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jueves, 8 de junio de 2017

Sendas En La Arena (Zane Grey)

Sendas En La Arena
Zane Grey

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Ruth Larey odia el Oeste. Desea alejarse del negocio de su abuelo y del hombre que la obligó a casarse. Ambos estafaron al joven Hal Stone. Cuando ella le confiesa la verdad en un cañón, él pierde los estribos. Justo a tiempo aparece Adam Wansfeld, un antiguo admirador de Ruth. La dejó años atrás porque pensaba que había matado a un hombre. Ahora Adam ha vuelto, y está decidido a recuperar a Ruth.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
EPILOGO
notes

Zane Grey
SENDAS EN LA ARENA
FB2 Enhancer


I
El cañón con sus centelleantes paredes, oscuras como el ébano en el lado de las sombras, doradas donde abrasaba el sol del desierto, concedía algún alivio al calor, si no de la vista del infernal e ilimitado arenal... Arenas que se levantaban con el viento, formando nubes que se hinchaban como olas en un mar plateado, con una sucesión de dunas hermosas, místicas, que apuntaban a las frías alturas azules... escaleras de arena, traidoras y atrayentes.
Ruth Larey se acomodó en su asiento del coche y apartó la vista de la entrada del cañón, a través de la cual el desierto parecía burlarse de ella.
Old Butch, el mulo de la derecha, se había detenido. Después de treinta millas de marcha se había convertido en algo tan inmóvil como las rocosas montañas. Ruth había oído que el animal era conocido por su manía de detenerse en los momentos y lugares más raros. Ahora se había dejado caer junto a su compañero, cansado, cubierto de arena, como clavado obstinadamente en el suelo.
El joven compañero de Ruth había abandonado, evidentemente, toda esperanza de hacer marchar al mulo. Le había acariciado, empujado y golpeado, todo ello inútilmente. Entonces dejóse caer a la sombra, en donde ahora se encontraba sentado, secándose su sudoroso rostro moreno y echando hacia atrás con mano nerviosa su largo y húmedo cabello. La alegría había desaparecido de aquel rostro juvenil.
—Hal Stone, ¿quieres decir que no podemos pasar de aquí? —repitió Ruth, severamente esta vez.
—Pues, no sé..., me lo imagino..., al menos, por hoy, —respondió él, ceñudo—; Old Butch no se moverá hasta que le dé la gana.
—Mi abuelo me dijo que había oído que solamente existía un hombre en el desierto capaz de obligar a Butch a andar en estos casos. ¡Qué lástima que ese hombre no esté ahora por aquí —Yo no —dijo Stone, levantando significativamente sus azules ojos, enrojecidos por la arena, en los que brillaba un fuego latente.
—¿Cuánto nos hemos alejado? —prosiguió ella con ansiedad.
—No estoy seguro. Quizás unas treinta millas.
—Si es así, ¿nos encontramos todavía a diez millas de la colonia india donde dijiste que podríamos pasar la noche?
—Sí, aproximadamente, me imagino —contestó él, tratando de evitar su firme mirada.
—Y desde allí, ¿dos días más hasta San Diego?
—Yo no dije eso.
—Sí, lo dijiste —respondió ella vivamente.
—Bueno, apuesto que te escapaste conmigo..., por tu propia voluntad..., ¿qué diferencia hay entre que sean dos millas o diez? —contestó él en tono de desafío.
—Eso depende de ti —repuso ella gravemente—. ¿Qué vas a hacer?
—¿Qué quieres hacer tú?
—Yo no me vuelvo atrás. ¿No podemos andar hasta la colonia india?
—No. Es demasiado tarde ya. Esta condenada arena no está quieta todavía. Y después de que oscurezca no estaría muy seguro de encontrar el camino.
Ruth contempló la arena, allá a lo lejos, por entre los huecos de las rocas... una tenue nube que se movía, se agitaba, se adelgazaba... y oyó también un suave y hondo rugido, extraño, amenazador.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó ella después de una larga pausa.
—Permanecer aquí hasta que Old Butch quiera moverse. Tenemos agua, alimentos, mantas.
Podemos pasarlo muy bien.
—No esperaba acampar contigo... sola en el desierto —declaró Ruth.
—¿Qué esperabas, entonces? —preguntó él, casi con enfado.
—Sólo Dios lo sabe. Nunca pensé en nada, excepto en escapar de aquel horrible agujero... y de él.
Stone se levantó, se acercó a ella, apoyándose en la rueda delantera.
—Bueno, te has marchado y no piensas volver. ¿No es hora ya de que pienses en mí?
Su tono era el de un enamorado, suplicante, y, sin embargo, mezclado con una resentida incertidumbre.
—¿En ti? —preguntó ella examinando el terso y juvenil rostro con un súbito remordimiento.
—Sí, en mí —contestó él, tomando su enguantada mano entre las suyas.
—¿Qué quieres decir?
—Tú sabes lo que quiero decir, Ruth Larey.
—Te dije que no me llamaras Larey —dijo ella, enfadada, y trató de libertar su mano.
Stone la sujetó hasta que, viendo que ella no se suavizaba, la soltó bruscamente.
—Permitiste que te amase..., que te besase —estalló—. Dijiste que me amarías. Te has escapado conmigo...
—Ya lo sé, Hal —contestó la muchacha, contrita, moviéndose como si fuera a darle su mano de nuevo—. Tengo yo la culpa. Pero..., ¿no puedes verlo con mis ojos? Yo estaba sola, cansada del desierto, aburrida. Apareciste tú. Yo..., yo creí que te quería. Y te aseguro que estuve contenta de escaparme contigo. Pero yo nunca lo hubiera hecho... si hubiese sospechado que tú serías tan egoísta y tan rápido en... en tus exigencias.
—¡Bah! Eres una mujer rara —dijo el joven con ligero sarcasmo—. Haces que un hombre arriesgue su pellejo al fugarse contigo... y lo dejas plantado cuando quiere lo que tiene derecho a esperar.
La contrición de Ruth, que le llevaba a mostrarse cariñosa, sufrió un eclipse. Esta escapada suya, que se presentaba como una promesa de libertad, empezaba a tomar otro aspecto.
Había pensado en huir del desierto, como durante años había ansiado, pero el desierto la había traicionado. ¿Se atrevería a ir más lejos con este joven, a quien sólo conocía desde hacía unas pocas semanas nada anís? ¿Podría decidirse a volver a Lago Perdido? Casi cualquier cosa sería preferible. El recuerdo de la posta de mercancías con su tétrico aparejo, y el del hombre que odiaba y temía le causó tal revulsión que le hizo estremecerse.
Entre tanto, Stone había sacado del vehículo las cantimploras y cestas y un rollo de mantas y los llevó hasta una roca pelada, plana, a la sombra en la base del risco.
Hecho esto volvió para ayudar a la muchacha a salir del carruaje ele altas ruedas.
—Ven. Será mejor que te instales lo más cómodamente posible mientras tengamos que permanecer aquí.
Ruth se puso en pie y se inclinó para alcanzar sus manos con la intención de saltar al suelo, pero el joven se agarró a ella, y la muchacha tropezó con la rueda, cayendo en sus brazos. Stone se la llevó hasta el pico sin preocuparse del aspecto poco digno que presentaba con sus vestidos en desorden.
—Ponme en el suelo— ordenó la muchacha.
En lugar de obedecer, el joven la apretó aún más fuertemente contra sí, e inclinándose, trató de besarla en los labios. Ruth, súbitamente enfurecida, le pegó y se defendió con tanto éxito que sus besos cayeron sobre su cuello y su cabello. Entonces tuvo que luchar para librarse de él.
—¡Yo creí... que eras... un caballero! —gritó, con la respiración entrecortada por la cólera.
Stone se rió y extendió sus manos abiertas. El ardor había desaparecido ya de su rostro.
—No le veo la importancia —dijo—. Aquí estamos. Va a ser entretenido si tú pataleas como un conejo capturado cada vez que te toco.
Ruth se arregló su desordenado cabello y vestidos, esforzándose entre tanto para no dar rienda suelta a su lengua. Se encontraba en un dilema e iba a necesitar toda su inteligencia femenina para solucionarlo.
—Voy a ver si encuentro un poco de madera para encender el fuego —dijo Hal, bajando por el cañón. Ruth se dejó caer sobre un rollo de mantas, cansada y disgustada, y sintiendo la vuelta de la misma amargura y futilidad que le habían conducido engañosamente a está situación. Lo que pudiese haber sentido por el muchacho había desaparecido, incluso el arrepentimiento. De nuevo, por centésima vez, le parecía que había confundido algo con el amor..., amor que tan vivamente había deseado y que tanto necesitaba. Se reprochaba los largos cuatro años de vida estéril en un árido oasis del desierto, por la vacilación y desesperación que casi le habían arruinado.
—Juré que me marcharía de allí y que no volvería jamás —musitó, pensativamente— Pera ahora, va veo... Fue una acción mala la mía de abandonar al abuelo. Él me necesita. Hace mucho tiempo que, a no ser por mí, hubiera encontrado a merced de Guerd Larey y de ese Collishaw de la cara llena de cicatrices... La mejor, aunque detesto la idea, será volver atrás...
¡Oh, si pudiera dejarlo todo y no preocuparme! Pero ni mi madre ni yo nacimos para aguantar esta terrible vida del desierto. Hace falta tener tranquilidad de espíritu..., sacrificio..., confianza en Dios... Cualidades, ¡ay!, que yo nunca he tenido. Y mi madre..., ella yace en una tumba sin señal en el Valle de la Muerte. ¡Oh! ¿Qué va a ser de mí?
En aquel momento se dio cuenta del regreso de Stone. Traía un pequeño haz de ramas.
—Lágrimas, ¿eh? —preguntó fijando sus fríos ojos azules en su rostro— No, te creía capaz de llorar. Puedes estar segura de que me siento adulado.
—Mis— lágrimas no son por ti —repuso Ruth, abatida.
—Ni tus sonrisas ni tus besos, me imagino —contestó Hal con aspereza—. Bien, vamos a poner las cosas en claro aquí mismo, antes de que a Old Butch se le ocurra moverse,.
—Hal, no tenemos necesidad de poner las cosas en claro..., sea lo que fuere lo que quieras decir con eso —repuso Ruth—. Porque yo... no sigo adelante.
—¿Qué? —preguntó Hal bruscamente, dejando caer las ramas recogidas.
—Que no voy más adelante. Puedes volverme a casa.
—¡Que te has creído tú eso!... ¡Volver arrastrándonos al Lago Perdido, para que Guerd Larey me deje el cuerpo como una criba a balazos!
—Guerd me creerá cuando le diga, que yo soy la única responsable.
—¿Qué diferencia supone eso para él? ¡Me mataría igual por haberte acompañado!
Ruth reflexionó que era muy probable que Larey no estuviese en lo más mínimo influido por ella, excepto bajo condiciones que ella no podría aceptar.
—Volveré sola —anunció.
—¿Me permites que te pregunte cómo?
—Andando.
—¿Andar? ¿Cuándo? Te perderías en la oscuridad. Y durante el día caerías sobre la arena ardiente y morirías. ¿No han podido tus cuatro años de vida del desierto... de los que tanto te quejas... enseñarte eso? No, Ruth Larey, tú vendrás conmigo. Es demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde. Por esa razón Yo he luchado tanto. Volveré andando, Hal.
—Ruth, ¿prefieres arriesgar tu vida a salir de este infernal desierto conmigo? —preguntó él con asombro dolorido.
—Perdería mi vida antes que seguir adelante —contestó la muchacha.
—¡Por el amor de Dios! ¿Por qué? —exclamó él con voz ronca.
—Me has obligado a enfrentarme con la realidad del paso que iba a dar —contestó Ruth gravemente—. Creo que he actuado como en un sueño. Soñé contigo como un libertador, al cual amaría. Tú me llevarías lejos de este terrible desierto, a los sitios donde hay verdes viñedos y bosquecillos de pinos... A la fresca orilla del mar. Algún día, cuando yo fuera libre, nos casaríamos y me harías feliz. Ése era mi sueño. Pero tú me has mostrado la realidad y no la quiero.
—Maldita sea tu inconstancia —exclamó él apasionadamente— Eres tan voluble como las cambiantes arenas del desierto que nos rodea.
—¿Voluble? Sí, desde luego. Es el privilegio de la mujer —repuso, ella alzando la cabeza.
—¡Ah, ya veo! Me juraste que me querías y ahora ya no...
—Yo nunca juré eso. Solamente pensé que podría quererte algún día.
Hal extendió sus manos con un gesto no carente de dignidad, de desilusión y sentimiento.
Palideció y sus ojos brillaron con un fulgor azul. A pesar de su propia debilidad, creía sinceramente que la había ganado.
—¡Bah!, me has engañado como lo has hecho con cada uno de los hombres blancos que han ido a parar en Lago Perdido —declaró el joven—. En cuanto a mí..., aunque no me hubieras dicho nada, hubiera obrado mal. Me permitiste pasear contigo a la luz de la luna—... y, al fin, besarte..., aunque sabías de qué era capaz tu maldita belleza..., tus ojos purpúreos..., tu dorada piel..., tu cabello parecido a hilos de seda..., tu cuerpo felino, con su suavidad y su ardor; Dios sabe que yo no era un ángel, pero aunque lo hubiese sido, habría caído... Tú has hecho esto anteriormente, Ruth Larey. ¡Oh!, he oído hablar de ti... a gentes a quienes agradas y que te detestan, Me habían advertido de que no perdiera la cabeza contigo. Nunca eres, por un solo día, la misma. Como esa maldita arena..., hermosa de contemplar pero traicionera.
—Gracias por todo, Hal Stone —replicó Ruth con una pálida sonrisa— Me has hecho un favor.
Te estaba agradecida, lo sentía por ti, estaba llena de remordimientos; pero me has evitado futuras preocupaciones.
—No quiero ni tu gratitud ni tu piedad —digo Hal—. Solamente quería tu amor. Pero te tendré de todas formas. Me dijeron que no querías a tu marido. Que a él no le importaba eso mientras él...
—Fui yo quien te dijo que era solamente de nombre la esposa de Guerd Larey —le interrumpió ella fríamente. Desde luego que me lo dijiste —le replicó él, mientras su rostro se enrojecía—. Pero creo que mentías. No esperarás que me trague eso. Nunca conocí a nadie capaz de tragárselo, excepto la vieja señora Dorn... ¡Dejarte Guerd Larey que fueses su esposa solamente de nombre! ¡Vaya! ¡Si es cosa sabida que no podía dejar tranquila a ninguna muchacha, fuese mejicana o incluso india!... No, Ruth, tú inventaste ese pequeño cuento a fin de hacerte las cosas más fáciles con los hombres que te deseaban. Naturalmente, me engañaste a mí.
—Te desprecio. Me asombra que nunca pudiera pensar de otro modo —respondió Ruth con desdén.
—De todas formas, estás aquí, en el desierto, sola conmigo —prosiguió él con amargura que encerraba una amenaza. Y cuando se puso de rodillas a fin de juntar la leña, dijo, hablando como para sí—: Un hombre es lo que una mujer hace de él...
Ruth quiso ocultar el temor que rápidamente iba sustituyendo a su desdén. ¿Había sido inteligente al enloquecer a este muchacho cuya pasión y violencia corrían parejas con su falta de escrúpulos? Su situación se le presentaba en tonos alarmantes. La tarde declinaba, y a pesar de su valor dudaba de ponerse en camino. Observó que el viento amainaba y que la nube azul de arena se aclaraba. Habría una temprana luz lunar. De repente decidió que sería lo mejor para ella separarse de Stone inmediatamente. Se llevaría sólo una cantimplora y marcharía hasta donde pudiera seguir el camino; después descansaría hasta que llegara el día.
Pero el próximo día... ¡el sol! Le tumbaría como podría hacerlo un salvaje con un garrote. Sin embargo, no había otra alternativa. Era imposible para ella permanecer allí, durante la noche, con Stone, y mucho menos partir con él al día siguiente. Quizá pudiera mantenerse en el camino durante toda la noche y al día siguiente conservar sus fuerzas, permaneciendo a la sombra de palo verdes y de los árboles de palo hacha que recordaba haber visto por el camino. No debía estudiar por más tiempo las posibilidades, sino marchar inmediatamente.
Stone había conseguido encender una pequeña fogata y estaba ahora ocupado en echar agua en una cafetera.
—Abre el cesto. Pronto tendré el café —ordenó hoscamente.
Ruth se levantó, pero en lugar del cesto cogió una cantimplora y desató la correa de lona para colgarla del hombro. Stone permaneció inmóvil, contemplándola, hasta que de repente sus ojos se dilataron y su rostro cambió. Lentamente se puso en pie.
—¿Qué te bulle ahora en la cabeza? —preguntó.
—Me vuelvo —contestó Ruth firmemente, aunque los labios le temblaban. Uniendo la moción a la palabra, giró sobre sus talones y se puso en marcha.
Ovó una maldición emitida entre dientes; después pasos rápidos que se acercaban a ella.
Stone la cogió de un brazo, tirando de él brutalmente. Ruth consiguió libertarse, se volvió y le golpeó con toda su fuerza en la boca.
—¡Aparta tus manos de mí! —gritó.
Un relámpago de ira brotó de los ojos de Stone. La cogió y la echo atrás. La cantimplora se escapó de las manos de Ruth y ésta cayó sobre las mantas. Se puso de rodillas, lentamente; la violencia del hombre le había intimidado mucho. No tuvo Stone necesidad de una segunda mirada para darse cuenta de que la tenía a su merced y ella lo sabía. Además, la ira en él iba en aumento.
—¡No dijiste eso la noche última! —murmuró extendiendo sus manos hacia ella y agarrándole el vestido. Cuando Ruth se enderezó, una de sus mangas rompióse dejando su brazo desnudo entre los dedos de Stone. La vista y el tacto de la blanca carne, combinados con su resistencia, le excitaron hasta un máximo grado de salvajismo. La cogió entonces más fuerte y la apretó contra sí como en un ataque de locura.
Súbitamente, por encima del hombro de Stone, Ruth vio dos hambres con sendas burras que entraban en el cañón por su extremo más lejano. Su inesperada visión cambió lo que había sido para ella una situación desesperada. Fieramente, con redoblada energía, se defendió de Stone y reunió el aliento suficiente para lanzar un grito agudo. Luego continuó oponiéndose a Stone con todas sus fuerzas.
Un momento llegó a punto de desmayarse. Algo vigoroso e irresistible parecía sujetar a Ruth desde atrás. Abrió los ojos. Sobre sus hombros se extendía un brazo musculoso, medio cubierto por una destrozada y raída manga. Al final de ese brazo una gran mano morena empujó a Stone hacia atrás, sujetándole al mismo tiempo como si hubiera sido un saco vacío.
Incluso en ese momento notó Ruth la aventajada estatura del recién llegado.
—Joven, suéltala... ¡pronto! —dijo el hombre en voz profunda que tenía un extraño tono de frialdad.
Pero Stone no soltó, a Ruth. Su ardor era demasiado intenso para remitir en un instante.
Entonces, el brazo moreno se movió hacia atrás y hacia delante. El rostro de Stone pareció desaparecer de repente detrás de un enorme puño. Con el sordo ruido que siguió, cálidas gotas salpicaron a Ruth, y se sintió libre tras un violento tirón. Stone cayó hacia atrás y rodó una y otra vez hasta dar contra la pared de roca. Allí quedó abatido, inmóvil.
Ruth, casi desmayada, continuaba siendo sostenida por el hombre que todavía no había visto.
—Merryvale, creo que mi larga búsqueda ha terminado —dijo el hombre suavemente.
Ruth, como en un sueño, vio al otro hombre, que daba la vuelta para mirarla. Parecía más extraño que todos los viejos buscadores de minas que había visto en su vida. Pero éste —tenía bondadosos ojos azules que se posaron en ella con singular penetración.
—Bien, Adán, creo que tienes razón: es Ruth.


II
Ruth retrocedió un poco, acercándose a su salvador. Su cabeza llegaba apenas a los hombros de éste.
—¿Quién es usted..., que me llama Ruth? —preguntó con curiosidad, El viejo y arrugado rostro del anciano pareció emitir una luz benevolente.
—Soy Merryvale, señorita —contestó el inseparable de Adán durante estos cuatro largos años.
Ruth notó entonces la suave presión de dos grandes manos en sus hombros. Pero casi inmediatamente el hombre dejó de apretarla y se separó para ponerse frente a ella.
—Ruth, ¿no me conoces? —preguntó.
Ruth se encontró mirando a un hombre muy alto, vestido con la polvorienta y andrajosa indumentaria de los vagabundos del desierto. Su rostro, casi tan moreno como el de un indio, surcado por unas profundas líneas inclinadas que le daban una expresión triste y rara, le era conocido y desconocido al mismo tiempo. Los ojos grises, claros, penetrantes como los de un águila, le miraban con una suave y encantada luz de alegría. Ruth se estremeció. ¿Quién era aquel hombre? No es que le hubiera visto antes solamente, sino que Ruth recordaba la suave luz de sus ojos.
—Le conozco y sin embargo no le conozco —dijo con voz trémula.
—¿Estás segura que me recuerdas? —dijo él dulcemente.
—Sí... Nooo —contestó Ruth negando gravemente con la cabeza.
—¿Te has olvidado de Genia?
—¿Genia? ¿Qué Genia? —preguntó pensativa y agitada por rápidas corrientes de ideas que giraban y se coaligaban en un esfuerzo hacia la revelación.
—Vaya, tenia Linwood.
—¡Oh!... tenia Linwood... ¡Santa Isabel! —exclamó Ruth—. Sí..., sí. ¡Oh! Recuerdo a Genia.
Fue a ella a quien di mis mejores vestidos cuando me marché de Santa Isabel. Se iba a casar con Eugenio, un joven ranchero... Blair, que se enamoró de ella..., que creyó que ella era una pobre muchacha de los páramos, cuando en realidad era rica.
—Sí, Ruth —contestó el hombre en tono no carente de tristeza—, ésa era Genia.
—Ahora te recuerdo —gritó Ruth—. Tú eras el amigo de Genia, su compañero del desierto.
Ella te llamaba Águila.
—¡Oh!, sí, ahora recuerdo. Tú la habías encontrado en el desierto, donde se moría de hambre y sed con su madre. Era solamente una niña. Luego su madre murió y tú cuidaste de ella durante años... hasta que fue mayor. La sacaste del desierto... y la llevaste a la civilización..., al rancho de los Blair. Querías proporcionarle un hogar. Ellos le dieron albergue y cariño creyéndola pobre, cuando en realidad tenía una fortuna: el oro que su padre había extraído y que tú guardaste durante todos esos años. Era como un cuento de hadas.
Ruth se acaloraba con su propia conversación, aunque su memoria, todavía confusa, le exigía un gran esfuerzo para recordar.
—Bien, Adán, creo que puedo desensillar los burros —dijo Merryvale—. De todas formas, pensábamos acampar aquí; ahora, con más razón, desde luego.
—Sí, acamparemos aquí —contestó Adán—. Es demasiado —tarde para encontrar un sitio mejor antes de que caiga la noche.
—¿Qué se hace con esos mulos? —inquirió Merryvale. —Ahora mismo los desataré. Tú ve a buscar alguna leña para el fuego.
Adán se aproximó al postrado cuerpo de Stone y se inclinó sobre él. Ruth, recordando la responsabilidad que le correspondía por la conducta del muchacho, se sintió muy inquieta.
—¿Le has matado? —preguntó, espantada.
—No, solamente ha perdido el sentido —contestó Adán, volviéndose hacia Ruth y mirándola con una mirada que la chica apenas podía resistir—. ¿Quién es este hombre? ¿Qué es para ti?
—Se llama Stone, y no tengo nada que ver con él —dijo Ruth brevemente.
—Rara vez me equivoco al juzgar las acciones de los hombres —dijo Adán pensativamente—: ¿Dónde vives? ¿Adónde vas? ¿Qué ha sucedido?
—Te lo diré en seguida —replicó Ruth—. Ahora recuerdo todo... Nos dejaste en Santa Isabel.
Una noche desapareciste. Esperábamos día tras día. No volviste. Se retrasó su matrimonio.
Por fin dijo: «Se ha ido para siempre. Lo temía. ¡Volvió al desierto! ¡Como Dismukes!»
Recuerdo sus propias palabras. Estaba desconsolada... Te llamaba Águila, pero los demás te daban otro nombre... ¿No era Wansfeld?
—Sí —contestó Adán— Los hombres del desierto me llaman Wansfeld. Pero no es mi verdadero nombre. Me lo puso un buscador de oro borracho, hace muchos años. Y me quedé con él.
—¿Wansfeld? He oído ese nombre más de una vez desde que el abuelo y yo nos marchamos de Santa Isabel —musitó Ruth—. Pero odiaba el pasador casi tanto como odiaba el presente. No acariciaba ningún recuerdo. Tanto es el daño que me hacen.
—Ruth, ahora que te he encontrado, cuéntame la historia de tu vida —dijo en tono para ella difícil de resistir.
—¿Me has encontrado? ¿Qué quieres decir? —preguntó ella conteniendo la respiración.
—Ruth, era de ti de quien me escapé en Santa Isabel hace cuatro larguísimos años —contestó él con un profundo sentimiento—. No de Genia y su felicidad. No por el gusto de vagar por el desierto, solitario. Te abandoné de noche, sin una palabra, porque si hubiera permanecido una hora más, no hubiera podido resistir. Te amaba tanto, que ello me hubiera vencido. Tú tenías solamente diecinueve años, sola, infeliz, ansiosa de amor. Sentí que hubiera podido hacer que te interesaras por mí. No tenía derecho a ello. Sufría el estigma de Caín. Era un fuera de la ley. Cualquier día hubiera podido ser cogido y colgado por mi crimen. Por eso te dejé.
—Ah... sí... Ahora recuerdo —murmuró ella—. Yo hacía toda clase de suposiciones. Me hirió...
profundamente... Tú eras tan bueno..., tan diferente... Recuerdo que me reprochabas que fuera una débil muchacha soñadora. Te pedí que te quedaras.
Él cogió la mano de ella y la mantuvo entre las suyas.
—He pasado mi ordalía, Ruth. Si no hubiese sido por los años en el desierto habría sucumbido. Vagaba de un lugar a otro luchando conmigo mismo. En todas las nubes, en todas las rocas veía el contorno de tu faz. Por fin me libré de ti. Anduve hasta volver al cabo al oasis donde catorce años antes, cuando era un niño, casi había muerto de inanición. Día tras día, en las ardientes horas silenciosas, y —noche tras noche, en el desolado desierto alumbrado por la luz de las estrellas, me paseaba con mis espectros. Pero al fin vencí. Tomé la senda, de vuelta a la escena de mi crimen. ¡Picacho! Tenía la intención de entregarme y sufrir mi castigo. Me reclamaba la ley. El sheriff a quien había marcado de por vida había jurado colgarme por asesinato. Le busqué para expiar mi crimen y encontrar así la paz para mi espíritu. Volví a Picacho. Había sido un campamento de mineros que creció rápidamente, próspero, atestado de hombres. La encontré abandonado, pero había un establecimiento junto al río. La ruina y decadencia que lo rodeaban era un fresco recuerdo del paso de los años.
Merryvale estaba allí. Fue difícil hacer que reconociera en mí al muchacho que había conocido catorce años antes. Pera por fin lo consiguió. Le dije que había ido para aceptar el castigo por haber matado a mi hermano. Entonces Merryvale me explicó que me había escapado al desierto sin conocer la verdad. Yo no había matado al hermano que amaba tanto.
Vivía. Yo no era un asesino... Me había convertido en un fugitivo..., un vagabundo de la soledad... Había sufrido toda la agonía que el desierto puede dar a un hombre... para nada, ¡nada!
Ruth sintió un nudo en la garganta que le impedía hablar. Se había visto obligada a levantar los ojos para encontrarse can los de Adán. Al verlo bajo el cambio y el efecto de la emoción, su rostro se le hizo de nuevo familiar.
—Era a tu hermano... a quien creías haber matado —dijo por fin—. ¡Todos esos años!... ¡Qué terrible! ¡Oh, doy gracias a Dios, por ti, Adán, de que todo fuera una equivocación!
—Corrí a Santa Isabel para decirte que estaba libre —prosiguió él—, sólo para encontrarme con que te habías manchado. No pensé en ver a Genia. Solamente pensaba en ti... Entonces empezó mi búsqueda. Ella me llevó por todo el Sur de California, a Méjico y Arizona, y finalmente, al desierto. Eras como un grano de arena perdido ahí en la inmensidad. No supe nunca el nombre de tu pariente... tu abuelo. Y fue solamente hace unos días cuando encontré a un hombre que creía haberte visto. Era un buscador. Lo encontré por azar, en Yuma. Le conocía de años antes. Le pareció que te había visto en una aguada que nosotros acostumbrábamos llamar Indian Well (pozo indio) y que es ahora el Lago Perdida... Así, pues, vine... y te he encontrado.
Ruth se cubrió el rostro con las manos. El momento estaba dolorosamente lleno de una dulce e inexplicable vergüenza.
—Yo no soy lo que era cuando tú me conociste —susurró.
Él permaneció silencioso tanto tiempo, que Ruth tuvo miedo de sus próximas palabras.
—No esperaba que lo fueras. Cualquier cosa hubiera podido sucederte. Recuerdo la tragedia de tu madre.
—Oh... eso es lo que estaba tratando de recordar —exclamó Ruth impulsivamente— Tú conociste a mi madre. Tú me hablaste de ella. ¡Pero me decías tan poco! Cuéntame ahora, por favor.
—Todo te lo diré a su tiempo, Ruth —contestó él—. Pero todavía no... Sentía que si alguna vez te encontraba, sería ése un premio suficiente. Lo menos que esperaba era contarte mi historia, la de tu madre, y después servirte como traté de servirle a ella.
