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jueves, 8 de junio de 2017

Sombreros Gemelos (Zane Grey)

Sombreros Gemelos
Zane Grey

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Falsamente acusado de haber asesinado a Allen Neece, el cowboy Brazos Keene había escapado por poco de un linchamiento. Tras limpiar su nombre, Keene descubre que las dos hermanas gemelas de Neece han perdido su rancho e intentan sin éxito dirigir un restaurante. Brazos les promete encontrar a los asesinos de su hermano y recuperar el rancho. Así que se convirtió en práctica de tiro para una banda de ladrones despiadados. ¡Pero Brazos también descubrió estar perdidamente enamorado de las dos gemelas!
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV

Zane Grey
SOMBREROS GEMELOS
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I
EI sol, dorado y rojo, pendía sobre los escarpados riscos en forma de sierra y cubiertos de nieve de las cumbres de las Rocosas del Colorado. En un montículo situado al otro lado del río Purgatorio, enrojecido por el sol, se hallaba un grupo de indios, que estaban sentados sobre sus caballos mesteños y observaban el lento y serpenteante avance de un tren que ascendía hacia el pie de las montañas. Cinco años habían transcurrido desde que el primer camino de hierro y el primer demonio coronado de humo comenzaron a cruzar aquel lugar, procedentes de Kansas y en dirección a los declives del Colorado; y todavía los indios los observaban y se sorprendían, dudosos acerca del porvenir, temerosos del repiqueteante monstruo silbador sobre las ruedas que podía significar una sentencia de muerte para los hombres de piel roja.
¿No habían visto como un tren tras otro, todos cargados de pieles de búfalo, cruzaban, rodeados de vapor y humo, aquellas tierras en dirección a las llanuras?
Un caballista esbelto, polvoriento y cansado, montado en un magnífico caballo negro, se detuvo en la orilla sur del río y fijó su atención sobre los indios.
—Utes, supongo... dijo, respondiendo al hábito de monologar que la soledad había creado en él—. Lo mismo que los kiowas, siempre encuentran una muerte accidentada y dura.
¡Cuánta lástima me producen! El castor y el búfalo han desaparecido casi por completo. El hombre blanco cría reses en todos los lugares donde crece la hierba... Si fuerais prudentes, pieles rojas, lo mejor que podríais hacer sería ir a esconderos en alguna montaña perdida y morir allí.
El zumbido que producía el tren murió en la lejanía, y la negra hilera de vagones, que parecía una serpiente, se ocultó entre dos grises elevaciones. Un momento más se entretuvieron los indios. Sus menudas siluetas de aspecto bravío se destacaron ante el cielo.
Luego, obligaron a girar a sus caballos mesteños y desaparecieron entre nubes de polvo rojo.
—Y, ahora que lo pienso —se dijo el jinete solitario—, esos indios no están tan mal como yo... No tengo dinero, ni trabajo, ni hogar... Estoy muerto de hambre, y solamente poseo dos cosas: un caballo y un revólver.
La acostumbrada frialdad y la fría apatía de Brazos Keene se habían eclipsado momentáneamente. El estado de proscrito en que se declaraba estaba muy lejos de ser nuevo para él. Su destino le había forzado, por espacio de muchos años, a viajar de los campos en que se criaban las vacas hasta los ranchos, desde una ganadería a otra. No podía permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Siempre veíase obligado a alejarse. En consecuencia, la tristeza de aquel momento no podía tener su origen en aquel vagabundeo de vaquero. Puso lentamente la mano en el interior del abierto chaleco para extraer una gruesa carta, la blancura de cuyo papel estaba manchada por huellas digitales y diversas máculas. El joven había llorado muchas veces sobre aquella carta. Maravillándose nuevamente, experimentando una conmoción similar, pero mucho más débil, a la que sufrió la primera vez que vio la hermosa escritura, volvió a leer el matasellos de Correos y la dirección: «Lincoln, New México, mayo, 1880. Señor Brazos Keene, Latimer, Colorado, en el rancho X.» El matasellos de Latimer llevaba la fecha de un día más tarde que el primero.
—¡Dios mío! Este ferrocarril puede atraer muy pronto la desgracia a un hombre —se quejó en tanto que se tragaba el nudo que se le había formado en la garganta, y volvía a guardar la carta—. ¿Por qué diablos tuve la ocurrencia de ir a la oficina de Correos? ¡Una costumbre de vaqueros! ¡Siempre esperando cartas que nunca llegan! ¡Bien sabe Dios que quisiera que ésta hubiera corrido la misma suerte que las demás...! Pero, ¡no...! Holly Ripple se acuerda de mí... Sigue teniendo fe en mí... Y ha bautizado a su hijo con el nombre de Brazos... ¡Como yo! ¡Ah! Me parece sentir un algo terrible y grato. Tan seguro como que ahora estoy montado a caballo, esto quiere decir que me va a suceder algo muy malo... o muy bueno.
Perdido en sus recuerdos Brazos vio como el río murmurador corría entre sus grises orillas, donde los setos tenían un color rojizo que no procedía enteramente del crepúsculo.
Una manada de patos silvestres voló rápidamente sobre el agua; los coyotes observaban al caballista desde la loma inmediata; los setos se agitaban con el movimiento de los ciervos o de las reses que descendían hacia el río ; en la lejanía, en un valle, al pie de una empinada pendiente, unos caballos negros se destacaban ante el gris del fondo. El aire frío y penetrante, el fresco olor del río, el débil color que se extendía a lo largo de las laderas cubiertas de matorrales, todo indicaba que eran los primeros días de la primavera. Más allá del Purgatorio, la tierra se elevaba en bancos desiguales, cada uno de ellos más alto y más accidentado que los demás, y que conducían a las alturas cubiertas de vegetación gris; y éstas, a su vez, ascendían hasta las cumbres de las montañas, que se traducían bruscamente en unos muros de pizarra sobre los cuales se formaba una corona brillante de nieve blanca y rosada.
—¡Solamente cinco años! —murmuró el caballista mientras miraba hacia Occidente con ojos que nada veían—. Cinco años desde que pasé por aquí en dirección al camino del rancho de don Carlos... Y ¿qué he hecho de mi vida?
Un tembloroso movimiento de cabeza fue la respuesta de Brazos a aquella inquietante pregunta que siempre constituía una apasionada repudiación de sus recuerdos. Siempre había tenido la costumbre, en las horas negras, como aquélla, de buscar el olvido en la botella. Mas con aquella carta que le oprimía el corazón, con aquel pasado vivido y punzadoramente dulce, con la indiscutible prueba de que la fe de Holly Ripple en él no moría jamás, no podía mostrarse tan bajo, tan traidor. ¡No, en la hora de su remordimiento y su vergüenza! ¡Si pudiera destruir la carta y olvidar...! Pero, no; era vano e inútil.
Brazos continuó descendiendo la pendiente del camino, en dirección a Las Ánimas. No sabía a qué distancia se encontraba de la población. Su caballo estaba cansado y cojo. Aquella extensión de terrenos cercanos al Purgatorio no era rica en campos ganaderos; sin embargo, Brazos esperaba hallar alguno antes de la caída de la noche.
El sol comenzó a ocultarse, un viento helado descendió de las alturas, el serpenteante río perdió su rosado resplandor y adquirió una coloración acerada y oscura entre las dos laderas que lo cercaban. Un coyote aulló con su grito penetrante y doloroso.
—¡Purgatorio! ¿Eh? —murmuró Brazos sombríamente—. Bien; el endiablado español que puso el nombre a este río dio en el blanco. ¿Purgatorio? ¡El río de Las Almas Perdidas!
¡Maldición, si eso no resulta muy apropiado para mí! No soy otra cosa que un tonto a caballo, una bala extraviada, un alma perdida.
El camino ascendía desde el río hasta llegar a una intersección con una carretera. La rápida mirada de Brazos sorprendió, entre la oscuridad que se espesaba, a tres jinetes que abandonaban un campamento instalado junto a unos árboles muertos entre los que había una casucha oscura. Los jinetes dieron vuelta y se dirigieron en opuesta dirección, creyendo, aparentemente, que Brazos no los habría visto.
—¡Hum! —murmuró Brazos para sí mismo—. Tendríais que ser muchísimo más listos de lo que sois para... Ahora me pregunto cómo diablos llamaréis a una maniobra de esa clase.
Todos los instintos y todas las facultades de observación de un jinete de las llanuras se ampliaron extraordinariamente en Brazos, que frenó a su caballo a corta distancia del grupo de árboles que había visto.
Brazos oyó un sibilante siseo: «¡Toma eso!», y el sonido de algo que parecía como el golpear de una mano enguantada sobre un objeto de metal. Una voz áspera, espesa, torpe por efecto del alcohol, emitió un débil quejido. Luego surgió una respuesta en voz aguda: «¡Pero, Bard, no quiero correr el riesgo...!» La violenta mano enguantada cortó la frase. El nombre que había sido pronunciado sonó para Brazos como si hubiera sido Bard, pero lo mismo podría haber sido Bart o aún Brad.
—¡Eh, caballistas! —gritó Brazos secamente—. Los he visto antes de que me vieran ustedes.
Tras un momento de silencio, Brazos oyó la palabra «tejano» pronunciada en voz baja y significativamente. Luego, uno de los tres hombres surgió de entre los árboles.
—¿Qué importa si nos viste, forastero? —preguntó.
—Nada. Solamente quería que supieran ustedes que no todos los jinetes son sordos y ciegos.
El que había interrogado a Brazos se detuvo a una distancia tal de él, que hacía que sus facciones fueran indistinguibles. Pero Brazos se dio cuenta perfectamente de la madurez que había en aquella voz profunda, de los empinados hombros del desconocido y de su cuello de toro.
—Ha habido varios atracos por estos alrededores últimamente —dijo el hombre.
—¡Ah! ¿Y por eso se comportan ustedes de una manera tan extraña?
—¿Extraña?
—Sí, he dicho extraña.
—Queríamos librarnos de peligros, desconocido.
—¿Sí? Si me han tomado ustedes por un bandido, se engañan.
—Me alegro de saberlo. ¿Quién puede ser usted?
—Soy un vaquero sin trabajo. Estoy cansado y hambriento, y mi caballo cojea.
—¿De dónde es usted?
—De Texas.
—¡Demonios! Hasta un muerto podría decirlo. ¿De dónde viene usted?
—De Montana. Vengo en línea recta como el vuelo de un halcón.
—¿Y qué viene a buscar aquí?
—Señor, si no estuviera cansado y no tuviera hambre, no le perdonaría tantas preguntas.
No voy a ningún sitio concretamente. ¿Qué distancia hay hasta Las Ánimas?
—Para un caballo cansado, toda una noche de camino.
—¿No hay ninguna ganadería por aquí cerca?
—Ninguna. El rancho más próximo es «Sombreros Gemelos», que está a tres millas de la ciudad.
—Perdóneme que le haga tantas preguntas —continuó Brazos con burlona entonación—; pero ¿no pertenecerán ustedes a algún. equipo que se halle dispuesto a dar de comer a un vaquero hambriento?
—Mi patrón no se siente inclinado a favorecer a los caballistas vagabundos.
—¡Ah! Es cierto que hace tiempo que no como, pero no importa mucho. ¿Querrá usted decirme si hay por aquí cerca un poco de hierba para que pueda comer mi caballo?
—Muy cerca de aquí hay hierba buena, desconocido; y si quiere, puede usted dormir en esa vieja casucha.
—Gracias —contestó Brazos secamente.
El corpulento jinete se volvió hacia sus silenciosos compañeros, cuyas siluetas apenas eran discernibles en la oscuridad.
—Vamos, vamos, pronto. Si queremos llegar a Lamar esta noche tendremos que darnos prisa.
La pareja se unió a él, y los tres hombres pasaron junto a Brazos con excesiva rapidez para que pudiera distinguirlos, siguieron en dirección al Norte y pronto se perdieron de vista.
Brazos continuó mirando hacia el lugar por donde los hombres habían desaparecido. Lo que más le sorprendió en aquel momento fue su insaciable curiosidad. Aquellos tres jinetes no habían obrado de una manera disparatada, si se tenía en cuenta el momento y el lugar del encuentro. Tenían tanto derecho a sospechar de él como él lo tenía a sospechar de ellos. Pero parecía haber algo anormal en ellos, algo insincero, algo oculto. Un encuentro con desconocidos en aquellas vastas extensiones no era una cosa infrecuente para Brazos Keene.
Brazos tenía un instinto infalible para reconocer a los hombres deshonestos. Ésta era una de las razones por las que no tenía inconveniente en seguir tantos caminos peligrosos. Era honrado, de espíritu levantisco, hostil para los proscritos, los ladrones de ganado y los ganaderos de mala fe que dominaban en los terrenos situados entre Little Big Horn y Río Grande.
—¡Qué hombre más arisco! —se dijo Brazos meditativamente—. Quería tener la seguridad de que soy forastero. ¿Por qué?, me pregunto. Y si no evitó que uno de los otros hombres hiciera un disparo contra mí... Bien, entonces soy capaz de comerme el sombrero... Y aquello que oí decir con tanta claridad: «Pero, Bard, no quiero correr el riesgo...» Aquello fue un anuncio de su intención. Aquel hombre iba a dispararme un tiro. ¿A qué no quería arriesgarse? Seguramente a que yo pudiera acercarme a ellos. ¡Maldición! Pero había estado tentando la botella. En su voz percibí que había un temblor de alcohol. Y es inútil pretender formarse una idea de lo que habría sido capaz de hacer.
Brazos intentó borrar el incidente de la imaginación. Desmontó, y condujo su caballo hacia el grupo de árboles. Una larga hierba amarillenta de la última temporada abundaba muchísimo en aquel lugar, con lo que Brazos se libró de preocupaciones respecto a su montura; la casucha estaba muy cerca, y Brazos miró a través de la abertura de la puerta.
Había mucha oscuridad en el interior y un olor a sequedad. Brazos despojó al caballo de la brida y de la silla, lo dejó en libertad, trasladó su equipaje al interior y lo depositó sobre el suelo. Luego se registró los bolsillos de cerillas. No tenía ninguna; después anduvo por la habitación con los brazos extendidos hasta que tropezó con un banco hecho de leños. Este banco, cubierto con las mantas de montar, constituiría para él un lecho mejor que a los que últimamente se había acostumbrado. Finalmente, se acercó a la puerta y la cerró. El caballo estaba comiendo hierba en las cercanías. El cielo se había cubierto de nubes oscuras, y el aire frío se había moderado. A Brazos le pareció advertir en él un aroma de lluvia o de nieve. Los coyotes aullaban; unas cuantas hojas secas se arrastraban por el suelo; la negra melancolía del campo semejaba envolver la casucha. A Brazos no le agradaban el lugar, ni la noche, ni aquella desconocida opresión. Pero ¿cuántas veces se había encontrado en aquel mismo estado de ánimo? Se encaminó de nuevo hacia el banco donde, desalentado y hambriento, demasiado descorazonado para que se preocupase de lo que pudiera suceder, excesivamente cansado para continuar pensando, se tumbó y se durmió.
Se despertó a cierta hora de la noche, no supo a cuál. En los primeros momentos creyó despertar de un sueño grotesco y vago cuyos detalles no podía recordar. Tenía generalmente el sueño muy ligero, y no le importaba nada el ser despertado. Pero, después de transcurridos unos momentos, le pareció que la situación era completamente distinta a la habitual. Y prestó atención a las sensaciones exteriores.
Primero oyó un tic, tic, tic de lluvia sobre el suelo. Evidentemente, el tejado de la casucha tenía rendijas por las que se filtraba el agua. Un viento sordo y quejumbroso murmuraba bajo los aleros. La noche era tan oscura, que no le fue posible localizar la puerta ni la ventana. Los ratones roían desperdicios en un rincón. La casucha parecía hallarse impregnada de un olor a humedad, que, naturalmente, debía provenir de la lluvia. j Tic..., tic..., tic...! Los sonidos producidos por las gotas de agua se desvanecieron lentamente en su conciencia.
Desde aquel momento en adelante, durmió inquieto, intermitentemente, atosigado por sueños extraños. Uno de éstos incrementó sus desvelos hasta que, finalmente, al llegar su culminación, le hizo despertarse, empapado en frío sudor.
El alba se acercaba. A través de la ventana, Brazos pudo discernir el pálido azul del cielo. En apariencia el tiempo se había aclarado. Pero de repente... ¡tic..., tic..., tic...! Las gotas de agua eran gruesas, caían lentamente y se ensanchaban al chocar contra el suelo de la casucha, en la que ya había la luz suficiente para que pudiera distinguirse una escalera que conducía al desván. La vieja chimenea amarillenta y el hogar recobraron su forma. ¡Qué sombría y qué tranquila era aquella estancia encuadrada por sus paredes de madera! Brazos se preguntó qué habría sucedido allí. Pero esto no tenía mucha importancia, puesto que no es posible hallar en el Oeste una choza de madera que no tenga su historia, la mayor parte de la cual suele ser negra, violenta y sangrienta.
Un escalofrío le recorrió la piel. El olor a humedad que dominaba en la casucha le picaba en la nariz. ¡Tic..., tic..., tic...! Brazos estaba ya completamente despierto y a punto de ser asaltado y sobresaltado por no sabía qué. Lo mismo que su vista y que su oído, su olfato se había desarrollado de modo anormal por efecto de su vida al aire libre. ¡Tic..., tic..., tic! El olor que Brazos había relacionado con aquel sonido no provenía de la lluvia. Provenía de sangre. ¡De sangre fresca! Brazos pareció quedarse súbitamente helado, con un frío que se le pegó al corazón. Había percibido el olor a sangre humana con excesiva frecuencia para que pudiera engañarse.
Se sentó con un rápido movimiento sobre el lecho y saltó de él. Aquel «¡tic!» provenía exactamente del desván situado sobre el centro de la casucha. Brazos no podía ver las gotas, pero pudo localizarlas por su sonido. Y estiró el brazo, con la mano abierta. A pesar del temple de sus nervios, el pesado y húmedo contacto de la gota sobre la mano le hizo estremecerse. Luego se dirigió hacia la puerta para comprobar, a la débil luz del amanecer, la verdad de su sospecha.
—¡.Sangre! —exclamó con la vista fija en la roja salpicadura que había en la palma de su mano—. ¡Sangre fría y espesa! ¡Hay un hombre muerto en el desván! Aquellos tres hombres de anoche... Brazos, me parece que lo mejor que podrás hacer es largarte pronto de aquí.
Regresando junto al banco, Brazos se limpió la sangre en las mantas de cabalgar y llevó éstas, junto con la silla, hasta la puerta. El alba había creado una luz que tenía un tinte rojizo en el cielo oriental. Y en aquel momento un repetido golpetear de cascos se arrastró como una tormenta empujada por el viento, y un grupo de caballistas detuvo sus cabalgaduras ante la choza.
—Bien! ¡Ya lo suponía! —murmuró Brazos; y saliendo al exterior, dejó caer la silla y las mantas para prestar toda la atención al grupo de jinetes. No necesitó ver los rifles para comprender la posibilidad de que él fuera el objetivo del ataque de aquellos hombres a la casucha.
—¡Manos arriba, vaquero! —conminó una voz seca y severa.
—Ya están arriba —contestó lacónicamente Brazos en tanto que cumplía lo que se le ordenaba. Las pistolas de aquellos hombres, que le apuntaban al pecho, y sus duros rostros, demostraban su decisión. Brazos había visto muchas amenazas de tal naturaleza y había sido objeto de no pocas. La mayoría de aquellos caballistas aparentaban ser vaqueros, pero algunos de ellos, y principalmente el hombre de la voz áspera y del rostro duro, que debía de ser el jefe, parecían ser hombres maduros.
—Desmonta, Stuke; y tú, Segel —ordenó el jefe. Los dos caballistas designados se dejaron caer de las sillas y se colocaron uno a cada lado de Brazos—. ¡Quitadle las pistolas!
Registradle... quitadle todo lo que lleve.
—¡Oiga! —dijo Brazos acaloradamente—. ¡No me quiten esa carta!
—Ten cuidado con lo que haces, vaquero, o te daremos qué sentir... Registrad la casa.
Jim, recoge su caballo.
La indignación de Brazos sustituyó a su fría actitud al ver el rudo despojo que de su preciosa carta se le hacía. Pero comprendió rápidamente que se hallaba en un verdadero peligro, e inmediatamente recobró su habitual frialdad. Observó al grupo de caballistas que le rodeaba para asegurarse de que todos le resultaban desconocidos, y que no eran diferentes a cualquier otro implacable conjunto de jinetes occidentales. En seguida tuvo la seguridad de que ninguno le había visto jamás antes de aquel momento. No había estado en las cercanías de aquel lugar desde hacía seis años, lo que representa un largo período en la infinita extensión de aquella zona.
—¡Bodkin! —llamó un hombre desde el interior de la casucha, con voz extraña.
—¿Qué? ¿Lo habéis encontrado? —preguntó el jefe.
—Sí. Está en el desván. Mande a alguno para que me ayude a bajarlo.
Brazos escuchó, aguzando el oído, los sonidos y las ásperas voces que sonaban en el interior de la choza. Se había cometido un crimen. Y él, Brazos, iba a ser detenido. La situación era muy peligrosa, y la conservación de su vida dependía exclusivamente de su valor y de su ingenio. Tres hombres salieron de la choza portando el cadáver, al cual colocaron sobre la hierba. La mirada turbada de Brazos se fijó sobre un hermoso joven que apenas tendría veinte años. Por su aspecto parecía un vaquero, y tenía el cabello negro y la tez morena.
Le habían disparado un tiro por la espalda. Tenía todos los bolsillos vueltos al revés.
—¡Allen Neece! —exclamó Bodkin con sorpresa. No esperaba, evidentemente, hallar al propietario de tal nombre.
—Lo han asesinado por la espalda.
—¡Le han robado!
—¡Es un asesinato a sangre fría!
—Bod, creo que no necesitamos más para colgar a este hombre.
Éstos y otros parecidos comentarios acariciaron los oídos de Brazos y provocaron una advertencia de Bodkin: —Vaquero, quedas detenido.
—¡Diablo! No soy sordo ni ciego —contestó Brazos irónicamente—. ¿Puedo preguntar quién es usted?
—Soy el agente Bodkin, de Las Ánimas, y estoy a las órdenes de Kiskadden.
—¿De qué se me acusa?
—De asesinato.
Brazos rió sonoramente.
—Pero, hombre de Dios, ¿está usted loco? ¿Cree usted que estoy loco o borracho?
—Me parece que no.
Bodkin clavó una aguda mirada en Brazos.
—¿Le parezco a usted un hombre capaz de asesinar a un joven por la espalda, robarle y quedarme en el mismo lugar en que haya cometido el asesinato para que venga a buscarme y detenerme la autoridad?
—No puede decirse nunca por su aspecto lo que un vaquero será capaz de hacer.
—¡Ah! ¡No podrá decirlo usted, diablos! —replicó Brazos desdeñosamente mientras dirigía una mirada de burla a Bodkin y a sus hombres—. ¿Qué clase de hombre del Oeste es usted?
La actitud desdeñosa de Brazos, su valor frío ante aquella situación tan crítica, impresionaron a algunos de los caballistas.
—Bod, pido que se juzgue con justicia a ese hombre —dijo uno de ellos.
—Presenta un aspecto muy curioso este asunto —comentó otro Kiskadden se ha puesto muy exigente en los últimos tiempos. Lo mejor será que actúe él mismo de juez.
—Bueno; si ustedes creen que no debemos ahorcarle inmediatamente, nos lo llevaremos a la ciudad —contestó Bodkin con desgana.
—Oiga, señor agente —dijo Brazos aprovechando la ocasión favorable que se le presentaba—. Anoche, cuando acababa de hacerse oscuro fui detenido por tres hombres. Antes vi que intentaban esconderse con sus caballos detrás de aquellos árboles. Uno de ellos iba a dispararme un tiro, cuando otro le sujetó el brazo. Recuerdo con seguridad su voz y el nombre que dio a aquel hombre... Pues bien, los llamé y uno de los hombres se me acercó. No importa nada lo que me dijo. Pero, ¡por todos los diablos!, su treta me parece muy clara ahora. Se marcharon, dejé mi caballo en libertad y me acosté en esa choza. Me desperté varias veces durante la noche y oí lo que me pareció que sería el ruido de gotas de lluvia al filtrarse por el tejado. Me desperté poco antes del amanecer y oí el mismo ruido: ¡tic..., tic..., tic...! Y entonces noté olor a sangre. Me levanté, recogí en la mano algunas gotas (me caían... Eran gotas de sangre. Estaba sacando mi silla al exterior, cuando llegaron ustedes.
—¡ja, ja, ja! —rió Bodkin con estudiado desdén—. Y ¿qué camino pensabas seguir, Vaquero?
—Iba a ir a toda velocidad a Las Ánimas, señor agente Bodkin. Podría usted jugarse la vida a que es cierto —replicó Brazos.
¿Supones que voy a creer esa historia?
—No me importa ni un rábano que la crea usted o no. Se la he contado... y eso es todo.
Ése es mi modo de insinuar las cosas.
—Oye: soy un oficial de la ley, y tú eres uno de esos camorristas borrascosos de que están excesivamente poblados estos terrenos.
—¡Se engaña otra vez, oficial! Puede tener el apoyo de la ley, pero no es usted muy listo.
No me niego a que se me detenga. Pero soy inocente de la acusación que se me hace. Quiero que se me juzgue en justicia y que se me concedan los medios de demostrar mi inocencia. Y, lo que es aún más importante, si me conociera usted, desearía estar completamente seguro de la verdad de sus acusaciones antes de hacerlas.
¿Sí, eh? ¿Por qué no nos dices, antes que nada cuál es tu nombre y tu estado legal en el Colorado?
Brazos no contestó a las palabras del agente y empleó los minutos siguientes en hacer un largo escrutinio de los miembros de su pelotón. Le pareció muy significativo el que dos de los que se hallaban al fondo se apresurasen a ocultarse tras los que se encontraban en primera fila —Bod, no puede ahorcarse a este hombre con tan pocas pruebas —dijo el miembro del pelotón que había hablado antes con voz lenta.
—¿Por qué no? ¿Porque tú también eres tejano?
—Por lo que a eso se refiere, ya sean culpables o no, no se ahorca con frecuencia a hombres en Texas. Creo, por mi parte, que ese vaquero es tan inocente como yo del crimen de que se le acusa. Y es posible que no sea yo solo quien lo cree. Si lo ahorcas, Kiskadden se indignará. Y si sucediera que el ahorcado es inocente y se descubriera que no es culpable...
Durante el breve tiempo en que este diálogo se produjo, Brazos observó a ambos hombres: al tejano de rostro cetrino y cabellos amarillentos, cuya expresión y cuyas palabras eran significativas, y al moreno Bodkin, de frente renegrida, de mirada huidiza, que se indignaba al oír la fría exposición de su oponente, y en el que se apreciaba una agitación que no estaba justificada por los hechos que hasta entonces se conocían.
—Muy bien, Inskip —replicó Bodkin con mal contenido enojo—. Le llevaremos ante Kiskadden... Dejadle que monte su caballo. Y si intenta escapar, voladle los sesos de un tiro.
Los captores de Brazos lo empujaron hacia delante. Bay había sido encontrado y ensillado. No le agradaba aquel grupo de hombres y mordió duramente el freno. Brazos montó. El cadáver del joven Neece fue colocado sobre una silla y cubierto por un trozo de lona embreada. El propietario de aquel caballo se quedó a su lado, dispuesto a recorrer el camino a pie, por lo que Brazos supuso que no deberían hallarse lejos de Las Ánimas. La comitiva se puso en marcha a los pocos instantes llevando a Brazos en su centro., Durante unos minutos Brazos estuvo demasiado ocupado en inspeccionar los rostros de los hombres del pelotón para que pudiera cuidarse de apreciar la configuración y las características del terreno. Cuando miró hacia delante, más allá de los hombres, vio el río Purgatorio, que se alejaba retorciéndose a través de una campiña que todavía recordaba bien.
En el extremo oriental, la hoguera del sol saliente brillaba en el horizonte e inundaba la tierra de una luz suave y rosada. Una inmensa pradera gris se extendía ondulantemente en dirección al Norte. Las manchas aisladas de unas reses y los grupos constituidos por otras dominaban el paisaje. Unas columnas de humo se elevaban sobre el verdor de los campos, y unas casas, blancas o rojas, indicaban la situación de Las Ánimas. Evidentemente, la población había crecido mucho desde la última «estancia de Brazos, seis años antes, o acaso algo más. En aquella época el ferrocarril en construcción apenas había llegado hasta ella.
Brazos preguntó al jinete que se hallaba a su izquierda cuál era la población de Las Ánimas, pero no recibió respuesta alguna. El pelotón parecía compuesto por hombres ariscos y poco inclinados a hablar.
—Oiga, compañero —dijo dirigiéndose al joven que marchaba a su derecha—, ¿es muy grande Las Ánimas ahora?
—Es una ciudad muy grande. Creo que tiene unos dos mil quinientos habitantes —contestó el otro cortésmente.
—¡Demonios! ¡Eso es casi una gran metrópoli! ¿Continúa siendo ciudad abierta, como siempre fue?
—Por completo. Solamente estoy allí desde hace un año. Según dicen, ahora se ha detenido su desarrollo.
Bodkin se volvió y dirigió una mirada de reconvención al joven caballista.
—¡Cállate! Ese hombre va detenido por asesinato.
El conocido fuego de la camorra corrió a lo largo de las venas de Brazos, que tuvo que morderse la lengua para abstenerse de replicar con violencia. Pero se aguantaría en aquella ocasión. Había visto innumerables occidentales del mismo carácter que aquel Bodkin. Su conocimiento de ellos se emparejaba con su desprecio. En Las Ánimas habría hombres que se acordarían de Brazos Keene y que darían una buena lección al fanfarrón agente.
La cabalgata marchaba a un trote lento y, finalmente, llegó a un lugar que era extrañamente familiar a Brazos. El joven identificó una arboleda de algodoneros que se extendía hasta muy lejos a ambos lados del río. Había acampado allá en muchas ocasiones. La única variación consistía en que la silvestre rusticidad de la campiña había sido quebrantada por la instalación de un rancho que habría llenado de alegría la mirada de cualquier vaquero.
Una casa ranchera, bala, de tejado rojo y rojos muros de adobe se erguía tras la orilla norte del río, y bajo ella, donde los algodoneros se precipitaban en dirección al valle, se extendían cercados y cobertizos, cuadras y graneros en pintoresca confusión. Las manadas de caballos en los campos, los montones de alfalfa y los hatos de reses que moteaban el valle y las pendientes inmediatas, daban fe de la prosperidad de algún ganadero.
—¡Demonios! —exclamó Brazos con la entusiástica vehemencia que le caracterizaba—.
¿A quién pertenece ese rancho?
Inskip, el tejano que marchaba al lado izquierdo de Brazos, más allá del hombre a quien Brazos había dirigido la pregunta, decidió contestarle.
—Ese rancho se llama «Sombreros Gemelos» —contestó con voz perezosa, que denotaba algo más que su deseo de informarle—. Ahora es propiedad de Raine Surface, que posee unas ochenta mil cabezas de ganado con la marca de «Sombreros Gemelos». Antes pertenecía a Abe Neece, el padre del joven cuyo cadáver llevamos a la población. Abe vive todavía, pero está completamente trastornado por la pérdida del rancho.
—¡No es extraño! —exclamó Brazos con sentimiento—. ¡Demonios! Prefiero ser un vaquero sin trabajo antes que encontrarme en su situación.
Bodkin se dirigió nuevamente a él con una expresión maligna impresa en el semblante.
Antes de la puesta del sol, serás solamente un vaquero colgante de una cuerda.
—¿Sí? —dijo Brazos con su fría lentitud habitual—. Bodkin, sé bien que en el caso de que no me encuentre pendiente de una cuerda no será gracias a los buenos oficios de usted.
En aquel momento sucedió que la cabalgata encontró, al llegar al cruce de la carretera con el camino del rancho, un sexteto de caballistas, algunos de ellos vaqueros, que detuvieron sus cabalgaduras ante el pelotón. Brazos vio que dos de los jóvenes jinetes eran mujeres, y la sangre le hirvió de indignación. Su naturaleza, orgullosa y bravía, se rebeló ante la iniquidad a que Bodkin le sometía.
—¿.Qué sucede, Bodkin? —preguntó el jefe de los recién llegados.
—Buenos días, señor Surface —replicó Bodkin, tanto dándose importancia como mostrando servilismo—. Hemos detenido a un vaquero acusado de asesinato. Hemos encontrado las pruebas acusatorias.
—;Asesinato! ¡Qué horror! ¿Quién es el muerto?
—No es otro que el hijo de Abe Necee...
El joven Allen Neece.
—¡Apártense! —ordenó Surface.
Un momento más tarde, únicamente unos cuantos metros se interponían entre el ranchero y Brazos. Para Brazos, aquello constituía sólo uno de esos encuentros de que estaba llena su vida. Y puso sobre Surface la mirada, que hasta entonces se había entretenido en la contemplación de las dos mujeres, la mayor de las cuales tenía el cabello tan rojo como una llama, el rostro sorprendentemente hermoso y unos ojos gris azulados que se hallaban dilatados por el horror.
—¿Quién eres? —preguntó Surface con intensa curiosidad, en la cual no había ni un ápice de simpatía.
Brazos miró largamente al ranchero. Uno de los dones que el vaquero poseía con más potencia era una perspicacia muy grande, casi sobrehumana. Ya había pasado el tiempo de su accidentada existencia en que solía desconfiar de tan peculiar facultad. Surface estaba incluido en la categoría de los hombres occidentales que habían dejado de pertenecer hacía mucho tiempo a la clase de los colonizadores de corazón abierto, ojos de águila y rostro franco a quienes Brazos reverenciaba.
—Eso es cosa que a usted no le importa —contestó Brazos fríamente.
—Vaquero, soy Raine Surface, y me importa todo lo que se relacione con esta región —replicó el ranchero, que estaba ostensiblemente irritado.
—Lo supongo. ¿Es un compinche de usted este fanfarrón Bodkin?
La acerada e inesperada respuesta desconcertó a Surface y provocó una carcajada de Bodkin.
—Fui yo quien colocó a Kiskadden como jefe de policía —dijo secamente el ranchero, con lo que expuso un hecho que Brazos creyó que no tenía necesidad de mencionar—. Y recomendé a la Asociación de Ganaderos que nombrase oficiales que nos ayudasen a librar estos terrenos de desesperados, ladrones de ganados... y vaqueros camorristas.
—¡Me intimida usted, señor Surface! —dijo burlonamente Brazos.
—¿Cómo te llamas?
—No le aconsejo que vaya a la ciudad para averiguarlo. Podría suceder que usted y su sheriff alquilado sufrieran alguna desilusión...
—¡Eres un tejano insolente y golfo! —bramó Surface, a quien evidentemente le dolía que fracasase su propósito de que se le concediera la importancia que estimaba justa.
—¡Oiga, oiga, Surface! —gritó Brazos con voz seca y potente que obligó a sus oyentes a aguzar el oído Soy tejano, tejano de la clase de los que jamás olvidan los ultrajes ni las injusticias. Usted no es un verdadero occidental, puesto que actúa como consejero de una Asociación de Ganaderos... Un verdadero occidental, un ganadero de corazón noble, no pretendería condenarme sin pruebas. Ha aceptado usted sin vacilar la palabra dé ese Bodkin...
Si Bodkin no tiene alguna razón para imputarme el crimen que he cometido, seguramente está deseando ahorcar a alguien, sea quien sea... Y sucede que soy un granuja capaz de asesinar por la espalda a un joven para robarle... Y, tráguese esto, señor Surface: lamentará usted el día en que se atrevió a ofender a un vaquero, a un golfo que solamente deseaba encontrar trabajo.
El silencio que siguió a las acaloradas palabras de Brazos fue roto por Inskip.
—Surface —dijo al pálido ranchero—, usted es nuevo en estas tierras. Todos los ganaderos de Kansas necesitan que se les recuerde con frecuencia que esto es el Oeste del Colorado, es decir, la frontera de Nuevo Méjico. Y es posible que el poco tiempo que lleva usted viviendo aquí sea la causa de que no conozca lo que esto significa. De todos modos, Bodkin, lo menos que podría hacer sería conceder a este joven los beneficios de la duda.
—Bodkin dijo que tenía pruebas —replicó con impertinencia Surface—. He aceptado su palabra.
—Los tejanos siempre van unidos —le interrumpió el agente poniendo una doble intención en la frase—. Inskip quería que no fuéramos en busca del asesino. Tenía, sin duda, alguna corazonada... En verdad, yo no quería que fuera con nosotros.
—Bodkin, voy a hacerle una advertencia —exclamó Inskip en un tono de voz que llenó de alientos y esperanzas a Brazos—. Kiskadden es tejano. Es posible que no lo supiera usted...
En aquel punto, cuando parecía inminente una discusión acalorada, la muchacha del cabello rojo acercó su caballo al de Surface.
—Papá, no hables más —le imploró—. Debe de haberse cometido un error. Ese vaquero no ha matado a Allen Neece.
—¡Lura, no te metas en estas cosas! —replicó su padre nerviosamente.
—Señor Surface, tenemos que marcharnos —dijo Bodkin; y dio a sus hombres la orden de que continuaran caminando.
Antes de que el grupo de caballistas se hubiera cerrado en torno a él, Brazos dirigió a la muchacha una mirada intensa y una sonrisa de gratitud por su defensa. Los grandes ojos de la joven, todavía plenamente abiertos, parecieron absorberlo. Luego, la cabalgata se puso en marcha. Brazos recobró muy pronto la serenidad. Inmediatamente pensó que la situación había alcanzado un grado de irritante complejidad. Y maldijo su suerte. Ya era bastante malo el haber caído en un estado peligroso; no había necesidad de hacerlo más peligroso aún.
Destruiría las acusaciones y en el mismo instante en que se le pusiera en libertad se alejaría de Las Ánimas.
Antes de que hubiera dado algunos pasos, un chocar de cascos y una llamada a Bodkin detuvieron a los jinetes. El ranchero, Surface, los había seguido.
—Quiero hablar unas palabras con usted, Bodkin —dijo en tanto que detenía el caballo.
—Con mucho gusto, señor Surface —contestó el agente, apresurándose a salir del grupo.
—Acerca de esa demanda mía contra... —comenzó diciendo en tono enfático. Pero Brazos tomó nota mentalmente de que esto fue todo lo que pudo oír. Surface y Bodkin se alejaron hasta donde no pudieran ser oídos por los demás hombres. Brazos no dejó de observar nada de lo que sucedía. Los dos caballistas encargados de la ingrata misión de mantener el cuerpo del muerto sobre la silla y de cubrirlo, lanzaron unas maldiciones al ver aquella segunda pérdida de tiempo. Cuando Brazos se volvía para mirar de nuevo hacia delante, su mirada se cruzó con la de Inskip, en cuyos profundos ojos grises relampagueaba un brillo acerado que sólo podía ser interpretado de un modo. La sangre de Brazos se enardeció repentinamente, y luego pareció enfriarse con la misma rapidez. Aquel alto entrañaba un mal presagio para él. La vista de Bodkin, cuando regresó de su corto coloquio con Surface, sirvió para prevenirle contra lo inesperado y lo peor.
Pero Bodkin se puso a la cabeza de la cabalgata sin pronunciar más palabras que las precisas para ordenar que se reanudase la marcha. Su tirantez parecía haberse comunicado a todos los demás. Inskip se quitó la gruesa chaqueta y la colocó sobre el arzón; era un acto que Bodkin habría considerado provocador si lo hubiera visto. Toda la atención de Brazos se concentró en la visión de las culatas de las dos grandes pistolas que sobresalían del cinturón de Inskip. Estas armas hablaban un lenguaje tan claro para Brazos como la llamarada gris que brillaba en los ojos de su propietario.
Las afueras de la ciudad de Las Ánimas Fe hallaban ya muy cerca, al otro lado de un puente que cruzaba un arroyo que iba a desembocar alborotadamente en el Purgatorio. Los robles y los algodoneros festoneaban la orilla occidental.
—Deteneos aquí —ordenó Bodkin en tanto que obligaba a girar a su caballo—. Inskip, vete a la población para dar parte.
El tejano no respondió ni se movió para cumplir la orden que se le comunicaba.
—Segel —continuó Bodkin—: tú y Bill esperaréis aquí con Neece. El resto de vosotros, venid conmigo. Y se volvió para alejarse de la carretera.
—Inskip —dijo repentinamente, mientras volvía a detenerse—: ¿No te enteras de lo que se te ordena?
—No, cuando no me conviene —replicó Inskip—. ¿Qué va usted a hacer, Bodkin?
—Voy a dejar terminada esta cuestión ahora mismo —contestó el agente con enojo—. Y si no quieres que quede lesionado tu orgullo de tejano, lo mejor que podrás hacer será no ver lo que va a suceder.
—Soy muy sensible; eso es lo que sucede —dijo Inskip lentamente.
Brazos comprendió cuál era la jugada que se preparaba y cuán pequeñas eran las probabilidades que tenía de salvar la vida. Estas probabilidades se encarnaban en Inskip.
Durante un horroroso momento Brazos se vio precisado a luchar contra la opresión de su corazón y contra las nieblas enloquecedoras que se apoderaban de su pensamiento. A este estado sucedió otro de desesperado esfuerzo de voluntad, de valor, durante el cual el joven vaquero discurrió acerca de sus ilimitados recursos, de los recursos que había utilizado al hallarse en situaciones tan peligrosas como aquélla, que eran las que le habían servido para engendrar la inextinguible llama de su espíritu. Tenía que haber una ocasión para él, tenía que presentársele; y cuando así sucediera, Brazos debería aprovecharla con la rapidez del relámpago.
Bodkin dirigió la caravana hacia la orilla oeste del río. Los árboles y las rocas obligaron a deshacer la formación de la partida. La aguda mirada de Brazos percibió que el jinete que marchaba detrás de Bodkin se inclinaba hacia delante para desatar el lazo de la silla. Llegaron a un terreno despejado y rocoso, donde se erguía un viejo algodonero de anchas ramas. Brazos se había encontrado en otra ocasión bajo aquel mismo árbol.
—Desplegaos —ordenó a gritos Bodkin—. Traed aquí el caballo de ese vaquero.
Se produjo un golpetear de herrados cascos sobre las rocas, y el caballo de Brazos mascaba el freno al cabo de un momento bajo una de las ramas más largas del algodonero.
Todos los hombres se encararon con Brazos, que tenía el rostro pálido y la boca nerviosamente apretada.
—Patrón —dijo uno de los hombres roncamente—: Tengo que decirle que quiero marcharme de aquí. Esto es demasiado puerco para mi estómago.
—¡Márchate, pues! ¡Vete aprisa! —replicó el jefe.
—Voy a hacerlo. Vamos, Ben. No nos hemos unido a esta partida para ver cómo se ahorca a un hombre que no se ha demostrado que sea culpable.
El delgado jinete a quien se dirigían estas palabras salió del grupo.
—Bodkin —dijo con violencia—, tienes .:demasiado interés por celebrar esta fiesta. Frank y yo nos vamos.
—¿Sois cobardes, eh? —gritó el agente, al ver que la pareja se alejaba—. Muy bien. Lo tendré en cuenta.
—Oiga, Bodkin —le interrumpió Inskip—, ¿ha venido usted hasta aquí para cambiar de modo de pensar tan pronto como se ha encontrado con Surface?
—¡Vete al infierno, Inskip! —gritó el jefe del grupo al oír las sarcásticas palabras que se le dirigían. Sin embargo, no podía decirse que fuera la cólera lo que hacía que su rostro rojizo y feroz se cubriese de palidez.
Brazos leyó en los ojos de Inskip lo que el jefe de la partida no pudo ver. Y esto fue precisamente lo que le infundió nuevos ánimos y esperanzas. El tejano debía de tener una carta de triunfo en la manga; pero Brazos solamente podía ver dos posibilidades desesperadas de salvación, una de las cuales tenía la seguridad de que había de presentarse.
—¡Échale el lazo, Barsh! —ordenó Bodkin burlonamente. Se dirigió a un esbelto jinete cuyo rostro estaba ensombrecido por el ala del ancho sombrero. El jinete tenía en las manos una cuerda enrollada. La tiró hacia lo alto, y la cuerda se extendió, se estiró; su lazo cayó sobre la cabeza de Brazos, y resbaló hasta quedar detenida en sus hombros. Un nuevo movimiento, y la cuerda se cerró en torno al cuello del vaquero. El contacto del duro cáñamo contra la piel desnuda de su cuello sirvió .para que Brazos pusiera en libertad al demonio que hasta entonces había estado reprimido en su interior. Brazos jamás había sufrido una ignominia como aquélla en su accidentada vida, jamás había sido víctima de un ultraje semejante a manos de la ley de la frontera. Barsh se .acobardó visiblemente.
—¡Desmontad, todos vosotros! gritó Bodkin con voz estridente, en tanto que desmontaba él mismo y dejaba el rifle apoyado en el tronco del árbol—. Barsh, tira la cuerda por encima de aquella rama.
—¡Alto!
Esta orden brotó de la garganta del tejano. Inskip extendió un brazo para evitar que Barsh pudiera ejecutar lo que se le ordenaba.
—¡Eh! ¿Cómo...? —gruñó rudamente Bodkin mientras dirigía a Inskip una mirada colérica.
Inskip era el único de los hombres, además de Brazos, que no había desmontado. Los demás habían dejado a un lado los rifles y las pistolas para agruparse detrás de Barsh y terminar pronto de realizar la repugnante tarea que se les ordenaba.
—Bodkin —dijo—, es posible que ese vaquero tenga madre o novia, y que quiera enviarles algún mensaje antes de morir.
—¡Infiernos! ¡Que lo diga pronto, si quiere!
—Vaquero, ¿quieres decirme quién eres y a quién quieres enviar algún mensaje? —preguntó con calma Inskip.
—¡Sí! Pero no quiero que lo oiga ese granuja.
—Bien, en ese caso, puedes decírmelo a mí solo —contestó Inskip; y aproximó el caballo hacia el de Brazos.
—¡Oye, Inskip...! ¡No te acerques tanto! —aulló Bodkin.
El tejano se inclinó y dijo a Brazos en voz baja y rápida:
—¡Coge mis pistolas! Pero no mates más que en el caso de que sea absolutamente preciso.
Las manos de Brazos, que parecían dos garras, se movieron con gran rapidez. En el momento en que el vaquero agarraba las dos pistolas, Inskip espoleó su caballo y se alejó del grupo.
—¡Quietos... todos! —gritó Brazos en tanto que apuntaba con las dos pistolas a Bodkin y a su atemorizado y sorprendido pelotón.


II
Brazos oyó cómo el caballo de Inskip corría sobre las rocas y terminaba introduciéndose en el río. El tejano se dirigía a toda marcha a la ciudad. El rostro de Bodkin se había cubierto de una horrible lividez. Barsh se estremeció y soltó la cuerda. Los demás hombres permanecieron completamente quietos, esperando que aquellas dos amenazadoras armas comenzasen a vomitar fuego y muerte.
—¡Manos arriba! ¡Volveos todos de espaldas! —ordenó Brazos con voz fría—.
Bodkin, ordene a sus hombres que vuelvan a montar sus caballos. Cualquier movimiento en busca de las armas significará que el primero que morirá será usted.
—Compañeros..., no puedo hacer nada... —dijo sombríamente el agente—. Por amor de Dios..., no cojáis las armas... ¡A caballo!
Mientras montaban con rapidez, Brazos cogió el lazo con la mano izquierda y lo enrolló sobre el arzón.
—¡Marchaos todos...! Usted irá el último, Bodkin. Y cuando lleguemos a la carretera, ordene a Segel que se adelante con su compañero.
Cuando los jinetes salieron de la arboleda, Bodkin llamó a los dos hombres que conducían al muerto.
—Adelantaos, compañeros..., ¡y no miréis atrás!
Es posible que solamente transcurrieran unos pocos momentos, del mismo modo que es posible que pasase mucho tiempo antes de que la extraña cabalgata llegase a las puertas de Las Ánimas; Brazos jamás lo supo. Pero una vez que empezaron a entrar en la ciudad, el vaquero hizo una profunda inspiración, se sentó del todo en la silla de montar y apoyó sobre una rodilla la mano en que llevaba la pistola. Bodkin apreciaba su atezada piel lo bastante para no intentar hacer movimiento alguno que pudiera ponerla en peligro; y sus hombres no habían tenido tampoco intención alguna de provocar una situación fatal.
La ancha calle mayor de Las Ánimas era familiar a Pecos, a pesar de los muchos edificios nuevos que la componían. La población de Las Ánimas se había duplicado en cinco años. Junto a las viejas casas de madera gris y de adobes rojizos se elevaban otras más nuevas y de aspecto mucho más imponente. La mirada de Brazos se posó sobre un letrero: Joe, el Mejicano, Tamales calientes. El corazón del joven se agitó. En el caso de que Joe saliera de su establecimiento en aquel instante, se produciría una escena, la del reconocimiento de Brazos, que desconcertaría a Bodkin y a los hombres de su pelotón. Pero Joe no fue uno de los muchos que presenciaron el paso de la desacostumbrada cabalgata a través de la calle.
Brazos se dio cuenta de que la multitud crecía rápidamente tras él. Antes de que hubieran pasado ante media manzana de casas, el joven vio a su izquierda una casa y una muestra que no estaba allí en los días en que Brazos pasó últimamente por la ciudad. El sheriff y la cárcel habían hecho su aparición en Las Ánimas.
—¡Agrupaos, y quietos todos! —gritó Brazos. Una rápida mirada fue suficiente para que pudiera apreciar que se esperaba algo desacostumbrado, bien fuese él o cualquiera otra cosa. Muchos hombres se agruparon en los alrededores del edificio, y ante él se encontraba un hombre más; era alto, y estaba descubierto, en mangas de camisa. Tenía una estrella plateada en el negro chaleco. Se hallaba de costado a la dirección de la calle. Cuando Brazos se aproximó al hierro que se utilizaba para atar a los caballos, pudo ver que el hombre tenía el rostro arrugado, unos ojos agudos y penetrantes, los labios delgados, la boca apretadamente cerrada y una barbilla abultada. Texas estaba escrita en todos los rasgos del notable rostro.
—Bien, Bodkin —dijo lentamente con voz fría y vibrante—; ha salido usted de noche sin que nadie se lo ordenase, y vuelve con un hombre muerto, que preside su desfile, y un vaquero que no puede dudarse de que está vivo y de que le apunta a la espalda con sus pistolas... ¿Qué diablos de clase de agente es usted?
—Jefe..., he detenido a este vaquero... por asesinato... —resopló Bodkin—. Y ése..., Inskip..., me hizo traición...
—¡Cállese, Bodkin! —le interrumpió Brazos—. Todavía no se me han pasado las ganas de taladrarle... Y si no lo he hecho antes, ha sido solamente por respeto a este señor oficial.
—Dime lo que tengas que decir, vaquero —dijo el hombre de la estrella.
Brazos no había visto en toda su vida unos ojos de halcón tan claros como aquellos con los que el tejano le observaba.
—¿Es usted Kiskadden? —preguntó Brazos.
—Sí —respondió el otro secamente.
—¿Le ha dicho Inskip lo que ha sucedido?
—Me dijo que sería muy probable que vinieran todos ustedes, pero debo confesar que no tenía mucha confianza en que viniera usted.
—Sheriff, ¿está usted dispuesto a tratarme en justicia?
—Puedes tener la seguridad de que así será, vaquero. Soy el representante de la ley.
—¡Dios mío! ¡Cuánto me alegro de poder deshacerme de estas cosas! ¡Tome!
Brazos arrojó al aire diestramente las dos pistolas y las recogió por los cañones; acto seguido se las entregó al sheriff.
—Sheriff —continuó—, no he tenido muchas ocasiones en mi vida en que el empleo de las pistolas haya estado tan justificado como en ésta. Pero cuando Inskip me facilitó la ocasión de apoderarme de ellas, me dijo que no disparase más que en caso de extrema necesidad. Por eso me he limitado a intimidar a su agente y al pelotón que le acompaña.
—Comprendo. Pero una vez que conseguiste intimidarlos, ¿por qué no huiste en otra dirección, en lugar de venir a afrentar a mis subordinados del modo que lo has hecho?
—Lo siento mucho, pero soy tejano.
—Lo he podido apreciar hace mucho tiempo. Continúa. ¿Por qué has venido?
—Anoche fui detenido por tres hombres allá arriba. Después le diré, a solas, del modo tan extraño que obraron, lo que hablaron y cómo me engañaron... Eran las primeras horas de la noche. Yo sentía frío y cansancio. Mi caballo Bay estaba cojo. Por esta causa, cuando los tres hombres se alejaron, entré en la choza para dormir. Al llegar la mañana descubrí que había estado durmiendo con un muerto. Y apenas había salido a la puerta, cuando llegó Bodkin acompañado de su pelotón. Yo no tenía ni siquiera la más ligera idea de lo que intentaban hacer; y ya me tenían apuntado con las pistolas cuando pude descubrirlo. Bien; finalmente, me detuvieron como autor de la muerte del hombre a quien encontraron en la choza, que tenía un tiro disparado— por la espalda. Sheriff, puede usted apostar la vida sin peligro de perderla a que lo mismo aquellos tres hombres que Bodkin y su pelotón sabían nueve horas antes que yo que había un joven muerto en la choza... Yo no podía hacer nada más que entregarme y acompañar a Bodkin. Y lo hice. Bodkin es un hombre arisco y un agente muy raro... En los primeros momentos no tenía el propósito de ahorcarme. Pero se detuvo en aquel rancho de allá, «Sombreros Gemelos», cuando nos , encontramos con Surface, su propietario. Y desde el mismo momento en que habló con Surface, Bodkin se empeñó en ahorcarme. Inskip comprendió lo que iba a suceder e intentó convencer a Bodkin a fuerza de razones. Pero no es posible razonar con un hombre que tiene una cabezota como la de un toro, que es un fanfarrón, que está deseoso de adquirir notoriedad y que se ha empeñado en ahorcar a un inocente. Cuando vio que el nudo de la cuerda me rodeaba el cuello, Inskip se acercó a mí, de modo que pude apoderarme de sus pistolas. Estas pistolas me han servido para salvarme la vida, sheriff; soy inocente y puedo demostrarlo. Quiero que mi buen nombre sea reivindicado. Por eso es por lo que he corrido el riesgo de obligar a su pelotón a venir aquí..., donde me entrego a usted.
—¿Quién eres, vaquero? —preguntó Kiskadden escrutadoramente.
—Esperaba que tendría que contestar a esa pregunta —contestó de mala gana Brazos—.
Hace seis años que no he estado en Las Animas. Pero todavía habrá aquí hombres que quieran responder de mí.
—Perfectamente. Apéate, vaquero... Bodkin, parece que está usted reventando de ganas de exponer su versión de la historia... Acaso sería preferible que se contuviera usted y callara...
—¡Diablos! —le interrumpió el agente—. Espere usted hasta que diga lo que tengo que decir. Ese vaquero es un charlatán muy hábil. Apostaría cualquier cosa a que al fin resultará ser un granuja, un desesperado... Y hay mil probabilidades contra una de que sea él quien asesinó al joven Neece.
—¡Neece! ¿No será el joven Allen Neece, verdad? —exclamó Kiskadden, perdiendo la serenidad.
—Sí, el hijo de Abe Neece.
—¡Ah! ¡Qué lástima!. ¡Qué pena! —comentó profundamente conmovido el sheriff—. ¡Como si el pobre Abe Neece no tuviera ya bastantes sinsabores!
—Sí, es una lástima, patrón, una gran desgracia. Va a ser un golpe muy duro para las dos hermanas gemelas de Allen. Esas dos jóvenes le quieren con delirio.
—Id a buscar a Neece y decidle que venga —terminó Kiskadden; y cogiendo a Brazos de una mano entró con él en su oficina.
—¡Ah, oiga, sheriff! ¿Quiere usted hacer el favor de ordenar que se encargue alguien de cuidar a mi caballo? Y Bodkin me ha quitado la pistola, el reloj, la navaja... y una carta particular. Es todo lo que poseo..., y la carta es de gran importancia para mí.
—Acepto personalmente la responsabilidad de que se atienda a tu caballo y de que no se pierdan tus pertenencias, vaquero.
—Muchas gracias. Eso me quita un gran peso de encima. Y, una cosa más —añadió Brazos bajando la voz para que no pudieran oírle los hombres que conducían al interior de la casa el cadáver de Neece—. Creo que esa carta podría probar mi inocencia. La recogí ayer en Latimer, que, como sabe usted, está a mucha distancia de aquí. Y si no me engaño, lo que no es probable, porque he visto muchos hombres muertos, el joven Neece fue asesinado ayer, durante el día. Haga investigaciones, sheriff, y compruebe lo más exactamente que pueda a qué hora le mataron. Y lo digo así, porque todo parece indicar que se trata de un asesinato.
—Eres un hombre sereno —dijo con admiración Kiskadden—. Comienzo a simpatizar contigo. Eres de Texas, ¿no es cierto?
—Así es. Nací en Uvalde.
—¿Qué edad tienes?
—Veinticinco años.
—No los representas. ¿Tienes parientes vivos?
—Los tenía... hace pocos años. Pero últimamente he sido demasiado desgraciado para que quisiera escribir a mi casa.
—¿Eres honrado, vaquero?
—¡Lo soy, sheriff! —contestó con pasión Brazos en tanto que sostenía indeclinablemente su mirada ante la de los penetrantes ojos grises en que parecía adivinarse una sombra.
—Bueno, te he prometido tratarte en justicia —concluyó Kiskadden—. Ven conmigo.
Tendré que encerrarte en un calabozo.
Un pasillo se abría ante el despacho. Kiskadden abrió la primera puerta de la derecha, que daba entrada a una desnuda y pequeña habitación en la que había una ventana enrejada.
Lo único que la estancia contenía era un camastro. Kiskadden precedió a Brazos y se detuvo a la entrada.
—Hay una cosa que me disgusté, vaquero: en el caso de que seas inocente —y Inskip jura que lo eres —y de que me sea posible demostrarlo, es posible que tú experimentes algún rencor contra Bodkin y los hombres de su pelotón.
—¡Diablos! También me preocupa eso —replicó Brazos con calor en tanto que se sentaba ruidosamente sobre el camastro—. ¿Bodkin? Ni siquiera me acordaría de él... Y ese Barsh que me puso la soga al cuello... ¡El único hombre que lo ha hecho...! Pero, Kiskadden: me interesarán mucho más los tres hombres que me engañaron y me metieron en este embrollo.
—Vaquero, no parece importarte mucho el que te encierre en un calabozo.
—¿Importarme? Me divierte mucho. ¿Por qué he de preocuparme ahora? Usted es un hombre... y un tejano. Usted apreciará debidamente el papel que he desempeñado en esta cuestión... Pero cuando salga de aquí... Sheriff, voy a pedirle un favor: tenga la bondad de hacerse cargo de mi carta y léala; pero no permita que la lea nadie más. No podría soportarlo.
—Veremos... —El sheriff salió tras pronunciar esta palabra, y cerró la puerta con llave.
Brazos se tumbó en el camastro. Cuando se estaba estirando llegaron a través de los muros el ruido de unas rudas pisadas y el sonido de unas fuertes voces que procedían del despacho del sheriff. La ventana de la habitación se abría a la parte posterior del edificio.
Al cabo de unos momentos Brazos comenzó a apaciguarse; su sangre cesó de agitarse y sus pensamientos se reposaron.
—¡Infiernos! —se dijo—. ¿Cuándo he estado en una situación más comprometida que ésta?
Debía permanecer en la cárcel por espacio de varios días. Podía ser feliz. Tendría una buena cama donde dormir y estaría bien alimentado.
Y, entre tanto, podría ir meditando, formar un proyecto de defensa, reunir los detalles que poseía para llegar a comprender la situación. Del juicio que habría de celebrarse surgiría algo importante, o, por lo menos, de las manifestaciones que Brazos haría al sheriff. No tenía ni la más ligera duda de que Kiskadden no solamente le pondría en libertad, sino que, además, demostraría su inocencia. Aquel tejano le recordaba otros ciudadanos del Estado de la Estrella Solitaria a quienes había conocido. El capitán Britt, por ejemplo, para quien el propio Brazos había trabajado unos años, y por quien había adquirido un gran renombre. Inskip era otro de ellos. Aquellos hombres conocían bien a sus semejantes. Brazos se preguntó si aquel Abe Neece procedería también de Texas. Surface, evidentemente, no era tejano. Brazos intentó llegar a comprender si se habría formado un complot con cualquier finalidad reprobable, en que estuvieran complicados, el agente Bodkin, el joven Barsh, que tan cuidadosamente había ocultado el rostro, y Surface. Brazos tenía solamente pequeños puntos de asimiento para fundamentar estas suposiciones, pero una larga permanencia en las vastas extensiones de la región, le habían producido una experiencia muy superior a sus años.
Siempre había vivido ante un fondo de negocios de ganado, con su multiplicidad de aspectos.
Las interminables llanuras de Texas, el Panhandle y el Llano Estacado, los prados cubiertos de hierba plateada de Nuevo Méjico, las elevaciones del Colorado y los muchísimos valles de Wyoming..., todo esto le era tan conocido como podría serlo de cualquier otro vaquero que jamás hubiera cabalgado —por ellos. Los ladrones, los proscritos, los desesperados, los bandidos y el número siempre creciente de vaqueros que seguían el mal camino..., todo esto se había multiplicado con la erección del imperio del ganado. Del mismo modo, el hecho extraño de muchos ganaderos de honrada apariencia, que estaban de acuerdo con las fuerzas del mal, había aumentado de volumen desde que llegaron al norte de Texas las primeras manadas de reses de largos cuernos. Brazos recordaba algunos a quienes había conocido, los más notables de los cuales, aunque no los últimos, como Sewall McCoy, producían escalofríos a Brazos.
La hija de Surface, la muchacha de cabellos rojizos. Lura Surface, volvió a presentarse en la imaginación del joven. El rostro de la muchacha era ciertamente un marco maravilloso para unos hermosos ojos verde-azulados.
—Conozco ese tipo de mujer —murmuró—. Una coquetuela para quien los vaqueros son como tortas y pan pringado. Tendré que volver a verla, lo mismo si hay que si no hay peligro. Al fin y al cabo debo agradecerla que , comprendiera que no soy un asesino ni un malvado. Y eso es cosa digna de recordarse.
Brazos tenía innumerables preguntas que hacer a cualquiera acerca del rancho «Sombreros Gemelos», los Surface, y los Neece. Al llegar a este punto fue interrumpido por unos pasos que sonaron en el vestíbulo. Sonó, también, el ruido de un cerrojo al ser descorrido o el de una cerradura al ser introducida la llave. La puerta se abrió y entró en la estancia un hombre que portaba una bandeja.
—Aquí tienes un poco de comida, vaquero —dijo ariscamente en tanto que depositaba la bandeja sobre el camastro.
Brazos se sentó y golpeó al hacerlo el suelo con las botas.
—Seguramente es usted un hombre al que voy a tener muchos motivos de agradecimiento —dijo Brazos—. ¿Que si tengo hambre? Mire la comida... Quédese para hablar un rato conmigo, compañero.
—Está prohibido —contestó el guardia mientras salía y volvía a cerrar la puerta.
Brazos consumió la mayor parte de aquella abundante comida. El hambre no era lo más apropiado para pensar claramente y para abrigar optimismos. Después de comer se encontró mucho más animado. Recorriendo a zancadas los estrechos confines de la celda, Brazos volvió a vivir su aventura y llegó a la conclusión de que había conseguido sacar provecho de ella. Volvió a tumbarse para descansar, inmediatamente se puso de nuevo en pie, esta vez sobre la cama, para mirar a través de la pequeña ventana. La ventana se abría sobre un espacio cercado por altas verjas, detrás de las cuales corría una larga hilera de pesebres. Ante uno de éstos, pudo ver el de su caballo Bay. La tarde transcurrió para Brazos de un modo que estuvo muy lejos de ser aburrido.
Aquellas fuertes pisadas que se producían en el despacho en las aceras empedradas tenían un significado para él. A menos de que Las Ánimas hubiera doblado su población aquel día, Brazos estimó que probablemente todos los hombres de la ciudad, o casi todos, visitaron a Kiskadden. En las últimas horas de la tarde dos guardas le llevaron la cena.
—Se nos ha ordenado que le conduzcamos al exterior para que haga un poco de ejercicio si lo desea —dijo uno de ellos.
—Bueno, mañana por la mañana —contestó Brazos—. Y si me quisieran ustedes traer agua, jabón, una toalla y una navaja de afeitar, les quedaría muy agradecido.
—Nos agradará mucho hacerlo, vaquero.
Y los dos hombres salieron.
Brazos se desnudó y se acostó; le parecía tener los ojos tan cerrados como si se los hubieran pegado con goma. Aquella noche se resarció del sueño perdido y no despertó hasta muy tarde. Las estrellas le dijeron que la hora de máxima oscuridad y próxima al alba se acercaba. Eran las horas silenciosas y solitarias que Brazos había escogido siempre para hacer su turno de vigilancia en defensa del ganado.
Cuando no podía dormir era siempre una hora mala para él. Su vida inquieta se desarrolló nuevamente en su imaginación; los espíritus de los hombres muertos le asaltaron; y lo mismo sucedió con las muchas ocasiones de mejoramiento que había desperdiciado, las muchísimas veces que haba tenido que huir de los ranchos y de los compañeros a quienes quería; y, finalmente, le llegó el recuerdo de la hermosa muchacha de ojos negros que le había convertido en un vaquero vagabundo.
Desde aquel momento en adelante, su tortura sería inquietante e infinita. ¡Aquella carta...! Y se llevó la mano al corazón para buscarla. ¡Había desaparecido! Un impulso de dolor y de furia le acometió. ¿Leería el sheriff dicha carta en voz alta durante el juicio?
Brazos no creía que el tejano hubiera de someterle a tal tortura.
Aquella carta había llenado de dolor el alma de Brazos, que no se había atrevido a leerla de nuevo. Estaba angustiado. La amarga tristeza de su pasado se había suavizado. Lo que le dolía más terriblemente fue el descubrir que su nombre había sido tratado con respeto, que el amor y la fe existía todavía al otro lado del Cimarrón, que Holly Ripple había bautizado a su hijo con el mismo nombre de Brazos; que su esposo, Frayne, y su capataz, Britt, y todos los muchachos que componían su equipo de vaqueros arriscados, tanto que podía decirse que no había otros iguales a ellos, todos conservaban su confianza en él, que le recordaban con amor y jamás dejaban de creer que Brazos terminaría pronto su inquieto vagabundeo y regresaría junto a ellos.
—¡Ah! ¡Jamás podré volver! —murmuró Brazos entre , la silenciosa oscuridad de la noche—. Y ya no puedo volver a beber... para olvidar..., ni luchar... Aquel muchacho me encontrará algún día, a menos de que yo haya muerto... Ella le mandará a buscarme... y el muchacho descubrirá la verdad... ¡Dios mío, qué cruel es esto! Estoy a punto de ser lo que ella creyó que habría de ser... y lo que ese muchacho cree que soy.
El día puso una pausa a los desgraciados recuerdos de Brazos y sus resoluciones.
Pero el joven comprendió que su inclinación hacia el mal había muerto en aquella hora negra. Y se sintió transformado, convertido de nuevo en el alegre y frío Brazos Keene que había sido, mas con un algo añadido a su experiencia.
Los guardianes le llevaron el desayuno y los utensilios necesarios para lavarse, afeitarse y ponerse más presentable.
—La vista de su juicio va a celebrarse hoy —le anunció el más amable de los dos hombres—. Y creo que no tiene usted motivos para estar indebidamente preocupado.
—Gracias, amigo. Es una noticia muy buena. Vamos afuera, que tengo ganas de estirar un poco las piernas.
Sin embargo, permaneció a solas durante toda la mañana en espera de que sonase el ruido de unos pasos, que no llegó a sonar. El hecho de que no le fuese llevada la comida de mediodía le pareció una cosa de buen agüero para los efectos de su libertad. Brazos paseó por la celda y logró frenar la impaciencia que le dominaba. Finalmente, unos pasos lentos y sonoros, que se produjeron en el pasillo, dieron fin a su espera. Eran unos pasos de tejano.
Brazos no se desilusionó. La puerta se abrió para permitir la entrada a Kiskadden, que se volvió para cerrarla.
—Bueno, Brazos —dijo Kiskadden—. Tengo que sacrificar mi comida para poder charlar un rato contigo.
—¿Sabe usted mi nombre? —preguntó Brazos ansiosamente.
—¡Claro que sí! Está escrito en el sobre de esta carta: Brazos Keene. Está escrito en letra muy pequeña y muy linda, pero he podido entenderla perfectamente. Me alegra mucho poder decirte que nadie más ha visto la carta. Supongo que Segel, el hombre del pelotón de Bodkin, no ha puesto mucho interés en leerla. Y aquí la tienes, vaquero.
—¡Dios mío, sheriff! Sería capaz de dar mi vida por usted. Me ha librado de la vergüenza de que se sepa que vengo huyendo del recuerdo de la mujer a quien amé —contestó Brazos, conmovido.
—Me alegro mucho de que todo esto tenga tanta importancia para ti —replicó Kiskadden mientras se sentaba sobre el camastro y sacaba del bolsillo una pipa negra—. Siempre discurro mejor cuando estoy fumando. No es que no tenga la seguridad de que no seas absuelto. La acusación contra ti tiene muy poco fundamento y ofrece algunos aspectos muy extraños.
—¡Ja! Ya lo había sospechado. No sería usted un sheriff tejano si no lo hubiera visto.
—¿Recibiste esta carta en la mañana de anteayer, en Latimer?
—Sí, señor. Y fue por accidente, o acaso porque tuve una corazonada. Me puse en marcha alrededor de las ocho de la mañana, entré en la casa de Correos y me quedé sorprendido cuando me la entregaron; cuando salí de la población, tenía un susto de muerte.
Pero finalmente me detuve al pie de un árbol... Creo que permanecí allí por espacio de varias horas, pero no tuve el valor necesario para leerla por completo. El sol estaba ya muy alto y era muy caliente cuando volví a ponerme en marcha.
—Hemos ordenado a dos doctores que examinen el cuerpo del joven —continuó Kiskadden—: nuestro doctor Williamson, que vive aquí, y un cirujano de Denver, que viajaba en una caravana. Williamson le vio y le obligó a acompañarle. Ambos afirman que el joven Neece fue muerto en las primeras horas del anochecer del día en que tú saliste de Latimer. El tiro de la espalda se lo dispararon cuando ya estaba muerto. Los dos doctores afirman que Neece fue cazado a lazo, puesto que tiene unas rozaduras de cuerda en los brazos, un poco más arriba de los codos, y que cayó al suelo de cabeza. Esto es lo que le produjo la muerte.
—¡Dios mío! —exclamó Brazos animadamente—. Yo no tenía cuerda en mi silla.
—Brazos, estaba convencido ayer de tu inocencia, y ahora lo estoy todavía más. Pero, en tu beneficio, creo que será preferible que asistas al juicio. Bodkin tendrá que presentarse también, y yo le haré que se vaya pronto. Y una cosa más: me han informado, no recuerdo quién, que Surface quería que te ahorcaran; y no solamente a ti, sino a todos los vaqueros sin trabajo que se presenten por aquí.
—¿Qué diablos dice usted? —preguntó Brazos, pensativo—. Sheriff, Surface no me inspiró mucha simpatía cuando lo vi.
Surface es nuevo en esta región. Dice que es de Nebraska; pero es de Kansas. Es un ganadero rico... y tiene muchísimas reses. Lo mismo que la mayoría de nosotros.
—¡Ah! ¿Cómo ha adquirido de Neece ese rancho que se llama «Sombreros Gemelos»?
—Es una cuestión muy complicada, que jamás he podido aclarar de un modo completamente satisfactorio. Neece tenía un negocio de gran amplitud. Había enviado de Texas cinco mil cabezas de ganado para Surface. El importe de estas reses le fue pagado a Neece en el Banco de Ganadería de Dodge. Más de cincuenta mil dólares. Pero fue atracado por tres hombres enmascarados que le robaron el dinero. Y la cosa más extraña de todo es que esa gran manada desapareció por completo. No se ha podido encontrar ni un pelo, ni una pezuña suya.
—Pero ¿y el equipo de vaqueros que la acompañaba? —exclamó Brazos, espantado.
—Sucedió con ellos lo mismo que con el ganado: desaparecieron. Neece cometió un error en Dodge. Contrató a un capataz a quien no conocía y le permitió que reuniera una cuadrilla de vaqueros y los enviara hacia el Sur para acompañar al ganado.
—Esa cuadrilla fue sobornada dijo Brazos repentinamente.
—Como quiera que sea, no se han encontrado pruebas de nada, no siendo de la completa desaparición de las reses. Neece no pudo presentárselas a Surface. Y el dinero le había sido robado. «Sombreros Gemelos» estaba hipotecado, y los Bancos se negaron a hacer nuevos préstamos. Neece tuvo que entregar todo lo que tenía a Surface. Ahora está completamente arruinado y vive en las afueras de la población, cerca del Purgatorio. Y las dos hermanas gemelas, el orgullo y la alegría de Neece, tienen un restaurante junto a la estación del ferrocarril.
—¿Hermanas gemelas?
—Así es. Tienen dieciocho años y son las muchachas más lindas de todo el Oeste. Y no es posible distinguirlas..., no es posible de ningún modo. Se llaman June y Janis. Neece estaba orgullosísimo de sus dos hijas gemelas, y las envió a Kansas para que estudiasen. Esto sucedió hace diez años. Y no las vio con frecuencia, y durante los últimos años no las vio absolutamente. Puso todo su cariño en este rancho, «Sombreros Gemelos», que proyectaba entregarles. Ésta era su marca: dos sombreros de altas copas. Las muchachas volvieron precisamente cuando surgió la catástrofe. Todo el mundo decía que fue una mala suerte para ellas, y yo lo sentí mucho. Pero esas chiquillas tienen valor: pidieron dinero prestado y establecieron un restaurante. El viejo cocinero mejicano, Abe, trabaja para ellas. Y dicen que ese restaurante está lleno siempre a las horas de la comida, y que siempre hay gente esperando a que se desocupe alguna mesa. Las jóvenes han devuelto el dinero que pidieron prestado, y creo que obtienen muy buenas ganancias.
—¡Rayos y truenos! —exclamó Brazos He oído muchos relatos de cosas fantásticas en mi vida, pero éste le supera a todos... Apostaría cualquier cosa a que Lura Surface levanta la cabeza desdeñosamente cuando ve a las gemelas Neece. ¿No es cierto?
—Las mujeres dicen, sin excepción, que Lura es una fierecilla y que tiene mucha envidia a las dos hermanas. Hay que comprenderlo: era la reina de las jóvenes de esta región hasta que regresaron las hermanas Neece. Y ahora ya no consigue todo lo que se propone.
—Kiskadden, ¿por qué me cuenta usted todo eso? —preguntó bruscamente Brazos, que comenzó a abrigar ciertas sospechas.
—Son murmuraciones propias de esta población, vaquero —dijo despacio el tejano mientras sonreía evasivamente.
—¿Sí? Me parece una cosa muy interesante, y no creo que sea usted un hombre aficionado a las habladurías y murmuraciones. ¿Es Inskip amigo de usted?
—Sí. Somos compañeros en un negocio de ganado; yo soy el socio comanditario...
Pero, volviendo a tu juicio, que ha sido señalado para las dos de la tarde... Me agradaría que me leyeras esa carta.
—¡Ah, sheriff! ¿No la ha abierto usted?
—No.
—¿Por qué quiere usted que la lea?
—Brazos, verdaderamente no tengo necesidad de saber lo que dice, ni quiero saberlo en el caso de que tengas algún inconveniente. Pero estoy seguro de que serviría para fortalecer mi convicción. Y ahora tendré que hablar claramente con Surface y con algunos de sus compañeros. De todos modos, te agradezco la confianza que en mí has puesto.
—Sí. Voy... voy a leérsela —contestó en tono conciso Brazos, y al abrir la gruesa carta sus manos delgadas y morenas temblaron ligeramente.
«Rancho de don Carlos.
Cimarrón, N. M.
2 de mayo de 1880.
»Querido Brazos:
»Ésta es la tercera carta que te escribo desde que te separaste de nosotros, hace alrededor de cinco años. Estoy segura de que no recibiste las otras, puesto que de otro modo no habrías dejado de escribirnos. Fueron enviadas a la ventura. Pero esta vez, a pesar de todo, tengo la seguridad de que recibirás esta carta, y por esto escribo en ella mucho de lo que omití anteriormente. Ahora tenemos un servicio de Correos por ferrocarril, caballero mío, y esta epístola deberá llegar a tu oficina de Correos en menos de dos días. ¡Tan cerca, y sin embargo... tan lejos, Brazos!
»Hemos oído hace poco tiempo, y por accidente, que últimamente has trabajado en Wyoming con el equipo del rancho de la Doble X. Un ganadero vecino nuestro, Calhoon, acaba de regresar de Latimer, y encontró a Britt en la estación. ¡Siempre ha de destacarse Brazos Keene dondequiera que trabaje y monte a caballo! Calhoon transmitió a Britt muchas murmuraciones y conversaciones de los ranchos, entre ellas las referentes a tu última hazaña en Casper, Wyoming (lo que no creo que sea cierto), y el pobre Britt regresó a casa como un hombre que hubiera visto fantasmas. Se lo contó a los vaqueros, y el negro Johnson (¡bendito sea su corazón de blanco!) me lo refirió. Ninguno de los otros jóvenes me dijo ni una sola palabra acerca de ello. Te sorprendería, Brazos, al ver que todo el equipo sobre el cual mandaste tan alegre y despóticamente continúa todavía a mi servicio. Ha sido un grupo de vaqueros tristes. ¡Cuánto te han querido, Brazos! Habría dado cualquier cosa por haber estado escondida en el dormitorio de los muchachos cuando Britt les habló de ti.
»Todos están mimando con exceso al pequeño Brazos Ripple Frayne, que se llama como tú y tiene cerca de cinco años. Es un verdadero diablo, que me pone furiosa en ocasiones. Tiene mucho más de su padre, Renn, que mío. Posee algo de mi genio español.
Jamás se cansa de oír historias acerca de bandidos, pistoleros, ladrones de ganado, desbandadas de reses y de búfalos. Y tu nombre hace que, cuando lo oye, abra y gire los ojos con ansiedad. Habrías de verle, Brazos, cuando coge una pistola y dice: «Cuando sea grande, mataré a Billy «el Niño». ¡Oh! Son horrorosas las inclinaciones que comienzan a aparecer en él. A su padre no parece importarle mucho. Britt, que adora al chiquillo, dice que cuando Brazos comience a trabajar en el rancho, los años duros de la frontera de Nuevo Méjico habrán pasado ya.
»Desde que tú y tu equipo deshicisteis e la cuadrilla de Slaughter y terminasteis con Sewall McCoy, Clements y sus seguidores, no ha habido robos de ganado en gran escala. Y aun cuando te parezca extraño, no fuimos arrastrados a la guerra de Lincoln, que comenzaba cuando trabajaste en el rancho de don Carlos. Aquella terrible contienda costó la vida a más de trescientos hombres, y ha sido la guerra más sangrienta que ha conocido el Oeste. Billy «el Niño» salió de ella con vida. Y en unión de algunos de sus desesperados compañeros continúa robando reses y tiene mercado para su venta. Billy tiene más amigos que enemigos.
Ha visitado el rancho de don Carlos dos veces durante el año último. Tiene veinte años de edad y ha matado a veinte hombres, sin incluir en este número a los indios ni a los mejicanos. Billy no tendría un aspecto repulsivo si no fuera por sus dientes de gamo. Es un hombrecito menudo y tranquilo. ¡Qué ojos! Son como dos rayos azules y hendidos. Pat Garret le persigue. Es de suponer que cualquier día se encuentren. Todo el mundo hace cábalas sobre el resultado del encuentro. Tanto Britt como Renn dicen que Garret jamás se atreverá a luchar cara a cara con Billy. Y que si lo hace morirá. Renn dijo una vez: «Querría poder derrotar a ese hombre en una lucha a tiros.» Y Britt replicó: «¡Brazos podría hacerlo!
» ¡Oh, vosotros los rufianes de la frontera! ¡Extraños y fríos hombres del Oeste...! Confieso que tengo cierta debilidad por Billy «el Niño». Y no es sorprendente si se tiene en cuenta mi ascendencia española y el hecho de que antes de casarme con un pistolero proscrito tenía un lugar en mi corazón donde albergaba a un vaquero luchador, a un tal señor Brazos Keene.
»Que nosotros sepamos, Billy jamás ha robado ni un solo novillo en nuestros terrenos.
Siguiendo la costumbre de mi padre, he tenido aquí a Billy y su cuadrilla a cenar en varias ocasiones. Billy me ha dicho que recuerda a mi padre, y que le conservaba cariño.
»Bien, los días, buenos o malos, de la antigüedad han terminado para el rancho de don Carlos. Tenemos actualmente sobre setenta mil cabezas de ganado. El ferrocarril ha simplificado la tarea de criar reses. Las conducciones de manadas, largas y pesadas, son una cosa desaparecida de este territorio. Chisum, el viejo ladrón de ganado, con sus reses, ha sobrevivido a la guerra de Lincoln. Billy «el Niño», ha jurado que lo matará. Pero el viejo todavía se mantiene en su finca de Siete Ríos, acompañado de una cuadrilla de hombres duros y de un centenar de millares de cabezas de ganado de largos cuernos. En cierta ocasión, Brazos, me pidió que me casara con él. Jamás podré olvidar la desagradable sorpresa que esta petición me produjo. Ahora mismo me parece estar viéndote mover la cabeza y decir, como dijiste en cierta ocasión: «Bien, ¿por qué diablos no te lo ha pedido, Holly Ripple?»
»Brazos, soy maravillosamente feliz. Renn ha justificado con largueza la fe que puse en él. Es un hombre importante en Nuevo Méjico, y hace mucho tiempo que consiguió borrar el mal nombre que trajo consigo de Dodge y Abilene. Las tradiciones y el trabajo de mi padre han sido sostenidos. Tenemos nuestro hermoso chiquillo y (¿me atreveré a decirlo?) espero tener otro pequeño Frayne dentro de poco tiempo. ¡Ojalá sea una niña: la señorita Holly Ripple Frayne! Nuestras riquezas materiales no tienen mucha importancia. Olvidé decirte que nuestros vaqueros tienen una participación en nuestro negocio de ganado. En realidad, Brazos, solamente hay una gota de amargura que enturbie la dulzura de la vida en el rancho de don Carlos, Y esa gota es tu pérdida. Brazos, el pensamiento que provoca tu vida de piedra rodante, tu vagabundeo, tu bravo espíritu, tu habilidad para manejar una pistola, tu inevitable caída...
»Hemos oído frecuentemente hablar de ti. Ya conoces las charlas de los ranchos.
¡Cómo agrada a los vaqueros el hablar, el traer y llevar cuentos! Si hubiera creído todo lo que he oído decir de ti, tendría el corazón destrozado. Pero sé que no es posible que te conviertas en un malvado. De todos modos, la fe que tengo en ti no puede destruir el temor que me atormenta. Si persistes en tu vida de lobo solitario, en tu vagabundeo desde dehesas malas hasta ciudades malas, siempre con tu mala fama a la espalda, no tardarás mucho en hallar, como muchos de tus antiguos compañeros, una tumba en la «pradera solitaria». Y sería una pena, Brazos. Eres un muchacho bueno. Tienes unas espléndidas posibilidades.
» Britt me dice que yo te destrocé el corazón. ¡Oh, cuánto he rezado porque no sea cierto! Sé que me has querido. Pero has sido un joven alocado, Brazos. Solamente tenías diecinueve años: mi propia edad. Creía ser una madre para ti. Ciertamente, te he querido, pero como una hermana a su hermano. Esto, naturalmente, no lo supe hasta que Renn vino a mezclarse en nuestras vidas. Renn era mi hombre, Brazos.
»Si es cierto que me quisiste tanto como Britt y los muchachos parecen creer, no es posible que jamás seas malo. La mayor pena puede convertirse en una fuente de alegría. No creo que me hayas querido mucho. Si fuera cierto, en ese caso no podrías haber dejado de rendirme el homenaje de tu mejoramiento. Te sentiste decepcionado, herido en el alma, y en lugar de permitir que la bondad, la dulzura que hay en ti dominase y guiase tu porvenir, te alejaste con aquel orgulloso, apasionado, demoníaco aspecto de tu naturaleza.
«Brazos, con esta carta que estoy escribiendo, y que tengo la seguridad de que llegará a tus manos, debes terminar tu vida actual, debes cesar en tu vagabundeo, en tu beber. Jamás fuiste un borracho, pero podrías fácilmente convertirte en uno de ellos. Debes buscar un trabajo estable —si te niegas a volver al rancho de don Carlos—, y entonces serás digno de mi fe, del respeto de Renn y del cariño de estos vaqueros.
»Hay centenares de lindísimas mujeres en el Oeste que sueñan, que anhelan encontrar un hombre como tú. Busca una de ellas y quiérela. (¡Oh, no me digas que no podrías!
Podrías. ¿No recuerdas lo que te sucedió con la señorita Dolores Mendoza, precisamente cuando me estabas cortejando?) ¡Ah, Brazos...! Quiérela, cásate con ella y sienta la cabeza para que seas digno de la recompensa que obtienen todos los vaqueros como tú, los que habéis hecho que el glorioso Oeste sea habitable para nosotros, los que habéis conseguido que se forme su imperio.
»Búscala, y ven a vivir cerca de nosotros. Quiero que seas mi amigo. Y si, con el tiempo, tú y ella recibierais la bendición de tener una hija, hagamos que ella el pequeño Brazos se prometan mutuamente.
»Ésta es la última carta que te escribiré, amigo mío. Espero que la interpretarás con la buena intención que la escribo, y te ruego que examines la proposición de mi esposo, que sigue en una posdata.
»Adiós, señor.
»Tu fiel amiga Holly Ripple Frayne.
»P. S. —Querido y antiguo amigo:
»Voy a añadir unas cuantas palabras a la carta de Holly, que he leído. Pero ella no leerá lo que yo te escriba.
Britt quiere que vengas de nuevo al rancho de don Carlos. También yo. Y también los muchachos. Vamos a necesitarte.
»Brazos, permíteme que me apresure a exponer algunas cosas difíciles de expresar.
Conozco cuáles son tus sentimientos con relación a Holly. Los conozco, porque los míos fueron iguales. Si ella te hubiera escogido, de todos modos, yo me habría quedado aquí.
Jamás habría esperado... y jamás habría deseado librarme de ellos. El amor de esa mujer me ha cambiado por completo, me ha transformado, de proscrito que era, en un hombre. Durante todos estos años no he cesado de pensar con preocupación en ti. Britt, yo, todos los vaqueros no hemos cesado de esperar que volvieras. Pero nuestro mayor deseo, naturalmente, nuestra mayor esperanza, es que sigas el camino recto y honrado dondequiera que estés.
»Esto es todo.
»Brazos, la carta de Holly podría producirte una impresión errónea acerca de la marcha de los asuntos en estas tierras. En realidad, el robo de ganado constituye un negocio tan bueno como el propio negocio de ganado. Hay una nueva cuadrilla en las alturas en que Slaughter acostumbraba esconderse. Y a Britt no le gusta la perspectiva que se nos presenta.
»Podría informarte acerca de algunos aspectos extraños de diversas transacciones, pero uno de ellos solamente servirá para demostrarte que el viejo juego ha vuelto a hacer su aparición, como siempre supusimos que sucedería. No hace mucho tiempo cruzó el Cimarrón la ganadería más numerosa de reses de cuernos largos que Britt haya visto en toda su vida.
Era un conjunto de reses delgadas por efecto de un viaje largo y difícil. Los vaqueros lo condujeron a través de los valles; procurando huir de las dehesas, deteniéndose escasamente el tiempo necesario para que las reses descansasen y tomasen una pequeña cantidad de alimento, y dividieron la manada, se dirigieron hacia el ferrocarril y continuaron hacia Maxwell y Hebron.
»Britt, el viejo zorro, creyó que la cuestión ofrecía un aspecto raro y se tomó el trabajo necesario para adquirir todos estos detalles. No pudieron conseguirse más datos. Pero, no sé dónde, en el camino hasta el ferrocarril, fue pronunciado el nombre de Surface. Ya sabes que en esta cuestión del comercio de ganado suceden algunas cosas sorprendentes. Puede decirse casi con seguridad, Brazos, que aquella manada de reses formaba parte de un robo tan grande como es posible que nunca haya habido otro igual en Texas. Y, naturalmente, por esto te informamos de lo que sabemos. Britt jura que no ha conocido jamás un vaquero que tuviera tanto olfato como tú para descubrir y seguir los rastros del mal. No se lo digas a nadie, viejo amigo, y no dejes de inspeccionar en tu camino del Colorado. Probablemente, está surgiendo un nuevo Sewall McCoy. Esos ganaderos ladrones son el veneno de las ganaderías. Siempre ha sido fácil contender con un honrado ladrón de ganado..., hasta que llegaba el momento de la lucha; y aun entonces se estaba en condiciones de igualdad con él, puesto que se disponían de las mismas armas. Pero esos respetables compradores y vendedores de ganado, esos señores que tienen cuadrillas de ladrones para que roben reses para ellos..., ésos han sido siempre los huesos más duros de roer.
»Tanto Britt como yo creemos que el tal Surface va a resultar un individuo perteneciente a la clase que he mencionado. No es preciso que te advierta, Brazos, que nuestras sospechas constituyen una cuestión muy delicada. Son algo de lo que no puede hablarse en voz alta en el Oeste. No hay ganadero que, sabiéndolo o no, no haya robado algún ganado, y el hablar delante de alguno de ellos de este asunto suele provocar su enojo. En cuanto al ranchero deshonesto..., a la menor insinuación va en busca de la pistola, y brama invocando las leyes. Aniquila a ese hombre, a Surface, y no dejes de escribirnos, Brazos.
»Y, vaquero, en tanto que lo haces, piensa en la conveniencia de regresar aquí y de ser el capataz del equipo que cuida las reses de la marca de Ripple. ¡Con participación en las ganancias!
»Tu amigo, Renn Frayne.» Cuando la lectura hubo concluido, Kiskadden paseó de un lado para otro, en tanto que Brazos continuaba sentado y con la cabeza inclinada sobre la carta. Una vez el sheriff puso una de sus pesadas manos sobre el pelo rizoso y castaño del vaquero, que ya comenzaba a mostrar unas hebras de plata sobre las sienes. El ruido de unas pisadas en el exterior hizo que Kiskadden se detuviera.
—Ya es la hora de tu juicio, Brazos —dijo consultando su reloj.
—Sheriff, como le he dicho, jamás había leído por completo esta carta. Es la primera vez... —contestó Brazos gravemente mientras doblaba con cuidado las hojas y las introducía de nuevo en el sobre—. De verdad, no lo había hecho.
—Vaquero, me alegro mucho de que Bodkin no la haya leído. No tengo mucho que decirte, Brazos, con excepción de que me alegro de haber puesto mi confianza en ti. Si no lo hubiera hecho y tú me hubieses leído esa carta, ahora estaría avergonzado... Es una carta maravillosa, Brazos. Me agradaría que supieras que he trabajado para el coronel Ripple cuando tenía tu edad. También he conocido al capitán Britt. Éramos batidores tejanos y trabajábamos a las órdenes de McKelvy. También he oído hablar de Frayne.
—¡Ah! ¡Dios mío! —exclamó Brazos alegremente—. ¡Todas mis angustias y todas mis dudas eran infundadas! Cuando oí eL nombre de Kiskadden, el sheriff de Las Ánimas, temí que pudiera usted ser uno de esos sheriffs tan aficionados a ahorcar gente..., y me entristecí mucho.
No te censuro, vaquero... Bien. Ahora vamos al juicio, y te pondré pronto en libertad.
Y luego, ¿qué, vaquero...? Dime con toda sinceridad, Brazos, ¿el amor que te profesa Holly Ripple, y su fe..., y la fe de Frayne, y la de todos los demás..., tiene todo eso justificación?
—¡No, diablos! —gritó Brazos al tiempo que se estremecía—. Pero, sheriff, puedo mirar a Holly rectamente a los ojos sin bajar la vista, y a Frayne, y a Britt..., y a todos mis antiguos compañeros... y jurar por mi vida que no he hecho ningún acto malo desde que me separé de ellos.
—No necesito más —replicó el tejano cordialmente.
—De todos modos, voy a explicarle algo más —dijo Brazos, emocionado—. Este día marca un cambio completo en mi vida. Hace mucho tiempo que lo esperaba. Ha habido algo que se ha agitado en, mi interior como si fuera un millón de chispas. Seré lo que Holly Ripple creyó que era, o moriré.
—Supongo, vaquero, que eso quiere decir que has borrado de tu vida esos cinco años.
¡Bien! Tienes mucho por qué vivir, y creo que estarás a la altura de todo lo que reclama tus sacrificios.
—Muchas gracias, Kiskadden. Pero estamos olvidando lo más importante de esa carta: la insinuación acerca de Surface.
—No, Brazos. Abandonemos ese asunto por ahora. Todo lo que me interesaba era lo que se refería a ti directamente. La insinuación de Frayne es una cuestión de negocios. Y créeme, una cuestión verdaderamente importante.


