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jueves, 8 de junio de 2017

Una Mujer Indomable (Zane Grey)

Una Mujer Indomable
Zane Grey

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Logan Huett, antiguo explorador del ejército, descubre la magnífica Sycamore Cation en el centro de Arizona y escribe a Lucinda Baker, en Missouri, con su propuesta de matrimonio. Pero la cruda y solitaria vida de los pioneros resulta difícil para Lucinda, sobre todo cuando es violada por un renegado apache y da a luz a su hijo.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII

Zane Grey
UNA MUJER INDOMABLE
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I
El general Crook y su regimiento de la División Occidental del ejército de los Estados Unidos estaban abriendo una carretera a través del bosque que había junto al —borde de la Mesa Mongolia, sobre la cuenca del Tonto.
Llevaban cautivos a muchos indios apaches, guerreros, mujeres y niños, a quienes conducían para ser puestos bajo guardia en los terrenos destinados a los indios.
Al llegar la hora del crepúsculo acamparon en la cabeza de uno de los desfiladeros que nacían al pie del borde de la meseta. Era un terreno ovalado que semejaba un parque en el que había abundancia de hierba plateada, regada por un arroyo cristalino que se retorcía entre los gigantescos pinos.
La ruidosa llegada de los soldados con sus caballos y mulas de carga, puso en fuga a una manada de ciervos que trotó a lo largo del desfiladero y se detuvo en ocasiones, con las largas orejas erizadas, para mirar hacia atrás.
La campaña de Crook estaba a punto de terminar, y sus soldados se hallaban muy contentos. Todos ellos bromeaban con los apaches de ojos sombríos que se sentaban en el suelo, apretujados unos contra otros, y bajo guardia. Las sillas de montar y los fardos cayeron sobre la hierba, las hachas retumbaron a través del bosque y un humo azulado se rizó entre los pinos bañados por el resplandor del sol poniente.
El general, que jamás había sido muy ceremonioso en cuestiones de servicio, estaba sentado en compañía de un capitán y un sargento, descansando después del día de duro trabajo, y esperando la llegada de la cena.
—No sé cómo tomará esto el viejo jerónimo —murmuró Crook.
—Todavía no ha dicho la última palabra ese piel roja —replicó enfáticamente Willis—. Abandonará cualquier día su actitud de reserva, y ese día... ¡tendremos contratiempos y disgustos!
—Me alegro de no haberme visto obligado a matar a ninguno de esos apaches.
—Hemos tenido suerte, general. Estoy seguro de que McKinney habrá de quemar mucha pólvora antes de que consiga detener a Matazel y sus valientes. Son jóvenes peligrosos.
—¿Conoce usted a Matazel, sargento? —preguntó Crook.
—Lo he visto. Es un joven alto y fuerte. Es el único indio que conozco que tenga los ojos grises. Dijo que es uno de los hijos de Jerónimo.
—McKinney no tolerará que se burlen de él —añadió Willis—. Esta vez los tiene bien cogidos y dominados. Huett conoce bien esta región. Y seguirá sus huellas hasta hallarlos ocultos en la profundidad de algún bosque.
—Logan Huett es un buen explorador, demasiado bueno para su poca edad. Ha sido muy valioso para la realización de esta campaña. Lo recomendaré a mi sucesor.
—Huett habrá terminado su trabajo como explorador militar cuando concluya esta campaña. Se le echará de menos en el caso de que el viejo Jerónimo salga de su quietud y se ponga nuevamente en pie de guerra. Es un buen escucha. Y el mejor tirador de rifle que he conocido.
—¿Qué va a hacer ahora Huett?
—Me dijo que quería ir a su casa, a Missouri, a pasar una temporada.
Tiene allá una amiguita. Pero sentirá pronto la nostalgia del Oeste, y regresará inmediatamente.
—No hay duda de que lo hará —añadió el otro oficial—. Logan Huett es de la madera de los colonizadores.
—El Oeste necesita más a los hombres de su clase que al ejército...
¡Hola! Oigo gritos allá arriba.
—Es probable que haya llegado McKinney —dijo Willis mientras se levantaba.
Al cabo de unos momentos llegó al claro un pelotón de soldados. Los soldados llevaban consigo tres indios montados a caballo, y otro que iba a pie y era un joven esbelto, alto, tan derecho como un huso y de aspecto orgulloso. Tales cautivos debían ser conducidos junto a los restantes. El sargento McKinney dijo al general Crook que había aprisionado a Matazel y tres de sus compañeros. Los restantes habían logrado huir a pie.—¿Ha habido tiros? —preguntó el general.
—Sí, señor. No pudimos sorprenderlos y entablaron lucha con nosotros.
Tenemos dos hombres heridos, pero no de gravedad.
—Espero que no habrán matado ustedes a ningún indio.
—Que nosotros sepamos, no, señor.
—Diga a Huett que venga.
El explorador y escucha llegó. Era un hombre de alrededor de veintitrés años, de rostro oscuro. En realidad, tenía cierto parecido con Matazel, y era mucho más fuerte y robusto de lo que semejaba a primera vista.
¿Qué informes tiene usted que darme, Huett?
—General, hemos puesto todo nuestro cuidado en atrapar a Matazel con vida —contestó el escucha—. De otro modo, ninguno de los fugitivos se habría escapado... Supuse a dónde se dirigiría la cuadrilla de Matazel, salimos a su encuentro, obligamos a Matazel y sus hombres a encallejonarse en un desfiladero y allí los cazamos. Tenían muy pocas municiones, y de no haber sido así, la historia que habría de referirse sobre la refriega sería completamente diferente.
—No rehuya la cuestión principal, como hizo McKinney. ¿Ha muerto algún indio?
—No hemos podido hallar ningún muerto.
—Willis, traiga a ese apache. Unos instantes después Matazel se hallaba en pie ante el general, con los brazos cruzados sobre la desgarrada camisa de ante, con los sombríos ojos inescrutables y fijos.
—¿Comprendes el habla de los hombres blancos? —le preguntó el general Crook.
—No entiendo —replicó hoscamente Matazel.
—General, Matazel le comprende perfectamente, y sabe hablar un poco inglés —dijo el sargento, que conocía a Matazel.
—¿Han matado mis soldados a alguna persona de tu pueblo?
El apache negó con un movimiento de cabeza.
—Pero vosotros nos habríais matado —continuó severamente el general.
Matazel hizo un gesto significativo, con el cual pareció abarcar el bosque y los selváticos terrenos inmediatos.
—Hombres blancos roban tierra hombres rojos —dijo con voz sonora—.
Acorralan, roban indios. No caballo, no escopeta, no caza.
El general Crook no pudo hallar una réplica adecuada a tal respuesta.
—Vosotros, los indios, seréis debidamente atendidos —dijo al cabo de unos instantes—. Será preferible para vosotros que os quedéis pacíficamente en los terrenos que se os han reservado, donde hay abundancia de comida.
—¡No! —gritó con voz de trueno el apache—. ¡Jerónimo dijo ser mejor luchar..., ser mejor morir!
—¡Lleváoslo! —ordenó con el rostro enrojecido el general—. Capitán Willis, de lo que ese indio ha dicho se desprende que el viejo Jerónimo se dispone a levantarse contra nosotros. Ha acertado usted en sus suposiciones.
Antes de que el sargento lo hubiera llevado a otro lugar, el indio dirigió una aguda mirada al escucha, Logan Huett, y, estirando una de sus manos, delgadas y rojas, dio un golpecito a éste en el pecho.
—Tú no ser amigo apaches.
—¿Qué más quieres, piel roja —preguntó, sorprendido e irritado el escucha—. Podría haberte matado. Pero no lo hice. Obedecí las órdenes que se me dieron..., aun cuando creo que el único indio bueno es un indio muerto.
—Tú perseguir indios como lobo —dijo amargamente el apache. Sus ojos de águila se encendieron con un fuego interior provocado por la irritación—.
Matazel vivir y saldar cuenta.
Llegó el otoño antes de que Logan Huett fuese licenciado del servicio militar. El escucha se encontró nuevamente en libertad de dirigirse a donde le pareciese conveniente. Y, abandonando aquellos terrenos, con un ligero fardo tras la silla de montar, cruzó el Cibeque y se dirigió hacia las alturas, atravesó la espesa vegetación de manzanita, robles y enebros, y salió a través de la arboleda de cedros y pinos hasta las márgenes del Tonto.
El sendero ascendía gradualmente. El mismo día de su partida el escucha llegó a los pinos y a la carretera que el general Crook había abierto a lo largo del accidentado borde de la inmensa cuenca. Huett miró con renovado interés la meseta. Desde el borde de aquella altura, que se halla situado a unos ocho mil pies sobre el nivel del mar, descendía hacia atrás hasta llegar, a unas sesenta millas de distancia, el desierto. Una de las singulares características de aquella elevación era que abruptamente se hundía en la negra cuenca del Tonto, mientras que por la parte del Sur, los desfiladeros, que se hallaban a tiro de piedra de la cima, corrían en dirección al Norte. A cortas millas de aquel punto había profundos valles herbosos cuyos límites, cortados diagonalmente, estaban poblados de nutridas arboledas. En las zonas próximas a los desfiladeros crecían abundantemente los pinos y los abetos, y en los terrenos despejados y en los pantanosos había bosquecillos de tiemblos y espesuras de meples. La región era un verdadero paraíso para la caza. Había sido el terreno de caza favorito de los indios apaches, quienes quemaron la hierba y la maleza todos los años.
Más atrás, en dirección al Cibeque, existían varias ganaderías, la más importante de las cuales era la del equipo del Hash Knife, que criaba gran cantidad de reses en las estribaciones inferiores. En el Pleasant Valley, el valle placentero, los ganaderos y los pastores estaban enemistados por cuestiones de pastos. Más pronto o más tarde, sería inevitable que chocasen.
Huett dejó tras de sí aquella región y se dirigió hacia el Este. Viajó descansadamente, acampó en los lugares más agradables, y al tercer día llegó a la cabeza del desfiladero, donde había descubierto la presencia de Matazel y sus compañeros, a quienes condujo ante el general Crook, servicio con el cual había dado prácticamente fin a la campaña.
Huett encontró el lugar en que los soldados encendieron las hogueras del campamento; había unos montones de cenizas grises y blancas sobre la hierba. Pensó en el sombrío Matazel y recordó su amenaza.
En aquel solitario punto Huett se entregó de nuevo a la plenitud de sus sueños. No le había agradado el servicio militar. La vida de las campiñas, la vida que había seguido antes de incorporarse a aquella campaña militar, le satisfacía mucho más. Pero jamás había soñado con ser él mismo un vaquero; las largas cabalgadas, duras y ásperas; los incidentes y los acontecimientos; lo peligroso del trabajo y la aventura, eran cosas que le atraían; pero Huett se rebelaba contra los impróvidos, ruidosos y bebedores patanes con quienes habría de convivir.
El viajero asó carne de pato en las rojas ascuas de su moribunda hoguera. Con la carne, después de haberla salado, unas galletas duras y una taza de café, consideró haberse dado un suntuoso festín. En aquellas últimas horas del día otoñal, entre la selva murmurante, Logan Huett se encontró a sí mismo. Anteriormente había advertido la insuperable belleza del claro del bosque, la de los pinos gigantescos y de los abetos plateados, la de los tiemblos, dorados y blancos, de la arboleda, la de los meples escarlata que brotaban en la altura; pero jamás había pensado en todo ello del mismo modo que lo hizo en aquel instante. Se hallaba nuevamente solo. El recuerdo de su proyecto, tan largamente acariciado, se desvaneció bajo el influjo de las percepciones sensoriales. El placer con que comió la carne caliente de pato; el olor del humo de la madera; el incesante cambio de las sombras coloreadas que lo rodeaban; el murmullo del diminuto arroyo; el chocar de las astas de los ciervos sobre alguna rama muerta del desfiladero; el susurro de las copas de abetos; aquella evidencia vigilante de su soledad..., todo esto lo sintió con una vivacidad singularmente extraña y creciente; pero no pensó en nada de todo ello. No supo que formaban parte de la razón de su contento. Jamás estableció una relación entre ello y la vida de sus antepasados o la herencia primitiva que le habían legado.
Durmió vestido, envuelto en las mantas y con una silla por cabecera.
Cuando el fuego se extinguió, el frío lo despertó; y hubo de levantarse para alimentarlo nuevamente. A la hora del amanecer, una escarcha fría cubría la hierba. Al hacer un corto recorrido para ir en busca de leña, encontró huellas de oso en un lugar descubierto. Las huellas habían sido marcadas por un oso amarillo. Y un oso amarillo no era el animal que un viajero solitario pudiera acoger con alegría en aquellas zonas.
Huett se puso en marcha muy temprano y se dirigió hacia el Norte, desfiladero abajo. Los ciervos y los coyotes treparon a las alturas atropelladamente al acercarse el viajero. Las copas de los pinos, allá, en la altura de la parte occidental, se tiñeron de oro y luego comenzaron a perder gradualmente su brillante tonalidad. Hasta que el sol no alcanzó el fondo del desfiladero, Huett no encontró pavos. Después encontró bandada tras bandada, una de las cuales estaba compuesta por ejemplares de gran tamaño bronceados y blancos, de cabezas rojas y largas barbas, viejos y llenos de experiencia.
La continua vista de la caza resucitó su interés y sus meditaciones por aquel desfiladero que tan bien conocía y al que iba nuevamente a visitar. Por espacio de tres años aquel desfiladero había sido objeto de sus pensamientos.
No estaba seguro de poder internarse profundamente en él aquel mismo día, puesto que se veía precisado a subir y bajar muchas pendientes; cuando hubo recorrido, acaso, una veintena de millas y el desfiladero comenzó a ensancharse y hacerse menos profundo, se dirigió a la ladera y tomó la dirección del Oeste. El avance fue lento a través de la maleza y sobre los accidentados picachos. Finalmente, llegó a otro desfiladero, por el cual siguió avanzando por espacio de varias horas. La mayoría de los desfiladeros más importantes tenían sendas que eran muy poco frecuentadas a lo largo de los arroyos que los atravesaban.
Cuando los gigantescos y plateados abetos que crecían solamente en las alturas comenzaron a escasear y a desaparecer, Huett tuvo la certeza de que llegaba a terrenos bajos y, quizá, demasiado al Norte. Y giró más en dirección al Oeste. El crepúsculo lo sorprendió cuando arribaba a una de las infinitas extensiones herbosas. Acampó allí y halló la noche más cálida que la anterior. A la mañana siguiente se puso en marcha cuando salía el sol.
Alrededor de mediodía, bajo la plena luz del sol, Huett llegó a la altura de un borde del desfiladero que había recorrido tres años antes, hallándose cazando, y dos veces más, posteriormente, una de ellas en los primeros días del invierno. Si se le comparaba con algunos de los grandes valles que conocía, aquél era insignificante. Pero tenía algunas características peculiares, que, sin duda, solamente conocía él, y que le dotaban de un extraordinario interés.
Jamás había viajado por completo en torno al desfiladero ni lo había recorrido de extremo a extremo. La parte a que llegaba encontraba situada en la parte Sur, y le resultaba imposible descender de la altura de los accidentados bordes, desde los que lo contemplaba. Al fin, llegó a la gran cuenca que tan conocida le era. No tenía salida. El destellante arroyo, que brillaba como una cinta, desaparecía bajo las rocas, al pie de la ladera occidental. Huett dio vuelta en torno a la cuenca, que era, según su conocimiento, la pradera de pastos más grande de toda la selva de Mogollón.
Era de forma oblonga, de anchura variable, y de muchas millas de longitud.
A su alrededor se erguía un muro de piedra caliza, verde o amarillenta, que constituía un cierre de insignificante roca; medio deshecho en algunas zonas, carente de altura, muy pocos hombres lo habrían mirado dos veces.
Mas para Logan Huett aquel cinturón de roca poseía un interés maravilloso. Era una cerca natural. El ganado no podría trepar por ella para huir. La campiña que encerraba era capaz, probablemente, para albergar treinta mil cabezas de ganado sin necesidad de caballistas. Aquel desfiladero había obsesionado a Huett. Allí podría convertirse en realidad su anhelo de ser ganadero; allí le sería posible, sin disponer de grandes recursos económicos, labrarse una gran fortuna.
Huett cabalgó en torno a la zona del Sur y del Oeste, y halló muy pocas quiebras de la cerca natural que hubieran de ser obturadas por medio de otra cerca artificial. Un espeso pinar cubría la vertiente occidental. Apenas a una milla de distancia del bosque corría la carretera que iba de Flagstaff al pueblecito de Payson, a través de los matorrales del Tonto, hacia el Four Peak Range y hacía Phoenix. Los colonizadores que buscaban campos en que instalarse, pasaban por aquel punto todos los veranos; y ninguno de ellos veía jamás lo que Huett había visto y soñado en tantas ocasiones que era la campiña más hermosa de todo Arizona.
Los apaches habían utilizado antiguamente el lugar como punto de caza. Huett encontró cabezas de flechas y trozos de piedra de pedernal, que habían sido utilizados por los salvajes para afilar las puntas de las flechas.
El arroyo se retorcía y cambiaba de dirección entre las laderas que se estrechaban gradualmente. Unos pinos aislados brotaban en el inclinado terreno que conducía a los profundos charcos azules. El bancal del lado oriental esperaba desde hacía muchos siglos la llegada del colonizador que instalase en él su cabaña de leños. Había una zona de terreno liso, sobre el rápido recodo del arroyo, dotada de algunos espléndidos pinos. Una hermosa fuente brotaba al pie de la ladera. Las huellas de los ciervos y de los alces conducían hasta una abertura ancha del muro de roca. Esta abertura y otra mayor que había en la cabeza del desfiladero eran las únicas quiebras de la mitad superior de la cerca natural.
«¡Volveré!», murmuró con decisión Logan Huett. Y en aquella momentánea determinación no hubo pasión ni fantasías. Tenía ante sí una vida de trabajo. Aquél era el lugar. Y no empleó allí más tiempo, sino que cruzó la llanura que se extendía bajo el bancal y trepó a la ladera occidental.
Al llegar a la parte más alta se volvió para mirar por última vez atrás. Su mirada percibió el gran sicómoro, blanco y bronceado, que brillaba entre los pinos. En honor a aquel gran árbol, Huett dio a su futuro rancho el nombre:
«Desfiladero del Sicómoro».
La temprana hora de la tarde le hizo concebir la esperanza de llegar antes de la noche a Mormon Lake. La polvorienta carretera conducía a la llanura de una vasta extensión cuajada de pinos; pero Huett no conocía la región lo suficiente para intentar atajar el camino. Poniendo su caballo al trote, con intervalos de paseo reparador, hizo un buen avance.
Un nuevo factor atrajo repentinamente la atención de Logan.
Necesitaba una esposa. La vida del ranchero solitario, en los campos silvestres, le atraía profundamente; pero una mujer apropiada podría aumentar de un modo tremendo sus posibilidades, sus probabilidades de éxito sin necesidad de que por ello perturbase su amor por la soledad. En tanto que él destinase las horas del día a su trabajo y a su caza, ella podría entregarse a los quehaceres domésticos y a cuidar la huerta.
Lucinda Baker sería la preferida. Lucinda tenía dieciséis años cuando él salió de Independencia, y era una muchacha robusta, inteligente y juiciosa, y no excesivamente linda. Ella misma le había dicho que le apreciaba más que a cualquier otro de sus amigos. Y, por tal causa, Logan la había escrito en diversas ocasiones durante su ausencia, y sus cartas habían recibido prontas respuestas. Sin embargo, hacía cerca de seis meses que no recibía noticias de ella. Lucinda daba lecciones escolares, según le decía en la última carta, y ayudaba a su enferma madre a cuidar a los pequeños. Logan pensó fugazmente que sería posible que se hubiera casado, o que acaso le rechazase; pero jamás pensó que, en el caso de que le aceptase, él la condenaría a una existencia solitaria en el desierto.
Y, al pensar en Lucinda, Logan recordó que no había vivido mucho en compañía de mujeres. Sin embargo, Lucinda parecía haberle comprendido siempre. En tanto que cruzaba la silenciosa y sombrosa selva, Logan recordó a Lucinda con cálido contento.
A la hora del crepúsculo de aquel día Logan llegó al límite del Mormon Lake, el Lago Mormón, que era un terreno fangoso, cubierto superficialmente de agua y rodeado de pétreas escarpas coronadas de arbolado. Hacia el Oeste y el Norte corrían anchas extensiones de terrenos herbosos que abrazaban el bosque. El colonizador mormón que había dado su nombre al lago vendió sus posesiones a un arizoniano y a un compañero suyo procedente de Kansas.
—Tenemos una buena casa aquí —dijo el occidental, Holbert—. Pero entre los lobos del bosque y la dureza de los inviernos, nos desenvolvemos en difíciles condiciones. Ya lo ves: vivimos en campo abierto y a mucha altura.
—¿Hay vecinos? —preguntó Huett.
—Ninguno entre este lugar y el Tonto. Jackson dirige uno de los equipos de allá, abajo, en Clear Creek, que está sobre el Long Valley. Luego tenemos a Jeff y Bill Warner, en el desierto. Tienen una ganadería entre Clear Creek y el Pequeño Colorado. En dirección a Flagg, mi vecino más próximo es Dwight Collin. Posee un rancho muy grande. Después viene Tim Mooney. Más allá de Saint Mary's Lake los colonizadores abundan un poco más.
—¿Ladrones... y cuatreros?
—No, ladrones declarados, no hay —contestó evasivamente Holbert—.
Todavía no han llegado cuadrillas de ladrones de ganados a esta parte de Arizona.
—Los lobos se apoderan de tus terneras, ¿eh?
—Durante el pasado invierno me privaron de más de medio centenar de cabezas. ¿Has oído hablar de Killer Gray, el matador pardo?
—No..., que recuerde.
—Bien, ya te acordarás de ese ladrón... en el caso de que lo veas. Es un lobo grande de los bosques que tiene la pechera negra. Es el cabecilla de un grupo de congéneres, y con ellos asola esta región.
—¿Por qué no lo matáis?
—¡Hum! Es demasiado listo para nosotros. Tiene una astucia excesiva para un lobo joven.
—Me agrada esta tierra arbolada de Arizona —declaró sinceramente Huett—. Y me propongo instalar un rancho en algún lugar al sur del lago.
—¡Eso es muy interesante! ¿Cómo me dijiste que te llamas?
—Logan Huett. He trabajado para diversos ganaderos antes de servir como escucha y explorador con Crook en su campaña apache. Había supuesto que serías soldado —contestó alegremente Holbert—.
Bueno, Huett, serás tan bien acogido aquí como las flores de mayo. Espero que no te instalarás demasiado lejos de nosotros. Este terreno es muy solitario, y cuando llegan las nieves invernales tenemos que encerrarnos en la casa por espacio de varias semanas.
—Gracias. Escogeré un lugar situado entre los bosques, donde no haga tanto frío... ¿Podrías venderme algunas vacas y terneras y un toro?
—Lo haría con mucho gusto. Y a muy buen precio, además, porque eso me evitaría el tener que llevar las reses a la ciudad antes de la llegada del invierno.
—Muchas gracias, Holbert. He ahorrado mis sueldos. Pero no me durarían mucho tiempo... Recogeré el ganado cuando regrese.
—Muy bien. Y ¿cuándo será eso, hijo?
—Antes de que comience a caer la nieve.
Durante todo el día siguiente, mientras recorría el camino que conducía a Flag, la práctica imaginación de Huett resolvió una osada vacilación. ¿Por qué no telegrafiar a Lucinda y decirle que fuese al Oeste para casarse con él?
Se resistió a esta idea, la rechazó; pero la idea volvía a él una y otra vez, en cada ocasión con más fuerza y más pujante. La madre de Logan no había sobrevivido durante mucho tiempo a su padre. Logan tenía un hermano y una hermana que residían en Illinois, no sabía con certeza en qué lugar. Por lo tanto, y desde el momento en que a Lucinda no la ataban lazos familiares, no veía las razones para que resultase impolítico que intentara economizar el tiempo y los gastos que habría de ocasionarle su marcha a Missouri. Ya había comprado el ganado y estaba ansioso por adquirir caballos, bueyes, carros, herramientas y armas de fuego y regresar pronto al Desfiladero del Sicómoro. Cuanto más tiempo permaneciese en Flag tanto mejores serían las ocasiones que podría hallar de comprar barato.
Flag era un pueblecito maderero y ganadero que había adquirido cierta importancia desde la llegada del primer tren, unos seis años antes. Había crecido mucho desde la anterior visita de Logan. La manzana más importante del pueblo presentaba una sucesión de cantinas y casas de juego, lugares de los que Logan Huett decidió alejarse. Ya no era un vaquero.
Un hombre le indicó dónde había una cuadra, y en ella alojó Logan a su caballo. A continuación dejó el fardo en un hospedaje y se dirigió a una barbería. Cuando salió de ella, ya empezaba a oscurecer. El primer restaurante que encontró estaba regentado por un chino y, evidentemente, era un punto de cita y reunión de vaqueros, de los que la ciudad estaba llena. Logan comió y escuchó.
Después de cenar fue a la estación del ferrocarril, que era una tosca edificación situada en el centro de un cuadrado que daba frente a la calle principal. Resultaba claramente apreciable que se esperaba la llegada de un tren. La estación y su andén ofrecían un vivo espectáculo con la presencia de los vaqueros, los ganaderos, los empleados del ferrocarril, los indios y los mejicanos que se movían continuamente de un lado para otro. Los pasos de Logan se hicieron más lentos y le llevaron ante las oficinas de la estación. Le parecía que el telegrafiar a Lucinda para exponerle su petición de matrimonio de una manera tan brusca y excepcional no sería correcto. Pero intentó rechazar este pensamiento e hizo todo lo posible por recobrar la decisión. No podría perjudicar a nadie con aquel acto que se proponía realizar. En el caso de que Lucinda no aceptase la proposición, él iría a buscarla al Este. Logan se precipitó en las oficinas y envió a Lucinda un telegrama en el que le pedía que fuese al Oeste para casarse con él.
Cuando la suerte estuvo irrevocablemente echada, Logan se sintió aterrado. Se dirigió de nuevo al pueblo e intentó olvidar su descarada audacia hundiéndose en el torbellino del juego, evitando el de la bebida. El alcohol no había atraído nunca con fuerza a Logan, pero estaba omnipresente en aquella hirviente metrópoli ganadera, y experimentó su influencia.
Finalmente, regresó a la fonda y se acostó. Se encontraba cansado, lo cual era excepcional en él, y tenía la imaginación completamente trastornada.
La blandura del lecho le produjo un sueño largo y reparador. Logan despertó tarde, se levantó lentamente y se vistió para iniciar los trabajos del día. E inmediatamente recordó, no sin experimentar una conmoción de temor, lo muy importante que aquella jornada había de ser para él, la trascendencia que había de revestir para su vida. Pero no se apresuró a correr a las oficinas del telégrafo. Tomó un abundante desayuno, trabó amistad con un jocoso vaquero de Arizona, y luego, tan temerosa como desganadamente, fue a ver si había llegado alguna respuesta a su telegrama. El encargado del despacho le dirigió una sonrisa burlona en tanto que le entregaba un sobre amarillo.
—¿Logan Huett? Sí, se ha recibido un telegrama muy importante para usted.
Logan cogió con ansiedad el sobre, tan avergonzado como un escolar; y aquellas manos grandes y morenas que eran capaces de sostener un rifle con tanta firmeza como podrían hacerlo si fueran de roca, temblaron perceptiblemente cuando rasgaron y abrieron la envoltura. Logan leyó más de una vez el breve mensaje: «¡Sí...! Si vienes a buscarme. Lucinda.»
Una sensación desconocida se apoderó de él cuando se dirigió hacia un asiento. Luego experimentó un agradecimiento inmenso por Lucinda. Y volvió a leer el telegrama. Lo más importante de todo, lo que daba más intensidad a las emociones del momento era que iba a tener una esposa... a condición de que fuese a Missouri a buscarla. Y lo haría. Pero en su cerebro relampagueó el pensamiento de que si Lucinda había aceptado su proposición debería de haber sido a causa de que verdaderamente le apreciaba, puesto que de otro modo no habría respondido tan inmediata y decididamente a una comunicación tan seca y fría como era la que él le había dirigido; y en tal caso, si Lucinda le estimaba, no habría duda de que accedería a trasladarse al Oeste para casarse con él. Y, hallándose bajo el impulso de la inspiración, se acercó a la ventanilla del despacho y redactó un largo telegrama dirigido a Lucinda en el que expresaba su gratitud y hacía resaltar la importancia y el valor del tiempo, ya que el invierno no estaba lejano; añadía que era preciso hacer economías, que la ocasión que se le había presentado era espléndida, y terminaba con una ferviente súplica a Lucinda para que fuera al Oeste inmediatamente. Logan no se entretuvo en leer nuevamente y por entero el largo mensaje, sino que se apresuró a regresar a la ciudad.
«Tengo el presentimiento de que vendrá... ¡Soy un hombre tremendamente afortunado!», se dijo.
Empleó el día en la tarea de hacer una lista de las muchas cosas que habría de necesitar y de las pocas que podría comprar. Debía tener rifles, municiones, hachas, abastecimientos de boca, mantas, utensilios de cocina, un carro y caballos o mulas. Luego salió del hospedaje para hacer aquellas imprescindibles compras. Los precios fue, ron bastante razonables, lo que le animó mucho. Durante el día encontró a un herrero de Missouri, llamado Hardy, con quien trabó amistad. Hardy había intentado dedicarse a la agricultura, pero había vuelto a su antigua profesión. Este hombre ofreció a Logan un carro, una pareja de bueyes, algunos utensilios de labranza y otros diversos objetos por un precio que Logan pensó que representaba un sacrificio para el vendedor. El trato fue realizado y puso fin a un día que había transcurrido con celeridad.
«La suerte me protege», se dijo Logan con regocijo. Y hallándose bajo esta impresión se dirigió otra vez a la estación. Había un nuevo telegrama para él. Antes de abrirlo, tenía la seguridad esta vez de que Lucinda iría a buscarle. La breve respuesta fue: «Saldré mañana. Llegaré martes. Cariños.
Lucinda.»
«¡Qué admirable mujer!», exclamó exultante y satisfecho Logan. Luego miró fijamente una palabra que el mensaje contenía: «Cariños». Él había omitido esta palabra, o la palabra amor u otra parecida en sus telegramas.
En realidad, ni siquiera había pasado por su imaginación el sentimiento del amor. «Pero, de todos modos —reflexionó —, sería preciso que un hombre fuera tan insensible como un palo para que no reaccionase así ante una mujer como Lucinda Baker.» Logan recordó con gran satisfacción que Lucinda no había disfrutado de muchas simpatías entre los jóvenes de cierto carácter a causa de que era enemiga de coqueteos y galanteos. Y esto era precisamente lo que más le había agradado. Inmediatamente, toda su alegría y su satisfacción se vieron iluminadas por un resplandor extraño y perturbador. El hecho de que ella fuese a su encuentro para casarse con él se convertía en realidad. Logan debía intentar tener la evidencia de ello; así como de los innumerables factores importantes para el porvenir y desarrollo de su rancho.
El día siguiente, sábado, vio los agotadores trabajos que Logan realizó durante todas sus horas, desde el amanecer hasta la llegada de la noche. El domingo lo destinó a empaquetar los utensilios que había comprado a su amigo el herrero, y ayudó a éste a guarnecer el carro con un toldo de lona. El vehículo, de este modo dispuesto, serviría para mantener secas las cosas que transportase y podría ser utilizado como dormitorio durante el viaje. El lunes, habiendo comprobado que todavía disponía de alrededor de doscientos dólares, Logan adquirió un caballo y una silla, una cajita de artículos sanitarios, un poco de tabaco de fumar y una caja grande de dulces para su futura esposa.
Este regalo le hizo pensar en el modo y el lugar en que habría de casarse. El herrero acudió en su auxilio de nuevo, informándole de que había un clérigo en la ciudad que le unciría pronto por una moneda de oro de cinco dólares.
Los trenes del Este llegaban diariamente, el primero a las ocho y media de la mañana y el segundo a las diez de la noche. En uno de los dos debería llegar Lucinda Baker.
«Espero que venga en el primero —dijo Logan en voz alta para sí mismo cuando se presentó en la estación con excesiva anticipación—. De ese modo podremos «uncirnos», como dice Hardy, sin pérdida de tiempo, y ponernos hoy mismo en camino.»
No tardó mucho tiempo Logan en descubrir que el mayor acontecimiento cotidiano de Flag era la llegada de aquel tren mañanero. El andén de la estación se convertía en un lugar de paseo, con gran indignación por parte de los empleados del ferrocarril. Logan se recostó en el carril que se utilizaba para atar los caballos, y esperó. Turbulentos y ruidosos vaqueros caminaban de un lado para otro con su paso torpe y desgarbado, acompañados de un sonido rechinante de espuelas y dirigiendo descaradas miradas a las mujeres jóvenes. Los mejicanos, con las mantas sobre los hombros, haraganeaban con ojos vigilantes, en tanto que los guapos y valientes navajos, con cintas coloreadas en torno a las cabezas, arrastraban al caminar lentamente los pies cubiertos de mocasines. «Lucinda se impresionará mucho al verlos», pensó Logan.
El tren silbó tras un recodo que se doblaba en un vértice del pinar.
Logan sintió una extraña palpitación en el corazón, que, atribuyó a una desacostumbrada alegría y a la emoción. No era cosa de asombro: ¡la desposada de un hombre no llega más que una vez!
Al cabo de un momento Logan pudo ver el tren polvoriento y pardo, que se arrastraba como una serpiente escamosa tras una cabeza negra coronada de vaharadas de humo, y que se aproximaba con rapidez. La máquina pasó ante el andén, exhalando un rugido vaporoso. Logan contó los vagones.
Luego, con un rechinar de acero sobre acero, el tren se detuvo.


II
Los sueños de fantasía y aventura de Lucinda Baker habían sido tan secretos, que nadie pudo sospechar que existieran; pero ninguno de ellos fue tan increíble como aquel viaje real que efectuaba al Oeste para convertirse en la esposa de un colonizador. Sin embargo, le parecía que se había estado preparando para alguna aventura insospechada casi desde el mismo momento en que Logan Huett abandonó Independencia. ¿De qué otro modo podría explicarse que hubiera sido maestra de escuela a la edad de dieciséis años y que hubiese trabajado tan anhelosamente, durante las largas vacaciones, en los quehaceres domésticos? Siempre había tenido la seguridad de que Logan Huett no regresaría jamás a su región natal, de que el Oeste, el gran desconocido, lo reclamaría para sí. Por esta razón, en el caso de que alguna hubiera habido, ella se había adiestrado para convertirse en la esposa de un colonizador.
Lucinda era conmovedoramente feliz. Había dejado a su familia en buen estado económico y de salud. Y se alegraba de un modo inexpresable de poder alejarse de tantos insistentes galanteadores y pretendientes como la asediaban. Era libre para vivir a su modo, para ser la criatura medio salvaje y anhelante que sabía que existía bajo su piel. La mansa, tranquila, sumisa y poco sentimental Lucinda Baker quedaba relegada al pasado.
Kansas era durante el otoño una vasta pradera ondulante y marchita sobre la que se veían las manchas de las ciudades y los pueblos que se erguían a lo largo de la acerada carretera. Lucinda se cansó de contemplar la interminable y monótona extensión de tierra baldía. Todo su interés se centró en sus compañeros de viaje y los niños que los acompañaban, todos ellos gentes de la clase media, como ella misma, que se dirigían al Oeste para adoptar aquella vida seductora de las abiertas campiñas. Mas lo que vio del Colorado antes de la llegada de la noche, las grises e hinchadas laderas que se elevaban hacia las empingorotadas montañas oscuras, le produjo un temeroso e intranquilizador pensamiento: el de que la tosquedad y la temible rudeza de la Naturaleza eran muy diferentes a lo que, a través de dibujos y pinturas, había supuesto. Y despertó en Nuevo Méjico y vio enajenada el esplendor de sus valles plateados, de sus negras selvas, de sus agudas cumbres, que se destacaban blancamente ante el azul del cielo.
Arizona, al día siguiente, colmó de ilusiones la imaginación de la joven.
Durante la noche precedente, el tren había atravesado casi la mitad de aquella tierra maravillosa, purpúrea y gloriosa. Sunshine y el desfiladero del Diablo no eran otra cosa que unas estaciones aisladas, perdidas en la inmensidad de una campiña solitaria. ¿No había ciudades en aquella región tan extensa? Su pregunta al mozo del tren le aportó la respuesta de que la estación más próxima era la de Flag, a la que el convoy llegaría al cabo de dos horas. Todavía continuó Lucinda dando a sus ojos el festín de los espléndidos panoramas, e intentó no acordarse de Logan. ¿Constituiría, después, este hombre una decepción para ella? Lucinda le quería casi desde los primeros días de su infancia, desde el momento en que él la libró de la crueldad de unos chiquillos que la habían arrastrado hasta un charco barroso. Pero, sin olvidar las pocas y prácticas cartas de Logan, Lucinda llegó a la conclusión de que su oferta y su petición de matrimonio eran decisivas.
¿Qué cambios habría operado aquella áspera región en Logan Huett?
¿Qué cambios operaría en ella? Lucinda miró con estremecido temor a través de aquella tierra de púrpura, monótona por espacio de leguas y más leguas, y se estremeció al ver las magníficas murallas rojas, inclinadas, que semejaban vagabundear en dirección al azul místico y confuso y que de nuevo se trocaban en lanzas, en cumbres de negros contornos que se clavaban en el cielo; y el panorama fue una vez roto en dos mitades por una garganta estrecha y profunda, que inspiraba temor y que justificaba plenamente su diabólico nombre.
Después de largas meditaciones, Lucinda llegó a la conclusión de que probablemente Logan no habría cambiado mucho su naturaleza de joven serio y práctico para quien la actividad era casi tan necesaria como la respiración. Debería de poseer un rancho en algún lugar indeterminado, cerca de una estación, acaso próximo a Flagg, y tendría amigos entre los occidentales. Pensando de este modo leal, Lucinda pudo aplacar sus temores y cerró los ojos con el fin de no ver la densa y monótona selva en que el tren había penetrado. Y rindiéndose al pensamiento de Logan, descubrió que le interesaba menos el modo como habría de reaccionar cuando se hallase en presencia de él que la manera como él habría de «descubrirla». Lucinda sabía que se había desarrollado y que había cambiado desde los quince años más de lo que es corriente en las mujeres. Lo que sus amigos y su familia decían acerca de sus progresos, y especialmente lo que decían los jóvenes que la cortejaban, era, según pensaba ella, mucho más lisonjero que justificado.
Pero quizá fuera suficiente para hacer que Logan no pudiera reconocerla.
Un agudo y estridente silbido interrumpió las meditaciones de Lucinda.
El tren avanzaba ruidosamente cuesta abajo y salió de entre el verdor hasta un espacio despejado. Un empleado abrió la puerta del coche y anunció con voz canturrona:
—Flag! Cinco minutos de parada...
La vista de Lucinda se nubló. Y se limpió los ojos con el fin de poder ver claramente. El bosque había sido sustituido por un área despejada y fea, amarillenta y cuajada de tocones de árboles quemados. Este terreno conducía a una edificación horrible y grande, de la que brotaba por la chimenea de lo que parecía ser una serrería una gran cantidad de humo azul. A su alrededor había montones de maderas amarillas, tan altos como casas. Era una serrería. Lucinda prefería el bosque a aquella cruda y repelente evidencia de la labor humana. Más allá, había unas pequeñas cabañas hechas de tablas, y chozas miserables, todas tristes y míseras, junto a las cuales no brotaba verdor.
Mientras el tren se detenía con un rechinar de ruedas, se produjo una ruidosa agitación en el interior del coche. Muchos pasajeros comenzaban a abandonarlo. Lucinda vio a diversas jovencitas, una de ellas muy linda y de ojos vivos, que estaban más excitadas de lo que cabía esperar. ¿Cuál habría sido su actitud si se hubieran hallado en el estado de ánimo que dominaba a Lucinda? Lucinda experimentaba una extraordinaria agitación en su interior; pero aparentaba hallarse tranquila y compuesta.
Una vez que el tren se hubo detenido, Lucinda colocó en el asiento los dos sacos de mano que llevaba y cruzó el pasillo para asomarse a la ventanilla opuesta. Y vio, más allá de la vía, una larga manzana de edificios altos, extraños, de fachadas de madera. Estos edificios armonizaban con sus suposiciones respecto a cómo sería Flagg. Detrás de aquella manzana de casas se erguía una gran montaña, blanca y negra, distante, aislada.
Lucinda se quedó asombrada al observar su magnificencia. Luego, la movediza y multicolor multitud que se hallaba en el andén atrajo su atención.
En primer lugar, vio a diversos indios, de un tipo diferente al que conocía, delgados, esbeltos, ágiles, con cintas hechas de cordones sobre las negras cabelleras. Tenían rostros de limpio perfil, tan sombríos como máscaras. Unos mejicanos cubiertos por enormes sombreros se recostaban en las paredes del fondo.
Luego, la rápida mirada de Lucinda sorprendió a un robusto joven de anchas espaldas, que estaba en mangas de camisa y llevaba unos pantalones azules metidos en unas altas botas. ¡Logan! Lucinda experimentó al mismo tiempo emoción y temor. Podría haber reconocido en cualquier parte y en cualquier ocasión aquel rostro enérgico y tostado. Estaba el hombre con la cabeza descubierta y miraba ansiosamente a los pasajeros que se apeaban. Lucinda sintió una oleada de orgullo. El muchacho a quien había conocido se había trocado en un hombre duro, severo, aun en tan expectante momento. Pero aquel hombre era algo más que guapo. Parecía haber en él un algo de altivez.
Lucinda comprendió repentinamente que debía seguir al mozo que había tomado en las manos sus dos saquitos y se dispuso a salir del coche.
El mozo no fue lo suficientemente rápido en acudir en su ayuda para bajar los empinados escalones. Este acto fue realizado por un joven galante, el primer vaquero para Lucinda: un muchacho de cabellera roja, rostro agudo, en cuyos ojos parecía bailar un diablillo azul. El vaquero apretó con fuerza el brazo de la joven.
—Señorita, ¿la espera alguien? —preguntó en el mismo tono que si su vida dependiese de la respuesta.
Lucinda miró por encima de su cabeza, con la misma indiferencia que si el vaquero no estuviera allí. Pero lo encontró agradable. Dejando los sacos donde el mozo los había abandonado, Lucinda caminó por el andén hasta llegar diez pasos más lejos de donde se encontraba Logan. Logan no la reconoció. El chasco la divirtió tanto como la asustó. Volvería, con el fin de darle una nueva ocasión de reconocerla.
Caminó unos cuantos pasos más allá, y cuando se volvió estaba regocijada por la situación. Logan Huett había llamado a su prometida y no la reconoció cuando ella lo miró a corta distancia y con insistencia. Logan había abandonado el lugar que ocupaba, y ella pudo verle avanzar por el andén. Un momento más tarde la joven observó que era objeto de descarada inspección por parte de tres vaqueros, uno de los cuales era el de la cabellera roja.
Lucinda moderó sus pasos. Sería divertido acercarse a Logan en presencia de aquellos tres occidentales. Y esto constituyó para ella un irrefrenable impulso cuando oyó las observaciones de los hombres, que hicieron que su rostro y su cuello se cubriesen de rubor.
Logan se había detenido exactamente ante el muchacho de cabellos rojos. Su inexpresiva mirada recorrió a Lucinda de alto abajo, repitió nuevamente la operación... Era una mirada interrogativa y desconcertada.
Luego, Lucinda, acuciada por los vaqueros, dijo:
—Logan, ¿no me conoces?
—¡Ah...! No, usted no puede ser ella —exclamó torpemente Logan—.
—¡Lucinda! ¡Eres tú!
—Sí, Logan. Te vi y te reconocí desde el tren. Logan se aproximó a ella impulsivamente, ansioso y azorado, y la besó con seria vehemencia.
—¡Y pensar que no reconocí a mi antigua novia...!
—Sus grises ojos, que habían semejado dos trozos de hielo que brillasen bajo el sol, se suavizaron y matizaron por efecto de una cálida y alegre luz que satisfizo al anhelante corazón de Lucinda.
—¿Tanto he cambiado? —preguntó Lucinda, sintiéndose feliz; y aquel encendido tumulto, aquella agitación temerosa que oprimía su pecho se desvaneció.
—Yo diría que sí, que has cambiado mucho —respondió él—. Y, sin embargo, comienzo a reconocerte... Lucinda, verdaderamente, lo cierto es que no esperaba hallar —una mujer tan... tan hermosa y tan guapa.
—Es muy dudoso que eso pueda ser una lisonja, Logan —replicó ella al mismo tiempo que reía—. Pero espero que, de todos modos, te agradaré.
—Me parece que es cierto..., que me agradas muchísimo —afirmó él—.
Estoy asombrado, por decirlo así..., de verte convertida en una señora elegante y reposada.
—¿No lo habrías esperado de una maestra de escuela?
—Creo que no sabía lo que debía esperar. Pero, en cierto modo, tus conocimientos escolares nos resultarán muy útiles.
—Tendremos que conocernos y que comprendernos —dijo ella con timidez.
—Yo diría que es cierto... y que al mismo tiempo que lo hacemos deberemos casarnos. Todo ha de hacerse en un solo día.
—¿Todo hoy?
—Lucinda, tengo mucha prisa por marchar de aquí —replicó él ansiosamente—. He comprado lo que necesitaba, y dejaremos este pueblo...
tan pronto como hayamos terminado...
—Claro, naturalmente; nos casaremos en seguida. Pero marcharnos tan pronto... ¿No está muy lejos... tu... tu rancho? Espero que estará cerca de la ciudad.
—Muy lejos —respondió Logan—. Cuatro días de camino..., cinco, acaso, a causa de los bueyes y el ganado...
—¿Está... está... allá, en...? —preguntó ella con voz desmayada, tanto que con un vago gesto señalaba la extensión inquieta de la campaña.
—A sesenta millas, al Sur... Un camino muy hermoso durante la mayor parte del recorrido, cuando hayamos salido de la ciudad.
—¿Un bosque... como el que he cruzado en el tren?
—Sí, durante casi todo el viaje. Pero también hay lagos, terrenos cubiertos de salvia, desiertos... Es una región maravillosa: —Logan, como es natural, te habrás instalado... cerca de alguna ciudad —tartamudeó ella.
—Flag es la más próxima —respondió él pacientemente, en el mismo tono que si ella fuera sólo una chiquilla.
Lucinda se mordió los labios para reprimir una exclamación de desaliento. Sus manos, fuertes y hábiles, temblaron ligeramente mientras abría la carterita.
—Aquí están mis billetes. He traído un baúl y un cofre. He aquí mi equipaje de mano.
—¡Un baúl y un cofre! ¡Diablos! ¿Dónde los pondré? Llevaremos una carga tremenda —exclamó él; y tomando los billetes, detuvo a un trajinero al que dio instrucciones e indicó los dos saquitos que se hallaban en el andén; luego volvió junto a Lucinda.
—¡Querida! ¡Estás muy pálida! —dijo con ansiedad.
—¿Estás cansada por efecto del largo viaje?
—Creo que sí. Pero muy pronto estaré perfectamente... Llévame... a cualquier sitio.
—Vamos a hacerlo. Te llevaré a casa de Babbitt, donde podrás hallar todo lo que necesites, desde una aguja hasta un piano.
Quiero adquirir algunas cosas que no he tenido tiempo de comprar.
—Muy bien. Luego compraremos tu anillo de desposada. El clérigo me dijo que no lo olvidase.
Lucinda acomodó el paso al de Logan durante el recorrido hasta la ciudad. Pero no manifestó el mismo interés que en los primeros momentos por los occidentales y vaqueros en general, ni por el enorme almacén, cuya instalación recordaba un granero, a que él la condujo. Lucinda escogió un anillo liso y se lo dejó puesto en el dedo, como si tuviera miedo a quitárselo.
El rostro anhelante de Logan la conmovió. Por amor a él y en su beneficio la joven hizo un esfuerzo por rechazar las dolorosas y molestas sensaciones que la asaltaban.
Déjame una hora aquí... y vuelve luego a buscarme —dijo ella.
—¡Tanto tiempo! ¡Por amor de Dios! ¿Para qué?
—Tengo que adquirir algunos objetos femeninos. Muchos.
—Lucinda, mi dinero ha sido empleado casi todo —dijo él con voz quejumbrosa—. Se ha derretido... He separado la cantidad que debo pagar a Holbert por el ganado que he comprado en Mormon Lake.
—Yo tengo dinero suficiente, Logan. He ahorrado mis sueldos —contestó ella, sonriente. Pero no citó los quinientos dólares que su tío le había entregado corno regalo de boda. Lucinda tenía el presentimiento de que habría de necesitar aquel dinero.
—Bien, Lucinda, siempre fuiste una muchacha ahorradora... ¡Vamos a casarnos pronto...! Luego podrás volver aquí mientras yo cargo el carro.
Y pasó un brazo bajo el de ella y tiró suavemente. ¡Qué fuerte era Logan, y qué pasos más grandes daba! Lucinda ansiaba solicitar que le concediese un poco de tiempo para ajustarse a la sorprendente situación en que se hallaba; pero la obligó a salir de la tienda con rapidez y a caminar por la calle mientras hablaba con vehemencia.
—He aquí una lista de las cosas que he comprado para nuestro nuevo hogar... ¿No te suenan bien esas palabras? Estoy emocionado... Repásala. Es posible que recuerdes algo que se me haya olvidado. Habremos de acampar al aire libre en tanto que construimos una cabaña de leños. Viviremos en mi carro, que es muy grande y está cubierto... hasta que hayamos erigido nuestra casa... El carro es lo que se llama un barco de las praderas... Y habremos de darnos prisa, además, para terminar la construcción antes de que comience a caer la nieve... Va a ser muy divertido... y va a darnos mucho trabajo... el principio de nuestra labor de rancheros... ¡Oh, cuánto me alegro de que seas tan robusta...! Lucinda, soy muy afortunado. No debo olvidar decirte lo muy feliz que me haces. Trabajaré para ti. ¡Y llegará un día en que pueda ofrecerte todo lo que anhele tu corazón!
De modo que vamos a pasar nuestra luna de miel en un carro de las praderas! —exclamó ella mientras reía débilmente.
—¿Luna de miel...? ¡Así será! Nunca lo había pensado, pero lo ha hecho más de una esposa de colonizador antes que tú... Lucinda, si no recuerdo mal, sabías conducir caballos..., el tronco de tu papá...
—Logan, conducía también el calesín.
—Es loe mismo. Una vez me llevaste a mi casa desde la iglesia. Y yo te rodeé la cintura con un brazo. ¿Lo recuerdas?.
—Debo de recordarlo..., puesto que estoy aquí.
—Podrás observar cómo conduzco los bueyes y aprender el camino que lleva a Mormon Lake. Una vez que estemos allí, habré de montar un caballo y apresurarme a hacer el resto del recorrido con mi ganado. Tú conducirás entonces el carro.
—¡Cómo! ¿Conducir una yunta de bueyes? ¡Yo!
—Sí, Lucinda. Podrás hacerlo. No hay duda. Serás mi compañera. Y creo que nunca tuvo colonizador alguno una compañera mejor que la mía.
Tenemos la campiña más maravillosa de Arizona. ¡Espera hasta que la veas!
Llegará un día en que tengamos en ella más de treinta mil reses... ¡Ah, ésa es la casa del clérigo! He estado a punto de pasar más allá... Vamos, Lucinda. Si no te arrepientes en seguida, lo harás demasiado tarde.
—Logan..., nunca... me arrepentiré —murmuró ella roncamente.
Lucinda se dejó conducir a la presencia de unas personas amables que la atendieron cariñosamente; y antes de que pudiera percatarse de lo que sucedía, se había convertido en la esposa de Logan Huett. Luego, Logan, acompañado del barbudo herrero, Hardy, la llevó a que viera el carro que había adquirido. Lucinda se recobró un poco durante el camino. Habría sido inútil que intentase rebelarse, aun cuando hubiera deseado hacerlo. El grave alborozo de Logan evitó que se descorazonase. No podía negarse que su expresión y sus actos demostraban el orgullo que le producía la posesión de Lucinda.
A la vista del carro cubierto de lona, Lucinda emitió una risa nerviosa y ruidosa que Logan interpretó como regocijo y entusiasmo. El carro semejaba la lona de un circo que se hubiera caído sobre un gran cajón dotado de ruedas. Cuando Lucinda se acercó para mirar al interior del vehículo, una onda de sentimientos opuestos la invadió. El aspecto, el olor del atestado interior condujeron a Lucinda, brusca y conmovedoramente, al otro extremo de la cuestión. El carro semejaba inundado de una atmósfera de colonización, de aventura, de lucha contra el terreno y los elementos.
—¡Es sencillamente, maravilloso! —exclamó Lucinda, que daba paso a su otra vencedora personalidad—. Pero Logan, después que hayas cargado aquí el equipaje, ¿dónde dormiremos?
—¡Maldición! Llevaremos una carga excesiva, y mucho más si haces nuevas compras. Pero encontraré el medio de ponernos en. camino... ¡Te digo, esposa, que no hay nada que pueda arredrarme...! Haré sitio para ti en el interior, y yo dormiré en tierra.
—¡Ja, ja, ja! —rió ruidosamente el herrero—. Ése es el verdadero espíritu de los colonizadores.
—Logan, tengo la seguridad de que arreglarás las cosas de modo que haya comodidad, por lo menos para mí —dijo Lucinda al mismo tiempo que enrojecía—. Ahora voy a ir de nuevo a la tienda. ¿Querrás ir a buscarme allá?
Dame mucho tiempo, y prepárate para recoger muchas cosas más.
—Sería preferible que encargases que las trajesen aquí —contestó Logan en tanto que se rascaba la barbilla pensativamente.
—Señora Huett, ¿se cambiará de ropas antes de ponerse en camino? —preguntó la apuesta esposa del herrero—. Ese vestido no es apropiado para acampar en ese desierto. Lo estropearía usted.
—Puede usted tener la seguridad de que se cambiará de ropas —replicó entre una sonrisa Logan—. No lo olvidaré... Lucinda, saca tus vestidos antes de que cargue esos bultos.
—No he traído ningún vestido viejo —respondió Lucinda.
—Y ¿vas a guiar unos bueyes, a guisar sobre un fuego de leña, a dormir sobre la paja y a realizar otras muchas tareas propias de una colonizadora...? Bien, puesto que vas a hacer compras, no te olvides de adquirir pantalones, calcetines, botas..., una camisa de franela, un abrigo grueso... y un sombrero ancho que proteja ese lindo rostro contra los rigores del sol... Y unos guantes de abrigo, querida, y un pañuelo grande de seda para evitar que el polvo te ahogue...
—¡Oh! ¿Eso es todo? —preguntó concisamente Lucinda—. Puedes tener la seguridad de que lo obtendré.
Horas más tarde Lucinda se miraba ante el espejito de la señora Hardy y no podía dar crédito a la evidencia de lo que sus ojos le descubrían. Pero la expresión de la excelente esposa del herrero, que era de agrado y de contento aseguraron a Lucinda que, desde el punto de vista de aquella mujer, era una cosa digna de observarse.
—¿Cómo voy a presentarme delante de esos hombres? —preguntó desalentada Lucinda. Una reducida multitud se había congregado en torno al carro, tras el cual Logan parecía hallarse poniendo el ronzal a los caballos.
—Querida mía, todas las mujeres que están ahí fuera gastan pantalones y montan caballos a horcajadas —dijo la señora Hardy con manso humor—.
Reconozco que está usted más torpe que la mayoría de esas mujeres; pero se acostumbrará pronto.
—¿Torpe? —preguntó Lucinda dubitativamente. Luego, guardó de nuevo el vestido de viaje y se preguntó cuándo volvería a ponérselo. La mujer occidental adivinó sus pensamientos.
—Los colonizadores que viven en la campiña no vienen frecuentemente a las ciudades —declaró al mismo tiempo que sonreía—. Pero vienen, con más o menos frecuencia, y por eso les agradan más. Sea valiente y tome su medicina, como decimos los occidentales. Su esposo será un gran ranchero, en opinión de Hardy. No olvide usted que la mujer del colonizador realiza la mayor parte del trabajo y que jamás obtiene el reconocimiento de sus esfuerzos.
—Muchas gracias, señora Hardy —replicó Lucinda, que estaba agradecida por los consejos y la simpatía de aquella mujer—. Comienzo a entrever mi porvenir... Pero haré frente a lo que me espera... ¡Adiós!
Lucinda salió transportando su saco de mano e intentó andar naturalmente, aun cuando experimentaba unos ardientes deseos de correr.
—¡Yuupi! —gritó Logan.
Si se hubieran hallado a solas, aquel sorprendente tributo a sus atavíos habría placido a Lucinda. ¡Eran algo que arrancaba exclamaciones de entusiasmo o excitación a aquel extraño y serio marido! Pero el dirigir la atención de tanta gente hacia ella, y, lo que era peor, el hacerlo ante tantos diablillos alborotadores, desarrapados y rudos... eso era terriblemente azorador.
—¡Eh, señora! —dijo uno de los chicuelos—. Por lo que más quiera, ¡no se agache con esos pantalones!
Esta chuscada provocó un grito de alegría, de regocijo a Logan. Los otros hombres se volvieron de espaldas y se agitaron por efecto de unas sospechosas convulsiones. Lucinda, con el rostro enrojecido, continuó caminando.
—Jimmy, va a ser una vaquera novata e inexperta —dijo otro de los jovenzuelos.
Lucinda pudo llegar al carro sin haber perdido la dignidad, no siendo por el enrojecimiento del rostro, el cual supuso que habría sido ocultado por el sombrero. Colocó el saquito bajo el asiento y subió al cubo de la rueda.
Cuando hubo intentado dar un nuevo y aventurado paso, desde el cubo hasta el alto borde de la rueda, resbaló y estuvo a punto de caer. Aquellos pantalones azules eran demasiado estrechos para ella. Luego Logan le dio un tremendo empujón. Lucinda cayó sobre el alto asiento, torpe pero salva, entre los aplausos de los espectadores. Desde aquel punto de observación el espíritu de aventura y el sentido del humor de Lucinda fueron suficientes para disipar la confusión y el furor que la acometían. Y miró a su esposo, que tenía los ojos llenos de alegría, y a los sonrientes occidentales. Y después a los desharrapados chicuelos.
—Todos habéis sido inexpertos y novatos en un tiempo —dijo a los hombres al mismo tiempo que reía; y luego señaló a los mocosuelos—. He dado azotes a muchos chicos tan grandes como vosotros.
Logan trepó al otro lado para coger un palo corto que tenía una larga correa en un extremo.
—Hardy, ¿cómo solía usted conducir a estos bueyes? —preguntó en el mismo tono que si hubiera olvidado hasta el último instante algo de gran importancia.
—No tiene que hacer casi nada: aguijonearlos un poco, arrearlos, gritarles e indicarles que vayan hacia la derecha o la izquierda cuando sea necesario —contestó sonriendo el herrero—. Es la mar de fácil... Son un par de bueyes bien adiestrados.
—¡Adiós, señores! ¡Hasta la próxima primavera! —dijo Logan. Y restalló el látigo y gritó—: ¡Adelante!
Los dos bueyes agitaron las enormes cabezas y se pusieron en marcha.
El pesado carro avanzó fácilmente. Lucinda movió una mano para despedirse de la esposa del herrero y después de los muchachos. En los rostros pecosos de éstos se reflejaba el júbilo. Uno de ellos se puso las manos a modo de bocina ante la boca y dirigió unas últimas voces estridentes a Lucinda:
—¡Muy bien, señora! Puede usted ser nuestra maestra de escuela y azotarnos... si gasta esos pantalones.
Lucinda se volvió rápidamente hacia su esposo.
—¡Qué descaro tiene ese granujilla...! Logan, ¿qué tienen mis pantalones azules... para que los muchachos hablen de ese modo?
—¿Tener? Nada. Son estupendos. Los pantalones azules son tan corrientes aquí como las tortas de maíz. Pero jamás he visto unos pantalones tan... tan reveladores como los tuyos.
Los bueyes avanzaban lentamente y el carro cubierto de lona entró en una calle lateral. El espectáculo debía de ser muy frecuente en Flag, puesto que los transeúntes no miraban dos veces lo que a su lado discurría.
Lucinda se alegró de poder escapar a la curiosidad y la situación, que le parecía ridícula. ¿Qué habría dicho aquel terceto de vaqueros? Logan cruzó las vías del ferrocarril pasó sobre un ruidoso puente de madera, siguió junto a las casas de campo y las cabañas y, al final, junto a la amarillenta y negra serrería.
—¡Querida, ya estamos fuera de la ciudad! —exclamó Logan repentinamente; y colocó una de sus fuertes manos sobre las de ella. Luego señaló con la punta del látigo en dirección al Sur, más allá del bosque, hacia la oscura y confusa extensión que se dibujaba en la lejanía—. Ya estamos camino de nuestro rancho..., de nuestro hogar en el Desfiladero del Sicómoro.
—Sí, Logan, lo había supuesto... Soy muy feliz —contestó ella dulcemente sorprendida y conmovida por el tono cariñoso de él, que revelaba la intensidad de sus sentimientos.
—He vivido solamente para esto. Para esto he trabajado..., para esto he ahorrado dinero. Allá abajo se esconde mi desfiladero... Allí está el mejor terreno para ganado... Allí está la hierba y el agua... Y todo ello cercado... Y aquí está mi equipo. Todo está pagado. Y, finalmente, aquí, está también la mujercita más hermosa y buena que jamás haya venido para contribuir con su esfuerzo a la prosperidad del Oeste.
Lucinda se inclinó hacia atrás arrobada. Se había engañado al juzgar la actitud de Logan respecto a ella y su sacrificio, así como respecto a su pasión por los terrenos ganaderos. Pero podría olvidarlo y perdonarlo, respetarlo e identificarse él, puesto que ya sabía de modo cierto que la quería.
La carretera se retorcía a través de la desnuda tierra cercana al bosque; era seca, pero no polvorienta, y la ligera inclinación que tenía hacía que los bueyes no tuvieran que realizar grandes esfuerzos para arrastrar el carro.
Una dulce fragancia cargaba la brisa, que era ligeramente cálida. Aquella fragancia, que en principio era agradable, se hizo vigorizante, estimulante;
Lucinda preguntó a su esposo cuál era su origen, y Logan respondió que estaba compuesta de una mezcla de los aromas de la salvia, los cedros y los pinos. A Lucinda le gustó, y fue todo lo que le agradó de aquel recorrido de seis millas que hubieron de hacer hasta llegar al bosque. Allí, las cabañas y los terrenos de pastos, con sus toscas cercas de maderas desnudas, parecieron concluir. El entrar en el bosque fue como entrar en un túnel de pardas columnas y dosel verde. Era tranquilo, sombroso y estaba iluminado por unos haces oblicuos de luz que le hacían extrañamente amedrentador.
Lucinda se vio asaltada por un sentimiento que no pudo definir, como si tuviera la impresión de hallarse en un lugar familiar y conocido, aun cuando jamás hubiera entrado en bosque alguno.
Antes de la llegada del ocaso, Logan dirigió el vehículo hasta un terreno despejado.
—Acamparemos en aquel extremo —dijo—. Tenemos hierba, agua y leña.
Bien, Lucinda, jamás estaremos escasos de combustible.
Se detuvieron bajo los grandes pinos que sobresalían del muro de arbolado que constituía la selva. Unos árboles que Logan dijo que habían sido derribados por el viento se hallaban en tierra, algunos amarillos y astillados, otros más viejos y grises, casi muertos. Logan salió a tierra, y cuando Lucinda intentó hacer lo mismo, la levantó y ayudó a descender al mismo tiempo que la abrazaba estrechamente.
—Ahora, esposa inexperta en cuestiones de ranchería, mujer de pantalones estrechos, y de no sé qué más, puedes comenzar —dijo alegremente. Pero no le concretó qué era lo que había de comenzar, y Lucinda se detuvo ante él irresolutamente en tanto que el hombre desuncía los bueyes, los ponía en libertad y comenzaba a descargar cajas y bultos del carro. Y levantó el baúl de ella con tanta facilidad, que Lucinda se maravilló y recordó que su padre habría tenido que pedir ayuda para conseguir moverlo.
—Lo pondremos bajo el carro —dijo él—. No te aflijas. Lo cubriremos. Pero las lluvias ya han pasado, Lucinda. Lo que tendremos a continuación será nieve... ¡Uf!
—¡Cómo sopla el viento y cómo cae la nieve aquí!
—Logan, me molesta el viento, y no me gusta la nieve.
—No es extraño. Ya vencerás esos sentimientos en Arizona... Ahora, Lucinda, observa lo que hago y aprende a hacerlo.
Y extendió una gruesa lona sobre la hierba. Luego sacó de una caja sacos de lona de diversos tamaños, los que puso en tierra, unos junto a otros. Vació un saco de arpillera, que estaba lleno de ruidosos objetos que resultaron ser pequeñas marmitas de varios tamaños provistas de tapas, cafeteras, cacerolas, sartenes y platos, tazas de almuerzo y otros utensilios domésticos. Después separó varios cubos que encajaban unos dentro de otros y los llevó al arroyo, de donde los sacó llenos de agua. Todos sus movimientos eran rápidos, diestros, vigorosos, hábiles. Era maravilloso verlo manejar el hacha. Astillas, pedazos de madera y tarugos volaron a su alrededor como por arte de magia. Muy pronto encendió un fuego crepitante y explicó que debía quemarse hasta convertirse en un lecho de encendidos carbones. A continuación, lo mismo que un prestidigitador, dispuso de una palangana, jabón y una toalla, y se lavó las manos cuidadosamente.
—Lo más importante de todo... —dijo sonriendo burlón—. Mira cómo hago galletas.
Lucinda observó las operaciones con profundo interés. Allí estaba su esposo, usurpando los dominios de una ama de casa. Pero ella sentíase fascinada. Logan era diestro, hábil; resultaba verdaderamente maravilloso para una mujer inexperta en tales labores. El ver a aquel hombre de espalda musculosa ante un cuenco lleno de agua y harina; el ver como sus manos, morenas y fuertes, mezclaban la masa hábilmente, fue una revelación para Lucinda. Y Logan se mostró igualmente eficiente en la preparación del resto de la comida. Lucinda se sentó con las piernas cruzadas, a pesar de la estrechez de los pantalones, y disfrutó cordialmente de aquella su primera comida en Arizona. Estaba hambrienta, porque Logan se había olvidado de llevarla a comer. Tocino y huevos, galletas y café, con melocotones en conserva para postre, y, finalmente, la gran caja de dulces que Logan había adquirido y que sacó no supo Lucinda de dónde, como regalo especial del día; todo ciertamente, satisfizo algo más que el hambre de la joven.
—Logan, me asombras... Eres un cocinero estupendo —dijo—. Es hermoso poder pensar que «yo» no tendré que cocinar y que cocer.
—¡Ja, ja! ¡No, tendrás que hacerlo! —exclamó él alegremente—. Pero me satisface que veas que puedo hacerlo, que lo sé hacer... Ahora, vamos a retirar los chismes. Yo fregaré los utensilios, y tú los secarás.
Cuando tales tareas quedaron terminadas, Logan se internó en el bosque armado de un hacha y regresó cargado de una inmensa cantidad de ramas fragantes y verdes, que arrojó junto al carro. Luego, desenrolló una lona para extraer de su interior unas mantas.
—Apenas hay en el carro el sitio suficiente para que puedas dormir tú; de modo que tampoco habrá sitio para mí —dijo—. Voy a prepararme un lecho en tierra. Si vinieran zorrillas o coyotes, escorpiones, tarántulas o ara— ñas, primero las veré yo. ¡Ja, ja! No. Realmente, no son cosas de las que haya motivos para reírse. No quiero correr el riesgo de que seas mordida, especialmente por alguna mofeta hidrófoba. Eres demasiado preciosa para mí. Jamás podría encontrar otra mujer como tú.
Nada dijo Lucinda. Lo mismo las palabras que los actos de Logan eran sencillos, naturales. Y, no obstante, con todo ello revelaba lo hermoso de sus sentimientos. Ella era la desposada, y aquella era su noche de bodas. La oscuridad surgía rápidamente del bosque. Lucinda oyó el suspiro del viento entre los árboles, un sonido que semejaba impregnado de melancolía. ¡¡Qué soledad! La joven se estremeció ligeramente. Las observaciones de Logan eran justas, precisas. Y buscó su pesado abrigo. Luego, Logan arrojó una brazada de verde ramaje al interior del carro, la cubrió de mantas y subió a la puerta del vehículo.
Lucinda le oyó que hurgaba allí durante cierto tiempo. Al cabo de unos instantes saltó a tierra.
—¡Eso es! Ahora, lo que habrás de hacer es poner el abrigo como almohada, quitarte las botas, meterte entre las mantas... y estarás muy cómoda... Bueno, el día ha terminado. ¡Nuestro primer día...!
Lucinda caminó bajo los pinos, a lo largo del arroyo; pero no se alejó mucho. Entre los árboles caídos, entre los macizos de salvia podría ocultarse uno de los animales que inquietaban a Logan. La joven miró hacia atrás para ver si Logan había arrojado nueva leña al fuego. Logan se hallaba junto a la hoguera. Su figura alta, fuerte, oscura, armonizaba perfectamente con el escenario que lo rodeaba. Parecía haber en éste un algo crudo y áspero, y, sin embargo, atrayente. Las llamas iluminaban el delicado encaje que formaban las ramas de los pinos. Las chispas ascendían en dirección al cielo. El gran carro negro se erguía de modo fantasmal. La negrura siempre deprimía a Lucinda, pero el blancor la atemorizaba. Logan continuaba en pie en el mismo lugar y con las manos extendidas... Era un tipo espléndido, pensó ella. Lucinda podría poner el amor, que por el joven había sentido en el hombre ya hecho, puesto que Logan había adquirido una madurez superior a la que por su edad podía esperarse. Cuando se hallaba en reposo, en su rostro se dibujaban unas líneas austeras, severas. Había sufrido dolores, penalidades, si no amarguras. Los temores de Lucinda respecto a Logan se disiparon como las columnas de humo que se perdían entre la oscuridad. Sentía vagos temores con relación a aquel Oeste, y sabía que tales temores se multiplicarían y aumentarían; mas comprendió en aquel instante que jamás volvería a experimentar temor alguno a causa de Logan Huett. Costase lo que le costase, Lucinda respondería alegremente a la llamada, a la petición de Logan de una compañera; y ella intentaría serlo, tan valiosa como le fuese posible conseguirlo.
Lucinda regresó junto al fuego y se calentó las manos acercándolas a las llamas. ¡Cuán rápidamente la había enfriado el viento!
—Nunca supe lo agradable que puede ser un fuego —dijo riendo.
—¡Ja! Has dicho muchísimo... —Y luego la condujo a un asiento, formado por un tronco cercano. Se quitó la pipa de la boca, la golpeó para quitarle las cenizas, y prosiguió—: Lucinda, soy hombre de pocas palabras —el resplandor de la hoguera bailaba en su rostro, moreno y fuerte, y en la gris claridad de sus ojos—. Sí, no hay duda de que hablaré hasta hacerte rodar la cabeza, de ganados y pastos, de osos y de pumas, de indios y todo lo que sea salvaje...
Pero me refería a... a las cosas más profundas..., a las íntimas..., a las que están aquí... —y se golpeó el ancho pecho—. Las tengo aquí, pero son muy difíciles de decir... De todos modos, las palabras no podrían servir para expresar el modo como te agradezco que hayas abandonado a tu familia, a tus amistades, tus comodidades de la civilización para venir a estos bravíos terrenos de Arizona... para ser mi esposa..., ¡mi compañera! Es casi demasiado bueno para que pueda ser cierto... Y te quiero más por ello...
Reconozco que fui egoísta al hacerte venir en busca mía... Pero espero que me perdonarás cuando veas mi rancho..., nuestro rancho..., el trabajo que ha de hacerse... antes de la llegada del invierno que se aproxima con rapidez... Eres solamente una chiquilla, Lucinda... ¡Dieciocho años! Y me avergüenzo al pensar lo que habrás tenido que luchar... antes de aceptar...
Pero nada temas, querida, te enseñaré tus deberes domésticos, lo haré con la misma rapidez con que te he convertido en mi esposa. Todo llegará en su momento, Lucinda, cuando comprendas que me conoces tal y como soy ahora, cuando me quieras y desees venir a mí... Eso es todo, chiquilla, Ahora, despidámonos con un beso, y vete a tu lecho de nuestro barco de las praderas.
Lucinda cumplió lo que se le pedía tranquila y consolada; no había supuesto que pudiera estarlo tanto sino hasta después de una larga prueba.
Y miró hacia el exterior para ver a Logan entre la luz vacilante de las llanuras. Luego se metió entre las cálidas mantas de lana. Qué maravilloso era hallarse allí! ¡Cuán extraño! No habría cambiado aquel lecho, con el techo de lona en el que danzaban unas sombras fantásticas, por el palacio de una princesa. Pero el viento se lamentaba entre los pinos..., se lamentaba de la terrible soledad, de la inmensidad, de la rudeza del Oeste.