Ruth sintió que la sangre subía a sus mejillas al mirar aquellos ojos grises que parecían leer en su misma alma, con comprensión y amor.
—Quiero decir que los años me han cambiado para peor —explicó— Me llamaste muchacha soñadora y petulante. Lo era. Pero incluso así tenía momentos de esperanza, de deseo de ser buena, de ayudar al abuelo a gozar de un porvenir feliz. Ahora tengo veintitrés años. Los cuatro transcurridos desde que te encontré he vivido en este desierto... En este lugar abandonado de la mano de Dios, Lago Perdido, Perdido está. Es falso como los espejismos que veo todos los días. Este desierto de arenas me ha hecho igual a él. Soy toda cambio y tormenta, ardo, ardo... sin saber para qué. Algunas veces me imagino a mí misma como una mujer tratando de subir por esos escalones de arena. Los sueños y esperanzas de mi juventud se fueron. Y me burlo de mí misma porque soy una persona de genio terrible... porque no puedo permanecer indiferente a todo... y hundirme... hundirme hasta el nivel de una india...
como el joven Stone esperaba de mí.
—Eso es porque te has adherido a un ideal.
—No tengo ideal, y me has encontrado demasiado tarde —dijo Ruth amargamente.
—No, no podría ser demasiado tarde mientras estés con vida.
Ruth estaba acostumbrada a las impertinencias de los hombres. Pero ellos, como los buitres del desierto, eran fieros y hambrientos. Ningún hombre había jamás pensado en sus necesidades, en lo que tendría que hacer para hacerla feliz. Wansfeld removía recónditos abismos del pensamiento que surtían el extraño efecto de aumentar el antagonismo hacia lo mejor de ella misma.
Un movimiento de su compañero hizo que Ruth se volviera. Stone pugnaba por sentarse.
Su mano temblorosa se levantó hacia su hinchado y ensangrentado rostro, ahora casi imposible de reconocer. Wansfeld se separó para acercarse a él.
—¿Adónde llevaba usted a esta joven? —preguntó.
—A San Isidro... después a San Diego —contestó Stone, hablando con rapidez.
—Pero se ha apartado usted del camino.
—Perdí el camino cuando el viento empezó a levantar la arena.
—No era lo suficiente para ocultar las marcas de las ruedas. Parece como si se hubiese apartado usted deliberadamente para meterse en este cañón.
—No es verdad. Creí que el camino pasaba por aquí. Y entonces se paró el mulo.
—¿Por qué atacó usted a esta muchacha?
—No quería hacerle mal —replicó ásperamente—. Nos habíamos fugado. Cuando el mulo se detuvo y ella se encontró con que tenía que pasar la noche aquí..., cambió de idea. Quiso volver andando. Traté de impedírselo y ella luchó, eso es todo.
Wansfeld se volvió lentamente hacia la muchacha.
—¿Qué hay de verdad en lo que dice?
—Todo..., excepto en lo que de que no tenía intención de hacerme ningún mal —contestó Ruth, con el calor de la rabia y la vergüenza subiéndole al rostro. Pero desechó la repugnancia que sentía en reconocer su falta ante este hombre— Me opuse a sus... sus atenciones. Cuando me di cuenta de mi equivocación quise volver a casa. Entonces él empleó la violencia.
—Levántese —ordenó Wansfeld, y cuando Stone se puso en pie apresuradamente—: Coja usted una cantimplora y algunas provisiones y márchese.
Stone no perdió el! tiempo discutiendo, y pronto estuvo en camino hacia la salida del cañón. Unos pasos más allá volvió el rostro mirándola por encima del hombro. Merryvale, regresando con un haz de leña, pasó junto a Stone y se volvió para seguirle con la mirada. —Bien, ahora no hay duda de que es un joven simpática y agradable— observó Merryvale cuando se acercó a los otros y dejó caer la leña—. Esto es lo que dijo: «Esa me las pagará»... Adán, ¿no crees que le has dejado marchar demasiado fácilmente?
—Ruth: ¿en verdad te fugaste con ese muchacho? —preguntó Wansfeld pensativamente.
—Sí, fui una tonta. Pero me hubiera ido con cualquiera —contestó ella impacientemente.
En la mirada que él le lanzó no había censura y sí solamente una inalterable lealtad. La viva intuición de Ruth comprendió que nada podría cambiar a este hombre. No le importaba lo que ella fuese. La había encontrado. Algo vago y amplio empezó a formarse en torno suyo, a elevarse delante de ella, algo confuso y desconcertante.
—Bien, las arenas se han sosegado y creo que estaremos cómodos aquí, pues pronto refrescará —observó Merryvale, mientras se arrodillaba y empezaba a trabajar activamente.
Ruth observó como la faja de luz del sol abandonaba el borde superior del cañón. Su ausencia habría sido notada mucho antes; su abuelo estaría lleno de inquietud. Sintió una opresión de angustia en su pecho, aunque él no se había apiadado mucho de ella. El desierto le había obsesionado; como lo había hecho con su padre y su madre.
Mientras reflexionaba, las sombras se espesaban en el cañón. El bajo y débil gemido del viento había cesado por completo. El fuego del campamento chisporroteó. Merryvale se movía de un lado a otro con presteza, de los cestos a los pucheros y vasijas que había puesto en el fuego.
Una apetitosa fragancia hizo pensar a Ruth que su estado mental no mataba el hambre.
¿Por qué estaría una persona cansada de vivir y, sin embargo, sería víctima del apetito? Vio como Wansfeld desenrollaba las mantas y preparaba su cama al abrigo de la pared de piedra y llenaba luego una vasija de agua caliente que le entregó, juntamente con su bolso, que había cogido en el carro.
—Adán —dijo ella sonriéndole—, eres muy bueno al pensar en mí, pero ¿para qué me sirve?
—¿Servir de qué? —preguntó él.
—¡Oh!, el limpiar mi miserable rostro, el peinarme el cabello..., comer..., o cualquier otra cosa.
—¿Preguntas cuál es el objeto de hacer algo para uno mismo? Bien..., sólo para conservarse fuerte y eficiente a fin de ayudar a los demás.
—¿Es ésa tu religión?
—No; así es como me salvé a mí mismo.
Ruth permaneció en silencio. ¿Qué clase de hombre era este Wansfeld? Recordaba la historia de Genia Linwood, y su corazón latió en forma inusitada a pesar de haberse burlado de toda confianza y de toda esperanza.
Era demasiado tarde para que este extraño hombre del desierto pudiera ayudarla. Abrió su bolso cansadamente y sacó las cosas que necesitaba. Después se soltó los cabellos y los peinó lentamente. El sedoso sonido y el suave tacto de sus cabellos le parecían siempre agradables, tranquilizadores. El espejo reflejaba el mismo rostro que tan celosamente había vigilado y amorosamente cuidado y al que, sin embargo, había odiado cada vez más durante tanto tiempo. ¿Qué pensaría Wansfeld de su pelo? Le interesaba sin poder evitarlo. Era un instinto imposible de desarraigar. Contemplaba su espeso y ondulado cabello, de color de oro oscuro, partido desde la estrecha frente; sus inflamados ojos, apasionados, trágicos; los rojos y arqueados labios, el dorado castaño de las mejillas y cuello; todo el contorno del rostro, que el desierto devastador no había podido cambiar; y se quedó persuadida, más que nunca, de su avasalladora belleza. ¡Era inútil negar su vanidad y su orgullo! Lo sabía, y nunca como ahora había detestado y ridiculizado tanto esta particularidad de su carácter que no alcanzaba a comprender.
Entre tanto, Adán preparaba la comida y bebida que puso luego delante de ella.
—Quisiera saber si tú ves en el espejo lo que yo veo cuando te miro —dijo con una sonrisa.
—¿Qué es lo que ves?
—Has cambiado, Ruth. Te recuerdo, desde luego, pero tu rostro de niña es ahora el de una mujer. El desierto aumenta la belleza, así como la fealdad. No, hay flores tan brillantes y tan hermosas como las flores del desierto; nada en la Naturaleza es tan horrible como algunas formas que aparecen en el mismo. El desierto se agarra a cualquier característica de la persona, animal o planta, y la desarrolla con asombrosa intensidad. Es la ferocidad de la vida, luchando para sobrevivir.
—Adán, ¿me estás haciendo un cumplido? —preguntó ella, perpleja.
—No, lo único que hacía era rendir tributo a tu belleza. La debes al desierto y al sol que detestas. La debes también a la locura de algunos hombres como Stone. No era tan digno de censura como tú crees. La mayor parte de los habitantes del desierto caen al nivel de las bestias. Muchos caen incluso más bajo. No es culpa de ellos, si han nacido sin inteligencia ni voluntad para vencer sus instintos primitivos.
—Me obligas a pensar y quisiera que no lo hicieras —contestó Ruth—. Pero, el instinto primitivo del hambre va, seguramente, en aumento.
—Come, pues. Merryvale es el mejor cocinero que he encontrado en el desierto.
El crepúsculo había descendido y el calor del día había menguado cuando Adán se aproximó de nuevo a Ruth.
—Debes estar cansada después de tu largo paseo —dijo—. ¿Quieres que andemos un poco?
—Sí, me gustaría, en seguida... después de que hablemos —empezó ella apresuradamente—.
Tenemos tanto que contar... Pero ahora que me has encontrado, ¿qué piensas hacer conmigo?
—Eso depende —contestó él lentamente.
—¿De qué?
Bien, de lo que sea mejor y más razonable para tu felicidad.
—¿Me llevarías fuera del desierto... a San Diego? A cualquier sitio, con esa condición.
—¡Oh!, creo que podré hacer que me saques de Lago Perdido... De este infierno de dunas de arena movediza... Pero no sabría engañarte. No podría dejarte esperar...
—Ruth, yo sólo tenía una esperanza..., encontrarte y ayudarte —interrumpió él—. Hay un vínculo entre tú y yo que tú no comprendes; te lo explicaré cuando te hable de tu madre.
—¡Oh, Adán, dímelo... ahora! —rogó, poniendo su mano sobre la del joven.
—Todavía no es tiempo —respondió él enigmáticamente— Antes, déjame que te ayude a salir de tus dificulta des. El encontrarte conmigo te ha trastornado. Pero no hay razón para ello. Te sujeta algún lazo que no te agrada confesar. ¿No es cierto?
—Sí, en efecto —murmuró ella.
—Bien, entonces debes saber, de una vez para siempre, que te amo y que mi mayor deseo sería el servirte. No puedo esperar que tú te cases conmigo...
—Adán, yo... yo no puedo casarme contigo —dijo ella con dificultad.
—Me lo imaginaba, pero de todas formas he querido pedírtelo— contestó él gravemente—.
Sin embargo, podría hacerte feliz... Ruth ¿no podrías quererme?
—Te quería. Y... y te querré de nuevo. Lo sé. Contenta me casaría contigo. Pero es demasiado tarde.
—¿Estás ya casada? —preguntó él con voz algo ronca.
—Sí, pero no sólo es eso. No sólo es que lleve el nombre de mi marido. Cualquier día puedo verme libre de él. La vida es insegura en este desierto. Él es temido y odiado. Es un hombre malo. Algún día le matarán... Pero quiero decir que es demasiado tarde, por otra y más seria razón. Temo haberme convertido en una mujer sin esperanzas, miserable y medio. loca, sin ninguna confianza en Dios o en mí misma. El desierto me ha destrozado. Yo nunca arrastraría conmigo y arruinaría a un hombre a quien mi madre conoció, en quien confiaba y... a quien amaba, quizá.
—Tu madre me quería, Ruth.
—¡Oh!, lo había sospechado. Ello me aproxima más a ti. Sin embargo, ello no puede cambiar la triste realidad.
—Ruth, cuéntame tu historia y permíteme que juzgue yo esa triste realidad. Ten confianza en mí.
—Sí, voy a hacerlo. Debes creerme tan... débil, tan superficial... Pero no es extraño que esté deshecha. El haberte encontrado a ti, que conociste a mi madre, que... Pero, espera, quiero que Merryvale oiga mi historia. Si ha vagado contigo por este terrible desierto ayudándote a buscarme, quiero que sepa mis cosas, oídas de mis propios labios.
—Merryvale, ven acá —llamó Adán a la inmóvil figura al lado del fuego—. Siéntate aquí —prosiguió Adán—, Ruth tiene algo que contarnos.
—Bien, pues, me alegro —dijo el anciano sacudiendo las cenizas de su pipa—. He pensado mucho e imaginado mucho también. Pero puedes estar segura, Ruth, de que Hablas a un amigo.
Ruth hizo una profunda inspiración que era mitad suspiro, mitad sollozo, y cedió a alguna emoción que no alcanzaba a comprender.
—Empezaré donde tú me dejaste..., en Santa Isabel —comenzó— Mi abuelo, Caleb Hunt, se interesó por ese tiempo en las concesiones de agua en el desierto. Tenía mucho dinero y quería invertirlo en posesiones en el desierto. Estaba afectado de una enfermedad pulmonar de la que sufría menos allí que en otras partes. En efecto, sanó de ella. Nos fuimos en primer lugar a Yuma, donde conoció a dos hombres que juegan un papel importante en mi historia.
Mi abuelo se metió en el negocio de fletes con ellos. Traían provisiones de San Francisco por mar y por río hasta Yuma; allí las cargaban en vagones y las enviaban al interior.
»El abuelo invirtió mucho dinero en estos negocios. Compró una propiedad a los indios y allí estableció la central de fletes. Le llaman el Lago Perdido. En tiempos remotos había allí un lago. Ahora es un lugar lúgubre, al borde de esas dunas arenosas.
»El hombre que consiguió que mi abuelo se metiera en estos asuntos era un joven de buena presencia que me fascinaba. Pero yo no le amaba. Insistió en que me casara con él, y mi abuelo apoyaba sus pretensiones. Entre los dos destrozaron mi vida. El desierto había empezado a debilitarme. Me hice irritable y perdí la confianza en mí misma. Por fin el abuelo me dijo que si no consentía en ese matrimonio se arruinaría. No sabía qué hacer. Durante toda mi niñez, mi madre me había enseñado que no debía entregarme cuando no amaba. Se lo dije al abuelo y al hombre que deseaba que fuera su mujer. Pero su argumento era que el amor vendría con el tiempo. Mi pretendiente juró que si me casaba con él esperaría hasta que el amor viniera... sin pedirme que fuera realmente su esposa. No confiaba en él..., le temía. Sin embargo, ellos consiguieron lo que querían.
»En la misma noche de nuestro matrimonio, mi marido, bajo la influencia de la bebida, trató de entrar por la fuerza en mi dormitorio. Supe que consideraba nuestro pacto como pura tontería. Al negarme a permitirle la entrada, se puso furioso y casi lo destrozó todo. Pero yo huí a casa del abuelo.
»Al siguiente día se me acercó, sobrio ya, con sus mejores palabras, y me rogó que olvidara su acción.
»Le dije que le odiaba y que habíamos terminado. Durante semanas trató de cambiarme y al fracasar se mostró tal cual era. Era un jugador, un aventurero sin escrúpulos, que gradualmente fue adquiriendo poder en Yuma. Robó al abuelo.
»Esto era hace más de tres años. El abuelo ha conservado sus derechos en la concesión del agua y todavía lucha por ellos. Pero es fútil. Finalmente le quitarán el pozo y entonces quedará arruinado. Lago Perdido es un puesto importante en las líneas de transportes y, desde luego, el agua es allí una cosa muy valiosa.
»Todo esto hubiese sido ya bastante para mí sin el terrible, devastador y enloquecedor efecto del desierto. Durante el invierno podía aguantarlo. En verano,— el calor abrasador, los gemidos del viento, las arenas movedizas, o el vasto desierto sin fin, sin piedad, cercándome, encerrándome..., el terrible calor y el brillo... Todo eso, a veces me desesperaba. Aumentó en mí el deseo de escapar. En dos ocasiones el abuelo me llevó a Yuma. Esto fue casi peor. Una ciudad mala y alocada, terrible ciudad de sangre, calor y polvo. En ambas ocasiones tuve que marcharme a causa de hombres que me atormentaban, que peleaban por mí... ¡Oh!, no hay duda de que mucha culpa era mía. Siempre buscaba a alguno que pudiera librarme de todo aquello. Al principio, era por un hombre a quien pudiera querer. Pero luego mi objetivo fue algún hombre que me quisiera lo suficiente para sacarme de allí. De vuelta al Lago Perdido pasaría semanas de terrible soledad. Entonces, algún viajero, algún minero o jugador o aventurero me vería... Y las más amargas lecciones que recibiera parecían no cambiarme. Me cansé de mi suerte... Hace algunas semanas, este joven con quien estaba, Hal Stone, vino a Lago Perdido. Era un tratante en caballos y ganaba dinero. Su encaprichamiento por mí fue bien recibido, tengo que reconocerlo. Pero yo no tenía sentido ni juicio. Él era amable, agradable, atractivo al principio, y me amaba. Me persuadí a mí misma de que me sentía atraída por él y de que algún día podría amarle. No tuvo muchas dificultades en convencerme para que me fugara. Salimos de Lago Perdido esta mañana, al amanecer, y hasta mucho más tarde no sospeché que Stone se había apartado del camino. Old Butch se detuvo aquí, en el cañón, o si no... no os hubierais tropezado jamás con nosotros. No veo ninguna salida... No puedo volver a casa, y, sin embargo,... por alguna razón... doy gracias a Dios... de que me hayáis encontrado.


III
Loe dos oyentes de Ruth guardaron profundo silencio. La muchacha se daba cuenta de que Wansfeld apretaba su mano con tal fuerza que le hacía daño. El fuego del campo se había convertido en colorados tizones. Una solitaria lechuza del desierto cantó desmayadamente en las profundidades de la creciente oscuridad del cañón. Ruth experimentaba un incomprensible alivio.
—Bien, Ruth —dijo Merryvale al fin, rompiendo el silencio—. He vivido cuarenta años de la vida del desierto y creo que el tiempo que has pasado aquí no ha sido tan malo.
—Hubiera podido ser mucho peor —añadió Wansfeld con voz que parecía plena de alivio—.
Lo esperaba peor. ¿Nos ha dicho todo?
—Sí, todo lo importante. Oculté su nombre porque detesto pronunciarlo.
—No es necesario. No tiene importancia quién sea tu... quién es el hombre. Lo que importa es que del pasado aprendas una lección.
—¿Estás predicándome? —preguntó Ruth, casi burlonamente.
—No. Quiero despertar en ti hechos que están fuera de tu forma de pensar. Tú te imaginas que has sufrido terriblemente. Pero no es verdad... No como nosotros, la gente del desierto, comprendemos el sufrimiento.
—Mi corazón está destrozado —dijo Ruth.
—No —le contradijo él, y puso sus grandes manos sobre los hombros de ella, tratando de mirar en la profundidad de sus ojos—. Yo creo que los corazones pueden romperse. Y en este desierto encontré a muchas personas con el corazón roto y la vida arruinada. Pero tú no eres una de ellas, Ruth.
—Si yo pienso que lo soy, ¿no es lo mismo que si lo fuera? —dijo Ruth tercamente.
—Sí, por el momento, hasta que encuentres la verdad.
—¿La verdad? Te sitúas fuera de mi alcance, Adán. Nunca logré comprenderte allá, en Santa Isabel. Mucho menos puedo ahora. Tú... tú pareces menospreciar mi situación.
—No, no es eso. Es bastante mala. Pero el desierto, a pesar de todo tu odio, no te ha traicionado. Veo que te ha dado una salud! y belleza maravillosas. No estás rota... perdida. Y ahora nunca lo estarás.
Se separó de ella y permaneció rígido, soberbio y sombrío. Merryvale tocó suavemente a Ruth, como queriendo expresar algo que no podía decir de palabra. Después se alejó desapareciendo entre la sombra de la pared.
—No estoy rota... perdida —repitió Ruth—. Y ahora nunca lo estaré... ¿Por qué?
—Porque te he encontrado —dijo él, simplemente. Ella no pudo contestar a esto, aunque ello le asombraba e irritaba, y por alguna razón enternecía su fría gratitud. —Vete a la cama y descansa —dijo él—. Mañana decidiremos lo que debamos hacer.
Se alejó en la oscuridad, sonando en la arena sus lentas pisadas. Ruth se levantó, buscó a tientas las mantas y se sentó a fin de quitarse los zapatos y vestidos. Se metió entre las mantas, se cubrió con ellas y— permaneció quieta. Era una dura cama, pero tanta era su fatiga que daba gracias por tenerla. Descansaría y pensaría, pero no dormiría.
Mientras trataba de regular sus desordenados pensamientos vio cómo disminuía la oscuridad del cañón. Ese platear de las sombras y de las paredes no era debido a la fría luz de las estrellas, pues ellas perdían su brillo bajo la influencia de una más potente luz. La luna se elevaba. Después, a cada instante el cañón se hizo más claro.
¿Qué diría Stone a su marido, Guerd? Tenía la suficiente inteligencia para darse cuenta de que si decía la verdad, Guerd le mataría. Mentiría y de una forma u otra retorcería el asunto en descrédito de Ruth. No le importaba cuáles pudieran ser sus maquinaciones, y lo apartó de su imaginación con triste asombro ante su propia ligereza.
Permaneció más tiempo reflexionando acerca de su abuelo. En una forma u otra, el resentimiento que sintió contra él durante tan largo tiempo había disminuido. Le había odiado principalmente por haberle arrastrado al desierto. Pero para él había sido un asunto de vital importancia, y en otros aspectos había sido muy bueno y cariñoso. Se sintió atormentada por el remordimiento. ¿Qué iba a ser de él ahora? Guerd Larey y Collishaw, con sus mercenarios, le devorarían como los lobos al cordero. Ella había sido el poder que había mantenido quietos a aquellos hombres endurecidos. La ironía de la suerte para Guerd había sido que cuanto más le odiaba ella tanto más la deseaba él. En más de una ocasión la había amenazado con llevarla a algún solitario oasis y obligarla a inclinarse a sus deseos.
Ella sabía que su marido intentaría hacerlo, y que ella le mataría. Esto, de por sí, era lo bastante para que se guardara de volver. Pero había otras razones muchas razones. No, su abuelo tendría que seguir solo. ¡Pobre anciano! El desierto le reclamaría, como lo había hecho con su padre y su madre. ¡Pero jamás la destrozaría, a ella!
No volvería al Lago Perdido. La decisión fue como una corriente que pasara por todo su cuerpo. Escapar del calor, del cielo cobrizo, del sol deslumbrador, del aislador y arrugado desierto de arenas movedizas... ¡Qué alegre perspectiva! ¡Qué satisfacción el no recibir las miradas de soslayo de aquellos mejicanos de ojos de endrina! ¡No ser vigilada por silenciosos y furtivos indios, no vivir entre hombres duros, iguales al desierto en color, acciones y carácter! ¡Qué maravilloso sería encontrarse con campos cubiertos de verdor, a la fresca proximidad del mar, entre los viñedos y arboledas de la costa.
Ruth había guardado, cuidadosamente el dinero que le dieron sus padres cuando le dejaron. Había gastado cada vez menos, a medida que el tiempo pasaba en el desierto.
Recordaba que había confiado en Stone. ¿Había influido esto más o menos en su conducta?
En más de una ocasión había tratado él de averiguar la cantidad y dónde lo guardaba. Ruth, dando por seguro que no había perdido su dinero, continuó soñando viajes, cambios, trabajo; con una nueva vida. De repente, un paso en la arena interrumpió las divagaciones. Había cerrado los ojos y olvidado por un momento la noche, el cañón y los hombres que estaban allí.
La luna se encontraba encima de la entrada del cañón, llena y esplendorosa, llenando el desierto con su plateada luz. Muy lejos de allí, Ruth veía sus escalones de arena, hermosos, ilusorios, místicos, remontándose hasta el estrellado cielo. Su corazón se abatió. Había estado soñando. El desierto estaba allí, ilimitado y sitiador. ¿Podría salir de él alguna vez?
Otro paso hizo que levantara la cabeza. Una forma alta y oscura se movía a la luz de la luna; Wansfeld. Paseaba cerca, a pocos metros por el centro del cañón, con las manos cruzadas a la espalda. ¡Qué elevada estatura! Volviendo sobre sus pasos desanduvo la misma distancia, aproximadamente, y giró de nuevo para repetir el recorrido anterior. Pasó a una docena de metros del lugar donde Ruth se encontraba. La blanca luz de la luna le permitía verle distintamente. Ella le observó mientras iba recorriendo este trayecto. Su cabeza descubierta tenía el gesto de un águila presta al ataque. Andaba erguido, con paso ligero, aunque daba la impresión de un hombre preocupado. ¿Qué pasaba por su mente, que no le permitía dormir? Ruth lo sabía, y le costaba controlar sus femeninas emociones. Sintió de pronto el alivio de una protección. Jamás había permanecido en su solitario hogar del desierto, durante la noche, sin temor. Esta noche la nube sombría de su mente no había vuelto. Ningún hombre, ni siquiera Guerd podría hacerle mal ahora, mientras este gigante estuviera cerca de ella. La diferencia era incalculable, y las consecuencias, de mucho alcance.
La imagen de Genia Linwood volvía más clara que nunca a su mente. Recordaba las palabras de Genia sobre ente hombre. Era como Taquitch, el dios de las montañas de los indios. Su rostro era como el sol... La madre de Genia había rezado para que alguien las encontrara... cuando estaban muriéndose de hambre y de sed. Y llegó el día en que los ladrones del desierto se llevaron a Genia. Pero Adán los encontró y los mató. ¡Qué terrible!...
La madre de Genia decía que su plegaria había sido oída. Y murió confiando a Genia a su salvador.
El corazón de Ruth latió con fuerza en su pecho. No era posible confundir ni menospreciar lo que este hombre había hecho por una niña. Sin embargo, Genia había hablado vagamente de ciertas alusiones que le habían sido hechas por los indios. ¿Le llamaban Águila solamente por la forma de su cabeza y la luz gris de sus ojos? Loas hombres blancos le llamaban «el Errante».
Pensar que este hombre se había enamorado de ella, en casa de Genia... hacía cuatro años... y que se había marchado de su lado... Y ahora él la había encontrado. ¿Qué significado tendría tal hecho? ¿Adónde la conduciría?
Pensó que debía huir de aquel hombre antes de que se diera cuenta de que trataba con una criatura mucho más superficial de lo que ella misma había confesado. Pero Adán había conocido a su madre, la había amado, sin duda, como la amaban todos. Ruth recordaba los tiempos de su niñez, ensombrecidos por los celos de su padre. Era difícil para Ruth separarse de Wansfeld sin enterarse de todo lo que sabía acerca de su madre y de su trágico fin en el Valle de la Muerte. Sin embargo, Ruth, a pesar de los deseos que tenía de conocerlo, lo temía aún más. Podía ser un eslabón en la cadena que la unía a Wansfeld.
¿No existía, acaso, tal cadena? Cuatro años atrás estuvo a punto de enamorarse de él.
Deseaba estarlo ahora... ¡Oh, esa terrible necesidad de amar y de ser amada! Amar a alguien.
Ésa era la terrible necesidad que el desierto había acentuado en ella. No podía negarlo... Pero ahora era una mujer. Sería como el desbordamiento de un río, como el sol del desierto... ¡Al Águila de Genia, no! No debía amarle, parque él volaba muy alto.
Durante todo el tiempo que Wansfeld permaneció paseándose de un lado a otro, Ruth estuvo despierta, presa de sentimientos y emociones cambiantes. Por fin, le vio echarse en su cama, entre la suya propia y la salida del cañón. Reinó entonces el más, completo silencio; espeso, inescrutable silencio. La luna se hundió bajo la cresta de la pared más cercana, y una vez más sombras oscuras se fueron apoderando gradualmente del color plateado. La noche del desierto la rodeaba, y con ella la protección de aquellos compañeros que la habían buscado y encontrado de un modo tan extraño. Cerrando pesadamente sus párpados, Ruth se rindió a la somnolencia que oscurecía gradualmente sus pensamientos y, al fin, cayó dormida.
Una voz atravesó el sueño de Ruth. Se despertó en un rosado y frío amanecer. El sol no se había levantado todavía. La pared en frente de ella no era la de adobe de su habitación, sino la pared de la roca. Lo recordó todo con un sobresalto.
—Adán, te digo que este condenado mulo se ha quedado de pie sobre sus huellas y ha permanecido ahí durante toda la noche —estaba diciendo Merryvale—. Puedes creerme que en cuanto a plantones, esta bestia bate todas las marcas.
—Merryvale, tú conoces los burros, pero no los mulos —replicó Adán—. El aguante de Old Butch no es corriente, pero no puede llamársele extraordinario.
—¿Old Butch? ¿Conoces a este bicho gris, viejo y orejudo?
—Creo que sí. Lo conduje hace ocho años en Mohave. Era conocido por su manía de pararse. Los embaladores, en la mina donde trabajé, no podían hacerle andar. En más de una ocasión le dispararon un tiro.
—Bien, por la que yo puedo ver, no parece sentirse mucho peor por ello.
—Old Butch muestra el desgaste y el estropicio del desierto, lo mismo que nosotros. Me gustaría saber cómo ha llegado hasta aquí, a estas dunas de arena. Será gracioso cuando despierte y me reconozca.
—Escucha un momento, Adán. Supongo que no quieres hacerme creer que el mulo te reconocerá después de ocho años,...
—Puedes apostar a que sí, Merryvale. Soy el único hombre que ha podido mover a Old Butch cuando le daba por pararse. Te apuesto a que vendrá a posar su cabeza sobre mi hombro.
—Hum. No quiero apostar contigo, pero me atrevería a decir que tendrá que crecer bastante.
Tengo curiosidad por ver cómo vas a arreglártelas con él.
—Espera y verás —dijo Wansfeld—. Recojamos algunas ramas.
—No hay muchas, a menos que mi vista ande mal.