III
El despacho del sheriff estaba por completo atestado con la docena, o acaso más de ocupantes que se hallaban sentados o en pie. Una compacta multitud se había congregado en el exterior: con excepción de muy pocas personas, principalmente Surface, que estaba vestido con ropas oscuras, y algunos de sus compañeros, que se encontraban junto a él, la asamblea se componía de ganaderos toscamente vestidos y calzados con polvorientas botas.
Brazos paseó una rápida mirada sobre los espectadores, más con el fin de poder apreciar su atención que con el de descubrir a algunos que pudieran conocerlo. Tenía la seguridad de que habría allí algunos antiguos conocidos suyos. En aquellos momentos el sentimiento general parecía estar dominado por una expresión de curiosa hostilidad.
—Siéntese aquí, Keene —invitó Kiskadden señalando una de las dos sillas situadas detrás de su mesa. Brazos vio su revólver y su cinturón, su reloj y su navaja, sobre varios papeles. El cajón de la mesa estaba medio abierto, y de él asomaban las negras culatas de algunos Colts. El sheriff se dirigió a uno de los guardas que se hallaban a la puerta.
—Que entren todos, si hay sitio —dijo. E inmediatamente golpeó con un puño el tablero de la mesa para poner fin a las conversaciones, y se puso en pie—. Compañeros ciudadanos —añadió—: he tomado una decisión respecto a este caso, pero voy a celebrar un juicio con el fin de que todos podáis enteraros de lo sucedido.
Surface se adelantó un paso al grupo de rancheros que le acompañaban. Tenía un rostro severo, arrogante, que producía una impresión de fortaleza. Sin embargo, a Brazos le pareció solamente una máscara. Desde los comienzos de su vida de vaquero se había acostumbrado a desconfiar de quienes poseían unos ojos como aquéllos.
—Sheriff, propongo que juzguemos a este hombre en presencia de doce jurados. Puedo ofrecer para este fin a los miembros de la Sociedad de Ganaderos. Podemos escoger a los restantes entre los hombres de negocios que se encuentren presentes.
—¿Por qué hace usted esa proposición? —preguntó Kiskadden.
—Su declaración de que ya ha tomado una decisión hace preciso que esa decisión sea aprobada por la opinión general.
—¿Y cuál es esa opinión, señor Raine Surface? —preguntó el sheriff burlonamente.
—Usted no ahorcará a ningún vaquero tejano. Este asesino estaría ya colgado, si no hubiera sido por Inskip, que también es tejano de la clase de usted.
—Surface, han sido los tejanos de esta clase los que han construido este imperio ganadero. Y el caso extraño es que muy raramente habrá usted oído decir que se haya ahorcado a ninguno de tales hombres. Esto puede ser debido a su habilidad para manejar las armas, pero también puede ser debido a que muy pocos tejanos merecen ser colgados de una cuerda. En este caso, me niego a aceptar su oferta de un jurado. La ley de esta región se encarna en mí.
—Puede usted tener la seguridad, Kiskadden, de que su autoridad no durará mucho tiempo —replicó Surface acaloradamente.
Brazos asistió a este diálogo con un intenso interés. Evidentemente, Surface no tenía conocimiento del carácter tejano. Era rico, era poderoso, estaba seguro de sí mismo, pero parecía desconocer la circunstancia de que en realidad era él quien iba a ser sometido a juicio ante, por lo menos, tres fríos tejanos.
—Estoy tan seguro de ello como usted mismo —dijo lentamente Kiskadden en tanto que clavaba una mirada dura sobre el ranchero—. Y también estoy seguro de algo más dentro de unos momentos, cuando hayamos demostrado la inocencia de este vaquero, va a parecer muy raro a todos que tenga usted tanto interés en ahorcarle.
El rostro de Surface se cubrió de una tonalidad roja y oscura. El cuello de su camisa pareció de repente incapaz de contener el hinchado cuello del ganadero.
—¡Insultante tejano! ¡Le expulsaré a usted... de este cargo, por haberme ofendido! —exclamó estridentemente.
—¡Váyase al infierno! Sus actos y sus palabras no son los adecuados a esas circunstancias. El tribunal considera que son inoportunos. El hecho de que tenga usted mucho dinero y de que sea presidente de la Asociación de Ganaderos, no le autoriza a intentar mandar en mí y en mi oficina... He hablado con suficiente claridad, señor Surface.
Si el ranchero no comprendió la insinuación que encerraban estas palabras, sus compañeros la entendieron seguramente, puesto que le obligaron a retirarse y a cerrar la boca.
—Perfectamente. Continúa el juicio —dijo Kiskadden con voz potente—. Agente Bodkin, adelántese un paso.
—Sí, señor —contestó el voluminoso agente acercándose a la mesa.
—Quítese el sombrero cuando declare ante el Tribunal... ponga la mano sobre esta Biblia y jure decir la verdad y nada más que la verdad.
Bodkin hizo el juramento.
—Ahora, comience su declaración.
—Pues, señor, eran más de las dos de la mañana de anteanoche... —comenzó diciendo Bodkin dándose importancia—. Había estado jugando a las cartas, y apenas había comenzado a dormirme cuando fui despertado por alguien que llamó a mi ventana. Vi dos hombres. Había demasiada oscuridad para que me fuera posible ver sus rostros. Eran forasteros. Uno de ellos me dijo que había visto que un vaquero disparaba un tiro contra otro que cayó del caballo, y que luego le registraba y le arrastraba al interior de la choza. Es la choza del viejo Hill, que hace mucho tiempo que está vacía, a seis millas al oeste de la ciudad. Mi informante añadió que el vaquero salió de la choza, desensilló los caballos y los puso en libertad. Luego volvió a entrar en la choza. Estaba lloviendo y hacía frío. Lo más probable sería que permaneciera en aquel lugar hasta el amanecer. Después mis dos informantes se perdieron en la oscuridad. Oí cómo se alejaban sus caballos... Bien, me levanté, me vestí y Cali corriendo en busca de un pelotón. No era fácil conseguirlo en aquella hora. Tenía que conformarme con aceptar a quienes encontrase. Ya era cerca del amanecer cuando pude reunir a diez hombres. Inskip nos acompañó por su propia iniciativa. Yo no quería que fuera con nosotros. Me oyó despertar a sus caballistas, les dijo que ensillasen, también, su caballo... Bueno, corrimos cuanto pudimos y llegamos junto a la choza exactamente en el momento que comenzaba a nacer el sol. El detenido salió en aquel momento a la puerta. Le detuvimos y nos apoderamos de su revólver y de todo lo que llevaba en los bolsillos. Es un hombre muy frío. Vi que tenía sangre en una mano. Mandé a unos hombres que registrasen la choza, y encontraron un hombre muerto.
Cuando lo sacaron vi que era Abe Neece. Recibí una gran sorpresa. El muerto tenía los bolsillos vueltos al revés. He oído decir que Abe había ganado aquella misma tarde cien dólares jugando al faro, y que salió de la población cuando concluyó la partida. Iba a ver a una muchacha... El prisionero se quedó lívido al ver que el cadáver era colocado sobre la hierba. Hasta un ciego podría haber comprendido que era el asesino. Encontramos un caballo: el del criminal. Y Segel colocó al muerto en la silla del suyo... Durante todo el camino estuve pensando en ahorcar al asesino. Y cuando me disponía a hacerlo, a este lado del rancho de «Sombreros Gemelos», Inskip se adelantó y ofreció al vaquero una ocasión para que se apoderase de sus revólveres... El vaquero nos amenazó y nos condujo hasta la población...
Creo que debemos detener a Inskip y...
—¿Qué le dijo Surface cuando le separó de los demás para hablarle? —le interrumpió Kiskadden.
—¿Cómo? —preguntó Bodkin, que se desconcertó por primera vez.
—Surface los detuvo en su rancho, luego los siguió, y le llamó a usted. Y le condujo hasta donde no pudieran oírle quienes les acompañaban. Este tribunal tiene mucho interés en conocer lo que dijo Surface.
—Pues... señor... —estalló el agente, en tanto que su rostro cetrino se cubría de palidez—.
Me recomendó que ahorcase al asesino en aquel mismo instante. Añadió que no tenía confianza en este tribunal. Hay demasiados embrollos en favor de los tejanos.
—Surface, ¿aconsejó que se ahorcase al prisionero sin someterle a juicio?
—Sí, señor. Y yo iba a hacerlo. Barsh le había echado la soga al cuello cuando Inskip nos hizo una mala pasada.
—Con eso basta, Bodkin —dijo el sheriff—. Doctor Williamson, ¿quiere tener la bondad de adelantarse y darnos su informe?
Un hombre robusto, de mediana edad y rostro coloradote, se acercó a la mesa.
—Señor sheriff —comenzó diciendo—, y caballeros: mi compañero, el médico, y yo descubrimos que el joven Neece encontró muerte violenta antes de la media tarde del día de anteayer. Opinamos que la muerte fue ocasionada por una fractura del cráneo con la consiguiente conmoción cerebral. La herida de hala que tiene en la espalda se la causaron mucho tiempo después de su muerte. Antes había sido enlazado con una cuerda y lanzado a tierra, probablemente desde un caballo.
—Muchas gracias, doctor —contestó el sheriff—. Ahora, caballeros, permítanme que lea un telegrama que he recibido esta mañana. Está fechado en Latimer, Colorado, y dice así:
«Sheriff Steve Kiskadden, Las Ánimas. La carta dirigida a Brazos Keene le fue entregada personalmente a las ocho y media de la mañana de anteayer. Cinco de mayo. Firmado: el jefe de Correos, John Hilton.»
—¡Brazos Keene! —exclamó Bodkin, como si el nombre hubiera despertado en él unos vagos recuerdos. Un murmullo corrió a lo largo de la multitud que se hallaba en pie. Pero resultaba evidente que Raine Surface jamás había oído aquel nombre.
—Sí. Brazos Keene —dijo lentamente el sheriff con una especie de seca satisfacción—.
Caballeros, todos ustedes saben que Las Ánimas se halla a una gran distancia de Latimer. A una distancia demasiado grande para que ni siquiera el mejor caballista pueda llegar desde Latimer hasta la choza a media tarde... y matar y robar al joven Neece. La carta que Brazos Keene tiene en su poder le descarga de toda culpabilidad con relación a este crimen. Era absolutamente imposible que Brazos Keene se encontrase en la choza cuando se perpetró el crimen. Y, lo que es más importante, Brazos Keene no pertenece a la clase de hombres que son capaces de cometer un asesinato tan vil y cobarde. Para ilustración de aquellos de los presentes que no hayan oído hablar de Brazos Keene, y además para limpiar su nombre de manchas de sospechas hasta donde este tribunal pueda hacerlo, propongo que oigamos a los hombres que le conocen... Señor Hutchinson, ¿quiere hacerme el favor de adelantarse? No es necesario que manifieste a la sala quién y qué es el señor Randolph Hutchinson.
Un hombre fornido, de más de sesenta años, pero todavía tieso y de mirada aguda, salió de entre la multitud.
—Señor sheriff y conciudadanos —dijo—: conozco a Brazos Keene desde hace muchos años; en realidad, desde la primera vez que recorrió el camino que conduce de Texas a Dodge.
Era un vaquero bravo, como habían de serlo verdaderamente todos los vaqueros que quisieran sobrevivir a aquellos días. Después de esto le confié un trabajo muy importante. No uno, sino muchos. Cierto tiempo más tarde trabajó en el rancho de don Carlos, con el equipo de Ripple.
Y vino con frecuencia a Las Ánimas. Estoy seguro de que muchos de nuestros ganaderos y comerciantes lo recordarán y estarán de acuerdo conmigo en decir que jamás ha montado a caballo en beneficio de los ganaderos honrados de estos contornos un joven más honrado y más justo.
A continuación, y sin que fuese necesario requerirle a que lo hiciera, compareció un hombrecito de rostro marchito, un mejicano.
—El mejicano Joe... conoce a ti, serió Brazos Keene —comenzó diciendo dramáticamente—. Joe administra pequeños restaurantes desde hace muchos años. Joe prestó dinero mucha veces a este vaquero. Brazos pagó siempre. Una ves salvó a mi niña de caer en mano de unos borrachos. Serió Brazos Keene es un caballero grande.
Este elocuente tributo provocó una sonrisa en los rostros de muchos de los espectadores más severos. Luego, el grupo de los asistentes se abrió para permitir el paso a un hombre de rostro de halcón, piernas arqueadas, gris, encorvado, que parecía haberse desarrollado y vivido sobre un caballo.
Brazos se sobresaltó violentamente.
—¡Hank Bilyen...! ¡Ah! Sheriff, no permita a ese granuja que hable de mí —gritó Brazos, suplicante.
—¡Hola, Brazos! —dijo Bilyen en tanto que se estiraba para presentarle una mano. Brazos la oprimió cordialmente entre las suyas.
—¡Hank, viejo carcamal! ¡Me había olvidado de ti!
—Bueno, pero yo no te he olvidado, vaquero, como pronto podrán comprobar —contestó Bilyen en tanto que daba un paso en dirección a Kiskadden—. Sheriff, voy a tener el gusto de darle a conocer algunos hechos relacionados con este hombre a quien ha tenido usted el valor de encarcelar.
—No, Hank, se engaña usted —replicó lentamente Kiskadden—. Lo detuvo mi agente, mi inteligente agente. Keene llegó aquí con todo el pelotón delante de él. Y se entregó para ser sometido a juicio. Interpretaré como un favor personal que tenga usted la bondad de manifestar lo que sepa de él.
—Bueno, caballero —dijo Bilyen mientras sonreía secamente al dirigirse a la boquiabierta multitud—. He pensado que cinco años es un tiempo muy largo... Porque hace precisamente cinco años que Brazos Keene daba motivo a nuestras conversaciones en torno a las hogueras de los campamentos. Y durante este tiempo ha llegado el ferrocarril, con muchas personas nuevas, y la mayoría de las antiguas han desaparecido... Por esta causa, para la mayoría de vosotros brazos Keene es un desconocido. Y a los nuevos rancheros, a los recién llegados, corno Surface y Bodkin, y a los demás, les digo que tienen la suerte de conocer ahora a uno de los vaqueros que hicieron que esta región sea apropiada para el trabajo pacífico. Brazos Keene es uno de los hombres que componían el pelotón del capitán Britt. Y si esto significa poco para vosotros, añadiré que Britt era la mano derecha del coronel Ripple.
Y Ripple fue uno de los rancheros más grandes que el Oeste ha tenido. Hace tiempo, el coronel fue a buscar a su hija, Holly Ripple, al Sur; y por aquella misma época, los bandidos de la frontera se concentraron en Nuevo Méjico, desde el Cimarrón hasta el paso de la Glorieta. Britt poseía unas cien mil cabezas de ganado. Para poder defenderlas y protegerlas tuvo que reunir el equipo de caballistas más grande que jamás ha defendido una marca. El equipo de Chisum no era superior al de Britt... Y Brazos Keene era el jefe de este equipo. No está bien que un hombre del Oeste hable de las hazañas realizadas con el revólver por un paisano suyo. Y es posible que si yo lo hiciera, se sintiera molestado Brazos Keene. Pero correré ese riesgo. Quiero decir que Brazos Keene es el hombre más rápido que he conocido cuando se trata de manejar un revólver, el más fiero de espíritu, el más incansable seguidor de pistas y rastros. Fue la astucia de Keene, su olfato de podenco para seguir una pista, y finalmente su habilidad con las armas lo que consiguió dar al traste con las bandas asociadas de ladrones que infestaban Nuevo Méjico. Sewall McCoy —todos habréis oído su nombre —era uno de esos ricos ganaderos untuosos, respetables, influyentes, prominentes, que tras esa fachada ocultan otros aspectos de su personalidad. Fue el más negro, el más sanguinario, el más astuto de todos los ladrones que hemos conocido. McCoy sostenía que los vaqueros muertos no hablan. Si no podía corromper la conciencia de los muchachos honrados, les preparaba una encerrona y los mataba a tiros. Brazos demostró a este caballero que procedía innoblemente... y lo mató. Y también mató a Williams, otro ganadero y caballero que seguía las huellas de McCoy. Y llevó al jefe de los ladrones, Slaughter, al que cargó sobre una silla, ahorcado antes de llenarlo de agujeros de bala, ante McCoy, y se encaró con McCoy teniendo en la mano el cuaderno de anotaciones que el ladrón guardaba, y llamó a McCoy los nombres y las cosas más terribles que jamás se hayan pronunciado en todas estas regiones. Lo denunció delante de dos equipos, lo maldijo, lo desafió, le obligó a desenfundar el revólver... y lo mató. Ésta, caballeros, es solamente una de las pequeñas proezas que han contribuido a hacer que el nombre de Brazos Keene sea tan conocido... Y ha sido a este Brazos Keene a quien nuestro listo agente ha tenido la desfachatez de detener y a quien nuestro nuevo vecino, el señor Raine Surface, ha pedido que se ahorcase, y a quien nuestro joven e inteligente conciudadano Barsh ha tenido la... —a falta de mejor nombre, lo llamaremos la locura, ¡Dios mío!— la locura de arrojar un lazo en torno al cuello. ¡Al cuello de Brazos Keene...! Si no he vivido en vano por espacio de los últimos veinte años en la frontera; si Hank Bilyen no ha perdido su noción del credo del Oeste y su memoria para los hechos históricos no se ha desvanecido..., entonces puedo decir que hay mil probabilidades contra una de que Brazos Keene encontrará al asesino de Allen Neece, y que llegará al fondo del extraño deseo del señor Surface de que se le ahorcase... Y en cuanto a Bodkin y Barsh... ¡Bien...! No es cosa de hacer predicciones en estos días tan azarosos, pero no quisiera estar en el pellejo de esos caballeros ni siquiera por un millón de dólares.
Por una vez en su vida, Brazos soportó los francos elogios que se le dirigían y las crudas referencias a su carrera y a su vida. La multitud, que permaneció silenciosa mientras duró la declaración de Bilyen, y al final, por medio de los rumores y de los gritos que se produjeron, dio pruebas del modo como la verdad se había abierto camino, especialmente en lo que se refería al acoquinado Barsh, el pálido y ardoroso Bodkin y el lívido Surface.
Brazos se puso en pie.
—No digas más, carcamal —exclamó con su voz fría y lenta—. Si tanto me aprecias y tan buen concepto tienes de mí, arriésgate a prestarme un saco lleno de pesos. ¿Quieres hacerlo?
No tengo ni un solo centavo, y me resulta muy molesto encontrarme en esta situación.
—Ven al Banco conmigo — replicó Bilyen mientras sonreía y se desprendía de su anterior enojo y apasionamiento.
Kiskadden golpeó el tablero de la mesa con los puños para poner término al diálogo, a las risas y al arrastrar de pies.
—Todavía no ha terminado por completo este juicio —explicó—. Brazos, te devuelvo tu revólver... ¡Toma! Y te pido perdón como hombre, ya que no puedo hacerlo como sheriff.
—Gracias, Kiskadden —dijo Brazos mientras se ponía el pesado cinturón—. ¡Cuánto me alegro! Cuando no tengo puesto este cinturón, me parece que voy desnudo... ¡Ah! Bien, ya lo había supuesto algún hombre meloso y defensor de la ley me ha quitado las balas. Tendré que recargar el revólver... para estar dispuesto en el q o de que me encuentre en la calle con algún granuja.
Estas festivas palabras de Brazos contrastaron con la rapidez y destreza con que recargó el arma y giró un tambor brillante. Uno de los espectadores estalló en una risa nerviosa, pero la mayoría de ellos pareció fascinada por la acción de— Brazos. En la frontera, con ley o sin ella, el arma de seis tiros era la primera autoridad.
—Bodkin dijo Kiskadden—, jamás he simpatizado con usted. Por qué le contraté para que me representase en esta comunidad, es una cosa de difícil explicación y todavía más difícil de tragar. Pero supongo que fue usted empujado hacia mis manos por Surface y por algunos de sus amigos de la Asociación de Ganaderos... Es usted el hombre menos apropiado —por no decir otras cosas peores —que he conocido en toda mi vida para representar a un sheriff. ¡Cómo! Allá, en Texas, duraría usted tanto tiempo como tardase en abandonar su empleo. Y mi último acto oficial como sheriff consiste en despedirlo. ¡Váyase! ¡Está despedido! No sería una mala idea la de que usted y Barsh se escondieran como les fuera posible... ¡Abran paso!
¡Déjenle salir...! Ahora, señores, ha terminado el juicio contra Brazos, y presento mi dimisión como sheriff. Una reacción que semejó un tumulto sucedió a este dramático final de la sesión. Brazos pudo advertir que la asamblea desaprobaba la decisión última del sheriff. Inmediatamente, pareció surgir una discrepancia entre los miembros de la Asociación de Ganaderos. Kiskadden no quiso escuchar a quienes se le acercaron para rechazar el desenlace de la reunión, y los forzó a seguir a los demás a la calle. Brazos y Bilyen quedaron a solas con el sheriff.
—Bien! Es posible que me alegre mucho de haber encontrado una ocasión como ésta —dijo con rostro resplandeciente de alegría.
—No le censuro, pero la región no aprobará su decisión —replicó Bilyen.
—¿Qué diablos tiene usted escondido en la bocamanga, Texas Jack? —preguntó astutamente Brazos.
—Te lo diré más tarde, Brazos. No pensarás marcharte ahora, ¿verdad? ¡Ja, ja...!
Necesito marcharme... ¿Qué quieres que hagamos de ese hermoso caballo que tienes?
—¡Que me muera si lo sé!
—Yo lo diré —añadió Bilyen—. Enviaré a un muchacho para que recoja tu caballo, y la silla, y lo conduzca junto al mío. Después te llevaré a que conozcas a mi patrón.
¿Quién es?
—Nada menos que Abe Necee..., un gran hombre. Brazos, he sido capataz en el rancho «Sombreros Gemelos» y después de la catástrofe no quise abandonarle. Te va a dar tanta lástima de él, que inmediatamente vas a querer luchar a sangre y fuego para defenderle.
—¿Crees que lo haré...? ¡Maldición! Esto es como salir de la sartén para caer en el fuego... Por lo demás, ya tengo bastante pena por esos Neece. Hank, ha sido una cosa digna de ti el quedarte a su lado. Siempre he creído que eres un buen amigo y un gran hombre.
Al llegar a la puerta se aproximó a ellos un joven con raídas ropas de montar. Tenía un perfil limpio y juvenil, y su rostro estaba tostado por la continua exposición al sol.
—Me agradaría poder estrecharle la mano, Keene —dijo vacilantemente, mas con una sonrisa cordial.
—Muchas gracias. Y ¿quién es usted? —preguntó Brazos lentamente mientras devolvía la sonrisa. Era el vaquero a quien más fácil resultaba acercarse y hablar... cuando lo hacían hombres del tipo de aquél.
—Jack Sain. Hank me conoce. Soy muy amigo de los Neece. Allen era mi compañero...
Me ha sobresaltado mucho, mucho..., lo que le ha sucedido.
—¡Ah! Me alegro mucho de conocerle, Jack.
—Brazos, ha sido su amistad con los Necee lo que le ha costado la pérdida de su empleo.
Trabajaba para Surface. Y, ya lo sabes, no hay precisamente lo que se llama una amistad entre los Neece y los Surface.
—Me alegrará poder ofrecerle la mía —añadió Brazos pensativamente—. ¿Dónde trabaja usted ahora?
—En ninguna parte. No puedo encontrar trabajo. Surface tiene mucha influencia en la Asociación y me ha puesto el veto.
—¡Maldición! —murmuró Brazos—. Eso es muy interesante. Surface parece desempeñar un papel muy importante en estos contornos... Jack, dónde ¿podré encontrarle esta tarde?
—Vaya a buscarme al restaurante «Sombreros Gemelos», de la estación. A la hora de la cena.
—¿Es el establecimiento de las hermanas Neece? ¿No se pondrán al verme... un poco... nerviosas?
—Janis estuvo conmigo en el despacho del sheriff. Se marchó cuando Hank terminó su declaración. Antes de marcharse, me dijo: «Jack, jamás creeré que ese vaquero haya matado a Allen»... Ambas muchachas son muy valerosas y se alegrarán mucho de verle.
—Perfectamente, Jack. Iré. Se separaron y Bilyen condujo lentamente a Brazos por la ancha calle arriba.
—Es un buen muchacho —decía Bilyen—. Ahora está en un momento de mala suerte.
Supongo que no te ha dicho todo lo que podría decirte. Lura Surface estaba enamorada de Jack. Es una mujer que se lanza a la conquista de cualquier hombre que encrespe su imaginación. Pero cuando Jack conoció a June Neece, se enamoró de ella. Jamás habrás visto a un vaquero tan profundamente enamorado. Y a June le agrada mucho el muchacho y le ha hecho buena cara también, aun cuando no sea tan amiga de amoríos como Janis.
—¡Dios mío...! Hank, ¿me estás leyendo una novela? A continuación me— dirás que las dos hermanas son cariñosas y lindas, y que... Bueno, Jack dijo que son muy valerosas.
—Espera a conocerlas, vaquero.
—¿Por qué he de esperar? Dime lo que sea, viejo, Y si es malo lo que hayas de comunicarme, podré coger mi caballo y largarme.
—Es bueno, Brazos —contestó Bilyen con seriedad—. June y Janis son las dos muchachas más hermosas que he conocido. ¡Hermosas! ¡Demonios, esa palabra no basta! Y lo más interesante es que son simpáticas y fieles... Y ¿valerosas? ¡Cómo...! El viejo Abe instaló y desarrolló ese rancho para ellas, las envió a la escuela para que se ilustrasen, para poder enorgullecerse de ellas... ¡Hace diez años! Regresaron con baúles llenos de ropas de moda y deseosas de llenar de alegría «Sombreros Gemelos»..., pero no llegaron allí. Toda la gente quiere a esas muchachas porque no son vanidosas. Y tan pronto como perdieron sus caudales se entregaron en cuerpo y alma al trabajo.
—Hank, creo que lo mejor que podré hacer será montar sobre Bay y marcharme inmediatamente a Montana —declaró Brazos con tristeza.
—¿Por qué, condenado tonto?
—Porque tengo una terrible debilidad...
—¡Ja, ja! Todavía no has logrado vencerla. No, me parece, Brazos, que está escrito que has de quedarte aquí.
—¿Está escrito? ¡Sí, diablos! Siempre me ha sucedido lo mismo... ¡Siempre soy el mismo! Creo que si me quedara un poco de buen sentido, debería marcharme en el acto.
—¿Desde cuándo se ha hecho egoísta Brazos Keene? —preguntó con burla sutil Hank.
—¿Egoísta? ¡Yo! ¿Qué diablos es lo que te preocupa tanto, Hank Bilyen?
—Piensa en ese pobre chico asesinado..., en ese pobre padre que tiene destrozado el corazón..., en esas pobres mujeres que trabajan desde el amanecer hasta la medianoche...
—¡En eso es en lo que estoy pensando! —protestó Brazos.
Bilyen se detuvo ante un Banco y dijo en voz baja al oído de Brazos:
—Las dos jóvenes han perdido a su hermano. Y el hermoso hogar que fue construido para ellas. Su padre está muriendo de dolor... Los han robado, engañado, arruinado... Y, finalmente, Brazos, el joven Allen Neece estaba dedicando su tiempo a descubrir el secreto de su ruina... ¡Y por eso fue asesinado! Brazos se recostó en la áspera pared del edificio e inhaló una gran cantidad de aire, que silbó al ser aspirada. La mirada de sus contraídos ojos recorrió la ancha calle llena de carros y caballos, las aceras inundadas de gente, la verde extensión lejana y las purpúreas montañas.
Era inútil que intentase contrariar al Destino o huir de lo inevitable. Y puso una mano, que parecía de acero, sobre el lugar del pecho junto al cual se encontraba la preciosa carta. Y recordó.
—Te comprendo, Hank, te comprendo —contestó con la lentitud de habla que le caracterizaba—. Vamos a atracar el Banco. Luego, llévame a que conozca a Abe Neece. Y después de esto, iré en busca de las dos hermanas... ¡Maldición! Ayer..., o casi ayer..., no tenía amigos y era un vaquero que ni siquiera podía comer... Qué pintoresca es la vida! Pero vale la pena de vivirla.
Unos minutos más tarde Brazos se hallaba en el exterior del Banco y oprimía con una mano el bulto que se formaba en su bolsillo y que no estaba constituido solamente por la preciada carta.
—Hank, solamente necesitaba un poco de dinero —dijo de modo que encerraba una reconvención—. ¿Cuándo y cómo diablos voy a poder devolverte todo esto?
—¡Demonios, Brazos, pregúntame otra adivinanza más fácil! Pero sé que me lo devolverás. Puedo p permitirme el lujo de privarme de ese dinero —contestó Hank riendo—.
Cuando comencé a trabajar con Neece le vendí mi manada de reses, y he guardado el dinero y los sueldos que gané... Es una suerte que lo haya hecho. Ahora puedo ayudar al viejo en sus dificultades; y presté a las muchachas el dinero preciso para establecer el restaurante.
—Siempre has sido un gran amigo, Hank. Mereces ser un ranchero importante... Oye, ¿quién es ese tipo tan desgarbado que se acerca?
—Es Sam Mannin. Todavía tiene su tienda al otro extremo de la calle. Es seguro que recuerdas a Sam.
—No. No lo habría reconocido —dijo Brazos—. ¡Diablos, lo que hacen los años!
Un occidental delgado y cano de aspecto venerable y cariñoso, se aproximó a ellos con el rostro iluminado por una sonrisa.
—¡Hola, Brazos! —dijo cordialmente en tanto que le tendía la mano—. He oído que estabas en la ciudad, pero no vi humo por ninguna parte... Me alegro mucho de volver a verte.
¡Y estás lo mismo que siempre!
—Buenos días, Sam. También me alegra poder estrecharle la mano. Voy a ir en seguida a su casa para comprarle la mitad de la tienda. ¿Tiene usted todavía pañuelos de aquellos rojos que Louise solía venderme?
—¡Muchísimos, muchacho! Mi almacén y mis negocios han crecido con los años.
—¡Muy bien! Y ¿cómo está Louise?
—Se casó hace bastante tiempo, Brazos. Tiene dos niños.
—¡Maldición! Diga a Louise Mannin que juré que tendría que esperarme.
—Lo haré. Supongo que se va a alegrar mucho... No dejes de ir a verla... ¿Cómo estás, Hank?
—Bien, Sam. Comenzaba a estar muy desalentado... hasta que Brazos llegó a la ciudad.
Ahora mejorarán las cosas.
—No sería de extrañar —respondió Mannin, en tanto que movía la cana cabeza y entraba en el Banco.
—Hank, vámonos a cualquier otro sitio donde haya menos gente.
—No te vayas, muchacho. Tengo que comprar comida... ¡Ja, ja! Mira quién te ha visto.
¿Tiene ojos? ¡Ah, no...!
—¡Sálvame, Hank! ¿Quién diablos...? Yo diría que es la hija de Surface.
—Exactamente, Brazos. Voy a entrar en la tienda. Espero que quedará algo de vosotros cuando salga.
Brazos sólo pudo prestar atención a la hermosa joven maravillosamente vestida que se aproximaba a él con el rostro cubierto de rubor y los ojos brillantes. Era más esbelta de lo que parecía cuando se hallaba a caballo, y estaba muy bien proporcionada. Tenía más de veinte años.
—Le felicito, señor Brazos Keene —dijo graciosamente en tanto. que le ofrecía su mano—.
Me alegro mucho, muchísimo. Fue un error estúpido.
—Es usted muy amable, señorita Surface —replicó Brazos al descubrirse e inclinarse para estrecharle la mano—. Al tener en cuenta el grandísimo interés que tenía su papá en que me ahorcasen, resulta más de agradecer que usted no lo tuviera.
—¡Oh, papá es un hombre imposible! —declaró ella nerviosamente—. Parece sospechar de todos los vaqueros que vienen del Oeste. Pero si viene alguno de Kansas, lo contrata en el acto.
—Es una cosa irrazonable y dolorosa para nosotros, los caballistas del Oeste —dijo Brazos sin desviar la mirada—. Tenía pensado alejarme de Las Ánimas; pero me parece que ahora me quedaré. ¿Cree usted que me sería posible verla nuevamente?
—Le será posible —replicó ella, enrojeciendo de manera adecuada a la situación—. Nada podría agradarme tanto.
—Pero al señor Surface no le agradará.
—He pasado de los veintiún años.
—No los representa usted... Me pregunto dónde he podido estar durante el tiempo que se ha desarrollado una mujer tan hermosa.
—He perdido la mayor parte del mío con vaqueros menos inteligentes que usted —respondió ella aceptando el reto descarado de Brazos con un oscuro resplandor de sus ojos verde azulados.
—La mayoría de los vaqueros son tontos. . ¿Cuándo y cómo podré verla, Lura?
—¿Cuándo y cómo quiere usted, Brazos? —contestó Lura, alegremente, en tanto que se ruborizaba de nuevo.
—Bien, me agradaría que fuera ahora mismo; pero tengo que ir con Hank... ¿Será demasiado pronto mañana? Por mi parte creo que podré resistir la impaciencia durante tanto tiempo.
—Supongo que todo ese largo tiempo le será muy duro de soportar —replicó ella enigmáticamente; y le miró con sorpresa. Sí, en sus ojos brillaba aquella luz de dulzura que solía brillar en los ojos de las mujeres cuando veían a Brazos.
—Será como si estuviera a punto de morir..., lo mismo que me sucedió en el rancho de usted el otro día..., cuando dijo a su padre que yo no podía haber asesinado a Allen Neece.
—¿Qué sucedió?
—Todavía no lo sé. Pero sentí una sensación muy extraña aquí —contestó Brazos llevándose una mano al corazón.
—¡Qué súbito es usted..., Brazos Keene! Creo todo lo que he oído hoy acerca de usted..., excepto que sea un malvado.
—En ese caso podré perdonarla.
—Apostaría cualquier cosa a que es cierto que ha sido usted un verdadero diablo para las mujeres.
—Si el hecho de que haya tenido muchas veces el corazón hecho pedazos lo confirma..., entonces soy culpable.
—¡Allá viene papa! —replicó ella fríamente—. Vaya a buscarme mañana por la tarde, hacia las tres, a la arboleda que hay en la orilla derecha del arroyo que desemboca en el Purgatorio a una milla de la ciudad. ¿Recordará todos estos detalles?
—Allí estaré —prometió Brazos.
Lura le recompensó con una mirada deslumbrante y se alejó calle abajo.
—¡Relámpagos y azufre! —se dijo Brazas mientras observaba cómo se alejaba la seductora forma—. Está terriblemente prendada de sí misma. Se vuelve loca por los hombres.
Y no sé qué más... Pero, ¡maldición!, de todos modos, me gusta.
Bilyen salió de la tienda cargado de bolsas de las que entregó una cantidad a Brazos.
—Te encuentro un poco frío, Brazos —observó—. Me preocuparía tu estado si no supiera que ibas a ver esta tarde a June Neece.
—Y ¿por qué June, si tiene una hermana gemela de la cual no es posible distinguirla?
—¡Oh, es posible... si ellas te ayudan un poco! Dije June, porque es fogosa. Se llama June porque el mes de junio es caliente. Janis se llama así, o así la llaman, porque es más fría; y este sobrenombre tiene su origen en Janus, que da nombre al mes de enero. Y supongo que no habrás olvidado la temperatura de estas tierras en invierno.
—Janis porque hace frío y June porque hace calor... Oye, Hank, me parece que alambicas demasiado las cosas... ¿Y si ellas no quisieran hacer una indicación respecto a cuál de ellas es a la que está haciendo el... a la que está hablando? En tal caso, el hombre se encontrará desconcertado... y perdido.
Se dirigieron a un corral y caballeriza de las afueras de la población, donde Hank envió a un chico en busca del caballo y la silla de Keene. Al cabo de poco tiempo, los dos amigos cabalgaban a través de un campo que despertó emocionantes recuerdos en Brazos. Y los hechas históricos más interesantes de los que habían sido olvidados por él, le fueron recordados por Hank.
—Brazos, debes recordar el Fuerte León, puesto que en él sostuviste una pelea hace alrededor de siete años. Bien, ahí está el viejo fuerte. Fue abandonado por el ejército hace dos años. Kit Carson se alojó en él muchas veces, allá hacia el año sesenta, y lo mismo hizo Búfalo BID, que proveía de carne al fuerte. Al oeste de la ciudad, a unas diez millas de distancia, se hallaban las ruinas del fuerte William Belt, que fue construido por los hermanos Belt en 1874, el mismo año que vine a Las Ánimas. Aquéllos eran días buenos, Brazos.
Entonces se hacían rodeos de grandes manadas de ganados que procedían de Panhandle, y grandes cargamentos de carne de búfalo, que se enviaban al Este. Las caravanas, los carros especiales para cruzar las praderas, los coches de línea... Todo ha desaparecido. ¡Ya se fueron aquellos días de leyenda?
—¿Sí? Yo creo que no ha desaparecido todo lo que era legendario; ni los días de vida bravía... ¡Ya sabes lo que me ha sucedido solamente en cuarenta y ocho horas!
Bilyen poseía un rancho de unos diez acres de extensión junto al Purgatorio. Una cabaña gris daba frente a la rápida corriente que discurría entre rocas, y a la espléndida vista de las llanuras que se erguían frente a las Rocosas.
—Puedo sentarme a la puerta de la casa y pescar truchas —dijo, vanidosamente Hank—.
¡Y mira aquello!
—Creo que te compraré este rancho y que decidiré asentarme en él —replicó Brazos soñadoramente.
Estaba inclinado sobre la rocosa ladera, todavía soñando, cuando Hank salió de la casa acompañado de un hombre delgado y cano en cuyo rostro se marcaban los estragos de las contrariedades sino de los años. Brazos se enderezó repentinamente, guiado por un instinto indefinible.
—Buenos días, Brazos —dijo el hombre—. Hank me ha hablado de usted. Me alegro de que se haya reconocido su inocencia de aquellas injustificadas acusaciones que se le hicieron.
—Me alegro mucho de conocerle, señor Neece —respondió Brazos cordialmente.
—Vaquero, tiene usted el mismo aspecto que mi hijo, Allen... Solamente que es mayor que él... Y hay algo que usted ya ha demostrado poseer... Allen era joven, nervioso, inexperto.
—Sentémonos en esta ladera. ¡Hermosa vista! Voy a comprar este lugar a Hank.
¿Ha visto usted a mis dos hijas gemelas?
—Todavía no. Pero me han hablado mucho acerca de ellas. Y voy a entregárselo a ellas, señor Neece. Tengo muchas ganas de conocerlas.
Neece suspiró y dirigió la mirada hacia más allá de las verdes espesuras y de las arboledas, hacia la abierta y limpia extensión. No era viejo ni débil. Pero podía apreciarse claramente que el terrible desastre le había quebrantado.
—¿Es cierto lo que me ha dicho Bilyen, Brazos? —preguntó con un esfuerzo.
—¡Diablos! Tengo siempre una confianza absoluta en Hank..., excepto cuando habla de mí.
—Hank dice que va usted a quedarse aquí y que va a hacer investigaciones respecto al trato que los Neece hemos recibido.
—Con toda seguridad. Todo eso me parece muy extraño —declaró Brazos; y comprendió que no experimentaba aversión a que se le arrastrase al interior del misterio de los Neece.
—Es usted muy bueno, vaquero. Pero ¿por qué se interesa por nuestras contrariedades y desgracias? No conocía usted a Allen. No conoce a mis hijas. Surface, que nos ha arruinado, está a la cabeza de la potente Asociación de los Ganaderos del Colorado. Se echa usted una carga muy grande sobre las espaldas.
—La contestación es muy sencilla —respondió Brazos fríamente—. Bodkin me detuvo porque quería hacer responsable del crimen a cualquier otra persona. Creyó que yo era desconocido..., que era un vaquero desgraciado... Surface quiso que se me ahorcase. Y todo ello por razones que quiero descubrir. Y si todo esto no fuera bastante para encolerizar a Brazos Keene... Bien, en ese caso lo sería el sucio trato que usted y sus tres hijos han recibido.
Eso es todo, Neece. No me gusta fanfarronear, pero debo declarar que los componentes de esa cuadrilla han realizado algunas hazañas que van a resultar muy malas para todos ellos.
—¿Sugiere usted que Surface está relacionado de algún modo con Bodkin?
—No sugiero ni insinúo nada. Lo afirmo, señor Neece. Pero ¿es necesario que se diga a usted que Surface no es hombre leal..., que Bodkin era solamente un fanfarrón, un agente del sheriff muy sospechoso? Kiskadden lo sabía, y se ha alegrado mucho de que yo haya llegado dispuesto a deshacer a esa cuadrilla. Y Kiskadden ha dimitido en el acto.
—¿Ha dimitido? ¡Ah! —exclamó Neece, que comenzaba a interesarse mucho más que anteriormente por el joven y su situación.
—Conozco desde hace pocas horas a Kiskadden. Es un tejano, no puede dudarse, y me habría ayudado cuando llegase el caso de recurrir al uso del revólver. He visto que tenía varios en su mesa. Y todos preparados para ser recogidos y utilizados con rapidez... Pero tiene algo guardado en la bocamanga, además del trato que hasta ahora me ha concedido. Supongo que mi rendición a él...
—¿Rendición? Creí que había sido usted detenido y encarcelado.
—No ha sido así exactamente —replicó Brazos—. Bodkin y su pelotón me detuvieron, es cierto. Pero cuando llegamos a Las Ánimas y al despacho del sheriff, todos los hombres del pelotón iban delante de mí, sentados en sus sillas y cautivos.
—¿Cómo lo consiguió usted?
Brazos hizo un breve relato de la disputa y del modo como Inskip le había ayudado a vencer a aprehensores.
—¿Inskip? De modo que ¿iba con el pelotón? Veo, Brazos Keene, que todos los hombres del Oeste, los verdaderos hombres del Oeste le apoyan.
—Pues como he dicho, tengo la seguridad de que Kiskadden se propone hacer algo, que tiene algo en su bocamanga... Neece, tengo una carta que sirvió para librarme de las acusaciones por el... por el asesinato de su hijo. Es una carta de Nuevo Méjico. Se la he leído a Kiskadden. Voy a leerles unos párrafos a usted y Hank. Cuando encontré por primera vez a Surface, ni siquiera había leído la parte de la carta que a él se refiere; y cuando la leí me sorprendí mucho... Pero es preciso que guarden el secreto de esto, ¿comprendes?
Brazos sacó la carta de Holly, la abrió y alisó cuidadosamente y pasó varias páginas hasta llegar a la posdata de Renn Frayne. Los párrafos que se referían a Surface fueron leídos por él lenta y gravemente.
Neece demostró que todavía había en él suficiente dureza de pedernal para producir chispas. Estaba a todas luces emocionado, pero se dominó admirablemente y, de modo muy manifiesto, descubrió su verdadero yo por primera vez desde que se produjo el desastre.
—¡No es coincidencia! ¡Aquella manada era la mía! Fue vista por última vez junto al río Canadian.
—Ya lo había supuesto. ¿Qué opinas tú, Hank?
—¡Brazos Keene! De modo que ¿caíste de las nubes con esa carta? ¡El mismo Brazos Keene de siempre...! ¡Por todos los diablos! ¡Estoy irritado! La única luz que puedo ver es roja... ¡Ja, ja! Aún quedamos algunos de nosotros... Surface, el...
—¡Cállate, Hank! —le interrumpió Brazos—. ¡Eres un terrible profano! Al fin y al cabo, puede no ser cierto lo que sospechamos... Pero ¡no es posible que no lo sea! Hemos de adquirir la completa seguridad... Creo que lo que Frayne me comunica es una cosa muy importante para esta parte del Colorado... Neece, he oído su historia; me la ha referido Hank.
Sólo quiero hacerle una pregunta: ¿cómo y cuándo perdió usted el dinero que Surface le pagó en Dodge?
—Es tan sencillo como el abecé. Necesitaba dinero. Lo obtuve, lo guardé en un saquito, y tomé el tren. El tren llegó con retraso. No arribó a Las Ánimas hasta después de medianoche.
Jerry, mi mozo de caballos, fue a buscarme en un cochecillo. Y nos dirigimos al rancho. Al llegar al recodo de la carretera, donde se cruza con el río y los algodonales son más espesos, fui detenido y robado por tres hombres.
—¡Ah! Y esos hombres sabían seguramente quién era usted y qué llevaba.
—¡No hay duda! ¿Encontró usted algo familiar en alguno de ellos?
—No. Eran desconocidos. Y llevaban máscaras. Pero jamás olvido la voz cuando la oigo.
Uno de los tres enmascarados tenía una voz juvenil, aguda, casi femenina. Llamó al más voluminoso de los hombres algo que me sonó «Brad», y recibió muchas maldiciones por haberlo hecho. Parecían ser unos caballistas duros, fuertes.
—¡Brad! —repitió Brazos como un eco, en tanto que el pulso le latía aceleradamente—.
¿Fue eso todo lo que oyó usted?
—Sí. Uno de ellos me dio un golpe en la cabeza. Jerry no se ha repuesto todavía de la paliza que recibió.
—¿Ha dicho usted a alguien que oyó ese nombre, Brad, pronunciado con voz nerviosa y aguda?
—Ahora que lo pienso... No, creo que únicamente se lo dije a mi hijo Allen. Y ¿a usted, Hank?
—No me lo dijo usted.
—Debí de olvidarme después de decírselo a Allen. Me excita usted tanto, Brazos, que me obliga a recordar muchas cosas con gran claridad.
—Bueno, eso es todo lo que necesitaba saber por ahora. Quiero pasear un poco para poder pensar. luego iré a la ciudad para acudir a la cita con Jack Sain... Neece, ¿aprecia usted a ese vaquero?
—¿Jack Sain? Sí, aun cuando solamente lo conozco desde que las muchachas regresaron.
Jack y Allen eran amigos, y... —la voz de Neece se quebró...
—¡Ah...! También a mí me ha sido simpático... Jack; volveré por la mañana. Y usted, señor Neece, no se acalore excesivamente con todo esto. Es posible que yo esté loco, pero también es posible que me halle sobre la pista del asunto más negro y sanguinario que he seguido en toda mi vida. Por eso nos conviene a todos tener prudencia. Adiós.