III
Lucinda despertó a una hora imprecisa de la noche; salió de un sueño en que veía un lugar desconocido y desvaído por el que caminaba vestida con su traje de hombre a través de unas calles desiertas, en que resonaba el eco de sus pasos. La noche estaba completamente oscura y tan silenciosa como una tumba. Los grillos, el arroyo, el viento, todo había interrumpido sus sonidos. Lucinda tenía frío, a pesar de las mantas. Y permaneció tumbada, estremecida, en tanto que el negro dosel de los árboles se teñía de una débil coloración gris. Al cabo de poco tiempo, oyó unos aullidos penetrantes y fantásticos, rudos y amedrentadores.
Llegó el alba. El sonido de un hacha y un ruido de madera desgajada dijeron a Lucinda que Logan había comenzado su trabajo. Lucinda se enderezó hasta quedar sentada y experimentó un impulso que la encauzaba en dirección a él. Pero la frialdad del aire la obligó a cambiar de propósito.
Cuando oyó el restallido de un fuego, apretó las mantas y se agachó para buscar las botas. Después de haberse atado la segunda, se dio cuenta de que tenía los dedos ateridos. Se puso el abrigo, cogió su saquito de mano y salió.
Logan no estaba a la vista. Lucinda se acercó a la hoguera. Si la noche anterior le había parecido bueno el fuego, ¿cómo le parecería entonces? No había conocido hasta entonces la bendición que representa el calor. Y miró a su alrededor en tanto que se calentaba las manos. La hierba tenía un color gris y blanco bajo la capa del rocío. Muy lejos, más allá del claro, apareció Logan, que montaba un caballo y dirigía los bueyes en dirección al carro. El cielo tenía una rojiza coloración; pero el muro de árboles que cerraba el descubierto del bosque estaba frío. Logan había tenido la previsión de poner a calentar un cubo de agua. Antes de que hubiera llegado al lugar de acampamiento, Lucinda se había lavado la cara y las manos y se había peinado. Aquella mañana, se hizo unas trenzas y las dejó sueltas.
—¡Buenos días, colonizador! —saludó a Logan.
—¡Ah! ¡Buenos días, mejillas rojas...! Oye, da gusto verte esta mañana...
¿Qué tal has descansado?
—He dormido como un tronco. Desperté una vez por efecto de un sueño raro... Me hallaba en una ciudad desierta y paseaba con estos pantalones.
¿Qué animal lanzó los ladridos que oí?
—Los coyotes. Me agrada oírlos. Pero los lobos me estremecen. He visto las huellas de un «lófer» muy grande por aquí cerca.
—¿Un «lófer»?
—Es el nombre que dan aquí a los lobos. Es posible que las huellas hayan sido marcadas por Killer Gray, el matador gris. Tiene la pechera negra, Lucinda. Lo mataré y curtiré su piel para hacer de ella una alfombra.
Hemos de vivir de lo que la tierra nos ofrezca.
Lucinda lo ayudó a preparar el desayuno. Después, en tanto que Logan uncía los bueyes, fue en busca del segundo caballo. No era fácil atraparlo, y lo único que Lucinda pudo hacer fue obligarle a dirigirse al lugar de acampamiento, donde Logan se apoderó de él. El ejercicio hizo que la sangre hormiguease a Lucinda; pero, aun así y todo, se alegró de poder calentarse nuevamente las manos y los pies al fuego de la hoguera. El color rojizo del Este empalideció y se fundió en la amarillez del sol. Logan predijo que el día no sería tan bueno como el precedente.
Los bueyes tiraron del carro con movimientos acordes y moviendo las cabezas al unísono. Lucinda se maravilló al verlos. ¡Cuán pacientes, cuán laboriosas eran aquellas mansas bestias de carga! Entonces sospechó por primera vez el verdadero valor que tales animales tenían para los colonizadores que se instalaban en aquellas tierras. La espesura de un bosque se engulló el carro y lo retuvo por espacio de varias horas. Pero Lucinda se hallaba más tranquila y feliz porque allí no soplaba el viento frío y porque el sol caía en ocasiones sobre el carro.
—Ven aquí y toma tu primera lección —dijo Logan mientras ponía en manos de Lucinda el látigo.
—¿Qué he de hacer? —preguntó ella anhelante.
—Dirigir el carro —contestó él lacónicamente.
Antes de que pudiera darse cuenta de ello, Lucinda se hallaba pilotando un barco de las praderas. Los bueyes avanzaban sosegadamente, lo mismo que cuando los guiaba Logan. Pero ¿qué haría Lucinda cuando su esposo la abandonase en el vehículo para cuidar del ganado que había de conducir?
—Es fácil —contestó Logan—. Es mucho más fácil que guiar un par de caballos.
—Pero...supongamos que hicieran algo extraño... —protestó Lucinda.
—Entonces, grita: ¡Aaalt!, cuando quieras que se detengan; ¡derech! cuando quieras que vayan hacia la derecha; ¡izq!, si quieres que vuelvan a la izquierda; y al comenzar a andar, un restallido del látigo y di ¡march! —replicó Logan reprimiendo la risa.
—No me parece una cosa tan divertida —dijo Lucinda con aspereza—.
Parece «demasiado» fácil. No hay duda de que marcharán hacia delante...
mientras la carretera sea recta. ¿Qué sucederá si una manada de búfalos o una cuadrilla de indios surgiera del bosque y...?
—Eso no sería divertido. Pero los búfalos han desaparecido; y los indios están confinados a los terrenos que se les han destinado. Y esa observación me hace acordarme de Matazel.
—¿Quién es Matazel? —preguntó un poco temerosamente Lucinda.
—Un indio, un apache joven. Decía que era uno de los hijos del viejo jerónimo. Y no hacía ningún favor con ello al viejo y feo diablo. Matazel parece un noble hombre de piel roja... en el caso de que un indio pueda producir esa impresión. Lucinda, los valientes navajos han atraído tu atención y tu interés. Matazel habría hecho todo eso y mucho más. Tenía los ojos grises..., ¡los ojos más maravillosos que he visto! ¡Fieros, llenos de brillo y de rusticidad...! Jamás los olvidaré, ni olvidaré el modo como Matazel me puso la mano sobre el pecho y dijo: «Matazel vivir y saldar cuenta.»
—¡Oh! Logan, ¿de qué modo incurriste en su odio?
—¡Hum! Por muchas razones... Fui uno de los escuchas del general Crook. Crook me mandó con algunos soldados para que cercase a Matazel y sus valientes. Lo seguí por medio de sus huellas a través de la meseta y lo arrinconamos. Tuvimos una refriega. ¡Nadie murió! Capturamos a Matazel y lo enviamos al terreno acotado para los indios en unión del resto de la cuadrilla de jerónimo. Se escaparán cualquier día... ¿No sería eso malo para los colonizadores?
—Supongo que lo sería. Pero no habrá peligro para nosotros. Nuestro rancho está a mucha distancia de Cibeque.
El viento aumentó hasta que comenzó a arrastrar polvo. Y esto, añadido al frío, indujo a Lucinda a situarse bajo el asiento y envolverse en mantas.
Lucinda se recostó en los equipajes y miró hacia el exterior mientras pensaba en las mujeres que habían cruzado las llanuras con las caravanas.
¡Cuántas penalidades debían de haber padecido, cuántas privaciones! La borrosa y oscura selva, con su dosel de follaje; la llanura despejada con sus cortinas de polvo; el cielo encapotado; el rechinar continuo y persistente de las ruedas; el olor a resina que le llegaba hasta la nariz..., todo esto suspendió los sentidos de Lucinda hasta que cayó dormida.
Cuando despertó, Logan le informó que estaban a la vista de su lago.
Aterida y entumecida, Lucinda volvió a instalarse en el asiento, junto a Logan. Unos pastos— grises y orlados de pinos conducían hasta una sábana de agua tan negra como las nubes. El lado occidental del lago se desviaba en dirección a un risco; la carretera corría a lo largo de la orilla oriental, la cual era una pendiente accidentada y rocosa, desoladora, que no invitaba a Lucinda a contemplarla.
—¿Querrán esos colonizadores admitirnos en su compañía?
—Sin duda. Comeremos con ellos; pero dormiremos del mismo modo que anoche. Esas cabañas de leños están atestadas de gente. Estarás más cómoda en el carro.
—Sí, creo que me agradará más —replicó Lucinda.
Lucinda fue muy bien recibida por Holbert y las mujeres de su casa. Si no hubiera estado tan cansada y hambrienta, si no se hubiera sentido tan angustiada, habría considerado a la pobre casa y a sus sencillos moradores desde el mismo punto de vista que había apreciado el largo día y la rudeza de la región. Pero comprendió que lo que necesitaba, lo que importaba eran la protección, el alimento y los corazones bondadosos que lo proporcionaban. Con Holbert vivían su esposa, dos hijas y una hermana. Lucinda entendió que una de las hijas estaba casada y vivía en una cabaña inmediata. Todos parecieron considerar la llegada de Lucinda como una cosa prevista.
La hija casada era más joven que Lucinda y tenía un hijito. Ninguna de aquellas personas había estado en Flag desde la primavera —desde hacía seis meses —y todos tenían ansia por conocer las novedades que Lucinda podía contarles.
El yerno de Holbert llegó al cabo de unos instantes en compañía de un perro de pelo gris y aspecto fiero. El hombre se unió en el acto a la conversación que Holbert y Logan sostenían acerca de ganado.
—¡Qué perro más extraño! —exclamó Lucinda, a quien los perros agradaban mucho—. ¿Es un perro pastor?
—Medio pastor y medio lobo —contestó la esposa del colonizador—. Su madre es el mejor perro ganadero de John.
—¡Qué interesante! ¿Medio lobo? Jamás he visto un lobo. ¿Cómo se llama?
—No tiene nombre. No sirve para mucho, porque no quiere guardar el ganado y porque generalmente está luchando con los otros perros. Creo que a John le agradaría deshacerse de él.
—Logan —dijo Lucinda con vehemencia e interrumpiendo el diálogo de los tres hombres—, ¿me permitirías que me llevase este perro, en el caso de que el señor Holbert me lo cediera?
—Con mucho gusto. ¿Qué me dices respecto a esto, Holbert?
—Puedes llevártelo, si consigues que se vaya contigo —contestó el colonizador.
Lucinda comenzó a hacer cariñosas insinuaciones al despreciado perro, a las que éste correspondió. Cuando, al cabo de pocos momentos, Lucinda se hallaba adormilada por efecto del calor del fuego, tanto, que apenas podía mantener los ojos abiertos, Logan acudió en su ayuda. Los dos se despidieron de sus nuevos amigos y se retiraron a su carro. El perro siguió mansamente a Lucinda.
—¡Vete a la cama antes de que vuelvas a enfriarte! —dijo Logan—. Y aquí está tu perro. Me gusta. Estoy seguro de que te cogerá cariño.
—Es perra, Logan. ¿Cómo le llamaremos...? Ven, perrita; podrás dormir a mis pies.
—Ya encontraremos un nombre apropiado, Lucy... Voy a volver a casa de Holbert para terminar el trato que hemos iniciado. Me va a vender varias reses a bajo precio y a cederme algunas otras a crédito. El inconveniente es que no tengo nadie que pueda ayudarme a conducirlas.
—Pero, ¡por Satanás!, si tú guías los bueyes, yo conduciré el ganado.
—Lo intentaré —contestó Lucinda; y desechó sus temores, sustituyéndolos, por la esperanza.
—Hay una vieja casona a mitad de camino de nuestro rancho. Si pudiéramos llegar a ella mañana por la noche y encerrar las reses en el cercado, sería una gran cosa... A la noche siguiente estaremos en nuestras tierras.
Lucinda se quitó las botas y, doblando el abrigo para utilizarlo como almohada, se deslizó entre las mantas. El —perro se acurrucó cerca de ella.
En el exterior el viento arrastraba un temporal. Puesto que Logan había atado las lonas delanteras del carro, Lucinda estaba protegida del viento.
Pero el oír su zumbido era inquietante. Silbaba en las lonas y se alejaba ruidosamente arrastrando las piedrecitas y el polvo a lo largo de la carretera.
Finalmente Lucinda se sumió en un profundo sueño.
La voz de Logan llegó hasta ella a través de su sueño.
—¡El alba, Lucinda! Levántate para que nos pongamos en marcha... ¿Ha estado el perro a tu lado...? Veo que así ha sido... Ningún hombre ni animal que te haya visto y agradado te abandonaría jamás.
—¿Lisonjas a una hora tan temprana...? ¡Oh, Logan, no puedo levantarme! ¡Se está tan bien y tan calentita aquí...! ¡Uf! No hay duda de que soy una recién llegada a estas regiones, una novata.
—Voy a poner en marcha tu carro con los bueyes, y te seguiré con el ganado —dijo Logan—. Iré cerca de ti. De modo, que no podrás detenerte para recoger las flores que haya al borde del camino.
El día prometía ser mejor que el anterior. Las nubes se habían desvanecido del brillante cielo y el viento había aplacado su violencia. A pesar de todo, a Lucinda le dolían los dedos cuando se inclinó para atarse las botas. Después del desayuno las mujeres entretuvieron unos momentos a Lucinda en tanto que Logan acompañaba a Holbert, en dirección al carro.
Pero Lucinda los siguió inmediatamente y prometió a las mujeres detenerse en la casa cuando realizara el primer viaje.
—Espero que sea pronto. Pero el invierno se acerca —gritó la señora Holbert—. No se ponga nunca delante de ese toro que John ha vendido a su esposo. Es más furioso que un chacal acorralado.
A Lucinda le pareció que un algo inesperado y repentino le apretaba el pecho. Y se alegró de que la señora Holbert no pudiera verle el rostro cuando se alejaba seguida del saltarín perro. Su esposo y Holbert no estaban a la vista, pero Lucinda oyó los gritos que emitían en el encerradero. Unos instantes después se presentó Logan que montaba uno de los caballos y llevaba el otro de la brida.
—¡Arriba, a tu asiento! —dijo vivamente y en el mismo tono que si dijera una cosa acostumbrada—. Será conveniente que lleves el perro contigo. ¡Ven aquí, Coyote...! Oye, ¿verdad que es un nombre bonito?
—¿Coyote? Me gusta —contestó Lucinda en tanto que subía al carro—.
Ayúdala a subir... ¡Bien! No lo necesita. Logan, espero que no será necesario atarla.
Huett saltó al asiento y gritó:
—¡March!
El vehículo se puso en marcha. Las ruedas rechinaron.
—¡Derech...!
Los bueyes giraron hacia la carretera principal.
—Ahora, Lucinda —añadió Logan —, es fácil navegar, porque el camino es recto por espacio de quince millas, sin ninguna vuelta..., hasta la vieja casona. Es preciso que lleguemos a ella antes del anochecer.. ¡Demonios! Si pudiéramos llegar con todas mis reses: un toro moteado, que es muy rebelde, ocho vacas, seis novillos de dos años y cinco vaquillas..., ¡oh!, me sentiría rico... Ponte los guantes.
Lucinda tomó el látigo que él le presentaba y volvió el rostro en otra dirección. ¿Estaría lo suficientemente trastornado para poner en manos de ella lo que era una tarea propia de él? ¿O estaba rindiéndola el tributo debido a las mujeres del Camino de Oregón? Y como quiera que estaba exteriormente tranquila, prefirió no hacer nada que demostrara su agitación interior. Logan se alejó cuando el carro comenzaba a ponerse en movimiento.
—¡Buena suerte, muchacha! —gritó él alegremente—. ¿No es magnífico todo esto? Luce Huett, conductora de bueyes en los campos de Arizona...
¡Yuupi!
Lucinda no compartió su entusiasmo, aun cuando estaba contenta de descubrir que una importante circunstancia podría romper la coraza de la practicidad del que era su esposo. Había sido abandonada a sí misma en aquel alto asiento de conductor, demasiado alto para que pudiera saltar de él a tierra sin poner en riesgo sus piernas o su vida. Coyote la miraba con ojos inteligentes, como si hubiera comprendido el compromiso en que se hallaba Lucinda. Lucinda agarraba el látigo con mano en que no se traslucían los efectos de la nerviosidad. Las cabeceantes bestias caminaban lentamente, desconocedoras de la opresión que había en el pecho de su conductora y de la angustia que se asomaba a sus ojos. Más adelante, junto a la carretera, se desenvolvía el lago por espacio de varias millas hasta tanta distancia como la vista podía alcanzar. Los graves bueyes no podían volverse hacia la izquierda, pero qué sucedería en el caso de que lo hicieran hacia la derecha? El carro y ella misma, los baúles y las cajas, llenos de lindas ropas, el cofre, atestado de posesiones aún más valiosas y queridas, los utensilios de Logan y las provisiones necesarias para la realización de su gran proyecto..., todo ello iría a volcarse en las profundidades del lago. Pero, en tanto que Lucinda los observaba con angustiosa atención, los bueyes continuaban caminando lenta e invariablemente, firmes y seguros, lo mismo que durante el día precedente. Probablemente, no se habían percatado de que era una mujer quien los conducía. Lucinda acarició anhelosamente aquel consolador pensamiento. Y decidió no gritar: ¡march!, ni ¡izq!, ni ¡derech!, sino en el caso de que la necesidad la obligase a hacerlo; y gradualmente, sus temores comenzaron a aplacarse. Entonces pudo mirar la ladera y el lago y delante de sí, y experimentar la impresión de que algo más se abría ante ella, aparte el peligro de la situación. Estaba haciendo una cosa que carecía de precedentes: ¡dirigir una nave de las praderas arrastrada por bueyes! Había en ello un hecho sorprendente que debía haber satisfecho plenamente el aspecto aventurero que en ella se encerraba. Pero aquella parte de sí misma parecía hallarse en suspenso.
«Creía que era penoso el trabajar como maestra de escuela» monologó.
«Pero ¡este juego de colonizadora...!
—¡Oh, cómo quiero a Logan!»
El sol trepó hasta la altura; era deslumbradoramente brillante. Lucinda se despojó del pesado y grueso abrigo. Cuando miró atrás, creyó ver que el ganado, oscurecido por una nube de polvo, corría en dirección contraria a la que ella llevaba. Y antes de haber comprendido que en el pensamiento se encerraba una deslealtad contra Logan, se alegró de que así fuera.
Mas llegó un momento en que se dio cuenta de su error. La brisa qué soplaba desde detrás de ella le aportó un olor, a polvo; luego, el ruido de unas pezuñas. Volviendo la cabeza, Lucinda pudo ver que las reses de Logan no se hallaban lejos. Y en aquel momento lo vio a él entre el polvo; Logan parecía hallarse arrojando piedras con una violencia que daba la impresión de que se encontraba en un estado de impotente furor. Lucinda estuvo a punto de echarse a reír. «Lo tiene merecido... ¡Ese ganadero y vaquero, ese esposo que no tiene tiempo disponible para su luna de miel...!»
Casi antes de que hubiera podido darse cuenta de ello, Lucinda había llegado al final del lago, donde la carretera se volvía a través de una desolada extensión para internarse en el bosque. Los bueyes semejaban no— ver nada que no fuese la carretera, y se atuvieron a ella sin poner atención en el ganado que los seguía. Lucinda hizo el sorprendente descubrimiento de que el sol se hallaba en aquellos momentos casi encima de su cabeza. Tenía calor y estaba sedienta, y no pudo hallar la cantimplora que Logan había colocado en algún lugar olvidado, debajo del asiento.
Cuando el carro seguía una curva del camino, Lucinda volvió la mirada hacia atrás. El ganado iba diseminado. En aquel instante, Logan se entregaba a la tarea de alcanzar a algunas díscolas vaquillas que se habían separado del grupo. Las vacas parecían estar cansadas e iban cubiertas de polvo. Luego Lucinda vio el toro. En realidad, el animal mugió en aquel momento. Lucinda quiso verlo detenidamente. Iba tan cerca de ella, que había obligado al caballo que estaba amarrado a la parte posterior del carro a desviarse y colocarse junto a la rueda derecha. El toro era un animal grande, polvoriento, de anchos cuernos y enorme cabeza, de ojos verdes que parecían despedir fuego, y una lengua roja, que le colgaba fuera de la boca...
Lucinda concibió la terrible idea de que el toro podría asustar al caballo, acometer al carro y, acaso, cornear a los bueyes y ponerlos en fuga.
La terrible catástrofe no se materializó en hechos. Los bueyes llegaron al bosque, donde el ancho toldo del carro rozó el ramaje que se extendía a sus lados.
Y, entre tanto, las horas habían continuado pasando. El carácter del bosque cambió, hasta que éste se convirtió en una zona accidentada cubierta de matorrales y robles espaciados; luego se abrió un óvalo amplio y cuajado de salvia en cuyo centro había una depresión que en tiempos antiguos había contenido agua. La mirada rápida de Lucinda sorprendió una manada de animales graciosos y vivos, los cuales tenían los lomos grises y corrían tras el que debía de ser su conductor, que era completamente negro.
Todos desaparecieron con la rapidez de un relámpago en dirección a la parte más poblada del bosque.
A una hora indeterminada de la tarde, Logan pasó a la izquierda de Lucinda para recorrer un atajo que se abría entre la salvia. Iba a pleno galope en persecución de algunas de las reses. Consiguió correr a su alrededor y recobrarlas para unirlas al grupo de las restantes. Al cabo de poco tiempo, a mucha distancia, Lucinda vio una vieja cabaña y una cerca.
Logan marchaba muy delante de ella. Lucinda le vio guiar sus reses, llevarlas hasta la cerca y pasar por la entrada.
Lucinda tardó media hora en recorrer la distancia. Y necesitó de aquel tiempo para recobrar la serenidad. Pero no tenía motivos para preocuparse por Logan, puesto que resultó que, cuando llegó a las proximidades de la cabaña, cercana la hora del anochecer, lo encontró sentado en un tronco, cubierto de polvo y sudor, con el rostro encendido y evidentemente poseído de un júbilo que había borrado un reciente acceso de furor.
—¿Cómo han ido las cosas... cuando no estuve cerca de ti? —preguntó.
—Perfectamente. Pero ese toro me dio un susto muy grande.
—Lo supongo... Creo que terminaré por matarlo. De todos los animales rebeldes y mezquinos que he visto, ése es el peor... Esposa me he angustiado pensando en ti... y veo que lo he hecho sin motivo.
—Sí, ya he visto que te has angustiado... —replicó burlonamente Lucinda, aun cuando estaba íntimamente satisfecha. Y se apeó. Coyote saltó a tierra tras ella. El terreno parecía moverse..., o, si no era así, las piernas de Lucinda se hallaban en un estado anormal—. ¿Dónde vamos a acampar?
Y ¿dónde está el agua?
—Holbert me dijo que hay una fuente detrás de la cabaña. Creo que debemos acampar aquí mismo.
Lucinda desató dos de los cubos y se fue cargada con ellos en busca de agua. La desilusión y el cansancio se adherían a todo su ser como mantas húmedas; no obstante, un sentimiento contrario a tales sensaciones actuó sobre ella. Unas cuantas flores, dalias y margaritas, que crecían entre los matojos, al lado de la cabaña, dijeron a Lucinda que una mujer había cuidado del paterno hogar en un tiempo pasado. ¡Acaso fuera una mujer inexperta, una novata, como ella! Una tragedia parecía asomarse a las vacías ventanas. Lucinda estaba cruzando un terreno liso y herboso cuando Coyote saltó hacia atrás al mismo tiempo que lanzaba un ladrido.
—¡Guau!
Un fuerte zumbido hizo que los nervios de Lucinda se exaltasen.
—¡Es un crótalo! ¡Cuidado! —gritó Logan detrás de ella. Y se aproximó corriendo presurosamente—. ¡Ahí! ¿Lo ves? Es una serpiente de cascabel.
Lucinda vio una serpiente negra y amarilla, gruesa, escamosa y fea, que se deslizaba al pie de la cabaña.
—No importa —dijo al inquieto Logan—. No temo a las serpientes.
—Bien, pero no quieras nunca matar a pisotones a las que encuentres entre la hierba... ¡Aquí hay un camino!
Descubrieron el claro y burbujeante manantial de agua fresca que establecía la diferencia principal, según Logan dijo, entre un terreno para acampar bueno y otro malo. En el camino de regreso, Lucinda, mirando al interior de la cabaña, se vio materialmente acometida de asombro y temor.
El revuelto piso terroso de la cabaña, los toscos estantes y el lecho de troncos le refirieron una historia que la entristeció y acoquinó. ¿Qué habría sucedido allí? ¡Qué pocas personas del Este comprendían la dureza de la vida de quienes vivían de cara al Oeste! Lucinda no quiso que Logan pudiera descubrir sus impresiones. Y le preguntó si había visto el hermoso animal de cuernos negros que conducía a los otros, los blancos, a través del terreno despejado.
—Sí, lo vi. ¡Cómo me habría gustado tener el rifle a mano! El animal negro era un antílope, el rey de su manada. Holbert lo ha visto muchas veces en el espacio de varios años.
—Logan, tú no lo habrías matado, ¿verdad?
—Creo que sí... Los animales silvestres me excitan... Me agrada la caza.
Espero que trabaremos conocimiento con Gray, el lobo de pechera negra.
—Y yo espero que no sea así; no querría que lo matases —replicó Lucinda severamente. Logan la miró y luego se puso nuevamente en marcha, con el rostro fruncido por unas arrugas de desconcierto. Lucinda recordó el modo como solía discutir con sus hermanos cuando los veía cazar las ardillas que corrían junto a las cercas. ¡De qué modo corrían los muchachos tras ellas, gritando y aullando como jóvenes salvajes! Pero estaba obligada a vencer la repugnancia que le producía el espíritu de cazador que poseía Logan, sin respeto ni piedad para sus propios sentimientos.
La cena estuvo prontamente concluida, así como los restantes trabajos.
La soledad de la noche cayó sobre la selva. Lucinda se alegró de poder meterse en su lecho del carro y se estiró satisfecha de que el cansancio rechazase los pensamientos. Sus sueños fueron frecuentemente alterados por la visión imaginaria de unos toros enormes y unas grandes serpientes.
Logan la llamó cuando nacía el alba gris. Antes de la salida del sol, el carro estaba cargado de nuevo y los bueyes esperaban a Lucinda.
—Te seguiré, lo mismo que ayer —dijo imperturbablemente Logan en tanto que ella subía al alto asiento—. No sé cómo es el resto de la carretera, pero creo que es tan buena como la de ayer. Hay una larga extensión descendente a través del bosque. Cuando llegues a ella nos hallaremos cerca de nuestro destino. Pero te alcanzaré antes. ¡Buena suerte!
—Déjame que intente ponerlos en marcha —dijo Lucinda refiriéndose a los bueyes tras de haber ayudado a Coyote a subir al vehículo. Y desenrolló el largo látigo e intentó restallarlo. Produjo un ruido, pero fue el que brotó cuando el extremo del largo azote de piel le golpeó la espalda.
—¡March! —gritó tan sonoramente como le fue posible. Los bueyes la obedecieron en el acto, con gran sorpresa suya, y el carro comenzó a moverse.
—Vuelve a la izquierda —dijo a gritos Logan en tanto que agitaba el sombrero.
—¡Izq! ¡Izq! —gritó Lucinda. Los bueyes se desviaron en la dirección indicada y tomaron por la carretera hacia el Sur.
—¡Oye! —gritó regocijado Logan—. Déjame conducir los bueyes. Conduce tú ese toro.
—¡Yo diría que no querría hacerlo! —replicó Lucinda, que se negaba a permitir que la lisonja de su esposo afectase su vanidad. Algo se hallaba a punto de suceder... Lucinda lo supo en aquel momento.
La mañana era cálida en comparación con las que la precedieron. No había escarcha. Cuando se introdujo en la selva, Lucinda recibió una agradable sorpresa. Los grajos chillaban; garlaban las ardillas. Unos ciervos grises con los blancos rabos erectos se alejaban ágilmente del camino.
Lucinda vio una bandada de patos silvestres que picoteaba entre la hierba al pie de los pinos jóvenes. Los que se hallaban cerca de la carretera se alejaron con un sonido seco: ¡put, put, put, put! Pero la mayoría de ellos permitieron que el carro pasase a su lado sin huir volando. El espectáculo agradó a Lucinda.
A medida que avanzaba el día, el calor caía más pesadamente de la altura, y el brillo del sol levantaba de tierra unos velos de neblina transparente. Lucinda comenzó a sufrir los molestos efectos del calor y del sudor. Y entonces llegó a la polvorienta extensión que Logan había mencionado. El polvo parecía tener medio pie de profundidad, y cada paso de los bueyes provocaba una polvareda amarillenta, seca y espesa, que caía sobre Lucinda. La joven tenía las ropas tan amarillas como la misma carretera. El polvo resbalaba de su sombrero. Inundó sus guantes, Lucinda respiró trabajosamente medio asfixiada.
—¡Alt! —gritó al fin a los bueyes. Los animales se detuvieron, como si se alegrasen de poder obtener un descanso. La nube de polvo corría hacia atrás, de modo que Lucinda apenas podía respirar. Tenía la nariz casi obstruida.
Estaba incapacitada de oler. Y entonces recordó el pañuelo de seda que Logan le había advertido que destinase para aquellas circunstancias. Se ató las puntas en torno al cuello y se colocó ante la nariz la parte en que los dobleces eran más abundantes. El pañuelo resultaba sofocador, más no tan molesto ni insoportable como el polvo. Como respuesta a su grito, los bueyes reanudaron la marcha, y Lucinda se vio nuevamente envuelta en polvo.
Luego siguió un período casi insoportable cuya longitud sólo podía ser medida por las largas y tediosas millas de camino. Las lágrimas que Lucinda derramó la libraron de quedarse sin vista.
Al cabo de poco tiempo, los bueyes llegaron a un terreno tan cubierto de polvo, tan extremadamente sofocante, que los animales se detuvieron por iniciativa propia. Lucinda tosió terriblemente sofocada. ¿No terminaría jamás aquel horrible día? Creyó que no podría resistir ni un momento más. La tarde parecía haber comenzado a desvanecerse; y cuando el aire se hubo aclarado un poco, Lucinda miró la posición del sol, que estaba muy bajo, en el horizonte, y brillaba con luz roja a través de la capa de polvo. No debía de hallarse muy lejos el punto de destino de los viajeros. Mas, a pesar de su desolación, Lucinda deseó que el desfiladero de Logan no estuviera situado en aquella horrible región. ¿Dónde estaría Logan? Repentinamente, un grito lejano hizo que el ritmo del pulso de Lucinda se acelerase. Y miró hacia atrás. ¡Nubes, nubes de polvo a mucha distancia, detrás de ella!
—¡March! —dijo. Pero los bueyes no se movieron. Repitió el grito con más fuerza. Después gritó desaforadamente. Pero las bestias, pacientes y sufridas, se rebelaron. Lucinda no podía amonestarlas. Al mirar hacia atrás vio que el terrible toro se acercaba a todo correr. Un súbito temor la acometió. «¿Qué sucederá si nos embiste?», se preguntó. Y gritó de nuevo y restalló el látigo; pero los cansados bueyes no movieron ni siquiera una pulgada el yugo de madera.
Un mugido y un resonar de pezuñas que sonaron a sus espaldas provocaron unos potentes ladridos del perro. Coyote saltó a tierra y echó a correr hacia atrás. Lucinda bendijo la circunstancia de que en aquel momento se hallase situada en la altura del asiento. El toro, con los lomos tan amarillos como la carretera, se precipitó contra el carro, con la cabeza agachada amenazadoramente hacia el perro. Coyote lo mordió en la nariz.
Luego, al mismo tiempo que lanzaba un resoplido de furor, el toro acometió al carro y, poseído de ciega furia, o bien fortuitamente, chocó con los bueyes produciendo un tremendo estruendo. El choque estuvo a punto de volcar el carro.
Lucinda gritó. El toro cayó a tierra cuando los bueyes, saltando hacia delante, lo golpearon con el yugo. Y los dos bueyes comenzaron a correr alocadamente a lo largo de la carretera. Lucinda se asió aterrorizada al asiento. Los bueyes corrían más y más, con mayor rapidez a cada momento qué transcurría. El carro saltaba y se bamboleaba, pero corría con la suficiente velocidad para marchar delante de la espesa nube de polvo que levantaban los tronitosos cascos de los bueyes.
Lucinda pensó que debía saltar a tierra si quería salvar la vida. Más pronto o más tarde, los bueyes se saldrían de la carretera y chocarían contra algún árbol o se precipitarían en alguna depresión del terreno. Mas cada vez que intentó hacerlo, en cada ocasión que intentó agarrase a alguna parte para poder saltar, un traqueteo del vehículo la rechazaba. La amarilla carretera corría bajo ella como un relámpago, los árboles se borraban confusamente; el terreno semejaba unas movientes sabanas de color gris.
Un martilleo de cascos se unió al estruendo del vehículo. ¡Oh! ¡Las preciadas posesiones de Lucinda y de Logan...!
Los bueyes se desviaron, salieron de la carretera y se dirigieron hacia los matorrales y los árboles. Iban con menor celeridad que anteriormente, ya fuese por propia iniciativa o porque la blandura del terreno frenara su carrera. Lucinda tomó la determinación de arrojarse a las matas. Se puso en pie, se inclinó hacia el exterior y se agarró desesperadamente a la lona del toldo. Pero antes de que hubiera podido saltar, los bueyes se sumergieron en una zona pantanosa, las ruedas tropezaron con un montón de barro con tremendo choque, y Lucinda salió disparada como por medio de una catapulta y cayó sobre las matas a gran distancia. Unas espesas ramas se rompieron bajo su peso. No obstante, la joven cayó a tierra con fuerza suficiente para que viese una nutrida lluvia de chispas y estrellas.
Hizo un esfuerzo por ponerse en pie. Estaba aturdida, arañada, con las ropas desgarradas; pero no se había lastimado las piernas. A poca distancia de ella se hallaba el carro. Los bueyes se vieron detenidos por la masa de vegetación. Faltaba el caballo que iba atado al vehículo. Lucinda llegó tambaleante hasta un tronco derribado, donde se dejó caer mientras jadeaba, apenas pudiendo creer en su buena suerte. El enojo y el temor la habían acometido súbitamente.
Entonces vio que Coyote había logrado detener al toro a corta distancia, en el valle. Logan se presentó apremiando a la dispersa manada de reses.
Consiguió que el toro se uniese a ellas y, corriendo a su lado, de aquí para allá, las retiró de la carretera y pasó ante Lucinda mientras lanzaba unos potentes gritos y conducía el ganado hacia el interior del bosque. Por este acto, Lucinda supo, agradecida, que ya no habrían de recorrer mucho trecho.
Descansó en tanto que intentaba quitarse las manchas producidas por el viaje y la sangre de las muñecas producida por los arañazos de los espinos. Coyote descubrió a Lucinda y se dejó caer a sus pies con la lengua fuera y el cuerpo cubierto de polvo. Un momento después, Lucinda descubrió el caballo que había caminado atado a la parte posterior del vehículo. Lo recogió y lo condujo junto a los bueyes. La opresión producida por el esfuerzo y por el temor la deprimía sensiblemente.
Finalmente, Logan regresó a su lado. Iba tan negro como un cargador de carbón. Sin embargo, nada podía ocultar su expresión de triunfo, su alegre impresión de éxito.
—¡Ya está! —gritó sonoramente—. ¡No hemos perdido ni una sola res!
Pero ¡qué conducción más infernal...! ¿Qué te ha sucedido, Luce?
—¡Oh, no mucho! —respondió ella haciendo un llamamiento a un festivo humor que se negó a asistirla.
—Pero tienes un aire... Y el carro está allí, ante los matorrales... Pero, oye, Lucy, tu rostro... ¡Lo tienes lleno de arañazos!
—¡Ese terrible toro...! Se lanzó contra los bueyes, chocó con ellos... Allá, abajo, se salieron de la carretera, chocaron no sé con qué y me arrojaron contra la maleza...
Logan saltó para aproximarse a ella con solícita atención.
—¡Pobrecilla! Tenía miedo a que hubiera sucedido algo... No debía haber permitido que te alejases tanto de mí... Pero ¿estás herida, querida?
—No. Solamente tengo algunos rasguños.
—¡Dios sea loado! —Y movió la cabeza con asombro—. No puedo menos de admirarme al ver la buena suerte que me acompaña.
Y corrió al carro y examinó las ruedas, la lanza y los bueyes.
Evidentemente, nada de ello había sufrido daño, puesto que Lucinda lo vio encaramarse al alto asiento y lanzar unos gritos que hicieron que los bueyes se separasen de la espesura.
—Perfectamente. Ven aquí, querida. Levántate en tanto que ato detrás a los caballos... Ya estamos muy cerca, Luce. Estamos cerca del Desfiladero del Sicómoro, de mi llanura, ¡de nuestro rancho!
Lucinda había perdido las esperanzas y la poca curiosidad que le restaba. Logan se introdujo en el bosque, a lo largo de lo que primitivamente debió de ser una carretera. Los bueyes y el carro chocaban pesadamente contra los árboles jóvenes. Después de haber recorrido una milla, o quizás algo menos, Lucinda vio un espacio claro que se abría entre la espesura. El verdor comenzó a desaparecer, y sólo a larga distancia, en la altura, reaparecía nuevamente, aunque más opaco. Había un claro y un valle (un desfiladero, había dicho Logan) en la lejanía. Logan guió el carro a través de una abertura que se marcaba entre la masa rocosa que se erguía en el lado izquierdo del camino, lo detuvo, se apeó y comenzó a transportar troncos pequeños con los que improvisó un cierre para la abertura. ¡Cuán enérgico, activo e incansable era! Parecía arder en su interior un creciente enojo.
Finalmente, apartó un tronco que habría sido en exceso pesado para dos hombres, y lo colocó de través.
—Luce, chiquilla —dijo apasionadamente, mientras se sentaba a su lado—, nuestras reses están en el fondo del desfiladero. Todo él está cerrado, con excepción de algunas grietas que existen en el borde de la masa de rocas y que habré cerrado antes de que puedan descubrirlas. ¡Ah...! Muy pronto lo verás... —Una pesada carga parecía habérsele quitado de encima.
Lucinda no podía ver aún con claridad. Se limitó a mirar a Logan cuando éste saltó del carro, desató los caballos y los llevó delante del vehículo en dirección a un terreno bajo que parecía ser un camino estrecho y borrado por la vegetación. Y le vio coger un hacha y cortar un pino tan grueso como su muslo. Y arrastró después todo el árbol, por medio de un poderoso esfuerzo, hasta detrás del carro, donde lo aseguró con una cadena.
—¿Para qué es eso? —preguntó Lucinda.
—Para que tire hacia atrás del carro. El camino está muy inclinado.
Levántate y mira. ¡Vas a ver el valle más hermoso de todo el Oeste!
A su pesar, Lucinda se sintió impulsada a mirar. Una garganta serpenteante y aparentemente insondable bostezaba ante ellos. Mientras el carro descendía la pendiente acompañado de bruscos traqueteos, aquello que Legan había llamado desfiladero atrajo la atención de Lucinda con fuerza irresistible: un abismo gris, de costados de granito se abría ante ella, como si pretendiera tragarla. Parecía estrecho, pero no lo era. Todo aquel engañoso Oeste era diferente a cómo parecía ser. Una cinta de agua y una extensión de arena blanca se retorcían en su centro y desaparecían tras un recordo. Más allá, el desfiladero se ensanchaba y se convertía en una gran cuenca cercada de amarillas laderas y de bordes cubiertos de pinos.
Lucinda tuvo que agarrarse fuertemente para evitar que el vaivén la arrojase del carro. En tanto que éste se adentraba más en el declive, la maleza de uno de los lados y la inclinación del otro obstruían la visión de Lucinda. La pendiente se agudizó. El chirrido de los fíenos y de las ruedas se intensificó. A pesar de la resistencia que oponían los bueyes y del obstáculo que representaba el pino atado a la trasera del carro, éste corría y traqueteaba de una manera excesiva para la seguridad de los viajeros.
Lucinda se aferró al asiento, aun cuando se preguntó en repetidas ocasiones por qué lo hacía tan fervorosamente. Después, de repente, el pino se desató o se rompió El carro se precipitó contra los bueyes, los forzó a correr, y se bamboleó peligrosamente de uno a otro lado. Cuando ya apenas habría habido posibilidad de salvación, llegó al liso terreno del desfiladero y se detuvo bruscamente. Evidentemente incapaz de dominar su alborozo, Logan continuó dirigiéndolo a través de un llano cubierto de hierba marchita, blanquecina, de un arroyo y sus arenosas márgenes, cuesta arriba, hasta arribar a un nuevo llano donde unos enormes pinos se erguían y entre los cuales brillaba un árbol de blanda corteza.
—¡Alt! —gritó Logan con estentórea y autoritaria voz que repitió el eco en las alturas de la negra ladera. Arrojó el látigo y, dando a Lucinda un abrazo, saltó a tierra y extendió los brazos para ayudarla a descender.
—El Desfiladero del Sicómoro, querida —dijo con ronca emoción—. Aquí es donde hemos de vivir.
Pero Lucinda no se movió ni reaccionó ante sus palabras. Miró a su alrededor espantada, aturdida. Las pardas y silentes rocas, los pinos solitarios, todo parecía gritarla. El arroyo semejaba burlarse de ella. Nada podía verse, sino el terrible y monótono desfiladero gris con sus muros de rocas impresionantes, imponentes. Una silvestre naturaleza la rodeaba por todas partes. La soledad reinaba allí. No había sonidos, no había brillo, no había vida. ¡Allí habría de estar encerrada para siempre! ¡Una esposa de un colonizador, encadenada irrevocablemente a su trabajo y a su cabaña! Un murmullo extraño y sordo, la misteriosa voz del desierto, surgía del bosque.
¡El viento entre los pinos! Y parecía un murmullo ineludible, agorero, horrendo que expresase la muerte de los sueños y de las esperanzas juveniles.


IV
Huett, quien no era frecuentemente presa de fuertes emociones, esperaba que Lucinda compartiese su alegría por la feliz llegada al desfiladero que había de constituirse en su hogar; pero se vio en cierto modo decepcionado al observar el pálido semblante de su esposa y la extraña mirada que dirigía más allá de los pinos para ver detrás de ellos. La joven no pronunció palabra, y Logan comprendió que los vagos temores que había abrigado respecto al modo como ella reaccionaría ante el Desfiladero del Sicómoro estaban justificados. Pero —pensó también —las mujeres son incomprensibles para los hombres.» ¿Qué importancia podría tener en realidad el hogar en que ambos comenzasen a vivir sus vidas conjuntamente? Lo importante era que estaban juntos, casados, que se hallaban ante un gran proyecto. Logan disimuló su decepción.
—Ven, ven conmigo. Apresurémonos —dijo mientras la ayudaba a bajar del carro—. Descansa un poco. O acaso sea preferible que pasees un poquito.
Voy a preparar la cena en un instante.
En tanto que ella se alejaba caminando lentamente, sin mirar ni ver, Logan experimentó compasión por Lucinda. Pero ¿qué había hecho él que no fuese acertado? Aquél era el lugar más hermoso que viera en toda su vida.
Se despojó de la chaqueta y llenó de agua todos los cubos. ¡Qué fuente tan maravillosa..., tan fría como el hielo! El agua brotaba de entre unas rocas tan suaves como la seda, y aun en aquella avanzada época en cantidad superior a cien galones por minuto. Aquel manantial era inapreciable.
Mientras llenaba los cubos, Logan miró en torno suyo en busca de leña. En la altura, junto, al desfiladero, se dibujaba una arboleda de tiemblos que semejaba arder —vívidamente con el oro del crepúsculo. Debía de haber allí madera de tiemblo, que era la mejor del mundo, después de la de roble, para encender una hoguera. Se dirigió armado de un hacha al lugar propuesto, y regresó cargado con algunos troncos delgados. Observó con satisfacción que los castores habían cortado algunos retoños de tiemblo, y se preguntó dónde se hallaría su represa. Encendió una hoguera con ramas de pino, e hizo astillas de la madera de tiemblo que habría de quemar a continuación.
Lucinda no había vuelto aún.
Cuando Logan se hallaba preparando la cena, llegó Lucinda, cargada de un gran manojo de flores.
—¡Asteres purpúreos! —exclamó; y sus pálidas facciones se llenaron, por primera vez, de animación—. ¡Mis flores favoritas! Éstas son silvestres, mucho más grandes y hermosas que las cultivadas.
—Hay muchísimas flores silvestres en estos bosques —contestó él—. La que más me gusta de todas es esa que tiene la forma de una campanilla amarilla y que se inclina cuando se pasa cerca de ella en las cuencas de los arroyos.
—He visto rododendros dorados a lo largo de la carretera. Eso es algo... —dijo ella pensativamente. Ayudó a Logan a terminar de preparar la cena, la tomó sin apetito y secó los utensilios que Logan lavó. Éste estaba preocupado. No era dado a excesos verbales, mas si ella le hubiera animado en aquel momento, habría comenzado a inculcarle el hábito de hablar. Pero Lucinda se limitó a decir solamente que en el desfiladero hacía mucho más calor. Aquella noche no se puso el grueso abrigo ni corrió ansiosamente en busca del fuego.
—Voy a prepararte el lecho antes de que sea demasiado oscuro —dijo él.
—¿Qué utilizaremos para alumbrarnos? —preguntó ella.
La hoguera. Puedo traer ahora ramas de pino. En la cabaña podremos utilizar una caja de velas que está ahí, entre esos bultos. Quiero decir: en la cabaña, cuando la hayamos construido.
Cuando Logan salió del carro después de haber realizado algunos trabajos, Lucinda se hallaba en pie al lado del perro y contemplaba los últimos resplandores del crepúsculo que se desvanecían en el Oeste. Logan dispuso su propio lecho al pie del gran pino cercano. Cayó la noche, y comenzó la hora que más agradaba a Logan. Encendió la pipa. Lucinda volvió inmediatamente.
—Estoy cansada —dijo—. Mañana estaré... perfectamente. ¡Buenas noches, Logan!
—Buenas noches, querida! Has sido muy buena y sufrida.
Y le dio unos cariñosos golpecitos en la espalda, torpemente; mas no intentó besarla.
La noche cerró sobre el desfiladero. Logan se sentó para fumar. Y vio cómo se desvanecían las rojas ascuas de su fuego, los grandes pinos erectos, el muro de rocas, negro y sombroso; aspiró el olor del humo y el aroma de la selva; oyó la canción del viento, el murmullo del arroyo, el lamento de los coyotes... Pero no dedicó pensamiento alguno a estas manifestaciones externas que daban la medida de su contento. Había hecho el recorrido desde Flag en tres días, con una pesada carga; y la mitad de la distancia fue recorrida por él junto a una veintena larga de reses y un toro bravo. Aquellas reses, los bueyes y los caballos estaban a salvo en el desfiladero. Le parecía increíble. Aun cuando solamente hubiera podido disponer de la mitad de tal número de reses, habría podido comenzar a ejecutar su propósito de una manera espléndida. Su rancho era ya casi una realidad, y aquellos terrenos podrían ser, en días venideros, la envidia de los criadores de ganado. Y, sin embargo, no soñaba, no se hacía ilusiones. Estaba completamente seguro de que habría de poseer una numerosa ganadería. Holbert habría sufrido perjuicios a causa de una plaga de saltamontes durante un año; pero tal contingencia no inquietaba a Logan.
Y quiso observar desapasionadamente la posibilidad de triunfar en tiempos venideros. Puesto que no deseaba recurrir a la ayuda de vaqueros hasta que hubiesen transcurridos varios años, podría dirigir el rancho por sí mismo. Lucinda cocinaría y cuidaría de los hijos, cuando llegaran. Logan realizaría las mil y una tareas que ocupan a un colonizador. Por el momento presente, y como labor de inmediata realización, tenía que erigir la cabaña de leños con rapidez..., lo que representaba un gran trabajo para un solo hombre; luego había de cerrar los boquetes que se abrían en la cerca natural del desfiladero; y tras esto, debía preparar las provisiones de boca para el invierno, las de carne, la madera para procurarse calor. Nunca se vería precisado a matar ninguna res... en tanto que se hallase en aquel desfiladero. Esta reflexión le produjo una nueva satisfacción, puesto que le permitiría entregarse a su diversión favorita y, además, conservar las terneras y —los novillos que, de otro modo, se vería forzado a sacrificar.
No se le ocurrió a Logan pensar, en tanto quo se estiraba entre las mantas, que era un hombre feliz. Sin embargo, experimentaba una sensación de consecución, de realización, puesto que había ganado una esposa, Lucinda Baker, y llevado con seguridad hasta las profundidades del desfiladero provisiones y reses suficientes para la gran labor que se erguía ante él. Todo esto semejaba un milagro que jamás habría podido suponer que llegase a producirse. El resto, dependía de él mismo. Y él estaba seguro de que era un hombre capaz de acometer victoriosamente la tarea. Jamás había puesto a prueba sus posibilidades y sus potencias, pero le parecía percibir que eran ilimitadas. El sueño cerró sus ojos, dando fin a sus pensamientos.
Se levantó con el alba y atravesó zonas cubiertas de altas hierbas que blanqueaban bajo el brillo del rocío. Iba en busca de su caballo. Vio ciervos junto al ganado, y se lamentó de no haber llevado el rifle consigo. La carne de venado era sabrosa después de las primeras escarchas y se conservaba bien si se la colgaba a la sombra. Volviendo al campamento ensilló a Buck y lo dejó con las bridas colgantes. A continuación, Logan se ocupó en preparar un abrigo cubierto de tela embreada en lugar conveniente. Tenía una silla campera en no sabía qué lugar del carro.
La silla y un cajón, que sería utilizado como mesa, servirían para Lucinda.
El sol entraba temprano en las profundidades del Desfiladero del Sicómoro, que era otra de las apetecibles condiciones de éste.
Probablemente, haría mucho calor en él durante el verano; mas en el invierno, cuanto más calor hiciera tanto mejor. Huett esperaba mucho de aquellos muros rocosos, de aquellas laderas del Sur, que no solamente derretirían prontamente la nieve, sino que proyectarían su capa en la parte baja del desfiladero. ¡Qué trigo, qué habichuelas, qué coles, qué heno, qué uvas, qué melocotones produciría él! Mientras preparaba la masa para los buñuelos aquella mañana, Logan escogió unos terrenos para huertos y jardines.
Lucinda se presentó, con el rostro quemado por el sol y ligeramente hinchado.
—Buenos días, colonizador —dijo con una alegría que Logan observó prontamente.
—¿Cómo te encuentras, Luce? —preguntó él cordialmente.
—Muy bien. Solamente... que estoy casi tostada, coja de una pierna y dolorida por algunos arañazos —replicó ella haciendo gestos. Se había peinado el cabello en una trenza colgante, lo que le hacía aparecer más joven y placía a Logan—. Tengo miedo de lavarme la cara.
—No lo hagas. Ten cuidado con el agua de esta región hasta que hayas comenzado a habituarte a ella.
—¡Cielos! ¿Cómo podré bañarme?
—¿Cómo? En el arroyo.
—Sé juicioso, Logan. Además, he probado esa agua anoche. Está fría; tanto, que me hizo saltar... ¿No podrías elegir algún lugar apropiado para que nos bañásemos?
—¡Claro que sí! Y lo haré muy pronto. El arroyo será suficientemente bueno para mí durante cierto tiempo.
—¿Dónde está mi perra?
—No la he visto.
—Salió antes del amanecer.
—¡Coyote! ¡Por todos los diablos! Espero que no haya obedecido a los instintos propios de su naturaleza. Esos perros medio lobos tienen una naturaleza extraña. Es posible que tu perra se haya ido con los animales de su especie..., puesto que tiene más de lobo que de perro pastor.
Lucinda hizo unos gestos de contrariedad.
—¡Oh...! Supongo que no me será posible poner aquí cariño en nada, porque no podré conservarlo...
—Es probable, Luce..., con excepción de mí —respondió él sin comprender la chanza.
—¿Tú? ¡Cómo...! ¡Claro, naturalmente...! Pero, Logan, ¿no podré conservar los animalitos?
—Sí. No hay duda. Pero no me atreveré a afirmar por cuánto tiempo.
Podrás tener cachorros de oso, cervatillos..., todo lo que yo pueda atrapar para ti.
—¿Un osito? ¡Oh, querido, cómo me gustaría!
—En tanto que se hallaban sentados para desayunar, llegó Coyote con la lengua colgante y la piel plagada de escardillos. Lucinda se alegró mucho de su regreso, y Logan no se mostró disgustado. La perra había, evidentemente, estado persiguiendo a algún animal silvestre; mas sabía cuándo debía regresar a lo que era su hogar.
—Bien, Luce, límpiala en tanto que yo acometo mi gran trabajo —dijo resueltamente Logan.
—¿Qué trabajo?
—Nuestra casa...
—¡Oh qué encanto! Permíteme ayudarte.
—No hay duda de que lo harías...
—¿Dónde la instalaremos? ¿Cómo será de grande?
—Ahí mismo, en el centro de ese banco. Creo que esos pinos vivirán por lo menos cien años más. ¿De qué tamaño...? ¡Diablos! Eso es lo que no sé todavía... Creo que podré construir unas paredes de veinticuatro pies de longitud, con troncos, en el caso de que no sean demasiado grandes...
—¡Veinticuatro pies! ¿Cuántas habitaciones?
—Una. Hemos de vivir en una sola habitación. Al cabo de cierto tiempo, cuando nuestras necesidades hayan aumentado, podremos añadir alguna otra sección a la casa.
—Pero, Logan, aquella cabaña de los Holbert es horrible —exclamó impetuosamente Lucinda—. Pequeña, oscura..., sin pavimento, sin pórtico...
—No te inquietes, Luce. Lo he tenido en cuenta —contestó con firmeza Logan—. Tendremos pavimento, y una chimenea de piedra lisa. Haré que el pavimento se extienda hasta más allá de los muros de la cabaña..., hasta unos veinte pies, por ejemplo. Mira, será algo así —y dibujó un tosco plano en tierra—. Tendrá unos postes en los rincones, e instalaré un desván para almacenar lo que sea preciso.
—Logan, ¿podrás hacer todo eso tú solo? —preguntó ella en el mismo tono que si hubiera comprendido repentinamente la enormidad de la tarea.
—¡Claro que podré! Pero será preciso que me ayudes... El trabajo más penoso será el de levantar los troncos, colocar unos sobre los otros cuando hayamos llegado a cierta altura. Pero cortaré algún arbolito en forma de horquilla y apoyaré un extremo de los troncos en él. Tú sostendrás el arbolito en tanto que yo atiendo a levantar el otro extremo del tronco.
—Pero supongamos que el tronco resbalase... —sugirió temerosamente Lucinda.
—¡No le permitiré resbalar! ¿Quieres que lleve tus cosas bajo el abrigo?
Tengo una silla y un cajón. Y tú podrás encontrar algo qué hacer hasta que yo regrese.
—Sí, hazme ese favor. Tengo mucho que coser.
—Muy bien. ¿Sabes hacer punto de media, Luce?
—Es una de mis pocas habilidades.
—Estoy seguro de que tienes muchísimas —afirmó orgullosamente Logan.
Luego, habiendo trasladado las pertenencias y las cajas de ella hasta el abrigo, cogió el hacha y, montando a Buck, se encaminó hacia la altura del desfiladero. En torno al recodo, a altura fácilmente accesible, había una densa arboleda de pinos que Logan recordaba haber visto cuando pasó por primera vez por aquel lugar. Podría arrastrar desde allí lo que necesitase, cuesta abajo durante todo el camino.
Logan tardó menos de media hora en cortar y desbastar el primer tronco para trasladarlo al campamento provisional. ¡Cuán profundamente había mordido el filo del hacha en el cuerpo del árbol, y cuán satisfactorio era el placer de transportarlo! Logan ató el tronco con la cuerda y montando el caballo se puso en marcha de modo que descendió la pendiente en diagonal. El tronco se deslizó por ella como si estuviera engrasado. Cuando se acercaba al campamento, la perra ladró y Lucinda interrumpió el trabajo para observarlo. Fue profundamente estimulante para Logan el encontrarla, el verla allí.
—Todo marcha bien, Luce —dijo con voz alegre en tanto que arrastraba el tronco hasta el lugar previsto—. ¿Qué has estado haciendo?
—He estado purificándome el espíritu, Logan —respondió ella enigmáticamente.
Cuando regresaba de nuevo a la parte alta del desfiladero, Logan se preguntó qué habría querido darle a entender Lucinda. Pero no quiso meditar durante mucho tiempo acerca de la complejidad de su carácter.
Durante la hora siguiente, Logan arrastró a la parte baja los otros tres troncos; y cuando Lucinda le llamó para comer, tenía plantados los cuatro pilares angulares de su cabaña, tras haberlos alisado y sujetado con piedras planas.
—Cortaré leños esta tarde y mañana —dijo a Lucinda—. Es posible que necesite continuar haciéndolo por espacio de un día más. Hay una hermosa colección de pinos donde poder elegir. Pero los temblones me preocupan mucho.
—¿Los temblones? —preguntó su esposa.
—Sí. La ripia para la cubierta. A estas tablas las llaman temblones en el Oeste. Se cortan de los pinos grandes. Han de ser lisos y no han de tener demasiada savia. Es posible que encuentre algún pino rajado por un rayo...
Es probable que lo encuentre, ya que es seguro que en este bosque han de caer rayos.
—¿Rayos de las tormentas, claro es? —preguntó Lucinda.
—Sí. Son tormentas eléctricas terribles. Los árboles se parten alrededor de uno..., cae lluvia..., sopla el viento...
—Me asustan las tormentas —dijo Lucinda con voz doliente—. Cuando era una niñita, mamá solía encerrarme en una habitación oscura cuando se producía una tormenta.
—No te angusties, Luce. Ya es demasiado tarde para que haya tormentas —y miró al cielo y movió negativamente la cabeza—. Confío en que no comience a caer la nieve hasta que tengamos un tejado bajo el cual podamos guarecernos. Pero el tiempo es bueno aquí en general hasta la época de Acción de Gracias.
Cuando Logan concluyó su trabajo, la cena estaba casi completamente preparada; y podría haberlo estado antes, según explicó Lucinda, si no hubiera sido por culpa de las galletas. La primera cocción se le había quemado.
—Luce, no es un trabajo fácil —dijo Logan presurosamente, con el fin de disculparla—. ¿Recordaste calentar la tapa mientras calentabas el horno?
—No. Pero puse un puñado de ascuas sobre ella.
—Caliéntala antes, siempre... Bien, este día ha sido magnífico, pero demasiado corto.
—Para mí ha resultado largo... y solitario —replicó ella reflexivamente—. Tú siempre estarás trabajando..., ¿verdad?
Logan asintió gravemente.
—Ahora que lo pienso, Luce, creo que sí... Pero me agrada el trabajo. Eso es lo que necesito. Y dentro de muy poco tiempo, estarás siempre tan atareada, que los días volarán para ti.
Lucinda no pareció compartir su optimismo. Logan pensó de repente que debía mostrarse atento y cariñoso con ella. Y la ayudó después de la cena a realizar su trabajo, y la persuadió finalmente a que pasease con él a lo largo del arroyo. Experimentaba afecto y solicitud y una cálida ansiedad; pero era torpe para expresar tales sentimientos. No obstante, la presencia e interés de él ejercieron sobre la joven un efecto que fue grato de ver.
Finalmente, Logan se despidió de ella con un beso y se sorprendió al ver que los ojos de Lucinda brillaban húmedos a la luz de la hoguera.
A la mañana siguiente, antes de la salida del sol, Logan mató y descuartizó un ciervo, cortó y almacenó madera y tuvo preparado el desayuno cuando Lucinda se levantó. Luego desplegó una prodigiosa actividad que le permitió cortar troncos livianos, alisar cincuenta de ellos y descortezar la mayoría de los restantes. No pareció notar el modo como volaban las horas, mas la que pasó junto a Lucinda semejó acercarlos más uno a otro. Ella comenzaba a experimentar interés por su trabajo, a hacerle preguntas respecto al porvenir. Sin embargo, temía ser dejada a solas y la asustaba el frío. Logan prometió que haría que la cabaña fuese confortable y agradable. Y, como si las horas del día no hubieran sido suficientes, hizo, a la luz de la hoguera, las muescas necesarias en los troncos y erigió el segundo cuadrado de la futura vivienda.
—Pero hay unos espacios entre ellos —protestó Lucinda cuando vio la forma en que se hallaban colocados.
—Es cierto. No podemos hacer que los troncos reposen de modo perfectamente plano unos sobre otros.
—Entonces ¿qué haremos? La lluvia y el viento entrarán en la cabaña.
—¡Inexperta! ¿Para qué sirve la masa de barro si no para cerrar las grietas Este barro de Arizona es tan fuerte como el cemento cuando se seca.
—Cuando era niña, yo solía construir casitas de barro... y ahora habré de vivir en una de ellas —dijo Lucinda soñadoramente; y añadió—: Pero ¿dónde estarán las puertas?
—Solamente habrá una. Y se abrirá al pórtico que mirará al Este. Las tormentas suelen soplar desde el Sudoeste. Abriré un hueco e instalaré una ventana para ti... en la pared del Sur. Eso permitirá que entren la luz y el sol. Sin ayudas de ninguna clase, al día siguiente Logan preparó y colocó cuatro nuevas secciones de troncos. Según dijo a Lucinda, aquello comenzaba a «cobrar aspecto; pero desde entonces en adelante necesitaría que ella le ayudase. Su modo de trabajar podría carecer de originalidad, pero era eficaz. Apoyó un arbolito en forma de horquilla contra la pared de la cabaña y levantó el extremo de un tronco hasta hacerlo descansar en él.
Lucinda sujetó el arbolito en tanto que él realizaba en el otro extremo del tronco una operación similar a la anterior. Y acertó, además, a sostenerlo mientras subía a la altura de la pared. Luego colocó el punto que tenía una entalladura en su lugar, después de lo cual cruzó hasta donde se hallaba Lucinda e hizo lo mismo con el otro extremo. Logan se maravilló de su ingenio y no podía comprender las razones de que su esposa no pareciese compartir su admiración.
El quinto día anunció ser el más duro y más agotador de todos. Logan hizo las muescas y colocó en su lugar tronco tras tronco, unos sobre otros.
Una vez, Lucinda se halló a punto de sufrir un desastre. Un tronco resbaló en el extremo que Logan sostenía cuando se hallaba subiendo y sosteniéndolo, simultáneamente. El tronco cayó. Sólo gracias a su fortaleza, extraordinaria y excepcional en una muchacha, consiguió Lucinda hacer que cayese de modo que no la lastimase.
Por primera vez, Logan perdió sus característica reserva.
—Luce, ¿no te ha sucedido nada?
preguntó mientras descendía de la escalera ansiosamente—. ¡Dios mío! ¡Si este tronco te hubiera caído encima...!
—y no pudo acabar la frase.
Después que el tronco hubo sido colocado en su puesto, Lucinda se apoyó, pálido el rostro, en la pared.
—Creo... que nada me ha sucedido —dijo.
—¡Dios mío! ¡Qué asno soy! Después de esto, utilizaré la cuerda para elevar el extremo de mi lado —exclamó con calor Logan—. Pero... veo que por algo tienes esos hombros cuadrados y esos redondos brazos.
Y el orgullo que ella le producía aumentó.
Trabajaron hasta muy entrada la noche, y terminaron la erección de las paredes. Logan sentíase lleno de júbilo. Libró a la cansada Lucinda de la tarea de preparar la cena y se rió al ver sus doloridas manos, aun cuando le extrajo con ternura las astillitas que se le habían clavado. Luego la abrazó para despedirse de ella hasta el día siguiente y se sentó al lado del fuego para meditar durante mucho tiempo sobre el problema del tejado. Antes de acostarse, ya lo había resuelto. Y a la mañana siguiente, poniendo en ejecución el sencillo proyecto, alisó unos troncos y los colocó de pared a pared con una inclinación que partía de su mitad a derecha e izquierda.
Necesitaba que tuviera un alto pico por dos razones: en primer lugar, para que la inclinación sirviese para que la nieve se deslizase; y en segundo término, para que el desván poseyera una altura tal, que permitiera a un hombre estar de pie en su centro.
Y esto presentó a Logan un nuevo problema: el de hallar un pino adecuado, cortarlo y sacar de él las planchas planas de madera que necesitaba. La buena suerte continuó apoyándolo. Encontró un pino derribado que había sido hendido en su parte superior por un rayo. Estaba en el borde del pinar situado detrás de la cabaña, en la parte alta. ¡Otro transporte cuesta abajo!
Las primeras planchas que Logan obtuvo sirvieron perfectamente para ser quemadas en el fuego; aunque para nada más. No obstante, al cabo de poco tiempo halló el modo de obtenerlas más perfectas, y gracias a un extraordinario esfuerzo, se vio compensado del tiempo perdido. El trasladar las planchas a la parte inferior del terreno resultó un trabajo más difícil que cuanto había supuesto. Su proyecto inicial consistía en arrastrar una parte de ellas sobre una lona atada al caballo. El procedimiento resultó ineficaz.
Luego intentó cargar con ella a Buck, lo que tampoco fue practicable, puesto que Buck era un mal caballo de carga y se encabritaba. Utilizando una arpillera como almohada para sus hombros y espaldas, Logan consiguió transportar diez tablas, o acaso más, de un solo viaje. La distancia que había de recorrer era corta, y el traslado hacia la parte alta del terreno lo hacía Logan con rapidez. El crepúsculo de aquel día vio los materiales para la cubierta cuidadosamente apilados al pie de los muros.
El tiempo había sido bueno, hasta excesivamente cálido —durante la tarde, pero se anunciaba un cambio. Una espesa neblina se tendía bajo el cielo. El dorado verano indio, o veranillo de San Martín, tocaba a su fin. El viento gemía entre los pinos. Noviembre se aproximaba.
Aquella noche, Logan fue despertado por el rodar de un trueno que retumbaba en el Sudoeste. Logan se lamentó. Luego lanzó unos juramentos.
La lluvia comenzó a tamborilear sobre su lona. La primera tormenta del oto— ño comenzaba siempre de aquel modo. Generalmente, llovía un poco, la lluvia se trocaba en nieve y después surgía la tempestad. Sería ciertamente grave que Lucinda y él fueran sorprendidos por aquella posibilidad antes de que su cabaña estuviese concluida.
Logan atacó enérgicamente el trabajo. Colocó ciertas cantidades de planchas al pie de los muros, de modo que le fuera posible elevarlas por medio de una cuerda. Lucinda ató las planchas con la cuerda tan rápidamente como pudo hacerlo. Logan colocó junto a las vigas tantas corno calculó que necesitaría en cada costado, y luego, mientras Lucinda se dirigía al abrigo para calentarse, recomenzó su labor. A causa de la frialdad de la lluvia que caía continuamente, lo resbaladizo de las vigas sobre las que era peligroso sentarse, y el clavado que había de realizar con manos ateridas, el trabajo que efectuó Logan fue uno de los más penosos de toda su vida. Pero se entregó a él obstinadamente sin perder ni un solo instante hasta la llegada del mediodía. Lucinda le llamó, pero él continuó trabajando. Cada una de las planchas tenían una gran importancia, significaba mucho para él. ¡Unas pocas pulgadas más de cubierta! La lluvia cesó mediada la tarde, y, con agradecida sorpresa de Logan, un pálido sol comenzó a brillar. Logan terminó uno de los lados de la cubierta a la hora del anochecer, y gracias a la tremenda energía que puso en la tarea. Luego, calado y hambriento y medio helado, descendió para acercarse a la confortadora hoguera y tomar una cena caliente.
—Logan, ¡eres maravilloso! dijo con entusiasmo Lucinda—. Pero, aun cuando seas un gigante, temo que termines por matarte...
—¡ja, ja! El trabajo no puede perjudicar nunca a los hombres... Pero no lo sé con seguridad... Si no estoy cansado, estoy terriblemente helado...
¡Diablos! ¡Venado y patatas majadas...! ¡Y salsa...! ¡Yuupi! Luce, haré que haya una cubierta sobre nuestras cabezas mañana por la noche.
Al día siguiente, el sol brilló de nuevo. Y antes de que se hubiera puesto, Logan cumplió su promesa.
—¡Ya está...! En ella no entrará... agua —dijo refiriéndose a la casa—.
Nuestra cabaña, lo que será nuestro hogar, está levantada... y cubierta.
¡Trasladémonos!
—Sí, lo veo —contestó Lucinda—. Pero, Logan, ¿por qué habremos de ocuparla va? No tiene puerta... ni ventana...
Logan miró fijamente en dirección a la cabaña y abrió la boca descorazonadamente.
—¡Demonio y demonios! —exclamó con consternación, en la que había un tinte de regocijo—. ¡Soy un pobre diablo! ¡También me he olvidado de cortarlas y prepararlas...! Luce, me parece que no hay necesidad de que nos «mudemos de casa» esta misma noche.
Huett conservó aquel rápido ritmo que había impreso al trabajo. Y comenzó la tarea de poner suelo a la vivienda a partir del primer tronco que había plantado. Y su eficiencia con el hacha quedó plenamente demostrada.
El picar troncos, alisarlos y colocarlos unos junto a otros, de modo que presentaran una superficie igual, requirió el empleo de toda su habilidad.
Colocó el piso solamente en dos días y dejó un hueco grande y cuadrado en la pared del norte con el fin de instalar allí un hogar.
Logan construyó un lecho de leños en un rincón y lo conformó de manera que pudiera contener un colchón hecho de verde follaje. Quiso utilizar balsamita con este fin, pero supuso que no podría hallar plantas de esta especie más que cerca del límite superior del Desfiladero del Sicómoro.
Por tanto, eligió el abeto, que era tan muelle como la balsamita, aun cuando careciera de un aroma tan intenso. Llevó grandes brazadas de hojarasca de abeto y utilizó solamente las puntas. Cuando dispuso de cantidad suficiente, la llevó al interior de la casa. Dobló un trozo de lona y lo colocó sobre el lecho.
—Aquí hay trabajo para ti, esposa —dijo alegremente al mismo tiempo que le mostraba el modo de colocar las puntas de ramas, una sobre otra, capa sobre capa. En tanto que ella laboraba de la forma indicada, Logan extendió las mantas al sol y se sentó para disfrutar su primer descanso durante las horas de luz. Y no lo hizo por ranzones de cansancio —puesto que no creía que tuviera esta debilidad—, sino porque se dio cuenta de la presencia de un algo que ya no le era posible rechazar. Una vez que lo hubo percibido, se apoderó de Logan de una manera sorprendente, cálida, imperiosa: era el amor de su esposa y la necesidad que de ella tenía. En los últimos tiempos, ella había parecido hallarse menos enajenada y menos inaccesible. Y había trabajado alegremente en todas las tareas que él le confió y hasta había reído en ocasiones. Aquel aislamiento, Logan lo comprendía, era terriblemente duro para Luce, que estaba habituada a vivir con su familia y amigos, a la vida social de la ciudad; pero creía que ella podría acostumbrarse a la soledad y engolfarse en las grandes labores que ambos habían de realizar. Una fuerte emoción, que sólo en contadas ocasiones obraba sobre Logan, y nunca con tanta intensidad como en aquel momento, se apoderó de él. Había sido discreto y considerado con su esposa, mucho más de lo que otros maridos lo habrían sido, y durante los pasados días de afanes y trabajos le parecía haber comenzado a apreciar que ella constituía un factor importante para su vida y su tranquilidad. Recogió las calientes mantas de lana y arrojó el fardel a los pies de Lucinda.
Bajo la luz opaca de la casita, Lucinda aparecía pálida; y sus ojos oscuros dirigieron a los de él una mirada interrogativa. Logan la tomó en sus brazos.
—Esposa, querida mía —dijo—. Te quiero... y te necesito... ¿Quieres que desde esta noche... no duerma alejado de ti?
—¡Claro, Logan! ¡Naturalmente! —respondió ella con timidez—. Soy tu esposa... Y... y... también te quiero.
Si Huett había sido feliz anteriormente, mucho más lo fue entonces. El tranquilo calor de los días continuaba persistiendo. Logan colocó las piedras de su hogar y construyó una chimenea. Fue una obra de utilidad, por más que el deseo de terminarla le forzase a aplazar algunos trabajos de carpintería. Pero no era albañil. Cuando descubrió que su chimenea aspiraría el humo y no llenaría con él la cabaña gritó y saltó con entusiasmo. Luego, con tablas que había llevado en el carro, construyó unos estantes y una mesa. Clavó escarpias en los maderos con el fin de colgar diversos utensilios. Y vio, con los ojos de la imaginación, una cabeza de ciervo, de anchos cuernos, colgada en la pared en que había colocado los rifles. En un rincón, construyó unos estantes para las municiones de caza, de las que disponía de gran cantidad, y para sus pertenencias personales. Y para Lucinda hizo un guardarropa con una cortina de lona y una especie de caja que podría ser utilizada como escritorio. Y sobre todo esto, colgó un espejito.
Y llegó la hora en que Logan hubo de montar su caballo para emprender otra importante tarea: la de cerrar los boquetes de los muros naturales de su desfiladero. Necesitó trabajar duramente por espacio de una semana entera; pero fue una labor que le produjo un inmenso gozo, y por varias razones, la última de las cuales fue la visión de los ciervos y los antílopes, de las bandadas de patos silvestres, de su propio ganado, que pastaba en la parte inferior. Un día vio un ternero recién nacido, y pensó que el acontecimiento representaba el heraldo y la promesa de la gran ganadería que había de formarse.
Su temor de que la nieve llegase antes de que le hubiera sido posible cortar y almacenar una cantidad de leña suficiente para todo el invierno, careció de fundamento. Los días de noviembre continuaron siendo cálidos y claros y durante ellos brilló un sol pálido. Logan encontró una cantidad de madera de abeto, sin duda desarraigada por los castores, tan dura como el hierro, y solamente tuvo que atarla para conducirla a la cabaña, y luego partirla y almacenarla junto a uno de los lados de la casa. También pudo hallar roble muerto en las alturas. Y serró muchos troncos de pino y los dejó rodar por la pendiente. No obstante, antes de que hubiera terminado de cortar leña, cambió el tiempo. El pálido sol se borró detrás de las oscuras nubes, el aire perdió el calor y el viento entonó el responso del veranillo indio. Una lluvia fina y fría comenzó a caer.
—Luce, ha comenzado a llegar y casi nos hemos anticipado a él —anunció Logan al arribar a la casa precipitadamente cierto día.
—¿Quién llega? —preguntó sorprendida Lucinda.
—¡El invierno, demonios! Solamente... permíteme colgar un poco de carne para que se hiele, y entonces estaremos a cubierto de cualquier eventualidad.
La llovizna se convirtió en cellisca, y una noche, cuando Logan despertó, la oyó caer suavemente sobre la casa. ¡Qué agradable era estar albergado en la casa, rodeado de aquellas paredes que él mismo había levantado, caliente entre las mantas de lana, al lado de su esposa! Logan no temía al viento ni al frío o la nieve. Pero antes de dormirse nuevamente oyó el aullido de los lobos. Aquello era una cosa diferente; los lobos son la plaga que asuela a los colonizadores.
Por la mañana la tierra apareció cubierta de una sábana delgada de nieve y unos copos blancos caían lenta y espaciadamente. Sus caballos se hallaban protegidos por el saliente del corte del desfiladero, donde ni el viento ni la nieve podían alcanzarlos. Logan ensilló a Buck y, con el rifle en la mano, se dirigió a la altura de la quebrada. «Bien, canallas —dijo dirigiéndose a las huellas que se marcaban en la nieve—; más os valdrá alejaros de mi alcance.» Antes de que hubiera recorrido dos millas, encontró huellas de castores, zorros, martas, ciervos y gatos, pero ninguna de lobo o puma. Mientras estaba cerrando los boquetes de la cerca natural en la parte superior de su desfiladero, había obstruido dos caminos de ciervos, y tuvo la satisfacción de comprobar que los venados que entraran al desfiladero no podrían salir de él. Finalmente, Logan llegó hasta cerca de una reducida manada que estaba pastando en uno de los ramales del desfiladero. Eran tan tímidos aquellos animales como animalitos domésticos, pero no vaciló en disparar contra un hermoso macho. Lo colgó luego de una fuerte rama, lo desangró y cortó la encarnada cabeza, que colocó en la copa de un arbolito.
Cargó el resto del cadáver sobre la silla de Buck, que resopló al recibir la pesada carga, y le obligó a llevarla hasta la cabaña.
Logan escogió el gran pino próximo a la cabaña, y que, como consecuencia, no estaba expuesto a los rayos del sol, para colgar la carne.
En primer lugar despellejó el cuerpo y clavó la hermosa cabeza a uno de los muros de la cabaña. Luego cortó los lomos y los partió en diversos trozos que colgó de unas ramas a gran altura, fuera del alcance de los animales que no pertenecieran a la especie de los felinos.
Lucinda frió hígado de ciervo para la cena de Logan de aquella noche.
Ya había aprendido a cocer buenas galletas ácidas. Logan pensó que se daba un suntuoso festín, y así se lo dijo a Lucinda.
—Voy a colgar para que se hielen un par de ciervos y algunos patos silvestres —continuó—. Luego, si pudiera encontrar algún oso gordo y atraparlo sin necesidad de herirlo, sería una gran cosa... Los osos gruesos producen buen aceite y grasa. Es lo mejor para cocinar. Tan bueno como la manteca. Y una costilla de oso asada..., ¡muuuumm!
Como si la suerte así lo hubiera dispuesto, Huett mató el resto de la caza que necesitaba sin necesidad de separarse más de tres millas de la cabaña. La maleza de la parte inferior del desfiladero parecía ser el cobijo invernal para toda clase de animales. Aquellas barrancas estaban llenas de árboles derribados por los temporales y de espesuras de robles. Buck tuvo que soportar algunas pesadas cargas para que Logan pudiera llevar toda la carne a la casa.
Durante el último viaje, en los postreros días del gris mes de noviembre, Logan halló los restos medio devorados de una de sus vaquillas.
¡Huellas de pumas en la nieve! Logan experimentó una temerosa sorpresa.
Aquello constituía una falla desagradable en la afortunada y feliz marcha de los acontecimientos. El enorme felino había desgarrado la piel, la había abierto después para comerse el hígado del animal. Apenas se había apoderado de algo más. Los coyotes habían terminado de consumir casi la mitad del cadáver.
Logan desfogó su indignación mirando a los cielos cargados de nubes.
Era su primer contratiempo. Sin duda, el puma habría matado algún otro ternero o vaquilla.
Logan no dispuso de tiempo aquella tarde ni aquella noche para investigarlo, pero se juró que encontraría el cubil del puma.
Era de noche cuando regresó a la cabaña, Logan desensilló y descargó a Buck y lo puso en libertad. Después colocó la carne sobre el montón de madera. Y más tarde entró precipitadamente en la cabaña, donde por primera vez ardía un fuego de gavillas en la chimenea, y había peroles humeantes en el hogar. Y el pálido y lindo rostro de Lucinda le forzó a abstenerse de lanzar un grito de alegría.
—¿Qué crees que sucede, esposa? —comenzó diciendo acaloradamente y con el rostro enrojecido—. He hallado la víctima de un puma. ¡Una de nuestras vaquillas! El maldito felino se ha comido el hígado... Estoy seguro de que habrá matado alguna más... ¿Por qué diablos no se limitan esos animales a comer su carne de venado? Pero cuando comienza a caer la nieve quieren, también, carne de vaca... ¡Por Satanás! ¡Lo mataré! He aquí una ocasión de emplear a tu perra. Coyote podrá descubrir al puma en el caso de que yo no lo logre... Luce, los pumas y los lobos son la peste de los ganaderos de los terrenos deshabitados. Lo sabía antes de ahora; pero no quise hacer caso de las advertencias... Y ahora lo he visto... ¡y la guerra ha sido declarada contra esos comedores de carne!
Lucinda lo miró con lo que parecía sorpresa y compasión.
—¡Querido esposo! ¿Ha servido eso para demostrarte lo terrible de nuestra prueba Yo lo sabía desde que llegamos aquí. He sabido la amenaza que representa. ¡Tú vencerás todos los obstáculos!
—¡Bien..., bendito sea tu corazón! —exclamó Huett en tanto que aproximaba las grandes manos al fuego. Experimentaba sorpresa, vergüenza y algo más que no le era posible aprehender—. Es cierto, tienes razón... No es nada... Pero, ¡qué hermoso es percibir el calor del fuego..., oler ese guisado..., verte aquí...!