Los hombres se separaron y se alejaron del campamento sin darse cuenta de que Ruth se había despertado.
Se levantó, se vistió, encontró agua en una de las cantimploras de Stone, que habían sido dejadas en el carro. Old Butch no movió ni una pestaña.
—Tú, malvado —dijo Ruth mirando al mulo—. Tengo tanta curiosidad como Merryvale por ver cómo se las arreglará Wansfeld para hacerte andar.
Ruth aprovechó la oportunidad para ir de un lado a otro y descender a ciertos parajes del cañón que no había visto el día anterior. Observaba en sí misma una tensión nerviosa que perturbaba la calma con que se había despertado. Su mente, que parecía haberse decidido, se encontraba ahora a la deriva, sin que ella supiera cuál sería su meta. Hoy era otro día, y la cosa era diferente.
—No volveré a Lago Perdido —anunció en voz alta, como queriendo reafirmarse a sí misma.
Al volver al campo encontró a Merryvale allí, rompiendo algunas ramas.
—Buenos días, Ruth —le saludó con una sonrisa—. Eres a mis ojos como un amanecer.
—Buenos días —respondió Ruth—. No me siento tan brillante como dice tu cumplido.
—Bien, he aprendido muchas cosas, y sé que las gentes son lo que parecen. No pueden evitarlo. Mira a Adán, por ejemplo... Bueno, aquí viene él, y creo que es preferible que espere otro momento mejor.
—Busca, pues, ese momento, Merryvale, porque quiero saber todo lo referente a Wansfeld.
Adán llegó con una brazada de ramas y cactos secos, que dejó caer en la arena.
—Es una gloriosa mañana, Ruth —dijo—. El sol se está elevando, rojo, entre las dunas de arena. ¿No estás contenta de vivir y verte joven y tan bonita, con todo el mundo ante ti?
—Buenos días, señor, me gustaría decir que no lo estoy, pero temo que, en efecto, lo esté un poco.
—Ruth, ¿tú no piensas volver a casa? —preguntó con una rápida mirada de sus ojos grises.
—¿Cómo lo has adivinado?
—Se me ocurrió —dijo él simplemente.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—Adán, ¿no lo apruebas?
—Temo que no. Bueno, desayunaremos primero. Luego tendré un buen trabajo.
—¿Quieres decir que intentarás cambiar a Old Butch y a mí? Dos mulas, pero con un pensamiento único.
Él se rió. La primera vez que ella escuchaba su risa. Era un sonido dulce que vibraba agradablemente en el aire. Y mientras él. ayudaba a Merryvale, ella le observaba con estudiosos, críticos ojos. Sí, le recordaba bien, tenía las sienes algo más grises, pero no hubiera podido señalar otro cambio. Era tan alto, que la anchura de sus macizas espaldas no podía ser apreciada a la primera mirada. Sin embargo, no era pesado. Al moverse, sus músculos se contraían y extendían; sin embargo, cuando estaba quieto parecían hundirse. No parecía ni joven, ni viejo, ni de mediana edad. Había una flexible magnificencia en sus movimientos. Sus manos eran grandes y, sin embargo, bien formadas, indicadoras de una buena cuna. Pero era el molde de su cabeza, el contorno de su rostro, lo que fascinaba a Ruth. Visto de perfil era claro, agudo, cruel, casi insensible y, sin embargo, singularmente hermoso, con su parecido a un ave de presa.
Su vestido era el de un explorador del desierto... Una destrozada camisa de color de arena a través de cuyos desgarrones brillaban los morenos músculos, unos pantalones usados y manchados que se introducían en las toscas, pesadas y gastadas botas de minero; el cinturón, un ancho cinturón de cuero oscuro, estaba brillante y delgado por el largo servicio.
Mientras Ruth examinaba a Adán, experimentó repentinamente una sensación familiar.
Era innegablemente un calor de interés, de simpatía, de piedad y detrás de esto, algo más profundo, mas vago, que se perdía en lo recóndito de los sentimientos. Stone había despertado lo mismo en ella, hasta cierto punto... Ahora lo reconocía con desdén. Otros hombres, en el pasado, lo habían despertado transitoriamente. Nunca duraba. Ahora volvía de nuevo, más fuerte que nunca y en cierto modo cambiado... Dulce y excitante, hasta que lo apartó de su mente a propósito.
Ruth se alejó, entonces, molestada por la complejidad de sí misma. Pero no rechazó este sentimiento, o lo que fuera. Pensó que era raro que lo resistiera, que luchara contra él en el caso de Adán, cuando respecto a los otros más bien lo había animado. Qué ingrata sería al no sentirse conmovida por las atenciones de este hombre para con ella.
—Bien, Ruth, acércate a la mesa del festín —intervino Merryvale—. Vaya, con las provisiones que hemos encontrado en tu cesta haremos un desayuno digno de los dioses.
Fue Merryvale quien llevó el peso de la conversación durante la comida. Resultó ser un anciano locuaz, de inteligencia y humor tan vivos como activo era cuando se encontraba en pie. Su amistad por Adán se veía claramente. Aumentó en Ruth la impresión de que Merryvale la consideraba como asociada de antiguo a Adán y consigo mismo. Empezó a quererle y a sentir que podía tener confianza en él.
—Parece que vosotros, jóvenes, no tenéis mucho apetito esta mañana —comentó con intención.
—Yo lo tenía... para lo que acostumbro —replicó Ruth sonriendo.
Adán se levantó sin un comentario, y su primera tarea fue enrollar la cama de Ruth, que depositó en el carro. Old Butch torció las orejas. Adán lanzó al mulo una mirada que prometía. mucho. Después siguió empaquetando las restantes casas.
—Bien, Ruth, tendremos un día mejor que ayer para viajar —dijo Merryvale.
—Gracias a Dios. Odio la arena.
—Yo también la odiaba cuando empecé esta vida de vagabundeo con Adán. Pero me he acostumbrado a ella y ahora es mi hogar.
—¿Acostumbrado a ella? —preguntó Ruth con impaciencia—. ¡Como si las dimensiones de esta extensión de arena disminuyeran con la costumbre!
—Bien, es según como lo sienta cada uno. Si amaras el desierto lo comprenderías.
—¡Amar ese infierno de arena, piedras y soledad! —exclamó Ruth, estremeciéndose.
—Jovencita, es posible que un día sepas amar aquello que más hace sufrir —digo el anciano, asintiendo sabiamente.
Adán se aproximó por detrás.
—Merryvale, ¿has terminado de limpiarlo todo?
—Casi. Estoy esperando solamente para ver cómo despiertas a Old Butch.
—Y yo también —dijo Ruth levantándose.
—Será cosa de un minuto solamente —dijo Adán. —Escucha, Adán —dijo Merryvale en tono de queja—. Puedes estar seguro de que me gustaría que por una vez fracasaras en algún trabajo.
—No será con este mulo, Merryvale. Pero pronto estarás satisfecho —dijo Adán con una seria mirada a Ruth—. ¿Estás lista para que discutamos tus propósitos?
—Completamente —contestó Ruth con una ligereza que no era genuina.
Adán la condujo hasta un sitio donde podía sentarse, en la roca plana.
—Bien, y ahora, ¿qué hay?
—Quiero salir de este desierto —dijo Ruth. La expresión de su deseo bastó para hacerle perder la calma.
—¿Adónde?
—Quiero ir a la costa. O a cualquier parte, me es lo mismo, lejos de la arena y el calor... de este interminable espacio abierto.
—¿Qué harías?
—Encontraría trabajo en alguna parte.
—¿Sabrías hacer algún trabajo que te permitiera mantenerte?
—No lo sé. Desde luego, jamás supe administrar la casa del abuelo. Pero tengo que trabajar en algo. Tengo dinero para empezar. Pero no me durará siempre.
—Ruth, este plan no sirve —dijo Adán gravemente.
—He tomado una decisión —dijo Ruth tercamente—. No podrás cambiarla.
—Sí, puedo. Pero déjame razonar contigo.
—Me temo que no soy persona adecuada para escuchar razones. Nunca lo fui.
—¿No te parase un cobarde egoísmo abandonar a tu abuelo?
—Sí, desde luego; lo es —dijo ella, lamentándolo con impaciencia—, pero no puedo remediarlo.
—Podrías hacer que esto fuera el eje de tu vida. Volver a él, a tus obligaciones, vencer el odio al desierto, sufrir y servir... Eso haría de ti una verdadera mujer. Si te marchas sola, libre, despreocupada y hermosa como eres, vas a la ruina.
—Míster Wansfeld, ¿me está sugiriendo que vuelva con mi marido? —preguntó ella con sarcasmo.
—No. Si él es como tú dices, tienes derecho a no volver. Pero está tu abuelo... lo que le debes a él, y más aún lo que te debes a ti misma...
—A mí me debo la libertad, verme libre de este infierno. —Ruth, en algún tiempo fue un infierno para mí también —contestó él cariñosamente—. Pero ahora no lo es. Al conquistar el desierto me he conquistado a mí mismo.
—Soy una mujer —respondió ella amargamente. Le molestaba comprobar que el tono y la mirada del joven habían empezado ya a surtir efecto sobre ella.
—¿Te niegas a reconocer el riesgo que corres si persistes en marcharte?
—Riesgo... ¿de qué? —Dificultades, disgustos... la ruina.
—¿Negar que me arriesgo a todo eso? No, no lo niego. Pero el mismo panorama se me presenta sí me quedo, y por lo menos, así tengo una probabilidad. Aquí estoy completamente segura de la ruina... más tarde o más temprano... o la muerte.
Adán se levantó, turbado, y se puso a pasear por delante de la chica, lo mismo que hizo por la noche a la luz de la luna. Sí, alguna preocupación le pesaba.
—Si te dejo ir, iré yo también —dijo deteniéndose delante de ella.
—Naturalmente —contestó Ruth con animación—. Si no, ¿cómo podría? Espero que me lleves fuera de aquí y me coloques en algún sitio.
—¿Y después?
—Después... después, puedes abandonarme a mi suerte.
—No; ¿en qué quedaría la promesa que hice a tu madre?
—¿Mi... madre? —dijo Ruth como un eco—. Yo... yo no sabía que tú...
—Pronto lo sabrás. Pero sabes también que yo no te abandonaré, decidas marchar o quedarte.
Ruth vibró, al oír esto, con una emoción que hizo desaparecer su creciente antagonismo.
—Tienes tanta necesidad de alguien como en una ocasión la tuvo Genia Linwood.
—Dios sabe que sí —contestó Ruth con sentimiento. Dominó sus emociones y prosiguió—: Muy bien, pues, vienes conmigo. No puedo echarte. Yo... yo creo que... que me alegro, aunque sé que no soy digna de tu devoción.
—No se trata de mi devoción, Ruth —dijo él impaciente—. Obraría igual aunque nunca hasta ahora hubiese oído hablar de ti.
—¿Cómo puedes esperar que lo crea? —preguntó ella despreciándose a sí misma por una duda que no podía evitar.
—Bueno, tienes razón. No esperaba que lo creyeras. Tu marido, y los hombres del desierto que has encontrado, y ese muchacho, Stone, según tu historia, si es cierta...
—¿Me acusas de estar mintiendo? —preguntó Ruth fieramente.
—Ruth, mírame a los ojos... Así. No tienes razón al enfadarte. Dime, ¿has sido siempre sincera?
—No. Supongo que mentí a Stone... y a los demás —dijo en un arranque—; pero a ti te he dicho la verdad.
—Te creo, y eso nos ayuda en algo. Pero volviendo al asunto principal... No creo que el abandonar a tu abuelo sea un gesto femenino ni digno de ti.
—Esté bien o esté mal, debo hacerlo.
—Su hogar es el tuyo, ¿no es cierto?
—Sí.
—Bien. Lamento tener que oponerme, pero no me queda más remedio que volverte a casa —dijo él conclusivamente.
Ruth sintió arder la sangre en sus mejillas.
—No lo harás —gritó con pasión— A menos que me lleves por la fuerza, lo mismo que Stone.
En cuyo caso, simplemente, sólo habré saltado de la sartén para caer en el fuego.
Adán pareció no comprender inmediatamente el significado de sus amargas palabras.
Cuando lo hizo, fue como si ella le hubiera pegado.
—Excúsame —dijo ella, más serena—. Eso último no lo dije de veras. Soy una gata, ya lo ves.
Temo que no seré lo suficientemente femenina para poder apreciar tus... tus amabilidades... lo que tú crees tu deber... Pero, desde luego, quise decir que no me llevarás a casa.
—Sí te llevaré.
—¡No! —gritó ella salvajemente, llevada a la desesperación por el conocimiento de su propia debilidad. —Ruth, quiero evitarte todas las penas posible —le dijo inclinándose hacia ella—. Al menos, hasta que estés en casa y te hayas recobrado de esta locura.
—¿Evitarme las penas? No es lo que estás haciendo. ¿Qué quieres decir?
—¿Quieres aceptar mi palabra, hasta un poco más tarde, de que yo tengo ahora el poder de cambiar tu forma de pensar?
—No, no la acepto.
—¿No vas a tener confianza en mí?
—No puedo. Yo no creo... Nadie puede cambiarme.
—¿Te niegas a volver a casa?
—Absolutamente.
—Me desilusionas enormemente. Esperaba encontrar más de mujer en ti. Pensaba, al menos, que serías una persona en quien el sentido del deber y la nobleza no hubieran muerto por completo.
—No me importa lo que esperases... ni lo que hayas encontrado en mí —contestó ella con acalorada amargura, separando su mirada de la tormenta que había desencadenado en aquellos ojos grises, enfadados y compasivos a la vez, que no se atrevía a encontrar—. No soy buena. O, si lo soy, no seguiré así durante mucho tiempo. Llévame hasta el primer puesto y déjame allí.
—No. Tú vas a casa —gritó él. Y entonces se volvió, pareciendo que buscaba algo en su camisa. Oyó ella el «clinc» musical de las monedas de oro. Adán giró otra vez sobre sus talones, muy pálido, y le puso un objeto en la mano—. Mira dentro —dijo roncamente.
Era un broche oval, de oro oscuro, grande y pesado, bruñido por el uso. Con dedos temblorosos, Ruth trató de abrirlo. La sangre pareció retirarse de su corazón. Súbitamente el broche se abrió y dejó ver dos rostros en una miniatura.
—¡Mi madre... y yo! —exclamó Ruth.
Adán no contestó. Mientras Ruth contemplaba a su madre, parecía que el hermoso rostro de ésta la contemplara a ella. En el lado opuesto estaba su propio retrato. ¡Qué aspecto de niña vanidosa y contenta de sí misma! Tenía catorce años cuando las pintaron, en Filadelfia.
¡Oh, hacía tanto tiempo! Sus ojos se volvieron hacia las amadas facciones de la madre que había perdido. Sus ojos se fueron cerrando hasta que casi no pudo ver; al fin cavó sobre el abierto broche un raudal de lágrimas ardientes. —Adán, ¿dónde obtuviste esto? —susurró.
—Tu madre me lo dio. —¿Cuándo?
—Estamos en mayo... En julio hará ocho años.
—¿Cómo... por qué te lo dio? —prosiguió Ruth secándose los ojos y tratando de calmarse.
—Ésa es la historia de tu madre. —Ah... Cuéntamela ahora.
Él se dejó caer a su lado, de modo que sus ojos estuvieran al nivel de los de Ruth.
—Hace años, un viejo explorador amigo mío, Dismukes de nombre, me habló de un hombre y una mujer que vivían en el Valle de la Muerte, en extrañas circunstancias. Eran gente educada, dijo, no acostumbrada a la dura vida del desierto, y seguramente les esperaba la muerte allí. Era mi misión la de ayudar a la gente a la que el desierto atacaba en una u otra forma. Así, pues, fui al Valle de la Muerte.
»Incidentalmente, encontré a la pareja en una choza, sin ninguna comodidad, a la sombra del más terrible talud de rocas expuestas a la acción del tiempo que se encontraba en ese valle de desolación. La mujer era inmensamente bonita y frágil... Tu madre, Magdalena Virey. El hombre era su marido.
—Mi padre —murmuró Ruth.
—Al momento vi que no era bien recibido, pero decidí quedarme y tratar de ayudar a tu madre. Virey era incomprensible. Creo que estaba medio loco. En todo caso había llevado allí a su mujer, al sitio más desnudo, más solitario y más. terriblemente desolado de la tierra, lejos del mundo de los hombres. Amaba tanto a su mujer que llegaba a odiarla. Estaba celoso de los hombres, terrible manía que le había conducido a este punto. Tu madre no había amado nunca a Virey, y admitió que le había sido infiel. Fue al Valle de la Muerte voluntariamente, dispuesta a sufrir cualquier privación o tortura que él quisiera imponerle. Tenía un gran espíritu. Pero era una mujer mundana, que dudaba y se burlaba de los hombres, de ella misma y de Dios.
»Bien, pues allí encontré la más cruel y desesperada tarea que el desierto me había procurado jamás. No pude persuadir a tu madre para que se marchara del Valle de la Muerte.
Había hecho el voto de perecer allí como Virey deseaba. Ninguna mujer puede resistir un verano en aquel valle de abrasadores días, y en el que a medianoche se levanta un viento de fuego, sofocante. Temí que estuviera condenada, pero luché con todas mis fuerzas. Poseía una mente maravillosa, y la interesé en el Valle de la Muerte. Gradualmente fue mejorando su salud¡y su fuerza. Llegó a amar la grandeza y sublimidad de aquel terrible lugar. Virey observaba, desconfiando de mí, y pasaba el tiempo escuchando el caer, cantar y rodar de las rocas que a todas horas anunciaban el alud próximo a llegar. Si no hubiese sido por tu madre, le hubieras matado.
»Le conté a tu madre todo lo que yo había sufrido; todo lo que yo sabía del desierto. Al final, ella salvó su alma. Luego vino julio, con su calor infernal.
Ruth, que le miraba casi sin respirar, con las manos fuertemente enlazadas, observó un cambio en el rostro de Adán. Le parecía estar descubriendo a través de una máscara las grandes sombras y las líneas de tortura del rostro verdadero.
—Llegó julio —prosiguió Adán—, con su tórrido sol durante el día y los. terribles vientos de la noche. Entonces tuve que luchar contra la muerte misma. Una mañana, después de una noche en la que durante horas creí que tu madre se moría, cogió este medallón, de su pecho, y me lo dio con un encarga sagrado, que más tarde te diré.
»Llegó el día en que no pude soportar más su agonía. Decidí matar a Virey o dejarle allí, abandonado a su suerte, y llevarme a tu madre, Así, pues, aquella mañana fui en busca de mis burros. A mi regreso oí el romperse de las rocas. Era un sonido terrible. Corrí. Allí estaba Virey, en lo alto de la vertiente, haciendo rodar las rocas. Tuve que sortear a muchas mientras corría en socorro de tu madre. De repente, vino el alud. Tu madre salió corriendo. Era demasiado tarde. No podía salvarla. Me subí a una peña elevada, justo en el último segundo.
El alud que llevaba a Virey a la destrucción rodó con terrorífico estruendo. La gran masa de piedras y polvo envolvió a tu madre como una nube, arrastrándola consigo... sepultándola para siempre.
Su voz profunda se interrumpió de repente, dejando a Ruth con sus mezcladas y agitadas emociones. La joven se arrimó al hombro de Adán, con el corazón agitado, ciegos los ojos.
—¡Oh Dios mío! ¡Qué horrible! —gimió—. ¡Oh madre... madre...! Sabía que algo terrible tenía que sucederle... Mi padre era cruel con ella. Llegué a odiarle por este motivo. Mi madre querida, que me amaba tanto...
¡muerta y enterrada donde nunca podré ver su tumba! —No, Ruth, nunca podrás ir allá.
—El Valle de la Muerte... Su nombre me ha perseguido como un fantasma desde que me hablaste de él en Santa Isabel... ¡Oh, debías de haberla salvado!
—Sí, Ruth, pero solamente contra su voluntad. No podía hacerlo, excepto al final. Pensaba salvarla.
—Adán, tú debes... haber amado a mi madre —murmuró Ruth con palabra entrecortada.
—No al principio, pero al final sí que la amaba —repuso Adán roncamente.
—¡Oh! Ha sido... me ha librado de un nudo en el pecho. El miedo... el miedo que me perseguía. Y ahora es un dolor que me matará.
—No, Ruth, solamente te cambiará... Te elevará.
—¿Y el encargo sagrada de mi madre? —preguntó Ruth con labios temblorosos.
—Eras tú, Ruth. Me pidió que te buscara, que te encontrara y que te salvara de sufrir una suerte como la suya. Me dijo que por su propio amor por mí, tú me amarías también. Tú serías igual que ella. Tendrías toda su debilidad y nada de su fortaleza. Los mismos locos pensamientos y deseos, sin la voluntad de vencerlos.
—¡Oh, cuánta verdad! —exclamó Ruth, con amargura. —Ése era el encargo sagrado de tu madre. Te entregó a mí.
—Por qué... ¡oh!, por qué no me lo dijiste en Santa Isabel? —preguntó Ruth.
—Creí haber matado a mi hermano y era un fugitivo de la justicia.
—¿Qué importaba? Yo hubiera ido contenta contigo hasta el fin del mundo... Ahora es tarde... ¡demasiado tarde —Para eso sí, pero no para todo lo demás. Ruth se separó de él y se levantó.
—Me someto a la voluntad de mi madre, sabiendo que estoy más perdida que nunca —dijo, con voz insegura—. Llévame adonde quieras.


IV
Merryvale llamó a Adán con un grito.
¡Eh! Ya lo tenemos todo empaquetado y estamos listos para ponernos en marcha. ¿Qué hay de Old Butch? Por la noche habían desenganchado al mulo gris, atándolo al carro por el ronzal. Se había movido un poco, evidentemente, pero en el momento en que Merryvale se le acercó y le desató, se quedó inmóvil como una zarigüeya cuando se la molesta.
—¡Higo de un...! Nunca miras de frente —observó Merryvale.
Adán se acercó al carro y sacó de un asiento un largo látigo de cuero negro, de los que los conductores de tiro llaman «serpiente negra». Llevándolo doblado en sus manos, Adán dio una vuelta alrededor del mulo, situándose delante a unos diez pasos. Allí sería algo verdaderamente extraordinario si el animal le reconocía.
Adán agitó el látigo sobre su cabeza, más y más rápido, hasta que lo oyó silbar.
—¡Aquí,«Butch»!
El volumen de su estentórea voz llenó todo el cañón. Era dura, terrorífica. Luego saltó, dejando caer el látigo con tremenda fuerza. Estalló como una pistola.
Old Butch dio un gemido y saltó como si hubiera recibido un balazo. El negro látigo fue a caer sobre su pata delantera izquierda, encima mismo de la articulación. Old Butch lanzó otra especie de gruñido; después se acercó cojeando a Adán y, efectivamente, apretó su cabeza contra él.
—¡Ah, viejo bandido Mohave! ¡No me has olvidado! —dijo Adán, tirándole de sus grises orejas Todas las líneas de Old Butch parecían haberse suavizado; el animal temblaba.
—¡Bien, que me ahorquen! —exclamó Merryvale, meneando su canosa cabeza— Esto sí que es algo nuevo para mí.
—Solamente hay un lugar en el que puedes hacer daño a un mulo— contestó Adán—. Apuesto a que des de la última vez que yo le conduje, nadie ha golpeado a Old Butch ahí. Ahora podemos engancharlo.
Adán arrojó el látigo dentro del carro y condujo a Old Butch a su sitio al lado del otro mulo, poniéndole los jaeces. Instantes después, el tiro estaba enganchado y listo para partir.
—Ven, Ruth —llamó Adán Ruth permitió sin protesta que Adán le ayudara a subir al asiento del carro.
—Tú guías, Merryvale. Yo iré delante con los burros —ordenó, alejándose luego —Bien, esto va a ser divertido —dijo el anciano, mientras subía trabajosamente a su sitio y cogía las riendas—. Nunca he guiado mulos, pero aprovecharé la ocasión. Y ahora, Ruth, déjame que ponga mi chaqueta detrás de ti. Este asiento es muy duro. ¡Yeeeep... mulos!
Adán iba delante conduciendo, los dos burros.
Y salieron de los estrechos confines del cañón de doradas paredes a la abierta llanura.
El desierto, con sus plateadas cintas, se extendía y ampliaba hasta el infinito en vasta monotonía, castigando a Ruth sin piedad.
Después de un momento, la mujer apartó al desierto de sus pensamientos y se encerró en su dolor. Por fin sabía lo que había sido de su madre. El misterio, la duda, el temor, habían terminado para siempre. Ahora se daba cuenta de la tragedia. La había leída entre líneas en la historia de Adán. Él había tratado de evitarle el dolor, pero la verdad era suya en toda su dura y desnuda crudeza. La enterró muy profunda, para que nunca más fuera descubierta. Y con la cabeza inclinada y el rostro cubierto por su velo, lloraba por su madre. La amargura de la pérdida, el triste recuerdo del pasado amor... aumentaban hasta convertirse en oscura miseria sin esperanza, en frío dolor del cansado pecho, en flojo batir de su corazón, en un retardo del pulso.
Ruth soportó aquella hora sombría sostenida por un hecho inolvidable: el amor de su madre, y rogando, que aquella herencia de sangre no le fuera legada a ella. Era este pensamiento el que atravesó la oscuridad de su alma y le proporcionó el primer rayo de luz.
Por él pudo encontrar su camino, apartando las sombras lentamente. Cuando Ruth se fijó nuevamente en el mundo exterior, había sido llevada lejos, a través de la arena, hasta el borde del vasto y cuenco desierto del sur de California. Bajando por la pendiente seguida e interminable, tres figuras oscuras se movían entre ondulantes velos de calor... Wansfeld y sus dos animales.
Más lejos, una mancha verde se destacaba sobre el rojo y blanco cegador... Era el oasis de Lago Perdido. Estaba situado al pie de las escalonadas dunas de arena, que en su mórbido estado de ánimo, Ruth imaginaba que nunca podría subir para alcanzar las alturas de la libertad. Detrás del lecho arenoso del desaparecido lago, donde brillaban pálidas espejismos y se levantaban nubes de blanco polvo, se extendía el arrugado desierto, interrumpido, al fin, por el Colorado, el río mágico, detrás del cual se alzaban las desnudas y rojizas montañas! de Arizona, levantándose en confusas y fantasmales filas.
Sobre esta escena de desolación se arqueaba el cobrizo cielo, con brillante y cegadora luz, demasiado intensa para la vista del! hombre. La mañana había transcurrido casi por completo y el sol brillaba en todo su esplendor. La quemadura del calor atravesaba los guantes y la ropa de hilo que protegían a Ruth. Sin embargo, aquello no era en comparación con el del verano, y como el aire no levantaba la arena ni el polvo alcalino, el día se hacía soportable.
—Bien, estamos llegando —aventuró Merryvale, quien de tiempo en, tiempo había tratado de sacar a Ruth de su silencio—. Creo que al llegar a los Árboles de palo verde, Adán se detendrá para que descansen los animales; pero están todavía lejos, y para cuando lleguemos nosotros, él se habrá puesto en marcha otra vez.
Ruth observó la oscura figura, señaladamente alta a pesar de la distancia. Este hombre del desierto había entrado otra vez en su vida, y la promesa de agonía que le había perseguido en Santa Isabel parecía que iba a cumplirse inexorablemente.
—Hábleme dé él —dijo de pronto a Merryvale.
—¿De quién? ¿Adán? Bien, hay mucho que decir acerca de ese hombre, y creo que no conozco ni la centésima parte de lo que ha hecho.
—¿Qué edad tiene?
—Bien, pues tenía dieciocho años cuando vino por primera vez a Picacho, y eso fue, hace dieciocho años.
—¡Sólo treinta y seis! —exclamó Ruth, asombrada—. Pero si es joven. No creía que fuera viejo, aunque... ¿Picacho? ¿No está cerca de Yuma?
—Cierto, a unas veinte millas, más o menos, subiendo el río. Mira ese picacho púrpura, solitario, elevándose ahí. El pequeño. pico negro es el Piloto, como ya sabrás si has estado en Yuma. Bien, Picacho está a la izquierda. —Ya lo veo. ¿Muy lejos?
—Pues unas cien millas, a vuelo de pájaro. Picacho...!El Pico! El campo minero se encuentra al pie mismo de la montaña. Estaba muy poblado en aquellos días, cuan(lo Adán vino. Ahora, desierto y olvidado.
—¿Fue ahí donde Adán creyó haber matado a su hermano?
—Sí, ahí mismo, en Picacho —contestó el anciano soñadoramente, mientras azotaba a los cansados mulos con las riendas.
—Me gustaría saber por qué. ¿Qué sucedió?
—Bueno, puedes estar segura de que no ocurrió nada al estilo de Caín y Abel —replicó Merryvale—. Escucha ahora, Ruth, que te contaré algo maravilloso y triste. Fui la primera persona que conoció a Adán en Picacho. Había bajado por el río desde Ehrenberg, en una lancha. En el momento en que le vi supe que escapaba de alguien. Era, desde luego, un niño, pero nunca había visto un muchacho tan fino y tan bien plantado. No le quité la vista de encima y creó que sembré en su corazón algunas simientes que han dado fruto. Encontró trabajo en el molino y alojamiento en casa de un mejicano. ¿Cómo se llamaba?... Are...
Arellano. Bien, tenía una hijastra, Margarita, una muchacha como una palmera, con unos ojos qué te abrasaban. Estaba siempre esperando a Adán, mañana y noche, y el muchacho, solo y sediento de compañía, pronto intimó con ella. Margarita estaba loca por los hombres. Adán era demasiado fino y honrado para aquella mujer. Creía que su deber era protegerla e incluso casarse con ella.
Merryvale hizo una pausa para mirar a través de las leguas de piedra y arena, hacia el confuso y rojizo pico que se alzaba en la lejanía.