IV
Brazos Keene se dirigió lentamente hacia Las Ánimas, sin siquiera advertir el glorioso crepúsculo, rojo y dorado, ni los muchos jinetes que con él se cruzaron. Todavía estaba luchando contra el viejo impulso familiar que le impelía a alejarse de allí. ¡Siempre era lo más prudente de cuanto podía hacerse! No obstante, Brazos sabía perfectamente que se había comprometido a cumplir un duro deber que sólo podía tener por epílogo un derramamiento de sangre. Y, sin embargo, advertía también la fascinación que sobre él ejercía la intrigante tragedia de los Neece.
Cuando llegó a la estación del ferrocarril, estaba muy próxima la hora de la cena. El restaurante que buscaba era aún más grande que la misma estación y había sido construido sobre una vieja casa de adobes, reformada y ampliada, que apenas le era posible recordar. Un segundo piso había sido añadido a la planta baja, y todo ello estaba blanqueado con cal. El edificio, su emplazamiento y la gran muestra que tenía, todo era atractivo. Una barandilla de hierro para amarrar los caballos corría a lo largo de la fachada. Brazos desmontó mientras continuaba preguntándose acerca de su situación y de su estado de ánimo para hacer frente al importante encuentro que se avecinaba. Ató a Bay a la barandilla, y entró rápidamente en el restaurante, con paso sonoro, con la esperanza de hallar en el establecimiento al joven con quien estaba citado. Mas Jack Sain no se hallaba en el local. Por lo que le pareció observar de la primera ojeada, el lugar estaba desierto.
Brazos pasó una pierna sobre el banco, se apoyó en el mostrador y miró en torno suyo.
El restaurante tenía ventanas en tres de sus muros. Evidentemente, la entrada a la cocina estaba situada en la pared restante. Había un nuevo mostrador en el centro de la estancia, con bancos a su alrededor, y unas mesitas y sillas junto a las ventanas. El interior del restaurante aumentaba la impresión de inmaculada blancura que producía su exterior.
—¡Maldición! Esto es una casa de comidas buena y barata... Seguramente los vaqueros deben de atracarse aquí... ¿Quién servirá...?
En aquel mismo instante sucedieron dos rosas simultáneamente. Brazos se acordó de las gemelas de Neece, y una puerta se abrió para dar paso a una joven. Brazos jamás pudo saber qué le causó tan viva impresión, pero lo cierto fue que en ningún momento de su vida le había producido ninguna mujer el efecto que aquélla provocó en él. Era menuda y graciosa de formas, de cabello claro, pero no rubio, y tenía en el dulce y blanco rostro una expresión de tristeza. Había visto al joven antes de que entrase, y Brazos se preguntó por qué no se comportaba como una camarera. La muchacha se acercó a él, puso ambas manos sobre el mostrador y se inclinó hacia delante. Sus ojos eran de un color pardo claro, y parecieron absorber a Brazos. Buscaban el alma del joven. A Brazos le parecieron los ojos más hermosos, más tristes, más acusadores que jamás hubieran podido agitar el alma de un pobre vaquero. Una angustia grande se cuajó repentinamente en el pecho de Brazos; mas, aun cuando era muy inquietante, no era tan torturadora como el temor que aquella mirada oscura y conturbada le provocó. Brazos estuvo a punto de estallar, de jurar por el cielo y la tierra, que no había asesinado a Allen Neece.
—Brazos Keene — afirmó la muchacha.
—¡Hum! Yo... yo era ese pobre hombre cuando entré aquí —dijo Brazos haciendo un esfuerzo por sonreír—; pero no tengo la seguridad de quién era ahora.
—Yo soy... June Neece —contestó ella en voz baja y un poco alterada.
—¡Ah! Quisiera poder decir... —tartamudeó Brazos sin saber qué era lo que querría poder decir.
Lamentamos mucho que fuera usted detenido y encarcelado por...
—¡Eso no es absolutamente nada! —la interrumpió Brazos con una expresión de irrazonada simpatía—. Estoy acostumbrado, señorita Neece, a que siempre que entro en alguna población me suceda algo por el estilo. Soy un hombre muy distinguido bajo este aspecto.... Y en cuanto a la causa de que sucediera esta vez, no debería recordar... Pero juro que soy inocente.
—No lo jure —replicó ella con vehemencia—. Aun cuando no se hubiera demostrado su inocencia, yo habría sabido que no es usted culpable—. Y apoyó la mano sobre la palma de la de Brazos y la dejó allí en tanto que se volvía para llamar—: ¡Janis, ven aquí!
Y entonces creyó el sorprendido y emocionado vaquero que otra June Neece entraba en su corazón. Pero tuvo la suficiente serenidad para comprender cuál era la naturaleza de la dolencia que, por una vez, desvió y amortiguó su frialdad y su indiferencia.
—Janis, éste es él —dijo la primera visión de ojos pardos a la segunda; y añadió, dirigiéndose a él con una sonrisa—: Mi hermana, Janis.
No había posibilidad de distinguir a una muchacha de la otra. La llamada Janis enrojeció repentinamente, y un brillante resplandor disipó las tristes nieblas de sus ojos.
—¿Brazos Keene? ¡Oh, cuánto me alegro de conocerle! —exclamó; y, repitiendo el acto de su hermana, puso la mano sobre la que Brazos había apoyado en el mostrador.
—Yo también me considero muy feliz por conocer a ustedes —respondió Brazos, que comenzaba a recobrar su compostura. Allí estaban, ante él, aquellas infortunadas hermanas gemelas, colocando las manos sobre las suyas. Dos pares de ojos pardos, en lugar de uno, le miraron con una cálida y dulce luz de simpatía y de fe. Aquél era el momento que Brazos Keene había deseado; aquélla fue la chispa que le inflamó.
Brazos encerró aquellas dos manecitas entre la fortaleza de las suyas y las mantuvo prietamente inmovilizadas.
—June y Janis —dijo—: no he venido por azar. Antes ha sucedido algo que ha dado origen a mi presencia en este lugar. He conocido a su amigo, Jack Sain. Hank Bilyen es un antiguo amigo mío. Me ha llevado a ver al padre de ustedes. Y he oído su historia...
—¡Oh, espero que papá no se haya mostrado injusto con usted! —le interrumpió June—.
Está tan ofuscado, tan aturdido...
—Su papá es un gran hombre..., un verdadero hombre del Oeste. Ni es viejo ni está arruinado. Solamente un poco desconcertado y descorazonado por esos duros golpes... ¿Les agradará saber, señoritas, que no estaba aturdido ni ofuscado cuando me separé de él?
—¡Oh! —exclamó June.
—¡Brazos Keene! ¡Hemos oído hablar mucho de usted! —añadió Janis—. Nada de lo que haga podrá maravillarnos ya. Pero si consiguiera usted despertar a papá de su letargo..., si lograse resucitar su antiguo espíritu de lucha..., animarle y vivificarle, como intentó hacer el pobre Allen sin resultado... ¡Oh, Brazos Keene June y yo le adoraremos!
—Creo que ya lo he conseguido... De modo que pueden comenzar a adorarme ahora mismo —dijo Brazos lentamente y con aquella sonrisa que tanto le transformaba.
—¡Lo ha hecho ya! —exclamaron las dos mujeres al unísono.
—Dije a su papá que tenía la certeza respecto a lo que había sido de la manada de novillos tejanos cornalones que vendió a Surface y que se perdió en el camino del Norte.
—¡Oh! ¿Está usted seguro? —preguntó suplicante Janis en tanto que le oprimía una mano.
June le miró como si se encontrase en presencia de un fenómeno excesivamente bueno para que pudiera creerse que fuera cierto.
—Creo que sí.
—Eso es lo que Allen intentaba descubrir. Me lo dijo en confianza.
—¡Ah! Entonces, su hermano estaba investigando en esta cuestión? —preguntó Brazos meditativamente.
—Allen juró que jamás reposaría hasta conseguir que nuestro... nuestro «Sombreros Gemelos» fuese recuperado —contestó Janis con lágrimas en los ojos.
Brazos sucumbió definitivamente en aquel momento; comprendió que era inevitable, y que acaso con la decisión que tomaba de modo irrevocable ponía en juego la vida; pero la encantadora proximidad de las dos muchachas, la seguridad del papel tan importante que habría de jugar en sus vidas, incrementó su antiguo deseo de acción, su inquieta despreocupación por sí misma. Tiró de las manos de las dos jóvenes para aproximarlas más al mostrador y dirigió una cauta mirada en torno suyo.
—Escuchen —murmuró—, y encierren este secreto en sus lindas cabecitas... Voy a descubrir a los asesinos de su hermano... y a matarlos. Y, lo que es más aún, voy a expulsar a Surface del rancho que robó a su padre y a devolvérselo a ustedes.
Brazos, alentado por lo que sentía y no podía comprender, tenía esperanzas, atrevimiento y resolución exageradas. Una vez que la hubo formulado en voz alta, la promesa le pareció excesiva. Pero las muchachas no le pusieron reparos, no hicieron objeciones, sino que aceptaron sus palabras con toda seriedad, con mortal ansiedad, y empalidecieron un poco.
Brazos podría, del mismo modo, haber estado mirando a una sola mujer, tan semejantes eran ambas. Las dos hijas de Neece eran nuevas en el Oeste, pero formaban parte de él. Habían estado en el Este durante el tiempo suficiente para compartir el temor que los vaqueros desesperados provocaban en los recién llegados; pero eran occidentales de raza y ni dudaban del Oeste ni lo temían.
La puerta de la calle golpeó, con lo que interrumpió la elocuente aceptación que parecía temblar en los dulces labios de las hijas gemelas de Neece. Jack Sain entró pisando con fuerza, encendidos los ojos soñolientos, la sonrisa cordial.
—¡Hola, Brazos! Ya veo que hace usted amistades sin necesidad de mi ayuda —observó al ver que las jóvenes desprendían las manos de la de Brazos.
—Nos hemos presentado nosotras mismas —contestó Janis alegremente. June permaneció silenciosa, dirigiendo una sonrisa al joven.
—Bien, Sain, ya ha venido usted... y yo le había olvidado por completo —dijo Brazos—.
Sí, he conocido a sus amiguitas, y me alegro mucho... Les he estado contando la mala suerte que he tenido desde mi llegada; tan mala, que no me anima a permanecer aquí por mucho tiempo... Y esto me ha compensado de la ausencia de usted.
—Jack, este vaquero, Brazos, no es tonto —comentó Janis con el fin de atormentarle.
—¿Tonto? Jamás podría aplicarse esa palabra en este mundo a Brazos Keene. Ya os ha llenado de ánimos. Y me alegro muchísimo.
—Más me alegro yo —aseguró Brazos.
—Vamos a pedir nuestra cena antes de que venga el tropel —propuso Jack.
—¿Comida ¿Tropel? Oiga, ¿estoy loco? —exclamó Brazos.
—Lo está usted... y eso me regocija. Apostaría cualquier cosa a que no sería usted capaz de pedir a June o Janis huevos con tocino... ni siquiera para salvarse la vida.
—¿Tocino y huevos? No, no lo haría. No podría.
—Muchachos, ¿qué quieren tomar? —preguntó una de las gemelas. La otra se había vuelto hacia nuevos visitantes que comenzaban a llegar procedentes de todas partes.
—¿Es usted June o Janis? —preguntó Brazos con desconcierto.
—No importa. Cualquiera de las dos podremos servirle. Pero dese prisa. Dentro de unos momentos se habrá llenado el local de gente. Estaba muerto de hambre cuando vine, pero ahora no me sería posible comer —declaró elocuentemente Brazos.
—¡Ja, ja! ¿No lo había adivinado? —dijo Jack en tanto que se reía regocijado por algo que Brazos no comprendió—. Pediré dos raciones. Carne, patatas majadas con salsa, pan, manteca y café... Y di al cocinero mejicano que Billy «el Niño» está aquí.
En tanto que el restaurante se llenaba rápidamente de gentes de todos los tipos y clases, y que la joven camarera iba de las mesas a la cocina y regresaba, Brazos escuchó a su verboso amigo y esperó ansiosamente la llegada de June, sin abrigar ninguna esperanza de que pudiera saber en realidad si la que llegase sería ella o su hermana.
Sin embargo, cuando Jack le dio un codazo en las costillas, Brazos salió de su ensimismamiento.
—Mire detrás de usted... Aquel ranchero guapo y tan bien vestido... —murmuró Sain—. En aquella mesa...
—Bien —contestó Brazos—. Sí, sí. ¡Qué flamante! Y tiene un rostro hermoso. ¿Quién es?
—Henry Sisk. Y es cierto que tiene una cara guapa, lo reconozco. ¡Demasiado guapa! A las mujeres les gusta mucho ese hombre.
—No las censure. Y ¿también a June y a Janis?
—June no podría verle ni siquiera a través de un telescopio. Pero tengo la impresión de que a Jan le gusta. De todos modos, es a Jan a quien parece estar cortejando.
—¿Cómo diablos se las arregla para saber a cuál de las dos corteja?
—No suele saberlo a menos de que ellas se lo digan.
—¿Cómo las distingue usted, vaquero?
Jack enrojeció perceptiblemente, mas no se avergonzó.
—No las distingo. Pero las muchachas son lo suficientemente atentas para darme a entender quién es cada una de ellas.
—Diablos! Y ¿qué hace usted si no se lo indican?
—Brazos, soy un vaquero muy poco inteligente, créame, pero no se engañe... Tanto June como Janis se han comportado de una manera muy amistosa conmigo. Eso es todo. Jamás he tenido el valor necesario para coger de la mano a June y retenerla entre la mía. No son unas coquetas estas muchachas, ni amigas de flirtear.
—Ya lo he comprendido. Bien. ¿Qué tenía que decirme acerca de ese Sisk? ¿Es una persona decente?
—Sí. Y tengo celos de él, lo reconozco. Henry es joven, guapo, rico y bueno.
Voy a ver si obtiene mi aprobación —dijo lentamente Brazos, fríamente, al mismo tiempo que giraba en el banco—. Jack, pida pastel de manzana y leche para mí, si tiene ocasión.
Brazos estiró hacia arriba el pesado cinturón y dio unos largos pasos en dirección a la mesa a que se hallaba sentado Sisk. Su abierto rostro y sus oscuros ojos impresionaron favorablemente a Brazos.
—Buenos días, Sisk —dijo—. Mi compañero, aquel que está sentado allá, me ha dicho quién es usted. Yo soy Brazos Keene.
—¿Cómo está usted? Le vi entrar —contestó el joven ranchero. Y no lo dijo con descortesía, sino con sorpresa y desconcierto. Pero adelantó la mano espontáneamente.
—Me interesa saber si necesitará usted un caballista —contestó Brazos después de haber completado el saludo.
—Siempre me hace falta algún caballista que sepa trabajar.
—¡Maldición! ¡El trabajo no me sienta bien! —dijo lentamente Brazos con su cautivadora sonrisa—. No me doy mala maña para echar el lazo, pero no sirvo para la mayoría de los trabajos de los vaqueros, y prefiero morir de hambre antes que cavar agujeros para colocar postes... Pero si no está mal que yo lo diga, soy bastante hábil para manejar el revólver.
—Brazos, es usted una cosa imposible de encontrar un vaquero modesto dijo Sisk riendo—. Si habla usted en serio, vaya a verme algún día a mi rancho.
—Gracias. Lo haré cualquier día de éstos —terminó Brazos; y volvió a sentarse al lado del joven Sain. Sain miró a Brazos interrogativamente. En aquel momento, una de las muchachas le llevó una abundante ración de un morado pastel de manzana y un gran vaso de leche cremosa. Brazos miró primero estas cosas y luego a la encantadora camarera.
—¿Acaso me engañan mis pobres ojos?
—¿No me pidió usted pastel de manzana y leche? —preguntó ella.
—Así ha sido. Pero jamás pude soñar que hubiera un pastel de manzana y un vaso de leche como éstos. ¿Quiere usted hacer el favor de traerme una ración doble, señorita Janis?
Brazos encontró que su postre favorito y su vaso de bebida predilecta eran aún más deliciosos de lo que le habían parecido. Ambos desaparecieron como por arte de magia cuando la muchacha regresó para poner ante él un nuevo plato de pastel y otro vaso de leche.
—Señorita Janis, quisiera saber si podría venir aquí siempre que quisiera para tomar una cena tan espléndida como la que hoy he tenido —preguntó Brazos de modo impresionante.
—¡Claro que sí! Puede usted venir siempre que quiera..., a condición de que pague lo que consuma —respondió ella intentando fingir seriedad.
—Pero es que estoy por completo arruinado. El dinero se me escapa por los agujeros de la ropa.
—Éste es un negocio en que solamente se sirve al contado, señor Keene —dijo Janis con coquetería.
—El mejicano Joe tiene confianza en mí —continuó Brazos—. Oiga, señorita Janis, no me agradaría ser excluido de las personas que concurren a este hermoso local, solamente a causa de que suelo encontrarme con gran frecuencia en apuros económicos.
—¿Puede usted darnos buenos informes respecto a su buen crédito y a su carácter? —preguntó ella equívocamente—. Y si nos trae usted esos informes y son satisfactorios, entonces podremos abrirle un crédito... y, dicho sea de paso, no soy Janis, sino June.
—¡Socorro! —suplicó Brazos fervientemente levantando las manos.
Sain oyó este diálogo y sonrió.
—No hay socorro —dijo.
—¿Qué puede hacer un hombre en estas circunstancias —preguntó implorante Brazos, sinceramente espantado y aterrorizado de la extraña situación.
—Supongo que lo único que puede hacerse es una cosa imposible —replicó Sain prudentemente; y de esta enigmática observación, Brazos no pudo obtener ningún consuelo.
Terminaron los postres, y tuvieron que esperar para pagar la factura.
—Oiga, June —dijo Brazos corriendo el riesgo de equivocarse nuevamente, aun cuando pareció acertar—. ¿Cuánto debemos por esta magnífica cena? Y ¿tendremos que esperar a la vuelta de la esquina toda la noche para poderla ver a usted mañana?
—Un dólar y ochenta centavos —contestó June en tanto que cogía el billete que Brazos le entregaba—. ¡Veinte dólares! Sí, está usted arruinado.
—¡Demonios! ¿Es un billete de veinte dólares?
Mientras June iba en busca del cambio, Brazos vio que Janis llevaba una bandeja a la mesa de Sisk. No había posibilidad de equivocarse respecto al estado de ánimo del joven.
Janis podría haber estado en la soledad de la pradera por lo que a él se refería. El joven levantó suplicantemente la mirada hacia el rostro de ella. Y cuando ella puso ante él los diversos platos que portaba, Brazos pudo ver que Sisk cogía de una mano a Janis. Janis le dirigió una sonrisa, negó con un movimiento de cabeza y se alejó.
—Ahí tiene usted lo suyo, señor Brazos Keene —dijo lentamente June .al oído de Brazos.
La muchacha imitaba perfectamente el acento tejano del vaquero, y lo hacía con rostro serio.
Brazos extendió una mano para coger el cambio.
—Oiga, señora, he dado buenos escarmientos a muchas mujeres con menos motivos de los que usted me ha dado.
—¡Bah...! Ése es su cambio. Espero que se hará usted un buen parroquiano nuestro.
—June, voy a hincharme de comer aquí hasta la muerte. ¿Cuándo la podré volver a ver?
—A la hora del desayuno.
—Pero, oiga, joven, no tengo nada que hacer por ahí fuera. Solamente podría ir a las tabernas o a las salas de juego. Y usted sabe que soy Brazos Keene. ¡Maldición! Siempre hay algún hombre acechándome por cualquier sitio para dispararme un tiro por la espalda.
Era un pretexto bien escogido por Brazos. No era una mentira, y le había dado buen resultado en muchas ocasiones. Los ojos de June se dilataron. La muchacha bajó la vista hacia él, desconocedora de que ya se había apoderado por completo del vaquero.
—Salimos a las diez. Me agradaría que conociera usted a mi tía. Es hermana de papá y vive en el piso de arriba.
—Me parece muy bien; vendré.
—Jack, ¿vendrá usted también?
—Lo siento mucho, June. No podré venir esta noche. Cuando salieron y Brazos se dirigía a la barandilla de hierro para desatar a Bay, volvió a mirar hacia el interior del restaurante. La joven estaba todavía inmóvil, como si se hallase a solas en la atestada habitación, con la mirada fija en él. Aquella mirada hizo que el corazón de Brazos saltase de gozo. Brazos pensó si habría llevado con sus palabras a las dos mujeres a mantener vanas esperanzas. Y se maldijo a sí mismo por su inquieta cualidad de vaquero.
—Jack,. ¿dónde está su caballo? —preguntó ásperamente.
—No tengo caballo.
—¡Demonios! ¡Un vaquero sin caballo! Tendremos que poner remedio a esto. Pediré un caballo a Hank. ¿Dónde vive usted?
—Fuera de la ciudad. No muy lejos —contestó Sain evasivamente.
—Ha sido una gran suerte que nos hayamos conocido, Jack. Ya he comenzado a apreciarle —dijo Brazos en tanto que apretaba la cincha del caballo—. Tenemos que vernos muchas veces más.
—Si hubiera usted estado alguna vez sin trabajo, sin caballo y sin amigos, sabría cuáles son ahora mis emociones —replicó Sain; y dando las buenas noches a Brazos, se alejó a lo largo de la calle, que estaba pobremente iluminada.
—Bien. Ese muchacho tiene otras preocupaciones más importantes que las que le ocasiona una mujer —monologó Brazos en tanto que montaba su caballo—. ¡Maldición! En este mundo no hay nada más que... preocupaciones y disgustos. Y aquí estoy yo, hundido en todo ello... y encantado de estarlo.
Brazos se encaminó hacia la caballeriza donde Bilyen guardaba su caballo cuando se encontraba en la ciudad, y después de entregar el suyo a un muchacho, empezó a pasear lentamente por la calle. Brazos jamás podría gobernar su corazón, pero ejercía un dominio absoluto sobre su raciocinio. Y tenía interés en relegar aquella dulce e insidiosa emoción al fondo, y comenzar a atormentarse el cerebro.
La calle mayor de Las Ánimas había estado siempre orgullosa de sus múltiples tabernas, garitos de juego y salones de baile. Todo ello parecía no ser tan numeroso ni tan próspero como durante las grandes transacciones de ganado de 1874 y los años siguientes, pero todavía estaban en gran abundancia, pensó Brazos; y algunos de tales establecimientos ofrecían un aspecto tan dignos de desconfianza como siempre.
Brazos subió por una de las aceras de la larga calle y descendió por la otra. Tardó media hora justa en realizar este paseo, exactamente el mismo tiempo que tardó en decidir sobre su futura línea de conducta. A Brazos le parecía que, en medio de todo, corría a su cargo la decisión de muchas cosas importantes. ¿Con cuántos hombres malvados se habría rozado los codos? ¿Qué era lo que le hacía inclinarse siempre hacia el enigma de una situación? Brazos se hizo muchas preguntas para las cuales no tuvo respuesta. Tenía una fe suprema en un algo que le impelía a continuar. Todo lo que tenía que hacer era correr a caballo por las llanuras, pasear por aquella ancha calle de Las Ánimas, haraganear por los garitos de juego, por las tabernas, por las tiendas y por las esquinas. El observar y el vigilar se habían convertido en una especie de segunda naturaleza para él. Cuando olfateaba algo, «olía perseguirlo lo mismo que un podenco. Allen Neece había sido asesinado. A su padre lo habían arruinado. Estas negras hazañas parecían estar enlazadas una con otra. Se había tramado un complot contra los Neece. Brazos no sabía si muy sencillo o muy complicado. Por el momento todo le parecía muy sencillo. Lo único que había de hacer era encontrar a un hombre llamado Brad o Bard, y a un compañero suyo que tenía una voz aguda y nerviosa. Esto podía suceder en cualquier ocasión, pero Brazos no quiso engañarse a sí mismo. Un asunto tan sucio como aquél tendría muchas pequeñas pistas que condujeran al núcleo central, que era al robo de ganado en gigantesca escala.
Finalmente, Brazos entró en una taberna llamada «Días felices», que era nueva para él; pero la llamativa instalación, los ruidosos bebedores y el olor del ron estaban muy lejos de serle desconocidos. Era demasiado pronto para que hubieran comenzado las partidas de juego.
La entrada de Brazos pareció no ser advertida; mas, aun cuando se mantuvo alejado del mostrador y de los bebedores, no dejó de ser visto y reconocido. Brazos no fingió estar buscando a alguien. Lo estaba en realidad, aun cuando no sabía a quién, y su presencia produjo un apaciguador efecto sobre los ocupantes de la sala.
Desde tal lugar pasó al otro lado de la calle y entró en otras varias tabernas. Volviendo al lado anterior, penetró en «La Llamada», garito de juego, casa que había sido pretenciosa y muy frecuentada por los más selectos hombres del campo, pero que se había convertido en la más sórdida de cuantas él había visto. Observó que el bar estaba lleno de gente y ocupadas la mayoría de las mesas. Ante una de ellas se hallaba sentado un jugador que habría atraído la atención de un hombre menos avisado que Brazos. Su rostro pálido e indiferente, que se destacaba mas por la oscuridad de la negra chaqueta, le hacía más excepcional en un local lleno de hombres vestidos con ropa de trabajo. Aquel hombre vio a Brazos no muchos segundos después de que Brazos hubiera dejado de mirarle. En su mirada había algo más que la fría curiosidad del jugador. Brazos se acercó a un vaquero al salir del local.
—Oiga, amigo, ¿quién es ese fullero? —preguntó.
—Todos son fulleros en estos garitos...
Ése es Howard.
—¿De dónde viene?
—Dicen que de Denver.
—Howard... ¿Es el único croupier que hay por aquí?
—No se ven muchos como él. Y viene con mucha frecuencia.
—Soy forastero —explicó Brazos.
—Si no lo fuera usted, no haría preguntas acerca de Howard.
—¿Sí? ¿Y por qué?
—No le gusta que se ocupen de él.
—Comprendo. Es un tenorio, ¿eh?
—Vaquero, sabe asesinar de muchas maneras diferentes. ¡Ja, ja!
Brazos paseó indiferentemente hasta que llegó a situarse detrás de Howard. El jugador estaba acompañado de tres vaqueros, jugando al póquer y parecía llevar la mejor parte en el juego.
—Perdóneme, pero no me gusta que haya nadie en pie detrás de mí —dijo el jugador cortésmente.
—No es extraño —replicó con calma Brazos—. Pasaré al otro lado de la mesa.
—¿Qué quieres decir, vaquero? —gruñó uno de los tres jóvenes mirando irritado a Brazos.
—¡Diablos! No quiero decir nada.
—¿No? Será mejor que...
—Cállate antes de que digas algo... —le interrumpió fieramente el jugador que estaba sentado junto al que acababa de hablar—. ¿No sabes con quién estás hablando?
Después de esto los tres vaqueros parecieron ciegos a la presencia de Brazos, pero no el jugador, aun cuando no le miró directamente. Brazos le observó con atención, estudió su rostro, su ropa, sus manos blancas y ágiles. Por fin, el jugador le preguntó irónicamente:
—¿No quiere usted sentarse y jugar con nosotros?
—Es una partida muy pobre para mí.
—Pero parece usted interesarse mucho por seguirla. Quiero pedirle que se siente para jugar, o que se vaya.
—Bien, tengo que decirle una cosa, señor —contestó Brazos—. Me gustaría sentarme para jugar con ustedes, pero me irrita un poco el jugar con un fullero que tiene un revólver escondido bajo la chaqueta, junto al sobaco izquierdo.
El jugador dejó caer las cartas y su mano tembló mientras con los ojos despedía llamas de cólera.
—Cuidado, Howard dijo el más viejo de los tres vaqueros—. No cometas la imprudencia de disparar sobre ese joven.
—¿Quién es? —preguntó el jugador, visiblemente apaciguado.
—No lo sé. Pero es posible que sea Billy «el Niño».
—Me llamo Brazos Keene, por si les interesa saberlo.
En aquella oportunidad el miembro del trío de vaqueros que estaba perdiendo, se puso en pie de un salto, arrojó las cartas contra la mesa, y dijo:
—Quienquiera que sea, nos ha estropeado la partida.
—Y ha hecho una gran cosa —afirmó el tercero.
Y los tres dejaron repentinamente abandonado al jugador, que recogió las monedas de cobre y de plata que sus compañeros habían dejado sobre la mesa. Era evidente que la presencia de Brazos y la atención que había atraído sobre sí mismo, no le resultaban satisfactorias al jugador.
—Brazos Keene, ¿eh? —preguntó al fin, mientras se sentaba y clavaba una mirada sobre Brazos.
—Sí. Y he oído que una de sus víctimas le llamaba a usted Howard.
—Ése es mi nombre —contestó el jugador secamente.
—Es usted de Denver, ¿verdad?
—De dónde soy o de dónde no soy, son cosas que no le importan a usted, vaquero.
—No estoy muy seguro de que sea cierto.
—¿Eran amigos de usted esos vaqueros?
—Jamás los he visto antes de ahora. Lo que me ha irritado ha sido el modo que tiene usted de esconder ese pequeño revólver que lleva. Generalmente suelo enojarme cuando meo esa manera de llevar preparadas las armas.
—Y por eso ha interrumpido usted mi partida.
—No quise hacerlo, pero me habló usted de un modo tan despectivo, que me pareció conveniente replicarle y ver si se decidía a manejar ese revólver de juguete que tiene —dijo Brazos lentamente, con ojos brillantes que no armonizaban con la humildad de su voz.
El jugador se tornó más lívido, ya fuese por enojo o al comprobar la violencia de la situación.
—La curiosidad ha costado la vida a muchos hombres.
—Seguramente. Pero no a hombres como yo. Y ahora le diré que he tenido otra razón más para dirigirme a usted.
—Suponía que la tendría usted. Y ¿cuál es?
Brazos se aproximó al hombre del rostro frío y de labios delgados y contestó en voz baja:
—Pregúnteselo a Lura Surface.
Fue una bala perdida, pero el proyectil de Brazos dio en el blanco. Howard gruñó sorprendido e indignado y dando la vuelta se encaminó a través del grupo de curiosos espectadores hacia el bar, donde pidió un vaso de whisky. Brazos que se recostó en la pared y no dejó de observar al jugador hasta que le vio salir de la taberna. A juzgar por las observaciones que se hicieron en voz baja, Brazos comprendió que no había incurrido en el desprecio de los concurrentes por haber ofendido a Howard. El joven meditó sobre la sorpresa y el enojo de que Howard había dado pruebas. Evidentemente, debía de haber algo entre Lura Surface y aquel guapo y tramposo jugador que escondía un pequeño revólver junto al bolsillo alto del chaleco, donde le sería posible extraerlo con rapidez. Era más que probable que todo ello constituyera un descrédito para la señorita Surface. Brazos no tenía nada contra ella, y hasta le estaba agradecido por la defensa que de él había hecho. Sin embargo, comenzaba a relegarla a un rincón de su astuto cerebro, en donde no pudiera ser considerada con cariño. Brazos decidió, en consecuencia, conceder a la joven los beneficios de la duda.
Un poco antes de las diez, Brazos se dirigió de un modo ansioso, y sin embargo reacio, hacia el restaurante «Sombreros Gemelos». Aun cuando lo hubiera deseado no le habría sido posible resistir al impulso. Y tuvo que hacer un esfuerzo para desechar un funesto presagio.
Cuando llegó a la esquina, vio que una de las gemelas estaba hablando con Henry Sisk. En realidad, los dos estaban discutiendo, si es que no reñían verdaderamente, hecho del que Brazos dedujo que la muchacha era Janis. En el restaurante había varios parroquianos que eran atendidos por una muchacha mejicana.
Brazos subió la escalera lateral y que conducía al segundo piso, llamó a la puerta, y experimentó una emoción temblorosa y otra sensación desconocida. La puerta se abrió como si alguien hubiera oído desde el interior el sonido de sus pasos. June se presentó ante él con un vestido blanco que no podía haber sido confeccionado en Las Ánimas. La aparición le dirigió una sonrisa, y Brazos marcó aquel instante como el punto de origen de su sumisa esclavización; como siempre le sucedía cuando llegaba a una conclusión que explicaba las cosas de manera inevitable, recobró muy pronto la frialdad de su equilibrio.
—Buenas noches, señorita June. Creo que he venido antes de la hora —dijo.
—No. Viene usted tarde. Entre.
La muchacha introdujo a Brazos en una pequeña estancia cómoda y agradable.
—Tía, te presento a nuestro nuevo amigo, el señor Brazos Keene —dijo la joven a una señora de cabello gris que estaba sentada ante una mesa en que había una lámpara—. Mi tía Mattie, la señorita Neece, hermana de papá.
Brazos dedicó a la señora una de sus más graciosas reverencias y de sus más cautivadoras sonrisas.
—¡Por amor de Dios...! June, este muchacho tan simpático no puede ser vuestro terrible Brazos Keene —exclamó la tía.
—Lo es, tía.
—Oiga, señorita Neece, no crea todo lo que oiga —imploró humildemente Brazos—. No soy un hombre terrible, ni mucho menos.
—No creo que lo sea usted. Me alegro mucho de conocerle. Janis me ha llenado la cabeza de tonterías. Me dijo que era usted un gigante de cabeza negra, un hombre de aspecto fiero...
—¿Está usted segura de que fue Janis? —preguntó Brazos.
—Sí, en efecto. June me ha contado el... Bueno, no quiero descubrirla. Pero seguramente le han zumbado a usted mucho los oídos... Coge su sombrero, June. Y ¿no sería preferible que dejara usted a un lado ese pesado revólver?
—Mire, señora, no me sentiría completamente vestido si no lo tuviera conmigo... Lo que haré, será ponérmelo a la espalda para que no pueda usted verlo.
—Muchas gracias. Creo... creo que así está mejor —asintió la señora en tanto que se levantaba—. Señor Keene, ¿conoce usted a mi hermano Abraham?
—Sí, y me ha sido muy simpático.
—June me ha dicho que ha conseguido usted darle ánimos —continuó la señora con ansiedad—, y Dave Wesley me ha visitado esta tarde. Acababa de pasar por el rancho de Bilyen. Me dijo que hace mucho tiempo que no veía a mi hermano tan igual a como siempre fue. Si es usted el autor de ese milagro, muchas gracias, señor Keene.
—Señora, creo que soy responsable de ese cambio —añadió Brazos formalmente—. Y espero que no me habré excedido al despertar su interés.
—¿Tienes usted motivos fundados para creer que podrá ser restituido a Abraham lo que le fue arrebatado? —preguntó la señora, implorante.
—No podría explicarlo. Es lo que los vaqueros llamamos una corazonada.
—i Sólo una corazonada! ¡Oh, creí que en realidad habría usted descubierto algo! —replicó la dama tristemente.
—Señorita Neece, no puedo hablar ahora de esa cuestión. Todo lo que puedo decirle es que continúe usted esperando y rezando.
—Acaso me lo diga Abraham mañana. Buenas noches, señor Brazos Keene. No sé por qué, me inspira usted una extraña confianza... June, voy a dejaros a solas a los jóvenes.
Buenas noches, querida.
Brazos se encontró a solas con June Necee; y sus cinco interminables años de vagabundeo en busca de no sabía qué, fue como si jamás hubieran existido.
—Es preciso que nos comprenda usted, a mi tía, a Janis y a mí —dijo June gravemente—.
No es la pérdida de la fortuna de papá, ni la de «Sombreros Gemelos» lo que tanto nos apena, sino el abatimiento de papá. Ha trabajado durante muchos años para nosotros. El golpe le abatió. Y comenzaba a reponerse cuando... cuando Allen murió repentina y horrorosamente.
La muchacha tenía el rostro pálido; y en sus grandes ojos oscuros brillaba una llama de tragedia.
—No importa, June. Creo que comprendo —exclamó Brazos, dolorido—. Es muy duro.
Pero es preciso que tengan ustedes valor... Yo también he sufrido. Y soy una prueba viviente de que el dolor pasa... y de que la alegría y las esperanzas vuelven siempre.
—¿Ha tenido usted aflicciones? —preguntó ella con dulzura.
—He sido durante cinco años como una hoja arrastrada por el viento..., pero mi aflicción ha concluido hoy... en el momento en que la vi a usted.
—¿A mí...? ¡Oh! —la joven se sorprendió al oír estas palabras—. Cuénteme su historia.
—Otro día. Cuando tenga valor para hacerlo. Ambos permanecieron quietos junto a la mesa, y sus miradas se encontraron en diversas ocasiones.
June se volvió de espaldas ruborizada, mas volvió nuevamente a mirarle, como si quisiera asegurarse de que la situación era real.
—¡Brazos Keene! ¡Y pensar que estoy a solas con él! ¡Oh! He oído hablar respecto a quién y qué es usted. Su nombre ha estado en labios de todo el mundo durante todo el día.
—Bien, espero que va a ser conveniente para usted que yo sea Brazos Keene —replicó él, dolorido—. Pero si fuera Henry Sisk o Jack Sain, acaso sería más probable que me apreciase usted.
—Brazos, no se ofenda —dijo ella presurosamente mientras le ponía una mano sobre el hombro—. Me alegro. Siempre he soñado que... —y se interrumpió y ruborizó—. Soy del Oeste, como usted sabe. Y he visto mucho de la vida aquí, antes de que papá me enviase a la escuela.
Siento cierta debilidad por... los desesperados. Lo mismo le sucede a Janis... Pero ¡me parece tan extraño el estar junto a usted, el conocerle! ¿Quién podría creer jamás que sea usted... lo que... lo que dicen que es? ¡No es extraño que mi tía no quisiera dar crédito a sus ojos! No lo parece usted.
—Entonces, ¿qué parezco? —preguntó Brazos un poco ásperamente, y experimentando por una vez una debilidad que le impelía a permitir que se discutiese aquel delicado tema.
—Verdaderamente, no me he atrevido a mirarle a usted... con detenimiento —replicó ella con timidez—. Venga aquí. Está de espaldas a la luz. Ahora, Brazos, aun a riesgo de que crea usted que soy una aduladora como Lura Surface, debo decirle que es usted un vaquero muy bien parecido. Tiene un rostro guapo, infantil, moreno..., un cabello rizoso y casi rubio, la clase de cabello sobre el cual agradaría a cualquier mujer pasar la mano acariciadoramente...
¡Oh, Brazos! Está un poco plateado sobre las sienes... y en sus ojos hay algo de su cautivadora sonrisa y de su dulce habla occidental.
—¡Dios mío, June! Usted debe de haber besado la piedra de la adulación. ¿Qué hay de malo en mis ojos?
—Nada. Janis dice que son grises. Ahora veo que son azules. Me está usted mirando de una manera tierna, Brazos. Pero no puede usted engañarme. Sé que esos ojos pueden ser terribles.
—¿Pueden serlo? Pero hablemos de usted, June Neece. En usted no hay absolutamente nada que no sea perfecto. Y el decir que es usted la mujer más linda que he visto en mi vida, no es decir todo lo que quiero expresar. Supongo que casi todo nació con usted y que ha obtenido el resto en la escuela.
—Vamos progresando —replicó ella secamente.
—¿Quiere usted dar a entender que hemos llegado a un lugar donde no tengo derecho a estar?
—Venga a sentarse —replicó ella; y le condujo hasta un pequeño sofá que había en un rincón.
Ambos volvieron a mirarse interrogativamente, pero sin sombra de dudas ni de vacilaciones. Había en ellos un algo vital, impulsivo, arrollador, que no permitía que la amistad que en aquellos momentos nacía fuese de corta duración.
—June, quiero ser sincero. El conocerla a usted me ha hecho caer redondamente de mi silla.
—Eso significa mucho para mí, Brazos... Pero no sé qué es.
—¿Se refiere usted a sus esperanzas respecto a lo que pueda hacer en favor de su pobre papá?
—Sí. Pero si estuviéramos en nuestra casa..., en «Sombreros Gemelos»..., y si no nos halláramos en una situación apurada... creo... que mis sentimientos serían los mismos.
—June, ¿no es probable que esté usted enamorada de Jack Sain?
—¿Quién ha dicho que lo estoy? —respondió ella sonriendo—. Aprecio a Jack. Jugamos juntos cuando éramos chiquillos.
—Bien, es lo que temía... Suponía que habría entre ustedes algo más que todo eso, Jack está loco por usted, lo que no es sorprendente.
—Lo siento, Brazos. Pero yo no he coqueteado con él como Janis lo hace con Henry Sisk. Lo siento por Jack desde muchos puntos de vista. El pobre ha sufrido una desgracia tras otra. Y la última ha sido una de las peores. Encontró un buen empleo después de estar sin trabajar durante mucho tiempo, y lo perdió muy pronto.
—¿Cómo lo perdió?
—Allen dijo que Jack andaba tras de Lura Surface. Su padre los sorprendió una noche en la carretera, armó un escándalo y despidió a Jack.
—¡Ah! Los Surface no deben tener ese género de relaciones... De ningún modo... June, voy a ir mañana a reunirme con esa señorita en la carretera. Pero no ando detrás de ella.
—¿Ya? Creí que sería usted un hombre a prueba de... Brazos tomó una de las manos de June entre las suyas y se inclinó para decir:
—Escuche, infle: si no la hubiera conocido a usted, habría cortejado a Luna Surface. Pero la he conocido... y eso cambia por completo mi mundo... Raine Surface es uno de esos respetables ganaderos malvados. He encontrado muy pocos como él..., para su desgracia; y lo que me propongo al ir a ver a esa muchacha, es llegar al fondo de la cuestión. Ése es mi modo de proceder, June. No puedo explicarlo: pero obedezco a mis corazonadas. Hágame el favor de creerme, June.
—Decían que era usted un diablo para las mujeres —replicó June con inconscientes celos.
—No importa lo que haya sido. Lo que ahora soy es lo que debe tener importancia para usted. Tenga confianza en mí, June.
—No tengo nada que ver con esa cuestión —dijo June volviendo desdeñosamente el rostro.
Brazos le dio un ligero empujón y la acercó a sí. Apenas podía dominarse al ver la dulzura y el azoramiento que ella había revelado. June no hizo ningún intento de retirar la mano; y ni siquiera le rechazó cuando Brazos la atrajo hasta tan cerca que su mejilla rozó el hombro de la joven.
—June, tiene usted mucho que ver con todo esto. Si no quiere usted tener confianza en mí, en lo que se refiere a esa señorita Surface, prometo que no iré a verla. Y perderé mucho tiempo, porque la señorita Surface, sin saberlo, podría proporcionarme orientaciones...
—Pero nos odia a Janis y a mí —declaró June con apasionamiento—. Y Janis la odia... y yo también voy a odiarla.
—¿Por qué la odia Janis?
—Porque puso en ridículo a Allen. Eso sucedió antes de que nosotras regresásemos aquí.
—¿Estaba Allen enamorado de ella?
—Sí.
—Me parece que esa señorita tiene un instinto de rata para traficar... aun cuando no comercia.
—Se engaña usted, Brazos. Sí que comercia... si se refiere a cambios de besos y otras cosas.
—¿Cómo lo sabe usted?
—A las mujeres no es preciso que se nos digan esas cosas.
—¡Ah! —replicó Brazos. Se daba cuenta, sorprendido, de que la mejilla de June continuaba apoyada en su hombro, y quería prolongar aquel inquietante contacto.
—Jan y yo hemos intentado portarnos amistosamente con Lura Surface —continuó June—.
No la teníamos ojeriza porque viviera en nuestro hogar. Y es una mujer linda y fascinante, aun para las demás mujeres. Pero nos miraba con desdén. Cierto día entró en el restaurante acompañada de Henry Sisk. Jan y yo no les hicimos caso. No quisimos servirlos. Después, Henry se acercó al mostrador y preguntó por qué causa no se le servía. Fue a Jan a quien se acercó. Jan se lo dijo, sin duda. Y exactamente en aquel momento, Lura Surface perdió su amigo.
—Una gata hermosa —murmuró para sí Brazos.
—Sí, es un poco felina... por decirlo de algún modo —contestó June volviéndose de nuevo para colocarse frente a Brazos—. Pero, Brazos, piense en mí..., en nuestra situación respecto a ella. Jane y yo hemos sido profundamente heridas por Lura Surface. Hemos «tomado nuestra medicina», como dicen en el Oeste. Y ahora viene usted y me llena..., nos llena de nuevas esperanzas, de esperanzas locas. Y ¿si usted...? ¡Oh, no quiero decirlo!
—June —dijo Brazos—, en ese caso me odiaría usted... Y con mucha razón. Pero ¿no será a causa de las esperanzas que he suscitado de ayudarlas a ustedes y a su papá?
—Sí. Es justo que le diga que no sería ésa la única razón. —La muchacha había vuelto a empalidecer; en sus ojos había una elocuencia manifiesta.
Brazos no se atrevió a preguntar cuál era la otra razón.. Cuanto más se conmovía, tanto más acertaba a frenarse. Luego, Jane retiró las manos.
—Estamos hablando como antiguos amigos. Reconozco que no me conozco en este momento —dijo Jane con una risa nerviosa que significaba un intento para romper la fascinación del instante—. No quiero que piense usted que cualquier vaquero puede retenerme las manos y... y...
—No lo pensaría —replicó Brazos sonriendo—. Verdaderamente, ha sido usted graciosa y simpática conmigo... Me llena usted de orgullo, June. Su hermano, Allen, era vaquero. Y ahora pregunto: si hubiera jurado algo por su honor, ¿habría tenido usted confianza en él y en sus palabras?
—La habría tenido, sin ninguna duda, Brazos. Allen no hacía muchas promesas, pero cuando las hacía, podía confiarse en él por completo.
—Bien, yo soy como Allen. Le doy mi palabra. Y si no la aceptase usted, me sentiría ofendido.
—Su palabra, ¿de qué? —preguntó ella fijando en él una mirada llena de ansiedad.
—De luchar en favor de su papá. Y esto significa, June, que habré de utilizar todos los recursos para averiguar la verdad. Y si viera usted que finjo estar trastornado por Lura Surface, o si supiera que juego y bebo en la ciudad, o que hago cualquier otra cosa..., entonces deberá pensar que estoy jugando una partida muy empeñada con todos los recursos de .que puedo disponer. Seré uno de esos hombres falsos, mentirosos... Para todos menos para usted, June.
—¡Oh! No querría que papá pensase...
—No me sería posible engañar a Hank Bilyen, y él se lo contaría a Neece. También Kiskadden debe saberlo. Y ese tejano me ayudará mucho, June... Déme usted una completa libertad de acción, señorita.
—¿Es una cuestión tan... personal, Brazos? —preguntó ella ávidamente—. ¿No ayudaría usted a papá a recobrar sus propiedades si no existiera una June Neece?
—Lo haría, con toda seguridad. Pero, además, existe una June Neece. Y he... voy a entregarme de manera completa a mi juego... No se preocupe usted. Su preocupación sería una rémora para mí.
—¿Cómo podría no preocuparme? Y si, por efecto de un milagro, consiguiera usted devolver a mi papá «Sombreros Gemelos», ¿qué pediría usted de mí?
—Nada, June. Ya me ha pagado usted ese servicio.
—¿Cómo?
—Pues... habiendo sido tan amable, tan cariñosa conmigo... y... ¡Ah, June! Olvide que soy Brazos Keene..., un pistolero y un matador.
—¡Oh! Usted es el hombre más maravilloso del mundo... o el demonio más desvergonzado —exclamó ella dubitativamente.
—June, no tengo nada de lo primero.
—Sí, lo tiene usted, Brazos. No me importa lo que haya sido —declaró June repentinamente exaltada—. No hago las cosas a medias. Tengo fe en usted, Brazos Keene.
Brazos introdujo una mano en el interior del chaleco y extrajo su preciosa carta.
—No necesito más, June. —La lenta enunciación característica de Brazos no bastaba a ocultar su emoción—. Otra mujer creyó en mí en cierta ocasión. La ayudé cuanto pude, pero la decepcioné porque jamás pude responder al concepto que se había formado de mí... Quiero que lea usted esta carta que me ha escrito. Kiskadden me hizo leérsela. Y por eso me puso en libertad. Esta carta le demostrará a usted muchas cosas..., las cosas que usted cree que son propias de mí, June. Acaso sea usted la muchacha de quien habla Holly. Pongo mi confianza en Dios de que lo sea, y de que yo puedo ser digno de merecerla. Pero en lo que se refiere a la cuestión que nos ocupa, para eso, indiscutiblemente soy un hombre.
—¿Quién es Holly? —preguntó June en tanto que tomaba la carta.
—¿Ha oído usted hablar de Holly Ripple?
—Sí. Recuerdo haber oído hablar de ella hace unos seis años, antes de que Jan y yo fuéramos a la escuela. Vivía en Nuevo Méjico..., en una colonia española... ¡Oh, Allen me escribió hace cinco o seis años... hablándome del rancho de Holly Ripple......, de sus terribles caballistas...! Brazos, ¿es posible que fuera usted uno de ellos?
—Declaro que sí.
—¡Holly Ripple!
June le miró con ojos inquisitivos de mujer.
—Sí... Trabajé con aquel equipo, June. Holly nos llamaba «Caballeros de la Llanura»... Y todos estábamos enamorados de ella. Y el mejor de todos ellos, Renn Frayne, ganó su amor y se casó con Holly... Tienen un hijo, y le han puesto mi mismo nombre... Pero lea la carta cuando tenga tiempo y guárdela para devolvérmela... Y ahora, hablemos de cosas prácticas.
—¡Oh, Brazos! ¿Podremos ser personas prácticas en algún momento?
Si usted no puede, tendré que serlo yo... Tengo que hacer algunas preguntas relacionadas con Allen. ¿Disfrutaba usted de su confianza, June?
—Sí. Allen no quería decir a papá lo que estaba intentando hacer. Y tampoco se lo dijo a Jan.
—¡Ah! Bien, si no me engaño, Allen estaba intentando descubrir a la cuadrilla que arruinó a su padre.
—Se hallaba ya en buen camino para descubrir a los tres hombres que detuvieron a papá aquella noche y le robaron el dinero.
—¿Le dijo algo de eso?
—No mucho. Déjeme recordar —continuó June, excitada—. No vivían en los alrededores de Las Ánimas. Pero venían aquí con mucha frecuencia. Allen no tenía ningún dato que le sirviera para comenzar su trabajo... no siendo que la noche en que robaron a papá, uno de ellos..., un muchacho con voz de mujer..., llamó a otro por el nombre: Brad. Allen me dijo que papá se lo había dicho.
—Sí, June, su papá me lo ha dicho también. Y ésta es la parte más pintoresca de la cuestión. Uno de los hombres que me echaron el alto aquella noche llamó a un compañero suyo por ese mismo nombre: Brad, o algo que sonaba de un modo parecido. ¡Dios mío!
Aquellos hombres asesinaron a. Allen. Allen estaba sobre su pista... ¿Sabe alguien además de usted que Allen se ocupaba en seguir las huellas de esa cuadrilla?
—Sí. No sé cómo, la noticia se divulgó. Allen se entristeció porque los vagos de la ciudad comenzaron a llamarle el «vaquero detective». Allen guardó el secreto de lo que sospechaba y de lo que había averiguado, excepto para mí, pero hubo alguien, sin duda, que lo sospechó... Mi hermano estaba triste, ceñudo, determinado...
—June, ¿supone usted que Rayne Surface pudo conocer qué era lo que se proponía Allen?
—Luya debía saberlo, seguramente.
—Y ella se lo diría a su padre... ¿Podría usted recordar algo más de lo que Allen le dijo?
—Déjeme pensar... ¡Sí! La noche precedente a la de su asesinato, Allen cenó conmigo abajo... Era muy tarde, casi la hora en que Janis y yo solemos abandonar el trabajo. Allen me preguntó si había visto a una vaquera pequeñita, de rostro duro, con unos ojillos menudos que eran como dos diamantes negros. Parecía una verdadera amazona, dijo. Luego añadió que la joven le había agasajado en «Días Felices». Allen tenía curiosidad por aquella mujer y desconfiaba de ella al mismo tiempo. Pero no me dijo nada.
—¿Una vaquera...? ¿Qué diablos...? Y ¿eso fue todo, June?
—No me atrevería a decir que sea todo. Eso es lo que puedo recordar. Acaso cuando volvamos a vernos...
—Será mañana por la mañana, según creo. Pero no se preocupe por mí. Voy a seguir los trabajos de Allen para descubrir a los tres hombres que robaron a su papá..., asesinaron a Allen... y me echaron el alto..., y tan cierto como que he de morirme, ¡uno de los tres jinetes era una mujer con voz aguda!


V
Antes de salir de la carretera, Brazos vio el blanco caballo de Lura Surface que estaba atado entre los pinos. Lura se encontraba en un lugar sombrío y tapizado de hierba junto a la ribera de un rápido arroyuelo. Con la cabeza descubierta y el rojo cabello flameando en el aire, con los ojos encendidos y erguida la flexible figura, aún más gallarda por efecto del traje de equitación, componía un cuadro que inflamó la sangre de Brazos, a pesar de su premeditada frialdad.
—Buenas tardes, señorita Surface. Lamento mucho haber llegado con retraso dijo Brazos; y, tirando su sombrero, se sentó y colocó un brazo tras la joven.
Los ojos verdes parecieron devorarlo, en balde, no siendo por el efecto que en él produjeron. Sin embargo, la rápida respiración y el rápido elevarse del pecho de la joven, revelaron la sorpresa que le produjo la actitud de él. Estaba habituada a los hombres, mas no a los de la clase de Brazos, según pensó el vaquero. El revólver de Brazos golpeó a Lura en la rodilla.
—Buenas tardes, Brazos Keene —dijo Lura con una sonrisa que incrementó su encanto —.
¿Cómo le va?
—Creo que muy bien, si se tienen en cuenta algunas circunstancias... —contestó Brazos—.
Los vaqueros no suelen tener muchas veces la suerte que yo tengo en este instante.
—He venido pronto. Tuve una discusión con mi padre. Pero creí que no vendría usted.
—Ni siquiera unos caballos enfurecidos podrían haberme tenido alejado de usted, Lura.
—¡Las mismas lisonjas de todos los vaqueros!
—¡Hum! Si me toma usted por un vaquero más... no podremos ir a ninguna parte.
—¿Adónde podríamos llegar si le tomase por lo mismo que ayer?
¿Por qué fue?
—Por un vaquero solitario, en momentos de infortunio, injustamente encarcelado, sospechoso a los hombres... y que necesita amigos.
—Eso es hacerme justicia, Lura. Pero, de todos modos, no puedo decir que esté completamente sin amigos.
—Siempre podrá usted tener amigas, Brazos.
—¡Claro! Y eso es lo malo. He estado a punto de no venir hoy.
—¿Por qué?
—Porque... me ha entrado usted por los ojos del alma. Y porque, sabía que, si volvía a verla, terminaría majareta.
—¿Majareta? Es una palabra española, ¿verdad? ¿Qué significa? Creo haberla oído...
—Majareta es una hierba mala que algunas veces comen los caballos y que les hace perder la cabeza.
—¡Hum! Me parece estarle viendo majareta —exclamó ella—. Pero ¡si es usted el vaquero más frío de cuantos he conocido! Y Dios sabe que he conocido muchísimos muy fríos.
—Bueno, ¿qué sucedería si me viera loco?
—Me agradaría mucho. Pero usted es diferente a todos los demás, Brazos. ¡Oh, lo que me entristecí cuando creí que iban a ahorcarle! Y ¡qué emoción experimenté ayer! Y miedo también... ¡Brazos Keene, el célebre Brazos Keene! Pero ahora ya no tengo miedo.
—¡Demonios, señorita! Soy tan inofensivo como un gatito... De modo que ¿se regocijaría si me volviera loco por usted?
—¡Me encantaría! —dijo ella astutamente, aunque con voz atrayente. Su descarada coquetería no había sido utilizada hasta aquel momento para atraer al vaquero.
—Lura Surface, no lo haré. Creo que seré capaz de recobrarme y de conservar la cordura después de este encuentro con usted. Pero no quisiera arriesgarme a que nos viéramos de nuevo.
—¡Oh! —exclamó ella de modo mimoso en tanto que se ruborizaba convenientemente—.
¿Y por qué no?
—Es usted mi... plato predilecto en lo que se refiere a mujeres..., y creo que si lo probase una vez, ya no podría esperar otra cosa que morir de hambre.
—Todavía no he satisfecho jamás el hambre de ningún hombre. Pero podría aplacar... la de usted.
Brazos se irguió y con un movimiento rápido y fuerte tiró de ella hacia atrás, de modo que Lura quedó casi tumbada y con la cabeza apoyada en el pecho del joven. La mantuvo en esta postura y al bajar la vista pudo apreciar que Lura estaba pálida, tenía los ojos extrañamente dilatados y se debatía entre el deseo y el temor. Sus rojos labios se separaron.
Pero era diestra en aquel juego y, lo mismo que había provocado aquella arremetida, no demostraría miedo a la situación.
—Lura, no debería usted jugar al amor con un hombre como yo.
—¿Quién dice que estoy jugando?
—Es probable que no. Y yo tengo el sentido y la decencia suficientes para no hacer lo que harían muchos vaqueros si estuvieran en mi lugar.
—¿Cree usted que soy una coqueta?
—No me gusta llamar nada a las mujeres... no siendo cosas delicadas... Es usted terriblemente seductora, Lura; linda, es una palabra insuficiente para describirla... Tiene usted una belleza devastadora. Si yo ahora obedeciera a mis impulsos y comenzase a besarla, como supongo que podría hacer empleando la fuerza, me enamoraría espantosamente de usted.
Perdería la cabeza de amor... Y ¿adónde me conduciría eso, Lura? Soy Brazos Keene, que sólo tiene en su revólver una muesca o dos menos que Billy «el Niño». Usted es la hija de Rayne Surface, el rico ranchero, y la mujer más hermosa de este rincón del Colorado.
Supongamos que me sucediera algo tan disparatado como que usted se enamorara de mí.
Jamás podría casarse conmigo.
—Podría fugarme con usted —dijo ella ahogadamente, con los ojos verdes tan brillantes como unas estrellas.
—Es una cosa tan loca, que no puedo aceptarla; y no lo haría usted... Por esta causa, cuando se trate de Brazos Keene, no suponga usted que va a soñar tales sueños. Y, al mismo tiempo, quiero que sepa que me sería muy grato y encantador el destrozarla el corazón.
—Bien, pero, puesto que no va usted a hacerlo..., déjeme levantarme —replicó ella con seriedad, satisfecha y regocijada al ver lo que le parecía que habría de ser una conquista más grande que cuanto había pensado. Si Brazos se resistía, por lo menos rendía tributo a sus encantos. Y acaso se hizo Brazos más apetecible por ello. Y se sentó, con el rostro cubierto de rubor.
—No la permitiré zafarse tan fácilmente en otra ocasión —advirtió Brazos.
—¡Es usted un hombre muy extraño! ¿Para qué ha venido a buscarme, si no es para cortejarme? ¿Cuándo se ha conocido un vaquero que no lo hiciera?
—Aquí está uno, Lura. ¿No podría usted conseguir que su papá me diera trabajo como caballista?
—¡Oh! ¡Me entusiasmaría! En realidad, ya lo había pensado. He dicho a mi padre: «¿Por qué no contratas a ese vaquero, Brazos Keene, para que trabaje para nosotros?» le burló de mi proposición. «¿Ese pistolero desesperado de Nuevo Méjico? ¡No!» Y yo añadí: «Pero, padre, no te cuidas nunca de lo muy viles que puedan ser los vaqueros de Dodge o Abilene...» Y me obligó a callar.
—¡Ah! Tiene rencor a los caballistas del Oeste. Es una cosa muy dolorosa para nosotros los del otro lado de la frontera.
—No puedo comprenderlo, Brazos —prosiguió ella en tanto que se arreglaba la revuelta cabellera—. Los caballistas como usted no son malvados ni viles. Es posible que sean alocados, peligrosos y todo eso..., pero el pretexto de mi padre resulta incomprensible.
¡Cómo! ¡Si ha contratado a ladrones de ganados y a proscritos cuando tuvimos el rancho cerca de Abilene! Tenía algunos equipos muy malos..., malos en otros sentidos, quiero decir. Por eso vendió el rancho y nos vinimos al Colorado.
Creo que lo sé bien. Los malos equipos perjudican a veces la reputación de los ganaderos —comentó Brazos con acento de indiferencia.
—Es cierto. Papá perdió amigos en Kansas. Se celebró un juicio, en el cual se hicieron algunas insinuaciones muy duras contra él. Tuvo que disparar contra un ganadero llamado Stearns.
—¿Lo mató? —preguntó Brazos, fingiendo estremecerse.
—No. Stearns se restableció.
—No me ha parecido su papá un hombre de los que suelen contender a tiros.
—No lo es —contestó la joven con cierta expresión parecida al desprecio—. No lo hace más que en el caso de que el otro hombre le fuerce a ello. ¡Cómo! ¡Si hasta se abstenía de ir a la ciudad por miedo a encontrarse con Allen Neece!
—¿Neece? Ése es el joven vaquero de cuyo asesinato me acusaron. ¿Lo conocía usted, Lura?
—Sí. Y lo apreciaba más que a ningún otro muchacho de los que he conocido. Me produjo un gran dolor su muerte.
—Es natural. Por lo que he oído, Neece era un buen muchacho. ¿Ha trabajado para ustedes?
—No. Papá no solamente no le quiso admitir, sino que, además, consiguió que le despidieran del puesto que tenía.
—¿Por qué?
—Allen estaba enamorado de mí.
—Comprendo. Debió de ser una cosa dura para Allen... Y luego lo asesinaron... ¿Quién pudo matarlo, Lura? ¿Algún otro vaquero que estuviera celoso del aprecio de usted por Allen?
—No es probable. Ningún muchacho me ha querido tanto como me quiso él.
—.¡Cuándo vio usted a Allen por última vez? —preguntó Brazos con un interés fingido y creciente.
—La misma noche en que fue asesinado. Estuve en la ciudad y lo encontré cuando salía de la taberna «La Verdad». Estaba medio borracho. Allen se dio a la bebida cuando los Neece perdieron «Sombreros Gemelos». No me vio. Y no quise detenerle por la sencilla razón de que iba acompañado de una mujerzuela vestida con pantalón de hombre. Iba agarrada a Allen, como si tuviera miedo a perderlo. Yo la había visto otra vez, no sé dónde. Creo que fue en una calle de Dodge. No tenía el tipo propio de las bailarinas, sino de algo peor. Me acuerdo constantemente de ella y creo que tiene alguna relación con la muerte de Allen.
—Es seguro. Hizo amistad con Allen, lo obligó a beber, y una pareja de hombres que estaría esperando en el exterior, le robarían. Es una cosa que ha sucedido a muchos vaqueros.
—¡Nunca le volverá a suceder a Allen Neece! ¡Pobrecillo! Si no hubiera sido por aquella muchacha de ojos negros, ahora no me dolería la conciencia.
—La dolería ¿qué? —preguntó lentamente Brazos, en tanto que sonreía.
—¡Cualquiera diría que no cree usted que yo tenga conciencia... ni ningún otro atributo femenino!
—No. Pero siendo tan guapa, no necesita usted nada más que su belleza... Lura, ha hecho usted que el caso del joven Neece me interese profundamente.
—¿Ha visto usted a las caras de pepona de sus hermanas..., las gemelas? —preguntó ella rápidamente. Y en sus ojos verdes se reflejó la verdad de su naturaleza.
—¿Tenía hermanas? No lo sabía. Es de suponer que estén muy apenadas.
—¡Hum! No lo parecen. Ni siquiera han dejado de servir comidas en su figón ni un solo día.
—Nunca puede decirse... —replicó Brazos mientras inclinaba la cabeza. El poquísimo afecto que había experimentado por Lura Surface se eclipsó por completo.
—No puedo quedarme por mucho tiempo, Brazos —, dijo Lura después de haber consultado su reloj—. Papá suele en ocasiones vigilarme cuidadosamente cuando salgo a pasear. Le he dicho que quería ir a la ciudad, pero se negó a escucharme... Hemos gastado juntos una hora..., en cuya última mitad no ha cumplido la promesa de la primera... ¿Cuándo volveremos a vernos?
—Creo que nunca, Lura. Pero, de todos modos, gracias por esta entrevista. Cuando esté lejos de aquí me acordaré de estos momentos, pensaré que podría haberla besado, y me daré de puñetazos por no haberlo hecho.
—¡Oh, no se vaya de Las Ánimas! ¡Acabamos de conocernos...! Dígame, ¿cuándo...?
—Pues... es posible que si nos encontramos algún día en la ciudad, me ablande... Pero ya está usted advertida.
—Correré el riesgo de un desaire. Todo ha sido muy distinto a... bueno; a las otras ocasiones en que me he reunido con jóvenes en este mismo lugar. —Subió graciosamente a su silla, sabedora de que Brazos la estaba observando, y dijo en tanto que clavaba en él una mirada de sus verdes y provocadores ojos—: i Adiós, Brazos Keene!
Brazos vio como se alejaba, y sólo experimentó un pesar: el de que la joven le agradaba lo suficiente para lamentarse de que estuviese inconscientemente complicada en un complot siniestro que acusaba a su padre y que ella había expuesto de manera tan ligera.
Brazos se alejó en dirección a la ciudad, sin parar mientes en el sol de la tarde, que inundaba la campiña de una gloriosa luz dorada. Habían pasado va los días en que desconfiaba de sus intuiciones. Una tragedia inminente, unos acontecimientos próximos parecían pugnar en su imaginación con la realidad y la dureza de los hechos que se había propuesto desvelar. A pesar de su espíritu llameante y del irresistible incentivo que le impulsaba, experimentaba como nunca la repugnancia propia de los hombres inteligentes y normales a forzar el desenlace de la situación. En los tiempos pasados, cuando era un alocado joven, inflamado a veces por la bebida necesitaba que se le aguijonease muy poco para entregarse a la acción. Pero ya era un hombre, había terminado con el ron y despreciaba la senda que conduce al inevitable derramamiento de sangre. Y sin embargo, se había comprometido irremediablemente; no quería retirarse; y la cólera que necesitaba no le invadía. Brazos ansiaba que se produjese el incidente, o la revelación que habrían de convertirle en un tigre.
Cuando desmontó en el patio a que Bilyen le llevó primeramente y hubo entregado Bay al muchacho que había de conducirlo a los pesebres, tuvo una inspiración.
—Pedro, ¿conocías a Allen Neece?
—Sí, señor —contestó el mejicano.
Las nuevas investigaciones aportaron nuevos hechos significativos al conocimiento de Brazos. Allen Neece había ido a la caballeriza la noche en que fue asesinado. Iba a pie, y se hallaba bajo la influencia del alcohol, aun cuando no se encontrase borracho. Tuvo que despertar a Pedro para que le entregase su caballo. Hasta que no montó y se alejó, Pedro no se dio cuenta de que llevaba un acompañante, que cabalgaba un caballo negro. Este informe pareció de gran importancia a Brazos. Aquel acompañante no era un muchacho, sino la vaquera que June Neece había mencionado, la muchacha vestida de jinete que Lura Surface había visto junto a Allen.
Brazos se encaminó al restaurante. Era todavía temprano; había pocos clientes en el establecimiento. Una de las gemelas se acercó a Brazos, y aun cuando el joven pensó que podía tener completa confianza en su sonrisa y el brillo de sus ojos, no quiso correr el riesgo.
—¿Quién de las dos es usted?
—Brazos, ¿qué ha sucedido? —murmuró ella, inclinándose sobre el mostrador.
Brazos contestó en voz baja:
—June, he hablado con Lura Surface, y las manifestaciones que me ha hecho me han irritado.
—¡Oh! ¿Qué...?
—No importa, por ahora. No se preocupe usted por mí ni por su papá. Hágame el favor de traerme la cepa, Aquella noche Brazos rondó por la calle mayor y sus tabernas. Los vaqueros, los ganaderos que estaban en la calle, los que iban a sus casas o venían de ellas, los bebedores y los camareros de las cantinas, los jugadores y los ociosos que haraganeaban en torno a ellos, y más de un grupo de hombres desarrapados que bebían aislados de los demás..., todos supieron que Brazos Keene se había lanzado a la caza de alguien. El primero que lo dijo fue un hombre que vio entrar a Brazos Keene en las tabernas de Las Ánimas en tiempos pasados. Luego la noticia corrió de boca en boca.
Esta actitud de Brazos no era fingida, sino sincera y premeditada. Sin embargo, tenía muy pocas esperanzas de encontrar al tercero que parecía destacarse en relación con el misterio del asesinato de Allen Neece, y que podría hallarse en la campiña, o escondido en las montañas, o nuevamente en los garitos de juego de Dodge o Abilene.
Estaría, probablemente, en constante contacto con el hombre que respaldaba su crimen.
Y podría suceder también que tales hombres hubieran recibido ya el encargo de terminar con la vida de Brazos Keene.
Al entrar en el salón «Días Felices», Brazos se encontró inesperadamente a Bodkin, a quien no había vuelto a ver desde que fue puesto en libertad por Kiskadden. El ex agente terminaba en aquel momento de dejar su vaso vacío sobre el mostrador. Al ver a Brazos, interrumpió lo que estaba diciendo a su compañero.
—¡Hola, Bodkin! ¡Al fin le veo! —gritó Brazos con voz tan estridente, que los ocupantes de la taberna enmudecieron—. ¿Dónde ha estado usted?
—He estado en la ciudad, como siempre —contestó Bodkin, en tanto que su rostro cetrino se cubría de una sucia lividez.
—¡Un cuerno, ha estado usted! Le he andado buscando... ¿Le han repuesto ya como agente del sheriff en esta población?
—No. Kiskadden me despidió, como usted sabe, y luego dimitió. La Asociación de Ganaderos no ha hecho ningún nombramiento todavía. Pero lo estoy esperando.
—Está usted esperando, ¿qué? —dijo Brazos con descarada insolencia.
—Ser nombrado sheriff.
—¡Diablos! ¿Nombrado? ¿Quién ha de elegirle a usted? No serán los ciudadanos de esta población. Nadie les preguntará nada. Y si les preguntasen, no obtendría usted ni un solo voto, como no fuera el de sus secuaces... Y ¿quién compone esa Asociación de Ganaderos, además de Rayne Surface?
—Miller, Henderson, Sprague..., todos los grandes ganaderos —contestó Bodkin presurosamente—. Inskip era uno de ellos..., pero se ha separado de la Asociación.
—¡Ah! Y ¿cuándo se propone esa cuadrilla arreglar la cuestión de su nombramiento... y de su comida?
—Se reunirán mañana por la noche.
—Bien; dígales, entonces, que iré a la reunión para votar en contra de usted.
—Se lo diré, Keene.
—Y, puesto que va usted a llevar encargos míos, tome éste, que le transmito para sí mismo. Si le nombran a usted sheriff, me encolerizaré... Y este otro encargo para su secuaz Barsh: lo mejor que puede hacer es apartarse de mi camino.
De este modo consiguió Brazos adoptar la colérica actitud que se había impuesto a sí mismo. Era raramente charlatán, salvo el caso de que la acumulación de acontecimientos presagiase un desastre.
—Supongo que Joel no tendrá ganas de provocar ningún encuentro con usted. No tiene usted motivos para hacerle blanco de sus iras, puesto que Barsh obraba de acuerdo con las órdenes que se le dieron.
¡Pero fue él quien me echó el lazo al cuello! —gritó Brazos, como si el hecho que citaba no pudiera ser perdonado de ningún modo.
Pasando a través de las puertas giratorias, Brazos abandonó el local, donde el silencio se rompió por el sonido de unas voces apagadas y excitadas y luego por una enojada y ruidosa protesta de Bodkin. Apenas había salido Brazos a la calle, cuando las puertas volvieron a moverse tras él.
—¡Alto, Brazos! Soy Hank —y Bilyen se unió a él—. ¡Dios mío, vaquero! ¡Cómo has indignado a Bodkin! ¿Qué sucede?
—¡Hola, Hank! Estaba fanfarroneando, nada más. Y dando ocasión a que toda la ciudad hable acerca de Surface y de su Asociación de Ganaderos.
—Brazos, es otra cosa lo que te propones —comentó Bilyen, astutamente—. Con toda seguridad. Jamás has hablado en vano. Es posible que estuvieras fanfarroneando, pero detrás de tu fanfarronería siempre suele haber algo.
—Solamente lo necesario para excitarme. Hank, necesitaba verte. Si no puedes darme ahora informes sobre los robos de ganado en la parte este del Colorado, procura adquirirlos pronto.
—Sé lo que sucede, Brazos. Hoy mismo lo he averiguado. Me lo han dicho Inskip y Kiskadden. Les interesa mucho esta cuestión. En realidad me ha sorprendido. Espero que no te irritarás demasiado... Brazos, parece ser que hay un número muy extenso de robos de reses en pequeñas cantidades y que afecta a todos los grandes ranchos de esos contornos. Es una cosa demasiado ingeniosa y atrevida para que pueda ser obra de cualquier cuadrilla; seguramente quienes lo hacen son verdaderos ladrones dirigidos por un hombre inteligente.
Kiskadden e Inskip perdieron trescientas cabezas el mes pasado. La marca «Estrella», no tantas. Otros pequeños ranchos del otro lado del Purgatorio, ninguna. Miller ha sufrido considerables pérdidas. Sprague y los grandes ganaderos de las vertientes han sido afectados por las pérdidas de una manera demasiado dura para los tiempos que corremos. Todo esto ha sucedido durante el mes pasado, y las manadas robadas fueron conducidas hasta Kansas y enviadas desde allí a otros lugares.
¡Ja, ja! —rió brazos sin ninguna alegría.
—Oye, ¿qué hay de divertido en todo eso? —preguntó Bilyen, desconcertado.
—A mí me parece divertido.
—¿Qué?
—El modo como resultan ciertos mis presentimientos —contestó Brazos con tristeza—.
Mas para algunos hombres va a resultar tan divertido como la muerte. Hank, ¿quieres que nos veamos a la hora de la salida del sol al oeste de la ciudad?
—Sí, vaquero. ¿Dónde nos reuniremos?
—En la vieja cabaña de la montaña..., donde fue asesinado Allen Neece —respondió Brazos sencillamente. Y de repente abandonó a su amigo y se dirigió al establecimiento de Joe, el mejicano, donde tenía una habitación. A la mañana siguiente Brazos salió de la ciudad al rayar el día. Durante los últimos quince años, nueve de cada diez mañanas había estado sobre la silla de su caballo a aquella misma hora. Pero no se hallaba guiando por las sendas el ganado como en otras ocasiones, ni guardando las manadas, ni corriendo de campamento en campamento en busca de comida, y experimentó una fría alegría, una sensación de bienestar que no era producto de la frescura matinal que descendía de las montañas.
Cuando pasó junto al rancho «Sombreros Gemelos», el sol comenzaba a salir rojo y glorioso y a extenderse sobre la campiña. Dos vaqueros le vieron desde la vereda que conducía hacia las grandes corralizas y se detuvieron para observarle. Brazos no pensó ni por un solo instante que no lo hubieran reconocido. Su mirada oscura y sostenida parecía cargada de las sombras que aleteaban sobre el hermoso rancho.
¡Qué pena representaba el perder aquella propiedad! ¡No era extraño que Abe Neece, a su edad, hubiera visto con dolor inconsolable la pérdida del producto de toda una vida de trabajo! Pero, reflexionó Brazos, Neece había trabajado siempre para sus dos hermosas hijas gemelas. Aquélla era la clase de rancho que a Brazos le habría agradado poseer o, si esto no era posible, en el que le habría gustado trabajar. Su situación ideal junto al no murmurador, las arboledas y las hileras y los macizos de árboles de diversas clases, las cercas de maderos desnudos, las chozas y la casa ranchera de bajo tejado, blanca entre el verdor..., todo servía para componer un cuadro que se grabó en la imaginación de Brazos. Y este cuadro creaba a su vez otro: el de las dos muchachas de cabello castaño despidiéndose de él desde el pórtico de la vivienda.
«¡Maldición! Ha sido una idea muy pintoresca —se dijo Brazos desconcertado—.
¿Entraba en él o salía del rancho...? Pero no hay nada como el rancho de don Carlos. Es una gran hacienda española... Aún me parece estar viendo a Holly descendiendo a caballo de la montaña. ¡Dios mío! ¿No es hermosa...? Tengo que ver a ese niño a quien llaman Brazos... y al capitán Britt, el viejo tejano. Y a aquel bravío equipo de hombres que me acompañaba.»
Pero el pasado era pasado irrevocablemente, y por primera vez desde que Brazos se alejó del rancho de Ripple, pudo recordar sin dolor. La antigua tristeza se había desvanecido como por arte (le magia. Jamás sería olvidado lo que él había hecho por Holly Ripple. Jamás lo olvidarían ella, ni su esposo, ni sus hombres. Brazos había recibido ayuda para realizar aquella dura misión, la ayuda de un grupo de los más valientes y astutos caballistas que jamás hayan cabalgado. Algunos de ellos habían muerto a su lado, luchando por la señorita del rancho de don Carlos. Pero en aquella cuestión de Neece Brazos había comenzado a actuar completamente solo. Pensó que lo mejor que podría hacer sería continuar solo, a menos de que la senda condujera al fuerte de una cuadrilla de ladrones declarados. Brazos creía que esto sería posible y hasta probable, y en tal caso necesitaría la colaboración de algunos caballistas.
La imaginación de Brazos permanecía activa y ocupada en tanto que trotaba hacia el Oeste. Sin embargo, cuando hubo salido de la espesura y comenzó la larga subida que conducía a lo alto, no pudo menos de dirigir una mirada a la campiña. Toda la extensión oriental estaba inundada de una luz carmesí; era una tierra ondulante, cuajada de brillante hierba, biseccionada por un río serpenteante y de verdes laderas. Pudo ver docenas de millares de reses, que componían unas masas negras en la cercanía y que parecían puntitos gemelos en la distancia. Con el ganado a cuarenta dólares la cabeza, y una extensión prácticamente ilimitada y sin fronteras, ¡qué botín para una banda de ladrones audaz y bien dirigida! La rapiña solía producirse siempre. Sería de corta duración y luego la cuadrilla se alejaría en dirección al Norte, al Este, o al Sur. ¡Pero no al Oeste! El Oeste conducía hacia Nuevo Méjico, donde los ladrones de ganado eran ejemplar y sumariamente juzgados. Aun así y todo, también en Nuevo Méjico, en tanto que las reses pusiesen sus manchas negras sobre los valles y las llanuras, florecerían los robos.
Brazos llegó a lo alto de la pendiente y se detuvo. La choza y el grupo de árboles que buscaba estaban a la izquierda de la carretera, un poco más adelante. Lo que detuvo a Brazos fue la vista del Oeste. Miró a través de la línea del Colorado hacia Nuevo Méjico, que era lo que más amaba después de Texas. Era una región de montañas de negras faldas con las cumbres encapotadas por las nieves, de valles cubiertos de hierba plateada, de anchos valles brillantes, cerrados por unos muros protectores.
La primavera casi ya había concluido y el cálido sol había trazado surcos en las vertientes meridionales y nevadas de las Rocosas. Pero las cumbres se elevaban todavía brillantes, blancas, aún impenetrables para el señor del verano.
La cumbre de Pikes se elevaba en el Norte, oscura y majestuosa; las cumbres Españolas, más próximas, dominaban el escenario; y el gran muro rojo y negro, que se dirigía hacia el Sur, ocultaba la base de la campiña, situada a su pie. Si había algún ganado a lo largo de aquella elevación de las Grandes Llanuras, estaba perdido en las hondonadas y en los terrenos pantanosos situados entre las montañas o el valle del Purgatorio. En las faldas de las montañas grises, rocosas y ásperas, crecía muy poca hierba.
En la parte del Sur, desde donde Brazos estaba sentado en su silla contemplando abstraídamente el paisaje que tan familiar le era, se abría el boquete en que nacía el Camino Viejo que conducía hacia Nuevo Méjico. Este lugar ejercía una gran fascinación sobre Brazos, no toda la cual provenía de que hubiera cabalgado y luchado en ella a lo largo de todo el recorrido desde Dodge hasta Lincoln. Trescientos años antes los comerciantes en pieles franceses habían recorrido aquel camino, y luego los padres y los exploradores españoles, y después los peleteros americanos, hasta la época de Kit Carson, y más tarde los trajineros con sus carros cubiertos y con sus guardias de soldados, y la corriente de buscadores de oro y de colonizadores; y finalmente aquellos otros constructores del imperio, entre los cuales se contaba Brazos; los vaqueros, con sus manadas de reses de largos cuernos, procedentes de Texas. Era una escena majestuosa para Brazos, quien conocía muy bien lo que allí había sucedido en el transcurso de muchos años. El joven experimentaba un sentimiento melancólico que le obligaba a creer que él mismo constituía una parte del Oeste que se desvanecía. La noble Naturaleza parecía la misma, a pesar de la senda de hierro que se ocultaba entre las montañas; el sol se elevaba como siempre y doraba aquellas inaccesibles pendientes, y brillaba sobre las accidentadas y rojas faldas de las montañas, las negras rocas, los blancos desfiladeros, y el terreno opaco. Pero la gloria y los sueños —es decir, la rusticidad y el romanticismo —parecían morir lentamente.
En aquel momento sonaron las pisadas de un caballo que trotaba, y Brazos despertó de sus pensamientos; y al volverse y ver que Hank Bilyen se acercaba, recordó el porqué de su paseo, y rió. El despojo de Neece y el asesinato de su hijo, la misteriosa actuación de una cuadrilla criminal, las recientes rapiñas de ganados..., todo esto distaba mucho de ser romántico y de estar lleno de sentimentalismo. Brazos comprendió que June y Janis Neece podían proveer de una cantidad de este elemento perturbador suficiente para satisfacer a todos los vaqueros de la región.
—¡Buenos días, Hank! —fue el saludo de Brazos.
—¡Buenos días, Texas! Te he visto desde muy lejos. ¿Qué quieres, Brazos?
—Quiero que me ayudes a reconocer este terreno con un rastrillo muy fino.
—¿Buscas huellas, eh? No quiero quedarme en la retaguardia, Brazos. No me ha gustado nunca poner trabas a los caballos.
Llegaron al grupo de árboles y se apearon.
—Alíen Neece fue encontrado muerto en esa choza. Pero según los doctores, no fue asesinado ahí. Lo que quiero y deseo encontrar es alguna huella de pisadas.
—¡Ah, bueno, vamos allá!
Entraron en la choza y comenzaron a inspeccionar el terreno en busca de huellas. Hank se arrodilló para inspeccionar la zona situada detrás de la puerta.
—Supongo que esto fue señalado el día en que Bodkin te encontró aquí —dijo al fin.
—Y aquí están las huellas que marqué al entrar y salir. Dormí en ese camastro.
Registraron la húmeda choza como podrían haberlo hecho unos buscadores de tesoros.
—Aquí no hay nada —dijo Brazos—. Si aquí se ha marcado en el polvo la huella de una pequeña bota, ha sido borrada por otra huella mayor marcada encima de ella. Subamos al desván.
El desván ocupaba la mitad del espacio situado bajo el tejado y estaba construido de troncos desnudos colocados unos junto a otros. El piso tembló bajo el peso de los hombres. La luz era escasa en la altura, mas les fue posible distinguir los objetos. Bilyen llegó a la conclusión de que los asesinos subieron la escalera hasta llegar a un punto situado al nivel del desván y que habían colocado el cadáver sobre las maderas introduciendo en primer lugar la cabeza. Una oscura mancha de sangre se extendía sobre uno de los troncos.
—¿Qué hay en aquel rincón? —preguntó Brazos; y se arrastró con todo cuidado hacia atrás. Allí descubrió una cuerda, un lazo, que evidentemente había sido arrojado sin que se le devanase. Lo recogió y regresó arrastrándose junto a Bilyen.
—Mira, Hank, ésta debe de ser la cuerda que le produjo las marcas que tenía encima de los codos —dijo Brazos—. Bájala, Hank, mientras continúo investigando.
Brazos siguió inspeccionando cada pulgada del desván sin hacer ningún nuevo descubrimiento. Cuando descendió vio que Hank se había sentado a la puerta para examinar la cuerda. Brazos se arrodilló junto a él para acompañarle en su escrutinio. Ambos permanecieron silenciosos. Junto al caballo y la pistola, el lazo constituye el tesoro más apreciado de los vaqueros.
—Bueno, ¿qué has descubierto? —preguntó ásperamente el tejano.
—Es un lazo, no hay duda. Está hecho de esparto de Manila. Lo mismo que casi todos.
—Sí. Y ¿qué más, vaquero?
—Que jamás ha sido usado para detener a una vaca ni a un novillo.
—Diablos, no, Brazos! No es nuevo. Ha estado atado al arzón de una silla durante mucho tiempo. Es una cuerda de vaqueros, que jamás ha sido usada por ninguno de ellos. ¿No te dice esto nada?
—¡Hum! No hables tanto, Hank. Vamos a reconocer aquel terreno.
Todas las sendas y todos los lugares desprovistos de hierba o cubiertos de hierba fina, próximos a la carretera y que se dirigían hacia el Este o el Oeste, fueron cuidadosamente inspeccionados.
—Ahora, reconozcamos el terreno entre el grupo de árboles —indicó Brazos—. Hank, aquí es donde encontré a los tres hombres. —Y relató el incidente y recordó el nombre y la voz aguda y nerviosa que había oído. Con su silencio, Bilyen dio prueba de la impresión que este relato le causaba. Los dos hombres se introdujeron entre los árboles—. Aquí es donde tenían los caballos.
Había una extensión cubierta de maleza muerta, que se desarrollaba hasta cierta distancia. Brazos indicó a Hank que inspeccionase en aquel punto en tanto que él comenzaba a hacerlo en el otro extremo. Sin ninguna duda, Brazos obraba impulsado por alguna idea que hubiera concebido. En el punto más lejano, bajo el árbol más grande y frondoso, encontró un espacio desprovisto de vegetación. Al ver huellas de casco y otras de unas botas pequeñas, el ritmo de sus latidos se aceleró. Se arrodilló, y casi llegó a oler las marcas que habían causado las botas. De todas las innumerables huellas producidas por botas de jinete que Brazos había inspeccionado en toda su vida, aquéllas eran las más pequeñas. Ningún vaquero podía tener los pies lo suficientemente pequeños para que pudiera calzarlos con las que habían producido aquellas señales. Los muchachos de diez años no suelen gastar botas hechas a la medida.
Aquellas marcas habían sido hechas por una mujer. Brazos continuó arrodillado y atento, como si estuviera leyendo una página negra del libro de la vida.
—¿Qué diablos andas escudriñando por ahí, vaquero? —preguntó Bilyen curiosamente al acercarse a Brazos.
—¡Mira! Mi presentimiento ha resultado cierto.
Bilyen no respondió ni una sola palabra sino que se inclinó e inspeccionó cuidadosamente el lugar, y luego miró a Brazos con una curiosa expresión en la mirada.
—Vaquero, hay una mujer que está mezclada en este lío.
—¡Claro!
—Y esa mujer vino hasta aquí para alejarse de la choza..., detuvo aquí el caballo..., se apeó allí... y allí paseó de un lado para otro... ¡Nerviosa! Y aquí se detuvo. Como si hubiera echado raíces, ¿eh, Brazos...?, y aquí volvió a pasear de nuevo, con paso rápido... Bueno, Brazos, creo que...
—También yo, Hank —contestó Brazos meditativamente—. Tráeme algunos palitos para que pueda medir estas huellas.
—Brazos, supongo que no andarás buscando a una muchacha, vaquera, que pueda haber producido estas marcas. ¡No sería probable que...!
—De ningún modo —replicó Brazos con frío acento.
—Esa mujer era una de aquellas tres personas, la de la voz joven, nerviosa y aguda...
Tenía miedo a correr un riesgo... ¡Es la que quería matarte, Brazos!
—Tengo que encontrar a esa señorita tan cariñosa.
—¿Cómo vas a encontrarla, Brazos? —preguntó Hank en tanto que se rascaba la poblada barba.
Recorreré todos los caminos y miraré en todos los garitos de juego.
—Esas personas tienen dinero y no son vaqueros. Bien, cuando sepas de dónde proviene su dinero, estarás próximo a dar en el clavo.
—No me agrada la idea de que haya una mujer, vaquera o no, mezclada en esta cuestión.
Tendría que acometerla. Ya lo hice una vez con una mujer que quería matarme a tiros, y jamás olvidaré el modo como gritó.
—¿Cómo supones que ha intervenido esa mujer en este asunto?
—¿Cómo lo supones tú?
—Para mí todo es tan claro como un libro. Esa mujer y sus dos compañeros no viven en la ciudad. La mujer es hermosa y le agrada provocar a los vaqueros. Allen Neece era una presa fácil para las mujeres. Le agradaba beber, lo mismo que a todos los jóvenes. Pues bien: esa cuadrilla compuesta de tres personas andaba tras él por razones muy importantes en la cuestión. La muchacha consiguió atraer a Allen... y el resto fue muy fácil.
—He supuesto algo muy parecido, Hack —contestó Brazos, pensativo—. Además, conozco más detalles que tú. La noche en que Allen fue asesinado, estuvo en la caballeriza para recoger su caballo. Pedro me ha dicho que iba otra persona con él, un acompañante montado en un caballo negro, que se quedó en el exterior. Ambos se alejaron juntos. He aquí lo que sucedió, si no recuerdo mal, aquella noche era hermosa y cálida, había mucha luz de luna, y las ranas croaban... Exactamente la noche apropiada para una cita al aire libre, para una cita en este lugar. Pero no llegaron aquí. Ese Brad y su otro compañero echaron el lazo a Allen y lo derribaron del caballo. Allen murió al caer, pero ellos no lo supieron. Lo llevaron al desván, le dispararon un tiro... y lo abandonaron en la choza.
—Mientras la muchacha esperaba aquí, bajo los árboles, nerviosa y asustada —añadió Hank.
—Tenía buenas razones para estar nerviosa —declaró Brazos sombríamente—. Y entonces vine a interrumpirles, sin saberlo.
—¡Es pintoresco el modo como suceden las cosas! Creo que el ser malvado no produce beneficios... Brazos, ¿quién está a la cabeza de este embrollo?
—Hank, eres demasiado curioso —dijo con calma Brazos mientras guardaba con cuidado en un bolsillo las ramitas con que había medido las huellas de las pisadas—. Vamos a desayunarnos a la ciudad.
No hablaron ni una sola palabra durante el regreso hasta que pasaron junto al rancho «Sombreros Gemelos», cuando Bilyen preguntó a Brazos:
—¿No has visto a Surface ante la puerta de la casa?
—Sí. Parecía tan grande como una montaña.
—Debe de ser uno de esos pájaros madrugadores, ¿verdad? —contestó Bilyen burlonamente.
Brazos pareció encontrar la lengua durante el resto del recorrido e hizo a su compañero muchas preguntas acerca de la posibilidad de que alguno de los grandes ganaderos de la región fuera el genio inspirador y el sostén de una inteligente y audaz banda de ladrones.
—Supongo que estarás obsesionado por esa suposición, ¿no es cierto? —preguntó Bilyen, quien parecía ofendido porque Brazos no le comunicaba todo lo que sabía.
—Es cierto. ¿No es una gran idea?
—No es solamente tuya, Brazos. Yo mismo lo he pensado hace mucho tiempo.
—Hank, eres de Texas y no eres tonto —murmuró Brazos como si pretendiera excusarse ante Bilyen—. ¿Jurarías que es cierto?
—Sí, lo haría... en secreto y para ti. Pero no me atrevería a pregonarla en «Días Felices» ni en la oficina de Correos.
—¿Y por qué no, compañero?
—Porque quiero vivir el tiempo suficiente para ver a Neece y sus gemelas instalados nuevamente en su rancho.
—¡Ah! Bueno; yo voy a pregonarla... esta misma noche, en la reunión de la Asociación de Ganaderos.
—¡Por Texas, que tienes valor, Brazos! ¡Y además eres listo...! Me pregunto por qué no habré pensado que lo harías. Creo que nuestras suposiciones son las mismas. Lo que propones es descubrir públicamente a alguno de esos ganaderos y a sus secuaces, con el fin de averiguar quién es la vaquera y los hombres que te atacaron, ¿verdad?
—Exactamente, Hank —replicó Brazos lentamente.
—¡Diablos! No me parece bien. Si no fueran lo bastante listos para perseguirte, estarían muy asustados.
—Es posible que jamás hayan oído hablar de mí.
—¡Claro! Viven al oeste del Misisipí, ¿no es cierto?
—Es una buena idea de todos modos, Hank. Aquí es donde hemos de comer.
—Voy a ir a casa para dar el desayuno a Allen. Volveré a buscarte pronto.
Unos pocos instantes más tarde, Brazos estaba mirando por encima del mostrador la luz que brillaba en un par de hermosos ojos pardos que a su vez le miraban.
—¡Buenos días, June..., si usted es June! —saludó Brazos sonriendo.
—¡Buenos días, Brazos! —contestó ella imitando su acento.
Un perverso demonio que se encerraba en el interior de Brazos le impelió a preguntar en voz baja:
—¿Qué recompensa obtendría... si hubiera descubierto algo muy importante para usted?
Los ojos de la muchacha se dilataron y el rosado color de sus mejillas se desvaneció.
—¿Qué le agradaría a usted...? ¿Tortilla, o chuletas de cordero? —preguntó ella respondiendo a su provocación.
—¡Ah, no...! ¿No podría obtener un beso?
La muchacha enrojeció y su alegría desapareció.
—Ciertamente lo conseguiría usted.
La sorpresa que le produjo el rápido asentimiento de la mujer, hizo comprender a Brazos su atrevida ligereza.
—Perdóneme usted —dijo—. Esta mañana estoy loco —añadió rápido y bajando la mirada.
Brazos sabía que su remordimiento no habría de ser de mucha duración. Inmediatamente, a través de los entreabiertos párpados, pudo ver una tortilla y chuletas de cordero ante sí, y murmurando una expresión de agradecimiento, comenzó a comer.
Un instante después una dulce voz llegó hasta sus oídos:
—¿No quiere usted café y galletas esta mañana?
—Lo había olvidado. Sí, muchas gracias —contestó Brazos, desconcertado, sin saber por qué. Y al fin levantó la mirada.
—¿Quiere usted decirme cuál es el secreto de su heroico acto?
—¿Quéee? —exclamó Brazos, aún más desconcertado que anteriormente.
—¿No quiere usted conseguir un beso de Janis a cambio de cierto servicio prestado a los Neece?
—¡June...! ¡Dios me ayude! ¡Juro que creí que estaba hablando con usted.
—¡Vaquero!
Al oír esta palabra Brazos enrojeció. El ser relegado a la categoría y a las filas de los vaqueros corrientes era algo que no podía tolerar.
—¡Oiga, oiga, señora! —protestó fríamente—. Creí que su hermana era usted. Ha sido un error. No puedo remediarlo. Sucedió que me brotó la petición de un beso, sin saber cómo...
No lo hice con intención, y después le pedí perdón. Y ahora se lo nido a usted. Estaba loco.
—¿Por qué estaba usted tan... loco esta mañana? —preguntó ella dubitativamente y con menos severidad.
Brazos miró a su alrededor cautamente para tener la seguridad de que nadie oiría su respuesta.
—June, esta mañana he encontrado la verdadera pista que conduce hacia los asesinos de Allen. No puedo contárselo ahora, pero lo haré esta noche, si quiere usted que nos veamos.
—Venga después de las diez —replicó ella con vehemencia—. ¡Oh! Apenas me será posible esperar. Brazos, estoy avergonzada... He... he dudado de usted nuevamente.
—¿Nuevamente? No sabía que hubiera usted dudado antes.
—Sí, nuevamente. Creo que será mejor que lo confiese. Estoy... estoy horriblemente celosa de Janis. Conquista a todos los hombres y a todos los muchachos.
¡Ja, ja...! Bien, puedo perdonarla que haya dudado de mí, pero no estoy seguro de perdonarla que me haya llamado vaquero del modo como me llamó.
—,?Cómo se lo llamé, Brazos?
• —De un modo completamente lleno de desprecio. Y, dígame, June Neece: tengo un renombre muy duro, lo reconozco. Pero de todos modos, no pertenezco a ese género de vaqueros. • —Lo siento mucho. Ahora me toca a mí pedir perdón... vasos y una caja de cigarros. Brazos paseó la mirada por el grupo y reconoció entre sus componentes a Henderson y Surface. Jamás había visto a Sprague, pero pudo reconocerle por la descripción que Bilyen le había hecho de él. Algunos otros de los rostros que vio le eran conocidos. Y finalmente, y con gran sorpresa, observó que uno de ellos era el de Inskip.
Es ese vaquero que se llama Brazos Keene —dijo uno de los hombres.
—¡Está borracho! ¡Echadle! —gritó Surface en tanto que se levantaba de la silla.
—Calma, señor Surface, calma, con eso de echarme de aquí —dijo Brazos lentamente y dirigiendo al ranchero el fuego de una mirada—. No estoy borracho. Es cierto que he tomado unos cuantos tragos, los suficientes para animarme a hablar. Pero muy pronto se convencerá usted de que tengo la cabeza muy despejada.
—Déjale que diga lo que tenga que decir, Surface —aconsejó Henderson con gran interés.
—¡Adelante, Brazos! —añadió Inskip secamente.
—¡Pero es intolerable la intrusión de un vaquero borracho en esta reunión! ¡Intolerable!
—protestó Surface mientras volvía a ocupar su asiento. Y no era solamente el enojo lo que se marcaba en su rostro.
—Hable, Keene —ordenó Henderson—. Sea breve y vaya al grano.
Habiendo conseguido su propósito, Brazos cambió visiblemente de actitud y enfundó el revólver, aun cuando dejó la mano puesta sobre la culata.
—Señores, he escogido esta reunión y este momento porque me parecen los más oportunos para hacer unas manifestaciones que van a resultar muy interesantes para todos los ganaderos del Colorado —comenzó diciendo Brazos rápidamente mientras paseaba la mirada con rapidez sobre todos los reunidos—. Sucede que parecen haberse desarrollado en torno a mí algunos acontecimientos muy graves. Es un honor al que nunca he aspirado, pero que me ha sido impuesto por las circunstancias. La situación del ganado en estas extensiones que se abren desde las gimas Españolas hasta el Camino Viejo no es nueva para mí. Recuerdo haber conocido otras cinco semejantes. Todos ustedes recuerdan cuál fue la causa de la guerra campesina de Lincoln en Nuevo Méjico. Todos ustedes habrán oído hablar de la asociación de Sewall McCoy con Ross Slaughter. Por una parte estaba compuesta por el ranchero rico, educado, astuto, y por la otra, por el ladrón empedernido, de corazón tan duro como el pedernal, y conductor de un sanguinario equipo de ladrones de ganado. Todos ustedes han debido de oír también, de qué forma intervine en el descubrimiento y la aniquilación de esa doble cuadrilla. Si lo menciono, no es por afán de fanfarronear, sino para conceder la debida importancia a lo que a continuación voy a manifestarles.
Brazos dejó que transcurriesen unos segundos antes de continuar hablando, para permitir que los oyentes meditasen sobre lo que había dicho. No puso la mirada sobre el rostro de ninguno de sus fascinados oyentes, pero no dejó de percibir absolutamente nada del efecto que produjeron sus palabras.
—En estos momentos los ganaderos de esta región se encuentran en una situación similar a las que he indicado —continuó impresionantemente—. Y si ustedes no se deciden a ponerle remedio, llegará a hacerse muy fuerte y arrolladora... Para decirlo en breves palabras y sin emplear términos duros, señores, hay un ganadero en estos terrenos que está trabajando del mismo modo que lo hacía Sewall McCoy. Es amigo de ustedes, y hasta es probable que sea compañero de alguno. No ofendo con ello a ninguno de ustedes ni a ningún ciudadano de Las Ánimas. Lo que sé no puede ser demostrado todavía. Pero pueden ustedes tener la seguridad de que es rigurosamente cierto. Y esto es todo, caballeros. Ustedes mismos— juzgarán.
Mientras terminaba este agresivo discurso, Brazos se retiró lentamente y de espaldas hacia la puerta, en tanto que apreciaba, más con los ojos de la imaginación que con los del rostro, el contraste que ofrecía la expresión de las diferentes personas que estaban reunidas.
Luego salió de un salto y continuó bajando las escaleras, también a saltos.


