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jueves, 8 de junio de 2017

Siena (Zane Grey)

Siena 
Zane Grey


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Zane Grey ha sido considerado por muchos como el más grande de los escritores de narraciones del Oeste. Verdaderamente, sus emocionantes novelas sobre los primeros colonos, los vaqueros y los hombres de las fronteras figuran entre las más notables del género. Sin embargo, pocas son las personas que lo conocen como uno de los primeros defensores de los derechos de los indios, a los cuales les fueron robadas sus tierras, siendo víctimas de la discriminación racial, viéndose torturados y eliminados por los hombres blancos que invadieron el Oeste.
En este libro, Zane Grey retrata a algunos de los grandes indios, unas veces reales y otras ficticios, que conoció a lo largo de sus muchos viajes o de los que oyó hablar en el curso de los mismos. Muchos de ellos fueron amigos y aliados del hombre blanco, pero incluso los que se revelaron como sus enemigos hicieron gala de unas cualidades que valieron al indio el respeto y, a menudo, el cariño de quienes realmente lo conocieron y comprendieron: el valor, el honor, la fortaleza, y un sentido de la justicia que nosotros debiéramos esforzarnos por emular hoy.
Zane Grey
Prefacio
Siena espera
La fuente encantada
Hijo de la Luna
I
II
III
La redención de Nophaie
Zane Grey

SIENA

(Narraciones Indias)

(Greatest Indian Tales, 1975)

Prefacio

ZANE Grey ha sido considerado por muchos como el más grande de los escritores de narraciones del Oeste. Verdaderamente, sus emocionantes novelas sobre los primeros colonos, los vaqueros y los hombres de las fronteras figuran entre las más notables del género. Sin embargo, pocas son las personas que lo conocen como uno de los primeros defensores de los derechos de los indios, a los cuales les fueron robadas sus tierras, siendo víctimas de la discriminación racial, viéndose torturados y eliminados por los hombres blancos que invadieron el Oeste.
En este libro, Zane Grey retrata a algunos de los grandes indios, unas veces reales y otras ficticios, que conoció a lo largo de sus muchos viajes o de los que oyó hablar en el curso de los mismos. Muchos de ellos fueron amigos y aliados del hombre blanco, pero incluso los que se revelaron como sus enemigos hicieron gala de unas cualidades que valieron al indio el respeto y, a menudo, el cariño de quienes realmente lo conocieron y comprendieron: el valor, el honor, la fortaleza, y un sentido de la justicia que nosotros debiéramos esforzarnos por emular hoy.
Fue esta faceta de mi padre —una faceta que, además, mejorará la idea que se tenía de él en cuanto a su talla de escritor— la que hizo siempre, principalmente, que me sintiera orgulloso de él. En sus relatos, no sólo sale en defensa de los indios, sino también de todas las minorías oprimidas de cualquier parte. Mi padre batalló incansablemente para que fuera salvado lo que quedaba de nuestros recursos naturales, y sus narraciones, aparte de resultar emocionantes, dramáticas, constituyen un alegato en pro de la tolerancia y la justicia social, que debieran ser los derechos de todo ser humano, en todo el mundo, por el solo hecho de nacer.
Los relatos que contiene este libro van, históricamente, desde la época anterior a la llegada del hombre blanco a Norteamérica hasta la Primera Guerra Mundial, en la que tomaron parte numerosos indios americanos, defensores así de la causa aliada. Algunos son relatos completos en sí; en otras ocasiones, se trata de extractos de novelas en las cuales los indios representaron un papel destacado en el desarrollo del Oeste, relacionándose con hombres blancos carentes de prejuicios, quienes los vieron como seres humanos y no como animales.
Figura en el presente volumen también una narración muy divulgada acerca de uno de los más legendarios cazadores de indios en la primera y más revuelta época: Lew Wetzel —apodado Le Vent de la Mort por los franceses—, quien utilizó su largo y negro rifle para vengarse ferozmente de los enemigos de los colonos ingleses, desde Virginia hasta la frontera canadiense.

Loren Grey.

L. G.
Woodland Hills, California.
Siena espera

En este relato se cuenta cómo Siena, jefe de su tribu de indios crows, hizo realidad una antigua profecía, por la cual se aseguraba que nacería un día un gran jefe, quien libraría a los suyos del hambre y la esclavitud, fundando una nueva nación india a orillas del lago que ahora lleva su nombre.

UNA voz en el viento susurró a Siena la profecía de su nacimiento. «¡Ha nacido un jefe que salvará a la tribu de los crows, ahora en peligro de desaparecer! ¡Será un cazador para su hambriento pueblo!»
Las aguas verdosas y blancas del tumultuoso Athabasca se deslizaban a sus pies, pronunciando su nombre y murmurando su destino. «¡Siena! ¡Siena! ¡Su novia nacerá de un beso del viento a las flores, bajo la luz de la luna! ¡Una nueva tierra llama al último de los crows! ¡Hacia el norte, donde el pato silvestre da por terminado su vuelo, Siena será el jefe de un gran pueblo!»
Así fue cómo Siena, un cazador de los frondosos parajes, empezó a vivir entregado a sus sueños. A los dieciséis años era la esperanza de su tribu, en otro tiempo poderosa, un jefe juvenil, bello como un bronceado dios, silencioso, orgulloso, pendiente en todo momento de las voces del viento.
Siena se enseñoreó del alma de los bosques con la misma naturalidad con que aprenden a volar las aves. Pronto se familiarizó con los secretos de la tierra, de las rocas, de los ríos.
Sabía dónde encontrar los nidos de los chorlitos, llamar al zambullidor, atrapar la garza y alancear un pez. Entendía el lenguaje de los susurrantes pinos. Sabía dónde bajaba el ciervo a beber, dónde pastaba el caribú, por qué sitios corrían los conejos, en qué lugares el oso revolvía troncos y ramas de árboles, en busca de gorgojos... Había aprendido en seguida esas cosas. Tampoco ignoraba cuándo las moscas negras obligaban al alce a entrar en el agua, y cuándo el graznido del pato señalaba la proximidad del viento del norte.
De todos los rincones de aquellos parajes llegaban a su espíritu guías señalando los pasos del destino en su senda. Los cuatro vientos proferían voces que susurraban su futuro. La voz más fuerte era la del Athabasca, el salvaje río, el cual le hablaba de la novia nacida de un beso del viento a las flores bajo la luz de la luna.
Corrían los días del otoño. Las llamas de las hojas se desvanecían; la niebla abandonaba los huecos naturales en que estuviera aposentada; el arrullo habitual cedía ante el gemido del viento. Se advertían todos los signos de un riguroso invierno en las cortezas de los frutos, en las pieles de los zorros, en los vuelos de las aves acuáticas.
Siena ensartaba peces con su lanza, a fin de disponer de provisiones durante los días duros que se avecinaban. Nadie de vista tan aguzada como Siena, nadie de brazo tan rápido. Era la esperanza de todos y ahora abastecía de alimentos a su tribu, en apuros. Siena se había arrodillado sobre una corriente de agua con un cauce arenoso, uno de los muchos afluentes del Athabasca. Su lanza se mantenía constantemente en alto. Y descendía con la rapidez de un rayo de sol entre las ramas de un árbol. Siena levantaba el brazo para mostrar un tembloroso pez, en las convulsiones de la agonía, que depositaba en la orilla. Luego, su madre, Ema, con otras mujeres de la tribu, ponía a secar los peces al sol, sobre una roca.
Una y otra vez, muchas veces, se abatió la lanza. El joven jefe apenas fallaba. Las heladas en las tierras altas habían hecho que los peces se pasaran a otras aguas. Al deslizarse por encima de los brillantes guijarros, Siena los llamaba por sus nombres.
La india más anciana no recordaba un día de tantas capturas como aquél. Ema empezó a proferir elogios dedicados a su hijo. Las otras mujeres cesaron en su canto de hambre de la tribu.
De repente, pareció revolotear sobre el agua un ronco grito.
Ema se sintió atemorizada. Sus compañeras huyeron, empavorecidas. Siena continuó en la orilla, empuñando su lanza. Se le acercaba un bote en el que vio unas cuantas caras blancas.
De nuevo sonó el ronco grito de antes.
Ema se escondió tras unos matorrales. Siena vio unas blancas manos que se agitaban. Las piernas se le doblaban. Estuvo a punto de echar a correr. Pero Siena, de los crows, el salvador de la tribu en peligro, no debía emprender la huida ante unos enemigos visibles.
—Rostros pálidos —susurró, tembloroso.
Sin embargo, estaba dispuesto a luchar, a salir en defensa de su madre. Recordó las historias contadas por un viejo indio que había viajado hasta el sur, teniendo encuentros con los temibles hombres blancos. Esto le hizo evocar otros vagos recuerdos relacionados con sucesos en los que participaban cazadores blancos que manejaban armas relampagueantes y atronadoras.
—¡Naza! ¡Naza!
Siena miró furtivamente hacia el norte, dirigiendo una plegaria al dios de dioses. Estaba convencido de que muy pronto su espíritu vagaría por las sombras del otro mundo indio.

En el momento en que la quilla del bote tocó la arena del fondo, Siena vio claramente unas pálidas caras mirando hacia arriba, oyendo unas voces que le saludaban en un idioma desconocido. El tono de ellas era amistoso y entonces abatió su lanza. Luego, uno de los hombres se plantó en la orilla. Su mirada se quedó fija en el montón de peces. Empezó a hablar seguidamente, utilizando palabras de las lenguas cree y chippewayana, entremezcladas:
—Muchacho... Nosotros somos blancos amigos... Tenemos hambre... Véndenos tu pescado... Haremos un trato... Tenemos hambre y hemos de viajar todavía muchos días...
—La tribu de Siena es pobre —replicó el joven—. A veces, nosotros también pasamos hambre. Pero Siena compartirá su pescado con vosotros y no quiere ningún trato.
Su madre, viendo que los blancos no pretendían causarles ningún mal, salió de su escondite, perdido ya todo temor, quejándose amargamente de la liberalidad de su hijo. La mujer habló del amenazador invierno, de las corrientes de agua heladas, de los bosques cubiertos de nieves, de las largas noches de hambre. Siena la obligó a callar. Movió un brazo para indicar a los atemorizados hombres y mujeres de la tribu que debían refugiarse en sus wigwams.
—Siena es joven —dijo, simplemente—, pero es el jefe aquí. Si tenemos que pasar hambre... pasaremos hambre.
Inmediatamente, dio a los recién llegados la mitad de sus peces. Los blancos encendieron un buen fuego, acomodándose a su alrededor, comiendo como lobos hambrientos lanzados sobre un ciervo caído. Cuando se hubieron quedado tranquilos, llevaron el pescado que les había quedado al bote, silbando o cantando alegremente. Después, el que parecía ser su jefe dio a entender que deseaba pagar. Siena se negó a cobrar nada. Los ojos de su madre centellearon codiciosos, y esto le dolió profundamente.
—Jefe —dijo su interlocutor—: el hombre blanco comprende. Ahora desea ofrecerte unos presentes: de jefe a jefe.
El blanco le tendió unas cuentas brillantes de vidrio y otras chucherías, así como unos metros de calicó y varias tiras de paños. Siena aceptó estos obsequios con una dignidad que contrastaba con la codicia con que Ema se lanzó sobre aquellas atractivas cosas. A continuación, el rostro pálido le enseñó un cuchillo que sacó de su vaina. La brillantez de su hoja de acero se reflejó en los ojos de Siena.
—Jefe —continuó diciendo el hombre blanco—: esa mujer ha indicado antes que vuestra tribu pasa hambre. ¿Es que por aquí no hay alces ni renos?
—Sí que los hay. Pero en raras ocasiones se ponen al alcance de las flechas de Siena.
—¡Ah! Pues Siena ya no volverá a pasar hambre —repuso el blanco.
El hombre extrajo del bote un largo tubo de hierro con un curvada madera en uno de sus extremos.
—¿Qué es esto? —preguntó Siena.
—El maravilloso tubo que dispara. ¡Fíjate, muchacho! Observa lo que pasa ahora con los leños del fuego...
El blanco se llevó el tubo al hombro. A esto siguió una llamarada, acompañada de una nubecilla de humo y de una fuerte explosión que sobrecogió profundamente a los indígenas. La corteza de uno de los leños saltó hecha pedazos.
Los chicos se escabulleron en el interior de los wigwams profiriendo fuertes gritos; las mujeres echaron a correr, dando voces. Ema se arrojó al suelo, gimiendo, asegurando que había llegado el fin del mundo. Siena, incapaz de mover un pie o una mano, susurró otra plegaria a Naza, mirando hacia el norte.
El hombre blanco se echó a reír, dando unos golpecitos a Siena en un brazo.
—No temas nada, muchacho.
Luego, se llevó a Siena a un punto alejado de la orilla del río, empezando a explicarle la forma de utilizar el maravilloso tubo de hierro. Volvió a cargar el rifle y disparó de nuevo. Repitió la acción. Así hasta que Siena hubo comprendido perfectamente las posibilidades de aquella arma.
Pacientemente, el hombre blanco enseñó al indio lo que tenía que hacer para cargarla, apuntar y disparar, qué había de hacer para limpiarla, con ayuda de una varilla metálica y una gamuza. Por último, colocó a los pies del indio un barrilito de pólvora, unas balas de plomo y cajas llenas de cápsulas. Tras despedirse de Siena, subió al bote, con sus acompañantes. Unos minutos más tarde se perdía la embarcación en una de las vertiginosas curvas que describían las aguas tumultuosas del Athabasca.
Siena se quedó solo en la orilla del río, con el maravilloso tubo que disparaba en las manos. Todavía resonaban en sus oídos los quejumbrosos lamentos de su madre. La consoló, diciéndole que los blancos se habían ido, que él estaba a salvo, y que la profecía sobre su nacimiento había empezado a cumplirse. Escondió la preciosa munición en un sitio seguro, en el tronco hueco de un árbol situado cerca de su wigwam. Luego, se internó en el bosque.
Siena se había lanzado en pos de un alce, encaminándose a los parajes más frecuentados por esos animales. Caminaba como en sueños, pues se sentía temeroso y crédulo a un tiempo. La visión de la plateada superficie de un estanque, el rumor de un chapoteo y el descubrimiento de unos círculos concéntricos en el líquido elemento, le hicieron trepar con todo cuidado por entre unos helechos y matorrales que quedaban junto a la orilla del estanque. Un familiar zumbido de moscas le indicó dónde estaba su presa.
El alce se había encaminado al agua, empujado por los enjambres de negras moscas. Estiraba el cuello por encima de ésta para mordisquear las ramas más bajas de un álamo. Sus antenas, que esto parecía la cornamenta, ampliamente separadas y vueltas hacia atrás, rozaban con las puntas la superficie del estanque, produciendo los círculos que Siena observara antes.
Más tembloroso que nunca, Siena se apostó detrás de un tronco caído. Se hallaba a cincuenta pasos del animal. ¡Cuántas veces, desde aquel mismo sitio, a igual distancia que ahora, había fallado el blanco al disparar una flecha! Pero en este momento tenía en las manos el arma del hombre blanco, cargada con el relámpago y el trueno. En aquel preciso instante, las ramas de un álamo se apartaron para dejarle ver un espléndido ejemplar de alce. El animal movió bruscamente la cabeza para desprenderse de la nube de zumbantes moscas. Luego, se detuvo, husmeando el viento.
—¡Naza! —susurró Siena.
Le dolía casi la garganta.
Apoyó el arma en el tronco del árbol, intentado ver a su presa por encima del tubo de hierro. Todo era muy confuso. Murmuró otra plegaria a Naza. Su visión se aclaró, sus brazos se inmovilizaron. Esperanzado y dudoso a un tiempo, apuntó, oprimiendo el gatillo.
¡Buuummm!
El alce irguió repentinamente la cabeza, poderosa, doblando las patas delanteras. Después, rodó por una pequeña pendiente, dejando un corto y sangriento rastro, tras lo cual se quedó absolutamente inmóvil.
—¡Siena! ¡Siena!
El exultante aullido del joven jefe se desplazó sobre las quietas aguas, adentrándose en el bosque, para volver en un eco desde Old Stoneface. Aquélla era la triunfal llamada de Siena, la proclama dirigida a sus ascendientes, que le observaban desde el silencio.
La manada de alces se precipitó vertiginosamente en el bosque. Mucho después de haberlos perdido Siena de vista, pudo continuar escuchando el rumor de sus cornamentas quebrando las ramas más tiernas y bajas de los árboles.

Cuando Siena se inclinó sobre el alce muerto, sus dudas se desvanecieron: era, en verdad, un elegido de los dioses. ¡Había dejado de ser el jefe de una tribu que se moría de hambre! Reverentemente, levantó su tubo disparador hacia el norte, hacia Naza, que se había acordado de él. Luego, miró también hacia el sur, donde moraban los enemigos de su tribu. En sus ojos se advertían destellos de salvaje orgullo.
Ocho veces resonó el arma, quebrando la calma de aquellos lugares. Sobre las húmedas hierbas quedaron tendidos ocho alces. Con el crepúsculo, Siena emprendió el regreso al campamento, para colocar más tarde ocho lenguas de alce ante las gimoteantes mujeres de la tribu.
—Siena ya no es un muchacho —dijo—. Siena es un cazador. Que sus mujeres se ocupen de traer la carne.
Luego, se desentendió del gozo, de los festejos y bailes de su tribu, pasando la noche solo a la sombra de Old Stoneface, donde permaneció acompañado por los espíritus de sus antecesores, escuchando las voces del viento.
Antes de que se helaran las aguas de los estanques, Siena logró dar muerte a un centenar de alces y ciervos. A causa de sus provisiones de carne, grasa, aceite y pieles, el mundo había cambiado para la tribu crow.
A lo largo de todo el invierno flamearon alegremente las hogueras de los crows; los hombres parecieron cobrar nuevos vigores; las mujeres entonaban cánticos de alabanzas en honor a Siena, orando para que llegara el viento del verano y naciera su novia a la luz de la luna.
Llegó la primavera; pasó el verano; se presentó el otoño... Creció la fama de Siena y se divulgó la maravilla del tubo disparador a lo ancho y a lo largo de la tierra.
Transcurrió un año, y otro... Siena era el gran jefe de los rejuvenecidos crows. Era más alto ahora. Tenía la estatura de un impresionante guerrero; su faz tenía la belleza de los escogidos de los dioses; sus ojos poseían la agudeza del halcón, muy característica en los Siena que le habían precedido. Sus largas reflexiones a la sombra de Old Stoneface habían añadido sabiduría a sus otras cualidades. Ahora, pensando en su tribu, que lo reverenciaba, todo lo que necesitaba era que quedara completada la profecía de su nacimiento con la llegada de la novia perteneciente a una tribu extraña.

Otro otoño. El viento agitaba las ramas de los alerces y gemía entre los pinos. Siena avanzaba por un claro bordeado de helechos. Aspiraba el olor de las caídas hojas. La fresca brisa le hacía presentir las inminentes nieves. Las flores estaban muertas y dentro de su wigwam continuaba sin ver la novia de oscuros ojos esperada. Siena se sentía preocupado. Le angustiaba su espera. Creyó verla flotando en las sombras, a su alrededor; sus ojos estaban velados por los negros cabellos. Llegaban a sus oídos suaves murmullos, procedentes de cada pino, de cada mata.
A estos murmullos, él replicaba:
—Siena espera.
Se preguntó a qué tribu pertenecería ella. Confiaba en que no saldría de los hostiles chippewayanos, ni de los lejanos blackfeet. Esperaba, sobre todo, que no fuera de los crees, los enemigos mortales de su tribu, los destructores de su poderío de antaño, celosos ahora de su resurgente influencia.

Otras sombras eran perceptibles en el bosque. Eran unos espíritus que salían silenciosamente de las tumbas que iba pisando, previniéndole contra misteriosos peligros. Probablemente, le acechaban sus enemigos, ocultos en secretos escondrijos. Sus hombres habían sido portadores de habladurías; varios indios vagabundos habíanse referido a conjuras tramadas contra Siena. Él no les había prestado mucha atención. Él era Siena, el elegido de los dioses. Además, ¿no disponía de su maravilloso tubo, que vomitaba fuego y muerte?
Se hallaban en la estación que él más amaba, cuando el bosque y la tierra hablaban más impetuosamente. Le hablaban los alerces; se inclinaban a su paso los álamos; los pinos cantaban su canción para él solo. Se enredaban las matas en sus pies; se aferraban a él los oscuros helechos, dándole una bienvenida que era un adiós. Un pájaro gorjeó una quejumbrosa nota; otro, silbó una melodiosa llamada. Gemía el viento del norte en los huecos y los prados, al agitar los blancos musgos, formulando una promesa. Las rocas cubiertas de líquenes, los árboles, de arrugadas cortezas, y las criaturas que se movían entre ellos —el mundo entero del aire y la tierra—, oyeron los pasos de Siena sobre las hojas y un millar de voces zumbaron en la inmovilidad del otoño.
Dejó atrás, pues, el sombreado bosque, pasando luego unos llanos, camino del sitio en que solía cazar. Con su cuerno hecho de corteza de abedul, imitó la llamada del alce. No había otro indio cazador que le superara en tal treta. Se escondió seguidamente en una espesura, aguardando... Finalmente, llegó hasta sus oídos una enfadada réplica, proveniente de una hondonada. Tratábase de un alce macho, dispuesto a la lucha, que avanzaba quebrando ramas en un anticipo de feroz embestida. Al irrumpir el animal en el claro, Siena lo mató. Después, dejando su arma sobre un leño, sacó el cuchillo de su vaina, acercándose a su víctima.
Un ruido de ramas quebradas a su espalda alarmó a Siena. Volvióse rápidamente. Pero ya era tarde. Un puñado de indios se arrojó sobre él, derribándolo. Siena forcejeó, resistiéndose, pero sus enemigos eran muchos. Al levantar la vista identificó a sus captores, si bien era la primera vez que se enfrentaba con ellos. Se trataba de los tradicionales enemigos de su tribu, de los hostiles crees.
Un jefe fornido, de broncínea faz y siniestros ojos, se inclinó sobre el cautivo.
—Siena es ahora el esclavo de Baroma.
Siena y su tribu fueron llevados al sur, a la tierra de los crees. El joven jefe fue atado a un poste en el centro del poblado. Centenares de crees se dedicaron a lanzarle escupitajos a la cara, a pegarle, a ultrajarle en todas las formas imaginables. La mirada de Siena se hallaba fija en el norte. En su rostro no se advertía nada que delatara los tormentos de que estaba siendo objeto.
Finalmente, los consejeros de Baroma terminaron con aquel espectáculo, diciendo:
—¡Éste es un hombre!
Siena y los suyos fueron en adelante esclavos de los crees. Dentro del wigwam de Baroma, colgada de la cornamenta de un caribú, estaba el arma maravillosa de Siena, además del cuerno con pólvora y la bolsa de las balas. Estos objetos suscitaban una intensa curiosidad y un gran temor en los crees.
Nadie conocía el misterio de aquella cosa que relampagueaba y tronaba; nadie se atrevía a tocarla.
Siena sentía que su corazón estaba destrozado. No era porque asistiera al fin de sus sueños, ni por haber perdido la libertad. Le inquietaba la suerte de los suyos. ¡Se habían convertido en esclavos de sus enemigos, de los asesinos de sus ascendientes! Su espíritu se ensombreció; su alma pareció enfermar. El viento ya no llevaba a sus oídos dulces voces; su mente había abandonado su cuerpo, vagando en las sombras, entre confusas formas.
Por el hecho de ser fuerte, se vio obligado a trabajar duramente, transportando cargas y pesados leños; para humillarlo y hacerle olvidar su fama, fue dedicado a limpiar pescado y a lavar canoas, en compañía de las mujeres. En raras ocasiones podía cruzar unas palabras con su madre o cualquiera de los miembros de su tribu. Estaba vigilado en todo momento, siendo llevado de un lado para otro por sus guardianes.
Cierto día, cuando se sentía a punto de derrumbarse a causa de la fatiga, una joven le llevó agua para que calmara su sed. Siena levantó la vista. Su rostro y su mente se animaron de pronto, como cuando brotan los rayos del sol tras el paso de una nube.
—¿Quién es bueno para Siena? —preguntó, bebiendo.
—La hija de Baroma —replicó la muchacha.
—¿Cómo se llama la hija de Baroma?
Rápidamente, la joven bajó la cabeza y sus negros cabellos le cubrieron casi por completo el rostro.
—Emihiyah.
—Siena ha caminado por solitarios parajes, escuchando voces que él solamente podía entender. Ha oído la música de Emihiyah en los vientos. La hija del gran enemigo de Siena no debe sentirse atemorizada por decir su nombre.
—Emihiyah significa un beso del viento a las flores a la luz de la luna —susurró la muchacha tímidamente.
Luego, huyó de allí corriendo.
El amor llegó por fin al último de los Sienas, y fue algo glorioso. Dejó de anidar en el alma del joven jefe el espectro de la muerte. Supo ver en el futuro, asistiendo a su personal resurgimiento. Volvía a ser el elegido de los dioses. Su severa faz se impregnó de belleza; su vista se tornó más aguda; su cuerpo adquirió tal prestancia y tal fuerza que los crees se quedaron maravillados ante él. Una vez más, el viento volvió a susurrar en sus oídos dulces frases. Las brisas suaves le traían, incluso, del Norte gratas canciones. Reían para él los pinos y los pájaros, así como las aguas verdosas y blancas del Athabasca, el río salvaje.

Los suyos le vieron fuerte y paciente. Continuaron trabajando para los crees, manteniéndose unidos, fieles a sus antepasados. Baroma se mostraba jactancioso. «Siena espera», eran las únicas palabras que el joven decía a su madre. Ella las repetía como un hechizo. Los ojos de Siena brillaban como las inquietas Luces del Norte, que mantenían el fuego sagrado en los corazones de todos los sojuzgados.
Durante el invierno, en el curso de las largas horas que los crees pasaban en sus wigwams, cuando Siena tenía menos tareas a que hacer frente, puso trampas en la nieve para cazar zorros y martas. Entre los crees no había ningún hombre que pudiera compararse con Siena como trampero. A lo largo de aquellos interminables meses se hizo con muchas pieles, que utilizó para confeccionarse un atavío jamás contemplado por los ojos de una doncella. Lo guardó celosamente durante siete noches. En todo momento permaneció con los oídos atentos al viento. La séptima noche era la de la fiesta de mediados de invierno. Brillaban las antorchas frente al wigwam de Baroma. Siena cogió su atavío, echando a andar lenta, majestuosamente, para colocarlo a los pies de Emihiyah.
El rostro de Emihiyah empalideció. Sus ojos, que brillaban como estrellas, desaparecieron tras la mata de sus oscuros cabellos. Su esbelto cuerpo empezó a temblar.
—¡Esclavo! —exclamó Baroma, poniéndose en pie de un salto—. Acércate más a Baroma, para que él pueda ver qué clase de perro se aproxima a Emihiyah.
La mirada de Siena se cruzó con la de Baroma, pero no pronunció una sola palabra. El obsequio de que era portador hablaba por él. El odiado esclavo se había atrevido a pedir en matrimonio a la hija del orgulloso Baroma. La figura de Siena se destacó a la luz de las antorchas. Había algo especial en ella, algo que por unos instantes dejó aterrados a los presentes. Finalmente, los hombres rompieron el silencio con un clamor de lobos.
Tillimanqua, el hijo de Baroma, llevó rápidamente una flecha a su arco, la cual salió disparada, clavándose en la cadera de Siena.
Una pantera no hubiera podido imitar el salto de Siena, quien arrojó inmediatamente a Tillimanqua por los aires, para abatirlo contra el suelo. Con el pie hundido en su garganta, le arrebató el arco. Siena profirió entonces el grito de guerra de su tribu, que no había sido oído durante cien años, y el terrible alarido inmovilizó a los crees.
A continuación, se sacó la flecha de la cadera, acomodándola al arco. Apuntó aquélla a Tillimanqua, entre los ojos, y empezó a tensar la cuerda. Los músculos de sus atezados brazos resaltaron en éstos con el violento ejercicio.
Un grito quebró el dramático silencio de aquellos momentos. Emihiyah cayó de rodillas.
—¡Perdona la vida al hermano de Emihiyah!
Siena echó una mirada a la doncella arrodillada. Por último, soltó la flecha, que salió disparada en dirección al cielo.
—Siena es esclavo de Baroma —dijo con desprecio, sonando sus palabras como un trallazo—. Este cree aprenderá a ser prudente.
Siena se alejó del wigwam. Por uno de sus muslos corría la sangre. Se metió en su tepee, hecho con matorrales, donde se curó la herida.
Cayó la noche. Brillaban las estrellas por entre los árboles y las hierbas se cubrían de rocío. Siena, tendido en el suelo, ardía a causa de la fiebre y el dolor. Una sombra se deslizó en cierto momento ante sus fatigados ojos. Una voz que no era ninguna de las que oía en los bosques, le habló suavemente:
—¡Siena! ¡Ha llegado Emihiyah!
La doncella cubrió la herida del muslo con un bálsamo, secando el sudor que en minúsculos riachuelos bajaba de su frente.
Luego, las manos de la muchacha buscaron las suyas, oprimiéndoselas tiernamente. Los cabellos de Emihiyah acariciaron el rostro del joven.
—Emihiyah acepta tu presente —dijo ella.
—Siena ama a Emihiyah —repuso él.
—Emihiyah ama a Siena.
La muchacha lo besó y desapareció de allí.
Por la mañana, Siena se comportó como si no hubiera sido herido jamás. Nadie le había visto revolcándose en el suelo. Acabó el invierno y llegó la primavera; terminó la primavera y vino el verano; el verano dejó paso al otoño.
Uno de sus días más melancólicos, Siena visitó a Baroma en su wigwam.
—Los cazadores de Baroma son lentos. Siena ve el hambre en esta tierra.
—El esclavo de Baroma debe ocupar su sitio entre las mujeres —fue la réplica.
Aquel otoño, el viento del Norte llegó una luna antes de las esperadas por los crees; el alce inició su anual desplazamiento hacia el Sur; los renos se refugiaron cautamente en las abiertas espesuras; no hubo pescado, y una plaga acabó casi con los conejos.
Con la primera nevada, Baroma convocó un consejo. Después, envió de caza a sus hombres, con el encargo de alejarse lo más posible del campamento, desplegándose en un amplio frente.
Uno tras otro, fueron regresando al campamento, hambrientos y con los pies doloridos. Todos contaban la misma historia. Era ya demasiado tarde.
Quedaban en el bosque algunos alces, pero eran muy recelosos, manteniéndose en todo instante fuera del alcance de las flechas de los cazadores. No había otras piezas.
Sopló una fuerte ventisca. Luego, la nieve lo blanqueó todo, cubriendo los caminos. Cada vez hacía más frío.

Los crees estaban amenazados por el hambre. Día y noche entonaban cánticos, pronunciaban palabras mágicas, hacían sonar sus tambores, conjurando el retorno del reno. Pero los renos no se dejaban ver.
Fue entonces cuando el terco de Baroma cedió por influencia de sus consejeros. Consintió que Siena los salvara del hambre y de la muerte con ayuda de su maravilloso tubo de hierro de luz y fuego. Baroma envió un recado a Siena para que se presentara en su wigwam.
Siena no fue a verle, indicando al brujo de la tribu:
—Dile a Baroma que pronto será Siena quien dé las órdenes.
El jefe cree se indignó al conocer estas palabras. Abandonó su wigwam hecho una fiera, juró que daría muerte a su esclavo. Pero se impuso el buen juicio de sus consejeros. Siena y su maravilloso tubo serían, seguramente, la salvación de los crees. Baroma, musitando denuestos ininteligibles, ordenó que no se le diera nada de comer a Siena si no se ofrecía voluntario para salir a cazar. Si seguía mostrándose obcecado, sería el primero en morir.
Se había acabado la carne. Sólo quedaba una pequeña cantidad de ella en el wigwam del jefe, guardada como si hubiera sido un tesoro. Después, las mujeres de la tribu empezaron a hervir los huesos y las pieles, con objeto de procurarse una sopa que les ayudara a mantenerse con vida. Pasaron los días de frío. En el campamento reinaba un sombrío silencio. De vez en cuando se escuchaba tan sólo el lamento de una madre que no disponía de nada que ofrecer a su hijo. La gente de Siena, más habituada que los crees a las privaciones, soportó mejor que éstos aquel duro período de tantas necesidades. Mujeres y hombres eran más resistentes y, sobre todo, les ayudaba a sostenerse la fe que habían depositado en su joven jefe. Siena caminaba tan derecho como en los días de libertad. No vacilaba bajo las cargas de leña y su rostro era el de un ser iluminado. Los crees, conocedores de la orden de Baroma, deseoso de que Siena fuera el primero que pereciera a consecuencia de la falta de alimento, fijaban la vista aterrorizados en el esclavo. Luego, sintieron temor ante su presencia. El último de los Siena estaba siendo ayudado por los espíritus.
Pero Siena, aunque estaba convencido de ser un elegido de los dioses, sabía que no eran los espíritus quienes le sostenían. Por las noches, cuando reinaba en el campamento un silencio de muerte, cuando ni siquiera se percibía el aullido de un lobo en los helados parajes, Siena se tendía en su tepee, bien caliente bajo su manta. Apenas soplaba el viento, pero continuaba oyendo las familiares voces de siempre. Y también llegaba a sus oídos otro rumor: el de los mocasines desplazándose blandamente sobre la nieve. Una sombra se deslizaba entre los ojos de Siena y la pálida luz del exterior.
—Ha llegado Emihiyah —susurraba la sombra, arrodillándose junto a él.
La muchacha le tendía un trozo de carne robado a Baroma, aprovechando el sueño de éste. Noche tras noche, desde el día en que su padre ordenara que Siena fuese abandonado a su suerte, Emihiyah había llevado a cabo aquella peligrosa misión.
La dulce mano de la joven buscó el rostro de él. Sus cabellos acariciaron su cara.
—Emihiyah es fiel —suspiró.
—Siena no hace más que esperar —replicó el jefe de los crows.
Ella le dio un beso, desapareciendo con el mismo sigilo con que había llegado.

Los crees tuvieron que vivir unos días muy crueles antes de que Baroma se doblegara. Murieron muchos niños y no pocas madres se hallaban en apurada situación. Los hombres y las mujeres de Siena todavía resistían, y en él no había dejado la menor huella el hambre. Hacía tiempo que las mujeres crees le tenían por un ser sobrehumano. Estaban convencidas de que el Gran Espíritu lo alimentaba desde los lejanos y felices terrenos de caza.
Por último, Baroma fue a ver a Siena.
—Siena puede salvar a su pueblo y a los crees.
El joven le dirigió una larga mirada, contestando luego:
—Siena espera.
—Que Baroma lo sepa. ¿Qué es lo que Siena espera? Mientras él espera, nosotros, los crees, nos morimos de hambre.
Siena volvió a sonreír. Era la suya una sonrisa inescrutable. Después, miró a otro lado.
Baroma mandó llamar a su hija, ordenando a ésta que formulara unas súplicas al esclavo que podía salvar a todos.
Emihiyah, frágil como un junco oscilante, más bella que una rosa en una espesura impenetrable, se plantó ante Siena con los ojos fijos en el suelo.
—Emihiyah suplica a Siena que la salve de la muerte, junto con la tribu de los crees.
—Siena espera —replicó el esclavo.
Baroma empezó a rugir de furia, mandando a sus hombres que azotaran al deslenguado. Pero los crees estaban muy débiles; sus brazos carecían de fuerza y Siena se rió de sus captores.
A continuación, como un león salvaje, dueño de pronto de todo su poder, tras un prolongado encierro, se revolvió contra sus verdugos:
—¡Os moriréis de hambre, perros crees! ¡Morid todos ahora! Cuando hayáis caído todos, como las hojas en el otoño, Siena y su pueblo regresarán al Norte.
Baroma había perdido ya toda su arrogancia. Al otro día, después de ver a Emihiyah muy débil y pálida, tendida en su wigwam, atormentada por el hambre, que él mismo también sentía ya, fue en busca de Siena.
—Que Siena diga qué es lo que espera.
Siena se levantó de un salto. La inquieta llama de la luz del Norte centelleó en sus ojos.
—¡La Libertad!
La última palabra pareció tomar forma material, siendo arrastrada por el viento.
—Baroma cede —contestó el cree, abatiendo la cabeza.
—Envía a todas las mujeres que puedan andar y a todos los hombres que puedan trepar sobre el rastro de Siena.
Siena se trasladó seguidamente al wigwam de Baroma, cogiendo su maravilloso tubo, procediendo a cargarlo. A continuación, se calzó unas raquetas para poder desplazarse por la nieve. Sabía dónde podía ser localizada alguna manada de alces en los sitios más resguardados. Oyó el rumor que producían las pezuñas de los animales al batir la nieve compacta y los ruidos causados por sus cornamentas al chocar con las ramas de los árboles.
Las cautelosas bestias no se hubieran puesto nunca al alcance de las flechas de los crees. Él disparó sobre su primera pieza a bastante distancia de la misma. Los alces de las proximidades emprendieron veloz carrera, levantando una densa nube de nieve. Luego, todos vieron que sobre ésta había quedado tendido un hermoso ejemplar de negro pelaje. Siena siguió a la manada y siempre que los tuvo a la distancia requerida de su arma apretó el gatillo. Cuando hubo dado muerte a cinco alces, Siena dio la vuelta, encontrándose con que casi toda la tribu cree habíale seguido. Algunos ya habían empezado a despedazar las bestias, entre gozosos gritos.
Aquella noche fueron encendidos muchos fuegos frente a los wigwams. En todos se veían colocados ollas de barro. Reinaba una general alegría. Siena estuvo cazando al día siguiente, y al otro. Durante diez días anduvo por el blanco bosque, con su maravillosa arma en las manos. No fallaba un solo blanco. Logró cobrar unas ochenta piezas.
La amenaza del hambre habíase esfumado. Los crees acababan de ser salvados por uno de sus esclavos.
Cuando las alocadas danzas llegaron a su fin y se dio la fiesta por terminada. Siena se presentó en el wigwam de Baroma.
—Siena conducirá a su pueblo al Norte.
Baroma, hambriento, era un jefe que no se parecía en nada al Baroma de ahora, bien alimentado. Volvía a ser el individuo astuto de siempre.
—Siena recobra la libertad. Baroma hace honor a su palabra. Pero los hombres y las mujeres de Siena seguirán siendo esclavos de los crees.
—Siena pide la libertad para él y para su pueblo —puntualizó el joven jefe.
—Baroma no prometió nada sobre la tribu de Siena. Nunca hubiera estado dispuesto a dejar a los hombres y mujeres de Siena en libertad. La libertad de su jefe debe bastarles.
—El cree no dice la verdad. Él sabe que Siena nunca habría estado dispuesto a salir de aquí solo. Siena hubiera debido pensar que Baroma es un hombre perverso. Los crees siempre fueron grandes embusteros.
Baroma se plantó ante Siena, con un gesto altanero. Cerca de él, en círculo, se hallaban sentados los curanderos de la tribu, sus hombres y mujeres.
—El cree es amable. Empeñó su palabra y la cumple. Siena es libre. Que Siena coja su arma maravillosa y que se vaya al Norte.
Siena colocó a los pies de Baroma aquélla, en unión del cuerno con pólvora y la bolsa de las balas de plomo. Luego, se cruzó de brazos. Sus ojos de halcón parecían estar mirando algo situado más allá de Baroma, en dirección a la tierra de las cambiantes luces y el viejo hogar de las verdosas y blancas aguas del Athabasca, el río salvaje.
—Siena espera.
Brotó la ira en Baroma.
—¡Siena hace inútil la palabra de Baroma! ¡Vete!
—¡Siena se queda!
La mirada de Siena, su enérgica réplica, dejaron mudo por unos momentos al jefe de los crees. Lentamente, Baroma extendió a ambos lados sus brazos, levantándolos, en tanto que en su rostro aparecía un gesto de asombro.
—¡Gran esclavo! —tronó.
A su pesar, Baroma sentía respeto por aquel joven. Aquellas dos palabras serían con el tiempo una especie de título, que alentaría para siempre en las vidas y leyendas del pueblo de Siena.
Baroma buscó el silencio de su wigwam, y sus consejeros se dispersaron. Siena siguió, inmóvil, donde estaba. Era como una espléndida estatua orientada hacia el Norte.