Bien. Un día se detuvo un barco que bajaba por el río. Había muchos pasajeros, y uno de ellos resultó ser el hermano de Adán. Era el joven más guapo que he visto en mi vida, un poco mayor que Adán y con más experiencia. Era, sin duda, un diablo sin escrúpulos. Se veía fácilmente que se había dejado ganar por la vida salvaje del Oeste.
Bien, con quien primero tropezó fue con Margarita, y me imagino que no le costó mucho conquistarla. Ella recorrió más de la mitad del camino necesario. Arellano habló a Adán acerca de ello y Adán puso a los dos cara a cara, en una margen del río, como yo pude ver.
No me alejé mucho aquellos días, y puedes creerme que tenía simpatía por Adán. Bien, los dos hermanos tuvieron un fuerte altercado a causa de aquella coqueta. Ella lo celebraba. Ya puedes figurarte que Adán deseaba salvaguardar a Margarita de su hermano, quien, como él sabía, ejercía una perniciosa influencia sobre las mujeres. Fue una hora desagradable para Adán. Su hermano no podía comprender esa protección. Y, al fin, Adán resbaló, y sus honestas intenciones con respecto a Margarita fueron conocidas. ¡Qué vergüenza para el pobre Adán! Su hermano se sorprendió enormemente al ver que Adán podía enamorarse de aquella pequeña mejicana. Después se gozó en una alegría perversa. Odiaba a Adán. Lo vi en seguida. E hizo que entonces y allí mismo Margarita dejara plantado a Adán.
»Aquella noche luí al campamento y entré en la gran sala de juego. Adán estaba allí, bebiendo. Y su hermano estaba jugando y perdiendo. Tenía un amigo con él, el sheriff, y querían que Adán les diera dinero. «No me sacaréis ninguno más», dijo éste. Luego supe que el hermano había despojado y robado a Adán del dinero que le había dejado su madre.
Cambiaron algunas palabras fuertes y Adán, de un golpe, tumbó a su hermano encima de una mesa... Bueno, jamás he visto un hombre con el rostro tan pálido como el de este hermano.
Estalló entonces, como si le hubieran prendido fuego, todo el odio que sentía por Adán. Santo Cielo, era digno de verse. No lo olvidaré nunca.
»Cuando contó con palabra mordiente la caída de Adán por aquella pícara mejicana, convirtió aquel infierno del juego en algo tan silencioso como una iglesia. Adán... el niño de Escuela Dominical..., el limpio, dulce favorito... el niño de mamá..., descender al nivel del andrajoso de un campo de mineros... Y se burlaba de Adán, gritando: «¡Maldito seas, puritano embustero! ¡Si tu madre estuviera aquí para verte!» Y Adán, como si le hubieran herido muy profundamente, contestó: «Si hablas aquí de mi madre, te arrancaré la lengua».
»Y aquel malvado hermano habló, con más rabia y ferocidad que nunca. Adán sacó la pistola, pero el sheriff de un golpe, desvié, el disparo y la bala se incrustó en la pared. Los dos hermanos lucharon desesperadamente y en la lucha se disparó el arma Y aquel demonio elegante cayó sobre la mesa con una gran mancha de sangre, que se iba agrandando, en su blanca camisa. Su muerte parecía cercana. El sheriff gritó: «¡Adán, la horca te espera!». Y Adán huyó.
Merryvale interrumpió aquí la narración, dando un momento de reposo a la atención de Ruth. La chica respiró con fuerza. Merryvale levantó su morena mano, señalando —¿Ves aquella cordillera parda, sinuosa? Bien, es la Montaña Chocolate. Adán penetró en el desierto por algún punto situado entre Yuma y esa montaña. Había recorrido muchas millas. Estaba casi loco de sed. Un buscador llamado Dismukes le encontró y le salvó la vida.
Adán había perdido treinta kilos en un día. El desierto... pero tú ya sabes que el desierto lo seca todo. Dismukes era un gran hombre. Se lió cuenta de las dificultades de Adán, le dijo lo que era ese país... cómo convierte a los hombres en bestias a dioses..., le lió una caballería y comida y le puso en el camino que tenía que seguir... Ahora mira allí, lejos, siguiendo la serranía, a mitad de camino. ¿Ves una mancha verde?
—Sí, la veo —dijo Ruth mientras contemplaba, borrosa, una ligera mancha en aquel siniestro fondo de color rojo.
—Bien, allí acampó Adán por primera vez. Por un azar, el asno incendió su fardo y escapó después. Todas las provisiones de Adán se habían quemado. La muerte le esperaba. No podía volverse atrás. Siguió adelante. Hay un oasis en el extremo oriental de la fila, donde suelen vivir los indios en alguna estación. Adán logró llegar a él, pero los indios se habían ido. Aquí empieza su lucha por la vida. Lentamente se moría de hambre. Los conejos y los pájaros eran escasos, y por fin se acabaron. Comió lagartos y serpientes. Se debilitó tanto que difícilmente podía arrastrarse. Al final, y cuando estaba tratando de matar una serpiente de cascabel, se cayó y fue mordido por el reptil. Vinieron los indios y le salvaron la vida. Permaneció con ellos largo tiempo, aprendiendo las particularidades de la vida del desierto.
»Ése fue el principio de sus andanzas. Creció y el desierto le cambió. Le hizo igual que él: como un águila. Al paso de los años, recibió otro nombre. Wansfeld el Errante. Sabía en qué parajes del desierto había oro, pero no lo quería. Permaneció en los sitios solitarios, visitando rara vez las minas y los campos y ciudades del borde del desierto. Los hombres malos, que abundan en el arenal, aprendieron a temerle. Siempre estaba al lado del débil, del perdido, los cuales abundan también. Y su mano era terriblemente vengadora. Ha matado a muchos, y siempre, según he oído, se trataba de hombres malvadas, tales como los que robaron a Genia Linwood de los brazos de su madre. Hasta que al final siguió la senda que llevaba a Santa Isabel.
—¡Oh, qué vida! Todo para nada —murmuró Ruth.
—Bien, yo acostumbraba pensar lo mismo, pero he cambiado de opinión. La vida de Adán en este desierto ha sido algo que las palabras humanas no podrían explicar, aunque lo supieran. Yo te he dado solamente unos pocos datos, para que los unas. No es difícil darse cuenta de que es un gran hombre. Él te ha dicho por qué se escapó de ti, en Santa Isabel. Pero no te habló de los meses de tortura aquí, luchando para olvidarte, y luego luchando para rendirse a la ley. Fue ahí, en ese oasis, donde llegó a punto de perecer hace dieciocho años.
Ahí sostuvo una batalla como no creo que otro hombre haya librado jamás. Yo estaba en Picacho cuando vino a entregarse. Fui el único que le habló de su terrible equivocación. Le enteré de que no había matado a su hermano. Y he estado con él desde entonces. Y desde entonces que conozco la vida de Adán cuando era niño... Sé cuánto amaba a este hermano que ya desde pequeño se lo robó todo. Por Dios, eso es lo peor, y por la que yo sentí siempre que no le hubiera matado de veras.
—Merryvale... ¡decir eso es duro, cruel! —exclamó Ruth, asombrada ante el repentino apasionamiento del anciano.
—No importa. Adán era un muchacho bueno y cariñoso, favorito de su madre. Amaba a su hermano como jamás otro hermano ha sido amado, que yo sepa. Y en pago, cosechaba odio. Todo lo que tenía o deseaba iba siempre a su hermano. juguetes, dulces, vestidos, muchachas, dinero... y, finalmente, el honor. Murió su madre. Adán dio la mitad de su pequeña herencia para salvar a su hermano. Le llevó al Este, siempre esperando... Y le vio seguir el camino de las casas de juego. En Ehrenberg rompieron por fin, y el combate más amargo fue en Picacho... Y ahí va Adán ahora, afanándose sin desmayo al cabo de dieciocho años de infierno.
Terminado el relato, Merryvale permaneció largo tiempo en silencio. Ruth entraba en contacto con una apreciación extraña y nueva acerca de la actitud del hombre hacia la vida.
Entre tanto llegaron a los palo verdes, árboles de color verde pálido, de troncos y ramas y ramitas brillantes, con unas pocas hojas amarillas. Wansfeld había descargado a los animales y estaba sentado a la sombra.
—Descansa aquí un rato —dijo, levantándose para ayudar a Ruth, cuando Merryvale se acercó.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó —Muy bien, excepto que estoy cansada —contestó Ruth.
—Anda un poco, y luego siéntate aquí. Prepararé algo para que estés cómoda. Lo peor del día está todavía ante nosotros, y será mejor que lo pasemos aquí.
—Recuerdo esos palo verdes. ¿No estamos cerca de Lago Perdido?
—A diez millas, quizá. Llegaremos allí en tres horas. Ruth se quitó sombrero y chaqueta y se paseó entre los árboles. Además de los palo verdes había cantidad de hermosos y extraños árboles espinosos de la crucifixión, o árboles del humo, como los buscadores de oro los llaman porque a cierta distancia parecen suaves nubes de humo azul que se eleva. El lugar era un depósito arenosa, seco como la yesca, del cual brotaba el calor en delgadas partículas. No había ser vivo a la vista, ni siquiera un antílope, o una susurrante mosca, o una abeja de paso.
Y, sin embargo, parecía percibirse un ligero zumbido de ignoto origen en el interior y alrededor de los árboles.
Pronto volvió Ruth adonde se encontraban los hombres. Los asnos se pusieron a pacer las gráciles hierbas; los mulos permanecieron quietos, con la cabeza baja, Merryvale estaba echado en la arena.
Adán señaló a Ruth un cómodo sitio que había preparado con paquetes y mantos. A Ruth le gustó apoyarse allí. Su rostro y sus manos estaban húmedos; la opresión que sentía en el pecho le dificultaba la respiración; la cabeza le dolía. ¡Qué alivio poder reclinarse un poco y cerrar los ojos! Sus embotados pensamientos se esfuminaron en una oscuridad, y se quedó dormida.
Al despertar Ruth de su siesta se encontró libre del dolor de cabeza y de la opresión del pecho, aunque le pareció que sufría un calor tan desagradable como antes. La gran llama de sol se había movido lejos hacia el Oeste. Adán llamó a Merryvale para que trajera los animales a fin de cargarlos.
—Ruth —dijo aproximándose a ella—. Sé lo que sientes. Es duro. Me apenaba hacerte volver.
Quería llevarte lejos de aquí. Yo te ama lo mismo que cualquier otro hombre. Sin embargo, creo que tengo un amor más elevado que éste. Mi felicidad consistirá en hacer tu carga más llevadera... manteniendo la palabra que le di a tu madre.
—Me avergüenzas —contestó ella con los ojos bajos—. Yo... yo quisiera poder repetir lo que te dije en Santa Isabel. Lo haría si tú fueras otro hombre cualquiera. Pero tú jamás verás en mí a una mujer libre.
Merryvale volvió a ser el conductor sobre el deslumbrante desierto, esta vez con un ligero viento soplando por detrás, levantando finas partículas de polvo. Adán marchaba delante, pero sin adelantarse ahora porque el camino estaba más libre de arena y descendía con más pendientes. A lo lejos del depósito brillaba, una ancha barra de agua pálida azul, y detrás de él aparecían oscuras montañas. Había belleza y algo sublime en la extensión sin fin de este desierto, en las filas de escabrosas alturas y picos, los cuales Ruth entreveía por la abertura de su velo. ¿Qué le había sucedido, que lo veía todo menos la terrible lividez del desierto? Ruth se puso a reflexionar sobre este hecho. Tenía algo que ver con Wansfeld; ese hombre se asomaba cada vez con más frecuencia a su pensamiento.
Pasaron las horas, y hacia la puesta del sol cesó de volar el polvo y disminuyó el. calor.
Ruth se quitó el velo. Los verdes árboles y las cuadradas chozas de adobe de los indios y los mejicanos se veían ahora distintamente, a una milla de distancia poco más o menos. Abajo apareció la espesa mancha de verde follaje que señalaba el pozo de Caleb Hunt, abuelo de Ruth. Ésta masa de verde ocultaba la casa donde vivía Ruth. Pronto se divisó entre el verdor la cuadrada oficina de transportes, pintada de blanco. La vista del edificio le hizo pensar a Ruth en lo que la esperaba. Sentía alivio al pensar que volvía con su abuelo, quien estaría tan encanado de verla que se olvidaría de su escapatoria. Sintióse entonces agitada al pensar en Stone y en su marido. Pero era solamente con curiosidad, placer, excitación. Las últimas veinticuatro horas la habían alejado mucho de esos hombres. Empezaba a notarlo vagamente al recordarlos.
Adán detuvo a sus bestias a poca distancia del puesto y esperó a que Merryvale se le acercara. Prosiguieron entonces el camino bajo la dirección de Ruth. El ancho espacio (que más bien era eso una calle) enfrente del puesto estaba desierto y pintado lo mismo que el largo y bajo edificio con una franja de pálido rojo proveniente del sol que se ponía. Ruth estaba contenta de que nadie apareciera para ver su vuelta. Seguramente nadie había observado su marcha, la mañana anterior, con Stone, pues habían salido antes de romper el día.
Lo que a distancia había parecido un oasis era solamente un apretado seto de palo verdes, cactos y ramaje que rodeaba un lecho de verdes juncos y permanecía algo más alto que el puesto El, agua de la fuente iba, por una cañería, a parar a un depósito de piedra.
—Ahí está mi casa —dijo Ruth señalando una construcción de adobe, de color terroso, visible a través de los árboles del bosquecillo.
—¿Qué hacemos con el carro y los mulos? —preguntó Adán mientras depositaba en el suelo su impedimento.
—No sé. Quizá sea mejor que los cuidéis vosotros mientras vemos cómo se arregla. Venid conmigo.
Adán la siguió con los bagajes mientras Merryvale conducía los mulos al pozo, donde los sedientos animales sumergieron inmediatamente sus hocicos. Cuando se encontraron al otro lado del seto Ruth aflojó el paso. El cálido y húmedo olor de los juncos del estanque hirió su olfato. Las abejas silbaban por entre los palo verdes, los conejos corrieron a esconderse— en lo más frondoso de los verdes juncos. Ruth observó con interés el oscura e impasible rostro del sirviente indio— de su abuelo. No se oía sonido alguno, excepto el dial agua al correr. La casa de adobe era larga y baja, con un porche que se extendía por todo lo largo.
—Aquí... estamos... Adán —dijo Ruth con la respiración entrecortada—. Mira adónde me has traído... para toda la vida.
Los vivos ojos de Adán examinaron la escena, posándose sobre el pequeño pozo con su verde musgo y los juncos. Después su mirada saltó por encima del bosquecillo hacia la inmensa vista del desierto.
—Me temo que no miras las cosas bien —dijo sonriendo—. Esto es un oasis. Su vista no me cansaría jamás.
—¡Cielos! —exclamó Ruth, impacientemente—. No veo al abuelo —le dijo mientras marchaba a lo largo del porche—. Debe de estar en el puesto, a menos que haya ido a Yuma a buscarme...
Siéntate, Adán. Este porche no fue hecho para tu estatura. Mi habitación está en este extremo de la casa.
Ruth anduvo unos pasos y abrió la puerta gris, deslustrada por la intemperie.
—¡Oh Señor! —exclamó.
¿No habían transcurrido más que treinta y seis horas desde que se marchó? Todo ello parecía tan lejano... Era evidente que nadie había entrado en la pequeña habitación durante su ausencia. Su cama estaba como la había dejado en su precipitada huída, con la colcha y la sábana mitad encima y mitad en el suelo. Este dormitorio poseía la única ventana de la casa.
Ruth paseó la vista a su alrededor, fijándose en las pintadas paredes, las esteras indias, el escaso mobiliario, el acortinado nicho donde colgaban algunos pocos vestidas, y, por un momento, una sensación de tristeza pesó sobre ella. Entonces vio la carta que había dejado para su abuelo. No la habían encontrado. La cogió y salió al exterior.
—Adán, esta carta que dejé no ha sido abierta —dijo—. El abuelo debe estar muy alarmado.
No puede saber lo que me ha sucedido.
—Voy a buscarlo —contestó Adán.
—Sí; iré contigo.
Pero apenas habían empezado a andar cuando Ruth vio al anciano atravesando la entrada del bosquecillo.
—Espera, Adán. Aquí viene.
Se encontraba cerca del porche cuando el abuelo levantó la cabeza, mostrando un rostro preocupado, que inmediatamente se iluminó con asombro y alegría. Apresuró el paso... Era un hombre delgado, de cabellos grises y con los hombros ligeramente caídos.
—¡Ruth! —exclamó temblorosamente—. ¿Dónde diablos has estado?
—Hola, abuelo —contestó Ruth besándole en la mejilla—. ¿No sabes dónde he estado?
—No. Ayer, a la hora del desayuno, Marta dijo que no estabas en tu habitación. Entonces empecé a preocuparme. Por la noche temí que te hubieras escapado a Yuma, como tan frecuentemente amenazabas. ¿Dónde has estado y quién es este desconocido?
Adán se había levantado y permanecía con la cabeza inclinada a causa de la poca altura del techo. Abuelo, éste es un viejo amigo: Adán Wansfeld,.. Adán, mi abuelo Caleb Hunt.
Los dos hombres se estrecharon las manos y cambiaron saludos.
—¿Wansfeld?... ¿Wansfeld? —añadió el anciano, pensativo—. Bien, señor, nunca le he visto.
A un hombre como usted no le habría olvidado, pero le he oído nombrar.
—No lo dudo. Mi nombre es bastante conocido en el desierto. He viajado mucho— contestó Adán. —Abuelo, ¿qué te dijo Hal Stone? —preguntó Ruth, deseosa de prontas explicaciones.
—No he visto a Stone, Ruth —contestó— Hunt, con sorpresa—. Alguien le vio hace poco, cerca del puesto, cojeando.
—Me escapé ayer con Stone —dijo Ruth apresuradamente.
—¡Santo Cielo!... Te escapaste... ¿Te fugaste con Hal Stone? —profirió su abuelo—. ¡Tu marido le matará.
—Cuando yo se lo haya explicado todo, no. Fue culpa mía, abuelo. Bueno, nos encontrábamos a diez millas de las montañas cuando Old Butch, el mulo gris, se paró. No pudimos seguir. Stone dijo que debíamos acampar allí. Y entonces, cuando yo rechacé sus...
avances, se puso de mal talante. Apareció Adán con Merryvale y me socorrió. A Stone le hizo marchar. Era la noche pasada. Acampamos allí y esta mañana nos hemos puesto en camino.
—Caballero, le quedo muy agradecido —dijo cortés y calurosamente Hunt a Adán, extendiendo una mano nerviosa—. Quizás. esto sirva de lección a mi nieta.
—Abuelo, no me volveré a escapar —murmuró Ruth con sentimiento.
—Bien, algo ha sucedido a mi niña —declaró Hunt cariñosamente, rodeando a Ruth con su brazo—. Lo que sea, es bien venido, aunque asombroso. ¿Cómo has cambiado así? Ruth es tan difícil de cambiar como Old Butch. Y, a propósito, ¿cómo consiguieron hacerle andar?
—Old Butch y yo somos viejos amigos —dijo Adán—. Le conduje hace ocho años, en Mohave.
—Escucha, abuelo —interrumpió Ruth, trémula—. Adán no tuvo dificultad en cambiarme...
Conoció a mi madre. Estuvo con ella... y con mi padre... los últimos días de su vida... En el Valle de la Muerte... ¡Oh, qué horrible historia!... Pero tienes que oírla.
—¿Qué... qué es esto, Ruth?... —exclamó con gran emoción—. ¿Conoció usted a mi hija Magdalena..., la madre de esta muchacha, Wansfeld?
—Sí, míster Hunt. La conocí durante las últimas trágicas semanas que vivió en el Valle de la Muerte —contestó Adán sombríamente.
—Esto es extraordinario. ¡Después de tantos años! ¡Gracias a Dios que por fin podemos saber algo!... ¿Le dio Magdalena algún mensaje para nosotros?
—El broche, Adán. Muéstraselo —dijo Ruth con vehemencia.
La gran mano morena de Adán se introdujo en su gastada camisa, y de repente se quedó quieto.
—¿Quién es aquel hombre? —susurró en tono tan bajo y tenso que Ruth le miró con vivo asombro. Sus ojos de águila, fijos en el sendero, despedían una temblorosa luz acerada.
La rápida mirada de Ruth siguió su dirección y vio a un hombre que subía por el sendero.
Se rió.
—Es mi marido —dijo, y se levantó, consciente de— que por sus venas hormigueaba un calor distinto.
Oyó que Adán profería una exclamación ronca y sofocada, incoherente, y por el rabillo del ojo le vio levantarse y entrar rápidamente por la abierta puerta. Su voz y su acción le hicieron un extraño efecto. Su abuelo, imitándole, entró también en la casa.
Ruth había esperado en más de una ocasión la visita de Guerd Larey con entremezcladas emociones, pero nunca tan tranquila y confiada como en este momento. Había perdido el miedo. Le observó mientras se acercaba. Un magnífico ejemplar de hombre, alto y vigoroso, calzado y armado, sin chaqueta ni sombrero, sobre cuyo espeso cabello rubio y su bello pero depravado rostro brillaba la luz del sol.
—Ruth —exclamó, acercándose hasta el mismo borde del porche donde se encontraba la mujer, e inclinándose para escudriñar su rostro con aquellos grandes y hambrientos ojos verdes. Alegría, alivio, sospecha, rabia, todo se juntaba en su mirada—. Has vuelto —afirmó ofreciendo su mano, que ella pareció no ver.
—Ya lo ves —contestó ella. —¿Dónde diablos estuviste?
—Esto no es cosa tuya —contestó ella fríamente—. Guerd, no me hables en ese tono. No tienes nada que ver con mis acciones, ni puedes reñirme.
—Pero he tenido miedo. No puedo dejar de amarte.
—Ésa es tu desgracia, si es cierto —dijo Ruth—. Pero tú jamás me has amado verdaderamente.
Por favor, vamos a dejar eso. Me molestas con tus protestas de amor... cuando yo sé cómo es tu vida.
—¿No creerás nunca que hubieras podido cambiarla? —preguntó él con amarga pasión.
—Nunca. Tú eres un esclavo de tus egoístas deseos —contestó ella despectivamente—. En amor... en los negocios... en todo. Fuiste un jugador y un tramposo incluso cuando te casaste conmigo.
—Ruth, te juro por Dios que... que me enmendaré... si tú quieres ser mi verdadera mujer —rogó con vehemencia casi salvaje—. Devolveré el negocio de los fletes a Hunt.
Abandonaremos este condenado desierto.
—Es imposible, Guerd —respondió ella, preguntándose por qué no podría sentir piedad por aquel hombre. Él creía, sin duda, en sus propias palabras—. Y si es para esto para lo que has venido, te agradecería...
—¡Por Belcebú! —exclamó con apasionado gesto— Lo que te dije se me ocurrió sólo al momento de verte.
—Después, su elocuencia y su oscuro esplendor se apagaron—. Ese joven Stone fanfarronea por ahí pregonando que se fugó contigo. Quiero oír lo que tengas que decir antes de que...
—No mates a Stone, Guerd —suplicó Ruth, agobiada—, ni siquiera le pegues. Ha sufrido ya su castigo. Todo fue culpa mía.
—Entonces, ¿es verdad?
—Sí. Me escapé con él. Le animé, le dejé que me hiciera la corte..., le dejé pensar que...
¡Oh, no tengo excusa, Guerd! Últimamente me parecía que no podría aguantar más en este lugar. Tenía que marcharme.
—¡Maldita seas! —gritó él, blanco hasta los labios—. Te hubieras ido con cualquiera..., incluso con un mejicano... antes que conmigo... Bien. ¿Qué sucedió? Stone tiene el rostro aporreado.
Dijo que Old Butch le había tirado una coz. Pero eso es mentira. Eso es obra del puño de algún hombre. ¿Quién era él... y por qué?
Ruth adivinó la inminencia del peligro para el muchacho a quien ella había llevado a tal extremo.
—No pudimos alcanzar la colonia india, Guerd —dijo impulsivamente—. Old Butch se paró.
No había otra solución que acampar. Stone quiso hacerme el amor. Yo no le dejé. Tenía perfecto derecho a esperar eso... y más aún... Lo confieso con vergüenza. Entonces se puso violento, y mientras luchábamos aparecieron dos hombres... que terminaron la pelea.
—¿Uno de ellos golpeó a Stone?
—Sí, en efecto, eso hizo. Pero...
—¿Quién fue?
—Wansfeld, un viejo amigo a quien conocí hace años en Santa Isabel.
—¡Wansfeld! Conozco ese nombre. He oído hablar de un Wansfeld. Es un vagabundo del desierto —dijo Guerd pensativamente—. Anda por todas partes, haciendo toda clase de cosas raras. ¿Y le conociste en Santa Isabel?... Entonces, difícilmente podrá ser el mismo hombre que yo digo.
—Me trajo a casa. Puedes saber por él mismo quién es y qué es.
—Eso no tiene importancia. ¿Me dijiste que ese joven Stone tenía perfecto derecho a esperar que tú le amaras... y «Más»?
—Guerd, para ser justa con él, tengo que confesarlo —contestó Ruth, notando que se le encendía el rostro—. No me di cuenta hasta ahora de lo mala e irresponsable que he sido.
—¿Dejaste que Stone te besara? —preguntó sombriamente.
Ruth apartó su rostro de la celosa llama de los ojos de Guerd. ¡Cuánto deseaba poder sostenerlos y mentir! Pero le fue imposible.
—¡Y nunca permitiste que yo te besara! —exclamó él con voz ronca.
Ruth no supo contestar tampoco a esta punzante acusación. Pero cuando su marido se volvió para marchar, tuvo la fuerza suficiente para llamarle. Guerd no le hizo caso. Recorrió el sendero rápidamente y cruzó la puerta del vallado.
El abuelo de Ruth salió de la casa con el rostro contraído y las manos temblorosas.
—Ruth, a ese pobre muchacho le matará o le azotará a latigazos hasta que no le quede más que un hilo de vida.
—Tengo miedo, abuelo —dijo Ruth, espantada—. ¿No quieres irle a buscar... para traerlo acá otra vez?
—Iré, pero será en vano.
De pronto Ruth se acordó de Adán y el recuerdo despertó en su pecho, al mismo tiempo que miedo y remordimiento por Stone, una angustia mezclada con una irreprimible curiosidad por Adán.
—Adán... ¿Oíste... lo que dijo? ¿Por qué entraste en la casa? Tendrás que encontrarte con él alguna vez. No recibiendo respuesta, Ruth entró apresuradamente en la habitación. En el primer momento no consiguió localizar a Adán. ¿Podría haberse marchado por la puerta trasera? Entonces percibió un largo y tembloroso suspiro. Adán estaba echado en la cama de su abuelo, escondido el rostro y agarrando las almohadas con sus grandes manos. Ruth corrió hacia la cama con el corazón contraído.
—¡Pero... pero... Adán! —llamóle, poniendo una mano temblorosa sobre su hombro—.
¿Qué es lo que..., ¡oh...!., qué ha podido ponerte así?... Era solamente mi marido. Has tenido que oír...
—No ha muerto... No morirá jamás... —interrumpió Adán con voz velada.
Qué? —Mi amor.
—¿Por mí? Oh, Adán, qué dicha será que no muera. ¡Qué dicha! Quiero que me ames.
—No, Ruth, no por ti, sino por él.
Adán levantó el rostro, lleno de tal expresión de agonía que hizo caer a Ruth de rodillas a su lado.
—¡No...! ¡Él no...! Guerd Larey, no —exclamó ella, casi loca.
—Sí, Ruth.
—¡Oh, Dios mío!... No me digas... No me digas que... lo que temo... lo que siento... Adán, estoy destinada a amarle. Mi madre te amó... Y yo también te amo ahora. Es un amor que viene a destrozarme el corazón. ¡Oh, no me digas que él es el hermano perverso que arruinó tu vida! No podría soportarlo, Adán. No podría soportar que tú me encontraras como su...
su...
—Ruth, es verdad —contestó él, abatido—. Es mi hermano. ¡Mi verdadero nombre no es Wansfeld! Yo soy Adán Larey.


V
Lago Perdido dormitaba al mediodía bajo un sol de junio. El vasto cielo del desierto, como un párpado cobrizo, se había cerrado encubriendo los límites de la llanura en una neblina de oscuridad. Los velos de calor se elevaban ondulantes de la arena, como humo transparente.
Un indio permanecía inmóvil a la sombra de una pared de adobe. El viento arrojaba bocanadas de arena a través del espacio cuadrado que se extendía delante del puesto. El desierto se había cerrado, como prohibiendo la vida y el movimiento.
Merryvale se despertó de su siesta. Se había alojado en una choza india abandonada que no era más que un conjunto de palos de «ocatilla» abierto por los dos lados y con el techo hecho de palo verdes. Estaba situada en los confines del puesto, y convenía a Merryvale. Adán había cogido los burros aquella misma noche y se había ido al rocoso refugio del cañón, sobre Lago Perdido. Ruth le había rogado que obrara así, para que no se encontrara con Guerd Larey, por varias razones que Merryvale dedujo fácilmente. Adán había vuelto solamente una vez, por la noche, para reunirse con Ruth y con él, y era esperado de nuevo aquella noche.
Merryvale reflexionaba mientras iba plegando cuidadosamente su cama sobre el colchón de hojas. Aquellos días estaba sumido en hondas meditaciones, absorbido por su lealtad hacia Adán y Ruth y por la confusión que la suerte, había traído a sus vidas. Merryvale había permanecido cuarenta años en el desierto. Lo amaba tanto como Adán, pero no se andaba por las nubes. Era la gente del país lo que le interesaba, y la veía claramente, al desnudo, elemental, en su aspecto terreno, respondiendo a la ley de aquel medio desolado, caliente, solitario y fiero.
