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jueves, 8 de junio de 2017

Todos Para Uno 2/2 (Zane Grey)

Todos Para Uno 2/2 (Zane Grey)


XI


El
 pórtico situado ante la puerta de Florence estaba materialmente abarrotado de paquetes, fardos y sacos de mano, que evidenciaba habían sido arrojados desde el cochecillo. Y esto ofrecía indicios respecto al estado mental de su propietaria; pues Florence era generalmente la persona más cuidadosa y meticulosa con sus cosas. Harriet se lanzó en busca de la pareja.
- ¡Os felicito, hijos pródigos ! - exclamó alegremente. Fue a Ted a quien vio en primer lugar. Tenía un aspecto seductor con aquel traje nuevo y oscuro que llevaba. En su guapo rostro no se reflejaban huellas de preocupación, remordimiento o inquietud. Y sonrió cálidamente al ver a Harriet.
- ¡Oh, Hallie ! - exclamó Florence con acritud. En aquellos momentos no parecía una feliz recién casada. Su hermoso rostro aparecía teñido de palidez y manchado por las lágrimas. Iba vestida con una bata. Las suposiciones de Harriet resultaron correctas, pues Florence se arrojó entre sus brazos para reír, llorar y besarla con una vehemencia que en pocas ocasiones se había adueñado de la más bella mujer de la familia Lindsay.
-Bien, Flo, ya está hecho - murmuró Harriet mientras apretaba a la muchacha contra sí.
- Hallie, ¿no puedo ir yo también en busca de un beso? -preguntó descaradamente Ted al mismo tiempo que se levantaba del borde del lecho, donde se había sentado-. Yo estaba presente cuando la cosa sucedió.
-¡Y dos, si los quieres! -contestó Harriet mientras extendía una mano. Ted no malgastó el tiempo, sino que la besó en el acto -. No pareces estar muy apesadumbrado por tu modo de proceder, muchacho.
-¿Yo? Soy el hombre más feliz del mundo - declaró «Huellas«.
-Tienes motivos para serlo.
-¡Oh, Hallie, yo también fui feliz..., hasta que llegamos a casa ! - dijo con voz plañidera Florence -. Papá no ha querido ni siquiera vernos. No nos permitió visitar a mamá. Y cuando intenté hacerlo, gritó : « ¡Idos con vuestro infierno a otra parte ! »
-¿Es cierto? -exclamó Hallie -. Me parece excesivo para papá. Tiene motivos para estar enfadado. Deberías haberle pedido permiso para casaros. ¿Por qué os fugasteis de ese modo?
-¡Oh, fue por culpa de Ted! Me engatusó... tanto... tanto... Y... y creo que yo, por mi parte, lo deseaba también... Pero Hal, querida, ¿qué haremos ahora? Hemos gastado hasta el último dólar. ¿Adónde podremos ir? No quisiera estar separada de todos vosotros. ¡Sería horroroso! No me he fugado para eso... Lo que sucedió es que no pensé...
-No llores, querida - contestó Harriet -. Es posible que, en medio de todo, no haya sido una locura tan grande como parece. Estamos en el Oeste. ¿Qué necesidad había de esperar? De todos modos, habría "sido mejor que hubierais pedido permiso a papá.
-Yo quería hacerlo, Hal. ¡De verdad ! Sí, lo quería. Pero Ted no quiso permitirme... ¿Podrás persuadir a papá a que nos perdone?
- Lo intentaré, querida. Creo que por mi parte no estoy tan atemorizada como tú  respondió Hallie al mismo
tiempo que soltaba a su hermana -. Papá no está ahora de muy buen humor. Compréndelo, querida. Lenta ha vuelto a las andadas.
-¡Otra vez! Espero que no habrá traído a aquel caballista, Stuart, con ella a casa.
-Eso es precisamente lo que ha hecho.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Flo despavorida: v miró a Ted para ver de qué modo interpretaba la noticia. -¿Lo sabía Laramie? - preguntó Ted.
-Estoy segura de que no lo supo hasta que llegamos aquí.
-Hallie... Stuart es un malhechor - continuó diciendo con seriedad Ted -. Hemos oído muchas cosas acerca de él. Reconozco que no es un ladrón de ganados, como Gaines, pero no por eso es del todo bueno. En primer lugar, está casado. Se escapó con Alice Wenster, que trabajaba en un restaurante de La Junta. Y la mujer tuvo que volver a su trabajo. Lenta se ha equivocado esta vez de medio a medio.
-¡Uf! De modo que ¿está casado? Es una cosa que no deberemos decir a papá.
-Demos tiempo al tiempo. Esperemos hasta ver si me es posible convencer a papá de que no debe expulsaros de su casa para siempre - declaró gravemente Harriet.
-¡Oh, Hallie..., no podría... soportarlo! - exclamó entre lágrimas Florence.
Harriet se dirigió presurosamente en busca de su padre y llamó a la puerta de su habitación sin temores ni vacilaciones.
Harriet fue recibida por su soñolienta madre, quien no parecía afectada por las desgracias familiares. Lindsay se hallaba sentado a la ventana, de espaldas a Harriet, que tuvo buen cuidado en permanecer tras él; mas, finalmente, se apoyó en el respaldo de su silla.
- ¿Cómo estás, papá?
-¡Hum! Mucho debes de querer pedirme..., puesto que vienes a verme... ¡Desembucha!
Harriet hizo un llamamiento a sus facultades de elocuencia, y comenzó diciendo:
- Flo está desanimada y tiene el corazón destrozado. Estaba tan profundamente enamorada, que no supo lo que hacía. Y Ted está arrepentido. Ambos comprenden ahora que deberían haberte consultado, pedido permiso para casarse. Los dos me lo han dicho, y me han hecho jurar que no lo revelaré. Ted es un muchacho muy bueno. Le necesitamos aquí. Además, si lo expulsases, Laramie y «Solitario» se irían con él. Y entonces ¿qué sería de nosotros? Flo no podría vivir separada de su familia. Papá, querido, tenemos que librar esa infernal batalla del ganado, hemos de ganarla..., y, por lo que he podido averiguar, calculo que no va a ser una cosa divertida. Por amor de Dios, papá, ¡conserva a los caballistas que sabemos que son buenos y honrados, sin pararte a pensar que obran a veces de un modo chocante y fuera de lo corriente t
-¡Bonito discurso! ¿Puedes retener tú a ese hombre, a Laramie, aquí? - replicó Lindsay.
-¡Yo! ¡Poder, yo!... ¿Cómo diablos...? ¿Qué...?
-Hija mía, me has comprendido. ¿Quieres retener a Laramie aquí? ¿Lo harás? Si no lo haces, estamos definitivamente arruinados.
-Lo... lo haré - respondió agitadamente Harriet.
-Muy bien. Eso me llena de consuelo - declaró cordialmente Lindsay -. Ahora, puedes llamar a Flo y a Ted. Me he limitado a fingir un enfado para engañarlos y atemorizarlos. Pero no hay necesidad de que se lo digas.
Harriet abrió temblorosamente la puerta y gritó:
-¿Eh, Flo! ¡Ted! ¡Venid! -Y esperó su llegada.
Florence se aproximó a todo correr, pero su esposo lo hizo de modo más lento. Entre tanto, el señor Lindsay dijo a la señora Lindsay que saliese.
Florence miró de manera interrogativa y suplicante a Harriet. En sus altivos ojos oscuros no había orgullo en aquellos instantes.
-Papá..., perdóname... - dijo cuando hubo entrado.
Ted subió las escaleras que conducían al pórtico, arrojó al suelo el cigarrillo, dirigió un guiño a Harriet, y entró. Harriet lo siguió. Habría estado completamente atemorizada si no hubiera conocido las aptitudes de su padre para la simulación. Lindsay se había levantado. Aparentemente, no veía a la temblorosa recién casada; y fijó una mirada severa en el esposo.
-Muy bien, joven, ¿qué tienes que decir en tu defensa? - rugió; y antes de que Ted pudiera contestar, Laramie se presentó ante la puerta acompañado del sonido metálico de sus espuelas.
- ¡Ah, perdón! - dijo.
-Quédate, Laramie; es probable que necesitemos tu ayuda - dijo Lindsay.
-Señor Lindsay, no tengo mucho que decir - respondió con sinceridad Ted -. En realidad, hasta ahora he estado engañando a ustedes.
-¿Nos has estado engañando? - preguntó Lindsay. -¡Oh, Ted ! - exclamó lastimeramente Flo.
-Oye, «Huellas», ya he sufrido hoy un par de sustos de los buenos - dijo Laramie -. Ten cuidado con lo que haces.
-Sí, he engañado a ustedes - contestó Ted fríamente -. Todo me pareció muy bien en los primeros momentos. Pero ahora temo haber cometido una deslealtad, sobre todo para con mi esposa... De todos modos, allá va lo que he de decir : hace unas seis semanas, escribí a mi casa, a mis padres... por primera vez en el transcurso de muchos años. Y les dije la vida levantisca que hasta ahora he llevado... y del modo que he conocido a una buena familia y a la mujer más hermosa del mundo. Dije que esa mujer me había prometido casarse conmigo... No recibí respuesta hasta dos días antes de nuestra ida a La Junta. Llegó con el correo que Manuel trajo en el carro de transportes... Mis padres y mi hermana Edna, que era una niñita cuando huí de casa, vienen para establecerse en el negocio de cría de ganados. Casi me desmayé al saberlo. Eso representa un gran rancho para mí... o la posibilidad de unirme a ustedes con el fin de que podamos criar aquí un mínimo de cien mil reses. Pero lo pintoresco del caso es que no quise decir nada a ninguno de ustedes. Creo que me acometió el deseo tonto de saber si Florence querría casarse conmigo tal y como era: como un alocado caballista, un vaquero sin porvenir. Ésta, señor, es mi excusa.
Los oyentes de Ted se impresionaron. Y Flo más que ninguno de los demás. Enajenada, fascinada, miró a su esposo. Lindsay se rascó perplejo la hirsuta barba. Las tornas se habían vuelto para él, que de superior pasaba a inferior. Laramie parecía ser el único que no estaba desconcertado ni pasmado.
-¡Eres un maldito traidor! - dijo lenta y amenazadoramente -. ¡No sueñes jamás con ser mi patrón!
-Laramie, hemos compartido las mantas y las migajas, lo malo y lo bueno a lo largo de varios años. Y no vamos a cambiar ahora. Cuando venga mi padre, el próximo otoño, para instalar mi rancho, tú y «Solitario» seréis, como siempre, mis compañeros - declaró calurosamente Ted.
-i Oh. Ted, eres un brujo maravilloso y malvado¡¡No habérmelo dicho! - exclamó Flo al mismo tiempo que le rodeaba el cuello con los brazos.
- ¡Creo que no podría tardar ni un solo momento más en decírselo a «Solitario»! - dijo Laramie; y salió rápidamente.
-Me parece que hemos conquistado un compañero además de un hijo político - confesó Lindsay -. Hallie, mamá... Me regocija esta sorpresa... Estoy seguro de que ahora no volverán a creerme jamás.
-Sí, te creerán - dijo Harriet alegremente.
-Flo... Ted... La verdadera verdad es que no me he indignado contra vosotros, que no me puse furioso como fingí.. Estaba entusiasmado. Pero quería lanzar una baladronada.
Florence lanzó un grito y corrió hacia su padre para envolverle entre los brazos extáticamente. Ted la siguió y asió la mano que se apoyaba en la espalda de Flo.
-Oye, papá, nos has hecho una jugarreta. No solamente te has restablecido, sino que además has asimilado el espíritu del Oeste, te has hecho un occidental. Me has tratado como a una niña incauta e inocente. ¡Me has dado un susto muy grande !
Pero resultó muy pronto que la alegría en el hogar de los Lindsay no podía ser continua. Al cabo de unos momentos, Lenta se presentó en el lugar de la escena, tan linda y tan inocente de expresión como siempre.
- ¡Habéis regresado muy pronto¡- dijo con frialdad, sin saludar previamente a Florence -. Yo estaré más tiempo ausente y me divertiré mucho cuando me fugue.
- Lenta, ¿no vas a felicitamos? - le preguntó en tono de reconvención Florence.
- Sí, a ti te felicito sinceramente; pero no estoy segura de que deba dar la enhorabuena a Ted.
La señora Lindsay clavó una mirada de hielo en su hija, e iba a decir algo, evidentemente, cuando entró Laramie portando una alforja. Sus ojos chispeaban. Harriet experimentó un súbito impulso de aprecio por él. ¡Cuán raramente se veía en él un asomo de regocijo!
-Aquí tienen ustedes una Navidad... en medio del mes de julio - dijo lentamente mientras depositaba sobre la mesa un brillante conjunto de diversos artículos -. ¡Oigan! «Solitario» presenta sus respetos a todos ustedes, y dice que se ha divertido mucho con esta broma.
-¡Broma ¡- repitió Ted: furioso.
Lenta lanzó un grito y saltando hacia la mesa agarró un pañolito rojo que se destacaba entre la abigarrada mesa.
-¡Mi querido pañuelo! Sabía que no lo había perdido... ¡«Solitario», ese maldito ladronzuelo... 1 ¡Miren! Hay otras cosas más que creí haber perdido: mi medallón con mi retrato... Mi guante... ¡Mi brazalete! ¡Caracoles! ... ¡Apostaría cualquier cosa a que aquí debe de estar también mi liga !...
-¡Oh, Lenta, aquí está mi lapicero de plata! exclamó Harriet -. ¡El muy granuja...! Pero le perdono... ¡Me alegro tanto de recobrar mi lapicero...!
-¡Por amor de Dios! ¡Mi bata de noche! - dijo Flo. Ted se adelantó violentamente.
-¿Eh? ¿Cómo? ¿Tu bata de noche? ¿Cómo... demonios te la quitó?
- Cuando no la tenía puesta, querido - contestó Flo riendo y mientras recobraba la prenda de encajes.
-«Solitario» la cogió del tendedero - aclaró Laramie. -Tenía costumbre de apropiarse de todo lo que no estuviera atado. Aquí está un águila doble, una moneda que he llevado sobre mí por espacio de muchos años. No la habría gastado ni a cambio de todo el oro del mundo. Y he estado, muerto de hambre en muchas ocasiones... Esta moneda me salvó la vida.
-¿Cómo fue? - preguntó Lenta mientras miraba la moneda de oro que Laramie tenía sobre la abierta palma de la mano.
- Pues... La llevaba en un bolsillo, y detuvo una bala que habría puesto fin a mis días. He aquí la huella que el plomo produjo.
-Déjeme verla - dijo Harriet obedeciendo a un irresistible impulso. Laramie le entregó la moneda. Era de veinte dólares, de oro, lisa, y tenía en el centro una pequeña marca fácilmente perceptible! ¡Qué cosa más pequeña podía salvar la vida a un hombre! Parecía haber una violencia cruda y siniestra en la menuda marca. ¿Qué habría sucedido si Laramie no hubiera llevado la moneda en el bolsillo en aquel momento? Una extraña especulación respecto a la importancia que esta circunstancia habría tenido para ella relampagueó en la imaginación de Harriet.
-No es extraño que la quiera tanto - murmuró en tanto que, con mano temblorosa, le devolvía la moneda -. Si detuvo una bala..., alguien habría disparado contra usted.
-Si no recuerdo mal, es cierto; alguien lo hizo-respondió Laramie.
-¿Puedo preguntarle qué fue de él? - preguntó Harriet curiosamente. Vio que el chispeo desaparecía de los ojos de Laramie y que una sombra casi imperceptible se extendía sobre el rostro de éste. Laramie no contestó, sino que se limitó a guardar la moneda.
-Hallie, ¿por qué no me lo preguntas a mí? - preguntó Ted.
-Oigan, no se enojen ustedes con «Solitario» - dijo con voz sonora Laramie -. Es solamente un niño en lo que se refiere a su corazón. Y ése es el modo que tiene de divertirse. Le he hablado acerca de la cuestión, y puedo asegurar que nunca volverá a apoderarse de nada que no sea suyo.
-¿Enojarnos? Creo que no podríamos enojamos con «Solitaria» -replicó Harriet. Y como quiera que nadie discutió estas palabras ni se opuso a ellas, resultó evidente que la joven hablaba en nombre de todos. Laramie se retiró, y la cabo de pocos instantes, presintiendo que se preparaba una tormenta que habría de descargar sobre la cabeza de Lenta, Ted y Flo se retiraron también. La señora Lindsay se fue a su dormitorio, y esta circunstancia dejó a salas a la contumaz Lenta y su padre.
-Lenta, te prohibí que salieras hoy de tu habitación - comenzó diciendo con severidad el padre.
-Soy joven, papá, y estoy llena de vida. No puedo permanecer en el interior de la casa - replicó la hija, malhumorada.
¿Adónde fuiste?
-Par ahí.
-¿A caballo?
-Sí.
-¿Sola?
-No es seguro para una joven el andar sola por esos campos, dice Laramie. Por eso, siempre voy acompañada de alguien.
-Y en este caso, sin duda, tu compañero fue el caballista que trajiste de La Junta. ¿Cómo se llama?
- Stuart.
-¿Le incitaste tú a que viniese aquí?
- No podría decir, papá, que lo desanimase a hacerlo. Le dije que necesitábamos caballistas.
-La cuestión no es ésa, hija mía. No apruebo tu modo do reunirte con esos occidentales desconocidos hoy y de hacerlos mañana andar de cabeza detrás de ti.
- Si andan de cabeza por mí, papá, es cosa que no puedo evitar - dijo Lenta, resentida.
-Lenta, no censuro a esos muchachos por enamorarse de ti. Ni tampoco te censuro a ti. Pero tienes cerca de diecisiete años. Es preciso que tengas un poco de buen sentido, de sentido común..., o tu modo de proceder nos acarreará disgustos...
- ¡Oh! Puedo cuidarme de mí misma...
- Podías hacerlo en nuestra antigua residencia, en el Este; pero no aquí - protestó el padre-. El Oeste se una región que todavía no se ha asentado, en la que no hay seguridad, ¡criatura cabezota! Uno de esos caballistas puede ser un ladrón de caballos o de vacas... o algo todavía peor. Laramie Nelson, una autoridad en la materia, me lo ha dicho. Mis reparos contra ti, son que eres demasiado libre..., demasiado atolondrada. No quieres esperar hasta que sepamos si este muchacho y el otro son buenos y dignos de confianza. Y me propongo poner fin a tu actitud, de un modo o de otro.
Lenta irguió con rebeldía la cabeza.
-¿Cómo sabes que Stuart es un compañero apropiado para ti? - continuó Lindsay.
- Cualquiera que no sea ciego puede ver que es un hombre perfectamente maravilloso - replicó Lenta.
-Podría serlo y, al mismo tiempo, ser un desesperado, un asesino.
-Lenta, querida, te equivocas por completo en lo que se refiere a Stuart - dijo: Harriet.
- ¡Hallie ! ¿Sabes algo acerca de él? - preguntó Lindsay.
-Lamento tener que decir que sí.
-Guárdate para ti sola lo que sepas, hermana; porque estoy segura de que no habré de creerlo - dijo vivamente Lenta. La oposición de su hermana la había irritado.
-Dímelo, Hallie - ordenó Lindsay con energía.
-Según Ted, Stuart es un hombre malo. Se casó en La Junta con una muchacha llamada Webster. La mujer le abandonó, o fue él quien le abandonó a ella, que para el caso es lo mismo, y la mujer reanudó el trabajo que anteriormente desempeñaba en un restaurante. Laramie debe saberlo, puesto que esta mañana ordenó a Stuart que se marchase del rancho. Tú lo oíste, Lenta.
-¡Es una mentira! - exclamó furiosa Lenta-. ¡Todos os habéis confabulado contra mí!
-Lenta ¿vas a dejar de salir a pasear sola con esos caballistas? - preguntó con severidad Lindsay -. ¿Vas a dejar de coquetear con todos los hombres? ¿Vas a quedarte en casa para ayudar a tu madre?
-¡No, no lo haré! - respondió coléricamente la hija.
-Perfectamente. En ese caso, te encerraré en tu habitación hasta que cambies de modo de pensar - replicó el padre; y tomando de un brazo a la rebelde criatura, la arrastró al exterior. Lenta volvió la cabeza para mirar a Harriet con ojos que distaban mucho de tener una expresión infantil.
-¡Te pagaré en la misma moneda, Hallie! ¡Ya saldaremos esta cuenta! - gritó.
Evidentemente, no era aquél el momento apropiado para que Harriet pudiera celebrar la conversación cordial que con su hermana proyectaba, la conversación de mujer a mujer y de corazón a corazón. Y suspiró con fuerza. Lenta podría resultar la mácula de la familia. Neale no era tan perverso como ella. Neale había ido de parranda en La Junta con los vaqueros, hasta que éstos lo dejaron abandonado debajo de una mesa de la cantina. Todavía no había vuelto a La Junta. El único consuelo que Harriet, experimentó al examinar estos acontecimientos fue el modo como su padre aceptaba la situación. Lindsay había dado muestras de una sorprendente fortaleza. Harriet recordó el modo como antiguamente le enfurecían los más mínimos accidentes. Pero en aquellos días se encontraba en el Oeste. ¡Bajo el cielo abierto del Oeste ! Era una cosa mágica. La propia Harriet había cambiado mucho, y en tanto que atravesaba el patio, en dirección a su oficina, aspiró una bocanada de aquel aire seco, cálido, fragante que provenía de las tierras cubiertas de salvia. El airé llenó y dilató su pecho.
Cuando pasaba ante las habitaciones de los tres caballistas, oyó ruidos y voces de regocijo. ¡«Solitario» riendo, después de haber sido convertido a fuerza de golpes casi en una masa deforme! Luego sonó la risa sorda, sonora y ronca de Ted. Harriet oyó distintamente a través de la entornada puerta: « ¿Quién va a decírselo a ella?» La respuesta fue articulada por la voz lenta de Laramie: «Creo que debe hacerlo «Huellas». Yo no tengo ganas de salir en defensa de nadie más.» Y a esto replicó «Solitario» : « ¡Demonios! Pero lo hiciste en defensa de su hermana.» Y Ted rió de nuevo y dijo: «A las mujeres no les agradan los hombres celosos y sombríos. Escúchame, Larry: Si en lugar de asustarte de mirar a Hallie, la agarras y comienzas a besarla con ansia, y si tú, «Solitario», haces lo mismo con Lenta, los tres podremos ser felices. Mi padre me ayudará, y...»
Harriet se alejó hasta un punto donde nada podía oír. Sentía zumbido en los oídos y una llama en las mejillas. Corrió hasta su despacho, y cerró la puerta. « ¡Oh, esos desvergonzados diablos! ¡Distribuirse ente ellos las mujeres de ese modo...! », murmuró; experimentaba sucesivamente impresiones de frío y de calor. «Ted el más astuto de los tres. ¿Por eso pudo apoderarse de Flo?... Recomendar a Laramie que... que me... abrace con fuerza... ¡Oooh!... ¡Si lo hiciera...! » Harriet escondió el sofocado y ardiente rostro entre las manos, apoyó los codos sobre la mesa, y tembló de pies a cabeza. ¿Qué relación tenían la reserva y el orgullo herido con el terrible tumulto que agitaba su corazón? Había sido acechada y sorprendida por un desconocido yo. Un yo que parecía avergonzado y horrorizado; el otro estaba emocionado, y palpitaba, y gritaba con voz enérgica para pedir la primera cosa que en toda su vida la había atraído.

