroma de la salvia impregnaba el aire. Pero todas estas cosas no rindieron a Wade. Wade percibía que el lugar le atraía por causas ajenas a los elementos de la Naturaleza.
Todo lo que el pasado enseñara a Wade sería invocado en el lugar en que se había producido la ruina de Pencarrow. No podría haber paños calientes, no podría haber resistencia ni remordimientos para el empleo de una mano dura e implacable. No podría haber nada que no fuera una completa sumisión a sus escasas habilidades: el reconocimiento intuitivo de los malos pensamientos y de la naturaleza del hombre; una mirada clarividente y perspicaz; una terrible destreza para el manejo de la pistola...
Wade llegó a esta determinación en tanto que contemplaba aquel rancho arruinado en el que todavía podían apreciarse rastros de su antiguo esplendor. Los aspectos múltiples y desconocidos de la tragedia de Pencarrow serian averiguados con el tiempo. El incentivo de Wade era grande. En aquellos momentos de lento cabalgar hacia la casa ranchera, Wade sintió que llegaba al momento culminante del cambio que los años habían operado en él.
Llegó a la loma. Una carretera circular la rodeaba y subía hasta su cima. En la parte posterior, entre los diseminados pinos, había sido erigido un sorprendente conjunto de cuadras, cobertizos, encerraderos, presidido por un enorme granero cuyas puertas se abrían en su parte central. Wade siguió la carretera que conducía a la puerta principal.
Un ancho pórtico corría a lo largo del frente de la casa ranchera. Ante él había unos caballos ensillados y con las bridas sueltas. Unas voces duras y enojadas llegaron hasta los oídos de Wade. Un hombre de cabellos blancos, en cuyos ademanes se reflejaban indignación y desesperación, se hallaba frente a un grupo de caballistas preparados para montar, algunos de los cuales, con sus figuras rígidas y con las cabezas de halcón inclinadas, producían una instantánea corroboración de las palabras y de la historia de Lawsford.
La aparición de Wade interrumpió la disputa. Le pareció que llegaba oportunamente. Los jinetes se dieron vuelta y le miraron con hosca sorpresa y enfado. Al llegar a cincuenta pies de ellos, Wade desmontó, abandonó el caballo y continuó caminando lentamente a pie. En el modo de andar y de mirar atentamente al grupo puso toda su intensa curiosidad, la sospecha y la amenaza que le obsesionaban. Y se detuvo un instante para poder ver más claramente a todos aquellos hombres.
—Papá, ¿quién es ese hombre? —preguntó una voz de mujer, vibrante y armoniosa.
—Supongo que será otro de ellos...
Wade no contestó; ni el recuerdo de aquella voz vibrante le estremeció ni le obligó a dejar de poner la atención sobre el grupo de jinetes, a los que continuó examinando agudamente. Todos estaban arracimados, unos junto a otros, silenciosos, sin duda, a causa de la inesperada presencia de Wade. Dos de ellos eran jóvenes y no ofrecían ningún rasgo característico, excepto el de la depravación. Si llevaban armas, Wade no pudo verlas, lo que para él equivalía a la seguridad de que no estaban armados. El tercero tenía el rostro de un color plomizo, sembrado de innumerables líneas quebradas, fruto de la vejez, y una mirada huidiza. El cuarto tenía un aire de atrevimiento y osadía que se agudizaba con la mirada de sus ojos destellantes. Estos dos últimos jinetes llevaban unas armas de fuego pendientes de los cintos.
—Bien, Urba —dijo el tercer jinete—; es posible que cuando haya terminado de inspeccionarnos se decida ese desconocido a explicarnos la razón de su descaro.
—¿Qué quiere usted? —preguntó el hombre a quien habían llamado Urba.
—Pregúnteselo a sí mismo —replicó Wade.
—Ya me lo he preguntado, y por eso le digo que se vaya de aquí.
El hombre amenazaba, pero no poseía aquella cualidad que obligaba a Wade a temer a los forajidos. Ninguno de los cuatro ofrecía con su aspecto a Wade motivos para arrepentirse.
Ni siquiera producían aquella impresión de resolución para la defensa propia que servía para que los hombres del Oeste se aforasen y calibrasen mutuamente. Por otra parte, si los dos que iban armados hubieran decidido desenfundar las armas para acometer a Wade, lo habrían hecho mucho más tarde que él.
Una joven salió por la abierta puerta. Wade divisó su cabeza por encima de las de los cuatro hombres. Wade no podría haber dicho si fue su magnífica hermosura o si fue la oscura belleza de sus ojos lo que le paralizó el corazón. Reconoció en ella a la muchacha que le había salvado, ya convertida en una mujer.
—Papá, no es otro de ellos —aseguró con firmeza.
—Todos ellos son iguales, pero parecen peores a medida que van viniendo respondió el hombre amargamente. Permanecía erguido, con las blancas guedejas brillantes, con el hermoso rostro surcado de líneas. Era como un tejano que hubiera agotado todos sus recursos.
—Usted es Pencarrow —aseguró Wade.
—Sí, soy Pencarrow —respondió el ranchero, enfadado.
—¿Qué viene usted a hacer aquí?
—Lawsford, el capataz de Aulsbrook, me ha enviado a verle. Necesito encontrar trabajo.
—Lawsford no es amigo mío.
—¡Oh, papá, no es cierto! —le interrumpió su hija—. El señor Lawsford se ha portado como buen amigo nuestro, a pesar de la enemistad de Aulsbrook.
—¡Hum! Amigo tuyo..., sí, puesto que ha perdido el seso por ti. Desconocido, el nombre de Lawsford no es una recomendación, que yo sepa.
Wade se volvió hacia la hija y se quitó el sombrero. Le fue preciso reunir todo su frío valor para realizar aquel acto. Pero quería hacer la comprobación en el mismo instante. Los cuatro jinetes le miraron boquiabiertos, lo mismo que a Pencarrow, a pesar de su enojo.
—¿Usted es su hija? —preguntó Wade cortés, aunque firmemente.
—Sí, soy Jacqueline Pencarrow. —La respuesta fue pronunciada por la joven con la mirada recelosamente fija en Wade. Pero la serenidad del joven y su firmeza debieron de surtir efecto.
—Me llamo Brandon —continuó Wade—. He venido con la finalidad de proteger a su padre... y a usted.
—¿Protegernos a papá y a mí? —preguntó ella con asombro.
Pencarrow rechazó con un gesto esta suposición, como desearía haber hecho con el intruso.
—No lo escuches, Jacquie. ¿No he admitido hasta ahora más de una veintena de caballistas, siempre con el efecto de ser engañado y robado? Si no es un hombre de la misma clase que ellos, no es sino otro vaquero más, enfermo de amor por ti, que ha venido en busca tuya.
—Papá, este joven no habla..., ni tiene aspecto de ser como tú dices —replicó la muchacha al mismo tiempo que enrojecía vivamente—. Muchas gracias, señor, por su oferta. Pero no hay trabajo para usted en este rancho.
—No esperará usted que crea que es cierto, señorita... —contestó Wade con seriedad—. Si no me lo hubieran. dicho anteriormente, habría visto en el momento de mi llegada qué es lo que este rancho necesita.
—Sin duda, debería haberle manifestado que no podemos permitirnos el lujo de dar empleo a nadie —replicó ella, emocionada.
—Sin embargo..., me quedaré —afirmó Wade con la energía de un hombre a quien nada pudiera ser negado—. Naturalmente que su padre ha perdido la fe en los hombres, pero usted es joven e inteligente, señorita Pencarrow. Confíe en mí. Por lo menos lo suficiente para decirme si esos cuatro jinetes no son enemigos de su padre.
—¡Claro que lo son! —respondió ella apasionadamente—. Pertenecen al equipo de Brand Drake, que engañó a mi padre, lo estafó, y no ha cesado desde entonces de exigirle entregas de dinero... Esta vez ha venido a...
—¡Cállese, chiquilla, o será peor para su papá! —la interrumpió Urba con un gesto enojado.
—Muchas gracias, señorita Pencarrow —saltó Wade con rapidez Es suficiente por ahora.
No necesito más. Voy a retirarme unos pasos para que esos hombres puedan reanudar la discusión que mantenían con su padre.
¿Sí, eh? —preguntó Urba—. Bien, ¿quién diablos es usted para impedirme que lo arroje de aquí a patadas si se me antoja?
Wade lanzó una premeditada carcajada ante el hombre y se retiró lentamente a un lado.
—No te molestes discutiendo con él, Urba —dijo uno de sus compañeros, el que se hallaba más próximo—. Estamos perdiendo el tiempo. Ese demonio de muchacho quiere hacer un buen papel de Romeo delante de la señorita. No es posible censurarle por ello, pero me parece que también pierde el tiempo.
—Pencarrow, la paciencia de mi jefe se ha agotado, y me parece que también la mía —dijo insolentemente Urba al ranchero—. Hemos venido a cobrar ese millar de dólares que debe usted a Drake..., ¡y vamos a cobrarlo!
—No debo a Drake ni un solo dólar —replicó cansadamente Pencarrow—. Le he pagado doble de lo que valían las reses que dejó aquí.
—Esa es su historia, Pencarrow. La palabra de Drake vale tanto como la de usted en esta región. Y puesto que no hay aquí tribunales ni jueces que puedan dictar una sentencia, las cuestiones deben resolverse de hombre a hombre. Sus vaqueros le han abandonado, y eso en estos contornos es una mala cosa que sirve de acusación contra usted.
—¿Abandonarme? La mayoría de ellos eran ladrones que estaban de acuerdo con los que me robaron el ganado. Los demás no han tenido el valor necesario para quedarse junto a un ganadero que era bueno con ellos.
—Oiga, Pencarrow, antes chascó usted la lengua de un modo que me encolerizó —declaró Urba—. ¿Lo hizo usted en señal de menosprecio hacia mí?
Pencarrow parecía hallarse demasiado disgustado para contestar a aquella impertinencia.
Era un hombre dominado por la pesadumbre, y comenzaba a perder el dominio de sí. Parecía haber un obstáculo que le impedía enfrentarse con aquellos hombres como un verdadero tejano. Wade adivinó que el obstáculo era su familia. Todas las disputas eran arregladas en aquella bravía zona de Arizona por medio de las armas, y Pencarrow temía dejar sin apoyo ni protección a sus queridos familiares. Aquellos jinetes, y, sin duda, los de otras cuadrillas también, se mostraban más osados al ver que el tejano tenía atadas las manos de este modo.
—Pencarrow, ¿va usted a pagarnos las cuentas atrasadas? —preguntó Urba con impaciencia.
—Si tuviera esa cantidad de dinero, jamás se la entregaría a Drake.
—Bien, en ese caso, entréguenos los caballos. Los hemos visto al venir. Y supongo que con ellos y la manada de reses que separaremos habrá bastante para saldar su deuda.
—¡No! —exclamó Pencarrow con voz de trueno al mismo tiempo que empalidecía.
—¡Papá! ¡Domínate! —le imploró su hija.
—Jacquie, hazme el favor de entrar en casa y permitirme que maldiga a estos hombres.
—No me iré. Puedes maldecirlos delante de mí... o lo haré yo misma.
—¡Ah! Oye, Urba, ¿verdad que es preciosa? —dijo el lugarteniente de Urba—. Mira los ojazos que tiene. Y ¡vaya unas piernas!
Wade miró al hombre que había hablado, y, no obstante, tuvo la fuerza de voluntad necesaria para hacer que su mano se detuviese. Pero con las palabras y la ardiente mirada que el rufián dirigió a la muchacha selló su sentencia de muerte.
—¡Vaya que sí! —replicó Urba, al mismo tiempo que exhalaba un resoplido y que daba dos pasos hacia la escalera para mirar de cerca el pálido rostro de la joven. Jacqueline se estremeció, pero no se retiró—. Jacque, me parece que podría usted salvar a su papá...
El ágil cuerpo de la muchacha se movió rápidamente al mismo tiempo que su brazo se extendía. El resonante golpe fue más que tina bofetada; hizo vacilar a Urba y estuvo a punto de derribarle. El hombre se llevó la mano a sus ensangrentados labios. Urba miró a la muchacha amenazadoramente, pero el terrible furor que se reflejaba en el rostro de ella reprimió la exclamación que estaba próximo a lanzar.
—¡Váyase de aquí... antes de que lo mate a tiros! —gritó la muchacha—. No le tengo miedo.
Y no crea usted que no puedo matarle a tiros...; mi padre sabe todo lo referente a Band Drake, que es un estafador y un ladrón. Es mucho peor... de cuanto podría decirse. ¡Y usted y sus acompañantes son sus malvados instrumentos!
—¡Ah! ¡Gata del infierno...! ¿De modo que usted dice todo lo que el viejo no tiene valor para decir? —dijo roncamente Urba, en tono brutal, en tanto que dirigía una mirada llena de odio al ranchero—. Pencarrow, nos llevamos sus caballos y esa manada de reses... Y, ¡por todos los diablos!, tenga cuidado con esa arpía de rostro lívido. Urba comenzó a caminar con un paso acompañado del tintineo de las espuelas, con la cabeza vuelta hacia el ranchero, hasta que chocó contra Wade, que le detuvo, poniéndole el duro puño sobre el pecho y empujándole hacia atrás.
—Ya has dicho lo que tenías que decir, puerco. ¡Ahora oye lo que yo tengo que decir! —le ordenó Wade. Urba se quedó tan sorprendido, que permaneció inmóvil, estrangulado por el furor.
—Jacquie, entra en la casa —gritó con voz enérgica Pencarrow. Su agudeza tejana comprendió la inminencia de la catástrofe.
La muchacha se retiró de la escalera y transpuso la puerta. Pero no la cerró. Sus oscuros ojos parecían más grandes entre las sombras.
Wade se encaró con los dos hombres que estaban casi al mismo nivel que Urba, un paso delante de él. Finalmente, lo amenazador de la situación penetró en la espesa inteligencia de Urba.
—¡Bill! —gritó—. ¡Este hombre...!
Su compañero interrumpió el agudo grito al dirigir una mano hacia su arma. El movimiento parecía poseer la intención de amedrentar, más que la de desenfundar el revólver.
Pero no consiguió ninguno de esos dos objetivos, puesto que el arma de Wade salió de su funda y disparó en aquel mismo instante. Bill cayó contra uno de los otros hombres, que le sostuvo durante un momento, y que luego, haciendo una espantosa inhalación de aire, le dejó caer al suelo como un saco vacío.
—¡Urba! —chilló a modo de advertencia, cuando no había necesidad de ninguna. Y él y su compañero se retiraron a un lado, dispuestos a huir, pero empavorecidos.
Cuando Urba dio un paso hacia atrás, estuvo a punto de caer sobre el postrado Bill, que estaba estremeciéndose en las angustias finales de una muerte casi instantánea. El rostro de Urba se cubrió de una lividez espectral. Solamente un idiota podría en aquellos momentos haber permanecido ciego ante lo amenazador de su situación. Wade bajó lentamente el revólver, que todavía humeaba. La única alternativa que podría presentarse sería que el rufián intentase desenfundar su arma o que aceptase sin resistencia lo inevitable de su destino.
—Urba, debería haberle matado al mismo tiempo que a su compañero —dijo Wade con frío desprecio—; pero el hacer que la luz del día pasase a través de su cuerpo no es suficiente para vengar la ofensa que ha inferido usted a la hija de Pencarrow.
Wade golpeó con el pesado Colt a Urba en la boca, y le obligó a caer al suelo.
—¡Hombre...! ¡No dispares! —exclamó Urba mientras escupía sangre por entre los destrozados labios—. ¡Me arrastraré...! ¡Retiraré lo dicho...! ¡Perdón!
—¡Saca el revólver o te mataré como a un perro!
—¡No! ¡No soy hábil para manejar las armas...! Espera, Brandon, espera... ¡Ah, Dios mío!
Cuando Urba se ponía pesadamente en pie, Wade le dio un golpe en el estómago con la culata del arma.
—¡Alto, Brandon! —sollozó Urba en un ansioso esfuerzo por librarse de la muerte ¡Dejaré el ganado..., los caballos...! ¡Haré traición a Drake..., os diré cuáles son sus órdenes...: se propone apoderarse de la muchacha... por cualquier procedimiento! ¡Os diré todo, pero dadme...!
Wade amartilló lentamente el revólver y apuntó a Urba, que se agachó, acometido de un terror mortal.
—¡No..., no..., no! —gritó con angustia. Retrocedió y cayó de espaldas; y cuando Wade se acercó nuevamente a él, se arrastró por el suelo en dirección a los caballos.
—Todo es inútil, Urba. Vas a morir. Pero ¡saca tu revólver! —ordenó coléricamente Wade mientras daba de puntapiés al rufián.
Urba gimió por efecto del dolor, del terror, de la furia, que le convertían en un loco.
Como un arbusto doblado al ser soltado, se puso en pie de un salto derramando gotas de sangre a su alrededor, con la suficiente fortaleza para desenfundar el revólver. Wade disparó contra él en el acto.
—¡Eh, vosotros! —gritó Wade al mismo tiempo que se volvía hacia los otros dos sorprendidos jinetes—. ¡Llevaos a esos hombres de aquí!
Los dos hombres comenzaron a hacer inmediatamente lo que se les ordenaba.
Condujeron el caballo de Bill hasta el pórtico y colocaron el cadáver sobre la silla. Después hicieron lo mismo con el de Urba. A continuación recogieron sus propios caballos y montaron.
—Escuchad —dijo Wade—, no olvidaré vuestros rostros. Y si alguna vez vuelvo a encontraros, con armas o sin armas, os atravesaré a balazos. ¿Comprendéis...? Decid a vuestro jefe Band Drake, que Urba le ha descubierto. Decidle que se aleje de Tex Brandon. Y ahora, ¡marchaos a toda prisa!
Wade contempló el lúgubre desfile hasta que los árboles lo ocultaron. Luego, cediendo en la violencia de su actitud, se encaminó lentamente hacia la casa. Pencarrow, que había permanecido inmóvil mientras las últimas escenas se desarrollaban, estaba sentado en una silla del pórtico, como si experimentara un alivio al librar sus piernas del peso del cuerpo.
Unos rostros pálidos y agitados aparecían tras la lejana puerta, y cuando Wade llegó al pórtico, la muchacha salió por la puerta situada detrás de su padre. Wade dominaba la situación; su ocasión había llegado, y no cometería ningún error. Creyó que lo más conveniente para él sería mantener el rostro vuelto en dirección contraria a la muchacha, o por lo menos ocultos los ojos durante cierto tiempo. Había enfundado el revólver. Subió un escalón y se dirigió al ranchero:
—Pencarrow, estas tierras de Arizona son una región dura y bravía para una familia tejana decente.
—¡Sí lo es, Dios mío...! ¡Y muy sanguinaria...! —replicó el tejano—. ¡Y yo escogí la zona más bravía y salvaje de todo este maldito territorio!
En aquel punto llegó un muchacho de aspecto varonil, que caminaba con los pies desnudos. Era rubio, como su padre, y tenía muy poco parecido con Jacqueline.
—Mister, lo he oído todo —exclamó atropelladamente—, y le he visto matar a esos condenados puercos.
—¿Lo has visto? ¿Dónde estabas? —contestó Wade cordialmente al muchacho de mirada franca y sincera.
—Estaba en la sala con mamá y Rose Marie y los pequeños.
—¿Por qué no viniste a ayudarme? —preguntó Wade en broma, mas el muchacho tomó en serio sus palabras.
—Quise hacerlo, pero mamá no me dejó. Y además, papá no me permite que tenga revólveres.
—Tendremos que hablar con tu papá para que te lo permita —dijo Wade con seriedad—.
Tienes que aprender a manejar las armas, si quieres continuar viviendo en Arizona.
—Jackie —dijo el ranchero—. ¿Quieres decir a mamá que todo marcha bien para nosotros?
Llévate a Hal contigo.
—¡Quiero quedarme! —replicó quejosamente el muchacho al ver que su hermana le empujaba para llevárselo con ella—. Me gusta ese hombre. Y ya estoy cansado de estar...
Wade no quiso oír más. Y dijo:
—Pencarrow, usted es tejano. Es extraño que no permita a su hijo tener armas. No me parece muy propio de un hombre natural de Texas.
—La culpa es de su madre. El tío del muchacho era pistolero. Se llamaba Glenn Pencarrow. Lo mataron los batidores. Desde entonces, mi mujer ha odiado las pistolas. Ésa es una de las razones de que yo haya fracasado aquí.
—¿Comparte la hija de usted esos sentimientos?
—Ya la ha oído usted hablar, desconocido. Y estoy seguro de que ella misma habría matado a ese bastardo si no lo hubiera hecho usted.
Esto recordó a Wade las amenazas que la muchacha había lanzado a Urba. Iba a dirigir de nuevo la palabra al ranchero cuando Jacqueline volvió con paso ágil y singularmente tranquilizada.
—Papá, los he calmado hasta donde ha sido posible, y los he obligado a abandonar la sala —dijo—. Hal se cuidará del caballo del señor Brandon... Vamos dentro de casa.
Wade los siguió hasta un amplio salón muy bien iluminado, cuyas ventanas se abrían a ambos lados. Estaba rica y lujosamente amueblado. Una enorme chimenea abierta, con dibujos navajos en las piedras, atrajo la atención de \Vade. Se encontraba exteriormente compuesto y seguro de sí mismo, aun cuando la agitación no había desaparecido en su interior.
—Siéntese, desconocido —invitó Pencarrow, hospitalario—. ¿Brandon? ¿Es así como dijo usted que se llama? —Sí, Brandon.
—¿De dónde viene usted?
—Vengo del Oeste. Pero nací en Missouri. Me llaman Tex.
—¡Ah...! Hija mía, ¿tendrías inconveniente en dejarnos a solas?
—Sí, lo tendría. Y, lo que es más, no lo haré —replicó fogosamente la muchacha—. Desde ahora en adelante, papá, quiero presenciar todas tus entrevistas. Perdóname si te desobedezco, papá. Pero has armado un lío tan horroroso con tu... Este drama tan terrible que acaba de desarrollarse... Me parece que ya ha llegado la ocasión de cambiar.
—¡Bien! ¡Bien! —exclamó el ranchero, sorprendido y acaso secretamente complacido—.
Eres tan rebelde como Hal... Brandon, ésta es mi hija mayor... Jacqueline..., que acaba de cumplir veintiún años.
—¿Cómo está usted, señorita Pencarrow? —preguntó Wade, al mismo tiempo que se inclinaba reverentemente.
—Brandon, su Arizona nos ha arruinado a todos —continuó el ranchero.
—No lo habría supuesto jamás —replicó Wade con emoción. Se proponía resucitar el valor y las esperanzas de aquel tejano—. Está usted muy lejos de ser viejo. Todavía tiene que luchar mucho. Y la señorita Jacqueline... Bien, no me ha parecido que sea una mujer arruinada como usted dice. El chiquillo, Hal, posee fuego y vivacidad. Si he de juzgar al resto de la familia por lo que en ustedes he visto, no tendría inconveniente en apostarme la cabeza a que terminarán ustedes por triunfar aquí.
—¿Quién es usted? —preguntó Pencarrow, como reacción a las afirmaciones de Wade. Sus hermosos y penetrantes ojos se concentraron sobre Wade para examinarlo detenidamente.
—Tan sólo un jinete vagabundo —contestó Wade con su conquistadora sonrisa.
—Perdóneme la curiosidad —se apresuró a añadir el ranchero—. No es usted como los jinetes que suelen pasar por aquí... No necesito preguntarle si es pistolero. Soy tejano. Mi hermano, Glenn, era muy rápido para desenfundar y disparar. Pero usted le gana... ¿Quién le ha hablado de mí?
—Llegué accidentalmente al campamento de Lawsford, y le pedí trabajo. Me parece que es un hombre muy aficionado a hablar. Citó a los pocos ganaderos de estos contornos, entre ellos a Aulsbrook. Después me habló de usted y de su familia. ¡Qué avergonzado está del mal trato que Arizona les ha dado a ustedes! Me habló también de Drake, y, en resumen, de cómo ha sido usted robado y engañado por todas las cuadrillas de esta región.
—¡Ah! Entonces, ¿es ésa la causa de que viniera usted a pedirme un empleo?
—Pencarrow, pensé que podría ser la clase de hombre que usted necesita.
—¡Ah! También a mí me lo ha parecido... Pero ¿está usted seguro de que no han sido las conversaciones acerca de Jacqueline lo que le impulsó a venir?
—¡Oh, papá! —le interrumpió la joven al mismo tiempo que enrojecía furiosamente—. ¡Qué preguntas haces!
—¿Qué hay de extraño en esa pregunta? —interrogó el padre en tono enojado—. ¿No han venido por aquí demasiados jinetes, para que no puedan ser recordados..., y todos ellos, hasta el último, para rondarte, perseguirte y llenarme de preocupaciones? ¿No han resultado otros unos verdaderos granujas? ¿Por qué no he de preguntárselo a Brandon?
—No me siento ofendido, Pencarrow —contestó Wade.
—Los vaqueros de Lawsford me han hablado mucho acerca de la señorita Jacqueline... y...
muy halagadoramente. Pero yo había tomado ya la resolución de venir antes de haberlos oído.
—Y ha llegado usted en el momento preciso para encontrarse con algunos de los secuaces de Drake... Bien, Brandon, no me satisfizo su llegada. Pero ahora doy gracias a Dios por la resolución que tomó usted de quedarse a pesar de mis ofensas.
—Papá, evidentemente el señor Brandon estaba decidido a conseguir el empleo que solicitaba —afirmó Jacqueline.
—Brandon, me avergüenza tener que reconocer que no puedo pagar las deudas que tengo en la ciudad, y mucho menos los sueldos de mis ayudantes —dijo el ranchero.
—No me importan los sueldos —se apresuró a contestar Wade—. Tengo algunos ahorros. La suerte me favoreció en Tombstone. Encontré una vena de oro y reuní algunos millares de dólares. Entonces, me vi obligado a abandonar mi propiedad. Jugué un poco... y gané. Estoy dispuesto a prestarle a usted mi dinero.
—¡Oiga, oiga, Brandon! Se engaña usted. No me conoce —dijo Pencarrow con el rostro enrojecido y visiblemente excitado.
—¡Señor Brandon! —exclamó Jacqueline—. ¿Cómo podríamos aceptar una oferta de ese género?
—Ustedes son quienes han de decidir. Pero concédame un poco de tiempo..., una oportunidad... El matar a esos dos hombres del modo que lo he hecho no ha sido precisamente una recomendación en favor mío.
Brandon, ha llegado usted aquí... como un caballista solitario y vagabundo, ¿eh? —preguntó el ranchero—. No tiene usted hogar..., ni familia..., ni nada que le atraiga. Y ha chocado con la naturaleza y con la bondad de usted el hecho de que un tejano decente sea robado y engañado..., de que una familia compuesta de mujeres buenas y de muchachos esté sufriendo las consecuencias de todo esto... Y llega usted en el momento preciso de atrapar a algunos de esos puercos bandidos, en el momento en que cometían una de sus felonías... Y, ¡por Dios!, los mató usted.
Como quiera que no supiera qué contestar, Wade no dijo nada.
—Conozco otros casos de la misma naturaleza —continuó Pencarrow—. Yo habría hecho lo mismo cuando era joven. Pero no pude suponer jamás que una cosa así pudiera sucederme.
Oiga, oiga, joven, vea usted mi rancho; calcule si cree que tengo alguna probabilidad de recobrar mi fortuna y de prosperar. Y si cree que la tengo, aceptaré el préstamo de su dinero y le daré el empleo que me ha pedido, para el cual veo que es muy apropiado, y que me es más necesario que el dinero, el ganado o los caballistas.
—Muchas gracias, Pencarrow. Haré todo lo que pueda...
—He aquí mi mano.
Wade apreció en la fuerte presión que sobre su mano ejerció la del otro una sinceridad y una complacencia que prometían mucho.


X
Pencarrow recorría la estancia como un hombre que acabara de recobrarse de una ofuscación.
—Brandon, había perdido la fe en los hombres —dijo—, y creo que también en Dios.
—He tenido una vida muy accidentada —contestó Wade—, y he albergado en muchas ocasiones esos mismos sentimientos. Pero en todas las horas negras hubo algo que me salvó.
—¿Horas negras? Es posible que yo sea un sanguinario tejano viejo, frenado por una esposa pusilánime y atado por ligaduras que impiden que se manifieste mi verdadera naturaleza... Pero cuando usted mató a aquellos hombres, fue para mí como si la luz de un relámpago brillase entre las tinieblas de mi desesperación. Jamás he experimentado una alegría semejante.
—¡Oh, papá! —exclamó trémulamente Jacqueline—. No debemos albergar sentimientos salvajes...
—No podemos vivir en Arizona y presentar la otra mejilla cuando nos golpean una de ellas... Jacquie, voy a decir a mamá que la primera sangre que se ha vertido en nuestro rancho ha desviado la corriente... Entre tanto, habla con Brandon.
Al quedar a solas con la muchacha, Wade se encontró mirando fijamente al suelo, arrebatado por una onda arrolladora de emoción. Jacqueline permanecía silenciosa. Wade percibía que tenía la mirada fija en él. Pugnaba por convencerse de que de ninguna culpabilidad podía acusarle su juez..., de que jamás había sido guiado por un motivo tan noble como aquél..., de que, aun en el caso de que ella le reconociese, no le denunciaría a su padre.
Todo esto se dijo. Pero todo ello no le proporcionó la fortaleza que anhelaba.
—Señor Brandon, ¿ha mentido usted a papá? —preguntó Jacqueline en voz baja.
—No —contestó él, saliendo repentinamente de su abstracción; y por primera vez hizo frente a la mirada de ella. cuyos grandes y oscuros ojos profundizaron en él con el penetrante instinto de las mujeres.
—Entonces, ¿no... no vino usted aquí... por mi causa?
—Sí, y por causa de su padre... y de todos ustedes... No tengo ligaduras familiares. Su situación me conmovió.
—Sí. Ésa fue la explicación que dio usted a papá. Pero... yo dudé. He sido engañada tan frecuentemente... Dígame con sinceridad: ¿no vino por mi causa...? ¿A causa de las viles murmuraciones..., del nombre que esos malvados caballistas me han adjudicado..., de que estoy esperando... a cualquiera que quiera apoderarse de mí?
Wade se estremeció al apreciar la vergüenza y la ansiedad que había en las preguntas de Jacqueline. La muchacha no enrojeció. Tenía el rostro tan blanco como una perla. Solamente un incentivo muy fuerte podría haber vencido la repugnancia que pudiera provocar una interrogación de tal naturaleza.
—Espere —continuó diciendo apresuradamente, sin permitirle responder—. Cualesquiera que sean sus motivos, usted nos ha salvado a papá y a mí, y sólo Dios sabe de qué... Ha despertado usted de nuevo sus esperanzas. Y solamente con esto ya tengo poderosos motivos de agradecimiento. Pero quiero saber... No puedo censurar a usted por lo que haya oído. Pero quiero que sepa la verdad..., para que luego, en el caso de que se quede usted junto a nosotros para... para ayudarnos..., no le parezca demasiado buena para que pueda ser cierta.
—Por favor, señorita Pencarrow —exclamó Wade, tan pronto como pudo encontrarse la lengua—. No necesita decirme...
—¿Lo niega usted? —preguntó ella, con un magnífico resplandor en los ojos.
—¡Absolutamente! Antes de que los vaqueros de Lawsford me hablasen de usted, ya había decidido venir. Después, para ser justo con ellos, debo añadir que no hablaron de usted de forma ofensiva... Se limitaron a hablar de sus encantos, como suelen hacer los vaqueros cuando se hallan sentados ociosamente en torno a una hoguera.
—Muchas gracias. Eso tiene mucha importancia para mí —replicó ella fervientemente; y una onda escarlata borró la blancura de su garganta y de su rostro. Escondió el semblante entre las manos durante un momento, como una chiquilla, y después volvió a levantar la cabeza con orgullo—. Estoy segura de que comprenderá usted cuando le diga la terrible prueba que he sufrido en Arizona. Tenía dieciséis años cuando adquirimos este rancho; ahora tengo veintiuno. Esos cinco años han sido como una pesadilla. El primer equipo de caballistas de papá tuvo que ser despedido, hombre por hombre, a causa de sus... sus atenciones conmigo. Si he de decir la verdad, eran unos verdaderos sabuesos. Band Drake era el peor de todos, era el ganadero a quien papá compró nuestras tierras..., y me dio un nombre inmerecido, que se ha extendido por todos estos contornos. Esto, unido a la desgracia que tengo de ser hermosa, atrajo aquí a los caballistas y los vaqueros como bandadas de abejas. Algunos de ellos, muy pocos, eran buenas personas; el resto, lo mismo que Urba y sus acompañantes... Debo confesar que.., cuando le mató usted..., experimenté alegría, alegría, alegría... Pero..., ¡oh, he sido muy desgraciada aquí!
¿Cómo demonios quiso usted quedarse? —preguntó, incrédulamente, Wade.
—Eso es lo más extraño. A todos nos encanta este Arizona. No ha sido sólo a causa de que todo cuanto poseíamos hubiese sido enterrado aquí. En los primeros momentos fuimos muy felices. Los más jóvenes se volvieron locos al disfrutar de tanta libertad..., y creo que yo también.
—¿Quién es Band Drake?
—Simuló ser muchas cosas que en realidad no era. Papá le tomó cariño en Holbrook, donde vivimos durante cierto tiempo. Drake nos vendió esta tierra, que él y los hombres de su cuadrilla habían explotado, pero que nunca nos ha dado un beneficio apreciable. Dirigió el equipo de papá y se llevó la mayor parte del ganado que poseíamos. Me hizo muy desgraciada. Papá tuvo que expulsarle. Y desde entonces no me he atrevido a dar un paseo a caballo, no siendo hasta muy corta distancia de la casa.
—¿Cómo es ese hombre?
—Alto, rubio, de bastante buen aspecto. Debe de tener menos de cuarenta años, y dice que procede de Texas. Pero no hablemos más de él... Señor Brandon, ¿no nos hemos encontrado en alguna ocasión antes de ahora?
—¡Diablos! —exclamó Wade, al mismo tiempo que se sobresaltaba; y por primera vez miró cara a cara a la muchacha.
—Me parece conocerle... en cierto modo —continuó ella—. Fui a la escuela en Houston. ¿No ha estado usted nunca allí?
—No. He vivido en el sudoeste de Texas, pero nunca en las zonas civilizadas... Debe de estar equivocada. Acaso recuerde a usted alguien a quien haya conocido.
—Es posible. No puedo recordarlo con seguridad... Hace un momento me pareció... Ya conoce usted esas vagas sensaciones que se experimentan cuando se intenta recordar un nombre o una cara... Ya se han desvanecido. Me parece que estoy un poquito trastornada.
Wade experimentó una gran tranquilidad. El tumulto de impresiones que se agitaba en su interior se aquietó. La joven no le había reconocido, y él podía mirarla a la cara y sonreír del mismo modo que si la hubiera sorprendido en un error. Ella se ruborizó ligeramente y volvió el rostro. ¡Qué hermosa era! No tenía rival, no recordaba a ninguna otra muchacha que pudiera compararse con ella. Desde que Wade cumplió los dieciséis años no había visto ninguna mujer de la clase de ella; por esta causa, lo radiante de sus encantos le afectó más poderosamente. Tenía el cabello ondulado, de un tono entre pardo y castaño, con reflejos de oro; el rostro era un delicado óvalo en el que brillaban unos ojos magníficos que parecían negros, pero que en realidad eran de un color pardo; su perfil, limpio, fino y fuerte, y los dulces labios, curvados y rojos, parecían ensombrecidos por el misterio y la tristeza. Su esbeltez quizás exageraba los torneados perfiles de su cuerpo. A Wade le pareció una mujer maravillosa, hermosa, inteligente y llena de vivacidad.
La joven sorprendió a Wade cuando estaba inspeccionándola absorto, y esta inspección la desasosegó tanto, que llegó a llenarla de inquietud. Se puso en pie para dirigirse hacia la puerta, pero volvió a separarse de ella apresuradamente, como si lo que pudiera verse fuera hubiera de resucitar la tragedia reciente. Tenía una gracia alada que el delantal y la bata de algodón no podían ocultar completamente. Llevaba las mangas recogidas hasta más arriba de los codos, y en los brazos, morenos y torneados, y en las gráciles manos, ligeras y fuertes, veíanse huellas de harina.
—Estaba amasando pan cuando los cuatro caballeros de la campiña llegaron —dijo mientras sonreía.
Wade supuso que la inspección que de ella hiciera no la había disgustado por completo, pero que la había sostenido durante demasiado tiempo.
—Señorita Pencarrow, perdóneme... por.., mirarla tan fijamente —rogó con nerviosidad—.
Había olvidado momentáneamente las reglas de la cortesía... Pero ¡es usted tan maravillosa...!
—Muchas gracias. Espere hasta conocer a Rona.
—¿Su hermana?
—Sí. La gemela de Hal. No tiene ningún vestigio de española. Mi madre era castellana.
Yo me parezco a ella un poquito. Pero Rona ha salido a la familia de papá.
—Hal representa catorce años —dijo Wade, pensativamente—. Si Rona es tan linda como usted...
—¡Linda! —exclamó Jacqueline, viendo que Wade titubeaba en busca de palabras—. Rona es la muchacha más hermosa que jamás he visto. Y representa dieciséis años. Tiene la famosa cabellera de los Pencarrow, que es netamente tejana. ¡Y qué ojos! Tienen el color de unas violetas claras. Son de un tono muy extraño.
—En ese caso, me parece que he tenido la desgracia de haber aceptado el trabajo más terrible que cualquier hombre podría desear para sí.
—¡Oh, es cierto, es cierto! —replicó ella elocuentemente y con una sombra de lamentación—. Pero usted no lo abandonará, no se desalentará, ¿no es cierto? ¿Verdad que no se desanimará porque esos salvajes arizonianos nos asedien constantemente?
—No. No, abandonaré mi trabajo por esa ni por cualquier otra razón —contestó fríamente Wade—. Ni usted o su hermana tendrán jamás razones para sentirse ofendidas por mí.
—Oiga, yo soy la única que ha cometido una ofensa —replicó ella, con rapidez—.
Últimamente he pensado... —se interrumpió y no continuó expresando su pensamiento—. Pero, ¡oh, señor Brandon!, la vista de un jinete se me ha hecho odiosa. Le ruego que tenga la bondad de intentar comprenderlo.
—No me siento ofendido —dijo Wade—. Las mujeres no han formado parte de mi vida desde mis tiempos de chiquillo. Y entonces, las únicas que lo hicieron fueron mi madre y mi hermana.
—¿No ha tenido usted esposa?
—¡Yo! ¡No, no! Ni siquiera novia... ni nada por el estilo. Jamás he tenido una amiga.
—Señor Brandon, ¿espera que lo crea? —preguntó ella, con incredulidad. Si Wade hubiera sido un embustero, los ojos de Jacqueline lo habrían descubierto inmediatamente—. Es usted joven y guapo. Además, tiene para las mujeres una galantería y amabilidad que suelen encontrarse muy raramente en este bravío Oeste.
—No importa lo que tenga o lo que nO tenga. Lo que he dicho es la verdad.
—Entonces, ha vivido usted una vida extraña y solitaria en algún lugar donde no hubiera mujeres.
—Sí. Por espacio de muchos años sólo he conocido la Naturaleza y los hombres rudos. El poco tiempo que he pasado en las ciudades, lo he tenido que emplear en pensar en defender mi vida y otras cosas por el estilo.
—¿Es usted lo que papá llama un pistolero?
—Sí. Y eso me será muy útil para realizar la labor que me propongo realizar en su beneficio.
—Mi tío Glenn era pistolero también. Fue un héroe para toda la familia, excepto para mi madre. Se vio obligado a luchar a tiros para defender su vida... ¿Podría aplicarse eso mismo a usted?
—Sí. He sido un hombre perseguido.
—Señor Brandon, eso jamás constituirá un obstáculo para que sea respetado y... y querido por esta familia. Casi desde que era muy pequeñita, todas mis simpatías se inclinaron en favor de tío Glenn y de hombres como él: hombres sin hogar, sin personas amadas, sin descanso, sin paz..., sin nada más que un revólver y una formidable habilidad para manejarlo...
—Todo eso que ha dicho sirve muy bien para mí —replicó Wade, emocionado—. Pero tenga la bondad de no volver a hablarme sobre mí.
—Era necesario hacerlo. Yo quería conocer algo acerca de usted.
—Es posible que algún día le cuente a usted mi historia... Hablemos por ahora de las razones que me han obligado a venir... Me ha parecido comprender que su padre y Aulsbrook no son buenos amigos.
—No lo son, ciertamente —contestó ella con rapidez—. Y no por culpa de papá. Cuando llegamos aquí, lo mismo que en Texas, papá comprendió la necesidad de mantener buenas relaciones con los vecinos. Pero Aulsbrook odiaba a papá en Texas, y le odia todavía más aquí...
—¿Por qué?
—Los dos estaban enamorados de la misma mujer: mi madre.
—¡Oh, comprendo! ¡Qué mala suerte que los dos hayan escogido el mismo lugar para residencia! ¿Ha sido Aulsbrook un vecino y compañero honrado?
—¡Oh, no! Es un hombre muy solapado. Papá no sirve mucho para los negocios, y mucho menos para el de la cría de ganado. Aulsbrook se ha aprovechado de esas circunstancias.
—¿Ha cometido alguna deshonestidad? —preguntó Wade con interés.
—Moralmente, sí. Pero no de un modo que pueda ser demostrado ante un tribunal.
—Me agradará saber todo lo que esté relacionado con esas circunstancias... ¿Cuántas reses le quedan a su padre?
—No lo sabemos. No son muchas, si se las compara con la cantidad inicial. Nos queda alrededor de un centenar de caballos, algunos de ellos de pura raza. Y quizás algunos millares de cabezas de ganado.
—¿Han vivido ustedes hasta ahora de su producto?
—Sí. Y del producto del rancho. Producimos todo cuanto consumimos. Tenemos una huerta maravillosa en el desfiladero, donde jamás nieva; es un terreno cálido, soleado y dotado de abundante agua. ¡Y qué agua! No la había tan buena en todo Texas.
—He estado cerca del gran manantial. Aquellos terrenos deben de pertenecer a Pencarrow.
—Sí. Y esa circunstancia nos ha ocasionado muchos disgustos. Aulsbrook dice que el manantial le pertenece, y ha amenazado a papá con demandarle ante los tribunales de Phoenix. Los disgustos de esa clase... y las deudas..., las deudas apremiantes, han preocupado a papá mucho más que los ladrones. En algunas ocasiones no nos hemos enterado del robo de muchas reses hasta bastante tiempo después. Todos nuestros caballistas se han marchado.
—Supongo que usted inspeccionará los libros de su padre.
—Sí. Y me avergüenza mirarlos.
—Tendrá usted que repasarlos inmediatamente. Fueron interrumpidos por la entrada de Pencarrow, que iba acompañado de una mujer morena, la cual debía haber sido muy hermosa en otros tiempos, y que todavía conservaba un aire de distinción y de nobleza. A continuación llegaron el muchacho, Hal, y una joven alta que indudablemente era su hermana. La joven tenía una cabellera muy abundante y de un color tan claro, que casi parecía de plata; y, lo mismo que Jacqueline, unos ojos que podrían haber hecho hermoso a cualquier rostro, y de una tonalidad azul que Wade no había conocido jamás. Cuando Pencarrow hubo presentado a Wade, tanto la madre como la hija le saludaron amablemente: la primera con temor, como si se tratase de un monstruo sanguinario, y la segunda con alegría, como si fuera un salvador. El momento fue muy embarazoso para Wade.
—Rona vio todo lo sucedido —dijo Hal—. Y después se cayó patas arriba.
—Señor Brandon, nunca me había desmayado hasta ahora —explicó la muchacha, a modo de disculpa—. Escuché antes de la llegada de usted, y estaba furiosa. Después, cuando le vi acercarse, no sé por qué causa, adiviné que se pondría de parte de papá. Lo comprendí por su mirada. Me emocioné de un modo terrible cuando le vi enfrentarse con aquel Urba. Pero el disparo de su revólver, y el rostro horroroso de aquel hombre, y la sangre..., comencé a marearme y a desvanecerme, y ya no vi más que tinieblas.
—No hablemos más de esa cuestión ordenó Pen carrow—. Tu madre está todavía mareada y aturdida... Aun cuando solamente oyó los ruidos... Brandon, vamos a comer. Después Hal saldrá con usted a dar un paseo por los alrededores, mientras las mujeres le preparan una habitación... Hal, ve en busca de su caballo.
Los Pencarrow no tenían criados de ninguna clase, lo que evidentemente no había sido previsto cuando el dueño construyó la casa, si se juzgaba por su amplitud y su espaciosidad.
El comedor, lo mismo que el salón, tenía ventanas a ambos lados de la mansión. El mobiliario y la vajilla daban fe de que los Pencarrow habían disfrutado días más prósperos que los actuales. Una de las personas de la familia, y Wade sospechaba que tal persona era Jacqueline, era una inteligente ama de casa. Wade comió abundantemente, a pesar de que se hallaba todavía bajo la impresión de la reciente tragedia; pero experimenté una gran alegría cuando pudo salir de nuevo al exterior. Había descubierto que apenas le era posible separar la mirada de Jacqueline, y que Rona le observaba como si estuviera profundamente fascinada.
Las edificaciones pertenecientes al rancho habían sido construidas demasiado recientemente para que pudieran encontrarse ya en estado de ruina, mas en ellas se advertía la falta de uso. Los dormitorios y los cuartos estaban vacíos, del mismo modo que los graneros y otras dependencias. La caballeriza principal era un magnífico edificio, con veinticinco establos a cada lado del ancho espacio que discurría de un extremo a otro. No parecía haber nada de heno o cebada en el lugar. Los corrales no habían sido utilizados desde hacía mucho tiempo.
Respondiendo a un silbido de Hal, una veintena de caballos, o acaso más, llegó corriendo a través del terreno cubierto de pastos. Los caballos atrajeron la atención de Wade, que se consideraba a sí mismo como un buen, juez. Estos eran ágiles, de crines abundantes y largas y de pura raza. Pencarrow afirmó que entendía mucho más de caballos que de ganado vacuno.
Cuando Wade salió al campo con el ranchero y Hal, experimentó la misma agradable sensación que cuando salió del desfiladero y dirigió la primera mirada sobre el rancho. No podría encontrarse un lugar más hermoso ni más bravío que aquél. La fragancia de su salvia, su extensión verde y gris, sus muchos oteros coronados de pinos, el gran lienzo de montaña que se erguía en la zona norte, y su entrada, que se abría como una ventana ante el pintado desierto..., todo esto constituía una de las razones principales de la atracción que la comarca ejercía sobre los Pencarrow. Había un algo especial, indefinible, en Arizona. El viento que gemía entre los cedros, las extensiones purpúreas cubiertas de ondulante hierba, el penetrante perfume del aire, la grandeza de todo y la libertad, parecían pertenecer solamente a Arizona.
Y Wade recordó el desfiladero, no muy lejano, aunque invisible desde la llanura, y se rindió al encanto y al aislamiento de la región más hermosa que jamás le fuera dable contemplar. Y, como se dijo a sí mismo, su vagabundeo de jinete solitario había terminado en Cedar Range.
Wade vio alrededor de dos millares de reses y opinó inmediatamente que a Pencarrow le quedaba una manada más numerosa de lo que suponía. Cuando el negocio de ganado se desvanecía en Texas, cuando la época de prosperidad en Kansas, Nebraska y Colorado era entorpecida por la desastrosa guerra campesina de Lincoln, Arizona tenía una maravillosa oportunidad para prosperar. Wade lo reconoció así. Preguntó acerca del clima invernal, y se alegró al saber que el frío y la nieve no constituían un obstáculo importante para el desarrollo del rancho.
—Allá abajo hay un gran desfiladero donde puede criarse mucho más ganado del que nunca he poseído —dijo Pencarrow.
—¿A qué distancia está el ferrocarril?
—A cinco días de camino para el ganado; y hay buena hierba y mucha agua en todo el recorrido.
—¿Hay muchos rancheros en esa dirección?
—Ni uno solo. Y me parece una cosa muy extraña.
—¿Cuántos ganaderos explotan propiedades en Cedar Range?
—Aulsbrook, Driscoll, Hason, Drill y unos cuantos colonos.
—Esta región es muy extensa. Pero ¿cuál es su verdadera extensión?
—No lo sé con exactitud. Tiene más de cien millas de longitud y una anchura de aproximadamente la mitad. Esto, sin tener en cuenta los desfiladeros, que por sí solos constituyen una extensión muy grande de terreno.
—¿Calcula usted cuántas reses puede haber?
—Sí. Aulsbrook afirma que tiene diez mil cabezas. Y los otros tres rancheros deben de reunir en total una cantidad aproximadamente igual.
—¡Sólo veinte mil cabezas de ganado en un terreno que podría albergar más de medio millón! ¡Ahora, cuando el precio va a subir de un modo tremendo...! Pencarrow, puede usted amasar una fortuna, aquí, en cinco años.
—Podría haberlo hecho. ¡Claro que podría! —dijo angustiadamente el ranchero, herido, sin duda, en un punto sensible—. Lo sé. Lo comprendí tan pronto como llegué. Pero he sido engañado y robado.
—Si todavía le quedan a usted dos o tres mil cabezas, podremos doblar su número en un par de años. Y doblarlo nuevamente en otros dos años más.
—Pero no tengo tantas reses. Y necesitaría más vacas, más toros y más caballistas.
—Naturalmente. He trabajado en ranchos en diferentes ocasiones, lo suficiente para conocer un poco el desarrollo del negocio de la cría de ganado.
Desde aquel momento Wade se absorbió tanto en sus pensamientos que no pudo formular más preguntas y atender estrictamente a las sucesivas explicaciones de Pencarrow.
Tan pronto como regresaron, desensillaron los caballos, a los que Hal dejó sueltos en el ancho pasaje que conducía a los pastos. Pencarrow ordenó a Hal que acompañase a Wade a su alojamiento, y se dirigió a la casa.
—Señor Brandon, estoy terriblemente contento de que haya usted venido al rancho de Cedar —dijo con cordialidad el muchacho—. Lo mismo le sucede a Rona, y tengo la impresión de que también a Jacqueline, a pesar de lo mucho que desconfía de los jinetes que vienen a nuestra casa.
—Yo también me alegro mucho, Hal; —replicó Wade, halagado por las palabras del muchacho—. Oye, ¿qué te parecería si suprimieras el «señor» y me llamaras Tex?
—¿Tex? ¿Abreviatura de Texas? ¡Me gusta! Comenzamos a entendernos perfectamente, ¿verdad? ¿Me llevará usted mañana a pasear con usted?
—Oye, muchacho, tus lecciones comienzan mañana.
—¿Lecciones? ¡Diablo...! Tengo una hora diaria de lecciones con Jacquie en verano, y tres en invierno —dijo quejosamente el muchacho.
—¡Muy bien! Pero yo me refería a lecciones de cabalgar, enlazar, echar el lazo, marcar... y manejar el revólver.
—¡Oh, señ... Tex! ¿Lo dice usted de verdad? —preguntó embelesado Hal.
—De verdad.
—¡Hurra! —gritó el muchacho.
Habían llegado a la pequeña choza que estaba al borde del primer otero coronado de pinos. Jacqueline salió de su interior y se reunió con ellos en el pórtico.
¿Por qué lanzabas hurras tan alegremente? —preguntó con severidad.
—Porque Tex va a hacer de mí un vaquero.
—¿Tex?
—Sí, el señor Brandon. Pero no quiere permitirme que le llame «señor».
—¡Oh! ¿Eso era? Bien, me parece que Tex se ha echado otro trabajo muy duro sobre las espaldas —comentó la muchacha, coquetamente—. Señor Brandon, éstas son sus habitaciones.
¿Quiere usted entrar?
—Voy a ir corriendo a decírselo a Rona —dijo Hal.
—Muy bien, chiquillo. Ya que vas, podrías preguntarle si le agradaría hacerse vaquera.
Hal corrió hacia la casa sin dejar de llamar a gritos a su hermana gemela. Jacqueline permaneció a la puerta de la vivienda y repitió su invitación a Wade.
—¿Vaquera? —preguntó, sonriente.
—Sí. Y esto se aplica también a usted, señorita Pencarrow.