Siena dejó de ser insultado a partir de aquel día. Los crees no le hablaban, ni le confiaban trabajo alguno. Era libre para ir y venir de un lado para otro. Dedicaba la mayor parte de su tiempo a ayudar a los suyos en sus tareas.
Los caminos del bosque estaban abiertos para él, así como las calles del poblado cree. Cuando se encontraba con un trabajador, éste se echaba a un lado; las mujeres le saludaban con una inclinación de cabeza; los guerreros lo miraban a la cara, como es normal entre ellos.
Una tarde, Emihiyah se cruzó en su camino. La vio como en una ocasión anterior, esbelta y frágil como un junco a punto de ser quebrado por el viento. Pero Siena siguió andando.
Pasaban los días. La gente de Siena tenía cada vez menos cosas que hacer allí. Llegó un momento en que nadie les mandó nada ya. Los miembros de la tribu de Siena eran esclavos, pero... no lo eran, al mismo tiempo.
Pasó el invierno, y la primavera, y el otoño. De nuevo, la fama de Siena se extendió por los cuatro puntos cardinales. Los chippewayanos hicieron un largo desplazamiento para conocer al Gran Esclavo; de igual manera procedieron los blackfeets («pies negros»), y los «cuchillos amarillos». Los honores se unieron a la fama de Siena; fueron convocados consejos especiales; el sombrío Baroma se vio solicitado en favor del Gran Esclavo. Siena, sin embargo, se movía constantemente entre los suyos, silencioso e indiferente para los demás, morando en el tepee que su enemigo le asignara. Todos afirmaban que era cautivo de un jefe inferior a él en merecimientos; todos estaban seguros de que acabaría liberando a su tribu, fundando una nueva y poderosa nación.
Un día de los últimos del otoño, a la hora del crepúsculo, Siena se sentó, pensativo, junto al tepee de Ema. Aquella noche, todos los que se acercaron a él guardaron silencio. Siena tornaba a escuchar las voces del viento, unas voces que había intentado olvidar después de haber pasado algún tiempo sin percibirlas. El viento del Norte azotaba los abetos y gemía entre los pinos. Su frío aliento era un mensaje para Siena. Anunciaba la llegada del invierno y la llamada de Naza, al norte de las aguas verdosas y blancas del tronante Athabasca, un río sin espíritu.
En la oscuridad, cuando todo el mundo dormía, Siena se enfrentó con el acerado Norte. En aquellos instantes, un dorado dardo, en forma de flecha, tan rápido como ésta, salió disparado hacia el cenit.
—¡Naza! —susurró él al viento—. Siena vigila.
Luego, las brillantes e inquietas Luces del Norte dibujaron un cuadro de barras de plata y oro, de rosadas tonalidades, de fuego y de rojas puestas de sol. Aquél era un cuadro de la vida de Siena, —desde el instante en que el tumultuoso Athabasca rugiera su nombre hasta el distante tiempo en que él diría adiós a su gran nación, refugiándose para siempre en el retiro de los vientos. Era un elegido de los dioses y poseía poderes para leer su historia en el firmamento.
Siena se mantuvo vigilante durante siete noches en la oscuridad. Y cuando las doradas llamaradas y los dardos de plata se desvanecieron hacia el Norte, fue de tepee en tepee, despertando a los suyos.
—En el momento en que el pueblo de Siena oiga el estruendo del tubo de hierro que dispara, todos gritarán: «¡Siena mata a Baroma! ¡Siena mata a Baroma!»
Sin hacer el menor ruido, Siena se deslizó por entre los wigwams de los crees, avanzando de calleja en calleja, hasta llegar al alojamiento de Baroma. Dentro de él, en la oscuridad, buscó a tientas la cornamenta de alce, localizando su arma. Una vez fuera, la disparó al aire.
El terrible estruendo desgarró brutalmente el silencio del campamento. Los ecos de la explosión fueron atenuándose, hasta perderse por completo en las colinas vecinas. Con ellos se mezcló el grito de guerra de Siena. Y fue la segunda vez, en cien años, que sus enemigos oían el impresionante e interminable aullido.
A esto siguieron los alaridos de los hombres y mujeres de Siena:
—Siena mata a Baroma... Siena mata a Baroma... ¡Siena mata a Baroma!
El silencio de los crees se transformó en una babel de infinitas voces. El rugido fue creciendo y creciendo espantosamente, hasta resultar ensordecedor, hasta provocar como un temblor en la tierra.
En medio de esta confusión absoluta, cuando los crees lamentaban la supuesta muerte de Baroma, gritándose unos a otros: «¡El Gran Esclavo se ha liberado!», Siena reunió a su pueblo y, señalando hacia el Norte, hizo avanzar a los suyos ante él.
Caminando en fila india, formando una larga hilera de huidizos espectros, se internaron en el bosque. Siena los seguía de cerca, volviendo la cabeza hacia atrás de vez en cuando, listo para hacer funcionar su maravillosa arma.
Los rugidos de los sorprendidos crees resonaban cada vez más débiles en sus oídos, hasta que al fin se desvanecieron por completo.
Siena guió a su pueblo bajo los negros doseles de las susurrantes hojas, sobre los llanos cubiertos de niebla, en torno a los lagos de centelleantes aguas, bordeados de juncos.
El joven jefe hizo caminar a los suyos durante toda la noche, en dirección al Norte. Y con cada paso, sentía su corazón más ligero. Lo único que le turbaba era un sonido semejante a la voz que le llevaba el viento.
Pero el viento azotaba ahora su cara de frente, y el sonido parecía nacer a su espalda. Seguía su rastro. Cuando permanecía atento, dejaba de oírlo. Y al continuar su camino rápidamente, convencido de que sólo se trataba de una jugarreta de su imaginación, volvía a percibir la voz, tras él.
Al amanecer, Siena se detuvo en el lado opuesto de una grisácea llanura, mirando por entre los jirones de niebla. Algo se movió entre las sombras misteriosas del paraje, una forma blanquecina que avanzaba lentamente, profiriendo un sombrío grito.
—Siena es seguido por un lobo —informó el joven jefe.
Esperó, no obstante, viendo luego que el lobo no era tal lobo sino un indio. Levantó su fatal tubo disparador.
En el momento en que el indio avanzó hacia él, vacilando, Siena reconoció el atavío de zorro y marta, el regalo que hiciera a Emihiyah. Se echó a reír. Tratábase, seguramente, de una treta de los crees. Tillimanqua se había lanzado en su persecución tras haberse disfrazado con el traje de su hermana. Baroma encontraría a su hijo muerto, sobre el rastro del Gran Esclavo.
—¡Siena! —oyó exclamar.
Era el grito que le acosara como la voz del viento. El joven saltó como un alce herido.
Por entre los jirones de niebla vio brillar unos ojos negros apenas velados por unos oscuros cabellos. Dos pequeñas manos que conocía muy bien, se agitaron en el aire, igual que las hojas de un árbol acariciadas por la brisa.
—Emihiyah se acerca —murmuró la muchacha.
—Siena espera —contestó él.
Siena condujo a su novia y a su pueblo lejos, hacia el Norte, más allá del antiguo hogar del tronante Athabasca, el río salvaje, el de las aguas verdosas y blancas. Luego, sobre las solitarias orillas de un mar interior, fundó la tribu del Gran Esclavo.
La fuente encantada

EN su histórica trilogía sobre el valle del río Ohio, Zane Grey recogió varios personajes que existieron realmente. Ninguno más famoso que el de Lewis Wetzel, que llegó a ser una figura legendaria. El asesinato de su esposa e hijos en el curso de un ataque realizado por los indios contra el poblado en que la familia vivía, hizo que Wetzel dejara de ser un hombre de la frontera más para transformarse en un implacable cazador de pieles rojas. La sola mención de su nombre despertaba un incontenible terror en los corazones de los indios y los renegados blancos. Fueron los enemigos franceses de los primeros británicos de los días prerrevolucionarios, algunos de los cuales habían temblado bajo la amenaza de su largo y negro rifle, quienes le llamaron Le Vent de la Mort, es decir, «El Viento de la Muerte». Éste fue el nombre con que se le conoció a lo largo y a lo ancho de la frontera.
En la introducción a El Espíritu de la Frontera, la segunda de las novelas escritas por Zane Grey, éste dijo acerca de Lew Wetzel: «Jamás fue un pionero. Siempre fue un cazador de indios. Cuando no andaba siguiendo el rastro de algún salvaje enemigo, permanecía en el poblado, con los ojos y los oídos alerta, acechando su presencia. Para los supersticiosos indios era una sombra, un espíritu de la frontera, una amenaza que se cernía sobre ellos desde los oscuros bosques. Para los colonos era el brazo de la ley, su defensa; los implacables y rectos hombres de la frontera veían en aquel ser un jefe adecuado al medio, que contribuía eficazmente a hacer posible la colonización del Oeste.»
Zane Grey se esforzó en esta historia por mostrar al hombre tal cual fue en realidad —un personaje querido por los pioneros, respetado y temido por los pieles rojas, y odiado por los renegados—, considerándose pagado el escritor, según declaró, si su narración lograba restar alguna rudeza a su figura.
Uno de los indios que se encontraba entre aquellos a los cuales Wetzel había jurado odio eterno y tomar cumplida venganza, fue Wingenund, el jefe de la tribu de los delawares. Por dos veces habían conseguido Wingenund y sus hombres capturar a Wetzel. En la primera ocasión lo torturaron; en la segunda pretendieron darle muerte. Wetzel logró escapar las dos veces, jurando luego que mataría a Wingenund por haberlo sometido a tormento. Sin embargo, Wetzel se enteraría posteriormente de que Wingenund no era el salvaje enemigo que creyera ver en él. Wingenund había rescatado a dos misioneros y a una joven mujer de las manos de una banda de indios hurón, enloquecidos por el alcohol. Excitados éstos por dos renegados blancos, Deering y Jim Girty, habían asesinado a todos los pobladores, indios cristianos, de la Misión Morava, la Villa de la Paz.
Pero ellos no sabían que Girty les había visto huir y que éste seguía su rastro...

Por fin, los fugitivos respiraron aliviados al encontrarse bajo la cubierta dorada y roja de los bosques. Sin decir una sola palabra, sin mirar una sola vez atrás, el guía, dando largos pasos, los apremiaba para que continuaran avanzando hacia el Este. Sus seguidores se vieron obligados casi a correr con objeto de no perderle de vista.
Los esperó al borde de un claro, haciéndose cargo del pesado bulto que transportaba Jim, que se colocó ágilmente sobre un hombro. Después, echó a andar, marcando un ritmo de avance que era muy difícil de mantener. El joven misionero ayudaba a Nell a caminar sobre las piedras y los sitios más difíciles. El señor Wells ganaba terreno penosamente a sus espaldas.
—¡Oh, Jim! ¡Vuelve la cabeza! ¡Vuelve la cabeza! ¿Tú crees que nos persiguen? —inquiría Nell con frecuencia, echando alguna que otra temerosa mirada a su alrededor.
El indio se desplazaba en línea recta. Saltaba sobre los arroyos, trepaba por las empinadas pendientes, se deslizaba velozmente sobre los claros libres de obstáculos. Sus prisas y su despreocupación ante el claro rastro que iban dejando probaban su creencia en la necesidad de poner el número máximo de kilómetros posibles entre los fugitivos y la Villa de la Paz. Evidentemente, ellos serían seguidos y hubieran perdido un tiempo precioso tratando de ocultar aquel rastro. Gradualmente, el terreno empezó a empinarse y el avance se hizo más difícil, pero Wingenund no aflojó el paso en ningún momento. Nell era fuerte, flexible y ligera de pies. Se mantenía junto a Jim constantemente, pero los dos se veían obligados a veces a esperar a su tío. En cierto momento, él se quedó muy atrás. Wingenund hizo un alto en la cumbre de una elevación, pudiendo ver por encima de las copas de algunos árboles.
—¡Uf! —exclamó el jefe indio al llegar a la cresta.
Luego, extendió uno de sus largos brazos hacia el sol. Sus ojos de halcón centellearon.
Por el oeste se veía una gran nube negra y amarilla que se elevaba hacia el cielo. Parecía surgir del bosque y flotar a escasa altura sobre los árboles; después se elevó, aclarándose, perdiendo sus contornos en las nubes. El sol, hacia el ocaso, presentaba un color rojo oscuro a través de la amplia cortina de humo.
—¿Se trata de un incendio en el bosque? —preguntó Nell, atemorizada.
—Es un incendio, desde luego, pero...
Jim no llegó a exteriorizar su pensamiento, quedándose silencioso, con la mirada fija en Wingenund.
El jefe indio se mantuvo callado unos instantes, como era su costumbre cuando alguien le hablaba. El apagado brillo del sol se reflejó en los oscuros ojos del piel roja, atentos a lo que ocurría en el bosque y los alrededores.
—Fuego... —murmuró Wingenund. Una sombra pareció cruzar por su broncínea faz—. El sol va a ponerse esta tarde sobre las cenizas de la Villa de la Paz.
Reanudó su rápida marcha hacia el este. Sin echar una mirada hacia atrás, sus acompañantes, entristecidos, le siguieron. Nell se mantuvo como antes cerca de Jim, y el viejo caminaba dando continuos tropezones, la cabeza en todo momento agachada. El sol desapareció tras unas montañas, pero Wingenund continuó avanzando al mismo ritmo.
—Indio, no podemos seguir caminando. Debemos descansar —gritó Jim.
Nell se apoyaba pesadamente en su brazo. El señor Wells jadeaba a su espalda.
—Pronto descansaremos —replicó el indio, sin detenerse.
Había oscurecido ya cuando Wingenund hizo un alto. Los fugitivos apenas distinguían nada a su alrededor, pero oyeron en cambio un rumor de cantarinas aguas, notando un suave musgo bajo sus pies.
Dejáronse caer, muy fatigados, sobre el suelo, debajo de un saliente rocoso. El blando musgo era un alivio para sus cansadas piernas. Abierto el paquete que últimamente transportara el indio, sacaron del mismo algunos alimentos con que reponer sus mermadas fuerzas. Seguidamente, los fugitivos, sin moverse de aquel sitio, se entregaron al sueño. Wingenund permaneció despierto y vigilante.
Jim creyó que no había hecho más que cerrar los ojos cuando sintió en un brazo una ligera presión.
—Está amaneciendo —anunció el indio.
Jim abrió los ojos para ver cómo el sol enrojecía las colinas orientales, iluminando gloriosamente los policromos bosques. Empinóse apoyándose en un codo para echar una mirada a su alrededor. Nell continuaba durmiendo. La manta la cubría hasta la barbilla. Sus castaños cabellos se veían desordenados como los de una colegiala. Era tan dulce y fresca como la mañana.
—Nell... Nell... Despiértate —dijo Jim, pensando en lo mucho que le habría gustado depositar un beso en sus blancos párpados.
Nell abrió por fin los ojos. Se advertía una expresión risueña en el fondo de ellos.
—¿Dónde estoy? ¡Oh, ya recuerdo! —La joven se incorporó—. Jim, he tenido un sueño muy agradable. Soñé que me encontraba en casa, con mi madre y con Kate. ¡Qué desilusión saber ahora que ha sido un sueño! La realidad es ésta: que huyo para salvar la vida. Sin embargo, Jim, el peligro ya ha pasado, ¿verdad?
—Otro día más y ya no tendremos nada que temer.
Nell se puso en pie de un salto, arreglándose la arrugada falda.
—Vámonos de aquí cuanto antes... ¡Tío!
El señor Wells estaba tendido en el suelo. Sus azules ojos estaban abiertos. El hombre sonrió, sin hacer el menor movimiento, sin pronunciar una sola palabra.
—Comer... Beber... —dijo el indio, abriendo el pequeño bulto de las provisiones.
—¡Qué lugar tan bonito! —exclamó Nell, cogiendo el pan y la carne que le tendían—. Es un precioso claro éste... Fijaos en esas flores amarillas y en las de hojas de color púrpura. Este musgo parece una alfombra brillante. ¡Qué piedras tan curiosas! Todas están cubiertas de líquenes. Alguien tiene que haber acampado aquí con anterioridad a nuestra llegada. ¿Veis esa pequeña cueva? Entre estas piedras hay señales de que fue encendido un fuego...
—A mí me resultan familiares estos árboles, así como el manantial —declaró Jim.
—Fuente Hermosa —medió Wingenund.
—Sí. Yo conozco este lugar —dijo Nell, muy excitada—. Me acuerdo de este claro, pese a que lo vi a la luz de la luna la primera vez. Fue aquí donde Wetzel me salvó de las garras de Girty.
—Estás en lo cierto, Nell —repuso Jim—. ¡Qué extraño que nos encontremos en él de nuevo!
Un raro destino los había llevado otra vez a Fuente Hermosa. Por lo visto, estaba escrito que aquel claro tenía que servir de marco a los momentos más trascendentales de sus vidas.
—Levántate, tío —dijo Nell—. Estás hecho un perezoso —añadió, en tono de chanza, un tanto forzado.
El señor Wells siguió sin moverse, pero siempre sonriente.
—No estarás enfermo, ¿eh? —preguntóle Nell, fijándose por primera vez en la intensa palidez de su rostro.
—No estoy enfermo, mi querida Nell. No sufro. No obstante, creo estar a las puertas de la muerte —contestó el viejo, risueño.
Nell profirió una exclamación, cayendo de rodillas al lado de su tío.
—Nada de eso, señor Wells —medió Jim—. A usted, lo único que le pasa es que se siente muy débil. Ya verá como no tarda en recuperarse.
—Jim, Nellie... Lo sé todo hace horas. He estado toda la noche despierto. Nunca tuve un corazón muy fuerte. Ayer sufrió una dura prueba. Ahora va estando cada vez más débil. Pon tu mano en mi pecho, Jim. ¿Te das cuenta? Mi corazón falla... Respeto la voluntad de Dios. Estoy contento. Mi tarea ha llegado a su fin. Sólo me arrepiento de haberte traído a estas terribles tierras fronterizas, Nellie. Era un ignorante... Hubiera dado cualquier cosa por llegar a veros lejos de los peligros de estos parajes, en vuestra casa, felices, casados.
Nell se inclinó sobre su tío. Apenas podía ver su rostro, ya que las lágrimas enturbiaban su visión. No acertaba tampoco a pronunciar una palabra. Este tremendo golpe habíala dejado anonadada. Jim se sentó al otro lado del anciano misionero, asiendo su mano. Durante un buen rato, ninguno de los tres habló. Contemplaban los jóvenes aquella pálida faz ansiosamente, esperando unas palabras más, una expresiva sonrisa.
—Vamos —dijo el indio.
Silenciosamente, Nell le señaló a su tío.
—Está agonizando —susurró Jim al indio.
—Iros —murmuró el señor Wells—. Dejadme aquí. Vosotros continuáis en peligro.
—No vamos a dejarte —anunció Jim.
Nell sollozó, depositando un beso en el rostro de su tío.
—Nellie, quisiera unirte a Jim en matrimonio —dijo el señor Wells, pegando sus labios al oído de la joven—. Me ha explicado lo que le pasa. Te ama, Nellie. Yo moriría feliz sabiendo que te he dejado en brazos de un esposo.
Pese a las circunstancias especiales del momento, con el corazón desgarrado por el dolor, Nell se ruborizó intensamente.
—¿Accedes a ser mi esposa, Nell? —le preguntó Jim.
El señor Wells había hablado muy bajo, pero el joven había oído claramente sus palabras.
Nell tendió a Jim una mano, que éste estrechó cariñosamente. Sus ojos se encontraron. Brillaba a través de las lágrimas de ella una luz, que de no haber sido por la angustia que la ensombrecía hubiera resultado radiante.
—Busca tú la página —^ordenó el señor Wells, tendiendo a Jim una Biblia.
Era la que llevaba siempre encima.
Con manos temblorosas, Jim fue pasando las hojas. Por fin, dio con lo que buscaba, devolviendo el libro al anciano.
Muy sencilla, dulce y triste fue aquella ceremonia matrimonial. Nell y Jim se arrodillaron con las manos cogidas por encima de las del señor Wells. La voz del viejo misionero sonaba muy débil. Las respuestas de Nell eran como en un murmullo, y Jim dio las suyas profundamente emocionado. Junto a ellos, en pie, se hallaba Wingenund, convertido en una especie de broncínea estatua.
—¡Ya está! ¡Que Dios os bendiga! —exclamó el señor Wells, con una sonrisa de plena felicidad, cerrando la Biblia.
—¡Nell! ¡Ahora eres mi esposa! —dijo Jim, besando la mano de la joven.
—¡Vamos! —ordenó más que dijo Wingenund, con voz ronca.
Ninguno de ellos se había fijado en el jefe indio cuando erguido, inmóvil, recordaba la figura de un venado husmeando el aire. Sus oscuros ojos parecían perforar el bosque; su vivo oído daba la impresión de recoger hasta el último canto de los pájaros, lo mismo que el más insignificante murmullo de las hojas. Las criaturas del bosque no eran más rápidas que el indio a la hora de descubrir la aproximación del enemigo. La brisa había llevado hasta allí débiles, sospechosos sonidos.
—Conservad esta Biblia —dijo el señor Wells—. Recordad... la... palabra... de Dios.
Su mano aferró con fuerza la de Nell y luego, de repente, la soltó. Su pálida faz estaba iluminada por una tierna sonrisa, que fue desvaneciéndose poco a poco, hasta desaparecer del todo. La venerable cabeza cayó hacia atrás. El anciano misionero acababa de entregar su alma a Dios.
Nell depositó un beso en la fría frente, incorporándose. Estaba temblando.
Jim se esforzó en vano por cerrar los ojos al muerto. La joven no podía mirarlo... Al incorporarse se encontró muy cerca del jefe indio, quien cogió sus dedos en su gran mano, oprimiéndolos cálidamente. Extrañamente emocionada, Nell levantó la vista hacia Wingenund. Los sombríos ojos de éste, fijados en un sitio u otro del bosque, y su broncíneo y severo rostro, resultaban como siempre inescrutables. Allí no se advertía la menor huella de compasión; aquel frío rostro no podía expresar emoción alguna... No obstante, Nell creyó notar cierta ternura en el indio, una respuesta de su gran corazón de jefe. Entonces, segura de sí misma, apoyó la cabeza en su brazo. Sabía que era un amigo.
—Vamos —repitió el indio, una vez más.
Apartó suavemente a Nell antes de que Jim se irguiera, tras haber dado fin a su triste tarea.
—No podemos dejarlo así, sin enterrarlo —declaró el joven.
Wingenund movió una gran piedra que formaba una pared de la cueva. Luego, cogió una rama gruesa medio cubierta de plantas. Utilizándola a manera de palanca y gracias a su enorme fuerza, logró desplazar por completo la piedra. Oyóse un rumor sordo de un trasiego rápido de arena. Antes de que Nell y Jim pudiera comprender lo que había sucedido, el gran peñasco que formaba el techo de la cueva se abatió, dando lugar a una pequeña avalancha. La cueva quedó enteramente tapada. El cadáver del señor Wells estaba ya enterrado. Una piedra cubierta de musgo marcaba la tumba del anciano misionero.
Nell y Jim miraron al indio, sobresaltados.
Wingenund señaló una de las aberturas del claro, con un gruñido.
Nell y Jim volvieron la cabeza. Aterrados, descubrieron allí a cuatro salvajes de pintados rostros, casi desnudos, con sus rifles levantados. Detrás de ellos aparecieron Deering y Jim Girty.
—¡Santo Dios! ¡Estamos perdidos! ¡Estamos perdidos! —exclamó Jim, incapaz de controlarse.
De los blancos labios de Nell no salió ningún grito. Este golpe final la había dejado paralizada. Después de haber hecho frente a tantos contratiempos, esta última desventura, al parecer la ruina de todos, no añadió sufrimiento alguno a los ya experimentados, produciéndole tan sólo un peligroso entorpecimiento, como si la sangre se le hubiera helado en las venas.
—¡Oh! Estabais convencidos de que os habíais librado por fin de mí, ¿eh? —dijo Girty, avanzando. Sus amarillentos ojos centellearon ferozmente al mirar a Wingenund—. ¿Cómo puede un loco amparar a los prisioneros de Girty? Jefe, me has puesto muy difícil esta caza.
Wingenund, muy digno, no contestó nada. Adoptó su actitud de otras veces, manteniéndose quieto y silencioso, con los brazos cruzados, y una altanera mirada en sus ojos.
Los indios se internaron en el claro. Uno de ellos ató las manos de Jim a su espalda. En los ojos de los salvajes se advertía una expresión de extravío, de pura brutalidad. Los poseía una febril ferocidad, algo muy próximo a la locura. No cesaban de moverse. Corrían continuamente de un lado para otro, sin un motivo aparente. Quizá deseaban estar exteriormente a tono con la ira que dominaba a sus corazones. No se notaba en ellos la pulcritud que caracteriza al indio normal. El pedazo muy reducido de piel con que se cubrían se veía arrugado, sucio. Todavía hacía su efecto en ellos el ron ingerido. Deseaban ver sangre a toda costa. Sus ojos eran los de unos asesinos.
—Acércate aquí, Jake —dijo Girty a su amigo, el otro renegado—. ¿No supone ella verdaderamente una buena recompensa?
Girty y Deering se plantaron delante de la pobre muchacha, recreándose satisfechos en su belleza. A la chica la dominaba el horror de los primeros momentos de la fuga. Había abatido la cabeza, hundiendo las manos en los pliegues de la falda.
Nunca había habido sobre la tierra unos individuos más crueles, más despiadados, que Deering y Girty. En la frontera, donde la mayor parte de los hombres, incluso los mejores, podían ser considerados malos, ellos figuraban entre los más perversos. Deering estaba todavía bellido, pero Girty se había recobrado levemente de su borrachera. El primero hizo un torpe gesto de asentimiento. Estaba a punto ya de formular su opinión sobre los encantos de la muchacha.
—Desde luego, está muy bien... —manifestó con una mueca aspirante a sonrisa—. Es toda una belleza. Nunca había visto nada igual.
Jim Girty se acarició la barbilla con sus sucios dedos. Brillaban con el optimismo de su maligno triunfo sus amarillos ojos, su quemada piel, su ganchuda nariz, sus finos labios... Ver su cara producía una sensación casi dolorosa. Cualquier mujer habría estado al borde de la locura con la sola ocasión de contemplar su repulsiva faz.
Unas oscuras manchas moteaban los flecos de su atavío, de su chaqueta de piel, de sus polainas, de sus blancas plumas de águila. Aquellas manchas, horriblemente sugestivas, cubrían su indumentaria, desde los hombros hasta los pies. ¡Eran manchas de sangre! La sangre inocente de unos cristianos había marcado a aquel renegado. Esas manchas proclamaban sus crímenes.
—Muchacha, sólo con el fin de hacerte mía incendié la Villa de la Paz —gruñó Girty—. ¡Ven aquí!
El rufián la asió por el vestido, dando un fuerte tirón. La tela se desgarró, quedando al aire uno de los blancos hombros de la chica y parte del busto. El rostro de Girty se transfiguró, delatando una feroz alegría, un brutal apasionamiento.
Deering contemplaba la escena con una sonrisa de borracho. Su amigo abrazó torpemente a la desventurada joven, que se sintió casi morir. Los indios continuaban moviéndose por el claro, como unos tigres hostilizados por el látigo de un domador. El joven misionero estaba tendido sobre el musgo, con los ojos cerrados. No podía soportar la visión de Nell en los brazos de Girty.
Nadie reparó en Wingenund. El indio retrocedió un poco, quedando oculto a medias, tras unas ramas bajas. Una vez más, los ojos del jefe piel roja centellearon. Inclinó la cabeza levemente a un lado, permaneciendo en la postura en él habitual cuando descansaba. Daba la impresión de estar escuchando unos misteriosos sonidos. De repente, su mirada quedó fija en unos helechos, por encima de una pequeña escarpadura. Había advertido un estremecimiento en sus esbeltos tallos. Luego, brotaron de aquel punto dos llamaradas.
¡Bum! ¡Bum!
Dos disparos de rifle resonaron en el claro. Dos de los indios vacilaron un momento, derrumbándose, muertos, sin proferir un grito.
Un enorme y amarillo cuerpo surgió como una pantera al saltar, cayendo sobre Deering y Gerty. La joven cayó fuera del alcance del renegado. Éste había lanzado un alarido, arrastrando a su compañero con él. Instantáneamente, comenzó una espantosa lucha.
Unos pasos más abajo de la escarpadura surgió otro amarillo cuerpo, cayendo con un sordo rumor, para enderezarse en seguida y avanzar velozmente, igual que un venado al brincar.
Los dos indios que quedaban con vida sólo tuvieron tiempo para empuñar sus armas antes de que aquella flexible forma, tan amenazadora, girara sobre ellos. Entremezcláronse allí agudos gritos, roncas voces, junto con los metálicos tintineos de las armas blancas. Uno de los salvajes cayó al suelo, dando unas cuantas vueltas, retorciéndose angustiado, para al final quedarse inmóvil. El otro vaciló. Durante unos instantes, logró evitar los golpes de su adversario, pero en un momento de descuidada guardia, recibió uno muy fuerte en la cabeza. Retrocedió, se incorporó de nuevo, únicamente para lograr que su cráneo fuera hendido por un ensangrentado tomahawk.
El vencedor se abalanzó hacia la girante masa.
—¡Lew! ¡Déjalo en paz! ¡Déjalo! —aulló Jonathan Zane, blandiendo su arma, cubierta de sangre.
Dominando las voces de Zane, oyéronse los gritos y maldiciones de Deering, los chillidos de Girty, dictados por el temor y la ira. Pero todo resultó apagado por un zumbante rugido.
Era el tremendo grito de Wetzel, el vengador.
—¡Déjalo en paz! —aulló nuevamente Jonathan.
—Desconcertado, movióse con la velocidad del rayo en torno a los contendientes. De vez en cuando, levantaba su tomahawk. No pudo asestar ningún golpe. El repugnante rostro de Girty se destacó ante él, entre un torbellino de piernas, brazos y cuerpos. Luego, la cara oscurecida de Wetzel, iluminada por unos ojos despiadados, ocupó su lugar, para ser sustituida a continuación por los cuadrados rasgos faciales de Deering. Zane no podía prestar una ayuda eficaz por el hecho de ser las indumentarias de los hombres muy similares y sus movimientos tremendamente rápidos.
Inesperadamente, Deering salió como propulsado por una catapulta de aquella confusa y viviente masa. Su cuerpo se estiró al dar contra el suelo con un fuerte golpe. Zane se arrojó sobre él en un abrir y cerrar de ojos, igual que un gato montés. Nuevamente, agitó su ensangrentada hacha. Otra vez la abatió sin asestar ningún golpe. El renegado tenía un desgarrón en un costado, que se extendía desde el hombro hasta la cadera. Un diluvio de sangre empapó el musgo. Deering se asfixiaba; en sus labios apareció una espuma sanguinolenta. Sus dedos intentaron aferrarse a algo. Sus ojos miraron en redondo a un lado y a otro, violentamente. Luego, se quedaron inmóviles, en una aterradora mirada.
La chica que yacía muerta en el bosque, junto a la vieja cabaña, había sido vengada.
Jonathan se volvió hacia Wetzel y Girty. No abrigaba la intención de ayudar al cazador. Quería, simplemente, contemplar el final de la lucha.
Sin la ayuda del fuerte Deering, ¡qué lastimosamente débil aparecía el Asesino de la frontera, en manos del Vengador!
El tomahawk de Jim Girty había salido disparado en una dirección y su cuchillo en otra. Se debatió en vano bajo la zarpa de hierro que le sujetaba.
Wetzel se incorporó, siempre sujetando al renegado. Con el brazo izquierdo, que había quedado desnudo en el curso de la riña, fue arrastrando a Girty, acercándolo al árbol que había en el claro aislado de los demás. Le obligó a aplicar la espalda al tronco.
El perro blanco saltaba y gruñía, intentando liberarse.
Las manos de Girty arañaron ferozmente el poderoso brazo que le obligaba a permanecer apoyado en el haya. Era un brazo atezado, enorme, de rígidos y abultados músculos. Era un brazo potente, fuerte como el afán de justicia que lo regía.
—¡Tu carrera, Girty, ha llegado a su fin!
La voz de Wetzel quebró el silencio como un trallazo.
El renegado se había quedado petrificado al ver ante sus ojos aquella despiadada sonrisa, los brillantes ojos que lo sentenciaban.
El brazo derecho del cazador fue levantándose lentamente. El cuchillo que tenía en la mano tembló, como si le hubiera sido transmitida la ansiedad de su dueño. La larga hoja, manchada con la sangre de Deering, señaló la parte alta de la colina.
—¡Mira hacia allí, Girty! ¡Fíjate en ellos! ¡Son tus amigos!
En las ramas de unos árboles se habían posado muchas aves de negro pelaje. Parecían, estar esperando...
—¡Son buitres! ¡Buitres! —siseó Wetzel.
Nadie que no hubiera sido Wetzel habría sido capaz de mirar a Girty en aquellos instantes cara a cara. Nunca ningún rostro humano había llegado a expresar tanto miedo, tanto pánico, tanta angustia. Sus labios se llenaron de espumarajos; su cuerpo se retorció espasmódicamente. Fascinado, no apartaba los ojos de la temblorosa hoja de acero, que goteaba sangre, que se elevaba progresivamente.
El brazo de Wetzel se abatió con la velocidad de un meteorito al caer. La hoja de acero se hundió en la ingle de Girty, desgarrando la carne, quebrando el hueso, hundiéndose luego en el tronco del árbol. El renegado había quedado clavado al haya para aquí iniciar su lenta agonía.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! —gritó Girty, enloquecido por el dolor.
Sus manos, después de hacer muchos movimientos, fueron a parar a la empuñadura del cuchillo. Pero le fue imposible desclavar éste. Girty se golpeó el pecho, empezó a tirarse de los cabellos... Sus gritos fueron devueltos por el eco multiplicados, como si su dolor fuese objeto de burlas. Sus pelos se erizaron, sus dientes castañeteaban...
Las negras aves continuaban en las ramas de los árboles de la cresta, aguardando el instante de iniciar su festín.

Zane procedió a cortar las ataduras al joven misionero. Jim fue corriendo hacia Nell, que se encontraba tendida en el suelo. Delicadamente, levantó la cabeza, notificándole que estaban salvados. Zane pasó un pañuelo mojado por el rostro de la chica, intensamente pálido. Finalmente, Nell suspiró, abriendo los ojos.
Zane apartó la mirada de la estatuesca figura de Wingenund para fijarla en la no menos inmóvil de Wetzel. El jefe indio, bien erguido, contemplaba las distantes colinas. Wetzel se cruzó de brazos. Sus fríos ojos no se apartaban del gimiente renegado, que continuaba retorciéndose, clavado al árbol.
—Lew, ¿lo ha visto? —inquirió Zane, señalando al jefe indio.
Wetzel se estremeció como si de pronto le hubieran pinchado. Sus fríos ojos parecieron incendiarse. Levantando su tomahawk dio unos pasos adelante...
—¡Un momento, Lew! —aulló Zane.
—¡Espere, espere, Wetzel! —gritó Jim, asiendo al cazador por un brazo.
Pero Wetzel se deshizo de él como hubiera podido sacudirse una brizna de paja.
—¡Espere, Wetzel! ¡Por el amor de Dios, espere! —chilló Nell.
Ésta se había levantado al oír la voz de Zane, viendo ahora la temible resolución en los ojos del cazador. Sin el menor temor, se colocó ante él; valientemente, arriesgó su vida, en un reto frente a su alocado impulso; frenéticamente, la muchacha se abrazó a sus hombros, en un gesto de desesperación.
Wetzel se detuvo. Había perdido la cabeza a la vista de su enemigo, pero todavía le quedaba lucidez suficiente para no atentar contra una mujer.
—¡Déjame, muchacha! —dijo, jadeante.
—¡No, no, no! Escúcheme, Wetzel... Usted no puede matar al jefe indio. Es un amigo.
—¡Es mi mortal enemigo!
—Escúcheme... ¡Por lo que más quiera, escúcheme! —suplicó Nell—. Fue él quien me avisó, para que huyera de las garras de Girty; él se ofreció a guiarnos hasta Fort Henry. Me ha salvado la vida. Hágalo por mí, Wetzel: no lo mate. No permita que me sienta culpable de este crimen. Wetzel, Wetzel... Baje su brazo, guarde su hacha. Por el amor de Dios, ¡no derrame más sangre! ¡Wingenund es un hombre cristiano!
Wetzel retrocedió. Su respiración era muy agitada. Su blanco rostro recordaba el mármol esculpido. Al sentir sobre su pecho las menudas manos de la joven, vaciló. Y sin embargo... se encontraba delante del hombre que perseguía desde hacía muchos años.
—¿Se atrevería usted a dar muerte a un cristiano? —inquirió Nell, dulce y severa a la vez.
—Creo que no... Ahora, no creo que este indio lo sea —contestó Wetzel, pronunciando con lentitud estas palabras.
—Guarde su hacha. Démela... Tengo que darle las gracias por su oportuna intervención. Usted no sabe nada acerca de mi matrimonio, claro... Escúcheme. Olvide por unos momentos sus odios. ¡Oh! Tiene que mostrarse generoso. Los hombres valientes siempre lo han sido.
—Indio —siseó Wetzel—, ¿es verdad que eres cristiano?
—¡Oh! ¡Yo sé que lo es! ¡Sé que lo es! —proclamó Nell, todavía entre Wetzel y el jefe piel roja.
Wingenund no pronunció una sola palabra. Ni hizo el menor movimiento. Sus ojos de halcón estudiaron tranquilamente la cara de su enemigo blanco. Cristiano o pagano, él no diría nada para salvar su vida.
—¡Oh! ¡Dile que eres cristiano! —pidió Nell, corriendo hacia el indio.
—Los delawares, cabellos amarillos, son fieles a su raza.
Al dirigirse cortésmente a Nell, su gesto tradujo una noble dignidad.
—Indio, en mi espalda llevo todavía las cicatrices que me hicieron los látigos de tus esbirros —declaró Wetzel, apretando los dientes.
—Tus cicatrices, Viento de la Muerte, son hondas, pero las de los delawares resultan todavía más profundas —fue la calmosa réplica—. En el corazón de Wingenund hay dos. Su hijo yace bajo el musgo y los helechos; el Viento de la Muerte lo mató; sólo el Viento de la Muerte sabe dónde está su tumba. La hija de Wingenund, la delicia de sus días tristes, liberó al gran enemigo del delaware, traicionando a su padre. ¿Puede el Dios cristiano revelar a Wingenund el paradero de su hijo?
Wetzel temblaba como un árbol bajo la tormenta. La profunda voz del indio exigía justicia. Wetzel se esforzaba por controlarse.
—Delaware, tu hija yace ahí, con su amante —repuso Wetzel con firmeza, señalando el manantial.
El indio lanzó una exclamación, inclinándose sobre las oscuras aguas del estanque. Escrutó en su cenagoso fondo. Luego, introdujo un brazo en aquél.
—El Viento de la Muerte no miente —dijo el jefe indio.
Calmosamente, señaló a Girty. El renegado había cesado en sus forcejeos. Acababa de doblar la cabeza sobre su pecho.
—La serpiente blanca ha picado al delaware.
—¿Qué quiere decir con eso? —inquirió Jim.
—Su hermano Joe y Vientos Susurrantes yacen en las aguas del manantial —contestó Jonathan Zane—. Girty los asesinó, y Wetzel los sepultó ahí.
—¡Oh! ¿Es cierto eso? —preguntó Nell.
—Sí, querida —replicó Jim, en voz baja, emocionado, tendiendo sus brazos a la muchacha.
Necesitaban confortarse mutuamente. La chica fijó la vista, estremecida, en el manantial, ocultando después su rostro en el hombro de su esposo.
—Delaware, nosotros somos enemigos declarados —anunció Wetzel.
—Wingenund no pide misericordia.
—¿Eres cristiano?
—Wingenund es fiel a su raza.
—¡Vete, delaware! Coge esas armas y vete. Cuando tu sombra se acorte sobre el suelo, el Viento de la Muerte se lanzará sobre tu rastro.
—El Viento de la Muerte es el gran jefe blanco; es el gran enemigo del indio; se muestra tan seguro de sí mismo como la pantera al saltar; es tan rápido como el pato silvestre en su vuelo hacia el norte. Wingenund nunca ha sentido temor alguno ante nadie. —Las sonoras palabras del jefe indio resonaron armoniosamente en el claro—. Si el Viento de la Muerte quiere saciar su sed con la sangre de Wingenund, que la derrame ahora, puesto que cuando el delaware se adentre en el bosque su rastro se desvanecerá por completo.
—¡Vete! —rugió Wetzel.
Una vez más, sintió el ansia de ver sangre...
Wingenund cogió algunas de las armas que pertenecieran a los indios muertos. Con un gesto altanero, echó a andar para salir del claro.
—¡Oh, Wetzel! Gracias. Yo sabía que...
Nell guardó silencio de pronto al enfrentarse con el cazador. Retrocedió. Era otro hombre ahora.
—Salgamos de aquí —dijo Jonathan Zane—. Les guiaré hasta Fort Henry.
Cogió el paquete de las provisiones. Nell y Jim le siguieron al abandonar el claro.
Antes, volvieron la cabeza para grabar en sus memorias el bello escenario que dejaban, con sus cadáveres, el manantial encantado, el renegado clavado al árbol, y la alta figura de Wetzel, con su mirada fija en la sombra que proyectaba su cuerpo sobre el terreno.