Harriet reservó para sí misma el resto de aquel día; y cuando llegó la noche, a causa de la circunstancia de que Lenta se hallaba confinada en otra habitación, se encontró a solas. Llevaba escondido un secreto en el fondo del pecho, y no podría ocultarlo eternamente. Su espejo le refirió muchas cosas y la forzó a mirar a la persona extraña, de cara, enrojecida y ojos extraviados que reflejaba. Sin embargo, durmió profunda y largamente.
A la mañana siguiente se vistió de nuevo el traje de cabalgar y descubrió que había despertado en un estado de ánimo sublime y heroico. Montaría el caballo mesteño que la había derribado, o se partiría la cabeza al intentarlo.
Tomó el desayuno en unión de Ted y Flo. Formaban una pareja deliciosa... cuando Harriet olvidaba la falsía de Ted.
Su padre entró en aquel instante, polvoriento, acalorado y alegre.
-¡Hola, Hal! He estado arriba, con los muchachos - anunció festivamente -. ¡Vengo tan hambriento como un oso!... ¡Oye, Jud!... Huevos y tocino... Café... y un par de panecillos... Neale llegó anoche a última hora, Hallie. Me alegro mucho.
-¡Muy bien! ¿Cómo está?
-No lo he visto esta mañana. Está perfectamente.
-Bien, en ese caso, cesemos de angustiarnos - replicó Harriet.
-Lo haré. Pero el de Lenta... es un caso diferente -contestó gravemente Lindsay mientras movía la cabeza -. Cuando venía, hace unos momentos, por la carretera, Lenta me vio. Es tan menuda, que puede sentarse en la ventanita. ¿Qué supones que me llamó?
-Solamente Dios lo sabe.
-Creo que será preferible que no te lo diga... ¡Ah! Gracias Jud. Este tocino huele muy bien.
Harriet se preguntó si Lenta esperaría el momento de su paso por el camino, que daba un poco de vuelta a lo largo de la casa ranchera antes de descender al valle.
Cuando llegó donde comenzaba la pendiente, Lenta la llamó.
-¡Buenos días, querida hermana! - dijo la chiquilla con su voz más dulce y más peligrosa.
-¡Hola! ¡Buenos días, querida Lenta! Creí que habrías decidido obedecer a papá - replicó Harriet; y al decirlo pensó avergonzada que era una hipócrita.
-Si no me sacas de esta cárcel, te enemistaré con Laramie - dijo Lenta amenazándola.
-¡Qué tontería! No podrías enemistarlo conmigo ni aunque... ni aunque...
-¿Crees que no podría? Laramie cree que eres una santa. ¡Pero no lo eres, hermanita mía!, Le hablaré de tu amorío con Emery; y puedes tener seguridad de que añadiré tantas cosas que conseguiré que Laramie te desprecie y se entregue a la bebida.
Avergonzada y sorprendida, Harriet replicó:
-¡De qué modo hablas, chiquilla! Entre Laramie y yo no hay nada.
-¡Cierto! Tienes la sangre demasiado fría para que puedas querer a alguien, aun a tu propia hermana. Pero ese caballista finchado te adoraría si...
-¡Chist! - le ordenó Harriet -. ¿Cómo te atreves a hablarme de un modo tan... insultante, tan ofensivo?
Y Harriet dio media vuelta para recorrer el camino. Un instante después llegaba hasta sus oídos una voz aguda, cuyo contenido obligó a Harriet a cubrirse las orejas con las manos y echar a correr. Aquel encuentro y la violencia de la acción no contribuían a serenar su espíritu.
Harriet ordenó que ensillasen un caballito mesteño en lugar del sosegado Moze de otros días, y su estado de ánimo era tal, que montó el caballo ante los mejicanos y ante Dakota, quien la miró boquiabierto. Cierto. Pedro sujetaba las riendas.
-Señorita ese caballo no ha sido utilizado en los últimos tiempos. De modo que es posible que se encabrite y rebele - le advirtió intranquilo el caballista.
-Gracias, Dakota. Esta mañana podría cabalgar hasta un proscrito - respondió Harriet. No obstante, cuando se encontró lejos de su vista, llegó a la conclusión de que la discreción es, la parte más importante del valor, y que sería prudente llevar el mesteño al paso hasta el lugar recluido y arenoso que ella había visitado el día anterior.
Harriet se dio cuenta de pronto de que tenía en el cuerpo diversos lugares doloridos. No se había encontrado ágil anteriormente, mas no se había percatado de que tenía lastimados los músculos, y los huesos. El mesteño quería correr, aun cuando parecía encontrarse en estado de mansedumbre, y Harriet creyó que podría gobernarle. De súbito el caballo se encabritó y salió corriendo a una terrible velocidad. Harriet hizo todo lo posible por mantenerse sobre él. Pero en lugar de atemorizarse, se enojó. No se preocupó de si caería o no, sino de que en el caso de que sucediera no fuese por culpa de que no hubiera intentado enérgicamente evitarlo. El viento le agitaba el cabello; las ramas de los árboles le arañaban el rostro. Cuando saltó sobre un tronco, se disparó hacia el cielo, hasta tanta altura que cayó sobre la silla con una violencia que le hizo temer que la cabeza se desprendiese de su cuerpo. Si hubiera necesitado encauzar al caballo en una dirección precisa, su situación habría sido desesperada. Pero el mesteño no huía, sino que corría solamente por ansia de retozar. Y atravesaron la arboleda de algodoneros, llegaron a los campos de pastos próximos a la carretera, cruzaron una parte del valle, subieron por el otro extremo, y se encontraron de nuevo en una arboleda. Harriet permaneció sobre el caballo hasta que éste aminoró la violencia de la carrera.
-¡Maldito! - dijo Harriet con fatiga utilizando la más corriente de las expresiones del Oeste. Acalorada, sudorosa, perdidos el sombrero y la fusta, con el cabello alborotado, hizo el asombroso descubrimiento de que la agotadora acción y la extrema agitación habían borrado los dolores, al menos por el momento presente. Repentinamente, su enojo abrió paso a una impresión de triunfo. Todavía se hallaba sobre la silla.
-¡Eh, maldito caballo silvestre! ¡Todavía estoy encima de ti! - gritó.
Antes de que hubiera podido darse cuenta de ello, se hallaba otra vez en las cercanías del corralillo natural que se había propuesto encontrar. Condujo allá a! caballo, y pronto estuvo a cubierto de miradas curiosas, por lo menos. El mesteño se mostró aún más venático que anteriormente. Era un caballo que tenía voluntad propia. No obstante, todavía no parecía abrigar el propósito de abandonar el óvalo, por lo que Harriet le permitió que hiciese su voluntad. El animal cabrioló, marchó de costado, mascó el bocado, retrocedió y de manera inesperada empezó a correr una vez más. Pero cuando comenzaba a aumentar la velocidad de la carrera, dio un salto tremendo y, al caer con las patas, rígidas, despidió parabólicamente a la amazona sobre la cabeza. Harriet cayó sobre la arena, se deslizó sobre ella con el rostro apoyado en el suelo, con las manos extendidas hasta clavarse tan profundamente en tierra, que se detuvo. Medio ahogada, aturdida por el golpe, permaneció inmóvil. «¿Estoy muerta?», pensó. Su conciencia parecía vivir aún, aunque todo lo demás se envolviese en un velo de oscuridad. El olor a tierra le reveló que tenía la cabeza enterrada. Estaba ahogándose. Y, con gran sorpresa, se sentó en el suelo fácilmente. No estaba herida, no estaba contusionada, casi tenía una completa seguridad: pero el espectáculo que ofrecía no debía de ser muy propio de Harriet Lindsay. El mesteño continuó mansamente inmóvil, como si esperase. Sólo al verlo, la sangre de Harriet se encendió hasta un punto desconocido en ella.
-¡Ridícula y ordinaria mula del Oeste! - exclamó-. ¡Eres como todo el resto de esta condenada tierra del Oeste! Te ríes de mí. Tienes en el cuerpo la misma alma que esos trapaceros ordeñavacas... Pero he de dominarte... ¡Te montaré otra vez, aunque sea la último que haga en toda mi vida!
Y se puso en pie e intentó montar el mesteño; pero olvidaba que cuando lo hizo en la cuadra, Pedro sujetaba al animal, y que era uno de los que habían sido preparados para hacer carreras veloces. Cuando Harriet saltó hacia arriba, el caballo saltó hacia delante y la dejó caer en tierra. Harriet cayó de cabeza, giró y se desplomó. Lo extraño fue que no estaba lastimada, sino únicamente encolerizada. Cuando se hubo sacudido la arena del cabello, se acercó al mesteño y le dio un puntapié en la barriga, como había visto que «Solitario» hacía con los caballos traidores y rebeldes. No fue un puntapié brutal: solamente un golpe que demostrase al caballo la fortaleza de espíritu, la fogosidad de la mujer. Luego, ya preparada, apoyó con cautela el pie izquierdo en el estribo y pasó sobre el animal la otra pierna. Y pareció instalarse sobre la silla con una maravillosa facilidad. Si Harriet no hubiera estado tan rabiosa y enfurecida, es seguro que habría lanzado unos ¡burras! para celebrar su hazaña. Pero el mesteño se puso en acción y comenzó a caminar por el espacio cercado por los arbustos. El galope se convirtió de pronto en carrera. Después de haber dado un par de vueltas por el espacio cerrado, el animal se dirigió hacia su centro. Harriet estaba apercibida para hacer frente a su falsía; de modo que, cuando el caballo ejecutó el acto taimado de detenerse bruscamente después de un salto, la amazona se mantuvo sobre la silla.
-¿Te he vencido, verdad? - dijo a modo de imprecación.
El caballo pareció comprenderla, puesto que hizo algo nuevo. Brincó hacia lo alto, y cayó con las patas rígidas. Harriet creyó que se le rompían todos los huesos del cuerpo y que los dientes salían despedidos de su boca. No le fue posible mantener la cabeza erguida. El caballo se inclinó dos veces y se estiró bruscamente con un salto a gran altura. Estaba saltando, saltando y saltando con ella encima. Harriet lo comprendió cuando se hallaba en el momento de mayor elevación de uno de los saltos, y en lugar de atemorizarse se encolerizó más. Se inclinó sobre la silla y se agarró con desesperación a la perilla. El caballo continuaba saltando, saltando, saltando: arriba..., abajo..., arriba..., abajo..., arriba... abajo. Una de las veces, Harriet no pudo agarrarse a la silla, y cayó de espaldas. Cayó sentada sobre la arena. Era una cosa afrentosa, indignante; pero nada más. No le originó dolores ni contusiones. Si aquéllas eran las consecuencias únicas de los saltos del caballo, Harriet podía soportarlas perfectamente. El mesteño la obligó a seguirle durante un largo recorrido en derredor del terreno antes de que pudiera alcanzarlo y montarlo de nuevo. Y cuando lo hizo, el animal comenzó inmediatamente a dar nuevos saltos. El tercer salto la sirvió para arrojarla de costado hasta una distancia de diez pies. Harriet cayó sobre la espalda. La blandura de la arena amortiguó la violencia del golpe y la libró de resultar herida. La joven se enderezó y se aproximó al caballo.
Durante el siguiente período de una hora o dos, o del tiempo que fuere, para el caso es lo mismo, Harriet fue arrojada al suelo tantas veces como montó el caballo; pero en cada una de ellas consiguió mantenerse en la silla más tiempo que en las anteriores. Harriet sabía que terminaría por dominar al caballo, por reducirlo a la obediencia, y el mesteño lo sabía también. Y esto le hacía más rebelde.
-Mañana... me pondré... espuelas dijo la muchacha ahogadamente -. Y entonces... te rajaré... y no podrás tirarme a tierra... ¡Malvado caballito occidental de ojos blancos!
No hay duda de que el caballo comprendió el significado de estas palabras y la verdad que en ellas se encerraba, puesto que en un último y denodado esfuerzo proporcionó a Harriet la peor de todas sus caídas.
Harriet quedó tumbada de espaldas en el mismo lugar en que cayó, junto a la masa de vegetación y de maleza. Estaba aturdida, incapaz de moverse, pero consciente. Y comprendió que conservaba la conciencia porque veía el azul del cielo, las, blancas nubes, los verdes algodoneros; y porque oyó el ruido musical y tintineante de unos pasos.
Entonces, las ramas crujieron y se entreabrieron en un punto cercano a ella. Una forma alta y varonil se inclinó sobre la postrada mujer.
-Me parece que esta última caída no ha sido tan divertida como las anteriores - dijo la voz lenta y familiar de Laramie.
El rostro del hombre fue visto sólo de un modo borroso por Harriet, que intentó hablar y no pudo articular ni una palabra. Una sensación de opresión le atormentaba el pecho. Pero se dio cuenta de que Laramie se arrodillaba a su lado, de que le estiraba los brazos y las piernas. -¡Ah! No puede tener nada roto - murmuró Laramie-. Cayó sobre la arena..., que es blanda y suave... - y luego le levantó la cabeza -. Harriet, ¿está usted herida?
Al levantar la cabeza, la vista de Harriet se aclaró. El oscuro e impreciso temor que se asomaba a los ojos de él pareció a Harriet lo más dulce que jamás había conocido.
-Laramie..., estoy... muerta - dijo con voz ronca.
-¡Muerta...! ¿Está usted lesionada... y dónde?
-¡La espina dorsal...! ¡Ay! Siento que la parálisis...
se extiende... sobre todo mi... ser...
-¡Por amor de Dios, señorita...! ¿No querrá decirme que se ha roto la columna vertebral? - dijo aterrorizado Laramie.
-Acaso no..., no sea tanto... como eso - murmuró débilmente -. Ayúdeme a sentarme.
Y él lo hizo, muy dulcemente, a pesar de la rudeza de sus manos. Harriet pudo con su ayuda ponerse en pie. -Estoy bien..., me parece..., pero... aturdida... – y se tambaleó, y se agarró a él instintivamente.
-Está usted lastimada. No puede permanecer en pie - dijo él mientras la sujetaba.
-¡Oh, no! No siento ningún dolor... todavía. Puedo enderezarme.
Pero Laramie no quiso correr el riesgo de hacer la prueba y, cogiéndola en brazos, como si fuera una chiquilla, comenzó a cruzar con ella el valle.
-Puedo llevarla a casa. Pesa usted más que Lenta, pero tampoco pesa mucho - dijo Laramie con indiferencia.
-Es cierto... - replicó, confusa y sobrecogida, Harriet -. Pesé en La Junta... ciento... veintiséis... libras.
-¿Eso es todo? ¡Diablos! ¡Creí que era usted una mujer más gorda!
Harriet cerró los ojos e intentó pensar. Sufría un algo terrible, evidentemente. Si no era una lesión interna, sería, casi con completa seguridad, una conmoción. Pero, ¿qué podía hacer ella? Pues sólo por una femenina e inexplicable curiosidad de saber lo que haría él, Harriet había realizado un inocente engaño. Y habría seguido realizándolo..., pero ¿qué sucedería en el caso de que Lenta se encontrase en su ventana? Nada escapaba a sus ojos de águila. El pensamiento de que Lenta la viese en brazos de Laramie era insoportable.
-Laramie, déjeme en tierra - rogó.
Laramie no le prestó ni la más ligera atención. ¡Qué tonto era que lo pidiera cuando tenía los ojos cerrados y parecía hallarse desmayada! Harriet los abrió, y se desconcertó repentinamente. Laramie la conducía a través del campo de sauces. Harriet tenía la cabeza casi a la altura del hombro de él y parcialmente vuelta hacia su pecho. Uno de los brazos del caballista pasaba por debajo de la espalda de ella, y el otro por debajo de sus rodillas. ¡Cuán fuerte era. Viendo la facilidad con que la transportaba, no parecía sino que ella era tan ligera como una pluma. Harriet volvió más la cara hacia el pecho de Laramie con el fin de que él no pudiera vérsela. Luego hizo el inquietante descubrimiento de que tenía el costado derecho y el pecho fuertemente apretados contra el de él. Con la mano izquierda se había asido instintivamente al chaleco de Laramie por encima del bolsillo. Lo vio perfectamente. Y de súbito, un absurdo e increíble impulso la asaltó: el de llevar aquel brazo hacia arriba hasta rodear con él el cuello de Laramie. Y, casi sin saberlo, deshizo la mano de la tela y bajó el brazo al comprender la enormidad del ansia que la había acometido. Y esto la privó del poco valor que le restaba.
-¡Bájeme al suelo... Laramie! Ya puedo andar - dijo de modo suplicante.
-Oiga, segorita; yo haría esto mismo por cualquier otra mujer. - esta fue la sorprendente respuesta de Laramie -. Si eso es lo que la pica..., sepa que no tengo un interés especial en cargar con usted.
-Pero... me lleva usted demasiado... demasiado apretada - objetó Harriet con voz apagada.
-Cierto. Me dijo usted lo mismo aquel día en que bailamos. Y no había absolutamente ningún motivo para que lo dijera.
-¡Es usted un embustero, Laramie Nelson! - replicó Harriet; el furor se apoderó de ella -. ¡Sé muy bien cuando se me aprieta con exceso!
-¡Hurta! «Solitario» dijo que estaba seguro de que a usted la habían apretado muchas veces. Pero yo supuse...
-¡Bájeme en este mismo instante!  le ordenó Harriet, quien comprendió que en el caso de que no lo hiciera, ella renunciaría vergonzosamente a pedirlo de nuevo.
-¡Voy en seguida, señorita!
-Si no lo hace, gritaré.
-¿Me ha tomado usted por un hombre de la clase de Luke Arlidge? - preguntó calmoso Laramie mientras la ponía en tierra -. Voy a decirle con toda claridad que no me importaría un pitoche que tuviera usted que ir arrastrándose hasta su casa.
Habían llegado ya a la senda en zigzag que nacía en la cabeza de la calle. Harriet descubrió que no tendría que arrastrarse para caminar. Caminaba vacilante y tenía necesidad de detenerse con frecuencia para recobrar el aliento, pero subió la pendiente sin necesidad de hacer un esfuerzo extraordinario o de ayuda. Sin embargo, cuando daba los últimos pasos la mano de hierro de Laramie la detuvo.
-¡Mire, mire hacia allá, señorita! - susurró Laramie; y su tono frío y la presión de su mano originaron un escalofrío que recorrió todo el cuerpo de la mujer.
Harriet pasó la mirada a través de una separación de las dos secciones de matas, en la dirección que Laramie le indicaba. Y vio un caballo al pie de una ventana de la casa; y luego a un jinete que se inclinaba hacia fuera de la silla y que tenía la cabeza, morena y bronceada, cerca de las rejas. Harriet miró absorta. Aquélla era la ventana de Lenta. Y aquél era... ¡Stuart! Luego pudo ver dos manecitas morenas que se apoyaban en el cuello del jinete. Lenta estaba besando a Stuart a través de la ventana.
-¿Qué debo hacer, señorita? - susurró Laramie.
-Obligarle... a marcharse - respondió ella.
-Bueno; en ese caso, hágame el favor de descender unos pasos por la carretera; es posible que ese hombre comience a disparar contra mí.
Un cálido sabor a sangre inundó a Harriet, con lo que liberó de su interior algo que no supo lo que era.
-Si lo hiciera... - dijo ella con rabia. Pero se interrumpió. Y comprobó de manera sorprendente que no era el temor lo que se apoderaba de ella. Dio unos pasos en dirección a la carretera..., vaciló... y se detuvo... Lenta y su último adorador se hallaban olvidados de sus alrededores. Repentinamente, una voz fría, lenta, vibrante, arrastrada rompió el silencio.
- ¡Eh, Stuart!
El jinete dio un respingo, como si hubiera recibido un latigazo y desprendiéndose de los brazos de la muchacha, se volvió y enderezó con rostro pálido.
- ¡No desenfundes el revólver, muchacho! - le dijo Laramie con voz rápida y fuerte -. Si tienes siquiera un poco de caballerosidad, no me obligues a matarte delante de una mujer.
- ¡Hum! No intentaba... desenfundar, Nelson - respondió roncamente el jinete.
- Bien; entonces, vete pronto. Y si te vuelvo a encontrar cerca de aquí, tendrás que desenfundarlo.
Stuart dejó escapar una risa en la que no había alegría y, espoleando a su caballo, dio vuelta en torno a la casa ranchera y se perdió de vista.
- Lenta, creo que usted no es, buena - declaró Laramie con profunda amargura.
- ¡Huy, Romeo y Julieta! - replicó con ligereza la muchacha. Pero, tenía el rostro enrojecido, y en él se reflejaba lo que podría ser enojo o vergüenza -. Apostaría a que han andado ustedes la mar de amartelados... Hallie, tienes el mismo aspecto que si te hubieran apaleado.
Harriet corrió para entrar en el patio. Si se enfureció al ver a Lenta, ¿cuál sería su estado de ánimo después de oír las palabras que había oído? Nunca se había sentido tan arrebatada por el enojo. Y temió dejarse arrastrar en aquellos instantes por sus impulsos. Corrió a su habitación, se quitó las ropas, así como el polvo y la suciedad del cuerpo. Luego, descubrió que tenía algunos cardenales, un codo despellejado, un tobillo contusionado. Durante todo el tiempo realizó un esfuerzo mental por recobrarla calma. Pero no lo consiguió. No obstante, se negó a esperar más. Tan pronto como se vistió fue en busca de su padre para pedirle la llave de la habitación en que Lenta estaba encerrada. Pero el padre había salido y la madre dijo que creía que llevaba la llave en un bolsillo. De todos modos, Harriet se dirigió a la puerta de Lenta y la golpeó con mano exenta de suavidad.
¿Quién es?
-Soy Harriet. Tengo que decirte unas palabras, jovencita - respondió Harriet.
-¿Sí? Bien; no puedo abrir la puerta; y si pudiera, no querría hacerlo - replicó con insolencia la chiquilla.
-Lenta, verdaderamente, no tengo ningún interés en verte - afirmó Harriet, esforzándose por hacerlo en tono de premeditado desprecio -. De todos modos, puedes oírme... Creo que tu conducta es desdichada. Creo que eres una mujercita desvergonzada... Laramie lo expresó con precisión; no eres buena. Te has vuelto mala... Mis esperanzas de que te reformes y mis plegarias, han terminado. No quiero tener nada que ver contigo de ahora en adelante.
Harriet se detuvo. Esperaba oír a continuación una larga serie de insultos. Pero todo permaneció elocuentemente silencioso. Harriet se apresuró a regresar al refugio de su habitación. Y aquel día no se presentó a la mesa a la hora de la comida.
Su sueño fue inquieto y turbado. Oyó e imaginó que veía caballos en la noche. Cuando se aproximaba el alba gris, se hundió en un profundo sueño. Y despertó tarde. Alguien llamaba a su puerta.
-¿Quién es? - preguntó Harriet mientras se incorporaba. El sol entraba a raudales por la ventana.
-Soy yo, Hallie  contestó su padre; y su voz anunciaba desdichas -. No, no es preciso que abras la puerta. Pero... escucha - su voz se quebró. Luego volvió a sonar con nuevo vigor-. Lenta se ha fugado anoche. Algún caballista..., creemos que Stuart, rompió los barrotes de su ventana..., la ayudó a salir... Laramie dice que ha sucedido antes del amanecer. Se ha ido en compañía de «Solitario»..., Ted..., y no sé quién más... Me dijo que os dijera a ti y a mamá que Lenta está gastándonos una broma, que lo ha hecho por burlarse de nosotros..., por divertirse... Cree que los encontrarán... Y yo creo que... nos espera un poco de verdadero Oeste... al fin.