—¡Oh, qué alegría...! Papá construyó esta casita para su capataz. Pero jamás ha sido ocupada por un hombre... Mamá y yo la hemos arreglado a toda prisa. ¿Verdad que es muy bonita, muy cómoda y clara? Tiene agua corriente y una hermosa chimenea. Hay una leñera llena de ramas y de astillas detrás de aquella puerta. La mesa y la lámpara no han sido instaladas todavía.
Wade inspeccionó el interior de la vivienda, que tenía unos muebles de pino, mantas multicolores, alfombras indias, una gran chimenea de piedra, diversos cuadros y un estante lleno de libros. E inmediatamente se echó a reír de un modo cordial.
—¡Para mí, señorita Pencarrow...! ¿Esta maravillosa casita...? Es demasiado buena para mí. ¡Si pudiera usted ver las cuevas en que he vivido y dormido hasta ahora!
—Razón de más para que encuentre un poco de comodidad aquí.
—Si dice usted que debo encontrarla... Pero temo que no armonizo muy bien con la casa a causa de mis destrozadas y sucias ropas.
—Sí, está usted bastante destrozado y sucio —convino la muchacha mientras le inspeccionaba desde las botas manchadas de barro hasta el polvoriento sombrero—. Pero en Arizona las ropas no hacen al hombre.
—¿Qué es lo que lo hace? ¿El caballo y las armas? —Reconozco que tienen importancia...
Ha tomado usted cariño a Hal inmediatamente... ¿Verdad?
—Es cierto.
Jamás vi a Hal tan feliz. Está excitado, claro es, como todos nosotros; la presentación de usted ha sido una cosa sorprendente. Papá le ofendió y yo... bien, lo tomé por otro de esos Romeo que suelen venir de vez en cuando.
—Tenía usted sus razones para tomarme por algo peor que todo eso.
—¡No! Mi reacción fue efecto del miedo. Debería haber sentido que era usted el... hombre que he rezado... que viniera... para ayudar a papá.
—¿Rezó usted? ¡Oh! —contestó Wade con voz desfallecida que procuraba hallar las palabras que ocultasen la emoción que le embargaba. Para conseguirlo, arrojó el sombrero sobre el lecho, y habría realizado cualquier acto que pudiera romper la violencia de la situación. Pero ella le inmovilizó con una mirada, de agradecimiento y de sorpresa, y con la insondable oscuridad de sus ojos, todo lo cual llegó hasta lo más recóndito del corazón de Wade.
—He rezado. Muchas y muchas veces. Jamás desfallecí, pero perdí las esperanzas... Estoy avergonzada de no haber reconocido el momento..., el encuentro..., el significado de todo ello.
Mas, aun cuando nuestra vida de Arizona ha sido muy dura, jamás había visto ante mí la muerte ni la sangre.
Sus palabras estaban saturadas de emoción y dictadas por una plena intensidad que parecía formar parte de todos sus pensamientos y de todos sus actos. Estas palabras habrían sido elocuentes y persuasivas si hubieran sido pronunciadas aun por la muchacha más fría y más inexpresiva de este mundo. Pero proviniendo de Jacqueline Pencarrow, dotada de tan gran belleza y de tan gran inteligencia, contribuyeron al derrumbamiento moral de Wade. Este era el peligro que había en ella. Wade lo reconoció y pensó que era el principio, el nacimiento del primer y avasallador amor. La mayoría de los hombres la habrían comprendido mal, habrían estado ciegos ante el hecho de que un deseo de Jacqueline, una persuasiva petición suya, eran aumentadas hasta un millar de veces por su belleza personal y por la plenitud de su ser.
—¡Oh, me alegro de que haya venido usted, Tex Brandon! —exclamó de repente, al mismo tiempo que Wade enrojecía—. Y antes de que este día haya terminado..., cuando me reponga de esta fría impresión de angustia..., aquí —y se puso una mano, morena y distinguida, sobre el corazón—, habré tenido mi primera hora feliz en el transcurso de muchos años.


XI
Wade estaba solo en el rancho de Cedar.
Había visto como todos los Pencarrow, en carro y en un cochecito, convertidos en una familia transformada y feliz, se alejaban en dirección a Holbrook. Los había visto alejarse con la profunda convicción del bien que se adueña de un hombre cuando todavía tiene fe y esperanza. Al llegar al recodo de la carretera, donde ésta ascendía sobre una verde extensión, una de las muchachas ondeó por última vez un pañuelo. El de Rona era rojo. El que Wade vio, si su aguda vista no le engañaba, fue amarillo.
Se alejaban para permanecer ausentes durante seis días o una semana. Wade había prestado a Pencarrow cerca de siete mil dólares, dinero que había ganado con sus trabajos de minería o jugando a juegos de azar. El ranchero iba a pagar sus deudas atrasadas y a comprar abastecimientos, herramientas, equipos de silla, rifles y balas, y otras cosas para su necesitada familia. Wade imaginó que veía a Hal en la tienda en que se vendían armas de fuego, y a las muchachas haciendo adquisiciones por primera vez desde hacía cinco años. Sin duda, Wade había conservado para aquel fin tan cuidadosamente su dinero.
Cuando se perdieron de vista, Wade cerró la puerta y cortó la piel de su chaleco y el forro de su chaqueta para sacar de entre ellos la mal ganada fortuna que había constituido una carga para él durante varios años. Tenía intención de contar los fajos y los paquetes de billetes. Desató la pesada cartera de su padre, como había hecho con la misma intención una vez anteriormente, pero este acto le produjo una tempestad de dolorosos recuerdos, tan grande, que volvió a cerrarla. ¿Qué debería hacer con aquellos millares de dólares robados por medio de asaltos a Bancos y trenes?
Ante todo, debía esconder el dinero. ¡Qué descanso representaba el verse libre del contacto y del peso de aquella carga! Provisionalmente, ocultó la cartera, los fajos y los paquetes en la leñera. Como lugar permanente de ocultación decidió construir una caja fuerte y dura, y enterrarla bajo el suelo de la casita, Wade meditó sobre su extraña reacción a la vista de aquella gran cantidad de dinero robado. No quería tener la conciencia culpable en aquel período de regeneración. Y después de desprenderse del dinero y de esconderlo bien, encontró que le era más fácil olvidar.
Dejando la habitación, Wade cogió un rifle que había pedido a Pencarrow, el último de una docena de Winchester que el ranchero había llevado consigo. Wade construyó una funda para el arma, la ató a la silla de su caballo. También llevaba un lápiz y un cuadernito que le había dado Jacqueline. Equipado de este modo, comenzó a recorrer aquellos terrenos, atento y vigilante, rígido y severo. En el caso de que encontrase caballistas que obrasen de un modo sospechoso, se proponía disparar en primer lugar, y ver después lo que sucedía.
Se encaminó hacia el Oeste, al desfiladero occidental, y siguió su borde durante una milla, hasta el punto en que el desfiladero se fundía con la campiña; y vio muchas reses, de las cuales anotó la cantidad que calculaba que habría. Luego cabalgó circularmente a lo largo del borde de la pendiente, donde la purpúrea salvia se unía a los grises árboles. El paseo habría sido por sí mismo suficientemente satisfactorio, aun cuando hubiese estado desprovisto del aliciente que le prestaba la búsqueda del ganado y el estudio de la campiña. Wade cubrió cincuenta millas aquel día, y le satisfizo la cantidad de cabezas de ganado que observó en el desfiladero y en las nutridas espesuras. Los ladrones, sin duda alguna, se habían apoderado de grandes cantidades de reses en la campiña abierta y las habían ocultado entre la maleza para disponer de ellas a medida que la ocasión lo requiriese.
Wade preparó su propia cena aquella noche, bajo los pinos, y no pudo recordar ningún momento en que la comida le hubiera parecido más apetitosa, ni el lugar más fascinador. La fragancia, el color, y la bravía cualidad de Arizona comenzaban a mezclarse a su sangre. Se sentó y observó cómo el oro del crepúsculo inundaba la verde campiña y cómo aquel brillante color rosado que era peculiar del cielo de Arizona incendiaba las nubes.
Más tarde se sentó a oscuras a la puerta de su cabaña. El rancho de Pencarrow permanecía oscuro más allá —de los árboles. El piso superior, que había sido construido algún tiempo después que el bajo, llegaba justamente hasta las copas de los pinos, algunos de los cuales rozaban y ensombrecían el pequeño mirador. A través de una abertura entre los árboles brillaba una ventana en la que había una blanca cocina. Aquel piso en forma de cúpula se componía de dos habitaciones y un porche, que estaban destinados a Jacqueline y Rona. El ranchero había construido la planta, según dijo a Wade, después de un ataque que una noche realizaron unos malhechores, quienes casi consiguieron arrastrar a Jacqueline a través de la ventana de su dormitorio, que entonces se hallaba en el piso bajo. Esto había sucedido cuando Jacqueline tenía diecisiete años.
Wade pensó sombríamente en aquel intento de secuestro. Pencarrow no debería haber llevado jamás a su familia a aquella zona tan solitaria. Jacqueline, y en aquellos momentos Rona también, habían necesariamente de hacer estragos entre los vaqueros honrados y otros jóvenes de Arizona, sin tener en cuenta la cálida pasión y la mala sangre que podrían despertar entre los duros hombres sin código y sin ley que cabalgaban por aquellos contornos.
Al día siguiente Wade se encaminó hacia el Este y cubrió una distancia aún más grande que la del día anterior, con un resultado igualmente satisfactorio. Levantó un plano de los mojones más significativos y anotó las características del terreno, tareas que le resultaron tan fáciles como si hubiera sido vaquero desde los primeros días de su vida.
El tercer día recorrió la vasta meseta gris que se extendía entre el desfiladero de Cedar y el desierto. Durante su recorrido llegó hasta una eminencia desde la cual pudo divisar toda la campiña, el desfiladero y el desierto. Era un punto de vista muy útil y se hallaba situado en la cúspide de un otero cubierto de pinos. Valiéndose de unos gemelos de campaña, pudo abarcar con la mirada toda la campiña. Se hallaba a tres horas de dura caminata de la casa ranchera, y desde aquel lugar podía ver toda la parte occidental de la región de Cedar. También era un punto de vista satisfactorio para observar el panorama accidentado de aquella extraña y hermosa Arizona.
A su regreso caminaba en torno a una de las muchas colinas cuando encontró a cierta distancia a tres jinetes cuyo rostro armonizaba muy bien con el de los caballistas de Urba, y cuya actitud al ser descubiertos, demostraron que sus propósitos al presentarse en aquellos terrenos eran sospechosos. Al ver a Wade, los jinetes dieron la vuelta y se dirigieron hacia el desfiladero.
Wade desmontó y, desenfundando el rifle, comenzó a disparar. La distancia era excesivamente larga para que pudiera hacer buena puntería, pero vio perfectamente dónde sus proyectiles caían en el polvo, delante de los caballos. De un trotecito, aquellos jinetes pusieron los caballos a una loca carrera, y muy pronto se perdieron de vista. Cuando llegaron a la pendiente de un otero se de tuvieron y observaron a Wade.
Wade cargó de nuevo el rifle y luego encaminó rápidamente su caballo al lugar en que los jinetes se habían detenido al verle. Se arrodilló y midió las huellas que habían dejado los caballos y estudió cada una de ellas con toda minuciosidad.
—! Hay que tener cuidado con esos hombres! —dijo, en voz alta, al ver que los tres jinetes habían observada sus movimientos con tanta atención como él había estudiado las huellas—.
¿Dónde diablos podrán estar ahora...? Tengo que proceder con cautela y aprender a conocer a los hombres de este territorio.
Siguió el mismo camino que los jinetes por espacio de varias millas, hasta que adquirió la certeza de que habían salido del desfiladero por el lado opuesto al de su entrada. Después se encaminó hacia la casa ranchera, adonde llegó cuando ya era de noche. Al día siguiente se levantó muy temprano con el propósito de hacer una visita al vecino más cercano de Pencarrow, un colono llamado Elwood Lightfoot, que se había instalado junto a una gran espesura del desfiladero de Cedar, a su lado izquierdo, y cerca de los terrenos cuya propiedad se atribuía a Aulsbrook. Wade tenía un gran interés por aquel colono, ya que Hal y Rona le habían dicho que era su único amigo, y porque Pencarrow decía que Aulsbrook no había sido capaz de obligarle a alejarse por medio del temor o del dinero. Además, aquel terreno de ciento sesenta acres, constituía un rancho productivo que estaba regado por una fuente gemela a la que existía en el desfiladero de Cedar.
Cuando Wade encontró el camino, pudo llegar a la espesura en muy poco tiempo. El valle se abría a escasa altura y estaba cerrado por unas rocas rojas; era liso y cubierto de verdura; un brillante arroyuelo lo recorría por su centro, y, saltando desde el verdor, caía hacia el abismo que se abría a sus pies. Wade lanzó una exclamación de placer al verlo. Arizona escondía muchos jardines paradisíacos en su campiña poblada de árboles y cerrada por muros de rocas. ¡Qué hermosa granja para producir alfalfa! Wade pensaba que aquel rancho debía ser mantenido fuera del alcance de las manos de Aulsbrook.
Wade continuó cabalgando cuesta abajo. La casa de madera del colono estaba metida en un terreno abierto, en su extremo norte, sin duda para conseguir que llegaran hasta ella los rayos del sol y para que ofreciese abrigo contra los fríos vientos invernales del Norte. La edificación era pequeña, sencilla, con una chimenea amarilla construida en el exterior y un tejado de tierra en el cual brotaba el musgo. Tenía como protección contra el sol un tejadillo abierto, en el cual había un banco de trabajo, un canapé y un montón de trampas y de herramientas oxidadas, así como un horno de tierra roja y muchas cosas más en las que Wade no pudo reparar por falta de tiempo.
Conejos, patos, gallinas, ciervos y asnos parecían ser los dueños del rancho en aquella extremidad. El ladrido de los encadenados podencos anunció la llegada de Wade. Luego, un hombre, el colono, sin duda, salió de la casa. Era un hombre delgado, gris y viejo, cuyos ojos eran de un color azul claro y tan buidos cómo un látigo.
—¡Buenos días! ¿Es usted el hombre de quien Hal me habló el otro día?
—¡Buenos días tenga usted! Sí, soy Tex Brandon. Y usted, ¿es Elwood Lightfoot?
—Apéese. Estaba ansioso por saludarle... ¡Por Dios, cuánto me alegro de conocerle! Y ese Pencarrow ha conseguido encontrar un hombre para el rancho de Cedar, al fin.
—Vamos a la sombra, y hablemos... También me alegro mucho de conocerle. Los Pencarrow han ido a Holbrook para solucionar unas cuestiones que les interesaban.
—Sí, eso me dijo Hal. Pero no hicieron más que ilegal aquí y se marcharon en el momento... ¿Para qué han ido? —Pencarrow tenía que pagar algunas deudas y hacer algunas compras. Y su familia ha aprovechado la ocasión...
—¡Caracoles! ¡Cuánto me alegro! Y tengo mucha curiosidad... ¿De dónde les ha venido el dinero? —He prestado una pequeña cantidad a Pencarrow. Tuve la suerte de tropezar con una veta de oro en Tombstone y doblé su valor por medio del juego. De todos modos, habría prestado esa cantidad a Pencarrow. Pero creo que es un buen negocio. El suyo es el rancho más hermoso que jamás haya visto. A Pencarrow le quedan todavía algunas reses, la mayoría de las cuales se encuentran entre la espesura y en el desfiladero. He comprobado que posee aún alrededor de cuatro mil cabezas de ganado, el doble de lo que cree que le resta. Hay posibilidad de ganar mucho dinero en estos terrenos. Y yo estoy decidido a ayudarle.
—Si no tiene inconveniente le diré que el hecho de que haya matado usted a Urba y su compañero, ha constituido un principio muy bueno para conseguirlo —observó el colono mientras clavaba en Wade una penetrante mirada—. Oí lo sucedido aquel mismo día. La noticia corrió por toda la región como el fuego en el bosque, y se está extendiendo por todas partes hasta llegar a las guaridas de las ladrones de caballos y ganados y otras gentes de mala calaña.
—¡Buena noticia! —comentó Wade, mientras con un gesto indicaba que daba por terminada la conversación respecto a aquel asunto—. Hal y Rona juran que usted es su único amigo. ¿Es usted amigo de Pencarrow también?
—Lo soy, y mucho más de lo que él supone. He tropezado con muchas dificultades para conservar esta casa, la cual habría vendido hace mucho tiempo si no hubiera sido por el cariño que tengo a sus dos hijos.
—Es una actitud honrada y noble. Pencarrow tiene ahora, dos amigos. Y dos personas trabajando juntamente, son mucho más fuertes que una... ¿Quiere usted aceptarme como amigo suyo apoyándose en la recomendación de Pencarrow?
—Brandon, ya le había aceptado como amigo a causa de las manifestaciones de Rona y Hal. Hal dice que Rona experimentó tal alegría al ver a usted, que lloró. No es posible que esa muchacha de aguda mirada y fina percepción se engañe. Desde sus primeros días, solamente ha visto en los hombres una amenaza de disgustos.
—Bien, entonces ¿vamos a luchar en favor de Pencarrow y sus hijos?
—Haré todo lo que sea necesario —contestó—. He estado experimentando tentaciones de matar a uno de esos malvados que los combaten desde hace mucho tiempo.
—Apostaría a que se refiere usted a Band Drake.
—Es cierto. Pero jamás he tenido la suerte de realizarlo. de un modo que no ofreciera pruebas de mi culpabilidad. De todos modos, he estado a punto de hacerlo más de veinte veces. Por lo que más le odio es porque antiguamente solía ver a la señorita Jacque con frecuencia, puesto que acostumbraba a venir a visitarme. Desde hace cierto tiempo tiene miedo a venir.
—¡Ah! Luego hablaremos de Drake. Dígame, Lightfoot, ¿es usted propietario de estos terrenos?
—¡Claro que sí!
—¿Los tiene usted registrados?
—Sí. Hice el registro hace tres años. Pero no me entregaron los títulos de propiedad hasta el pasado otoño.
—¿Es un rancho productivo?
—Aquí crecen las cosas como por arte de magia. No puedo verme libre de los melocotones, las uvas, los melones, el maíz y las verduras. Toneladas y toneladas de estos productos se pudren sobre la tierra. Solía venderlos a Pencarrow, que me los pagaba bien, y todavía le proveo de todo lo que comen en su casa, excepto de carne.
—¿Qué razones impulsaron a usted a instalarse en estos terrenos?
—Comprendí el gran valor del agua. Por esta causa quise cultivar la tierra, especialmente para producir alfalfa y criar ganado en los terrenos inmediatos. Hace nueve años que vine, y ahora soy más pobre que cuando comencé a trabajar. Los ladrones se apoderaron de mis ganados, y por ello dejé de cultivar alfalfa.
—¿Cuánta alfalfa puede usted recoger aquí?
—Unas cien toneladas cada verano, sin necesidad de utilizar el terreno que destino a huerta y jardín.
—¡Caramba...! No es extraño que Aulsbrook haya intentado arrebatarle esta posesión.
—Está empeñado en conseguirlo, lo mismo por medios lícitos que deshonestos.
—Lo mejor que puede hacer Aulsbrook es tener cuidado con los actos que realiza.
Dígaselo la primera vez que se acerque a usted... Ahora, Lightfoot, dígame: ¿conoce usted el ganado?
—¿Si lo conozco? ¡Vaya una pregunta! Desde la A hasta la Z. No hay ni un solo ganadero en toda Arizona que pueda competir conmigo. He trabajado en negocios de ganado por espacio de cuarenta años y he perdido más de medio millón de dólares. Pero no ha sido porque no supiera cómo debe cruzarse, criarse, conducir y vender el ganado.
Wade se levantó del cómodo asiento que ocupaba en el sofá, y, apenas capaz de contenerse, comenzó a pasear nerviosamente de un lado para otro.
—Bien, me parece que se siente usted desconcertado por mi jactancia y mi mala suerte —añadió el colono, que estaba sinceramente asombrado.
—Lightfoot, lo que acaba usted de decirme significa que la fortuna de Pencarrow está asegurada y que usted y yo hemos de conseguir con nuestro esfuerzo que así sea.
—¡Dios mío! No es extraño que Hal esté tan entusiasmado con usted. ¿Tan pronto? Pero, Brandon, ¿cómo demonios supone usted que hemos de conseguir tan claramente ese resultado?
—Porque Pencarrow tiene los terrenos y usted tiene la experiencia.
—Así es. Yo lo había pensado hace mucho tiempo. Mas para conseguirlo, es necesario dinero. No hace falta en exceso pero de todos modos... ¡dinero! Bueno ésa es la tercera necesidad. Y las tres necesidades juntas no importan tanto como la cuarta. Es decir: el valor y la fuerza para matar u obligar a huir a esos ladrones que están escondidos entre la espesura.
—¡Ése será mi trabajo, Lightfoot!
—¡Diablos! Pero, hombre de Dios, ¿piensa usted solo enfrentarse con una docena de cuadrillas, la mayoría de ellas en realidad duras de pelar? ¡No es posible!
—¡Es posible!
El colono miró fijamente a Wade. Estaba profundamente impresionado por el fuego y la energía que Wade puso en su afirmación; y, acaso, todavía más impresionado por su presencia.
—¿Está usted dispuesto a ayudarme? —preguntó anhelante Wade.
—Si he de decirle la verdad, no me he sentido tan feliz como ahora desde hace mucho años. ¡Estoy loco por los hermanos gemelos...! Y aprecio mucho a Pencarrow. Y Jacqueline..., ¡bueno, me hace perder la cabeza! ¡Qué efecto más extraño produce en los hombres!.,. ¿No lo ha experimentado usted ya, Brandon?
—Es muy hermosa, y tiene mucha vitalidad.
—Sí. Pero eso es muy poco decir. Ha vuelto locos a todos los hombres de estos alrededores. Y lo mismo sucedería aunque se vistiera con una de esas ropas que usan los mormones... Y, dígame, ¿de qué modo se propone usted organizar el desarrollo del rancho de Cedar?
—¡Palabra de honor! ¡Me sorprende usted! Estoy decidido a hacerlo sin pensar siquiera cómo lo hago.
—Ese es el modo de llevarlo a cabo. ¡Al diablo con las dificultades y los obstáculos! Cuanto más difícil resulte el trabajo, con más afán lo emprenderemos.
—Eso ¿quiere decir que me acepta como compañero sin necesidad de más averiguaciones respecto a mí?
—¡Claro que sí! He sentido que había algo que me inclinaba hacia usted desde el momento en que Hal estuvo aquí.
—Elwood, espero que jamás lamentará usted su decisión.,. Queda convenida la cuestión.
Ahora reflexionemos juntos para ver lo que ha de hacerse.
—Espere un momento. Tengo que imponer una condición. Y es que usted ha de permitirme que sea el jugador oscuro de esta partida, el ignorado... El compañero silencioso de juego.
—¿Por qué? No me agrada la idea.
—Es que, en realidad, todo lo que puedo hacer es convertirme en una especie de espía para usted, con el fin de que pueda avisarle en cuestiones relacionadas con la cría de ganados. La parte más dura de esta terrible misión ha de recaer sobre usted. Por mi parte, lo único que espero es que me sea posible conservar estas tierras y hacer que me produzcan lo necesario para mi sustento cuando sea más viejo...
—Elwood, podremos lograr que produzcan más que todo eso. Sólo la alfalfa le producirá ya una renta muy crecida. Será preciso que busque usted alguien que pueda ayudarle a trabajar sus campos.
—Conozco a un mejicano y a su hijo... Son pastores.
Se han quedado sin trabajo por culpa de esos ladrones que se apoderan de los corderos.
Puedo contratarlos para que trabajen en mis terrenos, a cambio de la comida y el alojamiento, hasta que llegue el momento en que pueda pagarles salarios. Y, de este modo, podré disponer del tiempo necesario para hacer investigaciones que puedan ser de provecho para usted.
—¡Investigaciones! ¿Quiere decir que recorrerá estas extensiones y se introducirá en los bosques y las espesuras para ponerse en contacto con esos parásitos?
—Sí. Y más que todo eso: para descubrir adónde va a parar el ganado robado... Me refiero a las reses que no son conducidas al ferrocarril. Siempre he estado en relaciones, más o menos secretas, con muchas de esas cuadrillas, aunque nunca con la de Drake o la de Harrobin, que son los dos malhechores más importantes de estos contornos y que se profesan una gran rivalidad. Podríamos conseguir que se enemistasen decididamente. Mi propósito al desear ser un compañero silencioso e ignorado de partida, es el de mantenerme en apariencia en la misma situación de siempre, sin tomar partido en favor o en contra de nadie.
—Desde ese punto de vista, me parece una gran idea —comentó Wade, pensativo—. Acepto.
Será usted mi compañero silencioso.
—Tendremos que caminar despacio. No conviene que se hagan progresos rápidos. Y el traer nuevas cabezas de ganado al rancho de Cedar podría resultar fatal en tanto que no se haya conseguido dar un buen escarmiento a esos bandidos, o se los haya obligado a huir. Por lo pronto, el rodear todo el ganado de Pencarrow y traerlo al terreno descubierto representa un trabajo muy difícil. Una buena inspección de todas las espesuras y los bosques podría producir resultados sorprendentes.— —He podido comprobarlo solamente en cuatro días.
—Es posible que encuentre usted una parte del ganado que ha sido robado. Es casi seguro que así sucederá. Pero necesitará usted la ayuda de unos vaqueros. Eso es lo más complicado de obtener : vaqueros, caballistas en los que se pueda confiar, que inspiren la seguridad de que no son unos ladrones más, dispuestos a apoderarse de todo lo que los anteriores puedan haber dejado... Caballistas que trabajen a cambio de su manutención hasta que las circunstancias hayan mejorado y sea posible pagarlos... Brandon, me parece que es imposible...
—No lo es para mí. Soy capaz de dirigir al equipo de vaqueros más indisciplinados y perversos que jamás hayan montado un caballo —replicó Wade con firmeza.
—¿Sí? ¿Lo ha intentado en alguna ocasión?
—No. Pero puedo hacerlo.
—¿Quiere hacerme el favor de decirme cómo diablos podría conseguir lo que ningún ganadero lograra nunca? —Proporcióneme unos cuantos vaqueros jóvenes. No importa lo muy perezosos, incultos, bravíos o malvados que sean. Creo que con ellos podría formar una buena cuadrilla de caballistas. ¡Es forzoso que lo consiga, Elwood...! Les haría grandes promesas; les demostraría que el robo no compensa, a la larga; influiría sobre cada uno de ellos individualmente; haría que me estimasen; los obligaría a comprender el valor y la energía que Pencarrow ha demostrado al quedarse aquí, a pesar de todos los contratiempos y peligros ; procuraría experimentaran simpatía y aprecio por él y su familia... Elwood, he vivido entre hombres malos, entre proscritos y forajidos... En el fondo de todos ellos, siempre hay alguna buena cualidad. Trabajaría partiendo de este principio. He sido un buen caballista, duro y resistente. Lo soy, y no me arredraré ante los peligros y las dificultades. Finalmente, diría a los vaqueros que estaría dispuesto a matar a cualquiera de ellos que fuese indigno de confianza..., ¡y lo haría!
Durante el final de esta arrebatada exposición, Lighfoot se puso en pie lentamente, con los ojos brillantes, con el arrugado rostro iluminado por una apasionada resolución.
—Ahora sé, Brandon, cuál es el equipo de vaqueros que necesita usted— declaró con energía; y apretó las grandes y morenas manos una contra otra—. ¡Demonios! ¡De qué modo más extraño se producen los acontecimientos cuando...—¡cuando aparece el hombre que puede encauzarlos rectamente!
—Elwood, ha dicho usted mucho... sin decirme nada. ¡Explíquese! —replicó Wade con ansiosa impaciencia. Lightfoot volvió a sentarse.
—Escuche, hijo: generalmente no suelo apasionarme. Verá como tengo razones para decir lo que he dicho... Hace un año, o acaso un poco más, vino a estos lugares un vaquero joven, una mala cabeza. Lo acepté a mi servicio sin hacerle preguntas de ninguna clase, y le ayudé a salir del trance en que se hallaba. Nos hicimos buenos amigos. Se llama Hogue Kinsey y es el, muchacho más simpático y atrayente que he conocido. Procedía de una buena familia, de no sé qué punto de Ashfork. Su padre había tenido un par de años malos, en los que la sequía le dejó casi sin una sola cabeza de ganado. La pobreza más grande se adueñó de la casa. Hogue tenía una hermana a la que quería con delirio; esa hermana cayó enferma y para curarse debía trasladarse a un punto más bajo y menos frío que el de su residencia. Hogue robó una manada de reses y la vendió. Esto debió de suceder hace varios años. Como quiera que fuese, el caso es que el robo se descubrió y que Hogue tuvo que huir. Hogue era un muchacho apacible, pero de temperamento fácilmente exaltable; y esta circunstancia, unida a su habilidad para manejar el revólver, le puso en el mal camino. Si yo hubiera tenido dinero para pagarle unos jornales, podría haberle alejado de la tentación de vivir como ladrón en estos terrenos. De todos modos, pude detenerlo durante cierto tiempo y conservarlo a mi lado, hasta que se marchó hacia Pine Mount en unión de otros seis jóvenes destinados al infierno. Hace cierto tiempo que Hogue no viene a verme. Antes solía venir con frecuencia. Supongo que se ha cansado de oír mis maldiciones y recriminaciones. He discutido excesivamente con él. Ahora él y sus compañeros están robando ganado en pequeña escala, en tan pequeñas cantidades, que aún no han causado perturbaciones a los rancheros. Creo que esa cuadrilla ha debido de apoderarse de algunas de las reses de Pencarrow. Pero debo decir una cosa en favor de Hogue: es el único vaquero que no se ha acercado nunca a Pencarrow para pedirle trabajo.
—¿Qué explicación tiene eso? —preguntó Wade, que estaba intensamente interesado.
—Supongo que Hogue todavía no es un hombre endurecido e insensibilizado. Todavía no debe de ser capaz de trabajar para un ganadero y robarle traicioneramente. Recuerda demasiado a su madre y su hermana para que pueda decidirse a engañar a las hijas de Pencarrow. Todo esto es lo que yo supongo, Brandon. Y es la gran ocasión para que intentemos atraernos a Hogue. Creo que entre los dos podremos conseguirlo.—¿Dónde está Pine Mount?
—A unas treinta millas de distancia, siguiendo el camino. Por la carretera, la distancia es mayor. Pine Mount es una ciudad pequeña y en la que apenas hay actividad durante el invierno; pero en verano se llena de animación. Todas las cuadrillas de proscritos y granujas hacen sus compras, juegan, haraganean y se divierten allí. Hay muchas peleas y muchas muertes. Pine Mount se encuentra en el recorrido de la diligencia que va de Nuevo Méjico a Mariposa.
—Tenga la bondad de indicarme cuál es el camino, y mañana mismo iré a Pine Mount —dijo Wade.
—¿No sería preferible que antes hablásemos con Hogue? —preguntó el colono.
—Solamente necesito que observe usted «a montones», como dicen los indios. No me propongo obligar a Hogue, ni a nadie, a que acepte mi amistad. No obstante, no podemos despreciar la utilidad de la rapidez... ¿Puede usted hacer que sus amigos, los mejicanos, vengan hoy mismo aquí?
—Puedo llamarlos desde el borde... Viven en una choza de leños, no muy lejos de mi casa.
—Conforme. Llámelos. Mañana, vaya usted al rancho y quédese allí hasta mi regreso.
—Lo estaba pensando... Un buen jinete necesitará emplear cinco horas para arribar a Pine Mount. Vaya usted hacia el Este, partiendo del rancho, hasta que llegue al desfiladero Seco.
Continúe junto al borde hasta que encuentre un camino que le permita descender. No puede equivocarse. Siga ese camino y procure correr mientras no haya de cabalgar sobre terreno accidentado. El camino que le he indicado sale del desfiladero, atraviesa un bosque y un terreno rocoso y desemboca en Pine Mount. No es posible perderse.
—Muy bien, Elwood. Debo regresar ahora al rancho. Estoy seguro de que Hal y Rona me han prestado un gran servicio al hablarme de usted.
—¡Benditos sean esos gemelos! Y ¿qué supone usted que eso significa para mí...? ¡Bien, bien! Brandon, usted es forastero, casi desconocido... Pero ha conquistado todas mis simpatías. ¡Ojalá pueda realizarse todo lo que se ha propuesto!
—No lo dude, amigo contestó Wade mientras se detenía, con un pie en el estribo, para mirar directamente a los turbados ojos de Lightfoot—. ¡Esas buenas cosas, van a realizarse!
El alba nació gris y dulce; una luz roja se extendió sobre la tierra cubierta de salvia. Los pájaros y los pequeños animalitos terrestres apenas se movieron al oír el rápido trote del caballo que se aproximaba. A la hora en que el sol se elevó en el espacio, Wade había descendido al desfiladero Seco y encontrado el camino.
Aun cuando el agua sólo corría por aquel lugar en épocas de lluvias, el desfiladero se cubría de verdor, de hermosos pinos y sicómoros, de robles enanos y de zonas densamente pobladas de manzanita. Sobre las huellas de los osos, marcadas en el polvo, se señalaban las más recientes y redondas de los ciervos. Los sinsontes y los grajos inundaban el aire de música y de estruendo. Unas pequeñas manadas de ganado, más silvestres que los ciervos, se introdujeron alocadamente entre la espesura al acercarse Wade.
La cabeza del desfiladero Seco se cerraba bruscamente entre una confusión de quebrados y accidentados riscos, a través de los cuales ascendía el camino trazando zigzags y curvas.
Una vez llegado a la altura, Wade inició un lento descenso a través de los grupos de árboles y de la salvia. Arizona mostró a Wade su infinita variedad de paisajes, que, sin embargo, se caracterizaban por aquellos rojos, aquellos grises y aquellos colores de púrpura, por una seca fragancia que era tan excitante como el vino, por su soledad, por la transparencia de su atmósfera.
Wade no habría procedido con más cautela ni vigilado más atentamente si, una vez más, se hubiera hallado huyendo de unos perseguidores. Vio el relámpago de las alas de las aves a distancia, los movimientos de los matorrales, el lomo gris de los ciervos cuando se introducían en alguna espesura. Siempre que llegaba a un terreno abierto, o a una larga recta del camino, o ante algún descenso, reducía la marcha del caballo y observaba desconfiadamente las rocas, los árboles y la maleza que le rodeaba.
Empero, durante todo el tiempo, a pesar de su arraigado hábito de la vigilancia, a pesar del estado de alerta de todas sus potencias para adaptarse a la nueva fase de su vida, a pesar de la dura y resuelta determinación de sobrevivir y ganar la batalla, determinación que había intensificado e incrementado premeditadamente, continuó cabalgando como podría hacerlo quien hubiera llegado a la gloria y a los sueños de la reparación, del cumplimiento del deber y de la salvación. La sagrada promesa que hizo a su padre, y que le había servido de acicate para la realización de heroicos esfuerzos, aumentaba de valor ante la subyugadora perspectiva de una aventura que se nutría de las mayores esperanzas para los sentimientos del hombre.
—¡Luchas, romanticismo, amor...! Se habría de producir un choque terrible contra las fuerzas del mal si se quería compensar a Pencarrow de sus pérdidas y que sus posesiones y sus negocios prosperasen, que su vida estuviese segura, que su familia fuese feliz. Y era romanticismo a causa de su escenario, del drama que habría de desarrollarse ante el purpúreo fondo de aquella región silvestre, de la inevitable y fiera fuerza de la sangrienta acción, de su relación con un hombre y una muchacha perseguidos. Wade confesó su amor, lo expresó en voz alta en la soledad, se gozó en su alborear y sus exaltaciones, bendijo al dios de sus vagabundeos y al Destino que le había proporcionado la ocasión y la fuerza para pagar la deuda que había contraído con la mujer que lo salvó. Y no pedía otra cosa que el poder salvarla, a su vez, aun cuando ello le costase la vida.
Unas cuantas cabañas de colonos recién llegados; luego una serrería abandonada desde hacía mucho tiempo, y, por último, un rancho entre el verdor del valle, indicaron a Wade que se hallaba cerca de Pine Mount. Al fin, pudo ver la calle, larga y ancha, los pozos de riego que había en sus cercanías, las largas líneas de los algodoneros que se extendían hacia el centro de la ciudad. Soñolienta, era la palabra que podría describir a Pine Mount. Wade recorrió la mitad de la calle antes de encontrar caballos atados a las barras, una pareja de carros con las ruedas encenagadas y varios hombres, vestidos con ropas oscuras, que le miraron con curiosidad.
Unos edificios un poco más ostentosos que los primeros, viejos y maltratados por el tiempo, y algunos signos de vida y de animación, persuadieron a Wade de que había llegado al centro de Pine Mount. Desmontó, amarró el caballo y entró ruidosamente en un establecimiento que mostraba un gran letrero. Las letras del rótulo se habían borrado mucho tiempo antes. La amplitud del establecimiento y la revuelta confusión y la variedad de sus mercancías atestiguaban que realizaba operaciones comerciales con un número relativamente grande de clientes. Wade vio una mujer y varios hombres que se hallaban realizando compras.
Después se acercó a él un hombre cuyos endrinos ojos y blanda sonrisa no podían ocultar la curiosidad que experimentaba.
—Buenos días, señor. ¿En qué puedo servirle?
—Me llamo Brandon. Pertenezco al rancho de Cedar. Soy el nuevo capataz de Pencarrow.
He venido a saludarles a ustedes.
—I Brandon! Usted es el... ¡Ah, sí! Pencarrow... Realizábamos muchas operaciones con él... En realidad, todavía nos debe el importe de una facturita...
—Sí. Me ha enviado a pagarla. Le agradecerá que tenga la bondad de entregármela.
—Lo haré con mucho gusto. El nuevo capataz de Pencarrow, ¿eh? ¿Nuevamente ha prosperado Pencarrow?
—Mucho. Pero no pide nuevos créditos. De ahora en adelante pagará siempre al contado...
Volveré dentro de unos momentos, cuando haya tomado un bocado y una copa.
Wade salió de la tienda. Se dio cuenta claramente de que su presencia había sido advertida y comentada por los otros ocupantes del establecimiento. Había adoptado una actitud de alejamiento y de descaro que no invitaba a la curiosidad ni a la amistad. Caminó sobre la empedrada acera, que se hallaba al mismo nivel que el arroyo, y mientras lo hizo no dejó de ver y observar cuanto había que ver y observar. Los edificios antiguos estaban construidos de adobe y piedra, y los más nuevos de planchas de madera, en algunas de las cuales podía todavía apreciarse un poco de corteza. Parecía ser que solamente había en la ciudad una tienda grande; Wade entró en ella. Contenía un surtido de mercancías similar al de la primera. Un empleado, o el dueño, se hallaba sentado junto a la puerta, con el respaldo de la silla apoyado en la pared, fumando una pipa. Parecía tener un carácteramistoso, a diferencia del otro comerciante. Wade se dirigió a él sin preámbulos.
—¿Conoce usted a Pencarrow?
—No. Jamás he tenido tratos con él. Me instalé en Pine Mount después que él cesó de venir por aquí.
—Pencarrow necesita hacer nuevas compras. Soy su actual capataz, Brandon.
—¿Cómo está usted? Me llamo Hicks. Le he visto salir de la tienda mormona.
—¿Mormona? ¿Quiénes la dirigen?
—Jed y Seth Bozeman.
—Supongo que usted es gentil.
—Acierta usted. Y aquí es donde puede comprar lo que necesite.
—Estamos de acuerdo. Pero ¿qué actitud adoptarán los Bozeman?
—¡Bah! Tienen mucho negocio sin necesidad de comerciar con los recién llegados a estos contornos. Y seguramente les habría agradado que no hubiera entrado en su casa.
—¿Qué me dice?
—La verdad, Brandon. Pero le agradeceré mucho que esto no salga de entre nosotros.
—Comprendo... ¿Acaso es Pine Mount un lugar muy poco conveniente para los paganos?
—Lo es. Y los que quedemos de nosotros, no tendremos otro remedio que marcharnos de aquí cualquier día.
—. ¡La misma historia de siempre...! Y, ya que hablamos de estas cosas, Hicks, ¿sabe usted lo que ha sucedido en el rancho de Pencarrow?
—No. Hace muchísimo tiempo que nadie me da noticias. ¿Qué ha sucedido?
—Que he matado a tiros a Urba y a otro individuo de su cuadrilla.
—¡Urba! ¡Diablos...! Brandon, no —disfrutará usted aquí de muchas simpatías.
—Más bien he conquistado antipatías... ¿Está por aquí la cuadrilla de Band Drake?
—Viene algunas veces. Suele pasar aquí casi todo el invierno.
—¿Y la de Harrobin?
—Acostumbra estar aquí casi siempre que la de Drake no está.
—¿No se llevan bien?
—¡Hum! Por lo menos, no lo parece.
—Hicks, quiero que sea usted amigo de Pencarrow y mío. ¿Comprende?
—No es difícil de conseguir. Pero me parece que usted es un hombre de mirada aguda... Y no es que yo no esté acostumbrado a ellas... Mas la de usted es diferente... Brandon, no ha cesado usted de mirar a la calle. Sin duda, está buscando a alguien.
—Es usted muy listo, Hicks... Volveré más tarde.
Wade encontró un pequeño restaurante, dirigido por una mormona alegre y regordeta, en el que la bondad de la cocina, sin duda alguna, era la causa de que en el establecimiento se reuniera un grupo muy numeroso de viajeros. Wade no cesé de mirarlos mientras comía, y llegó a la conclusión de que un par de vaqueros y un leñador podrían, entre todos los ocupantes del local, obtener los beneficios de la duda.
—¿Va de viaje, forastero? —le preguntó la propietaria, mientras Wade pagaba su comida.
—No. He venido únicamente a hacer amistades... —contestó Wade con voz dulzona—. Soy Brandon, el nuevo capataz de Pencarrow.
—Me alegro mucho de conocerle. No deje de volver por aquí —recomendó la mujer cordialmente.
—Volveré, con toda seguridad. Es usted una excelente cocinera.
Cuando Wade salió a la calle tenía la seguridad de que el nombre, Brandon, que había pronunciado, llegó a oídos de la mayoría de los ocupantes del establecimiento y produjo impresión en su ánimo. Su aparición en los terrenos del rancho de Cedar y en Pine Mount había sido de tal naturaleza, que necesariamente había de incitar a la hostilidad y a tomar precauciones a los hombres de dudosa vocación. El éxito de su defensa de Pencarrow dependía sólo del miedo que pudiera inspirar y de la dureza de sus reacciones ante todas las circunstancias que se le presentasen. Durante sus largas y solitarias horas de cabalgar había meditado detenidamente sobre el mejor modo de proceder en cualesquiera situaciones que pudieran surgir ante él. En el pasado había rehuido el juego fatal de las armas. Únicamente lo había aceptado cuando se vio forzado a hacerlo; allá, en aquella región, debía ser él quien lo obligara a efectuarlo e impusiese. En esta actitud se fundaba toda su fortaleza. Sería difícil que hubiera en todos aquellos contornos nadie que pudiera igualársele en habilidad para el empleo de la pistola. No tenía nada que temer en el caso de que hubiese de luchar, en condiciones de igualdad, cara a cara, con Drake, Harrobin o cualquiera de sus secuaces. Pero todo eso constituía solamente uno de los aspectos de los riesgos a que debía hacer frente.
Muchos pistoleros se habían visto forzados en diversas ocasiones a tener que defenderse contra un grupo de enemigos armados o habían sido asesinados por la espalda, o caído en una celada tendida bajo la protección de la maleza. Wade reconocía poseer la experiencia necesaria para realiza; la tarea que se había propuesto. Y había comenzado a sentir que la cólera crecía en él, que se convertía en un incentivo casi sobrehumano. Pine Mount podía alardear de poseer más tabernas que tiendas. La más grande de todas ellas tenía pintada en la muestra una torpe mula blanca.
Wade entró en la taberna como si buscase a alguien. El local era igual a centenares de locales del mismo género que Wade había visto en el Oeste; pero tenía una vaga e indefinible diferencia con ellos, una diferencia que no provenía del olor del ron o del tabaco, ni de la media veintena de hombres que se hallaban en pie ante el mostrador, ni de las crudas inscripciones o los dibujos de las blanqueadas paredes, ni de las mesas de los jugadores situadas al fondo.
Nadie prestó especial atención a Wade, de lo cual dedujo el viajero que su presencia en la población no había sido comentada ruidosamente todavía. Pero tampoco sería improbable que la discusión violenta que sostenían los jugadores hubiese alejado la atención de quienes se hallaban en el establecimiento de la entrada en él de un forastero.
En aquel momento dos vaqueros, jóvenes y ágiles, con las pistolas colgantes de los cintos y las espuelas resonantes, con los rostros acalorados y duros de expresión, avanzaban presurosos hacia la puerta de salida.
—¡Afuera, borradores de marcas de ganados! —gritó una voz áspera—. Y de ahora en adelante ¡no volváis a presentaron en Pine Mount!
—¡Vamos, Hogue! —mandó uno de los vaqueros, sin volver la cabeza.
—¡Que me muera ahora mismo si estoy dispuesto a hacerlo! —replicó una voz joven y vibrante.
El pensamiento de Wade obró con tanta rapidez como el acelerado latido de sus pulsos.
Al callarse el grupo de bebedores que se hallaba junto al mostrador, por efecto del incidente, y retirarse con curiosidad hacia atrás, Wade interceptó el paso a los dos vaqueros, y murmuró fríamente ante sus rostros:
—¡No os mostréis cobardes! —Y pasó ante ellos. Lo inesperado de su acción los detuvo.
—Jerry, ¿quién demonios...?
Wade se encontraba en la primera fila de curiosos observadores, detrás de las mesas de juego. Algunas de éstas habían sido abandonadas por los jugadores, y algunos más se hallaban en pie, con las cabezas inclinadas en dirección al grupo que se encontraba tras la última de las mesas. Wade pudo ver un rostro hermoso y juvenil: el de un vaquero que se enfrentaba con cinco hombres, tres de los cuales permanecían en pie.
—Harrobin, ¡no podrás obligarme a marcharme de aquí! —declaró acaloradamente el joven.
—Oye, oye, Kinsey —replicó un hombre de barba oscura que se hallaba sentado a la mesa y que cubría con las manos un montón de cartas y de fichas—, ya te lo he advertido anteriormente. Tú y tu cuadrilla tendréis que marcharos o arrostrar las consecuencias.
—I Bah! ¡No me impresionan tus bravatas, Harrobin!
—No son bravatas.
—Pero, ¿qué he hecho? Lo que sucede es que tú nos debes dinero, a Jerry y a mí. Y como quiera que no somos mormones...
—¡Cállate! —le interrumpió Harrobin—. Aun cuando no hubieras hecho nada más, hablas demasiado. Y muchos hombres han encontrado la muerte por la misma causa en esta región.
—Es cierto, han encontrado la muerte... que les fue ocasionada por la espalda, o cuando no llevaban armas para defenderse..., como a mí me sucede ahora —replicó Hogue despectivamente.
—¡Te advierto, una vez más, que debes callarte!
—¡Bah! No te tengo miedo, Harrobin. Si tuviera ahora mi revólver te desafiaría sin vacilaciones.
—Los vaqueros como tú siempre van armados..., por lo que a mí se refiere —contestó Harrobin en voz baja y fría.
—Si he de ser expulsado de esta región y he de ser asesinado, por lo menos tengo derecho a conocer por qué —replicó Kinsey, encolerizado.
—¡Hablas demasiado!
—¿Hablar...? ¡Diablos! Tú hablas, todos hablan... Cuando diga a Band Drake...
—¡Cállate! —silbó Harrobin, mientras hacía un movimiento que parecía destinado a separarse de la mesa.
Wade aprovechó rápidamente la oportunidad que se le presentaba. Y sacó el revólver de la funda con un movimiento veloz.
—¡Alto! —gritó tan agudamente como el sonido de una campana. Luego, frío, amenazador, tranquilo, continuó—: ¡No os mováis, hombres...! ¡Cuidado, Harrobin!
El mormón hizo un violento movimiento, pero se quedó repentinamente inmóvil. Había desenfundado el revólver, o tenía una mano sobre él, bajo la mesa. La postura de Wade, la frialdad de su voz, las centellas de sus ojos..., nada de todo esto dejaba lugar para dudas.
—¡No te calles, Kinsey! —continuó secamente Wade.
—Tus palabras han sido muy interesantes para otro gentil,.., como llaman los mormones a los que no lo somos, para un tal Tex Brandon... ¡Continúa!
El vaquero se enderezó violentamente, vibró como un látigo.
—Gracias, desconocido —dijo con calma; su rostro empalideció—. Puedes tener la seguridad de que continuaré... Harrobin, escucha lo que voy a decirte: estás indignado conmigo..., quieres obligarme a alejarme de esta región... porque he informado a Band Drake de que tienes una manada de ganado de C. R. Bar oculta en el Desfiladero Verde.
—Muchas gracias, Hogue —exclamó Wade—. C. R. Bar... Esa es la marca de Pencarrow. Y yo soy el nuevo capataz de Pencarrow... ¡Continúa!
—¡Ah...!. Eso es todo. No diré más terminó lentamente el vaquero, quien, aun cuando era animoso, se impresionó al observar la violencia de la situación que él mismo había provocado.
—Harrobin, necesito esa manada de reses de C. R. Bar dijo imperativamente Wade.
—Kinsey es un embustero —replicó el mormón malignamente—. Nadie creería a ese ladrón piojoso. El mismo, y su cuadrilla..., una pandilla de cobardes...,han robado ganado a Pencarrow. Lo sé. Yo lo he comprado.
—¿Es cierto, Hogue? —preguntó Wade, sin abandonar ni siquiera un instante su anhelante vigilancia.
—Es cierto. ¿Quién no habrá robado reses a Pencarrow? Ese ranchero imbécil no tiene vaqueros que marquen sus reses. Jamás me he apoderado de una sola vaca que no estuviera sin marcar. Y en Arizona las reses sin marcar pertenecen al hombre que las marque.
—Te ha desmentido, Harrobin. Creo que tú eres el embustero —terció agresivamente Wade.
—¡Brandon...! ¡Ese es tu nombre...! El nuevo capataz de Pencarrow, ¿eh...? ¡Ja, ja! ¡Vas a durar mucho tiempo en el rancho de Cedar!
—¡Tira el revólver al suelo! —le ordenó Wade.
—¿Qué revólver?
—¡El que tienes en la mano!
—¡Te engañas! No tengo ningún arma.
—¿Crees que existe algún hombre que pueda engañarme respecto a si tiene un revólver en la mano...? Si no me hubiera metido en esta cuestión, habrías matado a este vaquero a sangre fría.
—Lo mataré más adelante —replicó Harrobin, que parecía hallarse totalmente dominado por la furia.
—¡Qué demonios vas a matarme! —replicó Kinsey—. ¡Cualquier día te demostraré que puedo vencerte, mormón de los demonios!
—¡Déjalo caer! —gritó Wade con voz tan intensa como un trueno.
Harrobin no se hallaba todavía intimidado hasta el punto de cumplir sin vacilar la orden que se le daba. Estaba apreciando con la mirada las probabilidades que tenía de de desobedecer el mandato y hacer uso del arma. En el mismo instante en que comprendió sus intenciones, Wade apretó el gatillo del revólver, tras haber apuntado al brazo derecho del mormón. El ruido del disparo inundó la habitación. Al estampido siguió un silencio terrible.
La mesa, las cartas y las fichas, las sillas y los hombres cayeron ruidosamente al suelo.
—Sal afuera, Kinsey —le ordenó Wade, mientras comenzaba a retirarse sin cesar de apuntar con el arma al grupo—. Harrobin, he demostrado que eres un embustero, que mentías al hablar del revólver. Bien, ¡puedes desenfundarlo tan pronto como volvamos a encontrarnos! Pues ahora sé ciertamente lo que antes sospechaba que eres un ladrón de ganado.


XII
Oye, ¿quién eres tú? —preguntó Hogue Kinsey cuando Wade, con el caballo cogido de la brida, se detuvo bajo un alto algodonero de anchas ramas en las afueras de Pine Mount—.
Quiero estrecharte la mano..., darte las gracias..., pero no me gusta detenerme bajo este árbol.
—Es un árbol que produce mucha sombra... ¿Qué tiene de malo? —preguntó Wade, en tanto que se despojaba del sombrero y se sentaba.
—Nada..., no siendo que ha servido para ahorcar a un par de hombres.