VI
Cuando el tren de Las Ánimas emitió un pitido, su jefe observó que Brazos Keene se ponía un pesado cinturón dotado de un grueso revólver en torno a la delgada cintura. Y los diversos viajeros que habían hecho amistad con el guapo vaquero, que iba vestido con un traje nuevo, se quedaron asombrados.
—¡Un vaquero tan guapo y con el cabello tan rizado...! —murmuró una muchacha que aún no habría cumplido los veinte años.
—¡Quién lo habría pensado! —exclamó su madre.
—Vaquero, todavía faltan dos días para el Cuatro de Julio —observó el jefe de tren.
—Es que aquí, en Las Ánimas, no me encuentro a gusto si no tengo puesta toda la batería —dijo Brazos mientras dirigía una sonrisa a la muchacha.
—¿Quién es usted? —preguntó ella con vehemencia.
—Lamento mucho tener que confesarlo, señorita. Pero me he presentado a ustedes bajo un aspecto diferente al que me pertenece. Soy Curly Keene, bandido, proscrito y desesperado... Adiós.
Brazos recogió su maleta y se dirigió al andén. Cuando el tren se detenía, observó que Bilyen se hallaba en primera fila entre las personas que esperaban. Antes de que Brazos hubiera descendido, el mejicano recorrió el andén con una rápida mirada y le hizo una seña para que se acercase.
—¡Hola, Hank! —dijo Brazos—. Llevas el revólver lo mismo que en los tiempos antiguos...
—Te has vestido de toda gala, granujilla —exclamó Hank alegremente—. Brazos, pareces un señorito.
—¿Cómo marchan las cosas por aquí?
—No van mal del todo. Pero no hay necesidad de apresurarse para decirlo. Espero que hayas tenido mejor suerte que yo.
—Hank, he averiguado muchas cosas. Pero no puedo decir si nos serán de mucha utilidad... Ven conmigo. Tengo algo para las gemelas.
Ambos entraron en el restaurante y encontraron a June y Janis excitadas y resplandecientes, olvidadas por una vez de sus deberes. Brazos se inclinó galantemente ante ellas y luego las miró repetidamente a una y a otra, con gran ansiedad.
—¡Bien! Tres semanas no han alterado nada. Continúo incapaz de saber quién de ustedes es una y quién es la otra. Lo único que podría decir es que están ustedes todavía más guapas.
Miren: las he traído algo de Kansas —y abriendo la maleta sacó de ella dos grandes cajas de golosinas atadas con cintas y entregó una a cada muchacha.
—¡Oh, Brazos, está usted seductor! —exclamó una de ellas en tanto que le miraba con ojos llenos de admiración. En el caso de que fuera June quien había hablado, olvidó hacer el gesto que había prometido hacer siempre con el fin de que Brazos pudiera reconocerla.
—Gracias, vaquero. Creíamos que nunca, nunca volvería usted —murmuró la otra.
—Y hasta hemos estado a punto de rezar para que no volviera.
«Esta debe de ser June», pensó Brazos.
—¡Ah, cuánta amabilidad...! ¿Ha venido alguien a buscarme?
—Brazos, hemos intentado no oír lo que se hablaba..., pero lo hemos oído..., y Jack está muy preocupado.
—Bueno, muchacha, no se preocupe más, puesto que ya he regresado. Volveré a verlas más tarde. Ahora tengo que irme con Jack. Traigo más noticias para su papá.
Una vez que hubieron salido, Brazos se volvió hacia su fiel camarada y formuló una ansiosa pregunta:
—¿Qué ha sucedido? June y Janis parecían un poco preocupadas.
—Supongo que lo estaban por ti. Las hablillas y las murmuraciones han corrido en abundancia por toda la ciudad.
—¿Sí? Bien, vamos a casa de Joe, donde dejaré mi equipaje. ¿Has traído mi caballo?
—No. Puedes ir conmigo en el carro.
Durante el recorrido Brazos prestó mucha atención a la calle y a los peatones que por ella circulaban. En Las Ánimas se reflejaba la animación propia de la proximidad del Cuatro de Julio. Todos los que transitaban por la ancha calle se dieron cuenta de un modo casi simultáneo de la presencia de Brazos. Cuando el mejicano Joe le vio resplandeció de alegría y una sonrisa se extendió sobre su cetrino rostro.
—¡Ah, señor Brazos! Hemos vuelto a nuestros viejos y buenos tiempos, ¿eh?
Jack dio vuelta a una esquina y condujo a Brazos hasta una calle lateral.
—¿Has visto a ese viejo mejicano? —gruñó Brazos.
—Sí. Joe supone que tú descubrirás pronto quién es el que te anda buscando. Nadie parece saberlo.
—¿Han nombrado ya a Bodkin sheriff de la ciudad?
—Todavía no. La Asociación de Ganaderos está dividida. Henderson y Surface han tenido una pelotera de todos los diablos. Henderson ha dimitido.
—¿Henderson? Lo supuse aquella noche en que interrumpí la reunión. Me pareció observar que mis palabras le interesaban.
—Había razones para que le interesasen, Brazos. No mucho tiempo después de aquella pelotera Henderson perdió un millar de novillos y sus mejores caballos. Los dos vaqueros que estaban de guardia fueron asesinados a tiros. Y el resto del equipo no lo supo hasta la mañana siguiente.
—¡Demonios! —exclamó Brazos—. Ha sido un acto muy atrevido y descarado. Esto comienza a ponerse al rojo vivo, Hank.
—¿No te parece que resulta muy extraño todo ello después de su trifulca con Surface?
—Lo sería... si el responsable de lo sucedido no fuera Surface. Es posible que haya sido lo suficiente astuto para alejar de sí las sospechas por medio de un acto lleno de osadía. De otro modo...
—Yo tampoco lo comprendo —replicó Hank con obstinación—. En ese caso, ¿atribuye lo sucedido a Surface?
—¡No, demonios! Y eso es precisamente lo que me tortura. Tengo la seguridad en lo que digo respecto a Surface, pero no puedo demostrarlo.
No es posible, muchacho, encontrar las pruebas necesarias en un minuto.
—Pero en un minuto hay tiempo bastante para detener una bala, Hank; si hay alguien, algún equino o alguna cuadrilla, que me ande buscando, los que los compongan me conocerán, pero yo no los conozco. ¡Demasiadas dificultades! No puedo luchar contra todo ello. Te juro que si en este asunto no estuviera envuelta la seguridad y la prosperidad de las dos gemelas y de Neece..., me iría a toda velocidad a Texas.
—¡No hay ni que pensarlo!
—Comienzo a experimentar un poco de lástima. Y es conveniente que así sea. Me producirá el mismo estímulo que antiguamente me comunicaba una botella de bebida fuerte...
¿Qué es lo Que has descubierto?
—Muy poca cosa. Tomé el tren de Hebron y hablé con los empleados de aquella estación. No me satisfizo la entrevista. Desde allí se ha estado enviando hacia el Oeste un tren de ganado tras otro. Y ninguna de las manadas era diferente de las demás. «A usted no le importa nada si alguna de estas reses han sido robadas», me dijo el factor de la estación. «La cuadrilla de Billy «el Niño» está vendiendo ganado a los compradores de bueyes de los depósitos indios. Y nadie dice una palabra.»
Brazos no contó nada más hasta que él y Hank se unieron a Neece en el interior de la choza. Brazos se alegró mucho al ver de qué modo había cambiado Necee. Se mostraba mucho más animado y parecía haber recobrado la esperanza.
—Bueno, Necee, traigo ciertas noticias que espero le parecerán muy interesantes —comenzó diciendo Brazos—. Mi misión en Kansas, como usted sabe, era descubrir la pista del ganado que los secuaces de Surface envían por ferrocarril. No he podido averiguarlo. Es posible que esto sea natural, pero también lo es que sea extraño. El hecho es extraño por sí mismo. Todo el interés de esos hombres estriba en comprar y vender ganado, y en no decir nunca de dónde vienen y adónde van. Un tanto por ciento muy importante de las cabezas que se embarcan aquí es robado, con toda seguridad. Y nadie quiere confesarlo. Pero he pasado tres días vagabundeando en torno a los encerraderos y he podido enterarme, por medio de los guardianes, de que dos grandes cargas de reses de cuernos largos fueron remitidas en los primeros días de la primavera. Esas cargas se componían de novillos y vacas de diferentes marcas procedentes de Nuevo Méjico. Una expedición de reses llegó a las corralizas en pequeñas manadas y fue enviada nuevamente a otros lugares. Otro tren cargado de reses fue enviado al Este. No se puede descubrir la procedencia del ganado sin marcar, del mismo modo que no se puede averiguar la de otras reses cuyas marcas no se conocen. Es casi seguro que aquellos trenes conducían el ganado de usted. Y aquella manada sabe usted que se desvaneció como por encanto... Pues bien: al regresar me detuve en Abilene. Estaba muy nervioso porque hace alrededor de siete años armé cierto jaleo en esa ciudad. Pero, ¡demonios!, todas las personas a quienes conocía habían muerto hace bastante tiempo. ¡Es pintoresco que los hombres del Oeste vivamos tan poco tiempo! Abilene ha crecido mucho y es todavía una ciudad muy alborotada. Me reuní con vaqueros, ganaderos, jugadores y otras gentes de la ciudad. Naturalmente, usted sabe que no se va a ninguna parte si se hacen a un hombre del Oeste preguntas acerca de otro. Pero finalmente conseguí encontrar un vaquero que había trabajado para Surface. N o era un vaquero de los que a mí me agradan, y era más mudo que una ostra. Luego encontré a un ganadero que se indignó mucho cuando le hice preguntas acerca de Surface. Lo que me dijo de Surface podría igualmente aplicarse a cualquier otro ranchero. Parecía ser que el tal ganadero era pariente de otro que había sido compañero de ,Surface... Oiga, aquí tengo los nombres. Este compañero se llamaba Stokes. Stokes y Surface realizaban operaciones muy importantes de compra y venta de ganado. Surface compraba y Stokes vendía. Un día riñeron y Surface mató a Stokes. Nadie presenció la riña. Surface afirmó que Stokes fue el primero en desenfundar el revólver. Hay muchas personas que dicen que la cuestión tuvo su origen en una discusión por motivos de dinero, y otras dicen que Stokes había preguntado a Surface dónde obtenía el ganado. Como quiera que fuera, Surface se marchó de Abilene. Esto sucedió hace un año o un poco más. Y esto es todo.
—Me parece muy significativo —declaró Neece escuetamente.
—Creo que esto refuerza nuestras suposiciones —añadió Bilyen.
—Estamos de acuerdo —dijo Brazos—. Pero nuestro convencimiento no valdría para nada ante un tribunal. Surface dispone de dinero y de influencias. Nos derrotaría. Y no nos conviene que ningún tribunal tome una decisión en contra nuestra. Esta cuestión no podría jamás ser resuelta por un tribunal de Denver.
—Tienes razón por completo, Brazos —afirmó Bilyen.
—Sí. Y por eso quiero obtener pruebas de la culpabilidad de Surface. Déjenme ustedes que las consiga a mi modo y manera. De todos modos, no pienso despreciar las insinuaciones que ustedes me hagan. De una insinuación o de una corazonada puede conseguirse algo en extremo importante.
—He oído decir que Lura Surface ha abandonado. «Sombreros Gemelos» —observó Hank—. Está en casa de una amiga suya, Delia Ross. Y permite que ese jugador llamado Howard la corteje.
—¡Cómo!
—Brazos, ¿le ha dicho Hank que Henderson vino a visitarme? —preguntó Neece—. Lo hizo. Y aun cuando no me habló de Surface, interpreté su visita como una expresión de pesar y de condolencia. Henderson es el presidente del Banco que no quiso prestarme el dinero necesario para salvar mi rancho.
—¡Ah! Bien, eso es una indicación casi directa. ¡Dame mi caballo, Hank! ¡Quiero ir en seguida a la ciudad! Henderson recibió a Brazos con una velada sorpresa que no dejaba de estar mezclada de interés.
—He venido para hacerle algunas preguntas, señor Henderson, y es probable que alguna de ellas tenga la naturaleza de un favor —dijo sinceramente Brazos.
—Bien, desembuche, vaquero —replicó el banquero en tanto que sonreía de modo alentador.
—¿Conoce usted a Jack Sain?
—Solamente de vista.
—¿Podría usted proporcionarle trabajo como caballista? Por lo que he oído decir desde mi llegada, necesita usted caballistas. Respondo por Jack.
—Muy bien. Esa recomendación es suficiente. Dígale que venga a verme.
Muchas gracias, señor Henderson. Jack está muy abatido como consecuencia de la mala suerte que ha tenido últimamente. La desgracia de los Neece le ha dolido mucho... Mi otra pregunta tiene un carácter personal, y espero que me perdonará usted que se la haga.
—¿Qué es, Keene?
—¿Se inclina usted a favor o en contra de Surface? —preguntó premeditadamente Brazos.
—¿Le interesa mucho esa cuestión?
—No, a menos de que a usted le parezca conveniente que me interese. Pero yo estoy en contra de él. En este asunto me inclino del lado de Abe Neece.
—¡Keene! ¿Es eso lo que Inskip me insinuó?
—Usted me conoce, señor Henderson, y hasta tengo el atrevimiento de suponer que tiene usted confianza en mí. Si el capitán Britt se encontrase en el puesto que usted ocupa, no vacilaría en encargarme de esa misión.
—¿Qué misión?
—¡Hum...! Usted es del Oeste, señor Henderson.
—Sí. Y usted es un vaquero listo, Keene... ¿Sabe que Raine Surface mató a un ganadero llamado Stokes porque se atrevió a insinuar algunas cosas?
—Sí. Lo sé.
—No diré nada más, Keene. Pero usted mismo puede extraer sus propias conclusiones.
¿Mantendrá usted en secreto lo que quiero decirle?
—Por completo.
—Bien, creo que Raine Surface es otro Sewall McCoy.
—¡Ah! ¿Es eso lo que se ocultaba tras su pequeño discurso de hace varias semanas en la Asociación de Ganaderos? Inskip me dijo eso mismo.
—Sí, eso era... y eso es.
—Es un asunto muy complicado, aun para un Brazos Keene. Surface tiene muchos intereses, abundantes caballistas v, según se dice por estos contornos, un equipo de hombres duros e implacables en las montañas.
—Todo eso es muy interesante para mí, señor Henderson. Si Surface no tuviera lo que usted ha dicho, no podría seguir las huellas de Sewall McCoy. Y creo que Sewall McCoy tenía, además, lo que Surface no me ha demostrado poseer: inteligencia. McCoy duró por espacio de varios años en Nuevo Méjico. Y si no hubiera sido por las sospechas que despertó en mí uno de los caballistas de mi propio equipo, entonces habría sido posible que Sewall McCoy continuase desempeñando un papel importante. Pero Surface no durará ni siquiera un mes. No sabe quiénes somos nosotros.
—¿Nosotros? ¿A quién llama usted nosotros?
—Pues... a Kiskadden, a Inskip, a Neece, a Bilyen, a mí... y a usted, señor Henderson —respondió con calma Brazos—. Le quedo muy agradecido por haberme recibido, y especialmente por haber confirmado mis sospechas respecto a Surface.
—Oiga, oiga, Keene, no he dicho..., no he declarado... —tartamudeó el ganadero-banquero confusamente.
—Todo lo que necesitaba era hablar con usted un momento. Sé cómo piensa usted. Pero usted no me lo ha dicho; puede estar tranquilo y seguro. Apártese de la órbita de Surface. Es posible que intente hacer algo contra usted para fortalecer su posición.
Brazos salió a grandes zancadas del Banco, satisfecho de encontrarse de nuevo al aire libre, donde experimentó la necesidad de gritar, vitorear y maldecir. Pero todo lo que hizo fue inmovilizarse y observar con fingida indiferencia a los transeúntes. Al cabo de unos momentos dio vuelta a una esquina y se dirigió al establecimiento del mejicano Joe. Se asomó a la ventana de su habitación y desde allí miró atentamente a los hombres que se hallaban en la calle.
Henderson sabía que Surface era un malvado, y, sin embargo, no se atrevía a traicionarle. Era una de las muchas peculiaridades extrañas del Oeste. Henderson sufría en silencio sus pérdidas y esperaba la llegada de alguien que tuviera el valor necesario para llamar ladrón al ganadero. La suposición de Brazos en la primera ocasión en que vio a Surface había sido tan certera como la aguja en la brújula señalando al Norte. Raine Surface era un ladrón, un jefe de ladrones, un falso ranchero, un instigador de asesinos, sino un asesino directo, un hombre que captaba importantes negocios, un ser que se acobardaría ante la muerte. No era un ladrón genial. Tampoco lo había sido, verdaderamente, Sewall McCoy. Pero Russ Slaughter fue un hombre tan desesperado y tan bravío como el que más. Fue preciso llenarle el cuerpo de balazos para poder echarle la soga al cuello.
«Bueno, ya tengo las cartas en la mano, y espero que sabré jugarlas acertadamente —monologó Brazos en tanto que observaba el paso de los transeúntes y se agudizaba su actitud de alejamiento, su propensión a la soledad—. Todo lo que he de hacer es intentar descubrir a algunos de esos hombres que me acechan... Y Bodkin es uno de ellos... Y también es de ellos el terceto de hombres en que está incluido un vaquero joven que en realidad es una vaquera...
Y acaso algunos otros a quienes tendré que descubrir... Y, ¡por los cielos!, he de acabar con algunos de ellos... y atormentar a uno, que hablará... Si no puedo hacer todo eso, tendré que embestir contra Surface y obligarle a arrastrarse..., o lo mataré.»
Era una dura decisión, pero digna de llevarse a la práctica. Y Brazos tenía algo auténtico para justificar sus sospechas personales, los antecedentes morales de un hombre cuya muerte a manos de Surface no le había hecho sospechoso.
Brazos permaneció apoyado en aquella ventana durante toda la tarde, hasta el anochecer. Entre los muchos desconocidos a quienes observó había algunos ante los cuales jamás se habría vuelto de espaldas.
Cuando volvió a ponerse en marcha le parecía que tenía ojos en la parte posterior de la cabeza..., que podía ver a través de las puertas y las paredes... en el interior de los mismos cerebros en que anidaban los villanos propósitos de acabar con él.
Entrando en el restaurante, escogió un asiento desde el que le era posible ver la puerta.
—¿Está usted segura de que es usted Janis? —preguntó con dubitativa admiración al mirar el hermoso rostro que se había inclinado un poco por encima del suyo.
Brazos, ¿por qué quiere usted estar tan seguro de que soy Janis? —preguntó la muchacha.
Porque no quiero agraviar a June —replicó Brazos sinceramente, sin sospechar la interpretación que la mujer podría dar a sus palabras. El rápido brillar de sus ojos no alarmó al vaquero.
—¿La ha agraviado usted?
—Sí, estoy seguro de ello —contestó Brazos, contrito.
—Brazos, se marchó usted sin recoger algo que yo le debía —añadió la muchacha con una sonrisa encantadora.
—¡Oh, Janis! Por mi parte, estaba bromeando...
—No debería bromear con dos mujeres al mismo tiempo. Brazos Keene.
En tanto que la joven iba en busca de la cena, Brazos meditó acerca de las palabras que ella había pronunciado. No pudo hallar nada de enero en Janis Neece. No parecía fría, reaccionaba sin timidez, como sucedía con June, y era a un mismo tiempo atrayente y provocativa. E inmediatamente comenzó Brazos a verla a la misma luz que veía a su hermana, lo que era tanto como reconocer que ambas eran tan iguales como una gota de agua a otra gota de agua. ¿Qué sucedía con aquella Janis Neece? ¿No sabía que Brazos estaba enamorado de June? Era inquietantemente dulce el ver a Janis tal como la había visto en aquel momento.
¡Qué incertidumbre más terrible! ¡Qué extraño era el sentir la influencia de la misma tumultuosa onda aun cuando una de las dos encantadoras criaturas no se hallase presente!
Brazos llegó a la conclusión de que debía llegar a un acuerdo con June, o, si esto no era diplomático, aplazar su cortejo hasta el momento en que la cuestión pendiente con Surface y sus secuaces hubiera sido resuelta. Brazos se maldijo al pensar que era un tonto sentimental y comprendió que ni aun cuando la muerte le fuese pisando los talones sería más capaz de dejar de cortejar a June Neece que de cesar de respirar. Sin embargo, sí, podría mantenerse aleado del restaurante, lo que le permitiría dedicar toda su actividad cerebral, todos sus pensamientos y todas sus energías al cumplimiento de la misión que se haba impuesto.
Aquella misma noche, después de la cena, Brazos comenzó su acecho, tan sigilosamente como si estuviera cazando ciervos, aun cuando con la cauta intensidad que acompaña a la sangrienta persecución del hombre.
Se mantuvo en la zona de sombra que proyectaban los edificios, y avanzó despacio. Fue visto, naturalmente, pero nunca por algún transeúnte u ocioso a quien él no hubiera visto antes. Una de las misteriosas facultades de Brazos —la que siempre ha constituido una parte importante de cualquier hombre dado al manejo de las armas —consistía en poder apreciar en los demás la presencia del estado de ánimo en que él mismo se hallaba en aquel momento.
Siempre que le fue posible, Brazos inspeccionó largamente las tabernas antes de trasponer sus umbrales. Y cuando entraba, lo hacía con largos pasos y se detenía frente a la gente congregada para examinarla de una manera penetrante y amenazadora. Eran muy pocos los ocupantes de los establecimientos a quienes no viese en tales ocasiones. Y siempre, después de transcurridos algunos minutos, para dar tiempo a que el significado de su presencia pudiera llegar hasta los más lejanos rincones, se retiraba de espaldas. Esta audaz maniobra producía un efecto eficaz y servía para dar a conocer que Brazos Keene se hallaba buscando guerra, y que era tanto más peligroso porque se hallaba sereno. Y decía a sus enemigos, en el caso de que se hallase presente alguno de ellos, que no era posible dispararle un tiro por la espalda, que cualquier movimiento falso o equívoco por parte de cualquiera provocaría un rápido tiroteo, que Brazos Keene estaba preparado para luchar en condiciones de igualdad. Este procedimiento tenía muchas ventajas. Buck Duane, King Fisher, Wild Bill..., la mayoría de los más diestros y celebrados luchadores a revólver vivieron y dominaron gracias a este acto de atrevimiento desafiador. Billy «el Niño», un desesperado infantil de la época, solía pasear fríamente en presencia de una multitud de hombres a quienes acometía el deseo de matarle; y vivió hasta que fue asesinado por un sheriff que no se atrevió a enfrentarse con él cara a cara.
El secreto de tal fortaleza radicaba en el extraño efecto que producía en los hombres, quienes reverenciaban, ante todo, el valor de sus contrarios, en el hecho evidente de que el primero que intentase desenfundar el revólver contra él moriría, casi de modo inevitable, por su osadía.
Brazos dejó tras sí esta impresión en todas las tabernas y en todos los garitos de juego de Las Ánimas. Y dejó algo más: una intensa curiosidad respecto a quién estaría buscando de modo tan descarado. Los que le veían no tenían ni la más ligera idea de que el propio Brazos no lo sabía. Brazos sospechaba que se pronunciaría el nombre de Bodkin, el de Barsh, posiblemente el de Surface, aun cuando en pocas ocasiones este último, ya que el ranchero no frecuentaba tan desacreditados lugares. Por último, el acto influía profundamente por sí mismo sobre Brazos, de una manera casi equivalente al estímulo del alcohol, del cual brotaban un fuego y una violencia de los que no se vería libre hasta que aquel sangriento asunto no llegase a su desenlace.
Contrariamente a su primitiva decisión respecto a lo que sería más conveniente hacer.
Brazos se presentó ante la puerta del piso de las Neece, sobre el restaurante, y llamó con energía. La puerta se abrió en seguida y descubrió a una de las gemelas, vestida con una bata, más seductora a la luz opaca de la lámpara.
—Perdón... Pero quisiera hablar con June —anunció Brazos en tanto que hacía una profunda inspiración de aire.
—Entre. Le estaba esperando. Sabía que vendría usted. Janis y mi tía se han acostado —replicó ella en voz baja y un tanto presurosa.
Brazos entró con su sonoro paso y dejó el sombrero en el suelo. La presencia de June, la dulce intimidad que le concedía, despejaron casi por completo las nubes de su sombrío estado de ánimo. El joven vaciló al pensar en su atrevimiento, en su obstinado propósito de terminar con los equívocos y las falsas situaciones. Pero una nueva reflexión le inyectó seguridad y convencimiento. Era insto que expresase a la joven de modo firme la honestidad de sus intenciones. Y debía hacerlo en aquel momento, porque sería posible que no volviera nunca más —a aquella casa.
June estaba en pie ante él, levantando la lámpara, y le miró de una manera interrogativa.
—¿Me permite usted que vaya a mi habitación y me ponga un vestido? Estoy... casi...
—Muy... enloquecedora. Y eso es lo que necesito —la interrumpió Brazos con tristeza.
—¡Brazos! —la joven se acercó a él, le agarró de las solapas y le miró plenamente al rostro—. ¿Qué ha sucedido? ¡Jamás le he visto como en este momento!
—Todavía no ha sucedido nada, June. Pero va a suceder... y pronto. Hay hombres en la ciudad..., no sé cuántos..., que han venido para matarme... Y he estado rondando por ahí para darles a entender que no soy un hombre fácil de asesinar.
Halagado por la ansiedad de la mujer, Brazos había obrado impelido por el deseo de acrecentarla. Aun cuando la afirmación que había hecho estaba muy lejos de ser exagerada, era, de todos modos, una afirmación que no se habría atrevido a hacer jamás si no se hubiera hallado bajo el influjo de aquellos ojos llenos de aflicción.
—¡Oh Dios mío! ¡Temía... esto! —murmuró June, vacilante y temblorosa, en tanto que sé apoyaba en él.
—June, he creído que sería preferible que lo supiera usted por mí mismo —dijo él con vehemencia—. Porque, aun cuando yo sea Brazos Keene, es posible que suceda... algo... Pero me he encontrado en compromisos más duros que el presente... y he salido sano y salvo de ellos... Y así sucederá en esta ocasión.
—¡Y todo esto ocurre a causa de su propósito de ayudarnos! —exclamó June elocuentemente.
—No importa cuál sea la causa —replicó Brazos con sequedad—. June, me resulta muy duro de expresar el resto... Pero el pecho parece querer reventar... ¿Recuerda usted aquella noche en que me despedí para ir a Kansas..., que tuve el valor de aceptarlos..., de aceptar aquellos dos besos... que usted tuvo la locura de decir que me debía?
—¡Jamás lo olvidaré, Brazos!
—Bien, enloquecí de tal modo, que eché a correr sin... Y desde entonces he estado obsesionado... June, necesito que no me juzgue usted equivocadamente. Y no es que entonces fuese a pedirle a usted nada... Lo que sucedía era que no me era posible marcharme sin los dos besos... Y la razón es que usted..., yo... yo... ¡Ah! ¡Te quiero terriblemente, June! Eso es todo... Y si salgo con vida de esta empresa, seguramente te pediré que te cases conmigo...
Pero será mejor que te lo pida ahora... Porque cuando vuelvas a tu casa, a «Sobreros Gemelos», y seas una rica heredera... Entonces no tendré el valor necesario para pedírtelo.
June levantó, radiante y ruborosa, el rostro.
—Brazos —murmuró tímidamente—. Te quiero desde el primer momento en que me miraste.
—¡June..., no es posible! —añadió suplicante el joven.
—Lo es —susurró ella mientras escondía el rostro en el pecho de Brazos—. Y eso ha estado a punto de volverme loca... Tenía miedo... ¡Creí que querías más a Janis!
—i Dios mío! —exclamó Brazos con la boca junto al cabello de la joven. Pero la proximidad de June, el sometimiento y la rendición de su palpitante persona a él, el hecho enloquecedor de que le estaba rodeando el cuello con los dulces brazos..., todo esto hizo que se desvaneciera el conmovedor recuerdo de Janis.
—Brazos... ¿Me has pedido... algo? —murmuró June.
—Dije que lo haría... si..., que lo haré cuando salga con vida de esta situación.
—Será mejor que me lo pidas... ahora.
Brazos estaba vencido y era más feliz que en ningún momento de su vida.
—Querida June, soy indigno de ti. Pero te quiero... y te pido... que seas mi esposa...
—Cuentas con mi promesa —respondió ella con sencillez. Y levantó el rostro, que tenía apoyado en el hombro de Brazos, se ruborizó profundamente... y acercó los labios a los de él—.
¡Toma! ¡Y no más, Brazos! —murmuró. Y se desprendió de él, se alejó un poco y se cerró hasta el cuello el escote de la bata—. Ahora, vete, Brazos. Es tarde. Y aquí estoy, olvidando mi recato... Pero me has hecho feliz... Ya no temo a nada..., va no tengo miedo... ¡Adiós, vaquero mío!


VII
Aquella noche Brazos estuvo despierto durante mucho tiempo: las primeras horas en maravillada sorpresa, gozoso, exaltado, transformado, y las últimas meditando acerca de la tremenda responsabilidad que sobre él pesaba. A la mañana siguiente, cuando volvió a despertar, le pareció hallarse en una tierra encantada. Pero la luz del día y los sonidos del exterior le dijeron que los sueños debían ceder el puesto a la severa y fría meditación para proceder más acertadamente en el curso inmediato de su vida. Brazos desterró sus dulces pensamientos y a June de la imaginación. Conocía bien su misión y era lo suficiente fuerte para realizarla. Cuanto más duro se hiciera, cuanto más incrementase su valor, cuanto más se adelantase a los propósitos de sus enemigos, tanto más grandes serían las probabilidades de ganar. Así era el Oeste.
Durante el desayuno, en el establecimiento del mejicano Joe, Brazos se encontró a un rudo ganadero con quien trabó conversación.
Buenos días! ¿Cómo van las cosas por sus tierras?
—Hay demasiadas maniobras —contestó el otro ásperamente.
—¿De dónde es usted?
—De las inmediaciones de las Cimas Españolas.
—¿Pierde ganado?
—No he tenido nunca mucho ganado y no me importaría mucho su pérdida, pero he recibido una nota urgente del Banco.
—¿No puede usted conseguir una prórroga?
—No lo he intentado, amigo.
—Bien, dígame quién le ha robado las reses y conseguiré que le concedan una moratoria.
—¿Quién diablos es usted? —preguntó intencionadamente el ganadero.
—Para usted puedo ser cualquiera, pero para esos ladrones de reses... soy sencillamente Brazos Keene.
—Yo soy Jim Blake, y me alegro mucho de conocerle, Keene.
—¿Sabe usted quién le roba las reses?
—No.
—¿No lo supone usted?
—Tampoco. Los robos no han comenzado hasta hace poco tiempo. Los ladrones no me molestaron mucho durante el año pasado. Hay una cuadrilla o dos que andan trabajando en los alrededores de las Cimas. Pero no se han ensañado conmigo. Mi ganado está unido con el de la marca de La Flecha, la mayoría del cual fue robado el mes pasado.
—¿La Flecha? ¿De quién es?
—Pertenecen a Patterson, que recientemente se asoció con Surface.
—¡Ah! Ahora comienzan a aclararse las cosas. Es muy ingenioso eso de robar su propio ganado.
El ganadero sorprendido y conturbado, miró en silencio a Brazos.
—Sí, usted no lo ha dicho, Blake —añadió Brazos—. Pero lo he dicho yo. Eso es lo que pienso.
—No todo el mundo puede decir lo que piensa. Supongo que usted puede hacerlo.
—Y ¿por qué no puede hacerlo usted?
—Usted es un hombre frío, Keene. No necesito saber nada más.
—Todo lo que he hecho ha sido conjeturar respecto a lo que piensa usted... y creo haber acertado... Vaya a ver a Henderson el banquero, y dígale de mi parte que le conceda una prórroga. No deje usted de citar mi nombre.
—Muchas gracias, Keene. Lo haré..., y oiga: si no tuviera esposa e hijos, hablaría con más libertad. ¿Lo comprende?
—Jim, ¿tiene usted vaqueros?
—Dos. Uno de ellos es mi propio hijo.
—Dígales que muy pronto iré a verlos. Le agradezco mucho que me haya comunicado tantas cosas. Adiós.
Aquella mañana Brazos comenzó a recorrer Las Ánimas en el mismo estado de ánimo en que se hallaba cuando se dirigió a Blake. Era sábado y la afluencia de los vaqueros y de otros trabajadores de los ranchos había comenzado. Brazos pasó ante el restaurante «Sombreros Gemelos» miranda con el rabillo del ojo. Al otro lado de la vía del ferrocarril, el andén de la estación estaba inundado de la multitud y del bullicio que precedían a la llegada de los trenes. En el interior de la estación, Brazos encontró a Lura Surface que se retiraba en aquel momento de la taquilla. Llevaba puesto un vestido de viaje y ofrecía un aspecto sorprendente. Tenía un saquito en la mano, y era evidente que le pertenecía la gran maleta que se hallaba a sus pies.
—Buenos días, Lura Surface. ¿Huye usted de mí? —preguntó con calma Brazos en tanto que se quitaba el sombrero.
—¡Brazos Keene! —exclamó. Luego le miró de una manera que no era muy halagadora—.
Sí, huyo... y para siempre... ¿Le interesa a usted?
—¡Claro que sí! Lo siento mucho. Tenía muchas ganas de verla a usted.
—¿Sí, las tenía usted? —replicó ella burlonamente.
—Es de verdad, Lura.
—Entonces, ¿por qué no lo hizo usted? Le escribí una carta. Quería pedirle que... que me ayudara... Fui al lugar en que nos reunimos la otra vez. Pero usted no fue ni me escribió.
—Es una lástima, Lura. Lo siento mucho. No he recibido su carta. En realidad, lo cierto es que no he ido a la oficina de Correos. ¡No quiero recibir ninguna carta más! Y he estado ausente varias semanas.
—Lo he sabido..., pero no hasta ayer. Demasiado tarde para evitar que pensase mal de usted.
—Lura, me inquieta usted. ¿Qué he hecho que haya podido ofenderla?
—¡Qué frescura tiene usted! ¡Atreverse a preguntarlo!
—Sin embargo, lo pregunto —contestó Brazos con su franca sonrisa. En verdad que Brazos lo recordaba perfectamente bien, y recordaba asimismo el pesar que había experimentado en aquella ocasión.
—Es demasiado tarde, Brazos —dijo ella un poco amargamente—. Voy a Denver para casarme con Hal Howard.
—¡Ah! ¡Qué sorpresa! Felicito a ese hombre.
—Pero a mí ¿no me felicita usted? —dijo ella con enojo.
—Muy poco. No puedo comprender que se arroje u e en brazos de un jugador fullero.
Lura, ha causado usted una sorpresa terrible a todas las muchacha_ s de estos alrededores.
Todas la envidiaban.
—¿Por qué? ¿Por mis amores?
—Por su hermosura. Además de ser una rica heredera, es usted la mujer más hermosa que conozco.
—Si así lo cree usted, si eso piensa de mí..., ¿por qué...? —preguntó Lura ablandándose bajo el cálido elogio de Brazos y tartamudeando un poco. Sus ojos verdes se empañaron. Y continuó—: ¿Fue acaso porque oyó usted hablar acerca de mis amoríos?
—No, no fue ésa la causa —contestó Brazos con sinceridad, en tanto que pensaba que había encontrado a aquella muchacha en un momento singularmente oportuno.
—He sido una coqueta. Pero yo misma se lo habría dicho... Tenía que tener siempre un hombre a mi lado, Brazos... Si no quiere usted que le desprecie para toda la vida, dígame por qué..., por qué comenzó a hacerme la corte... y luego me dejó con la miel en los labios.
—Lura, reconozco que no sé con cuánta atención comencé a tratarla, pero sé seguro que no continué haciéndolo —dijo Brazos con vehemencia. Era sólo una verdad a medias, pero no carecía de sinceridad—. Y si hubiera continuado entrevistándome con usted, me habría enamorado tan terriblemente, que habría estado poco menos que a punto de morir. Pero juro, Lura, que no fue eso lo que hizo que me separase de usted.
Un perfecto resplandor de alegría y de hermosa coloración se reflejó en el rostro de la muchacha y lo transformó hasta darle una expresión de completa belleza. Y esto denunció la insaciable necesidad de su alma: ser amada, algo imprescindible para ella, y sus ojos brillaron con comprensión y olvido. De este modo, Lura miró rectamente a Brazos durante un momento, poseída de lo más sincero y más espontáneo de su femineidad, en tanto que oprimía impulsivamente la mano del vaquero. Luego, la realidad de la situación se impuso al sentimiento que expresaba su mirada al apreciar el hecho de que ambos se hallaban en una estación de ferrocarril y no a solas.
—¡Brazos! ¿Tenía usted miedo a papá? —susurró ella.
—No, no es eso... Lura, no temo a ningún hombre. Lo hice a causa de que es el padre de usted. Lura hizo frente a su aguda mirada comprensivamente y se estremeció de modo visible.
—Ahora puedo perdonarle, Brazos. Y puedo volver a poner en usted la confianza que le había retirado... Papá quería que fuese usted ahorcado. Y usted no quería que mi corazón se rompiese por culpa de un vaquero a quien mi papá quería eliminar de este mundo... Howard lo ha supuesto. Tenía mucha influencia sobre mi padre... cuando yo era nada más que una heredera.
El tren silbó próximo a detenerse. Lura señaló su maleta, que Brazos cogió. Salieron al andén, donde Brazos volvió a convertirse en el hombre que estaba dispuesto a no dejarse sorprender por ningún enemigo. La locomotora rugió al pasar ante ellos y se detuvo. A continuación se produjo el bullicio que siempre sucedía a su llegada. Brazos ayudó a Lura, le encontró asiento, y, entregándole la maleta, extendió la mano. Le era difícil hablar.
—Adiós y buena suerte —dijo—. Es usted encantadora, Lura... Voy a arriesgarme a darle un consejo: procure evitar que Howard siga jugando.
—Ahora ya no necesitará jugar —respondió ella sonriendo.
—¡Ah! Me parece muy bien... ¡Maldición, Lura! Ahora querría no haber sido tan... tan frío aquel día.
—¡Demonio de vaquero! ¡Es posible que yo no lo desee! Demasiado tarde, Brazos. Pero, ¡oh!, me alegro de saberlo... ¡Oiga! ¡Corral Una palabra final. Brazos Keene. Acérquese un poco más —Lura acercó los fríos labios al oído de Brazos, lo que ciertamente tuvo tanto de caricia como de deseo de hablar en secreto—. En beneficio mío, procure que no ahorquen a papá.
Brazos no pudo encontrar respuesta a estas palabras. Oprimió con fuerza la mano de Lura, se inclinó sobre ella, y luego la soltó y se enderezó. El tren comenzaba a ponerse en marcha. El vaquero dirigió una última mirada a los ojos de Lura, que estaban empañados por las lágrimas y oscurecidos por el dolor. Después dio la vuelta, cruzó el coche y bajó al andén, donde permaneció inmóvil hasta que el tren se alejó. Absorto en sus pensamientos, se apoyó en la alta plataforma de madera de los almacenes. Y revueltos pensamientos llenaron su imaginación.
La muchedumbre se alejó; el andén quedó desierto, con excepción de la presencia de un mejicano que llevaba una manta al hombro; el muchacho que transportaba las sacas de correspondencia se dirigió a la oficina de Correos; los caballos y los carros se dirigieron hacia la calle principal de Las Ánimas.
En la revuelta confusión de sus enmarañados pensamientos, Brazos pudo encontrar la hebra que le condujo al razonamiento de los hechos. Esto sucedió solamente después de que la admiración y la compasión por Lura Surface, hubieran producido su efecto.
A pesar del primer concepto que de ella había formado y de las sucesivas informaciones que le habían sido dadas, Brazos prefirió creer que Lura se interesaba sinceramente por él. Y lo hizo porque esto halagaba su vanidad masculina. Sabía que hay muchas mujeres que poseen un agudo instinto para escoger a los hombres, del mismo modo que un salvaje indio escoge los cueros cabelludos de que desea apoderarse. Experimentaba cierta vergüenza por su falsedad, pero se justificó ante sí mismo al pensar que la necesidad le había obligado a adoptarla, y se sintió satisfecho al suponer que había producido a Lura la impresión de que no había sido su personalidad, sino las circunstancias lo que había interrumpido el incipiente amorío entre los dos. Esto no podía perjudicar a nadie, agradó y conmovió a Lura y la indujo a hacer la sorprendente confesión que se encerraba en su súplica.
Lura Surface había averiguado cuán gran ladrón era su padre, y había entrevisto, o había sido informada de ello, la inevitable caída de Rayne. Entre ella y Howard le habían atemorizado, o le habían obligado a que les entregase una respetable cantidad de dinero, con la que se había puesto en fuga. Y Lura, como recompensa a las protestas sentimentales de Brazos, había corroborado las sospechas que éste abrigaba acerca de su padre, aunque no lo había hecho bajo el aspecto de una traición. Lura había experimentado la necesidad de que Brazos supiera que ella sabía que él lo sabía. Y, finalmente, con el conocimiento propio de una verdadera hija del Oeste de lo que su padre merecía, había implorado de Brazos que procurase evitarle lo que constituía la más vil degradación para un ganadero.
Brazos caminó meditativo y cauteloso calle abajo. Al llegar a la esquina en que se hallaba el Banco se le ocurrió una idea. Y entró para ver a Henderson.
Sin hacer saludo alguno, y sin ningún preliminar, Brazos dirigió una rápida pregunta al banquero de ojos astutos.
—¿Fue atracado este Banco ayer, o acaso anteayer?
—¿Por un bandido? —contestó Henderson, riendo a pesar de la sorpresa.
—Supongo que así podría creerse... Un bandido con ojos verdes y cabello rojo.
—Keene, es usted un brujo...; me da usted ciento y raya.
—Bueno, infórmeme usted. ¿No ha retirado Rayne Surface una gran cantidad de dinero?
—Todo lo que tenía en su cuenta.
—¿A cuánto asciende aproximadamente?
—A muy cerca de cuarenta mil dólares.
—¡Diablos...! ¿Iba Howard con él?
—Sí. Surface dijo que se trataba de una deuda de juego. No me pareció que pagaba de tan buena gana como en otras ocasiones.
—¡Deuda de juego! —replicó Brazos desdeñosamente.— Henderson, ese dinero es el precio del silencio de Howard. El jugador ha hecho un buen negocio. Y además se ha llevado la muchacha.
—¡Luya!
—¿Quién podría ser?
—¡Dios mío! —exclamó el banquero, grandemente sorprendido—. Ahora comienzo a ver claro.
—Ha tenido usted vendados los ojos durante demasiado tiempo, Henderson. No revele esto a nadie, por ahora.
—Espere, Keene —dijo el banquero al ver que Brazos daba vuelta para marcharse Esa cuestión de nombrar sheriff a Bodkin ha sido puesta de manifiesto ya. ¿Qué debo hacer?
—¿Pertenece usted todavía a la Asociación de Ganaderos de Surface?
—Dimití.
—Si yo fuera usted, señor Henderson. diría con toda claridad que me inclinaba por evitar a la ciudad los gastos de entierro de Bodkin no nombrándole sheriff.
—Es verdaderamente atrevido; sin embargo lo haré, Brazos. Pero permítame que le haga una indicación: lo más probable es que nombren sheriff a Bodkin.
—Lo harán con toda seguridad si Bodkin es lo suficientemente tonto para aceptar el cargo. Creo que lo mejor que podré hacer será meterle un buen susto en el cuerpo.
Brazos salió del Banco y recomenzó su ronda a lo largo de la calle. La actividad propia de aquel importante día comenzaba a ponerse de manifiesto. Todo el espacio disponible a lo largo de los bordillos de las aceras estaba ocupado por carros, carricoches y caballos de silla; había mucho polvo y hacía mucho calor. Hombres del Oeste paseaban en mangas de camisa por las aceras o se detenían en grupos ante las puertas o en las esquinas. Brazos pudo apreciar que al acercarse a algunos, éstos se sorprendían y la mayoría de ellos intentaban ocultar su curiosidad. Pero ninguno de ellos se atrevió a hacer frente a sus miradas, aun cuando después de que había pasado se volvían para observarle.
Al pasar ante la puerta abierta del establecimiento más grande de que Las Ánimas podía vanagloriarse,. Brazos vio que en su interior Bodkin estaba hablando a un grupo de hombres, algunos de los cuales tenían las botas cubiertas de polvo y el aspecto de agricultores. Brazos pasó y se detuvo. ¿Qué podría obtener como consecuencia de una entrevista con Bodkin?
Bodkin no desenfundaría el revólver; pero constituiría un buen blanco al que dirigir unas palabras que muy pronto se extenderían por toda la ciudad con la rapidez del fuego sobre una pradera de hierba seca.
Brazos se volvió y entró en la tienda. Fingió tambalearse y adoptó la expresión y los ademanes de un vaquero que hubiera estado tentando la botella excesivamente. El pequeño grupo se extendió, deshizo el círculo que formaba, y se convirtió en una línea casi recta que dejó a Bodkin en el centro y un poco separado. Este acto fue ejecutado con una precisión de relojería. Bodkin pareció no afectarse al ver a Brazos. Del mismo modo que el vaquero le había permitido alejarse de él en otra ocasión, volvería a hacerlo nuevamente. En aquel momento, sin embargo, el ex agente del sheriff llevaba un revólver al costado.
—Bodkin, le he estado buscando por toda la ciudad —dijo Brazos con voz tartajosa.
—No he estado escondido, Keene —respondió quejosamente Bodkin.
—Entonces, es usted muy difícil de encontrar, y con toda seguridad tiene escondido a su amigo, Barsh, en cualquier sitio.
—Está fuera de la ciudad.
—¿Cuándo volverá?
—No lo sé. Probablemente pronto.
—¿Puede usted mandarle un recado?
—Podría, si quisiera hacerlo.
—¡Ah! Será más conveniente para usted que lo haga. Diga a su amigo, el de la cuerda, que sería muy prudente que no venga por aquí, o que si viene, discurra el procedimiento que podría emplear para evitar que lo llene de agujeros tan pronto como lo vea.
Keene, Barsh no se atrevería a enfrentarse con usted en una lucha cara a cara. Todavía es un chiquillo, y aun no ha matado a ningún hombre. Y usted no dispararía contra él a sangre fría.
—¡No lo crea usted, diablos! ¿No ha habido en esta ciudad una gran cantidad de disparos hechas a sangre fría...? Estoy vomitando fuego, Bodkin.
—Ya lo veo. A mí no me importa nada. Todo el mundo sabe que está usted rabiando por liarse a tiros; pero no disparará usted contra los hombres que intenten apartarse de su camino.
—¿Qué cree usted que es lo que me impediría meter unos gramos de plomo en el cuerpo de Barsh? —preguntó Brazos, tambaleándose ligeramente. Tenía el sombrero inclinado sobre los ojos, de modo que éstos se hallaban en la sombra.
—Supongo que el hecho de que sea usted, Brazos Keene.
—¿Y usted cree que es eso lo que me impedirá meterle unos gramos de plomo en el cuerpo... a usted?
—Es una cuestión que no me preocupa —contestó Bodkin; pero el desvanecimiento de su saludable color atestiguó que en su imaginación se había operado un cambio. La entrevista comenzaba a ser dolorosa para él. Y Bodkin comenzaba a comprender su finalidad.
—¡Ah! Yo suponía que me había apreciado usted correctamente... Bueno, puesto que es usted tan listo, ¿sabe qué es lo que me impedirá meter unos gramos de plomo en el cuerpo a Rayne Surface?
La expresión y el sobresalto de Bodkin fueron muy expresivos; pero no replicó. Los demás hombre permanecieron silenciosos. Las operaciones mercantiles del gran establecimiento se interrumpieron, y los empleados y los clientes se dedicaron a observar la escena.
—Contésteme a esa pregunta, Bodkin. ¡Hable! ¡Condenado! ¿No hablaba usted con voz fuerte la primera vez que me encontró? —gritó Brazos con una voz tan potente que hizo que se detuvieran los transeúntes que pasaban por la calle—. ¿Qué es lo que me impedirá meter unos gramos de plomo en el cuerpo a Surface?
—Nada, Keene, nada... —exclamó el otro, impotente y desconectado. Sabía lo que se acercaba, y no podía evitarlo. ¡Solamente una pistola podría alejarlo!
—Pero no podrá usted hacerlo... lo mismo que sucede con Barsh... El señor Surface está fuera del alcance de usted.
Es un hombre importante en esta región. Está usted loco, Keene. Está usted borracho.
—No tan borracho como supone usted, Bodkin... Y está usted defendiendo a Surface, contra un vaquero desesperado, indignado y despidiendo llamas.
—Lo único que pretendo es hablar con prudencia. Podría usted caer sobre el señor Henderson en el Banco, o sobre el señor Jones, que está en su despacho... del mismo modo que sobre Rayne Surface... ¡Es completamente ridículo...! El señor Surface es un caballero generoso, de corazón noble, una autoridad en esta población, un buen ciudadano que defiende los intereses de la comunidad...
—¡Ja, ja, ja! —le interrumpió Brazos en además de áspera imitación—. Bodkin, usted debe de ser un imbécil..., además de las otras cosas que es... Supongo que a continuación dirá usted que Surface jamás hizo nada contra mí.
—¡Es claro que... nunca lo hizo! —tartamudeó lealmente Bodkin, que comenzaba a sudar.
Había sido cazado en su propia trampa.
—¡Fuegos del infierno! ¿No lo hizo? ¿Qué fue, entonces, aquello de correr detrás de usted para ordenarle (he dicho ordenarle) que me ahorcase sin más dilaciones en aquel mismo lugar?
—No me lo ordenó. Yo actuaba en obediencia a las órdenes de Kiskadden.
—¡Es usted un embustero, instrumento de ese ganadero de dos caras! —Brazos le arrojó al rostro la ofensiva frase—. Y a continuación dirá usted que Surface no arrebató a Abe Neece su rancho «Sombreros Gemelos» con malas artes... No robó la manada de largos cuernos que Neece traía.... ¡No, de ningún modo! No hizo que sus secuaces sobornasen o matasen a los caballistas de Neece, y condujesen a la manada hacia el Oeste, a lo largo del Cimarrón, por el Camino Seco, a través de Nuevo Méjico hasta la estación del ferrocarril. ¡Ah, no, de ningún modo...! ¿No tenía Surface unos instrumentos, uno de los cuales es usted, maldito blanco, a lo que hizo que una noche atracasen a Neece y le robasen el dinero que llevaba al Banco...? ¡Ah, no, de ningún modo...! Y ese hombre recto y de gran corazón que es el jefe de usted, ¿no tiene nada que ver con el asesinato de Allen Neece?
—¡Dios mío..., no! —tartamudeó Bodkin roncamente—. ¡Todo lo que puedo decir... es que está usted borracho... o loco!
—Usted es el loco, Bodkin! —replicó Brazos con una voz que ningún borracho podría haber tenido—. ¡Y su jefe, Surface, es mucho peor que un loco...! Es nuevo en esta región. Y usted no lleva mucho tiempo aquí. Y este rincón del Colorado está muy, próximo a Nuevo Méjico. Hay muchos tejanos en esta zona... ¡Ahora está usted en presencia de uno de ellos!
—Brazos Keene... Lo mismo si es tejano que si no lo es..., será usted expulsado de Las Ánimas —fanfarroneó Bodkin.
—Y ¿quién va a encargarse de expulsarme? —preguntó Brazos.
—Surface lo hará... La Asociación de Ganaderos... Los hombres de negocios de esta ciudad... No pueden tolerar estos desplantes...
—¡Basta, Bodkin! —le interrumpió agudamente Brazos—. Ya me ha oído... Y esos señores que le acompañan me han oído... Lo que pueda ser usted, además de un mentiroso monumental, no lo he descubierto todavía... Pero es usted un malvado. ¿Lo ha oído...? ¡Un malvado! Y si el malvado de su amo consigue nombrarle sheriff de Las Ánimas, ¡lo mataré!
Brazos terminó su sorprendente afirmación en medio de un silencio que podía ser casi palpado. El aterrorizado rostro de Bodkin le demostró que había dado en el blanco. Y la expresión de los espectadores convenció a Brazos de que su increíble denostación correría tan rápidamente como el viento, conducida por millares de lenguas, hasta llegar a los últimos rincones de la región. Sus amigos de Nuevo Méjico, Holly Ripple, Renn Frayne y el capitán Britt, lo oirían antes de que la semana hubiera concluido. Rayne Surface sería al cabo de muy poco tiempo un hombre despreciado, sino un hombre arruinado.
Uno de los espectadores que se hallaban en el exterior de la tienda era Kiskadden.
—¡Buenos días, Texas! ¿Dónde demonios ha estado usted durante estos últimos tiempos?
¿Ha oído nuestra pequeña pelotera?
—¡Oírte! ¡Podrían haberte oído aún en los demás estados de la nación! Ha sido una gran cosa... aun para Brazos Keene. Tienes motivos para estar desesperado.
—O, por lo menos, irritado. ¿Qué harán ahora, Kiskadden?
—¡Que me muera ahora mismo si lo sé! Es de suponer que traigan una cuadrilla de miserables para acabar contigo.
—He andado buscando a dos hombres y una muchacha que mataron a Allen Neece. No he podido descubrir sus huellas.
—Ahora las encontrarás. Surface se verá obligado a matarte para salvar su reputación. Ha sido una artimaña ingeniosa, Brazos. Vamos a cualquier parte donde podamos hablar.
Durante tres días consecutivos, Brazos vigiló a Bodkin discretamente. No le resultó molesto el tener que esconderse en los lugares más inconcebibles para seguir los movimientos de Bodkin. El ex agente del sheriff marchó continuamente con la frente alta y descarada, pero Brazos pudo observar que aquel hombre se hallaba en un extremo estado de perturbación y de inquietud. Bodkin no se acercó a «Sombreros Gemelos»; esperaba que las terribles noticias llegarían por otro conducto hasta los oídos de Surface.
A la tercera noche, Brazos atemorizó al propietario del hotel en que se alojaba Bodkin para conseguir que se le concediese la habitación inmediata a la del ex agente. Brazos tuvo la precaución de hacerlo cuando Bodkin se encontraba ausente, y luego abrió un agujero en un rincón de la pared medianera, donde no podía ser fácilmente descubierto. Una vez hecho esto, se sentó y esperó. En alguna ocasión, más pronto o más tarde, Surface acosaría en aquella estancia a Bodkin, o éste conferenciaría con alguno de los hombres del ranchero. Brazos se proponía permanecer oculto allí, y salir solamente a la caída de la noche, hasta el momento en que los acontecimientos que esperaba que se produjesen llegasen a su culminación.
Pero, como siempre sucedía por designio de su suerte, Brazos no tuvo necesidad de poner a prueba su maravillosa paciencia. A medianoche, poco después de la llegada del tren que se dirigía al Este, Bodkin entró en la habitación acompañado de dos hombres. Brazos, con los pies cubiertos solamente por los calcetines, aplicó el oído al agujerito del rincón.
—Hablad en voz baja, amigos —dijo Bodkin—. Desconfío hasta de las paredes de esta ciudad... Hace tres días que nadie ha visto a Keene.
—Tan seguro como que hemos de morirnos, te anda buscando, sin duda —susurró uno de los hombres.
—Me parece poder tocarlo, Brad... Sentaos. Aquí tenéis bebida y cigarros. Tengo mucho más de todo en la maleta.
Brazos quedó como petrificado al oír el nombre de Brad. Aquella noche, en la carretera, ¿habría oído mal el nombre? ¿Sería Brad, en lugar de Bard? Muy pronto iba a saberlo; y se quedó rígido por efecto de la impaciencia. Oyó el gorgotear del alcohol al salir de la botella, y el ruido que produjeron las cerillas al rozar la áspera superficie que servía para encenderlas.
—Panhandle Ruckfall ha demostrado ser más blanco que el papel —dijo uno de los hombres, que tenía una voz delgada y baja, un poco sibilante—. Se ha negado a aceptar el trabajo. Elevé la oferta hasta llegar a dos mil dólares. Ruckfall me contestó con una carcajada:
«¡Mucho podría divertirme con dos mil dólares, después de haberme enfrentado con Brazos Keene!» Esto es lo que contestó... Tiene demasiado sentido común para que pueda aceptar la oferta. Podría matar a Brazos Keene, es cierto, pero sería mucho más probable que Brazos lo matase a él... Había otro pistolero, en Dodge o Abilene, que podría haber tenido alguna probabilidad de triunfar contra Brazos Keene... Pero aconsejé que no se intentara recurrir a él... Y así estamos. Wild Bill está en Hays..., donde es sheriff. Pero no podemos contratarle para que haga un trabajo sucio como éste... Y si hubiéramos hecho proposiciones a Billy «el Niño», habría sido capaz de matarnos...
—Estamos en una situación difícil —murmuró Bodkin con voz espesa—. He estado todo este tiempo ocultándome del jefe. Pero me ha acometido hoy... ¡Dios mío, creí que iba a matarme!
—Te engañas, Bodkin —contestó el de la voz aguda—. Es él quien está en un aprieto. Y lo tiene merecido. Ha ido demasiado lejos. Ese asunto de Neece fue excesivamente descarado.
Yo se lo dije... Ahora, sí Bard y su chica fracasan...
Un elocuente silencio dio tiempo a Brazos para meditar sobre esta nueva revelación.
De modo que, ¡había un Bard, además de un Brad!
—¿Has ido a buscarlos? —preguntó Bodkin.
—Sí. Y Orcutt trabajará con ellos. Han ido a casa de Hailey.
—¿Y ahora, ¿qué? —preguntó el tercer hombre.
—Tendremos que esperar hasta que todo haya concluido, Brad.
—Escuchad —susurró este miembro del terceto—; todo concluirá muy pronto. Brazos Keene no caerá fácilmente en la trampa. Esa brujita de Bard, con sus ojos negros, es muy hábil. Pero yo apostaría cualquier cosa a que esta vez va a fracasar.
—Es en ella en lo que más confianza podemos tener —replicó Bodkin roncamente—.
Keene es muy mujeriego. Por toda la ciudad se habla de que anda de cabeza por Lura Surface y las gemelas de Neece. Y las tres son mujeres buenas... Pero Bess Syvertsen es mala..., mala por herencia. Añadid a esto que es tan hermosa como el cielo. Keene no podrá resistir a esta combinación.
—¡Vaya si podrá resistirla! —contestó Brad—. No conoces a ese hombre. Ahora, voy a daros mi opinión sobre este asunto. No quiero coaccionaros, pero mañana voy a marcharme de esta ciudad hasta muy lejos, con la rapidez del rayo. Y si tuvierais un poco de sentido común haríais lo mismo que yo.
—Brad, no puedo salir de estampía como tú. Voy a ser el sheriff de esta ciudad.
—Un cadáver, eso es lo que vas a ser —replicó desdeñosamente Brad.
—No hables tan alto —añadió el tercer hombre con voz fría—. Bodkin, creo que Brad tiene razón.
Yo diría que si dispusiéramos de mucho tiempo, Bess Syvertsen conseguiría lo que le hemos encargado, con toda seguridad. Es una de las muchachas más fascinadoras que he encontrado en toda mi vida. Pero lo malo de la cuestión, es que no tenemos tiempo para nada. Lo que haya de hacerse, ha de ser hecho ahora mismo.
—Tendremos que conceder tiempo a Bess.
—Cada hora que pasa acrecienta las sospechas que ya se han formado.
—Aun cuando Brazos Keene muriera..., lo cual es sentar una conclusión demasiado remota, señores..., aun en ese caso, la ciudad seguiría pensando... Henderson, Kiskadden, Inskip, Moore, Hadley, Stevens..., todos estos hombres se han unido para pensar y para decidir. Van a oponerse a la Asociación de Ganaderos. La van a dividir por completo. La mayoría de quienes la componen son unos ganaderos honrados, todos lo sabemos. Y han sido engañados. Los ganaderos son las gentes más fáciles de engañar, porque todos dan por sentado que ha de cometerse alguna pequeña irregularidad, aun en el seno de su Asociación, y porque no quieren pensar. Pero cuando se ven despojados de lo suyo por los ladrones de ganado..., entonces, despiertan. Acordaos de la guerra campesina de Lincoln..., de la contienda rural de Nebraska..., del asunto tan famoso de Jasper, en Wyoming, o de algunos otros ejemplos tan notables como la sociedad Sewall McCoy-Russ Slaughter de hace pocos años en Nuevo Méjico. Y Brazos Keene es el vaquero que la desenmascaró, el que acusó a tales hombres de su culpabilidad... ¡y el que maté a los dos!
Siguió otro silencio embarazoso. Uno de los hombres se puso en pie, comenzó a pasear y respiró profundamente. La entrevista llegaba a su final. Y Brazos intentó decidir rápidamente cuál debería ser su inmediato modo de actuar.
—Compañeros —dijo al fin Brad—, me marcho a toda prisa. Y no tengo reparo en deciros que me llevaré el saco de oro... si puedo encontrarlo.
—¡ja, ja! —rió Bodkin débil y sarcásticamente. No había sido Brad el único que había concebido tan ingeniosa idea.
—¿Dónde lo guardó? —preguntó el hombre desconocido—. Seguramente debió de depositar en algún Banco una cantidad tan grande...
—No fue así. La escondió —declaró Bodkin.
—¿Cuál fue el motivo de que la escondiera?
—No podía llevarla al Banco. Es demasiado pronto, porque hace poco tiempo que sucedió el atraco a Neece. Pero supongo que la tendrá oculta en algún lugar próximo a sí, para poder cogerla en el caso de que tenga que huir.
—¿Sabe Bard dónde está el dinero?
—No sabe más que yo... Siempre ha tenido la obsesión de ese saco de oro... Él y Orcutt atracaron a Neece. Y en cierta ocasión, oí que Orcutt decía: «¿Por qué permitimos que ese oro se nos escapara de las manos?»
—Ese razonamiento puede ser aplicado a todos nosotros. Todo fue el resultado de la voluntad, más fuerte que la nuestra, de un hombre más decidido que nosotros... Bien, se aprovechó de la situación... No está en la naturaleza de todos los hombres a quienes ha utilizado como instrumentos suyos el deseo de quedarse en espera de ser ahorcados... ¿Qué vas a hacer tú, Bod?
—Yo me quedaré —contestó Bodkin evasivamente.
—Desde ahora en adelante, cada uno por su lado, ¿eh?
—Brindemos porque así sea.
Brazos disponía solamente de un momento para decidir sobre lo que debería hacer. El tigre que se encerraba en su interior saltó ante el pensamiento de enfrentarse con aquellos tres conspiradores antes de que abandonasen la habitación. Había adquirido el conocimiento de los hechos. Pero aquel temerario impulso de matar no podía imponerse a su inteligencia, a su juicio, a su genio para decidir lo más oportuno en el momento más apropiado. Había muy poco que ganar en la lucha y mucho riesgo que correr. Por esta causa Brazos pudo aminorar la apasionada sed de sangre que le acometía. Aquel Brad, y aquel hombre cuyo nombre no se había pronunciado, seguirían caminos diferentes y probablemente no volverían a cruzarse con Brazos. Pero Bodkin, que era cobarde, tenía motivos poderosos para intentar permanecer en Las Ánimas.
Brazos oyó que los dos hombres se marcharon caminando lentamente y que Bodkin expresaba por medio de un juramento su satisfacción y su consuelo. Había terminado algo más que una entrevista. Brazos se tumbó en el lecho y durante largo tiempo oyó los pasos de Bodkin en la estancia contigua. Luego cesaron todos los ruidos. Era tarde. Brazos pudo meditar sobre las excitantes posibilidades del mañana. ¿Iba a constituir una presa para aquella Bess Syvertsen, la hermosa mujer de ojos negros, la astuta sirena a quien ningún vaquero podría resistirse?
Brazos se confesó que le gustaría encontrarla y comenzó a dar vueltas a la imaginación en busca de un método de acción ingenioso que pudiera ser puesto a prueba frente al de ella.
Pero antes de perfeccionarlo decidió examinar el estado actual de la situación. No se veía próxima ninguna lucha a tiros. La antigua costumbre regional de deshacerse de un enemigo por el procedimiento vulgar de provocarle a una contienda a disparo limpio, iba a romperse en el caso de Brazos Keene. Al debilitarse la tensión imaginativa de Brazos, el joven experimentó el melancólico regocijo que le producía su reputación. Aquella siniestra asociación de Surface no podría encontrar un hombre que quisiera enfrenarse con él cara a cara. A Wild Bill Hichkok y a Billy «el Niño» no podría serles hecha esta proposición por la sencilla razón de que el gran sheriff de la frontera por una parte, y el gran desesperado de la frontera por otra, se pondrían ambos al lado de Brazos Keene. Era algo de lo que debía estar orgulloso, algo que debía comunicar a June cuando la viese. Le había enviado aviso por medio de Jack de que no ira a verla hasta pasados uno o dos días. June comprendería. El calor y la dulce alegría que le invadieron al recordarla fueron emociones que borró severamente de su imaginación.
Aquel Bard Syvertsen y sus aliados procederían con cautela y sigilo. No se atreverían a dispararle un tiro por la espalda, en la calle o en una casa de juego. Este acto podría, seguramente, justificar las crecientes sospechas que habían comenzado a extenderse. La muchacha, Bess, actuaría con respecto a Brazos del mismo modo que lo había hecho con el pobre Allen Neece. Brazos medió sobre todas y cada una de las distintas posibles fases de aquella maquinación, sobre el modo de hacerles frente, y sobre cuál de sus propios recursos le serviría, no solamente para derrotarlos, sino, además, conducirle al objetivo que se había señalado: la demostración de la culpabilidad de Surface.