El humano instinto de Wetzel había cedido el paso al hábito de tantos años. Durante muchos días, no había tenido otro afán que el de dar muerte al enemigo de la frontera. Habiendo cumplido su misión, enfocaba su venganza por los acostumbrados derroteros, siendo de nuevo el implacable matador de indios.
Sintió una fiera alegría al dar con el rastro del delaware. Wingenund había hecho pocos esfuerzos, o ninguno, para ocultar sus huellas. Habíase dirigido hacia el noroeste, avanzando en línea recta, en busca, seguramente, del campamento indio. Le llevaba una ventaja de sesenta minutos y necesitaría seis horas de rápido desplazamiento para llegar al poblado delaware.
—Me figuro que vuelve a casa —musitó Wetzel, desplazándose con la mayor rapidez posible.
El método empleado por el cazador para seguir el rastro de un indio era muy singular. En él, la intuición desempeñaba un papel tan importante como el sentido de la vista. Una vez sobre el rastro, resultaba difícil deshacerse de Wetzel, que entonces se transformaba en un auténtico sabueso. No siempre se ceñía a los pasos del indio. Para Wetzel, la dirección de la marcha era un factor de la mayor importancia.
Las huellas del indio delaware aparecían claramente marcadas en el suelo a lo largo de unos ochocientos metros. Luego, Wetzel se detuvo para inspeccionar rápidamente el bosque con que se enfrentaba. Bruscamente, se desentendió del rastro y, echando a correr, se adentró entre los árboles, sin hacer el menor ruido, como si no hubiera tocado la tierra, igual que un ciervo. Habría recorrido así unos cuatrocientos metros cuando se quedó inmóvil, escuchando. Pensó que todo marchaba bien, ya que abatió la cabeza y echó a andar lentamente, examinando los musgos y las hojas. Luego, llegó a un pequeño espacio abierto, de tierra margosa. Se puso en cuclillas, examinando la misma. Se incorporó de un salto. Había localizado nuevamente el rastro del indio. Cautelosamente, avanzó, deteniéndose de vez en cuando para escuchar.
En esta tarea de rastreo jamás se había visto superado por la astucia de ningún indio, ni había caído nunca en una emboscada. Para saber si sus enemigos estaban cerca de él había confiado siempre en su oído. Tan pronto como advertía un cambio en la actitud o el canto en las criaturas del bosque, sus habituales informadores, tanto si manifestaban su gozo de vivir o su temor, Wetzel se hacía tan difícil de ver y oír como una serpiente que arrastrase por entre los matorrales.
El rastro del delaware le llevó a una rocosa cornisa, perdiéndose seguidamente. Wetzel no se esforzó por localizar las huellas del jefe indio en el pedregoso piso. Deteniéndose un momento, estudió la elevación. Por un lado, vio un barranco y por el lado opuesto un impenetrable bosque. Calculó las probabilidades que se le ofrecían de dar con el rastro del delaware por la otra parte. Los indios eran unos rastreadores maravillosos, pero su eficiencia variaba mucho de uno a otro. No todos se desenvolvían con la misma precisión. Había quien dejaba a su paso una leve huella; otros podían ser localizados con facilidad; de los más astutos podía llegar a pensarse que habían remontado el vuelo por las copas de los árboles a juzgar por la ausencia de huellas. No obstante, los pieles rojas se atenían a unos métodos tradicionales. A tal conclusión había llegado Wetzel tras largos años de experiencia.
Creyendo haber adivinado ya la intención del delaware, descendió por uno de los lados del barranco, echando a correr una vez más. Fue saltando con la seguridad de una cabra de piedra en piedra, dejando atrás caídos troncos y leños, y una rugiente corriente de agua. Periódicamente, se detenía, girando a un punto y a otro, esperando percibir algún sonido delator.
Poco después, subía por una empinada ladera. Manteníase atento a los cantos de los pájaros; estudiaba las hierbas y hojas. No dio con la menor indicación de un rastro allí donde esperara localizar uno. Volvió sobre sus pasos con paciencia, cuidadosamente, escrutando cada pulgada del terreno. Todo fue en vano. Wingenund había empezado a mostrar su salvaje astucia. En sus días de guerrero, durante largos años, ningún jefe indio había podido competir con él. Siempre había alardeado Wingenund de que cuando deseaba burlar a sus perseguidores no tenía que esforzarse mucho para hacer desaparecer sus huellas del musgo y los helechos.
Wetzel, sereno, tranquilo, sabiéndose en posesión de numerosos recursos aún, reflexionó unos instantes. El delaware no se había desplazado por aquel punto. Astutamente, había hecho creer a su enemigo que tal había sido su intención. El cazador se trasladó al extremo oriental del barranco precisamente porque éste era el punto que menos probabilidades ofrecía de haber sido el elegido por el fugitivo. Avanzó apresuradamente porque cada minuto que transcurría podía ser de incalculable valor. No vio ni una sola brizna de hierba aplastada, ni una hoja doblada, ni un guijarro vuelto, ni una rama quebrada. Comprobó que se estaba aproximando a la parte de la elevación en que finalizaba bruscamente el rastro del delaware...
—¡Oh! ¿Qué había allí? Un tallo torcido de helecho, que había perdido las gotas de rocío. Inclinándose a un lado, Wetzel examinó la hierba. No estaba aplastada. Bajo el helecho había una pequeña planta de hojas triangulares, de un color verde oscuro. Partiendo una de las hojas, expuso su cara inferior a la luz. La fina y plateada pelusilla que crecía sobre la hoja estaba chafada. Wetzel sabía que un indio es capaz de caminar tan suavemente que no llega a quebrar los tallos de hierba. Sin embargo, la porción inferior de una hoja, por estrecha que sea, si es pisada, delata el paso de un hombre por el bosque. La que examinó había sido rozada por un suave mocasín. Wetzel acababa de localizar el rastro, pero aún ignoraba la dirección seguida por su enemigo. Lentamente, fue inspeccionando los helechos y las hojas que delataran el rastro anterior, encontrando por fin cerca de una piedra la huella de un mocasín en el musgo. El delaware se desplazaba exactamente en dirección contraria a aquella que hubiera debido seguir. Por añadidura, extremaba su sagacidad al procurar ocultar su rastro. Esto, no obstante, no preocupaba a Wetzel. Él había tenido que perder algún tiempo en localizar la huella del indio, pero éste, ciertamente, debía de haber invertido el mismo, o más, en la búsqueda de terrenos duros, de leños o rocas donde poner sus pies.
Pronto se dio cuenta Wetzel de que tenía que habérselas con un hombre tan hábil como él. Decidió no confiar más en su intuición, para ceñirse al rastro, igual que un lobo hambriento se mantiene pendiente del olor de su presa.
El rastro del delaware se deslizaba sobre ramas, piedras y tierra compacta, subiendo por pedregosas laderas, rumbo a las crestas de las elevaciones. El indio había puesto en juego toda su destreza. Retrocedía sobre espacios cubiertos de musgos y arenas, donde sus huellas se advertían claramente; saltaba sobre amplias fisuras en los rocosos barrancos; tornaba a saltar de nuevo, desandando lo andado; dejábase caer sobre las pendientes alfombradas de vegetación; cruzaba arroyos y gargantas subiéndose a los árboles y yendo de unas ramas a otras; vadeaba corrientes de agua por donde encontraba un fondo duro, y evitaba en todo instante los terrenos blandos, pantanosos.
Con obstinada tenacidad, Wetzel se mantuvo atento a un rastro que gradualmente se desvanecía. Veíase obligado a desplazarse cada vez con mayor lentitud. Tenía que tomarse todo el tiempo que necesitaba para descubrir cualquier indicio del paso de su enemigo por los bosques. Vio una cosa clara ya. Poco a poco, Wingenund se dirigía al sudoeste, describiendo continuos círculos. Ésta era una dirección que le alejaba más y más del campamento de los delawares.
Wetzel pensó que el jefe indio seguía aquel rumbo en forma de círculos sólo para satisfacer su orgullo personal, por el puro placer de desorientar al enemigo de los delawares. Probablemente, quería demostrar al Viento de la Muerte que existía un indio que estaba en condiciones de reírse de él consiguiendo que se extraviara en el bosque o, al menos, que perdiera su pista. Esto era para Wetzel algo tan amargo como la bilis. ¡Verse él llevado de acá para allá como un muñeco! Su corazón aceleraba los latidos, de pura furia. Sus ojos inspeccionaban detenidamente el musgo y las hierbas. Pero a pesar de la ira que incrementaba su pasión, se hizo consciente de la extraña sensación que le dominaba. Recordó que el delaware le había ofrecido su vida. Lentamente, como una sombra, Wetzel se deslizó por los pasadizos amarillentos y castaños del bosque. Cruzó susurrantes corrientes de agua y dorados campos, siempre tras el rastro de Wingenund.
Finalmente, en una parte abierta del bosque, donde el fuego, en otro tiempo, había consumido las matas y las ramas más menudas caídas de los árboles, Wetzel llegó al sitio en que se interrumpía el rastro del indio.
En el blando terreno veíase claramente la huella de un mocasín. Los árboles, por aquel lado, no eran tan numerosos, entrando mucha luz. No había en las proximidades peñascos, ni troncos, ni siquiera piedras sueltas. El rastro acababa de desvanecerse, según pudo comprobar Wetzel tras llevar a cabo, minuciosamente, una inspección total del claro.
Aquella clara impresión final en la tierra constituía una especie de reto del jefe indio.
Wetzel escrutó atentamente el terreno sobre el cual ardiera la vegetación; se puso de rodillas, a gatas, procediendo de nuevo a repetir su inspección del lugar. Se fijó en que una de las huellas de mocasín apuntaba hacia el oeste; otra, miraba en sentido contrario. Así pues, el delaware había vuelto sobre su rastro. Nunca, en sus largos vagabundeos, se había encontrado Wetzel con un problema tan desconcertante.
Por primera vez en muchos años, había fallado. Encajó su derrota muy mal. Había acertado tantas veces que habíase creído infalible. Y a causa de este fracaso, perdía la oportunidad de matar a su gran enemigo. Profirió, irritado, unas maldiciones. Había sido un estúpido al escuchar el ruego de una mujer, que le apartara de la misión principal de su vida.
Con la cabeza inclinada, avanzando lentamente, casi arrastrando los pies, echó a andar hacia el oeste. La tierra le resultaba extraña, pero sabía que se encaminaba a unos parajes familiares. Durante un buen rato, avanzó al mismo ritmo, presa de una fiebre feroz, que parecía ir a hacer hervir la sangre en sus venas. La fiebre fue remitiendo... Wetzel sabía dominarse, ser sereno cuando era preciso..., excepto cuando aquella rara ansia, aquella sed de sangre india, se apoderaba de él.
En la cumbre de una elevación, miró a su alrededor, a fin de orientarse. Sintióse sorprendido al comprobar que se había desplazado describiendo un círculo. A unos dos kilómetros de distancia, a sus pies, estaba el gran roble que era una señal natural que revelaba la existencia de Fuente Hermosa. Encontróse plantado en aquella colina, bajo el mismo árbol seco hacia el cual dirigiera la atención de Girty unas horas antes.
Habiendo pensado que él regresaría al manantial para coger las cabelleras de los indios muertos, encaminóse directamente al gran roble. Fuera del bosque, quedaba una amplia llanura entre él y la espesura que marcaba el claro de Fuente Hermosa. Cruzó la extensión y se internó en los matorrales.
De pronto, se detuvo. Wetzel conocía perfectamente la habitual armonía del bosque, con sus innumerables y quietos sonidos. Le pareció que, inesperadamente, tal armonía se había alterado. Se hundió entre los zarzales, prestando atención a todos los ruidos. Luego, fue reptando. La duda se convirtió en certidumbre. Una sola nota gorjeada por un oriol le puso en guardia. No necesitó oír las rápidas notas de un pájaro-gato para saber que cerca de él, en alguna parte, se movía otro ser humano.
Una vez más, Wetzel se transformaba en un tigre. Salía de su corazón una sangre caliente, que incendiaba sus venas y nervios. Calmosamente, sin hacer el menor ruido, seguro de sí, frío, peligroso como una serpiente, el cazador empezó a acechar a su presa.
Bajo los zarzales y espesuras, a través de los hoyos llenos de amarillentas hojas, sobre rocosos espacios, ágil, elástico, sinuoso, Wetzel era un tigre, tanto por sus movimientos como por el impulso destructor instintivo que gobernaba su corazón.
Apartó los altos y graciosos helechos, fijando sus centellantes ojos en el bello claro.
No vio el manantial, ni el purpúreo musgo, ni los repugnantes huesos blancos... Sólo vio la figura de un indio, erguido, de pie en el claro.
Allí, al alcance de su rifle, estaba su gran enemigo indio: Wingenund.
Wetzel permaneció inmóvil, de bruces contra las matas, intentando acallar el gozo que le poseía. Su respiración era muy agitada; apretaba con fuerza su rifle; procuraba recobrar la serenidad. Aquella excitación podía acabar con su aspiración más importante, la que justificaba su existencia.
Encontrábase en el tercer gran momento de su vida. Aquél era el último instante de los tres en que la vida del indio había estado a su merced. En una ocasión había contemplado por la mira de su rifle aquella figura, sin poder disparar porque la única bala de que disponía estaba destinada a otra persona. Luego, había vuelto a tener ante su rifle aquel altanero rostro, calmoso, saturado de desdén... Y entonces, él, Wetzel, había prestado oídos al ruego de una mujer.
¡La vida del delaware era suya! ¡Le pertenecía! ¡Juraba que no vacilaría en tomarla! Tembló en el éxtasis de su triunfante pasión; sus gruesos músculos se estremecieron, incontrolados. Después, fue calmándose. Su deseo de venganza era tan poderoso que resultaba capaz de realizar la ardua empresa de acallar los latidos de su corazón. Su puntería podía resultar afectada... Lentamente, se incorporó; sus ojos, de frío fuego, brillaron siniestramente; poco a poco, el negro rifle fue alzándose...
Wingenund se mantenía derecho, en su majestuosa postura de siempre, con los brazos cruzados. Pero sus ojos, en lugar de hallarse fijos en las lejanas colinas, contemplaban algo que se encontraba en el suelo.
Una joven india, fría como el mármol, yacía a sus pies. Sus ropas estaban mojadas, pegándose a sus esbeltas formas. Su faz, impregnada de tristeza, habíase petrificado en una rigidez.
A su lado había una tumba recién abierta...
Wetzel acababa de reparar en todos esos detalles nada más colocar el rostro del jefe indio en la mira de su rifle. Había estado por unos momentos tan concentrado en su propósito primordial que no llegó a pensar en una razón que explicara el regreso del delaware a aquel lugar.
El dedo que Wetzel apoyara en el gatillo de su arma se quedó paralizado. El cazador abatió su negro rifle.
Wingenund había regresado allí para enterrar a Vientos Susurrantes.
Los dientes de Wetzel castañetearon; una terrible lucha desgarraba su corazón. Levantó el rifle; y luego volvió a abatirlo. El arma tomó a elevarse. Tuvo otra vacilación, y la bajó nuevamente. Algo andaba mal en él; algo terrible estaba despertando en su alma.
Wingenund no había pretendido burlarse de él. El delaware había ido llevándole de un lado a otro, desorientándole por fin en el bosque, pero no para humillarlo, sino para poder volver sobre sus pasos y enterrar a su hija cristianamente.
¡Wingenund era cristiano!
De no ser así, jamás hubiera vuelto a mirar a la joven a la cara tras haberla arrojado de su lado.
Wingenund era en todos los aspectos fiel a su raza, pero era cristiano.
De repente, la terrible tentación que atormentara a Wetzel se desvaneció; su íntimo y desgarradora lucha cesó. Abatió definitivamente el largo y negro rifle. Luego, echó una última mirada a la oscurecida y enérgica faz del jefe indio.
A continuación, el Vengador huyó como una sombra a través del bosque.

Corrían las últimas horas de la tarde en Fort Henry. El sol se había hundido ya detrás de una frondosa colina. Las sombras de los árboles se alargaban sobre la extensión cuadrada de terreno que había delante del fuerte.
El coronel Zane se encontraba en la puerta de su alojamiento, observando con un gesto de ansiedad en los ojos el río. Varios minutos antes, un hombre había aparecido en la orilla de la isla, dando una voz. El coronel había enviado allí a su hermano Jonathan, para que se informara acerca de lo que ocurría. Jonathan acababa de ganar la otra orilla en su bote. La pequeña embarcación había desaparecido nuevamente con el desconocido sentado a popa.
—Es posible que fuera Wetzel —musitó el coronel—. Sin embargo, no me imagino a Lew en plan de tener necesidad de un bote.
Jonathan cruzó con su pasajero el río. Luego, los dos hombres echaron a andar por el serpenteante sendero que llevaba hasta el sitio en que el coronel Zane aguardaba.
—¡Hola! ¡Pero si es el joven Christy! —exclamó el coronel, bajando de un salto los escalones de acceso de la vivienda, con la mano extendida, cordialmente—. ¡Me alegro de verte! ¿Dónde para Williamson? ¿Cómo has venido hasta aquí?
—El capitán Williamson y sus hombres están a catorce o quince kilómetros, río arriba, del fuerte —contestó Christy—. Yo he venido para preguntar por los que salieron de la Villa de la Paz. Me he alegrado mucho, al saber, por Jonathan, que abandonaron el poblado sin novedad.
—Sí. Todos nos hemos alegrado de eso. Ven. Siéntate. Por supuesto, pasarás aquí la noche. Te veo cansado, extenuado más bien. Bueno, no es de extrañar... Has sido testigo de una matanza. Tienes que contármelo todo. Ayer vi a Sam Brady, quien me notificó que había tropezado contigo por allí. Sam me contó muchas cosas. ¡Oh! Aquí tenemos a Jim.
Apareció en el umbral el misionero. Los dos jóvenes se saludaron cordialmente.
—¿Cómo se encuentra ella? —preguntó Christy, una vez intercambiadas las primeras frases de cortesía.
—Nell está empezando a recobrarse de la terrible impresión sufrida. Se alegrará mucho de verte.
—Jonathan me explicó que poco antes de que en Fuente Hermosa hiciera acto de presencia Girty, vosotros contrajisteis matrimonio.
—Cierto. Todo lo que te ha contado Jonathan es verdad. Sin embargo, aún no logro creerlo. Te encuentro muy delgado, muy ojeroso. La última vez que nos vimos tenías muy buen aspecto.
—Me he quedado muy aplanado con todo lo que vi. Fui un espectador involuntario de toda aquella horrible matanza, que jamás lograré borrar de mi memoria. Todavía me parece ver a los salvajes indios corriendo con las cabelleras de sus propios hermanos de raza en las manos, goteantes de sangre. Llegué a contar hasta cuarenta y nueve cadáveres de cristianos adultos y veintisiete niños. Una hora después de haberos ido vosotros, la iglesia era un montón de cenizas, y al día siguiente vi los cadáveres chamuscados. ¡Oh! Fue una escena espantosa. Me obsesiona... Jim Girty, aquel monstruo, dio muerte a catorce personas él solo, a golpes de hacha.
—¿Te enteraste de su muerte? —inquirió el coronel Zane.
—Sí. Tuvo el fin que se merecía.
—Tenía que ser Wetzel quien imaginara tal venganza.
—¿No ha estado Wetzel aquí desde entonces?
—No. Jonathan dice que salió en persecución de Wingenund. No se sabe cuándo volverá.
—Había abrigado la esperanza de que desistiría de matar al delaware.
—¿Cómo va Wetzel a perdonar la vida a un indio?
—Es que Wingenund era un amigo. Seguramente, él fue quien salvó a la chica.
—Yo también lo siento, porque Wingenund no era un indio vulgar. Sin embargo, Wetzel es implacable.
—Aquí tenemos a Nell. Y también a la señora Clarke. ¡Vamos! Salid las dos —llamó Jim.
Nell se plantó en el umbral en compañía de la hermana del coronel Zane. Las dos jóvenes bajaron para saludar a Jim. El dulce rostro de la recién casada veíase intensamente pálido y delgado, y había una profunda sombra en sus ojos.
—Me alegro mucho de que lograrais salir a tiempo... de allí —manifestó Christy, muy serio.
—Háblame de Benny —solicitó Nell, con un hilo de voz.
—¡Oh, sí! No me acordaba. Bueno, Benny se halla perfectamente. Fue el único indio cristiano que se salvó de la matanza. Heckewelder lo tuvo escondido hasta que pasó todo. Quiere que el chico reciba una instrucción adecuada.
—¡Alabado sea Dios! —exclamó Nell.
—¿Qué fue de los misioneros? —preguntó Jim, gravemente.
—Todos estaban bien la última vez que los vi, con la excepción de Young, por supuesto. Agonizaba... Los demás continuarán en el mismo sitio. Van a intentar la reconstrucción de lo destruido. A mí se me antoja imposible.
—Es imposible, no por culpa de los indios, no porque los indios no quieran el Cristianismo, sino por el hecho de que existan hombres blancos como Girty. Los renegados han sido los culpables de la destrucción de la Villa de la Paz —declaró el coronel Zane.
—El capitán Williamson pudo haber impedido la matanza —señaló Jim.
—Probablemente. Era un mal sitio para él, y creo que se equivocó al no intentarlo —declaró el coronel.
—¡Hola! —chilló Jonathan Zane, levantándose del escalón en que se había sentado para escuchar aquella conversación.
En el sendero se oyó el rumor de unos pasos dados por alguien calzado con mocasines. Todos se volvieron para ver a Wetzel avanzando hacia ellos. Las prendas de piel que vestía estaban manchadas, arrugadas, rotas. Parecía hallarse muy fatigado, pero en sus oscuros ojos se advertía una gran serenidad.
Se trataba del Wetzel por todos tan querido.
Le saludaron cordialmente. Nell le alargó ambas manos, sonriendo.
—Me alegro de que se encuentre entre nosotros y de que no le haya ocurrido nada desagradable —dijo la joven.
—También yo estoy muy contento, muchacha, de verte tan bien —repuso el cazador, apoyándose en su largo rifle. Su mirada fue de Nell a la hermana del coronel Zane—. Betty: no te pondría a ti entre las primeras mujeres de la frontera, pero he de decir que Nell no te va a la zaga —añadió con aquella peculiar sonrisa que iluminaba su atezada faz, restándole buena parte de su gravedad habitual.
—Nadie lo hubiera dicho: ¡Lew Wetzel haciendo cumplidos! ¡Lo que me quedaba por ver! —exclamó la hermana del coronel.
Jonathan Zane escudriñó de muy cerca el rostro de Wetzel. El coronel Zane, observando la actitud de su hermano, se imaginó la causa de su curiosidad. Entonces, preguntó:
—Dinos, Lew: ¿llegaste a tener ante la mira de tu rifle a Wingenund?
—Sí —contestó el cazador, sencillamente.
Los corazones de sus oyentes parecieron estremecerse. Aquella respuesta, viniendo de Wetzel, significaba mucho. Nell bajó la cabeza, entristecida. Jim miró a otro lado, mordiéndose los labios. La mirada de Christy se perdió en la lejanía, al otro lado del valle. El coronel Zane se agachó, cogiendo varios guijarros, que arrojó con fuerza contra uno de los muros de la cabaña. Bruscamente, Jonathan Zane se separó del grupo, entrando en la casa.
Pero la hermana del coronel fijó sus negros y grandes ojos en la faz de Wetzel.
—¿Y bien? —preguntó la joven, con una especial inflexión en la voz.
Wetzel guardó silencio por unos momentos. Su mirada se encontró con la de ella. Sus labios se distendieron en una leve sonrisa.
—Erré el blanco, Betty —repuso calmosamente.
Y echándose su largo rifle sobre un hombro, se alejó de allí.

Transcurrían los años, con sus cambiantes estaciones. En el otoño, se abrían al sol y al aire las doradas flores; caían blandamente muchas policromas hojas sobre el ambarino musgo de Fuente Hermosa.
Los indios habían dejado de acampar allí. Dejaron de frecuentar el claro, al que se referían con el nombre de La Fuente Encantada. Decían que por las noches vagaba por aquel lugar el espíritu de un perro blanco, y que gemía el Viento de la Muerte en el solitario paraje.
De tarde en tarde, un jefe indio de fornido cuerpo y enérgica faz irrumpía en el claro, para permanecer allí largo rato, silencioso e inmóvil.
Y a veces, a la hora del crepúsculo, cuando los rojos destellos del sol habíanse desvanecido, trocándose en grisáceas tonalidades, un corpulento cazador salía como una sombra de entre los árboles, y apoyado en su negro y largo rifle contemplaba entristecido el manantial y escuchaba el monótono murmullo del agua al caer. La oscuridad iba acentuándose, entretanto. Las hojas de los árboles daban en el agua con un blando, casi imperceptible sonido. Un chotacabras gorjeaba entonces su melancólica canción.
Desde la oscuridad del bosque llegaba un tenue suspiro, que crecía paulatinamente, muriendo en la distancia igual que un gemido del viento nocturno.
Una vez más, se hacía el silencio sobre la cenagosa tumba del joven que dedicó su amor y su vida a aquellos selváticos parajes.
Hijo de la Luna

Esta historia se basa en una leyenda transmitida a lo largo de muchas generaciones dentro de la tribu de los navajos. Fue referida a Zane Grey por la esposa de los tratantes que vivieron en la reserva de dichos pieles rojas en los primeros años de la década de los veinte. Data de una época anterior a la llegada del hombre blanco y narra la aventura de un guerrero indio enfrentado con el deshonor y la muerte por haberse enamorado de una bella princesa de otra tribu.
I

EN medio del gran desierto se elevaba un impresionante muro de piedra, en cuyas inmediaciones encontrábase emplazada la ciudadela de Taneen, jefe del clan Rock.
Bajo la meseta montañosa, enmarcada por un paisaje en el que predominaban las tonalidades doradas y verde oscuro, por el norte y el este, abría sus impresionantes fauces un abismo, lo desconocido, poblado de escarpaduras y sombras, por el cual se deslizaba, tronante, el rojo río de los dioses. Por el sur se veía una extensión árida, una ladera de marchita vegetación, con desnudas peñas y coloreados macizos, al término de los cuales había arcillosas dunas, que se perdían en la lejanía. Al oeste quedaba un valle poco profundo forrado de precarios pastos, al lado de trigales, entre verdes cedros.
Taneen iba de un lado para otro, dando cortos pasos, sobre su terraza, festoneada de rocas. Un viento seco y caliente azotaba su alterada faz. Soplaba desde el oeste. Era portador de malas noticias: no vendrían las esperadas lluvias. El año anterior había sido también seco; las nieves invernales, escasas; y ahora los manantiales se perdían, los cauces llevaban poca agua. En la cascada de Oljato sólo se advertía un goteo, habiéndose poblado de hierbajos sus bordes.
Tan malos augurios tenían preocupado a Taneen. Le recordaban los comienzos de la sequía de los doce años, que al final había dispersado a los hambrientos clanes de los Sheboyahs a los cuatro vientos. Las lluvias volvieron luego de nuevo, dando lugar a fructíferas estaciones, trayendo consigo la prosperidad y la dicha al reducido pueblo de las rocas. Taneen fijaba su mirada de águila a lo lejos, divisando en una de las quebradas alturas la ciudadela del clan Wolf. Más allá, perdido en una especie de niebla de color púrpura, estaba el oscuro estribo rocoso que era el hogar del clan Antelope. Había otros clanes a mayor distancia, distribuidos por el oeste.
Aquel verano, ningún hombre había cruzado todavía las ardientes arenas y rocas para llevar mensajes a Taneen. Las cosas no marchaban bien en los clanes vecinos.
Taneen paseó ahora la mirada por la empinada ladera situada a sus pies, por encima de las pequeñas viviendas de menudas ventanas, como ojos, llegando así hasta el centro de la fortaleza, donde se hallaban los abovedados graneros y las cisternas, de forma circular, bajo el arco protector del gran muro. Más abajo, distinguió unas extensiones cuadradas de terreno, de un verde sin vida, y los óvalos grisáceos de los campos de juegos.
Pero en este caluroso día los jóvenes sheboyahs no se entregaban a sus pasatiempos de costumbre. Se movían al amparo de las sombras de los muros, o bien dormían dentro de las casas, buscando un poco de frescor. En los patios y las terrazas se enjambraban los niños, semejantes a perezosas hormigas. Sólo las mujeres, tanto las casadas como las solteras, trabajaban, unas veces moliendo el grano y otras cociendo, tejiendo o llevando cosas de un lado para otro, dejándose ver lo mismo en los sitios soleados que en los sombreados. El clan Rock de Taneen era populoso de nuevo, un regalo de los dioses que él agradecía, del que se sentía sumamente orgulloso. Pero ahora parecía estar deslizándose una sombra entre ellos...
Entró en la cámara del consejo, donde últimamente se reunían con mucha frecuencia sus hechiceros. Estaba obsesionado con sus interpretaciones sobre los signos de los tiempos, con sus encantamientos y sus espíritus guardianes.
Un fuego sagrado de leños de cedro ardía en el lado este de la cámara. Allí había una puerta que miraba al sol naciente. En el centro del piso había una fina capa de arena que fuera arrastrada por el viento. Declis, el pintor, coloreaba las arenas de blanco o de un tono cobrizo cuando no azul, verde u ocre. Benei, el observador de las estrellas, cantaba. Clodothie, el principal hechicero del clan, tenía en los ojos una expresión de duda y de temor al fijarlos en el cuarto acompañante allí dentro. Era éste Dageel, el idiota de la tribu, un joven deforme, de enrojecidos ojos y azafranados cabellos, repulsivo en conjunto. Era odiado tanto como temido por todos los sheboyahs.
—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó Taneen, expectante.
—Escucha —replicó Clodothie.
Dageel, inclinado sobre las pintadas arenas, mascullaba torpes e ininteligibles sonidos. Hacía unos gestos extraños y violentos. De su boca salía un vaho semejante al que podría expeler un ciervo durante una loca carrera, en el curso de una fría mañana.
—Está hablando del Primer Pueblo, de quienes provenían los animales —tradujo el hechicero—. Se refiere a la época en que siempre era de noche, al tiempo en que llegó el sol y luego el agua sobre la tierra.
Taneen hizo callar al sacerdote con un gesto de impaciencia.
—¿Qué significa este viento caliente del oeste? —inquirió, sombrío.
—¡Oh, jefe! Es el heraldo de otros años de sequía —replicó el hombre, extendiendo lentamente a un lado y a otro las manos, semejantes a garras—. Nuestro trigo no madurará. Nuestros melones se secarán en los huertos.
—Daré órdenes para que mi pueblo conserve su grano y el agua. No nos moriremos de hambre. Entretanto, vosotros, los sacerdotes, invocaréis a los dioses de la lluvia. Celebraréis consejo para determinar qué sacrificios debemos hacer, qué ceremonias pueden aplacar sus iras.
—¡Oh, jefe! Está escrito... Haz que Nashta vuelva a su clan —tronó el sacerdote.
Taneen se encogió como si hubiese sentido una fuerte punzada dentro de su cuerpo.
—Tú, hombre sabio, debes saber que también está escrito que mi hija Nashta, Hija de la Luna, permanezca para siempre con el clan Rock, lejos de la luz del día —repuso Taneen, imperiosamente.
—Tu pecado recaerá en tu pueblo —anunció el sacerdote.
—Que sea así. Ella lleva mi sangre, es mi orgullo. Nashta es inocente, como su madre. Los feroces hombres del clan Antelope la destruirían. Sí, destruirían a la hija de su reina.
—Pues entonces, la devastadora sequía se presentará igual que antes, como una bandada de saltamontes, desnudando la tierra.
Taneen guardó silencio, observando al pintor de arenas.
—El hielo nos envolverá... O bien reinarán las tinieblas sobre la tierra... O el agua llegará hasta las copas de los árboles más altos.
—No. Taneen no cree en eso. El hielo, la noche y el diluvio pertenecen a la época del Primer Pueblo.
—¡Oh, jefe! Si hubo un primer pueblo también habrá otro que sea el último. Surgirá una raza que nos esclavizará. Clodothie ve esto en las sombras. Su voz es semejante al tronar del río rojo.
Taneen creía en esta profecía. Habíala oído en los susurros del viento al filtrarse por entre las ramas de los cedros. Incluso las rocosas paredes aguardaban el eco de las pisadas del futuro. La tierra, el firmamento y las estrellas permanecían eternamente fijas, pero, en cambio, las criaturas vivientes estaban sometidas a muchas variaciones. Cada clan de los Sheboyahs vivía en su rocosa altura, mortalmente atemorizado ante lo desconocido. Sus sabios se colocaban en cuclillas frente a los fuegos de las kivas, refiriendo a las generaciones más jóvenes las leyendas de la tribu... Explicaban a los muchachos cómo los padres de sus padres habían luchado contra el Primer Pueblo, venciéndolo. Les contaba cómo sus progenitores batallaron contra el hombre antes de ser él hombre. Oíanse pasos furtivos en el rastro de los Sheboyahs. No quedaba ya muy distante el tiempo en que quedaría justificada la vieja costumbre de los jefes, consistente en construir sus moradas en las escarpaduras inescalables. El clan Badger, en el sur, había desaparecido de una manera muy extraña de sus riscos...
Taneen abandonó la cámara de los sacerdotes, volviendo a su terraza. Una vez más, se apoyó en el parapeto, contemplando ensimismado las tierras bajas que se ofrecían a su vista.
El viento transportaba fragancias de la seca tierra, de cactos y cedros, por la interminable y peñascosa extensión. Soplaba desde todos los puntos, excepto desde el oeste, donde parecía no existir la menor esperanza de vida. Sentíase intimidado ante el humeante abismo septentrional, desde cuyo fondo, con ciertos intervalos, se elevaba un repentino rugido. Y la pálida llanura desértica, de cambiantes arenas, del sur, no hacía más que incrementar sus temores. Sin embargo, aquellas regiones daban la impresión de ser insuperables barreras para los vagos huéspedes que amenazaban a su pueblo. El valle cubierto de cedros se extendía, grisáceo, solitario y monótono, por el oeste, viéndose solemne, severo, bajo el sol del mediodía. Era un ancho camino para los otros clanes de los Sheboyahs, pero resultaba terriblemente intimidante a aquella hora.
La mirada del jefe se detuvo en la sombra del gran arco del muro que flanqueaba el extremo de la ciudadela por debajo. Aquí, en una hondonada de las rocas, estaba la kiva, en que se ocultaba Nashta, la Hija de la Luna.
La luz del día no había acariciado jamás la bella faz de esta doncella. El secreto de la kiva era inviolable para el clan Rock. Solamente los hechiceros, las mujeres viejas de la tribu y unos servidores, juramentados, conocían la presencia allí de la hija de Taneen, nacida de la reina del clan Antelope. Nashta, Hija de la Luna, cuya piel era tan blanca como la nieve... La ascendencia de Taneen sobre su tribu no era más fuerte que ese precario secreto. Flotaba en el aire la catástrofe. Habían llegado allí murmuraciones de los Sheboyahs viajeros con el vuelo de las golondrinas. El amor que el jefe sentía por la reina superaba al que le inspiraba su pueblo. No se separaría de Nashta, su hija, ni al precio de atraer sobre aquél la ruina.
A Taneen le disgustaban las desoladas inmediaciones que contemplaba, el significado de cuanto observaba. Preocupado, sintiéndose torturado más bien, buscó la fresca sombra de su casa, de gruesas paredes.
A la puesta del sol, el hechicero llevó a presencia de Taneen un mensajero del clan Wolf. Cubierto de polvo y sudor, aquel hombre era portador de extrañas noticias. El clan Antelope había dejado de existir. Los dioses, irritados, lo habían destruido. Unas nubes de humo se elevaban desde el lugar en que estuviera emplazada su ciudadela; en las paredes de las casas se posaban las aves que se alimentaban de carroñas. Allí habían intervenido poderes que estuvieran fuera del alcance de los sabios del clan Wolf.
—Presta atención a esto, Taneen —dijo Clodothie, muy preocupado—. Evita que tu pueblo corra la misma suerte.
El jefe no le oyó. No pensaba en sus enemigos, sino en la mujer tan amada todavía... Fue en busca de la oscuridad. Permaneció tendido, quieto, con los ojos abiertos, atemorizado. Pero la tortura que experimentaba nacía de la pérdida terrenal de la mujer de negros ojos que proscribiera a su pueblo por amor a él.
El viento, cargado de arena, gemía en las hendiduras de las rocas. Taneen advirtió que no se encontraba solo. Unos mocasines se deslizaban por la terraza, desplegando una gran actividad. Los muchachos y las muchachas del clan se citaban secretamente, alimentando amores prohibidos, tal como hiciera él en sus días de juventud. Una chotacabras profirió un amargo chillido. Por fin, llegaron las horas del silencio, que se extendió como un pesado manto sobre la formidable ciudadela. Luego, Taneen salió a la terraza.
La luna brillaba pálidamente sobre infinitas caras rocosas. La garganta del norte era como la noche, amenazadora, mística y expectante. Aquellos seres que formaran lo que Clodothie denominaba el Primer Pueblo, podían estar allí, en las tinieblas. Pero de lo único que estaba seguro Taneen era de la presencia de un monstruoso y batiente corazón, imponiéndose al opresivo silencio. El aire era más frío ahora e hizo una profunda inspiración. Era la hora de la vigilia, en la medianoche, que Taneen raras veces eludía. Nunca, desde luego, cuando la luna brillaba en lo alto. Pálidas formas se movían sin hacer el menor ruido, como espíritus, en la sombra del gran arco. Taneen las observó. Su corazón parecía ir a estallar en tales instantes. Nashta, con las doncellas que la atendían, se deslizaba hacia el estanque existente debajo de la ciudadela, para bañarse a la luz de la luna.

Pasaban los días de aquel cruel verano. Los sacerdotes de Taneen, pese a la influencia que tenían con los dioses, según ellos, no lograron atraer las lluvias. Los conejos y los antílopes abandonaron el valle. Los Sheboyahs empezaron a consumir sus provisiones de grano. Los manantiales llevaban camino de secarse. La cascada de Oljato era ya, prácticamente, un recuerdo. En cambio, el estanque situado bajo el pétreo muro de la ciudadela, libre del sediento sol, continuaba con el agua al mismo nivel.
La misteriosa suerte del clan Antelope cesó de ser el tema principal de los discursos pronunciados por los hechiceros de Taneen. Celosos de su poder y dudosos en cuanto a su fuerza, concentraron todos los esfuerzos en las plegarias solicitando las lluvias.
Un día, Taneen se demostró a sí mismo que todavía conservaba la agudeza visual de sus años jóvenes, de cuando sus ojos habían sido comparados con los del águila. En la lejanía, en la accidentada y roja ladera, divisó algo que se movía. Mantúvose atento a aquel punto desde su terraza. El objeto en cuestión podía ser una cabra o un puma. Pensó, sin embargo, que se trataba de un hombre, por cuya razón decidió callar y mantenerse a la expectativa. El negro punto se movía, se ampliaba, se desvanecía para reaparecer, y en todo momento ascendía. Llegó un momento en que vio que sus temores se hallaban plenamente justificados.
Llamó a sus cazadores, a los hombres de su clan famosos por su excelente vista. Ellos acudieron, mirando hacia la lejanía en silencio.
—¡Es un hombre alto!
—No es un mensajero.
—¡Ay! ¡Viene del norte!
Los hombres se presentaron aislados y en grupos. Las mujeres dejaron sus tareas cotidianas para alinearse en las murallas. Los hechiceros, enterados de lo que ocurría, fueron a echar un vistazo. Cuando el desconocido se dejó ver claramente, por debajo de la base de la escarpadura, todos los miembros del clan Rock hallábanse apostados en las paredes, las terrazas y los tejados de las viviendas. Aquél parecía ser un momento de gran trascendencia.
El desconocido agitó algo que centelleó a la luz del sol.
Su gesto fue de amistad. Únicamente los hechiceros no lo interpretaron así. Las doncellas eran presas de una gran excitación. Taneen dio una respuesta un ademán de bienvenida. Luego, los viejos, las mujeres mayores, los jóvenes y las doncellas imitaron a su jefe. Se perfiló allí una móvil línea de manos ondeantes a lo largo de los parapetos.
Este visitante se movía con la agilidad de un ciervo. Ganaba terreno constantemente. No se advertía el menor signo de cansancio en sus movimientos. Llegó a la primera serie de escalones recortados en las duras rocas. Los remontó como quien se halla acostumbrado a subir por empinados riscos. Sólo los espectadores que se inclinaban sobre los parapetos podían verle ahora. Los de detrás tenían que contentarse con escuchar sus guturales murmullos de admiración.
Taneen vio que el hombre se detenía en la segunda fila de escalones. Su rostro, vuelto hacia arriba, quedó iluminado por el sol. Pronunció unas palabras con sonora voz. Hablaba una lengua desconocida, que dejó silenciosos a todos. Después, el atrevido visitante continuó subiendo, situándose por fin debajo del rocoso muro de la ciudadela.
—Que le lancen las escalas —ordenó Taneen.
Los sacerdotes profirieron unas quejumbrosas protestas. Pero su jefe hizo una seña enérgica, mandándoles callar.
—Hacedle comparecer ante mí —dijo luego Taneen.
Clodothie, el alto sacerdote, levantó al cielo sus descarnados brazos. De su cavernoso pecho salió una dolorosa protesta. Aquello era el fin. Taneen se disponía a recibir a la serpiente en el seno del clan.
Unos jóvenes de musculados brazos deslizaron por encima del parapeto los largos postes de abedul dotados de ramas cruzadas, que formaban peldaños. Los muchachos del clan se movían por estas escalas con la agilidad de una ardilla. Estaba por ver si el visitante salvaría con facilidad aquel último obstáculo. La silenciosa multitud, que había seguido atentamente sus pasos, aguardaba, anhelante, conteniendo el aliento.
Taneen se paseaba por su terraza, majestuoso, altanero, con el aire digno que correspondía a su posición. No obstante, el lamento de su alto sacerdote resonaba en sus oídos como un funesto presagio.
Se oyó un clamor. El desconocido había saltado por encima de la muralla. Taneen se volvió para ver cómo la multitud formaba una calle por la que avanzaba un hombre de espléndida figura, entre los sacerdotes. Éstos, indudablemente, se sentían aterrados, pero guardaron silencio. Taneen levantó la mano derecha, pronunciando las frases de bienvenida de su clan.
El visitante imitó el gesto del jefe, contestando en un lenguaje que nadie comprendió. Era una cabeza más alto que el hombre de mayor talla del clan de Taneen. Sujetaba sus cabellos con una banda con cuentas, de la cual salía una graciosa pluma azul. Su hermoso rostro era de un tono más claro que el de los Rock. Taneen no recordaba a ningún clan con aquel color de piel, con un matiz rojizo muy leve. Los ojos del recién llegado, grises y penetrantes, contenían el secreto de un gran poder. Taneen consideró que su edad debía de quedar por debajo de los treinta años. Llevaba el torso desnudo, y cubría sus caderas con una corta piel de ante retenida en su sitio por un ceñidor trenzado. De éste, colgaba un tomahawk de cabeza de pedernal. Los mocasines y las polainas, también de piel de ante, muy desgastados, completaban su atuendo. Era portador de un arco en las manos, llevando a la espalda un carcaj con flechas.
—¿De dónde vienes tú? —preguntó el jefe, acompañando sus palabras con unos movimientos expresivos de manos.
El visitante comprendió, pues respondió extendiendo uno de sus largos brazos en dirección al norte, indicando una de las regiones que quedaban más allá de los precipicios que ningún sheboyah había cruzado nunca.
Luego, habló de nuevo. Mostrando sus armas y aplicando las fuertes manos a su cuerpo, dio a entender que era un cazador que en el curso de una expedición se había extraviado, llegando a encontrarse en una situación apurada.
Taneen le mostró sus hombres, las doncellas, que lo miraban tímidamente, las ancianas, todo el clan, dirigiéndole otra pregunta:
—¿A qué pueblo perteneces?
—Nopah —replicó el desconocido, tocando la pluma azul que coronaba sus negros cabellos.
—Pluma Azul —intervino Taneen, para sus oyentes—. Taneen le ha dado la bienvenida. Vosotros dadle de comer y de beber.
Taneen agregó, dirigiéndose ahora a los sacerdotes:
—El clan de los Rock no puede renunciar a su credo porque impere el hambre en la tierra, o porque surja una nube en el horizonte. Taneen hace por este visitante de un nuevo pueblo lo que a él le gustaría que hicieran con su propio hijo.
Alegremente, los jóvenes del clan rodearon a Pluma Azul, al que condujeron unas terrazas más abajo, seguidos por las siempre susurrantes doncellas.