Mientras estaba allí sentado, pensando, oyó la marcha pesada de los vagones de transporte.
Recordó que se esperaban dos convoyes: uno que, viniendo de Yuma, se dirigía hacia el Norte, y otro que venía del Sur. Lago Perdido era un puesto importante, el único que poseía agua abundante en cien millas de dilatado desierto, del cual toda la parte norte, unas cincuenta millas, se encontraba más baja que el nivel del mar.
Merryvale salió fuera y se encontró con el indio Jim, un nativo con quien se había tomado el trabajo de trabar amistad. Este indio coalmila había sido en un tiempo propietario del pozo, que era conocido de los buscadores con el nombre de «Pozo Indio». Jim y su gente vivieron prósperamente antes de vender el pozo, que fue la Meca de todos los viajeros del desierto.
Pero habían dilapidado su fortuna y estaban ahora reducidos a una existencia de pordioseros, resentidos contra los poseedores del puesto, y especialmente contra Hunt.
—¿Cuántos vagones vienen? —preguntó Merryvale al indio.
Éste extendió ocho dedos, después apuntó hacia el vacío arenoso.
—¡Uf! Tren viene —dijo.
A lo lejos, en el espacio teñido de gris, se movía un objeto negro entre una nube de polvo.
—Día caluroso, Jim.
—No —contestó el indio.
Merryvale se dirigió al puesto, donde se habían detenido los vagones. Pasando bajo los palo verdes hacia una casa de adobe, Merryvale se detuvo para dirigirse a una mujer mejicana que, sentada a la sombra, se hallaba ocupada arreglando unos vestidos de brillantes colores.
Un niño medio desnudo, con el cabello polvoriento y una piel como el marfil oscuro, jugaba en la arena, a sus pies.
—Buenas tardes, señora —dijo Merryvale saludándola—. ¿Puedo mirar ahí dentro? —E indicaba la abierta puerta.
—Sí, señor —contestó ella mostrando los blancos dientes.
Merryvale entró. Sobre un lecho junto a la ventana yacía un joven, de rostro macilento, con barba de varios días y ojos hundidos.
—Bien, Stone, ¿qué tal se encuentra usted hoy? —preguntó Merryvale.
—¡Oh Dios!, estar echado aquí es como si se viviera en el infierno —contestó Stone con voz cansada, mientras movía la cabeza de un lado a otro.
—¿Sufre todavía?
—No, creo que ha pasado casi. Lo que me molesta es este calor infernal. Tengo la cara y las manos húmedas. Y estas condenadas moscas pican.
—Bien, muchacho, está usted mejorando rápidamente —dijo Merryvale animándole—. Vaya, cuando yo vine aquí por primera vez tenía los párpados cubiertos de moscas. Yo mismo se los limpié y quité los, huevos, y usted ni se dio cuenta.
—Sí, es posible. Ruth estuvo aquí esta mañana, y me lo dijo.
—¡Ah!, ¿Ruth estuvo aquí? Bien, es una buena acción que ha hecho, no cabe duda.
—¡Oh! es buena —contestó Stone esperanzarlo—. Cargó con toda la responsabilidad por haber disparado Larey contra mí; pero yo no solicito sus bondades.
—Puede que no tuviera toda la culpa ella, Stone. Usted habló de Ruth, según me han dicho.
Es seguro que Larey quiso matarle a usted, por tal motivo; no por haberse fugado los dos. Por otra parte, casi lo consiguió. Tuvo usted la suerte de que el doctor pasará con el con voy; de otro modo hubiese servido de pasto para los buitres.
—No doy las gracias a nadie —dijo el joven ásperamente.
—Ya lo veo —contestó Merryvale dejando asomar cierta frialdad en su voz— ¿Qué hará usted cuando esté de nuevo sobre sus pies?
—¿Qué hacía antes de que parara esas balas? —Bueno, pues vendía usted caballos, y jugaba un poco, y se fijaba en el licor raja más de lo que debía, y perseguía a una joven de por aquí —contestó Merryvale con su tono perezoso habitual.
—Sí, y eso es lo que haré otra vez.
—Por lo que se refiere a lo último, no, Stone —dijo Merryvale con alguna aspereza—. Si se marchara de Lago Perdido demostraría usted ser inteligente, pero si no lo hace, siga mi consejo y deje a Ruth tranquila. Es posible que le diera entrada flirteando un poco con usted y se mostrara incluso amable y cariñosa, como siempre lo han sido y lo serán para siempre las mujeres; pero no pudo seguir jugando la partida como usted lo deseaba, y cuando volvió aquí cargó con todas las culpas. Procuró que usted quedaba bien con todos, e incluso con Guerd Larey. En cuanto a eso, a pesar de su rudeza, Larey no hubiera disparado contra usted si usted hubiese guardado la boca cerrada. Ruth tuvo un gran gesto al reclamar la vergüenza para sí misma, a fin de salvarle a usted. Usted debe apreciarlo, dejándola tranquila.
—Bah, es usted un viejo loco, Merryvale —repuso Stone—. Usted no conoce a las mujeres, y mucho menos a Ruth Larey. Ella es como este desierto. Es tan voluble como el viento. Me acariciaría un momento y al siguiente me sacaría los ojos. Aunque no lo crea usted, está deseando que vuelva.
—Me parece que no, joven —contestó Merryvale concisamente—. Pero averígüelo usted mismo. Y si no quiere seguir el consejo de un hombre que conoce el desierto y que tiene buenas intenciones para con usted... Sien, pues, siga por su arriesgado camino.
Merryvale se apartó del lado de la cama y salió de la habitación, convencido de que el amor de Stone por Ruth se cambiaría en odio y que se convertiría en un enemigo al que no habría que perder de vista. Las pasiones de los hombres no conocen el freno en este desierto abrasado por el sol. Cada elemento de la Naturaleza trabaja para aumentar lo primitivo: el odio, la codicia, la envidia, los celos, la lujuria... todos los rasgos oscuros y perversos de la humanidad parecen libres y exuberantes. Merryvale se dijo que, como en otras frecuentes ocasiones durante su vida en el desierto, había caído en medio de un intrincado y confuso drama que, si no llegaba a terminar de un modo trágico, alcanzaría momentos terribles antes!
de que se hiciera alguna luz para sus principales intérpretes.
En el pueblo había una interrupción en la aburrida labor de cada día. Movimiento, polvo y ruido acompañaban el desenganchar las parejas de los sudorosos mulos, tres por cada vagón, y el descargar las cajas, balas y barriles e introducirlos en el depósito. Era ésta una hora ocupada para los trabajadores indios y mejicanos. Caleb Hunt permanecía junto a la ancha puerta, dirigiendo la colocación de las provisiones y haciendo anotaciones en un libro.
Merryvale se repantigó a la sombra del porche que corría a todo lo largo del puesto, jugando el papel que había elegido: el de un anciano ocioso, alejado de toda labor o trabajo, y que no se interesaba por nada, salvo por el descanso. Pero en realidad estaba alerta para ver lo que sucedía; para anotar la siempre creciente cantidad de flete, cosa en sí misma de mucha importancia, y para escuchar a los conductores y descargadores, observar a Hunt y su hombre, el taimado Dabb, y especialmente, si era posible, echarle una mirada a Guerd Larey.
Uno de los mugrientos conductores se detuvo cerca de Merryvale para respirar y secarse el húmedo rostro. —Caluroso día, anciano —exclamó.
—Así lo creo, para usted. Para mí no pasa de tibio. Buena cantidad de flete están ustedes descargando. —Y más que llega a cada momento —contestó el otro asintiendo vigorosamente con la cabeza— Dejamos el depósito completamente lleno. ¿Sabe usted? El flete viene ahora hasta Yuma por ferrocarril.
—¡No me diga! Bien, eso sí que es una noticia. ¿De modo que han construído el ferrocarril hasta Yuma?
—Sí; sube hasta el Norte.
—Bueno, entonces algo había en los rumores que circularon tantos años. ¿Par dónde piensan construir ese tramo?
—No lo sé con seguridad —replicó el conductor—, pero desde luego los raíles tendrán que pasar entre la Cordillera de las Chocolate y las dunas de arena. No se puede construir ninguna vía sobre estas últimas.
—Desde luego que no. Cada día quedaría enterrada. Creo que colocarán traviesas por el extremo occidental de las dunas y quizá cortarán hacia el Norte a través del valle, por esta parte.
—Oí decir a un ferroviario que Lago Perdido quedaba en el trayecto del ferrocarril —dijo el conductor. Y se alejó.
He ahí una noticia extraordinaria. Un ferrocarril hacia el Norte a través del valle significaba un aumento en el valor de la propiedad. Merryvale se lió cuenta de que los derechos! sobre el agua en la tierra que pertenecía a Hunt valdrían una fortuna. Guerd Larey había tratado durante mucho tiempo de comprárselos. Últimamente, según Ruth, había ofrecido más, insistiendo mucho para que Hunt se los vendiera.
Entonces llegó el convoy rodando con sus seis caballos cubiertos de polvo y sudor, y con el conductor, que parecía un hombre de nieve.
—¡Eh, aquí estamos, muchachos! —gritó, tirando de las riendas—. ¡Llegar a Lago Perdido o reventar! ¿Cómo estás, Bill? ¿Cómo estás, Tim? Venimos al infierno por gusto, con doce pasajeros y un diablo a bordo... ¡Eh, Tony, cuídate de los caballos!
Nubes de polvo volaron cuando se abrió la puerta para dar paso, primeramente, a un hombre alto vestido con una larga levita. Tenía el rostro gris, duro, torvo, arrugado, con la mandíbula cuadrada, más chocante aún por la repugnante cicatriz que borraba su ojo izquierdo.
Merryvale reprimió el sobresalto que tuvo al reconocer a Collishaw, el sheriff aquél, aliado de Guerd Larey en Picacho años antes. Collishaw no había cambiado mucho, sólo estaba más canoso. La mente de Merryvale retrocedió en el tiempo hasta representarse otra vez la escena de la lucha entre Guerd y Adán. Revivió cómo éste se desprendía de su lívido hermano y estrellaba la pistola con terrible fuerza en el rostro de Collishaw. Éste luciría esa marca, esa pérdida, hasta la tumba. Su único ojo brillaba con el espíritu de un hombre implacable y cruel.
Uno por uno, los demás pasajeros descendieron de la diligencia, cansados, sucios, y silenciosos. Eran todos hombres, y la mayor parte, de aspecto tosco y, según parecía, íntimamente asociados con el desierto. Merryvale recordaba bien, en efecto, la parte que Collishaw había jugado en la narración de Ruth. Él y Guerd Larey tenían idénticos intereses, si no eran uña y carne. Además, Collishaw dirigía unos de los muchos salones de juego de Yuma. Merryvale vio cómo Larey recibía a Collishaw con la mano extendida y le conducía al bar, y decidió seguirles. En el repleto salón se las arregló para situarse cerca de la pareja.
—Guerd, a su salud —estaba diciendo Collishaw, en voz baja, levantando su vaso—. Es seguro que el ferrocarril pasará por Lago Perdido.
—¡No diga tonterías! —susurró Larey roncamente, levantando también su vaso; y una luz avivó el color de su rostro.
—Seguro. Tengo informes confidenciales: —contestó Collishaw—. Por razones suyas propias, los dirigentes han dado a entender que el camino iba a pasar por la parte oriental del valle.
Pero correrá por este lado.
—Necesitamos Lago Perdido, Salton Springs y Twenty-nine Palms. ¡Beba! —dijo Larey.
Merryvale se alejó por detrás del alto tejano, no queriendo ser reconocido a tan sospechosa proximidad. Pero una vez que se encontró fuera de la taberna, esperó para colocarse de forma que el ex sheriff tuviera necesariamente que verle. Salieron los dos hombres, de muy buen humor, por cierto, y se encontraron con Merryvale, que aparentemente entraba en dirección al bar.
—Hola. ¿Dónde le he visto yo a usted? —preguntó Collishaw ásperamente mientras su único ojo se clavaba, impertinente, en el rostro del anciano.
—Bien, estoy seguro de que no lo sé.
—Usted es tejano.
—Cierto. Jamás sería capaz de negar al Estado de la Estrella Solitaria.
—Yo nunca olvido un rostro —prosiguió Collishaw—. ¿Cuál es su nombre?
—Bien, quizá sea Jones, sólo que no lo es contestó Merryvale con aspereza.
Contento de sí mismo y del fracaso de Collishaw para reconocerle, Merryvale se deslizó hasta el almacén del puesto, donde Hunt, estaba todavía recibiendo y anotando los fletes.
—Hunt, tengo algunas noticias para usted —dijo Merryvale.
—Ah, Merryvale, ¿cómo estás? Gracias. Estaré con usted dentro de un momento —contestó Hunt. Merryvale esperó a la sombra viendo cómo apilaban ringlera tras ringlera de mercancías. Era un largo almacén y ahora estaba casi lleno. Cuando al fin el trabajo estuvo terminado, se había hecho oscuro.
—Es hora de cenar. Venga conmigo, Merryvale. Ruth estará encantada en verle —invitó Hunt.
Merryvale prefirió no hablar mientras pasaban por delante del puesto, donde la gente se movía y algunos indios mejicanos estaban apoyados contra la pared. Pero cuando volvieron la esquina para pasar el seto, dijo:
—Mister Hunt, viene mucho flete, ¿no?
—En efecto, mucho. Manejamos, aproximadamente, el doble de negocios que solíamos.
—¿A quién está consignado?
—La mayor parte del lote de hoy está consignado a nombres que no conozco. Me pareció raro. Y ahora que tengo tiempo de pensarlo, veo que es una cosa extraordinaria.
—Sí, creo que lo es. Pero quizá pueda darle yo una idea acerca de ello.
—Ah, ésas son las noticias que me trae —contestó Hunt.
Al otro lado del seto la sombra era densa, tanto, que Merryvale tuvo que mirar detenidamente a fin de localizar el estrecho sendero. En aquel aire pesado daba gusto oír el correr del agua. A lo lejos, hacia el Norte, resplandeció la hoja de un relámpago a lo largo de un oscuro y almenado horizonte. Los dos hombres se acercaron al porche donde una delgada figura blanca salió de la oscuridad.
—¿Quién está contigo, abuelo? —La pregunta venía de la suave voz de Ruth.
—Merryvale, niñita. Le he pedido que nos acompañe a cenar.
—¡Oh!, le he buscado durante todo el día, Merryvale —dijo ella cogiendo su brazo y apretándoselo—. Estoy más sola que nunca. Acostumbraba bajar al puesto; pero ahora permanezco en el patio.
—Ruth, muchacha, vete y dile a Marta que se apresure con la cena —ordenó Hunt, sentándose. Se desabrochó el cuello de la camisa, se echó el pelo hacia atrás y recibió con evidente agrado el ligero soplo de la brisa—. Ahora puede comunicarme sus noticias y sus presentimientos.
—Bien; yo creo que ese exceso de flete es para los servicios ferroviarios —replicó Merryvale.
Hunt se incorporó tan bruscamente que Ruth, que volvía de la casa, la notó y se detuvo en seco.
—Su confianza en el pozo está justificada —prosiguió Merryvale con acento convincente—. La compañía quiere hacer pasar ese ferrocarril por aquí.
—¡Oh, es maravilloso! —exclamó Ruth sentándose en el brazo de la silla de Hunt. Éste suspiró profunda y ruidosamente.
—Collishaw vino en la diligencia. Oí cuando le decía a Larey que tenía información confidencial.
—Bien, bien, siempre creí que vendría... Y ¿qué dijo Larey?
Merryvale se incorporó para susurrar —Dijo: Necesitamos Lago Perdido, Salton Springs y Twenty-nine Palms.
Hunt lanzó una exclamación ininteligible y se hundió en la silla —Ha nombrado los tres pozos mejores del valle. Éstos se convertirán en importantes estaciones de, ferrocarril, y eventualmente en ciudades. Porque más arriba el valle tiene un suelo muy rico. Todo lo que necesita es agua. Me lo imagino verde y floreciente, como la tierra de Canaán —dijo Hunt.
—Bien, Hunt, creo que usted alcanzó a ver más que otros exploradores del desierto, porque compró Lago Perdido.
—Sí, y mis títulos de propiedad están en regla. Llevé a los indios a Yuma. Soy el propietario de esta agua, y cuando muera pasará a ser de Ruth. Algún día será rica.
—Bah, abuelo, está usted lleno de vida y energía —dijo Ruth—. ¡Oh, cuánto me alegro...! Y, sin embargo, no estoy tranquila. Si Guerd Larey dijo que necesitaba el Lago Perdido y esos otros lugares es que prepara algo.
—Ruth, siempre lo ha querido. Ya sabes que el puesto fue edificado en mi tierra. Él siempre lo ha discutido, pero los indios pueden atestiguarlo. Estos seis acres que yo poseo son lo único que vale del Lago Perdido.
—Bien, yo solamente digo que usted tendrá que luchar por ello.
—Amigo mío, en este desierto la única ley es todavía la ley de la fuerza.
—Seguro. Y aquí es donde interviene Wansfeld. Merryvale advirtió la mirada que le lanzó la muchacha y como sus ojos se abrían y brillaban en la oscuridad. La chica extendió una mano suplicante.
—No le comprendo a usted, Merryvale —dijo Hunt.
—No importa. Era una broma. De todas formas, hablo demasiado. Pero tenía que comunicarle a usted la noticia, buena o mala —dijo Merryvale excusándose.
En este momento entró la india anunciando que la cena estaba servida.
Cuando Merryvale se levantó para seguir a su anfitrión, Ruth le cogió de la mano y se la apretó, susurrando: —No debe usted asustarme, Merryvale. Recuerde que oí hablar a Genia Linwood de lo terrible que Adán es capaz de mostrarse.
Entraron en el pequeño comedor donde, a la luz de las lámparas, Merryvale miró a esta muchacha, sentada al otro lado de la mesa, que había empezado a introducirse en su corazón.
Su amistad por Adán y la larga búsqueda para encontrar a Ruth habían engendrado su interés por ella. Era viejo y había viajado mucho, pero jamás había visto una criatura tan hermosa y turbadora como Ruth. Sus formas flexibles, finas y, sin embargo, llenas; las hermosas líneas de su dorada garganta, la ovalada cabeza con los curvados labios rojos, húmedos y dulces, la delicada nariz, sus grandes ojos purpúreos, sus brillantes cabellos dorados..., todo ello hacía batir más ligero su pulso y alegraba su vista. Pero no era solamente su belleza lo que le había conmovido en lo más profundo. Adán la amaba, aunque no fuera ésa la única razón que había inspirado sus caballerescas acciones. Pensó en sí mismo, y en la capacidad que aún parecía poseer para la lucha. Ruth no se había pintado a sí misma con muy brillantes colores; y lo que sabía por los indios y las mejicanos y por varias mujeres blancas de Lago Perdido no le orientaba a cambiar la estima que ella se dio a sí misma. Sin embargo, Merryvale estaba formando su propia opinión, y parecía adivinar hasta qué grado puede el desierto apoderarse de los instintos salvajes de una muchacha y transformarlos en noble femineidad.
Después de la comida volvieron al porche, en donde Hunt estuvo un rato conversando con ellos, volviendo luego a su trabajo en el puesto.
—Vámonos —dijo Ruth—, puede venir alguien.
Y le condujo fuera de la casa, por un sendero hasta el oscuro seto, a un banco que había a la sombra de los palo verdes.
—Aquí podré oírle... cuando venga —susurró Ruth, con la respiración alterada.
—Ruth, fui a ver a Stone hoy —dijo Merryvale en voz baja—. Me dijo que habías ido a verle.
—Sí, fui a verle y le llevé un poco de fruta. Lo siento por él. Al verle tan pálido, con los ojos hundidos y esas ensangrentadas vendas, me sentí llena de remordimiento.
—Bien, la acción es muy noble por tu parte, pero no debes volver. Y es preferible que le evites en el futuro. Es un mal tipo, Ruth, y no merece tu piedad.
—Ahora tengo dos tareas importantes —contestó Ruth con una risita—. ¡Pero, ah, si supieras cuánto necesito y deseo ser guiada y ayudada!
—Bueno, puedes estar segura de que trataré de vivir lo suficiente para eso.
—Dios sabe que es bastante difícil permanecer aquí —dijo ella retorciéndose sus manos en su vestido—. Me he resignado. Dejé que Adán me dominará. Pero no me di cuenta exactamente... Estoy encerrada, emparedada por el desierto. Intento trabajar, leer, dormir, pero no puedo hacer ninguna de estas cosas durante mucho rato. De día, el sol derrama su brillo cegador... mis ojos se encuentran con la monotonía de un desierto sin fin. Por la noche oigo el sonar de ese manantial que tanto significa para el abuelo. A mí me persigue. Y luego, el silencio mortal, y después de esto, el viento. Usted conoce el viento... Qué triste... Cómo hace volar la arena..., cómo arrastra las hojas. Estoy sola... sola. Y siento que me voy a volver loca. Más tarde, la noche se vuelve gris; después... viene ese terrible amanecer.
—Pero Ruth —dijo, Merryvale con sentimiento—, aquí están los que te aman. Tu abuelo y Adán... y, bueno, creo que yo.
—¿Tú, Merryvale? —contestó ella con suaves sorpresa—. ¡Oh, qué bueno eres!, Y yo me siento tan sin valor, tan inútil, tan indefensa. Yo no encajo en este cuadro. Hoy mismo he trenzado mil pensamientos, todos desconfiando de ti, de uno que me quiere. Sería mejor que no lo supiera. Solía ignorar el! afecto, o, por lo menos, no me preocupaba. Pero ahora tengo otros motivos de descontento. Y...
—Escucha —interrumpió Merryvale en un ronco susurro—. He oído un paso.
En el silencio que siguió, Merryvale sintió las manos de ella temblar en las suyas. Tenían un atractivo que ella parecía desconocer. Una suave pisada sonó al otro lado del seto.
—Es Adán —susurró ella.
—Creo que sí. Conozco ese paso.
Merryvale se deslizó a lo largo del vallado hasta una abertura que le permitía salir al desierto. Una figura elevada se recortó contra la opaca oscuridad. Merryvale avanzó silenciosamente, se encontró con su amigo, y le condujo por la sombra atravesando el seto, adonde la forma blanca de Ruth se destacaba como un mármol a la luz de las estrellas.
—¿Adán? —susurró, levantándose para acudir a su encuentro.
—Sí, Ruth —contestó él.
Se estrecharon las manos. Y Merryvale, que permanecía cerca, vio con sus ojos de halcón nocturno que le habían olvidado.
—Ruth, querida, no me gusta esto —dijo Adán.
—¿Qué, el verme otra vez?
—No, el que nos encontremos en secreto.
—Pero es preciso. Tengo miedo de que te encuentres con tu,.. con mi... con Guerd Larey.
No podrías evitarlo. Y el pensarlo me aterra.
» —Lo comprendo. No quiero encontrarme con Guerd, y no quiero que él ni nadie sepa que... que yo te veo. Sin embarga...
—Debes venir a verme aquí, Adán. No hubiera podido aguantar este día si no hubiese sido por ti.
No eran precisas las palabras de Merryvale para obligar a Adán a lo inevitable, y, sin embargo, Merryvale prefirió hablar, probándose a sí mismo hasta qué punto aquella noche había demostrado ser un amigo.
—Adán, seguro que no hay más remedio que hablar aquí con Ruth, aunque desearas otra cosa, que no la deseas. Se trama un complot infernal en el puesto. Collishaw está aquí, bebiendo con Guerd.
—¿Collishaw? —musitó Adán, llevando a Ruth hacia fuera, a la luz de las estrellas, cerca de Merryvale. Cierto. Escucha, compañero —empezó Merryvale. Y en un susurro le contó lo poco que había visto y oído, y lo mucho que sospechaba—. Yo soy un zorro viejo y conozco a esos hombres. Tú sabes, Adán, lo que siento por ti y por Ruth. He visto como a través de un cristal el interior de Guerd Larey. He leído sus intenciones. Cuando dijo «Bebamos» significaba por la posesión de Lago Perdido y de la muchacha cuya mano tienes ahora entre las tuyas.
—No puedo hablar en cuanto al pozo, pero Ruth nunca será suya —aseguró Adán.
—Si acaso, sería después de muerta —dijo Ruth mirando a Adán con el rostro blanco y sus grandes ojos reflejando el brillo y misterio de las estrellas.
—Bien, me pasearé por fuera de la valla —dijo Merryvale.
—No tienes necesidad de dejarnos solos —protestó Adán—. Si alguien nos sorprende, prefiero que estés tú aquí.
—Nadie va a sorprenderos, puedo jurarlo. Teniendo yo los ojos y el oído preparados, no será posible. Merryvale se alejó sin ruido a lo largo del seto hacia el exterior. Aquí se detuvo.
El momento le parecía lleno de alegría y reavivaba emociones dormidas durante mucho tiempo. En su juventud había gustado el amor, la aventura, las mujeres. Los sentimientos que entonces experimentó parecían, en alguna forma, unidos con el presente. Sentía por Adán verdadera adoración. Él, que conocía el desierto, lo veía encarnado y sublimizado en su amigo. Adán era su héroe. Y ahora se sentía, además, ligado a Ruth por hondos lazos de afecto.
Merryvale permaneció en la sombra, escrutando y escuchando mientras sus pensamientos giraban en torno a sus amigos. No se veía luz ahora en casa de Hunt. Era evidente que, según su costumbre, la mujer india se había ido a visitar a sus paisanos. Hunt estaba, sin duda, trabajando en el puesto. El acostumbrado silencio de Lago Perdido se veía interrumpido aquella noche. El sonido de pasos, el zumbido de voces, roto ocasionalmente por una carcajada discordante, las luces que arrojaban su brillo sobra los palo verdes, parecía que, en cierto modo, no compaginaban con la soledad! de este pozo. Merryvale escuchaba el ruido, el burbujeo y el murmullo del agua al correr. ¡El manantial de Hunt! ¡El pozo que según los indios aseguraban jamás se había secado! Había resultado ser un pozo de oro, una mina riquísima.
Merryvale comprendía que se fraguaba una tormenta en torno a ese pozo. En sus días había conocido innumerables contiendas por los derechos al agua. El desierto registraba más derramamiento de sangre por la conquista del agua que por cualquier otro tesoro. Guerd Larey y Collishaw no se detendrían ante nada para conseguir sus fines. Hunt se negaría a vender. Y aquéllos le envolverían en algún complot de deudas o reclamaciones anteriores; si esto no daba fruto adoptarían métodos más violentos. Los indios odiaban a Hunt, aunque éste era quien les libraba de morir de hambre. Había mejicanos degenerados en Lago Perdido, además de las infinitas ratas del desierto, los vagabundos que pasaban por allí. Collishaw tenía poder en Yuma; Guerd Larey poseía intereses decisivos en el negocio de los transportes. Merryvale vio claramente que la situación era desesperada para Hunt.
Con esa convicción afianzada en su mente, trató de decidir cómo haría frente a los acontecimientos. Nunca podría influir en Adán, sin hechos. Ruth era una cantidad desconocida, toda fuego y viveza, inestable como el agua; sin embargo, creía que podría influir en ella. Podría jugar con sus sentimientos. Estaba escrito que se enamoraría de Adán.
Ya Merryvale había notado su dependencia con respecto al joven, cómo su pensamiento y su sentimiento se concentraban en él, el dolor de Ruth por la tragedia de su solitaria vida, y el que le causaba el! golpe que el cruel destino le había asestado... al encontrarla a ella casada con su hermano. Merryvale había notado la pena que ésto le producía. De ello nacería el amor... Un amor que podría salvar el alma de Ruth Larey.
Merryvale había adivinado también el miedo de Ruth.
Ésta no les había contado toda la villanía de Guerd Larey. Ella sabía que Adán amaba todavía a su hermano y compañero de juegos de la niñez... Le amaba porque el amor era algo inextirpable de su gran corazón. Y si, por su causa, Adán matara al hermano, por cuya supuesta muerte había vagado como un forajido durante catorce años, tendría que volver a un solitario y más terrible vagabundeo, cuyas calamidades sólo Dios podría mitigar.
Pero Merryvale no compartía lo que consideraba el punto de vista de Ruth, a quien habían movida los impulsos sentimentales y el nacimiento inconsciente del amar. Merryvale había lamentado siempre en secreto que Adán no hubiera matado a la serpiente de ojos grises que tenía por hermano; y también al pistolero y verdugo de un solo ojo, el sheriff Collishaw.
La vida de la frontera en sus primeros años había formado a Merryvale. En el día del hay la Ley quedaba bastante lejos de los, distritos remotos, pero él despreciaba las disputas sin sangre. Sin que Adán lo supiera, había adquirido de todas las fuentes de información posibles en el desierto el conocimiento de la fama de Adán como Wansfeld, el Errante. Para evitar que su propia alma amargada descendiera al nivel de Iras bestias, Adán había socorrido a todos los desgraciados que había podido encontrar en el desierto. Y aquellos a quienes el desierto había destrozado, y aquellos hombres con instintos de perros despiadados que despojaban y maltrataban al débil, se habían encontrado fatalmente en el camino de Wansfeld. Merryvale guardaba este conocimiento cariñosamente en su corazón, ¿No había sido él el primero en mostrar a Adán la grandeza del desierto... dieciocho años antes?
Así, Merryvale, paseándose de un lado a otro en la sombra, alerta a lo que sucedía en el exterior, preparaba un plan propio, ponía en juego su inteligencia contra la astucia de Collishaw y Guerd, dedicando el último servicio de sus años postreros a la felicidad de sus amigos.
Se levantó el viento nocturno gimiendo entre los árboles del bosquecillo... el viento de desierto, con su misterio, su voz, su latente poder, su hálito de arena. Las estrellas se iluminaron. El agua, al correr, cantaba. Fuera, el desierto dormía, insondable, secreto, realizando sus inescrutables designios.
