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jueves, 8 de junio de 2017

Todos Para Uno 1/2 (Zane Grey)

Todos Para Uno
Zane Grey

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I


El
 caballo de Laramie comenzó a renquear; y puesto que Wingfoot era el único ser vivo a quien quería Laramie, se detuvo a mediodía sin pensar en sus propias necesidades.
La larga jornada del día anterior, realizada con el fin de interponer un centenar de millas entre sí y cierto rancho en el que la costumbre de recurrir a la utilización del revólver tan pronto como se le hacía la menor provocación, le valió una repulsa general, había agravado la torcedura de un tendón del caballo. Laramie se deslizó de la silla al suelo.
-¡Veamos! ¿Déjame que te examine, caballo engañoso! - exclamó el jinete -. Si no te quejabas, ¿cómo podría saber que estabas dolorido?
Wingfoot podría haber recorrido varias millas más sin agravamiento de la lesión; pero Laramie no quiso correr el riesgo de que lo último pudiera suceder. Le agradaba el placentero panorama que tenía ante sí: un ancho valle, brillante por el verdor primaveral de los algodoneros y los sauces, por el que corría un reguero de agua. Podría acampar allá hasta el día siguiente. El hambre carecía de importancia para él.
-Bien, Wingfoot, aquí nos detendremos-dijo lentamente mientras libraba al caballo del peso de la silla-Hay mucha hierba y mucha agua para ti. Si viera alguna liebre, podría compensar el efecto de mi mala puntería de ayer... Todavía me queda un poco de sal... Vete por ahí, pero no dejes de acercarte a mí cuando legue la mañana...
Wingfoot no estaba tan cojo que no pudiera revolcarse en el terreno. Y después de haberlo hecho corrió en dirección al arroyo y las zonas verdeantes de sus orillas. Laramie llevó la cargada silla hasta más allá del límite de la arboleda, donde había una espesura de maleza. Uno de sus hábitos más arraigados como viajero de las extensas llanuras era el de la precaución. Estaba tan necesitado de dormir como Wingfoot de descansar, mas decidió agotar las posibilidades de encontrar carne en aquel valle antes de entregarse al reposo. Y por esta causa extendió las mantas de la silla al sol para que se secasen y cortó una brazada de ramas que habrían de formar su lecho, después de lo cual inició la caza.
Aquella zona meridional de la región central de Kansas resultaba desconocida para él. Era una zona ganadera una tierra cuajada de praderas ondulantes y herbosas donde parecía ser tan difícil hallar un novillo como encontrar una aguja en un pajar. Muy pocas, ciertamente, eran las huellas de reses que había encontrado durante aquel día. Un largo recorrido de aquel fértil terreno, solitario y hermoso, solamente produjo el resultado de que Laramie pudiera apreciar las grandes posibilidades y las risueñas perspectivas que ofrecería para la explotación de un rancho. ¡Cuántas extensiones de tierra solitaria, fértil y hermosa, como aquélla, habían despertado en él el mismo deseo de poseer una granja, algunos caballos, reses, un hogar...! Tal esperanza no moría jamás, aun cuando Laramie no era ya muy joven, si se tiene en cuenta la importancia, que en aquella época tenían los años. De todos modos... eran tantos los caballistas de veinticinco años que morían con las botas puestas como los que vivían de la cría de ganados.
En un punto impreciso del noroeste se hallaban la línea del ferrocarril y la ciudad de Dodge, adonde Laramie se dirigía. Había allí tantos ganaderos y tantos jinetes como moscas en una piel de vaca recientemente desollada. Laramie estaba seguro de que en aquel punto había de encontrar trabajo y de que podría realizar un nuevo intento por asentarse de modo definitivo, aun cuando también sabía que, más pronto o más tarde, se vería precisado a montar nuevamente a Wingfoot para huir a toda velocidad. El pensar en la comida aguzó su vista más de lo acostumbrado, con el resultado de que muy pronto pudo ver un conejo. El animalito corrió por espacio de unas cuantas yardas, y cometió el error de detenerse y de encogerse, como suelen hacer los que viven entre los algodoneros. Laramie le destrozó la cabeza de un tiro.
-¡Demonios! - exclamó muy satisfecho -. Creí que no volvería a hacer blanco en toda mi vida... ¡Si le hubiera sucedido a Luke Arlidge lo que a este conejo...'.
Laramie no terminó sus especulaciones. Despellejó y preparó el conejo y, regresando al campamento, encendió una pequeña hoguera sobre la cual asó a su víctima hasta que adquirió un color tostado. La adición de un poco de sal la hizo tan apetitosa que Laramie experimentó el deseo de devorarla en el acto. Pero decidió guardar la mitad para el día siguiente.
El calor del día comenzaba a aplacarse. Wingfoot pacía retozonamente en la parte baja del valle. Laramie abandonó la proximidad de la hoguera para echar un vistazo por los alrededores. No podía verse ni un solo pájaro. El jinete había llegado del Norte y tenía curiosidad por ver lo que habría en la parte oeste de aquellas tierras, por ascender a lo alto de la suave pendiente. Pero el pensamiento de que no sería prudente aventurarse a correr peligros le hizo regresar entre la maleza, donde se durmió muy pronto.
Al ser rudamente despertado por unos ruidos, Laramie pensó que acababa de cerrar los ojos. Oyó un retumbar de cascos sobre la blandura de la tierra, y luego una voz áspera.
-Vamos a colgarte de este algodonero. Eso es todo.
-Sin otra razón que el haber hecho lo mismo que usted, Price. - Ésa fue la respuesta que articuló una voz juvenil y amarga.
-Si lo hice, nadie me cogió jamás por ello. ¡Ja, ja!
Laramie se consideraba buen juez de los hombres a través de sus voces. Se sentó silenciosamente, con la espalda agitada por un frío estremecimiento, y miró por entre las hojas de los árboles.
Cuatro jinetes habían llegado al pie de un algodonero de anchas ramas, y tres de ellos se detenían en aquel instante. El cuarto, un joven de alrededor de veinte años, bajo y robusto, tenía la constitución característica de los caballistas. Su rostro, ordinario y feo, podría ser habitualmente de un color rojo subido; pero en aquel instante estaba cubierto de palidez y ansiedad. Tenía los ojos singularmente hermosos, ni claros ni oscuros, y la expresión de desdén que en ellos había era más intensa que la de sombrío terror. El jinete era demasiado joven para que pudiera hacer frente a la posibilidad de ser ahorcado con el mismo estado de ánimo con que lo habría hecho seguramente unos años más tarde. Price era un ganadero típico de la época, ya no joven, y se caracterizaba por un rostro enjuto y duro, que parecía azulenco bajo la corta barba; semejaba tener dos hendeduras en vez de ojos. El hombre parecía hallarse más en su elemento cuando estaba a caballo que cuando se encontraba a pie, y llevaba un Colt azul en el bolsillo trasero del pantalón. La posición del revólver hablaba elocuentemente a Laramie. Los otros dos jinetes eran solamente dos chiquillos, aún más jóvenes que el que se disponían a ahorcar. No parecían dos hombres temibles, por lo que Laramie decidió no preocuparse de ellos.
- Price, ¿verdad que no hará lo que ha dicho? -preguntó roncamente el jinete sentenciado.
- ¿No te cogí con las manos en la masa?
-Sí. Y no es la primera vez que he hecho eso mismo. Pero hace más de seis meses que no me paga usted ni siquiera un dólar... Y el patrón estaba ausente... Y yo necesitaba dinero...
-Oye, Mulhall, ¿no pretenderás disculparte por haber robado reses, verdad? - preguntó Price al mismo tiempo que aflojaba un nudito amenazador de su lazo.
- Hábleme de algún caballista que no haya robado en alguna ocasión una cabeza de ganado..., ya que quiere hilar tan delgado- exclamó indignadamente Mulhall,
-No hilo delgado. Eres un cuatrero.
-Y usted un embustero. Si no lo fuera, ni uno solo de los demás caballistas de estas tierras sería un cuatrero. Pero usted mismo lo es, bien lo sabe.
Price tiró descuidadamente del lazo. lo agitó en el aire y lo arrojó. La cuerda cayó exactamente en torno al cuello de Mulhall, que se agitó y vaciló en la silla. Y Laramie, que observaba la escena con ojos atentos, creyó que el estremecimiento del joven se reproducía en su cuerpo. Aquella justicia brutal se había convertido en la ley de las llanuras. En aquel caso, podría ser justa la pena; pero también podría no sello. Laramie pensó que era una cuestión ajena a él. Mas. ¿Podría continuar sentado en aquel lugar y ver cómo la cumplían?
-Ésta es mi respuesta. Mulhall - replicó Price secamente-. Diré a alguien que te portaste de un modo cobarde cuando te dimos tu merecido.
-¡ ... ! - exclamó furiosamente el atado jinete -. Lo sabía. ¡Me ahorca usted porque ella no le hace caso ... ¡Siga, y cuélgueme! ... Ella lo sabrá. Mank o Bill lo dirán, más pronto o más tarde... Y ella le odiará, le despreciará...
- ¡Cállate! - gritó Price mientras apretaba el lazo entorno al cuello de Mulhall con el fin de cortar sus palabras y arrastrarlo de la silla.
-Oiga, Price - dijo uno de los otros dos caballistas.
Estaba pálido y resultaba evidente que ansiaba intervenir en favor del condenado -. Perdone por esta vez a
Mulhall...
Al oírlo, Price lo maldijo iracundamente, y luego, arrojando el final de la cuerda por encima de una de las ramas del algodonero y exactamente sobre la cabeza de
Malhall, desmontó lentamente para recogerla.
-He viste más de .un hombre de tu clase colgados de este árbol - dijo con un desprecio que no pudo ocultar su indignación.
La inflexión de la voz de Price y el tono de burda ironía que en él hubo decidieron a Laramie, que hasta aquel momento había estado dudando. Se puso en pie lenta y silenciosamente y salió de entre la enramada que le ocultaba. Price se disponía en aquel instante a tirar de la cuerda y a atar su extremo libre a otro árbol. Mulhall, que tenía la fisonomía cubierta de un color grisáceo, fue el primero en ver a Laramie, y experimentó un nuevo y violento escalofrío.
-Bill, golpea el caballo para que se vaya - ordenó hacia atrás. Laramie había avanzado hasta recorrer la mitad de la distancia que anteriormente le separaba de los jinetes, y se detuvo. Su actitud, lo mismo que su presencia, habría sido suficiente para hacer vacilar a cualquier occidental. Laramie había contado con ello en más de una ocasión, aun cuando en aquel caso el efecto se produjo más por causa del hábito que del propósito.
-¡Hola! -gritó repentinamente Price al mismo tiempo que se erguía en la silla. Estaba inconfundiblemente sorprendido y alarmado.
- ¡Hola! -respondió Laramie en voz lenta y fría-.
No hay duda de que se disponía usted a celebrar la «fiesta de la corbata», ¿verdad?
-No es usted ciego, forastero - replicó Price vivamente en tanto que observaba con atención a Laramie con el fin de interpretar el objeto de su presencia -. ¿De dónde viene?
-He venido con mis compañeros de equipo a cazar conejos. Y estábamos haciéndolo cuando vi estos caballos. -Conejos, ¿eh? - murmuró Price -. Bien; entonces continúe la caza.
- Sí, lo haré, sin duda, cuando me convenga. -Ésta es una cuestión que no le interesa a usted.
- He decidido que me interese.
- ¿Qué diablos dice?... ¿Quién es usted, desconocido?
-No importa. Un viajero cualquiera.
-Bien; vuelva junto a su equipo, y váyanse. El meterse en mis asuntos puede no ser conveniente para la salud.
-No importa; siempre he medrado bien en terrenos insalubres.
Price tiró del extremo de la cuerda y enrojeció por efecto del enojo.
-¿Qué se propone usted?
- No estoy dispuesto a verle ahorcar a ese muchacho - respondió Laramie.
- Es un ladrón de ganados. Lo hemos sorprendido cuando estaba marcando terneras para un equipo que le paga por hacerlo.
-Sí, ya le oí decirlo.
-Entonces... ¡Diablos, hombre! ¿No conoce usted esta región? - preguntó el ganadero coléricamente.
-Creo que sí. Y también Texas y Abilene y Dodge y el Panhandle.
-¡Aaah! Un caballista de Texas... ¿Uno de esos conductores de ganado del camino de Chilshom?...
-Sí, si eso significa algo para usted, señor Price.
Y significaba muchísimo, según pudo apreciarse por las visibles vacilaciones del hombre que se enfrentaba con la que consideraba una situación peligrosa. Laramie lo había valorado acertadamente.
-Pero ¿por qué demonios...? A usted no le importa nada Mulhall. Y ha reconocido su culpabilidad.
-Sí. Y el modo como la ha reconocido es lo que me ha decidido a interrumpir la fanfarronería de usted.
-¡Fanfarronería!.... No hay fanfarronerías de ninguna clase en una cuerda de cáñamo.
-No hay duda de que habría usted ahorcado a Mulhall si yo no me hubiera presentado. Pero he llegado... no lo ahorcará!
Estas palabras constituyeron el guante de desafío que se arrojaba contra el rostro del maduro jinete. El jinete enrojeció Era un hombre en quien habitualmente la indignación daba rienda suelta a los impulsos; pero había en la presencia y en la actitud de Laramie un algo que lo frenó.
-¿Lucharía usted por este ladrón de ganado? - preguntó Price.
-Sí. Y creo que lucharía también por menos... Y, si quiere saberlo. Price, le diré que no me agradan su cara ni su modo de hablar.
-¿No? Pues no crea que yo me haya encaprichado endemoniadamente de usted - replicó sarcásticamente Price.
-Pero yo soy mejor juez de hombres que usted - contestó Laramie de un modo más sarcástico que el de Price.
-¡Qué demonios va a serlo usted! ¡Un hombre que corre riesgos y quiere luchar en defensa de un vaquero que ha reconocido su culpabilidad como ladrón de ganados! Debe usted de ser muy aficionado a las peleas, desconocido. En cuanto a mí... ¡paso! Mulhall no vale la pena de exponerse a sufrir ni un solo arañazo por su culpa.
Las espuelas de Price sonaron metálicamente cuando el hombre se dirigió presurosamente hacia su caballo para lanzarse a la silla.
-¡Espere un momento! - replicó secamente Laramie en tanto que daba vuelta alrededor de Price para ver si tenía un rifle en la silla. Las de los otros dos jinetes tampoco tenían armas de largo alcance-. Price, he comprobado que es usted un hombre más hábil para hablar que para pelear. Eso es todo. Váyase.
El atribulado caballista cumplió la orden. Sus dos acompañantes colocaron los caballos al lado del suyo.
-¡Lléveselo, y que el diablo cargue con los dos! - gritó Price sin volver por completo la cabeza -. Se lo agradecerá robándole la camisa.
-¡Eh, Price'. Lo único que le he quitado ha sido la novia! -gritó con demoníaca alegría Mulhall.
El jinete llamado Bill se volvió; y su rostro juvenil estaba inundado de alegría.
-¡Adiós, Mull! Me alegro mucho de...
Price le interrumpió poniendo violentamente una de sus manos sobre los labios del joven. Y los caballistas continuaron la carrera y desaparecieron tras los algodoneros.
Laramie sacó del bolso un cuchillo con el que cortó cuidadosamente la cuerda que ataba las muñecas a Mulhall. El joven levantó las manos con tanta rapidez para quitarse la cuerda del cuello, que la cuerda y su sombrero volaron conjuntamente lejos de él.
-¡Dios mío, desconocido! - exclamó agradecido -. Price me habría ahorcado... si no hubiera sido por ti.
-Así lo supongo. Pero tengamos en cuenta las posibles consecuencias de mi intervención - contestó Laramie mientras se inclinaba para recoger el sombrero y el lazo. Entregó el primero a su acompañante, y comenzó a enrollar el otro -. Sería de mala suerte no conservar esto... ¿Hay alguna probabilidad, muchacho, de que Price reúna una partida de jinetes y venga a buscarnos?
-¡No, diablos! No tendría el valor necesario para hacerlo... ni siquiera en el caso de que pudiera disponer de más caballistas - contestó desdeñosamente Mulhall en tanto que se frotaba las enrojecidas muñecas.
-Bien, en ese caso, no tenemos motivos de apresuramiento - replicó Laramie -. Estoy solo. Pasaba por aquí y observé que mi caballo estaba cojo. Y mientras descansaba me dormí entre la maleza. Vosotros me despertasteis.
-¡Ha sido un despertar muy conveniente para mí, desconocido! - comentó fervientemente Mulhall; y pasando una pierna sobre la perilla de la silla comenzó a liar con dedos temblorosos un cigarrillo. Luego hizo frente a la mirada que Laramie le dirigía. Los ojos de ambos se encontraron: los de uno de ellos, avergonzados, agradecidos, curiosos; los del otro, graves, inquisitivos, cariñosos. Naturalmente, un cambio de miradas de tal naturaleza no habría podido producirse sino en circunstancias similares a las actuales; pero se convirtió en algo excepcionalmente fuerte.
-¿Cómo te llamas? - preguntó Mulhall.-Puedes llamarme Laramie.
-Yo me llamo Mulhall. Puedes llamarme «Solitario».
- ¡Pintoresco sobrenombre para ti ! Pero no eres de la clase de los hombres que recorren las praderas solitarias... Mulhall, ¿tienes algún parentesco con el gran ganadero Silas Mulhall?
- No soy pariente de nadie-replicó presuroso «Solitario», lo que representaba un evidente disgusto o efecto del hábito de la evasiva -. Estoy completamente solo en el mundo.
- Pues has estado condenadamente cerca de hacer solo un viaje muy largo-comentó con sequedad Laramie -. Vámonos de aquí. Alejémonos de esta arboleda.
Laramie arrastró su silla y efectos hasta fuera de la majeza, cargó una parte de ellos, entregó el resto al otro vaquero y caminó valle abajo sin alejarse de los lugares en que la hierba crecía con mayor abundancia.
- Me parece que hará falta ser muy buen seguidor de huellas para poder descubrirnos - observó pensativamente Laramie en tanto que escogía el camino.
-Es cierto. Pero, oye, Laramie: tuve en cierta ocasión un compañero que era capaz de descubrir el paradero de un pájaro-contestó con gran entusiasmo Mulhall -. Con toda sinceridad, era el hombre más grande que he conocido para seguir huellas. Se llamaba Ted Williams; pero le llamábamos «Huellas». Y le agradaba el nombre... ¡Oh! ¡Mi querido amigo Ted!... ¿Dónde diablos estará ahora?... Fuimos compañeros por espacio de dos años.
-¿Qué fue de él? ¿Detuvo con el cuerpo un pedazo de plomo?
-¡No! Fue el otro quien lo hizo. Ted era muy hábil con el revólver.
-Comprendo. Háblame de él.
-Todo esto sucedió allá, en Nebraska. Trabajábamos para un ganadero... ¿Cómo se llamaba?... Spencer o algo parecido. Comoquiera que se llamase, dirigía el equipo XBar y tenía una hija. Yo contaba entonces solamente dieciséis años, y la muchacha, veinte. ¡Una joven de cabeza roja, guapa, hermosa...! Estaba a punto de casarse con un comprador de ganados, un hombre basto, cargado de dinero... No quise enamorarme de ella..., ¡maldición! Fue ella quien tuvo la culpa. El nombre del negociante  era Cheesbrough. Jamás lo olvidaré, porque la causa de la reyerta fue que le llamé Bigcheese, (Queso grande). Me maltrató de un modo horroroso. Cuando llegó Ted, me encontró completamente lastimado. Y dijo a Cheesbrough que saliese, y lo mató de un tiro...  No he vuelto a ver desde entonces a Ted. Eso es lo que hizo de mí un caballista solitario y vagabundo.
-¡Debes de ser un diablo para las mujeres! -comentó lentamente Laramie en tanto que caminaba y buscaba su caballo entre los árboles.
-No puedo evitar que se enamoren de mí -declaró «Solitario» -. Y no podría abstenerme de enamorarme de una mujer aunque de ello dependiera la salvación de mi vida... Esa cuestión de Price en que te mezclaste tan oportunamente... comenzó a causa de una joven: Annie Lakin. No sabe leer ni escribir; pero no hay duda de que es muy apetecible. Hay un ranchero que vive a tres o cuatro millas de la quebrada, Bruce Allson, y que estuvo en buena posición antiguamente... Ahora está casi arruinado desde que los ladrones se ensañaron con él hace cierto tiempo. Annie es hija de la hermana de Alisan, que vino a trabajar en su casa como ama de llaves. Naturalmente, Annie soliviantó todo el equipo del Triángulo. Price es el capataz y está completamente loco por Annie. Tenía ciertas probabilidades de que ella le aceptase, según decían los muchachos, hasta que llegué yo, hace varias semanas. Ese hombre comenzó a odiarme en el mismo instante. ¡Y habría terminado conmigo, no hay duda. ¡Me habría ahorcado!...
-Háblame de Annie - le interrumpió Laramie.
-¡Aquella muchacha!... Seguro de que estaba enamorado de ella. ¡Diablo de criatura!... Laramie, no sé si tienes alguna experiencia respecto a las mujeres; pero puedo decirte que, por regla general, no son buenas. Conocí en cierta ocasión una que... Bueno, Annie era más perversa que cualquiera otra mujer que puedas haber conocido. Y tan hermosa y sugestiva como la que más. Todos los hombres del rancho de Allson y de sus alrededores andaban locos por ella. Cuando llegué... Bien, yo era nuevo allí, naturalmente, y algo que podría ser utilizado para incitar a los demás hombres, para provocarlos. Y durante todo el tiempo que lo hizo, no cesó de coquetear con Price. ¡Qué astuta era la tal Annie! Pero conocí muy pronto su juego. ¡Dios mío, cómo abrazaba y besaba la criatura! Y en cuanto a bailar... Baste decirte que la vi bailar con unos y con otros hasta tal punto, que al final los hombres del equipo estuvieron tan cansados que ni siquiera podían quitarse las botas...
-En tal caso, el haber abandonado aquel rancho no te habrá destrozado el corazón, ¿verdad? - preguntó Laramie.
-Ahora que lo pienso, veo que no ha sido tan doloroso para mí como suponía que habría de serlo. Pero me hubiera gustado que Allson me hubiera pagado parte del dinero que me debe. Estoy completamente arruinado.
- Una parte de mi dinero está a tu disposición... He aquí mi caballo. Comenzaba a preocuparme la idea de que se hubiera extraviado en el barranco.
Laramie se acercó a Wingfoot y arrojando mantas y silla sobre él y poniéndole la brida al cuello se dirigió hacia la parte ancha del valle en compañía de Mulhall. Los algodoneros crecían con mayor abundancia en aquel punto, y el arroyo estaba bordeado por verdes alamillos.
- Tu caballo está un poco cojo, Laramie - observó Mulhall.
- Sí. Y eso es lo que te ha impedido lucir una nueva corbata de cáñamo. Pero ya no está tan cojo como antes; una noche de descanso le pondrá nuevamente en condiciones de volver a emprender la marcha.
- Viajas con prisa, según veo-añadió «Solitario». -Con prisa y con hambre.
-¿No tienes nada de comida?
- Medio conejo y un poco de sal.
Mulhall se mostró francamente curioso, y no sin sospechas, respecto a su nuevo amigo. Sin embargo, acertó a ocultar sus sentimientos.
- Acampemos aquí-dijo al tiempo que se detenía-. Si siguiéramos esta dirección nos veríamos obligados a retroceder para continuar nuestro camino cuando llegásemos al barranco. Es probable que por estos alrededores podamos matar una pareja de conejos. ¿Adónde te diriges?
-Me limito a alejarme, «Solitario» - dijo lentamente Laramie.
- ¡Aaah! ... Te aseguro que un escalofrío me recorrió el espinazo cuando te vi salir de entre la maleza... ¡Este mundo es muy pintoresco!!... Recorriendo cuarenta millas, mañana podremos llegar a un terreno ganadero. Y al día siguiente podremos encontrarnos en Dodge.
- Me parece muy bien. Hace un par de años que no he ido a Dodge-comentó soñadoramente Laramie.
- Es una ciudad llena de actividad en estos días.
- Sí, Dodge es una ciudad más activa que Abilene o Hays... Apéate, «Solitario». Acamparemos aquí y tomaremos unos pasteles calientes, compota de manzanas, una chuleta de cordero y un poco de café con leche.
- Ove, me serías simpático aun cuando no me hubieras salvado el pescuezo - observó «Solitario» pensativamente -. Y el que yo diga que un hombre me es simpático, no deja de ser una gran distinción para él.
Encontraron una espesura en la que había un espacio cubierto de espesa hierba, donde instalaron las camas.
-Creo que deberemos intentar cazar algún animalito comestible - dijo Laramie cuando terminaron de instalar el campamento provisional.
-Iré contigo, Laramie. No conseguiría obtener casi nada en el caso de que fuera a cazar yo solo. No soy capaz de acertar con un tiro ni siquiera a una docena de graneros. Y en el caso de que encontrase alguna de las vacas de Price, la mataría en el acto...
Y, por esta causa, ambos se pusieron en movimiento juntamente y comenzaron a observar con atención. «Solitario» fue el primero en ver un conejo y, tan pronto como indicó a Laramie el lugar en que se hallaba, el conejo se retiró dando un salto. Laramie mató al animalito cuando se ponía en marcha. «Solitario» abrió la boca con asombro y, cruzando el espacio abierto, recogió el animal
- ¡Le has arrancado la parte alta de la cabeza!
- Sí; ha sido un disparo afortunado - comentó Laramie mientras miraba su revólver.
-Quiero reservarme mi opinión hasta que te vea disparar de nuevo. Pero creo que comienzo a sospechar lo mismo que seguramente sospechó Price.
-Y, ¿qué es lo que sospechas y sospechó él, «Solitario»?
-Que es imprudente intentar desenfundar un revólver en presencia de algunos hombres - contestó Mulhall con ojos brillantes y expresivos.
- Es cierto - reconoció Laramie -. He encontrado a unos cuantos con los que no me gustaría haber hecho la prueba.
-¡Hum! ¿Quiénes, por ejemplo? - preguntó «Solitario» mientras abría un cuchillo para despellejar el muerto conejo.
-Buck Duane, Wes Harking y King Fisher..., por no citar más.
-Todos tejanos. ¿No hay otros occidentales que sean rápidos para desenfundar?
-Hay muchísimos más, según dicen las hablillas de los campesinos. Kild Bill Hickok es uno de ellos, con toda seguridad. Le vi matar a cinco hombres que se habían colocado en hilera ante él... Sucedió en la ciudad de Hays.
-Ahora es el sheriff de Hays. No iremos allá... ¡Mira! ¡Otro conejo! Se ha detenido al pie de aquel algodonero... Junto a aquellos matojos... Laramie, si lo aciertas desde aquí, yo...
Laramie vio el conejo y cortó las palabras de «Solitario» al disparar rápidamente. El conejo cayó muerto sin siquiera mover una pata.
-¡Diablo! ¡Estoy disparando hoy con mucha suerte! Supongo que debe suceder porque tengo mucha hambre - dijo Laramie en el mismo tono que si dijera una cosa evidente y natural.
-¡Aaah! Sí, ya lo veo - replicó prudentemente «Solitario».
Regresaron al campamento, donde «Solitario» se entregó a la tarea de preparar los conejos para asarlos y declaró que era un cocinero campesino de primera fila. «Solitario» encendió una hoguera y la dejó consumirse hasta que se convirtió en una capa de rojos rescoldos. Luego, después de haber ensartado los conejos con unos palos limpios, los aproximó a los rescoldos y les dio vuelta sobre ellos.
Laramie lo observó disimuladamente. ¡A cuántos muchachos como él había visto entrar en la dura vida de las llanuras y salir de ella! «Solitario» tenía las cualidades precisas para que fuese estimado en las zonas ganaderas; pero carecía casi por completo de las que habrían podido garantizar su supervivencia. Era descuidado, amistoso, despreocupado, probablemente un joven arrastrado por los vientos de la vida, y quizá no más malo bajo ningún aspecto que la mayoría de los que viven al aire libre. Sin embargo, aún no había mostrado signos de afición al alcohol, la maldición de los caballistas de las llanuras. Laramie experimentó un extraño placer al pensar que le había salvado la vida y que en aquel momento se hallaba en su presencia. Los años habían convertido a Laramie en un lobo solitario. Y aquella aventura le había puesto de manifiesto la circunstancia, hasta entonces apenas considerada, de su aislamiento.
-¡Vamos a comer, Laramie! -dijo «Solitario» -. Y busca tu saquito de sal. Las cosas nos han resultado bastante bien...
-Está tostado. Tiene un color pardo - declaró Laramie en tanto que tomaba el conejo que «Solitario» le tendía y que tenía un aroma apetitoso.
Los dos hombres se sentaron en tierra, cruzaron las piernas y disfrutaron la delicia de su comida. Sin embargo, «Solitario» dio pruebas de su carácter imprevisor al devorar la totalidad de su conejo, en tanto que Laramie, contrariamente, guardaba la mitad del suyo.
Entre tanto, el crepúsculo había llegado y la arboleda de algodoneros se convertía en un lugar lleno de color y de belleza. Un estrecho arroyo murmuraba al pie de un bancal herboso; los sinsontes cantaban en la lejanía; un cuervo graznó en la altura. La hierba brillaba como si fuera de oro, y el horizonte se llenaba de los rojos reflejos del Oeste. Tranquilo, silencioso y triste, el fin de aquel día despertó en Laramie recuerdos y sentimientos que le habían oprimido el pecho en muchas ocasiones.
-Hermoso sitio para instalar un pequeño rancho - exclamó al cabo de unos momentos.
-¡Vaya si lo es! Lo estaba pensando en este mismo instante. Una manada de reses, algunos caballos buenos, mucha madera, agua, hierba y... ¡un hogar!
Laramie había tocado una cuerda sensible del corazón de su compañero. Y este sencillo acto pareció aproximarlos un poco más uno a otro, unirlos en una comunidad de anhelos, si no de algo más.
-¡Ah! Al decir: hogar, has dicho muchísimas cosas, muchacho... ¡Hogar! Eso significa una mujer..., ¡una esposa!
-Sí. Pero ni siquiera lo había pensado - replicó «Solitario» pensativamente.
-«Solitario», ¿por qué no te casas con una de esas muchachas que juras que se enamoran de ti acá o allá?
- ¡Dios mío! ¡Vaya una ideal... Es una de las cosas que jamás había proyectado - exclamó profundamente conmovido Mulhall; y su rostro, juvenil y basto, adquirió una expresión de felicidad.
-Bien, puesto que la idea se te ha presentado ahora en la imaginación, ¿qué me dices respecto a ella? - continuó Laramie.
«Solitario» arrojó a lo lejos y con violencia los huesos de su conejo; estaba seducido por ideas atrayentes, pero de imposible realización.
-¿Casarme con alguna muchacha...? ¿En esta llanura..., en esta solitaria pradera donde el viento aúlla con más fuerza que los lobos? ¿Donde ni hay mujeres, ni hay casas en que poder vivir? ¿Cuándo un pobre caballista no puede encontrar un trabajo fijo? ¿Cuando...? ¡Aaah, diablo, Laramie! ¿De qué nos serviría hablar de eso?
-No he querido presentarte las dificultades, sino exponerte solamente una idea.
-¡Aaah! Quisiera que no lo hubieras hecho. Hay unos puntos débiles y sensibles en mi corazón. Nunca supe que los había.
-¿No te agradaría tener un rinconcito donde trabajar..., unas tierras donde hasta las últimas hojas de hierba fueran tuyas..., donde cada ternera y cada becerro que naciese aumentasen tu ganadería?
-¡No hay duda! Tengo espíritu de colonizador. Casi todos los caballistas de las llanuras lo tenemos. Pero solamente algunos de nosotros consiguen librarse del imperio del alcohol, los garitos de juego, las mujeres fáciles, las cuerdas y los revólveres.
-Has dicho algo que vale la pena de ser meditado - dijo soñadoramente Laramie.
-Laramie, ¿has vencido tú a todas esas tentaciones? -Creo que..., con excepción de las armas de fuego..., he conseguido vencer todas esas tentaciones.
-Doy por sentado que eres un vagabundo, lo mismo que yo lo soy ahora.
-Es cierto. Y algo más que un viajero sin destino en estos momentos, «Solitario». Quiero salir de esta región..., ir a Colorado, o Nuevo Méjico..., quizás a Arizona...
-Laramie, si no es indiscreción..., ¿estás perseguido? -No. No hay borrones en mi página-replicó Laramie con la conclusión de un meridional.
-Me alegro muchísimo de saberlo - exclamó «Solitario» con el acento propio de quien experimenta un profundo consuelo -. Quisiera disponer del valor necesario para pedirte... ¡No, diablos! Hay muchas ocasiones en que me dejo arrastrar por los sentimientos.
-Pedirme, ¿qué, «Solitario»? - preguntó Laramie-. No tengo inconveniente en prestarte dinero, si lo deseas.
-¡Dinero, diablos! Es una oferta generosa, puesto que sabes que jamás podría pagártelo... Quería pedirte que me permitieras alejarme en tu compañía de estas llanuras de Kansas..., de estas praderas lisas..., ir a cualquier lugar en que haya una montaña...
-¿Por qué no? Si estás dispuesto a correr el riesgo de acompañarme, no tengo inconveniente en correr el riesgo de que lo hagas.
«Solitario» acertó a ahogar un grito de alegría. La luz que brilló en sus ojos en aquel instante decidió a Laramie respecto a las posibilidades de bondad que se encerraban en aquel joven.
-Pero yo no soy bueno, Laramie, no soy bueno; de ningún modo-afirmó «Solitario» -. Sé manejar un caballo, me agrada el ganado, no soy perezoso y cocino excelentemente. Pero eso es todo lo bueno que tengo.
-Y, ¿qué me dices acerca del whisky?
-Hace más de seis meses que no he tomado ni un solo sorbo, y no me importaría no volver a probarlo durante todo el resto de mi vida. Además, el juego no me atrae con fuerza, y soy muy mal tirador. Reconozco que tengo cierta debilidad por las mujeres. Pero, ¿de qué sirve todo eso a un hombre que...?
-Lo que me has dicho hasta ahora, «Solitario», constituye un conjunto de excelentes referencias... en el caso de que yo las hubiera necesitado.
-Pero ya oíste a Price acusarme de ladrón... Y es cierto... Y no era, ni mucho menos, la primera vez que robaba algo. A «Solitario», evidentemente, le parecía que era una confesión vergonzosa la que hacía con tales palabras. Sin duda, Laramie había provocado en él una especie de autorrespeto que le impulsaba a ser leal con lo mejor que en él pudiera albergarse.
-Pero los ganaderos no han empezado a contar hasta hace unos dos años las cabezas de ganado que poseen. Y no es delito el matar un novillo para poder comer - replicó Laramie.
-No se trata solamente de ganado-se apresuró a decir «Solitario» con voz ronca-. Tengo... una inclinación... a apoderarme de cualquier cosa... que no esté atada...
Laramie rió al observar las angustias de «Solitario», no al comprender el contenido de la confesión que hacía.
- Bien; en ese caso, habrá más razones para que alguien se cuide de ti - contestó.
- ¡Por todos los diablos! Te lo he dicho... y es mucho más de lo que hasta ahora había hecho -declaró Mulhall con la rectitud de un sacrificado voluntariamente -. Pero no puedo garantizarte que no vuelva a caer en el mismo vicio... Me parece definitivamente que no puedo ser un hombre bueno.
-¡Me cansas y me indignas con tus manifestaciones contradictorias! - replicó severamente Laramie-. No me hablas nada acerca de tu familia..., ocultas lo que a esas personas se refiere..., dices que quieres casarte... y tener un rancho..., un hogar... y no sé qué más .. Y, luego, a renglón seguido, intentas presentarte como un ladrón bajo y vil... No puedo creer las dos cosas al mismo tiempo.
-¿Solamente Dios sabe lo que un compañero como tú puede hacer por mí ! ... Pero ya te lo he dicho, Laramie, ya te lo he dicho.
-Es cierto. Y un muchacho tan digno de aprecio como tú, es preciso que se convierta en un buen tirador. Habrás de hacerlo si quieres que seamos compañeros. Vamos a acostarnos, «Solitario».
Mucho después de haberse intensificado la oscuridad, cuando su compañero se hubo dormido. Laramie continuaba despierto, vagamente satisfecho de sí mismo y mucho más inclinado que habitualmente a hacer esperanzadoras especulaciones sobre su porvenir.


II


Laramie
 y «Solitario» llegaron a Dodge, la ciudad ganadera y abierta del Oeste, en las últimas horas de la tarde del segundo día de viaje.
Solamente habían recorrido una parte de la ancha calle Mayor, lo suficiente para poder ver a través de las nubes de polvo que los vehículos, los caballos y las manadas de reses procedentes de Texas levantaban a su paso, la multitud de hombres que indicaban que Dodge se hallaba en días de prosperidad, cuando una voz gritó:
-¡ «Solitario» ! ¡ «Solitario» Mulhall!
El propietario de tal nombre se estiró sobre la silla, en tanto que detenía el caballo.
-Laramie, ¿has oído a alguien pronunciar mi nombre? -preguntó incrédulamente «Solitario».
-No hay duda de que lo he oído-contestó Laramie al mismo tiempo que se detenía junto a «Solitario» para mirar a uno y otro lado de la calle.
-Creí que habría sido una fantasía mía... Hay aquí alguien que me conoce, Laramie. Es tan cierto como que soy el más desgraciado de...
-¡ «Solitario»! ¡ Por amor de Dios! ... ¿Eres tú? - Estas palabras fueron pronunciadas por la misma ronca voz que anteriormente le había llamado.
Laramie consiguió localizar la procedencia de la voz.
-Vamos, «Solitario». No te alborotes... Esa casa parece una prisión... No estaba la última vez que vine a Dodge... Está creciendo mucho esta ciudad.
En el punto más cercano de la calle había una casa baja y de fuerte construcción que tenía una pequeña ventana cerrada por barrotes de hierro. Detrás de aquellos barrotes se veía un rostro pálido, la mirada de cuyos negros ojos se concentraba sobre «Solitario». Laramie no necesitó sino observar tal circunstancia para llegar a la conclusión de que el recluido tras la ventana era casi seguramente el antiguo compañero de «Solitario)), a quien éste había elogiado tan ardientemente : «Huellas» Williams.
Se acercaron ambos a la ventana, que se hallaba aproximadamente al nivel de las cabezas de los dos jinetes. «Solitario» no lanzó la ruidosa exclamación que Laramie esperaba, lo que daba fe de que la emoción del joven era más profunda de lo que podría haberse supuesto.
-   ¿No me reconoces, compañero? - dijo el hombre que se hallaba tras la reja.
¡ «Huellas» ! ... ¿Vivo?... ¡Gracias a Dios, Nuestro Señor!... ¡Creí que habrías muerto!
-Estoy casi muerto, y lo estaré por completo si no me sacas de aquí - contestó el otro con amargura.
Laramie vio un rostro blanco, delgado y hermoso, iluminado por unos ojos negros, tan negros como la noche y tan agudos como dos puñales. Unos negros mechones de cabellos despeinados caían sobre una frente lisa, y una barba delgada y suave hablaba elocuentemente de años de juventud.
-Tú, ¿encerrado? - preguntó rápidamente «Solitario».
-   Sí. Estoy encerrado con unos braceros piojosos y unos vaqueros borrachos.
-   Esto es una cárcel, ¿verdad?
-   ¿Creías que era un salón de baile?... ¿Quién es ese jinete que te acompaña?
-Es un muchacho del Handle, «Huellas» - contestó «Solitario» al mismo tiempo que se volvía en dirección a su acompañante -. Laramie, estira el brazo para estrechar la mano de mi antiguo compañero, «Huellas» Williams.
Laramie hizo lo que se le ordenaba.
-   Hola! No puedo decir que me alegro de verte mientras estés ahí metido; pero me gustaría poder decírtelo cuando estés fuera.
-   ¿Eres amigo de Mulhall? - preguntó ansiosamente el encarcelado.
Laramie se hallaba a punto de reconocerlo cuando «Solitario» exclamó con vehemencia :
-¡ «Huellas», me ha salvado la vida! Iban a colgarme... Hemos venido juntos desde Kansas.
-¡ No os vayáis sin mí! - imploró «Huellas».
-¡Hum! ¿Es que creías que seríamos capaces de hacerlo? No lo haríamos ni aunque para conseguirlo tuviéramos que borrar del mapa a Dodge.
-«Solitario», no pierdas el tiempo. Déjame hablar-dijo Laramie, quien veía a través de la ventana que algunos de los encarcelados se hallaban escuchando -. ¿Por qué te han encerrado?
-   ¡Absolutamente por nada! -declaró con enojo Williams-. No he tomado parte en ninguna refriega a tiros, no estaba borracho, no he hecho nada... Es un ultraje del sheriff. El sheriff  y sus agentes hicieron un raid para detener a unos recién llegados. Y sucedió que yo era uno de ellos, y...
-   Bien, te libertaremos de un modo o de otro - añadió Laramie.
-   Venid después del anochecer. Traed un pico o una barra de hierro. Podréis abrir un boquete en esa pared en menos de diez minutos.
-¿Cuál es la mejor hora para hacerlo?
-Cualquiera, después del anochecer. En cuanto llega la oscuridad el guardián nos abandona y se va a la taberna. Nos habríamos escapado hace mucho tiempo si hubiéramos tenido alguna herramienta.
-   Espéranos a la hora de la cena-susurró Laramie mientras recorría los alrededores con la mirada. Un instante más tarde, un hombre fuertemente armado salió de detrás de la esquina.
-¿Qué hacéis al pie de esa ventana? - preguntó.
-   ¡Buenas tardes, oficial! Pasábamos por aquí, y alguien nos pidió a gritos un cigarrillo. Iba a entregar a estos hombres un poco de tabaco - contestó Laramie al mismo tiempo que se llevaba una mano al bolsillo de la pechera, donde tenía un paquete de tabaco.
-   En ese caso, me gustaría verlo - replicó el guardián. Y Laramie entregó el paquete al recluso, mientras decía : -Toma, vaquero. Te deseo que salgas pronto de la
prisión. ¡Hasta la vista !
Laramie y «Solitario» recorrieron cierto trecho a lo largo de la calle, hasta que se hallaron a distancia tal, que no podrían ser oídos. «Solitario» dijo en voz baja:
-   Oye, Laramie, eres un muchacho lleno de recursos. Yo me estaba ya preparando para disparar contra el guardián.
-Piénsalo dos veces antes de hacer algo mientras estés conmigo-replicó enérgicamente Laramie -. Es preciso que meditemos juntos. Necesitaremos otro caballo, silla, bridas y lo demás... Comida, agua... Tendremos que salir de aquí a toda prisa. También necesitamos algo que nos sirva para abrir un boquete en la pared.
Antes de llegar a la sección más activa de Dodge, las informaciones que obtuvieron los condujeron hacia una calle secundaria en la que había una cuadra y un encerradero para jinetes forasteros. Los regateos conducentes a la adquisición de un caballo y su equipo fueron cuestión de pocos minutos. En tanto que Laramie pagaba lo adquirido y daba pienso a los caballos, «Solitario» dio un paseo por la población. Y cuando regresó, al observar el alegre guiño que le dirigía, Laramie comprendió que había descubierto algo interesante o útil.
-Deja los caballos en el corral; saldremos a toda prisa antes del amanecer-dijo Laramie.
-   ¿No vais a divertiros esta noche en la ciudad? - preguntó el mozo de cuadra dirigiéndoles una mirada picaresca.
-¡Claro que sí! Pero eso podremos hacerlo esta misma noche... Vamos, compañero, vamos en busca de comida para nosotros.
Se dirigieron a la calle principal. Ambos caminaban arrastrando los pies y haciendo que sus espuelas sonasen de modo vibrante, como suelen hacer los jinetes que no están habituados a andar a pie.
-   ¿Dónde podremos encontrar una ferretería? - preguntó Laramie.
-No hay necesidad de que la encontremos. He visto un cobertizo abierto donde hay varias herramientas. Nos apropiaremos de las que necesitemos-contestó «Solitario».
-«Solitario»: esa costumbre que tienes de apoderarte de lo que necesitas me molesta - declaró Laramie sonriendo.
-No es costumbre, es enfermedad.
-Bueno, sea lo que sea, debemos ponerle fin. Aquel vaquero que llegó anoche al campamento... No hay, duda de que era una persona decente. Y no vacilaste en quitarle la petaca.
-   No se la robé.
-¡Maldito seas! Eso es lo que dijo. En el caso de que tengamos la suerte de hallarnos alguna vez en compañía de personas respetables, estoy seguro de que tú nos deshonrarás.
-   No tengas ningún temor, entonces... ¡Diablos! El polvo no deja ver la ciudad. ¡Qué ciudad más activa es
este Dodge! No es extraño que «Huellas» haya venido a parar aquí.
-Vamos a comprar un saco de lona para guardar comida y un par de botellas de agua - dijo Laramie.
Y ambos entraron en un almacén, donde hicieron más adquisiciones que las que Laramie concertó. Evidentemente, el hallarse en una ciudad grande había trastornado a «Solitario». Era la hora del anochecer cuando llegaron nuevamente a la caballeriza con las compras efectuadas. El encargado de la cuadra la había cerrado ya. En tanto que Laramie llenaba las botellas, «Solitario» fue en busca de herramientas. Regresó al cabo de muy pocos momentos.
-He conseguido un pico y una palanca de hierro - anunció triunfalmente -. No hay duda de que podremos agujerear la pared de la cárcel en un abrir y cerrar de ojos.
-Esconde esos chismes al pie de la cerca del corral. Tengo esperanzas de que este lío en que nos hemos metido no termine por hacernos ir a dar con nuestros huesos en la cárcel.
-Ahora que he encontrado a «Huellas», quiero estar a su lado, lo mismo en la cárcel que fuera de ella.
-Bien, lo comprendo - replicó Laramie secamente -; pero si te es lo mismo una cosa que otra, nos quedaremos fuera.
Volvieron a la calle principal y se aproximaron al centro comercial de la gran ciudad. Los jinetes y los carros discurrían por doquier. «Solitario» habría deseado continuar paseando sin interrupción; pero Laramie lo arrastró al interior de un restaurante. Solamente había un corto número de clientes en el establecimiento, lo que resultó afortunado para los dos amigos, puesto que cuando les servían la cena el lugar se había llenado de una concurrencia ruidosa compuesta de guías de vehículos, vaqueros, conductores de manadas y agricultores, además de unos individuos respecto a los cuales Laramie comenzó instantáneamente a abrigar dudas. Todos hablaban en voz fuerte, las conversaciones estaban salpicadas de carcajadas; generalmente, todas ellas se relacionaban con movimientos y ventas de ganado y con la animación de Dodge.
Laramie se vio precisado a hacer un esfuerzo para arrancar a «Solitario» de la casa de comidas. La noche había llegado, y la calle principal ya no estaba sumida en la oscuridad. No circulaban de un lado para otro tantos transeúntes como anteriormente. Pero las tabernas, los salones de baile y los garitos de juego se llenaban de tumulto y ruido.
-Dodge es una ciudad un poco más pacífica que antaño - comentó Laramie.
-Pero es suficientemente alborotada para mí - declaró
«Solitario» al mismo tiempo que se detenía ante la abierta puerta de uno de los palacios de la iniquidad-. ¡Diablos! Sería conveniente que nos detuviéramos por más tiempo en este pueblo... Mira esos caballeros de rostros pálidos y trajes negros. No podrían esquilmamos a nosotros... Y mira...
-¡Entra, demonio de novato ! - le interrumpió Laramie al mismo tiempo que lo empujaba hacia el interior.
-¡Novato! ¿Yo?... Oye... Es una broma.
«Solitario» hizo un gesto de regocijo. Entraron en un
salón brillantemente iluminado en que sonaban los acordes de la música. Una mujer joven, con el cuello y los
brazos desnudos, de rostro lindo y con ojos de halcón, llamó alegremente a «Solitario».
-; Hola, galán !
El mugido de un buey no habría podido hacer que «Solitario» se detuviese más rápido. Hubo un dejo de galantería en el modo con que se quitó el sombrero.
-;Hola! ¿Dónde diablos te he visto antes de ahora?
- preguntó.
-En el barco que va de Kansas a Nueva Orleáns. Ven a bailar.
Laramie observó el impulso del joven y decidió sujetarle.
-Lo siento mucho... Tengo... tengo que hacer un trabajo urgente - tartamudeó «Solitario».
Oye, ¿quién es ese compañero tuyo que va tan armado? - preguntó la muchacha al mismo tiempo que se recostaba en el marco de la puerta y clavaba sus ojos de halcón en Laramie -. Lo he visto no sé dónde...
-Soy su papá, y mi hijito es un niño malo-dijo lentamente Laramie.
Ella lanzó una carcajada exenta de alegría.
-Creí que su madre no sabría que había salido. «Solitario» se soltó de Laramie y salió al exterior por medio de un salto.
-¡Muchacha ingeniosa y hábil! Jamás he montado en ningún barco que vaya a Nueva Orleáns.
-Supongo que no conoces las mujeres de su clase, «Solitario.). Serías en esta ciudad como un cordero rodeada de lobos. Vamos a sacar a Williams de su encierro; y luego, emprenderemos la marcha.
En tanto que abandonaban la iluminada calle para entrar en otras más oscuras. Laramie decidió que lo mejor que podrían hacer sería ensillar los caballos y llevarlos hasta una arboleda de algodoneros que se hallaba donde terminaba la ciudad, y volver después con las herramientas a donde Williams se hallaba encerrado. Todo estaba oscuro , y tranquilo en las cercanías de la cuadra. «Solitario» y Laramie ensillaron los caballos con rapidez. Después salieron. Laramie conducía los caballos y «Solitario» lo seguía cargado con las herramientas. Avanzaron cautelosamente y sin salir de las calles secundarias, una de las cuales desembocaba en el campo abierto.
Laramie se detuvo.
-«Solitario», este camino conduce al Este. Y necesitamos ir al Oeste.
-Es cierto. Lo que hemos de hacer es volver a cruzar esta maldita ciudad de Dodge - aseguró «Solitario».
-No hay duda. Y me parece bien. Lo malo sería que nos sorprendieran cuando estuviéramos abriendo el boquete en la prisión. Bueno, volvamos atrás hasta llegar a la carretera principal, y busquemos otro grupo de algodoneras.
Lo encontraron muy pronto, y los caballos fueron atados. Los dos compañeros regresaron a la ciudad. «Solitario estaba excitado; resultaba difícil contenerlo y forzarlo a mantenerse tranquilo. Afortunadamente, no había ni una sola luz en las casas que hubieron de pasar para llegar a la prisión. La oscuridad era completa. Laramie había olvidado que la ventana estaba situada a cierta altura sobre el suelo. Después de mirar a través de la oscuridad, de volver la cabeza, en varias direcciones para vigilar y de haber escuchado durante unos momentos. Laramie elevó a «Solitario» hasta el nivel de la ventana. Los recluidos no estaban silenciosos; pero el murmullo, imperativo y sibilante, de «Solitario» los hizo enmudecer.
-Perfectamente, compañero. La costa está despejada. ¿Traéis herramientas?-Un pico y una palanca.
-Danos la palanca. Vigila en el exterior. Da un golpe en la pared en el caso de que veas que se acerca alguien.
Laramie tuvo que bajar a «Solitario» para que pudiera recoger la palanca, y lo elevó después. La herramienta fue fácil de pasar a través de la reja, pero no sucedió lo mismo con el pico. Unos golpes sonoros retumbaron sordamente en el interior del edificio. Los ruidos fueron muy pronto ahogados por unas canciones vaqueras sonoramente entonadas. Williams había aleccionado a sus cómplices. Laramie no podría haber oído ruido de pasos en el caso de que alguien se acercase. El resultado de la tarea era una cuestión de suerte. Repentinamente, la punta de la palanca apareció en la parte exterior del muro. «Solitario» comenzó a ensanchar el agujero con el pico y el orificio se convirtió en menos de dos minutos en un boquete tan grande como la boca de un barril.
-¡Salid, pájaros enjaulados! - dijo Laramie en voz baja. En el caso de que alguien los descubriera, una batalla a tiro limpio se impondría necesariamente.
Una forma oscura se arrastró y se enderezó inmediatamente. Laramie reconoció el rostro pálido y la negra cabeza de Williams. Un instante más tarde, «Solitario» estaba abrazado estrechamente a su amigo.
-   Compañero!... ¡Dios mío!... ¡ Cuánto me alegro !
-   ¡Querido «Solitario»! ¡Y pensar que habrías de ser tú quien me librase de este encierro!...
Otras formas se arrastraron a través del orificio como ratas que se librasen de un cepo roto. Laramie se detuvo mientras «Solitario» caminaba rápidamente con Williams calle abajo. Nueve hombres salieron de la prisión, todos los cuales, con excepción del último, se perdieron en la oscuridad., El hombre que quedó atrás era de fuerte constitución, tenía una barba y una cabellera espesas. Se inclinó ante Laramie y le miró con ojos de alegría.
-Nunca olvido los favores que me hacen. ¿Quién eres, desconocido? - preguntó roncamente.
-Me llamo Laramie.
-Yo me llamo Steve Elkins.
Y se estrecharon las manos.
-¿Queda alguien dentro?
-¡Sí, diablos! Unos borrachos y unos hombres que están dormidos. No intentes despertarlos, porque sería peligroso. El nuevo sheriff de Dodge hace todo demasiado a la ligera.
Laramie se perdió entre las sombras e inmediatamente echó a correr. Al cabo de poco tiempo pudo ver dos siluetas en el centro de la carretera.
-¿Eres tú, Laramie?
-   Sí. Todos sanos y salvos - respondió Laramie con fatiga.
Te presento a mi compañero, Ted Williams.. «Huellas», éste es mi nuevo amigo. Se llama Laramie. ¡La sal de la tierra ! Y, ¡por todos los diablos ! , ahora soy un hombre feliz y reformado.
Terminada la ceremonia, los tres recorrieron presurosamente un trecho de la carretera hasta llegar a la arboleda de algodoneros en que habían dejado los caballos.
-   «Solitario», he cambiado de modo de pensar respecto a que crucemos la ciudad - dijo Laramie -. Daremos vuelta a su alrededor hasta que encontremos la carretera que lleva al Oeste.
-¡ Maldición ! Me habría agradado volver a ver a la muchacha que me llamó «galán» - dijo dolido «Solitario»
Montaron los caballos y comenzaron a caminar hasta llegar a una zona iluminada por la luz de las estrellas, donde los tres se detuvieron instintivamente. Un camino nuevo se abría ante ellos... Un camino nuevo y una vida nueva para los tres. Laramie oyó un sollozo de «Solitario». Pero fue Williams quien rasgó el doloroso silencio.
-Dos, es compañía. Tres, es un grupo... ¿No sería preferible que me separase de vosotros?
-   No, por lo que a mí se refiere - contestó Laramie.
-   Ted, me mataría si te perdiera ahora... y a Laramie... ¿Cómo podría separarme nunca de vosotros? - exclamó dolorosamente «Solitario».
-Me parece que tres hombres pueden constituir una combinación tan buena como dos - añadió Laramie.
-Gracias por haber dejado la decisión en mis manos - dijo Williams con voz velada por la emoción -. Seguiremos juntos... ¡Los tres para uno, y cada uno para los tres!
Meses más tarde un ranchera del Platte que deseaba conservar a su lado a Williams y Laramie, pero deshacerse de «Solitario», los llamó Los Tres Jinetes de las Llanuras. Y esta denominación, aumentada por las hablillas de los ranchos, corrió de campo en campo, de llanura en llanura. La fama de Laramie como tirador, la de Williams como seguidor de huellas, la irresistible atracción de «Solitario» y su debilidad por las mujeres, los precedió casi constantemente y sirvió en muchas ocasiones para identificarlos. El ganado abundaba en la inmensa área de Kansas occidental, donde, en consecuencia, era muy fácil encontrar trabajo. El conservarlo era una ocasión por completo distinta. Las desazones y los obstáculos se alzaban siempre ante los tres caballistas. Cuando no sucedía una cosa, sucedía otra. Si algún ganadero deseaba contratar a alguna de ellos, había de contratar a los tres. Si quería despedir a uno, había de despedir a los tres. Fueron de campo en campo, como vagabundos, de llanura en llanura; y tan pronto trabajaron en este rancho como en aquél. En el rancho Diamond Bar, de Tellson, un vaquero envidioso e iracundo hizo esta observación :
- ¡Esos tres caballistas del diablo nunca gastan ni un solo dólar!
Y esto era casi cierta; y Laramie era el genio que lo había conseguido. Laramie ató a sus dos compañeras con el juramento de que ambos le entregarían todas sus ganancias para que las guardase. «Solitario» y «Huellas» cumplieron la promesa, aunque no sin quejas y lamentaciones. Laramie se mostraba inexorable. Los tres iban vestidos con ropas, tan desgarradas, que semejaban los espantapájaros de los campos orientales de Kansas; y los tres hacían que una bolsita de tabaco les durase muchísimo tiempo. ¡Nada de bebidas ! ¡Nada de caramelos ! ¡Nada de guantes nuevos o atavíos de otra clase! Laramie se hallaba obsesionado por una gran idea, y era implacable en su deseo de ponerla en práctica. Cuando los tres hubieran ganado el dinero suficiente, buscarían una llanura solitaria y fértil en Colorado o Nuevo Méjico, comprarían ganado y comenzarían a trabajar como rancheros por cuenta propia. Y los tres tenían el alma y el corazón puestos
en esta esperanza; pero era Laramie quien podría hacer ole se realizase.
En la pequeña ciudad de Pecord, en la cual se presentaron cierto caluroso día de verano, se detuvieron el tiempo preciso para tomar una comida que les era muy necesaria y que se había retrasado más de lo debido. «Huellas» suplicó que se le permitiera tomar un helado de nata, y «Solitario» imploró que se le concediera una tarta de manzana. Pero Laramie no se rindió.
-¡Podéis moriros de ganas de tomar golosinas, granujas! - declaró desdeñosamente el jefe del grupo -. ¿Me habéis visto llorar por un plato de jalea de zarza, aunque sea una cosa que me gusta más que mi propia vida?
«Huellas» frenó sus anhelos; pero cuando, de nuevo en la carretera, «Solitario» sacó del interior de la camisa un trozo de pastel de manzana tristemente machacado, no pudo menos de estallar:
-¿De dónde demonios has sacado ese pastel? -¡Hum! ¡Yum, yum! - Ésta fue la respuesta que obtuvo del voraz caballista.
-¡Eres un sapo de patas torcidas! -gritó Laramie cuando vio el pastel -. ¡ Lo has robado!
-   ¡Dame un poquito, tragón! le rogó «Huellas».
Pero todas las súplicas fueron inútiles. «Solitario» se engulló todo el pastel, y hasta llegó a recoger las migas que le habían caído en los dobleces del pantalón para comérselas también.
-   «Huellas», ha robado ese pastel - declaró Laramie con voz tremebunda -. Tan seguro como que ahora estamos vivos, «Solitario» será la causa de nuestra perdición.
-   ¡Démosle una buena paliza para que escarmiente! -propuso «Huellas».
Y llegaron al cabo de poco tiempo al rancho inmediato, donde trabajaron por espacio de tres semanas y se regocijaron creyendo que su suerte había cambiado, al fin. ¡No sucedió así! Aun cuando las Grandes Llanuras fueran muy extensas, solamente constituían un pequeño mundo. ¿Quién había de llegar allí como conductor de una manada de novillos sino el propio Herb Price, a doscientas millas de distancia del punto en que se propuso ahorcar a «Solitario»? Laramie se mostró dispuesto a desafiar a Price y afirmó que tenía seguridad de que nuevamente le obligaría a huir. Pero «Solitario» no estuvo conforme con el proyecto.
-Cojamos los caballos, compañeros. ¡ En marcha ! - dijo.
Y sin decir ni una sola palabra de despedida al cariñoso
ranchero y sin cobrar los sueldos que se les debían, se alejaron entre la melancolía de la noche otoñal.
Se dirigieran hacia el Oeste, y cuando el invierno se acercó accedieron a aceptar una pobre paga de un conductor de manadas que se dirigía a Texas con el fin de recoger un nueva conjunto de reses. Viajaron hasta el Pecos y Braseda y hasta la zona abismal en que se formaban las manadas. Perdieron aquella ocupación y hallaron otra mejor, en la que acompañaron a ganaderías que eran conducidas por vaqueros, y tomaron el camino del Norte a la llegada de la primavera. El viaje a través del camino de Chisholm fue muy duro, y cuando llegaron a Abilene componían un terceto desharrapado, puesto que continuaban sacrificándose por la realización del querido sueño. Y sus ahorros habían llegado a alcanzar un volumen casi increíble.
Cierta noche, los tres amigos acamparon en las proximidades de Abilene, a orillas del río, donde se unieron a varios vaqueros que regresaban a sus casas. Todos eran unos compañeros joviales. Aquella noche, a pesar del hecho de que Laramie durmió sobre su preciada cartera, la cartera le fue robada. A la mañana siguiente, los vaqueros habían desaparecido. Pero ni ellos ni nadie podría esquivar la persecución de un descubridor de huellas como Williams. Lo mismo que un sabueso siguiendo el recorrido de una pieza de caza, los siguió hasta la ciudad de Hays. Laramie los arrinconó en un garita de juego, mató al jefe de la pandilla, hirió a su segundo y detuvo al tercero, quien confesó y juró que el dinero había sido jugado y perdido.
El golpe resultó terrible para los tres amigos. Los dejó amilanados. «Solitario» se emborrachó y Williams armó una camorra. Laramie, excesivamente desanimado para volver a comenzar de nuevo, se entregó también al alcohol. Sin embargo, cuando la bebida comenzó a obrar sobre él, arrancó a sus amigos de la taberna y emprendió nuevamente el largo camino.