—¡Ahorcar! —exclamó Wade; y se puso en pie de un salto.
—Así es. Y se me pone carne de gallina al pensarlo. No me importaría que me matasen a tiros. Ha estado a punto de suceder un par de veces. ¡Pero el morir estrangulado..., el pernear en el aire, al extremo de una cuerda...! No me agrada la idea.
—j Tampoco a mí! —replicó Wade, riendo, al recordar los años en que había jurado que jamás bailaría colgado de una cuerda—. Todos los arizonianos os afligís al pensar en el nudo corredizo, ¿eh?
—Afligirse..., no es ésa la palabra, señor. Nos espantamos. Quiero darte gracias...
—¡Al diablo las gracias! Pero, ¡por todos los demonios!, me has dado una buena idea —exclamó Wade, al mismo tiempo que señalaba hacia lo alto.
—¿Cómo dijiste que te llamas?
—Brandon. Tex Brandon.
—¿Y eres el nuevo capataz de Pencarrow?
—Sí. Y me alegro mucho de haberte conocido, Hogue.
—También yo me alegro de conocerte. Me has resultado simpático, Tex. ¡Ha sido formidable lo que has hecho! Pero aquí, al aire libre, cuando aquello ha quedado concluido, no siento tanta alegría...
—¿Por qué no? ¿No vamos a ser buenos amigos?
—¿Sí? ¿No oíste lo que dije a Harrobin acerca de las reses sin marcar de Pencarrow?
—¡No lo recuerdes! Todo eso son cosas pasadas. Todos hemos hecho en nuestra vida algo de lo que estamos avergonzados. Yo mismo... Hogue, ya has terminado de hacer tu aprendizaje de ladrón de ganado.
—¡Cállate! —replicó Hogue, con el rostro inflamado. Mas al ver la serena mirada de Wade, sus ojos perdieron el fuego que en ellos ardía, el sentimiento de vergüenza...
—Sí... Ibas camino de serlo. Pero yo quiero detenerte. Quiero que seas uno de mis caballistas, mi mano derecha. Necesito que convenzas a tus compañeros de que deben unirse a mí. Formaré con ellos el equipo de caballistas más duro, más fuerte y más aventurero de todo Arizona. No estáis hechos para ladrones de ganado. Lo que te ha sucedido es que tuviste un mal principio... Y estás arrepentido, tengo la seguridad de ello. Te has dejado arrastrar por las circunstancias... Bueno, no es preciso que te manifieste hacia dónde te arrastraban. Pero una cosa que no sabías..., y que tampoco sabían Harrobin ni Drake..., es que vas a emprender un nuevo camino..., a encontrar una ocasión de enmendarte..., de volverte honrado y continuar siendo honrado..., de poder ayudar a tu papá y a tu hermana..., de hacer que puedan estar orgullosos de ti..., orgullosos del nombre que conquistarás, tan cierto como que ahora mismo estamos sentados aquí. Vamos a recobrar las pérdidas de Pencarrow. Vamos a rehacer su fortuna. Vamos a limpiar esos nidos de ratas, de ladrones... Vamos a ahorcar a Drake y a Harrobin...
—¡Dios... mío! —exclamó el vaquero, abstraído.
—¿Qué te parece mi proposición? —preguntó Wade. Y la amargura de su juventud se despertó al ver el rostro de Hogue. ¡Si a él se le hubiera ofrecido una ocasión como aquélla...!
—¡Me gusta...! Oye... O estás loco... o eres un hombre mucho más grande que todos los que han desfilado por aquí.
—¿Estás de acuerdo conmigo, Hogue?
—¡Me entusiasma tu idea, Brandon...! Eso es el sueño de un vaquero... Me da vueltas la cabeza... Pero ¡aquel modo que tuviste de hacer frente a Harrobin...! Tengo que dar crédito a lo que mis ojos ven... Señor, si yo pudiera... Pero Pencarrow... Le he robado reses...
—Pencarrow es tejano, muchacho. Los tejanos son la sal del mundo. Terminarás por quererle. Lo primero que deberás hacer es decirle la verdad. Y ése será el fin de tus pequeños robos de ganados.
—He oído hablar de la hija de Pencarrow. No la he visto nunca. Pero me estremecería...
—Oye, vaquero, bórrate de la imaginación las murmuraciones de la gentuza. Piensa solamente en esto: vas a trabajar, luchar y combatir por las dos muchachas más hermosas que hayan venido aquí para hacer del Oeste un lugar más bueno, más...
—¡Maldición! Brandon, a mí me estás haciendo tú mucho mejor de lo que soy —replicó el vaquero, atormentado por las angustias de la regeneración y de la degradación.
—Nada de eso. Sé bien lo que hay en tu interior, Hogue. Vamos a estrechamos las manos.
Kinsey tenía una mano grande y callosa, y su apretón fue como el de una garra de acero.
Estaba ganado. Una llama secó las lágrimas que brotaban de sus ojos. Una cosa dura, algo como la sombra de la maldad, pareció desaparecer repentinamente de su rostro.
—Brandon, espero que no hayas llegado... demasiado tarde —contestó, emocionado.
—Nunca es demasiado tarde. Puedo decírtelo... Ahora, Hogue, ¿qué me cuentas acerca de tus compañeros?
—No constituyen exactamente una cuadrilla, como pareces suponer. Estás mal informado.
Vivimos juntos en una choza vieja, allá arriba. Estamos hartos de comer solamente carne de vaca. Y yo diría que nos hallamos dispuestos siempre a hacer todo lo que se presente... Puedes confiar en cuatro de nosotros. Y creo que sería posible reformar a Kid Marshall. Pero a Rain Carter... No puedo garantizarlo. No me fiaría de ese hombre. Es viejo. Ha trabajado para Harrobin.
—¿Cuándo podremos hablar con ese equipo?
—Dentro de unos momentos. Jerry y Bill están esperándome. Iré a buscarlos y regresaremos juntos a la choza.
Antes de que hubiera transcurrido una hora, Wade había hecho su proposición a los compañeros de Kinsey. La naturaleza de esta proposición y el modo como Wade la hizo, surtieron el mismo efecto en todos ellos que en Kinsey. Carter, un hombre silencioso, de labios delgados y mirada huidiza, expresó una lenta sorpresa, una meditativa preocupación, pero ninguna excitación ni ansiedad. Su juventud había muerto ya. Los otros eran jóvenes de menos de veinte años, y Wade los encontró en un momento crítico de sus vidas. Lo mismo habría podido convencerlos para que se dedicasen a robar y atracar y se convirtieran en proscritos. Uno a uno, todos estrecharon la mano a Wade, atemorizados por su fortaleza, mas dispuestos a comenzar a lanzar voces de alegría.
—Carter, tú eres un hombre de más edad que estos muchachos —le dijo Wade, concisamente—. Comprendo que tienes que borrar de tu vida mucho más que ellos. Pero mi oferta vale también para ti. Lo que he de pedirte es que pienses bien lo que haces.
—Lo he estado pensando, Brandon —replicó el otro; y el hecho de que su mirada resultara tan enigmática y su rostro una máscara, produjo en la imaginación de Wade una impresión desfavorable—. Será como hacerme esclavo de otro...
—Una palabra más, compañeros, para que terminéis de comprenderme —rogó Wade, de manera poco comprometedora—. Os ofrezco la ocasión de que os hagáis honrados..., ¡de escapar del lazo, de morir ahorcados! Pues ése será muy pronto el fin de todos los ladrones de ganado de Arizona. Os garantizo que tendréis trabajo, alojamiento, caballos, equipos, revólveres... Y si sois fieles, se os pagará lo que valga vuestra labor... Pero si alguno de vosotros me traicionase, encontraría para sí lo mismo que tengo reservado para esos bandidos.
—Compañeros —habló Kinsey—, meteos esto en la cabeza, y no lo dejéis salir de ella: me he asido a esta ocasión como un hombre que se estuviese hundiendo en unas tierras movedizas hasta el cuello se agarraría a la cuerda que se le lanzase... Y os digo a todos y cada uno de vosotros, especialmente a ti, Carter, que si no tenéis completa confianza en vosotros mismos..., ni estáis completa y honradamente seguros..., rechacéis esta proposición ahora mismo.
Carter continuaba sentado, con la cabeza entre las manos, silencioso, aun cuando no tan visiblemente pálido y tenso como sus compañeros. Tras unos momentos de cortante silencio, Kinsey se dirigió a Wade.
—Acepto, jefe, en nombre de todos. Queda acordado. ¡Ojalá no tengas que lamentarlo jamás! —exclamó fríamente—. Y voy a decirte lo que he pensado ahora mismo: vamos pronto al desfiladero de Meadow, y llevemos nuevamente las reses de Pencarrow a su rancho. Harrobin tendrá que cuidarse la herida del brazo y su mal humor de varios días. Algunos de los hombres de su cuadrilla se hallan ausentes. No sé dónde ni a qué han ido, pero es lo mismo.
Lo cierto es que no se encuentran aquí. Y Stranathon, el que estaba sentado junto a Harrobin, y los otros hombres, a quienes no conozco, es seguro que no podrán impedir que hagamos lo que he indicado, aun cuando descubrieran nuestras intenciones.
Wade se puso en pie, excitado.
—¡Buen principio, Hogue! —exclamó, a grandes gritos—. Creo que hasta ahora no te había conocido bien... Muchachos, ¡vámonos! Preparad vuestras cosas. ¡Nunca más volveréis a esta despreciable choza!
Cuatro días más tarde, poco antes de la hora del crepúsculo, una larga corriente de reses cansadas y polvorientas llegó a los cercados terrenos bajos de las propiedades de Pencarrow.
Y siete desgarrados y sucios jinetes, sobre unos caballos aspeados, recorrieron despacio el retorcido camino que conducía a la casa ranchera y a las cabañas.
Dos carros pesadamente cargados, uno de ellos nuevo, y un cochecillo de cuatro ruedas habían llegado a la carretera que corría paralelamente al camino, con el paso acomodado al lento avance de los jinetes. Era la caravana de Pencarrow, que regresaba de Holbrook.
Un penetrante grito del conductor del carro nuevo llegó a los oídos de Wade y le abstrajo de su cansancio produciéndole una hermosa y deliciosa sensación. El grito procedía de la seca garganta de Hal Pencarrow, y anunciaba la hora, singularmente oportuna, de la llegada de Wade.
—Muchachos, componemos un equipo que resulta un adefesio en estos momentos —dijo Wade, riendo—. Mas no tenemos por qué avergonzarnos en presencia de los Pencarrow.
Pero Hogue Kinsey fue el único que siguió los pasos de Wade a través del gran rectángulo que se abría ante la casa ranchera. Seguramente, aquélla fue la más satisfactoria y extraña de todas las caminatas de Wade a lo largo de su vida como jinete. ¡Cuán profundamente le regocijaba la alegría que sabía que Pencarrow habría de experimentar! Y cuando vio a Jacqueline, que se ponía en pie en el cocechillo, abandonaba las riendas y miraba con los ojos totalmente abiertos, no experimentó una impresión menor que la que produce la gloria del luchador victorioso al regresar de la guerra. Wade no volvió a levantar la cabeza hasta que llegó junto al carro; entonces desmontó rígidamente y se dirigió cojeando hacia el pórtico, donde se hallaba Pencarrow con el blanco cabello estirado como la melena de un león. Wade oyó el resonante paso de Kinsey detrás del suyo.
—¡Brandon! —exclamó sonoramente el ranchero—. ¿Eres tú... o es un negro?
—Sí, señor, soy yo —contestó Wade—. Estamos terriblemente sucios y derrengados. No hemos tenido agua, ni cama, ni cocina..., nada más que polvo y carne por espacio de cinco días. Tengo que informarle, señor...
—¡Bien se ve! Jamás vi a nadie tan destrozado. Brandon, lo veo, ciertamente; pero no puedo dar crédito a mis ojos.
—Tengo que darle noticias, señor —continuó Wade.
—Acabo de traer al rancho cuatro mil cabezas de ganado. Cuatro mil, aproximadamente.
Esas reses son en su mayoría de usted. Harrobin se las ha ido robando poco a poco. Las tenía ocultas en el desfiladero de Meadow. He perdido algunas, pocas, en el camino.
—¡Cuatro mil... cabezas! —exclamó Pencarrow en tono ahogado—. ¡Harrobin! ¿Ese ranchero de Mariposa?
—Harrobin podrá ser un ranchero en Mariposa. Pero aquí sólo es un cuatrero.
—¡Dios mío...! Y ¿qué reses son esas que hemos visto en el valle cuando subíamos?
—He registrado los desfiladeros y las espesuras. He encontrado alrededor de treinta y cinco centenares de cabezas.
—¿Mi ganado?
—Sí, señor. Puede usted contar con ocho mil reses, aproximadamente.
—¡Ah! ¿Cómo ha podido usted hacerlo?
—Me he hecho amigo de este vaquero, Kinsey: Hogue Kinsey. El y sus cinco, caballistas se han unido a mí.
Kinsey se movió detrás de Wade y produjo un sonido de metálicas espuelas al hacerlo.
Se quitó el sombrero y descubrió un rostro manchado de polvo y unos ojos agudos y brillantes. Podría haber servido perfectamente de modelo para labrar la escultura del duro caballista del Oeste.
—Señor Pencarrow, creo que debo hacer mi confesión ahora mismo —declaró—. Su capataz, Brandon, me sacó de un aprieto bastante comprometido en Pine Mount. Disparó un tiro a Harrobin, pero tengo el disgusto de declarar que el disparo no ha tenido fatales consecuencias.
Yo y mis compañeros hemos decidido unirnos a Brandon. Somos el nuevo equipo de C. R. B. Vamos a hacer historia en este terreno ganadero. Brandon se encargará de escribirla..., seguramente con sangre... Nos ha hecho ver, a mí y a mis compañeros, el error de nuestras vidas... Me he apropiado de algunos de sus terneros en el pasado... Quiero que esto sea comprendido claramente.
—¿Apropiado...? ¿Qué quieres decir, vaquero? —preguntó Pencarrow, intrigado.
—Pues que... que he marcado reses de usted siempre que encontré algunas. Y que las vendí.
—Brandon, ¿qué sugiere este hombre?
—Kinsey no tenía necesidad de decírselo —contestó Wade—. Pero me alegro de que lo haya hecho... Usted conoce la ley de estas regiones de Texas, donde ha tenido origen la costumbre que tanto se ha extendido... Si usted y yo criamos ganados en los mismos terrenos, y si yo encuentro una res sin marcar, puedo ponerle mi marca a fuego. La confianza de Kinsey en esa costumbre es demasiado rebuscada y sutil, naturalmente, puesto que no posee ningún ganado en estos contornos. Pero parece ser que es una costumbre que se ha apoderado de Arizona. Lo único que me interesa de todo esto es que Kinsey se ha vuelto de espaldas a ese trabajo y que quiere serme útil como caballista.
—Lo que a mí me interesa más.., es que me lo haya dicho —replicó roncamente Pencarrow—. Brandon, más tarde me contaréis todos esos detalles... Confieso que... estoy cayéndome... Las piernas se me doblan.., y la cabeza... Tengo la cabeza mareada...
Rona Pencarrow llegó corriendo junto a su padre.
—¡Oh, papá! ¡Creo que es mara...villoso! —exclamó, mientras apretaba con fuerza el brazo de Wade.
En aquel momento Kinsey se volvió y vio a Rona por primera vez a corta distancia. Sus miradas se cruzaron. Wade tembló al observarlo. Rona y Kinsey se olvidaron de los demás, del tiempo y del lugar. Wade comprendió la despiadada y misteriosa juventud y la vida que les había obligado a quedar ciegos y mudos.
Jacqueline debió de advertirlo también, puesto que, al aproximarse, su mirada siguió la misma dirección que la de Rona.
—Rona, vamos con papá —dijo con voz vibrante y temblorosa—. Mamá está un poco enferma... Brandon, tenga la bondad de esperar.
Rona se alejó con su hermana y su padre en dirección a la sala de la casa. Wade se volvió hacia el absorto vaquero; y si en alguna ocasión experimentó una sensación de triste alegría y de compasión, fue en aquella.
—Hogue, sal de tu abstracción —le ordenó —y vete a dejarte caer en la artesa del agua.
Kinsey se estiró sin decir una sola palabra, y, volviéndose hacia su caballo, lo agarró de la brida y se dirigió al arroyo cansadamente. Wade se vio forzado a sentarse en los escalones del pórtico, como si las piernas se negasen a sostenerle. ¿Qué había hecho? Y entonces Hal Pencarrow se acercó a él y le libró del peligro de hundirse en el caos de sus pensamientos.
—¿Qué te parece, Tex? He guiado el nuevo tronco y el carro que papá compró durante todo el camino desde Holbrook —anunció el joven con orgullo.
—¡Hola, Hal! ¿De verdad? ¡Por todos los diablos! Me gustará saber detalles del viaje.
—Ha sido infernal. Tardamos cuatro días... Te lo diré... y tú me dirás, a cambio, lo referente a tu conducción de los ganados que has traído... cuando hayas descansado, Tex. Papá creyó que eras un negro. ¿No ha sido gracioso? Pero no es extraño... ¿Viste cómo tenía Jacque la cara cuando se puso de pie en el cochecillo?
—No la vi con claridad, Hal. Creo que no podría ver muy bien entonces... ¿Por qué...?
—Porque Jacque te reconoció en seguida; no lo olvides, Tex. Jamás vi a Jacque tan arrebatada... Todos somos unos tejanos torpes... Papá sobre todo. Pero Jacque... ¡no! Tiene sangre española. Y si haces algo que le agrade..., algo difícil de hacer..., ¡oh...!, ya verás la recompensa que obtienes.
¿Os habéis... divertido mucho en la ciudad? —preguntó Wade, conteniendo la respiración.
No se encontraba en condiciones físicas de seguir el derrotero del diálogo a que quería conducirle Hal.
—¿Si nos divertimos...? ¡Dios mío! —exclamó el muchacho—. Oí que Jacque decía a papá que no debe tanto dinero como creía. Estaba tan contento, que parecía inundado de felicidad.
Rona le dijo que era como nuestro papá fue cuando nosotros éramos chiquillos. Y Rona y yo... ¡Nos volvimos locos! Llegamos a hartarnos de comer unas cosas y otras, pero eso no importa. Pude convencer a papá para que me comprase un equipo de vaquero. ¿Qué más? A ver si lo aciertas... ¡Un Winchester del 44 y un Colt del 45! Papá se entusiasmó cuando le dije que quiero trabajar contigo como caballista. Pero cuando mamá vio las armas le acometió un ataque nervioso. Y ¿sabes lo que hice? Me he soltado de las faldas de mamá. Jacque me ayudé. ¡Oh, qué bien se portó conmigo! Habríamos acabado de volvernos locos si no hubiera sido por ella. Estuvimos diez días en la ciudad y compramos todos las existencias de las tiendas e hicimos muchísimos amigos... ¡Diablos! ¡De qué modo se entusiasmaron esos hombres del Oeste con mi hermana...! Y al regresar depositarnos dos mil dólares sobrantes en el Banco, según le oí a Jacque decir a papá. Fue ella quien administró el dinero. Y que se me trague la tierra ahora mismo si no se entusiasmó más con las economías que hizo que con las ropas que se compró... Tex, este viaje y todo lo demás te lo debemos a ti... Si yo no puedo expresarte cuáles son nuestros sentimientos, ¡por Satanás!, Jacque puede hacerlo.
Unos pasos ligeros y rápidos que sonaron detrás de Wade, y la sensación de una presencia dinámica, hicieron que la sangre de Wade se enardeciese.
—Hal, lleva el cochecillo a la cochera —ordenó su hermana con firmeza—. Luego vuelve en seguida para descargar el nuevo carro. Rona y yo te ayudaremos. Después del largo recorrido que hemos hecho sentados necesitamos hacer ejercicio. El carro viejo puede esperar hasta ma— ñana.
—Volveré en seguida —dijo Hal, mientras se ponía en pie de un salto y corría en dirección al cochecillo.
—Señorita Pencarrow, permítame que les ayude —rogó Wade, al tiempo que se levantaba con la misma rapidez que si sus piernas no estuvieran ya débiles.
—En lo sucesivo, Brandon, no vuelva a llamarme señorita —contestó Jacqueline; y se le acercó y levantó hacia él la cabeza para mirarle con sus ojos alegres y dulces, a los que era imposible hacer frente con otra mirada, y para intentar sacudir el polvo del pañuelo de Wade, que estaba tieso a causa de los muchos mogollones de barro.
—No suponía que el trabajo de vaquero fuera tan duro. Pero, naturalmente, usted se esfuerza..., tiene usted la barba enmarañada. Debe de estar muerto de cansancio.
—Creo que sí, que lo... estaba —dijo Wade en tono desfallecido. La proximidad de Jacque le privaba de todo, excepto de su aspecto de máscara.
—Debe ir a su habitación para lavarse. Le enviaré allí la cena. Hemos traído una cocinera y una criada. ¡Qué cosa más agradable, Tex Brandon...! Una mujer mejicana, muy gruesa, y su hermana. ¡Oh, estamos en camino de volver a ser los altivos Pencarrow que fuimos! Y eso me preocupa.
—Está muy bien, señorita Pen...
—Jacqueline —le interrumpió ella.
—¡Oh, sí...! Jac...que...li...ne. No es muy fácil decirlo... No, tenga la bondad de no enviarme cena. Estoy demasiado cansado para comer.
—Un poco de sopa caliente. Necesita usted alimento. Papá querrá que beba usted unos julepes de menta con él. Pero yo preferiría que no lo hiciera.
—He dejado de beber hace mucho tiempo.
—Eso hace que mi alegría sea mayor. Pero le estoy robando el tiempo egoístamente.
Váyase. Yo misma le llevare la sopa caliente... Tendrá usted tiempo suficiente para quitarse todo el polvo y la suciedad... ¿Recuerda usted a aquella mujer de las Escrituras que utilizaba su cabello para este fin? Me gustaría poder hacer lo mismo por usted.
—¡No... hable tan... alocadamente! —replicó Wade.
—Concede usted demasiada importancia a mi... mi servicio. Eso constituye mi obligación, mi trabajo. Los occidentales somos así. ¿Qué he hecho?
—¿Qué ha hecho usted? —respondió ella; y agarrando las polvorientas solapas de su chaqueta, le dio un empujón que fue al mismo tiempo casi como un golpe, mientras se erguía para mirarle. Wade pudo apreciar que la muchacha respiraba anhelantemente. No fue aquél un momento de debilidad ni de ofuscación para Wade, puesto que nada podría haberle hecho olvidarse de sí mismo. Sin embargo, fue terrible porque le obligó a estremecerse y a agitarse como hoja al viento, porque no tenía ninguna defensa contra la gratitud de la muchacha, ni ningún poder que le permitiera ocultar la atracción que ejercía sobre él con su hermosura.
—Sí, ¿qué ha hecho usted? —continuó, después de una larga pausa, durante la cual le otorgó el regio beneficio de sus miradas, miradas que podrían haber causado terribles estragos en él, si así no hubiera sucedido anteriormente. Los ojos de ella estaban muy cerca de los de él, al aire libre, rendidos con toda la verdad y la sencillez de un corazón de mujer, gloriosamente oscuros, como espejos de un alma apasionada, dulce y fuerte—. Papá está ahí, dentro, llorando como un chiquillo..., desfallecido de un modo más intenso que en sus momentos de mayor infortunio.
«Ocho mil cabezas de ganado», repite una y otra vez, y «el ganado se vende hoy a treinta dólares por cabeza, y tiene tendencia a que su precio aumente hasta los cuarenta. Y creí que estaba arruinado...» Mamá está llorando con él..., feliz al ver su felicidad y la nuestra, la de sus hijos. Los hijos nos hemos divertido tanto en la ciudad, que estuve a punto de llorar por ello. Usted ha visto cómo miraba Rona a ese vaquero. Oh! ¿Qué ha hecho usted? Rona le ha adornado de todas las virtudes y de todos los atractivos propios de este día... Usted vio a Hal.
Ese sensitivo muchacho, ese joven melancólico, cargado por el peso de sus preocupaciones, se ha transformado, en el espacio de muy pocos días, en un joven alegre, impávido, dispuesto a luchar por nosotros... Y en cuanto a mí, sobre quien la esplendidez de la hazaña de usted recae con más fuerza, porque veo que usted ha salvado a las personas a quienes amo... ¡Oh Tex Brandon! ¿Y aún me pregunta qué ha hecho usted?


XIII
Wade cruzó la pradera en dirección a la choza bajo el resplandor que se extendió por el cielo después del crepúsculo, y se detuvo a la entrada preguntándose si aquella luz dorada no sería irreal, si la extraña animación que había disipado su fatiga no sería una nueva ilusión.
Pero estaba plenamente despierto; el ganado mugía en los lejanos prados; la brisa susurraba entre las copas de los pinos; y el cielo, oscuro y transparente, que se divisaba en el Este, le demostraba que se encontraba en Arizona.
Jacqueline Pencarrow, aun más que su padre, era impulsiva y generosa. Era todavía una chiquilla, y, después de un aislamiento muy largo, la visita a la ciudad, con su encanto para los menores, la había conmovido profundamente. Después, el regreso al hogar, el hallar de nuevo en el rancho miles de las reses de Pencarrow, el ver el desfallecimiento de su padre..., todas esas cosas eran suficientes para hacer que cualquier mujer se olvidara de sí misma.
Estaba predestinada a brillar y resplandecer mucho más de lo que se había propuesto. Una sonrisa, una palabra llena de sentimiento, una mirada de sus ojos devastadores..., todo ello creía Wade que no debía ser interpretado como una ofrenda hecha directamente a él, como algo expresado exclusivamente para él, como una consecuencia de que él hubiera hecho feliz a Jacqueline. Después intentó desechar las extáticas sensaciones que en él había despertado la muchacha.
En cuanto a lo demás, era mucho más feliz que en cualquier otro momento de su vida. Se sorprendió de poder permanecer en aquel lugar, observando cómo se desvanecía la dorada luz y experimentando un calor profundo, maravilloso, que le llegaba hasta el corazón. Era Dios, era una bendición; y bendijo la prueba que de ello tenía y el pasado rudo e implacable que había hecho posible que se produjera aquel momento tan gozoso para su alma.
Un paso de mujer interrumpió sus pensamientos.
—Agua caliente, señor —expresó una voz, con suave acento; y una criada mejicana colocó un cubo sobre una de las escaleras. Wade entró en la casa para tomar un baño caliente, un lujo que no había podido permitirse desde hacía mucho tiempo. Su imaginación pareció perder gradualmente el remolino de su actividad y comenzar a conducirle al olvido. Y se durmió casi antes de haber terminado de cubrirse con la manta.
Cuando Wade despertó, el sol de la tarde entraba a través del hueco de la puerta, que se había olvidado de cerrar. Sobre la mesa había una bandeja con varios platos, lo que le intrigó hasta que recordó que Jacqueline le dijo que le traería algo para que comiese. Y lo dijo. Había entrado en la estancia para colocar la bandeja donde se encontraba, y lo había encontrado sumido en un sueño profundo. Esta deducción produjo un efecto inesperado a Wade. En un solo instante la extática y torturadora preocupación nació nuevamente en él.
Patrón, ¿vas a despertarte? —preguntó Kinsey, en voz baja—. Has estado durmiendo diecisiete horas ¡Demonios...! Entra, Hogue; he estado, no dormido, sino muerto para el mundo.
El vaquero entró; tenía el rostro joven y delicado, afeitado y resplandeciente.
—Todos hemos dormido hasta muy tarde. Era natural —explicó—. El ganado estaba también muy cansado. Todavía se halla echado sobre la hierba. Pencarrow ha salido y ha intentado contar las reses.
—Hogue, dame esa bandeja —dijo Wade, en tanto que se sentaba—. Voy a tomar la cena de anoche... ¿Qué demonios te preocupa, muchacho?
—No quiero ser un tránsfuga —replicó Hogue, dificultosamente—. Pero vengo a pedirte que me permitas irme.
—¡No, diablos, Hogue! ¡Ni pensarlo! Eres mi mano derecha, el mejor hombre del equipo más duro que he conocido... Pero ¿qué te sucede?
—Me da vergüenza confesártelo —contestó Kinsey.
—No te avergüences jamás de decirme nada. Todo lo comprenderé. Y podré ayudarte, —¿Quién es esa muchacha pelirroja y de ojos grandes?
—¿Te refieres a la chiquilla de anoche...? Hogue, es Rona Pencarrow.
—¿Viste cómo me miraba...? ¿Oíste lo que dijo a su padre?
—Sí. Es solamente una chiquilla, a pesar de su estatura. Hogue, estaba agradecida, fuera de sí. Dijo que creía que eras un muchacho maravilloso. Bueno, yo también lo digo. Ha sido una gran cosa lo que has hecho en favor de Pencarrow. Me alegro mucho. No hay nubes ni sombras ante ti.
—¿Me dejarás irme?
—¡No...! ¡Por amor de Dios, Hogue! ¿Qué te sucede? ¡Abandonar un trabajo como éste!
Estás loco.
—¡Claro que estoy loco! Y por eso te pido... Pero, patrón, no... no creas que no tengo sentimientos. ¡Cuánto me gustaría, Dios mío, quedarme aquí... y cabalgar y luchar por ellos y para ellos! Pero no debo hacerlo.
—¡Hogue...! Te comprendo. ¿No habías visto a Rona cuando hiciste la confesión a Pencarrow, cuando reconociste que habías sido un ladrón...? ¿No te sucederá que después de ver a esa hermosa criatura, de oír como te defendía y apoyaba, te encuentras avergonzado de ti mismo?
—Creo que así es, patrón —contestó el vaquero—. Había vuelto la espalda a las mujeres... y ésa de anoche... me ha conmocionado.
—No es extraño. Pero no podrías haber hecho nada mejor de lo que hiciste. Ahora puedes erguirte y mirar cara a cara a cualquier hombre, o a cualquier mujer..., aun a una mujer tan hermosa como Rona Pencarrow. Puesto que obrando de este modo, recobras todo lo que habías perdido.
—Brandon, me haces ver las cosas con perfecta claridad —replicó el vaquero, meditabundo—. Y permaneceré a tu lado. Quiero hacerme digno de la opinión que de mí has formado, o morir instantáneamente... Pero no olvides que te he pedido permiso para marcharme.
—No lo olvidaré —contestó Wade con vehemencia—. Vete al granero y reúne a los muchachos. Yo iré muy pronto.
—Patrón, se me olvidaba decirte que Lightfoot ha estado inspeccionando la manada que hemos traído. ¿Qué papel pinta ese hombre en todo esto?
—Es un buen compañero y un fiel amigo nuestro. Confía en él, Hogue.
Después de estas palabras, el vaquero salió con su paso resonante, y Wade se sentó y miró a través de la puerta.
—¡Maldición! —monologó—. Ese vaquero es en verdad un buen muchacho... Ha sucedido exactamente lo que anoche temí. Rona es una de esas mujeres que se ven en las portadas de las revistas, y Hogue es un pedernal siempre dispuesto a despedir chispas. ¿Qué resultará de todo esto? Jacqueline dijo: ¿Qué no ha hecho usted...? No lo sé. Lo único que sé es que tengo grandes preocupaciones. Preocupaciones de las que no querría deshacerme por todo el oro del mundo.»
Más tarde, Elwood Lightfoot se reunió con Wade, y le dijo bruscamente:
—¡Buena labor! El infierno se desatará en estas latitudes. Esos ladrones lo han obtenido con tanta facilidad y son tan ricos, que pueden permitirse el lujo de tener en su poder el ganado durante una temporada para que engorde. No he oído hablar de nada parecido en todos mis días de ranchero... Brandon, procede ahora con rapidez. Separa todos los novillos de esa vacada, en la que habrá más de dos mil, llévatelos lejos y véndelos en Holbrook. Treinta dólares por cabeza valen más que una manada volando.
—¡Oiga! Es una buena idea —convino Wade—. Los novillos no son los que hacen más rica una vacada. Son únicamente presa fácil para los ladrones. Muchas gracias, viejo, por esta segunda indicación. Haré esta misma semana lo que me aconseja.
—Pencarrow vuelve a ser de nuevo el mismo que antes era. ¡Y los gemelos...! ¡Dios mío, parecen haber florecido de ayer a hoy...! Brandon, debes estar orgulloso.
—Lo estoy. Y, además, creo que estoy completamente loco. Estoy empeñado en realizar lo que me he propuesto.
—Es una misión muy dura, hijo. Pero la has iniciado maravillosamente. Pareces haber prendido fuego en esos muchachos. ¿No te dije que Hogue Kinsey era un hombre entero? Ese vaquero será una gran cosa. Su equipo obligará a los malvados a alejarse de estos terrenos.
Pero tú serás un blanco para los caballistas cobardes y traicioneros de Drake y Harrobin. No lo olvides. No salgas nunca del terreno abierto. Los bosques y los desfiladeros encierran la muerte para ti. Si no pueden matarte pronto, esos miserables te mandarán un pistolero que lo haga alevosamente.
—¿Tienen algún hombre de esa clase en sus equipos?
—Tienen caballistas duros y buenos, no hay duda. Pero Band Drake es íntimo amigo del único verdadero pistolero que existe en el occidente de Arizona. Se llama Kent y es un hombre en realidad malo. Suele andar casi siempre por Holbrook. Brandon, es preciso que seas como un águila y un lobo encerrados en un solo cuerpo. Es decir, que debes ver y oler el peligro. Tus hazañas se han divulgado ya por toda esta región, pero nadie sabe quién ni qué eres. No disponemos del tiempo necesario para permitir que los acontecimientos te creen una reputación. Tenemos que atribuirte una que sea sin duda alguna terrible y hacer que las lenguas se desaten hablando de ti. Yo me encargaré de realizarlo. Iré en busca de todos los equipos de vaqueros y trabajadores y hablaré con ellos. Y diré que te conocí antiguamente, en Kansas, en los tiempos en que el viajar por este terreno constituía un placer. Todo esto lo haré para que el temor a la muerte arraigue en el corazón de los cuatreros.
—Conforme. Vaya hasta donde le parezca conveniente. No olvide que estuve en Tombstone, que me abrí paso a tiros para poder salir. Pero el andar a tiros sería una cosa demasiado buena para hombres de la calidad de —Harrobin. Es un ladrón, un verdadero ladrón aquí y que finge en Mariposa, y sin duda en todas partes, ser un honrado ganadero...
Lightfoot, voy a ahorcar a Harrobin.
—¡Eso está bien! ¡Por todos los diablos! Es una gran idea. Es la antigua ley que se aplica en Wyoming y en Nebraska a los cuatreros y ladrones de ganado. Estoy seguro de que hará más efecto a los malvados que asolan estas ganaderías que todas las descargas que tu equipo de vaqueros pueda causar.
—Kinsey ya ha escogido el árbol —dijo Wade significativamente.
—¿Aquel gran algodonero que hay a la entrada de Pine Mound? —preguntó el colono.
—Sí. Es un árbol muy bonito. ¡Qué lástima tener que deshonrarlo colgando de él a Harrobin!
—¡Precisamente en su fortaleza...! Bien, eso será tanto mejor para ti, Tex Brandon. Ahora voy a irme a casa. Volveré a verte pronto, probablemente mañana mismo. Quiero ofrecerte una buena información acerca de los habitantes de estas tierras. Kinsey asegura que cuando estás entre los bosques te encuentras en tu verdadera casa.
—¿Qué le parece a usted la idea de comprar más ganado, esa nueva vacada que servirá para aumentar la nuestra...? Bueno, lo dejaremos por ahora. Piénselo. Hasta la vista, Elwood.
Wade se alejó para ocuparse en el gran trabajo a que estaba dedicado. Tenía que realizar muchas tareas, además de la más importante de todas: proteger la ganadería. Pencarrow ordenó a los vaqueros que se dirigiesen a la cocina a comer. Luego invitó a Wade a que comiese con la familia, y le dijo que lo hacía por sugerencia de Jacqueline.
—Muchas gracias. Pero prefiero comer con mi equipo —contestó Wade sobriamente.
Desde muy temprano hasta muy tarde, Wade dirigía a los vaqueros; y cuanto más duro era el trabajo que les encargaba, y cuanto más penoso era su deber, tanto más les agradaba. La trágica situación de aquella zona se había apoderado de sus imaginaciones ansiosas de ventu— ras. Presentían acontecimientos excitantes y lo suficiente atrayentes aun para los caballistas más bravíos, acontecimientos que podrían servirles para adquirir una reputación de héroes.
Todos ellos aceptaron con entusiasmo el proyecto de Wade de constituir un notable equipo.
Llegó la mañana en que debían conducir la gran manada de reses a Holbrook. Wade designó a Jerry y Rain Carter para que se quedaran en el rancho y obligaran al ganado a salir de la espesura. Hal Pencarrow había sido designado por Wade para que realizase su primer trabajo: conducir el carro. Con un revólver al cinto y un rifle en el asiento del vehículo, el muchacho estaba embelesado; pero fingió una estudiada actitud de sangre fría.
Wade había visto a las muchachas todos los días, aun cuando raramente habló con ellas.
Aquella mañana, antes de montar su caballo, se acercó a Jacqueline, la mirada de cuyos ojos le había obligado a sentirse inquietamente conocedor de la presencia de ella. Jacqueline se hallaba a la puerta del saloncito acompañada de Rona, quien había suplicado que le permitiesen ir con Hal y estaba muy abatida al ver que su padre se reía de su petición.
—Algún día te llevaré conmigo, Rona —dijo Wade—. Espera hasta que termine de conocer la situación... Entre tanto, prométeme que no te alejarás de la casa, a pie ni a caballo, cuando estemos ausentes de ella.
—Sí, lo prometo. Pero ¿por qué?
—Porque de ahora en adelante habrá peligro.
—¿De qué?
—De que algunos bandidos ronden continuamente el rancho.
Rona no pareció impresionarse. Su soñadora mirada estaba fija en los ágiles jinetes que descendían por la vereda. No pensó que podría correr algún riesgo procedente de tales hombres; pero tal pensamiento se albergaba en la imaginación de Wade. Se volvió hacia Jacqueline y, como siempre le sucedía cuando la miraba directamente, se sintió traspasado por el magnético encanto que ella ejercía sobre él.
—Jacqueline, no saldrá usted a caballo mientras yo esté ausente... ni se alejará de la casa —dijo.
—¿Es una orden o una súplica? —preguntó ella levantando altivamente la barbilla.
—Me limito... a decírselo —replicó Wade, afectado por la fría respuesta de la muchacha.
Comprendía que con lo único que podía haberla ofendido había sido negándose a aceptar la invitación que se le hizo para que comiera en unión de la familia.
—¿Es usted mi amo? —preguntó ella poniendo sobre él la mirada de sus sombríos e insondables ojos, una mirada de mujer a cuya maravilla y a cuyo peligro jamás se había visto expuesto Wade antes de aquel momento.
—Jacqueline, no sería prudente porque no estamos seguros —contestó apresuradamente.
—¿Por qué no? Me molesta estar encerrada. Me gusta pasear y cabalgar.
—Porque he enfurecido a esos malvados que viven cometiendo fechorías en estos contornos. Lightfoot me ha dicho que probablemente andarán escondidos en los bosques.
Podrían apoderarse de usted o de Rona. ¡Piense usted en lo horroroso que sería! Se lo he dicho a su padre, pero me respondió que me encargara yo de esa cuestión.
—¡Oh! ¡Qué amable es papá...! Y ¿qué piensa usted hacer a ese respecto? —dijo ella en tono desafiante.
—Lo único que puedo hacer es un llamamiento a su inteligencia, su buen sentido y su lealtad. Pencarrow tiene nuevamente hipotecada la vida. Una tragedia como ésa..., una desgracia... Pues esos malvados son gente capaz de todas las cobardías y podrían apoderarse de usted... Ciertamente que eso constituiría la mayor de las calamidades para Pencarrow y frustraría todos los proyectos que he forjado en su beneficio.
—¡Oh, comprendo! Usted se interesa mucho por papá, ¿no es cierto?
—Sí. Y por todos ustedes.
—Brandon, haría todo lo que usted me pidiera —contestó ella sin altanería.
—¡Oh...! ¡Muchas gracias...! Eso me quita un peso de encima —replicó Wade, tranquilo y asombrado al mismo tiempo—. ¡Adiós! —Y se volvió hacia Pencarrow, que salía de la casa con un paquete de cartas.
—¿Cuánto tiempo estará usted ausente? —añadió Jacqueline.
—No lo sé. Volveremos lo más más pronto que sea posible. Tenga confianza en mí.
—Si encontrase usted a John McComb déle recuerdos de mi parte. Se ha portado muy bien y ha sido muy amable con Rona y conmigo.
—No lo olvidaré —contestó Wade con una vaga inquietud. En aquel momento Pencarrow reclamó su atención.
—Cartas para el correo —dijo el ranchero—. He aquí tres listas.: la mía, la de mi esposa y la de las muchachas. No me agradaría estar en el pellejo de usted... Venda al mejor precio que pueda conseguir. Compre equipos completos para usted y sus caballistas, sin olvidar los Winchesters y las balas de que me habló. Aquí está mi libro de cuentas del Banco. Deposite el dinero en él... Y procure volver pronto, Brandon.
—Sí, señor. Quiero comprar unos buenos gemelos de campaña y encargar un telescopio.
Esta llanura es muy extensa. Necesitamos ver lo que sucede en ella.
—Compre todo lo que necesite. Después dará cuenta de los gastos a Jacqueline... ¡Cuídese de Hal!
Wade recorrió la distancia que los separaba de Holbrook en cinco días; el viaje estuvo desprovisto de acontecimientos y no se extravió ningún novillo ni las reses perdieron peso apreciable.
Muy pronto descubrió que su fama había corrido más que él. Y despertó nuevas charlas, hablillas y conjeturas al entrar en las tabernas y salas de juego silenciosamente, pero con aspecto de estar buscando a un hombre determinado. Aquella noche, en el despacho del pequeño hotel, dijo algunas cosas acerca de Band Drake y Harrobin. Estos distinguidos caballeros de industria tenían, manifiestamente, otros amigos, además de Kent, en la comunidad. Wade sembró la amarga semilla y la dejó que germinase.
La venta del ganado produjo nueve mil seiscientos dólares. Wade conservó seiscientos dólares y depositó el resto en el banco.
—Muchachos —dijo a un anhelante cuarteto de caballistas de rostro bronceado—, he aquí un dinero duramente ganado: vuestros primeros sueldos. Pero, como veis, representa una recompensa muy pequeña para vuestros esfuerzos. Recordad que el equipo de Tex Brandon está en un período de prueba. Preparaos para iniciar nuestro trabajo mañana a primera hora, ayudándome a comprar rifles, balas, sillas, bridas, espuelas, botas, sombreros, ropas, lechos plegables y todo cuanto podamos necesitar.
—¿Equipos nuevos...? ¡Hurra! —gritaron los vaqueros, y cogidos del brazo, con las espuelas repiqueteantes y golpeando el pavimento ruidosamente con los altos tacones, desfilaron alegres por la calle.
Wade mantuvo a Hal a su lado, con gran orgullo por parte del chiquillo. Antes de que hubiera terminado el segundo día, Wade se reunió con John McComb, un joven comerciante de la ciudad, hombre occidental, amable, moreno y de agradable aspecto. Wade no encontró nada más difícil en todo su cometido que el hecho de comunicar a aquel arizoniano el mensaje que para él había recibido.
—La señorita Jacqueline me ha dado recuerdos para usted —acertó a decir.
—¡Oh...! ¡Qué amable es! —exclamó McComb; y se ruborizó como una muchacha.
Wade comprendió en seguida de dónde soplaba el viento, y ello le produjo una angustiosa sensación. No era sorprendente que encontrase una nueva víctima de los encantos de la señorita Pencarrow. Ésta debía de ser la causa de que ella se hubiese acordado de aquel guapo joven. Wade conservó en la imaginación algo por lo que se proponía luchar y con lo que proyectaba enfrentarse en algún momento más apacible de su vida.
Aquella misma tarde, cerca de la hora del crepúsculo, Wade y sus caballistas iniciaron el viaje de regreso. Wade permitió a Hal que montase su caballo, y él guió el carro. Componían una alegre reunión. Acamparon junto a un manantial, cerca de la carretera, y lo celebraron con un pato silvestre asado, que Kinsey había matado desde la silla.
Al día siguiente, con el carro cargado, la cabalgata no pudo recorrer más que alrededor de veinte millas. A la mañana siguiente se pusieron en marcha muy temprano, con el propósito de llegar al rancho aquella misma noche. Bien pronto se encontraron metidos en la espesa vegetación, que sólo les permitía ver en algunos momentos la extensión purpúrea, los centinelas de los riscos y las rojas rocas de las montañas.
Con los caballistas delante del carro y Kinsey a retaguardia, bajo órdenes severas de vigilar atentamente, Wade cabalgó por espacio de diez horas a través de una extensión del terreno, y luego, en el lugar en que un rocoso arroyo cruzaba la carretera, todos se detuvieron para comer y descansar. Se pusieron en camino una hora más tarde y salieron del bosque para entrar en los grupos de pinos y de robles que moteaban la gris tonalidad del terreno. El rancho aparecía ya a la vista, y el grupo estaba atravesando un terreno cubierto de maleza cuando dos disparos de rifle, que sonaron como el restallar de un látigo, se produjeron uno tras otro. Wade vio las nubecitas de humo blanco. El caballo de Hal recibió uno de los proyectiles, y Wade fue derribado del asiento por el otro.
Quedó tendido sobre la mercancía, no inconsciente, aunque aturdido. Sin embargo, oyó los gritos de los vaqueros y una descarga de revólveres; después, el chocar de unos cascos calzados de hierro sobre las rocas. El pálido rostro de Hal apareció ante él.
—¡Oh, Tex...! ¿Estás vivo...? Creí... Me han herido el caballo. Caí con fuerza al suelo.
¿Estás herido de importancia...? Que hayamos podido ver, había dos hombres. Estaban escondidos entre los matojos... Dispararon desde los caballos. Kinsey y Marshall los han perseguido disparando sin cesar... ¡Oh, qué pálido estás!
Bilt Wood se unió a Hal y se subió a una rueda para mirar desde allí a Wade.
—Jefe, ¿dónde te han herido? —preguntó Wood ansiosamente y con unos ojos donde se reflejaba el temor.
—En la cabeza..., me quema la herida..., estoy mareado...; decid a Hogue que venga —contestó Wade, cuya vista comenzaba a nublarse. Y se desvaneció.
Cuando Wade recobró el conocimiento era de noche y le estaban sacando del carro. Unos bisbiseos llenos de excitación, el grito ahogado de una mujer y la profunda voz de Pencarrow le indicaron adónde había sido conducido. Los vaqueros le depositaron sobre un sofá; alguien encendió una lámpara. La sangre que le brotaba de la frente le impedía abrir los ojos, y un impulso, del cual se dio perfectamente cuenta y que, sin embargo, no comprendió, le obligó a abstenerse de hablar.
Pencarrow puso una de sus manos sobre el pecho de Wade.
—Está vivo. El corazón funciona perfectamente —dijo con hosco consuelo—. ¡Cuánta sangre! Id alguno de vosotros en busca de agua y una toalla.
—Papá, han matado mi caballo —dijo Hal dándose importancia—. Estaba todavía en el aire cuando oí el segundo disparo, el que hirió a Tex. El estampido me aturdió, pero me subí inmediatamente a la rueda del carro. Bilt lo hizo también. Tex estaba caído de espaldas sobre la lona. Tenía los ojos completamente abiertos. Habló... ¡Oh, papá! ¿No podría... haber sido...?
—Es cierto lo que dice Hal, señor Pencarrow —dijo Wood viendo que el muchacho tartamudeaba—. Aquel hombre lanzó el plomo contra la cabeza de Tex, con toda seguridad, pero no ha conseguido perforarle los sesos.
—¡Hal! —preguntó Jacqueline desde lo alto de la escalera—: ¿Han regresado los vaqueros de la ciudad? —luego, viendo que el muchacho no la contestaba, sus rápidos pasos sonaron a lo largo de la escalera mientras ella descendía en dirección al saloncito—. ¡Papá...! ¿Qué ha sucedido...? ¿Quién...?
—Es Tex. Está herido. Pero no sabemos la importancia de la herida.
Jacqueline se aproximó al sofá. Wade sintió su presencia antes de que ella le tocase.
—¡Oh Dios mío! —murmuró en voz baja. Sus manos se apoyaron en la cabeza del vaquero—. ¿Dónde...? Decidme dónde... —y separó el húmedo cabello del muchacho. Tocó con un dedo la herida y le pareció que ésta quemaba como si fuese hierro candente—. ¡Aquí está! —continuó agitadamente—. ¡No hay orificio, papá...! Es un surco muy largo..., puedo tocar el hueso...
—Bien, entonces... estoy satisfecho —estalló Pencarrow con ronca voz.
—¡Ay! —suspiró Hal, como si se viera libre de una insoportable opresión—; y añadió con excitación—: Ven, Rona; te diré todo lo que ha sucedido. Me han matado el caballo. Y Tex está herido.
Wade decidió que había llegado el momento de calmar un poco más a aquellas buenas personas.
—Jacqueline, ¿quiere usted hacerme el favor de comprobar si tengo intactos los sesos? —preguntó con serenidad—. No puedo permitirme el lujo de perderlos si quiero terminar de realizar la misión que he emprendido.
—¡Oh! —exclamó Jacqueline, sobresaltada.
—Creíamos que estaba usted inconsciente... Brandon, se ha librado usted de... Sólo tiene una herida superficial en el cráneo.
—Estoy bastante acostumbrado a los disparos —replicó osadamente Wade—. ¿Quieren ustedes tener la bondad de quitarme la sangre de los ojos?
Al cabo de un momento Wade pudo ver; y sucedió que el primer rostro que vio fue el de Rona, que estaba pálido y afligido. La muchacha sonrió alegremente.
—Tex, no ha tenido usted tanto cuidado como me prometió que tendría —dijo.
—Es cierto, Rona.
Jacqueline rogó a Wade que levantase la cabeza.
—Es yodo. Le dolerá.
—No creo que ni siquiera unas capas de fuego pudieran dolerme en este instante —contestó Wade con acento de indiferencia. Pero ello era solamente una especie de cortina de humo destinada a ocultar la excitación que le causaban las dulces manos de Jacqueline al tocarle la cabeza y el rostro, su fragante proximidad, sus ojos que todavía mostraban huellas de la primera y dolorosa impresión.
—Ciertamente, la herida no es importante —asintió.
—Patrón, ha escapado usted por un pelo —comentó Bilt Wood—. Me marcho para encerrar los caballos.
—¿Dónde está Kinsey? —preguntó Wade recordando de repente.
—La última vez que le vi estaba en unión de Kid Marshall; iban corriendo detrás de los dos bandidos.
—¿Los habías visto alguna vez antes de ahora? —preguntó Wade.
—Tengo idea de haber visto uno de los caballos. Pero, patrón, pronto lo sabremos con seguridad. No hay nadie en estos alrededores que pueda competir con Hogue y Kid cuando se trata de correr a caballo.
El vaquero salió presurosamente. Jacqueline terminó de vendar la cabeza a Wade.
—Muchas gracias. Ahora iré a mi habitación. Hal, ¿quieres hacerme el favor de ayudarme?
—No, quédese aquí, donde pueda atenderle —dijo Jacqueline—. Hal, quítale las botas. Rona, vete en busca de una manta y de una almohada.
Wade accedió agradecido a lo que se le pedía. Era verdad que no se encontraba muy bien. Sentía dolor y un latido angustioso en la cabeza.
—Aquí tiene usted el libro de cuentas y el recibo de los gastos —dijo a Pencarrow al mismo tiempo que le entregaba un paquete—. He vendido las reses a treinta dólares por cabeza.
—¡Espléndido! ¡Todo como llovido del cielo! —exclamó alegremente sorprendido el ranchero—. Brandon, me parece demasiado bueno para que sea cierto.
—Pues es cierto, tan cierto como esta marca de un cuatrero que tengo en la cabeza...
Pencarrow, la ocasión se hace a cada momento más favorable para usted. El ganado, la carne, las pieles, continuarán aumentando constantemente de precio. El mercado se ensancha. La guerra campesina de Lincoln ha privado a los mercados de Kansas y de Chicago de cerca de medio millón de cabezas durante este año.
—Debería haber dicho que la ocasión se hace a cada momento más favorable para nosotros, Brandon —le corrigió el ranchero intencionadamente.