Merryvale oyó unos pasos suaves. Una alta figura negra con otra más ligera a su lado se movían hacia él.
—Debemos irnos. Es tarde —dijo Adán.
Ruth pasaba su brazo por el de Adán, apretándose contra el joven, con el rastro vuelto hacia el suyo, mudo y sin embargo exquisitamente elocuente bajo la luz de las estrellas.
Después de un momento se desprendió de él y se volvió hacia Merryvale.
—Buenas noches, amigo mío —susurró, y apoyándose ligera en su brazo, se puso de puntillas para besarle en la mejilla, con labios suaves y fríos.
Después se deslizó por el sendero, desapareciendo como un espectro entre la oscuridad de los árboles. Dios mío, quisiera volver a ser joven —murmuró Merryvale fervientemente.
—Si los deseos fueran caballos... ya lo sabes —contestó Adán con tristeza.
—Tendrías un rival, Adán —prosiguió Merryvale.
—Ven —dijo su compañero.
Se fueron sin ruido, siguiendo el seto, hacia el desierto. Adán permaneció en silencio. Y Merryvale le imitó hasta que, lejos del puesto, encontraron asiento sobre una roca.
—Bien, Adán, ¿qué estás pensando? —inquirió Merryvale, que encontraba placentero aquel momento. —¿Pensando? Mi cabeza es un torbellino.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Quién sabe? —respondió su amigo, aspirando fuertemente el aire frío.
—¡Ah! Bien, compañero, yo también confieso que me encuentro un poco embarullado —contestó Merryvale—. Pero tenemos que aguantarlo. ¿Cuándo volverás otra vez? —Mañana por la noche —contestó Adán.
—Bueno —exclamó Merryvale.
—No debo, pero, ¿cómo puedo rehusar? ¿Cómo podría, cuando vago durante todo el día en el cañón, cazando conejos, juntando leña para el fuego, tratando de permanecer activo, maldiciendo mi soledad... luchando contra el afán de verla —¡Ah, compañera! Ya empiezas a revolotear alrededor. Y te aseguro que me alegro de verlo. —¿Alrededor de qué, hombre? —preguntó Adán, como si despertara de pronto.
—¡Vaya! Pues a pensar en ella, y no tanto en sus dificultades y debilidades. Imagino que eso de ayudarla está muy bien, y estoy seguro que lo de salvar su alma es muy importante.
Pero lo que más necesita es ser amada... como toda mujer desea serlo.
Adán se libró de su súbita tensión.
—¡Santo cielo, compañero! No tienes idea del terrible barullo en que me encuentro —exclamó con desesperada porfía.
—Seguro. Me lo estoy figurando todo el tiempo. Y te pregunto... ¿sabes que Ruth te ama?
Los ojos de Adán relucieron al mirarle a la luz de las estrellas. Su mano hizo un gesto como si quisiera rechazar un tremendo, obstáculo.
—Bien, pues te ama —prosiguió Merryvale, sin piedad—. Ella no lo sabe todavía; gracias a su ignorancia lo he sabido yo. Pero te ama. Y, compadre Adán, cuando lo sepa... ¡Bien, creo que serás el hombre más feliz y enajenado del mundo.
—Merryvale, viejo amigo, no,.. no. No me hagas creer tal cosa —pidió, Adán roncamente—.
Es ya bastante duro... Ella es la mujer de Guerd... Yo no tendría la fuerza necesaria para...
—¡Al diablo, hombre! —estalló Merryvale, desazonado por el dolor de su amigo— Quítate esa idea de que es la mujer de Guerd. Ruth no ese su mujer. No lo ha sido nunca... Te juro que te ama. Bien, y ahora, cuando la veas de nuevo, estréchala entre tus brazos.
Adán se puso en pie, con toda su elevada estatura, temblando como un roble en una tormenta.
—Mi amor es más grande que todo eso... ¿Podría hacer yo de Ruth lo que su madre temía que otros Hombres hicieran?
Merryvale posó una compasiva y reverente mano sobre el hombro de su amigo.
—Bien, no discutamos. Todo esto es un lío endemoniado. Pero no podemos dejar sola a esta muchacha ni un salo día. Ahora quisiera que el ferrocarril no pasara por Lago Perdido.
Hubiéramos podido persuadir a Hunt para que vendiera el pozo. Pero ya no. Por tanto, debemos hacer frente a lo que venga. Y si somos lo suficientemente listos, anticipar los hechos.
—Sí, sí... —dijo Adán apresuradamente—. Debo irme ahora. A mí me corresponde esperar y rezar... Tú tienes que preocuparte de observar el cariz de las cosas y no perder de vista a Ruth.
Merryvale dio las buenas noches a su amigo y vio como la alta figura desaparecía en la oscuridad. Después, sumido en profunda reflexión, se dirigió, dando un rodeo, a su alojamiento. A lo lejos, en los picos, se oyó el desolado y triste aullido de un lobo. Casaba bien con la hora y con, el desierto. Sobrecogió a Merryvale como si expresara toda la implacabilidad de la Naturaleza. El hombre es sólo un animal, sujeto también a fas mismas leyes físicas: hambre, miedo, instinto de conservación de la vida, y de reproducirla. Sin embargo... Sin embargo, ¿qué significa el latir de ese enorme corazón..., el espíritu que envuelve al desierto y a la noche y alcanza a las rutilantes estrellas y al vacío del más allá?


VI
Merryvale al permanecer levantado hasta avanzada la noche, se había apartado de sus metódicas costumbres. Durmió hasta muy tarde en la mañana siguiente a su conversación con Adán. Un rayo de luz solar, pasando por entre las tablas que formaban la pared por detrás de su cama, se posó, cálido, sobre su rostro, despertándose.
Se levantó, se puso las ajadas botas y se preparó para lo que presentía había de ser un día importante. Su comida estaba agotada, pues había insistido en que Adán se llevara la mayor parte de sus provisiones. Ahora tendría que ir a comer a la taberna o a un pequeño restaurante dirigido por un mejicano. Esto convenía a su plan de mezclarse con los nativos de Lago Perdido y de vigilar, escuchar, curiosear, llegar a ser un haragán de almacén y del puesto, un habitué del salón, todo ello en interés de sus amigos. Esos, pozos del desierto eran nudos de intrigas, de sórdida codicia, de siniestros estímulos. No había allí cosas pequeñas y sin importancia. El desierto no desarrolla diferentes a los seres humanos de sus pocas y salvajes criaturas. Incluso Adán, el más amable de los hombres, mostraba a veces la energía y la dureza de un águila.
Mientras Merryvale se dirigía hacia el puesto, vio a Stone sentado a la puerta de un patio mejicano, hundido en su sillón. Merryvale pasó con una inclinación de cabeza que no fue contestada. Pronto estaría Stone bien —reflexionó —para complicar aún más la situación de Ruth.
Frente al puesto, la diligencia que había de partir hacia el Norte estaba casi preparada para ponerse en marcha, mientras los viajeros se instalaban en ella. Se veía solamente la mitad! de los que Merryvale había visto llegar, y Collishaw no estaba entre ellos. Merryvale se aproximo al conductor de la diligencia, que permanecía esperando, con su largo látigo doblado en la mano. El hombre era locuaz. Ello sirvió a Merryvale para conocerle y trabar conversación que duró hasta la hora que había de partir.
—Adiós, viejo; espero que encuentre algo bueno en las alturas —fueron las palabras de despedida del conductor.
Entonces Merryvale se dirigió al restaurante mejicano para desayunarse. Aquí también se hizo simpático y no tardó mucho en descubrir que el dueño, cuyo nombre era José García, había vivido en Lago Perdido cuando era conocido, como «Pozo Indio», y pudo añadir una buena cantidad de datos a su material de información.
Cuando hubo terminado su comida matinal, vagabundeó por el puesto. Mr. Hunt estaba tratando con los transportistas, cuatro de los cuales debían volver aquel mismo día a Yuma.
Los otros irían hacia el Norte. No dejó de darse cuenta Merryvale de que cuatro vagones llenos de mercancías no pasaban de Lago Perdido.
Merryvale se aventuró a aproximarse a Dabb, de quien desconfió a la primera mirada.
—Parece que este asunto de los fletes va bien —remarcó—. Casi tengo la idea de buscar filones y dedicarme a la trata de caballos.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó Dabb, prestando atención. Tenía los ojos muy hundidos y la frente surcada de arrugas.
—Merryvale. Mi compañero y yo nos dejamos caer por aquí hace unos días. Él está en los altos, trabajando en una mina. Creo que le gusta más estar fuera. Pero yo tengo algún dinero en un banco de Yuma, y me parece que me voy a meter a tratante de caballos, si no puedo entrar sin violencia en el negocio de fletes. ¿Qué piensa usted acerca de eso?
—Que no es usted el primero en pensarlo —contestó Dabb, significativamente.
—Bien; no tengo una inteligencia tan tremenda, al fin y al cabo —replicó Merryvale con aparente desilusión. —Es preciso algo más que ser inteligente. Hace falta tener dinero —dijo Dabb con intención— Esto es, lo que me retiene a mí aquí. Estuve hablando con Hal Stone para entrar en negocios con el. Pero le han lastimado... ¿Cuánto dinero podría usted invertir?
—Pues creo que unos diez mil —dijo Merryvale pensativamente—. Pero ya voy teniendo años y quiero ir despacio a fin de no hacer un mal negocio.
—Hombre, ese dinero no sirve más que para salir del paso —contestó. Dabb estrujando con fuerza el papel que tenía en su mano. Después clavó sus hundidos ojos en Merryvale—. Lago Perdido no es el sitio a propósito para empezar operaciones.
—¡Vaya, no lo diga! ¿Y por qué?
—Va a haber un cambio aquí pronto. Además, esto está en el borde de las dunas de arena.
No será nunca nada más que un puesto de aguas, importante, sí, y una mina de oro para alguien. Pero aquí nunca habrá desarrollo alguno en la tierra. Un hombre debe mirar adelante.
Hay un gran futuro para esta senda de viejos buscadores que atraviesa él valle.
—Seguro. Sé que el ferrocarril viene hasta aquí —aventuró Merryvale con prudencia—. Ésa es una razón para mi idea.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Dabb, sorprendido.
—Vengo de Yuma.
—Pues... está usted en lo cierto, Merryvale. Le propongo que nos encontremos esta noche para cenar. Charlaremos un rato. Quizá le tomaré conmigo. Y ni una palabra acerca de su idea —dijo, y, aproximándose a él, susurró—: No quisiera que Guerd Larey se enterara de esto.
—Bien; me encontraré con usted al anochecer —contestó Merryvale, y se marchó en busca de sitio en una de las ventanas en frente del puesto.
Ya el calor del día disminuía, y bajo este largo y ancho porche de piedra, con sus arcos, los indios triscaban y los mejicanos se movían de un lado a otro.
Merryvale sabía que Dabb era un empleado de Hunt, y sospechaba que estaba dominado por Guerd. ¿Cuál era el significado de las palabras de Dabb cuando hablaba de un cambio en el puesto? No era difícil encontrar la respuesta. Las palabras que le había susurrado Dabb no eran, sin embargo, tan fáciles de analizar en su exacto propósito. Recordando su aire de misterio y su astuta mirada de seguridad, Merryvale llegó a la conclusión, de que Dabb tenía conocimiento de algún proyecto que podía hacerle ganar dinero, pero que Guerd Larey se lo arrebataría rápidamente.
En su propio interés, Dabb, evidentemente, no se detendría ante nada, a menos que pusiera en peligro el pellejo. Y Merryvale, pesando astutamente las consecuencias, concluyó que convergiría en los planes de Guerd, si no tenía un conocimiento directo de sus maquinaciones. Y desde aquí se puso en camino para ver a Ruth.
El calor disminuía. Había de nuevo una niebla gris sobre el desierto, que ocultaba las dimensiones de los arenales. Un viento cálido venía de los espacios abiertos, seco, fragante, trayendo su carga de polvo casi invisible. Una fila de buharros estaban encaramados en la valla que servía de límite al puesto. Pero en el interior del seto que limitaba la propiedad de Hunt había alivio para los ajos, sino para el calor. Las verdes espadañas susurraban, el agua manaba a borbotones y corría con su musical tintineo.
Antes de que Merryvale se encontrara a mitad de camino en el sinuoso sendero bordeado de verde, vio a Ruth en el porche. Ella le había visto también. No cabía duda de que permanecía alerta con los visitantes, algunos de los cuales no debían de serle simpáticos.
Ruth estaba en pie cuando él llegó ante ella. Llevaba un sencillo vestido gris, más bien corto, que le hacía parecer una niña. Le dio la mano con una sonrisa que él no había visto anteriormente. La tensión que él sentía siempre parecía ausente en ella. Debía de haber tenido agradables sueños que el día no lograba disipar por completo.
Bien, muchacha; le dije a Adán anoche que si yo fuera más joven sería su rival. Y esta mañana pareces un lirio del desierto... de los blancos y dorados que crecen en los cañones profundos —balbució Merryvale, mientras cogía la silla que ella empujaba hacia él, y dejaba el sombrero.
—¡Adulador! Apuesto a que tú eras un buen mozo en aquellos viejos tiempos de Texas —replicó ella.
—Sí, así lo creo. Alegre y salvaje —dijo con sentimiento—. Algún día te contaré mi historia...
Pero, seguro que esta mañana pareces otra, Ruth. No sé por qué.
—Merryvale, he dormido, he soñado y me he despertado casi feliz —repuso ella, posando los codos en las rodillas y la barbilla en las manos, mientras le miraba gravemente a los ojos.
—Me alegro, muchacha; y, desde luego, era natural después de la noche última. Seguro que Adán perdió la cabeza —contestó Merryvale.
—¡Oh! ¿Qué? ¿Cómo? —preguntó ella, sacada de su sueño.
—Pues; fui con él por el desierto durante un rato replicó Merryvale, observándola con algo de remordimiento. Pero no podía apartarse del plan de acción que se había propuesto—.
Quería hablar de tu abuelo y de las dificultades que encontrábamos aquí, pero Adán no dijo ni una palabra. Parecía un hombre en trance de morir.
—¿Por qué? ¿Qué sucedió? —preguntó Ruth, con los ojos muy abiertos.
—Pues porque está enamorado de ti, Ruth.
La joven quedó atónita. Una gran ola escarlata se extendió sobre su cutis dorado castaño, y durante un momento se cubrió el rostro.
—Merryvale... yo... tú... —No pudo continuar. Después, levantó la vista tratando de sostener!la mirada de él, intentando reírse. Merryvale pensó que jamás había visto nada tan encantador. ¿Dónde estaban ahora el descontento, la pasión, las caprichosas emociones de una mujer que luchaba contra sí misma y contra el odioso cerco que la rodeaba? Ésta era, quizás, otra fase de su maravillosa capacidad para cambiar, pero era hermosa, y Merryvale pensó que daría su vida para hacerla eternamente feliz.
—Ruth, muchacha —empezó seriamente— Yo soy un viejo ratón del desierto. No te importe lo que haga. Soy el compañero de Adán, y estoy aquí para planear y trabajar y espiar por ti... Y, como te estaba diciendo, Adán te ama terriblemente. Casi me quedé mudo al verle. Y si yo no estuviera loco, es seguro que me callaría, la boca. Bien; hablamos entonces, desde luego, acerca de ti y de estar vosotros juntos. Y en aquel momento se me ocurrió la idea de que aquel grandísimo idiota ni siquiera te había dicho que te amaba...
—No la noche última —murmuró Ruth—. Hablamos de... de las dificultades, que encontrábamos aquí. De cómo hacerles frente... para ayudar al abuelo... esto es casi todo. El tiempo volaba.
—Bien; ¿y no hizo que le besaras? —preguntó Merryvale, con simulado asombro.
Ruth movió la cabeza indicando negación, y una vez más el rubor tiñó sus mejillas. La ruda pregunta la había desconcertado.
—Adán es un hombre raro —prosiguió Merryvale, con aparente asombro y desdén—. Después de cuatro años de estar buscándote por todo el Sudoeste, no puede decirte la verdad. Y no es capaz de pedirte ni siquiera un beso. Vaya, yo lo hubiera hecho. Desde!luego que tú estás casada... aunque sea solamente de nombre... y no puedes pertenecer a Adán hasta que estés libre. Pero de todas formas, tú le perteneces. No solamente porque tu madre te dio a él, sino por la agonía en que ha vivido y el enorme amor hacia ti que ha nacido de ello. Vaya, Dios hará que tú ames a Adán, si es que no!le amas ya. Está escrito. Es la ley del desierto. Adán ha gastado lo mejor de su juventud en estos arenales en busca de tareas que ningún otro hombre se atrevería a aceptar. Y ahora el desierto te lo ha traído; es su mejor, mayor y última oportunidad. Él te salvará. Este Lago Perdido es un infierno para una mujer, y no digamos nada para una coma tú. Algún día te sacará de... él cuando pueda hacerlo sin dañar tu buen nombre. Está completamente loco con respecto a eso. Pero es a causa de tu madre. Por eso no puede hacerte la corte y ser igual que los demás hombres.
—¡Oh! Y no quiero que lo sea —exclamó Ruth.
—Lo que tú necesitas, Ruth, es amor —prosiguió Merryvale sin piedad—. Haz que Adán te ame... con la ternura que una mujer desea. Oblígale. Haz que se entregue al amor. Entonces tú podrás presentar batalla aquí para vencer a Guerd y salvar a tu abuelo.
—¿Qué puedo hacer? —gritó Ruth—. Todo lo que dices, y más, ha llenado mi mente, avergonzándome... He flirteado con hombre tras hombre. ¡Oh, si no lo hubiera hecho!...
¿Cómo podría yo descender a tan miserable disimulo para conmoverle y retenerle?
—Bien; olvida esas bagatelas —dijo Merryvale severamente —y sé diligente, segura de ti misma. Y por Adán sé todo lo que una mujer puede ser. Sé por él todo lo que el desierto te ha hecho. No puedes escapar a tu destino, como tampoco puedes cambiar tu belleza. Tienes los ojos purpúreos de una flor de cacto. Tu piel y tus cabellos son de oro. Eres dulce y terca como una muchacha, pero tienes el misterio de una mujer. Puedes cambiar tu debilidad en fortaleza; tu descontento en lealtad... El hombre que te ama es un águila del desierto. Sé su pareja.
—Merryvale, tú... ¡tú me torturas! —dijo Ruth apasionadamente.
—Ruth, el amor es tortura. La vida es tortura. Debes dar lo uno y soportar lo otro.
—Tú me hieres... y, sin embargo, me ensalzas —dijo ella, haciendo un esfuerzo para dominar sus emociones—. Yo me hubiera embotado aquí. Nadie me hizo pensar. Si no hubiera odiado el desierto, él podría haberme enseñado.
Satisfacía a Merryvale, al mismo tiempo que lo sentía, que su brutalidad hubiera conmovido a Ruth. No se atrevía a esperar tanto. ¡Qué extraños elementos se entremezclaban en ella! ¡Cuán a la merced se encontraba de una inestable y emocional naturaleza! Tenía ella potencialidades para el mal y muchas faltas graves, pero era honesta, era cariñosa y era todavía, por alguna salvadora gracia de la sangre y crianza, una mujer buena.
—Mira, vienen dos hombres —exclamó Ruth, señalando—. ¡Guerd Larey!
—Sí, y el otro es Collishaw —añadió Merryvale, levantándose—. Si no te importa, entraré en la casa. —Unió a las palabras una rápida acción—. No les dejes que te trastornen, Ruth.
—No les tengo miedo —contestó Ruth.
Merryvale se sentó en la cama, donde no podía ser visto, a menos que alguien abriera la puerta. Quizás el plan de Guerd era aproximarse a Ruth antes de ir a ver a su abuelo. Pasos y voces bajas sonaron fuera, y después:
—¿Cómo estás, Ruth? —preguntó su marido, jovialmente—. Conoces a Collishaw. Le he traído para que hable contigo.
—Buenos días —dijo Ruth fríamente, con un dejo de interrogación en su voz.
—Buenos días —contestó Collishaw suavemente—. Creo que hace semanas que no la he visto a usted. Y créame que soy yo quien pende con ello. Si es posible, su hermosura aumenta con el tiempo.
—Gracias, señor Collishaw. Pero seguramente no ha venido usted a visitarme para hacerme cumplidos —contestó Ruth con ligero sarcasmo.
—Bien, no; es por negocios, y recojo su indirecta y voy a ello... Hemos tenido una conversación con su abuelo para comprarle su propiedad. No quiere prestar oídos a nuestras razonables ofertas.
—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó Ruth—. Ha sido un esclavo aquí durante años. Y ahora que la propiedad ha aumentado en valor un cien por cien, sería un loco si la sacrificara.
—¿Sabe usted que el ferrocarril viene por aquí? —preguntó Collishaw.
—Sí.
—Bueno; no hay que hacer muchos esfuerzos para saber el motivo de su conformidad con él, pero usted no conoce todos loe aspectos de este trato. Este pozo pertenecía primeramente a un viejo título español. El indio Jim y su familia no tenían los documentos en regla. El hecho es que no hicieron nada por escrito. Me he ocupado de ello en Yuma. Este título español ha vuelto al Estado y yo he presentado una reclamación en nombre de Guerd Larey. Bien; si Guerd echa a su abuelo fuera de esta tierra, usted no podrá hacer nada. Es lo mismo que una reivindicación por una mina. Si deja que alguien la presente, usted la pierde.
—No lo creo —respondió Ruth.
—Naturalmente. Pero, de todas formas, estay diciendo una verdad como el Evangelio.
—Ruth, yo tampoco lo sabía, pero creo que es cierto —habló Guerd con convicción—. Yo sé que Hunt no tiene una escritura de esta tierra. Y no podría tenerla en menos de un año, si es que puede.
—Les agradecería que fueran derechas al asunto —dijo Ruth con impaciencia—. No pueden asustarme con sus argumentos. ¿Para qué han venido a verme?
—Bien; todo el asunto depende de usted, señora Larey —prosiguió Collishaw.
—Ruth, eso es cierto, aunque Collishaw no lo esté presentando muy agradablemente —dijo Guerd Larey con suavidad—. Hunt y yo no nos entendimos, como tú lo sabes bien. No he presentado reclamación contra él por la sencilla razón de que no desesperaba de una reconciliación contigo. Pero este asunto del ferrocarril me obliga a hacerlo. El asumo de los transportes desaparecerá, eventualmente, pero la propiedad del agua vale una fortuna. Ahora bien; si tú vuelves conmigo, yo me comprometo a no echar a Hunt de su propiedad.
Siguió un momento de tenso silencio, durante el cual Merryvale sintió que la sangre le hervía en las venas. Collishaw se aclaró la garganta.
—Ahí lo tiene usted, señora Larey. Ya ve usted como el asunto depende de que usted vuelva a su esposo.
—¿Volver a él? —replicó Ruth con burla—. Jamás he sido su mujer.
—Bueno; él me dio una idea diferente acerca de ello.
—Eso es lo que me han dicho también otros. Mintió.
—Bueno, Ruth —interpuso Guerd—. No te pongas así. Yo no quería...
—Yo sé lo que tú querías. Cuando me escapé de tu casa en la noche de bodas, mentiste para salvar tu orgullo. Mentiste para salvar tu vanidad. Mentiste para que la gente me creyera lo que no soy.
—Señora Larey, me excuso —dijo Collishaw, severamente, como agraviado—. Soy de Texas, en donde la palabra de una mujer y el honor de una mujer significan algo. Si Larey mintió acerca...
—¡Mire a su cara!
—¡Maldita seas, Ruth Virey! —gruñó Larey—. Naturalmente que mentí. ¿Qué esperabas? Te escapaste de mi lado dos horas después de haberte casado conmigo. Me hiciste objeto de la burla de los jugadores, mestizos y conductores, toda la gentuza de este desierto. Y jamás te lo he perdonado. Y, lo que es más, te llevaré arrastrándote por los cabellos... si...
—Escucha, Larey —interrumpió Collishaw acaloradamente—, yo no puedo permanecer aquí oyéndote hablarle a una mujer de esa forma. Creo que yo mismo formo parte de esa gentuza de jugadores, pero sé el respeto que se debe guardar a una señora. Te hubieran matado en Texas...
—¡Al diablo con Texas! —gruñó Guerd—. Estamos en California y en este desierto. No tienes más que marcharte y dejarme esta «señora» a mí. Yo no quería que vinieras. Sabía que tus dulzonerías me pondrían nervioso. Después de esto, atente al aspecto comercial de nuestras relaciones. Déjame a mí esta gata; lo que necesita es que la domen.
—Bien, Guerd; me excusarás por haber intervenido —fue la seca respuesta de Collishaw—; pero tengo una palabra más que decir. No me sorprende la opinión que esta señora tiene de ti.
Y te apuesto un millón a que nunca la domarás, Rápidas y firmes pisadas rompieron el silencio que siguió, y se fueron alejando por el sendero. Collishaw se había ido. Y si Merryvale conocía algo acerca de los tejanos, el colérico señor Larey no había afianzado la situación.
—Y ahora, señora Larey, vamos a ponerlo todo en claro —empezó Guerd con un cambio de tono.
—En lo que a mí concierne, señor Larey, todo está perfectamente clamo —dijo Ruth, cansadamente. —Escucha. No voy a pelearme de nuevo contigo. Estoy cansado de hacerlo. He perdido la paciencia. Durante tres años he suplicado; he aceptado tus insultos. He observado tus flirts con uno y otro hombre... y he ahogado mis celos... cuando tenía ganas de matar.
Supe dominarme. Si hubiera podido, te habría odiado. Pero tanto más te amaba, cuanto mas esquiva te mostrabas conmigo! Eso es lo que me puso a tus pies. Durante toda mi vida las mujeres han sido como la fruta madura para mí. No tenía más que cogerla. Pero tú... tú hiciste que te amara tanto, que mi vida no es vida sin ti... ¿Lo comprendes? Podría ser tan —noble y bueno como ruin y malvado soy ahora... si me amaras. Así soy yo. No puedes creerme. Veo, la burla en tus ojos. ¡Guerd Larey puede cambiar su forma de ser! Ésa es la maldita paradoja de mi miserable carácter. Podría hacerlo. Pero todo eso no tiene importancia... He llegado a una determinación final. ¿Quieres entregarte a mí para salvar a tu abuelo?
—No. Ni siquiera para salvar su vida o la mía.
—Muy bien. Ya tengo la respuesta. Ahora contesta a esto. Estamos en el desierto. ¿Qué podría impedirme que te llevara a mi casa y te tuviera allí prisionera? Al menos, el tiempo suficiente para ponerte a mi nivel. Todos los hombres, en este agujero maldito, se reirían y aprobarían mi acción.
—No «todos» los hombres —dijo Ruth burlonamente. —La mayoría lo liaría. Pero contesta...
¿Qué podría impedirme que lo hiciera?
—¡Te mataría!
—Quizá lo hicieras. No es fácil para una mujer el matar a un hombre que la conoce. Y cuanto más tuvieras de tigresa, tanto más agradable sería para mí el dominarte.
—El desierto ha hecho surgir la bestia en ti, Guerd Larey.
—No creo que el desierto haya hecho un ángel de ti, señora mía. Tomemos por ejemplo tu asunto con Stone. Si ese muchacho no hubiera sido un imbécil, hubiera podido lograrte. Yo veía cómo te colgabas de él, cómo... No tienes par qué lanzarme esas miradas con tus condenados ojos. Tú no sabes lo que eres..., de lo qué eres capaz. No me extrañaría que te pusieras cariñosa con Stone de nuevo.
—Seguramente. Y quizá con otros hombres, pero nunca contigo.
Guerd Larey maldijo por lo bajo y salió. Sus pies pisaban con fuerza la recia arena. Ruth entró vacilante en la habitación, cerró la puerta de golpe y se dejó caer en la cama, junto a Merryvale. Después se deslizó al suelo, de rodillas temblando todo su cuerpo, con los ojos fuertemente cerrados por los que, sin embargo, se escapaban las lágrimas. Su rostro atormentado reflejaba una terrible, lucha interior.
—Ruth, muchacha —dijo Merryvale, atrayendo su cabeza sobre su hombro y manteniéndola con suave mano. Pero en la violencia de sus propios sentimientos no podía encontrar ninguna palabra de consuelo. Por ello se conformó con mantenerla estrechamente apretada contra sí y este momento lo halló maravillosamente dulce. Merryvale no se cegaba en cuanto a las imperfecciones de Ruth, pero la amaba porque era imposible evitarlo. Había alguna mujer, aquí y allí, creía él, que conseguía esto de los hombres. Quizá fuera sólo su belleza..., quizás el indescriptible encanto que encerraba su voz, su aspecto, sus movimientos..., quizá la inaccesibilidad que engañaba y atraía. Guerd Larey se había traicionado dejando escapar sus motivos para amarla.
La silenciosa tormenta se apaciguó al fin y Ruth separó su húmedo rostro del hombro de Merryvale.
—¿Lo oíste todo? —preguntó. —Palabra por palabra, Ruth.
—No tenía miedo, pero no pude dominarme. Solamente el verle me pone fuera de mí. ¡Sus verdes ojos de sapo! Parecían desnudarme.
—Bien, Ruth, muchacha, seguro que le desollaste con tu lengua. Temía por ti. Guerd es peligroso. Ha puesto sus cartas boca arriba. Ahora, ¿cómo vamos a jugar contra él?
—No lo sé. Debemos pensarlo. Pero te voy a pedir una cosa —replicó con apasionado acento—.
No hables a Adán de esto. Prométemelo, Merryvale.
—Ruth, temo que no pueda prometerte eso— contestó Merryvale agitado.
—Tienes que prometérmelo —insistió ella—. No podría soportar que Adán tuviera conocimiento de las brutales amenazas de Guerd... o de su vil calumnia.