XII


Estaba
 próxima la hora del amanecer cuando Laramie abrió los ojos sobresaltado. Algún ruido lo había despertado. O acaso estuviera soñando. «Solitario» estaba tendido de costado y respiraba sosegada y regularmente. «Huellas», naturalmente, ya no compartía con ellos aquel dormitorio. Luego sonó el clip-clop de unos cascos herrados en el extremo más lejano de la casa ranchera.
El sonido murió. No era cosa desacostumbrada para Laramie el oír ruido de cascos en el exterior de los muros, especialmente en aquel lado del antiguo fuerte. Siempre había algún caballo que hubiera quedado suelto o alguno que se hubiese separado del grupo de los que vivían en la campiña. Pero por lo general estos últimos eran caballos sin herrar, que solían andar pastando de un lado para otro. Mas aquel caballo estaba herrado y no andaba pastando. Un jinete lo había dirigido.
Y, por esta causa, Laramie se irguió y se sentó en el camastro. La hora más oscura de la noche había pasado ya hacía un rato. La luz gris que vio en el momento de despertarse había aumentado en intensidad de modo perceptible. Laramie extendió una mano para buscar a tientas sus ropas, que se hallaban en el suelo, y mientras, lo hacía pensó que no había razón alguna que pudiera aconsejarle que desoyese aquel impulso habitual.
Se vistió despacio, se puso las botas silenciosamente, con el propósito de no alterar el sueño de «Solitario», que también dormía con un ojo abierto. Laramie se puso a continuación el cinturón del que pendía el revólver, y salió al patio. El arroyo murmuraba dulcemente; a lo lejos, en la llanura, solitaria, aullaba un coyote. Laramie se dirigió al portillo, y salió a la carretera.
Investigó en la carretera en busca de huellas recientes de caballos, y este acto semejó apaciguar una inquietud. Y por ello juzgó Laramie lo muy disgustado que estaba de sí mismo. No habiendo hallado ninguna huella, permaneció durante un instante inmóvil y meditando; y luego, emprendió el camino de vuelta en dirección al portillo. Cuando llegaba a un punto que se hallaba al mismo nivel que el muro que corría hacia el Norte, le pareció observar que un algo oscuro sobresalía de una de las ventanas. Y entonces vio algo más preciso. Aquella era la ventana de Lenta. Laramie corrió a lo largo del muro.
Antes de haber llegado a la ventana vio que una de las barras de hierro se adelantaba al exterior. Había sido doblada y rota. En el suelo había pedazos de yeso y cemento, y un pico. Laramie reconoció la herramienta. El día anterior, precisamente, la había visto apoyada en la pared de una de las cuadras. Unas huellas recientes de casco de caballo se marcaban en el terreno situado al pie de la ventana.
«Bueno; esta es la situación... - monologó Laramie -. Esa insufrible criatura se ha fugado. No he dejado ni un solo momento de pensar que algo grave iría a suceder. ¿Qué diablos voy a hacer?»
Laramie comprobó que Lenta podía haber pasado a través de la ventana, y luego estudió la dirección que el caballo había seguido. Y, después de hacerlo, rehizo el camino anterior en sentido inverso, con el fin de despertar a «Solitario». Le repugnaba tener que ofrecer a su amigo la prueba definitiva de la indocilidad de Lenta; pero tenía que hacerlo. Lindsay los enviaría en su persecución, con el fin de obligarla a regresar a casa. Y respecto a esta cuestión, había de tenerse en cuenta que «Solitario» querría hacerlo por iniciativa propia, sin esperar a recibir órdenes de nadie; pero era preciso evitarlo. Stuart, además de tener reputación de hombre malo, estaba casado. Por la causa que fuera, el guapo caballista había trastornado a la cabeza loca de Lenta hasta el punto de convencerla a que huyese con él. «Solitario» lo mataría...
Laramie entró en el dormitorio y puso con desgana una mano sobre «Solitario».
-Despierta, compañero - le dijo amargamente.
-¡Ah! - «Solitario» se agitó y gimió. Tenía el rostro hinchado y amoratado en algunos puntos; pero pudo abrir los ojos -. ¿Por qué demonios me despiertas tan temprano? Quiero quedarme en la cama. ¡Dios mío! ¿No has sido ya bastante cruel...?
-¡Hay complicaciones! - le interrumpió Laramie.
-Perdóname, compañero. ¿Qué sucede?
-   Lenta se ha marchado... Ha huido... Se ha fugado, supongo.
-   Ah!
«Solitario» hizo una violenta expulsión de aliento. Su desfigurado rostro experimentó un cambio indescriptible.
-Oí pisadas de caballo un poco antes del amanecer. Me senté en el camastro y escuché. Me pareció raro... Ya sabes lo que quiero decir. Bien; al cabo de unos momentos salí. Había nacido la luz del día. Di unas cuantas vueltas por estos alrededores y encontré rota la reja de la ventana de Lenta. A su pie había un pico y huellas recientes de cascos, de caballos. Me pareció que no había necesidad de llamarla para ver si se habría marchado.
Con quién? - preguntó fríamente «Solitario».
-Supongo que con Stuart. Anduvo rondando por aquí ayer por la tarde. Hallie y yo veníamos por el caminito... Y los dos lo vimos, compañero.
-¿Qué hacía?
-Estaba sobre su caballo, al pie de la ventana de Lenta. En realidad, había pasado la cabeza a través de los barrotes.
«Solitario» saltó del camastro.
-Ve a decir a Lindsay que Lenta se ha escapado esta noche - dijo con dureza y frialdad-. Dile que lo ha hecho por gastar una broma a su familia, y que nosotros la traeremos de nuevo a su casa. Y luego llama a «Huellas». ¡Date prisa!
Laramie no perdió tiempo. Al cabo de un instante se hallaba llamando suavemente a la puerta del ranchero.
-¿Quién es? -contestaron desde el interior. -Lindsay, acérquese a la puerta. Soy Nelson. Lindsay obedeció inmediatamente las indicaciones que se le hacían.
-¿Qué sucede, Laramie? - exclamó cuando le vio.
-Lenta se ha escapado, de su habitación - anunció bruscamente Laramie-. Alguien la ha ayudado a hacerlo. Hay un pico al pie de la ventana. Supongo que fue Stuart quien la ayudó. La alocada chiquilla lo ha hecho sólo por gastar una broma a ustedes. Ha querido saldar la cuenta que se abrió cuando usted la encerró... Dígalo a la señorita Hallie... y no se atormente, patrón. Nosotros volveremos a traerla muy pronto.
Y sin esperar unas palabras de respuesta, Laramie cruzó de nuevo el patio para despertar a «Huellas». Su llamada produjo una respuesta instantánea.
«Huellas», levántate y vístete para cabalgar - dijo -. Tu luna de miel ha terminado.
-Te engañas, compañero; pero muy pronto estaré contigo - respondió Williams; y el ruido de sus pisadas sonó sordamente.
-   Di a Florence que Lenta se ha fugado y que vamos a buscarla - concluyó Laramie mientras se alejaba.
-   ¡Oh, no ! ¡Florence! ¡Despierta! ¿Qué supones que...?
Laramie no pudo oír nada más, sino solamente un grito de sorpresa y sobresalto que brotó de la garganta de Florence. Cuando llegó a su lado, «Solitario» estaba poniéndose los zahones; el muchacho f e hallaba perfectamente tranquilo.
-«Huellas» vendrá muy pronto - dijo Laramie en tanto que se sentaba en su camastro para esperar. Unos momentos más tarde, llegaba. Ted, ya preparado para cabalgar, con los ojos encendidos de cólera -. Vamos afuera, muchachos, y echemos un vistazo por ahí...
Durante el recorrido del terreno que rodeaba el muro, Ted fue el único que habló; y lo hizo para afirmar que siempre había supuesto que Lenta terminaría por cometer alguna locura. Muy pronto se encontraron los tres amigos al pie de la ventana rota, donde Laramie permitió que cada uno de ellos hiciera sus propias deducciones en tanto que él volvía a seguir las huellas del caballo que Stuart, o quienquiera que hubiera sido, había cabalgado hasta el punto en que llegaban al valle. Cuando Laramie se volvió para iniciar el retorno, Ted se había alejado, evidentemente en seguimiento de las mismas huellas, y «Solitario» se había encaramado al muro para mirar a través de la ventana.
Los tres se reunieron al cabo de un instante.
-Han ido rectamente en dirección al Norte - afirmó Ted mientras expresaba su disgusto por medio de un bufido desdeñoso -. Sin duda, el hombre se propone obtener un caballo de alguno de esos equipos piojosos con que ha trabajado, y luego dirigirse hacia el Oeste.
-Bueno, ésa es una cuestión que no nos importa - añadió Laramie -. Nuestra misión consiste en alcanzarlo
y apoderarnos de Lenta antes de que pueda tenerla junto a sí toda la noche. Y será una cosa fácil de conseguir, en el caso de que no encuentre pronto un caballo más.
-Laramie, si no fuera pensando en su familia, yo diría: « ¡Dejadla que se vaya!» - replicó amargamente Ted -. Es posible que consigamos salvarla en esta ocasión. Pero ¿de qué utilidad será?
-Sí, lo comprendo. De todos modos, en el caso de que ° demos una buena lección a uno de esos imbéciles a quienes Lenta ha enloquecido, es posible que sirva de escarmiento para los demás.
-Sí, pero ¿a ella? ¡No, diablos! Esa muchacha no escarmentará jamás - replicó Ted mientras resoplaba de nuevo.
-   Bien, hace cierto tiempo que he comenzado a renunciar a tener esperanzas en Lenta - dijo resignado Laramie -. Y si os interesa saberlo, os diré que perdí las esperanzas definitivamente cuando la señorita Hallie perdió las suyas. Y esto sucedió anteayer.
«Solitario» ni siquiera parpadeó al oír las dos desdeñosas afirmaciones que se hacían acerca de su dama.
-Lenta no se ha fugado - dijo disgustado -. Lo único que ha hecho ha sido ofrecer a sus padres la prueba de que no pueden mantenerla encerrada. Y yo no la censuro. Es posible que después que hayan recibido un escarmiento, sus padres la traten de un modo más decente.
-   Compañero, eres muy obcecado - replicó Laramie, asombrado y avergonzado de las opiniones de su amigo.
-¡Demonios, Mull! ¿Necesitas para convencerte más pruebas que esto? - preguntó Ted.
-   ¿Qué es esto?
-   Que se haya marchado..., fugado, es la palabra..., con un caballista desconocido.
-Sí, las necesito. Y entonces, no volvería a aproximarse a Lenta ni a ninguno de vosotros, compañeros.
-¡Oh, diablos! ¿Queréis correr el riesgo de que no podamos encontrarla?
«Solitario» meditó durante un momento.
-Sí, lo haría, si solamente hubiéramos de contar con la chiquilla. Lenta volvería y se burlaría de nosotros. Pero ese hombre, Stuart..., es malo. Lenta podrá confiar en él ; pero nosotros no podemos hacerlo.
-Perfectamente. ¡En marcha! - dijo nerviosamente Ted.
-   Tú y Laramie comenzad a seguir las huellas de los fugitivos. Y mientras, yo iré en busca de los caballos.
«Solitario» se puso en marcha con rápido paso y al cabo de unos instantes desapareció carretera abajo. Ted y Laramie se volvieron cuando lo hubieron perdido de vista.
-   ¡Eso le arruinará! - declaró Ted -. ¡Maldita coqueta!
-   No. De ningún modo. Servirá para hacer de «Solitario» un hombre..., si eso está en su naturaleza... Sigamos, «Huellas». El descubrirlas es un viejo juego para nosotros. Solíamos concertar apuestas... ¿Qué quieres que nos apostemos ahora?
-   Nada en favor de Lenta Lindsay. Sería como tirar el dinero... El camino es muy liso aquí... No hay duda de que Stuart ha llevado su caballo al paso.
Al final de un recorrido de un centenar de yardas, las huellas se volvían hacia el Oeste, seguían al borde del valle y zigzagueaban entre la maleza. Y esto constituyó una sorpresa para ambos caballistas. En dos lugares diferentes, no muy separados, el caballo se había detenido durante el tiempo suficiente para producir muchas huellas. Y ambos lugares se semejaban en que ambos se hallaban protegidos por la vegetación de las miradas que pudieran dirigirse desde la casa. Pero no había señales de que alguien hubiera desmontado en ninguno de ambos lugares.
¿Qué deduces de esto, «Huellas»? - preguntó Laramie, perplejo.
-   ¡Es pintoresco...! Me parece que ambos se hallaban indecisos... Y también es posible que se detuvieran para besarse y abrazarse.
-   Si hubiera sido para eso..., lo mismo podrían haberlo hecho hallándose en marcha.
Las huellas: abandonaban al cabo de un corto recorrido el borde del valle y seguían sobre el terreno cubierto de piedras, donde no podían ser fácilmente apreciadas. Las dos personas habían seguido luego un atajo que conducía de nuevo a los caminos de la campiña. El sol se hallaba ya a bastante altura y calentaba con fuerza. Los dos amigos decidieron esperar a «Solitario» donde se hallaban, seguros de que el otro caballista los alcanzaría muy pronto. No hubieron de esperar mucho tiempo. Antes de que Laramie y «Huellas» hubieran podido ponerse de acuerdo respecto a la causa de que el camino no abandonase bruscamente el valle, se presentó «Solitario» montado y conduciendo dos caballos ensillados. Y no manifestó sorpresa al hallar allí a sus dos compañeros.
-¡Hum! Creí que habíais dicho que el camino de los fugados tomaba la dirección del Norte - gruñó burlonamente.
-Y así era. Pero ahora se dirige hacia el Este - contestó Laramie.
-Aquí traigo galletas y carne. Y también una cantimplora.
Ted comenzó a seguir el camino, comiendo en tanto que caminaba, en seguimiento de las huellas. El avance fue muy lento, porque en el polvoriento camino se marcaban otras huellas de caballo, y, en ocasiones, resultaba difícil distinguir unas de otras. No obstante, la pista que se seguía salía pronto del pisoteado camino para internarse en la herbosa pradera, donde resultaba penoso el hallar las huellas. Ted se vio precisado a llevar su montura al paso. El terreno se elevaba gradualmente hacia el Noroeste. A lo lejos se veían las alturas bordeadas de cedros. No era aquélla, ciertamente, la dirección apropiada para una pareja de amantes fugados, puesto que se dirigía en sentido contrario al punto en que se hallaba La Junta o cualquier otro conjunto de viviendas. Laramie confesó que estaba desconcertado. Y recordó que Lenta siempre seguía aquella dirección en sus paseos a caballo y que solía hablar con frecuencia del maravilloso panorama que se divisaba desde las alturas.
La mañana estaba muy avanzada y el calor aumentaba cuando los tres jinetes subieron la pendiente que llevaba a un borde arbolado que desembocaba en el terreno gris de una pradera. Laramie, cuya mirada continuó dirigiéndose hacia la lejanía, vio una bandada de busardos que volaban en círculos y a baja altura al final de la pendiente.
-¡Mira! Allí ha muerto alguien.
-Busardos... ¿Qué importa?... Siempre los vemos. Es posible que haya una ternera o una vaca muerta, o algo por el estilo.
«Solitario» no expresó su opinión; pero pudo apreciarse fácilmente que cesó de prestar atención a las huellas que seguían, y que tomó la cabeza de la comitiva en su ascenso. Sin embargo, Ted se atuvo a su misión de descubrir y seguir huellas, aun cuando ni él ni Laramie se rezagaron mucho.
«Solitario» detuvo su caballo al cabo de poco tiempo para esperar a sus amigos. Cuando lo hubieron alcanzado, señaló hacia los cedros.
-Un caballo muerto - dijo fríamente -. ¿De qué color era el de Stuart?
-Negro. Tan negro como el carbón, con algunas manchas blancas. Era muy bonito... ¿Dónde...?
-Allá, a la derecha de aquel cedro de ramas anchas...
Un caballo negro con manchas blancas...
-Sí, ése es el caballo de Stuart - declaró ceñudamente Laramie -. Todavía tiene la silla puesta.
Los jinetes corrieron al galope durante cierto tiempo.
Nuevos busardos procedentes de los cedros se unieron a los que allá volaban. Los compañeros de Laramie se apearon de los caballos en un abrir y cerrar de ojos, mas dirigieron unas cautas, miradas a su alrededor. Y al pie de un cedro vieron una figura de hombre, vestida con camisa azul, postrada, con una terrible laxitud que ellos conocían bien. De pronto, la supuesta fuga de Lenta adquiría un matiz trágico. Laramie saltó del caballo y se unió a sus amigos.
El caballo negro estaba muerto, aun cuando todavía no se hallaba rígido. Según las heridas visibles, había sido alcanzado en diversas partes del cuerpo por los disparos. La sangre se había coagulado en torno a los orificios de las balas.
-Han disparado cuando iba caminando al paso. No estaba corriendo - afirmó Laramie mientras inspeccionaba con atención el terreno.
-Tiene la boca llena de hierba - añadió Ted. -Bien, venid acá y veréis a Stuart. Supongo que es él - dijo Laramie al mismo tiempo que se volvía bruscamente.
Un momento más tarde los tres bajaban las miradas hacia un caballista muerto, un hombre joven, cuyas hermosas facciones habían adquirido una torturada y espectral fijeza. Estaba tumbado sobre un charco de sangre. Con todo, había sido acribillado a balazos. En una de sus morenas muñecas se veía un orificio; otro, en el cuello, cerca del hombro. Tenía todos los bolsillos vueltos del revés.
Sombrero, cinturón, espuelas..., todo había desaparecido. -Compañero, ¿es Stuart? - preguntó «Solitario» con voz ronca.
-Sí. No es posible dudarlo - contestó Laramie, frío y tranquilo-. Prosigamos y calculemos qué puede haber sucedido aquí.
Y se separaron. Laramie se dirigió hacia el grupo de cedros que se hallaba próximo al borde de la elevación. Aquél era uno de los famosos puntos de observación de la llanura. Laramie halló pruebas inconfundibles de que algún hombre (o quizás algunos hombres) había permanecido allí con el fin de observar la casa ranchera, del mismo modo que los indios habían observado el fuerte y los colonizadores, y más, tarde las caravanas. Pero no existían señales de que se hubiera instalado campamento. Alguien descansó allí, se había tumbado en montones de hojas de cedro, había fumado innumerables cigarros, leído retazos de un periódico viejo y cortado ramitas.
«No es más de lo que esperaba - murmuró Laramie para sí -. Y ahora, ¿qué?... Ladrones que vigilan el ganado; no hay duda... Pero ¿qué más?
Laramie anduvo de un lado para otro a lo largo del borde de la elevación, y luego dio la vuelta para dirigirse donde se hallaba Stuart. Muchas moscas volaban en tomo a la horrible figura del muerto. Ted descendía de la pendiente cubierta de cedros, y antes de que hubiera llegado junto al cadáver, «Solitario» apareció por el lado opuesto. «Solitario» agitó en el aire un objeto blanco, y pareció hallarse impulsado por una fuerza singular.
-¿Qué es eso que ondea «Solitario»? - preguntó Laramie, cuando el caballista llegaba respirando con dificultad.
-Parece un pañuelo de mujer... El de Lenta, probablemente - contestó Ted al cabo de un momento-. Y no está más blanco que el rostro de «Solitario».
-Compañero, ¡se abre el fuego!... Nunca lo vi con una expresión como ésa... ni siquiera cuando Price le arrojó una soga en tomo al cuello.
Ambos esperaron. «Solitario» llegó corriendo, y les presentó un pañuelo de lienzo blanco.
-¡Oledlo! - dijo roncamente; y lo agitó ante los rostros de Ted y Laramie -. Supongo que es el de Lenta.
El débil perfume era, sin duda alguna, el de la muchacha.
-¿Qué más has descubierto? - preguntó Laramie.
-Huellas de caballo. Cinco o seis abandonaron este lugar esta misma mañana. Y Lenta Lindsay iba a lomos de uno de ellos.
-¡Hum!... ¿Qué has hallado tú, Ted?
-Hay un campamento al otro lado de la pendiente - contestó con calma Williams Está tras una arboleda de cedros muy espesa. Y ese campamento ha sido utilizado por espacio de varios meses. No hay agua allí, pero la hay en algún punto no lejano, con toda seguridad. Tres jinetes han permanecido allá por espacio de tres días. Tenían un par de animales de carga, uno de los cuales era una mula. Esos hombres se marcharon a toda prisa hace un par de horas..., acaso un poco más... Y, compañeros, el caballo del jinete que dirige la partida pertenece a Chess Gaines.
Ni. «Solitario» ni Laramie dieron muestras de sorpresa.
-He visto el lugar en que los espías han estado tumbados, junto al borde, días y más días - añadió el último.
«Solitario» dobló el preciado pañolito, y lo guardó con cuidado en el bolsillo que tenía sobre el pecho, después de lo cual miró inquisitivamente a sus amigos.
-Ahora, todo está tan claro como si estuviera impreso -dijo Laramie -. Me parece que «Huellas» y yo hemos juzgado a Lenta equivocadamente y con excesiva severidad. Es posible que no tenga en absoluto nada de mala. Te suplico que me perdones.
-Y yo también - añadió Ted -. Pero ¡date prisa!
-¡Ah! Espero, compañeros, que me haréis el favor de leerme eso que está tan claro como si estuviera impreso - replicó «Solitario», que no se había ablandado en modo alguno.
-Bien; Lenta debió de persuadir a Stuart a que la sacase del encierro - continuó Laramie -. Eso debió de suceder antes de que Hallie y yo los viéramos. Como quiera que fuese, lo indudable es que la sacó de su encierro. Lo que se proponía Lenta, según comprendo ahora, era permanecer ausente de su casa durante un día entero, con el fin de asustar a sus padres. Y por esta causa, hizo que Stuart la trajese aquí. Y se encontraron de pronto ante Gaines y sus compinches, que estaban esperando que precisamente sucediera eso. Esto es todo.
-Lo veo tan claramente como esa nariz que tienes en la cara - corroboró Ted.
-Y ¿esa idea de fugarse?... - preguntó «Solitario». -Fue un error nuestro. Perdónanos. Pero eso ¿qué importa ahora? - añadió nerviosamente Ted.
-Vosotros siempre habéis tenido ojeriza a Lenta. Sí, vosotros dos - declaró «Solitario» -. Y ahora, estáis en situación ridícula... Es preciso que justifiquéis a Lenta ante Hallie y el resto de la familia.
-Sí, es seguro que no se había propuesto fugarse, compañero -reconoció Laramie.
-Sí. Y es igualmente seguro que no hacía nada malo - continuó enojado «Solitario» -. Lo sé porque yo estaba celoso y sospechaba de ella... ¡Y lo intenté, por todos los diablos! Eso es lo que me puso en mal lugar con ella... Y siempre he sabido que era buena... ¡Lo sabía! Pero los celos son un infierno... Lo que hacía Lenta era, únicamente, desquitarse de los castigos de su padre, corresponder en la misma moneda... En medio de todo, Stuart no ha debido de portarse mal con ella. Ahí está muerto. Vosotros no habéis visto las cinco balas que hay a su lado, en tierra. Las hallé después de que os separásteis. Stuart luchó en defensa de la muchacha; pero Gaines y su cuadrilla lo mataron, lo robaron; mataron a su caballo, y luego se apoderaron de ella. Gaines ha debido de estar espiando aquí con ese propósito: el de apoderarse de Lenta.
-Bien, ya lo ha conseguido - dijo Laramie. -Compañeros, los dos sabéis lo que eso significa - continuó diciendo roncamente «Solitario» -. Chess Gaines no la quiere para cobrar un rescate. Y no se arriesgará a llevarla a una ciudad, donde habría de casarse con ella. Me parece que estaba tan terriblemente enamorado de ella como cualquiera de nosotros. Pero tiene un corazón negro. Se aprovechará de ella... en la primera ocasión que se le presente. No es razonable que creamos que podremos salvar a Lenta de ese riesgo. Pero es razonable que intentemos salvarle la vida y matar a Gaines. Eso es lo que hemos de pensar... ¡Sería horrible para la pobre criatura...! Pero eso no haría que mi amor por ella cambiase. La he atormentado... Es posible que si no lo hubiera hecho me habría proporcionado mejores ocasiones de defenderla y protegerla... Y eso es todo, compañero Laramie.
Laramie no necesitó detenerse a meditar.
-Tú y «Huellas», id por aquel camino - indicó con rapidez -. Hacedlo de modo que no me sea difícil encontraron cuando comience a seguiros al galope. Yo voy a ir al rancho a toda velocidad para ordenar a Dakota y Charlie que preparen comida, grano, agua, rifles y todo lo que podamos necesitar, en tanto que voy a hablar con Hallie y su familia. No podré decir a nadie la verdad, claro es. Se lo diremos otro día... en el caso de que logremos salvar a Lenta. Enviaré aquí a dos muchachos para que entierren a Stuart y escondan su silla. Charlie, Dakota y yo seguiremos para unirnos a vosotros. Si llegara la noche antes de que os hayamos alcanzado, acampad donde os halléis hasta la salida del sol.
«Solitario» se volvió en la silla.
-Compañero, tú mandas. Te doy gracias...
-   Sí, pero son inoportunas - dijo Ted mientras montaba -. Hallie es lo que le preocupa..., ¡el gran sapo!... Laramie, no pierdas el tiempo en contar a todos lo que sabes. Déjalos que piensen lo que quieran... Piensa solamente en esa pobre muchacha. ¿Me oyes?
-¡Claro que te oigo! - respondió Laramie en tanto que se dirigía hacia su caballo -. Me parece que tengo la cabeza trastornada... Os alcanzaré antes de la puesta del sol. Tened cuidado con Gaines. Es posible que nos haya visto y se haya detenido para tenderos una emboscada...
-¡Dios haga que así sea! - exclamó «Solitario» -. ¡En marcha, compañero!