Durante el verano, Pluma Azul alternó con los jóvenes del clan Rock a la fresca sombra de los muros de las viviendas o bajo los cobertizos hechos con ramas. Hizo saber a sus nuevos amigos que permanecería con ellos hasta que soplaran los vientos del otoño, en cuyo momento podría iniciar ya menos angustiosamente el largo viaje de regreso a su pueblo.
Entretanto, aprendió el lenguaje de los Sheboyahs. Hombre de viva inteligencia, pronto asimiló el escaso vocabulario del clan Rock. Las únicas dificultades con que tropezó se relacionaban con las palabras de muchos significados, cada uno de los cuales dependía de la entonación dada al vocablo.
Pluma Azul era en realidad un espía de los grandes Nopahs, tribu asentada en una lejana región. Sus hombres eran guerreros y no agricultores. Nothis Toh, su jefe, después de haber sometido a los pobladores de los riscos que quedaban más allá de los enormes precipicios del río rojo, había puesto sus fieros ojos en los cultivadores de trigo, los moledores de grano de las cuevas.
La misión de Pluma Azul era sumamente compleja. Tenía que hacer amistad con los miembros del clan Rock de los Sheboyahs, efectuar una especie de inventario de lo que poseían, estudiar sus defensas y los posibles métodos de acercamiento hasta su ciudadela, engañar a los hechiceros y, por último, corromper a sus hombres valiéndose de artes, juegos y hierbas, cosas que Pluma Azul dominaba a la perfección. También había de recurrir a otros ardides personales que le permitieran adueñarse de la voluntad de las jóvenes.
El clan Rock totalizaba unas dos mil personas. Un tercio de ellas eran hombres bien dotados físicamente. La fortaleza de Taneen era inexpugnable desde el exterior. Los astutos Sheboyahs habían sabido escoger unos riscos inescalables. Desde sus alturas, hallábanse en condiciones de acabar con las tribus que decidieran atacarlos. El éxito en una empresa de tal tipo sólo podía alcanzarse mediante una estrategia adecuada aliada con la sorpresa. También era imprescindible que surgiera la traición dentro de la ciudadela, al mismo tiempo. Los enormes depósitos circulares de grano estaban llenos, las cisternas veíanse rebosantes, y el estanque profundo situado bajo el arco no sufriría mermas aquel año. Taneen estaba en condiciones de sufrir un largo asedio. En condiciones normales, los Nopahs hubieran acabado por tener que desistir de su intento de conquista.
Gracias a uno de sus amigos, Pluma Azul se había enterado vagamente de la existencia de un pasaje subterráneo que cruzaba la ciudadela. Siendo un actor nato, desempeñaba muy bien el papel que los suyos habíanle asignado allí. Sabía, por otro lado, que el triunfo de los Nopahs le haría ganar grandes honores y fama.
Pasó el verano, llegando los días frescos. Los pastos y el grano del valle se habían marchitado. Los manantiales se habían secado. Pluma Azul escuchaba las exhortaciones de los hechiceros, las cuales le inspiraban tan sólo desdén. Estos hombres no sabían cómo ganarse el favor de los dioses de la lluvia. Cuando los pámpanos y los líquenes tomaron el color del oro, Pluma Azul recurrió a sus artes.
Los Sheboyahs, tanto los jóvenes como los hombres ya maduros, eran muy aficionados a los juegos, especialmente aquellos que exigían una gran agilidad de piernas y buenos músculos, con demostraciones de fuerza. Pluma Azul se fingía perezoso e indiferente, dando lugar a que los jóvenes se burlaran de su huésped, un miembro del desconocido clan Nopah. Las muchachas más atrevidas, empujadas por sus hermanos y amigos, le hacían objeto de numerosas bromas. Finalmente, Pluma Azul se dejó convencer para participar en las carreras, pero sólo a condición de que cada competidor se apostara algo. Tal como se había figurado, este ultimátum suyo animó mucho a los jóvenes. Todos llevaban el veneno del juego mezclado con los glóbulos de la sangre.
El campo en que se hacían las carreras era escenario de otros juegos y quedaba en la parte exterior de la ciudadela. Tratábase de un terreno nivelado rodeado por peñascos en los que habían sido esculpido escalones, donde se sentaban los espectadores. Esas rocas se veían muy pulidas, y la tierra del campo era compacta. De ello dedujo Pluma Azul que los Sheboyahs dedicaban muchas horas a sus pasatiempos. Varias generaciones de jóvenes del clan Rock habían actuado allí, en efecto.
Situado a cierta altura sobre el desierto, como un gran nido de águilas, quedando las tierras bajas a bastante distancia, hundidas, circundado por una fila de abetos, puntiagudos como lanzas, que perfilaban su contorno oval, el campo de juegos atrajo fuertemente a Pluma Azul desde el principio. Para los Nopahs, una tribu de curtidos guerreros, forjadores de grandes proezas, aquél era un lugar de indudable interés.
Así pues, Pluma Azul corrió con el primer joven destinado a competir con él, superándolo fácilmente. Seguidamente, derrotó a los corredores más famosos del clan, hasta cinco en total. Esto suscitó un clamor entre los disgustados espectadores.
—¡Tith-lei! ¡Tith-lei! —gritaron aquéllos.
Pluma Azul supo entonces que Tith-lei, el Topo, no era solamente el corredor más rápido del clan Rock, sino también el campeón de todos los Sheboyahs.
—Pluma Azul no es un pájaro, capaz de volar por séptima vez en el curso de un día —replicó el triunfador, altanero.
Los vencidos corredores y sus partidarios exigieron para el día siguiente otra competición, ya que, naturalmente, se interesaban por recuperar sus pérdidas. Pluma Azul se mostró conforme con sus propuestas, pero sólo a condición de que las apuestas fuesen mayores.
Mientras descansaba, sus jóvenes amigos se dedicaron a la práctica de sus juegos favoritos. Uno de ellos atrajo en particular a Pluma Azul. En el centro de un círculo se clavaba una estaca, que sobresalía del suelo un metro, aproximadamente. La parte superior de la estaca era redonda, hallándose tan pulida que brillaba bajo la luz del sol. Un largo palo y un pequeño aro constituían los otros útiles de este entretenimiento. Desde una línea fijada, había que arrojar el aro, con la ayuda del palo, siendo el objeto del juego colocar el cerco o aro en la estaca. Pluma Azul se dijo que era necesaria una gran destreza para destacar en aquél, decidiendo entonces aprovechar la noche para realizar las prácticas indispensables. Abrigaba el propósito de ser el triunfador en todos los juegos antes de introducir los que divertían a los Nopahs.
Por la tarde y por la noche, aquel día, sólo se habló en la ciudadela de la carrera que se celebraría a la mañana siguiente, siendo muy comentadas, además, las apuestas cruzadas entre los practicantes de los juegos. Todo parecía indicar que el plan de Pluma Azul marchaba bien. Los miembros del clan Rock vivían pendientes exclusivamente de aquellas cosas.
Por tanto, no se sorprendió al ver, llegada la hora, que todos se disponían a presenciar la competición. Pluma Azul se impresionó al descubrir el grupo de las doncellas, brillantemente ataviadas y poseídas de una gran alegría, que se avenía con el momento. Hasta entonces, deliberadamente, habíase mostrado insensible a sus tímidas sugerencias de tipo amoroso. Ahora, en cambio, se disponía a iniciar la conquista de las jóvenes de la tribu.
Taneen y sus jefes y sacerdotes ocupaban asientos en la parte más elevada de la rocosa cornisa. A sus pies, a uno y otro lado, se extendía la policroma masa de público, en torno al óvalo del campo de juegos. Unos jóvenes se ejercitaban arrojándose entre sí una pelota.
Pluma Azul avanzó orgullosamente entre las dos filas que formaban las doncellas. Su corazón latía aceleradamente a causa de la emoción, y por unos instantes olvidó los perversos designios que le habían llevado hasta aquella pacífica tribu. Era sensible a la admiración que suscitaba en los presentes. Sus ojos se detuvieron en Ba-lee, una de las más lindas muchachas del clan. No le habían pasado inadvertidas las miradas que le dirigía la joven.
Se inclinó ante ella galantemente.
—Aquí no hay ninguna doncella que desee conservar esto —manifestó, tocando la pluma azul que sobresalía de sus cabellos.
—Es posible que el corredor Nopah no haya declarado a nadie sus deseos —replicó Ba-lee.
Los ojos de ésta se iluminaron. Pluma Azul se dijo que no tendría que esforzarse mucho para avivar el fuego amoroso en sus misteriosas profundidades.
—Pluma Azul no se había atrevido nunca a tanto, pero...
A continuación, retiró de su cabeza el gracioso ornamento.
Ba-lee entreabrió los labios, con expectante gozo. Oyóse un murmullo, un coro de comentarios formulados por las chicas que la acompañaban.
En aquel momento, Tith-lei, el Topo, el corredor rival, que disputaría aquel día la victoria a Pluma Azul, se presentó ante el público, escoltado por numerosos guerreros. Era un tipo menudo. Indudablemente, sus pequeños ojos, de dura expresión, medio cerrados, además, habían motivado su apodo. Sin embargo, su vista era buena, ya que no se le escapó el acercamiento de Pluma Azul a Ba-lee. La doncella reaccionó ante el encuentro de una manera especial. Pluma Azul se dio cuenta en seguida de lo que ocurría: Tith-lei estaba profundamente enamorado de ella, pero su pasión no era correspondida.
Pluma Azul ofreció su símbolo personal a la doncella.
—Si Ba-lee accede a adornarse con esto, el corredor Nopah no podrá perder la carrera.
Ella inclinó la cabeza y Pluma Azul fijó el gracioso ornamento en los brillantes y negros cabellos de la joven. De los labios de Tith-lei se escapó un silbido semejante al de una serpiente. De no haberse considerado enemigo de Pluma Azul ya habría empezado a odiarlo a partir de aquel momento. Ba-lee levantó la cabeza, dejando oír una risa que corearon sus acompañantes. Pluma Azul dedujo de su mirada que podía considerarla una de sus conquistas.
Los corredores fueron convocados en la meta de salida. Tith-lei llevaba un corto pantalón de piel. Pluma Azul dirigió una inquisitiva mirada a su antagonista. El ancho torso de Tith-lei, sus estrechas caderas y sus musculadas piernas hicieron pensar a Pluma Azul que en una larga carrera de resistencia aquel miembro del clan Rock resultaría temible. En una carrera corta, sin embargo, no podía competir con el Nopah.
Los corredores fijaron sus pies en la línea que había sido marcada, tras lo cual recibieron instrucciones. Habían de girar en torno a la estaca colocada en el extremo opuesto del campo, regresando al punto de partida. El que tocara en primer lugar la mano de quien iba a darles la salida sería declarado vencedor. Uno de los hombres del clan levantó el brazo con que había de batir un tambor. Cuando sonara el golpe los dos corredores pasarían a la acción.
Durante la carrera, Pluma Azul se mantuvo al paso de Tith-lei, observando sus movimientos con un gesto de astucia. Al acelerar la zancada Tith-lei, Pluma Azul hizo lo mismo instantáneamente. Llegaron a la estaca juntos, que doblaron a un tiempo. Luego, Pluma Azul salió disparado como una flecha que acabara de abandonar la cuerda del arco. Su zancada era dos veces más larga y rápida que la de Tith-lei. El campeón de los corredores Sheboyahs dio la impresión de quedarse enraizado al suelo.
Las voces de los jóvenes y los chillidos de las doncellas resonaron gratamente en los oídos de Pluma Azul. Estaba familiarizado con aquel alboroto, por otras experiencias parecidas. El más grande los corredores Nopahs era admirado ahora también por el clan Rock.
La tribu de Taneen destronó a un campeón aquel memorable día. El jefe abandonó su sitio para colocar una mano sobre uno de los hombros de Pluma Azul.
—El Nopah corre como un antílope —dijo—. Taneen se sentiría orgulloso de tener un hijo así.
Pero los altos sacerdotes no miraron con buenos ojos a Pluma Azul, y el jadeante Tith-lei se sentía profundamente celoso e irritado. No obstante, el forastero se hizo más popular que nunca entre los jóvenes, incluso entre aquellos que habían perdido las apuestas. Para las doncellas, según pudo comprobar al presentarse ante Ba-lee, para recuperar su pluma, el Nopah era un héroe. Tímidamente, Ba-lee ocultó aquélla a la espalda, pidiéndole que se la regalara, pues deseaba conservarla.
—Algún día lo haré, quizá... Cuando el Nopah haya vencido a todos... Cuando esté seguro de haberte conquistado a ti —replicó Pluma Azul, audazmente.

En el curso de los tranquilos días que vinieron después, Pluma Azul participó en todos los juegos practicados por los jóvenes del clan Rock, excepto en aquellos que exigían exclusivamente fuerza. En los mismos se reservó, dando lugar a que los otros imaginaran que sus brazos y su espalda eran más bien débiles. Luego, les enseñó un juego Nopah de ritmo muy rápido, violento. Para ganar había que impulsar una pelota con un palo curvado, hasta introducirla por un orificio practicado en el muro. Hubo otro pasatiempo que gustó todavía más a sus amigos. Consistía en golpear una pelota hecha con piel de rata, la cual había de entrar en un orificio situado en un montículo, en el centro del terreno de juego.
Pluma Azul ganaba siempre. En todas las competiciones era el vencedor. Pero por el hecho de eludir los juegos que exigían una gran fuerza, parecía vulnerable en un punto. Los jóvenes Rock hacíanle objeto de burlas al hablar de la única actividad en que podía ser batido.
Una tarde, se congregó en el campo de juegos todo el clan. La atención de los jóvenes se centraba en una redonda piedra cuya parte superior quedaba a la altura de las rodillas. Pluma Azul preguntó a las doncellas qué significado tenía la piedra en cuestión.
—Eso es el Hombre-Rock —replicó Ba-lee, muy seria—. Al llegar a cierta edad, los chicos del clan tienen que tantearla a diario, intentando moverla. Cuando logran hacerla rodar entran en la categoría de los jóvenes; en el momento en que la levantan son considerados ya hombres; si logran echársela encima y desplazarse con la piedra son nombrados jefes.
»Pluma Azul: tú tienes que hacer esto último con el Hombre-Rock —suplicó Ba-lee, asiendo al Nopah con sus morenas y menudas manos—. Ba-lee sabe que tú puedes conseguirlo. ¿No me has levantado a mí acaso como si fuera una borrilla de cardo? Demuéstrales que eres capaz de eso y haz que Ba-lee se muestre gozosa. Tith-lei está celoso. Afirma que tú eres débil. Afirma que te matará. Y, ¡oh, Nopah mío!, si lleva a cabo su propósito Balee morirá y su alma vagará de un lado para otro, perdida, para siempre.
Pluma Azul se incorporó al grupo que rodeaba la piedra. Un joven indio probó suerte, sin ningún resultado. Fue seguido por otros muchachos. Más adelante, hubo unos cuantos hombres que lograron mover la piedra. Tith-lei se inclinó sobre ella y los músculos de sus brazos y espalda se pusieron en tensión. Unos gritos de los espectadores confirmaron el hecho de que había llegado a levantar la piedra. Los hechiceros proclamaron su hazaña. Tith-lei se irguió, con el rostro enrojecido y los hombros cubiertos de sudor. En actitud de triunfador, se enfrentó con Pluma Azul.
—¡Nopah! —exclamó jadeante—. Pies alados... charlatán... cazador de mujeres... Si tú eres, efectivamente... un hombre, ¡levanta la piedra!
Clodothie, el sacerdote, aireó los recelos y el odio que le inspiraba aquel intruso procedente de una tribu desconocida.
—¡Desplaza la piedra... si es que deseas continuar viviendo entre los Sheboyahs! —chilló.
Pluma Azul, despreciativamente, dejándose llevar por primera vez de la ira que le producían los miembros del clan Rock, sus enemigos, en definitiva, contestó:
—¿Queréis ver hasta qué punto son fuertes los Nopahs? ¡Mirad!
Inclinándose sobre la piedra, la levantó inmediatamente, sin que para ello, al parecer, necesitara realizar ningún gran esfuerzo. A continuación, la trasladó al punto en que se hallaba cuando tiempo atrás los ascendientes del clan estableciesen la costumbre de aquella prueba. Los espectadores se quedaron aterrados ante la hazaña. Pluma Azul había llevado la piedra más lejos que nadie. Su proeza representaba la suma de los esfuerzos de centenares de hombres al correr de los años. Luego, todavía irritado, salió un momento del campo de juegos para echarse al hombro un tronco de abeto, con el que, vacilando, respirando dificultosamente, se encaminó hacia las gradas ocupadas por aquellos que estuvieran embromándole, dejándolo caer con un gesto de desdén a sus pies.
El alto sacerdote elevó los brazos al cielo como si se hubiera hallado en presencia de alguien dotado de poderes sobrenaturales. La faz repulsiva de Tith-lei delataba la llegada a una conclusión que le disgustaba: tenía que abandonar el plan que concibiera. Aquel hombre inspiraba temor a los más valientes del clan, un temor que a veces se mezclaba con la admiración. Las mujeres mayores, sin embargo, acogieron a Pluma Azul con grandes muestras de alborozo, y las doncellas lo aclamaron cordialmente.
A esos espectadores, y también a los jóvenes que fingieron no haberse quedado impresionados ante la dramática revelación de la fuerza de Pluma Azul, él facilitó una explicación, dándoles a conocer la causa de que ganara siempre. Su abuela le había enseñado un ritual que cuando se ejecutaba debidamente predisponía a los dioses de la suerte en favor del ejecutante. En cambio, si fallaba en el menor detalle, teniendo en cuenta que se trataba de un complicadísimo rito, no volvería jamás a salir victorioso en una competición.
Pluma Azul entró en detalles, los referentes a su iniciación. Su abuela había mezclado un poco de harina de trigo con el polen de varias plantas. Parte de la mezcla la depositó ante el refugio de un lagarto, colocándose otra porción en la palma de la mano. Seguidamente, él entonó las cuatro canciones que la mujer le enseñara previamente. El Nopah debía esperar a que saliera el lagarto. Mientras éste ingería el polen, él no podía hacer el menor movimiento. El encantamiento se rompía si olvidaba una sola palabra de las canciones.
—Enséñanos tus cantos —solicitaron los ambiciosos jóvenes del clan Rock.
Pero Pluma Azul se negó a ello haciendo un movimiento denegatorio de cabeza.

Pluma Azul se había hecho con una gran cantidad de turquesas, armas de pedernal, arcos y flechas, elegantes mocasines y prendas de vestir, vainas y bolsas, collares de huesos, pieles de ante y mantas. Estas cosas se las había ganado a los miembros del clan Rock, en las competiciones. Los jóvenes pedían prestados otros objetos, o bien los robaban, no para recuperar lo perdido, sino para satisfacer su pasión por el juego, que Pluma Azul había sabido acrecentar perversamente.
El astuto Nopah se había propuesto eso precisamente desde el principio. Luego, se negó a competir con sus amigos, alegando que no era justo, por haber demostrado claramente su superioridad. Accedía a participar, sin embargo, en los juegos de azar, ya que las probabilidades de ganar, aparentemente, eran las mismas para todos. Ahora bien, los hechiceros habían prohibido a los jóvenes del clan estas prácticas. Tal como había ocurrido antes, en las carreras y otros ejercicios físicos, Pluma Azul era siempre el ganador.
Más adelante, introdujo un hábito más peligroso que el juego. Había llegado a aquellos parajes con una gran provisión de goma azul, la cual, al ser masticada, producía una especie de intoxicación. Pluma Azul difundió tal costumbre poco a poco, hombre por hombre. La dulce y potente droga afectaba a sus usuarios tan fuertemente que de su empleo se hizo un secreto. Pluma Azul sabía que de poder hacerse de aquel preparado en gran cantidad no tardaría mucho en corromper a todos los guerreros del clan Rock. La goma se elaboraba a base de mescal, cuya planta se hervía con una pez resinosa sacada de árboles de hoja perenne. Pluma Azul sabía prepararla. No tenía más que dar con los ingredientes necesarios.
Pluma Azul dedicaba el día al juego, juntándose con los jóvenes del clan en las cuevas de las rocas, o en abandonadas kivas. Por la noche, ejercitaba sus poderes de seducción con las mujeres...

Cierta noche, a la luz de la luna, Pluma Azul estaba esperando a Ba-lee en una terraza, en el sitio más bajo de la ciudadela. Había llegado tarde a la cita, por lo que supuso que la muchacha, cansada de aguardar, se había ido. Consideró algo que había observado más de una vez: a hora avanzada de la noche, Ba-lee le hacía compañía raras veces durante mucho rato. Dentro del poblado, las madres, generalmente, eran muy severas con sus hijas. Ahora bien, las restricciones a que se veía sometida Ba-lee eran exageradas. Esto le sumía en un mar de dudas.
Pluma Azul bajó la vista, fijándola en la negra boca del precipicio, a lo lejos. Sabía que su padre, Nothis Toh, acompañado de sus más valientes guerreros, estaba escondido en el verde valle que se extendía bajo los rojos y pétreos muros, esperando el regreso del espía, quien había de guiarles a la hora de exterminar a los miembros del clan Rock. No obstante, todavía no había sonado la hora. Pluma Azul no había cumplido del todo su importante misión allí.
Aquella noche, como tantas otras, flotaban en el fresco viento los espíritus. Sus voces eran ininteligibles para el espía. Tenía la impresión de que no transportaban mensajes de los dioses Nopahs. Su presencia, en torno a Pluma Azul, era como un peso para él, perturbándole, mientras seguía esperando a Ba-lee. Por ser un rudo Nopah, ningún remordimiento anidaba en su corazón. Pero allí había un misterio que no acertaba a desentrañar. Desde las sombras parecían llegar anuncios de terribles acontecimientos.
Todo estaba envuelto en un gran silencio, si se exceptuaba una especie de batir de invisibles alas en el aire. Sobre los peñascos habitados por los ahora durmientes Sheboyahs se cernían la muerte, la desolación y la ruina. El plateado desierto se extendía muy lejos, por el sur, infinito y abandonado, huérfano de toda vida material o espiritual.
Pluma Azul se esforzó por librarse de la opresión que le atormentaba y prosiguió con su quehacer. A la siguiente noche, bajo la luna llena, acercóse acompañado de Ba-lee al muro occidental. Se apresuró a reprocharle no haber acudido a la cita la noche anterior.
—Ba-lee estuvo aquí —contestó la joven—. Pero no todas las horas le pertenecen.
Él se volvió hacia la chica, oprimiendo bruscamente su cuerpo contra el suyo.
—Pluma Azul acabará por matar a ese torpe Tith-lei, el de los ojos de topo —susurró apasionadamente.
Ba-lee se estremeció igual que un pájaro entre los anillos de una serpiente.
—Ba-lee es sincera. Ella no puede evitar que Tith-lei mire y abrigue malos propósitos.
—Entonces, si Pluma Azul lo mata...
—A Balee no le importa eso. Su amor está... aquí —murmuró la doncella, con los ojos muy brillantes, al tiempo que apoyaba la cabeza en el desnudo pecho del Nopah.
Los celos de Pluma Azul parecieron calmarse. Sin embargo, no se sentía del todo satisfecho. Ba-lee estaba locamente enamorada de él, pero no creía que fuera capaz de revelar los secretos del clan Rock.
—Pluma Azul tendrá que emprender pronto el regreso para ir en busca de los suyos.
—¡Oh! Y entonces ya no volverá a acordarse de la muchacha Sheboyah. Él ha estado jugando con Ba-lee y sus hermanas. Ellas también lo aman. Y están atemorizadas. No confían en el guerrero del norte. Pluma Azul es el amante de muchas...
—¿Teme Ba-lee al Nopah?
—Ba-lee no sabe dónde termina el amor y comienza el miedo —replicó ella, quejumbrosamente.
—¿Qué dicen los ancianos de tu pueblo?
—Que el Nopah ha apartado a nuestros jóvenes del juego y el trabajo para hacerlos amantes de la bebida que perjudica y las apuestas que decide el azar... Afirman también que ha hechizado a nuestras doncellas.
—Pluma Azul quiere salir de aquí de noche, pero no por las escalas... Pretende no ser visto. Tith-lei sería capaz de clavarle una flecha en la espalda... ¿Accederá Ba-lee a guiar a Pluma Azul hasta el secreto camino existente bajo las murallas?
La doncella movió los brazos expresivamente. Sus labios formularon una negativa, pero sus ojos la traicionaron.
—¡Ah! ¡Qué grande es el amor de Ba-lee por el Nopah! Ella lo verá languidecer aquí.
—Ba-lee no teme la muerte para sí misma... Teme la muerte de otros... si traiciona a los suyos.
Pluma Azul recibió una respuesta, experimentando un fuerte escalofrío. La doncella conocía el secreto pasaje. Pero algo más fuerte que el honor sellaba sus labios. ¡Algo más poderoso que la vida misma! Estimó que, de momento, le bastaba con haber averiguado aquello. Esperaba, no obstante, quebrantar su voluntad. Luego, tranquilizado por la certidumbre de que su peligrosa empresa iba a ser culminada, acarició a la muchacha, hasta que ella se tendió a su lado. Por una vez, no pensó en que pasaban las horas. Cuando la blanca luna se encaramó a las alturas, brillando serenamente en el azulado cielo, Ba-lee pareció volver en sí de un trance. Entonces, profirió un grito, asustada.
—¡Oh! ¡La luna está muy alta! Es tarde. Balee debe irse —susurró la joven, temblando al apartarse de él.
—Las mujeres y los hombres adultos duermen profundamente.
—¡No! —chilló ella, eludiendo el largo brazo de Pluma Azul.
—Todos duermen, Ba-lee. Quédate con Pluma Azul.
—¡No! —exclamó ella.
Y huyó.
Pluma Azul vio cómo se alejaba. Pensó de nuevo que la dominaba algo más fuerte que el temor que pudiera inspirarle su madre. Sus oscuros ojos, al contemplar de repente la luna, habían expresado una emoción tremenda, algo semejante al terror. Pluma Azul no tenía la menor fe en aquellas doncellas Sheboyahs, si bien tal actitud podía derivarse del desprecio que le inspiraba una raza inferior. Su clan deseaba verla convertida en la esposa de Tith-lei. Probablemente, era ya la prometida del Topo. Todo tendía a incrementar los celos de Pluma Azul. Por vez primera, decidió seguirla.
La luz de la luna dibujaba en la ciudadela barras de plata y ébano. Era ya la medianoche. La figura de Ba-lee se fundió con la sombra de un muro, reapareció en una blanca calleja y se perdió de nuevo en las tinieblas. Pluma Azul aceleró el paso. Ba-lee se había dirigido primeramente hacia su morada, alejándose después de pronto del centro de la ciudadela. No regresaba a su casa. Pluma Azul profirió una sibilante maldición. Si sorprendía a Ba-lee con Tith-lei, estrangularía a ambos...
Pluma Azul perdió el rastro de Ba-lee en cuanto ésta empezó a moverse como un espectro por las terrazas del oeste. Por aquí se veían arqueados peñascos, encontrándose a la sombra de los mismos los graneros y las cisternas. Pluma Azul había podido averiguar en cierto momento que unos y otras estaban llenos a rebosar. Por una abertura en el rocoso muro se filtraba la luz de la luna. Ba-lee se dejó ver entonces. El espía, muy confuso, vio que se disponía a pasar por debajo de un arco de piedra. Tal vez se hubiese puesto de acuerdo con el astuto Tith-lei para verse allí.
Finalmente, Pluma Azul salió de la zona iluminada por la luz de la luna, adentrándose en las sombras. Se aproximaba a la ladera occidental más quebrada de la enorme elevación en que Taneen mantenía su ciudadela. Las rocas quedaban a mucha altura, resultando inescalables. Observábase un espacio ahuecado bajo la rocosa escarpadura. Era una caverna poco profunda, que Pluma Azul viera, durante el día, llena de leña. Por debajo de ella había unas repisas semejantes a escalones, que conducían a un barranco.
Ahora, Pluma Azul experimentó un fuerte sobresalto. Se comportó como una pantera que inesperadamente acabara de avistar a su presa. Unas formas abandonaban las sombras para quedar iluminadas por la luz del astro nocturno. Eran unas figuras livianas. Contó hasta tres. Una de ellas se hallaba vestida de blanco, por completo. Pluma Azul creyó reconocer a Ba-lee, por su estatura, por su manera de andar. ¡Unas chicas Sheboyahs que participaban en una travesura nocturna! ¿O bien se trataba de unas amigas de Ba-lee, las cuales se entrevistaban con sus amantes en el mayor secreto? Las figuras se perdieron de vista al doblar la esquina de la muralla.
El espía echó a correr sin hacer el menor ruido hacia el punto en que habían desaparecido las doncellas. En la rocosa esquina, al asomarse al otro lado, se quedó inmóvil, transfigurado. La oscura lámina líquida de un estanque brillaba como si hubiera sido plata. Ba-lee y sus cómplices en aquella aventura de medianoche, se deslizaron por una espesura de sauces. Los labios de Pluma Azul se distendieron en una sonrisa. Aquellos diablillos pretendían bañarse en el agua cristalina del estanque prohibido por los sacerdotes. Decidió sorprenderlas, cogerlas in fraganti. Fue avanzando, procurando mantenerse en todo instante dentro de las más densas sombras. Al llegar a la zona de los sauces, se arrastró lentamente durante un corto trecho. Había una ligera abertura en el follaje, por la cual miró...
Sobre la arena, junto al estanque, que él hubiera podido alcanzar con tres zancadas, se encontraban las tres jóvenes. La luz de la luna bañaba el lugar, aumentando su natural belleza. Pluma Azul se acordó de uno de los sueños de su madre. A lo largo de su vida, y por una vez, se enfrentaría con algo de trascendental belleza, y de sucumbir a ella, no ignoraba que se exponía a la ruina y a la muerte.
Ba-lee cuidaba de las negras trenzas de la doncella vestida de blanco. Era ésta más alta que su acompañante, y su menuda cabeza, sobre un esbelto cuello, poseía una majestuosa gracia. Pluma Azul no pudo ver su cara. La tercera joven se había puesto de rodillas en la arena, a sus pies.
—¡Oh, mi señora! —murmuró Balee, en tono de arrepentimiento—. ¡Perdona a Ba-lee! Ella se ha retrasado de nuevo...
—Estás perdonada, muchacha, por efecto del cariño que te tengo —replicó una voz muy femenina—. Sin embargo, Nashta no puede alejar a los dioses que ese espantoso Clodothie lanza contra ti continuamente.
—Nuestra Hija de la Luna —dijo la chica que estaba arrodillada—: ha transcurrido muy poco tiempo después de la medianoche.
—Mis gentiles esclavas: vosotras sabéis que Nashta sólo puede desvestirse bajo la luz de la luna, llegada la medianoche.
—De lo contrario, provocaríamos las iras de los dioses —advirtió Ba-lee, temerosa—. Podrían decírselo a Clodothie, quien sólo ve males para el clan Rock.
—Nashta se arriesgaría algo más, iría más lejos... ¡Incluso se atrevería a tener una pequeña aventura, como la de Ba-lee con el Nopah!
—Ba-lee ruega a los dioses que la perdonen. Ella hubiera debido mantener sus labios sellados.
—Pero es que Nashta es también una mujer. Cuéntame más cosas de él... Háblame del corredor de la pluma azul.
—Esta noche, Ba-lee fue desde Tith-lei a Pluma Azul. Y su corazón está muy atribulado. Ha sido prometida a uno. Y ama al otro. Pluma Azul jura que matará al Topo.
—¿Ama Pluma Azul a Ba-lee?
—¡Oh! Él jura que sí con una sonrisa en los labios. Pero la verdad es que ama a muchas mujeres. La-clos, aquí presente, se lo explicará todo a Nashta. Ella ama también al Nopah.
—La-clos, ¿eres tú también tan necia? —inquirió la Hija de la Luna, deslizando un brazo sorprendentemente blanco por fuera de su túnica.
—Sabe dominar a las mujeres —se quejó la doncella—. No pertenece a nuestra raza. Pluma Azul es bello... ¡y terrible!
—¡Ah! La-clos, Ba-lee: ¿teméis a ese forastero?
La-clos inclinó la cabeza. Ba-lee contestó, avergonzada:
—El corazón de Ba-lee ha dejado de ser suyo.
—Nashta no ha visto más hombres que su padre y los sacerdotes. Y siempre de noche. A Nashta le gustaría ver al Nopah a la luz del día, aunque el sol la dejara luego ciega.
—¡Silencio, Nashta! ¿Qué es eso que Ba-lee acaba de oír?
Miraron a su alrededor, atemorizadas. Allí solamente se advertía un gran silencio. El agua y las rocas tenían el plateado color de todas las noches. Nashta se volvió hacia los sauces. Su cara era tan blanca como los lirios que crecían en las peñascosas gargantas. Sus ojos eran como dos estanques de oscuras aguas en la noche. Ba-lee retiró la túnica de la joven. La blanca doncella emergió de la misma, plantándose en las claras arenas.
Pluma Azul sintió que su corazón era atravesado en aquellos instantes por una afilada hoja. Cobraba realidad la belleza y el anuncio contenido en el sueño de su madre. En aquellos momentos supo que si bien era un ser mortal lo que ahora contemplaba podía considerarse un espectáculo reservado solamente para los dioses. Pero esta Nashta, la doncella llamada Hija de la Luna, no era ninguna diosa. Se movía emanando una exquisita fragancia que perfumaba el aire de la noche. Brillaba como la nieve batida a la luz del día. En ella quedaban encarnadas todas las bellezas de los sueños y leyendas de los Nopahs.
Pluma Azul proyectó su cuerpo sobre la arena. Ba-lee cayó de rodillas, profiriendo un grito. La-clos se convirtió en una estatua de piedra. Nashta no retrocedió. De sus labios no salió el menor sonido. Permaneció quieta, desnuda ante el osado intruso. No se sentía avergonzada. Era como una niña que todavía no supiera establecer distinción entre hallarse desvestida y estar cubierta.
—Ponle la túnica, Ba-lee —ordenó Pluma Azul.
Las dos doncellas pasaron inmediatamente a la acción. Unos segundos después, sólo era visible el blanco rostro de Nashta, en el que brillaban, desafiantes, sus negros ojos.
—Nashta, princesa o doncella, ya está tu deseo cumplido. ¡Es el Nopah!
—¡Oh, Ba-lee! —dijo ella, desfalleciendo.
El espía no albergaba la menor duda. Aquélla era la primera vez que sus ojos se posaban sobre el rostro de un joven y ardiente varón. Al abrazarla, Nashta dejó caer su adorable cabeza sobre su pecho.
—Pluma Azul...
Una grata emoción, hasta entonces para él desconocida, embargaba el corazón del extranjero.
II

TANEEN ordenó que compareciera Pluma Azul ante él.
—Nopah, ¿qué es lo que ha originado tu desafío con Tith-lei?
—Jefe, tus hombres han estado atormentando al Nopah con sus constantes burlas. Y Tith-lei es el primero entre ellos en este aspecto. ¿Cómo va a soportar Pluma Azul sus ironías interminablemente? Los Nopahs son orgullosos. Mi padre renegaría de mí si supiese que he sido objeto de tantas mofas.
El jefe de los Sheboyahs consideró justas las acusaciones formuladas por el joven guerrero. Era, además, un hombre justo. Generación tras generación, los hombres del clan Rock habían sido adictos al juego de azar. En tiempos de sequía, cuando nadie podía dedicarse a la caza, cuando no se visitaba a otros clanes, los jóvenes se dedicaban exclusivamente a jugar. Taneen se había habituado a contemplar tal debilidad con ojos tolerantes. Pero sus sacerdotes habían insistido frecuentemente en que los presentes vicios revelaban la degeneración de la raza. Aparte de entregarse al juego, los jóvenes se intoxicaban ingiriendo ciertas sustancias perjudiciales.
—La sabiduría de Taneen juzga que Pluma Azul ha sido enviado por los dioses para probar a su pueblo. Si los jóvenes se han vuelto blandos, débiles, hemos de acoger con agrado esa prueba. ¿Cuál es ese último reto que ha hecho pronunciar a Declis y Clodothie palabras tan extrañas como las que salen de los labios del joven de la mente extraviada llamado Dageel?
—El Topo quiere que el Nopah salga de aquí. Ba-lee ha mirado al Nopah con buenos ojos. Tith-lei asegura que Pluma Azul no es capaz de descender por la muralla sin ayuda de nadie, para cazar un antílope y regresar con él antes de la puesta del sol en el tercer día.
El jefe hizo un gesto de impaciencia.
—Tith-lei no tiene nada de astuto. Es un necio. Actúa pensando tan sólo en sus propios intereses. ¡Es indigno de pertenecer al clan de Taneen!
—Pluma Azul ha aceptado el reto del Topo —manifestó Pluma Azul, altanero.
—No tiene sentido. No hay ningún hombre que sea capaz de trepar por esas murallas cargado con el cadáver de un antílope... Taneen cancelará ese desafío.
—No, jefe. Pluma Azul ha empeñado su palabra.
Taneen dejó a un lado un largo bastón. Nunca se había visto bendecido con un hijo. No había tenido más descendencia que Nashta, Hija de la Luna, preciosa como una gota de sangre del corazón de Taneen. Pero el sol no iluminaría jamás su hermoso rostro, y él nunca comparecería ante su clan orgullosamente para reconocerla. Acogía en estos momentos al Nopah, al extranjero, al joven gigante de la pluma azul, como hubiera podido acoger a su hijo. Taneen sintió que todo el amor que era capaz de sentir se concentraba en él.
—¿Qué ocurrirá si el Nopah vence? —inquirió.
—Tith-lei se enfrentará con él en un combate a vida o muerte.
—¿Qué ocurrirá si el Nopah pierde?
—Pluma Azul devolverá cuantas cosas ha ganado en el juego y no volverá a poner sus ojos en ninguna doncella del clan.
—Nopah, los antílopes han abandonado el valle —advirtió Taneen severamente.
—Pluma Azul lo ignoraba. Pero seguirá sus rastros.
Taneen empuñó su bastón de mando nuevamente, haciendo un gesto dirigido a sus consejeros. Quería quedarse a solas con el Nopah.
—El sol de Taneen se está poniendo. Unos pasos marchan tras sus huellas. Su clan ha degenerado. Sus días están contados. Pluma Azul puede convertir el resultado de esta prueba en un hecho feliz. Dejadle ganar en este injusto reto. ¡Dejadle matar a Tith-lei!
El Nopah escrutó curiosamente el rostro del jefe. Se dio cuenta de que sus palabras eran sinceras. En la cabeza de Pluma Azul parecieron sumarse más ardientes brasas... Habíase sentido halagado por otras palabras más gentiles, más dulces, las que profirieron los bellos labios de la oculta hija de aquel gran jefe.
Pluma Azul había aceptado el reto de Tith-lei porque así disponía de una excelente excusa para abandonar la ciudadela. Tenía que huir... de sí mismo, de aquel despiadado, de aquel terrible complot que llevara a la práctica desplegando toda su astucia... Tenía que huir de la más deliciosa, de la más amante de las doncellas...
—Taneen honra al Nopah. Todavía no ha merecido tal distinción, pero si Pluma Azul regresa...
Hizo una reverencia y se separó del jefe. No quiso contestar. Le resultaba imposible urdir más falsedades. Se sentía decaído, vencido. Había dejado de ser el infalible espía de los Nopahs.
Pluma Azul se tomó tan sólo el tiempo estrictamente necesario para llenar su bolsa de granos y carne seca. Después de coger su arco y su carcaj, colmado de flechas, empezó a descender de la ciudadela saltando de terraza en terraza, sordo a las voces de los jóvenes, ciego ante las lágrimas de las doncellas. Saltando como una cabra montés incesantemente, dirigióse a un punto de la muralla sur para bajar. Sus manos y pies se aferraban como líquenes a las rocas. Movíase con rapidez y seguridad, dejándose caer por fin en la base del muro a que apuntara. Al mirar hacia arriba, veía una multitud de cabezas inclinadas que lo observaban, perfilándose también contra el fondo del firmamento las cabelleras de las jóvenes espectadoras. Agitó un brazo para corresponder a los gritos de todos, alejándose por los peñascos que llevaban al norte, perdiéndose pronto de vista.
Aquella irregular vertiente era para Pluma Azul como una masa de enemigos. Cada roca era un desafío. Tuvo que correr, no obstante, y brincar oportunamente, esquivando el cuerpo ante algunas avalanchas. A veces tenía la impresión de verse perseguido por los espíritus de quienes habían vivido bajo el mandato de unas torcidas mentes. El espacio relativamente fácil de recorrer que terminaba en la garganta roja fue un respiro para el Nopah. Ninguna prueba atlética, de las que había salido tan satisfecho su orgullo, ninguna carrera coreada por sus admiradores o partidarios, podía compararse con aquel descenso a solas, visto solamente por los espíritus, empujado por su torturada conciencia.
Habiéndose plantado en la entrada de la garganta, Pluma Azul decidió hacer un alto. Estaba muy fatigado. Tenía el cuerpo bañado en sudor. Una capa de polvo cubría sus labios. Diose cuenta de que aquellos demonios de los cuales huía le perseguían aún. Los acelerados latidos de su corazón eran como golpes de tambor. ¡Qué vano había sido su orgullo! Su presunción le había cegado. Él no era ningún dios. Él era solamente un Nopah mortal, como los demás. Tembló. Su estremecimiento fue como un estertor de muerte.
Muy lejos de allí, en las alturas, divisábanse confusamente las líneas generales de las murallas que acogían al clan Rock. Haciendo un penoso esfuerzo, había huido de lo que resultaba más precioso que el honor, la gloria y la vida.
La garganta que quedaba por debajo de él venía a ser la puerta que conducía a la tierra de los imponentes precipicios. En lo más hondo, en un verde y húmedo valle, vivían los Nopahs. Pluma Azul hizo un esfuerzo y continuó avanzando. Llegó a una zona cubierta de enormes peñascos, por cuyas superficies corrían los lagartos buscando las caricias del sol. La claridad se desvanecía en los elevados bordes de los pétreos muros; las sombras se extendían como unas espesas cortinas; el azul del cielo fue oscureciéndose, tomando un tono casi negro, el de la noche.
Pluma Azul se movía con seguridad por allí. Los diablos que le atormentaban parecían haberse quedado a su espalda. Sin embargo, todavía podía oírlos, amenazadores, susurrantes. Al pasar bajo un arco de piedra percibió unas voces que le dijeron muchas cosas, en las cuales no había pensado nunca.
Había huido de Nashta y del amor que le desgarraba. Recordó las horas de las muchas noches que había pasado a su lado, junto al estanque, sumido en un puro embeleso. No podía haber, en el cielo ni en la tierra, una mujer como Nashta. Era tan atractiva como las esbeltas y blancas flores que crecían en los bordes de aquellos abismos. No existía una sola criatura tan inocente como ella. No podía haber una mujer de iguales encantos que Nashta. Ella no conocía el temor, ni los celos, ni los bruscos arrebatos, ni el odio. Las mujeres del clan Rock que la instruyeran no le habían hablado del nacimiento, de la muerte, de la guerra, del amor, del matrimonio, cosas todas ellas naturales, con las que se hallaban familiarizadas las doncellas de su pueblo. Las jóvenes que habíanla atendido desde la niñez sólo le habían hablado de juegos, de leyendas, de los noviazgos populares de la tribu. Nashta se lo había dado todo a él... En el momento de apoyar por vez primera la cabeza en su pecho había comenzado a vivir. Le había hecho infinitas preguntas. Se había reído al principio de sus besos, para buscarlos ansiosamente después, como algo consustancial con su existencia, sabedor, además, de que eran la suprema razón de su vida, de que dejaría de vivir si se separaba de ella para siempre. Pluma Azul había sabido leer en el futuro. Era preferible que la joven muriera... No quería verla convertida en una simple cautiva dentro de una cueva Nopah. A su lado, además, Pluma Azul se había transformado en otro hombre. Su despiadado propósito de un principio, la degeneración progresiva provocada en los jóvenes del clan Rock, sus despreocupadas aventuras con las doncellas, suscitaban terribles remordimientos en su alma. Despreciaba ya todas las esperanzas y gozos que la vida pudiera aportarle, si no podía compartirlos con Nashta.
En las largas horas de la noche, las voces de las rocosas murallas asediaron a Pluma Azul, haciéndole pensar en cosas en las que antes de su huida no reparara.