—¡Nuestra...! ¡Oh, comprendo! Es cierto. Ha llegado mi ocasión también. Creo que he conseguido reunir un buen equipo de vaqueros. Hogue Kinsey es un compañero maravilloso.
Me pregunto si ese Carter...
—Deje usted de hablar le interrumpió Jacqueline mientras ponía su fría mano sobre el caliente rostro de Wade—. Papá, convendría que tú y todos los demás salieseis de esta habitación.
Todos salieron precipitadamente. Jacqueline bajó la pantalla de la lámpara para evitar que la luz hiriese directamente los ojos de Wade. Luego aproximó una mecedora al sofá.
—Podrá usted ser el Tex Brandon a quien han disparado millares de tiros y que se ha reído de ellos; pero de todos modos tiene mucha fiebre —dijo Jacqueline con dulzura—. Debe intentar dormir.
—No podría hacerlo.
—¿Tiene muchos dolores?
—Sí, pero estoy acostumbrado a ellos. Únicamente podría dormir si usted se marchase.
—No, me quedaré aquí y estaré muy quieta.
—Jacqueline, no existe ningún hombre en el mundo que pudiera dormir si usted está sentada a su lado.
—¡Oh! Y ¿por qué?
—¿Necesita usted preguntarlo?
—¡Claro que sí! ¿Soy tan... perturbadora?
—¿Perturbadora? —respondió Wade, riendo un poco alocadamente—. Usted es tormenta, viento, fuego en la pradera, cadena de exhalaciones...
—¡Bien! Un cumplido, un cumplido bastante dudoso de Tex Brandon, ¡al fin! Muchas gracias, aun cuando haya sido preciso que sufra las consecuencias de un disparo para expresarlo.
—No sea sarcástica... ni humorística a mi costa —suplicó Wade al comprender que se hallaba como al borde de un precipicio—. No es propio de mi ni de mi situación el dedicar cumplidos y agasajos a la señorita Jacqueline Pencarrow.
—No comprendo por qué no, si son sinceros. Me agradaría oírlos.
¿Le... agradaría? —susurró Wade, intranquilo.
—Sí, pero no ahora: Está usted mareado. Y si en alguna ocasión me dedica cumplidos, quiero que sea cuando tenga la cabeza firme y clara... Ahora intente dormir... Me iré... Pero ¿cómo podré hacerlo si usted no me suelta la mano?
—Me parece... y temo... que no quiero... que se vaya usted —contestó Wade de modo irrazonable; y sus ojos se cerraban de una manera irresistible. Le parecía flotar en el aire. La última sensación que experimentó fue la de que ella cesaba de intentar retirar la mano.
Cuando Wade se despertó, la habitación se hallaba sumida en una profunda sombra y la lámpara proyectaba sólo una pequeña cantidad de luz opaca. Wade estaba solo. Los coyotes aullaban en la llanura. Unos pensamientos extraños y vagos cruzaron su imaginación, al mismo tiempo que le parecía desvanecerse una vez más. Volvió a despertarse a la hora del amanecer, al sentir vagamente la presencia de alguien, pero volvió a dormirse muy pronto. La primera vez que abrió de nuevo los ojos, los rayos del sol entraban brillantemente a través de la ventana. El dolor que experimentaba era menos agudo. La casa estaba llena de actividad.
Wade oyó la voz de la señora Pencarrow, que estaba regañando a Hal.
—Pero ¿por qué te pones esas cosas tan horribles para andar por casa? Me asustas.
—Mamá, es que... nunca se sabe cuándo se va uno a ver obligado a utilizar un revólver —replicó Hal vagamente. Luego el muchacho se presentó en el saloncito, con los ojos alegres y con sus vestidos nuevos—. ¡Buenos días, Texas, viejo amigo! —saludó, en tanto que avanzaba en la actitud de vaquero que había asumido—. Jacque dice que has dormido muy bien. Ha estado toda la noche a tu lado, Tex. ¡Es una gran cosa, vaquero, el tener a esa muchacha por enfermera!
—¡No...! ¿Dónde ha estado? —preguntó incrédula— mente Wade.
—Aquí mismo, en el sillón de papá. Acaba de acostarse ahora mismo para dormir un poco.
¿Sabes, Tex, que me parece que Jacque te quiere? He visto a muchísimos hombres que han venido aquí y que después se han marchado. Ella no quería verlos, ni siquiera a través de un telescopio. Rona estaba loca por ti también, pero las mujeres son muy pintorescas. Anoche mismo estaba más preocupada por Hogue Kinsey que por ti.
—Dame las botas —ordenó Wade con repentina energía—. Quiero irme a mi habitación antes de que esto se llene de gente... Perfectamente, Hal; si quieres ayudarme... lleva mi chaqueta y mi cinturón.
Wade recorrió con facilidad la distancia que le separaba de su dormitorio, pero exhaló un suspiro de desahogo cuando pudo dejarse caer sobre el lecho.
—He estado en la cuadra —estaba diciendo Hal—. Bilt se levantó temprano para buscar a Kinsey y Kid Marshall. Hicks dicen que se marchó a caballo al amanecer. Jerry está inquieto, atormentado..., tan negro como una nube de tormenta. Rain Carter se ha ido.
—¿Se ha ido? ¿Adónde?
—No lo saben. Y tienen mucha curiosidad por saberlo.
—¡Vete en seguida, Hal! Quiero saberlo tan pronto como regresen los muchachos.
—Avisaré a alguien para que te traiga el desayuno, patrón —contestó Hal; y salió a toda prisa.
Llegó el mediodía. Wade se encontraba incapaz de dormir más, inquieto y doliente, preocupado por los vaqueros desaparecidos. Jacqueline le hizo una visita muy breve para lavarle el acalorado rostro con agua fría, para mitigar sus dolores y para aplacar su inquietud.
Tenía muy poco que decir y rehuyó sus miradas. Cuando le dejó, presa de una perturbación espiritual muy grande y de un insoportable anhelo por tenerla junto a sí, el recuerdo de su contacto constituyó una tortura para él.
Después entraron a verle Pencarrow y Lightfoot.
—Se ha visto a lo lejos a Kinsey y Marshall —anunció el ranchero Supongo que estarán a punto de llegar... ¿Cómo te encuentras, Brandon?
El alto colono se inclinó sobre Wade y le miró con ojos contraídos y una severa sonrisa.
—¿De modo que has caído en la trampa incautamente —dijo—, después de mi advertencia de que procurases ver a esos hombres antes de que ellos te vieran?
—No esperaba ser sorprendido en nuestros propios terrenos y a la vista de la casa, Elwood —protestó Wade.
—Escucha, esto es Arizona. Otros hombres más osados serán capaces de acometerte a tiros a la misma puerta de la casa. Podrán hacerlo en cualquier lugar y en cualquier momento, excepto cuando los obligues a enfrentarte contigo cara a cara.
Jamás me dejaré sorprender de nuevo —prometió serenamente Wade.
—Algunos de ellos se esconderán a lo largo de los caminos, esperando y vigilando, mientras sus compañeros se alejan con algunas reses robadas.
—Pero no pueden robar reses después del anochecer. Lo he comprobado. No pueden hacerlo en esta región tan llena de desfiladeros, rocas y espesura. A la luz del día podremos verlo. Tenemos el ganado en terreno descubierto. Situaré a mis hombres por parejas. Nos pondremos en camino para establecer en las lindes de los pinares nuestros puestos de observación antes del amanecer. Elwood, esos ladrones se encontrarán en toda ocasión con el fuego de nuestros rifles.
—¡Así se habla! Tienes que emplear contra ellos su propio procedimiento.
—Ahí vienen los vaqueros —dijo Pencarrow desde la puerta—. Hal viene con ellos. Y las muchachas se acercan desde la casa corriendo.
Wade esperaba ver exactamente lo que vio cuando Hogue Kinsey entró en el dormitorio: un vaquero cansado, polvoriento, con rostro duro y sombrío en el cual brillaban dos ojos que parecían de fuego, los cuales se suavizaron a la vista de Wade. Kinsey se sentó junto al herido.
—Buenos días, patrón. Los muchachos acaban de decírmelo... No habría esperado verte vivo después de ver cómo aquel disparo te derribaba del asiento. Vi el disparo, y corrí detrás de tu agresor.
—También me alegro mucho de verte, Hogue.
Jacqueline entró acompañada de Jerry, cuyo rostro macilento ofrecía signos de lenificación. Evidentemente, Jacqueline había oído algo que la había puesto en el estado de tensión en que parecía encontrarse.
Kinsey se puso en pie, retiró de Wade la mirada y la dirigió a Pencarrow.
—Tengo que comunicarle una mala noticia. ¿Puedo hacerlo delante de la señorita Jacqueline?—¡No! —replicó Wade agudamente al mismo tiempo que se sentaba—. Y, volviéndose hacia Jacqueline, dijo —: Tenga la bondad de marcharse.
—He pedido a Kinsey que me dijera lo que ha sucedido, y se ha negado a hacerlo. Me considero como una parte de este equipo de Pencarrow e insisto en mi deseo de quedarme.
Recurro a su protección, Brandon.
—Lo hacía solamente en favor de usted —explicó Wade.
—Quédate, Jacque. Me agrada tu valor. Y ya es hora de que comiences a tomar parte activa en mis negocios —terció Pencarrow.
—Perfectamente —continuó Kinsay al mismo tiempo que carraspeaba— : Señorita Jacqueline, quería evitar a usted el disgusto de oír algunos detalles inquietantes... Jerry, habla tú primero.
—Lo haré con brevedad —replicó Jerry con acento fogoso—. Patrón, después que te marchaste a la ciudad, Carter nos abandonó. No volví a verle hasta el anochecer. Y entonces se comportó de una manera muy extraña. Al día siguiente se marchó solo. Esperé, hice un recorrido por estos contornos, encontré sus huellas... y le hallé en los bosques, reunido con varios caballistas. Estuvieron hablando durante mucho tiempo. Yo me marché antes de que terminasen. No me acerqué mucho a ellos, de modo que no pude reconocer a ninguno de los caballistas, ni los podría haber identificado aun cuando hubieran sido conocidos míos.
Aquella noche Carter habló de un modo más extraño que nunca, como si pretendiera sonsacarme. Sospeché que se proponía hacer algo no muy decente. Me pareció que esperaba que le dijera que estaba cansado de trabajar para ti y que me agradaría encontrar un descanso y otro trabajo que me gustase más. Si le hubiera dado ocasión, estoy seguro de que me habría hecho una proposición..., no sé cuál, claro es. Bien, al día siguiente se marchó y ya no ha vuelto por aquí.
Después de un angustioso silencio, Kinsey comenzó a hablar repentinamente.
—Patrón, fue Carter quien disparó contra ti. El otro hombre, Neale, uno de los caballistas de Harrobin, como hemos averiguado, disparó antes contra Hal. Los vi exactamente un segundo antes de que apretaran los gatillos. Puedes tener la seguridad de que sabían bien contra quién querían disparar... Eché a correr detrás de ellos, y Kid me siguió. Nuestros perseguidos nos llevaban una ventaja de cerca de quinientas yardas. Kid y yo teníamos los mejores caballos, como muy pronto pude comprobar. Corrimos unas quince millas a través de la llanura. Supuse que podríamos tenerlos al alcance de nuestros disparos antes de que termináramos de recorrerla; pero no fue así. Los dos hombres llegaron al camino de Pine Mount y continuaron por él. Las rocas se elevaban a ambos lados. Comenzamos a ganar terreno. Apenas había arbolado. Si los hombres se hubieran separado al llegar al desfiladero seco, y se hubiesen introducido en la espesura, los habríamos perdido. Pero parecían correr desesperadamente en dirección a algún lugar previsto. Los dos comenzaron a disparar contra nosotros sus rifles. Y Kid y yo continuamos disparando. Teníamos llenos de balas nuestros nuevos Winchester, y las cosas presentaban muy mal aspecto para Carter y su compañero.
Kinsey se secó el sudor que le corría por el rostro, tosió, hizo una profunda inspiración de aire y continuó su relato.
—Seguimos ganando terreno, y las balas de los dos hombres comenzaron a rebotar contra las rocas del suelo, al pie de nuestros caballos. Por esto dije a Kid, que es un gran tirador, que continuase el fuego. Kid hizo media docena de disparos que no dieron resultado. Y yo no pude resistir más. Mi segundo disparo alcanzó a Neale, y su caballo se salió del camino.
Continuamos corriendo. Carter gastó todas sus municiones, arrojó el rifle y sacó la pistola.
Entonces comprendimos que estaba perdido y le dejamos que disparase. Y entre tanto, nos acercábamos a Pine Mount. Intenté hacer que Kid no disparase, porque me proponía realizar una idea que había tenido. Pero, al fin, Kid rompió una pierna al caballo de Carter; la caída aturdió a Carter. Desmontamos, le quitamos la pistola y todo lo que tenía antes de que volviese en sí, volvimos a montar, y dije a Kid que preparase su lazo. Yo hice lo mismo con el mío. Al verlo, Carter comenzó a gritar como un loco, y se dirigió hacia los matorrales. Pude enlazarle con mi cuerda...
Al llegar a este punto, Kinsey se interrumpió, hizo una exhalación de aire y añadió roncamente al mismo tiempo que palidecía —Patrón, no me gusta... relatar el resto... delante de la señorita Jacqueline.
—Continúa, Kinsey —dijo la muchacha con serenidad.
—Quiero oír hasta la última palabra. Esos hombres intentaron matar a mi hermano y estuvieron a punto de matar a Brandon.
El vaquero, evidentemente recobrado de una dolorosa angustia, continuó hablando con breves e intermitentes exclamaciones.
—Lo enlacé..., lo arrastré hasta el camino... No miré atrás..., llegué hasta... el gran algodonero de las cercanías de Pine Mount..., salté del caballo... Kid se hallaba detrás de mí..., se apeó... Carter estaba agitándose... como una gallina con la cabeza cortada... Le colgamos..., atamos la cuerda... Carter perneó en el aire de un modo horrible... Cuando nos marchamos...
escribí unas palabras en un trozo de papel... y se lo sujeté a un botón del chaleco.
Jacqueline se volvió en dirección a la ventana. Pencarrow expelió el aliento ruidosamente.
—Kinsey —dijo roncamente—, ha sido un acto extremo..., pero debo apoyarte... ¡Brutal...
pero justo!
—¡A mí me parece muy bien! —exclamó Lightfoot con severidad.
—Kinsey oyó mi proyecto —dijo rápidamente Wade. —Yo soy el responsable, porque él se ha limitado a obedecer mis órdenes... Hogue... ¿qué escribiste en aquel papel?
—a Aviso a los ladrones. Harrobin y Drake: ¡Cuidado!» —contestó el vaquero—. Pero no fue esto todo lo que hicimos Kid y yo. Escondimos los caballos y fuimos a Pine Mount. No sé con exactitud lo que nos proponíamos: posiblemente descargar nuestras pistolas si se nos presentaba siquiera media ocasión de hacerlo... Pero mi proyecto no se cumplió.
Jerry dijo:
—No olvides decir lo que encontramos en las ropas de Carter.
Kinsey sacó un abultado fajo de sucios billetes de diez dólares, que entregó a Wade.
—Patrón, éste es el precio que cobró Carter por hacerte traición.
—Guardáoslo —replicó Wade enérgicamente, al mismo tiempo que rechazaba los billetes—.
Repartidlo con los muchachos.
El vaquero exhaló una risa nerviosa y desprovista de alegría, dura, metálica, y respiró de nuevo como un hombre que tuviera una opresión en el pecho.
—Sí, algo nos proponíamos hacer, aunque no sabíamos lo que era... Patrón, nos topamos muy pronto con Harrobin y Band Drake, que estaban entre un grupo de hombres ante la tienda de Bozeman. Harrobin nos vio. No hacía falta ser muy perspicaz para comprender que habíamos estado cabalgando dura y largamente.
«—Oye, oye, Kinsey —gritó Harrobin con una entonación muy curiosa y significativa.
Habría desenfundado entonces la pistola.... y habría conseguido que en aquel mismo momento terminasen todas sus tribulaciones, porque yo le habría vencido, si no hubiera sido por Drake, que le llamó y se metió entre ellos. Yo había vendido anteriormente ganado a Drake y solía llevarle cartas que una muchacha me entregaba para él. Drake siempre me tuvo cariño.
»—Dejadme que hable yo —dijo—. Hogue, ¿qué te propones al venir aquí atropelladamente en esa actitud de conquistador?
»—Kid y yo hemos estado buscando unas reses que se habían extraviado —explicó negligentemente—. Perdimos su pista muy cerca de aquí. Y hemos venido a tomar una copa y un poco de comida. Señor Drake, ¿ha visto usted esa manada de novillos de que le hablo?
» Fue una cosa digna de oír. Todos rieron. ¡Ja, ja, ja! Todos excepto Harrobin. Todos estaban de buen humor. Habían estado vaciando varias botellas. Pero Harrobin estaba herido.
Tenía el brazo en cabestrillo, y supongo que al verme recordó de qué modo le fue ocasionada aquella herida. Creo que todavía no sabía que nosotros le hemos robado las reses que él había robado anteriormente.
»—Vaquero, tómate la copa y márchate en seguida, sin entretenerte para comer —dijo Drake—. Este clima es muy poco saludable para ti.
»—Muy bien —dije—. Nos iremos en seguida; muchas gracias... —Luego Harrobin se adelantó, con el rostro tan negro como el de el as de espadas:
»—Kinsey, ¿es cierto que estás trabajando de caballista para Pencarrow? —me preguntó.
Le dije que sí, que hemos recibido una buena oferta, y que estando cansados de andar muertos de hambre, habíamos aceptado... —Eso está muy bien, si no os importa correr el riesgo —continuó—. Pero no vengáis por Pine Mount. Os dejaré marchar esta vez para que podáis dar un encargo a vuestro patrón Tex Brandon.
»—Perfectamente, señor. Se lo transmitiré —respondí; alegre de salir tan bien librado de aquella situación...»—Di a Brandon —añadió coléricamente Harrobin—, que Blue se ha unido a mí y que ese Holbrook Keelt ha venido con él.»
—Sí, Blue —añadió Pencarrow—. El verdadero nombre de Drake es Rand Blue. Se me olvidó decírtelo. Procede del Panhandle, de Texas. Es mal hombre. Dirigió una cuadrilla de cuatreros en Colorado y vino a Arizona con el nombre de Drake. Vivió en Winslow durante cierto tiempo, fingiendo ser un respetable ganadero. Me vendió este rancho, me sacó los ojos... y al mismo tiempo tuvo la desfachatez de intentar conquistar a Jacqueline.
—¡Papá Pencarrow! —exclamó acaloradamente Jacqueline—. ¿Todo eso sucedió? Jamás me lo dijiste.
—Hija mía, no sabía entonces todo lo que he averiguado después. Aulsbrook estaba también complicado en el mismo lío. Sé muy bien que fue él quien incitó a Drake, o Blue, para que me hiciera una mala pasada. Ya lo había olvidado... Pero Band Drake es verdaderamente el mismo Rand Blue.
—Pues la unión de esas dos cuadrillas de ladrones es verdaderamente terrible para esta región —comenté Elwood Lightfoot gravemente interesado.
—Patrón —añadió Kinsey—. Sabía que Drake era o había sido Blue. Pero los nombres significan muy poco aquí. Jamás pensé en decírtelo.
—¡Rand Blue! —murmuró Wade, abrumado. Los rostros que tenía ante él comenzaron a desvanecerse rápidamente. Wade experimentó la sensación de que se quedaba solo, cara a cara con el recuerdo del pasado.


XIV
Wade confirmó con sus pensamientos y sus suposiciones los temores de Elwood Lightfoot. Rand Blue y Harrobin, unidos a los caballistas más diestros de la canalla que infestaba aquellas regiones, representarían demasiado para cualquier equipo de vaqueros que se hallase bajo la dirección aun del más hábil de los jefes. Ésta era la manera lógica como debía plantearse la cuestión.
—¡No! —murmuró Wade—. Haré que las cifras y que los hechos mientan—. Su incentivo y sus razones eran demasiado poderosos para que pudiera permitir que la sombra del fracaso se irguiera ni siquiera por un momento ante su conciencia. Y comenzó a pensar con una intensidad tan grande como si jamás hubiera hecho uso anteriormente de esta facultad.
Al día siguiente pudo ya salir y tomar parte en diferentes trabajos, pero no se encontró lo suficientemente preparado para montar en la silla. En verdad que habría continuado en cama si no hubiera sido por el temor, y por el ansia torturadora, que era peor que el miedo, de que Jacqueline fuera a verle como ángel consolador, como muchacha de corazón generoso que le había valorado de una manera excesiva.
Los vaqueros habían recibido órdenes de comenzar su vigilancia antes del amanecer y de terminarla después de la caída de la noche. Wade subió a la colina más próxima y observó el terreno con sus gemelos de campaña, aun cuando éstos no le permitían divisar las llanuras más importantes ni las hondonadas. No vio ningún caballista, y solamente unas pocas reses.
El día transcurría lentamente. Cuando Wade no pudo permanecer más tiempo al aire libre, volvió a su dormitorio, donde encontró un ramo de flores silvestres sobre la mesa. Jacqueline había estado allí. Las doradas colombinas, que debían de provenir de la verde profundidad del desfiladero, parecían hablar. Más tarde Lightfoot fue a verle y le dijo que había ido a buscar las flores colombinas por encargo de Jacqueline. Sin duda, ella misma debía haber recogido las campanillas azules.
El colono estaba sombrío, y recomendó que se hiciese inmediatamente una venta de todo el ganado de Pencarrow. Wade reconoció que de este moda podría evitarse la pérdida de una gran cantidad de dinero, pero que al mismo tiempo serviría para que los ladrones se convirtieran en dueños de la situación.
—No entiendo mucho de ganado, Elwood —dijo Wade—, pero no comprendo lo que quiere decir... Si Pencarrow vendiera todas sus reses, ¿qué efecto produciría ese acto en la región?
Este terreno es libre, como usted sabe.
—El efecto sería malo, lo reconozco. Aulsbrook y Driscoll traerían aquí sus manadas. Y luego sería muy difícil obligarles a que se las llevasen.
—¿No sucedería que Harrobin y Drake... Blue, quiero decir..., comenzarían a robar entonces a otros ganaderos, del mismo modo que ahora a Pencarrow?
—Hasta ahora, nunca lo hicieron.
—¡Demonios! ¡Eso es muy extraño!
—Siempre me lo ha parecido. Aulsbrook no ha perdido reses en cantidad apreciable. Se hallaba en buenas relaciones con Drake cuando éste representaba el papel de gran señor en las inmediaciones de Winslow. Sin embargo, Driscoll ha sufrido grandes pérdidas en algunas ocasiones, pero no las suficientes para ocasionarle la ruina.
—Esa cuestión del ganado es una de las cosas más raras que conozco... Y tiene un aspecto de maldad terrible —murmuró Wade.
—Exactamente. Y supongo que para Pencarrow el hecho de vender todo su ganado sería equivalente al de abandonar la partida.
—¡Abandonar la partida un tejano...! ¡No podría conseguirse que lo hiciera! Jacqueline y los dos gemelos son tan esforzados como él. Ése no es el modo de hacer las cosas, Elwood.
—A mi parecer, solamente hay un modo: más ganado y más caballistas. Y combatir a esos malvados a sangre y fuego.
—¡Ah! —Fue un sonido como el de un quejido.
—¿Qué te sucede, hijo? ¿Te has hecho daño en la cabeza al enderezarte con rapidez?
—Sí —mintió Wade al verse enfrentado con una seductora tentación. El viejo ganadero había resuelto el problema de los Pencarrow. ¡Más ganado..., más jinetes..., combatir! Wade recordó la fortuna que tenía escondida bajo el suelo de su dormitorio. Poseía lo suficiente para comprar cincuenta mil cabezas de ganado, o más, si lo deseaba, a un precio mucho más barato que al que en el porvenir podría encontrarlo. Podría cuadruplicar el equipo de audaces caballistas de Hogue Kinsey y librar a la región de la presencia de indeseables parásitos.
Podría salvar a Pencarrow, hacer su fortuna..., pero al precio de la deshonra. Había sido un ladrón. Todavía conservaba las mal obtenidas ganancias, manchadas de sangre, de un ladrón.
En aquel momento, los magníficos ojos de Jacqueline parecieron mirarle de un modo refulgente, maravillándose de él, maravillándose de la fe que ella había puesto en Wade, denunciando algo más que gratitud. ¡No! ¡Jamás lo haría de aquel modo! Jacqueline le despreciaría, le maldeciría, en el caso de que lo descubriese. Y el antiguo espectro de la captura, de la prisión, de la horca, quizá, volvieron a él con el recuerdo de Rand Blue. Aquel traidor había puesto a los sabuesos de los batidores sobre la pista de su padre, y los batidores la habían seguido hasta que pusieron fin a su vida. Aquel acto exigía una venganza. Wade sabía que Blue sería el único que podría reconocerle, el único que podría lanzar en su persecución un pelotón de batidores sedientos de sangre.
El colono dejó a Wade entregado a su abatimiento, que atribuyó a la herida que padecía en la cabeza. Al cabo de unos momentos el silencio fue roto por los suaves pasos de Jacqueline en el pórtico.
—¡Brandon! ¿Cómo... se encuentra? —preguntó ahogadamente al mismo tiempo que su pálido rostro aparecía tras la puerta—. Elwood me ha dicho que hablaba usted desvariadamente y que tenía un aspecto un poco inquietante..., acaso a causa del dolor de la herida.
—Me parece que estoy... muy bien —contestó Wade, con lo que dijo sólo media mentira. Y cerró los ojos, porque no tenía valor suficiente para mirar a la joven. Después continuó tumbado, silencioso, temblando bajo las dulces manos de Jacqueline, que le estaba lavando el arrebatado rostro y vendándole nuevamente la herida. Wade se vio acometido por una felicidad torturadora. Si no hubiera sido un proscrito; si no hubiese debido a la joven algo más que su vida; si el Destino no lo hubiera colocado en una situación tan insoportable; si fuese lo suficientemente grande para cumplir la misión que se había impuesto..., no se habría encontrado presa de un amor que hacía que el contacto de las manos de Jacqueline fuera como una bendición para él. Jacqueline le dejó sumido en la oscuridad, y Wade fingió hallarse dormido.
Los vaqueros no pudieron dar ningún informe favorable aquella noche. A la mañana siguiente la fiebre de Wade había desaparecido. Después del desayuno, que le fue servido por una sirvienta, Wade cogió los gemelos y fue a un otero más alto y distante que el del día anterior, _ desde el cual pudo dominar con la mirada una extensión mucho más extensa. Era hermoso, era agradable el poder estar en la altura, rodeado de pinos. Wade pensó que amaba a aquella tierra arizoniana, purpúrea, rocosa, gris, bravía y llena de desfiladeros. Las campanillas azules sonreían entre la parda alfombra del terreno, la blanca hierba se movía agitada por la suave brisa, los pinos entonaban su susurrante y dulce canción, en la que había una eterna nota de tristeza, la tierra cubierta de salvia se desenvolvía hasta llegar al cinturón constituido por las negras montañas que se elevaban magníficamente, y hasta el desierto místico, brumoso, que parecía lleno de espectros.
Wade vio unos caballistas desconocidos aquel día y unas nubes de polvo que sé elevaban sobre la ondulante pendiente. Por la noche Kinsey fue a verle para comunicarle la noticia de que él y Kid Marshall sospechaban que se había realizado un robo de ganado en la parte extrema de los terrenos que Pencarrow dominaba. Wood y Hicks estuvieron de vigilancia en aquel lugar, pero no habían regresado todavía.
—Manteneos al acecho y no interrumpáis la vigilancia —recomendó Wade—. Disparad si algunos caballistas sospechosos se ponen a vuestro alcance. Es lo único que podemos hacer hasta que encontremos otra solución mejor.
Jerry y Hal, que habían estado vigilando entre la arboleda de cedros, no habían visto ningún jinete. Más tarde llegaron Wood y Hicks, cuyos caballos se hallaban totalmente extenuados. Habían sorprendido a un grupo de ladrones que realizaban un ataque lleno de audacia y se llevaban cierta cantidad de reses hacia la carretera de Holbrook.
—Hemos vaciado casi por completo las cartucheras de nuestros rifles —explicó Bill con sombrío alborozo—. Después todos ellos nos acometieron, seis u ocho hombres de la cuadrilla, e intentaron obligarnos a alejarnos del rancho.. Hemos tenido que correr a toda prisa por espacio de más de diez millas.
Wade se inflamó nuevamente al oír este informe. Sus caballistas comenzaban a convertirse bajo su mirada y dirección en unos hombres incansables, fríos, llenos de espíritu y lucha. Constituían un equipo magnífico en período de formación. Y cuando todos ellos estuvieron sentados bajo la luz de las estrellas, con los cigarrillos brillantes como chispas amarillentas, con los rostros fríos y enérgicos, Wade dijo:
—Muchachos, las probabilidades de éxito parecen hallarse en la proporción de ciento por uno contra nosotros. Los rancheros de estos contornos no darían ni siquiera un botón por nuestras vidas o por nuestro ganado. Pero yo no puedo pensar del mismo modo que ellos, no puedo. Es cierto, la cólera me abrasa interiormente, pero de todos modos pienso con claridad y firmeza. ¿Quién sabe? ¿Quién sabe lo que deberíamos hacer? Yo lo sé y vosotros lo sabéis.
Todo depende de nosotros..., de nuestros ojos, de nuestros oídos, de nuestras inteligencias. Lo que hemos de hacer es intentar verlo todo, oírlo todo y conseguir atemorizar a esos canallas.
,¡Adelantaos a sus proyectos! ¡Adelantaos a sus pensamientos! Son gente de poca imaginación. Cabalgad y ocultaos como hombres que tuvieran que hacerlo para librarse de una persecución en la que su vida estuviera en juego. Y sed los primeros en disparar, como Wood e Hicks hicieron hoy... Por lo demás, ejercitad vuestra puntería.
» ¡Ejercitad..., ejercitad, ejercitad...! Utilizad los rifles, aprended a conocer su alcance y su eficacia. Disparad contra los conejos, coyotes y lobos que veáis... Contra todos los halcones que vuelen por el cielo, cuando no haya peligro en hacerlo. Y poned toda vuestra atención en vuestra experiencia, como si vuestras vidas dependieran de cada uno, de los disparos, lo que, en realidad, es así. Sobre todo nunca os dejéis sorprender. Lo repito : sed los primeros en ver a los otros. Tenemos municiones suficientes para todo un ejército, tenemos los caballos más rápidos de estos contornos... Os estoy diciendo lo que apenas puedo explicar.
Siento lo que no puedo demostrar... mataremos a muchísimos de esos miserables y ahorcaremos a Blue y Harrobin.
—Patrón, y ¿a Holbrook Kent? —preguntó Hogue Kinsey con lentitud.
—Yo me encargaré de Holbrook Kent.
He visto a Kent. Es un hombre pequeñito, y está cojo a consecuencia de un tiro—; el proyectil lo tiene todavía dentro del cuerpo. No es joven. Tiene el rostro lleno de profundas arrugas. No tiene barba. No lo creerías; es bizco! Y se dice que tiene la rapidez de un relámpago para desenfundar el revólver y disparar. Así debe de ser, puesto que ha matado a ocho hombres. Cuando estaba en el campamento de Harrobin, cierta noche oí que Blue tenía un dominio de no sé qué clase sobre Kent. Si es así, no sería extraño que Kent viniera a unirse a ti cualquier día.
—Muchas gracias por la sugerencia. Preferiría encontrarlo en Holbrook, o en cualquier otro sitio, mejor que aquí.
—Kent es un verdadero hombre —dijo Kit Marshall—. Vendría a buscarte cara a cara, en el caso de que estime conveniente combatirte. Pero en cuanto al resto de esos bandidos, te aconsejo que luches contra ellos como lo hacen los indios.
—¡Ah! ¿Del modo que Hicks y Wood lo han hecho hoy? —preguntó Wade.
—Así ha sido —afirmó Wood fogosamente—. Patrón, es probable que no sepas que Hicks es en parte apache. Es el mejor hombre que he visto manejando un caballo, el mejor descubridor de pistas, el hombre más ingenioso en los bosques que yo o cualquiera de nosotros hayamos conocido nunca.
—¿Es cierto, Hicks, que eres en parte indio? —preguntó Wade, profundamente interesado.
—Soy mestizo, patrón —contestó con sencillez Hicks—. Nací en Tonto. Fui a Crook cuando era un chiquillo. Y huí de aquella zona.
—¡Bien...! Hogue, comienzo a conocer a fondo a los hombres de mi equipo.
—Patrón, te aseguro que vamos a hacer una gran limpieza en estos terrenos... Vaqueros, es tarde. Vamos a acostarnos.
—Buenas noches. Dentro de un día, o acaso dos, iré a acompañares en vuestro trabajo —prometió Wade; y se dirigió pensativo y vacilantemente a su dormitorio.
A la mañana siguiente, después del desayuno, Wade reanudó la práctica, rara vez descuidada, de ejercitarse en el manejo del revólver. Disponía de un espejo que le ayudaba considerablemente en esta labor. Descubrió que los pocos días de abandono de este ejercicio habían contribuido a reducir perceptiblemente la realización del acto de desenfundar. Se encontraba seriamente entregado a esta tarea cuando una risa vibrante que sonó a sus espaldas le hizo volverse con rapidez. Jacqueline y Rona se destacaban ante el cielo, enmarcadas por el vano de la puerta; eran dos imágenes opuestas aunque ambas de femenil y hermosa juventud. Rona pareció asustarse, y Jacqueline mostró una sonrisa fascinadora.
—Buenos días, Brandon. Le hemos visto y nos hemos preguntado si podríamos atacarle de improviso... ¿Qué habría sucedido si hubiéramos sido cuatreros o ladrones de ganado?
—Buenos días, picaruelas —saludó despacio Wade—. Los cuatreros gastan espuelas y botas.
Pueden montar a caballo, pero no saben andar... o por lo menos no saben andar de modo tan silencioso como unas muchachas cuyos lindos pies están cubiertos de blandos mocasines.
—Rona, este hombre en realidad me ha hecho dos elogios. ¿Me permite usted coger su revólver, Brandon? Le he visto desenfundarlo, pero no he podido verle disparar, aunque he oído el ruido del martillo.
Wade le entregó el pesado Colt, con la culata por delante. Ella la recogió, si no alegremente, por lo menos con ojos curiosos.
—¿Cómo? No tiene gatillo —exclamó ella.
—Es claro, yo no lo utilizo.
—Entonces, ¿cómo puede disparar? ¿Qué es lo que hace que el martillo caiga?
—Lo empujo con el pulgar. Permítame que se lo demuestre... ¿Ve? Cuando agarro el revólver, pongo el pulgar sobre el martillo. El peso del arma, cuando se le maneja de este modo, hace que el martillo resbale bajo él dedo. De este modo, el revólver dispara realmente al mismo tiempo que se le desenfunda.
—No podía comprenderlo. ¡Con cuánta rapidez lo hace usted...! Pero todo eso no importa mucho... Me estremece un poco. ¡Toda esa destreza, toda esa habilidad, solamente para matar a algún hombre!
—No es así. Lo ha interpretado usted mal —replicó Wade con voz un poco endurecida—.
Todo es una cuestión de autodefensa, y acaso, incidentalmente, para salvar la vida de otra persona en algunas ocasiones.
—Perdóneme —dijo Jacqueline frunciendo el ceño—. Es una cosa que me repelía..., que me recordaba a mi tío Glenn—. No soy tan obtusa cuando pienso.
—Jacque. Creo que es ma...ra...vi...llo...so —exclamó Rona con los ojos inundados de una sombra de romanticismo—. Hal está aprendiendo a hacerlo, y quiere enseñarme. Permítame intentarlo. Ese pesado chisme se me cayó sobre un pie.
el revólver estaba cargado, me sorprende que Hal hiciera tal experimento comentó Wade gravemente.
—No. Estaba descargado. Hal me lo demostró. Me explicó que usted le había dado las primeras lecciones. Me dijo también que Hogue no tenía tanta rapidez como usted, pero que también tiene mucha.
—¿Hogue?— preguntó Jacqueline algo severa.
—Sí, Hogue —contestó Rona al mismo tiempo que enrojecía intensamente No puedo acostumbrarme a llamar señor a todos esos vaqueros. ¿No llamo al señor Brandon por su primer nombre: Tex?
—Es completamente diferente, Rona.
—¡Claro que es completamente diferente! Tanto, que tú nunca le llamas Tex —replicó Rona; y salió apresuradamente.
Se produjo un momento de embarazoso silencio.
—Rona es casi una mujer —comentó Jacqueline, pensativa—. Me parece que ya no podré continuar gobernándola a mi antojo.
—No tiene defectos, Jacqueline. Es una muchacha buena, amable y fogosa.
—¡Amable! Eso es lo malo. Rona es perfectamente adorable. Esto no me preocupa. Pero está despertando. La he sorprendido algunas veces mirando tiernamente a Hogue Kinsey.
Wade rió al oír la trágica entonación de Jacqueline.
—¿Qué otra cosa podía esperarse? ¿Qué podría esperar Pencarrow al traerlas a ustedes, dos muchachas hermosas y adorables a esta bravía tierra de Arizona, donde los vaqueros son bravíos también, ma... ra... vi... llo... sos, como dice Rona, y están hambrientos de amor? Si yo fuera una muchacha como Rona, me habría enamorado de Hogue.
—¡Oh...! Papá se enojará muchísimo. Y mamá... mamá sufrirá un ataque de nervios. Y yo...
—Jacqueline, sus padres deberían haber dejado su orgullo de casta en la parte meridional de Texas... Compren—, do lo que quiere usted decir : esos bravíos vaqueros están perfectamente bien para conducir las manadas de ganados de ustedes, para arriesgar sus vidas..., y perderlas algunas veces... en la lucha contra los ladrones. Pero no son apropiados para hacer de ellos amigos..., novios o esposos.
—¡Brandon! ¡Cuán cáustico es usted! —exclamó Jacqueline, sorprendida; y un rojizo color se encendió en su piel, bajo el dorado tinte del sol Jamás había usted hablado de este modo.
—Ciertamente, no he podido contenerme. Pero, sí, creo que Hogue es un muchacho maravilloso y que su aspecto bravío no le hará menos atractivo para una muchacha joven como Rona. Aconsejo a usted que la mantenga donde no pueda verle.
—Lo intentaré —replicó ella tranquilamente—. Lamento haberle ofendido. ¡Es hermoso el modo como habla usted en defensa de Hogue! Si Rona tuviera mi edad no... no experimentaría este temor; pero todavía no tiene dieciséis años..., el enamorarse a tal edad...
de uno de esos diablos de mirada atrevida... ¡Oh, debe de ser terrible! Es necesario que me ayude usted a evitarlo.
—¿Yo? ¿Qué demonios puedo hacer?
—¡Oh, querido! ¿Qué podría hacer cualquiera que estuviera en su lugar? —dijo en tono de queja Jacqueline.
Ese vaquero me miró cierto día... ¡oh! Estuve... estuve a punto de enamorarme de él. ¡Y Rona...! También tiene sangre española, y la cabeza no muy firme.
—Podría despedir a Hogue si usted me lo pidiera —replicó Wade fríamente.
—Ciertamente no lo haré. Brandon, no le comprendo hoy —contestó ella con perplejidad y casi confundida—. Pero no hay duda que usted se ha mostrado: últimamente un poco esquivo y alejado de nosotros. Había olvidado su herida. Verdaderamente, no soy razonable ni amable.
Dejemos por ahora ese tema tan molesto.
Estaba casi fuera del alcance y del poder de Wade el resistirse a sus dulces súplicas, a su ansiosa elocuencia, y jamás habría podido resistirse a ellos si la hubiera mirado. La duda cesó en aquel mismo momento. Jacqueline le quería, le admiraba, quería ser amiga suya y no tenía ni la más ligera idea de lo devastadores que eran sus encantos.
—Por lo que he venido, en realidad, ha sido para invitarle a que cenase esta noche con nosotros.
—Es usted... muy amable— contestó él secamente.
—He preparado tarta de manzana. Estoy verdaderamente orgullosa de mis habilidades culinarias de meridional. ¿Le gusta la tarta de manzana?
—¿Si me gusta...? Mi madre la hacía con frecuencia —contestó él.
—Entonces, ¿irá usted? Debe hacerlo, porque he dicho a mi familia que iría.
—Muchas gracias. Lo siento mucho..., pero no puedo aceptar.
—¡Cómo! —Jacqueline parecía hallarse en extremo sorprendida.
—No puedo ir. Es usted muy amable... Soy solamente uno de sus vaqueros.
—¡Absurdo! ¡No es posible que ésa sea la causa! ¿No vendrá usted?
—No.
—Jamás volveré a pedírselo.
—Eso estará muy bien.
—¡Brandon! —Jacqueline sentíase amargada y molesta. Sus ojos parecían despedir rayos—.
¡Esas murmuraciones de campesinas acerca de mí...! ¿Podría usted...?
—¡Oh, sería..., eso sería tanto como insultarme!
—No me lo he propuesto. Jamás he oído esas murmuraciones hasta el momento en que usted me habló de ellas. Y entonces las desprecié... Pero, de todos modos, hay un caballista que no quiere aumentar la lista de sus desgraciadas víctimas.
—Y ése ¿es usted? preguntó ella con incrédulo desdén y con enojo.
—Ese soy yo —contestó Wade, frío y displicente, avergonzado y sin convicción. Pero cuando más fuerte deseaba mantenerse en su abnegada postura, cruzó una mirada con ella, y su secreto quedó revelado.
—¡Oh! Y pensar que yo... yo... —exclamó Jacqueline, disgustada. Luego se irguió e hizo un esfuerzo para recobrar su altivez y su serenidad—. A causa de que no me ha perseguido usted como Brand Drake o cualquiera de esas otras... desgraciadas víctimas..., quise hacer de usted mi verdadero amigo..., mi único amigo en esta tierra bravía y negra... Le agradezco mucho que me haya demostrado mi error.
Dio la vuelta y, con la cabeza erguida y rápido paso, se alejó y dejó a Wade inmóvil donde se encontraba, con el alma dolorida, como víctima desgraciada, verdaderamente, y, sin embargo, sostenido por la seguridad de que sólo entonces, en aquel momento en que había alcanzado el dominio sobre sí mismo, sobre el amor y sobre la tentación, se había hecho digno del aprecio que ella le demostraba y que él acababa de destruir.
Como una violenta tempestad, aquella dura prueba pasó sobre Wade y le dejó libre de la gloria, de la debilidad y de la vergüenza de su situación en el rancho de Cedar. Toda la fortaleza encerrada en él, el amargo laurel de la victoria sobre la tentación, el gran amor que había sobrevenido, todo encontró un áncora de amarre en el implacable y sencillo propósito que iba hasta más allá de la salvación de Pencarrow y de su familia.
Aun antes de que se hubiera recobrado lo suficiente, regresó junto a sus vaqueros para cabalgar con ellos, para sufrir y agitarse en la silla, para respirar fatigosamente cubierto de sudor a la sombra de los cedros, para negarse a recibir sus ofertas de ayuda. Se pusieron en marcha muy temprano y regresaron muy tarde. Wade había confiado a Hal la misión de actuar como centinela y de vigilar todos los días con unos gemelos de campaña desde un terreno herboso situado en la más alta colina de aquella extensión. Antes de la salida del sol, todas las mañanas, los jinetes solían dejar a Hal que trepase hasta su puesto de observación, y acostumbraban recogerle apenas se hacía oscuro.
Wade modificó su táctica de dividir a sus caballistas por parejas. Habían comenzado a cabalgar todos juntos, no como guardianes de ganado, sino como cazadores de hombres.
Todos los días, acá y allá, los ladrones practicaban rápidos ataques y se llevaban una pequeña cantidad de reses que siempre conducían a los bosques o a las profundidades de los desfiladeros. Hal informaba de la mayoría de estos movimientos y distinguía un grupo de ladrones de otro por sus caballos; Blue y Harrobin todavía no habían adoptado la costumbre de vestir a los hombres de sus cuadrillas con ropas oscuras y de hacerlos montar caballos oscuros, costumbre adoptada por los ladrones principales de las regiones del Este. El robo había sido demasiado fácil para ellos en Arizona. Sin duda, había diversas cuadrillas de ladrones de ganados que operaban en pequeña escala y sólo en su propio beneficio.
Antes de que el mes hubiera transcurrido, Wade y sus jinetes, guiados por la vigilante astucia de los mestizos, sorprendieron a una de tales cuadrillas en el momento que realizaba un robo. Uno de los hombres vivió el tiempo suficiente para confesar que su cuadrilla no tenía relación de ninguna clase con Drake o Harrobin.
Aun no había concluido la mitad del verano cuando los caballistas de Wade sorprendieron a otras cuadrillas que operaban en los descubiertos pastos. En aquellos casos, Wade se daba por satisfecho viendo huir a algunos jinetes heridos o a algún caballo sin jinete, a todo galope, con las bridas y las crines al viento.
Pero, de todos modos, la manada disminuía visiblemente en número.
En los últimos días de agosto, el colono llevó noticias que hicieron que Pencarrow diese unos gritos de alegría y que Wade inclinase la cabeza, como si fueran una cosa que hubiera estado esperando. Driscoll se había quedado completamente sin ganado, y Aulsbrook había visto reducido a un número muy pequeño de millares el de sus vacas, novillos y terneras.
—Yo tenía la seguridad de que Rand Blue robaría en cualquier ocasión a Aulsbrook —rugió Pencarrow.
—Eso quiere decir que ha comenzado a operar la nueva sociedad —dijo Lightfoot.
—Patrón, eso significa que la nueva cuadrilla de Harrobin está haciendo provisiones para el invierno;— añadió Hogue Kinsey—, puesto que no hay posibilidad de apoderarse de reses desde el momento que la nieve comienza a caer. Y eso comenzará a suceder muy pronto.
Todos se encerrarán en las quebradas, y haraganearán, fugarán, beberán y comerán durante el invierno entero. He pasado un invierno con la antigua cuadrilla. Le agradaba encender hogueras muy grandes y disponer de mucha carne.
¿Dónde pueden vender? —preguntó Wade con desesperación—. ¡Se trata de millares de reses marcadas!
—Es tan fácil como el ABC —dijo desdeñosamente Lightfoot—. Esos hombres tienen más compradores que cuantos necesitan. Suceda lo que suceda, no embarcarán jamás ni una sola res.
—¿Qué sucedería si Aulsbrook y Driscoll unieran su equipo al mío y todos juntos pudiéramos descubrir dónde se encuentran esas reses robadas?
—Si lo hicieran, resultaría una cuestión interesantísima. Y el desenlace podría conducir hasta tinos rancheros que nunca hacen preguntas y a unos compradores de carne para el gobierno a quienes no importa dónde ni de qué modo adquieren el ganado, a condición de que el precio sea bajo.
—¡Buen negocio! —exclamó Wade—. ¡Qué modo más fácil de ganarse la vida el de esos ladrones de ganado! ¡Y qué beneficios más fáciles, para los rancheros sin escrúpulos...! Pero nada de esto durará para siempre en estos terrenos.
—Brandon, será preciso que vayamos a la ciudad en busca de provisiones para el invierno —dijo Pencarrow—. La nieve no nos cerrará el camino hasta septiembre; pero no podemos tener la seguridad de que no suceda antes.
—¡Déjelo para tan tarde como pueda arriesgarse! —contestó Wade.
—El invierno comenzará muy pronto y será muy duro —añadió Lightfoot.
—Será mucho más duro en las montañas —comentó Pencarrow—. Pero nosotros vivimos en terreno bajo, donde la nieve no dura mucho tiempo. Este es un terreno ideal para el invierno.
Únicamente resulta duro para las mujeres, que se encuentran muy solas.
—En ese caso, dentro de poco tiempo, ¿podemos confiar en vernos libres de los ladrones durante una temporada? _ preguntó Wade.
—Sucederá muy pronto. Y la situación durará seis meses. Supongo que Blue y Harrobin se abstendrán de actuar durante el resto de la presente estación.
—No me atrevería a afirmarlo —replicó Wade—. Además, hay otras cuadrillas de ladrones.
—¿Hemos perdido muchas reses en los últimos días? —preguntó el ranchero ceñudamente.
—No la cantidad que tuviera importancia en el caso de que poseyéramos una vacada muy numerosa —respondió Wade, de modo evasivo.
—Y ¿qué han estado haciendo usted y sus caballistas?
—Cabalgar desde muy pronto hasta muy tarde, escondernos, vigilar, seguir huellas, perseguir a los ladrones.
—¿Eh? —preguntó roncamente el tejano, al mismo tiempo que se erguía para mirar furioso a su capataz.
—Me he abstenido de facilitarle informes porque carecían de importancia... —contestó Wade; y refirió concisamente los hechos.
—¡Ja, ja...! ¡Por Dios! Y a eso ¿lo llama usted insignificante?
—¡Uf! —silbó Elwood Lightfoot—. Brandon, eres mucho más fantástico de cuanto yo había dicho. La noticia se extenderá por todos estos terrenos y a través de todo Arizona.
—Pencarrow, podemos cuidar de una manada grande con tanta facilidad como de un pequeña —expuso Wade al mismo tiempo que extendía las manos. Tengo un par de indios entre mis vaqueros.
—Compraremos más reses cuando llegue la primavera. ¡Que se vayan al infierno Blue y Harrobin!
—Estarán lejos de Cedar Range, hasta que reúna usted una manada grande —dijo Lightfoot cautamente.
—En el caso de que nos ataquen para robarnos, tendrán que trabajar con lentitud, a través de millas y más millas ce selva que se extiende en todas direcciones; los seguiremos, los alcanzaremos, los derribaremos de las sillas y los mataremos a tiros. Y si se vuelven contra nosotros, podremos ganarles la partida. Todo esto, gracias a sus caballos de raza, Pencarrow.
¡Por amor del cielo, no diga a las muchachas que montan sus caballos!
—Brandon, ésta es una táctica nueva en estas regiones —dijo Lightfoot—. Si se puede evitar un combate enconado en los lugares en que el número de los enemigos supere al propio, se tendrá mucho conseguido.
Transcurrió el mes de septiembre. La salvia se hizo más purpúrea, en contraste con la hierba reseca y, amaneada por el sol. El rocío y el hielo colorearon los cedros de las montañas, los robles de las pendientes, los algodoneros y los meples de las tierras bajas.
Cedar Range se acercaba a un tiempo de incomparable belleza. El verano indio parecía cernerse en el aire, con su neblina, con las notas melancólicas de las aves, con el soñador silencio de los bosques, con los dorados cañaverales y las matas púrpura que brotaban a los lados de los caminos.
Cierto domingo los vaqueros disfrutaron de uno de sus pocos días de descanso. Aquella mañana Hogue Kinsey visitó temprano a Wade; cuando entró en el dormitorio, Wade estaba afeitándose.
Patrón, ¿sabes quién demonios está ahí? —preguntó en tono de insuperable disgusto.
—No, Hogue. ¿Quién?
—Unos visitantes de Holbrook. Dos acicalados caballeretes que han llegado sin duda, buscando a Rona y Jacqueline.
Wade se cortó con la navaja. La barbilla le dolió y comenzó a sangrar. Una extraña y hasta entonces inexperimentada sensación le oprimió el pecho.
—¿Quiénes son?
—John McComb y un pollo tomatero, el hijo del banquero de Holbrook. Hal no recuerda su nombre.
Bien, y ¿qué tenemos que ver con todo eso, Hogue? —preguntó Wade lentamente. La mano le temblaba cuando volvió a llevarse la navaja al rostro.
—No es una cuestión que te afecte..., ni a mí.
—¡No, diablos! —reconoció Hogue.
Wade se volvió, sorprendido. El vaquero se hallaba sentado en el lecho, con el hermoso y delgado rostro en extremo triste, con ojos que despedían destellos verdosos.
—Ya te lo dije, patrón. Te supliqué que me dejases marchar.
—Lo recuerdo, Hogue. Pero no podía desenvolverme sin, ti. Y supe que terminarías por separar tu egoísta interés... o digamos, tu romántica novela de vaqueros..., de esta importante labor.
—¡Ah! Lo sé y lo hice. Pero tengo que decirte algo: tengo que sacármelo del cuerpo o reventaré.
—Hogue, soy tu compañero, o tu hermano..., o lo que quiera que necesites. Continúa.
Desembucha.