Las vicisitudes que son comunes a los caballistas de las llanuras los acosaron par espacio de un año, al final del cual se encontraron tan arruinados como siempre. Todo lo que ellos no sufrieran de la vida en las llanuras, fue lo que carecía de importancia. Su suerte los llevó a desempeñar los trabajos más bajos y más duros de cuantos se practican en los terrenos ganaderos. Los mendigos no pueden escoger. Laramie recobró su espíritu y se mostró más inexorable que nunca, puesto que apreció que tanto «Solitario» como «Huellas» declinaban hacia medios de vida más fáciles y más amplios. Los dos habían llegado a ser algo más que hermanos suyos. Laramie combatió sus inclinaciones por medio de sutiles insinuaciones o de amenazas efectivas. Pero la frontera estaba cambiando las sangrientas guerras indias y la matanza de búfalos en masa de unos años antes por un régimen de cría de ganados en el que se desarrollaba el robo. La vida se hizo más difícil para los jóvenes, pues no solamente aumentó el peligro contra la existencia, sino también el peligro de la ruina moral. El jugador, las mujerzuelas, los cuatreros, los buscadores de nombradía, así como los verdaderos pistoleros, siguieron el advenimiento del reino del ganado.
Laramie hubo de esforzarse por salvar a sus fogosos compañeros del camino que otros muchos jóvenes seguían. Y lo peor de todo fue que comprobó que una o dos contrariedades más serían suficientes para destrozar sus quebrantadas esperanzas. Sería preciso que sucediera algo extraordinario muy pronto, o se vería precisado a abandonar la misión que se había impuesto, lo que representaría el fin de «Huellas» y «Solitario». Laramie oraba porque se produjera un milagro.
Cierto día de primavera en que se hallaban dominados por el desaliento, los tres inseparables compañeros llegaron a una ciudad crecientemente próspera. Laramie no la conocía, ni sabía que se hallaba próxima a la vía del ferrocarril. Tanto «Solitario» como «Huellas» se desanimaron cuando la vieron.
-Tengo miedo a las pistolas - dijo Williams, que cada día parecía más, ausente.
-Tengo miedo a las mujeres - añadió «Solitario».
-Bien; he hecho todo lo que he podido por vosotros - replicó Laramie con amarga decisión -. Si no os animáis y vais conmigo, antes, de que haya transcurrido media hora estaré borracho.
La amenaza los persuadió. La idea de que Laramie se emborrachase era insoportable para ellos.
-«Huellas», tenemos que continuar siempre a su lado - afirmó «Solitario».,
-Somos una pareja de despreciables desagradecidos - añadió «Huellas» con remordimiento -. Pero, Laramie, viejo amigo, no se trata de que no te apreciemos y de que queramos abandonarte. Lo que sucede es que estamos desalentados, hambrientos, desharrapados y enfermos. Somos partidarios de detener una diligencia para atracar a los viajeros.
-Bueno; probemos una vez más -les suplicó Laramie por centésima vez en el transcurso de pocos días.
Los tres se encaminaron a la ciudad, y dejaron los caballos en una cuadra.
-Pero, ¿qué población es ésta? - preguntó Laramie al muchacho que se hizo cargo de los caballos.
-Carden City.
Laramie se volvió hacia sus compañeros.
-Es una ciudad. nueva para nosotros. Aquí cambiará nuestra suerte.
¡Aaah! ¿Qué te propones hacer? -preguntó el malhumorado «Solitario».
-Somos tres golfos - declaró desesperanzado «Huellas» -. Nos tomarán por cuatreros en fuga.
-Vamos a comer. Me queda un poco de dinero. Luego tendremos más ánimos para intentar hacer algo.
-¡Eres un fenómeno! - exclamó con animación «Solitario».
-Es un mago - declaró «Huellas» -. ¿Cuántas veces le ha quedado un peco de dinero?
Con la perspectiva de una abundante comida, los tres descorazonados compañeros se regocijaron y olvidaron sus desgarradas ropas y sus botas destrozadas. Laramie no quiso entrar en la primera casa de comidas que hallaron ni en la segunda, aun cuando los otros le arrastraban materialmente.
-No es suficientemente buena para nosotros - afirmaba.
Diablos ! ¡Y hasta es posible que ni siquiera quieran admitimos en ella ! - replicaba «Solitario».
Era la hora meridiana. No había muchos transeúntes en la ancha calle, aun cuando en los bordes de las aceras se encontraban detenidos muchos vehículos y caballos. Laramie continuó caminando hasta que llegaron ante un hotel presuntuoso; y se hallaba cruzando el vestíbulo, seguido

de sus reacios compañeros, cuando fue detenido repentinamente por un hombre.
-   ¡Cuidado, pato solitario ! - le dijo Williams, que marchaba cerca de él.
Pero el occidental, que llevaba un ancho sombrero de alas enormes, lanzó un grito de júbilo.
-   ¡Laramie!... Por amor de Dios... ¿De dónde sales?
Laramie reconoció instantáneamente aquel rostro delgado, arrugado, tostado, en que brillaban dos ojos grises.
-Buffalo Jones..., o soy más tonto que una lechuza. Me alegro mucho de encontrarlo aquí.
El recio apretón de sus manos habló elocuentemente de un período del pasado en que el alma de los hombres había sido puesta a prueba.
-Estás algo más viejo, Laramie, algo más delgado y un poco cambiado; pero yo no habría reconocido con tanta seguridad como a ti ni siquiera a «Caballo Negro» en el caso de que se hubiera presentado ante mí - dijo Jones con cordialidad.
-Usted no ha cambiado absolutamente nada, Buff - afirmó Laramie.
-Estoy tieso como un espárrago... Tienes el mismo aspecto que tenías después de aquella campaña comanche que hicimos... Oye, ahora que me fijo en ti, estás hecho una verdadero espantajo... Y tus amigos están casi lo mismo que tú... ¿Qué habéis estado cazando? ¿Gatos salvajes en un campo de zarzales?
-Nada de eso, ladrones de caballos en el lecho del río - contestó Laramie mintiendo descaradamente -. Amigos, os presento al coronel Buffalo Jones. Me habéis oído hablar de él con mucha frecuencia.. , Buff, le presento a mis compañeros Mulhall y Williams.
El saludo del coronel expresó el aprecio que experimentaba por Laramie y la estima en que tenían al vaquero sus antiguos amigos. Luego Dones se volvió hacia un hombre pálido y más bien guapo, con quien se hallaba hablando antes de la interrupción y que se había retirado unos pasos.
-Lindsay, quiero que conozca usted a estos muchachos - dijo Jones al mismo tiempo que tiraba de él en dirección a los vaqueros -. Éste es Laramie Nelson. Estuvo a mi lado cuando realicé la campaña contra el vicio «Caballo Negro», el jefe comanche. Anoche me oyó usted cuando refería la historia a sus hijas. Laramie era solamente un niño en aquellos tiempos.
Laramie respondió rápidamente al interés y a la alegría del oriental. Luego presentó a «Solitario» y «Huellas». Debe decirse en favor suyo que los tres jóvenes cesaron muy pronto de hallarse cohibidos y avergonzados. A Laramie no le preocupó ya el desharrapamiento de ninguno. Precisamente constituía una recomendación. El encuentro era mi buen augurio para su porvenir.
-Laramie, te interesará saber que el señor Lindsay es de Ohio - continuó Dones -. Ha venido al Oeste por razones de salud. Ha venido con su esposa, sus tres hijas y un hijo. ¿No es una cosa admirable? El Oeste necesita linaje del Este, gentes de buena sangre y con espíritu colonizador.
-   Me alegro muchísimo de poder darle la bienvenida - dijo cálidamente Laramie. Y «Huellas» y «Solitario» repitieron su afirmación.
-Laramie, tú conoces esta región como si fuera un libro. Lindsay ha comprado un rancho y una gran manada de reses en Colorado, a mucha altura en las llanuras. Lester Allen le vendió todo el ganado que poseía. Esta venta ha despertado mi interés. ¿Conoces tú a Allen, Laramie?
Laramie apenas pudo relacionar el nombre de Allen con el del propietario del rancho de las Cumbres Españolas, y así lo dijo.
-   Lindsay, es usted un hombre afortunado - declaró Dones con vehemencia -. Es usted un oriental, un «novato» en estas regiones, si me permite expresarme de esta manera, y ha comprado un rancho desconocido a un hombre desconocido sin haber visto a ninguno de los dos. Es una transacción verdaderamente excepcional. Es necesario que tenga a su lado a un hombre en quien pueda confiar por completo. Aquí está el hombre : es Laramie Nelson. Yo lo afirmo, y estoy dispuesto a garantizarle bajo todos los aspectos. Conoce el Oeste desde Texas para arriba, conoce el ganado y, lo que es más importante, conoce a los ganaderos y sus procedimientos, tanto a los honrados como a los deshonestos. Finalmente, he visto a pocos hombres que pudieran manejar un revólver con la precisión con que él lo hacía... aún hace varios años.
-Señor Nelson, mi amigo lo ha elogiado de una manera tan sincera, que me agradaría llevarle conmigo para
que me ayudara en mis trabajos, aun cuando no lo necesitara. Pero verdaderamente lo necesito - dijo satisfecho Lindsay -. Mi familia y yo estamos «en la higuera», por decirlo de un modo expresivo. ¿Me sería posible persuadirle de que venga con nosotros para ayudarnos en el desenvolvimiento del rancho de las Cumbres Españolas?
-Muchas gracias. Me agradará que hablemos de esa cuestión - contestó Laramie; y se mordió la lengua para abstenerse de decir que lo ansiaba, e hizo cuanto le fue posible por no comenzar a golpear con entusiasmo a «Solitario» y a «Huellas», que se hallaban a su lado, petrificados por la sorpresa, boquiabiertos y con ojos llenos de desconcierto-. Estamos ahora un poco agotados y necesitamos un descanso... Pero podría aceptar su proposición, siempre que, naturalmente, me fuera posible llevar conmigo a mis compañeros, Mulhall y Williams. No quiero exagerar sus buenas cualidades y sus aptitudes; pero puedo afirmar que jamás vi un hombre tan hábil como Mulhall para manejar el caballo y la cuerda de enlazar, ni un seguidor de pistas tan perfecto como Williams.
-No hay duda de que me agradaría que fueran con nosotros-replicó rápidamente Lindsay. Luego se volvió hacia Jones -. Mi esposa me está esperando. ¿Me permitirá usted que vaya a buscarla y que volvamos a vemos... dentro de una hora, por ejemplo?
-Aquí estaremos, Lindsay. Entre tanto, intentaré terminar de convencer a Laramie para que llegue a un acuerdo con usted - respondió Jones.
Y Lindsay se inclinó cortésmente y salió para unirse a dos señoras que le esperaban. Laramie se desconcertó al ver que la más joven de las dos señoras clavaba una mirada interesada en él. Mientras daba vuelta, pudo ver que «Solitario» parecía salir de una profunda abstracción y le miraba con rostro radiante. Aquel rostro feo, sucio, cubierto de barba, brillaba a veces con una especie de belleza. Y así sucedió en aquel momento.
-¡ Dios mío, «Huellas»! ¿Has visto lo que yo he visto? - murmuró «Solitario».
-No. ¿Qué fue?
-Una mujer... Una jovencita... que estaba ahí... Tenía los ojos más maravillosos... Pero, ¡se ha ido! -terminó trágicamente.
-Y tú estás «ido» -replicó «Huellas».
Laramie oyó todo esto en tanto que Jones le formulaba nuevas preguntas.
-Muchachos, entrad en el comedor y pedid que os sirvan de comer. Yo iré en seguida.
Y cuando ambos hubieron entrado, Laramie se volvió hacia Jones.
-No, no conozco a Lester Allen ; pero si Luke Arlidge es su capataz, no hay duda de que «hay gato encerrado».
Buffalo Jones golpeó con un puño cerrado sobre la abierta palma de la otra mano, y sus ojos de águila relampaguearon del mismo modo que Laramie había visto muchos años antes.
-Laramie, esa operación de venta tiene un carácter un poco raro-dijo con energía -. Todo ha sido convenido..., se ha pagado el dinero..., se han firmado los papeles... antes de que yo encontrara a este comprador de Ohio. Y Allen se había marchado ya. Allen no es muy conocido aquí. Nadie se atreve a hablar bien ni mal de él. Y esto es sospechoso. Si tú sabes que Luke Arlidge es un truhán...
-Lo sé con toda seguridad - afirmó Laramie al ver que el coronel dudaba.
-Entonces... ha sido engañado otro oriental confiado. ¡Es una vergüenza ! Un hombre tan bueno... y de tan buena familia... ¿Quieres que te dé un consejo?
-Dígamelo, viejo amigo, y tenga seguridad de que lo seguiré.
-Se ha presentado la mejor ocasión de tu vida para ayudar a una familia digna y obtener....
-Eso es suficiente para mí. No me importa lo que pueda o no pueda obtener. Pero, Jones, es mentira lo que dije. Estamos completamente arruinados. Hace varias semanas que no trabajamos. No tenemos ningún trabajo a la vista. Y no nos será posible unimos al equipo de Lindsay cuando vamos medio desnudos...
-Yo arreglaré esa cuestión, Laramie - replicó el coronel-. Lindsay tiene mucho dinero. Conseguiré un anticipo para vosotros... No. Será preferible que se os haga un préstamo de dinero. Yo os lo haré. Pero no os deis mucha prisa a poneros elegantes y guapos. Dejad que ese equipo de hombres del Este os vea vestidos con los legítimos harapos del Oeste bravío. ¿Comprendes? Ahora vete a comer. Vuelve a buscarme dentro de media hora.


III

La
 familia Lindsay, recién llegada de Ohio, se hallaba en el salón del piso alto del Hotel Elk de Garden City, Kansas. Había llegado aquella misma mañana, y en aquellos momentos, intensamente interesada, aunque aturdida, contemplaba aquella región nueva para ella, con diversos y distintos sentimientos.
Era un día crudo de principios de primavera; anchas nubes de polvo se elevaban de la ancha calle, y en la lejanía giraban industriosamente las aspas de los molinos de viento. Evidentemente, las mañanas de los sábados constituían horas importantes para tal comunidad. Viejos carros, con los arcos cubiertos de lona y cargados con toda clase de productos de la huerta, pasaban ruidosamente al pie de las ventanas. Vehículos de asientos altos y cuatro ruedas corrían arrastrados por veloces caballos en dirección al centro de la ciudad, que se hallaba a unas cuatro manzanas de casas de distancia en dirección al Oeste. Un manada de ganado recorrió la calle guiada por caballistas de grandes sombreros y de extrañas vestimentas. Los hombres se reunían en grupos ante todas las esquinas visibles. No transitaban mujeres.
John Lindsay, cabeza de la familia, hombre de alrededor de cincuenta años, con la cabeza canosa y de hermosa presencia, no siendo por la extremada palidez de su rostro, delatora de alguna dolencia tuberculosa, estaba de espaldas a la ventana y observaba a sus hijos, y principalmente a su esposa, con ojos tristes y casi desaprobatorios.
-Es demasiado tarde. Me he comprometido a cerrar el trato con ese ganadero, Allen. Y ya no me sería posible anular el compromiso aunque lo desease.
Los ojos enrojecidos de su esposa estaban velados por una expresión de tristeza.
-Upper Sandusky era lo bastante bueno para mí - dijo Neale, el muchacho de dieciocho años hijo de los Lindsay, vanidoso y afectado, a quien las tres hermanas dirigieron miradas desaprobatorias.
Harriet, la mayor de las tres, pensaba en los enojosos incidentes que ya habían tenido que sufrir por culpa de aquel hermano mimado.
Neale, tú apenas eras suficientemente bueno para Upper Sandusky - replicó secamente el padre -. Es probable que este crudo Oeste mejore tu condición.
-Mejorar la condición de Neale es cosa que no puede conseguirse - declaró Lenta, la menor de las mujeres, que tenía dieciséis años. Era esbelta, tenía el cabello de un color castaño rojizo y ojos azules de niño inocente que nada podían ocultar:
-¡Hum! ¡Cállate! Pero sabes que es posible mejorar muchísimo la tuya - replicó Neale al mismo tiempo que recogía el sombrero y se levantaba.
-¡No te vayas, querido ! - le suplicó la madre con palabras y miradas que denunciaron su debilidad -. Estamos celebrando un consejo...
-Lo que yo crea o diga no va a servir para nada en lo que se refiere a esta gente de los Lindsay - gruñó, al mismo tiempo que salía.
-Mamá, es preciso que ceses de mimar a Neale - dijo con energía el esposo-. Ahora, estamos en el Oeste. Comienza desde este mismo instante. Es preciso que acepte su merecido.
- Sí, pero... ¡esos hombres de aspecto tan tosco...!
- Es cierto. Los hombres que de ahora en adelante encontremos serán toscos y groseros; y el Oeste será duro para nosotros - continuó Lindsay -. Dejadme, por una sola vez y para siempre, que diga lo que quiero deciros, que os exponga mi opinión. Os supliqué que os quedaseis en nuestra casa de Upper Sandusky; pero ninguno de vosotros, con excepción de Neale, quiso atender mi ruego. Los doctores disiparon todas las esperanzas respecto a mi salud; pero esas esperanzas se fortalecían en el caso de que viniera a vivir en una región seca. Quise venir solo. No era una cosa que debiera decidirse inmediatamente, puesto que disponíais de tiempo suficiente para tomar una resolución después de haberla meditado. Y quisisteis venir al Oeste. Por esta causa, vendí nuestras propiedades... y aquí estamos. Saquemos el mejor provecho posible de nuestra estancia en estos lugares. No esperemos demasiado, y fortifiquémonos contra las adversidades. Naturalmente, estamos desorientados; pero antes que nosotros, vinieron otras familias de colonizadores. Sinceramente, me agrada la situación. Siempre ha tenido un anhelo de hacer lo que ahora hemos hecho. Y este desplazamiento nuestro al Oeste será la salvación de mi vida, en el caso de que todos sepáis adaptaros a la situación y aceptéis lo que sobrevenga y laboréis por nuestros destinos y nuestra felicidad.
-Padre, todo se resolverá favorablemente - replicó Harriet -. Mamá está cansada y se siente melancólica. Lo que debes hacer, es salir, correr las calles, reunirte con la gente, practicar averiguaciones acerca de ese Lester Allen con quien te has comprometido. Nosotros animaremos a mamá, y acometeremos con brío la solución de nuestro problema.
-Muchas gracias, Harriet. Tus palabras me confortan - dijo Lindsay. Y salió de la estancia como un hombre que estuviera abrumado por una pesada carga.
Tan pronto como se ausentó, la señora Lindsay comenzó a llorar de nuevo.
-¡Mamá...!
-¡Déjala llorar, Hal! - la interrumpió Lenta -. Ya conoces a mamá.
Florence, la segunda hija, se hallaba sentada y mirando al exterior de la ventana, pensativa y ensoñadora a la vez. Contaba diecinueve años y era la belleza de la familia. Tenía el cabello rubio, y oscuros los ojos. Harriet experimentaba ciertos temores relacionados con Florence, ya que sabía que era casquivana y coqueta, tan pronto dulce como perversa. Sus posibilidades en aquella nueva región eran inciertas.
Lenta se aproximó a la ventana.
-Flo, apostaría cualquier cosa a que estás viendo a un hombre-dijo.
-Muchísimos pavipollos ridículos, todos con botas y sombreros - observó Florence.
-Hermanas, ¿no sería mucho más sensato que me ayudaseis a resolver con mamá el problema que se nos ha presentado? - preguntó Harriet-. ¡Pensadlo! Dentro de unos pocos días, nos encontraremos viajando a través de llanuras, en unos carros cubiertos de lonas, en dirección a nuestro nuevo hogar. Tenemos que comprar innumerables cosas, tenemos que hacer proyectos, hemos de afirmar nuestro valor... ¡Y en estas circunstancias, os dejáis dominar la  curiosidad que los hombres os inspiran !-¿Quién tiene curiosidad? - preguntó Lenta.
-Vosotras dos. ¿No fuisteis todas ojos cuando estábamos en la estación? Ni una sola vez mirasteis en dirección a la pradera. Pero es muy importante para nosotras que nos acostumbremos a esa pradera. No importa la clase de hombres que haya aquí, ni cómo puedan ser... No importa, al menos por ahora.
-¡ Sí que importa! - exclamó la señora Lindsay -. ¡Aquel terrible mejicano peludo y sucio que me llamó novia! ¡A mí! Tenía unos ojos casi demoníacos. Transportó mis bultos al carruaje, y cuando quise pagarle sonrió y dijo: «Selenio, no sería correcto.» Protesté, dije que sí lo era, insistí en que aceptase el pago de sus servicios... Y entonces me llamó novia. Creo que si no hubierais llegado en aquel momento, el hombre habría sido capaz de acariciarme la barbilla. ¡Oh...! ¡Es ofensivo!
-Mamá, yo lo aceptaría como un cumplido-dijo Harriet -. En los primeros momentos, te tomó por hermana nuestra, no por nuestra madre.
-Mamá, deberías estar reventando de satisfacción - añadió fastidiosamente Lenta -. Eso demuestra que todavía tienes un poco de la belleza de que tanto se enorgullece la abuelita.
-¡Oh, hablad en serio! - exclamó la madre -. ¿Qué clase de hombres... será la que tengan mis hijas... por esposos?
-¿Has oído, Flo?
Harriet se sorprendió y desconcertó hasta tal punto que no halló respuesta para tales palabras. Florence interpretó la lamentación, de su madre en un sentido superior y sonriente que implicaba una ciega confianza en el porvenir. Harriet consiguió, al fin, comprender el punto de vista de su madre. La salud de su padre y la constitución de un nuevo hogar eran cuestiones de importancia; pero a la larga, nada podría igualar en importancia a la necesidad de tener esposos.
-Madre, creo que hay muchísimos hombres donde poder escoger - replicó finalmente Harriet con la festiva entonación que era habitual en ella.
¡Vaya unos hombres!
-Eres irrazonable, mamá. Es posible que sean unos esposos buenos, honrados, de corazón noble y bondadoso.
-¡Escuchad a la despreciadora de los hombres! - exclamó Lenta con picardía.
Y al oír este comentario, Harriet comprendió que, acuciada por la vehemencia, había roto su reserva habitual. Lenta era una chiquilla adorable; pero solía decir cosas que dolían. Años antes (parecía que había transcurrido muchísimo tiempo), Harriet había contraído una estrecha amistad con un guapo empleado del establecimiento de su padre. Había sido la única novela de amor que hubo en la vida de Harriet, y una novela muy desgraciada, ciertamente. Las apreciaciones del padre acerca de Tom Emery resultaron justificadas, y Harriet, con el corazón atribulado, se encerró en una pena secreta y creyó haberse alejado para siempre de los hombres.
- Hallie, ¿lo crees sinceramente? - preguntó la señora Lindsay esperanzada.
- Lo creo sinceramente. Las apariencias no tienen importancia. El trabajo debe de ser duro en esta región. Los hombres no tienen el tiempo necesario para pensar en sus ropas ni aspectos. Por otra parte, ¿qué es lo que hemos visto? Solamente a unas docenas de caballistas, agricultores... Pongamos alguna esperanza en los hombres del Oeste.
-Flo, ¿qué le sucede a Hal? - preguntó Lenta. -¡Sólo el Señor lo sabe! Lent, ¿no crees que debemos esperar que se convierta en una rival?
Las dos hermanas más jóvenes poseían una inagotable capacidad para poner a prueba el lastimado espíritu de Harriet. Y aquel momento no podía constituir una excepción en la costumbre. Pero Harriet reaccionó en aquella ocasión de modo diferente al usual.
-Queridas hermanas, lo habéis expuesto de una manera vulgar; pero eso es precisamente lo que debéis esperar - replicó Harriet con una fría audacia que fue hasta cierto punto desmentida por un violento rubor.
-¡Hal Lindsay! - exclamó Florence al verse acometida por una idea increíble y perturbadora.
-¡Miradla! ¡Guapa y desvergonzada! Debería morirse de vergüenza-gritó Lenta a pleno pulmón.
-¿Qué es lo que tus hermanas deben esperar? -preguntó la madre completamente desconcertada.
-Mamá querida, durante los años pasados Flo se ha apropiado todos los jóvenes guapos que aparecieron en nuestro camino. Y últimamente, Lent ha hecho algo más que seguir los pasar de Flo. Lo que he hecho, ha sido advertirlas que, ahora, cuando hemos llegado a este bravío Oeste, estoy dispuesta a disputarles el terreno firmemente.
Harriet había hablado de sopetón acuciada por el deseo de ocultar la herida de su amor propio; pero llegó más lejos de lo que se propuso.
-¡Gracias a Dios que has recobrado la cordura! - declaró la señora Lindsay con sinceridad.
-Hal, sabes perfectamente que no somos capaces de mirar a ninguno de esos patanes - afirmó con vehemencia Florence.
-¡Hum! Me agradaría saber cuál es el género masculino al que no habéis de mirar... dos veces y muchas más después - replicó secamente Harriet.
-¡Esto es enorme! ¡Diablos' Pero nos queremos unas a otras... Voy a divertirme más' que en toda mi vida - dijo Lenta con inmensa satisfacción -. Me repugnaba el estudio y la idea de pasar toda la vida en aquel agujero de Upper Sandusky me ponía enferma... Aquí, no hay duda de que sucederá algo importante y de que podremos hacer alguna cosa.
-Sí, podréis trabajar - replicó la madre con idéntica satisfacción -. Confieso que Harriet me ha producido una gran alegría. Si Harriet ha sido capaz de hablar del modo que lo ha hecho, no hay duda de que no habríamos podido hacer nada más' acertado que venir al Oeste... Nuevamente he recobrado la facultad de pensar y proyectar. Aquí estamos. Y a unas cuantas millas de esa llanura herbosa se halla nuestro nuevo hogar. Allí existe una casa ranchera, un viejo edificio español, casi un fuerte. Así dijo el señor Allen a vuestro padre en su carta. Supongo que será un granero o un henil, y espero que esté vacía. Lo que más interesa por el momento es saber lo que puede conseguirse de ella. Gracias a Dios, no somos pobres. Podremos comprar lo que necesitemos para nuestra comodidad.
-¡Oye! Todo lo que mamá necesita para animarse es la ocasión de gastar dinero, para instalar una casa - dijo Harriet, muy ufana de su diplomacia.
-Habremos de comprar un millar de cosas que sabemos que no existen actualmente en tal casa ranchera. ¿Queréis que vayamos a visitar tiendas a la ciudad? - propuso la señora Lindsay.
-Yo iré contigo - se apresuró a decir Florence. -Mamá, yo tengo que escribir a Bill y a Jack y a... - dijo Lenta solemnemente.
-Vendremos a buscarte más tarde, mamá, o iremos contigo después de la comida - la interrumpió Harriet. -Bien. No me gustaría dejar sola a Lenta – replicó juiciosamente la madre. Y siguió a Florence al exterior. Los azules ojos' de Lenta adquirieron una expresión que jamás han tenido los de ningún niño precoz.
-Hal, creo que cualquier día me voy a insubordinar - dijo Lenta, como si se hallase bajo una excesiva carga. ¿Por qué?
-Solamente porque mamá espera que lo haga.
-¡Qué tontería! Ya sabes que mamá es muy buena. Ha estado muy disgustada por el estado de papá y muy preocupada por causa nuestra. ¡ Si pudiéramos lograr que las cosas comenzasen de buena manera para ella...!
Lenta abandonó la ventana y fue a sentarse en el brazo del sillón de Harriet. Luego miró larga y atentamente el rostro de su hermana mayor. Cuando Lenta estaba seria y cariñosa, como en aquel momento, nadie podía resistírsele, ni siquiera la propia Harriet.
-Ya has conseguido que las cosas comiencen bien para ella, Hal. Eres la mujer más cariñosa, la más útil, la más previsora del mundo. Te quiero mucho. Te quiero; y deseo que te cuides de hacer que las cosas comiencen bien para mí también - dijo Lenta emocionada.
¡ Eres una criatura ! - contestó Harriet, que estaba profundamente conmovida. Los elogios y las alabanzas tributados por la hermana menor no habían abundado jamás para ella. Pero anteriormente, cuando residían en Ohio, Lenta estaba absorbida por los estudios, por las amistades, por los negocios. Allá, en el Oeste, todo sería diferente, y Lenta lo reconocía. Harriet la abrazó y besó cálidamente, como no lo había hecho desde mucho tiempo antes -. Y te adoro, Lenta. Nada podría haberme hecho más feliz... Te ayudaré. Seré más que una hermana para ti. Hay un no sé qué que me dice que tenemos ante nosotras una terrible aventura. Y el pensarlo me atrae al mismo tiempo que me amedrenta.
-Yo estoy profundamente emocionada..., Hal, supongo que no nos engañaste... al decir lo que dijiste que era para animar a mamá.
-¡Oh! ¿Te refieres' a aquello de contender en el campo masculino contigo y con Flo? - preguntó Harriet, turbada. Pero no experimentó ningún temor por el reflejo que brillaba en los' ojos de Lenta.
-Sí. ¡Sería formidable! Me alegraría que lo hubieras dicho sinceramente.
-Bueno, querida..., ¿has terminado por completo con aquel amorío antiguo? - preguntó Lenta dulcemente.
-Por completo... todavía no. Pero conseguiré olvidarlo del todo en estas tierras.
-¡Cuánto me alegro ! Aún me acuerdo de Tom Emery, aunque yo no tenía más de diez años entonces... Era imposible dejar de estimarlo, de quererlo... ¡Tonterías! Tenemos que despedimos de todas las amistades antiguas y hallar otras nuevas aquí... No es extraño que mamá se encuentre rejuvenecida.
-A mí me sucede lo mismo, Lent, me encuentro un poco más alocada... Vuelvo a ser tan impulsiva como hace mucho tiempo... ¡Otra vez joven!
-¡Qué cosas dices, hermana! No eres vieja - exclamó Lenta cariñosamente-. Sólo tienes veinticinco años, y no los representas. Y eres guapísima, Hallie. Tu cabello castaño, tus ojos grises y tu piel blanca componen la más seductora combinación. Y ¡qué tipo tienes! Yo soy una cosita menudita y Flo parece solamente un tallo tierno de alguna planta. Pero tú atraerás las miradas de los verdaderos hombres. ¡Si no fueras tan seria..., tan reservada...!
-Me estás halagando, querida - murmuró Harriet -. Pero ¡ oh, qué bien suenan tus palabras en mis oídos ! Creo que con ello' me has ayudado a hacer frente a las situaciones' que se me han de presentar.
-Bien, creo que yo también necesitaré que se me ayude de vez en cuando - dijo la muchacha con la acostumbrada picardía-. ¡Ya es bastante por hoy...! ¡Voy a escribir mis cartas ! Luego saldré a pasear por la ciudad, Hal.
-Y entre tanto, yo voy a abrir una o dos maletas.
-Hazlo. No dejes de abrir la mía, la gris... Vamos a vestimos con las mejores galas, y a llevarnos los ojos de los hombres detrás' de nosotras.
Con gran sorpresa de Harriet, encontraron en la ciudad tiendas mucho más presuntuosas y mejor surtidas que las que había en su antiguo punto de residencia. Y en lo que se refería a prendas de vestir, habían llevado tantas, que debían durarles para toda la vida, especialmente si se tenía en cuenta, a juicio de Harriet, el atraso que en cuanto a modas imperaba en aquella ciudad de Kansas.
Los empleados' de las tiendas eran corteses pero fríos; y los compradores se hallaban demasiado absortos en sus propias adquisiciones para que pudieran perder el tiempo observando a desconocidos. Lenta expresó fielmente la situación cuando, después de haberse reído a gusto, dijo:
-Hal, cuando disparatábamos pensando en la revolución que habríamos de armar en esta población, nos equivocábamos por completo. Nadie, sino algunos paseantes descarados y de rostros rojos, se ha fijado en nosotras. Y oí que uno de ellos decía: «Son paletas.»
-Es cierto, Lent. Me he decepcionado un tanto... Me agradará saber lo que Flo tenga que decirnos. Flo es tan hermosa, que sería capaz de detener un desfile.
Pero tardaron muy poco tiempo en saber que la belleza de Florence no había ocasionado ningún tumulto en la ciudad.
-Son muy fríos, muy indiferentes estos hombres occidentales - declaró tranquilamente la damita -. Sin embargo, las mujeres... ¡Si hubierais visto cómo me miraban y principalmente a los zapatos y el sombrero...!
Y, aun cuando parezca extraño, fue la señora Lindsay quien logró romper con más fuerza la indiferencia peculiar de los hombres del Oeste.
Jamás vi nada parecido a esta ciudad. La gente es muy descortés. No es posible gastar el dinero en las tiendas, si no se arma un jaleo de todos los diablos con los propietarios... Exactamente lo mismo que si fuéramos una familia de patanes.
-¡Has acertado, mamá! Eso es con exactitud lo que somos : patanes, de Ohio - gritó Lenta alegremente -. Me he divertido más que en cualquiera otra ocasión. ¿A quién le importa lo que seamos o quiénes seamos? Apostaría lo que os parezca conveniente a que aquí no importa quién sea, sino únicamente lo que se haga.
Se cambiaron de vestidos para la comida, y Harriet opinó que Florence se esmeraba excesivamente en su tocado, cosa que no solía hacer habitualmente. Y el resultado de la detenida operación del arreglo v tocado fue tal, que las demás mujeres de la familia Lindsay solamente tuvieron motivos de orgullo y satisfacción.
El señor Lindsay no había sido visto de nuevo por los restantes miembros de la familia desde las primeras horas de la mañana; ni Neale se presentó tampoco ante las mujeres. Esta última circunstancia originó cierto desasosiego a la señora Lindsay, desasosiego que fue interrumpido por la observación de Lenta, quien dijo que Neale no poseía el valor necesario para meterse en situaciones de verdadero peligro. Finalmente, llegó el señor Lindsay, cansado y pálido, pero por completo excitado. Indicó a las mujeres que se dirigiesen al comedor, y añadió que él iría a hacerlas compañía al cabo de unos momentos.
Las mujeres hicieron lo que se les ordenaba; y con gran satisfacción por parte de Harriet, no pasaron inadvertidas' al entrar en el comedor, especialmente Florence. Luego el padre fue en su busca y anunció que «había ido y había realizado el negocio».
La pregunta de la señora Lindsay acerca de Neale constituyó un verdadero contraste con la consternación de Harriet.
- La última vez que vi a ese badulaque estaba jugando a no sé qué demonios - replicó secamente Lindsay.
- Deberías haberte preocupado por él, John - dijo su esposa reconviniéndole.
-Neale puede preocuparse y cuidarse de sí mismo, y espero que sabrá librarse de compromisos - replicó Lindsay; la ansiedad de la señora Lindsay le llenaba de nerviosismo -. Comed - añadió volviéndose hacia sus hijas - Yo estoy demasiado excitado para que pueda hacerlo. Por otra parte, he tomado dos o tres bebidas fuertes. Me limitaré a hablar.
Y así lo hizo. Y con ello logró sorprender a su esposa y causar el asombro admirativo de Harriet. Lindsay se había repasado mapas, papeles y cifras para consumar la adquisición del Rancho de las Cumbres Españolas en el mismo instante. Antes de dar tiempo a que las mujeres de la familia le planteasen preguntas, explicó que se había comprometido definitivamente, con arreglo a lo que previamente se trató por correspondencia, y que hallándose completamente satisfecho de la oferta, había decidido cerrar el trato sin pérdida de tiempo.
-Jan, antes de pagar, deberías haber visto lo que comprabas  le reprobó severamente su esposa.
-¡Hum! Cuando oí la descripción que se me hizo del rancho, temí que vosotras, las mujeres, no me permitiéseis comprarlo ni aun cuando lo viéseis previamente. Por esta causa, decidí coger el toro por los cuernos. Allen es un verdadero occidental. Está muy habituado a la compra y venta de ranchos y ganados. Y me presentó a varios hombres de negocios de Carden City, que dijeron que no podía dudarse de que la operación era evidentemente conveniente para él y para mí. La situación del rancho ese en extremo hermosa y saludable, lo que comprendí que debía constituir la parte más importante de cuantas ventajas pudiera reunir. Allen me vendió aproximadamente diez mil cabezas de ganado, cantidad en que se incluyen novillos, vacas, becerros, caballos y mulas. Su capataz, Arlidge, hombre que, dicho sea de pasada, os agradará en sumo grado, no pudo establecer con precisión su número; pero, como he dicho, es de alrededor de diez mil cabezas. Finalmente, dije a Allen que el precio me parecía excesivamente alto. Y me contestó que no quería vender a nadie nada de lo que no estuviese perfectamente satisfecho el comprador, por lo que me preguntaba cuánto desearía pagar. Se lo dije, y Allen aceptó. Fuimos al Banco, se hizo la transferencia del dinero... Ahora, poseemos un rancho, y un hogar que construir. De modo, que no, pongáis ese gesto de seriedad. Ya está hecho, y no me quejaría aunque el trato no fuera en absoluto ventajoso, desde el punto de vista de los negocios. Podemos permitirnos el lujo de correr el riesgo. Lo más importante de todo es que ahora me parece ser un hombre nuevo. En lugar de tener que hallarme curvado sobre una mesa durante todo el día, de ahora en adelante podré encontrarme en el campo abierto... al sol...
-Papá, en otras ocasiones confiaste en hombres que te ocasionaron disgustos y desesperaciones.
Esto fue todo lo que Harriet acertó a decir. ¿Qué más podría decirse? Lindsay se había encaprichado con la idea de convertirse en ranchero del Oeste, y la había realizado tan pronto como la ocasión se le presentó. Sin duda, sus sentimientos de esperanza y de ganancia debían ser tenidos en cuenta.
Tanto Allen como Arlidge vendrán al hotel más tarde - continuó Lindsay -. Los invité a comer con nosotros, pero ambos me rogaron que les permitiese que rechazasen la invitación, puesto que habían venido vestidos con sus ropas rancheras. Piensan marcharse mañana mismo, por lo que creo que debéis aprovechar la ocasión de conocerlos cuando se presenten. No me fue posible recordar todas las; cosas de que deseabais informaros.
La señora Lindsay tomó parte en la conversación en lo que se refería a la nueva adquisición y a sus necesidades. La comida terminó sin que Neale! hiciese acto de presencia, pero las muchachas lo encontraron en las escaleras. El joven se hallaba en un estado de ánimo poco propicio a escuchar preguntas, y corrió hacia su habitación.
-Tenía un ojo morada - aseguró Florence de un modo más especulativo que compasivo-. ¿Lo has visto, Lent?
-Creo que sí - replicó Lenta, regocijada -. No hay duda de que algún occidental ha dado un puñetazo a nuestro encantador hermano.
-¡Oh, Dios mío, Dios mío! - exclamó la señora Lindsay, que había visto y oído. Y al llegar a lo alto de las escaleras se separó de sus hijas, presumiblemente con el objeto de consolar a su afligido favorito. Las muchachas entraron en el salón en tanto que el señor Lindsay esperaba a sus visitantes en la planta baja.
-¡Flo, querida mía, estamos sentenciadas! ¡Papá se ha comprometido! - observó Lenta. La silenciosa aceptación de Florence no era precisamente esperanzadora. No obstante, Harriet se esforzó por pintar cuadros del trabajo en perspectiva, de diversiones, del hogar y del hecho ineludible de que su suerte estaba ligada para siempre a la del solitario y bravío Oeste.
Su padre entró en el salón al cabo de pocos momentos en compañía de dos hombres altos y de aspecto suficientemente notable para despertar en el acto la atención y el interés de cualquier oriental. Ambos fueron presentados a Harriet y a sus hermanas. El ranchero, Lester Allen ya no era joven y tenía un rostro que recordaba el de los halcones. Iba vestido con un traje oscuro, los extremos de las perneras de cuyo pantalón se introducían en la parte superior de unas altas botas. Llevaba un ancho sombrero de color de canela y una fusta. No se necesitaba mucho tiempo para apreciar que era tímido y desmañado cuando se hallaba en presencia de mujeres.
El otro hombre, Luke Arlidge, no poseía la citada cualidad. Era evidentemente desenfadado y desenvuelto. Ofrecía una hermosa figura de hombre. Era joven todavía, puesto que no debía tener más de treinta años, aun cuando su rostro duro, delgado y bronceado, y sus ojos de águila hablaban de una experiencia de muchos años. Su vestimenta era la que Harriet supuso que sería la propia de los jinetes de las llanuras. Llevaba espuelas, botas altas, cinturón, un traje polvoriento; y lo más destacado de todo era el revólver de cachas de marfil que colgaba sobre su cadera, y la ausencia de chaqueta.
La señora Lindsay llegó a la habitación y, unos momentos más tarde todos se hallaban sentados! formando, un semicírculo.
-Ahora, Allen, es! preciso que nos permita usted hacerle algunas preguntas - dijo alegremente Lindsay -. Aquí tiene usted a toda mi familia, con excepción de mi hijo único; y todos tienen curiosidad por conocer muchas cosas.
- ¡Vengan esas! preguntas! - contestó Allen. Lenta nos se turbó ni siquiera mínimamente en presencia de aquellos impresionantes occidentales.
-¿Está muy solitario? - preguntó.
-Yo diría que sí, si se refiere usted al edificio, a la casa ranchera. Los coyotes y los lobos aúllan por la noche, y el viento gime... Solamente hay otros tres ranchos en un radio de cincuenta millas. Se tarda dos días en ir a caballos a La junta, y seis para llegar a Denver en coche.
- ¡Dios mío! - exclamó Lenta. Pero no se amilanó y aventuró una nueva pregunta -. ¿Hay personas jóvenes?
-Si llama usted personas jóvenes a mis vaqueros, sí, hay muchísimas. Diez, en total, ¿no es cierto, Luke?
-No. Sólo nueve. He permitido a Happy marcharse - contestó el capataz.
¡ «Sólo» nueve ! - murmuró Lenta.
-Ahora, sí. Pero su padre necesitará llevar tres o cuatro más.
¿No hay mujeres? - preguntó pensativa Florence.
-Veamos... Hay una..., dos..., en los ranchos más cercanos. Y no hay ninguna más hasta llegar a La Junta.
Estas cuestiones parecieron agotar el interés de las dos mujeres más jóvenes de! la familia Lindsay, con lo cual la madre halló la ocasión de satisfacer su propia curiosidad. La exposición de sus rápidas y abundantes interrogaciones produjo como respuesta la información de que el Rancho de las Cumbres Españolas se componía de un paisaje, una casa de yeso y piedra con dos alas, pórticos y puertas y un patio interior, todo lo cual miraba al Este.
-Era un antiguo fuerte. La casa fue construida por los tramperos que comerciaban con los Kiowas y los Utes. Hay una fuente abundante de agua en el centro del patio y algunos algodoneros grandes. Resulta muy agradable tanto en verano como en invierno.
-Y la casa, ¿está prácticamente vacía? - concluyó la señora Lindsay.
-Si no lo está, lo estará, puesto que he de llevarme algunas carretadas de muebles y de otras cosas que ustedes no necesitarán. Mi otro rancho está a dos días de camino a caballo en dirección Norte. Tengo allí una especie de choza y varias reses. ¿Cuántas cabezas de ganado hay allí ahora, Luke?
-No lo sé, patrón. Posiblemente dos mil, acaso cuatro mil - contestó Arlidge.
- ¿Deberemos pensar en llevar todo lo que sea preciso para la instalación de nuestro hogar? - preguntó Lindsay en tanto que se frotaba las manos, como si la perspectiva fuese verdaderamente seductora.
-Creo que sí, en el caso de que quieran disponer de comodidades - dijo lentamente el ranchero.
-¿Cuánto tiempo tardarán en llegar unos carros cargados?
- Con buena suerte, cuatro días.
 Y La Junta, ¿está solamente a dos días de distancia?
-No. Para carros cargados el recorrido durará más tiempo. Suponemos que el mejor punto de partida para ustedes será Carden City a causa de las buenas tiendas que aquí existen y de que la carretera hasta el rancho es casi completamente llana.
-¿Qué puede decirme acerca de carros y caballos? ¿Podía usted proporcionarme algunos?
-No. Andamos mal de carros y caballos de tiro. Les dejaré el carrococina, pero tendrán que comprar carros y bestias de tiro aquí. Luke ya ha iniciado unas gestiones en nombre de usted. Un hombre llamado Hazelit vendrá a visitarle para arreglar la cuestión. De todos modos, podrá adquirir los carros que necesite en la tienda de Harvester y Compañía. En cuanta a caballos de silla, hay muchísimos en el rancho.
Y de este modo continuó el práctico interrogatorio, que Harriet escuchó silenciosamente y que había perdido todo el interés para sus hermanas. Las deducciones que Harriet hizo durante aquella media hora no fueran muy tranquilizadoras. Allen no le inspiró gran confianza, aun cuando pareciese un hombre sincero. Harriet había trabajado como tenedor de libros en la tienda de abastecimientos para buques de su padre, y durante tal período trató con centenares de hombres; y aunque en ocasiones su inteligencia la hubiera engañado, jamás la defraudó su intuición. En cuanto a Arlidge, fue prontamente calibrado por ella, que lo consideró, un hombre de fuerte y sutil personalidad, osado y astuto bajo una apariencia amistosa y atrayente. No fue solamente el rubor lo que cubrió el cuello de Harriet, que el abierto escote del vestido dejaba al descubierto; fue también la influencia de la abrasadora mirada que brotó de los ojos de Arlidge. Pero fue una mirada tan rápida, que Harriet no pudo tener seguridad de si una parte de la reacción que en ella provocó no sería debida a su habitual reserva. Sin embargo, tal mirada siguió después en dirección a Florence, que se hallaba sentada con descuido, en toda la plenitud de su juvenil belleza. Solamente en aquel momento comenzó Harriet a entregarse a la desconfianza que le provocaba la aventura de su padre. Cuando la entrevista se, aproximaba a su fin, Harriet decidió romper el silencio.
-Señor Arlidge, según tengo entendido la obligación de los capataces consiste en gobernar el rancho. ¿Es cierto? preguntó Harriet al mismo tiempo que le miraba directamente a los: ojos.
-Sí. El gobierno, de un rancho se compone principalmente de la dirección de los caballistas y del ganado - contestó Arlidge, complacido de que ella le hubiera interrogado.
-¿Cuál es la cantidad de caballos y de reses que mi padre ha comprado?
-¡Le atormentará a fuerza de preguntas, Arlidge! - exclamó Lindsay riendo. Ha sido mi «capataz» por espacio de muchos años.
Aquello, evidentemente, no era tan agradable como, lo anterior. Arlidge continuó sonriendo, pero se movió un poco desasosegado.
-No lo sé, señorita Lindsay. Vendemos en masa, por decirlo así. Creo que alrededor de diez mil cabezas.
-¿No cuentan ustedes las cabezas cuando las venden? -A veces... En pequeños grupos...
-¡Ah, comprendo! ¿Quiere usted decir que, en este caso, es posible que haya cierta cantidad más o menos de diez mil reses?
-No creo que haya más. Y es posible que haya muchas menos. Su padre no, nos pidió sino un cálculo aproximado. Pero las contaré con más exactitud cuando vayan ustedes allá, si desean que lo haga.
-Sí, hágalo. Es una cuestión de negocios... Continuaré llevando los libros de mi padre, y quiero tomar las medidas necesarias para conocer perfectamente lo que tenga entre manos - replicó Harriet al misma tiempo que reía.
-Un tenedor de libros en un rancho grande es una cosa nueva por completo, y particularmente si el tenedor de libros es una mujer joven y hermosa - dijo Arlidge con sincera incertidumbre.
-Muchas; gracias. Tengo el atrevimiento de afirmar que es una innovación muy necesaria para poner término al habitual método descuidado que impera en las operaciones de venta de ganados - contestó Harriet prontamente -. Señor Arlidge, ¿va usted a continuar en el «Rancho de, Cumbres Españolas» como capataz de mi padre?
-En efecto, señorita. Nadie que no sea Luke podría dominar a los fogosos caballistas del rancho - dijo Allen al misma tiempo que se levantaba sombrero en mano.
-Señorita Lindsay, no estaba muy seguro de quedarme en Cumbres Españolas hasta el momento en que la vi a usted... y a los demás. - replicó Arlidge galantemente.
Y los dos occidentales se despidieran de las demás personas que componían la reunión, y se retiraron. Lindsay los acompañó hasta la puerta, donde fue informado de que sus visitantes, volverían para despedirse de ellos a la mañana siguiente, antes de emprender la marcha. Lindsay regresó al lado de su familia. Harriet se alegró de verlo tan optimista y tan vivaz.
-Decidme una por una lo que pensáis respecto a esta cuestión - dijo alegremente Lindsay.
-Pues... John, hay una cosa buena en esta operación que se necesitará utilizar mucho dinero y mucho trabajo para hacer que ese viejo fuerte sea habitable - replicó su esposa, complaciente; y estas palabras, pronunciadas por ella, no dejaban de ser tranquilizadoras.
-Y ¿tú, Lent?
-Papá; no hay duda de que voy a hacer estragos entre tu equipo de vaqueros - contestó la más joven de las Lindsay, que ya comenzaba a imitar el acento y las palabras de los occidentales.
-¿Tú, Flo?
-Me gusta... ¿Por qué no nos dijiste que la casa era española? Ese pórtico alrededor del patio.., los grandes algodoneros..., la fuente... Habré de tener una hamaca española, un mantón bordado, una mantilla de encaje, castañuelas... y el resto de los avíos tradicionales. Si todo eso no, pudiéramos comprarlo aquí, probablemente lo encontraremos en las tiendas de La Junta.
Estas palabras constituyeron un discurso demasiado largo para la belleza de la familia, y no dejó de producir un efecto sorprendente.
Lindsay se volvió en dirección a Harriet.
-Mi joven tenedora de libros, ¿qué tienes qué decir?
Harriet le dirigió una tierna sonrisa y le besó repentinamente en las mejillas. ¿Cuánto tiempo hacía que no había visto en ellas un poco de color?
-Querido padre, te han engañado..., te han robado... en lo que se refiere a la venta del ganado. Pero si ahora eres feliz..., si, como es seguro, recobras la salud y la fortaleza..., apruebo de corazón y con toda el alma la compra del «Rancho de Cumbres Españolas«.