VIII
El acontecimiento de todos los domingos era la llegada y la partida del tren de la tarde, que daba origen a una reunión social de Las Ánimas tan grande como ninguna otra, con excepción de las fiestas en que había bailes y las de los centros de enseñanza. No había iglesia.
La multitud se presentaba vestida con sus mejores galas.
Brazos ocupó su acostumbrado lugar junto a la pared del edificio. Su presencia, para aquellos que le vieron, empañó, en cierto modo, la alegre despreocupación de la hora.
Bess Syvertsen se hallaba allí en unión de varios campesinos, por quienes Brazos experimentó tanta curiosidad como por ella misma. Sólo necesitó dirigirles una mirada para convencerse de que ninguno de los cuatro hombres podía ser Bard Syvertsen, ni Orcutt. La quinta persona era una mujer de aspecto descarado y llamativo. Brazos la observó con interés.
Brazos se sorprendió. No había supuesto que el miembro más destacado del malvado terceto de Surface mostrase ninguna simpatía por las personas de la comunidad. Por esta causa supuso que todas ellas serían forasteras. Además, Bess Syvertsen debía estarle buscando, cosa que no parecía suceder. El tren llegó, y la mujer que la acompañaba subió con el mejor vestido de los hombres del grupo. Bess, en compañía de otros dos de los hombres, dio la vuelta y cruzó el andén en dirección a la calle principal. Brazos, con el ala del sombrero bajada sobre la frente, observó al trío con la misma atención que si lo mirara a través a de unos cristales de aumento. Los dos hombres eran unos desocupados de la población; los había visto en alguna parte.
Brazos prestó poca atención a la indumentaria vaquera de Bess Syvertsen, como no fuera para apreciar que llevaba un revólver demasiado grande para su menudo cuerpo. Y luego la miró al rostro.
A distancia, parecía ovalado de una tonalidad verdosa e iluminado por unos ojos oscuros y agudos. Cuando se acercó a él, tuvo ocasión de observarla más atentamente. Un rostro pequeño, enmarcado por el cabello moreno que asomaba bajo el sombrero, y que no habría deudo de ser lindo si no hubiera sido a causa de su cruel dureza de halcón. que el joven no dejó de percibir. Le habría preocupado más esta idea si no hubiera tenido el convencimiento de que, al pasar, la joven le había reconocido y que durante todo el tiempo anteriormente transcurrido había tenido conocimiento de su presencia. Esto quería significar que Bess era una actriz consumada, descubrimiento que ocupó los pensamientos de Brazos con exclusión de otras consideraciones acerca de sus atractivos físicos. Brazos caminó en actitud meditabunda calle arriba, y pensó que sería conveniente entretenerse un poco acá y allá hasta la caída de la tarde, con el fin de que Bess no pudiera volver a verle.
El lunes aportó consigo el movimiento, el polvo y la agitación que eran habituales en la ciudad ganadera durante tal día de la semana. Brazos presintió que aquel día vería a Bess Syvertsen y se preparó para el acontecimiento. En primer lugar tomó la resolución de darle todo género de ocasiones para que se dirigiera a él, si éste había de ser el primer paso de la joven. ¿Lo haría la mujer en la calle, en alguna tienda, en la casa de correos, en la estación de ferrocarril, o en el privado de una taberna o de una casa de juego? La vio dos veces durante el día: una de ellas, en la calle; otra, en el vestíbulo del hotel de Hailey. Y en ambas ocasiones pasó junto a él en compañía de diferentes personas y fingió no verle. Brazos llegó a la conclusión de que la muchacha estaba haciendo tantas amistades como le era posible con el fin de que después tuviera una justificación el hecho de que se dirigiera a él.
Maldición! —se dijo Brazos—. Me estoy interesando de un modo terrible por esa mujer vestida con pantalones de hombre. Es una gran suerte para mí el estar enamorado de June Necee.»
Por todo esto Brazos estaba preparado para el importante acontecimiento cuando éste se produjo en el despacho de correos. Bess parecía haber caído de las nubes y le siguió hasta la ventanilla en que estaba preguntando si haba alguna carta para él. Se aproximó mucho a Brazos y pidió al empleado un sello. ¡Qué ola de calor recorrió las venas de Brazos al oír el sonido de aquella voz juvenil y aguda! La reconoció en el acto; sólo le pareció diferente porque había en ella un acento de dulzura en lugar de la nota de nerviosa angustia que recordaba. La joven entregó un billete de cien dólares p ara pagar el sello, y el empleado se lo devolvió riendo.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó quejosamente.
—Vaya al banco a cambiar el billete. Puede llevarse el sello.
Brazos sacó con rapidez unas monedas del bolsillo.
—Tome, señorita. Le ruego que las acepte —dijo con lentitud.
—¡Oh, muchas gracias! —replicó ella fingiendo enterarse en aquel momento de la presencia de Brazos. Tomó los dos centavos que Brazos le entregaba y pagó el sello; pero no tenía carta alguna a que pegarlo. Luego se volvió hacia Brazos, que se había retirado algunos pasos. Aquél fue el momento que produjo a Brazos una de las emociones más grandes de su vida. Ante él se hallaba la muchacha que constituía el elemento principal del complot tramado para asesinarle. Sin embargo, el joven percibió perfectamente sus encantos.
—¿Cómo es que no le había visto, vaquero? —preguntó ella alegremente.
Brazos se quitó el sombrero y permaneció descubierto ante ella, con su habitual cortesía cuando se hallaba en presencia de una persona del otro sexo.
—Pues... eso es exactamente lo mismo que yo estaba pensando acerca de usted —respondió, en tanto que sonreía ligeramente.
—Soy Bess Syvertsen —dijo ella con intención. Brazos se inclinó galantemente ante ella.
—Me alegro muchísimo de conocerla —contestó; pero no dijo su nombre.
En tanto que cambiaban estas palabras, la joven condujo a Brazos hacia una de las ventanas, donde ambos se detuvieron y se miraron mutuamente. Bess lo hizo con tanta sinceridad como una mujer podía hacerlo. El interés de Brazos, su repentino entusiasmo al encontrarse junto a una muchacha guapa, fueron solamente una amable ficción. La sorpresa parecía ser el sentimiento dominante de Bess en aquel momento, bajo el cual se manifestaba un profundo interés. Brazos pensó con ironía que era justo que una mujer que se proponía matar a un hombre a sangre fría experimentara algún interés por él.
Póngase el sombrero. No estoy acostumbrada a que los hombres se hallen descubiertos en mi presencia —dijo ella un poco irritada por algo que no había previsto.
—Es una de mis costumbres —respondió francamente Brazos—. Soy de una tierra en que los hombres están siempre descubiertos en presencia de mujeres.
—Me agrada..., pero me parece... un poco extraño... ¿Es usted de Texas?
—Lo ha acertado usted.
—¿Quién es usted?
—¡Oh, me dolería mucho decírselo!
—No tema nada —dijo ella con una sonrisa que transformó la dura belleza de su rostro—.
Soy capaz de soportar una sorpresa cualquiera.
—Pero... si se lo digo... gritará usted y saldrá corriendo por esa puerta y me dejará solo y triste.
—No, no lo haré.
—Bien, entonces, ¡maldición!, soy ese pobre hombre que se llama Brazos Keene.
—¡No! —exclamó ella. A pesar de su falacia, mostró sinceridad también—. ¡No, ese caballista duro, ese bebedor, ese pistolero vaquero...!
—Me avergüenza tener que confesarlo, señorita.
—Pero ese hombre es ya un hombre maduro..., un terrible pistolero... ¡No es posible que sea usted!
—Sí, lo soy.
—¡Oh, no! ¡No es posible que lo sea un joven tan guapo, con el cabello rizado, con una sonrisa encantadora...!
—¿Me piropea usted, señorita Syvertsen?
—¡No puedo llegar a creer que sea usted Brazos Keene! —declaró ella con seriedad; y clavó una mirada llena de curiosidad en las espuelas de plata y en las altas botas de Brazos, en sus ropas oscuras, en el pesado cinturón del que pendía, aunque no ostentosamente, el revólver, en su chaleco y en su faja, hasta llegar al rostro, del que hizo el escrutinio más detenido que el vaquero había soportado en toda su vida.
—Se olvida usted de su Oeste, señorita —dijo Brazos con la habitual lentitud que le caracterizaba—. Las hablillas de los ociosos me atribuyen muchísimas cosas que no hice jamás.
—Esas murmuraciones son siempre ciertas, Brazos Keene.
—Bueno, quiero devolverle las lisonjas, por lo menos en lo que se refiere a un detenido examen... —Y comenzó a someterla a una inspección tan llena de curiosidad como la de que él fuera objeto.
Las espuelas que la señorita llevaba habían sido utilizadas para cabalgar, y no solamente como adorno, aun cuando eran de la más fina confección española. Sus elegantes botas cubrían unos pies muy pequeños y bien formados. Brazos sintió que una corriente de fuego le corría bajo la piel. Aquellas botitas trazaron las huellas que él había encontrado bajo los árboles en las cercanías de la choza de Hill. Brazos tuvo que mantener la cabeza inclinada para que ella no pudiera advertir la repentina cólera que le acometía. Pero las esbeltas piernas de la muchacha y la armonía de las caderas, cuya gracia destacaban aún más los masculinos ropajes, en lugar de ocultarla, constituían un motivo suficiente para atraer durante cierto tiempo la atención de un vaquero tan mujeriego como se decía que era Brazos. El revólver que la joven portaba parecía por su colocación y por su disposición una cosa excesivamente habitual para que pudiera agradar a Brazos. La muchacha llevaba, además, una blusa gris, un pañuelo rojo y un chaleco de piel con botones de perlas. Lo tenía entreabierto, y el vaquero observó que no podía ser abrochado sobre la amplitud de su pecho. Y al terminar el examen del rostro de la señorita, Brazos notó que era hermosa, con expresión radiante, apasionada por el solo hecho de que su vanidad de mujer hubiese sido halagada. Y al dirigirle una sonrisa, Brazos no pudo llegar a convencerse de que se hallaba en presencia de una bailarina de la frontera, de una mujer endurecida, de un instrumento utilizado como señuelo para atraer a los hombres, de que la joven pudiera creer que él fuese el más alborotado y sanguinario vaquero de la frontera.
—Bien, ¿qué opina usted de mí? preguntó ella alegremente—. Ha tardado poco tiempo en inspeccionarme. Me ha causado la impresión de que me estaba desnudando con la mirada.
Me gusta usted demasiado. Es todo lo que puedo contestar —respondió Brazos, y esta afirmación era una explicación llena de sinceridad.
—¿Por qué demasiado? A mí no puede parecerme nunca que sea demasiado.
—¡Ah! Aprecio que es usted exactamente igual a las demás mujeres, aun cuando gaste pantalones... ¡Cuánto me agradaría, diablos, poder verla vestida con la ropa propia de su sexo!
—Y ¿cuál es esa ropa?
—Pues... creo que... blanca..., con algunos toques rojos... como sus mejillas..., y con los brazos y el cuello desnudos... Entonces, quitaría usted la vida a muchos vaqueros.
—No es imposible verme vestida de ese modo, Brazos —replicó ella soñadoramente—.
Pero aún no ha llegado la ocasión... Cuando he ido a un baile decente... con un...
Y se contuvo antes de que el ensueño pudiera aprisionarla y dominarla, y miró pensativamente, a través de la ventana, a la gente que desfilaba por la calle. Brazos la había herido en lo vivo. Como quiera que fuera aquella mujer —como quiera que sea cualquier mujer—, todavía aleteaba en su interior una imborrable e indestructible femineidad. Aquella joven podría tener una larga experiencia de la frontera, pero no era posible que uno o dos años más de veinte —¿Cómo es que no la he visto antes de ahora? —preguntó nuevamente Brazos.
—No lo sé. Pero usted tiene ojos, vaquero —contestó ella.
—En realidad, lo que sucede es que los he utilizado para buscar a unos hombres.
—¿A qué hombres?
—No lo sé. Supongo que a los hombres que, a su vez, me andan buscando —contestó Brazos tristemente.
—¡Oh, comprendo! ¿Tiene usted enemigos aquí? Pero, naturalmente, los tiene; había olvidado quién es usted.
—Me creé varios enemigos cuando llegué a esta ciudad hace varias semanas. Es probable que lo haya oído usted.
¿Por qué no coge usted su caballo y se vuelve a Texas?
—He sentido apetencia de hacerlo, y aún puede ser que lo haga... Pero estaba encolerizado... Y ahora, después de haberla conocido, ya no puedo marcharme.
—Algunas de las cosas que he oído acerca de usted son verdaderas —dijo ella con viveza.
—¿Quién se las dijo?
—Es posible que Lura Surface y las hermanas Neece. Las mujeres, como ya debe saber, nos hacemos confidencias y advertencias frecuentemente.
—¿Acaso quiere usted acusarme de mi amistad y mi admiración por esas mujeres?
—¡No! Admiro su buen gusto.
—Esa hija de Surface es una muchacha muy provocativa. Pero es, también, un ángel destructor. Y las Neece son demasiado buenas y modestas. Y, además, no es posible distinguirlas.
Aun cuando estuviese fingiendo, Brazos experimentó un vivo desasosiego al pensar en la deslealtad que cometía al pronunciar tales palabras.
—Yo diría que una de ellas le atrae a usted, Brazos.
—Usted piensa muchas cosas erróneas acerca de mí, Bess... Por amor de Dios..., ¡no me diga que es usted la esposa de algún ganadero afortunado!
—No. Tengo la mala suerte de no serlo. Soy soltera y libre... O lo era, por lo menos, cuando entré en este despacho de correos.
—Ahora vamos llegando a alguna parte.
Esta fría afirmación pareció producir el efecto de advertir a Bess que estaba reaccionando noblemente cuando intentaba desarrollar una intriga cuyo propósito era por completo diferente.
—¿Adónde estamos llegando, Brazos Keene? —preguntó de modo conciso.
—Lo dejo al juicio de usted, señorita —replicó Brazos con la misma concisión.
—¡Acaba usted de conocerme ahora mismo, vaquero! —le dijo de modo reprobatorio Bess.
—Sí. Pero ¿qué quiere usted...? Me ha causado una impresión muy profunda. La suplico que no se moleste. No quise ofenderla.
—¡Ofender! ¿Cómo podría usted ofenderme?
—No podría hacerlo; es cierto.
—¿Le gusto a usted, Brazos?
—¡Gustar! ¡Diablos! Pienso que es usted una mujer maravillosa. Y no me importa quien sea usted, de dónde proceda, ni de qué lado se incline.
—Es posible que corriera usted algún riesgo. Mi padre no tiene afecto a los vaqueros.
—¿Está aquí?
—Sí. Es Bard Syvertsen. Es comprador de ganados. Viajamos desde Kansas hasta Denver. Mi padre ha realizado tratos con Surface y Miller. Son compañeros de negocios.
—¿Quién más está con usted, señorita?
Orcutt, otro compañero de papá. No es muy joven, pero está enamorado de mí. Y es probable que tampoco le tome afecto a usted.
—¿Es celoso, eh? Pero ¿está usted enamorada de él?
—¿Enamorada de Hen Orcutt? —exclamó Bess como si tal idea fuera disparatada y completamente nueva para ella— —¡No, infiernos!
Brazos la miró con dureza.
—Señorita, sus labios son demasiados dulces para que puedan pronunciar esas palabras.
—¿No puedo pronunciarlas en presencia de usted, Brazos Keene?
—Sí, puede usted, supongo que sí; pero una sola vez.
¿Me volvería usted la espalda y me dejaría plantada si volviera a hacerlo? —preguntó sorprendida Bess.
—¡Claro que lo haría...! Y lo lamentaría mucho.
—¿Quiere burlarse de mí? ¿Quién ha oído jamás hablar de un vaquero a quien no le agrade bromear con las bailarinas?
—Ahora lo tiene ante sí, señorita..., si es que al decir bromear quiere decir algo más que tomar una copa y bailar con ella.
—Quiero decir mucho más, Brazos Keene.
—Entonces, se engaña usted al juzgarme, señorita Syvertsen —replicó fríamente Brazos—.
¡Buenos días!
—Espere —dijo ella; y le puso una mano sobre el brazo para detenerle—. Perdóneme.
Acepto su palabra. Pero no me acuse de haber pensado que, naturalmente, sea usted como la mayoría de los hombres... Veo que no lo es... Ni tampoco soy yo una señorita de salón de baile, aun cuando pronuncie algunas veces palabras fuertes.
—Bueno, entonces... ¿dónde estamos? —dijo Brazos con lentitud, esbozando una débil sonrisa.
—No lo sé —reconoció ella.
—Creo que estábamos hablando de su papá y de sus compañeros.
—En este momento quisiera que todos ellos estuvieran en Hades —declaró ella con una súbita pasión que pareció transformarla.
—Bess, ¿significa eso que si no fuera por ellos le agradaría cultivar la nueva amistad que acaba de nacer?
—Sí, y algo más también.
—¡Es una lástima! ¡Siempre tengo mala suerte! Viajo constantemente y suelo conocer a muchas jóvenes. Reconozco que soy un hombre difícil (le contentar. Mi madre me enseñó a respetar a las personas de su sexo. No me importan un comino las picaronas de las ciudades, ni las del campo. Ni tampoco puedo resistir a esas acarameladas y virtuosas damitas... Y Lura Surface es una mujer que podría hacer que la vida de un vaquero sea dulce y hermosa. Pero es una coqueta. Y ahora, acabo de conocerla a usted...
—Brazos, es posible que yo sea también una coqueta... o algo peor —dijo ella elocuentemente al ver que él concluía de hablar.
—Claro es... Pero, de todos modos, estaba confesando cuál es la impresión que me ha producido. Y ahora tendrá que decirme usted si desea cambiar su impresión respecto a mí.
—¡Brazos! Lo peor de todo es... es... que no quiero cambiar —contestó ella con emoción—.
—Ha sido demasiado profunda... ¿No halaga esto su vanidad de vaquero?
—No la comprendo. jamás he podido adivinar cuándo se produce una profunda impresión en una mujer. De todos modos, creo observar que usted está luchando por ocultar algo que no desea que yo pueda descubrir... Dígamelo o no me lo diga; como usted quiera. Pero si he producido en usted cierta impresión... ha sido porque no me agrada ocultar nada. Tengo una mala reputación y estoy expuesto a que en cualquier instante me maten a tiros. La vida para los hombres de mi clase es demasiado corta para que intentemos no vivirla día a día.
—Bien, le comprendo, Brazos Keene, y creo... Pero no importa lo que yo pueda creer...
¿Qué pensaría usted si me negase a decirle nada más acerca de mí?
—No importaría mucho. Lo que importa es lo que a mí me parezca usted. Tómelo, o déjelo... No hago mal a nadie con ello. Y si después hay algún pesar, ese pesar será el mío.
Siempre me alegraré de haberla conocido, de haber tenido esta conversación con usted..., y siempre correré por el mundo con el recuerdo de lo muchísimo que he perdido.
—¿Quiere decir amistad conmigo... o algo más... conmigo... como besos... y otras cosas?
—Sí.
—¿Tómelo o déjelo? —susurró ella soñadoramente—.
Para ser un pistolero tan conocido, me parece usted un hombre demasiado extraño... Me ha puesto en un aprieto... No quiero que se vaya usted... Me agradaría más que no me tomase por... por algo tan bueno como el oro..., por una mujer tan maravillosa... Y, sin embargo, es así..., es tan...
—Bueno, Bess, si no va usted a despedirme de malos modos, permítame que siga soñando —la interrumpió Brazos—. No podrá usted, haga lo que haga, cambiar su aspecto ni la impresión parecida al fuego, que me ha causado.
—Pero, vaquero romántico, usted no conoce a las mujeres.
—¡Hum! ¿Soy el único vaquero romántico que ha conocido usted?
—Todos los vaqueros están llenos de romanticismos, de sentimentalismos, de efusiones y de tonterías... Usted es un chiquillo... un chiquillo, Brazos Keene..., y no me es posible olvidarlo.
Permanecieron junto a la ventana de la casa de correos por espacio de dos horas más.
Brazos llevó ventaja desde el primer momento, puesto que sabía de antemano quién era ella, en tanto que todas las características que expuso sobre sí mismo eran falsas, así como las feas, viciosas y duras cualidades que se supone que sean propias de los hombres que se han distinguido en el manejo de las pistolas. Brazos sabía, además, que no le era necesario fingir para fascinar a las mujeres. Había atractivos aun en su solo nombre. Si Bess Syvertsen había esperado hallarle igual a Panhandle Ruckfall, comenzaba a experimentar las consecuencias de su error. Parecía posible que el físico de Brazos hubiera producido en ella el mismo efecto que sobre otras mujeres. Brazos había sabido hallar rápidamente el punto vulnerable de aquélla. Si Brazos se hubiera enamorado sinceramente de ella, la situación habría sido igual a la de un diamante que pretendiera cortar otro diamante. Mas como quiera que hubiera sido la vida de Bess Syvertsen —y Brazos sabía que había sido una vida de deshonestidad y de amargura—, la joven se encontraba ante el terrible hecho de haber sido tomada como buena siendo mala, por noble cuando era vil, de ser amada a pesar de que debería ser odiada. Ni siquiera estuvo a punto de revelar a Brazos esta terrible verdad, pero en el fondo de su corazón de mujer nació el deseo de hacerlo. El que Brazos se hubiera enamorado de ella a primera vista, era mucho más de lo que había proyectado y previsto. Y, al menos para sí misma, consideraba que la partida estaba ganada. Y se encontró en un terrible dilema. A medida que transcurrió la conversación, poco a poco, por medio de insinuaciones y de frases involuntarias, esta circunstancia se hizo evidente a Brazos. La cruel verdad era que Bess había ofrecido prestar la ayuda de su encanto, de su belleza, para atraer al vaquero con el propósito de conducirlo a cualquier lugar en que los cómplices de la muchacha pudieran asesinarlo. Pero en aquel momento, después de haberlo conocido, después de haberse enamorado, posiblemente, de él, no quería que fuese asesinado. De este modo interpretó Brazos las ambiguas y contradictorias observaciones de Bess Syvertsen. A medida que continuaron hablando, la joven atendía con más anhelo a Brazos, se rendía más al encanto de su sonrisa, se encontraba más dividida contra sí misma. Brazos observó su influencia, e intentó aumentarla por medio de nuevas palabras, de nuevas sonrisas y miradas. Estaba inquieto, y del mismo modo que la joven le agradó desde el primer momento, terminó por compadecerla.
—Se está haciendo muy tarde dijo ella decididamente—. Lléveme a algún lugar donde pueda comer.
—Creo que el sitio más conveniente es el restaurante «Sombreros Gemelos» —contestó él, en tanto que la seguía hacia la calle—. ¿Ha paseado usted alguna vez con un pistolero... que esté un poco nervioso a causa de los hombres con quienes se encuentra?
—No. Debe de ser conmovedor —respondió ella riendo—. Y acaso sea una cosa que quede escrita en la historia de Las Ánimas.
Caminaron calle abajo, que estaba muy concurrida a tal hora. La muchacha era una gran actriz y paseó y habló con tanta naturalidad como lo habría hecho cualquier muchacha corriente acompañada de un amigo suyo. Pero Brazos pudo ver con el rabillo del ojo las discretas y recatadas miradas que dirigía ante sí. Y, además, estaba pálida. En aquel momento no le fue posible adivinar lo que estaría pensando la joven, cuál sería su verdadero estado de ánimo. Sin embargo, en el camino desde la casa de correos hasta el restaurante, Brazos tuvo la seguridad de que no se cruzaron con Bard Syvertsen ni con Orcutt.
Entraron en el restaurante, que, afortunadamente para Brazos, estaba medio lleno de clientes, y hallaron una mesa desocupada en un rincón, desde donde Brazos podía ver la puerta. En su recorrido hasta ella, el joven dirigió una mirada significativa a una de las dos gemelas, que supuso que sería June. El rostro de la supuesta June no se alteró al ver a la pareja, pero Brazos pudo observar la expresión de sus ojos. La entrada de él en compañía de Bess Syvertsen debía de constituir una dura prueba para June. Brazos lamentó no poder evitarle este tormento.
Pero, por otra parte, quería estudiar cuáles eran las reacciones de la vaquerita ante las dos hermanas. Si Bess experimentó un dolor de conciencia, si se sintió acosada por algún remordimiento, lo disimuló acertadamente. Aparecía tensa, presa de algún fuerte sentimiento; pero ello no estaba relacionado con el recuerdo del joven a quien había llevado a la muerte por medio de la traición.
Brazos se maravilló del frío dominio que ejercía sobre sí misma. Su corazón se convirtió en pedernal para ella. Su propósito de engañarla, de arrancarle una confesión, de cualquier modo que fuese, se le presentó en aquel momento como una tarea de fácil realización. El hecho de que Bess tuviera vanidad y pudiera sucumbir a ella, no fue bastante para ablandarle.
Con gran satisfacción de Brazos, June ordenó a la sirviente mejicana que los atendiera; y después de esto, Brazos solamente dedicó su atención a vigilar la puerta y a observar a la extraña mujer que se hallaba frente a él.
—¿Conoce usted a las hermanas Necee? —preguntó Bess con curiosidad.
—Sí, he hablado con ellas —respondió Brazos con soltura—. Supongo que no les he sido simpático... Es fácil de comprender: fui detenido por Bodkin, acusado de asesinar a su hermano. Pero era inocente, y Kiskadden me puso en libertad.
—Me lo ha contado Bard —explicó la muchacha; y cerró los ojos por un momento—. Me ha hablado de la detención, de cómo se cambiaron las tornas y fue usted quien condujo al pelotón a la cárcel. Me dijo que era una travesura de Brazos Keene... Seguramente debe usted odiar a Bodkin, —Un poco. Lo mataré, más pronto o más tarde, cuando no tenga otra cosa que hacer —dijo Brazos lentamente, con aire indiferentemente amenazador que no dejó de producir efecto en el ánimo de la mujer—. Al que más desprecio es a ese Joel Barsh, al que me arrojó la cuerda al cuello.
—Y ¿qué me dice usted acerca de esos pistoleros..., o lo que sean..., que le persiguen?
—Los hombres de su clase no luchan abiertamente, Bess, ni buscan a su víctima cara a cara.
—¿No tiene miedo? —preguntó ella poniendo sobre él una mirada llena de asombro y admiración.
—No... Pero, Bess, no hablo jamás de esas cosas. Me halaga que se preocupe usted de mí.
Y me agrada mucho... Mas no se preocupe.
—¡Preocuparme! —Bess lanzó una carcajada de incredulidad al comprobar que le importaban la vida y la seguridad de aquel vaquero a quien se había comprometido a llevar a la muerte—. Me parece que he expuesto a mi corazón a una eventualidad peligrosa... al permitirle fijarse en un hombre tan inconstante como Brazos Keene.
—Acaso sea cierto, Bess... Bien, ahí viene nuestra comida. ¿Tiene hambre?
—Olvidaba que habíamos venido para comer —respondió ella.
Bess habló muy poco durante la comida y pareció hallarse meditando sobre el problema que la atosigaba. Una vez en la calle, recobró una parte de su vivacidad. .Cuando Brazos Keene dijo que sería conveniente que se despidieran, la joven retuvo la mano del vaquero entre la suya. Pasearon arriba y abajo de la calle principal de Las Ánimas. Bess no hizo ningún intento por arrastrar a Brazos a alguna calle ni a ningún otro lugar.
—Lamento mucho tener que disculparme, Bess —dijo Brazos—; pero, como vaquero que soy, estoy acostumbrado a ir siempre a caballo. Estoy muerto de cansancio de andar a pie.
—También lo estoy yo —aseguró ella en tanto que le oprimía el brazo—. Pero no hay ningún sitio adonde nosotros podamos ir.
—Podríamos dirigirnos a la estación del ferrocarril y sentarnos un rato.
Y allá fueron. Bess parecía más tranquila cuando se hallaba entre la gente, mas nunca abandonaba su— vigilancia. Cuando el tren se hubo alejado, se puso en pie y dijo:
—Vámonos. Estoy tan cansada, que apenas puedo moverme... ¿Produce usted a todas las jóvenes este mismo efecto, Brazos?
—¿Qué efecto?
La joven se agarró con fuerza a su brazo durante todo el camino hasta la casa de Hailey, donde se desprendió de él.
—Brazos, me alegré mucho de conocerle... en los primeros momentos. Pero ahora estoy segura de no alegrarme.
—No es una cosa muy amable... Entonces, ¿eso significa una despedida?
—¿Dónde quiere que nos reunamos mañana?
—En cualquier parte, a la hora que usted quiera.
—¿En cualquier parte? —preguntó ella mientras le miraba de un modo incomprensible—.
¿Le parecería bien que nos encontráramos en las afueras de la ciudad?
—Creo que sería mejor que nos reuniéramos aquí —contestó Brazos. Y cuando lo hubo dicho, le pareció observar que el enojo se apoderaba de ella.
—Hasta mañana, pues. Aquí, a las dos. Adiós.
Al día siguiente, Bess Syvertsen llegó con retraso. Brazos paseó de un lado para otro por delante del hotel. Finalmente, cuando se presentó, Bess tenía una expresión de enfado que le hacía parecer aún más hermosa. No dio explicación alguna. Pero Brazos no la necesitaba.
Pasaron la tarde juntos, paseando, sentándose en la estación, deteniéndose ante la casa de correos. Brazos hizo la corte a Bess de una manera apasionada, y la joven lo aceptó sedientamente. Luego se excusó de acompañarle a cenar o de salir a pasear con él aquella noche. Cuando se separó de él, estaba aparentemente, dominada de nuevo por la atracción que Brazos ejercía sobre ella.
Tal situación continuó durante el día siguiente y el inmediato, y en todo este período Bess descubrió a la perspicaz apreciación de Brazos las constantes y variantes emociones que la dominaban.
A pesar de lo que sabía, y a pesar de su crueldad, a Brazos se le hacía imposible no percibir la fascinación de la joven. Sin duda, la situación en que se hallaba Bess influía mucho en su ánimo. La joven no había hecho absolutamente nada, desde su primer encuentro en la casa de correos, que pudiera ser considerado como un intento de empujar a Brazos a la muerte.
Éste, naturalmente, había sido su primer propósito, el propósito que su padre, Syvertsen, y Orcutt esperaban que se cumpliese. No podía dejar de sospecharse que cuando Bess se enfrentase con ellos, después de haber pasado un día más en compañía de Brazos, tendría que suplicar y que mentir para conseguir que el plazo fuese prorrogado.
Aquellas horas que ambos pasaban juntos debían de ser muy dulces para la desdichada joven, que hacía todo lo posible por prolongarlas. Brazos había comenzado disimulando, mas a medida que su amistad se hacía más intensa, el disimulo parecía hacerse menos necesario. El respeto, la galantería, las deferencias que Brazos le dedicaba eran cosas de que estaba tan sedienta como del mismo amor. Y como quiera que diariamente, casi hora por hora, respondiese Bess a este trato de un modo cada vez más intenso, Brazos llegó a poner a cada momento más sinceridad en él. Adivinó, además, que la joven estaba tan comprometida con su padre, y quizá con Orcutt, que no podría tomar en consideración la oferta de matrimonio de un hombre honrado, ni siquiera en el caso de que se decidiese a correr el riesgo de aceptar su amor.
Al cuarto día de tan extrañas relaciones, Bess llegó a la cita con una hora de retraso.
Tenía el rostro pálido, y había en él otros signos de desgracia y dolor. Por primera vez Brazos fracasó en su intento de leer la expresión de sus ojos. Tras ella iban dos hombres, uno de ellos, alto; el otro, bajo. Antes de prestar atención a sus facciones, Brazos observó que ambos iban sin chaleco y sin revólver. El hombre bajo tenía un rostro que era como un mapa del crimen de la frontera. Debía de ser Orcutt. El otro hombre, el alto, era Bard Syvertsen, y constituía una muestra espléndida de masculinidad noruega; era de elevada estatura y cabellos rubios, con ojos azules y fríos, y de rostro arrugado y hermoso. Tendría algo más de cuarenta años.
—Brazos —dijo Bess presurosamente al mismo tiempo que se acercaba a él—: le presento a mi padre, Bard Syvertsen, y a Hen Orcutt.
—Buenos días, señores —dijo lentamente Brazos con voz fría; y no hizo esfuerzo alguno por parecer otro hombre que Brazos Keene. Sabía que, por el momento, no corría ningún peligro junto a ellos, puesto que ambos se hallaban significativamente desarmados. Cuál podría ser su intención... esto es lo que Brazos no pudo conjeturar. Acaso fuese sólo el abrumador deseo de conocer al vaquero y de verlo de cerca.
—Buenos días, Keene. Me alegro mucho de conocerlo —dijo Orcutt cortésmente.
Syvertsen observó a Brazos con curiosa atención, que no era únicamente debida al conocimiento de la situación de Brazos en la frontera. Brazos pudo leer en aquellos ojos azules y fríos tan fácilmente como si fueran la página impresa de un libro. El noruego no conocía el miedo; era un hombre duro, pero interiormente sensible. Contestó al saludo de Brazos con una voz que podría haber sido reconocida entre millares. Si hubiera estado armado, se habría encontrado en aquel momento más próximo a la muerte que Brazos le tenía decretada.
—Mi hija ha malgastado mucho tiempo con usted, vaquero dijo.
—Sí, lo sabía; y declaro que eso me hace muy feliz —respondió Brazos.
—Tengo que manifestarle que me opongo.
—¡Ah...! Y ¿por qué razón, señor Syvertsen?
—No quiero ofenderle. Pero se dice por toda la ciudad que es usted... que es usted muy frívolo con las mujeres. Se lo he dicho a Bess y he añadido que debe poner fin a las atenciones de usted. Me ha contestado que podría decírselo yo mismo.
—Pues bien: lamento tener que decirle que no me ofendo. Pero en este caso, estoy demasiado interesado para que pueda renunciar...
Ambos aliados de Bess Syvertsen demostraron que esperaban cualquier respuesta excepto la que Brazos les ofreció. Aguardaban una evasiva por parte de Brazos, la afirmación de que aquel asunto no era de su incumbencia, o una seca negativa. Orcutt pareció arder bajo la piel arrugada y cetrina; y si los ojos de Syvertsen no brillaron de celos, Brazos estaba equivocado. Syvertsen quería a la joven con un apasionamiento que a Brazos no le pareció solamente paternal.
—Keene, no he creído a Bess —respondió Syvertsen forzadamente—. Y ésa es la causa de esta intromisión. Perdónenos.
Se volvieron y entraron en el hotel. Hasta el oído de Brazos llegó el final de una maldición que Orcutt dirigía a su compañero. Brazos no acertaba a explicarse el significado de aquel encuentro.
—Bess, ¿qué diablos de finalidad tiene todo esto? —preguntó mientras se volvía con desconcierto hacia la joven. Bess parecía hallarse atribulada.
—Vámonos. Nos están mirando —contestó precipitadamente. Y se alejó con él.
Las siguientes horas de la tarde fueron como una pesadilla para Brazos. Los dos jóvenes pasearon por toda la ciudad, y .cuando se cansaron se sentaron en lo primero que hallaron apropiado para hacerlo.
Si Bess Syvertsen había sido una mujer fascinadora en los primeros días, lo fue en aquella ocasión mucho más. Hasta las últimas horas de la tarde no pudo darse cuenta Brazos de que había llegado la culminación de los acontecimientos, de que Bess Syvertsen había sido obligada por sus cómplices a dar fin a la farsa, o de que era una pobre mujer que se hallaba atormentada por el amor y por un terrible poder demasiado fuerte para que pudiera oponerse a él. Después de cenar en el establecimiento del mejicano Joe, la muchacha apoyó los codos en la mesa, recostó el rostro sobre las palmas de las manos y miró a Brazos con ojos que ocultaban mucho y expresaban más.
—¿Está usted enamorada de mí, Bess? —preguntó Brazos por centésima vez.
—Terriblemente... Pero ¿de qué me sirve...? Si me entrego a ese amor, me matarán... Y si no lo hago, le matarán a usted.
Brazos se dio cuenta de que ella no manifestó extrañeza al ver que él no cedía una explicación a sus enigmáticas palabras. No podía ya ser astuta. El mal comenzaba a perder su influencia sobre ella. A Brazos le pareció apreciar que Bess intentaba evadir el cumplimiento de lo que estaba obligada a hacer, o aplazarlo, por lo menos, con el fin de ganar tiempo.
También creyó que cuando Bess se alejó del hotel varias horas antes en su compañía, se había previamente rendido al requerimiento y al mandato de Syvertsen. Pero la joven había luchado durante toda la tarde contra tal sometimiento. Brazos sabía que la joven no se había dado cuenta de que él había visto a Syvertsen y Orcutt salir a caballo por una calle lateral hacia el campo, adonde esperaban que le condujese Bess. Era una mujer atormentada. Hasta la caída de la noche Brazos esperó que ella le haría alguna petición, que se valdría de algún subterfugio para llevarle fuera de la ciudad. Pero la petición no llegó a materializarse; y por haber dado aquella prueba de feminidad y de sensibilidad, Brazos se juró que no haría de ella una víctima directa cuando llegase el momento de su venganza.
—Vámonos —dijo ella de repente, con los ojos iluminados por un resplandor que era demasiado dulce para que pudiera ser falso. Y ambos salieron. Era la hora de la cena, y la calle estaba desierta. No haba nadie en el vestíbulo del Hotel Hailey.
—Venga!
Y le condujo, con manos de acero y con una voluntad todavía más dura, escaleras arriba, al piso superior. La lámpara no estaba encendida, por lo que el pasillo se hallaba en sombras.
Brazos se mostró cauteloso. Sin embargo, no pudo apreciar ninguna relación entre Syvertsen y Orcutt de una parte, y de otra la tensa actitud de la joven. Bess descorrió la llave de una puerta y la abrió.
—Esta noche nos despedimos pronto, ¿verdad? —preguntó Brazos—. Ha sido un día muy duro. Mañana nos veremos a la misma hora.
—Sí..., pero ahora... entre... —dijo ella ahogadamente.
—¡Bess...! ¿está usted loca...? ¿Cómo me pide que entre en su habitación?
—¡Loca estoy, es cierto...! ¡Entre...! ¡No sea tonto!
—Soy solamente humano..., Bess... Y creo que me ablandaría si fuera a casarme con usted... Pero, a pesar de todas sus protestas de amor, no puedo creer que quisiera usted casarse conmigo.
—Brazos Keene, ¿se casaría usted conmigo? —murmuró ella apasionadamente.
—¡Dios mío! ¿Por quién me ha tomado usted? Ya le he dicho que soy tejano y que tenía respeto por la mujer a quien ame.
La joven le arrojó los brazos al cuello y se apretó contra él temblorosamente. Parecía estar realizando un esfuerzo, tanto por no hablar corno por contener los sollozos que brotaban de su pecho. Era como si una nueva emoción hubiera consumido en su interior un fuego menos poderoso que ésta. El paroxismo terminó en un apasionado abrazo y un diluvio de besos depositados ardientemente sobre las mejillas de Brazos. Y Bess se agarró al cabello de él frenéticamente.
—¡Váyase... váyase... antes de que yo...!
Se soltó, se separó de él y cerró la puerta.
Brazos oyó cómo se dejaba caer sobre el lecho y daba rienda suelta a los sollozos anteriormente reprimidos. Luego, bajó en silencio y salió a la calle, donde se detuvo en un quicio sombrío para vigilar y meditar. La calle parecía menos desierta que antes. Un carro pasó junto a él. El martilleo de las herraduras de un caballo resonó en la distancia. Los peatones pasaban acompañados del ruido que producían sus botas.
»Antes de que yo... antes de que yo...» —murmuró Brazos al pensar en las últimas y ahogadas palabras de Bess. Antes de que yo ¿qué? ¿Antes de que sucumbiese a aquel frenesí que la había poseído y que la obligó a arrastrar a Brazos hasta su habitación? ¡No...! ¿Antes de que se descubriese y le mostrase que no era la buena mujer que él suponía? ¡No...! ¡Antes de que le dijera la verdad! Esto es lo que tamborileaba en las sienes de Brazos. Esto era lo que el amor había hecho de Bess Syvertsen: no podía traicionar a Surface y no quería descubrir a Syvertsen y Orcutt; pero no quería seguir engañando a Brazos respecto a sí misma.
El hábito de Brazos de limpiar y comprobar todas las mañanas el estado de sus revólveres llevaba generalmente dos—, se convirtió a la siguiente en una labor muy distinta a la rutinaria y superficial que era costumbre en todos los que llevaban armas. Su instinto le dijo que había llegado el día, que el encuentro contra los asesinos de Allen Neece no estaba lejano.
Su revólver favorito pareció tener un tambor de plata cuando lo hizo girar con los dedos. Y como por arte de magia saltó de la funda cuando lo quiso. Brazos bajó a tomar el desayuno con los dedos abrasando, con el pulgar de la mano derecha como si estuviera despellejado.
Llegó tarde a la mesa, y sin embargo se entretuvo deliberadamente mientras se desayunaba, cavilando en tanto que vigilaba la calle. Al ver que Surface pasaba en un cochecito, murmuró:¡Ah! Veo que mi presentimiento se cumple...
Finalmente, Brazos salió del establecimiento de Joe dispuesto a hacer frente a los acontecimientos, con el propósito de permitir que el momento decidiese respecto a la oportunidad de comenzar a entregarse a la acción.
Al salir a la calle encontró a Inskip y Kiskadden.
—¿A qué ha venido Surface a la ciudad? —les preguntó bruscamente.
—Hay una reunión de la Asociación de Ganaderos —le contestó Inskip—. Surface tiene la cara más negra que una nube de tormenta.
—¿Conoce alguno de ustedes a Orcutt o a Syvertsen?
—Yo los conozco —respondió Kiskadden—. Se han metido en casa de Hall cuando me vieron para evitar encontrarse conmigo. Se proponen hacer algo, Brazos.
—¿Querrán ustedes hacerme un favor? Crucen la calle, suban por aquel lado y bajen por éste. No echen en saco roto nada de lo que vean ni dejen de observar a todas las personas que encuentren, pero pongan especial atención en hallar a Syvertsen y Orcutt. Esperaré aquí. No se apresuren. Esos hombres no tienen interés en que se los vea por la calle.
Brazos se apoyó en la pared y observó en tanto que sus amigos hacían un reconocimiento del lugar. Parecieron emplear mucho tiempo en su cometido. Solamente faltaba un cuarto de hora para la cita de Brazos con Bess. Hank Bilyen llegó, aparentemente de modo casual, pero se detuvo junto a Brazos.
—Kiskadden me ha dicho que estaban aquí. ¿Qué sucede, Brazos? —preguntó ansiosamente.
—Vete al establecimiento de Hall y ponte junto al mostrador de una manera que no dé a entender que vas a fisgar. Pero en el caso de que Orcutt y Syvertsen salgan procura saber exactamente el lugar adónde se dirigen.
La incertidumbre de Bilyen cesó. Sin una palabra más, se encaminó al establecimiento de Hall, donde entró. Inskip fue el primero de los otros dos hombres en regresar. Respiraba ahogadamente.
—Brazos, tengo el convencimiento de que va a haber acontecimientos muy pronto —anunció excitado—. He visto a Surface y a Bodkin a la puerta de las escaleras que conducen a la sociedad de Antiguos Compañeros. Surface estaba golpeándose una mano con el otro puño y tenía el rostro completamente enrojecido. En cuanto a Bodkin, lo tenía del color de una piel de cordero.
—¡Ah...! ¿A qué hora se reunirá la Asociación de Ganaderos?
—A las dos. Pero supongo que estando Surface en el estado de agitación en que se encuentra, llegarán más tarde.
—Bien, procure usted estar allí, con Kiskadden para no perderse nada en el caso de que yo yaya por allí.
—Brazos, ¿va usted a encararse con Surface?
—No se quede aquí. Vuelva al otro lado de la calle. Vigile el establecimiento de Hall. Y cuando yo vaya, entre usted inmediatamente.
Kiskadden se reunió con Brazos a las dos en punto, exactamente a la hora de la cita de Brazos con Bess. El tejano no daba muestras exteriores de excitación, pero Brazos comprendió que estaba irritado y nervioso.
—Surface acaba de entrar en el establecimiento de Hailey y detuvo a Bess Syvertsen, que salía en aquel momento. Me entretuve en encender un cigarrillo y no pude oír lo que Surface decía a la muchacha, pero oí lo que ella respondió:
—¿Qué fue?
—No... no quiero, Surface. ¡No quiero! Busque cualquier otra persona que quiera encargarse de esa acción tan fea.»
—Es una respuesta corta y dulce. Es lo que había supuesto que haría Bess... ¿Hay algo más?
—Surface silbó como una serpiente y arrastró a la muchacha hasta el vestíbulo. Está amonestándola.
—Bien, pues si está reprendiéndola se va a llevar un chasco. ¿Qué más, Kis? Estoy impaciente.
—He mirado en el establecimiento de Hall. Tus hombres están todavía allí.
—¿Bebiendo?
—No. Mirando por la ventana.
—Bien, eso es todo por ahora. Quédese aquí. Y cuando me vea entrar en casa de Hall, sígame inmediatamente.
—Brazos, ¿me permites que vaya contigo?
—No. Las cartas están en juego, pero no quiero que ellos sepan cuáles son.
Brazos entró rápidamente en la primera tienda, la atravesó, salió a la callejuela posterior y corrió hasta una calle lateral, donde se detuvo, contuvo el aliento y entró en el hotel de Hailye, que ocupaba la esquina de la calle principal. Brazos entró por la puerta accesoria y llegó al vestíbulo. Surface se hallaba junto a la puerta de esta habitación, inclinado sobre la joven, que intentaba en aquel momento desasirse de él. Surface estaba de espaldas a Brazos, y Bess se hallaba recostada en la pared, como si buscase apoyo en ella. Parecía un ser desafiante y acorralado que hubiera llegado al final de sus fuerzas.
—No podrá usted asustarme, Rayne Surface —decía en voz baja y dura—. Ya le he dicho que no querría estar en el pellejo de usted ni por todo el oro del mundo. Brazos entró en el corredor y se detuvo ante ellos.


IX
—Quiere usted decir en el pellejo de un muerto? —preguntó Brazos al mismo tiempo que se detenía entre ellos.
—¡Oh, Brazos! —exclamó ahogadamente la muchacha.
El rostro de Surface se alteró al instante, tornándose rojo de ira y de violenta expresión.
La sorpresa fue tan grande, que si Brazos hubiera tenido necesidad de buscar más pruebas de la perfidia del hombre, habría podido encontrarlas cuando éste se despojó de su máscara. Indiscutiblemente y durante un instante, Surface pensó que su muerte era inmediata.
—¿Por qué diablos se permite usted regañar a mi novia? —preguntó Brazos fingiendo celos.
—¡Su novia! —exclamó Surface roncamente en tanto que la barbilla cesaba en su temblor —. Le ha engañado a usted, Keene... Lo mismo que a todos los otros... Ella y Syvertsen son...
—¿Insinúa usted que no es su hija? —le interrumpió Brazos.
El ranchero se estremeció. A medida que el temor que le había acometido en el primer momento se desvanecía, Surface comenzaba a recobrar el valor.
—Hija... ¡No...! No es más hija de Syvertsen que mía.
—¿Qué dice usted? Bien, en ese caso, ¿qué diablos es?
—¿Qué otra cosa podría ser? Keene, para ser un vaquero del que todo el mundo dice que es muy listo, me parece usted tonto...
—Ya es bastante, Surface —le interrumpió Bess saliendo de detrás de Brazos—. Yo misma me propongo decírselo, antes de salir de Las Ánimas. Tenga cuidado con no obligarme a decirle lo que es usted.
Brazos saltó como si hubiera sido aguijoneado. Aquello era una liberación de su fuerza reprimida. Pero aún persistía la imperativa necesidad de fingir.
—¿Qué demonios dice usted? —exclamó con coraje—. Bess, no creo nada de esta conversación entre usted y él, sino que tengo confianza en usted... Surface, siempre he creído que había algo extraño en usted.
Y descargando un potente golpe con la mano izquierda en el rostro de Surface, lo tiró al suelo cuán largo era. El ranchero hizo un esfuerzo por ponerse en pie, lanzó unas maldiciones, y levantó hacia Brazos el desfigurado y ensangrentado rostro.
—j Me pagarás cara esta ofensa, condenado...!
—Bien! ¡Vaya, vaya en busca de su revólver! —le dijo Brazos, desdeñosamente.
Pero si Surface llevaba algún revólver encima, no hizo movimiento alguno que demostrase su intención de utilizarlo. A Surface únicamente le interesaba conquistar el favor de los varios testigos de la escena.
—Este vaquero está borracho —afirmó con voz ronca al dirigirse a ellos y en tanto que se sacudía el polvo de la negra chaqueta—. Es otro ejemplo para los ciudadanos de Las Ánimas.
Es preciso que tengamos aquí ley y orden.
—¡Bah! ¿Quién ha dicho que sea usted ciudadano de Las Ánimas? —replicó Brazos—. Ni siquiera pertenece al Oeste, Surface. No pertenece a esta población. Y si pretende quedarse en ella, le aconsejo que consiga orden y ley..., mucha ley y mucho orden.
Surface acertó a dominar su perversa indignación. Tenía el sentido común suficiente para comprender que estaba perdido en el caso de que se viera obligado a respetar el credo del Oeste, que exigía la lucha clara de un hombre contra otro. Pero no pudo dominar su expresión, que parecía llamear demoníacamente contra Brazos y Bess en tanto que se apresuraba a retirarse y chocaba contra la puerta en su apresuramiento. Brazos le observó durante un instante. Aquel hombre no era fuerte desde ningún punto de vista. El joven se maravilló de que hubiera podido vivir tanto tiempo como había vivido. El comparar a Hayne Surface con Sewall McCoy, o con cualquiera otro de los grandes ladrones de ganado, habría sido ofender el recuerdo de éstos.
—Venga..., Brazos —dijo Bess en voz baja mientras le ponía la mano sobre el hombro.
—¿Maldición, Bess! —exclamó quejoso Brazos cuando salía con ella a la calle—. He estado a punto de enojarme demasiado.
—Y habría tenido usted razones para ello —replicó ella con calma—. Lamento mucho que me haya visto usted con Surface. Podría usted creer que eso ha influido sobre mí... para que le diga... lo que debo decirle.
—¡Hum! Bess, no tiene usted que decirme nada.
—Debo decírselo... aun cuando sea la última cosa que haga en mi vida.
—Si así lo cree usted..., muy bien.
—¿Me creerá usted, Brazos? —dijo ella, suplicante—. ¿Me creerá usted... después que he sido... una embustera... y una impostora?
—Está usted alterada, Bess —contestó él queriendo aplacarla. Pero después de una rápida mirada, no quiso volver a mirarla, porque prefería observar a todos los hombres que se acercasen a ellos mientras estuviesen paseando por la calle—. Puedo hacerle una promesa: si va a servir para tranquilizarla el decirme lo que piensa, no vacile en hacerlo... y la creeré.
—Brazos Keene, es usted el único hombre a quien he querido sinceramente —declaró ella con firmeza.
—Me alegro mucho de oírlo, pero no comprendo eso de... «sinceramente».
—Se lo estoy demostrando en este mismo momento. Si no le hubiera querido..., hace un instante habría muerto usted.
—¿Sí? Bess, esas palabras tienen un sonido familiar para mí. Las he oído muchas veces antes de ahora.
—He sido una embustera y una impostora —continuó ella con rapidez—. Lo que soy además de lo dicho, puede usted comprenderlo con facilidad. Lo que dijo Surface es cierto.
Bard Syvertsen no es mi padre... No he conocido jamás a mis padres y he sido criada en un asilo para hijos ilegítimos... Syvertsen no me ha envilecido..., ni Orcutt. No los acuse usted de haberlo hecho. Han sido contratados para terminar con usted... He sido utilizada para actuar sobre la reconocida debilidad que por las mujeres tiene usted..., para atraerle hacia algún lugar solitario..., o a mi habitación..., donde sería usted tiroteado... por un supuesto padre enojado y ofendido... Éste era el proyecto... Pero le doy mi palabra de que en ningún momento, desde el instante en que le conocí, desde el momento en que le miré a los ojos..., en ningún momento he tenido fe en esos hombres. Los engañé... Y hoy..., después de decir adiós... a usted, les dije...
—¡Hum! —replicó Brazos enigmáticamente—. ¡Hum, novia mía! —y tras pronunciar estas palabras vio el estremecimiento que se adueñó de ella.
Habían llegado casi junto al establecimiento de Hall. Inskip estaba en su punto de observación, al otro lado de la calle; Kiskadden continuaba donde Brazos lo había dejado; Bilyen no había salido. Keene cogió a Bess con la mano izquierda para evitar que pudiera huir de él. Pero ella parecía mostrarse sumisa y sorprendida.
—Cuando me confesó todo eso, me demostró muchas cosas, señorita... Se ha ganado usted mi respeto... y se ha librado de ir a la cárcel para mucho tiempo..., sino para toda su vida.
Y después de pronunciadas estas palabras, la empujó hacia el interior del establecimiento de Hall y la llevó casi a rastras, casi a la fuerza, hasta donde se encontraban Syvertsen y Orcutt, que en aquel momento se retiraban de la ventana. Brazos saltó hacia atrás para colocarse ante la puerta, de modo que le fuera posible ver a todas las personas que ocupaban la enorme sala.
—¡Quieto todo el mundo! —gritó con voz fuerte en la que había un matiz estridente.
El silencio que se produjo en el acto contrastó poderosamente con el ruido, la agitación y el zumbido que un momento antes había en la estancia. Inmediatamente, Kiskadden se deslizó, seguido de Inskip, hasta situarse detrás de Brazos. Luego, ambos se retiraron lentamente, paso a paso, a la izquierda de Brazos, hasta verse detenidos por las mesas.
Por su parte, Bess se apoyó en la pared, con el rostro lívido y los ojos ansiosamente fijos en Brazos, con una terrible comprensión. Sabía que Syvertsen y Orcutt eran unos lobos atrapados. La admirada concurrencia que se hallaba cerca del mostrador, o en las mesas de juego, lo comprendió también, aun cuando no podía conocer las causas. Pero el noruego y su cetrino acompañante no comprendieron sino la monstruosa posibilidad de que hubieran sido engañados. La indignación, no el miedo, los traspasó.
—¡Bruja! —estalló Syvertsen—. ¿Qué significa esto?
El mezquino epíteto y la fría interrogación obraron sobre la joven como un aguijón. La muchacha se enderezó en tanto que echaba la cabeza hacia atrás y dejaba caer el sombrero al suelo. En aquella situación, parecía una mujer acorralada y lívida.
—¡Se lo he dicho! —gritó.
—¿Qué? —la palabra de Syvertsen, que sonó como un disparo, lo mismo podría haber sido una interrogación que una admiración.
Fue Orcutt quien continuó hablando:
—¡Embustera, traidora! ¿Qué le has dicho?
—Estad seguros de que os he traicionado —dijo ella agresivamente y más irritada que antes—. Estoy enamorada de Brazos Keene. Sí. Pero lo estoy sinceramente... y le he dicho el complot a que me habíais arrastrado... ; le he dicho que soy vuestro instrumento..., que tenía que atraerle... emborracharle..., obligarle a abandonar su guardia para que pudierais matarle...
Para que pudierais asesinarle..., porque no tenéis el valor necesario para enfrentaros cara a cara con él... Que se os ha pagado para que lo hagáis.
—Le has dicho que... Le has dicho quién... —tartamudeó Syvertsen repentinamente abstraído a su frío furor.
—No..., no le he dicho quién... Pero si Brazos Keene tiene la mitad de la inteligencia que se le atribuye, debe de saberlo.
—¿Has estado enamorada de él... durante todo este tiempo? —preguntó Orcutt incrédulamente. Los celos anulaban cualquier otra emoción que pudiera haber en él.
—Durante todo este tiempo —dijo ella de modo insultante.
—¿Quieres a ese pelirrojo..., cazador de mujeres..., a ese vaquero meticón, traicionero y pistolero? —gritó Orcutt, furioso; su rostro ya no conservaba el color cetrino.
—¡Te sacaré del cuerpo todas tus mentiras...!
—¡Alto! —atronó brazos. Y esperó un momento para que la orden surtiera su electo—.
Olvidan ustedes que estoy aquí. Pregunténmelo a mí.
Los dos enemigos de Bess habían olvidado, en efecto, la presencia de brazos. Esta les fue recordada por las palabras de Keene, y asimismo por la inmovilidad de los espectadores, el silencio, la extraña postura del vaquero, que estaba un poco inclinado, con ambas manos, morenas y fuertes, extendidas y temblorosas..., por todo esto, que constituía una terrible amenaza. Y entonces comprendieron débilmente el significado de la presencia de brazos Keene. El vaquero se hallaba ante ellos. No había posibilidad de escape. Cualesquiera que hubiesen sido los medios que produjeron aquel encuentro, el encuentro era una realidad. Y la reputación de aquel vaquero de ojos de fuego podía ser proclamada en todas partes.
—¡Preguntádmelo a mí, cobardes! —repitió Brazos.
Pero ninguno de aquellos dos hombres acorralados formuló ninguna pregunta respecto a lo que se les venía encima. Absortos en su avaricia y en sus apetencias, hombres de escaso ingenio y de débil voluntad, habían sido falsamente conducidos a una situación mortal, a un encuentro con el mismo hombre a quien se habían propuesto asesinar.
—Bien, si no tenéis el valor para preguntármelo, os lo diré —prosiguió Brazos—. Bess me lo ha comunicado, pero no necesitaba hacerlo. Lo sé desde hace mucho tiempo.
—¡Oye! —gritó Syvertsen saliendo de su absorción hasta el punto de atreverse a señalar con un dedo tembloroso a la muchacha—. ¡Tú has sido la idiota! ¡Te hizo la corte! ¡Te engañó!
¡Lo sabe desde hace mucho tiempo! ¡Te ha puesto en ridículo! Y nos has hecho traición por sus besos.
—¡No es cierto! —exclamó Bess mientras sus pálidas mejillas se teñían de un color escarlata—. Jamás me ha besado... Y no creo que me haya puesto... que me haya puesto en ridículo.
—Preguntáselo. Mírale... y preguntáselo —gritó Orcutt fuera de sí.
Bess dirigió una insondable mirada al vaquero.
—Brazos, ¿es cierto?
Brazos no contestó ni apartó la mirada de los hombres.
—¡Dejadla en paz! —gritó agresivamente—. ¿Qué os importa ya a vosotros?
—Keene..., si nos ha delatado... la mataré —exclamó Syvertsen.
—¿Delatar...? ¿Te refieres a lo del asesinato del joven Neece y de vuestra cobardía al atribuírmelo? —preguntó Brazos, una vez más con su hablar lento y perezoso, en el que había.
una expresión de burla.
—¡Por todos los infiernos! —exclamó roncamente Syvertsen. Y el significado de sus palabras, si no su sonido audible, fue repetido por Orcutt.
—¡No, no! —gritó Bess con repentina desesperación—.
Juro que no lo hice Bard..., no le dije más... Créeme, Hon..., no lo hice..., no puedo ser tan perversa. En los delgados y blancos labios de Orcutt se formó una palabra que no acertó a pronunciar.
—¡Ah! Ahora lo comprendo —exclamó trágicamente Syvertsen—. ¡Perversa!
—Oye —gritó Brazos con furor—. Deja a la muchacha en paz. Tú has revelado sus secretos.
Y ella ha echado por tierra vuestro proyecto. Pero ahora soy yo quien ha de actuar... ¡Yo!
¡Brazos Keene!
—¡Usted! —exclamaron los dos hombres, pálidos, al unísono.
—¡Sí! ¡Yo! Y os digo que para vosotros ahora va no tiene importancia quien pueda ser...
¡Ahora...! ¿No tenéis el sentido común suficiente para comprenderlo?
Lo tuvieron. La verdad se les presentó como un duro mazazo. Orcutt apretó los labios.
Syvertsen comenzó a alardear de fanfarronería. Y por estas manifestaciones pudo Brazos llegar a la conclusión de que Orcutt era el más peligroso de los dos hombres. En aquel momento Brazos dio rienda suelta a la impetuosa corriente de cólera que hasta entonces había estado reprimiendo.
—He encontrado algunos hombres canallas en mi vida, pero vosotros dos os lleváis la palma. No malgastaría fuerzas en llamaros los feos nombres que os cuadren, ni siquiera en el caso de que encontrase alguno lo suficiente fuerte para que fuese apropiado.
Brazos se interrumpió. Ni cuando se proponía dar libre curso a su cólera, olvidaba su astucia. Sabía cómo debía procederse con hombres de la naturaleza de aquéllos, cómo destruir la fuerza que pudieran poseer. Y el hecho de que pudiera demostrarlo y maldecirlos probaba lo bastante la estimación que tenía de sus hazañas y de su valor.
—Entonces, ¿qué es lo que os demando, de qué os acuso...? ¿Recordáis lo que hicisteis conmigo cuando el incidente de la choza de Hill? ¡Ah! No, no lo habéis olvidado. Tampoco lo he olvidado yo... y por eso he estado trabajando para descubriros durante las pasadas semanas... Orcutt..., Syvertesen, si llegaseis a salir de aquí con vida, terminaríais colgados de la rama de un árbol. Pero podría suceder que, si no murierais ahora, tuvierais demasiados amigos influyentes y poderosos que os libraran de la cuerda. Miller, por ejemplo, y Bodkin, que aspira a ser sheriff..., y Raine Surface... ¡Ah! Veo que os ponéis pálidos... Bien, declaro que no saldréis de aquí con vida. No tengo confianza en la justicia de Las Ánimas... ni en vuestra Asociación de Ganaderos.
—¡Keene! ¡Estás completamente... loco! —le interrumpió Syvertsen.
—¡Ya te lo dije, Bard! —dijo con voz ronca Orcutt acusándole amargamente—. Cierra el pico y acepta tu merecido.
—Vosotros asesinasteis a Allen Neece y me acusasteis de haber cometido el crimen —continuó Brazos implacablemente—. Y lo asesinasteis porque Surface quería que lo hicierais. Y os propusisteis eliminarme del mundo de los vivos porque Surface temía que yo siguiera la pista de Allen Neece. Bien, lo he hecho, y esa pista me ha llevado a vosotros... Surface se apoderó de «Sombreros Gemelos», el rancho de Abe Neece. Vosotros atracasteis aquella noche a Neece, le quitásteis el dinero que tenía que pagar a Surface por su ganado... Y todos obligasteis a esta muchacha a que me sedujese, porque no teníais el valor necesario para hacerme frente cara a cara... Eso es lo que tenía que decir. Y al fin y al cabo... ¡no tenéis más remedio que hacerme frente cara a cara!
Cuando terminaba de pronunciar estas palabras, leyó el desesperado propósito que se reflejaba en los ojos de Orcutt. Pero disparó antes que él. El corazón de Orcutt fue taladrado por una bala en el mismo momento en que el hombre oprimía el gatillo del revólver. La bala silbó agudamente cerca del oído de Brazos. Syvertsen, que era hombre lento para reaccionar y para obrar, apenas había desenfundado el arma cuando Brazos lo perforó de un tiro. La bala resonó al chocar con la pared situada tras él. La resistencia física de Syvertsen igualó a su terrible furor. No cayó al suelo. No perdió la vista ni la intención. Pero su coordinación muscular se había roto. El fuego y el humo brotaron de su revólver. Su frente, fruncida por la sorpresa, sus ojos semiapagados, sus incoherentes exclamaciones de odio, todo era espantoso.
Brazos se vio precisado a terminar con todo ello, aun cuando el hombre estaba herido de muerte, volándole los sesos de un nuevo tiro. Syvertsen se agitó, se dobló, cayó sobre una mesa, resbaló desde ésta hasta otra, y finalmente quedó tendido en el suelo.
El humo se disipó y descubrió a Bess, que continuaba apoyada en la pared, con los brazos abiertos, con la mirada terriblemente fija en el hombre muerto.
—¿Los ha... matado... él? dijo jadeantemente, como si estuviera aturdida—. ¡Brazos Keene! Y se separó de un salto de la pared, como una furia, como una tigresa formidable.
—¡Bess! —gritó Brazos temeroso de su reacción ante la tragedia.
—¡Me has engañado... para matarlos!
—¡No desenfundes el revólver, Bess...! ¡No! —la aconsejó a gritos Brazos.
—¡Voy a matarte!
Y sacó el revólver. Brazos tuvo que obrar con gran rapidez para salvar la vida. Apuntó velozmente y disparó un tiro contra la mujer, a la altura del brazo, cerca del hombro. El pesado proyectil la obligó a girar, como si fuera una peonza, e hizo que el arma se le desprendiese de la mano. Chocó con la pared, en tanto que gritaba estruendosamente, rebotó y cayó entre los dos hombres muertos, donde sus botas produjeron un ruido sordo.
Mientras enfundaba el revólver, Brazos se arrodilló para levantar la cabeza de la mujer.
Bess dejó de lanzar sus gritos de angustia, miró a Brazos, fascinada, como si su odio y su indignación se hubieran disipado de súbito.
—Brazos... Has disparado contra mí —murmuró acusadoramente.
—¡Es cierto, Dios mío! Pero, ¿por qué sacaste tu revólver para disparar contra mí? ¿Por qué lo hiciste, Bess?
—Me engañaste...
—No. juro que no. Por lo menos, no quise hacerlo. Fuiste tú quien realizó todos los engaños, Bess.
—¿Me has matado..., Brazos?
—Lo temo muchísimo, Bess —contestó Brazos; y no mentía. Vio que la había herido en el pecho o en el hombro, en lugar de hacerlo en el brazo, como se propuso. La sangre brotaba de la herida. Brazos no se atrevía a abrir la blusa de la muchacha.
—Es mejor que haya sucedido así... Lo merezco... Pero... ¡morir a tus manos, Brazos Keene...! ¡Morir por haberte querido...! ¡Oh, qué ironía...! ¡Oh, mi vida estéril...! ¡Qué pena!
Bilyen se arrodilló junto a Brazos. Kiskadden, Inskip, todos los demás se reunieron a su alrededor, silenciosos y horrorizados.
—Bess, si has de morir... será mejor que lo hagas con la conciencia limpia —dijo Brazos con vehemencia—. Confiesa. Dinos la verdad acerca de vuestro complot.
—La verdad? —murmuró ella.
—Sí, la verdad sobre el asesinato de Allen Neece.
—Lo haré, Brazos.
—Hank, Kiskadden..., cualquiera de ustedes..., cojan papel y lápiz... Apunten lo que nos diga... Y escuchen todos los demás... Es probable que sean requeridos para que se demuestren algunas cosas muy importantes para esta región.
—¡Me estoy desmayando! .. ¡Whisky! —pidió la joven con voz casi inaudible. Alguien fue en busca de un vaso, y Brazos, con la mano ensangrentada, lo aproximó a los _ descoloridos labios de la muchacha, que bebió =. Gracias dijo en tanto que dirigía una sonrisa a Brazos —Mi verdadero nombre es Bess Moore. No soy hija de Syvertsen...
Pertenecemos a la cuadrilla de malvados que Raine Surface tiene en Abilene. Surface es un hombre de dos caras. Una de ellas es tan negra como el mismo infierno... Nos llamó para que quitásemos la vida a Allen Neece. Yo le hice beber, lo llevé conmigo, a fuerza de halagos, hasta las afueras de la ciudad... Orcutt le arrojó el lazo desde detrás..., le hizo caer del caballo...
Cuando estaba caído en el suelo, Bard le disparó un tiro... por la espalda... Llevaron el cadáver al a choza de Hill..., lo dejaron en el desván... Entonces, se presentó Brazos Keene. Bard habló unas palabras con él... y le engañó... Después fue a la ciudad y atribuyó el crimen a Brazos...
Pero nuestro complot fracasó... y, más tarde, Surface volvió a llamarnos.., para que volviéramos... a hacer lo mismo..., para que termináramos con Brazos.
—Ya es bastante, Bess. Dadme el papel. Bess, ¿puedes firmar... aquí? —añadió Brazos con energía. Bess firmó con su nombre y se desmayó.
Brazos abrió con temblorosas manos la blusa de la joven, la levantó sobre los hombros y buscó a tientas la herida, con el temor de que estuviera situada en un lugar demasiado bajo.
Pero no lo estaba. La encontró arriba, en el lugar en que el brazo se une con el hombro; era una herida dolorosa, pero que no ponía en peligro la vida de la mujer.
—¿Ah! —exclamó Brazos . No es una herida grave... Se ha desmayado... Hank, busca alguien que te ayude a trasladarla a casa de Hailey... Llama al doctor... Y cuando vuelva en sí, dila que no morirá y que volveré muy pronto.
Brazos arrancó el papel de manos de Bilyen y le hizo entrega de la mujer. Luego se enderezó, tenso y anhelante.
—Por ahora no hay más que decir o hacer, amigos; pero no ha terminado todo dijo mientras doblaba la confesión escrita—. Venid conmigo. Y usted también, Kiskadden. Traiga alguien consigo.
Al llegar al pie de la escalera que conducía al salón de los «Antiguos Compañeros», Brazos se detuvo para recargar el revólver y esperar a los que le acompañaban, a quienes se había adelantado.
—Brazos, ¿estás seguro de que tienes la cabeza fría? —le preguntó Kiskadden, que respiraba fatigosamente—. No pretendo darte consejos, pero quiero recordarte...
—Hable, hable, amigo.
—Sería conveniente que lo pensaras bien antes de proceder contra Surface. Ya conoces esta región... y Surface tiene muchos amigos en ella No des ocasión a que se diga que has cometido un acto propio de un pistolero sin ley.
—Bien, no pienso acometerle más que en el caso de que desenfunde el revólver..., lo que supongo que no hará..., ¡aunque deseo con toda el alma que lo haga...!
—¡Vamos arriba!
Inskip llegó casi a saltos, seguido de varios hombres que marchaban de dos en dos o de tres en tres.
—¿Los habéis registrado? —preguntó Brazos mientras se volvía hacia la escalera.
—Sí. Los dos iban bien provistos de dinero. Bilyen se ha hecho cargo de los papeles, las armas y el dinero.
Brazos subió las escaleras de tres en tres, y sus seguidores se lanzaron tras él haciendo lo posible por no producir mucho ruido con sus pesadas botas. La puerta del salón se encontraba abierta. Surface estaba discurseando con voz sonora.
Señores: todos vosotros, los ciudadanos, fuisteis invitados a tomar parte en nuestra asamblea. Evidentemente, todos los que no han venido lo hicieron porque tienen plena confianza en nosotros y dejan a nuestro cuidado la solución de cuestiones muy importantes...
Todos hemos votado, y el resultado asegura la elección de Bodkin como sheriff de Las Ánimas. Anteriormente, había sido designado por la Asociación de Ganaderos.
Surface se detuvo un instante de manera que causara impresión y continuó en voz fuerte: Ahora nos queda por invitar a los vagabundos y holgazanes indeseables, a las mujeres disolutas, a los jugadores y por lo menos a un conocido vaquero, a que abandonen Las Ánimas.
Brazos desenfundó la pistola y se adelantó hacia el salón.
—Bien, Surface: aquí está el último indeseable a quien ha nombrado usted..., que va a hablar por cuenta propia.
Surface se hallaba en pie sobre un tablado, ante las filas de hombres que se encontraban sentados. Una especie de estremecimiento pareció apoderarse de todos, pero todos ellos se volvieron para mirar.
—¡Quieto todo el mundo! —ordenó Brazos—. Surface, la farsa ha terminado.
En el rostro del ranchero no se operó ningún cambio perceptible. Había comenzado a preguntarse la importancia de aquella intrusión. Kiskadden y los demás hombres entraron con rostros sombríos y graves. Debían de significar para él tanto o más que la llegada de Brazos.
—Señores, llegan ustedes demasiado tarde para tomar parte en la elección —dijo con voz sonora.
—¡Hum, hum! —replicó Brazos—. Surface, ¿no me ha oído? Dije que su farsa ha terminado.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Surface roncamente.
—Acabo de matar a su cuadrilla.
—¡Céoo...mo! ¿A quién?
—¡A Bard Syvertsen..., a Hen Orcutt... y a Bess!
—¡Muertos!
—La mujer no ha muerto y ha podido firmar su confesión.
Una súbita transformación hizo de Surface un hombre por completo diferente.
—Van a oír ustedes la lectura de esa confesión.
Kiskadden cogió el papel y lo leyó con voz lenta y firme, que se hacía más impresionante e inflexible por su pronunciación tejana.
Cuando terminó, Surface parecía haber disminuido en estatura. Abrió la boca en diversas ocasiones, como si fuera a hablar, mas no llegó a pronunciar palabra alguna.
—Surface, desearía que tuviera usted el valor necesario para desenfundar el revólver; pero sospecho que no será así.
El ranchero eludió el desafío, y al convencerse los ocupantes de los asientos de que así sucedía, comenzaron a arrastrar los pies nerviosamente, a agitarse y a murmurar, y finalmente a mirarse unos a otros como para obtener una enojada confirmación de sus sospechas.
—Muy bien, Surface, no puedo perder tiempo en esperar —U continuó Brazos—. ¡Baje de ahí!
Surface obedeció sin protesta y al llegar al espacio que había tras las sillas, Brazos le ordenó que se detuviera e hizo que se le registrase.
—¡De modo que llevaba usted un revólver...! —exclamó Brazos burlona y desdeñosamente—. ¡No sé para qué diablos...! Surface, es usted uno de los malvados más grandes que han venido por aquí... Si estuviéramos en Nuevo Méjico, ya lo habría colgado de una cuerda y le habría llenado de balazos mientras estuviese pataleando en el aire. Las palabras de Brazos acrecentaron el creciente asombro y la ira de los hombres a quienes Surface se había dirigido.
—¡Cállense! —gritó Brazos, súbitamente enojado—. ¡Protestan ustedes demasiado tarde contra este hombre! Es posible que la mayoría de ustedes sean honrados..., ¡pero entre ustedes hay, también, algunos malvados...! Y será muy conveniente para los que lo sean, y también para Las Ánimas, que huyan de la suerte que les espera.
Y empujó a Surface hacia delante poniéndole el cañón del revólver en la espalda.
—¡Vaya delante de mí! Y no olvide que estoy dispuesto a seguir su ejemplo y su especialidad de disparar contra el enemigo por la espalda.
Brazos obligó a Surface a bajar la escalera, salir a la calle y subir a su carricoche. El vaquero ocupó el asiento posterior.
—Lléveme al rancho de Neece —gritó con voz lo suficientemente sonora para que pudieran oírla los espectadores que se habían reunido a su alrededor.
—¡El rancho de Neece...! ¿Dónde está? —preguntó ahogadamente Surface.
—¿Dónde cree que está, ladrón...? ¡Es el rancho «Sombreros Gemelos»!
Las atestadas aceras de Las Ánimas fueron testigos, entonces, de uno de los actos peculiares de Brazos Keene. Y el espectáculo que se ofreció a la vista de quienes las ocupaban fue el del ciudadano más importante de aquella población de la frontera dirigiendo su tronco de caballos negros por el centro de la calle, con un revólver a la espalda, y detrás del revólver, el vaquero de rostro impasible.
Brazos no miró a derecha ni a izquierda, y se encontraba demasiado preocupado para que pudiera disfrutar del paseo o para percibir el estruendoso griterío que le siguió a lo largo de la calle y hasta las afueras de la ciudad.
El fogoso tronco llegó brevemente al rancho.
—Surface, quiero el saco de oro.
—¿Qué... saco... de oro?
—Usted lo sabe: Syvertsen atracó a Neece y se lo quitó.
—¡Ah! No lo tengo —contestó Surface.
—Entonces... será una verdadera lástima. Piénselo de nuevo, y es posible que pueda recordarlo. He oído a Bodkin, Brad y a otro hombre hablar de ese saco de oro. Usted lo tiene.
Encuéntrelo... o le haré un agujero con una bala y lo encontraré yo mismo.
—Perfectamente... Iré por él —respondió Surface con voz ronca.
Siempre con el revólver de Brazos apoyado en la espalda, el ganadero se dirigió a la casa ranchera, entró en su habitación y sacó de debajo del fondo de un armario un saquito muy pesado.
—¡Ábralo! —le ordenó Brazos con vehemencia.
Surface ejecutó lo que se le ordenaba y mostró unos fajos de billetes y unos saquitos más pequeños que tintineaban con el sonido musical del precioso oro.
—Muy bien. Cójalo. Llévelo afuera.
Brazos y Surface hicieron el viaje de regreso en la misma forma que habían efectuado el de ida. Ante las esquinas y las tabernas había numerosos grupos de hombres. El mayor grupo estaba reunido ante la casa de Hailey.
—Vamos a la estación, Surface. Es la hora de llegada del tren de la tarde.
Con el revólver en la mano, Brazos vio como el ranchero compraba un billete para Abilene, lo vio inmovilizarse en el andén, como un blanco al que se dirigían todas las miradas, lo vio subir a la plataforma del coche de viajeros... Y entonces le dirigió unas palabras finales.
—Surface, tiene usted muchísima suerte... Es posible que esto le dé motivos para pensar cuando sepa que es debido a su hija... Váyase de Colorado, y no vuelva más aquí... Si vuelvo a encontrarle alguna vez, lo mataré.
Brazos retrocedió hacia el cochecillo en tanto que el tren se alejaba. Al otro lado de una ventanilla, pudo ver el rostro blanco y macilento de Surface, que miraba hacia el exterior con ojos que no podían ver...
Bilyen llegó corriendo por la vía, portador de unos pesados cinturones con armas.
—¡Dios mío...! ¡Vaquero...! ¡Qué difícil es encontrarte! —dijo ahogadamente.
—Hank, le he dejado que se marchara —dijo Brazos con el mismo tono que si le pareciera un acto incomprensible—. Es el primer canalla por quien me he ablandado... Y todo por culpa de esa muchacha de pelo rojo y de ojos verdes que es hija suya.
—Es lo mejor que podías hacer, Brazos —contestó Bilyen cordialmente—. Es posible que todo haya sido efecto de tu debilidad por las mujeres, pero a los hombres de estos contornos puede parecerles que la causa sea otra... Pero ¿dónde irás, qué harás?
—Hank, tengo el saquito con el oro y los billetes que Syvertsen robó a Neece —declaró triunfalmente Brazos—. Aquí está bajo el asiento.
—¡Eres el hombre más sorprendente que he conocido! —exclamó asombrado Bilyen.
—Escucha: lleva este saquito a Neece. Y conduce a Neece en este mismo cochecillo a «Sombreros Gemelos». ¡Hoy mismo...! Di a June y a Janis que su hogar las espera... y que no se ha derramado sangre para devolvérselo. Diles que ya no tendrán que seguir trabajando detrás del mostrador... ¡Ah! Y diles que me marcho de esta región para cierto tiempo, pero que es seguro que volveré.
Brazos, eres el único hombre en el mundo capaz de decir esas cosas a Neece y a sus hijas... Vaquero, ¡piensa en lo que te pierdes!
—Hank, para ser tejano, eres demasiado torpe. He solucionado la cuestión, es cierto, pero ha sido a costa de manejar las armas... y casi he matado a una mujer...
—Lo comprendo. Tienes razón. Pero la mujer, Bess, no está mal herida... La llevamos a casa de Hailey, y el doctor Williamson la curó muy pronto.
—¡Ah! ¿Tiene algún hueso roto?
—Creo que no volverá a desenfundar jamás un revólver... ¿No resulta una cosa extraña, Brazos? Es pintoresco que una mujer pueda quererte e intentar matarte al mismo tiempo...
Aquí está el revólver de Bess..., todo el «armamento» que llevaban aquellos hombres... Y el dinero, también... Tenían montones de billetes. Hazte cargo de todo ello. Te lo has ganado cumplidamente. ¡Ja, ja Brazos se colgó del hombro izquierdo los dos pesados cinturones y miró, al mismo tiempo que sonreía tristemente, el pequeño revólver con que Bess le había amenazado.
—¡Maldición! ¡Entrégaselo a ella! ¡Podría haberme hecho un agujerito... precisamente en ese punto débil que tengo para las mujeres... y para ella...! Muy bien: me haré cargo de estas armas y del dinero, si crees que es justo que lo tome... ¡Diablos! ¡Qué cartera!
Es la de Syvertsen —dijo Hank y esta otra es la de Orcutt.
—¡Ah! Ganaban el dinero fácilmente esos hombres... Bueno, para ir a donde han ido, no lo necesitan.
—Pero tú puedes necesitarlo, Brazos. Guárdate la cartera de Orcutt para ti, y si puedo preciarme de conocerte, estoy seguro de que todo el mundo se beneficiará de ese dinero... menos tú.
—Ya veremos... ¡Hasta la vista, Hank!
—¡Vuelve pronto, Brazos...! —gritó Bilyen al ver que comenzaba a alejarse—. ¡Vuelve a «Sombreros Gemelos»!
Había dos ventanas en la habitación de Bess, por las que entraba la luz del sol para ver su pálido y agostado rostro. Pero el fuego, la cólera, habían desaparecido.
Brazos avanzó hacia el lecho en tanto que hablaba a la mujer encargada del cuidado de la paciente.
—Déjenos a solas unos momentos, enfermera.
—¡Buenos días, Brazos Keene! —saludó la muchacha levantando hacia él la mirada.
—Buenos días, chiquilla —replicó él en tanto que se sentaba cuidadosamente al borde del lecho—. ¿Tiene usted dolores?
—Ahora no son muy fuertes. Pero antes me atormentaron de un modo horrible.
—Se ha librado usted por milagro, Bess... ¡Diablos, qué miedo tuve...!
—¿No tenía usted intención de matarme?
—¡No, demonios! Tenía que hacer algo en el acto, e intenté herirla en un brazo.
—Quisiera que me hubiera matado usted!
—Es seguro, chiquilla loca... Pero no lo hice. Y se repondrá usted de esta herida, e irá a...
a cualquier parte a olvidar sus angustias... y a vivir una vida buena..., una vida honrada...
—Brazos... ¿Cree usted que será posible?
—¡Claro que sí!
—Pero, ¿no tendré que ir a la cárcel?
—Yo diría que no... Bess, ¿tiene usted algunos parientes o amigos con quienes pueda ir a vivir?
—Tengo algunos amigos en Illinois..., pero no parientes, Brazos... ¡Oh, qué bueno es usted! Brazos, si puedo marcharme, habré de hacerlo inmediatamente. Esta ciudad no me lo permitiría...
—Es probable. La circunstancia de que haya estado usted unida a ladrones de ganado no es una cosa muy mala... Pero ese asunto de haberse prestado, en unión de sus compañeros, a matar al joven Neece... Ha sido una cosa vil y despreciable, Bess. Debe marcharse del Colorado lo más pronto posible.
—Me iré en el tren de la noche —contestó ella presurosamente—. Tendrán que llevarme a la estación. Esta mujer podrá ayudarme, por lo menos a cruzar las vías... Pero necesitaré dinero, Brazos. No tengo absolutamente nada. Bard tenía una cartera llena de billetes. ¿La han encontrado?
—Aquí está, Bess —contestó Brazos en tanto que ponía la cartera bajo la almohada—. Y repito que será conveniente para usted marcharse pronto. Nada sucederá en tanto que se halle reponiéndose de su herida... Pero cuando esté curada... Bien, los hombres hacen a veces cosas extrañas... Y, lo mismo si fue que si no fue obligada a hacerlo, lo cierto es que usted tomó parte en el asesinato de Allen Neece. Y eso se sabrá.
—¡Oh, sí, lo sé! ¡Es horrible! —exclamó ella—. Me obligaron a hacerlo... Pero eso no constituye una excusa. Pusieron mucho empeño en obligarme a que lo hiciera, también, en el caso de usted... Pera no lo consiguieron.
—¡Hum! Pero estuvieron a punto de conseguirlo —dijo Brazos.
—¡Es usted un vaquero maravilloso y terrible! ¡Es digno de que se le quiera! Quiero recordarle siempre de ese modo, en lugar de... ¡Dios mío...! ¡Todo lo comprendí en un momento...? Cuando me arrastró a aquella taberna para ponerme ante Syvertsen y Orcutt... En la cara de usted había una expresión de muerte... Pero yo estaba como aturullada..., no pude comprender su artimaña... Ahora la comprendo, Orcutt había formado un juicio correcto sobre usted... ¡Demasiado tarde! Me alegro de que todo haya concluido. Y creo que... si pudiera tener seguridad de una cosa..., podría seguir el buen camino de ahora en adelante.
—Seguridad ¿de qué, Bess?
—Podría soportar que me haya engañado... si realmente supiera que significo algo para usted —dijo Bess sin darse cuenta de su propia inconsecuencia.
Brazos tomó entre las suyas la fría manecita de la mujer y la apretó cariñosamente. No necesitaba hacerse traición para ayudar a aquella mujercita, pero si hubiera tenido que hacerlo, habría pensado que su acto tenía justificación.
—Bess, yo sabía que formaba usted parte de una cuadrilla de forajidos —dijo—; pero creí que era hija de Syvertsen, y anduve loco por usted hasta que descubrí que no lo era. Y eso me ha dolido muchísimo, Bess. No es usted como una de esas mujeres de los salones de baile...
Usted tiene «clase», Bess... y lo digo del mismo modo que a veces afirmo que un caballo es de raza... Es usted la mujer más, linda que he visto en toda mi vida. La otra noche..., aquí a la puerta de su habitación..., cuando me arrojó los brazos al cuello..., me quedé muerto de temor...
—¡De temor! —exclamó ella con asombra. Comenzaba a calmarse. Su rostro perdía la palidez ¡No me diga que supuso usted que yo estaba de acuerdo con Syvertsen y con Orcutt para que le cazaran en mi habitación, o al salir de ella... para que utilizaran ese pretexto para matarle! ¡No, Brazos! ¡No era «entonces»!
—¡Hum, querida! No he...
—¡Brazos! ¡Vuelva a decirlo!
—¡Hum, querida! Por una vez me olvidé de Orcutt y de Syvertsen. Me atemoricé porque temía que intentase usted..., bueno, lo que intentó... Y eso habría sido la ruina, la perdición de todos nosotros, Bess. Cómo pude huir de usted..., eso es lo que no sé.
—Entonces, ¿me quería usted, Brazos?
—¿De qué otro modo lo explicaría usted?
—Pero ¿después de tener tiempo para pensarlo..., y ahora, Brazos...?
—Es una cuestión diferente, Bess. Vi que tenía algo por qué despreciarla..., un algo que al mismo tiempo era dulce y lamentable... La recordaré siempre, Bess. Dentro de muy poco tiempo, olvidaré que era una..., bueno, ya lo sabe..., y pensaré en usted del modo que quiso presentarse ante mí. Eso es todo.
—¡Béseme, Brazos!
Brazos se inclinó y la besó como si fuera de verdad lo que ella había intentado hacerle engañosamente creer que era.
—¡Oh, Brazos...! ¿Qué me ha hecho usted? —gritó en tono dolorido, apretándose contra él.
—Pues..., en primer lugar, cansarla y disgustarla —respondió él dulcemente en tanto que se desprendía de ella y se enderezaba—. Tengo que irme, querida... Tiene usted un aspecto casi tan terrible como el que tenía cuando estaba caída en el suelo de la taberna de Hall y creí que se estaba muriendo... La he excitado demasiado.
—¡Me ha roto usted... el corazón... y me ha hecho bendecirle... por ello... y quiero...
quiero vivir!
—¡Bah! ¡Pensar que puede destrozarse el corazón de una mujer... y sacar partido de ello...! —dijo lentamente Brazos mientras es inclinaba para besarla de nuevo—. Es una cosa digna de ser recordada por un hombre como yo... Bajaré a la estación a la hora de la salida del tren para despedirla.
Bess murmuró algo en voz tan baja, que Brazos no pudo oírlo y sus oscuros ojos le siguieron hasta la puerta.