—Tex, me he puesto terriblemente en ridículo. Pero no pude evitarlo... Aquel día en que Rona me miró..., ¿recuerdas...?, y dijo a su papá que yo era ma... ra... vi... llo... so... Pues bien, aquel día me enamoré espantosamente de ella, y las cosas han empeorado desde entonces.
—¿Eso es todo, Hogue?
—¡Todo...! Ya era bastante malo antes; pero ahora terminará por matarme..., he visto a Rona: con él. Estaba riendo, coqueteando... ¡Demonio de coqueta!
—No es más que una niña inocente, Hogue.
—Es cierto: inocente de todo lo que signifique maldad, gracias a Dios..., pero no es inocente del delito de obligar a los hombres a enamorarse de ella.
—Sí, también de ese delito. Rona es alegre, simpática, divertida. Pasará un buen rato junto a algún muchacho guapo que la visite. Y eso la beneficiará. ¡Pobre criatura! Deberías alegrarte.
—Tú no sabes lo que es el amor, Tex —dijo con voz plañidera Hogue, y con una expresión de desgracia y de dolor—. No debería tomártelo en cuenta, pero lo hago... en cierto modo. Y tampoco debería hablarte de esta manera, pero no puedo evitarlo... Tú eres un pistolero. En el fondo no te importan ni un pepino todos esos Pencarrow. Estás excitado a causa del difícil trabajo que te han confiado. Vas a morir luchando por ellos, y yo apostaría la vida a que terminarás con Blue y Harrobin y sus secuaces. Te quiero por ello; con eso, has conseguido convertirme en un verdadero hombre..., pero que esperes que me alegre..., que me alegre de que el joven rico haya venido a hacer carantoñas a Rona... Patrón, ¿no tienes sentimientos humanos?
—¿Puedo tener confianza en tí, Hogue? —preguntó Wade.
—¡Tener confianza en mí...! ¡Claro que sí! —contestó Hogue, sacado de su desesperación para mirar interrogativamente a Wade.
—No me has apreciado bien al suponer que no tengo sentimientos humanos, que no sé lo que es el amor —contestó Wade en voz baja—. Estoy muy enamorado de Jacqueline.
¡Terriblemente, desesperadamente! jamás he pensado en obtenerla. ¡No es una mujer para mí!
Pero desde que me enamoré he vivido en un estado de desesperación, de angustia. Esta pasión de pistolero, por matar, de que me has acusado... es cierta. Pero jamás la había experimentado hasta el momento en que vine aquí y vi las dificultades que cercaban a Jacqueline Pencarrow... Conozco todas tus angustias, todos tus anhelos. Cuando me dijiste que McComb había venido para solicitar el amor de Jacqueline, estuve a punto de cortarme la garganta.
¡Quisiera haberlo hecho...! Ha sido mi primer ataque de celos. Hasta diría que aprenderé a conocer ese odioso y horrible sentimiento. Me compadezco de ti... Somos hermanos en la desgracia..., pero, de todos modos, yo continuaré, Hogue, aquí, como si nada hubiera sucedido..., sin tener jamás una esperanza de obtener a Jacqueline, aun cuando sería capaz de vender mi alma por conseguirlo..., y moriré intentando salvar a su padre, y, como consecuencia, a ella.
Kinsey se enderezó como un tierno arbolito que hubiera sido doblado y soltado repentinamente. Su rostro joven y varonil se tornó pálido.
—¡Dios mío...! ¡Perdóname, Tex! —exclamó roncamente; y salió de la habitación.
Wade estaba, verdaderamente, destinado a intimar con el monstruo de ojos verdes de los celos. Dondequiera que fuese aquel domingo, en cada ocasión en que Pencarrow le llamó para que fuera a la casa, siempre que paseó con él para ir acá o allá, tuvo la desgracia de encontrar a Jacqueline acompañada de su admirador. Jacqueline iba vestida lujosamente y aparecía radiante de alegría. Wade, lo mismo podría haber sido un insignificante criado suyo, si se juzgaba por el caso que le hizo. Sin embargo, esto no pudo impedir que la viese con toda la perfección de su belleza y de su irresistible atracción. Sería posible que Jacqueline fuese tan inocente del delito de coquetería como Wade había jurado a Hogue que era Rona; pero el vaquero no podía absolverla de un pecado femenino; aquella extraña e innecesaria apetencia de alimentar su vanidad paseando su última conquista ante los ojos de otro hombre.
Y resultó que Wade, tras haber sufrido casi más de lo que era capaz de soportar, había de encararse aún con lo peor de todo. Al regresar de los encerraderos encontró a todos los Pencarrow y a sus invitados, quienes de manera evidente se disponían a iniciar muy pronto la partida para recorrer el largo camino que los separaba de la ciudad. Wade examinó apreciativamente el fogoso tronco de caballos negros que se hallaba enganchado al ligero carricoche.
Hogue Kinsey estaba sosteniendo de las bridas el tronco, trabajo que detestaba cordialmente a juzgar por la fría rigidez de su rostro y por sus relampagueantes ojos. Kinsey dirigió a Wade una mirada de advertencia que sobresaltó a éste e hizo que se preparara para lo que había de suceder.
Jacqueline se dirigió a Wade, en tono seco.
—Brandon, ordena usted a sus vaqueros que tengan la boca cerrada como respuesta a las preguntas que se les dirigen?
—Eso depende de la persona que haga las preguntas —replicó Wade también con voz áspera, al mismo tiempo que enrojecía.
—Alguien ha montado mis caballos. Están delgados, contusionados, sucios. Pen tiene un corte en el lomo y va cojo.
La muchacha estaba indudablemente enojada y dolorida. Wade se mostró indulgente con ella y sus iracundas palabras, puesto que conocía el amor que profesaba a sus caballos de raza, y no habría importado mucho si no hubiera sido porque sabía que aquellas palabras eran oídas también por su interesado y curioso admirador. El primer sentimiento de Kinsey pareció ser de congoja al verse de nuevo situado a corta distancia de los acusadores ojos de Jacqueline.
—Kinsey, evidentemente, es sordo y mudo —continuó Jacqueline—. ¿Quiere usted hacer el favor de decirme quién ha montado a Pen? —Fui yo.
—¿Con qué permiso?
—Con ninguno. Me limité a coger el caballo.
—¿Cómo se atrevió usted a hacerlo? No permito a nadie que monte mis caballos y especialmente a Pen.
—Lo siento mucho, señorita Pencarrow —intervino Wade, fríamente—. No pensé en pedir a usted autorización para llevarme su caballo. Teníamos los demás caballos rápidos fatigados de las largas carreras a que los habíamos sometido los dos días anteriores y necesitaban descansar. Y ese otro caballo de usted estaba demasiado gordo y necesitaba lo contrario: trabajar. Y en realidad obtuvo lo que precisaba... Pen no está cojo. Lo que sucede es que se le metió una piedra en un casco y renquea un poquito.
—Papá, me siento furiosa —exclamó Jacqueline; pero a Wade le pareció apreciar que no estaba tan furiosa como excitada =. Si yo fuera el jefe de este rancho..., si lo fuera...
—Bien me alegro de que no lo seas —la interrumpió bruscamente Pencarrow—. Pero desde el momento en que acabas de calificar a Brandon de una manera tan poco amable, por no decirlo de otro modo, ¿por qué no te enteras antes de cuál es la causa de la cojera de Pen? —No es la ocasión más apropiada para decírselo —terció Wade, rápido—. Ha sido tan sólo uno de esos accidentes cotidianos que suelen sucedernos a los caballistas.
—Díselo, Hal —gritó Rona con resentimiento. Tenía un rosetón rojo en cada una de las pálidas mejillas.
—Puedes estar segura de que se lo diré —replicó Hal.
—Ya se lo habría dicho hace mucho tiempo si no hubiera sido por papá.
—¿Qué es lo que me ocultáis? preguntó Jacqueline, al mismo tiempo que palidecía visiblemente.
—Hal, ¿vas a quebrantar mis órdenes? —reprobó Wade.
—Por una sola vez voy a hacerlo, patrón. No me importa un pepino. Jacque se encuentra hoy en uno de sus arrebatos nerviosos. Pero es necesario que no haga recaer la culpa de lo sucedido sobre ti.
—¡No importan mis nervios! replicó la muchacha secamente, presa una vez más de intenso rubor—. Decidme lo que ha sucedido.
—No ha sido una cosa de gran importancia para nosotros los caballistas —contestó con desparpajo, el chiquillo Si no hubiéramos utilizado tus caballos últimamente, nos habríamos visto en una situación más apurada de la que nos encontramos. Ya sabes que mi trabajo consiste en inspeccionar el terreno con unos gemelos de campaña desde lo alto de la colina.
Hogue ha dado a esta colina el nombre «Moño de Rona», porque es brillante y enmarañada...
Pues bien; estaba esperando a que los vaqueros asomaran junto al límite del bosquecillo de cedros. El sol de la tarde me caía rectamente sobre los ojos. Y entonces sucedió que fui asaltado por dos individuos que se habían arrastrado por el suelo y que me sorprendieron inesperadamente. Uno de ellos quería romperme la cabeza en aquel mismo instante, pero otro creyó que secuestrándome podría obtener dinero de papá por mi rescate. Y por eso me ataron las manos y me obligaron a subir a mi caballo. Comenzamos a bajar la cuesta. Vi a los vaqueros, que salían en aquel momento de entre los cedros, y grité hasta desgañitarme. Mis secuestradores dieron vuelta para dirigirse hacia el terreno despejado sin soltar las bridas de mi caballo. Y ¡cómo corrieron! En los primeros momentos estábamos en exceso distanciados para que los vaqueros pudieran alcanzarnos con sus disparos; pero, de todos modos, Hogue y sus compañeros quemaron un verdadero montón de pólvora. Brandon montaba a Pen. Todos habían hecho anteriormente un recorrido muy largo y duro y todos los caballos, menos Pen, se hallaba totalmente agotados. Pen consiguió destacarse de los demás, que quedaron rezagados, y se lanzó en persecución nuestra. En toda mi vida no he corrido tan velozmente como entonces. Después los dos bandidos comenzaron a responder a los disparos de Brandon, hasta que gastaron todas sus municiones; pero Brandon continuó avanzando y ganando terreno.
Comencé a pensar que muy pronto oiría el silbido de sus balas cerca de mis oídos, mas no fue así. Oí que Brandon disparaba, y oí también el proyectil que hirió en el centro de la espalda al hombre que llevaba cogidas las bridas de mi caballo. El hombre lanzó unas palabras horribles y soltó mis bridas y las suyas. El otro bandido le agarró para impedir que se cayese. A su lado cayó una lluvia de balas. Cogí las bridas de mi caballo y conseguí dominarlo. Brandon continuaba aproximándose con la velocidad del viento y sin cesar de disparar. Todos se perdieron de vista. Oí más disparos. Más tarde, Brandon apareció al trote. Me dijo: «¿Cómo estás, Hal?», y contesté : «Me encuentro muy bien...,aparte que me parece que no tengo importancia suficiente para que me hagan objeto de un asalto tan brusco.» No me dijo ni una sola palabra acerca de los dos bandidos —porque bandidos eran, indudablemente—, y no necesité preguntárselo. Pen estaba cubierto de sudor, pero no parecía exhausto. Volvimos grupas para reunirnos con los vaqueros... Y creo que eso es todo.
Si Wade hubiera sido capaz de alimentar un deseo de desquite, lo habría visto satisfecho cumplidamente. Pero la vista de Jacqueline anuló la expresión de sus doloridos sentimientos.
—¡Hal! —murmuró ella; y se aproximó ciegamente a su hermano, que aceptó con rapidez su mano.
—Jacque, no ha sido nada... ; de verdad que no tiene importancia —protestó Hal con vehemencia, sorprendido al ver el cambio que se había operado tan rápidamente en la orgullosa y apasionada actitud de su hermana Pero Pen... ¡Ah, qué caballo! Si supieras lo muy bueno que es, no serías tan avara de él.
Deberías haber oído, Jacque, lo que los vaqueros dijeron acerca de ese caballo.
Jacqueline levantó la cabeza para mirar a Wade; y es seguro que no vio a nadie sino a él.
—No sabía... Me desprecio... por haberle ofendido. Estaba terriblemente equivocada.
—No tiene importancia, señorita Pencarrow —replicó Wade rápidamente Es natural, puesto que estaba usted sobresaltada. Usted quiere a Pen. ¡Es un gran caballo! Pero ni yo ni ninguno de mis compañeros volveremos a montarlo jamás.
—Si Pen es un caballo tan magnífico que puede salvar a papá o a Rona..., o a usted, Brandon... —dijo ella con voz que había recobrado la fuerza y la resonancia habituales—, entonces ¡lo cabalgará usted!
—Me parece... que no —contestó Wade, vacilante, acobardado al ver que se aproximaba el principio de lo que tanto temía—. Jamás me encontraría tranquilo sobre él... Lo he hecho renquear, como usted sabe. Nadie lo olvidará nunca.
—Pero Pen es de usted; es suyo, porque yo se lo doy —replicó ella con firmeza. Y dio media vuelta en dirección a los demás hombres, con un semblante serio y rígido que ofrecía un marcado contraste con la alegre fogosidad y la petulante actitud que aquel día la había caracterizado.
—Caballeros —dijo a sus visitantes—, es una lástima que no se marchasen ustedes antes. Me he dejado arrastrar por uno de mis arrebatos y he ofendido al señor Brandon, que es nuestro amigo y nuestro salvador. Ustedes podrán apreciar la mala situación en que nos encontramos aquí, lo muy amenazados que nos hallamos de peligros y preocupaciones, lo imposible que nos resulta el agasajar a nuestros invitados y visitantes, ni siquiera durante un solo día, sin someterlos a nuestras mismas torturas. Lo siento mucho. Han sido ustedes muy amables al visitarnos. Adiós.


XV
L a historia del rapto de Hal casi dividió a la familia Pencarrow. Principalmente la madre cayó en un ataque nervioso, y suplicó y exigió que no se permitiese a su hijo trabajar en compañía de aquellos arriscados vaqueros. Pencarrow experimentó una profunda emoción, pero comprendió que Hal ya no era un niño y ayudé decididamente al muchacho en su determinación de acompañar a Brandon y realizar el trabajo que le correspondiese. Jacqueline se mantuvo en silencio durante la disputa familiar, claramente confusa y dominada a medias por el amor a su hermano y la terrible obligación que él mismo se había impuesto. Rona apoyó con fuerza a Hal. Finalmente, Jacqueline terminó la discusión al suplicar a Brandon:
—Creo que Hal debe cabalgar con usted. Pero, en tanto que sea posible, otórguele todo el cuidado y toda la protección que pueda mientras dure su aprendizaje. Al día siguiente Wade mantuvo a Kinsey e Hicks a su lado, y envió a Hal y a los demás vaqueros, y también a Lightfoot, a Holbrook para que adquiriesen dos carros de provisiones. Wade ocupó el puesto de observación en la alta colina. Kinsey e Hicks, con ligeras cargas, se alejaron hasta el plinto extremo del terreno abierto, más allá del cual debían esconderse entre la arboleda y vigilar la llanura. En el caso de que, se produjese algún ataque, deberían seguir las huellas de los bandidos, surgir ante ellos en el terreno descubierto, disparar y huir bajo la protección de la noche.
Ninguno de los días que había destinado a hacer vigilancia le pareció a Wade tan significativo y sugeridor como éste que pasó en la colina. Desde allí podía ver la casa ranchera, no muy lejos, y algunas veces, a las muchachas que salían al exterior, y la mayoría de la amplia extensión que se dirigía hacia el Norte y el Oeste. El ganado se hallaba diseminado sobre cinco millas cuadradas de terreno, o acaso algo más, en la parte descubierta, y su número llegaba probablemente a cuatro mil cabezas. Wade, sentado a la sombra de un pino, vigilaba todos los objetos movientes que se hallaban dentro del radio de visión de sus gemelos de campaña. Y al mismo tiempo, sus pensamientos y sus sentimientos se hallaban en plena actividad.
El otoño iba bastante avanzado, y la naturaleza que le rodeaba había adquirido un glorioso esplendor dorado que las manchas de color escarlata, las anchas arboledas y el vasto mar verde y ondulante de la hierba parecía realzar más intensamente. El desierto le atraía aún más con su severa y mística fortaleza, con el imán de su silencio y de su hermosura. ¿Se alejaría, Wade algún día hacia aquella cortina de neblina azul, descendería al mundo que estaba poblado de rocas y de arenas?
Aquel día, el campo, por lo menos hasta el punto en que Wade podía alcanzar, no aparecía manchado de nubes de polvo o de las motitas de algunos jinetes vestidos de ropa oscura. Al llegar el crepúsculo descendió hacia los cedros y regresó a la casa ranchera, en cuya cocina tomó una tardía cena. Pencarrow fue en su busca para hablarle, y con él, Jacqueline, que le hizo innumerables preguntas, a las cuales no pudo contestar. La única para la cual le interesaba una respuesta fue precisamente la que no formuló, y que se relacionaba con el regreso y con la seguridad de Wade. Sólo el hecho de que la muchacha hubiera ido para verle con ojos llenos de temor, hizo que Wade se dirigiese a su dormitorio estremecido por opuestas corrientes de emoción.
Y se sentó en el pórtico, bajo la fría luz de las estrellas, y vio entre las sombras el rostro de Jacqueline cuando se asomó a la ventana. Entonces comenzó un extraño duelo. Jacqueline le vigiló, y él lo sabía; y esto despertó en él una preocupación más grande que su ansioso deseo de verla. ¿Por qué estaba Jacqueline asomada a la ventana? Cuando no pudo soportar más la situación, Wade entró en la estancia y, casi inmediatamente, comenzó á mirar a través de su oscura ventana, con lo que vio agitadamente que ella había cerrado la suya y encendido la lámpara.
Antes del amanecer Wade inició su solitaria guardia en el terreno abierto. Sus ojos vigilantes penetraban la gris oscuridad que precedió al alba.
El día fue exactamente igual al anterior. Al cabo de siete días las primeras nubes de polvo que Wade vio fueron las que procedían de los carros y de los caballos de los vaqueros que regresaban de la ciudad. Wade volvió a la casa antes del anochecer. Jerry le informó de que el viaje había sido tan pacífico y estado tan desprovisto de acontecimientos, que su misma quietud parecía un mal presagio. El frío había hecho su aparición en las mesetas. El ganado descendía hacia los lugares más abrigados. Hal, como en su primer viaje, semejaba hacerse a cada momento más reposado y más hombre. Elwood Lightfoot se mantuvo en silencio hasta que las muchachas se hubieron llevado a Hal y sus innumerables paquetes al saloncito y los vaqueros le hubieron dejado a solas con Wade y Pencarrow.
—Bien, Brandon: la semilla que hemos sembrado ha fructificado de modo prolífico y fuerte —dijo—. Nunca oí tantas historias contradictorias. He ido rápidamente en el tren hasta Winslow y Flagstaff, antes de dar unos paseos por Holbrook. Todo Arizona está enterada de los sucesos del rancho de Cedar. Y, Pencarrow, si en alguna ocasión ha sido elogiado un ganadero por haberse mantenido firme en las circunstancias más desfavorables, ese ganadero eres tú. Y, Brandon, si alguna vez ha sido un pistolero bien acogido en alguna región, ese hombre eres tú. Las murmuraciones han exagerado todo lo que ha sucedido y han creado más de un millar de acontecimientos que jamás se han realizado. Se dice que diriges un equipo de vaqueros valientes y de mestizos. El ahorcamiento de aquel bandido en Pine Mount ha arrojado una luz reveladora sobre Blue y Harrohin. Casi me atrevería a decir que se ha llegado a considerar a los dos como proscritos. Tienen amigos poderosos (todos los ganaderos que no hacen preguntas), pero no van ¡untas por todas partes las risas y las lágrimas. Ha llegado la ocasión que hará que las opiniones se dividan en estas latitudes. Todos los vaqueros dicen que la época del ahorcamiento de ladrones ha llegado a Arizona y que antes de que pase mucho tiempo los algodoneros estarán adornados de huesos de hombres a quienes creemos personajes respetables. Es una conversación que deleita a los vaqueros. Ha debido de venir de Tombstone algún jugador que ha informado a los amigos de Holbrook Kent de las hazañas que Tex Brandon ha realizado en Yuma, Tombstone y Douglas. Si fueras Wess Hardin, Buck Duane y Billy «el Niño», en una sola pieza, no podrías ser tan sanguinario, tan terrible, tan feroz como se dice que eres. Son noticias malas para Harrobin y Blue. He hablado con un hombre que oyó a Blue desvariar con indignación a causa de ese Tex Brandon. «Pero ¿quién diablos es ese hombre? —decía—. Conozco a todos los pistoleros de Texas y a muchos de los recién llegados. Pero jamás he oído hablar de ningún Tex Brandon. En el caso de que sea un hombre tan notable y tan peligroso como dicen, ése no puede ser su verdadero nombre.» Y es seguro que el nombre de Holbrook Kent está en todas las bocas. Kent es lo que llamamos un hombre «señalado». Aun cuando fuera solamente un fanfarrón, y no hay duda de que no lo es, se vería obligado a enfrentarse contigo. Y, en resumen, que todas estas charlas y estas suposiciones alimentarán las conversaciones durante todo el invierno. Y el próximo verano se hará el relato exacto de lo que haya sucedido.
—Se hará el relato antes del verano..., si me es posible escribir la página que deseo —dijo Wade.
—Muy bien. Atácalos en primer lugar. No lo esperarán —replicó Lightfoot.
—¿Nos atacarán para robarnos antes de que llegue el invierno? —preguntó Pencarrow.
—He estado esperando que se produjese un ataque cada día. Pero nada ha sucedido.
Kinsey y Hicks están ausentes. Les he dado una semana de permiso. Si no volvieran mañana, iríamos a buscarlos.
—Si tuviera dinero, compraría ganado —replicó Pencarrow, decididamente—. Los ladrones de esta zona han hecho que los precios se mantengan bajos.
—Deposité en el Banco nueve mil dólares de usted después de haber vendido la manada que hemos recobrado —dijo Wade—. ¿Por qué no dejar en depósito solamente un millar y comprar con el resto? —Ya te debo cerca de siete mil dólares.
—¿Y qué? Dejemos esa cuestión.
—Pencarrow, podrías comprar novecientas cabezas, o acaso más —comentó Lightfoot—. El ganado no volverá nunca a estar tan barato como ahora. Ésta es la ocasión de comprar... ¡Si pudiéramos recoger dinero...!
—Podría hipotecar mi rancho?
—¡Claro que sí! Con toda la agitación que se ha producido y todo el interés que se ha despertado podrías obtener una buena cantidad.
—¡No hay hipoteca que valga! —exclamó Wade, al mismo tiempo que movía la cabeza negativamente—. Se ría una lástima. Conserve libre la tierra y sus propiedades.
—Yo podría vender las mías a Aulsbrook por diez mil dólares —añadió Lightfoot—. Estoy seguro de que desea adquirirlas a causa del agua.
—Si se las vendiera usted a alguien habría de ser a Pencarrow —replicó Wade—. Si la próxima primavera constituyera la mejor ocasión para vender, entonces deberíamos reunir el dinero necesario para comprar por cualquier otro procedimiento.
—Si, es cierto. Absolutamente cierto..., siempre que tengas la seguridad de que puedes deshacer la fuerza de esa cuadrilla de ladrones.
—Sé que puedo hacerlo —contestó Wade con severa gravedad; pero no añadió que podía garantizar que saliese con vida de la contienda.
—Estamos fantaseando excesivamente —interrumpió Pencarrow con impaciencia—. Lo que nos importa es reunir dinero. Me limitaré a comprar otro millar de cabezas, y después me daré por satisfecho si puedo aumentar su número lentamente. Éste era nuestro primitivo proyecto.
—Sí, pero ¡qué pena! —exclamó Wade, apesadumbrado.
—Los mendigos no pueden escoger, Brandon. Le digo que en estos momentos soy feliz —replicó el ranchero con firmeza—. Sois vosotros, mis amigos, los que me habéis hecho renacer.
Tengo un poco de dinero en el Banco y algunos millares de cabezas de ganado, cuando hace poco tiempo estaba arruinado, prácticamente arruinado. Brandon, sería un hombre mezquino y despreciable si no fuera capaz de apreciar lo que has hecho por mí y por mi familia. Puedo esperar.
—Pero una ocasión como ésta no volverá a presentarse jamás —protestó Wade.
—¿Qué ocasión?
—La de hacer una fortuna.
—No, supongo que no. Es seguro que no. Y por lo menos no podrá producirse mientras haya una guerra ganadera de un lado, y de otro unas cuadrillas de bandidos.
—Acaso debiera haber dicho que la ocasión era propicia para que recobrase usted la fortuna que perdió —expuso Wade significativamente.
—Sí, eso me duele. Y si hay algo capaz de romper mi equilibrio, es eso. Pero estaba prácticamente arruinado. Y me niego a permitir que los sueños de una ocasión venturosa de rehacer una fortuna, o de adquirir una fortuna nueva me priven del placer que ahora me inunda.
Así terminó la discusión. Wade respetó la admirable actitud del ranchero respecto al pasado y al presente. Pero este respeto no le impidió continuar alimentando su anhelo de obtener provecho de aquella excepcional oportunidad. Anteriormente la había desechado; pero el pensamiento volvió a él de un modo más intenso y obsesivo.
Kinsey y el mestizo, no regresaron durante el día siguiente ni durante el inmediato. Al llegar al tercer día Wade se dirigió muy temprano hacia el lugar en que los dos vaqueros habían proyectado acampar, y descubrió que no habían estado allí desde hacía una semana. El seguir sus huellas habría constituido una labor excesivamente lenta para que pudiera ser realizada. Wade y sus vaqueros se desplegaron en semicírculo en el extremo occidental de la campiña, y muy pronto descubrieron huellas recientes de una corta manada de reses que se dirigía en línea recta hacia el Este. Sin duda, Kinsev e Hicks habían seguido aquella misma dirección. Antes de que el día hubiera concluido, Wade encontró señales del último punto de acampamiento de los ladrones, lo cual adquirió inmediatamente un significado muy profundo a causa de las dos tumbas cubiertas y cavadas apresuradamente que también encontró.
—I Maldición! —exclamó Jerry lentamente, en tanto que liaba un cigarrillo—. Hogue y Hicks han rendido homenaje a la cuadrilla de ladrones, ¿no es cierto?
Volvieron grupas y llegaron al rancho a una hora muy avanzada de la noche. Kinsey e Hicks estaban tumbados en sus camastros, tan profundamente dormidos, que no se despertaron. A la mañana siguiente Wade concedió a todos los vaqueros el descanso que tanto necesitaban, mientras él se dirigía a entrevistarse con Elwood Lightfoot. El colono le escuchó,, y luego meditó unos momentos.
—Es la quietud que precede a la tormenta, probablemente —dijo—. No sería difícil que Pencarrow continuase perdiendo reses durante todo el invierno. Va a costaros más de diez mil cabezas de ganado la tarea de derrotar a esas cuadrillas de bandidos que se han asociado.
—Eso sería barato.
—Haz que Pencarrow compre más ganado pronto. Blue y Harrobin concentrarán sus esfuerzos en Cedar Range en la próxima primavera. Tengo el presentimiento de que esos ganaderos contribuirán con cierta cantidad de ganado a la buena causa de hacer que los bandidos se alejen de estos terrenos, puesto que de todos modos pierden ganado.
—¿Qué quiere usted decir? ¿Que Aulsbrook, Driscoll, Mason y aun otros ganaderos menos importantes, como Drill, traigan aquí reses para que sean robadas?
—Así sucedería si lo hicieran. Piénsalo.
—No sería preferible comprarles las reses que hubieran de sacrificar con este fin a un precio muy barato?
—Seguramente lo sería y ellos venderían baratas las reses, teniendo en cuenta el fin a que se las destina. Pero ¿cómo demonios podríamos comprarlas?
—Elwood no había tenido en cuenta esa dificultad. Lo primero que hago siempre es tomar resoluciones sin contar con los obstáculos.
—¡Ah...! Brandon, supongo que todos los ganaderos que se hayan instalado entre el desierto y las montañas blancas se interesarán mucho por tu proyecto. En total, podríamos comprar treinta o cuarenta centenas de cabezas de ganado..., en el caso de que puedas convencer a los ganaderos de que terminarás con los ladrones. Aulsbrook, Driscoll..., los dos saben muy bien que están destinados a perder toda su ganadería. Blue estuvo por estos terrenos alrededor de cinco años. Harrobin, bastante tiempo menos. Ya es hora, en su concepto, de que hagan algún ataque importante que les produzca grandes beneficios para marcharse en seguida a otros territorios... Oye, ¿qué te sucede?
Wade había reaccionado con violencia ante un pensamiento luminoso. Este pensamiento parecía derramar brillantes chispas en su inteligencia, y le obligaba a saltar como si estuviera sometido a una fuerte corriente eléctrica.—¡Qué gran idea me ha dado usted!
Y, después de esta exclamación, salió repentinamente.
El informe de Hogue Kinsey fue el característico del genial vaquero en que el muchacho se había convertido:
—Descubrirnos a nueve ladrones que conducían una pequeña manada en dirección a la arboleda. Nos acercamos a ellos a la hora del anochecer, cuando acababan de acampar.
Estaban comiendo en torno a la hoguera, disponían de perros, y estos perros pos descubrieron.
Hicimos unos cuantos disparos y corrimos en busca de nuestros caballos. Al día siguiente volvimos a encontrar a los ladrones en el nuevo campamento; sólo había siete hombres y todos permanecían vigilantes y temerosos. Esperamos hasta muy tarde. Aun entonces algunos de ellos estaban despiertos, puesto que en el instante en que nos acercamos comenzaron a rebotar las balas en los árboles y en las rocas. Nuestro proyecto consistía en obsequiar a algunos de ellos con varios pedazos de plomo y alejarnos rápidamente antes de que se despertasen los demás. Hicimos los disparos y pudimos marcharnos, pero la fuga fue muy accidentada. A la mañana siguiente descubrimos que habían abandonado el campamento en plena noche y dejado alrededor de setenta novillos entre los árboles... y a una pareja de compañeros tumbados en el suelo, sin armas y sin espuelas, con los bolsillos vueltos al revés.
Y entonces decidimos venir a casa.
La nieve no cayó con la anticipación necesaria para evitar que la mayoría del ganado de Pencarrow fuese robada por los bandidos. Pencarrow había comprado mil quinientas cabezas a Drill, y estas reses, de tres, dos y cinco años, desaparecieron con el resto. Mientras Wadey sus vaqueros perseguían a una cuadrilla de ladrones y combatían contra ella, otras dos o tres más importantes y numerosas aparecían y realizaban sucesivos ataques, hasta el punto de que sólo dejaron en el terreno unos pocos centenares de terneras y de vacas.
Cuando, al fin, el invierno envió a los ladrones a sus escondrijos de los bosques, Pencarrow se hallaba de nuevo al borde de la ruina.
Una delgada capa de nieve cubría la tierra, excepto en el extremo meridional de la llanura, donde el sol brillaba cálidamente. Las pocas terneras y vacas, melancólico recuerdo de la que antiguamente fue una numerosa vacada, se concentraba en aquellos herbosos lugares. Las altas colinas y las cúspides brillaban resplandecientes. Un viento frío descendía de las alturas. Los lobos aullaban desde las estribaciones de los montes, y amenazaban apoderarse del ganado que quedaba. Y llegaron los días oscuros, en los que el cielo tenía un color plomizo y el viento rugía lúgubremente entre los pinos.
Pero la enorme edificación en que se aposentaban los vaqueros ofrecía un brillante aspecto con los crujientes leños que ardían en la abierta chimenea y con los multicolores atavíos de los vaqueros colgados a su alrededor.
Pencarrow, acompañado de Jacqueline y de los gemelos, se había dirigido recientemente al equipo, en el que incluía a Lightfoot, para darles las gracias con voz ronca por los esfuerzos que habían hecho para salvarle, así como a su familia, y para aconsejarlos que abandonasen el rancho de Cedar y buscasen empleo al servicio de otros rancheros que pudieran pagarles sus valerosos servicios.
El silencio respondió a sus palabras. Wade se hallaba sentado, sobre un cajón, mirando impasible, como una esfinge, hacia el fuego, con rostro marchito y afilado, con sombríos ojos.
Elwood se hallaba junto a la ventana contemplando el melancólico paisaje. Los vaqueros habían escuchado respetuosamente, sin proferir ni siquiera una palabra que denunciase sus emociones. Hogue Kinsey dirigió a Rona una mirada en la que brillaba su extraña ansiedad.
Acaso nadie, no siendo Wade, vio la mirada con que Rona correspondió a la del vaquero.
—Brandon, ¿te marcharás? —preguntó Pencarrow, obligado por el silencio del vaquero.
—¿Es preciso preguntarlo...? ¡No! —contestó Wade sin levantar la mirada. Su voz tenía la frialdad del hielo.
El ranchero se volvió de Wade a Kinsey, y repitió la pregunta.
—Señor Pencarrow, me quedaré —contestó el vaquero tranquilamente.
—Yo también —dijo Jerry.
—¡Diablos! ¡Pero si todavía no hemos empezado a luchar! —añadió Bilt Wood, lacónicamente.
El mestizo tardó más tiempo en contestar:
—Patrón, soy medio indio y jamás abandono una persecución.
Quedaba solamente por contestar Kid Marshall, el pequeño desesperado de piernas arqueadas, siempre seco, frío y alegre.
—No me podría usted obligar a ello, señor Pencarrow —dijo—. De cualquier modo que mire usted las cosas, llegará a la conclusión de que somos los hombres apropiados para su rancho.
Y no lo digo sólo por Tex. Jamás he visto gente para la que tanto pudiera agradarme trabajar.
Por otra parte, este dormitorio constituye un alegre punto de residencia para nosotros. Vamos a comenzar a cazar para recoger nuestras provisiones invernales de carne. Ciervos, patos, alces..., todo lo colgaremos de los pinos para que se hiele. No tendremos mucho trabajo, pero dispondremos de muchas diversiones. Tenemos tanto dinero como en cualquier otro momento de nuestra vida. Es cierto, este dinero va pasando continuamente de unas manos a otras, pero me parece que cuando llegue la primavera la mayoría de él se hallará en las mías... Mas, dejando aparte todo lo demás, la cuestión que nos sujeta a usted es ese trato tan asqueroso que los enemigos le han dado. Todos nosotros le admiramos por haberse quedado aquí, cuando cualquier otro ranchero que hubiera estado en su lugar se habría marchado. Apreciamos muchísimo a Hal y a las muchachas por su valor y por su lealtad hacia usted... Y, para decirlo en pocas palabras, señor Pencarrow, nosotros los vaqueros nos hemos unido en torno a Tex, y sabemos que si no lo hace antes usted o cualquier otro ranchero, entonces mataremos a Blue y a Harrobm.
Pencarrow, enrojecido y desconcertado, extendió las manos ante Brandon.—¿De modo que vamos a continuar criando ganado? —preguntó ásperamente.
—Si. Todas las pérdidas y todos los trabajos y los disgustos han sido una consecuencia de nuestra taita de práctica. No cometeremos dos veces los mismos errores. Pero los ladrones cometerán sus mismos errores muchísimas veces.
—No sé, no sé qué decir —contestó Pencarrow, impotente.
No hay nada que decir, papá, no siendo que comprendemos a la perfección —dijo Jacqueline, en tanto que ponía elocuentemente la mirada sobre Wade. Las muchachas salieron acompañadas de su padre. Rona lanzó una última mirada a Hogue, lo que llenó de contusión al vaquero. Wade los siguió para cerrar la puerta de la estancia.
—Pencarrow, habría sido una lástima el disolver este equipo de vaqueros —declaró Wade con emoción.
—Estoy vencido, Brandon. Pero, a fuer de sincero, diré que me considero muy feliz al ver que todos habéis decidido quedaros. Volveré a animarme y lucharé de nuevo.
—buenas noches, Tex —se despidió Rona alegremente—. Es usted muy bueno.
—Buenas noches, Ojos Estrellados —contestó Wade.
—Me parece que has hecho estragos entre mis vaqueros.
—Espere y verá —respondió Rona, riendo.
Wade se alejó del camino y cruzó el terreno cubierto de nieve para dirigirse a su dormitorio.
—Voy a acompañarle —dijo Jacqueline, con tanta naturalidad como si se tratase de una cosa que estuviera acostumbrada a hacer diariamente; y pasó su enguantada mano bajo el brazo derecho del vaquero. Si no la hubiera tenido a la derecha, Wade habría creído que ella podría percibir el impetuoso latido de su corazón. Wade era presa de muchos sentimientos, aparte su aturdimiento y su sorpresa. No había salvación para él. Jacqueline se proponía convertirle en amigo suyo. El no podía ofenderla nuevamente. Jacqueline caminaba en silencio, pisando fuerte sobre la nieve medio helada que crujía bajo sus pies. El sol se había ocultado, pálido y frío, por Occidente; un viento helado soplaba desde el Norte; las terneras mugían en los prados.
—Los tiene bien enseñados —dijo Jacqueline.
—¿A quién?
—A sus vaqueros. Nos quieren, es indudable, como Kid Marshall ha dicho. Pero es usted quien ha...
Se interrumpió y añadió a continuación:
—¿Vio usted de qué modo miró Hogue a Rona?
—Sí.
—¿Y vio usted la mirada con que ella le correspondió?
—¡Oh Tex...! Mi corazón está en lucha con mi razón..., con mi orgullo...
—¿Por qué?
—Porque yo misma podría enamorarme también de ese hermoso diablo.
Wade rió, y la risa pareció aliviarle un poco la opresión que sentía en el pecho.
—Siempre es diferente cuando somos nosotros quienes cometemos los errores.
Jacqueline permaneció silenciosa durante cierto tiempo, y luego preguntó con sencillez:
—¿Quiere usted venir a cenar con nosotros esta noche?
—¡No...! Muchas gracias —rehusó Wade, confuso y sorprendido.
—¿No querrá usted acompañarnos nunca..., Tex?
—Creo... creo que no.
—Nos espera un invierno largo, frío y duro... Me sentiré muy sola...
—Lo estará usted, ciertamente... Es una lástima que no se pueda ir a la ciudad durante el invierno. Usted y Rona necesitan amigos, diversiones, animación. Pasará mucho tiempo antes de que tengan vecinos en estas cercanías.
—Cuando eso suceda seré ya una señora vieja, con una cofia de encajes y una voz cascada y agria... Pero no echaré de menos a mis amistades de la ciudad. ¿Recuerda usted lo que le dije a John McComb?
—Sí. Y pareció sorprenderlo. Me dio lástima verlo. Fue usted cruel. Está desesperadamente enamorado de usted.
—No fui cruel, sino bondadosa.
Habían llegado al pórtico, y cuando Wade comenzaba a subir las escaleras, Jacqueline retiró la mano que tenía cogida a su brazo; la muchacha se quedó abajo y levantó la mirada hacia él. Su hermoso rostro, blanco y frío como una perla, estaba iluminado por aquellos ojos grandes que parecían despedir un fuego oscuro. Wade desconfió de sí mismo en aquel momento; temía al impetuoso tigre que se albergaba en su interior; estaba obligado a mirarla y tenía miedo a hacerlo.
—Si estuviera helada..., ¿me invitaría usted a entrar? —preguntó Jacqueline con calma.
—¡Vaya una pregunta! ¡Claro que lo haría!
—Bien, entonces.., estoy helada.
—¿Usted? ¿Con ese abrigo de gruesa piel..., ese vestido de lana y esas fuertes botas? —preguntó Wade, que se sentía en aquel momento tan tonto y tan inadecuado a la situación como sus palabras.
—No he querido expresar que esté helada por el frío y por el viento.
Wade se sintió absolutamente incapaz de contestar a estas palabras. Acababa de adquirir nuevas pruebas del peligro que le acechaba cuando se hallaba al lado de Jacqueline.
—Brandon, me comporté de un modo odioso con usted hace cierto tiempo.
—Acaso fue una cosa conveniente y justa.
—Lo siento mucho. Y lo siento mucho más, porque he descendido hasta la bajeza de coquetear con John McComb. Aquel coqueteo no respondió a mi propósito..., y sin duda dio lugar a que John se animase a pedirme lo que más tarde había de negar.
Wade demostró con su expresión la curiosidad y la intensa sorpresa que no quiso demostrar con sus palabras.
—¿No adivinó usted por qué?
Wade negó con un movimiento de cabeza.
—Quería ponerle a usted celoso.
—¡Pero...! —exclamó él; y se detuvo como si se ahogase. Las venas parecieron hinchársele como consecuencia de un agolpamiento de sangre que no pudiera circular libremente.
—Es usted el único hombre entre todos los que han venido aquí... que... que jamás me ha visto —confesó ella francamente—. En los primeros momentos su actitud me agradó muchísimo; ahora, ya no me agrada tanto. Ha sido una buena cosa para mi vanidad... Voy a continuar invitándole a que cene con nosotros... y a hablar conmigo después de la cena. ¿Lo hará usted? Seria una prueba de amabilidad, si no de algo más.
—Ya he dicho que... no —contestó Wade, tristemente.
—¿Pero usted no me aprecia absolutamente nada? —preguntó ella con brusquedad, incrédula, sorprendida y contusa ante la insistencia de su negativa.
—Eso no tiene nada que ver con la cuestión.
—¿Pero no me aprecia?
—Sí, la aprecio..., la admiro a usted... y la respeto... mucho más de cuanto las palabras pudieran expresar.
—¡No! ¡No es cierto! —exclamó ella petulantemente.
No había modo de oponerse a la voluntad de Jacqueline. Wade comprendió la imperativa necesidad en que se encontraba de poner fin prontamente a aquel diálogo.
—Sin duda, debo de apreciarla..., puesto que voy a morir muy pronto por defenderla a usted —dijo brutalmente.—¡— ¡Oh! —exclamó ella como si hubiese sido herida. Wade continuó :
—Si se detiene usted a pensar, lo hará con sentido común. ¿Qué podía usted esperar?
Tengo cien probabilidades contra una de morir en la lucha antes de que consiga terminar de limpiar esos nidos de ladrones. ¡Piénselo! Suponga que yo hiciera algo más que apreciarla a usted..., o, lo que es infinitamente más, suponga que usted hiciera algo más que apreciarme, lo que sería ridículo y absurdo. Eso contribuiría a debilitarme, a restarme valor..., y a convertirme en una presa fácil para Kent o cualquier otro pistolero antes de que hubiera salvado a su padre... Intente examinar la cuestión con este aspecto. ¡Buenas noches!
Cuando la caza hubo concluido, los vaqueros de Wade tuvieron muy poco trabajo que hacer, no siendo el arreglo de sillas, bridas y arneses y cortar leña, trabajos para cuya realización hicieron apuestas, como acostumbraban en todas las ocasiones.
Para Wade, el estar en compañía de sus vaqueros constituía una especie de rejuvenecimiento; pero tenía un grave problema que le atormentaba tan pronto como se presentaba ante su imaginación y que le dejaba muy poco tiempo libre para poder pasarlo en unión de sus compañeros.
Este problema era si debería o no debería emplear la fortuna que tenía oculta en adquirir ganado para añadirlo al que ya existía en el rancho de Cedar Range.
Hubo ocasiones en que rechazó este proyecto, se rió de él y procuró alearlo de su conciencia. Pero siempre había alguna circunstancia que le hacía recordarlo. La tranquila voz de esta conciencia aumentó hasta convertirse en una negativa tronitosa; y, sin embargo, la tentación se elevaba continuamente a su mismo nivel. Un perverso demonio discutía con él, le atormentaba incansablemente, le decía que no importaba el modo como pudiera salvar a Pencarrow, que lo importante era salvarle. Si era deshonroso destinar aquella riqueza mal adquirida para salvar al ranchero, e indirectamente a su fogoso hijo y a sus hermosas hijas, tal deshonra caería sólo sobre él, en el caso de que algún día fuera descubierto. Y desde el momento en que no pedía nada para sí mismo, ¿cómo podría su acción ser egoísta, baja o interesada?
Wade pensaba con temor que había vivido durante tanto tiempo al lado de hombres deshonestos, que ya no le era posible distinguir el bien del mal. Y meditó durante largas horas ante el fuego de su habitación, examinando el intrigante aspecto moral del dilema que le atormentaba.
Solía llegar alguna hora, frecuentemente en las más altas de la noche, en que creía que había vencido la tentación, y se alegraba de haber tomado una decisión definitiva. Sin embargo, al día o a la noche siguiente, los viejos murmullos susurradores e imperativos volvían a sonar en sus oídos.
Todos los días le parecía debilitarse en todo un poco, en todo, excepto en su indignación.
Los vaqueros se preocupaban en vano por él. Las dulces insinuaciones de Jacqueline le dejaban frío. El modo como Wade se ocultaba de ella no había podido pasar inadvertido.
Acaso ella lo había apreciado y se sintió dolida, puesto que cesó abiertamente de acercarse a él para hablarle. Pero, con gran frecuencia, cuando Wade volvía a su habitación después de haber colocado una trampa en la nieve, o al regresar de la casa de Lightfoot, o de una visita al dormitorio de los vaqueros, solía encontrar una tarta de manzana o alguna apetitosa confitura sobre su mesa. Y muchas veces durante el día, al asomarse a su ventana, veía que Jacqueline se asomaba a la suya y no cesaba de observarle. Esto afectó a Wade de un modo tan desastroso, que durante cierto tiempo se encontró incapacitado de pensar con claridad. ¡Qué idiota era al suponer que ella tuviera algún interés por él! De todos sus torturadores pensamientos, éste era el que más apasionadamente desechaba. No era nada; aquel pálido y hermoso rostro de la joven, cuando se asomaba a la ventana..., aquellos ojos oscuros que aun vistos a distancia parecían dos profundos abismos..., aquella vigilancia tan sostenida, y en especial a las horas del amanecer o del anochecer, cuando Wade regresaba de su trabajo...; todo esto significaba sólo que era una mujer compasiva y que se preocupaba por él porque había dicho que moriría al servicio de ella.
Este convencimiento no le sirvió para vencer las dificultades de la dura prueba a que se hallaba sometido, ni tampoco la gradual pérdida que experimentaba Pencarrow, ni la anhelante ternura de Rona, ni el fracaso de Hal al intentar ocultar sus temores por medio de la alegría. Ni tampoco la conversación de los vaqueros, que era cáustica, leal y amigable. Wade los había inflamado con su deseo, había encauzado sus imaginaciones jóvenes hacia el desprecio de todos los peligros, hacia el odio a los ladrones, a inflamarse por la sed de sangre.
Los vaqueros —solían hablar durante horas y más horas para proyectar, para buscar los medios de hacer frente a todas las situaciones que pudieran presentárseles en su lucha contra los bandidos. En los días alegres y soleados solían concertar concursos de tiro y se cruzaban apasionadas apuestas. Tampoco el incesante ejercicio que Wade realizaba para adquirir práctica en el rápido manejo del revólver contribuía de ningún modo al desarrollo de su moral. Ningún pistolero se ha practicado jamás tan incansablemente, tan anhelantemente, con tan apasionada intensidad, tan fría, rápida y seguramente con el fin de estar a punto para un encuentro largo tiempo esperado. Aquellos días de invierno convirtieron a Wade en un hombre sin par en cuanto a rapidez, en cuanto a percepción física y en cuanto a genialidad para acometer.
El día de Nochebuena llevó a los vaqueros una sorpresa en forma de cena extraordinaria, que fue mantenida en secreto hasta el mismo día. Los muchachos gritaron llenos de alegría; luego experimentaron ciertos presentimientos y, finalmente, se asustaron. Pero Hogue Kinsey juró que molería a palos a cualquiera de ellos que tuviese la osadía de escapar en aquella ocasión. Wade se sintió al mismo tiempo desgraciado y feliz porque no podía rehuir la invitación; velase obligado a aceptarla en aquellos momentos en que la paz en la Tierra y la buena voluntad de los hombres eran las cosas que estaban más alejadas de su imaginación, cuando en la cumbre de su tentación, dividido entre el honor y la deshonra, sabía que había de ver a Jacqueline en un ambiente como jamás la viera.
Pero acudió a la cena, olvidándose de sí mismo, alegre al ver el placer de aquellos jóvenes bravíos y sin hogar para quienes la Nochebuena no significaba generalmente otra cosa que una noche de orgía en algún lugar despreciable. El árbol de Navidad estaba lleno de regalos para todos, regalos que demostraban la previsión y el cuidado de alguna persona. La cena fue de tal calidad, que los vaqueros comieron como si fuera la última vez que hubieran de hacerlo en su vida. Rona, con un vestido largo y blanco, desconocido de los vaqueros, parecía haberse transformado en una mujercita hermosa y radiante. En cuanto a Jacqueline, que también iba engalanada de blanco —un vestido muy escotado y sin mangas—, le pareció a Wade que hablaba y se movía como entre niebla. Cuando la vio aparecer aquella noche, su belleza le cegó. Sus ojos brillantes, oscuros como la noche, que escondían algún secreto con tristeza, acrecentaron el amor de él de un modo insoportable. Jacqueline le había dirigido una sonrisa, presentado su mano, y le había llamado Tex; y parecía querer decir con ello que se había vestido de aquel modo sólo para él.
Después de la cena, Kid Marshall fue el único vaquero que pudo responder al alegre requerimiento de Jacqueline para que pronunciara un discurso. Kid vio que aquella era la mejor ocasión que había encontrado en toda su vida, una ocasión cuya importancia era incapaz de comprender. Pero se mostró decidido y valiente.
—Queridas patronas y buen patrón —comenzó diciendo: les damos gracias por este hermoso agasajo, y todavía más por la bondad de sus corazones, jamás lo olvidaremos ninguno de nosotros. El cariño que ustedes nos han dedicado ha llevado a nuestro corazón algo que nosotros no conocíamos. Nosotros, los que por espacio de muchos años no hemos tenido hogar, ni madre, ni hermanas, ni hemos pensado en Cristo, seremos mejores desde ahora en adelante, después de habernos sentado a su mesa, por la humana atención que nos han dispensado. Es seguro que cuando llegue otra Nochebuena, algunos de nosotros no estaremos ya aquí. Pero el habernos hallado presentes, el haber podido apreciar cuanto vale el cariño, el tener el privilegio de luchar en defensa de esta familia, cambiará de un modo definitivo nuestras mismas vidas y nos hará olvidar que hemos sido plumas arrastradas por el viento de las llanuras, proscritos para quienes no había esperanza de bondad; y nos consideraremos felices muriendo por ustedes en el caso de que fuera necesario.
La conmovedora melancolía de Marshall puso el único toque de tristeza en la alegre reunión, como un recuerdo de la severa amenaza que constantemente se cernía sobre Brandon y sus caballistas.
Al despedirse, Jacqueline oprimió fuertemente la mano de Wade, y, al mismo tiempo que le dirigía una mirada picaresca, dijo :
—Al fin y al cabo, he triunfado en mi propósito de hacer que viniera usted a cenar con nosotros una noche, ¿no es cierto?
—Sí, es cierto. Sin embargo..., creo que estoy obligado a darle gracias por algo que siento y que no puedo expresar.
—¿Es algo tan terrible?
Wade la miró lentamente, y todo el fuego y la energía de su naturaleza se convirtieron en enojo.
—Sí, para mí ha sido una cosa terrible —dijo—. Pero yo podría haber soportado aún más angustias en beneficio de estos vaqueros, a causa de lo que Kid Marshall ha dicho que la fiesta significaba para ellos.
—¿Terrible? susurró ella, con el rostro pálido, que la luz de la lámpara que brotaba a través de la puerta hacía parecer más blanco todavía. Las palabras de Wade la habían sorprendido.
—De ahora en adelante, el ser hombre me parecerá más duro que nunca —replicó Wade sencillamente y con expresión de tristeza.
A partir de aquella noche, Wade tomó parte en una batalla que estaba perdida de antemano. Lo sabía, y el saberlo le ocasionaba un sufrimiento constante. Todo lo que había hecho por mantenerse fiel a la palabra que había dado a su padre y a la solemne promesa que le hiciera parecía hacer que la balanza se moviese indecisamente. Al fin, cuando Simm Bell estaba sentado moribundo, apoyado contra el árbol y con las pistolas dispuestas para disparar, había visto claramente la amargura de la senda que su hijo recorría, y la única esperanza que para él podía abrigarse; y Wade había sabido elevarse a las alturas a que le obligaban sus juramentos.