IV


Garden
 City semejaba los domingos una ciudad desierta, por lo que se refería a su calle Mayor. El corto camino que Harriet recorrió en unión de su madre le reveló la presencia de muy pocas personas, casi todas las cuales se hallaban en las calles adyacentes. Aparte aquel corto intervalo, la totalidad del día fue destinada a calcular las compras que deberían hacerse para el hogar recién adquirido. Afortunadamente, la familia Lindsay no se hallaba obstaculizada por dificultades económicas; de otro modo, la situación habría sido muy penosa.
Naturalmente, en el seno de la familia se produjeron diversas discusiones, todas ellas originadas por los jóvenes Lindsay. La señora Lindsay encargó a Harriet la misión de ejercer una censura sobre los artículos indicados en la lista de compras de cada uno. Y Harriet dijo a Florence:
- Sustituye todas esas cosas que he borrado de tu lista con otras que hagan que tu habitación sea más habitable.
Y a Lenta:
- Lo has hecho muy bien, chiquilla; pero si tomas todos los dulces que has indicado, necesitaremos, además, un doctor.
Y a Neale:
- Hablaré con tu padre acerca de sillas, chaparejos, revólveres y otras cosas que deseas. Crea que con un solo ejemplar de cada artículo habrá bastante.
Lo que este terceto respondió a Harriet fue mucho más enérgico que elegante. Neale se separó de ella completamente indignado para llevar su querella al tribunal de apelación: su madre.
Después de la cena el señor Lindsay avisó a todos para que se reunieran con el fin de presentarlos a un occidental notable, que era el hombre de las llanuras, Buffalo Jones. Buffalo iones produjo una primera impresión singular y desfavorable a Harriet. Era un hombre basto que se hallaba en la plenitud de la vida, alto, erguido, de anchos hombros y poseedor de una fisonomía desconcertante. Lo misma que muchos otros occidentales, tenía un rostro duro y unos ojos que habían sido contraídos por la larga exposición al sol de los campos abiertos. Eran de un color azul oscuro y parecían mirar y ver a través de Harriet. Su sonrisa, sin embargo, parecía dulcificar la firmeza escabrosa de la boca y la barbilla. Después de haberle sido presentados los Lindsay, Jones se captó la simpatía de Harriet como efecto de unas breves palabras.
-Bien me alegro muchísima de conocer a todos ustedes. Éste es un día afortunado para el Oeste. Lindsay, todavía es usted joven, y dentro de muy poco tiempo se encontrará tan fuerte como un buey y en condiciones de ¡cabalgar durante días enteros. Usted, señora Lindsay, se acostumbrará inmediatamente a la vida en las llanuras y a ser la esposa de un colonizador. Es una vida dura... pero maravillosa... Y ¿qué diremos acerca de estas jóvenes tan hermosas y tan saludables? ¡Cuánto me gustaría poder ser nuevamente joven! Tres jinetes desconocidos que andarán en estos momentos perdidos Dios sabe en qué praderas de esta región, no saben la buena suerte que el Destino ha reservado para ellos... Usted, joven amigo, tiene buenos ojos... o, por lo menos, lo es uno de ellos..., y una buena barbilla. Pero está usted un poco pálido y tiene las manos demasiado suaves. Observe a los vaqueros, tenga tranquilidad, trabaje... Éste es el consejo que Buffalo iones puede ofrecerle.
Jones pareció conquistar las simpatías de todos ellos, con excepción, acaso, de las de Neale. Todos ellos creyeron que era el occidental que les convenía encontrar. Lenta no experimentó ni siquiera el menor de los temores, y su primera pregunta, formulada con ojos dilatados y con una sonrisa irresistible, agradó, evidentemente, a Búffalo.
-¿Por qué le llaman a usted Buffalo Jones? ¿Es usted otro Buffalo Bill?
-Sí, en cierto modo. Bill y yo somos amigos y ambos fuimos cazadores, de búfalos; pero ahora dedico todas mis energías a la tarea de intentar la conservación de esos animales. He cazado a lazo y capturado a la mayoría de los búfalos que actualmente se hallan vivos; naturalmente, cuando eran jóvenes.
-¡Oh, qué interesante! Háblenos de esa cuestión - exclamó Lenta.
-¡Alto, Lenta! dijo su padre alegremente-. Yo he cazado a lazo y capturado a Buffalo Jones. Me agradaría tanto como a vosotras oír historias de caza y de aventuras. Pero no «gastemos» a nuestro amigo. Lo que necesitamos aclarar ante todo es la situación en que nos hallamos: este Oeste, nuestro rancho, recientemente adquirido, lo que debemos esperar y hacer; en resumen, todo lo que los novatos en estas regiones y trabajos necesitan saber.
Jones ofrecía un visible contraste con todos los occidentales reservados que hasta entonces habían visto y conocido. Harriet apreció rápidamente que esta circunstancia respondía a su amor por la región, a que había sido, y era, indudablemente, uno de los factores que contribuían a su desarrollo, y a que le satisfacía la adquisición de nueva sangre de colonizadores.
Lo condujeron al salón del piso alto, que se hallaba desocupado, y todos ellos parecieron hallarse inspirados por su presencia. No obstante, fue Jones quien tomó la iniciativa y abrumó al señor Lindsay a fuerza de preguntas. Unos momentos más tarde, se hallaba en posesión de todos los detalles referentes al trato que Lindsay y Allen habían concertado.
-Bueno; no hay duda de que corre usted mucho. Espero que no haya taras en él... Ya lo examinaremos más adelante... ¿El «Rancho de Cumbres Españolas»? Está junto al Colorado. Un campo hermoso, una llanura hermosa, ideal para el ganado... Y un clima muy seco.
Luego hizo nuevas preguntas acerca de distancias hasta las ciudades y las estaciones del ferrocarril, a los mercados, al agua y, finalmente, a la casa ranchera.
-Un edificio grande, de piedra y mortero, construido en torno a varios algodoneros y una fuente.
-¡Oh, Dios mío! ¿Ése es su rancho? ¡Oh!... He estado allá. No tienen ustedes razones para temer que se hunda, ni para suponer que no puedan mantener el frío o los lobos fuera de él durante el invierno.
-¡Virgen Santa! - suspiró la señora Lindsay. Harriet pudo ocultar lo que las dos muchachas más jóvenes pensaron. Neale se mostró ansioso por conocer algo más acerca de los lobos, la caza, la rusticidad. Jones intentó aliviar la impresión desfavorable que había producido, a pesar del hecho de que, si no se desalentó, por lo menos se interesó por ellos.
-¿Me permiten preguntarles si están dispuestos a gastar una respetable cantidad de dinero para hacer que la casa sea apropiada para albergar a unas mujeres jóvenes?
-,¡Oh, sí! Lo esperaba. Puedo hacer frente a los gastos que las reformas ocasionen.
-Bien, me alegro. Eso cambia totalmente la situación - dijo Jones, complacido -. Pueden ustedes convertir ese antiguo fuerte en uno de los lugares más seductores de todo el Oeste. Como el rancho de Maxwell, que está en Nuevo Méjico... ¿Podrá usted hacer, Lindsay, que me sea posible conocer a ese Lester Allen y a su capataz?
-Lo siento mucho. Ambos se marcharon de Carden City a primeras horas de esta mañana. Me había propuesto hablar con ellos nuevamente esta misma mañana en el Hotel; pero tomaron el desayuno y emprendieron el viaje antes de que me levantase.
- ¡Oh, qué lástima! exclamó Jones, que se sorprendió visiblemente -. Y el trato ¿fue cerrado ayer?
-Sí. Fue preciso que el Banco permaneciese abierto hasta más, tarde de las horas habituales con el fin de que hiciese el pago.
-¿Por qué tenían tanta prisa?
-No me lo dijeron. Confieso que me desconcerté un poco...
-¡Hum!... Como es natural, Allen ordenará a su capataz que regrese aquí para ayudarles a comprar lo que necesiten, embalarlo, cargarlo...
- No. Nada se habló acerca de ese asunto. Arlidge no parecía muy dispuesto a ayudarme. Pero, finalmente, accedió a continuar trabajando a mis órdenes. Creo que fueron mis hijas quienes le decidieron a hacerlo.
-Arlidge... ¿Quién es Arlidge?
-El capataz de Allen.
-¿Luke Arlidge? - preguntó Jones con rapidez.
- Exactamente. Ése es su nombre.
- Bueno, Lindsay - continuó Jones con disgusto-. Hablaremos más tarde de esa cuestión. No quiero aburrir a las señoras.
-Ahora, díganos: ¿por qué le llaman Buffalo Jones? - dijo suplicante Lenta.
-Por muchas razones, todas las cuales están relacionadas con los búfalos. Pero me agrada creer que he ganado ese nombre a causa de mi interés por conseguir que se conserven los bisontes americanos - replicó el preguntado -. Sin embargo, es cierto que tal nombre no comenzó a serme aplicado hasta después de la última matanza de bisontes en masa y de la sangrienta batalla india que provocó.
»En las postrimerías del séptimo decenio del siglo, los cazadores de pieles persiguieron a los búfalos hasta sus últimas guaridas. Esto sucedió en Texas, al sur del Panhandle. Millares de cazadores de pieles se desplegaron a lo largo de las llanuras, y millares de búfalos fueron sacrificados, solamente con el fin de obtener sus pieles. Las tribus indias vieron que su carne desaparecía, que se terminaban sus vestimentas de piel de búfalo, y que en el caso de que no consiguieran interrumpir la campaña de los cazadores, morirían de hambre. Los Comanches formaban la tribu más fiera de todas, aun cuando las de los Cheyennes, los Arapahoes y los Kiowas ya eran bastante malas. Si estas cuatro tribus indias hubieran unido sus fuerzas, el Oeste no habría podido ser colonizado jamás. Y puesto que los indios no se unieron, lo hicieron los cazadores y derrotaron para siempre a las fuerzas de los hombres de piel roja.
»Fue en 1877 cuando estalló la gran contienda... y cuando llegó el fin de los búfalos. Pero los cazadores se vieron precisados a abandonar esta matanza para empezar la de los indios. Estuve en la parte más accidentada de aquella contienda. Los Comanches, bajo el mando de un feroz jefe llamado «Caballo Negro», hicieron repetidas incursiones en los campamentos de los cazadores, asesinaron y escalparon... Organicé una partida de cazadores y llegamos hasta el refugio de ese cabecilla, el «Caballo Negro», en las llanuras Estacadas. Yo tenía unos exploradores indios y mejicanos que siguieron las huellas del viejo diablo sobre la arena y sobre las rocas. Rodeé a las fuerzas de «Caballo Negro» en una profunda quebrada rocosa y puse una parte de mis hombres en una posición que impedía el escape de los Comanches. Fue la batalla más sangrienta en lote tomé parte. Sorprendimos nuestro enemigo a la hora de la salida del sol, y la batalla duró todo el día. Luego, cuando «Caballo Negro» vio que estaba vencido y que se, hallaba en peligro de ser borrado de este mundo, envió a su hijo, a la cabeza de los jinetes más duros de que disponía, hasta la entrada de la quebrada. Fue un magnífico espectáculo. Los Comanches eran los jinetes más maravillosos que el Oeste ha producido. Y el grito de guerra de los Comanches era el más estremecedor de todos los gritos de guerra indios. Todos comprendimos lo que iba a suceder. Los caballistas indios se reunieron en cierto lugar, fuera del alcance de nuestros disparos. Los Comanches eran guerreros orgullosos y fieros, y la que tenían ante sí era una raza a la que odiaban. Nuestros hombres gritaron, a su vez, a lo largo de nuestras líneas. El hijo del jefe (he olvidado su nombre) avanzó con el caballo encabritado a la cabeza de su partida de guerreros. La vista de aquello fue algo que llegó a emocionamos a todos, aun a los que éramos endurecidos cazadores de búfalos. Luego, con él a la cabeza, y con un grito tan sonoro y_ tan aterrador como nunca oí otro igual, los indios cargaron. ¡Qué caballería y qué  jinetes! Pero el hijo de «Caballo Negro», aun cuando era hábil y valiente, no consiguió recorrer la mitad del camino. Cayó por efecto de un disparo a larga distancia hecho por uno de mis tiradores. Aquel disparo rompió la última defensa de «Caballo Negro». Solamente unos cuantos jinetes indios consiguieron escapar. Y el resto de los indios huyeron, se vieron forzados a hacerlo a pie. Supongo que ninguna otra gran lucha de las que se han librado resultó tan eficaz para la derrota definitiva de los hombres rojos como aquélla. Y ciertamente, ninguna redujo de modo tan definitivo su resistencia.
-¡Oh!... ¡Es terrible! - exclamó Lenta con voz apagada y ojos brillantes -. Pero, de todos modos, eso no explica que se le llame a usted Buffalo Jones.
-Tampoco yo lo comprendo - respondió el guerrero mientras reía -. Verá usted cómo nació este nombre. Aquella misma noche, cuando nos hallábamos en el campamento, descubrimos que el hábil tirador que había desmontado y matado por medio de un disparo al hijo de «Caballo Negro» era un joven de Carolina del Norte, llamado Nelson: Laramie Nelson. Aquel joven fue bautizado con este remoquete allí mismo, en las llanuras. Jamás he sabido su verdadero nombre. Bien; Laramie se puso en pie entre nosotros, cuando nos hallábamos sentados en torno a la hoguera (éramos un conjunto de hombres diezmado y aspeado), y levantando su taza, gritó: «¡Brindo por Buffalo Jones!» Todos los hombres respondieron a gritos, y bebieron. Y desde aquella misma noche se me llama siempre Buffalo Jones.
- ¿Eso es lo que sucedió? ¡Oh, cuánto me habría gustado hallarme presente en aquellos momentos! - exclamó Lenta.
-Y ¿fue café lo que bebieron a la salud de usted? - preguntó Lindsay enigmáticamente.
- Pues... no. No fue exactamente café.
Harriet experimentó un impulso desacostumbrado y que parecía brotar del emocionado calor que le llenaba las venas.
-Y ¿qué fue de aquel joven? - preguntó.
-¿Se refiere usted a Nelson? Pues... hizo otro gran disparo después del que he referido. Nelson pertenecía a esa casta de jóvenes meridionales! levantiscos y bravíos que se han extendido por Texas y sobre el Oeste - replicó nostálgicamente el luchador-. Laramie era uno de los jóvenes más valiosos que he conocido. Pero los tiempos eran duros y difíciles en aquella época, y si un hombre quería sobrevivir había de conseguirlo a fuerza de ingenio y habilidad para manejar las armas. Nelson consiguió que su nombre se extendiese y fuese conocido por todas partes. Hace muchos años que no he oído hablar de él. Habrá muerto casi seguramente... Una tumba sin distintivo, sin marca, en algún lugar desconocido de la «pradera solitaria», como los hombres de su casta llaman a las llanuras...
Un dolor indescriptible se concentró en el pecho de Harriet. ¡Pobre muchacho valiente y arriscado! El Oeste produjo por .primera vez su fuerte efecto sobre el corazón de la joven. Eran cosas que ella jamás había soñado. La historia, las leyendas, los relatos... todas, éstas eran cosas un poco irreales. Pero Harriet se hallaba en aquel instante oyendo la voz de un hombre que había visto y vivida los grandes acontecimientos de la frontera, cuyo rostro era como una prueba demostrativa de las incomparables aventuras acerca de las cuales se mostraban los orientales tan escépticos y fríos.
Al cabo de pocos momentos de haber expuesto su relato, Jones se separó de Lindsay. Harriet regresó a su habitación, donde de nuevo se entregó a la solución del absorbente problema de hacer listas y proyectos, de meditar respecto a los que debería abandonar y lo que debería conservar. Cuando llegó la hora de acostarse, Lenta entró bostezando en la habitación. La muchacha, en tanto que se desnudaba, se entregó al capricho de hacer observaciones humorísticas, la última de las cuales fue:
-¡Maldición, Hallie! Me parece que me va a gustar el Oeste, que voy a terminar por quererlo...
A la mañana siguiente, madrugadores y alegres, todos los miembros de la familia Lindsay, con excepción de Neale, se reunieron para tomar el desayuno. Todos ellos se hallaban posesos, de un ansia por ver desarrollarse el que suponían que habría de ser un día excitante.
-¡Oh, casi lo había olvidado! -dijo Lindsay a mitad del desayuno-. Jones me ha encarecido que compruebe si vosotras, las mujeres, adquirís abrigos gruesos, camisas de lana, borceguíes de goma, impermeables y guantes... Dijo que todavía no ha llegado el verano y que sería posible que surja alguna tormenta.
La cuestión interesó a todos excepto a Florence, que se preocupaba más por las compras decorativas que por las útiles. Harriet se cuidó de añadir a su lista los artículos mencionados. Después del desayuno todas las mujeres salieron. Harriet observó que las cuatro constituían un motivo de encubierta diversión para los empleados del hotel.
-¡Qué día! -Harriet se encontraba tan cansada cuando llegó la noche, que apenas tuvo apetito para cenar. Su padre le pidió ayuda para hacer la lista de los artículos alimenticios que deberían adquirir a la mañana siguiente.
-No me creo capaz de ayudarte en esa tarea..., por lo menos esta noche - contestó Harriet, dubitativa.
-Jones tenía razón en lo que se refería al capataz Arlidge. Debía haberse quedado aquí para ayudarme. ¿Qué sé yo respecto a la cuestión de abastecimientos de boca en estas regiones?
-¿Y yo? Pero los dos sabemos a lo que estamos acostumbrados, y podremos adquirirlo fácilmente. He descubierto una tienda de productos alimenticios muy grande y muy buena. Casi me atrevería a decir que hay de todo en ella.
Al día siguiente se efectuó la adquisición de lo necesario para la satisfacción de sus caprichos o sus necesidades. La señora Lindsay compró tantos muebles, batería de cocina, lechos, ropas, de cama, que el padre de Harriet hizo la observación de que representaba el volumen suficiente para llenar varios de los seis grandes carros de que podían disponer.
-Dejaremos aquí lo que no podamos llevar, y enviaremos después a recogerlo - dijo para terminar la complicada cuestión.
Buffalo Jones cenó aquella noche con los Lindsay. Su interés, su simpatía, su afecto fueron emocionantes para todos. El guerrero rió cordialmente al ver algunas de las compras que se habían efectuado.
-¡Son ustedes una familia afortunada! -dijo -. Supongamos que no tuvieran ustedes dinero... En tal caso se verían obligados a iniciar la conquista de las llanuras con las manos desnudas. Por decirlo así... Quisiera que mi familia estuviera aquí. Tengo dos hijas. Me agradaría que las conocieran ustedes.
Harriet fue conducida a la habitación de su padre, donde éste y Jones deseaban hablarle confidencialmente. Lindsay explicó a su amigo que Harriet era su mano derecha y que se haría cargo de la administración y dirección económica de la nueva empresa. Jones aprobó sinceramente la determinación.
-Me parece una mujer equilibrada y de cabeza serena - afirmó -, y tengo la seguridad de que sabrá mantenerse con firmeza ante los golpes que usted habrá de recibir... Ahora, Lindsay, hablemos del primero de ellos. El trato que ha hecho usted ha sido un tanto anormal; y, de un modo o de otro, lo más probable es que termine usted por resultar estafado.
Lindsay ni siquiera parpadeó.
-Papá, ya te lo dije - observó Harriet.
-Es preciso que sepa usted que los occidentales son muy reservados. Casi nunca hablan a desconocidos o forasteros acerca de otros occidentales. El hablar de ellos es opuesto a la vida larga. Pero no importa. Dejemos esa cuestión... Su vendedor, Allen, no tiene la mejor de las reputaciones. Y Arlidge ha tomado parte en varias operaciones dudosas, a consecuencia de la última de las cuales mató a un hombre. En realidad, tiene sobre su conciencia el peso de varias muertes, aun cuando no se halla en el oeste de Kansas desde hace muchos años. Usted ha comprado un rancho, un rancho que. si la memoria no me es infiel, puede convertirse en un lugar delicioso y productivo. Pero, probablemente, encontrará usted menos de la mitad de los millares de reses que le han sido vendidas, acaso menos de la tercera parte. Y esto es lo que siempre sucede cuando una de las partes interesadas en la operación de venta es un inexperto en la cuestión. No podría suceder de otro modo. ¿Puede usted soportarlo?
-Lo he comprendido. No soy tonto. La expresión cine había en las miradas de Allen y en las palabras de Arlidge no pasaron inadvertidas o incomprendidas por mí. «Tragué el anzuelo», y puedo soportar algo más del mismo género.
-Muy bien. Ahora, prepárese usted para hacer frente a algo más duro. Lo peor no ha llegado todavía. Es seguro que Allen, disponiendo de lo que llamaremos un rancho, a menos de treinta millas de Cumbres Españolas, y contando con el apoyo de Arlidge, que estará fingiendo trabajar en favor de usted, le «limpiará» de la mayor parte, sino de todo, el ganado que le ha vendido.
- ¡«Limpiar»! ¿Robarlo? - exclamó Lindsay con asombro.
-Se lo arrebatarán. Permítame explicarme. Nos hallamos en estos momentos en el centro de lo que llamaremos el tercer gran movimiento de la historia inicial de la frontera : el movimiento ganadero. Primeramente llegaron los trajineros, las caravanas, los buscadores de oro, los cazadores de pieles y las guerras indias. A continuación, la era de los búfalos y de los colonizadores. Luego, el movimiento ganadero. Por espacio de varios años, grandes manadas de ganado han sido conducidas de Texas a Dodge y Abilene, término de las regiones ganaderas. Desde estos puntos, las reses han sido conducidas al Norte y al Oeste y enviadas al Este en trenes especiales. El negocio de ganado continúa progresando y produciendo grandes fortunas. Disponiendo de llanuras interminables, agua y buena hierba, no podía esperarse otra cosa. Yo vendí mi rancho propio hace poco más de un año. Y la razón fue que vi escritas en el muro estas palabras: «Robo de ganado.» Siempre han sido robadas algunas reses. Todos los rancheros pueden confirmarlo. Pero el robo se ha convertido ahora en un negocio organizado. Los ladrones han comenzado a instalar su imperio. El ladrón realiza grandes ataques para llevarse manadas y ganaderías completas. O sucede, por otra parte, que nuestro vecino, el ranchero, se apodera de nuestros terneros y les estampa su marca. La demanda de ganado crece continuamente. La venta de reses representa una operación que se paga siempre al contado. Y por estas razones, la cuestión de los robos de reses continuará aumentando de volumen por espacio de no sé cuánto tiempo. Usted se va a encontrar en el centro de actividad de los ladrones, y quiero que lo sepa anticipadamente para que pueda prepararse para la batalla.
-Es usted un hombre muy servicial, Jones –contesto el padre de Harriet con emoción -. Le agradezco mucho... que haya quebrantado la regla occidental en favor mío. Sin embargo, no estoy desanimada. Comprendo lo que ha de suceder. Solamente le ruego que me diga qué he de hacer.
- ¡Ésa es la cuestión! ¡Ésa es la dificultad! -replicó el ex ranchero con una seca risa -. Lo primero que ha de hacer usted es encontrar un hombre, un occidental, naturalmente, que sea lo suficiente listo para hacer frente a Allen y Arlidge. Estos hombres han cedido a usted, además del rancho, nueve rancheros. Puede afirmarse sin miedo a que la realidad contradiga la afirmación que la mayoría de tales caballistas, si no todos, permanecerá fiel a Allen y se situará a su lado. Y no podrá usted saber cuáles de entre ellos le harán traición hasta el momento en que ellos mismos se descubran con sus actos. He de buscar para usted un hombre duro, buen caballista, buen conocedor de estas cuestiones y buen tirador, que conozca el juego.
- Buen tirador? - preguntó la consternada Harriet.
-Eso es exactamente lo que he dicho, señorita. Cuanto más rápido y más certero sea para disparar, tanto mejor. Estoy seguro de que en Cumbres Españolas se quemará cierta cantidad de pólvora durante el próximo verano.
-¡Oh, Dios mío! ¿Qué dirá mi esposa? Hallie, mira el lío en que nos hemos metido.
- Papá, me acobardo al pensarlo - declaró Harriet -. Pero va no podemos retroceder.
-¡Retroceder! No! ¡Malditos aquellos dos charlatanes rancheros...! Jones, ¿dónde podré hallar el hombre que preciso, el jinete duro, listo y certero?
-No puedo decirlo. No podría encontrar ninguno en este momento. Pero lo buscaré. Y si no pudiera hallarlo aquí, yo mismo iré a buscarlo a Dodge. Me gusta su espíritu, Lindsay, y me gusta su familia. Y estoy dispuesto a hacer en beneficio de ustedes todo cuanto me sea posible.
Los ojos grisazulados del ranchero brillaran con un resplandor lleno de amistad y de cordialidad.
-Creo que deberán ustedes guardar para sí solos lo que les he dicho - recomendó -. Y no tengan mucha prisa por marcharse a su nueva posesión.
Pronunciadas estas palabras, se separó de sus colocutores. Harriet quedó profundamente conturbada; su padre, abatido. Lo mismo que siempre, Harriet intentó consolarlo e inspirarlo. Y ambos acertaron a ocultar sus sentimientos y sus temores al resto de la familia. No obstante, Neale arrojó una bomba en el centro del seno familiar durante el desayuno del día siguiente cuando dijo:
-Se habla mucho de nosotros en esta maldita ciudad. Se dice que somos una familia de ricos inexpertos y que hemos, sido «esquilados».
-¿Dónde has oído esas murmuraciones? - preguntó Lindsay con el rostro cubierto de un vivo enrojecimiento.
-En una cantina. Pero lo mismo se dice por todas partes.
-Bien, si es cierto, eso te proporcionará la ocasión de acudir en ayuda de esta familia de inexpertos.
-Neale no podría siquiera ayudar ni alimentar a un recién nacido, ni aun cuando tuviera una cuna y un centenar de vacas - contestó Lenta sentenciosamente -. Pero todo eso no importa, papá. Hemos venido aquí para que puedas recobrar la salud. Y el resto, sea lo que sea, lo podremos soportar valientemente.
Las dos mujeres más jóvenes no hicieron durante toda la mañana otra cosa que entrar y salir del hotel; de modo que Harriet no pudo saber en ningún momento dónde se hallarían. Ambas llegaron, riendo regocijadamente, a la hora del mediodía, y dejaron paquetes en todas las habitaciones.
-Te has perdido una gran cosa, Hal - dijo misteriosamente Lenta.
-¿Sí? ¡Gracias a Dios! No hay duda de que he perdido una gran cantidad de dinero con la que había contado.
-Ja, ja! Sinceramente, hermana, lo que hemos visto valía la pena de ser visto. Flo entró tropezando en el vestíbulo de la planta baja, puesto que iba cargada de paquetes y bultos, cuando chocó contra el occidental más guapo y de aspecto más simpático que jamás hemos conocido. Estuve a punto de reventar de risa, pero pude contenerme. Flo, como he dicho, chocó con él, y todos sus paquetes cayeron al suelo. Se aturdió por completo, ¡y ya sabes que no es fácil que Flo se aturda ! Aquel guapo vagabundo rió, se quitó el estropeado sombrero, se excusó con la gracia de un cortesano. Sus palabras y sus ademanes fueron los que menos podrían esperarse de un hombre tan sucio y roto. Tenía las polvorientas ropas totalmente desgarradas. Y llevaba un revólver muy grande colgado de un cinturón en que había una línea brillante de balas. Era joven, delgado, tenía la piel tostada por el sol casi hasta parecer dorada, y los ojos... ¡Oh, los ojos! ¡Eran maravillosos! ¡Negros y tan agudos como puñales! Tenía el cabello negro, largo, enmarañado. Todo esto pude verlo, naturalmente, mientras el joven continuaba recogiendo los paquetes de Flo. Luego..., ¿querrás creerlo?..., murmuró: «Permítame que sea yo quien lleve sus paquetes.» Flo enrojeció como una rosa. ¡Es sorprendente! Y tartamudeó unas palabras. Los dos subieron... Espero que Flo no se haya azorado excesivamente, ni olvidado darle gracias.
-¡Ha sido toda una aventura! -comentó con interés Harriet.
-Pues eso no es nada si lo comparamos con lo que me ha sucedido «a mí» - replicó Lenta con mirada brillante -. Yo me había apartado un poco, en dirección a la puerta de la bodega. No quería encontrarme en la escalera con aquel caballero de ojos negros. Oí cómo tintineaban sus espuelas en las escaleras. Pasó sin verme, y dijo a otro caballero que había entrado y a quien yo no había visto: « ¡Dios mío! ¿La has visto, «Solitario»? ¡Es un sueño!» El otro joven lanzó un grito: «¿Si la he visto? ¡Maravillosa! ¡Cierra la puerta!» Bueno, los dos salieron, y yo continué mi camino. Pero tropecé en la alfombra. ¡Es cierto que tropecé, Hallie! Uno de mis paquetes cayó al suelo. Y entonces, ¡oh!, entonces, el segundo joven apareció como por arte de magia. Era de tez rubicunda, feo, tenía las piernas arqueadas. Llevaba puestos los pantalones más horribles que es posible imaginarse. Su camisa estaba materialmente hecha jirones. Olía como... como huele un establo. Recogió el paquete y lo puso sobre los que yo tenía en los brazos. Y dijo: «Señorita, ¡cuidado con los caballistas del Oeste! Hasta mi propio compañero es un demonio para las mujeres.» Los ojos se le iluminaron con una expresión de burla. Si su compañero es un demonio, me gustaría saber qué es él... Sé que me puse tan encarnada como una remolacha, y me retiré corriendo sin responder una palabra.
-¡Dios nos ayude desde este mismo instante! ¡La cosa ha comenzado ya! -murmuró con solemnidad Harriet.
-¿Qué es lo que ha comenzado? - preguntó inocentemente Lenta.
-No sé cómo llamarlo... «Degollina de los occidentales», podría servir para definirlo.
-¡Muy bien, vieja! - replicó Lenta, medio ofendida, puesto que en su excitación había hablado con evidente sinceridad -. Pero cuídate de ti misma, ten cuidado con lo que haces... ¡Porque no sabes lo que podrá sucederte!
Estas palabras disgustaron un poco a Harriet. Le pareció que tenían una naturaleza profética. Pero decidió no replicar, y continuó entregada a su trabajo hasta que llegó la hora de la comida. Su padre la esperaba al pie de las escaleras. Las sombras de la inquietud y del disgusto habían desaparecido de su rostro. Estaba contento, sonriente, más animado que nunca.
-¿Qué sucede, papá? - preguntó Harriet alegremente sorprendido.
-La fortuna me ha dirigido una sonrisa. ¿Qué suponías, Hale? Por lo menos, Jones jura que he sido muy afortunado. Se ha encontrado con uno de sus luchadores de los días de caza de búfalos... En realidad el mismo joven que mató al hijo de «Caballo Negro» en la batalla contra los indios. Se llamaba Laramie, como creo que recordarás. Laramie Nelson. Fue el primero en llamar a Jones, Buffalo Jones, el autor del remoquete. Bien, Nelson acababa de llegar a Carden City en compañía de otros dos caballistas. Jones dice que no pudo abstenerse de lanzar un grito de júbilo al verlos. ¡No es extraño! ¡Y luego hablan de los hombres del Oeste ! ¡Espera hasta haber visto a esos tres!
-¡Tres... caballistas... del Oeste...! - contestó Harriet casi tartamudeando. ¿Podrían ser dos de ellos los jóvenes a quienes Lenta y Flo habían encontrado? ¡Podrían! No podía dudarse de que así era. Harriet no pudo reprimir los vuelos de su fantasía. ¿No sería posible que el tercero de ellos fuese el mismo Laramie Nelson, el joven que se dibujaba pintorescamente en la imaginación de Harriet?
-Bueno, después de habérmelos presentado - continuó Lindsay -. Jones salió con Nelson. Los encontré después, en el salón, donde Nelson y sus amigos estaban jugando a no sé qué juego. Parece ser que los tres han regresado de una expedición en busca de unos ladrones de caballos, e algo parecido, y que ésta es la causa de su desaliño. Jones había hecho a Nelson la proposición de que trabajase para mí en mi rancho. Evidentemente, no era una cosa muy seductora para Nelson. Pero Jones y yo le suplicamos hasta que nos dijo que no tendría inconveniente en hacerlo, a condición de que contratásemos también a sus dos amigos. Accedí a hacerlo. Y entonces Nelson llamó a los jóvenes y me los presentó. Se llaman «Solitario» Mulhall y «Huellas» Williams. Hace varios años que se hallan en compañía de Nelson. En realidad, son tres amigos inseparables. Me parece muy extraño que los dos jóvenes occidentales pusieran reparos a mi proposición, hicieran objeciones... No querían aceptarla. Mulhall dijo: «Laramie, no me asusta el trabajo, como sabes; pero no me agrada la idea de que haya muchas mujeres jóvenes y sin experiencia ranchera cerca del equipo.» Y Williams le apoyó. Y entonces Nelson les dijo con energía: «Sois una pareja de borricos obtusos. Se os ha presentado la ocasión de servir y ayudar a una familia que no puede dudarse de que lo necesita. «Solitario», no hace mucho tiempo, te lamentabas de la falta de «inspiración femenina», que es como creo que lo llamaste. Y el propio «Huellas» se lamentaba de que el trabajar en mi compañía no le dejaba ocasión de poner en práctica su caballerosidad... »
»-Me parece que habremos de reflexionar sobre la cuestión, compañero - dijo Mulhall a Williams -. Porque no hay duda de que Laramie está decidido a formar parte del equipo de las Cumbres.
»-¡Hum! ¡Hum! -replicó Williams.
»-Bien, si no queréis ayudar a una familia tan buena como es la del señor Lindsay, es posible que lo hagáis en beneficio mío - dijo Nelson al mismo tiempo que les dirigía una colérica mirada.
»-¿Cómo es eso, compañero? - preguntó con curiosidad «Solitario».
»-Resulta que el capataz que ha sido cedido al señor Lindsay es Luke Arlidge. Ahora, ¿queréis poneros de mi parte?
»-¡Sí, diablos! - gritó Mulhall.
Y tú, ¿qué dices, «Huellas»? - preguntó Nelson a su restante compañero.
«-Laramie, me duele tener que dar mi brazo a torcer.
Pero no me querría perder el verte matar a Luke Arlidge ni siquiera por un millón de dólares.
El señor Lindsay había murmurado todo esto en voz baja, casi en un largo susurro. Y esperó para ver el efecto que el relato producía a Harriet. Evidentemente, la joven estaba sumamente complacida. Y luego, el padre concluyó:
-Y esto puso término a la discusión. Y contraté allí mismo, sin perder un salo instante, a los tres compañeros. Me encuentro muy satisfecho de haberlo hecho, tanto por vosotras como por mi tranquilidad. Jones declaró que el Colorado no es lo suficientemente grande para que puedan vivir en él al mismo tiempo Arlidge y Nelson. Y, más pronto o más tarde, Nelson se hará cargo de la dirección de nuestro rancho. Lo más importante de todo, lo mejor es que las esperanzas que Jones me hizo concebir respecto a ese Laramie Nelson están plenamente justificadas. ¡Qué voz más atractiva y más suave tiene ese muchacho! jamás podría creerse que haya matado hombres.
-¡Piedad, papá! - exclamó Harriet con una expresión de disgusto y de horror -. ¡No digas que es... un asesino !
-Hallie, estos occidentales me han desconcertado por completo - declaró Lindsay -. Hablan de disparos y de muertes, de disparar y de matar lo mismo que nosotros hablamos de... recoger maíz. Jones dijo que Nelson había matado a no sabe cuántos hombres, .que es un personaje muy conocido en el Oeste... Me parece comprender que, a pesar de sus hazañas con la pistola, Jones considera a Nelson como lo que podríamos llamar «la sal del mundo».
-¡Oh. esos sanguinarios occidentales! - exclamó Harriet asustada -. ¿Cómo será posible que tengamos, cerca de nosotros un hombre de esa naturaleza?
-No sé por qué, tengo el presentimiento de que muy pronto nos alegraremos mucho de que así sea - afirmó secamente Lindsay. Y cuando hablaba de este modo y acompañaba sus afirmaciones de juramentos, no podía dudarse de que se expresaba con sinceridad. La familia se reunió para la comida, durante la cual Lindsay dijo con fingida indiferencia que sería posible que al cabo de muy pocos días se emprendiera el viaje que había de conducirlos a su rancho. La noticia sorprendió y sobresaltó de diversos modos a sus oyentes. Lenta se embelesó. Florence tenía razones secretas y particulares para desear permanecer más tiempo en Carden City.
-Oye, papá, ¿me encargarás de algún trabajo? - preguntó Neale.
-Sí. Guiarás uno de los carros - replicó concisamente el padre. Y el resto de la familia tomó nota mental de estas palabras.
Después de la comida los Lindsay se separaron para entregarse a diversos quehaceres. Cuando regresó, sola, de cumplir unos encargos, Harriet halló a su padre en el salón del hotel en compañía del hombre más sorprendente que jamás había visto.
-Ven, Harriet - dijo Lindsay, al mismo tiempo que empujaba hacia delante a su alto acompañante-. Te presento a mi nuevo trabajador, Laramie Nelson... Te presento a mi hija mayor, Nelson. Es preciso que os conozcáis. Harriet será mi administradora, mi mano derecha en el rancho.
Harriet se inclinó y saludó al señor Nelson con una expresión de agrado y simpatía. Pero, interiormente, estaba temblando y preguntándose por qué lo hacía.
-Me alegro mucho de conocerla, señorita - dijo lentamente Nelson en tanto que se despojaba del viejo sombrero. Su voz baja y sus atractivos ademanes eran inconfundiblemente meridionales.
Antes de que hubiera podido pronunciarse ni una sola palabra más, Lenta y Flo llegaron saltando alegremente para ser presentadas al señor Nelson. Esta circunstancia proporcionó a Harriet la ocasión de mirarlo. Era alto, esbelto, de cabello de color de arena, tenía la cara ligeramente señalada de pecas, y sus ojos, grises y osados, brillaban de un modo que recordaba los de Buffalo Jones y Luke Arlidge. En su delgado rostro había una sombra de tristeza. Nelson no sonrió, ni siquiera para corresponder al asedio de la incorregible Lenta, que estaba manifiestamente fascinada por él. El traje del joven aparecía cubierto de manchas del viaje y de rotos. Sus delgados zahones de cuero, llenos de agujeros, caían flojamente sobre unas botas manchadas de barro. Unas largas espuelas, brillantes como puñales de plata, apoyaban las rodajas en el suelo. De su costado derecho, y de un cinturón de gastado cuero, a muy baja altura, pendía un revólver negro cuya oscura culata sobresalía de la funda.
Todo en él producía una impresión de largo servicio, de duro trabajo. De manera que aquél era Laramie Nelson..., el matador, el pistolero que tenía una voz dulce, el fascinador occidental. Harriet se sintió tan atraída como repelida. No parecía que aquel hombre fuera lo que era.
Repentinamente la atención de todos se concentró de nuevo en Harriet, que estuvo a punto de dar muestras de turbación. Las, dos jóvenes hicieron peticiones de dinero.
-Es nuestra tesorera, señor Nelson - explicó Lenta alegremente -. Papá jamás administra el dinero... ¡Cuidado con nuestro dinero!
-¡Oh, Lenta! ¡Esa es una desconsideración! - exclamó Harriet al mismo tiempo que enrojecía -. Ciertamente, señor Nelson, no soy como mi hermana parece haber dado a entender...
Una muestra de la desacostumbrada preocupación de Harriet fue el hecho de que entregase el portamonedas a Lenta, quien lanzó un grito y corrió al exterior seguida de Florence.
-¿Es extraño que me cuide con tanto empeño de defender el dinero de papá? - preguntó riendo Harriet.
-Bien, señorita; son muchas cosas las que extraño y respecto a las cuales no ceso de hacerme preguntas - contestó Nelson con una primera sonrisa que le hizo parecer repentinamente más joven -. Y lo que más me pregunto es cómo podrá su papá criar ganados y sostener un equipo de caballistas teniendo en el rancho tres hijas tan hermosas. Es una cosa completamente imposible.