X
Brazos montó su caballo y contempló con revueltos sentimientos de mitigación, alegría y dolor el valle de Coglan, que se encontraba entre las últimas colinas y la áspera barrera de las montañas.
Aun cuando todavía eran los primeros días de septiembre, la altitud daba lugar al frío y la escarcha había comenzado a dorar los álamos y los robles. Brazos había estado en aquel mismo lugar varios años antes. El tiempo no altera mucho la Naturaleza cuando el hombre no hace su aparición para estropearla. Brazos no pudo apreciar cambio alguno. Recordaba perfectamente aquel pino solitario y muerto que se erguía como un centinela del camino que cruzaba en dirección a Nuevo Méjico.
Era cerca de la hora de la puesta del sol; los truenos rodaban a lo lejos, y los cúmulos ensombrecían el oscuro horizonte. A través de las grietas se filtraban unos rayos de sol dorado que brillaban en la verde pradera, en la que se veían montones de alfalfa, pastos verdes, las manchas de los caballos y los ganados y el serpenteante arroyuelo de agua resplandeciente.
—¡Maldición! —monologó Brazos, pensativo—. Ésta es la clase de rincón que me habría agradado encontrar hace años... Ahora preferiría disponer de un rancho.
Aquel valle se extendía a cuarenta millas de las colinas de Las Ánimas y era un lugar recluido, habitado antiguamente por los indios utes, que todavía descendían de vez en cuando de lo alto de las montañas. La tribu se había trasladado a un punto más inaccesible, empujada hasta más lejos por su poco escrupuloso enemigo: el hombre blanco. Brazos recordaba que los indios eran amigos de Coglan.
—Creo que ya iba siendo hora de que me retirase a descansar una temporada —continuó diciéndose Brazos—. Porque es seguro que en estas circunstancias me vería envuelto en una pelea en cualquier parte... Aquellos hombres, aquella noche... con Bodkin... estuvieron a punto de darme un disgusto... No pudieron terminar de hacer lo que se proponían... Sin embargo, tengo la corazonada de que he de verme la cara con Bodkin en cualquier ocasión...
Y aquí estoy, y ya es hora... o habría tenido que recurrir al auxilio del alcohol... Ya me parece comenzar a encontrarme más tranquilo... Cortaré leña hasta caerme de cansancio, iré con el rifle a las alturas... y al cabo de poco tiempo es posible que me encuentre en condiciones de pensar.
Todo había concluido: el largo esfuerzo, la incertidumbre, la contínua necesidad de vigilancia, las vigilias, la liberación de las fuerzas de reserva, la fría y dura espera de la batalla, la sed de sangre... Estaba como enfermo, con un frío de hielo en las entrañas, con el remordimiento atormentador del hombre que no mataba por instinto. Y su alegría procedía de su sensación de libertad, de la perspectiva del trabajo, del descanso, del sueño, del recuerdo de las hermosas mujeres a quienes había favorecido y cuyo amor había conquistado.
Brazos continuó cabalgando en dirección al valle, y luego hacia lo alto, a la casa de madera que se escondía entre los álamos. Dos niñas estaban jugando cerca de la puerta. Las niñas corrían como los indios. Inmediatamente, una mujer rolliza, de mejillas rojas y joven se asomó al exterior. Al verla, Brazos se sobresaltó tanto como se alegró. Coglan tenía esposa.
—Buenas tardes, señora —dijo Brazos mientras se quitaba el sombrero—. ¿Está Coglan por aquí?
—Estaba, forastero. Desmonte y entre.
Apenas había terminado Brazos de apearse cuando se presentó Coglan con un hacha en la mano. Era un hombre fuerte, todavía joven, medio cazador y medio trampero, tan moreno como un indio.
Buenas tardes, Coglan —saludó con calma Brazos—. Me alegro mucho de volver a verte.
—¡Por Dios, si es Brazos Keene! —exclamó el montañés al mismo tiempo que lanzaba un grito de alegría—. ¡El pestilente patas largas de Brazos Keene, el vaquero! ¡Venga esa mano!
Y estuvo a punto de triturársela del apretón.
—¡Eh, amigo, cuidado con la garra! —exclamó Brazos mientras que intentaba librarse de la presión—. He tenido que utilizarla hace poco tiempo, y es posible que vuelva a necesitarla en alguna otra ocasión.
—¡Ja, ja! Ya me lo figuraba... No podría haber otra razón para que vinieras a visitarme.
Pero eres bien recibido, vaquero, como las flores en la primavera... Rosa, éste es un antiguo compañero mío. ¡Brazos Keene! Hemos trabajado juntos en el Panhandle... y si no fuera por él, ahora no me sería posible ser tu esposo. Brazos, aquí tienes la esposa que siempre me aconsejaste que buscara.
Los dos esposos acogieron a Brazos con regocijo, y las dos niñas, tímidas y acobardadas, se adelantaron.
Más tarde, Brazos y Coglan se dirigieron a los encerraderos con el caballo de aquél.
—Coglan, me gustaría quedarme por aquí durante un mes, poco más o menos —estaba diciendo Brazos—. Quiero cortar leña, cazar y holgazanear. ¡Ya lo sabes!
—Comprendo... Ya me lo contarás cuando te parezca conveniente... o no me lo digas.
Como quieras.
—Bien, voy a decírtelo ahora mismo —contestó Brazos. Y relató brevemente la tragedia de Las Ánimas.
—De modo que eso era... —dijo Coglan—. Me había parecido que estabas pálido y enfermizo... Otro caso como aquel de McCoy-Slaughter, ¿eh...? He oído hablar de Surface.
Yo he perdido muchas reses durante este verano. Tenía alrededor de mil cabezas.
—Supongo que los robos de reses disminuirán durante una temporada —añadió Brazos, pensativo.
—Espero que te quedarás conmigo durante todo el invierno, vaquero —invitó cordialmente Coglan.
—No estaré más que un mes. Quiero sacarme del cuerpo este veneno a fuerza de sudor...
¡Demonios! No había comido últimamente lo suficiente para mantener vivo a un vaquero vagabundo... Tendrás que alimentarme, Coglan. Y necesito que vayas a la ciudad una vez por semana para traerme noticias. Puedes buscar algún pretexto para visitar a Neece. Bilyen sabe que estaré aquí. Puedes hablar con él. Tengo mucho interés en saber lo que suceda. Pero no digas a nadie, y principalmente a las hermanas Neece, dónde estoy.
Brazos erigió una cabaña de leños para sí, bajo los pinos, cerca del arroyo, e hizo un colchón de ramas de álamo, sobre el que extendió las mantas. Más tarde, volvió a la casa de Coglan, y tomó una abundante cena que se componía, entre otras cosas sabrosas, de carne de venado y de pavo silvestre. No se entretuvo mucho tiempo con los hospitalarios Coglan. Y dijo a las niñas:
—Vamos a ser buenos amigos durante una temporada.
Luego fue en busca de su cama, entre la oscuridad de los pinos, y se tendió como si deseara no volver a moverse jamás. El aire de la montaña era frío y crudo; el arroyo se deslizaba murmurante sobre un lecho de piedras; el viento mugía en las copas de los pinos; y el viejo y familiar gemido de los coyotes sonaba temblorosamente de vez en cuando.
Había saldado sus cuentas con las fuerzas oscuras que habían influido en él. En aquella ocasión Brazos no tuvo necesidad de recurrir al auxilio del alcohol para procurarse el olvido y borrar el recuerdo. Aquel aspecto implacable de él era solamente una parte de su naturaleza.
Como un demonio en la noche pasó, se alejó de él y le dejó en libertad para dormir.
Al día siguiente despertó a la nueva vida, pero no pudo gozar de la perfecta soledad, de la belleza multicolor de la mañana otoñal, de las canciones de las aves migratorias que se habían detenido en el valle en su viaje hacia el Sur. Debía cansarse físicamente para conseguir que las horas y los días le aplacasen con su benéfica influencia.
Cuando era muchacho, en Texas, fue muy hábil en el manejo del hacha. Allí, ante el montón de madera de Coglan, donde los muertos troncos de los álamos y robles estaban reunidos, Brazos comenzó a trabajar. Se ponía guantes, porque uno de sus más melancólicos cuidados era el mantener las manos, especialmente la derecha, suave y flexible. Transportó y cortó leña, como por arte de magia, y cuando el día tocó a su fin, estaba completamente cansado.
Los días pasaron rápidamente hasta que al anochecer de uno de ellos, Coglan regresó de Las Ánimas. Brazos comprendió que le llevaba muchas noticias que no quería comunicarle delante de su esposa.
—Brazos —dijo después de la cena—. Tengo un par de cigarros que me han regalado.
Vamos afuera a fumarlos.
Salieron al exterior. El color rojo del cielo comenzaba a desvanecerse; el aire frío descendía de las montañas; los últimos gritos entonaban su réquiem otoñal.
—He oído tantas cosas, Brazos, que apenas puedo recordarlas todas —habló Coglan con entusiasmo.
—Dilas pronto, hombre, o te sacaré las cosas a golpes en la cabeza —replicó Brazos, impaciente.
—Escucha esto: el mismo día que tú llegaste aquí, Rayne Surface fue muerto en las calles de Dodge.
—¡No! —exclamó Brazos con súbita vehemencia.
—Nadie en Las Ánimas puede decir quién lo mató. Pero todas las hablillas se refieren a un hombre alto que tenía una voz extraña. Se le oyó increpar a Surface, y después del tiroteo, salió de Dodge inmediatamente.
—¡Por todos los infiernos! ¡Maldición! Es el tercer miembro del grupo al que oí hablar la noche en que escuché la conversación de Bodkin con sus dos compinches. El otro, que se llamaba Brad, con este hombre desconocido se lamentaba de hallarse en peligro... ¡Bien! Eso quiere decir que Rayne Surface ha encontrado pronto su merecido.
—Así es. Y creo que a todos los demás, si no los han hallado ya, los encontrarán muy pronto.
—No. No es probable. He conocido a más de un magnate ganadero que era muy respetado por la mayoría y del que solamente unos pocos sabían que era un granuja sanguinario y ladrón. Ahora mismo, conozco a uno que vive en Nuevo Méjico, quien morirá en la cama rodeado de su familia y de sus amigos... Pero quedan muy pocos grandes ganaderos de este género... Continúa, Coglan... ¡Habla! Todavía no me has dicho casi nada.
—En cuanto a Bodkin —prosiguió Coglan—, se ha incorporado a su cargo de sheriff. No ha habido nadie en la ciudad que se haya atrevido a oponerse a su nombramiento. Y algunos de la Asociación de Ganaderos parece ser que se escudan tras él.
—¡Qué disparate! —exclamó Brazos—. Bien, Cogían, tan cierto como que estás fumando ese detestable cigarro, Surface tenía más fuerza de lo que yo sospechaba. Y su cuadrilla era todavía más fuerte... ¡He tenido mucha suerte!
—Brazos, ¿Bodkin es un malvado?
—¡Malvado! Oye: comparado con él, McCoy era un hombre honrado... Pero, ahora que lo recuerdo, no he hecho acusaciones contra Bodkin. Ni tampoco las hizo Bess en su confesión... ¡Qué descaro...! ¿Qué dirán Kiskadden e Inskip de todo eso?
—Yo te lo diré, Brazos. Conozco muy bien a los dos. Y puedes tener la seguridad de que en este viaje que he hecho a Las Ánimas me he reunido con todo el mundo, he comprado toda clase de cigarros y bebidas y estaba sediento de noticias... Kiskadden me dijo que la situación no se había aclarado en modo alguno. Inskip añadió que no , se aclararía nunca hasta que esa cuestión del ganado se hubiera arreglado. Ninguno de los dos me habló de Bodkin. Pero Bilyen lo hizo. Y me dijo que Miller ocupa el puesto de Surface en la nueva Asociación de Ganaderos, que es más fuerte que nunca y en la que hay muy pocas voces discrepantes. ¿Qué ha querido decir Bilyen con esas palabras?
—No lo sé. Estoy desconcertado.
—Bien, la gente de la ciudad está dispuesta a intervenir en la cuestión y a dejar bien sentadas las cosas. En cuanto a los ganaderos, esperan a ver cómo desempeña Bodkin su cargo.
—¡Bueno! No quiero hacer predicciones —dijo Brazos—. Dejemos que pase el tiempo...
¿Qué me dices de los Neece?
—He ido a «Sombreros Gemelos» —contestó Coglan—. Allí es donde vi a Bilyen. Neece me recordaba. Era un hombre nuevo... Si lo que le he oído decir es cierto, vuelve a ser el mismo ganadero de mirada de águila y afanoso que conocí anteriormente. Me preguntó si tenía reses para vender y le contesté que sí... Que tenía las que los ladrones me han dejado.
Entonces dijo: «Tráigamelas antes de que la nieve comience a caer»... Bilyen me llevó al rancho. Surface había gastado un montón de dinero en reformas. El rancho es maravilloso. He conocido también a las gemelas June y Janis. ¡No hay posibilidad de distinguirlas! Pero, ¿qué necesidad hay de hacerlo? A mí me parecieron dos mujercitas que estuvieran en un éxtasis de entusiasmo.
—¡En un éxtasis! No es sorprendente... ¿Qué han hecho de su restaurante?
—Lo conservan. Es una mina de oro. Han puesto en él una encargada..., una mujer cuyo nombre se me ha olvidado..., y continúan explotándolo como antes.
—¡Buena idea! Pero supongo que todos los jóvenes solteros dejarán de ir a comer allí...
¿Qué ha hecho Neece de la cuadrilla de trabajadores de Surface?
—Les ha permitido que se marchen. Ha contratado un nuevo equipo de caballistas y espera que regreses pronto para que seas su capataz.
—¡Ah! —exclamó Brazos, boquiabierto. Y en su exaltación mordió el cigarro y estuvo a punto de partirlo en dos trozos.
—¿Qué te sucede, vaquero? —preguntó Coglan—. No hagas tonterías y te vayas a otro lugar. ¡Si hubieras visto los ojos que pusieron las dos muchachas cuando oyeron a su padre decirlo...!
—¡Ah! —exclamó Brazos nuevamente y con más fuerza que la vez anterior.
—Voy a darte un consejo, vaquero. Muchos de los jóvenes que viven en Las Ánimas quisieran estar en tu lugar. Podrías casarte con cualquiera de las dos gemelas. No importaría mucho con cuál de las dos fuera. Eres un héroe para la ciudad y debes recoger tu cosecha mientras brille el sol. El joven Henry Sisk va entrar a formar compañía con Neece para no sé qué negocio. Y Jack Sain es provisionalmente capataz del equipo. Esos dos muchachos no permiten que la hierba crezca bajo sus pies. Bilyen dice que los dos hacen la vida desgraciada a las dos hermanas.
—¡Diablos! —estalló Brazos; e incapaz de continuar tranquilo. arrojó el cigarro a lo lejos y se encaminó a la soledad del campamento.
Brazos aserró y partió toda la leña que Coglan había almacenado para el invierno.
Cuando vio los montones de leños que había formado, apenas pudo dar crédito a sus propios ojos. Pertenecía esencialmente a esa clase de vaqueros que cabalgan y que hacen guardia, que manejan cuerdas y pistolas. El destinar a Brazos Keene a la tarea de cavar hoyos para colocar postes habría sido como hacer una invitación al desastre. Y sin embargo, allí estaba la prueba de sus hazañas: un grandísimo conjunto de montones de leña para el fuego del invierno.
Cuando hubo terminado— el trabajo, Brazos se encaminó hacia las alturas en compañía de un rifle. Trepó y cazó. Ciervos, patos silvestres y alces cayeron bajo su infalible puntería.
Y tuvo que hacer un esfuerzo agotador para transportar la carne hasta el valle. Cuando el matar más piezas habría constituido ya un despiadado asesinato, Brazos volvió a trepar y a perseguir a los animales, pero no a disparar.
Brazos sentía el amor del hombre del campo por las cumbres, por las pendientes, por los riscos..., por todos los lugares altos. Desde que abandonó el rancho de don Carlos no había podido dedicarse a ascender a las montañas. Allí pudo satisfacer un deseo largamente acariciado: caminar y cazar, no sabía qué ni para qué. Acaso fuera solamente el imperativo de la soledad.
A medida que el mes de septiembre avanzaba, Brazos se aficionó más y más a frecuentar diversos lugares que le fascinaban. Uno de ellos era una amplia extensión, abierta y soleada, espesamente alfombrada de altas hierbas plateadas y margaritas amarillas, y poblado en algunos lugares por grupos de álamos que parecían de oro ante el cielo azulado. Los pinos y los abetos rodeaban esta extensión. Los ciervos y los alces pastaban sin prestar atención al solitario espectador.
Brazos iba allá todos los días para tumbarse sobre la espesa hierba, exactamente al pie de la hilera de pinos, donde el sol y la sombra se encontraban. Y allí solía descansar y soñar por espacio de varias horas.
Otro de sus lugares favoritos era una cañada rocosa en la que crecían muchos árboles y que estaba poblada de innumerables peñascos cubiertos de musgo. Por su fondo corría un arroyuelo procedente de la montaña, tan claro como el cristal, que se remansaba acá, se tornaba blanco allá, y llenaba la cañada de melodías. Tales contemplaciones eran raras en la vida de un vaquero. Brazos holgazaneaba allí en las soñolientas horas meridianas, cuando solamente un débil viento rumoroso agitaba las elevadas copas de los árboles y el arroyo parecía adormilarse y retrasarse en su carrera.
Finalmente, Brazos se acostumbró a frecuentar cada día más un alto promontorio y a entretenerse allí más tiempo. Solía mirar hacia abajo para ver la estrechez de las gargantas montañeras, los bordes de grises rocas, las verdes espesuras y las amarillentas manchas de la hierba, y más allá al fondo, la gran abertura que daba entrada a la vasta llanura del Sur. Por algún lugar situado detrás de aquella purpúrea y oscura extensión, Brazos había recorrido el Camino Viejo que va desde Dodge a Cimarrón.
Coglan había ido dos veces más a Las Ánimas y en ambas ocasiones había regresado con noticias y murmuraciones agradables, perturbadoras y sugeridoras. Brazos experimentó a cada momento un deseo más grande de dirigirse a «Sombreros Gemelos». Sin embargo, se mostraba reacio a abandonar aquella alta región, en la que quería permanecer hasta el mes de octubre. Le parecía que había transcurrido mucho tiempo desde su llegada al terreno de Coglan, y aun cuando había obtenido descanso en gran cantidad, la transformación que esperaba no se había producido. Acaso lo que esperaba Brazos fuese sólo un milagro.
Descubrió que, a menos de que un matador de hombres retroceda hasta convertirse en un animal irracional, jamás podría verse libre de los remordimientos, de las dudas, de la seguridad de que el Destino le reservaría un nuevo encuentro sangriento, de que su pasado gravitaría inevitablemente contra sus posibilidades de hacer feliz a una esposa y a unos hijos.
Pero Brazos tenía que oponerse a esta eventualidad.
Al regresar al valle una noche va de octubre, descubrió que Coglan había vuelto un día antes del que se suponía. Al ranchero le faltaba su alegría habitual.
—Bilyen dice que estás ausente demasiado tiempo. Bodkin fanfarronea diciendo que te detendrá si te atreves a volver a Las Ánimas.
—¡Dios mío! —exclamó Brazos, incrédulo.
—Eso no debe sorprenderte, Brazos —dijo Coglan sencillamente—. Todos conocemos a los hombres de su ralea. Bodkin no es inteligente. Es casi un animal irracional. Olvida todo muy pronto cuando el peligro ha pasado... Pero creo que Bilyen acierta al referirse a ti. Sabe que tan pronto como vuelvas a Las Ánimas, Bodkin cerrará esa bocaza que tiene.
—¡Diablos! Espero que lo hará —replicó Brazos, pensativo.
—Ha llegado un desconocido a la ciudad hace poco tiempo. Dice que se llama Knight y que compra ganados para una gran empresa de Kansas. Él y Bodkin se han hecho amigos muy pronto. Bilyen recuerda haber visto a tal hombre en compañía de Bodkin el pasado mes de agosto.
—Bien, iré pronto a Las Ánimas. ¡Diablos! ¡Cómo me duele tener que abandonar este valle...! ¿Qué más has oído, Coglan?
—No mucho más. No he ido a «Sombreros Gemelos» ; pero encontré a Neece en la ciudad. Nadie diría al verle que haya estado arruinado y vencido. La Asociación Neece-Sisk-Henderson continúa progresando. Posee ahora alrededor de ochenta mil cabezas. Es una sociedad fuerte. Supongo que no tardarán mucho en destruir a la cuadrilla de Miller. Neece no se prestará a ser sorprendido de nuevo. Creo que Bilyen es el promotor de la empresa. Están construyendo un enorme granero en el rancho. Han llevado un aserradero. Hank dice que será el más grande de todo el Colorado. Habían levantado el tejado y comenzado a destruir el suelo, cuando las dos gemelas detuvieron el trabajo para exponer una idea: ¡organizar un gran baile!
—¿Gemelas..., baile..., idea? —repitió Brazos con repentina e intensa curiosidad.
—Eso dice Hank. Y si tú no te apresuras a ir pronto, te perderás unas horas de felicidad.
—¡Ah! June no organizaría un baile no estando yo allí —exclamó Brazos con vaga incredulidad.
—Las mujeres son unos seres muy extraños. Lo mejor que puedes hacer es marcharte en seguida.
Sin embargo, Brazos quiso trepar una vez más a las pendientes doradas y escarlata de las alturas.
La mañana era fría. Había caído escarcha. Las praderas y los campos brillaban con un brillo blanco. Sobre el valle estaba suspendida una cortina de niebla gris, a través de la cual se veían débilmente unas manchas azules y unas listas. Brazos se perdió muy pronto entre la nube. Finalmente, cuando surgió sobre ella, cuando llegó a la altura iluminada por el sol, la llanura que se extendía a sus pies se le presentó como un mar perlado compuesto de rizadas ondulaciones y con unas rocas aisladas que erguían las empenachadas cabezas. Y era como si el mar rodease la negra base de una enorme montaña cuya rosada cumbre se enrojeciese con el rubor del alba.
Brazos continuó ascendiendo hasta llegar a la arboleda y se perdió entre los árboles derribados por el viento y la confusión de las tierras desprendidas de las cumbres, donde para recorrer una corta distancia se vio obligado a , seguir un curso serpenteante a través de un laberinto de rocas y de troncos, hasta que llegó a un promontorio que había sido su retiro predilecto.
La herbosa extensión con sus plantas agitadas por el viento se hallaba cálida, seca y fragante bajo el sol; al fondo nacía la selva. y delante de ella se abría un abismo. Muy abajo brillaba la plateada cortina de niebla, que se disolvía en algunos lugares, se movía lentamente y era acuchillada por las puntas de lanza de los álamos y por las rocas de brillante superficie.
Brazos no había descubierto todavía por qué iba con tanta frecuencia a aquel lugar casi inaccesible. Y en aquel momento comprendió que probablemente no lo averiguaría jamás. Se extasiaba viendo su color, su belleza, su rústica grandiosidad, pero todo esto constituía solamente una parte de sus sentimientos. Era lo más próximo a la sensación que experimentaba de creerse un águila, deseo infantil que todavía persistía en él. El secreto, acaso, estribaba en la soledad, que parecía no haber sido rota jamás.
Brazos se sentó en su sitio acostumbrado y se entregó plenamente a la influencia de aquellas solitarias alturas, influencia que se hizo más intensa al saber que era la última visita, y por la necesidad de llevar consigo el recuerdo hasta donde los hombres vivían con sus afanes cotidianos. La Naturaleza había sido pródiga en aquel lugar, al que había dotado espléndidamente de una magnífica escabrosidad de cumbres y picos, de espectrales huesos de roca desnuda y pinos dorados, de centenares de picachos hasta los cuales sólo un águila podría llegar, de sus fajas color de escarlata, de sus manchas de oro, de sus negras franjas de abetos en las alturas y de las cárdenas cuencas de los desfiladeros que se abrían a sus pies.
Cuando Brazos estaba entregado a la contemplación un águila dorada cruzó su área de visión con las anchas alas extendidas en el vacío, dominando con su poder de aquel reino de las alturas. Repentinamente curvó las alas y se disparó como una centella hacia las profundidades.
El muro oriental del colosal semicírculo estaba amortajado por las sombras; era como una página negra de la montaña, misteriosa, con sus letras oscuras. Brazos siguió con la mirada la estribación occidental, que relampagueaba bajo el sol, hasta donde descendía una y otra vez, en una línea ininterrumpida, perdiendo altura y color, y se perdía y fundía en la llanura.
Varias horas más tarde Brazos seguía el camino pensativamente hacia el valle de Coglan. De sus meditaciones y soledades en las cumbres dedujo que había hecho acopio de la energía y la fortaleza necesarias para perderse en la soledad y vivir en paz en el caso de que su sueño de amor no se realizase. Había solamente una inextinguible gota de amargura en su vaso; y ésta era una extraña y vaga duda de que se cumpliese el encanto que brillaba como un arco iris sobre su promesa de amor, fortuna y felicidad.
Decidió rechazar de la imaginación estos pensamientos, y a la mañana siguiente, a la hora del alba, abandonó la casa de Coglan e hizo el recorrido hasta Las Ánimas en ocho horas.
Brazos volvió a instalarse en casa del mejicano Joe y salió para visitar al barbero y hacer compras.
—¡Hola! —decía a todos los que encontraba—. Me alegro mucho de volver a verle. He estado en las montañas partiendo leña y cazando ciervos. Parece ser que esta vieja ciudad puede continuar desarrollándose sin mi ayuda...
Brazos entró en la gran tienda en que se expendían tantos variados artículos y dijo:
—Quiero el traje más condenadamente bueno que haya en esta tienda. —A pesar de los muchos y variados trajes de vaquero procedentes de Denver que había en el establecimiento, era desacostumbradamente difícil complacer a Brazos—. Tengo que estar atractivo, lo que resulta un trabajo terrible para mí.
Por último, escogió una blusa gris y floja, un pañuelo rojo, un enorme sombrero blando y las botas altas más finas, que eran tan suaves y tan cómodas como un guante. Como adición a esta parte principal del equipo adquirió zapatos bajos y calcetines negros, camisas, pañuelos, ropa interior, pertrechos para afeitarse y tantas cosas más, que hasta olvidó cuáles eran.
Cuando las adquisiciones le fueron entregadas en su habitación, era ya oscuro. Brazos cenó con Joe y salió a la calle para que las tabernas y los garitos de juego pudieran tener conocimiento de su vuelta. Entró en todas partes, aun en el establecimiento de Hall, donde había sido pintada una inscripción que decía: «Brazos Keene», bajo las huellas de las balas de la pared, y fue en todo momento el vaquero tranquilo, frío, pausado que siempre había sido.
A la mañana siguiente Brazos puso en su tocado y vestimenta un cuidado mucho más detenido que el acostumbrado. En su rostro afeitado, tostado, casi hasta parecer rojo, por el sol, no había una arruga ni una sombra.
—¡Maldición! —se dijo insatisfecho—. ¡Todavía podría mejorar mi aspecto..., pero no es malo del todo...!
Cuando se abotonó la nueva chaqueta gris descubrió que únicamente asomaba bajo su borde inferior la punta de la funda del revólver que se había colocado con el cinturón a cierta altura. Esto le produjo gran satisfacción; pero cuando salió para dirigirse a «Sombreros Gemelos» dejó abierta la chaqueta y volvió a colocarse la pistola a la altura a que siempre la había llevado.


XI
Brazos salió de la carretera al llegar al arroyo y siguió cabalgando por la cañada rodeada de pinos en que se había reunido en cierta ocasión con Lura Surface. Casi le era posible ver su cabello rojizo, sus ojos verdes y provocativos, sus incitadores labios.
¡Imposible evitar el dejar de sentir las punzadas del pesar!
—¡Maldición! —se dijo—. Cuando andan mueres de por medio, los hombres no valen nada... Aquí estoy, reventando de amor por la joven a quien voy a ver... y, sin embargo, lamentando no haber besado a aquella gatita de cabellos rojos.
Vadeó el arroyo y avanzó entre los pinos en dirección a la llanura que se extendía tras los cercados y los graneros de la casa ranchera. Inmediatamente, llegó hasta el esqueleto de un nuevo edificio, un nuevo granero, de enormes dimensiones. El suelo estaba limpio y brillante.
A su alrededor se habían colocado unos bancos.
—¡Por todos los diablos! ¡Llego a tiempo para el baile! Un nuevo edificio, probablemente obra de Surface, era un cuarto de estancia para los vaqueros, que podría rivalizar con el que Holly Ripple poseía en el rancho de don Carlos. Había sillas de montar en el suelo; varios vaqueros observaron el lento avance de Brazos. El joven detuvo su caballo ante ellos.
¡Cuántas veces en su vida de vagabundo había visto un grupo de vaqueros al que había inspeccionado con atención! En aquella ocasión, el que tenía ante la vista le impresionó de modo favorable.
—Buenos días, vaqueros. ¿Es éste el rancho «Sombreros Gemelos»? —preguntó.
—Lo es, vaquero. Apéate del caballo. Estás en tu casa —respondió un joven.
—¿Dónde están las gemelas? Quiero verlas para pedirles trabajo como caballista.
—El caso es, amigo, que tenemos tantos jefes, que no sabemos quién es el verdadero —replicó riendo otro joven.
—¿Cuántos jefes? —preguntó Brazos, fingiendo alarma.
—El señor Neece, Henderson y Sisk, Hank Bilyen y Jack Sain.
—¡Maldición! Eso es un equipo completo de patrones. Quiero probar mi suerte hablando con las gemelas.
—Oye, vaquero, no puedes engañarnos. Sabemos que eres Brazos Keene —dijo otro.
—¿Quién diablos ha dicho que no lo sea? —preguntó Brazos con blandura.
—¡Oye, Jack, ven aquí! —gritó el que primeramente había sido interrogado por Brazos en tanto que metía la cabeza en el interior de la casa—. ¡Te llaman!
Y un momento después, Jack Sain salía, se detenía, miraba a Brazos, lanzaba un ¡hurra!, descendía del pórtico... ¡No podía dudarse de su contento! La alegría brillaba en sus ojos.
—¡Brazos! ¿Qué haces sobre ese caballo? ¡Apéate! —gritó mientras se apresuraba a asir la mano que Brazos le presentaba.
—¡Hola, Jack! Pero, ¡diablos! , si hasta pareces mucho más gordo que antes... ¡Oye!
¡Cuidado con esa mano...! ¡Me alegro relativamente de verte, Jack!
—Es posible que yo no me alegre tanto... ¡Demonios, vaquero! Si no hubieras venido, no habría baile! Bilyen estaba triste, y Neece está preocupado... ¡Y las gemelas...! Ya ni siquiera preguntan por ti... ¡Están como locas!
—¡Ah, qué lástima! Lo siento muchísimo.
—¿Dónde has andado? Estás elegante... y guapo... Muy diferente...
—He estado trabajando por ahí... Jack, preséntame a esos muchachos.
—Demonios! Perdonadme la poca cortesía que tengo... Brazos, lo había olvidado... Ése es el equipo de Neece, escogido por Bilyen... Compañeros, acercaos. Os presento a Brazos Keene.
—¡Me alegro mucho de conoceros a todos! —replicó Brazos en tanto que estrechaba la mano a todos los vaqueros. Constituían el grupo de trabajadores del rancho más joven, más limpio que Brazos había visto en mucho tiempo. Luego Hank Bilyen apareció en el lugar de la escena.
Al ver a Brazos, Hank le lanzó unas maldiciones. Pero las nubes se disiparon en su rostro tostado por el sol.
—¡El espectro de Texas...! Estaba un poco asustado... Supuse que habrías reanudado tu vida de vagabundo... Baja, baja del caballo, para que pueda abrazarte.
La cálida acogida alentó a Brazos, y sin embargo, dio origen a un incalculable pesar.
¿No iría él. a no poder trabajar como caballista en «Sombreros Gemelos»?
—Entra en la casa —añadió cariñosamente Hank—. Neece estaba preguntando por ti...
Quiere terminar el granero antes de que comience a caer la nieve. Y no puede continuar las obras porque June y Janis se niegan a celebrar el baile hasta tu llegada.
—Bien, es una gran atención por su parte... Hank, ¿te parezco bien? Creo que estoy un poco nervioso.
—¿Bien? ¡Dios mío! Pareces el Brazos Keene de hace diez años... Un chiquillo de piel rosada, de cabellos rizados... El vaquero de dieciséis años que eras cuando te conocí...
—¿Solamente diez años? Me siento terriblemente viejo, Hank. Pero si no lo parezco..., ¿qué demonios importa...? Oye, ¿no es Henry Sisk aquél que está en el pórtico?
—Sí. Es uno de los consocios de Abe. Un buen muchacho, pero tan enamorado, que ni siquiera parece el mismo de siempre.
—¡Ah! ¿Enamorado? ¿De quién? —preguntó Brazos, asustado.
—De Janis. ¡Y ella está haciendo que la persecución sea difícil...!
La aguda percepción de Brazos Keene jamás fue más fuerte que en el momento de observar a Henry Sisk. El joven ranchero era un caballero, pero su cortesía no engañó a Brazos. No se alegraba del regreso del vaquero. Entonces, una voz resonante, seca, fuerte, conmovió a Brazos.
—¡Por todos los diablos! ¡Es Brazos Keene!
Brazos se volvió y se encontró frente a Neece, que parecía un hombre transformado, al que apenas le fue posible reconocer.
—¡Buenos días, antiguo amigo! —exclamó Brazos, con el corazón inundado de ternura.
Desde el día en que el capitán Britt se despidió de él, ningún hombre había vuelto a mirarle de aquel modo.
—No será posible intentar decirte, hijo..., lo que... —comenzó diciendo el ranchero con sincera emoción.
—Bien, pues no lo intente. No es preciso que me diga más. Neece, parece usted..., bueno, lo que sus hijas gemelas desean que parezca usted.
—¡Caramba! Lo había olvidado. Si comenzáramos a hablar contigo antes de que lo pudieran hacer ellas...
La llamada de una excitada joven interrumpió a Neece. La voz procedía de la casa ranchera, sin duda, y salía a través de la abierta puerta del saloncito.
—¡Henry...! ¡Henry...! —repitió la misma voz imperiosamente—. ¡Ven aquí!
Mientras el joven Sisk cruzaba a toda prisa el pórtico para dirigirse al interior de la casa, Brazos pudo ver fugazmente un rostro pálido y de oscuros ojos que se retiraba de la puerta.
—Muchachas, no seáis vergonzosas! ¡Salid! —gritó alegremente Neece.
Henry reapareció precipitadamente, como si unos brazos impetuosos le hubieran empujado.
—Keene, ahí dentro le llaman —dijo arisco. Se apreciaba claramente que la orden era dolorosa para él.
—¿Quién me llama? —preguntó Brazos, y lo hizo tanto por ganar tiempo como por ver el efecto desconcertante que las circunstancias ejercían sobre Sisk.
—June... y Janis. Quieren hablar con usted a solas.
—¡Ah! —exclamó Brazos. Y el corazón le saltó de alegría dentro del pecho. Sin embargo, le pareció cruzar el pórtico con pies tan pesados como si fueran de plomo.
Brazos atravesó el umbral con el sombrero en la mano. Una de las gemelas se hallaba en pie en el centro de la habitación. La otra cerró la puerta tras él. Luego, las dos se colocaron ante el vaquero, pálidas, terriblemente excitadas, con los ojos dilatados. Brazos no pudo saber cuál de las dos era June o Janis.
—¡Buenos días, señoritas! —dijo roncamente—. Me alegra y llena de felicidad el ver a ustedes... aquí.
—¡Oh, Brazos...! —exclamó en tono ahogado una de ellas.
—¡Vaquero! —gritó la otra.
Evidentemente, las dos mujeres le reconocieron, y, sin embargo, su aspecto era muy diferente del que ambas esperaban. Brazos tenía muy poco del vaquero implacable y alocado.
Y en absoluto, nada de pistolero sanguinario. Ni siquiera se le veía el revólver. En su rostro tostado aparecía la misma ingenua y antigua sonrisa. El mes de trabajo y de soledad, desterrando su estado de ánimo sombrío y destructivo, parecía haber borrado años de su rostro. La juventud brillaba en él.
Tenía muchas razones para estar satisfecho de ser Brazos Keene.
—Bien, creo que yo también me siento un poco turbado —dijo despacio, en tanto que colocaba sobre la mesa el sombrero y fingía interesarse por la gran habitación—. ¡Diablos, qué finca más hermosa! Es tan hermosa como el rancho de don Carlos. Y seguramente...
—¡Brazos!
Las dos voces hermanas, al unísono, ricas de matices y llenas de emoción, le atrajeron corno un imán. Si había existido un femenino pudor o un intento de reprimir los impulsivos sentimientos, estos propósitos se habían frustrado momentáneamente. Ambas mujeres se hallaban junto a él murmurando; unos dulces labios le acariciaban las mejillas al mismo tiempo que otros labios tan dulces como aquéllos, labios abrasadores, se unían a los suyos.
Luego, como si se hallara en un éxtasis, Brazos se encontró con dos muchachas con el corazón agitado, apoyadas en su pecho. La habitación pareció girar durante un momento. Si acaso pudo pensar algo. Brazos no se cuidó de cuál de las dos muchachas era Janis o June. Lo que deseaba era prolongar aquel instante. Sin embargo, la situación concluyó al retirarse de él las dos jóvenes: una de ellas, enrojecida; la otra, lívida. Y Brazos recobró su equilibrio y pudo comprender que la muchacha que estaba pálida era la que le había besado en los labios.
Luego ambas hablaron al mismo tiempo con voces idénticas que pretendían dar diferentes significados a las palabras. Brazos no pudo hallar indicio alguno que le permitiera saber cuál de las dos era su prometida. Pero entendió que el grande afecto y la inconmensurable gratitud de ambas se relacionaban con el rejuvenecimiento y la salvación de su querido padre. En cuanto al resto, el rancho no había significado mucho para ellas en los primeros momentos, pero después se había convertido en su hogar. Las dos jóvenes habían lamentado el tener que abandonar su restaurante. Lo divertido que resultó, en los primeros tiempos, el ver tantos vaqueros que acudían a su padre para pedir trabajo; las manadas de ganados, de caballos, de potros; la construcción del enorme granero y el proyecto del baile destinado a quedar en la historia de aquellos campos..., todo esto, y mucho más, fue expuesto atropelladamente, hasta que el aliento de las dos gemelas se agotó.
—Bien! Magnífico... ¡Es magnífico! —exclamó Brazos, aturullado—. Pero ¿queréis hacer el favor de decirme quién de vosotras es June y quién es Janis?
—¡Adivínalo!
exclamó una de ellas sonriendo.
—¿Importa mucho quien pueda ser una y quién pueda ser otra? —preguntó la otra vehementemente, con un demonio juguetón en los ojos.
Brazos experimentó el latigazo de uno de sus acostumbrados y desgraciados presentimientos. Intuyó, si no apreció, que sólo un cabello le separaba de algo espantosamente innombrable e increíble.
—¡Que me lleven los diablos si me creo capaz de adivinarlo! —replicó Brazos obstinadamente.
—¡Tonto! ¿No querrías que las dos fuésemos una sola...? Yo soy June.
En aquella coyuntura entró la tía de las muchachas para saludar a Brazos. Y fue tan sincera y tan amable, se mostró tan aparentemente olvidada de su condición y de la violencia que los había restituido a «Sombreros Gemelos», que Brazos pudo al fin encontrarse a sí mismo.
—Bien, ya era hora de que acudiera alguien a auxiliarme —dijo de la manera lenta que le era habitual—. Señorita Neece, no puede comprender lo muy feliz que me hace el volver a verla.
—¡Muchas gracias! Apenas le conozco. Brazos Keene...
—¿No está encantador, tía Mattie? —preguntó June ruborizándose—. ¡Fui yo quien lo descubrió!
—Bien, pero la pequeña Jan estaba aquí también cuando sucedió... —dijo su hermana sutilmente—. Ven, Brazos, permíteme que te enseñe mi nueva habitación.
—Y la mía también —añadió June.
Agarrándose una a cada uno de sus brazos, las dos hermanas arrastraron al aturdido vaquero de una hermosa habitación a otra, y al patio, y a los encerraderos, más allá del grupo de boquiabiertos vaqueros, y finalmente al granero. June insistió en lo maravilloso que sería el lugar para sus caballos cuando llegase el invierno, y Janis expresó ardientemente su deseo de que se celebrase el baile.
—Ahora que has venido, ya podremos celebrarlo. ¿Cuándo? —exclamó June con deleite.
—June Neece, ¿ibas a celebrar ese baile sin mí? —preguntó Brazos.
—¡Claro que quería celebrarlo! —declaró Janis—. Ella y Jack Sain tenían mucho interés en que así fuera.
—¡Cómo! ¡Jan Neece! —replicó contradictoriamente June, roja como una rosa—. ¡No lo quería...! Fuisteis tú y Henry quienes conseguisteis que Jack comenzara a engatusarme...
—Bueno, eso no importa nada —dijo Brazos al ver que había provocado una nota discordante—. Ya estoy aquí... y rabiando por bailar... ¡Maldición...! Me parece que ya ha debido de olvidárseme cómo se baila...
—Todo el mundo está esperando —dijo Janis, que era la que llevaba la voz cantante—.
Pongamos como fecha el viernes por la noche. De ese modo, dispondremos de dos días para decorar el granero con hojas del otoño y flores. Y de preparar la cena. Papá nos reserva una sorpresa..., no sé cuál. Acaso sea ésta la bienvenida al hogar que tenía proyectada para nosotras, June.
—El viernes por la noche... ¿Dos días? —preguntó June soñadoramente, con la mirada fija en Brazos—. Habrá luna llena...
Y regresaron con Brazos a anunciar alegremente la fecha de la fiesta. Henry Sisk cumplió a regañadientes su encargo de reunir a los vaqueros e ir con ellos a la arboleda para recoger hojas otoñales en abundancia y piñas y helechos para adorno. Las muchachas se apresuraron a reunirse con su tía. Janis sacó la cabeza al exterior para gritar:
—Vaquero, ¡no te vayas!
—Hijo, ¿cuándo te harás cargo...? —preguntó Neece.
—¿Se refiere usted al mando de los equipos? ¡Diablos!
—Me refiero al mando del mío. Henderson tiene su propio capataz. Y Sisk tiene el suyo.
Son dos buenos equipos, a mi juicio. Pero yo confío principalmente en Bilyen.
—¿Cuál va a ser la misión de Hank?
—Hank se encargará de comprar y vender el ganado.
—¡Muy bien! Es un hombre inteligente, y tan honrado como la luz del mediodía. Coglan me dijo que actualmente disponen ustedes de ochenta mil cabezas de ganado. ¿Es cierto, patrón?
—Algunos millares más.
—¡Ah! No me parece que sea una cosa como para poder dormir tranquilo.
—Lo mismo pensaba Hank. Pero yo opino lo contrario. Prefiero tener a mi lado a Henderson, con su dinero y sus intereses bancarios, y al joven Sisk, a tener que recorrer mi camino a solas, solamente con las diez mil cabezas que Surface me ha dejado.
—Neece, usted conoce bien este negocio. Ya sabe que eso significará que los ladrones serán atraídos por su ganadería, del mismo modo que las moscas son atraídas por la miel.
—Ya no habrá más robos de ganado en grandes proporciones. Hace treinta años que resido en la frontera. Y he visto crecer y desarrollarse el negocio del ganado. Ahora se encuentra en su apogeo. Y jamás he visto grandes robos en los ranchos, sino una sola vez en cada uno. ¿No es así?
—¡Hum! Ahora que lo pienso... creo que es cierto. Pero, de todos modos, un robo continuo de reses en pequeñas cantidades cada vez no es una cosa de la que pueda no hacerse caso.
—Brazos, perderé menos unido a mis compañeros y poseyendo una ganadería de cien mil cabezas que si trabajo solo y sostengo sólo una décima parte de esa cantidad.
—Es posible. ¿Por qué no está de acuerdo Hank?
—Bilyen no se opone, pero tampoco se entusiasma. Dice que unas ganaderías tan numerosas son una invitación a los disgustos y las contrariedades de todas clases, desde los robos de reses por las sociedades rivales y los ladrones profesionales, hasta la corrupción y el soborno de los vaqueros.
—Creo que Hank tiene razón.
—Brazos, lo veremos muy pronto: antes de que comience a caer la nieve.
—Ahí viene Hank, en un cochecillo... ¡Diablos! Esos caballos negros me son familiares...
—¿Adónde va usted, Hank? —preguntó el ranchero en tanto que Bilyen detenía el cochecillo.
—A la ciudad. Tengo una lista de cosas más larga que su pierna..., y todo para el condenado baile.
—Hank, he estado hablando con Neece. Dice que no estás de acuerdo con esta sociedad y con que haya una manada de ganado muy extensa.
—¿Lo estás tú, Brazos? —contestó Hank.
—Sí, lo estoy. Cuanto más seamos, tanto más contentos estaremos.
Brazos se había mostrado contrario a la opinión de Neece por razones personales.
—Si he de ser sincero..., me parece muy bien ahora... cuándo tú estás aquí.
—Bueno! ¿Por qué pensabas de un modo diferente antes de que yo viniera?
—Es posible que sea un poco personal..., pero odio y temo a Bodkin. Y no siento ninguna simpatía por ese nuevo ganadero, Knight.
—También a mí me produce mala impresión Bodkin, patrón —contestó Brazos pensativamente—. Era un malvado. Lo sé. Oí la conversación que sostuvo con dos hombres a quienes no conozco. Los tres estaban complicados en aquella cuestión tan sucia, y los tres estaban dispuestos a hacer traición a Surface. Fue a ellos a quienes oí hablar del saquito de oro de que me apoderé para usted... Todos ellos andaban buscándolo... Y Coglan me refirió que se decía que ese hombre, Knight, fue quien mató a Surface.
—Bien; han logrado hacer que desaparezcan esas murmuraciones... Brazos, ¿supones que el hecho de que Bodkin haya sido elegido sheriff hará que siga el buen camino?
—¡De ningún modo!
—Eso simplificaría el problema para Neece —declaró Bilyen en tanto que recogía las riendas. Y se alejó sin decir nada más.
—¿Qué demonios habrá querido decir ese tejano? —preguntó irritado Brazos, aun cuando sabía perfectamente lo que Bilyen había querido expresar.
—Que entonces habrá que expulsar a Bodkin del Colorado —replicó tristemente Neece—.
Eso serviría para deshacer este círculo de delincuentes.
—No se puede expulsar de Las Ánimas a ese hombre.
—Brazos, no es posible matarlo —declaró con seriedad Neece—. Bodkin ha sido elegido sheriff por los ciudadanos del distrito. No ha sido nombrado, sino elegido... Es el primer sheriff que ha sido elegido por votación... Quien le mate, serán un proscrito.
—¡Claro! Ya lo había pensado.
—Bodkin no será sorprendido marcando terneras ni acompañando a los ladrones. Desde ahora en adelante obrará con pies de plomo.
—De todos modos, es un malvado, Neece. Y media ciudad lo sabe, aun cuando la otra mitad tenga los ojos cerrados... Y aunque nadie lo supiera, ni siquiera usted o Hank..., lo sé yo. ¡Indudablemente! Y eso hace que la situación sea muy complicada para mí, en el caso de que haya de trabajar para usted.
—¡En el caso de que...! ¡Por amor de Dios, Brazos, í no me digas que no! Tengo mi confianza puesta en tí. Por eso se unió a mí Henderson... Además, vas a ser hijo mío, ¿no es cierto?
—¡Dios mío...! ¡Me gustaría serlo! —tartamudeó Brazos.
—June me dijo que estaba segura de que trabajarías para mí. Y Jan añadió que ella tenía la certeza de conseguirlo en el caso de que su hermana no lo lograse.
—¡Socorro! —exclamó Brazos en voz baja. Luego, después de haber permanecido con la cabeza inclinada durante varios momentos, la levantó y dijo sentidamente—: Neece, muchas gracias por su confianza y por su cariño. Estoy orgulloso de que June..., y Janis también..., quieran que me quede aquí... Vendré, patrón, y trabajaré todo lo mejor que me sea posible para usted.
—¡Bien! Eso me satisface... y llenará de alegría a mis hijas —contestó con gran satisfacción el ranchero—. Reconozco que te encuentras en una situación muy delicada, Brazos. Aun cuando seas un vaquero alocado y lo que llamamos un pistolero (¡gracias a Dios!), tienes orgullo y honor. Es posible que sientas escrúpulos que te impidan hablarme de Jane o June, porque eres quien eres... Pero quiero declarar antes de que me lo propongas... que me gustaría que ocupases el lugar de Allen en mi casa... No te preocupes por decidir acerca de cuál de las dos hermanas... Ellas mismas arreglarán muy pronto la cuestión, y eso no tiene importancia para mí... Y ahora que he dicho lo que tenía que decir, vamos a tomar una copa en honor a la situación.
—Sí, creo que me hace falta animarme un poco —contestó Brazos, turbado y enajenado, en tanto que seguía al ranchero al interior de la casa. Evidentemente, Neece consideró el momento propicio para tomar más de una copita. El resultado fue que cuando Brazos salió de nuevo, su natural reserva se había quebrantado un poco. Y su perplejidad por distinguir a una gemela de otra no parecía tan grande como en otras ocasiones. Por fortuna para Brazos, se celebró una especie de conferencia —relacionada con el baile, en la cual fueron consultados Brazos y Neece. Después llegó la comida, que fue algo así como un homenaje lleno de alegría a Brazos. Todos, con excepción de Henry Sisk, que semejaba hallarse bajo los efectos de lo que consideraba como una ofensa, real o imaginada, se mostraron completamente felices.
Brazos se encontró perdido entre el brillo de dos pares de ojos. Y se le consultó respecto a la conveniencia de que se preparase un enorme recipiente de ponche en el saloncito para la noche del baile.
—¡Dios mío, es una idea terrible! —dijo Brazos. Cuando la ruidosa alegría cedió un poco, una de las dos gemelas le preguntó gravemente:
—¿Terrible por buena o por mala?
—Es mala...
—Brazos Keene —le interrumpió la otra gemela—, ¿crees que algún vaquero se atrevería a beber demasiado en nuestro baile?
—¡Ah, no! Ningún vaquero lo haría —contestó Brazos—. Pero tu papá estará aquí y también Hank y Henry...
—Yo no bebo —exclamó agresivamente Sisk.
—Es probable que todos lo hagamos —concluyó Necee frotándose las manos—. Nuestro baile no va a resultar una fiesta corriente y vulgar.
—Yo diría que no —afirmó Bilyen.
—Holly Ripple organizó una cena y un baile hace varios años —explicó Brazos rememorando—. Su papá mantenía casa abierta, como lo había hecho su padre, el abuelo de Holly. ¡Aquello fue una verdadera fiesta, créanme ustedes! Todos los habitantes de la campiña fueron invitados. Podían verse juntos en aquella ocasión a vaqueros, ganaderos, tramperos, injuns, soldados, trajineros, bandidos, ladrones de ganado, desesperados... Y lo más sorprendente de todo es que no se produjo ni siquiera una sola riña.
—Nosotros no podemos aspirar a emular a la señorita Ripple —habló una de las gemelas.
Y la otra miró fijamente a Brazos—. June y yo no podremos agasajar más que a una sola celebridad de estos contornos.
Brazos se apaciguó bajo las risas que brotaron, tanto por efecto de esta réplica como por la convicción de que una vez más había tomado a Janis por June.
Después de la cena las jóvenes arrastraron a Brazos, Neece, Henry y Bilyen hasta el granero, y recogieron en el camino a Sain y los vaqueros. Ya había unos grandes montones de siemprevivas, de ramas de pino con las piñas intactas, de ramos de hojas otoñales de diferentes coloraciones depositados en el suelo.
—No hay la mitad, ni siquiera la cuarta parte de lo necesario —declaró Janis—. Henry, vete con el carro y los muchachos a buscar más.
Henry opuso resistencia, y sugirió la conveniencia de que los acompañase Brazos.
—Brazos puede quedarse y enseñarnos a hacer equilibrios sobre una escalera —replicó Janis coquetamente.
Durante toda aquella maravillosa tarde Brazos trepó a la escalera, se mantuvo en ella inestablemente, clavó, se martilleó un dedo, cometió errores, se cayó de la escalera y demostró, según Hank, que Brazos Keene podría ser Brazos Keene, pero que era también el más disparatado decorador que jamás había pisado aquellos terrenos.
No obstante, el trabajo progresó rápidamente, en especial cuando Neece y Hank prestaron una mano para ayudar a cerrar con brillante follaje los costados abiertos del granero.
Luego, los dos complacientes hombres intentaron realizar más trabajos sin consultar a Janis, lo que atrajo sobre sus cabezas una enojada reprensión, de la que también fueron víctimas los pacientes vaqueros. Esto sirvió para que Brazos y June quedaran a solas tras uno de los establos.
—June, el de hoy ha sido un día emocionante —dijo Brazos.
—Lo ha sido, ciertamente. Pero tú no has sido un vaquero bueno para mí —observó ella—.
Toma..., coge esto... ¡No, mis manos no!
—¡June! He sido tan bueno como... como puedo ser —protestó Brazos, espantado.
—Acaso no seas lo suficientemente bueno.
—¿Qué he hecho?
—Seducir a la pobre Jane... en primer lugar.
—¡Seducir a la pobre Jane! —exclamó repentinamente indignado Brazos. .
—Brazos..., no he dicho a Jan... ni a nadie... que estamos prometidos... Y temo que Jane... te quiera...
—¡Dios mío...! ¡Claro que me quiere!:.. ¿Por qué no? Me he portado bien con ella... y con toda seguridad...
—¡No digo que te quiera de ese modo! ¿Crees que es justo que la mires con ojos de cordero a medio morir..., que la cojas de las pianos..., que permitas que las tuyas...? Bien, Brazos, tus manos tienen mucha destreza para otras cosas que no son manejar caballos o pistolas.
—June, ¡que me muera si...!
—¡No emplees de ese modo tan terrible las palabras, Brazos! Las mujeres aceptamos con seriedad las palabras de las personas... a quienes queremos. No es cierto que quieras morirte...
y el cielo sabe que yo tampoco deseo que mueras... Brazos, me alegrará mucho que quieras a Jane también..., pero de otro modo que a mí... y menos que a mí.
—¡Criatura! No quiero a Jane de ese modo que sospechas... —gritó Brazos como si tuviera que hacer frente a lo peor de su destino—. Además..., si la quiero... es como a una hermana..., puesto que es hermana tuya...
—¿Lo juras, Brazos? —preguntó la joven, emocionada.
—¡Con la mano puesta sobre un montón de biblias de una milla de altura! —declaró Brazos. Y volvió a apoderarse de las manos de June.
—¡Oh, querido Brazos..., nuevamente soy feliz! —tartamudeó June—. Sin embargo..., lamento mucho que no la quieras... ¡Si solamente te apreciase ella...! La encuentro muy extraña desde hace varios días.
—¡Bah! Está enamorada de Henry Sisk.
—¡De ningún modo! Le agrada Henry más que ninguno de sus pretendientes, y podría...
—June, ¡no pierdas tanto tiempo! —exclamó quejoso Brazos—. Estamos a solas un minuto..., el primero de que hemos dispuesto...
—Pero ¡Brazos...! No podemos andar requebrándonos y haciéndonos arrumacos en presencia de papá, de Jan, _ de Jack...
—¡Claro que no! Y, ¿por qué hablas de Jack? June, tengo el presentimiento de que... de que quieres a ese vaquero...
—Lo quiero. Es cierto. Lo quiero mucho, sobre todo desde que murió Allen... Era su mejor amigo... Pero Jack no es tú.
—Querida, vas a tener que hacer dos cosas... o acabaré por volverme completamente loco —la importunó Brazos.
—Y ¿cuáles son?
—Pues... ser más novia mía... y llevar algo, o darme alguna indicación que me permita saber que eres June.
—Brazos, he sido la más fiel y la más amante de todas las novias que puedas haber tenido. ¡Si supieras...!
—June, quise decir que debías ser una novia más cari— ñosa... Soy un hombre de: esos que se mueren por los besos..., porque les den millones de besos.
Ella exhaló una corta risa, muy fácil de interpretar torcidamente, —Lo había supuesto... Estás tan seguro del número, que me agradaría saber... si estás tan seguro de dónde han de proceder todos. Pero accedió sin resistencia a su petición y a su amante presión, y le presentó tímidamente los labios. Su beso fue frío, dulce, rápido.
—¡Toma! ¡Uno a cuenta...! ¡Oye! Me están llamando. Volveré en seguida.
—¡June! —la voz llegaba del exterior del arco de hojas.
June se desprendió de los brazos de Keene con una expresión, con una mirada que le dio a entender que deseaba continuar entre ellos. Brazos se inmovilizó y la vio alejarse entre la rosada oscuridad que comenzaba a recogerse más allá del granero. No prestó gran atención a la discusión que se sostenía en el otro extremo de la estancia. Se hallaba todavía bajo el hechizo de la corta rendición de June, de su media promesa y esperaba con impaciencia su retorno. Seguramente se repetiría la escena anterior. El crepúsculo inundaba la tierra de sombras. Las vacas mugían en los prados. Luego, la campana que anunciaba la cena puso fin a la animada discusión que había interrumpido el feliz momento de Brazos.
—¡Ven, Brazos! —gritó con alegre voz Jack Sain.
—¡Maldición! —murmuró Brazos.
—¡Oye, Texas, están llamando para la cena! gritó Bilyen.
Brazos permaneció unos instantes quieto, sufriendo la amargura de su decepción, escuchando las voces y los pasos que se desvanecían en la distancia. Luego su corazón se estremeció cuando oyó el suave ruido de unos pasos que se detuvieron significativamente ante la enramada.
Una forma esbelta, vestida de blanco, se hallaba ante la oscura entrada al cobijo del follaje.
—¡Ah! ¿Estás ahí? —murmuró Brazos con una apasionante resurrección de sentimientos.
—No podía verte... Me han mandado venir para...
Acaso fuese la manera en que Brazos se acercó a ella lo que la obligó a interrumpir las palabras que pronunciaba alegremente. Brazos vio su pálido rostro ante el fondo de hojas, sus ojos desacostumbradamente abiertos y oscuros...
—; Has estado a punto de hallar un hombre muerto!— dijo Brazos en tanto que la abrazaba con apasionamiento.
—¡Brazos!
Todo el cuerpo de la mujer pareció vibrar con una divina convulsión que Brazos no interpretó como una resistencia. Su ataque por sorpresa mitigó un poco la decepción anterior.
Asió a la muchacha entre los brazos. Y en tanto que la besaba en los ojos, la joven gritó:
—¡Oh...! ¡Por favor...! ¡No...! ¡Socorro...! ¡Ah...!
Y las sedientos labios de Brazos cerraron los de ella.
—¡Toma! ¡Eso es lo que te merecías, señorita! —exclamó Brazos en tanto que ella inclinaba la cabeza hacia atrás y cerraba los ojos, que abrió un momento después.
—¡Demonio de vaquero! —exclamó ella con voz y entonación difíciles de interpretar.
Como es natural, Brazos los interpretó del modo que más le agradaba.
—¡No..., no más! —gritó ella frenéticamente. Y sorprendió a Brazos con una súbita fortaleza que la permitió desprenderse de —su presión y huir.
Brazos la siguió, todavía extasiado. Pero cuando salió de la oscuridad de la estancia hasta el exterior, donde aún había un poco de luz, consiguió dominarse.
Uno de los muchachos se había quedado esperando. Brazos vio que era Henry Sisk.
—¿Por qué has vuelto? —preguntó en voz baja.
—¿Por qué... arrastraste a June... contigo? —preguntó la muchacha al llegar junto a él.
—¡Creí que eras tú! —contestó Sisk, angustiado.
—¡Ja, ja!
La dulce risa de Janis no sólo dejó mudo a Sisk, sino que convirtió a Brazos en una estatua de piedra. La pareja siguió a las demás personas, que ya se habían alejado bastante.
Brazos permaneció quieto, bajo la luz del crepúsculo veraniego, como si de súbito se hubiera quedado tieso y frío, como si se hubiese convertido en roca, con la conciencia atormentada por un pensamiento único:
—¡Dios mío! ¡No era June!
Brazos había hecho frente a hombres perversos, ladrones, animales salvajes, al fuego y las inundaciones con mucho menos temor que el que le acometió al pensar que había de dirigirse al comedor de los Neece. Pero tenía que ir. El huir habría constituido un error fatal.
Brazos se aproximó a la alegre mesa como un hombre que llegase al punto de su ejecución.
—Brazos, ¿por qué has tardado tanto? Te llamé y te llamé... —dijo una de las gemelas, con los ojos llenos de risa. Debía de ser June.
—Volví para buscarle —terció la otra hermana, bajando los ojos—. No es un vaquero de las llanuras... Es sólo un fauno selvático.
—Reconozco que no sé lo que es eso —declaró Brazos con voz fría y lenta—. Pero al acercarse el otoño, cuando las hojas se vuelven rojas y doradas..., ¡me pongo completamente loco!