Con las primeras luces del día, Pluma Azul percibió cierto olor a humo, oyendo además los ladridos de unos perros semisalvajes. Tenía delante un valle abrazado por redondos y rojos muros, que se elevaban hasta una gran altura.
Los exploradores que le vieron primeramente anunciaron su regreso con unos fuertes gritos, que fueron contestados por los que más atrás esperaban. Dentro de los muros, pues, se produjo un gran alboroto. Los ecos del mismo se perdían en los distantes riscos.
Pluma Azul no había contemplado nunca a los guerreros Nopahs con los ojos con que ahora los veía. Ante él tenía como un millar de fornidos gigantes de sombríos ojos y severa expresión. Advertía en ellos ansias de matar, de apoderarse de cuanto quedaba a su alcance, un apetito voraz por todo. Y su padre tenía el rostro de un buitre. Su altanera mirada hablaba de guerra y de sangre.
—Docleas —dijo, revelando el paternal orgullo que le inspiraba su hijo—, los días han sido largos. Nothis Toh te da la bienvenida, regocijándose con tu presencia. Los Nopahs están hambrientos de trigo, carne y mujeres. ¿Qué puedes contarnos acerca del Pequeño Pueblo?
Pluma Azul se apoyó en su arco.
—Padre y jefe mío: Docleas es portador de malas noticias. Los Nopahs habrán de cazar al otro lado del río rojo, a dos lunas de distancia, en dirección a las llanuras cubiertas de cedros de Shibeta... Docleas encontró por fin el clan Rock de los Sheboyahs. Son hombres pequeños, pobres y enfermos, azotados ahora por el hambre. Viven en unas elevaciones por las que Docleas no podía trepar sin ser ayudado. Carecen de carne y el antílope abandonó sus pastos. Disponen de trigo y agua en cantidades suficientes para resistir un asedio. Los Nopahs harían una locura si intentaran sitiarlos. No disponen de tesoros con turquesas, no tienen pieles, ni mantas. Sus doncellas han ido casándose con los hombres de un clan distante... Docleas probará suerte de nuevo, esta vez por el oeste. Pero han de pasar muchas lunas. Vuélvete a casa, ¡oh padre!, con tus guerreros, para cuidar de tu trigo, de tu carne y de tus mujeres. Si Pluma Azul no comparece de nuevo ante su padre cuando los árboles tengan verdes brotes... ya no volverá jamás.
—Docleas es el gran hijo de un gran jefe —proclamó Nothis Toh.
Éste ordenó entonces a sus guerreros que se dirigieran hacia el norte.

Aquel día, antes de que el sol descendiera, Pluma Azul, plantado en la cumbre de un monte azotado por el viento, observó con ojos húmedos, muy brillantes, a los Nopahs, formados como una columna de inquietas hormigas, serpenteando hacia una garganta que conducía al río.
Estaba poseído por una mezcla de angustia y de gozo. Acababa de engañar a su padre, se había separado de los suyos, habíase desentendido para siempre de la doncella Nopah que le esperaba en su poblado. Había renunciado a la gloria y la riqueza. Era un traidor a su sangre y a su credo.
Apasionadamente, miró hacia las cumbres de los alrededores, una tras otra, extendiendo un brazo.
—Docleas, el Nopah, ha muerto —chilló, dirigiéndose a las rocas—. ¡De él ha nacido Pluma Azul! ¡Él conseguirá a Nashta! ¡Y salvará a su pueblo, haciendo llegar las lluvias!
Su agudo grito resonó sobre el solitario paraje. De una espesura de cedros salió una manada de graciosos animales, impulsados por la alarma o la curiosidad. Eran de pelajes grises, con los cuartos traseros blancos. ¡Eran antílopes! Pluma Azul se acordó del reto de Tith-lei Fijó una flecha en el arco y soltó la cuerda Su presa quedaba a mucha distancia y erró el disparo. El antílope emprendió veloz carrera y después se detuvo para mirar. Pluma Azul falló otra vez. ¿Qué había sido de aquella destreza de que tanto alardeara? ¿Qué había pasado con su misterioso poder personal? Los animales habían huido en todas las direcciones. El cazador siguió sus rastros, hasta dar por fin con uno plantado en una pequeña elevación del terreno. A la distancia a que se situó abrigaba pocas esperanzas de dar en el blanco. Pero entonces, Pluma Azul pensó en la cabeza de Nashta, descansando sobre su brazo, un motivo de sublime inspiración para él. Tensada la cuerda, no hizo el menor movimiento. Cualquiera habría podido tomarlo por la pétrea estatua de un arquero. Pluma Azul no vio la trayectoria de su dardo, pero el antílope cayó. Al examinar su presa descubrió que la había atravesado por el centro del cuerpo.
Aquella noche descansó en la ladera del valle. Pluma Azul era consciente de la prueba a que iba a someter sus fuerzas en la mañana del siguiente día. Comió con apetito y sació su sed. Se hizo la oscuridad y con el fresco aire nocturno concilio fácilmente el sueño.
Le despertaron los ladridos de los perros salvajes en el grisáceo amanecer. Luego, aquellos ladridos se trocaron en quejumbrosos y al mismo tiempo fieros aullidos. Los animales habían olido la carne fresca del antílope, que Pluma Azul colgara de las ramas de un cedro.
Se hallaba en el tercer día, destinado a ser el más memorable de la existencia de Pluma Azul. Se incorporó consciente de eso, aceptando con calma la idea de que podía proporcionarle la gloria y también la muerte. Cuando los lobos se hubieron ido reinó un silencio absoluto en el valle. Las sombras tomaban un tinte rosado a medida que se hacía la claridad por el este. No sonaban voces en el aire muerto, ni rumores de pasos sobre su rastro. Era un hombre que estaba solo en el desierto, dependiendo únicamente de su fuerza, de su buen juicio. Los dioses de su pueblo le habrían abandonado ya a su suerte. Tenía que procurarse el favor de otros. Sin embargo, el valle no estaba desierto. Para Pluma Azul las rocas tenían un alma, los cedros hacían madurar en silencio sus purpúreas semillas, para que la ladera reverdeciera cuando ellos fueran unos troncos huecos, sin vida; las raíces de las hierbas no descansaban, el aire lo perfumaba todo al arrastrar las emanaciones de la tierra... El paraje, aparentemente desértico, estaba poblado con la vida invisible de cuanto había sido antes.
Pluma Azul se echó al hombro su carga, iniciando el descenso por la ladera, dejando los cedros atrás y pisando la helada salvia. Contra el rojizo firmamento se perfilaba en la lejanía la roca de Taneen. La línea irregular de su ciudadela se destacaba sobre un cúmulo de desnudas pendientes.
La ladera terminaba en una extensión arenosa de forma alargada que había sido el lecho de un río. Más allá del cauce se divisaban los marchitos campos de trigo. Luego, comenzaba la cuesta rocosa que conducía a la base de la muralla. Pluma Azul había estudiado el terreno desde lejos. Pasaba de una roca a otra, zigzagueando lentamente, reservando sus fuerzas. El hecho de que el antílope le pareciera una pesada carga preocupaba al joven. A menos que se viera asistido por un poder casi sobrehumano, ningún hombre podía esperar remontar el muro en aquellas condiciones.
El sudor corría por los desnudos hombros de Pluma Azul, así como por su torso. Su ancho pecho se hinchaba y deshinchaba como un fuelle. La larga y quebrada pendiente rocosa, por fin, quedó bajo él, destacándose por encima de su cabeza la grisácea muralla. Se desprendió del antílope e hizo lo mismo con el arco y el carcaj, pegados hasta aquel momento a su espalda. Llegaron a sus oídos unos agudos gritos, procedentes de las alturas. Unos oscuros rostros aparecieron a lo largo de los bordes de la escarpadura. Una voz femenina pronunció su nombre. Pluma Azul paseó la mirada por la fila de caras. ¡Ba-lee! Estaba muy pálida. Sus negros y desorbitados ojos destacaban como nunca en la palidez de su faz.
—¡Tith-lei ha cedido! —chilló la joven—. ¡Utiliza las escalas!
—¡No! —contestó él—. Ba-lee, si Pluma Azul cae...
Otras faces se habían alineado en lo alto, para asomarse al despeñadero. Allí estaba el rostro de águila de Taneen, la distorsionada faz de Clodothie, la cara perversa de Declis, el rosado rostro del albino Dageel. Descendió una pelota de cuerda de piel. Pluma Azul ató a su extremo el arco y el carcaj, haciendo una seña para que ambas cosas fueran izadas. Fue obedecido. La cuerda tornó a descender. Una voz estentórea se impuso a las demás, forzándolas al silencio. Pluma Azul aguardó...
—Ata el antílope —ordenó la voz.
Era la del jefe del clan.
—¡No!
—¡Taneen no tiene ningún hijo!
—Puede ser que el Sheboyah tenga a Pluma Azul si se muestra éste digno de tal honor —repuso el cazador, utilizando sus manos a modo de bocina.
Pluma Azul se deslizó a un lado, buscando en la base de la muralla el mejor punto para intentar la escalada. Miró por la parte oeste y el sur. El sitio utilizado para el descenso era de corte casi vertical. Por consiguiente, se desplazó hacia el norte, enfrentándose entonces con un peñasco perpendicular al muro arqueado y varias rocas. En todo aquel semicírculo sólo había un punto que Pluma Azul se detuvo a considerar dos veces. Tratábase de una sucesión de salientes de ligera inclinación, uno sobre otro, los cuales conducían a una sección donde se encontraban dos muros, formando, aproximadamente, un ángulo recto. Y en aquel instante, una visión iluminó la turbada mente del Nopah. Se imaginó a sí mismo llevando a Nashta sobre sus hombros. Rápido como un relámpago, volvió a la base de la muralla.
Pluma Azul cogió la oscilante cuerda de piel, atando las patas delanteras del antílope y luego las traseras. Seguidamente, junto las cuatro. Trasladó el antílope al punto elegido. Dejándolo sobre la repisa en que se hallaba, el joven hizo unas cuantas inspiraciones profundas. Llegaba desde las alturas un ensordecedor clamor. Durante largo rato estudió la empinada ruta a seguir, trazando mentalmente la misma hasta el borde superior. Seguía viéndose con los ojos de la imaginación llevando sobre sus hombros el precioso cuerpo de Nashta en vez del antílope. No era ya el cuerpo del animal aquello que rozaba el suyo. Cesó de orar a los dioses desconocidos. Nashta era la diosa que los había sustituido. A continuación inició la escalada del muro.
Sus dedos, semejantes a garras, se aferraban a la roca; sus mocasines se adherían a los salientes más insignificantes. Ascendía palmo a palmo. Sus ojos escrutaban el peñasco que tenía delante. Sosteníase con una mano y un pie mientras procuraba alcanzar una grieta o hendedura en la cara de la roca. ¡Arriba, arriba! Esta ascensión no podía significar nada para Pluma Azul llevando sobre sus hombros a la Hija de la Luna.
Los salientes del risco se acabaron. Agarróse ahora precariamente a la base del ángulo recto formado por las dos paredes. Desde abajo le habían parecido menos separadas. Una de sus largas piernas flotó en el vacío, estando a punto de perder el equilibrio cuando su pie entró en contacto con la roca, pegándose a ella. Luego, avanzó el cuerpo centímetro a centímetro, hasta llegar con la cabeza y el cuello a la superficie más próxima. Rápidamente, entonces, movió el otro pie. Formó un puente con el cuerpo. La cabeza le quedaba casi más alta que las piernas... por muy poco. El antílope (¿o era Nashta?) parecía ir a incrustarse en su carne. Disparó hacia arriba un pie y después otro. Entonces, haciendo un tremendo esfuerzo, elevó los hombros.
¡Arriba, arriba! Las paredes convergían; sus rodillas las rozaban; daba la impresión de querer fundirse con la piedra. ¡Arriba! Las grisáceas paredes se habían acortado, terminando donde veía una hilera de oscuras cabezas asomadas. Le dolían los músculos. De repente, sus músculos se relajaron, experimentando una deliciosa sensación de alivio. Un sinfín de manos izaron a Pluma Azul sobre el parapeto, cayendo encima de él al tiempo que percibía un rumor ensordecedor.
Cuando desaparecieron las sombras y pudo ver de nuevo, Pluma Azul se encontró tendido, con la cabeza apoyada en el regazo de Ba-lee. Las cálidas lágrimas de la muchacha caían sobre su rostro. Las doncellas se arrodillaron en torno a él. A espaldas de ellas divisó otro círculo formado por los guerreros del clan. Todo el mundo hablaba. Pluma Azul obligó a Ba-lee a bajar la cabeza, murmurando unas palabras junto a su oído. La doncella le contó entonces en voz muy baja que Nashta había caído como un ciervo alcanzado por una flecha al enterarse de todo lo relativo a la prueba... Ahora esperaba su llegada o la muerte. Había añadido que en caso de salir triunfante en su empresa habría de mostrarse generoso, perdonando la vida al celoso Tith-lei.
Pluma Azul se incorporó con la rapidez de una rama joven doblada al quedar libre del peso que la forzaba. Los rostros de los jóvenes eran los de unos hermanos. Pero el repugnante Dageel tenía unos espumarajos blancos en los labios; Benei, el observador de las estrellas parecía estar contemplando un peligro en el firmamento; Declis hacía oscilar sus sacos de arena, fijando la vista en el pedregoso suelo; Clodothie fruncía horriblemente el ceño como si entreviera una tormenta... Habían escuchado las expresivas palabras de su jefe. Y éste, Taneen, permanecía inmóvil, de pie, demasiado orgulloso para revelar la emoción que le dominaba. Su severa mirada se posaba, acusadora, en Tith-lei. El Topo, aterrado por lo que escapaba por completo a su comprensión, estaba ensimismado. Pluma Azul se enfrentó con él, señalando el antílope.
—Pluma Azul se encuentra aquí y aún no ha llegado la puesta del sol del tercer día.
—El Nopah es algo más que un simple mortal —reconoció Tith-lei.
Aquel gesto de respeto que le inspiraba su odiado rival arrancaba del corazón.
Taneen se situó entre los dos.
—Separaros cien pasos —tronó—, avanzando en direcciones opuestas. Cuando Taneen os avise, dad la vuelta y disparad.
Fue Ba-lee quien entregó a Pluma Azul el arco y las flechas.
—Nashta dice que perdones la vida al Topo. Pero Balee te pide que lo mates —murmuró la joven.
Se hizo el silencio. Estaban allí presentes todos los miembros del clan Rock, desde Taneen hasta los niños de la tribu, que se habían alineado en los muros y cornisas, observando con ojos de asombro el espectáculo. Pluma Azul y Tith-lei se dieron las espaldas. Este último se sentía desesperado, convencido de cuál iba a ser su suerte. Dageel quebró el silencio general profiriendo una serie de quejumbrosos sonidos. Los sacerdotes habían levantado los brazos como para atraer la atención de todos hacia la maldición que había caído sobre ellos. Las doncellas lloraban cubriéndose los ojos. Luego, Taneen profirió un grito en el que era imposible descubrir la menor inflexión de pesar.
Tith-lei se volvió rápidamente para disparar una flecha que centelleó bajo la luz del sol. En el momento en que Pluma Azul giraba, extrañamente frío y lento, la flecha del otro se clavó en uno de sus hombros, vibrando al tiempo que la carne se cubría de sangre. Tith-lei lanzó un salvaje grito de triunfo. Avanzando hacia su herido rival, disparó al acercársele una segunda flecha que pasó por encima de la cabeza de Pluma Azul.
De las gargantas de los presentes se escapó un ronco murmullo. Pluma Azul les había dejado asombrados con su deliberada lentitud. Apoyó serenamente una larga flecha en la cuerda de su arco. Tith-lei volvió a atacar. Su tercera flecha pasó junto al brazo extendido de su adversario. Pero de repente se detuvo, como si en su avance hubiese encontrado una invisible pared. Pluma Azul estaba tensando la cuerda de su arco. No había más que mirarlo una vez para descubrir en él al arquero maestro. Pero la larga flecha estaba siendo apuntada a otro lado. Pluma Azul se había desentendido del Topo como blanco. A un lado de Tith-lei y a mayor distancia que éste veíase una planta aislada. El Nopah continuó tensando la cuerda y por fin la soltó. La flecha salió silbando. Nadie la vio. Cualquiera hubiera podido decir que se trataba de un alado espíritu. Pero el tallo central de la planta se estremeció, doblándose, partiéndose en dos. El dardo de Pluma Azul habíalo quebrado con una precisión increíble.
Los miembros del clan Rock prorrumpieron en estruendosas aclamaciones. Exteriorizaban la admiración que les había producido la destreza del arquero, pero también su magnanimidad.
—¡Vete! —tronó Taneen, dirigiéndose al Topo, tan asombrado como los demás.
Luego, el jefe se acercó a Pluma Azul, quien todavía sangraba.
—¡Que los enemigos de Taneen encuentren siempre al Nopah en sus murallas!

Pluma Azul esperaba a Ba-lee en las sombras de la arcada. Temía las reacciones de la celosa doncella ahora que se veía forzada a alejarse de él. ¿Haría saber algún día a Taneen sus secretas visitas a la Hija de la Luna?
Era tarde. La gente del clan dormía. Un impresionante silencio lo presidía todo. Pluma Azul, estremecido, pensaba en el peligro que se cernía sobre la ciudadela, pese a que no podía apartar un momento a Nashta de su mente. ¿Qué era lo que amenazaba ahora al clan Rock? El peligro estaba allí, en la fría y negra boca del gran precipicio...
Llegó por fin Ba-lee, plantándose sin hacer el menor ruido ante Pluma Azul.
Él le preguntó por Nashta.
—Espera acompañada de La-clos. Ha dicho que fueras. Pero Ba-lee te advierte que descender hasta la sagrada kiva supone la muerte.
Ba-lee le detuvo un instante alargando una mano que ya no tenía nada de tímida.
—Pluma Azul perdona la vida a Tith-lei, pero mata a la doncella.
La muchacha colocó la mano sobre su corazón. Sus ojos revelaban la ardiente pasión que sentía por él.
—Tú eres ahora la hermana de Pluma Azul —susurró el Nopah, cogiendo las manos de ella entre las suyas—. Pluma Azul siente que no puedas ser otra cosa. Ha cambiado. Nashta ha llegado hasta él con la suma de cuanto Pluma Azul hizo sufrir a las otras. Ha perdonado la vida al Topo. Ba-lee: te ha salvado a ti, y a Nashta, a La-clos, a Taneen, a cuantos se encuentran esta noche aquí, sobre la gran roca.
La doncella miró hacia otro lado. No quería que Pluma Azul sintiera remordimientos. No deseaba ver en él ningún cambio, ni generosidad, ni extraños y nuevos poderes. El Nopah se sintió deprimido.
Ba-lee le hizo una seña para que la siguiera. Manteniéndose a la sombra de la arcada, pasaron silenciosamente al lado opuesto, más allá del sitio en que quedaban las montañas de encordados haces de leña y los graneros y cisternas, con sus peculiares cúpulas abovedadas, en dirección a la muralla, negra y llena de hendeduras. Aquí estaban las casas en que se efectuaban determinadas ceremonias y a continuación venía el espacio destinado a las kivas sagradas. Pluma Azul tembló. Ninguno de los guerreros de Taneen había puesto sus pies en aquel lugar. Ba-lee buscó un poco a tientas el camino. Sobre el oscuro pavimento brillaba una leve luz. Procedía de la abertura existente en el techo de la kiva. Ba-lee descendió por allí. Pluma Azul vio una escalera que llevaba al interior de esta caverna en las rocas, bajando también por ella.
Un pequeño fuego de azuladas llamas, con rojos rescoldos, iluminaba débilmente una estancia tan grande que Pluma Azul no llegaba a ver las paredes. Sospechó que se trataba de una cueva subterránea utilizada por Taneen como kiva sagrada. Allí debía de empezar el pasaje que conducía por debajo de la ciudadela al exterior.
Pero él no sentía ahora el menor interés por tal circunstancia, teniéndole también sin cuidado el carácter de la kiva. Conteniendo la respiración, creyendo que su corazón iba a estallar de un momento a otro, se esforzó por ver algo en la semioscuridad del lugar. La-clos, junto a la escalera, murmuró unas palabras. Ella, al igual que Balee, quebrantaba la ley de la tribu, pero sería fiel siempre.
—Nashta se encuentra aquí —manifestó Ba-lee.
Pluma Azul vio entonces a su diosa, arrodillada, vestida con blancas pieles. Le tendió sus brazos, blancos como el mármol de los lejanos precipicios.
—Nashta vive de nuevo —murmuró la joven cuando él también se arrodilló para estrecharla amorosamente contra su pecho.
—¡Oh, Hija de la Luna, Nashta mía! ¡Tú, mi gozo, mi espíritu, estás aquí!
Pluma Azul se inclinó sobre aquella hermosa faz, sintiendo que había dado con el eslabón que unía su futuro con las voces oídas en el valle.
—Ba-lee: vete arriba. Tú también, La-clos. Vigilad... Pluma Azul permanecerá en este lugar largo rato.
—Tith-lei está cazando de noche, como un murciélago —advirtió Ba-lee expresivamente, al dirigirse a la escalera.
Pluma Azul colocó la suave mano de Nashta sobre su hombro. Una sustancia viscosa cubría su herida. Nashta acarició su piel, aplicando la fresca mejilla a la misma, y luego sus labios.
—Nashta estaba equivocada. Jamás volverá a rogar a Pluma Azul que perdone la vida al Topo —dijo la joven.
Por vez primera en su vida, parecía sentirse poseída por la ira.
—Ba-lee se lo contará todo a Tith-lei, y él nos delatará.
—Taneen es mi padre. Sabrá perdonar.
—Sí, princesa mía. Pero Clodothie y Declis rigen también tu tribu. Me arrojarán a los perros salvajes. Pluma Azul tiene que esforzarse por conseguir que tu pueblo esté a su lado. Él traerá las lluvias.
—¡Oh, mi Nopah! Nashta cree que Clodothie y sus poderes serán vencidos. Tú eres un dios para ella, su aliento, su sangre.
—Nashta, traer las lluvias es algo que para los Nopahs no significa nada. Pluma Azul ha aprendido muchas cosas. Ha bailado la danza de la lluvia en muchas ocasiones. Conoce los cantos y las bebidas de hierbas que mata el veneno de las serpientes.
—¡Las serpientes! ¿Te refieres a esos animales que se arrastran junto al estanque? La Hija de la Luna ha sido instruida para amarlo todo. Pero los besos del Nopah destruyen las otras enseñanzas. Nashta sólo ama a Pluma Azul. Las únicas cosas que le interesan del mundo son su sonrisa, su voz, sus manos. Ella ama igual que su madre, la reina del clan Antelope.
—Solitaria doncella, ¿conoces tú esa triste historia?
—La conozco por el propio Taneen. También él quebrantó la ley de la tribu. Él me habló de mi madre. Su amor era tan grande y verdadero como el sol que jamás ha brillado sobre Nashta... ¡Oh, mi Nopah! Nashta correrá la misma suerte que su madre, a menos que Pluma Azul la lleve a su wigwag, para hacerla su esposa, para darle un nuevo pueblo y unos nuevos dioses.
—Nashta no volverá a llamar Nopah a Pluma Azul. Éste ha dejado de ser un Nopah. Ha traicionado y repudiado a su pueblo. Es un desterrado. Ya no tiene nombre, ni hogar, ni bienes... Sólo le queda el amor por Nashta. Por este amor lo ha perdido todo.
—¡Oh! ¿Qué significan tus palabras? Pluma Azul no tendrá por qué doblegar la cabeza nunca. El amor de Nashta le compensará de todas sus pérdidas.
—Escúchame, Nashta. Al llegar aquí, Pluma Azul sólo era un espía de la tribu guerrera de Toh, Nothis Toh, su padre. Tenía que entablar amistad y utilizar sus ardides con el pequeño pueblo de los riscos. Llegó aquí y los dioses favorecieron su tarea. Los hombres enloquecieron con los juegos. Mascaron la goma azul y la encontraron dulce. Las doncellas fueron conquistadas por Pluma Azul. Tenía que salir una noche para guiar a los guerreros que le aguardaban hasta esta ciudadela, para matar, para destruir, para hacer cautivos a sus habitantes, a quienes quedaran con vida. Pero Pluma Azul conoció a Nashta y las tinieblas de su negra alma se disiparon. El reto de Tith-lei sólo era un pretexto. Al aceptarlo, pudo salir de aquí y trasladarse a la zona de los grandes precipicios, donde le esperaba su padre. Y Pluma Azul mintió. Incurrió en las mayores falsedades, enviando a los guerreros Nopahs al otro lado del río rojo, a sus lejanas cavernas, regresando junto a Nashta y su pueblo para siempre.
De los labios de Nashta se escapó un gemido de temor. Rogó a Pluma Azul que recurriera a sus más diestras artes personales para llevarla lejos de los Sheboyahs. Quería ser su esclava, vivir como las otras doncellas, admirar el maravilloso sol, sentir la caricia del viento en la cara; deseaba que su blanca piel, bajo la cual se adivinaban las azules venas, se oscureciera, tomando el color propio de la gente de su raza.
Pluma Azul la retuvo contra su palpitante corazón, sin saber qué responder. Él sólo había querido verla, abrazarla como la tenía abrazada ahora, servir a su princesa y al pueblo Rock. Pero Nashta no era una diosa, ni un espíritu, ni un rayo de luz lunar parlante. Era de carne y hueso; era la vida y el amor. Durante toda su vida habíase visto privada de las cosas que ansiara conocer.
—Ba-lee enseñó a Nashta aquello que las mujeres mayores le ocultaban. Nashta se rió de todo. Sólo creyó cuando Pluma Azul buscó sus labios para besarla. Nashta es una mujer. Será la esposa proscripta del Nopah, la orgullosa madre de sus hijos.
—Querida —murmuró Pluma Azul, con voz ronca—. Nashta está destrozando el corazón del Nopah. Pluma Azul es fuerte, es diestro, es astuto. Pero no puede cambiar la ley de tu tribu.
—Pluma Azul es capaz de llevarse a Nashta por las rocas de la ciudadela abajo. Ya es bastante.
—Sí. En las horas de la noche podría sacar a Nashta de aquí. ¿Es esto lo que ella desea?
—Nashta se siente feliz. El Nopah y la princesa Sheboyah huirán. Pluma Azul es un guerrero. Él sabe lo que debe hacer. Nashta sólo tiene su belleza. No es fuerte. El sol debe brillar sobre su cuerpo poco a poco.
—Pluma Azul ideará un plan —replicó el joven, considerando la magnitud de su empresa—. Balee... Tith-lei... Trigo, carne y agua... Una larga cuerda...
—Nashta no es una mujer enteramente desvalida. Ella conoce el pasaje secreto, bajo las murallas. Éste tiene muchos brazos. Es el que Taneen utiliza cuando visita a Nashta, en este lugar.
—¡Aquí! —exclamó Pluma Azul, poniéndose en pie con la joven en sus brazos.
—Sí, Pluma Azul. El agujero de entrada está aquí, en la oscuridad de la kiva. Se encuentra cubierto... Sólo Nashta sabe dónde...
Pluma Azul lanzó a Nashta ligeramente hacia arriba, volviendo a caer ella en sus brazos con un leve grito. Era el gigante que siempre había soñado ser. Las voces del valle resonaron en sus oídos como una distante música. Aplicó al nombre de Nashta todos los calificativos tiernos, cariñosos, que había aprendido en el lenguaje del clan Rock.
—¡Más! ¡Más! ¡Dime todas las palabras Nopah ahora! —susurró ella, extasiada—. Háblale a Nashta siempre en Nopah. Aprenderá tu lenguaje. El lenguaje Sheboyah no tiene todas las palabras necesarias para poder expresar su amor, su felicidad.
—Nashta debe olvidar la lengua Nopah que Pluma Azul le enseñó...
—La hija de Taneen no olvidará nada. ¡Ah! Ella se acuerda muy bien de todas las cosas que Ba-lee contó acerca de Pluma Azul. Recuerda de qué tretas se valió para hacer del corazón de Ba-lee un pobre y cautivo pájaro. ¡Se acuerda de sus besos, de sus risas! Y de las angustias de Ba-lee cuando Pluma Azul jugaba con La-clos y las otras doncellas...
—¡Basta! Nashta será la Hija de la Luna, pero se parece mucho a las otras doncellas. Perdona a Pluma Azul, Nashta... ¡Mañana por la noche huiremos de esta ciudadela!

Pluma Azul subió por la escalera, mirando a su alrededor una vez llegado al techo de la kiva. La luna brillaba en un extraño firmamento. Un extremo del negro arco quedaba proyectado por la pálida luz. Se detuvo en la abertura, presintiendo el peligro. Surgía la nube que empañaba sus recientes gozos. Llamó en voz baja a Balee y a La-clos. No recibió más respuesta que el gemido del viento que soplaba sobre la kiva. Las doncellas hubieran debido estar por allí. Pluma Azul aguzó la vista. La caverna, bajo el arco, estaba en sombras. Divisó las bóvedas de los graneros. Volvió a llamar a las jóvenes, bajando más aún la voz ahora. Otra vez la respuesta del viento. Al Nopah le pareció el aire opresivo, saturado de presagios de catástrofe. Alejóse de la kiva. Sus ojos eran como los de un zorro en la oscuridad. Sus oídos pretendían identificar la amenaza que transportaba el viento.
Se destacaban los graneros en primer término ya, proyectando uno de ellos una redonda sombra en la masa del siguiente. A Pluma Azul le inspiraba una gran desconfianza aquel lugar, pero no tenía más remedio que pasar por allí. De repente, percibió en la oscuridad un rumor muy rápido de pasos. Un enjambre de guerreros salió de todas partes, arrojándose sobre él. Pluma Azul logró desprenderse de sus manos, girando violentamente en redondo, para volver a ser asido por la espalda. No tuvo tiempo de empuñar su arma. Sus enemigos consiguieron derribarlo. A continuación, lo ataron, empezando a arrastrarlo, sacándolo de las sombras para exponerlo a la luz de la luna.
Tith-lei, maligno, satisfecho de su triunfo, se enfrentó con el cautivo.
—¡Aquí tenéis al perro Nopah! ¡Su cresta azul se abate ahora! ¿Qué ha sido de tu fuerza, de tu poder para vencer siempre? ¿Dónde para la goma que ha robado el buen juicio a los Sheboyahs? Pluma Azul jugó con Ba-lee y ha perdido. Ha desvelado el secreto de Taneen ante el clan. Ha expuesto la deshonra del gran jefe ante su pueblo. ¡Este maldito Nopah será cortado en dos pedazos! Y una vez descuartizado será arrojado a los perros salvajes.
Arrastrándolo por los atados pies, lo llevaron hasta una escalera que conducía a una mazmorra. Proyectado violentamente, dio con la cabeza contra los peldaños en el terrible descenso, yendo a parar, sangrante, a un húmedo piso. Una red de negros barrotes cruzaba la puerta de su prisión. Distinguíase allí una tenue claridad. Por fin, se había convertido en realidad el profético sueño de la madre del Nopah. Pluma Azul sintióse amargado y resignado a un tiempo. Merecía aquella suerte. Había tenido entre sus brazos a la Hija de la Luna. Pero el hecho de haber sido amado por Nashta le convertía en el rey de la tierra, suponiendo una compensación por todo lo que pudiera sucederle. Ella se marchitaría como una flor en la kiva y seguramente su espíritu terminaría por unirse al suyo en las profundidades de los abismos, de donde procedían las misteriosas voces.
Pluma Azul permaneció toda la noche tendido boca arriba, atormentado por el dolor, el cual, en ocasiones, nublaba su mente. Si sentía algún pesar era por las horas perdidas allí, que en otra situación hubiera podido dedicar a su amada. Con la llegada del amanecer, extenuado, se quedó profundamente dormido.
Unas manos terriblemente rudas sacaron a Pluma Azul de su sueño. De nuevo se veía arrastrado por los peldaños de piedra, en sentido inverso, hacia la luz del sol, hacia las terrazas de la ciudadela. Habíanse congregado en ellas todos los miembros del clan Rock. Pluma Azul fue mirado por todos igual que uno de los perros salvajes del desierto, de malignos colmillos. Mientras sus captores lo arrastraban, los guerreros de la tribu que presenciaban aquel espectáculo le propinaban fuertes golpes, las mujeres le lanzaban escupitajos a la cara, las hijas de éstas le dirigían miradas preñadas de odio, los desnudos chiquillos le arrojaban palos y piedras. El alboroto, en la ciudadela, era impresionante.
Finalmente, quienes tiraban de Pluma Azul se detuvieron en el amplio patio situado frente a la morada de Taneen. Cortáronle las correas con que amarraran sus piernas, por los tobillos. Unas manos brutales lo pusieron de pie. A fuerza de despiadados empujones, recorrió un corto trecho.
Redobló un tambor y un agudo grito silenció a la multitud. Pluma Azul se enfrentó con sus jueces. Estaba libre de ataduras ahora. Levantaba la cabeza orgullosamente y sus ojos de halcón llameaban.
La-clos se hallaba tendida sobre las piedras del patio. Un guerrero provisto de un largo látigo estaba junto a ella. Ba-lee se había unido a Tith-lei, a un lado, y parecía estar muy asustada al comprobar el alcance de su acción. El Topo daba la impresión de flotar en el aire, plenamente satisfecho por vez primera. Era su hora. Clodothie, Declis y Benei, con los demás hechiceros de la tribu, formaban una fila, pegados a uno de los muros de la casa de Taneen. Los tejados y las terrazas estaban llenos de ansiosos espectadores. A la espalda de Pluma Azul se colocaron los guerreros que lo habían llevado arrastrando hasta allí.
Taneen salió de su morada. Adivinábase en su rostro la conmoción que experimentara con los últimos acontecimientos de que había sido escenario la ciudadela, pero seguía teniendo el porte de un jefe.
—Nopah —empezó a decir Taneen, con voz tronante—: Tith-lei ha denunciado que tú te atreviste a entrar en la kiva sagrada de la Hija de la Luna.
—Pluma Azul es amado por Nashta. Por Nashta, él se atrevería a desafiar al viento, al fuego y a la muerte.
—¿No niega su acción el Nopah?
—¡No!
—¿Ha hecho de Ba-lee y La-clos dos traidoras a su pueblo?
—Taneen, las doncellas son inocentes. Ambas temían al Nopah.
—Pluma Azul ha pronunciado unas palabras muy osadas al referirse a su entrada en la kiva secreta de Taneen, al violar la ley de los Sheboyahs, al concebir una pasión amorosa por una sagrada princesa de otra raza, sobre la cual jamás brilló el sol, ni puso su mirada ningún guerrero.
Pluma Azul replicó altaneramente:
—El Nopah fue un hombre deshonesto hasta el momento en que conoció a Nashta. Era un espía Nopah, el hijo de Nothis Toh. Y mientras los guerreros Nopahs, armados con sus grandes arcos y largas flechas, aguardaban en la región de los precipicios, Pluma Azul utilizaba sus tretas con los miembros del clan Rock. Ganó en los ejercicios atléticos y en el juego; hizo que los guerreros se aficionaran a la goma azul; conquistó el amor de las doncellas. Esperaba el momento propicio para salir de la ciudadela, con objeto de guiar a los Nopahs, empeñados en destruir al pueblo de Taneen.
»Pero una noche, junto al estanque, conoció a Nashta. Y todo lo que en él había de perverso se disipó. Pluma Azul fue en busca de los suyos, se reunió con su padre y los guerreros gigantes con ojos que delataban su ansia de lucha. Les dijo que los Sheboyahs eran pobres, que eran víctimas del hambre, que no disponían de reservas de trigo, ni de carne. Les explicó que no eran poseedores de tesoros, que sus mujeres eran viejas, débiles, inútiles, que las doncellas se desposaban con hombres de otros clanes, a los cuáles les eran dadas. Señaló que los Nopahs debían regresar a las tierras del otro lado del río rojo, donde permanecerían hasta que Pluma Azul diera con un clan rico. Esto dijo Pluma Azul a los suyos.
Los sacerdotes golpearon las piedras del pavimento con sus bastones, gritando:
—¡Mentiroso! ¡Espía! ¡Perro Nopah! Los guerreros altos de los grandes arcos vendrán a nuestra ciudadela.
Taneen obligó a todos a guardar silencio.
—¿Está diciendo la verdad el Nopah?
—Pluma Azul se desentendió de todas las falsedades en cuanto se asomó a los ojos de Nashta. Y renunció a su pueblo. Ahora es un desterrado.
Taneen levantó sus brazos a modo de aceptación de un trágico destino que no estaba en sus manos evitar.
—¡Demasiado tarde, Nopah! —tronó, en una terrible denuncia de Pluma Azul, de Nashta, de él mismo y del pueblo, que estaba abandonándole para regirse por los sacerdotes—. Taneen cree. Sabe ver claramente en el Nopah. Se quema de nuevo en el amor por el cual Pluma Azul debe morir. Pero su poder termina este día.
Taneen se internó en su morada. De repente, la puerta de la misma se oscureció con unas móviles figuras.
—¡Muerte al Nopah! —chillaron.
Clodothie batió un tambor, aprovechando el silencio para arengar a quienes lo seguían. Finalmente, el alto sacerdote se volvió hacia el Topo.
—Tith-lei, pronuncia la sentencia de muerte del espía Nopah.
El guerrero se irguió, transfigurado, sabedor ya de que en el momento oportuno sería proclamado jefe del clan.
—Atad al Nopah por los pies —ordenó—. Separad sus piernas hasta que quede partido en dos. Y luego, arrojad sus dos mitades a los perros salvajes.
—La sentencia ha sido pronunciada. El Nopah, pues, ha de morir así —declaró solemnemente Clodothie.
En aquel momento estalló la furia contenida del populacho. Pluma Azul se vio rodeado por una multitud de agresivos y vociferantes jóvenes.
Tith-lei danzó, en un arrebato de alegría, frente al orgulloso rival que acababa de condenar a sufrir una muerte espantosa. Guerreros y doncellas se movieron ante él, evolucionando frenéticamente. El Topo se sentía poseído por la mayor de las felicidades. De un salto, se plantó en lo alto de un murallón exterior, abriendo los brazos como para abarcar el desierto que se divisaba al fondo. Parecía estar dando cuenta a la naturaleza, al clan y a los dioses de su elevación a la más alta jerarquía.
De repente, la lanza que empuñaba con la mano derecha cayó, desvaneciéndose en la profundidad del abismo que tenía a sus pies. Un aullido hirió los oídos de la danzante multitud, que cesó en sus cantos. La figura de Tith-lei retrocedió. Seguidamente, se oyó un rumor semejante al batir de las alas de un ave, con un rayo de luz proveniente de la base del muro, y a continuación un extraño y sordo golpe.
Por el centro de la desnuda espalda de Tith-lei asomaba la cabeza de una flecha, goteando sangre. El guerrero gritaba, presa de mortal angustia. Giró como para enfrentarse con la tribu que había querido regir. Un largo dardo temblaba sobre su pecho. Fluía sangre de su terrible herida. Sus manos, como garras, intentaron aferrarse a algo. Su distorsionada faz, minutos atrás la imagen de la satisfacción o de la vanidad, habíase transformado en una máscara que sólo, inspiraba horror. La sangre se le agolpó en la garganta, enmudeciendo entonces.
Pluma Azul gritó con voz estentórea:
—¡Mirad! ¡La larga flecha de los Nopahs! ¡Tith-lei es hombre muerto!
III