V


Laramie
 observó a sus dos inquietos conspiradores con una mezcla de temor y disgusto. Era maravilloso comprobar que los tres compañeros ocupaban una verdadera habitación de un hotel verdadero. No solamente había un techo sobre sus cabezas, sino que, además, cada uno de ellos poseía un equipo nuevo de ropas y atavíos. Su suerte cambiaba. Laramie se estremecía al pensar que acaso la inquietud de sus queridos compañeros le impidiera obtener el fruto de la tranquilidad.
-¿Pediste dinero, prestado para comprar todo esto? -preguntó «Solitario» al mismo tiempo que con un movimiento circular de la mano señalaba los lechos atestados de camisas, pañuelos, trajes, sombreros, chaparreras y botas.
-Supones que he asaltado un almacén? - replicó enojado Laramie.
-¿A Lindsay?
-No. A Búffalo Jones. Y podré devolverlo cuando me parezca conveniente. Esas personas del Este no lo sabrán. Pero ahora pienso, que... debería decírselo..., por lo menos, a la señorita Lindsay.
-¿A «cuál» de ellas? - preguntó burlonamente «Solitario».
«Huellas» se volvió. Estaba ante el espejo, afeitándose una barba de más de una semana que le oscurecía aún más el rostro.
-«Solitario», estás en Babia -dijo-. No es preciso preguntar a cuál de ellas. Laramie se ha inclinado ante la mayor de las tres; Hallie, creo que se llama. Y no le censuro. ¡Es una muchacha seria, guapa y juiciosa!
-¡Ufhum! ¡El muy enamoradizo...! - exclamó «Solitario» -. Y no puedo decir tampoco que lo encuentre censurable. ¿No he perdido yo la chaveta por esa criatura de cara de niña pequeñita y labios rojos? ¿Por qué diablos no nos dijo Laramie que esas jóvenes eran hijas del ranchero Lindsay, para quien íbamos a trabajar?
-Para quien «vamos» a trabajar, compañero-le corrigió Laramie.
¿Cómo demonios podía saberlo Laramie? - preguntó «Huellas» en defensa de su jefe-. Yo diría que si se fuera él solo nos encontraríamos nosotros más solos que nunca. Ya me parece estarlo... No tengo inconveniente en confesar que el trabajar para el «Rancho de las Cumbres Españolas» me parece una cosa encantadora. Y si no fuera así, lo haría muy gustosamente, porque no quisiera abandonar por nada de este mundo a Laramie cuando se halla a punto de enfrentarse con ese granuja de Arlidge. «Solitario», quiero estar cerca de él cuando se encuentren.
-Y yo también. No creas que soy tan insensible a la amistad como para que pueda mostrarme indiferente - dijo «Solitario» sombríamente -. Pero será preciso que os despidáis de mí, compañeros. No pienso ir al rancho.
¡Gatos y perros! - exclamó irónicamente «Huellas».
-Si quieres quedarte sin nariz para que tu cara sea aborrecible, no coincidas con nuestra opinión. ¡Bien sabe Dios que ya eres bastante feo!
-No todos los hombres pueden ser tan guapos como tú ni tan fascinadores como Laramie - replicó con tristeza «Solitario». Y entonces, su espíritu despertó -. De todos modos, no he visto que vosotros dos volváis locas a todas las mujeres.
-«Solitario», olvidas de que modo interrumpí la «fiesta de la corbata» que se celebraba «en honor tuyo» en cierta ocasión - dijo reprendiéndole Laramie -. ¿«Por qué» no quieres ir?
«Solitario» pareció un hombre acorralado. Se sentó como abatido en el borde del lecho, y en su feo rostro se dibujó una expresión de pesar.
-Porque llamé novia a aquella señorita y porque le quité esto cuando le devolví los paquetes que dejó caer -reconoció «Solitario» al mismo tiempo que se sacaba de uno de los bolsillos un pequeño estuche de piel.
Laramie se quedó sin habla por efecto del asombro. Nuevamente se había dejado arrastrar «Solitario» por su antiguo hábito..., por su flaco..., por su única debilidad.
-¿Qué contiene? -preguntó con curiosidad «Huellas».
-j Que me muera ahora mismo si lo sé! No me atreví a abrirlo. Creo que solamente me propuse tener «algo suyo», un objeto que me la recordase cuando vuelva a estar nuevamente perdido en la pradera solitaria.
«Huellas» arrancó el objeto de las manos acariciadoras de «Solitario».
-Es una carterita... ¡Y está llena de billetes! - exclamó «Huellas» cuando la hubo abierto -. Billetes de a diez y de a veinte... ¡Y uno de cincuenta dólares!... ¡Oh, y otro de ciento!... Es el primero que he visto desde comencé a vivir en las llanuras.
-¡Dios mío! - gimió «Solitario» -. No sabía que contuviera dinero... ¡Oh, si ella me hubiera visto arrebatárselo!... Compañeros, vámonos de esta ciudad de Garden City... y ¡cuanto más pronto lo hagamos, tanto mejor!
Laramie cruzó la estancia y, arrebatando de las manos de «Huellas» la carterita, al agitó ante a cara de «Solitario».
-¡Maldito patas tuertas, granuja! - dijo lenta y coléricamente -. ¡No hay duda de que serás la causa de nuestra perdición! ¡Quédate aquí hasta que yo vuelva!
-¿Adónde vas? -preguntó, el caballista con temor.
-A devolver este dinero. Diré que fue un accidente...
-Y lo fue. Fue un accidente, Laramie. Lo juro por mi vida... Y ¡adiós, viejo amigo...!
-Vete, Laramie. Yo lo obligaré a quedarse aquí - le interrumpió «Huellas» -, aunque para conseguirlo tenga que partirle la cara en dos.
-¡Ya te daré «lo tuyo» cualquier día! -replicó «Solitario» amenazadoramente mientras Laramie salía al vestíbulo.
Le parecía creer que aquel desliz de «Solitario» provocaba en él una inspiración. Asustándole y amenazándole, le había obligado a que oyese la voz de su conciencia. Debía apresurarse a aprovechar las ventajas que la situación le ofrecía y hacer frente a las circunstancias de manera fría, por más emocionado o afectado que él mismo se hallase. Cuando Laramie se acercó a la puerta de la señorita Lindsay, que se hallaba a mitad del pasillo, pudo oír la deliciosa risa de la hermana más joven.
Laramie llamó a la puerta. Una voz de contralto respondió a la llamada:
-¡Adelante!
Laramie dudó durante el tiempo suficiente para permitir que la puerta fuese abierta por la hermana mayor, la llamada Hallie.
-¡Oh..., es el señor Laramie! - exclamó sorprendida mientras le dirigía una mirada que se cruzó con la de él. Laramie había dirigido la mirada en dirección a su revólver en muchas ocasiones al hallarse ante un par de ojos desafiadores, pero nunca vio dos que, como aquéllos, sumergieran sus facultades en las profundidades en un revuelto caos. Pero, puesto que ya se había preparado con anterioridad, le fue posible vencer las dificultades de la situación.
-¿No habrá perdido alguna de ustedes una carterita?
Antes de que la señorita Lindsay tuviera tiempo de contestar se produjo un grito de alegría y un ruido de rápidos pasos. La más joven de las tres hermanas se dirigió a Laramie.
-Yo diría que sí, que alguien la ha perdido - gritó alegremente.
Laramie mantuvo la carterita tras la espalda.
-Bien, ¿cómo era la que alguien perdió? - preguntó al mismo tiempo que dirigía una sonrisa a la muchacha.
-Es de piel amarilla, con un cierre dorado... ¡Déjeme verla...!
-Y ¿qué había en su interior?
-Dinero. Muchos billetes. La mayoría de ellos, de mamá, que ha estado muy enfadada desde que la perdí.
-Me alegro mucho de poder entregársela. Debió usted de dejarla caer en el vestíbulo-replicó Laramie -. Aquí la tiene usted.
La muchacha la recibió agradecida.
-¡Oh, muchas gracias, señor Nelson! Mamá se consolará... No se lo había dicho todavía a papá. Ya no es preciso que lo sepa... Me dan ganas de abrazarle... ¡Es posible que lo haga «algún día»!
Y, después de lanzar una larga y equívoca carcajada, corrió a lo largo del pasillo evidentemente con el propósito de dar a conocer a su madre la grata noticia.
-¡Qué suerte ha sido que la haya encontrado usted, señor Laramie ! - dijo la señorita Lindsay -. Búffalo Jones insistió mucho en su afirmación de que habría de constituir una gran fortuna para nosotros el haberle conocido. ¡E inmediatamente ha respondido usted de modo concluyente a sus grandes alabanzas!
-De modo que Jones ¿habló elogiosamente de mí..., señorita Lindsay? - preguntó Laramie.
-Ciertamente, lo hizo.
-¡Hum! Me parece mucho más de lo que merezco. Y me agradará mucho conseguir que no se formen ustedes una idea equivocada acerca de mí. Le suplico que tenga la bondad de decírselo a su padre.
-No hay duda. Le transmitiré cualquier encargo que usted me indique. Ya sabe que le gusta afirmar que soy su mano derecha.
-Estoy seguro de que necesitaré de su ayuda - continuó secamente Laramie -. Señorita Lindsay, lo que no puedo permitir respecto a nuestro trato, es que Jones les haya proporcionado unas falsas impresiones acerca de mí y de mis compañeros. No nos engañemos, no haya equívocos. Estoy completamente seguro de que su padre no podría hallar en ninguna parte tres hombres más apropiados que nosotros para entenderse con las cuestiones que surjan de su adquisición del rancho. Pero todo eso que Jones ha dicho acerca de nosotros... Todo es filfa. En realidad, no somos sino tres vaqueros vagabundos, tres caballistas que jamás han podido conservar por mucho tiempo ninguno de los puestos de trabajo que se les han asignado: Yo soy el peor de los tres. No me es posible alejarme de los incidentes y las camorras. Mi historia de pistolero me sigue por doquier, y a veces se adelanta a mí. Juro que no es por culpa mía. La vida del Oeste, sus costumbres, todo está íntimamente ligado a mi naturaleza. En cuanto a mis compañeros, «Huellas» Williams es un caballista desconocido, un verdadero amigo, sin ningún género de duda; pero apenas sé nada de él. Creo que, como yo, proviene de una buena familia; es uno más de esos jóvenes que se dejó arrastrar por la tentación del diablo y huyó de su casa. Una piedra rodante podríamos llamarle. Más ¿de qué sirve eso en una región tan bravía como ésta? «Solitario»... «Solitario» es peor. Tiene un corazón de oro, ciertamente; pero eso es todo lo que posee, además de una habilidad excepcional para cabalgar y para echar el lazo. Pero bebe, se pelea, juega, jura... y estaría muerto desde hace mucho tiempo... si no hubiera sido... por mí.
Laramie se atragantó al pronunciar las últimas palabras. ¡Qué descanso, qué alivio para su pecho! Desde entonces en adelante podría mirar rectamente a unos ojos puros, ansiosos, graves, sin sobresaltarse y sin avergonzarse.
-¡Cómo!... Señor Laramie... Me... me sorprende usted - exclamó desconcertada la joven. Un rosado color invadió sus mejillas -. ¿Intenta usted rechazar deliberadamente los elogios de Buffalo Jones?
-Por completo, con excepción de una sola cosa : que somos tan buenos caballistas y tan buenos conocedores del ganado como los mejores que puedan hallarse en cualquier parte.
-¿Quiere que transmita a mi padre todo lo que usted me ha dicho?
-Así es. Y entonces me sentiré más satisfecho y más tranquilo. Ya me he tranquilizado un poco al decírselo a usted. Va contra mi naturaleza y contra mis gustos el mentir, el fingir que no me encontraba sin trabajo..., que sería preciso halagarme y asediarme para que accediera a aceptar el empleo que su padre me ofrecía. Pero Jones tiene la culpa de que lo hiciera. Y el propio Jones me prestó dinero para que pudiera comprarme ropas y presentarme decentemente. Jamás he pretendido presentarme de modo diferente al que realmente soy. Jones me juró que su padre necesitaba tres buenos vaqueros con urgencia, y creyó que sería preferible tejer una pequeña historia acerca de nosotros. Una familia oriental inexperta..., unas muchachas soñadoras y románticas... Naturalmente, no podíamos decepcionarles. Pero he meditado más detenidamente acerca de la cuestión, y he decidido contar la verdad desnuda.
- Comprendo, señor Laramie... No tengo inconveniente en reconocer que... le respeto más después de la confesión que me ha hecho. Pero... casi me ha disgustado y atribulado usted. Creo que ya había comenzado, hasta cierto punto, a confiar en ustedes...
-Bien, lo que le he referido, no es razón para que no pueda hacerlo - dijo Laramie.
-¡Este Oeste me aturde y desconcierta!
La señorita Lindsay enrojeció y volvió la cabeza en otra dirección. Luego, al mismo tiempo que palidecía, miró con ojos escrutadores' a Laramie.
-¿Hay alguna razón para que usted no pueda vivir honestamente cerca de nosotros?
-Ahora, no. La hubo. Ya se lo he dicho. Los orientales son propensos a considerar al Oeste como extraño, bravío y duro. Y así somos los hombres de esta región. Pero yo podría mirar cara a cara a mi madre y a mi hermana exactamente del mismo modo que la miro a usted.
-Muchas gracias. Creo que esas palabras... me tranquilizan. Y ¿puede usted responder por Williams?
- Sí, por lo que de él conozco.
-Y ¿de Mulhall?
-Todo lo que puedo prometer, señorita, es que responderé por «Solitario». Acepto la responsabilidad de su comportamiento.
-¿Qué dirá mi padre? - murmuró ella para sí misma.
-Espero que no tome las cosas demasiado a pecho.
Aquel capataz, Arlidge, es un hombre que necesita un occidental para descubrirlo.
- Buffalo Jones dijo que los hombres del Oeste nunca hablan mal de los otros hombres del Oeste.
-No lo hacen. Es cierto. No lo hacen... cuando tienen miedo. Lo que acabo de insinuar respecto a Arlidge, me lo oirá usted repetir a su misma cara... si el padre de usted se decide a aceptar mi ayuda. Puede decírselo así mismo, señorita Lindsay, puede plantearle la cuestión para que decida.
-Yo... casi... casi puedo responder por él - contestó ella nerviosamente-. Pero... veremos... Gracias por su... por su sinceridad... ¡Oh, casi lo olvidaba! Mi papá me ha encargado que les invite a los tres, a cenar esta noche con nosotros... a las seis... Me dijo que no admitiese una respuesta negativa.
-En ese caso, supongo que será inútil que intente rechazar la invitación-respondió Laramie -. Hace ya muchísimo tiempo que no me siento a la mesa con personas distinguidas y amables. Es' posible que jamás vuelva a tener ocasión de hacerlo. Buenas tardes, señorita.
En tanto que Laramie se inclinaba reverentemente y se encaminaba hacia la puerta, la señorita Lindsay le miró fija y perplejamente, como si tuviera algo más que decir. Pero no habló, y Laramie recorrió el pasillo. Laramie se dio cuenta de la impresión que le acometía interiormente, y no pudo evitar el impulso que le forzó a fanfarronear cuando se presentó ante sus amigos.
-Oye, has tardado una cantidad terrible de tiempo, en volver  le dijo reconviniéndole «Solitario» con ojos de temor.
-He arreglado la cuestión, compañero -replicó altivamente Laramie -. Entregué el portamonedas a la persona a quien pertenece. Dije que lo había encontrado en el vestíbulo. Y ella me contestó que se alegraba muchísimo y que experimentaba deseos de abrazarme y que lo hará «algún día».
¡Ay! - exclamó «Solitario».
-Laramie, ¿has necesitado todo ese tiempo para devolver un objeto perdido? - preguntó con suspicacia «Huellas».
-No. Lo cierto es que he estado hablando con la señorita Hallie - respondió lentamente Laramie.
-¿Acerca de qué?
-Principalmente acerca de mí mismo. ¿Suponías que sería capaz de entregarme a arrebatos de furor contra ti y contra «Solitario»?... Y la señorita Hale nos ha invitado a los tres, a cenar.
- ¡ «No»! -exclamó incrédulo y radiante «Huellas».
- ¡Es cierto!
-Perdóname, Laramie. Temía que hubieras dicho que somos tres ganapanes vagabundos' en lugar de «Tres Mosqueteros», como nos llamó Buffalo Jones.
«Solitario» se levantó del lecho con tanta consternación y tanto temor, que semejó más alto de lo que realmente era.
-¡Ce...nar! - profirió débilmente.
-Exactamente. Y creo que podré darme maña para conseguir que te sientes junto a aquella preciosa criatura, o, por lo menos, frente a ella.
-¡Ay, Dios mío!... «Huellas», ¿dónde está mi revólver? ¡Quiero volarme la tapa de los sesos!... ¡Ay, ay!... ¡Qué ocasión!... ¡Si yo no hubiera pronunciado aquella palabra tan...! ¡La llamé «novia»! ¡La traté como a una mujer del Oeste!
En su tribulación, «Solitario» se arrastró hasta meterse debajo del lecho, donde sus desnudos y callosos talones fueron vistos a través de los agujeros que tenía en la parte posterior de las botas. Y allí, gimió y gimió desesperadamente.
-¡Deberías dar gracias a Dios y a mí por haberte librado de la cárcel! - le dijo dolido Laramie.
-¿Qué me importa haber robado aquella carterita? ¡Es «en ella» en quien pienso! - replicó furiosamente «Solitario».
-¡Sal de debajo de la cama, «Solitario»! -le dijo «Huellas» con animación -. No te acobardes. Toma un baño y aféitate. Córtate el pelo. Luego estírate y presume y gallea para dar a entender a esa linda criatura que eres el más grande de todos los caballistas que el Oeste ha conocido jamás.
Estas palabras produjeron el efecto deseado. «Solitario» salió de debajo del lecho, y exclamó:
-¡Maldición! ¡Lo haré... aunque me cueste la vida!
Laramie no hizo a la ligera los preparativos para el acontecimiento; pero mucho antes de que sus compañeros regresasen de la peluquería se había convertido en un hombre de aspecto completamente distinto al habitual, lo que le produjo un melancólico orgullo. No era que le importase mucho personalmente el ser de éste o de aquel modo, sino que pensó en su hermana, Marigold, y en que le habría gustado que le viera en aquel estado. «Hace mucho tiempo que no escribo a Marigold - se dijo -. Volveré a hacerlo antes de que salgamos de este hotel.»
«Solitario» y «Huellas» entraron atropelladamente en la habitación. Tenían los rostros brillantes, rosados; el cabello cortado y peinado; y el de «Solitario» estaba sostenido y apretado por una gran cantidad de cosmético.
-Muchachos, parecéis casi seres humanos - observó Laramie -. Pero no estoy muy seguro respecto a vosotros... Es posible que la cena de esta noche resulte una cosa excesiva para los dos.
«Huellas» estaba silbando. Laramie volvió a enfrascarse en la lectura del periódico, un ejemplar atrasado de uno de los de Kansas City. Y leyó absolutamente todas las líneas impresas, incluidas las correspondientes a los anuncios. Y cuando terminó y levantó la mirada, «Solitario» y «Huellas» estaban todavía contoneándose.
-Bueno; si las plumas hermosas no hacen hermoso al pájaro, entonces soy una lechuza - declaró Laramie.
-Laramie, no es, fácil destacarse ni lucir junto aun Apolo como «Huellas» o un meridional de planta tan señoril como tú-dijo quejosamente «Solitario» -. Dios Todopoderoso no se lució cuando me creó. Soy bajo y regordete como un pato. Ninguna mujer podrá mirarme sin pensar inmediatamente que cualquiera de vosotros podría pasar, montando un jamelgo, por entre mis piernas. Y tengo una cara que podría parar un reloj. ¡Maldición, no soy guapo! ¡Es inútil que intente engañarme! No tengo otro remedio que recurrir a ardides' para atraer a las mujeres, que decirles que son hermosas, que referir historias de batallas y de sangre... Y cuando se hace el amor a una mujer, no hay más remedio que alabarla exageradamente...
«Solitario», pido a Dios que me ponga en guardia a tiempo... para impedir que puedas hacer alguna de tus jugarretas a esa familia Lindsay - exclamó Laramie con calor.
-Tienes razón, compañero - añadió «Huellas» -. Pero cuando se intenta conquistar a una joven «de clase», como esa Lenta Lindsay, es preciso no comer con el cuchillo.
-¡Oye, demonio de mataalegrías! - tronó «Solitario», espantado al ver la razón que asistía a su amigo-. ¿Cómo diablos podré saber v de qué modo debo comer?
-Observa lo que yo haga, y haz exactamente lo mismo que yo - replicó «Huellas».
-¡Uf, uf! ¡Es una píldora muy amarga; pero seguiré tu consejo!
-Y tampoco comas, como un cerdo - añadió Laramie -, como un vaquero vagabundo que está muerto de hambre.
-Pero ¡ es cierto que estoy muerto de hambre ! - protestó «Solitario».
-Puedes comer todo cuanto gustes sin necesidad de descubrirlo - dijo «Huellas»
-¿Podré pedir más de un plato si lo que me sirven me parece excepcionalmente bueno?
-Claro que puedes hacerlo. Pero no tres veces.
Y entre los dos compañeros aleccionaron a «Solitario» hasta que «Huellas» pareció hallarse satisfecho. Pero Laramie continuó abrigando dudas respecto al incorregible joven, y no dejó de alimentar algunas respecto a sí mismo. Finalmente, todos estuvieron dispuestos, y, con media hora de antelación, bajaron al salón inmediato al comedor, donde Laramie hizo la halagüeña observación de que el empleado del escritor no los reconocía. El propio Lindsay, que entraba con la ansiedad de encontrarlos, hubo de mirarlos dos veces. Y al observar su rostro, pálido y expresivo, en el que se dibujaban la buena voluntad y el cariño, Laramie exhaló un suspiro de' satisfacción. No podía dudarse de que Lindsay había sido informado por su hija de la verdad' acerca de los tres caballistas, ni de que era lo suficientemente bueno y generoso para desdeñar las minucias y los delitos. Y esto dio motivo a que Laramie incrementase con el agradecimiento y la lealtad su interés por la familia.
Los restantes Lindsay estaban esperando en el interior del comedor, que aún no había comenzado a llenarse de comensales. Antes de que se aproximase, Laramie pudo mirar detenidamente a Hallie Lindsay. La agitación desacostumbrada que se produjo en el interior del pecho de Laramie estuvo, sin duda, relacionada con la presencia de la joven, que se hallaba vestida de blanco. Hallie le saludó alegremente y le presentó a su madre, mujer vigorosa que conservaba en el rostro las huellas de una antigua belleza. Luego, Lindsay cumplió brevemente la ceremonia de las restantes presentaciones. Dos incidentes sorprendieron a Laramie de modo extraordinario. Lenta se inclinó ante «Solitario» y dijo:
-¿Cómo está usted, señor Mulhall? Papá, ya he tenido anteriormente el placer... de conocer a este caballero.
-¿Sí? No lo sabía.
-Creo que nos vimos en el vestíbulo - contestó Lenta; y sus ojos, azules y candorosos, se llenaron de una expresión de inocencia.
«Solitario» se comportó en aquel instante como un verdadero caballero.
-Sí, señora Lindsay; fue en el vestíbulo - dijo amablemente -. La señorita Lenta llegó tan cargada de paquetes, que ni siquiera pude ver que era una mujercita hecha y derecha. Y cuando se le cayó uno de ellos, lo recogí para entregárselo' e hice una divertida observación, he olvidado cuál, como la que un solitario caballista de las llanuras puede hacer a una niña. Éste es el encuentro a que ella se refiere.
Los Lindsay rieron alegremente, como aceptación de la explicación, y hasta la propia Lenta expresó una regocijada sorpresa. Laramie se maravilló al oír la explicación de «Solitario». Y se dio cuenta del cambio de miradas que se operaba entre Florence Lindsay y «Huellas» Williams. No solamente estaba ella sorprendida al reconocer a «Huellas» como el galante, aunque rústico, caballero que había conducido sus paquetes al piso superior, sino también de ver la transformación que había convertido' a un desharrapado caballista vagabundo en un hombre sorprendentemente sugestivo.
Luego todos se dirigieron hacia la mesa dispuesta para ocho personas, a la cabeza de la cual se sentó el señor Lindsay; la señora Lindsay ocupó la parte opuesta. Laramie se sentó junto al señor Lindsay, a su derecha; Hallie, a continuación, y «Huellas» fue el tercero en aquel lado. Lenta se instaló al otro lado de la mesa, frente a Laramie, y «Solitario» tomó asiento entre ella y Florence. De este modo se realizó lo que todos anhelaban, sin tropiezos y sin dificultades. Laramie se encontró satisfecho de poder tomar asiento y de tener a su lado a la señorita Lindsay, de manera que no le fuese necesario hacer frente
a su mirada. Sin embargo, la vehemencia de la joven le produjo un efecto perturbador.
-Bueno, muchachos: he decidido abandonar las ceremonias y encargar a mi esposa que eligiese ella los platos-dijo Lindsay -. ¿Qué les parecerá un cubierto compuesto de pavo, salsa de arándano, pan, zarzuela, helados y algunas otras cosas?
«Solitario» lanzó una risa infantil, en extremo contento.
-Si mis compañeros me permiten comer todo lo que quiera, esta cena me va a parecer la mejor del mundo.
Estas palabras halagaron a la señora Lindsay, quien inmediatamente experimentó interés por «Solitario».
-Pues... me harté de comer pato silvestre y solomillo de búfalo en cierta ocasión; pero fue hace muchos años - añadió Laramie.
«Huellas» dirigió la mirada al otro lado de la mesa, en donde Florence se hallaba, y dijo con cálida entonación.
-¡Pavo! Ese plato me va a traer el recuerdo de mi casa.
-Y ¿dónde está su casa? - preguntó Florence lánguidamente.
-En Boston. Soy de Nueva Inglaterra.
La mirada de Florence se posó escrutadoramente sobre él. Laramie pensó que jamás había visto una muchacha tan rubia; y, en verdad, su blanca piel y su dorado cabello, en chocante contraste con sus ojos altivos y oscuros, le imprimían una sorprendente belleza. ¡Tanto peor para el «Rancho de las Cumbres' Españolas»! No podría haber ni un solo caballista en él que fuera fiel cumplidor de todos sus deberes en tanto que aquella muchacha no hubiera concedido a alguien su corazón.
-¡Ah! -comentó Lindsay -. Yo soy yanqui. ¿Cuánto tiempo hace que se halla usted en el Oeste?
-¿Cuánto tiempo? Parece casi toda una vida. Pero es solamente ocho años. Tengo' veinticuatro ahora. Tenía dieciséis cuando me fugué de la escuela.
Laramie lanzó una rápida mirada a «Solitario», mirada que éste interceptó e interpretó inmediatamente. Sin embargo, ni siquiera pestañeó. Laramie sabía que él y «Solitario» eran de la misma opinión en lo que se refería a su misterioso reservado compañero. Aunque silencioso durante el transcurso del tiempo que al lado de ellos había pasado, tan pronto como una muchacha de ojos oscuros llenos de ensueños y romanticismo, le observaba, revelaba su secreto.
-De modo que ¿huyó usted para buscar fortuna en el Oeste? - preguntó Florence, que estaba tremendamente impresionada.
-Sí. Pero no la he hallado... todavía.
-Y ¿las personas de su familia que dejó usted en su casa?
-Me avergüenza tener que confesar que no les he escrito durante estos años. Pero mi casa era un barullo - continuó «Huellas» con tristeza-. Yo odiaba la escuela. Papá quería que estudiase leyes. Me estaba preparando para ingresar en la Universidad de Yale. Discutimos, reñimos. Le dije que jamás sería abogado. Y contestó que me desheredaría si no continuaba mis estudios. Y ésta fue la causa de mi fuga. Es probable que algún día me encuentre con mi padre. Ahora lo lamento mucho, porque he destrozado mi vida y porque acaso he destrozado el corazón de mi madre. ¡Cuánto' me agradaría verla!
Florence estaba intrigada. Y «Huellas» continuó dando explicaciones. Aun cuando no podía dudarse de que con ello se proponía excitar el interés de la mujer, obtuvo también el de los demás. ¿Qué importaría que aquella historia no fuese cierta? Pero Laramie no tenía razones para suponerlo ni para dudar de «Huellas», que jamás había hablado de sí hasta aquel momento. Había habido un acento de verdad en su voz, una tristeza y un autorreproche que ninguno de los Lindsay dejó de percibir. Pero «Solitario» pareció no advertirlo. ¿Habría de verse empequeñecido y vencido por aquel vástago de una rica familia bostoniana? ¡No mucho ! En el mismo instante que Laramie puso en él la mirada, después de que «Huellas» terminó de hablar, «Solitario» se fortificó y preparó para lo que había de hacer.
-Mi compañero ha agitado' los recuerdos que duermen en mi memoria-comenzó diciendo «Solitario» y dirigiéndose principalmente a la señora Lindsay, que le observaba con los ojos totalmente abiertos. Era una hábil posición estratégica por parte del que hablaba -. No hay duda de que los caballistas de estas llanuras tienen que provenir de alguna parte, puesto que la cría de ganados no tiene todavía la antigüedad suficiente para que puedan haber nacido aquí. Provienen de todas partes, aun cuando creo que el Sur ha sido el que más de ellos ha enviado... y seguramente, los mejores jinetes - y al pronunciar estas palabras. «Solitario» se inclinó aduladoramente ante Laramie -. Texas y Carolina construyeron el Oeste. Así se dice por estas tierras. He trabajado en un equipo del que formaban parte un negro, un mejicano, un indio, un rebelde, un yanqui, un inglés y un holandés, todos juntos. Por lo que sé, el inglés era un duque; el negro, un esclavo fugado, y el rebelde, el hijo de un rico agricultor. Esta profesión de caballista y vaquero es una de las más pintorescas que existen.
«Solitario» se interrumpió durante unos momentos con el fin de producir un efecto teatral en sus oyentes, y paseó la mirada indiferente sobre todas las personas presentes, aunque la mantuvo durante más tiempo sobre Lenta, cuyo rostro tenía una expresión que podría haber servido de fuente de inspiración a un pintor de anuncios de cigarrillos.
-Provengo de Missouri. Mi padre perteneció a las guerrillas de Quantrell: era un rebelde. Y mi madre procedía de una familia yanqui de sangre azul. Mi madre tenía un tío o pariente en no sé qué grado, que llegó en el «Mayflower» y arrojó a los pides rojas a puntapiés de aquella reunión que se celebró en el barco y de la que ustedes habrán leído los relatos en los libros escolares. Reconozco que jamás he concedido mucha importancia a las reuniones, ni siquiera a aquélla... Éramos terriblemente pobres, y me vi obligado a realizar diversos trabajos en tanto que estudiaba. Y mi madre no tuvo otro remedio que trabajar como lavandera. Cuando tenía diez años se me presentó una ocasión de venir al Oeste en un tren ganadero. Naturalmente, me aficioné a los caballos tanto como un pato al agua, y cantaba la «Pradera Solitaria» antes de cumplir los quince años. ¡Diablos! Pero de todo eso hace ya mucho tiempo..., aunque soy más joven que nuestro amigo «Huellas». Fui de Montana al Gulf, y puedo decir que he estado en todas partes y que he tomado Darte en todo cuanto ha sucedido. He tenido una cuerda de cáñamo en tomo al cuello y si no hubiera sido por la intervención de Laramie (fue entonces cuando nos conocimos) no hay duda de que habría perneado en el aire. Y todo sucedió por culpa de un maldito capataz llamado Price, que tenía celos de mi modo de..., bueno: celos de mí en lo que se relacionaba con cierta señorita. Desde entonces, Wild Bill no podría decir que...
«Solitario» continuó su relato ansiosamente. Y lo que dijo adquirió una importancia mayor a cada momento que transcurría, porque a cada momento era más sincero. Pero repentinamente, su notable disertación experimentó un fallo. Laramie pudo saber al mirar a Lenta que ella comprendía que «Solitario» mentía. Laramie pensó que la muchacha hacía un esfuerzo extraordinario para contener las carcajadas. Sin embargo, la señora Lindsay se sintió arrastrada y emocionada por el cuento del vaquero, lo que acaso constituía el principal objetivo de éste. Su inesperada pausa estuvo manifiestamente relacionada con la llegada de dos camareros portadores de unas enormes fuentes, sobre una de las cuales se destacaba, de modo conspicuo, un pavo asado. Laramie no acertó a comprender por completo si fue la vista del pavo o un acceso de tos lo que cortó la palabra a «Solitario». Comoquiera que fuese, éste no parecía decidido a continuar hablando.
-¡Oh, qué vidas más maravillosas han vivido ustedes! - exclamó la señora Lindsay -. Me da miedo por mi hijo Neale... John, haz el favor de trinchar el pavo... Señor Nelson, supongo que usted también habrá vivido una vida muy intensa...
¿Yo?... No, creo que no. Me parece que nací sobre un caballo y que me desarrollé con una brida en una mano y un revólver en la otra - dijo lentamente Laramie.
Estas palabras afirmaron en la imaginación de Laramie un hecho que anteriormente se había presentado a sus sentimientos o a su excesiva sensibilidad. Y provino de un estremecimiento, de un movimiento casi imperceptible de la señorita Lindsay. La mesa era pequeña, por lo que imponía la necesidad de que las sillas se hallasen próximas unas a otras y de que la encantadora joven que había encandilado a Laramie se encontrase muy cerca de él. Laramie no se había dado cuenta de esta circunstancia hasta después de haber observado el ligero estremecimiento de ella. ¿Qué otra cosa podría haber esperado? Una mujercita oriental, educada y refinada, se veía repentinamente envuelta en la compañía y en la proximidad de un caballista de las llanuras que había matado hombres; naturalmente, no era extraño que experimentase un horror instintivo por el contacto con él. Otras personas incrementarían muy pronto la descripción que Buffalo Jones había hecho de él, y entonces se destacaría claramente su personalidad, tan conocida, de Laramie Nelson. De todos modos, esta comprobación hirió profundamente al joven. Era injusto. Él no podía cambiar la naturaleza del Oeste ni huir de la presión que sobre él ejercía. No creía haber cometido la tontería de enamorarse sentimentalmente de la mayor de las señoritas Lindsay; pero había experimentado un algo vago, dulce y soñador, inexpresablemente nuevo para él, que le anunciaba que habría de morir de un modo violento. El amor estaba, seguramente, destinado a «Huellas», y aun al incorregible «Solitario»... en el caso de que pudiera ser reformado. Mas para Laramie Nelson sería siempre una cosa secreta que jamás habría de producir frutos.
Desde el mismo momento en que fueron servidos el pavo y otras sabrosas vituallas a los tres caballistas, la conversación quedó limitada a las que sostenían los Lindsay, de todos los cuales era Lenta la más animada. En su preocupado silencio, Laramie no percibió el ingenio sutil y el acento burlón que Lenta prodigaba a expensas de «Solitario» hasta el momento en que la mocita le guiñó el ojo. Laramie se sorprendió. Lo que la pequeña chiquilla de dieciséis años pudiera hacer de «Solitario», parecía inquietante. Sin embargo, Laramie gozó con tal pensamiento. El tenorio de la «Pradera Solitaria» había, al fin, encontrado su rival.
Haciendo honor a la verdad, debe manifestarse que «Solitario» no hizo mal papel ni el ridículo, en lo referente a la manera de comer; y la cena constituyó un verdadero éxito para los vaqueros.
La señorita Lindsay dirigió en diversas ocasiones observaciones corteses a Laramie. Laramie comprendió que ella había observado que un algo de aislamiento había nacido en él. Pero no importaba. Y Laramie contestó a las observaciones del mismo modo que había contestado a las de su patrón.
-Nelson, ¿cuándo podremos marcharnos? - preguntó Lindsay.
-Ésa es exactamente la misma pregunta que yo tenía en la punta de la lengua - dijo la señorita Lindsay con vehemencia.
-¡Oh, sí! ¿Cuándo nos iremos? - exclamó Lenta.
Florence dirigió unas palabras silenciosas, soñadoras, a «Huellas».
-Pues... estamos preparados para emprender la marcha mañana, a la hora de la salida del sol - respondió Laramie.
- ¡Cómo! Yo creo que todavía necesitaremos una semana para terminar los preparativos - declaró Lindsay.
-¡Mañana l ¡Es emocionante ! ¡No es posible! - añadió la señorita Lindsay. No podía dudarse de que era cierto que estaba emocionada.
-¿Qué objeto tiene el continuar aquí más tiempo y malgastar el dinero pagando facturas del hotel? - preguntó secamente Laramie.
-Nelson, me ha herido usted en el mismísimo centro, como dicen ustedes, los occidentales. ¿Qué objeto tiene? - replicó Lindsay.
- ¿Han terminado ustedes, las señoras, de hacer sus compras? - preguntó Laramie.
- No nos queda absolutamente nada por comprar-contestó Harriet.
-Y ¿el embalaje?
-Ya están empaquetadas la mayor parte de las cosas que hemos de llevar.
-Bien; entonces, ¿qué opinan ustedes respecto a la idea de que nos pongamos en camino pasado mañana al amanecer?
- Señor Nelson, me llena usted de asombro - exclamó la señora Lindsay. Y Lenta se quedó boquiabierta y ensimismada.
-¡Por todos los diablos! - estalló Lindsay al mismo tiempo que golpeaba la mesa con la abierta mano -. Nelson, usted se encarga de ultimar los preparativos.
-Muy bien, señor. Permítanme que repase sus listas.
-Mamá, perdónanos... tú y las muchachas - dijo Lindsay en tanto que se ponía en pie -. Sería preferible que terminaseis de empaquetar esta noche.
La excitación y la alegría se apoderaron del contingente femenino. Laramie las acrecentó al aconsejar a la señora Lindsay que tanto ella como las jóvenes dejasen sin empaquetar algunas ropas de abrigo, abrigos gruesos, bufandas y botas de cabalgar, y guantes, todo lo cual habrían de ponerse la mañana en que se iniciase la marcha.
-Y perdóneme, señora Lindsay - añadió Laramie -.
Laramie nunca se detiene a mediodía, ni lo haría por nada de este mundo. Creo que deberán ustedes, preparar cestos de alimentos para la comida. Y en cuanto a la otra mitad de este pavo, la que no hemos podido comer... ¿no sería una lástima que se perdiera?
-Es usted un joven listo y previsor - sentenció la señora Lindsay -. Vamos, muchachas. Hemos pasado una hora encantadora. Continuemos empaquetando...
-Hallie, busca todas las listas, con el fin de que podamos repasarlas - dijo Lindsay -. Tráenoslas cuando, las hayas reunido. Estaremos en el salón. Vamos, jóvenes, vamos a fumar un cigarro.
El fumar no formaba parte de los hábitos de Laramie. Tenía buenas razones para procurar que sus nervios no se excitasen jamás por causa del tabaco o del alcohol. Y se regocijó al ver a «Solitario» repantingado en un sillón y exhalando largas y densas nubes de humo procedentes de un cigarro grande y caro. Pero «Huellas» pareció demostrar con su actitud que ya había fumado anteriormente algún otro de la misma calidad.
- Nelson, me alegro mucho de contar con la ayuda de usted - declaró Lindsay -. Me encontraba en un laberinto.
-Bien, yo también me alegro de que usted al fin decidiera contratarnos-contestó Laramie.
-¿Eh? ¡Ah, sí, naturalmente! - dijo Lindsay un poco desconcertado. Y en aquel momento llegó Harriet con un montón de papeles.
- ¿Quieres que me quede para repasarlos con ustedes? - preguntó.
- ¡Sí, diablos! - respondió su padre -. Comencemos ahora mismo las cuestiones relacionadas con el rancho.
-No me parece mala la idea si, como me ha dicho, la señorita Lindsay es su tenedor de libros y va a encargarse del dinero-comentó Laramie.
«Huellas» acercó una silla para la joven, y las cinco personas formaron un círculo en torno a la mesa.
-Pueden fumar, caballeros... He aquí mis listas. ¿Cuál quieren ustedes repasar?
-Pues... todas ellas, si no tiene usted inconveniente - contestó Laramie.
Pero... nuestras listas personales... no tienen interés para ustedes... ¿verdad? - preguntó Harriet al mismo tiempo que enrojecía ruborosamente.
-Son terriblemente interesantes para mí, señorita; pero no son verdaderamente necesarias - replicó Laramie -. Haga el favor de darme en primer lugar la lista de subsistencias.
Harriet le entregó cuatro hojas cubiertas de una escritura clara y limpia.
-¿Es suya esta escritura, señorita? - preguntó Laramie.
- Sí. ¿Por qué...?
- Porque es tan bonita, que me agradaría recibir alguna carta de usted... Hay aquí comida suficiente para alimentar a un regimiento por espacio de varios años. ¡Demasiado buena para caballistas de las llanuras! Se harán gordos y perezosos. Y «Solitario» terminaría por morir de indigestión.
- ¿Qué demonios te sucede? No tengo ese padecimiento - replicó «Solitario».
-,«Huellas», anota ahí en tu papel : dos carros para transportar los abastecimientos... ¿Cuántos carros compró usted, señor Lindsay?
-Seis. No había más carros nuevos en toda la ciudad. Pero podría adquirir otros dos más, de segunda mano, que están en buen estado.
-Apúntalo, también, «Huellas»... Ahora, señorita Lindsay, haga el favor de entregarme la lista de moblaje, lechos, batería de cocina, objetos domésticos...
Laramie repasó dos nuevas hojas.
-«Huellas», para cargar todo esto, se necesitarán cuatro carros. Tendremos que apartar algunas cosas y llevar primeramente tan sólo lo que sea necesario. Luego podremos mandar a alguien en busca del resto. Pongamos dos carros para el primer viaje... Nos quedan cuatro carros... No hay tiendas de campaña en esta lista.
-Jamás pensamos en adquirir tiendas - contestó la señorita Lindsay.
-Necesitarán ustedes cuatro. Apúntalo, «Huellas». Y también lonas y toldos para los carros.
  ¡Oh, viajaremos en esos carros de praderas que parecen barcos! ¡Como una caravana! - exclamó indudablemente emocionada la señorita Lindsay.
Laramie extendió la mano para tomar una nueva lista.
-He aquí una hecha por Buffalo Jones.
- Debería servir; pero Buffalo es un poco tacaño... Veamos. Arneses, herramientas, artículos de labranza, sillas, mantas, bridas, sal, grano, utensilios campestres, semillas, aceite... ¡Aaah! Esta muy bien esta lista. Demasiado bien para haber sido hecha por el viejo luchador... Necesitaremos cuatro carros para cargarlo. «Huellas», anota dos carros para el primer viaje y otros dos para el segundo... Eso hace un total de seis carros; de modo que solamente nos quedan otros dos... Y llegamos a las listas personales de las señoras.
-Tenemos baúles y maletas por todas partes, además de las innumerables' cosas que hemos adquirido aquí - le informó la señorita Lindsay.
-¿Cuántos baúles?
- Dieciséis. Y veinticuatro maletas, y paquetes y cajas. Laramie levantó las manos.
-Llevaremos lo que podamos, y dejaremos el resto para el segundo viaje. ¿Has tomado nota, «Huellas»?... Ahora, señorita Lindsay, voy a hacer una lista de las cosas que no podría esperarse que supiera usted que habrían de necesitarse. Y Buffalo Jones es un cazador, no un ganadero... ¿Hay algo acerca de caballos y tronquistas?
- Brown, el dueño del almacén, ha contratado seis conductores con caballos para nosotros.
- Necesitaremos dos tronquistas más y un cocinero. Lindsay se rascó la cabeza dubitativamente.
-Mi esposa y las muchachas son buenas amas de casa... Y... pensamos que ellas mismas podrían encargarse de cocinar durante el viaje.
-¡Está usted majareta, hombre de Dios! - exclamó Laramie con su habitual lentitud.
-No sé lo que es eso; pero estoy de acuerdo con usted. Harriet rió por primera vez en presencia de Laramie. -Yo lo sé. Significa que estás loco.
-No he querido ofenderle, señor. Es una palabra propia de gente baja. Pero no podemos permitir que las mujeres se cuiden de cocinar.
-El trabajo no nos asusta - replicó Harriet, fogosa, casi resentida.
-Supongo que no, y hasta sería capaz de apostarme el sombrero a que ustedes sabrán preparar unas comidas deliciosas. Pero vamos a hacer un viaje, un viaje duro, señorita Lindsay, no una excursión de recreo. Tendremos lluvia, viento, acaso nieve durante el camino. Y el tener que guisar para diez, once, doce trabajadores como «Solitario» y para ustedes mismas... será un trabajo de todos los diablos. Me opongo.
-Se toma en cuenta usted su oposición-declaró Harriet, vencida, a pesar de sí misma. Y dirigió a Laramie una intensa mirada que le fue difícil y dulce de percibir.
-Lo que usted diga, Laramie - añadió Lindsay al mismo tiempo que abría las manos en signo de conformidad.
-Bien, buscaré un cocinero. Espero que no me resulte como el último que contraté. Tuve que dispararle unos tiros.
La señorita Lindsay se quedó sin habla.
-Solamente le herí en una pierna. Le sorprendí cuando nos estaba robando, y tuvo el atrevimiento de desenfundar el revólver para acometerme. No podríamos marchamos mañana, ni aun cuando quisiéramos hacerlo - añadió Laramie, regocijado al observar la lucha de la muchacha por recobrarse -. Voy a guardarme estas listas para repasarlas nuevamente. Esto es todo, señor Lindsay. Nos pondremos en marcha, con absoluta seguridad, pasado mañana por la mañana.
-Señor Laramie, usted es... lo que antes llamó a mi padre... o un mago - dijo la señorita Lindsay con lo que parecía una forzada admiración.
-Sí. Estoy majareta. No hay duda.
-Pero, ¿qué es majareta?
-Es un hierbajo silvestre que hace perder la cabeza a los caballos que lo comen.
La señorita Lindsay se levantó repentinamente. -Papá, ahí está Neale - dijo.
Y si en su voz no hubo una nota de prevención, Laramie se engañó de cabo a rabo.
Un hombre joven, vestido de modo bastante llamativo, de buena presencia a pesar de la palidez que le cubría el rostro, en el que se veía un ojo amoratado e hinchado, entró, se acercó presurosamente a Lindsay, se agarró a su hombro, con una mano y extendiendo la otra señaló con dedos temblorosos' a «Solitario».
-¡Ahí... ahí está! - exclamó acusatoriamente-. ¡Ése es el gallito de patas torcidas, el vago, el granuja que me dio un puñetazo en el ojo!


VI


Solitario
 se separó lentamente el cigarro de la boca y replicó :
-Sí. Y te pondré negro el otro ojo si te atreves a salir a la calle. Soy demasiado caballeroso para que pueda maltratar a un novato tonto en presencia de una señora.
La consternación se dibujó en el semblante del señor Lindsay y en el de su hija. Laramie la compartió. ¿Podría transcurrir ni un solo día sin que «Solitario» cometiera alguna fechoría? Aquel recién llegado era, indudablemente, el joven Lindsay, y, por lo tanto, el hermano de Harriet. El muchacho parecía hallarse a punto de sufrir una apoplejía.
-¡Haré... que te den... de latigazos! - gritó.
-¡Ca! A mí, ¡no! No traigo ahora la artillería; pero no pienses en eso de los latigazos. Ya lo intentaron hacer otros en otra ocasión... y hubo varios entierros.
- ¡Oh, es horroroso! - exclamó la señorita Lindsay, afligida -. Neale, no deberías venir a exponer aquí tus agravios. Estamos tratando asuntos muy importantes.
-¡No me importa! - resopló Neale -. Es preciso que se haga algo con ese hombre.
- Neale, ¿qué te sucede ahora? - preguntó Lindsay; y su paciente y resignada expresión fue muy elocuente. -¡Me dio un puñetazo en un ojo!
-No hay duda que te han dado un golpe en un ojo. Las pruebas lo evidencian. Solamente falta saber si fue él el culpable. ¿Cuál fue la causa? ¿Cómo podremos saber que no mereciste que te lo dieran?
Al llegar a aquel punto, «Solitario» se puso en pie. Parecía haber aumentado en estatura.
-Perdóneme, señor Lindsay; pero este joven ¿pertenece acaso a su familia?
-Siento mucho tener que contestar que es cierto.
- ¡Maldición!... Laramie, ¿te has dado cuenta de la mala suerte que tengo? ¿Por qué demonios tuvo ese joven que complicarme la vida? -Y después de estas plañideras palabras, «Solitario» continuó-: Pero, señor Lindsay, ¡no es posible que pertenezca a la familia de usted!
-Desgraciadamente, no me es posible negar los lazos de sangre que nos unen - contestó Lindsay con un humorismo seco que regocijó a Laramie -. Es mi único hijo.
- ¡No, Dios mío, no! - exclamó desalado «Solitario» -. ¡No puede serlo este, ridículo, patoso y necio que está metido en una camisa de hombre !
Neale se movió como si se preparase para acometer a «Solitario»; pero su padre lo detuvo:
-¡Le daré de latigazos yo mismo! - gritó.
Pero «Solitario» no podía tomar en serio aquella amenaza. No obstante, se daba cuenta del desastre que le amenazaba. Y volviéndose en dirección a Harriet, dijo desesperado y suplicante:
-¡Me quieren engañar! ¡Usted y ese bobo no pueden ser parientes!
-Es hermano mío señor Mulhall - replicó Harriet. Y «Solitario» no advirtió que lo dijera con orgullo de ninguna clase.
-¡No, no! Una mujer tan hermosa como usted... no puede tener ese... ese...
La señorita Lindsay asintió con una sonrisa que parecía indicar que experimentaba el temor de caer presa del regocijo.
- Oiga, Mulhall, ¿quiere damos una explicación respecto a lo que haya sucedido? - preguntó Lindsay.
-¡No hay salvación para mí! ¡Soy un hombre sentenciado, Laramie! ¡Debías abandonarme! - dijo patéticamente «Solitario». Luego, con una dignidad que podría ser fingida, pero que no por ello dejaba de ser convincente, se dirigió al padre del joven -. La cosa sucedió el mismo día en que llegamos a esta población. ¡Ni siquiera una hora después de nuestra llegada! Yo y «Huellas» estábamos jugando una partida de ese juego que se llama «charco». Estábamos tan pacíficos como una pareja de gatitos. Nos jugábamos las bebidas, y solamente podíamos jugar una partida... Y vi a ese... a su hijo, que andaba de un lado para otro en torno a la mesa. Y dijo: «Quiero jugar una partida con vosotros». Le di las gracias y rechacé el honor de que nos acompañase. Y volvió a meterse en nuestra partida. «Yo podría dar a usted una ventaja de diez puntos», dijo. Estas palabras nos regocijaron; pero ni siquiera abrí la boca para contestar. «Huellas» me estaba ganando; después, tuve la suerte de ganar nueve puntos, con lo que quedamos empatados. Llegó el momento en que había de hacer un «disparo» decisivo. Y si lo ganaba, habría ganado la partida a «Huellas». No era difícil la jugada para mí, pero, naturalmente, quise tener seguridad de no fallarla. Por eso me preparé con calma. Y entonces volvió a hablar su hijo, señor Lindsay. «¡Eso no se hace así! ¡Déjeme enseñarle cómo ha de hacerse!» Y juro que ni siquiera parpadeé. Pero cuando me hallaba a punto de «disparar)), no sé qué movimiento hizo detrás de mí, por lo que perdí la jugada y la partida. «Huellas» me ofreció permitirme que repitiera la tirada, pero yo estaba demasiado irritado para que pudiera hacerlo. Y dije a su hijo, señor Lindsay: «Voy a marcarte ahora una buena jugada en un ojo». Y lo hice inmediatamente... Y ésta es la pura verdad, la verdad sincera...
-Le estuvo bien empleado-declaró Lindsay con decisión-. Neale: conozco bien tu afición a meterte en los asuntos de los demás. Aun cuando solamente sea por beneficio propio, en favor de tu pellejo... es preciso que te enmiendes. Recuerda que ahora estamos en el Oeste.
-Pero, papá, lo que ha dicho ese hombre ¡ es la mentira más grande y más condenada de todo el mundo ! No estábamos en ninguna taberna-declaró Neale, sorprendido, asombrado, ofendido -. Todo sucedió en la calle. Yo... Bueno, encontré a una muchacha... Y estaba hablando con ella, cuando llegó ese vagabundo con sus ropas sucias y rotas. Y guiñó un ojo a la muchacha. Y... yo me ofendí, y...
Laramie tuvo repentinamente una inspiración; y al mismo tiempo pensó que había llegado el momento de intervenir en favor de «Solitario», en el caso de que quisiera ayudarle.
-Escúcheme, joven - dijo lentamente -. Nos hallamos en vísperas de iniciar una labor de colonización en las llanuras, No podemos permitirnos el lujo de malgastar energías en cosas y querellas sin importancia. No hay duda de que habrá luchas, armas y sangre en el «Rancho de las Cumbres Españolas».
El enrojecido rostro de Neale perdió el acaloramiento. -¿Sabes montar a caballo? - continuó Laramie.
-Sí... ¡Claro que sí!
-¿Sabes dirigir un tronco?
-He guiado muchas veces el tronco de caballos más rápido que existe - contestó Neale con ansiedad.
-Bien; lo celebro. Necesitamos una pareja de tronquistas. Tú podrás guiar uno de los carros. De modo que prepárate para ponerte ropas de abrigo, botas altas y guantes. Nos iremos pasado mañana por la mañana.
-¿Es cierto papá? - preguntó Neale con desesperada incertidumbre -. Y ¿me vais a encargar de un trabajo de hombres?
-Nelson es el encargado de decidirlo. Tienes mi permiso para hacerlo. Pide a tu madre el suyo.
-El tuyo es suficiente, papá. ¡Ya he estado demasiado atado a las faldas de mamá! Gracias, Nelson. Creo que me comprende usted. Papá, habrás de darme dinero para comprar un equipo.
-Pídeselo a Hallie, que es quien se encarga de esas cuestiones-contestó Lindsay, que se hallaba claramente satisfecho del giro que tomaba la situación.
Neale se asió a un brazo de Harriet y arrastró a la muchacha al exterior.
-¡Demonios, Laramie! ¡Lo has puesto en estado de ebullición! - dijo «Solitario» refiriéndose a Neale -. Es posible que haya en su interior algo valioso. ¿Quién sabe?
-Es cierto. Ese joven tendrá ahora un aprendizaje duro, que le convertirá en un hombre o que le matará.
-Esperemos que le convierta en un hombre - replicó con fervor Lindsay -. Usted lo ha puesto acertadamente en el camino, Laramie. Se lo agradezco mucho. Es mucho lo que espero de usted. ¡Hasta mañana! ¡Buenas noches!
«Solitario» habló hasta por los codos mientras ambos subían al piso alto, con lo que perturbó las reflexiones de Laramie. Los dos amigos compartían una habitación. Laramie jamás había podido dejar a «Solitario» a solas. «Huellas» los siguió. Una vez que la puerta se cerró a sus espaldas, los tres se miraron con ojos llenos de entusiasmo.
-Bueno, compañeros; no podréis negar que os he puesto en el camino de la prosperidad - dijo lentamente.
-¡Parece demasiado bueno para que pueda ser cierto! -replicó soñadoramente «Huellas».
-Laramie, te quiero -declaró «Solitario», y hubo en esta observación toda la sinceridad de la verdad.
Laramie se hallaba a punto de proponer que los tres se sentasen para hablar respecto a los trabajos del día siguiente, cuando vio que «Solitario» estaba alisando algo que había puesto, sobre la mesa.
- ¿Qué es eso? ¿Qué haces?
- ¡Hum! Nada.
Pero «Huellas» alargó una mano y le arrancó lo que «Solitario» tenía bajo las suyas. Al levantarlo, vio que era un pañolito blanco orlado de un estrecho encaje. Laramie percibió en él un débil perfume.
- ¡Devuélvemelo! - dijo «Solitario» al mismo tiempo que lo agarraba a su vez -. Es de la señorita Lenta. Lo dejó caer al suelo, lo recogí... y se me ha olvidado devolvérselo.
Laramie dirigió a su incorregible amigo una mirada de reproche.
- ¡Dios me tenga de su mano! - dijo al mismo tiempo que exhalaba un suspiro.
La caravana de Lindsay, que es el modo con que Buffalo Jones bautizó a la expedición cuando se despidió de sus componentes, se puso en marcha unos momentos después de la salida del sol del día señalado. Los expedicionarios se vieron precisados a suponer que el sol ya había salido, puesto que el cielo estaba oscuro y cubierto.
Las últimas palabras de Jones, dirigidas exclusivamente a Laramie, tuvieron la misma fuerza e intensidad que los ojos del viejo luchador.
-El ahorcamiento de ladrones de caballos y vacas se ha intensificado mucho durante los últimos años en .estos terrenos.
-Así es. Espero que ninguno de los hombres de mi equipo se dedique al robo. ¡Adiós! Cualquier día nos veremos en la ciudad.
Ocho carros componían la expedición, y todos iban plenamente cargados. Laramie anhelaba que la tormenta que amenazaba se alejase sin descargar. Pero, de todos modos, no estaba dispuesto a aplazar el viaje ni una sola hora. Que los Lindsay hiciesen frente a lo que sobreviniera. Ya eran occidentales, y la lluvia, el viento, la nieve, el granizo, el calor, la sequía, los saltamontes, el trabajo, la soledad, los ladrones de vacas y de caballos y todos los restantes «dones» de las, Grandes Llanuras formarían desde aquel momento parte de sus vidas. Laramie abrigaba dudas respecto a que la resistencia de Lindsay pudiera soportarlo y a que la espalda de Neale fuese lo suficientemente fuerte para resistir la carga que sobre ella se arrojaba; pero tenía sinceras esperanzas en lo que se relacionaba con las demás personas, de la familia.
Pese a todo, no fue solamente Neale el que condujo un tronco de caballos, sino que también lo hicieron «Solitario» y «Huellas». Y comoquiera que la señora Lindsay y Lenta marchaban en el carro de «Solitario», y que Harriet y Florence lo hacían en el de «Huellas», los dos orgullosos vaqueros, los dos inquietos amigos se convirtieron repentinamente en dos seres tan pacíficos como corderitos. Laramie se dijo al observarlo: «Si este viajecito no llama la atención de los Injuns y no los lanza sobre nuestra pista, estaré dispuesto a comerme el sombrero.»
Y sucedió que Laramie tuvo la fortuna de contratar a un cocinero que había trabajado para los grandes equipos de la región ganadera. Jud Lawrence era una maravilla de buen humor, trabajo y habilidad culinaria; pero, como suele suceder con demasiada frecuencia, con tales tesoros, tenía una desmedida afición a empinar el codo. Había pasado un período de corrección en la cárcel de Garden City, circunstancia que suplicó a Laramie que no revelase a los Lindsay.
Laramie se encontró satisfecho de hallarse otra vez sobre Wingfoot para realizar un nuevo y verdadero viaje a cuyo final le esperaba un importante trabajo. Y el caballo semejaba responder a los mismos impulsos y sentimientos que su jinete. Laramie era el único jinete del grupo. Los caballos de «Solitario» y «Huellas», juntamente con otros varios que los jóvenes habían adquirido a bajos precios, trotaban tras el último carro, donde Laramie cerraba la marcha. El joven Neale Lindsay conducía este último vehículo, y Laramie deseaba no perderle de vista cuando llegasen a pasos difíciles. Este pollito había concebido un repentino cariño por Laramie, que podría ser utilizado con fines provechosos. «No hay duda de que probablemente ese condenado muchacho va a constituir un estorbo y una fuente de molestias y disgustos; pero su hermana vale la pena que cueste el soportarlo... y posiblemente de convertirlo en un hombre útil», monologó Laramie sin darse cuenta de que, al pensar de tal modo, omitía la circunstancia de que Neale tenía otras dos hermanas, además de padre y madre.
La caravana pasó más allá del último rancho y llegó a una pendiente ondulante tendida sobre la gris pradera que se extendía por espacio de leguas y más leguas en dirección al oscuro y vago horizonte. El crudo viento soplaba del Norte y anunciaba complicaciones atmosféricas. Laramie llegó a la conclusión de que al día siguiente llovería o nevaría, por lo que decidió ordenar que se recogiese una gran cantidad de leña cuando llegasen al primer punto de acampamiento, que sería el de Cottonwood Creek, a unas treinta millas hacia el Noroeste.
La primavera llegaba con retraso. En los cerros se conservaba aún la gris tonalidad del invierno, pero en los terrenos lisos se dibujaban unas manchas verdes. Los algodoneros y los sauces comenzaban a cuajarse de hojas. Era conveniente que los Lindsay vieran la pradera envuelta en aquella gris monotonía, puesto que de este modo podrían establecer luego el contraste que marcaba la riqueza y la plenitud del florecimiento purpúreo del verano. De este modo, cuando los vientos norteños aportasen nuevamente la nieve, podrían hallarse mejor preparados para resistirla. Las únicas palabras de elogio que Buffalo Tones había tenido para la casa del «Rancho de las Cumbres Españolas» habían sido éstas:
-Bueno; por muy grande que sea el frío del invierno, los Lindsay no se helarán. Aquella casa de piedra debe de ser muy abrigada.
Como un centinela que se hallase de servicio, Laramie no dejó ni un solo instante de fijar la atención sobre los carros que componían la expedición, y principalmente sobre el que cerraba la marcha. Y se entregó nuevamente al estado de ocio soñador propio del caballista de las llanuras que se encuentra una vez más en el terreno descubierto, con la serpenteante carretera ante sí y una región bravía perdida en algún lugar del neblinoso horizonte. Estimaba a los Lindsay, y se negaba a responder a las acusadoras preguntas de su conciencia respecto a cuál era la persona de la familia a quien más quería. En el caso de que Lindsay sobreviviese a aquel largo viaje que se efectuaba en los días primeros y crudos de la primavera, probablemente se curaría de su debilidad pulmonar. La vertiente del Colorado, que nacía en las Rocosas, era un terreno alto, claro, seco, y su aire v su sol poseían maravillosas virtudes curativas. La soledad y la vida sencilla serían convenientes para un hombre enfermo, aun cuando resultasen abrumadoras para los miembros de su familia. Por otra parte, en el este del Colorado había ciudades florecientes, las cuales podrían servir para aliviar, por medio de visitas accidentales, la soledad de las jóvenes. ¿Si se aficionasen al trabajo... ! La mayor de las muchachas, Hallie, vencería todas las dificultades y todas las penalidades. Laramie se hizo varias preguntas respecto a ella. ¿Qué era lo que le había conferido aquella triste expresión de alejamiento, aquella firme y grave dureza en los labios? Sin duda, había dejado un amor detrás de sí, allá, en Ohio. Laramie se dijo que si él hubiera sido el hombre afortunado que conquistó su amor, habría levado anclas y emprendido el viaje con ella. Pues creyó comprender, según se le había insinuado, que los Lindsay habían quemado los puentes detrás, que habían renunciado a todo; todos se mantendrían al lado del padre enfermo, y todos se reunirían en el nuevo hogar escogido, sucediera lo que sucediese.
Avanzaron a buena velocidad por la mañana, si se tiene en cuenta lo muy cargados que iban los carros, y a mediodía se hallaban a veinte millas del punto de partida. Y los ojos de Laramie, habituados a este género de observación, le dijeron que disminuía la cantidad de puntitos blancos que manchaban la pradera. El ganado comenzaba a escasear. Pero la región era muy grande y poseía el número suficiente de cañadas, de hondonadas y de cuencas de ríos para ocultar un millón de reses. Un pálido sol comenzó a brillar al cabo de poco tiempo, con lo que los bordes de las elevaciones se mostraron menos desapacibles y el panorama adquirió un poco de brillo. Laramie veía en la lejanía antílopes, coyotes y ciervos, y en cierta ocasión vio un grupo de jinetes vestidos de oscuras ropas que se hallaba sobre la cima de una distante elevación. Grupos de aquella naturaleza le conducían siempre a hacer conjeturas y especulaciones. Laramie había hecho, antes de emprender el viaje, diversas averiguaciones acerca del camino, el agua, la hierba, la leña y los colonos. Pero vio muy pocos de éstos, y ninguno en el transcurso de las dos últimas horas.
Alrededor de media tarde, desde lo alto de una pendiente cuya subida requirió el empleo de una hora, Laramie vio el lecho de un arroyo que estaba bordeado de árboles, a pocas millas de distancia. Y se adelantó a los demás.
Al pasar junto al carro de «Solitario», Lenta se acercó a él.
-¡Eh, oiga, ordeñavacas! ¿Dónde ha estado usted durante todo el día?
-He venido detrás de ustedes. ¿Cómo es que va usted a caballo?
- He estado guiando al tronco durante casi todo el camino.
-¡Ah!... Y usted, señorita Hallie... ¿cómo se encuentra?
-¿Yo? ¡Ah! Estoy asustada, feliz, hambrienta, cansada... y, al mismo tiempo, encantada-contestó Harriet.
Laramie no vio a Lindsay. Sin duda alguna, debía de hallarse tumbado bajo la lona del carro. «Huellas» tenía el mismo aspecto que si durante todo el día hubiera estado guiando una carroza. Florence tenía el rostro enrojecido. La señora Lindsay se había dormido en el asiento.
-¡En marcha, Wing, viejo amigo! - dijo Laramie. Y comenzó a recorrer la pendiente, cuesta abajo, en dirección al lecho, del río. El valle era ancho, herboso, y estaba poblado de arboledas que crecían acá y allá; además, poseía una gran cantidad de agua. Laramie necesitó más tiempo del acostumbrado para escoger el lugar apropiado para el campamento, y finalmente decidió instalarlo donde el valle se cerraba, cerca de la fuente del arroyo, en un punto próximo a la carretera. Permaneció sentado sobre el caballo durante unos momentos, meditativamente, hasta que recordó dónde se hallaba; y entonces desmontó y permitió a Wingfoot que se revolcase a su antojo sobre la hierba. Luego se acercó a la carretera para esperar a la caravana. Los restantes expedicionarios le alcanzaron muy pronto. Llegaron en revuelta confusión, y pudo apreciarse que los caballos experimentaban tanto entusiasmo como los viajeros ante la perspectiva de un descanso.
-Deteneos ahí, bajo los árboles - gritó. Laramie mientras agitaba una mano; y cuando los conductores llegaron al punto deseado y se detuvieron, Laramie dio nuevas órdenes -: Desenganchad los caballos, llevadlos al agua y trabadles luego, las patas. Jud, envía a dos hombres para que corten y traigan leña. «Solitario», tú y «Huellas» armad las tiendas y los lechos. Neale, ayúdalos, si no estás muerto. Todos los, demás que desciendan y vengan aquí.
Laramie manejó el hacha con energía aquella tarde, aun cuando se interrumpió en su labor de vez en cuando para observar regocijadamente a los diversos Lindsay que iban cojeando de un lado para otro. Lenta se aproximó a él.
-¡Oh, Laramie! - gritó antes de haber llegado a su lado-. ¡Venga! ¡ Tengo miedo a que «Solitario» y «Huellas» se maten mutuamente!
-¿Por qué causa? - preguntó Laramie tranquilamente.
- Por una discusión que se ha originado respecto al modo de instalar nuestra tienda.
- Bien; ahora iré. Traiga aquella brazada de leña, muchacha. Puesto que ha de trabajar, comience a hacerlo ahora mismo.
-Muy bien - declaró la joven; y aun cuando era menuda y frágil, levantó con facilidad la gruesa brazada de leña -. Me estoy divirtiendo mucho más que en cualquier otro momento de mi vida.
Cuando Laramie puso la mirada sobre sus dos compañeros, pudo comprobar que el acaloramiento que se reflejaba en sus rostros no era efecto de una comedia tramada para asombrar o asustar a las mujeres, sino de una verdadera discordia originada por la discrepancia de opiniones acerca del modo que la tienda debería ser instalada.
-No puedo comprender cómo vosotros dos tenéis el valor necesario para soñar con ranchos, esposas, hijos y no sé qué más, cuando no sois capaces de instalar una sencilla tienda de campaña.
Estas palabras los apaciguaron, con el resultado de que al cabo de poco tiempo habían logrado, desenvolver la tienda y estirar las lonas. Laramie encendió una hoguera chisporroteante sobre un tocón de algodonero cercano, y fue en busca de un cubo de agua y de cuencos. Y también se apoderó de una olla de la batería de Jud para hervir agua en ella. Luego, ayudó a los muchachos a levantar dos tiendas más.
-Haz un hoyo para instalar en él el lecho. «Solitario», mientras voy en busca de una brazada de hierba y de helechos. Esta tierra es muy húmeda y dura.
-Hay una docena o más de telas embreadas - contestó «Huellas».
-Muy bien. Ted, algunas veces, de tarde en tarde, tienes buenas ideas - dijo Laramie en voz más baja que anteriormente -. Me sorprende mucho que estés tan perdidamente enamorado.
-¡Corazón de piedra, pistolero! - exclamó agresivamente Williams -. Espero, y tengo la seguridad de que sucederá, que te enamores tan condenadamente que creas que estás a punto de morir.
-¿Quién? ¿Yo? Buena; en el caso de que me enamorase... preferiría morir.
Cuando las tres tiendas quedaron instaladas y se abrieron las maletas personales de las muchachas, Laramie continuó haciendo la ronda de la huera de carros. En favor suyo debe aducirse que Neale había decidido dormir al cielo raso, bajo un algodonero, y que allí habla desenvuelto su tela embreada. 151 señor Lindsay y su esposa debían ocupar uno de los carros cubiertos. Jud Lawrence, acompañado de dos ayudantes, se ocupaba cerca de sus fuegos en la preparación de la cena. Y cuando faltaban pocos momentos para que se produjera el crepúsculo, el cocinero grito a pleno pulmón:
-¡Venid por ello.., antes de que lo tire! - Era el modo con que solía hacerse la llamada para la comida por los cocineros de campaña.
-¿Por qué ha dado esas voces? ¿A qué se refiere? - preguntó la sorprendida señora Lindsay.
Las mujeres más jóvenes hicieron diversas y jocosas conjeturas. Harriet preguntó a Laramie si aquel grito estaba relacionada de algún modo con la cena.
-Puede usted estar segura de ello, señorita Harriet. Y es preciso comprender que la amenaza del cocinero debe interpretarse en su sentido literal.
Y las muchachas corrieron entre alegres carcajadas en dirección al carro de la cocina, cerca del cual Jud había extendido una tela embreada que estaba rodeada de paquetes, cajas y envoltorios destinados a servir de asientos a los comensales. La cena transcurrió alegremente, y fueron muchas las alabanzas que se dedicaron a su autor.
Laramie, en unión de sus compañeros y los demás hombres, fue servido a continuación, y tomó la cena en pie o arrodillado, a la manera de los caballistas. Y, como sucedía habitualmente, tanto él coma sus amigos estaban demasiado hambrientos para que pudieran perder el tiempo en conversaciones.
-Bueno, compañeros, me parece que mañana vamos a tener un cambia de tiempo. Creo que va a nevar, aunque es posible que la nevada se retrase y eso es lo que espero. Mañana y pasado mañana andaremos muy escasos de leña para quemar. Acercad algunas brazadas de leña al fuego para que se sequen - dijo Laramie.
«Solitario» y «Huellas» evidenciaron su deseo de permanecer por más tiempo junto a los Lindsay en tanto que Laramie vigilaba los caballos. Aquella primera noche, según observó Laramie satisfecho, fue absorbente y tranquila para los orientales.
- ¡Eh, venid todos! - gritó cuando hubo regresado de la inspección que hizo -. ¡Acostaos todos! No estaréis tan despiertos como ahora mañana a las cinco de la madrugada.
Laramie se durmió en aquel momento. v no, despertó hasta que oyó el sonido del hacha de Jud, que estaba partiendo leña. El alba teñía de un color gris el cielo de oriente. Una espesa lobreguez envolvía el campamento. Laramie se puso las botas y a continuación se dirigió hacia donde «Solitario» y «Huellas» se hallaban hundidos en las profundidades del sueño. Siempre era fácil despertar a «Huellas», pero «Solitario» tenía un sueño muy duro y se indignaba cuando se le despertaba; y si esto se hacía de una manera ruda, mugía tan amenazadoramente como un toro enfurecido. Laramie fingió tropezar con él y cayó realmente sobre él. «Solitario», como es natural, despertó sobresaltado, olvidando dónde se hallaba. Gritó, profirió amenazas de muerte, habló confusamente de pieles rojas, de desbandadas de reses, y luego se entregó a un torrente de maldiciones y juramentos. «Huellas», cuidando de no acercarse mucho a él, se inclinó y murmuró roncamente :
- ¡Cállate! ¿No comprendes que podrían oírte las mujeres?
-¿Eh?
Laramie se retiró. Las muchachas habían oído algo, puesto que cuando pasó ante su tienda pudo percibir murmullos de voces y risas reprimidas. Laramie no pudo resistir a la tentación de agacharse tras la tienda más próxima y arañar sobre la, lona.
- ¡Dios mío!... Escucha, Hallie... ¿Qué es eso?
-Debe de ser un animal de no sé qué clase... Sospecho que debe de ser uno de dos patas solamente... ¡Levantémonos!
-¿Hay mucha oscuridad?... No, no es muy grande. Laramie se alejó silenciosamente, y cuando llegó a cierta distancia gritó :
- Arriba todo el mundo! El desayuno estará preparado dentro de media hora. ¡Ya es de día!
La luz del día llegó, pálida y fría, acompañada de un viento crudo. Laramie no tuvo necesidad de acuciar a los hombres para que trabajasen rápidamente, puesto que todos deseaban hallarse en marcha cuando llegase la lluvia. Pero la tormenta no estalló, y el viaje se reanudó bajo un cielo encapotado y sombrío. Ni el conducir un carro ni el cabalgar resultaban tareas agradables. El joven Neale se rezagó durante la mayor parte del recorrido, con lo que obligó a Laramie a marchar detrás de todos los expedicionarios.
Cuando llegaron a una pendiente ascendente, Laramie se apeó :
-Pasea un poco, y lleva de la brida a mi caballo dijo a Neale-. Con eso entrarás en calor. Pero no te entusiasmes hasta el punto de intentar montar a Wingfoot.
La subida fue larga. Desde la altura más inmediata, Laramie pudo ver que la región se hacía más accidentada; y durante un intervalo de luz, cuando las nubes se abrieron, vio las confusas montañas que se dibujaban en el Oeste. La hierba era buena solamente en algunos lugares. Laramie decidió que la caravana no llegase hasta el punto que se había propuesto, y que el próximo campamento se hiciese en el lugar apropiado al que pudiera llegar. En las últimas horas de la tarde, el tronquista que marchaba en cabeza hizo un alto para esperar a que los restantes le alcanzasen, puesto que había coincidido sin saberlo con la apreciación de Laramie. Una concavidad del terreno prestaba protección contra el viento; había agua suficientemente abundante y buena; pero la hierba y la leña escaseaban. Y allí se instaló el campamento. La leña que se transportaba en los carros fue reservada para la hoguera del cocinero, en torno a la cual se congregaron los Lindsay, un poco deprimidos y silenciosos. Lenta conservó la animación. Fue significativo el hecho de que todos ellos se acostasen antes de que la noche terminase de llegar.
A cierta hora de la noche, Laramie fue despertado por el agua fría que le caía sobre el rostro. « ¡Diablos, qué contrariedad! No hay duda de que el tiempo no va a ayudamos.... ¿Por qué no podría hacer ahora un tiempo espléndido?», se dijo.
La mañana llegó acompañada de frío y humedad bajo un cielo cubierto de una masa gris de nubes. Los tronquistas y los caballistas se movieron dificultosamente a causa de los gruesos pegotes de barro que se les adherían a las botas. Fue pintoresco el ver a los Lindsay dirigirse a tomar el desayuno envueltos en gruesos abrigos e impermeables. No obstante, el señor Lindsay no abandonó el cobijo de su carro.
-Cogió un enfriamiento ayer -explicó su esposa-, y creo que será preferible que no salga al aire libre. Yo misma le llevaré el desayuno.
-Procure que tenga calor, señora - recomendó Laramie -. Y si necesitase algo más caliente que el café, podré proporcionárselo.
El resto de los miembros de la familia Lindsay tomó su desayuno en pie, entre la fina lluvia, e intentó conservar un poco de calor arrimándose a las rojas ascuas.
-¡Dense prisa! - ordenó Laramie -. Hemos de ponernos en marcha inmediatamente. Si no pudiéramos pasar esas tierras bajas antes de que comience a llover con fuerza, nos veríamos precisados a perder dos días o acaso más. A diez millas de aquí, cuando hayamos terminado de subir la pendiente, encontraremos un buen camino.
Laramie tuvo que dedicarse aquella mañana a un trabajo diferente al anterior. Después de que el primer carro se hubo atascado en terreno barroso al cruzar la cuenca de un arroyuelo, Laramie se hizo cargo del tronco de Neale y marchó delante del resto de los expedicionarios. Tuvieron cuatro horas de camino tedioso, húmedo, resbaladizo, fangoso, antes de llegar nuevamente a terreno duro. Después de esto, Laramie desechó todas sus preocupaciones, no siendo las que se relacionaban con el bienestar de los Lindsay, sobre quienes albergaba ciertas dudas. El señor Lindsay estaba enfermo. Neale se había cansado. Y las muchachas, según decía «Solitario», eran un trío de gallinas mojadas y cubiertas de barro. El tener que apearse de los carros y volver a montar en ellos a intervalos; el vadear arroyuelos y el cruzar tierras bajas y cubiertas de agua con las, impedimentas que representaban las altas botas y los largos impermeables, resultaba agotador para ellas. Por la tarde, mientras los caballos continuaban la marcha sobre un terreno casi imperceptiblemente empinado, el viento y la lluvia se hicieron más intensos. Laramie continuó conduciendo el carro hasta bastante después del anochecer, con lo que consiguió arribar a Laclade Grove y que el recorrido de aquel día fuese superior a treinta millas. Según se le había informado, el lugar en que se detuvo era muy bueno para instalar el campamento, y desde él podía verse la bifurcación de la carretera que conducía a Cumbres Españolas. Tres carros se detuvieron junto al de Laramie, el último de los cuales fue el del cocinero. Por lo que a Jud se refería, una abundancia de agua y de fuego era suficiente para la satisfacción de todas sus necesidades. Los restantes carros fueron llegando separadamente uno a uno. Los ocupantes de estos vehículos lanzaron gritos de alegría al ver las crepitantes llamas. Lenta expresó la gran importancia que tenían para los viajeros cuando dijo inocentemente :
- ¡ No sabía la satisfacción que puede producir una buena hoguera!
La lluvia se había convertido parcialmente en nieve. Laramie hizo a Jud esta observación :
-En el caso de que estalle una verdadera tormenta, nos quedaremos.
- Es ya demasiado tarde para que puedan estallar tormentas fuertes, Laramie.
-Es cierto; pero hasta tormentas más benignas, una tormenta de las que suelen presentarse en el mes de mayo, resultaría insoportable para esas personas de Oriente.
Las muchachas estaban animadas, pero en camino de perder el valor. Laramie sostuvo una conversación con Lindsay, que se hallaba enfermo, mas no deprimido. Aquella noche, todos, los Lindsay durmieron en los carros, y Laramie no dudó de que sus horas de sueño habrían de estar llenas de inquietudes y desasosiegos.
Al día siguiente el saludo de Laramie fue: -¡Alégrense todos! Estamos en Colorado, y esta noche llegaremos a Peak Dot.
-Y ¿qué es eso? - preguntó Lenta.
-¿No lo sabe usted? Peak Dot es la marca de la ganadería.
-En el caso de que haga más frío que ahora, creo que no podré llegar a verla.
-Todavía no ha llegado lo peor. No se retire del fuego hasta que se encuentre seca y caliente. El día va a ser muy duro para ustedes.
Y así resultó. Laramie no se preocupó personalmente por el granizo, la lluvia, las ventiscas o la nieve, puesto que estaba habituado a todo ello. A «Solitario» le repugnaba todo lo que fuese parecido al invierno. Ted no se daba cuenta del frío; ya se hallaba absolutamente insensible a todo lo que no fuera, la mirada de un par de ojos oscuros y orgullosos.
Laramie hizo que la marcha se emprendiese temprano. Al cabo de pocas horas, la nieve cedió de nuevo el paso a la lluvia, que se mantuvo constantemente, aunque con ligeros intervalos de claridad. El ganado se arracimaba al pie de los salientes del terreno. Laramie supuso que las cincuenta millas de viaje los, habían alejado de las llanuras. La carretera se retorcía en torno a unas colinas cubiertas de arbolado. No obstante, durante la mayor parte del tiempo, Laramie no pudo ver, ni siquiera a las horas del mediodía, más allá de una milla de distancia. Pasó junto a diversos mojones, que se le había indicado que buscase, el último de los cuales - que estaba formado por las paredes grises y derruidas de un viejo fuerte - le produjo la satisfacción de poder conocer la distancia que lo separaba de Cumbres Españolas. El rancho se encontraba ya a una distancia de pocas millas.
Pero las millas que restaban fueron muy largas, y durante su recorrido el frío del viento y de la lluvia se hizo más intenso. Laramie percibió el ambiente característico de las grandes altitudes, y hasta creyó aspirar el olor de las montañas. ¡ Pobres Lindsay ! Laramie pensó que los hombres del equipo de Allen los esperarían y que encenderían hogueras para recibirlos; pero después de una corta reflexión, desechó tal esperanza. Puesto que la oscuridad continuaba aumentando, miró en busca de luces, mas ninguna vio. Y ya comenzaba a temer que hubiera caminado por una carretera que no fuese la que conducía al rancho, cuando vio una edificación grande, cuadrada, de anchas alas macizas que se elevaba ante él.
Laramie detuvo los caballos.
-Bueno, Neale : ya hemos llegado... según supongo - dijo el joven mientras abandonaba las riendas y se recostaba en el respaldo del asiento.
-¡Aquí! ¿Dónde? Eso es solamente un muro de piedras - contestó el cansado Neale.
La inquietud de los caballos excitó la atención de Laramie. Wingfoot, que iba atado detrás del carro, relinchó de modo que dio a conocer a Laramie la proximidad del agua. Luego, sobre el rumor del viento, oyó el ruido del agua corriente que procedía de algún punto cercano y perdido en la oscuridad. Laramie descendió del asiento. Estaba aterido por efecto de la larga inmovilidad. Jud, que había marchado cerca de él, debía de hallarse a poca distancia. El rechinante ruido de las ruedas confirmó su suposición.
- ¡Eh, oye, Laramie ! - gritó el cocinero -. Te has salido de la carretera.
- Es posible que sea cierto. Pero de todos modos, es más cierto todavía que ya hemos llegado-respondió a grandes gritos Laramie; y se dirigió hacia la sombría edificación. Su inmediata proximidad había sido tan sólo una ilusión. Laramie se vio forzado a recorrer cierta distancia a pie hasta llegar a ella. Un muro de piedra tosca se halló ante su mano. Laramie continuó el camino apoyando la mano en el muro, en dirección al lugar de donde procedía el sonido del agua, y de este modo llegó hasta el final de la pared. Entre el punto en que se hallaba y la confusa e indistinguible continuación del muro que se hallaba frente al primero, corría un arroyo que muy pronto saltaba entre las sombras y se lanzaba cuesta abajo. Laramie supo entonces que había llegado al «Rancho de las Cumbres Españolas». Pero aquella pétrea fortaleza estaba, o parecía estar, desierta. Laramie regresó a su punto de partida.
Entre tanto, Jud había comenzado a descender, y el chirrido de más ruedas y el sonar de nuevos cascos se elevaron entre las sombras.
-Laramie, ¿no sabías, que te habías salido de la carretera? - preguntó Jud mientras revolvía en busca de algo bajo el asiento de su carro.
-No, no lo sabía. Ha sido un caso de suerte. Bien, ya era hora de que nos favoreciera un poco.
-¡Ah, muy bien ! No me habría gustado que hubiéramos tenido que pasar en el campo una noche más. Voy a preparar una luz a toda prisa.
Cuando la linterna estuvo encendida, Jud la movió en el aire para hacer señales a los restantes expedicionarios.
- Laramie, aquí estaremos muy bien. Tenemos buena protección contra el viento. Dejaremos los carros alineados junto a ese muro. Voy a echar un vistazo por el interior. ¿Dónde diablos está ese equipo que debía encontrarse aquí?
Laramie se había hecho la misma pregunta. Y retrocedió para recibir a los carros que llegaban con el fin de indicar a los conductores la dirección que debían tomar. Evidentemente, se había salido de la carretera principal. Seis carros habían pasado va de aquel punto y dejado otro tras de sí, el conductor del cual era «Huellas» Williams. Como todavía no podía ser oído, Laramie se dirigió de nuevo hacia los carros. Los conductores estaban desenganchando los caballos.
-¡Hola, compañero! - gritó alegremente «Solitario». -¡Vaya un viajecito difícil! ¿Eh? ¡Diablos! ¡Si hubieras visto a las mujeres ! Pero ninguna perdió los ánimos. He visto una luz a nuestra derecha. Parecía hallarse más baja que nosotros. Hay un terraplén aquí mismo, donde el agua del arroyo comienza a caer.
- Es cierto. Lo había olvidado. Ahí se abre un abismo. Los corrales, los encerraderos, los graneros y los terrenos de pastos están ahí abajo, según nos dijo Buf Jones.
-Supongo que el equipo de Allen debe de andar oculto por la quebrada. No hay duda de que no resulta agradable hallarse por aquí arriba cuando hace tanto viento como ahora.
Jud regresó con su linterna. La luz amarillenta sirvió para que pudieran verse los mojados caballos y los carros, los calados conductores y la lluvia fina que caía mezclada con la nieve.
- Entra a secarte, Laramie. Tenemos una gran cantidad de leña. Voy a llevar dentro el carro. Manda a buscar la linterna tan pronto como haya encendido una hoguera.
-Dame más luz, y vete dentro-replicó Laramie.
Cuando Laramie dio vuelta, al llegar al esquinazo del muro, se sorprendió al apreciar la amplitud del cercado. El arroyo corría bajo losas a través del portillo; un conjunto de enormes algodoneros se elevaba espectralmente en el centro del patio. Unos animales silvestres, de alguna especie que no podía apreciarse entre la oscuridad, se escurrieron en dirección al campo abierto. Laramie se detuvo para esperar a Jud. Y al levantar la linterna sobre la cabeza, pudo discernir un enorme patio empedrado en cuyo centro había un montículo de piedras musgosas en torno al cual se extendían las ramas de los viejos algodoneros. Evidentemente, la fuente brotaba debajo de aquellas piedras. Al lado izquierdo había una sucesión de habitaciones bajo una construcción semejante a un pórtico. Laramie supuso que esta característica debía de ser propia de todo el contorno que los muros cerraban interiormente. La impresión que recibió fue por completo favorable. La oscuridad y la humedad, los olores repelentes y los flacos animales, las vacías habitaciones en que se filtraba el agua, las medio podridas maderas de los pórticos, la seguridad de haber entrado en una cuadra muy grande y abandonada desde hacía mucho tiempo..., todo esto no pudo evitar que Laramie reconociese las grandes posibilidades de la finca. Sabía bien lo que significaban las altas paredes de piedra. Conocía los rigores del invierno y del verano, y poseía una visión acertada de las cosas. Y experimentó una satisfacción inmensa.
Jud condujo su carro hasta el rincón más lejano, donde Laramie vio un enorme montón de leña colocado bajo el tejadillo.
-Este maldito lugar está plagado de polillas y otros bichos. Pero todavía no he visto ninguna mofeta. Y ¿tú? -Tampoco.
-¡Eso está bien! -continuó Jud-. Ahí hay una chimenea que, sin duda, fue construida por un albañil que, además, debió de ser cocinero... - y saltó del asiento al suelo -. Ven acá con la linterna, Laramie... Madera de cedro y de pino... y ¡de roble, también ! Y está tan seca como un hueso... Puedes tener la seguridad de que debe de haber alguna arboleda en algún punto cercano... ¡Bueno!... Voy a comenzar a trabajar. Tú puedes decir a nuestros compañeros cómo han de entrar... ¡ Hay aquí sitio para un regimiento entero!
Laramie salió.
-¡Eh. amigos! ¡Seguidme y desenganchad las bestias! Dad de comer a los caballos y dejadlos luego en libertad. Y mientras mostraba el camino que debían seguir los carros y se dirigía al portillo de entrada, la hoguera de Jud comenzó a arder brillantemente v arrancó más de una palabra de satisfacción a los cansados tronquistas. Luego, Laramie volvió a salir en busca del último y octavo carro. «Solitario» lo siguió.
-¡Diablos, compañero, la joven está llorando! -murmuró-. Y la señorita Hallie comienza a flaquear... No tengo el valor necesario para estar a su lado cuando despierten y vean este gallinero... Voy a decirte lo que quiero hacer, compañero: Voy a lanzar unos gritos de llamada al equipo de Allen. ¿Qué tal te parece?.
- ¡Buena idea! Yo iré mientras en busca de «Huellas». ¿A qué distancia de vosotros venía?
- ¡Ah! Se quedó un poco rezagado... «Huellas» podría conducir cuatro caballos sin pestañear... Es la muchacha lo que le ha hecho quedarse atrás.
-Lo suponía. Pero si consigue mantenerla animada, habrá realizado una buena labora
-Espero que habrá tenido más suerte que yo. No he dejado de hablar ni un solo momento acerca de esta hermosa región y de este hermoso rancho español. Y ¿sabes lo que he conseguido?...
En tanto que Laramie caminaba en dirección a la rama principal de la carretera, «Solitario» encontró un punto al pie del rancho, desde el que gritó con voz estentórea :
-¡Eh!... ¡Oídme!... ¡Eh, los del equipo Allen!... ¿Dónde demonios estáis?
«Solitario» esperó durante unos momentos, y entonces repitió con variaciones la llamada. Y en tal ocasión llegó hasta él una respuesta que procedía del negro espacio situado bajo sus pies.
-¡Vete a los infiernos y averígualo !
Se produjo un silencio de corta duración.
¿Has oído eso, Laramie?
-No hay duda.
-Y ¿qué impresión te produce?
- La misma que esperaba.
-¡Esos malditos piojos...! Compañero, ¿crees que debo llamarlos nuevamente?
- ¡Claro es! Pero sé más enérgico esta vez -contestó Laramie, y se separó de él.
- ¡Eh, ordeñavacas! - gritó «Solitario».
-¿Qué quieres? - contestó la voz.
-¡ Eres demasiado estúpido!
-¡ Oye ! ¡ Cállate, vaquero vagabundo y muerto de hambre !
-¡Soy el hombre de confianza de tu patrón, maldito coyote!
-¡Ja, ja, ja!
-¡Te voy a quitar el resuello a fuerza de golpes por haberte reído!
-¿Quién lo va a hacer?
-¡Yo mismo! ¡Sube si te atreves, cobarde!
¡ Estoy muerto de ganas de verte !
En aquellos momentos, Laramie oyó un rechinar de ruedas tras una espesura y salió a la carretera, tanto para escuchar como para esperar. «Solitario» continuaba atronando lo.. espacios. Laramie presintió que se produciría una pelea, aun antes de que los hombres de su equipo hubiesen terminado de descargar los carros, y suspiró al pensarlo. ¿De qué utilidad podría servir el intentar aplazarla? «Solitario» no podía abstenerse de provocar contratiempos, del mismo modo que no podría tener la boca cerrada durante mucho tiempo.
El último carro se presentó ante Laramie al dar vuelta en el último recodo. Laramie recogió la linterna, que había colocado sobre la hierba, y la levantó. La luz resplandeció sobre el asiento delantero del vehículo. Laramie emitió una cortada exclamación de asombro. Una de dos: o estaba soñando, o estaba viendo el rostro blanco, hermoso y extasiado de Florence Lindsay, apretado contra el oscuro y duro de «Huellas». Laramie movió la linterna en diferente dirección.
-¿Eres tú, Ted? - preguntó.
-¡El mismo! ¿Qué significa esta detención? - gritó «Huellas».
-Nada. Estoy solo. Estaba preocupado por ti. Ya hemos llegado. Sigue la luz.
De modo que, en realidad, había una razón para que «Huellas», que era el más activo de los trabajadores, se hubiera retrasado durante el recorrido. ¿Qué podrían importarle la lluvia, el viento, la oscuridad de la carretera o las preocupaciones de su compañero? Laramie no olvidaría muy pronto el rostro extasiado de la muchacha ni sus ojos oscuros, que miraban arrobadamente en dirección
a las tinieblas de la noche. Y hasta que llegó a la casa no se detuvo para esperar. «Huellas» no tardó mucho en presentarse. Un ancho resplandor de luz salía por el portillo. Laramie entró. Una enorme hoguera, en el centro del patio, iluminaba el interior del pétreo edificio y le comunicaba proporciones gigantescas y un aspecto espectral v fantástico. La lluvia y la nieve caían a remolinos. El humo flotaba y ascendía lentamente hasta llegar a la altura de los muros, donde era disipado por el viento. Los tronquistas se hallaban entregados a sus trabajos; los caballos devoraban el grano ; Jud silbaba junto a la hoguera que había encendido bajo el cobertizo y se atrafagaba con sus peroles. Laramie observó la escena con satisfacción. Había podido conducir a su equipo y acompañantes en solamente cuatro días hasta aquel lugar sin que se hubiera producido ni un solo accidente, lo que era casi milagroso. Vio que Ted saltaba del asiento al suelo para ayudar a Florence a descender, y oyó que ella decía :
-¡Oh, esto es maravilloso !
-¡No está mal! -contestó «Huellas» con voz en la que había un acento extraño y vibrante-. Acérquese al fuego. Yo me encargaré de recoger sus bolsas.
Laramie se dirigió pensativo al lado derecho del patio. en tanto que se decía que el entusiasmo y la felicidad dependen solamente del punto de vista que sirva para apreciarlos. Aquel lado derecho del patio presentaba un aspecto de ruina mayor que el de la izquierda. En algunos lugares, el tejado de madera se había derrumbado. Algunas de las habitaciones habían sido utilizadas como pesebres. Pero nada de esto anulaba la visión de Laramie respecto a lo que podría hacerse en el viejo fuerte. La fuente valía por sí misma todo el dinero que Lindsay había pagado por la propiedad; y los viejos algodoneros nudosos podía decirse que no tenían precio.
Laramie continuó recorriendo el patio. El muro occidental no era tan largo como el meridional. Una negra apertura se marcaba donde evidentemente había existido una puerta. Un negro espacio lo rodeaba, y desde allí nacían unas escaleras que conducían a su parte superior. Sin duda, a lo largo de todos los muros debía extenderse un camino que habría sido utilizado por los soldados que hiciesen guardia.
Al cabo de unos momentos. Laramie se dio cuenta de un espectáculo desolador y patético. Y se detuvo entre las sombras.
-¡Oh, Dios mío, qué lugar más... odioso! - sollozaba la señora Lindsay. Y se sentó en un escalón de piedra, bajo la luz que despedía la hoguera del patio. El aspecto de la mujer era lastimoso. Mojada, fría, desgraciada, se hallaba sentada allí, con la cabeza descubierta, con el gris cabello alborotado y brillante por las gotas de la lluvia, con el sombrerito caído en el suelo, con las huellas de la desesperación marcadas en todas y cada una de las líneas de su rostro, en su actitud indicadora de desesperanza, desilusión y temor.
Laramie retiró de la madre la mirada para ponerla en el hijo, Neale, que se encontraba en el pórtico, patiabierto, con expresión de anonadamiento y desilusión. Florence se hallaba un poco más allá, con los codos apoyados en las rodillas, también destacada, con los rubios cabellos brillantes, mojados, despeinados, con la fatiga reflejada en el pálido rostro, con los oscuros y orgullosos ojos clavados en el fuego con penetrante intensidad. Pero no veía las llamas ni el opalescente corazón de los ardientes leños de cedro. Ni siquiera se daba cuenta del cansancio ni del estrago de la fatiga que su postura y su actitud sugerían. Tampoco dio muestras de haber oído las palabras de su madre. Lenta estaba en pie bajo la lluvia, como una figurita ridícula. Se hallaba demasiado cansada para que hubiera podido levantar del suelo el amarillo impermeable, y lo arrastraba y pisoteaba sobre el barro. Y extendió las enrojecidas manos, cubiertas de unas mojados guantes, en dirección al fuego. Tenía torcido el sombrerillo y bajo él asomaban unos revueltos mechones de cabellos. Su pálida fisonomía tenía expresión de abrumamiento. La joven también lloraba sin poder contenerse.
-Estoy tan cansada..., tan fría..., tan disgustada... Quisiera morir - tartamudeó para sí -. No..., no me importaría...
Harriet había arrojado a un lado el molesto impermeable. Y también intentaba calentarse las ateridas manos. Las gotas de lluvia caían en regueritos del ala de su sombrero. Su rostro tenía una palidez de espectro, había unos profundos círculos morados en torno a sus ojos v se mordía los labios. No eran solamente de lluvia las gotas que rodaban por sus mejillas. Su pecho se levantaba como si laborase por librarse de una carga opresiva.
-¡Mamá..., no llores! - dijo-. No te desesperes... No hay duda de que éste... es un lugar horrible... ¡Después de tanto... como hemos soñado...! Y papá está acostado... Pero el viaje ha concluido. Aquí estamos. ¡Por amor de Dios..., no permitamos... que comprenda... lo horribles que son nuestras impresiones!
-Pero... pero papá moriría en este lugar tan desolado y tan frío... -gimió la señora Lindsay.
¡Oh, no, no, mamá! No perdamos las esperanzas. Podría ser que... todo no fuese tan malo... como ahora nos parece.
La opresión que abrumaba a Harriet sirvió para poner de manifiesto el esfuerzo que realizaba para reafirmar que constituía la parte más fuerte y sensata de la familia. Laramie vio repentinamente la situación desde el mismo punto de vista que aquellas pobres mujeres, y experimentó un angustioso dolor. Había olvidado que aquellas mujeres eran orientales, que no estaban habituadas a las privaciones ni a la soledad. Harriet, sin duda, estaba espantada por la situación que las amenazaba. Pero, pugnaba por ocultar sus temores, su desilusión. Probablemente, había sido quien más acertadamente había logrado entrever el aspecto más feo de las circunstancias.
Sin que en ello tomasen parte las anteriores impresiones de Laramie, el joven se encontró arrastrado por una onda de simpatía y compasión por aquella joven. Aquél fue el momento en que se enamoró de ella. Se sintió asaltado de un extraño y fiero espíritu de protección, de un ardiente deseo de ayudarla y de ayudar, a través de ella, a las otras infortunadas mujeres de la familia Lindsay.
-¡ Oigan, señoras ! - dijo afablemente al mismo tiempo que salía de entre las sombras -. Veo que todas ustedes están disfrutando de la alegría del fuego. ¡ No hay nada tan confortador como una pira ardiente de madera de cedro!
Y luego, acercándose al carro en que se hallaba el señor Lindsay, gritó :
-¡ Oiga, jefe ! Ya hemos llegado... ¡Y con muchísima suerte ! ¿Cómo se encuentra usted?
-Está muy enfermo - indicó la señora Lindsay Tenga la bondad de no excitarlo.
-No muy bien, Nelson-respondió Lindsay con voz débil.
- Bueno, me alegro muchísimo de que no esté muerto... - dijo lentamente Laramie -. Eso demuestra que todavía es usted fuerte, Lindsay. El viaje ha sido condenadamente malo, frío, duro... Voy a prepararle un poco de whisky caliente. Levántese, y ande un poco... Esta casa me ha entusiasmado.
-¡Oh, no ! ¡No! John, no debes levantarte - exclamó la señora Lindsay con temor al mismo tiempo que se aproximaba a él -. Esta horr...
Laramie puso una mano, suave aunque enérgicamente, sobre los labios de la mujer, con lo que la forzó a enmudecer.
-No hay duda de que se levantará, señora - dijo con expresión de voz distinta de la anterior. Harriet se aproximó, alarmada; pero si se proponía decir algo, Laramie la obligó a guardar silencio por medio de una mirada -. Ya está usted en el Oeste, Lindsay -continuó Laramie; y lo dijo en el mismo tono que si el hecho significase una notable y maravillosa diferencia de gran importancia para los efectos de su estado de ánimo-. El clima del Colorado no ha sido nunca perjudicial para nadie. Sí, no hay duda, es un poco duro. Pero, ¡hombre de Dios!, estoy seguro de que antes de que haya transcurrido una semana estará usted perfectamente bueno y saltará como un chiquillo.
- ¡Por todos los diablos! -murmuró Lindsay-. Mamá, ¿dónde me has escondido las botas?
La señora Lindsay subió al carro.
-john, querido, no debes pensar en salir y exponerte a la lluvia. Ese terrible Nelson está completamente loco. Si salieras, estoy segura de que sería solamente para encontrar la muerte.
- ¡Deja ya de tratarme como a una criatura! - declaró con enojo Lindsay -. Nelson podrá ser un hombre terrible..., ¡pero no está loco! Estoy seguro... ¿Dónde están mis botas y mi abrigo grueso?
Laramie se volvió para mirar a Harriet. La muchacha parecía hallarse asustada y dudosa. Lenta se aproximó arrastrando el impermeable sobre las mojadas piedras para unirse a ellos. Y al verlo, Laramie extendió los brazos y forzó a las dos mujeres a regresar junto al fuego.
-Escuchen, señoritas-dijo sin la habitual lentitud; y continuó agarrando un brazo de Lenta en tanto que dirigía la mirada al pálido rostro de Harriet-: Casi me dan ganas de reírme de ustedes. Este lugar no es nada de lo que ustedes suponen que es. Lo están mirando con ojos de oriental, de gentes que vienen del Este. Sus sentimientos y sus impresiones son los de una persona inexperta. Pero es preciso que miren, que vean esta vieja casa y esta noche con mis propios ojos.
-Pero... señor Nelson... - dijo tartamudeando Harriet, en tanto que Florence, despertando de su ensueño, se unía a ellos -. ¿No nos pide usted un imposible?
-Es cierto. Pero ustedes son unas mujeres extraordinarias. El modo como han soportado el dura viaje, lo demuestra. ¡Cómo! ¡Si estoy a punto de reventar de satisfacción y de orgullo! Y «Solitario» y «Huellas»... Bueno, piensan lo mismo que yo... Este lugar no es lo que ustedes han creído que es. Podrá convertirse en el rancho más maravilloso de todo el Oeste. Y la campiña que lo rodea es magnífica. No podrán ustedes sentirse solas o cansadas mientras puedan levantar la mirada hacia las Montañas Rocosas, siempre coronadas de nieves, siempre hermosas, o mientras la bajen hacia las Grandes Llanuras, hacia esa Pradera Solitaria que «Solitario» suele cantar, esa pradera purpúrea y atrayente. Este Colorado hará que los corazones de ustedes sufran un cambio. ¡ Jamás querrán ustedes abandonarlo ! Todo esto, en lo que se refiere a lo que nos rodea. Y en cuanto a instalar aquí un hogar... Estoy plenamente seguro de que constituirá la obra más satisfactoria de todas sus vidas. Dentro de una sola semana, sobre poco más o menos, tendremos los carros nuevamente aquí, con más madera y con todo cuanto podamos desear. Supongamos que ustedes no poseyeran dinero ni la carga que esos carros han de transportar. Entonces, sí, podrían ustedes sentirse desanimadas y alicaídas. Pero ustedes son las mujeres, más afortunadas de todas las que han venido para hacer del Oeste una región mejor y más próspera. ¿No lo comprenden? ¡Cierren los ojos!
Fue muy significativo que la sugerencia de Laramie impresionase a las tres mujeres hasta el punto de que todas hiciesen lo que se les ordenaba. Laramie forzó su imaginación e invocó a todos los dioses de la fortuna para que fortaleciesen y cumpliesen sus afirmaciones.
-,¿No pueden ustedes ver esta casa ranchera tal y como yo la veo? El trabajo sirve para instalar el hogar después de haberse hallada el punto apropiado. Ahí tenernos una de las fuentes más maravillosas de esta parte de las montañas. El beber de esa agua es convertirse en occidental. Voy a pedir a Jud un cazo para demostrar que es cierto. Mañana, la tormenta habrá pasado. El sol brillará con fuerza. Y ustedes tres se encantarán viendo esos viejos algodoneros bajo los cuales los padres españoles pasaron las cuentas de sus rosarios, los tramperos negociaron con los indios y los soldados prestaron guardia. Otros ganaderos anteriores a Allen han ahorcado a ladrones en esas extendidas ramas. Este patio se llenará de verdor y de belleza por obra y gracia de las manos de ustedes. Limpiaremos este viejo corral de paredes de piedra... Y será como si las hadas de sus libros de cuentos infantiles nos hubieran visitado con sus varitas mágicas. ¡Y todo ello será obra de ustedes ! Y luego pensarán ustedes en el terrible viaje que hemos realizado y en esta noche desgraciada, y se alegrarán de haber soportado todas las molestias y todos los sinsabores. Se alegrarán de haber conocido cuánto de duro hay aquí... Bien, ¿no pueden ustedes pensar un poco en el porvenir?
Harriet miró fascinada a Laramie, inconsciente de su sumisión a algo tan espléndido y tan inesperado. Pero fue Lenta quien exclamó impetuosamente :
-Señor Laramie, ¡lléveme el demonio ahora mismo si no puedo ver algo...! ¡ Oh, Hallie, Laramie ha hecho que estos momentos sean soportables!
En aquel instante, un revuelto ruido producido por el chocar de muchas botas contra las piedras, y un retintín de espuelas sobresaltaron a Laramie.
Las formas oscuras y confusas de unos hombres llegaron al patio.
¿Dónde demonios está ese ordeñavacas de voz de trueno? - dijo alguien con voz sonora e iracunda.
Laramie extendió las manos y forzó a las tres temerosas mujeres a hundirse entre las sombras que se espesaban bajo el pórtico.
- ¡Quédense ahí ! - dijo.
- Nels, ¿quién ha ladrado? - preguntó Jud agresivamente.
-No lo sé-contestó Laramie al mismo tiempo que salía y bajaba la linterna -. Arroja un poco de leña al fuego, y haz que nadie se vaya de aquí.
-¡Sal, ordeñavacas, si tienes tanto valor como voz! - gritó el que capitaneaba el grupo que se aproximaba.