—¿Por qué no, Ruth? Me imagino que Adán lo sabrá antes o después por sí mismo.
—¡Oh, Dios quiera que no! Tengo que procurar que no lo sepa nunca.
—¿Temes que pueda...?
—Lo sé, Merryvale, lo sé —gritó como loca—. Adán mataría a su hermano, a quien todavía ama.
Merryvale dudó.
—Bueno; entonces, prometo que no diré a Adán ni una palabra de lo que ha sucedido aquí.
—Gracias —replicó ella, agradecida.
—Ahora voy a ver qué pasa en el puesto —dijo Merryvale—. Permanece alerta de ahora en adelante. Procura no encontrarte de nuevo con Guerd cuando estés sola. Enciérrate si viene alguno a quien no conozcas. Yo volveré cuando oscurezca para acompañarte a la cita con Adán.
Antes de que Merryvale entrara en el puesto oyó la voz de Guerd Larey elevarse en tono de enfado. Merryvale se apresuró. Dabb estaba allí inmóvil, escuchando, con tanto interés que no advirtió la entrada de Merryvale. La oficina de donde salía la voz era una división de la habitación, separada del resto por una pared medianera. Guerd estaba allí, evidentemente con Hunt y, a no dudarlo, con Collishaw.
—...de todas formas —juraba Guerd—, custodia usted una parte importante de mis intereses en la Compañía... y no va a hacerlo aquí.
—Rehúso ser socio en un negocio deshonesto —declaró Hunt con fuerza, golpeando la mesa con el puño—. No aceptaré mercaderías si se trata de licor introducido de contrabando por la frontera.
—¡Diablo, hombre! No tiene usted necesidad de saber qué contienen esas cajas.
—Lo sabría, y es bastante.
—Por última vez, viejo avaro: ¿acepta usted ser socio en este nuevo negocio?
—No. Además, estoy hasta la coronilla de usted, Guerd.
—Usted está... —gritó Guerd—. Le echaré de esta oficina dentro de un instante. Pero antes escuche a Collishaw.
Después de lo cual, el tejano empezó a hablar rápidamente, violentamente, en forma que sus palabras no siempre eran comprensibles. Merryvale, sin embargo, pudo coger lo suficiente para darse cuenta que se trataba de la invalidez de los derechos al agua en beneficio de una anterior concesión española.
—Es un endemoniado plan para arruinarme —declaró Hunt ásperamente, pero en su voz se advertía la emoción y la alarma.
—Seguro que es su falta de cabeza para los negocios —contestó Collishaw, hablando ahora sin trabas—. Le aconsejo que acepte la oferta de Guerd. Si no— lo hace, perderá la propiedad sin recibir nada.
—¿Cómo... cómo... pueden quitármela? —preguntó Hunt, tembloroso.
—¿No acabo de decirle que Guerd es el que tiene ahora la reclamación? Y, además, le debe usted dinero.
—¡Eso es mentira! —dijo Hunt roncamente—. No le debo nada. Me ha robado miles. Es peor que un bandido.
Guerd soltó una carcajada.
—Pruébelo, Caleb. Y, ahora, ¡largo de aquí!
Una silla chocó contra el suelo, a lo que siguió el ruido de un tropezón y una exclamación.
La puerta se abrió y Hunt salió como lanzado por una catapulta. Su rostro estaba encarnado y sus blancos cabellos revueltos; había en su actitud una mezcla de furia y miedo.
Merryvale se había deslizado detrás de una pila de balas, y desde aquel ventajoso puesto había visto cómo Guerd ponía en ejecución su amenaza. Hunt fue empujado por él hacia fuera, si no arrojado, con violencia.
—Caleb, puede usted decir a Ruth que tiene solamente una probabilidad de conservar su tierra —dijo Guerd secamente desde el umbral de la puerta—. Que vuelva a mí.
Guerd Larey giró sobre sus talones, y entonces vio a Dabb, que estaba haciendo como si buscara algo en un cajón.
—¿No le dije que e marchara? —preguntó Guerd.
—¡Sí, señor; pero he vuelto. Usted me dijo...
—¿Qué es lo que usted ha oído?
—Solamente sus palabras, señor.
—Bien; déjenos solos durante una hora... Cuando vuelva, hablaré con usted acerca de ocupar el puesto de Hunt.
Dabb desapareció apresuradamente en dirección al almacén, y cerró la puerta.
Entonces Guerd Larey y Collishaw volvieron a la oficina.
—Ya está hecho y es una buena limpieza —dijo Guerd, juntando las manos con fuerza—.
¿Cree usted que podemos tener confianza en Dabb?
—No. No puede usted confiar en nadie, si usted mismo no procede honradamente.
—Oiga. ¿Se trata de un aviso? —se burló Guerd.
—Dabb estaba escuchando; puede usted apostarlo.
—¿Y qué me importan a mí esos dos estúpidas? Daré a Dabb una ocasión para probarle.
—Guerd, me temo que empieza usted a desmoronarse —dijo Collishaw, gravemente—. Usted no acostumbra perder la cabeza como ahora. Es descuidado y está casi desesperado. Es la mujer.
—¡Ah! ¡Busque a la mujer cuando un hombre se des troza!
—Bien; no me gusta como se presentan las cosas —prosiguió Collishaw—. Y, seguro, esto no puede ir bien si usted bebe tanto y si su mente está alborotada pensando en Ruth.
—Déjela fuera de nuestros negocios —dijo Guerd imperiosamente.
—Bueno; muy bien, por el momento. Pero más tarde le hablaré de una idea que tengo, concerniente a ella. Eso le animará... Y ahora, apropósito de Hunt. Se ha librado usted de él aquí, y no puede probar nada. Pero tenga cuidado con el pretexto de la concesión española.
Puede resultar, pero sólo obrando con discreción. Pero no le eche usted de su tierra como le arrojó de este sitio. Puede tener amigos. Y su dulce esposa no es tonta, permítame que se lo diga. Si alguna vez se despierta y se olvida de sí misma para pensar, va a armar más alboroto que diez hombres juntos. La verdad es, Guerd, que la temo.
—¿Quiere usted cerrar la boca con respecto a Ruth? —preguntó Guerd, muy enfadado—.
Busquemos los libros de Hunt y examinémoslos.
Merryvale se escurrió furtivamente de su escondite y ganó la puerta sin denunciar su presencia.
—¡Hum! —musitó, alejándose despacio.
Al principio tuvo intención de buscar a Hunt, pero al pensarlo mejor, decidió ir a la cabaña india donde se alojaba, y allí, sentado en su cama, reflexionar sobre cuanto había, oído.
La reclamación de la concesión española, como lo había expuesto Collishaw, era evidentemente un engaño con el fin de desanimar a Hunt y hacer que el plan de Guerd pudiera llevarse a cabo mas fácilmente.
En efecto, todo ello había preocupado a Merryvale, porque muy bien hubiera podido ser verdad. Hunt se había mostrado vulnerable en este aspecto. Sin embargo, y aunque fuera falsa, la idea en sí era muy ventajosa para un hombre sin escrúpulos. Más tarde o más temprano, Guerd se serviría de ella, a pesar de la advertencia de Collishaw. Entonces, todo dependía de lo que sucediera a Ruth el que Adán entrara o no en escena. El pulsa de Merryvale se aceleró al pensar en que Adán se encontrase con su hermano. Para Merryvale parecía no haber nada más deseable, después de la felicidad de Ruth, que la muerte de este pérfido Guerd Larey. El pensamiento se apoderó nuevamente de la imaginación de Merryvale, y esta vez cayó en terreno abonado.
¿Cuál era a idea concebida por Collishaw y calculada para tener el favor de Guerd?
Concernía a Ruth. Solamente había una solución... Faltar al deseo de Ruth. ¡Imposible! Sin embargo, aparte del encanto de su voz y rostro, Merryvale no confiaba por completo en Ruth.
Nunca había confiado en una mujer. Pero las dudas de Merryvale con respecto a Ruth se veían aguijoneadas por el remordimiento. Tenía Ruth la pasión suficiente para ser grande.
Pero no importaba, reflexionó Merryvale; había dividido su amor y lealtad entre su amigo y la muchacha, y lucharía y moriría, si era preciso, por Ruth.


VII
Merryvale acudió a su cita con Dabb aquella tarde, pero el sol se ponía ya cuando se le reunió aquél, y le condujo apresuradamente al restaurante mejicano, donde ocuparon una mesa en un rincón.
—Usted entró para algo hoy —dijo Dabb.
—Bien; creo que entré casualmente —dijo Merryvale.
—¿Qué más oyó usted? —prosiguió Dabb, devorando a Merryvale con los ojos.
—Nada; me marché en cuanto volvieron la espalda.
—Guerd me ha encargado del puesto.
—¡Ajá! Bien, Dabb; eso significa que usted le conviene para su negocio de transportes —aseguró Merryvale astutamente.
—Usted oyó a Guerd pelearse con Hunt.
—Seguro; y soy lo suficientemente vivo para saber que no le daría el puesto a usted a menos... —Merryvale concluyó su frase con un guiño significativo.
—Es usted un zorro viejo. Bien; ésa es una de las razones par las que quiero tratar con usted de algo que me ha estado royendo...
—No me ha dicho usted qué.
—Se trata de lo siguiente: Guerd y Collishaw se van a apoderar de Lago Perdido. Usted ha visto hoy una muestra de sus métodos. La mismo van a hacer con Salton Springs, en lo alto del valle, y Twenty-nine Palms. No estoy muy seguro de que Salton Springs sea presa fácil, pero sé que Twenty-nine Palms puede ser comprado barato: Están allí los indios coachellas, pobres como Job, y no hay blancos en absoluto. Mucha agua y un pozo caliente que él solo valdrá una fortuna cuando el ferrocarril llegue al pueblo. ¿Qué piensa usted?
—Pienso que si lo que usted dice es verdad, es muy interesante —replicó Merryvale cautamente.
—Completa verdad. Guerd lo dijo. Hace sólo un mes que estuvo allí.
—Bien; prosiga.
—Lleguemos los primeros... —propuso Dabb lacónicamente extendiendo sus manos con un gesto rotundo.
—¡Ajá! ¿Engañaría usted a Guerd?
—Sí; pero él no sabe que yo estoy enterado de que hay esa ganga. Supongamos que usted va a Twenty-nine Palms y examina el terreno. Se hace amigo de los indios. Puede usted hacer como si buscara minerales...
—Dabb, es, una buena idea. Aceptado.
—Pero no hemos de comprarlo a los indios hasta que sepamos más. Guerd va a quedarse con la concesión del agua aquí. Tiene a Collishaw y todas los indios de su lado. Además, he oído que Collishaw controla algunos «hombres malos» en Yuma. Así que Guerd no tendrá dificultades en quedarse con los derechos de este noto, y, de todas formas, los tendrá. Pero nosotros no seríamos lo suficientemente fuertes para conservar Twenty-nine Palms si está comprendido en la vieja concesión española.
—Sí, ya veo, Bien; la idea es, entonces, que nosotros lo averigüemos.
—Sí. Usted vaya pronto a Yuma e investíguelo. Entre tanto, yo estaré trabajando en otro proyecto casi tan grande. Así, tenemos que asociarnos. Mi inteligencia y su dinero.
¿Conformes, Merryvale?
—Sí; seguro que usted tiene cerebro —dijo Merryvale, admirativamente—. Y ahora, dígame.
Ese otro proyecto, ¿tiene algo que ver con Guerd?
—Debiera reírme. Es más fácil de trabajar, pero más arriesgado.
—Guerd es un hombre peligroso. Mire cómo disparó contra ese muchacho, Stone.
—Sí; conforme en que Guerd es un «hombre malo«—concedió Dabb—; pero Lago Perdido no es su corral.
—Bien; entonces, quedamos de acuerdo en aquello —dijo Merryvale—. Y acepte una insinuación mía: ahora tiene ocasión de enterarse de lo que hace Guerd, ¿sabe? Dabb lanzó una corta carcajada, más fuerte que cualquier afirmación que hubiera podido hacer en palabra. Concluyeron su comida y charla y se separaron en la puerta, en la creciente oscuridad.
Merryvale dirigió sus pasos hacia la casa de Ruth y se detuvo en la sombra bajo las débiles luces amarillas del puesto. Las primeras horas de la noche eran sofocantes, casi sulfurosas, con el calor del día flotando como una sábana sobre el desierto. A lo lejos, en el negro vacío, los relámpagos brillaban entre las filas de montañas de Arizona, mostrándolas por un instante, desnudas, salvajes, desoladas. ¡Qué misterio había ahí, en el abierto espacio Este oasis parecía destinado a la extinción, como centurias antes el desierto la había decretado contra el lago, tal como decían las leyendas indias.
A Merryvale le pareció que una sutil potencia del desierto se agarraba a sus pensamientos, como había sucedido siempre que trataba con la gente que vivía en un lugar tan solitario y remoto como el Lago Perdido... ¡Qué bien recordaba Picacho! Luego venía un período semejante pasado con Adán en un campo minero en decadencia: Tecopah. El desierto alejaba a los hombres de fa ley y el orden que observaban en las comunidades civilizadas. Producía mayores estragos sobre las mujeres.
Mientras permanecía allí, en la oscuridad, escrutando los costados del edificio alumbrados por la débil luz de las estrellas, Merryvale sentía una fuerte opresión. El calor no solamente dificultaba su respiración y movimientos, sino que pesaba sobre su cerebro. Nunca podría olvidar la prohibitiva, aisladora, fascinadora presencia del desierto. La mayor parte de los caminantes y nativos la consideraban como un obstáculo físico para todo esfuerzo. Para Merryvale, particularmente, desde que había vagabundeado por él con Wansfeld, a quien el desierto había apodado «el Errante», era un coloso de elementos naturales en proceso de decadencia, destructor, terrible, dominado por el espíritu del sol. En esta melancólica hora del oscurecer, Merryvale sólo tenía esperanzas para el presente y para esos afortunados que podían abandonar aquel espacio de arenas movientes.
Al fin se dirigió pensativamente, en la oscuridad, al hogar de Ruth. El rumor del agua le produjo gran alivio. Trató de librarse de aquella opresión. Bajo el porche, la oscuridad era más profunda, surcada por un delgado rayo de luz que se escapaba por una rendija de la puerta de Hunt.
Merryvale golpeó en ella y les llamó por su nombre. La puerta se abrió y apareció Ruth otra vez, vestida de blanco. El rayo de luz mostró su desnudo cuello y brazos. Una mirada a su rostro le tranquilizó.
—Buenas tardes, Ruth; pareces la luna y las estrellas. ¿Dónde está tu abuelo?
—Se ha ido a la cama. No se sentía bien esta noche.
—¿Te contó cómo Guerd le echó de la oficina?
—Sí; y creo que se alegra; desde luego, yo sí. Pero no es eso; lo que le trastorna es la reclamación de Collishaw.
—Bien; pues dile que yo estaba escondido en el puesto cuando Guerd le echó, y que me quedé allí después. Oí a Collishaw hablar del «farol» de la concesión española, y aconsejarle insistentemente que evitara los movimientos imprudentes.
—¡Todo era mentira! Lo sabía, Merryvale; sin embargo, creía que no podíamos hacer nada.
Entró Ruth en la habitación, dejando la puerta abierta. Merryvale oyó su voz ardiente y baja, y la trémula de Hunt que contestaba. La muchacha volvió inmediatamente.
—Está loco de alegría —anunció feliz—. Creo que estaba dudando, pero ahora aguantará firme. Dijo que tú eras un amigo en la necesidad, y agradeció a Dios el que me haya concedido dos amigos como tú y Adán en los cuales puedo confiar. Y, Merryvale, me pidió algo muy extraño.
—¿Sí? ¿Qué?
—«Ruth —me dijo—, si algo me sucede, esta propiedad será tuya. Serás rica. ¿Qué harás?» Le pregunté qué deseaba que hiciera. Y él preguntó si sería alguna vez!a mujer de Guerd. Le dije que antes moriría. Entonces me dijo que de la propiedad deseaba que no me desprendiese.
—¿Qué le respondiste?
—No me comprometí. Pero temo que no quiera este sitio.
—Bien; miremos las cosas más alegremente. Creo que es hora de que vayamos a encontrarnos con Adán. Siguieron el pálido sendero que serpenteaba entre los árboles, con Merryvale como guía y Ruth retrasándose gradualmente.
—Bien; ¿qué sucede, muchacha?... —preguntó Merryvale, acercándola a él, de modo que pudiera verle el rostro a la luz de las estrellas—. ¿Habían sido jamás esas estrellas reflejadas en semejantes ojos? —Merryvale pensó en los desiertos de Arabia y en la mujer del pozo solitario.
—Merryvale, soy débil como el agua —susurró ella—. Me he rendido. Lo que me dijiste ha sido... demasiado... para mí.
—¿Te refieres a conseguir que Adán te haga el amor? —susurró él, en voz baja y vehemente, inclinándose hacia ella.
Ruth inclinó la cabeza.
—He luchado todo el día. He tratado de matar mi antigua personalidad. Quizá lo he conseguido... Pero lo que deseo, más que nada en la vida... es que él pueda encontrar alguna felicidad conmigo.
Merryvale la rodeó con su brazo y la atrajo hacia sí, mudo por una vez; acosado por el remordimiento durante un instante, y al siguiente temblando de alegría por su amigo.
Alcanzaron el bosquecillo y luego el frondoso palo verde. Adán surgió de la oscuridad.
—Aquí está ella, compadre —dijo Merryvale roncamente dando a Ruth un pequeño empujón.
—¡Oh, está... tan oscuro!... —susurró ella cuando Adán la cogió.
—¡Ruth!. —¡Adán!
—Muchacha, este Merryvale es un demonio disfrazado de amigo. Causará nuestra desgracia...
—No, no... Es bueno, Adán... No ciego, como tú y yo.
—¿Ciego? ¿Qué es, pues, lo que yo veo ahora?
—A una muchacha muy feliz por un momento... en sueños... Una pobre mujer... después...
cuando piense...
Merryvale empezó a alejarse, lleno de júbilo, y, sin embargo, consciente de aquella herida en su corazón.
—No te vayas —dijo Adán suavemente—. Quédate cerca, Merryvale.
Así, Merryvale recorrió la corta distancia entre el seto y el árbol. A su vuelta, Adán y Ruth estaban sentados en el banco, débilmente perceptible a sus ojos, que se iban acostumbrando a la oscuridad. Oyó sus bajos susurros, y en una ocasión la dulce risa de contralto de Ruth, repentinamente silenciada. De cuando en cuando la voz de Adán sonaba, profunda, sobre el susurro. Se olvidaron de Merryvale, que paseaba más y más despacio. Habían olvidado, o no les importaba, que sus ojos y sus oídos se fueran haciendo más agudos. Una extraña y profunda felicidad se agitaba en el corazón de Merryvale. Encontraba una paternal complacencia en la situación de Adán.
Llegó el momento en que pudo ver el pálido brillo del rostro de Ruth apoyado en el hombro de Adán. No volvió a aproximarse. Se detuvo en lo alto de la loma, a mitad de camino entre el árbol y el seto, y empleó la fuerza de sus ojos en contemplar la inmensidad del desierto alumbrada por las estrellas.
Era quizás el momento más grande y más puro de su vida. Algo, fuera de sus alcances, justificaba su astucia y su implacabilidad. Parecía ver en el futuro. Había un susurro en sus oídos, adelanto del febril viento nocturno.
Merryvale no adoraba a un dios, sino a la Naturaleza, pero era cierto que le temía. Su amistad por Adán, su amor por Ruth... ¿eran sólo caprichos mundanos que debían morir cuando llegara su día? Ruth ganaría a esta solitaria y fiera águila del desierto, que al final caería corno un rayo sobre sus enemigos y los destruiría. Merryvale no pedía en la vida más que esto.
Pero esta maravillosa exaltación no duró mucho. La vieja garra material, física, del desierto, volvió a hacer presa en el corazón de Merryvale. ¿No estaban más que subiendo, estos amantes, los escalones de arena? El desierto era inmutable. ¡Qué terrible la dura y desnuda verdad!... El desierto no admitía amores. Era media noche cuando Adán se separó de Ruth. Si las horas habían transcurrido velozmente, incluso para Merryvale, para aquellos dos no habrían sido más que segundos. Merryvale se encontró incapaz de concentrar la atención de Adán sobre ningún punto.
—Di, compañero; supongamos que tengo que buscarte alguna noche: ¿adónde tendría que ir?
Adán podría perfectamente haber estado paseando solo. En realidad, no estaba en la tierra.
Merryvale repitió su pregunta con más fuerza, acompañándola de un golpe en el brazo de Adán.
—Sigue el borde hasta que sale del cañón —contestó Adán—. Sube el cañón hasta la bifurcación. Allí toma por la izquierda.
—¡Ajá! ¡Muy bien! Creo que te veré mañana al anochecer, ¿no?
Merryvale se detuvo al hablar, pero así y todo no recibió respuesta. Adán siguió adelante, como un gigante ciego, hasta ser tragado por el negro manto de la noche.
—Bien; pues esto sí que es bueno. Adán se ha marchado secamente. Ni una palabra para mí.
Si supiera solamente que soy yo el hombre que echó a Ruth en sus brazos... Pero, Señor, no es de extrañar...
Se volvió, murmurando para sus adentros, y tanteando cuidadosamente el oscuro y desigual terreno, llegó a su choza y se fue a la cama.
Pasaron cuatro días veloces. Merryvale vio a Adán sólo en una ocasión, la segunda noche.
Ruth reaccionó asombrosamente tras su conquista de Adán. Tan pronto estaba elocuentemente silenciosa y loca de alegría como con una tristeza apasionada. Merryvale pasó horas con ella, algunas de las cuales fueron espantosas. Por lo demás, Merryvale empleó su tiempo en vagar, vigilar, escuchar y preguntar en la forma estratégica que había adoptado.
Nada se le escapaba, excepto lo que sucedía detrás de las puertas cerradas, e inclusa parte de eso llegó a su conocimiento.
Guerd Larey no intentó ser recibido por Ruth, aunque envió mensajes a Hunt por medio de los indios invitándole a salir para tratar con él. Esos mensajes fueron ignorados. Al quinto día de aquella semana, Collishaw partió de Lago Perdido en un carro con capota de lona y guiado por un taciturno mejicano devoto de Guerd, según había observado Merryvale. Se dirigieron hacia el Norte, circunstancia que Merryvale relacionó al instante con el plan de Guerd de apoderarse de importantes concesiones de agua en lo alto del valle. Dabb no se desanimó por esta circunstancia; informó a Merryvale que tenía más de una carta que jugar.
Stone se había levantado y salía de nuevo; muy pálido y con buen aspecto después de haber escapado de la muerte. Era objeto de considerable interés en torno al puesto, al cual, por lo visto, no tenía inconveniente en visitar. Dabb, que era un tipo taciturno y no perdía su tiempo con nadie por nada, se hizo muy amigo de Stone. Ello despertó la curiosidad de Merryvale. Otra circunstancia peculiar fue el encuentro entre Guerd y Stone, en el que Merryvale, estuvo presente.
Al recorrer Guerd Larey el camino de gruesa arena delante del puesto, se encontró con Stone, que estaba hablando con los curiosos.
—¡Hola! ¿Levantado ya? ¿Cómo está usted? —preguntó Guerd, deteniéndose.
—Muy bien, Guerd —replicó Stone fríamente.
—Alguien me dijo que todavía lleva usted una bala dentro.
—Sí; el doctor no pudo sacarla.
—Bien, Stone; me alegro de que haya sanado. Pero si vuelve usted a las andadas, procuraré que el trabajo quede mejor hecho —contestó Guerd con humor macabro, y siguió su camino.
Aquel mismo día vio Merryvale a Stone, que se dirigía con lentos pasos hacia el patio de Ruth y después subía el sendero que conducía a la casa. Merryvale no se sorprendió. Esperó el regreso de Stone, que no tuvo lugar hasta media hora después. Más tarde, aquel mismo día, Merryvale se encontró con Hunt, quien le dijo que Stone había ido a visitarles, pero que solamente había visto a Ruth en su presencia. Ella estuvo amable, solícita, y muy afectada por lo que le había sucedido. Ésta, pensó Merryvale, era la opinión de Hunt. Podía ser, y probablemente era, la verdad.
Aquella tarde, al anochecer, al encontrar a Ruth en su sitio acostumbrado en el porche, la reprendió severamente.
—Estuvimos sentados aquí... —protestó Ruth—. ¿Por qué habría de escapar y esconderme?
Hacía calor en mi habitación. Y, ¿qué importa? Solamente he estado cortés con ese loco.
Tenía mal aspecto.
—Bien; no tengo nada más que decir acerca de él —contesta Merryvale.
Ruth, por primera vez en varios días, parecía petulante, inquieta, sombría. También estaba pálida y tenía profundas sombras debajo de los ojos. Merryvale atribuyó su humor al hecho de que Adán no era esperado aquella tarde.
Después de haber charlado durante un rato con Hunt, se levantó para marcharse.
Ruth le alcanzó, se cogió de su brazo y bajó con él el sendero hasta la entrada del seto.
—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó.
—¿Yo? Seguro que no. Pero creo que no eres tú misma esta noche, y no sé por qué; por eso me marcho.
—Sabes, entonces, más que yo, Merryvale —contestó Ruth, apoyándose en la puerta—. Tengo mal humor. Quiero ir a alguna parte..., hacer algo... ¡Oh, no en casa! Me parece que estoy acorralada. Este bosque es como una jaula. Esta maldita inquietud! del espíritu y del cuerpo ha vuelto de nuevo.
Merryvale podía ver sus ojos brillando grandes y oscuros en el pálido rostro. Eran tan profundos como la noche del desierto y escondían infinito misterio. Ella se encontraba a merced de una complejidad de emociones que iba aumentando de día en día. El disgusto de Merryvale se cambió en piedad.
—Si conociera el camino del campamento de Adán, me iría —dijo, soñadora.
—¡Oh, no, muchacha! No digas eso.
—Lo haría, y ahora mismo —exclamó ella, despertándose su antagonismo.
—Pero, querida, eso sería una locura —dijo Merryvale tratando de dominar su alarma y su enfado. A ninguna mujer debe dejarse sola, y menos a mí —dijo ella sombríamente.
—Seguro, estoy conforme. Eso fue lo que le dije a Adán —replicó Merryvale con fuerza—.
Pero está loco por ti, Ruth, y creo que lo que pasa es que teme causarte daño.
—¿Cómo?
—Bien; Adán teme que Guerd Larey se entere de que tu amigo Wansfeld es, en realidad, Adán Larey. Entonces, nada en la tierra o en el cielo podría evitar la catástrofe. Guerd no creería jamás en tu inocencia; y enlodaría tu nombre aquí y en todas partes.
—Merryvale, Guerd se enterará —declaró Ruth—. Y algunas veces..., cuando estoy como ahora..., no me disgusta ese terrible pensamiento.
—Naturalmente, eres mujer —dijo Merryvale con amargura.
Ella no se dio por aludida.
—Merryvale, nunca me has dicho por qué Guerd odiaba a Adán. Me has hablado a menudo del amor de Adán, desde su niñez, por este hermano..., y cómo sobrevivió a su altercado en Picacho... Cómo vivió y creció durante esos terribles años en el desierto. Pero, ¿por qué le odia Guerd? No parece natural. Desde luego, no puede ser por envidia.
—Creo que sí. Tú sabes lo que dice la Biblia: «¿Quién puede sentirse libre de la envidia?»
—Pero, ¿por qué tan terrible envidia? ¿Qué fue lo que hizo que Guerd odiara a Adán desde su niñez., luchara contra él y le robara todo lo qué tenía?
—Ruth, muchas veces había pensado en decírtelo —dijo Merryvale lentamente, rindiéndose.
a lo inevitable.
—Pero yo debo saberlo —dijo Ruth con decisión, extendiendo sus manos en un geste persuasivo—. Seguramente lo podría saber por Adán.
—No, jamás —aseguró Merryvale categóricamente.
—¿Es algo que hará disminuir a Adán en mi estimación? —preguntó. vacilante.
—Seguro que no, Ruth.
—¿Me haría ello odiar más a Guerd?
—Creo que sentirías por él algo que no has sentido nunca.
—¿Qué es ello? —Piedad.
—¿Piedad? —dijo ella como un eco, asombrada—. ¿Compadecer yo a Guerd Larey?
—Seguro que sí, porque tú tienes buen corazón, Ruth.
—Entonces, dímelo.
—Guerd Larey es un bastardo —contestó Merryvale en voz baja, como si el seto pudiera tener oídos que escucharan— Todo el amor de su madre fue derramado sobre Adán. Guerd lo sabía desde niño, pero Adán no lo supo hasta que fue hombre.
Cuando, más tarde, Merryvale se acostó, no pudo dormir, y se dio cuenta que participaba del estado de ánimo de Ruth. No esa corriente que sufriera insomnio.
La noche era fresca. El viento susurraba entre las hojas y ramas que formaban el echo de su cabaña y corría por entre las estacas que formaban sus paredes, cargado con el seco tinte del polvo. Gemía continuamente allí fuera, en el desierto, con voz baja y monótona.
Merryvale se cubrió la cabeza a fin de no oír el quejumbroso sonido —ni el volar de la arena.
De pronto oyó un grito. ¿Era lobo, o mujer, o solamente el ruido del viento entre las hojas del techo? Retiró su manta y escuchó. Pero el grito no se repitió. ¡Qué ilusiones creaba algunas veces la imaginación!