EL salvaje Tith-lei vaciló sobre el muro de la ciudadela. Los espectadores, pasando de la exultación más ruidosa al silencio más angustioso, observaban al herido, esperando que se derrumbara de un momento a otro.
Fue inclinándose boca arriba, hasta que la punta de la fatal flecha, que le había atravesado el pecho, apuntó hacia las alturas. Luego, casi instantáneamente, Tith-lei se perdió de vista, cayendo al vacío. Desde más allá de la base de los muros se elevó un prolongado y atemorizador sonido.
Clodothie se abalanzó sobre Pluma Azul.
—¿Qué significa eso?
—Es el grito de guerra de los Nopahs —replicó Pluma Azul, con un gesto de amargura.
Unos guerreros empuñaron sus mazas de piedra para acabar con el cautivo Nopah.
—¡Alto! —ordenó el gran sacerdote—. Respetad por ahora al condenado espía. Ha de morir descuartizado a la vista de su pueblo.
Los jóvenes procedieron a atar a Pluma Azul, dejándole junto a la azotada La-clos, dentro del recinto en que aquél había sido juzgado.
Aquellos Sheboyahs que habían tenido valor suficiente para asomarse por el parapeto levantaron los brazos al cielo, aterrorizados. Por fin había sonado la hora anunciada por el hechicero. Clodothie requirió la presencia del jefe.
—¡Taneen! ¡Taneen!
El viejo Sheboyah salió a la luz. Clodothie y sus seguidores se enfrentaron con él.
—¡Ha sonado la hora!
—¡Ay de nosotros! ¡Se nos impone el destino del clan Antelope!
—El espía, el perro Nopah, mintió al ciego Taneen. Los guerreros Nopah están aquí. Dispararon una flecha contra Tith-lei. Su grito de guerra es como el rugido del río rojo cuando se desborda.
Taneen dio unos pasos adelante para asomarse por el parapeto. La accidentada y grisácea pendiente rocosa, tan familiar para Taneen como las terrazas de su ciudadela, no era ya aquella que conocía desde la infancia. Parecía un hormiguero que hubiese sido aumentado de tamaño por los dioses. El espectáculo era verdaderamente atemorizador. Taneen, al igual que sus guerreros, elevó sus brazos al cielo expresivamente.
En cada roca había un gigante provisto de un gran arco y un carcaj con largas flechas. Se mantenían en sus puestos bien erguidos, vigilando las murallas. Al igual que el de Pluma Azul, sus rostros eran menos atezados que las caras de los Sheboyahs. Todos llevaban en sus cabezas bandas para sujetarse los cabellos, de las cuales salían plumas. Numerosos guerreros estaban subiendo por los tortuosos senderos que venían a dibujar hundidos y salientes. Algunos transportaban sobre sus hombros cestas y sacos; otros eran portadores de bultos con curiosas plataformas sobre sus cabezas. Se trataba de escalas de asalto y escudos. Estos últimos protegerían a los asaltantes de la ciudadela cuando les fueran arrojadas piedras. Otros guerreros que formaban pequeños grupos, transportaban aplanados palos con cestos en sus extremos. Éstos y otros inventos bélicos, desconocidos para Taneen, demostraban la fuerza y la astucia de una raza superior.
Las predicciones de los hechiceros se habían cumplido. Pese a su visión del futuro, se hallaban verdaderamente acobardados. No cesaban de importunar al jefe, instándole a que salvara a su tribu.
—¡Escondeos en vuestros agujeros y rezad! —contestó Taneen, con un desdeñoso gesto.
A continuación hizo batir repetidas veces el tambor, a fin de atraer la atención de todos los guerreros y ser oído.
—¡El pueblo de Taneen está sitiado por un ejército de Plumas Azules! —gritó—. Esto es el fin del clan Rock de los Sheboyahs... ¡Luchad! Que se encuentren con nuestros cadáveres cuando lleguen aquí.
Filas de enormes piedras habían sido colocadas por dentro de las murallas de la ciudadela con propósitos de defensa. Un millar de guerreros elevaron sobre el parapeto otro número igual de piedras. Y sin embargo, allí parecían seguir estando las mismas. Taneen se unió a sus fuerzas, ordenando a todos que no malgastaran su preciosa munición. Los arqueros del clan estaban preparados con sus armas. A una voz del jefe, unos empezaron a disparar sus flechas y otros a lanzar piedras.
A tal ataque correspondieron los de abajo con un diluvio de flechas. Muchas de éstas se hundieron en los pechos, las cabezas y los brazos de los valientes Sheboyahs. Sus rocas se estrellaron sin causar daños en la base de la muralla y las flechas caían sobre los peñascos antes de alcanzar sus blancos. Sonó de nuevo el terrible grito de guerra de los Nopahs, pero más cerca ahora. Los defensores tenían la ventaja de su posición, pero los asaltantes eran mucho más poderosos, disponían de más recursos y superaban en número también a sus adversarios.
Taneen se asomó de nuevo por el parapeto. Tenía la frente cubierta de sudor y sentía un frío intenso en la espalda. Lo que vio entonces sirvió de confirmación a sus temores. Bajo el muro, varios grupos de Nopahs, cada uno de los cuales estaría formado por una docena de hombres, ascendían por la última pendiente, llevando sus plataformas, a modo de escudos, y unas escalas. Los escudos en cuestión habían resultado ser una excelente protección contra las piedras de los defensores, que caían incesantemente. Las escalas podían ser mantenidas pegadas a las rocas mientras los Nopahs se concentraban. Sólo se expondrían al máximo castigo en la última etapa del asalto.
Taneen corría de un lado a otro del parapeto, animando a sus guerreros, diciéndoles que todavía estaban a tiempo de repeler su agresión.
Los Rocks se agolpaban en las murallas. Pero las flechas de los arqueros eran como el granizo arrastrado por el viento. Fue en aquellos instantes cuando comenzó realmente la batalla. Corría la sangre; oíanse gritos de heridos y las maldiciones proferidas por quienes seguían ilesos, percibíase el estruendo de las rocas rodando por las pendientes; ascendían las largas flechas de los Nopahs, como brotadas de las profundidades... Las mujeres adultas colaboraban también en la defensa. Todos comprendían que se enfrentaban con una lucha a vida o muerte. Tal convicción inflamó a los Sheboyahs, que se sobrepusieron a todo temor, combatiendo heroicamente con los medios de que disponían.
Los Nopahs, por fin, pegaron sus escalas al muro, trepando por ellas, bajo la protección de sus escudos. Los Rocks los acogieron, con este arriesgado paso, con un nuevo diluvio de piedras y flechas.
Dageel, el idiota, el albino, se plantó en el muro. Ninguno de los guerreros hubiera podido explicar de dónde había salido. Su arma consistía en un largo palo. Con éste alcanzó la plataforma correspondiente a la escala más cercana. Luego, se dejó caer con fuerza sobre el palo, que utilizaba a modo de palanca. Muchos eran los arqueros enemigos que lo habían tomado por blanco en aquellos instantes. Sus flechas no le alcanzaron entonces milagrosamente. La escala en que se había fijado Dageel fue despegándose de la roca. En sus peldaños había un enjambre de Nopahs, que por unos instantes parecieron flotar en el aire, derrumbándose cuesta abajo después, estruendosamente. El alarido de los Sheboyahs igualó al que salió de las gargantas de los Nopahs. Una granizada de rocas acompañó la caída de la escala. Muchos de los sitiadores perecieron aplastados por los proyectiles de piedra.
El idiota, con los cabellos erizados, corrió por el muro, dirigiéndose a la siguiente escala de asalto. Daba la impresión de hallarse protegido por un escudo invisible. Los Nopahs, buenos tiradores, no conseguían, sin embargo, detenerlo. Con la segunda escala repitió la operación de la primera. Un hombre colgaba de cada uno de sus peldaños, distribuidos a lo largo de unos quince metros. Algunos de ellos saltaron a tiempo, pero los otros se desplomaron como frutos arracimados de un árbol, estrellándose contra los peñascos.
Dageel corrió hacia otra escala... Los arqueros enemigos habían ido concentrando sus disparos y afinando la puntería. Buscaban con lógico interés aquel blanco. Una nube de flechas ascendió desde lo hondo. Cuando Dageel se disponía a repetir su operación por tercera vez, dio un repentino salto. Una flecha le atravesó la pierna casi al mismo tiempo que otra se le clavaba en un costado. El idiota, no obstante, continuó con su tarea, enviando a los ocupantes de aquella escala, también, a la muerte.
Empezó a cojear visiblemente y por fin se derrumbó. Arrastróse en busca de la cuarta escala. De rodillas, haciendo tremendos esfuerzos, se salió de nuevo con la suya. Un coro de gritos Sheboyahs acogió su acción. De pronto, Dageel fue perdiendo viveza en sus movimientos, terminando por hundir la barbilla en su pecho. Una larga flecha habíale atravesado el cuello. Cayó al vacío en la misma postura de rodillas que le obligara a adoptar la primera flecha de los Nopahs al alcanzarle.
Los guerreros Rocks deseaban emular al albino. Dos de ellos forcejearon para apoderarse del palo. Pero no tuvieron la suerte de su predecesor en aquella empresa. Una lluvia de flechas dio fin a su pugna. Los dos jóvenes se precipitaron en el abismo con el palo que provocara su noble actitud.
Inesperadamente, llegó de las profundidades un zumbido monstruoso, como el que hubiera podido originar un arco de los dioses al ser soltada su cuerda, después de haber sido llevada a su máxima tensión. Luego, se oyó un fragor, estrellándose contra el borde del muro una gran piedra. Taneen contempló temeroso el nuevo aparato utilizado por los Nopahs, tan diestros en el arte de la guerra. Al parecer, se trataba de una especie de honda fija. Se valían de un vástago aplanado y fino para proyectar rocas a distancia. El vástago llevaba en su extremo superior un cesto. Un Nopah se disponía en aquel momento a colocar una piedra en el recipiente aludido. Varios guerreros se colgaron de una cuerda atada al vástago, doblándolo hasta que sus espaldas tocaron casi el suelo. Por último, todos a un tiempo, soltaron la cuerda. Con un fuerte fragor, la catapulta proyectó hacia la altura una roca de regular tamaño. Ésta se deslizó por encima del parapeto, aplastó a un guerrero al pasar y destrozó parte del grueso muro de una casa de la terraza afectada.
Las largas flechas, las escalas de asalto, las catapultas, constituían buenas pruebas de la grandeza de los Nopahs en lo referente al arte de la guerra. Pero tales adelantos materiales suscitaron en los Sheboyahs un gran heroísmo. Si su voluntad de resistencia se mantenía, los dos bandos quedarían equilibrados, casi. Si los hombres de Taneen se mostraban en el curso de las horas siguientes tan esforzados como hasta entonces, los sitiadores tendrían que renunciar a sus propósitos, probablemente. Nothis Toh estaba reservándose las escalas de asalto, recurriendo en cambio a las catapultas incesantemente. Había cuatro, separadas entre sí por una distancia de cuarenta pasos, aproximadamente, y lanzaban unas tres rocas por minuto. Hechos los tanteos iniciales, quienes las manejaban consiguieron que fuesen muy pocas las piedras que se estrellaban contra el borde del parapeto. Los proyectiles causaban heridos y destrozos, rompiendo muros y hundiendo tejados. Una nube de polvo dificultaba la visión. La sangre corría por las terrazas.
Los defensores Rocks aprendieron a esquivar los silbantes proyectiles. Algunos de ellos fueron devueltos al enemigo. Los Nopahs, de esta manera, suministraban municiones a los sitiados. Las nubes de polvo de las terrazas hicieron que los arqueros Nopahs dispararan un tanto al azar. Luego, hicieron acto de presencia en el parapeto las mujeres Rocks, portadoras de grandes recipientes llenos de agua hirviendo y de leños en llamas, todo lo cual fue a parar a los atacantes. Los guerreros de Nothis Toh habían estado a punto de tomar la ciudadela, pero los hombres de Taneen, con menos medios, habían logrado alterar la marcha de la batalla.
Hacía calor. Continuaban los disparos de piedras. La ciudadela, por el norte y el este, se hallaba en ruinas. El fuego incrementó los terrores de los sitiados. Los Nopahs comenzaron a lanzar rocas que previamente habían sido calentadas, produciendo en el interior de las moradas incendios. Los Rocks habían arrojado todas las piedras, prácticamente, reservadas para la defensa. Taneen, que sufría la fractura de un brazo y sangraba por la cabeza, movióse entre sus hombres, exhortándolos a morir de pie, con él.
Al oscurecer se interrumpió el ataque de los Nopahs, tan bruscamente como empezara. Los guerreros de Nothis Toh se retiraron para comer y beber, para cuidar de sus heridos, para descansar. La tenaz resistencia de los hombres y mujeres del clan Rock habíales dejado sorprendidos. El jefe Nopah celebró un consejo con sus sacerdotes. ¿Valían la pena realmente los almacenes y tesoros de la ciudadela, la existencia de los cuales habíales sido asegurada, a pesar de las palabras de Docleas? ¿Merecían nuevos sacrificios?
Taneen había perdido la mitad de sus hombres y numerosas mujeres. La nube de polvo se disipó, el humo fue arrastrado por el viento, quedando a la vista un espectáculo desolador, la ruina y la muerte. Clodothie yacía en el piso de una terraza, inmóvil, con el rostro ennegrecido; Declis ya no dibujaría sobre el suelo más cosas con sus arenas coloreadas; Benei, el observador de las estrellas, estaba muerto. Las mujeres se pusieron a preparar comida para todos; los heridos fueron atendidos. Cuando cayó la noche, con la luna brillando, indiferente, sobre los riscos más elevados, todos los miembros del clan mandado por Taneen estaban tendidos en un sitio u otro. Hasta los centinelas, exhaustos, habían sucumbido al sueño.

Nashta permanecía con los ojos abiertos en el silencio y la oscuridad de su kiva. Al recordar los besos de Pluma Azul sus labios temblaban. La sangre parecía circular con más rapidez por sus venas al pensar, embelesada, en su huida de la ciudadela con él. Durante mucho tiempo se había revelado contra el misterio de su confinamiento, contra el nombre de Hija de la Luna, alegando que era una doncella como las demás. ¿Por qué no había de brillar el sol sobre Nashta? Sin embargo, había aceptado la orden de Taneen. Luego, el amor que le inspirara el Nopah había borrado cuanto la enseñaran.
No acertaba a concebir una futura existencia fuera de aquella kiva. Sólo podía imaginarse una gloriosa libertad en compañía de Pluma Azul. Él la llevaría lejos de allí. Nashta vería por fin la tierra y el firmamento a la luz del día; podría contemplar las corrientes de agua, los árboles, las flores, los pájaros, el dorado trigo, los jugosos melones, todas aquellas cosas de las cuales sus servidoras habíanle hablado. El terrible sol brillaría sobre su rostro. Esta idea aceleró los latidos de su corazón.
Ba-lee y La-clos no habían vuelto. Nashta notó su falta, pero no se detuvo a considerarla detenidamente, arrebatada por el hechizo de aquella hora. El sueño, por fin, la reclamaba.
Cuando se despertó, en el redondo orificio de entrada de la kiva había una luz dorada, muy distinta de la otra plateada que tan bien conocía. Nashta no había contemplado nunca nada semejante. La puerta de su prisión no había sido abierta jamás durante el día. Había dormido muchas horas. Ba-lee y La-clos no estaban allí. De pronto, Nashta se incorporó, quedándose sentada en su lecho de pieles. Se había quebrado la habitual línea rutinaria de su existencia.
Se vistió. Se embutió en una larga prenda cubierta de adornos, en la que habían trabajado numerosas doncellas, para la cual las mujeres mayores de la tribu habían enviado en distintas ocasiones cuentas y trozos de piel coloreados, así como botones de turquesa. Este alegre atuendo, destinado simplemente a causar placer en la princesa prisionera del clan Rock, debía servir para engalanar a la novia de un desterrado Nopah. ¿Se enorgullecería Pluma Azul de ella? ¡Qué bien que su piel, blanca como la leche, a través de la cual se adivinaban las venas, quedara oculta a su vista! Nashta se cepilló los cabellos, trenzándoselos luego. Las largas trenzas le llegaban hasta la cintura.
Continuaban sin presentarse sus servidoras. Nashta, habituada a verse constantemente atendida, empezó a sentir las punzadas del hambre. Consumió los restos de la comida del día anterior. Luego, empezó a pasearse de un lado a otro de la kiva, débilmente iluminada. Tenía el vago presentimiento de que algo marchaba mal.
Percibió repentinamente un rugido. El rugido fue haciéndose más fuerte, decayendo luego, como un trueno que se extinguiera poco a poco. Nunca había oído nada parecido. Sin embargo, aquello la hizo pensar en los clásicos vítores de la gente del clan Rock durante los días alegres. Debían de ser, pues, voces de hombres. Nashta prestó atención al rumor, cayendo lentamente de rodillas. El sonido murió en la distancia, para volver en seguida. Era un aullido proferido conjuntamente por numerosos guerreros, con una nota discordante, nada melódica. La gente de Taneen no cantaba. Nashta había oído a menudo sus canciones, que llegaban a sus oídos desde las terrazas. Se quedó perpleja, preocupada, comprendiendo por último que debía de existir alguna razón no corriente para que sonara aquel rugido, algo que justificaba también la ausencia de sus doncellas. Finalmente, el alboroto cesó.
Después, el silencio de la kiva fue alterado por un solo y distante grito. Nashta no recordaba ningún sonido que pudiese ser comparado con él. Instintivamente, no obstante, lo relacionó con algo que iba contra la vida: la tragedia, el dolor, la muerte.
El grito originó un verdadero estruendo. Pero aquél no era el trueno del cual nacían las lluvias. ¿Habría invocado Pluma Azul a los dioses de las nubes tormentosas? No... Su pensamiento se concentraría exclusivamente en Nashta.
Era un trueno, verdaderamente, lo que oyera, pero distinto de los que ella conocía. El fragor de éste se intensificaba y disminuía. El sonido era unas veces agudo y otras recordaba el ruido de las piedras al caer, el rumor de muchos pasos, un redoblar de tambores, coros de aullantes voces, un apagado y sordo choque...
—¡La guerra! —exclamó Nashta, asustada—. ¡Han llegado los enemigos de Taneen! El clan Antelope... ¡El pueblo de mi madre! ¡Ay de mí, Hija de la Luna! ¡La hija de Taneen será llevada al sol!
Nashta se derrumbó sobre su lecho de pieles con el trueno en sus oídos y la profecía de los sacerdotes resonando en su mente. Ellos habían profetizado que Nashta sería la ruina del clan Rock. Tendría que comparecer ante el gran tribunal; se vería despojada de sus vestiduras a la luz del sol, para que todos los ojos pudieran contemplar su maldita belleza blanca; sería descuartizada por los guerreros del clan Antelope. Su vista se nubló. Una desconocida angustia la sumió casi en el olvido. Pasaban las horas...

—¡Nashta! ¡Nashta!
La frenética llamada parecía chocar con las paredes de la kiva, estremeciéndolas. Nashta se incorporó. En la abertura superior divisó cierta claridad, una claridad de crepúsculo. A la luz de una antorcha, apareció La-clos, al pie de la escalera. Movíase como una persona medio impedida; se arrodilló para avivar el fuego del piso. Nashta salió por fin de su letargo.
—¡La-clos, La-clos!
—¡Oh, mi dueña! Perdona a tu doncella —dijo la muchacha, con quejumbrosa voz—. No ha podido venir antes.
—¿Y Ba-lee?
—Anoche se enfrentó con La-clos... Vio a Tith-lei para delatar a Pluma Azul... El astuto Topo lo delató a los sacerdotes. Lo esperaron para detenerle. La-clos fue azotada. Esta mañana, Pluma Azul compareció ante Taneen y sus sacerdotes. El Nopah no negó nada. Explicó que había engañado a su padre y a los guerreros Nopahs, enviándolos lejos de los Sheboyahs. Pero el secreto de la Hija de la Luna deshonró a Taneen ante su clan. A Tith-lei le fue dado el poder... Él fue quien pronunció la sentencia de muerte contra Pluma Azul, diciendo cómo ha de morir éste. Pluma Azul sería descuartizado, siendo su cuerpo arrojado a los perros salvajes. Tith-lei se plantó en lo alto de la muralla, proclamando su gozo. Y, de repente, una flecha disparada desde abajo le atravesó el pecho. Pluma Azul gritó con voz de viento tormentoso: «¡Mirad! ¡La larga flecha de los Nopahs!»
Nashta escuchaba emocionada a su servidora. Sus llameantes ojos estaban pendientes de sus labios.
—¡Los Nopahs! ¡Los guerreros de Pluma Azul...! ¿Es que han atacado la ciudadela de Taneen?
—Los Nopahs son unos hombres fuertes, terribles. Usan grandes arcos, con los que disparan largas flechas. Tienen escalas con escudos para subir por las rocas... Tienen unos aparatos con los que lanzan enormes piedras por encima de las murallas. Pero los guerreros Sheboyahs consiguieron contenerlos a lo largo del día. Los jefes de Taneen han muerto; los hechiceros han muerto; la mitad de los guerreros Rocks y las mujeres mayores han muerto. Solamente vive Taneen, para mandar. Otro día más y conseguirá derrotar a los Nopahs.
—¿Y Pluma Azul?
—Fue atado, siendo arrojado junto a un muro. La-clos estaba a su lado. Cuando la batalla termine, los Sheboyahs se divertirán torturando al Nopah. Arrastrarán a Nashta hacia el sol y la obligarán a contemplar su descuartizado cuerpo, a ver cómo se derrama su sangre, cómo se rompen sus huesos, cómo es arrojada su carne por encima de las murallas a los perros salvajes.
—¡No! ¡Jamás! —exclamó Nashta, pensando en los dioses de los proscritos.
—Escúchame... La batalla cesa... Llega la noche... ¡Oh, Nashta! Salva al Nopah. No pierdas tiempo. Cuando vuelva a salir el sol, ellos lo matarán.
—Sí, pero ¿cómo, cómo? ¿Puede La-clos llevar a Nashta hasta Pluma Azul?
—Tu servidora está desfallecida... La han azotado con el deseo de matarla... Nashta no debe llegar hasta allí. El Nopah está tendido en el suelo, entre los guerreros.
Nashta sostuvo a la vacilante doncella. A la luz del fuego vio que La-clos estaba muy pálida, que tenía el rostro cubierto de sudor.
—¡Nashta, mi princesa! —susurró la muchacha—. Balee alcanzó... a La-clos... con una hoja de pedernal.
—¡La-clos! ¡Oh! Los dioses me han abandonado, mis amigas me dejan... Y carezco de todo conocimiento... ¿Qué puede hacer la pobre Nashta? ¿Una princesa Nashta? Nashta es la más baja...
—¡Silencio! La Hija de la Luna salvará al Nopah. Estaba... escrito... La-clos no puede hacer ya... otra cosa... que morir.
Nashta mantuvo el fuego encendido mientras se paseaba por la kiva como una leona enjaulada. Esperó a que muriera la noche, a que la luna se desvaneciera en el firmamento. La-clos estaba tendida en las sombras.
Finalmente, se echó encima una blanca capa de piel de venado, y cogiendo una antorcha de hojas de pino se adentró por el pasaje secreto, bajo las rocas. Encontró una derivación a la derecha. Nashta avanzaba lentamente, tentando las paredes. Luego, el pasadizo se tornaba más ancho y alto. Un frío viento acarició la cara de la joven. Se pegó a la pared hasta notar que bruscamente el piso se inclinaba. Ella, que jamás había realizado ningún esfuerzo penoso, que carecía de destreza, descendió impulsada por el mismo espíritu que permitiera a Pluma Azul remontar los riscos de las murallas.
La antorcha se apagó. Inesperadamente, las sombras fueron sustituidas por una pálida luz. Nashta continuó avanzando. Salió al exterior por una abertura que era como una grieta en las rocas. Miró hacia el norte. La noche era para Nashta el día y estaba familiarizada con las estrellas. Al otro lado del valle, la luna se hundía en un negro horizonte. Se detuvo en un saliente rocoso. En lo alto, a su espalda, quedaba la cara norte de la ciudadela de Taneen, un imponente cortado. Lejos, a su derecha, vio Nashta las hogueras moribundas de los Nopahs. Descendió hasta la base del risco. Le sangraban los pies y las manos, pero no sentía ningún dolor. Desde abajo divisó la hendedura por la cual había emergido. Quedaba oculta en la oscuridad grisácea de la áspera cara del peñasco. Marcó su posición con una señal en los riscos que estaban al borde del parapeto. Después avanzó por la base de la muralla.
De pronto, se interpuso en su camino un gigantesco centinela. A la vista de la pálida princesa, abandonó sus armas y huyó. Nashta no tardó en dar con dos altos Nopahs. Imperiosamente, levantó una mano.
—¡Soy Nashta, hija de Taneen! ¡Nashta busca a Nothis Toh!
Lentamente, los arcos de los dos guerreros se abatieron, con las flechas preparadas. Los Nopahs vacilaron, intercambiando unas palabras en voz baja. Apareció otra oscura forma, como si hubiese brotado del suelo. Otros ojos curiosos, con el brillo de la luna en sus negras profundidades, se dejaron notar. Hubo más susurros. Luego, uno de aquellos hombres alargó un brazo, tocando el vestido de Nashta. Ella era un ser real...
Nashta retiró su prenda, con un gesto altanero.
—No toquéis a Nashta, Hija de la Luna. Ella ha venido para salvar al espía Nopah.
—¡Docleas! —murmuró uno de los guerreros a sus cantaradas, muy excitado.
Seguidamente, señaló a Nashta el camino que debía seguir.
La joven pasó por encima de numerosos cadáveres tendidos sobre las peñas; dejó atrás humeantes fuegos junto a los cuales dormían muchos guerreros Nopahs; saltó de roca en roca, hasta llegar al campamento del jefe. Crepitaba alegremente un fuego allí. Había irnos guerreros de guardia. Nashta avanzó entre un coro de murmullos. Algunos de los durmientes se despertaron, poniéndose en pie sobresaltados, fijando la vista en la extraña aparición, retrocediendo a veces, atemorizados.
—Nothis Toh —anunció el jefe de los tres guerreros que habían acompañado a Nashta—: una doncella de los Sheboyahs se ha atrevido a llegar sola hasta aquí.
El jefe de los Nopahs dejó su lecho de pieles. Era un tipo gigantesco, con un rostro cruel, semejante al de un buitre. Sus ojos parecieron relampaguear al mirar a la doncella. Caminando lentamente, se enfrentó con ella. Sus guerreros formaron un estrecho y amenazador círculo en torno a los dos.
—¿Una mujer del pueblo Rock? —inquirió, desdeñoso.
—Nothis Toh está hablando con una princesa de los Sheboyahs.
Él hizo un feroz gesto de impaciencia.
—Mujer del pueblo, doncella o princesa: todo eso tiene el mismo significado para los Nopahs. ¿Vive todavía el jefe de los Sheboyahs?
—Sí: Taneen vive.
—¿Quién se atreve a buscar a Nothis Toh?
—Nashta, la hija de Taneen.
—¡Ah! ¿Ha fijado el jefe algunas condiciones para rendirse?
—No. Taneen seguirá luchando. Los Nopahs no podrán escalar jamás las murallas.
—¿Qué quiere la doncella blanca de Nothis Toh?
—Nashta es la mujer amada por Pluma Azul —declaró la joven, orgullosamente.
—Así pues, ¿está ahí arriba el hijo de Nothis Toh? —inquirió el jefe, mirando hacia las alturas.
—Sí.
—¿Ya no es un espía?
—No.
—Docleas, el orgulloso Docleas, el gran Docleas, el más veloz de los Nopahs, el único hijo de Nothis Toh... ¡Ha traicionado a su padre, ha repudiado a su pueblo...! ¡Los dioses no hubieran debido permitirle nacer!
El jefe de los Nopahs inclinó la cabeza, atormentado por aquel tremendo pesar.
—¿Qué mensaje envía aquel que ha dejado de ser ya hijo de los Nopahs? —preguntó a continuación.
—No envía ningún mensaje. Pluma Azul permanece atado allí arriba. Cuando salga el sol, los guerreros de Taneen lo descuartizarán.
—Un castigo severo. Sin embargo, ¿a qué se debe, ya que él engañó a los Nopahs?
—Pluma Azul se atrevió a amar a la Hija de la Luna, hija de Taneen, que tuvo por madre una reina extranjera. Al entrar en la kiva sagrada de Nashta causó la desgracia de Taneen.
—Entonces, ¿qué es lo que la doncella de la piel blanca desea? —preguntó Nothis Toh, adelantando la cabeza igual que un gavilán aprestándose a atacar.
—Nashta está dispuesta a traicionar a su pueblo porque ama al Nopah.
El jefe se golpeó el pecho al tiempo que erguía el cuerpo. Su oscura faz se iluminó de un modo extraño. Paseó la mirada por el silencioso círculo de sacerdotes y guerreros. No acertaba a comprender...
—¡Habla de nuevo, mujer Sheboyah! ¡El Nopah está sordo!
—Quiero que la mirada del gran jefe se pose en Nashta... en sus ojos... en su corazón... para que en ellos vea el amor y la angustia —clamó Nashta con voz que era un largo lamento—. Nashta es una princesa sobre la cual no ha brillado jamás el sol. Pero nunca sería capaz de mentir... Pluma Azul traicionó a su pueblo por amor a Nashta. Ella traicionará al suyo por amor a él.
El jefe Nopah se acarició la barba, evidentemente convencido en contra de su voluntad.
—Nothis Toh no era ciego al amor... tiempo atrás —declaró, asintiendo solemnemente—. ¿Por qué quiere la Princesa de la Luna traicionar a Taneen?
—Desea salvar a su amado.
—¿Cómo piensa Nashta traicionar al gran pequeño pueblo de estas escarpaduras?
—Conducirá a los guerreros Nopahs por un pasaje secreto existente bajo la muralla.

Una larga y silenciosa columna de altos guerreros desplazábase por la base del macizo rocoso. Una blanca y esbelta forma la guiaba. La luna había desaparecido del firmamento. Transcurrían los minutos de oscuridad precedentes al amanecer. Abajo, en el valle, los perros salvajes aguardaban su hora. Desde los lejanos precipicios llegaba el débil rumor de las aguas del amenazador río rojo. Como una larga sombra, la columna se movió alrededor de la muralla. Unas pálidas estrellas parecían asomarse por los bordes del parapeto. Soplaba un fresco viento sobre la zona. Hacia el este, la oscuridad se aclaró, tomando un tono grisáceo. Faltaba ya poco para que amaneciera. Un solitario chotacabras lanzó su melancólico gorjeo.
Los componentes de la columna se pisaban prácticamente los talones al moverse. Cada uno de ellos era portador de un arco y el carcaj de flechas, pendiendo de sus cinturones un hacha.
La blanca figura se detuvo ante una señal, al norte del muro. Silenciosamente, los guerreros fueron juntándose allí. Los oscuros rostros de los expedicionarios miraban hacia las alturas, igual que lobos olfateando un rastro.
Una voz rompió el silencio, una voz clara, desprovista de temblores y respetuosa.
—¿Puedo hablar, Nothis Toh? —inquirió un jefe.
—Habla —fue la severa réplica.
—¿Es atinado que unos Nopahs sigan a una mujer hasta las entrañas de las rocas?
—Nothis Toh ha juzgado que sí.
—¿Cómo sabe el gran jefe que ella no está dispuesta a sacrificar su vida para llevar a los Nopahs a una traidora trampa?
—Nothis Toh no lo sabe.
—¿Por qué ha decidido que la sigamos entonces?
—Nothis Toh se ha confiado a la mujer que hizo de un Nopah un traidor.
La figura blanca pronunció en aquel instante unas palabras desde lo alto.
—Seguid caminando, pero cogidos de las manos ahora. El camino es corto, pero la oscuridad es grande.
Los Nopahs entraron en el pasaje subterráneo, avanzando lentamente por una empinada cuesta, cruzando luego una caverna y la kiva sagrada. Subieron después hasta la abertura, situándose a la sombra de las arcadas. Seguían llegando guerreros a aquel punto cuando la luz del amanecer se extendió sobre la dormida ciudadela. Y cuando la roja luz iluminó la zona oriental, Nothis Toh y sus hombres estaban ya preparados para lanzarse sobre los Rocks con objeto de impedir la ejecución de su infiel espía.

La grisácea palidez de las últimas horas de la noche y el humeante manto de la guerra fueron desvaneciéndose sobre la ciudadela. Por el este, en seguida, surgió un rojo destello, siniestro heraldo de un amanecer sangriento. Los pájaros no cantaban. Solamente los buitres surcaban el cielo, describiendo círculos, cada vez a menor altura. Una fría inmovilidad penetraba la atmósfera de la mañana.
De súbito, este sombrío silencio fue desgarrado por el salvaje alarido de un guerrero Sheboyah. Había en él una nota triunfal de gozo, de liberación. Había sido el primero que se asomara por el parapeto.
—¡Los Nopahs se han ido! —chilló, despertando a los centinelas, que se habían quedado dormidos horas atrás—. ¡Los Nopahs se han marchado! ¡Han abandonado a sus muertos! ¡Han dejado sus escalas! ¡El clan de los Sheboyahs ha vencido a los gigantes de los grandes arcos!
El terror de los primeros instantes del día se trocó en alegría. Los centinelas echaron a correr de terraza en terraza, gritando como si hubieran enloquecido.
Todos fueron despertados por aquellos gritos de victoria. Los heridos se esforzaron por unir sus débiles voces a las otras. Las mujeres cantaban; los guerreros proferían incesantemente su impresionante alarido bélico. Los chiquillos procuraban imitarlos, si bien no comprendían a qué era debido tanto alborozo. Aquél había sido el primer sitio sufrido por el clan Rock, su primera batalla, su primera victoria. Lo sucedido representaba una confirmación del prestigio de sus hechiceros, de la sagacidad de sus jefes, de la verdad de las leyendas que en el seno del clan habían ido transmitiéndose de generación en generación.
Una doncella de desgarrado y ensangrentado atuendo se plantó en lo alto del parapeto, con los negros cabellos al viento, con los ojos como dos ardientes brasas sobre el carbón. Agitó los brazos, imponiendo silencio. La multitud seguía gritando desaforadamente. Aquella joven era Ba-lee.
—¡Pluma Azul continúa con vida! ¡Ese maldito espía Nopah no ha sufrido ningún daño! ¡Matadle! ¡Haced que el amante de la falsa Nashta muera de acuerdo con la sentencia pronunciada por Tith-lei!
Apoderóse una terrible furia de los guerreros, que comenzaron a danzar.
—Ahí, al pie del muro... está el Nopah —gritó Balee, enloquecida, agitando sus cabellos, desgarrando aún más su vestido. La animaba un odio más fuerte que el pesar—. ¡Sacadle de ahí... con Nashta... la doncella de la cara de luna que ha atraído la desgracia sobre los Sheboyahs!
Un grupo de salvajes guerreros se abrió paso entre los presentes, arrastrando hasta el centro de la muchedumbre la postrada figura del Nopah.
Taneen apareció en la puerta de su morada, avanzando con vacilantes pasos. El hombre llevaba ahora la muerte en el rostro. Levantó una temblorosa mano para acabar con el alboroto. Los que estaban viéndole impusieron silencio a los demás. Temblaba todo el cuerpo de Taneen, quien se esforzaba por mantenerse en pie. Su pueblo lo contemplaba con respeto por su valor, ya que no por su rango. En sus húmedos ojos había un último mensaje para los suyos. Pero aunque sus labios se movieron, de ellos no salió una sola palabra, y el jefe se derrumbó como un árbol seccionado por sus raíces.
—¡Taneen muere! —gritó la salvaje Ba-lee desde lo alto del parapeto—. ¡Ni un gemido, ni un canto por el caído! ¡Hoy, el clan Rock elegirá a su nuevo jefe! ¡Un guerrero joven y audaz regirá los destinos de nuestro clan! ¡Será aquel que odie más al Nopah!
Un alarido colectivo salió de la multitud, como proferido por un solo ser. Con su grito, cada guerrero reclamaba para sí la gloria de la jefatura de su pueblo. Se hizo el silencio. ¿Quién ostentaría la máxima autoridad dentro del clan Rock?
En aquel instante de indecisión, de expectante ansiedad, dejóse oír una vez más la voz de Ba-lee.
—¡Será aquel que en primer lugar arrastre a Nashta hasta aquí! ¡Será el primero que exponga su blanca belleza al sol! ¡Será el guerrero que la traiga, adelantándose a los demás, para morir descuartizada en compañía del espía Nopah!
Pluma Azul levantó la cabeza, hasta aquel momento en contacto con la piedra del pavimento de la terraza. Quienes vieron sus ojos entonces retrocedieron, asustados.
—¡Perros Sheboyahs! ¡Necios! —tronó, con un tono de voz nuevo para los del clan Rock—. ¡Pequeño pueblo de las rocas! ¡Pequeños guerreros de pequeñas mentes! Los Nopahs no huyen nunca. Los Nopahs no se han ido. ¡Nothis Toh se encuentra aquí!
Sus oyentes se quedaron aterrados, inmóviles, tan inmóviles como los nudosos troncos de los cedros de las colinas.
Sobre sus cabezas pasó algo azul, siseando. El vuelo de aquello, más rápido que el de la golondrina, terminaba en una rápida muerte. Los guerreros volvieron la cabeza, espantados. Y seguidamente, un grito hirió sus oídos. Balee vaciló sobre el parapeto, cayendo hacia atrás. Sus menudas manos buscaron su pecho, donde brillaba la emplumada flecha de los Nopahs. Se derrumbó pesadamente. Los espectadores percibieron a su alrededor rumores de rápidos pasos. En las calles, los tejados y las terrazas se habían apostado unos gigantescos arqueros, que enviaban en todas direcciones sus flechas.
La primera fila de guerreros de Taneen recibió un diluvio de dardos. La sorpresa habíalos paralizado. Todos se derrumbaron como débiles tallos al empuje del viento, quedando tendidos en el suelo. Las flechas habían atravesado sus torsos.
Luego, los restantes Sheboyahs, apiñados en los patios, en las terrazas y en los tejados de las casas, salieron corriendo en todas direcciones, profiriendo gritos. Éstos eran los gemidos de un pueblo condenado, que ahogó el estridente grito de guerra de los atacantes. Una vez más, los arqueros Nopahs tensaron sus arcos. Otra granizada de flechas emplumadas sembró la desolación y la muerte...
Los Nopahs se abalanzaban sobre sus víctimas empuñando las hachas. En la amurallada ciudadela de Taneen reinaba la confusión más espantosa. Muchos miembros del clan, desarmados, se defendían con las uñas y los dientes. Algunos hicieron frente a sus enemigos armados con palos o disparando flechas con sus pequeños arcos, para acabar cayendo muertos bajo los golpes de los invasores. Hubo quienes se escondieron en los orificios de las rocas, para ser sacados de ellos violentamente. Una nube de polvo se elevó por encima de las murallas; por las terrazas corría la sangre, formando diminutos ríos rojos. El aire de la mañana se pobló de ruidos siniestros. Oíanse los roncos alaridos de los asaltantes, el choque de las hachas de pedernal, los sordos golpes de carnes y huesos, y un rumor de pasos apresurados. Aquello era una batalla llevada a sus últimos extremos.
Los últimos miembros del clan Rock fueron retirándose hacia el campo de los juegos. Aquí, ante los vacíos escalones de piedra, donde a menudo tomaran asiento los jefes, las mujeres adultas y las doncellas, para vitorear a sus héroes, lucharon aquéllos hasta la muerte. Los pies de los guerreros levantaron en la arena espesas nubes de polvo. Los cuerpos atezados de los pequeños hombres parecían negros en contraste con las figuras de piel más clara de la raza de mayor talla. En las cabezas de los Nopahs se mantenían orgullosamente enhiestas sus plumas de águila...

Nothis Toh se paseaba por entre los muertos y los moribundos. Sus guerreros, victoriosos, regresaban formando pequeños grupos, aisladamente y por parejas. Algunos de ellos sangraban; otros caminaban con dificultad, pero en los rostros de todos advertíase el gozo del triunfo. Habían dejado tendidos sobre las piedras a muchos hombres cuyos ojos no volverían a ver brillar jamás el sol.
Nothis Toh, majestuoso de porte, con una expresión feroz en la faz, excitado aún por la furia de la batalla, fue escuchando los informes de sus jefes. La ciudadela había caído en sus manos. El clan Rock había sido aniquilado. Habíanse apoderado de sus armas y vestidos, de sus tesoros compuestos de turquesas, azabache y pedernal. Los graneros de la ciudadela estaban llenos; las cisternas habían sido selladas. Ni aquéllos ni éstas habían sufrido daños durante la lucha. Los hambrientos Nopahs disponían de provisiones para mucho tiempo.
Pero Nothis Toh miró a todos como un lobo dolorido, que hubiese sido atrapado por culpa de sus aullidos.
—Arrojad a los Sheboyahs por la muralla —ordenó—. ¡Los muertos y los que hayan quedado con vida! Éste es un día que Nothis Toh perpetuará para su tribu. Todos los años, por esta fecha, los Nopahs arrojarán por la muralla a unos cuantos pequeños hombres, ¡hasta que hayan desaparecido todos!