XIII


Laramie
 cruzó a toda velocidad el corto atajo que conducía al rancho, y consiguió hacerlo en menos de una hora; pero hubo de perder algún tiempo en buscar a Dakota y Charlie. Estos dos caballistas (y lo mismo sucedió con los demás) no se hallaban entregados a los trabajos que les había confiado Laramie. Aquella mañana, el humor agradable y festivo que las muchachas de la familia Lindsay le habían atribuido, se eclipsó por completo. Laramie se había convertido nuevamente en el caballista frío y adusto de los días antiguos del Panhandle. Al fin, pudo hallar a cuatro de sus caballistas, que estaban jugando a las cartas en el fresco cobijo de los grandes graneros.
-¡Aquí estáis, malditos! ¿Qué diablos os proponéis al burlaros de mí? - gritó.
Con gran sorpresa por su parte, los caballistas no se alteraron lo más mínimo. Dakota preguntó amablemente a Laramie qué le sucedía. Clay Lee sonrió muy misterioso. Archie Hill, ni llegó a levantar la mirada.
-Volveremos a encontrarnos, Windy, y entonces te ganaré la partida - dijo tranquilamente en tanto que el caballista a quien se había dirigido se embolsaba despreocupado las cartas y dirigía a Laramie una mirada tranquila y fugaz.
-Laramie, viejo amigo, nuestro patrón nos ordenó que abandonásemos los trabajos que nos encomendaste - le explicó Wind River Charlie.
-¡Vuestro patrón!
-Así es. Me refiero a la señorita Hallie Lindsay. Dijo que no quería que nos expusiéramos a sufrir una insolación.
-Bien, dimito. No soy un capataz adecuado para un equipo como éste- declaró fríamente Laramie.
La cuestión resultaba importante y distinta a lo anterior. Los cuatro muchachos reaccionaron como uno solo, y cada uno suplicó de una manera distinta.
-No malgastéis los alientos - les interrumpió Laramie -. ¿Creíais que había iniciado un viaje de placer o que me había marchado para jugar al póquer? ¡Mirad cómo está mi caballo! Escuchadme, y no abráis el pico... Hemos ido en busca de Stuart y de Lenta Lindsay. Esta mañana, Stuart rompió las rejas de la ventana de Lenta y la sacó a través de ella. «Huellas» y yo supusimos que se habrían fugado. «Solitario» dijo que Lenta se había propuesto divertirse a costa de su familia. Pero la cosa no resultó divertida. Allá, arriba, en Cedar Raid, Lenta y Stuart se encontraron con Gaines y sus compinches. Hemos hallado muerto a Stuart. Está acribillado a tiros. ¡Y Gaines se ha llevado a la muchacha!
-¡Dios mío! - exclamó Wind River Charlie.
-¡Ese Gaines! - dijo roncamente Dakota -. Stuart no tenía nada que ver con nosotros. Pero Slim Red era de los nuestros. Y Slim está muerto, también allá, en La
Junta, y también acribillado a tiros... Laramie: en cuanto te vi, observé que estabas apenado. Perdónanos.
-Habremos de apresurarnos - contestó Laramie -. Archie ve en busca de caballos frescos. Charlie, tú y Dakota, venid conmigo. Preparad alforjas, carne, galletas, frutas secas, sal, azúcar, café. También un perol pequeño. No olvidéis, las cantimploras, ni sacos de grano. Clay, encárgate de disponer dos o tres «Winchester» del cuarenta y cuatro, con municiones y fundas para sillas. ¡Pronto! Hacedlo mientras tomo un bocado.
Los caballistas corrieron como patos espantados. Charlie, que salía en dirección a la puerta principal, fue detenido por Harriet Lindsay.
-¿Por qué habláis todos a gritos? - preguntó con curiosidad.
-¡Ah! Ha sido solamente Laramie... Está medio loco...
o no sé qué le pasa... -tartamudeó confusamente Charlie. No era aquélla una situación en que le resultase fácil mentir. Y se alejó a toda velocidad.
-¡Laramie! -llamó sorprendida Harriet. Y al dar la vuelta, lo vio y se dirigió casi corriendo hacia él-. ¡Laramie, ¿por qué está usted aquí? - preguntó rápidamente cuando lo alcanzó.
-¡...días! Señorita, necesito un caballo que esté descansado... ¿Ha visto usted ya a su papá?
-Sí, antes que mamá y que Flo. Y no le ha dicho a ellas lo que a mí. ¿Qué fue eso?
-   Usted dijo que la fuga de Lenta era sólo una broma.
Pero no tenía usted la expresión que habría tenido si hubiera creído que era una broma - dijo excitada Harriet.
-j Ah! Sí, supuse que así sería... esta mañana.
¿La ha encontrado usted?
-Todavía no. Ted y «Solitario» siguen su pista. Yo me uniré a ellos muy pronto.
-Lenta ¿no estaba cerca? ¿Se ha marchado lejos? Laramie pensó que podría rehuir la respuesta a las preguntas de la joven, pero no debía mostrarse frío. Y recordó
la ocasión en que tuvo tan cerca de sí como en aquel momento, y en que dejó caer los guantes y la fusta, se asió a su chaleco y levantó hacia él la maravillosa mirada de sus oscuros ojos.
-¡Hum! Es probable que estuviera escondida en cualquier lugar y que se riese de nosotros al ver que la buscábamos.
-Laramie: es usted un embustero muy hábil; pero a mí no puede mentirme - gritó.
-Muy bien, no puedo impedir que lo diga usted. Supongo que si le dijera lo muy guapa que está usted esta mañana...
-¡Nada de lisonjas, Laramie Nelson! Me oculta usted algo - replicó Harriet. Y, en realidad, llegó a sacudirle con violencia.
-Bueno, de todos modos, no oculto lo muy peligroso que resulta mirarla... - dijo él con su acostumbrada lentitud y con una fría osadía que no le era propia.
Harriet apenas pareció oír estas significativas palabras. Comenzaba a sentirse afectada por una extraña y fuerte emoción que la arrastraba.
-Le digo que Lenta no se propuso gastarnos una broma. ¡Su fuga es verdadera!... Y lo sé porque yo misma la impulsé a fugarse.
-¡Oiga, Halliet! Está usted trastornada - afirmó Laramie.
-¿Trastornada? Casi estoy loca... Repito que yo la impulsé a hacer ese disparate... ¿Recuerda usted... cuando la vimos ayer... en la ventana... con las manos en torno al cuello de Stuart?... Después, me acerqué a su puerta.
-¡Oh, yo estaba furiosa! Ni siquiera me contestó... ¡Ni una sola palabra de respuesta de Lenta Lindsay! Esto le permitirá formarse una idea de las monstruosidades que le dirigí... Estoy asustada, estoy terriblemente asustada... Y el haberle encontrado a usted ha agravado mi situación y mis sospechas... Usted sabe algo... y me contesta con mentiras... ¡Oh, Laramie, no crea que soy cobarde! Quiero mucho a Lenta. Y me moriría de dolor si... si Lenta huyese de nosotros.
Su belleza en aquel momento, su abandono al remordimiento y el temor, el inconsciente modo con que se asía a él..., todo ello era mucho más de lo que Laramie podía resistir. No quería decirle..., horrorizarla..., producirle días
y noches de angustia por causa de algo que, acaso, no sucedería... Por otra parte, no era partidario de falsedades ni engaños para nadie; y mucho menos para Harriet Lindsay. En el caso de que no tomara rápidamente una determinación, sería posible que al cabo de un instante comenzase a referir incoherentemente todo lo relacionado con la muerte de Stuart y con el secuestro de Lenta por parte de unos caballistas ladrones, implacables y desesperados.
Hallie continuaba apoyada en él, a punto de llorar, si no a ser víctima de un ataque de nervios. Su mirada era de súplica, de imploración. ¡Como si él pudiera hacer algo en beneficio de ella! Repentinamente, Laramie encontró el modo de salir de la complicada situación. Nacido de la atracción y de la proximidad de ella, le pareció un remedio eficaz contra dos males.
-¡Venga aquí! - dijo. Y con fuerte abrazo, medio la levantó, medio la arrastró para obligarla a abandonar la espaciosa nave y llegar a un rincón en que había grandes montones de heno.
-Pero... ¡Laramie! - tartamudeó ella completamente sorprendida.
Laramie no la soltó. Si acaso, lo que hizo fue apretarla más contra sí.
-Usted ¿ha mandado a los muchachos que no trabajasen hoy?            preguntó.
-Y si lo hice, ¿qué...? El domingo es un día como otro cualquiera para un pagano como usted... Pero no es lo mismo para mí. ¿Es necesario que me agarre...?
-¡Eso es demasiado para que yo pueda permitirlo! Esos trabajadores se han burlado de mis órdenes... Y he decidido marcharme. Luego, decidieron obedecerme... Pero es lo mismo. De todos modos, he terminado mi trabajo en este rancho.
-   Pero... ¡Laramie! - exclamó gritando ella -. Prometí a mi padre... Yo... usted... ¡Oh!... Y ¿abandonará a Lenta?
-   Antes la devolveré a su hogar.
Harriet luchó por librarse del brazo que la ceñía; luego la lucha cesó repentinamente, ya fuese por falta de energías o por resignación de la joven. No obstante, la fogosidad y la viveza de su espíritu despertaron.
-   Insisto en que me engaña usted... ¡Lo percibo!... Y ese modo que tiene usted de sujetarme... ¡Oh, es insultante, es ofensivo! ¡Suélteme!
La indignación se sobreponía perceptiblemente a sus restantes sentimientos; pero no le fue posible dominar el temblor de sus labios. Laramie bajó la mirada hacia el suelo, en lugar de dirigirla a los ojos de ella. Lo que se proponía hacer, le parecía una verdadera locura; y, sin embargo, constituiría un remedio para la situación de él, puesto que Harriet se enfurecería de un modo tan extremado, que olvidaría cuanto se relacionase con Lenta. ¡Cuán dulces parecían aquellos labios curvados, un poco contraídos en las comisuras, trémulos! Y al inclinarse rápido hacia ellos, Laramie cerró los ojos y besó a Harriet. En aquel instante creyó ser arrebatado por un torbellino, perderse flotando en el espacio. Percibió que ella se atiesaba como una cuerda estirada bajo la presión del abrazo. Y se retiró espantado. ¿Qué había hecho?
-¡La... ra... mie... Nel... son! - dijo ella, sofocada. -¿Qué le ha parecido eso? - preguntó cínicamente Laramie.
Los ojos de Harriet semejaban los de una pantera irritada.
-¡Me ha ofendido usted!
-¡Hum! No es eso lo que quise hacer; pero si usted supone...
-¡Eso es lo que supongo! - replicó ella, indignada. Y moviendo veloz el brazo que tenía libre, le golpeó en la boca con dolorosa fuerza.
El golpe deshizo el abrazo de Laramie. Y sirvió para revelarle la verdad de su locura y la amargura del amador que renuncia a toda esperanza. Cuando se retiró la mano de la boca la tenía manchada de sangre. Ella lo vio. Y sus ojos se dilataron.
Al fin y al cabo... ¡es usted... otro Luke Arlidge! - dijo Harriet agitadamente-. ¡Todos los caballistas son iguales!
Estas palabras pusieron fin a los desordenados sentimientos de Laramie. El haber sido comparado con Arlidge despertó toda la levantisca fiereza que en él se encerraba. Y agarrándola violentamente y aproximándola a sí, pasó el brazo izquierdo tras la cintura de ella para asirle la muñeca izquierda. Y de este modo, la imposibilitó de defenderse. Entonces, la obligó a doblar la espalda.
-Laramie... ¡Está usted loco...! Re... retiro lo que he dicho acerca de que es usted... como Arlidge... Perdonaré lo sucedido... si... si...
Laramie le selló los labios con un beso terrible que la abatió por entero y que hizo que él satisfaciese el terrible hambre de besos que poseía.
-No hay duda, todos somos iguales - dijo apasionadamente, al mismo tiempo que la separaba de sí para mirarla. Pero ¿dónde estaban el furor, el afán de combate, el odio que se habían asomado a sus ojos? Esta pregunta se formuló de modo preciso en su imaginación, a pesar del caótico estado de ánimo que le dominaba. Sí, había ido demasiado lejos él también. Le pareció que caía en un precipicio...
-¡Ya está! - murmuró mientras volvía a besarla -. Supongo que Arlidge... hizo lo mismo.
¡Piedad!... ¡Oh Laramie!... ¿Merezco este trato... de usted...? ¡Arlidge no lo hizo! ¡Lo juro!
-¡Hum! ¡Mujeres!... ¡Usted...! ¡Orgullosa mujer blanca, como dicen los negros... Usted... Una novata oriental!... que reina sobre los pobres diablos... que somos nosotros...
Y la besó de nuevo, aunque con menos intensidad, y llegó el momento en que, cansado y tembloroso dejó de hacerlo. En el ardor de la lucha, ella había resbalado sobre las pacas de mies y había caído con una rodilla apoyada en el suelo. Tenía la cabeza levantada, y los párpados cerrados. La perlina blancura de su rostro había sufrido un momento antes una transformación. Laramie observó que una oleada de color escarlata subía por el cuello y cubría el rostro. Y descubrió, además, que en el furor de su pasión, había dejado él en libertad los brazos de Harriet, y que, si no estaba loco, uno de tales brazos le rodeaba el cuello. Y observó, también, que la mano temblorosa de la joven se dirigía lentamente hacia la espalda de él.
-¡Dios mío..., Hallie..., perdóneme...! No supe... lo que hacía...
El disparatado intento de ofenderla y ultrajarla lo sumía en la desolación... Era una transformación insoportable. Laramie no se atrevía a hacer frente a la situación. No pudo comprenderlo... Lo único que supo era que debía huir de algo que le amenazaba como un alud. Y al soltar a la muchacha, adquirió mayor convencimiento de que ella estaba agarrada a él. Al levantarse, la levantó con él. Entonces la mano de Harriet se separó del cuello de Laramie. Y esto puso fina sus incertidumbres. Ella estaba apoyada en las pacas, y sus ojos, totalmente abiertos, extraños, dulces, como dos charcos bajo la luz de la luna, se dirigían acusadoramente a él. Laramie saltó y salió corriendo de la cuadra.
Media hora más tarde, se hallaba en camino hacia la altura delante de Dakota y Charlie.
Ya en la campiña abierta, Laramie marchó a un trote vivo en dirección a las tierras bajas y hacia un lugar situado al este de Cedar Head.
Al llegar al pie de White Bluff, Laramie y sus dos seguidores, subiendo de un barranco profundo y poblado de matas, llegaron hasta un lago cuya existencia no conocían. Estaba alimentado por un manantial, y presentaba señales de haber sido muy frecuentado recientemente. Aquella agua era la que hacía que Gaines y sus compinches acampasen indefinidamente en el promontorio.
Laramie no subió hasta el borde del barranco, sino que continuó caminando por su interior para salir a varias millas al Este y al norte de los cedros en que había dejado a «Solitario» y a Ted. Al llegar a aquel punto, comenzó a inspeccionar el terreno en busca del camino. Tres..., cuatro millas cubrió, con Dakota y Charlie, separados de él, cada uno a uno de sus lados, sin hallar lo que buscaba. Finalmente, Laramie se detuvo para conferenciar con sus compañeros.
-No es posible que hayamos cruzado el camino que han debido de seguir nuestros compañeros - dijo -. Y estoy muy preocupado. Desde aquí, la dirección que seguimos nos lleva casi de nuevo al rancho.
-Patrón, yo diría, viendo la disposición del terreno, que quien quiera huir de aquí sin ser visto seguirá el camino del Norte - dijo Wind River Charlie.
-Lo mismo pienso-contestó Laramie.
-Déjame tus gemelos. Creo que he visto algo rojo añadió Charlie mientras apuntaba hacia cierto lugar. Cuando tuvo los gemelos, los levantó y los graduó a sus ojos -. Sí, allí hay un trozo de pañuelo rojo que se mueve sobre una mata.
-¡ Ah! Ahora lo veo. ¡Vamos a toda prisa!
Unos momentos más tarde, pasaba de mano en mano un trozo de pañuelo que habían recogido de una mata de salvia. Laramie lo identificó como perteneciente a «Solitario».
-¡Ah, aquí está el camino que han seguido! No hay duda.
Era alrededor de media tarde cuando Laramie comenzó a perder la esperanza de alcanzar a «Solitario» y «Huellas»durante aquel mismo día. Sin embargo, el camino era fácil de seguir, y los tres amigos lo recorrieron generalmente al trote, por lo que pudieron cubrir diez millas en menos de dos horas. Después de esto, la creciente escabrosidad del terreno en que el camino desembocaba los forzó a reducir la velocidad.
A la hora del crepúsculo llegaron a un terreno pantanoso y ovalado a través del cual se extendía una grieta serpenteante y profunda. Los bordes de ambos lados estaban espesamente poblados de matas. Abundaban los antílopes, y los conejos corrían velozmente entre la salvia. En la zona superior del terreno, los viajeros hallaron una corriente de agua que se deslizaba sobre un lecho somero y arenoso.
-Creo que debemos acampar aquí - dijo. Laramie pensativamente -. Ya es casi de noche. Y es posible que más adelante no encontremos hierba ni agua.
La oscuridad cayó sobre los caballistas cuando se hallaban tomando la escasa cena en tomo a una hoguera enrojecida por los ardientes leños. El calor del día se había desvanecido. Una suave brisa fresca agitaba los cedros. Los coyotes habían iniciado su sinfonía de ladridos. Un búho solitario ululó.
Laramie se separó muy pronto de sus compañeros, que estaban fumando, y dirigiéndose hasta un cedro próximo, extendió en el suelo las mantas de la silla con el lado húmedo hacia el suelo, y después de haber puesto la silla a modo de almohada, se tumbó para descansar si no para dormir.
Wind River Charlie lo despertó cuando nacía la luz gris del amanecer. Una hoguera chisporroteaba. Dakota apareció con las espaldas desnudas y conduciendo los caballos. Los grajos graznaban entre los cedros. Laramie se levantó como si hubieran transcurrido muchas noches desde que se tumbó para dormir. Los tres hombres cruzaron muy pocas palabras y todas fueron referentes a cuestiones corrientes en sus actividades. Comieron, ensillaron los caballos, montaron y se pusieron en marcha sumidos en un silencio que encerraba un mal presagio para los que perseguían.
Una hora más tarde, cuando salía el sol, subieron a una altura, desde donde divisaron las faldas de las Rocosas, que se hallaban a dos días de distancia en dirección al Oeste. Laramie calculó que él y sus amigos se encontraban a unas cuarenta millas del «Rancho de Cumbres Españolas», y que, en consecuencia, estaban al este de los terrenos utilizados por Allen y Arlidge. Era una región desconocida para Laramie. Dakota afirmó que había estado allá en una ocasión y que sabían que no se hallaban muy lejos, en línea recta, de la cabaña india que «Solitario» y Williams descubrieron y cerca de la cual se hallaban los caballos robados, y donde, también, habían encontrado algunas de las reses de Lindsay.
El liso camino conducía al Norte y se mantenía en los terrenos llanos. Altas cumbres y estrechos valles alternaban acá y acullá, y sus características se agudizaban gradualmente. Comenzó a abundar el ganado en cantidades impresionantes; pero las reses eran tan bravías, que Laramie no pudo descifrar su hierro sin apartarse del camino. Los tres pasaron junto a una cabaña de leños. En las cumbres brotaba una pequeña cantidad de pinos. Los flancos blancos de los ciervos se movían en todas las pendientes. La hierba y el agua abundaban. Finalmente, los jinetes cruzaron un camino ganadero, ancho, que corría de Este a Oeste. Las huellas más recientes se dirigían al Oeste, lo que demostraba que la última manada de reses había sido conducida en dirección a las tierras altas.
-¿Qué deduces de esto? preguntó Laramie a Wind River Charlie al recordar que el caballista se hallaba en dudosa situación por su antigua unión con Arlidge.
-   Esta es una zona muy extensa, patrón-respondió evasivamente Charlie -. Hay aquí más de cien mil cabezas de ganado, sin contar las que se hallan ahora en viaje.
-¡Ah! Pero los ladrones de ganados no llevarían grandes manadas a Denver. Yo diría que todos los envíos; en grandes cantidades se harían al Este, a las campiñas de Kansas y Nebraska.
-Patrón, tengo la seguridad de que aclararás algunas cuestiones intrigantes durante este desplazamiento-. Esto fue todo lo que el caballista respondió. Pero fue suficiente para Laramie.
El mediodía originó un desconcertante alto a los viajeros. La senda se dividía al llegar al punto de unión de dos valles, donde un paso. bajo entre altas cumbres ofrecía a la vista el magnífico panorama de la región silvestre, que estaba señalada por las motas negras de las reses que punteaban la extensión verde y gris, por zonas de vegetación más oscura de árboles y por las hebras de plata de unos arroyos. Laramie descubrió bien pronto que nuevas huellas de caballos se añadían a las anteriores. Gaines se había unido a otros hombres de su equipo en aquel punto, o, posiblemente, había encontrado a otros tres jinetes. De todos modos, la senda se dividía. Los tres jinetes estuvieron desconcertados y perplejos hasta que la aguda vista de Laramie descubrió un nuevo trozo del pañuelo rojo de «Solitario», que se agitaba en la alta rama de un cedro, donde pudo ser atado por un, jinete que tuvo que erguirse en la silla para hacerlo. Y ésta parecía ser la razón de que no hubieran visto anteriormente el rojo pedazo de tela. Y Charlie Wind River demostró de nuevo su valía, así como su experiencia en descubrir el paso de jinetes fugitivos.
-   Mira, patrón: dos ramitas recientemente cortadas. Una de ellas señala hacia el fondo de esa quebrada, y la otra hacia éste.
-Es cierto. Eso quiere decir que un vaquero ha utilizado las señales que acostumbran hacer los Injuns. Bien, uno de los equipos ha seguido este camino, y el otro equipo ha seguido aquél. Supongo que «Solitario» y Williams se habrán separado aquí. Lo mismo haremos nosotros. Yo iré por el camino de la izquierda. Vosotros seguiréis el de la derecha. Sería conveniente que supiéramos con cuál de los dos equipos ha marchado la muchacha. No podemos saberlo todavía. Pero del mismo modo que «Solitario» y «Huellas»..., no dejaremos nada al azar.
-Eso debilita nuestras fuerzas, patrón, del mismo modo que las, de nuestros compañeros. Pero no podemos hacer otra cosa.
-¡Hum! Estamos perdiendo el tiempo en conversaciones, y la persecución ha tomado un carácter decisivo. Es posible que vosotros encontréis a Ted o a «Solitario» que vengan en dirección opuesta. Es posible que sea yo quien los encuentre. Nosotros estamos siguiendo a ellos, y ellos están siguiendo a Gaines. Este otro equipo ha podido hacer que pierdan la pista. Pero encontrarán la verdadera, no hay duda. Corred, y, ¡por amor de Dios 1, si encontráis a Gaines y su equipo en compañía de la muchacha utilizad tan acertadamente las cabezas como las armas de fuego.
Laramie no se había alejado mucho cuando Charlie lo llamó.
-Patrón, aquí hay un enebro que está roto en la parte superior.
Laramie agitó amistosamente una mano en el aire y volvió a entregarse a su trabajo. El camino lo condujo prontamente hasta un estrecho paso cubierto de hierba que se abría entre dos vertientes arboladas. Si pudo seguir el camino fue debido a que la hierba poseía una forma y un color diferente en los lugares en que había sido pisada. Al cabo de un momento, vio la parte alta de un retoño de roble, que estaba doblada e inclinada. Había sido rudamente retorcida y desgajada no hacía mucho tiempo. O «Solitario» o «Huellas» habían pasado por aquel punto.
Laramie miró el ancho valle que se abría a sus pies, en busca de nubes de polvo. que pudieran ser provocadas por la marcha de caballistas. El ganado abundaba mucho, pero no podían verse caballistas ni elocuentes columnas polvorientas. Con gran sorpresa, Laramie descubrió que los signos que anteriormente encontraba tan frecuentemente habían desaparecido. Volvió atrás, y encontró otro arbusto mutilado antes de llegar al lugar en que el camino se desviaba bruscamente hacia la altura. Este cambio le pareció extraño, le intrigó, pero no le sorprendió. Las huellas, de los bandidos y de los proscritos siguen siempre caminos inconstantes.
La pendiente era fácil de subir; estaba abierta en algunos puntos y cerrada en otros por grupos de árboles que brotaban a intervalos. El camino se doblada para tomar la dirección que conducía al otro valle. Laramie hizo una deducción: el equipo que había retrocedido en aquel punto, lo había hecho, seguramente, con el fin de espiar al otro equipo, que había seguido el camino del valle de la derecha. Laramie tuvo el convencimiento de la verdad de esta deducción, y cuando se halló en la parte alta de la elevación lo supo. con absoluta seguridad. Unos caballos montados se habían detenido durante cierto tiempo y una y otra vez bajo los árboles que brotaban junto al borde de la pendiente. Laramie podía leer lo que bullía en las mentes de los hombres que viven en el campo sólo con observar las huellas que dejaban en su camino. Gaines y sus hombres, con la muchacha, no habían dejado aquellas huellas, porque no habían seguido aquel camino. Las huellas pertenecían a otro grupo que tenía motivos para espiar a Gaines, para seguirlo, o, más probablemente, para adelantarse a él con el propósito de tenderle una emboscada.
Aquel valle inferior era por sí solo una verdadera región. Debería de tener una longitud de más de treinta millas hasta el punto en que las montañas se unían nuevamente. Era estrecho en la parte más próxima y estaba cubierto de una vegetación de cedros aislados; pero unas millas más adelante. se abría y adquiría una tonalidad gris. El ganado era mucho menos, abundante que en el valle situado a espaldas de Laramie.
Una senda perfectamente definida conducía a la cresta de la elevación, en dirección al Norte. Los que tuvieran razones para vigilar debían de frecuentarla. Y las huellas que Laramie perseguía se marcaban a lo largo de la zona en que comenzaba la pendiente. Al cabo de un corto recorrido, tales huellas se separaban del borde que seguían y continuaban en sentido descendente.
-¡Bien! ¡Me parece que he acertado! - se dijo Laramie-. Me pregunto cuánto tiempo tardaría «Solitario», o «Huellas», en comprender lo que he comprendido. No más tiempo que yo, estoy seguro de ello. Y habrá seguido pronto el otro camino... Pero si ese equipo se propone adelantarse a Gaines, ¿por qué no. he de intentar hacerlo antes que él?»
Laramie intentó desechar esta idea. Pero la idea no quería abandonarle. Contrariamente, adquirió nueva fortaleza con las evidencias producidas por primitivas inspiraciones. Y miró al sol. ¡Ya comenzaba a brillar en Occidente! ¿Podría Laramie confiar en algún antiguo instinto? Aquella cuestión no era propia de él, sino de «Solitario». Y la muchacha raptada era hermana de Harriet. No obstante, un fuerte impulso, frío e inescrutable, se apoderó de él. Y este impulso se agudizó y dirigió sus suposiciones y sus cálculos. Cuatro horas, a lo sumo, tardaría Gaines en hacer alto para acampar con el fin de pasar la noche. El equipo que se había vuelto para seguirle lo sabía; y sabía también, dónde habría de acampar.
De repente, Laramie recordó que tenía unos gemelos de campaña atados a la silla. Los recogió, se apeó de un salto para apoyarse contra un árbol e inspeccionó el valle. Comenzó por la parte derecha. La distancia era demasiado grande para que pudiera ser inspeccionada por el ojo desnudo, pero la ayuda de los gemelos permitía hacerlo con relativa facilidad. El ganado, los antílopes, los ciervos, pasaron bajo su vista. Y la última manada de antílopes se había puesto en movimiento. Pero Laramie no pudo descubrir otros seres movientes en el terreno situado bajo él.
Y por esta causa, recorrió con la visión la zona en que, en dirección Norte, se ensanchaba el valle. Unos terrenos herbosos y estériles se mezclaban con otros cubiertos de tierra alcalina. Allá no se veía nada moviente. El punto más lejano del valle no recompensó los esfuerzos del observador. Luego, comenzando en la parte lejana de la izquierda y siguiendo la línea en que se unían la salvia y el arbolado. Laramie estudió minuciosamente el terreno. A unas ocho o diez millas de distancia, pudo ver una cabaña que se hallaba próxima a un talud cubierto de verdor, o acaso una roca cuadrada y grande que semejase una cabaña. Desde allí en adelante, por espacio de variase millas, el terreno liso, verde y gris se hallaba solitario.
Repentinamente, un conjunto de caballos se presentó como por arte de magia en el círculo de visión de los gemelos. Laramie se estremeció. Estuvo a punto de dejar caer los gemelos. ¡Qué ruina habían ocasionado en sus nervios Harriet Lindsay y su hermana! Afirmándose en el apoyo que había buscado para observar nuevamente el grupo, pudo hallarlo al cabo de unos momentos. Lo componían seis caballos, cuatro de silla y dos de carga, y cuatro jinetes. Debía de ser el equipo de Gaines, según las suposiciones de Ted. Y avanzaba lentamente. Los caballos estaban cansados. La mirada de Laramie se posó preferentemente sobre el segundo de los jinetes, que era solamente como un puntito menudo y brillante sobre la silla. Debía de ser Lenta.
Laramie no perdió ni un solo segundo más. «¡Mi suposición ! se dijo -. ¡ Es pintoresco...! Puedo adelantarme a Gaines.» Y con rápida decisión condujo de nuevo su caballo a la senda y, después de haber sujetado los gemelos, montó de un salto. El gran caballo respondió inmediatamente al acicate de las espuelas, y un instante después corría a gran velocidad junto al borde de la pendiente. El camino era descubierto y duro en su mayor parte. No se levantaba polvo que pudiera denunciar la presencia del jinete, y éste no podía ser visto desde ninguno de los dos valles. La parte alta de la pendiente se ensanchaba en su parte superior, y el sendero corría allí por su centro. Laramie llevó el caballo al trote cuando se halló en terreno liso, y gobernó su marcha con arreglo a los accidentes del sendero cuando se halló en otras condiciones. Al cabo de un cuarto de hora, calculó que el rápido movimiento anterior le había conducido al punto en que debería cruzar nuevamente la pendiente. Y lo hizo.
Y llegó hasta un lugar desde el que era hermoso el panorama que se divisaba. Un declive poblado de árboles descendía hasta el terreno cubierto de salvia; y como si la  suerte lo hubiera dispuesto de aquel modo, allí estaba la cabaña que desde la lejanía semejaba también una cuadrada roca. Laramie no se molestó en buscar el grupo de caballos que debería de hallarse a una distancia de lo menos cinco millas. Y a la velocidad a que se movían, tardarían por lo menos hora y media en llegar a la cabaña. La cabaña era el objetivo de Gaines. Laramie se proponía encontrarse allí para recibirle.
Y, sin más dilaciones, desmontó y puso su atención en la tarea de descender desde el borde de la elevación. Halló un punto conveniente, e inició el descenso conduciendo al caballo de la brida. El terreno estaba muy inclinado, pero resultaba fácilmente franqueable, por lo que Laramie no se inquietó. Pero, más abajo, sería probable que hallase dificultades. Recorriendo un camino zigzagueante, entre las matas y sobre las rocas, llegó hasta un saliente que le preocupó por la razón de que, aun cuando el descenso sería fácil, no le sería posible volver sobre sus pasos en caso de necesidad. Su radio de visión era muy pequeño desde allí. Intentó mirar hacia abajo, y finalmente inició el descenso sin más vacilaciones. Muy pronto, después de haberlo hecho, se encontró sobre terreno accidentado, donde hubo de esforzarse para recorrer un itinerario indefinido, ascendente o descendente, a lo largo de los salientes o en dirección contraria. Perdió un tiempo muy valioso. Por fortuna, había tomado una orientación por medio de una quebrada que cruzaba el valle. El sol se había hundido ya tras las elevaciones de las que Laramie había descendido. Las sombras se espesaban. Laramie no se había engañado en sus cálculos, pero había tropezado con la mala suerte, el factor siempre amenazador. Finalmente, consiguió atravesar la última barrera de arbolado que lo separaba del valle.
Un arroyo corría procedente del risco. Laramie dejó que el caballo bebiera. Y, puesto que allí había también hierba fresca, decidió permitir que pastase el caballo, y partió a pie hacia el terreno descubierto.
El principal arbolado se componía de abetos finos y ele copas puntiagudas entre los que brotaban algunos robles y arbustos. Laramie podía ver desde allí el oro y la púrpura del valle. La cabaña sobresalía un poco del arbolado, que estaba formado por robles de ramas bajas y extendidas. Laramie se hallaba, a punto de abandonar la zona cubierta de árboles cuando vio que los caballos que esperaba se hallaban a media milla de distancia, en la parte baja del  valle. Volviendo hacia atrás, caminó bajo cubierta hasta llegar a un punto que le permitiría tener la cabaña entre sí y los caballistas que se acercaban. Luego, corrió a través del terreno descubierto. Cuando llegó ante la puerta de la cabaña, desenfundó uno de los revólveres, que podría serle necesario utilizar en el caso de que la pequeña vivienda estuviera ocupada por alguien. Y allí se detuvo resoplando y respirando con fatiga. Luego, llamó a la puerta. ¡No hubo respuesta! Como la mayoría de las cabañas, aquélla se componía de una sola estancia y de un desván de leños bajo el tejado. Una escalera inclinada, en la que faltaban algunos peldaños, conducía al desván.
Laramie entró. Podría matar a Gaines tan pronto como se presentara ante su vista; y después! inmovilizar al negro y al mejicano, salvo el caso de que se dispusieran a luchar y defenderse. Laramie suponía que podría forzar al negro a hablar, a hacerle revelaciones. Y, una vez que hubo formado este proyecto, se dispuso a esperar.