VII


El
 brazo férreo de Nelson Laramie, al extenderse ante el pecho de Harriet produjo a la joven una indefinible sensación de dominio a pesar de la súbita alarma provocada por aquel intruso. Nelson, al mirar atrás y en dirección al patio, no percibió ningún contacto físico.
-¿Qué sucede? ¿Qué es eso? - susurró Harriet. Parecía haber en Laramie una amenaza, semejaba haberse operado una transformación en él. Su rastro tenía una sombría expresión bajo el resplandor del fuego, sus ojos brillaban como chispas, su frente se frunció. Lenta se asió a ella convulsivamente y exclamó atemorizada al mismo tiempo que Nelson se alejaba :
-¡Hallie, sucede algo grave!
Florence se sentó en una caja, como si las piernas se negasen a sostenerla. Neale acertó a erguirse, aunque no abandonó el asiento, y murmuró unas palabras en voz baja. Y el señor Lindsay asomó la cabeza por entre la abertura de las lonas del carro y exclamó :
-¿Qué sucede?... Chiquillas, ¿quién ha gritado?
Entre tanto, el grupo de visitantes llegó al círculo de luz que la hoguera trazaba. Iba capitaneado por un joven larguirucho de rostro rojo, abigarradas y charras vestimentas y del más siniestro de los aspectos posibles. Podría haber avanzado más, y lo habría hecho si no hubiera sido por el significativa movimiento de Nelson, que le obligó a alejarse del círculo de luz y a salir del cobertizo. Harriet no dejó de percibir el hecho de que Nelson permaneciera erecto, de costado, tan inmóvil como una estatua.
-¡Oye, borracho! - gritó uno de los tronquistas -. ¡Más te valiera ser menos alborotador y más educado!
-¿Dónde está el burro que ha rebuznado? - preguntó el individuo de rostro duro mientras lanzaba unas furiosas miradas a su alrededor. Ninguno de los Lindsay, con excepción, posiblemente, de Neale, podía ser visto por él. El cabello de éste se erizó como la crin de un caballo. Los ojillos de Neale se dirigieron a Nelson. Harriet creyó que el corazón se le había salido del pecho y comenzaba a golpearla desde el exterior.
-¿Te refieres a mí? - preguntó una voz fría. Y «Solitario» surgió de detrás de un carro para encararse con el airado visitante.
-¡No hay duda! Supongo que serás el imbécil que ha gritado.
-Yo soy el propio caballero.
-¡Ja, ja! Y ¡vaya si tienes tipo de caballero con esas patas torcidas! - dijo el otro burlonamente mientras daba un par de largos pasos que le aproximaron a «Solitario» -. ¿Qué diablos te propones al bramar como un toro y despertar a los caballistas que estaban dormidos? Me parece que sois los suficientes para atender a vuestras necesidades sin ayuda ajena.           .
-Oye, si los hombres de tu equipo son tan amables como tú, bien podemos. decir que no lo son mucho - replicó «Solitario».
Un coro de apagadas exclamaciones sonó en el grupo de oscuros e inquietos caballistas. Una voz autoritaria y el taconeo de unas botas llegaron desde la entrada del patio. Dos hombres más se acercaban. Entre tanto, los tronquistas se habían alineado delante de sus carros y Jud salió del porche.
-Ordeñavacas, estás hablando con Slim Red - anunció el instigador del disturbio en actitud arrogante y desafiadora.
-Eso no significa absolutamente nada para mí - replicó con desdén «Solitario». Y en aquel mismo instante se presentó «Huellas» Williams.
-«Solitario», ¿qué...? - preguntó en tono ahogado, como si en aquel momento terminase de hacer un esfuerzo violento.
-Retírate, compañero - contestó «Solitario» en tanto que hacía un movimiento con la mano para indicarle que retrocediese -. Mira éstos...
-¡Cállate, llorón, carcamal! -gritó el que se había presentado a sí mismo como Slim Red-. ¡Voy a saltar contra ti y aplastarte la cabezota y metértela dentro del cuerpo para que parezcas una rana aplastada!
-¡No malgastes los alientos! ¡Y ten cuidado con lo que dices! -le advirtió «Solitario»-. Es posible que no sepas quiénes forman parte de este equipo. Hay señoras en nuestro campamento.
-¡Hum! ¡Al diablo vosotros con vuestros emigrantes! ¿Por qué diablos venís a molestarnos con vuestras piojosas emigrantes...?
-¡Cállate, Slim! - dijo desde detrás el hombre de la voz sonora -. Esta caravana, es la de Lindsay.
-¡Bam! Un ruido semejante al que podría haber producido un golpe descargado sobre un tambor sonó al mismo tiempo que «Solitario» se inclinaba y alargaba un brazo simultáneamente. Slim Red soltó un grito ahogado y ronco. Se dobló como una navaja y, abriéndose nuevamente, comenzó a derrumbarse hacia el suelo, con las manos apretadas contra el abdomen, con el rostro terriblemente distorsionado, con la boca entreabierta, de la cual salía silbando un agitado aliento.
-Es posible que eso te sirva para quitarte el exceso de viento que tienes - declaró «Solitario».
En aquel momento, un hombre con la cabeza descubierta se aproximó al grupo mediante un salto. Llevaba una especie de abrigo sobre los hombros, como si se lo hubiera arrojado apresuradamente para resguardarse de la lluvia. El tal hombre, esbelto, de ojos de halcón, era Luke Arlidge. Harriet lo reconoció estremecida. Y lo que para ella había sido hasta entonces solamente sorpresa, se convirtió en temor. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Harriet se asió a Lenta, que semejó quedarse petrificada junto a ella. Nelson no se había movido. ¿Cuál era el significado de su extraña inmovilidad? Confusas suposiciones acerca de Arlidge cruzaron la imaginación de Harriet. Un algo terrible y amenazador se anunciaba. ¿Era aquél el...?
-¿Lo golpeaste tú? - preguntó roncamente Arlidge a «Solitario».
-¿Yo? ¡No! No lo he golpeado. Solamente le he acariciado la caja de los vientos.
-Luke, ese hombre es «Solitario» Mulhall - dijo un individuo bajo y fuerte que había seguido a Arlidge.
-¡Hola, Price!... Creo que de ahora en adelante no habrá nada que pueda sorprenderme - dijo en voz baja «Solitario».
-Luke, puse una vez una cuerda de cáñamo alrededor del cuello de ese ladrón patituerto de caballos y vacas...
-¡No se hable aquí de ladrones de vacas y caballos! - gritó Nelson con voz notablemente sonora, penetrante y enérgica.
Arlidge se volvió precipitadamente y se estremeció. Y vio a Nelson. Y aguzó la mirada, como si pretendiera perforar las sombras. Después, se enderezó de repente hasta ponerse rígido. La luz de la hoguera iluminó de lleno su rostro. Su color bronceado se había trocado en otro de un tono ceniciento.
-¿Qué diablos dices? - preguntó Arlidge con voz alterada.
-Ya me has oído.
-Luke, ¡no hay duda! Ése es el caballista de Texas que me impidió ahorcar a Mulhall - dijo agriamente Price -. ¿Recuerdas lo que te conté? Sucedió hace tres... o cuatro años.
«Solitario» movió el crispado puño ante el agitado rostro de Price.
-¡Puedes tener la seguridad completa de que éste es el caballista de Texas que me salvó el pescuezo! Y, ¿por qué querías ahorcarme? Voy a decírtelo a voces, Price. Quiero que lo oigan todos mis compañeros. Te gané la partida cuando cortejabas a una mujer que estaba enamorada de mí, y por eso quisiste ahorcarme... como si fuera un cuatrero.
-¿No te sorprendí cuando estabas marcando una ternera? - gritó furioso Price.
-Es posible que sea cierto. Lo he olvidado. Pero no he sido jamás ladrón de reses.
-Sí, lo eres. ¡Un ordeñavacas ladrón! ¡Eso eres!
-Price..., retira esas palabras... o vete en busca de tu revólver -dijo lenta e imperiosamente, fría y sonoramente Nelson.
El robusto hombre de pálido rostro se atragantó. -Muy bien. Si tienes tanto interés en ello, lo haré. -Los caballistas que tienen el tejado de vidrio no deben arrojar piedras a los demás  replicó Nelson en el tono espaciado que le era habitual.
-¿Quién diablos eres tú? - preguntó Arlidge con altanera incertidumbre.
-Creo que deberías acordarte de un jinete de Nebraska que todavía no se ha olvidado de ti.
-¡Laramie Nelson! - exclamó Arlidge roncamente. Y castañeteó audiblemente los dedos, agitados de manera violenta, y su mano se movió con rapidez, en un ademán violento y veloz. Pero este movimiento murió cuando la mano llegó junto al abrigo del hombre, que había comenzado a deslizársele de los hombros.
Súbitamente, los siete u ocho espectadores que se agrupaban tras Arlidge saltaron frenéticamente hacia los lados. Price también dio un salto para separarse de Arlidge. Un tronquista cantó:
« ¡Compañeros! Muy pronto se desatará aquí el infierno...! » - Y se apresuró a ocultarse bajo uno de los carros.
Harriet, aun cuando era inexperta en aquellas lides, no tardó en darse cuenta del significado de la situación... Estaba desde antes preparada para resistirla. Habría disparos..., derramamiento de sangre..., hombres muertos... ¡Acaso fuera Nelson uno de ellos! Y se estremeció temerosa, al mismo tiempo que experimentaba otras sensaciones violentas, desconocidas.
-¿Qué... haces... aquí? - preguntó imperiosamente Arlidge.
- ¡Hum! Lo mismo podría preguntarte.
-Fui el capataz de Allen. Allen vendió su propiedad a Lindsay... Y estoy incluido en el trato.
-Sí. Lo sabía. Pero mi proyecto es éste: en el caso de que hayas de continuar montando a caballo... no será junto al equipo de Lindsay.
-¡Demonios! ¡No digas disparates! -resopló Arlidge. Y produjo la impresión de que estaba dominado por intensas, preocupaciones acerca de una incertidumbre a la que estaba obligado a hacer frente -. Y ¿por qué no habré de hacerlo?
-Porque yo voy a trabajar para Lindsay, y este rancho no puede ser lo suficientemente grande para contenernos a los dos, en el caso de que no respondas con hechos a la jactancia que hasta ahora has mostrado.
Arlidge arrojó el abrigo a Price, que se hallaba a uno de sus costados. Estaba furioso, violento, y sin embargo, singularmente satisfecho.
-No tengo conmigo el revólver según puedes ver -replicó.
-¡Ah! Ahora lo veo. Creo que es un caso de buena suerte para ti y de mala suerte para esta región.
Arlidge hizo un iracundo gesto. Parecía hallarse atormentado. Su mirada se detuvo sobre el pálido rostro de Lindsay, que se hallaba mirando desde el carro.
-Lindsay, ¿es cierto? ¿Ha contratado usted a este Laramie Nelson?
-   Es cierto. Y me ha sido muy recomendado y elogiado nada menos que por Buffalo Jones - contestó enfáticamente Lindsay.
-En ese caso, me voy. No quisiera tener a Nelson en mi equipo - afirmó furioso Arlidge -. Se quedará usted solo. Mis caballistas continuarán a mi lado...
-No hables en nombre de todos - le interrumpió uno de los espectadores -. Nos has tenido, a Dakota y a mí, trabajando como esclavos durante meses y más meses sin pagarnos absolutamente nada; todo, con la esperanza de que este trato con Lindsay llegase a formalizarse. Y puesto que ya parece hecha la adquisición, queremos hablar con él.
-¿Queréis dividir mi equipo? - gritó Arlidge, aun más furioso que antes -. Ten cuidado con lo que haces, Mayhew.        
-¡Bah! A mí no podrás asustarme con tus bravatas. Ya te lo he dicho en otras ocasiones-contestó el caballista llamado Mayhew-. No te niego que tengo mucha curiosidad... Vamos, compañeros. Vamos pronto. - Luego, cuando sus dos compañeros se volvieron para ponerse en marcha, el propio Mayhew añadió-: Señor Lindsay, no tenemos ningún compromiso que nos ate a Arlidge, y queremos hablar con usted.
-Ciertamente. Me alegro mucho de que decidáis poneros de mi parte - replicó animadamente Lindsay -. Y en lo que se refiere a usted, Arlidge... Por mi parte, tengo una gran curiosidad por saber... Estoy seguro de que podré desenvolverme mejor sin la ayuda de usted.
-¡Muchos novatos han detenido balas de plomo con el pecho por mucho menos de lo que usted ha dicho! - exclamó con desdén Arlidge -. ¡No creo que pueda usted prosperar mucho en sus trabajos de ranchería y ganadería cuando no disponga más que de la mitad del equipo necesario para hacerlo. Los ladrones se apoderaron de sus cuatro mil reses hace menos de tres días. ¡Vamos a ver cómo manejas el revólver, Nelson! ¡Vamos a ver cómo obligas a huir a los ladrones!
- ¡Insolente! - gritó Lindsay.
-¡Vámonos, Price! ¡Vamos pronto! ¡Vamos, Slim..., antes de que alguno de vosotros se acobarde como Mayhew y sus amigos!
Tras pronunciar estas palabras Arlidge se puso en marcha acompañado del resto de sus hombres. «Solitario» fue el primero en romper el silencio.
-¡Diablos, Laramie! Las cosas no han podido tener un desenlace más favorable - exclamó -. Todo se ha solucionado sin necesidad de sobresaltar a las mujeres.
-¡Oh, no, no estamos ni siquiera un poquito sobresaltadas! - afirmó histéricamente Lenta.
-Señor Nelson, ¿por qué no nos revela usted inmediatamente lo más grave de la situación, para que podamos morir en el acto? - preguntó la señora Lindsay resignadamente.
-¡A mí no podrá... usted... desconcertarme... ni asustarme, Nelson - dijo el señor Lindsay.
-Patrón, yo sabía que usted era un verdadero colonizador, un pionero de corazón... Lo único interesante que puedo decirle por el momento, es lo siguiente: he encontrado tres naves secas junto a la puerta de la casa, dos de las cuales están llenas de madera. Habremos de sacar toda la madera al exterior para guardar en los locales, provisionalmente, los abastecimientos que traemos en los carros. Después, enviaré los carros a la ciudad en busca del resto de lo adquirido y de más madera. Necesitaremos cristales, pinturas y muchas cosas más que olvidamos adquirir. Será preferible adquirirlo todo pagándolo al contado, porque cuando, se hacen compras a crédito los comerciantes suelen cobrar precios más altos. Por otra parte, haremos todas nuestras adquisiciones en La Junta, que está a mitad de distancia que la otra población. Creo que esto es todo cuanto puedo decirle por ahora. Volveré a verle más tarde.
Cuando Nelson se alejó, el cabeza de familia observó:
-Buffalo Jones afirmó que descubriría muy pronto que este Nelson es una verdadera montaña en lo que se refiere a fortaleza. Y ya he comenzado a observar que es cierto.
-Papá, yo lo supe en el mismo instante en que puse la mirada sobre él - añadió Neale con aire de superioridad.
-¡Es el hombre más maravilloso que he visto en toda mi vida! - declaró Lenta.
Harriet creyó que sería justo que añadiese los suyos a los elogios que se prodigaban al vaquero; pero no pudo hacerlo. Nelson se imponía a ella, la enajenaba. No había duda de que, además de ser un verdadero luchador - cosa que estaba en oposición con el carácter de la mujer -, era un completo compendio de habilidades. Y, ciertamente, todos aquellos occidentales parecían ser singularmente eficientes en lo que se refería a actividades físicas. Harriet tenía unos ojos amigos de observar, y acostumbraba conceder crédito a lo que veía. En aquel momento se habría negado a reconocer que el rasgo que más admiraba en Nelson era su hábito de la economía en favor de los intereses de su padre.
Las muchachas comieron prodigiosamente, pero no permanecieron alejadas del fuego durante mucho tiempo.
-Hallie, vamos a tostarnos hasta que la piel se nos ponga de un color pardo, y vamos luego a nuestro triple lecho-sugirió Lenta.
-¿Dónde está? - preguntó Hallie.
-Debe de estar en el otro lado de la casa.
En aquel instante «Solitario» se presentó caminando despacio desde el otro extremo del patio.
-Ya está todo preparado, señoritas heladas y guapas - dijo alegremente.
-¿Dónde está nuestro tocador? - preguntó Lenta.
-Allá, al otro lado. Hemos encendido una hoguera delante. Y hemos envuelto unas piedras calientes en harpilleras limpias, para que sus bonitos piececitos no se manchen. Van a estar ustedes tan satisfechas y tan a gusto como tres chinches en una piel de cordero. Va a hacer mucho frío cuando llegue la madrugada. Será conveniente que no se levanten ustedes hasta que haya salido el sol.
-Creo que no levantaremos a ninguna hora - comentó Lenta en tanto que el caballista seguía su camino.
-Vamos a pasear un poco - sugirió Florence. Y recorrió el patio con la mirada, que se detuvo al observar las oscuras formas reunidas en torno a la hoguera de Y las tres hermanas, cogidas del brazo, recorrieron fatigadas el, patio y se encaminaron al lugar en que se hallaba instalado su lecho, cuidadosamente arreglado y protegido, y después hacia el oscuro portillo, más allá del cual no se aventuraron a caminar.
Y Hallie añadió:
-Somos tres mujeres inexpertas en estos menesteres, no hay duda. ¿Qué sucedería si nos viéramos abandonadas a nuestros propios recursos?
-¡La situación sería terriblemente ridícula para nosotras, Hallie! -clamó Flo.
-¡Sería muy divertida... en el caso de que consiguiéramos sobrevivir a ella! -comentó soñadoramente Lenta.
-¡Qué vergüenza! ¿Estáis dispuestas a depender de la ayuda de los hombres...? ¡Yo, no! - declaró Harriet; y con el fin de demostrar su resolución, se introdujo osadamente en la oscuridad. Sus hermanas, con el fin de librarse de la vergüenza, o acaso del temor que pudiera apoderarse de ellas al hallarse solas, la siguieron. Y las tres mujeres llegaron hasta más allá de la protección que los muros ofrecían.
Solamente brillaban algunas estrellas, a cuya escasa luz podían verse las negras nubes que surcaban el firmamento. El aire aguijoneaba las mejillas. y las orejas de Harriet. El viento continuaba soplando fuerte y puro, y llevaba consigo la fragancia de las grandes llanuras. A lo lejos, en algún punto hundido en las sombras, se producía una especie de mugido que semejaba el sonido de los árboles agitados por la violencia de una tormenta. Si se exceptuaba la casa, grande, negra, el lugar parecía desierto, vacío, como un inmenso vestíbulo de la noche.
-Volvamos. Podríamos encontrarnos con ese Slim Red... ¿No os ha parecido un demonio? - preguntó Lenta.
-¡Escuchad! -dijo nerviosamente Flo.
En la lejanía sonaron unos ladridos secos, cortos, silvestres.
-¡Coyotes! -afirmó Lenta-. Los hemos oído todas las noches. Casi me gustan esos ladridos.
-   No. Los de ahora han sido diferentes. ¿Sabéis cómo aúllan los podencos en la noche cuando la muerte se apodera de alguien? - susurró Florence -. Ha sido un aullido semejante..., pero infinitamente más. . ¡Oh, escuchad!
Los oídos de Hallie fueron heridos por una especie de gemido largo, claro, frío, lastimero, como jamás había oído ninguno. La sangre se le heló en las venas.
-No es posible que sea un perro. Es un animal salvaje - murmuró.
-¡Y suena muy lejos, gracias a Dios! Vámonos de aquí, como inexpertas mujeres que somos... ¡Oh, pero es extraño y maravilloso!
-¿Qué es? ¿Qué animal se lamenta de ese modo? ¡Uf!
-No lo sé. Cualquiera... Pero ¡cuánto me alegro de que mis hermanas se hallen a mi lado en este momento!
Lenta, a cortos intervalos, ponía de manifiesto la niñita que todavía vivía en ella. Las tres hermanas se dirigieron presurosamente hacia el lugar en que la luz que brotaba por la abertura indicaba que se hallaba el portillo de entrada, y penetraron en el patio. El señor Lindsay se hallaba aún levantado, hablando y tosiendo, con gran desesperación por parte de su esposa. Apenas tuvo tiempo para contestar al saludo de sus hijas. Parecía hallarse terriblemente excitado, lo que incrementaba la impresión de fragilidad que ofrecía generalmente.
Las tres hermanas traspusieron los montones de sacos que rodeaban su lecho, y se quitaron las gruesas ropas de pieles y lana, tiesas y húmedas, entre risas, susurros y estremecimientos. Harriet tenía las medias todavía majadas y los pies fríos. La muchacha se introdujo heroicamente entre las mantas y se estiró; tenía la impresión de que jamás podría volver a moverse. Repentinamente, la frialdad de sus pies se puso en contacto con un algo caliente. Y entonces recordó:
-¡Oh..., delicioso! -murmuró.
-¡Es cierto! - contestó Lenta mientras se aproximaba a ella cariñosamente -. ¿No sabes, Hallie, que he comenzado a descubrirte y comprenderte? ¿No es un encanto, Flo?
-¿Quién es un encanto? - preguntó soñadoramente Florence.
-Pues... no me refiero a aquel Adonis de cabellos negros y ojos como dagas -exclamó Lenta al mismo tiempo que reía y daba un expresivo codazo a Hallie.
-¡Calla y duérmete, Lenta Lindsay! - replicó lánguidamente Flo.
¡Dormir! No podré dormir hasta que hayan pasado muchas horas... ¡ Oh, Hallie ! ¿No hemos vivido una verdadera aventura? ¡Estoy loca de contenta! Me agradan esos jóvenes occidentales, Hallie. ¡Todo lo pueden hacer!
¡Son tan mañosos, tan fríos, tan...! No confío en ese «Solitario». Es exactamente lo que Slim Red le llamó. Tuve mucha lástima de Slim. ¿Qué os pareció el golpe que recibió en la barriga? Casi casi me dolió... El señor Mulhall será menudo, pero tiene mucha fuerza... Yo diría que tiene otras muchas cosas, además... Pero Laramie... ¡es el hombre más maravilloso del mundo! Creo que podría enamorarme de él.
-¡No digas tonterías, criatura! - le reprochó, Harriet.
-¡No digo tonterías, sino cosas sensatas! Pero si prefieres que me muestre sentimental y teja un cuento de hadas, aquí lo tienes... Papá mejorará, se pondrá fuerte, tan fuerte como era en mis tiempos de niña. Amasará riquezas y poder en estas llanuras y el «Rancho de Cumbres Españolas» se hará famoso en todo el mundo. Se hará famoso por la hospitalidad de la dama que lo regenta, nuestra querida mamá, que siempre ha tenido afición a agasajar, a festejar, a desempeñar el papel de gran señora. Y famoso también por la belleza, el encanto de sus tres hijas. ¡Hum! ... Flo se fugará con Ted Williams, y ambos volverán muy pronto, como dos tortolitos. Luego, su opulenta familia descubrirá el paradero de Ted, se reconciliará con él, adorará a la hermosa Flo, y suplicará a los dos que vayan a vivir en el Este, donde Ted cobrará una gran herencia. Ted aceptará la herencia en favor de Flo, pero solamente irá a sus tierras de vez en cuando, como visitante... Y yo haré diabluras, diabluras alegres, entre esos rudos caballistas... hasta que las tornas se vuelvan y me encuentre arrepentida de mis diabluras, o roída por el remordimiento de haber destrozado tantos corazones ...y me halle verdaderamente enamorada de algún pequeño gigante de patas arqueadas, chillón y feo... En cuanto a ti, Hallie... ¡Oh! Tú eres la flor y nata de este trío, Hallie. Los caballistas descubrirán muy pronto lo mucho que vales, y todos vendrán a cortejarte. Pero tú no te dejarás convencer fácilmente. Y destrozarás más corazones que tu hermana pequeña. E inflamarás de amor a los hombres como Arlidge, como los cuatreras, como los bandidos... hasta que nuestro Laramie, nuestro «desesperado»», nadando entre sangre y fuego, venga a... a...
Su voz se desvaneció, y Lenta cayó en el mundo del sueño.
Harriet permaneció despierta, agradecida de la cálida
mejilla y de la mano que Lenta apoyaba confiadamente en ella, de la luz inquieta que bailaba en los muros, del guiñar de las estrellas, el movimiento de las nubes, el lamento del viento y de las de los animales silvestres que poblaban la noche de sonidos.
Quería pensar en el último día de su inolvidable viaje, y especialmente en la llegada al monstruoso lugar que había de ser convertido en hogar; pero las sensaciones físicas la vencieron.