Desde la desolada ciudadela se elevaba hacia el cielo una nube de polvo y humo.
Nothis Toh se encontraba de pie ante la morada de Taneen. A su alrededor estaban sus guerreros, distribuidos ordenadamente, apoyados en sus arcos, aguardando con centelleantes ojos las palabras de su gran jefe.
—Traed al traidor Nopah aquí —ordenó.
Su largo y musculado brazo estaba señalando en aquellos momentos el centro del recinto.
Cuatro de los gigantes guerreros fueron empujando a Pluma Azul a golpes de lanza, hasta el sitio designado por su jefe. El espía Nopah se mantenía erguido. Todavía llevaba los brazos atados a la espalda. Las escasas prendas que vestía se hallaban desgarradas y sucias de sangre y polvo. Le colgaban las polainas, destrozadas. Iba descalzo. Su amplio torso estaba enrojecido a causa de la sangre de sus heridas. La pluma azul, en otro tiempo orgullosamente enhiesta, veíase ahora abatida y deshilachada. Pero en su severo rostro y en sus sombríos ojos se adivinaba un espíritu fuerte: el del indómito Nopah.
Nothis Toh gritó, mirando furiosamente a su hijo:
—¡Hijo infiel! ¡Has traicionado a los Nopahs! ¡Habla!
—Nothis Toh: la fuente de las palabras de Pluma Azul se ha secado.
—¿No quiere pedir misericordia Docleas?
—No.
—Mereces ser arrojado al otro lado de la muralla, para unirte a los muertos del pueblo que escogiste.
—Me someto a tu voluntad.
Nothis Toh sintióse sacudido por una ira terrible, levantando los brazos, en un expresivo gesto de desaliento, al tiempo que arrojaba su maza de piedra al suelo.
—¡Dioses de mis padres! ¿Qué es lo que habrá cambiado la sangre de este hijo?
Recibió por toda contestación a esta pregunta el silencio. Había saqueado la ciudadela de Taneen, había destruido a los Sheboyahs, pese a lo cual sentíase derrotado. Aquí había algo demasiado grande, que escapaba a su comprensión...
—¿Es cierto que Docleas engañó a su padre? —inquirió, solemnemente.
—Sí —fue la réplica de Pluma Azul.
—¿Y a pesar de ello el hijo del Nopah no doblega la cabeza?
—¡No!
—Así piensa Docleas... Y todo por una mujer del pequeño pueblo —gritó Nothis Toh, desdeñosamente.
—¡Todo por Nashta, princesa de los Sheboyahs, Hija de la Luna, sobre la cual no ha brillado jamás el sol!
El jefe hizo un gesto imperioso, dirigido a sus guardias.
—¡Traed a esa rara mujer aquí, a la luz!
Pluma Azul profirió un grito, temblando como la hoja de un árbol.
—Padre... Nashta...
—¿Cómo se atreve el traidor a llamar padre a Nothis Toh?
Oyóse un murmullo entre los guerreros. Casi todos habían vuelto la cabeza en dirección a la parte de las kivas. Sobre la ciudadela en ruinas reinaba un silencio impresionante. Desde un firmamento intensamente azul, el sol quemaba casi.
Apareció a la vista de todos una doncella vestida de blanco, caminando delante de los guardias, que ya adoptaban una actitud de respeto. Tuvieron que guiarla en su desplazamiento, hasta dejarla situada ante el gran jefe. Nashta se protegía los ojos con un extremo de su capa.
—¿Puede la mujer Sheboyah que traicionó a su pueblo ver al Nopah? —preguntó Nothis Toh.
—Ella ve, Nothis, pero no muy bien. El sol quema sus ojos.
—Pluma Azul está aquí, conforme con la sentencia, que lo condena a ser arrojado por la muralla para unirse a los muertos Sheboyahs... ¿Estimas tú también que es de justicia proceder así contigo?
—¡Arroja a la doncella por la muralla, oh, gran jefe, pero salva la vida de Pluma Azul!
Nothis Toh se volvió hacia sus consejeros, extendiendo sus manos a ambos lados. Todos se mantenían callados. ¿Acaso el alma de esta princesa de otro pueblo habíase adueñado del gran espía de los Nopahs? Para Nothis Toh, el momento de vacilación pasó. Era lo que podía ser contemplado con los ojos aquello que transformara a su hijo; él habría sentido a su lado una figura de carne y hueso...
—¡Desnudad a la doncella! —ordenó—. ¡Dejad que Nothis Toh vea qué es lo que le ha hecho perder a su hijo!
Los guerreros contemplaban la escena con ojos llenos de ansiedad. Sus pupilas se dilataban. Los Nopahs, habituados a una existencia dura, abstinentes de carne en todos los aspectos, indiferentes ante sus mujeres, temblaban ante la idea de presenciar la aparición de una belleza sin par. Adivinaban unas esbeltas formas, una piel blanca como la nieve batida, como las flores que crecían en los bordes de los precipicios.
Pluma Azul reaccionó violentamente, haciendo saltar las correas de sus ataduras. Despojándose de su sucinto atuendo, tapó con él a Nashta, abrazándola. Severo como un dios implacable, esperaba el momento de ir a la muerte en compañía de su amada.
—¡Basta ya! —gritó Nothis Toh, por fin—. El gran jefe perdona a su hijo. Y también a esta princesa, hija de una reina del clan Antelope, la última princesa de los Sheboyahs, para que su sangre pueda correr por las venas de un Nopah.
La redención de Nophaie

SON muchos los críticos literarios que consideran The Vanishing American, de Zane Grey, el mejor de los libros de este escritor, aunque no constituya él mismo un ejemplo típico de sus temas tradicionales, los referentes al Oeste. Recuerdo que de niño figuraba esta novela como la predilecta entre todas las obras de mi padre.
En ella se narra la historia de Nophaie, un indio navajo. Secuestrado por un grupo de hombres blancos, fue enviado al este, donde estuvo dieciocho años, recibiendo instrucción en los colegios de aquéllos. Al regresar al Oeste, para unirse con sus hermanos indios, halló las cosas muy diferentes de como las recordaba desde la niñez.
Para empezar, conoció en la reserva a un misionero ansioso de poder, un hombre que no estaba dispuesto a detenerse ante nada cuando pretendía imponer su maligna voluntad sobre los indios. Otro personaje es Marian Warner, la joven blanca que se había enamorado de Nophaie, siguiéndole al Oeste. Pero dominándolos a todos estaba la majestuosa Nothsis Ahn, la montaña en que, según se decía, moraba el Gran Espíritu, el dios de los indios, el mismo dios que Nophaie, de niño, había jurado honrar y obedecer.

Se recogen en esta antología, por vez primera dentro de un libro, los capítulos finales escritos originalmente por Zane Grey para The Vanishing American.
Aunque lo que Zane Grey escribió se basa en informaciones reales, que le habían sido facilitadas por amigos y parientes que vivieron en la reserva navajo durante muchos años, tras la publicación por series del libro en 1922, en The Ladies Home Journal, tantas presiones fueron ejercidas sobre su editor por cierto número de individuos y grupos religiosos que aquél se negó a publicar la obra, en vista de que era exigida la supresión de sustanciales porciones del relato.
En estos capítulos se cuenta la lucha de Nophaie para recobrarse de la gripe. Una terrible epidemia había ocasionado la muerte de tres mil hermanos y hermanas indios dentro de la reserva. Zane Grey expone, además, el terrible conflicto interno de Nophaie, las dudas y confusiones de que fue víctima durante tantos años, a causa de su formación cristiana, por un lado, y por otro la primitiva religión que había sido su guía e inspiración de niño.

EL retorno de Nophaie a la plena consciencia dejó en su memoria un vago recuerdo de negras y espantosas profundidades, en las cuales algo inexplicable para él había producido la aparición de unos demonios.
Había esperado morir, pero ahora sabía que viviría. ¿Habíase avenido a la idea de la muerte? Una tremenda lucha se había desencadenado dentro de un ser físico. Todo parecía indicar que se había negado esforzadamente a que el diablo tomara posesión de su alma. Sus horas del día estaban pobladas de cavilaciones sobre esta extraña cuestión, las cuales asomaban también a sus sueños.
La satisfacción de los Withers y la alegría de Marian al verle avanzar rápidamente hacia el completo restablecimiento originaron en Nophaie una melancólica felicidad. Ellos le amaban. No reconocían ninguna barrera entre él y Benow de cleash. ¿Existía realmente tal barrera? Pasó horas enteras intentando comprender los confusos hechos de antiguas convicciones, promesas y deberes. Estas cosas lo eludían. Algo había ocurrido en su alma, o tal vez la epidemia había dejado su mente desequilibrada.

Nophaie estaba levantado y se movía de un lado para otro cuatro días después de haberse producido la crisis de su enfermedad. Evitaba el trato con los indios y también con sus amigos blancos en la medida de lo posible, procurando no mostrarse descortés. Todos parecían comprenderle y le ayudaban. No obstante, siempre que permanecía sentado, tomando el sol de aquellas mañanas de mayo, o paseaba bajo los chopos, los ojos de Marian estaban pendientes de él. Y él los notaba sobre su persona. Y cuando sus miradas se encontraban, de cerca, sorprendía Nophaie en ellos un alegre centelleo. Se emocionaba entonces, latía su corazón más aceleradamente. Sin embargo, pensaba que eso era algo con lo que debía contar...
Unos días más tarde, Nophaie había recobrado buena parte de su antiguo vigor. Ya podía dejar Kaidab. Así pues, en un momento oportuno, hallándose a solas con Withers, su esposa y Marian, expuso su plan.
—John, ¿puedes darme medio saco de grano y algunas provisiones de boca?
—¿Para qué quieres eso? —le preguntó el hombre, extrañado.
—Quiero verme solo... en la región de la salvia y los cañones —replicó Nophaie, pensativo.
Marian dejó su asiento, junto al fuego, acercándose a él, muy pálida. En sus oscuros ojos se advertía una profunda sorpresa.
—Nophaie, ¿te encuentras... recuperado por completo? —inquirió, atemorizada.
—La salida me dará más fuerzas —replicó Nophaie, sonriente, asiendo una de las manos de la joven.
—Yo creo que no es una mala idea —declaró Withers, dirigiéndose más a su esposa que a la pareja.
La mujer guardó silencio, lo cual significaba en ella una actitud aprobatoria. Withers, por fin, se volvió hacia Nophaie.
—Puedes coger lo que necesites. ¿Cuándo piensas irte? ¿Mañana? Te traeré el caballo, si es que no quieres coger uno de los míos.
—Sí. Saldré al amanecer, antes de que se haya levantado Benow de cleash —contestó Nophaie.
—¿Te irás solo? ¿Permanecerás solo allí? —inquirió el comerciante.
—Soy un indio honesto —dijo Nophaie.
—Bien. Tengo que notificarte que estoy algo preocupado —continuó diciendo Withers, pasándose los dedos por sus enmarañados cabellos—. Beeteia ha empezado a manipular malignamente a los indios.
—Estoy informado —señaló Nophaie.
—¡Beeteia! —exclamó Marian—. ¿No es el esposo de Gekin Yasha? ¿Es el joven jefe que vi... allí?
—Ése es nuestro indio —repuso el comerciante.
—Por las venas de Beeteia corre la mejor sangre de los nopahs —meditó la señora Withers—. Procede del primer clan. Es realmente un gran jefe.
—Creo que eso representa algo más de lo que yo pienso —indicó su esposo—. Anda insubordinando a los indios, enfrentándolos con Morgan y Blucher. He oído decir que... se ha convertido en un maravilloso orador... De todas maneras, no ha podido sobreponerse todavía a la muerte de Gekin Yasha. Intenta levantar a los indios contra los blancos. Esto no constituye nada nuevo, en absoluto, aquí dentro, en la reserva. Probablemente, la proyectada rebelión quedará en nada, como ha venido ocurriendo con todas. Pero, claro, podría ser que sucediera todo lo contrario también. No me gusta esa influencia que Beeteia ejerce sobre sus hermanos de raza. ¿No hay nadie que pueda pararle los pies, Nophaie?
—Tendrías que matarlo.
—¡Uf! Todo lo que podemos hacer es abrigar la esperanza de que en fin de cuentas no sea alterada la paz —manifestó Withers, poniéndose en pie.

La señora Withers siguió a su marido, dejando a Marian a solas con Nophaie. La joven continuó en su silla, sin moverse, con la mirada fija en él.
—¿A dónde piensas dirigirte, Nophaie? —inquirió luego.
—Pienso ir a Naza.
—¿Tan... lejos? —preguntó Marian, con un leve quiebro en la voz.
—Para mí no es lejos...
—Pero... ¿por qué a Naza? Allí no hay más que soledad... ¿Deseas verte entre la salvia y los cañones, que tanto crees necesitar? —dijo Marian, muy seria.
Nophaie soltó su mano, pasándole uno de sus brazos por la cintura. Sintióse emocionado con su proximidad, experimentando un largo temblor. Nunca había sido tan patente la dulzura y el significado real de su presencia. Parecía haber algo distinto en su relación... Él no hubiera podido explicar qué. Había otra cosa que Nophaie debía aprender. Se sentía más débil, menos capaz de herirla.
—No estoy seguro, Benow de cleash, pero creo que voy a Naza porque es el dios más grande de los nopahs.
—¡Oh, Nophaie! —exclamó ella, desfalleciendo—. ¿Todavía te sientes torturado? Tú me dijiste que todos los dioses nopahs te habían defraudado, y que incluso Nothsis Ahn era tan sólo una grisácea y fría montaña, sin voz, sin ningún significado para ti.
—Sí, me acuerdo de eso, Marian —replicó Nophaie—. Pero ahora no me noto torturado ni arrastrado por algo, como cuando trepé por la cara norte de Nothsis Ahn. Es una cosa que no puedo explicar. Ni siquiera sé que mi deseo de ir allí sea determinado por una necesidad no física. Sí, me noto con una rara disposición. Ansío un poco de soledad. Y, no sé cómo, pero Naza me llama... Tal vez encuentre luz, alguna fuerza, en aquellos silenciosos cañones.
—¡Ay, si pudieras encontrar solamente la paz! —murmuró Marian.

Nophaie salió de Kaidab antes de que surgiera el sol en el horizonte, atravesando el desierto envuelto en la luz de un melancólico amanecer. El discordante relincho de un caballo fue el único sonido que rompió el silencio.
Al remontar la cresta de una elevación, volvió la cabeza para fijar la mirada en el puesto. Su vista se fijó en una mancha blanca que se movía en el marco oscuro de una de las ventanas. Marian le estaba diciendo adiós. Esta acción era algo que podía haber esperado. Estuvo mirándola durante largo rato, mientras unas emociones conflictivas agitaban su corazón. Contestaría a su saludo, seguramente... El pequeño pañuelo blanco revoloteaba más vigorosamente.
La joven se había dado cuenta de que él la estaba observando. Después, él contestó con el lento y amplio ademán de un indio que se dispone a cruzar vastas extensiones de terreno, para ir a un lugar que le atrae, del cual regresará pronto. Llegó a ver la blanca mancha de su rostro en la ventana, imaginándose que la luz acababa de iluminarlo. Pasó inmediatamente a la ladera opuesta de la elevación, perdiendo de vista el puesto al tiempo que se esforzaba por apartar a Marian de su mente.
La montura de Nophaie era una de las mejores de Withers. Tratábase de un caballo bayo, de andar alegre, incansable. No parecía notar el peso adicional del saco y la manta, atados en la parte posterior de la silla. Nophaie se sentía mareado, inseguro, cosa que atribuía a su debilidad. Pensó que con el paso de las horas desaparecería aquella desagradable sensación. Una vez hubo perdido de vista vallas y reses comenzó a relajarse gradualmente. Se iba deshaciendo de determinadas ideas y sensaciones como si éstas hubieran sido resecas escamas. Este viaje que acababa de emprender era el más importante de su vida. Lo adivinaba, simplemente. No sabía explicarse por qué. ¿Qué sería Naza en definitiva? Procuró rechazar toda meditación, dándose por entero a las percepciones sensoriales.
Un destello sonrosado se extendió por el hasta entonces acerado firmamento, por las laderas orientales, a la derecha de Nophaie. Hacia el norte vio la punta de un rojo saliente, destacándose sobre unos terrenos rocosos moteados de cedros. Los gorjeos de un sinsonte, el aullido de un coyote, el rumor escurridizo de una liebre de blanca cola entre la maleza, daban vida a la desértica zona. Nophaie aspiró el olor a humo, proveniente de unos hogans indios; descubrió a unos cuantos nopahs que le observaban desde unos altozanos cubiertos de cedros; escuchó la penetrante canción de un pastor alejándose con su manada de animales. Evitaba los senderos más o menos frecuentados y habituales, para no tropezar con ninguno de los suyos. Se proponía no cruzar una sola palabra con nadie durante aquel peregrinaje.
Salió de la zona hundida de terreno, iniciando el ascenso por una ladera de deformadas rocas, que sufrían continuamente la acción erosiva de los fuertes vientos y lluvias. Llegó así a una cumbre desde la cual hubiera podido contemplar Kaidab. No obstante, prefirió no volver la cabeza, preparándose para captar la primera visión del gran valle de los monumentos.
Pronto lo descubrió, desde lo más alto hasta la base. Había allí un macizo promontorio rojo, con columnas semejantes a los tubos de un órgano. Se destacaban sobre el desierto desde el muro principal de las tierras altas. Aquello quedaba lejos todavía, pero esperaba acampar en el lugar por la noche, entablando relación de nuevo con las laderas cubiertas de salvia, por donde de niño había conducido los rebaños de su padre. Se preguntó por qué había sentido aquellos imperiosos deseos de ver tales sitios otra vez cuando siempre, desde su regreso a la reserva, había evitado aquellas vividas escenas de su niñez. No se formuló ninguna respuesta. No quería sumirse en reflexiones.
Era como si contemplara el desierto con unos ojos nuevos. Todas las viejas señales parecían haber sido ampliadas. Las paredes y las pirámides que durante centenares de años habían sido investidas con los espíritus de su raza resultaban glorificadas ante su vista. Y sin embargo, no se trataba de ídolos, ni de dioses, ante los cuales hubiera que arrodillarse, a los que debiera rendir culto. A través de ellas, sus sentidos captaron otros significados de la belleza, de la naturaleza, del tiempo y la vida.
Nophaie se adentró por un valle de amarillos muros, pisando su montura un terreno arenoso. Allí calentaba el sol y el polvo se elevaba en incesantes espirales. El ancho y lejano horizonte se había perdido en parte, limitado por las paredes, largas, quebradas, muy irregulares.
Nophaie estuvo avanzando durante horas, pendiente del sol y del viento, del acompasado clip-clop de las herraduras de su montura, del balanceo a que lo sometía ésta, de la abertura del valle que tenía al frente. En esos instantes, los muros rojos y amarillos daban la impresión de desplazarse con él. En el extremo de este valle trepó por un paso bajo, donde una colosal roca negra, semejante a un dardo, parecía alancear al firmamento. Contempló la majestuosa hondonada nopah, donde había vivido su pueblo, donde él había nacido. El espectáculo le hizo quedarse inmóvil por unos momentos.
Su meta, por aquel día, era la meseta del gigantesco órgano, que se destacaba a unos quince kilómetros de distancia. Custodiaba la entrada al valle sagrado, donde cada monumento, por separado, era un dios de los nopahs. Nophaie se sentía más que fatigado, extenuado. Pero esto no suponía nada para él. Sólo la muerte, o un simple desvanecimiento, habrían podido detenerle en su camino.
Al llegar al final de su etapa se estaba poniendo el sol. Los muros y los monumentos quedaron envueltos en luces de tonos dorados y rosáceos. El piso del desierto era gris en las cercanías y de un tono purpúreo a lo lejos. Mientras se apoyaba, jadeante, en su montura contempló la roja barrera que tendría que salvar por la mañana. Una nube inmensa retuvo sobre ella su mirada.
Brillaba sobre la hondonada arenosa una estrecha corriente de agua. En ésta se reflejaban las nubes y las tierras vecinas. Nophaie desensilló el caballo, dándole un poco de grano. Tras haberle trabado las patas delante ras, lo dejó pastando tranquilamente. Después atendió a sus sencillas necesidades. No tenía hambre, pero se forzó a sí mismo comiendo algo. Durante el duro viaje que había emprendido se restablecerían sus instintos elementales.
La luz del crepúsculo desaparecía de los rojos muros cuando Nophaie llegó al sitio tantas veces visitado por él cuando de niño cuidaba de los rebaños. Era una alargada elevación, no muy alejada del gran promontorio. La salvia seguía abundando allí, como en sus años de la infancia. Su mente evocó gratos recuerdos. Localizó la peña aplanada y roja donde solía sentarse con su hermana. ¡Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces! Ella había muerto. Todo su pueblo se había ido.
Nophaie miró al otro lado del valle, hacia una hendidura en forma de V, existente en la pared sur. La angosta corriente de agua, como una brillante cinta, abandonaba serpenteando este cañón. Él había nacido en la parte alta, donde se veían unos fuertes riscos. Los recuerdos de Nophaie se remontaban a los tres años de edad.
—Habla el indio que hay en mí —monologó—. Hubiera sido mejor haber caído como una víctima más de esta epidemia. Ese agujero en el muro fue mi hogar... Este valle fue mi patio de recreos. El hogar ha desaparecido, los parientes; nadie juega ya aquí... Las acciones de los indios son cosas del pasado. Se esfumaron la gloria y los sueños. Se ha puesto su sol. Aquellos que sobreviven al alcohol y a la pobreza que les ha sido impuesta, inevitablemente, se verán absorbidos por la raza que los ha destruido. ¡Sangre roja en el blanco! Esto significa que la raza blanca ganará algo y que el indio se desvanecerá... Nophaie no ha cumplido todavía los treinta años, pero ya se siente viejo. Está arruinado, perdido. No queda nada. Él también debe desvanecerse. Este sitio debería ser su tumba. ¡Bajo la salvia! ¡La muerte, el sueño, el descanso, la paz!
Pero la inteligencia de Nophaie repudiaba el pensamiento indio. Se avenía a sus instintos, pero no se correspondía con su mente. Todavía era joven. La guerra no lo había destruido. La epidemia no había podido matarlo. Su cuerpo era duro como el cedro del desierto; su espíritu resultaba tan inapagable como la luz del sol. Si continuaba viviendo, cada día, en un grado mayor o menor, progresivamente, podría mitigar la miseria de su raza, en el caso de pretender hacer algo por ella. Pero había un cáncer en su alma: el odio, el odio que le inspiraban Morgan y Blucher, y todos aquellos hombres blancos que de un modo u otro habían atentado contra el indio. No podría ser feliz nunca mientras anidara en su corazón ese odio, tanto si se entregaba a la existencia instintiva india como si escogía la determinada por su formación blanca. Luego, fugazmente, pasó por su cabeza el pensamiento de que Marian, al darle toda la maravillosa fuerza y generosidad de un corazón de mujer blanca, tenía que haber anulado ese odio, haberle servido de compensación por todos sus sufrimientos, elevándole muy por encima de todo afán de venganza, de todo sentimiento de amargura. Ella era la compensación frente a todas las desventuras causadas por los suyos.
Al llegar aquí, no obstante, Nophaie percibió lo que de ignominioso había en su amargura. El amor de Benow de cleash le inspiraba, el que sentía ella por él, no parecían tener poder sobre ese odio. Algo más era necesario. Y, de repente, comprendió que ésta era la causa de su extraña ansia, de su peregrinaje a Naza.
Nophaie permaneció durante largo rato quieto en la envolvente oscuridad. Unas blancas estrellas se asomaban por encima de negras ruinas. Las llamas del fuego que encendiera oscilaron sobre la base oscura de la meseta. Desde lejos, desde el otro lado del valle, llegó a sus oídos un débil balido colectivo de corderos, triste, quejumbroso, anunciando la presencia de la vida en el solitario desierto.

Con el silencioso y rosado amanecer, tendiendo el sol a su espalda, Nophaie se adentró por un pasillo ascendente, buscando la primera elevación. Venia a continuación tina zona plana, cubierta de rocas. Subía más y más, hacia la región de los cedros, de los pinos y la salvia. Dejaba atrás imponentes dardos de piedra, grandiosos, llenos de majestad. A menudo, volvía la cabeza para verlos perfilados contra un fondo de blancas nubes.
Estas visiones daban fuerzas nuevas a Nophaie. Aspiraba con delectación los mil perfumes que transportaba el fresco viento. Pronto avistaría Nothsis Ahn. Esperaba dar con algo inédito, que le bastara, que reconfortara su alma.
Subió por una ladera desnuda, con muchos peñascos. El piso era accidentado. Descubría a su alrededor un paisaje escabroso, saturado de colinas, cañones y hondonadas. Las rocas, invariablemente, tenían un color amarillento. Dobló por un pétreo muro, quedando aislado de lo que dejara a su espalda. Enfrente tenía un llano con cedros, a lo largo de kilómetros y kilómetros, con rojas rocas y verdosa vegetación, que terminaba en otro muro. Nophaie obligó ahora a su montura a marchar al trote, adentrándose por el cinturón llano, llegando así a un profundo cañón. Quedaba por debajo de él, presentando unas laderas casi verticales. Se apeó, llevando a su caballo de la brida. El descenso al seco y cálido cañón, a través de un laberinto de grandes y rojos peñascos, por una región de coloreada arcilla y polvorientos pisos, fue acompañado por un íntimo contento de progresiva intensidad. Revivieron en Nophaie el gozo del esfuerzo físico, el instinto de la realización muscular, el ansia por vencer ciertas pruebas. Supuso una tarea dura el ascenso a la cara opuesta. Del borde arrancaba otro llano, interminablemente, hasta el muro de la montaña, ahora saturada de tonos rojos, amarillos y violetas.
Nophaie llegó a su base con la luz del crepúsculo, acampando en una espesura de cedros. Se estaba alejando de la reserva india en tales momentos. A partir de aquí sería muy raro que diera con algún indio. Nophaie sintió un gran alivio, que era casi vergüenza. ¿Estaba apartándose de los de su raza en más de un aspecto? Las veinticuatro horas transcurridas y los ochenta kilómetros recorridos, casi, habíanle desligado radicalmente de escenas y escenarios familiares, de emociones que ataban. Empezaba a serle más fácil entregarse a las percepciones que engendraban felicidad: ver, escuchar, palpar, oler... ¡Ali, si hubiera podido abandonarse por entero a eso! La noche era fría, el viento gemía en los cedros, los coyotes aullaban.
A la mañana siguiente, Nophaie trepó por la empinada ladera de la montaña, lisa, con todas las apariencias de una elevación inescalable. Era semejante a una barrera de humana pasión. Cansado, sudoroso y ardiente, cayó sobre el borde del cortado, jadeando. ¡Diez días atrás había sido abandonado por su tribu, como un cadáver! Pero sus amigos blancos habíanle cuidado. Su amada blanca había rezado, pidiendo su salvación. Ella no había confesado tal cosa; nadie habíale hablado en tal sentido. Pero él lo sabía. Estaba vivo. Era un hombre.
Nophaie hizo un esfuerzo para ponerse en pie, montando a caballo. Algo inefablemente dulce y precioso flotaba sobre él. No acertó a captarlo.
Avanzó unos kilómetros más, a través de unas tierras altas llenas de cedros y salvia. Hacia el mediodía vio, bostezante, la boca del impresionante precipicio de los nopahs. Era éste ancho y muy profundo, hallándose delimitado por flores de varios tonos: lilas, heliotropos y malvas. No contenía vegetación alguna. Era un estéril abismo afectado por la erosión. Daba a una sima donde todo era oscuro, nebuloso. Bajando la vista, Nophaie sintió un exultante escalofrío. Cruzaría este cañón, en el cual los nopahs no habían puesto jamás los pies.
En la prueba invirtió el resto de aquel día. Nophaie se concentró en el descenso, manteniéndose pendiente del piso, sembrado de rocas y zonas pantanosas, alternativamente. Hacía calor, centelleaba el sol, brillaban las masas verdes de los chopos. Movióse por la colosal pared como un lagarto.
Su recompensa fue la ondulante tierra alta sembrada de cedros, moteada de tonos purpúreos por la salvia y coronada por el noble macizo de Nothsis Ahn. Amarillentas hendiduras, negros cinturones de abetos, destellos de blancas nieves... Así volvía la Montaña de la Luz a Nophaie. Todo era igual. Sólo él había cambiado. ¿Cómo podían afectar las guerras de los egoístas hombres a Nothsis Ahn? ¿Cuál era el problema de Nophaie? Al levantar la vista, pasó por su cabeza rápidamente la idea de que no se enfrentaba realmente con ningún problema. Pero este pensamiento parecía ser inspirado por la calma, la fuerza, el alma de la montaña.
El sol se hundía por el oeste. Nophaie escogió una zona despejada de salvia, con un fondo de cedros. Y aquí fue donde acampó, al amparo de Nothsis Ahn.
Dos días más tarde, Nophaie había cruzado las tierras altas, descendiendo por la vertiente norte de la gran montaña y adentrándose más y más en los cañones.
Había llegado el verano allí. El aire era cálido y fragante. Soplaba una suave brisa. Los angostos pasillos, de rojos muros, estaban bordeados de verdes árboles, de matas y flores, de plateadas pizarras. La policroma escena se enriqueció con tonalidades de bermellón y magenta. Todavía continuó descendiendo Nophaie, bajo las brillantes paredes, pasando de la luz a las sombras, cruzando arroyos de susurrantes aguas, con piedras en sus cauces, entre orillas de ambarinos musgos y blancos lirios, a través de espesuras de robles y chopos, llegando por fin al recordado y amado lugar donde viviera tanto tiempo aislado, en plena soledad: su Cañón de los Muros Silenciosos.

Nophaie dedicó aquella noche y el día siguiente al descanso. En este profundo cañón, donde el agua y el pasto eran abundantes, el caballo de Nophaie se repuso de la última caminata. El hombre se comportó como cualquier indio durante aquellas horas de ocio, buscando su íntimo contento en las cosas naturales. Todavía notaba dentro de él el crecimiento de una oleada emocional. Algo estaba a punto de estallar en su interior, como la rotura de un dique. Sin embargo, sabía que a cada momento que pasaba se hallaba más lejos y por encima de cualquier pasión similar a la de Beeteia. Una fuerza rara, de cuya existencia era consciente, parecía ir tomando posesión de su alma gradualmente.

Reanudando su peregrinaje de nuevo a la puesta del sol, Nophaie cabalgó durante toda la noche, bajando a Naza Boco, el cañón en cuyas profundidades se ocultaba el gran dios Nopah.
Aquel desplazamiento era como una vigilia. La luz del día habríale restado parte de una extraña y espiritual esencia. Las sombras, bajo los muros, crecientemente elevados, se veían ahora negros y plateados. La cinta del azulado firmamento, tachonada de estrellas, se estrechaba entre los oscuros bordes superiores, elevándose más y más a medida que él avanzaba por las silenciosas entrañas de una tierra alfombrada de rocas. Cada hora que transcurría aumentaba el presentimiento de que al término de su peregrinaje le aguardaba algo grandioso.
El amanecer se redujo a un casi imperceptible cambio del negro al gris. La luz del día le siguió lentamente, como con desgana. Ella le permitió distinguir los tremendos muros de Naza Boco. La salida del sol fue anunciada con la aparición de un tono rojizo-dorado en los bordes. Gradualmente, aquél se fue extendiendo hacia abajo.
Nophaie rodeó una rugosa esquina de piedra para detenerse de pronto, fuertemente impresionado.
¡Naza! El puente de piedra... El dios de los nopahs se arqueaba majestuosamente ante él. Presentaba un matiz dorado, sobre un firmamento intensamente azul. Permaneció inmóvil durante largo rato. Después, continuó avanzando. Al principio, le había parecido aquello irreal. Pero pese a la majestuosidad de Naza, allí sólo había una obra maestra de la naturaleza, manchada, veteada de negro, llena de hendiduras y costurones, a modo de cicatrices. El viento y la lluvia, la arena y el agua, eran los dioses que habían cincelado a Naza. No obstante, aunque Nophaie, a causa de la instrucción recibida, podía comprender la acción de esos elementos, sentía ante su vista su infinito poder, en modo alguno mitigado por aquella circunstancia.
Se deslizó bajo el puente, algo que ningún nopah había hecho nunca antes que él. Los grandes muros no se derrumbaron; la cinta del azulado firmamento no se oscureció; Nothis Ahn, mostrando su corona blanca y negra, en lo alto, muy por encima del cañón, no lanzó ningún trueno contra Nophaie por lo que cualquier nopah habría considerado un sacrilegio. No ocurrió nada. El lugar seguía siendo tan bello como antes. Sí. Era lo mismo de silencioso, de solitario; el aire continuaba conservando su fragancia.
Lentamente, Nophaie desensilló su caballo a la sombra de un cedro. Hacía calor dentro del cañón. El cristalino líquido de una corriente de agua suponía un gran alivio para el calor y la sed.
Nophaie pasó aquel largo y austero día observando el puente desde distintos ángulos, aguardando lo que tenía que llegarle a él.
Más tarde, llegó la suave puesta de sol, un extraño espectáculo allí, en las profundidades del cañón. Nophaie estuvo pendiente del maravilloso cambio de colores: matices del arco iris en el arco, tonos dorados en las elevaciones próximas, toques rosados en la nevada cumbre de Nothsis Ahn. Nophaie no sabía de ningún lugar en el que el crepúsculo se prolongara tanto como allí. Vivía una hora rebosante de belleza, y de significación de algo eterno.
Se hizo la oscuridad. El suave murmullo de la corriente de agua parecía realzar la soledad del paraje. Con largos intervalos, los búhos proferían su melancólico estribillo. Naza se elevaba oscuro y triunfante, silueteado contra el firmamento, coronado de estrellas de plata. Nophaie contempló el Carro vuelto al revés. La gran diferencia existente entre la actitud de Nophaie y la de su tribu radicaba en que él comprendía todo lo relativo a la constelación invertida. De noche, el puente se tornaba espectral, misterioso. La noche aumentaba su grandeza.
Nophaie no durmió. No cerró en ningún instante los ojos. Todo le llevaba a entender lo que adivinaba que era una iluminación de su mente.
Hacia el amanecer, una débil y verdosa luz brilló en las paredes que miraban al sur. La luna estaba saliendo. Al cabo de unos minutos, sus destellos se hicieron más fuertes. Pronto, la sombra del puente se curvó en la pared opuesta, y bajo el arco lo aclaró todo la luz de la luna, extrañamente bella.
Transcurridas veinticuatro horas de vigilia bajo aquel altar, Nophaie oró. Con toda la sinceridad de su corazón, apasionadamente, recordó las plegarias de los nopahs, que dijo en voz alta, de pie, con el rostro vuelto hacia las alturas. Su impulso, de carácter místico, había sido incontrolable. Venía del pasado, de los vagos recuerdos de su niñez. Era la última y muriente llamarada del misticismo y la superstición indias. Su honestidad y su anhelo no podían compararse con nada del pasado. Una gran desesperación encadenó su alma. Luego, ésta aflojó su fría garra. Era libre. Y se daba cuenta de ello.
El tiempo había dejado de existir para Nophaie. La tierra y la vida parecían haberse inmovilizado. ¿Habría acaso otro amanecer? ¡Cuán encerrado se hallaba en los rocosos confines de la tierra! Finalmente, encontró un asiento contra un enorme fragmento de risco, mirando desde allí el paisaje con renovados ojos. ¿Cuál era el secreto de Naza? El nombre era indio. Procedía de los remotos progenitores de los nopahs llegados del norte. ¿Había allí algún secreto? El espíritu que moraba en aquel magnífico puente era una investidura del alma del hombre. La mente india se agitaba muy atrás, muy apartada de los senderos y los progresos de la civilización. Un muro negro por un lado, otro plateado por la luna, con brillos de mármol, por el opuesto, y la luz pálida en el aire, tirando a un débil azul, bajo un firmamento estrellado. El puente venía a ser un espectral arco iris de roca, ampliado por las sombras nocturnas.
Nophaie lo vio ahora como si por fin su ceguera se hubiese esfumado. Lo vio con toda su desnudez y fuerza, con toda su aterradora belleza, con su terrible singularidad. Pero se había transformado en una cosa, física, inanimada, estática. Se necesitaba la tremenda aportación de los muros para sostener el macizo arco. ¡La belleza se asentaba en la piedra! ¡Lo sublime había sido cincelado con las herramientas del viento y el agua! ¡Un elemental trabajo de siglos! ¡Un monumento al espíritu de la naturaleza! Pero no podía durar.
¡Naza! ¡El dios nopah! ¡Puente y piedra arenisca! Allí estaba. ¡Qué grandes las paredes que unía! Aquellos muros habían sido cortados por el fluir de las aguas, por los soplos del viento. Millares de millones de toneladas de arena habían sufrido los efectos de la erosión... para dejar a Naza allí, magníficamente arqueado, como si no pudiera perecer jamás. Pero era perecedero. Estaba condenado. Tendría que derrumbarse o deshacerse. Todas aquellas líneas tan bellas, aquella soberbia masa, se convertiría con el paso del tiempo en diminutos granos de arena, que fluirían por el murmurante cauce.
Luego, a Nophaie le fue revelado el secreto de su gran hechizo.
¡No todo se reducía a la belleza, a la grandeza, al misterio o a la inmensidad! Todo ello constituía solamente una parte de su encantamiento. Para Nophaie representaba la libertad. El aislamiento, la soledad, significaban para él la máxima paz. Amanecía sobre Nophaie la gloria de la naturaleza. Durante todo el tiempo que pudiera permanecer allí sería libre, se sentiría satisfecho en todos los aspectos. Incluso la preocupación era dulce. El recuerdo de su amada blanca era exaltante.
Allí, al amparo de la majestuosa sombra de Naza, no existía el mundo del hombre, el de la raza contra la raza, el mundo de los hombres y mujeres, del esfuerzo y la codicia, del odio y los afanes inconfesables, de la injusticia y la sordidez... Quedaba muy lejos, como algo irreal, la Gran Guerra, con sus horribles consecuencias, la prisa, la fiebre y la ferocidad de los tiempos modernos, llenos de músicas extrañas, de alcohol, de ceguera. Ningún rostro de hombre-lobo surgía en este silencio. No había allí tampoco pintados rostros de mujeres. Ni siquiera se veían las faces también pintadas de los indios ya... Éstos habían sido sacados de los verdes pastos y las tierras de caudalosos ríos, heredados de sus padres, para ser transportados en manadas a los sitios donde no había nada. ¡Nada de misioneros con sutiles y escondidos poderes! El hombre blanco no había incluido aún Naza entre sus efectos a destruir. Allí no se sabía de enfermos de cuerpo y alma, de distorsionadas imágenes de la humanidad, de incomprensibles estupideces, de rocosas indiferencias ante la naturaleza, ante la belleza, ante los ideales y el bien... Nada de eso se encontraba dentro de aquel cañón con sus brochazos de luz de luna.
Naza seguiría estando donde estaba, mientras pudiera continuar resistiendo la acción de los elementos, con sus brillantes y silenciosos muros, con sus tonalidades de arco iris y purpúreas sombras a la puesta del sol, con sus dorados destellos y rosados y flotantes velos al amanecer. Transcurrirían los días solemnes y las noches pobladas de sueños. Reinarían la paz y el silencio, Lo atractivo se aliaría con lo austero.
Igual que el sol fue aclarando las sombras de la noche, así el hechizo de Naza despejó la mente de Nophaie, librándola de la superstición india, de la duda y del morboso temor. La trágica suerte del desvaneciente americano, tal como él la sintiera en su dolorido corazón, había dejado de existir.
Para Nophaie, el suave aire de aquel cañón había cambiado. En ese desierto y espectral lugar de la tierra llegó a él con toda sencillez la paz, la fe, la vida resurgiente. Había una insinuación de inmortalidad, ¡la inminencia de Dios! La lucha de su alma, aquel prolongado combate entre las supersticiones indias de su juventud y las enseñanzas de los blancos, impuestas, terminaba para siempre con su comprensión del Dios Universal y su aceptación del Cristianismo.

Tres días más tarde, Nophaie abandonaba los cañones situados al pie de Nothsis Ahn para dirigirse hacia las tierras altas por unos senderos frecuentados por muchos hombres.
El vigor físico que notaba, junto con su paz mental, le incitaban a alargar aquel viaje de regreso. Desgraciadamente, el caballo había consumido casi todo su grano y él disponía de escasas provisiones.
Le asaltaban pensamientos profundos y graves, agradables, evocadores, de acuerdo con sus sucesivos estados de conciencia. Rastros de exaltadas emociones le embargaban a veces. Ningún hombre había podido soñar jamás con la felicidad que había sentido. Contemplando su salvación, descubría en él una mezcla de terror y pesar. ¿Por qué no había hecho aquello antes? ¡Cuántas angustias hubiera podido ahorrarse! Ahora comprendía la razón de los fracasos de los misioneros al intentar hacer de los indios seres cristianos.
Por el hecho de haber escogido en el momento del regreso la ruta más habitual, se quedó sorprendido al no tropezar con ningún miembro de su tribu. Vio manadas de mustangos por las ondeantes llanuras cubiertas de salvia, pero ni un solo jinete, en cambio. Hacia el mediodía, Nophaie empezó a ver en este hecho una cosa extraña. Dejó atrás muchos hogans sin la familiar columna de azulado humo; no oyó ladridos de perros pastores, no descubrió el color ni el movimiento característicos de la vida india.
Finalmente, dejó el sendero que estaba siguiendo para asomarse a uno de aquellos hogans. Estaba desierto, pero el día anterior había habido gente en él. Vio unas ramas quemadas por uno de sus extremos, dispuestas igual que los radios de una rueda de carro, en un fuego que no había llegado a ser utilizado para preparar la comida. De aquel hogan habían salido sus ocupantes a toda prisa. Nophaie se sintió preocupado. ¿A qué obedecía aquello? Mientras él se adentraba en los cañones, para buscar, para esforzarse, para investigar y encontrar, los suyos habíanse visto impulsados por los mismos antiguos motivos que los gobernaran durante siglos. Luego, se acordó de Beeteia.
Nophaie lanzó su caballo al trote. Desfilaron por debajo de él muchos kilómetros de tierra fragante, verde y purpúrea. Mediada la tarde, se internó en la sombra de un cañón, donde encontró un pastor indio con su manada de ovejas. Más abajo había agua. Nophaie preguntó al chico por el paradero de los indios de aquella sección. La respuesta del joven, formulada con desganada, confirmó sus temores; todos los nopahs adultos se habían trasladado apresuradamente al este. El muchacho aludió confusamente a unos fuegos. Lo habían dejado solo con el ganado. Nophaie insistió en sus preguntas, logrando únicamente atemorizar a su interlocutor.
Nophaie continuó su viaje, convencido ahora de que los indios se dirigían aceleradamente a algún punto del este por un motivo evidentemente de inquietud, aunque todavía no estaba claro. El chico había hablado de fuegos... Podía haber aludido a señales de humo, ya que con los gestos que acompañaran sus palabras indicó las tierras altas. Tal había sido la costumbre de los nopahs muchos años atrás. Nophaie no había visto nunca esas señales, ni siquiera en su niñez. Habían servido para llamar a los distintos clanes en tiempo de guerra, cuando un enemigo común los amenazaba. Nophaie, durante su campaña para conseguir el alistamiento de indios como soldados, en la Guerra Mundial, habíase esforzado por alentar tales señales, a fin de animar a los suyos y contraatacar la propaganda germana, de la cual se encargaba Blucher, pero el empeño había resultado ser demasiado arduo para él solo.
Hacia el este... Eso equivalía casi a su desplazamiento directo hacia Kaidab. Pero Nophaie se acordó de que las rutas más transitadas aquí llevaban al este, efectivamente, rumbo a la cabeza del cañón Noki, encaminándose posteriormente al sur. Tal orientación llevaría a los indios al paso principal, aproximadamente a medio camino entre Kaidab y Mesa.
Nophaie había estado avanzando lentamente. Le costaba trabajo dejar a su espalda la salvaje soledad de los cañones de rojizos muros y el suave aire que respiraba en las tierras altas. Pero ahora comprendió que debía acelerar el paso. Desplazándose sin hacer ningún alto, llevando al caballo hasta el límite de sus fuerzas, podía llegar a Mesa en veinticuatro horas. No estaba seguro, sin embargo, de que deseara ir allí. Todo dependía de los acontecimientos... De momento, llegó a la conclusión de que lo más prudente era descansar un poco, dar un pienso al caballo y liquidar sus provisiones.