V
Lucinda Miraba la nieve giróvaga. Eran las últimas horas de una tarde invernal. Un brillo como de acero, tenue, se encendía sobre las alturas occidentales del desfiladero, y unas negras manchas se destacaban en la ladera meridional, donde una parte de la nieve se había derretido. Los pocos copos secos descendían en círculos. El viento gemía incesantemente entre los pinos. Durante todos aquellos meses de invierno, el viento había constituido la más cruel de todas las duras pruebas de Lucinda. Y Lucinda lo odiaba y lo temía. El viento la amedrentaba continuamente con el espectro de la soledad y el aislamiento. Cuando el rey de las tormentas rugía en la zona Norte, solía ponerla frenética. Y en las horas de la noche, cuando Logan dormía junto a ella como un lirón, el viento podría ser soportable; pero Lucinda no podía abstenerse de escucharlo. Generalmente, llegaba un débil murmullo; luego, un gemido un poco más fuerte. Y el gemido se hinchaba, aumentaba de volumen entre los pinos y se convertía en un rugido terrible.
Lucinda percibía como la cabaña se movía sobre las bases de los grandes pinos oscilantes. El rugido continuaba corriendo y llegaba desde la distancia como un sollozo.
La luz del ocaso comenzaba a fijarse al pie de las paredes. Muy pronto llegaría la oscuridad. Cuando Logan no regresaba a la casa a la caída de la tarde, Lucinda solía sentirse presa de las mayores inquietudes y angustias.
Era casi la hora de preparar la cena. El fuego estaba encendido, la cazuela comenzaba a cantar.
Los meses se habían ido deslizando. Logan Huett era no solamente un cazador natural, sino un ranchero, además, que había puesto en práctica el empeño de matar animales de rapiña. Y Lucinda se encontraba sola día tras día en la cabaña. Al principio, casi estuvo a punto de morir de soledad, pero jamás permitió que su esposo lo adivinase. Se entretenía en sus trabajos domésticos, su costura, sus labores de ganchillo..., tareas que abandonaba innumerables veces para mirar hacia el exterior, como en aquel instante, sin ver, a través de un mundo frío y blanco. Logan había matado nueve pumas y muchos coyotes. Pero los lobos habían sido demasiado astutos para que pudiera matarlos también.
Su manada, su pobre manada de ganado..., había mermado hasta quedar compuesta solamente por el furioso toro y tres vacas. Las terneras, las vaquillas, los novillos..., todo había desaparecido..., ¡excepto las pieles y los huesos! Y esto había sido muy doloroso para Logan, que temió que aquella circunstancia diese al traste con sus más queridas esperanzas; sin embargo, era un hombre al que nada podría detener. El único consuelo que tenía lo encontraba al pensar que la admiración y el amor que Lucinda le profesaba aumentaban constantemente. Eran muchas las razones que había para que esto sucediera: Logan no era insensible, egoísta, ni indiferente; pero su gran falta consistía en la ceguera para el martirio a que había condenado a su esposa. No obstante, hacía mucho tiempo que Lucinda había hecho suyo el proyecto de su marido, y nada ni nadie habría podido ya obligarla a desviarse del camino que seguía. La mujer había tomado la resolución de ser una verdadera compañera del colonizador. Y poseía todas las cualidades que para ello debía poseer; su única falta, su única debilidad eran su sensitiva imaginación» y su naturaleza emocional.
Lucinda había meditado durante horas y horas sin fin acerca de las vidas de las mujeres que habían llegado antes que ella al devastador Oeste.
¿Qué habría sido de ellas? En el caso de que hubieran sido unas mujeres delicadas, como ella era, habrían tenido que endurecerse para hacer frente al rigor y la brutalidad de aquellas bravías tierras. O, en otro caso, habrían muerto.
La esposa del colonizador, Lucinda, estaba encinta en aquel último mes de invierno; y la percepción de la vida que latía en su interior había encarnado la mejor resistencia suya contra la angustia de las primeras semanas de tal estación. Siempre había querido a los niños, anhelaba ansiosamente poseer uno suyo, quería dar a Logan los hijos que había de necesitar para aquella larga y dura lucha hacia el triunfo; pero que nacieran en aquel desolado hueco de la selva, la aterraba como nada la había aterrado en `toda su vida. El amamantarlos y cuidarlos durante la época de su primera infancia no se le presentaba como una cosa terrible; pero también la amedrentaba en grado sumo. Cuando fueran lo suficientemente crecidos para que ella pudiera enseñarlos... ¡Oh, sería una tarea que la haría feliz! Y cuando fueran ya muchachos, lo bastante desarrollados para que pudieran cabalgar y disparar, plantar y partir leña, y hacer cuanto Logan hacía tan fervorosamente y de lo que con tanto amor hablaba... ¡sería sencillamente maravilloso!
Lucinda luchó lealmente contra la tragedia que parecía inevitable, contra la desilusión que ocupaba uno de los platillos de la balanza, contra los crecidos temores que la asediaban.
Allí abajo, tras el último resplandor de luz que caía sobre la nieve, Lucinda vio la oscura forma de Huett, que marchaba inclinado bajo una carga. El perro corría a su lado. Apartándose de la ventana, Lucinda arrojó leña al fuego, encendió una piña y reanudó la abandonada labor de preparar la cena. Al cabo de un instante oyó un crujido de nieve pisada y el ruido de unos pasos; después, el caer de un algo pesado ante el pórtico de la cabaña.
La puerta se abrió y dio paso a una ráfaga de viento frío y de nieve volandera. Logan, entró golpeando los pies contra el suelo, varonil y fuerte, seguido del plañidero perro.
—Vienes tarde, Logan —dijo Lucinda—. Por esa causa, he creído que debía esperar hasta que vinieras para preparar la cena.
—¡Hola, chiquilla! No, no vengo tarde, sino más pronto de lo que esperaba —replicó él alegremente—. Luce, tu perra sigue las huellas de los pumas..., de cualquier clase de felino, o de oso, también. Pero no quiere seguir las huellas de los lobos.
—La sangre manda; tú lo sabes. ¿Qué has hecho hoy?
—¡Señor! Déjame pensarlo... ¿Qué no he hecho...? En primer lugar, Coyote persiguió a un puma, que se subió a un árbol... Es el felino más grande que he matado. Después de haberlo desollado, visité las trampas. En cada una de ellas había un visón, una marta o un castor. También los desollé. Luego maté un gamo. Nuevamente dispondremos de carne fresca. Al venir hacia acá, miré el camino que recorrimos para llegar a este desfiladero.
Está todo nevado. Creo que comenzaré muy pronto a construir esa carretera que tanto necesitamos...
Podré cortar árboles, quitar la maleza, construir un portillo y una cerca para apilar aquellos troncos y prepararme para suavizar la pendiente cuando la blandura del terreno lo permita.
—¿Cuándo será eso, Logan?
—Creo que muy pronto, si se puede tener confianza en los signos atmosféricos. Debemos de estar ya en marzo... Es pintoresco que no haya podido encontrar aquel calendario que guardé no sé dónde... Ha llegado la hora de que tengamos en cuenta la marcha de los días, que será muy conveniente por lo que se relaciona con tu estado.
—Logan, te dije que el nene nacería en julio.
—No, no me lo dijiste... O es posible que yo lo haya olvidado...
—Deberías llamar al doctor de Flag para que viniera a asistirme.
—Lo haré, en el caso de que sea posible. Pero es seguro que, por lo menos, traeré a alguna mujer„ que te atienda... Prepárame una palangana de agua caliente, Luce, y apresura la cena.
El sol se elevaba más cada día y era más cálido. La nieve, con la excepción de la que se había detenido bajo los salientes que miraban al Norte, se derritió. Lucinda creyó que la primavera llegaría inmediatamente.
Los pavos debieron de suponerlo también, puesto que comenzaron a descender de las alturas. Estos animales entonaban un coro que Lucinda nunca se cansaba de escuchar.
El arroyo corrió lleno de orilla a orilla, con el agua del deshielo. Los graos comenzaron a chillar entre los árboles; los vientos cálidos empezaron a secar los lugares pantanosos.
—Ya está la carretera alisada de un modo casi perfecto —dijo Huett un día a la hora del atardecer—. Me parece que mañana repararé los arneses y engrasaré el carro.
—¿Irás pronto a la ciudad? preguntó Lucinda ansiosamente. Entonces habría de quedar a solas..., lo que sería la prueba más dura de la vida de la esposa de un colonizador.
—No tan pronto como me agradaría hacerlo —contestó gravemente Huett—. Se nos han agotado casi todas las provisiones. Holbert me dijo que el camino estaría transitable aquí un mes antes que más allá del Lago Mormón. Pero hay mucho trabajo que realizar. Tengo que arreglar los terrenos para los huertos y los jardines..., que limpiarlos de maleza, que prepararlos para el arado. ¡Oh, qué terreno más rico tenemos! Podremos vivir sin angustias hasta que esa manada comience a producir utilidades.
—¿Tienes dinero, Logan?
—No mucho. Pero tengo crédito. Además, tengo un fardo de pieles para vender. Si el otoño pasado hubiera sabido lo que ahora sé, en estos momentos dispondría de una carretada de pieles.
Y llegó, demasiado pronto para Lucinda, el día en que Huett hubo de partir para Flag. Si Logan no hubiera sido un hombre tan práctico y si no hubiera estado tan absorto en los detalles de aquel importante viaje, en las condiciones de los caminos, en los precios de los ganados y las mercancías, no habría podido dejar de advertir los vanos esfuerzos que su esposa hacía por ocultar su agitación ante aquella primera separación; pero se despidió de ella como si este acto fuera una cosa acostumbrada, y ella pensó que así lo hacía. Cuando se hubo marchado, Lucinda lloró casi durante todo el día. Y al llegar la noche, se encerró en la cabaña, permaneció levantada hasta bastante tarde, ocupada en diversos trabajos bajo la luz opaca. Coyote durmió junto al hogar. A veces, de manera involuntaria, Lucinda interrumpía su trabajo para escuchar. Nunca, nunca cesaba durante la noche aquel terrible viento. Se arrastraba por el terreno exterior, gemía bajo los aleros, se lamentaba entre los pinos... Aun acostada, el viento mantuvo despierta a Lucinda hasta que se decidió a esconder la cabeza bajo la almohada.
Si se le comparaba con la noche, el día fue un bendito consuelo. Pero también la luz tenía inconvenientes. Lucinda podía, entonces, ver la estremecedora soledad, el desfiladero, ancho, grande, de murallas rocosas, en el que no había ningún signo de vida... Quería que llegase algún cazador o colonizador, aun cuando también lo temía. Y trabajó intensamente para consumir las largas horas.
Y llevó obstinadamente la cuenta de los días que transcurrían. Al llegar la tarde del décimo, oyó un rechinar de ruedas de hierro sobre piedras y, un momento después, el grito penetrante que Logan dirigía a los bueyes. La perra voló hacia el exterior. Lucinda se estremeció profundamente. Y vio que Logan se dirigía hacia el terreno llano y pensó en aquel instante que todo volvía nuevamente a ser grato y bueno para ella.
Logan estaba recién afeitado. ¡Cuán hermoso era su delgado y curtido rostro. Sus ojos oscuros miraron resplandecientemente a Lucinda que se sintió débil por efecto de la felicidad.
—¡Oh, Logan..., cuánto me alegro... de que hayas vuelto! —dijo Lucinda.
Y casi lloró de alegría al sentirse aliviada de la carga que hasta aquel momento había pesado sobre ella.
—¡Hola, esposa! ¡Qué preciosos sois para mí, tú y mi hogar...! Traigo el correo de seis meses para ti. ¡Montones de cartas! Y toda una carga de paquetes. He comprado todo lo que incluiste en tu lista y muchas cosas más por propia iniciativa... ¿Cómo te las has arreglado sin mí?
—He trabajado mucho más... y he dormido mucho menos que habitualmente —dijo ella con intención de fingir ligereza, mientras recibía el pesado paquete que él le entregaba.
—¿Ha venido algún hombre por estos alrededores? —preguntó Logan en tanto que interrumpía la labor para clavar una mirada en su esposa —No he visto hombre ni animal alguno desde que te fuiste. Querido, habría acogido con alegría la presencia de un indio... o de un oso pardo.
—Sí, es posible... Apártate. Será preferible que baje yo este fardo... Pesa casi una tonelada. —Y levantó el pesado paquete, lo apoyó en la rueda, descendió del carro y lo llevó a la cabaña Luce, he tenido muy buena suerte.
Esto te explicará la razón de que traiga una carga tan grande. ¿Recuerdas aquellas pieles que yo tenía y que dieron origen a tus recriminaciones por mi crueldad de matar aquellos queridos animales? Pues bien, me han pagado a ocho dólares las pieles de castor, a cinco las de visón, a tres las de marta.
¿Qué tienes que objetar? ¡Me ha librado de contraer deudas! He traído abastecimientos de boca que podrán durar hasta el otoño: maíz y habichuelas y patatas de siembra. Y un sinfín de semillas. Y algunas herramientas de agricultura que nos hacían mucha falta. Y lo mejor de todo es que he comprado otra manada de vacas y terneras a Holbert. Tendré que ir a recogerla muy pronto... ¡Y todo está pagado, Luce!
—¡Es maravilloso, querido! ¡Cuánto me alegro de que no hayas tenido que contraer deudas! —exclamó Lucinda.
—Hemos de comenzar de nuevo. Créeme: no he sido el único ranchero del sur de Flag, que ha perdido reses durante el pasado invierno. ¡Mal invierno para los ganaderos! Aquel oso gris se cebó en la ganadería de Holbert... Traigo otras muchas noticias más, Luce, pero no las recuerdo ahora... Es seguro que las iré recordando poco a poco... Pero no se me ha olvidado una cosa: el viejo Jerónimo ha huido del terreno en que se confina a los indios, en unión de sus guerreros, y se ha dirigido al sur de Méjico, matando y quemando en su camino! ¡Por Satanás! Crook debería haber ahorcado a ese viejo diablo. Supongo que mi amigo piel roja, Matazel, estará entre los fugitivos.
—¡Matazel! ¿Te refieres a aquel apache de ojos grises que juró que viviría para saldar una cuenta contigo? —preguntó Lucinda mientras empalidecía—.
Pero ¿no es un indio peligroso?
—No tienes motivos para asustarte, Luce —aseguró Logan—. Me gustaría encontrármelo cara a cara; pero el general Miles sigue, con un regimiento de soldados, las huellas de los apaches. No hay duda de que al fin conseguirá apoderarse de Jerónimo. Aun cuando tampoco hay duda de que la persecución será larga, dura, sangrienta... Los apaches son buenos corredores.
—Pero esta selva ¿no fue en un tiempo su terreno de caza?
—Los apaches se extendían por las Mogollonas y las Matazel en la antigüedad. Pero tales tiempos han pasado ya. No tienes motivos para preocuparte, querida...
Lucinda experimentó una inexplicable repugnancia a abrir las cartas y salvar la inconmensurable anchura del abismo que se abría entre su presente y su pasado. Pero tras unos momentos dolorosos encontró en la lectura descanso y fortaleza. La vida había continuado desenvolviéndose sin operar cambios de importancia en las de las personas amadas. Era una cosa tan interesante como aterradora el leer las murmuraciones de las antiguas amistades. Lucinda encontró un melancólico placer en el conocimiento de las vicisitudes que había padecido la maestra que la sustituyó en la indisciplinada clase. La hermana de Lucinda, que ya había cumplido dieciséis años, decía en su carta que se consideraría feliz si pudiera ir al Oeste y casarse con un colonizador como Logan..., en el caso de que Lucinda pudiera hallarlo para ella. «¡No lo quiera Dios!», se dijo Lucinda a sí misma.
Y luego experimentó sorpresa y vergüenza. ¿Se había hecho tan intolerante...? Pero decidió cortar en flor aquel creciente sentimiento. Una Baker sacrificada al vasto imperio del Oeste ¡ya era suficiente! De todos modos, la lectura de aquellas cartas restableció relaciones y renovó recuerdos que le eran queridos.
Lucinda se alegró de encontrarse al aire libre en compañía de Logan.
Había descubierto que el hallarse encerrada en el interior por espacio de varios meses contribuía a fomentar su inclinación hacia los pensamientos enfermizos. Recobró la energía y, con ella, un poco de entusiasmo. Por lo menos halló cierta satisfacción en su entrega al trabajo al aire libre. Y continuó sosegadamente plantando nuevas matas y le pareció hallarse más ágil.
El plantar cosas en tierra le parecía a Lucinda el medio más seguro y feliz de utilizar el trabajo y los recursos, que el destinarlos a la cría de ganados. En primer lugar, el rendimiento del terreno era infalible. Lucinda gustaba del aroma de la tierra recién roturada. Le agradaba meter las manos en ella.
El principal orgullo de Logan se cifraba en el maíz. Solamente un hombre de tan prodigiosa fortaleza y de tal capacidad de resistencia podría haber roturado y plantado un campo tan grande en tan poco tiempo.
Además de esto, y con la ayuda de Lucinda, plantó un acre de habichuelas, un gran terreno de patatas y muchas hileras de coles y verduras. Y, finalmente, una gran extensión de nabos. Poseía una inclinación a cultivar lo que pudiera servir de alimento a las reses.
Lucinda plantó girasoles y margaritas al lado del pórtico. Estas flores vulgares le recordarían a su madre, de quien eran las predilectas.
Las suposiciones de Huett acerca de la fertilidad del desfiladero no habían sido infundadas. Había una zona de —tierra oscura donde las semillas germinaban y brotaban como por arte mágico, y donde las verduras y las patatas nacían casi de la noche a la mañana. A éstas siguieron el maíz y las habichuelas, como si no se quisieran quedar rezagadas en aquella carrera por la fecundidad. Logan dijo una y mil veces a su esposa que aquel «Desfiladero del Sicómoro» era un encanto y una bendición.
Sin embargo, no había tenido en cuenta los inconvenientes. Los cuervos y los topos comenzaron a disputarle su derecho a la tierra. Una vez más, Logan se dedicó a la caza. Lucinda oyó a lo largo de todo el transcurso de los días los estampidos de su carabina. Logan colocó espantapájaros hechos de sombreros y chaquetas viejas, en torno a los campos. Solamente una infatigable vigilancia pudo salvar sus cosechas.
En junio se tomó dos días para dirigirse al lago Mormón y regresar con las reses que había comprado a Holbert. Cuando dejó tales reses en libertad en el desfiladero, nadie habría podido suponer que hubiera sufrido unas pérdidas desalentadoras. Lucinda le oyó reír y silbar lo mismo que cuando construía la cabaña. Luego le oyó jurar como nunca lo había hecho. Cuando el maíz y las habichuelas atrajeron a los venados, su furor no tuvo límites.
No quería matar a los ciervos; y todos los días, al amanecer y al anochecer, expulsaba, acompañado de Coyote, a los destructores cuadrúpedos de sus campos.
A medida que se aproximaba el trance de Lucinda, la joven se sintió presa de mórbidos temores. Logan dijo con firmeza que mamá Holbert habíatraído al mundo a un ejército de criaturas, contando los suyos y los de sus hijas, y que bajaría a la cabaña en el mismo instante en que Logan fuera a buscarla. Holbert tenía un carricoche ligero en el que el viaje de vuelta podría ser efectuado en cuatro horas. Sin embargo, ni Logan ni aquella vieja madre pudieron aplacar la vocecita que atormentaba a Lucinda. Era una voz igual a la de las copas de los pinos, una voz que semejaba transportar noticias de lo desconocido. Lucinda tenía todas las esperanzas y los anhelos de una madre, el vago presentimiento de las alegrías que habrían de producirse; y todas estas cosas eran hermosas, plenamente satisfactorias, recompensas dulces y fuertes. Pero no tenían fuerza para apagar los oscuros presentimientos ni el ciego terror instintivo del parto. Y todo esto la angustiaba a pesar de la seguridad de Logan respecto a que una mujer se hallaría a su lado cuando llegase la ocasión. El presentimiento de que entonces se hallaría a solas la llenaba de inquietud.
Huett no lo veía. Era cariñoso, casi amante, pero torpe y ciego. Lucinda experimentaba deseos de dar rienda suelta a su enojo y motejarle y echarle en cara su pre; ocupación por lo que llamaba ocupaciones prácticas. Allá en la soledad, Lucinda estaba a punto de hundirse en el valle de las sombras en beneficio de Logan y de su retoño, y él parecía no concederle importancia.
Logan se levantaba al amanecer y se alejaba de la casa para gritar y disparar contra los venados que se introducían en sus campos. Durante todo el día se afanaba en ello; por la noche, comía como un lobo, fumaba una pipa y en el caso de que hablase era solamente acerca de sus nuevas terneras o de su maíz. Después se tumbaba en la cama para dormir con el sueño profundo de los grandes trabajadores. En la oscuridad de la noche, en tanto que Lucinda permanecía despierta, desalentada entre la soledad que él no había acertado a quebrantar enteramente, la joven casi llegaba a odiarle.
Más tarde, cuando llegaba el día nuevamente, Lucinda se reprocha— —ba por tan negros pensamientos. Aquélla era una carga que la mujer debía llevar sola.
Cierto día, Lucinda advirtió un dolor que le anunciaba la llegada del momento trascendental.
—Logan, ¡ve en busca de la señora Holbert! ¡Apresúrate! —le imploró.
Logan le dirigió una mirada de comprensión y se apresuró, a salir.
Unos minutos más tarde, Lucinda oyó el sonido de los cascos del caballo al herir el camino. Y se sentó, e hizo un intento por tranquilizarse y armarse del valor que necesitaba. Podía confiarse en que Logan regresaría unas seis horas más tarde, o acaso en menos tiempo. Pero tal plazo podría ser demasiado largo. Sería posible que Logan llegase excesivamente tarde.
Lucinda era mujer y su instinto le advertía de la importancia del tiempo. Su sensitiva naturaleza se contraía con horror cuando pensaba que aquel primer dolor habría de repetirse. Resultaría inútil pensar en el modo como ella sola podría hacer frente a la situación. Percibía en sí la lenta ascendencia del yo animal. Se hallaba en las garras de la Naturaleza. El dolor se repitió, más fuerte que anteriormente, se convirtió en un paroxismo de angustia. Cuando terminaba, Lucinda oyó voces, y Logan entró en la cabaña acompañado de un hombre y dos mujeres.
—¡Luce...! ¡Luego hablamos de suerte...! —dijo con voz fatigada Logan—.
Me he encontrado de manos a boca con estas personas... Tom Warnock..., su madre y su esposa..., que se dirigen al Sur... Van a ayudarnos... en este trance...
Lucinda sonrió para dar la bienvenida a las dos sonrientes y cariñosas mujeres. Y entonces el dolor la acometió nuevamente, se apoderó de ella, la arrastró a la inconsciencia... Y su último pensamiento fue que no le importaban las ayudas ni la compasión, ni siquiera su propia vida, que estaba produciendo otra vida nueva...
Los Warnock permanecieron en el Desfiladero del Sicómoro por espacio de tres días, hasta que el estado de Lucinda pareció satisfactorio a las mujeres; y entonces se marcharon dejando a Lucinda inconmensurablemente agradecida y a Logan presa de la duda y la melancolía. Logan dijo a Lucinda que Warnock, ganadero y ranchero experimentado, le había dicho que aquel desfiladero cerrado naturalmente era un engaño y una celada. Ciertamente, podría contener ganado en condiciones que no le permitieran huir y era maravillosamente fértil; pero esto era todo lo bueno que de él podría decirse. Y terminó aconsejando a Logan que se dirigiera a poner en práctica sus proyectos en algún otro lugar.
—¿Qué harías tú, Luce? —preguntó implorante Logan.
Lucinda estaba segura de que Logan no renunciaría jamás a su desfiladero. Había soñado con él a lo largo de muchos años; había puesto en él todo su corazón; y cualquiera que fuera la importancia de los obstáculos que se le presentasen, demostraría que era superior a todos ellos. Lucinda sabía que estaba obligada a animarle y sostenerle.
—¿Qué te importa la opinión de Warnock? —dijo agudamente—. Warnock ha podido engañarse... o acaso sentido envidia. Ha reconocido que tienes una campiña cerrada y un terreno fértil. Tu fortaleza, tu ingenio y tu afán destruirán todos los obstáculos.
Nunca había visto a su esposo reaccionar tan señaladamente como entonces a las palabras de ella. Logan se animó y convino:
—¡Es cierto! Debería haber recurrido antes a ti. Tengo mi casa, mis tierras, mi campaña..., ¡a mi querida esposa y mi hijo! Puedo trabajar para hacerme digno de ellos.
El niño significó mucho para Lucinda. Cuando hubo recobrado el vigor suficiente para dedicarse de nuevo a sus trabajos, era tan feliz como anteriormente había sido desgraciada. Logan puso a su hijo el nombre de George Washington Huett, y lo adoró. Lucinda jamás habría podido sospechar que su esposo encerrara en sí la ternura necesaria para pasar el tiempo ante un nene tendido en un cesto. Pero al cabo de poco tiempo comprendió que su diminuto hijo era una repetición del propio Huett, era su perpetuación. Huett debía de pensar que su frágil hijito crecería, se fortalecería y le ayudaría a vencer los obstáculos de la naturaleza de aquel desfiladero solitario. De todos modos, y como quiera que fuera lo que se albergase en la imaginación del padre, Lucinda lo acogió con alegría.
El desfiladero sufrió una transformación para Lucinda. Esta transformación se intensificó favorablemente hasta el punto de que las vastas extensiones grises, las laderas orladas del negror de los árboles se hicieron soportables. Los altos pinos, nunca silenciosos, siempre plañideros, comenzaron a hablar un lenguaje diferente para ella. El arroyo cantaba de día y los grillos durante la noche, en que ella debería hallarse a sí misma y llenarse de alegría el corazón en aquel desfiladero. Todo ello se debía a la llegada del niño.
Al cabo de seis semanas, Lucinda trabajaba con Logan en los campos.
En muchas ocasiones, ambos se veían forzados a encerrarse en su cabaña a causa de la presencia de tormentas eléctricas. A medida que los días se hacían más sofocantes, las tormentas aumentaban en frecuencia e intensidad. El cielo era azul y unas blancas naves, que eran las nubes, lo surcaban. Luego, algunas de ellas ennegrecían y lo cubrían de una oscura mortaja. Los rayos, desgarrados y rotos, y los truenos, de una violencia que solamente se conocía en Arizona, despertaban los antiguos temores de Lucinda a las tormentas. Y tal temor aumentaba en proporción a la cantidad y la viveza de los zigzagueos de fuego y la intensidad de los retumbantes sonidos. El choque de un rayo contra un pino, que se rajaba y doblaba, añadía materialidad a la amenaza de la tormenta, del mismo modo que el restallante sonido que rebotaba de lado a lado del desfiladero. El olor a azufre precedía siempre al olor a madera quemada. La lluvia caía a torrentes sobre el tejado de la cabaña.
—No hay motivos para asustarse, esposa —decía imperturbablemente Logan mientras miraba a través del hueco de la puerta—. El rayo jamás cae en el fondo de un desfiladero. Ésa es otra de las buenas características de nuestro hogar.
El período de tormentas duraba menos de un mes. Para Logan, lo peor de sus efectos era que derribaba su maíz y arrastraba la tierra que cubría las raíces de sus habichuelas. Las tormentas eran seguidas por una temporada de calor. Cada día era más caluroso que el precedente. El calor rebotaba en las masas rocosas y demostraba que Logan había plantado su maíz en lugar poco apropiado y que no había tenido en cuenta la temporada de calores. Su terreno de habichuelas se agostó. Sus medio maduras verduras se marchitaron como bajo los efectos del calor de un horno. Sus nabos amarillearon, y finalmente, sus diez acres de maíz, sobre el cual se había inafanosamente jornadas enteras y que habían constituido su orgullo, se cubrieron de un color pardo y se secaron.
Huett se entristeció grandemente al ver la destrucción de sus queridas plantaciones. La catástrofe le dolió tanto como las depredaciones de que era objeto su ganado. Su primera manada de reses..., su primera temporada de trabajo agrícola..., ¡todo perdido!
—Pero, querido esposo, mira a nuestro hijo. ¡Mira al pequeño George Washington! —exclamó Lucinda, que oraba por pronunciar las palabras apropiadas para renovar el valor de aquel hombre testarudo y derrotado.
Logan gritó, como si pretendiera que su voz llegase al cielo:
—¡No ha sido nada...! ¡Solamente una lección...! George y tú sois lo importante... ¡Benditos sean vuestros corazones!


VI
Llegó septiembre con su dorado manto de flores otoñales y sus purpúreos macizos de ásteres. La intensidad del calor comenzó a ceder el paso a las noches frescas.
Holbert había llevado a Lucinda un regalo cortés en forma de gallina clueca y de una docena de huevos, los cuales juró que en aquellas campiñas valían tanto como su peso en oro. Lucinda observó ansiosamente a la gallina, y cuando los doce peludos polluelos partieron los cascarones, su alegría no tuvo límites. En ella había despertado una profunda satisfacción y un gran amor por el nacimiento de las cosas vivas. La gallina constituyó para ella un animalito que la llenó de cariño, y mantuvo a los pequeñuelos en las cercanías de la cabaña. Lucinda temió que los animales de rapiña se apoderasen de los pollitos, y encerraba a la diminuta familia tan pronto como comenzaba a ocultarse el sol.
Hacia finales de septiembre, cuando los pollitos habían alcanzado un tamaño respetable, Lucinda echó de menos uno de ellos y otro después; ambos habían desaparecido durante las horas del día. Logan se preocupó intensamente por aquella cuestión. Le pareció apreciar que cuanto intentase hacer estaba destinado al fracaso, y dijo a su esposa que suponía que un zorro o un coyote eran los culpables de aquellas desapariciones. Los polluelos de Lucinda continuaron desvaneciéndose, y la mujer no pudo averiguar las causas de las desapariciones hasta que un día en que oyó a la gallina madre cacarear estrepitosamente. Corrió a la puerta precisamente en el momento oportuno para ver un halcón de anchas alas que volaba hacia las copas de los árboles con un pollito que se debatía desesperadamente entre las garras. Y en aquel momento, mucho más que en toda su vida, Lucinda sintió que un combativo enojo se apoderaba de todo su ser. El halcón se había dirigido a un árbol muerto, donde comenzó calmosamente a desgarrar y devorar el pollito. Logan se hallaba cerca de aquel lugar, trabajando en la construcción de una larga cerca con la que se proponía cerrar una extensión de terreno, y se aproximó a toda prisa cuando oyó la llamada de Lucinda.
—¡Logan! ¡Es un halcón asesino! —gritó ella enfurecida, en `tanto que señalaba al ave de rapiña—. Se está comiendo mi pollito... ¡delante de mis ojos! ¡Mátalo!
—¡Un halcón! —murmuró Logan. Y corrió al interior de la vivienda, de la que salió al cabo de poco tiempo portando el rifle—. Si continúa un solo segundo más donde está, no podrá volver a robar más aves.
Logan levantó el rifle y pareció inmovilizarse como una estatua. Lucinda se tapó los oídos con las manos, pero no dejó de mirar. Cuando sonó el ruido seco del estampido, vio un conjunto de plumas pardo rojizas que se deshacía en el viento; y el halcón, soltando su presa, abandonó el lugar en que se había posado y voló pesada y torpemente en dirección a tierra.
—Está malherido, Luce —dijo severamente Logan—. Pero no podemos fiarnos...
Cuando el halcón pasó vacilante sobre la cabeza de Logan, éste disparó de nuevo; y el ave cayó sobre un terreno inmediato al arroyo. Mientras iba a buscarla, Lucinda regresó a la cabaña, un poco sorprendida de la iracundia de sus sentimientos y de su debilitante reacción. Era un lugar plagado de muerte aquella tierra orillada de pinos y de muros rocosos. En aquel momento, Lucinda comprendió cuán conveniente era que Logan poseyese aquella infalible puntería y un corazón tan indoblegable como los que tenía.
Transcurrieron muchos días antes de que pudiera recobrarse de la impresión que le produjo la vista de aquel repugnante espectáculo del ave de rapiña devorando pacíficamente al pollito vivo. Logan le había dicho que tanto a los lobos como a los pumas les agradaba la sangre caliente, el desgarrar las carnes de su presa y devorarlas, en tanto que las vaquillas o los ciervos morían. En los primeros tiempos, esto la atormentó de una manera insostenible; pero poco a poco había comenzado a habituarse a toda manifestación, por cruda que fuera, de lo que sucedía en el desfiladero.
Octubre trajo consigo la promesa de los días tranquilos y neblinosos que son propios de la temporada otoñal. Las hojas perdían lentamente su color. Logan dijo que habían caído algunas ligeras heladas y que, en el caso de que se presentasen las lluvias, se produciría en el valle una exaltación de colores dorados, escarlata, purpúreos...
Lucinda llevaba a su nene todos los días en el cestito a los lugares en que trabajaba Logan; y en tanto que la criatura dormía a la sombra, ella ayudaba a su esposo. Logan estaba entregado a la realización de una larga labor que esperaba completar antes de la fecha en que se proponía ir a Flag, para adquirir provisiones. Estaba construyendo un cierre de troncos lo suficiente alto para —cerrar el paso a cualquier animal de tierra, con excepción del puma; en el terreno comprendido en el cierre, proyectaba criar las siete reses nacidas durante el pasado verano. El cobertizo y el encerradero estaban ya terminados en la parte próxima a la ladera vertical del desfiladero.
Cuando terminó la cerca, Logan comenzó a cortar el maíz, todavía verde, del que dijo que constituiría un buen forraje. Lucinda formó los haces.
Logan llevó dos carretadas al cobertizo y las guardó para el invierno.
—¿No me llevarás contigo a Flag? —preguntó Lucinda implorantemente a su esposo, una tarde, cuando el trabajo en los campos hubo concluido.
—¿También al niño? —preguntó él, sorprendido.
—¡Claro es! No podría dejarle aquí.
—¿No sería demasiado duro para el pobre pequeño?
—Eso es lo que me preocupa. ¿Crees que lo sería... mucho?
—¿Mucho? Supongo que sí. Sería demasiado duro para vosotros dos...
Has olvidado, sin duda, lo muy accidentada que es la carretera. Traeré una carga muy grande cuando vuelva. Creo que será preferible que no te arriesgues...
Lucinda no podía comprender por completo la causa de su ansiedad por ir a Flag; mas no volvió a intentar reducir la oposición de Logan. Quería ir a la ciudad, hablar con la gente, hacer compras de cosas cuya adquisición no podría confiar a Logan; y, por otra parte, la atemorizaba el pensamiento de quedarse sola. Pero ninguna de todas estas razones entrañaban la totalidad del fundamento de su ansiedad por acompañarlo. Al fin, y a regañadientes, decidió quedarse en la casita y reservarse para sí sus extraños y vagos presentimientos.
—Tendré muchísimo trabajo cuando regrese —dijo Logan —Si el invierno llegase pronto, sería una calamidad para raí. Y sospecho que así será. He visto las aves que pasan por aquí en su camino hacia el Sur, y todos los animalitos que he visto de las especies de los que suelo atrapar tienen las pieles más espesas que el pasado invierno. Y es satisfactorio, porque me propongo tender más trampas este año que durante el pasado... Las bellotas están muy gruesas y han comenzado a caer ya... ¡Por Satanás! Me he preocupado tanto del maíz, de las habichuelas y de las verduras, que me he olvidado de las patatas. Me parece que ni siquiera llegarán a brotar. Pero están plantadas en el mejor terreno que he visto...
—Yo me cuidaré de ellas. Y en el caso de que vea que brota alguna, la arrancaré —contestó Lucinda.
—Bien. Podrás llenar sacos y guardarlos en el cobertizo... Pero, ¡maldición! No me agrada este viaje... —y se rascó la cabeza—. No tengo dinero. Necesitamos provisiones para seis meses, trampas y otras muchas cosas más... ¡Buena necesidad voy a tener esta vez de utilizar mi crédito!
—¿Por qué te disgusta comprar a crédito?
—No me disgusta. Todos los rancheros y agricultores viven del crédito.
Pero todos tienen reses que crecen y se multiplican, y cosechas que florecen.
Mi cosecha se ha desgraciado, y pasará mucho tiempo hasta que pueda disponer de reses para la venta. Hemos de sostenernos del producto de las pieles que obtenga. El pasado otoño cuando estaba cazando en las cercanías del arroyo, hallé una represa construida por los castores, que era excelente y que formaba un lago tan grande como aquel terreno. Pienso explotarla este invierno.
Logan se entretuvo cierto tiempo más en su rancho, en busca de algunos nuevos trabajos que realizar. Uno de ellos consistió en desviar el recorrido del agua del manantial para hacer que pasase cerca de la cabaña, tarea que podría haber abandonado; pero Lucinda encontró que sería práctico poder llenar un cubo de agua a la misma puerta de la vivienda.
Hacia mediados de octubre, cuando los días eran espléndidos, la esposa aconsejó a su marido que realizase el viaje, y le apremió a que adquiriese algunas de las cosas que necesitaba, aun cuando había podido comprobar que podía pasarse sin casi todo. Lo que no podía adquirir, era objeto de renuncia por su parte; vestidos, medicinas, lujos eran cosas casi olvidadas por ella. Y cuando las recordaba, pensaba en su baúl lleno de atavíos frívolos y de vestidos de boda. ¡Cuán inútil era todo ello en aquella campiña! Pero se juró que no se rendiría todavía, que no envejecería sin cuidarse de su aspecto. Lucinda pensó, después de haber pasado varios días, que Logan necesitaba pedirle dinero, —mas que se avergonzaba de hacerlo. Y pensó al mismo tiempo que sería mejor conservar aquellos quinientos dólares que constituían un regalo de boda para otra ocasión en que le fuesen más necesarios que en aquélla. Por esta causa, fingió no comprender cuáles eran las causas de las vacilaciones de Logan, y cuando éste, finalmente, abordó la cuestión, Lucinda rehuyó darle una aprobación o una negativa a su petición.
No obstante, Logan estaba enojado cuando se puso en marcha, acaso avergonzado de haber tenido la debilidad de hacer la demanda. ¡Cuán segura estaba de que algún día se alegraría Logan de la fortaleza de ella!
A medida que la temperatura se iba haciendo más fría, Lucinda recobraba la plenitud de su energía. Le parecía advertir que podría llegar a ser una verdadera compañera de Huett, en el caso de que le fuese posible subyugar sus pensamientos para encauzarlos en dirección a las tareas prácticas con que tenían que habérselas los colonizadores. Pero siempre pensaba y sentía de manera excesivamente aguda y obcecada.
La mañana de la marcha de Logan, Lucinda dejó que Coyote guardase al nene y se dirigió a las zonas altas del desfiladero para vendimiar. Era la primera vez en que iba hasta más allá del recodo. El desfiladero no tenía allí las características que le eran propias en la parte baja. Los salientes de las laderas estaban ocultos; el arroyo se derramaba desde una orilla de arena dorada para saltar sobre uno de los bordes; los álamos temblones brillaban con una gloriosa tonalidad dorada y los meples semejaban un incendio de escarlata. Las parras colgaban de los robles a lo largo del arroyo; y los ramajes de ambos al mezclarse, con sus coloraciones bronceada y bermeja, incrementaban el color preponderante en aquella zona. Los pinos se hallaban muy diseminados y permitían que el sol pasase entre ellos y arrojase hasta el suelo unos anchos rayos. Lucinda se detuvo para mirar sorprendida y, lo que era aún peor, consternada. Era hermoso aquel lugar.
Nunca hasta aquel momento había supuesto que pudiera existir tal belleza en el desfiladero. Y lo vio por primera vez en los lúgubres días de finales de otoño, cuando su receptividad había sido cegada por el terrible desencanto sufrido.
Una bandada de patos silvestres se diseminó cuando ella se aproximó a las parras. Las grandes aves habían estado alimentándose allí. Lucinda oyó el parpar de una hembra que llamaba a sus pequeñuelos, y experimentó lo que le pareció un sentimiento de afinidad con aquella madre. Lucinda llenó prontamente el cesto. Las grandes uvas de color purpúreo hacían que aquéllas que había conocido en Missouri le parecieran insignificantes.
Descansó varias veces en el camino de regreso a la cabaña. La cesta pesaba mucho. Y Lucinda no cesó de mirar hacia atrás. La selvatiquez y la soledad del lugar no cerraban el paso a la belleza. Realmente, la atormentaban, como Lucinda pudo observar al mirar con ojos menos apasionados que en ocasiones anteriores. El hacha implacable de Logan no había hecho estragos allí.
Lucinda resolvió volver más veces a la coloreada cañada. Pensó que debía cultivar todo lo que pudiera contribuir a hacer que las telarañas cayeran de sus ojos. Había encontrado una melancólica felicidad en el cuidado de sus girasoles; seguramente, habría alguna relación entre aquel placer, recientemente descubierto, y el bosque. Desde la llegada del nene, percibía que era una fuerza más imperativa y apremiante que ninguna de las oue hasta entonces había experimentado. La salvación de Logan dependía de que tuviera unos hijos lozanos y fornidos.
Al llegar a la cabaña, Lucinda dejó el cesto de uva en el pórtico y miró con curiosidad a lo largo del desfiladero. Le pareció que lo contemplaba desde un nuevo punto de vista. El campo verde y el retorcido arroyo, las altas masas de roca amarilla, las laderas manchadas de rojo, los bordes orlados de árboles que se destacaban ante el azul del cielo..., todo ello se había revestido de un encanto tan real como la neblina purpúrea que se cernía sobre toda la extensión a modo de una nube de humo.
«¡Oh, si esto..., si esto fuese eterno!» se dijo Lucinda; y volvió a su trabajo. Había de descubrir que el trabajo no le entorpecía el estudio mental y visual del mundo cambiante del desierto.
Encendió una hoguera en el exterior y colocó sobre ella el gran caldero.
¡Cuán vívidamente le recordaron aquel olor del humo y aquel caldero los días de otoño en su hogar, cuando su madre hacía compota de melocotones y de manzanas para conservarlas para el invierno! Y a este sentimiento sucedió el pensamiento de la dolorosa evidencia de su pobreza. Ella no tenía nada que guardar para el invierno, como no fueran aquellas uvas que había arrebatado a los patos silvestres.
En tanto que aquellas uvas se cocían, Lucinda recordó la cosecha de patatas, a la que Logan había renunciado y considerado como un verdadero fracaso. Tomó el azadón de entre las pocas herramientas que su esposo poseía, y se apresuró a cruzar una parte del desfiladero para dirigirse a la zona sombrosa en la que había un terreno pantanoso y de tierra negra. Era un terreno largo y estrecho que estaba orillado de unos pinos enormes. Apenas era posible hallar las marchitas matas de patatas entre la crecida vegetación de hierba y cizaña; pero podían apreciarse perfectamente las largas hileras que formaban.
Lucinda introdujo el azadón profundamente entre las enredaderas muertas, y tiró hacia arriba. El azadón chocó contra algo duro. Tiró nuevamente de la herramienta y consiguió descubrir unas patatas grandes y morenas, una de las cuales tenía las huellas húmedas del lugar en que la herramienta la había herido. Lucinda se dejó caer de rodillas, fascinada y conmovida, para cavar enérgicamente con las manos. ¡Patatas! ¿Sería posible que estuviera soñando? En aquel solo montón pudo desenterrar diecinueve patatas, todas duras, perfectas, algunas de ellas extraordinariamente grandes. Missouri no podía ufanarse de producir patatas como aquéllas. Aquel terreno negro era de una fertilidad asombrosa.
Pero Lucinda no quiso suponer que aquel montón fuera igual a los restantes.
Cavó en otro, y desenterró media docena de patatas verdaderamente excepcionales por su tamaño. Luego hizo lo mismo en otro montón de otra hilera, y en otro más, y todavía en otro, y el resultado fue siempre el mismo.
Con toda evidencia, las patatas habían madurado tempranamente, por efecto de la riqueza del terreno, antes de la llegada de los días de calor.
«¡Oh, no todo es malo... Buena suerte para Logan! —exclamó Lucinda; y reanudó la labor—. ¡Qué lástima que no lo supiera cuando se marchó!
¡Podría haber llevado toda una carretada a Flag!»
Llevó algunas patatas a la cabaña, y pensó que podría desenterrar, y transportar toda la cosecha antes de que regresase Logan. A mediodía, había llenado de compota todos los odres de que disponía. Luego, ordeñó las dos vacas que Logan había llevado al corral, después de lo cual, se preparó la cena.
Cuando se hizo oscuro, Lucinda se encerró en la cabaña. Coyote había sido su único acompañante en tiempos pasados; mas Lucinda tenía ya la compañía de su alborotador niño. El lado maternal de Lucinda tenía un espíritu de leona; sin embargo, todavía vivían en ella aquella ahogada pero resurgente naturaleza que jamás podría ser indiferente a la soledad, al aislamiento, que albergaría siempre el temor a las cosas elementales y a otras más graves que solamente eran producto de la imaginación.
El viento no aumentó de volumen y ningún animal silvestre rondó en torno a la cabaña. Lucinda se durmió y no despertó hasta que el hambriento nene reclamó imperativamente que se satisficiesen sus necesidades. Cuando llegó la mañana, tranquila y brumosa, y Lucinda vio la blancura que se tendía sobre las hierbas y la cortina de niebla en las profundidades del valle, pensó que había obtenido una victoria sobre sí misma.
Aquel día, como adición a las restantes tareas que realizaba habitualmente, Lucinda desenterró tres hileras de patatas y las extendió para que se secasen. Antes de interrumpir el trabajo, ya había descubierto que era verdaderamente agotador. Sin embargo, la hizo mucho más feliz que en cualquiera otra ocasión se lo hicieron el lavar, el cocinar, el coser. El húmedo olor de tierra negra, el tacto de las patatas, el sol, que caía de plano, el sudor que le brotaba de la frente..., todo esto probaba que Lucinda tenía vigor y voluntad, que era, indiscutiblemente, la digna esposa de un colonizador. Y estas crudas sensaciones, unidas a las más elevadas del día anterior, le hacían ver el destino bajo una luz más clara, la fortalecían contra los violentos contratiempos que inevitablemente habrían de surgir.
Lucinda trabajó hora tras hora en el campo. Si se detenía algún instante para recobrar el aliento o para estirar la dolorida espalda, solía mirar a la lejanía para ver el cambiante escenario del desfiladero. En ocasiones, veía el ganado de Logan en algún punto de la gris extensión; los ciervos y los patos se detenían a veces para mirarla sin experimentar temor; una vez, una manada de ciervos, con sus enmarañados tejidos de astas, empujó algunas rocas que cayeron rodando por la ladera. Y cada día se profundizaba más el velo humoso del otoño, la quietud se hacía más intensa, los colores tomaban unas tonalidades más encendidas, las notas doloridas de las aves que se dirigían hacia el Sur incrementaban la impresión de silencio. Una presencia viva que respiraba en la gran selva semejaba tenderse sobre ella esperando el sonido de una voz.
Al fin, en el octavo día, Lucinda metió en sacos los últimos montones de patatas. Y entonces miró el campo con algo más que satisfacción. La sorpresa y la alegría de Huett se dividirían entre el asombro que le produciría la abundante cosecha de patatas y el aprecio de la gran labor realizada por su esposa.
Lucinda terminó la labor y se miró disgustada las callosas palmas de las hacendosas manos que, antiguamente, fueron suaves. Jamás volvería a verlas blandas y suaves, aun en el caso de que la tierra pudiera ser arrancada de la agrietada y ampollada piel. Sus redondos brazos tenían un color tan oscuro como el de las hojas de los robles, y su tostado rostro se había hecho insensible a la rudeza del sol. El espejito decía a Lucinda que era una mujer más hermosa que lo fuera la antigua muchacha. Pero ¿quién había de verla entonces? Logan jamás la miraba bajo aquel aspecto. Lucinda sufrió una brusca acometida de la antigua ansiedad por ver rostros amigos, por oír voces alegres, por la vida propia del ambiente en que se había desarrollado.
La vieja revuelta contra la soledad, contra aquellas tierras amargas y olvidadas de Dios en que había ciegamente esperado hallar vecinos, mujeres, levantaba su cabeza de hidra, que debía ser destrozada a garrotazos. La instalación de nuevos colonizadores, de vecinos en aquellos terrenos, no la vería Lucinda en toda su existencia. Debía renunciar a aquel anhelo, hacer que el trabajo, que su hijo, que Logan colmasen su vida. Siempre hay compensaciones para las pérdidas. Lucinda creyó a tiempo que podría encontrar consuelo en el trabajo, en algún trabajo como aquel al que acababa de dar cima.
Aquella tarde el sol se apagó entre una neblina gris. Lucinda observó el cambio solamente a la hora del crepúsculo, cuando echó de menos las rosadas y doradas tonalidades. Y temió que aquella circunstancia pudiera anunciar un cambio del tiempo, puesto que las carreteras húmedas podrían retrasar a Huett o detenerle. Probablemente se hallaba ya camino de vuelta a su hogar. Lucinda se negó a dejarse dominar por la depresión que le producía el desfavorable presagio, realizó sus labores como de costumbre y se acostó temprano.
Lucinda despertó a una hora imprecisa. Aparentemente, ningún ruido había perturbado su reposo. El niño dormía a su lado. Coyote no se movía.
Lucinda escuchó. Y se dio cuenta de que el silencio era tan grande, que jamás había caído sobre la cabaña otro tan intenso. Tampoco le fue posible descubrir dónde se hallaba la ventana, lo que demostraba que la noche era tan negra como el carbón. El aire era apreciablemente más cálido que con anterioridad. Tras un prolongado momento de ansiedad e incertidumbre, un ligero zumbido, casi imperceptible, llegó del Oeste. Sonó muy lejano. Lucinda se preguntó si habría sido efecto de un deslizamiento de tierras en algún punto impreciso del desfiladero. Los deslizamientos eran un accidente que se producía con frecuencia, aun cuando sólo en las épocas primaverales de lluvias.
Los minutos se arrastraban lentamente. El ruido se produjo de nuevo: un débil retumbar, como el que podría haber producido una roca rodante.
Luego se sucedió un largo intervalo antes de que se repitiera el ruido, que sonó más cerca, más fuerte y que, inconfundiblemente, era un trueno.
¿Podría estallar a finales de octubre una tormenta retrasada? Y entonces recordó que Logan le había dicho que algunas de las peores tormentas conocidas en las regiones arizonianas de los desfiladeros estallaban por la noche y eran anunciadas por el significativo rodar de los truenos.
¡Ah! ¡Su archienemigo, el viento! Un largo y extraño suspiro parecía tenderse sobre el bosque, sobre la cabaña, sobre el desfiladero. El suspiro cesó. Lucinda afinó su sensitivo oído. Hasta las copas de los árboles estaban silenciosas. Luego, la impenetrable oscuridad y la opresiva quietud advirtieron a Lucinda que jamás había conocido otras tan intensas. El temor la atenazaba.
Repentinamente, brilló un relámpago, pálido y espectral, fuera de la ventana, que fue seguido del corto y colérico estruendo de un trueno.
Lucinda hizo un llamamiento a su capacidad de sufrimiento para resistir nuevas manifestaciones de la electricidad atmosférica. Pero no se produjeron nuevos relámpagos.
En lugar de suceder tal cosa, el viento adquirió nueva fuerza y mayor volumen. Su bajo y suave murmullo creció hasta convertirse en un zumbido persistente. Lucinda tembló bajo las sábanas. Aquella tormenta podría no ser otra cosa que el retrasado disturbio equinoccional, lo que constituía en aquellas latitudes un terrible desencadenamiento de los elementos.
Un potente rugido del viento corrió a lo largo del desfiladero. Lucinda observó que la furia del viento corría sobre su cabaña, a la altura de las copas de los pinos. Sobre el tumulto, un ruido sordo tras otro atestiguaban que algunos viejos pinos caían rotos como hojas secas a impulsos de la tempestad.
Pero Lucinda sabía que los huracanes otoñales no respetaban ni siquiera los pinos que se hallaban en plena juventud, como los que rodeaban el desfiladero. Los oyó crujir, percibió su inclinación, su esfuerzo por enderezarse. Aquel pino grande, próximo a la cabaña, el que tenía una ancha copa..., ése, Lucinda estaba segura de que caería derribado. Lo que sucediera en aquellos momentos en las alturas de las laderas era cosa que de momento no le importaba. La amenaza estaba más próxima.
Un terrible estampido, que ahogó el estruendo precedente, terminó en una agitación de la tierra. Cayeron piedras de la chimenea. La cabaña se aquietó después del salto de la tierra, y el viento rugió como anteriormente, en las alturas, con el constante zumbido perforado por nuevas conmociones que se produjeron en el desfiladero. Luego, las cataratas de la lluvia se desbordaron y añadieron un diluvio rugiente al frenesí del viento.
Lucinda permaneció inmóvil durante todo el resto de la noche, oprimiendo a su niño contra el pecho, hasta quedar sorda y aterida insensible a los dolores o al temor. La tormenta continuó bramando, y el día amaneció pálido y gris.
Levantándose fatigada, Lucinda quitó las cenizas que cubrían el fuego de la chimenea, al cual volvió a echar nuevos leños y piñas. Preparó el desayuno, alimentó al niño e hizo algunas otras pequeñas labores antes de reunir el valor necesario para mirar al exterior. Oía la sorda irritación del enojado y ensoberbecido arroyo. Cuando abrió la puerta, el sol había brotado, acerado y brillante.
Lucinda halló ante su vista un desfiladero cambiado. El pino grande había caído tan cerca de la cabaña, que algunas de las puntas de sus ramas se habían roto contra las paredes. Otros árboles próximos habían resistido el furor del viento. Allá, en lo alto, había por todas partes árboles derribados.
El arroyo se había convertido en un río amarillo que se deslizaba lentamente hacia el desfiladero, con un agua fangosa cubierta de hojas y ramas.
Lucinda no podría llegar aquel día al corral para ordeñar las vacas. Y en el caso de que Logan regresase, se vería forzado a acampar al otro lado de la corriente. La dorada tonalidad de las arboledas de tiemblos, las escarlatas quebradas, las extensiones de zumaques, las espesuras de robles y meples, que el día anterior fueron un mosaico de bronce y color bermejo, todo ello estaba despojado de su belleza y semejaba hallarse marchito y pardo bajo la cruda luz de la madrugada. Los mojados pinos se erguían oscuramente, con el follaje aclarado y privado de su pardo encaje. Era como si la desolación hubiera pasado sobre la Naturaleza. Algo había desaparecido. El viento entonaba su réquiem en las copas de los árboles. Los días tranquilos, hermosos, cálidos que semejaban siempre ser tardes, habían desaparecido de modo tan irrecobrable como las hojas perdidas en el viento.
Lucinda no pudo comprender cómo podría brillar el sol de un modo tan intenso. Los elementos de la Naturaleza eran tan inexorables como los animales salvajes que desgarraban y engullían la carne viva. Había llegado otra estación, heraldo del invierno. Tenían que operarse aquellos cambios.
Los días, las semanas y los meses se deslizaban siguiendo su inescrutable ciclo. También había de continuar la vida; y los seres humanos eran como hojas arrojadas a la encrespada corriente. Una fuerza innominada, imponderable, se apoderaba de Lucinda.
Su depresión se desvaneció gradualmente a lo largo del día, lo mismo que el hinchado arroyo, el cual fue reduciendo su volumen para adquirir el normal. Con las innumerables tareas que tenía ante sí y con la posibilidad del regreso de Logan. Lucinda se recobró de la emoción sufrida. Cada nueva vicisitud le producía una nueva fortaleza. Comenzó a sospechar que en todo ello se encerraba una lección, una lección que ella podría aprender si tuviera el valor y la inteligencia necesaria para absorberla. Pero temió ciegamente que pudiera doblegarse hasta el punto de adquirir la sumisión letárgica de los bueyes, aun cuando su sentido común negaba la posibilidad de que sucediera.
A la mañana siguiente, el arroyo había decrecido lo suficiente para que a Lucinda le fuese posible vadearlo y ordeñar las vacas. A mediodía, el sol era caliente y brillante. Lucinda vació los sacos de patatas y las extendió para que se secasen. Cada muy pocos minutos se detenía en la labor que realizaba con el fin de mirar ansiosamente hacia el camino para ver si Logan se aproximaba. Logan se retrasaba. Apenas quedaba algo que comer en la cabaña...
Aquella noche durmió agitadamente y al despertar se sintió intranquila.
El alborear de un día hermoso solía animar a Lucinda; pero aquella mañana no lo logró. El trabajo no tuvo la eficacia de hacer que dejase de pensar continuamente en el retraso de su esposo. La ansiedad se convirtió en temor.
Logan llegaría pronto. Lucinda lo sentía. Pero se rindió a un anhelo de salir del desfiladero para mirar hacia las lejanías de la carretera.
No le importó la caminata, aun cuando el pequeño George pesaba mucho. Cuando llegó a la altura y vio la carretera general, se sentó para descansar en el mismo tronco en que lo había hecho para esperar a Logan aquel día en que los bueyes emprendieron una carrera desenfrenada con ella. El lugar le pareció desconocido. Después de mirar a su alrededor, decidió que tendría un punto de vista mejor desde el farallón rocoso que se elevaba al lado de la carretera. Y recorrió fatigosamente la corta distancia.
Desde allí podía ver la amarilla carretera que se retorcía a lo largo del límite del bosque, y hasta varias millas más allá, donde el camino cruzaba una pendiente rocosa. Y mientras estaba mirando, un punto blanco y moviente se presentó. Era un barco de las praderas. El lento movimiento con que avanzaba indicaba que iba arrastrado por bueyes.
—¡Oh, es Logan! —exclamó en tono ahogado, con alegría y consuelo—.
¡Nene, ahí viene tu papaíto!
E inmediatamente el temor indefinido y extraño de Lucinda se desvaneció como una sombra sobre la cual comenzase a brillar el sol. ¡Cuán contenta estaba de haber salido para ver a su esposo antes de que éste llegase al hogar! Todavía tardaría una hora en iniciar el descenso al desfiladero; y hasta sería posible que tardase más puesto que llevaba una carga muy pesada.
«Pero, ¡no debe verme aquí!» —se dijo Lucinda al rendirse a su infantil anhelo. Y corrió a descender del risco a la herbajosa carretera. Coyote se había alejado en persecución de algún animal. La llamó, pero la perra no volvió. Cuando salía dejando el portillo abierto, Lucinda se preguntó qué diría Logan al ver el gran árbol caído junto a la cabaña y que había estado a punto de derribarla. Probablemente examinaría el accidente desde un punto de vista utilitario, como hacía en otra ocasión. «¡Diablos! ¡La tormenta me ha colocado leña para todo el invierno exactamente a la puerta de mi casa!»
De todos modos, Lucinda pensó que las cosas recobraban una tranquilizadora normalidad. Pasarían seis meses antes de que Logan volviera a separarse de ella, en la próxima primavera. Seis meses que transcurrirían sin el opresivo temor a la soledad que había gravitado sobre ella con tanta fuerza.
Y nuevamente se sintió joven y feliz; y su amor por Logan desbordóse de su corazón.
Cuando hubo subido la pendiente que conducía a la cabaña, vio los muchos montones de enormes patatas que brillaban a la luz del sol... Aquel inesperado caso de buena suerte, así como el resto de los trabajos que ella había realizado, arrancarían a Logan unas exageradas manifestaciones de alegría.
Acalorada y ahogada, Lucinda entró en la casa para colocar al dormido nene en la cestita.
Repentinamente, oyó un sonido que se producía en el exterior. ¡Un paso apagado! ¿Podría haber sido Coyote? Quiso correr hacia la puerta, mas algo reprimió el rápido movimiento iniciado. Y desde donde se hallaba pudo ver diversos caballitos de largas crines. Sobre dos de ellos se instalaban unos jinetes. ¡Unos jinetes delgados, de rostro oscuro, de aspecto salvaje! Eran indios. Y en aquel instante, un indio alto avanzó unos pasos para enfrentarse con ella.
Lucinda vio un rostro hermoso y sombrío iluminado por unos ojos grises y penetrantes. Antes de que se hubiera presentido en su imaginación una idea, el indio la empujó al interior de la cabaña, escupió en el umbral, y entró a su vez.
—¡Mí Matazel! —anunció impresionantemente; y se golpeó el pecho, adornado de cuentas y abalorios, con una mano fuerte y parda.
«¡Aquel apache!»... —Lucinda pareció haber echado raíces que la sujetasen al suelo. El enemigo mortal de Logan, el apache que había jurado saldar la cuenta que con él tenía, ¡se hallaba allí! Lucinda apreció lo magnífica que era la presencia del salvaje, lo desgarrado de sus ropas, aun cuando la tuviera inmovilizada con la mirada que le dirigía con unos ojos que semejaban poseer el hipnótico poder de una serpiente. Eran unos ojos grises, un poco parecidos a los de Logan, y cuando su mirada recorrió el cuerpo de la mujer, cobraron una expresión que parecía brotar de una llama ardiente.
—¿Qué quieres?— gritó ella.
—¡Matazel saldar cuenta! ¡Matazel llevarse mujer Huett! —silbó más que dijo, mientras tendía una mano hacia ella—. Di no... y mí matarte, quemar cabaña... Repentinamente, Lucinda oyó el agrio chirrido de las ruedas del carro de Logan, que descendía la aguda pendiente de la carretera en la parte que conducía a los encerraderos. También le oyó el apache. Y después de haberle dirigido una significativa mirada, el indio se separó de Lucinda, volvió aprisa y salió silenciosamente de la cabaña. Lucinda lo vio unirse a sus compañeros. Evitando recorrer el camino, los indios se dirigieron hacia la parte alta del desfiladero y se perdieron rápidamente de vista.
Las piernas de Lucinda temblaron bajo su peso de un modo tal, que estuvo a punto de caer desmayada. Logan el leñador, el hombre que tan bien conocía el bosque, vería, seguramente, las elocuentes huellas denunciadoras de la visita de los apaches. Y cogería su rifle y perseguiría a Matazel. Los apaches habían oído a Logan, y seguramente intentaría» tenderle una emboscada para matarlo. Logan no debía saberlo jamás. Cuando oyó las pisadas de los bueyes y el alboroto que promovían al cruzar el arroyo, Lucinda cogió una escoba y salió para borrar las huellas de mocasines que se marcaban en el exterior.