XII
Durante todo el resto de la velada Brazos se mezcló a sus compañeros. Pero, de todos modos, percibió que June no cesaba de observarle, como si supiera lo tonto, que era, y la radiante sonrisa de Janis, que parecía decirle que tenía un secreto que no podría ser ocultado por mucho tiempo. Había alguien que compartía este secreto —Brazos estaba seguro de ello—, y ese alguien era Henry Sisk. Jack Sain demostró una curiosidad que iba mucho más allá de los celos y que podría llegar a sondear en el fondo del misterio. A medida que la velada transcurría, Brazos comenzó a sospechar de los demás.
—Bueno, amigos —dijo en momento oportuno—, voy a despedirme de todos ustedes y a volver a la ciudad.
—¿Por qué? —preguntó Neece con rapidez—. Ésta es tu casa. Y Hank podrá ir mañana a buscar tu equipaje.
—Brazos Keene, tienes una obligación —habló Janis con una alegre sutilidad difícil de interpretar—. Este equipo de Neece se está mostrando demasiado turbulento y ruidoso. No puedes llevártelo a callejear por la ciudad.
—Supongo que me sería más difícil dominarlo si me quedase —replicó Brazos, para quien la alegría había desaparecido.
—Sólo he hablado en broma —dijo Janis presurosamente.
—¿Por qué has de marcharte? —preguntó June.
—Bien, puesto que me piden que lo diga —contestó Brazos, exagerando intencionadamente su calmoso hablar—, tendré que recordar que hay en la ciudad una pareja de hombres a quienes me he olvidado matar.
La sorpresa y el silencio sucedieron a las palabras de Brazos. Tal y como Brazos se había propuesto, nadie supo comprender si había hablado en serio o en broma.
—Adiós. Mañana nos veremos —concluyó Keene. Y salió de la. habitación. Hank Bilyen le siguió hasta el pórtico, y una de las gemelas se unió a ellos.
—Brazos..., espera —dijo ahogadamente.
—Voy a traerte el caballo en seguidadijo Hank. Y salió del pórtico.
Brazos había bajado un escalón, pero se volvió para mirar a la muchacha, cuyo rostro estaba al nivel del suyo.
—¿Estás... enfadado? —preguntó ella.
—¡De ningún modo...! Y ¿cuál de las hijas gemelas de Neece eres tú?
—¡Brazos! Soy June. ¡No me mires de ese modo! Estábamos bromeando.., y comenzaron a pincharme..., a incitarme...
—¿A que hicieses... qué? preguntó agresivamente Brazos. La turbación de June le indicó que había sucedido algo que él no había sido capaz de sospechar.
—Ya lo has comprendido..., ¿verdad?
—¡No! Soy muy torpe para los acertijos. Y soy también muy torpe desde el punto de vista sociable...
—¡Oh, Brazos, estás enfadado! —exclamó June. Y miró hacia atrás para hacer una seña a Janis, que se hallaba, con el rostro pálido y los ojos dilatados, a la luz de la puerta. Pero Janis no se acercó—. ¿Ves cómo Jan deja toda la carga sobre mis hombros...? Y ¡mira a papá y a Jack! ¡Están riéndose como hienas...! Brazos, no te censuro... Pero... ¡perdóname, querido!
Y aquello era tan delicioso y sorprendente, que Brazos no pudo resistir a la tentación de prolongarlo.
—Tampoco soy hombre amigo de perdonar, June..., cuando veo que se me convierte en un objeto de risa.
—Ahora se están burlando de mí, también —protestó June—. Se han burlado de nosotros...
—¡Ah! ¿Por qué no me lo dices?
—¡Querido!
—¡Palabras dulcísimas, June, pero que no nos llevan a ninguna parte!
—Pero... no me trates con esa severidad —se quejó ella—. Brazos, ¿te... te enfadarías muchísimo... si... confesase algo que dije... acerca de... de ti y de mí?
—No. Si era cierto, te querría todavía más.
—¿Recuerdas esta noche, antes de la cena..., cuando tú y yo estábamos solos allá...?
—No es muy probable que lo olvide.
—Debimos de estar allí muchísimo tiempo. Era casi de noche. Me atormentaron implacablemente. ¡Hasta papá! Me enojé. Jan no hizo nada por evitarlo, créeme. Y por eso dije: «Creo que nadie tiene más derecho que yo para estar junto a Brazos Keene. Y si para esto me habéis llamado... entonces me vuelvo allá.» Pues bien: Jack Sain me agarró. Me arrastraron fuera del granero. ¡Oh, todos ellos estaban poseídos de los demonios! Y todos me hicieron pagar las culpas de la broma... Es lo mismo que en tantas otras ocasiones me ha puesto en verdaderos compromisos... Dijeron a Jan que volviera junto a ti, que fingiese ser yo.
Ella te entretendría hasta el momento de la cena. Me opuse. No me gustaba que lo hicieran.
Pero Jan, sí, le gustaba hacerlo... Y, como siempre, puesto que soy capaz de hacer todo lo que se me pide, accedí. Henry fue el único que se puso triste. Sí, estaba triste. Y esperó. Y Jan te entretuvo en el granero durante tanto tiempo, que todos nos marchamos. Todos, menos Henry.
Cuando Jan llegó sola con Henry, que tenía una terrible expresión de ira, y tú no llegabas..., todos supusieron que la broma había ido demasiado lejos, o que no había resultado bien. Jan se mostró muy reservada. Estuvo muda. No le importaba ni un rábano lo enfadado que Henry pudiera estar. Pero a mí no podía engañarme... Jan no tiene nunca sin motivos esa palidez sobre el rostro ni esos ojos tan turbados. Había sucedido algo mientras fingía ser yo... Y desde entonces he estado frenética.
—Sí, con toda seguridad, creí que Jan eras tú. Es cierto —declaró Brazos con una amarga satisfacción.
—¡Oh, Brazos...! ¿No... no la...?
—Deja que tu imaginación corra a su capricho... y llegarás a alguna parte.
—¡Brazos! Creo que fuiste lo suficiente listo para no dejarte engañar... ¡Conociste a Jan!
—exclamó June esperanzadamente—. ¡Tú los engañaste a ellos! ¡Pobre Jan! No es extraño que tuviera aquella expresión..., aquella tensión...! ¡Le está bien merecido! ¡Oh, Brazos, estoy terriblemente celosa..., mas si comprendiste el engaño.., podría soportar los celos! Pero Jan me preocupa mucho... ¿Me perdonas, Brazos?
—Sí, querida, te perdono todo... Pero no estoy seguro de perdonar a tu papá, a Jan ni a Jack.
—¡Ahora vuelves a ser mi antiguo Brazos! —murmuró June—. La próxima vez que suceda algo parecido, seguramente destrozaré sus planes... Brazos, vamos a jugarles alguna broma terrible.
—Conforme. ¿Te parece bien que nos fuguemos?
—¡Oh...! Brazos, ¿verdad que no lo dices en serio? —exclamó June, espantada y, sin embargo, encantada de la proposición.
¡Claro que sí! Podríamos fugarnos al amanecer..., llegar a Dodge con tiempo suficiente para casarnos..., volver al baile...
—¡Sería maravilloso! Pero... pero...
—Entonces ya no importaría mucho que te confundiera o no te confundiera con Jan —dijo Brazos secamente.
—¿No importaría? —gritó June—. Brazos Keene, estoy de acuerdo con Jan: nadie puede estar seguro de ti.
—Si fueras mi esposa, ¿no te considerarías relativamente segura?
—¡No me tientes, Brazos! Si nos fugásemos, a papá le dolería mucho. Y no tenemos por qué apresurarnos. Me... ¡me agradaría mucho! Pero no debo hacerlo. Y otra cosa: Jan jamás me lo perdonaría.
—¿Que te cases conmigo? —preguntó Brazos.
—No, no. Que no se lo dijese. Bien, esperemos, querido Brazos..., si eres capaz de serme fiel entre tanto...
—Podré serlo si me juras hacer algo o llevar algo que me permita no confundirte con Janis.
—Creo que en verdad no lo deseas...—dijo reprochándole June—. Debe de ser una cosa muy divertida para un vaquero, especialmente si la misma hermana de su esposa no huye de él.
—¡Casi tan divertido como caerse del caballo al suelo! June, ¿me prometes hacerme alguna indicación pura que pueda conocerte?
—Sí. Lo prometo, Brazos. Pensaré algo que te permita reconocerme sin que lo comprendan los demás.
—June, ¿crees que todos han observado que estamos prometidos? —preguntó Brazos ansiosamente.
—No, no lo han comprendido. Papá no ha hablado de ello. Y Janis se ha reído en mi propia cara. Luego intentó sonsacarme cosas. ¡Oh, me preocupa mucho, Brazos!
—Si estuvieras en mi estado de ánimo respecto a esa muchacha, estarías como loca, querida... ¿Tienes valor? ¿Valor? Sí. ¿Para qué?
—Jan ha vuelto a entrar en la habitación. ¡Diablos! Tiene los ojos como si fueran dos quemaduras en una sábana. Todos tienen la mirada fija en nosotros... ¡Diablos! ¿Te parece bien que nos despidamos con un beso? Eso servirá para que se enteren.
—¡Oh, no tengo mucho valor! —tartamudeó June—. Podría...
—Si Jan estuviera en tu lugar... —la interrumpió Brazos un poco amargamente.
—Y si yo tuviera tu valor, sabría muy bien lo que habría de hacer —replicó June.
—¡Ah! Ahí viene Hank con mi caballo.
—¡Bah! ¿Qué nos importa Hank...? Brazos, Brazos, puedes agarrarme..., abrazarme como a un oso..., besarme y echar a correr.
—¡June!
—Sí..., y explicárselo mañana a papá.
Envalentonado de este modo, y espoleado por la provocativa sonrisa de June, Brazos se aprovechó del dulce privilegio que se le concedía, lo que hizo que su corazón se alterase de tal manera, que estuvo a punto de caer por las escaleras.
—¡Oye, vaquero! ¿Qué diablos te sucede? —preguntó Hank curiosamente, mientras Brazos se dejaba caer sobre la silla de montar.
—Sólo Dios lo sabe, Hank —dijo Brazos con calma mientras se reía con frialdad—. Me parece como si estuviera alejándome del rancho de don Carlos. Hasta la vista, Texas.
Brazos pudo ver fugazmente a la despeinada June, que aparecía hermosa y esbelta, bajo la luz, con el rostro oculto por las manos.
Cabalgando furiosamente y alejándose de la oscura carretera, Brazos se sintió inundado de una extraordinaria alegría que anuló todas sus restantes emociones. June, la desenvuelta joven, había provocado aquel acceso de locura. Janis lo había visto, y también su padre, y Sain, y todos los demás, que atosigarían a June hasta obligarle a confesar su promesa de matrimonio.
Cuando se halló cerca de la ciudad, aminoró la marcha de su fogoso caballo hasta convertirla en un paseo, y su atropellada imaginación se aquietó proporcionalmente. Todas las ciudades ganaderas producían a Brazos un efecto tranquilizador. Y de repente, recordó que jamás había vuelto a ninguna ciudad en que hubiera estado empeñado en alguna lucha importante. Las frías estrellas, la brisa que soplaba de la campiña, las oscuras elevaciones de las montañas, la pálida luz que se elevaba sobre Las Ánimas, todo le hablaba de que el amor y la felicidad no podía alterar la implacable verdad de que él era todavía Brazos. Keene, y de que era odiado por los hombres a quienes había derrotado. Jamás podría ser apreciado por ellos ni por sus aliados. No podría volver a entrar en aquella ciudad sin volver a ser el duro y acerado vigilante, siempre dispuesto a defenderse por medio de las armas. Los ladrones de ganado de la frontera sostenían el credo de que los muertos no pueden descubrir huellas ni seguirlas.
Brazos regresó, al fin, a su habitación en casa del mejicano Joe, y después de encender la lámpara se despojó del cinturón en que llevaba el revólver y se sentó al borde del lecho.
«Otros hombres mejores que yo se han encontrado en esta misma situación», se dijo sombríamente. «Se espera que me case y que me aquiete, que me atempere a la vida pacífica del hogar. Y que me olvide de los hombres que he matado y que todavía queda alguno a quien debo matar. ¡Ah! Eso se supone... y yo sería capaz de hacerlo en beneficio de June, si me permitieran hacerlo... ¡Pobre muchacha! ¡Qué amargura para ella! Verdaderamente, jamás debería haberse enamorado de mí. Si yo hubiera sido siquiera medio hombre, no debería habérselo prometido. Pero... ella se enamoró, y yo lo permití... ¡Bendito sea su amante corazón...! Y ahora tengo que esconder este temor secreto y vigilar como jamás vigilé en toda mi vida, con la esperanza de que el tiempo cambie la situación.»
Brazos durmió hasta muy tarde, que era un lujo que muy pocas veces se concedía. Y cuando se despertó permaneció tumbado en el lecho, comprobó que a la luz del día, con el sol que derramaba raudales de oro sobre su ventana, no experimentaba los mismos sentimientos que en las negras horas de la medianoche. Era maravillosamente feliz. Y esta exaltada sensación duró hasta que, una vez vestido, calzado, con las espuelas puestas y el arma pendiente de la cintura, paseó por las calles de Las Ánimas.
Apenas habría dado una docena de pasos desde su salida de la casa del mejicano Joe cuando un vaquero, un joven delgado y de rostro duro, salió de una puerta.
—¡Buenos días, Keene! —dijo a modo de saludo—. He estado paseando por la calle durante más de una hora para esperarle.
—¡Buenos días, vaquero! —contestó Brazos lentamente.
—Déme una cerilla. Haga lo posible porque este encuentro parezca lo más natural del mundo —replicó el otro.
—¡Ah! Muy bien. Hable desconocido.
—Anoche, en casa de Hall..., oí hablar a dos hombres... «Brazos Keene está en la ciudad... Knight jura que hemos de atraparle a toda costa... Bodkin está rabiando...»
El vaquero levantó el duro y joven rostro, exhaló una bocanada de humo, dio media vuelta y se alejó.
—Gracias, amigo —dijo Brazos; y continuó avanzando como anteriormente—. ¡Maldición!
Esto se pone peligroso. Creo que ese vaquero se ha jugado la vida y que lo sabía... Van a intentar matarme por la espalda. ¡Otra vez Bodkin!
Brazos entró en la primera tienda que encontró en el camino y salió por la puerta posterior, que daba a una calle desde la cual pudo llegar al encerradero en que había dejado su caballo. Pedro, el joven mejicano, le había dado pienso y agua. Brazos no perdió tiempo para alejarse de la ciudad. La conclusión a que llegó fue que Bodkin se había unido al tal Knight..., que iba a continuar la línea de conducta que Surface había iniciado...
La proximidad del invierno podría haber originado una renovada actividad por parte de los ladrones de ganado. El precio de las reses había subido hasta cuarenta y tres dólares. Y la demanda continuaba creciendo. Neece lo había previsto y había comprado grandes cantidades de cabezas de ganado, algunas de ellas al bajo precio de treinta dólares cada res.
Cuando Brazos llegó a «Sombreros Gemelos», dedicó en los primeros momentos muy poca atención a las dos hermanas, a la cena que había de celebrarse aquella noche y al baile que había de seguirla. Como si la suerte lo hubiera dispuesto, June, o Janis, le llamó alegremente desde la casa, pero Brazos se limitó a agitar una mano a modo de saludo, sin detenerse. Más adelante, encontró una regocijada y atrafagada multitud de vaqueros que trabajaban para ampliar el efecto otoñal del decorado que las dos hermanas deseaban.
—¡Oíd! Venid uno de vosotros —gritó—. Decid a Neece y a Bilyen que necesito verlos pronto.
El ranchero fue el primero en llegar junto a Brazos, y llevaba impresa en el rostro la cálida sonrisa que siempre reservaba para aquel vaquero.
—¡Buenos días, hijo! Tienes una expresión muy seria. Tienes miedo a encararte con papá después de lo de anoche, ¿eh?
Brazos sonrió. No tenía miedo a las censuras ni a los reproches de aquel padre. Neece estaba a su lado.
—Estoy tan asustado como un demonio, papá, ahora que me recuerda usted la noche de ayer. Pero no era eso sólo lo que estaba en mi imaginación.
En aquel momento se unió a ellos Hank Bilyen.
—¡Buenos días, Brazos! —dijo el tejano, en tanto que estudiaba la expresión del vaquero.
—Acérquense —dijo Brazos; y se apartó con los dos hombres.
—Me parece que vienes dispuesto a aguarnos la fiesta —dijo quejoso Hank adivinando que se le iba a revelar alguna circunstancia catastrófica.
—¡Hum! No es eso. He recibido un informe... El precio del ganado ha subido hasta cuarenta y tres dólares, subirá hasta cuarenta y cinco antes de una semana, y continuará subiendo.
—¡Ya lo había supuesto! —exclamó con vehemencia el ranchero—. Hank, mi suposición ha resultado cierta.
—¿Cuántas cabezas de ganado podría usted recoger y enviar pronto, dentro de esta misma semana? —preguntó Brazos, pensativo.
—Cerca de veinte mil cabezas, si el ferrocarril puede transportarlas —replicó inmediatamente Neece.
—He visto centenares de jaulas de ganado vacías cuando vine. Neece, usted puede adelantarse a los demás ganaderos y beneficiarse más que ellos, y salvar más de la mitad de esas veinte mil cabezas... si consigue que los hombres de su equipo trabajen velozmente.
—¡Salvar! ¿Qué quieres decir, vaquero? —preguntó Bilyen.
—Bien. Hay un descenso en estos momentos en lo que se refiere al robo de ganado; pero no durará mucho tiempo, a menos de que esa cuadrilla que Surface dejó trás sí haya sufrido un buen escarmiento. Neece, sería conveniente vender todo el ganado que el ferrocarril pueda transportar.
—Intentaré recogerlo inmediatamente. Muchas gracias, Brazos.
—¿Y Henderson y Sisk? ¿Podrán recoger también pronto sus reses?
—No. El ganado de Henderson se halla desperdigado por todos estos contornos. El de Sisk está en su rancho, a cuarenta millas de aquí. Es un terreno muy accidentado. Se necesitará un mes para reunir una gran manada.
—Demasiado tarde para aprovechar el precio más alto... y demasiado tarde para derrotar a los ladrones.
—Hank, he intentado convencer de esto a Sisk y a Henderson; es decir, de que el precio del ganado está subiendo. No había pensado en los ladrones... Brazos, ¿cómo podrán huir con grandes manadas de reses?
—Parece una cosa extraña, cuando la ley y el orden reinan en Las Ánimas —contestó Brazos con una amarga sonrisa—. Patrón: diez ladrones muy prácticos pueden conducir una manada grandísima. Nada de ese ganado vendría aquí. Lo llevarían por otros caminos hasta la estación del ferrocarril y conseguirían embarcarlo el mismo día de su llegada, mucho antes de que los propietarios pudieran enterarse de su pérdida. Una parte de ese ganado robado sería embarcado juntamente con el de alguno de los ganaderos de quienes suponemos que son unos malvados. Es muy fácil. ¡Demasiado fácil!
—Enviaré telegramas a mis compradores y pediré que me reserven todos los vagones de ganado que haya disponibles. Hank, váyase con los vaqueros inmediatamente —dijo Neece con decisión; y se alejó.
—Vamos, desembucha ya —ordenó seriamente Hank cuando se halló a solas con Brazos.
—No hay nada nuevo, pero es muy desazonador si se tiene en cuenta la complicada situación en que me encuentro —contestó Brazos; y a continuación comunicó a Hank la inquietante información que le había dado el desconocido vaquero de la ciudad.
El tejano lanzó unas enérgicas maldiciones, sin fin ni objeto, que Brazos escuchó en silencio.
—Sabía que se estaba preparando algo desagradable, puesto que de otro modo no habrías aconsejado a Necee que vendiera el ganado tan pronto. Ha sido una gran suerte para Neece.
Podremos enviar esa cantidad de reses antes de que el precio comience a bajar, y antes de que podamos perder una sola vaca... Pero ¿qué demonios vas a hacer tú?
—¿Yo? Lo mejor que puedo hacer es estarme quieto.
—Bodkin! ¡Ese cobarde...! Brazos, ¿supones que ese hombre sabe que puedes matarle?
—Es lo suficiente listo para suponerloreconoció Brazos.
—¿Quién ha oído jamás hablar de una situación tan desesperante? —murmuró Hank—. ¡Si estuviéramos en Texas...!
—Pero esto no es Texas. Es El Colorado, donde hay orden y ley —declaró Brazos amargamente.
—¿Qué te propones hacer?
—No lo sé. Eso es todo lo que he podido pensar.
—Supondrán que te han atemorizado y obligado a huir de estos contornos.
—Es seguro. Pero de todas formas, terminarán colgados de una cuerda, más pronto o más tarde. Las Ánimas no los soportará eternamente.
—Es de suponer que no. De todos modos, son muy torpes.
—¿Torpes? Es cierto, Texas, no son muy inteligentes. Lo malo es que aquí cada ganadero sospecha de su vecino. Ya sabes, Hank, que las cuestiones de este género son muy difíciles de resolver. Es muy posible que la situación dure hasta el momento en que esta región haya vivido sus mejores días.
—No. No durará tanto tiempo, porque las cabezas de esa cuadrilla, Bodkin y Knight, y acaso Miller, y quienquiera que sean los demás, no tienen la suficiente cantidad de materia gris.
—Hank, yo debería marcharme —dijo trágicamente Brazos.
—¡Claro que sí! Es lo mejor que podrías hacer —asintió Hank con una sarcástica entonación que hizo estremecer a Brazos.
—Pero no puedo hacerlo.
—Y ¿por qué no puedes?
—Porque —no es humanamente posible abandonar a esa muchacha.
—Brazos, creo que yo tampoco podría hacerlo.
—Si June quisiera marcharse conmigo... podríamos volver cuando esos hombres hayan desaparecido.
—¿June? Oye, vaquero, todos creíamos que era Janis.
—¿Creíamos? ¿Quién demonios lo creíamos? —exclamó Brazos con un sobresalto.
—Pues... Neece y yo... y algunos de los muchachos. O por lo menos, Jack.
—¿Jack Sain? ¿Ese condenado vaquero de dos caras? Está loco por June. Y por eso...
—Jack es un muchacho honrado —le interrumpió Hank—. Y Neece cree que estás enamorado de Janis.
—¿Neece? ¡Ah! ¡Dios mío! —exclamó Brazos levantando las manos.
—Vaquero, ¿no estás un poco embrollado respecto a cuál de las dos gemelas es de la que estás enamorado?
—¿Embrollado? Tengo la cabeza bien firme y bien puesta sobre los hombros.,. Hank, estoy enamorado de June, de verdad y sinceramente. Pero... ¡Oh! ¡Es horroroso! horroroso...!
No puedo distinguirla de Janis.
El tejano se rió con tanta fuerza, que Brazos experimentó deseos de golpearle.
—¡Ja, ja, ja...! ¡Maldición! —y se ahogaba al intentar hablar—. No estás embrollado...
¡Oh, no...! Sabes que es de June de quien estás enamorado, pero no puedes distinguirla de Jan... Las dos son en absoluto iguales... Eso define perfectamente tu situación.
—Hank, debería enojarme contigo, ¡cabeza de chorlito! —declaró Brazos con el rostro enrojecido por la ira—. ¿Qué demonios has querido significar con esas últimas palabras? ¿No me viste besar a June, anoche?
—Claro que sí, Brazos, pero eso solamente demuestra que estás enamorado de las dos.
—¡Eres un embustero!
—Y tú eres un hombre muy afortunado —replicó Bilyen concisamente—. En la variación está el gusto. Has estado jugando a tira y afloja con dos muchachas sinceras. No olvides que eres de Texas.
—¡Maldición! —murmuró Brazos, claramente ofendido, en tanto que su amigo se alejaba—. ¿Qué diablos ha querido decir con eso de que soy afortunado... y de la variación?
Brazos se sentó e intentó descubrirlo, pero cuanto más lo pensaba, tanto más se desconcertaba, hasta el punto de quedar por completo aturdido. Un momento después reapareció Bilyen, que llevaba su caballo.
—¡Diablos! Brazos, no puedo enfadarme contigo —dijo quejosamente.
—Pero yo sí que puedo enfadarme contigo, viejo; no lo olvides.
—¿Tienes algo en la ciudad que te interese que vaya a recoger? —preguntó Hank sin hacer caso de la agresividad de Brazos.
—Sí. Vete a casa del mejicano Joe y recoge mi equipo. Y no te olvides del traje nuevo gris que tengo que ponerme para el baile.
—Eso quiere decir que estarás allí —aseveró Hank fingiendo sorpresa.
—Yo diría que sí... Oye, ¿a quién saludas ahora?
—Ahí vienen June y Jan observó Bilyen—. ¿Están buscando a un tal Brazos Keene? Sí, lo están... ¡Demonios, míralas! Las dos muchachas más guapas, hermosas, arrogantes y buenas que jamás han pisado estas tierras... Brazos, me agradaría mucho estar en tu pellejo.
—Claro que te agradaría, pedazo de animal...! ¿Dónde están? Voy a marcharme sin que me vean.
—Te están viendo. Acepta tu merecido, Brazos.
—¡Márchate con tu caballo, mono sonriente! —gritó Brazos; y luego, a la vista de las dos gemelas, exhaló un gemido—. ¡Ah! ¿Ha habido nunca un hombre tan desgraciado como Brazos Keene...? Pero esto no puede durar... ¡No quiero soportarlo ni un solo momento más!
Se colocó en una postura que pretendía ser desenfadada, y comenzó a liar reposadamente un cigarrillo, sin dejar de apreciar que las dos muchachas se detenían ante él.
—¡Buenos días, Brazos! —dijo una de ellas, imitando el modo de hablar del vaquero.
—¿Has venido otra vez? dijo la otra imitándola también.
Brazos se quitó el sombrero y se irguió; volvía a ser el mismo Brazos Keene, frío, sonriente y cortés, que siempre había sido.
—¡Buenos días, gemelas! Me alegro mucho de veros esta mañana.
Ambas permanecían asidas de las manos ante Brazos, tímidas y provocativas, vestidas de un modo exactamente igual, como siempre traviesas y formales, más desesperadamente parecidas que nunca; eran, de seguro, el par de mujeres más hermosas que jamás hubiera enloquecido a un pobre vaquero. Brazos las miró con una amarga sonrisa en tanto que buscaba vanamente algún pequeño detalle que pudiera servirle para distinguirlas, con la esperanza de que se produjese algún guiño o alguna mirada de inteligencia que le dijese cuál de ellas su novia.
—Ven, Brazos.
—Necesitamos que nos ayudes.
—Sí, claro, lo haré con mucho gusto... Si puedo estar con las dos al mismo tiempo. Pero no volveré a quedarme nunca a solas con ninguna de las dos.
Rieron alegremente, se separaron, le cogieron una de cada brazo, y le condujeron, a través del terreno herboso, hasta el granero.
El resto de aquel día voló de un modo mágico. Las últimas horas de la tarde encontraron todo el terreno disponible del rancho «Sombreros Gemelos» ocupado por caballos de silla, vehículos, entre los cuales se contaban desde los más hermosos cochecillos hasta los más enfangados carros.
Dos horas antes del crepúsculo las muchachas volaron a vestirse. Brazos dispuso del tiempo necesario para terminar de arreglarse a su completa satisfacción. Pero no podía llegar a conseguirlo. De todos modos, tenía la impresión de que jamás había tenido un aspecto mejor que entonces. La nueva chaqueta gris parecía sentarle mejor estando abrochada, lo cual era deseable, puesto que de este modo ocultaba el cinturón de que pendía la pistola y solamente permitía ver el extremo inferior de la funda. Sus pies, con los nuevos zapatos bajos, le parecían tan ligeros como plumas, pero Brazos imaginó que de este modo semejaban demasiado pequeños para un caballista duro. Finalmente, se puso una flor silvestre en el ojal y se encaminó hacia el triunfo... o hacia la muerte.
Brazos encontró a Jack Sain, que iba vestido con ropas oscuras y tenía el rostro radiante de felicidad.
—¡Hola, Brazos! ¿Has olvidado algo?
—¡Diablos! Creo que la cabeza... —contestó Brazos; pero se llevó la mano a la cadera para ver si todavía tenía el revólver, sobre ella.
—Ya es hora de que prendamos fuego a las piñas. Henry y sus hombres se cuidarán de las hogueras. Nosotros hemos tenido suerte en el trabajo... ¡Mira qué noche más hermosa, Brazos! Mira la luna, que se asoma sobre las montañas para fisgar... La orquesta ya ha llegado. ¡Es de Denver I ¡Piénsalo, muchacho! Y el baile comienza a las ocho en punto.
—Ya deben de ser, sobre poco más o menos —dijo Brazos, fingiendo una falsa calma.
Encendieron las rústicas linternas que se extendían desde el granero hasta la casa ranchera; luego, las linternas coloreadas, de aceite, del decorado granero, y la lámpara enorme de una locomotora que habían sujetado en lo alto , de un poste. Las grandes hogueras incrementaron el encanto de la animada escena nocturna. Y la luna, plena, blanca y radiante, se elevó sobre la negrura de la campiña. Después, la multitud de muchachas, algunas vestidas de blanco, otras de brillantes colores que armonizaban con las hojas otoñales, descendieron alegremente por la vereda, riendo y gritando, para reunirse con los anhelantes jóvenes que las esperaban en el granero. Finalmente, llegaron las personas de mayor edad, ataviadas de un modo menos brillante, pero tan felices y tan alegres como ellas. Las voces y el regocijo de todos fueron ahogados por una explosión de música.
Brazos fue rodeado por la gozosa multitud, aun cuando nadie pareció darse cuenta de su presencia, y se retiró a un lado con una sensación de soledad y alejamiento. Comenzaba a perder algo del encanto y del excepcional placer que le poseían, cuando una manecita suave y pequeña se deslizó entre la suya. Brazos se volvió y encontró a su lado una visión vestida de blanco, una visión que levantaba hacia él el hermoso rostro y clavaba en los suyos la mirada de unos ojos oscuros que hasta el más torpe de los hombres podría haber interpretado acertadamente.
—Soy June —dijo ella con sencillez—. ¿Te gusta mi vestido de Nueva York?
—¡Chiquilla...! ¡Nunca... nunca supe que fueras tan hermosa! —contestó el extasiado Brazos.
—Vaquero! ¡Estás encantador! Jan te vio antes que yo. Se dirigía hacia ti cuando Henry la echó mano en el camino.
Brazos percibió que la otra mano de la joven se movía lentamente a lo largo de su chaqueta, sobre el costado derecho, hasta detenerse en la comba del revólver.
—Brazos, no deberías venir a mi fiesta con un revólver —le dijo reprendiéndole.
—No puedo estar sin él, querida —explicó Brazos, dolido—. Anoche he sabido que hay unos hombres que andan buscándome...
—¡Oh, qué terrible es tener amores con un hombre perseguido! —exclamó ella en tanto que las blancas mejillas se le cubrían de palidez.
June! ¡Eso me duele!
Pero ¡qué terriblemente dichoso es estar enamorada . de un vaquero guapo cuyo solo nombre hace que el corazón de las mujeres comience a latir con mayor rapidez! —añadió rápidamente June, con voz y ademanes que expresaban su satisfacción—. Vamos. Mi primer baile es para ti. He escogido un vals largo, porque me dijiste que te gustan mucho.
Apenas habían recorrido girando una cuarta parte de la extensión, cuando June levantó la cabeza para murmurar:
—Me dijiste que bailando eras un destripaterrones.
—Sí, lo soy... cuando bailo con botas altas.
—Brazos, sabes bailar muy bien..., pero me llevas demasiado apretada... para hacerlo en público...
—¡Ah! No sé si estoy bailando, o cabalgando, o a bordo de un barco... Y, June, si no te apretara de este modo... no sabría que estabas entre mis brazos... ¡Eres tan parecida a un hada...!
—¡Calla! ¡Adulador!
Continuaron bailando y Brazos creyó, efectivamente, hallarse flotando sobre un claro encantado de los bosques otoñales. Sin embargo, conservó el equilibrio para conducir seguramente a su pareja a través de la multitud de bailadores que giraba velozmente. Pero hacia el final la impresión del movimiento rítmico y soñador, las voces murmuradoras de las jóvenes, los colores brillantes de los vestidos, el resplandor escarlata de las hojas, el arrebatador contacto de June contra su pecho..., todo esto se le subió a Brazos a la cabeza como si fuera vino.
—Brazos, me estás apretando demasiado contra ti —susurró June, jadeante.
—¿Sí...? ¡Diablos...! ¡No me había dado cuenta! —respondió él en tanto que aflojaba un poco su presión.
—Todo... el mundo... se ha dado cuenta...
—June, si no estoy mal de la vista, todos están haciendo lo mismo que yo.
—Jan nos ha visto... Me miró con unos ojos... que parecían puñales.
—Bueno, no la mires. ¡Ah, ya ha terminado...! ¿Cómo es posible...? Nunca he bailado un baile tan maravilloso como éste, June.
—¿Ni siquiera en aquella famosa fiesta de Holly Ripple..., con ella?
—Fue maravilloso también. Pero no fue como esta que he bailado contigo. Compréndelo: Holly no era mi novia.
—No lo comprendo. Yo habría dicho que estaba loca por ti... Brazos, ¿quieres hacerme un favor?
—Todos los que quieras.
—Procura hacerte simpático a las muchachas que no tienen pretendiente y a algunas de las mujeres de más edad. ¡Puedes ser tan simpático cuando quieres...! Es conveniente que lo intentes. Con eso conseguiremos que las mujeres te aprecien... y aumente el éxito de nuestra fiesta. ¿Lo harás, Brazos?
—¡Solamente Dios sabe lo difícil que me resulta! Pero lo intentaré. ¿Y Janis...?
—Jan tendrá tres parejas para cada baile. Pero es preciso que consigas una parte de alguno, por lo menos. Luego me censuraría si no lo hicieras, me echaría la culpa...
—Yo diría que no podré acercarme ni a una milla de ella... o de ti... después de este baile.
Mira todos esos hombres que se atropellan por aproximarse a ti.
—Brazos, iré a buscarte... —dijo ella; y se alejó de él.
Desaparecidas todas sus dudas, ansioso y animado, Brazos se dispuso a cumplir el deber que le había sido impuesto. Y lo hizo con tanto afán, que encontró un verdadero placer en bailar con alguna mujer desprovista de atractivos y ya más allá de los linderos de la juventud. De este modo impulsado, Brazos hizo todo lo que le fue posible por coadyuvar al éxito de la fiesta de las gemelas. De vez en cuando, si se le presentaba la ocasión, se detenía un momento para contemplar entre el círculo de bailadores, que se hacía más alegre a medida que transcurría el tiempo, el rostro hermoso y enrojecido que resplandecía como una flor y desaparecía inmediatamente. En cierta ocasión, los ojos de aquel rostro le devolvieron una mirada llena de reproches, y Brazos volvió la cabeza en otra dirección. Aquellos ojos debían de ser los de Janis. Aquella fugaz visión, fue la primera que Brazos tuvo de ella. Después de este incidente, Brazos no volvió a mirar.
Las horas volaban como los bailes; las hogueras de piñas ardían en el exterior; muchas de ellas fueron alimentadas con nuevo combustible; la mayoría de los jóvenes y algunas de las mujeres se acercaban frecuentemente a la enorme ponchera que Neece había ordenado que se mantuviese llena en todo instante; y la luna continuaba trepando a las alturas y bañando de luz blanca la azul cúpula celeste.
La cena fue servida a medianoche para la gente joven en el ancho pórtico y en el amplio saloncito de la casa ranchera para las personas de más edad. Brazos tomó su comida en pie, como en millares de otras ocasiones había hecho junto a algún carro en el Camino Viejo.
Los bailadores regresaron muy pronto al granero, atraídos por las cadencias de la música. Brazos los observó desde el pórtico, un poco ansiosamente, en tanto que se preguntaba cuándo iría June a buscarlo. Entonces, una blanca mano se introdujo entre la suya.
—¡Vamos, vaquero! —le dijo una voz retadora.
—¡Ah! ¡Ya has venido! —exclamó Brazos.
—¡Pronto! ¡Me siguen! ¡Corre! —dijo ella, riéndose. Y le condujo hacia los pinos, en lugar de hacerlo al salón de baile. Un momento después ambos estaban fuera del alcance de la vista de los que se hallaban en la casa ranchera; y un momento más tarde, donde casi no les era ya posible oír el alegre zumbido de la fiesta. Y pasearon cogidos de las manos. El corazón de Brazos parecía hallarse próximo a estallar. No había necesidad de hablar. Los pinos cerraban con sombras los claros del bosque. La muchacha se detuvo para mirar a Brazos de frente, pero no retiró la mano.
—¿Dónde has estado durante todas estas horas? —preguntó la muchacha. La luz de la luna prestaba mayor encanto a su belleza, blanqueaba el óvalo de su rostro, oscurecía sus insondables ojos. Brazos adivinó que la joven le concedía la ocasión que tanto había anhelado.
—He hecho cuanto me ha sido posible por contribuir a que tu fiesta sea un éxito. ¡No creas que tenía ganas de hacerlo! El bailar con solteronas viejas, el hacerse el caballero con esposas y madres me ha convertido en una especie de camarero... Pero ha resultado divertido, y me ha agradado.
—Brazos, has sido muy amable —contestó ella, complacida.
—Bien, ¿no querrás recompensarme? —dijo él dulcemente.
Y al oírla pronunciar esta comprometedora palabra, Brazos sorprendió en su entonación algo que era tan seductor como extraño. Bajo el hechizo de la luz de la luna, todo el encanto y el misterio de la muchacha parecían intensificarse.
—¿Sería demasiado... un beso? —preguntó él como dudando.
—¡Demasiado poco!
Brazos la besó, y tembló al hallarse a orillas de lo desconocido. Ella se inmovilizó ante él, blanca y esbelta, envuelta en el plateado resplandor, con la mirada fija en él, con los labios entreabiertos.
—¡No me mires de ese modo, chiquilla! ¡Dijiste que sí!
—También dije: ¡Demasiado poco!
Brazos no se sintió ya cohibido. Estrechó a la joven entre sus brazos, pero no volvió a besarla. No obstante, ella se alejó un poco secamente de su contacto.
—¡Dime que te casarás conmigo! —demandó Brazos repentinamente envalentonado y fortalecido, dando rienda suelta a su reprimida emoción.
—¡Ah! —susurró ella. Y como si las fuerzas la hubiesen abandonado, se dejó caer contra el pecho de él. Brazos la apretó contra sí e inclinó la cabeza para apoyar la mejilla en su fragante cabello.
—¿Te ha sorprendido mi petición, querida?
Ella movió la cabeza suavemente, de un modo que Brazos interpretó como una afirmación.
—¡Pues no debería sorprenderte!
—¿Quién puede estar segura... de Brazos Keene? —susurró la mujer.
—Tú deberías estarlo... ¡Te quiero terriblemente, chiquilla...! ¡Dime que me quieres!
—¡Te... adoro!
—¿Cuándo nos casaremos?
—¡Oh! ¿Qué dirán mi papá y mi hermana?
—Se alegrarán mucho... Pero ellos no nos importan. Queridita, no puedo esperar mucho tiempo. Vosotras, las hermanitas gemelas, me estáis enloqueciendo... Dime cuándo, preciosa.
—¿Cuándo quieres tú... que nos casemos? —susurró ella en voz aún más débil que anteriormente.
—¡Bien...! No quiero darte demasiada prisa, querida... Pero hay algunas razones... Ya lo sabes... Soy un hombre perseguido. Tengo que alejarme de Las Ánimas hasta que mis enemigos olviden su propósito de matarme.
—¡Brazos! —la joven pareció despertar al apasionamiento de la vida.
—Ya te lo dije, querida —añadió él.
—¡Oh, mi Brazos...! ¡Me casaré contigo!
—¿Cuándo? Cuanto más pronto, tanto mejor.
—¡Nos fugaremos! —exclamó ella, excitada.
—Eso sería lo más cómodo y seguro para mí. Tu papá no me lo tomaría en cuenta...
—¡Lo haremos!
Repentinamente, la joven pareció transformarse en un remolino. Le arrojó las manos al cuello, le despeinó el cabello con manecitas furiosas, y finalmente le obligó a inclinar la cabeza y le besó con labios en los que ardía una dulce fiebre.
—¡Oh, Brazos! ¡Estaba muerta de amor por ti! —exclamó con un grito casi inarticulado—.
¡Me has conquistado... aunque sabía que eres un diablillo para las mujeres..., un galanteador!
¡Y siempre..., siempre creí que... que era a June a quien querías!


XIII
Durante un espantoso instante Brazos, al comprender la catástrofe, se enderezó tan violentamente, que casi estuvo a punto de reventar a la muchacha entre los brazos.
—¡No.:. me... mates! —pudo articular débilmente la joven.
—¡Ah...! Perdóname... He perdido la cabeza... replicó Brazos con voz ahogada mientras aflojaba la presión. Pero Janis no le permitió apartarse, ni retiró la cabeza de su pecho, sino que se apretó más contra él.
—¡Oh, Brazos...! Una mujer enamorada..., aunque lo esté tan terriblemente como yo..., también tiene que respirar...
—¡Bien! No sabía que me quisieras de una manera tan... terrible.
—¡Sí, sí...! Estaba muerta de amor por ti..., ardiendo en celos..., muriendo de temor...
Pero siempre he sabido que me querías.
—¡Bien lo sé, Dios mío! —exclamó Brazos roncamente, estremecido por el horror, con una impresión de culpabilidad y de la súbita locura que le rodeaba y se apoderaba de él.
Inclinó la cabeza sobre ella y nuevamente rodeó su esbelto cuerpo con los brazos, en tanto que miraba, sin ver nada, hacia las negras y plateadas sombras del bosque. La blanca e implacable luna se inclinaba para mirarle, como un ojo acusador. La brisa de la noche gemía lastimeramente entre las ramas de los árboles. Sólo el dulce sonido de la música, que provenía de una —gran distancia, parecía dar realidad a la extraña soledad.
¡Querido, esto es encantador! —dijo Janis incitadoramente mientras levantaba la cabeza para mirarle—. Me compensa de las angustias que he sufrido... Me sostendrá... hasta la próxima ocasión. Pero no debemos permanecer aquí más tiempo.
—No —convino Brazos, pero se quedó quieto como si fuera de piedra.
Ella volvió a apretarse contra su pecho y a levantar la cabeza hacia su rostro.
—¡Oh! ¡Qué pálido y serio estás! ¿Querías elegir entre June y yo...? Querido, no tenías más que habérmelo dicho... Yo te habría contestado que sí...
Brazos retiró de las sombras la mirada y la bajó hacia ella. Sabía bien que era tan débil como culpable, que quería a aquella muchacha lo mismo que a June, que Janis tenía una fuerza impetuosa que jamás había podido apreciar en su hermana. Y, de súbito, la joven mostró aquella fuerza al arder como una llama, al pegarse a él con unas manos tan duras como el acero, al pasar los dedos por entre el cabello de Brazos y echárselo hacia la nuca, al acercarle aquellos labios de fuego por los que él habría sido capaz de jugarse la vida. Brazos se rindió a aquel momento de arrebato. Cualquiera que fuese el desenlace de aquella locura, Brazos tendría algo en qué pensar después... Janis era intensamente vivaz. El joven podía percibir la comba de su pecho anhelante, el latido de su corazón, el calor de su sangre a través de la piel de los desnudos brazos. Y podía oír sus rotas afirmaciones de cariño, dulces, profundas, en las que había cierta brusquedad. Y en la respuesta a los besos de la mujer consumió toda la pasión de su corazón solitario e insatisfecho, las interminables horas de anhelo y sueños sobre la silla del caballo, la amarga fatalidad de que el cumplimiento del amor no se hubiera hecho para él.
Luego, este éxtasis pareció desvanecerse. Janis se alisó el cabello.
—Siempre he tenido el anhelo de alborotarte el cabello de este modo! —murmuró. Sus ojos brillaban como dos estrellas oscuras.
—Jan..., yo también... te he despeinado —replicó él roncamente.
—¡Oh, Dios mío...! ¡Mira, mira mi vestido...! ¡No es un vestido para osos pardos...!
¡Vamos! Soy tan valerosa como una leona; pero no quisiera encontrarme con Henry. Éste era su baile. Te vi en el pórtico... Le envié a buscar algo... ¡Ha sido nuestro baile! Ahora, hagamos frente a las consecuencias, sean las que sean.
Janis le llevó cogido de la mano a través de toda la vereda. Brazos tuvo que realizar un esfuerzo y dar unos largos pasos para seguir la rapidez de su carrera. Ni siquiera la detuvo ni asustó el fuego de las hogueras. Dos veces se volvió para mirarle con miradas cuya secreta expresión solamente conocía él. La música sonaba con más potencia. Brazos vio, como en un sueño, las pálidas figuras, irreales como espíritus, que hubieras perdido el cuerpo. Y luego oyó la burlona y dulce risa de Janis.
—¡Henry! ¿Cómo no me encontraste?
—No te encontré..., pero sí ese vaquero —gruñó Henry; y al oírle Brazos despertó a la vida y a la realidad.
—Bien, Sisk; ya sabe que lo que un hombre pierde, otro lo encuentra —dijo con calma Brazos, de modo cáustico.
—¡No importa, Henry! Bailaremos este otro baile... ¡Adiós, Brazos...! Hasta...
Y Brazos permaneció expectante a la luz de la luna, una luz que había perdido su incierta irrealidad, viendo cómo la joven se alejaba en compañía de Henry y volvía hacia él el rostro iluminado por los oscuros, profundos y tentadores ojos. La muchedumbre absorbió a la pareja. Y Brazos comenzó a alejarse, con la cabeza inclinada, como un hombre perdido en la interminable orilla del abismo, entre la pálida luz lunar, sin rumbo y sin esperanza.
Encerraderos, verjas, puertas, jardines, huertas, zanjas, rocas..., era como si nada de esto existiera. El nuevo traje gris de Brazos, del que tan orgulloso estaba, se había convertido en un trapajo manchado de barro. Continuó dirigiéndose hacia la carretera y caminando sin dirección ni objeto. A varias millas del Oeste vio la choza en que había dormido la noche fatal en que Allen Neece fue asesinado. En aquellos momentos no le dominaba ningún pensamiento. Habría podido ser una fácil presa aun para los novatos en el arte de cazar hombres. Pero dio la vuelta al llegar al pie de la montaña y comenzó a caminar hacia atrás.
La luna brillaba a poca altura y su pálida luz indicaba el lugar en que se hallaba la serpenteante carretera entre las negras hileras de árboles y matas. Los coyotes comenzaron su coro de aullidos y ladridos. En los espacios abiertos Brazos vio unas débiles manchas grises que se extendían hacia el este de la campiña. El alba no estaba lejana. Brazos continuó caminando a cada momento con más lentitud. Los pies se le convirtieron .en un algo tan pesado como el plomo. No era aquél su acostumbrado medio de locomoción. El crepúsculo le sorprendió vagabundeando a través de las arboledas y de los campos en dirección a la corraliza y a la pequeña choza que compartía con Bilyen.
Brazos oyó que la música terminaba; vio la multitud de bailadores que salían en parejas del granero; vio a June y a Janis, que se dirigían hacia su casa acompañadas de sus admiradores. Y reconoció con amargura que era Janis la que iba en unión de Henry Sisk y June junto a Jack Sain. Atormentado por la angustia, entumecido por el frío, tambaleándose por efecto del cansancio, Brazos se volvió de espaldas y caminó en dirección a la choza para despojarse de sus manchadas ropas y meterse entre las sábanas.
Bilyen roncaba como un hombre que no estuviera acostumbrado a acostarse a altas horas de la noche. Pero sus ronquidos no impidieron que Brazos se durmiera. Ni siquiera los oyó:— estaba intentando libertar a su imaginación de la presencia de unos pensamientos insoportables. ¿Qué era lo que había sucedido?
¡June y Janis Neece! Eran hermanas gemelas, tenían diecinueve años y constituían el orgullo y la ambición de un padre amante que las había enviado a una escuela del Este para que recibieran una educación esmerada. Habían regresado con el espíritu cultivado y completamente occidental, tan hermosas como los sueños de los vaqueros en torno a las solitarias hogueras de los prados. Tenían los ojos de una tonalidad ambarina y nadie podía mirarlos y distinguir a ninguna de las dos gemelas de la otra, ni volver a disfrutar nuevamente de la paz del espíritu. Eran perfectamente, absolutamente, condenadamente iguales. Sus armoniosas figuras, su perlada piel, su cabello moreno, sus voces, sus miradas, sus sonrisas, sus ademanes..., todo ello se hacía más irresistiblemente atractivo por su maravillosa igualdad.
Tenían el hábito, o la coquetería, o un instinto de defensa que las obligaba a vestirse exactamente del mismo modo.
Mas para el vaquero que había recibido la bendición u la maldición del Destino de ser amado por ambas, esta similitud tan insoportable no se extendía al carácter. Eran tan diferentes, tan distantes a este respecto como un polo respecto al otro. Una de ellas era el polo norte, otra el polo sur. June era fría, dulce, tímida, reservada, tan profunda como el mar, amante y desinteresada, extraña y apasionadamente fiel a su hermana. Janis era el fuego oculto bajo un frío y provocativo exterior, egoísta en su necesidad de conquista, altiva cuanto su hermana era modesta; consciente de sus atractivos encantos, era un diablillo en el cauteloso empleo de ellos, y enloquecedoramente irresistible y autoritaria en su definitivo abandono para el amor.
Brazos conocía perfectamente a las dos, las conocía para su desgracia. Adoraba a ambas. No podía hacer una elección. June hacía un llamamiento a todo su coraje, a su nobleza, a su irresistible deseo de ayudar, de servir, de proteger, al sueño y a los anhelos del vaquero en cuanto al rancho, la campiña, el hogar, la felicidad, la tranquilidad y la paz, como colofón a su dura vida a lo largo de las sendas. Janis le envolvía en una llama que le parecía como la de la pradera incendiada por un fuego que corriera empujado por el viento sobre la amarillenta hierba. Le había puesto de manifiesto un aspecto de él que él no conocía, un tremendo y fuerte yo imposible de frenar: el de un dueño tiránico, cuya raíz brotaba de un fondo de primitivismo y engendraba un anhelo y una apetencia más fuertes que el hábito, más imperiosos que ninguna de las fuerzas que había conocido.
Finalmente, Brazos vio la situación en su completa desnudez, en toda su realidad, y se dijo, según era su costumbre —Bien, Brazos Keene; ya es hora de que comiences a apartarte para siempre del camino de las mujeres. Quieres a esa Jume Neece. Es, sin duda, tu ideal, la mujer en que se encarnan tus sueños de vagabundo... Y te has comprometido a casarte con ella... Quieres también a su hermana, a esa adorable Janis, y no podrías dejar de adorarla aunque lo deseases. Y le has dicho que te fugarías con ella... Quieres a las dos... No podrías hacer aquellas cosas sucedieran de una manera diferente... No puedes distinguir a una de otra... Bueno, ya es hora de que te dispongas a entrar en acción y a buscar la ocasión de que te maten.
Una voz turbó oscuramente el sueño de Brazos y despertó en él unos antiguos recuerdos íntimamente relacionados con sus vigilias y con las llamadas que las interrumpían en las primeras horas de la mañana.
—¿Es la hora de mi guardia? Muy bien... La vida del vaquero es muy dura.
—Despierta, Brazos. Si no me equivoco, tu guardia de esta noche va a ser más dura que ninguna.
—¿Eh?
—Son las cuatro y te llaman —dijo secamente la voz.
Brazos dio una vuelta en la cama, abrió los ojos y vio a Jack Sain, que se encontraba junto a él; parecía una persona del todo diferente al alegre vaquero que siempre era.
—¿Quién me llama?
—June y Janis. Me han enviado a avisarte. Te están esperando donde el camino se separa de la vereda y toma la dirección del bosque.
—¡Ah...! ¿Y tú crees que mi vida va a ser, dentro de unos momentos, más dura que nunca? —preguntó Brazos lentamente, en tanto que sacaba del camastro las largas piernas.
—Apostaría cualquier cosa a que vas a tener que comenzar a correr sobre tu caballo con la rapidez de tus mejores días de jinete.
—Oye, muchacho, tienes la misma expresión que si la vida fuera una cosa muy desagradable para ti esta mañana... Quiero decir: esta tarde, la tarde siguiente al día del baile.
—Casi preferiría estar muerto —contestó Sain con desesperación.
Brazos le miró durante un momento y sintió que el remordimiento le roía el corazón.
—¿Qué es lo que te sucede, vaquero? —preguntó Brazos con amabilidad.
—Ya lo sabes; lo mismo que a ti.
—¡Hum! No lo creas. Mi disgusto es doble que el tuyo... De todos modos, haré lo que pueda en tu favor.
—Gracias, Brazos... No puedo menos de apreciarte... aun cuando me hayas destrozado la vida.
—¡No seas tan exagerado, Jack...! ¿Quieres dar a entender que June no ha sido tan...
cariñosa contigo desde mi llegada?
—Brazos, June casi... casi me quería antes de que tú vinieras —contestó Sain tristemente —. Y desde entonces ha sido.
—¡Oh, diablos...!, atenta y amable, es cierto; pero de un modo distinto al de antes. Me duele mucho, Brazos. No estoy enfadado contigo. Creo que eres el mejor amigo que he tenido en toda mi vida. Y aun cuando no lo creyeras, de todos modos tendría que ser justo contigo y reconocer lo mucho que has hecho en favor de June... y de todos los Neece. Pero...
¿Pero... qué, Jack?
—No me gusta decírtelo, Brazos; pero... pero todo el mundo lo dice. Y lo más probable es que llegue a tus oídos.
—Continúa. No tengas miedo a que te dispare un tiro; tengo la pistola debajo de la almohada.
—Brazos, dicen que estás jugando despiadadamente con las dos hermanas añadió Sain, sombrío—, que estás burlándote de ellas, sólo por divertirte... y para vengarte de su costumbre de hacernos creer que cada una de ellas es la otra.
—¿.Quién lo dice?
—Todos los muchachos del equipo. Hasta el mismo Neece. Neece me ha dicho que les está bien empleado y que eso es precisamente lo que se tienen merecido... Pero, Brazos, yo sé bien que todo lo que sucede es por culpa de Janis. June la adora. Sería capaz de dar su vida por su hermana.
—Yo también lo había supuesto —contestó Brazos en tanto que se ponía las botas.
Su imaginación parecía encenderse por efecto de las chispas de la inspiración que Sain había provocado. Se puso en pie, cogió el cinturón del revólver y se lo puso. Luego se aproximó al espejito y se miró el rostro.
—¡Dios mío! ¡Qué cara...! ¿Has visto alguna vez un dibujo de ese gachó a quien llaman Lucifer...? Creo que esta mañana me parezco mucho a él.
—No es mañana, Brazos; es tarde. Todo el mundo está levantado desde mediodía. Bilyen ha ido a la ciudad, preocupado por no sé qué... Y las muchachas te están esperando.
—¡Déjalas que esperen! dijo Brazos, y se volvió y clavó la mirada en su amigo—. Jack, eres un buen muchacho. Te aprecio mucho y lamento haber perturbado tus amoríos. Pero esto ha sido sólo un pequeño incidente en la novela de tu amor. Permíteme que te dé un consejo, amigo: no te enojes ni seas celoso. Sé el mismo que has sido para June. La muchacha rebotará hacia tus brazos del mismo modo que una pelota de goma rebota en una pared.
—¿Oh Brazos! No me engañes... No mientas únicamente para animarme y darme una alegría.
—Guárdame este secreto, vaquero. He dado a esas muchachas una dosis de su propia medicina. Es cierto que les he hecho una jugarreta un poco pérfida. Mira, Jack, es una cosa muy sencilla para mí el distinguir a una de la otra, el conocer perfectamente con cuál de las dos estoy hablando. Y he fingido que no era cierto... Bien, he aquí lo que nadie más que tú sabrá jamás... Estoy terriblemente cansado de ese juego del amor.
—¡Con las dos...! ¡Con June y con Jan! —exclamó Jack, comprendiendo repentinamente.
—Has dado en el quid, muchacho.
—¡Dios mío...! ¡Maldición, Brazos! No me alegra... No puedo tolerar tu... no puedo tolerar que lo hicieras.
—¡Diablos, Jack! ¡Eres un hombre sin corazón! —exclamó Brazos—. Bueno, te dejo para acudir a la cita.
Pero Brazos reconoció en el fondo de su corazón, con amarga angustia, que ningún hombre había presentado jamás un aspecto exterior tan falso como el suyo. Su imaginación se ocupaba sólo en un propósito: el parecer y el obrar con el carácter que los vaqueros de «Sombreros Gemelos» le habían atribuido. ¡Hacer que June y Janis le odiasen! Vio a las dos muchachas antes de que ellas lo vieran, y sus pensamientos se desencadenaron en tanto que sus sentimientos permanecían atados. Las dos mujeres le esperaban en una pequeña arboleda próxima al camino.
Brazos tiró el cigarrillo y se quitó el sombrero.
—¡Buenos días, señoritas...! Quiero decir, buenas tardes —saludó lentamente, tan fiel a su sincera y descuidada expresión como en la mayoría de las ocasiones de su vida.
—Me alegro mucho de veros tan lindas y tan... tan frescas después de toda una noche de baile.
Pero la conciencia le martilleaba como si lo hiciera con un mazo de terribles dimensiones. Aun cuando parecía increíble, reconoció al instante cuál de las dos muchachas era June y cuál Janis Brazos, Jan..., las dos tenemos que hablar contigo seriamente dijo June, mirándole con ojos llenos de tristeza. Estaba pálida, aun cuando serena y sorprendentemente fuerte. Brazos comprendió en aquel momento que iba a conocerla íntimamente. Janis aparecía tan blanca como la nieve, y sus ojos eran como dos órbitas oscuras inflamadas en fuego. Era una mujer sin dobleces y sin reservas, siempre propicia a encenderse.
—Brazos, se... —murmuró roncamente —se lo dije a June.
—¡Ah! Suponía que vosotras dos cambiaríais impresiones... ¿Qué le dijiste, Jan?
—Le hablé.., de lo de anoche..., de que me pediste... que me fugase contigo.., y de que te prometí...
—Bien, June, ¿qué dijiste tú al saberlo?
—¿Brazos! ¡Oh, es cierto...! Entonces... dije a Jan que estaba enamorada de ti..., que nos queríamos... y que te había dado palabra de casamiento.
—¿Qué sucedió entonces?
—Tuvimos una terrible discusión.
—Brazos Keene: ¿es verdad lo que dice? —preguntó Janis, furiosa.
—¡Claro que lo es! —respondió Brazos con calma—. Disfruto el honor de ser el prometido de Juno y de abrigar el proyecto de fugarme contigo.
—¡Eres un diablo...! Eres un vaquero orgulloso y conquistador... ¡Deberían... azotarte con un látigo! ¡Te has burlado de nosotras...! ¡Me has puesto en ridículo... a mí...! Porque yo...
estaba enamorada en serio... de ti. , . Horriblemente enamorada de ti. ¡Oh!, ahora te odio...
¡Qué vergüenza...! ¡Me has destrozado el corazón!
—Jan, ¿no has pensado alguna vez que también tú habrás destrozado más de un corazón?
—¡No añadas la ofensa a la burla! —exclamó ella apasionadamente.
—Es que... creí que tanto tú como June necesitabais —una lección, una toma de vuestra propia medicina —dijo Brazos lentamente—. Ese juego vuestro... el de aparentar que sois una sola mujer cuando en realidad sois dos..., no es un juego limpio para utilizarlo con nosotros, los jóvenes. Jamás hemos podido distinguiros. Y con eso os habéis divertido mucho. ¡Os habéis reído mucho a costa nuestra! Vestís exactamente del mismo modo y habláis y obráis también del mismo modo... Nos hacéis muchas jugarretas. Me parece que eso estaba muy bien en vuestra época de niñas..., pero ahora ya sois dos mujeres..., mujeres por el rostro, por el cuerpo, por los sentimientos... y dos mujeres muy atractivas, por cierto. Y eso hace que vuestra jugarreta sea más despreciable, a mi modo de pensar... Todos los vaqueros de estos contornos, y yo diría que también muchos hombres de cierta edad, están locos de amor por vosotras... Y por eso el pobre Brazos creyó que sería conveniente terminar con vuestro juego.
—¡Si no hubieras salvado a papá..., si no le hubieras hecho feliz de nuevo..., te mataría! —exclamó Janis con desesperanzada rabia.
—Jan, siempre te dije —la interrumpió June gravemente, en tanto que dirigía las manos hacia su hermana—, que este juego terminaría por ocasionarnos muchos disgustos.
—¡Me ha destrozado! —sollozó Janis mientras se cubría el rostro con las manos—. June, lo siento mucho, pero era tan divertido..., hasta que llegó este diablo... Este hombre que nunca ha jugado ningún juego... por divertirse. Ha sido del todo sincero y me ha hecho amarle... horri...
horriblemente... Ahora sé... que acaso me ha dado mi merecido..., pero esto no remedia esta...
esta...
Se descubrió repentinamente el convulso rostro y clavó en Brazos una mirada que pareció cargada de llamas a través de las lágrimas.
—Has llevado tu juego demasiado lejos... Eres un villano sin corazón..., un desvergonzado engañabobos..., eres la deshonra de los vaqueros...
Brazos se estremeció al oír el último vituperio, cuya justicia reconocía, y se disponía a continuar fingiendo como anteriormente, cuando June le miró con ojos inquisitivos, se acercó a él, le puso una mano sobre el hombro con firmeza, levantó hacia él los ojos más claros y más hermosos con que jamás le habían mirado y cambió de expresión instantáneamente. En sus ambarinas profundidades brilló un resplandor de perspicacia femenina.
—¡Mientes, Brazos Keene!
—¡June...!
Brazos se sentó sobre un tronco, como si las piernas se le hubieran debilitado del mismo modo que la voluntad. El cigarrillo se desprendió de sus . temblorosos dedos, su sombrero rodó sobre la hierba. Y Brazos inclinó la cabeza, incapaz de seguir soportando la mirada de amor y de piedad de June. Hasta su misma vida parecía convertirse en una ruina.
—¡Claro! Soy un embustero.., y un miserable.
—¡Brazos! —Janis se lanzó hacia él, se arrodilló y le puso una mano sobre el hombro—. ¿Qué ha querido decir mi hermana? ¿Qué quieres decir tú?
—Todo es inútil, Janis. June me ha comprendido bien. Me he enamorado de vosotras dos... No puedo distinguiros... He sido sincero con June... y también contigo. La pedí que se casara conmigo..., y en las ocasiones que he estado a solas contigo... creí que eras June..., pero ahora, cuando os conozco, eso ya no importa nada. Os quiero a las dos de todos modos y del mismo modo..., y después de la noche pasada..., cuando tú te expresaste con mayor sinceridad y me expusiste la intimidad de tus pensamientos... ¡Ah! Soy un imbécil.
—¿Me quisiste... creyendo que era June? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Reconozco que es cierto.
—Pero ¿también me quieres a mí?
—Sí, también te quiero, Janis.
—¿Tanto como a June?
—No puedo separar mi amor más de lo que puedo distinguiros a una de otra.
—¡Pero, Brazos —exclamó Janis, frenética—, no podemos ser absolutamente iguales para ti!
—Sí, lo sois. Pero June me hace feliz, me tranquiliza, me hace sentirme más seguro de mí mismo.., en tanto que tú me enloqueces con tus besos... Jan, sería capaz de ir al mismísimo infierno, sólo por conseguir uno de tus besos.
Janis pasó el otro brazo en torno al vaquero y comenzó a apretarle contra sí como si pretendiera no intentar soltarle jamás. Luego levantó angustiadamente la mirada hacia su hermana.
—June, le perdono. Nosotras..., yo, soy quien merece toda la censura... No puedo odiarle ahora..., no puedo soportar la idea de separarme de él. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué puedo hacer?
—Janis, no es preciso que renuncies a Brazos —dijo June, con voz dulce y enérgica—. Te casarás con él.
Brazos lo oyó y se puso en pie de un salto, casi arrastrando a Janis consigo.
—¿Qué es eso? —preguntó con dureza.
—Jan se casará contigo, Brazos.
Brazos la miró, y al observar su rostro y sus maravillosos ojos, creyó que por primera vez se encontraba ante la verdadera June Neece.
—No puedo consentirlo..
—Ni yo, June —añadió Janis—. No sería justo. ¿Privarte de todo lo que anhelas? ¡No, no!
Durante toda mi vida te he permitido que me pusieras siempre en primer lugar. No lo haré ahora... Pero no soy lo suficiente magnánima para entregarte... Las dos debemos vivir con el corazón igualmente desgarrado.
—Janis, no es preciso que ninguna de las dos viva con el corazón destrozado. Se casará contigo, y todos seremos felices.
—Pero... pero... —tartamudeó Janis.
—¿Qué fantasías estáis forjando, muchachas? —la interrumpió Brazos, severo, y soltando a Janis se volvió hacia June y escrutó su rostro con los ojos contraídos y penetrantes. La muchacha resistió serenamente su escrutinio. Era la más fuerte de las tres personas.
—Brazos, yo daría mi vida por hacer feliz a Janis.
—¡Claro que sí! Pero eso no puede hacerse.
—Janis será tu esposa, Brazos. Y yo seré feliz al ver vuestra felicidad. No me casaré jamás.
Janis se aproximó a ella.
—¡June...! Yo..., él... ¡Oh!, si eso fuera posible...
—Es posible, hermana.
Brazos la cogió rudamente de los hombros. Sentía que la sangre se agolpaba en su corazón y le dejaba la piel áspera y fría.
—¿Qué diablos dices? —preguntó con voz ronca.
—Decía que Janis será tu esposa..., que yo no me casaré jamás, Brazos, y que seré feliz al ver vuestra felicidad.
—¡Dios mío! —exclamó Brazos, y retrocedió un paso, desconcertado.
La solución de June a su problema era tan ofuscadora, tan cegadora, tan estremecedora como un rayo, y le cogió desprevenido. No tuvo tiempo de pensar, de razonar antes de ser arrastrado por una onda tumultuosa. La sangre, que se había agolpado un momento antes en su corazón y le había ofuscado los sentidos, saltó repentinamente como un fuego líquido a través de sus venas. Encendido, turbado, vio a las dos gemelas a través de una confusa niebla roja.
—¡June! Por amor de Dios, no digas esas cosas.
—Las he dicho sinceramente.
—Escucha, muchacha..., escucha: soy humano. Te quiero de un modo terrible.., y quiero lo mismo a Janis... No puedo permitir que te sacrifiques de ese modo por mí... Estás loca...
Has oído decir a tu hermana que daría su vida por ti. Y ahora, ahora quieres sacrificar toda su felicidad por conseguir la nuestra, por conseguir la mía, la de un pobre vaquero...
Estremecido, agobiado, Brazos se encaró con las dos muchachas y adelantó las manos hacia ellas.
—¡Oh Brazos! ¿Cómo podré salvarte.., cuando yo misma estoy perdida?
Estaba roja, arrebatada.
—Si June puede ser feliz de ese modo... ¡Oh Brazos!
Brazos se inclinó. Estaba vencido. Un hombre puede luchar contra una mujer, luchar por salvarla de la tragedia del amor..., pero contra dos mujeres..., dos muchachas gemelas, jóvenes, hermosas, físicamente perfectas, igualmente fascinadoras, una de ellas profunda, la otra superficial. Una de ellas dulce y noble, la otra dulce y perversa... ¿Cómo podría defenderse contra el insoportable hecho de ser amado y deseado por las dos? Era demasiado para Brazos Keene. Había vivido siempre solo y sin amor, y al final se producía aquel milagro. Se inclinó ante lo que no podía destruir. Y ni siquiera la violencia de la situación ni su destino pudieron abstraerle de su arrebato.
—Bien, muchachas, me habéis dejado sin aliento —dijo por último, tras haber recobrado el sombrero y de inmovilizarse durante un momento para frotarlo, aun cuando no necesitaba que lo hiciera. Luego se irguió y clavó la mirada en las dos muchachas, que se hallaban una al lado de la otra, con los brazos en torno a la cintura; y aun cuando uno de los rostros tenía una blancura de ópalo y el otro estaba enrojecido, experimentó una sensación de confusión en lo que se refería a su identidad—. ¡Maravillosas muchachas! He tenido la gloriosa fortuna de recibir esta dádiva del Destino... Voy a marcharme y a intentar encontrar al Brazos Keene que siempre fui.


XIV
La primera noticia que recibió Brazos de que en el mundo había otros hombres y otros dramas, además del suyo, llegó hasta él en el momento en que descendía del caballo en el encerradero de Pedro, cuando el mejicano le dijo algo acerca de una reyerta y de unos tiros que se habían producido en la ciudad.
¿Qué ha sucedido, Pedro? —preguntó Brazos inexpresivamente. Había recorrido el camino desde «Sombreros Gemelos» en una especie de ensueño en el cual, aun cuando la vocecita de la conciencia se hizo oír, un clamor de apasionada exaltación la ahogó.
—Que ha habido tiros en la ciudad, hoy.
—¡Ah! ¿Lo has visto tú, Pedro?
—No, señor. He oído los disparos, los gritos. Luego los hombres se marcharon corriendo.
—¿Ha habido algún muerto?
—No lo sé, señor.
—Coge mi caballo, Pedro.
Brazos recorrió el camino hasta la ciudad en actitud pensativa. Las reyertas a tiros no eran una cosa desacostumbrada. Las Ánimas no era ciertamente como Dodge o Lincoln, donde raramente pasaba el día sin que se percibiera el olor a pólvora, y donde jamás transcurría una semana sin que algún hombre mordiera el polvo con las botas en alto. Sin embargo, las noticias que Pedro le transmitió se grabaron en la conciencia de Brazos. Se dijo a sí mismo que si así sucedía, era porque durante un largo período parecía haber olvidado la relación vital que había entre los revólveres y Brazos Keene. Pero antes de que llegase a la calle principal, recuperó el sentido de su aguda percepción. Era poco más de mediodía y la calle aparecía desierta en su mayor parte; el cálido aire del otoño se extendía perezosamente por todas partes.
—¿Quién diablos...? —murmuró Brazos; y en cierto modo le interesó más quién podría haber sido la persona que había hecho los disparos que la persona contra quien hubieran sido dirigidos. Una sombría inquietud intentó apoderarse de él. La casa de Joe, el mejicano, sería el lugar en que podría averiguarlo. Pero no había recorrido la mitad de una manzana cuando encontró a Inskip, que salía de una tienda. En el mismo instante que Brazos vio los ojos grises de Inskip, comprendió el porqué de la extraña y subrepticia sombra que se había extendido sobre la fortaleza de sus emociones y de sus pensamientos. Inskip llevaba grabada en el rostro la impresión de la amistad propia de los tejanos.
—¡Buenos días, Brazos! En hablando del rey de Roma, asoma.
—¡Buenos, Inskip! ¿Han estado ustedes hablando de mí?
—No. Pero acabo de oír a un hombre que decía que no tardarías mucho en venir.
—Bien, ese hombre ha acertado —dijo Brazos en actitud meditabunda.
—¿Estás buscando a Knight?
—No. Precisamente en este momento, no.
Entonces, ¿no has oído nada?
Lo cierto es, Inskip, que lo único que he oído ha sido la música armoniosa de «Sombreros Gemelos».
Knight ha acometido esta mañana a tiros a Hank Bilyen.
—¡Oh! —Un dolor insoportable se apoderó de Brazos.
—¡Hank! ¿Muerto?
—No. Por verdadero milagro. El doctor dice que Hank no está en peligro.
—Bien, siempre es un consuelo. Ya comenzaba a invadirme un sudor frío... ¿Ha sido Knight...? ¿Recuerdas que fue el que disparó contra Surface...? ¿Qué ha sucedido?
—Hank no lo ha dicho. Pero Knight ha estado vociferando por toda la ciudad. Estaba borracho cuando hizo los disparos, según me han dicho.
—¡Borracho! ¿Y qué diablos hizo Hank al verse acometido?
—No tenía ningún arma.
—¡Bien! Se llevará una buena reprimenda... Y ¿qué es lo que ha estado pregonando ese pistolero de Knight?
—Parece ser que la reyerta sirvió para serenarle un poco. Pero está como loco, o finge estarlo. Dice a todo el mundo que creyó que Bilyen tenía un arma y que la estaba desenfundando..., que había dicho a Bilyen que iba a presentar una demanda contra Neece para que le pagase el ganado que Surface le debía..., que Bilyen comenzó a maldecir y a amenazarle.
—¡Ah! Y ¿qué se dice en la ciudad?
—No se dice tanto como se observa... Por lo que he oído, todo el mundo está en contra de Knight. Ninguno de los residentes en Las Ánimas le aprecia.
—¿Hay alguna conversación que relacione a Knight con Bodkin?
—Que yo haya oído, no. Pero se habla mucho y muy confusamente, Brazos. Las murmuraciones abundan.
—El gato encerrado se llama Bodkin. Inskip, ¿cómo te explicas que ese condenado mestizo haya durado tanto tiempo, a pesar de los tejanos?
—¿Te refieres a Kiskadden...? Bien. ¡Sólo Dios conoce como ha durado tanto tiempo, a pesar tuyo! Pero Kis y yo tenemos responsabilidades, negocios, familia. Además, Bodkin ha tenido cierta cantidad de partidarios que le han apoyado hasta el punto de conseguir que se le eligiera sheriff de la ciudad. Más pronto o más tarde, todo el mundo sabrá en Las Ánimas que es un verdadero malvado, del mismo modo que nosotros lo sabemos ya.
—¿Dónde está Hank? —preguntó Brazos en tanto que arrugaba la frente.
—En casa de Gage. Yo iré contigo.
—Sería preferible que intentases encontrar a Knight y me dijeras dónde se halla.
—No es preciso. Ha estado recorriendo las calles. Ha entrado en las tiendas y salido de ellas. Tiene miedo a las tabernas. Si quieres encontrarle, lo único que tendrás que hacer será esperarle en la calle.
Brazos encontró a su amigo Bilyen acostado en un improvisado lecho de mantas en el suelo de la trastienda de Gage. El color había huido del arrugado rostro del tejano, que aparecía lívido.
—¿Quieren ustedes hacer el favor de dejarme a solas con Bilyen? —rogó Brazos al grupo de hombres que se hallaban presentes. Todos salieron y Brazos se arrodilló junto al herido—.
¿Cómo te encuentras, viejo? —preguntó con emoción.
—¡Hola! Brazos, me he preguntado cuándo vendrías... ¿Yo? ¿Qué es un tiro para un tejano...? Estoy muy bien. Me agaché cuando disparó; de otro modo no habría salido con vida de la cuestión. Si alguna vez he visto la muerte en los ojos de un hombre, ha sido en los de .
Knight. Y me dejé caer como si me hubiera herido en el mismo corazón.
—¡Bien! Eres muy listo, aunque siempre obras demasiado tarde... Veamos... El lado derecho. Hank, no me digas que es una herida sin importancia.
Está debajo del cuello. Me duele más que un callo..., pero no es nada, Brazos. Jamás te diría una mentira.
—¿Has derramado mucha sangre?
—Una gotita. La bala del cuarenta y cinco ha estado a punto de atravesarme el pulmón; pero no lo hizo. El doctor Williamson dice que mañana podrán trasladarme.
—Me alegro mucho, Hank. Estaba muy preocupado... ¿Por qué no llevabas tu revólver?
—Janis y June... me estuvieron atormentando para que lo dejara... —contestó Hank, visiblemente confuso.
—¿Por qué hiciste caso de esos diablillos, Hack Bilyen?
—¿Qué querías que hiciera?
—Entonces, vas a tener que oír ahora lo que tienes merecido. ¡Eres...! ¡...! ¡...
—¡Basta ya, compañero! —exclamó Hank, que ya había recobrado el color—. Y ahora te pregunto: ¿no consiguen también esos dos diablillos manejarte a su capricho solamente con el dedo meñique?
—¡De ningún modo, viejo! —replicó Brazos, imperturbable.
—¡Hum! ¡Eres un embustero terrible, Brazos...! Yo había ya supuesto..., y también lo había supuesto Neece..., que eres el más alocado, más enamoradizo y condenado tonto de todos los que se han aproximado en toda su vida a Janis y June.
—¿Eh? ¡Es pintoresco el modo de pensar que tienen algunos hombres...! Hank, me alegro muchísimo de que no estés grave... Ahora vamos a tratar de cuestiones importantes, a menos de que creas que es preferible que aplacemos la conversación hasta que hayas descansado.
—No podré dormir ni descansar, vaquero, hasta que sepa que has agujereado los higadillos a ese negro buitre.
—¡Bueno! Si hablas breve y claramente, espero que podrás dormir antes de que un perro tenga tiempo para mover dos veces el rabo... ¿Qué ha sucedido?
—No dije ni hice nada. Knight se me acercó y me dijo que pedía dos mil cabezas de añojos. Le respondí, en nombre de Neece, con una carcajada, y estuve riéndome hasta que vi que los ojos le brillaban de una manera criminal. ¡Si yo hubiera tenido entonces algún revólver...!
—Dijiste algo?
—¡Hum! Me encolericé. Y antes de ver en sus ojos aquel brillo criminal, le dije que dejara en paz a Neece o que tendría que verse las caras contigo. Y entonces él se rió. Me dijo que él y Bodkin (no es un hombre listo, Brazos, ¡de ningún modo! Con estas palabras comprometía a Bodkin...) sabían que tenías las manos atadas. Que tu caza en busca de sheriff había concluido.
—Y ¿qué respondiste a eso?
—Le respondí que sabía que él y Bodkin eran compinches..., que tú sabías que él era el ladrón de ganado a quien llaman Brad, y que le oíste hablar una noche con Bodkin en casa de Hailey. Brazos, fue un disparo hecho al buen tuntún, pero dio en el blanco. Lo comprendí en el acto..., y aquellas palabras mías estuvieron a punto de provocar el final de mi vida.., porque instantáneamente vi que Knight era presa de un impulso criminal... Lo vi, y me callé en el acto. Pero era demasiado tarde. Cuando desenfundó el revólver me tiré al suelo.
—¡Ah! Sabré si es efectivamente el tal Brad tan pronto como oiga su voz. No es que me importe mucho..., pero me intriga un poco; es muy probable que sea el mismo, ya que los demás detalles encajan bastante bien en la situación... Y por eso voy a ir en busca de Bodkin.
—Brazos, ese hombre, Brad, debe de haber sido el jefe de Surface y de Bodkin. Me ha parecido un hombre perverso, astuto, fuerte. Pero no sabe manejar el revólver. Si hubiera tenido arma, yo habría podido disparar tres veces contra él antes de que pudiera desenfundar la suya. Pero Bodkin... Ya te dije que sería conveniente que no te metieras con él.
Inskip añadió:
—Es cierto, Bilyen. A menos de que Brazos tenga pruebas, pruebas materiales.., o un testigo, lo mejor que puede hacer es dejar a Bodkin en paz. Bodkin ha sido elegido sheriff por los ciudadanos, y es un representante de la ley en estos territorios.
—¡No puedo hacerlo! —dijo Brazos.
—¿Tienes pruebas de la culpabilidad de Bodkin que puedan servir para que los tribunales no te castiguen?
—Le conozco.
—Tu palabra sola no es suficiente para ningún tribunal —afirmó Inskip.
—Amigo, Inskip tiene razón —añadió con vehemencia Bilyen—. Escucha, vaquero. Si... si las cosas marchan en «Sombreros Gemelos» del modo que a Neece y a mí nos ha parecido... y del modo que esperábamos..., ¡por amor de Dios!, deja a Bodkin. Él mismo se ahorcará.., y pronto.
—¡No es posible! Ahora lo comprendo —replicó extrañamente Brazos.
—Muchacho, ¡piensa en June..., si es en June en quien has de pensar! —añadió Hank.
—Estoy pensando en June... y en Janis también —contestó Brazos en tanto que ponía una de sus fuertes manos sobre Bilyen. Y Brazos sabía que aquello significaba, aun cuando acaso no lo supiera Hank, afecto y despedida—. ¡Hasta la vista, tejanos!
Brazos salió al exterior dejando a Inskip junto a Hank. Cruzó junto al grupo de hombres, entró en la tienda y se detuvo a un lado de la puerta. Necesitaba reflexionar un instante más antes de entregar todas sus potencias y su conciencia al servicio de un designio mortal. Repentinamente, mientras se hallaba arrodillado junto a su amigo, Brazos había recibido una iluminadora revelación. Y a su luz vio el inconfundible, el inevitable papel que había de desempeñar. Una amargura, una tristeza, y, sin embargo, un éxtasis, inundaron su alma al aceptar las circunstancias. Todo había sido preparado de antemano para él. Había tenido su paraíso y lo había dejado intacto y puro, del modo más apropiado para su error, su renunciación y su amor. La verdad, había estado oculta durante mucho tiempo. Él, era Brazos Keene. Jamás podría ser otro que no fuera Brazos Keene. Y cuando salió de aquella puerta abierta, era nuevamente Brazos Keene, frío e implacable, con todas sus potencias y sus cualidades ampliadas.
Brazos tenía en la imaginación una imagen de aquel hombre, Brad. Era alto, fuerte, de rostro moreno, con ojos negros y saltones, ropa negra e imponente presencia. No era el primer hombre a quien Brazos Keene había definido sin haberle visto jamás en carne y hueso. Sería posible que se confundiera en lo referente a una descripción, pero jamás en lo referente a una voz. Y había oído hablar a Brad.
Las aceras estaban desiertas. Un carro de una granja, arrastrado por unos grandes caballos, apareció al extremo de la calle y levantó unas espesas nubes de polvo. Por el otro extremo de la calle dos jinetes salieron de la población. La quietud parecía desacostumbrada.
Pero Brazos conocía el estado de ánimo y sabía que aquella quietud aumentaba sus percepciones.
A mitad del camino entre la taberna de Hall y la llamada «Días Felices», había un edificio de adobes, desocupado, amarillo y resquebrajado por el tiempo. Brazos se detuvo ante la puerta, en un lugar en el que no podría ser visto con facilidad, no siendo exactamente desde el lugar opuesto de la calle. Como respuesta a la sugerencia de Inskip, se proponía esperar allí durante cierto tiempo.
Y de este modo, Brazos esperó, con los ojos de halcón alerta, presa de aquella extraña actitud que se había convertido en una parte suya, en la exaltación de potencias que le hacía tan peligroso. Se daba cuenta del acrecentamiento de su actividad física, del agrupamiento de sus fuerzas nerviosas, del aumento de los latidos de su corazón y de su pulso palpitante, de la frialdad de su piel. En realidad, no siendo en lo que se refería al pensamiento y a la indeclinable resolución, era un tigre al acecho.
No tuvo que esperar mucho tiempo para que se rompiera la quietud de Las Ánimas. Se produjo un movimiento de vehículos calle arriba y calle abajo, un resonar de pisadas, un tintineo de espuelas de los transeúntes que caminaban a lo largo de las aceras. Dos vaqueros pasaron junto a él con su marcha desmañada, y ambos vieron que Brazos intentaba escuchar su conversación; y cuando Brazos hizo un gesto ligero, los dos vaqueros continuaron hablando en voz más baja que anteriormente y con las cabezas juntas. No transcurriría mucho tiempo desde aquel instante en correr a lo largo de la calle una onda de ansiedad y de emoción.
Brazos decidió anticiparla, e iba a hacerlo, cuando vio que un hombre alto salía de casa de Hall. Este hombre respondía a la descripción que Brazos había imaginado como la correspondiente a Knight. Tres hombres le siguieron al exterior de la taberna. Los cuatro hablaron. Y Brazos sorprendió una especie de excitación nerviosa en su modo de accionar y de hablar. Luego, Knight volvió el moreno rostro en dirección a Brazos. Uno de sus acompañantes le miró; era un hombre delgado y aparentemente habituado a cabalgar. Estaba en mangas de camisa y tenía el chaleco abierto. Knight llevaba una larga chaqueta negra, con un bulto muy destacado sobre la cadera derecha. Brazos sonrió con desdén al apreciar la ciega arrogancia y la locura de aquel hombre que portaba el revólver de una manera tan ostentosa.
El hombre delgado no incurría en la misma falta.
Continuaron caminando. A Brazos le pareció observar como si Knight hiciese un desfile en beneficio de la ciudad de Las Ánimas. El otro hombre no parecía poseer el mismo talante. Brazos decidió continuar vigilando.
A medida que continuaba caminando, Brazos hizo su definitiva investigación sobre Knight. Un momento más tarde Brazos salía de su escondite para encararse con ellos.
Buenos días, Brad —dijo lentamente.
Si tal nombre no le pertenecía, por lo menos tuvo el poder suficiente para obligar a detenerse y sobresaltarse a —aquel hombre.
—Me llamo... Knight —dijo roncamente.
—¡Diablos! —exclamó Brazos con frío desprecio. La voz que había oído era la misma que esperaba oír.
—¿Quién es usted? —preguntó el otro de repente.
—Si todavía no lo sabe usted, no le queda mucho tiempo para enterarse.
El hombre delgado miró con fijeza a Brazos y dijo tranquilamente:
—Es Brazos Keene.
—¡Has acertado...! Echa a correr inmediatamente, forastero, o te meteré un tiro en la cabeza —replicó Brazos con la misma tranquilidad.
El hombre dio la vuelta como si estuviera montado sobre un eje y sus botas resonaron con rapidez sobre la dureza del pavimento.
—Bien, señor Knight; al fin ha encontrado usted a Brazos Keene.
—Y eso ¿qué importancia tiene? —preguntó Knight.
—No puedo decir la que tendrá para usted; pero puedo expresar de una manera muy aproximada la que tiene para mí.
—¿Es usted ese vaquero de Texas de quien tanto he oído hablar?
—¿Cuánto ha oído usted?
—Lo suficiente para estar harto.
—¡Ah! Bien, parece que es algo que no le sienta muy bien... ; sin duda tiene usted mal estómago... y tampoco me parece que esté usted muy allá de la cabeza —dijo Brazos sarcásticamente.
—¡Ah! ¿Sí? —replicó Knight con voz que parecía un silbido.
—Claro que sí! Porque si fuera usted más listo, sabría qué es lo que les espera.
—¡Ah! ¿Brazos Keene? ¡Ja, ja! No me intimida su fanfarronería de vaquero.
—Espero que muy pronto variará de modo de pensar, Brad.
—¡Maldito vaquero! ¡Me llamo Knight! —estalló el otro, enojado. Brazos vio el pensamiento que se ocultaba tras aquellos ojos negros y saltones, en los que brillaba un reflejo rojo, algo parecido a la aguja de una brújula que se moviese antes de detenerse para señalar la intención de matar. Brad intentaría desenfundar el arma para disparar contra él. Brazos lo supo y experimentó una sorpresa profunda al apreciar la ignorancia de aquel hombre en cuanto a la táctica de los verdaderos pistoleros.
—Bien, pero también se llama Brad.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Nadie. Yo mismo oí que Bodkin y aquel otro hombre le llamaban Brad.
¿Dónde y cuándo? —preguntó Brad acaloradamente; pero comenzaba a palidecer.
—Aquella noche en casa de Hailey; poco después de la medianoche, cuando acababa de llegar el tren del Este. Yo estaba en la habitación inmediata y había hecho un agujero en la pared.
—¡Maldito vaquero fisgón, ordeñavacas!
—Es cierto... Brad, la misma mano que me servía para ordeñar, me servía para disparar.., y sigue sirviéndome todavía.
Knight vibró al oír estas palabras y se inflamó en odio. Era el furor, no el temor, lo que le dominaba.
—Y, además, tengo un revólver. Que es lo que usted sabía que mi amigo, el tejano Bilyen, no tenía.— ¡Al infierno los tejanos!
—¡Hum! Los tejanos no van al infierno para librar al Oeste de hombres tan mezquinos como usted... Brad, usted, Bodkin y Surface..., todos ustedes no han sido más que una cuadrilla de ladrones de ganado.
Knight parecía imposibilitado de hablar, dominado por la rabia, y despertar lentamente al conocimiento de un algo inevitable y siniestro que se erguía ante él como un fantasma. Sin embargo, no experimentaba temor. Pero lo que tenía no era valor precisamente, sino cólera.
—¡Demonios! —continuó Brazos con voz fría y absolutamente firme—. Me he encontrado con muchos hombres verdaderos en mi vida. Usted no es más que un canalla y un cobarde que dispara contra los hombres que van desarmados.
Y lanzando una espantosa maldición, Brazos dirigió la mano hacia su revólver.
Brazos se adelantó a través de la espesa nube de humo y se inclinó sobre el hombre caído. Pero era demasiado tarde para que pudiera ver morir a Knight. El cabecilla de ladrones estaba derribado de espaldas, con el brazo derecho bajo el cuerpo, apretando el revólver con el rostro distorsionado por el convulsivo cambio de la vida a la muerte. Y en aquel instante su sombrero, que había rodado sobre el ala por la acera, se detuvo.
Fue entonces sólo cuando la sed de sangre que poseía a Brazos, y su pasión por matar, cuando su implacable odio por todos aquellos parásitos del campo ganadero, que se habían desarrollado merced a circunstancias sobre las cuales Brazos no tenía ningún poder, se libertaron de su opresión para hacerle aún más terrible.
Colocó un nuevo cartucho en una de las cámaras vacías de su revólver, todavía humeante. La multitud llenaba la acera ante el establecimiento de Hall. Al otro lado de la calle unos rostros pálidos se asomaban a puertas y ventanas. Un ruido, que pareció únicamente el murmullo de un aliento, se elevó de entre los hombres, aumentó de volumen y se convirtió en voces. Este murmullo expresaba el final de la incertidumbre, puesto que la tragedia había sido representada.
—¡Duro, muchachos! —gritó un patán detrás de Brazos, con áspera voz, dando rienda suelta a su pasión; y una risa nerviosa y desprovista de alegría, corrió a través de la multitud.
Enfundando el arma, Brazos se dio la vuelta para encaminarse con pasos rápidos y largos en dirección al despacho de sheriff. El despacho estaba cerrado. El administrador de Justicia de Las Ánimas gastaba muy poco de su precioso tiempo en aquel lugar. Brazos tuvo que entrar en tres establecimientos distintos antes de averiguar dónde podría hallar a Bodkin.
—Le han visto entrar en el restaurante»Sombreros Gemelos» —le dijo un hombre.
Brazos se rió. ¡Vaya un lugar para que Bodkin fuera acorralado por Brazos Keene!
Había una suerte de destino que esperaba a los malvados. Bodkin, en la hora en que su paniaguado Knight intentaba asesinar a Bilyen, y en el preciso momento en que el mismo yacía muerto en medio de la calle, debería hallarse en su despacho rodeado de sus agentes y de sus armas, o en la taberna en que bebía y jugaba y tramaba complots con los miembros de su banda secreta. Constituía mal presagio para él el hecho de que estuviera agasajando a unos visitantes de Denver y unos hombres de negocios a quienes deseaba impresionar y agradar.
Brazos abrió la puerta del restaurante, entró y la cerró de golpe tras sí. La casa de comidas de las hermanas Neece estaba llena de parroquianos. Al lado derecho, frente a la calle por la cual había entrado Brazos, varias de las pequeñas mesas habían sido agrupadas y en torno a ellas se sentaban diez o doce hombres. Brazos los miró rápidamente, con la esperanza de descubrir entre ellos a su víctima.
—¡Quieto todo el mundo! —gritó Brazos.
Su presencia influyó tanto en el repentino silencio petrificado de los presentes, como su estentórea voz. Brazos volvió a mirar a los hombres que se sentaban en torno a las mesas y reconoció entre ellos a Miller. Su enfurecimiento fue tan grande, que ni siquiera la presencia de Henderson, el banquero, entre aquellos hombres pudo producirle sorpresa. Los rostros de algunas otras personas le eran también conocidos: evidentemente, pertenecían a hombres de negocios de Las Ánimas. Había también muchos desconocidos,—¡Ja, ja, ja! —rió Brazos vigorosamente, con la energía de un loco. Pero un observador atento podría haber apreciado que el vaquero no modificaba ni siquiera un pelo su posición de alerta, que sus manos estaban caídas y que la derecha se separaba muy poco de su cuerpo. Ciertamente, Brazos se hallaba muy lejos de haber perdido el raciocinio. Era una máquina portadora de la muerte, tan impersonal como un rayo—. ¡Ja, ja, ja! ¡Es pintoresco que le haya encontrado aquí Bodkin!
Los que se hallaban sentados en torno a la mesa se levantaron tan apresuradamente que derribaron la mitad de las sillas, y se separaron, unos a un lado, otros a otro, dejando a Bodkin, solo, en el centro. Bodkin miraba con sus ojos de buey excitado a Brazos, y su rostro curtido perdía el cetrino color.
—Keene, esta intrusión..., esta ofensa a mis invitados..., yo...
—¡Ja, ja, ja...! Sus invitados, ¿eh...? Bien, deben de ser tan canallas como usted... o los imbéciles más imbéciles de todo el Colorado.
—¡Otra vez borracho! ¡Siempre el mismo Keene...! ¡Váyase de aquí o lo meteré en la cárcel!
Brazos saltó como un gato.
—¿Cárcel...? ¡Por todos los diablos! ¡Con eso me recuerda usted el agravio que me hizo...! Bien, Bodkin, querido sheriff y ladrón de ganado..., no podrá usted meterme nunca en la cárcel..., ni a ningún otro vaquero. Sin embargo, Bodkin no llegaba a comprender por completo que estaba destinado a sufrir a manos de Keene algo más que unos vituperios. Su obtuso cerebro abrigaba la convicción de que si Brazos se casaba con una de las muchachas de la familia Neece, sus días de manejo de pistolas habían concluido en el Colorado.
—¡Váyase, Keene! ¡Se halla usted borracho y está haciendo tonterías! ¿Por qué me insulta usted?
—Bien, no tenía muchas ganas de hablar cuando entré aquí —dijo Brazos agresivamente —. Pero al verle a usted tan engalanado y pretendiendo sorprender a sus amigos, no he podido contenerme.
—Bueno, váyase a los pastos y grazne allí —replicó Bodkin enojado—. ¡Déjeme en paz!
No es posible que me necesite usted para nada.
—¿Cómo que no, diablos?
Se produjo un silencio cargado de la intención y del significado que encerraban las frías palabras del vaquero.
—Entonces, ¿qué necesita usted? —preguntó Bodkin roncamente.
—Pues, en primer lugar, necesito decirle, Bodkin —contestó Brazos lentamente, con una lentitud que se hacía irritante; y se detuvo. Luego se inclinó un poco más, como un águila dispuesta a atacar y lanzó unas palabras tan rápidas como balas—, que su compañero Brad, está tumbado en la calle... muerto.
—¿Brad? —Bodkin pronunció involuntariamente el nombre.
—Sí, Brad. Decía que se llamaba Knight. Era el nuevo hombre de usted, su nuevo compinche. He visto esa silla vacía que hay al lado de usted y que estaba destinada para él.
Bien, ya no podrá acompañarle en sus juegos... ¡Está muerto!
—¿Quién lo ha matado?
—Un hombre de Texas.
—Usted!
—Bodkin, ya que es usted tan buen adivino, sin duda podrá adivinar algo más.
—Es cosa que no me importa mucho —contestó Bodkin secamente—. Usted es uno de esos pistoleros que siempre provocan luchas en condiciones de igualdad; de modo, que no puedo detenerle. Yo conocía a ese hombre bato el nombre de Knight. Ahora, váyase...
Oiga, Bodkin, es usted un embustero —gritó Brazos, y en dos zancadas llegó junto a la mesa. Levantó una pierna y descargó un golpe sobre ella, con lo que las mesas que estaban a su lado cayeron con estrépito, derribaron a Bodkin y medio ocultaron su voluminoso cuerpo—.
¡Levántese y saque el revólver! —ordenó Brazos.
Bodkin se levantó torpemente, y habría constituido una figura cubierta de ridículo si no hubiera sido por el espantoso terror que se reflejaba en su rostro. No hizo movimiento alguno para desenfundar su revólver, que estaba colgado libremente sin que nada se lo impidiese hacerlo.
—No quiero luchar con usted... ¡Pistolero, matón! —tartamudeó.
—Sí, va usted a luchar conmigo... o será el primer hombre a quien mate sin que se defienda.
—¡Déjeme en paz...! Si tiene usted ganas de bronca, encontraré algunos hombres...
—¡Bah! Es usted un mestizo de corazón de gallina. ¿No quiere usted hacer un papel más decoroso delante de sus invitados? ¿No querrá usted morir como un hombre?
—Brazos Keene, no quiero que a mi costa añada usted otra muesca a la culata de su revólver.
En ese caso romperé mi norma y grabaré una nueva muesca para usted, Bodkin. Y dondequiera que vaya la mostrará y diré que pertenece al ser más cobarde que he matado en toda mi vida.
—¡Le digo que no desenfundaré el revólver! —gritó Bodkin, con un desesperado terror.
El revólver de Brazos expulsó una llamarada azulada.
—¡Bang...!
—Bodkin gritó como un caballo agonizante. La pierna se le dobló y habría caído al suelo si no hubiera podido agarrarse a una silla. El proyectil de Brazos le había atravesado una pantorrilla.
—¿Quiere usted morir pulgada a pulgada? —preguntó el vaquero.
Bodkin le miró tembloroso; su mandíbula se agitaba con nerviosidad. ¡Era horriblemente claro su amor a la vida, su temor a la muerte! Y, sin embargo, la rehuía..., rehuía la destructora verdad de aquel vaquero.
—Bodkin, hemos descubierto su juego. Ha hecho usted ya su última jugada. Sus mentiras, sus engaños, sus robos, han concluido... También han concluido sus asesinatos..., pues usted fue el instrumento que sirvió a Surface para asesinar a Allen Neece. Intentó usted hacer lo mismo conmigo cuando me envió a Bard Syvertsen y a su hija Bess... Constituye usted una amenaza para esta región... Los tontos de Las Ánimas que le eligieron sheriff están locos o son unos malvados.
¡Usted, es el... loco! —dijo ahogadamente Bodkin.
—Oiga, hombre, ¿no le es posible ver las cosas con más claridad? Podría matarle a causa de mi odio personal. Pero voy a matarle por razones más importantes.
—Keene, no puede usted probar..., no puede acusarme...
—¡Diablos...! Oiga una acusación que no podrá negar. Yo estaba en la habitación inmediata a la de usted en casa de Hailey. Hice un agujero en la pared. Oí que usted llegaba a medianoche acompañado de dos hombres. Uno de ellos era ese Brad, a quien he matado hace unos momentos..., y oí su conversación. Hablaron ustedes acerca del fracaso de Brad para conseguir que Panhandle Ruckfall, el asesino, viniera a matarme... Acerca del oro que Syvertsen robó a Neece y entregó a Surface... ¡Ah! ¡Comienza usted a recobrar la memoria, Bodkin, viejo amigo...! Acerca de cómo esperaba usted que se le eligiera sheriff... y, finalmente, acerca de la afirmación del tercer hombre de los que aquella noche..., uno cuyo nombre no se pronunció..., que decía que los ganaderos de esta región estaban despertando, y que él iba a marcharse a toda prisa.
La evidencia de su culpabilidad se sobrepuso al temor y a la angustia que se reflejaban en el rostro de Bodkin.
—Ahora, ¿quiere usted sacar el revólver? —añadió Brazos burlonamente.
—¡No...! ¡Vaquero rabioso!
¡Crash! Brazos disparó un tiro contra la otra pierna de Bodkin. Sin embargo, el sheriff tampoco cayó al suelo. Y no exhaló un nuevo grito. Se dobló un poco, hasta que la rodilla que tenía apoyada en la silla le sostuvo, y luego la horrible expresión se desvaneció de su rostro, en el que se reflejó con toda evidencia el temor de su próxima muerte y un oscuro deseo de arrastrar consigo a su implacable enemigo. Soltó la silla y buscó con la mano derecha el revólver. Brazos le permitió elevarlo; y, entonces, saltó a un lado y disparó. El arma de Bodkin vomitó fuego tan inmediatamente a la de Brazos, que los dos disparos parecieron uno solo. Pero el proyectil de Bodkin se perdió después de cruzar la ventana, mientras que el de Brazos se clavaba en su objetivo. Bodkin cayó sobre la silla, con los brazos colgantes, la cabeza inclinada; y en el mismo instante en que aflojaba la presión que su mano ejercía sobre el revólver, cayó al suelo con un golpe seco.
Luego, el vaquero se encaró con el variado grupo de hombres que se habían reunido en torno a Bodkin como invitados suyos. Ninguno de ellos hizo movimiento alguno. Todos permanecían inmóviles, como petrificados.
—Henderson, se halla usted en mala compañía —gritó Brazos—. No importa cuáles sean los motivos; su acto será recordado en Las Ánimas... Miller, le señalo a usted como uña y carne de la cuadrilla de Surface... Ustedes, los negociantes, y ustedes, los forasteros, ya saben quién y cómo era Bodkin... Y creo que ya nada más tiene Brazos Keene que hacer en el Colorado...