XIV


A
 través de una rendija de los leños, Laramie vio un resplandor blanco. Y un instante después oyó un retumbar de cascos. ¡El equipo de Gaines no tenía ningún caballo blanco!
La situación requería una rápida meditación. En el caso de que fuera preciso entablar batalla contra aquellos otros seguidores, Laramie se hallaba dispuesto a emprenderla; pero puesto que era a Gaines a quien perseguía, prefería verse las caras con él en primer lugar. El esconderse en el desván podría hacer que el desarrollo de los acontecimientos fuese más, favorable para sus propósitos. Debía obrar con rapidez, ya que los caballos se hallaban próximos. Unas voces ásperas llegaron claramente hasta sus oídos. La mano de Laramie se cerró con fuerza sobre la culata del revólver. Esperó unos cortos instantes más, pero aquel sexto sentido que parecía poseer le impulsó a subir con celeridad las escaleras que conducían al desván.
Cuando lo hubo hecho, se tumbó de cara a la puerta. El desván no estaba oscuro. La luz entraba a través, de un agujero que había a su espalda. Esto satisfizo a Laramie, aun cuando habría sido más seguro para él que no hubiera luz suficiente para que pudiera ser visto con facilidad.
En el caso de que fuera descubierto, podría disparar, saltar ponla ventana y enfrentarse con quienquiera que se hallase en el exterior. Evidentemente, todas las ventajas estaban de su parte.
Los caballos se aproximaron a la cabaña. Sin embargo, en lugar de detenerse ante la puerta se dirigieron hacia la parte posterior, donde se detuvieron. Un resonar de espuelas dio fe de que los jinetes desmontaban.
Unas voces bajas e indescifrables precedieron al golpeteo de unas sillas de montar contra el suelo. La puerta se abrió, y tras ella se presentó un hombre que se dispuso a entrar. El hombre medio se volvió para mirar detrás de sí.
-Da agua a los caballos, Jude, pero no los dejes en libertad - ordenó, y luego dio unos pasos, que hicieron que tintineasen sus espuelas, y entró. A Laramie le pareció que aquella voz le era familiar, que conocía aquel rostro ordinario, oscuro y cubierto de delgada barba. i Price ! Pero había cambiado mucho en lo que se relacionaba con la cara; y su forma, antiguamente fuerte, era la de un hombre seco. Su aspecto no producía una impresión de prosperidad. Tras él iba otro hombre, bajo y no joven, de rostro redondo y cubierto de manchas.
-Tengo ganas de saber lo que resulta de esta cuestión-dijo este último hombre -. ¿Qué es lo que te propones?
-Nunca has sido listo, Beady - contestó Price -. Reconozco que el asunto no presentaba buen aspecto ni parecía tan seguro cuando dimos la vuelta para seguir las huellas de Gaines. Pero hemos visto a aquel hombre del caballo negro que va siguiendo a Gaines. Y eso es lo que nos favorece. Diré a Gaines que hemos visto que lo seguían y que hemos venido a toda prisa para informarle.
-   ¡Hum! Es posible que nos dé buen resultado. Y luego, ¿qué?
-Luego... ya veremos el giro que toman los acontecimientos.
-   Price, tú quieres apoderarte de aquella chiquilla.
-No lo niego, Beady.
-Bien, ¿para qué?
-   Lindsay pagaría un buen rescate por esa linda criatura - declaró Price mientras se frotaba las manos con satisfacción Arlidge nos ha dejado sólo las migajas de los robos de ganados. Hagamos un buen negocio, y, luego, abandonemos, esta región.
-No es malo tu razonamiento - replicó Beady -. Pero rebajas a Gaines y no te ocupas en absoluto de Nelson y su equipo. Apostaría cualquier cosa, ¡por todos los diablos!, a que ese hombre que sigue a Gaines pertenece al equipo de Nelson.
-Eso mismo me estaba preguntando - respondió con seriedad Price -. Me gustaría poder encontrarme con el propio Nelson o con ese maldito tunante de Mulhall. ¡Hay una gran enemistad entre nosotros, Beady!
-Bueno, no nos convendría que sucediera. Pero si el jinete que hemos visto pertenece al equipo de Nelson, no atacará él solo a Gaines. Se verá precisado a regresar al rancho. Eso significará un retraso, seguramente, y en ese caso podrías hacer una jugarreta ,a Gaines y apoderarte de la muchacha. Pero no serviría para alterar el fin : ese pistolero tejano se lanzará en tu persecución sin perder un momento, y no cesará en ella hasta haberte encontrado. Por esta causa, si no quieres a la muchacha por ella misma, te aconsejo que renuncies.
-Beady, te juro que no quiero a la muchacha por sí misma. Sería como apoderarse de una niña que estuviera en su cunita - protestó Price -. Pero me has dado una buena idea. ¡ Muy buena ! Apoderémonos de la muchacha, aunque para ello hayamos de matar a Gaines, y llevémosla a la casa de su padre. No hay duda de que nos recompensará con generosidad.
-Es una idea mejor que la otra; pero no me parece
lo suficientemente buena. ¿Qué sucedería si nos encontrásemos de manos a boca con ese Nelson y con Mulhall y ese otro Williams de vista de águila que nos descubrió cuando le robamos el caballo?
-   Eso no tendría importancia, en el caso de que estuviéramos con ella camino de su casa.
-¡Ja, ja l Bueno, sería posible que no la tuviera - dijo Beady.
-   ¡Basta de hablar! ¿Estás...?
La conversación fue interrumpida por un individuo larguirucho.
-Ya vienen - anunció.
Price se dirigió a la puerta y miró cautamente hacia el exterior. Cuando retiró de la puerta la cabeza, sus ojos brillaban.
-Ni nos ha visto ni sabe que alguien le sigue... Ahora, compañeros, dejadme que sea yo quien hable. Y si vierais que empiezo a hacer «algo»... intervenid inmediatamente.
Al escuchar a aquel hombre, Laramie lo relegó desdeñoso a la quinta categoría de proscritos de la frontera.
El hombrecillo llamado Beady debía ser vigilado.
-Lo mismo si nos gusta que si no nos gusta he aquí lo que va a suceder - dijo Beady Gaines y su equipo vendrán aquí. Y luego, llegará Nelson. ¡Va a ser una cosa encantadora!
-Sólo vienen tres hombres. Mataré a Gaines cuando esté dormido y obligaré a rendirse al mejicano y al negro.
-¿Cuando esté dormido? ¡Hum!... Price, ¿cómo demonios te las has arreglado para vivir tanto tiempo?
-¡Cállate ! Ya se acercan.
Laramie percibió muy pronto un suave golpear de cascos contra la blandura del suelo.
-Price, suponía que te habrías alejado en la dirección que indicaste. ¿Qué diablos te propones al volver a salir a mi encuentro?
Aquella voz sonora y seca, con su tono de disgusto, pertenecía a Chess Gaines.
-Chess, quería hacerte un favor - contestó fríamente Price.
-¿Llamas hacerme un favor a irritarme para que te mate a tiros?
-Hay algo que te irrita, no hay duda... Es posible que lo que te irrita sean esos arañazos que tienes en la cara... Te he hecho un favor, y espero obtener algo como recompensa.
-Oye, no puedes engañarme. Tú no has hecho un favor a nadie en toda tu vida. Y ¡ que me muera ahora mismo si no estoy dispuesto a liquidarte a tiros!... ¿Por qué demonios te has adelantado a mí y me has esperado?
-Porque he visto un caballista que montaba un caballo negro y que te iba siguiendo - declaró Price.
-   ¡Eres un maldito embustero!
-No, no lo soy, pregunta a Jude y a Beady, que están aquí dentro - protestó oscamente Price.
-   Jude jurará que es cierto todo lo que tú digas. Pero no conozco a ese Beady. ¡Llámalos!
Price cruzó el umbral e indicó a sus hombres que le siguieran. Cuando los tres hombres aparecieron, se produjo un corto silencio.
-De modo que tú eres Beady, ¿eh? - preguntó Gaines -. ¿Has visto a un jinete que me seguía?
-   No. Lo siento mucho, pero no puedo decir que lo haya visto. Yo iba detrás de mis compañeros. De todos modos, diré que creo lo que dijo Price.
Súbitamente sonó una voz penetrante y alta.
-Chess Gaines, puede tener seguridad de que ese jinete era «Solitario» Mulhall.
    ¡Baja del caballo, fierabrás del diablo! - gruñó Gaines.
Laramie recobró la anterior intensidad emocional. Aquella voz era la de Lenta. Y no sonaba del modo que habría sonado si el espíritu de la muchacha se hubiera quebrantado.
-¡Aparte de mí esas puercas garras! - gritó la chiquilla - ¡Ya se lo dije!... ¡Me apearé yo sola!
-   Y yo te digo, para que lo oigan estos monos sonrientes, que hace poco tiempo no te repugnaron tanto mis sucias garras - replicó Gaines.
Un momento más tarde, Laramie la vio prisionera entre los brazos de Gaines y dando patadas como una mulita.
-Nig descarga los fardos - continuó fatigado Gaines -. Juan, encárgate de los caballos. Vamos a pasar aquí la noche...
Lenta continuaba sentada tranquilamente y observaba a los hombres que trabajaban en el exterior.
Unas formas oscuras entraron en la cabaña. En seguida se encendió el rojo resplandor de unas llamas. La luz sirvió a Laramie para ver que Lenta estaba sentada en el suelo, de espaldas a la ancha chimenea. Price y Jude se encontraban arrodillados al otro lado de la habitación, ocupados en preparar la cena; y Beady y Gaines se habían sentado en la mesa de leños.
-   Gaines, si me lo permites, quisiera hacerte una pregunta - dijo Beady.
-¡Desembucha! - contestó Ganes, indolente.
-¿No es razonable que esperes que haya caballistas que se hallen siguiendo, tu pista?
-   Se Pero es una cuestión que no me preocupa todavía.
-Bien, supongo que me perdonarás, lo mismo tú que tus compañeros, si nos quedamos con vosotros a pasar la noche.
-Rodéis hacer lo que os plazca, lo mismo tú que tus compañeros. Yo estoy decidido a pasar aquí la noche con mi amiguita.
-¡Sólo por la fuerza lo conseguirá, perro sarnoso! - exclamó Lenta, indignada, al mismo tiempo que se sonrojaba -. Cualquier hombre tan grandote como usted podría reducir a una mujer tan débil como yo. Estoy por completo destrozada por el cansancio.
-¿Qué te propones, Gaines? - preguntó fríamente Beady-. Price dijo que te habías apoderado de ella para cobrar un rescate. Pero el modo como ella habla lo desmiente.
-j Es una cuestión que no te importa! Y lo mejor que puede hacer Price es cerrar la sucia bocaza que tiene - replicó Gaines.
Lenta se puso en pie, siempre de espaldas a la pared.
-Oiga usted, el que llaman Beady - exclamó con violencia la joven -. Ese ordeñavacas trabajaba para mi papá. Y perdí la cabeza por él lo mismo que por otros caballistas. Y coqueteé con él. Y le permití que me besase. Después, cuando sospeché que era un ladrón de ganados y que obraba de acuerdo con Arlidge y sus hombres, y que robaba precisamente al patrón que le pagaba por su trabajo, continué cultivando su amistad hasta confirmar lo que suponía. Nelson lo despidió. Luego, se escondió en diversos lugares de la llanura con el fin de aprovechar un descuido y apoderarse de mí. Anteayer, salí en unión de un muchacho llamado Stuart. Ese hombre y sus compinches lo mataron a tiros..., ¡ lo asesinaron... 1 ¡ Oh, fue te... rri...ble...! Después, Gaines, el muy idiota, me habló de matrimonio..., me pidió que me fugase con él... ¡Está loco! Estuvo luchando conmigo hasta que intenté arrancarle los ojos con las uñas. Ahora... todos pueden ver... lo que se propone..., ¡el muy cerdo... 1 Soy sólo una muchacha inexperta; pero no le temo..., ni a ninguno de ustedes. Déjenme un revólver, y les demostraré que... Todos ustedes deben de ser una cuadrilla de animales cobardes, de gallinas, puesto que le permiten... ¡Oh...!
-¡Cállate o te abofetearé! - la interrumpió Gaines.
Y terminó con una violenta exclamación de enfurecimiento que vibró en la totalidad de la cabaña. Laramie se estremeció. ¿Por qué no llegaban sus compañeros para echar el alto a aquellos bandidos y poner fin a sus fechorías? Muy pronto no podría contener la impaciencia que le dominaba de matar a Gaines, lo que daría origen a una lucha sangrienta y de incierto desenlace.
Al oír tales palabras, Lenta se puso en pie, acto que pareció poner en tensión todos sus músculos.
-Chess Gaines... ¡Y pensar que, en tiempos, le aprecié! ... ¡A usted, a un monstruo puerco...! - gritó en voz que semejaba un alarido. La muchacha parecía en aquel momento la encarnación de horror y del desprecio -. ¿No nació usted de una mujer?... ¿No ha tenido una hermana?
-Por eso, ¡Dios me tenga de su mano! , voy a tenerte a ti, Lenta Lindsay - contestó a gritos Gaines.
-¡Nunca será estando viva! - replicó ella.
-¡Será viva, puedes estar segura! -chilló con fiera excitación.
Ella le golpeó ferozmente con los cerrados puños; y, elástica y ágil, se libró de la presión de los brazos del hombre y cayó contra la pared. Gaines se lanzó contra ella y estaba apretándola en un arrebato de ira y de pasión cuando de repente se retiró como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
-¡Agggh! - rugió. Y con espasmódico movimiento, se separó de ella y giró rápidamente en dirección a la luz que derramaba la hoguera. La sangre corría entre los dedos de la mano con que se oprimía el pecho. Lenta le había mordido.
Laramie tenía el revólver casi asestado contra él. Un nuevo movimiento de Gaines en dirección a la muchacha habría sido el último de su vida. Con el rostro distorsionado por el dolor o por el furor, Gaines levantó en alto una mano temblorosa y abierta.
-   ¡Gata...! ¡Me has mordido ! ¿Quieres volver a morderme? - rugió.
-¡Hola, Chess! - una voz sonó vigorosamente al otro lado de la puerta, que estaba abierta. En su alegría había una nota de amenaza.
La mano que Gaines había levantado se inmovilizó en el aire. Solamente sus ojos se movieron... para mirar con fijeza..., para desorbitarse.
-   ¡Infiernos y demonios! ¡Cómo me repugna el tener que matarte con tanta rapidez! -la voz del exterior sonó de nuevo con tanta fuerza como antes con una firmeza terrible.
La sangre de Laramie se encrespó. Una ligerísima presión más sobre el gatillo del revólver pudo ser retenida por él. ¡ «Solitario»! Una llama roja entró por el hueco de la puerta. Luego, una pufarada de humo. Y la cabaña se llenó del ruido tronitoso del disparo. Los sesos de Chess Gaines salpicaron sobre la chimenea, y el hombre cayó al suelo como si hubiera sido impulsado por una catapulta.

XV

Laramie
 se incorporó en silencio, hasta quedar apoyado en el brazo izquierdo y dirigió la mirada a Beady. Apenas quedó ahogado el estruendo del estampido cuando, con un solo movimiento, Beady saltó del banco y desenfundó el revólver. Un nuevo salto lo llevó hasta la pared de la puerta y preparó, el arma para matar a «Solitario» cuando entrase. Ésta fue la señal para que Laramie disparase.
Beady cayó hacia delante, como un saco.
-¡Vosotros..., manos arriba! ¡Pronto! - ordenó Laramie al mismo tiempo que se arrodillaba.
-Ése debe de ser Laramie - dijo alguien con voz enérgica. Y «Solitario» pasó sobre la forma oscura que se hallaba contraída al pie de la puerta. Luego la puerta opuesta se abrió hasta el interior para dar entrada a Williams, que llevaba el rifle dispuesto para disparar y Wind River Charlie, quien se situó a su lado.
- ¡Laramie! - gritó «Solitario» .
-Aquí estoy-contestó Laramie.
-¿Dónde?
-Arriba, en el desván.
-Has estado ahí durante todo el tiempo - afirmó «Solitario» -. Debería haberlo sabido... Baja y enciende la luz.
Laramie descendió por la escalera, de cara a la pared, pero después de haber dirigido una mirada a los estupefactos prisioneros, enfundó el revólver y arrojó unas piñas y unas ramas a la hoguera.
-¿Dónde está Dakota? - preguntó Laramie con voz aguda -. Johnson y Méndez están ahí, afuera.
-He oído acercarse a Dakota  -contestó Wind River Charlie.
-Entra ahí, negro - ordenó Dakota desde el exterior. -Ya ento, patón. No hay necesidá de que me empuje con ese revove - contestó el negro.
-Apártate, Ted. Déjale entrar - dijo Laramie.
Un negro de rostro casi amarillento, de ojos inquietos, entró torpemente mientras hacía un intento por librarse de la presión que el cañón del rifle de Dakota ejercía sobre su espalda.
-Aquí está Johnson - anunció el caballista -. El mejicano ha debido de oírnos y ha desaparecido.
-¿Dónde está, negro? - preguntó «Solitario».
-No lo sé, patón. Yo estaba ahí, fuera, hablando con é y ayudándole a eso de lo caballo... No dijo naá, y cuando lo busqué. se había ido.
-De ese modo, nos evita el trabajo de ahorcarlo - continuó «Solitario», que parecía haber asumido por propia voluntad la dirección del asunto -. Carlie, ve en busca de cuerdas.
El caballista desapareció entre la oscuridad, y al cabo de un momento se pudo oír el ruido que promovía al revolver entre las sillas que había en los pesebres. Al cabo de un instante, cuando reapareció, portaba unas largas cuerdas.
-Charlie, tú y Dakota cortadlas en tres trozos y atad con ellas las manos de esos hombres a sus espaldas - continuó «Solitario».
La orden fue inmediatamente cumplida.
-Ahora, arrastrad a esos muertos hacia un rincón, para que el verlos no nos estropee la cena.
Entre tanto, Laramie se había arrodillado junto a Lenta, que estaba apoyada a medias en montón de leña y en la chimenea. Su rostro tenía una expresión de tortura. Sus ojos no parecían, ni mucho menos, los de una niña.
-Bueno, creí que había muerto usted para el mundo, Lenta - dijo Laramie.
-No..., me he... desmayado - susurró ella, al mismo tiempo que se agarraba a Laramie -. Cuando corrí... vi a «Solitario»... Y entonces supe... que estaba salvada... Pero he visto... y he oído... todo... Estoy disgustada..., pero contenta... ¡Oh, Laramie..., no me ha mirado... ni una sola vez...! ¿Qué cree...? Dígale... que estoy bien..., que...
-j Claro que está usted bien, que no le ha sucedido nada! - la interrumpió de manera suave Laramie -. Es usted la muchacha más valiente y animosa que he conocido, y algún día me veré obligado a pedir que me perdone. ¡Anímese ahora! Sus contratiempos han pasado ya.
-Es posible que así sea... Pero, dígale..., Laramie..., hágame el favor de decírselo - murmuró la joven.
-Compañero - dijo Laramie con voz más fuerte que la anterior y dirigiéndose a «Solitario», que estaba sentado ante la mesa, ceñudo y sombrío -: a Lenta no le ha sucedido nada malo. Está disgustada, claro es, pero no lesionada... ¡Y no ha sufrido ningún detrimento!
-¿Sí...? Gracias a Dios..., por ella y por Hallie - respondió «Solitario», sin emoción y sin dirigir ni una sola mirada a Lenta.
Lenta tiró de Laramie hacia abajo para murmurar a su oído:
-¿Lo ve...? No lo cree... o no le importa. Y yo... ¡Oh, Laramie...!
-Cállese, criatura. Está usted sobresaltada. No intente razonar ahora. Continúe luchando contra su nerviosismo.
-Ven aquí, Laramie. No eres enfermera de nadie. Y si la muchacha está bien, dediquemos la atención a nuestros asuntos - ordenó «Solitario».
-Creo que todo lo demás puede esperar hasta mañana -contestó Laramie mientras cruzaba la estancia para aproximarse a «Solitario».
-No. Y me parece que sería conveniente que me permitieras dirigir nuestra labor.
- Sí, si así lo deseas. Pero ¿por qué?
-En favor de Hallie - contestó en voz baja «Solitario» -. En el caso de que la historia de lo que suceda se divulgue... Comprendes, compañero?
-¡Ah! ¡Diablos! No sé si comprendo por completo - replicó con calma Laramie -. Estamos en unos momentos muy poco oportunos para que te dediques a soñar.
-¡Hum! Oye, yo acepto la responsabilidad, y mentiré a Hallie. Pero tú has de encargarte de engatusar a Lenta para que no revele nada de todo este maldito y sangriento lío.
- Sí. Creo que podré conseguirlo.
-Bien. ¿No tienes ninguna sugerencia que hacerme?
-Sólo una: los testimonios de los muertos no son tan eficaces como los de los vivos. He oído la verdad acerca de Arlidge y Allen. Es exactamente lo que suponíamos, «Solitario», pero no podríamos probarlo. Creo que debemos asustar al negro para que cante de plano. Y luego lo dejaremos marchar en libertad... si nos dice lo que necesitamos.
-¡Ah! Lo que tú digas, Laramie, aunque me irrita la idea de que no lo veré estirando una cuerda de cáñamo junto a los demás.
Price, que observaba el diálogo que Laramie y «Solitario» sostenían, aunque no podía oírlo, rompió en temblorosas exclamaciones:
-Mulhall..., nosotros... no tenemos nada que ver... con Gaines... ni con el secuestro... de esa chica.
«Solitario» no dio muestras de haber oído las palabras de su antiguo enemigo.
-Dakota, necesitamos tener en el exterior una hoguera muy resplandeciente que nos permita ver - dijo «Solitario».
-No, no la necesitamos - afirmó Laramie -. Echad un poco de leña ahí... Yo llevaré la muchacha afuera.
Y al terminar de decirlo, se aproximó a Lenta, y se agachó para levantarla.
-¿Qué desea usted, Laramie? -preguntó ella.
-Pues... Lo que sucede, señorita..., es que... Sí, hay una temperatura mejor... ahí, afuera... Hay más aire... y, más tarde, prepararé un lecho para usted, y... - respondió Laramie.
-Puedo andar-dijo Lenta; y se levantó para demostrar que era cierto.
Laramie la ayudó a salir al exterior.
-Siéntese ahí, Lenta, donde pueda verla-terminó Laramie mientras la indicaba por medio de un ademán y de sus actos que se recostase en el muro. Luego, se, volvió y se sentó al pie de la puerta.
La orden de «Solitario» vibró enérgica.
-Charlie, echa esa cuerda por encima de las vigas del techo.
Wind River Carlie arrojó diestramente un cabo de la cuerda a través del triángulo que quedaba entre el desván y el techo. La cuerda quedó colgando y se agitó con el aspecto siniestro, de una cabeza de culebra.
-Ted, apunta con el revólver a Price, y en el caso de que le veas, aunque solamente sea hacer un guiño, métele un tiro en la barriga-dijo «Solitario» en voz baja -. Charlie, dame la cuerda. Y entre tú y Dakota arrastrad aquí al negro.
Así lo hicieron, y arrojaron el lazo sobre la cabeza del negro. Tiraron de la cuerda, y lo obligaron a estirarse sobre las puntas de los pies, postura en que le mantuvieron durante un momento.
-¿Te gusta esto, negro? -preguntó «Solitario» al mismo tiempo que aflojaba de repente la cuerda.
Johnson cayó sobre las plantas de los pies, retrorciéndose y respirando fatigosamente. Charlie aflojó la cuerda. El negro respiró con dificultad, abrió la boca. Tenía el rostro horriblemente contraído.
-Debía... matame... de una manera... desente - dijo con un estrangulado murmullo.
-¿Es eso todo lo que tienes que decir, Johnson? - preguntó el imperturbable Mulhall.
-Por amó de Dió..., no me ahoguéis... No he hecho ná.
-Eres un ladrón de caballos.
-No, selló. No lo soy. Jamá.
-Pero eres ladrón de vacas.
- Sí, señó. Pero... no lo era..., jamá..., bata que ese bombee., Alidge..., me hiso selo - protestó el negro.
-Es una lástima, porque no tenemos más remedio que colgarte.
El negro ofrecía un aspecto patético. Pero no carecía de valor.
-Nelson... tú ere el jefe de aquí... ¿No pués asé que me maten de un tiro?... Me repusna... el tené... el cuello... apretad...
-Creo, San, que podríamos hacerlo si...
-Ven, Charlie; ayúdame... Con calma, con calma... No tires muy de prisa.
Y los dos hombres tiraron despacio de la cuerda y levantaron al negro hasta que su cabeza y su cuello semejaron los de una tortuga. Uno de sus pies se separó primeramente del suelo; luego, el otro. El negro quedó del todo suspendido. Las rodillas se le doblaban en espasmódicas contracciones, y su boca dejaba escapar sonidos horriblemente angustiosos. De súbito fue abandonado, de modo que casi cayó pesadamente a tierra.
Laramie dirigió una mirada al horrorizado rostro de Price. El cuatrero tenía los ojos cerrados.
Charlie aflojó nuevamente el lazo. Johnson parecía hallarse casi estrangulado.
-¿Te gusta esto, negro? - preguntó «Solitario». -No... No me guta... ná.
-Entonces, ¿quieres a tu vida?
- Señó..., jamá... supe... cuánto la... quería...
- Bien, ¿qué harías por salvar la vida? ¿Hablarías?
- Sí, señó... Y diría... tó... lo que yo sabé - replicó el negro.
Al llegar a este punto, Laramie decidió intervenir.
- Sam, mañana iremos a ver a Allen. ¿Querrás hablar delante de él?
- Sí, seña, con seguridá... lo haré.
-¿Es Allen ladrón de ganado?
- Jamá lo vi... robá ninguna vaca... Pero vende animale con las marcas quemás... antes de que usted vinieran... con Lindsay... Yo oí que desía a Gaines que Lindsay había comprao tó el ganao y la casa de Allen.
-Bien, ¿quién más tomó parte en aquel robo, Sam? -continuó Laramie.
-Íbamo... Gaines... Y Juan... Y yo... Y Arlidge... Y ésos son tós los que recuerdo, señó.
-No mientas, Sam. Todavía estás a tiempo de salvarte el cuello. Intenta recordar.
-Bueno, señó; iban Fork Mayew y... y...
- ¡ «Yo»! - exclamó apasionadamente Wind River Charlie -. Pero, Laramie, juro que no supe que aquella conducción de ganados era un robo. No lo supe hasta después. Yo, Fork y Red no estábamos en el secreto. No nos gustaba .la cuestión..., no sé por qué..., pero no preguntamos nada. Más tarde, Gaines nos dijo que Lindsay había comprado las propiedades de Allen y que lo que habíamos hecho era robar sus reses.
- ¡Ah! ¿Eso es lo que Arlidge tenía contra ti, Charlie? -Sí, patrón, y nada más.
Laramie levantó una mano para indicar que su intervención había terminado. «Solitario» dio un tirón de la cuerda, de modo que el lazo dejó de rodear el cuello de Johnson.
-Apártate un poco, Sam... Ted, ¿quieres hacerme el favor de traer aquí a aquel caballero?
-Pero por más que lo empujaron con el cañón del rifle, Price no se movió. Continuó con el cuerpo apoyado fuertemente contra la pared. Y por esta causa, «Solitario» cogió el lazo y, tirando de él lo suficiente para que llegara hasta donde se proponía, dio tres largas zancadas y lo arrojó sobre la cabeza de Price.
-Price, creo que recordarás que en cierto tiempo hiciste lo mismo conmigo - dijo con una frialdad de acero.
«Solitario» volvió al punto que ocupaba primitivamente.
-Ted, Dakota, venid a ayudamos a Charlie y a mí.
Los cuatro hombres tiraron al unísono y forzaron a Price a separarse de la pared, saltar sobre el banco y derribar la mesa. Y luego, con un movimiento concertado, enérgico, comenzaron a elevar en el aire al cuatrero.
-¡Sostenedlo... ahí! - dijo jadeante «Solitario»; y mientras los otros tres hombres sostenían al ladrón a la altura a que se hallaba, ató el extremo de la cuerda a uno de los soportes del desván -. Soltad, creo que no hace falta más.
Cuando los tres compañeros de «Solitario» cumplieron la orden recibida, el lazo cedió un poco, de modo que Price descendió un pie más; pero no llegó a tocar tierra. Luego
«Solitario», con las manos apoyadas en las caderas, en actitud singularmente expresiva, clavó la mirada en el hombre que comenzaba a estrangularse.
Laramie, sentado al pie de la puerta, observaba del mismo modo que su compañero.
Price perneaba tan terriblemente en sus contorsiones, Que comenzó a oscilar y a balancearse casi de lado a lado de la habitación. Una de las veces, en uno de sus violentos movimientos, estuvo a punto de llegar hasta donde el inmóvil Mulhall se encontraba. Y esta circunstancia hizo que el caballista vengador rompiese su inmovilidad de estatua. Cuando dio la vuelta, tenía el rostro por completo cubierto de sudor y de una grisácea coloración.
-Llevad esa comida afuera, muchachos - dijo roncamente -. Yo encenderé una hoguera.
Y estas palabras rompieron el silencio y la inmovilidad de todos Todos ellos se pusieron rápidamente en acción. Laramie, del mismo modo arrancado a su ensimismamiento, se hallaba a punto de ponerse en pie cuando ovó tras sí un sonido inarticulado. Mientras giraba con rapidez, vio que Lenta caía a tierra en lugar próximo a la puerta. La incorregible muchacha había presenciado desde detrás de él el espantoso espectáculo y, por fin, sucumbió a lo que habría sido repugnante y devastador aun para la más dura de las mujeres recién llegadas a aquella tierra de ejecuciones sumarias.
Laramie pudo recogerla en brazos. La muchacha fue entre ellos un peso muerto: se había desmayado.
La depositó sobre la hierba y decidió que sería conveniente no ayudarla a recobrar la conciencia. Luego, se dedicó a ayudar a sus compañeros, que estaban sacando al exterior los fardos y los utensilios del campamento y la comida. Encendieron una nueva hoguera, destinada principalmente a producir luz, y traspalaron de ella los encendidos rescoldos necesarios para calentar la cena. Johnson fue llevado al exterior y obligado a sentarse junto al muro de la barraca. Laramie fue en busca de su caballo. Había mucha oscuridad bajo los árboles, pero en los lugares despejados la luz de las estrellas le permitió ver el camino que seguía y, más tarde, encontrar el caballo, al que despojó de la silla y las bridas. Lenta continuaba arrebujada tal v como él la había dejado. Laramie dejó caer su carga y volvió a! bosque en busca de hojarasca de pino, cedro o macizos para hacer un lecho para Lenta. Cuando hubo recogido cierta cantidad, volvió atrás y encontró a Lenta sentada en el suelo.
-Veo que se encuentra usted ya bien-dijo alegremente al mismo tiempo que dejaba caer la fragante masa que transportaba -. Voy a hacer una colchoneta muy blanda para usted, con el fin de que pueda dormir un poco.
-Dormir... ¿Volveré a dormir alguna vez en mi vida? -La Naturaleza es maravillosa, señorita...
-Estoy aterida y dolorida - dijo Lenta al cabo de poco tiempo y mientras se ponía en pie -. Quiero pasear un poco.
-Es usted una buena muchacha, Lenta - contestó Laramie-. Me parece que comienzo a quererla de nuevo...
-Gracias, Laramie. También padezco un cambio en el corazón...
Laramie arregló su silla y una manta al otro lado del lecho de Lenta, de modo que la muchacha quedase entre él y el árbol.
Lenta se acercó con calma a su lecho para dejarse caer sobre él y estirarse.
-Hará frío cuando se acerque la madrugada -dijo Laramie mientras la tapaba parcialmente -. Y entonces la terminaré de tapar con esto.
-¿Estará cerca de mí durante toda la noche?
-Así es, señorita.
-Nunca he tenido miedo de la oscuridad, ni jamás he tenido pesadillas..., pero... déjeme que tenga su mano entre las mías, Laramie.
Y estiró los brazos para coger entre sus manos las de Laramie. Laramie esperaba que la chiquilla se durmiese pronto, y así sucedió casi inmediatamente. Laramie pudo percibirlo al observar que su mano quedaba libre de la presión de las de Lenta. Laramie continuó sentado y clavó la mirada en el desordenado cabello de la chiquilla, en su pálido rostro, en el agitado pecho. Sus sentimientos también estaban alborotados y revueltos. Si aquella aventura pudiera constituir una lección para ella, todo terminaría bien. Laramie llegó a la conclusión de que así sería..., de que la lección sería provechosa aún para una mujer de cabeza loca como. Lenta. Y se alegró al pensarlo. Al cabo de unos instantes se levantó sin hacer ruido para aproximarse a los caballistas, que se encontraban acuclillados cerca del fuego.
-¿Quieres decirme, vieja brujo, cómo diablos resultó que estabas en aquella cabaña esperando nuestra llegada? - preguntó «Solitario» .
-Pues... Después de haberos abandonado encontré que el camino se dividía y dirigía a lo alto de la pendiente. Cuando vi que el sendero se separaba del borde de la altura, inspeccioné el valle con los gemelos. Muy pronto pude ver a Gaines y sus acompañantes, en unión de la muchacha. Supuse que podría adelantarme a ellos en el caso de que descendiese al valle a toda prisa. Lo hice, y descubrí esa cabaña y unos jinetes que se acercaban. Pero uno de los caballos, era blanco, por lo que supuse que pertenecía a alguien que también quería adelantarse a Gaines. Era Price. Y por esta causa, decidí subir al desván.
-¡Diablos de lobo! - exclamó calurosamente Ted -. Fue «Solitario» quien se lanzó en persecución de Price. Yo continué avanzando despacio, por lo que Dakota y Charlie pudieron alcanzarme al cabo de poco tiempo. Vimos que Price y su cuadrilla descendían de la altura y se disponían a acechar a Gaines. Y por esta razón esperábamos a «Solitario». Cuando llegó junto a nosotros, confiábamos que tú llegases también muy pronto. Pero como no sucedió así, supusimos que habrías puesto en práctica alguna de tus antiguas estratagemas.
-No hay duda de que hemos tenido suerte - dijo Laramie con lentitud -. Si yo no hubiera estado en el desván, alguno de vosotros habría sido taladrado... Aquel desconocido, Beady, me pareció un hambre peligroso. Estaba intentando indisponer a Price todavía más contra Gaines. Y cuando «Solitario» inauguró la función de tiros, no perdí de vista ni un solo instante a Beady.
-No sabemos quién será... ¿Qué había hecho, compañero? - preguntó «Solitario» con arisca curiosidad.
-Pues... todavía no había terminado de caer Gaines, cuando el tal Beady saltó tras, de la puerta con el revólver, dispuesto para disparar. Supongo que en aquel momento tú no tendrías intención de entrar...
-Te engañas. Es precisamente lo que iba a hacer. Tenía ya un pie en el aire para entrar, cuando sonó el disparo que hiciste. Nuestro proyecto era el siguiente: Dakota debería encargarse de los dos hombres que estaban atendiendo a los caballos en el exterior; Charlie y Ted debían hallarse preparados junto a la puerta posterior mientras yo me acercaba a la principal. Naturalmente, habíamos decidida que yo «presentase mis respetos» a Gaines. Luego, nos proponíamos entrar súbitamente, cada uno por su lado, para no dar ocasión a los ladrones a que se ocultasen, y echarles el alto.
-Bueno, me parece que éste habría sido el último día para ti... y también para mí..., y acaso para Charlie... si Laramie no hubiera estado oculto en la altura del desván - afirmó gravemente Ted.
Un profundo silencio siguió a estas palabras. «Solitario» removió las encendidas ascuas con un palo.
¿Otra vez, eh? - preguntó con emoción-. Bien, estaba muy inquieto... a causa de la muchacha... Pero tú estabas también allí, compañero.