VII
Huett salió bajo la luz gris del amanecer, contento de percibir la levedad de unos copos de nieve sobre el rostro, ya que ello significaba una moderación del intenso frío. El duro invierno, con la abundancia de nieve en las alturas, había imposibilitado la realización de su proyecto de atrapar grandes cantidades de castores y de otros animales. El invierno había alejado del desfiladero a los animales de pieles valiosas. La profundidad de la nieve había llevado a un puma viejo a los lugares protegidos, y la pequeña manada de Huett sufrió pérdidas de importancia.
Cargado con el cubo, Huett se dirigió al cobertizo donde tenía las vacas.
Bajo la pálida luz, el arroyo se marcaba como una cinta negra entre la blancura del desfiladero. Solamente cuando la temperatura alcanzaba el punto frío más riguroso se helaba el agua. Logan estaba pensando que sería conveniente que comenzase el deshielo. Se le había agotado el heno, y el forraje de que disponía no podría durar más de un mes. Las vacas y los novillos y las tres terneras que le restaban debían ser prontamente puestos en libertad en los terrenos de pasto. Había alimento suficiente para ellos en las vertientes del sur, pero el riesgo de pérdida era mayor en la parte abierta del desfiladero.
«Bien, no lo sé... —monologó el colonizador—. Ese viejo Tom el puma, ha entrado en mi corral para matar mis reses. Si no hubiera sido por él, habría sufrido pocas pérdidas durante el invierno. ¡He de matar a ese viejo felino!»
Llevó una brazada de forraje a Bossy, y la arrojó bajo el cobertizo.
Estaba a punto de sentarse en el cajón acostumbrado, como operación preparatoria para ordeñar la vaca, cuando oyó un ruido de pezuñas y el mugido de las vacas en el extremo del lejano encerradero.
«Es ese endemoniado puma... ¡Con toda seguridad!» —murmuró Huett en tanto que se enderezaba para escuchar mejor. Luego se oyó un arañar de garra en la alta cerca, un golpe suave y una especie de gruñido seguido del mugido, repentinamente interrumpido, de una ternera.
Huett miró a su alrededor en busca de algún arma. Había olvidado imprudentemente recoger el rifle a su salida de la casa. Había una horca en el establo, pero encontró más cerca de sí un azadón, que recogió al mismo tiempo que corría hacia el portillo más próximo. Tuvo tiempo de ver una mancha negra y convulsiva sobre la nieve, de oír un desgarrar de carne y una ahogada aspiración de aire. Un instante más tarde, un puma enorme, gris bajo la difusa luz del alba, abandonaba la ternera y saltaba en dirección a la cerca.
Huett gritó y corrió blandiendo el azadón. El puma saltó y llegó a dos tercios de altura de la cerca. Luego continuó trepando por ella con la agilidad de un gato. El animal clavó las garras en la parte superior y estaba elevándose cuando Huett, con un terrible oscilar del cuerpo, lo golpeó y lo forzó a caer de la cerca. El golpe fue tan potente, que arrojó al puma casi a veinte pies de distancia, hasta un rincón del cercado. Y lo dañó de modo notable, como Huett pudo apreciar con rapidez.
El colonizador saltó a su vez para aprovechar aquella favorable coyuntura que se le ofrecía y con la esperanza de poder asestar un golpe definitivo al gigante antes de que se recobrase. Llegó un instante demasiado tarde. El puma se volvió con terrible rapidez de modo que la nieve del suelo voló a su alrededor, y retrocedió hasta el mismo rincón, encogido para saltar, resoplando explosivamente, con los ojos tan resplandecientes como si fuesen dos globos de fuego.
—¡Ah, ya te tengo ahora! —exclamó Huett al mismo tiempo que agitaba violentamente la pala—. ¡Maldito devorador de terneras! ¡No volverás a comerte ninguna otra...! ¡Voy a partirte la cabeza!
El puma saltó. Huett hizo frente a la embestida por medio de un vigoroso avanzar de la pala. La pala acertó al animal en la abierta boca. El rompimiento de dientes fue seguido de un irritado gruñido. Luego, se produjo un rechinar de huesos sobre el hierro. Huett pudo arrancar la pala de la presión que sobre ella ejercía la boca del puma, y le descargó un nuevo golpe que lo envió patas arriba al rincón de la cerca.
—¡Te defiendes, puma acorralado!, ¿eh? —gritó Huett con fiero enojo—.
¡Ahora tienes por enemigo a un hombre, no a una ternera, gato malvado...!
¡Toma eso..., asesino...! ¡Escupe, ruge...! ¡Voy a arrancarte esos ojos de ladrón que tienes!
Vencido y arrinconado, el puma se retorció sobre la espalda, emitió horrorosos rugidos y golpeó con las zarpas el arma ofensora. Huett levantó el arma y la dejó caer de costado y con terrible violencia. La pala se clavó en la cerca. Un instante después, el puma se volvía y atacaba a Huett, cuyo brazo izquierdo aprisionó entre las mandíbulas. Afortunadamente, el grueso cuero de la chaqueta impidió que el brazo del hombre fuera desgarrado.
Arrancando la pala cuya hoja continuaba clavada en la cerca, Huett dio un mazazo con ella al animal, entre los ojos, que semejaban despedir un fuego verdoso. La hoja de la pala se desvió al chocar contra el cráneo, pero uno de los ojos de la bestia saltó como una luz que se extinguiese. La pala se rompió, y su mango quedó en manos de Huett, que golpeó con él hasta el momento en que la madera voló hecha añicos. Mas había conseguido libertarse el brazo. Con la rapidez de un relámpago, Huett cogió el cuello del puma entre las manos y apretó con todas las fuerzas de que podía disponer.
Un júbilo tumultuoso corrió por sus venas. El joven murmuró unas palabras al apretar la presión que ejercía sobre el pescuezo del animal. Insensible al desgarrar de las zarpas del puma, levantó al animal hasta donde pudo, lo golpeó la cabeza contra la cerca y apretó más y más la presión, hasta que la bestia quedó inmóvil entre sus manos.
Huett lo mantuvo en alto un momento y se deleitó en la exaltación que le producía el triunfo. Luego soltó al animal y retrocedió tambaleándose hasta apoyarse en la cerca desde donde lanzó una mirada a su alrededor. La luz del día comenzaba a extenderse. La nieve había cesado de caer. El rincón del cercado se había convertido en un área de terreno arado y cubierto de nieve manchada de sangre. El brazo izquierdo de Huett y las dos piernas, hasta donde comenzaban las botas, habían resistido el feroz ataque de la bestia; pero las mangas y las perneras estaban totalmente destrozadas y cubiertas por completo de sangre.
Comprobando que estaba seriamente desgarrado y mordido, Huett se apresuró a regresar a la cabaña. Lucinda estaba ya en pie, inclinada sobre un fuego que ardía brillantemente.
—¡Logan...! ¿Qué ha sucedido? preguntó mientras se enderezaba con ojos desorbitados.
—No te alarmes. Estoy perfectamente bien. He tenido una lucha endemoniada con un puma... ¡Ese viejo Tom! Y lo he matado... Pero me ha lesionado de un modo doloroso.
Lucinda solamente pudo emitir una exclamación de temor cuando le vio quitarse la chaqueta, cuya manga izquierda estaba del todo deshecha.
Luego, Huett —se despojó de la camisa.
—Luce, ¡no pongas esa expresión de temor! —dijo amargamente—. ¡Si vieras al viejo Tom...! Necesitamos agua caliente y unos trapos limpios... He oído decir que una mordedura de puma es casi tan mala como la de una zorrilla hidrófoba. Hay el peligro de envenenamiento de la sangre... ¿Tienes algo que ponerme en las heridas...? ¿Alguna medicina... o algún ungüento fuerte?
—No. Empleé lo que me restaba... Tenemos un poco de trementina. Pero no podrás aplicártelo...
—¡Eso es lo que necesito! Trae la jofaina, Luce. Veamos... Agua, no demasiado caliente... Ahora ¡lava la sangre! Hazlo sin temor a hacerme daño, Luce. Cuando era escucha a las órdenes de Crook, vi con frecuencia cómo curaba el doctor las cortaduras y las heridas de bala. Lo importante es lavarlas a fondo... ¡Uf! Ahí es donde el puma me clavó uno de sus grandes colmillos. Creo que le rompí el otro con la pala. Si no hubiera tenido puesta la chaqueta de cuero... ¡Diablos!
—¿Te duele, Logan?
—¿Dolor? No. Estaba solamente pensando lo que ese viejo Tom podría haberme hecho... Busca unas vendas antes de utilizar la trementina... Me desgarró de mala manera el brazo izquierdo... ¡Muy bien! ¡Uf...! Haz que entre un poco de trementina en el fondo de la herida... ¡Muy profundamente!
¡Hasta el fondo!
Logan creyó sudar sangre durante el proceso de aplicación de la terrible trementina; pero habría sido capaz de soportar nuevamente los dolores a cambio de librarse del puma devorador de terneras. Cuando Lucinda le hubo vendado el brazo, reconoció la pierna, en la que halló unas desgarraduras profundas y largas, pero de escasa gravedad. Y al terminar el proceso de desinfección y vendaje de todas las heridas, Huett se creyó inmerso en un baño e fuego. Paseó incansable e inquietamente de un lado para otro en tanto que Lucinda reanudaba la labor de preparar los desayunos. La perra, Coyote, estaba sentada junto al hogar, con ojos atentos y vigilantes.
—Luce, ese puma era nuestro peor enemigo —dijo Logan, con voz que reflejaba su estado de animación y de alegría por haber conseguido eliminarlo—. Ahora, cuando ya ha desaparecido del mundo de los vivos, podremos criar algunas terneras... Y esto me recuerda que olvidé mirar si mató a la vaquilla que acometió.
Después de echarse una manta sobre los hombros, Logan salió. La nieve había comenzado a caer nuevamente. El aire era frío y húmedo. Logan encontró muerta a la ternera. Juzgando por las huellas, que eran para Logan como páginas impresas, el puma había dado un último salto de cerca veinte pies y, cayendo sobre la ternera, le había hundido los colmillos en la parte superior del cuello, y con ambas garras delanteras le había doblado el cuello hacia atrás hasta partírselo.
—¡Era un asesino! ¡Maldición! Eso significa que habré de descuartizar esa ternera —murmuró Logan para sí. Luego volvió a poner la atención en el puma. El golpe de Logan le había desgarrado un lado de la cabeza y le arrancó un ojo y una oreja. No se le veían otras heridas... —He aquí una piel que no venderé. Era el puma más grande que he visto. Ha sido una buena labor la de esta mañana, a pesar de que haya perdido una ternera...
Logan regresó a la cabaña arrastrando el cadáver del puma sobre la nieve y hasta el interior de la vivienda.
—¡Aquí está el maldito animal! —exclamó al entrar—. ¿No era hermoso...?
Haré una alfombra de su piel... ¡Atrás, Coyote! Si hubieras sido un verdadero perro, habrías olfateado este puma y nos habrías librado... solamente Dios sabe de qué.
Después del desayuno, Logan desolló el puma y clavó la piel en una pared exterior. Luego comenzó a descuartizar la ternera. Estaba en extremo mareado y sufría grandes dolores como consecuencia de las heridas y de la aplicación de la trementina, todo lo cual le debilitaba. Sus movimientos carecieron del vigor y de la rapidez habituales. Tardó mucho tiempo en realizar aquella labor, pero finalmente colgó los restos de la ternera de una viga. Luego, volvió a la cabaña.
—Luce, no podré ordeñar esta mañana —dijo mientras se dejaba caer sobre una silla—. Habrías de hacerlo tú.
—Perfectamente, Logan... Debes de estar padeciendo una verdadera tortura. Estás pálido y macilento.
—Reconozco que me encuentro muy mal. He perdido mucha sangre... y esta maldita quemazón de la trementina... Ten cuidado al andar, querida, el suelo está muy resbaladizo esta mañana, y tú te encuentras nuevamente encinta. —Y movió la cabeza tristemente—. Creo, que habré de pasar una temporada acostado... ¡Y tú, sola, para atender al niño y realizar todo el trabajo...! No nos ayuda la suerte, Luce.
—La suerte podría comportarse peor, Logan... Espero que podré arreglármelas de modo que haga los trabajos más necesarios... Lo peor de todo, son los dolores, que padeces.
—Supongo que no tardarán mucho tiempo en desaparecer— replicó él, cansado.
Pero los dolores no se disiparon sino que se hicieron más violentos.
Logan soportó la noche más terrible de todas las de su vida. La mañana lo halló atacado de fiebre, con las piernas y los brazos hinchados y palpitantes.
La quemazón de la trementina se había aplacado.
Logan permaneció despierto bajo la luz gris del amanecer. Siempre pensaba lentamente, torpemente, y en aquellos momentos con mayor motivo por el estado en que se hallaba; pero no dejó de pensar que la situación requería la aplicación de medidas extremas. Su fiel esposa no debía ser cargada con todo el trabajo que representaba la atención de la cabaña y de los encerraderos. Hacía varios meses que su salud se había resentido, que se hallaba meditativa y apenada. Todo ello era consecuencia de la gestación del nuevo hijo. Que él sucumbiese a sus heridas, que fuese víctima de una intoxicación sanguínea, que hubiese de permanecer en cama, como un inútil, por espacio de semanas, o acaso de más tiempo..., todas éstas eran cosas absolutamente imposibles. Y en aquel momento comenzó su lucha.
Logan no perdió fácilmente la cabeza. Su voluntad estaba de acuerdo con su gran fortaleza física. En muchas ocasiones durante los tres días siguientes, especialmente durante la noche, se vio forzado a sentarse en lecho para no perder el conocimiento. El silencio, la soledad y la oscuridad se cernían sobre él como demonios. Logan soportó los dolores sin descubrirlos ante Lucinda, aun cuando la atención constante y la solicitud de ella le daban motivos de preocupación. Durante tres largos días y tres largas noches luchó por levantarse. Y durante este tiempo no cesó de apreciar la atención con que Lucinda le cuidaba las heridas e intentaba aliviar sus sufrimientos. Lucinda hubo de partir leña porque, a causa de la excepcional frialdad del invierno, se había agotado la que tenían almacenada. Al verlo, Logan se entregó a duras recriminaciones de desesperación contra sí mismo a causa de su imprevisión. Pero ella no hizo caso de sus protestas y continuó realizando de manera estoica los trabajos que consideró necesarios. Mientras se preparaba el desayuno atendía a las necesidades alimenticias del pequeñuelo, que era ya un niño lozano y se desarrollaba de modo perfecto. Durante el transcurso del día, no había momentos de descanso para ella. Aquel atardecer y durante la noche siguiente y la inmediata mantuvo ininterrumpidamente encendido el fuego.
Al cuarto día Logan hizo un esfuerzo por levantarse. Se tambaleó.
Parecía que su fortaleza se había extinguido del todo. No podía utilizar el brazo izquierdo, ni mover, sino muy torpe y dolorosamente, la pierna izquierda. Pero partió leña, obstinadamente, ordeñó las vacas, encendió una hoguera, llevó el forraje a los encerraderos. Silencioso, afanoso, irreductible, se negó a permitir que sus músculos interrumpiesen la agotadora labor.
Las noches y los días fríos fueron suavizándose gradualmente. Logan se vio al fin libre de fiebre. La oscura y terrible fuerza que obrara sobre él, el lento hervor de su sangre, los vahídos y los puntos negros que constantemente bailaban ante sus ojos, el calor de su carne..., todo esto fue volando juntamente con los días a medida que Logan se recobraba.
Logan no podía recordar que en toda su vida hubiera acogido con tanta alegría la llegada de una primavera. La nieve se deshizo en las laderas, los patos comenzaron a parpar, las margaritas azules se doblaron bajo los pinos. Volvieron a graznar los grajos, se vieron huellas de osos en los lugares descubiertos y el sol brilló de día en día con mayor calidez... No podían negarse estos anuncios de verano. Y llegaron a ser el cumplimiento de una promesa. Lucinda recordó una máxima que conocía: «Si el invierno llega, ¿puede estar muy lejos la primavera?» ¡Oh! Ya había llegado, y las dudas de Logan se desvanecieron. Logan volvería muy pronto a ser el que antes era, volvería a iniciar su ardiente trabajo de colonizador tendría hijos que le ayudasen a cabalgar, a vigilar, a partir leña, a disparar y a conducir.
Y entrevió el día, que habría de llegar con el paso de los años, en que aquel desfiladero y el otro situado a su pie estuviesen llenos de ganado..., de las treinta mil cabezas que aquellos magníficos pastos podrían sostener.
Aquella primavera, Logan no fue a Flag. Lucinda le suplicó que esperase hasta que hubiera llegado el nuevo hijo, con lo cual ella podría acompañarle. ¡Cuán sombríamente se había jurado a sí misma que nunca más volvería a estar sola en el Desfiladero del Sicómoro! Pero Logan se mostró complaciente. Era justo que se excusasen y comprendiesen sus caprichos de la época de gravidez, puesto que era una compañera tan maravillosa. Aquella constante y sumisa lealtad no podía pasar inadvertida a Logan. Lucinda Baker podría haberse casado con un hombre mejor que él, con uno que hubiese correspondido sus esperanzas de comodidad y de bienestar, como tenía derecho a esperar. Logan Huett jamás lo olvidaba. Y esto era un acicate que lo acuciaba incesantemente.
Los caballos de Logan se albergaban en las proximidades de la cabaña, y siempre andaban de un lado para otro en busca de un poco de heno o de la cantidad de grano que solía distribuirles diariamente. Había adquirido el hábito de amaestrar a los caballos durante el tiempo que permaneció al servicio del ejército. Ningún caballista tendría jamás necesidad de seguir las huellas de un caballo amaestrado. No obstante, sus bueyes estaban junto a las reses vacunas, en el fondo del desfiladero. Logan encontró seis novillos y el toro. Su manada se había reducido nuevamente. En lugar de indignarse por las nuevas pérdidas, Logan` se alegró de que fuesen tan pequeñas.
El hielo se derritió en el terreno y el agua se secó. Logan comenzó a realizar las labores primaverales de labranza. El de arar resultó un trabajo de lenta realización a causa del paso de caracol de los bueyes. Llegaría un día en que Logan poseería un buen tronco de caballos labradores. Su pobreza no anulaba sus sueños ni sus proyectos. Conocía cuál era su gran capital: su fortaleza, su capacidad para el trabajo, su indomable optimismo.
La adversidad no podría destruir ninguna de tales fuerzas. Además, era el porvenir lo que encerraba sus esperanzas; y solamente el lento principio le llenaba de ira contra las temporadas y los obstáculos.
Aró todo el terreno que había cultivado durante el año precedente, con excepción de los diez acres arenosos que había plantado de maíz. Para maizal escogió un terreno más bajo, próximo al arroyo en que brotaba abundantemente la hierba. Y triplicó el área destinada a siembra de patatas.
Aquel otoño vendería doscientos bushels. El plantado era la tarea que más le agradaba, con excepción del trabajo relacionado con el ganado. Logan evitó cuidadosamente incurrir en los errores que había cometido el año anterior. Y plantó y sembró desde el alba hasta el anochecer por todo el terreno rico; mas cuando llegó al futuro maizal, se presentaron las cornejas tan pronto como comenzó a sembrar.
¡Toda una nutrida bandada de cornejas graznadoras!
—¡Todas las malditas cornejas de Arizona! —exclamó indignado Logan—.
¿Por qué no vais algunos de vosotros a visitar a algún otro agricultor, pajarracos negros?
Aquella primavera renunció a su propósito de matarlas. Todo el maíz que sembró durante el primer día lo comieron las aves que marchaban tras él en espera de que arrojase el grano. Al día siguiente decidió cubrir las preciosas semillas. Aquellos pajarracos no sabían cavar.
«En el caso de que este verano sea seco, regaré», se dijo Logan mientras miraba la tierra y observaba su proximidad al arroyo. Subiendo a la parte alta del desfiladero, podría encauzar el agua y hacer que corriese sobre sus terrenos. Apenas dedicó un pensamiento a las dificultades que la tarea presentaba. Después de haber sembrado el maíz, comenzó a plantar las habichuelas. En una región en que las habichuelas debían, según se decía, brotar prodigiosamente, Logan había fracasado. Todavía le restaba un saco, que sería suficiente para cubrir los surcos preparados. Pero carecía de semilla de nabos.
Una mañana, durante el desayuno, Lucinda dijo:
—Logan, ¿estamos en julio?
—¿Julio...? Es cierto... ¿Cómo lo sabes?
—He llevado cuenta de los meses... «Mi día» se acerca.
—¡Ah! Casi lo había olvidado, querida. Quisiera poder sufrir tus padecimientos... ¡Otro hijo! Me gustaría que naciese el día 4 de julio. De todos modos, pienso llamarle Abraham Lincoln Huett.
—Espera, debemos esperar hasta que nazca.
—¿No sería mejor que descansases, Lucinda? —preguntó ansiosamente—.
Siempre estás en pie, aun «cuando no me estés ayudando.
—Me siento fuerte... inquieta. No me canso jamás. Cuando estoy ociosa, me pongo triste y cavilosa.
—¡Sé tan poco acerca de esas cosas...! ¿Puedes decirme aproximadamente cuándo...?
—No demasiado pronto. Pero cuando llega la hora, la mujer lo sabe siempre... Debes estar preparado para ir en cualquier momento en busca de la señora Holbert.
—Puedo ir y venir con ella en cinco horas.
—Me parece una rapidez razonable, según creo... Pero todo podría terminar en menos tiempo... Esperemos que no... No obstante, debes tener preparado el caballo.
—Tendré a Buck siempre en el encerradero. No te preocupes, querida. No tienes motivos para inquietarte. Estaré siempre cerca de ti para acudir en el acto a tu llamada.
—Logan, cuando te entregas a tu trabajo, te olvidas hasta de que existo —dijo ella sombríamente.
Pasaron varios días, durante los cuales Logan no cesó de pensar en su esposa y abandonó frecuentemente su trabajo para ir repetidamente a la cabaña. Nunca se alejó mucho de ella. Sin embargo, viendo que Lucinda se entregaba a sus trabajos como de costumbre la ansiedad de Logan se aplacó.
Esperaba que ella le daría alguna indicación que le preparase para lo que habría de realizarse.
Había una barranca larga y ancha que se abría en el desfiladero, un lugar favorito del ganado durante la época de calor. Era sombroso y estaba cubierto de hierba lozana y verde. Logan no había cerrado la parte superior de tal quebrada, puesto que jamás había subido a ella ninguna res. A pesar de ello, una tarde en que se encontraba cerca de aquel punto, descubrió con desaliento que algunas de sus reses habían logrado llegar hasta el borde superior de la abertura. Las halló en un terreno pantanoso y poblado de tiemblos, y se apresuró a obligarlas a retroceder. Después transportó maderas y troncos para obturar la abertura, lo que le economizaría tiempo en lo sucesivo. Cuando hubo terminado la labor, se encaminó a la casa y vio que la tarde había transcurrido por completo. La sombra de la profunda barranca en que trabajó le había impedido darse cuenta del declinar de la luz y de la llegada de la oscuridad.
La oscuridad era casi completa cuando llegó a la cabaña. Las aves nocturnas volaban lanzando gritos ásperos y Tos insectos habían iniciado su coro de zumbidos. El soñoliento calor del día comenzaba a enfriarse. Logan se sorprendió de ver que no había luz en la cabaña. Corrió para llegar a ella, acometido de un repentino temor, y al llegar ante la abierta puerta observó que la cabaña estaba vacía.
—¡Luce! —llamó ansiosamente. Lucinda no respondió. Logan entró y repitió, en aquella ocasión más fuertemente, el grito anterior. Lucinda no estaba en la cabaña. Logan salió para repetir su llamada. En el caso de que ella hubiera ido en busca de agua o de leña, debería oírle; pero no obtuvo respuesta. El único lugar en que Lucinda podría hallarse, pues, sería el corralillo de las vacas. Era probable que el olvido de Logan, que no había regresado a tiempo de ordeñar las vacas, la hubiese inducido a hacerlo por sí misma... Se trataba de una mujer que jamás olvidaba ninguna de las tareas que habían de cumplirse.
Logan comenzó a recorrer la senda descendente. Las estrellas habían empezado a parpadear. Logan oyó un golpeteo en tierra, a sus espaldas; era la perra, que corría hacia, él saltando y plañendo. Coyote no podría estar muy lejos de Lucinda. Sin embargo, aquella impresión que Logan había recibido de que había sucedido algo perturbador, no lo abandonó.
Y corrió en dirección al cobertizo. ¡Todo estaba oscuro! Pero Lucinda no habría vacilado en ordeñar aun cuando ya se hubiese hecho oscuro. Logan oyó el ruido que producía el heno al ser rumiado. Coyote se había separado de él, y Logan se dio cuenta de que Bossy estaba ante su pesebre.
—Lucinda... ¿Estás ahí? —gritó dubitativamente Logan mientras miraba entre la oscuridad. El temor le acuchilló y le produjo un dolor vivo, angustioso.
—Aquí... estoyrespondió Lucinda con voz de la que parecía se desprendiera la vida.
Logan recorrió a tientas el camino hasta el cercano establo, que había estado destinado anteriormente a almacenamiento de heno, del cual aún quedaba una pequeña cantidad. Y volvió a llamar roncamente.
—¡Aquí! —replicó ella bajo los pies de él.
—¡Luce...! ¡Esposa! —gritó él al tiempo que— se arrodillaba para extender los brazos en busca de Lucinda—. ¿Qué ha sucedido?
—Quise ordeñar... antes de que anocheciese... Pero no pude hacerlo...
Me llegó la hora... Tu hijo..., Abraham Lincoln..., acaba de nacer ahora mismo... Tenía mucha... mucha prisa... por llegar... a este mundo...
—¡Hijo! ¡Abraham...!! Oh, Dios mío...! Luce, esto es terrible... ¿Qué voy a hacer...?
—Déjame aquí... Ve en busca de la señora Holbert... —Permíteme que te lleve a la cabaña...
—No sería prudente... Será preferible que vayas... lo más rápidamente que... puedas... El niño está vivo...
Logan encendió con mano temblorosa una cerilla. La luz resplandeció.
Logan vio que su esposa estaba tumbada sobre la capa de heno, tan lívida como un cadáver. Parecía tener un rostro pequeño..., hundido..., con ojos demasiado grandes... y terribles... Recogido bajo uno de sus brazos aparecía un ser diminuto que tenía una mata de cabello negro.
—¡Bien! ¡Hola, Abraham! —dijo Logan con estrangulada voz.
Pero no volvió a mirar a su esposa. La cerilla se extinguió entre unos dedos que no parecieron percibir la quemadura.
—Luce, me duele tener que abandonarte... Pero no sé qué hacer. Si...
—¡Vete, Logan! ¡No pierdas más tiempo!
Huett lanzó una exclamación ronca y, corriendo torpemente en la oscuridad, ensilló y embridó a Buck con manos que temblaban a pesar de los esfuerzos que hizo por aquietarlas. Montó y comenzó a recorrer la senda ascendente. Buck no era un gran corredor, pero sí incansable y fuerte y podría galopar por tiempo indefinido. Con excepción de las cuestas arriba, donde Logan se vio obligado a caminar despacio, el colonizador llevó continuamente al caballo a la máxima velocidad posible.
La dureza del esfuerzo asentó paulatinamente los nervios de Logan; pero no le fue posible recordar que en ningún momento de su existencia hubiera sido presa de una agitación tan intensa. Su arraigado hábito de prever anticipadamente los obstáculos le permitió aplicar la plenitud de sus facultades mentales a salvar los obstáculos de la carrera a través del bosque.
Donde la masa de pinos era más densa, había una oscuridad mayor y eran mayores también la cantidad y la profundidad de los baches y accidentes de la carretera. Pero al llegar a los lugares descubiertos, Logan conseguía ganar tiempo. Vigilante y tenso en su concentración acerca de la disposición del terreno, apenas se dio cuenta de los minutos. Finalmente, salió de la profundidad del bosque y llegó a la zona descubierta, al extremo Sur, de la cual resplandecía bajo la luz de las estrellas el Lago Mormón. Media hora más tardé, Buck había llevado a su jinete hasta la puerta del rancho de Holbert.
El ranchero y las mueres de la familia se sorprendieron al ver la entrada súbita de Logan; y principalmente al observar la alegría que se adueñó de él cuando vio que se hallaban en casa. Y mucho más al oír su frenética súplica de ayuda.
—¡Engancha pronto, John! —dijo con calma la más vieja de las mujeres—.
Mary, ven a ayudarme a prepararme... No se inquiete, Huett. Todo se desarrollará felizmente. En los tiempos pasados, hubo un hombre muy bueno que nació en un pesebre.
Logan desensilló a Buck y lo dejó en libertad en los pastos. Luego corrió a la cuadra, donde Holbert estaba preparando el carro a la luz de una linterna.
—¡No tardaré ni un instante! —anunció el ranchero—. Bill ha ido en busca de los caballos. Los llevé al agua hace menos de una hora... Todo el camino es cuesta abajo. Podrás cubrir la distancia en menos de tres horas. Mi esposa está habituada a asistir en casos semejantes... No, no te sobresaltes, Huett. Ése es un accidente muy común en las vidas de los colonizadores.
Logan pensó fugazmente que carecía de algo que los colonizadores como Holbert poseían; pero su seguridad y su cordialidad le animaron de modo extraordinario. Y, por primera vez, abrigó el mismo deseo de Lucinda: el de tener vecinos próximos. Al cabo de unos instantes, Holbert llevó el carruaje a la puerta de la cabaña. Logan lo siguió junto a su yerno. Cuando hubieron llegado a la casa, las mujeres salieron.
—Llevaremos la linterna —estaba diciendo en aquel momento la señora Holbert—. Pero la pondremos fuera del carro. Da cerillas a Huett. Pon varias mantas bato los asientos... ¿Se me habrá olvidado algo?
—Creo que no, mamá.
Las mujeres subieron al alto asiento posterior. Holbert entregó las riendas a Huett y saltó a tierra.
—Es un tronco muy fácil de conducir, Huett. Llévelo a un trote rápido, excepto en las cuestas... ¡Buena suerte!
—Muchas gracias, Holbert —dijo Logan, reconocido. Y se puso en marcha y volvió hacia el Sur al llegar a la carretera principal. Una media luna se había elevado sobre el negro de la selva y brillaba suavemente sobre el lago.
«Eso será una buena ayuda», pensó Logan. Las mujeres se envolvieron las piernas en unas mantas y se hundieron en un silencio que fue muy grato para Logan. El conductor se entregó a la tarea de conducir los caballos y realizó un esfuerzo por anular su ansiedad; bajo la influencia del vivo movimiento, apenas se dio cuenta del arrastrarse del tiempo. Holbert había hablado modestamente acerca de su tronco; los caballos trotaban incesante e incansablemente al arrastrar el ligero vehículo. El lago pasó a su lado, la luna se remontó, y las secciones de negro bosque se hicieron más largas a medida que los viajeros avanzaban.
Antes de que Logan lo creyera posible, llegó al Valle Largo, y al cabo de muy poco tiempo se movía cuesta abajo en el Desfiladero del Sicómoro, iluminado por la luz de la luna.
Deteniéndose en los encerraderos, Logan saltó del carro para lanzarse velozmente en dirección al cobertizo. Apenas pudo ver confusamente a Lucinda, que se hallaba tumbada sobre la delgada capa de heno. El momento fue doloroso y conmovedor. La voz casi le faltó a Logan, pero su esposa le oyó y le contestó.
—¡Ay! exclamó Logan fervientemente—. Ya han venido, Luce —y corrió de nuevo hacia el vehículo—. ¡Está viva, señora Holbert! —gritó de modo infantil—. ¡Y ha hablado!
—No he dudado de que estuviera viva. ¿Qué había supuesto usted, joven? Quite la linterna, y entrégueme ese fardo.
Logan oyó que la animadora mujer colonizadora hablaba alegremente a Lucinda. Detuvo los caballos junto a la cerca del encerradero, y recorrió el camino a pie; al cabo de unos momentos que le parecieron una eternidad, la más joven de las dos mujeres fue a buscarle.
—Mamá dice que es un chiquillo muy fuerte y que se parece mucho a usted. Los dos están muy bien —le tranquilizó—. Cuando llegue la mañana, podrán ser transportados a la casa. Nosotras nos quedaremos aquí con ellos... Y usted puede ir a acostarse.
Logan murmuró unas torpes palabras de profunda gratitud para ella y su madre y para algo o alguien más, de lo que solamente tenía una vaga conciencia. Desenganchó los caballos y los dejó en libertad. Luego se dirigió a la cabaña y se sentó en el exterior, ante la abierta puerta, y se limpió el sudor que le corría por el rostro. El silente desfiladero, con su ondulante cinta de plata, semejó increparle.
«Es cierto que hay algo con lo que no había contado», se dijo Logan amargamente. «Ese parto de Luce en esta región inhóspita a que la traje para poner en práctica mis disparatados proyectos de ranchería... ¡Mi proyecto de tener una mujer sufrida, unos hijos robustos y sanos...! Ahora comienzo a comprender lo que vale una mujer.»
Logan trabajó sus campos. Antes de que hubiera transcurrido el mes de agoste, Lucinda le ayudaba a hacer la recolección. La lluvia y el calor habían sido los normales en aquella estación. Logan no recogió una cosecha excepcional, mas se sintió satisfecho al obtener lo que en comparación con las de los mezquinos años anteriores representaba un gran progreso. Y pudo guardar en sacos más patatas que cuantas habría podido llevar a la ciudad en un solo viaje. El maíz no maduró bien, pero la cantidad que obtuvo fue la suficiente para mantener durante el invierno a las reses que se proponía encerrar en su cercado. La recolección estuvo terminada a mediados de septiembre. Entonces Logan experimentó un ardiente deseo de realizar su viaje a Flag. Cuando regresase, octubre estaría muy avanzado: era la única época en que disponía del tiempo libre necesario para recorrer los bosques armado de su rifle.
Lucinda sostuvo su anhelo de hacer en su compañía el viaje a Flag. Y lo hizo, a pesar de la gran carga que el carro transportaba, y llevó a su hijo pequeño en el regazo; George se instaló en el vehículo del mejor modo que le fue posible. Acamparon la primera noche en Turkey Flat, la Llanura del Pato, y al siguiente atardecer llegaron al Lago Mormón, donde los Holbert, los acogieron cariñosamente.
—Abraham Lincoln Huett, ¿eh? —exclamó el ranchero cuando el nene fue puesto sobre sus rodillas—. ¡Vaya un chiquillo! Tiene tus mismos ojos, Huett, pero un poco más oscuros.
Logan durmió bajo el carro en compañía de Coyote. A la hora del desayuno de la mañana siguiente, Holbert hizo nuevas preguntas acerca del Desfiladero del Sicómoro.
—Es un buen sitio para ranchería, en el caso de que se consiga tener una base para empezar —dijo pensativamente—. Mi manada aumenta con rapidez. Llevaré un centenar de reses a la estación del ferrocarril el mes que viene. No olvides averiguar cuál es el último precio.
—No lo olvidaré, Holbert, he estado pensando si acaso te decidirías a cederme algunas reses este otoño a condición de que no haya de pagártelas hasta que mi rancho haya comenzado a producir algún rendimiento.
—Me alegrará mucho complacerte, Huett... ¿No has intentado todavía registrar la propiedad de tus tierras?
—No lo haré hasta el próximo año.
—Yo haría inmediatamente la petición de registro. El Gobierno procede con una terrible lentitud para estos asuntos. Cuando la tierra sea tuya, las circunstancias serán diferentes a las actuales. Entonces serás propietario de tu colonia y tendrás derecho a usufructuar muchos de los terrenos próximos. Pero en el caso de que no consiguieras que te concedieran los que actualmente ocupas, te aconsejo que te instales en algún otro lugar, preferentemente cerca de aquí, al norte de mi rancho. Hay una hermosa campiña que algún otro hombre no vacilará para hacer suya en cualquier momento. Y sería posible que ese hombre no fuera un buen vecino. Hemos de esperar que, más pronto o más tarde, los robos de reses comiencen a hacer su presencia en estos contornos.
—¡Robos de reses!
—No puede dudarse. Espera hasta que hayan llegado nuevos colonizadores y estas tierras alberguen más reses que en la actualidad.
Estoy seguro de que entonces tendremos más de un disgusto los que aquí vivamos.
—¡Es lo último en que se me habría ocurrido pensar! —replicó Logan sombríamente.
Al cabo de muy poco tiempo, Logan había reanudado el viaje. Lucinda iba a su lado, más animada que lo había estado en ningún momento de los últimos meses. Logan decidió que en el tiempo futuro siempre que fuese a la ciudad haría todo lo posible por llevar a su esposa consigo.
—Esposa, estaremos en Flag un par de días —dijo Logan cuando hubieron llegado—. No tengo dinero. Pero venderé esta carretada de patatas y solicitaré que se me » abra un crédito.
—Logan, ¿estamos obligados a contraer deudas? —preguntó Lucinda.
—Así es. Pero no serán muchas.
—Solamente unas pocas, ya es como tener demasiadas... Te prestaré un centenar de dólares.
—¡Luce...! ¿Tienes toda esa cantidad de dinero...? En ese caso, gástalo para ti misma y para los niños.
Babbitt pagó a Logan un dólar por cada bushel de patatas y afirmó que eran las más hermosas que jamás habían entrado en su almacén. Esta afirmación agradó a Logan y le hizo pensar en la conveniencia de dedicar más atención a la producción de patatas, aun cuando no lo desvió de su propósito de ser ganadero, no agricultor. No obstante, podría apreciar con claridad el valor de las buenas cosechas en tanto que su manada de reses se desarrollase. Logan compró alimentos, semillas, herramientas, ropas y botas para sí, cosas que necesitaba de modo imperioso. Renovó las antiguas amistades e hizo otras nuevas. Flag, ciudad abierta de la frontera, había comenzado a crecer de manera rápida especialmente en lo que se refería a la presencia de forasteros indeseables. Hombres duros de Nuevo Méjico y del Colorado habían llegado a Arizona y andaban de un lado para otro en busca de un lugar en que aposentarse.
Logan apenas vio a su esposa durante aquel día. La familia comió en casa del herrero, donde Logan casi no reconoció a la nueva y alegre Lucinda.
A la mañana siguiente empaquetó y cargó sus adquisiciones, y dejó un espacio bajo el asiento para las de Lucinda; pero resultó que no dejó el suficiente para contener los innúmeros paquetes que las componían. Tuvo que atar muchos de ellos al costado del carro; y en lo que se relacionó con algunos de ellos, Lucinda se mostró reservada y misteriosa y ni siquiera le permitió manejarlos. Luego le sorprendió agradablemente al decirle que si él estaba dispuesto, ella se alegraría de poder regresar a su cabaña.
—Nos hemos divertido mucho —dijo alegremente—. Todo el mundo es muy simpático... y todo el mundo se ha entusiasmado con los niños. Estoy dispuesta, si tú lo estás. No debemos gastar dinero. Y si nos quedáramos una hora más, lo gastaría... Bueno, ya es hora de regresar a nuestra casa, Logan.
Logan pensó que Lucinda había querido darle a entender que podría gastar el dinero que no tenía, como había hecho él. Y con ello tuvo una nueva razón para admirar y apreciar más a su maravillosa esposa.
Logan tenía razones para entusiasmarse por algo más que por el buen crédito de que disfrutaba en Flag y de la esperanzadora circunstancia de que su manada aumentase. Lucinda parecía haber cambiado, haber perdido la sombría expresión que gradualmente se había apoderado de ella de un modo tan lento, que él apenas se había dado cuenta. Era casi la antigua Lucinda.
El viaje hasta la profundidad del Desfiladero del Sicómoro, después de que Logan hubo convenido con Holbert lo que se relacionaba con las nuevas reses, fue casi tan emocionante para ella —según parecía —como lo fue el primero que realizó.
Las doradas flores silvestres y los purpúreos ásteres habían florecido durante su ausencia. El desfiladero comenzaba a adquirir un matiz deslumbrante con sus coloraciones escarlata, dorada y púrpura.
—Me alegro de volver —anunció Lucinda como si dijera para si algo nuevo y excitante—. Al fin y al cabo, ¡éste es nuestro hogar!
Tres semanas más tarde los hijos de Holbert condujeron hasta los terrenos de Logan la larga veintena de reses últimamente adquiridas por éste: vacas y terneras. Y luego, lo que resultó demasiado pronto para él, terminó la temporada de caza de Logan, como consecuencia de las primeras nieves que se amontonaron en los terrenos altos. Logan se decepcionó nuevamente al no poder cazar castores. Debía esperar la llegada de la plenitud del invierno. Cuando terminó la tarea de colgar la carne destinada al abastecimiento invernal atacó la de cortar y almacenar leña. Fue éste un trabajo largo y penoso, durante el cual Logan se sintió aguijoneado por el recuerdo de que Lucinda se había visto obligada a partir leña durante el período de su delicado estado, en tanto que él permanecía tumbado e incapacitado para el trabajo como consecuencia de las heridas que el puma le infirió.
La nieve se amontonaba en el desfiladero un poco más cada día que pasaba. Las actividades de Logan quedaron reducidas a la ejecución de pequeños trabajos y a la persecución de las bestias carniceras que intentaban cebarse en sus reses. El invierno transcurría rápidamente y abría el paso a una temprana primavera y un caluroso verano. Lucinda persuadió a Logan a que esperase hasta el otoño para realizar un nuevo viaje a la ciudad. Su tercer hijo, a quien Logan llamó Grant Huett, como recuerdo del general Grant, nació en Flag y en el mes de octubre. Cuando la familia volvió de nuevo a su rancho, las nieves blanqueaban las elevaciones del bosque.
Logan trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde. Ya tenía un creciente «terceto» de hijos —los robustos muchachos que deseaba tener —y la prosperidad no se aproximaba todavía. El Gobierno, al fin, concedió a Logan los títulos de propiedad que anhelaba, y la tierra era ya suya, así como los derechos sobre el agua, la hierba y la madera de toda el área del desfiladero. Pero la felicidad de Logan se vio enturbiada por la pretensión de Holbert, que pidió una hipoteca sobre la propiedad a causa del ganado que había anticipado, lo que tradujo en amargura la grata impresión de Logan.
Por otra parte, la pequeña manada había disminuido, en lugar de aumentar, hasta quedar convertida en una cuarta parte de lo que fue primitivamente. A pesar de sus sueños, Logan era mejor agricultor que ganadero. Pero jamás se desalentó, jamás perdió de vista la realidad, jamás renunció al cumplimiento de sus esperanzas. Y en tanto que trabajaba, con el gigantesco cuerpo inclinado sobre el arado, sobre el canalillo o sobre el hacha, los días, los meses y los años continuaron transcurriendo.


VIII
Una tarde del temprano otoño, Logan volvió de la parte baja del desfiladero con el rostro pálido y la indignación reflejada en la gris coloración de los ojos. No dio explicación alguna, y Lucinda pensó que sería preferible no hacerle preguntas.
Lucinda sabía que había sucedido algo anormal; pero sin denunciar su curiosidad, se dio maña para observar algunas cosas que le produjeron una frialdad de hielo en las venas. ¡Había sangre en las manos de Logan, quien tenía un agujerito de bala en la camisa! Logan volvió a salir casi inmediatamente y llevó el rifle consigo; mas en lugar de descender al fondo del desfiladero, trepó hacia la parte alta, que estaba cubierta de arbolado.
Puesto que sabía que habría sido infructuoso el propósito de detenerlo, no intentó hacerlo; y se desasosegó menos al verlo dirigirse hacia el terreno arbolado que si lo hubiera visto marchar hacia la zona descubierta.
¡Logan ha recibido un tiro!», se dijo; y experimentó una súbita sensación de debilidad, de desmayo, que acertó a borrar por medio de un esfuerzo de voluntad. Una intuición nefasta y ominosa se apoderó de ella... «¡Aquel apache...! ¡Matazel...!»
Estaba tan segura de que el agresor había sido el apache como si en realidad hubiera presenciado lo sucedido. Probablemente, Logan no había visto a su atacante; pero si se tenía en cuenta que no tenía ningún otro enemigo, ¿no sería correcto suponer que se habría encontrado con él?
Lucinda pasó unas horas llenas de angustia y ansiedad hasta que Llagan regresó, un poco más tarde del anochecer.
Después de este incidente, Lucinda observó que Logan llevaba siempre consigo el rifle dondequiera que fuese, aun cuando solamente se dirigiese al cobertizo para ordeñar las vacas. Logan se hizo silencioso, sombrío, vigilante y aparecía siempre preocupado. Lucinda no se atrevió a manifestarle el temor que por él experimentaba. A pesar de todo, tenía una gran confianza en su esposo. Lagar, había sido escucha y explorador en los tiempos de persecución de los apaches, hacía varios años; era leñador y cazador; estaba advertido del peligro, y en consecuencia, respondía con extremada precaución.
Pasaron los días lánguidos, calurosos y llenos de neblina. Las hojas de los árboles comenzaron a tender una alfombra parda y dorada sobre el suelo. Nuevamente brillaron los purpúreos ásteres a lo largo de la senda que seguía el curso del arroyo. El viento se lamentó de la proximidad del invierno. El sol se inclinó más hacia el Sur.
Lucinda vivía en un constante temor. Siempre que Logan estaba ausente, esperaba recibir una nueva visita de Matazel. Siempre creía oír el ruido de sus furtivas pisadas, el ruido que producían sus pies calzados de mocasines sobre el camino. A este temor se añadió el de que Logan pudiera no regresar de alguna de sus excursiones de caza.
—¿A qué se debe que nunca traigas caza? —le preguntó.
—Todavía es demasiado pronto. No hace aún el frío suficiente... Pero lo haré muy pronto —replicó él, hosco. Y, ciertamente, Logan recorría incansablemente el bosque y frecuentaba todos los caminos visitados por la caza; pero no perseguía a ningún animal de cuatro patas. Una tarde, cuando regresó, su tirantez y su tensión habían desaparecido. Lucinda vio que de su frente brotaban gruesas gotas de sudor. Por una vez, Logan comió desganadamente, sin apetito. Cuando ella le preguntó si estaba enfermo, Logan contestó:
—No tengo apenas apetito...
Pero fumó la pipa ante el fuego que era algo que no había hecho si no escasas veces en los tiempos anteriores. Más tarde, Logan recobró su personalidad habitual, cortó leña con el vigor acostumbrado, entró en la cabaña y salió de ella repetidamente, rompió su persistente silencio. Al cabo de poco tiempo la nieve blanqueó las alturas y Logan comenzó a llevar a la casa carne de caza para el consumo invernal. Finalmente, la ancha sábana de nieve descendió hasta el fondo del desfiladero. Desde entonces en adelante, los moradores de la cabaña estarían aislados por espacio de varios meses.
Con los muchachos mayores, que se desarrollaban rápidamente, y con los cuidados que requería el más pequeño, Lucinda estaba siempre muy atareada; además de estos trabajos tenía los de la costura, el lavado, la cocina y la cocción del pan. Pero, cuando menos lo pensaba, halló nuevamente la felicidad. ¡Cuánto representaban los hijos! George se estaba desarrollando lo suficiente para que pudiera comenzar a recibir lecciones. En realidad, su padre había empezado ya a interesar a los dos mayorcitos por las armas de fuego, los cuchillos, las huellas y todo lo que estuviese relacionado con el selvático punto de su residencia. Los hijos de Huett serían cazadores.
Lucinda no pudo oponerse a este propósito, y terminó por decir que lo encontraba conveniente. Por otra parte, ella misma había decidido dar a sus hijos una buena educación.
Estaba muy avanzada la primavera cuando Lucinda llevó a sus hijos a casa de Holbert con la intención de hacer que permanecieran allí en tanto que ella acompañaba a Logan a Flag.
Holbert había estado en Payson durante aquella primavera y sabía muchas noticias. Lucinda raramente prestaba atención a las conversaciones de los hombres, que invariablemente estaban relacionadas con ganados, campiñas, hierbas, terneras y todo lo que pertenecía a la vida ranchera. Sin embargo, al iniciarse la charla oyó a Holbert decir algo que le produjo una viva y temerosa emoción.
—Huett, ¿conociste a aquel apache que se fugó, verdad?
—¿A cuál de ellos? —preguntó a su vez Logan; y Lucinda advirtió su cautela, aun cuando los demás no la percibieran.
—A aquél que decía que era hijo del viejo jerónimo. Solía andar siempre en los alrededores de Payson. Se llamaba Matazel.
—Sí. Lo recuerdo. Ayudé a detenerlo cuando era explorador de Crook...
¿Qué hay acerca de Matazel?
—Pues que uno de los cazadores de ciervos de la cuenca del Tonto lo encontró muerto la primavera pasada. Estaba al pie del desfiladero de usted, no sé dónde exactamente... Lo habían sorprendido cuando se hallaba tras un pino demasiado delgado para que pudiera ocultarle por completo, y estaba acribillado a tiros. Dicen que sostuvo una lucha... ¡Había muchísimos cartuchos vacíos a su alrededor!
—Bien! ¡Ése ha sido el final de Matazel! —exclamó Huett.
—Las gentes de Payson se han alegrado mucho. Aquel apache tenía muy mala reputación. Se había escapado de la colonia india en muchas ocasiones. Y odiaba a la gente blanca.
—¿Con quien combatió?
—Nadie lo sabe. Pero se ha dicho que es posible que los hijos de Horner puedan saberlo. Su hermana luchó en cierta ocasión contra un indio que la acometió cuando estaba sola en la casa... Y los muchachos suponían que el atacante fue aquel apache.
—¡Buena labor! —contestó Huett forzadamente.
—Sí. Ya tenemos por aquí suficientes plagas sin necesidad de que los indios aumenten su número... ¿Cómo te va con los lofers?
—¿Te refieres a los lobos...? No me han matado ni una sola res durante el pasado invierno.
Quisiera poder decir lo mismo! Nuestro viejo amigo Gray nos ha jugado malas pasadas. Se ha llevado algunas de mis reses recientemente, que han dejado un reguero de sangre a lo largo de su recorrido.
—He logrado eliminar casi todos los pumas del Desfiladero del Sicómoro.
De todos modos, no puedo criar terneras.
—¡Dios mío! Si no puedes conseguirlo, jamás podrás ser ganadero.
—Todavía no estoy vencido —contestó Huett obstinadamente.
Lucinda, que se hallaba acostada, tuvo la certeza de dos hechos: que Logan había matado al apache, y que ella misma estaba libre para siempre de un terrible temor, de la carga de la incertidumbre a la que jamás había aludido y confesado, pero que se disolvía en su conciencia para siempre ante el alborear de un nuevo día más feliz que los anteriores.
Cuando recorrían la carretera que conducía a Flag, pasaron junto a varios carros que por su forma tenían cierto parecido con el «navío» de las praderas que los transportaba. ¡Qué emoción experimentó Lucinda al verlos!
—Colonizadores que van hacia el Sur —explicó jovialmente Huett—.
Holbert me ha dicho que esta primavera ha habido mucho más tráfago en la carretera que en años anteriores. Han pasado varios mormones y algunos tejanos. Eso es bueno. Necesitamos colonizadores.
La visita a la ciudad mereció los honores de ser recordada por Lucinda de modo feliz por espacio de varios meses. La joven se sintió nuevamente dichosa y se excitó hallándose cerca de gentes, en los establecimientos en que se exhibían mercancías tentadoras; tanto, que antes de que pudiese darse cuenta de lo que hacía, gastó más de la mitad del dinero tan largamente guardado. Pero no podía lamentarlo. La mayoría de sus compras fueron para los niños. Ella se concedió a sí misma una sola satisfacción: la de adquirir una lámpara codiciada desde hacía mucho tiempo, una lámpara que le permitiría coser de noche y un algo que necesitaba grandemente: una caja de orzas para guardar conservas.
Cuando regresó nuevamente al Desfiladero del Sicómoro, Lucinda vio una vez más con ojos alegres el solitario valle cercado de leños.
Los trabajos de Logan reclamaban su ayuda durante la mitad de cada día, por lo que Lucinda no podía disponer de las horas suficientes para realizar los suyos, ni siquiera durante las horas que seguían al anochecer.
No obstante, sus saludables y precoces hijos habrían podido constituir una compensación y una alegría para cualquier madre atareada. El hábito del trabajo se le había hecho tan necesario y satisfactorio, que Lucinda no habría podido renunciar a poseerlo. Los años habían obrado sobre ella para moldearla como esposa de un colonizador, y ella había sabido elevarse a la altura de esta misión.
Lucinda adoraba a sus hijos, pero llegó un momento en que comprendió que el Abraham de cabellos oscuros y ojos grises era su preferido. Era el que más dolores le había producido antes del nacimiento y durante él. Lucinda lo había amamantado durante un tiempo excesivamente largo, según decía la señora Holbert. Y el chiquillo era el más hermoso de los tres hermanos.
—¡Preciosos muchachos, Luce! —dijo Logan una noche cuando ella estaba jugando con el rubio pequeñuelo—. ¿De dónde ha sacado Grant esa cabellera rubia? No quisiera que Grant hubiera sido una chiquilla, pero me agradaría que tuviéramos una hija... Pero, Luce, con tres hijos, ya tenemos bastante. Dios ha sido muy bueno conmigo.
El cálido verano con sus súbitas y negras tormentas, el tranquilo otoño con su neblina azulada y su tristeza, los días grises y los meses blancos..., todo esto pasó como si no existiera el tiempo. Luego, nuevamente llegaron la primavera, el verano y el otoño.
Los desharrapados chicuelos, tostados por el sol, eran a un tiempo mismo la desesperación y la alegría de los días plenos de Lucinda. Era completamente imposible para ella conocer su paradero. George parecía poseer una inclinación a caerse en el arroyo, y aun cuando algunos de sus puntos fueran muy profundos, le parecía vivir una vida de encanto. A Abraham le gustaba despojarse de las ropas, que ya le venían estrechas, para esconderse desnudo entre los girasoles que brotaban en los saucedales.
Grant no parecía tener ninguna característica inquietante, no siendo la tendencia a imitar a sus hermanos mayores cuando cometían algún acto censurable. Pero ha de tenerse en cuenta que en la época a que nos referimos tenía solamente dos años.
Un día enojoso del otoño, cuando nada parecía responder a sus deseos, Lucinda se olvidó completamente de sus hijos, lo que constituía una cuestión de autodefensa, en cierto modo. Como quiera que fuese, Lucinda jamás los olvidaba por espacio de varias horas. Cuando, finalmente, se acordó de ellos aquel día y viendo que no volvían, salió para buscarlos.
En los lugares en que solían jugar no estaban. Logan había partido en compañía del perro a cierto punto de las profundidades del desfiladero.
Lucinda gritó con voz ruidosa.
—¡Abraham...! ¡George...! ¡Venid inmediatamente! No dejó de darse cuenta de que era a Abraham a quien había llamado en primer lugar. Intentó apaciguar sus temores y cruzó el arroyo en seguimiento de las huellas de los descalzos y menudos pies que se marcaban en el amarillento polvo. Entre las muchas cosas relacionadas con la vida de los colonizadores había aprendido a seguir huellas. Lucinda pudo hallar testimonios de sus juegos a lo largo de la arenosa orilla del arroyo, en torno a los encerraderos y los cobertizos, y finalmente en la carretera que conducía al portillo. Antes de aquella ocasión, los muchachos no le habían parecido lo bastante mayores para que intentaran cometer un acto de tal naturaleza, aun cuando no podía dudarse de que tenían la entereza y la capacidad de iniciativa necesaria para abandonar el desfiladero. No obstante, no parecían lo suficientemente desarrollados para poner en ejecución una aventura de tal naturaleza. Lucinda no se alarmó por completo hasta el momento en que descubrió el punto en que se habían arrastrado para pasar por debajo del portillo y continuar caminando. Y entonces dio rienda suelta a sus temores.
Había más de un cuarto de milla desde el portillo hasta el terreno llano.
Lucinda continuó avanzando sin dejar de gritar cada vez que conseguía reunir fuerzas para hacerlo. El crepúsculo no estaba lejano. La visión de sus hijitos perdidos en la oscuridad de los bosques atormentó aún más a la angustiada madre.
—¡Abraham..., ese pequeño salvaje...... es el culpable... de esto! —dijo en voz alta y ahogadamente—. ¡Se va a llevar una buena paliza!
La carretera se curvaba ante Lucinda y salía de entre los diseminados pinos, para extenderse sobre unas tierras abiertas y herbosas.
Repentinamente, Lucinda vio a los pequeños, que se hallaban junto al mismo tronco caído en que ella se había sentado unos años antes para esperar desesperadamente a Logan. Pero ¿qué había sido aquella desesperación, que había representado si se la comparaba con la angustia que le produjo la desaparición de los pequeños? Alborozada por haberlos encontrado, olvidó el castigo que había prometido a Abraham. Y súbitamente se detuvo y se frotó los ojos con incredulidad. ¿No estaría soñando? ¡Había cuatro niños!
Lucinda corrió hacia ellos.
—¿Qué hacéis por aquí, criaturas? Y ¿quién es este niño? —preguntó.
El cuarto miembro del diminuto cuarteto, según pudo comprobar Lucinda cuando se hubo aproximado, era una niña de blondos cabellos que tendría, aproximadamente, el mismo tiempo que Grant. Tenía el vestido completamente desgarrado y roto, que era de un tejido fino. Iba calzada con zapatos, todo lo cual la diferenciaba de sus acompañantes.
—George, ¿dónde habéis encontrado a esta niñita? —preguntó Lucinda en tanto que hacía un intento por reprimir su excitación.
—No lo sé. La encontró Abe.
—Dímelo, Abe —le ordenó severamente Lucinda.
—Estaba junto a la carretera... llorando —respondió Abraham.
—Pero ¿no hay por allí cerca, en éste o el otro lugar, algún carro? —preguntó; y subiéndose al tronco recorrió con la mirada la larga carretera y la extensión de terreno descubierto. No pudo ver ningún campamento ni carro.
—Vi huellas de ruedas —dijo Abe suavemente.
—¿No viste a nadie?
—A nadie. Sólo le vi a ella.
Lucinda salió a la carretera, donde descubrió huellas recientes de caballos y de ruedas en el polvo, en dirección sur. Desde donde se hallaba podía ver hasta una distancia de una milla en la dirección que seguían las huellas, pero en toda aquella extensión no se veían hombres, carros ni caballos. El sol se había hundido ya tras el bosque.
«¡Es extraño!», murmuró para sí Lucinda. «Debe de haber un carro cerca de aquí, naturalmente... La chiquilla ha debido descarriarse...»
Y volvió al tronco, donde se sentó. Y dijo:
—Ven aquí, nena. —La chiquilla volvió hacia ella la mirada de unos hermosos ojos de color violeta. Era muy linda y estaba bien alimentada. Al cabo de unos momentos de vacilación se acercó tímidamente a la mujer—.
¿Cómo te llamas? —preguntó Lucinda dulcemente, en tanto que tomaba a la niña de la mano.
—Bárbara —replicó la niña.
Lucinda no pudo arrancarle ni una sola palabra más. Viendo que sus hijos comenzaban a sentirse atemorizados, desistió de preguntar y se preguntó qué debería hacer con ella.
Los chiquillos comenzaron a sentir hambre al cabo de pocos momentos, y no vacilaron en expresarlo. Finalmente, Lucinda tomó a la niña de la mano y ordenando a los chiquillos que marchasen delante, se puso lentamente en marcha, en dirección a la cabaña. El desfiladero estaba hundido en sombras, pero todavía era posible ver el camino sin dificultad. Lucinda interrogó nuevamente a la niña respecto a su identidad y dónde había dejado a su madre; mas tampoco obtuvo respuesta.
Una luz que se encendía en la cabaña le reveló que Logan había regresado. Los chiquillos corrieron gritando alborotadamente. Logan contestó a sus voces con otra de saludo. Y cuando Lucinda se presentó, Huett dijo:
—¿Dónde habéis estado? ¿Habéis ordeñado tarde...? La cena está casi...
Pero, oye... ¿quién es esa niña? Lucinda le explicó su búsqueda de los niños y el resultado obtenido.
—¿Estás segura de que no había ningún carro por allí cerca?
—Ni carro ni campamento, ni cerca ni lejos. Salí a la carretera y miré hacia arriba y hacia abajo. Luego me senté en «aquel tronco» durante unos momentos. Había mucho silencio y mucha quietud. Podría haber oído voces O ruidos que sonasen hasta una distancia de una milla, o acaso más.
—¡Bien...! No lo comprendo... Pero es pintoresco. En el caso de que haya alguien buscando a esta niña no vendrá hasta estas profundidades después de haberse hecho oscuro... Abe, ven aquí. ¿Dónde habéis encontrado a esta nena?
—Junto a la carretera, papá.
¿Junto a la carretera? Habla con más precisión, criatura. Es una cuestión muy importante.
—Estaba llorando sentada en la hierba... Yo fui el primero que la oyó.
—¿Dónde? ¿A qué distancia de la carretera?
—Lejos.
—¡Ah! ¿Más arriba o más abajo de la carretera?
—No lo sé.
—Lo sabes. Dímelo, o te daré de azotes.
—Allá arriba, cerca del árbol, donde cazaste aquel conejo para mí.
—Allá arriba Luce... Lo había supuesto. Los chicos estuvieron a una milla de distancia de nuestro camino... Nos os preocupéis más. Mañana por la mañana encontraré a los parientes de esta niña.
—¿No deberías intentarlo esta noche? Recuerda lo muy disgustada que estuve aquella noche hasta que encontraste a Abe, la primera vez que se perdió.
—Lo haré esta misma noche. Prepara la cena en tanto que ordeño las vacas... ¿Verdad que es una niña muy guapa y tímida?
—Lo es. Dice que se llama Bárbara. No he podido conseguir que me diga ni una sola palabra más.
—¡La niñita perdida en el bosque...! Parece una cosa rara, pero es cierta.
Pasan muchos carros ahora por ahí cerca... —replicó Logan; y salió cargado con los ruidosos cubos.
Lucinda ordenó a Abraham y George que se lavasen. Y ella misma lavó a Grant y a la recién llegada. Cuando el rostro de Bárbara estuvo libre de manchas y de surcos de lágrimas Lucinda pensó que era la niña más linda que jamás había visto. Lucinda dejó que los niños jugasen en tanto que preparaba la cena. Cuando lo hubo hecho, regresó Logan con los cubos llenos de espumosa leche. Lo cerró atropelladamente, cogió el rifle y una linterna y, después de haber llamado a Coyote, salió con el propósito de hallar el campamento que suponía debía haber por allí cerca.
Grant luchó valerosamente contra el sueño; pero el sueño lo venció.
George y Abe hubieron de ser conducidos a la cama. Bárbara se durmió en el regazo de Lucinda. Preparando una camita junto a las de los chiquillos, Lucinda acostó a la niña y luego se entregó pensativamente a sus labores sin dejar de hacer un intento entre tanto por oír las pisadas de Logan.
Logan permaneció ausente por espacio de más de dos horas. Cuando regresó caminando lenta y silenciosamente, sus ojos brillaron a la luz que despedían las llamas. Antes de que hubiera hablado, Lucinda adivinó que nada había hallado. Logan colgó el Winchester de los cuernos de la cabeza de ciervo y apagó la linterna.
—Luce, esto tiene un aspecto extraño —declaró mientras movía de uno a otro lado la peluda cabeza.
—¿Extraño? —repitió Lucinda.
—Sí, extraño. He descendido hasta una milla de distancia por la carretera y he regresado luego hasta llegar al final del claro. ¡Ni —vestigios de nada! Ni un carro, ni un campamento... Luego volví a la carretera para ver lo que podía deducir del examen de las huellas. Había la cantidad de polvo suficiente para que fuera fácil seguirlas. Dos carros, uno de ellos arrastrado por caballos, han pasado por allí después de mediodía... ¿Dices que fue por la tarde cuando echaste de menos a los niños?
—Sí. Es posible que se hubieran marchado un par de horas antes. Y han estado menos que todo ese tiempo fuera del desfiladero, porque he visto donde estuvieron jugando, alrededor y dentro de los encerraderos. —En ese caso, Abe encontró a la niña en las postrimerías de la tarde. Es seguro... Bueno, he seguido las huellas de Abe hasta llegar al árbol caído. Al llegar allí, se desvió. Bastante más allá, encontré huellas de la niña... No pierdas la importancia de lo que te digo. Sabes que las huellas son páginas impresas para los cazadores... La chiquilla había caído en el polvo, exactamente sobre las huellas de las ruedas del segundo carro. Debió de permanecer caída en tierra durante un corto tiempo, probablemente agotada de cansancio, puesto que desde allí se arrastró hasta la hierba. No hay más huellas en la parte baja del camino. Las que se marcaban desde el punto en que cayó, eran huellas marcadas al correr. ¡La chiquilla corrió detrás del carro!
—¡Oh, Logan! —exclamó Lucinda.
—Debió de correr varios centenares de yardas antes de caer. Olvidé decirte que los caballos marchaban al trote. Hay allí una ligera pendiente, como sabes... Una criatura no puede correr a la misma velocidad que unos caballos que troten... Encontré las huellas que produjo al ser colocada en tierra de pie. La chiquilla no cayó del carro ni saltó a tierra. Fue puesta en tierra por alguien que la sostuvo. ¡He visto dos huellas pequeñitas en el polvo, que demuestran que permaneció quieta un instante! Eso es todo. Y luego la chiquilla comenzó a correr en persecución del vehículo. ¡Detrás del carro!
—Logan, ¿qué deduces de todo ello?
—Que hay alguien que quiso librarse de la chiquilla, deshacerse de ella.
Quienquiera que fuera esa persona, vería, seguramente a Abe y los otros dos niños y supuso que habría algún colonizador en las cercanías. esta es una región muy solitaria... ¡Exactamente el lugar apropiado para el cumplimiento de su propósito!
—¡Qué disparate! —exclamó Lucinda, aterrorizada—. ¿Quién podría querer deshacerse de una niña tan hermosa?
—La naturaleza humana es muy rara en ocasiones... —comentó tristemente Logan—. Es posible que me equivoque. Pero eso es lo que las huellas me han dicho esta noche. Intentaré examinarlas nuevamente a la luz del día... ¿La has acostado con los niños?
—Al lado de ellos. Mira...
Lucinda levantó la lámpara y la aproximó al rincón de la cabaña, con lo que las sombras se dispersaron. ¡Cuatro cabecitas rizosas, unas junto a otras! La enérgica y oscura de Abe se encontraba junto al pálido y rubio rostro de la niña. Entre los cuatro niños, apenas ocupaban cuatro pies de la cabaña. Pero ¡qué precioso tesoro! En ellos se cifraba para Lucinda la diferencia que existe entre la felicidad y la desgracia, entre la muerte y la vida; para Logan, representaban el equilibrio que separa el fracaso de la consecución, entre algo que vale la pena de que se trabaje por ello y un afanarse estéril y vanamente. Ningún hombre podría considerarse fracasado al poseer tales hijos.
—¡Qué maravilla! —exclamó Logan alegremente—. Queríamos una niña.
Ahí está... Luce, todo lo que hemos padecido carece de importancia...
—Para mí no, querido. Pero estos hijos son una maravillosa recompensa... ¿Verdad que es hermosa esta niña...? ¡Oh, si pudiéramos conservarla...! Pero es una locura pensarlo. Mañana encontrarás a su madre. Así lo espero... ¡y por ello rezo!
Logan ensilló el caballo al amanecer del día siguiente, salió y no regresó hasta la noche. Y no solamente resolvió el problema de las huellas de manera más completa que durante la noche precedente, sino que, además, siguió las huellas de los carros desde Rim hasta Payson. Dos carros habían pasado por Payson en las horas más negras de la noche, lo que constituía un acontecimiento sin precedentes, según dijeron a Logan sus informantes.
Fue esta noticia lo que hizo que Logan no manifestase los motivos de sus investigaciones. ¡Que la persona que fuese dueña de la chiquilla volviese atrás y procurase hallarla, como había hecho él!
Pero Lucinda se enfurruñó ante estas manifestaciones y discutió con su esposo de modo que estuvo a punto de convertirse en verdadera disputa.
—Logan, anoche, cuando la niña se durmió en mi regazo, ¡la pobrecilla!, pensé que... ¡No puedo desechar este pensamiento...! Pensé que es inevitable que alguien venga a buscarla. Pero en el caso de que nadie viniera... conservaremos con nosotros a la criatura.
Nadie se presentó. Al cabo de pocos días, Bárbara se convirtió en una hermanita de los chiquillos, traviesa y feliz. El verano pasó. Logan hizo que los muchachos le acompañasen a él y Lucinda en el trabajo de recolectar las habichuelas y las patatas, de lo cual obtuvieron una gran cosecha. Todo lo que Grant pudo hacer fue transportar aisladamente algunas de las patatas más grandes. Los chiquillos, con excepción de Abe, tomaron el trabajo como juego. Abe era voluntarioso y obediente, pero no podía entregarse a tales pasatiempos, sino que observaba los halcones, los cuervos y las ardillas.
Lucinda pensó más intensamente que nunca que el niño se inclinaba cada día más fuertemente hacia los bosques y los animales silvestres. Bárbara realizó, por propia voluntad, una parte del trabajo general.
Cuando llegó el otoño, Abe y George salieron por primera vez a cazar en los bosques en compañía de su padre. Aquella noche, George estuvo orgulloso y excitado, mostró orgullosamente el lugar del hombro en que el retroceso del rifle le había producido un cardenal y explicó repetidamente cómo el disparo del arma le había tirado a tierra. Abe estuvo quieto, pero sus grandes ojos estaban llenos de alegría. Aquella noche no le fue posible dormir. —Es preciso que comiencen a aprender ahora, cuando son todavía pequeños —dijo como respuesta a las lamentaciones de Lucinda—. Sabes cuál ha de ser nuestra vida aquí hasta que los chiquillos se hayan convertido en hombres, Luce. Quiero que sean cazadores y leñadores, como su padre. Y de este modo, podrán ser mejores vaqueros. Hemos de vivir de la tierra y hemos de luchar. Lucinda... Tú enséñalos a leer y escribir..., a ser buenos..., a obedecer a sus padres..., a respetar a las mujeres..., a creer en Dios. ¡Y déjame que me cuide del resto!
Lucinda comprendía que podía confiar a su esposo las tareas de que deseaba encargarse. Y cuando las nieves llegaron de nuevo y el hogar estuvo cerrado durante otro medio año, Lucinda comenzó sus enseñanzas con los muchachos mayores. George era vivo, inteligente; Abe era lento para todo lo que requiriese un esfuerzo mental. Pero era, también, paciente, obediente, industrioso y capaz de hacer todo lo que su madre le pidiese. Grant y Bárbara jugaron todo el invierno en el interior de la cabaña.
—Cuando el puerco espín ve su sombra, es señal de que aún habrá seis semanas de invierno —dijo Logan con pesimismo en los últimos tiempos de la estación.
—Logan, ese refrán solamente es válido para Missouri o para el Este, donde existen puercos espines —replicó Lucinda.
—Pero aquí tenemos topos, ardillas y otros muchos animales que viven en orificios de la tierra. Puedo demostrártelo. Todavía no ha terminado el invierno.
Convencido de la verdad que encerraba el aforismo, el colonizador mantuvo sus reses jóvenes en los encerraderos y las alimentó con forraje que había guardado desde los primeros meses de la estación. Luego, una noche de marzo, respondiendo a su predilección, el rey de la tormenta bramó en las profundidades del bosque. Cuando llegó el amanecer, una ventisca de gran violencia acompañó la presencia de la luz. Nevó durante todo el día y la noche siguiente, y la temperatura descendió a cero, con lo que heló las capas superficiales de la nieve. Logan se vio precisado a traspalar la nieve para poder dirigirse a los encerraderos y cobertizos.
—He oído aullar a los lobos durante toda la noche —dijo Logan de modo distraído cuando regresó con las botas cubiertas de nieve y mientras se quitaba los mitones de lana y extendía las manos ante el fuego—. Apostaría cualquier cosa a que han acometido a mis reses. Tan pronto como haya tomado un bocado, iré a verlo.
—Papá, ¿vas a llevarte el rifle? —preguntó ansiosamente George—. Si lo llevas, quiero ir contigo.
—¡Tú vas a ir, mocoso! —exclamó Abe desdeñosamente—. Papá, llévame a mí. Yo seguiré a los lobos.
—En esta ocasión, no os llevaré a ninguno, mis pequeños diablillos. La nieve tiene más altura que vosotros —replicó Huett.
—Pero está helada y me sostendrá encima —añadió Abe.
—Luce, no te inquietes si no vengo pronto. La caminata será lenta. Pera supongo que podré hacer que sea más fácil si voy por la parte baja del saliente.
El corto día del prolongado invierno pasó prontamente. Una luna fría y blanca siguió al anochecer. Lucinda se asomó en varias ocasiones a la puerta para ver si Logan llegaba, puesto que era preciso dar la comida a las reses y ordeñar las vacas. Finalmente, puso a George y Abe sus ropas de lana, con gran contento de los chiquillos, y salió acompañada de ellos con los cubos. Tuvo que obligar a Grant y Bárbara a que entraran en la cabaña, ya que los dos pequeños se asomaban a la puerta con intención de seguirla.
La fría luna acababa de asomarse sobre el borde de la elevación, y el desfiladero se llenó de una luz plateada. Unas sombras fantásticas se escondían bajo los riscos. Nunca habían parecido la soledad y el aislamiento del Desfiladero del Sicómoro tan intensos ni tan terribles. Los negros pinos se elevaban hacia las estrellas parpadeantes, frías, implacables. Un gemido se extendía entre las ramas de los árboles. El aire tenía un aroma amargo y picante.
—Muchachos, recoged forraje en tanto que ordeño —dijo Lucinda al mismo tiempo que se apoderaba de los cubos.
—¡Escucha, mamá! —dijo Abe rígidamente.
—¿Qué has oído, Abe? —preguntó la madre rápida y repentinamente atemorizada.
Parece el aullido de los perros del señor Holbert... Papá dice que así aúllan los lobos —contestó el chiquillo mientras miraba con ojos brillantes hacia la parte baja del desfiladero—. Está allá abajo.
—¡Cielos! Espero que tu padre no corra peligro... —dijo ansiosamente Lucinda al mismo tiempo que volvía la cara en dirección a la procedencia de los aullidos.
—¡Hum! Puedes tener la seguridad de que no hay peligro para él. Papá podría vencer a todos los lobos de Arizona.
—Abe, ¡los oigo! —exclamó Lucinda, acuchillada por un frío temor. Los sonidos eran, ciertamente, como el aullido de los perros, pero más profundos, más crudos, más silvestres, más estremecedores. Luego, con gran consuelo de Lucinda, cesaron. Lucinda pidió a los chiquillos que se diesen prisa a transportar el forraje y apresuró la tarea que realizaba. Y en tanto que ordeñaba, intentó no oír los aullidos y aferrarse a la opinión de Abe respecto a la seguridad y los recursos de su padre. Cuando hubo llenado uno de los cubos, comenzó con el otro. Abe, con el rostro lívido, entró corriendo en el cobertizo.
—Mamá, han venido...! ¡Esos lobos... están a nuestro alrededor! —gritó temerosamente mientras se apretaba contra ella.
—¡Oh, Dios mío...! Abe, ¿estás...? y quedó muda repentinamente al oír el sonido de unas patas que se movían sobre la nieve en el exterior del cobertizo. Poniéndose rápidamente en pie y asiendo una horquilla y agarrando a Abe con la otra mano, Lucinda corrió al encerradero. Las terneras y los novillos comenzaron a mugir y a golpearse contra la cerca.
Lucinda oyó que George gritaba aterrorizado. Y en el mismo instante, se convirtió en una verdadera leona.
—¿Dónde estás? —preguntó alocadamente.
—George está allá arriba —gritó Abe.
Lucinda vio entonces al chiquillo, que trepaba por el poste de la cerca con el rostro inundado de una expresión de temor. Y llegó al abierto portillo un momento antes de que el golpeteo de unas patas rodease el encerradero.
Abe corrió al interior, seguido de Lucinda, que cerró frenéticamente el portillo. El portillo rozó la capa de nieve, rechinó y no quedó totalmente cerrado, sino con una abertura de un pie de anchura. En aquel mismo instante, unos animales grises y peludos se aproximaron con rapidez y alborotaron la nieve a su alrededor. Parecían unos perros blancos y sucios que saltasen como espectros silenciosos.
—¡Cierra, Abe! ¡Empuja!
Un animal flaco, de ojos que parecían encendidos de un fuego verdoso, saltó hacia la abertura y consiguió pasar medio cuerpo por ella antes de que Lucinda le clavase la horquilla. El animal gruñó amenazadoramente y rechinó los dientes contra el hierro antes de caer de lomos. La conmoción que aquello le produjo fue casi suficiente para que Lucinda desfalleciese; mas consiguió reponerse al ver que otro de los animales saltaba del mismo modo que el primero. Lucinda le dio un potente golpe que le obligó a lanzar un rugido terrible. Pero Abe no tenía fuerza suficiente para cerrar el portillo.
Lucinda apoyó en él el hombro, mientras mantenía a baja altura la horquilla, y empujó con toda la fuerza. La puerta se cerró, no siendo por el grueso del mango de la herramienta, que quedó aprisionada. Entonces, otra bestia más grande que las anteriores, de un color gris y pechera negra, saltó y acometió a George. El chiquillo lanzó un grito y cayó al interior del encerradero. En aquel instante, Lucinda logró sacar de la abertura la horquilla y cerró el portillo.
Y mientras se agitaba temerosamente, vacilante y empavorecida, dijo con voz angustiosa:
—¡Gracias a Dios... por haber construido Logan... esta cerca!
Unas formas imprecisas y grises iban de un lado para otro, saltaban con increíble ligereza, rodeaban el encerradero; pero al cabo de poco tiempo se congregaron y comenzaron a correr hacia la parte alta del desfiladero.
—¡Mamá, se han ido! —exclamó Abe—. Estoy seguro de que has matado un par de ellos.
—¡Oh...! ¿Estás... seguro? —preguntó Lucinda, que se hallaba a punto de desmayarse... en el caso de que el peligro hubiera desaparecido.
Abe miró por entre las maderas.
—¡Mamá! ¡Están al otro lado del arroyo! ¡Corren al rededor de la cabaña!
—El chiquillo debía de tener una vista tan aguda como la de los propios lobos—. ¡Y Grant ha dejado la puerta abierta!
—¡Oh Dios mío...! ¡Grant! ¡Bárbara! —gritó Lucinda en tanto que abría repentinamente el portillo.
—Espera, mamá... Los lobos corren... cuesta arriba... hacia esa abertura desde donde papá deja que las maderas resbalen abajo...
—George, ¿estás herido? —preguntó Lucinda, momentáneamente tranquilizada al ver que el otro muchacho se acercaba corriendo.
—No lo sé... Sentí los dientes del lobo... en el pie.
—¡Escucha, mamá! —gritó estridentemente Abe.
Desde la altura del borde plateado y negro de la elevación llegaba el lamento hambriento y dolorido de un lobo. Este aullido fue contestado por otro más profundo, más prolongado, más estremecedor. Eran unos sonidos que armonizaban bien con la agreste soledad del desfiladero.
—Podrían volver atrás —dijo temerosamente Lucinda—. ¡Vamos a la cabaña, hijos míos! ¡Corramos!
Los dos chiquillos se lanzaron a correr delante de ella y sin mirar atrás.
El pensamiento de Bárbara y Grant prestaba alas a Lucinda, que corrió como jamás lo había hecho en toda su vida. Y vio con gran horror que la puerta de la cabaña estaba totalmente abierta. Un brillante fuego ardía en la chimenea. Lucinda se tambaleó y Abe y George se agarraron frenéticamente a su falda. Los juguetes de los niños estaban diseminados por el suelo.
Había una silla volcada. ¡Huellas húmedas y sucias en el suelo! Con una angustiosa paralización del corazón, la mirada de Lucinda recorrió la cabaña. ¡Estaba vacía! ¡Aquellos demonios grises se habían llevado a los niños!
—¡Eh, mamá! —La temblorosa voz de Grant sonó en el desván—.
Bárbara y yo volvimos a casa corriendo y trepamos aquí...


IX
Una cálida mañana soleada, cuando la nieve se derretía, Logan estaba clavando en la pared de la cabaña una piel gris de lobo.
A George no le interesaba la operación. Ya estaba harto de lobos. Pero Abe se hallaba junto a su padre.
—Papá, ¿dónde lo heriste? —preguntó el chiquillo al mismo tiempo que metía un dedo en el agujero que tenía la piel.
—No fue ahí, hijo. Ese orificio es el que le hizo tu madre cuando le golpeó con la horquilla. Aquí es donde yo lo herí, Abe.
—¡En el mismísimo centro! —comentó maravillado Abe. jamás olvidaba ni una sola de las palabras que su padre pronunciaba que estuviesen relacionadas con animales, escopetas o el bosque.
Sí, hijo. Pero el lobo no estaba corriendo porque tu madre lo había herido antes. Y por esta razón, no merezco muchas alabanzas... Ahora vamos a frotar la piel con sal... Luce, tráeme una taza llena de sal.
Lucinda salió seguida de los chiquillos más pequeños.
—Esposa, rompiste mi única horquilla al acometer a este «hombre» —dijo Logan en son de queja.
—¡Es cierto! —respondió Lucinda, estremecida. Aún no había conseguido recobrarse por completo del horror que le inspirara el ataque de los lobos.
—Oye, papá —dijo Abe, que siempre se ponía de parte de su madre—.
Mamá impidió que dos de ellos entrasen en el encerradero. Y si hubieran entrado, se habrían comido todas tus terneras.
—Así lo creo, hijo. Y os habrían mordido a vosotros además... Aquella manada de lobos estaba muy hambrienta... Luce, esta piel se convertirá en una buena alfombra. Es preciso que la utilicemos, porque el Viejo Gris nos ha costado mucho... Él y su manada han devorado nuestras reses, con excepción del toro y de las vacas jóvenes en el encerradero.
—¡Oh, Logan! Es una desgracia terrible. Creo que nunca podrás formar una ganadería en este silvestre desfiladero.
—Sí, podré.. y lo haré —replicó Logan severamente; y añadió—: Muchachos, lamento tener que deciros que Coyote se marchó con los lobos.
Todos ellos se sorprendieron y entristecieron. Abe dijo: —¿Por qué, papá?
—Porque es medio lobo. Nunca confié en ella, pero la llevé conmigo tres mañanas seguidas. Me escondí entre los pinos y observé... Cuando comenzó a amanecer, esta mañana, vi que los lobos se acercaban. Habían matado algo, no sé qué. Salieron de uno de los lados del desfiladero, sin duda, porque debían de haber olfateado a Coyote. Como quiera que fuese, el caso es que se detuvieron para olfatear cerca de mí... Y entonces fue cuando maté al Viejo Gris y herí a otro de los lobos antes de que la manada se perdiera de vista. Solamente eran seis lobos. Creo que no volveremos a verlos más...
Coyote os ha traicionado, chiquillos. Corrió hacia donde el Viejo Gris cayó, y luego semejó enloquecer y exhaló unos ladridos muy singulares. Siguió a la manada y volvió la cabeza para mirarme. Le llamé, grité, pero continuó corriendo... Y éste ha sido el final de vuestro compañero de juego.
Bárbara lloró. Abe intentó consolarla diciendo que obtendría otro nuevo perro para ella.
—Es una lástima —dijo Lucinda suspirando—. Siempre me he sentido más tranquila cuando Coyote estaba con los niños.
—Sí, pero... Es preciso que no nos desconsolemos —añadió imperturbablemente Logan—. Obtendré un nuevo perro... y un poco más de ganado.
—¿Dónde y cómo, Logan? —preguntó Lucinda.
—¡Hum! Ya lo veremos...
Unos pocos días más tarde, la nieve había desaparecido. El arroyo se llenó de orilla a orilla, y Logan tuvo necesidad de derribar un árbol para construir un puente más alto. La primavera le creaba nuevas y múltiples obligaciones con su proximidad.
Disponiendo de muy pocas reses que requiriesen su atención, Logan dedicó la mayor parte de su trabajo al cultivo de los campos, a los cuales añadió nuevas tierras. Aquella temporada intentó obtener alfalfa. Lucinda creyó observar que su esposo trabajaba más intensamente que nunca, en el caso de que fuera posible que así sucediera, pero sin la antigua animación y sin la grata esperanza de un porvenir. Hallándose casi sin ganado, sus preciadas ambiciones languidecían. Logan aplazó el viaje a la ciudad hasta el otoño. Holbert regresó con él, y Lucinda no necesitó ser muy perspicaz para apreciar que el ranchero se interesaba por el Desfiladero del Sicómoro. Holbert tenía la misma expresión amistosa de siempre, pero dijo secamente a Logan que necesitaría cobrar en la primavera el dinero por el cual se había hipotecado la propiedad, o que en el caso de que no fuese pagado se vería precisado a incautarse de las tierras hipotecadas.
—Luce, la cosecha de alfalfa es lo que le ha seducido —dijo Logan cuando su vecino se hubo ausentado—. Ha visto claramente las posibilidades de este rancho. Y le agradaría quedarse con él... Yo me moriría de pena si perdiera esta posesión. Y no comprendo cómo demonios voy a poder salvarla...
—Ya lo veo —replicó enérgicamente Lucinda—. Hubo un tiempo en que me habría alegrado de perderla. Pero va no... Es nuestra tierra, nuestro hogar. Los chiquillos quieren a todo esto. Se desarrollarán y se harán fuertes en este hermoso y solitario lugar... No te preocupes, Logan.
Logan movió la cabeza desesperadamente.
—Debo a Holbert trescientos dólares. Se ha portado muy bien hasta ahora... Pero cuando tomé el ganado que convinimos supuse que me concedería todo el tiempo que necesitase hasta que pudiera pagarle.
—Se ha entusiasmado al ver tu cosecha de alfalfa y patatas —dijo Lucinda, pensativa—. ¿Qué te dijo Babbitt?
—¡Hum! Muchas cosas. Que compraría cien toneladas de alfalfa y todas las patatas que yo pueda producir... ¡Bravatas! Lo mismo podría pedirme que cortase y le llevase toda la madera que haya en esta región.
—Sin embargo, no hay duda de que tu campo puede solucionar nuestra vida.
—Es cierto. El campo constituye un recurso para nosotros. Podremos vivir de la agricultura. Y podremos criar reses y reunir una ganadería de treinta mil cabezas.
—Pero, Logan, suponiendo que eso sea posible, ¿no estamos tan lejos de conseguirlo como cuando empezamos?
—En lo que se refiere al ganado, sí. Pero si pudiera obtener una ayuda, mi manada se doblaría muy pronto..., se triplicaría..., se cuadruplicaría..., se multiplicaría sin límites.
—Me has convencido —dijo Lucinda—. Pero sin ayudas de ninguna clase y sin capital, has emprendido una tarea que de este modo resulta imposible... Logan, debemos abordar el problema desde otro punto de vista.
—¿Punto de vista? ¿Qué quieres decir, esposa? —preguntó tanto con interés como dubitativamente Logan.
—Creo que todavía no puedo darte una respuesta concreta. Pero trabajo activamente con la imaginación. Los hechos son fáciles de exponer. Tenemos la tierra, el agua y la hierba. No moriremos de hambre. Nuestros hijos se desarrollan tan rápidamente como la cizaña... Es una cuestión parecida a los problemas que solía exponer a los niños en la escuela.
—Luce, jamás he sabido nada de matemáticas.
—Déjame que haga el cálculo —sugirió ella.
Lucinda meditó acerca de la situación por espacio de varios días. El hecho de que Holbert codiciara su rancho había inspirado a la mujer tanto como alarmado a Logan.
Una noche, cuando los cansados pequeñuelos se hubieron acostado para dormir, Lucinda y Logan se hallaban sentados en el pórtico para disfrutar de la dulce noche veraniega. Lucinda abordó el tema que se había hecho tan importante para ella.
—Logan, he resuelto el problema.
—¿Eh? —preguntó Logan.
—Nuestro problema... Pero permíteme que te haga un par de preguntas.
¿Cuánto tiempo puedes conservar la alfalfa?
—Creo que tanto como me sea posible mantenerla seca.
—¿Cuánta alfalfa puedes recoger cada verano?
—No lo sé. Haré dos recolecciones, no hay duda. Comienzo a ver que la alfalfa se da aquí de un modo tan sorprendentemente bueno como tus patatas.
—No podemos llevar la alfalfa a la ciudad, por lo menos en cantidad suficiente para que constituya un negocio para nosotros. Pero podremos llevar patatas en cantidad suficiente para que su valor nos permita adquirir la harina, el azúcar; los frutos secos..., todo lo que necesitamos para vivir.
Nuestras necesidades crecerán a medida que los muchachos crezcan.
Necesitaremos adquirir ropas, zapatos, libros y muchas otras cosas.
—Luce no olvides pistolas, jacas y sillas. Necesitaremos tener todo eso muy pronto.
—¡Oh! Ni siquiera lo había pensado... Ciertamente, los muchachos crecen... Se están haciendo unos hombrecitos... Pero ¿hay una necesidad inmediata de todas esas cosas?
—No. Pero cuanto más pronto las tengamos, tanto mejor. Abe sabe cabalgar sin silla, como los indios. Y George podrá hacer lo mismo.
—Acaso un invierno más benigno que los anteriores, el invierno que esperas, te dé la buena suerte que deseas en lo que se refiere a las pieles de castor.
—Sería una ayuda estupenda.
—Esperemos que la obtengas. Ahora, he aquí mi provecto. Tienes diez acres de alfalfa casi dispuesta para ser cortada. Y dispones en el cobertizo de espacio para almacenarla. Construye un nuevo cobertizo..., solamente un techo inclinado sobre unos troncos... Algo que te permita defender del agua y de la nieve toneladas y más toneladas de alfalfa.¡Es una gran idea, esposa! —replicó Logan con entusiasmo —. Con George y Abe y lo poco que tú puedas ayudarnos, podré levantarlo en poco más de una semana... Bueno, continúa.
—Instala una alta cerca de troncos desde aquella profunda brecha del muro rocoso que está al pie de la carretera. Será una doble hilera de cercas; ambas se unirán al otro lado del arroyo. Eso será suficiente para cerrar cuatro o cinco acres de terreno de pasto.
—Puedo hacerlo antes de que la nieve comience a caer. Mas ¿para qué?
No lo necesito.
—Lo necesitarás. Comencemos a criar terneras en condiciones que nos permitan salvarlas. Las tendremos encerradas hasta que se hayan desarrollado. Las alimentaremos con alfalfa y forraje durante el invierno. En invierno haremos que los chicos las lleven a pastar, del mismo modo que los indios llevan sus rebaños. Y de este— modo podremos comenzar a criar una manada en tanto que tú matas los lobos y los pumas. Cuando hayan pasado unos pocos años dejaremos a las reses sueltas en el desfiladero.
—Es otra buena idea, esposa. Pero, ¡tanto trabajo —declaró pensativamente Logan —para un resultado tan lento...!
—Logan, no tienes gran prisa. Recuerda la fábula de la tortuga y la liebre. En realidad, no necesitamos tener una gran manada hasta el día en que los muchachos se hayan desarrollado, lo suficiente para poder cabalgar a tu lado.
—Es cierto... No lo había pensado... Si tuviera cinco mil cabezas dentro de... de diez años, por ejemplo, cuando George tenga dieciocho..., entonces, en cinco años podría tener mis treinta mil cabezas de ganado!
—Sí. Y entre tanto viviremos... Cuando llegue esa ocasión, los chiquillos tendrán todos los conocimientos, toda la ilustración que yo pueda proporcionarles. Se desarrollarán al mismo tiempo que tu manada... Todo eso representa una prodigiosa cantidad de trabajo, mucha pobreza, acaso innumerables infortunios..., mas, al fin, se convertirá en un triunfo... Logan, ése es exclusivamente el único medio de que podamos conseguir en el Desfiladero del Sicómoro lo que te propones.
—¡Años..., años..., años! —exclamó cavernosamente Logan al mismo tiempo que movía la peluda cabeza.
—Podemos confiar en ellos. El resto depende de nuestra perseverancia, de nuestro irreductible afán... Ahora, hablemos de los derechos de hipoteca de Holbert sobre estas propiedades. Tengo el dinero necesario para pagar la deuda.
—¡Lucinda! —exclamó roncamente Logan. Y al oír esta exclamación, Lucinda comprendió cuánto le había preocupado el débito.
—Sí. Este pago se llevará casi todo mi dinero, el dinero que guardé de mi regalo de boda. Nos quedaremos sin él... Iré contigo a la ciudad este otoño y llevaremos a los niños con nosotros. Pagaremos a Holbert cuando pasemos por su casa. Luego compraré algunas cosas para los niños y para mí..., cosas que necesitamos urgentemente, lo mismo que tú necesitas otras.
Regresaremos a nuestra casa, ¡y jamás volveremos a contraer deudas!
—Lucinda, ¡eres una verdadera esposa de colonizador! —exclamó atropelladamente Logan, como si éste fuera el cumplido más grande que pudiera dedicarle. Y después de esta inusitada expresión de sus sentimientos, se separó de ella. Lucinda tomó nota mentalmente de que Logan no le había prometido que jamás volvería a contraer deudas.
Los días continuaron pasando, días demasiado cortos para permitir que se cumpliesen todos los trabajos diarios de una esposa de colonizador, ayudante en los campos, vaquera y maestra. El invierno transcurrió lentamente, y las estaciones continuaron su ciclo habitual.
La visión de Lucinda acerca de una irremisible labor y de los obstáculos consecuentes a su pobreza habían constituido un buen presagio del porvenir. Pero el trabajo y las privaciones no oscurecieron el resto de la visión: la consecución del triunfo en los años venideros, la recompensa y la bendición para los chiquillos y la muchacha.
Huett ni siquiera pudo pensarlo. Como un esclavo condenado a galeras trabajó indeclinablemente para cumplir sus innumerables labores. La píldora amarga de tragar para él fue la evidencia de que se había convertido en un agricultor, que vivía al día, cuando tenía puestos sus afanes y sus esperanzas en la cría del ganado. Si de alguna felicidad disfrutaba, era la que le producía el ver que sus hijos se aficionaban a la caza, al trabajo de leñadores, al cabalgar. Lucinda siempre se alegraba cuando Logan, llegado el otoño y el invierno, podía seguir las huellas de la caza en compañía de los chiquillos.
Logan había logrado aumentar su ganadería tres otoños seguidos hasta tenerla compuesta de cincuenta cabezas: vacas, terneras y novillos. Y otras tantas veces el conjunto había sido diezmado por los pumas, los lobos, las intensas nevadas y el frío de la inhospitalaria región. Y siempre, después de sufrir contratiempos de tal naturaleza hallaba tiempo y ocasión para comenzar de nuevo. En otra ocasión, un súbito deshielo seguido de una inundación primaveral le arrebató las terneras. Logan abandonó los terrenos de pastos que había cercado y cerró otro situado a más altura que comprendía varios acres y donde durante todo el invierno había buenos pastos.
No obstante, y a pesar de lo amarga que resultaba su experiencia y de lo indeclinable de su voluntad, Lucinda observó que los años le habían arrebatado la esperanza del corazón. Logan iba una vez cada año a Flagg, cambiaba sus mercancías por las que necesitaba, regresaba atribulado, y por espacio de días y más días se encontraba meditabundo y hablaba del progreso de los campos de Arizona y de la afluencia de nuevos colonizadores.
Y transcurrieron varios años más, tan rápidos como los anteriores y cada uno de ellos más duro, que pusieron a prueba la fortaleza de ánimo de Lucinda. Al finalizar tal período, el matrimonio se encontró sin azúcar, sin harina y sin muchas de las cosas que necesitaba para subsistir. Vivía de carne y habichuelas, los productos infalibles de aquellas tierras cuando todo, hasta las patatas, faltaba. Los muchachos fueron descalzos en todas las estaciones, excepto en el invierno, cuando calzaban mocasines. Bárbara, con su desflecada chaquetilla de piel de ante, constituía una alegre expansión para los ojos de Lucinda. La muchacha se hacía fuerte, crecía, tenía la piel tostada por la vida al aire libre, era hermosa, a pesar de la pobreza, y era tan feliz cuando trabajaba como cuando estudiaba. Quería a los muchachos, que creía que eran hermanos suyos, y adoraba principalmente al cetrino y silencioso Abe, que era un hombre erecto, esbelto, tan hermoso como un pino joven. Toda su vida se desarrollaba en los bosques, que eran algo propio de ellos, y todos ellos querían y guardaban animalitos silvestres, lo mismo que en los días de su infancia. La recompensa de Lucinda se cifró en el hecho de que había podido proporcionarles una ilustración elemental, inspirarles ideales y lealtades y la creencia en Dios. Ningún sufrimiento, ni la pobreza, ni siquiera el persistente fracaso de Huett pudieron arrebatarle esta alegría. Les había dado una parte de sí misma, de su espíritu, de su corazón. En cuanto al resto, en lo que se relacionaba con aquella fortaleza física que tanto apreciaba Logan, Lucinda se regocijaba inefablemente hasta la medula de su ser, viendo lo que eran y lo que habrían de ser.
Pero Huett albergaba en sí una creciente amargura, tan grande como su orgullo; y esta amargura nacía de la evidencia de que no podía proporcionar a aquella maravillosa familia lo que necesitaba para cubrir las necesidades de su vida, sin tener en cuenta las cosas bonitas que siempre agradan a las mujeres, y las herramientas, las armas, el equipo que los muchachos deberían poseer en una región tan silvestre como aquélla.
Lucinda observaba a Logan con recelos que se veía forzada a rechazar con toda su fortaleza y su inteligencia. Temía que el desaliento entrase en su corazón. Veía que el cabello de él se tornaba blanco sobre las sienes. Veía que su gran cuerpo se hacía más lento con el paso de los años, que comenzaba a curvarse un poco sobre la anchura de la espalda. Lo veía sentarse al lado del hogar sin la pipa, que había sido el único lujo de los años pasados, y meditar eternamente sobre el problema de su ganado.
De todos modos, Lucinda continuó viendo a Logan entregado a su trabajo. Lo veía desde lejos; y cuando llegaba a la casa a la hora del crepúsculo, oloroso a tierra, limpiándose el sudor de la arrugada frente, ella estaba allí para recibirle alegremente.
Lucinda hubo de hacer frente a un invierno que, al fin, melló su entereza. La cosecha de patatas de Logan hubo de ser destinada a saldar una antigua deuda; y le fue negado un nuevo crédito. Logan regresó a la casa sin los artículos necesarios para cubrir las necesidades de su vida.
Lucinda se inquietó más por la melancolía de su esposo que por la falta de comida y de otras cosas precisas. Un largo y duro invierno reduciría a los Huett a un estado de miseria.
Pero Logan fue a los bosques con su rifle, y al regresar dijo que había signos de que el invierno sería benigno. Aquella noche, en tanto que hablaba a los jóvenes, parecía hallarse cambiado, ser más parecido al hombre que había sido anteriormente. Lucinda se animó. Sus plegarias, sus esperanzas, sus visiones ya no serían vanas.
El «veranillo de San Martín», o «verano indio», constituyó un largo y hermoso intervalo entre el otoño y el invierno. Fue cálido y soleado durante los días; durante las noches la escarcha se tendió sobre las matas. Era la época otoñal, tranquila, melancólica y soñadora que Lucinda amaba. La nieve no blanqueó las alturas hasta la llegada de Navidad. ¡Y fueron unas Navidades alegres para los Huett! Logan y los jóvenes habían clavado ya un centenar de pieles de castor en las paredes de la cabaña. Y de marta, de visón y de mofeta en cantidad demasiado grande para que pudiera ser contada. Estas pieles ofrecían a Logan la seguridad de que dispondría del dinero necesario para pagar sus deudas, y aun de que le sobraría cierta cantidad. Y todavía había la posibilidad de que la caza y el atrapar de animales se diese mejor durante el resto del invierno.
Aquella retrasada buena suerte se cumplió plenamente. El desfiladero produjo mucho a Logan durante aquel templado invierno y le compensó de muchas de las pérdidas sufridas anteriormente.
En la primavera, antes de que la carretera estuviese seca, Logan partió para Flag; fue el último viaje de los fieles y viejos bueyes. Cuando regresó, Logan conducía un `par de robustos caballos de labranza que arrastraban un carro nuevo totalmente cargado y que llevaba atados a la parte trasera tres hermosos caballos mesteños. Su rostro, castigado por los vientos y el sol, tenía una expresión de felicidad que Lucinda no había visto en él desde el día de su casamiento.
Los muchachos, a quienes no había llevado consigo a Flag, se inmovilizaron en torno al carro y miraron con ojos llenos de asombro y entusiasmo los peludos caballos, gruesos y lanudos por efecto de los pastos invernales. Bárbara se olvidó de sí misma al ver, con alegría y temor, los caballitos de que había oído hablar a los jóvenes a lo largo de los años. Y Lucinda... estuvo a punto de llorar.
—Oíd, Huett bizcos... —dijo Logan —desde ahora en adelante ya sois vaqueros.
—¡Ah, papá! ¿Cuál es el mío? —preguntó ansiosamente Grant.
—Grant, el tuyo es el que parece que tiene piel de ante... Y ése es su nombre: Buckskin. Abe, el tuyo es ese alazán silvestre, el que está bramando al extremo final de la cuerda... George, el bayo te pertenece... si puedes montarlo.
—¡Hum! ¡Vaya si lo montaré! —declaró extasiado George.
Abe nada dijo, pero la alegría que expresaron sus ojos fue elocuente.
—Atad los caballos a la cerca y ayudadme a descargar el carro —continuó Logan.
Al cabo de un momento, el propio Logan levantaba un grueso fardo hecho de arpillera cosida y lo arrojaba a los pies de Lucinda.
—Para ti y para Bárbara... Todo lo que incluiste en tu lista... y todo lo que se me ocurrió comprar.
Bárbara grité entusiasmada y empujó el fardo; pero no pudo ni siquiera comenzar a moverlo. Lucinda se había quedado muda, no tanto por efecto de la sorpresa y del placer como de ver la desacostumbrada alegría de su esposo. Y no cesó de observarlo.
—Sillas y bridas, espuelas y zahones..., todo mejicano. Mantas, navajas de silla. Cuerdas de cáñamo. Fundas de rifle y fundas de revólver, y cinturones... ¡Eh, vaqueros, levantad esta caja tan pesada! ¡Muchas municiones! ¡No he visto tantas juntas desde que trabajé como escucha con el general Crook...! Mirad esto... ¡Colts! ¡Del cuarenta y cinco...! Y aquí... ¡ja, ja...! ¡Rifles Winchester! ¡Del cuarenta y cuatro...! Son ligeros, resistentes, fáciles de llevar en la silla... Ahora comienza el día de los Huetts, que son un equipo de vaqueros en primer lugar y de cazadores en segundo... ¡Mal día para las plagas de estos terrenos! ¡Que se enteren los pumas, los lobos, los osos pardos...! Y oíd estas noticias que traigo de Flag, caballeros del equipo: han llegado cuatreros de Nuevo Méjico. ¡Ladrones de ganado! Están actuando en tierras situadas al oeste de Flag. Y los robos de reses aumentarán en Arizona a medida que se desarrollé la ganadería. Es cosa que sucede siempre. Y es algo con que no había contado. He combatido contra los depredadores de cuatro patas durante los pasados años. Y contra la nieve y el hielo, y las tormentas y el calor, la sequía y las inundaciones... Pero ahora llega el peor enemigo del ganadero: el cazador de terneras, el ladrón de reses... No lo olvidéis, hijos míos. Pero los ladrones no nos interrumpirán.
Tenemos este valle cercado, tenemos hierba, tenemos agua... ¡Nada podrá hacernos cejar en nuestro propósito de reunir treinta mil cabezas de ganado!