XV
Brazos salió de Las Ánimas al amanecer, cuando el sol comenzaba a enrojecer el paisaje gris, y no volvió la cabeza para mirar atrás, como había hecho tan frecuentemente en su tumultuosa vida de vagabundo.
En la manera que tenía de dirigirse hacia el Sur, no obstante, con la cabeza de su caballo Bay ligeramente vuelta en dirección a Texas, había un aire de decisión. La sed de aventura, y aun la sed de amores y fantasías, habían muerto. Al seguir el viejo camino, tan hollado por las reses, se sintió enfermo, viejo, desgraciado. Reflexionó que podría recobrarse de la primera sensación, que no era sino una repugnancia por el derramamiento de sangre, pero dudaba mucho de que pudiera volver a ser nuevamente joven o feliz.
Brazos sabía que su desesperación estaba relacionada con las angustias de su destrozado corazón. Esta susceptible víscera le había sido castigada con frecuencia antes de aquella ocasión, y el joven creyó al alejarse de Holly Ripple que ya no podría tener curación jamás. Sin embargo, se engañaba...
A pesar de la gravedad de sus emociones, Brazos no podía impedir que el campo abierto y la soledad ejercieran su habitual influencia sobre él. Había un algo curativo en la hierba ondulante, en la humedad de los terrenos pantanosos, en las grises llanuras, en las serpenteantes orillas del río, bordeadas de árboles, en las distantes tierras altas. El otoño, su estación favorita, le acogía con su brillante y dorado «veranillo indio». La seca y fragante brisa que le acariciaba el rostro; el equilibrio de las águilas y el saltar de las liebres; la huida de los ciervos hacia las espesuras; el gradual desvanecimiento en la distancia de las manadas de ganados; el alentador color que iluminaba las lejanías; el olor del polvo, que en algunas ocasiones se elevaba de los incansables y ruidosos cascos de Bay; la arboleda de algodoneros en que algunas veces había ayudado a colgar a un ladrón de caballos; la sutil esencia de la hermosa tierra que tanto había significado en su vida..., todo ello influyó sobre él más y más hasta que su antigua filosofía volvió a apoderarse de él y la razón le presentó con claridad el cambio de su vida y le hizo ver que solamente podría tener motivos de agradecimiento y placer para su maravilloso recuerdo, aun cuando le hubiera desgarrado el corazón.
Llegó un día que el camino condujo a Brazos al dormido pueblecito de Hooker, donde adquirió una manta y tantas provisiones como Bay podía transportar. Cuando llegase al camino que seguía la dirección del Panhandle, las ciudades y los pueblos serían más escasos y se encontrarían a mayores distancias. Cuando cruzó los límites de Texas, le pareció que se alejaba del campo de sus últimas aventuras, lo mismo que cuando salió de Las Ánimas. Ya estaba en su querida tierra de Texas. Y, sin embargo, ¡cuánto había querido al Colorado!
Desde aquel punto, el viaje se hizo más lento. No había necesidad de apresurarse, aun en el caso de que anteriormente la hubiera habido, y le era posible no apurar a Bay y tener consideración para el gran caballo.
Brazos arribó, al fin, al cruce de Doan. Se sorprendió al hallarse tan profundamente internado en Texas y de llegar hasta uno de los famosos antiguos puestos de la frontera.
Hambriento y cansado por el viaje, con Bay cojo y necesitado de descanso, Brazos se vio obligado a detenerse.
—No está mal —monologó—. Creo que no podré continuar siendo un lobo solitario. Tengo que vivir. Un poco más de esta pradera solitaria sería bastante para enloquecerme.
Dando vuelta al llegar al cruce del gran camino y alejándose de él, Brazos se encaminó hacia el puesto militar. Entonces observó que el cruce de Doan se había convertido en una colonia. El enorme mercado, con sus paredes de ladrillos rojos y brillantes bajo el sol poniente, parecía el mismo que Brazos conservaba en la memoria. Pero daba frente a una ancha calle que se extendía hasta muy lejos entre las grises casas bajas y los edificios de ladrillo. A la espalda de la típica calle occidental, llena de polvo y de vehículos, había unas casas rústicas y tiendas, y cabañas dispersas, donde comenzaba la pradera.
—¡Maldición! —exclamó Brazos para sí mismo—. Tom Doan ha levantado aquí una verdadera ciudad...
El hecho de que hubiera un camino para ganados, que procedía del Sur, podría justificar la presencia de los muchos caballos que se hallaban desbridados, de los jinetes que haraganeaban perezosamente, de los indios, cetrinos y de astutos ojos; pero apenas podría servir para explicar la vida y la animación de la calle. Cuando Brazos descendía con aspecto fatigado de la silla, un tejano, delgado y joven, le miró con insistencia.
—Buenos días, caballista. ¿Va usted a detenerse aquí?
—Buenos días, joven; creo que sí.
Mi caballo está cojo. ¿Quiere encargarse de alojarle y de cuidarle?
—Sin duda —replicó el joven, en tanto que cogía la brida de Bay.
—¿Se encuentra aquí Tom Doan?
—Sí. Tan joven como siempre. ¿Ha estado usted antes en este lugar?
—Oiga, tejano, ese edificio grande de adobe no estaría donde está si no fuera por mí —contestó Brazos mientras, desataba la chaqueta y la carga del caballo.
—¡No lo sabía! —dijo el joven; e inspeccionó detenidamente a Brazos con ojos perspicaces—. Señor, allá viene el señor Doan.
La mirada de Brazos se posó sobre un alto tejano que se acercaba. ¡El mismo Tom Doan de siempre! Brazos podría haberle reconocido entre un millar de tejanos, aun cuando todos tenían el cabello de color de arena, el rostro pálido y dos carbones encendidos por ojos.
Brazos estaba acostumbrado a que se le mirase con detenimiento, y así sucedió en aquella ocasión. Su pulso latió con rapidez por primera vez desde hacía muchos días. Estaba en su patria, en Texas, no podía dudarse.
—Buenos días, desconocido —fue el saludo de Tom—. Apéese y entre. ¿No le he visto antes de ahora?
—Tom, supongo que aparezco delgado, miserable y negro por el polvo y la barba. Pero es una ofensa para mí que no me haya reconocido usted —dijo Brazos.
Tom interrumpió su atento escrutinio y se enderezó. Su rostro, arrugado y tranquilo, se iluminó por una calurosa sonrisa.
—¡Bien! Hablad del demonio y en seguida aparecerá... ¡Brazos Keene!
—Sí, soy Brazos Keene, no hay duda; pero ya no el muchacho que usted conocía. ¿Cómo está usted, Tom?
El alegre relámpago que brilló en los ojos del otro tejano, la dura presión que se produjo sobre la mano de Brazos, la mano que se apoyó sobre su hombro, eliminaron una parte de su cansancio.
—¡Me alegro muchísimo de verle, Tom! —dijo Brazos roncamente.
—Oye, muchacho, entra conmigo. ¿Quieres una bebida?
—Sí, la necesito, pero no ha de ser de alcohol fuerte.
Doan condujo a Brazos hasta el puesto a través de unos grupos de curiosos caballistas.
El enorme interior; sus muros de adobe decorados de ornamentos y figuras indias; las multicolores mantas y los utensilios que colgaban de las vigas; los mostradores cargados de mercancías; los estantes y los cajones atestados de diversos artículos y, principalmente, la gran chimenea que se abría al fondo..., todo esto le pareció exactamente lo mismo que como lo vio hacía mucho tiempo, como si sólo hubieran transcurrido unas horas desde la última vez que Brazos lo contempló. Pero había también una ancha puerta, que Brazos no recordaba, y que conducía a una taberna llena de ruido y de humo. Unos occidentales de botas polvorientas permanecían en mangas de camisa ante el mostrador. Los indios, vestidos de pieles de alce, se recostaban en la larga pared; los jugadores se sentaban atentamente ante las mesas.
—Tom, ¿qué demonios ha sucedido aquí? —preguntó Brazos, después de aplacar su sed.
—Hemos crecido, Brazos. El cruce de Doan es ahora una ciudad —contestó Tom orgullosamente.
—Diablos, Tom! ¡No soy ciego! Mas, ¿cómo ha sucedido? Aquí no hubo nada jamás.
Bien... Quiero decir que no hubo nada, no siendo búfalos, injuns, conductores de manadas y ladrones de ganado.
Doan rió.
—Eso solíamos pensar, vaquero. Pero estábamos ciegos. Esta tierra es muy rica. Hay muchas granjas. Tenemos muchos ranchos, mucha agua, mucha hierba... Estamos creciendo.
Hay por lo menos una docena de tiendas, demasiadas tabernas, una escuela, una iglesia y un doctor. He añadido un hotel a mi puesto. Vienen dos coches de línea por semana, las manadas continúan desfilando hacia el Norte, el viaje es muy intenso... Y Doan Crossing está desarrollándose con rapidez.
—¡Demonios! Me alegro muchísimo, Tom. Pero ¿quién podría haberlo previsto?
—En primer lugar, yo mismo lo hice, Brazos... ¿Adónde te diriges ahora?
—Al oeste del Pecos —contestó Brazos pensativamente, en tanto que desviaba la mirada hacia otro lugar.
—¡Ah! ¡No me digas que te andan persiguiendo, Brazos!
—No. De ningún modo. Es cierto que he armado un pequeño jaleo, allá, en el Colorado...
Pero esa región, a la que he favorecido al librarle de la presencia de algunos indeseables, está tan contenta por ello, que destituirá a cualquier sheriff que intente perseguirme.
—Bien. No he oído nada de eso, ni te pido que me lo refieras.
—¡Gracias! Tom, necesito una habitación y agua caliente. La última vez que estuve aquí dormí en el mostrador. ¿Lo recuerda usted?
—Lo recuerdo. Y no tuviste necesidad de bañarte, porque tú y Herb Ellerslie os caísteis al río.
—¡Demonios! Recuerda usted muchas cosas, Tom. ¿Le quedé a deber algún dinero?
—No. De todos modos, todo eso sucedió hace demasiado tiempo para que pueda recordarlo.
—Tom, es usted un embustero. ¿Qué ha sido de Herb Ellerslie?
—Ha muerto, Brazos. Lo mató en Dodge un jugador llamado Cardigan.
—¡Oh! Lo siento mucho. Herb y yo éramos buenos compañeros... ¿Cardigan...? ¡No olvidaré ese nombre...! Y ¿Wess Tauner?
—Está muy bien. Wess pasó por aquí..., veamos..., el pasado agosto. Estaba indignado por una de esas tormentas... Ahora que lo recuerdo, Wess está a punto de llegar de nuevo.
—¡Cómo me agradaría ver a Wess! —exclamó Brazos soñadoramente mientras seguía a su huésped desde la taberna hasta el largo pasillo.
Las enyesadas paredes se hallaban adornadas de policromas mantas indias, que también se extendían por los suelos. El pasillo tenía ventanas a uno de sus costados y una hilera de puertas en el otro. Doan se detuvo a su final, que parecía desembocar en un patio cubierto de flores y verdor. Brazos oyó un murmullo de agua corriente, y fue introducido en una habitación que hablaba elocuentemente de los progresos que Doan Crossing había hecho en el camino de la civilización.
—¡Demonios...! Esto es demasiado elegante para mí... No sé si podré dormir en esa cama...
—Tienes aspecto de necesitarlo —replicó Doan riendo—. Voy a mandarte agua caliente.
Has llegado una media hora antes de la comida.
Brazos se quitó el sombrero, el cinturón con el revólver, las espuelas. Luego, abrió los sacos y sacó de ellos su última camisa limpia, su pañuelo, unos calcetines y un estuche con los objetos necesarios para afeitarse.
—¡Ah! —suspiró. Y se sentó en el lecho—. El Cruce de Doan... El camino de Jesse Chisholm... ¡Y ahora soy ya un hombre arruinado y viejo!
Un mejicano le trajo un cubo de agua caliente y unas toallas. Brazos se entregó a las delicias del baño, del afeitado, de ponerse ropas limpias. Estaba mirándose al espejo y moviendo la cabeza dubitativamente, cuando sonó la campana que anunciaba la cena. Brazos no olvidó de ponerse el cinturón en que llevaba el arma. Y luego salió. El mejicano le indicó dónde se hallaba el comedor, en el que ya se encontraban más de una docena de hombres. La mayoría de ellos parecían unos alegres caballistas. Brazos encontró un asiento vacante en un banco y se sentó. El hombre que se hallaba sentado a su derecha se mostró deferente y amistoso con él, pero no curioso. Sin embargo, Brazos descubrió que era objeto de todas las miradas. Resultaba evidente que Doan había mencionado su nombre. Un hombre de mediana edad, un ranchero instalado a la izquierda de Brazos, le hizo objeto de atenciones y amabilidades. Pero Brazos pudo comprender muy pronto que se hallaba en la situación de un lobo hambriento ante una comida suntuosa. Comió hasta avergonzarse de sí mismo, y fue el último en abandonar la mesa.
Después de la cena salió para dar un corto paseo. Los indios habían encendido una hoguera entre la fría oscuridad. A Brazos le resultaba agradable escuchar y observar.
El viento nocturno era fresco. Los coyotes ladraban en la pradera. Brazos entró en el antiguo puesto militar, aun cuando se mantuvo al fondo, donde caminó lentamente, escuchando las conversaciones referentes al camino que tantas veces había recorrido, y rehuyó la taberna, con sus luces y sus alegres bebedores. Después vagó a lo largo de la ancha calle de aceras de maderas, la recorrió de extremo a extremo y apreció que era igual a cualquiera otra de las vías principales de las poblaciones de la frontera. Las tiendas brillantemente alumbradas, los transeúntes, algunos de los cuales eran muchachas reidoras que le miraban con timidez, el matraqueo de la bolita y la rueda de una ruleta, el sonido metálico de las monedas, el de la música, las rudas voces, el estampido de un tiro, el silencio que lo siguió... Ninguna de estas cosas despertó el interés de Brazos, quien regresó a su habitación con un dolor más angustioso en el corazón que el que le había acometido durante las veladas en torno a las solitarias hogueras de sus campamentos.
Y se acostó, pero, aun cuando se sentía cansado, no pudo dormir. La cama era demasiado blanda, demasiado cómoda. Permaneció tumbado, pensando, pensando. La habitación estaba tan oscura como el fondo de un pozo. Solamente llegaba a través de sus gruesas paredes un zumbido de ruidos confusos. Y June y Janis llenaban por completo la imaginación del joven.
Brazos se durmió muy tarde aquella noche. El profundo sueño en que yacía sumido fue arrancado por unos sonoros golpes descargados en la puerta. Brazos se sentó en el lecho y se frotó los ojos.
—¡Eh, señor Keene! ¿Se ha muerto usted? —dijo una voz que Brazos reconoció como perteneciente al muchacho tejano.
—Buenos días, Tex. No, no estoy muerto. ¿Qué sucede? ¿Por qué tanto barullo?
—Intentaba despertarle...
—No me digas que me has llamado más de una vez, muchacho.
—Sin embargo, es cierto.
—¿Qué hora es?
—Es más tarde del mediodía. Las dos de la tarde.
—Bueno. ¿Qué sucede? ¿Hay fuego? ¿Han llegado los injuns?
—Algo peor que todo eso... «para usted», señor Brazos.
—¡Demonios! ¡Oye, Texas! ¡No me hagas sacarte a golpes lo que tengas en el interior de la cabeza! ¿Qué quieres decir con eso de que es peor «para mí»?
—Yo..., usted..., ¡hum...! El caso, señor Brazos, es que ha llegado el coche de línea de Dodge... y que en él vienen... vienen.., unas antiguas amistades de usted...
En la voz del joven se notaba agitación o, por lo menos, cierta confusión.
—¿Amistades? —preguntó Brazos. La sangre comenzó a circular por sus venas con mayor rapidez.
—Tanner y algunos de sus caballistas. Oí que Doan le decía que viniera a despertarle. Y Wess dijo: «¿Despertar a Brazos Keene? Es posible que lo hiciera si nos halláramos en camino, conduciendo ganado..., pero no aquí.
—¡Hum!» Tiene miedo a despertarle, Brazos. Y yo tampoco estaba muy animado a hacerlo. Pero, usted comprende...
—¿Qué demonios suponéis todos...? ¿Que soy un monstruo? —gritó Brazos en tanto que saltaba del lecho—. Di a Wess que iré a verle en un abrir y cerrar los ojos. ¡Aprisa, pelirrojo!
Brazos soltó una carcajada al oír los rápidos pasos del joven, que se alejaban a lo largo del pasillo. Y se vistió y se lavó tan rápidamente como si la llamada que se le hacía fuera una llamada de servicio. Cálidos pensamientos acompañaban sus actos. Pensó que le agradaba tanto encontrar a Wess como podría agradar a Wess encontrarle a él... ¿Miedo a despertarlo?
¡Era pintoresco! ¡El demonio del viejo vaquero. Brazos se puso el cinturón con el revólver y salió al pasillo. Al llegar a la puerta de la taberna, se detuvo. Había allí una docena de hombres, o acaso más, todos de extraño aspecto, todos situados ante la salida del pasillo.
Brazos apreció de una sola y rápida mirada que todos eran desconocidos. Pero también pudo apreciar que ellos lo conocían y que en todos ellos se reflejaba cierta inquietud. Brazos lanzó una maldición en voz baja y se dirigió a la tienda. El rumor de las conversaciones se extinguió a su llegada. Y esto desvaneció un tanto las agradables sensaciones de Brazos. ¿Qué sucedía, qué había de inquietante en su presencia? Aun cuando él fuera Brazos Keene... Los indios y los caballistas se agruparon ante la ancha puerta. En el exterior parecía haber una nutrida multitud. En el extremo más alejado e iluminado de la amplia estancia, Doan interrumpió la conversación que sostenía con un comprador. Brazos le vio señalar la entrada con un dedo estirado, y siguiendo la dirección que se le indicaba, pudo descubrir una media docena de jinetes situados un poco a la izquierda de un hombre alto, rubio, delgado, atento, con ojos que parecían dos puñales. Brazos reconoció en el acto a Wess Tanner, y le vio estremecerse.
Brazos pudo reconocer también, con aquella rápida mirada, a otro de los jinetes. Todos semejaban hallarse cohibidos. Y esto irritó a Brazos. ¿Por qué habrían de comportarse como desconocidos sus amigos cuando él llegaba? Era el amargo precio que Brazos Keene tenía que pagar... Pero pudo desechar este pensamiento y se adelantó. Cuando llegó junto a Wess Tanner, sólo experimentaba un sentimiento de alegría.
—¡Wess...! ¡El mismo conductor de manadas de siempre, y siempre delgado y con cara de hambriento...! —exclamó Brazos—. ¡Dios mío! ¡Cuánto me alegro de verte!
—j Amigo...! ¡Condenado vaquero de piel tostada! —contestó Wess—. ¡Brazos! ¡No esperaba encontrarte ahora! Y ¡me alegro de verte!
Se estrecharon las manos y cruzaron unas miradas. Fue un encuentro entre tejanos fieles y probados que habían luchado, trabajado y dormido juntos a través de muchos días inolvidables. Si Tanner había parecido en el primer momento extraño y reacio, esta actitud se desvaneció inmediatamente.
—Brazos, te presento a mi equipo dijo Tanner a continuación—. A éste, a Sam, debes de recordarlo...
—Sam Jenkins. Le recuerdo perfectamente. ¡Hola, Sam! —contestó Brazos en tanto que tendía la mano al meloso y moreno Sam—. Me alegro mucho de volver a encontrarte. ¿Sabes aún escamotear los ases y aquietar a la manada a fuerza de canciones?
—¡Hola, Brazos! —respondió Jenkins, resplandeciendo de alegría—. ¡Estoy condenadamente contento de verte...! Sí, todavía conservo mis antiguas habilidades.
Brazos fue presentado a los restantes caballistas, la mayoría de los cuales eran tan mozalbetes como lo había sido Brazos cuando comenzó a trabajar como conductor de manadas. Evidentemente, todos estaban tan emocionados por el encuentro, tan excitados y contentos, que no acertaban a dominar su inquietud.
—Bien, Wess, supongo que te diriges a Santone para pasar allá el invierno. ¿Ya no harás más viajes durante el resto del año?
—No. No volveré a viajar hasta la primavera. Y es posible que tampoco lo haga entonces. He encontrado la ganga más grande que es posible hallar en lo que respecta a ranchos... No hay otro igual en Texas. ¡Si pudiera reunir lo preciso para pagar el anticipo!
—¡El mismo Wess de siempre! ¡Siempre soñando con aquel rancho grande! Me agradará oírte hablar de él. ¿Os quedaréis hoy aquí?
—No tenemos prisa, Brazos.
—Me gustaría ir contigo hacia el Sur, recorrer junto a ti una parte del camino... He estado demasiado solo.
Tanner le dirigió una amable y aguda mirada que desconcertó a Brazos. Esperaba una entusiasta respuesta a su sugerencia de acompañar a Tanner y sus muchachos, a lo largo del Camino Viejo; y como esta esperada reacción no se produjo instantáneamente, Brazos experimentó un ligero desasosiego cargado de sorpresa y decepción.
—No, no te ofendas, compañero. No me parece muy probable que te decidas a viajar con nosotros. Me agradaría mucho, claro es... Brazos, separémonos un poco. Ven aquí... Tengo noticias para ti... Estoy un poco amedrentado, pero...
Wess condujo a Brazos hasta un rincón, junto a una ventana, y se encaró con él esperanzado, aun cuando temeroso, con el rostro pálido y lleno de agitación, lo que asombró a Brazos y dio lugar a que renaciese su irritación.
—¿Amedrentado... tú? —preguntó sobriamente, casi con amargura—. Wess, sé bien que soy un proscrito..., un delincuente..., pero tú, mi viejo compañero..., que no podrías tener esa rubia cabellera si no fuera por mí...
—¡Cállate, bravucón! —replicó Wess—. No podría avergonzarme de ti, Brazos Keene, más de lo que podría avergonzarme de mi propio hermano.
—Perdón, viejo amigo. Reconozco que a veces soy impertinente... ¡Desembucha!
Evidentemente, Wess se hallaba en un estado de preocupación que hacía extremadamente difícil para él decirlo que se proponía. Encendió un cigarrillo con temblorosos dedos e hizo un esfuerzo por aclararse la garganta. Mas la palidez que había bajo el color tostado de su piel, comenzó a adquirir una tonalidad rojiza.
—¡Diablos, amigo mío! —estalló Brazos—. Antes no eras tan remilgado... Sin duda has oído hablar de ese pequeño jaleo de Las Ánimas.
—Sí, Brazos, sí... —reconoció Wess presurosamente—. Pero no me ha parecido tan pequeño como dices... En realidad, ha sido grande..., tan grande como Texas.
—¿Sí? Y ¿qué te ha parecido?
—En primer lugar, a la ciudad de Dodge le ha parecido muy bien. Wild Bill me ha dicho:
«Wess, ése es el sheriff que yo querría que viniera a Dodge.»
—¿Eso dijo? ¡Wild Bill Hichkock...! Es una buena lisonja para mí.
—Creo que no deberías haberte marchado de Las Ánimas tan rápidamente.
—Supongo que crees que debería haber organizado una fiesta y exhibirme orgullosamente por todas partes —replicó Brazos irónicamente.
—No, no es eso; de todos modos, la cuestión requería que se festejase... Dime, ¿dónde te has detenido y te has llenado de alcohol hasta perder la cabeza?
—Wess, no he tomado ni siquiera una maldita copa de nada —declaró Brazos.
—Bien, eso aclara las cosas. Estás loco. He temido que lo estuvieras desde.., desde...
¿Desde cuándo, demonio de tartamudo? Pero creo que terminaré muy pronto por estarlo.
—Brazos, no puedo comprender por qué. Te lo juro por mi vida. Si yo estuviera en tu pellejo, sería tan condenadamente feliz...
—¿Desde cuándo tienes miedo? ¿Desde qué...? —gritó Brazos mientras apretaba la muñeca de Wess con unos dedos que parecían de acero. Había algo anormal, algo oscuro en aquel antiguo amigo..., algo que era preciso aclarar.
—Bien..., amigo..., te diré que desde... desde que la señorita Neece se acercó a mí en las calles de Dodge...
—¿Qué...? ¿La señorita Neece? —la voz de Brazos sonó débilmente entre el tamborileo que le zumbaba en los oídos. Su mano se separó de la muñeca de Wess.
—Sí. Tu prometida —contestó Wess—. Compañero, si no existieras, me habría enamorado de esa señorita a primera vista.
—¿Mi... prometida...? ¿Cómo... cómo lo sabes?
—Me lo dijo ella.
—¡Dios mío...! Y ¿no estaba avergonzada de serlo?
—¡Ja, ja! Yo diría que no.
—¡Ah...! Pero ¿por qué...? ¿Cómo fue...? ¿Estaba visitando Dodge con su padre, o con amigas..., y oyó que me conoces...?
—No. No estaba visitando Dodge. Y en cuanto a su papá... ¡No importa nada! La señorita Neece sigue tu pista afanosamente, Brazos.
Y, al oír estas palabras, Brazos comenzó a temblar. ¿Qué era aquello? Sus pensamientos se arremolinaron, se convirtieron en un vértigo.
—¿Me sigue... afanosamente? —preguntó con voz opaca.
—He dicho afanosamente, compañero... Verás lo que sucedió. Fui al Hotel Dodge para ver a Jeff... No habrás olvidado a Jeff Davis, ¿verdad? Él no se ha olvidado de ti... Bueno, todavía no había tenido tiempo de saludarle cuando Jeff me agarró y me llevó hacia una señorita que estaba allí. Me quedé como aterido al verla. «¡Qué suerte!», exclamó Jeff. «¡Aquí le tenemos...! Wess, te presento a la señorita Neece. Me ha preguntado si algún conductor de manadas conocería a Brazos Keene. Y yo respondí que tú, Wess Tanner, eras un antiguo compañero suyo.» La muchacha enrojeció; luego, empalideció de nuevo. «Hágame el favor de venir conmigo», me dijo. Y me llevó al salón del Hotel.
»—¿Conoce usted a Brazos Keene? —me preguntó. Y vi que estaba temblando.
»—Desde hace muchos años, señorita respondí.»—¿Ha oído usted hablar de mí?
»—No. Confieso que no —tuve que responder.»—Pero seguramente habrá oído lo que hizo..., lo que hizo en Las Ánimas.
»—Sí, señorita. No se habla de otra cosa por aquí. Pero nunca he dado crédito a las murmuraciones, y mucho menos cuando se refieren a Brazos Keene.
»—¡Oh! Pero todo es cierto... Y yo soy su prometida.
»—Señorita Neece, haga lo que haga Brazos Keene, siempre tiene una justificación. Es un tejano tan puro, un hombre tan bueno como el mejor que jamás se haya visto alguna vez sobre un caballo...» Bien, la joven me dio las gracias; las lágrimas corrían por su rostro cuando lo hizo. Y luego me dijo que ella y tú habíais tenido una de esas discusiones que son tan corrientes entre novios, que estaba celosa de su hermana gemela. Tú te separaste de ella y te fuiste a la ciudad, donde mataste a los enemigos de su papá, uno de los cuales era el sheriff. Y después te alejaste de allí, creyendo que te habías convertido en un proscrito, en un perseguido por la ley, lo que no es cierto. Añadió que sabía que habrías venido a Texas, y me pidió que te buscase. Brazos todo eso me llenó de inquietud... Pero no hay hombre que pueda resistir el encanto de su voz, de sus ojos... «¿Podría usted encontrar a Brazos?», me preguntó.
Respondí que era seguro que lo conseguiría. «¿Lo intentará usted?», añadió de modo suplicante. «No importa que tenga usted que emplear mucho tiempo, que cueste mucho...
Tengo dinero. Pagaré lo que sea preciso.» Y la interrumpí. No me era posible contemplar aquel rostro angustiado. Y dije: «Señorita, no puedo aceptar el dinero que me ofrece.
Encontraré a Brazos... aun cuando ese hombre me mate luego a balazos, como «recompensa»
por mi interés.» «¿Matarle a tiros?», exclamó. «Lo que hará será bendecirle todo el resto de su vida.»
—Tenías razón, Wess —murmuró Brazos roncamente en tanto que pugnaba contra la onda de emoción que le acometía. ¡Qué terribles y dulces noticias!—. Voy a... matarte.., a tiros. ¡Maldito! ¿No era yo ya bastante desgraciado? Pero dime el resto... si es que falta algo más.
—Hay mucho más, compañero. Vamos a tomar una copa antes.
—¡No...! ¿Mucho...? No podría resistir mucho más, Wess... Pero ¡qué propósito más disparatado...! ¡Qué disparate ese de hacerte carantoñas y súplicas... para obligarte a que me buscases!
—¿Qué diablos te figuras, viejo amigo? —preguntó Wess haciendo una profunda aspiración de aire.
—¿Figurarme...? No puedo imaginar nada... Sólo puedo decir que eso demuestra que June se interesa por mí, que... ¡Dime el resto, o te lo arrancaré a fuerza de golpes!
Wess apoyó pesadamente una mano en el hombro de Brazos.
—Compañero, la señorita Neece se proponía acompañarme..., venir conmigo..., hasta que te encontrase —replicó Wess con voz vibrante.
—¿Venir contigo? ¡Dios todopoderoso!
—Ése es su proyecto, Brazos. Y lo ha cumplido. Ha venido conmigo.
Brazos únicamente pudo hacer una cosa: mirar con temerosa estupefacción el pálido rostro de su amigo.
—¡Está aquí! —afirmó Wess.
Brazos se cegó. Su mano temblorosa cayó sobre una de las de Wess, quien la cogió cariñosamente y la oprimió.
—Aquí y ahora, compañero. Está con la señora Doan.
—¡Ahora! ¡Aquí! —repitió Brazos roncamente. Las piernas parecieron negarse a sostenerle. Tuvo que apoyarse en Wess. Éstas fueron las reacciones físicas que se apoderaron de él en aquel momento. Luego dio rienda suelta a la alegría y a la sorpresa, que le transportaron al séptimo cielo.
—¡Brazos...! ¡Por amor de Dios! —rogó Wess con voz enérgica en tanto que agitaba a Brazos—. ¿Qué diablos te sucede? Deberías ser el hombre más feliz de todo Texas... ¡Jamás te he visto de este modo...! Y ¿por cuántas mujeres te habré visto enloquecer en esta vida...? Sí, amigo, esto de ahora es diferente. Esa mujer es la verdadera mujer para ti, la última de todas, la definitiva... Pero..., pero..., ¡rayos y truenos...! Brazos, ¿no habrás atracado algún banco, robado un caballo... o hecho algo que sirva para que se te persiga como bandolero?
—¿Cuál... de ellas? —murmuró Brazos con los ojos completamente cerrados.
—¿Cuál de ellas...? ¡Este chico está loco! No es extraño... ¿Quieres decir qué muchacha?
¡Pobre amigo mío, pobre espíritu enloquecido de Brazos Keene! Es tu novia... Tu prometida...
La muchacha a quien diste palabra de casamiento...
Las palabras de Wess penetraron en las profundidades de la conciencia de Brazos. El estremecimiento y la sorpresa del primer momento se disiparon, aun cuando no lo hiciera la onda de emoción. Brazos soltó a Wess y se aproximó a la ventana. Su nublada vista comenzó a serenarse. Vio que en el exterior había indios y caballos, que una extensión de terreno gris ascendía lentamente hacia el horizonte. Y se halló a sí mismo. ¿Qué había sucedido? Un indescriptible impulso le había conducido al cruce de Doan. ¿Para qué? Un justo castigo le había alcanzado en aquel lugar. Una de las hermanas gemelas Neece le había seguido. Creyó que sería June, la buena, la pacífica, la muchacha noble y adorable a quien idolatraba. Pero June no podría haber emprendido aquella alocada persecución. Jamás podría abandonar a su padre para seguir a un proscrito. En tal caso, sería Jan... Era Jan, el apasionado diablillo, que, al fin, habría dado rienda suelta a la locura que en ella se alojaba.
—Muy bien, Wess —declaró Brazos volviéndose hacia su amigo—. ¿Qué más?
—¡Ah! Me alegro de que vuelvas a ser mi viejo amigo, el Brazos sereno que siempre fuiste —contestó Wess, muy consolado—. No hay mucho más que decir. Tu novia llevaba muchísimo equipaje, Brazos. Podía comprenderse fácilmente que no se proponía regresar a su casa. ¡ja, ja...! Bien, careamos todo en el coche de línea. Y viajamos en esa diligencia durante todo el recorrido desde Dodge. En el camino subieron al coche o bajaron de él muchos vaqueros. Y, lo mismo ellos que mis vaqueros, que yo mismo, todos simpatizamos muchísimo con tu prometida. Creo que el coche estuvo en cierta ocasión a punto de ser detenido por los bandidos de la carretera, que no se atrevieron a realizar su propósito porque vieron que íbamos muchos hombres en el vehículo. Así me lo dijo Bill Hempstead, el conductor, que, por lo visto, conocía a los bandidos... Más tarde, la señorita Neece me declaró que llevaba mucho dinero consigo y que había sido una gran suerte para ella el que yo viajara a su lado... Y creo que no me queda nada más que decir. Puedes tener la seguridad de que jamás he hecho el recorrido del Camino Viejo con tanta alegría y felicidad como en esta ocasión.
—¡Mucho equipaje y mucho dinero! —exclamó Brazos de nuevo, encandilado y aturdido—. ¡Wess, dime que todo eso es una pesadilla!
¡Pesadilla! ¡No hay pesadilla de ninguna clase! Oye, suéltame la muñeca; me la estás apretando tanto, que me la espachurrar, —Perdóname, amigo. Gracias por todo. Me parece que por esta vez no te mataré a tiros.
—Me alegro un poquillo de que así sea, Brazos. Yo también tengo novia, y cuando disponga de tiempo, te hablaré de ella.
—Brazos, ahí viene la señora Doan —continuó rápidamente Wess—. Te anda buscando, sin duda. Vamos, amigo, haz frente a las circunstancias. No vaciles. No tengo inconveniente en declarar que me agradaría poder estar ahora en tu pellejo.
Doan presentó a Brazos a su esposa, que era una mujer bien parecida, robusta, de tipo de colonizadora, rubia y rolliza. La mujer observó atentamente a Brazos antes de adoptar una actitud de simpatía y amistad.
—Creo que lo mejor que podrá usted hacer será ver a su novia ahora mismo. Espero que... todo irá bien... Es una muchacha muy agradable, y me da la impresión de que sabrá atenderle como buena esposa.
—La he visto, vaquero, cuando bajó del coche, e inmediatamente aprecié las buenas cualidades que posee. Y ¡qué ojos, Dios mío! ¡Son tan grandes y tan despiertos como los de un indio muerto de hambre! —añadió Doan con una cordial sonrisa.
—Bueno, amigos, sin duda tiene un concepto demasiado bueno de mí —contestó Brazos gravemente—. Y es demasiado tarde para que me preocupe pensando que no soy digno de ella.
—Oye, vaquero —le interrumpió fervientemente Doan; —no dudes de la certeza de lo que voy a decirte: un tejano como tú vale tanto como las dos mejores señoritas yanquis que jamás pueda haber habido.
¡Dos señoritas! Brazos experimentó una dolorosa punzada. Una rápida mirada le sirvió para comprender que su amigo intentaba únicamente poner de relieve la sencillez de su afecto y de su lealtad.
—Tom, si Brazos es lo suficientemente bueno para una joven... y la mitad de lo bueno que es necesario ser para hacerse digno de ésta, tendremos mucho que agradecer al cielo.
Venga, Brazos —añadió la señora Doan.
Y le condujo hasta una puerta que se hallaba situada en el extremo sur del puesto.
—Ésta es mi habitación, Brazos. Estarán ustedes solos en ella. Procure consolarla, compensarla de las amarguras que ha sufrido. Haga todo lo posible por comprender cuán grande es su fortuna.
Antes de entrar en la habitación, Brazos repasó mentalmente y de un modo rápido la situación por última vez. Era a June a quien quería más y a la que deseaba hacer su esposa; pero jamás podría ser June la que hubiera tenido suficiente audacia para seguirle. Jan no debía saberlo jamás. Y Brazos la quería también, pero no tanto como a June. Brazos se dijo con toda humildad que, de todos modos, era una gran suerte para él que cualquiera de las dos gemelas renunciase a todo lo que poseyera para seguirle.
Brazos se hallaba rígido y tembloroso, al mismo tiempo, cuando abrió la puerta. La habitación era clara y grande. El sol penetraba a torrentes por las abiertas ventanas y daba a los muebles un tinte cálido y vívido. Brazos oyó un ¡ah! , y se volvió con rapidez.
—¡Bra... zos! —murmuró trémulamente alguien. La joven había estado esperando junto a la puerta; aparecía con el rostro pálido, la boca entreabierta, los ojos abiertos del todo. Brazos no había supuesto que la encontraría vestida de blanco, pero, naturalmente, la joven había dispuesto del tiempo suficiente para cambiarse de ropas. Jan jamás le habría permitido que la viese agotada por el viaje o despeinada. Tenía el rostro hermoso, como siempre, a pesar de la aflicción y de la ansiedad que en él se reflejaba. Aquellas huellas de dolor actuaron sobre Brazos tan sutilmente como la gratitud y el amor que brotaron impetuosamente en él al verla de nuevo.
—¡Jan! ¡Queridísimo diablillo! —exclamó con voz ronca mientras tendía hacia ella los brazos.
La muchacha se encontraba ya caminando en dirección a él. Aparentemente, la aguda exclamación del vaquero, o la cordialidad que se reflejó en sus ademanes, la obligaron a detenerse bruscamente durante un momento, en tanto que contraía el rostro. La contracción se disipó muy pronto, y la joven corrió de nuevo en dirección a Brazos, para refugiarse en su pecho. La joven escondió el rostro y se apretó contra él.
—¡Brazos..., querido...! ¡Tenía... tenía que venir...! —exclamó con voz suave.
—No podía creerlo..., no .pude creerlo... hasta tenerte ante mí,.,, hasta sentirte.., como ahora —contestó Brazos roncamente.
Y la acercó a sí y la apretó contra su pecho en tanto que inclinaba la cabeza hacia el ondulado cabello de la joven. En aquel momento no le era posible ver bien. Le pareció flotar en la habitación.
—¡No... me aprietes... tanto...! —susurró ella de modo casi inaudible—, si no quieres.., que deje de... respirar... Brazos..., ¿no estás enojado?
—¿Enojado? No, Jan. Estoy únicamente desconcertado. ¡Dios mío, chiquilla, ha sido tan bueno.., y tan malo.., que me hayas seguido!
—¿Malo? —preguntó ella con rapidez.
—Para ti, querida. Sabes que soy un proscrito... Te he hecho desgraciada... y a los demás...
—Mas..., ¿para ti, querido Brazos?
—Para mí... declaro que es como estar de nuevo en el cielo.
—¡Oh! , .. Entonces, me perdonarás.
—Lo haré probablemente... si vuelves a besarme como lo hiciste aquella terrible noche.
—¡Siempre el mismo Brazos...! Pero pareces... Brazos, dime que no me obligarás a regresar a mi casa —le importunó dulcemente.
—No, Jan, no lo haré.
—Pero, ¿me quieres? —preguntó ella rápidamente. El antiguo fuego renacía en ella.
—Sí. Estoy loco por ti, Jan. Creí que había conseguido amortiguar un poco mi amor, pero no ha sido así.
—¡Querido...! Y... ¿J... June?
—¡Hum! Bien, June no me ha seguido, ¿verdad?
Brazos creyó apreciar que la joven experimentaba una especie de convulsión. La muchacha se apretó más contra él y escondió el rostro. El vaquero sentía a través de las ropas los atropellados latidos de su corazón. La joven no lloró, le rodeó el cuello con los brazos, levantó hacia el suyo el rostro ciegamente, un rostro enrojecido por el que comenzaron a correr las lágrimas que brotaban de sus entrecerrados párpados, y unió los labios a los de Brazos. Y volvió a besarlos una y otra vez y los posó sobre sus mejillas y sus ojos. A Brazos le parecía que los besos de la joven aumentaban en fuego, en intensidad a medida que se multiplicaban. Pero de repente aflojó la presión de sus abrazos y bajó las manos. Brazos la sostuvo, se apoyó en una mesa e intentó separar las tumultuosas emociones que le acometían del vértigo de sus pensamientos. Inmediatamente, pudo ver con claridad a través de la ventana y distinguir el azul del cielo.
—Jan, creo que debemos sentarnos... —dijo con voz áspera. Y medio levantó a la joven para llevarla hasta un canapé. Pero ella no quiso soltarle, sino que débil y nerviosamente se apretó más contra él—. Debes de estar... muy cansada... después de ese largo viaje...
—No, no estaba cansada —dijo ella levantando la cabeza—. Sólo un poco excitada al saber que iba a encontrarte... Y tenía miedo... a que me enviases a mi casa de nuevo..., a que quisieras más a J... June...
Brazos la cogió el rostro entre las manos y lo miró detenidamente. Aquella expresión de desolación que en él se reflejaba se había borrado; los ojos habían perdido su tristeza. Pero había cierta diferencia... Unas delgadas venitas azules, que nunca había visto, corrían a través de la blancura de sus sienes; bajo sus ojos se extendían unas sombras que los hacían parecer aún más grandes; sus mejillas eran más delgadas... La belleza reposaba en ellas imperecederamente, pero el rostro parecía más noble, más viejo, más triste.
—Hablemos... ahora —dijo con voz sosegada—. Tengo mucho que decirte.
—Suponía que lo tendrías, querida.
—Brazos... Papá murió de repente antes de que transcurriera una semana desde el día de tu marcha —comenzó diciendo con dramática intensidad.
—¡Oh...! ¡Jan...! ¿Qué cosa más horrible! —exclamó Brazos profundamente conmovido —. ¡Dios mío! ¡Cuánto lo siento...!, Un hombre del Oeste... tan bueno..., que no era viejo..., que acababa de recuperar su hogar y a sus hijas... ¡Es un golpe muy duro para mí! Quería mucho a tu papá... Jan, no sé qué decir...
—Ya has dicho bastante, Brazos. Eso me consuela. Sabíamos que querías a papá..., lo sabíamos... J... June y yo... Y lo que hiciste en favor de él ha sido una parte de la razón de nuestro amor por ti... Pero papá ha muerto. Y si no hubiera tenido el consuelo de pensar en ti..., si no hubiese pensado en salvarte..., habría sucumbido a ese golpe.
—¿Salvarme? Jane, ¿crees que tengo necesidad de ser salvado?
—Sí, es cierto. Gracias a Dios, te he encontrado a tiempo... Brazos, la noticia más triste es la que te he comunicado. Pero hay algo más..., algo que no es triste..., que te dolerá...
—Continúa, querida —contestó sencillamente Brazos—. Creo que ahora podré hacer frente a todo, sea lo que sea.
Jan desvió el rostro. Su pecho oscilaba como bajo el efecto de una opresión. Su mano apretó la de Brazos.
—Se trata de J... June.
—Lo suponía. No me tengas ansioso.
—Se ha fugado con Henry Sisk... y cuando regresó, lo hizo ya casada...
—¿Qué dices Jan Neece? —exclamó Brazos fieramente.
—Ya lo has oído, querido.
La joven hablaba en voz baja, pero perfectamente clara, en la que había una entonación que era nueva para Brazos.
—¡Mientes, Jan!
Brazos se entregó a un arrebato de furor y de sorpresa.
—¿Por qué motivos habría de decirte una mentira? —contestó ella orgullosamente. Si estaba mintiendo, en su mentira había toda la sutileza y toda la astucia femeninas.
Brazos la obligó a volver el rostro hacia la luz, con el fin de poder verla con mayor claridad. Su palidez, la arrogancia de sus ojos azules, que miraban rectamente y sin temor a los de él, los labios, firmes y apretados, casi severos y rígidos..., en todo ello Brazos no pudo descubrir indicios de falsedad.
—Te suplico que me perdones, Jan —continuó Brazos de modo imperativo—. Pero lo que me has dicho me ha sorprendido y me ha dolido tanto... ¡Mucho más que cuando mato a un hombre...! ¡Maldito corazón voluble de June! June me quería, lo demostró..., y luego, en poco tiempo..., me olvidó... ¿Henry Sisk? Es un buen muchacho, ciertamente; pero ¿no estaba enamorado de ti?
—Creo que sí. Él lo juraba.
—De modo que ¿te ha abandonado por June? —preguntó acaloradamente Brazos.
—Así ha sido, querido.
—¿Te importa?
—Sí. Me importó y me dolió... Soy una débil criatura. Pero no podría haberme casado con Henry Sisk. Palabra de honor no podría.
—¿Por qué no, señorita Neece?
—Porque te quería, Brazos Keene. Nunca he sabido cuánto hasta el momento en que te marchaste.
—¡Ah! Es preciso que me perdones. Estoy completamente trastornado... Y ¿de qué modo afecto mi fuga a June?
—Creo que... Sé que destrozaste su corazón también... Y después murió papá. Y el mundo cambió para nosotras... J... June y yo debemos vivir separadas. Lo descubrí instantáneamente. Me era preciso encontrarte... o tumbarme y morir.
—Jan, había formado un juicio equivocado de ti jamás pensé que fueras tan buena, tan fiel, tan amante. Supuse que eras la coqueta y que June era la muchacha fiel. ¡Qué ciego he sido...! Concédeme un poco de tiempo para que pueda alejar aquellas ideas de la imaginación.
Brazos comenzó a pasear nerviosamente a lo largo de la habitación, vencido por el enojo, entregado a la evidencia de lo que en realidad había sucedido. Había experimentado el ferviente deseo de adorar a June Neece durante toda su vida. Y sin embargo, casi en un solo día, June le había traicionado. June no valía ni siquiera tanto como el dedo meñique de Janis.
Y Brazos maldijo en silencio a la joven y su inconstancia. Naturalmente, no habría podido espera que June renunciara al amor durante toda su vida, a causa de él. Pero, ¡diablos!, si le había amado tal y como juró que le amaba y tal y como él, el pobre y enloquecido vaquero creía que era cierto, no debería haberse casado con Sisk ni con ningún otro hombre tan pronto.
No era una cosa muy estimable. June era una mujer de afectos superficiales. Y Brazos continuó entregado a su ira durante no supo cuánto tiempo, hasta que su vanidad herida y su amargado corazón le hubieron ofrecido otra lección de la vida. Y entonces se volvió hacia Janis, que le estuvo observando durante todo el tiempo con lo que le pareció que ofrecía un incomprensible contraste con su dolor. ¿Podría June, siendo humana, alegrarse de ver que se derribaba a su hermana de su pedestal?
—Bien, Janis, el hecho de que te encuentres aquí para decirme..., para sostenerme..., es suficiente para impedirme que caiga y me convierta en un hombre vil, en un miserable. Esas noticias habrían producido el efecto de arruinar mi existencia para siempre, de envilecerme...
—¡Oh, Brazos, querido! ¿Puedo compensarte de algún modo de la pérdida de June?
—Supongo que sí. Pero antes quiero ser completamente sincero contigo, Janis. Si June no hubiera sido una mujer infiel... y lo que haya podido ser, además, por muy adorable y muy cariñosa que tú seas, ni tú ni las demás mujeres de todo el mundo podrían haberme compensado de su pérdida. ¿Eres capaz de comprenderlo y de aceptarlo?
—Sí, Brazos... Lo comprendo y lo acepto —murmuró tartamudeando Janis en tanto que inclinaba la cabeza.
—No lo tomes tan a pecho, querida. Soy un hombre raro y extraño. Siempre reparo mis errores, siempre los compenso. Nunca tendrás que lamentar que haya adorado a June, que haya creído que era un ángel. Al fin y al cabo, June no era más que una parte de ti misma.
—Brazos, tengo algo más que decirte —continuó Janis presurosamente—. Tengo miedo otra vez. Eres un hombre muy raro, como has dicho. Y ¡tan bueno, tan fiel, tan honorable...!
Jamás olvidaré aquella noche en que J... June quiso resolver nuestro problema al decir que te casases conmigo, y que ella...
—¡El cielo sabe que yo quisiera olvidarlo! Es posible que pueda conseguirlo ahora...
cuando he visto que June se ha convertido en una mujercilla tan pequeña...
—Brazos, ¿podrías resistir otra sorpresa?preguntó Janis.
Brazos la miró de soslayo. Pero Jan no tenía una expresión temible en aquel momento, nada que pudiera ofrecerle dudas. Se aproximó a ella, la atrajo hacia sí, mas procuró mantener su rostro a una distancia tal, que le permitiera verlo y estudiarlo en tanto que hablase.
—Habla, Jan, ya nada puede sorprenderme.
—Creo que yo lo conseguiré.
—¡Ja! No diría que no... Bien, habla...
La joven se inclinó hacia atrás, jugueteando con el pañolito que llevaba al cuello.
—¿Podrías soportar a una novia... o a una, esposa... que sea... que sea muy... muy rica?
—¡Dios mío! —estalló Brazos. Y sucumbió a su increíble destino.
—¿Podrías? —repitió ella—. Pues precisamente porque eres un vaquero solitario de las praderas... no debes ser tan... tan digno, tan orgulloso que... que no puedas ofrecer esas compensaciones de que hablaste...
—¿Qué ocultas detrás de esas palabras?
—Brazos, la circunstancia de que yo sea una mujer muy rica... ¿constituirá un inconveniente para ti?
—Hablas por medio de adivinanzas. Pero creo que... que si fueras una mujer muy rica...
no le concedería una importancia excesiva.
La muchacha exhaló una carcajada limpia y le rodeó el cuello con los brazos.
—Escucha: Henry ha comprado mi parte de «Sombreros Gemelos». Y dos mil cabezas de ganado.
Brazos se inmovilizó y miró aquella aparición..., aquella diosa de la fortuna..., aquella refutación viviente de su vano concepto de las mujeres.
—Ya ves que las cosas no han resultado muy malas para ti, aun cuando hayas perdido a June.
—¿Cuánto? —preguntó Brazos desmayadamente.
—¿Cuánto... qué? ¡Oh! ¿Cuánto te quiero? ¡Mucho más que cuanto cualquier otra mujer pueda haber querido a un hombre.
—Jane, mi corazón es débil... No me atormentes más... ¿Cuánto cobraste por esas ventas?
—He realizado una buena operación... Así dijo Hank Bilyen. Vendí las reses a cuarenta dólares por cabeza. Haz la cuenta.
—No puedo, querida... No puedo calcular... ni sumar... ni nada por el estilo.
—Bien, eso supone ochenta mil dólares. Y vendí mi parte del rancho por veinte mil. He traído conmigo el dinero.
—¡Piedad! —imploró Brazos.
—Tengo unos pocos millares de dólares en dinero. Bilyen dijo: «Solamente el Señor sabe cuánto te costará encontrar a Brazos.» Y el resto, en libranzas del Banco de Las Ánimas. El señor Henderson arregló la cuestión. No me preocupé por las libranzas cuando estuvimos a punto de ser atracados en la carretera. Esas libranzas sólo pueden ser negociadas por tu novia, ¿comprendes? Pero tenía miedo de perder el dinero... Ahora, Brazos, querido, ¿qué vamos a hacer?
—Ahora, Jan, querida, ¿qué vamos a hacer? —respondió Brazos imitándola con consternación.
—No eres precisamente un pobre vaquero sin recursos. Puedes hacer algunas cosas, emprender algo...
—Lo único que puedo hacer es quererte —replicó Brazos humildemente.
—Eso está muy bien. Pero preferiría que hicieras algo, además de quererme... Brazos, los acompañantes de Wess Tanner, y especialmente el joven de los ojos negros, han sido muy amables conmigo. Y ya sabes que no soy digna de confianza. Creo que lo mejor que puedes hacer es ponerme un ronzal, ahora, cuando tienes ocasión de hacerlo... Papá siempre decía que tan pronto como se me echara el yugo, me tranquilizaría y sosegaría.
—Por lo que a eso se refiere, Jan, creo que has cambiado... Pero sigues siendo el mismo adorable diablillo de antes.
—Brazos, ya sabes que somos prometidos —dijo Jan con seriedad—. Se lo he dicho a todo el mundo. No conozco de qué modo has tenido en cuenta nuestra promesa... Pero si no hubiera sido por ella, jamás te habría seguido.
—Lo sé. Y ahora que has venido a buscarme...
—...sigues siendo completamente libre, señor Keene. A menos de que me quieras tanto como quisiste a June —le interrumpió ella mientras levantaba la cabeza y clavaba una mirada en los ojos de él.
—Jan, ¿querrás aceptar una solemne palabra más? —preguntó Brazos.
—Sí, Brazos; quiero aceptarla.
—Bien, antes de que entrase por esa puerta, sabía que habría de rogarte que te casaras conmigo... En primer lugar, porque tenía la seguridad de que mi amor renacería atropelladamente tan pronto como te viera... En segundo lugar, porque... porque estaba obligado a pedírtelo, aun cuando no te hubiera querido, a causa de tu persecución, que me ha emocionado profundamente... Y, por último, porque no podría permitir que ni una sola palabra de las murmuraciones de estos contornos afectara a Jan Neece. —La joven parecía extasiada, casi satisfecha; y sin embargo, había en ella una reserva, una duda que intrigaron a Brazos. Brazos contuvo el aliento, y pidió a Janis que se casara con él.
—Sí, querido —respondió ella. Y escondió el rostro en el hombro de él.
—¿Cuándo? —insistió Brazos cálida y fervientemente, dejándose arrastrar por la corriente que se apoderaba de él.
—¿Hay necesidad de que esperemos? —preguntó ella: Y esta pregunta reveló lo mejor y más sincero de cuanto encerraba la amable y revoltosa Jan Neece.
—Si hiciéramos lo que deseo, no esperaríamos absolutamente nada —respondió Brazos.
—Lo que tú deseas, es lo mismo que yo deseo... y siempre lo será —declaró con elocuencia la joven. Y se acercó a la ventana para mirar en dirección a la pradera. Brazos vio que en ella no había en aquel momento nada temeroso, nada débil—. Si es posible, querría casarme aquí.
—¡Jan! Es posible... Doan me dijo que tienen iglesia. Y si tienen iglesia, ha de haber, también, sacerdote.
—¡Vamos, querido..., vamos a verlo! Ya sabes que Jan Neece cambia de modo de pensar a cada minuto que transcurre.
Jan no se separó de la ventana. Brazos salió, olvidó el, sombrero y salió de la habitación. En el exterior encontró a Doan y Tanner, que se sorprendieron al ver su apresuramiento.
—¡Tom! ¿Me dijo usted... que había una iglesia... aquí?
—Es cierto. La tenemos.
—Entonces, ¿tendrán ustedes sacerdote?
—¡Claro que sí! Y es un hombre muy bueno y cariñoso.
Brazos abrió la boca.
—¿Podría casarnos.., a Jan y a mí... ahora mismo?
—¡Vaya, compañero! ¡Caminas, como siempre, a toda velocidad! —declaró Wess con rostro inundado de alegría.
—¡Hágame el favor de ir a buscarlo! —exclamó Brazos, excitado, en tanto que empujaba a sus dos amigos—. ¡Tráiganle! ¡Díganle que traiga los papeles..., todo lo que haga falta!
Wess, vete con Tom. Y llámame cuando vuelvan.
—Brazos —afirmó Wess hablando con la lentitud propia de los tejanos—, siempre he sabido que cuando te enamorases de una mujer habrías de obrar de esta manera tan precipitada, como un loco. Y ¡vaya si me alegro!
—Vaquero, ¿estás seguro de no perder la cabeza antes de que regresemos? —preguntó Doan medio en serio y medio en broma.
Sin esperar más palabras Brazos corrió de nuevo hacia la parte de la casa de Doan y se detuvo ante ella. Le pareció advertir que allí le esperaba un misterioso presagio. Este presentimiento reprimió sus ímpetus, le detuvo y le obligó a contener la respiración. Pero llamó. No obtuvo respuesta. Extraña y desconcertadamente agitado, entró en la estancia. Jan estaba tumbada en el canapé, cara abajo.
Brazos corrió hacia ella y se arrodilló a su lado, hizo un esfuerzo por levantarla; pero perdió todas sus fuerzas cuando puso las manos en contacto con aquel cuerpo tembloroso.
—Jan, querida, ¿qué te sucede?
—¡Oh, Brazos!.. No... no puedo... ¡No puedo! ¡Soy una embustera! ¡No tengo el valor..., el valor que tú supusiste! —dijo agitadamente Janis.
A Brazos le pareció que el corazón se le convertía en plomo. Sufrió un momento de desilusión... Pero la muchacha debía de estar fatigada, ofuscada por el largo viaje... La ansiedad, la larga jornada, habían constituido una prueba demasiado dura para ella.
—Querida, ¿qué es lo que no puedes...? —preguntó Brazos cariñosamente—. ¿Te refieres a casarte conmigo?
—¡No! ¡No! —gritó ella, frenética, en tanto que levantaba la cabeza. Tenía el rostro húmedo por las lágrimas, avergonzado. Sus negros ojos se clavaron trágicamente en Brazos.
Estoy loca de ansiedad por casarme contigo... Me moriría si no lo hiciera... Y, ¡oh, qué desgracia!, vas a odiarme dentro de un instante...
—¡Oye, querida! No podría odiarte, hicieras lo que hicieras... en tanto que continúes deseando casarte conmigo.
Brazos, no sabía que era una cosa tan horrible, tan despreciable. Estaba loca por ti.
Habría sido capaz de todo... de todo... Pero ahora, cuando has sido tan cariñoso..., tan maravillosamente cariñoso..,, no puedo...
—Jan Neece, ¿quieres hacer el favor de decirme qué es lo que no puedes? solicitó Brazos con desesperación. Es solamente..., es que... que no soy Jane Neece... ¡Soy June!
—¡Dios todopoderoso! ¿Estoy loco... o borracho? —exclamó Brazos mientras se tiraba de los pelos y la miraba con incredulidad—. ¿Quién eres?
—i Oh, Brazos! ¡No me mires de ese modo tan.., tan horrible! ¡Soy June..., June Neece!
¡No soy Jan! podría vivir sin ti. , . Fue Jan la que se fugó con Henry Sisk... Y creí que la querías más que a mí..., que ella podría conseguir de ti lo que se le antojase..., y vine a buscarte... para hacer que te casases conmigo... y revelarte la verdad más tarde.
—¡Gata del infierno! —exclamó Brazos, tan sorprendido, que ni siquiera podía indignarse—. i No te creo!
—¡Oh, Brazos! —dijo ella en tono dolorido.
—¡No... te... creo!
—Pero, querido, soy June... Juro que lo soy. Jan no se habría atrevido a hacer una cosa tan aventurada como ésta... No tiene el valor necesario para hacerla... Y no te quería lo que fingía quererte. Me avergüenza tener que reconocer que tan pronto como te marchaste comenzó a perseguir a Henry... Brazos, debes comprender que te estoy diciendo la verdad. Si yo fuera Jan e intentara conquistarte por medio del engaño, ¿te declararía ahora mi mentira?
No. Esperaría hasta que... nos hubiéramos casado.
Había una lógica indiscutible en esta apasionada declaración. Pero Brazos prefirió esconder y disimular el éxtasis que se apoderaba de él. Y creyó lo que la mujer le decía.
Solamente aquellos besos le habían engañado.
—No puedo creerte —declaró, a pesar de todo, solemnemente.
—¡Debes creerme, Brazos! Ninguna mujer ha sido capaz de hacer una cosa como ésta antes de ahora... ¡Oh, no me avergüenzo! Me satisfacería mucho si... si tú...
—¿No te ofrecí que te casases con Jan y sacrificarme por vuestra felicidad...? ¡Brazos, por amor de Dios, no me digas ahora que no quieres casarte conmigo!
—Me casaré contigo... si me pruebas que eres June contestó Brazos cruelmente—. Ya no puedo soportar por más tiempo el tomar a June por Jan, a Jan por June,..
—¿Demostrar que soy June? —repitió ella—. ¡Claro que puedo probarlo! Mi nombre, June, está en todas las libranzas del dinero.
Brazos se agitó desesperadamente ante aquella prueba. Los directores de los bancos no suelen cometer errores tan grandes cuando se trata de extender libranzas; y mucho menos Henderson, con conocía a las dos hermanas Neece.
—¡Ah! Podrías haber engañado a Henderson tan fácilmente como a mí. ¿No has engañado a todos durante toda tu vida? ¡Hasta a tu propio papá...! No, señorita Neece, necesito que demuestres que eres June.
—Espera hasta que nos hayamos casado —suplicó ella con tanta humildad y dulzura, que Brazos ardió en deseos de oprimirla contra su pecho. Luego una idea brotó en su embelesada imaginación.
—No. Y recuerda que el sacerdote, con Doan y Wess y es de suponer que todas las personas que se hallan ahora en este lugar, va a venir muy pronto.
—¡Querido! ¡Créeme! ¡Ten confianza en mí! —imploró mimosamente la mujer—. Me moriría de vergüenza si vinieran ahora.
—Escucha: June Neece tenía una señal, que nació con ella, en una pierna... ¿No es cierto?
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó la muchacha mientras enrojecía de rubor.
—Lo oí decir la primera vez que vine a Las Ánimas. Todo el mundo lo sabía. Era el único medio de distinguir una de las gemelas de Neece de la otra... Pues bien: si eres June, debes tener esa marca de nacimiento... ¿La tienes?
—Sí, Brazos Keene, la tengo —contestó ella, acorralada—. ¿Tendrás confianza en mí hasta que...?
—Después tendré confianza en ti para siempre... Me parece que es muy justo que sufras el castigo de una pequeña vergüenza.
—¡Vergüenza! No tengo nada de qué avergonzarme... como no sea el haber perseguido a un vaquero muy poco caballeroso por todo el Sur...
—Es bastante, lo reconozco... ¡Oye, criatura! Me parece haber oído ahí fuera la risa de Wess. Ha debido de venir con el sacerdote. Apresúrate... o perderás un marido.
—Brazos Keene, si me obligas a hacerlo.., no querré admitirte por esposo —exclamó ella con altivez. Tenía el rostro nuevamente pálido y en sus ojos ardía la llama de un reproche.
—No me importa correr ese riesgo, querida. Ya no puedes negarte a casarte conmigo, aun cuando sólo sea por satisfacer tu buen nombre y tu orgullo.
—Muy bien, vaquero. Acércate a la luz —replicó ella con lo que parecía ser un desdén lleno de calma. Brazos la siguió hasta la ventana. El vaquero percibió la mirada de ella, fija en él, y no se atrevió a hacerla frente... Por otra parte, tenía la atención puesta en las ágiles manos de la mujer, que estaban levantando la falda por ambos lados, y luego las blancas enaguas.
—Ésta sería una situación muy poco grata para Jan —dijo ella con una reprimida carcajada que desmintió el desdén con que fingía observar a su novio—. He olvidado en qué pierna está la marca... ¡En la izquierda...! Ahora estoy segura. ¡Mira!
Unas alegres voces precedieron a las llamadas que se hicieron a la puerta. Brazos, con la sorprendente rapidez de su mano derecha, tiró de las faldas de la joven hacia abajo.
—¡Oye, querida...! ¡Estaba bromeando! —murmuró.
—Sí, es cierto —respondió ella reprobatoriamente—. ¿La viste?
—No. No pude ver nada. Además, June, he sabido desde el primer momento que eras tú.
—¡Embustero! Podría haberte engañado si lo hubiera deseado... Querría... ¡Oh!
Las llamadas a la puerta se repitieron con más estruendo e impaciencia. June se estiró la recogida falda.
—Brazos Keene, venimos dispuestos a convertirte en el vaquero más feliz de todo Texas —exclamó Wess con voz sonora.
—¿Podemos pasar? —dijo Doan con voz que expresaba su gran alegría—. Traemos al sacerdote, los papeles y todo lo necesario.
—Esperen un momento más, Tom —dijo lentamente Brazos—. La señorita ha consentido en ser la señora Keene. Pero, ¡maldición!, todavía no ha podido demostrarme cuál de las dos gemelas de «Sombreros Gemelos» es realmente...

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