XVI


Hallie
 se dejó caer sobre la blandura del lecho, ciega por las lágrimas, estremecida y dominada por la emoción hasta tal punto, que su imaginación era un caos vertiginoso. Pero la quemadura de los rudos besos de Laramie sobre sus mejillas y su cuello, la picazón de ellos sobre los labios, repentinamente recordados, alejaron de su conciencia la incertidumbre.
Harriet se enderezó indignada y se enjugó los ojos, que tenía poblados de lágrimas. ¡Laramie había desaparecido! La joven oyó unos pasos musicales que se perdían en la lejanía. ¡No había ningún caballista al alcance de su vista ! Aquella catástrofe no había tenido testigos. «¡Oh! - murmuró con voz ronca al mismo tiempo que se miraba la desordenada blusa y se llevaba la mano al alborotado cabello. Tenía una de las mangas subida hasta más arriba del codo. Un fino polvo de granero le cubría el vestido-. !E1 muy salvaje! ... Casi... me destrozó... Y yo... yo... ¡Oh ! ... »
Esta dolorosa expresión, que se rompió en su garganta, no estaba relacionada con el furioso golpe que había propinado a Laramie. El golpe nació de la vergüenza, del terror..., de una temible confirmación. El aluvión de besos de Laramie había producido efecto sobre ella, sobre su reserva... No podía comprenderlo, pero lo sabía. Los besos parecían haber destruido una extraña y fría barrera que le rodeaba el corazón, el cual saltó al encontrarse libre para ir en busca del de él. En primer lugar, se sintió sorprendida, inflamada; luego arrastrada por la corriente de una locura fuerte, irresistible, dulce.
¡Así era! Harriet murmuró para sí que había sido un algo ineludible. ¡Qué sensación de derrota experimentaba! ¡Qué aspecto más terrible debía de presentar! Se sacudió las ropas para quitarles el polvo y se abotonó la manga. Había, también, una mancha de sangre en una de las muñecas de ella. ¿Sangre? ¿De quién? Entonces recordó los labios ensangrentados de Laramie. ¡Y con ellos la había besado! Buscó con frenesí el pañuelo y se lo pasó por la cara. Sí..., más rojo..., más... Harriet intentó detener el chorro de su conciencia... lo mismo que si intentara represar un torrente. Recogió el sombrero, los guantes, la fusta y corrió a la parte posterior del granero como si fuera una culpable... ¡Ningún caballista ante su vista! Corrió bajo los algodoneros, llegó al camino y se alejó de los encerraderos. Al llegar a un lugar oculto y sombroso, se encontró agotada, ahogada, y se dejó caer sobre la hierba para mirar fijamente el cielo.
Por fin, llegó a una conclusión que la llenó de inquietud: Laramie se había cansado de los Lindsay..., de su cándida idea respecto al modo en que debe dirigirse un rancho. Y él, lo mismo que los restantes caballistas, en un momento de inquietud y acaso de dolor y angustia, había reaccionado al llegar la ocasión del modo que suelen reaccionar los caballistas en tales circunstancias. Y la había besado. Luego, ante el violento golpe de ella, encolerizado..., había..., ¿qué había hecho el muy salvaje?... Pero aquella fiera, ruda, osada primitividad de él lo había convertido en el compañero de ella. Y un momento más tarde, un momento más de duración de aquel abrazo estrangulador... ¡no, un solo beso más! ... habría visto los brazos de ella cerrados en torno al cuello de Laramie... Y esto era lo que, al comprobarlo, le producía aquel terror. ¡Oh, sí, lo sabía! ¡Sería inútil que intentase engañarse! Una de sus manos había ascendido hasta el cuello de él, y la otra se hallaba ya en camino, ascendiendo despacio para unirse a la primera, cuando Laramie se separó con violencia de ella. Y él no lo sabía..., ni siquiera había sospechado cuál había sido la reacción de ella. ¿Qué había hecho de ella aquel bravío Oeste? A Flo la había convertido en esposa antes de( que hubiera cumplido los veinte años, había disparatado a Lenta, a ella la había modificado fogosamente... Harriet, que creía haber terminado con el amor, había hallado en las profundidades de su ser otra mujer que era como una salvaje, una tigresa, libre, desafiadora, que amaba con la sangre, con la carne, con la imaginación, con una pasión que relegaba su antiguo afecto a la mínima intensidad que poseen las llamitas de las, bujías...
El rechinar de unas ruedas sobre la grava de la carretera puso fin a las meditaciones de Harriet. Y al mirar a través del follaje pudo ver dos carricoches que se dirigían hasta los graneros. Los, cochecillos, los caballos, los conductores, los ocupantes..., todos eran desconocidos de ella. ¡Visitantes! ¡Qué ocasión más extraña para que los Lindsay fueran visitados por algunos de los cariñosos rancheros vecinos a quienes habían conocido en La Junta!
Este acontecimiento cambió la dirección de la corriente de los pensamientos de Hallie. Corrió por la senda del valle y pudo llegar hasta su habitación sin ser vista de nadie. Entonces procedió a despojarse del manchado y arrugado vestido de amazona, el cual juró con pasión que no volvería a ponerse jamás. Luego, se vistió presurosamente y se dirigió al salón.
Flo, que se hallaba desusadamente excitada, y por lo tanto más hermosa que nunca, mantenía entre las suyas la manecita de una muchacha morena de alrededor de dieciocho años, que era, por cierto, hermana de Ted Williams. Luego, Hallie vio repentinamente a su madre, que aparecía radiante de satisfacción.
Una mujer distinguida y hermosa, de cabellos grises, estaba sentada junto a la señora Lindsay. Y detrás de ellas, dos hombres que se encontraban hablando con el padre de Hallie.
Lindsay dijo alegremente:
-Ven aquí, hija mía. Señora Williams: le presento a mi hija, Harriet, la mayor de las tres... Señor Williams y señor Strickland: les presento al jefe del «Rancho de Cumbres Españolas»... Hallie: ¡qué buena suerte ! Te presento a la madre y al padre de Ted... Y este caballero es el señor Strickland, a quien conocimos en La Junta. Es el tratante en ganados más importante de todo el Colorado oriental.
-Me alegro mucho de conocerla, Harriet - respondió gentil la señora Williams mientras tendía la mano-. Me alegro de que haya una señorita Lindsay que todavía no se haya fugado.
La hermana de Ted, Kitty, saludó a Harriet con timidez. El señor Williams correspondió alegre y aduladoramente a la presentación, y el señor Strickland, un caballero occidental, alto, tostado por el sol, de ojos de águila, que ya había pasado de la media edad, retuvo entre las suyas galantemente la mano de Harriet.
-Señorita Lindsay, me alegro muchísimo de volver a verla.
-Es una lástima que no hayan venido ustedes un día antes - dijo Hallie a todos! los visitantes -. Estamos sobresaltados y preocupados. Lenta... se ha marchado; y Ted, en compañía de los demás caballistas, ha ido a buscarla para traerla a casa.
-¿Casada o no? -preguntó sonriendo la señora Williams.
-Como quiera que sea.
- ¿Conceden ustedes su aprobación al joven que se ha fugado con ella? - preguntó jocosamente el señor Williams.
-No. Es guapo y lo suficientemente bravío..., no hay duda..., aun para mi levantisca hija. Pero... apenas tiene nada más en su favor.
-Y ¿qué efecto les ha producido la fuga de mi hijo con su otra hija? - añadió la sonriente madre.
- Me ha satisfecho. Me ha producido felicidad. -¡Oh, también a mí ! -murmuró Kitty -. Y estoy toda ansiosa por ver a Ted.
-Comprendí inmediatamente que sería usted su hermana... Ted es muy guapo.
- Muchas, gracias. Aquí deben de abundar mucho los caballistas guapos. ¿No podría usted encontrar uno para mí? He oído hablar tantísimo de un tal Laramie Nelson, que tengo verdadera ansiedad por conocerlo.
-¡Ah, sí, Nelson! - contestó forzadamente Harriet, que se daba perfecta cuenta de la sensación de angustia que le oprimía el pecho -. Sí, también es guapo... Acaso, con tanto como han hablado ustedes, todavía no les hayan comunicado que es un pistolero. Es él quien se ha hecho cargo de la dirección de los caballistas que han salido en busca de Lenta. Yo me atrevería a aventurar mi convencimiento de que es seguro que a estas horas haya matado ya a alguien.
- ¡Pistolero!... ¡Matar a alguien! ... ¡Oh, alié horroroso! - exclamó la muchacha oriental.
-Y Ted, ¿ha sido un..., lo que ustedes llaman a un jinete..., un caballista de las llanuras durante todos esos años? - preguntó espantada la señora Williams.
-Creo que ha dicho que por espacio de diez años. Y durante los cuatro últimos ha estado estrechamente unido a Laramie Nelson y otro de nuestros caballistas, llamado «Solitario». Los tres son como hermanos.
- ¡ «Solitario))! ¡Qué nombre más pintoresco! - exclamó Kitty.
La señora Williams miró temerosa a su esposo.
- Papá, temo que Williams nos produzca una sorpresa espantosa.
-Estoy preparado para todo - replicó alegremente Williams -. Pero ya no estoy preocupado. Tomaré el Oeste tal y como lo! encuentre. Y debo decir que, aquí, lo encuentro altamente satisfactorio. He temido durante muchos años que Ted se hubiera convertido en una desgracia, una deshonra para nosotros..., en lo que se llama un ordeñavacas borracho y vago. Pero tengo la seguridad de que habré de pedirle perdón por tales suposiciones.
Flo le dirigió una sonrisa de orgullo.
- Lo hará usted ciertamente. Ted es todo lo más opuesto que es posible imaginarse a lo que usted ha supuesto. Es el muchacho más bueno de todo el mundo.
- Todo lo que bien termina, está bien - contestó calurosamente el señor Williams.
-Señora Williams, como es natural, ¿se quedarán ustedes una temporada con nosotros? - preguntó Harriet -. Podemos instalarlos con comodidad. y seremos felices teniéndolos junto a nosotros.
-Muchas gracias; sí, nos quedaremos..., a menos de que alguno de sus bravíos vaqueros no se enamore perdidamente de Kitty y...
-¡Uno de ellos! Todos se enamorarán de ella... Y le advierto, Kitty, que hacen el amor como... como un ciclón.
-¡Será estupendo! - exclamó la joven con ojos brillantes.
Strickland interrumpió la conversación al decir:
-Lindsay, ahora que se halla presente el jefe de sus terrenos, ¿no le parece conveniente que hablemos de nuestros negocios? He de separarme de ustedes mañana al amanecer. Y el asunto de que he de hablar con usted es importante. Quiero exponerlo lo más pronto que sea posible.
-Mamá, te ruego que nos perdones - dijo Lindsay levantándose -. Ven, Hallie, vamos a la oficina... Señor Williams, ¿no dijo usted que le agradaría respaldar a Ted para que iniciase un negocio de ganadería?
-Sí, dije que lo haría en el caso de que encontrase que mi hijo era una persona decente; en tal caso, me gustaría poder ayudarle - replicó con alegría el señor Williams-. Ahora, después de haber oído lo que han dicho ustedes de Ted, y tras de haber conocido a su hermosa esposa, me encuentro animado a comprar un rincón del Colorado y a ofrecérselo a ambos como regalo de boda.
-q Muy bien! En ese caso, acompáñenos a celebrar una conferencia para hablar de negocios. Venga.
Y salió precedido de Hallie y seguido de Strickland y Williams.
Harriet los condujo al frío y cuidado despacho. Y lo hizo con un poco de orgullo.
-Bien, esto tiene aspecto de verdadera oficina comercial-declaró Williams.
-Harriet era mi mano derecha cuando vivíamos en Ohio - contestó Lindsay.
-¿Qué hará usted cuando uno de esos pícaros caballistas le prive de ella? - preguntó el oriental de modo inesperado.
-No es... muy... probable -tartamudeó Harriet mientras enrojecía intensamente.
-¿No lo es? - preguntó seco Strickland -. Bien, ya hemos hablado lo suficiente de estas cuestiones... Ahora, Lindsay, hablemos de nuestros negocios. Quiero que usted y la señorita Harriet repasen estos papeles.
¿Qué son esos papeles? - preguntó Harriet mientras el ranchero colocaba sobre la mesa un montón de sobres. -Creo que prueban suficientemente el estado de mis finanzas. Son cartas de banqueros, ganaderos y otros negociantes. Una de ellas es del juez de Denver; otra, de un director comercial de Santa Fe, y las restantes, de hombres igualmente conocidos y de buena reputación.
-Comprendo-dijo Lindsay mientras repasaba a la ligera las cartas que Strickland había abierto -. ¿Qué se propone usted? ¿Por qué nos expone su estado financiero?
-Todas esas cartas son referencias, según supongo... -dijo Harriet.
-Exactamente. Y en lo tocante a su amable indicación respecto a las razones de que las exponga, he aquí lo que he de responder-contestó Strickland - : Soy un ganadero viejo, y ustedes son nuevos. Este negocio de ganadería se ha hecho tan complicado, a medida que ha ido creciendo, que no hay ningún ranchero que pueda saber si su vecino le roba o no le roba sus reses. Éste es el quid de la cuestión.
-Me parece ridículo en el caso de usted, señor Strickland - replicó con calor Harriet.
-Muchas gracias, señorita. Es usted muy amable. Pero, de todos modos hágame el favor, y usted también, señor Lindsay, y usted, señor Williams, de repasar esas cartas.
Las tres personas accedieron a lo que de ellas se solicitaba, y al final del repaso el señor Williams dijo a Lindsay:
- Estos documentos demuestran de modo indiscutible y legal las garantías de que disfruta el señor Strickland.
- Estoy de acuerdo con usted, señor Williams - afirmó Lindsay.
-¿Y usted, señorita Hallie? - preguntó el ganadero. -Los he leído solo por complacerle, señor Strickland; pero no tenía necesidad de hacerlo.
¿Comprende usted lo que significan?
-Por mi parte, no lo comprendo por completo, señor Strickland. Pero poseo el instinto que es propio de la mujer. Y creo que sé bien cuándo puedo confiar en alguien.
-¿Confió usted en Lester Allen? - preguntó de repente el señor Strickland.
- No-contestó Harriet -. Dije a mi padre que Allen le había engañado.
Y ¿qué pensó respecto a Arlidge? Recuerdo que usted se interesó de forma evidente por él... allá, en La Junta... Perdóneme. Estamos hablando de negocios, desde un punto de vista de negocios. ¿Confiaría usted en él?
-Señor Strickland, es preciso que sea usted indulgente para con una inexperta recién llegada - contestó Harriet; y, como sucedía generalmente, se ruborizó de un modo que siempre le causaba, enojo -. Estaba interesada por Arlidge... acaso un poco fascinada... Pero, sin duda alguna, había en él un algo que me repelía... No, no confiaría en él de ningún modo.
-Muchas gracias. Así se habla. Me gusta ese modo de hablar, y me gustan sus ojos..., aparte que también me gusta su belleza - contestó Strickland, y luego se volvió hacia Lindsay -. Tiene usted la fortuna de poseer una mano derecha muy valiosa, señor Lindsay. ¿Me permite que le pregunte si ha confiado usted plenamente en ése... en lo que ella llamó su instinto de mujer?
- No, no lo he hecho. Y lo lamento mucho - respondió con sinceridad Lindsay.
- Bien, me he tomado la molestia de averiguar todo lo que la gente de estos contornos conoce y dice acerca de usted, de su familia y de sus caballistas. Y va a sorprenderle. Los occidentales acostumbran interesarse profundamente por todos los recién llegados; pero hacen despacio el estudio de ellos y sus averiguaciones. En algunas ocasiones, resulta una cosa muy poco saludable.
- Ha sido usted muy amable al... al interesarse tanto por nosotros, señor Strickland.
-No tanto... Pero me he convertido en una especie de director en el oeste del Colorado. Voy a decirles por qué razón. En esta lista de nombres verán.. , aquí..., que figuran los ganaderos honrados de esta sección, y que comprende, también, los que pertenecen a Nebraska y Kansas. Quiero ser sincero con ustedes. Es posible que en la lista figure algún ganadero que sea un malvado, y es posible que me haya dejado fuera los nombres de otros ganaderos que son evidentemente honrados. Pero hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance por lograr que la lista fuera lo más exacta posible. Bain, Stockwell, Halscomb y yo mismo somos los que hemos creado esta organización que represento. La llamamos Asociación Protectora de los Ganaderos de Cumbres Españolas. Nuestro objeto consiste en unimos para protegemos contra los bandidos. Siempre se han robado reses en el Oeste, y en tanto que se continúe criando ganado, seguirá habiendo robos... Según tengo entendido, usted ha perdido muchas reses. ¿Cuántas ha perdido?
-No nos queda ninguna. Papá compró diez mil cabezas a Allen. En realidad, cuando llegamos aquí había muchísimas menos. Y ahora, todas han desaparecido.
El señor Williams se levantó, sorprendido.
-¿Es posible? ¡Diez mil cabezas de ganado! Me estremezco al pensarlo! ¡Esa cuestión de los robos debe de ser un gran negocio!
-Es la maldición de los ganaderos, señor Williams - replicó el señor Strickland concisamente -. Bien, naturalmente, usted es el ganadero que más pérdidas ha sufrido, señor Lindsay. Pero algunos de nosotros, los restantes ganaderos, también sufrimos continuas pérdidas, que aumentan a medida que pasa el tiempo. Hay una invasión de ladrones que se están cebando en nosotros, que terminarán por arruinarnos. Estas llanuras tan extensas, en las que hay ganado por todas partes, brindan grandes y fáciles ocasiones a los ladrones. Debe de haber una cantidad muy grande de cuadrillas de malhechores, ninguna de ellas muy numerosa. Y cuando las reses de todas nuestras marcas mezcladas son llevadas para venderlas a alguno de los grandes mercados, cuando es posible que eso se realice..., pues constituye una circunstancia que nos obliga a unirnos para defendernos mutuamente... Lindsay, le necesitamos a usted en nuestra organización. Queremos que pertenezca a ella su hijo también; y también Williams, en el caso de que decida hacerse ranchero.
-Acepto su proposición. Y muchas gracias, señor Strickland - contestó Lindsay.
-Caballeros, todavía no puedo contestar en nombre de mi hijo; pero tengo un gran interés en que se una a ustedes y les ayude a luchar contra esos miserables ladrones-dijo enérgicamente Williams.
-Hasta ahora todo va bien - declaró con satisfacción Strickland -. Pero la dificultad estriba en hallar el medio de luchar contra esos ladrones. Ésa es, ha sido siempre y sigue siendo la dificultad. En todas las regiones prósperas se tropieza con el mismo inconveniente. Pero la nuestra es mucho mayor, principalmente porque sólo disponemos de un par de hombres capaces de dominar y dirigir a los caballistas y de escarmentar a los ladrones. Mi capataz, Stevens, era uno de ellos. Por desgracia, Stevens fue agredido a tiros, la semana pasada. No ha recibido heridas fatales, y me satisface mucho que así sea, pero estará fuera de combate durante cierto tiempo. Es necesario que hallemos otro hombre que pueda encargarse de la dirección de nuestras fuerzas. Y no es fácil que hallemos el hombre apropiado para esa misión, puesto que, como ha sucedido en otras ocasiones, podría ocurrir que contratásemos a alguno que se hallase en connivencia con los ladrones.
- ¿Quién es el otro hombre a quien aludió usted? - preguntó Hallie, que experimentó de repente la impresión de que se veía amenazada por una catástrofe.
- Su capataz, Laramie Nelson-contestó Strickland -. No conozco a Nelson, pero he oído hablar de él. Yo diría, señorita Harriet, que ni usted ni su padre tienen ni siquiera la más ligera idea de quien es ese hombre.
-Buffalo Jones me lo recomendó... nos habló muy elogiosamente de él - contestó Lindsay.
- Sí. He encontrado a Jones en Denver recientemente y me habló muchísimos acerca de la situación de ustedes y de sus contratiempos. Y se preguntó qué habría sido de Laramie Nelson. Estas palabras sirvieron para demostrarme el interés que Jones tiene por ustedes. Bien, me dijo que aun cuando le había recomendado que tomase a Nelson a su servicio, no le dijo por completo quién y qué es ese Nelson.
-Comprendo perfectamente. No es necesario, pues, que perdamos tiempo en conocer quién y qué es Nelson, o lo que hasta ahora haya sido. Lo importante es que es el hombre que usted necesita.
-Lo es. Y ahora, señorita Lindsay..., voy a tratar de cuestiones... personales; espero que me perdonará usted. Todos estamos profundamente contrariados... Se dice por estas tierras que Laramie Nelson ha abandonado su cargo.
-¿Eh? - preguntó Lindsay.
-Señor Strickland, ¿quiere decir que La... Nelson... no ha respondido a su reputación..., que no ha hecho nada por... acabar con esa cuestión de las robos? - preguntó de modo precipitado Harriet.
-Exactamente. No lo ha hecho.
-Soy yo... la... culpable. Le he prohibido... la violencia... Me aterrorizaba la idea de... de que pudiera verter su sangre... ¡Oh, ciertamente, yo soy la culpable!
Soy la más cobarde de todas las recién llegadas a estas regiones... Tengo un corazón de gallina.
-Nadie habría podido sospecharlo - replicó Strickland-. Pero creo que la he comprendo... Todos nos hemos asombrado de que Nelson... ¿Puedo suponer que...? ¿Me permite preguntar si ha dado palabra de matrimonio a Nelson?
-¡Oh!... No, verdaderamente... -murmuró Hallie. Y en aquella ocasión se le cubrió la piel de una intensa y fría palidez.
- Pues es tina lástima... tanto para nosotros como para Laramie - continuó Strickland sin advertir que con ello martirizaba a Harriet -. Las hablillas de este rincón afirman que Nelson está tan enamorado de usted, que no le es posible dirigir a los caballistas, y mucho menos ahorcar a un ladrón.
- Esas murmuraciones son... una gran injusticia para él -replicó Hallie irguiendo la cabeza.
-Bien - comentó calmosamente Strickland mientras la miraba, como si quisiera traspasarla con sus ojos de águila -, esas cosas suelen arreglarse por sí mismas. Y las murmuraciones no podrán perjudicar a Laramie en tanto que pueda corregir su actitud, principalmente en lo que se refiere a su intención de separarse de su padre.
- ¡Separarse de mí! ¡Abandonar su empleo! - exclamó, sorprendido y confuso, Lindsay -. No, Strickland, puede tener seguridad de que continuará a mi lado.
- Papá, debo confesarte-dijo Hallie en tanto que hacía un intento por recobrar la tranquilidad - que Laramie se ha despedido de nosotros a partir de esta mañana. Me aseguró que encontraría a Lenta, que la traería a casa... y que entonces habría terminado de trabajar para nosotros.
Las significativas, miradas que los hombres se cruzaron no pasaron inadvertidas para Harriet. En aquel momento la joven tuvo más interés por esconder su secreto que por cualquiera otra cuestión.
-Lindsay, sería capaz de apostarme la cabeza a que Nelson quiere marcharse con el fin de dejarnos las manos libres. Conozco a los occidentales de su clase. Con todos los respetos debidos a la señorita Harriet, debo declarar que me alegro de que decidiese abandonar su empleo. Debe de haberse armado en esas llanuras una trapatiesta de todos los diablos; estoy seguro. No se preocupen ustedes;
Laramie traerá a la muchacha sana y salva... Pero... esa cuestión de que se vaya en efecto, en estas circunstancias, es grave... Podría suceder que disparase un tiro contra alguien... y que entonces se alejase... Lo importante... sería conseguir que regresase... Debe ser el hombre que dirija nuestra organización protectora.
-Strickland, tuve sospechas de que Nelson intentaba separarse de nosotros. E indiqué a Hallie que se encargase de disuadirlo de su propósito... Hallie, debes de haber fracasado en esta cuestión.
-Papá..., ni siquiera lo intenté - respondió Harriet; y se aproximó a la ventana para mirar hacia el exterior. Se produjo un silencio largo que sirvió a Harriet para adquirir nuevos ánimos. Se volvió hacia su padre y... - Papá-comenzó diciendo. El hecho de que así le llamase era suficientemente revelador -. Si tú y el señor Strickland creéis que Nelson es tan... tan importante..., tan decisivo para nuestros intereses, les prometo que haré todo lo que sea posible por mantenerlo cerca de nosotros..., por conservarlo en su empleo..., y que jamás volveré a influir... ni a obstaculizar sus decisiones ni sus actos.
A Hallie le espantaba la idea de hacer lo que había prometido sinceramente, y la de pensar en lo que debía hacer en tan difíciles y decisivas circunstancias. Tenía el presentimiento de que en el caso de que lograse evadirse de su excesiva y delicada sensibilidad y obrar de un modo más enérgico y duro, podría hallarse en situación más favorable. Sin embargo, abrigaba la sospecha de que estaba haciendo traición a su nuevo carácter. ¡ Ya era bastante para un solo día ! Ni siquiera se atrevería a pensar en hallarse nuevamente a solas ante Laramie, aun cuando sabía que estaba obligada a hacerlo.
Hallándose en la agradable compañía de personas simpáticas y alegres, Harriet alejó de su imaginación, al menos por el momento, las ideas que la atormentaban. Cuando llegó la hora de la comida, Jud contribuyó con su cocina a elevar el prestigio del rancho. Luego, la tarde transcurrió rápidamente, hasta que llegó el momento en que cansados visitantes se retiraron a regañadientes. Hallie se despidió de Strickland con la impresión de que aquel caballero era verdaderamente amigo y buen consejero de su padre. Aun cuando su anhelo de ver a Lenta de regreso, sana y salva, a la casa fuese muy intenso, Harriet experimentó una suerte de consuelo tranquilizador cuando llegaron las once de la noche sin que Laramie y sus caballistas hubiesen regresado. Sin duda, se habían entretenido por la causa que fuese. ¿Habrían conseguido hallar el camino seguido por Lenta y su acompañante? Hallie no podía saber nada de lo sucedido; pero tenía el presentimiento de que Laramie llevaría su hermana a casa. Y cuando pensó que confiaba en que el hecho se produjese como consecuencia de la energía occidental de Laramie, cuya violencia y cuya crueldad tanto la habían repugnado, entonces comprendió que había comenzado a abandonar sus antiguos puntos de vista y sus aversiones.
El día siguiente, durante el cual paseó a pie o a caballo en compañía de los Williams, transcurrió velozmente, aunque estuvo lleno de inquietud para los expedicionarios por la ansiedad que les producía la suerte que podría haber corrido Lenta. Neale, por su parte, se hallaba ausente desde hacía dos días. Cuando llegó la hora de la cena, no se hallaba aún a la vista ningún caballista. Hallie comenzó a abrigar temores. Algo grave había sucedido. No podría ser que Stuart hubiera logrado burlar la persecución de Laramie. ¡Sería absurdo! Sin embargo, siempre había posibilidades de que se cumpliera lo inesperado. Hallie pasó una noche llena de congojas.
En el caso de que transcurriese un tercer día sin que se presentase su hermana ni se recibiesen noticias suyas, Hallie pensaba que enloquecería. Las horas transcurrieron con lentitud. No se hizo ningún intento por agasajar a los visitantes. Hallie se sintió impulsada a huir de todo el mundo, a recorrer una y otra vez su habitación nerviosamente, con una angustia preñada de culpabilidad. ¿No había sido ella quien puso a Lenta en el trance de huir?
Un resonar de cascos en el patio hizo que Harriet se detuviera de repente. La joven se lanzó hacia la puerta. Clay Lee estaba atando un caballo fatigado y cubierto de sudor.
¡Lee! - le llamó Harriet -. ¿Vienen los caballistas? ¿Viene Lenta con ellos?
-No. No los he visto - respondió Lee a gritos. Lindsay salió al pórtico.
¿Quién es? - preguntó -. ¿Qué sucede?
En su apresuramiento por cruzar el patio, Hallie no pudo oír la respuesta del jinete. Pero las noticias, si se juzgaba por la palidez del rostro de su padre, debían de ser malas.
-¡Padre! - exclamó cuando llegó al pórtico.
-Neale ha sido acometido a tiros - dijo Lindsay con una expresión de sorpresa y de temor.
-¡Oh, Dios mío!... ¿Quieres decir... que... está...?
-No está muerto ni gravemente herido, señorita Lindsay - la interrumpió Lee -. Acaba de llegar un jinete que no lo conocía y que ha dicho que se estaba haciendo una conducción de ganados, allá, en Meadow Wash, que está a mitad de camino del rancho de Allen. Neale estaba allí. Parece ser que se sintió ofendido por no sé qué observación, que desenfundó el revólver para reñir, y que resultó herido.
-¿Una... observación? - tartamudeó Harriet.
-Sí, señorita. Fue acerca de su hermana..., de la fuga de la señorita Lenta.
-¿Está herido de gravedad?
-El jinete me ha dicho que no. Sufre una herida que le ha atravesado un brazo. Pero no tiene ningún hueso roto. Arlidge disparó sólo con intención de inutilizar al muchacho.
-¡Arlidge!
-Sí, señorita Lindsay, Arlidge fue quien hizo la observación y quien disparó. Creo que ha cometido una acción muy censurable. ¿No sería conveniente que fuera al lugar del suceso?
-Sí, vaya inmediatamente, ¡por favor! - susurró Harriet; y luego, cuando el jinete daba la vuelta, Harriet hubo de batallar contra el más terrible ataque de furor que jamás había sufrido. Arlidge había calumniado a Lenta y después herido a su hermano. Pero Hallie acertó a reprimir aquel nuevo sentimiento por el instante, y pensó en su madre -. Padre, permíteme que vaya a darle la noticia.
-Sí, Hallie - respondió él roncamente -. Pero yo, por mi parte, también he de hacer algo... ¡y va a ser muy pronto!