Cuando abrió los ojos, Harriet vio un cielo azul a través de una masa redonda y ligera de follaje de algodoneros, que estaba formado de hojas todavía menudas y delicadamente verdes.
El sol se hallaba a gran altura en el cielo y era sorprendente y brillante. Parecía haberse desencadenado una atrafagada actividad en el patio, actividad que estaba puntuada por el canturreo de una voz y por los golpes de los martillos. Hallie se avergonzó de no haberse hallado en pie más temprano para ayudar a la tarea inicial de la instalación de su nuevo hogar. Pero cuando intentó moverse experimentó un dolor agudo semejante al que podría haberle producido una afilada hoja de acero. Esta sensación incrementó su combatividad, por lo que intentó intrépidamente saltar del lecho sin despertar a sus hermanas. Con las botas y el abrigo en la mano, saltó sobre los sacos para salir al exterior del espacio pile encuadraban. Allí vio, una hermosa hoguera de rojas llamas, una rara vasija de hierro, negro llena de agua hirviente, dos brillantes cuencos de hojalata sobre una piedra, y un cubo de agua.
«Esto es obra de la mano previsora de alguien», se dijo; y miró a su alrededor para ver el patio, el montón de piedras que se erguía en su centro, los magníficos algodoneros viejos y los grises muros de piedra que se elevaban sobre la oblicuidad de los restos de unas techumbres antiguas. Oyó que Jud silbaba en su cabaña de cocinero, y aspiró fragancias que al instante despertaron su apetito. Había olvidado el saquito que contenía sus artículos de tocado, por lo que se vio obligada a trasponer de nuevo el muro de sacos. Esta vez despertó a Lenta, que murmuró:
-¡No me dejes, Hallie!
Hallie se puso con rapidez la falda, las medias, las botas, se lavó el rostro y se peinó, después de lo cual se apresuró a calentarse las manos en la cercanía del fuego. Había olvidado el agua caliente. En aquel momento se presentó «Solitario» ante ella. Al no llevar puestas las lanudas chaparreras, parecía más bajo, y el arco de sus piernas se hacía menos perceptible. Su sonrisa - era evidente-borraba una parte de su fealdad.
-¡…días, señorita Hallie! Me alegro mucho de verla levantada. ¡Son cerca de las diez! ¡Si viera usted el trabajo que hemos realizado...! Los carros se hallan ya de camino hacia la ciudad, la madera está amontonada al aire libre, las naves llenas de cosas... y ahora estamos retirando muebles y otros chismes. Ese Laramie Nelson es un hombre maravilloso para el trabajo. Nunca lo he visto trabajar con tanto afán como ahora.
-   Buenos días, «Solitario». Creo que todos ustedes deben de ser maravillosos. Muchísimas gracias por el fuego y por el agua. Son ustedes muy previsores.
«Solitario» se rascó dubitativamente la cabeza, de modo que su sombrero cayó al suelo.
-   ¡Maldición! Quisiera haber sido yo el previsor... Pero es inútil mentir. Es. a Laramie a quien debe usted dar las gracias... ¿Cómo galopan sus hermanas esta mañana?... Quiero decir ¿cómo se encuentran? ¿Están despiertas? Ya es, muy tarde, y quiero hacer a usted una advertencia: Jud es el mejor cocinero del mundo; pero le molesta tener que mantener las comidas calientes.
-Voy a verlo- contestó Hallie al mismo tiempo que miraba sobre la muralla de sacos. Flo continuaba dormida, pero Hallie sospechó que Lenta fingía estarlo. En su rostro enrojecido había una expresión de inocencia -. Están dormidas, ¡las muy perezosas! - continuó Harriet -. Mírelas, «Solitario». ¿No son como dos niñas del bosque?
«Solitario» apoyó las manos en la parte superior de los sacos y, lentamente, como si se viera impulsado hasta más allá de sus vergonzosos temores, dirigió una mirada a las dos jóvenes. Fue, ciertamente, un hermoso cuadro el que descubrieron sus ojos. Florence, con su exquisita belleza, y Lenta, ¡tan joven, tan fresca, tan rosada e inocente...! «Solitario» se retiró con la impresión de que había cometido un sacrilegio al mirarlas.
-¡Dios mío! ¡Y pensar que el Oeste va a tener dos mujeres come ellas! ... ¡Y como usted también, señorita
-¡Halliet!... ¡Eso será suficiente para convertir en honrados a muchos malvados caballistas!
Y meneando la cabeza, fuerte, impresionante, extraño, pintoresco y recio, «Solitario» se retiró a través del patio. Hallie descubrió que el muchacho le agradaba, que despertaba sus esperanzas, que en aquel momento nacía en ella lo que debía de ser un interés maternal.
- ¡Lenta! ¡Levántate! - gritó.
- ¡Aaah! ... ¿Dónde estoy?... ¡Ooooh!
-El mundo ha cambiado de la noche a la mañana... Florence, ¡despierta!
- ¡Oooh! ¿Eres tú, Hallie? - contestó Flo con voz lenta de contralto.
-Sí. ¡Levantaos! Ha terminado la noche de vuestros sueños.
-¡Dios mío! ¿He hablado dormida?
-¡Claro que sí!... Bueno; creo que lo más conveniente para ti será que seas buena... Aquí, afuera, hay una hoguera agradable y agua caliente.
Hallie halló que su madre estaba trabajando en menudos quehaceres y que había cambiado mucho desde la noche anterior.
-¡Buenos días, hija! - dijo alegremente-. ¿No es hermoso ese sol? ¡Cuán satisfecha me encuentro! ¿Qué suponías? Papá está durmiendo todavía, lo mismo que un niño. ¡Y no ha tosido ni una sola vez durante la noche!
-¡Oh, cuánto me alegro! - exclamó Harriet; y se dirigió al porche con el fin de ver a su padre. ¡Cuán pálido y agotado estaba! ¡Cuán quieto!
-Anoche, cuando ya te habías acostado, ese hombre, Nelson, vino a nosotros y dijo: «Patrón, he aquí una bebida que Jud y yo le hemos preparado. Queremos que sepa usted que no lo hemos hecho para nadie más. Beba esta agua de fuego, acuéstese, y mañana por la mañana... ¡tendrá usted el pecho cubierto de pelos! »
Todo lo que Hallie pudo decir fue :
-Y... ¿qué?
-Los dos hombres no me vieron, puesto que me encontraba en el interior del carro. Papá sonrió y cogiendo el recipiente, que era una vasija de buen tamaño, dijo: «Brindo por mi capataz y mi cocinero.» Y se tomó el líquido de un sorbo rápido, puesto que creía que debía de tener un sabor desagradable. Y debía de ser un explosivo de no sé qué clase. Verdaderamente, jamás vi a. tu padre hacer tantos visajes y tantos esfuerzos. Papá dijo ahogadamente: «¡Dios mío! ¿Qué diablos era eso?» Y el señor Nelson contestó: «Solamente una pequeña dosis de una cosa que Jud y yo hemos preparado. No hay hombre en todo el mundo que necesite tomarla más de una vez.»
-Mamá, ¿crees que pudo ser una jugarreta...? -preguntó Harriet con voz agitada -. No creo que esos occidentales sean absolutamente dignos de confianza.
-No me importa lo que fuese - declaró con energía la señora Lindsay -. La bendita verdad es que John no ha tosido ni una sola vez durante la noche. ¡Piénsalo...! Harriet, abandona tu torre de marfil. Estos occidentales podrán ser rudos y súbitos. Pero han conquistado mis simpatías.
-Mamá... También me alegro de saberlo - tartamudeó sorprendida Harriet.
-¡Mira a tu hermano, a Neale Lindsay ! ¡ Se ha levantado al mismo tiempo que el sol ! ¡ Se desayunó hace mucho tiempo ! ¡ Ha trabajado por espacio de varias horas, aun cuando está tullido!
-¡Qué sorpresa! Han comenzado a producirse milagros. ¿A qué se debe esa sorprendente transformación?
-No lo sé..., como no sea a ese Nelson, que despertó a Neale y le dirigió estas palabras: «¡Levántate, hijo ! Ya ha comenzado el día. Tenemos mucho trabajo, y te necesito. Ya ves, estamos solos tú, yo, Ted y «Solitario», además de Jud, y nos esperan unas obligaciones propias de hombres, en las cuales se incluye, probablemente, una pelea a tiros con el equipo de Arlidge. De modo que levántate, coge tu revólver y acompáñanos.»
-¡Piedad! - tartamudeó Harriet.
-Ése fue mi primer pensamiento-contestó la señora Lindsay-. Tuve que hacer un esfuerzo para reprimir una exclamación de temor. He tratado siempre a Neale como a un niño pequeñito. Y prometí, después de la lección que John me dio en Carden City, que no lo volvería a hacer. Casi me mata el pensar en... en Neale cuando me parece verlo sudando, jurando, luchando, acaso bebiendo y fumando con esos salvajes occidentales. Pero he tenido una revelación. Ese Nelson no es lo que parece ser. Yo no puedo engañarme cuando se trata de juzgar a los hombres. ¡Es un don del cielo! Estoy segura de que logrará la curación de tu padre y hacer de tu hermano un hombre. -Entonces..., ¡Dios le bendiga! - murmuró Harriet con emoción.
Su inclinación hacia la bondad, así como una ansiedad por comunicar a los demás todo lo que fuera esperanzador, la impulsaron a dirigirse nuevamente hacia sus hermanas para decirles, palabra por palabra, lo que su madre le había comunicado.
-¡Oh, qué hermoso es lo que nos dices ! -exclamó Florence. Y sus ojos relampaguearon plenos de entusiasmo.
-¿Qué te había dicho yo, Hal Lindsay? - preguntó con alegría Lenta.
Pero Harriet huyó riendo en dirección al patio, y respondió a voces, que volvería a reunirse con ellas al cabo de unos instantes para acompañarlas a desayunar. Llegó hasta más allá de donde se hallaba el montón de piedras. Un pavimento de losas desgastadas y hundidas en sus centros por muchos años de uso y de pisadas conducía a través de un recorrido serpenteante hasta un espacio abierto a cuya espalda, de entre unas grandes rocas musgosas, brotaba la fuente más hermosa que Harriet había visto jamás. Era un surtidor. ¡Qué tremenda cantidad de agua destellante! En el lugar en que fluía desde un profundo pozo hasta un charco, antes de dar su salto primero, había un débil color azulenco. Harriet se preguntó cuál sería su causa. Un cuenco de hierro, verdoso y viejo, colgaba de una cadena. Hallie lo introdujo en el agua y lo levantó para beber. ¡Tan fría como el hielo! ¡Insípida, pura, como el agua de la lluvia! La joven miró en torno a sí. Las piedras del suelo y el musgo, las rocas y las extendidas ramas de los algodoneros, todo hablaba de antigüedad. Harriet se enamoró en el mismo instante del lugar. Y la exagerada hipérbole de Laramie volvió a su imaginación. Pero ¿era en realidad hipérbole? Siguió la orilla de un diminuto arroyuelo que corría junto a las piedras que marcaban el camino, descendió al patio y llegó al portillo. Allí se dio cuenta de que en aquel extremo del patio el trabajo continuaba desenvolviéndose con afán. Pero no se detuvo para mirar. El campo abierto y libre la atraía. ¿Qué la esperaría tras la ancha entrada a la finca?
Harriet esperaba ver una extensión de tierra gris, estéril. Olvidaba que la cortina de la lluvia y la cortina de la nieve que descendían habían oscurecido el paisaje por espacio de dos de los días de su viaje al Colorado. En consecuencia, no estaba preparada para ver hierba y árboles verdes, que escoltaban al arroyo en su evidente salto a lo largo de una pendiente. Harriet se detuvo. ¡Cuán brillante era la luz del sol! ¡Cuán frío, embriagador y dulce el viento! La escarcha brillaba como diamantes en las rocas cercanas, en las hojas largas de la hierba. A la derecha de la puerta, un camino carretero conducía hacia un desnivel, más. allá del cual nada podía verse. Exactamente delante de ella se abría un abismo, o así lo parecía en la distancia, que semejaba correr al encuentro del azul del cielo. Harriet lo miró con desconcierto. ¿Estaba ella en pie en la cima de una montaña? Bajo el azul tomaban forma las sombras grises y las rayas, hasta que la joven comprendió que aquellas rayas debían de ser las tierras, las tierras lejanas que se extendían interminablemente.
Harriet comenzó a caminar siguiendo el curso del arroyo hasta llegar al punto en que el agua saltaba con un murmullo y un remolino de espumas. Había en el acto de la mujer un desafío inconsciente. Como consecuencia de algunas extrañas circunstancias, todavía no había visto ninguna de las grandes secciones del Oeste, sino solamente las monótonas tierras de las, praderas de Kansas desde la ventanilla de un coche de ferrocarril.
Repentinamente, el terreno se lanzó bajo sus pies, a un salto hacia abajo. Una hondonada en forma de V, cubierta de hierba y de vegetación, se abrió ante ella, se ensanchó y descendió hasta un valle lleno de color que se extendía hasta fundirse con la purpúrea planicie. Pastos llenos de ganado, espacios estériles de tierra cercados por cierres de leños, cabañas que se cobijaban entre los algodoneros y un arroyo de plata que seguía un retorcido curso junto a la carretera atrajeron su mirada y su atención y semejaron dirigirse hacia la inmensidad del espacio. Pero Harriet quiso examinar lo que se hallaba más próximo a ella, lo que le era más fácil apreciar. Aquel valle formaba parte del rancho. Harriet se vio obligada a reconocer su sorprendente fertilidad, su belleza, su tranquilidad. Las vacas mugían, las terneras mugían, los caballos relinchaban, y, sobre todos estos sonidos, se produjo un potente rebuzno. Una voz enérgica y varonil, juvenil y fuerte, flotaba sobre la pradera. Harriet vio un caballista que cruzaba un lugar despejado. Más allá del valle, se extendía la planicie, ondulante y purpúrea, poblada de zonas pantanosas y de pendientes, salpicada de las motitas que eran las reses y que se convertía gradualmente en una infinita extensión, que se desarrollaba, legua tras legua, hasta lo que Harriet sospechaba que debía ser las Grandes Llanuras. La joven estaba asombrada. Ningún panorama de los que hasta entonces había visto admitía comparación con aquél, que empequeñecía al Lake Erie. Harriet comenzó en aquel momento a comprender su verdadero significado e importancia.
La infinidad se desenvolvía hacia el Norte y hacia el Sur, formada por el mismo mar ondulante de verdor, siempre hacia la lejanía, siempre en dirección al accidentado horizonte. El paisaje occidental se ocultaba, en parte, tras la gran edificación de piedra. Y por esta razón, Harriet se encaminó nuevamente hacia la puerta de la finca, cruzó el arroyo y se dirigió a la parte opuesta de la casa.
Unas montañas con las cúspides cubiertas de nieve, con las laderas cubiertas de verdor, de cumbres que semejaban gemelas se elevaban ante ella. Debían de ser las Cumbres Españolas, de las que el rancho recibía el nombre. Era la primera ocasión en que Harriet veía altas montañas, y el efecto que le produjeron fue sorprendente. Pero aquello era solamente el principio. Tras ellas se elevaba un muro blanco y negro que en los primeros instantes le pareció una nube. Repentinamente, comprendió que se hallaba mirando el magnífico frente oriental de las Montañas Rocosas. Puras y blancas, lejanas e inaccesibles, las cumbres resplandecientes se clavaban en el azul del cielo y luego se extendían como los dientes de una sierra hasta más allá del alcance de la vista de Harriet.
Harriet se inmovilizó para entregarse a la contemplación. Un algo más grande que el éxtasis y la sorpresa nacía en ella. Lo que durante toda su vida había esperado, llegaba al fin: el despertar de una personalidad íntima y profunda. Un vago, intangible y dulce sentimiento de familiaridad la hirió. Pero ¿dónde y cuándo podía haber visto ella un espectáculo tan glorioso? Acaso recordase cuadros, dibujos... Sin embargo, aquella escena, la que tenía ante sí, era vívida, real, maravillosa, elevadora. ¡Era grande y silvestre, y solitario... aquel Colorado!
Y se llevó una mano al pecho. Y en el mismo instante con un sobresalto, recordó a Emery y el marchito amor de su adolescencia. Era extraño que lo recordase en tal momento, y más extraño que no lo hiciese con sentimiento. ¡Cuán lejano, cuán pretérito era todo ello! Los millones de vueltas de rueda que la habían conducido hasta aquel lugar, parecían haber alejado el pasado del mismo modo que la distancia hasta el antiguo hogar. En aquel momento Harriet comprobó dolorosamente que el antiguo hogar y todo lo que con él se relacionaba pertenecía ya al pasado. Allí comenzaba una nueva vida. Y en las profundidades de su corazón, un nudo semejó hincharse y estallar angustiosamente. Aquel dolor fue libertador. Había llegado hasta ella desde lejanas y sombrías montañas, tan vastas, tan aparentemente eternas. La fortaleza porque siempre había rogado fluyó hasta ella misteriosamente. Su padre enfermo, su madre, la soñadora Florence, la coquetuela Lenta. Neale, inexperto, vano, excesivamente consentido, pero aún bueno..., ¡de qué modo la necesitarían todos ellos, cuán desesperadamente necesitaría ella poseer fortaleza! Y la fortaleza llegaba, estaba allí. Harriet la percibió en la planicie purpúrea y atrayente en todo aquel mundo coronado de nieves. Su corazón salió al encuentro de todo ello. Un algo hasta entonces ignorado arraigó en su interior.
Las lágrimas nublaron los ojos de Harriet y amortajaron el panorama. La joven día unos pasos en dirección al campo abierto para evitar que alguien pudiera verla desde el interior del patio. Unos arbolitos achaparrados que parecían haber soportado penalidades para poder sobrevivir, se desarrollaban allá; y la hierba y un fragante matorral, agradable para la mirada; y unas pequeñas florecitas rosadas y por todas partes había piedras grandes o pequeñas. Harriet se sentó. Cuando su vista se hubo aclarado, se sorprendió aún más al observar que todo el panorama había experimentado un cambio sutil que le hacía, si era posible, más hermoso y más atrayente. La magnificencia del Oeste que se desarrollaba ante su mirada, aquella fuerte impresión de soledad, de distancia, de rusticidad, todo crecía a medida que se lo observaba. Y súbitamente, Harriet experimentó alegría por haber ido a aquel lugar, tanto por sí misma como por su padre.
Desde el punto, en que se hallaba sentada, la casa semejaba un fuerte de recios muros defensivos, como en realidad había sido durante los días de señorío de los indios. Jamás podría ser convertida exteriormente en una cosa bella; pero eran ilimitadas las posibilidades que ofrecía interiormente. Harriet regresó al patio con el valor suficiente para inspeccionar el interior y estudiar lo que en él podría hacerse. Pero antes de que hubiera podido llegar muy lejos, «Solitario» Mulhall le dijo a voces:
-Señorita, todo el mundo la está buscando. Jud está gritando que tirará el tocino y los huevos que ha preparado si no va pronto a buscarlos.
Harriet contestó alegremente que iría corriendo, y así lo hizo, no sin luchar contra el impedimento de los miembros ateridos y los doloridos músculos de su cuerpo. Las otras jóvenes. no la saludaron a su llegada, por la sencilla razón de que se hallaban entregadas al cumplimiento de unos quehaceres gastronómicos. Su padre se enderezó en el asiento que ocupaba, ayudado por la madre, y preguntó:
-Hallie, ¿dónde has estado?
-Buenos días, papá-contestó ella -. He ido a ver el Colorado por primera vez. ¡Y una sola vez ha sido suficiente!
-¿Para qué? Esperaba que...
-Suficiente para enamorarme de él - le interrumpió Harriet.
Las, jóvenes rieron incrédulamente, con el peligro de que la comida se les atragantase. Su padre se regocijó de modo perceptible. Parecía hallarse cansado hasta el agotamiento.
-Hallie, Jud ha dejado tu desayuno sobre el fuego.
Es un hombrecito muy pintoresco. Ha bramado y ha protestado porque vosotras, las mujeres jóvenes, no os levantasteis más temprano. Dice que Nelson es un esclavizador, y que resulta muy duro tener que trabajar como carpintero, albañil, herrero, constructor de carros y no recuerdo qué más, además de hacerlo como cocinero. No tengo inconveniente en reconocer que cocina muy bien.
En tanto que Harriet comprobaba la justicia de los elogios de su madre y mostraba su conformidad con ellos, llegó Nelson llevando una herramienta en una mano. Estaba en mangas de camisa y todavía portaba el feo revólver colgando junto al muslo. ¡Cuán esbelto y viril, y cuán joven, también, era bajo la luz de la mañana! Y, según hubo de reconocer Harriet para sí misma, ¡cuan atractivo! La joven apenas podía identificar en aquel joven sonriente y alegre al hombre siniestro de la noche precedente.
-¡...días, señoritas! Me alegro muchísimo de verlas nuevamente en pie. Tenía miedo a que hubieran muerto ustedes - dijo con la característica lentitud de los occidentales -. Y ¿cómo cabalga usted, patrón?
-No muy bien, Nelson. Siéntate para que hablemos un poco-replicó el otro hombre -. Sin embargo, he dormido como un leño. No he tosido ni una sola vez en toda la noche. Pero el pecho me duele esta mañana, y tengo un zumbido en los oídos... Y tengo las piernas, como muertas.
-Eso es solamente efecto de la altitud. Estamos a una altura muy grande. Eso se pasará muy pronto, patrón.
La señora Lindsay se adelantó a su esposo, que se disponía a hablar.
-Nelson, voy a decirle lo que él no diría. Son los disgustos y las inquietudes, tanto como la salud, lo que le ha amilanado.
-Lo suponía - replicó el caballista solícitamente -. Bien, no hay motivos para inquietarse ni disgustarse, Lindsay. Está usted aquí, y se encuentra en muy buenas condiciones físicas, si tenemos en cuenta las circunstancias...
-¡Creo que lo estoy, demonios! - exclamó Lindsay, que, manifiestamente, no podía resistirse a las persuasivas palabras de Nelson -. Ya debería haber reventado si lo que me dijo el doctor Hurd y lo que me dijeron mis amigos se hubiera cumplido. Sinceramente, mamá..., me encontraría libre de dolencias... si no estuviera inquieto o preocupado. Es maravilloso poder hallarse aquí.
-Señor Laramie, ¿por qué no hay aquí nada que deba preocupar a mi padre... o a mí? -preguntó Harriet, con seriedad.
-Pues... no estoy muy seguro en lo que a usted se refiere, señorita Hallie - dijo Laramie -. Porque usted es una mujer guapa y una novata inexperta, y pertenece al sexo opuesto al de los vaqueros, caballistas y cuatreros que infectan esta región. Puede profetizarse que ninguno de ellos permitirá que la hierba crezca bajo los cascos de sus caballos, porque no dejarán ni un solo momento de dirigirse hacia usted... Y no me es posible prever cómo se comportará en tales circunstancias.
Las risas brotaron alegremente a costa de Harriet; y el absurdo enrojecimiento del rostro de la joven empeoró la situación.
-No permita que esa idea le torture, señor Laramie - replicó Harriet -. No hay duda de que puedo cuidarme de mí misma. Me refería a mi padre, a su salud y al aspecto comercial del rancho.
-Permítame que le diga que no puedo soportar que me llamen señor - afirmó Laramie -. Bien, voy a decir lo que «Solitario» acaba de decirme. Y conste que estoy completamente de acuerdo con él. « ¡Diablos, Laramie! », dijo «Solitario». «Si la familia Lindsay pudiera ver las cosas tal y como tú las ves y te dejase resolver la situación a tu modo, se. desenvolvería y desenlazaría admirablemente.
-Muy bien, Laramie. Por mi parte, casi estoy convencido de que es cierto-contestó Lindsay -. Explícanos cuál es ese modo que tanto ha elogiado «Solitario».
El rostro del caballero se tornó instantáneamente serio, y en sus ojos brilló aquella llamita acostumbrada. Harriet adivinó que su espíritu se erguía ante la presencia de una ocasión tan favorable para ellos como para él y sus compañeros.
-Hablemos de usted en primer lugar, señor. No está usted tan enfermo, como supone. He visto restablecerse y fortalecerse a muchos hombres que se hallaban en estado mucho peor que el suyo. Y eso sucedió en Nebraska, que no es una región tan maravillosa como el Colorado para devolver la energía y la salud a los hombres... Ahora, escuche, patrón: olvide los contratiempos, las pérdidas, la salud; pero tómese interés por todo ello. Descanse mucho, pero no pierda la actividad. Duerma al aire libre. El respirar este aire de montaña y de salvia siempre, el vivir a la luz del sol..., todo esto le curará. Hay un mejicano en la parte baja del valle que cultiva toda clase de frutos y de verduras. Cría gallinas, patos, pavos, cerdos. Y vacas...
Tiene más de un centenar de vacas lecheras. Creo que ese hombre depende de usted, y eso le permitirá vivir de productos puros y naturales.
-Laramie, ya creo encontrarme bien. Seguiré tu consejo.
-Muy bien. Ahora, hablemos de los negocios de ranchería. Tómese interés por ellos, pero no permita que le preocupen. Si la señorita Hallie ha sido su directora y tenedora de libros en Ohio, podrá desempeñar aquí los mismos deberes. No es difícil apreciar que es más inteligente que la mayoría de los hombres. Serán necesarios hombres más listos que Arlidge y Allen para que puedan engañarla. Y no hay duda de que le engañaron a usted, señor Lindsay, aun cuando no puedo decir hasta qué punto. Pero le engañaron. Permítame encargarme de los hombres y de las reses. La señorita Hallie podrá manejar el dinero. Garantizo que podríamos conseguir que este rancho fuese productivo, aunque comenzásemos «ahora» a explotarlo sin poseer ni siquiera un dólar y con la mitad del ganado que veo pastando en los prados. Conozco el ganado, conozco a los vaqueros y conozco a los ladrones. Puedo entendérmelas con unos y otros. Y esto no es una bravata infundada. Quiero que lo sepan ustedes. Durante toda mi vida he anhelado que se me presentase una ocasión como ésta. Estamos en el campo más hermoso que jamás he visto para cría de ganados. Podremos criar aquí más de cien mil cabezas de ganado, a pesar de los ladrones. Conozco al dedillo los usos y costumbres de los hombres de tal casta. Esta misma mañana, cuando los carros se hubieron puesto en camino, salí al exterior para echar un vistazo por las cercanías. El equipo de Allen, compuesto de nueve hombres, estaba allí; pero Arlidge se había marchado. Es de suponer que haya meditado detenidamente la noche pasada acerca de la situación. De todos modos, yo había supuesto que eso sería lo que haría marcharse. Es claro que podría haberse llevado consigo a los caballistas, o, por lo menos, a la mayoría de ellos. pero seguramente tomó una decisión contraria a ello y por razones que sospecho... Algunos de esos nueve caballistas no son buenos, podemos tener la seguridad. Y algunos otros, acaso cuatro o cinco de ellos, son o pueden ser vaqueros fieles. No me sería preciso mucho tiempo para conseguirlo. Y cuando llegue ese momento, podremos desenvolvemos de modo halagüeño.
-Laramie, me has animado tremendamente... después de haber estado completamente alicaído - exclamó cordialmente Lindsay -. Hallie, ¿no te sucede lo mismo?
-Creo que Nelson posee el don de inspirar -respondió gravemente Hallie. Era imposible no confiar en aquel occidental, no percibir su fuego y su fuerza y no contagiarse de ellos.
-Si a mi hila le parece bien, la cuestión queda decidida - concluyó Lindsay.
-   Me parece bien, papá -dijo con resolución-. Trabajaré con Nelson.
-Muchas gracias, señorita -replicó un poco roncamente Laramie-. Espero que podré justificar la confianza que pone en mí.
Yo espero y pido .a Dios que mi trabajo de ranchería no constituya un embrollo- dijo fervientemente Harriet. -Ahora... ¿por dónde comenzaremos?
-Comencemos por la casa - contestó Nelson -. Hay muchísimo qué hacer en ella. Me propongo aceptar los servicios de Fork Mayhew, que es el caballista que habló anoche por sí mismo y por sus compañeros... Haremos que esos hombres reúnan el ganado cerca de aquí, en tanto que el resto del equipo trabaja en la casa con nosotros. Y luego cabalgaré de vez en cuando por la planicie, o mandaré que lo hagan «Solitario» y «Huellas». Y esto me recuerda una cosa, patrón: ¿tiene unos gemelos de campaña?
-Traje conmigo unos gemelos de campaña y un telescopio. Son dos regalos que me hicieron. No sabía qué hecer de los malditos chismes; de modo que decidí empaquetarlos y traerlos.
-¡Bien! -El vaquero se frotó las manos-. Entonces, podremos observar todos nuestros terrenos desde lo alto del muro y ver lo que suceda allá abajo sin que nadie pueda vernos. Tengo ciertas sospechas. No lo olvidemos... El lugar que he escogido para instalar su despacho, señorita Hallie, no puede ser mejorado. Está próximo al lado izquierdo de la puerta. Todas las paredes son muy gruesas, y la puerta es tan fuerte, que para franquearla por la violencia sería preciso derribarla a hachazos o quemarla. Tiene unos anchos orificios como ventanas. Hemos limpiado prefectamente la habitación. Tiene un piso de piedra muy bueno. Blanquearemos las paredes, instalaremos estanterías, una mesa y todo lo que usted pueda necesitar. Y al cabo de uno o dos días, podrá trasladar allá sus papeles, los valores, el dinero, y cerrar luego la puerta con la completa seguridad de que nadie podrá robarla.
-¡De qué modo se anticipa usted a mis deseos! -exclamó cálidamente Harriet. Aquel hombre comenzaba a inquietarla con sus prácticas resoluciones.
-Pues todo eso no es nada - replicó visiblemente complacido Nelson -. «Solitario» ha tenido algunas formidables; pero todavía no ha querido decírmelas. Dice que quiere toda la gloria para sí... Bueno; lo que hayamos preparado todas las habitaciones, una por una. Y ustedes, las mujeres, dígannos cuáles son las maletas, los fardos, los baúles que necesitan, con el fin de que podamos traérselos a este campamento provisional.
-   Creo que será preferible que no desembalen nada hasta el momento en que las habitaciones estén limpias, arregladas y dispuestas - contestó dubitativamente Harriet.
-Tiene usted razón. Y por su parte, usted debería acompañarnos. para escoger las habitaciones que desean. Hay cuatro grandes piezas con chimeneas instaladas a través de las paredes, lo que representa una cosa muy importante para quienes, han de vivir en esta casa ranchera. Hará un frío terrible, es cierto, pero mientras dispongan de abundancia de, leña, no se darán ustedes cuenta de que haya llegado el invierno... Y ahora quisiera hacer una sugerencia a todos ustedes.
-Nelson, no podrá usted hacer muchas sugerencias que no nos agraden - declaró la señora Lindsay.
-   Bien; desgraciadamente, las piezas... los hogares que he dicho no están suficientemente juntos. No cuento el que Jud utiliza como cocina. Vengan ustedes a verlo. Éste puede convertirse en una hermosa cocina. Bueno; supongamos que hiciéramos del próximo compartimiento que tenga chimenea, un gabinete o despacho para usted, Lindsay, y para su señora, y que abriéramos en la pared una puerta que comunique con el compartimiento inmediato, que podría servir de dormitorio. En el caso de que lo deseasen, podríamos traer un nuevo hogar para dicha estancia, lo mismo que para los demás dormitorios. Su hijo, Neale, ya ha escogido el suyo. También está en este lado. Esos establos... o habitaciones, lo que indudablemente fueron en la antigüedad, y lo que pronto habrán de volver a ser; esos establos que se hallan en el otro lado son más grandes que éstos. Tienen unas dimensiones de alrededor de quince pies por treinta. Se necesitarán grandes cantidades de madera, pintura y otras cosas para hacerlos cómodos y agradables, cuando hayamos instalado las alfombras, los muebles y las demás cosas. Ha resultado muy conveniente mi decisión de traer conmigo escoplos, cepillos y otras herramientas de carpintería. De otro modo, habríamos tenido que recurrir a la ayuda de obreros de fuera para convertir las mirillas de los, puestos de observación en ventanas.
-¡Venga, Laramie 1 - gritó Lenta, con lo que rompió su largo y estático silencio -. Ayúdeme a elegir una habitación grande para Hallie y para mí; una habitación que pueda tener al lado un saloncito en que haya una chimenea.
-Con mucho gusto. Y ¿dónde se instalará su otra hermana? - preguntó sonriendo Laramie.
-Me agradaría poder instalarme junto a ellas - afirmó Florence -. Pero no tengo miedo a estar sola.
-   ¡Qué gracioso me resulta esto! - dijo la señora Lindsay, riendo -. Aquí estamos, atrapados, podríamos decir, en un antiguo fuerte, y andamos proyectando dormitorios, salitas, despachos, oficinas... ¡Es maravilloso! Quiero que todos ustedes sepan que deseo disponer de un salón, un cuarto de visitas y una biblioteca.
-   ¡ja, ja! Sin duda, para agasajar a nuestros muchísimos vecinos - exclamó Harriet alegremente -. Espera, mamá, hasta haber conocido a nuestros vecinos.
-   Bueno, creo que esto es todo. No, he olvidado algo -continuó Nelson mientras se volvía hacia Lindsay una vez más-. ¿Dónde quiere usted que nos alojemos «Huellas», «Solitario» y yo, señor?
-No muy lejos de nosotros. Es cierto - declaró Lindsay secamente.
-Así lo habíamos supuesto. Por lo menos, hasta que todos ustedes se hayan aclimatado a este violento Oeste.
-Laramie, me agradaría que ustedes tres se instalasen junto a la puerta de entrada. O, por lo menos, durante el transcurso de las noches -afirmó Lenta enérgicamente.
-No creo que sería conveniente por lo que se refiere a «Solitario» -dijo Nelson lentamente y acompañando las palabras de una sonrisa burlona-. Con toda seguridad se pasaría la noche entera desenvolviendo la tela embreada de su cama ante la puerta de usted.


VIII


Harriet
 reflexionó ante su diario y su libro mayor; y habría llorado al repasar los asientos que contenían. Pero lo que reprimió sus lágrimas, lo que le forzó a sonreír, a pesar de todo, fue la certeza acerca del estado de salud de su padre. Después de haber pasado una semana entera tumbado de espaldas, en la cama, tiempo durante el cual pareció hallarse a punto de trasponer los límites de la existencia, se había puesto en pie y en pie permanecía, con gran desesperación por parte de toda la familia. Luego había sobrevenido lo que Harriet supuso que sería uno de sus, cortos, períodos de mejoría que, como los anteriores, le dejaría más enfermo y débil que nunca. Pero en aquella ocasión no hubo recaída. i Y habían transcurrido seis semanas! Harriet ya no podía dudar. Su padre se hallaba en período de franca recuperación El viento frío y seco de las alturas del Colorado operaba el milagro, le había salvado. Y esto era suficiente. Para aquello habían ido todos a aquella región, para conseguirlo se habían trasladado al Oeste, habían sufrido, trabajado y rezado... Harriet se preguntó si tendría alguna razón para no sentirse plenamente feliz e inexpresablemente satisfecha y agradecida. Y lo estaba. No podía expresarlo del mismo modo que su madre, a quien nada importaba en este mundo, no siendo la salud de su esposo; o como Florence, cuyos sueños se habían hecho más grandes en aquel ambiente propicio a su desarrollo; o como Lenta, que adoraba todo y a todos, y principalmente a los caballistas que rodeaban su casa; o como Neale, que cabalgaba caballos rebeldes, o intentaba hacerlo, y que a cada momento se inclinaba más, y más hacia la vida de la planicie. Sin embargo, Harriet sabía que en el fondo de su corazón se hallaba profundamente satisfecha, tanto como cualquiera otra de las personas que componían su familia. Pero alguien tenía que administrar el rancho. Y esta tarea que había recaído sobre ella, constituía una verdadera pesadilla.
Mediaba el mes de junio Harriet podía mirar a través de la abierta ventana, que estaba protegida por gruesos barrotes, y ver la verde pradera próxima y la lejana llanura purpúrea.
Un mes de trabajo tan intenso, que Harriet no había conocido otro igual, había bastado para convertir el interior del fuerte en un hogar amplio, cómodo y hasta lujoso, y para transformar el patio, con sus grandes algodoneros, sus piedras musgosas y su manantial, en una glorieta sombreada y bella que brindaba reposo y felicidad.
Laramie Nelson había sido el genio de la labor. Desde muy temprano hasta muy tarde, se había esclavizado, había conducido a sus, compañeros a la realización de los esfuerzos más grandes, y hasta acertó a obtener alguna ayuda del inseguro equipo de Arlidge. Jamás podría ser pagada la deuda que los Lindsay habían contraído con Laramie Nelson; y, no obstante, tal deuda continuaba creciendo de modo que a Harriet se le antojaba demasiado grande.
Y, en consecuencia, ¿tenía Harriet algún motivo para no ser feliz Aquella carga defraudadora, anhelante y amarga, ¿era una infelicidad real o imaginada? Ninguna sombra del antiguo fracaso sentimental había vuelto a presentarse en su corazón. Todo ello pertenecía al pasado. Pero un nuevo mal, secreto y persistente, se adueñaba de su alma.
En primer lugar, los negocios del rancho eran descorazonadores en lo que se relacionaba con el ganado. Según los cálculos de Nelson, que no debían ser aceptados como indudables, Allen había dejado en el rancho alrededor de siete u ocho mil reses, en lugar de las diez mil que se le habían pagado. De todas estas reses, más de cuatro mil habían sido arrebatadas por los ladrones unos días antes de la llegada de los Lindsay; y, desde entonces, nuevas manadas de cabezas de ganado habían continuado desapareciendo. De manera que no deberían de restarles más de dos mil reses en aquellos momentos, la mayoría de las cuales eran vacas o terneras. Todo lo que se relacionaba con los negocios de ranchería era asombroso para Harriet; y, por lo tanto, el hecho de que Nelson afirmase que podría descubrir adónde habrían ido a parar las reses robadas, pero que no podría recobrarlas, seguramente tenía mucha parte en el resultado de que Harriet solamente viese borrones rojos cuando repasaba su libro mayor. La joven acertaba a ocultar su creciente indignación. Harriet sospechaba que, aun cuando fuese indudablemente honrado,
Nelson le ocultaba el aspecto más malo de las circunstancias. Y Harriet no podría decir si tal aspecto estaría relacionado con alguna otra complejidad de la situación, que Allen habría dejado a su espaldas y cuya solución ella había obstaculizado inconscientemente, puesto que había manifestado a Nelson de una manera definitiva que en el caso de que continuase trabajando en el «Rancho de las Cumbres Españolas» habría de ser a condición de que jamás recurriese al derramamiento de sangre. ¿Le habría atado las manos con tal prohibición? Unas palabras que había oído pronunciar a «Solitario» la inquietaron profundamente. Y Harriet comenzó entonces a sospechar que no se encontraba debidamente preparada para el desarrollo de la tarea que se impusiera.
Los sentimientos de deber y de responsabilidad de Harriet, tanto como su orgullo, encendieron en ella la ambición de triunfar en los negocios de ranchería. La joven no había constituido un factor despreciable en la prosperidad del negocio de abastecimientos para buques que su padre poseyó en Lake Erie. Lindsay poseía todavía unos respetables medios económicos; pero la hija se anticipaba a los tiempos venideros! en que la familia pudiera vivir de las rentas que el rancho produjese. Por el momento, esta apetecible circunstancia parecía hallarse muy lejana. Según decía Nelson, la ganadería necesitaba ser aumentada y atendida antes de que pudiera comenzar a producir utilidades; pero sería inútil intentarlo hasta que los ladrones decidieran ausentarse del Colorado o murieran de vejez.
-Estoy seguro de que no morirán con las botas puestas - había terminado Nelson con un acento de desdén.
Y ésta era la grave situación en lo que se refería a la cuestión más importante: la cría de ganados. En cuanto al resto, había surgido un cúmulo de complicaciones, al que Harriet no podía hacer frente.
Nelson había logrado conservar unido el equipo de Allen hasta que uno de los caballistas vio en cierta ocasión a Lenta montando uno de sus caballos. Y entonces, según manifestó Nelson con disgusto:
-...los malditos ordeñavacas no pudieron ser refrenados.
Las reacciones de Lenta ante el silvestre Oeste no fueron completamente inesperadas, aun cuando ni siquiera Harriet había visto el entusiasmo con que la joven se lanzó en brazos de todo cuanta la rodeaba, ya fuese el trabaja, ya el juego. Nadie podría acusar a Lenta de haber rehuido el cumplimiento de su parte en la ejecución de las muchas tareas impuestas por la necesidad de instalar definitivamente el hogar. Florence se había limitado a hacer aquello que se relacionaba con su propia comodidad, con su gusto, su placer o sus aficiones. Era el juego de Lenta, en consecuencia, lo que provocaba las censuras y lo que más interesaba a Harriet. Su madre no podía verla, y su padre había reído al observarlo. Neale se había molestado por «los coqueteos» de Lenta, como lo llamaba, lo que solamente había servido para añadir combustible al fuego. Cuando no se hallaba preocupada desesperadamente por el temor de que Lenta muriese como consecuencia de alguna caída del caballo-la joven había sido despedida por sus monturas en cuatro, ocasiones -, fuese secuestrada o algo todavía peor, se atormentaba aun más intensamente por causa de los: coqueteos de su hermana.
Neale, a su vez, presentaba también un problema. El joven había asombrado a todos a causa de su habilidad, hasta entonces insospechada, para consagrarse al trabajo duro, del mismo modo que llenó a todos de espanto, y especialmente a su madre, con su afición a las bebidas y a las peleas. Harriet sospechaba que Neale no era la única persona acreedora a censuras por esta causa. Todos aquellos caballistas, y hasta el propio Nelson, tenían una inclinación muy pronunciada a hacer pagar novatadas a los inexpertos, lo que era para ellas motivo de diversión. Y «Solitario» era el peor de todos. Era un muchacho tan incorregible como, simpático; por lo tanto, no podría decirse, en modo alguno, que Neale y «Solitario» no se entendieran a las mil maravillas y no se sintieran mutuamente atraídos.
La fama de hermosa de Florence y la de los encantos de Lenta se extendieron por todas las llanuras con la rapidez con que el fuego se extiende por la seca pradera. Caballistas procedentes de todos los terrenas inmediatos visitaban el «Rancho de las Cumbres Españolas.» desde hacía tres domingos. Lindsay los acogía cordialmente, y su esposa satisfacía con las visitas su pasión de agasajar. ¡Qué grupos más pintorescos formaban aquellos caballistas! Iban para ver y para ser vistos. Esbeltos, jóvenes, con rostros animosos, algunos de ellas limpios y guapos; otros, duros un poco siniestros... ¡De qué modo los estudió Harriet! No obstante, por lo que se refería a la belleza de la familia, a Florence, los tales caballistas habrían podido permanecer alejados de la casa, puesto que Florence no podía ver a ningún hombre que no fuera Ted Williams. Este extremo se había hecho patente y era aceptado y reconocido por todos los que vivían en el rancho.
-¿De dónde vienen todos esos hombres? - preguntó Harriet, sorprendida -. ¡Tantos hombres jóvenes... en unos terrenos tan despoblados y tan bravíos como éstos!
-Pues... supongo que vendrán de todos los alrededores - contestó Nelson -. Y algunos de ellos son cuatreros o ladrones de reses, señorita Hallie.
-¡Oh, no es posible! ... ¿Cómo puede decir esas cosas, Nelson? - exclamó Harriet, casi indignada -. No parecen diferentes absolutamente en nada a nuestros propios caballistas.
-Ha dado usted en el blanco. No son diferentes a los nuestros absolutamente en nada - respondió con lentitud Nelson al mismo tiempo que dirigía a Harriet una mirada que llenó de inquietud a la joven -. Y hasta supongo que encontrará usted palabras amables para Luke Arlidge...
El seco tono de Nelson aumentó el desconcierto de Harriet. Harriet se ruborizó, cosa que siempre la disgustaba. Nelson era el único ser del rancho que poseía la facultad de hacer que la sangre se agolpase al rostro de ella. Y al comprenderlo, la joven se indignó y buscó el modo de corresponder a la herida que se le causaba.
-   ¡Oh! ¿El señor Arlidge? Sí, tengo buenas palabras para él. Creo que ha conseguido desprenderse de la antipatía que en él pudimos apreciar a nuestra llegada. Es un hombre simpático. Mi padre le aprecia. Y, por otra parte, usted sabe que no quiere que Luke ni Allen sean enemigos nuestros. Y... nosotras, las jóvenes, creemos que el señor Arlidge es guapo... de un moda un poco ostentoso, si se quiere, pero...
-No hay duda, Luke es un hombre ostentoso y osado. Creo que ofrecerá un espectáculo muy agradable cuando se halle colgado de una cuerda.
Y después de esta respuesta fría, enigmática y casi insolente, Nelson dio media vuelta y se alejó, dejando a Harriet enojada y desairada.
No había necesidad de que nadie dijese a Harriet - aun cuando sus hermanas lo hacían repetidamente - que Arlidge visitaba el «Rancho de las Cumbres Españolas» a causa de ella. Arlidge lo demostraba suficientemente. Y esto disgustaba más que agradaba a Harriet. ¡ Qué locura, qué insensatez constituía la circunstancia de que ella produjera a Nelson una impresión errónea ! Las mujeres son unos seres complejos e injustos. Y Harriet se atribuló un poco al pensar que podría haber herido los sentimientos de Nelson..., a quien todos ellos tanto debían. Pero no había podido evitarlo, ni podría evitarlo en lo sucesivo. No obstante, en las dos ocasiones en que Arlidge la visitó, Harriet tuvo buen cuidado en no quedarse a solas con él ni, siquiera un solo momento.
Por otra parte, había otras pequeñas complicaciones que contribuían a incrementar el conjunto. Una de ellas estaba representada por la asidua adoración de que «Solitario» Mulhall hacía objeto a Lenta. Harriet apreciaba al muchacho. «Solitario», según ella suponía, estaba muy lejos de ser bueno, pero poseía muchas buenas cualidades que hacía casi imposible que no se le apreciase. Lenta no le quería, esto era cierto, aun cuando le alentaba en su asedio de un modo que ningún desgraciado caballista de las llanuras habría soportado jamás. «Solitario» se había erigido en defensor de los Lindsay, aún del mismo Neale, a quien complacía hacerle enfadar. Era hermosa y admirable su fidelidad, solamente comparable a la de Nelson. Pero el infeliz era muy desgraciado e insistía en comunicar sus cuitas a Harriet.
Otra cuestión, insignificante aunque desconcertante, se materializaba en la desaparición de innumerables objetos de escasísimo valor para todos, con excepción de las mujeres. Las desapariciones habían aumentado sensiblemente durante las últimas semanas. Algunos de tales objetos deberían de haberse perdido, indudablemente, durante el viaje, y algunos otros, también, sin duda, debían de haber quedado olvidados en cualquier lugar; pero Harriet comenzó a sospechar que otros habían sido hurtados. Sin embargo, no sabía de quién sospechar, como no fuese de las diversas muchachas mejicanas que vivían al pie de la finca y que continuamente se hallaban en las proximidades del rancho.
Unos pasos lentos y el retintín de unas espuelas interrumpieron sus reflexiones. Harriet reconoció prontamente
a quien pertenecían. Después de haber oído el ruido de una suave llamada a la puerta, preguntó, vagamente avergonzada de su falsedad:
¿Quién es? ¡Adelante!
Y entró Nelson. Harriet no lo había visto por espacio de tres días consecutivos. El polvo cubría el traje de jinete del vaquero. Y con él entró en la estancia el vago olor seco de la planicie.
-¡Buenos días, señorita Hallie! ¿Suponía que me habría muerto? - dijo,
-No. No lo había supuesto - contestó ella riendo-. Siéntese, Nelson. Tiene aspecto de estar cansado.
-Y lo estoy. He cubierto desde esta mañana el recorrido desde Castle Haid.
-¿Castle Haid? Creo recordar que Arlidge habló de este lugar. Está muy lejos de nuestros terrenos, ¿verdad?
-   Sí. Está en los que Allen y Arlidge llaman sus terrenos.
-¿Qué ha tenido usted que hacer allí?
-   Pues... Ted había perdido su caballo predilecto, y seguí sus huellas.
-   ¿Aquel fogoso caballito pinto? ¿Lo encontró usted? -Sí. Lo encontré muy pronto.
-¿Se descarrió?
-No creo que haya habido mucho de descarrío en su pérdida - respondió Nelson; y esta respuesta tuvo el carácter de todas las evasivas que solía utilizar.
-Supongo que Ted estará contento - continuó Harriet -, porque ese caballito es el que acostumbra permitir a Florence que monte. Florence se ha lamentado de su falta. Parece ser que no hay muchos caballos que puedan ser montados por ella.
-Lamento tener que decir que Ted no está absolutamente nada contento - la corrigió Nelson-. Compréndalo usted; encontramos al caballo en el encerradero de un hombre llamado Snook. Lo vimos con los gemelos de campaña desde la altura de Castle Haid.
-Nelson, ¿qué quiere usted decir? - preguntó de repente Harriet.
-Que el caballo, señorita Hallie, había sido robado - dijo Nelson col calma-. Y que no permití a Ted que fuera en su busca, porque en tal caso habría tenido que matar a Snook.
Nuevamente se ponía de manifiesto la naturaleza doble de la vida de las llanuras. Harriet no podía huir de ella, del mismo modo que no, pudo librarse del calor que súbitamente corrió por sus, venas.
-¿Qué se propone usted hacer acerca de esa cuestión? - preguntó.
-¿Qué haría usted?
-Iría sin violencia a rescatar el caballo.
-¿Cómo lo conseguiría usted?
-Se lo pediría a Snook fingiendo creer que suponía que él había llevado amablemente a su encerradero el caballo perdido con el fin de devolverlo a su dueño.
-Bien, creo que podría dar un buen resultado en el caso de que el acto fuese apoyado por un revólver preparado para disparar. Pero, de todos modos, opino que será preferible no permitir que sea «Huellas» quien vaya en busca del caballo.
-¿Irá usted?
-Sí, pero no muy pronto. Prefiero esperar hasta que Snook se haya deshecho de las reses que en su encerradero guarda y que tienen la marca quemada a fuego.
-¿Marca quemada? Recuerdo que en cierta ocasión me explicó usted por qué se hacía eso, Nelson. ¿Qué marca es la quemada?
-Me pareció observar que la marca Peak Dot había sido transformada por medio del fuego en una cruz triangular... Présteme su lápiz, señorita Harriet... Así...
-¡Ah, comprendo! Es muy sencillo. De modo que ¿ése es otro de los procedimientos que utilizan los ladrones de reses?
-Sí. Lo sabemos con certeza, pero no podemos probarlo; y aun en el caso de que pudiéramos probarlo, no conseguiríamos absolutamente nada.
-¡Qué malditas circunstancias! - exclamó Harriet -. ¿Habremos de sufrir los robos y más robos sin poder obtener desagravios ni justicia de ninguna clase?
-La ley tardará aún mucho tiempo en llegar aquí. Supongo que lo mejor que podrían hacer ustedes sería renunciar a la cría de ganados, o limitarla a la de las pocas reses que puedan albergarse en el valle. En tal caso, podrían ustedes permitir a la mayoría de los caballistas que se separasen de ustedes, y cultivar las tierras inmediatas por espacio de varios años. Eso representaría una pérdida de dinero, es cierto. Pero como quiera que la pérdida de reses representa también pérdida de dinero, creo que sería preferible..
-Renunciar a la mayoría de nuestros caballistas! - repitió Harriet; y al decirlo, se refería concretamente a Nelson.
-Así es. ¿Qué otra cosa podrían ustedes hacer? Me parece que representaría una locura el gastar dinero en sostener a un equipo de caballistas que nada tiene que hacer. Yo, por mi, parte, no querría quedarme aquí en tales condiciones.
-¡Laramie!
La consternación con que la joven pronunció el nombre fue mucho más elocuente para ella misma que para él. Nelson se sentó, abrumado y sombrío.
-¿Nos abandonaría usted... a nosotros? - preguntó Harriet vacilante.
-Pues... no lo haría, en el caso de que tuviera usted mucho interés en que me quedase, señorita Harriet. Pero estoy completamente desalentado.
-¡Usted! No lo creo posible.
-¡Hum! Soy humano...y no es extraño que mis sentimientos sean los comunes... No me es posible cumplir las promesas que hice vanidosamente porque usted no me permite dirigir el rancho a mi manera.
-Lo... lo pensaré -contestó Harriet, presurosa-. ¿Qué más tiene que manifestarme?
-No mucho más. «Solitario» vio con sus gemelos una pareja de caballistas sospechosos. Esto sucedió ayer por la mañana. Salió a su encuentro a caballo, y los encontró reunidos con dos de nuestros caballistas. Pero los desconocidos le vieron acercarse y huyeron antes de que «Solitario» pudiera reconocerlos.
-¡Nuestros caballistas!... Esto presenta mal aspecto... ¿Será posible que algunos de nuestros hombres estén confabulados con los ladrones?
-Señorita Harriet, es tan posible, que es una realidad. Lo he sospechado durante cierto tiempo. No permita usted que esta cuestión la preocupe. Es una cosa muy común en estas regiones.
-¡Oh, esos jóvenes alegres y guapos! ¿Quién podría sospechar que fuesen ladrones?
-El robar, según creo, es una cosa diferente en el Este de lo que aquí representa. La mayoría de los occidentales lo han hecho; unos han robado un toro y otros una ganadería entera. El continuar haciéndolo y el ser descubierto..., eso es lo que es malo.
-¡Laramie Nelson! ¿Ha robado usted ganados en alguna ocasión? - exclamó sorprendida Harriet.
-¡Claro que sí! Una ternera acá o allá cuando estaba hambriento. Pero puedo decir satisfecho que sólo hice eso y nada más.
-¡Oh! ¿Qué voy a hacer? - se dijo bruscamente Harriet -. Papá continúa mejorando. ¡Y es tan feliz!... Confía en usted y en mí. Creo que todo marcha a pedir de boca... Pero la realidad me abruma. ¿Qué dirá..., de qué modo reaccionará... cuando descubra que estamos arruinados?
-Tengo el presentimiento de que el viejo ni siquiera parpadeará - contestó Nelson; y Harriet comprendió que ningún elogio más grande podía hacerse de su padre.
-   Bien, ¿qué deberé hacer? ¿Qué será de nosotras?
-   No me parece una cuestión muy difícil de comprender en el caso de que usted continúe del mismo modo que ha comenzado - replicó, no sin amargura, Nelson -. Neale seguirá el camino que es corriente en la gente baja de las llanuras. Florence persuadirá a Ted a que vuelva en busca de sus ricos padres, se unirá a él y dejará a los demás aquí. Lenta continuará enloqueciendo a los vaqueros coqueteando con ellos, hasta que uno cualquiera la arroje sobre un caballo y se la lleve consigo, y jamás volverá usted a saber de ella. Su papá y su mamá se entregarán a la pena y a la desilusión... Y en cuanto a usted, señorita Harriet, creo que, si se tiene en cuenta la extraña naturaleza de las mujeres, se casará usted con el más guapo y el más valiente de todos los caballistas de la región : Luke Arlidge.
-¡No me ofenda usted! -replicó indignada Harriet-. Todo lo que ha predicho usted, todo el resto de lo que ha supuesto es sencillamente horrible..., sin necesidad de que suponga que soy un ser tan casquivano... como supone... No me casaría con Arlidge ni aun cuando fuera el único hombre que hubiera en todo el mundo... No sería capaz de cambiar ni siquiera un dedo meñique de usted por todo él.
Harriet no había tenido en cuenta la capacidad delatora de la indignación. No se había propuesto decir tanto como había expresado. Ni siquiera sabía verdaderamente que aquéllos eran sus sentimientos. Pero no tuvo motivos de arrepentimiento cuando vio el rostro transfigurado de Nelson.
-Me alegro mucho, de haberla encolerizado, señorita Harriet - dijo Nelson al mismo tiempo que se ponía en pie -. Es cierto que no creía todo lo que dije... aun cuando me parece que tenía miedo a que usted pudiera hacer lo que manifesté en último lugar. Tenga la bondad de olvidarlo. He estado muy desalentado, muy descorazonado últimamente. «Solitario» y «Huellas» me han echado en cara muchas cosas no hace mucho, casi han llegado a ridiculizarme, a burlarse de mí. Y... bueno; toda eso no importa. Muchas gracias por haberme animado. Volveré a mi trabajo e intentaré cumplirlo.
Y Nelson salió. Harriet oyó el ruido de sus pasos lentos y sonoros a lo largo del patio de entrada y en dirección a la estancia que compartía con sus dos compañeros. La joven le siguió con la mirada; tenía todos los sentidos en suspenso. « ¡Dios mío! - dijo para sí con rostro radiante, repentinamente presa de un intenso y vibrante cambio -. ¿Estará enamorado de mí?» Luego se vio asaltada de una nueva y tumultuosa emoción que dominó al instante su horror, su consternación y su dolor.
Harriet se hallaba en las cumbres de estas emociones cuando «Solitario» subió lentamente las escaleras y llamó a la puerta. Cuando ella le dijo que entrase, «Solitario» abandonó en el umbral los zahones, los guantes y el sombrero.
-Buenos días, patrona - dijo con una galante inclinación -. ¿No ha oído usted el alboroto que había cuando llegué?
-No, «Solitario» ; no he oído nada en absoluto.
-¡Demonios! Es extraño. Porque no hay duda de que ella gritó todo lo que pudo. No sé si lo hizo a causa de un ataque de histeria, de los nervios o sencillamente por ganas de reírse de mí.
-¿Ella? ¿Quién es ella?
-No es sino su simpática hermanita. La he espiado, señorita Hallie. Usted recordará que la prohibió que cabalgase en unión de Chess Gaines. Lo sé porque Lenta me lo dijo. Y sé también que Chess no es la clase de hombre con quien se pueda jugar. Me disgusta hablar mal de un rival; pero Chess no es bueno. Laramie quiere despedirlo tan pronto como encuentre algo que pueda justificar el despido. ¿Cree usted que a Lenta le importa lo que podamos pensar Laramie, usted... o yo? No mucho. A esa criatura no le importa ni un pi... mi... en... to. Chess estuvo vanagloriándose de que tenía una cita con ella y de que ambos iban a dar un paseo a caballo... y yo estuve a la expectativa y los espié. Y los sorprendí también. Si nunca ha visto usted un modelo de mujer indignada y furiosa, debería haber visto a Lenta. Gaines se enojó, pero no tuvo el valor necesario para desenfundar el revólver; y por esta causa la lucha quedó reducida a ella y a mí. Tuve que perseguirla por espacio de más de una milla hasta poder agarrarla para obligarla a caer de la silla. ¿Montar a caballo?... Lenta pudo ser una novata en el arte; pero ahora es una maestra consumada. Gritó, arañó, mordió, chilló, pataleó, y, finalmente, intentó mostrarse mansa y dulce. Pero no le sirvió de nada. Los gatos escaldados huyen del agua fría. Y aquí la traje dando un rodeo para que no pudiera vernos ninguno de los ordeñavacas, y no la solté hasta que hubimos llegado. Y de ahora en adelante, yo no le permitiría que pudiera volver a disponer de su caballo... He cumplido mi deber, patrona, y éste es el informe que puedo ofrecerle.
-No sé qué decir-reconoció Harriet, desconcertada.
-Naturalmente, he destrozado todas las probabilidades que pudiera tener de conquistarla para mí - continuó «Solitario».
-¡Pobre muchacho! Verdaderamente, jamás ha tenido usted ninguna - exclamó desconsolada Harriet.
-Lo averigüé, señorita Hallie, cuando me animé a pedirle, como un hombre, que se casase conmigo y que se dejase de abrazar y besar a los ordeñavacas, de bailar con ellos y de no sé qué más... ¿Quiere usted saber lo que me respondió?
-Me gustaría conocerlo, «Solitario» -respondió Harriet.
-Estaba enojada por no sé qué que yo había hecho antes. Y me llamó ridículo Lothario de patas tuertas, que no sé lo que es. «¿Casarme con usted?, me dijo con tanto orgullo como una princesa. « ¡Dios mío, cómo se adula usted mismo! »... Y entonces yo dije: «Lenta, es posible que tenga las piernas torcidas como consecuencia de cabalgar honradamente, de eso que me ha llamado usted y de otras cosas más; pero la quiero con toda mi alma y solamente usted puede salvarme de morir en la pradera solitaria.» Y entonces ella soltó un chillido y...
-«Solitario», mi desilusionado amigo, eso es todo lo que puedo soportar ahora - le interrumpió Harriet, que experimentaba la necesidad de estallar simultáneamente en carcajadas y lágrimas.
-Es muy duro, señorita, no hay duda; pero no estoy dispuesto a abandonar mi puesto - añadió tranquilizador «Solitario» -. Estaré siempre al lado de usted, y lo mismo hará «Huellas»... y también Laramie... ¡Cómo! Si ese pistolero del diablo, ese fierabrás frío y tardo que ha salido a hacer frente a los hombres malos... y siempre ha vuelto..., ese vaquero tiembla al oír los pasos de usted, y ve su rostro en las nubes y oye su voz en el viento... ¡No lo olvide jamás, señorita!
Y «Solitario» se separó de Harriet y atravesó el patio silbando.
-« ¡Bendito sea! », murmuró Harriet. ¿Podría ser cierto lo que de Nelson había dicho? Verdaderamente, aquel «Solitario» era Corazóngrande, Valiente y Ananías, todo en una pieza.
Harriet quiso recoger el lapicero de oro que había dejado sobre la mesa v ante el libro mayor en el momento de la entrada de «Solitario». Había desaparecido. La joven lo buscó por todas partes, aun cuando sabía perfectamente que no lo había dejado caer ni se le había extraviado el delicado regalo eme tanto estimaba. No podía haber volado, ni haber huido por sus, propios medios, como si le hubieran brotado piernas. Pero había desaparecido, era indudable. Repentinamente lanzó una exclamación de desilusión y de reproche cuando una luz alboreó en su mente. «!Solitario» !... Ese muchacho tan cariñoso, tan bueno... ¡Oh!»
Los sobresaltos se acumulaban sobre ella; de modo que Harriet pensó que se hallaba en circunstancias propicias para experimentar uno más. En consecuencia, decidió ir en busca de Lenta. La más pequeña de las mujeres de la familia se hallaba tumbada en su hamaca de hechura casera. Lenta semejaba una mozuela rústica, pecosa, retozona y curtida por el sol, pero a pesar de todo era muy femenina. Harriet hizo fríamente la observación mental de que Laramie no estaba muy lejos de acertar cuando decía que los caballistas no serían de mucha, utilidad ni trabajarían con entusiasmo en tanto que aquella moza no hubiera sentado la cabeza. Evidentemente, la consumación de este anhelado hecho estaba todavía muy lejos, de realizarse.
-¡Hola, Hall He dado a caballo un paseo estupendo
-   dijo Lenta perezosamente.
-   Así me lo han comunicado; «Solitario» me lo dijo - replicó Harriet.
-¡Oh! Entonces, es en tu despacho donde entró... ¿Qué te ha dicho, Harriet?
-Ha hablado con la rapidez del rayo. Apenase puedo recordar la mitad de lo que me ha dicho. Pero... casi me dio a entender que prefieres la compañía de otros ordeñavacas, cuando sería mucho más conveniente para ti que te limitaras a cultivar la suya.
-¡Soplón! ¡Maldito sea! Estoy segura de que empeoró el aspecto de la cuestión al no descubrirse...
Y después de estas palabras, Lenta hizo una sincera relación de lo sucedido hasta el momento en que la arrancó el vaquero de su caballo.
-   Ésta era la ocasión que «Solitario» buscaba. Hal, no lo olvides-declaró resentida Lenta -. De ese modo logró tenerme entre sus brazos, es un gigante. Finalmente, me pasó el brazo izquierdo sobre el cuello y por debajo del brazo izquierdo y me inmovilizó. Puesto que estaba apretada contra él, lo, único que pude hacer fue darle patadas. Y las patadas asustaron a su caballo... y a mí también, por lo que dejé de hacerlo. Luego, «Solitario» comenzó a besarme en la boca. Grité, me indigné, juré, le llamé todas las cosas feas que pude recordar... hasta el momento en que me selló los labios con los suyos. Al cabo de cierto tiempo, me amansé un poco. El demonio del vaquero tuvo muy buen cuidado en conducirme por un camino extraviado, de modo que no pudiera ser visto desde aquí. Y me dijo que está dispuesto a llevarme a escondidas por aquel mismo camino cualquier día y a hacerme el amor escandalosamente. Finalmente, decidí alarmarlo fingiendo un ataque de nervios. Y no creas que por eso dejó de besarme... ¡Era una gran ocasión para él, lo mismo si yo me hallaba •en mi sano juicio que si hubiera enloquecido!... Pero al cabo, de cierto tiempo, dejó de hacerlo y me soltó. Estábamos exactamente al pie de la casa.
-¿Qué ha sido de tu caballo? - preguntó Harriet. -Corrió detrás de nosotros. Ahí fuera está, con «Solitario». Yo estaba descansando un poco para recobrar la calma, de modo que cuando vaya a llevar el caballo al establo no presente un aspecto tan alarmante.
-   Es suficientemente alarmante - contestó con seriedad Harriet.
-Lo sé tan bien como tú, querida. Pero, ¿qué quieres que haga una pobre chiquilla? ¿Quieres que permita a esos orgullosos borricos de los occidentales aprovecharse de mi inexperiencia? ¡No, de ningún modo!
-Como quiera que sea, me parece que «Solitario», por lo menos, sí que se aprovechó.
-¡No es cierto! ¡No le permití que me besase! ... Pero, Hallie, me disgustaría que «Solitario» supiera la verdad de mis sentimientos. Pues... pues... le quiero. ¡Tiene un no sé qué gracioso...! Nunca se puede saber si miente o no miente cuando habla. Jura que me quiere terriblemente. Me pide todos los días que me case con él. De todos modos, hay que reconocer que esto es algo que va en su favor. Me he dado cuenta de que ninguno de los otros lo ha hecho. Pero «Solitario» Mulhall cree ser un tenorio, un destrozador de corazones femeninos. Y estoy dispuesta a tomarle el pelo, o a morir en el empeño.
-Lenta, creo sinceramente que está enamorado de ti. Eso es lo que me preocupa.
-¡Bien! ¡Pues eso es lo que no me preocuparía... si fuera cierto! Sería una cosa que me entusiasmaría. Porque entonces podría enloquecerlo.
-Por mi parte, no creo que pueda jugarse con esos jóvenes occidentales. Laramie Nelson me insinuó esta idea. Y creo que tiene razón. No quiero reprenderte ni censurarte, Lenta; pero sí afirmo que te tomas demasiadas libertades con ellos..., que has llegado demasiado lejos. ¿Qué diría mamá si lo supiera?
-   ¡Oh, diría muchísimas cosas! Y, lo que es peor, se lo diría a papá... De modo que, ¡ por amor de Dios!, no me descubras. No me he divertido en toda mi vida tanto como ahora. Estoy segura de que no podré hacerlo durante mucho tiempo, y eso es, precisamente lo que me hace buscar con más ansiedad las ocasiones de diversión. ¡Tengo envidia de Flo ! Y no es porque esté enamorada de Ted ni porque lo desee, Dios lo sabe, aunque sea un muchacho tan bueno y tan fiel. La que me produce envidia es el verlos juntos. Torna nota de mis palabras, Hallie: su amorío es uno de esos que siempre terminan en boda. -Así lo creo.
-   Deberíamos alegrarnos mucho. Laramie está muy contento. Él mismo me lo ha dicho.
-¿Qué piensa Laramie respecto a la actitud de «Solitario»?
-Dice que «Solitario» no es bueno, y que si no lo dejo en paz me dará motivos de arrepentimiento.
-Yo no diría jamás que «Solitario» no sea bueno. Tiene algunos rasgos nobles y estimables. Y creo que respeta a las mujeres. Es un hombre galante.
-Tienes razón, Hallie. Cuando estoy junto a «Solitario», me siento segura, a pesar de su modo de hacerme el amor y de sus amenazas. No me asustaría si me cogiera, me echara sobre un caballo y comenzara a correr conmigo.
-¡Dios mía! No le permitas hacerlo. Piensa en mamá, en mí... Todo esto me disgusta mucho, Lenta. Compréndelo; por más esfuerzos que hago, no puedo imaginar a «Solitario» como esposo tuyo.
-Y ¿quién podría imaginarlo? - replicó Lenta agresivamente -. Me enfurezco cuando pienso en escoger un esposo de entre esos malhablados vaqueros luchadores y chiflados. Jamás habrá otro como Ted Williams. Los rancheros a quienes he visto son viejos, sucios, mascan tabaco... Es una gran suerte para mí que no tenga ganas de casarme; pero si las tuviera, si en alguna ocasión quisiera hacerlo, entonces... ¿qué?
-Entonces podrías llamar a Lane Griffith o Eddie Howe - sugirió gazmoñamente Hallie.
-¡Mis antiguos pretendientes de los días de escuela! -Y Lenta lanzó unas sonoras y largas carcajadas-. No. Aun cuando yo no hubiera cambiado, no querría que tuvieran que enfrentarse con este terrible Oeste.
-¿Terrible Oeste?... Creo que tienes razón. Tiene algunos aspectos terribles.
-Pero, Hallie, piénsalo... Yo no querría abandonarlo y volver al Este ni siquiera por todo el oro del mundo. ¿Lo harías tú?
-Lenta, no hay ninguna probabilidad de que volvamos - contestó Harriet sucintamente -. Hemos de ganamos la vida aquí. Y ahora, cuando papá esté fuera de peligro, debemos entregarnos al trabajo con ardor, con entusiasmo y con esperanza.
-Me gustaría saber qué demonios hemos hecho... Mírame las manos, Hal Lindsay. ¡Míralas!... Eran unas manos de niña, que a ti te gustaba acariciar y besar. Ahora parecen las de una lavandera. Pero ¡que el diablo se me lleve si me avergüenzo de ellas!
-No, verdaderamente... ¿Viste las manos de aquellas muchachas de Lilley que nos visitaron el pasado domingo? Su padre es un gran ranchero que posee terrenos entre este valle y La Junta. Esas muchachas deben de realizar un trabajo grande... Pero volvamos a nuestras contrariedades y preocupaciones. Comenzamos con el propósito de hacer que este rancho nos produjese cuando menos una renta razonable y proporcionada a la inversión de dinero que se ha hecho. Pero aún no hemos conseguido nada. Somos más pobres en dinero y en cabezas de ganado que cuando llegamos.
-Hal, yo sé más acerca del rancho que tú y papá juntos - dijo fogosamente Lenta -. Me alegro mucho de que hayas decidido hablarme de esta cuestión. He aprendido muchísimo durante el mes pasado. Tú vas en muy contadas ocasiones a los encerraderos, y siempre lo haces en compañía de Nelson. Eso sirve para que los caballistas se queden mudos como unos leños. Pero yo he andado por todas partes con Neale o sola, me he sentado en las cercas de los encerraderos, he observado y he escuchado. Y he recorrido lo menos diez mil millas con «Solitario», Ches Gaines, Red Slim y otros. Puedo ser una cabeza loca, como papá me llama, pero no soy tonta. Y he visto mucho, he oído mucho más y hecho deducciones.
-¿Por qué no me concedes el beneficio de comunicarme esas impresiones, Lenta? - sugirió Harriet.
-Voy a hacerlo. El equipo de Peak Dot es como una casa dividida contra sí misma. Laramie, «Solitario» y Ted están a nuestro lado. Y esto ha causado celos y envidias sin fin. Pero Laramie es apreciado por la mayoría de los caballistas y temido por los demás. ¡Qué historias se refieren respecto a las peleas de Laramie! No quisiera estremecerte ni horrorizarte, Hal, pero Laramie Nelson ha disparado contra un sin fin de hombres..., ¡los ha matado!... Es probable que la mayor parte de lo que se dice sea solamente fruto de hablillas infundadas... De cualquier modo, lo cierto es que Laramie es respetado y temido. Me habría agradado decirle que opino que Luke Arlidge es el que verdaderamente dirige este equipo de Peak Dot, pero no me he atrevido... Chess Gaines trabaja para nosotros, pero odia a Laramie y está en connivencia con Luke Arlidge. ¡Todas las noches se ausenta del rancho! ¡Oh, he observado bien todos sus movimientos! Una de las razones que me hicieron coquetear con Chess fue la necesidad de sonsacarle..., pero es astuto y reservado. Y esto me hace desear continuar cultivando el coqueteo con él. Slim Red fue compañero de Gaines, pero se ha desviado de él. Laramie lo consiguió. Y, naturalmente, Gaines está indignado. El tal Slim Red, el que nos pareció una fiera la noche de nuestra llegada, no es mala persona. Y es el hombre más vergonzoso que he visto en toda mi vida. Es capaz de correr, de tirarse a un precipicio por huir de mí. Pero creo que conseguiré dominarle muy pronto. Luego tenemos a Fork Mayhew, Clay Lee y Dakota, que también se han desplazado en dirección a Laramie. Pero los restantes, en mi opinión, Hallie, cobran los sueldos que tú les pagas, mientras trabajan en combinación con Arlidge. Ese Luke Arlidge es un malvado. «Solitario» me lo dijo; pero no había necesidad de que me lo dijera, porque lo comprendí el primer día en que nos visitó aquel domingo. ¡De qué modo te observaba! Tiene unos ojos terribles, parecidos a los de las aves de rapiña. Ya sé que tampoco se puede mirar a Laramie a los ojos, pero no es por la misma razón. Cuando Laramie te mira, te produce la impresión de que te está desnudando el alma... ¡Mucho cuidado con el señor Arlidge, mi guapa hermana!... Me agrada Wind River Charlie. Es un muchacho grandote y guapo, tan sencillo como el abc y que está dominado por Gaines. Y lo misma sucede con Juan Méndez, el mejicano, y Nig Jackson, el negro. Solamente nos resta Archie Hill... y no sé qué decir de él. Me ha despistado, como dice «Solitario». No es posible retirar de él la mirada. Y ¡de qué modo cabalga!
-Lenta; estoy completamente sorprendida - declaró con humildad Harriet -. Has utilizado los ojos para algo más que para hacer guiños. Si lo que dices es cierto, Nelson no se encuentra falto del apoyo de un número suficiente de caballistas. Contando a Ted y «Solitario», podrá contar con seis y, naturalmente, con Neale, que jura que está a su lado.-Sí. Laramie dispone de un número de hombres suficiente, para defender el rancho... el caso de que tú se lo permitas.
-¡Yo! ¿Qué quieres decir? - exclamó débilmente Harriet. Se decía por todas partes que Harriet entorpecía a Laramie la realización de su dura misión.
-Hallie, para mí y para todos nosotros, tú eres siempre la mejor y la más hábil de todas las personas de este mundo - declaró Lenta cálidamente -. Mas para esos occidentales eres un motivo de burla y diversión. No sabes montar a caballo. Tienes miedo de los caballos, de los toros, y hasta de las vacas. No quisiste ver cómo los muchachos enlazaron y ataron a aquel viejo y traidor semental. No quieres verlos marcar las terneras. El olor del pelo quemado te repugna, dijiste. La vista de la sangre te hace desmayar. La idea de una pelea a puñetazos es horrible para ti. ¡Si hubieras visto tu cara aquella noche, cuando «Solitario» aporreó a Slim Red!... Pones la expresión más divertida y chocante del mundo cuando Laramie te roza por azar con su revólver. No quieres permitirle que vaya en persecución de los ladrones por miedo a que dispare contra alguno de ellos o a que ahorque a alguno de esos nobles, honrados y simpáticos caballeros que nos roban las reses y nos arruinan.
-¡Oh! ¡Soy solamente una novata en esta región, una mujer de corazón tierno y compasivo! - exclamó Harriet.
- ¡Hal, querida hermana! ... ¿Por qué no despierta tu cólera? -continuó Lenta con afable persuasión -. ¿No te acuerdas de cuando los Curtis y los Gibbons me maltrataban en mis días de niñez..., no te acuerdas del modo que qué los perseguías, los alcanzabas y me vengabas...? ¿Por qué no te encolerizas ahora? Estamos en el Oeste, y aquí de quedarnos para siempre. Papá no tardará mucho tiempo en comenzar a indignarse y a desear lanzarse a la lucha. Ya he visto síntomas anunciadores de su intervención en las persecuciones. Tú eres la única persona de la familia Lindisay que presentará la otra mejilla cuando te abofeteen una de ellas. Y eso no sirve para aquí.
-Sí... Sé que no sirve - tartamudeó, desmoralizada, Harriet.
-¿Qué haríamos en el caso de que Laramie nos abandonase? - preguntó Lenta.
-¡Oh! - exclamó Harriet, horrorizada solamente de pensarlo.
-¿O si muriera en alguna pelea?
Harriet miró fija y mudamente a su implacable verdugo.
-¡No hay necesidad de más! ¡Eso ha sido bastante para descubrirte! -continuó diciendo Lenta impulsivamente y pasando de la súplica elocuente a un acento de alegría y burla-. ¡Lléveme el diablo si no tengo seguridad completa de que estás enamorada de Laramie Nelson!
-Lenta..., vas demasiado... lejos...
-No importa, querida - replicó Lenta riendo-. Pero no hay duda de que será muy conveniente para nuestro equipo y para todos nosotros que lo estés.