X
Logan Huett no llevó cuenta del paso de los años. No los contó, pero vio que sus hijos se convertían en hombres altos, de anchos hombros y estrechas caderas, de músculos redondos, de mandíbulas delgadas con ojos claros y firmes y rostros bronceados. Los vio convertirse en cazadores y vaqueros, en lo que se prometió hacer de ellos cuando eran niños que corrían y caían del banco cubierto de verdor y cuando jugaban con sus animalitos predilectos. George era un ganadero nato. Abe, el leñador, el mejor seguidor de huellas y el mejor tirador de aquella parte de Arizona.
Grant fue el vaquero, el hombre más duro para cabalgar, el más infalible lacero que había desde el Cibeque hasta el ferrocarril.
Y del mismo modo y casi con tan grande satisfacción, Huett vio que su pequeña manada, cuidadosamente atendida y guardada, formaba el núcleo de una ganadería. Y contó las reses desde la primavera hasta el invierno, desde las primeras heladas hasta el primer rocío de la primavera..., celosamente, desganadamente, tristemente en las épocas de mezquindad; esperanzadamente en las estaciones que le favorecían.
El fracaso de Huett a lo largo de muchos años obedeció a la circunstancia de que un solo hombre había tenido que luchar contra innumerables obstáculos. A medida que sus hijos fueron creciendo, su precaria situación se aminoró paulatinamente hasta que desapareció por completo. Si algún factor contribuyó mas que cualquier otro a su victoria, tal factor fue la caza de animales de pieles valiosas durante aquel venturoso invierno. Pero Huett continuó cultivando sus tierras. Y éstas y la venta de pieles le produjeron lo necesario para atender a las exigencias de la vida familiar, en tanto que la manada aumentaba lentamente.
Sus hábitos de inquieta energía y de indeclinable determinación fueron heredados por sus hijos. Los hijos eran de pies a cabeza unos nuevos Logan Huett. Y a medida que la dura prueba de los pasados años se perdía y desvanecía, y a medida que las manifestaciones físicas de sus sueños tomaban forma concreta ante sus ojos, la felicidad que le inundó fue aumentando hasta hacerse casi tan grande como el orgullo que le inspiraban sus hijos.
Una tarde de los días de la temprana primavera, Logan volvió de los encerraderos a la cabaña. Su esposa y Bárbara habían dispuesto la mesa de la comida en el pórtico por primera vez en aquella estación, acaso excesivamente pronto si se tenía en cuenta el frío del atardecer. Pero a Huett le agradaba comer al aire libre, donde pudiera ver el huerto, la alfalfa, los pastos y el ganado que punteaba el largo valle.
Abe había regresado en aquel momento de la parte alta del desfiladero y estaba apoyado en el rifle hablando con George y Grant. Vestido con chaquetilla de piel de ante parecía más bajo que sus hermanos, que estaban vestidos con pantalón azul y botas altas; pero lo cierto era que se igualaba a ellos en lo que se refería a los seis pies de fuerte estatura que tenían.
—Papá, hay buenas noticias —dijo George con los ojos iluminados por la alegría—. Abe ha seguido a esa tropilla de caballos salvajes hasta la cabeza de la Quebrada de las Tres Fuentes.
—¡Ah! Bien; siempre está siguiendo las huellas de algo —contestó riendo Logan—. Pero ¿qué importancia tiene eso?
—Podremos llevarlos al fondo del desfiladero.
—Y atraparlos —añadió vehementemente Grant.
—Puede hacerse, en el caso de que estén en la quebrada. Pero supongo que se escaparían por la noche.
Abe dijo que no era posible que sucediese lo que su padre suponía. Bajo la maleza de aquella quebrada se abría una llanura soleada donde la nieve se derretía pronto y donde la hierba brotaba en abundancia. Abe recordó que allí había visto en cierta ocasión algunos caballos salvajes.
—¿Cuántos? —preguntó Huett, que comenzaba a interesarse al comprender las posibilidades que encerraba el proyecto.
—Muchos. Vi alrededor de un centenar de cabezas. Algunos de ellos eran de buena raza. Hay un garañón ruano en la tropilla, al que me gustaría atrapar.
—Creo que en el caso de que consigamos atraparlos, habremos de trabajar mucho para poder apoderarnos de ellos.
—Pero, papa, ¡no podrán escapar de la parte baja del desfiladero! Y pasará mucho tiempo antes de que nuestra manada se desarrolle tanto que necesite disponer de toda la hierba que allí brota.
—Es un caso de buena suerte, papá —añadió George—. Necesitamos caballos. Podríamos separar del resto a algunos, y domarlos.
—¿Cuál es tu proyecto, Abe? —preguntó, ya convencido, Huett.
—Podrías bajar al fondo del desfiladero en las primeras horas de la mañana y derribar aquella valla de troncos que está a mitad de camino de la quebrada. Nosotros, entre tanto, iremos a la altura, nos repartiremos y tiraremos por el borde las rocas que estorben. Luego, recorreremos los diversos caminos que hay, gritando incesantemente y disparando. Y en ese caso, estoy seguro de que la tropilla se dirigirá a toda prisa hacia el desfiladero.
—La cena espera, papá —dijo Bárbara, que estaba sentada a la mesa y escuchaba la conversación.
—Muy bien, Bárbara. Iré en seguida —respondió alegremente Logan—.
Tráeme un poco de agua caliente. Tengo las manos manchadas de grasa del hacha.
Bárbara le llevó lo pedido y se detuvo a su lado mientras Logan se lavaba las manos.
—Papá, ¡es estupendo! Abe va a llevar los caballos salvajes a la quebrada, ¿verdad?
—Sí, Bárbara, lo es. Creo que nuestra suerte ha cambiado. Una tropilla de caballos hermosos..., de repente... Es casi demasiado bueno para que pueda ser cierto.
—Buck ya es viejo y está agotado —continuó Bárbara—. Deberíamos dejarlo en libertad para siempre.
—¡Bien se lo ha ganado...! Bárbara, supongo que lo que te pone contenta es la idea de que puedas tener un nuevo caballo para ti, ¿no es cierto?
—¡Oh, sí! ¡Me entusiasmaría que hubiera un caballo que fuera sólo mío!
—contestó Bárbara.
—Abe, Bárbara se muere de ganas de poseer un caballo mesteño y salvaje domado para ella.
—Bárbara, tendrás dos para que siempre puedas escoger —replicó Abe; y en sus grises ojos se encendió una luz de cariño.
—¡Oh, es magnífico! —gritó ella extáticamente—. ¿Podré ir con vosotros a perseguir a los caballos salvajes para obligarlos a descender a la quebrada?
—¿Por qué no me haces otra pregunta más fácil de contestar? —dijo tristemente Abe—. Bárbara, sabes montar muy bien a caballo, pero la carrera que habremos de dar será muy dura y larga. Sería preferible que fueras con papá para ayudarle a derribar la cerca. Luego podrías volver atrás y apartarte de su camino para ver cómo los caballos salvajes corren atropelladamente hacia el fondo. ¡Ten cuidado con el garañón ruano!
—Vamos a cenar —dijo Lucinda, impaciente—. La cena ha comenzado a enfriarse.
Logan pasó una pierna sobre el banco de madera cubierto de piel de ante y se sentó a la mesa, que era un producto de su trabajo y que estaba cargada de abundante y saludable comida. Tanto él como sus hijos estaban demasiado hambrientos para que pudieran entretenerse en hablar. Las sombras del crepúsculo primaveral caían sobre ellos.
Al día siguiente, antes de que saliese el sol, Logan se levantó, extrajo los ardientes rescoldos que había bajo las cenizas y encendió el fuego. Luego llamó a Bárbara.
—Voy inmediatamente —contestó ella—. Te he oído levantarte.
—Prepara un poco de café. Y manteca y unas galletas. Es posible que no volvamos a tiempo de desayunar. Voy a ordeñar... y luego a ensillar el caballo.
La oscuridad era completa en el exterior. Los coyotes gemían en las alturas. Los altivos pinos se elevaban negros y quietos. Logan oyó que los muchachos se acercaban con los caballos. Salió en busca de Buck, lo ensilló y lo ató a la cerca. Unas débiles rayas grises se iluminaban en el Este. El aire de la mañana era crudo y frío. Loganoyó los sonidos que producían los patos silvestres en la altura de sus perchadas del bosque. Cuando volvió encontró a los jóvenes, que habían llegado antes que él a la cabaña.
Bárbara, vestida con pantalones y botas, parecía un chiquillo robusto y esbelto, de rostro moreno y lindo. Estaba sirviendo café y galletas a los que creía que eran sus hermanos.
—Bien, suponía que os convendría tomar un poco de alimento —dijo Logan mientras los muchachos le saludaban—. ¿Qué vais a hacer, hijos?
—Papá, convendría que te dieses prisa —contestó Abe. —Nosotros estaremos a la cabeza de Tres Fuentes cuando salga el sol.
—No te inquietes, Abraham. Tendréis la abertura en la cerca cuando sea necesaria.
El alba teñía el cielo de gris cuando Logan se dirigió hacia la zona baja del desfiladero en compañía de Bárbara. El cercado valle se ensanchaba en la parte baja por espacio de cinco millas y después comenzaba a estrecharse.
Los muros de rocas se hacían a cada paso más y más accidentados y se abrían en las zonas en que se desarrollaban los desfiladeros secundarios, o las quebradas, como los llamaban los jóvenes. La garganta llamada Barranca de las Tres Fuentes era tan engañosa como cualquiera de las ramificaciones del extraño valle. Su entrada semejaba la de un abra estrecha y poco profunda, pero el interior se ensanchaba prontamente y se convertía en una gran extensión cubierta de hierba, de arboledas de pinos, meples y robles. La cerca de troncos cruzaba el estrecho paso que había entre el óvalo abierto y la garganta inferior.
—Creo que es un lugar muy apropiado... —dijo Logan al tiempo que desmontaba—. Bárbara, apéate y ata a Buck un poco más allá... Los caballos salvajes producen un efecto muy especial a los caballos mansos. Abe dice que un caballo manso y domado que se haya contagiado de los salvajes, es casi imposible de cazar... Sube a esa roca. Desde ahí podrás ver todo lo que suceda y estarás segura.
—Perfectamente. Muy bien —contestó Bárbara—. Pero ¿no podré ayudarte antes a derribar la cerca?
—Sí, sí. ¡Démonos prisa! Abe lanzará muy pronto su grito de indio. Ésa será la señal.
Bárbara no tenía en vano unos brazos fuertes y unas anchas espaldas.
Y compartió los trabajos de Logan. Logan experimentó una gran satisfacción al observarla. ¡Cuán bien recordaba siempre el orgullo de Lucinda por el aspecto de Bárbara, para conseguir el cual había tenido que sacrificar tanto tiempo y trabajo! Bárbara siempre se ponía guantes cuando había de realizar alguna labor dura, y Lucinda se preocupaba mucho por los efectos del sol y de la suciedad. Logan se divertía al advertir aquellas pruebas de la vanidad de su esposa. Por su parte, creía que Bárbara era una joven guapa y, lo que era más importante, buena, obediente, amable, lo que haría de ella una esposa de colonizador tan admirable como lo era Lucinda. Pero este último pensamiento siempre disgustaba a Logan, que no quería perderla.
La cerca de troncos era una instalación provisional, bastante fuerte, pero no estaba alambrada ni clavada, y fue tan fácilmente derribada, que Logan comprendió pronto la necesidad de construir otra más sólida.
—¡Oh! ¡Escucha! —exclamó Bárbara repentinamente, en tanto que dejaba caer a un lado el tronco que transportaba.
En aquel instante, un penetrante grito vibró procedente de las alturas.
Era la llamada de Abraham, la que siempre lanzaba cuando cazaba en el desfiladero. En la tranquila y silenciosa mañana, el grito se extendió en el viento claro y fresco, rebotó sonoramente en las rocas, cruzó el desfiladero y murió convertido en un eco.
—¡,Maravilloso! —exclamó Bárbara—. ¡Qué voz tiene Abe!
—Grita como un indio —contestó Logan con entusiasmo—. Súbete ahora a la roca. Yo le contestaré. Y vas a oír algo parecido a un trueno.
Logan se puso las manos ante la boca a modo de bocina, hizo una profunda aspiración de aire y lo expelió con un grito estentóreo:
—¡Voo-ooo-ooo!
Su grito despertó un centenar de ecos profundos y fantásticos. Logan retrocedió unos pasos para mirar los trabados caballos, y luego regresó para subir a la misma roca que Bárbara. Apenas había tenido tiempo de sentarse, cuando allá, en la altura, una roca cayó desde el borde de la elevación. Aún no había cesado de rodar, cuando otra cayó del mismo modo y produjo un sonido semejante al otro lado del desfiladero.
Si no recuerdo mal, hay una ladera, casi vertical, rocosa y castigada por el tiempo en la cabeza de Tres Fuentes —dijo Logan—. Una roca grande que rodase desde la altura podría provocar un deslizamiento de tierras. Los muchachos suelen aprovechar esa probabilidad cuando cazan osos. Puedes tener la seguridad de que en el caso de que haya osos abajo, saldrán a toda prisa... ¡Por todos los diablos! He —olvidado el rifle. No resultaría muy divertido que algún oso gris comenzase a huir de la amenaza y viniera junto a nosotros...
—Voy a subirme a ese árbol —dijo alegremente Bárbara.
—Yo estoy demasiado pesado para trepar a los árboles, hija... ¡Mira!
—¡Oh! —exclamó Bárbara.
Un ruido tronitoso se produjo en la inclinación de la ladera. Un matraqueo de algo que se deslizase lo ahogó, y se convirtió en un creciente zumbido que llenó el desfiladero. Fue un ruido tremendo que tardó cierto tiempo en perder intensidad, en apagarse gradualmente y trocarse en sonidos distintos de tierras que resbalaban y rocas que rodaban.
—¡Demonios! ¡Qué estruendo! —exclamó Logan.
—¡Ha sido terrible..., pero emocionante!
—Bárbara, todos los animales de cuatro patas que estén allá arriba, cerca de la quebrada, correrán alocadamente hacia el fondo del desfiladero.
Los muchachos no tendrán necesidad de vocear o disparar... ¡Mira...! ¡Vienen ciervos!
—¡Oh! ¡De qué modo tan raro saltan...! Como si tuvieran muelles... Pero ¡cuán graciosamente!
—Oigo el trueno de unos cascos, Bárbara. ¡Una desbandada! Ése es un ruido que me emociona. Sea de caballos o de ganado bovino..., ¡es igual!
—¡Mira, papá! Corren entre la maleza... Bajo los árboles... ¡Mira! Parecen relámpagos rojos, blancos, negros, pardos... ¡Mira...! ¡Caballos salvajes!
Logan los vio salir de la zona arbolada y gritó alegremente. Una tropilla silvestre y peluda de caballos mesteños, de largas crines y colas erectas, se derramó en el desfiladero como una inundación. La vanguardia pasó ante Bárbara y Logan envuelta en una nube de polvo, tan rápidamente, que no pudo ser vista apenas, y seguida por hileras de caballos y por otros que marchaban diseminados y pudieron ser vistos distintamente. Logan pudo observar que había muchos caballos de finas patas que cuando hubieran sido domados podrían ser vendidos a altos precios. Su imaginación se concentró en ese detalle. Pero Bárbara gritaba con admiración al apreciar la belleza de aquel ruano, de aquel abahío o de aquel alazán. De repente, se asió fuertemente a Logan.
—Mira, papá, mira! ¡El garañón de Abe...! ¿Has visto alguna vez un caballo tan hermoso como ése...? ¡Salvaje! ¡Oh, jamás podrá ser domado!
—¡Demonios! ¡Pero es un caballo de raza! —contestó Logan—. Va un poquito cojo. Supongo que ésa es la causa de que vaya detrás de los demás...
Bárbara, me parece que ése sería un caballo que Abe no querría darte nunca.
—Abe me daría cualquier cosa de este mundo —exclamó Bárbara con voz vibrante y dulce—. Ya han pasado, papá. Ya han entrado en el desfiladero.
¿Cuántos habrá?
—De ochenta a ciento... Y estoy seguro de que más de la mitad de ellos será buena para algo... ¡No ha sido malo el trabajo de esta mañana!
¿No es aquello un oso? —preguntó Bárbara señalando hacia lo alto—.
Allá, arriba... Ante la arboleda de abetos... Sí, es un oso grande, negro, brillante.
—Lo es. ¡Cómo desearía poder tener ahora un rifle!
—Yo, no, papá. Me acuerdo mucho de mis oseznos. ¡Oh! ¿Por qué han de crecer y convertirse en engorros para ti? ¡Nunca lo serán para mí!
—Tus osos se hicieron demasiado grandes, Bárbara. Pero resultó muy interesante el modo como se resistieron a volver a los bosques e insistieron en regresar a la cabaña una otra vez... jamás habrías podido poseer a ese oso que ahora ves... ¡Oh, los muchachos están disparando contra él! ¿Oyes cómo se estrellan las balas contra las rocas? Deben de disparar desde mucha distancia.
—¡Espero que logre escapar! —dijo Bárbara.
—Ya se aleja del borde para perderse de vista entre la maleza, Bárbara.
Cuando un oso corre cuesta abajo de ese modo, puede asegurarse que está salvado, aun cuando quien lo persiga sea un tirador tan bueno como Abe.
Logan bajó de la roca y comenzó a cerrar nuevamente la cerca. Cuando estaba entregado a esta tarea, George y Grant salieron de la quebrada y se aproximaron a Bárbara a todo correr, alegres y excitados por la triunfante empresa.
—¡Hola, Bárbara! —dijo Grant mientras se apeaba y comenzaba a sacudirse los trocitos de madera y las agujas de pinos que se le habían adherido a la ropa—. ¿Has oído el rodar de las rocas? ¿No se convirtió en un trueno espantoso el deslizamiento de tierras que Abe provocó...?
—¿Viste los caballos salvajes?
—Grant, ¡ha sido maravilloso! —contestó Bárbara, que tenía la extasiada mirada fija en la quebrada.
Los muchachos comenzaron a ayudar a Logan en la tarea de cerrar la cerca. Cuando Abe salió de la arboleda, el trabajo había concluido, al menos a satisfacción de Logan.
—Papá, no tiene altura suficiente —dijo Abe—. Algunos de esos caballos podrían saltar el obstáculo. Es necesario que cortemos algunos troncos más y los pongamos sobre éstos. Hay que hacer que sean más altos los puntos bajos del cierre. Y luego arrinconaremos a los caballos.
—Abe, habéis hecho una labor formidable —dijo Logan, admirado.
—Es pintoresco que me repugnase la idea de iniciar el deslizamiento de tierras. Creo que tengo, desde hace cierto tiempo, un corazón demasiado blando... ¿Qué opinas tú, Bárbara —Abe, esos caballos salvajes serán más felices y estarán más seguros encerrados en nuestro desfiladero... Yo he escogido dos... ¡Oh, hemos visto tu garañón! Es el caballo más hermoso que jamás he visto, Abe.
—¿Le quieres para ti? —preguntó Abe con mirada cariñosa.
—No soy lo suficientemente mezquina para aceptarlo —contestó ella.
George se internó en la arboleda para recoger tocones. Grant se alejó con el hacha. Abe continuó sentado sobre el caballo y miró a Bárbara de la manera silenciosa y pensativa que solía hacerlo. Logan encontró un lugar en que sentarse para descansar mientras los muchachos le aportaban materiales para elevar la cerca. Abe había resuelto el problema de los caballos para mucho tiempo. La visión de Logan, alimentada y acariciada a lo largo de años y más años, se hacía realidad.
—Hijos míos —dijo Logan a los jóvenes—. Nuestro heno está cortado y almacenado. El maíz y las habichuelas pueden esperar. Tenemos que llevar a la ciudad cien sacos de patatas. Y después nos queda por realizar el trabajo más importante de todos: ¡llevar ganado para vender! ¡Dios mío, no puedo creerlo!
—Papá, podríamos haber vendido una manada el pasa— —do año; pero no quisiste hacerlo —replicó George.
—No tuve el valor necesario... Muchachos, separemos todas las vacas que no hayan parido y las novillas y las llevaremos a los pastos esta noche...
Vuestra madre y Bárbara irán conmigo en el carro. Partiremos a la hora del amanecer. Os esperaré en Turkey Flat. Al día siguiente acamparemos allí.
Dos horas más tarde, los muchachos habían reunido la manada al pie del declive oriental del desfiladero. Aquellos varios centenares de cabezas de ganado que habían parecido tan pocos hallándose en la anchura de la campiña, cuando se agruparon y levantaron el polvo al caminar y mugieron, parecieron a Huett un espectáculo emocionante y satisfactorio. Eran el comienzo de una gran manada.
Logan avanzó para reunirse con los muchachos y tomar parte en el rodeo. Lucinda salió para verlo. Bárbara, a horcajadas en su caballo mesteño, corrió de acá para allá con el fin de hacer que las reses que se alejaban se uniesen a la manada.
—Logan Huett —monologó el ranchero—. ¡Despierta y frótate los ojos! El acto más importante de cuantos realiza un ganadero va a tener lugar por primera vez en el Desfiladero del Sicómoro.
Y detuvo el caballo junto a la cerca del encerradero, donde Lucinda se había instalado para presenciar el espectáculo.
—Luce, mira a tus hijos. ¡Vaqueros! —exclamó Logan con una emoción que se comunicó a su voz—. ¿No es hermoso el verlos?
—Querido..., no puedo ver bien...
—¿Por qué lloras, Luce? ¿No te dije siempre que este día habría de llegar...? ¡Mira cómo cabalga Bárbara!
—¡Se matará montando ese mesteño salvaje! ¡Oh, Logan! ¿Qué necesidad hay de que sea como los muchachos?
—Lucinda, Bárbara solamente podrá ser lo que tú hiciste que sea: la muchacha más hermosa y buena del oeste de las Rocosas.
—¡Logan! —Logan vio que los ojos de su esposa brillaban a través de las lágrimas—. ¿Lo dices de corazón?
—De todo corazón, esposa. ¡Déjala que cabalgue!
Y Logan se unió a sus hijos y prestó su potente voz y su inagotable energía a la tarea, la más feliz y más importante de cuantas había realizado en aquellas tierras.
A pesar de lo excitados y alegres que estaban, todos se entregaron al trabajo con intensa concentración.
La manada no era en modo alguno mansa. Arracimada al pie del lienzo vertical de la ladera, con la cerca como cierre que evitaba una huida por el otro lado, giró repetidamente como un remolino de viento, mugiendo sonoramente, haciendo que las cabezas y los cuernos de —unas reses chocasen contra los de otras. Bárbara se vio obligada a correr continuamente, puesto que su trabajo consistía en alcanzar las reses que se salían del grupo y forzarlas a volver a unirse al resto de las vacas. Logan ayudó a Abe a separar las vacas y las terneras que George indicaba, trabajo que representaba una gran responsabilidad. Grant tuvo que enlazar algunas vacas que se resistían a separarse del resto y arrastrarlas hasta el punto deseado. Era zurdo, pero jamás erraba la puntería cuando arrojaba el lazo. Podía aprisionar con la cuerda los cuernos de una res que estuviera rodeada de una selva de astas, así como lanzarla sobre la masa de reses y hacerla caer sobre alguna que estuviese situada en el punto opuesto.
Logan se deleitó viendo el rodeo. Las agudas llamadas de los muchachos, la voz de Bárbara, el resonar de pezuñas, el rechinar de cuernos, el áspero mugido de las terneras, el remolino de las reses, el olor acre y seco del polvo, el movimiento rápido de los caballos, que corrían, se detenían, giraban..., todo esto era como músicas, dulzuras e inciensos para la anhelante ambición de Logan.
Finalmente, George contó las reses separadas.
—Ochenta y siete... Ya son suficientes —anunció—. Papá, el ganado se vendía la última primavera a treinta dólares por cabeza. Ahora debe de valer más caro. ¿Qué vas a hacer con todo ese dinero?
—¡Dios mío..., hijo! —respondió en tono fatigado Logan mientras se enjugaba el sudor del rostro—. Cuando haya pagado lo que os debo a vosotros y a vuestra madre..., sin olvidar a Bárbara, no me quedará el dinero suficiente para saldar el resto de las deudas... Pero, ¡por todos los demonios!, por una vez en nuestra vida, no nos privaremos de nada que necesitemos.
—¡Yuuu... pii! —gritaron George y Grant al unísono. Abe bajó la mirada pensativamente hacia la radiante Bárbara.
—Luce, ahora, a cenar y a acostarse —gritó Logan—. Nos pondremos en camino antes del amanecer.
El paso de caracol a que se efectuaba la conducción del ganado no resultó demasiado lento para Logan. Podría haberse realizado a un paso menor, y siempre le habría llenado de intensa alegría. Cada árbol derribado a lo largo de la polvorienta carretera, cada uno de los grandes pinos y de las rocas, cada pantano y cada llanura, en resumen: todos los accidente del camino, tan bien conocidos de él, que podría haberlos localizado en la oscuridad, parecieron saludarle y acogerle alegremente y decirle:
—Bien, vieja colonizador: ¡al fin haces una conducción al ferrocarril!
Holbert, en el lago Mormón, se alegró cordialmente al verle conducir por primera vez ganado para vender. El hombre tenía muchas noticias que comunicar, malas en su mayoría. En el momento culminante de aquella época de cría de ganados, su yerno se había unido durante el año anterior a una banda de ladrones de reses y había llevado más de diez mil cabezas de ganado fuera del territorio antes de que Holbert pudiera enterarse de que siquiera una sola vaca había comenzado a moverse.
—Ten cuidado, Logan —le aconsejó—. Cuando se comienza a vender ganado, se es un hombre expuesto a todas las contingencias... Va a haber muchas dificultades y muchos disturbios en este terreno durante los cinco años venideros.
El pesimismo de Holbert, fortalecido por el de Collier, su vecino, no aguó el entusiasmo de Huett. Logan tenía puesta la pesada bota sobre el cuello de gigante de la hidra que le había sumido en la pobreza por espacio de veinteaños. Aquel viaje a Flag, para él y su familia, fue mucho más importante que aquel otro viaje lejano en que vendió las pieles que le produjeron las primeras felices Navidades. Gastó el dinero pródigamente, compró en secreto regalos para las próximas Navidades, pagó las deudas más apremiantes y se vio, al fin, camino del éxito.
El viaje de regreso al hogar, con un nuevo carro y un nuevo tronco de caballos, tuvo el carácter de un jubileo. Lucinda hizo que Logan detuviese el carro en más de una ocasión para apearse con el fin de recoger ásteres purpúreos y flores amarillas. Y habló repetidamente de su viaje de novios a través del mismo desolado bosque. Y antes de llegar a la casa, Lucinda habló también, de otras cosas varias. Y principalmente de Bárbara.
—Logan, eres tan ciego como un murciélago para todo..., con excepción del ganado —dijo sencillamente—. No te has dado cuenta del modo como los hombres de Flag, lo mismo los jóvenes que los viejos, se agrupaban alrededor de Bárbara. Esa muchacha podría ser la belleza de Arizona. Podría casarse con el hombre que quisiera.
—¡Dios mío, Lucinda! —exclamó consternado y sorprendido Logan—.
¿Abandonarnos nuestra Bárbara? ¡No hay ni que pensarlo!
—¿Cómo podrías evitarlo? Si no existiera la singular lealtad de Bárbara para nosotros..., ni el amor a nuestros hijos..., ahora mismo podría tener ya algún pretendiente que estuviese dispuesto a arrebatárnosla.
—¡Me inquietas, Luce!
—No es extraño. Yo misma estoy inquieta... Bárbara quiere a George y a Grant... Y adora a Abe. Pero no lo sabe. Cree que es, sencillamente, una hermana amante. ¡La naturaleza hará su obra algún día, Logan! Bárbara no es hija nuestra. No es hermana de nuestros hijos... Y lo que me preocupa es esto: puesto que ha de casarse... y laborar en beneficio de nuestro Oeste, debe casarse con uno de nuestros hijos.
¡Dios mío Lucinda! Para conseguirlo tendrías que decirle que no eres su madre, que no soy su padre. ¿Quién podrá decirle quién es? Ni siquiera conocemos su nombre... No, Luce, guardemos el secreto durante tanto tiempo como podamos. ¡No destrocemos el corazón de esa angelical criatura!
—Ésa es la dificultad, querido —replicó concisamente Lucinda—. Pero no podemos olvidarnos de la situación eternamente.
Llegó el nuevo otoño. Y fue diferente a todos los otoños que Logan recordaba, con excepción de uno. Le siguió un corto veranillo que fue notable por las cortas y secas tormentas eléctricas que lo acompañaron. La poca lluvia que cayó descargó solamente sobre las alturas.
Cierto día Abe encontró en la carretera dos vaqueros que se dirigían a Payson y que le informaron de la presencia de la plaga de langosta más terrible de cuantas se habían conocido en aquella sección de Arizona. Los rancheros de los alrededores habían enviado aviso a Holbert, Collier y Huett para que se prepararan para luchar contra una nube de langosta que solía descargar sobre las tierras más florecidas.
Cuando Abe comunicó la noticia a su padre, Logan la recibió con seriedad, mas no con angustia. Sicómoro era un hueco profundo del bosque, y no sería posible que fuese visitado por una plaga.
George Huett, el más estudioso y listo los Huett, formó un concepto pesimista de las posibilidades y consecuencias de lo anunciado.
—Pero, papá: supongamos que la langosta cayese sobre Sicómoro —opuso como réplica a las esperanzadas afirmaciones de Logan—. La plaga se comería todas nuestras plantas, nos quedaríamos sin nada, nos arruinaría.
¡Hijo! ¿Cómo puedes suponer que suceda semejante cosa?
—Porque nuestro desfiladero es solamente una faja de tierra estrecha y pequeña si se lo compara con la amplitud de la campiña. La langosta lo inundaría y se comería hasta las raíces de las plantas.
—Pero nuestras reses podrían continuar trabajando.
—En años normales, sí. Pero este de que hablamos no es normal. No hay bellotas, no hay musgo, no hay hierba de esa alta que brota en las laderas; y hay muy poco follaje.
—Entonces, la cuestión es grave —contestó Logan repentinamente atribulado—. ¡Precisamente cuando nuestras esperanzas y posibilidades son mayores y más brillantes...! Dios debe de estar en contra mía.
—Es la Naturaleza quien lo está, no hay duda.
—¿Qué podremos hacer?
—Eso es lo más triste de la cuestión, papá. Nada podemos hacer, como no sea esperar y orar.
—¿Cortarías tú la alfalfa?
—Sí, si tuviéramos tiempo para hacerlo. Pero ya sabes que es un trabajo muy lento. Generalmente necesitamos una semana para cortarla, secarla, rastrillarla y transportarla. Y esa nube de langosta está casi encima de nosotros.
—¿Es posible? —exclamó para sí mismo Huett.
—Abe dijo que no te alarmásemos si no en el caso de que fuera inevitable hacerlo. Ha recorrido el desfiladero, ha salido de él, ha inspeccionado los terrenos inmediatos.
Nuestro desfiladero está casi en línea recta con la dirección que siguen los saltamontes. La región abierta del este del lago Mormón clava una cuña en este bosque. Y la cabeza de esa cuña no está muy lejos de la cabeza del Desfiladero del Sicómoro. Hay muchas quebradas herbosas a lo largo del bosque. Y, papá, lo peor de todo es que esos malditos saltamontes no saltan realidad, sino que vuelan.
—No hay duda de que los saltamontes vuelan. He visto perseguirlos a los patos silvestres. Deben de constituir una buena caza, puesto que los patos los comen... Hijo, ¿qué insinúas? Los saltamontes no comen mientras vuelan.
—No. Pero, de todos modos, ésa es la manera como cubren el terreno con tanta rapidez. He leído lo que dice la Biblia acerca de las plagas de langosta en Egipto. Y he oído hablar de los vuelos de los saltamontes en Kansas. Todo ello es uno y lo mismo, según creo.
Huett y sus dos hijos esperaron ansiosamente el regreso de Abe, que se presentó al cabo de poco tiempo con rostro y expresión sombríos.
—¿Malas noticias, hijo? —preguntó el ganadero.
—No podrían ser peores, papá. La langosta está ya en el desfiladero —contestó Abraham mientras se apeaba.
—¡No! En nuestro desfiladero... ¡No!
—Sí, en el nuestro. Ya están a mitad de camino de aquí. Es una alfombra amarilla de saltamontes que se mueve sobre la hierba y tiene una extensión de una milla o dos. Y deja el terreno tan desnudo como si hubiera sido quemado... Millares, millares, billones de saltamontes...
Bárbara —dijo a la muchacha, que estaba escuchando asombrada y alarmada—, ¿qué viene a continuación del billón?
—El trillón, ¡tonto!
—Bien; trillones de animales de patas amarillas. Llegarán pronto a nuestras tierras... Estoy loco de miedo... ¡Si pudiéramos hacer algo!
—¿Qué?
—Pues..., prender fuego a la hierba.
—¡Por Satanás! ¡Es una buena idea, papá dijo George.
—Podemos presentar a la langosta una línea de fuego. Eso sería eficaz, pero... —Y Abe le interrumpió tristemente.
—¡No hay ni siquiera que pensarlo! —atronó Huett.
—De ese modo incendiaríamos el bosque, quemaríamos toda la hierba y toda la madera de la región... Discurramos otro procedimiento.
—Espera, papá, hasta que veas el aire lleno de insectos zumbadores, la tierra amarilla por efecto de una capa de ellos... Entonces sabrás que no podemos hacer absolutamente nada —afirmó trágicamente Abe.
—Bien, no lo veré mientras sea posible evitarlo —declaró hoscamente Logan al mismo tiempo que se ponía en pie—. Pero ningún Huett se ha acobardado jamás... ni nos acobardaremos porque haya sobre nuestras cabezas una nube de langosta. ¡Vamos, hijos, vamos a cortar la alfalfa!
George y Grant lo siguieron al granero para recoger las guadañas y los rastrillos. Pero Abe continuó sentado y mirando a Bárbara. Al cabo de unos instantes, montó su caballo y se dirigió a la zona alta del desfiladero. Huett se entregó penosamente a su trabajo, con la sombría mirada inclinada sobre el jugoso y verde heno que estaba segando.
—¡Oye! —gritó súbitamente Grant—. ¿Qué demonios le sucede a Abe?
—¡Mira..., papá! —dijo a grandes voces George.
Y Logan levantó la mirada y pudo ver que Abraham corría con rapidez junto a la cabaña y hacía unas señales y gritaba unas palabras al pasar ante Bárbara. Encaminó su mesteño a través de las huertas y se aproximó a Logan.
Al detener el caballo, una cortina de polvo se extendió a su alrededor.
—¡Papá..., estamos salvados! —dijo ahogada y roncamente; tenía el sombrío rostro iluminado por un resplandor de alegría—. ¿Qué... supones...?
No lo acertarías... ni siquiera en un millar de años...
—Creo que no..., si no te explicas un poco más. ¿Qué sucede, hijo?
—Nuestra suerte no está podrida —exclamó a grandes voces—, sino que es... la suerte más maravillosa de todo el mundo... No nos veremos arruinados... Os digo que ¡estamos salvados!
—Ya te lo oí decir antes, hijo —contestó Logan concisamente y sin atreverse a confiar o a aceptar las excitadas afirmaciones de Abe—. Si no estás loco..., dime por qué estamos salvados.
—¡Por Satanás! ¡Jamás lo creeríais si os lo dijese! —replicó Abe mientras se reía profundamente—. Yo mismo no quise dar crédito a mis propios ojos.
Pero... ¡venid a verlo...! Papá, que me muera ahora mismo si no he visto que millares de patos silvestres aleteando, volando, corriendo, salen de los bosques para caer sobre la caterva de saltamontes.
—¡Patos silvestres! —estalló Huett, aturdido.
—¡Es tan cierto como que ahora estamos vivos...! —replicó vehementemente Abe—. Es el acostumbrado conjunto que se reúne generalmente, como todos sabéis, para venir a los terrenos altos para comer los piñones y las bellotas.
—j Oh, qué milagro! —exclamó con satisfacción George—. Papá, ¡un pato grande podría engullirse un bushel de saltamontes!
—Reconozco que me equivoqué al decir que Dios me había abandonado —dijo Logan con acento de reproche para sí mismo.
—¡Lo más hermoso que he visto en toda mi vida! —declaró Abe—. ¡Vamos a verlo! ¡Venid conmigo! ¡Es preciso que lo veáis! ¡Vengan, también, mamá y Bárbara! Pero hemos de hacerlo andando..., introducirnos entre los árboles cuidadosamente... para que los patos no nos vean... y se marchen... De todos modos, no creo que eso tuviera gran importancia... ¡Vamos por el atajo! Al cabo de unos momentos, todos los miembros de lafamilia Huett seguían a Abe a través de la arboleda. Bárbara puso una mano sobre la de Logan para quedarse atrás. Abe cesó de hablar. Cruzaron la arbolada ladera que se elevaba a espaldas de la cabaña, tomaron la dirección de la izquierda, treparon por los terrenos rocosos cubiertos de enredaderas y se introdujeron entre el cinturón de árboles. Abe precedió a los demás para cruzar el arroyo.
Muy pronto, entre los árboles, Logan vio nuevamente el pardo color del abierto desfiladero. Abe se detuvo al llegar media milla más allá.
—¡Escuchad! ¿Habéis oído algo parecido a eso? —preguntó.
Un extraño sonido llenó los oídos de Logan. Ciertamente, no era un sonido que pudiera ser comparado con alguno de los que hasta entonces había oído. Era un zumbido seco y potente, como el de una caldera hirviente, mezclado a un aleteo ruidoso.
—¡Dios mío! —exclamó Logan—. ¿Lo oyes, Bárbara?
—¿Si lo oigo? ¡Oh, qué música! ¡Démonos prisa, Abe, para que podamos verlo!
Abe los llevó hasta la linde de los bosques. Allí, en el hermoso claro del desfiladero, bajo una nube de polvo, se desarrollaba una guerra en la que solamente había un atacante: una carnicería, una matanza. A lo largo de la llanura se extendía una masa ancha, moviente, blanca, negra y bronceada de patos silvestres que se entregaban rápida e implacablemente a la acción.
Logan no se molestó en intentar calcular la cantidad de patos que la compondría. Pero en aquella región tan abundante en patos silvestres, donde había visto manadas innumerables, aquélla era la mayor de todas.
Más allá de la nube de polvo, sobre el desfiladero, se movía en el aire una masa amarilla y cristalina, que subía y descendía y ondulaba. Detrás de ella, bajo el polvo, se agitaba, volaba y se movía con la rapidez de una flecha un enorme ejército de aves de alegres colores. Los patos avanzaban en cerrada formación, pero docenas y docenas de ellos quedaban tras la línea principal y corrían hacia atrás en persecución de los saltamontes que intentaban escapar por la retaguardia. Los saltamontes eran grandes y gruesos, por lo que no podían hacer largos vuelos. Ni uno solo lograba escapar por la retaguardia.
—¡Oh, papá! ¿No es un espectáculo hermoso? —exclamó excitada Bárbara al mismo tiempo que se apretaba contra él y lo empujaba hacia el límite de la zona arbolada para poder presenciarlo desde más cerca.
Evidentemente, Logan estaba extasiado, fascinado por lo que veía. Si aquello tenía algún significado, el significado era una profecía del destino que le daba la seguridad de triunfar. ¡Nada podría detenerle ya en su camino!
—¡Es maravilloso, Bárbara! ¡Nunca vi nada parecido!
—dijo con temblorosa voz—. Abe tenía razón... ¡Estamos salvados! Y por mucho tiempo que viva de ahora en adelante, ¡jamás volveré a matar un pato silvestre!
—Papá, todo ha concluido para esos malditos saltamontes —dijo George—. Los patos los perseguirán hasta que hayan eliminado al último de todos. Ya sabes que a los patos les agradan los jugosos saltamontes casi tanto como gusta a Abe la torta de manzanas.
—En tal caso, ¡adiós los saltamontes! —dijo Bárbara riendo.
Llegaron a un punto en que la selva se proyectaba en el terreno descubierto. Abe se detuvo allí.
—Creo que no debemos avanzar más —dijo cuando los demás se hubieron unido a él—. Algunos de esos tímidos patos han comenzado a mirar hacia atrás. No quiero asustar a esa bandada... ¿No es regocijante, papá?
¿No están esos patos realizando una gran labor en beneficio nuestro?
—Tan grande, hijo mío, que voy a quedarme aquí un poco más —contestó fervientemente Logan—. Volveos todos vosotros. Mamá tiene aspecto de hallarse cansada. Hemos andado más de un par de millas. ¡Y todo solamente para ver una bandada de patos silvestres!
—Logan, nada es nunca tan terrible como parece... en los primeros momentos —dijo Lucinda; y después de haberle dirigido una sonrisa, emprendió el camino de vuelta seguida de Bárbara y los muchachos.
Abe se detuvo y se volvió con una de sus raras sonrisas.
—Papá, ¿querrás pato silvestre para la cena?
Logan le hizo una seña para indicarle que se retirase.
Las cinco personas se perdieron prontamente de vista. Luego, Logan volvió a poner nuevamente la atención en la matanza de los saltamontes. La escena no había cambiado. La nube de insectos continuaba volando y saltando sobre el desfiladero en tanto que los patos seguían cazando como anteriormente. Pero el espectáculo se hizo más grandioso para Logan. En el desenvolvimiento de la Naturaleza no era sino un leve incidente. Pero para Logan tenía un significado y una importancia extraordinarios.
La nube de polvo corría tras la masa amarillenta. Y la multicolor muchedumbre de patos, con los bronceados lomos arqueados o con las rojas cabezas erguidas, con alas escaqueadas y patas golpeteantes, continuó agitándose, atacando, espesándose, integrándose, corriendo a lo largo del desfiladero. El fuerte hervor y el zumbido disminuyeron gradualmente hasta convertirse en un bajo murmullo.
Logan continuó observando la escena hasta que ya nada oyó ni vio.
Pero después se quedó unos momentos más ante la soñadora y silenciosa selva. Aquel inesperado e incomparable accidente que tanto significaba para él le parecía inexplicable considerado como sencillo accidente de la vida en la región ganadera. Las cavilaciones de Logan no se hallaban a la altura de la situación a lo que de lo sucedido parecía desprenderse. ¿Para qué estaba reservada su indeclinable energía, para qué su largo y afanoso trabajar? ¿No le había dicho Lucinda que aquello debía constituir una lección para él, que había estado excesivamente a su único trabajo, que era demasiado propenso a la duda y el temor? Un algo innominable, ignorado e ineludible flotaba sobre su vida. Una plañidera agitación de la gran selva, un aliento del alma de aquella naturaleza ruda contrapesó sus emociones; era un susurro cuyo significado se le escapaba.


XI
Lucinda se prestó a dejarse persuadir nuevamente por Bárbara y Grant para acudir a un baile que se celebraba en Pine.
Ocasiones como aquélla habían sido pocas y muy distanciadas por el tiempo en el largo fluir de los años. En aquella región eran las únicas reuniones sociales de cualquier género y a ellas acudían los escasos habitantes que moraban en cincuenta millas a la redonda, cualquiera que fuese su posición.
Cualesquiera que fueran las cualidades de Lucinda —y Logan afirmaba frecuentemente y con justificado orgullo que eran las más perfectas para la esposa de un colonizador—, jamás había experimentado simpatía por tales reuniones ni las había frecuentado hasta el momento en que sus hijos sobrepasaron con creces la edad en que los otros jóvenes se entregaban ávidamente a un placer de tal naturaleza. Los bailes proporcionaban las únicas ocasiones de que los viejos se conociesen y los jóvenes se cortejasen.
Los inconvenientes desde el punto de vista de Lucinda, eran las invariables y frecuentemente fatales reyertas que brotaban entre los leñadores y los vaqueros y a menudo entre ellos y gentes de dudoso prestigio.
Y de este modo llegó el día en que Lucinda se vio obligada a acudir a una de tales fiesta. A Logan le entusiasmaban, puesto que podía hablar de ganado con los otros rancheros en tanto que los jóvenes bailaban. No parecía preocuparle la circunstancia de que los jóvenes se disputasen a Bárbara, que era la muchacha más linda de toda la región y la que disfrutaba de más simpatías de todas las que residían entre Flag y los Matazels. Logan estaba orgulloso de que así fuera. Sin embargo, no animaba a los jóvenes a que visitasen el Desfiladero del Sicómoro. Continuaba aferrado celosamente al secreto y los sueños de su aislada región.
Pero Lucinda apreciaba la cuestión de un modo diferente. Ya había logrado aplazar el galanteo de que Bárbara era objeto hasta que la muchacha fue mayor que la mayoría de las madres jóvenes de la zona, y lo habría impedido indefinidamente si hubiera sido posible.
Una relación conmovedora unía a Bárbara con Abe. Si alguno de ellos hubiera pensado en ella, ambos la habrían interpretado como una manifestación de amor entre hermanos; mas Lucinda creía que su mutua adoración era más profunda de lo que creían. Abe había prestado poca atención a las demás muchachas, y Bárbara habría estado satisfecha bailando, cabalgando, trabajando o hablando con Abe.
El respeto y la devoción de Grant por Bárbara constituían una alegría para Lucinda, aun cuando fueron solamente de una naturaleza puramente fraternal. Grant no tenía favorita entre las mujeres guapas de la zona, aun cuando se interesase por muchas de ellas. George estaba en diferente situación. No negaba su afecto por Bárbara; pero su interés por otras mujeres era de un carácter más violento y posesivo que el de sus dos hermanos.
Lucinda meditó sobre estas cuestiones durante toda la mañana de aquel día de noviembre en que los Huett se preparaban para dirigirse a Pine con el fin de cazar y asistir al baile. Logan se empeñaba en cargar en el carro más productos de los que el carro podría transportar, con el fin de venderlos en Pine. Bárbara se atrafagaba entre el éxtasis y la desesperación preparando el vestido que Lucinda le había regalado. Grant y George se ataviaron con las más vistosas prendas de vaqueros que poseían. Abe se presentó vestido de piel de ante y llevando el rifle.
—¡Abe Huett! —exclamó Bárbara—. ¿Vas a ir al baile vestido de ese modo?
—Bárbara, voy a una caza de patos silvestres —contestó blandamente Abe.
—Pero me prometiste ir al baile... Abe, no podré divertirme si tú no vas.
—Sí, iré. ¿No pensarás que voy a dejarte sola ante aquella cuadrilla de hombres, verdad...? Pero no quiero llevar unos pantalones ceñidos y unas botas cuando puedo estar más cómodo vestido con piel de ante. Bárbara, voy a ganar la caza de patos.
—¡Claro! ¡No hay duda de que serás el vencedor...! Pero, Abe, por favor, vístete de gala y ten el aspecto... de los demás. No podrás bailar calzado de mocasines.
—Como no podré bailar, será con botas o zapatos.
—Sí, podrás.
—De todos modos, nunca tengo muchas ocasiones de bailar contigo.
—Esta noche las tendrás. Por favor, Abe... Te lo prometo.
—No hay necesidad de que me halagues, Bárbara, aun cuando te lo agradezco mucho... Pero, ¡demonios!, nunca he sido buen bailador, Bárbara.
—Ni lo eres malo, tampoco, Abe. Claro es que no eres un bailarín tan perfecto como George...
George aceptó tales palabras como un cumplido, aun cuando en ellas se encerrase cierta taimada insinuación. Lucinda adivinó qué un algo enojoso se fraguaba. Bárbara no tenía celos de las atenciones de George por la mayoría de las demás mujeres, pero se dolía de algunas de ellas. Lucinda creyó que aquél sería un momento conveniente para exponer una cuestión que la había torturado.
—George, ¿no llevarás a tu amiga, Mil Campbell, al baile, no es cierto? —aventuró con fingida seguridad.
—¡Cómo! Sí, mamá... Había pensado llevarla —respondió lentamente George en tanto que se ajustaba el pañuelo del cuello.
—¡No! ¿Verdad que lo dices en broma?
—Lo digo con sinceridad. Sí. Mil sabe bailar muy bien —contestó George; y las mejillas se le cubrieron de un rojo color—. Irá a la reunión gente de todas clases, como sabes. Y ¿por qué no habría de llevarla?
—Creo que no hay necesidad de que te diga por qué —replicó Lucinda fríamente.
—¡Mamá!
—Hermano, la razón que hay para que no lleves a esa brujita a la fiesta es que mamá y yo estaremos allí —dijo Bárbara agresivamente.
—¡No lo comprendo! —exclamó George. Pero sí que lo comprendía; y esto era lo que le hacía indignarse. Abe le miró escrutadoramente.
—Oye, no recurras a mi ayuda para luchar nuevamente contra esos hombres del equipo de Campbell.
—¡Podéis iros todos al infierno! —gritó George, furioso.
—Si fuéramos, allí te encontraríamos, George Washington Huett —dijo Bárbara secamente—. Quiero que no interpretes mal mis palabras... George, verdaderamente no tengo por qué meterme en tus acciones, en las personas con quienes vayas... o a quienes lleves al baile. Pero esto me demuestra que he estado ciega para tu modo de proceder. Mil Campbell es guapa, y hasta supongo que debe resultar muy divertida su compañía. Y no hay duda de que se da buena mañana para hacer que sus admiradores y seguidores se enzarcen en riñas y peleas. Pero, también lo sabes, no es una persona de cuya compañía se pueda hacer alarde en presencia de mamá y de mí...
No esperes de mí que te dirija la palabra o que baile contigo.
El tostado rostro de George se cubrió de palidez y a sus ojos asomó una expresión de apasionado reproche. Pero salió de la estancia en silencio y con la cabeza inclinada.
—¡Oye; Bárbara! Te has ensañado con él; le has amonestado demasiado fuerte —dijo Grant—. Al fin y al cabo, no debes olvidar que la sangre tiene más fuerza que el agua.
—Ha dicho lo que se merecía ese tenorio —añadió Abe—. George no carece de inteligencia; pero no hace uso de ella hasta que algún contratiempo lo despierta... Y, tú, Bárbara, no te aflijas. Si los hombres del equipo de Campbell odian a George, es sólo porque Mil está loca por él. No hay duda de que habrá alguna pelea en el baile. Y cuando George vuelva a casa, vendrá seguramente avergonzado de sí mismo y con un buen escarmiento sobre las costillas.
Lucinda se dirigió duros reproches por haber provocado aquel incidente; y, sin embargo, experimentó al mismo tiempo cierta satisfacción agradable. Sin duda, George estaba más comprometido con la muchacha de los Campbell que cuanto hasta entonces habían sospechado.
—Nuestro desorientado hermano se ha marchado solo —dijo Abe desde la puerta—. Mamá, pondré mis ropas buenas en el carro y me mudaré cuando hayamos llegado... Bárbara, estoy seguro de que esta noche vas a deslumbrar a todos los hombres... Lamento mucho que no puedas llegar a tiempo de verme ganar el premio del concurso de tiro contra patos.
—Abe: no podrás perderlo.
—Todos los buenos tiradores del Tonto estarán allí —añadió él dubitativamente—. Será necesario que la suerte me acompañe si quiero ganar.
—¡Oye! exclamó Bárbara; y abriendo su caja de perifollos, sacó de ella una cinta roja y la prendió en la chaqueta de piel de Abe—. ¡Atrévete a perder ahora!
—Gracias, Bárbara... Me parece que lo pasaría muy mal el hombre contra quien yo disparase.
Bárbara los miró mientras se alejaban por la carretera del desfiladero.
—Mamá, ¡si pudiera hallar un compañero como Abe...! —murmuró.
—Abe es todo un hombre, Bárbara —contestó orgullosamente Lucinda. Y en aquel momento le acometió de nuevo el impulso de revelar a Bárbara la verdad acerca de su pasado; pero otro sentimiento más fuerte se sobrepuso a él. Sin embargo, Bárbara debía conocer el hecho de su adopción; pero Lucinda temía tener que manifestárselo.
—Bien, no me casaré hasta haber encontrado un hombre que sea como él —dijo Bárbara, más para sí misma que para Lucinda.
Logan apareció para indicarles que se dieran prisa a prepararse para hacer el viaje a Pine antes de mediodía. Pine estaba a mucha distancia, mas todo el camino era cuesta bajo; y cuando llegó el crepúsculo, los viajeros se hallaban en su punto de destino.
Logan y las mujeres abandonaron el carro en el exterior de la escuela, que era una casa construida de troncos y estaba situada junto a la linde del bosque, donde comenzaban los límites del pueblecito.
Ya había llegado una gran cantidad de familias. Los chiquillos jugaban y se divertían en torno a una gran hoguera en tanto que las mujeres cargaban fardos y utensilios de los carros. Lucinda y Bárbara colocaron sus pesados presente sobre una tosca mesa de chilla que tenía el aspecto de haber servido a lo largo de muchos años y de hallarse maltratada por los cambios del tiempo. Luego, en tanto que Lucinda intentaba simpatizar con las viejas y las nuevas amistades, Bárbara entró con su preciada caja en la cabaña para mudarse de ropas en unión de otra joven que había realizado un viaje muy largo en busca de las diversiones que la noche anunciaba.
Cuando el sol se ocultaba y las sombras hacían su aparición, los caballistas fueron llegando uno a uno, o por parejas, o en grupos más numerosos, y también nuevos carros y cochecillos ligeros. Los Holbert y los Huett habían recorrido sesenta y setenta millas para asistir a la fiesta.
Lucinda conoció a muchas familias desconocidas, que se decían vecinas, y que se habían instalado entre el lago Mormón y el Desfiladero del Sicómoro.
Todo Pine y la mayoría de los habitantes de Payson estaban presentes. Y llegaron muchas personas de Verdi y Tonto.
Todos se congregaron en torno a las hogueras y las largas mesas, y comieron, hablaron y rieron hasta que llegaron los músicos.
Las lámparas situadas en los extremos de la escuela arrojaban una luz amarillenta sobre los bailadores. Lo mismo que antes, Lucinda miró y remiró con curiosidad, admirativamente, pero sin comprender por completo. ¡Con cuánta seriedad bailaban aquellos jóvenes! No parecía sino que realizaban un acto lleno de solemnidad. ¡No había sonrisas, no había susurros, ni miradas de coqueteo, ni abrazos de amantes! Había muchas mujercitas lindas en la reunión, bien vestidas, como Bárbara, pero ninguna de ellas podía igualar el donaire y la gracia de ella. Bárbara bailó en primer lugar con Grant; y Lucía no dejó de mirarlos mientras lo hacían.
Abe se presentó repentinamente ante Lucinda. Lucinda apenas conoció a aquella persona esbelta y fuerte que iba vestida con unas ropas desacostumbradas. ¡Qué hermoso era! Lucinda se conmovió viendo su rostro moreno, casi tan oscuro como el de un indio, y sus brillantes ojos. Abe le rodeó la cintura con un brazo.
—Mamá, he vencido en la caza de patos y he ganado el premio —anunció orgullosamente—. Es la mejor tirada que he hecho en toda mi vida. Pero...
¡tenía que hacerla!
—¡Cuánto me alegro, Abe! ¿Qué has ganado?
—Las tres tiradas: los tres patos y cincuenta dólares.
—¡Tanto...! ¿Se lo has dicho a papá?
—Sí. Y está presumiendo de un modo terrible. Pero aún no se lo he dicho a Bárbara... Ha estado tan asediada, que no he podido verla... ¡Ab! Ahí viene.
Me ha visto... ¡Qué guapa es, mamá!
Bárbara se acercó corriendo, con los ojos inundados de alegría al mirar a Abe.
—¡Oh, Abe! ¡Lo he oído...! ¡Es maravilloso! Pero... ¡yo sabía que habías de ganar! —exclamó al mismo tiempo que le abrazaba con timidez.
—Si me preguntases qué es lo que me ha dado la suerte y me ha hecho ganar, te diría que esto —dijo mientras señalaba una cintita roja que llevaba prendida en un ojal.
—¿Qué premio voy a recibir por haber ganado? Lo digo porque estoy seguro de que gastaré en beneficio tuyo el dinero que representa el premio.
—¿Qué quieres, Abe? —preguntó ella ávidamente.
—Me parece que el verte como ahora estás es más que suficiente.
—¡Abe! ¿Bailarás conmigo?
—Sí... Bárbara, me he dado de manos a boca con George y su dama.
¡Vaya si es hermosa! ¡Y me dirigió unos guiños...! Pero no hablé con ellos. Me parece que George terminará por enfadarse violentamente conmigo.
—Tampoco yo he hablado con él, Abe —contestó Bárbara—. Hasta ahora, George ha bailado sólo con ella.
—¡Diablos! ¡Ese chico está loco! Los hombres del equipo de Campbell no tardarán en comenzar a armar jaleo con él.
Lucinda, atribulada por estas revelaciones, intervino en la conversación para suplicar a Abe que persuadiese a George a evitar una reyerta.
—Muy bien, mamá. Lo intentaré —dijo sin firmeza Abe. —Pero creo que todo será inútil. George está en el disparadero y se expone a sufrir un contratiempo... Vamos, Bárbara; vamos a ver si eres capaz de hacerme bailar tan bien como me has hecho disparar.
Toda la noche continuó de este modo, hasta que llegó el amanecer. A medida que transcurrían las horas, los bailadores se hallaban obsesionados más y más por algo que Lucinda suponía que para la mayoría de ellos era sólo el contacto físico. Se movían y agitaban al compás de la música, pero el baile no constituía un fin por sí mismo, sino solamente un pretexto. Los hombres jóvenes estaban en número mayor que las mujeres jóvenes, y como consecuencia, éstas obtuvieron escasos descansos durante el transcurso de la noche. La mejor bailadora, según creía la mayoría de los hombres, sería aquella que consiguiera cansar a todos los jóvenes. Mil Campbell había disfrutado de esta reputación antes de que se enamorase de George Huett.
Era una muchacha de fuerte constitución que tendría alrededor de veinte años y poseía una clase de belleza audaz, cegadora, que se subía a las cabezas de los jóvenes.
Y ya que hablamos de esto, convendría indicar que fueron pocos los jóvenes que no bebieron abundantemente a medida que se celebraba la fiesta. Un licor local llamado «mula blanca» y que estaba fabricado por los contrabandistas de la región silvestre del Tonto, no podía contribuir eficazmente a conservar la paz entre los asistentes. Logan había tornado en contadas ocasiones una o dos copas de aquella bebida tan ardiente y que tenía un nombre tan desconcertante. Lucinda pensó que la bebida ejercía un efecto divertido y aplacador en su esposo: Grant se hizo más charlatán y animado por su influencia. Abe no lo probó, ni tampoco bebidas de otra clase.
Lucinda oyó que una mujer cetrina decía: ¡Esos estúpidos Huett...!», observación que produjo un refrenamiento a sus amistosos sentimientos de aquellos instantes. Cuando, más tarde, llegaron hasta sus oídos insinuaciones que no podían referirse sino a George y a la muchacha de la familia Campbell, Lucinda pensó que sus esperanzas de poder disfrutar de la fiesta sin sufrir disgustos eran infundadas.
Había muy cortos descansos entre los bailes. El violinista y su acompañante tocaban durante mucho tiempo y únicamente se detenían el tiempo suficiente para remojarse los gaznates antes de volver a comenzar. Y cuando había alguna excitación en el exterior, tanto los que bailaban como los que se limitaban a presenciar el baile corrían a toda prisa a ver qué sucedía.
Estas inevitable circunstancias se produjeron en tantas ocasiones y fueron tan benignas, que los temores de Lucinda comenzaron a desvanecerse. Pero fueron despertados violentamente cuando vio aparecer a Bárbara ante la ancha puerta intentando arrastrar a Grant al interior. Bárbara estaba pálida y sus ojos semejaban dos llamas de púrpura.
—¡Dios mío! —exclamó Lucinda; y el corazón pareció pesar en el interior de su pecho lo mismo que si fuera de plomo.
—¡Mamá..., no salgas! —jadeó Bárbara—. Hay una pelea por...
—¿,Qué ha sucedido? —preguntó Lucinda, horrorizada.
—¡Oh! ¡Si no fuera por una causa... podría haber sucedido por otra! Pero me han arrastrado a la cuestión... ¡Todo por culpa de George...! Jack Campbell me pidió que bailase con él. Y lo hizo de una manera muy galante.
Me advirtió que podía evitar una refriega si bailaba con él... Pero yo estaba confusa..., enojada..., y contesté que no quería... ¡Oh, debería haber bailado con él; lo mismo si le agradaba que si no le agradaba a Abe —Hiciste bien al negarte. ¿Qué tiene eso que ver con una riña?
—No lo sé. Pero Jack me dijo que habría reyerta...
—Quédate con Grant. Voy en busca de Abe. Y nos iremos a casa.
—¡No podemos marcharnos, mamá! —alegó Grant acaloradamente—.
George es un verdadero asno. Pero Abe no querrá dejarle aquí a solas para que el equipo de Campbell le dé una paliza de muerte; y tampoco lo haría yo.
—¿Dónde está papá?
—Ha ido a la ciudad con Holbert.
Lucinda cruzó la abertura de la puerta, en la que la gente se apiñaba, seguida de Grant y Bárbara.
Lucinda se chamuscó el vestido al introducirse en el círculo de espectadores. Al resplandor pleno de las dos hogueras gemelas pudo ver que George se hallaba erguido ante el tosco Jack Campbell, el joven de color moreno y largo cabello negro. Tras ellos, Mil Campbell luchaba con sus otros dos hermanos para evitar que la retirasen hacia la multitud. En aquel instante, consiguió soltarse y correr en dirección a Jack, que la rechazó con indignación hacia atrás. Lucinda experimentó un impulso similar; pero Abe, que había surgido detrás de ella, la agarró fuertemente.
—¡Demasiado tarde, mamá! —murmuró roncamente. —La cuestión ha comenzado ya.
Lo que más le dolió a Lucinda en aquel momento no fue el ver a George expectante, pálido, con ojos que despedían chispas y completamente exasperado, sino la tensión de los espectadores, el oír los ininterrumpidos murmullos de ávidas especulaciones y la pasión que corría por la masa humana. El baile, las bebidas y las peleas eran las únicas válvulas de escape que aquellas gentes de los bosques y aquellos ganaderos tenían en sus vidas elementales y solitarias.
—¡Te dije que dejases a Mil con su propio equipo! —dijo roncamente Campbell.
—Es cierto. Pero tú, ¡maldito imbécil!, no sabes que fue ella la que no quiso —replicó con pasión George.
—Lo que quiere Mil, es causar desazones. Y lo que tú quieres, Huett, es abusar de ella. Bueno; por eso te desafío ahora mismo.
—¡Grita hasta desgañitarte, si quieres! No conseguirás detenerme. Pero si tuvieras un poco de decencia, no arrastrarías el nombre de tu hermana por el lodo —replicó George desdeñosamente. Estaba dominado por la ira, posiblemente a causa de la influencia de alcohol, pero al mismo tiempo sabía dominarse de manera fría y calculada. Por otra parte, Jack Campbell parecía hallarse bajo la influencia de la bebida tanto como de un indigno propósito que no quería que se frustrase. Su insolencia y su descaro daban fe de que obedecía a un impulso de pelea largo tiempo contenido y anhelado. Con su actitud parecía dar a entender quo, al fin, había conseguido arrastrar al hijo de los Huett al terreno descubierto.
—George Huett, voy a convertir en unos zorros tus lindas ropas de petimetre y a machacarte esa cara tan bonita que tienes —dijo con firme satisfacción.
—¡Qué diablos vas a hacerlo! Pero si lo que quieres es que emprendamos una reyerta, antes he de decir delante de todo el mundo que lo haces por odio. No tienes motivos de ninguna clase.
—¿No te he acusado de intentar abusar de mi hermana? —preguntó Campbell.
—¡Eso es mentira, Jack! Y puedo demostrarlo.
—¡Bah! A mí no podrás demostrarme nada.
—Pregúntalo a Mil. Esta misma noche le he pedido que se casase conmigo, pero antes deberá volver la espalda a tu podrido equipo.
Campbell se volvió rápidamente, sorprendido y furioso.
—Mil, ¿es cierto?
—Sí, es cierto —exclamó la joven, que estaba dividida entre el temor y la vergüenza. Su opaca y deslumbrante hermosura se hacía más intensa por efecto del sincero disgusto y de la luz de las llamas que se proyectaba en su rostro—. Jack, esa actitud tuya es insultante para mí... En mi beneficio...
¡Ah! Valdría más que hablases sinceramente ahora mismo, Mil Campbell. Dime, ¿es cierto que estás coqueteando con Huett?
—No... No es cierto —jadeó ella.
—Entonces, ¿qué me dices de mi amigo Rich Harvey? Estabas enamorada de él. Ibas a casarte con él cuando ese lechuguino de Huett...
—¡Cállate esa sucia bocaza que tienes! —gritó su hermana; en el tono de su voz se reflejaban la indignación y la culpabilidad—. ¡Estás borracho!
—Estoy lo suficientemente sereno para poder ver a través de ti, Mil Campbell. Has despreciado a mi amigo Rich, por ese Huett... Te descubro ante él.
Mil silbó como una serpiente y, volviéndose para huir, estuvo a punto de caer sobre una hoguera en su vehemente deseo de escapar.
—Huett, ahora hablo contigo —continuó sombríamente Campbell—. El hecho de que Mil haya despreciado a Rich no cambia la necesidad de que se case con él.
—Campbell, no creeré ni una sola de las palabras que digas —declaró George.
—Huett, es posible que quieras creer esto —gritó Campbell al mismo tiempo que levantaba la cabeza para mirar insolentemente a George —: he pedido hace pocos minutos a tu hermana que bailase conmigo. Me dijo que ¡no! y se reunió con sus petimetres blancos como si tuviera miedo a mancharlos, si se hubiera rozado conmigo.
—Eso sí que lo creo. Pero deja el nombre de mi hermana fuera de esta cuestión —replicó sutilmente transformado George.
—Tu hermana no es mejor que Mil —estalló Campbell rindiéndose a la pasión que sabía que había de romper la serenidad de Huett—. Hay mucha gente que dice que es anormalmente cariñosa para sus hermanos...
George saltó y descargó un terrible golpe en la boca de Campbell, de la que se desprendieron algunos dientes. Los hombres gritaron fuertemente; algunas de las mujeres chillaron con temor. Lucinda se apretó contra Bárbara, que estaba aferrada a Grant. Pero su impulso era el de correr hasta el exterior. Un fuego interno rompía todas sus ligaduras.
Campbell saltó a lo alto y acometió a George con la cabeza inclinada.
como un toro, mientras agitaba y movía ambos puños alocadamente. Luego se produjo un furioso intercambio de golpes que terminó con el que Huett dio a Campbell en la nariz, el cual provocó la salida de una gran cantidad de sangre. Campbell cayó de espaldas ridículamente entre las rechiflas de los hombres, gruñó lo mismo que una bestia e intentó de nuevo quebrar la: defensa de Huett. Pero fue vencido. La mayor envergadura de su enemigo y su frialdad le pusieron en manifiestas condiciones de inferioridad. Su confianza en sí mismo y en sus fuerzas se derrumbó y el hombre se convirtió en un salvaje al advertirlo.
—¡Cuidado, George! —gritó Abe de modo penetrante.
—¡Tiene un cuchillo.
Lucinda vio el brillo de una hoja de acero, que relampagueó a la luz de la hoguera, y retrocedió desmayadamente hasta caer sobre Grant.
—¡Por amor de Dios, poned fin a la pelea! —gritó.
Una ronca aclamación de los hombres y las voces de las asustadas mujeres fueron seguidas de un profundo silencio.
—Huett, ¡voy a arrancarte el corazón! —silbó Campbell mientras se agazapaba y preparaba para embestir.
—Jack, ¡eso no es proceder con nobleza! —gritó uno de los hombres de la multitud.
Huett parecía hallarse arrinconado entre su enemigo y la hoguera más próxima. Campbell había logrado maniobrar de manera que le permitía hallarse en aquel momento de cara a George y Abe.
—George, si te acomete, ¡agárrale del brazo! —susurró Abe entre un silencio tan profundo, que todos pudieron oírle.
Y entonces, Abe se volvió y gritó irónicamente:
—Dadme alguno una pistola..., ¡si no sois todos Campbell!
—Jim..., Sandy... —gritó Campbell, con lo que se dirigía a sus hermanos—. Vigilad por ahí... Ha llegado mi ocasión y quiero ganar la pelea.
George, con el rostro pálido, se inclinaba continuamente a uno y otro lado con intensa cautela. Luego Campbell giró, saltó y volteó la hoja con tanta rapidez, que sólo pudo verse su brillo. Y, evidentemente, hirió a George en el brazo derecho, puesto que este brazo cayó inerte a lo largo de su cuerpo. Su inmediato movimiento fue un golpe de arriba abajo que arrancó un grito de angustia de la garganta de George. Pero éste pudo detener momentáneamente el brazo de Campbell con la mano izquierda.
En aquel instante, Abe saltó para aproximarse y descargó a Campbell un golpe que resonó casi como un tamborilazo en el silencio del bosque, que lo levantó en el aire y lo hizo caer sobre la hoguera. Chillando estentóreamente, el hombre rodó para apartarse del fuego con las ropas incendiadas, con el rostro lívido, agitando las manos como si fueran unas alas rotas. El cuchillo se había perdido. Los espectadores más cercanos salieron de su abstracción para retirar a Campbell del fuego. Y en aquel instante, los gritos roncos y las lamentaciones se apaciguaron de modo repentino cuando Abe Huett se lanzó impetuosamente contra los hermanos de Jack Campbell.
Y comenzó una batalla que llenó de gozo a los hombres que la presenciaron e hizo que las faces de las mujeres se cubriesen de angustia y palidez. Lucinda se había casi desmayado cuando Campbell apuñaló a George, pero se recobró y puso un aterrorizado interés en la embestida de Abe contra los otros dos hombres. Los tres combatientes se movieron tan rápidamente, que Lucinda no podía distinguir a uno de los otros dos, hasta que uno de ellos cayó al suelo. Pero no fue Abe el que cayó. La muchedumbre se aquietó ante los rudos golpes, el desgarrar de las ropas los terribles juramentos y la agitada respiración de los luchadores. Uno de los Campbell, el más pequeño, dio un traspiés y cayó de espaldas. Y se hallaba en estado semiinconsciente mientras intentaba arrodillarse, cuando un potente golpe que recibió en la parte inferior de la barbilla lo tumbó de nuevo. Este golpe dejó a Abe a solas con el mayor de los Campbell, quien, incapaz de seguir los rápidos desplazamientos y el ágil movimiento de pies de su rápido y robusto oponente, presentó batalla de la forma ruda y solapada que era tradicional entre los hombres de la selva, lo que desde el primer momento pudo observarse que fue una torpeza, puesto que Abe demostró en el acto absoluta superioridad. Los retorcimientos de Campbell, sus golpes y sus embestidas resultaban a cada momento más torpes, hasta que llegó el momento en que se hizo evidente que había sido superado por su rival. Y cuando se hubo desgañitado suficientemente, Abe lo forzó a arrodillarse y le descargó un terrible y definitivo golpe en la distorsionada cara. La cabeza de Campbell produjo un ruido sordo al golpear el suelo, y el hombre quedó tumbado en la misma posición que su hermano.
El baile sufrió una suspensión más larga de lo acostumbrado. Había entre los asistentes una mujer que poseía cierta habilidad como enfermera y que vendó las heridas de George. El corte del brazo carecía de importancia, pero la puñalada del pecho había estado a punto de perforar el pulmón.
Sería una lesión dolorosa, mas no grave. Según se decía en la cabaña, Jack Campbell había sido llevado a la ciudad terriblemente quemado y en grave estado.
Cuando varios hombres hubieron transportado a George al carro de los Huett, los músicos comenzaron a tocar de un modo más animador que nunca y el baile continuó lo mismo que si nada hubiera sucedido. Cuando Lucinda expresó su asombro por esta circunstancia a una de las mujeres, ésta contestó:
—¡Demonios! Ha habido más de una ocasión en que varios bailadores han sido sacados de la sala de baile, con los pies por delante...
Lucinda no había vuelto a tener noticias de Abe desde que terminó la reyerta; pero Bárbara, aturdida y disgustada, le dijo que le había visto correr, inclinarse sobre George, enderezarse y decir: «No tiene ninguna herida grave. Vendadlo, y enviadlo a casa.»
—Pero, Abe... ¿no estaba herido? —preguntó la atribulada Lucinda.
—¿Herido? No lo sé, no podría decirlo —respondió trágicamente la muchacha—. Pero se alejó... de mí. ¡Oh, estaba cubierto de harapos de barro y de sangre!
Logan se presentó prontamente en el lugar del acontecimiento. Había oído hablar de la pelea. Lucinda había temido que su cólera se desatase, pero, como siempre, Logan estaba tranquilo, aparentemente inconmovido, y se mostraba práctico.
—Vamos, Luce, vamos a casa —dijo—. Bárbara, quédate con Grant, si lo prefieres. El baile apenas ha comenzado.
—Gracias; prefiero ir con mamá —declaró Bárbara—. No quiero mas bailes del Tonto!
George salió de su estado de aturdimiento y preguntó desde el lecho del carro:
—Papá, ¿dónde está Abe?
—Suponemos que ha debido de irse a casa, que es adonde vamos a ir todos ahora mismo.
—¿Estaba malherido?
—Grant ha dicho que no lo parecía —respondió lentamente Huett—.
Holbert vio la pelea. Según dice Ben, esos locos de los Campbell cometieron un error muy grande al acometerte cuando Abe se hallaba cerca de vosotros.
—Abe me ha salvado la vida. ¡Qué tonto y qué obcecado he sido, papá!
—Bien, hijo; todos dicen que tenías motivos para estarlo desde el momento en que esa hermosa gata de ojos negros se arrojó entre tus brazos... Sea esto una lección para ti. Ahora, estáte quieto... Lucinda, ¿estás dispuesta para emprender el viaje?
—Sí. Bárbara, ¿quieres cambiarte antes de ropa?
—Iré tal y como estoy, mamá —dijo la chiquilla. Y saltó al carro y se sentó en el heno que había junto al lecho de George—. Dadme una manta.
Grant marchó detrás del carro conduciendo el caballo de George. —Lucinda pensó que jamás olvidaría el modo como las hogueras volvieron a encenderse, la cuadrada cabaña con sus resplandecientes luces, los hombres que se reunieron para hablar acerca de la reyerta, las jóvenes parejas que surgieron de la oscuridad del bosque para unirse a los bailadores, el monótono chirriar de los violines y el ruidoso y rítmico sonar de los pies de las parejas. ¡Qué fantasmales parecían los altos y negros pinos!
Tales pinos recordaban a Lucinda los que vio primeramente en Arizona una veintena larga de años antes, y Logan le puso una manta sobre los hombros y dirigió un grito a los caballos.
—Llegaremos a casa al amanecer —dijo alegremente—. Mamá, he de decirte que he realizado esta noche un buen trato. Holbert me puso en condiciones de poder hacerlo. Ha sido una gran atención por su parte. Pero él no está ahora en condiciones de realizar operaciones comerciales. Y por otra parte, no ha podido encontrar pastos para su ganado. Ésa es la razón de que el Desfiladero del Sicómoro sea preferible a todos esos terrenos que lo rodean. Mis arboledas de robles, mis arboledas de meples, con su follaje que sirve para alimentar a las reses..., ¡esas espesuras serán todavía la base de mi fortuna!