XVII


El
 día, con la sostenida angustia y la tragedia final, había ejercido su funesta y devastadora influencia sobre los caballistas. Laramie sentía sobre sí la presión de la garra acerada e implacable, aunque era el que menos lo demos traba. El credo de las llanuras hacía que los hombres se justificasen para sí mismos de sus propios actos; pero la proximidad de la muerte ponía sobre ellos el frío de su toque.
Laramie durmió a intervalos durante el transcurso de la noche. Sus esfuerzos por dormir de modo continuo fueron inútiles. La mañana siguiente aportaría un encuentro más duro para él que el del día precedente: el encuentro que él mismo había buscado deliberadamente. Aun cuando abrigase un crudo desprecio por Arlidge, de todos modos deseaba tener los nervios tranquilos, los ojos despejados, el cerebro tan rápido para pensar como el brillo del relámpago.
El negro Johnson y la muchacha fueron los únicos que durmieron durante toda la noche. Ted, Dakota, Wind River, Charlie y «Solitario», además de hacer guardias, se despertaron y levantaron en diversas ocasiones.
A medida que la larga noche se desenvolvía, Laramie observó que su habitual estado de ánimo volvía a él. La forma ligera de Lenta, su rostro borroso y triste, sus manos cruzadas, tuvieron a cada momento menos y menos fuerza para rechazar aquel estado de ánimo, hasta que, al fin, su influjo se anuló. Pero la voluntad de Laramie se manifestó con fuerza tal, que finalmente logró conciliar un sueño que duró hasta que comenzó a tenderse sobre la campiña la gris luz del alba.
«Solitario» estaba colocando unas ramas y piñas secas sobre los rescoldos de la hoguera de la noche.
-¡Buenos días, compañero! - dijo con acento gutural! -. Es diferente la mañana después de... ¡Dales una patada en las posaderas! ... Tenemos que darnos prisa.
Laramie no puso en práctica la crueldad que se le indicaba. En seguida los restantes caballistas se sentaron y se pusieron en pie tan silenciosamente como el alba.
-Ayudadme a preparar los caballos.
Cuando los jinetes hubieron hallado y atrapado sus propias monturas y los demás caballos necesarios, el día había ya comenzado.
«Solitario» y Charlie tenían dispuesto el desayuno. La muchacha continuaba durmiendo. Laramie la despertó, le llevó la comida y bebida; pero no respondió a las sugerencias que le hizo.
-Laramie, de ahora en adelante voy a tener que ir tirando de ti - dijo «Solitario» en tanto que arrojaba al suelo la vacía taza.
-¡Hum! Muchachos, preparad un poco de comida y de bebida para esta noche - replicó Laramie -. Dejad todo lo demás... tal y como está... Y ensillad pronto.
Y después, se dirigió a Johnson.
-   Negro, ¿a qué distancia de aquí está el rancho de Allen?
-   No lo sé con esatitú. Pero yo conose el camino. –¿Habrá medio día de marcha a caballo?
-   Argo má, señó, si no vamo muy aprisa.
-Monta tu caballo y vete delante de nosotros... Ted : encárgate de cuidar a la muchacha, y si vieras que desfallece, ordena que nos detengamos.

En las primeras horas de la tarde, Johnson, que, marchaba a la cabeza de la expedición, salió de la retorcida y arbolada quebrada, al campo descubierto.
A una milla de distancia, poco más o menos, entre el verdor gris y verdoso de la pendiente cubierta de salvia, había una cabaña pequeña medio rodeada de árboles. Era el rancho que Allen y Arlidge blasonaban de poseer. Había pertenecido al colonizador Snook y, sin duda, era en aquellos momentos explotado y ofrecido en venta, lo mismo que el viejo fuerte que Lindsay había adquirido. Las manadas de reses que allí se reunían daban al punto, un aspecto totalmente distinto al que ofrecía el «Rancho de las Cumbres Españolas». A diez millas en dirección al Este, al pie de la ondulante línea de sauces verdes, estaban la cabaña y el encerradero en que Ted había descubierto su caballo.
Laramie inspeccionó la cabaña ranchera de Allen por medio de los gemelos de campaña. Vio signos evidentes de que estaba ocupada, pero no pudo ver jinete alguno.
Laramie llevó a los jinetes a un trote vivo al descender la pendiente y mantuvo la línea de sauces y de algodoneros entre ellos y la cabaña. Al llegar tras el último grupo de árboles se detuvo.
-¿Quién quiere subir a aquella altura para informarme de lo que debemos esperar? - preguntó.
Todos ellos se ofrecieron voluntariamente. Ted, principalmente, quiso encargarse de cumplir tal misión.
-Te dije que te encargaras de cuidar a Lenta - con-testó Laramie-. De todos modos, no sería conveniente que fueras tú. Ya estuviste aquí en otra ocasión, y entonces tenías los ojos llenos de fuego por efecto de la cólera... Charlie, vete tú.
-Muy bien, jefe. ¿Qué debo hacer? -preguntó Charlie.
-Llega hasta el pórtico -continuó rápidamente Laramie -. Detente ante el hierro de amarrar los caballos. Llama con cualquier pretexto. Si no vieran a Arlidge, pregunta por él. Y si estuviera, te quitarás el sombrero de una manera descuidada. ¿Comprendes?
-Perfectamente. Y ¿qué señal habré de hacer en el caso de que estén, también, algunos de los caballistas de Arlidge?
-Negro, ¿de cuántos hombres se compone el equipo de Arlidge?
-   Cuato, señó, generalmente, sin contá a mí ni a Juan ni a Gaines.
-   ¡Solamente cuatro! ¿Quién conduce, entonces, esas grandes manadas?
-Allen mandaba que viniera caballista de otos campos.
-¡Ah! Bueno, Charlie, no te inquietes por el equipo. Solamente...
-   Compañero, ¿cuál es tu proyecto - preguntó «Solitario».
-No formaré ningún proyecto hasta que Charlie me haya hecho la señal que me servirá de orientación - replicó concisamente Laramie. E hizo una seña a Charlie para indicarle que se pusiera en marcha.
Tanto Ted como «Solitario» hicieron diversas preguntas a Laramie, pero Laramie no contestó. Era penoso el tener que hallarse sentado en la silla, inmóvil, inactivo, esperan-do y observando. Charlie recorrió al trote los cien pasos y se detuvo ante la cabaña del mismo modo que lo habría hecho un viajero solitario y cansado. A través de la macaña del follaje Laramie podía ver de forma vaga las sombras de unas figuras, mas no quiso arriesgarse a salir a un sitio desde el cual pudiera ver más claramente y exponerse del mismo modo a ser visto. Era evidente que Charlie se hallaba conversando con alguien. Tenso y frío, con las energías despiertas por la acción, Laramie movió el caballo unos pasos. Charlie no se quitó el sombrero. Laramie esperó unos momentos más. Sabía que en el caso de que su compañero se descubriese, debería dar vuelta con su caballo y correr con rapidez en dirección a la parte posterior de la cabaña. Pero Charlie continuó con la cabeza cubierta. Laramie expelió un soplo opresivo de aliento. Todavía no parecía haber llegado la ocasión...
-Bueno, adelante, muchachos. Ted, quédate aquí con la muchacha.
Ted accedió a hacer lo que se le indicaba.
-Ahora, muchachos, avanzad, pero no muy de prisa - ordenó Laramie.
Un momento más tarde marchaban a un trotecillo ligero en dirección a la cabaña. Los ojos de halcón de Laramie recorrieron con la mirada el escenario. Charlie estaba sentado de costado en la silla y liaba un cigarrillo. Dos caballistas, descubiertos, se hallaban en el pórtico. Dos hombres en mangas de camisa se encontraban recostados en una mesa colocada junto a la pared de la cabaña. Los caballos cubrieron en muy poco tiempo la distancia. Al volver la cabeza hacia atrás, Laramie vio que la muchacha salía de la arboleda y que Ted intentaba asir la brida de su caballo.
Un momento más tarde Laramie se dirigió a la parte delantera de la casita y desmontaba. Dakota, «Solitario» y el negro se unieron a Charlie, al lado de los dos hombres que estaban sentados. Los largos pasos de Laramie lo llevaron en un instante junto al amarradero.
-¡Buenos días, caballeros! - saludó al tiempo que subía los escalones del pórtico. Ambos hombres parecieron darse cuenta de que aquel encuentro poseía unas características excepcionales. Laramie creía haber visto anteriormente a uno de ellos, un occidental que tenía unos ojos semejantes a los del águila. El hombre que estaba sentado a la mesa no le produjo una impresión favorable.
-Buenos días - contestó el hombre que permanecía en pie.
-¿No le vi a usted en La Junta? - preguntó lenta-mente Laramie, que se había detenido de manera que le era posible ver hasta los menores movimientos de cual-quiera de los hombres.
-Es posible que me viera.
-¿Cómo se llama usted?
-Strickland.
¡Ah! ¿Es usted John Strickland?
-Para servirle, señor...
-Bien, lamento mucho encontrarlo aquí. ¿Qué hace usted en este lugar?
-Estoy intentando convencer al señor Allen para que se adhiera a una asociación protectora de ganaderos que estoy formando - replicó el ranchero de modo impresionante. Laramie sorprendió en seguida una entonación de voz, un guiño de ojos que no eran favorables en modo alguno a Allen.
-¡Hum! Apostaría la cabeza a que al señor Allen no le entusiasma la proposición - dijo Laramie con cruda ironía.
-Aun cuando parezca extraño, él...
Allen le interrumpió al salir de su asombro y comenzar a aporrear la mesa con los puños.
-¡Vaquero desvergonzado! -dijo-. ¿Qué diablos pretendes hacer al acercarte de ese modo tan descarado a nosotros?
-Tengo que tratar de unas pequeñas cuestiones con usted - contestó suavemente Laramie.
-En ese caso, ¡puedes marcharte! No quiero tratos contigo... ¡Qué cinismo tienen estos ordeña-vacas, Strickland! Éste debe ser uno de esos insolentes hombres del equipo de Peak Dot.
-Exactamente. Soy Laramie Nelson.
Allen se recostó en la pared, con el rostro lívido, y miró a Nelson especulativa y temerosamente.
-¡No me importa un bledo quién puedas ser ! ¡Vete de mis tierras !
-Oiga, para ser occidental, me parece usted demasiado impertinente. Haga lo que le parezca conveniente. Pero ha llegado una hora negra para usted, Allen.
-Esto ¿es un atraco? - preguntó el otro roncamente. -Es algo muy parecido... Y ya era hora de que se produjese... Hágame el favor de retirarse a un lado, Strickland.
-¿Qué demonios... quieres, Nelson? - aulló Allen.
-Muchísimas cosas... En primer lugar, quiero informarle que Beady está muerto..., que Jude está muerto..., que hemos ahorcado a Price...
-Qué me importa? No conozco a ninguno de esos ladrones.
-No. ¿Y a Gaines...? También está muerto. El mejicano de Arlidge pudo escapar. Pero el negro ha venido con nosotros.
-No.., importa - chilló Allen, que comenzaba a perder el valor.
-Negro, acércate - le ordenó Laramie. Un instante después Johnson se hallaba en el pórtico, con los ojos inquietos y rodantes.
-Negro, ¿conoces a este hombre?
-Sí, señó; yo lo conose.
-¿Quién es?
-Dise que se yama Lester Allen.
--¿Has trabajado para él?
-No, señó. Pero he trabajao para su compañero Arlidge. -¿Sabes qué ha sido del ganado que Allen vendió a Lindsay?
-Ya lo sabe, señó. Fue robao. Se hisieron tre robo gande y oto má pequeño. Yo tomé pate en toos ellos. ¿Dirigió Arlidge alguno de esos robos?
-Sí, señó; el pimero.
-¿Qué hicisteis del ganado?
-Lo tajimos aquí. Allen mandó aquella manaá afuera sin quemá la marca, señó. Pero al resto de lo animale lo pusimo otro hierro encima, señó.
-¿Puedes demostrar que Allen se hizo cargo de tales reses y las vendió?
-No, señó; pero yo sabe mu condenadamente bien que lo hiso.
Allen se puso en pie de un salto, con el rostro pálido y los ojos desorbitados. Hizo un movimiento rápido e instintivo en busca del revólver; pero no lo tenía, y Laramie había visto que así era.
-¡Negro embustero! - gritó -. Arlidge te matará por lo que has hecho.
-No, Arlidge no lo matará - replicó Laramie con calma-. Allen de nada le sirve esa fanfarronada. Cualquiera podría comprender la verdad de la cuestión... ¿Qué opina usted., Strickland?
-Nelson esto confirma lo que anteriormente había sospechado, lo que suponía antes de venir para entrevistar-me con Allen - replicó con voz grave el ranchero.
Ah! Me parece muy interesante... Me estaba preguntando por qué usted... Las cosas han resultado satisfactorias. Bien, muchas veces suele suceder lo mismo.
Allen hizo un movimiento que demostraba su intención de entrar en la cabaña, más fue detenido por un agudo grito de «Solitario»:
-   ¡Vienen unos caballistas, compañero...! Uno de ellos es Arlidge. Allen se dejó caer pesadamente sobre el banco. Tenía el rostro aún más pálido que anteriormente y los ojos más desorbitados.
-   ¡Ja! Di todo eso a Arlidge. Está deseando encontrarte desde hace mucho tiempo, Nelson. Dice que hay un odio antiguo entre vosotros... Pero yo lo he detenido. Ahora, ¡por todos los diablos!, responderá a tus baladro-nadas... Y usted, Strickland..., usted tendrá que responder ante él por sus... por sus sospechas.
Los tres caballistas de Laramie miraron hacia más allá de la cabaña, con los cuellos estirados; y luego, tranquilamente, se deslizaron de las sillas y se colocaron en pie detrás de los caballos. Laramie no podía ver lo que les había impulsado a hacerlo, pero oyó un rítmico sonido de cascos de caballos que se aproximaba con rapidez. Strickland respondió a la ansiedad del momento por medio de unos pasos con los cuales cruzó el pórtico para apoyarse en la pared. Allen estaba sentado, con los ojos distendidos.
Laramie reconoció que la llegada del momento había de serle propicia, como si el destino lo hubiera dispuesto mucho tiempo antes. No necesitó confiar en la sorpresa, circunstancia que decidía la suerte de tantos y tantos encuentros, pero la acogió con alegría. Y se recostó, también, en la pared de la cabaña. Entonces, toda la fortaleza de sus músculos de hierro y acero y de su imaginación se concentró dispuesta al salto.
Los cascos de los caballos sonaron más próximos. Las piedras y el polvo volaron ante un caballo furioso brusca-mente detenido. Arlidge saltó y cayó a tierra con un sonoro tintinear de espuelas. Cuando se dirigía hacia el otro extremo del ancho pórtico otros dos caballistas se presentaron en el círculo de visión de Laramie.
Flexible y erguido, tenso, con el oscuro rostro apasiona-do, con los ojos como dos dagas, Arlidge subió al pórtico.
-Malas noticias, Lester, ¡maldita sea mi suerte! - gritó -. He tenido que disparar contra el joven Lindsay...
Entonces vio los caballos desconocidos, los jinetes que se hallaban tras ellos, a Allen, que estaba encogido en el banco con una temblorosa mano extendida, a Strickland, aplastado contra la pared...
-Qué día...? - silbó más que preguntó.
Y Laramie se adelantó en aquel instante.
Arlidge lo vio. Tenía un pie adelantado, pero lo de-tuvo y quedó tan inmóvil como una estatua. Luego su expresión experimentó una transformación prodigiosa. Lo que veía, la sorpresa, el odio, la comprobación de lo que sucedía..., todo se concentró con caleidoscópica rapidez en sus facciones, que expresaron tan claramente como si lo hicieran por medio de palabras, el terror y la incertidumbre de la muerte.
Con una audible inhalación de aire, se encogió ligeramente, con la desesperación de un lobo acosado, con los ojos como dos brasas. Cuando llevaba la mano hacia el revólver con el fin de desenfundarlo, el de Laramie produjo un estampido sordo. Arlidge murió en el acto, en el momento en que ponía la mano sobre el arma, y cayó de espaldas.
Uno de los caballistas disparó desde uno de los caballos que habían quedado un poco más atrás. Laramie oyó el rebote del proyectil sobre las piedras; más allá de él, «Solitario» disparó también... Luego, Charlie. El caballo rezagado se alejó velozmente, con el jinete derribado de la silla y arrastrado. Tenía un pie todavía estribado.
-   ¡Arriba las manos, Hennesy! - gritó Charlie.
-Ya están arriba - replicó el otro jinete en tanto que cumplía la orden. Su caballo se detuvo.
-¡Eh, Sandy, eh! - gritó Dakota.
Los restantes caballos se agitaron nerviosamente. Un resonar de cascos llegó hasta la cabaña. Laramie giró. Ted y Lenta se encontraban sobre sus encabritados caballos, más, allá de los otros.
-   «Solitario», trae tu cuerda - ordenó Laramie en tanto que se volvía hacia el tembloroso Allen.
Mulhall enfundó el revólver y saltó de caballo simultáneamente. Desató la cuerda, dio vuelta por detrás del animal y subió al pórtico pasando por debajo del amarradero. Cuando llegó arriba, tenía los labios siniestramente contraídos.
-Echa un lazo alrededor del cuello de Allen - continuó Laramie.
La cuerda cruzó el espacio y se enrolló, como una culebra, en torno al cuello de Allen. «Solitario» tiró de ella. Entonces, Allen se puso en pie de un salto e hizo un esfuerzo por retirarse del cuello el lazo.
-¡Dios todopoderoso! ¿Seréis capaces... de ahorcarme? -Me parece que sí - contentó «Solitario».
-¡Alto! ¡Alto..., Nelson! - exclamó todo agitado Strickland -. No quiero meterme en la cuestión..., pero... ¿Me permiten que les haga una pregunta?
-¡Adelante! - contestó Laramie.
Nelson... Y ustedes, caballistas... Me pregunto si será justo este modo de proceder... Están ustedes acalorados ahora, ofuscados... Pero esperen un momento... Piénsenlo... Permítanme...
-¿Necesita usted algo más que mirar a ese hombre? - preguntó «Solitario».
-Cualquier hombre que se halle a punto de ser ahorcado tendrá esa misma expresión.
-¡Huuump, huuump! - replicó «Solitario» -. Yo no la tuve. Este individuo es uno de los grandes ladrones... Es de los de la peor clase, puesto que contrata a pobres caballistas para que roben para él.
-   Strickland, sabemos que Allen es un malvado -añadió Laramie.
-Pero ¿podrían demostrarlo?
-   No. Reconozco que no - contestó Laramie-. De todos modos... Oiga, Allen, elija lo que prefiera ser ahorcado o salir del Colorado para siempre.
-Me iré... - respondió con voz ahogada Allen mientras se separaba la cuerda del cuello.
-Perfectamente. Haga lo que dice. Coja el caballo de Arlidge y apresúrese. Y si lo volviera a ver en alguna ocasión por estos, terrenos, ni Strickland ni nadie podrá salvarle el pescuezo.
Un instante después Allen se hallaba en camino en dirección al Oeste.
Laramie expresó una duda que le había estado atormentando.
-Oye, caballista ¿es cierto que Arlidge ha disparado contra el joven Lindsay?
-Es cierto. Así ha sido.
-¿Lo ha matado?
-No. Sólo lo ha herido en un «ala».
-¿Dónde sucedió?
-Allá en Meadows. Snook estaba rodeando una punta de ganado con dos de sus vaqueros. Vi que Lindsay des-enfundaba el revólver para acometer a Arlidge. No sé por qué causa... Y vi que Arlidge disparaba y hería a Lindsay en un brazo. Lindsay está allá arriba tumbado, sangrando como un cerdo acuchillado. Snook dijo « ¡Déjale que sangre!»
-«Solitario», tú, Charlie y Dakota id en seguida a buscarlo - ordenó Laramie -. Strickland, ¿adónde va usted ahora?
-Tengo un cochecito detrás de la cabaña - contestó el ranchero -. Iré con ustedes y recogeré al joven Lindsay... ¡Ah! ¿Quién es esa muchacha?
-Es la hija de Lindsay..., la que fuimos a buscar. Llévela consigo, Strickland... Ted, vete a toda marcha detrás de «Solitario».
Apenas había terminado Laramie de dar esta orden, cuando Ted, después de dirigir unas palabras a Lenta, se puso en marcha.
-Llévate el caballo que te quitó Snook - gritó Laramie. Luego, se dirigió a los dos caballistas que se habían deslizado del pórtico hasta el terreno firme-. Levantaos y marchaos. Todo lo dicho vale también para ti, Hennesey. Recordad que de ahora en adelante sois dos caballistas «marcados». No podréis hacer nada mejor que ser honrados.
-Nelson, no es probable que lo olvidemos -contestó Hennesey, en tanto que daba vuelta al caballo y comenzaba a descender la cuesta seguido de los otros dos jinetes. Strickland se presentó en su cochecito, que iba tirado por dos fogosos caballos.
-Apéese y suba al coche, señorita Lindsay - dijo Strickland. La muchacha cumplió lo que se le ordenaba, y al hacerlo demostró que sus energías estaban casi por completo agotadas. Strickland se puso en marcha y rogó a Laramie que le siguiera.
-¡Voy en seguida! - respondió Laramie. Luego, se volvió hacia Johnson, que estaba sentado en el pórtico -. Negro, tu cuenta conmigo está saldada. ¿Qué quieres hacer ahora?
-.Yo no lo sabé, patrón... No quiero robá... No me gusta... Yo no sabe qué basé... Tós han mueto... Yo, no sabe donde í.
-Conduce el caballo de la señorita. Iremos detrás del cochecito.
Laramie enfundó el revólver y se dirigió hacia su caballo, puso el pie en el estribo y montó. Luego, observó el escenario de, su hazaña. Arlidge estaba caído en tierra, de espaldas, con un brazo extendido. El otro brazo, lo tenía, doblado, bajo la espalda, con el revólver medio desenfundado. Los años semejaban volver atrás. Laramie siempre había tenido la seguridad de que lo que había sucedido tenía que suceder. ¿Por qué había retrasado lo inevitable por espacio de tantos meses incomprensiblemente? Y una vez más, el pensamiento se le cubrió de un sombrío estado de ánimo.
Había diez millas, o acaso algo más, hasta el rancho de Snook. Laramie y el negro no alcanzaron al cochecito de Strickland, aun cuando nunca dejaron de tenerlo bajo la vista. El sol comenzaba a ponerse cuando Laramie se detuvo ante la cabaña de Snook. Y el caballista vio que allí estaba desenganchado el cochecito y que había cierta cantidad de caballos en el encerradero. Ted y Strickland salieron de la cabaña, y el último se adelantó para ir al encuentro de Laramie. Wind River Charlie se presentó cargado con unía brazada de leña. Nuevamente sintió Laramie que se borraba la fría y dolorosa opresión que lo acometía en ocasiones como la precedente.
-Nelson, pasaremos aquí la noche, si no tiene usted inconveniente - dijo el ranchero -. La muchacha está a punto de desvanecerse, y no creo que el permanecer tumbado durante toda la noche pueda perjudicar al joven Neale.
-Bien, creo que será lo mismo quedarse aquí que en cualquier otro lugar - respondió pensativo Laramie -.
Hay unas treinta millas hasta el rancho, y nuestros caballos están muy cansados.
-Patrón, uno de los caballistas de Snook dice que Jerky se ha marchado. Se detendrá en casa de los Lindsay - dijo Dakota.
-Bueno, creo que no importará que ganemos o perdamos un poco de tiempo - murmuró Laramie al mismo tiempo que se apeaba. Le agradaría tumbarse entre la oscuridad, permanecer quieto, pasar las largas horas de una noche interminable en el intento de alejar de sí la garra atormentadora que semejaba apoderarse de sus sentidos -. Negro, encárgate de cuidar de los caballos.
Le pareció observar que Ted no tenía más deseos de que Laramie se dirigiera a él que los que él tenía que hacerlo. Pero «Solitario» salió silbando. Todas las vicisitudes habían quedado a espalda de este caballista.
-¡Hola, compañero! Pareces estar preocupado - dijo-. Ted ha recobrado los dos caballos.
-Me parece muy bien. ¿Qué ha dicho Snook?
-   ¡Hum! No mucho.
-¿Qué quieres decir?
-Que Snook se irritó muchísimo; y que Ted se vio obligado a poner en libertad un plomo del cuarenta y cinco que lo perforó.