IX


Fue
 una noche de los últimos días del mes de junio cuando Laramie, en unión de sus dos inseparables compañeros, celebró una entrevista con su jefe.
Todos los miembros de la familia se hallaban reunidos en el gabinete de la señora Lindsay, el más espacioso y cómodo de la casa.
-Laramie, mi esposa y mis hijas me están engatusando para que las lleve a La Junta con el fin de concurrir a las carreras, rodeos, concursos de vaqueros, bailes y no sé que más que se celebraran con motivo de la fiesta del Cuatro de Julio-dijo el señor Lindsay.
-El día Cuatro de Julio no puede ser peor que cualquier otro del año, y hasta es posible que sea mejor-dijo con su habitual lentitud Laramie, mientras dirigía unas miradas alegres a las muchachas -. Un gran día para cacahuetes, refrescos de limonada, raptos y otras cosas más... Estoy seguro de que no correremos ningún riesgo dejando el rancho al cuidado de los mejicanos. No queda mucho ganado por robar... Los cuatreros están esperando hasta que compremos unos millares más de reses. Todos los ganaderos, caballistas, jugadores, proscritos y ladrones de estos contornos estarán allá. Creo que debemos ir.
-¡Yuuuuupí!-gritó Neale!
-¡Laramie, querido Laramie!-exclamó Lenta al mismo tiempo que lo abrazaba.
-Papá, ¿podremos utilizar Ted y yo uno de los cochecillos?-preguntó Florence.
-Mi respuesta para todo es que sí-respondió Lindsay, que estaba emocionado al ver el regocijo general. -Es un viaje de día y medio-dijo Laramie -. Por esta razón, convendrá que decidamos salir a primera hora de la mañana del día dos de julio y que viajemos durante todo el día sin detenernos hasta llegar a algún rancho.
-Supongo que estaréis satisfechas-dijo Lindsay dirigiéndose a las entusiastas mujeres -. Tengo el presentimiento de que este viaje acarreará consecuencias lamentables; pero de todos modos, lo haremos... Ahora, Laramie, estoy preparado para conversaciones más serias e importantes. Vamos al exterior, donde podamos fumar.
Laramie condujo a Lindsay y sus dos amigos hasta su habitación, al final del patio, pero no entraron en ella.
-Es una cuestión importante, patrón, pero procurare exponerla con brevedad-anunció Laramie -. Le pido lo mismo si decide usted concederme libertad de acción que en caso contrario, que se reserve para sí solo lo que he de decirle.
-Ciertamente, Laramie. Consideraré todo lo que me digas como manifestaciones hechas confidencialmente-contestó Lindsay.
-Bien, estamos aquí desde hace cerca de dos meses, y en todas partes se sabe que constituimos un equipo inofensivo. Arlidge, que me conoce y Price, que conoce a «Solitario», fueron cautos al principio. Si no hubiera sido por esta causa, hace tiempo que nos habríamos quedado sin una sola res. Y aun así y todo, ahora solamente nos restan alrededor de quinientas vacas y terneras.
Con gran satisfacción de Laramie, Lindsay profirió un taco redondo y profano.
-Y lo peor de todo, desde el punto de vista de un jinete, es que también los caballos han desaparecido. Todavía conservo a Wingfoot, y supongo que podré conservarlo, puesto que no habrá nadie tan imbécil que se decida a robarlo. Pero los dos caballos de Williams han desaparecido, y lo mismo el bayo de «Solitario». Y contando todos los que actualmente se hallan pastando entre aquellos árboles, no creo que haya en la actualidad más de dos docenas de caballos. Son caballos de usted, no hay duda, pero el equipo de caballistas que Arlidge dejó aquí los considera como suyos. Y hemos tenido más de doscientos caballos en estos terrenos.
-Allen afirmó que tenía en estos terrenos más de quinientos, y que los consideraba incluidos en el trato-declaró Lindsay.
-Allen dijo: muchas, cosas que estamos descubriendo que no son ciertas... Ahora bien, Lindsay, por lo que a mí y a mis dos presentes compañeros se refiere, el robar ganados es una cosa y el robar caballos es otra muy distinta. No podemos perdonar a un ladrón de caballos.
-Y no os censuro por ello. Yo mismo estoy indignado.
-Muy bien. Lo que necesito es libertad de acción para resolver esta cuestión del modo que debería haberlo hecho en los primeros momentos. Pero vi muy pronto que la señorita Harriet se oponía a que se ocasionasen violencias. Y, si he de hablar con entera sinceridad, no me sentía animado a herir sus sentimientos.
-No malgastemos el tiempo ni las palabras. Laramie, te aprecio más por tu paciencia. Y también ella te lo agradecerá. Pero nosotros no sabemos cómo debe administrarse o dirigirse un rancho. Estoy de acuerdo con tus propósitos, y cualquiera que sea el giro que tomen tus actos, te apoyare. Acaso he descuidado mis deberes durante demasiado tiempo; pero me ha resultado muy conveniente para la salud el limitarme a descansar libre de quehaceres y preocupaciones.
-Bien, jefe; con eso basta y sobra para mí. Eso es hablar con claridad y sinceridad. Le agradezco mucho la confianza que deposita en mí.
-Entonces, ¿vamos a comenzar a cambiar de actitud inmediatamente?
-Así es, desde este mismo instante.
¿Qué es exactamente lo que sucede, Laramie?
-Lo que había supuesto desde hace mucho tiempo. Pero aquí, en el Oeste, es preciso sorprender a los delincuentes con las manos en la masa. No basta con sospechar. Es necesario saber, y obrar con rapidez. Supongo que recordará usted lo que Buff Jones dijo acerca de las llanuras, del modo que se desarrollaban los robos y cuánto habían aumentado y sobre esas bandas de ladrones, de hombres astutos que iban de una pradera, de una región a otra... Algunos de tales hombres hacen un verdadero trabajo de rancheros, compran y venden ganados, y el resto de ellos trabaja para alguien... Pero todos ellos laboran de acuerdo, conjuntamente, para algún equipo invisible. Arlidge pertenece a la clase de los ganaderos más malvados y astutos que existe. Lo encontré en el rancho K. Bar, de Nebraska. Debería haberlo matado hace mucho tiempo. Allen es, sin duda, uno de esos ganaderos sospechosos que jamás permanecen durante largo tiempo en un mismo lugar. Compró este rancho a la Compañía Seward, y jamás ha realizado en él ningún trabajo de mejoramiento. Ahora tiene otro rancho en Sandstone Creek, a treinta millas de este lugar. Fuimos hace pocos días a ver qué aspecto presenta su nueva propiedad. Está en una hermosa campiña, pero el rancho puede decirse que no existe. Hay allí una cabaña de leños y unos encerraderos construidos de la misma forma. Arlidge suele afirmar o dar a entender que está realizando labores de instalación en Castle Haid, en compañía de un hombre llamado Snook, que dice que es su capataz. Todo ello es mentira, una mentira astuta y descarada. Todos esos hombres unidos han vendido la mitad del ganado de usted, después de habérselo vendida a usted, y no tardarán mucho en disponer del resto de las reses. Entonces, en el caso de que vean que usted no va a adquirir nuevos ganados, correrán en busca de otra mina que les produzca otros treinta mil dólares, más lejos o más cerca de aquí.
-¡Dios mío! ... Pero, Laramie, ¿cómo lo hacen?
-Es una cosa muy fácil. Siempre hay algún ranchero honrado en cualquier parte, y estos rancheros honrados facilitan la labor de los malvados. Porque no es posible distinguir solamente a primera vista a un ranchero honrado de otro que no lo sea. Algunos de los más malvados llegan a trabajar treinta y más años sin que nadie los descubra. Y otros no son descubiertos jamás. Pero en este caso ha sucedido que yo conocía a Arlidge, lo que ha servido para arrojar sombras de desconfianza sobre Allen y sobre su equipo.
-Pero no me has dicho de qué modo se cometen todos esos robos    dijo Lindsay con impaciencia y enojo.
-Bien, patrón, déme el tiempo necesario para hacerlo-replicó lentamente Laramie -. En primer lugar, antes de nuestra llegada aquí, Arlidge se llevó la mitad de la ganadería de usted hasta Sandstone, y allí la vendió. Algunos de los caballistas a quienes en estos momentos paga usted jornales, tomaron parte en aquella conducción. Y desde entonces, en ocasiones previamente señaladas, esos caballistas ladrones consiguieron llevarse otras nuevas reses cuando los caballistas honrados estaban dormidos o se encontraban en cualquier otro punto de la campiña. La marca de usted fue borrada y convertida en otra marca diferente. Esto se hizo con muchas reses. Y había, además, muchas terneras que todavía no estaban marcadas. No hemos podido marcar las terneras todavía, puesto que hemos estado dedicados a instalar y reformar la casa. Pero hemos podido hacer algunas salidas a los terrenos inmediatos. «Huellas» descubrió que su caballo robado se hallaba en Castle Haid, en un encerradero. Y en otra ocasión le acompañé hasta aquel lugar. Y vi cosas interesantes. Luego «Solitario» pudo sorprender algunos actos de ese Chess Gaine y de ese mejicano que se llama Juan y del negro Johnson. Todo esto ha sido tenido en cuenta, claro es; pero no constituyen las pruebas que se hace preciso poseer en esta región. Y tales pruebas me satisface poder decirlo, las hemos adquirido de... de no otra persona que la señorita Lenta, la hija de usted.
-¡No es posible!-exclamó el ranchero.
-Es cierto, señor Lindsay-dijo Ted con calma -. Todos nos hemos burlado de la señorita Lenta o nos hemos preocupado por sus ausencias. Pero han sido esas inquietantes ausencias lo que ha servido para revelarnos lo que ninguno de nosotros tres fue capaz de descubrir.
-Y ¿qué ha sido?-preguntó ansiosamente Lindsay.
«Huellas» y «Solitario» intentaron contestar al mismo tiempo; pero Laramie los hizo enmudecer.
-Déjame hablar, «Solitario», con el fin de que nadie pueda acusarte de haberlo dicho... Patrón, me repugna la idea de hacer traición a su hija, de descubrir sus secretos. Es una cosa que me parece mezquina y censurable. Pero he pensado bien lo que debo hacer. Lenta está corriendo riesgos excesivos entre esos caballistas. Es solamente una chiquilla, y el Colorado la ha trastornado un poco; Lenta coquetea de una manera excesiva, si no peor, y es preciso que usted ponga fin a esos coqueteos, aunque para conseguirlo tenga que encerrarla bajo doble llave.
-¡Dios mío, compañero! En el caso de que sea mentira, te matare por haberlo dicho-exclamó «Solitario» agresivamente.
-¡Cállate! -le ordenó con energía Laramie -. También tú te dejas arrastrar por tus sentimientos y pierdes la cabeza.
-¡Nelson! Me horrorizas y asombras-declaró Lindsay con seriedad -. Sabía que Lenta se había aficionado de un modo..., ¡hum! ..., de un modo alocado a caballos y caballistas; pero no tenía ni la más ligera idea de que... Hallie ha estado muy preocupada, lo mismo que la, señora Lindsay... Lenta ha sido bien educada...¿Estás seguro de que no...?
-Lindsay, siempre apunto antes de disparar-le interrumpió Laramie -. Lenta ha conquistado a tres caballistas: Gaines, Slim Red y Wind River Charlie, los cuales lo mismo que mi presente compañero, «Solitario», andan de coronilla por ella. No tardará mucho tiempo en suceder que cada uno de ellos odie a los restantes; y eso representa, inevitablemente, una lucha a tiros. No estoy muy seguro de que no sea ya demasiado tarde para que pueda evitarse.
-Esas son palabras mayores, Nelson-replicó avergonzado Lindsay -. Supongo que comprenderás, naturalmente, que en el caso de que calumnies a mi hija...
-¡Diablos!-exclamó súbitamente Laramie, que ya había comenzado a perder la paciencia. No le agradaba el papel que estaba desempeñando-. La he visto amartelada con Chess Gaines, que no hay duda de que es el menos atractivo de todos ellos. Me sorprendió de un modo terrible. Y me pareció todavía más horrible si lo examinaba desde mi punto de vista. Después he oído a muchos de esos caballistas hablar de una manera excesivamente clara y libre acerca de Lenta.
-Despediré a toda esa cuadrilla!  -exclamó enojado Lindsay.
-¡Claro es que puede despedirla! Y también a mí-continuó fríamente Nelson -. Pero eso no le serviría de nada. Sería como saltar de la sartén para caer en el fuego. Cabría en lo posible que no hubiera ni siquiera un solo hombre honrado en el equipo que contratase usted después.¿Quien podría saberlo? Y entonces,¿que sería de usted
-Perdóneme, Nelson-rogó en seguida Lindsay -. Estoy nervioso, sobresaltado...
-Y es natural que lo esté. Hasta ahora solamente se ha ocupado usted en recuperar la salud. Pero ya es hora de que comience a actuar como dueño de este rancho. Y, volviendo a ese equipo nuestro de caballistas, la hija de usted es más acreedora a censuras que los propios caballistas. ¿Qué otra cosa podría esperarse?¡Una rosa fresca, linda, silvestre, se arrojó espontáneamente entre los brazos de ellos! Los jóvenes de estas llanuras están tan hambrientos de caricias como los hombres. Usted mismo lo comprobará la semana próxima en La Junta.
-Perfectamente, Nelson. Me tragaré la píldora, y continuaré sonriendo- dijo el ranchero; y, en efecto, sonrió, aunque a costa de un gran esfuerzo.
-¡Así hablan los hombres!-replicó Laramie; Lindsay era irritante, pero poseía fibra de futuro occidental -. Y eso es todo respecto a Lenta, con excepción de lo que ella misma me dijo. Parece ser que Gaines estaba esperando que ella se dirigiese al lugar de la cita, y que Lenta lo olvidó; o así dijo. Tengo sospechas de que no lo olvidó. Bueno, el caso es que la muchacha se fue a pasear a caballo con Slim Red. Ése es el modo como esos caballistas han obedecido mis órdenes.¡Es una cosa que me encoleriza! Bien, ambos se encontraron con Chess Gaines, y cuando los dos caballistas comenzaron una pelea, llegaron dos! jinetes desconocidos. Y entonces fue cuando Lenta demostró lo muy lista que es. A Gaines no pareció importarle absolutamente nada que le encontrasen con la muchacha. Fue Slim Red quien se irritó. Los dos jinetes desconocidos no tuvieron escrúpulos para manifestar que Gaines había convenido reunirse con ellos para pagarles. Y esto condujo a una acalorada disputa. Lenta sospechó que los dos jinetes desconocidos creían que Slim Red pertenecía todavía a su equipo. Oyó que Gaines los maldecía y decía que deberían matarlo.¡Y esto es lo que intentaron hacer. Lindsay! Pero Slim se dio cuenta de lo que sucedía y comenzó a correr antes de que los otros desenfundasen las armas. Slim me ha dicho que oyó cómo silbaban las balas alrededor de su cabeza... Bien, Gaines forzó a los jinetes a que se retirasen, y condujo a Lenta a la casa. Lenta fue lo suficientemente hábil para fingir que estaba mareada y que de nada se había enterado. Gaines dudó ante su afirmación, según me ha dicho Lenta. La muchacha estaba de verdad asustada, y pudo desarrollar fácilmente su papel de aturdida que nada había oído de la disputa, con lo que Gaines! aprovechó la ocasión para dar rienda suelta a los celos que tenía de Slim. Lenta tuvo la astucia necesaria para dar a la cuestión una dirección sentimental, de modo que terminó de desconcertarlo. Y tan pronto como llegó a casa, la muchacha fue a verme.
-¡Dios nos ayude!-exclamó Lindsay -.¡Dios Todopoderoso¡¡Mi hija, mezclada en una refriega a tiros!
-Sí, fue un lío bastante complicado. Pero debemos dar gracias a nuestras estrellas por la fortuna de que disfrutamos: la fortuna de que su hija tenga la cabeza bien firme sobre los hombros. Ahora, veamos lo que ha de hacerse con Gaines.¿Tiene usted alguna orden que darme, patrón?
-Estoy aturullado...¿Cómo...?¿Qué hacer?
-Podríamos dejar a Gaines que se fuera. Y Méndez y Johnson se irían con él. Eso nos resultaría ventajoso. Si esperásemos hasta que pudiéramos sorprender a Gaines con las manos en la masa, sucedería una de estas dos cosas que lo mataríamos a tiros o que lo ahorcaríamos, según el lugar en que lo descubriéramos. No siendo en el caso de que lo cogiéramos, por sorpresa y lo privásemos de defenderse, no hay duda de que se defendería a tiros. Por otra parte, Gaines no es joven en años ni en estancia en las llanuras. Y es un mal hombre. Y si hemos de dar crédito a sus bravatas y a las afirmaciones de sus compañeros, ha tomado parte en muchísimas luchas con armas de fuego.
-Nelson,¿qué crees que sería lo más conveniente que hiciéramos?-preguntó nerviosamente Lindsay.
-Pues... me gustaría ir en busca de Gaines, desafiarlo y terminar con él-respondió sencillamente Laramie.
-¡No..., no! Eso serviría de susto para mi esposa y de disgusto para Hallie... Despidámoslo. Supongo que más adelante..., más pronto o más tarde..., llegara la ocasión de aplicar esa ley extraña e implacable de las planicies... Por ahora, es suficiente, Nelson. Por otra parte, más adelante podré hallarme mejor preparado que ahora.
-Perfectamente, patrón. Pero de ahora en adelante obraré siempre como me dicte mi razón, excepto en los casos en que disponga del tiempo preciso para venir a consultar con usted. Y, una cosa más; tengo el propósito de hacer que «Solitario» realice una labor muy hábil. «Solitario» fingirá haberse aficionado en exceso a la bebida y parecerá hallarse continuamente borracho. Pero todo ello será fingido, como he dicho. y quiero que lo sepa usted para que pueda descargarlo de culpas ante la señora Lindsay y las muchachas en el caso de que la noticia llegue a sus oídos.
-Muy bien, Nelson-dijo Lindsay mientras se levantaba fatigosamente -. Como mejor te parezca... Haré todo lo posible por guardar en secreto todo lo que me has manifestado.
Y después de pronunciar estas palabras, se puso en marcha lentamente, como si se hallase abrumado por una pesada carga ; y los tres compañeros pudieron ver que trasponía el portillo en lugar de cruzar el patio. Ted Williams se puso en pie.
-¡Muy bien, muy bien, Laramie! Eres una verdadera maravilla-mentó -. El viejo está impresionado; pero no hay duda de que tiene nervio y valor. Tengo lástima de la muchacha Será preciso que se reforme. Pera tengo mis dudas. Nunca vi una mujer como Lenta.
-¡«Huellas»!¡Como digan una sola palabra...!¡Infiernos!-exclamó triste y agresivamente «Solitario» -. Muy pronto perderé a mis compañeros... por culpa de... de una brujita coqueta e inexperta... Pero lo terrible es que no puedo llegar a creerlo.
-¿Qué demonios te sucede?-preguntó «Huellas» al mismo tiempo que daba un puntapié al postrado «Solitario» -. Aunque fuera una brujita..., y no creo que lo sea..., te he indicado el camino que lleva a su corazón. Toma parte en la carrera,¡jinete enfermo de amor!, si quieres ganarla para ti. Creo que va a necesitar de la ayuda de sus amigos.
Williams cruzó a largas zancadas el patio. Sus rápidos pasos fueron ahogados por el dulce murmullo del agua corriente. La noche era tranquila, y desde el valle ascendía el olor de la madera quemada.
-Compañero, oíste lo que dijo «Huellas»?-preguntó «Solitario» al cabo ,de unos momentos.
-¡Claro que lo oí! Y creo que tiene mucha razón. Tiene mucha más inteligencia que tú y yo juntos. Me parece que ha apreciado verdaderamente la situación en que te encuentras, y que te ha dado el mejor remedio para resolverla.
-No comprendo cómo, compañero. Lo que dijiste a Lindsay ha sido la última paja para mí. Yo no habría sido capaz de verlo. Y eso me matará. Laramie, tan ciertamente como que ahora estamos hablando tú y yo...
Laramie permaneció en silencio por espacio de varios minutos. Todos los acontecimientos parecían conducir a la culminación de las circunstancias. Le parecía presentir la proximidad de los acontecimientos. Su sensitiva naturaleza despertaba.¿Qué podría decir a aquel muchacho cariñoso y sin áncora que, si no hubiera sido por él, habría seguido el mal camino desde hacía mucho tiempo?
-Compañero, tengo el corazón destrozado-dijo «Solitario», emocionado, con voz que era casi sólo un sollozo.
-Bien; si es cierto, acaso eso sirva para convertirse en un hombre verdadero.
-No hay nada que me importe un comino... No necesitas ordenarme que finja beber. Voy a nadar en alcohol fuerte, a emborracharme y a continuar siempre borracho.
-¡Eres una calamidad, «Solitario»!¡Estoy dispuesto a arrancarte cualquier día los hígados a puñetazos!¿Por qué diablos te he querido durante tantos años?
-No lo sabía, compañero, porque soy el hombre más inútil que existe en la Tierra-replicó «Solitario» con terrible desesperación.
-Es cierto, lo eres-contestó Laramie, que comprendía que debía aprovechar la ocasión que se le presentaba -.¿Oíste lo que «Huellas» dijo acerca de que Lenta necesitaría ahora la ayuda de sus amigos?
-Sí, lo oí.
-Bueno, pues Lenta tiene solamente tres amigos: yo, tú y él. Y los tres juntos vamos a salvarla, «Solitario».
-¡Bah! No es posible salvar un huevo podrido... Si ha permitido a Gaines y Red...¡Ay...!¡Puf...!¡Me vuelvo loco al pensarlo!
-También te lo permitió a ti,¿verdad?
-¿Qué?¿Besarla y abrazarla...?¡No!¡Lléveme el diablo si es cierto que lo permitió... Por lo menos no lo permitió hasta que la hube cansado... Pero eso fue diferente, compañero.
-¿De qué modo sucedió? Nunca has sido bueno.¡Tú sí que eres un huevo podrido! Siempre extiendes el brazo hacia todas las mujeres que encuentras. No eres ni siquiera la mitad de bueno que Lenta.
-¡Diablos, amigo!-exclamó «Solitario» respirando ahogadamente y estremecido-. Comoquiera que sea lo que he hecho en esta ocasión, yo he sido un hombre diferente; y eso hace que lo que hice sea diferente también. Pedí a Lenta que se casase conmigo.
-¿Estás dispuesto a repetir tu proposición otra vez?-preguntó lentamente Laramie con el deseo de forzar a «Solitario» a hacer lo que le preguntaba.
-Sí, lo estoy.
-No, no lo estás, «Solitario», viejo amigo. Y creo que ésta es. la ocasión que tanto he deseado...
-¿Qué ocasión?¿La de verme hundido en el barro y la ignominia?
-Sí; y de confesarlo... Muchacho,¿qué respondió Lenta cuando le pediste que se casase contigo?
-No necesitó responder nada. Y no lo respondió. Y con ello me venció más.¡Demonios!¡Qué adorable puede ser cuando...!¡Y pensar...!
-Entonces, ¿la quieres de una manera terrible?
-Sinceramente, compañero, así es cómo la quiero... La quiero tanto que...¡No puedo decírtelo!
-Entonces esos juegos inocentes de ella no deberán cambiar tus sentimientos.
-¡Juegos inocentes! ¿A qué llamarás cosas serias, Laramie?
-Lenta es una niña. Está un poco trastornada. Y no hay duda de que seguirá el mal camino si no acudimos prontamente a salvarla.
-¿Quién ha dicho que Laramie Nelson sea un tonto?
-«Solitario», me estás decepcionando. Estás dolido, y piensas sólo en ti mismo. Sal de ti. Ha de ser ahora cuando has de convertirte en un verdadero hombre... o nunca.
-Sigue desvariando, compañero. Me estás martirizando. Siempre te ha gustado martirizarme.¿Qué demonios quieres?¿Cómo podré convertirme en un hombre verdadero?
-Dime únicamente que querrás lo mismo a Lenta...¡no, más, todavía!, si sigue el mal camino.
«Solitario», tenso y rígido, se contrajo al oír estas palabras. Se enderezó, sin levantarse del asiento, y Laramie pudo ver entre las sombras que tenía el rostro cubierta de una intensa palidez gris.
-Compañero,¿por qué me torturas de ese modo?-preguntó roncamente.
-¿Compañero, has dicho? Bien, entonces, demuéstrame que eres digno del compañero que siempre he sido para ti.
-Muy bien, Laramie... Tú ganas... Cuando más mala sea Lenta, tanto más la querré... Es una cosa que me muerde en el corazón y en el alma; pero tú me has obligado a descubrirla.
-Bien, ahora has dicho algo importante-susurró Laramie -. Eres hombre digno de confianza...Yo estoy en un aprieto mucho más malo que el tuyo. Lenta es solamente una criatura, y tengo seguridad de que no quiere a nadie tanto como a ti. Lo siento, lo percibo, «Solitario» ... Pero mi caso es desesperado. Si alguna vez he estado enfermo de amor, como suele decirse, fue hace mucho tiempo, a mis dieciséis años. No lo recuerdo con seguridad. Me enamoré de dos o tres chiquillas. Pero son solamente fantasmas. Y esta mujer a quien ahora quiero es el sol. Es la hermana de Lenta, Hallie. Creo que jamás lo has sospechado. Pero desde que la conocí he vivido y respirado solamente pensando en ella. Ésa es una de las razones. de mi fracaso en la dirección de este rancho. Y no tengo ninguna esperanza de que ella llegue a corresponderme.¡No, Dios mío, no! Pero no he podido nunca soportar la idea de que mi presencia la molestase. He vivido día tras día solamente con la ilusión de verla, de estar cerca de ella.¡Es un infierno! «Solitario», no querría haberme perdido ese placer por nada del mundo. No he vivido hasta ahora... Y voy a salir al campo para limpiar de malvados estas llanuras... y con ello podré llamarme feliz.
-¡Por amor de Dios!-tartamudeó emocionado «Solitario» -.¿Por qué no me lo dijiste antes, compañero...?¿Qué demonios ha sucedido...?¿Qué nos han hecho, a nosotros, las muchachas del equipo femenino de Lindsay? Primero, Ted; luego, yo; ahora, tú...¡Gatos y perros! No acierto a comprender...
-Bueno, guárdate para ti solo tus cavilaciones y suposiciones, «Solitario». Lo mejor que podremos hacer ahora será irnos a la cama-contestó Laramie mientras se levantaba para ponerse en marcha; su amigo quedó a solas y murmurando en voz baja para sí mismo.
No obstante, «Solitario» entró en el dormitorio antes de que Laramie se hubiera dormido.
-Compañero, Laramie, he tenido una idea estupenda anunció.
-¿No puedes guardarla hasta mañana?
-No. Quiero hacer un trato contigo-contestó con vehemencia «Solitario» -. Ante toda, compañero, esa proposición tuya de que finja estar continuamente borracho no me ha resultado simpática. Lenta odia a los hombres que huelen a alcohol, y me hizo jurar que no bebería. Y he cumplido el juramento. Pero tu proyecto está muy  bien... Nos servirá para descubrir muchas casas. Y yo me comprometo a desempeñar el papel de borracho perfectamente... con una condición.
-¡Aaay!-gruñó Laramie.
-Es preciso que hagas, creer a Lenta que me has dicho lo que la viste hacer, y que me he desesperado de tal modo, que me he lanzado a seguir la senda de la perdición.¡Y todo por culpa suya! Destrozó mi corazón..., destrozó mi vida...,¡me lanzó a las angustias del infierno...!¿Me prometes que lo: harás, compañero?
-Lo haré. Reconozco que no es una mala idea..., teniendo en cuenta que ha nacido en tu cabeza. Si la muchacha tiene conciencia, es posible que tu idea sirva para que se detenga en sus coqueteos.
-¡Maldición!¡Estoy completamente loco!-concluyó «Solitario» con tristeza.
Laramie despertó a la mañana siguiente con un ansia de actividad que no había experimentado desde hacía mucho tiempo. Resueltamente dedicó toda su atención a madurar los detalles de los proyectos que había imaginado, y atemperó la suave melancolía que durante varias semanas lo había invadido.
-No es mal actor-observó «Huellas» cuando «Solitario» se adelantó a él y a Laramie en su camino hacia el rancho. «Solitario» se había metido en el bolsillo trasero una botella negra, una parte del contenido de la cual se había derramado previamente sobre la pechera de la camisa. Por otra parte, la Naturaleza le había ayudado en su simulación de la figura de un vaquero que se hallaba bajo los efectos del ron.
-No hay duda de que tiene toda la expresión de un verdadero borracho-reconoció Laramie -. Casi temo que se aproveche de este papel que le he encomendado para obtener otras ventajas.
-¡Obsérvalo! Laramie: cuando le dijiste que riñese con todo el mundo, vi en sus ojos un resplandor muy poco satisfactorio.
-Es indudable que se aproximan serios acontecimientos de los que son naturales en las llanuras. Y me alegro de que así suceda, porque de este modo podré volver a ser el que siempre he sido.
Laramie no creía sinceramente que esto pudiera suceder. Y se retrasó un poco detrás de sus amigos. La amarillenta carretera se retorcía en dirección a la parte baja del valle, que debía su fertilidad a la presencia del arroyo. Una parte del trabajo de Laramie había consistido en aumentar la belleza natural del paraje. Caballistas que tenían pocos quehaceres habían sido destinados a plantar, limpiar, construir cercas, y otras tareas que los vaqueros suelen odiar. Los graneros, los cobertizos, los patios, las cabañas y, finalmente, todas las edificaciones del valle anexas al rancho habían sido construidas y utilizadas. por la compañía ganadera que precedió a Allen. Todo ello estaba pintorescamente situado en una arboleda de algodoneros, a través de la cual corría el arroyo. Tras ella se hallaban los terrenos de pastos que desembocaban en la abierta campiña. Era, ciertamente, un rancho que llenaba de alegría el corazón de los vaqueros y de los caballistas, sin que para ellos fuera preciso el recuerdo de la casa y de las tres hermosas hermanas Lindsay.
Media docena de caballos ensillados y con las bridas colgantes se hallaba bajo el gran algodonero que se erguía entre la amarillenta cuadra. Unos muchachos mejicanos limpiaban los pesebres. Neale Lindsay se presentó en aquel momento conduciendo el caballo bayo de que «Solitario» se había encaprichado después de haberle sido robado el suyo. Un grupo de jinetes estaba detenido bajo la sombra del gran árbol. Suponiendo que lo esperaban, Laramie se prometió hacer que su espera en aquel día no resultase vana.
«Solitario» se detuvo unos pasos delante de «Huellas», quien aparentemente le reconvenía.
-¡Eh, Lindsay!¿Qué diablos haces con mi caballo? -gritó «Solitario».
-¿Tu caballo? Oye, ordeñavacas; este caballo es mío. Quiero que lo sepas de un modo absoluto-replicó Neale. Una roja coloración se encendió bajo la tostada piel de su rostro. Dos meses de vida a campo abierto habían sido suficientes para suavizar su tono, pero todavía era un novato en aquellas, lides, todavía era presuntuoso y arrogante en cantidad suficiente para constituir como una espina para la carne de los caballistas. Se le habían hecho innumerables jugarretas, había sufrido varias caídas y sido objeto de golpes duros; mas todo esto no había sido bastante para curarle hasta el punto deseado por Laramie.
-¡Huuuuump!¡Vete de ahí, novato, antes de que me líe a golpes contigo!
«Solitario» avanzó de modo vacilante para agarrar la brida de manos de Neale, cuyo rostro se puso tan rojo como una remolacha.
-¡Estás borracho, Mulhall!-exclamó Neale, enojado.
-¿Quién está borracho?-sugirió «Solitario».
-¡Tú! Y si no lo estuvieras... te rompería esa cara tan fea que tienes, «Solitario».
«Solitario» le interrumpió asestándole una enérgica bofetada.
-¡Todos no podemos ser hermosos..., guapos..., como los Lindsay! -dijo con despecho «Solitario» -. Oye, mocoso, me encolerizo muy fácilmente, ¡y ya estoy harto de este equipo y de toda esta gente!
-¡No lo dudo! Y para darte gusto, haré que te despidan-replicó airadamente Neale, al mismo tiempo que corría en dirección a Laramie.
«Solitario» dio unos pasos hacia un lado y estiró una de las piernas. Neale tropezó con el pie, vaciló y cayó al suelo. Pero se levantó muy pronto, completamente indignado, y acometió al menudo caballista moviendo los puños de modo amenazador. «Solitario» había soltado la brida del caballo, que se alejó despacio.
-¡No seguirás siendo tan guapo después de que te haya dado un par de buenas tundas! -dijo «Solitario». E hizo frente al muchacho y le descargó un puñetazo en la nariz. Neale se tambaleó y estuvo a punto de caer de espaldas; de su prominente apéndice nasal brotó sangre en abundancia.
-¡Maldito gallo de patas torcidas!¡Te mataré!-aulló Neale en tanto que se lanzaba contra el caballista y descargaba sobre él una verdadera lluvia de golpes. «Solitario» recibió muchos de tales golpes antes de que pudiera contestar con otro, que fue un puñetazo violento en el abdomen de Neale. El joven Lindsay cayó arrodillado e hizo grandes esfuerzos por respirar. Tenía el rostro convulso por el furor y el dolor.
-¿Te gustan esas caricias en el cesto de las galletas, Neale?-vociferó «Solitario», regocijado. Había olvidado la característica más desagradable del papel que estaba desempeñando-.¡Continuaremos!¡Ahora voy a hacerte otra caricia en la máquina de besar! Luego voy a darte la...
-Nelson-le interrumpió una voz aguda y vibrante-detén a ese fanfarrón que maltrata a Neale... o lo haré yo.
Y después de pronunciadas estas palabras, Chess Gaines salió de la cuadra, con ojos fieros y con los gruesos labios contraídos. Su rostro acalorado sugería la idea de que hubiera estado muy recientemente entablando un íntimo coloquio con la botella.
-Bien, Gaines,¿por qué no lo haces?-dijo lentamente Laramie mientras se quitaba los guantes.
-¡Puedes estar seguro de que lo haré!-declaró violento el caballista en tanto que se detenía ante el jadeante Neale -. Deja la cuestión en mis manos, muchacho, y verás quiénes son tus verdaderos amigos.
«Solitario» se transformó en el acto de hombre despectivo y burlón, en el medio borracho y despreciativo vaquero que debía ser.
-¡No digas imbecilidades, Gaines!
-¡Deja en paz a Neale, o te convertiré la cara en un pastel de barro!-replicó Gaines.
-Oye, Gaines, te interesas mucho por Neale repentinamente-dijo de modo burlón «Solitario» -cuando hasta ahora has sido peor con él que cualquiera de nosotros... ¡Hum, ya te comprendo! Quieres hacer méritos para conquistar las simpatías de sus hermanas, ¿eh?
Gaines lanzó una furiosa imprecación y tiró un golpe violento de costado a «Solitario», como si quisiera abofetearle. Pero «Solitario» se encogió con sorprendente rapidez.
-Eres una rata repugnante, Gaines-dijo con rencor «Solitario». Luego, cuando Gaines se lanzó contra él, «Solitario» danzó de un lado para otro, hacia delante y hacia atrás, para acometer repentinamente a su rival con el furor de un toro. La baja estatura de «Solitario» había creado en toda ocasión conceptos falsos acerca de su capacidad física. Laramie esperó ver en aquellos momentos una repetición de muchos otros encuentros anteriores. Pues «Solitario» era un consumado maestro en aquel juego. Sus potentes golpes sonaron de una manera sorda. Gaines se tambaleó al recibirlos y perdió el equilibrio cuando su rival le acometió con un tremendo «swing» que fue a caer de lleno sobre su mandíbula. El caballista retrocedió haciendo eses hasta que chocó contra el muro de la cuadra, donde cayó arrodillado. Pero solamente había sido derribado, no aturdido. En sus ojos brilló una llama mortal cuando dirigió la mano hacia el cinturón para desenfundar el revólver.
-¡Alto! -gritó con voz tan potente como un trueno Laramie al mismo tiempo que se colocaba ante «Solitario» con el revólver en la mano. Si Gaines hubiera movido la mano siquiera hubiese sido tan poco como el grueso de un cabello, aquél habría sido su último instante de vida.
-¡No dispares..., Nelson!-gimió roncamente, con voz ahogada, Gaines. Su rostro se había cubierto de una sucia palidez -. Comprendo... Tú has tramado un «complot» ..., un engaño...
-¡Baja la mano!... Ahora,¡ponte en piel...¡Estírate, maldito!... Da vuelta... y vete en busca de tus pertenencias y de tu caballo. Has terminado con el Peak Dot...
-¡No estés demasiado... seguro, Nelson!-replicó roncamente Gaines en tanto que se sacudía el polvo de la ropa.
-Estoy completamente seguro. Y te aconsejo que cierres la boca... a menos de que tengas algo que decir a tus compañeros.
-Nig, tú y Juan, coged vuestros caballos y el mío, y llevadlos a la cabaña... Vamos a dejar este... equipo de novatos imbéciles...¿Vais a robarnos los jornales que nos debéis?
-Os pagaremos el sábado-respondió pausadamente Laramie -. Y teniendo en cuenta las circunstancias, no duda de que entonces estaréis todavía por estos alrededores...
Gaines dirigió a Laramie una mirada escrutadora, como si de repente hubiera descubierto en él la presencia de una energía que hasta entonces no había apreciado o desdeñado.
-¡Puedes apostarte la vida a que así será!-silbó al mismo tiempo que hacían un gesto de furor.
-Entonces te recomiendo que te alejes de esta campiña antes de que no puedas hacerlo por hallarte colgado al final de una cuerda.
Tras estas palabras el rostro del caballista se cubrió de intensa palidez, que borró hasta el rojo color de los labios. Tanto el tono como el contenido de las palabras que Laramie había pronunciado de la manera arrastrada que le era peculiar, encarnaban la férrea dureza de las llanuras. Aun cuando su descarada desvergüenza le sirvió para mantenerse con aspecto inmutable, las palabras que oyó le alteraron interiormente. Y comenzó a caminar en dirección a la salida acompañado de sus dos compañeros y los caballos.
«Solitario» gritó:
-¡Tres de la misma clase!¡Estoy seguro de que os veré estirar cuerdas de cáñamo a los tres!
-¡Como estuvo a punto de ocurrirte a ti, maldito cuatrero de a perra gorda!-respondió, también a gritos, Gaines.
«Solitario» sacó velozmente el revólver, pero antes de que pudiera dispararlo, Laramie lo cogió del brazo.
-¡Déjame! -rugió «Solitario» -.¡Me estás partiendo el brazo! -Y entregó el revólver a su amigo; y poniéndose las manos a modo de bocina ante la boca, gritó con voz estentórea:
-¡Es cierto, Chess! Fui en un tiempo un cuatrero de a perra gorda. Pero tú eres un ladrón de la mejor calidad, un ladrón perfecto...¡El ladrón de dos caras, el ladrón traidor! Y...¡si no te marchas pronto de este terreno te veré colgando de la rama de un árbol!
-Con eso basta, «Solitario» dijo Laramie mientras lo forzaba a volverse en otra dirección -. No hay duda de que estás borracho.¿Dónde has encontrado el alcohol?
Neale Lindsay se hizo presente de nuevo.
-Todavía no hemos decidido nuestra cuestión-gritó resentido-. Me has dado un golpe bajo.
-¡Diablos!¡Déjame que le diga unas palabras con los puños, Laramie!-suplicó con voz de trueno «Solitario».
-Oídme; si los dos no os estrecháis la mano inmediatamente, os despediré a los dos-afirmó Laramie -. Pensadlo.
Y Laramie se volvió en dirección a un caballista alto, de cabello rubio y claro. Wind River Charlie, que se hallaba mirando a los caballistas despedidos que se alejaban.
-Charlie, ¿cuál es tu posición?
-Estoy sobre un solo pie, patrón-replicó Charlie. Tenía unos ojos claros y profundos, que miraban fijamente; y bajo la velluda barba, su rostro tostado por el sol, parecía nacer esfuerzos por producir una sonrisa.
-Bueno,¿no sería preferible que apoyases los dos pies en tierra... a este lado de la cerca?
-Creo que sería preferible..., si no es demasiado tarde para hacerlo, Nelson-replicó Charlie can lentitud.
-Nunca es demasiado tarde... para un hombre honrado. Manifiéstate ante lo que resta del equipo.
Wind River Charlie sufrió unos instantes de indecisión, en tanto que recorría con la mirada la hilera de silenciosos caballistas. Luego miró nuevamente a Laramie.
-Nelson, no engaño a nadie, no hago traición a nadie al decir que no tenía ni siquiera la más ligera idea de lo que aquí sucedía. Cuando vine, estaba vagabundeando «por ahí», sin trabajo y sin recursos.
-Pero muy pronto descubriste lo que Arlidge es,¿verdad?
-Tenía sospechas, pero jamás lo supe con seguridad. Siempre me ha encargado trabajos raros. Nunca hice ninguna conducción de reses con él.
-¡Ah l Eso no es manifestarte de la forma que deseo, Charlie.
-Lo siento mucho... Lo más que puedo hacer es afirmar que me alegrará mucho quedarme a vuestro lado... si queréis conservarme como compañero.
-Bueno, ya hablaremos de estas cosas en otra ocasión.¿Dónde están Archie Hill y Slim?
-Archie está trabajando como cocinero esta semana. Y a Slim apenas lo hemos visto,
-¡Preparad vuestros caballos, muchachos!-ordenó Laramie -. «Huellas», ensilla a Wingfoot. Quiero hablar con Archie. Luego recorreremos la planicie para contar cuántas terneras tenemos aún.
-¡Mira, patrón! -exclamó repentinamente «Solitario» al mismo tiempo que señalaba hacia lo lejos-. Chess y sus compañeros huyen... Chess está mirando hacia atrás...¡Y mueve un puño cerrado! Creo que le has dejado marcharse con demasiada facilidad, que ha salido demasiado bien librado...
-Yo también lo creo, «Solitario»; pero estábamos en peligro... y ellos también-replicó Laramie en tanto que observaba a los tres oscuros y siniestros jinetes que se desvanecían entre los árboles -. Gaines va en la compañía más apropiada para él: un negro y un mejicano piojoso.
Tres horas más tarde, Laramie recorría solitaria y pensativamente el retorcido camino que conducía a la casa ranchera. La entrevista que sostuvo con Archie le había sido favorable, pero el hecho de que «Solitario» y «Huellas» no hubieran regresado acompañados de Slim Red le llenaba de inquietud. No era imposible que Gaines hubiera decidido despedirse de Slim y que ésta fuese la causa que había detenido a sus dos compañeros.
Sin embargo, una cosa llenó de alegría a Laramie cuando cruzaba despacio la accidentada carretera. Vio que Lindsay estaba trabajando en la huerta situada a su pie. Los movimientos del oriental revelaban tanta energía como satisfacción. Laramie se alegró. En un período de alrededor de tres meses, Lindsay se había convertido en un nuevo hombre. Laramie se dijo que el Colorado podría estar plagado de ladrones, cuatreros, mofetas y coyotes v otras especies de sabandijas; pero era bueno para algo.
Cuando se hallaba a punto de desmontar ante el ancho portillo, Laramie se detuvo al oír que su nombre era pronunciado en tono bajo y cariñoso. Luego vio, a media altura del muro de piedra, una manecita que se movía a través de la ventana enrejada. Laramie se dirigió hasta situarse al pie de la ventana de la cual asomaba la mano, y miró al interior.
El rostro lindo, lloroso y abrumado de Lenta se halló bajo su mirada.
-Laramie, estoy encerrada-dijo Lenta afligida. -¡Bien, bien! -exclamó el jinete -.¡Maldición! Es una lástima.¿Qué ha sucedido?
-¡Papá me ha encerrado como si fuera una criatura. Y tenía una cita con Slim... ¡Oh, estoy indignada!
-Sí, lo veo. Pero, si he de ser sincero, muchacha, siento en este instante una especie de consuelo...
-¡Laramie, querido, entre en el patio y ábrame para que pueda salir! -suplicó Lenta.
-Pusimos cerraduras en todas las puertas. Y es seguro que su papá tendrá la llave.
-¡Oh, sí! ... Entonces, busque una estaca o el mango de un pico y doble esta barra de hierro. He roto dos sillas contra ellos, y ya la he forzado así lo suficiente para pasar por la abertura.
-¡Huummm! No me atrevería a hacerlo, Lenta.
-Laramie, ¿ya no me quiere usted?-preguntó ella reprochándole.
-Creo que todavía sigo queriéndola.. Por eso es por lo que me alegro mucho de que esté encerrada.
-Laramie,¡sería digno de agradecimiento que tuviera la bondad de hacer lo necesario para que pueda salir de aquí¡-continuó la muchacha mimosamente, al mismo tiempo que sacaba ambas manos a través de la ventana.
-No puedo hacerlo, Lenta-contestó Laramie.
-¡Por favor, querido Laramie! Y... y le... le besaré tanto como quiera...
-No hay duda de que es una promesa tentadora, muchacha. Pero no quisiera perder mi empleo ni la confianza de su hermana.
-Laramie, no hace falta mucho para hacer que Hallie caiga entre sus brazos-murmuró la provocativa criatura-. Se inclina decididamente hacia usted. Solamente que... no lo sabe. Y sin usted, se encontraría perdida...¡Y yo podría hacer que ella «10 viera»!
Laramie quedó mudo por unos instantes. Jamás había hallado en su vida una moza tan descarada, tan desenvuelta como aquélla. La seductora perspectiva que le mostraba le hizo ablandarse.¡No era extraño que hubiera hecho perder la cabeza a los caballistas!¡Cuán hechicero era su suplicante rostro!
¡Decídase, Laramie! ¡Sea un buen amigo! Estoy dispuesta a hacer algo terrible en el caso de que no pueda salir de este encierro.
-No. Lo que sucedería es que lo haría si saliese.
-Entonces haga el favor de enviarme a «Solitario». Él sí que hará algo en favor mío.
-Lenta, lamento tener que manifestar que «Solitario» está completamente borracho.
-¡Borracho!-exclamó aterrada Lenta.-Sí. Y camorrista.
-¡Ese embustero de patas torcidas!... Juró que nunca más volvería a beber... y que lo hacía por mí.
-Bien, por usted está borracho, precisamente. Y bramando para decir que va a matar a alguien. Me he visto forzado a decirle la verdad acerca del comportamiento de usted. Y mis palabras han sido la última gota de agua para la indignación de «Solitario». Compréndalo, muchacha, mi amigo tenía confianza en usted.
-Laramie,¿me ha delatado usted?-replicó con calor Lenta, con apasionada sorpresa.
-No tuve otro remedio... «Solitario» es como un hermano para mí. Y yo...
-¡Usted me delató¡¿Le dijo que me había sorprendido... con Slim?-dijo ahogadamente Lenta.
-Sí, la delaté, Lenta. No lo hubiera hecho jamás si hubiese sabido lo muy loco que «Solitario» está por usted. Pues ahora no hay duda de que seguirá el camino que le llevará de patas al infierno.
-¡No me importa... ni... ni un botón!-replicó Lenta con voz que desmentía el significado de sus palabras -.¡Pero el hecho de que usted sea un delator...! «Usted», Laramie Nelson... ¡Usted, a quien Hallie y yo creíamos el más maravilloso y admirable de los hombres! ...¡Oh, usted... usted... caballista mezquino..., marcador de terneras..., fanfarrón..., que ha engañado a un caballero del Sur...!¡Lo odio! ...¡Haré que Hallie lo odie también!...¡Huya, cobarde..., huya de una muchacha y de una verdad...!
No podría decirse exactamente que Laramie corriese, mas sí que espoleó a su caballo hasta llegar a donde no podía oírse aquella voz preñada de indignación. Desmontó ante el portillo, y se enjugó el sudoroso rostro. Sentía un zumbido en los oídos, una llama de fuego en las mejillas y un tumulto incontenible en el pecho.
«¡Dios mío, qué terrible gata montes!», se dijo. «¡Uf!¿Quién habría podido pensarlo... de una niña de ojos tan inocentes?»
Luego, los truenos de las palabras de Lenta vibraron en remolinos en su caótica imaginación.¡Verdad! Sí, él era todo lo que ella le había dicho. Pero no comprendió hasta aquel mismo instante que había sido lo bastante idiota para creer que podría rendir y conquistara Hallie Lindsay.¡Qué asnos eran los hombres! En el mismo momento que hallaban una mujer, de cualquier clase o posición, se rendían a un monstruoso egoísmo y creían que podría conquistarla. Debía de ser una especie de instinto. Laramie se alegró de que Lenta le hubiera hecho recobrar el buen sentido con sus violentas palabras. Acaso sería conveniente que se alejase del «Rancho de Cumbres Españolas» antes de que...
-Laramie, ¿qué le sucede?-se interesó una voz que le hizo saltar. Hallie Lindsay se hallaba ante la puerta de su despacho y le observaba atentamente. El día era muy cálido, y la joven estaba tocada con prendas livianas, blancas, que revelaban la delicadeza de sus formas. Un rico color dorado había reemplazado a la antigua palidez de su rostro. Sus hermosos ojos grises, graves y resueltos, le miraban pensativamente, casi con una dulce incertidumbre.
-¡Hum! Nada, señorita Hallie.
-No me llame usted señorita Hallie-dijo ella con sorprendente firmeza.
-Entonces.¿cómo deberé llamarla?-preguntó desconcertado Laramie. Hallie había utilizado por vez primera el nombre de Laramie, no el apellido. Verdaderamente, Laramie se encontraba en la pendiente que conducía a la pérdida de la estimación,
-Me llamo Harriet.
-¿Quiere usted decir que me concede permiso para que la llame de ese modo?
-Así es-contestó ella riendo.
-Muchas gracias. Me siento orgulloso por esa distinción -replicó Laramie, que comenzaba a recobrar un poco de su serena dignidad. Parecía haber en la mujer algo menos de su habitual altanería.
-He oído que Lenta le llamaba-continuó Harriet. -¡Ah!... Y ¿oyó usted cómo terminaba de hablarme? -Sí. ¿No es esa hermanita mía un pequeño diablillo?
¿Oyó usted «todo»?
-Creo que sí. Tengo la ventana abierta.
-¡Ay! -exclamó afligido Laramie.
-Me alegro de su lealtad, Laramie. Es una criatura terrible, enloquecedora.
-Bien, ya no es una criatura... Y creo que mi cabeza ya está bastante trastornada.
-¡Oh, comprendo! -replicó ella con impaciencia -.
Laramie, entre en mi despacho para darme el informe habitual, S que ha sucedido «algo».
Laramie experimentó temor a entrar en el despacho..., a encontrarse a solas con Hallie hasta el momento en que hubiera conseguido recobrar su serenidad de ánimo.
-No ha sucedido nada importante en relación con el rancho.
-No me engañe-replicó ella, aún con mayor impaciencia que anteriormente -. He sospechado que en los últimos tiempos me engañaba usted premeditadamente. Y mi papá le autorizó a hacerlo con el fin de evitarme preocupaciones. Porque... ¡soy una inexperta novata...! Y usted y los caballistas me tratan con menos... con menos respeto y confianza que los que usted ha demostrado por Lenta.
Y era cierto. Laramie no pudo negarlo. Y permaneció en pie, descubierto, como un tonto, dando vueltas al sombrero entre las manos.
-No siempre es posible decir la verdad a una... a una señora.
-Laramie, hasta que mi padre se recobre por completo y se encuentre perfectamente, yo soy el «jefe» de este rancho.
-Lo sabía... Y quisiera que me despidiera usted.
-¡Qué tontería! No querría hacerlo-replicó ella desconcertada y sorprendida. Laramie llegó a la conclusión de que, efectivamente, tenía cierto ascendiente sobre Hallie -. Cumple usted su misión de un modo... completamente satisfactorio.¿Qué podría hacer yo... qué podríamos hacer nosotros sin usted?... Pero insisto en que no quiero que se me trate como si fuera una niña.
-Pues... en realidad es usted una niña, en lo que se refiere a inocencia y delicadeza-respondió Laramie.
-Pero yo me refiero a... los negocios-insistió ella ; y enrojeció por efecto de la confusión o de la indignación -.¿Qué ha sucedido que tanto le ha soliviantado?
-Pues... si estoy sobresaltado, puede usted tener la seguridad de que es por culpa de las cuestiones del rancho -dijo él fríamente.
-Muy bien.
-«Solitario» está borracho.
¡Borracho!
-Pero eso no me ha alterado... Y se peleó con Neale. Luego, Chess Gaines se metió en la cuestión. «Solitario»
le dio un golpe, y Gaines quiso desenfundar el revólver para responder a tiros. Tuve que terciar... Bueno, despedí a Gaines. Y sus compañeros, Nigger Johnson y Juan Méndez, se fueron con él. Creo que puedo responder del resto del equipo.
-¡Vaya!... Y decía usted que no había sucedido nada.
-Me parece que no es mucho si se compara con lo que va a suceder en este rancho-contestó con pesimismo Laramie.
Y ambos permanecieron silenciosos durante unos momentos. Laramie observaba la mirada de ella, que estaba fija en él, y se agitó desasosegado.
-Viene un caballista-dijo repentinamente Harriet mientras comenzaba a bajar las escaleras.
Laramie salió de su abstracción y vio que «Solitario», caballero sobre un animal sudoroso, recorría el último tramo de la carretera. Una sola mirada a «Solitario» sirvió para revelar a Laramie que algún acontecimiento enojoso había hecho al vaquero olvidarse del papel que estaba desempeñando. Aun desde lejos, se apreciaba que tenía el ceño severo y duro.
-¡Ah, es «Solitario»!-exclamó Harriet.
-Sí, es él. Y apostaría una moneda de esas que tienen grabada un águila doble a que Lenta lo llamará.
Cuando el jinete hubo llegado al terreno nivelado y se volvía en dirección a la casa, una voz cálida, aguda, vibrante y excitada taladró .el aire.
-¡«Solitario»! ...¡Eh, «Solitario»! ...¡Aquí..., aquí! ... Harriet susurró apresuradamente:
-Si está borracho, abrirá y le permitirá salir.
-No lo está mucho-replicó Laramie.
«Solitario» se detuvo, en la actitud de quien estuviera meditando. Laramie comprendió que se mostraba cauto.
-¡Aquí estoy, «Solitario»!-gritó Lenta.
-Ya lo veo.
-Estoy encerrada. Me encerró papá-dijo enojada Lenta.
-¡Ah! ¿La han metido en la cárcel?
-Acérquese a la ventana.
-¿Yo? ¡Huummm¡
-« Solitario» , querido.. .
-No mucho. Absolutamente nada.¡No, diablos! -¿No querrá usted facilitarme la salida?
-Me parece que no.
-¡«Solitario»...!¿Quiere usted que continúe encerrada?
-¡Claro que sí! Me parece una gran idea. Debería estar usted para siempre tras unas rejas de hierro. Es usted una mujer peligrosa.
«Solitario», tengo un buen concepto de usted, le aprecio muchísimo. Le prometo...
-No me prometerá usted nada-la interrumpió «Solitario».
- ¡Tenga la seguridad de que no lo haré, vaquero borracho!-gritó con indignación Lenta, que se dejó vencer con la furia -.¿De qué valen sus promesas? Usted me juró que, como homenaje a mí, dejaría de beber.
-¡Es cierto! Y usted juró que no besaría a nadie..., a mí... ¡Ja, ja!
-Yo «habría» cumplido mi promesa. Pero ahora... ¡besaré a todos los malditos vaqueros del rancho!
-A todos, no. Ni a mí, ni a Slim Red.
-Sí, a Slim Red. Voy a ir a reunirme con él dentro de unos momentos...¡aun cuando para conseguirlo haya de derribar este muro!-gritó Lenta.
-¡Escápese, señorita Lenta!-dijo burlonamente « Solitario» al mismo tiempo que reanudaba su camino.
-¡Hombre infiel!
-¡Pícara coqueta!
«Solitario» continuó su camino tambaleándose en la silla. El grito final de Lenta, sonoro y desgarrador, cayó en oídos sordos. Luego, el caballista vio a Laramie, y un momento más tarde, cuando hubo llegado al portillo, Harriet cayó bajo su vista. «Solitario» avanzó un poco más y se dejó caer de la silla. Un observador entendido, habría podido observar que se hallaba muy lejos de estar borracho. Sin embargo, consiguió engañar a la señorita Harriet, que le dirigió una grave y desaprobatoria mirada.
-Señorita Hallie, tengo que informar que Slim Red... está malamente herido-dijo «Solitario».
-¡Herido!¿Cómo?¿Cuándo?¿Qué ha sucedido?-exclamó Harriet, sobresaltada.
-El caballo le tiró a tierra.
-¡Oh!¿Dice usted que está grave?
-Lo supongo... Necesita que lo reconozca pronto un doctor.
-¡Cuánto lo siento... 1 Laramie,¿quiere usted encargarse de esa cuestión?-dijo con tristeza la señorita Harriet; y se dirigió presurosa a su despacho.
«Solitario» soltó la rienda del caballo y, haciendo a Laramie un gesto de llamada, se encaminó al patio. Un momento más tarde Laramie entraba tras él en su habitación y cerraba la puerta. «Solitario» se arrancó los zahones y comenzó a despojarse de la sucia y húmeda camisa.
-De modo que han encerrado a la chica,¿eh?-preguntó fríamente.
-Ya lo has visto. Y me llamó, lo mismo que a ti, para suplicarme que la pusiera en libertad-replicó Laramie.
-Me alegro mucho. Esa chiquilla ha vuelto loco al equipo.
-Y a mí también. Pero creo que todavía habrá de hacer algo malo esa criatura.
-¡Todavía! Ya lo ha hecho, compañero.
-No, «Solitario»... Todavía no ha hecho nada malo.
-Bueno, de todos modos... es malo para mí. Laramie. este papel engañoso que estoy desempeñando no resultará de utilidad. Pero continuaré fingiendo hasta que regresemos de La Junta.
-¡Ah! ¿Qué te propones, compañero? -preguntó Laramie.
-Hemos hallado a Slim fuera del camino. Está acribillado a balazos. Nos dijo que se encontró inesperadamente con Gaines y sus compañeros. Los tres dispararon inmediatamente contra él. Si no le hubieran matado el caballo con los primeros disparos, habría conseguido huir. Gaines disparó contra él tres veces cuando se hallaba caído en tierra. Y lo dejó creyendo hacerlo matado. Estaba sin sentido cuando «Huellas» lo descubrió. Pero recobró el conocimiento, y me parece que hay ciertas probabilidades de que pueda conservar la vida. Los compañeros están enganchando el viejo carricoche. Voy a llevar a Slim a La Junta, y quiero que Charlie me acompañe. Me agrada más la idea de andar de viaje y conducir el cochecillo, que continuar aquí fingiendo como me has ordenado.
-¡Ah! Sin duda te propones hacer que los Lindsay no se enteren de que Slim ha sido herido a tiros,¿no es así?
-Sí..., en el caso de que podamos conseguirlo. Pero Neale le ha visto. Ese muchacho tiene buena madera de vaquero.¡Si le hubieras oído maldecir a Gaines!
-Hablaré con él acerca de esta cuestión.
-Laramie, no deberíamos ir a esas fiestas de La Junta.
-Creo que no deberíamos ir. Pero para revocar la decisión de ir sería preciso que mintiéramos más de lo que tú estás mintiendo ahora.
-No me asombraría que algunos de los hombres de ese equipo se presentasen en La Junta. Y si lo hicieran, compañero,¿con qué fin sería?
-Bueno, en lo que a Gaines se refiere, no es preciso que me lo pregunte-replicó oscuramente Laramie -. Estamos en una situación muy violenta.
-Es cierto... ¿Verdad que sería bonito ver a Gaines columpiándose al extremo de una cuerda?
Laramie se sentó en el camastro y fijó la mirada en el empedrado suelo. No podía comprender por qué había abrigado la esperanza de evitar que los Lindsay conociesen las violencias reacciones de la vida de las llanuras.
-Es cierto... Y también a Arlidge-contestó con lentitud Laramie.
-No tendremos tanta suerte... Será necesario que lo desafíes a reñir a tiros, Laramie... Me alegro mucho de que Lindsay y las muchachas vayan a reunirse con muchas gentes del Oeste. De ese modo, oirán muchas cosas... Y luego, cuando regresen...
«Solitario» se limitó a rechinar los dientes, como si con ello quisiera terminar el inconcluso párrafo. Laramie inclinó la cabeza sobriamente.
-Compañero, no lo tomes tan a pecho-añadió «Solitario», que comenzó a animarse de nuevo al observar a su amigo -. Seguramente, como siempre, recaerá sobre nosotros lo más duro de la tarea. Pero no te desesperes pensando en Hallie Lindsay. Al fin,¡ya verás cómo se muestra más dócil que en la actualidad!