Aquella noche de Navidad, Wade, sentado ante las llamas oscilantes y moribundas del fuego, dolorido y esperanzado alternativamente, intentó poner fin a su batalla interior en uno u otro sentido. Y cuando, a una hora muy avanzada, se introdujo entre las ropas de su cama, aún no había llegado a tomar una decisión.
Pasaron los días, se hicieron más largos, y el sol más caliente. Todas las llanuras estaban desiertas. Marzo encontró el terreno cubierto por una ligera capa de verdor. Allá abajo, en la granja de Lightfoot, los sinsontes habían regresado y comenzaban a cantar.
Wade acogió jubilosamente el final del largo invierno. Durante las últimas semanas había sido casi como un recluso. Esperaba que se produjese una iluminación en su cerebro, o un despertar de su voluntad. Mientras estaba, cierto día, haciendo prácticas con su revólver, un hábito que se había convertido casi en un acto mecánico para él, un pensamiento, una interrogación que provenía de un punto que no pudo adivinar, le detuvo. En el caso de que muriera en aquellas circunstancias como consecuencia de un encuentro con Kent, ¿qué sería de todo aquel dinero que había escondido? Se pudriría bajo tierra. No serviría de nada para compensar los daños causados por Wade durante sus años de maldad. Se perdería estérilmente.
«Debería emplearlo en alguna obra buena antes de enfrentarme con Kent», se dijo. Y se hundió en la profundidad de sus pensamientos. La campana que llamaba a los vaqueros para la cena no le sacó de su abstracción, y continuó sentado en la oscuridad, ante los rojos rescoldos del olvidado fuego. E inmediatamente experimentó un temblor ligero y extraño, que en el estado mórbido de su imaginación, el joven interpretó como un augurio de su propia muerte.
Sí, moriría asesinado durante el verano siguiente. Y esta suposición aumentó su desprecio hacia aquellos ladrones de ganados y su firme resolución de romper el dominio estrangulador que los bandidos ejercían sobre aquella región de Arizona. Y también hizo que surgiera de un modo claro y vívido, desde las tinieblas de su espíritu, la acción que debía realizar. Wade debía restaurar la perdida prosperidad de Pencarrow y, como consecuencia, la felicidad de toda la familia. Debería salvar a Jacqueline de la pobreza, de la terrible necesidad de sacrificarse aceptando un matrimonio impuesto por las circunstancias, acaso, de ser arrebatada de su hogar y llevada a las guaridas de los inclementes forajidos.
A Wade le pareció que salía de entre las tinieblas de; una pesadilla. Su actividad mental se aceleró, de sus sentimientos desapareció el frío temor que hasta entonces le había embargado. ¿Qué importaba que fuera hijo de un ladrón, y que él mismo hubiera sido también ladrón? ¿Qué importaba si tenía o no tenía derecho a salvar de la ruina a los Pencarrow con un dinero que había sido robado? Jacqueline no lo sabría jamás. Y con su muerte terminarían para siempre las posibilidades de que pudiera ser identificado como Wade Holden, el ladrón y asesino, a quien Mahaffey y sus batidores tejanos habían jurado atrapar. Rand Blue reconocería a Wade, de esto estaba completamente seguro; pero lo haría demasiado tarde para que su traición pudiera ocasionarle perjuicios. Las palabras de Wade, su sorpresa, su temor, su grito de reconocimiento se estrangularían en el fondo de su garganta.
Había terminado... la dura prueba. Wade había caído, pero se encontraba feliz en medio de su caída. Su amor por Jacqueline, su firme resolución de pagarle la deuda contraída, eran más fuertes que el honor, más fuertes que la promesa hecha a su padre, más fuertes que su lenta evolución hacia una vida a la honradez. Esto es lo que había de cierto y de seguro en el fondo de la cuestión. Al fin, Wade se había encontrado a sí mismo, y como por arte de magia recuperó su antigua frialdad y su imbatible espíritu. Se puso en pie, ; se sacudió como si quisiera libertarse de una Coraza que le hubiera tenido encerrado, y abrió la puerta como si pretendiera arrojar al exterior, y para siempre, al otro ser que en él vivía aquel muchacho que todavía soñaba y esperaba.


XVI
Wade se había dirigido a la casa ranchera de los Pencarrow en diferentes ocasiones y con distintos estados de ánimo y de variadas emociones; pero la suma de todos ellos y de todas ellas no podía compararse con su actitud interior de aquella hermosa mañana de mayo, cuando, después de observar cómo dieciocho millares de reses cansadas y cubiertas de polvo desfilaban por la llanura, se dirigió lentamente hacia el pórtico.
Todos estaban en la casa, lo que sorprendió y pareció extraño a Wade a consecuencia de su ausencia por espacio de varias fatigosas semanas llenas de duros trabajos. Y el cariño de aquellas personas hacia él le acogió como una cálida corriente de agua pura. Jacqueline estaba detrás de los demás, a la puerta, con el rostro pálido, con los oscuros ojos dilatados y llenos de ansiedad, y se desvaneció tan pronto como Hal y Rona se apresuraron a salir al encuentro de Wade, a quien casi arrastraron de la silla, y a quien Rona besó. La niña parecía haberse desarrollado o cambiado de un modo sorprendente. Lo que dijeron los gemelos no llegó a entenderlo Wade, que iba en el centro de ambos y a quien los dos empujaban en dirección al pórtico.
Hogue Kinsey, a quien Wade no había llevado en aquel viaje, estaba apoyado en un poste, tan esbelto y atractivo como siempre y, sin embargo, con una expresión que no era familiar a Wade.
—Hola, Texas —dijo lentamente—. Me alegro mucho de verlos a todos ustedes.
Pencarrow se hallaba en pie en el pórtico, con la leonina cabeza erguida, con el gris cabello alborotado, como si se hubiera pasado nerviosamente las manos por él. En aquel momento mostraba en su aspecto el ardor que es característico de los hombres de Texas.
—Bien, ya has venido —dijo roncamente—. ¿Estoy borracho o soñando?
—Está usted completamente despierto, Pencarrow —replicó Wade con una entonación de felicidad en la fría voz, al mismo tiempo que extendía la mano para tomar la que el ranchero le ofrecía—. ¿Ha visto usted nuestra nueva vacada?
—Hemos estado viendo desfilar reses durante toda la mañana, y supusimos que tú no llegarías. Jacque fue la primera en verte a lo lejos. Dijo que eres un «Aladino»... Bueno, Brandon, supongo que me perdonarás.
Rona, evidentemente, vio a Jacqueline en el interior de la habitación, puesto que hizo unas señas elocuentes mientras continuaba asida al brazo de Wade.
—Tex —dijo, levantando la mirada hacia él—, Jacqueline nos ha animado durante todo el tiempo que ha durado tu ausencia. Ahora está «despistada», como diría Hogue. Y mamá ha marchado llorando.
—¡Ah! Hasta yo mismo estoy llorando —añadió Hal con énfasis y ademán de vaquero nato—. ¡Dios mío, Tex, cuánto nos alegramos de volver a verte!
Wade mostrábase frío y sereno, inundado de una alegría tan profunda como la firme resolución que le había obligado a actuar. La esperanza de aquel dramático regreso al rancho de Cedar le había obsesionado y emocionado por espacio de largas semanas; pero el joven no estaba preparado para la dulzura y el encanto de aquella acogida, y necesitó recurrir a todo su valor para ocultar sus emociones.
—¡Dieciocho mil cabezas...! La vacada más hermosa que en todos mis días he visto —dijo—. Ninguna de las reses tiene menos de dos años, con excepción de los terneros que han nacido en el camino. Hay novillos y toros y alrededor de quince mil vacas. En un año podremos doblar esa cantidad.
—Pero... —insistió el ranchero con el rostro enrojecido.
—Todo está pagado..., y a un precio de regalo. ¡Luego hablan de suerte!
—¿Pagado? —repitió Pencarrow.
—Así es. Como usted sabe, tenía cierto dinero y me proponía comprar durante esta primavera, cuando todos los ganaderos del sur de Range Cedar estuvieran necesitados de dinero y dominados por el temor al incremento de las depredaciones.
—Brandon: ¿has pagado el valor de esa vacada? —Aquí tengo los recibos. Y desde ahora en adelante soy su nuevo socio.
—¡Ah...! ¿De modo que eso era lo que te proponías...? Jacque, sal en seguida. Alguien tiene que dar las gracias a mi nuevo socio.
Pero Jacqueline no salió.
—Yo le daré las gracias, papá —exclamó Rona, con voz llena de dulzura y de picardía. Y se irguió sobre las puntas de los pies para murmurar al oído de Wade—: ¡Eres encantador!
¡Eres mi hermano mayor, Tex...! No te preocupes por Jacque. Está muriéndose de ganas por verte.
—¡Oh, lo he descubierto! Dale un poco de tiempo. Sabes que es muy sensitiva.
Kinsey salvó en aquel momento a Wade del peligro en que se encontraba, forzado por su impulso de apretar fuertemente a Rona entre los brazos.
—Si no tienes inconveniente, patrón, me gustaría estrecharte la mano —dijo con calma el vaquero.
—¡Diablos! ¡Cuánto me satisface verte de nuevo, Hogue! —replicó Wade—. ¿Si te he echado de menos? Yo diría que sí. ¡Espera hasta que te cuente lo sucedido! Creo que nunca podrás perdonarme.
—De todos modos, no te perdonaré jamás —contestó Kinsey enigmáticamente.
—Brandon, ¡venga ese relato! —solicitó el ranchero con voz sonora—. ¿Cómo te las has arreglado? ¿Quiénes son todos esos caballistas?
—Quizá sea preferible que se lo diga en secreto —replicó Wade con seriedad.
—¿Secretos? ¡Diablos! En nuestra familia no hay secretos... ¡Jacque! ¡sal...!
El rostro de Jacqueline se dibujó tan confusamente en la oscuridad del fondo de la habitación, que Wade sólo pudo ver un rostro pálido y ovalado en el que brillaban dos grandes ojos.
—No estoy... presentable —replicó de modo casi inaudible—. Di a Brandon que entre.
—Todos vamos a entrar —gritó el ranchero; y abrió la marcha.
Wade vio a Jacqueline en el punto de la habitación más lejano a la puerta; la muchacha avanzaba hacia él vacilantemente, después de haber reprimido los signos exteriores de su violenta agitación. La conciencia de Wade rechazó un pensamiento halagador que le hizo mostrarse más seguro de sí mismo.
—Buenas tardes, Jacqueline —dijo, tomando entre las suyas las manos de la joven—. Ya hemos regresado todos, sanos y salvos, con más caballistas y una cantidad muy grande de ganado. He entrado a formar sociedad con su padre... ; y ahora tendrá usted dos patrones.
—¡Oh! ¿Qué ha hecho usted? —exclamó ella.
—No sé porqué me parece que ha hecho usted esa pregunta en alguna otra ocasión —contestó Wade, riendo y apretando las manos de la joven—. Bien, en realidad sé lo que he hecho. He desempeñado mi papel, Jacqueline, y he jugado la partida con las cartas que tenia...
No hay nada por lo que usted, Pencarrow, o cualquiera de los demás haya de inquietarse.
—En realidad, Tex, no nos hemos inquietado —aclaró el ranchero—. Supongo que Jacque ha experimentado tal consuelo al verte vivo y sano, puesto que pensaba que te habrían matado, que se ha sobresaltado un poco, como hacen las mujeres cuando los peligros han desaparecido ya.
Jacqueline se alejó de Wade con una expresión de dignidad.
—En estos últimos días no he sido la misma de siempre. He tenido disgustos y perturbaciones con mi familia. Luego ha llegado usted ruidosamente acompañado de un millón de reses y de caballos... Ha sido un poco demasiado... Ahora, ¿qué ha hecho usted?
—He formado compañía con su padre.
—Ya lo había dicho antes. Pero no veo que sea justa para usted esa determinación. De todos modos me alegro de que la haya tomado.
Cuando Wade se sentó, la sangre le tamborileaba ruidosamente en los oídos. Los ojos de Jacqueline, elocuentes, admirativos y anhelantes, eran los más difíciles de mirar. Sin embargo, Wade lo hizo, y después cruzó también su mirada con las ansiosas y maravilladas de los demás.
—Bien, señores: la suerte me ha favorecido —comenzó a decir en tanto que daba vueltas y más vueltas al sombrero e intentaba recordar el relato que había compuesto en la imaginación—. Como ustedes saben, nos fuimos con el propósito de adquirir unos cuantos centenares de reses. El primer día fuimos al rancho de Aulsbrook. Yo tenía una cuestión difícil de tratar con él: la del agua y los terrenos de Lightfoot, de los —que Aulsbrook quería apoderarse. Pero no tuve ocasión de tratar de este asunto. Aulsbrook estaba fuera de sí a consecuencia del enojo y de la pesadumbre. Un día antes los ladrones se habían apoderado de su manada y le dejaron sólo algunas reses descarriadas y repartidas en grandes extensiones de terreno. Al saberlo, tuve una inspiración. Le dije: «Aulsbrook, ¿por cuánto vendería usted el rancho, los caballos y las reses que acaban de robarle?» Aulsbrook me cogió la palabra con la rapidez de un relámpago. «Dame diez mil dólares y me marcharé de esta tierra inmediatamente.» Y comenzó a maldecir a Harrobin y Blue. Yo dije: «Estamos de acuerdo. Venga y fírmeme un recibo de venta.» Le pagué y me hice cargo de sus caballistas, con excepción de una pareja y del capataz. Yo juraría que este hombre podría decir algo acerca del robo del día anterior.
Seguimos las huellas de la vacada robada por espacio de dos días, y al fin pudimos encontrarla. Estaba en un valle del desfiladero, un hermoso lugar al que Hicks llamó la Quebrada Roja. Hállase a un centenar de millas de aquí... Escondimos los caballos y exploramos el terreno. Había una cantidad de ganado mucho mayor que la que Aulsbrook había vendido. Supusimos que alrededor de ocho mil cabezas. Cuando descubrimos el lugar en que los ladrones habían acampado, éstos habían desaparecido. Hicks conocía aquel terreno y los pocos caminos que en él existen, y se aseguró bien de cuál era el que los ladrones habían seguido. Había unos diez caballistas y varios caballos, además de los suyos. Después, Hicks nos condujo a través del campo para que pudiéramos adelantarnos a los fugitivos, lo que pudimos conseguir fácilmente; pero tuvimos que volver atrás porque nuestros perseguidos habían acampado en otro lugar. Pudimos sorprender a aquellos hombres cuando menos se lo esperaban. ¡Ja, ja! No hay duda. Me sorprendió el ver que no tenían ni la menor sospecha de que eran perseguidos. En lugar de hacerse firmes en el terreno y de luchar, se separaron y echaron a correr..., los que pudieron correr..., al oír nuestros primeros disparos. Es seguro que la mayoría de ellos se llevaron consigo unos trozos de plomo dentro del cuerpo. Capturamos a una pareja de heridos que pertenecían a la cuadrilla de Harrobin. Los dos confesaron su culpabilidad y juraron que se marcharían de esta región. Harrobin se encontraba en Quirts, una pequeña ciudad situada un poco más al Sur, un lugar de cita para esas cuadrillas, lo mismo que Pine Mount. Los dos hombres nos dijeron quién era el comprador de las reses...
Adivínelo, Pencarrow.
—¡Comprador! ¿Te refieres al hombre a quien Harrobin iba a vendérselas? —contestó el ranchero.
—Sí. Va a sufrir usted una gran sorpresa cuando se lo diga.
—Muy bien. ¡Dímelo ahora mismo!
—Mason.
—¿Mason? ¿No será Lem Mason, de Mariposa...? ¿El gran comerciante y tratante en ganados?
—Sí. Lem Mason, el gran comerciante y tratante en ganados, de Mariposa. Explota y dirige el rancho M. Bar, cerca de Quirts, como una pantalla de humo para ocultar otras actividades. Ha vendido las reses de su hierro en Mariposa, y transporta ganado robado a Nuevo Méjico.
—¡Por amor de Dios! ¿Quién hay honrado en esta región...? Texas, ¿soy yo un ladrón... o lo eres tú?
—Reconozco que parezco serlo; pero no lo soy... Pues bien: dejamos la manada en la Quebrada Roja y nos dirijimos a Quirts. Algunos ladrones consiguen rehuir la ley y la justicia durante cierto tiempo, pero hay ninguno que lo consiga eternamente... Encontré a Harrobin y Mason en una taberna; supongo que estarían bebiendo a su propia salud y larga vida. Bueno, para hablar concisa y llanamente acerca de aquel encuentro, conseguí apoderarme del dinero de Harrobin... Me refiero al dinero que Mason le había pagado unos momentos antes... Di vueltas ociosamente por las calles de Quirts hasta la hora del anochecer, con la esperanza de que el rudo capataz de Mason, Stewart, llegase a la ciudad. Pero el pueblo no dejó de interesarse por mi presencia, y supongo que alguien debió avisar a Stewart, puesto que no se presentó... Acampamos aquella noche, y al día siguiente continuamos cabalgando hacia el Sur; mas entonces sabíamos adónde debíamos ir. En resumen: compré diez mil cabezas de ganado a cuatro rancheros, la mayoría de ellas a un ganadero llamado Drone, con el cual hasta ahora se habían enseñado los ladrones, que se alegró de verse libre de aquella preocupación y de poder vender, aun cuando fuera a un precio barato. Su esposa estaba enferma, y le resultaba muy conveniente recoger dinero, y todavía más el deshacerse de la ganadería...
Regresamos. Había olvidado decir que añadí cinco nuevos caballistas a los dieciséis que conmigo llevaba. ¡Qué viaje...! Tardamos dos semanas, o acaso más, en llegar de nuevo a la Quebrada Roja. Dudo mucho de que la manada que allí habíamos dejado se hubiera movido durante nuestra ausencia algo más de lo estrictamente necesario para pastar... Durante todo el resto del tiempo, creo que un mes, hemos estado conduciendo las dieciocho mil reses a nuestro dominio.
—¿Dominio? —preguntó rápidamente Jacqueline, al mismo tiempo que sonreía de una manera deslumbradora.
—Sí, nuestro dominio... Y ¡cuánto me alegro de haber llegado a él!
—¿Quieres tomar una copita conmigo? —preguntó Pencarrow con voz espesa.
—No, gracias. ¡Me he saciado de agua de manantial! —respondió Wade, en tanto que se levantaba—. Y esto me hace recordar que necesito un perol de agua caliente.
—Yo te la enviaré a tu habitación, Tex —prometió Hal, imitando el habla lenta de los vaqueros tejanos—. Lo necesario para que te veas libre de ese aspecto de negro que tienes...
Pero ¿no has dicho todo lo sucedido?
—Claro que sí..., o por lo menos todo lo que he podido recordar. El viaje ha sido muy largo y en él sucedieron muchas cosas.
—«Como la mujer vieja que tenía una taberna en el Oeste» —recitó Hal, recordando una frase aprendida en sus libros; y se dirigió hacia la puerta.
—Patrón, eres un gran historiador y un gran narrador —añadió Hogue Kinsey.
—Me parece que lo mejor que podré hacer será marcharme..., antes de que las muchachas comiencen a acosarme —dijo Wade al mismo tiempo que iniciaba la retirada.
—Cenaremos dentro de una media hora —anunció Jacqueline—. Y si todavía no hubiera venido usted, iré a buscarle y le traeré a la fuerza.
—En ese caso, puede usted esperarme —replicó Wade débilmente; y salió. Pencarrow y Kinsey le siguieron, le alcanzaron, y se pusieron a andar uno a cada lado.
—Me parece que disfruto de muchas simpatías —dijo quejosamente Wade, repitiendo una exclamación popular entre los vaqueros.
—¡Dinos lo que tengas que decirnos! —le instó Pencarrow.
—¡Venga en seguida lo que tienes guardado! ¡No puedes engañarnos con tus historias, Tex! —añadió Hogue.
—¿Lo mantendrán en secreto y no se lo dirán a las muchachas?
—No me comprometo a hacer promesas —declaró el ranchero.
—Tex, no es posible mantener nada oculto a Rona o a Hal —añadió Kinsey.
—Bien, hagan ustedes lo que puedan por evitar que lo descubran. Quiero que no lo oiga Jacqueline —replicó Wade, resignado—. Escuchen, malditos curiosos: hemos eliminado a la cuadrilla de Harrobin. La mayoría de los hombres que la componían ha muerto; y el resto está herido.
—¡Ah...! ¿Y Harrobin?
Wade hizo una profunda y emocionada aspiración de aire al recordar el terrible y grotesco cuadro que le obsesionaba.
—¡Esperen!
Continuaron en silencio hasta que llegaron a la habitación. ¡De qué modo le, conmovió el olor dulce y húmedo de la casita de leños! Wade comenzó a quitarse el cinturón de la pistola, el chaleco, las espuelas, haciendo una pausa entre cada uno de estos actos, como si fuese a hablar; después se agachó para quitarse las botas.
—¡Dínoslo pronto, patrón! —le recomendó el vaquero—. Cuando lo hayas hecho, te encontrarás más aliviado. Y también nosotros.
—Mason mugió como uno de sus toros —continuó Wade—. ¡Qué gestos de amenaza y de descaro hizo...! Pero no le sirvieron de nada. Harrobin, tranquilamente, les descubrió. Es cierto que ese ladrón quería que Mason y Stewart se viesen sujetos a la misma muerte que él.
¡Cielos, qué escena más fea!
—Mason mugió, ¿eh? Era un hombre que hablaba muy campanudamente y con mucha fanfarronería —replicó Pencarrow—. ¿Qué más hizo?
Wade se agachó para despojarse de los húmedos y ennegrecidos calcetines.
—Sacó la pistola para disparar contra mí.
—¿Sí? —exclamó Kinsey—. ¿Y lo hizo?
—¿Quiso disparar Mason contra ti? —preguntó a su vez Pencarrow con voz ronca—. Bien, entonces dinos qué fue de Harrobin.
—Le ahorcamos, Pencarrow.
Wade no se detuvo a pensar cuáles fueron sus sentimientos cuando, por primera vez, al cabo de varios años, se afeitó la barba. Apenas pudo reconocer el rostro pálido y delgado que ante sí reflejaba en el espejo y en el que se marcaban unas líneas demasiado profundas y severas para un hombre de su edad. Pero también le pareció, y también sin preocuparse de analizar el porqué de sus sentimientos, que tenía un aspecto más atrayente como hombre que el que había tenido como niño. A continuación se puso presurosamente sus ropas nuevas, y, cubriéndose la cara con un pañuelo, se presentó a la puerta del saloncito. Rona, que fue la primera en verle, se sobresaltó. A continuación, Hal y Jacqueline, que llegaban con unos platos humeantes, se detuvieron en el momento de verle.
—¡Manos arriba, Pencarrow! —ordenó Wade. Rona lanzó una exclamación de regocijo y le arrancó el pañuelo.
—Yo sabía cómo eras. Desde que llegaste has fingido ser un viejo... Mírale, Jacquie... ¿No es el más guapo de todos los vaqueros que conocemos?
Jacqueline le miró gravemente.
—No creo que me atreviera a repetir tu afirmación, Rona, ni aun cuando mi imaginación se desatase sin freno.
Pencarrow, que había reconocido a su consocio difícilmente, pronunció unas palabras sordas para expresar su sorpresa.
—Brandon, no hay duda de que eres el hombre más desconcertante de todos los que he conocido en mi vida.
La comida fue una especie de sueño para Wade, que sorprendió en muchas ocasiones las miradas que con absorta admiración clavaba en él Jacqueline. Pero estaba seguro de que aquellas miradas no estaban relacionadas en modo alguno con el primer encuentro que ambos tuvieran muchos años antes.
Después del refrigerio, Pencarrow llevó a Wade hasta un punto desde el que podrían contemplar todos sus dominios, y ambos pasaron el resto de la tarde entregados a discusiones y proyectos referentes al porvenir.
Wade cenó con los vaqueros. Kinsey había llenado un carro con las provisiones necesarias para un viaje que era preciso hacer a Holbrook. Se reunió un total de veintidós vaqueros, incluyendo a Hal y excluyendo a Wade. En total componían un divertido y hambriento grupo.
—De todos los hambrones a quienes he servido comida en toda mi existencia, vosotros os ganáis el premio —exclamó Dickerson, que habla sido elegido cocinero a causa de que era quien más habilidades culinarias poseía de todos los componentes del grupo.
Instalaron el campamento junto al borde de la arboleda de pinos más próxima, a poca altura sobre el arroyo. Un encerradero próximo contenía un numeroso conjunto de relinchadores y coceantes caballos. Varias tiendas de campaña de lona blanca resplandecían a la clara luz de las hogueras del campamento.
Pencarrow llevó hasta aquel lugar a sus hijas, o bien fueron ellas mismas y por su propia voluntad. Wade no aprobó esta visita. Las exclamaciones de admiración fueron enérgicas y profundas, y no dejaron de ir acompañadas por los acostumbrados comentarios.
—Jerry, tú dirigirás este grupo en mi ausencia —dijo Wade—. Todo lo que tenéis que hacer es distribuiros en grupos de cinco hombres, día y noche, y cabalgar incesantemente en torno a la vacada. Si encontráis algunos caballistas, disparad primero, y haced preguntas después...
Veamos. Me llevaré los tres carros, y dejaré el de provisiones aquí. Y quiero que Kid Marshall, Bilt Wood, Hal y Hogue vengan conmigo.
—Perfectamente, patrón —replicó el vaquero.
—Preparadme una lista de las cosas que necesitéis.
Hogue Kinsey llevó a Wade a un lado. Su actitud contrastaba violentamente con su acostumbrado desparpajo.
—Patrón, no me lleves contigo a la ciudad —suplicó, —No me encuentro muy bien, y sabes que no sé dirigir un tronco de caballos..., y no quiero ir a ninguna parte.
—¡Hogue! ¿Qué diablos te sucede? —preguntó Wade.
—Me encuentro un poco enfermo.
—¿Enfermo? Oye, ¿acaso me quieres tomar el pelo? ¡Es cierto, patrón I Te aseguro que no me encuentro bien —protestó Hogue—. Te juro que no soy el mismo de siempre.
Yo diría que no lo eres —replicó Wade sin saber de qué modo interpretar los torpes pretextos de su compañero favorito—. Suceda lo que suceda, estoy dispuesto a enfrentarme con la cuadrilla de Blue. Uno de sus caballistas se acercó a nosotros en nuestro último campamento. Venía de Winslow, y nos dijo que Blue y Kent habían estado allí... ¿Quieres quedarte aquí cuando sabes la probabilidad que hay de que sostenga un choque muy comprometido?
—¡No, demonios! —exclamó Kinsey con expresión de dolor y arrepentimiento—. He mentido..., es cierto..., pero no me preguntes por qué.
—¡Caramba! —exclamó Wade mientras Hogue se perdía en la oscuridad.
Más tarde, Wade caminó lentamente a lo largo del arroyo mientras se preguntaba cuál sería la causa de la extraña actitud de Kinsey. Delante de él una pequeña tienda de campaña de las que generalmente suelen utilizar los pastores, brillaba débilmente a la luz de una hoguera. Al dar vuelta alrededor de la tienda y en dirección a la luz, Wade casi chocó con Jacqueline, detrás de la cual llegaban su padre y varios vaqueros.
—¡Oh! —gritó Jacqueline con voz ahogada, al mismo tiempo que levantaba las manos.
—Lamento mucho haberla asustado. No la vi venir.
Después, al quedarse ella tan inmóvil como una estatua, Wade se dio cuenta de su emoción y ansiedad. Jacqueline parecía hallarse en la misma actitud que si se hubiera encontrado con un fantasma. Tenía los labios entreabiertos, y sus magníficos ojos ardían como dos ópalos negros.
—¡Me ha... recordado... usted...! —murmuró la muchacha; y se interrumpió, llevándose la mano hacia los trémulos y delatores labios.
El temor provocó en Wade un fuerte estremecimiento. En la noche, ante la pálida lona de la tienda, a la luz de la hoguera, Jacqueline había probablemente reconocido al proscrito fugitivo a quien había ayudado, y cuyo secreto había guardado en lo más hondo de su ser.
¿Qué importaba si le reconocía? Todo el amor de Wade y todo su valor surgieron como una reacción ante las circunstancias, como el imperativo impuesto por la necesidad de salvarla y de salvarse.
—No es extraño —contestó riendo—. ¡Con el rostro afeitado y con todos esos vaqueros sin barba alrededor...!
Y continuó avanzando, sin apresuramiento, fingiendo que tenía algún asunto de que tratar con sus caballistas. Pero ella le gritó:
—¡No se vaya, Brandon ¡Le estaba buscando. Wade se volvió y ella se aproximó a él rápida y ansiosamente.
—¡Señorita Jacqueline! ¿Qué sucede? —contestó Wade al ver que ella se detenía ante él con la mano extendida.
—Estoy muy preocupada —murmuró Jacqueline; y cogiéndole de un brazo con ambas manos, le alejó del campamento. La imaginación de Wade se llenó de revueltas y diversas suposiciones, aun cuando el hecho de la confianza que ella depositaba en él y la sensación que le causaba su proximidad le confundieran.
Jacqueline volvió la cabeza para mirar el campamento en tanto que cruzaban el puente tendido sobre el arroyo. La noche era embalsamada y despedía un fragante olor a tierra húmeda y a plantas jóvenes, y estaba llena del melancólico croar de las ranas. Desde la campiña llegaba el prolongado mugido de las vacas. Wade oyó el aullido de los lobos y el ladrido de los coyotes. Había olvidado a estos enemigos de los ganaderos. Jacqueline parecía dispuesta a ir apresuradamente a un lugar determinado sin ser vista.
—¿Por qué tanta prisa, Jacqueline? —preguntó, al fin, Wade.
—Debemos... llegar allí..., antes... —jadeó la muchacha.
En aquellos momentos, Wade había ya formulado una suposición respecto a la causa de las preocupaciones de la muchacha; y el recuerdo de las extrañas palabras de Hogue y de sus actos confirmaron esta suposición. Jacqueline le condujo, dando un gran rodeo en torno a la casa ranchera, hacia el extremo norte, donde los pinos crecían más apretadamente en la pendiente de una colina. Una media luna había comenzado a brillar tras los árboles y los setos. El campo, en dirección al desierto, aparecía oscuro, espectral y gris, tan silencioso como su sombra. La mole de la montaña se elevaba audazmente hacia el cielo, negra bajo la luz de las estrellas, y engañosamente clara en medio de la noche. Jacqueline precedía a Wade al caminar entre los pinos, guiándole hacia un escondrijo que Wade recordó que había sido muy frecuentado por las muchachas en los días más calurosos del verano precedente. Un banco y una hamaca se destacaban vagamente bajo la luz de la luna. Jacqueline condujo a Wade hasta detrás de estos objetos, para llegar a un lugar desde el que pudieran ver la llanura sin ser vistos. Estaba medio ahogada del esfuerzo o de la emoción, o acaso de ambas cosas.
—Brandon..., se reúnen... aquí... —murmuró con trágica incoherencia.
—¿Quiénes? —preguntó Wade, aun cuando lo había supuesto acertadamente.
—Rona y Hogue. Muchas noches... desde que usted... se marchó... Lo descubrí por accidente. Estaba.., sentada a mi ventana..., mirando hacia la campiña..., preguntándome cómo usted... Y de repente vi una persona vestida de blanco... que se dirigía hacia aquí. ¡Era Rona!
... Luego siguió Hogue... ¡Ese atrevido vaquero...! Iba fumando un cigarrillo... Para cerciorarme fui a la... habitación de Rona. Rona había arreglado la cama de un modo..., había puesto algo en ella... que me engañó. ¡Pero se había ido!
—Bien exclamó seriamente Wade—. ¡Maldito vaquero!
—No creo que podamos... censurar mucho a Hogue —continuó Jacqueline—. Cuando Rona quiere algo..., siempre lo consigue... Se ha convertido en una mujer... casi de repente..., y está llena de fuego... y de pasión. Tiene una actitud tan extraña últimamente...; parece más vieja, más reflexiva, soñadora y misteriosa..., y es tan osada como un león. No le he dicho lo que había visto. Pero la pregunté... acerca de Hogue..., si la había hecho el amor... ¡Y mintió...!
¡Rona mintió...!, ¡Y acaba de cumplir los dieciséis arios!
—A los dieciséis años una mujer está capacitada para enamorarse, para mentir, para hacer... lo que sea —replicó Wade pensativamente—. Pero ¿no cree usted que en el fondo de todo ello no haya más que el amor corriente entre un hombre y una mujer jóvenes?
—¡Oh, no lo sé! —contestó en tono dolorido Jacqueline—. Tengo mucho miedo...
—¿A qué?
—A que hayan llegado tan lejos... que no podamos... —I Jacqueline! Juro que Hogue no sería capaz de...
—¡Oh! Usted lo cree así —exclamó Jacqueline, asiéndose al cabo de esperanza que Wade le tendía—. Rona ha florecido de repente, como una rosa..., y Hogue... ¡Ese rudo, solitario y bravío vaquero...! No sería natural y humano que pudiera resistirse a las asechanzas de ella.
Sería sólo una de esas tragedias vulgares que no pueden ser previstas.
Es cierto —reconoció Wade—. Deben de estar enamorados..., muy enamorados... Yo no me atrevería a censurar a ninguno de los dos. Rona es hermosa. Y Hogue es exactamente lo que ella le llamó: Ma... ra... vi... llo... so... Todo es natural y humano. No creo que haya nada vergonzoso en la actitud de ellos... Conozco a Hogue y sé que no se atrevería a poner la mano encima a Rona.
—¡No se atrevería...! Espere, espere —replicó Jacqueline, apasionadamente—. No quise dar crédito a mis ojos, pero lo vi.
—¿Qué vio usted? —preguntó Wade, temeroso.
—Vi a Rona arrojarse... arrojarse a los brazos de él... Estaban aquí..., en terreno despejado: permanecieron estrechamente abrazados. ¡Durante mucho tiempo! Luego Hogue cogió a Rona y la llevó ahí.
—¡Dios mío! ¡Es muy natural...! Pero, Jacqueline..., eso no significa que esos alocados chiquillos hayan... Repito que creo que Hogue no perdería la cabeza.
—¿Cómo lo sabe usted?
—No sé cómo lo sé: Pero lo siento —dijo Wade pensativamente—. Hogue no es un muchacho vulgar. Ha seguido el mal camino, es cierto. Él mismo me lo dijo. Lo hizo por ayudar a una hermana enferma. Su familia es muy pobre. Habían pasado una temporada llena de apuros... Encontré a Hogue antes de que hubiera llegado a convertirse en un verdadero delincuente. Créame usted: aprovechó inmediatamente la ocasión que le presenté de seguir el camino recto, y desde entonces se ha comportado de una manera admirable. No quiero que se me olvide decir que cuando vio a Rona por primera vez me suplicó que le dejase marchar.
Supongo que se enamoró en aquel mismo instante. Pero yo no podía permitirle que se fuera...
Más tarde, cierto día, me dijo que lo que temía había sucedido, que estaba loco por ella y que quería encontrar la muerte en alguna refriega. Le convencí de que abandonara ese propósito.
Jacqueline, a pesar del aspecto que las cosas presentan, me jugaría la vida en defensa del honor y de la caballerosidad de Hogue.
—¡Oh...! ¡Cuánto me he despreciado por haber sido tan suspicaz! —susurró Jacqueline, al mismo tiempo que comenzaba a llorar por efecto de la emoción y del consuelo que experimentaba—. Pero ¡me sentí tan asustada! Papá quiere a Rona como a la niña de sus ojos, y habría matado a Hogue... si... si... De todos modos, se habría enfurecido mucho... ¡Oh, cuánto me alegro... de que haya vuelto usted! He estado tan abandonada... ¡Confío... tanto... en usted!
...
Lloró más sosegada y libremente; y una sola mirada que la dirigió, al verla tan próxima a sí, tan afligida, tan confiada en él, fue suficiente para Wade.
—No llore, Jacqueline —dijo un poco roncamente—. Yo la protegeré. Es posible que las cosas no sean tan graves como parecen... Pero ¿qué estamos haciendo aquí, por qué los espiamos? Hogue es un vaquero y un leñador. Nos sorprenderá.
—¡Sabe usted mucho acerca del amor, señor Brandon! —replicó Jacqueline—. Ninguno de ellos podría aquí... vernos ni oírnos.
—Hogue la oirá a usted si no deja de llorar.
—Dejaré de llorar. Ha sido la primera vez..., me he acongojado... —dijo ella, en tanto que se enjugaba los ojos—. El hecho de que usted se encuentre aquí conmigo... compartiendo mis emociones..., defendiendo tan lealmente a Hogue..., ahora...
—¡Silencio! —murmuró Wade a su oído—. Ya vienen y llevó a Jacqueline hasta un punto en que la sombra era más profunda. Había oído un paso leve, demasiado leve para que hubiera sido producido por las botas de un vaquero desacostumbrado a caminar.
Wade vio una sombra que avanzaba. Se desvanecía, reaparecía nuevamente... Jacqueline la vio también, puesto que oprimió con fuerza la mano de Wade. Después una figura esbelta y blanca surgió hasta un punto iluminado por la luna. ¡Rona! Su cabello parecía de plata. La joven tenía la actitud de un ciervo que vigilase, pero en su ansiedad no había ni el más ligero asombro de temor. Era una muchacha alerta, impaciente. ¡Qué cuadro componía! Wade se sintió profundamente conmovido. ¿Podría algún hombre, y mucho menos un vaquero solitario y a quien nadie quiere, resistir aquel joven y hermoso deseo?
Repentinamente, la esbelta figura de Rona pareció saltar. Había oído lo que esperaba.
Corriendo en dirección al banco, se sentó de espaldas a la luz y al lugar por donde esperaba que Hogue llegase. La postura en que se sentó denotaba una fingida indiferencia, que resultaba muy extraña si se la comparaba con su primera ansiedad, con su apasionada inspección.
Wade vio el rojo fuego de un cigarrillo antes que al alto vaquero. Hogue se acercaba, lenta y furtivamente, y cuando llegó al caminito, tenía el cigarrillo apagado. Di— rigió la mirada entre las sombras, y al ver a Rona, su cautela y la lentitud de su avance desaparecieron. Se acercó a ella y habló con voz baja y cariñosa.
—Has venido tarde —dijo ella, quejosa.
—Perdóname. No he podido evitarlo. Primero, tu papá y los vaqueros; luego, Tex...
—Si me quisieras, no permitirías que nadie, ni siquiera Tex, te entretuviera.
—¡Quererte! ¡Dios mío, chiquilla, estoy loco por ti! Me estoy arriesgando la vida..., pues tu padre me mataría... y, lo que es más importante, estoy arriesgando otras cosas más: la amistad y el respeto de Tex.
—¡Pero, querido, no he estado contigo desde hace tres días! —protestó apasionadamente Rona.
—¿No he sufrido al— pensar en ti? ¿No he estado mirándote sin cesar, siempre que me ha sido posible, desde lejos? ¿No he estado mirando la luz de tu ventana, hasta que se apagaba, noche tras noche?
—Te gusta conversar con los vaqueros —replicó Rona, celosamente—. Te agrada jugar a las cartas. Y ahora, cuando Tex ha regresado, te olvidas de mí.
Sé razonable, Rona —dijo pacientemente Hogue No te he olvidado. He engañado a Tex para obligarle a que me dejase fuera de... de algo. Le he dicho que estaba enfermo.
—¿Fuera de qué? preguntó Rona, irguiendo la hermosa cabeza.
—No importa de lo que sea. Pero he tenido que hacer un verdadero esfuerzo.
—¡Hogue...! ¿Qué quería Tex?
—Se irá mañana por la mañana a la ciudad. Quiere llevar consigo a Hal, Kid, Bilt y a mí.
He intentado convencerle para que no me llevase. Tex se sorprendió un poco. Me miró... y no pude continuar mintiendo. Luego me dijo de un modo poco desdeñoso y disgustado que si le permitiría ir solo a Holbrook, donde hay muchas probabilidades de que tenga que sostener una riña. Yo no podía retirarme...
—¿Riña? —exclamó Rona.
—Sí, seguramente habrá una pelea. Blue y sus ladrones andan por ahí. Han estado en Winslow, y hay diez probabilidades contra una de que se encuentren en Holbrook. Yo no podía abandonar a Tex. Me necesita. Me habría satisfecho de tal modo el ir, si no fuera por ti... Estoy tan enamorado de ti, que ya no soy ni siquiera medio hombre. Pero voy a ir. No querría perderme el ver la lucha de Brandon contra Holbrook Kent por nada de este mundo.
Wade percibió algo más que su propia reacción ante las palabras de Hogue y que el repentino despertar de Rona. Jacqueline se estremeció y oprimió su mano derecha. Pero fue el temor que por él denotaron los ojos de Jacqueline lo que le hizo desfallecer. Un grito convulso que se escapó de la garganta de Rona, impidió que Wade reaccionara violentamente ante el temor que Jacqueline experimentaba por su vida.
Rona se había puesto en pie para rodear con los brazos el cuello de Hogue. Murmurando de una manera ahogada e incoherente, lo aproximó hacia sí, lo besó con pasión y lo oprimió frenéticamente. Hogue se opuso manifiestamente a aquella expresión de amor y de terror, que terminó por subyugarle; luego, levantó a la muchacha del suelo y le prodigó todas las rudas caricias que un vaquero bravío podría ser capaz de prodigar. Cuando volvió a dejarla en el suelo, de pie, Rona parecía hallarse tan débil, tan desfallecida, que apenas pudo sostenerse sin apoyarse en él.
—¿Qué te hace desmentirme, cuando te he dicho que lo tiene?
—Una razón: una razón de mujer, si así quieres considerarla: es el único hombre que ha mirado a Jacqueline y que se ha quedado tan frío e impasible como una roca ante ella. La ha ofendido, la ha tratado con aspereza, ha rehuido encontrarse con ella. Todo esto no habría tenido ninguna importancia si Jacque no lo hubiera tomado tan a pecho. Jacque quiere a ese hombre.
—Si ésa es una de tus razones, no quiero oír las demás. Y voy a obligarte a rectificar, Rona Pencarrow. Cuando descubrí que estaba tan terriblemente enamorado de ti, fui en busca de Tex y se lo dije. Le confesé todo y le supliqué que me permitiera marcharme antes de que me pusiera en una situación ridícula y pudiera acarrearte disgustos. Le dije que era una cosa que yo no podría so portar. Y cuando se negó a acceder a mi petición y volvió a negarse, le dije aproximadamente lo mismo que tú me has dicho y le llamé casi lo mismo que tú le has llamado. Iba a salir, cuando Tex me llamó... Y entonces me confesó lo que él estaba sufriendo. Se enamoró de Jacqueline la primera vez que la vio; es la primera y única mujer a quien Tex ha querido. Este amor ha crecido y ha continuado creciendo hasta convertirse en el verdadero aliento de toda su vida. Pero ha tenido que ocultarlo, porque jamás podría pensar en obtener el amor de ella..., el casarse con ella..., el conseguir todo lo que es tan deseado por un hombre solitario como él... ¡Si hasta se halló a punto de morir de angustia cuando aquel individuo llamado McComb estuvo aquí cortejando a Jacqueline! Lo vi, y sentí mucha lástima por Tex. Se encuentra en esa terrible situación del amante que ni siquiera puede hablar de su amor, y mucho menos experimentar la dulzura del contacto de la manó y de los labios amados..., de todo eso que tú y yo sabemos que es tan precioso para la vida de los enamorados... Pero Tex no la abandonaría. No se alejaría con aire meditabundo con su caballo, pensando en sí mismo, en su oculto amor, cuando tu padre estuviera amenazado por la ruina. ¡No, no lo haría! Y esto me conmovió. Habría sido feliz haciendo lo mismo que él, si tú no hubieras descubierto la verdad de mis sentimientos..., si no me hubieses besado..., si no me hubieras convertido en cera en tus manos... Pero, de todos modos, no podría permitirte que pensaras mal de Tex; y te suplico que mantengas esto en secreto, corno yo lo he mantenido ahora.
—¡Oh, ma... ra... vi... no._ so...! —exclamó Rona.
—Tus palabras me han hecho ver la verdad... ¡Oh, cuánto lamento mi obcecación...! De ahora en adelante querré más a Tex. Siempre le he querido... ¿Y cómo se enterará Jacque?
—Sólo lo sabe el Señor. Las mujeres son muy raras. No se lo digas, a menos de que quieras perderme para siempre.
—Lo juro. Lo juro por mi corazón... ¡Oh, Hogue, qué carga me has quitado del pecho!
Pero, querido, ¿qué haremos?
—Esperar. Eso es todo. Tengo la ocasión más grande que jamás se ha presentado a un vaquero inútil. Tex me ayudará. Todo lo que tengo que hacer, es continuar a su lado, apoyarlo. Tex acabará con los ladrones de esta, región. Y en el caso de que muera en la batalla, lo que pido a Dios que jamás pueda suceder, yo continuaré su trabajo. La paz y la prosperidad reinarán en estos terrenos. Lo presiento, Rona; y entonces todo lo que hay de negro en mi pasado se borrará, será olvidado... Y entonces me atreveré a pedir a Pencarrow la más hermosa de las criaturas que Dios ha creado.
—¡Oh, Hogue, me has hecho sentirme avergonzada... y alegre y feliz, al mismo tiempo...!
—exclamó Rona—. ¡Qué insensata, qué tonta he sido...! Pero, bésame, ¡Soy tuya!
—Bendita seas, preciosa! —replicó Hogue mientras la rodeaba con los brazos—. Vámonos.
Es preciso que te vayas. No te preocupes por mí.
Sus voces se perdieron en el silencio de la noche y sus formas se fundieron entre las sombras. Wade permaneció inmóvil, sin respirar apenas. El mundo había terminado para él.
Y, sin embargo, en cierto modo, estaba contento.
Jacqueline retiró las manos de entre las suyas. Durante cierto tiempo permaneció absorta en los pensamientos que en ella provocaba la novela de amor de Rona.
—Jamás sabrán lo que tendrán que perdonarme —dijo—. Tex Brandon: la fe de usted, la grandeza de usted, me avergüenzan... Debo favorecerlos. Haré que papá se incline en favor de ellos.
—Y yo me cuidaré mucho de Hogue y jamás le haré correr grandes peligros —replicó Wade.
—¿Se cuidará usted también de sí mismo? —preguntó Jacqueline.
—No puedo prometerlo. Hay muchas ocasiones en que el valor y la sangre fría arrastran a un hombre como yo. Pero no soy nunca imprevisor.
Jacqueline se separó de él, se introdujo entre las sombras y se aproximó al banco en que poco antes estuviera Rona. Wade la siguió en silencio.
—Se está haciendo tarde —dijo roncamente.
—Sí. Pero quiero permanecer aquí... para pensar... a solas...
—Entonces me iré. ¡Buenas noches!
Ella quedó, blanca e inmóvil, ajustando el perfil de su hermoso y claro rostro bajo la luz de, la luna. No miró a Wade ni le ofreció la mano. Silenciosa y rápidamente, el vaquero se alejó y fue detenido un momento más tarde por la voz de la muchacha.
—¿Me ha llamado usted? —preguntó Wade.
—Sí... ¡Buenas noches, amigo de los Pencarrow! —dijo ella con dulzura.


XVII
Una vez alejado de la blanda influencia de los Pencarrow, Wade volvió a sentirse espoleado por el imperativo de su propósito y de su inquietud; pero no permitió que su increíble buena suerte le hiciese descuidar su eterna vigilancia. Hasta los árboles y las piedras eran enemigos suyos. La primavera había llevado a la campiña algo más que un aire embalsamado y un tapiz de hierba: llevó también actividad para los oscuros caballistas que habían permanecido ocultos e inactivos durante todo el invierno.
Cuándo tendría noticias Rand Blue de la lucha sostenida en la Quebrada Roja y de la aniquilación de la numerosa cuadrilla de ladrones, era una cuestión respecto a la cual Wade sólo podía hacer conjeturas. Los rumores no corrían por las carreteras desiertas. Blue había sido visto en Winslow. Había muchas probabilidades de que no se enterara de la muerte de Mason y de Harrobin hasta que regresase a Pine Mount.
El viaje resultó lento y aburrido para Wade. Cuando iba a caballo, tenía que reducir su paso hasta ponerle al nivel del avance de los carros. Pero al llegar a la llanura, la carretera se hallaba seca y los caballistas pudieron avanzar sin el entorpecimiento que para ellos constituía el barro. Llegaron a Holbrook pocos momentos después de haberse hecho de noche, y desengancharon las caballerías en los encerraderos situados en las afueras de la población.
Wade reunió a todos sus vaqueros.
—Dividíos y marchad a la ciudad —dijo—. Hogue, vete solo. Kid, tú irás con Bilt. Hal, también irás solo. Asegúrate de no ser visto. Manténte en la oscuridad. Yo te seguiré. Mi propósito es averiguar si la cuadrilla de Blue está en la ciudad antes de que la cuadrilla sepa que hemos llegado nosotros. La consigna es: precaución. Volveremos aquí y dormiremos en los carros.
—¿Vamos a entrar en algunas tabernas? —preguntó Kid Marshall.
—Sí. Pero con una copa que toméis podréis daros por satisfechos. No quiero daros más instrucciones específicas. Utilizad la cabeza.
Kinsey abandonó el grupo y desapareció en la oscuridad. Hal se alejó con la cabeza erguida, impresionante, lleno de importancia.
—Vamos —dijo Kid a Bilt, que se había quedado atrás.
—¡Maldición! Patrón, ¿no podré ir a visitar a mi novia, aunque sólo sea un minuto? —preguntó Bilt desganadamente.
—¡Eso es! Más tiempo de un minuto. De ese modo conseguirás que toda la población comience a murmurar... ¿Tienes novia, Kid?
—Tenía una, patrón: la misma que tenía Bilt. Creo que me ha engañado —replicó Marshall.
—Buscad otra. Y tener mucho cuidado. Ya sabéis que la situación es bastante complicada.
Marchaos.
Ambos desaparecieron por la vereda que Hal y Kinsey habían seguido. Wade lió y fumó un cigarrillo. No tenía prisa. Era aún muy temprano: un poco más tarde de la hora de la cena.
En aquellos momentos, en aquel sábado por la noche, la calle principal de Holbrook estaría atestada de gente. Wade no tenía nada especial en que pensar, puesto que ya había meditado sobre todas las contingencias que la situación pudiera presentarle. Tal y como estaban las cosas, según suponía, aquella visita a Holbrook era muy importante, podría ser decisiva. Le parecía percibir un algo inevitable. Si hubiera sido un jugador de oro, en lugar de tener puesta la vida en la jugada, no habría dudado ni un solo momento en poner en aquella perfumada noche de primavera toda su fortuna a una sola carta.
Wade dejó la chaqueta, que era de un tono azul oscuro, en el carro. En sus anteriores visitas a Holbrook, había ido vestido de negro; mas en aquella ocasión tenía puesta una camisa clara y un viejo sombrero pardo. Estas prendas, juntamente con la eliminación de la barba, harían que fuera difícil que se le reconociese en el acto como a Tex Brandon.
Al cabo de unos momentos comenzó a acercarse con calma a la ciudad. Los faroles despedían una luz opaca y amarillenta. Los peatones que pasaban por el otro lado de la ancha calle solamente podían ser distinguidos cuando sus oscuras formas se hallaban bajo las luces.
Wade recorrió la larga manzana de casas en que había muchas tiendas y tabernas, cruzó al lado opuesto y continuó caminando por él. Los negocios marchaban bien. Las tabernas estaban llenas de gente, y muchos alegres vaqueros discurrían animadamente por las aceras.
Un ganadero de altas botas y delgado, que estaba inclinado en la barra que servía para atar los caballos, atrajo el interés de Wade.
—Buenas noches —saludó Wade—. Acabo de llegar. ¿Qué se dice por la ciudad?
—¡Buenas noches, forastero! —contestó el otro tras haberle dirigido una inquisitiva mirada—. Se dicen muchas cosas. ¿Hay algunas que te interesen especialmente?
—No, nada definido. Hay mucha animación en la ciudad.
—Sí. Vienen a ella por primera vez la mayoría de los vaqueros y casi todos los conductores de los carros. Las tiendas están atiborradas de nuevas mercancías. Hay un almacén nuevo además, el de Radwell, que está haciendo un buen negocio. ¿Vienes a comprar, forastero?
—Sí, necesito cargar tres carros. Soy el capataz de Pencarrow.