XVIII


La
 llamada de Wind River Charlie para la cena careció de atractivo para Laramie. Finalmente, «Solitario» le llevó una taza de café y unas galletas.
-Compañero, si se juzga por tu expresión y tu actitud, me parece que, después de esto tú y yo tendremos que marcharnos de estas tierras - dijo prudentemente.
-No lo había supuesto todavía, pero creo que así habrá de ser.
-Ted está de acuerdo. No ha cesado de atormentarme hablándome de ti. Vamos a estar en mala situación con él, Larry. Tendremos que abandonarlo.
-Nos esperan Dodge y Abilene y las botellas llenas de bebida - replicó Laramie.
-¡Hum! ... ¡Demonios! ... Los sueños no sirven para nada... Oye, Larry, ese ranchero, Strickland, no ha cesado de intentar sonsacarme algo acerca de ti. Me parece un hombre amable, pero ahora no estoy en condiciones de comportarme de una manera cortés. Me parece que teme, en cierto modo, encararse contigo.
-Bien, ahora no tengo ganas de hablar.
-Vamos a saludar al joven Neale. Ha preguntado por ti. -Entra tú, te seguiré en seguida.
La cabaña estaba confortablemente amueblada y bien alumbrada por una lámpara y por el fuego de la chimenea. Strickland se hallaba de espaldas a la parrilla. Lenta se había hundido en un sueño profundo provocado por el cansancio. Ted se hallaba junto a Neale, que estaba tendido en el suelo con la cabeza apoyada en una manta. Tenía el rostro totalmente pálido y sus ojos semejaban dos negros tizones.
-¿Cómo estás muchacho? - preguntó Laramie mientras se arrodillaba junto a él.
- ¡Laramie!... Ahora estoy muy bien... El brazo me duele de una manera infernal, pero puedo soportarlo... Ted me ha hecho una cura.
-¿Tienes algún hueso roto?
-No. Y puedo moverlo un poco. Pero tengo un agujero muy grande y he sangrado de un modo terrible.
-¿Por qué estabas aquí? Este terreno no es nuestro. -Vi las huellas de un caballo... y las seguí creyendo que serían las del de Stuart.
- ¡Ah! Y ¿estabas irritado?
- Sí, pero no perdí la cabeza. No me recibió muy cordialmente su equipo. Cuando vi el caballo de Ted y muchos de los caballos jóvenes y los potrillos de Peak Dot, me indigné y pregunté a Arlidge cómo habían llegado allá. Y me contestó que me volviera a mi casa. Entonces le maldije y le hablé de que Stuart había raptado a Lenta. Arlidge se rió a carcajadas, hizo una observación ofensiva acerca de ella, y añadió que no tardaría él mucho tiempo en fugarse con Harriet.
-Y ¿qué hiciste tú entonces, hijo? - preguntó Laramie.
-Le di de patadas con: todas mis fuerzas. Me dio un golpe que me tiró al suelo. Intenté desenfundar el revólver cuando todavía me hallaba caído en tierra. Y disparó contra mí y me hirió... No es caballeroso disparar contra un enemigo que se halla en el suelo... ¡Oh, podría haberme matado, lo sé, y no quiso hacerlo! Es lo único que puedo decir en su favor. De todos modos, cuando me haya curado iré a buscarlo para saldar la cuenta que tenemos pendiente.
-Neale, amigo mío - dijo «Solitario» -, nunca podrás saldar tu cuenta con Arlidge.
-¡Cómo! ¿Por qué no?
-Arlidge, al fin, encontró al hombre a quien no le convenía encontrar.
-¡Laramie!
«Solitario» inclinó la cabeza y, después de haber dado a Neale una palmadita cariñosa, se levantó y salió.
-Hijo, me siento, en cierto modo culpable de lo que te ha sucedido - continuó Laramie -. No he dedicado el tiempo suficiente a enseñarte el modo como debes conducirte aquí. Pero han sucedido tantas cosas, he tenido tanto de que cuidarme... Y te dejé correr a tus anchas, cuando no tenías preparación para hacerlo... Lo siento mucho.
-Laramie, toda la culpa es mía. He sido demasiado obstinado y ciego. Pero esto me servirá de lección.
-¡Así se habla! No te metas en más líos ni desenfundes jamás el revólver, no siendo para defenderte de algún ataque. La herida que has recibido carece de importancia. Sí, celebraré que lo sucedido te sirva de lección. Aléjate de la botella y de las cartas, y únete a tus caballistas.
-Lo prometo, Laramie - replicó el muchacho con vehemencia.
Laramie paseó o se sentó bajo las estrellas por espacio de largas horas. En aquellos momentos de continuada vigilia, la paz se apoderó de él. Luego se durmió; y cuando llegó la mañana, le pareció que un período de tiempo muy largo separaba aquella rosada aurora del crepúsculo de la noche anterior. Había obrado acertadamente aun cuando lo hubiera hecho casi demasiado tarde. Y, cualquiera que fuera y adondequiera que condujese el camino del porvenir, el recuerdo le acompañaría y confortaría siempre.
Los caballistas estuvieron muy pronto en pie y trabajando. Habiendo recibido informes de la contienda por medio de Jerky, Clay Lee llegó a últimas horas de la noche.
Cuando el sol salió, Strickland se puso en marcha en su cochecito, acompañado de Lenta y Neale. Si una noche había contribuido a aliviar de sus dolores al joven Neale, ¿qué había hecho la misma noche en favor de Lenta? En su lindo y pálido rostro se mareaban las huellas del cansancio, del temor y de la fatiga; y sin embargo, y quizás a causa de ello, parecía más hermoso y cautivador que nunca. Laramie observó que «Solitario» esquivaba la posibilidad de encontrarse con ella, aun cuando no pudo huir a las miradas que le dirigió. Laramie llegó a la conclusión de que, sin duda de ninguna clase, sería él el caballista que se alejase del «Rancho de las Cumbres Españolas», que lo haría solo...
Cuando Strickland frenó su tronco de caballos en el interior del patio, Laramie desmontó para acercarse a los ocupantes del cochecito y dijo:
- Strickland, permítanos que seamos «Solitario» o yo quienes hablemos de lo sucedido. Creemos que será conveniente ocultar una parte de la verdad... ¿Comprende usted?... Neale, ¿puedo confiar en ti?
-No diré ni una palabra, Laramie.
-Y ¿en usted, Lenta?
Pero Lenta no oyó o no quiso responder. Estaba mirando a una joven de ojos oscuros que había salido del salón seguida de un hombre, y de una mujer, que también le eran desconocidos. A continuación, apareció Lindsay con rostro expresivo. Luego llegaron los caballistas.
- ¡Ted! - gritó la muchacha desconocida.
-¡Hola, Mackely! - respondió Ted mientras desmontaba.
- ¡Laramie, ayúdeme... o caeré de cabeza! - dijo Lenta. Y en tanto que Laramie daba la vuelta en dirección a ella, la joven saltó del cochecito y cayó entre sus brazos. En aquel momento, se presentó Harriet, que cruzaba el patio corriendo. Laramie se adelantó para recibirla.
- ¡Oh, Laramie!... La ha traído usted a casa... ¡Bendito sea!... ¡jamás podré recompensarle por esto...! ¡Dios mío!... ¿Está...?
-Creo que se ha desmayado. Estaba muy bien cuando llegamos aquí.
- ¡Gracias, a Dios!... Estaba... estaba aterrorizada. Llévela a mi habitación, Laramie... ¡Aprisa!
Laramie cruzó el patio cargado con la muchacha y, entrando tras ella en la habitación de Harriet, colocó a Lenta sobre el blanco lecho. La chiquilla había abierto los ojos.
- ¡Hermana!... Lenta querida, estáis en casa... - dijo dulcemente Harriet que se había inclinado sobre ella -. Mis súplicas y plegarias han sido atendidas... ¿Estás... bien?
-¡Claro que estoy perfectamente bien! Cuando me enderezo, me mareo un poco... Hallie, querida, he pasado unas horas terribles... Pero ya estoy en casa, sana y salva... y convertida en una mujer más triste y más juiciosa...
- ¿Me perdonas? - preguntó apesadumbrada Harriet.
-Sí. A ti y a todos... ¡hasta a ese condenado de «Solitario»! - contestó Lenta; y rodeando el cuello de Harriet con los brazos, la estrechó contra sí y la besó.
-Hermana, yo también me he vuelto más triste y más juiciosa - dijo emocionada Hallie -. Nunca supe lo mucho... lo mucho que te quería...
-Lo mismo digo, Hal. Es posible que haya sido conveniente que sucediera lo que ha sucedido. Pero ya hablaremos de estas cosas en otra ocasión... Hal, supongo que la muchacha que llamó a Ted debe ser su hermana.
-Sí, lo es. Toda la familia de Ted está aquí. Y son las personas más simpáticas y buenas que en toda mi vida he conocido.
- ¡Oh! ¡Cuánto me alegro! ¿Les ha gustado Flo? -¡La adoran!
-¡Caramba! ¡Qué suerte tienen algunas mujeres!
-Lenta, voy a llamar a mamá..., a papá..., a todos.
-Espera un minuto - exclamó Lenta al mismo tiempo que se sentaba en el lecho-. Quisiera ver antes a «Solitario»... Laramie, llámele. ¡Hágale venir!
Laramie salió al exterior y gritó:
-¡Mulhall! ¿Dónde estás?
Un grito de respuesta sonó entre la babel de voces que llenaba el patio.
-¡Ven aquí inmediatamente! - añadió Laramie en un tono de voz al que ningún caballista habría dejado de obedecer.
«Solitario» se aproximó, mas no lo hizo corriendo. Se había despojado de los zahones, el sombrero y la chaqueta. Una sombra de temor se reflejaba en sus, ojos.
-¿Qué quieres? - gruñó.-Entra aquí.
Un instante más tarde, «Solitario» se hallaba ante Lenta, presa tanto del temor como de la consternación o del enojo,
¿Qué quiere? - preguntó. En aquel momento, Lenta Lindsay no era una mujer de la que resultase fácil retirarse.
-«Solitario» Mulhall, ha sido usted un hombre perfectamente despreciable en su comportamiento hacia mí - dijo ella acusadoramente. Las lágrimas que surgían de sus ojos no eran suficientes para ocultar aquella luz suave, dulce, ansiosa y misteriosa que en ellos había.
- ¡Ah! ... ¿Cuándo?
-Siempre..., desde que me salvó de las garras de aquel diablo de Gaines... ¿por qué lo mató usted... si después había de despreciarme, de odiarme? Yo casi... habría preferido... que él...
-No la he odiado a usted, Lenta - la interrumpió «Solitario»; evidentemente, hablaba para defenderse de la acusación de que se le hacía objeto-. Pero no puede esperarse que los hombres que se hallen empeñados en una lucha sangrienta comiencen a hacer bufonadas y fiestas sólo para... para gustar a una niña caprichosa y antojadiza.
-¡Oh! ... Eso ¿significa que no me odia usted?
-No, no la odio - contestó «Solitario» con tanta viveza como ella. Pero Laramie comprendió que estaba irremediablemente perdido...
-Usted sabe que nada grave me ha sucedido..., ¿verdad?... ¿Sabe que ese Gaines..., que no he sufrido menoscabo alguno?... ¿Lo cree usted?... ¡«Solitario»...!
-No necesitaba que me lo dijeran... después de haberla visto, Lenta - replicó «Solitario» con petulancia.
-Bien, entonces, ¿por qué se ha mostrado usted tan... tan indiferente? ¿Por qué lo ha sido... casi desde el mismo momento en que le voló los sesos a aquel perro asqueroso?... Yo no podía impedir que Gaines abrigara respecto a mí los propósitos que acariciaba... Usted ni siquiera me ha dirigido la palabra... ni ha hecho absolutamente nada por mí.
-Lenta, declaro que no supe que fuera tan ruin. Pero, ¿qué importa todo eso ahora? Está usted en su casa, sana y salva, junto a su familia. Y yo me iré mañana con Laramie. Hemos hecho todo lo posible en favor de ustedes,
y lo que hemos hecho, examinado desde el punto de vista de un caballista, no ha sido poco ni malo... Usted misma lo comprenderá algún día.
-Lo comprendo ahora mismo -gritó ella reprochándole-. ¿Cree usted que en mí no existe ningún punto bueno?
-Pues... bueno; todavía no me he visto abrumado ni asombrado por esa circunstancia - respondió calmosamente «Solitario», que realizaba un esfuerzo para recobrar su indiferencia y frialdad acostumbradas.
-»Solitario», usted no se marchará... Laramie, ¿le permitiría que nos abandonase... ahora? ¿Dejaría usted a Harriet en la delicada situación de peligro en que se encuentra? ¿No sabe usted que todos estamos convencidos de que es el hombre más maravilloso de cuantos existen?
-Muchacha, creo que el trabajo... que Laramie y yo teníamos que realizar... está casi totalmente concluido replicó «Solitario» llanamente. Pero no se atrevió a mirar a Lenta cuando lo dijo. Solamente lo hizo con el rabillo del ojo; y pudo ver que Lenta palidecía y se sobresaltaba.
-Bueno, pero yo no le dejaré marcharse - declaró apasionadamente Lenta.
-¡Ah! ¿Quién... quién no me dejará? - preguntó «Solitario».
-¡Yo!
-Señorita Lindsay, con todos los respetos debidos..., ¿por qué no podré continuar mi camino de solitario... una vez más... a través de las praderas solitarias?
-Porque. Porque... antes... no le apreciaba mucho,
«Solitario» - murmuró radiante Lenta mientras extendía los brazos-. Pero ahora..., ¡ahora, te quiero!
«Solitario» emitió un silbido de asombro y cayó arrodillado junto al lecho, donde fue aprisionado por aquellos ansiosos brazos que se le tendían. Y cuando Laramie se volvía en dirección a la puerta, sintió que Harriet se le unía y le pasaba un brazo bajo el suyo.
¿No ha sido... una cosa... hermosa? ¡Oh, qué feliz soy! - murmuró ella.
Su contacto, evidentemente, ahogó la respuesta que Laramie habría podido pronunciar.
-¡Mire! Todos vienen hacia aquí - exclamó Hallie -. No es conveniente... Vamos a salir a detenerlos.
Y salió. Y Laramie cerró la puerta tras de sí.
-Papá..., mamá..., Flo... y amigos... -comenzó diciendo Harriet -; háganme el favor de esperar unos momentos.
-Hallie, quiero ver a mi querida hija - exclamó la señora Lindsay.
-¿Qué hace ahí dentro... ella sola? - preguntó Flo, riendo a carcajadas.
-No está sola. Se está preparando un acontecimiento... Si no me engaño, nuestra querida niña hace en este momento todo lo posible por impedir que en lo sucesivo pueda cometer más locuras desatinadas... ¿No es ésta su opinión, Laramie?
-Si yo fuera »Solitario», ahora estaría como en el quinto cielo - respondió lentamente Laramie.

Algunas horas más tarde, después de la cena, cuando todos se hubieron reunido en el salón, la historia no pudo ser aplazada por más tiempo.
-Señores, estoy seguro de que no sirvo para referir historias dijo Laramie como respuesta a las insistentes demandas que se le hacían -. Si quieren ustedes conocer todo lo sucedido, creo que «Solitario» es el hombre que podrá complacerles.
-¿Yo? ¡Huna! Soy terriblemente tímido cuando me hallo en presencia de mucha gente; y, de todos modos, no me gusta hablar - replicó »Solitario» con voz y ademanes premeditados con el fin de provocar nuevas peticiones e insistencias. Y las recibió hasta colmar la medida -. Muy bien. Siéntense ustedes como si estuvieran alrededor de la hoguera de un campamento. ¿Cuándo fue raptada Lenta? Parece que fue hace mucho tiempo. Pero lo cierto es que solamente hace tres días que sucedió... Laramie me despertó muy temprano aquella mañana. Dijo que había oído un caballo. Encontramos huellas de cascos bajo la ventana, que tenía los barrotes rotos. Y Lenta había desaparecido. Nosotros supusimos que aquel caballo había servido para conducir a Lenta y a... a su amigo, y que la muchacha quería dar una broma a sus padres, como venganza por haberla encerrado. Pues bien: cogimos nuestros caballos y seguimos las huellas del que se había mar hado.
Y así llegamos hasta Cedar Point. Allí encontramos señales de que se había acampado. Y vimos a Stuart al cabo de poco tiempo. Stuart, que era el amigo que se llevó a Lenta, corría a toda velocidad a través del campo para defender su vida. Gaines y sus compinches se habían ocultado allí para raptar a Lenta. Obligaron a Stuart a huir, y arrojaron a Lenta sobre un caballo. La habían atado de pies y manos, y le habían puesto una mordaza para que no pudiera gritar.
«Solitario» miró fría e impasiblemente a sus auditores sin darse cuenta de que Lenta tenía los ojos dilatados por el asombro, y la boca abierta. Laramie se preparó para oír las mentiras más, grandes de toda su vida. Strickland se recostó en el respaldo de la silla, con una sonrisa en el rostro. Hallie tenía una expresión de extremado aturdimiento. El resto de los oyentes, principalmente los Williams, estaban encandilados.
-Seguimos aquel camino durante todo el día y acampamos muy tarde continuó «Solitario -. Es decir: lo hicimos Ted y yo puesto que Laramie había vuelto al rancho en busca de agua y comida y a recoger a Dakota y a Wind River Charlie. Al día siguiente, aproximadamente al mediodía, llegamos a un punto donde Gaines se había encontrado con otra cuadrilla. Las dos cuadrillas se separaron, y Ted y yo nos vimos obligados a hacer lo mismo. Cada uno de nosotros siguió una de las dos sendas. Las huellas del equipo que yo seguía volvían prontamente en dirección opuesta a la que comenzaron a seguir, lo que me hizo suponer que el equipo que las había trazado abrigaba malos propósitos para el otro. Y así resultó ser. Y descubrí el lugar en que los hombres que lo componían habían descendido de la montaña para adelantarse a los del otro equipo. Al cabo de muy poco tiempo Ted se me unió y entre los dos formamos un plan de batalla. El otro equipo perseguía al de Gaines, por lo que decidimos seguirlo; y así, llegamos a una cabaña solitaria. Y cuando estábamos vigilando y esperando en los alrededores, ¿quién llegó, sino Dakota y Wind River Charley? Habían iniciado la persecución en unión de Laramie, y se habían separado unos de otros, exactamente lo mismo que nosotros hicimos. No sabíamos dónde estaba Laramie; pero yo he vivido tanto tiempo junto a ese caballero meridional, que lo supuse inmediatamente. Y aposté la paga de un mes a que Laramie estaba en el interior de la cabaña, con los dos equipos. Cuando se hizo oscuro nos acercamos cautamente a la cabaña. ¿Querrán ustedes creer que Lenta estaba sentada en el suelo, jugando a las cartas con aquellos forajidos? Habían encendido un fuego hermoso en la chimenea. ¡No había huellas de Laramie! Vi que el segundo equipo estaba dirigido por un hombre llamado Price, a quien conocí en circunstancias peligrosas y a quien no he olvidado jamás. Era un ladrón de reses. Bien podía verse con facilidad que estaba locamente enamorado de Lenta. Se hallaban jugando al póquer. Lenta les ganó todo el dinero. Tengo los billetes en las alforjas de mi caballo, Laramie Hay billetes bastantes para poder ahogar a un elefante con ellos. Yo no habría podido suponer que Lenta fuese tan buena jugadora de cartas; pero no había apreciado debidamente lo que vale esa chiquilla. Después de haberse quedado sin dinero. Price propuso a Gaines jugarse a Lenta a las cartas, o entablar una lucha por ella. A Gaines no le agradó el proyecto. Pero Price tenía un pistolero en su equipo, un mal hombre llamado Beady. Por esta causa, Gaines se vio obligado a aceptar la proposición, que imaginó que al ganar la partida había ganado también el corazón de Lenta. Y por esta razón, comenzó a alborotar y a propasarse con ella. Lenta lo abofeteó y lo maldijo y, finalmente, le llenó la cara de arañazos. Esto hizo que Gaines se encolerizase.
»Me repugna tener que decir todo esto. De modo que pasare sobre ello como sobre ascuas... Gaines comenzó a luchar con Lenta y a desgarrarle las ropas. Yo, que estaba a la puerta, preparé el revólver para intervenir; pero Price le voló los sesos. Vi que Lenta se metía debajo de un estante cuando sonó el tiro. E inmediatamente el infierno se desató en el interior de la cabaña. Bueno, cuando la refriega concluyó, entramos y encontramos tres o cuatro hombres muertos ; uno de ellos había desaparecido, y el otro, el negro Johnson, estaba sentado en el suelo y tan blanco como un papel. Sacamos a Lenta al aire libre. Ni siquiera se había movido mientras duró la batalla. Y se encaró conmigo y me dijo : « ¡Vaya un equipo más bueno que forman ustedes ! Ha faltado muy poco para que llegasen demasiado tarde.» Yo no dije nada. Estábamos cenando al aire libre cuando llegó Laramie y nos preguntó que disparos eran aquéllos que había oído. Nos acostamos, dormimos, y a la mañana siguiente el negro nos condujo al rancho de Lester Allen. Allí estaba el señor Strickland, que según pudimos ver, abrigaba algunas sospechas respecto a Allen. Laramie hizo que el negro se enfrentase con Allen y expusiese su culpabilidad como compañero de Arlidge y como comprador y vendedor de ganados robados. ¡Allen bramó como un toro! Y luego habló de lo que Arlidge haría a Laramie cuando volviera. Y en aquel momento vimos que Arlidge llegaba a toda velocidad. ¡Dos caballistas iban tras él! Todos nos preparamos para el encuentro, y preparamos, también, la artillería. Pero Laramie ni siquiera se movió, y continuó liando un cigarrillo con una indiferencia terrible. Al verle de aquel modo, me estremecí y no habría querido estar en el pellejo de Arlidge ni aun cuando me hubieran dado un millón. Arlidge se apeó del caballo, enfurecido, tan enfurecido, que ni siquiera podía ver, y gritó a Allen : « ¡Menudo lío nos amenaza!... ¡He disparado unos tiros contra el joven Lindsay! »... Y entonces, vio repentinamente a Laramie. Los dos eran antiguos enemigos. Hace algunos años Arlidge mató a un compañero de Laramie... Todos nos quedamos helados de temor; nadie respiraba. Pero yo no me inquieté. Arlidge demostró con su expresión que ya casi se consideraba muerto... Señores, no hay en las llanuras más ley que ésta, y Laramie ofreció a Arlidge la ocasión de defenderse. Vi que Arlidge fue el primero en moverse..., pero... Bien, ésas son cosas que tienen que suceder en estos terrenos... porque si no ocurrieran no podrían vivir en ellos personas buenas como ustedes, personas honradas..., porque nunca podrían estar seguras y salvas... Después de esto, Laramie dijo a Allen que escogiese entre ser ahorcado o abandonar para siempre el Colorado. Y Allen se marchó en el mismo instante, sin chaqueta y sin sombrero... Luego fuimos a Meadows, donde supimos que Neale había sostenido una refriega. El mismo podrá informarles mejor que yo. Acampamos, pasamos la noche, nos pusimos en marcha esta mañana, y aquí estamos con la señorita que nos inquietó tan vivaz como un grillo.
No mucho tiempo después de este relato, cuando Laramie se hallaba ante su abierta puerta y mirando en dirección al patio, que la luz de la luna blanqueaba, oyó unos rápidos pasos que sonaban sobre el empedrado. Hallie apareció ante él. La luz de la luna se reflejaba sobre su cabello.
-Laramie, venga a pasear conmigo, o a sentarnos bajo los algodoneros. Necesito hablar con usted.
Laramie se unió vacilante a ella y se emocionó de nuevo al observar que le pasaba un brazo bajo el suyo.
-¿Qué opina usted del relato de «Solitario»? - le preguntó Hallie.
-Creo que es muy fiel.
-¡Qué falsedad más horrible!... Laramie, mi hermana me ha referido todos los detalles de esa espantosa aventura.
-¡Maldita criatura!
- ¿Por qué aprobó usted las mentiras de «Solitario»?
- Porque creí que la verdad aterrorizaría a ustedes.
-Es cierto. Pero la verdad es siempre lo mejor. Lo sé ahora. Y ahora puedo adaptarme ya a... a la violencia y al derramamiento de sangre que se señor Strickland me ha dicho que imperarán en la frontera durante cierto tiempo. He sido timorata, he tenido un corazón de gallina..., pero ya he logrado vencer esas adversiones porque... porque quiero al Oeste.
-Me alegro muchísimo de oírselo decir, al fin, señorita Hallie.
-¿Sabe usted lo que el señor Strickland se propone organizar, no es cierto? - continuó ella.
-Sí. Y me parece una gran idea. Su padre podrá reducir ahora las pérdidas que sufre. Ya no habrá más robos de importancia en estos terrenos.
-Sin embargo, sostiene que habrá necesidad de tomar medidas de protección... ¿Sabe que usted ha sido escogido para dirigir esa asociación de ganaderos?
- ¡Yo! ... Strickland ni siquiera me ha hecho ninguna insinuación - clamó Laramie vagamente alarmado.
-Bien. Me satisface ser yo quien le dé la primera noticia.
- ¡Qué cosas pasan en este mundo!... Declaro sin vacilaciones que me satisface y enorgullece la designación, Hallie. Pero no hay ni que hablar de esa cuestión. No me es posible aceptar.
- ¿Por qué no? Me parece una ocasión excepcionalmente buena para usted. Ha sido usted una piedra rodante, por decirlo así... Con toda seguridad, llegará un día en que quiera asentarse... en algún lugar. He preguntado al señor Strickland si la vida de usted no había sido tan accidentada que le imposibilitara de ser feliz cuando hubiese de aceptar algo tranquilo, incoloro... Rió, y contestó que aquí la vida no será incolora ni tranquila durante muchos años.
-Ha dicho usted hace poco que la verdad es lo mejor... Y la verdad! es que creo que no podré permanecer aquí más tiempo.
- ¿Se marchará usted del «Rancho de las Cumbres Españolas»?
-Ya se lo he dicho.
-¿Quiere alejarse de mí?
- Pues... desde el momento en que usted está aquí... claro es: de usted también.
- Laramie, todavía no me ha pedido perdón por su conducta del otro día... allá, en el granero. ¿Lo hará ahora? -¡No!
- Sea razonable. No podemos decidir nada... mientras no lo haya hecho usted.
- Lo siento mucho, pero no puedo hacerlo.
- ¿Dónde está la caballerosidad occidental que «Solitario» y Ted le han atribuido siempre?... Me trató usted rudamente..., brutalmente... ¿No lo lamenta usted?
- Sí..., desde cierto punto de vista. Pero no del modo que usted supone.
¿No se! arrepiente de haberme tratado del modo que el señor Arlidge quiso hacerlo en cierta ocasión... sin conseguirlo? ¿No lamenta haberme arrastrado hasta aquel pesebre, como si yo fuera una mujer india..., y de aplastarme entre los brazos... y besarme a ciegas, y sorda... y mudamente? Laramie Nelson ¿no se arrepiente de aquella ofensa?
- ¡El Señor no me lo! tome en cuenta!... Pero no..., no me arrepiento respondió Laramie en tono ahogado, enloquecido por la voz dulce, extraña, suave, los ojos acusadores y retadores, la mano que ascendía a su hombro...
Pero juro que no fue ofensa.
-Entonces, explíqueme por qué no lo es.       
¡Dios me ayude! Había perdido la cabeza... Quería dar a usted un beso de despedida... Pero usted me retuvo... Me golpeó... Y entonces hube de satisfacer un algo extraño y salvaje que en mí había. Pero, Hallie, no fue ofensa. No quise ofenderla... No importa lo que entonces dijese.
-Todavía no ha explicado sus razones, Laramie.
-Bueno, el motivo, fue un amor tan grande como ningún hombre ha experimentado jamás por ninguna mujer. -¡Oh! ¿Eso fue?... ¿Amor?... ¡Por mí!
¡Qué maravillosa pareció a ella en aquel instante! Laramie se retiró un poco, hasta donde se lo permitió el asiento de piedra. Aquella mano opresora se posó más arriba de su hombro. ¿Comenzaban los sentidos a abandonarle? El rostro de ella brillaba con tanta blancura como si fuera de mármol... Tenía los labios entreabiertos... Sus párpados se le cerraron prietamente sobre los abismos de los oscuros ojos...
-Larry ¿sabes..., supiste... lo que hice yo?
-¿Cuándo? - murmuró él en voz baja. -Entonces... Debes saberlo..., debes recordarlo... ¿Por qué no... no hacemos lo mismo... otra vez... ahora, aquí mismo...? ¡Y así podré hacer que lo recuerdes!

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