X


Es
 posible que hayan sido solamente siete días? -murmuró Harriet mientras abandonaba los paquetes y bolsas en el suelo y se dejaba caer sobre el lecho de su habitación, donde Lenta va se encontraba tumbada con abandono en una postura que delataba agotamiento y cansancio.
-¡Siete días maravillosos! - exclamó Lenta soñadora mente -. Siete días que podrían haber sido perfectos... si no hubiera sido por ese «Solitario» Mulhall.
-No seas tan severa con el pobre muchacho - replicó fastidiada Harriet.
Lenta gruñó unas palabras ininteligibles que sonaron como maldiciones.
-Has tratado a «Solitario» de una manera ofensiva -continuó Harriet -. Y si no hubiera sido por él, nosotras... ¡Oh! ¿De qué utilidad sería...?
-De ninguna, mi enloquecida hermana. «Solitario» ha podido constituir la totalidad de vuestra diversión ; pero para mí ha sido solamente un borracho celoso, un engorro con figura humana y las patas torcidas.
-Y todo... por culpa tuya. «Solitario» se estaba convirtiendo en un muchacho amable y digno de confianza. Y ahora..., ¡míralo!
-No te molestes, Hallie. No lo mimaré-replicó Lenta, mordaz.
-¡Qué tontería! A ti te agrada.
-¡A mí? ¡Hum! Me agradó, pero ya no. -¿Cómo puedes cambiar tan repentinamente?
-Por obra y gracia de un privilegio femenino, querida.
-¡Femenino! No eres una mujer. Eres solamente una niña maleducada por los mimos... Lenta, quiero decirte una cosa: tan pronto como hayamos descansado de este viaje, te daré un buen recorrido - declaró Harriet.
-¡Oh, cómo me molestas! Hallie, antes solías ser una buena hermana. Pero desde que llegamos al Oeste y empezaste a enloquecer por ese guapo y estúpido Laramie Nelson, te has convertido en una píldora muy difícil de tragar. Harriet deseó enderezarse, sentarse en la cama y abofetear a su desvergonzada hermana. Pero no tenía energías para hacerlo, y, en su lugar, se limitó a replicar:
-Me duele tener que decirte en lo que te has convertido tú: en una coqueta liviana y sin conciencia.
-¡No lo soy! - dijo Lenta con viveza -. La autodefensa es la primera ley de la vida. ¡Te desafío que pruebes a sorprender a alguno de esos caballistas aprovechándose de mí!
-Si continúas como hasta ahora, no hay duda de que se aprovecharán de ti - replicó Harriet con amargura.
-¡Hal Lindsay! - exclamó Lenta. Mas no engañó a Harriet. Podría mostrarse enojadiza y malhumorada, pero no había un acento de sinceridad en su voz. Harriet tuvo que aceptar la evidente realidad de que su hermana se había hecho incorregiblemente desenfrenada.
- Supongo que estás resentida porque conseguí a fuerza de engatusamiento que aquel caballista, Stuart, regresase con nosotros.
-No. No estoy resentida. Laramie dijo que tenía un empleo para él. Pero lo siento por él.
-¡No malgastes tu compasión ! Hal, tú no conoces a esos vaqueros.
-Sí. Los conozco. Los conozco bien. Y sé también el modo como los enredas y juegas con ellos.
-Eres peor que mamá!
-Lenta, es preciso que alguien te haga obrar con buen sentida... antes de que sea demasiado tarde.
-Me parece que ya es demasiado tarde - replicó Lenta riendo a carcajadas -. Pero, ¡diablos ! ¡Cómo me he divertido !
-Te has comportado en La Junta de una manera vergonzosa. Y especialmente en el baile.
- Aun así y todo, no me he fugado con ninguno de ellos, como hizo nuestra altiva y hermosa hermana - declaró desdeñosamente Lenta.
- Ted Williams es diferente. Procede de...
- ¡Oh, calabaza completa! Ted es lo mismo que el resto de los caballistas. Os ha engañado a todos. y principalmente a Flo. A mí me han pedido seis caballistas que me fugase con ellos.
-Ted y Flo no se han fugado-contestó cansada Harriet -. Lo que sucedía... es que tenían miedo a pedir a papá permiso para casarse. Pero me lo pidieron a mí.
-¡Oh. no! ¿Eso quiere decir que tú los has protegido? ¿Lo sabe papá?
- Sí. Yo misma se lo dije.
- ¡Demonios! De modo que todo el mundo, menos yo, lo sabe todo... ¿Qué actitud adoptó papá?
-Se puso furioso. Estaba dolido. Dijo que tenía un par de hijas buenas y sumisas.
¡Un par! No será difícil que tenga tres..., si no me engaño. ¡Dios nos ayude, como reza mamá, cuando tú rompas las amarras!
-No hay muchas probabilidades de que yo deshonre a la familia, querida hermana.
-Como «y0» la he deshonrado. Y también Flo... ¡Oh, gatos y perros! ... ¡«No»! No he querido decir eso. Quiero decir que..., ¡ah, bueno!... Laramie dice que yo he salvado a la familia Lindsay de la pobreza, del asesinato y de no sé qué más.
-Laramie se burla de ti. Ni siquiera él es insensible a tus carantoñas y arrumacos.
-¡Gata celosa!  -exclamó Lenta con dulzura -. Estoy segura de que terminaré por arrojarme en brazos de Laramie.
La horrenda amenaza era incontestable, puesto que Harriet sabía que Lenta era capaz de cumplirla.
-Lo siento, Lenta. Creo que estoy... completamente trastornada - tartamudeó Harriet.
-¡Seguro! Todos lo estamos. He oído que papá decía a mamá que el Oeste ha destrozado a la familia Lindsay. Yo he comenzado a seguir el mal camino. «Tú» te has convertido en una gazmoña. Neale se ha aficionado a la botella. Flo se ha fugado. Y mamá se ha hecho una vieja gruñona y exigente.
-Lenta, todo eso lo has inventado tú - contestó Harriet con toda la vehemencia que le restaba.
-No. No lo he inventado. Y hasta el propio papá bebió unas cuantas copas.
-¡Misericordia! ¿Qué va a ser de nosotros?
-Todo podría marchar bien si tú te aclimatases -dijo Lenta calmosamente.
-¡Yo!
Fue aquél el golpe más duro de todos. Y Harriet sucumbió bajo él. Se enderezó y, arrastrándose hasta el saloncito, se acostó en el sofá, solamente a medio desnudar.
De todos modos, aun cuando estuviera muy cansada, su imaginación continuó trabajando activamente. Al cabo de pocos minutos, su consternación y su resentimiento se desvanecieron ante el recuerdo de los últimos nueve días, que semejaban nueve semanas enteras cargadas de experiencias. Harriet podía sólo recordar con exactitud los acontecimientos más importantes; los más pequeños se le presentaban caleidoscópicamente aun cuando su efecto general fuese tremendo. Y de la totalidad de ellos, de los pequeños y los grandes, Harriet dedujo unos hechos sorprendentes. Le agradaba la gente del Oeste. Quería al Oeste, y se rendía a las sorprendentes seguridades que le ofrecía. Habría sido capaz de luchar con denuedo para oponerse a regresar a Ohio, aunque toda la familia se hubiera empeñado en hacerlo. Había conocido a otras familias de colonizadores y descubierto en ellas un espíritu paralelo al suyo. Las llanuras del Colorado eran interminables, las distancias constituían unos grandes obstáculos, pero había vecinos buenos y amables, personas cariñosas, muchachas saludables y guapas, hombres magníficos que vivían sobre las purpúreas tierras. Y el comprobarlo daba origen a un gran consuelo. Todos ellos pertenecían a una misma categoría, la mayoría eran nuevos en aquellos terrenos, y todos vivían de las abiertas extensiones de hierba, de los arroyos y del ganado. Y, del mismo modo, a la merced de los cuatreros, como todos los ganaderos sabían. Harriet había conseguido obtener una visión más certera de la compleja situación. Lo más sorprendente de todo era que solamente una pequeña parte de los ladrones fuera conocida. Cualquier ganadero, aun el propio padre de Harriet, podría ser uno de ellos, según el misterio de las campiñas. Harriet se había visto obligada a aceptar la evidente necesidad de adoptar una acción enérgica contra los parásitos de las llanuras. Y había intentado hacer ver a Laramie el cambio que en ella se había operado, y fracasó en su propósito. Pero esto había sucedido por culpa de Laramie, ¡el hombre incomprensible, festivo, altanero y fascinante! Harriet experimentaba la sensación de que se hallaba a punto de sucumbir a un algo espantoso. Y cada vez que esta convicción se imponía a su ánimo, lograba alejarla de él. ¡Gazmoña! ¿De modo que esto era lo que todos suponían que era, aun el propio Laramie? ¡Muy pronto verían de lo que era capaz!
Pero estas cuestiones trascendentales no podían ser resueltas inmediatamente, sino que requerían el empleo de cierto tiempo. Cuando se presentaban ante su imaginación, Harriet las rechazaba laboriosamente, puesto que otros asuntos requerían con más urgencia su atención : la repentina pasión que ella misma había concebido súbitamente por los caballos, y su resolución de aprender a cabalgarlos y a gobernarlos ; su sorprendente interés por las carreras y los ardides de los caballistas, la inquietante y nueva presencia del osado Arlidge, que la había perseguida en el baile; la timidez de Laramie, que contrastaba violentamente con la actitud de aquél; el desconcertante problema del ganado, y su incapacidad para resolverlo; la indudable confusión y el innegable descenso de los Lindsay en el nuevo ambiente de su vida; las conquistas de Lenta, y la fuga de Flo...
Todas estas cuestiones fueron suficientes para mantener a Harriet despierta durante mucho tiempo sin necesidad de que oyese las insistentes llamadas de su corazón.
Cuando Harriet despertó, el sol había trepado ya a lo alto de los muros situados frente a la casa ranchera, y la joven experimentó el deseo de saltar del lecho bajo la excitación de un alba que era nueva y extraña.
Harriet se puso un traje de amazona que solamente se había probado en una ocasión. Luego, cogiendo los guantes y el sombrero, se puso en marcha, íntimamente convencida de que iba a enfrentarse con el desastre.
Durante el desayuno, Jud, que apreciaba mucho a Harriet y a quien gustaba hablar con ella, le proporcionó muchas noticias. La señora Lindsay se había desayunado en el lecho. Lindsay, contento de haber regresado a su rancho, había salido muy temprano silbando alegremente. La afición de Neale a la bebida y su imposibilidad de regresar de La Junta; la fuga de Florence; la incorregibilidad de Lenta; el rostro sombrío de Laramie, que anunciaba contratiempos; la botella de «Solitario», y las noticias de un nuevo ataque realizado por los ladrones durante su ausencia..., todas estas cosas habían pesado ligeramente en la cabeza de John Lindsay.
-Eso quiere decir que las preocupaciones no torturan a papá -comentó Harriet -. ¡Gracias a Dios! Pero Jud, ¿a qué lo atribuye usted?
-Pues... Laramie dijo que el viejo es orgulloso - replicó Jud haciendo gestos y visajes-. Y yo digo que el viaje a La Junta le ha beneficiado mucho. Y descubrió que media docena de bebidas fuertes no le hacen daño. Va a ser un hombre saludable. Eso es lo que yo creo.
-Y creo que acierta usted, Jud - dijo vehementemente Harriet -. Al comprender la bendita verdad de que recupera la salud y de que vuelve a adquirir fortaleza, todos los contratiempos carecen de importancia.-Por mi parte, estoy seguro de que no la tienen.
Harriet decidió no ver a su madre en aquellos momentos y se apresuró a salir al patio, donde se detuvo unos instantes bajo los grandes algodoneros.
Al caminar en sentido descendente hacia el valle situado al pie de la finca, Harriet pudo ver a Stuart, el joven caballista, la última adquisición de Lenta, que se aproximaba por la carretera bordeada de árboles. El joven conducía dos bestias de carga. Harriet retrocedió unos pasos para esconderse tras la vegetación y rehuir el encuentro. En el caso de haberse cruzado con él, Harriet se habría visto obligada a saludarlo cortésmente o a aconsejarle que regresara a La junta. Y no estaba muy segura de cuál de las dos cosas debería hacer. Por esta causa, le dejó pasar. Ciertamente, era un joven guapo. Junto a Stuart, el pobre «Solitario» habría parecido un polluelito piador. Era una lástima que «Solitario» fuera el único muchacho feo e insignificante del equipo de Laramie. Todas ellos eran absurdamente guapos y atractivos, todos esbeltos y airosas, todos tenían rojas las mejillas y ojos ardientes. Harriet pensó que le habría agradado trabar amistad con aquel joven. Stuart iba silbando alegremente. No tenía inquietudes de ninguna clase. Y era probable que tampoco tuviera ni un dólar, ni nada, sino solamente un caballo. A Harriet le satisfizo el ver que Stuart no llevaba revólver... Y este pensamiento provocó en ella el recuerdo de Laramie, a quien a un mismo tiempo deseaba y temía ver. Stuart se alejó carretera arriba, sin duda para acudir a alguna cita concertada el día anterior con Lenta. Y Lenta se hallaba en la cama, profundamente dormida.
Harriet reanudó la caminata en dirección a las cuadras; y, del mismo modo, el pensamiento de Laramie. No había vuelto a poner la mirada sobre él desde el día del baile de La junta. Éste había sido el último acontecimiento de los siete días de diversiones, y el viaje de regreso se había iniciado a la mañana siguiente. Pero las horas parecían largas. Laramie tenía razón para rehuir un encuentro con ella. ¿No se había excedido Laramie? Harriet pensaba que una vez podría haber sido perdonado. ¡Pero una segunda e imperdonable ofensa del mismo género...! Harriet sintió que las venas se le hinchaban acaloradamente y que una onda de fuego le cubría el cuello y el rostro. Estaba avergonzada e indignada de haberse involuntariamente sometido a las imperativos del recuerdo; pero reconoció cine el accidente adquiría en su imaginación proporciones mayores que las reales. Ciertamente, sería inútil que intentase cerrar los ojos al placer que aquel baile le había producido. Harriet había competido dignamente con Lenta. Florence, probablemente, había eclipsado a ambas; pero Florence se había fugado ya con Ted Williams. La mayoría de los caballistas fueron malos bailadores. Pero no Laramie Nelson. En las primeras horas de la tarde había solicitado de Harriet (que le concediese un baile, y lo había esperado con ansiedad. También ella había experimentado un placentero deseo. Harriet podría ser el jefe de Laramie, pero aquella noche se borraban tales distinciones y jerarquías. Laramie no habló mientras bailaba con ella. Después de haber hecho varios intentos de provocar una conversación, Harriet tuvo que abandonar el infructuoso propósito. Aquél no era un baile corriente, ni Laramie era un compañero corriente. Y hasta el momento en que el baile comenzó, ella no había pensado en que habría de ser conducida por el abrazo de un hombre. Y luego, después de haber dado dos vueltas por el atestado salón, Harriet descubrió por qué Laramie la llevaba apretada contra sí. Harriet creyó en los primeros momentos que debía de ser por accidente. Pero al cabo de muy poco tiempo tuvo motivos para comprender que se engañaba. Y entonces protestó: «Laramie, me lleva usted... demasiado apretada.» La respuesta de él fue pronunciada con la lenta enunciación que le caracterizaba: « ¡ Ah ! Perdóneme, señorita. Hace muchos años que no he bailado.» Y aflojó la presión de sus potentes brazos. Harriet se dejó otra vez arrastrar por el hechizo soñador del vals. No recordaba cuánto tiempo tardó en suceder, mas de pronto se halló de nuevo aprisionada por la presión de unos músculos de acero que se cerraban en torno a su cintura. Y lo más incomprensible de todo era la evidencia con que ella deseaba entregarse a aquella presión, rendirse a ella. Y así lo hizo durante unos momentos, lo suficientemente largos, no obstante, para que pudiera darse cuenta de que su pecho palpitante se aplastaba contra el de él. Entonces dijo ahogadamente «Laramie..., me está... apretando... usted.» Y, deteniéndose, se separó. « ¡Ah, no, Hallie! No lo hacía, señorita», respondió Laramie quejosamente. «¿No comprende usted que si lo hubiera hecho lo sabría?» Harriet levantó la mirada hacia su rostro y pensó que la intuición femenina, la inteligencia debían ser agudizadas ante aquel hombre. «Bueno, si no lo sabía usted...» Y en aquel momento se interrumpió! la música, con lo que Harriet se libró de... de no supo qué. Laramie le había suplicado que le reservase otro baile, y ella se lo había prometido. Pero el segundo baile no se había llevado a cabo. Harriet, siendo importunada y suplicada por occidentales de todas las edades, había perdido un poco la cabeza. Y esto, unido al disgusto que experimentó cuando Luke Arlidge se acercó a ella, dio motivo a un baile que Harriet no deseaba en realidad aceptar. En verdad, Arlidge la había arrebatado de entre los brazos de otro bailador. La magnitud de la ofensa que le había inferido no se presentó con claridad a la imaginación de Harriet hasta el momento en que, habiendo concluido el baile, hubo de hacer frente a la mirada de Laramie. Jamás la había mirado Nelson de aquel modo. El recuerdo de la enemistad que había entre aquellos dos occidentales la angustió, por lo que se maldijo a sí misma a causa de su estupidez. Y la desalentó también, Esperó durante cierto tiempo que Laramie fuese a buscarla, mas no volvió a verlo.
«Laramie estaba sorprendido de mi conducta..., disgustado conmigo... y frío... ¡Uh! » , murmuró Harriet mientras continuaba caminando. «Pero, ¿qué esperaba ese maldito meridional? Yo no podía provocar una escena violenta.» Y experimentó un pesar; pero no se disgustó por la posibilidad de que Laramie no se acercase a ella. Todavía no le conocía bien. Y contuvo el aliento brevemente, y luego rió. Siempre podría recurrir a lo que Lenta llamaba «prerrogativas de mujer)). Si ella le dijera: «Laramie, iré con usted al próximo baile y bailaré muchas veces con usted... sin tener en cuenta el modo cómo me apriete. Laramie se entregaría y aceptaría la promesa del mismo modo que aquellos jóvenes caballistas se rendían a Lenta. Al llegar a este punto, Harriet contuvo su desenfrenada imaginación y terminó sus ensoñadoras divagaciones con un : «Me estoy volviendo lo que aquí llaman majareta.»
Vio a varios: de los caballistas en la lejanía, mas no pudo ver a su padre ni a Laramie. Y esto le produjo cierta tranquilidad. En las cuadras, un muchacho mejicano, Pedro, ensilló un caballo que Harriet había montado en otras ocasiones. Harriet tomó al animal de la brida y lo condujo hasta un lugar arenoso del verde valle que estaba sombrea
do por los algodoneros y rodeado de maleza, lugar recatado donde la joven se sentía a cubierto de miradas curiosas. Allí dio el paso inicial conducente a la ejecución de lo que se había propuesto conseguir: vencer su miedo a los caballos, aprender a montar y cabalgar. En primer lugar, llevó el caballo junto a una alta roca, con el fin de poder encaramarse a la silla con facilidad, para lo cual hubo de recorrer el terreno varias veces. Primeramente, marchó a medio trote; luego, hizo trotar, galopar y, finalmente, correr a Moze. El lugar cerrado por la vegetación era muy amplio, de modo que Harriet dispuso de mucho espacio para sus ensayos. Había emoción y diversión, y también temor en aquella carrera. Pero la joven consiguió mantenerse en la silla, y finalmente pudo establecer una íntima relación con ella. No era una cosa imposible de conseguir cuando no la observaban ojos críticos. Una vez que se hubo confiado, consiguió obtener plenamente el placer de la carrera. En lo que se refería a moza, todo lo que necesitaba Harriet era práctica.
El próximo esfuerzo de Harriet fue dirigido a resolver la forma de montar. Había dos modos de subir sobre un caballo: cualquiera de los procedimientos antiguos, y la manera correcta. La joven desdeñó todos ellos, con excepción del último. Moze era de mediana alzada, y ella era de mediana estatura. Cuando se estiraba, llegaba exactamente con el pie al estribo y podía agarrarse a la perilla de la silla. Primeramente intentó hacerlo con ambas manos; el resultado fue un fracaso. Harriet cayó al suelo con la suficiente violencia para hacerse daño. Razonando que no había saltado con la necesaria rapidez, ni con la suficiente energía para pasar el pie derecho sobre el lomo del caballo, probó a hacerlo de nuevo, y en tal ocasión logró ponerse a horcajadas. Y a continuación repitió una y otra vez el mismo acto hasta fatigarse. Después de haber descansado intentó hacer lo que deseaba emular y que había visto realizar a «Solitario» y a Laramie. En el acto de que consiguiera dominarlo, ¡de qué modo llenaría de asombro al resto de los Lindsay!
Su proyecto consistía en asir las riendas con la mano izquierda, empujar al caballo para que se moviese y doblase, con el fin de que le fuese posible ver lo que hacía, poner la punta del pie en el estribo izquierdo, agarrar la perilla con la mano derecha y saltar. Al hacer el primer intento, el pie resbaló, con el resultado de que Harriet dio de narices contra la silla y cayó ignominiosamente. La caída despertó el espíritu de lucha de Harriet. Realizó un nuevo. intenta, y varios más a continuación. Y consiguió su propósito. Después, continuó ensayando por espacio de varias horas, hasta que hubo dominado el procedimiento.
« ¡Malditos!», se dijo ahogadamente. « ¡Voy a demostraros... y a él...! Mis hermanas... elogian mi cuerpo... Pero creo que estoy... endemoniadamente gorda... Debía ser más delgada... ¡Y lo seré!»
A pesar de todo, su entusiasmo no se extendió hasta el punto de permitirle encontrarse cara a cara con Lenta o con Stuart cuando, a su regreso a la cuadra, vio que ambos se encontraban recostados en las sillas, con los caballos muy juntos, a la sombra de los algodoneros. « ¡Muy a la manera de los enamorados, demasiado amartelados para una amistad tan canal», pensó. Y se encontró de manos a boca con Wind River Charlie y Dakota, que se presentaron como por arte mágica en su camino. Ambos se quitaron los sombreros. Dakota era osado, y Charlie, tímido.
-Todos ustedes se han ensañado con Moze hasta agotarlo - dijo Dakota muy satisfecho -. Y creo que la ha tirado a usted a tierra, señorita...
-No. Estaba aprendiendo a montar a horcajadas, como hacen ustedes, y caí sobre el polvo alrededor de novecientas veces - replicó Harriet riendo -. Háganme el favor de no descubrirme...
-Prometo ser completamente mudo, señorita - dijo Dakota.
-No tema nada, señorita-aseguró Charlie.
Gracias, muchachos - dijo Harriet; y desmontó de modo que le pareció osado, pero no fue verdaderamente malo -. Háganme el favor de entregar Moze a Pedro.
-¿No se propondrá ir hasta la casa a pie? - preguntó, aterrado, Dakota.
-Necesito hacer ejercicio.
-Bueno, si supiera usted lo que nosotros sabemos, apuesto la vida a que iría usted a caballo... y a toda marcha - dijo entre gestos de regocijo el caballista mientras solicitaba por medio de una mirada de través, el apoyo de su compañero.
-¿Sí? ¿Qué saben ustedes? - preguntó fríamente Harriet. Había reprimido un estremecimiento. Y estaba orgullosa de aquella habilidad recientemente adquirida. Con el tiempo, podría rivalizar con el propio Laramie. 
-Pues... que «Huellas» ha regresado - anunció solemnemente Dakota -. «Huellas» y la hermana de usted se encontraron con nosotros y ni siquiera nos vieron. Parecían estar muy contentos, pero muy asustados también.
-¿Es eso todo lo que saben? - preguntó con desenvoltura Harriet, en tanto que se sacudía la arena del traje.
-No. Además, «Solitario» ha llegado tan borracho como una cuba.
-Y ¿qué más? Creí que sabrían ustedes algo nuevo. Dakota se llevó una mano al encrespado cabello. -Usted gana, señorita. No hay nada más, con excepción de algo relacionado con Laramie. Ha sido una cosa muy divertida para nosotros. Pero creí que no le interesaría a usted.
-Sí, Dakota, me interesa - replicó Harriet; había olvidado su intención de mostrarse indiferente.
-¡Hum! - comentó el caballista, con la mirada fija en ella.
-Entonces... Bien, se lo pido como jefe suyo que soy -continuó ella, y acompañó las palabras con una sonrisa. Harriet vio que la sonrisa, no la energía, vencían los escrúpulos de Dakota.
-Sí, claro es... Estaba bromeando... Supongo que Larry debía de haber recibido órdenes de... ¿No es cierto? No le he dado ninguna orden.
-En ese caso, lo haría su papá, puesto que persiguió a Lin Stuart y la hermana de usted a lo largo del valle. Ambos consiguieron escabullirse y burlarse, según creo; Larry no consiguió alcanzarlos hasta que llegaron aquí. Nelson tenía el rostro completamente rojo. No hay duda de que aquel trabajo era de una clase nueva para él. «Stuart - dijo-. ¡Vete del rancho!» Y Stuart se echó a reír. «Perfectamente, Laramie; pero lo haré sin prisa de ninguna clase.» Y Laramie gritó: «Lenta, váyase a casa, y yo me las entenderé con este papanatas.» Y la señorita se volvió contra Laramie: « ¡No ofenda a mi amigo!» - dijo-. ¡Ja, ja! Fue tan divertido como una función de circo.
-Y ¿qué más? - preguntó Harriet con la cabeza en alto y la mirada clavada en el caballista.
-¡Lenta, váyase a casa!», gritó Laramie. «¡Larry, váyase al infierno! », replicó Lenta con tanta frialdad como un pepino. « ¡Por todos los diablos! ¡Eso es lo que voy a hacer! », rugió Larry. Y se lanzó como un loco en dirección a la casa ranchera.
-¡Oh! ¿Estaba bebido Laramie también?         preguntó Harriet fingiendo inocencia.
-No. Todavía no se ha aficionado a la bebida. Pero me parece que no tardará mucho en hacerlo.
Harriet se vio precisada a alejarse con el fin de no descubrirse ante aquellos muchachos. No podía censurar a Lenta porque le agradase estar con ellos, por su demoníaca alegría en atormentarlos, por devolverles tanto bueno como entregaban. Harriet experimentó repentinamente una impresión de debilidad que le impedía hacerlo también ella misma. Y comenzó a recorrer pensativamente el camino ascendente; pero cuando se halló fuera de la vista de los vaqueros, se sentó en una roca para descansar y reflexionar. Florence había vuelto. Harriet experimentó alegría y pesar al mismo tiempo. Flo y Ted encontrarían en la casa lo que no habría de ser exactamente una bendición paterna. Papá Lindsay se enfurecería. Es posible que hasta fuera capaz de repudiarlos, de expulsarlos. Harriet pensó que debía permitir que los dos jóvenes recibieran una buena reprimenda antes de que interviniera en su favor. Y también había regresado «Solitario» Mulhall, nuevamente borracho, o todavía borracho. Era una cuestión importante. Harriet descubrió que tenía cierta debilidad por aquel caballista estimable, ladronzuelo, atolondrado y turbulento. Mas, ¿qué podría hacerse? Lenta había provocado la locura, la desesperación de aquel muchacho sentimental. Pero algo peor podría resultar, seguramente, del intento de Laramie, intento ridículo, por impulsar a Lenta a actitudes desesperadas; y su amenaza, igualmente ridícula, de «irse al infierno» demostraba cuán impotente y enojado se encontraba. Harriet se preguntó si aquel último amorío de Lenta, o alguna orden recibida de su padre y relacionada con la casquivana chiquilla, podrían ser suficiente para forzar a aquel hombre tranquilo, sereno, fuerte y frío a salirse de su órbita. Harriet se limitó a preguntárselo y a reflexionar sobre la cuestión. Pero, por otra parte, también sería posible que Laramie estuviera trastornado por culpa de su querido compañero «Solitario».
Harriet reanudó despacio la caminata en dirección a la casa. Y se detuvo brevemente en lugares parecidos a aquel en que lo había hecho anteriormente. Habría un «pandemónium» en el hogar cuando ella llegase, y no tenía prisa por verse mezclada en el torbellino de gritos. No obstante, en el transcurso de una hora, o muy poco tiempo más, llegó al portillo de la finca. Y allí se detuvo para fortalecerse contra lo inevitable.
Antes de que Harriet lo hubiera conseguido ni siquiera de un modo mínimo, oyó voces enojadas, no muy fuertes, pero verdaderamente enérgicas. Entre ellas, pudo reconocer la de Laramie. Y vio con gran sorpresa que la puerta de su despacho, que se hallaba en el lado de la entrada más próximo a ella, estaba abierta. Entonces, recordó que la noche anterior había entregado la llave a su padre. ¿Habría olvidado cerrarla, o estaría en el interior del despacho en compañía de Laramie? Dio un paso, otro más y se detuvo ante la puerta, que se abría hacia el exterior y la ocultó. No se proponía cometer la indiscreción de escuchar escondidamente. Pero se hallaba allí, dispuesta a entrar, cuando las palabras que oyó pronunciar a Laramie la inmovilizaron.
-Viniste a esconderte aquí creyendo que Hallie te libraría de una buena tunda, ¿eh, maldito embustero?
-¿No puedes callarte, Laramie? - Estas palabras, pronunciadas de modo al mismo tiempo angustioso y suplicante, tenían el tono característico de «Solitario».
- ¡No quiero callarme! ¡Viniste a encerrarte aquí con la esperanza de que Hallie te salvaría!
- Bueno, y si lo hice, ¿qué...?
- «Solitario», he encontrado este pañolito rojo en el bolsillo de tus zahones - continuó implacablemente Laramie-. Se lo robaste a Lenta el primer día de carreras. La muchacha se desesperó por su desaparición. Juró que tenía la seguridad de que se lo había robado un vaquero de cabeza de buey. Y acertaba.
-No. No lo robé-dijo roncamente «Solitario». -¡Eres un condenado embustero, muchacho¡
-Bueno, lo soy. Y ¿qué remedio tiene la cosa?,
- La última vez que te sorprendí robando algo, que fue no hace mucho tiempo, juré quitarte ese vicio a fuerza de palos.
-Bueno, inténtalo, Laramie Nelson, y ya veremos lo que sucede. En ese caso, te descubriría ante Harriet.
¿Descubrirme?
-Sí. Diría que estás loco por ella. Que estás más loco por ella que yo por la chiquilla. Que no puedes dormir ni comer..., ni pelearte.
-«Solitario», si me haces traición hasta ese punto habré terminado contigo para siempre- declaró solemne y lentamente Laramie.
-Bueno; es posible que no haga eso... Pero no estoy dispuesto a continuar desempeñando esta farsa que me has ordenado, a seguir fingiendo que estoy continuamente bebido. ¡Me pone más, furioso que un diablo! ¡Me ha hecho perder la estimación de Lenta y de su mamá, y temo que también la de Hallie! Y todo, para nada...
-No estoy de acuerdo contigo, ni lo están Jud ni Ted.
La farsa ha dado resultado, y yo podría justificarte en un abrir y cerrar de ojos ante Hallie y su mamá, de modo que recobren inmediatamente su estimación. Pero tanto si continúas fingiendo que te emborrachas como si no lo haces, te voy a dar una paliza que no se te olvidará. -¡Alto, Laramie..., o comenzaré a beber de verdad!
Y ¡de sobra sabes lo alborotador que soy cuando me emborracho sin fingirlo!
-No harás nada de lo que dices. Y no volverás a robar absolutamente nada. ¡Ya nos has causado bastantes perjuicios a Ted y a mí! ¡Terminarás por ser causa de nuestra ruina! ¡Tan seguro como que hay Dios y que tú y yo estamos ahora aquí, terminarás por ponernos en mala situación ante ese cariñoso matrimonio y sus hermosas hijas!
-¡Diablos! ¿No estamos ya arruinados, como tú dices? Un sordo golpazo fue la respuesta a la violenta interrogación, al que siguió un entrecortado gemido de dolor, un arrastrar de pies, el chocar de dos cuerpos violentamente enzarzados y, finalmente, un choque de algo contra el suelo.
-¡La... ra... mie!... ¡Apártate... o dispararé... contra ti...! - gritó «Solitario» ahogadamente, con terrible furor.
-¡Cállate, patituerto fanfarrón! ¡Voy a montarte, como si fueras un caballo, y a sacarte del cuerpo esa maldita afición a robar! - Y se oyeron unos ruidos secos y finalmente otro más fuerte, todos los cuales dieron fe de la verdad que encerraban las amenazas de Laramie.
¡Ay..., Larry..., no..., no...! ¡Ése es mi punto débil...! ¡Ay!... ¡Por amor de Dios?... ¡Ay! ¡Mátame..., acaba conmigo...! ¡Podría venir alguien y encontrarnos aquí... de este modo...! ¡Déjame levantarme, querido Larry!... ¡Seré bueno!... ¡Te prometo...! ¡Ay!... ¡Eres...!
-¡Cállate, malhablado! - contestó severamente Laramie. ¡Pum!
- ¡Toma eso para tu máquina de besar!
- ¡Pum! ¡Bam! ¡Pim! -. ¡Toma esta pareja para tu nariz!
- ¡Pum!
-. ¿Te gusta, «Solitario»? ¡Al fin he visto que tienes sangre roja!
- ¡Bam! -. ¡Y esto para el hígado! ¡Ah! ¡Ahí, ahí es! ¡Ése es el sitio!
- ¡Bummmm! - Ahora descansa un poco, haz un esfuerzo y dime si terminará ese mezquino afán de robar.
Todos los sonidos, con excepción de una fatigosa aspiración y una no menos fatigosa expulsión de aire, cesaron de atormentar los oídos de Harriet.
-¡Quién habría... podido pensar... que habrías... de tratarme... de este modo! dijo trabajosamente «Solitario».
-Oye, me he limitado a calentarte un poco. Pero quiero darte una ocasión de librarte de algo peor. ¿Pondrás fin para siempre a esa manía de robar? - replicó Laramie.
-¡ No, diablos! - exclamó «Solitario», todavía consumido por el furor, aunque con voz notablemente debilitada-. ¡Robaré todo... lo que vea! ¡Robaré las ropas del maldito muchacho... para que tenga que ir desnudo! Robaré joyas, dinero..., ganados y caballos... Y te enfurecerás... Seré cuatrero, y me colgarán del cuello.
-Muy bien. Lo creo. Ahora estoy enfadado de verdad. Hasta ahora sólo te había pegado en broma - dijo Laramie -. ¡Toma para tu cesto del pan!
- ¡Pummm! - ¡Y esto para tu hígado de cobarde!
-¡«Bammm»! - ¡Y esto para la caja de los vientos!
-¡Bummm! - Ahora te voy a machacar con ambos puños. - Una aterradora sucesión de golpes rápidos sonó a continuación de tales palabras. Luego, se produjo una pausa -. ¡Maldición! - exclamó con fatiga Laramie -. ¿Dónde diablos tendrás metida esa enfermedad? ¡En la cabeza... no puede ser! ¡Entonces, debes de tenerla encerrada en el vientre.
- ¡Pummm! ¡Bammmm! ¡Bammm!
Harriet no pudo soportar la situación ni siquiera durante un momento más. Y tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir unos gritos en que se mezclarían el regocijo y el temor. ¿Qué clase de seres humanos serían aquellos caballistas de las llanuras? ¿Eran en realidad seres humanos? Harriet pudo reprimir su impulso durante el tiempo necesario para decidir la actitud que debía adoptar.
-¿Qué sucede? ¿Quién está en mi despacho? - preguntó con fingida sorpresa. Luego subió las escaleras y entró en la habitación.
Laramie estaba montado, como sobre un caballo, encima de «Solitario», y en aquel momento tenía un puño en alto. Y en alto continuó aquel puño en tanto que Laramie erguía la cabeza y miraba a su compañero. En su rostro se expresaba una cólera justificada. Y el puño cayó.
La mirada de Harriet se dirigió hacia el postrado «Solitario». Estaba tan flojo. y casi tan plano como un saco. Su cara era una masa ensangrentada.
-¡Laramie!... ¡Por amor de Dios! ¿Qué hace usted? - exclamó angustiada Harriet mientras dejaba caer los guantes, la fusta y el sombrero -. ¿Está usted borracho, también?
-No, no estoy borracho - murmuró Laramie.
-¡Ha asesinado usted a ese pobre muchacho! - continuó Harriet arrebatadamente, fingiendo de modo admirable-. ¡Póngase en pie, monstruo!
-Estaba sólo... dándole unos cachetes - contestó Laramie en tanto que se enderezaba y huía de las encendidas miradas de Harriet.
-¡Tío grandote! -prosiguió Harriet con palabras que imitaban las del slang proverbial de los vaqueros. Y hasta podría haber llegado al extremo de pronunciar algunas otras más gruesas y más plebeyas -. ¡Ensañarse con este pobre muchacho inocente...!
- ¿Ensañarme con «Solitario»? ¿Acometer a un inocente? Mire, mire. ¿Ve esto?
Harriet había visto anteriormente la hinchazón de la barbilla de Laramie, y otra que tenía sobre un ojo; pero se hizo la sorda a las indicaciones suplicantes, de Laramie. Se había formado un proyecto.
- ¡Animal! -replicó, y se arrodilló junto a «Solitario» –. ¡Oh, pobrecillo! - exclamó con ternura mientras le enjugaba el rostro con su pañuelo-. «Solitario», ¿está usted muerto?
-Estuve casi muerto, señorita Harriet hasta que vino usted.
-¿Por qué causa se encontraban ustedes aquí? -Porque vine en busca de protección. Vi que estaba abierta la puerta, y entré para que usted me salvara de su furor
- ¡Pobre muchacho! Lo haré, con toda seguridad -replicó Harriet con cuanta la ternura le fue posible expresar. Repentinamente, Laramie se estremeció como si hubiera sido azotado con un látigo.
- «Solitario», ¿cómo puedes decirle mentiras... a ella? - preguntó gritando.
-Es demasiado tarde, compañero. Me has sacado del  cuerpo todo el engaño -contestó «Solitario».
-¿Qué están ustedes diciendo? ¿Qué dicen... los dos? - preguntó Harriet.
-Hallie, soy un ladrón-replicó «Solitario» al mismo tiempo que levantaba la mirada hacia ella. Había una llamarada en sus ojos que hacía que aquel feo rostro pareciera hermoso.
-¡Cómo... cómo, «Solitario! ¡De qué modo habla usted! ¡Debe de estar trastornado! - exclamó solícitamente Harriet.
-Escuche, Hallie-continuó «Solitario» en tanto que Laramie levantaba las manos en alto y se aproximaba a la ventana -. Soy un ladrón despreciable. No porque quiera hacerme rico par ese procedimiento, sino porque no puedo reprimir el deseo de apropiarme de las cosas que me gustan. Hace muchos años que comencé a robar. Y desde que llegué aquí, la manía se ha hecho más fuerte. También he robado algo a usted. ¡Aquel lapicero de oro que tenía encima de la mesa! ¿No lo recuerda usted? Bien, yo se la robé. Y también he robado todas las cosas que Lenta cree que se han perdido... ¡Y también la bata de noche de la señorita Florence !
-¡«Solitario» Mulhall! - exclamó Harriet.
-Laramie ha vivido durante varios años indignado por mi afición a robar. Y lo mismo Ted. Pero en los últimos tiempos los dos se han indignado mucho más que antes - continuó sinceramente «Solitario» -. Yo les di a entender que era una enfermedad... ¡Pero es solamente un maldito afán de robar! Tengo debilidad por las cosas bonitas..., especialmente por las que han sido usadas o poseídas por las mujeres. Laramie me ha jurado muchas veces que me mataría a golpes... en el caso que no dejase de robar. Y hoy, cuando encontró el pañuelo rojo de Lenta en un bolsillo de mis zahones, vino a buscarme. Me dio caza aquí... y creo que ha cumplido fielmente sus amenazas.
-¡«Solitario»! ¡Es increíble!... Estoy, sencillamente, aturdida - murmuró Harriet-. ¡Usted... a quien todos creíamos un muchacho tan bueno...!
-¡No se ensañe conmigo! - declaró «Solitario)) amarga y roncamente -. Ya lo he confesado. Y me he curado. Naturalmente, usted podrá despedirme ahora. Pero eso no importa. Lo que no quería era que creyera usted que mi compañero me había maltratado injustamente. Ha obrado con justicia. Me ha dado mi merecido.
-Dice usted que está curado de su manía? -preguntó Harriet.
-¡Ya no robaría ni siquiera un trocito de carne a un novillo perdido, aun cuando me encontrase muerto de hambre! -declaró en tono solemne «Solitario».
-Entonces, si me promete no continuar bebiendo de ese modo tan... tan horrible, no le despediré-replicó con dulzura Harriet.
-¡Dios mío, qué buena es usted, señorita Hallie! - dijo emocionado «Solitario» -. Pero, aun cuando pudiera prometerlo y cumplir la promesa, no me agradaría continuar aquí si todo el mundo lo supiera.
-Le guardaré el secreto, «Solitario», lo mismo que lo han guardado Laramie y Ted.
-Pero... no puedo... no puedo prometer...
-¡Puedes prometerlo! -dijo Laramie mientras se volvía hacia él -. Señorita Hallie, esa cuestión de las borracheras recientes de «Solitario» ha sido un ardid.
- ¡Ardid! No creo que sea un ardid, puesto que a todos nos ha engañado-contestó Harriet fingiendo enojo.
-Pretendí que «Solitario» fingiese hallarse borracho con el fin de que pudiera hacer más descubrimientos acerca de Gaines y sus hombres. Y «Solitario» accedió a hacerlo, a condición de que yo dijera que seguía el camino de la perdición a causa de los desdenes de Lenta.
Harriet no supo qué decir. El caballista alto estaba completamente pálido y parecía traspasarla con la mirada. Hasta aquel momento, Harriet había dominado la situación, pero su serenidad comenzaba a quebrantarse, y la joven
ya no tenía confianza en sí misma. La presencia de Laramie pareció infundirle nuevos ánimos.
-Señorita Hallie, no quiero que Lenta sepa la verdad - añadió con ansia «Solitario» -. Porque, si no hubiera sido por Laramie, es seguro que yo hubiese perdido los estribos y me habría entregado a la bebida o a algo peor.
-También guardaré ese secreto-contestó Harriet -. Me ha engañado usted. No soy tan incauta como supone. Quiero decir: incauta en lo que se relaciona con los asuntos del rancho. ¿Puedo tener la seguridad de que desde ahora en adelante me dirá usted siempre la verdad?
-Juro que lo haré - replicó «Solitario».
-Por lo que refiere a cuestiones personales, yo también lo prometo - dijo lentamente Laramie, que comenzaba a recobrar su serenidad.
-Muchas gracias-dijo severamente Harriet -. Le aconsejo que lleve a «Solitario» a su habitación y que se cuide de él antes de que alguien pueda verlo. ¡Qué aspecto tiene el pobre!
Laramie puso una garra de hierro sobre su desfigurado amigo.
-Vamos, compañero.
-¡Maldición ! ¡Estoy K.O.! - exclamó «Solitario» con tristeza, en tanto que Laramie lo asía y casi lo arrastraba al exterior. Y en aquel momento, en el patio, se presentó Lenta ante ellos. Acababa de llegar presurosamente a pie, y se detuvo para mirar a «Solitario».
-¡Oh! - se asombró.
Harriet, que miró sobre el hombro de «Solitario», sorprendió en la voz de Lenta una inflexión que daba lugar a reflexiones. La muchacha no se preocupó de reprimir un estremecimiento.
-.Continúe: su camino, Lenta - dijo Laramie -, o acaso tenga algo que sentir.
- «Solitario» !... ¿Le ha arrojado alguien a la máquina trilladora? - preguntó Lenta.
- ¡A usted no le importa, señorita!
-Lenta, mi compañero ha sufrido estas lesiones por culpa de usted-añadió fríamente Laramie.
- ¡Mía!
El rostro de la joven se cubrió de una tonalidad escarlata, que luego desapareció despacio hasta el punto de que el tostado de su piel semejó borrarse. Lenta se movió instintivamente, como si se propusiera acercarse a ellos, pero algo reprimió aquel natural impulso. Y volviéndose de espaldas la joven corrió a lo largo del patio.
-¡Laramie, viejo amigo, no me ha parecido mal! - exclamó emocionado «Solitario».
Harriet los observó hasta que se perdieron de vista. Luego, pensativa, recogió los guantes, con los cuales descargó de modo, súbito un golpe contra la pared.
«¡Maldición!», se dijo en voz baja. «Me agrada ese muchacho, «Solitario»... Es, guapo... Y voy a querer mucho a ese frío Laramie escalofriante... ¡Es una cosa terrible! »
En aquel momento, Harriet se acordó de Ted y Florence. Y este pensamiento desvió al instante la dirección de sus reflexiones y de sus emociones. Se encontraba en un estado de ánimo homérico que no constituía un mal augurio para sus descarriadas, hermanas. Y temiendo que se disipase aquella sensación de fuerza y de buen sentido, corrió a buscarlas.





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