XII
Había caído la primera nevada, que con sus blancas ráfagas, y, cubriendo de blancor los árboles fue una compensación al retraso de su llegada.
Exactamente cuando el crepúsculo invernal comenzaba a producir las primeras sombras que descendían desde las alturas al fondo del desfiladero, llegó Grant a la cabaña cargado de cubos llenos de leche hasta el borde.
—¿No han venido todavía papá y Abe? —preguntó.
—¿Cuándo han venido tan temprano de una cacería? ¡Y es la primera de la temporada! —contestó su madre.
—¡Maldición! No los esperemos para cenar. ¿Qué dices, George?
El hijo mayor estaba sentado junto a la pared próxima al roto fuego que ponía una rosada coloración en sus delgadas mejillas. Estaba recobrándose de sus heridas.
—Todavía no es tarde —respondió.
—¿Dónde tenéis los oídos? —le interrumpió Bárbara.
—Ya oigo la voz de papá.
Lucinda había oído con alegría aquel sonido de voz en muchas ocasiones. ¡Cuántas, cuántas veces así había sucedido! Solamente al oírla pudo comprender que Logan había tenido una buena caza. Unas ruidosas pisadas en el pórtico precedieron a la apertura de la puerta. Logan entró, dejó el rifle apoyado en la pared y se desprendió del abrigo cubierto de nieve.
En su ancho rostro se dibujó una sonrisa de satisfacción al ver a sus familiares y el fuego acogedor y las humeantes ollas. Abe lo siguió, con sus ropas de piel de ante, suaves pasos y ojos que se llenaron de alegría a la vista de Bárbara y su madre. Los dos cazadores llevaban consigo el frío del viento y el aroma resinoso del bosque.
Lucinda vio cómo su esposo, sus hijos y Bárbara se sentaban para tomar una abundante cena. Los Huett componían una familia feliz. La locura de George había sido perdonada, si no olvidada. Y tan pronto como él confesase francamente su vergüenza y su pesar, como Lucinda sabía que habría de hacer, todos ellos olvidarían aquel único e infortunado episodio.
Los cazadores comieron como hombres que hubieran vivido al aire libre después de una larga abstinencia. George y Grant no ofrecieron muestras de que su apetito hubiera decaído.
Cuando la cena terminó, Abe fregó los platos y los restantes utensilios, y Lucinda y Bárbara los secaron.
—Grant, trae una pareja de leños de roble y algunas piñas —dijo Logan mientras iba en busca de la pipa y la tabaquera. Llenó la pipa, la encendió con una roja ascua y se dejó caer en el sillón que él mismo había construido, mientras exhalaba un suspiro—. ¡Maldición! Al fin, la nieve, y el invierno presentes... ¡Encerrados hasta la primavera! Nunca me ha disgustado menos esa circunstancia. Me parece que el trato que hice con la viuda de Steadman para alimentar a su manada a condición de que me ceda la mitad de las utilidades influye mucho en mi estado de ánimo.
—Papá, tendrás que marcar sus terneras —dijo George.
—Solamente la mitad de ellas, hijo.
—Creo que ha sido un buen trato de negocios, papá —continuó George—.
Eso te asegura que dispondrás para la primavera próxima de dos docenas de terneras, o acaso más. Seguramente la cantidad aumentará muy pronto...
¿Qué podrá detener ahora nuestro progreso?
—Juré en cierta ocasión que nada podría detenerlo. Pero los años me han hecho ser más cauto... Creo que solamente los ladrones podrían hacerlo.
—Ladrones...! No eres suficientemente astuto, papá... Sería necesaria la presencia de una cuadrilla muy numerosa de ladrones muy atrevidos para que pudiéramos sufrir grandes perjuicios.
—Te escucho, hijo. Hablas con mucho convencimiento. Pero ¿de qué modo has llegado a esa conclusión?
—No es posible que haya una cuadrilla de ladrones que tenga el valor suficiente para seguir la carretera y pasar por aquí ante nuestras propias narices. Para llevarse las reses, sería preciso que los ladrones abrieran un hueco en una de las aberturas que tú cerraste con cercas. No creo que sea provechoso para ellos el llevarse algunas reses jóvenes por ese procedimiento. Verdaderamente, ni siquiera podríais hacerlo. Pero si lo hicieran... Bien, no hay duda de que Abe seguiría sus huellas. Las cosas presentarían un carácter muy malo para ellos, papá.
—Es de suponer —contestó concisamente Logan—. Y también malo para nosotros.
—No opino del mismo modo. Nosotros los seguiríamos hasta el campamento o la cabaña en que se hallasen, nos aseguraríamos de que tenían nuestras reses... y luego dispararíamos antes de hablar... Papá, he oído algunas insinuaciones veladas respecto a los Campbell. Ya sabes que en estos terrenos boscosos donde hay humo es porque hay fuego... Te lo habría dicho antes, si no hubiera sido porque..., bueno, porque estaba loco por Mil Campbell.
Y habría sido lo suficientemente tonto como para dejarme llevar por ella, si Jack no la hubiera descubierto.
—Has tenido esa suerte, hijo. Los Campbell siguen el camino del mal.
Oiremos hablar de ellos en otras ocasiones.
Abe levantó la cabeza para hablar.
—¿No os he dicho que el miércoles encontré a un vaquero en la carretera...? No, fue anteayer, el martes. Es uno de los caballistas de los Collier. Me dijo que Jack ha sufrido unas quemaduras muy dolorosas, y que ha perdido el cabello y una parte de la piel. Ya está en pie y anda de un lado para otro.
—Me alegro de saberlo —replicó George con voz sonora—. Cuando vuelva a encontrarme con Jack, quiero que tenga los dos ojos.
—Tendrás que mirar mucho para conseguir verlo antes de que lo vea yo —añadió Abe.
—No busquemos disgustos jamás, hijos —recomendó Logan—. Pera su equipo hará bien en alejarse de nosotros cuanto le sea posible. Y ahora que lo pienso..., hemos de poner la atención en otros equipos peores que el suyo.
Lucinda estaba sentada en el otro sillón, frente a Logan, con la labor de ganchillo olvidada en el regazo y con la mirada fija en el rojo llamear de los leños. Por primera vez, aquella conversación que sostenían su belicoso marido y sus hijos no atrajo su atención. El viento que murmuraba entre los pinos, el suave golpear de la nieve contra la cabaña, el crujido y el chasquido de la leña al quemarse..., todo esto parecía influir más en su imaginación que las duras palabras que oía. Aquellos sonidos tan conocidos la transportaban imaginativamente, a través de largos años, a la época en que estaba pensando.
Bárbara, ven aquí; siéntate a mi lado —dijo con dulzura.
La muchacha se levantó obedientemente de entre las sombras para recostarse en la piel de oso que se tendía en el suelo, a los pies de Lucinda.
—Oye, Luce... —protestó Logan con voz estrangulada.
—Tengo algo que decir a Bárbara y a los muchachos —replicó Lucinda mientras acariciaba la brillante cabellera de la cabecita que se apoyaba en sus rodillas.
—Pero, ¿por qué tanta prisa? preguntó Logan, quejoso.
—Debería haberlo dicho hace tiempo —contestó tristemente Lucinda.
Logan se recostó en el respaldo del sillón, suspiró y chupó suavemente la pipa que hacía largo tiempo estaba apagada.
—Bárbara, lo que voy a decir te asombrará y entristecerá comenzó diciendo Lucinda con grave ternura—. Pero es lo mejor que puede hacerse por tu felicidad, por el porvenir que veo que puede ser tuyo. Y, sin duda de ningún género, será también lo mejor para todos los Huett. He tardado...
años..., muchos años en poner en práctica esta decisión... que romperá uno de los aspectos de tu vida feliz en este hogar, a cambio de otro aspecto posiblemente más pleno y más feliz.
—¡Mamá! —exclamó la muchacha, sorprendida y asombrada. Y se arrodilló ante Lucinda.
—Éste es... el... el secreto —tartamudeó Lucinda—. Bárbara, no soy tu madre. No eres hermana de Abe, ni de Grant, ni de George. No tienes absolutamente ningún parentesco con nosotros.
Bárbara se quedó consternada durante unos momentos.
—¡Ah! ¡Es horrible...! ¡Oh! ¡Misericordia...! Entonces... ¿qué soy..., quién soy? —exclamó dolorosamente.
—Lo primero, es muy fácil de contestar replicó Lucinda, que había comenzado a adquirir la fortaleza necesaria para continuar—. Eres la muchacha más buena y hermosa que he conocido en toda mi vida. Eres tan buena como hermosa. Pero quién eres..., eso es un misterio. Desciendes de gente de alto linaje, eso es seguro. Pero quiénes eran esas gentes o de dónde procedían, no lo hemos podido averiguar jamás.
—¡Oh, Dios mío! Entonces... soy una niña abandonada..., una mujer sin nombre...
—Escucha, Bárbara: es una tragedia, sí; pero no debe atribularte ni atormentarte.
—Entonces... ¿por qué... me lo dijiste? —sollozó la muchacha.
—Porque es el único medio de que disponía para hacer que puedas vivir siempre a nuestro lado.
—No lo comprendo.
—Déjame hablar, querida... El baile del mes pasado me abrió los ojos. Tú fuiste la mujer más guapa de la fiesta. Muchos de los arizonianos se enamoraron de ti. Y a pesar del hecho evidente de que tú no te interesaste por ninguno de ellos... y de que habrías podido ser feliz viviendo junto a mis hijos..., a pesar de todo ello, te verás obligada a casarte algún día... Podría venir algún hombre que te llevase consigo y te hiciera su esposa, lo mismo queriéndolo tú que no queriéndolo. Así se procede en el Oeste.
—Pero yo no querría..., no querría... —estalló Bárbara, incrédula.
—Bien, querida, no sé exactamente cómo habrían de suceder los acontecimientos... Pero una muchacha guapa y saludable no puede permanecer soltera en estas tierras. No puede, sencillamente.
—Entonces... ¿cómo vais a conservarme junto a vosotros? —preguntó Bárbara con anhelante angustia.
—Abandonemos esa cuestión provisionalmente. Antes quiero decirte de qué modo llegaste a nosotros.
—¡Oh, hazlo..., hazlo..., aun cuando me duela horriblemente!
—Es una cosa increíble, Bárbara. Sucedió hace diecisiete años. Ahora eres una mujercita de veinte; pero los años han pasado tan felizmente, tan rápidamente, que para nosotros eres todavía una niñita... George tenía cuatro años; Abe, tres; y Grant, dos. En aquella prematura edad, estos muchachos eran todo lo díscolos y malos que puedan ser los niños. Abe era el peor de los tres. Y desde entonces me he alegrado mucho de que lo fuera, porque si no hubiera sido desobediente, si no hubiese sido un pequeño salvaje a quien le gustaba escaparse de la casa y cazar en los bosques..., si no lo hubiera sido, jamás habríamos podido conocerte y quererte. Pues fue Abe quien te encontró, Bárbara, quien encontró a la nena perdida en el bosque... Déjame que te lo cuente. Hace diecisiete años..., los hizo el mes pasado, el de octubre..., el día catorce..., y jamás lo olvidaré..., los chiquillos se escaparon de la cabaña. Yo estaba disgustada y ocupada en diversos trabajos y no me acordé de ellos hasta que salí al exterior eh busca de algo y descubrí que se habían marchado. Los llamé. No me contestaron. Dejé el trabajo y corrí a buscarlos. Cuando llegué a los encerraderos, descubrí huellas. Las huellas de los pies descalzos de Abe se dirigían a la carretera, lugar al que había prohibido expresamente a los niños que fueran. George y Grant siguieron a su hermano. Estaba cercana la hora del crepúsculo. Corrí, llamé con voz ahogada, llegué al portillo de la carretera, lo crucé, seguí corriendo por el bosque... Me encontraba a punto de enloquecer. Cuando hallé a los niños, que estaban jugando junto a los troncos de unos árboles derribados hacía mucho tiempo, vi que en lugar de tres había cuatro. La pequeña desconocida era una niña de cabellos rubios y ojos de color violeta.
Era tímida y hermosa. Cuando le pregunté cómo se llamaba, respondió:
“Bárbara»... Y hasta ahora no hemos sabido nada más acerca de su pasado.
Sus vestidos eran de tejidos de buena calidad. Llevaba unos zapatos lindos, pero no tenía calcetines. He guardado todas esas cosas durante todos los años transcurridos, y te las voy a entregar... Abe la había encontrado llorando junto a la carretera. Habían pasado por allí algunos carros durante el día y no sé de qué modo, tú te perdiste de uno de ellos. Busqué un campamento e intenté oír las voces de los que viajaban en los carros. Pero la oscuridad se echaba encima y no pude divisar ningún campamento hasta donde la vista me alcanzaba. Por esta causa te traje a nuestra casa con los niños. Logan dijo que era forzoso que hubiera algún campamento en las proximidades de la carretera y salió a buscarlo; pero su esfuerzo resultó inútil. Al día siguiente siguió las huellas de los carros hasta Payson, puesto que estaba firmemente convencido de que te habrías caído de alguno de ellos y de que te andarían buscando. Pero esto es lo más sorprendente e inexplicable de la historia: los carros no se detuvieron en Payson, sino que cruzaron la ciudad durante la noche. Nadie había oído hablar de que se hubiera perdido una niña. ¡Nadie vino jamás en busca de ti...! Y esto es todo, Bárbara, es todo lo que sabemos. Logan y yo te adoptamos como si fueras hija nuestra. Los muchachos te adoran desde el día en que te hallaron; desde entonces te han adorado mucho más que cualquiera podría haber adorado a su propia hermana.
Cuando Lucinda terminó, Bárbara inclinó la dorada cabecita y lloró inconteniblemente. Logan abandonó la pipa, tosió y miró a Bárbara con ojos humedecidos por las lágrimas. Abe continuó sentado, extasiado y embelesado.
El tostado rostro de Grant semejó un destello de luz rojiza bajo el reflejo de las llamas. George parecía un hombre agobiado. Lucinda vio que la sorpresa, la incredulidad, una súbita alegría y después la vergüenza se asomaban a su pálido rostro. George comprendió que al perder una hermana no había encontrado una novia.
Bárbara levantó la cabeza.
—Siempre te he llamado madre... ¡Has sido tan... tan buena para mí...!
¡Oh, he debido de ser una criatura a quien nadie quiso!
Logan dijo roncamente:
—No vuelvas a pensarlo, querida. No te tortures. Es una idea equivocada. Desde la primera noche supuse que tus padres habrían muerto... Pero nosotros te quisimos. Recuerdo aquella noche, cuando estabas dormida en aquel rincón, con la rizosa cabecita junto a la de Abe..., cuando pensé que llegabas a nosotros como una bendición..., como la encarnación de la hija que queríamos tener... Así se lo dije a Lucinda... ¡Te quisimos, te queríamos, Bárbara! Y siempre te hemos querido... No podremos decir lo que acaso hayas perdido; quizás unos padres ricos, unos padres buenos, todo lo que esos padres pueden representar... Pero no has perdido amor, Bárbara. No. No puedes haberlo echado de menos, no te ha faltado.
—¡Oh, papá, habría renunciado alegremente a ellos, a mis padres, a cambio de lo que me habéis dado...! No es eso lo... lo que... ¡Estoy horrorizada...! ¡No saber jamás quién soy...!
—Eres Bárbara Huett —añadió Logan con tierna firmeza.
En aquel instante, Grant salió de su ensimismamiento.
—Bárbara, creo que esto es sencillamente magnífico... Supongamos que hubieras sido hallada por Jack Campbell u otro hombre de su calaña...
¡Piensa en lo muchísimo más grave que habría sido tu situación! Tuviste mucha suerte, sin duda, al venir a parar a manos de mamá. ¿Dónde podrías tú, o cualquier otro niño, haber encontrado a una madre como ella...? Y para nosotros ha sido una dicha el tenerte por hermana, Bárbara. Pero esto..., lo que ahora sabemos..., es maravilloso..., ¡puesto que ahora podrás casarte con nosotros! La cándida observación rompió, por lo menos, la trágica tensión e hizo que el rubor empurpurase las mejillas de Bárbara.
—Hijo mío, aun cuando sería maravilloso, como has dicho, es imposible que Bárbara se case con todos vosotros —dijo Lucinda con una sonrisa que igualó a la de Logan. ¡Qué carga más pesada parecía haberse desprendido de su conciencia! Y, bien visto, cuando había sido revelado, el secreto no parecía tan terrible, tan devastador. La absoluta certidumbre del lugar que ocupaba en aquella familia había confortado a Bárbara. El dolor desaparecía con el paso del tiempo, y acaso también el recuerdo.
—Eso sería practicar el mormonismo por parte de la mujer —dijo Grant jovialmente—. Ésa es mi opinión, Bárbara. Pero podrás elegir libremente.
Espero que podré vencer a George y á Abe en esta cuestión.
—Grant, eres un muchacho encantador..., pero todavía no eres completamente un hombre hecho y derecho. Siempre seré una hermana para ti —replicó Bárbara con voz grave que estaba en desacuerdo con la humedad que le velaba los ojos.
—¡Oh... oh! —exclamó quejoso Grant—. Perfectamente, Bárbara. No sabes escoger. Pero, de todos modos, siempre te querré lo mismo.
—Bárbara, jamás permitiremos que te separes de nosotros —dijo George galantemente; pero su pálido rostro reflejó una emoción que él intentaba en vano ocultar. Una esperanza fugitiva comenzaba a desvanecerse ante su comprensión—. Si hubiera sabido que no eres mi hermana..., entonces, todas mis aventuras de mujeriego no habrían existido jamás. Pero siempre, siempre...
—¡Dejadla en paz, hombres impacientes! —interrumpió Abe con voz vibrante y enérgica—. Bárbara acaba de tener conocimiento de una triste circunstancia de su vida... y la acosáis para que se arroje en brazos de uno de vosotros. Dejadla en paz... Seguramente, algún día, Bárbara decidirá tomar por esposo a uno de nosotros, al que quiera más de todos... Pero concededle tiempo, mucho tiempo. Ha sido una hermana por espacio de demasiados años para que pueda convertirse repentinamente en una novia...
Bárbara, demos tiempo al tiempo. No permitas que Grant o George te encolericen, te hagan perder la paciencia. Todos tenemos ante nosotros una gran labor que realizar: el reunir esa ganadería de treinta mil cabezas de reses que tan vehementemente anhela papá poseer. Sé que podré trabajar más y mejor, convertirme en un hombre mejor y más digno si me asiste la esperanza de poder ganarte para mí en el tiempo venidero... Yo te encontré aquel lejano día. Pero recuerdo, Bárbara, lo recuerdo perfectamente..., recuerdo tus rodillas despellejadas, tu sucio vestido, tus mejillas húmedas por efecto e las lágrimas, tus tristes ojos... ¡Y solamente tenía tres años entonces...! No te sientas desgraciada, querida. Sin duda, estaba escrito que había de suceder... Es posible que hayas venido para salvar a los Huett.
El corazón de Lucinda se agitaba dolorosamente en el fondo de su pecho. ¡Cómo se emocionó la mujer al comprobar el modo elocuente como, por una vez, se expresaba Abe, que generalmente era un muchacho silencioso, el modo como demostraba su lealtad, su espíritu de justicia, su masculinidad, su profundo amor por. Bárbara y todos los demás! Siempre había creído que Abe era el más indicado para esposo de Bárbara; y siempre había constituido la realización de este pensamiento su anhelo más querido.
Y en los ojos de Bárbara, en su fascinación, en el rápido y cambiante reflejo expresivo de un amor dulce y tierno, Lucinda leyó que la joven había adorado a Abe durante todo el curso de su vida.
La única diferencia que Lucinda pudo percibir en Bárbara fue una melancólica y pensativa actitud y la consciente evidencia de que su situación respecto a los muchachos había cambiado y se había elevado. La primera de estas manifestaciones se borró gradualmente, y en la joven quedó una felicidad más profunda y menos infantil que la anterior.
Abe fue el que menos cambió bajo el nuevo régimen de vida en el Desfiladero del Sicómoro. Resultaba claramente apreciable que la seguridad de obtener a Bárbara añadía una suerte dé sorpresa a los efectos del joven.
No pareció ofrecer nunca muestras de hallarse en situación de ventaja sobre sus hermanos respecto a Bárbara por la circunstancia de haber sido él quien la halló y salvó de ser víctima de los animales salvajes o de morir de hambre.
Lucinda observó que si Abe era más cariñoso, no alardeaba de serlo. Jamás importunó a la joven ni se peleó juguetonamente con ella, como había acostumbrado hacer. Respetaba la nueva situación de Bárbara, su atractivo; estas cosas eran sagradas para él. Todo ello se ofrecía con más claridad a la observación de Lucinda porque Bárbara era la única joven a quien Abe había conocido verdaderamente.
Pero esta nueva relación respecto a Bárbara alteró las vidas de los tres hermanos.
Repentinamente, Lucinda creyó apreciar que Grant se convertía en un hombre completo. Por fortuna, no tenía vicios, ni debilidades, ni faltas importantes que corregir. No perdió nada de su alegre temperamento, de su afición a las bromas, de su propensión a importunar o a compartir con Bárbara todo cuanto tuviera. Pero la cortejó abierta y persistentemente.
George dio más claras pruebas de la línea divisoria que, se había trazado en su vida. Durante aquel invierno, hubo de hallarse confinado en la cabaña durante la mayor parte del tiempo a causa del riesgo de contraer pulmonía, creado por la herida que padecía en el pecho. Leyó, estudió y discutió los problemas del ganado con Huett por espacio de muchas horas.
Cuando, con la llegada de la primavera, recobró su antigua fortaleza, se entregó al trabajo con más intensidad que nunca. No fue a Pine ni a Payson.
Renunció a la bebida. Una fiesta con baile que se celebró en casa de los Holbert no lo tentó, aun cuando Bárbara asistió a los festejos en compañía de Grant. Ni siquiera un rodeo que se celebró en Flagg con motivo de la fiesta nacional del Cuatro de julio consiguió arrastrarlo a los concursos y los encantos de la vida de los vaqueros.
En cierta ocasión George dijo a su madre:
—Reconozco que no tengo probabilidades de aspirar a Bárbara en estos momentos. No podré lograrlo en tanto que ese indio guapo, que se llama Abe, se halle presente, o que lo esté el amable muchacho que se llama Grant. Pero, de todos modos, la quiero y jamás cejaré en mi propósito de demostrar que ha hecho de mí un hombre... Y no importará que al final ella escoja a Grant o a Abe.
En los primeros días del otoño George persuadió a su padre a que rodease otra manada de reses y la llevase a la estación del ferrocarril.
—Es lo mejor que podremos hacer ahora, papá — dijo pacientemente—.
Si pudiéramos separar las reses viejas, venderlas y comprar reses jóvenes con el dinero que obtuviéramos, o con una parte de él, nuestra ganadería aumentaría rápidamente. Has retrasado excesivamente la venta de ganado.
Además, necesitamos hacer reparaciones, comprar herramientas, avituallamientos... Y, papá, es preciso que compremos un automóvil.
Algunos de esos rancheros que han llegado después que nosotros nos están ganando la partida... Algunos de ellos tienen automóviles; y otros tienen camiones. Los tiempos cambian. Vamos a sembrar en nuestro solitario desfiladero. Si tuviéramos un camión este otoño, podríamos transportar a Flagg quinientos sacos de patatas en dos viajes solamente.
La idea no sedujo a Huett, que odiaba los ruidosos carromatos sin caballos, peligrosos y malolientes, que habían comenzado a operar cambios increíbles en el campo. George alegó que su empleo obligaba a que el territorio dispusiese de mejores carreteras, y que el tiempo que economizaban valía mucho más que los gastos que representaban. Huett aprobó el proyecto de vender cierta cantidad de reses, pero se opuso al propósito de adquirir un automóvil.
—Perfectamente. Compraré uno con mi propio dinero —declaró con obstinación George—. Ya lo verás.
En consecuencia, George no regresó de Flagg en compañía de su padre y de Grant. Cuando apareció su llegada fue anunciada por unos ruidos persistentes y roncos antes de su arribada a la pendiente. Lucinda oyó que Logan reía sonoramente y que Grant lanzaba un grito de alegría, un montaraz:
—¡Yuuuupi!
Luego Bárbara gritó regocijadamente, lo que hizo que Lucinda exclamase:
—¡Demonios!
Y miró fijamente; primero con asombro, después con temor. George descendía por la pendiente en un automóvil negro que sonaba como un chisme desvencijado, aun cuando no lo pareciera por su aspecto.
Los Huett se quedaron boquiabiertos y asombrados. Pero George descendió la pendiente sin salirse de la carretera y corrió con la velocidad de un torbellino sobre el terreno llano para detenerse finalmente ante la puerta de la cabaña.
—¡Hola, familia! —dijo lentamente al ver a todos reunidos y observar las sonrisas que había en sus labios.
—George Huett, ¿dónde has encontrado ese chisme? —le preguntó su padre.
—Lo he comprado. Es de segunda mano. No importa cuánto... Y ¿sabéis lo que he disfrutado durante el viaje?
—¿Cuando saliste de Flagg?
—Poco antes del mediodía.
—Pero no hoy, ¿verdad?
—Sí, hoy. Este automóvil es muy rápido... y me ha hecho saltar y botar por el camino... ¡Sube, papá! Déjame que te lleve a dar un paseíto.
—No muy largo —dijo Huett.
—¡Llévame, George! —le suplicó Bárbara con rostro ávido.
—¡Sube!
George la llevó a pasear en torno al bancal, descendió al arroyo, lo cruzó enviando unos grandes lienzos de agua a su alrededor, siguió por el terreno llano y regresó entre una nube de polvo. Bárbara saltó del automóvil, radiante y emocionada.
—¡Oh, es estupendo! —exclamó—. ¡Cuánto corres...! Pero he... he tenido miedo.
—¡Demonios de gente joven! —dijo quejosamente Huett a Lucinda—.
¡Nuestros viejos procedimientos... demasiado lentos, demasiado lentos...!
Creo que me acostumbraré a lo nuevo si esos automóviles llegan a ser una cosa segura y sin peligro.
George no consiguió convencer a su padre de que podía tener confianza en los automóviles; pero antes de que llegase el invierno demostró que eran maravillosos para cubrir distancias rápidamente, para ahorrar tiempo, para aumentar la comodidad y el rendimiento de una mujer de su casa, para conducir el correo y las subsistencias velozmente a los ranchos.
—Compréndelo, papá —explicó George—. Has sido un colonizador anticuado por espacio de veinticinco años. De ahora en adelante eres un ranchero.
La conducción de las nuevas reses, la reparación de las cercas, el trabajar desde muy pronto hasta muy tarde en los campos y otras muchas tareas propias del creciente rancho, hicieron que los días y las estaciones volasen corno si tuvieran alas. Los muchachos almacenaron cien toneladas de alfalfa y vendieron otros tantos bushels de patatas antes de que llegase la época de las heladas, cuando comenzaron a recorrer los viejos caminos con sus escopetas. Lucinda y Bárbara apresuraron el ritmo de su trabajo, prepararon innumerables jarros de peras y melocotones, de variantes y tomates, de manzanas y carne picada. Logan almacenó en el desván una carga de las mejores verduras que jamás había visto.
—¡Ah, Luce! —exclamó cordialmente—. ¿Recuerdas cuando dije que no nos moriríamos de hambre...? Las cosas se presentan con buen aspecto ahora... Bien, bien; han tardado mucho en llegar, pero...
En tanto que las estaciones transcurrían, la ganadería de Huett se dobló, triplicó, cuadruplicó. ¡De qué modo más sorprendente se multiplicaba ya! Las terneras parecían brotar como por arte mágica. La viuda de Steadman murió sin tener pariente alguno a quien legar su ganado, y sus varios millares de cabezas quedaron en poder de Huett.
George formó el proyecto de cortar un camino a través y más allá de Three Springs Wash hasta el desfiladero inferior y de cerrar éste. Era parecido al Desfiladero del Sicómoro —replicó Huett, fiel a su carácter de sufrido y cauto ganadero.
—Podemos correr ese riesgo. Además, podremos llevar allá los caballos silvestres que nos restan. Esos «rabos de escobón» comen mucho, papá.
Lucinda pensó nuevamente que Logan había conseguido imbuir a todos su gran idea, su pasión indeclinable, el hábito del trabajo y del sacrificio con tanta fuerza, que los había dejado incapaces de detenerse, de ver la prosperidad que había llegado. Pero ¿qué eran diez mil cabezas de ganado para Huett? Logan sólo vendía menos de un millar de reses cada año. De este modo, conseguía vivir sin contraer deudas y comprar nuevo ganado.
Lucinda no dejó de ver su felicidad, la felicidad de todos. Todos ellos se afanaban en su trabajo con la asiduidad de las abejas cuando almacenan su miel. Todos ellos se bastaban para sí mismos. Bárbara y Lucinda iban a la ciudad en diversas ocasiones de cada año, y hallaban mayor placer en tales viajes a causa de su poca frecuencia.
Solamente en contadas circunstancias abordaba Lucinda el tema del matrimonio ante Bárbara; y dejó terminantemente de hacerlo cuando la joven le dijo cierto día:
—¡Oh, mamá, temo que Abe me pida cualquier día que me case con él...!
Pues, si lo hiciera, no podría suplicarle que esperase más tiempo... ¡Le quiero tanto...! Pero también me quiere George... Y también Grant... Creo que Abe teme causarles un dolor... ¡Somos todos tan felices...! ¿Por qué no podremos seguir viviendo más tiempo como ahora...?


XIII
Logan Huett había de descubrir que todavía no conocía el Oeste. La noticia de la dramática muerte de Tim Mooney se extendió como el fuego de una pradera de hierba seca. Antes de que la conmoción de sus vecinos y de los rancheros cercanos se hubiera desvanecido, la familia Mooney abandonó la localidad y Dwight Collier vendió sus posesiones a Holbert y se marchó.
Collier no tardó en manifestar que había sospechado desde hacía tiempo que Mooney se entregaba a actividades a las cuales él era ajeno. Las gentes no aceptaron esta afirmación, pero sí creyeron firme y prontamente lo que se dijo acerca de que el hijo de Mooney había retirado del Banco una gran cantidad de dinero.
Luego, poco a poco, a medida que los vaqueros compararon sus notas y a medida que los ganaderos dispusieron del tiempo y la libertad necesarios para hablar claramente, la culpabilidad de Tim Mooney se hizo evidente para todos. Ninguno de ellos dio amistosos golpecitos en la espalda a Logan Huett por su servicio al librar a aquella zona de la presencia de un ganadero malvado; pero todos le eximieron de cualquier culpabilidad o sospecha. Se dijo por doquier que la lucha había sido leal y que en ella había vencido un hombre honrado. La hazaña sirvió para amedrentar a algún otro seguidor de las huellas de Mooney que podría haber seguido sus deshonrosos procedimientos. Sin embargo, todo ello sirvió asimismo para ocasionar un mal: una tendencia a atraer la atención de las gentes sin conciencia hacia aquellos terrenos en los que había fáciles presas desde las Mogollones y desde el Pequeño Colorado hasta el Tonto Rim.
Los hijos de Huett no sufrieron ningún apocamiento de ánimo por la circunstancia de que su padre se hubiera unido a las filas de los matadores de Arizona. George y Grant se endurecieron un poco y Abe se mostró más silencioso que nunca. Pero Lucinda y Bárbara no salieron del desfiladero, ni siquiera para visitar a sus vecinos más próximos, por espacio de un año. Y cuando volvieron a Flag descubrieron que el incidente había sido borrado por el tiempo, y que durante el plazo transcurrido se habían realizado otras hazañas más duras y severas. Ningún baldón se extendió sobre su nombre durante su período de reclusión. Sus amistades, los verdaderos colon«
zadores, las asombraron con su calurosa acogida; y como consecuencia, Bárbara y Lucinda no tardaron mucho tiempo en recobrarse.
Sólo Logan sabía los estragos que la muerte de Mooney había obrado en su ánimo. El temor a legar a sus hijos un nombre y una reputación que jamás podrían borrar, a que el éxito de su empresa hubiera sido imposibilitado, o, por lo menos, aplazado por muchos años, y el legítimo horror y el remordimiento que le acosaban..., todos estos fútiles temores representaron un estéril gasto de fortaleza mental, de noches de insomnio y de días de trabajo. Logan lo descubrió demasiado tarde. De todas las innumerables vicisitudes de su vida, la muerte de Mooney le produjo la mayor angustia y dejó en él la huella más profunda. Para sobrevivir y desarrollarse en aquella región se necesitaba algo más que una gran ambición, que una inconmensurable fortaleza, capacidad de sufrimiento, honradez y ánimo indomeñable; un ganadero necesitaba de todo ello y de algo más para afirmarse y obtener los medios que necesitase. Aun cuando hubiera logrado reunir una numerosa ganadería de reses y de caballos.
Logan pensó que necesitaba más valor para conservarla. Las regiones ganaderas prósperas habían atraído o creado siempre a los ladrones, y así continuaría sucediendo en tanto que hubiera ganado en los campos. Los terrenos cercados, lo abrupto de la selva o del desfiladero jamás verían el día en que el ganado no fuese una presa fácil de robar y en que no hubiera hombres capaces de apoderarse de las reses de los criadores honestos.
El período subsiguiente incrementó la ganadería de Huett y los trabajos inherentes a su atención. Logan comprendía que los hábitos adquiridos a lo largo de muchos años de afanes y de pobreza no podrían ser desechados instantáneamente, ni acaso jamás. Y se alegró de que así fuera. Había sostenido a su familia modestamente, la había enseñado a conocer el valor del dinero, a ser feliz trabajando con un propósito definido, a dejarse influir muy poco por el mundo exterior. Los automóviles y las revistas ilustradas descendieron al Desfiladero del Sicómoro para dar a conocer a los Huett los progresos del mundo moderno; pero no alteraron la idea familiar de criar ganado, ni la diaria jornada de dieciocho horas de trabajo de los Huett vaqueros, ni la economía o la industriosidad de las mujeres. El porvenir había comenzado a significar poco menos que nada, puesto que el presente era pleno y suficientemente satisfactorio.
Llegó el día en que el desfiladero de forma de araña, el «Sicómoro»
sostuvo, con sus diez millas de longitud y su vasta extensión de pastos, quince mil cabezas de ganado. El terreno estaba cerrado y protegido contra las tormentas, el calor, el frío y las sequías; y resultaba inapropiado para que los ladrones de reses desarrollasen en él sus actividades. Solamente algunos caballistas fugitivos sacrificaban en contadas ocasiones alguna res.
Pero el Desfiladero de los Patos, de doble extensión que el otro, con sus jugosos pastos, se convirtió en una maldición para los Huett. El «Sicómoro»
habría representado suficiente trabajo para un hombre acompañado de sus tres hijos que quisiera cuidarla; pero habían emprendido la tarea de cuidar de los dos, y no desfallecerían jamás. A pesar de los continuos robos de reses por parte de los ladrones, los cuatreros y los caballistas sin trabajo ni domicilio, la manada del Desfiladero de los Patos había aumentado. Unas cuantas reses descarriadas que eran conducidas al interior del bosque, una manada de terneras jóvenes separadas del resto y arrebatadas por la noche a través de alguna de las innumerables grietas imposibles de cerrar; o algún ataque durante el día cuando los Huett se encontraban a varias millas de distancia y realizado por alguna cuadrilla de ladrones decididos..., todo esto impidió que la ganadería del Desfiladero de los Patos igualase en número a la del «Sicómoro». Y esto afectó a Logan año tras año, hasta que tomó la firme resolución de mostrarse implacable con los ladrones que le impedían alcanzar la meta que había soñado.
Papá, eres corto de vista y testarudo —decía George repetidamente—.
Vendamos las reses del Desfiladero de los Patos.
—Todavía no —replicaba obstinadamente Huett por centésima vez.
Bien, entonces, no prestemos atención a esos ladrones de pocas ambiciones; pero persigamos a las cuadrillas que realizan robos de importancia una vez cada año. No deben de tardar en presentarse... La última vez se llevaron trescientas cabezas. Cada vez que vienen, se llevan un número mayor de reses.
—No es disparatada la proposición —reconoció hoscamente Logan—. ¿De qué modo piensas proceder?
—Abe dice que podremos acampar allí, ocultarnos y vigilar.
—Y ¿dejar solas a Bárbara y Lucinda? ¡No!
—Uno de nosotros irá a la casa todas las noches.
—Eso sería más práctico. Pero ¿qué me dices acerca de los restantes trabajos?
—Tendrán que esperar a que consigamos espantar o matar a los hombres de esa cuadrilla.
—¡ja! Lo primero que tendríamos que hacer seria sorprenderlos.
—Abe dice que tienen un punto de observación en alguno de los picachos o en el borde de la ladera. Nos vigilan. Luego, cuando nos vamos, realizan el ataque.
—Entonces, ¿de qué nos servirá el acampar en las cercanías del desfiladero? Sería preferible que vosotros, los jóvenes, fingierais qué os encaminabais a la ciudad y que volvieseis atrás cuando llegase la noche; y al día siguiente, antes del amanecer, iríamos a ocultarnos en el desfiladero.
También este proyecto resultó ineficaz para sorprender a los astutos ladrones, así como fracasó el intento de ocultarse en el desfiladero. Tan pronto como los Huett hubieron iniciado la necesaria labor de la recolección, los ladrones se apoderaron de la mayor cantidad de reses que hasta entonces arrebataran a Logan. Abe informó de la pérdida a su padre y manifestó que el robo se había cometido dos días antes. Una ancha huella había sido marcada en el polvo por la numerosa manada que había sido conducida hacia el Tonto.
—Vende esa manada del Desfiladero de los Patos si no quieres verla desvanecerse ante tus propios ojos —advirtió George Huett al indignado ranchero.
—Papá, tengo el presentimiento de que esa cuadrilla volverá a presentarse aquí —dijo meditativamente Abe. —Debe de tener un mercado seguro para las reses que roba.
—¡Seguro! En el caso de que siguiéramos a los ladrones y reconociésemos todas las reses robadas, ¿qué podríamos hacer? —replicó George—. No tenemos marca propia. Somos un objetivo conveniente para esos buharros.
—Muchachos, hubo un tiempo en que nuestras pérdidas eran menos valiosas que lo que nos habría costado contratar a una docena de caballistas. Pero aquellos días han pasado ya. Mi método no ha resistido la prueba de los años..., lo reconozco. De todos modos, no cambiaré.
—Sería más prudente rendirse a la evidencia. Vender o contratar caballistas. No hay otra solución —dijo George.
¿Rendirse? ¡No, diablos...! Grant, ¿opinas del mismo modo que George?
—Sí, papá. Me duele tener que ponerme frente a ti. Ninguno de nosotros lo ha hecho jamás. Pero las circunstancias actuales son demasiado duras de soportar... Es posible que nunca hayas pensado que nosotros, los jóvenes, necesitamos dinero. jamás nos das dinero. Y seguramente hemos ganado unos salarios, si no algo más... Bien; podrías vender esa manada del Desfiladero de los Patos a treinta dólares la cabeza. ¡Casi doscientos mil dólares...! Todos seríamos ricos y todavía seguirías poseyendo la ganadería del Desfiladero del Sicómoro.
La sorprendente firmeza del más joven de los Huett, que siempre había sido el menos enérgico de los hermanos, dolió profundamente a Logan y ocasionó una de las pocas disputas que el padre había tenido con sus hijos.
La discusión no terminó allí. George y Grant informaron a su madre y a Bárbara. Cuando, con gran consternación de Logan, las mujeres se alinearon frente a él, por primera vez en alguna cuestión importante, descubrió dudas ofensivas respecto a él, respecto a su incambiable pasión y voluntad. Discutió, gritó, se indignó, y todo fue inútil. Estaba equivocado.
Luego, como última gota de agua, Bárbara recurrió al silencioso Abe y lo inclinó en su favor. La casa de los Huett se dividió contra sí misma.
La verdad venció a su indignación, a la indignación que experimentaba por sí mismo, y Logan se sentó y apoyó la cabeza en las manos. Lucinda se acercó y le puso tina mano sobre la espalda compasivamente.
—Oídme todos —dijo Logan trabajosamente—: concediendo que tengáis razón, no habéis acertado a examinar la cuestión desde mi punto de vista.
He gastado mi vida..., lo mejor de ella..., luchando contra los obstáculos en este desfiladero... Al principio, contra la falta de dinero y de ayudas, luego, contra los animales de rapiña, contra el frío, el calor, la humedad, la sequía, contra mil desconocimientos de la agricultura... y contra un millar más de inconvenientes, el último y el peor dé los cuales está representado por los ladrones de ganado. Por espacio de cerca de treinta años he combatido contra todo eso..., y ahora soy rico en reses... y la ambición de toda mi vida está a punto de realizarse... Y me pedís..., y reconozco que lo hacéis justificadamente..., que abandone mi propósito, que me declare vencido porque se han presentado frente a mí unos ladrones piojosos... ¡No lo haré!
¡Antes perderé hasta la última res que tenga en el Desfiladero de los Patos que mostrarme cobarde a última hora...! Pero voy a deciros lo que haré...
Tan pronto como pueda contar treinta mil cabezas de ganado, las venderé, dividiré entre todos vosotros el producto de la venta equitativamente y volveré a la civilización para terminar de vivir mi vida... Eso es todo. ¡.Soy el jefe! ¡Y se hará lo que he dicho!
Huett no vendió ni una sola cabeza aquel año; y de este modo, no se vio forzado a dejar sin protección el Desfiladero de los Patos.
Octubre declinaba aúreamente. Con el mes de noviembre llegaron las primeras nieves y cesó el movimiento de ganado. Huett y Abe se dirigieron al bosque para dedicarse a la caza. Durante los últimos años la caza había sido cada vez más escasa. Había muchos ciervos y patos muy dentro de la selva; anteriormente, el Desfiladero del Sicómoro había estado lleno de ellos. Los cazadores de las poblaciones que tenían estación de ferrocarril habían aumentado durante los recientes años. Huett y Abe encontraron a algunos de ellos durante aquella temporada todos en busca de caza y disparando tan pronto como oían el menor crujido entre la maleza.
—Hijo —dijo Logan a Abe cuando ambos se hubieron sentado sobre un tronco derribado —: creo que no soy razonable; pero no me gusta el nuevo orden de cosas... Todos esos cazadores inexpertos que rondan de un lado para otro; los alces protegidos por la ley; la temporada abierta durante un mes para la caza de patos y ciervos; la selva bajo la administración del Gobierno...
—Papá, piensas solamente en tu único objetivo de esta vida —replicó Abe—. El presidente de los Estados Unidos pensaba en los hijos de nuestros hijos cuando creó esta reserva del bosque. Es conveniente. No obedecemos las leyes más de lo que las obedecen los Stillmans u otros pueblos atrasados. Matamos animales siempre que queremos hacerlo. Pero esas leyes no han sido hechas para los indígenas que viven en los bosques.
—¡Hum! ¿Por qué no hacen leyes contra los ladrones de ganados?
—Hay muchas leyes referentes a los ladrones de reses, pero ¿quién puede ponerlas en vigor, obligar a que se cumpla el plan en esta región tan plagada de desfiladeros? Somos nosotros quienes hemos de hacerlo, papá.
—Declaro sinceramente que he usufructuado estos bosques durante demasiado tiempo —dijo Logan en tanto que miraba cariñosamente la extensión poblada de árboles en que el sol del mediodía dibujaba manchas coloreadas sobre la nieve en que reposaban las hojas rosadas de los robles y las escarlata de los meples. Los grandes y plateados abetos competían con los amarillentos pinos por adquirir supremacía en la altura. Los tiemblos, casi totalmente despojados de sus hojas doradas y crujientes, se destacaban con sus troncos blancos ante el verdor oscuro del fondo. Los árboles derribados por las tormentas se amontonaban junto a los bordes de los desfiladeros, y por todas partes podían verse grandes ramas desgajadas. El aire era frío, pero el sol caía con calurosa fuerza sobre la descubierta cabeza de Logan. El aroma resinoso del pinar era muy intenso. Logan comprendió en aquel momento una verdad: que le repugnaba la idea de compartir aquella soledad, aquel reino de la naturaleza con alguien que no fuera uno de los seres de su propia familia.
—Me parece que no veré el fin de esa plaga —replicó Abe pensativamente.
—Abe, sabes que vamos a ir a la ciudad cuando llegue el momento oportuno para hacerlo.
—Eso estará muy bien para las mujeres, y para Bárbara cuando tenga hijitos. Pero yo pasaré la mitad de mi vida en estos bosques. Cuando vendas nuestras reses, papá, resérvame el Desfiladero del Sicómoro para mí.
—Para ti y para mí, hijo.
Recogieron sus patos y su venado, y comenzaron a descender la pendiente en dirección a la casa. Un pensamiento perturbador cruzó la imaginación de Logan. Hacía más de veinticinco años que había llevado por primera vez a Abe a cazar en aquella altura. Desde entonces no habían dejado de ir ni un solo año. Pero habría de llegar una caza, y acaso fuera aquella misma, que sería la última que ambos realizasen juntamente. Huett rechazó el vago y triste presagio.
La manada de reses del Desfiladero de los Patos había aumentado de tal modo, que ya no podía ser cuidada por tan pocos caballistas como la atendían. Se había multiplicado de una manera prodigiosa. Los ladrones llegaban todas las primaveras, destrozaban una parte de las cercas con el fin de que las reses descarriadas se refugiasen en las quebradas del fondo.
Durante aquel otoño habría sido preciso un ejército de vaqueros para evitar los robos de terneras y novillos; pero tales pérdidas resultaban tan insignificantes, que Logan solamente pudo sospechar que las sufría; sus hijos no se lo decían jamás.
Abe no regresó cierta noche de su ronda. No era desacostumbrado que permaneciera ausente durante toda la noche en la temporada de caza; pero en aquella ocasión eran todavía los primeros días de octubre. Logan se inquietó, no por lo que se refería a la seguridad de Abe, ya que sabía que el muchacho no tenía quien pudiera igualarse con él en los bosques de Arizona, sino por miedo a que se hubiera realizado el ataque largo tiempo esperado contra su ganadería.
—¿Dónde viste a Abe por última vez? —preguntó Huett.
—Me hizo unas señas desde más arriba del pantano de los Patos, la punta sur —respondió Grant—. Me hizo unas señas... Lo único que pude entender fue que andaba tras la pista de algo en la parte del desfiladero. Las últimas que me hizo me produjeron la impresión de que con ellas quería decirme que vendría a casa.
—Pero, ¿y si no volviera...? —preguntó Logan. George y Grant meditaron durante cierto tiempo y finalmente estuvieron acordes respecto a la conveniencia de esperar hasta el día siguiente, cuando, en el caso de que Abe no hubiera regresado, sería prudente seguir el camino que conducía al punto en que Grant le había visto por última vez. Lucinda y Bárbara se angustiaron y negaron a acostarse. Finalmente, ya oscuro, Huett salió al exterior en compañía de sus hijos con el fin de escuchar. La noche otoñal estaba totalmente tranquila. George, de agudo oído, pronunció en voz baja unas palabras de aviso. El grupo se inmovilizó como si estuviera compuesto de seres de piedra. Unos pasos apagados llegaron al cabo de pocos momentos a los oídos de Logan, que conocía aquel suave y subrepticio modo de caminar. Un instante después, Abe se presentaba ante el pórtico.
—¡Hola! Habéis estado despiertos y levantados para esperarme, ¿eh? Me alegro, porque de otro modo habría tenido que obligaros a levantaros para que me acompañaseis.
—Sí, te esperábamos, hijo. ¿Qué sucede? —preguntó Logan, que había recobrado la calma y la confianza en sí.
—Supongo que pensaréis que se han desatado los infiernos —dijo francamente Abe.
—¡Un ataque contra nuestro ganado!
—No, todavía no. Pero vamos a tener un poco de jaleo.
—Hombre avisado es hombre prevenido, ya lo sabes. Di lo que hayas de decirnos —contestó Huett ásperamente.
—Papá, Jim Stillman y su hermano, en unión de Tobo Campbell y de otros dos hombres más a quienes no conozco, son los que van a atacarnos.
—Cinco en total, ¿eh? Bien, no podrán hacerlo si logramos verlos antes que ellos a nosotros.
—¡Todo el tiempo que he estado acechando ha sido tiempo perdido! —exclamó con disgusto Abe—. No vinieron a través del bosque. Vinieron por la carretera de Pine y no vacilaron para internarse en el Desfiladero de los Patos. Han acampado en un lugar descubierto y no se han andado con remilgos para encender una hoguera. Pero he oído un peco y he comprendido mucho... ¿Te sorprendería el saber que Tobe Campbell es la mano derecha de Hillbrand?
—Nada que se refiera a ese coyote podrá sorprendernos, hijo —dijo lentamente Logan.
—Así es. Y Campbell se ha hecho cargo del equipo de Stillman. Tobe es el hombre más malvado y el más astuto de la familia Campbell... Tobe se vio obligado a declarar que era el hombre de confianza de Hillbrand. Yo lo oí.
Jim no tuvo el valor necesario para contradecirle, y ambos van desde entonces juntos y de acuerdo. Oí pronunciar tu nombre, papá, y el mío y algo acerca del «Sicómoro». Tobe dibujó un mapa en tierra. Hice deducciones, y llegué a comprender lo que se proponían hacer horas antes de haberlo descubierto y comprobado. Estuvieron sentados, hablando y hablando, hasta bastante después de la medianoche. Y no bebieron nada, absolutamente nada que no fuera café. Cualquiera habría podido sospechar que se hallaban a punto de emprender una acción peligrosa... Sí, no hay duda: Jim Stillman temblaba como una hoja... Todos ellos estaban excitados, excepto Tobe. Tobe estaba frío y tranquilo.
—¡Ah! Y ¿qué es lo que se proponen hacer? —preguntó ansiosamente Logan.
—Campbell se propone atacar el Desfiladero del Sicómoro.
—¡El «Sicómoro»! —estalló Huett. George se dio un sonoro puñetazo en la palma de una mano. Y Grant, que raramente pronunciaba interjecciones fuertes, juró abundantemente. Logan, al fin, consiguió hallarse de nuevo la lengua—. Abe, si tú no estás loco, lo está ese malvado de Campbell. ¿Atacar el»Sicómoro»? ¡Jamás lo habría pensado! Es una cosa imposible de realizar.
—Sí, puede hacerse. Es una empresa arriesgada..., pero posible para un ladrón experto como ese Hillbrand. Se proponen apoderarse de las reses e iniciar una marcha lenta con ellos antes del amanecer. Uno de los caballistas irá a la parte alta y abrirá el portillo. Y esos ladrones podrían tener en las alturas más de dos mil reses antes de que pudiéramos presentarnos para impedirlo... Sabes que eso está muy lejos del punto en que nuestra carretera comienza a subir la pendiente. Esos ladrones suponen que no podríamos oír el ruido si la conducción se hiciese lentamente. Y cuando saliésemos, según dijo Tobe, dispararían contra nosotros desde lo alto de la pendiente; y, cuando pudieran hallarse en la altura acompañados del ganado, podrían seguir fácilmente la marcha. Ellos dispondrían entonces de todas las ventajas. Una pareja de hombres podría contenernos, obligarnos a retroceder y hasta matarnos en el caso de que intentásemos llegar a la parte alta de la carretera. Los restantes conducirían el ganado a toda velocidad cuando hubiesen llegado al Tonto... Y, papá, jamás podríamos demostrar que esas reses fuesen nuestras, puesto que no están marcadas.— —¡Dios mío! ¡Es cierto! —exclamó Logan.
—Podría serlo, papá: así podría suceder —replicó, frío y duro, Abe—. Pero tenemos ventaja sobre ellos porque conocemos su propósito. Tobe Campbell no podrá jamás realizar lo que proyecta. Y algunos de sus hombres no saldrán del Desfiladero del Sicómoro.
—George, ¿cómo podremos hacer frente a la situación? —preguntó Huett.
—Papá, ese Tobe Campbell ha sido siempre un hombre muy ladino. Si pusiera una pareja de sus hombres cerca de la cabaña, esos hombres podrían matarnos o detenernos en tanto que los restantes se apoderaban del ganado.
—Lo había pensado —añadió Abe tranquilamente—. No estaremos en el interior de nuestra casa cuando haya la luz suficiente para que se pueda ver.
Pero mamá y Bárbara estarán... Y cuando comience la lucha, las dos podrán disparar a través de la ventana con tanta rapidez como lo permitan los gatillos de sus armas.
Huett inclinó la peluda cabeza aprobatoriamente. Sería eficaz que se hiciesen muchos disparos de rifle.
—Y ¿supones que debemos escondernos... y dejarlos que lleguen hasta aquí con las reses...? No me gusta el proyecto.
—Ni a mí me gusta mucho. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer? —replicó dubitativo Abe.
—No nos conviene perder tiempo. Ten en cuenta que mi oposición a tu plan de campaña estriba en mi suposición a que el ganado no sea conducido por este terreno. El equipo de Campbell marchará detrás de las reses; y sería posible que la conducción se hiciese por la carretera.
—Papá, llevarán el ganado al paso, con dos caballistas detrás, dos a cada lado de la manada y uno..., que puedes tener la seguridad de que será Tobe Campbell, delante. Tobe será el que abra el portillo.
—¡Taimado Tobe! —exclamó desdeñosamente George—. Pues, en el caso de que nos despertásemos, él estaría fuera del alcance de nuestros disparos.
—Abe, tomemos pronto una resolución —dijo Logan, que había comprobado la necesidad de adoptar una decisión inmediatamente.
—Muy bien —contestó Abe con vehemencia, con lo que demostró que estaba dispuesto a exponer su proyecto—. Papá, quédate aquí, en la cabaña, con mamá y Bárbara. Ten siempre los ojos bien abiertos. Prepara los rifles y los revólveres, y pon al alcance de tu mano muchas municiones. Cuando comience el baile, dispara lo mismo si los ladrones están al alcance de tus disparos que si no lo están... George, tú y Grant os esconderéis en el cobertizo. No permitáis que el ganado llegue a la carretera. No esperéis a que yo comience a disparar. Yo voy a subir a la altura para cerrar el portillo con cadenas de modo que no pueda ser abierto con rapidez. Luego, descenderé hasta la punta rocosa que se interna profundamente en el desfiladero. Desde allí podré tener cubiertos con las armas todos los puntos importantes. Si los ladrones comienzan a dirigir las reses hacia la parte situada al pie del muro occidental... Bien, entonces comenzará el baile sin que ninguno de vosotros tenga ocasión de bailar. Pero lo más probable será que se pongan en marcha por la zona central. Eso significaría que me vería forzado a disparar desde una distancia de mil yardas, distancia demasiado grande para que pueda acertarse a un blanco moviente. Mi principal propósito al ocupar la posición que he indicado es evitar que Campbell pueda subir la pendiente que hay al pie de la carretera. Sabéis que es el único punto por donde puede salirse del desfiladero. Y Campbell es lo suficientemente listo para saberlo también... Y creo que eso es todo.
George y Grant dieron la vuelta alrededor de la cabaña para dirigirse a los puntos que se les había indicado. Huett no habló a Abe hasta que hubieron regresado con los rifles y los cinturones de las municiones. Bajo la fría luz de las estrellas, tenían un aspecto formidable.
—Papá, es una cosa que se estaba fraguando desde hace mucho tiempo —dijo significativamente Abe. Las tres altas formas se perdieron entre las sombras de los encerraderos.
Un dolor agudo mordía las entrañas de Logan. Después de los muchos robos que había sufrido, de las persecuciones, de los encuentros, había llegado el momento más importante de su lucha contra los depredadores.
Huett anhelaba desde hacía mucho tiempo que se presentase aquella ocasión, pero en aquel momento, cuando la hora llegaba, le asaltó la terrible premonición de que él o alguno de sus hijos moriría en la pelea. Percibió que era la hora más negra de su vida espiritual, así como de su carrera de ganadero. Huett miró hacia la profundidad fantasmal del opaco desfiladero y lo maldijo con toda la pasión que un hombre fuerte puede albergar en un instante de intensa amargura y de pesar. Había amado aquel valle silvestre, había empleado allí más de la mejor mitad de su vida; un antiguo sueño, su ambición, su amor por Lucinda, los días de afanes y de derrota, la llegada de sus hijos, el bendito don que Bárbara representaba, los años de lluvia y de sol, de lucha y de victoria..., todo ello estaba inextricable, angustiosamente tejido de aquellas fibras complejas y funestas.
Y luego, de modo casi mágico, su hábito antiguo de hombre práctico se reafirmó: el hábito de encararse con un obstáculo. Tan fuerte se había hecho, que aquel ataque de los ladrones que le había parecido tan terrible y tan temible, no le enervó. Logan paseó de un lado para otro hasta que una débil coloración gris comenzó a encenderse sobre la negrura del cielo oriental. El alba no estaba lejana. Sin duda, los ladrones habían comenzado a operar. Logan volvió a entrar en la cabaña.
—¡Luce..., Bárbara..., levantaos! —dijo. Las dos mujeres, que se habían acostado vestidas, estaban por completo dormidas y ambos formularon la misma pregunta—. Abe está perfectamente. Vino a casa hace mucho tiempo.
Estamos a punto de emprender una lucha contra el equipo de Stillman. Tobe Campbell se ha unido a esa cuadrilla. Van a intentar llevarse las reses del «Sicómoro».
Logan conoció en aquel momento lo que la hija de un colonizador había de decir en la hora de mayor angustia y violencia. Y lo que oyó le emocionó hasta el tuétano.
—¡Tobo Campbell! —exclamó Bárbara con asombro. —¡Ese hombre que me hizo el amor de modo violento..., que dijo que su hermano Jack es un vago inútil de los bosques, un malvado... que me pidió que me casase con él...! ¡Y ahora viene a escondidas con esos proscritos de Stillman para robarnos...! ¡El maldito y podrido villano del Tonto...! ¡Espero que Abe tenga el acierto de arrancarle a tiros uno de sus saltones ojos!
—Es posible que tú misma tengas ocasión de hacerlo —contestó Logan—.
Quiero que tú y Lucinda disparéis cuando se acerquen esos bandidos. Abe opina que debemos disparar todos nosotros cuanto podamos, lo mismo si vemos ladrones que si no los vemos.
—¡Espero que vengan cerca de aquí! —replicó rencorosamente Bárbara—.
Papá, es terrible el pensar que después de cuanto hemos padecido..., ahora, cuando hemos ganado la paz y el descanso, deberemos luchar para defender nuestro ganado y nuestras vidas.
—Es cierto, Bárbara... No, esposa, no enciendas luces. Está naciendo el día. Muy pronto podremos ver.
La puerta y la ventana dejaban pasar a través de las aberturas una grisácea oscuridad. Logan colocó una mesa al pie de la ventana y puso sobre ella armas de fuego y montones de municiones. Y se aseguró de que las armas estaban cargadas.
—Estaos quietas y no habléis —murmuró Logan al mismo tiempo que cogía uno de los rifles—. Voy a vigilar desde la puerta.
Y miró hacia el exterior. Los bordes del desfiladero estaban negros; en el espacio intermedio se señalaba una claridad gris que destacaba las siluetas de los árboles. Logan aguzó el oído con el fin de comprobar si se producía algún ruido. Al fin, oyó un ligero golpeteo en el bosque, probablemente la caída de alguna piña. Este ruido agudizó sus sentidos. Un silencio extraño y opresivo enmantelaba la selva. Al mirar hacia atrás, Huett pudo discernir, de modo casi imperceptible, un aclaramiento y una extensión de la luz.
Luego, las indistintas formas comenzaron a adquirir concreción: la senda, el puente, el arroyo, los altos pinos, la mancha de los encerraderos y los cobertizos, la comba del repecho...
¡Un silbido! Aquel silbido era humano y penetrante. Ningún ave, ningún animal podría emitir una nota como aquélla. Bárbara, que miraba desde la ventana, lo oyó, puesto que murmuró algo. Logan se volvió para contestar.
—Debe de haber sido George. Abe está demasiado lejos... ¡Supongo que han debido de oír el ruido del ganado en marcha!
Logan escuchó con más calma. A medida que se aproximaba la culminación de los acontecimientos, su cerebro y sus sentidos parecían serenarse. La gris penumbra so desintegraba paulatinamente. Logan vio los encerraderos la vaquería en que George y Grant esperaban, la carro tera, de un color amarillo pálido, que subía al repecho Un graso rompió el silencio al anunciar el amanecer. Lejos y débilmente, sonaba el murmullo de una ardilla. Luego Logan oyó otro ruido débil que no pudo identificar.
Un rojo color asomó sobre el alto borde oriental cubierto de pinos. Una piedra se deslizó ruidosamente desde la altura de detrás de la cabaña y sobresaltó a Logan. No era un ruido desacostumbrado. El desgaste de las rocas de las alturas se producía continuamente, eternamente Logan miró a lo alto de la carretera, a través de la altura del anaquel. Había luz suficiente para que le fuera posible ver que aquel portillo de pelados troncos estaba abierto. En los últimos tiempos raramente había estado cerrado, pero en aquel instante debía de estar abierto como consecuencia de un descuido. El ganado que corriese hacia las alturas del desfiladero no podría hallar jamás aquella pequeña abertura. La atención de Logan se centró nuevamente en el desfiladero.
Una cortina de niebla se suspendía sobre la zona superior y parecía de plata bajo la luz del amanecer. El terreno estaba blanqueado por la escarcha. Un momento, más tarde Logan vio una línea moviente que procedía de detrás del saliente de rocas.
—¡Papá...! ¡Allí! —murmuró Bárbara, que tenía una vista perfecta Logan no contestó ni se volvió. Había sentido el regusto de la sangre cálida. el despertar de la tolera, el vibrar de sus nervios. La duda murió.
¡Qué audacia, qué descaro demostraban poseer aquellos ladrones de ganado!
¡Llevarse la manada de un ranchero por la misma puerta de su casa! Parecía terrible; para allá se movía la oscura línea, la accidentada línea compuesta de cabezas y de cuernos, a menos de media milla de distancia. Y un débil sonar de pezuñas zumbaba en la tranquilidad del aire. Logan cerró los ojos e intentó fingir sueño con el fin de descubrir si aquel patrullar podría despertarle. Pero era difícil de oír, aun cuando estaba despierto. El astuto Tobe Campbell había aprendido mucho de Hillbrand. Los ganaderos de aquella región vivían muy separados unos de otros, eran demasiado indiferentes con sus vecinos, estaban demasiado celosamente atentos a sus propios asuntos. No realizaban ningún esfuerzo concertado para librarse de los ladrones... y aquél era el resultado.
—¡Oh, papá, se llevan toda nuestra vacada!, —susurró indignada Bárbara.
—No. Pero no se han conformado con poco en esta ocasión. Bárbara, tú y Luce procurad conservar el valor. Muy pronto comenzará la danza. Y me equivocaré por completo si dura mucho tiempo.
Y continuó vigilando. Cuando vio unos caballistas a ambos lados de la manada y detrás de ella, sus pensamientos cesaron de estar revueltos y confundidos, y se centraron fríamente en la situación. Los ladrones caminaban hacia la altura del desfiladero, a la derecha del arroyo, sobre la alta hierba. No habían dejado de tener en cuenta ninguna circunstancia que pudiera ayudarlos a la realización del robo. Ninguna pezuña crujía sobre una roca ni producía golpe alguno contra el suelo.
Logan contó ocho caballistas. Abe no los había visto todos. La manada avanzaba lentamente. Las reses eran mansas. Y pasaron frente al punto que Abe ocupaba seguramente fuera del alcance de su rifle. No obstante, Logan esperó ansiosamente que sonase algún disparo. ¡Qué poco sospecharían aquellos ladrones que el mejor tirador de todo Arizona, el más infalible, tenía puesta en ellos su fría y calculadora mirada!
—¡Preparaos, mujeres! —les ordenó Logan mientras se volvía para mirarlas. Bárbara estaba en pie, con el rifle apoyado en el antepecho de la ventana, que era casi tan alto como sus hombros. Su rostro pálido, sus ojos relampagueantes, sus labios apretados, denotaban valor y desafío. Y Logan recordó singularmente la primera vez que la vio, cuando era una niña de cabellos rizados y ojos grandes. Lucinda tenía un rifle entre las manos y estaba encerrada en una sombría expectación, como si entreviera horribles acontecimientos que Logan no hubiera podido sospechar.
Un vibrante disparo de rifle quebrantó el silencio del desfiladero. El sonido provenía del muro situado tras los encerraderos. ¡Abe! Huett se volvió para mirar. Y lo hizo con tanta celeridad, que estuvo a punto de caer. La manada estaba cruzando el arroyo por la parte próxima al recodo. Los caballistas galopaban a ambos lados, con las armas en alto, y lanzaban roncas voces para hacer que el ganado comenzase a correr. ¡Otro vibrante disparo desde el risco! De las armas de los hombres montados brotaron unas nubecillas de humo blanco. El estampido de sus disparos hizo que las reses comenzasen a correr. Unos rápidos disparos brotaron de los encerraderos. Los hombres parecieron ser devorados por un trueno de pisadas y unas nubes de polvo.
Huett apuntó con su rifle a la masa y esperó a que entre la nube de polvo pudiera verse algún jinete. Un caballo apareció ante su vista, pero iba sin jinete. Cuando salía al pórtico agachado para mirar a sus pies, vio una roja llamarada que brotó en la altura próxima a la cabaña, y, casi simultáneamente, con un ruido estruendoso, le llegaron el violento choque y el golpe quemador de un proyectil que le arrojó contra la pared.
—¡Retiraos... de la ventana! —gritó a las dos mujeres. Y se levantó hasta quedar apoyado de codos. Dos caballistas, con las armas en las manos, gritando como indios, descendían a terrible velocidad y, llegando al terreno plano, comenzaron a disparar. ¡Bang, bang, bang! Las balas se estrellaron contra las maderas de la cabaña. Cuando se volvían hacia los encerraderos y seguían galopando, una corriente de rojo fuego brotó de la ventana de la cabaña. Huett se dejó caer en tierra mientras el treinta de Bárbara ladraba rencorosamente. El caballo que iba delante interrumpió la rapidez de su marcha, saltó entre horribles relinchos, se dejó caer y desensilló al jinete; pero mientras el caballo se agitaba y encabritaba, el hombre continuó asido a la perilla de la silla. El jinete dio un salto magnífico con ágiles pies, pero no cayó sobre la silla. El caballo herido, loco por efecto del dolor y del temor, lo arrastró a través del arroyo, se libertó de él y corrió a introducirse entre la manada.
Bárbara salió al exterior de la cabaña en tanto que preparaba el rifle, y disparó contra el segundo caballista. El jinete emitió un grito angustioso y, tambaleándose en la silla, consiguió guiar su caballo a la parte baja del desfiladero, hacia el lado izquierdo del arroyo.
Huett se puso trabajosamente de rodillas, vaciló y se agarró al pie derecho del pórtico. En aquel momento se volvió Bárbara; tenía el rostro tan blanco como un papel y un resplandor brillante en la mirada.
—¡Papá! ¿Estás herido? —exclamó con voz penetrante, y corrió hacia él para sostenerlo.
—No lo sé... Creo que sí... —replicó trabajosamente Logan. Sus sentidos no trabajaban con claridad. Cuando Bárbara lo acompañaba hacia el quicio, Lucinda le dirigió una mirada de horror y cayó desmayada al «suelo. Logan percibió el calor de la sangre que le corría por el rostro y el cuello. Bárbara lo ayudó a dirigirse a su sillón y luego volvió a la puerta en tanto que preparaba el rifle. Y miró al exterior.
—¿Qué sucede..., Bárbara? —preguntó Logan roncamente.
—¡Oh, no podría decirlo...! —respondió ella trabajosamente—. Sí..., ganado en la altura..., en el fondo del desfiladero... ¡Una desbandada...! Veo a los caballistas... diseminados... Los caballos corren a toda velocidad...
—¡Oh, papá...! ¡Creo que hemos puesto en fuga a los ladrones!
—¡No lo dudo...! ¡Vaya si correrán...! Ven aquí... Bárbara... Pon el dedo sobre este... agujero que tengo... en la oreja...
—¡Papá...! ¡No puedo..., no puedo...! ¡Oh, cómo brota la sangre! —exclamó repentinamente empavorecida Bárbara.
—Entonces, lo haré yo... ¡Ay...! ¡Y luego hablan del fuego...! ¡Ese hombre me ha herido!
—Papá, ¿crees que es grave... la herida? —tartamudeó Bárbara.
—¡Ni siquiera estoy herido! La hala me ha rozado el cráneo... ¡Diablos, qué quemazón! Y estoy sangrando como un cerdo degollado. Bien, si los muchachos han salido tan bien parados como yo..., nada habrá que lamentar... Supongo que Lucinda está solamente desmayada.
—Ya está volviendo en sí —exclamó con alegría Bárbara. Luego corrió a la puerta y mirando al exterior gritó—: ¡George...! Está herido... No puedo ver a los otros... ¡Oh, Dios mío, si no hubieran sufrido daño...!
Bárbara mojó el rostro a Lucinda, que recobró el conocimiento, y la ayudó a acostarse. Logan volvió en otra dirección el ensangrentado rostro y se puso en pie trabajosamente.
—Luce, estoy muy bien...
Y salió presurosamente al pórtico para recibir a George, que iba arrastrando una pierna. El saludable color tostado había desaparecido de su rostro. Al ver a su padre, se detuvo de repente e hizo un gesto.
—Una ligera herida sobre la oreja, George. Nada más —anunció Logan.
—¡Ah, me alegro de que sólo sea eso! ¡Si vieras el aspecto que ofreces! Yo he detenido una bala con el cuerpo. ¡Mala suerte!
—¿Grant?
—¡Dios mío...! Temo, papá... Vi que le hirieron..., le vi caer..., levantarse... Cuatro o cinco de los ladrones huyeron hacia la carretera.
Grant salió para obligarlos a retroceder o detenerlos. Todos ellos llevaban Colts. Grant, que tenía un Winchester, estaba en situación ventajosa. Yo también salí... Y entonces fue cuando me hirieron con un tiro que llegó de la otra dirección. Me escondí detrás del encerradero..., disparé contra los dos hombres... Estoy seguro de que alcancé a los dos, pero ambos lograron huir... Papá, conté ocho hombres en total.
—¿Ocho...? Sí, yo también... Ahí viene Abe. Viene sosteniendo a Grant.
Si Grant puede andar, señal de que no está herido de modo importante...
¡Ah, gracias a Dios! Supuse que nuestra suerte no podría ser peor... ¡Pero podría serlo! George, en tanto que me lavo esta sangre, di a las mujeres que estamos bien...
Logan miró lentamente al desfiladero. El polvo se había asentado. El ganado había comenzado a pastar a lo largo de la herbosa extensión. En el espacio situado ante los encerraderos, Logan pudo ver dos figuras caídas, una de las cuales se movía. A mitad de distancia de la carretera había otra más. Lejos, bajo el saliente del muro occidental, vio un caballo herido que arrastraba la brida.
Acercándose al banco, Logan se lavó la sangre que le brotaba de la cabeza. Y se palpó la huella dolorosa que tenía sobre la oreja. ¡Por qué poco había escapado con vida! De todos modos, una pulgada o un espacio menor valían tanto como una milla. Los Huett habían sobrevivido a otras vicisitudes más graves de su vida de colonizadores. El terrible remordimiento que le había asaltado antes de la pelea volvió a acometerlo con nueva fuerza; pero no pudo sobreponerse a la alegría que nacía del triunfo logrado en aquel enérgico rechazo del ataque de los ladrones. Con aquella cuadrilla mermada y dividida, no volvería a producirse otro ataque contra el ganado por espacio de mucho tiempo.