—¿Pencarrow? Me parece que no le conozco. Pero no hace mucho tiempo que estoy en Holbrook.
¿Cómo sigue el precio del ganado?
—Continúa firme. Treinta dólares por cabeza. Los grandes rancheros se niegan a vender.
El precio de las reses continuará subiendo lentamente durante varios años.
—¿No ha terminado todavía la guerra de Lincoln?
—¡No, diablos! Ha vuelto a cobrar nuevos bríos esta primavera. Creo que esa batalla de McSween es la más grande de todas las que se han librado.
—¿Sí? Hábleme de ella.
—No sé más que lo que he oído decir. Parece ser que Billy «el Niño», y su cuadrilla estaban al lado de McSween en esta guerra. Y la otra fracción rodeó a McSween. Hubo una batalla de todos los diablos que duró dos días. McSween y algunos de sus hombres murieron.
Billy se mantuvo en el fuerte hasta que el enemigo le prendió fuego. ¿Querrá usted creer que ese pollito continuó defendiéndolo hasta el momento en que se hundieron los techos?
Entonces, entre el tiro y las llamas, con una luz casi tan brillante como la del día, la cuadrilla de Billy hizo una salida aventurada. Muchos de los hombres murieron, pero la mayoría de ellos consiguió escapar. Billy se retiró tranquilamente, vomitando fuego con los revólveres que llevaba en las manos. No recibió ni una sola herida.
—¡Bien! Es un valiente ese Billy —declaró Wade.
—Es un hombrecillo. Le he visto una vez.
¡Si no es más que un chiquillo...! Pero no ha conocido el miedo desde que nació.
—¿Qué ha oído usted decir acerca de nuestras cuadrillas de ladrones de ganado?
—No he oído nada. Sin embargo, me parece que dentro de muy poco habrá mucha animación por estos contornos. El año va a ser bueno para los ladrones de ganado.
—Creo que lo será —reconoció Wade—. Bueno, voy a continuar paseando.
Wade no aceptó las manifestaciones del ganadero como definitivas, ni quiso correr el riesgo de que se le reconociera al entrar en algunos lugares en que era conocido. No dejó de vigilar a sus propios hombres, y se sintió satisfecho al ver que ninguno de ellos se le había adelantado. Se aventuró a lanzar unas miradas al interior de las tabernas, llenas de humo, el rumor de las conversaciones y olor de ron. Finalmente, llegó a la conclusión de que le convenía encontrarse a solas, y regresó a los carros, donde fumó un cigarrillo y esperó.
Kinsey fue el primero en llegar.
Esta es una verdadera ciudad ganadera, patrón —dijo—. El dinero y la bebida abundan. He visto un grupo de hombres sospechosos, pero los vaqueros a quienes pregunté no los conocían. O así me lo dijeron, por lo menos. Puedes invitar a beber a cualquiera, pero no hay nadie que te diga ni una sola palabra de lo que interesa.
—He ido a dar un paseo por la ciudad y he hablado con un hombre. Me dijo que había muchas noticias, y me preguntó cuáles me interesaban particularmente... Desconfié un poco de él.
—Ahí viene alguien... ¡Es Kid...! Por aquí, Kid.
—¡Maldición! No veo por dónde ando. Esa copa que he tomado debía de ser de aguardiente. Dame un cigarrillo... No tenéis por qué preocuparos.
—¿Qué has averiguado, Kid? —preguntó Wade.
—Absolutamente nada que valga la pena. La ciudad está llena de vaqueros novatos, todos ellos cargados con las ganancias del invierno. Hay también muchas mujeres de ojos de águila a quienes nunca había visto. No hay duda de que se proponen esquilmar a los pobres vaqueros. También hay muchos jugadores. Y una gran cantidad de hombres con tipo de ladrones de ganado. ¡Conozco bien a esa canalla!
—¿Has visto a Bilt?
—No, desde que ese loco viera a Susie con un vaquero de largas patas —respondió Marshall, riendo sonoramente—. Creo que ese demonio de mujer no es muy inteligente. Me había dicho que jamás miraría a ningún vaquero que no fuera yo.
—Kid, no es ocasión de hablar de mujeres —dijo Wade, serio.
—Lo sabía, patrón. Y se lo dije a Bilt. Pero Bilt está loco del todo. Está completamente enamorado de esa bruja embustera. Y, si he de ser justo, he de reconocer que ella le quiere más que a mí. Como quiera que sea, creo que estaban prometidos para casarse.
—Ahí viene —le interrumpió Hogue.
El arrastrado y rechinante paso de Bilt anunció su proximidad. Bilt salió de entre las sombras, y su respiración ruidosa y pesada pudo ser oída mucho antes de que llegase hasta el carro.
—¡Está agotado! —susurró Kid, dramáticamente—. Bilt no podría correr ahora por nada de este mundo.
—¿Estáis todos... aquí? —murmuró con voz ronca Bilt.
—Todos, menos Hal. ¿Lo has visto?
—No... No he visto... nada —replicó Bilt, al mismo tiempo que se dejaba caer sobre el suelo del carro. Lo fatigoso de su respiración parecía provenir más de su agitación interior que de su actividad.
—¿Cómo, que no has visto nada? —preguntó burlonamente Kid— Ahora mismo se lo he dicho al patrón, que está muy enfadado.
—Tex, me ha arrojado del trono. Encontré a Susie con un vaquero muy guapo, que era el que ella prefería en aquel momento. Dije a Susie que quería verla a solas, y me contestó que lo sentía mucho, pero que tendría que esperar. Y añadió que no había ninguna razón que ella supiera, que la obligase a verme. ¡Dios mío! ¡Qué extrañas son las mujeres...! Pues bien: su amigo, el caballero, se dirigió a mí. Le pregunté con cortesía quién era, y me dijo que era Joe Steele, de Mariposa, uno de los caballistas de Mason. Estaba esperando a su patrón, que debería llegar a Winslow en el tren de las diez. Le dije sarcásticamente: ¡Oiga, su patrón no vendrá en ese tren ni en ningún otro. Y, señor Steele —continué—, no volverá a comprar más ganado robado...» Comenzó a gritar con enfado al oírlo, y yo pensé que el hombre se había indignado con sinceridad. No dudé de que Mason tenía un equipo de caballistas honrados.
Pero obligué a Steele a callarse en el acto y le pregunté con palabras breves y corteses si tenía revólver. Susie comenzó a decir, al oírme que no lo tenía, que lo mejor que podría hacer sería marcharme a otro sitio donde hubiera gente de otra clase. Steele tomó la palabra para decirle que no tenía pistola, pero que si la tuviera no la desenfundaría para disparar celosamente contra un ratoncillo como yo. Por lo menos, no lo haría delante de una señora... ¡Ja, ja!
Entonces salté contra él y, ¡pum, pum! le di unos cuantos tortazos en el hermoso rostro y lo dejé tumbado a los pies de Susie.
Wade continuó silencioso mientras reflexionaba acerca de la historia de Bilt, a la que los demás vaqueros hicieron unos secos comentarios.
—Patrón, permíteme volver a la ciudad para ver si puedo averiguar algo —suplicó Bilt.
—Te has portado muy bien —contestó Wade—. Pongo en duda la prudencia de que dijeras a Steele que su patrón nunca más volvería a comprar ganado robado; pero dejemos esa cuestión.
Mañana o pasado, esas palabras se comentarán por todos estos contornos... ¿No andará mañana buscándote Steele por todas partes?
—Si tiene valor, lo hará. Es posible que hablase con arrogancia porque estaba delante de una señora. Unos pasos rápidos y ligeros, a los que no acompañó repiqueteo alguno de unas espuelas, llegó hasta los oídos de Wade, que levantó la mano porque le agradaba siempre ser el primero en oír o ver a alguien. Hal llegó. Estaba pálido a causa de la importancia que se concedía a sí mismo, y sus grandes ojos brillaron a la luz de las estrellas.
—Rand Blue... o Drake, que es el nombre porque se le conoce..., y Holbrooks Kent, están en la ciudad —anunció fríamente mientras respiraba con dificultad.
Nadie hizo comentario alguno en los primeros momentos. Después, Kinsey tosió y habló:
—¡Ah...! ¡Buen trabajo, Hal! Ninguno de nosotros ha logrado ni siquiera sospechar lo que tú has averiguado.
—Tex, fui por uno de los lados de la calle hasta el final y regresé por el otro. Y me encontré cara a cara con McComb, que se sorprendió al verme; le dije que estábamos en la ciudad contigo, y me condujo a un lugar más oscuro... Había estado por la mañana en el Banco, del que ahora es director, y había sido informado de que Drake y Kent se encontraban en la ciudad. Drake fue esta mañana al Banco acompañado de cuatro hombres. Tiene mucho dinero ahora. Esperaba haber encontrado a Mason en Winslow, pero Mason no acudió. Esto es lo que Drake comunicó al cajero. Según parece, estaba muy nervioso e impaciente.
—Espera encontrar a Mason aquí, y, probablemente, también a Harrobin —afirmó Wade.
—McComb me ha dicho que Drake ha tenido muchos amigos en Holbrook —continuó Hal—. Esta visita es la primera desde el pasado otoño. El cajero dice que Drake parece muy cambiado. El rumor popular le señala como ladrón de ganado.
—Perfectamente. La suerte continúa favoreciéndome... —contestó Wade, de modo incisivo—. Sabemos que Blue y Kent están en la ciudad, pero ellos no saben que nosotros estamos también. Y no lo sabrán hasta que me haya encontrado frente a Blue o Kent... o los dos a un mismo tiempo. Escuchad, muchachos: mañana por la mañana, engancharéis los carros e iréis con ellos al pueblo. Id a casa de los Sloan, que son amigos de los Pencarrow. No os separéis unos de otros. Comprad pronto todo lo indicado en la lista y cargadlo en los carros. Hogue, tú, no dejes de vigilar a la puerta de la tienda. Ten la mirada atenta y lista. Si yo pasara por allí, no te des por enterado. Todo el mundo me tomará por un forastero desconocido.
—¡Ah...! Y ¿qué es lo que vas a hacer, patrón? —preguntó Kid Marshall.
—Estaré vigilando constantemente. Eso es todo.
—Bien, pero ¿no sería conveniente que te acompañásemos algunos de nosotros para el caso de que te encontrases a un mismo tiempo con las cuadrillas de Blue y Kent? —preguntó Kinsey.
—Sí, pero es muy probable que las cosas —no sucedan de ese modo. Ten la seguridad de que utilizaré la cabeza para pensar lo más conveniente en cada caso que se presente. Recuerda que nadie me reconocerá en Holbrook; y mucho menos Blue o Kent.
—Patrón, ¿no has pensado que si Blue se encuentra lejos de su guarida, probablemente tendrá a su lado sólo a unos pocos hombres de su cuadrilla?
—Sí, lo he pensado —contestó Wade con vehemencia.
—Muchachos, estamos perdiendo muchas horas de sueño. Entrad en los carros y descansad. Voy a pasear unos momentos, y luego me acostaré también.
Wade paseó a lo largo de la valla del encerradero. La noche estaba en calma. No llegaban hasta aquel lugar los ruidos de la población. Los caballos se hallaban pastando. Wade no pudo anular sus percepciones sensoriales, pero su pensamiento siguió sólo una dirección, y se atuvo a ella inexorablemente. Las dudas y las conjeturas no tomaban parte en tales cavilaciones. Su equilibrio y su serenidad fueron tan perfectos, que cuando entró en el carro de Hal y se tumbó junto al muchacho, se durmió inmediatamente.
Wade se despertó a la salida del alba y se levantó para unirse a Kid Marshall y Kinsey, que estaban encendiendo una hoguera y transportando agua. El desayuno fue preparado en el mismo encerradero. Hal se hallaba profundamente dormido y costó trabajo despertarlo.
Mientras se desayunaban, los rayos del sol comenzaron a caer sobre los rojos riscos del desierto en la parte oriental. Era una mañana arizoniana, fría y maravillosa. El cielo y el tiempo de mayo anunciaban viento; y el viento significaba polvo y arena.
—Cuando tengamos las provisiones compradas y cargadas, ¿qué hemos de hacer, patrón? —preguntó Kid Marshall. Probablemente, lo sabía tan bien como el silencioso Kinsey; pero tenía más necesidad de hablar.
—Esperarme —contestó Wade—. No olvidéis adquirir comida para nuestro viaje de regreso... Creo que lo mejor que podré hacer ahora será afeitarme. Bilt, ¿quieres hacer el favor de traerme un poco de agua caliente?
Kinsey permaneció a su lado mientras Wade se quitaba la barba de tres días que le oscurecía el rostro. Su rostro aparecía nuevamente delgado y pálido.
—¿Qué piensas, Hogue? —preguntó Wade.
—Estaba observando el modo como manejas la navaja. Tienes la mano tan firme como una roca. Y es muy probable que hoy mismo hayas de encontrarte con Holbrook Kent y luchar contra él... ¡Tienes un valor frío extraordinario, Wade!
—Todas las ventajas están de mi parte, Hogue —dijo Wade.
—Estaba pensando, además, en otras cosas. Holbrook Kent no me conocerá a mí tampoco.
¿Quieres permitirme que sea yo quien se enfrente con él?
—No, vaquero. No quiero hacerlo.
—Esperaba que no querrías. Pero he de decirte... No quiero separarme de ti ni un solo minuto durante este día.
—¿Sí? ¿Contra mis órdenes?
—Quisiera que pudieras despedirme...
—Bien. Entonces, ¿contra mis deseos?
—¡Contra todo! Tex, lo he pensado durante toda la noche. No puedo obedecerte, del mismo modo que tú no podrías permitirme que lo hiciera... Es una cosa que siento, pero que no puedo explicar. Claro es que tengo la confianza de que no corras un riesgo grandísimo.
Pero no se trata de eso. Siempre hay posibilidades de que los acontecimientos presenten mal aspecto para ti. Y, en ese caso, quisiera estar a tu lado. Kid ha dicho lo mismo, y ha añadido que si no lo hiciera yo, lo haría él.
—En ese caso, deja a Kid que venga conmigo.
—No. Cuando se trata de manejar un revólver, soy muy superior a Kid. Y eso me hace acreedor al derecho de ser yo quien te acompañe.
—Pero, Kinsey... ¿Has pensado que podríamos encontrar a las cuadrillas de Blue y Kent juntas y morir los dos? En ese caso, ¿quién ocuparía mi puesto en el rancho de Cedar?
—Creo, patrón, que si tú y yo juntos nos encontrásemos ante la cuadrilla de Blue... y resultáramos muertos..., ese sería, también, el fin de Blue. Y eso significaría que desde tal momento cualquier vaquero podría dirigir el rancho de Pencarrow.
—Hogue, tu creencia es acertada. Tienes razón. No me gusta darme por vencido; pero reconozco que tus suposiciones son muy razonables. De todos modos, he de decirte que hay algunas circunstancias diferentes a las que has citado, y que esas circunstancias te afectan directamente. He intentado olvidarme hasta ahora de todo lo que sea ajeno a nuestra lucha, y especialmente de Rona y Jacqueline. Pero podría exponértelo, aun cuando no fuera muy oportuno el hacerlo. Y entonces podría indicarte, además, la razón que aconseja que sea Kid quien me acompañe.
—No. No podrías.
—Compañero, estuve bajo los pinos la otra noche, bajo la luz de la luna y...
—¡No importa! —le interrumpió Kinsev con voz sonora. Estaba visiblemente agitado, pero consiguió rechazar la momentánea debilidad que le atacaba—. Olvida aquello y todo lo demás de este mundo que no sea la tarea que vamos a emprender inmediatamente.
—¡Bien! —decidió Wade. No podía continuar oponiéndose a sus propias enseñanzas—. No discutamos más. Ponte un revólver más en el bolsillo de la cadera, como yo he hecho. Y gira un poquito el barrilete, para que sea más fácil dispararlo.
Wade cogió un nuevo revólver de su saco y, retirándose a pocos pasos, empleó varios minutos en hacer ejercicios de tiro. Esa expresión física de la coordinación, rápida como el relámpago, entre la inteligencia, la mirada y los músculos, liberó a sus facultades del dominio que sobre ella ejercían la fría indignación, la fría cólera. Wade se convirtió en una prolongación del martillo de su arma.
Al regresar junto a los carros repitió brevemente sus órdenes a los vaqueros; y después se encaminó a la ciudad. Kinsey se puso a su lado, y situándose a su izquierda, a un paso de distancia, se mantuvo en tal situación sin más advertencias ni preguntas.
La calle principal de Holbrook estaba llena de la actividad que le era propia todas las mañanas. Llegaban caballistas, aislados o en grupos; los carros cargados se dirigían lentamente hacia la campiña; las tiendas y las tabernas estaban abiertas, y en las aceras haraganeaban algunos desocupados.
Wade caminó con lentitud a lo largo de uno de los lados de la calle. Mas aun cuando pareciera pasear despreocupadamente, era todo ojos. Cruzó el arroyo para ver los tres carros de Pencarrow: los vaqueros estaban desplegando los asientos, fumando unos cigarrillos, con los sombreros inclinados sobre el rostro, moviéndose perezosamente.
Una desagradable circunstancia cruzó la imaginación de Wade: la posibilidad de que fuese larga la búsqueda de los hombres a quienes deseaba hallar. En tal caso, si hubiera de recorrer la calle mirando al interior de los almacenes y de las tabernas, su acción sería prontamente advertida. Y, como consecuencia, la suerte favorecería a sus enemigos, que podrían dedicarse a darle caza sin peligro. Mas no. No era posible que nada de esto sucediera.
La suerte continuaría acompañando a Wade.
Wade no tuvo necesidad de que Kinsey le hiciera una seña disimulada para ver el grupo de hombres que se hallaba en pie junto a la barra de atar los caballos situada ante la taberna de «Range Well», la más importante de la ciudad. Solamente había visto con anterioridad a uno de aquellos ociosos caballistas. Wade intentaba recordar las circunstancias y la época de su conocimiento, cuando la puerta de la taberna se abrió.
Varios hombres salieron del establecimiento bromeando y empujándose. El que marchaba delante era un hombre de rostro encendido e iba en mangas de camisa. Llevaba una estrella prendida en el chaleco. Este grupo no cerró el paso a Wade, sino que se detuvo a varios pasos de distancia.
Después salio un hombrecillo, recelosamente, según Wade creyó apreciar. Tenía unos ojillos brillantes y agudos que parecían barrenas. Wade reconoció en él instintivamente Holbrook Kent. Su compañero, un jinete de piernas largas y flaco, despertó en Wade el recuerdo de haberlo visto anteriormente. Cuando este hombre vio a Wade, se detuvo repentinamente. El grupo que se hallaba delante de los dos comprendió instantáneamente que iban a producirse acontecimientos.
—¡Eh! ¿Quién eres tú? —grito furiosamente el sheriff, a Wade. La curiosidad se reflejó en la mirada de Kent. Pero Kent carecía del largo hábito de Wade, del instinto de hacer frente a los hombres.
—¡Buenos días, Kent! —dijo Wade, con frío descaro.
—¡Te has adelantado a mí! —replicó el pistolero en tono áspero.
—¡Claro que sí! Y también a Harrobin y a Mason.
—¿Eh? —preguntó rabiosamente Kent.
—Sí. Y antes de que llegue la noche, tu gran compañero, Drake, estará colgado de la rama de un árbol. Pero tú nunca lo verás, Kent.
—¿Qué diablos dices? ¿Y quién diablos eres...?
—Es el capataz de Pencarrow —gritó el otro caballista rabiosamente—. ¡Brandon!
Con un arrastrar de botas y resonar de espuelas, los acompañantes de Kent se retiraron a la derecha y a la izquierda, y dejaron a los protagonistas de la escena en el centro.
—Mason no estará aquí para verse las caras contigo... Pero ¡estoy yo! —dijo significativamente Wade.
El pequeño pistolero dudó solamente un instante, la pequeña fracción de tiempo que le fue necesaria para reaccionar y sobreponerse a la sorpresa. Y enseguida, al mismo tiempo que exhalaba una especie de silbido, se llevó la mano al revólver. Lo había desenfundado, cuando el disparo de Wade interrumpió su acción. El arma se descargó al chocar contra el suelo, y el estampido sonó secamente y se reprodujo en forma de eco en las casas de enfrente. El hombrecillo cayó sin vida antes de rodar hasta la acera. Tenía el rostro y la mirada inundados de una última expresión de tristeza y horror.
Wade se volvió con la humeante pistola en la mano.
—Hiles, ¿es usted amigo de Kent?
—No mucho —respondió el sheriff, con la cara cubierta de una palidez grisácea—. Y tú, ¿eres el señor Brandon?
Wade reculó hasta la pared y se apoyó en ella. Kinsey se colocó a su lado. Los cuatro hombres se retiraron de ella y se adelantaron hacia el centro de la calle, todavía espantados, sin dejar de mirar con incredulidad y sorpresa el cuerpo muerto de Kent. Un golpeteo de botas resonó en las tarimas de la taberna y de las tiendas inmediatas. Si Wade hubiera deseado disponer de un nutrido grupo de espectadores, allí lo tenía. Su mirada giró de un lado para otro como la aguja de una brújula. No dejó de ver a ninguno de los recién llegados ni perdió de vista al sheriff y sus acompañantes. Observó que Bilt y Kid se acercaban, y que los seguía Hal, con la cara pálida y una expresión de ansiedad.
—Jefe, es Sam Hiles, el sheriff de Winslow —dijo Hogue con una voz tan fría como el hielo.
—¡Eh, vaquero! Creo que te he visto en alguna parte —replicó Hiles, al mismo tiempo que enrojecía.
—Ya diría que es cierto. Y ahora me estás viendo también —contestó el vaquero.
En aquel momento llegaron Kid Marshall y Bilt Wood, que avanzaron entre el grupo de curiosos y la pared. Se colocaron en el interior del círculo, pero no se pusieron inmediatamente junto a Kinsey. La aguda mirada de Kid observó que Kent se hallaba muerto sobre la acera. Wade se encontraba junto a la pared, todavía con el revólver en la mano... Y su mirada se dirigió, después, al sheriff y a los demás hombres.
—Hiles, ¿es usted amigo de Kent? —repitió Wade en tono enérgico.
—Ya he dicho que no mucho. Soy el sheriff de esta región. Pero puedo afirmar que Holbrook tenía muchos amigos en esta población.
¿Sabían esos amigos que Holbrook era compañero de un ladrón?
—¿Quién? ¿Holbrook Kent? Oye, vaquero: o estás loco... o borracho. Es posible que consigas convencer a alguien de que es cierto, después de haber matado a Holbrook...
—Espero su respuesta, Hiles —insistió fríamente Wade.
—No tiene usted ningún motivo legal para proceder contra mí. He obrado en legítima defensa. Y si usted no me considera libre de culpabilidad, consideraré a usted como uno de los muchos amigos de Kent.
—Bueno; no sé lo que te propones... De todos modos, si no huyes a toda prisa, te encarcelaré.
—¿Huir? Esa palabra debe de ser muy conocida por usted..., lo mismo que de los restantes amigos de Holbrook Kent.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Hiles roncamente. Una gris coloración le cubrió el rostro.
—Esto es lo que quiero decir: hay una cuadrilla de malhechores en Holbrook, y yo apostaría a que usted forma parte de ella.
¿Cuadrilla de malhechores? Brandon, estás lanzando demasiadas bravatas al ver que Holbrook está muerto y que te encuentras en situación ventajosa respecto a mí.
Wade percibió intuitivamente el interés que la multitud ponía en sus palabras. El momento y la ocasión parecían haber sido creados para favorecerle.
—¡Cuadrilla de malhechores! Y usted es uno de los que obtienen beneficios de ella, de modo directo o indirecto... Holbrook Kent era la mano derecha de Band Drake. Y Band Drake es Rand Blue. Ha venido aquí para reunirse con Mason, el comprador de ganado de Mariposa.
Mason compra reses robadas... Hiles, en este momento tiene usted a su lado a uno de los malhechores: ¡ese caballista!
Wade señaló con la pistola al hombre que le había reconocido.
—Estaba con la cuadrilla que acompañaba a Urba cuando lo maté por intentar robar el ganado a Pencarrow.
—No le conozco —contestó el sheriff—. Es posible que así sea. De todos modos, en el caso de que vuelva a encontrarme con él, lo mataré sin vacilaciones. Y tenga usted la seguridad de que revolveremos toda la ciudad hasta encontrar a Drake.
—¡Dios mío! Quienquiera que seas, no puede negarse que eres un hombre atrevido —replicó roncamente Hiles; su actitud demostraba la culpabilidad que tan descaradamente había negado. Mason te obligará a huir de Arizona por todo esto.
—¡No! Mason, ¡no! —contestó Wade—. Hiles, oiga usted, y que oigan también todos los hombres de Holbrook y los vecinos de sus alrededores, lo que voy a decir: Mason compraba las reses a Harrobin y Drake. Mason fue el más vil de todos los corruptores, porque favoreció el robo y rehuyó sus consecuencias... hasta cierto día. Harrobin robó la manada de Aulsbrook.
Mis caballistas, unidos a los de Aulsbrook, persiguieron a los bandidos. Los alcanzamos, matamos a la mayoría de ellos y obtuvimos una confesión de los otros. Conseguimos hallar a Harrobin y Mason junto a la Quebrada Roa, al sur de Cedar Range. Harrobin descubrió a Mason, lo traicionó, nos dijo el dinero que había percibido por la venta de la vacada de Aulsbrook... Señores, Mason no volverá jamás a comprar ni una sola cabeza de ganado, ni a desenfundar el revólver para atacar a nadie. ¡A Harrobin lo ahorcamos! Y vamos á ahorcar a su compañero, Band Drake, llamado por otro nombre Blue. Los días de esta asociación de malhechores han terminado.
—I Brandon! —gritó una voz excitada, que salió de entre la multitud—. ¡Es ese pistolero de Texas que tiene un equipo de mestizos!


XVIII
Wade tenía poco temor de que Rand Blue intentase huir a la luz del día. Lo más probable sería que permaneciese escondido hasta la caída de la noche. ¡Tampoco saldría Rand Blue a luchar con él! Sin embargo, envió a Hal a que ejerciera vigilancia desde el tejado más alto del pueblo, en tanto que él y sus compañeros iban de un lado para otro como podencos que hubiesen olfateado una pieza.
—¡Quiero saber quién ha sido el cobarde que dijo que somos un equipo de mestizos! —decía una y otra vez Kid Marshall, al mismo tiempo que aguijoneaba a este o aquel peatón con su rifle.
—¿Dónde lo habéis escondido? —preguntaba Hogue Kinsey, a todos los que encontraba.
Wade golpeó las cerradas puertas con el rifle hasta que fueron abiertas.
—Es posible que seáis honrados y sinceros —decía a los dependientes de las tabernas, a los comerciantes, a los empleados, y aun a las pálidas y atemorizadas mujeres—. Sí, sabemos que la mayoría de vosotros es honrada. Pero, si no queréis ayudarnos, debéis permitirnos que encontremos a Rand Blue y sus ladrones.
La calle mayor de Holbrook veíase desprovista de su habitual animación. Holbrook Kent continuaba en el mismo lugar en que cayera muerto, con una mano engarfiada sobre el pañuelo desplegado a medias.
Wade, con el rostro pálido, dirigió a sus tres compañeros en las pesquisas que realizó, como un lobo hambriento, en busca de Rand Blue. Todos llevaban preparados los rifles. No se fiaban de ninguna ventana, de ningún tejado, de ninguna esquina, de ninguna callejuela.
Avanzaban arrimados a las paredes. Parecían tener ojos en la parte posterior de la cabeza.
Entraron en todas las casas de la calle, registraron de arriba abajo, en las bodegas, en los graneros, en los sótanos, en las cuadras, en los pesebres. Cuando el día terminó, sólo quedaban por registrar las viviendas particulares. Hal no había visto ni un solo jinete que se alejase de la cuidad.
Mas, al llegar la noche, Susie se acercó llorando a Bilt Wood y se arrojó a sus pies.
—Bilt..., aquel vaquero..., Steele..., era uno de ellos —dijo, sollozando—. Escondió a Drake... y a tres hombres más en nuestra casa..., después de amenazar a papá y mamá...
Cuando se hizo de noche cogieron un saco de provisiones... y otras cosas.., y se marcharon...
Papá oyó que nuestros caballos... coceaban... en el encerradero... Tan pronto como se atrevió... salió... Los hombres se habían ido únicamente con dos sillas...
—¡Ja, ja, ja! —gritó Bilt; pero no podría decirse si lo hizo lleno de alegría o de ferocidad. Wade no pudo adivinarlo—. Os habría estado bien empleado que Steele se hubiera llevado..., se te hubiera llevado consigo... ¿Qué camino siguieron?
—Se fueron por la carretera que conduce al sur de Pine Mount.
—EA qué otro sitio podrían ir? —preguntó despreciativamente Kinsey—. Vuelven a su escondrijo... Tex, esos cobardes ladrones habrían procedido más sabiamente si hubieran salido a la calle para luchar como hombres. Hasta Pine Mount hay sesenta millas, y el camino es muy malo. No hay atajos. Rocas, polvo, sombra... ¡Cuatro hombres sobre caballos de labor solamente con dos sillas!
—Podremos alcanzarlos con facilidad —dijo Kid Marshall, alegremente.
Prepara tu caballo, Tex —mandó Bilt—. Y vete a casa a toda prisa. Nosotros te seguiremos con los carros.
Podrás llegar al rancho antes del amanecer. Prepara a los muchachos y apodérate de los caballos más veloces de la señorita Jacqueline. Coge tú mismo a Pen, y lanzaos en persecución de Blue. Haz que Hicks se le adelante.
—¡Muchachos, parece que hayáis leído mis pensamientos! —exclamó Wade.
—¡Déjame que vaya contigo, Tex! —suplicó Hal.
—A mí me gustaría ir, compañero, pero no puedo —se excusó Hogue con su franca sonrisa—. No me necesitaréis.
—¡Ah...! ¡Y no podremos ver a Rand Blue perneando al extremo de una cuerda! —dijo quejosamente Kid Marshall.
—¡Demonios! ¡Vaya una cosa que nos perdemos! —añadió Bilt Wood—. ¡No podremos tirar de la cuerda que eleve y estrangule al señor Steele...! No podremos ver la hermosa cara que pone... ¡Ja, ¡a!
—¡Basta! —gritó imperativamente Wade—. Señorita Susie, muchas gracias por su ayuda. La de usted ha sido una situación difícil para una mujer... Pero ha compensado usted con creces los perjuicios que antes nos ocasionó. Bilt la perdonará.
—¡Qué diablos voy a perdonarla! —replicó Wood; pero sus palabras sonaron más como un cacareo que como un gruñido.
—¡Vamos, muchachos! ¡Me voy a toda prisa! —continuó Wade; y corrió a lo largo de la oscura y solitaria calle.
El día sería memorable para la población de Holbrook, pensó Wade, mientras caminaba.
Y representaba un buen augurio para el porvenir. Los peores aspectos del robo de ganado se manifestaban generalmente en las regiones que comenzaban a explotar la cría de reses. La indiferencia o el miedo de los rancheros, acaso el conocimiento de que transgredían el espíritu y la letra de las leyes, la connivencia de los compradores de reses robadas con los empleados del ferrocarril, los beneficios que obtenía toda la comunidad, mayores o menores..., éstas eran las circunstancias que hacían que los ladrones de ganado fuesen más fuertes que los criadores más importantes. El ganado representaba dinero. Los comerciantes, los taberneros, los jugadores, los vaqueros, los ladrones, las bailarinas, todo el mundo vivía del ganado. Era precisa una revolución como la que Wade había iniciado para hacer que aquel rico terreno despertase a la realidad, aprendiese a conocer lo que era el bien y lo que era el mal.
El único hombre a quien Wade encontró en su presurosa caminata calle abajo fue Holbrook Kent, que continuaba tumbado, tal como había caído y ofrecía un aspecto espectral repugnante bajo la blanca luz de la luna. Wade se detuvo para apoderarse del arma del pistolero. El hecho de que un ciudadano de quien la ciudad tanto se había envanecido hubiera muerto en la calle y continuase en ella después de un día entero, demostraba la magnitud del pánico que su muerte había provocado.
Cuando Wade llegó al encerradero, se hallaba fatigado por la larga carrera. Tardó cierto tiempo en encontrar su caballo, Baldy, un ruano largo y grande, notable por su resistencia.
Wade lo ensilló y colocó el rifle sobre la silla. Su revólver suplementario, y el de Kent los puso en los sacos de viaje, uno a cada lado. Luego reflexionó durante unos momentos.
Los carros ya habían partido. No quedaba nada en el encerradero. Los vaqueros deberían de hallarse ya en camino hacia el Sur. Después de haberlo montado lanzó a Baldy al galope.
¡Cómo perturbaron los ruidosos cascos del caballo la tranquilidad y el silenció de la larga calle! Las luces de algunas casas estaban encendidas y junto a las puertas y las esquinas, comentaban a congregarse unos grupos de hombres que miraron a Wade cuando éste pasó junto a ellos con el delgado caballo estirado para correr. Al llegar a las afueras de la población, Wade alcanzó a los carros y pasó junto a ellos sin reducir la velocidad de la marcha. Hal Pencarrow le saludó con un grito lleno de alegría.
—¡Coge el caballo que te dije, Tex! —gritó Hogue, con voz fuerte y clara.
—¡Alcánzale, vaquero! —añadió Kid Marshall. Y el ininteligible grito de Bilt Wood, fiero y vengativo, sonó, como si flotase, tras él.
La lisa carretera, blanqueada por la luz de la luna, se extendía ante él en dirección al desierto. Wade puso el caballo a un trotecillo, paso que Baldy podía sostener indefinidamente sobre un buen terreno. Lejos, al Sur, unas cumbres oscuras se erguían hacia el cielo. En el Este, la enorme montaña se elevaba, negra e inmensa, y sus accidentados picachos rasgaban el azul.
Al llegar al río, Wade redujo aún más la marcha. Baldy cruzó salpicando agua y barro, las barras y los lugares de poca profundidad. La luz de la luna brillaba como diamantes en las matas de las orillas. Más allá comenzaba la larga y única pendiente en ascenso de la carretera que conducía a Cedar Range; era una subida gradual, de alrededor de una milla de longitud, a través de un terreno rocoso. Wade hizo que el caballo la recorriese con lentitud. Al llegar al punto más alto, se volvió para ver la mancha negra que era la ciudad, en la que solamente brillaban unas pocas luces.
Desde aquel lugar la carretera comenzaba a descender. El caballo avanzaba a un vivo trotecillo. El árido desierto, desnudo de árboles, se extendía a ambos lados de Wade, gris y lleno de penumbra. Los conejos huían para esconderse entre las altas hierbas. El aire era frío, y, a medida que continuaba cabalgando, la mirada de Wade comenzó a penetrar la melancólica oscuridad y sus pensamientos se centraron en Rand Blue.
El ladrón, con sus hombres, esperaría que se le persiguiese por la carretera de Pine Mount. Pero sus cálculos y sus medidas de previsión no comenzarían a manifestarse hasta la siguiente mañana. Aquella noche no descansarían en su huida. Y al llegar la mañana se encontrarían todavía a mucha distancia de su escondrijo.
El proyecto de Wade consistía en adelantarse a Blue antes de que éste saliese de la carretera. En el caso de que no pudiera conseguirlo, ello solamente significaría que la persecución habría de ser más prolongada. Seguramente que Hicks encontraría las huellas que conducían al lugar en que se ocultaban los malhechores.
Absorto en sus pensamientos, Wade continuó cabalgando. Puso el caballo al paso al llegar a lugares poblados de árboles, y lo llevó al trote sobre el terreno descubierto. La luna alcanzó su punto más alto. Las horas pasaban con una rapidez como las millas quedaban atrás.
Más tarde, la gran extensión de la campiña se desplegó ante la mirada del jinete. Era un terreno que parecía interminable, gris pálido, oscuro por la noche y ligeramente blanqueado por la luna. Perdida en la infinitud, acá o allá, la manada se hallaba pastando o durmiendo.
Wade tenía que recorrer toda la anchura del valle, y, calculando que había llegado antes de lo previsto, hizo que Baldy continuase cabalgando lentamente. La luna comenzó a desvanecerse y el desierto a perder la opacidad de la espesa cortina que lo envolvía. Muy pronto, Wade volvió a alternar el paso lento con el trote ligero, que tan favorable le había resultado durante la larga cabalgada de aquella noche. La luna se escondió tras la montaña, y una rosada claridad se dibujó en el horizonte. Esta claridad fue reemplazada por la oscuridad que precedía al alba. Cuando el cielo comenzó a aclararse, Wade se hallaba cruzando la llanura en dirección al rancho. El alba nació con sus rojizas estrías de luz. Wade atravesó el último terreno cubierto de pastos, la última milla, y llegó a los dormitorios de los vaqueros. Saltó del caballo, lo desensilló, y arrojó la silla al suelo.
Hicks apareció en la puerta con un revólver en la mano.
—¡Buenos días, patrón! —saludó—. Oí que venía un caballo y supuse que sería el tuyo.
—Sí, somos mi caballo y yo... Despierta a los muchachos.
—¡Eh, injuns! —gritó Hicks—. ¡Arriba...! El patrón os necesita a toda prisa.
Wade dejó el cansado ruano a la puerta que daba al prado y se volvió.
Los vaqueros, con el cabello alborotado, se estaban poniendo apresuradamente las botas.
—¿Están bien Hogue y los muchachos? —preguntó Jerry ansiosamente.
—Sí. Salieron de Holbrook un poco antes que yo, a poco de anochecer.
—¡Uf...! He estado mirando a Baldy... ¿Qué más?
—¿Cuántos jinetes se encuentran fuera ahora?
—Cinco. Regresarán dentro de poco.
—No los esperamos... Escuchad todos... Rand Blue y tres de sus hombres salieron de Holbrook ayer al anochecer. Llevaban unos malos caballos, dos de ellos sin ensillar.
Estuvieron escondidos durante todo el día... ¿Conocéis algunos de vosotros a un vaquero de Mariposa llamado Steele?
—Sí. Yo he trabajado con Steele. Es un muchacho muy pintoresco. Forma parte del equipo de Mason —contestó uno de los caballistas de Aulsbrook.
—Bien. Ahora trabaja con Blue. Parece ser que Steele le ha quitado a Bilt la novia, llamada Susie no sé qué más. Bilt sostuvo una pelea con Steele anteanoche. Y ésta es la razón de que hayamos descubierto dónde estuvo escondido Blue durante todo el día de ayer. Susie se dirigió a nosotros para comunicar a Bilt que Steele había ocultado a Blue y a los otros hombres en la casa de ella.
.
—¿Se escondían de ti, patrón? —preguntó Jerry con curiosidad.
—Así fue. Cuando hube matado a Kent, alborotamos bastante la ciudad al perseguir a Blue, que tenía muchos amigos allí. Pero todos le volvieron la espalda ayer, supongo que por miedo. Disponíamos de rifles y entramos en todos los lugares que encontramos, después de haber golpeado con las culatas de las armas en las puertas. Kid y Hogue procedieron con bastante rudeza. Ese hombre llamado Steele que engañó a Bilt, obligó a los padres de Susie a que le ocultaran en unión de Blue y de los otros dos hombres hasta después del anochecer.
Luego todos huyeron en caballos de labor por la carretera de Pine Mount... Nuestra misión consiste ahora en adelantarnos a ellos. ¿Te parece bien, Hicks?
Necesitaremos correr durante mucho tiempo —contestó el mestizo.
—Entonces preparaos todos. Coged los caballos de la señorita Jacqueline. Ensillad a Pen para mí mientras estiro las piernas. Preparad un poco de café fuerte. Aprovisionaos de carne y bizcochos.
—¿Quieres dejar algún recado? —preguntó Jerry.
—No.
Antes de que el sol hubiera teñido de un color rosado la gris extensión, los caballistas de Wade montaban ya unos fogosos y alborotados caballos.
—Hicks; tú nos guiarás.
—Creo que encontraremos un recorrido más corto que el camino, pero más duro, a través del campo. De este modo podremos adelantarnos a nuestros perseguidos.
—¿Qué distancia hemos de recorrer?
—Alrededor de treinta millas.
—¿Hacia dónde se dirigirá Blue?
—A algún lugar del desfiladero en que haya mucha vegetación. Es un lugar que llaman el Cubil de Harrobin. El camino conduce hasta más allá de Pine Mount.
—Blue continuará por la carretera hasta llegar a Pine Mount —aseguró Wade.
—Sí, pero nunca llegará hasta allí —explicó Jerry—. Blue no es vaquero. Tiene un tobillo lastimado. Y jamás he conocido ningún caballo de labor que pueda recorrer la distancia que separa a Holbrook de Pine Mount en una sola noche.
—Patrón —dijo Strothers, que era otro de los hombres de Aulsbrook a quien Wade quería conservar en las filas de los vaqueros del rancho de Cedar—, supongo que Blue no debe haber oído lo que le ha sucedido a la cuadrilla de Harrobin, puesto que, de saberlo, no se dirigiría a Pine Mount.
—Cualquier agujero escondido le servirá para ocultarse durante cierto tiempo —aventuró otro caballista.
—No nos importan las razones que Blue pueda tener para dirigirse a ese o a otro lugar —replicó Wade—. Probablemente, no sabe nada de lo ocurrido a Harrobin. Pero yo se lo he dicho al sheriff. Y también le he contado lo de Mason. Al desaparecer Kent y quedarse sólo con una pareja de hombres, Blue se acobardó.
—Estamos perdiendo el tiempo, patrón —le interrumpió el mestizo.
—Lo único que es necesario que sepáis es que si Blue deja huellas en cualquier parte, yo podré llegar hasta donde se encuentre.
—Perfectamente... En marcha, Hicks.
De todos los caballistas y vaqueros de Wade, el mestizo era el más exaltado. Tenía la habilidad para montar a caballo propia de los indios y la indeclinable osadía de los caballistas de las llanuras. Wade esperaba que el mestizo les guiaría a un paso desenfrenado que hasta él mismo le sería difícil de mantener, aun cuando tuviera en Pen el caballo más rápido de aquellas tierras. Esperaba también que tendría que llamarle la atención para poner freno al ímpetu del inquieto Hicks.
Pero Wade se engañaba en sus suposiciones. Tan pronto como se puso en marcha, el mestizo prestó vigilante atención al terreno que tenía ante sí e hizo objeto de todas las consideraciones a su caballo. Sin embargo, avanzó con la velocidad del viento siendo seguido dificultosamente por los vaqueros.
—Por primera vez Hicks está cabalgando sensatamente —dijo Wade a Jerry, que iba a su lado.
—Es cierto. No quiere perder la ocasión de poder disparar un tiro a Steele; como sabes, es el mejor compañero de Bilt.
—¡Ah! Ahora lo comprendo.
Wade había creído que el mestizo cabalgaba con cuidado y precaución a causa de la gran importancia que concedía a su viaje y a la que el feliz resultado de la expedición podría tener para su patrón, para Pencarrow y para toda aquella zona. Pero lo que ocupaba el pensamiento de Hicks era el deseo de vengar la afrenta inferida a su amigo por medio de una traición.
El naciente sol brillaba sobre la extensión de salvia y de hierba en que pastaban millares de reses. Aun cuando se hallaba en un estado de ánimo lleno de preocupaciones. Pero fue sólo un pensamiento fugitivo. También algo verdaderamente sugestivo en el placer de cabalgar el más rápido de todos los caballos de raza de los Pencarrow. El modo de correr de Pen, lo mismo que la elegancia de su paso, era algo que incitaba al amor y la admiración que los caballistas experimentan por los grandes caballos.
Hicks se separó de la llanura para introducirse en el camino que Wade había recorrido tan frecuentemente y que se trenzaba entre los grupos de cedros. Este camino se retorcía, al modo de una serpiente, entre los grandes árboles y se llenaba del resonante ruido que producían los cascos de los caballos. El relámpago verde o gris de la llanura, más allá de la arboleda, la presencia de los troncos muertos, que parecían extenderse como garras ame— nazadoras, la seca fragancia de los cedros mezclada a la de la salvia, el rítmico golpeteo de los cascos, la manera de encogerse el mestizo y de inclinarse hacia delante al mirar el caminó que tenía ante sí, la larga hilera de jinetes que le seguía, silenciosa, amenazadora... todo esto se apoderó del ánimo de Wade, anuló la concentración de su espíritu, y le advirtió que él no era sólo una máquina de destrucción y de muerte, sino un hombre que habría de tener que enfrentarse consigo mismo al cabo de muy poco tiempo.
Hicks salió de la arboleda de cedros y llegó hasta un terreno rocoso en el que puso su caballo a un trote rápido al dirigirle hacia el desfiladero. Al llegar a un camino arenoso redujo la velocidad para no fatigar a su montura. Saliendo por el lado opuesto del desfiladero, llegó hasta un cinturón de pinos que se extendía durante todo el camino hasta Pine Mount. El mal estado de este camino por espacio de varias millas redujo la velocidad del avance de la cabalgata. Una hora de carrera tediosa y vigilante fue bastante para que la zona de rocas y de zanjas quedase atrás. Hicks abandonó el camino para introducirse en el corazón del bosque de pinos. Por espacio de varios siglos los apaches habían quemado la hierba y los matojos de aquella selva, de manera que se hallaba tan abierta como un parque.
Páramos y pasadizos blancos o bronceados se desenvolvían al pie de los pinos de parda corteza; los ciervos huían en tropel a la llegada de los caballos; unos dorados haces de sol atravesaban el verde dosel de las ramas; las campanillas azules parecían sonreír entre el verdor de la hierba, y las amarillentas columbias se doblaban bajo los implacables cascos. La rígida imaginación de Wade reaccionó de nuevo ante la seguridad de que el acto que se hallaba a punto de realizar estaba relacionado solamente con el presente huidizo. Cuando hubiera sido cumplido y los miserables bandidos desaparecieran, aquella hermosa y amplia floresta, con sus pinos estáticos y sus páramos llenos de color, las extensiones llanas y herbosas en las que pastaba el ganado, los costados de los desfiladeros y la atrayente grandeza del desierto, toda aquella tierra de maravilla que constituía Arizona sería libre, pacífica, prolífica; y sería hermoso amar, vivir y prosperar en ella. Esta perspectiva torturó a Wade.
¿Qué relación tenían con él aquellos pensamientos? Y los desechó para pensar sólo en la triste realidad de su cometido y del fin que prontamente habría de llegar.
Hicks justificó las razones de su cautela. Lanzó el caballo al galope a través de la selva, a lo largo de los paramos, al mismo tiempo que esquivaba las ramas demasiado bajas y los tocones muertos. Lo más que pudo conseguir Wade fue no perderlo de vista. Y al final dejó también de verlo. Mas, al cabo de unos momentos, Wade divisó la carretera y un instante después a Hicks a pie inclinado sobre el terreno, buscando huellas. Wade detuvo a Pen y se apeó. Y un momento más tarde los vaqueros llegaron corriendo a la carretera.
Wade se agachó también para mirar el suelo. Jerry se hallaba sentado en la silla y encendía un cigarrillo.
—¿Qué diablos andas buscando por aquí? —preguntó con calma—.
Ningún caballo ha cruzado este camino desde hace varios días.
—Jerry, siempre te ha gustado que tu caballo esté delgado —replicó Hicks; y Wade interpretó esta respuesta en el sentido de que Jerry prefería tener atado a su cabalo—. Pero tienes razón. No se ven en ninguna dirección huellas que tengan pocos días.
—Entonces ¿Blue no ha pasado todavía por aquí? —preguntó Wade.
—No, al menos por esta carretera.
—Es demasiado pronto, patrón —añadió Strothers.
—No estamos a diez Millas de distancia de Pine Mount —dijo Hicks.
—Pero los hombres que corren para salvarse la vida, suelen hacer cosas muy extrañas —comentó Wade—. Hicks, continúa yendo delante de nosotros y procura divisarlos antes que ellos a ti, en el caso de que vengan. Si no, averigua dónde abandonaron el camino. Vete despacio. Nosotros te seguiremos.
Fue muy significativo el modo como el mestizo comenzó a. correr. Wade esperó hasta que le vio doblar un recodo de la carretera y perderse de vista; luego, advirtiendo a los vaqueros que caminasen lenta y silenciosamente, —le siguió. Continuaron haciéndolo de este modo durante una distancia de alrededor de dos millas, y la vista de Hicks, que se había detenido para esperar, hizo que el corazón de Wade comenzase a latir atropelladamente. Wade no era ya el salvador de Pencarrow ni el capataz de un equipo de hombres esforzados a quienes él mismo había inspirado, sino un hombre cuyas acciones estaban movidas por un remoto pasado. Rand Blue le había traicionado al denunciarle a los batidores. Wade creyó ver de nuevo a su jefe —¡su padre! —sentado al pie de un árbol, con el rostro alterado, con dos revólveres preparados para disparar, con la espalda apoyada en el tronco de un olmo, con la frente perlada con la humedad de la muerte.
—Me parece que Hicks no tiene seguridad de nada —dijo Jerry—. Y yo tampoco la tengo.
Nadie más habló. Wade intentó adivinar los pensamientos del mestizo antes de llegar junto a él. Un arroyo cruzaba la carretera y trazaba un ancho recodo al pie de un sicómoro de anchas ramas. Unas huellas de patas húmedas de patos silvestres se marcaban sobre las mojadas piedras.
—Patrón, he oído algo como un golpe de hierros sobre las piedras —susurró Hicks—. Hasta ahora no estoy seguro de si ese ruido se habrá producido cerca o lejos. Apeaos y esconderemos los caballos entre los árboles.
Esta operación requirió el empleo de muy pocos minutos, aun cuando Hicks avanzó lentamente y hasta cierta profundidad en el interior del bosque.
—Preparad unas cuerdas —ordenó Wade, ceñudo. Todos volvieron a la carretera.
—Mi caballo me impedía oír —dijo Hicks—. Ahora, estaos quietos todos.
Se tumbó en el centro de la carretera y se estiró cómodamente con un oído apoyado en tierra.
Los vaqueros le observaron y apreciaron la intensidad de su atención. Los cigarrillos habían sido arrojados al suelo. En el modo como unos se sentaban y otros permanecían en pie, podía verse lo alerta de su actitud.
Wade compartía su atención. Pero sabía que para él las circunstancias preparaban algo mucho más importante que para los demás.
El arroyuelo susurraba muy tenuemente; un suspiro casi imperceptible del viento, como un aliento misterioso, descendía de las copas de los pinos; tan silencioso estaba el bosque, que parecía estar esperando con ansiedad; la lejana y quejosa nota de un tordo hizo que el silencio pareciera todavía más profundo. Para Wade, la Naturaleza no parecía ser insensible a las tragedias de los hombres.
Hicks se puso en pie como si hubiera sido impulsado por un resorte.
—Alguien viene —murmuró—. Retiraos con cuidado y no os alejéis mucho.
Los vaqueros rodearon a Wade con paso silencioso.
—Seis de vosotros, subid por la carretera y escondeos —ordenó Wade en voz baja—. El resto, quedaos aquí.
Jerry y Strothers, con otros cuatro hombres, se perdieron en el margen poblado de arbustos de la carretera. Wade hizo una seña a los que quedaban para que se ocultaran al otro lado del camino. En unión de Hicks y de otros tres, Wade ocupó una posición similar donde se hallaba. Se arrodilló tras unas altas matas, y, sacando un pañuelo del bolsillo, se lo ató ante la cara de modo que le ocultaba desde la barbilla hasta los ojos. Después arrojó el sombrero al suelo y sacó el revólver.
Y esperaron. El bosque parecía dormir; el arroyo producía un sonido arrullador al caer sobre las piedras. Wade aguzó el oído en vano. Luego murmuró unas palabras a Hicks. El mestizo se deslizó a lo largo del borde de la carretera hasta llegar al sicómoro gigantesco, desde detrás del cual oteó furtivamente la carretera. Se retiró, pareció meditar, después volvió a mirar con detención, y rehizo sus pasos en sentido contrario.
—Cuatro jinetes —murmuró—. Blue y un vaquero vienen en cabeza.
A continuación de lo —que pareció un interminable período, Wade oyó voces antes de oír un resonar de cascos; se acercaron, cesaron durante un momento; el golpe de los cascos sonaba exactamente detrás del recodo marcado por el sicómoro.
—Blue, tenías dinero para Mason —dijo alguien, con voz enojada—. Y una parte de ése era para mí.