A la hora del crepúsculo, aquel día, Nophaie se aproximaba al término de la vasta escarpadura que constituía el territorio de la zona alta. En realidad, éste venía a ser un caballete que descendía desde Nothsis Ahn. Con su caída de unos seiscientos metros, el muro se destacaba sobre el gran valle, en la parte inferior. Nophaie podía contemplar la sección septentrional del territorio indio. Hacia el sur, sin embargo, no ocurría lo mismo, ya que su visión quedaba limitada. Esta última dirección conducía al baluarte de los nopahs.
Nophaie se apeó del caballo en el borde, disponiéndose a esperar allí la llegada de noche. La luz del crepúsculo fue oscureciéndose, quedando sumidos en la oscuridad los monumentos naturales, los riscos y mesetas. En otros momentos de menos intensas emociones, Nophaie se habría detenido para recrearse con el espectáculo sublime que le ofrecía aquel lugar y aquel instante. Una tras otra, las estrellas fueron apareciendo en un firmamento aterciopelado.
Luego, lejos, hacia el norte, brilló un punto luminoso. Estaba tan alto que Nophaie lo tomó por una estrella más. Pero el punto en cuestión era rojo y no blanco, aumentando perceptiblemente de tamaño.
—¡Una señal de fuego! —exclamó Nophaie—. Queda a mucha altura, al otro lado del valle.
Después, aquí y allí, en aquel vacío de ébano, brillaron repentinamente otras diminutas luces, que fueron creciendo más y más, de un modo raro. Algunas quedaban situadas sobre el piso del desierto, otras centelleaban a mayor altura. Unas cuantas se veían al nivel de la eminencia en que Nophaie se encontraba. Fueron apareciendo más fuegos, resultando significativo que su número se incrementara hacia el oeste. Mirando hacia el sur, Nophaie distinguió el fuego de mayor tamaño sobre un promontorio. Es taba sobre una sección de la escarpadura del territorio alto, ahora separado del muro principal. El combustible abundaba allí. Los cedros alimentaban aquel fuego. La distancia, hasta el otro lado del negro abismo, era de unos pocos kilómetros, y luego Nophaie pudo ver unas oscuras formas que se movían en torno a las rojas llamas. Parecían pigmeos empeñados en una furiosa acción. Una corriente de doradas chispas fluía hacia el cielo. Pronto se destacó el promontorio con la tremenda llamarada y unas nubes de blanco humo se perdieron en la oscuridad.
—Withers debía de estar en lo cierto —murmuró Nophaie, montando a caballo—. Eso significa un levantamiento contra los blancos. Pero... ¿dónde, concretamente? ¡En Mesa! Mesa y las inmediaciones de Mesa han sido siempre escenarios de luchas, crímenes, incendios de puestos comerciales y sublevaciones.
Nophaie consideró las siniestras posibilidades de aquel hecho, soltando mientras reflexionaba el saco que había llevado hasta ahora atado en la parte posterior de la silla. Lo arrojó al pie de un cedro. Esto significaba que había tomado una decisión. Se disponía a correr. Bruscamente, abandonó la ruta que le hubiera permitido adentrarse, bajando, en el valle, hacia Kaidab, dirigiéndose al sur. No apremió a su montura por el blando terreno, cubierto de matorrales, pero unos kilómetros más adelante obligó al caballo a apresurar el paso. Seguía un sendero serpenteante que iba alejándose de la gran pared, cruzando irnos cañones poco profundos, descendiendo gradualmente. El caballo de Withers puso de relieve ahora su buena raza. Incansable, fuerte, como si percibiera el especial estado de ánimo de su jinete, se desplazó con un trote suave y alargado, constante, un trote indio, que le permitía devorar kilómetros como por arte de magia. Nophaie desmontó en los lugares difíciles, que fueron muy pocos.
La noche era fresca. No soplaba el viento. El cielo estaba estrellado. Una plateada luz bañaba los cedros y la salvia. Nophaie se había concentrado en su montura. Deseaba ganar tiempo y cuidar del caballo. Mucho antes de la medianoche. Nophaie dejó las tierras altas para internarse en el territorio que conducía al paso.
Sobre una negra elevación vio una llamarada amarilla, que iluminó el firmamento. A medida que transcurrían los minutos y disminuía la distancia que le separaba de aquélla, observó que aumentaba su brillo y dimensiones. Nophaie se esforzó por dominar su impaciencia. Presentía una catástrofe. Un valle poco profundo, de varios kilómetros de longitud, le separaba de la elevación de terreno que ocultaba los fuegos. Debían de haber sido producidos a lo largo del paso. Nophaie continuó avanzando. Salió del valle y subió por una ladera cubierta de cedros, abandonando por fin la oscuridad para irrumpir en la luz.
Sorprendido ante el espectáculo que se le ofreció a la vista, detuvo su caballo. El paso quedaba a la sombra de una gran meseta, la cual se extendía hacia el norte y el sur hasta donde alcanzaban sus ojos.
Unas enormes hogueras ardían a lo largo del borde de la meseta, cada una de ellas situada en un punto prominente. En el silencio de la noche, Nophaie oyó claramente el rugido de las llamas. A la cabeza del paso, el espectáculo resultaba grandioso. Nophaie lo contempló conteniendo el aliento. Le recordaba aquello escenas de la guerra de Francia, donde había visto ciudades enteras destruidas por el fuego. Un frío sudor corrió por su erizada piel. Sintióse sacudido por una fuerte emoción. El caballo empezó a inquietarse, yendo de un lado para otro, relinchando. Resultaba difícil de dominar. Nophaie puso una mano tranquilizadora en el tembloroso flanco y acarició su húmedo cuello.
Las señales de fuego ejercían una extraordinaria fascinación sobre Nophaie. Resonaron en sus oídos largos gritos, acompañados de sordos estallidos. ¡La guerra! Esto quería decir el fuego. Si no se trataba de una guerra entre seres humanos sería una guerra entre los elementos. Era la más terrible entre todas las fuerzas destructoras.
A la cabeza del amplio paso, toda la faz del rocoso muro se hallaba marcada con aislados picos, semejantes a los dientes de una colosal sierra. En cada pico había una hoguera de sorprendentes proporciones. Esos picos eran rojos de por sí, pero el fuego hacía más intenso mi siniestro matiz. Rectas columnas de chispas salían disparadas hacia las alturas con la masa de humo, cada vez mayor. Un sombrío y encarnado toldo oscurecía el firmamento. El accidentado paso, con su magnífica pared sur, y la parte rocosa opuesta, hacían pensar en un terrible desfiladero que desembocaba en un infierno de sulfurosos humos. La noche ampliaba la grandeza y el terror de la escena.
Nophaie obligó al caballo a acelerar el paso, despreocupándose ahora de su estado. Primeramente, aquellos fuegos le habían atraído irresistiblemente. En aquellos momentos le empujaban, lo proyectaban fuera de allí. El caballo no necesitaba que lo solicitaran. Más bien tuvo Nophaie que tirar de sus riendas para contenerle.
Nophaie se encaminó al sur. Detrás de él, en la cabeza del paso, advertíase una rojiza claridad; por encima de su cabeza, a unos seiscientos metros, las señales de fuego iban extinguiéndose. No vio ningún indio. Todos se habían ido.
De repente, Nophaie se acordó del puesto comercial de Presbrey, situado a varios kilómetros, al oeste de la boca del paso. Allí se haría, seguramente, de alguna información. Presbrey era un joven que se había establecido a partir de la guerra. Siempre se había portado bien con los indios, quienes lo querían. Ningún indio había salido de su casa con hambre.
Nophaie llegó al final del paso. Aquí se elevaba gradualmente el terreno, con mucha vegetación, la cual impedía ver nada por el sur. Cuando Nophaie hubo llegado a la cresta del promontorio se sintió aliviado: la larga fila de señales de fuego de la meseta se perdía a lo lejos.
Pero cuando Nophaie repasó el horizonte sintióse sobresaltado al descubrir un rojo destello. El puesto comercial de Presbrey estaba ardiendo.
Nophaie lanzó su caballo por una pendiente, en dirección a un terreno arenoso, desde el cual podría utilizar un atajo que le llevaría hasta el camino que conducía a casa de Presbrey. No era fácil aquello. El gran caballo hundió sus pezuñas en la arena, salió luego de la zona pantanosa y trepó por un suelo duro finalmente. Sobre la gravilla de la carretera corría como el viento. Árboles y salientes pasaban rápidamente junto a Nophaie. No podía ver bien. Aquel fuego, las serpenteantes llamas, se tornaron más brillantes. Pronto descubrió un grupo de negras figuras que corrían entre él y el círculo de fuego. Sus acciones parecían corresponderse con los movimientos de las llamas. Nophaie pensó en la esposa de Presbrey, una mujer muy afable, y en la niña de rizados cabellos que siempre tenía una sonrisa para los indios. Todo hacía presagiar algo malo, pero no se observaba nada que hiciera pensar que Presbrey y su familia hubiesen sido víctimas de alguna violencia. En Nophaie no hizo presa la desesperación... Sólo pensaba ahora en salvar la vida a las personas blancas, cuyas vidas podían estar en peligro. Quería también hacer lo posible para evitar que los indios se mostrasen vengativos, dedicándose a cometer inútiles crímenes, que se entregaran al afán de matar por matar.
Rápidamente, el caballo le fue acercando al puesto incendiado. Nophaie pudo contemplar ya con toda claridad la escena. La pequeña casa de Presbrey se derrumbaba. Los corrales y los cobertizos estaban ardiendo, y el edificio principal, una gran estructura de madera, era también presa de las llamas. Había más allá una elevación que reflejaba la roja luz de aquéllas. Nophaie vio luego contra este fondo un círculo desordenado de indios, como doscientos o más. Algunos corrían de un lado para otro, dando vueltas y más vueltas, poseídos de un frenesí que él no había observado nunca en los nopahs. Un semicírculo de indios miraba hacia el fuego, adoptando unas posturas que impresionaron a Nophaie. Percibió los salvajes aullidos de los irritados pieles rojas. El viejo espíritu guerrero de los nopahs despertaba.
Nophaie continuó avanzando hasta el círculo, deteniendo a su caballo bruscamente. Los indios se esparcieron como unas ovejas asustadas.
Saltó al suelo, empuñando su arma. Unas caras oscuras y brillantes se volvieron hacia él. Los alaridos colectivos se hicieron ahora intermitentes.
—¡Nophaie, Nophaie! —llamó con voz estentórea uno de los indios.
Profundamente turbado, Nophaie miró a su alrededor. A unos metros de él ardía un automóvil. Salía del mismo una espesa humareda. Luego, descubrió a Presbrey, a su izquierda. Tenía en brazos a su pequeña y su mujer se apoyaba en su hombro. Brillaban los rizos de la niña. Salvó la distancia que le separaba del grupo.
—Dígame, Presbrey: ¿qué...?
—Hola, Nophaie... ¡Dios mío! Me alegro mucho de que hayas venido —le interrumpió el comerciante.
Tenía la faz muy pálida y sudorosa. La señora Presbrey, evidentemente, tenía que apoyarse en él para mantenerse en pie. Lloraba y decía palabras incoherentes. La pequeña reconoció en seguida a Nophaie.
—¿Les ha pasado algo a ustedes? —preguntó Nophaie.
—No. Nos obligaron a salir de ahí. Simplemente. No querían causarnos ningún daño.
—¿A qué se debe este incendio? ¿Qué es lo que se proponen los indios?
—Creo que en la reserva no se ha visto nunca una sublevación como ésta —declaró Presbrey—. Beeteia es quien se encuentra tras ella. Seguro que fue él quien levantó a los nopahs. Y he oído decir que los nokis andan peor. En dos días han pasado por aquí unos cinco mil indios.
—¡Mesa! —exclamó Nophaie, lacónicamente.
—No te equivocas si piensas lo que yo —replicó el comerciante, rápidamente—. Pero escúchame... Estos tipos han atrapado en el puesto a Blucher, Morgan y Glendon. Van a quemarlos vivos.
Nophaie estaba muy excitado. Fijó la vista en el edificio, con sus vacías ventanas, una especie de cuencas sin ojos. El otro lado ardía furiosamente. Las llamas llegaban al tejado; todo aparecía envuelto por una masa de humo muy denso.
—Ese misionero... ¿Y dices que Blucher y Glendon están ahí? —gritó con voz ronca Nophaie, aproximándose al rostro de Presbrey.
—Tan cierto como que tú vives. He aquí lo sucedido... Esa gente estuvo en el Cañón Negro durante dos días. Luego, rodearon la meseta, sin detenerse en Kaidab. Había oscurecido ya. Bueno, llegaron ya tarde. Carecían de combustible... Me despertaron, diciéndome que necesitaban combustible y algunas provisiones. Mi esposa se levantó, metiéndose en la cocina para prepararles algo. Glendon estaba medio bebido. Morgan tenía una sombría expresión en el rostro, y Blucher se veía animado. Calculo que también había empinado el codo. Le gastaba bromas a Morgan, aludiendo a la posibilidad de aplastar a no sé quién, un misionero, un pobre diablo...
»Mientras cenaba, vi a un indio asomarse por la ventana. Era Shoie, ese nopah que perdió la lengua en la guerra. Me sentí asustado, pero no hice ningún comentario. Poco después, oíamos a los indios, chillando como locos. Morgan se puso nervioso. No fue éste el caso de Blucher y Glendon. De todas maneras, salieron los tres corriendo. Yo no les había suministrado gasolina. Luego, se encerraron en el puesto. Los indios rodearon la casa, prendiéndole fuego. Pero me dejaron salir en compañía de mi esposa y la niña. Luego, pegaron fuego al coche de Blucher. Mi casa ardió y a juzgar por los chillidos de los indios, éstos pensaban que los tres hombres habían ardido con ella. Los muy estúpidos empezaron a disparar, alcanzando a varios pieles rojas. Me figuro que eso fue cosa de Glendon. Yo vi a Shoie con una bala de paja ardiente. Otro indio le ayudaba... Ahora me figuro que nuestro misionero y el agente pro-germano, con su pistolero a sueldo, han conseguido encontrar lo que estaban buscando desde hacía años.
—Pero... ¡Oh, Bill! ¡Es terrible pensar que pueden haber sido quemados vivos! —exclamó la señora Presbrey, horro rizada.
Nophaie se alejó en dirección al círculo formado por los indios, que comenzaba a estrecharse de nuevo. Al pasar junto a un carro vio un eje apoyado en una de las ruedas. Lo cogió y en unas zancadas se plantó en el centro del círculo formado por los pieles rojas. Luego, lanzó un estentóreo aullido.
Apareció ante él Shoie. Su faz inspiraba temor. Nophaie no le daba miedo. Abrió su deformada boca sin lengua y profirió unos sonidos incomprensibles, como una serpiente medio asfixiada, con su cara muy cerca de la de Nophaie. Era un reto... Nophaie no perdió el tiempo con aquel desgraciado, propinándole un fuerte golpe. Después como un tigre acorralado, empuñando el eje, se lanzó contra los otros indios, dominándolos merced a su fiereza y absoluto desprecio del peligro.
Shoie se quedó tendido en el suelo, con el rostro vuelto hacia arriba.
Nophaie saltó en dirección a la puerta del puesto. Con el eje de hierro propinó unos terribles golpes a aquélla, que hicieron temblar toda la estructura de la construcción. Finalmente, la puerta se quedó colgando de sus goznes, cayendo hacia dentro.
Los indios guardaban silencio ahora.
—¡Morgan! ¡Blucher! ¡Salid de ahí! ¡Soy Nophaie! —dijo éste, con todas las fuerzas de sus pulmones.
No recibió ninguna réplica. Sólo se percibía en aquel silencio el siniestro ruido de las llamas. Nophaie se asomó al interior... La claridad que tenía a su espalda aliviaba las sombras con que se enfrentaba.
—¡Soy Nophaie! ¡Salir! ¡Yo os salvaré! —gritó, insistente, Nophaie.
Se adentró en el edificio. Llegó a sus oídos un rumor de pasos. Las llamas lamían el tejado. Dos formas se incorporaron detrás de un mostrador. Nophaie vio las distorsionadas caras del misionero y el agente.
—Es una treta —manifestó Blucher, hoscamente—. Glendon: ¡dispara sobre él!
Los cabellos de Morgan se erizaron igual que el pelaje de una bestia aterrorizada. Sus ojos brillaron con un fuego verde.
—¡Mata a ese indio ateo! —aulló, echando espumarajos por la boca.
Nophaie tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír.
—Estoy aquí para salvar vuestras vidas —explicó, fríamente—. Si no perdéis más tiempo todavía, puedo conseguirlo.
Glendon abandonó el mostrador tras el cual habíase colocado. Un arma centelleó oscuramente. A esto siguió una roja llamarada y una explosión. Nophaie sintió el impacto de una bala, y luego un fuerte dolor en el pecho. Retrocedió aparatosamente, yendo a dar contra la puerta del porche. Entonces, vio tres hombres que salían corriendo. Dos de ellos saltaron sobre su cuerpo. El tercero se detuvo para asestarle una patada. A Nophaie se le oscureció la vista.
—¡Aprisa! ¡Por aquí! ¡Corramos por el borde de la elevación! —susurró el primero de aquellos individuos, con voz ronca.
Sus formas se desvanecieron. Dejó de oírse el rumor de sus pasos. Haciendo grandes esfuerzos, Nophaie logró sentarse. Aún sostenía su eje de hierro. Lo dejó a un lado, llevándose una mano al pecho. Unos minutos después, Presbrey se arrodillaba a su lado.
—¡Válgame Dios! ¡Estás herido, Nophaie! —exclamó el comerciante, con voz quebrada.
Nophaie ya sólo notaba aquel extraño oscurecimiento de la visión.

En el puesto comercial de Kaidab, Marian se pasaba las horas oteando el desierto horizonte. Los ojos de la joven reflejaban su honda preocupación.
Nophaie llevaba ausente más de dos semanas ya. Y los acontecimientos de los últimos días, con sus noches, habían quebrado violentamente el ritmo de la existencia de los Withers en su hogar. Unas señales de fuego habían aparecido de repente en todas las prominencias situadas en torno a Kaidab. Al día siguiente, habían pasado por allí numerosos grupos de indios, silenciosos, sombríos. Pocos de ellos se detuvieron en el puesto. Este hecho carecía de precedentes. Luego, los jinetes indios se fueron sin decir una palabra. Ni siquiera la señora Withers consiguió averiguar de ellos qué pasaba. Pero su marido manifestó que él no necesitaba que le explicaran nada.
—No tardará en haber baile en Mesa —declaró, irritado—. Creo que no había vuelto a ver a los indios tal como están ahora desde el día en que mataron a mi hermano, hace de eso dieciocho años.
Por la tarde, montó en su coche y se fue...
Aquella noche fueron encendidos más fuegos. Marian salió con la señora Withers y otras personas par admirar las señales luminosas de Echo Peaks. Marian tuvo la impresión de que ardía el cielo. Ella, como la señora Withers, guardó silencio, desentendiéndose por completo de las aclamaciones o gemidos de temor de sus acompañantes. La esposa del comerciante se había pasado la vida entre los indios: su faz era un augurio de muchas calamidades.

Al día siguiente, pasaron por las inmediaciones del puesto unos mil nopahs. Luego, con la llegada de la oscuridad se repitió el espectáculo de las hogueras. A medianoche quedaron extinguidas.
Marian estaba tendida en el lecho, con los ojos abiertos. Un rato después, el ruido del motor de un coche la dejó sobrecogida. Withers regresaba. Este hecho suponía algo positivo. Pero el automóvil pasó a toda velocidad junto al puesto. Marian se quedó desconsolada. Nunca había sucedido allí nada semejante. Kaidab había supuesto siempre un alto obligado para todos los coches, a cualquier hora del día o de la noche. Este incidente no revelaba nada bueno. Marian se quedó dormida por fin, pero su sueño se vio perturbado por muchas pesadillas.
A la mañana siguiente, sintióse al borde de la desesperación. Pensó que a Nophaie debía de haberle ocurrido algún grave percance, pues de lo contrario hubiera regresado mucho tiempo antes. No obstante, continuaba escudriñando el desierto horizonte, por el norte, rezando, pidiendo a Dios que le permitiera distinguir en él la familiar figura de Nophaie.
Su atención se concentró por último en otro sentido. El rumor de otro motor de automóvil suscitó una gran ansiedad en Marian. Recorrió corriendo la distancia que separaba el porche de la entrada de la cerca. Unas nubes de polvo se aproximaban rápidamente al puesto. Luego, se esfumaron. Marian fijó la vista en el punto en que la carretera describía una curva. Pronto divisó un coche descapotado. Creyó reconocerlo... Al conductor le tenía sin cuidado, al parecer, el peligro que podía correr él o el vehículo. Marian se plantó en el espacio despejado existente delante de la cerca.
Segundos después se enfrentaba con Withers, que iba cubierto de polvo de la cabeza a los pies, y tenía la cara llena de tiznes.
—¿Qué tal, Marian? —saludó, cordialmente—. ¿Dónde para la gente? He corrido lo mío. Sucede que las noticias suelen correr todavía más por el desierto y deseaba estar presente cuando...
—¿Son... malas las noticias? —preguntó Marian con voz desfallecida.
—Me parece que habrían sido malas de haberme precedido ellas —dijo el hombre, cogiéndola del brazo—. Vamos en busca de mi esposa.
—¡Nophaie! —susurró Marian.
—Bueno, querida, estás más blanca que el papel. Y hasta tiemblas, ¡pobrecilla! Todo ha sido muy duro, pero... ¡Nophaie se encuentra perfectamente! Anímate, mujer: dentro de un par de horas estará aquí. Presbrey se encargará de él, con su coche. Dispararon sobre él, pero no ha sido nada, me figuro. No hay quien mate a ese indio.
—¿Dispararon sobre Nophaie? —inquirió Marian atropelladamente, aferrándose a Withers, aterrorizada.
—Marian, yo lo sé, soy un hombre muy rudo —replicó Withers, con un gesto de pesar—. Ahora bien, ¿tú no comprendes que de estar herido de gravedad Nophaie yo habría optado por guardar silencio? Bueno, aquí está mi esposa. Tan asustada como tú, ¿eh?
Mientras Withers la llevaba al cuarto de estar, Marian se esforzó por salir de un embotamiento progresivo que parecía ir a terminar en desmayo. Withers la acomodó en una silla. Seguidamente, se incorporó, pasándose un pañuelo por el polvoriento rostro.
—Esposa, te encuentro más pálida que Marian —dijo el hombre, con una sonrisa.
Después de haberse limpiado a fondo la cara, se dejó caer con un suspiro de alivio en una silla.
—Lo de Beeteia ha sido peor de lo que uno se hubiera atrevido a esperar. Yo no recuerdo por aquí ninguna otra cosa semejante. Al llegar a Mesa me encontré con una multitud de indios. Calculé que entre nopahs y nokis habría allí unos cinco mil... Estaban esperando a Blucher y Morgan. Afortunadamente, se habían esfumado... Los indios creyeron que se habían trasladado a Washington, con el propósito de solicitar la ayuda del ejército. Fueron enfriándose entonces. Luego, los indios de más edad empezaron a arengar a los otros, haciéndoles ver la estupidez que suponía su levantamiento. A Beeteia se lo llevaron a alguna parte, con objeto de salvarlo del arresto. ¡Es lo mejor que podía ocurrir!
Withers hizo una pausa para tomar aliento, o tal vez para escoger las palabras más adecuadas, con el fin de que las mujeres se tranquilizaran.
—Anoche se supo que el puesto que Presbrey había sido incendiado —continuó diciendo el comerciante—. No di crédito a la noticia porque Presbrey es un hombre que se ha llevado siempre bien con los indios. Me sentí preocupado, no obstante, de manera que me fui allí. Llegué al lugar a la salida del sol. Su casa y su almacén, desde luego, habían ardido por completo. No pude ver a ningún indio por los alrededores. Nada más apearme del coche, encontré a Presbrey y a su esposa en un cobertizo, cuidando de Nophaie, que tenía una herida de bala.
—¡Nophaie! ¿Qué tiene él que ver con la sublevación de Beeteia —exclamó la señora Withers, incrédula.
—Nophaie fue la causa determinante de que el levantamiento de Beeteia quedara en nada. Accidentalmente, Morgan, Blucher y Glendon cayeron por allí... Nophaie los salvó. De no haber sido por él habrían muerto, ¡habrían sido quemados vivos!
—¡Santo Dios! ¿Y por eso hicieron fuego sobre él?
—Precisamente. Pero para un indio como Nophaie la herida no es nada. Tranquilizaos... Presbrey me explicó que durante tres días han estado pasando los indios por su puesto, sin cesar. Anoche, a última hora, se presentaron allí Blucher, Morgan y Glendon, con el coche. Desde luego, pasaron por aquí antes, después de haber oscurecido.
—Yo oí el coche. Creí que era usted, que regresaba ya. Era tarde —declaró Marian.
—Deseaban combustible y comida. Mientras cenaban, Presbrey vio a nuestro amigo Shoie asomado a una de las ventanas. ¡No es de extrañar que Presbrey sufriera un sobresalto! Pero los otros no vieron nada. Poco después, llegó una multitud de aullantes indios. Morgan se puso lívido. Presbrey dijo que Glendon estaba medio bebido y que también había ingerido algún alcohol Blucher.
»Salieron huyendo, encerrándose en el almacén. Primeramente, los indios pegaron fuego a la casa de Presbrey. Bueno, éste se había puesto a salvo, con su familia. Los indios hicieron arder el automóvil de Blucher. Cuan do la casa de derrumbó, aquéllos aullaban como diablos, convencidos de que habían logrado asar a los tres hombres. Alguien, Glendon probablemente, comenzó a disparar desde el almacén, con lo cual se delató. Shoie se apresuró a incendiar la construcción. Poco más tarde, llegaba Nophaie, quien se enteró por Presbrey de lo que estaba sucediendo. El primero se armó con una pistola y un eje de carro, avanzando en dirección a los indios. Presbrey declaró que en aquel momento daba miedo ver a Nophaie. Golpeó a Shoie e hizo retroceder a los indios. Luego, derribó la puerta del edificio, invitando a los hombres a salir de él, prometiendo salvarles. No le hicieron caso, por cuya razón Nophaie entró allí... Uno de aquellos individuos hizo fuego con su arma y el indio se derrumbó en el porche. Glendon y Blucher echaron a correr, seguidos por Morgan. Presbrey jura haber visto a Morgan descargar una patada contra Nophaie cuando éste se hallaba tendido... Los tres hombres huyeron, finalmente, y Presbrey acudió en socorro de Nophaie.
La señora Withers y Marian no acertaron a pronunciar una sola palabra durante aquel discurso del marido de la primera. Withers las miró alternativamente, apresurándose a dar fin a su relato.
—No pongáis esas caras. Nophaie fue alcanzado en un hombro. Demasiado alto: le habían apuntado al pecho. Ha perdido sangre y está débil, como es natural. A eso se reduce todo. No tardará en presentarse así y vosotras podréis juzgar entonces si os he mentido. Ánimo, las cosas hubieran podido marchar peor.

Profundamente conmovida, presa de una serie de fuertes emociones, Marian se encerró en su habitación con llave, corriendo las cortinas. Deseaba estar a oscuras y sola. Quería esconderse de todo, hasta de sí misma.
En las sombras de su pequeño cuarto, ya sin testigos, dio riendo suelta a su furia, capaz de dejarse gobernar por los más primitivos instintos. «¡Oh, esos condenados cobardes...! Podría matarlos con mis manos desnudas, sin necesidad de arma alguna...» Jadeaba. Una ira terrible hacía temblar todo su cuerpo. Ningún hombre habría podido sentir o soportar aquella tormentosa pasión que sacudía a Marian. Ella no había sospechado nunca que podían existir aquellas negras profundidades en su ser. El móvil era el amor. Mostrábase peor que una madre a quien hubieran despojado de su hijo. Sentía el deseo de entregarse a la destrucción. Por suerte, el sueño se apoderó de ella. De no haber sido así, tal vez hubiera llegado a adoptar una decisión que entrañaba violencias físicas.
Cuando su mente se despejó viose tendida desordenadamente en el lecho, con las ropas de éste a un lado y los cabellos enmarañados. Lentamente, comprendió el estrago momentáneo que había causado en ella la pasión. Se quedó perpleja al descubrir una faceta inédita de su propio ser. Pero no se formuló a sí misma excusas, ni sufrió pesar alguno.
De pronto, saltó de la cama, quedándose de rodillas, dando gracias a Dios por haber salvado a Nophaie, por haberle liberado de sus dudas también. Adivinaba, simplemente, que el gesto de Nophaie había sido inspirado por el espíritu de Cristo. Nophaie había sido siempre un hombre en la más amplia acepción de la palabra, propenso a la realización de acciones heroicas, generosas, y la salvación del triunvirato de Mesa, enfrentado con la raza de Gekin Yasha, de una muerte horrible, por el fuego, sólo podía significar que el peregrinaje a Naza había salvado su alma.
La muchacha blanca rezó humildemente, pidiendo a Dios que le permitiera comprender en toda su dimensión la nobleza de aquel piel roja, pidiéndole que la hiciera digna de seguirle y servirle, ofreciendo su amor de mujer y una fidelidad sin límites.
Una llamada en la puerta interrumpió sus oraciones.
—Sal, Marian —dijo la señora Withers—. ¡Está aquí Nophaie!
Marian se puso de un salto en pie, temblorosa, absorta en sus pensamientos.
Le llevó unos minutos pasarse un peine por los cabellos y borrar de su rostro las huellas de sus fuertes emociones de momentos antes. Seguidamente, abrió la puerta, adentrándose en el largo vestíbulo. Al llegar al cuarto de estar había recobrado su compostura habitual.
Por entre los verdes chopos, Marian vio un coche detenido frente a la puerta de la cerca. Varias personas, muy excitadas, movíanse en torno a aquél. La señora Withers se ocupaba de que la puerta no se cerrara. Marian se detuvo a la entrada de la casa. Vio unos pies calzados con mocasines y unas largas piernas embutidas en unos pantalones de pana amarilla, que abandonaban lentamente el coche. Tras eso descubrió un cinturón con adornos de plata, y una camisa de color granate. Identificó todas aquellas cosas. Se movían... Y su corazón ahora amenaza con estallar. Luego, la oscura faz y la negra y desnuda cabeza de Nophaie emergieron del coche. Withers y otro hombre le estaban ayudando a moverse. Nophaie se quedó de pie, sostenido por los dos lados. Caminaba... Cruzaba la puerta... Remontaba el sendero interior...
Marian, sumamente atenta a la escena, vio un vendaje a la altura del cuello de Nophaie, quien llevaba la camisa suelta. Se estremeció. No acertaba a apartar la vista de allí. Nophaie avanzaba erguido. Sus movimientos, pese a todo, seguían teniendo la misma gracia y fuerza de siempre, al parecer. Finalmente, Marian vio con toda claridad su rostro. Traslucía una interna alegría. Él sonrió al mirar en dirección a la joven. Y, repentinamente, todos los terrores, todas las angustias de Marian se desvanecieron, barridos por una gozosa certidumbre. Salió corriendo a su encuentro, abrazándole. Después, levantó la vista para escrutar su faz.
—¡Nophaie! —exclamó, temblorosa.
—Todo marcha bien, Benow de cleash —replicó él.
—¡Oh! Eso es lo que tú dices —manifestó Marian, ocupando el sitio que acababa de dejar vacante Withers junto a Nophaie—. Tendrás que enseñarme esa herida... A ver... Déjame que te ayude a entrar.
—Bueno —comentó Withers, animado—, la herida no es nada. Apuesto lo que sea a que es capaz de andar solo.
Le hicieron pasar al cuarto de estar, acomodándole con toda clase de precauciones en un diván. Marian se dedicó a colocarle cojines en la espalda y a la altura de la cabeza, consiente en todo momento de que Nophaie no apartaba los ojos de su cara.
—Esposa —dijo Withers—: creo que aquí estará bien por hoy. Presbrey: ¿ha sido bien vendado ese hombro?
—Procedimos de la mejor manera que sabíamos, pero no disponíamos de medicamentos —replicó el comerciante—. Creo que habría que revisar esta primera cura...
Withers envió a su esposa y los servidores por lo necesario con tal fin. Luego, miró a Nophaie.
—¿Qué tal te encuentras?
—En este instante, muy bien —repuso Nophaie, dirigiendo una sonrisa a Marian, quien se había sentado a su lado, teniendo una mano del joven entre las suyas.
—Es natural —contestó Withers, irónico—. ¿Escupiste sangre en algún momento?
—No. La bala, al parecer, no llegó a tocar el pulmón.
—¿Es sincero el indio? —inquirió el comerciante, más relajado.
—Nophaie es sincero —fue la enigmática réplica.
—No sabes lo que me alegro. Estaba algo preocupado... Presbrey: no vayas a olvidarte de tu esposa y de tu hija, que se encuentran en el coche. Estarán hambrientas. Y tú también. Bueno, fuera todo el mundo de aquí ahora.
—Yo no pienso irme —declaró Marian, calmosamente, cuando Withers acompañó a los otros hasta la puerta.
—No me he referido a ti en ningún momento —informó Withers—. Me figuro que tú eres una medicina excelente. Quédate aquí hasta que yo regrese.
Luego, Marian se inclinó sobre Nophaie, besándole En lo la compensaba de todos los días de larga espera y de las angustias de las últimas horas.
—Tienes que volver a mí, Nophaie —afirmó ella, en voz muy baja.
—Si es ése tu deseo... —contestó él con una mirada de adoración en sus ojos.

Marian ayudó a Withers en la tarea de vendar la herida de Nophaie. Supo sobreponerse a su emoción, pero le temblaban los dedos. Aquel feo orificio rojo en el espléndido hombro de bronce del joven, que acababa en la espalda, le producía terror. Finalmente, se convenció de que aquello apenas era nada para Nophaie.
El comerciante, muy amistoso, no paró de hablar mientras realizaba su tarea.
—A veces me he dicho, Marian, teniendo problemas o hallándome herido, que me hubiera ido bien ser indio.
—A veces... —repitió Marian—. Es decir, no siempre, ¿eh?
—Algo hay de eso —manifestó el hombre, riendo.
Los oscuros ojos de Nophaie parecían querer absorber a Marian.
—Yo he sufrido muchas heridas, Benow de cleash —dijo—. Y algunas de la guerra fueron graves. Pero ninguna puede compararse con la de Cabo May... cuando te conocí...
—¡Cabo May! —exclamó Marian, confusa. A continuación, adivinó el significado de aquellas palabras y su rostro se encendió. Acarició la mejilla de Nophaie—. ¡Oh! Ésa será curada también ahora.
—A mí se me antoja que vosotros habláis con acertijos —medió Withers—. Me imagino que... Nophaie: esto no puede estar mejor planteado. El orificio de la bala queda por debajo de la clavícula. No hay el menor indicio de inflamación. La herida se curará en un santiamén. Tiéndete y procura dormir un poco.
—¿Se ha hecho cargo de su caballo? —inquirió Nophaie.
—Presbrey lo ha dejado pastando.
—Espero no haber matado a Shoie.
—Me figuro que no habrá muerto. Sin embargo, de haber ocurrido lo contrario, poco se pierde. Shoie es una mala persona.
—Tengo sed. ¿Me quieres dar un vaso de agua fresca?
Marian le llevó el vaso, ayudándole a levantar la cabeza mientras él mitigaba su febril sed. Después, acercó aquélla a su pecho. Seguidamente, Marian apagó la luz de la habitación, dejándole solo.

Aquel día fue varias veces a echar un vistazo a Nophaie, encontrándole siempre dormido. Se pasó durmiendo también la mayor parte del siguiente. Withers aseguró a Marian que la herida de Nophaie se había cerrado sin que se presentara ninguna infección, agregando que su estado general era excelente. En la mañana del tercer día, Marian sintió que el fantasma del terror se cernía sobre ella, desapareciendo más tarde. Nophaie se levantó a pesar de las amonestaciones de Withers y las súplicas de la joven. Quiso salir a dar un paseo por el patio de la casa. A la vuelta dijo que tenía hambre. Esta declaración dejó muy satisfecho a Withers.
—Creo que no se te va a ofrecer la menor ocasión de enviudar, Marian —señaló aquél—. Los nopahs se niegan a comer cuando van a morir.
Por la tarde, al entrar Marian en el cuarto de estar, vio que Nophaie estaba solo. Él se levantó para pasar un brazo en torno a sus hombros.
—No me has preguntado qué me pasó durante mi peregrinaje —declaró Nophaie.
—He estado esperando a que tú me lo contaras.
—Ha sido algo muy sencillo y hermoso.
—¿Sí? —susurró Marian, apoyándose en él.
—Pasé todo un día en Naza —informó Nophaie, solemnemente—. Fue una experiencia extraña. Jamás comprenderé lo que me ocurrió. El caso es que, de pronto, con toda naturalidad, comprendí que no hay más que un Dios... para los de mi raza, para los de la tuya, y demás pueblos...
—¡Oh, Nophaie! Ahora eres un hombre cristiano... —murmuró la joven, rodeando con los brazos su cuello.
—Sí, porque a través del Cristianismo se consigue la más clara concepción de Dios. Pero Él no pertenece a una raza, ni a un credo, sino a toda la humanidad.
—Estuve rezando para que sucediera esto. Siempre tuve fe —indicó Marian, impresionada por la singularidad y belleza de aquella revelación.
—Esto me ha hecho cambiar. He abierto los ojos para ver cosas que antes no veía. Mi odio se ha esfumado. Sé muy bien lo que he de hacer ahora. Ayudaré a mi pueblo por todos los medios que estén a mi alcance. Creo que mi agonía ha terminado... En cuanto a ti...
—En cuanto a mí... ¿qué? —preguntó ella al advertir que Nophaie vacilaba.
—¿Te dejarás convencer de que debes volver al este?
—¿Por qué he de volver yo allí?
—No es difícil de explicar. Resulta natural... Mi desierto es duro. Y tú estás acostumbrada a las comodidades, a la cultura, a las cosas que la civilización ha creado. Tienes amigos, parientes, un hogar...
—¡Bah! —murmuró Marian, mirándole fijamente—. Mi hogar está aquí, junto a ti.
Ella sintió el efecto que estas palabras produjeron en Nophaie. Era la respuesta de su corazón. Marian se sintió colmada de felicidad.
—¿No piensas renunciar a mí? —inquirió él, vacilante.
—¡No!
—Pero es que el matrimonio... para ti... conmigo...
Ella le atajó.
—¡El matrimonio! Eres tú quien ha de hablar de él. Yo no puedo obligarte a que te cases conmigo. Puedo decirte, sin embargo, que si me pidieras que me casara contigo me creería la mujer más dichosa del mundo.
—¡Marian! ¡Qué cosas dices! —Él la oprimió ahora fuertemente contra su pecho. Marian no podía ver su cara—. ¿Es que no sabes cómo es el mundo? Si tuviéramos un hijo... un pequeño Nophaie... la gente le llamaría mestizo.
—¿Quién? ¿Qué gente? —inquirió la joven, apasionadamente—. ¿Te refieres a los blancos, a los que han intentado destruir a los de tu raza? ¿Estás pensando en esa civilización que envió a estas tierras a hombres como Blucher y Morgan, con la idea de «mejorar» a los indios? ¡Desentiéndete de ellos! Yo les diría que daba gracias a Dios de que mi hijo fuese medio indio, de que su sangre roja anulara la blanca heredada de mí. Pues yo soy blanca, yo pertenezco a un mundo codicioso, pagano, despiadado, y aunque soy cristiana, aunque odio con toda mi alma el sórdido materialismo de los míos, debo de albergar en mi ser mucho de su mal.
Nophaie guardó silencio. Marian percibía los acelerados latidos de su corazón contra su mejilla. Era aquél un momento de profunda emoción para la joven. Una sensación de infinita felicidad la poseía...
Se oyó fuera de la casa un sordo rumor de pisadas de caballos, un murmullo de voces, el ruido de unos pasos, todo lo cual quebró el hechizo de aquellos instantes. Marian se desprendió de los brazos de Nophaie. Ahora, el rostro de él era una inescrutable máscara de bronce.
La puerta del cuarto se abrió, entrando Withers.
—Ahí fuera hay un grupo de indios —anunció—. Vuelven a sus casas y están muy tranquilos. Me alegro mucho de que sea así. Beeteia ha huido, internándose por los cañones. Shoie está con ellos, más chiflado que nunca. Tiene un chichón en la cabeza, tan grande como uno de tus puños. Está deseando verte. Asegura que morirás torturado. Dice que tu cuerpo será metido en un tronco de cedro, para ser devorado por gusanos de fuego.
—¡Pobre Shoie! —exclamó Nophaie—. Me alegro de no haberle matado.
—Bueno, tú sigue aquí, hasta que él se hay ido con los otros —replicó Withers, secamente—. Supongo que no estarán mucho tiempo con nosotros. El caso es que andan preocupados con el asunto del incendio del puesto de Presbrey. Tengo que decir, sin embargo, que Presbrey no les guarda rencor. Les dijo que reconstruiría lo destruido. La verdad es que todo pudo haber resultado peor.

Unas horas más tarde, a la puesta del sol, Marian se encontraba junto a la entrada de la casa, en compañía de Nophaie, viendo cómo se alejaban los indios.
El cielo, por el oeste, tomó un color intensamente rojo-dorado, que fue extendiéndose hacia el norte al mismo tiempo que perdía fuerza.
Los indios se alejaban ante aquel bello fondo, formando grupos, en filas, por parejas, solos. Componían una estampa austera, triste. Los caballos avanzaban lentamente. Parecían estar cansados. Shoie, el indio sin lengua, fue el último en partir. Las siluetas recortadas contra el horizonte, de purísimo oro, comenzaron a desvanecerse, como si realmente se hubiesen ido cabalgando por el bello y profético firmamento.
—Esto es... simbólico, Marian —comentó Nophaie, emocionado—. Se están desvaneciendo... desvaneciendo... ¡Mis nopahs! ¡Es solamente cuestión de tiempo, de un tiempo que transcurre rápidamente! Y a mí me pasará lo mismo... ¡A mí, a Nophaie, el guerrero! Al final seré absorbido por ti... por tu amor... por nuestros hijos... ¡Me parece perfecto!
Finalmente, en el horizonte, cada vez más oscuro, quedó tan sólo un indio, el solitario Shoie, inclinado en su silla, componiendo una melancólica figura, irreal, extraña, ante las últimas claridades, una figura que se alejaba, perdiendo tamaño, desdibujándose, desvaneciéndose...

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