XIV
Era una tarde de otoño, cuando el calor del veranillo de San Martín y la melancólica quietud de la estación se cernían sobre el valle hasta mucho después de que la oscuridad enmantelase el desfiladero.
George y Grant habían regresado de Flag pletóricos de noticias relacionadas con la guerra de Europa, que había entrado ya en su tercer año. Recluidos como estaban en su desfiladero, la guerra no los había afectado hasta aquel momento. Pero a medida que transcurría el tiempo y América parecía próxima a caer envuelta en la maraña bélica, los jóvenes discutieron la cuestión con creciente interés.
Lucinda no podía comprender por qué una guerra que se libraba en la lejana Europa podría atraer con tanta fuerza a sus hijos y a su esposo.
—Sucede porque son hombres, Bárbara —dijo a la joven, que tenía fija la mirada de unos ojos abiertos como dos abismos en la noche sobre Abe—. Ha fascinado hasta al propio Abe... Los hombres prefieren luchar a comer.
—Pero, escucha, mamá —dijo Bárbara.
Huett levantó la mirada, que tenía puesta en el papel que había extendido sobre las rodillas. En sus ojos grises podía verse su antigua y relampagueante expresión. Lucinda observó que no era la primera página del periódico lo que más reclamaba su atención.
—Ganado, trigo, algodón, maíz..., todo continúa subiendo —dijo ruidosamente.
—En cuanto a eso, había olvidado una cosa —replicó George—. Los negocios han experimentado un tremendo impulso en los Estados Unidos. Si la guerra continúa, todos nos haremos ricos.
—¿Si continúa...? ¡Hum! Cuando empezó, creímos que sólo duraría pocos meses; y ya ha entrado en el tercer año... ¿A veintidós dólares el ganado? Es un gran precio. ¿Qué hacen los Babbitt?
—Se abstienen de vender, papá. Tienen más de ochenta mil reses.
—Eso es lo que haremos nosotros —declaró meditativamente el ranchero.
—Tendrías que hacerlo aun en el caso de que quisieras vender. Es ya demasiado tarde este otoño, papá —dijo concisamente George, como si la cuestión del ganado tuviese un interés secundario—. Echa un vistazo a la primera página del periódico.
—No leo con tanta facilidad como antaño, hijo. Y la guerra no me interesa por sí misma. Creo que todos los que la sostienen están locos.
Grant afirmó con vehemencia:
—Pero, papá, se está extendiendo. Podría afectar al mundo entero, incluida América.
—¡Uf! Eso es ridículo. Dejemos que aquellos hombres se maten unos a otros. Pero los Estados Unidos deben mantenerse apartados de la guerra.
—¿Qué sucedería si Alemania hundiese con sus submarinos barcos americanos?
Esta pregunta detuvo a Huett.
—Dinos algo más, George —dijo serenamente Abe. No estaba excitado, mas sí sombrío.
—Los alemanes podrían ensoberbecerse — siguió George con el rostro pálido y los ojos relampagueantes—. Y puedes tener la seguridad de que así sucederá. Las cosas presentan muy mal aspecto para Francia e Inglaterra.
—Supongamos que Alemania derrotase a Francia y a Inglaterra. ¿Qué haría entonces? —preguntó Abe.
—¡Sólo Dios lo sabe! Esa cuadrilla se engreiría, seguramente... Y si intentase acometer a los Estados Unidos...
—¡Infiernos! ¡Estáis locos! Eso no es concebible —dijo Logan.
—Hay muchos hombres de talento que dicen que es posible —replicó Grant.
—Bárbara, tengo una noticia que te va a dejar estupefacta —continuó George.
Bárbara no le animó a que la expusiese. Evidentemente, había concebido una idea que no podía desechar ni olvidar.
—Ya sabes lo muy loco que estaba Joe Hardy por los aeroplanos.
Primero, eran los automóviles; luego, los aeroplanos. Joe era un buen caballista, no hay duda... Bueno, pues se ha marchado a Francia, donde va a ingresar en el servicio aéreo.
—¡Diablos! —exclamó Huett—. He conocido un tiempo en que habría saltado de placer al oírlo. Estuve tres años en el Ejército.
—Yo querría prestar servicio en los ejércitos de tierra —dijo Abe—. Nunca he comprendido qué es lo que hace que esos aeroplanos se mantengan en el aire.
—No todos se sostienen en las alturas, según he leído —contestó George Papá, querría que hubieras estado en la ciudad. Habrías descubierto que en el mundo hay muchos lugares que no son el Desfiladero del Sicómoro. Y muchas más cosas en que pensar que las que hayas podido suponer.
Reconozco que me sentí un verdadero paleto. El señor Litte dijo que si Teddy Roosevelt hubiera sido presidente habría impedido que Europa fuese a la guerra. Y el Kaiser ha advertido a los Estados Unidos que si enviamos mercancías de contrabando hundirá nuestros barcos.
—Eso sería justo —dijo obstinadamente Abe.
—¡Claro...! Pero ¿no has pensado que los contrabandistas pueden disponer de la fuerza necesaria para enviar las mercancías en los barcos de pasajeros? Y los alemanes los hundirán aunque lleven americanos a bordo.
¡Qué complicación más terrible sería!
—Los americanos deben quedarse en su patria —añadió como resumen y con decisión Huett.
—Papá, ¿todavía no has tomado una posición respecto al conflicto? —preguntó Grant.
—No, todavía no. Pero si me lo preguntas, te diré queme inclino en favor de Inglaterra. Y Francia luchó en favor de los Estados Unidos durante la Revolución. No debemos olvidarlo.
Lucinda volvió a entregarse a sus quehaceres domésticos. Pero Bárbara permaneció detrás de Abe, con la mano apoyada en el hombro del joven, escuchando. La conversación que se sostenía era diferente a las que generalmente solían sostenerse en aquella cabaña: Y Lucinda se afligió e intentó desprenderse de aquella vaga inquietud aceptando la imposibilidad de que Logan comprendiese la causa de las preocupaciones de todos ellos; mas no lo consiguió. Los pensamientos de Logan giraban siempre en torno al ganado. Sus hijos eran unos muchachos de los bosques, unos vaqueros, pero tenían inteligencia, ilustración y un gran patriotismo. También Logan tenía patriotismo. Lucinda lo pensaba y llegaba a la conclusión de que era su única religión. No obstante, este sentimiento había sido relegado al olvido a consecuencia de la lucha de muchos años. Sería precisa una conmoción violenta para que despertase. A diferencia de él, los jóvenes veían con claridad que una gran guerra, aun cuando se desenvolviese lejos de sus fronteras, habría de afectar necesariamente a todos los americanos. Y esta comprobación era la causa de la aflicción de Lucinda. Su conciencia se negaba a aceptar el pensamiento que había ensombrecido los hermosos ojos de Bárbara. Esperaba que la cercana estación de caza y el invierno que la seguiría no darían pie a nuevas noticias bélicas y que, como resultado, las personas a quienes tanto quería terminarían por olvidar la guerra.
Pero cuando este deseable acontecimiento casi se había producido, Logan y Abe encontraron a una partida de cazadores en un punto próximo a la ciudad, y tales cazadores reavivaron nuevamente el fuego del interés. La nieve cayó en los primeros días de diciembre y anunció unas blancas Navidades. A causa de la creciente circulación de automóviles desde Flag y Wislow a Phoenix y otros lugares del sur, la carretera estaba abierta. Alguno de los Huett solía encontrar en ocasiones a viajeros que le transmitían nuevas noticias. Durante los meses del invierno y los primeros de la primavera, los familiares de Lucinda no oyeron más noticias que pudieran aumentar su excitación, que, al fin, comenzó a ceder.
Pero aquella cosa innominada que había afligido a Lucinda, no cedió.
Parecía ser una sombra sin substancia, una premonición de una vaga e indefinida prueba para el porvenir. Lucinda rechazaba continuamente la obsesión, pero ésta volvía siempre. Lucinda temió que los años de lucha y de trabajo le hubieran producido un estado de morbidez. No obstante, comprendió que aquella constante e intangible emoción no era producto de un estado mórbido. Era un algo primitivo, profundo, místico..., un algo heredado de la madre de la raza, un susurro procedente del más allá.
Logan se mostró remiso a ir a Flag aquella primavera. Bárbara y Lucinda le apoyaron hasta lograr vencer la impaciencia de los muchachos. A pesar de todo, decidieron que George guiase el automóvil, en el que irían, además, las dos mujeres, en tanto que Logan iría en el carro acompañado de Abe y Grant. Logan quería terminar de construir un encerradero cercado de un muro de piedra antes de ponerse en marcha. Hacía mucho tiempo que tenía el propósito de utilizar con tal fin las rocas que rodaban desde la altura del risco en la parte occidental del desfiladero. Las rocas se detenían cerca de los encerraderos y de las cuadras, y el ganado tropezaba frecuentemente con ellas.
—Papá, es un trabajo demasiado largo —dijo en tono enojoso George cuando una de las tapias estuvo medio concluida—. Jamás lograremos terminar esta obra.
Huett movió la peluda cabeza obstinadamente.
—Tendremos más tiempo para hacerlo ahora, cuando no hemos de guardar el ganado.
Una soleada mañana de primavera, cuando el sol secaba las laderas occidentales y los patos habían comenzado a parpar sonoramente, Lucinda salió acompañada de Bárbara para ver a los hombres. Abe había conseguido persuadir a Bárbara con el fin de que influyese sobre Lucinda para que convenciese a su esposo de la conveniencia de que abandonase el trabajo de erección de la tapia y fuese a la ciudad.
—Iremos —declaró Lucinda—. Un poco más de este indefinido temor terminaría conmigo.
—¡Mamá! ¿Qué indefinido temor? —preguntó ansiosamente Bárbara.
—No lo sé.
Lucinda se desató el delantal y lo dejó a un lado.
Cuando dejaba la cabaña junto a Bárbara vio los girasoles de hojas verdes y la alta hierba que brotaba en la parda tierra, al pie de la tapia.
¡Cuántos años había ella cuidado aquel jardín de modestas flores! Una impresión de dulzura y de melancolía la inundó como consecuencia de la observación.
Al llegar al punto en que Logan se dedicaba a su nuevo trabajo, George y Grant estaban cargando de piedras una rastra, y Abe y Logan se entregaban a la construcción de la cerca.
—¡Mirad quién está ahí! —gritó Logan; y Abe, después de una mirada a Bárbara, abandonó la piedra que se disponía a colocar en el lugar propuesto.
—Logan, queremos partir inmediatamente para la ciudad —dijo Lucinda.
—¡Demonio de mujeres! George y Grant no han cesado de importunarme para pedirme lo mismo. ¡Y ahora vosotras...! ¿Por qué...?
—¡Allá...! ¡Vienen unos jinetes carretera abajo a toda velocidad! —le interrumpió Abe—. Son Luke Flesher y aquel vaquero que trabajaba para Mooney.
—Sí, aquél es Luke... Algo sucede —replicó Logan.
Los caballistas llegaron al encerradero, detuvieron los caballos. Lucinda sabía que Flesher era un vecino que residía en la parte baja de la carretera.
Flesher se Quitó el sombrero ante ella y Bárbara. El vaquero se rezagó un poco, silencioso y tímido.
—¿Buenos días, Huett y la compañía! —dijo Flesher. —Apostaría mi casa y todo lo que hay en ella a que no han oído ustedes la noticia —añadió con rostro contraído por la excitación.
—¡Hola, Luke...! ¿Qué es lo que le hace suponer que no conocemos la noticia? —preguntó Huett con curiosidad.
—Pues... que si la conocieran, es seguro que no estarían levantando esa tapia —replicó Flesher al mismo tiempo que exhalaba una corta carcajada.
—¿No? Hace falta que suceda algo muy importante para que yo abandone un trabajo.
—Huett, el ganado se vende a cuarenta dólares por cabeza; y el precio continúa subiendo.
—¿Eh? —exclamó el ranchero; y su tostado rostro enrojeció repentinamente.
—Sí. Pero eso no tiene importancia... Lo más importante es que los Estados Unidos han declarado la guerra a Alemania. Durante el angustioso silencio que siguió a estas palabras, Fisher encendió un cigarrillo en tanto que observaba el efecto que producía su terrible comunicación. Lucinda percibió por espacio de un corto instante que su corazón se contraía emocionado. Luego vio que Logan se dejaba caer sentado, confuso y aturdido. Bajo la clara piel de Abe se operó un cambio milagroso. George acogió la noticia con un sonoro grito de júbilo. Grant permaneció estático y pareció temblar. El dulce rostro de Bárbara se cubrió de una perlina palidez.
—Hace tres días que sucedió —continuó Flesher—. Yo estaba en la ciudad antes de que llegase la noticia por medio del telégrafo. Naturalmente, todo el mundo estaba indignado porque los boches habían hundido el Lusitania, con cientos de americanos a bordo. Francia está vencida. Inglaterra está vencida.
Y si los buenos Estados Unidos no intervienen en la cuestión, ¡adiós democracia y libertad! Alemania no cesaba de observar la actitud de Amé— rica. De todos modos, cuando llegó la noticia, Flag pareció enloquecer. Todo Arizona zumba como un nido de avispas locas. Se va a llamar a todos los jóvenes capacitados físicamente que estén entre los veintiuno y los treinta años.
—¡Llamar! ¿Para qué? —preguntó roncamente Logan.
—Es una orden del Gobierno que obliga a todos los jóvenes a tomar las armas para defender a los Estados Unidos... Pero hay muchísimos vaqueros y otros muchos hombres que no esperarán a ser llamados y que se inscriben voluntariamente. Jack Campbell ha sido el primero en hacerlo.
Esta noticia pareció doler a Logan, que experimentó un deseo de decir a grandes voces que si sus hijos hubieran conocido la noticia antes habrían sido los primeros en alistarse.
—Mis hijos no esperarán a ser llamados —dijo secamente.
—¡Bien! Seguramente se harán muchos cálculos acerca de la cantidad de hunos que su Abe atravesará con las balas. ¡Ja, ja, ja...! Arizona enviará un regimiento de jinetes y de tiradores que no encontrará rival en ningún sitio...
Bien, Huett, he aquí los papeles que me han encargado que le entregue. He recorrido ya todos los ranchos de estas inmediaciones. No me agrada esta misión. Las mujeres se llenan de tristeza cuando les comunico la noticia...
Lamento mucho, señora Huett, tener que decir le, lo mismo que a Bárbara, lo que he dicho... Hemos de continuar nuestro trabajo...
—¡Espere! —dijo Logan cuando Flesher recogía las riendas—. ¿Van a vender los Babbitt sus reses o van a conservarlas por más tiempo?
—No, no las conservarán... Están maldiciéndose a sí mismos porque las han vendido a treinta y tres dólares la cabeza.
—¡Bien...! ¿Quién las compra?
—Los tratantes de Kansas y de Chicago, los especuladores, los grandes ganaderos. Santa Fe ha telegrafiado para pedir todos los vagones de carga de que se pueda disponer. Todo el mundo supone que el Gobierno comenzará muy pronto a comprar carne y pieles.
—¿Eso hará que suban los precios?
—¡Hasta la altura de las estrellas, Huett! ¿Cuántas reses tiene usted?
—Supongo que... unas treinta mil cabezas —dijo Logan con dificultad.
—Papá, en la próxima primavera tendremos bastantes más —añadió George.
—¡Dios mío! —exclamó el sorprendido Flesher —¡Qué hermosa situación! No venda todavía; espere un poco, pero no espere demasiado tiempo. Y los dos visitantes se despidieron y dirigieron al galope hacia la carretera. Los Huett tardaron en reaccionar. Lucinda se sintió como una parte de la pared de piedra en que se apoyaba, paralizada, suspensa, muerta completamente con excepción de lo que se refería a la conciencia, que era un remolino de encontradas emociones.
Logan dejó caer la piedra que tenía apoyada en las rodillas y de la que se había olvidado estuviera allí.
—Hijos dijo con voz sonora y clara—, jamás terminaremos este encerradero. Nos vamos inmediatamente a la ciudad... George, dispón tu automóvil. Luce, prepárate pronto, lo mismo que Bárbara. Abe, tú y Grant aviad el carro.
Grant se alejó corriendo con ruidosas pisadas. Pero Abe no había oído.
Y clavó en Bárbara una mirada dulce y nostálgica. Ella solamente le veía a él.
—Bárbara..., ¿querrás... casarte conmigo... en seguida? —preguntó Abe anhelante.
—¡Oh..., sí..., Abe! —exclamó ella. Un rostro radiante y transformado dio fe de que la alegría había derrotado al dolor. Abe la cogió de la mano y la rodeó la cintura con el otro brazo. Ambos se olvidaron de los demás. Lucinda caminó tras ellos dejando a Logan junto a su inconclusa tapia de piedra.
Las percepciones de Lucinda se intensificaron hasta producir unas reacciones claras y vívidas. Lucinda veía que una profunda excitación se había apoderado de su familia y la había insensibilizado, inhibido, cegado respecto a la increíble e insoportable verdad. Su esposo, después de treinta años de pobreza y de trabajar como un esclavo condenado a galeras, veía repentinamente el gran arco iris que se delineaba ante él, el arco iris de sus sueños, que se dibujaba como un arco de oro. ¡Sus hijos no esperarían a ser llamados! Aquellos hijos, educados y criados en la selvatiquez, hombres de sangre hirviente y tan viriles como los salvajes, para quienes el mundo, las ciudades, los barcos y los ejércitos sólo eran nombres, habían sido rudamente arrastrados a una pasión de patriotismo; y ante su serena visión había relampagueado la caleidoscópica cabalgata de grandes escenas, de brillantes imágenes, de la gloria de la aventura, del carácter romántico y aventurero de la guerra. En cuanto a Bárbara, había sido sacudida enérgicamente, y antes de que su sensitiva alma hubiera podido llegar a comprender el significado de la catástrofe, el amor con su cumplimiento, con el matrimonio tanto tiempo aplazado, le anuló la percepción de todo lo que no fuese la tumultuosa verdad.
Pero sobre Lucinda caía el destino de la madre. Y pensó en sus hijos.
Recordó el dolor de su nacimiento y los vio desde aquel hermoso momento hasta el instante presente. Eran una parte de su carne y de su sangre, de su espíritu; el inexplicable temor que la había obsesionado por espacio de muchos meses se fortaleció, aun cuando no aclaró su siniestro significado.
Los altos pinos, oscuros y viejos, murmuraban con aquella voz que había sido como un castigo para ella durante toda su vida en aquel solitario rincón. Las altas lomas, silentes y grises, parecían mirar hacia ella ceo despiadado conocimiento de su angustia.
Al llegar a la cabaña con su carga, Lucinda se vio arrastrada por el vórtice de la desenfrenada excitación de su familia. Logan era de nuevo un joven. Grant y George deliraban como dos chiquillos sobresaltados por la perspectiva ce una aventura demasiado grande para que pudiera ser comprendida anticipadamente. Abe no pensaba sino en su matrimonio con Bárbara. Y Bárbara, con ojos que semejaban estrellas, con los pensamientos y las emociones al nivel de los del que siempre había sido su amor y su compañero de juegos, corría y empaquetaba y reía sin darse cuenta de que tenía los ojos humedecidos por las lágrimas.
—Preparad todas vuestras cosas y llevadlas al carro —ordenó Logan—.
Dejamos «Sicómoro«para siempre. Conservaré el rancho... Vendremos a hacer una visita todos los otoños, cuando las hojas amarillean y los gamos se ponen sus pieles azules... ¡Al fin..., Dios mío...! ¡Treinta mil cabezas... o más...! ¡A cuarenta dólares... y subiendo...!
George condujo el viejo Ford a una velocidad que habría espantado a Lucinda en cualquier otra ocasión menos aterradora. Iba sentada en la parte delantera del vehículo, junto a Bárbara. La parte posterior del automóvil estaba cargada con sus equipajes.
Cada una de las señales distintivas y conocidas del camino produjo a Lucinda un agudo dolor. Bárbara se reía cada vez que el automóvil brincaba.
Veía algo hermoso, mas no a lo largo de la carretera. Jamás pasó por la absorta imaginación de George la idea de que estaba cruzando la entrada al Desfiladero del Sicómoro acaso por última vez, y lo mismo el Llano de los Patos o el Cedar Ridge. Ni siquiera vio nada de esto.
Por primera vez, los Huett no se detuvieron en el lago Mormón. Lucinda contempló con lástima el maltrecho rancho de los Holbert y pensó tristemente en la desintegración de aquella familia y en el hombre viejo que todavía vivía allí y esperaba siempre el retorno del hijo pródigo que no volvería jamás.
Era de noche cuando George terminó la carrera ruidosamente ante la puerta del Hotel Wetherington, donde tomó habitaciones, depositó el equipaje y acompañó a Lucinda y Bárbara a cenar. Luego salieron. La calle principal estaba brillantemente iluminada y atestada de gente. Los vaqueros, reunidos en grupos, caminaban con un resonar de espuelas a lo largo de las aceras. Tenían los rostros acalorados y los ojos brillantes.
—Esto es como un Cuatro de julio, un día de circo, una fiesta y un sábado por la noche, todo mezclado y revuelto —dijo George—. Todo el mundo va a algún sitio; pero nadie sabe a cuál.
—¡Llévanos a un cine! —le suplicó Bárbara.
Y fueron al cine. El enorme salón, más semejante a un granero que a una sala de espectáculos, estaba lleno de una ruidosa y abigarrada multitud de vaqueros y leñadores. Cuando los ojos de Lucinda se habituaron a la escasa claridad, pudo ver una gran cantidad de muchachas en todo el teatro, que estaba inundado de una atmósfera cargada. Antes de que comenzase la película que era el plato fuerte del programa, se proyectaron algunas cintas cómicas y una especie de boletín de información bélica y de propaganda del Gobierno. Las primeras provocaron grandes carcajadas y la segunda un estruendo de pataleos, de gritos agudos y de silbidos. Lucinda experimentó el resurgir de un sentimentalismo excesivo y lloró ante un drama cinematográfico que en circunstancias normales le habría parecido tan nauseabundo como el serrín.
Cuando el espectáculo terminó, las tres personas salieron a la calle, que estaba llena de una excitada humanidad. Los vaqueros se acercaron osadamente a Bárbara y la miraron comprometedoramente. Uno de ellos dijo:
—¡Guapa! Voy a luchar contra los hunos en favor tuyo. ¡Ven a jugar conmigo!
Bárbara estaba sorprendida, mas no indignada. George, se reía al oír a los vaqueros y puso a Bárbara entre él y su madre.
—Es una ciudad abierta. Aquí todo vale... Bárbara, creo que no será conveniente que andes sola por la calle.
—¡Oh, puedes tener la seguridad de que sabré protegerme! Y esto me agrada...
Pero Lucinda sondeó más profundamente que ella. Vio una suerte de lasitud, de liviandad, un apresuramiento temeroso en la muchedumbre de los jóvenes. Jamás había sabido que hubiera tantas jovencitas en Flagg y sus alrededores, jamás las había visto tan desenvueltas y despreocupadas, tan descaradas, tan reidoras, tan tontas, tan coquetas. Las muchachas de los tiempos antiguos del Oeste, con excepción de las que danzaban en los salones de baile de las tabernas o de las que vivían más en la calle que en sus casas, se habían distinguido siempre por su equilibrio, su dignidad; pero estas virtudes parecían haber desaparecido. Algo se había roto. Las tabernas que se extendían en una larga hilera en las proximidades de la estación estaban atestadas de vaqueros. Lucinda se alegró y Bárbara se afligió cuando George las condujo de nuevo a su alojamiento. Lucinda cerró los cansados ojos al ver a Bárbara, que estaba acicalándose ante el espejo mientras escuchaba el incesante zumbido que subía de la calle.
A la mañana siguiente, Lucinda despertó prontamente y se entregó al cumplimiento de los trabajos más perentorios. Después de la comida, ella y Bárbara visitaron a la señora Hardy para interrogarle respecto a una casa amueblada que deseaba alquilar. Aquella amiga suya no conocía de ninguna que se hallase en tales condiciones y no pudo servirla. La mujer habló volublemente de su hijo, que se hallaba en Francia y que volaba en uno de los aeroplanos de la famosa escuadrilla Lafayette. Lucinda no pudo comprender el orgullo de la mujer ni la admiración de Bárbara.
El señor Doyle, un antiguo amigo de Logan, a quien encontraron en la calle, les indicó una casa que estaba por alquilar. Se había desocupado muy recientemente, pero no lo estaría por mucho tiempo. La ciudad estaba llena de gente, dijo el propietario. Lucinda la tomó en arriendo, principalmente a causa del bonito gabinete provisto de chimenea, que sabía que había de agradar mucho a Logan cuando llegasen las noches frías. Flagg estaba situado a gran altitud y sus inviernos eran muy crudos.
Lucinda dijo a Bárbara que fuese a la ciudad para adquirir muchas de las cosas que necesitaban para la casa en tanto que ella se dedicaba a limpiarla. George llegó al cabo de poco tiempo con los equipajes.
—Esta choza nos servirá por ahora, mamá —dijo—. Pero cuando papá haya vendido las reses, habrás de buscar la casa mejor de toda la ciudad.
Lucinda no podía acostumbrarse a la idea de que pertenecía a una familia rica y que podía permitirse todos los lujos que considerase conveniente. George trasladó de sitio los muebles, colocó los equipajes donde Lucinda le indicó, y luego se dirigió al centro de la ciudad en busca de lo adquirido por Bárbara. Al llegar la noche, todos se encontraban cómodamente instalados, pero George arrastró a las mujeres a tomar la cena en un restaurante y luego las llevó de nuevo a un cinematógrafo. Era aquélla la noche de un sábado, y en lo que se refería a concurrencia, alborozo, ruido e hilaridad, el espectáculo eclipsó cuanto Lucinda había conocido anteriormente.
¿Cuándo llegará Abe? —preguntó Bárbara por centésima vez.
—Supongo que mañana..., probablemente temprano —contestó George—.
Así lo espero... Mamá —y dudó un momento—, ¿te he dicho que he aprobado el número uno?
—¡Aprobado! ¿Qué?
—Pues... el primer reconocimiento como soldado.
—¡Ah, comprendo! —murmuró Lucinda en voz tan baja que apenas fue oída.
—Grant es tan apto como yo para el servicio militar —continuó George—.
Y, naturalmente, Abe lo es mucho más... Abe aprobará todos los exámenes y reconocimientos... Grant y yo queremos ingresar en caballería, o, en otro caso, en artillería ligera... ¡En algo en que haya caballos!
—¿A qué cuerpo quiere Abe pertenecer? —preguntó Bárbara.
—Quiere ser tirador, como lo fue el padre de papá en nuestra guerra civil... ¡Dios ampare a los hunos a quienes apunte Abe!
Lucinda pensó que había muchas personas, aparte los hunos, a quienes Dios debía ayudar. ¡Madres..., esposas..., novias abandonadas...! A los hombres les había agradado siempre, desde los primeros días de la Humanidad, guerrear. Pero eran las mujeres quienes concebían los hijos y, como consecuencia, quienes padecían las torturas de la guerra. En aquel momento Lucinda lamentó el abandono de su religión a raíz de su matrimonio con Logan, puesto que en tales circunstancias había de encararse a solas con su alma y acaso algún día con el sacrificio final. Y para todo ello necesitaba a Dios.
El domingo por la tarde llegó, a última hora, Logan en compañía de Abe; habían hecho el viaje más rápido de cuantos hasta entonces realizaran desde el Desfiladero del Sicómoro. George, que fue corriendo a la casa para decírselo a su madre y a Bárbara, declaró:
—Papá está loco pensando en la venta de las reses. Grant está loco a causa de la guerra. Abe está prometido para casarse... ¡El demonio del chico ha ido corriendo a ponerse de acuerdo con el pastor! Creo que nos iremos mañana... Bárbara, opino que deberías esperar hasta que volvamos de la guerra.
—¿Por qué? —preguntó dulcemente Lucinda.
—¡Hum! Parece que Abe quiere apoderarse de ella antes de nuestra marcha —dijo George en tono que no carecía de amargura—. ¿Y si volviera con una pierna menos? Entonces, Bárbara estaría atada para toda su vida a medio hombre.
—Antes preferiría atarme a medio Abe que a todos los hombres del mundo.
—¡Bárbara! ¡Perdóname! Todavía me duele... Pero espero que Abe vuelva de la guerra sano y salvo y que seáis muy felices.
—Muchas gracias, George —replicó emocionada Bárbara—. ¿Irás a vernos casar?
—¡Sin duda! Me alegraré mucho, Bárbara. Puesto que no puedo ser yo el elegido, me satisface que sea ese hombre afortunado el que se convierta en esposo tuyo... Me agradaría disponer de un áncora como tú. ¡Dios mío, creo que todos los soldados la necesitan! Lo estoy comprendiendo ahora. Esos vaqueros están locos. Y las muchachas..., las muchachas han perdido por completo la cabeza.
Abe llegó en aquel momento y estrechó a Bárbara y Lucinda en unos abrazos de oso. Vestido descuidadamente, sin afeitar, oliendo a caballos, a polvo, a heno..., aun así y todo, ¡qué espléndidamente varonil era! Un espíritu devoto se asomaba a sus ojos.
—Querida, ¡nos casaremos a las siete! —dijo fervientemente—. ¡Diablos, me parece demasiado maravilloso para que pueda ser cierto...! El señor Haskell, el nuevo pastor, puede obtener la licencia matrimonial que necesitamos aun cuando hoy sea domingo. Dispones solamente de una hora para convertirte en la desposada más hermosa que jamás haya existido. Voy a vestirme en el hotel y volveré muy pronto.
Y se marchó. Lucinda vio a través de las lágrimas que Bárbara miraba la puerta por donde Abe había salido y que tenía medio extendidos los temblorosos brazos.
—¡Date prisa, querida! —le advirtió Lucinda—. Es una suerte que tengas ya preparado cuanto has de ponerte. Yo también he de darme prisa.
Logan no se presentó. Lucinda pensó nerviosamente que tenía una locura tal por su proyecto de vender el ganado, que no podía acordarse de su esposa ni de sus hijos. Abe volvió con el rostro radiante, con los ojos tan brillantes y con una flor blanca en la solapa de la negra chaqueta. Bárbara tenía sus razones para adorar a aquel gigante de los bosques. Era como un pino hermoso. Lucinda revivió angustiadamente su pasado, el nacimiento, el desarrollo de su hijo predilecto, y finalmente, en aquel momento supremo, lo quiso tan intensamente, que no habría querido que su vida hubiera sido diferente a como fue.
Grant llegó alegre y guapo.
—¡Oh, Bárbara, qué hermosa estás! ¡Eres una confitura...! ¿Cómo podrá abandonarte Abe? ¡Yo no podría hacerlo!
Luego llegó George; aparecía pálido, con ojos sombríos, galante en el hablar. Era el amante desdeñado que había sufrido los fuegos atormentadores de la renuncia. Pero Logan no se presentó. Lo esperaron hasta las siete; luego, Abe salió en compañía de Bárbara y seguido de Lucinda, George y Grant. Había una corta distancia hasta la casa del Pastor.
¡Cuánto satisfizo a Lucinda el saber que Abe había pensado casarse en la iglesia! La esposa y la hermana del señor Haskell acompañaron a la comitiva.
La iglesia estaba brillantemente iluminada, y Abe había previsto que hubiera flores en el altar. La voz del ministro, profunda y un poco temblorosa, quebró el silencio. ¡Cuán rápida fue la ceremonia! Lucinda habría preferido que fuese más larga. Apenas oyó las solemnes preguntas del Pastor, las firmes respuestas de Abe ni las elocuentes y tímidas promesas de Bárbara. La escena del altar pareció desvanecerse. Lucinda vio únicamente a un muchacho desharrapado que se inclinaba ante una chiquilla de cabello rizoso al lado de la carretera. ¡Cuán lejano...! ¡Qué conmovedor era el cuadro! ¡Qué trágica la realidad de aquel Abe que se inclinaba para besar a la novia!
George arrancó a la novia de la proximidad del esposo, lanzó un grito alegre y se inclinó para besarla —¡Uno por mí, Bárbara..., uno por Abe... y otro por ti...! ¡Dios te bendiga y devuelva a tu esposo!
Grant, a su vez, dijo:
—Bárbara, al fin eres una Huett.
Luego Lucinda abrazó a Bárbara y la mantuvo apretada contra sí por espacio de un largo y convulsivo momento.
Y descendieron todos a la ciudad para cenar en un restaurante. Nadie habría podido suponer que fuese domingo. Los salones de baile, las tabernas, las casas de juego, los teatros y los restaurantes estaban abiertos.
Entre la corriente de vaqueros acompañados de muchachas se movían los indios, cargados de lentejuelas de color terroso, de rostros oscuros y ojos sombríos.
—Han venido muchos navajos del Desierto Pintado para inscribirse como voluntarios —explicó George cuando la comitiva se hubo instalado en los asientos que le habían sido reservados en el restaurante—. ¡No han querido, del mismo modo que nosotros, esperar a ser llamados! ¡Es magnífico!
¡Menudo espanto va a despertar entre los alemanes cuando todos estos soldados vestidos de azul se deslicen de sus trincheras durante la noche para arrojar bombas contra ellos...! Negros, pieles rojas, mejicanos..., ¡todos se inscriben! ¿Podría dudarse de que sean americanos? ¡No es posible!
—¡Esto es lo que vas a encontrarte, hermano! —dijo Abe mientras movía uno de sus morenos y cerrados puños—. Bárbara y yo nos hemos casado hace unos instantes. No sabemos que haya guerra. Para nosotros, estamos todavía a cien años de mañana. Déjanos ser felices en nuestra cena de bodas. Pensemos solamente en «Sicómoro» y los viejos y felices días que nunca volverán.
Logan llegó, al fin, para reunirse con ellos, y expuso unas dolidas lamentaciones, y unas impresionantes felicitaciones a la novia y el novio. Y lo hizo con los ademanes propios de un Logan Huett que evidentemente había descubierto que era uno de los grandes ganaderos del Estado. Parecía como si con las viejas ropas se hubiera deshecho de un personaje fracasado y trabajador. Bárbara le dirigió una cariñosa mirada. Lucinda forzó a sus sutiles y clarividentes adivinaciones a relegarse al fondo de su conciencia.
Quería ser feliz con todos ellos en aquella postrera ocasión. Y todos fueron felices, si el ser feliz consiste en elevarse sobre las angustias y olvidarlas, y comer y hablar, y reír, y encontrar a la novia con recuerdos del pasado, y hablar amorosamente de «Sicómoro» y de los días que ya se habían extinguido.
Lucinda permaneció despierta durante largas horas de aquella noche rezando por cobrar ánimos, con la esperanza de que el alba no llegase jamás.
Pero llegó; y fue el alba de un día gris la que asomó a la ventana.
Desde la cama, Lucinda oyó un trotar de caballos y los silbidos de los vaqueros y un rechinar de ruedas de carros y el zumbido de unos motores.
Los negocios del mundo no se interrumpían porque en él hubiera unas madres con los corazones llenos de angustia.
Logan habló durante el desayuno acerca del mercado de ganados.
Lucinda se volvió desesperadamente hacia él.
—Logan Huett, ¿acaso estás loco por el ganado? ¡Dios mío! ¿No te acuerdas de que tus hijos parten hoy para la guerra?
—¡Luce...! ¿Qué diablos...? ¡.No seas tan inflexible! Sí, no hay duda, los muchachos van a inscribirse hoy. Y éste es el día que más me enorgullece de toda mi vida. Pero no me desconcierto. Las mujeres sois muy exageradas.
América no llegará a tomar parte en la guerra. Tan pronto como nuestro ejército haya llegado a Europa, si es que llega, los alemanes comenzarán a huir con el rabo entre las piernas. Ya puede decirse que están vencidos.
Entonces, ¿por qué afligirse tanto? Nuestros hijos harán algunos trabajos militares, lo que será bueno y conveniente por sí mismo, verán una parte de los Estados Unidos, si no Francia, también, y volverán contentos y mejorados por el servicio. Y para entonces, ya tendremos nuestra nueva casa y habremos escogido un par de muchachas guapas y buenas para George y Grant.
Y de este modo rechazó el práctico ganadero aquel terrible dolor que, como un liquen venenoso, corroía el corazón de su esposa. Al cabo de unos momentos, Logan se había marchado. Lucinda atendió al trabajo doméstico y logró hallar cierto consuelo en las afirmaciones de su marido. Pero esto no pudo vivir mucho tiempo bajo la implacable luz de su intuición. Lucinda era mujer y madre y no podía explicar lo que sabía. Parecía poseer un sexto sentido, una inteligencia que aún no le había aclarado su sutileza.
Bárbara llegó al mediodía transformada en una mujer, con el hermoso rostro cubierto de un pálido color perlino, con ojos ensombrecidos.
—Mamá, se... se irán... a las dos —dijo sollozando—. En un tren especial... que va hacia el Oeste... Van a no sé qué lugar de Washington..., donde hay un campo de adiestramiento para soldados. He pasado mi último momento a solas con Abe... Lo han reconocido... Lo han aceptado... Papá está ahí, abajo, fantaseando acerca de cuántos alemanes matará mi... mi esposo... Está fumando un cigarro muy grande..., con el pecho hinchado..., con los pulgares en las aberturas del chaleco... ¡Oh, es ofensivo...! ¡Es terrible! Papá no es capaz de ver... George está bebiendo y no se cuida de ello... Grant está inflamado por una extraña pasión que creo es falsa... Pero Abe... Abe es diferente; tiene el corazón destrozado.
—Entonces, ¿por qué se va también? —preguntó Lucinda severamente.
—Porque «tendría» que ir de todos modos... Pero aparte eso, porque quiere ir... Cuando estábamos en la calle señaló un cartel de guerra que había en la fachada de una casa. Representa un gorila que ha raptado a una mujer blanca. Y el letrero dice en grandes caracteres: «¡Salvad a vuestras novias de los hunos!» Y ésta es la causa de que Abe quiera ir, esto es lo que le impulsa a partir para los frentes de guerra. ¡Oh, oh, mamá..., no... no... no puedo soportarlo!
Y pareció hallarse a punto de desmayarse.
—Es preciso que te muestres fuerte, Bárbara. Por lo menos, hasta que los muchachos se hayan ido. No debemos permitir que lleven consigo el recuerdo de unos rostros afligidos. Es muy dura la carga que pesa sobre nosotras, las mujeres. Los hombres guerrean y las mujeres lloran, según sabes.
A las dos de la tarde de aquel mismo día, cuando el tren especial llegó a la estación, toda la población de Flagg y sus alrededores se hallaba presente.
Banderas y estandartes flameaban en las ventanas. Rostros jóvenes, tostados por el sol, ansiosos, en cierto modo primitivos y rudos, dirigían miradas de despedida a los espectadores. Aquellos jóvenes bromeaban y hacían observaciones jocosas a las muchachas presentes.
La comitiva de Lucinda era solamente una de la docena de grupos similares que allí había. No habrían podido ser dejados a solas, aun cuando lo hubieran deseado. La multitud se mostraba ruidosa en sus aclamaciones, en sus despedidas, en la expresión de sus buenos deseos a los jóvenes batalladores. Lucinda pudo ver a lo largo de aquella línea de espectadores los húmedos ojos de las mujeres. Eran madres, hermanas, novias de aquellos valientes que se iban a la guerra. La luz de la gloria, que apagaba apagaba el brillo de los ojos oscurecidos por las lágrimas, expresaba el secreto de su sacrificio. Aquella aclamación de la mujer al soldado era una cosa que estaba en la entraña de la raza.
—¡...al tren! —gritó una voz en la estación.
Grant puso los brazos en torno al cuello de Lucinda y de Bárbara. Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Adiós, mamá... Adiós, Bárb... ¡No os aflijáis... tanto! Hay muchas probabilidades de que ni siquiera lleguemos a Francia... ¡Hasta la vuelta, papá! ¡Buena suerte en la venta del ganado!
Y cogió su equipaje y montó presurosamente en el tren.
Abe se apartó para permitir que George se aproximase a Bárbara. La proximidad de la partida le había serenado. Su despedida se compuso de un beso y una galante sonrisa.
—Bárbara, si llegase a ser un buen soldado, te lo deberé a ti. —Y se volvió hacia Lucinda—. ¡Mamá!
—Esto fue todo lo que dijo; pero la apretó contra sí. Cuando la besaba, Lucinda sintió que el antiguo presentimiento le asaltaba y que su significado se hacía claro para ella.
¡George no volvería jamás!» Pero el joven no adivinó aquella verdad. Se separó de ella, apretó con fuerza la mano de Logan y se retiró de ellos. El tren se había puesto en marcha. Abe soltó a su madre, apretó contra el pecho el rostro enajenado de Bárbara y siguió a sus hermanos; Logan corrió junto al estribo del tren, desde el cual Abe hacía señales de despedida.
—¡Hijo! —murmuró roncamente—, ¡tendrás que estar presente en el concurso de caza de patos de Pine!
El clamoreo, largamente sostenido, de los espectadores fue ahogado por un aliento sollozante cuando el tren abandonó la estación y los dejó en el andén.


XV
Logan encontró a su antiguo amigo, Al Doyle, en el Banco. En sus días de juventud, Al había contribuido a la construcción del Ferrocarril Unión-Pacific y del de Santa Fe. Había sido colonizador, ganadero, leñador, tronquista y guía. Si había un arizoniano que conociera bien el Oeste, éste era Al Doyle. Durante los últimos tiempos, Al había actuado como guía de geólogos y arqueólogos en aquella región llena de desfiladeros, y como guía de cazadores en la parte inferior del Tonto Rim.
—¡Hola, Al! —dijo Huett.
—¡Hola, viejo amigo! —contestó Al Doyle—. ¿Qué noticias has tenido de tus hijos?
—Últimamente, pocas. Pocas cartas y muy espaciadas, y todas mutiladas. Estoy cansado... Abe está en el frente. Lo mandaron allá inmediatamente. George y Grant están con las reservas.
—Todos ellos contribuirán a achicharrar a los alemanes a tiros antes de que comience a caer la nieve. ¡Qué guerra más endemoniada, Logan! Hemos entrado en ella exactamente en el momento preciso para salvar a Francia e Inglaterra. Con la retirada de Hindenburg y llegada de los yanquis, el final no puede estar lejano.
—Al, todavía no he vendido mi ganado.
—No es preciso que me lo digas, Logan. Has sobrepasado en habilidad a todos los grandes ganaderos que creían haber obrado con inteligencia. Pero Logan, no esperes demasiado tiempo. Es probable que haya una baja muy grande en los precios cuando llegue el invierno. Voy a decirte lo que he averiguado por medio de Carteris: el Gobierno ha pedido ganado a la Argentina.
—¿Qué me dices? —exclamó impresionado y sorprendido Logan.
—Si la guerra terminase en noviembre, por ejemplo, vosotros, los que estáis aplazando la venta de vuestras reses, sufriríais grandes perjuicios.
Después de la guerra, todos los negocios se desfondarán. Yo viví la guerra civil, Logan. Lo sé. Si tuvimos malos tiempos después de ella, ¿cómo serán los que sucedan a ésta?
—¡Malos tiempos! ¡Es inconcebible, Al! Veamos el ejemplo de Flagg: la ciudad está llena de dinero. Se huele el dinero por todas partes. Nadie se detendría a recoger un billete de cincuenta dólares que se hubiera —caído al suelo.
—Exactamente. Y ése es el mal, Logan. Esta guerra ha hecho enormemente ricos a los Estados Unidos. ¡Hay diecisiete millares de nuevos millonarios! Todo el mundo es rico. El valor del dinero se ha perdido de vista.
Una orgía de gastar, de jugar seguirá a todo esto. ¡Espera, y verás lo que sucede!
—¿Acaso quieres darme un consejo, o es que me haces una insinuación?
—preguntó festivamente Logan, aun cuando comenzaba a tomar en serio las palabras de su amigo.
—Las dos cosas... ¿Cómo están ahora tus reses? Estamos en época de sequía.
—Están muy bien. He mandado allá a varios vaqueros el mes pasado para que las cuiden. Si las cosas no marchasen perfectamente, ya habría tenido noticias.
—Tienes los mejores terrenos de Arizona. Y ¿tienes treinta mil cabezas?
—Sobre poco más o menos... Algunas más, según la cuenta de George.
—Huett, ahora que eres viejo, ¿te has entontecido? El ganado se vende ahora a cuarenta dólares la cabeza. ¡Dios mío! ¿Qué más quieres?
—Estoy esperando una ocasión mejor. Me ofrecieron cuarenta y dos dólares por cabeza hace poco tiempo. Pero puedo obtener un precio más elevado de Mitchell, el comprador del Gobierno.
—Si yo estuviera en tu lugar, Logan, vendería antes de que el ejército dejase de disparar con billetes. Esto no puede durar. ¡Y mucho menos si tenemos en cuenta la llegada del ganado argentino! Sí, es cierto, el precio se sostendrá y hasta es probable que suba un poco más. Pero no corras riesgos. De todos modos, vendiendo ahora, tú y tu familia dispondréis de más dinero del que podréis gastar durante el resto de vuestras vidas...
Logan, tu vida ha estado llena de trabajos y contratiempos. Has luchado y triunfado... Hace ya treinta años que te encontré en Payson, cuando trabajabas como soldado con Crook, y te recomendé que vieras el Desfiladero del Sicómoro. ¿Lo recuerdas?
—No lo he olvidado, Al. Y hubo en el transcurso de esos treinta y tres años muchas ocasiones en que sentí deseos de asesinarte.
—¡Ja, ja...! Bueno, bien está lo que termina bien... No hay duda de que te di un buen consejo. ¿Treinta mil cabezas a cuarenta o un poco más...?
¡Dios mío, no sé hacer el cálculo!
—Un buen consejo, merece otro... Es posible que llegue una ocasión en que te pueda corresponder.
—Huett, ¿has pensado lo difícil que será realizar la conducción de las reses desde «Sicómoro»? —preguntó Al.
—¡Claro que sí! Pero he supuesto que podré cerrar el trato antes de entregar las reses en el ferrocarril.
—De todos modos, no querrás que se pierda o inutilice un millar de reses. De un modo o de otro, Mitchell contaría las que recibiera.
—Eso es lo que me dijo George. Tomaré parte, naturalmente, en la conducción del ganado.
—Será necesario recordarte muchas cosas. El ganado debe estar muy gordo. Y no será posible conducirlo con prisas. Tienes la suerte de que ninguna manada haya sido conducida desde el Tonto durante el verano.
Habrá hierba en abundancia. El agua escasea. Haz la conducción en diez días, a razón de seis millas diarias. Y lleva contigo cincuenta buenos vaqueros, cincuenta buenos muchachos que aún no hayan sido llamados a filas, o que hayan sido dados por inútiles para el servicio militar. Hay muchos en estas últimas condiciones. Y esto resulta pintoresco, Logan.
¿Dónde habrá un vaquero que jamás se haya roto algún hueso?
—No lo sé. Al, ¿qué debo hacer con un equipo tan numeroso?
—Supongo que será conveniente que ponga a mi hijo, Lee, a tu disposición. Mitchell no se asustará por gastar cinco dólares más o menos cada día. Y pagados a ese precio, será fácil encontrar muchachos que puedan ayudarte. Veamos: Joi. Arbell, Jac Ray, Hal McDonald, Con Sullivan, Bill Smith..., todos los caballistas de Rider, con excepción de Al, que está en Francia. Y Wetherill permitiría que su hijo reuniera un grupo de navajos... Logan, ese equipo, con algunos otros caballistas podrá hacer perfectamente la conducción.
—¡Muy bien...! Al..., ¡por todos los diablos! Me parece que me has vencido. Estaba indeciso. ¿Quieres hacer en mi nombre una oferta a Lee?
—La haré. Y casi puedo garantizar que mi hijo la aceptará.
—Esta noche volveremos a vernos... Ahora... ¿qué diablos es lo que me ha traído aquí?
—El dinero, lo mismo que a mí... No puede dudarse. Aún queda un poco por recoger. Mientras estábamos hablando vi que por esa ventana pasaban sacos y más sacos de billetes. No sé de dónde vendrán... Hasta luego, Logan.
No te arrepientas. ¡Vende!
Logan recordó que su presencia en el Banco obedecía al próposito de retirar dinero para Lucinda y Bárbara. Lleno un cheque, anotó diez mil dólares. Había tenido una cantidad mucho mayor que la que le restaba, producto de la venta de pequeñas y sucesivas manadas. ¿Adónde había ido a parar el dinero? Una vez cobrado el cheque, Logan se dirigió lentamente hacia su casa.
Durante el transcurso de la primavera y el verano pasados desde la partida de los hijos, Lucinda y Bárbara habían preocupado a Logan más y más. Lucinda había cambiado, parecía agotada. Sufría constantemente la alucinación de que sus hijos no tornarían jamás de la guerra. En ocasiones, parecía hallarse trastornada, y lloraba constantemente por las noches, cuando él suponía que estaría dormida. Bárbara, por lo menos mentalmente, parecía hallarse en peor estado que Lucinda. El haberse separado de su esposo sin la certidumbre de Que volvería a verlo había representado para ella un esfuerzo terrible, un dolor constante. Logan solamente podía juzgar respecto a su estado de ánimo viendo la palidez de su rostro, sus ojos febriles, su valor, su indeclinable energía y su insaciable pasión por todas las formas de servicio relacionados con la ayuda a los luchadores.
Tanto ella como Lucinda se habían entregado al trabajo en unión de las demás mujeres de Flag, particularmente con las que tenían hijos, hermanos, novios, primos o amigos que se encontrasen en los campos de guerra o en los de instrucción de Francia. Organizaban tómbolas, conciertos, reuniones sociales, círculos de confección de prendas de abrigo. Eran persistentes e incansables en lo que se refería a iniciativas para recogida de dinero para sus soldados, para trabajo de ayuda de socorro, principalmente para la Cruz Roja. Logan juraba que había contri— buido con mucho dinero a aquellas obras, y hasta había llegado a indignarse un poco a causa de aquella loca obsesión. Desde la mañana hasta la noche, las mujeres de su familia corrían o trabajaban hasta que se encontraban tan cansadas, tan nerviosas, tan agotadas, que no podían dormir.
Pero cuando llegó a su casa para comer y observó el angustiado rostro de Lucinda o los irritados ojos de Bárbara, se dirigió violentos reproches por su impaciencia y su irritación. Cuando todo hubo sido dicho, llegó a la conclusión de que aquellas mujeres eran las que menos se habían dejado arrastrar por la infernal manía de la guerra. Por lo menos, Lucinda no se había puesto en ridículo, y Bárbara no olvidó nunca que era la esposa de Abe Huett.
—¿Hay noticias, papá? —preguntó Bárbara.
—Las mismas de siempre, Bárbara. El Boletín de guerra dice: «Sin novedad en el frente occidental.»
—¡Sin novedad...! ¡Oh, qué embusteros! Me repugna leer esa línea.
—¿Por qué te repugna?
—Porque es falso lo que dice. ¡Piensa en lo horrible que resulta! Tú lees eso en la ciudad, y la señora Hardy recibe un telegrama enviado desde Washington en el que le comunican que Joe ha muerto en acción... ¡Cayó contra las líneas alemanas! Lo han citado en los partes por su valor... ¡Oh, pobre Joe! ¡Cuánto le gustaban las máquinas...! ¡Y no pudo defenderse!
—¡Ah...! Es una mala noticia... Es cierto... Lo siento mucho..., muchísimo. Iré a ver a la señora Hardy. —Logan, ¿recordaste traer el dinero?
—Sí, Luce, lo recordé... al fin. Aquí está... Oídme, hemos gastado muchísimo dinero en los últimos tiempos.
—El dinero no tiene valor en los tiempos que corremos —dijo Lucinda.
—Creo que es cierto. Pero nos ha costado mucho tiempo el ganarlo... No, no te censuro, mamá. Me limito a decírtelo.
—Papá, ¿podría disponer de cien dólares? —preguntó Bárbara.
—Sí..., si me prometes descansar un poco y abandonar ese maldito trabajo de punto. Siempre lo estás haciendo, aun durante las comidas, siempre, siempre, siempre... Ya me está atacando los nervios esa insistencia, querida.
—No es mi trabajo de punto lo que te ataca los nervios, papá. Pero voy a abandonarlo durante cierto tiempo. Tengo los dedos pelados.
—Bueno, en medio de todo, tengo algunas noticias que comunicaros —anunció Logan, mientras se sentaba y se golpeaba ruidosamente las rodillas con las palmas de las manos—. Creo que voy a vender el ganado.
—¿Tu ganado? —preguntó Bárbara con vehemencia.
—Logan, ¡cuántas veces lo has dicho! —añadió incrédulamente su esposa.
—Me parece que lo venderé a cuarenta dólares la cabeza. Es posible que obtuviera algo más si esperase todavía un poco... Pero Al Doyle me ha dicho que no corra riesgos... y creo que tiene razón.
Papá! ¡Vender a cuarenta! Y ¿tienes treinta mil cabezas...? ¡Eso representa más de un millón de dólares!
Sin duda. Y si esperase hasta obtener un dólar más por cabeza..., ¡cómo!, eso representaría cinco mil dólares más para cada uno de los Huett.
¿No comprendéis ahora por qué he esperado, tan obstinadamente?
—¡Oh, papá...! ¡Es demasiado bueno para que pueda ser cierto!
—No, no. Es cierto... Trae la comida, Luce. Y cuanto más pronto mejor.
Quiero ir a la ciudad antes de que se me pase este estado de ánimo.
—Mamá, piensa en lo mucho que podremos ayudar a la Cruz Roja.
Logan gruñó violentamente:
—Sí, hija mía; pero es preciso que pongamos un límite. La guerra os ha enloquecido...
Mitchell, el comprador de reses para el Gobierno, acogió amablemente a Logan, lo introdujo en su despacho y le invitó a sentarse. Mitchell era un hombre de más de cuarenta años, de rostro sereno y severo y de ojos astutos y fríos.
—Buenos días, Huett. Ha tardado usted mucho tiempo en darme una respuesta...
Logan le devolvió el saludo y contestó:
—Nunca tengo prisa cuando se trata de cerrar tratos acerca de ganado.
—Habría hecho usted bien si la hubiera tenido —replicó concisamente Mitchell—. El precio del ganado subió. Ustedes, los ganaderos, perdieron la cabeza. Podrían haber vendido antes a cuarenta dólares cada res..., luego a treinta y ocho... Cuando el precio descendió hasta treinta y dos, se lo advertí a usted..., le recomendé que cerrase el trato... Pero usted estaba mejor enterado que yo. Ayer, compré las últimas reses de Babbitt a veinticinco dólares. Hoy, no podría pagárselas a usted a veinticinco. Huett interpretó estas palabras como una manifestación de codicia y de tacañería. Sin embargo, su preocupación aumentó. En el fondo, era cierto lo que Doyle le había dicho: había esperado demasiado tiempo.
—Podría vender a los compradores de Kansas a precio mucho más alto.
—Inténtelo. Los depósitos de reses están llenos. Huett se puso en pie lentamente y cogió el sombrero.
—Buenos días, Mitchell —dijo hoscamente; y salió a toda prisa.
Mitchell le gritó:
—¡Su familia va a resultar perjudicada por la obstinación de usted!
Esta sorprendente afirmación incrementó el enojo de Logan, porque le había herido en el punto vulnerable. Durante la hora siguiente, adquirió la certeza de que el mercado de ganados se había cerrado, por lo menos en lo que se relacionaba con Flag. Babbit, Charteris, Wilson, Little, todos los grandes ganaderos lo confirmaron y reconocieron francamente que habían confiado en circunstancias demasiado atrevidas. Pero Huett no pudo ser convencido. Un hombre que poseía treinta mil cabezas de ganado para vender tenía una fortuna entre las manos. Aquella época de euforia podría desaparecer, pero la carne y las pieles eran un valor tan firme como el oro.
Telegrafió a Kansas pidiendo una oferta, y luego se fue en busca de Doyle.
—Vamos a tomar una copa viejo amigo —propuso Al—. Lo necesitamos.
—Es indudable...... Mitchell me ha desairado con frialdad. ¡No ha querido ofrecerme ni veinticinco dólares!
—Logan, no me agrada ese tenorio empedernido —replicó secamente el arizoniano He hablado hace un momento con mi hijo, Lee. Le ha interesado tu oferta, y cree que podrá encontrar una docena o más de vaqueros y cincuenta ayudantes.
—¡Hum! Si no vendo no necesito hacer la conducción.
—¿Vender? ¡Claro que venderás! Es muy duro tener que renunciar a muchas esperanzas, ciertamente, pero debes tener; confianza a causa de la gran cantidad de reses que compone tu ganadería. Las trescientas mil cabezas que se vendieron aquí en los primero días de mayo se pagaron a un término medio de veinte dólares. Algunas se vendieron a treinta dólares, y la mayoría a quince, o menos.
—Así lo suponía. Por eso he telegrafiado a Kansas.
—Logan, Lee cree que ese comprador se ha encapricha— do por Bárbara.
Es una cosa conocida, según dice Lee, de toda la gente joven. Mitchell ha seguido una conducta escandalosa con las muchachas de Flagg. Pero Bárbara lo ha desairado, lo que ha hecho que se vuelva loco por ella.
—La mayoría de los hombres jóvenes, y muchos de más edad, se enamoran de ella. Tuvo que renunciar a asistir a los bailes a causa de las reyertas que se originaban por su culpa.
—Es probable. Pero ésta es una cuestión diferente, Logan. En tiempos de guerra, las mujeres pierden la honestidad —replicó seriamente Doyle—. O se ven inspiradas por no sé qué... Recuerdo que durante la guerra civil los oficiales que vestían uniforme militar sembraban estragos entre las mujeres.
Y ahora la situación es peor, porque esta guerra es verdaderamente infernal.
—Pero Al... ¡Dios mío...! Bárbara... es...
—Exactamente igual a todas las mujeres jóvenes que han perdido el equilibrio. Mi hija tiene solamente quince años; pero está loca por completo.
Desprecia a los vaqueros que no han sido aceptados para el servicio militar.
En resumen, las mujeres ya no son lo que eran. Es cierto que la guerra ha alterado también a los hombres:.. He aquí la advertencia que quiero hacerte respecto a Bárbara: podrás mantenerla apartada del trabajo de guerra; pero no podrás apartarla de Mitchell.
—No hay duda de que podré hacerlo en el caso de que sea necesario —respondió Logan; la sorpresa había sido substituida por el espanto.
—Mitchell cree que te tiene acorralado. Su negativa a comprar es solamente una fanfarronada. Es posible que ese hombre sea todo lo malvado que habría de ser para influir sobre Bárbara por medio de esa operación de venta de ganado.
—¡Ah! No diría que no sea capaz de intentarlo. Gracias, Al —replicó severamente Logan. Y continuó su camino.
Desde aquel momento se propuso tomarse interés por lo que sucediera en Flag. Pero pudo frenar su deseo de interrogar a Bárbara o a Lucinda. Al día siguiente recibió una respuesta a su telegrama. Su comprador de Kansas —ofrecía diez dólares por cabeza, en el desfiladero. Esta oferta no interesó a Logan. Pero reconoció la circunstancia de que había habido verdaderamente una baja en el mercado de ganados y que había perdido mucho dinero como consecuencia de una espera demasiado larga. Éste era el riesgo que siempre acompañaba a la cría de reses. Logan todavía podría esperar una semana o dos, y hacer la conducción del ganado durante el otoño a pesar del retraso. Y entre tanto recorrió las calles de la ciudad, habló de ganado y de la guerra, leyó los boletines informativos y los periódicos y prestó atención en toda clase de trabajos de ayuda a los combatientes.
Una noche Bárbara se presentó tarde a la hora de la cena, muy bien vestida y muy hermosa. Logan notó principalmente las rojas manchas que tenía en las blancas mejillas y el brillo de sus ojos.
—Bárbara, eres una cosa que alegra la vista de quien tiene tristes los ojos... ¿Adónde vas tan guapa y tan acicalada?
—Tengo una cita con el señor Mitchell.
—¿Para tratar de alguna tómbola a beneficio de la Cruz Roja?
—No. Me ha invitado a que vaya con él a ver la película que proyectan en el teatro.
—¿No has ido con él nunca antes de ahora?
—No. Nunca me lo pidió.
—Bárbara, por toda la ciudad se dice que Mitchell te corteja —dijo Logan gravemente.
—¡Oh, papá! —exclamó ella—. No creo que hayas prestado oído a las murmuraciones.
—No lo he hecho hasta últimamente... ¿Te ha hecho la corte Mitchell?
—Lo intentó. Es un hombre galante, como un soldado romántico... Le agradan las jóvenes, y él las agrada... Pero desde el día en que le dije que estoy casada, ha sido muy prudente.
—¿Te ha hablado de mi ganado?
—Sí. Me dio a entender que eres un viejo egoísta que se empeñó en retener su ganado mientras su familia se muere de hambre. Predice que las pieles no tendrán valor alguno cuando la guerra haya concluido. Le dije que podría persuadirte de que vendieras. Y de esa cuestión quería hablarte ahora.
—Hija mía, ¿te ha insinuado este hombre que compraría mi ganado si tú fueras muy... muy... complaciente con él?
—¿Qué quieres decir? —preguntó indignada Bárbara.
—Bárbara, sabía que eras una muchacha inocente y desconocedora del mundo; pero no supuse que lo fueras tanto.
—¡Papá! Has ofendido al señor Mitchell, y ahora me ofendes a mí... —protestó Bárbara con enojo.
—No, querida. Y te juro que te quiero más a causa de tu inocencia. Pero no seas tonta, Bárbara.
—¡Oh, no puedo creer lo que insinúas acerca del señor Mitchell!
—Bárbara, las mujeres no sois capaces de reconocer al diablo si lo veis vestido con uniforme militar... Por ahora acepta mis palabras hasta que puedas comprobar tú misma que son ciertas... Demos a ese hombre una ocasión de descubrirse, como se suele decir. Vete con él a ver la película, pero vuelve pronto a casa. Muéstrate simpática con ese tenorio, Dale una dosis de su propia medicina.
Dile que temes que tu padre se arruine por no querer vender su ganado. Dile que si quisiera comprarlo, tú serías muy... muy «buena» para él.
—¡Logan Huett! —reprobó con el rostro enrojecido Lucinda.
—¡Me sorprendes, papá! —añadió agresivamente Bárbara.
—Y te sorprenderás mucho más si haces lo que te pido —declaró Logan, seco.
—Lo haré... y lo haré con propósito de cumplirlo —contestó Bárbara acaloradamente—. Creo que eres un hombre suspicaz, injusto, anticuado.
Creo que eres...
—No importa lo que yo sea —la interrumpió Logan, que habló a Bárbara severamente por primera vez en su vida—. Comprendo que serás buena para él... Serás como eres por naturaleza. Mitchell lo interpretará de distinto modo. Pero jamás volverás a salir con él ni le invitarás a que venga a nuestra casa, ni hablarás con él a solas en ninguna ocasión. ¿Me has comprendido, señorita?
—No..., no podría evitar el comprender.
—¿Me obedecerás?
—Sí, papá.
Y esto puso fin a la conversación, aun cuando no al resentimiento ni a la confusión que experimentaron las dos mujeres. En cuanto a Logan, se había tomado el trabajo de hacer averiguaciones, respecto a Mitchell, el resultado de las cuales justificó la actitud que había adoptado. Y fue, también, al teatro, con gran pesar por su parte. Las escenas de las marchas militares, de los embarques, las largas hileras de la moviente artillería, la interminable corriente de camiones, los soldados, atribulados y sucios en las embarradas trincheras, los tanques que escupían fuego, los cañones, que soltaban nubes de humo, los grandes hoyos abiertos en el terreno por las granadas que hacían explosión..., todas estas escenas, que se anunciaban que habían sido tomadas en el frente de guerra, le ofuscaron y entristecieron.
«Así, pues, ¿esto es la guerra? —se dijo mientras se abría paso entre la multitud que llenaba la calle—. Y allá he enviado a mis hijos... ¡Dios mío...!
Creí que tendrían ocasión de defenderse, que la lucha se libraría de hombre a hombre, con fusiles, detrás de árboles o rocas donde los mejores tiradores podrían demostrar que lo eran...
—Pero «eso»... ¡Dios Todopoderoso...! ¿Cómo podría llamárselo?»
Cuando llegó a su casa, Logan halló que Lucinda estaba ausente, como de costumbre. Encendió la lámpara, la chimenea y la pipa, y se instaló en un sillón. Bárbara llegó y entró rápidamente. Tenía el hermoso rostro completamente pálido.
—Hola, Barb. Me alegro de que hayas regresado tan temprano. ¿Qué te sucede?
—Papá, no sé qué ha sido peor... Si el señor Mitchell o aquella espantosa película —contestó ella con reprimida agitación.
—¡Hum! La película ha sido condenadamente mala. Me ha repugnado.
Bárbara se quitó violentamente el sombrero y el abrigo y se detuvo ante la abierta puerta de su habitación, de frente a Logan. Logan jamás la había visto como en aquel momento, y el júbilo le embargó.
—Papá, te pido perdón —dijo mirándole fijamente—. Es cierto lo que dijiste acerca de Mitchell. Comencé a mostrarme muy simpática y cariñosa, como te prometí que haría... Hasta creo haberme excedido en mi papel.
Cuando regresábamos a su casa, Mitchell... Mitchell... Bueno, me habría sentido más feliz y más segura junto a Jack Campbell... Pero me separé de tu tenorio sin haber destruido su suposición de que la muchacha del campo constituiría una conquista fácil para él.
—¡Ja, ja, ja! ¡Maldición...! Espero que no te habrá ofendido, Bárbara.
Cuando mato a un hombre pierdo las ganas de comer durante muchas semanas.
—¡Calla, papá! Sí, me ha ofendido, pero no lo sospecha. Creo que supone que tiene un encanto singular para las mujeres.
—¡Hum! No diría que sea cierto... ¿Te ha hablado Mitchell del ganado?
—Sí. Mañana enviará a llamarte. Y comprará. Eres tú quien ha de decidir, papá. Yo, jamás permitiré a ese hombre que vuelva a acercarse a mí.
Logan continuó sentado, fumando y esperando la llegada de Lucinda.
Vendería sus treinta mil reses. Y luego, ¿qué? Esperaría el regreso de los hijos al hogar. Aquel otoño echaría de menos los pardos caminos de caza y los hermosos y coloridos bosques. ¡Qué seres más extraños e incomprensibles eran las mujeres! Pero maravillosamente buenas y fieles...
la mayoría de ellas. Y ¿los hombres? No adquirió durante aquellos tiempos conocimientos que le hicieran mostrarse orgulloso de su sexo: guerra, avaricia, lujuria... Todo esto parecía ir siempre unido.
A la mañana siguiente Logan tuvo un lance de buena suerte en forma de oferta que recibió de una empresa de Chicago a través de su comprador que había llegado a Flag. La oferta fue de veinticinco dólares por cabeza, entregadas en la estación del ferrocarril—; pero los gastos de conducción desde el desfiladero correrían a cargo de la compañía adquiridora. Por lo tanto, cuando se le transmitió verbalmente la llamada del agente comprador del Gobierno, se sintió muy seguro de su situación. Podría obtener más de los veinticinco dólares; y todo lo que obtuviera sobre el precio, sería como si se hubiera encontrado el dinero.
Mitchell se mostró frío, calculador, negociante cuando Logan llegó a su presencia. El último vestigio de respeto desapareció del ánimo de Logan cuando se halló ante el hombre que la noche anterior había ofendido a la esposa de su hijo. Logan creyó advertir un algo que anteriormente no había percibido en sus tratos de negocios con los hombres, un algo que le desconcertó. Pero comprendió, también, lo insignificante de sí mismo con relación a las maquinaciones de aquel untuoso caballero. Y reaccionó de modo apropiado a este convencimiento.
—Buenos días, Huett. He oído que Blair le ha hecho una oferta.
—Sí. Una oferta buena.
—Veinticinco dólares por cabeza y los gastos de conducción. Me han dicho que Al Doyle sugirió que se le hiciese esa oferta y que usted aceptaría.
—Ha sido una gran atención por parte de Al; pero no puedo aceptar la proposición.
—No, es claro; no podría aceptarla —replicó Mitchell agriamente—.
¿Cuánto pide usted esta mañana por sus reses?
Logan pensó que Mitchell, una vez que había llegado a la resolución de comprar, no le importaría el coste del ganado. La suposición era muy aventurada para Logan, por lo que decidió hacer petición de un alto precio, precio que podría ser rebajado considerablemente sin que por ello hiciese un mal negocio.
—Quiero que se me paguen todos los gastos de conducción. Y treinta y cinco dólares por cabeza, pagados al hacerse la entrega en el ferrocarril... y en dinero contante y sonante.
—¿En dinero? —preguntó sorprendido Mitchell.
—Sí, en dinero. De otro modo, podría suceder que el Banco no tuviera de momento el dinero preciso para pagarme esa cantidad. La conducción requerirá dos semanas, o acaso más. Tendrá usted, pues tiempo suficiente para recibir lo necesario para pagarme.
Mitchell movió la mano de modo que pareció expresar que importaba muy poco la manera como hubiera de pagarse el importe de la compra. Pero antes de haber vuelto la mirada en otra dirección, Logan pudo advertir que había en él una expresión extraña y fugitiva. Y, además, Mitchell arrugó con la mano un trozo de papel. Estas muestras del estado de su ánimo desconcertaron a Logan hasta que vio que su visitado se volvía con rostro sonriente. Logan supuso que aquella reacción estaba relacionada con Bárbara.
—En cuanto a los gastos de conducción, estamos de acuerdo —dijo Mitchell blandamente—. Pero treinta y cinco dólares por cabeza es un precio demasiado alto. No puedo pagarlo.
Y discutieron. Logan advirtió la obstinación del comprador, pero no creyó que hubiera sinceridad en ella. Logan comenzó a desconfiar de sus deducciones. Había cometido demasiados errores. Y en vista de ello, se propuso defender su posición durante cierto tiempo y capitular tan pronto como recibiera una oferta superior a veinticinco dólares por cabeza.
—¡Veintiocho dólares por cada res! —aventuró dubitativamente Mitchell.
Logan se estremeció por efecto de una súbita agitación de toda su sangre. Después de su obstinada resistencia, del flujo y reflujo de los precios, el obtener una cantidad de aquella naturaleza fue un bálsamo para su orgullo herido, una satisfacción para egoísmo.
—¡Hecho! —gritó; y extendió la mano, callosa y grande. Pero el oficial del Gobierno estaba escribiendo y pareció no advertir el gesto.
—Logan Huett, Flag, Arizona. Treinta mil reses. Veintiocho dólares por cabeza. Pago en dinero contante contra entrega. Gastos de conducción aparte —dijo, y escribió rápidamente. Retiró el papel y se puso en pie con presteza de halcón—. Huett, el trato está hecho. Haga la conducción bajo la dirección personal de usted. Póngase en camino inmediatamente.
Cinco días más tarde, a la hora del mediodía, Huett se hallaba en un punto elevado del lugar en que confluían los desfiladeros «Sicómoro» y de los «Patos».
Los gritos resonantes de los vaqueros llegaban hasta sus hormigueantes oídos. Los gritos fantásticos de los indios restallaban de muro en muro convertidos en ecos.
—¡Es el espectáculo más hermoso de toda tu vida, viejo amigo! —dijo roncamente Doyle al oído de Huett.
—Lo es, Al. Y treinta y tres años de espera lo hacen aún más grato.
Hasta tan lejos como la vista podía llegar, el terreno del Desfiladero de los Patos, con sus seis millas de extensión, se cubría de un inquieto mosaico de reses. Los gritos que saltaban de vaquero a vaquero o de indio a indio llegaban sonoramente hasta Logan. Su voz habría de constituir la señal para que se iniciase la marcha. Los vaqueros habían empleado tres días en el traslado del ganado del Desfiladero de los Patos hasta el Sicómoro». La llegada de Huett a la altura era la señal que Lee Doyle y Jess Smith esperaban.
—¡Toca tu trompa, Gabriel! —dijo humorísticamente Al.
Logan comenzó a aspirar aire hasta llenarse los anchos pulmones y dilató el pecho; y cuando lo tuvo lleno, a punto de estallar, expelió el aire de modo que semejó una estentórea explosión.
—¡Voooo-juuuu-uuu!
La vieja llamada de caza de Abe, aumentada terriblemente en volumen por la vehemencia de Logan, cruzó el desfiladero y rebotó hacia atrás. Todas las esperanzas y los fracasos, las ambiciones y los desánimos, el interminable trabajo y las incesantes contrariedades, toda la vida de Huett como ganadero, los terribles años coronados, al fin, por la victoria, el triunfo y la riqueza vibraron en aquel largo y maravilloso grito. Antes de que los ecos se hubieran disipado, los indios de la zona inferior, los que estaban a ambos lados de la manada, se transmitieron la señal de unos a otros a lo largo del desfiladero hasta que las voces se perdieron en la lejanía. La cabeza de aquella magnífica vacada se perdía de vista tras el recodo, posiblemente más allá de la cabaña.
Huett observó en silencio. Podía oír los latidos de su corazón.
Finalmente, en la distancia, se puso en movimiento la enorme masa de ganado. Como la turgida corriente de un arroyo, obstruida por el ramaje y por las cepas de los árboles derribados, el movimiento comenzó a extenderse lentamente hasta que todas las reses se encontraron en marcha.
—La conducción ha comenzado, viejo amigo —gritó Al mientras agitaba el sombrero en el aire—. ¡Adiós, viejos toros, cornilargos..., adiós al «Sicómoro»!
Huett se detuvo. La manada avanzaba a paso lento, que se hacía a cada momento un poco más rápido cuando toda la masa se puso en movimiento. El viejo ganadero hizo una señal de despedida a sus reses y al «Sicómoro». Había un nudo en su garganta. Su vista se nubló hasta el punto de que el tapiz cuadriculado que formaban el rojo, el blanco y el negro de sus reses se le borró. Aquél fue el momento más pleno, el más grande de la vida de Logan.
«Bien, todas han salido ya —se dijo con ronco acento—. Mi copa está casi colmada... ¡Si mis hijos pudieran ver...!»
Los dos amigos abandonaron su punto de observación, treparon a las accidentadas alturas y llegaron a la carretera, donde los esperaba un automóvil. Huett dijo al conductor que lo llevase hasta seis millas de Long Valley y se detuviese en la bifurcación de la carretera, la rama inferior de la cual conducía a su rancho. Pero en lugar de instalarse en algún punto elevado de la ladera, Huett, esta vez a solas, subió la empinada pendiente y se asomó al borde que se erguía detrás de su cabaña. Miró hacia abajo, y un grito irrefrenable se escapó de entre sus temblorosos labios.
Su cabaña semejaba una isla de maderos verdosos y tejado musgoso en un río de muchos colores, de ondas agitadas, de remansos circulares. La estrecha conformación del desfiladero estaba llena de reses movientes, mugientes. «¡Yuuupiii...! ¡Ki ki yi ki!» sonaban los penetrantes gritos de los vaqueros. Sus ecos se unían a los sones canturrones de los caballistas navajos. El golpeteo de millares de pezuñas producía un trueno apagado, sordo. El polvo se elevaba en columnas y manchas, se agitaba en la suave brisa.
Aquella escena era íntima y hermosa. Huett podía oler el ganado, el estiércol, el polvo, la tierra de sus patatas, de su maíz, de su alfalfa, removida por las pezuñas de los animales. Podía ver los corpulentos toros, las terneras de cuello grueso, los añojos y los erales que cruzaban los encerraderos, borraban de vista el arroyo, coloreaban el bancal, rodeaban la cabaña, pasaban bajo los pinos. Huett pensó que el espectáculo le seducía, mas en su pecho había una angustia. Su ganado se marchaba. Algo más se marchaba con él. Parecía, casi como el fin de la vida.
Muy pronto, el ancho volumen de los animales que se hallaban ante el recodo que se formaba en la parte ancha del desfiladero empujó a los que marchaban delante y se encontraban en la zona estrecha de la entrada y los forzó a correr. Y entonces se hizo ensordecedor el pisoteo, se elevó el polvo y ocultó el moteado arroyo. Huett se detuvo unos momentos más en aquella altura situada sobre el rancho. Ya no podía ver el ganado que atronaba bajo un palio de polvo amarillo. Luego rehizo los pasos, descendió de la altura y salió a la carretera, donde Doyle y el conductor le esperaban.
—Esto me hace pensar en los antiguos días de los búfalos —dijo Al—.
Espero que esa carrera no se convertirá en una desbandada.
—No tenemos... por qué... preocuparnos —respondió trabajosamente Logan—. Las reses están cruzando... ese paso estrecho... que se abre muy pronto... Antes de que se ponga el sol... estarán en terreno cubierto.
Se dirigieron al final del Long Valley y dejando la carretera saltaron sobre un camino accidentado y entraron en los bosques hasta donde les fue posible avanzar. Entonces se apearon y continuaron a pie. Dos carros de cocina, separados uno de otro, esperaban a los conductores en el punto en que la campiña abierta clavaba una cuña en los bosques. Huett y Doyle no se hallaban muy lejos de la vanguardia del ganado. Huett permaneció sentado en uno de los carros por espacio de tres horas observando el desfilar de sus reses como la corriente mágica y multicolor de un arroyo que saliese de la selva y se extendiese a lo largo de la campiña despejada. Aquellas horas le parecieron minutos.
Antes de la hora del crepúsculo, toda la manada se hallaba en terreno liso, donde se la detuvo para la noche. Los vaqueros se agitaban y movían sobre unos caballos cubiertos de polvo. Lee, Bill, Hack, Con Sullivan y otros caballistas se acercaron para presentar sus respetos al ganadero. Todos estaban tan negros como el negro Johnson, pero con el rostro menos brillante.
—Señor Huett... Papá —dijo alegremente Lee, en tanto que se frotaba el rostro con un pañuelo—. Ha sido todo tan fácil como tomar una sopa de pavo.
—No hay duda de que todo ha salido a pedir de boca —dijo lentamente Bill Smith.
—Señor Huett, ha sido estupendo —dijo el escocés. Los ojos de Johnson giraron y volvieron a girar y descubrieron su incongruente blancura.
—Patrón, ya lo hemo hecho. Sí, soñó, lo hemo hecho...
—Desde ahora en adelante —añadió Jack Ray —todo será tan fácil como coser y cantar.
Cuando Huett encontró ocasión de hacerlo, gritó:
—Antes quisiera ser vaquero que Presidente!
—¡Venid en busca de la cena... o la tiraré! —dijo a grandes voces el cocinero.
Logan fue tres veces desde Flag durante la conducción con el fin de alentar a los caballistas y saciar su amor por todo lo que se relacionase con el ganado. Como si la buena suerte lo hubiera dispuesto, el buen tiempo del otoño continuó imperando, y al cabo de diez días de camino la manada llegó cansada y lentamente, pero en buenas condiciones, a los terrenos, de pastos inmediatos a la estación. Lee Doyle y Bill Smith, sobre sus caballos, uno a cada lado del portillo, contaron las reses. Lee dijo que había treinta y una mil dieciséis.
Quien hizo el recuento en representación de Mitchell no lo hizo de modo tan satisfactorio para Huett. El antiguo comprador de reses para el Gobierno parecía hallarse enojado. Cuando fue preguntada, Bárbara expuso la razón de que así sucediera: el hombre, por lo menos en lo referente a las mujeres, era descarado, falto de escrúpulos y extraordinariamente vano.
Quinientos vagones de ganado, o acaso más, se arracimaron en las vías accesorias de Santa Fe. Durante los primeros días, Mitchell cargó y envió un término medio de mil quinientas reses cada veinticuatro horas. Después de esto, con los vaqueros y los empleados del ferrocarril, trabajando en dobles jornadas, logró poner en camino tres trenes diarios hasta el momento en que la numerosa manada hubo desaparecido. Aquella noche informó en su despacho a los vaqueros que le esperaban y a los indios que los pagaría a la mañana siguiente. Por una o por otra razón, permaneció inaccesible para Huett.
El sueño no cerró prontamente los párpados de Huett aquella noche. El viento de noviembre entonaba una canción melancólica bajo los aleros. Y la luz de la mañana llenó de satisfacción los ojos optimistas del ganadero, que prodigó promesas y más promesas a su esposa y su hija. Cuando descendió a la calle, sus espuelas resonaron al chocar contra las aceras cubiertas de rocío. Mitchell, que dijo que tenía que realizar algunas gestiones urgentes, aplazó la entrevista con él hasta las dos de la tarde.
Era la tarde de un sábado. Por lo tanto, el día era medio festivo para los Bancos. Huett esperaba poder ingresar su dinero tan pronto como lo recibiera. Sin embargo, nada podría llenarle de preocupación en aquel día.
Esperó en la soleada calle a que el representante del Gobierno se dignase recibirle. Holbert y Doyle se hallaban a su lado, orgullosos, leales, excitados.
Ambos merecían cierta gloria por el feliz desenlace de la aventura ganadera de Huett.
—Al, ¿te he hablado acerca de los ejercicios de tiro de Abe en los campos de instrucción? —preguntó Logan después de haber observado que tenía otros oyentes.
—Que yo recuerde, no —contestó Al.
—Pues... fue una cosa estupenda... El primer día, cuando llegó al campo de tiro en unión de otros nuevos reclutas vestidos de verde, un sargento pelirrojo indicó a Abe la diana y le entregó un rifle del treinta. «Oye, patas largas, ¿sabes distinguir un extremo de otro?», le preguntó. Y Abe contestó que creía que sí. «Bien, entonces, te ha llegado la vez. ¡Dispara!», le ordenó.
«¡Contra qué?», preguntó Abe. «Al blanco, cabeza de tonto.» Y entonces Abe vio un montón de dianas blancas que tenían un punto negro en el centro y alrededor de éste unos círculos. Cincuenta yardas, cien, y así sucesivamente hasta mil... «¡Oye, mastuerzo! ¿Sabes disparar?», gritó el sargento. Abe respondió modestamente que suponía que sí, pero medianamente. «Pero no quisiera tirar contra ese primer blanco», añadió Abe... Y luego levantó el rifle.
¡Diablos! Siempre ha sido una cosa maravillosa el ver a Abe cuando se prepara y apunta... Era solamente un nene cuando se aficionó a las armas de fuego... Pues bien, Abe hizo cinco disparos contra el blanco más lejano, el que estaba a mil yardas, y colocó dos balas en el punto negro y dos dentro del círculo más pequeño... ¡Ja, ja! Aquel sargento de cabeza roja se puso con el rostro rojo también. «¡Diablos! ¡Dijiste que no sabías disparar bien!» Y Abe le contestó fría y mansamente: «Eso dice mi viejo...»
Finalmente, Mitchell llamó a Huett a su despacho. Otro oficial, vestido de uniforme caqui estaba sentado al otro lado de la mesa, sobre la que había unos cuantos papeles y dos paquetes limpiamente formados, idénticos en aspecto y tamaño.
—Huett, la cuenta de mi hombre es treinta mil novecientas reses —comenzó diciendo Mitchell con voz y ademanes fríos.
—Muy bien. Eso se aproxima bastante a la realidad.
—Firme aquí —continuó el comprador indicando una línea punteada al pie de lo que parecía un documento oficial. Huett se inclinó sobre la mesa y tomando la pluma que se le presentaba escribió su nombre, y puso debajo una rúbrica—. Firme como testigo, teniente.
Cuando el oficial lo hubo hecho, Mitchell dobló el documento y se lo guardó en un bolsillo. Luego entregó uno de los paquetes a Huett.
—Aquí está el dinero —dijo bruscamente. Y lo colocó en manos de Huett con el mismo apresuramiento que si le quemase las suyas—. Creo innecesario advertirle que la ciudad está llena de vagos, pieles rojas, mejicanos de mala catadura... ¡Buenos días!
Huett se encontró en medio de la calle, con la cabeza alegre y un paquete molesto bajo el brazo.
—Vamos a tomar una copa —dijo alegremente a Holbert y Doyle.
Entraron en una taberna que formaba esquina y se sentaron a una mesa. Huett se colocó el paquete entre las rodillas, donde no pudiera ser visto. Y los tres bebieron. Huett no quiso ni escuchar a sus compañeros, que querían corresponder al convite... No. Era cosa de la que ni siquiera se podía hablar en un día como aquél. Luego pidió otras copas. Apenas habían abandonado los vasos sobre la mesa, cuando Mitchell entró en el establecimiento acompañado de un hombre vestido con ropas civiles.
Mitchell vio a Huett y sus amigos, y atrajo hacia ellos la atención de su acompañante por medio de una risa y un gesto indicador. Ambos se volvieron repentinamente y salieron de la taberna.
—Esos hombres orientales del ejército son muy raros —observó Holbert.
—No es extraño que ese hombre se comporte de una manera desconcertante —dijo el astuto Doyle—. Hay que tener en cuenta que un ganadero le ha vendido sus reses a un precio muy alto y que luego su hija le ha dado con la badila en los nudillos.
—Bebamos otra copa dijo Huett riendo.
Holbert y Doyle fueron los primeros en ponerse en pie; se situaron uno a cada lado de Huett y abrieron paso entre la multitud. El corto día del otoño casi había terminado. Un frío viento descendía de las cumbres y el polvo giraba revueltamente. Los acompañantes de Huett se cercioraron de que nadie los seguía. Y se separaron de él a la puerta de su casa.
—Oye, viejo amigo —le dijo paternalmente Doyle esconde ese dinero en lugar seguro y duerme esta noche con los ojos abiertos.
—Y no dejes de tener a mano las armas —añadió Holbert—. Es posible que te haya visto salir algún mal hombre de aquel despacho.
Logan entró y cerró la puerta. El gabinete estaba acogedor con su luz y el fuego que ardía en la chimenea. Un olor a tocino y a jamón se escapaba de la cocina. Lucinda apareció frotándose las manos con el delantal, y Bárbara salió corriendo de su habitación.
—Bueno, Bárbara, ¿has visto a tu admirador, el soldado, hoy? —preguntó jovialmente Logan mientras colocaba el paquete sobre la mesa.
—¿Si lo he visto? Papá, no hace ni siquiera media hora que me hizo unos gestos de burla en mis propias narices, —Luce, corre las cortinas y cierra la puerta de la cocina. Quiero enseñaros una cosa.
Sus grandes manos temblaron al separar la cinta de goma que cerraba el paquete.
—¡Treinta mil novecientas veintiocho! —susurró tensamente.
—¡Oh, papá...! ¡Date prisa...! ¡Me parece...!
Logan desgarró el grueso papel del envoltorio. Un montón de recortes de periódicos y de hojas de estaño se desparramó por la mesa.