—Cómo puedo saberlo? —Esta fue la respuesta profunda y gutural que puso fuego en las frías venas de Wade. Te lo digo yo. Y quiero mi parte... Blue, te he librado de aquellos peligros que te acecharon en Holbrook. Si no hubiera sido por mí, a estas horas estarías sirviendo de adorno a algún árbol.
—¡Bah...! Steele, estabas medio muerto de miedo.
—¡Si, diablos! ¿Quién no lo habría estado encontrándose Brandon y sus sabuesos en el pueblo? De todos modos, te he salvado.
—Todavía no estamos fuera de peligro —gruñó Blue. Dos caballistas aparecieron por el recodo. El de la izquierda era un vaquero joven, de buena constitución: su aspecto y el de su caballo indicaban al hombre que afecta distinción. El jinete que marchaba a la derecha ofrecía un violento contraste con el vaquero.
Wade, que tenía grabado vívidamente en la imaginación el recuerdo de un rostro y de un cuerpo determinados, no reconoció en el primer momento en aquel hombre de voluminoso vientre y barba enmarañada al único traidor a quien Simm Bell había albergado en sus filas.
Los caballos pisaron sobre el agua del arroyo estiraron los cuellos hasta donde la longitud de las bridas se lo permitió. Luego, bebieron sedientos. Steele miró hacia atrás. Otros caballos se acercaban.
—Blue, quiero la parte de ese dinero que me corresponde —dijo amenazadoramente.
El jefe de la banda de ladrones se quitó el sombrero para secarse la sudorosa frente. Sus profundos ojos lanzaron una furibunda mirada al vaquero.
—Puedes irte al infierno, Steele! —exclamó disgustado, mientras una expresión maligna distorsionaba sus sombrías facciones.
Wade reconoció entonces los grandes ojos, la traidora mirada, el rudo semblante, que en otra ocasión había sido hermoso, y principalmente la áspera y cortante voz. ¡Rand Blue! Los años que parecían tan largos como toda una vida, se borraron. Wade hizo una profunda aspiración de aire, y la exhaló a continuación convertida en una orden estentórea:
—¡Manos arriba!
Los matorrales crujieron a ambos lados de la carretera, y a través de ellos aparecieron los vaqueros, con rostros pétreos y amenazadores, con las armas dispuestas para disparar. En aquel momento los otros dos bandidos dieron la vuelta en torno al sicómoro y detuvieron frenéticamente a sus sedientos caballos. Unos pasos tronitosos que sonaron a sus espaldas, precedieron a la aparición de Jerry y Strothers.
—¿Qué... sucede? —preguntó Blue con voz ronca mientras la barbilla le temblaba nerviosamente.
—¡Manos arriba...! ¡Aprisa! —gritó el mestizo, en tanto avanzaba con el rifle en posición horizontal.
—¡El equipo de Brandon! —gritó Steele, con desesperada sorpresa y con furor. Su mano se bajó repentinamente.
Hicks disparó sin levantar el rifle. La acción del vaquero quedó interrumpida. Su cabeza se inclinó hacia delante, de modo que el ancho sombrero le ocultó el rostro; cayó sobre el cuello del caballo, el cual, más sobresaltado por la caída que por el ruido del disparo, se encalabrinó y le dejó caer en el arroyo.
Las manos de Blue temblaron visiblemente.
—No hay cuerda para mí —gritó el bandido, que cabalgaba detrás de todos; y dio vuelta al caballo y comenzó a correr desesperadamente.
—¡Duro, muchachos, acribilladle a balazos! —gritó también Jerry.
El proscrito había comenzado a correr y el ruido de los cascos de su caballo resonó a lo largo de la carretera. Los disparos se fundieron en un solo rugido. El rápido clip-clop cesó al producirse un fuerte chasquido de ramas de los matorrales.
El cuarto bandido espoleó a su atemorizado caballo y le hizo saltar hasta situarlo detrás de Blue. Un segundo salto le hizo caer sobre la hierba, seguido por el silbido de los proyectiles, que llegaron sólo una fracción de segundo tarde. Tan rápido como un relámpago, Hicks se introdujo en el bosque.
—Blue, tú... ¡Ahorcado! —dijo burlonamente, en tanto que se alejaba el bandido fugitivo.
El atropellado correr de un caballo a través de la maleza y el golpeteo de los cascos, que se producía a cada momento con más celeridad, terminó con un sencillo disparo de rifle.
—¡Aprisa muchachos! —ordenó Wade.
Detrás de Blue, un lazo voló como una serpiente que se desenroscase, cayó zumbando sobre el bandido y se cerró. Un solo tirón bastó para hacer caer al proscrito del caballo, sobre el arroyo. Otros vaqueros asieron la cuerda y arrastraron a Blue sobre el cuerpo muerto de Steele hasta fuera de la carretera. Tosiendo, medio ahogado por el barro y por el agua, el bandido pudo arrodillarse cuando un segundo lazo silbó en torno a él y le apretó los brazos contra el cuerpo. Entonces, los vaqueros le permitieron ponerse en pie.
—¡Bran...don...! —dijo con voz estrangulada—. ¿Quién de vosotros..., es Brandon...?
¡Soltadme...! ¡Tengo dinero...! Y todavía más dinero escondido. ¡Os pagaré lo que queráis y me marcharé de esta región!
—¡Cállate! —gritó uno de los vaqueros de Aulsbrook, un joven que tenía los ojos como dos llamas azules, al mismo tiempo que arrojaba un nuevo lazo en torno al cuello del bandido.
Luego dio un tirón de la cuerda, que estuvo a punto de derribar a Blue. Después arrojó el otro extremo de la larga cuerda sobre uno de los extendidos y anchos brazos del sicómoro.
—¡Dios... mío...! —exclamó ahogadamente el hombre sentenciado.
Habría sido necesario ser hombres muy duros y encontrarse en una situación muy dura para poder contemplar sin conmoverse aquel horroroso y contorsionado rostro.
Wade salió de un salto de entre la enramada. Hicks llegó del bosque llevando un cinturón, un revólver y un par de espuelas de plata, todo lo cual dejó en el suelo junto a su rifle, para colocarse al lado de los vaqueros que sostenían la cuerda.
—¡Brandon...! Puedo poner una fortuna en tus manos... —dijo en tono ronco y suplicante el bandido.
—¡Preparados, muchachos! —gritó Wade con voz fría y autoritaria. Y avanzó, se acercó a Blue, y miró con detención su convulso rostro.
—¿No me conoces, Blue?
—¿Quién... quién...? ¡Fuegos del infierno!
Wade se arrancó la máscara y murmuró:
—¡Acuérdate de Simm Bell!
El exiliado tejano experimentó una visible, profunda y terrible emoción al reconocer a Wade. Impresionado hasta el punto de hallarse próximo a desmayarse, miró a Wade como si viera un espectro. Luego abrió una vez más los grises labios para cometer una nueva traición.
Pero en aquel momento Wade levantó las manos, y todo lo que Blue pudo articular fue un horrible y estrangulado : «¡Aggh...!», en tanto que era elevado en el aire como un grotesco y permanente muñeco para provocar la risa de los despiadados vaqueros.


XIX
Mientras Wade permanecía sentado en un tronco, sudando y estremeciéndose a consecuencia de la reacción que en él había provocado la horrible ejecución, los vaqueros registraron a los ladrones muertos y ataron a Blue a su silla.
Jerry mostró a Wade un pesado monedero y un enorme fajo de billetes de cien dólares sorprendentemente nuevos y limpios.
—Los tenía Drake —explicó—. Steele y ese otro hombre más viejo estaban también provistos de dinero, según dice Strothers, que los ha registrado.
—Di a Strothers que reparta el dinero entre todos vosotros.
—¡Diablos, patrón! Parece ser que el robo de ganado es un negocio productivo en estas regiones.
—Lo era, Jerry.
Condujeron a Blue a las afueras de Pine Mount, donde lo colgaron del célebre algodonero, y le pusieron sobre el pecho un papel en el que estaba escrita esta palabra:
«Ladrón».
A partir de aquel momento el soñoliento pueblecito de Pine Mount pudo tener la certeza de que el régimen de robos de ganado organizado por la cuadrilla de Drake Harrobin había concluido.
No quedaban sino muy pocos hombres pertenecientes a las antiguas cuadrillas de ladrones, y estos pocos fueron invitados a adoptar una actitud que no diera lugar a que se repitiese con ellos el cuadro que se había ofrecido con el ahorcamiento de Rand Blue. Los que no pudieron dar una respuesta satisfactoria ni garantías de que no constituían un peligro para el vecindario honrado, fueron llevados a ver el cadáver del jefe de los bandidos y se les concedió una hora para que abandonasen la ciudad. Alos Bozeman y otros dueños de establecimientos o de bares que se hablan hecho ricos durante la actuación de los malhechores, se les dijo rudamente que no volvieran a alojar en sus casas mas ladrones de ganado.
Los vaqueros comenzaron a beber, y se pusieron muy alegres. Al partir, cosa que le costó gran trabajo conseguir a Wade, hicieron infinitos disparos al aire. Y cuando pasaron junto al espectral cadáver de blue, cuya vista atemorizaba a los ciudadanos, lo llenaron de balas.
Era media tarde cuando, finalmente, llegaron con sus cansados caballos a la senda que conduela, al rancho de Cedar. Wade, que iba detrás de Jerry, abrió el paso al alegre y canturreante desfile. Los que lo componían sabían que con sus actos habían escrito una página de la historia de Arizona, que cualquier ganadero de la región estaría dispuesto a pagar generosamente sus espléndidos servicios. El sol brillaba como un ascua de oro sobre la tierra purpúrea, y el crepúsculo llegó antes de que los vaqueros comenzasen a seguir callados y tranquilos el largo camino que les quedaba por recorrer.
Pero Wade se alegró de la distancia, de la oscuridad y de la cabalgata solitaria a través de los pinos y los cedros. Apenas había vuelto la espalda al terrible espectáculo del ahorcamiento de Blue cuando el estado de ánimo torturante y obsesivo que le dominaba lo abandonó. Por una vez pudo verse libre de las angustias que seguían a una ejecución. Cuando comprobó que la obra había sido realizada, una oscura y espléndida exaltación le acometió fugazmente. Mas ésta, lo mismo que la terrible revulsión que le ocasionaba el derramamiento de sangre, no pudo subsistir mucho tiempo ante el terrible hecho de que la edificación que construyera para justificarse ante su propia conciencia, se había derrumbado. La certidumbre en que tanto había confiado —la posibilidad de que fuese gravemente herido o de que muriera en aquella campa— ña contra los ladrones —había sido un áncora a la que se había asido vanamente. Estaba vivo, sano, indemne y cabalgaba en dirección a las llanuras a las que había librado de la presencia de los parásitos, a la llanura en que se hallaba su hogar, hacia una familia que le adoraría como a su salvador, hacia la muchacha de los ojos oscuros y apasionados que le convertiría en un héroe. Y Wade debía conocer la llegada del momento del despertar y saber en su sueño que él mismo era un embustero, un hipócrita, todavía un ladrón y un villano mayor que nunca.
Sin embargo, a pesar de esta ardiente comprobación, y de la desesperanza que le acometió y del atormentador pensamiento de que después de tantos años de lucha por mantenerse fiel a la promesa hecha a su padre, el Destino le había hecho una jugarreta despreciable, solían invadirle momentos de irresistible regocijo. No podía evitarlo. Tenía que entregarse a ellos. Y descubrió que poseía una sed insaciable de respeto, de admiración.
Estaba orgulloso de lo que había hecho en favor de los Pencarrow.
Mucho antes de que Wade, agotado por el esfuerzo mental y físico, llegase aquella noche a la llanura, la insidiosa tentación comenzó a murmurar al oído de su conciencia: «Toma lo que es tuyo... El pasado ha muerto... Tu secreto no será revelado jamás.» Pero tuvo la fortaleza necesaria para arrojar de sí a aquel demonio. Era sólo una alucinación la creencia de que había estado seguro en alguna ocasión o de que pudiera estarlo algún día. ¿No le había reconocido Rand Blue en aquel final y conmovedor instante? No podía haber nada más seguro que el hecho de que Mahaffey, el batidor de ojos de águila, le reconocería tan pronto como le viese.
Manteniendo constantemente este hecho en su conciencia, luchando más duramente que nunca por Jacqueline Pencarrow en aquella hora de casi insoportable recuerdo, Wade pudo vencer la tentación de la voz dulce y persuasiva.
La lucha le dejó agotado. Cuando se hubiera recobrado, tendría ocasión de reflexionar lo que debería hacer y lo que sería más conveniente que hiciera. Más tarde, aquella misma noche, al encontrar a los vaqueros, supo que se hallaba en la que era su casa, en el rancho de los Pencarrow. Sordo a las solicitudes de Jerry, Wade desensilló a Pen y se dirigió tambaleantemente, a través de la oscuridad, a su dormitorio; cerró la puerta, se quitó las botas y desprendió de la cintura el pesado cinturón lleno de dinero que habían arrebatado del cadáver de Blue, que produjo un sordo ruido al caer al suelo. En el bolsillo tenía el enorme bulto del fajo de billetes, y el último pensamiento de Wade fue una interrogación.
Durmió hasta muy entrada la mañana siguiente y probablemente habría dormido durante mucho más tiempo si Elwood Lightfoot no hubiese descargado unos fuertes golpes en su puerta.
Wade le permitió entrar.
—Han intentado despertarte —dijo el colono—. Jacque me ha enviado. Está preocupada.
Parece ser que alguien ha mirado a través de la ventana, y al verte tumbado y completamente inmóvil supuso que estabas muerto... ¡Por todos los diablos, no es extraño! No podrías tener peor aspecto si estuvieras muerto.
—Veo con pesar, Elwood, que he terminado mi misión con mucha vida —contestó Wade, pensativo.
—¡Cualquiera diría al verte que estás preocupado...! Tex, ha sido la empresa más grande que jamás he visto se haya realizado en todos los años que he residido en esta frontera. No te será fácil huir de la felicidad de estas buenas gentes. Supongo que el presentarte ante ellas te va a resultar más difícil que lo que hasta ahora has realizado. Pero es preciso que aceptes tu merecido.
—Elwood..., no podría ver a Ja..., a ninguno de ellos ahora. Debo de parecer algo así como un demonio... Además, me encuentro en el mismo estado de ánimo que un perro envenenado.
—No me sorprende. Pero si te tomases un vaso de alguna bebida fuerte y te lavases y adecentases, comenzarías a sentirte mucho mejor. Luego vente a cenar conmigo.
—Es una buena idea —contestó Wade, agradecido.
Comenzaba a ser de noche cuando Wade empezó a recorrer el camino que conducía al rancho de Lightfoot. El colono tenía la cena dispuesta. Después de haber cenado, ambos se sentaron en el exterior de la casa y fumaron. La temperatura era cálida, casi bochornosa al pie del muro de roca. Los sinsontes cantaron al nacer la noche; el arroyo murmuraba al recorrer su camino en dirección a la melodiosa cascada del desfiladero; los murciélagos volaban a poca altura y lanzaban unos gritos agudos, y los insectos zumbaban incesantemente. La quietud y el encanto del lugar conmovieron a Wade.
—Lightfoot, ¿qué haré de todo este dinero? —preguntó Wade repentinamente; y al decirlo no tuvo que hacer ningún esfuerzo para encontrarse la lengua.
—¿Qué dinero?
—Tengo una cebadera llena de billetes de cien dólares y de oro —contestó Wade, riendo tristemente—. Harrobin tenía el dinero que Mason le había pagado y algún otro dinero suyo, según supongo. Esos ladrones llevaban todos encima sus mal obtenidas ganancias. Y Blue tenía, también, una cantidad muy grande, que está en mi poder. Lo que los vaqueros encontraron a los demás ladrones, se lo han repartido; y deben de haber tocado a una buena cantidad.
—¡No es difícil la solución! —replicó el colono alegremente—. ¿No lo comprendes...?
Envíanos a Hogue y a mí a visitar a los ganaderos de estos alrededores para pagarles sus pérdidas.
—Lo haré —prometió Wade con satisfacción—. ¡Se lo he dicho...! Sí, claro es, se lo he dicho... Me refiero a que he comprado a Aulsbrook lo que los bandidos le han dejado. ¡Tengo un rancho mío! ¡Qué suerte..., si es que esto es suerte!
—¿Suerte? ¡Hum! No sabes lo muy afortunado que eres... El rancho de Aulsbrook es muy bueno. Pero Aulsbrook se alegraría mucho de poder venderlo y marcharse de aquí. Me complace que así sea, porque, de otro modo, acaso me hubiera visto obligado a tener que matar a tiros a ese tejano. Ahora, teniendo tú un rancho inmediato al de Pencarrow, podremos criar tanto ganado como se nos antoje. Enviaré nuevamente allí a Strothers con sus caballistas, pondremos una nueva vacada, y haremos la cuenta de los beneficios que nuestra honradez nos proporcionará.
—¡Ja, ja...! ¡Buena broma, Elwood...! Gasté el último dinero que tenía en la compra que hice a Aulsbrook.
—Apostaría a que no serías capaz de quedarte ni con un solo céntimo de ese dinero que habéis arrebatado a los ladrones. Si Mason pagó a Harrobin cinco dólares por cada cabeza de las ocho mil que robó a Aulsbrook, tenemos cuarenta mil dólares por ese concepto.
Tú tienes ahora el ganado y el dinero, también, descontando lo que pagaste a Aulsbrook. ¡Ja, ja! Debe de ser una cantidad muy grande.
—¿Cree usted que el sobrante, después de haber pagado a esos rancheros lo que es suyo, es perfectamente mío?
—Yo diría que sí. Y estoy seguro de que Pencarrow coincide conmigo. Harrobin y Drake tenían otros... ingresos. No olvides que Drake o Blue vendieron ganado de Pencarrow por valor de veinte mil dólares. Era un bandido tacaño que tenía algún propósito escondido.
Verdaderamente, no fue nunca un verdadero ladrón aficionado a la bebida ni al juego.
—Todavía no he contado... —contestó Wade, al mismo tiempo que reía—. Creo que no...
¿Cuántos caballistas habré de tener para atender debidamente a las necesidades del rancho de Pencarrow?
—¿Olvidas, Tex, que eres socio de Pencarrow? ¡Eres el hombre más extraño de todos los hombres extraños que he visto en mi vida...! Bien, yo mantendría el equipo actual, y añadiría cuatro caballistas más, por ejemplo, y nombraría capataz a Hogue.
—Me agrada la proposición. ¿Ha regresado Hogue? No, no ha podido regresar aún... Me gustará ver la cara que pone cuando se lo diga.
Wade durmió aquella noche en el abrigo descubierto situado junto al arroyo, y cuando despertó, a la mañana siguiente, el negro y sombrío estado de ánimo que le atormentara se había desvanecido como una pesadilla. Lightfoot fue temprano al rancho y dejó a Wade a solas, entregado a sus cavilaciones.
Wade pasó el día a lo largo de la sombrosa ribera donde el arroyo iniciaba sus saltos de color blanco ambarino para caer del desfiladero. Al renunciar a todo lo que podría haber obtenido, de ser egoísta, descubrió que aún le restaba una riqueza de satisfacciones que era suficiente para justificar y embellecer su vida. Su recuerdo, su sueño..., la compañía que la naturaleza de Arizona le ofrecía... ¡Jamás volvería a encontrarse solo! Sus necesidades serían en lo sucesivo muy pocas. Jamás estarían demasiado tiempo ociosas sus manos. Aquellos años llenos de acontecimientos en el rancho de Cedar le habían visto retirarse insensiblemente hacia el purpúreo desierto, hacia la gris llanura, hacia los desfiladeros de Redwall, hacia las fragantes y secas selvas, hacia los páramos dorados en que los arroyos se deslizaban.
Al día siguiente, Hogue y Hal invadieron el retiro de Wade y le saludaron con la adoración propia de los jóvenes. Ambos respetaron su severidad y parecieron darse cuenta de que se había operado en él un cambio. Pero hablaron y fantasearon e hicieron proyectos con una visión del porvenir que adquiría una expresión fogosa en las palabras de Hal y conmovedora en las de Hogue. El vaquero había estado con Rona desde su regreso de Holbrook, y se mostraba amable, soñador a veces, levantisco en otras, y después extrañamente curioso por observar las reacciones de Wade.
—Hogue, no quiero que se me olvide decirte que voy a enviarte a los ranchos de los alrededores para que resarzas a los rancheros de las pérdidas que los ladrones les han originado —dijo Wade.
—No, no tienes necesidad de enviarme —declaró Hogue—. Pencarrow ha llamado a todos sus vecinos, hasta al del Tonto, para que acudan con las pruebas de los perjuicios que los ladrones les han originado. No está dispuesto a permitir que alguien pueda engañarte.
—¡Ah! No había pensado en las pruebas... ¿Cómo va a probar un ganadero que ha perdido esta o aquella cantidad de ganado?
—Supongo que no podrá hacerlo de ningún modo. Pero Lightfoot puede hacer un cálculo muy aproximado. i Es muy fiel e ingenioso ese viejo colono!
Wade caminó con sus dos amigos hasta donde la senda comenzaba.
—¿No vas a venir con nosotros, compañero? —preguntó Hogue.
—No. Es posible que vaya mañana.
—Rona me ha dado recuerdos para ti —añadió Hal ansiosamente—. Y me ha dicho también que, si no vas pronto, vendrá ella a fisgar lo que haces... Y Jacque..., bueno, Jacque no ha preguntado por ti ni nos ha dado ningún recado. Pero está muy pálida, Tex. Ni siquiera sonríe, y parece que tiene unos ojos demasiado grandes para su rostro... Me parece que mi hermana...
Bueno, eso no nos importa.
—Sois una pareja de locos —replicó Wade roncamente, furioso al ver que la sangre se le agolpaba en las mejillas.
—Oye, oye, jefe —dijo, lentamente, Hogue—. Ahora, que me has hecho reemprender el buen camino, lo mismo que a mis muchachos, y que has salvado a Pencarrow de la ruina y has hecho feliz a Hal.., y a Rona..., y has convertido a Jacque en un espectro de sí misma, ¿no pretenderás hacernos traición y dejarnos estancados?
Wade huyó al ver la expresión de ansiedad que ardía en los ojos del vaquero y la sospecha y el disgusto que contenía su pregunta. Pues eso era precisamente lo que Wade se hallaba dispuesto a realizar. No estaba seguro de su fortaleza en el caso de que volviera a ver una vez más a Jacqueline. Aquellas queridas personas, tan buenas y sencillas, habían hecho que Jacqueline enfermase al preocuparse por él, la habían obligado a empalidecer y torturarse por temor a lo que pudiera sucederle. Sin duda habían interpretado la gratitud de la muchacha, su potente comprensión de lo que los Pencarrow debían a Wade, como un algo más profundo, y terminarían por arrojar a la muchacha de generoso corazón entre los brazos de, él. Pues en el instante mismo en que Wade albergó el pensamiento de la posibilidad de que Jacqueline le quisiera, se sintió inmediatamente envuelto en una llama abrasadora y arrastrado por un torbellino de emociones, vencido y dominado por un éxtasis que era doloroso.
Debía hacer caso de aquella advertencia. Sobre él obraban unas fuerzas que se hallaban lejos de su conocimiento. Wade llegó a la conclusión de que no debía permanecer durante mucho más tiempo en Cedar Range.
El viejo conflicto comenzó a reproducirse de nuevo. Después de hacerse de noche, Wade volvió a subir al rancho, con el resultado de verse otra vez acosado y vencido por sus encontradas emociones.
—¿Qué piensas, hijo? —preguntó el colono.
—¡Bien sabe Dios que quisiera poder decírselo! —contestó dolorido Wade.
—Creo que lo adivino. Pero, allá arriba, todos creen que estás torturado por el recuerdo de la matanza, avergonzado del hombre rudo que te has visto obligado a.. ser... ¿Quieres que te dé un consejo?
—No, amigo. No necesito consejos. Sé lo que debo hacer. He sido un cobarde.
—¡Bah, bah...! ¿No piensas demasiado en ti mismo? De todos modos, esas personas que te he dicho tienen fe en ti.
—Eso es lo peor de todo.
—Pero lo que creen, es cierto —protestó el colono. Wade salió apresuradamente y se perdió entre las sombras de la noche débilmente iluminada por la luz de la luna. El permanecer durante más tiempo con aquel hombre amable y bondadoso, le obligaría a confesar la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia. Podría habérselo dicho a Lightfoot, pero temía que los consejos y la prudencia del colono le obligasen a abandonar la ruta que se había trazado.
¡Cuán difícil, hermoso y embriagador sería el rendirse a las circunstancias y continuar en el rancho de Cedar como amigo y como hermano de aquellos buenos Pencarrow y, quizá, con el tiempo como algo más para Jacqueline! Por la insinuación de Lightfoot concibió la posibilidad de que Jacqueline se casase con él para pagar la deuda que había contraído toda la familia. Y este pensamiento produjo a Wade un frenesí que le duró varias horas.
¿Podría existir algún hombre que no desease obtener a aquella mujer por el medio que fuese? Pero Wade había tomado una resolución. Si ella no le hubiera salvado la vida, si no hubiese hecho posible que él respetase y cumpliese la promesa hecha a su padre —con excepción de aquella última debilidad relacionada con el dinero—, Wade habría sucumbido a la tentación. El aprovecharse de la gratitud de Jacqueline, de su fe, el obtenerla por medio de una mentira..., esto no era posible para él. ¡No! Se marcharía sin despedirse de ella. Jacqueline jamás debía saber que Wade había pagado la deuda que con ella contrajo antiguamente, y comprendería por completo, a medida que fuese pasando el tiempo, lo muy intensamente que Wade la había querido. Jacqueline no podría sufrir por esta causa. Se lamentaría, se asombraría..., y después, si la vida le imponía su porvenir, y algún hombre afortunado...
Como siempre, Wade se agitó y se acobardó ante la llama de los celos. Mas, aun así y todo, se irguió y levantó la cabeza. ¿Quién era él para que pudiera albergar un pensamiento hostil para la futura felicidad de aquella muchacha?
Al día siguiente volvió al rancho, nuevamente frío, tan inexorable y tan decidido a llevar a cabo el proyecto que para sí mismo se trazara como anteriormente lo había estado para combatir y exterminar a los enemigos de Pencarrow. El día resultó pletórico de acontecimientos. Wade tuvo que reunirse con los ganaderos que habían respondido a la invitación de Pencarrow. Los ganaderos le hicieron objeto de la cortesía sencilla y elemental propia de las gentes aldeanas. Wade se sintió profundamente conmovido, casi exaltado a pesar de sí mismo. Las pérdidas de aquellos hombres no llegaban a sumar una tercera parte de la cantidad del dinero que Wade había recogido de los bandidos. Y de nuevo se sintió derrotado.
No podía huir de la fortuna. Pero se libró de la carga, del temor al pasado, con unas pocas palabras que dijo a Pencarrow: —Tome, compañero, para eventualidades.
Los visitantes consumieron la mayor parte del día, y los vaqueros el resto. Nadie quería marcharse del rancho de Cedar. Wade encargó a Kinsey y Strothers la solución del problema, puesto que ya no era capataz, y ambos rieron al notar su perplejidad. Rona le hizo una seña con la mano desde el pórtico, y cuando Wade respondió agitando también la mano, ella le envió un diluvio de besos.
A la hora del crepúsculo, cuando Wade salió de su habitación para montar a Pen, experimentó un impulso que le obligó a dirigir la mirada hacia la ventana de Jacqueline. El verla en el momento en que no lo esperaba, le produjo una gran emoción. Ella agitó en el aire un objeto blanco..., un pañuelo... No, era un sobre. ¡Una carta! Wade se quitó alegremente el sombrero, lo agitó en el aire y se aleó en dirección al campamento de los vaqueros con el alma llena de tristeza.
El equipo de Pencarrow, unido a los ganaderos y a los vaqueros visitantes, tuvo ocasión de divertirse a la hora de la cena. Esta circunstancia dio a Wade ocasión de escuchar y observar, de despedirse de Hal y de Hogue, del versátil Kid y del sombrío mestizo, de todos aquellos caballistas que habían significado para él mucho más de cuanto habrían podido sospechar.
Comenzaba a ser de noche cuando regresó a su habitación. Se proponía llevarse a Pen, el único objeto de los Pencarrow que deseaba para sí. La luna llena comenzaba a asomarse sobre la negra montaña. Wade debía apresurarse. ¿Qué necesitaba de su dormitorio? Se sentó para pensar. Había llegado el momento de su partida, y el corazón del joven parecía hallarse a punto de estallar.
De pronto percibió un algo liso, suave y frío bajo la mano, bajo las sábanas de su lecho.
Era un sobre. El contacto con el trozo de papel, el significado de aquel sobre, le traspasó durante un momento. Aquélla era la carta que Jacqueline le había mostrado desde su ventana.
Y era ella quien la había colocado allí.
Todo lo que quedaba en él del hombre frío y Calculador le aconsejaba que dejase el papel donde se encontraba, sin leerlo. Pero este consejo, multiplicado por mil, no podría haber sido suficiente para negar la calidad del amor que surgió en la angustiosa renuncia de Wade.
Cuando encendió la lámpara, las manos de Wade, tan firmes como rocas en los momentos de peligro, temblaban como hojas de álamos movidas por el viento. ¿Qué habría escrito Jacqueline? Wade experimentó la impresión de que era arrastrado por un impetuoso torbellino.
Al mover la carta con el fin de rasgar el sobre, descubrió que no estaba pegado, y leyó, con ojos nublados:
«Querido Tex: Me encontrará usted esperándole en el banco situado al pie de los pinos, donde Rona se reunía con Hogue. Ambos han sido autorizados por papá para celebrar sus entrevistas en la sala de nuestra casa.
«No intentaré decirle en una carta cuáles son mis sentimientos ante lo que usted ha hecho por nosotros. Si posee usted la suficiente imaginación, podrá comprender algo de lo que le espera, si multiplica por muchísimas veces lo que usted y yo vimos en dicho lugar cierta noche de luna.
«Pero debo apresurarme a manifestarle que ha tomado usted de una manera demasiado trágica la que supone que debe ser mi actitud —y, en resumidas cuentas, la de todos nosotros —hacia usted, después de las terribles cosas que ha hecho. En los primeros momentos, sí que me aterrorizaron; sí que me asusté al pensar que iba a matar a unos seres humanos; al pensar, después, que los había matado. Pero ese sentimiento desapareció muy pronto.
«Sé que habría venido usted a buscarme si no se lo hubiera impedido el aludido temor.
De todos modos, debería haberlo hecho, puesto que yo le habría consolado, le habría ayudado.
Sólo un hombre como usted podría salvar a papá, a todos nosotros, a todas las familias de estos contornos. Por mi parte, no desearía que fuera usted ni siquiera en lo más mínimo diferente a como es.
«Pero ha permanecido lejos de mí demasiado tiempo. Me estoy muriendo de amor por usted, Jacqueline.
Wade intentó leer la carta por segunda vez. Pero no podía ver. Se encontró a sí mismo erguido, tenso como un hombre mortalmente herido que bendijese el arma que le había desgarrado el corazón. Estaba perdido. Se había entretenido demasiado tiempo. Toda su lucha, su caída, su elevación, todo era inútil... Un éxtasis increíble se extendió sobre sus arremolinados pensamientos. Si Jacqueline se estaba muriendo de amor por él, ningún bochornoso pasado, ninguna vergüenza del presente podría impedirle que fuera a buscarla.
Y salió de su habitación como un hombre perseguido por los demonios. Mas, a medida que caminaba, a cada momento con mayor rapidez, hacia la pendiente cubierta de pinos, las voces de la conciencia cesaron de perseguirle. Le parecía que era empujado hacia donde sonaba la voz de las palabras escritas y que de ellas había de arrancar su curso. Sin embargo, sabía que estaba perdido. Era una cosa que siempre había estado a punto de acontecer.
Llegó a los pinos. La luna no se hallaba aún lo suficiente alta para que pudiera iluminar los pasos que quedaban entre los árboles. Hasta el último instante, Wade desconfió de encontrar a Jacqueline. Pero una forma blanca se levantó del banco y avanzó hacia él.
¡Jacqueline Wade se precipitó a estrecharla entre los brazos.
—¡Jacqueline! —exclamó roncamente—. ¡Estás aquí...! ¡Tu carta...! ¿Qué locura es ésta?
Y la oprimió contra su pecho de un modo tal, que, aunque ella hubiera querido deshacerse del apretado abrazo, se habría visto imposibilitada de hacerlo. Luego la apartó de sí, le acarició con manos temblorosas y rudas el cabello y le levantó el rostro, de modo que le diera directamente la luz de la luna. Aquel rostro estaba, ciertamente, pálido, pero hermoso con su sonrisa y los grandes y negros ojos iluminados por la brillante llama del amor.
—¿Por qué no fuiste... a buscarme? —murmuró ella mientras le rodeaba con las desnudos brazos el cuello.
—¡Eso ya no importa! —dijo él torpemente—. ¿Es demasiado tarde... si todavía me quieres?
—Me he estado muriendo de amor por ti.
—Tienes un corazón tan grande, tan sensible, Jacqueline... —tartamudeó Wade.
—Mi corazón ha podido ser grande, pero está casi consumido por un amor desdeñado —dijo ella en tono de reproche.
—¡No lo digas! Eso es la muerte... o la vida para mí. Te he adorado desde el primer instante... He intentado morir por ti. He llevado una vida llena de encanto... No pudieron matarme... Jacqueline: ten la seguridad...
—Tengo la seguridad ahora, gracias a Dios, de que me quieres —exclamó ella, despertando a la realidad—. Y puedo volver a ser yo misma, la que era... ¡Oh, siempre he dudado de aquel terrible vaquero!
—Aquel vaquero dijo la verdad, criatura —declaró Wade con tristeza.
—Pero jamás me la dijiste a mí.
—No me atreví.
—¿Crees que me importa el modo cómo haya podido ser tu pasado? —preguntó ella apasionadamente y estrechando el nudo de sus brazos en torno al cuello de Wade—. Sólo necesitas decir una sola palabra para hacer de mí la mujer más feliz de todo el Oeste.
—¿Quieres ser mi... esposa? —susurré Wade, emocionado, extasiado, aterrado ante lo inevitable y comprendiendo que jamás podría revelar a la muchacha su secreto.
—Quiero, amor mío —murmuré Jacqueline. Sus párpados se cerraron y su rostro se aproximó al de él. La joven estaba temblando entre los brazos del vaquero.
Wade se inclinó sobre aquellos labios entreabiertos, por los que toda la vida de la mujer pareció fluir hacia él y satisfacer la sed y los anhelos de su solitaria vida de vaquero. Y esto le fortificó de un modo mágico, de un modo fuerte y estremecedor contra el porvenir.


XX
Transcurrió más de un año. Llegó nuevamente el verano a Cedar Range. Tal verano estuvo señalado de abundantes lluvias y hierbas que enverdecieron las colinas y las llanuras, desde las montañas hasta el desierto.
Los ganaderos disfrutaron su primer año de prosperidad en aquella aislada región de Arizona. Los vaqueros de Pencarrow marcaron el hierro C. R. B. en más de cinco mil nuevas terneras. Y otros ranchos multiplicaron sus vacadas en la misma proporción.
Los restos de las cuadrillas de bandidos se desvanecieron como por arte de magia. Pine Mount decreció hasta convertirse en un insignificante pueblecito, y la carretera que conducía desde él hasta Holbrook, se llenó de maleza. Esta carretera se decía que estaba encantada en la zona comprendida entre el desfiladero de Sicómoro y el antiguo escondite de Harrobin. Los vaqueros utilizaban otros caminos. En torno a las hogueras de los campamentos se hablaba del ahorcamiento de los bandidos y se decía que Rand Blue, o Brand Drake, no había sido descolgado de la cuerda que lo ataba a una de las anchas ramas de un algodonero en las afueras de Pine Mount. Se referían cuentos pavorosos. No había ya ladrones que pudieran cortar aquella terrible cuerda, y los vaqueros honrados que pasaban por el lugar en que se encontraba, preferían dejar el macabro cuerpo como espantapájaros de aquellos terrenos.
Contaban que los cuervos y los buitres habían arrancado la carne del cadáver y habían dejado solamente un esqueleto con un cinturón y unas botas, que se movía cuando lo agitaba el viento con un rechinar de huesos y un tintinear de espuelas.
Los días de los bandidos habían terminado en aquella comarca. Los colonizadores y los ganaderos, la mayor parte de ellos tejanos, se trasladaron a la vasta e incolonizada región del Sur.
Del mismo modo que fama y grandeza, Wade conquistó prosperidad, respeto y el afecto de una creciente población. Exteriormente, Wade se había rendido de buena gana a lo inevitable... Mas en sus cabalgatas solitarias y en las horas de la noche luchaba contra un implacable remordimiento y un perseverante temor. A la llegada del mes de junio, un año después de su boda con Jacqueline, llegó también al rancho una pequeña Jacqueline.
Pencarrow se convirtió en un abuelo orgulloso de serlo. Y en su felicidad, accedió al matrimonio de Rona con Hogue. La hermana enferma de Hogue había sido trasladada a Kansas, donde un especialista curó a la mujer de la dolencia que había obligado al hermano a abandonar el camino recto y estrecho de la honradez. Era una muchacha linda, de ojos azules; tenía dieciocho años, y su llegada alteró a los vaqueros. Hal parecía ser el favorito en la carrera para obtener los favores de la señorita, y Kid Marshall le seguía en segundo lugar.
Habría sido imposible que Wade no se encontrase satisfecho de tanta felicidad. Había vivido para bendecir el único don que había obtenido como fruto de los duros años de lucha en Texas. Compartía la felicidad que había creado, y nadie podría haber adivinado sus secretos y torturantes temores.
Pero sonaba un paso en su camino. Y Wade había oído este paso cuando se hallaba a solas, y a veces cuando se sentaba junto al fuego de la chimenea en las noches del invierno.
Aquel paso podría alcanzarle algún día. Y hasta que llegase el horrible día, aceptaba el homenaje de los Pencarrow y de sus vecinos y se gozaba en el amor de Jacqueline con una escondida y dolorosa esperanza.
En ocasiones, pensaba en los pistoleros y proscritos que habían abandonado una localidad o un campo de operaciones, o una cuadrilla de compañeros, y de los cuales nunca se volvía a tener noticias. Era éste uno de los pensamientos favoritos de Wade, que había conocido personalmente a varios hombres de tal clase. ¿Qué habría sido de ellos? Acaso hubieran ido a otros lugares para unirse, bajo nombres diferentes, a otras cuadrillas. Pero también era concebible que, acá o allá, algunos de ellos hubieran abandonado la mala vida y adoptado una nueva en la que hubiese elementos de bondad. Wade lo había hecho. Y se preguntó si sería justo que el Destino le descubriese en aquellos momentos, y castigándole por un pasado turbio, destruyese la felicidad de una mujer que era esposa y madre.
Una mañana, cuando la pequeña Jacqueline tenía dos semanas, al regresar del rancho de Lightfoot, Wade iba pensando en las toneladas de alfalfa que podrían cortarse, durante el verano, de los fértiles campos del colono. Al obligar a Pen a volverse en dirección a los encerraderos, divisó un grupo de caballos, cargados y ensillados, que descansaba al pie de la colina cubierta de pinos. El corazón se le subió a la garganta. Los jinetes que se hallaban junto a los caballos, conversando ociosamente con los vaqueros, sólo podían ser batidores tejanos.
Había visto batidores con demasiada frecuencia para que pudiera engañarse. Y un furor terrible y un terrible temor se apoderaron de él. Estas dos emociones se disiparon prontamente. ¡Ya no habría fugas para Wade Holden! Jamás había visto sangre de batidores, y jamás la vería. Si se encontraba ante el fin de su era de felicidad y de sosiego, se sometería a él con el valor frío y sereno que había adquirido.
Al volver el caballo en dirección a la casa, todos sus pensamientos se concentraran en Jacqueline. ¡Qué pesadumbre le acometió! Debería habérselo declarado a Jacqueline mucho tiempo antes; debería haberle ahorrado el trance de la sorpresa, de la vergüenza, del desfallecer del corazón. Pero jamás había sido capaz de pensar en decirle la verdad, de correr el riesgo de perder la increíble estima en que ella le tenía. ¡Demasiado tarde! Todo se atropelló en su pensamiento y en su conciencia, y, si no hubiera sido por su esposa, habría acogido a la muerte con agrado.
Un potente caballo, con silla, bridas, arreos, rifle y sacos como los que llevan los de los batidores tejanos, se hallaba, con la brida colgante, ante el pórtico. Wade saltó de su montura, cruzó el pórtico y se dirigió al saloncito. Sobre la mesa había un ancho sombrero y unos guantes polvorientos. Wade ovó voces: la de Pencarrow y otra más dura, más profunda : la de un legítimo tejano. Durante un instante quedó como petrificado. Tenía que fortalecerse contra dos terribles fuerzas que le oprimían: un cruel deseo de matar y la necesidad, más insoportable todavía, de ser del modo que Jacqueline creía que era. Fue el momento más horrible y torturador de toda su vida. i Qué extraño y qué incomprensible parecía que Jacqueline lo rompiese con una risa vibrante de felicidad!
La nena se parece a mi esposo —decía orgullosamente Jacqueline.
Bien, chiquilla, pero hay en ella los rasgos de los Pencarrow y la influencia de tu sangre española —dijo lentamente el padre de la mujer.
Papá, invita al capitán Mahaffey a que se quede a comer con nosotros —continuó Jacqueline—. Tex se hallará de regreso a la hora de la comida.
¡Mahaffey! Aquél era quien producía el paso que sonaba en su camino. «¡Atrapadle!»
Wade lo había sabido siempre... y, sin embargo, había erigido aquel paraíso de los tontos para sí. Pero hasta en aquel momento halló Wade consuelo en el pensamiento de que lo que había hecho no había sido para sí mismo. Nunca lo hizo por su amor propio, por su paz de espíritu, por su propia piel. Y la verdad le elevó. Sería a Tex Brandon, no a Wade Holden, a quien encontraría Mahaffey.
Wade entró en la habitación. La luz del sol penetraba a raudales por las encortinadas ventanas. Jacqueline se halla sentada, recostada en unos almohadones. La perlina palidez de su rostro, el esplendor oscuro y dulce de sus ojos no habían sido nunca más hermosos. La nena estaba tumbada a su lado. Pencarrow se encontraba al lado del lecho. En la parte de éste, más próxima a la puerta, de espaldas, cuando Wade entró, se hallaba un hombre de hombros cuadrados y cabellos grises. A Wade le pareció muy extraño que un capitán de batidores, famoso por haber echado el guante a muchos conocidos criminales, se sentase de espaldas a la puerta.
—¡Ya ha venido! —exclamó Jacqueline, que aún enrojecía en muchas ocasiones al ver a Wade—. Querido, tenemos un visitante de Texas... Capitán Mahaffey, le presento a mi esposo.
—Buenos días, capitán —saludó Wade con fría desenvoltura—. No falto de Texas desde hace tanto tiempo que haya podido olvidar su nombre.
El voluminoso hombre se puso en pie y se volvió. Era Mahaffey, no podía dudarse.
Aquella mandíbula de hiero, aquella mirada de águila... Estaba un poco más viejo, con el cabello más gris, y tenía el rostro surcado de arrugas y de costurones.
—Buenos días, Brandon —contestó Mahaffey—. He oído hablar acerca de usted a lo largo de todo el camino. Permítame que le estreche la mano.
Un relámpago iluminó sus ojos grises al extender la mano. Wade presentó la suya. ¿Qué se proponía el batidor? ¡Oh! ¡La tradicional caballerosidad tejana para las mujeres...!
Mahaffey le detendría cuando saliesen al aire libre.
—Me parece —continuó el batidor —haber estrechado algunas otras veces manos como ésta: manos casi de mujer, que semejan ser de acero recubierto de terciopelo... Lo mismo que mis viejos amigos Buck Duane, Wess Hardin, King Fisher y todos sus compañeros, usted no parte leña ni realiza otras labores que puedan estropearle las manos.
—No he tenido costumbre de hacerlas —replicó Wade, al mismo tiempo que reía—. Pero ya he terminado para siempre de manejar el revólver. Voy a partir leña..., quizás hasta a partir piedras..., Mahaffey: ¿Ha saludado usted en el camino a Billy «el Niño»?
—No. Ha sido una mala suerte. Como batidor tejano puedo afirmar que siempre he tenido cierta debilidad por Billy... Lo mató, no hace mucho tiempo, Pat Garritt.
—¡No! —exclamó Wade—. ¿No habrá sido en lucha cara a cara?
—Yo diría que no. Garritt no tenía valor para luchar de ese modo. Billy le habría vencido inmediatamente... La cosa sucedió en, casa de Pete Maxwell, en Lincoln. Garritt, el sheriff y sus agentes seguían la pista de Billy. La perdieron. Pero una noche, cuando Garritt estaba sentado en la oscuridad hablando con Maxwell, Billy llegó a la puerta. Maxwell había sido amigo suyo. Billy, antes de disparar, preguntó quién era el desconocido. Pat reconoció su voz y lo atravesó de un tiro.
—¡Ah...! ¿Quién habría podido suponer que ése hubiera de ser el fin de Billy «el Niño»? —exclamó Wade, profundamente conmovido.
—Ninguno de nosotros puede suponer cuál ha de ser su fin —contestó el batidor.
—¡Oigan, hombres sanguinarios, no hablen de esas cosas! —rogó Jacqueline—. Los niños son más importantes que las armas. ¡Miren éste!
—Si, lo son, gracias a Dios —replicó Mahaffey cordialmente, al tiempo que se inclinaba para que la pequeña Jacqueline le apretase por última vez un dedo. Cuando volvió a enderezarse, parecía un Mahaffey más cariñoso, más extraño que el anterior, y de sus ojos se había borrado aquel fuego escrutador.
—Brandon, Pencarrow me ha hablado de la labor que ha realizado usted en estos terrenos. Nunca he oído hablar de nada más importante, no siendo lo que hizo Buck Duane... cuando se unió a la cuadrilla de Cheseldine en el Gran Recodo y borró de este mundo a todos los que la componían, incluso al gran Paggin. Pero Buck tiene muchos gramos de plomo en el cuerpo, aun en estos momentos, y usted no tiene ni una rozadura de bala.
—Ha sido un milagro —reconoció Wade—. Se lo debo a Jacqueline.
—Así creo. ¿Está usted seguro de que la quiere?
—¡Dios lo sabe..., del mismo modo que sabe que no soy digno de merecerla! —replicó Wade.
—Brandon, ningún hombre puede saber lo que puede haber en su interior hasta que una mujer se encarga de descubrirlo. Aténgase durante toda su vida a lo que acaba de decir.
Wade no pudo hablar. Su mente parecía percibir con claridad lo que se le decía, pero no le sugería respuesta alguna.
—Buenos días, madre e hija —prosiguió Mahaffey—. Me alegro mucho de haber visto a todos ustedes. El batidor salió y Pencarrow lo siguió.
—¿No puedes quedarte a comer con nosotros? —preguntó el ranchero.
—Lo siento mucho, Pencarrow, pero es temprano... Tengo que proseguir mi camino... Me alegro mucho de haberos saludado, y puedo afirmar que no tengo nada que ver con la muerte de tu hermano Glenn. No todos los batidores...
Sus voces se perdieron en la lejanía. Wade pudo dominar sus nervios y músculos, y pudo sentarse junto a Jacqueline y dirigir la mirada, a través de la ventana, hacia la purpúrea extensión de Arizona que desde allí se divisaba. ¿Qué había sucedido? Wade creía hallarse liberado del sepulcro que se dibujaba en su imaginación. En el interior de la cerrada cámara, los rostros de los años pasados, su padre, el funesto y severo fantasma de Mahaffey, la lucha y la agonía de la lucha, todo semejaba romper sus límites para explicar la razón de la retirada de los pasos que habían sonado en el camino. Jacqueline miró a su esposo con ojos llenos de emoción y de lágrimas. Había estado a punto de suceder algo; algo estaba a punto de suceder.
Pero lo irreal se apoderó de él. En el exterior sonó un ruido de cascos herrados. El batidor se alejaba. Mahaffey..., el hombre cuya voz, aguda como un clarín, rompía los muros de la imaginación: «¡Atrapadle!»
—Wade... ¡Wade...! —murmuró Jacqueline—. ¡Te ha conocido!
—¡Dios mío...! ¿Cómo... me has llamado? —dijo Wade ahogadamente. Aquello era otra insoportable pesadilla. Pero Jacqueline estaba a su lado, pálida y con el rostro convulso, con los hermosos ojos inundados de amor y de piedad.
—Te he llamado... Wade —continuó Jacqueline—. Esposo mío, tú eres Wade Holden. Eres el muchacho a quien salvé..., hace mucho tiempo..., aquella noche..., en el desfiladero, de las garras de este mismo Mahaffey... Siempre te he conocido... y, sin embargo, nunca estuve segura... hasta aquella noche en que llegaste con los nuevos vaqueros..., y te vi cuando, al dar vuelta detrás de la tienda de campaña, te aproximaste a la hoguera... ¡Oh Wade, querido, siempre lo he sabido!
—¡Jacqueline...! Y me has querido..., te has casado conmigo— exclamó roncamente Wade, mientras se arrodillaba al pie del lecho.
—Sí, te quise..., me casé contigo —murmuró ella—. Jamás te lo hubiera dicho, si no hubiese sido por la llegada de ese batidor. Te ha conocido, Wade. Vino para detenerte, para conducirte a Texas. No ha sospechado que yo sabía que eres Wade Holden..., y ha escuchado lo que le decíamos papá y yo... y comenzó a suavizarse... Te ha conocido, Wade. ¿No lo viste?
—Sí, lo vi —respondió Wade con un sollozo ahogado.
—Pero no te ha delatado... Se ha ido, y se ha llevado consigo su secreto... Y eso me ha animado a revelarte mi secreto... Lo que puedas haber hecho en el pasado, ha sido reparado.
Mahaffey, ese hombre duro, ese representante de la Ley, ha retirado el estigma... Eres libre, Wade.
—¡Oh sí, libre de él... y del paso que sonaba detrás de mí, en mi camino! Pero ¿podré estarlo de ese terrible horror..., de la repugnancia que nace de la fortuna que me entregó mi padre..., ¡que era dinero de ladrones...!, del fin a que la destiné..., que fue ayudar a tu padre?
—¿Guardaste ese dinero durante todo tu tiempo de proscrito? —preguntó ella con admiración.
—Sí. Lo guardé como un avaro. Pero era dinero que jamás habría podido devolver. De dónde procedía..., eso, sólo Dios lo sabe.
—Wade, habría olvidado y perdonado sin la ayuda del capitán Mahaffey —dijo Jacqueline con fría y persuasiva elocuencia—. Pero Mahaffey representa la Ley. Y Mahaffey ha perdonado. Lo bueno que has realizado, contrapesa generosamente lo malo. Esta es la respuesta...: Mahaffey perdona.
—Brandon es mi segundo apellido —dijo Wade, levantando la cabeza—. Era el de mi madre.
—¿Qué importan los nombres? Pero Jacqueline Pencarrow Brandon... suena bien. Levanta a la niña, querido; acércala a la ventana... Miremos todos esta hermosa extensión de terreno.
Wade miró durante un largo tiempo sin ver, hasta que la oscuridad desapareció de sus ojos. Luego, aquella tierra brillante, aquella tierra indescriptible de la nueva Arizona, se extendió ante su mirada hasta el infinito, hermosa, elocuente, bravía, con las manchas de las reses ante el fondo de verdor, con sus oteros cubiertos de pinos. Y entonces comprendió a su padre, y comprendió a Mahaffey, y comprendió a aquella esposa amante y leal. Hasta aquel mismo momento no había podido verlos con claridad, ni su indeclinable lucha, ni la ocasión que junto a ella se había desarrollado. La verdad comenzó a apoderarse de todo su ser.
Aquello era lo que sucedía a los malhechores cuando hacían una promesa— y se alejaban con el propósito de cumplirla, de elevarse. Algo más que un sencillo paso le había seguido a lo largo de su camino. Era el sentimiento que reside en la madre y el hijo, que los ata y une. Y la madre y el niño eran suyos, y él debía defenderlos, mantenerlos para que se desarrollasen y viviesen junto a la infinita extensión que se desenvolvía al otro lado de la ventana, junto a aquellas llanuras azules y aquellas verdes colinas, a los desfiladeros de paredes amarillentas y a las sombras, confusas y rojas, que se veían a lo lejos.

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