XVI
Era ya oscuro cuando Logan salió precipitadamente de la casita, sordo a los ruegos de Lucinda y al llanto de Bárbara, con la gruesa mano apretada contra el arrugado envoltorio del falso papel moneda, con la mente cerrada a la comprensión de lo que sospechaba que solamente podía ser una broma.
Sin embargo, su pecho parecía hallarse oprimido por un paralizante temor.
El vigilante nocturno estaba encendiendo las lámparas de la calle.
Huett apresuró más el ritmo de su paso. Halló el despacho de Mitchell vacío.
Luego recordó que el comprador de ganado y su compañero llevaban en la mano unos ligeros equipajes cuando estuvieron en la taberna. Ambos se marchaban de Flag. Un instante más tarde oyó el distante silbido agudo del tren que se dirigía al Este. Al oírlo, Logan, que no había corrido desde hacía varios años, rompió en una rápida carrera hacia la estación. Cuando llegó, iba medio asfixiado; el pecho se le levantaba al respirar lo mismo que si fuera un fuelle. Halló en la sala de espera una mujer que se encontraba ante la taquilla. Y Logan corrió al andén.
En el andén se encontraban los acostumbrados vagos, los presurosos empleados del ferrocarril, los pasajeros que esperaban. A lo lejos, sobre la vía, brillaba la luz delantera del tren que llegaba a Flagg. Huett se apresuró a correr a lo largo del andén. Al fin, al pie de uno de los faroles de luz amarillenta, pudo ver a Mitchell, el teniente a quien había visto en el despacho, otros dos hombres y diversas mujeres jóvenes. Huett rompió el círculo que formaban se encaró con Mitchell.
—Oiga... Oiga... ¿Qué significa...? —estalló Logan de modo incoherente y con voz ronca en tanto que extendía el brazo cuya mano sujetaba el mazo arrugado de los papeles.
—¡Hola, Huett! —replicó con fría irritación el hombre que representaba al Gobierno—. No tengo tiempo para hablar con usted. Estoy despidiéndome de estos amigos.
—¡Por todos los diablos...! ¡Tiene tiempo... para mí...! El paquete... que me dio usted... Recortes de periódicos y hojitas de estaño... ¡No dinero...! ¡Estúpida broma!
—Hombre, usted debe de estar borracho —replicó Mitchell con voz tan fría como el acero.
—¿,Borracho...? ¡Fuego del infierno! —gritó con voz de trueno Huett—. ¡Me dio usted papeles... en lugar de dinero...! ¡Mire!
Huett entreabrió el enorme puño para descubrir unos trozos de delgado papel de estaño y algunos recortes de periódicos. Algunos de ellos cayeron al suelo.
—¡Está usted borracho... o loco! —replicó Mitchell secamente—. Le he pagado en dinero contante y sonante. Tengo su recibo. El teniente Caddell firmó como testigo de la firma de usted. Le advertimos que tuviera cuidado con el dinero. Pero usted no quiso hacer caso. Y le vimos bebiendo en aquel chamizo.
Huett se quedó absorto y mudo, con la mano todavía extendida y estirado el brazo, con dedos temblorosos. En tanto, Mitchell dirigía una mirada a Caddell para solicitar una confirmación de sus alegaciones.
—Es cierto. Huett —declaró firmemente el acompañante de Mitchell—. Vi que el señor Mitchell le pagaba en dinero. Vi que usted recogía el dinero y firmaba el recibo; y firmé como testigo del acto. Más tarde, vimos que estaba usted bebiendo en compaña de sus amigos en el tugurio más desacreditado de la ciudad. Pero lo que pueda haberse sucedido después de su salida del despacho con el dinero, es cosa que no nos incumbe. Eso es todo.
—; Un error...! ¡Un paquete equivocado...! —dijo ahogadamente Huett, Caddell hizo un gesto de desdeñosa despedida. Mitchell se volvió hacia la muchacha de grandes ojos negros que le tenía asido de un brazo. El tren llegó tronitosamente a la estación. La máquina despidió unas vaharadas de humo y vapor y las ruedas rechinaron. Los carros de equipajes y correo cruzaron el andén. Luego, el tren se detuvo con una brusca sacudida.
La imaginación de Huett se aclaró. El terrible relámpago de la verdad se encendió entre las brumas de su estupefacción. Aquel hombre le había engañado, le había estafado. Y lo mismo que un imbécil, había corrido hacia el cepo, infernalmente hábil, provocado por su petición de que se le pagase en dinero.
Esta rápida deducción dio origen a un lento cambio en los sentimientos de Huett. Una violenta liberación de la sangre retenida provocó una espasmódica expansión y el movimiento de los músculos. Mientras permanecía inmóvil, con la callosa mano extendida, con los temblorosos dedos contraídos como una garra, percibió el despertar del torbellino del furor.
Jamás se había visto en ningún momento de su vida sujeto Huett a una tormenta de pasión de tal intensidad. Esta tormenta le transformó. Una violenta expulsión de aliento silbó a través de sus dientes. Su vista se cubrió de un velo rojo que coloreó los lindos rostros de las mujeres, la pálida faz de Caddell. Mitchell había vuelto la cara hacia otra dirección. Unos dislocados pensamientos asaltaron la imaginación de Huett: rasgar..., destrozar a aquellos traidores enemigos..., matar..., arrancarles el dinero de él, que, seguramente, tenían en su poder...
Y cerró aquella mano extendida que se trocó en un puño amenazador.
Su rugido obligó a Mitchell a volverse exactamente en el momento preciso para recibir un golpe que semejó el de un ariete. La sangre brotó de su rostro cuando Mitchell cayó al suelo arrastrando consigo a dos de las vociferantes muchachas. Caddell gritó fuertemente en petición de auxilio, en tanto que saltaba para rehuir el puño de Huett. Los otros dos hombres agarraron a Huett desde detrás de él. Huett los arrojó a tierra, donde cayeron patiabiertos, y se lanzó sobre el postrado Mitchell para medio despojarlo de las ropas. Entonces, una multitud de hombres arrastraron a Huett, lo separaron de su víctima, lo condujeron violentamente desde el andén a la carretera. Por fin, Logan cesó de agitarse como un toro cogido por el lazo y permaneció quieto bajo la presión de muchas manos. Entonces pudo ver que Mitchell era conducido al tren y que su equipaje era arrojado tras él al coche. Caddell permanecía en el estribo e intentaba libertarse de las manos de las mujeres que voceaban histéricamente. El tren se puso en marcha por medio de una sacudida, adquirió velocidad y salió de la estación. Y la excitación de la multitud se centró en Huett.
—¡Soltadme! —gritó ruidosamente.
—Perfectamente, hombres —gritó el sheriff—. Huett, no parece que esté usted borracho. ¿Qué diablos ha sucedido? ¿A quién intentaba matar usted?
No he llegado a tiempo de poder verlo.
—A Mitchell, el comprador de ganados para el Gobierno. Le vendí treinta mil novecientas cabezas... Había de pagarme en dinero... Me entregó un paquete... Firmé el recibo... No abrí el paquete inmediatamente... Tomé unas copas en compañía de Holbert y Doyle... Cuando llegué a casa abrí el paquete... y descubrí que había sido engañado... ¡Mi dinero no era dinero, sino unos recortes de periódicos y unas hojas de papel de estaño!
—¡Por todos los diablos! —exclamó el sheriff, en tanto que el círculo de hombres daba rienda suelta a un coro de interjecciones—. Huett, ¿ha perdido usted la cabeza?
—Estuve a punto de... ¡Lo habría matado...! Me alegro de que me separasen ustedes de él.
—Tiene usted un aspecto extraño; pero no creo que esté loco. Huett, ¿podría probar lo que ha dicho? Telegrafiaré a Slocum, en Holbrook, y ordenaré que detengan el tren y arresten a Mitchell. No debemos permitir que salga de este Estado.
—¿Probarlo? —dijo trabajosa y meditativamente Huett.
—Tengo el paquete... y lo que debía haber sido dinero..., con excepción del puñado de papeles que así...
—Pero cualquier otra persona que estuviera enterada podría haber hecho un cambio de paquetes cuando usted tenía el suyo en su poder... Vamos a ver al señor Little, pues esta cuestión presenta un aspecto condenadamente sospechoso; pero es demasiado complicada para que yo pueda acometer solo la tarea de desentrañarla...
Huett pasó entre la murmurante multitud en compañía del sheriff, y se dirigió a la ciudad, al lugar en que residía el abogado. El hombre de leyes estaba cenando. En aquella ocasión Huett pudo referir la historia completa de lo sucedido con más coherencia y lucidez que anteriormente. Los ojillos de Little se abrieron y cerraron con violencia.
—Telegrafié a Holbroock que detengan el tren y que se apoderen de los dos hombres —ordenó.
—Lo haré inmediatamente —contestó el sheriff; y se alejó a toda prisa.
—Huett, la historia que me ha referido confirma las sospechas que tenía —continuó el abogado—. Mitchell ha comprado vacas y caballos para el Gobierno. Charteris, que se encargaba en ocasiones de hacer los pagos bancarios, me ha dicho que Mitchell /pagaba tanto por las reses que compraba y cargaba cantidades superiores en las hojas de liquidación que remitía al Gobierno. Si conseguimos detenerlo, no hay duda de que va a tener motivos para sudar. Pero estamos en tiempos de guerra, Huett, en los que se han desatado la codicia, la maldad, las inmoralidades. Mitchell le ha hecho una jugada ingeniosa. Por qué pidió usted que se le pagase en dinero, hombre de Dios?
—No quería esperar a recibir mi dinero... Charteris me dijo que un cheque del Gobierno tenía un valor indudable, pero que él no tenía en caja dinero suficiente para pagar una cantidad tan importante. Tendría que esperar a que la recibiese.
—Ochocientos sesenta y cinco mil dólares! ¡Hum! ¡Una fortuna! Huett, lo siento mucho... y le censuro por haber sido tan tonto y tan incauto.
Verdaderamente, podríamos conseguir que se le entregase su dinero, puesto que el caso es lo suficiente claro. Pero ¡en estos tiempos...! El hecho de que se le viera bebiendo en compañía de Holbert y Doyle podría ser utilizado contra usted... Es una cuestión grave... Váyase a su casa. No corneta el error de volver a beber. En el caso de que logremos que mañana se traiga a Mitchell aquí, necesitaremos que esté usted perfectamente sereno.
Huett fue a su casa. Estaba completamente aturdido. El evidente interés de Little sirvió para tranquilizarle y volverle de nuevo al mismo estado en que se hallaba antes de tener la certeza de que había sido engañado. Pero su conciencia se negaba a abrigar duda alguna contra la seguridad de que obtendría el pago de su ganado. Cuando refirió a Bárbara y Lucinda lo que había sucedido en la estación, Lucinda lloró.
—¡Nunca pensé... que llegásemos... a poseer todo... ese dinero! —dijo.
Pero Bárbara reaccionó de un modo diferente.
—¡Apostaría la vida a que lo obtendremos! —exclamó acaloradamente.
Huett paseó por la estancia por espacio de horas y más horas, salió a la calle para recorrerla nerviosamente una y otra vez, y cuando al fin se acostó, no pudo dormir. Llegó la mañana, fría y lúgubre; el viento anunciaba con su murmullo entre los árboles la llegada del invierno. Huett encendió los fuegos. Las mujeres se levantaron para preparar los desayunos. Huett tomó desganadamente un poco de comida y una tacita de café, y luego se dirigió a la ciudad.
Aquel día se enteró Huett de que los policías de Holbrock habían detenido y registrado el tren designado; pero Mitchell no pudo ser hallado en él. El abogado, Little, recibió la noticia con inquietud.
—¿Por qué permitió usted que ese hombre tomase el tren? —preguntó a Huett.
—¡Diablos! Lo tiré al suelo de un puñetazo. Le había medio desgarrado las ropas cuando me separaron de él y me arrastraron fuera de la estación.
Si hubiera llevado un revólver, lo habría matado. Y eso habría sido lo mejor...
—Sí, lo habría sido. Ese hombre es un malvado; y si lo tuviéramos aquí, muerto o vivo, podríamos demostrarlo... Ahora, nos veremos precisados a recurrir a los lentos oficios de la ley.
Unos días y unas semanas llenas de impaciente espera sirvieron para demostrar a Huett la lentitud de las leyes. Pero el señor Little se mostró enérgico y persistente en sus esfuerzos por conseguir una acción judicial, lo que resultó vano, por lo menos en lo que se refería a Flagg. Luego, a Prescott, la capital, en beneficio de Huett, y, finalmente, consiguió que el representante del Estado en el Congreso se interesase en la cuestión.
Entre tanto, Flag se encerró, como decían sus más antiguos moradores, en el clima invernal propio de una región arizoniana de gran altitud. Huett pasó la mayor parte de las horas del día partiendo leña; y el resto, sentado ante un fuego vivo. Con esto encontró un poco de consuelo, puesto que mientras miraba cómo ardían los leños de una chimenea le hacía revivir lo mucho de su existencia que había sido consumido. Cuando extendía las anchas manos para calentarlas, un algo aquietante y tranquilizador le inundaba. Pero jamás volvió a disfrutar de su pipa, de fuerte olor, después de la pérdida y, finalmente, cesó de fumar por completo.
La guerra continuaba desenvolviéndose; era una cuestión de secundario interés para Huett. Tenía tres hijos en los frentes, que estaban haciendo mucho más de lo que les correspondía por aniquilar a los alemanes. La totalidad de sus pensamientos se llenaba por la preocupación que le inspiraban la traición del oficial del Gobierno y la necesidad de recobrar su dinero. Cuando Bárbara —que continuamente iba a la oficina de correos —recibía una carta, Huett salía del abismo de su melancolía para escuchar la lectura. La carta solía proceder de Abe y estaba desesperadamente censurada y mutilada. Huett siempre lanzaba unas maldiciones cuando esto sucedía.
—Puesto que tenemos tres muchachos allá —decía —¿por qué diablos no podemos saber lo que hacen? Declaro que comienzo a abrigar sospechas respecto al modo de actuar de este Gobierno...
Las cartas de Lucinda eran generalmente de George y Grant, y llegaban regularmente, una o dos veces cada mes. No era necesario que así fuese; pero tales cartas espoleaban a las dos mujeres a realizar mayores esfuerzos en su trabajo de socorro de guerra. Tampoco eran necesarias para revelar a Bárbara ni a Lucinda los estragos que la guerra causaba entre los jóvenes americanos. Lucinda se hizo sombría y serena. Bárbara se convirtió en un espectro pálido de sí misma, un espectro de ojos apagados y nervios siempre tensos.
Huett no renunció. Todo esto podría haberle impresionado más profundamente si no hubiera estado obsesionado por la idea de recobrar lo que el Gobierno le debía. Hasta aquel momento de su vida de vicisitudes nunca se había dejado dominar por la adversidad. Y continuó esperando, esperando y luchando.
En los últimos días de enero su abogado recibió de Washington una carta importante. A instancias del diputado de Arizona, la cuestión de la compra de los ganados de Logan Huett había sido revisada. La cantidad importante haba sido pagada en dinero por el representante del Gobierno, Mitchell, y la entrega del dinero y la firma del vendedor habían sido testificadas por el teniente Caddell. El recibo se hallaba en manos del Gobierno, juntamente con la información de que Logan Huett era hombre dominado por el vicio de la bebida.
—Lo temía —dijo roncamente y con el rostro pálido el abogado Little—.
Estamos en mala situación. Tenemos una probabilidad a nuestro favor y un millón en contra. Y esa probabilidad consiste en llevar el asunto a Wáshington para que sea examinado y resuelto allí. Pero yo no puedo abandonar mi trabajo de aquí. Y, por otra parte, usted, Logan, no dispone de medios para lograr que se celebre allí un juicio. ¡Estando los Estados Unidos en guerra...!
¡Dios mío! ¡Sería una verdadera locura!
—De todos modos, iré —replicó Huett.
Y después de haber ordenado a Little que anotase las sugerencias referentes al modo como debía proceder, Huett fue a su casa para ponerlo en conocimiento de Bárbara y Lucinda. Su esposa dijo que le parecía «una esperanza desesperada».
—¡Si estuviéramos nuevamente en Sicómoro...! —exclamó.
Pero Bárbara le animó a que hiciese el viaje y le pidió que la llevase consigo.
—Mamá, podrás remitirme las cartas que se reciban de Abe. ¡Oh, papá, llévame contigo! —exclamó.
—No. Creo que será preferible que te quedes aquí con mamá contestó Huett, pensativo.
—Bárbara, ¿has olvidado tu estado de futura madre? —preguntó asombrada Lucinda.
—¡Oh! Lo había olvidado —contestó Bárbara; y el pálido rostro se le cubrió de escarlata—. Estoy avergonzada... ¡Esta guerra me ha enloquecido por completo!
Y de este modo Logan Huett fue a Washington.
En su juventud Logan había estado en Chicago; y en aquella misma época vivió en Kansas City. Pero Washington era una ciudad magnífica, la capital de la nación, y en aquellos tiempos de guerra le pareció a Logan una casa de locos.
Logan olvidó el motivo de su viaje y cuando lo recordó comprendió atormentado que su esperanza era solamente como una gota de lluvia en una tormenta. La ciudad estaba atestada de civiles, soldados y extranjeros de muchas naciones. Una incesante corriente de automóviles circulaba a lo largo de las calles. Huett fue a ver una docena de enormes hoteles antes de decidirse a entrar en uno de ellos. Habiéndose asegurado una habitación, salió de nuevo y, antes de que hubiera podido darse cuenta de lo que sucedía, se encontró en el piso alto de un autobús.
Durante aquel paseo Huett se enorgulleció de su pueblo. Los impresionantes edificios gubernamentales, el Capitol, la Casa Blanca, el monumento al Soldado, le llenaron de espanto y placer. Sus hijos estaban luchando por lo que todo aquello representaba.
Otra vez en pie entre la multitud que llenaba las calles, Huett se puso en contacto con la realidad. Acosado por los mendigos, por los hombres de ojos de rapiña, por los suntuosos desconocidos que se ofrecían para acompañarle y guiarle. Huett comprobó con pesar que era un «pies tiernos», un hombre tan desorientado en la ciudad como cualquiera de sus habitantes lo habría sido en el Desfiladero del Sicómoro. Más tarde, la desaparición de su reloj le despertó a la realidad de uno de los aspectos de la gran urbe. Se abotonó el bolsillo interior del chaleco, donde llevaba la cartera, y se propuso permanecer en continua vigilancia.
Huett encontró el edificio del Ejército cuando había transcurrido la mitad de la tarde. Era un edificio inmenso. Hombres vestidos de uniformes militares o de trajes civiles iban de un lado para otro produciendo un rumor semejante al de una colmena. Los automóviles zumbaban al pasar velozmente. Los aeroplanos producían en la altura un rumor parecido al de unas inmensas abejas. A pesar de lo indeclinable de su propósito y de su fortaleza, Huett entrevió por primera vez la inutilidad de su viaje. Unos ordenanzas uniformados le escucharon cortésmente y le alejaron con excusas y pretextos. Por último se vio forzado a abandonar el edificio sin haber conseguido hablar con ningún oficial del Ejército.
Huett rondó por espacio de varios días el edificio del Ejército. Tenía paciencia y tozudez. Le dolía que se le tomase por un chiflado, por un vejestorio del Oeste, por un lunático que desvariaba acerca de treinta mil cabezas de ganado. Pero fue tal la insistencia de Huett, que, al fin, fue conducido de despacho en despacho hasta llegar a la presencia de un oficial del Ejército que estaba relacionado con el Departamento de comisarios.
—Me llamo Logan Huett —dijo Logan corno respuesta a la seca pregunta respecto a qué deseaba—. Soy ganadero en Flag, Arizona. Vendí treinta mil cabezas de ganado a un comprador del Gobierno, llamado Mitchell. Y me estafó el dinero.
—¿De qué modo se lo estafó? —preguntó el oficial.
—Pedí que me pagara en dinero. Me hizo firmar el recibo, hizo que firmase también como testigo su ayudante, Caddell, y me dio un paquete que no contenía más que papeles.
—Bien, señor Huett, no puedo hacer nada en su favor. Será preciso que emprenda acción judicial contra el Gobierno y que pruebe la verdad de sus alegaciones. Buenos días, señor.
Huett salió. Un fuego lento de ira ardía en su interior. Comenzó a comprender la solidez del muro que se oponía a sus justas esperanzas y demandas. Luego, al leer las instrucciones de Little, observó que había dejado de cumplir una de ellas: la visita al diputado por Arizona. Huett se propuso cumplirla inmediatamente. Le dijeron que el diputado Spellman había salido de la ciudad, durante la interrupción de la actividad del Congreso, y que no regresaría hasta que hubieran transcurrido varias semanas.
De este modo, frustrado y chasqueado en todos sus intentos, Logan decidió poner el asunto en manos de un abogado. El consejo de Little respecto a esta cuestión fue que confiase en algún abogado digno que Spellman le recomendase. Huett descubrió que Washington estaba lleno de abogados de todas las clases y categorías. Decidió hacer frente a la situación, y eligió ciegamente el abogado que había de representarle.
El abogado solicitó que se le hiciera un anticipo de quinientos dólares para hacer frente a los primeros gastos de la acción que debía emprender.
Huett no podía pagar una cantidad de tal importancia sino en el caso de que recobrase su dinero. El trato fue cerrado por la mitad de la expresada cantidad. Huett salió del despacho de la altisonante sociedad «Highgate & Stanfield» alentado por la promesa de que muy pronto tendría en su poder el dinero que le pertenecía.
Luego comenzó una dura prueba para la paciencia de Huett. Y en tanto que esperaba, leía los periódicos, paseaba por las calles y se sentaba en los bancos de los parques. Solamente le sostenía lo indoblegable de su espíritu.
Huett recibió cartas inquietantes de Bárbara y Lucinda. Su esposa le suplicaba que regresase sin darle razón alguna, y Bárbara le comunicaba, en tono afligido, que hacía un mes que no recibían noticias de los jóvenes.
La primavera llegó pronto a Washington. Huett pasaba el tiempo sentado en un banco público, escuchando a los gorriones, percibiendo el agradable calor del sol, observando el lento cambio verdeciente de la hierba y de los árboles.
Todos los días visitaba el despacho de su abogado para preguntar si su demanda haba sido presentada. La última vez, oyó claramente que se le anunciaba: «ese agricultor de Arizona», y cuando recibió, por medio de una señorita la respuesta de que la vista de su causa había sido aplazada hasta el mes de septiembre, Huett se sintió víctima de un asombro y de un furor desesperados. ¡Septiembre! Si permaneciese tanto tiempo en Washington, se volvería loco. Pero, por otra parte..., su dinero..., su fortuna..., el pago de sus treinta mil reses..., el fruto de sus años de trabajo... ¡No podía abandonarlo!
El diputado Spellman regresó. Recibió calurosa y cordialmente a Huett.
Spellman era occidental y había sido ganadero. Oyó sinceramente conmovido la larga historia de Huett, y a su final emitió un juramento legítimo de las campiñas de Arizona.
—Huett, lamento tener que manifestarle que el caso de usted es desesperado —continuó—. Absolutamente desesperado. Little debería habérselo hecho comprender con claridad. No tengo ni siquiera la más ligera duda de que usted ha sido robado. ¡Estafado, chasqueado! Toda la nación está ahora llena de actos de codicia y de maldad. Su caso es uno de los muchos que se cometen a millares. Según los informes de los compradores, usted recibió el dinero, firmó el recibo y fue visto bebiendo en una taberna de Flagg. No tiene usted probabilidades de hacer que su demanda progrese ante un tribunal.
—Ya he iniciado una demanda —replicó Huett, fatigado—. He pagado doscientos dólares anticipadamente.
—¡Dios mío! Huett, no es usted más que un cordero occidental entre los lobos del Este. ¿Quién le ha arrebatado esa cantidad de dinero?
—¿Arrebatado?
—Sí. Es usted lo que familiarmente se llama un «primo». Washington está plagado de abogados trapisondistas y desvergonzados. Es muy probable que haya caído usted en manos de alguno de ellos. ¿Quién...?
—Highgate & Stanfield. He aquí su tarjeta. Uno de ellos..., no sé cuál..., me garantizó que recobraría mi dinero. He esperado durante varias semanas.
Ayer se me dijo que mi demanda había sido aplazada hasta septiembre.
—¡Hum! —gruñó el diputado; y tomando la tarjeta, se dirigió al teléfono, donde marcó un número y otro después. Huett no escuchó lo que decía.
Estaba demasiado ofuscado y arrebatado para que pudiera escuchar. Finalmente, el diputado Spellman colgó el receptor y recogió su cigarro—. Esa sociedad no figura entre las de los abogados de Washington dignos de confianza. Y no se ha presentado a nombre de usted ninguna demanda. Ha sido usted engañado una vez más.
—¡Ah...! Había comenzado a sospecharlo.
—Huett, la situación es endemoniada. Sería suficiente para matar a la mayoría de los hombres. Pero usted es del Oeste. ¡Uno de los viejos y duros colonizadores de Arizona! ¡No podrá matarle a usted! Es un nuevo golpe adverso..., el más rudo de toda su vida, indudablemente... Pero sólo representa una pérdida de ganado. Eso no tiene importancia para un hombre de los campos de Arizona. Vuelva a su campiña y a sus vacas. Los precios del ganado volverán a subir hasta gran altura. Unas pocas temporadas de lluvia y pastos... y otra vez estará usted a flote, buen occidental.
Volvió a su hotel y recomenzó una desesperada lucha contra su obstinado deseo de permanecer en Wáshington y no renunciar al dinero que se le debía. En el suelo de su habitación, detrás de la puerta, había un telegrama. Logan lo cogió, se acercó a la ventana para ver mejor y lo abrió. El mensaje procedía de Flagg y decía:
«George y Grant muertos en batalla. Abe, desaparecido.
»Lucinda. Huett vio cómo las horas pálidas se desvanecían y el alba despertaba con un gris rosado tras la gran espiral del Monumento al Soldado.
Y despreció la luz del día. Vencido, abrumado por el inesperado golpe que empequeñecía la totalidad de las calamidades de toda su vida, había ido de continuo de un lado para otro durante las interminables horas negras para dejarse caer, al fin, rendido sobre un banco del parque y pensar atribuladamente que, puesto que había olvidado a Dios en los días de su alocada juventud, Dios le había olvidado en su conturbada vejez.
El rubor del amanecer, claro, brillante, con un esplendor radiante, aumentó lo mismo que la iluminación de su mente.
En los mismos principios de su carrera de ranchero occidental había comenzado con una pasión dominante e impulsora, con un anhelo egoísta y único al cual había sacrificado todo lo demás. Había sacrificado a su esposa, a sus hijos, a Bárbara. Esta tragedia, esta devastación de su vida en un golpe aplastante debía de ser un castigo, una justa expiación. Se lo confesó con angustia, y una terrible amargura inundó su alma.
Todas aquellas semanas pasadas en Washington leyendo, escuchando, observando, habían influido imperceptiblemente en la mente de Logan y operado un cambio increíble en sus pensamientos, que no se clarificaron hasta que recibió aquel abrumador golpe de la muerte de sus hijos.
Su fuerte corazón se rompió.
La escena que había ante sus ojos cambió repentinamente. El dardo agudo, brillante y altivo, el pálido tono del follaje, la anchura del parque y el resplandor del agua, los tempranos gatos y los peatones que habían comenzado a presentarse..., todo se desvaneció. Y en su lugar brillaron un muro de piedra, un desfiladero bordeado de pinos, la cinta ondulante y plateada de un arroyo, manadas de ganado que pasaban, una cabaña gris de leños y tejado musgoso cobijada al pie de un bancal arbolado, todo confuso, todo irreal como las escenas de un sueño.
No obstante, aquello era el hogar. Y el dolor de su angustia fue espantoso. Logan debería haber vivido para su familia, no para el ganado. Su gran ambición había sido un desatino. Su avaricia le había arruinado. Había sido aporreado duramente cuando se hallaba en la flor de la juventud, de su prodigiosa fortaleza física. Y lo mismo que una visión aguda y perfilada, se le aparecieron tres chiquillos de ropas desgarradas y rostros sucios que jugaban junto al arroyo. Y un grito brotó de su alma:
—¡Oh, hijos míos, hijos míos! ¿Por qué no quiso Dios que muriera en lugar de vosotros? ¡Oh, hijos míos, hijos míos!»
Había telegrafiado a su esposa para decirle el día que llegaría a Flag, lo que, sin duda, fue causa de que Doyle saliese a recibirle a la estación. Iban con él Doyle, Holbert, Hardy y otros amigos. Pero Lucinda no fue. Nadie que los hubiera observado habría podido sospechar a través de su acogida que todos suponían que el mundo había terminado para Logan Huett. Los arizonianos tomaban los duros golpes de la existencia como accidentes de la vida en los campos. Ninguno de los amigos hizo mención de la pérdida de los tres hijos de Logan.
—¿Cómo te ha ido por Washington, viejo amigo?
—No bien, Al —respondió en tono cansado Logan—. El diputado Spellman me dijo que era inútil presentar una reclamación contra el Gobierno.
Cuando firmé aquel recibo y recibí aquel paquete, me arruiné yo mismo... Un abogado sinvergüenza de Washington me dijo que podría recobrar mi dinero, y me arrebató doscientos cincuenta dólares más.
—¡Por Dios, Logan! Sabes que yo me oponía a ese viaje —dijo Holbert, malhumorado.
—¡Todo ha concluido...! ¡Todo ha concluido para mí! —dijo Logan, que había visto de modo perfecto el modo cómo sus amigos le examinaban el rostro.
—Bueno, eso es lo que ahora supones —replicó prudentemente Al Doyle mientras movía la gris cabeza—; pero un vaquero que haya trabajado en el Tonto por espacio de treinta años adquiere hábitos que no pueden morir de la noche a la mañana.
—¿Cómo están las mujeres de mi casa? —preguntó Huett.
—Lucinda está sorprendentemente entera y fuerte. Debía de haber supuesto lo que iba a suceder. Pero he oído que Bárbara está muy afectada.
—¡Ah! —gruñó Huett; y carraspeó y se dispuso a abandonar el andén.
Doyle y Holbert caminaron junto a él calle arriba.
—Logan, ¿qué piensas respecto a las circunstancias —preguntó Holbert—.
Ninguno de nosotros, ni seguramente ninguno de los compradores de ganados, sabía exactamente el precio actual... Las reses han subido a cuarenta dólares y el precio continúa subiendo.
—¿Que os había dicho? —exclamó Huett saliendo repentinamente de su indolencia—. ¡Yo lo había supuesto! Quise abstenerme de vender durante un año más... ¡Ojalá lo hubiera hecho!
—Es demasiado tarde. Pero hay algo importante: el precio del ganado no bajará en muchos años...
—¡Ah! Demasiado tarde para mí... por más de una razón.
—¡Ah, no! Logan, tú eres más joven que yo..., que todavía me afano —dilo Holbert con vehemencia—. Tú conoces la cría de ganados. Hace veinticinco años, yo era rico. Después, fui pobre por espacio de veinte. Ahora, con los precios elevados y una manada floreciente, no estoy en mala posición.
—i Quién sabe, Logan! —añadió Al Doyle—. Nunca Puede saberse lo que ha de suceder... Pero supongo que la conversación acerca de ganado debe entristecerte. De modo que la abandonaremos.
—Muchas gracias, Al. Hay algunas palabras que no desearía volver a oír durante el resto de mi vida. Son: ganado, dinero, Gobierno y guerra.
—Entonces... tendrás que volver nuevamente a los bosques. Esta ciudad está inundada de noticias de guerra. Ha sufrido una pérdida importante, Logan... El último vaquero del Tonto que ha desaparecido ha sido Jack Campbell. Se arrastró hasta un nido de ametralladoras alemán y arrojó una bomba a los boches en el momento en que lo vieron. Y éste fue el de Jack. Y todos olvidamos al punto su mala fama.
—¡Bien podemos olvidarla! —comentó suspirando Huett.
Al llegar a la entrada del patizuelo de Logan, Al y Holbert se despidieron de él y se alejaron. Logan entró lentamente, como un hombre que pasase sobre un tronco tendido en la altura de un profundo precipicio y de que temiese llegar al lado opuesto. Subió los escalones del pórtico y, cuando vacilaba y se detenía para limpiarse el viscoso rostro, la puerta se abrió y tras ella apareció Lucinda.
—¡Luce! —exclamó él, que experimentó una gran alegría y un inmenso consuelo al ver que no tenía el aspecto que tanto temía. Y entró tambaleándose y dejó caer la maleta para acercarse a ella. Lucinda cerró la puerta y le acogió —entre los brazos.
—¡Pobre, querido Logan! —murmuró Lucinda. Y le apretó contra sí y le besó y lloró.
—¡Esposa! —replicó él roncamente mientras la apartaba un poco para mirarle el rostro. Era un rostro que semejaba de mármol, en el que se reflejaban los estragos de dolor, triste y maravillosamente fuerte. Logan encontró hogar, amor, comprensión y madre en aquellos profundos ojos—.
No sé... no sé exactamente... cómo esperaba hallarte, pero... no creí que sería así.
—Logan, querido, lo supe desde el primer momento, lo he sabido siempre... Fue como la liberación de una tortura la llegada de la noticia... Ni una sola palabra más acerca de Abe. Desaparecido. Eso es todo.
—¡Desaparecido! ¿Qué quiere decir eso?
—Puede significar muchas cosas... Que un soldado haya sido destrozado de modo inidentificable por una granada; que ha quedado enterrado en la destrucción de una trinchera; que ha caído a un río...
—; Ah...! ¿No hay esperanzas de que haya sido hecho prisionero?
—En ese caso, lo habríamos sabido desde hace mucho tiempo.
—¿Dónde está Bárbara...? Al me dijo que la desgracia le había afectado terriblemente.
—Espera un poco, querido... Es muy difícil decirlo.
Logan se sentó pesadamente y retiró la mirada del rostro de Lucinda para no tener que sufrir la ansiedad que en ella había. Lucinda se acercó y Logan apretó la cabeza contra la suya.
—Me alegro de que hayas vuelto —dijo ella—. Tenemos que hablar sobre algo muy grave... ¿Querrás llevarnos de nuevo al «Sicómoro»?
Una aguda hoja de acero no habría podido hacer que Logan se estremeciera más violentamente. ¡Cuán terriblemente le dolió la pregunta!
Pero Logan se limitó / preguntar a su esposa por qué lo deseaba.
—Hay muchas razones. Allí podremos ganarnos la vida. Estaremos lejos de este ambiente de guerra, de este cúmulo de noticias bélicas que nos acosa día y noche... ¡Otra vez en nuestro desfiladero...! Podré cultivar de nuevo un huerto. Y tú podrás trabajar como agricultor. Allí no hace tanto frío como aquí. Estamos casi helados... Y creo que Bárbara estará mejor allí. Y el nene podrá desarrollarse...
—¡El nene!
—Sí, el niño de Bárbara. Un niño hermoso, como Abe. Pero no tan negro como él. Y tiene los mismos ojos de Bárbara.
—¡Ah! Había olvidado a Bárbara... La había olvidado... ¡El hijo de Abe...!
¿No es una delicia...? Luce, con eso resulta que soy abuelo.
—Logan, creo que ya era hora... ¿Querrás volver a llevarnos allá?
—Lo haré, Lucinda —contestó Logan, cuya imaginación se llenaba de ideas prácticas—. Es una buena idea... Habremos de vivir en algún sitio... Es posible que no nos duela mucho... el tener que volver al «Sicómoro». Veamos, Hardy tiene mi carro. Mis caballos andan sueltos en los campos de Doyle.
Podremos comprar aquí lo que necesitemos, cargar lo que sea nuestro... Y adquirir subsistencias... ¡Subsistencias! ¡Dios mío! ¿En qué te hace pensar eso, Lucinda...? ¿Cómo andamos de dinero?
—Tengo poco más de un millar de los dólares que me dejaste.
Huett sacó el libro de cheques y miró el saldo.
—Yo tengo lo mismo aproximadamente. ¡Ja! Eso es una fortuna para unos colonizadores... ¿Cuándo querrás que...?
Una canción penetrante, dulce, arrulladora, interrumpió a Logan. Una canción que parecía modulada con voz de niño pequeñito..
—¿Es... el nene? —preguntó conmovido Logan.
—No, querido. Es Bárbara... Canta continuamente durante la mayor parte del día... ¿No sabes...? La pobre ha perdido la razón.


XVII
Lucinda no se sorprendió menos de las aberraciones mentales de Logan que de lo mucho que había cambiado de aspecto. Semejaba el espectro del viril y robusto gigante que había sido. Y hasta olvidaba los encargos que se le confiaban. Cuando llegaba a la casa procedente de la ciudad solía despedir un aliento de alcohol. Lucinda comprendió con creciente angustia que Logan se había trastornado. Durante toda su vida se había inclinado en exceso hacia una sola dirección; entonces, cuando aconteció la catástrofe más grande de su existencia, se había curvado hacia el otro lado y estaba a punto de derrumbarse.
Lucinda había comprendido algo de esto cuando Logan regresó de Washington y ella le rogó que las llevase a «Sicómoro». Si había algo que pudiera salvar a Logan, era la acción, el tener algo en que emplearse, el disponer de trabajos que apartasen su imaginación de las torturas actuales y la llevasen hacia los antiguos canales del hábito. Antes de sufrir aquel golpe, a pesar de sus sesenta años, Huett se hallaba en la cúspide de una magnífica vida física. En el caso de que permaneciese en Flagg, de que pasase las horas ociosamente en las tabernas y en los rincones, de que se sentase para mirar a nada y sin ver, no vivirá ni siquiera el resto del año.
Cuando los días se hubieron convertido en semanas sin que Logan hubiese hecho nada en favor del retorno al Desfiladero del Sicómoro, Lucinda resolvió hacer personalmente los preparativos. Dijo a Hardy que repasase el viejo carro, que engrasase los ejes y recompusiera los arneses. Y contrató a un negro para que condujese el tronco de caballos y lo alimentase.
Luego se dedicó a resolver la complicada cuestión de adquirir utensilios y abastecimientos. Al Doyle, que se interesaba tanto como ella por lograr que Logan viviese de nuevo al aire libre, dijo vehementemente:
—No encontrarán ustedes ni siquiera el más pequeño chisme en aquel rancho. Logan olvidó dejar allá un hombre que cuidase el lugar. Todas las herramientas, los muebles que dejaron en la cabaña, todo habrá desaparecido. ¡Todo habrá sido robado!
—¡Oh Dios mío! Al, eso será como volver a comenzar de nuevo y por completo la vida de colonizadores.
—Lo es. Pero eso es bueno, Lucinda, porque de este modo saldrá Logan del pantano en que se halla... Recomiendo a usted que lleve dos carros totalmente cargados. Yo le prestaré uno de ellos y contrataré un conductor, compraré las herramientas necesarias y me encargaré de empaquetarlas y cargarlas. Es fácil calcular la cantidad de provisiones que habrá que comprar. Y los dos juntos, usted y yo, uniremos nuestros esfuerzos para prever las necesidades de la cabaña y de ustedes, las mujeres... No se preocupe, Lucinda. Todo se resolverá bien. Lo importante es que obremos con rapidez.
Una sola vez desfalleció Lucinda. Y fue cuando al regresar a su casa halló a Bárbara y Logan en el saloncito mientras él pequeño Abe se arrastraba, desnudo y sucio, por el suelo. Logan estaba intentando nuevamente arrancar de Bárbara alguna respuesta coherente. Y Bárbara estaba encogida en una silla; sus grandes ojos eran las ventanas de su alma ensombrecida. Lucinda experimentó un terrible dolor en el corazón al verlos.
No podía soportar el estar allí en aquel momento; y se dirigió a la cocina, donde luchó contra el temor y la duda. ¿Estaría ella loca al pretender llevar a aquellas dos ruinas de nuevo a la soledad del desfiladero? Sería posible que la enfermedad, el accidente, la soledad, la obsesión de Bárbara de vagar de un lado vara otro fuesen más difíciles de combatir en en el desfiladero que en la ciudad. En la ciudad Lucinda podría llamar a otras mujeres para que la ayudasen, o al doctor. A pesar de las súplicas de la razón, que apoyaba sus temores, se entregó a su primera intuición. Si aún restaban algunas esperanzas de salvar a Bárbara y Logan y de criar al niño, tales esperanzas se cumplirían en el Desfiladero del Sicómoro. El trabajo no asustaba a Lucinda. ¡Bien sabía que las mayores cargan recaían sobre la esposa del colonizador, sobre la madre! Una voz extraña y sutil desvanecía sus recelos. Y con un resurgir de la esperanza que se alojaba en su corazón, puso manos a la tarea de prepararse para la marcha.
A la mañana siguiente, con dos carros, salieron de Flag. Aún no había amanecido. Solamente el viejo Al Doyle, el fiel amigo, los despidió. Sus últimas palabras fueron —y éstas fueron las últimas que le oyeron pronunciar:
—Otra vez estás, viejo amigo, en el camino que conduce al desfiladero y a los bosques. Eso es bueno. ¡Adiós!
Lucinda iba en el asiento del conductor, junto a Logan. Bárbara y el nene se instalaron en la parte interior del carro, bajo la cubierta de lona.
Evidentemente, el movimiento, el rechinar de las ruedas, el retumbar de los cascos de los caballos excitaron a Bárbara, que se arrodilló sobre la paja para mirar con ojos dilatados en los que ningún mortal habría podido hallar un significado. El segundo carro, conducido por el negro, contenía las herramientas de agricultura, los muebles y otros accesorios.
Al cabo de cierto tiempo, los ojos de Lucinda se aclararon de modo que le fue posible ver. Se alegraba de huir de Flagg. Los negros tocones, las grises llanuras, las verdes líneas de los pinos, las cumbres azuladas de la lejanía, todo parecía acogerla cordialmente. Aún no había llegado a la masa de árboles que estaba a seis millas de la ciudad cuando Lucinda experimentó un encantador consuelo y una viva alegría al ver la reacción de Logan ante la retorcida carretera, ante el hecho de que tenía las riendas entre las manos, ante la vista del hermoso tronco de caballos, ante las ruedas rechinantes y la campiña que semejaba hacerle señales de llamada.
Todo esto había tomado una parte tan importante en su vida, que solamente la muerte o la parálisis podrían haberlo arrancado de su ser. La amorosa intuición de Lucinda había sido como un don del cielo. El corazón y el espíritu de Logan se había roto y el espléndido flujo de su vida madura había sido contenido, anulado, hundido en las arenas del dolor y de las desesperanzas. La gran tarea de Lucinda consistía en mantenerlo físicamente activo hasta que acuella crisis espantosa se perdiera en el pasado. La vida reserva una recompensa extraña para el que se afana.
Logan habló a intervalos, especialmente cuando pasaron ante viejos campamentos, que va eran ranchos y residencias de colonos. Cedar Ridge, la Llanura de los Patos, Rock Waterhole todavía conservaban su prístina soledad. Logan detuvo los caballos al llegar a Waterhole para tomar la comida y para que descansasen los animales. Luego continuó guiando el carro hasta el crepúsculo, cuando se detuvo junto a un arroyuelo que se derramaba en el lago Mormón.
Allí acamparon. El negro resultó un hombre muy amigo de ayudar, y entre él y Logan hicieron prontamente el campamento en tanto que Lucinda preparaba la cena. Bárbara caminó indecisa, con ojos extraviados, de modo vacilante, de acá para allá. En ocasiones, rompía a hablar dulcemente, de modo medio coherente, y de nuevo se detenía para mirar hacia el bosque.
Logan se sentó junto a la hoguera, mas no fumó. Lucinda extendió las mantas bajo una tela embreada y retirada de la cubierta del carro y se tumbó cansada, con el cuerpo dolorido. El fuego de la hoguera chisporroteó, sopló el viento... Y después, pensando en la llegada de los antiguos y temidos ruidos, los ojos de Lucinda se cerraron.
Al día siguiente Logan recorrió de nuevo una gran distancia, hasta llegar a la cabaña abandonada que estaba a mitad de camino entre el lago Mormón y el Desfiladero del Sicómoro. Sería posible que Logan no hubiera pensado en la proximidad de su desfiladero; pero Lucinda, mientras realizaba los trabajos subsiguientes a la cena, no cesó de hablar o hacer preguntas hasta que Logan se excitó.
Antes de que llegase el mediodía del siguiente, Logan abandonó la carretera principal, al final de Long Walley, y comenzó a caminar entre el bosque hacia el Sicómoro.
¡Qué dolorosas emociones asaltaron a Lucinda cuando pasó junto al claro en que vio a Bárbara por primera vez jugando con los chiquillos! A partir de aquel momento, las lágrimas le cegaron. Los carros llegaron al punto en que nacía la pendiente en descenso. El viejo portillo no había sido cerrado desde que es hizo la conducción de las reses. Logan emitió una tos larga y extraña, que más bien semejó un sollozo. Y continuó avanzando mientras frenaba el carro. Las ruedas chirriaron, el pesado carro empujó a los caballos. Y entonces llegaron al terreno llano.
—¡Lo mismo que siempre, Luce...! ¡Exactamente lo mismo! —exclamó Logan roncamente—. Sólo hemos cambiado nosotros.
Lucinda se enjugó los ojos para poder ver al bajar del carro.
—Llévanos a la cabaña, Logan —dijo—. Y extiende una manta para Bárbara y el niño... ¿Qué he de decir al tronquista que haga de la carga?
—Descargarla..., creo que ahí, junto al granero —respondió Logan—.
¡S000!
El negro llegó cuando Lucinda estaba mirando en torno a sí. El granero había sido destrozado, lo que probó la prudencia de los consejos de Doyle cuando recomendó que se adquiriese un nuevo juego de herramientas.
Lucinda indicó al conductor que descargase los utensilios de agricultura y los llevase al granero, y que luego regresase para ayudar a transportar los muebles a la cabaña.
Cuando lo hubo hecho, Lucinda volvió a la senda profunda y gastada.
Los pies le parecían de plomo. Sentía una opresión en el pecho y en la garganta. La alegría que había previsto no se produjo. Pero Lucinda sabía que algo rompería la barrera que la contenía.
El arroyo estaba lleno de agua del deshielo, de orilla a orilla. El viejo puente, el tronco tendido sobre él, estaba lo mismo que antiguamente. Y entonces vio Lucinda a Logan, que había detenido el carro y estaba contemplando la inacabada cerca de piedra. Una mirada a su torturado rostro fue suficiente para la mujer. La misma piedra que Lucinda recordaba haber visto colocar al pie de la cerca continuaba en el mismo sitio, muda pero elocuentemente cuajada de recuerdos de los tres hijos que habían ayudado a construir el muro a Logan y que no pudieron terminarlo porque se fueron a la guerra.
Logan continuó caminando hacia la cabaña. Lucinda, que se rezagó un poco, en lucha contra su angustia, llegó a la larga hilera de girasoles. Las plantas estaban florecidas, tenían unas hojas grandes y doradas y unas flores en el centro, y miraban en dirección al sol. A la vista de ellas, la alegría de la vuelta al hogar inundó todo su ser. Lucinda acarició las plantas y las apretó contra su pecho. Luego encontró otras flores menudas y amarillas y unos ásteres a lo largo de la senda. Y entonces miró por primera vez hacia el desfiladero. Los altos muros, las negras ruinas, todo parecía ofrecerle una protección. ¡Hogar! Aquellas cosas le aseguraron que así era y le hicieron una grave y austera promesa del porvenir.
Lucinda halló al niño rodando y arrastrándose bajo la manta. Bárbara, exaltada a la vista de escenarios y objetos familiares, que debían haber llegado casi hasta su razón, estaba corriendo alrededor de la cabaña, entrando en ella y saliendo. Logan se hallaba en el interior.
La piedra plana del umbral yacía bajo la oquedad del tronco que sujetaba uno de los lados de la puerta. Lucinda conocía los dos objetos tan bien como la palma de su propia mano. Unas campanillas azules le dirigieron unas sonrisas desde los herbosos bordes. La mujer miró al interior de la cabaña. Su pecho se contrajo y su corazón latió con violencia. Su espíritu no estaba preparado para recibir las sorpresas de la realidad.
Aquella cabaña, consagrada por tantas tristezas y tantas alegrías de la vida, era una cuadra sucia, polvorienta, llena de telas de araña. La tosca mesa, los rústicos bancos y el viejo sillón, reliquias y testimonios de la habilidad dé Logan de hacía tantos años, eran los únicos muebles que había en el interior. El techo de leños había sido destrozado, sin duda para utilizarlo como combustible, y la cornamenta de ciervo y las pieles habían desaparecido de las paredes. En algunos lugares, las piedras amarillentas de la chimenea estaban desmoronándose. Un indio o algún vaquero artista haba dibujado crudas pero vivas imágenes sobre las lisas superficies.
Logan estaba maldiciendo y emitiendo unos sonidos que Lucinda oyó por primera vez con placer.
—¡... cueva sucia no sirve ni para guardar ganado! Esta casita nuestra ha sido utilizada por cazadores granujas como campamento, y por vagabundos, y después ha servido de madriguera a mofetas, coyotes, gatos silvestres y Dios sabe qué más... Hay un agujero en el techo... Se han abierto unas rendijas anchas entre los troncos... La puerta está desquiciada y no cierra... ¡Y sucia! La casa está tan sucia como el exterior... ¡Parece un estercolero!
—Sí, Logan, pero... ¡es el hogar! —afirmó dulcemente Lucinda, que se impresionó tanto al observar la práctica reacción de él como por la circunstancia que ella expresaba.
—¡Hum...! ¿Hogar...? Sí, lo es, Luce.
—Yo también quiero ser práctica, esposo —dijo Lucinda mientras se disponía a ponerse en acción, inspirada—.
Trae la escoba y el estropajo. Y agua. Cubos de agua. Y jabón.
Barreremos, frotaremos, rasparemos y fregaremos... Arregla el gozne de la puerta. Haz que el negro ponga una lona para tapar el agujero del techo. Dile que corte unas cuantas ramas. Cuando todo eso esté hecho, podrás comenzar a descargar, desempaquetar y traer aquí las cosas... Y después, si puedes hacerlo, cortarás leña...
—¡Diablos! ¿No he de poder partir leña? —respondió Logan, hoscamente resentido.
Lucinda se puso a trabajar y mantuvo a los dos hombres, y también a Bárbara, ocupados en diversas tareas. Cuando Logan flaqueaba o Bárbara se distraía, Lucinda los acuciaba nuevamente. Ninguno de los dos podía prestar atención al trabajo durante mucho tiempo. Cuando llegó el crepúsculo —y en aquella época los rayos dorados del sol brillaban a través de la puerta y de la ventana —Lucinda contempló el interior de la cabaña con ojos incrédulos y corazón gozoso. La guarida de cazadores y animales silvestres estaba transformada. Era nuevamente un hogar, y un hogar más cómodo y más colorido que jamás. Bárbara dispuso de su antiguo rincón, donde se sentó en el lecho y miró vagamente en torno a sí con una vaga mirada que pretendía rasgar el velo del misterio. El pequeño Abe se arrastraba por el suelo, encantado con su nueva morada. Logan se sentó en el viejo sillón, observó el fuego y se perdió aparentemente en alguno de los antiguos y hermosos sentimientos que agitaban a Lucinda.
La oscuridad se apoderó del desfiladero en tanto que ella preparaba la cena. Las aves nocturnales y los insectos comenzaron a entonar sus conocidos coros. Un postrero resplandor de rosa y oro se desvaneció lentamente sobre el borde occidental del desfiladero. El arroyo murmuraba como de costumbre. La Naturaleza no había cambiado. Lucinda recordó las plegarias de su juventud. La tarea que tenía ante sí era infinita, casi irrealizable; pero su fe era mayor que nunca. Cuando llegó la noche, mientras permanecía despierta junto a Logan, cuando el rincón de Bárbara estaba tan silencioso como una tumba, cuando el viejo lamento canturrón del viento sonaba en las copas de los pinos, entonces Lucinda pareció sentirse presa por igual de la esperanza y el terror. En las horas en que hacía un llamamiento inútil al sueño se convertía en presa del pasado, de los primeros años vividos allí, del despertar del verdadero amor por su esposa, de la llegada del primer hijo, de aquel terrible y fascinante Matazel, del nacimiento de Abe en una cuadra, y así sucesivamente a través de los años de duras pruebas hasta llegar a aquel agónico fin de los Huett.
No obstante, cuando llegó la mañana y el sol brilló y el desfiladero sonrió con su temprano ropaje de verano, Lucinda no se sintió víctima de tales recuerdos. Sus esperanzas del porvenir batallaron contra la realidad, con la idea de la vejez y de la pobreza, de la insoportable labor que sobre ella pesaba con relación a Bárbara y Logan.
La noche y el día y el transcurso de una semana obraron de modo que abstrajeron su imaginación del aspecto sombrío de las cosas y la llevaron a otro más brillante, del hecho material a la creencia espiritual antes de que ella misma hubiera podido apreciar un crecimiento de esta última. Observó que en su alma había brotado un algo que no poda explicar. Ya no meditaba sobre los inescrutables medios de Dios. Olvidó el horror de la guerra y a los viles gusanos humanos que la fomentaban. El trabajo de ella estaba allí, en aquel desfiladero silvestre, y faltaba mucho para que estuviera terminado.
Lucinda recomenzó pronto su trabajo en el huerto. Lo único a que Logan podía dedicarse continua y sosegadamente era a la labor de partir leña. Parecía forzarse haciéndolo, y el movimiento del hacha demostraba que aún tenía mucho del antiguo vigor. Pero cuando ella lo mandaba a recoger un caballo, jamás lo hacía sino en el caso de que le acicatease sin cesar.
¡Evidentemente, era aquello lo que ella debería hacer! En la mayoría de las ocasiones hallaba a Logan junto a la interminada tapia de piedra. En tales tristes ocasiones, Lucinda se resistía a romper los sueños de él; y entonces le dejaba a solas con sus recuerdos. Sin embargo, comprendió la necesidad de hacer que Logan estuviese siempre ocupado en algún trabajo.
Bárbara le producía menos inquietudes. Bárbara solía obedecer en tanto que la idea del trabajo estuviese presente en su imaginación; pero tan pronto como la idea se desvanecía, la joven comenzaba a vagar sin rumbo.
En ocasiones, deseaba introducirse en los bosques. Parecía haber bajo los oscuros pinos un algo que la llamaba. Otras veces solía sentarse junto a la puerta del viejo pórtico, en el gastado banco, y mirar fijamente el camino del desfiladero, un hábito que Lucinda creía el más próximo a la racionalidad.
Estaba relacionado, pensaba Lucinda, con recuerdos vagos y borrosos de Abe recorriendo el desfiladero. Era descorazonador el verla; pero Lucinda creyó observar que aquella actitud daba fundamento a una difusa esperanza.
El pequeño Abe mejoraba y se desarrollaba tanto como la cizaña. En muchas ocasiones Bárbara se olvidaba de alimentarlo y cuidarlo; pero jamás lo olvidaba cuando el chiquillo estaba hambriento. Cuando Lucinda dijo a Logan que necesitaba tener pronto una vaca lechera, Logan manifestó su acuerdo con esta opinión, mas la idea escapó de su imaginación casi de modo instantáneo.
Lucinda, con la ayuda de Logan y Bárbara, consiguió plantar su huerto en los últimos días de junio. En épocas normales, aquellos días no representaban un período excesivamente tardío para que pudiera recogerse algún producto antes de que llegasen las heladas; y con sus productos, la carne y las subsistencias que habían llevado, Lucinda esperaba que podrían resistir todo el invierno aun cuando el que hubiese de llegar fuese muy riguroso.
—Logan —dijo una noche cuando su esposo estaba sentado ante el fuego—, el verano está a punto de concluir. Deberías cortar mucha leña y almacenarla para el invierno.
—Todavía tengo mucho tiempo, esposa —respondió él. j Si todavía no debemos de estar en junio!
—Junio ya ha pasado, esposo —replicó ella pacientemente—. Deberías tener cortada y almacenada la leña antes de que llegue el «veranillo indio».
—¿,Por qué debería hacerlo?
—Porque cuando llega esa época sueles andar por el bosque en busca de caza, preparándote para tu caza del otoño... Lo olvidas. Jamás permitiste que nada te impidiera hacerlo. Es preciso que tengamos mucha carne de venado colgada y helada, muchos patos, uno o dos solomillos de alce... y algunas de esas jugosas costillas de oso que tanto te han gustado siempre.
Lucinda no manifestó la inmensa esperanza que fundaba en el modo cómo él recibiría tales sugerencias. Se había abstenido durante mucho tiempo de hacerlas. En el caso de que Logan no mostrase interés..., en el caso de que dejase de reaccionar... Lucinda no se atrevió a completar el pensamiento.
—¡Temporada de caza...! ¡Por todos los diablos...! No lo había pensado —exclamó Logan mientras erguía la peluda cabeza. En sus ojos grises había un resplandor. Lucinda había logrado arrancarle unas chispas de fuego, y se satisfizo al observarlo. Un instante más tarde, Logan volvía a derrumbarse—.
¡Infiernos...! ¿Cazar sin Abe...? No sé... Creo que no podría...
—Logan, deberás buscar alimentos para el hijo de Abe con el fin de que se desarrolle pronto y pueda ir a cazar contigo.
—¡Dios mío, Luce! ¿Esperas que yo viva tanto tiempo? —preguntó él ansiosamente.
—¡Claro que sí!
—¡Hum! Me parece que no querría —dijo él de modo sombrío. Pero pareció hallarse inquieto y obsesionado por la idea No habrá caza de ninguna clase cuando el pequeño Abe sea lo suficiente mayor para manejar un rifle.
—Una vez me dijiste que siempre habría patos y ciervos en las quebradas de estos desfiladeros.
—Así es, Luce. Lo pensaré... ¿Has visto mis rifles?
—Sí. Los envolví en lonas. Y Al te compró muchas municiones.
—¡Ah! ¡El diablo cargue conmigo! —añadió él dócilmente.
Lucinda lloró aquella noche mientras Logan dormía profundamente a su lado. No lo hizo por efecto del cansancio o del dolor, aun cuando después de haberse tendido apenas pudo moverse y aun cuando las ampolladas manos y piernas le doliesen de modo atormentador. Aquellas lágrimas fueron lágrimas de alegría al ver que sus plegarias por Logan le aportaban una recompensa.
Pero Logan jamás desenvolvió el paquete de los rifles, que Lucinda había colocado junto a la chimenea, ni cogió la pipa y el tabaco que ella le puso ante la vista en el rincón del hogar, donde él siempre lo había tenido.
Lucinda continuó trabajando incansablemente, con la inquebrantable esperanza de que Logan saldría de su lobreguez y su desaliento y de que Bárbara no estaba condenada a permanecer siempre privada de razón. Si diariamente no se producían circunstancias, aunque apenas perceptibles, que mantenían viva esta fe, entonces Lucinda sufría alucinaciones. El trabajo era una bendición para aquella mujer imbatible, para aquella mujer indomable. Y fue el trabajo lo que sostuvo a Lucinda durante aquel período que puso a prueba la fortaleza de su alma.
Una mañana del verano, cerca de la hora meridiana, cuando el bosque estaba tan silencioso que la caída de una piña podía ser oída a gran distancia, Lucinda se hallaba inclinada sobre su trabajo, ante la mesa, junto a la ventana posterior de la cabaña.
Y miraba de vez en cuando hacia el exterior para ver a Logan, que se encontraba junto a la inacabada tapia y mirando fijamente al espacio.
Bárbara estaba en el pórtico, en su puesto favorito, frente al desfiladero y el sendero; y el hecho de que estuviera canturreando una canción en voz baja para el pequeño indicaba que se hallaba en uno de sus plácidos estados de apatía.
Lucinda abandonó en aquel momento el trabajo para mirar hacia el arbolado desfiladero. Ningún sonido desacostumbrado había dado motivo a tal acto. El arroyo continuaba murmurando, el suave viento se lamentaba, una quietud completa impregnaba el desfiladero. El sol estaba en el cenit, como pudo comprobar al ver las sombras de los pinos. Algo había interrumpido los movimientos de Lucinda y el curso de sus pensamientos. Y aquel algo no procedía del exterior.
Repentinamente, un grito estentóreo rompió el silencio.
—¡Vooo-juuu-uuu!
Aquél era el grito de caza de Logan. ¿Habría enloquecido? Lucinda pareció echar raíces en el punto en que se hallaba. Luego, llegó hasta sus oídos el sordo golpeteo de unos cascos de caballo lanzado a la carrera.
¿Quién llegaba? ¿Qué habría sucedido? No era un suceso natural. ¡De qué modo corría aquel caballo! Sus cascos resonaban sobre el duro camino del bancal. Un rechinar de hierro sobre piedra, un saltar y una caída de guijarros... ¡y el ruido de unas botas sobre la tierra!
—¡Bárbara..., querida mía..., aquí estoy! —gritó alguien con voz cortante, profunda y dulce.
Lucinda la reconoció; y el estremecido corazón se le subió palpitante a la garganta.
Bárbara lanzó un grito penetrante y angustioso. Este grito tenía la misma entonación que el de Logan, y para ella poseía un tono de enajenamiento que solamente podía provenir del hecho del reconocimiento del recién llegado.
—¡Abe...! ¡Abe!
—¡Sí, querida...! Soy Abe. Vivo y bien... ¿No recibiste el telegrama que te envié desde Nueva York...? ¡Dios mío...! Esperaba verte... verte..., pero no tan delgada..., tan pálida... ¡Papá debe de estar bien...! ¡De qué modo gritó!
—Y..., ¡ah, mi hijo...! ¿Éste es el pequeño Abe? ¡Tiene tus ojos...! ¡Bárbara!
—¡Anímate, querida! ¡Estoy en casa! Todo marchará pronto muy bien.
—¡Abe...! Has vuelto... ¡a mí! —exclamó Bárbara con inexpresable aturdimiento.
Lucinda oyó los besos de Abe, pero no sus incoherentes palabras. Y todas las sensaciones se borraron para ella, desde la cabeza a los pies. Su cuerpo pareció hacerse de piedra. No podía moverse. Abe había vuelto al hogar, y la sorpresa había restablecido la razón de Bárbara. Lucinda percibió que estaba muriendo; la alegría había salvado; pero la alegría puede matar también.
—¡Mamá! —gritó Abe—. ¡Sal!
Si Lucinda se hubiese hallado al borde de la muerte, aquella llamada y en aquel momento la habrían arrastrado e imbuido una vida nueva. Y se apresuró a salir al exterior. Allí estaba Abe, vestido de uniforme, tan espléndido como ella jamás lo había visto, bronceado y cambiado, oprimiendo con un brazo a Bárbara y al niño y extendiendo el otro para ella. Y tenía los ojos maravillosamente iluminados...
—Diablos! ¡Aquí estamos otra vez! —repetía Logan.
Había transcurrido una hora. El insoportable e increíble paroxismo de la reunión había cedido hasta convertirse en algo parecido a una alegría tranquila y serena. Logan parecía haber sido arrancado de su apatía e indolencia. Bárbara había recobrado la razón. No podía dudarse. Agotada y pálida, estaba recostada en Abe, pero sus ojos brillaban con un admirativo amor, con gratitud e inteligencia. Lucinda sabía que era la más débil de las cuatro personas. Había estado a punto de desmayarse. La esperanza de aquella resurrección, aun cuando no la comprendiera, la había sostenido por espacio de varias semanas.
—Algún día..., no muy pronto..., os hablaré de George y de Grant —decía dulcemente Abe—. Cuando oigáis lo que hicieron..., lo que sus superiores y oficiales dieron y pensaron de ellos..., no os dolerá tan terriblemente su pérdida... Lo que me sucedió ha sido una cosa muy sencilla: fui conmocionado por la explosión de una granada y permanecí inidentificado en un hospital por espacio de varias semanas. Cuando recobré el conocimiento y demostré quién era, me consideraron como inválido y me repatriaron.
Estuve bastante mal. Tan pronto como me puse en camino, mejoré con rapidez. Eso es todo. Los alemanes están perdidos. No podrán resistir un invierno más.
—Abe, suponen que tú los achicharraste a tiros —dijo fervientemente Logan.
Papá, sé que me lo pediste —respondió Abe al mismo tiempo que una convulsión distorsionaba su rostro y lo alteraba horriblemente—. Sí, lo hice.
Al principio, mi habilidad me produjo una alegría salvaje... Pero, después, cuando disparaba contra aquellos pobres diablos me parecía que estaba cometiendo un asesinato. Las halas del treinta que nos daba el Gobierno perforaban los cascos de hierro de los alemanes... Y llegué a cansarme, a espantarme de hacerlo. Y ahora... Bueno, no volvamos a acordarnos de eso.
—Perdón, hijo. De todos modos me alegro de saberlo. Es un milagro que me encuentres vivo.
—Abe, ¿te ha dicho alguien en Flag, cuando pasaste por allí, lo que le sucedió a tu padre? —preguntó Lucinda.
—No. Llegué tarde, pedí un caballo y vine a toda marcha... ¿Qué le sucedió?
—Vendió el ganado al comprador de reses para el ejército. Treinta mil novecientas cabezas a veintiocho dólares... Y le engañaron. No cobró ni siquiera un solo dólar de su dinero.
—¡Dios mío! —exclamó Abe, furiosamente.
Y Logan confesó avergonzado su monstruoso descuido y su infundada buena fe.
—¡Ah, papá...! Entonces, ¿estamos nuevamente en la antigua situación?
—Somos tan pobres como las ratas —replicó roncamente Logan.
—No me importa por lo que a mí se refiere —dijo dubitativamente Abe—, sino por mamá y por Bárbara... Será muy duro tener que comenzar de nuevo.
—Querido, yo solamente necesito tenerte a mi lado —susurró Bárbara.
—Papá, olvidaba decírtelo —continuó Abe alegremente—. Jamás lo creerías... El ganado se vende a cincuenta dólares y el precio continúa subiendo.
—¡Por todos los diablos...! ¿Quién lo compra?
—Los compradores de Kansas y Chicago.
—Jamás oí nada parecido... ¡Dios mío! ¿Por qué no esperé? —exclamó Logan.
—No importa, papá —continuó lentamente Abe—. Todavía no estamos vencidos.
El regreso de Abe obró milagros, y no solamente sobre Bárbara. Logan iba de un lado para otro como si estuviera fascinado, como si no pudiera creer la evidencia de lo que sus sentidos le mostraban. Lucinda supo que todos estaban salvados. La guerra no había dañado físicamente a Abe. Y creía que espiritualmente le había hecho más fuerte. Abe pertenecía a aquellos silvestres dominios. La antigua y fuerte soledad, los caminos y los árboles, las escarpas y las laderas, el hogar con Bárbara y el niño..., todo esto borraría bien pronto el horror que la guerra le había impreso.
La familia permaneció sentada por espacio de largas horas, hasta las últimas de la tarde.
—¡Por Satanás! Me olvidaba de desensillar ese jaco. Bárbara: si me lo permitieras, me gustaría salir por espacio de unos momentos a recorrer los viejos caminos.
—Abe, ¿estás verdaderamente en tu casa? —preguntó ella elocuentemente.
—¿Qué dices, querida?
—¿No es esto un sueño? ¿No figuras entre los desaparecidos.
Abe se —puso en pie y se estiró y la abrazó tiernamente.
—Bar, te he visto mirándome en varias ocasiones... Creo que has estado un poco trastornada. También papá parece un poco chiflado. Pero... ¡estoy en casa! Y estoy bien. Y soy tan feliz, tan feliz..., que no hay palabras que puedan expresar mis sentimientos, Y cruzó el huerto y se dirigió al lugar en que el caballo estaba tascando la hierba con la brida colgante; y montando en la silla con el antiguo e incomparable salto del vaquero, se alejó a lo largo del desfiladero.
Todos lo vieron desaparecer tras el sobresaliente picacho.
—¡Demonios, Luce! —exclamó Logan saliendo de su éxtasis—. Tendré que traer un poco de leña. No quiero que Abe sepa...
Y movió la cabeza meditativamente y se encaminó con lentitud hacia el espacio que rodeaba el tajo.
—Date prisa. He de preparar la cena. Abe debe de estar cayéndose de hambre —le dijo Lucinda.
—Exactamente lo mismo que le sucede en este momento al pequeño Abe —dijo Bárbara— mientras cogía en brazos al chiquillo.
—«En verdad —pensó agradecida Lucinda—, el retorno del soldado desaparecido ha transformado a esta familia.»
Bárbara esperó a Abe en el lugar que acostumbraba sentarse y esperar en el pórtico. La tarde moría, el sol se ocultaba con un dorado esplendor, las sombras de púrpura se desvanecían y el crepúsculo llegó con su sostenido resplandor.
—Ya viene, mamá —dijo alegremente Bárbara desde el exterior; y corrió a lo largo del camino para recibirlo. Los dos jóvenes entraron al cabo de unos instantes en la cabaña, estrechamente abrazados. Bárbara tenía el rostro lleno de rubor.
—Mamá, estoy muerto de hambre —dijo Abe al ver los humeantes peroles.
—Ven a cenar, hijo —replicó ella, inundada de felicidad.
—Papá, espera hasta que haya cenado, y te causaré la sorpresa más grande de toda tu vida —declaró Abe mientras pasaba una pierna sobre el banco—. ¡Verás cómo me divierto cuando te lo diga!
—¿Sí? —dijo Logan—. Bien, hijo; si eres` capaz de hacer que algo de este pequeño mundo mío pueda ser divertido, no dejes de decírmelo pronto.
—Soy capaz de hacerlo, papá —dijo lentamente Abe. —No fue una cena copiosa, como Lucinda habrá deseado. Pero había sido sorprendida inesperadamente y no tuvo tiempo para prepararse. Mas nunca bajo el techo de aquella casa, en ninguno de los muchos centenares de ocasiones en que Abe se había sentado para cenar después de una pesada caminata o de un trabajo agotador o de dos días de caza, nunca había comido con tanta voracidad. Lucinda le sirvió. Bárbara se apretó contra él. Logan le observó atentamente, y todos ellos se olvidaron de sus propias cenas. Sus sentimientos estaban inundados de felicidad.
—¿Qué hay de eso tan divertido que me prometiste? —preguntó Logan, impaciente.
—Me parece que estoy demasiado lleno para hablar —dijo Abe en tanto que se despojaba de la apretada chaquetilla caqui y se aflojaba el cinturón.
Sus anchas espaldas habían perdido la dura carne de antiguamente—. Papá, esta tarde me dijiste lo muy pobres que somos. Un tronco de caballos, un carro, algunas herramientas, ningún caballo de silla, ninguna ayuda... y solamente un poco de dinero... ¿No es eso?
—Sí, hijo. ¡Bien sabe Dios que quisiera no haber tenido que confesarlo!
Pero estamos en tan mala situación como en las peores épocas de nuestra vida.
—Papá, eres un ganadero muy malo —continuó Abe al mismo tiempo que dirigía a su padre una sonrisa y una alegre mirada.
Logan no interpretó debidamente tales palabras. Con toda evidencia le hirieron de un modo profundo, puesto que se apretó las manos entre las rodillas. Aquél fue uno de los momentos en que Lucinda no quería mirarlo.
—¡Papá! Te lo dije en broma. Ésa es la broma que te anuncié —exclamó contrito Abe.
—No puedo comprender, hijo...
—Escucha. Y comprenderás muy pronto... ¿Recuerdas «Three Springs Wash»?
—Supongo que sí. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Recuerdas aquel día en que atrapamos allí a los caballos salvajes?
—No lo he olvidado.
—¡Oh, Abe, yo también lo recuerdo! —exclamó Bárbara, sorprendida.
—Bien. Papá, ¿recuerdas que tuvimos allí una pequeña manada de reses antes de hacer la gran conducción?
—Supongo que la tendríamos, lo mismo que en esos otros desfiladeros laterales.
—¿Recuerdas que Grant y yo, con la ayuda de varios indios estábamos encargados de derribar la cerca y conducir el ganado de «Three Springs», junto a la manada principal?
—También lo recuerdo —afirmó Logan.
—No la derribamos.
—¡Hum! —gruñó Logan.
—Grant lo olvidó, y yo dejé intencionadamente de hacerlo. Sabía que había más de treinta mil cabezas en las principales quebradas. Y por eso decidí dejar aquella manada en «Three Springs». La cerca no fue derribada jamás. Nadie la derribó para hacer la conducción. Nadie la ha derribado después.
—¡Dios mío, hijo! ¿Qué dices?
Papá, la cerca está todavía allí... Y he contado alrededor de quince centenares de cabezas de ganado; todas las reses están hermosas y gordas.
Y puedes tener la seguridad de que me he quedado corto en la cuenta, porque no he descendido a la quebrada de los robles ni a los pinares.
La cuadrada mandíbula de Logan se inmovilizó ante una pregunta que el hombre no pudo formular.
—Y ésta es la divertida broma que te reservaba. Y me parece una cosa estupenda.
—¡Abe! —exclamó Bárbara.
—No hay duda de que eres un ganadero viejo y loco. Has estado dando vueltas por el Desfiladero del Sicómoro con el corazón destrozado y con los bolsillos vacíos cuando tienes por lo menos mil seiscientas o mil setecientas reses que valen cincuenta dólares cada una.
—¡Por amor de Dios, hijo, no gastes esa broma..., una broma como ésa..., a tu pobre y viejo padre! —dijo Logan implorantemente.
—No lo diría si fuera mentira, papá, pero es cierto. ¡Absolutamente cierto! Mañana te lo demostraré.
Lucinda creyó apreciar, en tanto que le observaba con el corazón palpitante y el aliento contenido, que un lento cambio se operaba en Logan.
Logan miró fijamente en dirección al fuego. Una tos quebrada surgió de su ancho pecho. Luego, se puso en pie, como si viese algo a través de las paredes de la cabaña. Y cuadró los hombros y se estiró. Sus ojos grises comenzaron a encenderse y a resplandecer, y todas las arrugas flojas y las pesadas sombras se desvanecieron de su rostro. Cuando Logan estiró el brazo para recoger la pipa y la bolsa de piel de ante y comenzó a llenar la pipa de tabaco, entonces, comprendió Lucinda que estaba presenciando un milagro. Y ahogó un sollozo que sólo pudo ser oído por Bárbara, quien se acercó rápidamente a ella murmurando la expresión de la verdad que parecía tan hermosa y aturdidora. Logan se inclinó para recoger una ramita medio quemada y la colocó sobre la pipa. Luego hizo una aspiración y exhaló unas grandes nubes de humo, detrás de las cuales asomaron su peluda y erecta cabeza, su resplandeciente rostro, su mirada de águila, con lo cual Lucinda pudo ver de nuevo al antiguo Logan Huett.
—Bueno, hijo —dijo con su habitual lentitud—. Nunca se puede tener seguridad de nada en este extraño negocio de ganado. ¡Quién sabe!, como dicen los mejicanos, como solía decir Al... Reconozco que he estado terriblemente ofuscado y desalentado... Veamos, veamos. El tener, aún cuando solamente sea un poco de ganado, tiene mucha importancia. Digamos que tenemos quince o dieciséis centenares de reses... Muy bien. Habrás de buscar algunos vaqueros para que te ayuden a apartar las reses jóvenes.
Supongamos que sean la mitad. Pongamos ochocientas cabezas. Las llevarás a Flagg y las venderás... ¡Cuarenta mil dólares, hijo...! Ingresarás el dinero en el banco. Comprarás un camión y un automóvil..., y todo lo que te parezca conveniente..., y lo que Lucinda desee..., y lo que quiera Bárbara... y rifles nuevos para mí... Luego vendrás en seguida a casa con los vehículos y lo demás... Abe, comenzaremos de nuevo a criar ganado. Y haremos que el pequeño Abe aprenda a hacerlo... No cometeremos jamás los errores que yo cometí... Los medios de Dios son inescrutables. Creo que nunca lo olvidaré...
Y, después de esto, jamás volveré a acordarme de aquellas treinta mil cabezas.

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