De nuevo se cubrió, tratando de dormir, pero fue molestado al momento por el chirrido de ruedas sobre la arena y el golpear de rápidos cascos. Algún vehículo pasaba por delante de su cabaña. ¿Qué podría ser? Un transporte, no. Escuchó. El rápido sonido se fue alejando con el viento. Algunas veces los viajeros preferían la noche al día, pero debido al peligro de perder el camino y meterse en las dunas de arena, no era un procedimiento corriente. Merryvale reunió sus impresiones. Cuatro caballos habían pasado por delante de su choza, a trote rápido, en dirección del camino de Yuma. No hubiera podido decir si el vehículo había atravesado o rodeado Lago Perdido. Merryvale lo anotó mentalmente, a fin de buscarlo cuando llegara el día; las ruedas y los cascos dejaban señales, incluso en el mismo desierto, para unos ojos de tanta experiencia como los suyos.
Se echó de nuevo. Pero el sueño no venía. Empezó a asociar el imaginario grito de mujer con el misterioso conductor nocturno. Luego pensó en Ruth, haciendo toda clase de conjeturas. La noche trabajaba siempre traidora sobre su mente en el desierto. Se convenció a sí mismo de que había oído el grito de un coyote... y que un grupo de ferroviarios, deseando que su presencia no fuera conocida, se habían marchado amparados en la oscuridad.
Así razonaba Merryvale, pero esa no hacía desaparecer por completo sus aprensiones.
Sentía algo que no podía explicar. Su mente revolvía todo lo que había sucedido en Lago Perdido, e imaginaba un centenar de cosas que podían suceder. Era muy tarde cuando quedó dormido. Al despertar hacía rato que el sol se había levantado.
La luz del día no disipó sus aprensiones de la noche. Merryvale se vistió apresuradamente y salió de la cabaña.
El rojo sol, el brillo deslumbrante del desierto, le hirió como si hubiera recibido un golpe.
Cruzó el camino. Estrechas marcas de ruedas. ¡Cuatro bien calzados caballos! Para tranquilidad de Merryvale, se dirigían directamente hacia el puesto. Quienquiera que había conducido aquel doble tronco de caballos no tenía, evidentemente, miedo de ser visto, porque había bajado por el camino público. La preocupación de Merryvale disminuyó un poco. Fue a desayunarse.
A su vuelta se encontró con Guerd que salía de la taberna, afeitado, inmaculada con su blanca camisa, abierta en el cuello y con sus mangas enrolladas. Llevaba, como de costumbre, una pistola en el cinturón, pantalones oscuros y botas altas. La vista de Guerd atraía siempre. Tenía una magnífica apariencia. Parecía un hombre con quien sería peligroso enfadarse. Pera parecía mucho más que eso aquella mañana... El astuto Merryvale le vio diferente...
—¡Hola, viejo! ¿Todavía aquí? —preguntó. —Buenos días, Mr. Larey; todavía estoy aquí.
—¿Qué hace usted?
—Poco; principalmente descansar.
—¿Dónde está el hombre que le acompañaba cuando se encontraron con Stone y mi esposa?
—¿Mi compañero? Está fuera, en las montañas, buscando minerales —contestó Merryvale, disimulando su grande interés por el que preguntaba.
—¿Es el hombre a quien llaman Wansfeld? —prosiguió Guerd Larey.
—¿Quiénes le llaman así? —preguntó Merryvale, deliberadamente.
—Vamos, necio, me refiero a los hombres del desierto. ¿Ve algo en ello?
—No. Su nombre es Wansfeld —contestó Merryvale.
—¡Y un demonio! —exclamó Guerd palideciendo. Sus grandes ojos se dilataron y se fijaron.
Tenían la misma naturaleza que los de Adán, sólo que eran verdes, y, por tanto, menos penetrantes que los grises claros de su hermano.
—Wansfeld —prosiguió Guerd— no es un nombre corriente. Pero lo he oído acá y acullá... ¿Y ese Wansfeld conocía a mi esposa?
—Creo que se encontró con ella en una ocasión, hace años, en Santa Isabel.
—¿Qué estaba haciendo allí?
—Trabajando en un rancho, si no recuerdo mal...
—Bien; entonces no puede ser el Wansfeld en quien estoy pensando. Sin embargo, Stone juró que fue como si le hubiese golpeado un gigante. ¡Muy gracioso —Lo siento, Mr. Larey, pero no puedo ayudarle en eso —dijo Merryvale—. La verdad es que yo no sé mucho acerca de Wansfeld.
Cuando Guerd Larey se alejó, Merryvale tenía materia sobre la cual reflexionar. A primera vista, Guerd había estado alegre, vibrante, con un contento físico de vivir, con alga imposible de definir, a través de lo cual, Merryvale, profundo observador, había visto la oscura, secreta y poderosa vileza del hombre. La diferencia que había chocado a Merryvale no era esta última, sino las señales de un estado de ánimo extraordinariamente elevado. ¿Qué le había sucedido a Mr. Larey?
Merryvale había aligerado su paso. La atmósfera parecía cargada. Solamente una cosa podía suceder en Lago Perdido que fuera una calamidad para él..., desgracia para Ruth. Era preciso salir de dudas.
La puerta del seto estaba abierta. Merryvale, con el instinto del viejo cazador, examinó el polvo del sendero. Huellas de pesadas botas con improntas de clavos de herraduras habían borrado sus propias huellas hechas a primera hora de la tarde anterior. Se inclinó para examinarlas. Dos hombres, y una tercera y más pequeña huella. Esas señales descendían por el sendero. Las siguió hasta la puerta y más allá de ella; luego, deseando no llamar la atención, se volvió y subió apresuradamente por el sendero.
Hunt salió por la puerta de la habitación de Ruth, expresando con su rostro y movimientos extremada agitación.
—Merryvale, Ruth se ha ido —exclamó.
—¿Qué? —gritó Merryvale palideciendo.
—¡Se ha ido Ruth! ¡Se fue otra vez!
—¿Adónde?
—No lo sé. No me despertó esta mañana, aunque tenía tal costumbre. La llamé para desayunar. No vino. En vista de eso fui hasta su puerta. No estaba cerrada... Venga, mire. No ha dormido en su cama.
Templado y duro como era Merryvale, sintió un temblor cuando cruzó el quicio de la puerta de la habitación de Ruth y vio la sencilla cama con su blanda almohada.
—Hunt, ¿cuándo ha visto usted u oído a Ruth por última vez? —preguntó Merryvale.
—A las nueve, vino a darme las buenas noches. Después, cuando salió, habló con alguien.
Reconocí la voz de Stone.
—¡Stone! —exclamó Merryvale.
—Sí, le oí preguntar qué deseaba. Él contestó algo. Parecía que le pedía alguna cosa. No pude entender lo que ella le dijo, pero he oído a menudo ese tono de voz suyo. Ruth le contestó ásperamente. Entonces cruzaron algunas palabras en tono de enfado. Oí lo suficiente para deducir que Stone le pedía que intercediera por él cerca de Guerd, u obtener algo de él.
Stone insistía, suplicante. Entonces llamé a Ruth queriendo que supiera que estaba despierto.
Después bajaron la voz. Por fin oí los pasos de Ruth en el porche. Se fue a su habitación.
Poco después le oí moverse en ella. Eso fue lo último que oí, porque entonces me fui a dormir.
—Bueno; le aseguro que estoy perplejo —declaró Merryvale—. Vamos a tener que pensar, y mucho. —Merryvale, Ruth ha vuelto a escaparse con Stone —dijo Hunt, con enfado y sentimiento.
—¡Oh, no! —aseguró Merryvale con energía. Recuerdo más a medida que pienso en ello —prosiguió Hunt—. Stone dijo algo acerca de «dinero» y «Guerd» y «haber recibido un balazo».
—¡Ajá! Bien; Stone tendrá que explicar más que eso antes de que...
—Ruth ha tenido otro momento malo —interrumpió Hunt—. Lo vi venir ayer. No es responsable cuando se encuentra así. Stone la ha convencido para que se marche.
—Hunt, seguro que esto tiene mal aspecto... Pero, no..., no, no es posible que sea eso.
—Merryvale, es mejor que vaya a ver si Stone se ha marchado. Si es así...
—Eso es fácil. Ahora mismo voy —dijo Merryvale, alejándose rápidamente.
—Buscaré la maleta y las cosas de Ruth —gritó Hunt, mientras Merryvale se alejaba.
El pensamiento de Merryvale se adelantó a sus rápidos pasos. Mientras no estuviera seguro de los hechos no podría pensar con lógica. Su amor por Ruth le obligaba a salir en su defensa. La voz de su amargo conocimiento de la vida en el desierto no podía hacerse oír.
Cualquier cosa podía suceder, excepto una traición por parte de Ruth. En aquel momento de tensión hubiera apostado su vida en favor de Ruth.
Cuando llegó a la bonita casita de adobe donde se alojaba Stone, Merryvale estaba sin aliento. La alegre «señora» no pudo comprenderle al principio. Cuando, por fin, comprendió sus entrecortadas preguntas respondió —Señor Stone ido noche última; no vuelto todavía. Lo inesperado de las noticias y su significado hicieron tambalear a Merryvale, y le volvieron a su carácter estable, que había visto conmovido por el encanto de Ruth Virey. No la juzgaría hasta que todos los hechos fueran puestos en claro; pero ahogó sus hermosas ilusiones y sueños, en consecución de las cuales había puesto todas sus facultades, en bien de Adán y de ella.
Merryvale volvió sobre sus pasos, pero ahora andaba con lentitud, al sentirse súbitamente viejo, sin ilusiones y con el corazón destrozado. ¿Quién iba a decírselo a Adán? El pensamiento le hizo vacilar. Sacudiéndose de su mortal debilidad, examinó fríamente la responsabilidad que alcanzaba a cada uno. A él, a Adán y a la muchacha. ¡Pobre Ruth! Tenía razón. Nunca hubieran debido dejarla sola. De nuevo Adán y él tendrían que ir en su busca.
Un griterío en el puesto le atrajo a la puerta. Oyó el ruido de un golpe y el estrépito de algo que se rompía. Merryvale llegó a tiempo de ver a Dabb caer al pie de la pared, contra la que, evidentemente, se había, estrellado. Guerd Larey se adelantó, acercándose a él con los puños cerrados.
—Quizá esto te decida a abrir la boca —gritó.
—No me dio usted la ocasión de... hablar —contestó Dabb, entrecortadamente, apoyándose en un codo.
—Levántese, pues, y hable.
Dabb tomó fuerza y se levantó penosamente, con la mano en el rostro. Estaba lívido y gotas de sudor brillaban en su frente.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Guerd.
—No lo sé. Juro que no lo he cogido.
—¿Por qué no notó usted la falta la noche pasada?
—Porque no miro nunca. Usted cierra siempre el escritorio.
—Olvidé de hacerlo. ¿Estaba usted solo, cuando cerró, la noche última?
—No, señor. Stone estuvo aquí un rato..., hasta las nueve.
—¡Ah, el joven Stone! ¿Salió usted alguna vez mientras él estaba aquí?
—Sí señor; fui al almacén varias veces.
—¡Vaya a buscar a Stone! —rugió Guerd.
Dabb se lanzó con tanta prisa a cumplir la orden, que casi tropezó con Merryvale.
—Caballeros, su hombre se marchó la noche última —dijo Merryvale, fríamente.
Los penetrantes ojos de Guerd Larey revelaban asombro ante la presencia de Merryvale, más que por el contenido de sus palabras. Una profunda arruga surcaba su ancha frente.
—¿Quién le manda meterse en esto?
—Pasaba por aquí, y al oír el barullo entré —dijo Merryvale.
—Me parece que usted es un entrometido, anciano —dijo Guerd en tono estridente.
—En absoluto. Cualquiera correría para ver una pelea... o cómo asesinan a alguien —contestó Merryvale. —¿Quién le dijo que Stone se había ido?
—La «señora» de la casa donde vive.
—¿Y qué le importaba a usted? —preguntó Guerd Larey duramente, olvidando su furia.
—Tenía mis propias razones, Mr. Larey.
—¿Se está usted entrometiendo en mis asuntos?
—Yo no le robé el dinero, si es eso lo que quiere usted decir.
—Merryvale, creo que usted esconde algo.
—Bien, Mr. Larey; si lo tengo, puede usted apostar su vida a que se trata de un conjunto de ases.
Guerd se sumió en furiosos pensamientos, incapaz de valorar la sutileza de este hombre, y, sin embargo, sospechando de un doble sentido de sus palabras. Por fin, recordando la presencia de Dabb, despidió a Merryvale con una maldición.
Merryvale había salvado un serio obstáculo en el camino de sus pensamientos. Guerd no era sincero ni siquiera en su villanía. Merryvale había conocido a innumerables sujetos malos. Había trabajado en los campos mineros con jugadores, bandidos, parías, pistoleros y toda esa gama de tipos fuertes que el Oeste había desarrollado y a los que este vasto desierto había dado el toque final en su feroz evolución. Guerd Larey se le representaba a Merryvale como uno de aquellos individuos del Este que no tienen el nervio para combatir la podredumbre seca del desierto. Sólo por accidente había podido llegar a dominar este apartado pozo. Merryvale sonrió, ceñudo, cuando pensó en lo que podía ser causa de que las visitas de Guerd a Yuma se espaciaran más y más.
Mientras así reflexionaba, Merryvale se dirigía presuroso en busca de Hunt.
Le encontró, apoyado en el porche, pálido y decaído. —Bueno; ¿qué ha encontrado usted? —preguntó Merryvale.
—Ruth no se llevó la maleta, ni ninguno de sus objetos de tocador. Ni siquiera un abrigo.
Solamente la ropa que lleva puesta.
—Bien; ¡que me...! —maldijo Merryvale, sentándose pesadamente.
—Ni siquiera un espejo; y si usted conoce a Ruth, se dará cuenta de que ésa es una omisión extraña.
—Estoy pensando... Ruth es una muchacha muy cuidadosa... Bueno, Hunt; seguro que esto se pone cada vez más oscuro.
—Estoy cada vez más asombrado —replicó Hunt—. Pero no creo que Ruth se marchara con ningún hombre sin vestidos y sin cosas para embellecerse.
—Ya lo sé. Pero nunca se puede decir nada sobre las mujeres. Se ha ido.
—Pero, hombre, no ha podido irse sola —exclamó Hunt.
—Desde luego que pudo, si quiso hacerlo. Anoche me dijo que si supiera cómo encontrar a Adán, se iría... entonces mismo. Bien; puede haberse ido, al fin y al cabo. Nos oyó a Adán y a mí hablar del cañón donde acampa. Quizá trate de encontrarlo.
—Sí, es posible. Ruth siempre rondaba por ahí fuera por la noche. Miraba a la luna y a las estrellas como una poseída. Amaba la oscuridad, la noche que le ocultaba el sol y el desierto... Quizás haya tratado de encontrar a Wansfeld y se haya perdido.
—Seguro. Eso espero, porque podría encontrarla bastante fácilmente. Seguiré sus huellas.
Pero creo, Hunt, que es una esperanza... desesperada.
—¿Ha encontrado usted a Stone? —preguntó Hunt. —No; se ha marchado.
—Lo sabía; lo adivinaba.
Y no es lo único que se ha ido. A Guerd le han robado una suma considerable de dinero —dijo Merryvale, y narró a Hunt el incidente del puesto.
—¡Peor! —gimió Hunt—. Stone es un ladrón. Le oí hablar de dinero y de Guerd... Ruth se ha ido con un ladrón.
—Bien; sea lo que fuere, tenemos que encontrarla... —replicó Merryvale con energía—. Y ahora, Hunt, usted se pasará las próximas horas en el puesto, observando y escuchando. Pero tenga la boca cerrada. Bueno; yo daré una vuelta en torno a Lago Perdido en busca de las huellas. Llevaré conmigo a un indio que conozco. Creo que me figuraba algo cuando me hice amigo de los indios. La diligencia para el Norte es esperada hoy. Creo que llegará con retraso; pero, si viene, usted debe ver quién está en ella... Después, haré una escapada en busca de Wansfeld.


VIII
Merryvale encontró al indio en el saloon. Hindfoot, como se le llamaba en la localidad, era una de los muchos despojos trágicos del desierto, arruinado por el contacto con los blancos. Comprendía el inglés, aunque podía hablarlo muy poco; era un hombre capaz por muchas razones, pero tan adicto a la bebida que le era imposible trabajar. Cuando el saloon se abría, desde la mañana hasta la noche podía encontrarse a Hindfoot en él.
Sus oscuros y sombríos ojos brillaron al dirigirse de la moneda de oro que tenía en su mano al rostro de Merryvale.
—Ven, sígueme, pero mantente lejos de mí —susurró Merryvale, y salió.
No quería correr el riesgo de que le vieran dirigirse hacia el desierto en compañía de Hindfoot. Sin embargo, esto no era muy probable, porque todo Lago Perdido se encontraba en el almacén.
Merryvale se dirigió hacia el Norte siguiendo el camino. Se— encontró con Mrs. Dorn, una oscura mujercita, esposa de un conductor. Estaba secándose las manos en el delantal.
—¿Se ha enterado de las noticias? —preguntó, excitada.
—Sí, Mrs. Dorn; creo que se oyen muchas noticias por aquí.
—Ruth Larey se ha vuelto a escapar —balbució, levantando los ojos— con ese joven tratante de caballos. Es la segunda vez que se va con él. ¡Pobre Mr. Hunt! He sido una buena amiga de Ruth, pero ésta ha ido de mal en peor. Lo veía venir.
—Mrs. Dorn, reconozco que la cosa no tiene buen aspecto, pero yo esperaría un poco antes de llamar a Ruth una...
—¡Oh, yo no he dicho eso! —protestó, Mrs. Dorn—. Pero tengo miedo. Usted sabe que no se escapó con Stone una vez, porque usted mismo y ese hombre del desierto se lo impidieron.
Esta vez es Peor. Robaron en fa oficina de Larey. Robaron el dinero para marcharse.
Merryvale la dejó sin más comentario. Los habitantes de Lago Perdido eran lo que el desierto les había hecho, sin exceptuar a Ruth y Caleb Hunt. Merryvale extendió el simbolismo a sí mismo... Un pobre zorro del desierto, de afiladas garras, sin porvenir, solitario, hambriento, quebrantado. ¿No había ido todo su cariño a Adán y, a través de este extraño amor, duro y tenaz como un cacto, a la mujer que Adán amaba?
Una vez que se hubo alojado del puesto, Merryvale se volvió para ver que el indio le seguía a buena distancia. Merryvale prosiguió su marcha hasta llegar a unos árboles de humo, en donde esperó.
—¡Huh! ¿Qué querer tú? —preguntó Hindfoot.
—Daremos una vuelta alrededor del puesto —replicó Merryvale, levantándose—. Busca algunas señales hechas anoche.
—¿Qué clase de señales?
—Cualquier clase.
—¿Venir? —preguntó el indio, apuntando al Norte; y luego se volvió al Sur con la mano extendida, y prosiguió—: ¿Ir?
—Sí. Caballos y marcas de ruedas —dijo Merryvale prontamente—. Luego quiero saber si hay señales de que alguna mujer viniera o se fuera la noche última.
—Yo saber —dijo el indio, e inclinándose sobre el polvo del camino puso el dedo en una estrecha señal de una rueda, idéntica a la que Merryvale había seguido en el otro lado del puesto.
—Venir e ir noche última. Yo verlo —continuó Hindfoot, cuidadosamente, con sus sombríos ojos clavados en los del que le escuchaba.
Merryvale, con mano temblorosa, dio al indio otra moneda de oro.
—Dime. ¿Quién? —pidió.
—¿Tú hacer no mal? —preguntó el indio, golpeándose el pecho con un dedo.
—No. No diré que has sido tú —contestó Merryvale con insistencia—. No tendrás dificultades.
Hindfoot se tapó él ojo derecho con una mano, mientras la otra apuntaba a su ojo descubierto.
—Hombre de un ojo venir.
Merryvale dio un salto, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
—¡Cielos! ¡Era Collishaw!
—Cuatro caballos. Carro venir. Ya lo veo —extendió dos dedos—. Mejicano y hombre de un ojo. No parar puesto. Parar lejos. Mucho tiempo. Ir ligero.
—¡Hindfoot, eres un indio! —exclamó Merryvale, secando su húmedo rostro—. ¡Uf!... ¿Viste salir a esos Hombres o encontrarse con alguien?
—No. Todo oscuro allí.
—¿Oíste un grito de mujer? —prosiguió Merryvale, respirando con dificultad.
—No. Todo tranquilo.
—¿Viste a Guerd, entonces?
—No. Bebe como un pez. Marchó pronto.
—Bien, Hindfoot. Ahora buscaremos las huellas de su paso. Vete por allí. Nos encontraremos donde el indio Jim. Yo iré por este lado.
Se separaron. Merryvale había escogido la mitad superior del Lago Perdido, y se puso en, marcha con los ojos vigilantes clavados en el suelo. En algunos sitios arenosos, y probablemente en los de arena muy apretada, sería difícil encontrar huellas. Por otra parte, había zonas de cerra arcillosa que hubieran denunciado la impresión del! pie más ligero. Merryvale no pudo ver ninguna nueva señal. Detrás del patio de Ruth vio sus propias huellas, así como las de Adán, hechas varios días antes. Desde este lugar hacia abajo, y alrededor de la cabaña de Jim, no nudo distinguir ningún nuevo rastro.
Hindfoot estaba esperando a Merryvale, aunque nadie hubiera podido darse cuenta de ello.
—No más señales —dijo el indio. —¿Dónde puedo encontrar un caballo? Jim tener mulo.
—¿Ensillado?
—Silla injún1. Galopa bueno.
—Hindfoot, coge él mulo y la silla de Jim. Tráelo aquí —dijo Merryvale, señalando a su cabaña a través de los palo verdes.
—¡U! —fue la respuesta del indio.
Al llegar a la cabaña, cuya sombra fue agradablemente recibida. Merryvale se quitó la chaqueta, sorprendiéndose de encontrar su camisa húmeda y el cuerpo ardiendo.
—Bien; creo que me voy a calentar un, poco —se dijo—. Estos días de junio son ya muy calurosas. Creo que no debo olvidar el agua.
Buscó entre sus cosas, y cuando encontró la cantimplora se sentó para descansar y esperar.
Tenía la cabeza ardiendo, aunque ya no le daba vueltas. Era preciso que aquel mismo día encontrara a Adán, a tiempo para que pudieran volver a Lago Perdido y alcanzar la diligencia de la mañana. Una vez que Adán tuviera conocimiento de todo lo que Merryvale había visto, oído y pensado en relación con la desaparición de Ruth, actuaría con la rapidez del águila, por lo cual era famoso. Merryvale ignoraba qué dirección tomarían sus actividades, aparte de que se dirigiría a Yuma tan rápido como fuera posible; pero empezó a sentir el viejo despertar ante el peligro y el misterio que el desierto había engendrado en él.
Hindfoot llegó con el mulo; una cansina y antediluviana bestia a la que Merryvale miró de soslayo. Envió al indio a llenar su cantimplora en el grifo del puesto, mientras él alargaba los estribos. Poco después estaba montado y cabalgaba dando una vuelta por entre los árboles, a fin de no ser visto.
A una milla por delante del puesto, Merryvale alcanzó el terreno húmedo, en cuya margen se veían claramente las huellas de Adán en la arena. Merryvale las siguió; sin embargo, no dejaba de vigilar los altos curvados de las lomas, y algunas veces parecía impelido a mirar a su alrededor, a la terrible desolación del desierto.
Cinco millas arriba, en la lenta cuesta del desierto, se rompía la monotonía. Se abría la boca de un cañón. Merryvale entró y cabalgó a lo largo de un sinuoso lecho de arena, por donde corría el agua en los días de lluvia. Había llegado a la región de las rocas. Las paredes aumentaban en tamaño, elevándose agrietadas, roídas de cicatrices. Más lejos, el cañón se ensanchaba, se hacía más claro, disminuía la inclinación de sus aberturas, el número de peñascos en equilibrio y el de hendiduras. Al volver una esquina Merryvale se encontró con una de esas extrañas sorpresas que el desierto auténtico presenta a sus leales partidarios en raras ocasiones. Las grandes paredes formaban un hueco ovalado, de color dorado, con sus magníficas caras blancas, alargándose hacia abajo hasta un maravilloso suelo de reluciente arena y ambarina roca, ribeteado de verde vegetación. El sol deslumbrador lanzaba blancos rayos al chocar contra el agua de un pozo asentado en la sólida roca.
Cuando Merryvale cabalgaba por este paraíso, dirigiendo el mulo hacia la sombra, Adán saltó súbitamente, de detrás de una alta roca, pistola en mano.
—Hola, Merryvale; hacía rato que te había oído —dijo avanzando.
—Hola; me asustaste. Creo que estoy nervioso, y te aseguro que he tenido que recorrer un buen trecho para llegar hasta aquí —contestó Merryvale, y al llegar a la sombra desmontó— ¿Cómo estás, compadre?
—Estoy bien, Merryvale; pero rara vez he sentido la soledad y el terror del desierto como aquí. No se puede hacer nada más que esperar que pasen las horas.
—Creo que tiene que ser un infierno, seguro —replicó Merryvale—. Pero es culpa tuya de que hayas tenido que esperar tanto. Te dije que sería mejor que vieras a Ruth a menudo. Por lo menos, cada noche. Si hubieras venido la noche última...
Merryvale se detuvo en seco, como si fuera culpable y tuviera miedo de encontrar la luz de aquellos ojos.
—Traes malas noticias. En cuanto te he visto lo he sabido.
—Compañero, no podrían ser peores. ¡Ruth se ha ido de nuevo!
De un salto alcanzó Adán a Merryvale, agarrándole por los hombros con sus grandes manos, —Sí, Adán. Se marchó. Se fue de nuevo con Stone o...
—¡No! —La fuerte voz de Adán, al sonar como una campana, fue repitiéndose en ecos de una a otra parad. Había un poco de crueldad en Merryvale, algo malévolo de su naturaleza, que se puso de manifiesto ahora en su pena por Adán, su enojo contra Ruth y la realización de la la fatal situación.
—Bien; si no se ha ido con Stone, es mucho peor —declaró, quitándose el sombrero y secándose el sudor de su frente.
—Merryvale, a veces eres viejo y chocheas... Cuando estás cansado y desalentado. Pero, amigo, no puedo ser paciente contigo ahora.
Adán, no estoy demasiado cansado, pero es cierto que estoy desalentado.
—Habla: ¡Quiero hechos! No me interesa ahora lo que tú piensas —ordenó Adán, sacudiendo a Merryvale como si fuera un saco vacío.
Seguidamente, Merryvale contó la historia de la desaparición de Ruth, ateniéndose estrictamente a lo que había oído, visto y hecho.
—Ella nunca hubiera acompañado a Stone... de buen grado —dijo Adán, con tal seguridad que Merryvale sintió que su sangre indolente se aceleraba.
—Parece imposible... ahora que estoy contigo, Adán —dijo—. Ruego a Dios que no haya sido yo desleal a Ruth.
—Lo fuiste, desgraciadamente. Pero has mencionado a mi hermano solamente en relación con el ataque a Dabb..., la perdida del dinero... ¿Y Stone?
—Bien; pediste los hechos solamente, consciente del obstáculo que se había levantado para impedir que los ángeles vengadores destrozaran a Guerd Larey.
¡El rostro de Ruth..., su mirada..., su voz! Merryvale no podía expresar ahora lo que su sagacidad había observado horas antes.
—Preferiría que fuera el deshonor de Ruth antes que el crimen de Guerd —dijo Adán.
Merryvale brincó como si le hubiera mordido una víbora.
—¡Santo cielo! ¿Qué estas diciendo, Adán? Esa muchacha todavía buena, luchando contra el demonio que lleva dentro de sí mismo, y los bestias de hombres que desean su cuerpo... Yo moriría por ella para salvar su honor... ¡Adán, tú estás loco!
—No, todavía no —dijo Adán, levantando un rostro como el hielo—. La querría lo mismo...
Quizá más. Podría salvarla... Pero si Guerd ha posado sus lascivas manos sobre ella... Dios me ayude, pero... ¡le arrancaré el corazón!
Y sus grandes manos rasgaron el aire con terrible fuerza.
—Eso estaría muy bien —dijo Merryvale, vencido por la pasión. Se apartó un poco y anduvo unos pasos junto a la pared, hasta que se hubo tranquilizado algo.
—Merryvale, el tiempo vuela... —dijo Adán gravemente, mientras se le aproximaba.
—Es verdad. Estaba pensando en eso.
—¿Cuándo podemos llegar a Yuma?
—Hay una diligencia que va allí —dijo Merryvale—. Saldrá mañana.
—Tú irás en ella —dijo Adán rápidamente—. Yo cogeré mis burros y saldré de aquí antes de que oscurezca. Cuando el sol se levante, mañana, estaré en Bitter Steeps. Te esperaré allí. Si mi hermano Guerd está en la diligencia, echa un papel, una botella o cualquier cosa al camino. Si no está, haré que la diligencia se detenga e iré contigo.
—Muy bien —dijo Merryvale—. Pero, supongamos que Guerd está en la diligencia...
—¿Me reconocería? —preguntó Adán, mientras un espasmo de angustia cruzaba su rostro—.
¿Recuerdas tú al muchacho que llegó a Picacho... hace dieciocho años?... Parece toda una vida. ¿No he cambiado terriblemente? ¿Por qué habría de reconocer en Wansfeld al muchacho Adán Larey?... Merryvale, ¿crees queme reconocería?
—¡Nunca! —exclamó Merryvale—. Podrías permanecer una hora frente a él sin que descubriera nada familiar en ti. Adán, compañero, ¿te olvidas del poder transformador del desierto?
—Pero no tendría confianza en mí mismo —prosiguió Adán, lanzando una trágica mirada suplicante a Merryvale—. Nunca me pondría delante de Guerd... ni le permitiría encontrarse conmigo..., a menos que fuera el fin.
¡Tristes palabras! Merryvale sufrió de nuevo por el dolor de su amigo. Adán se estremeció como un león al levantarse.
—¡Basta! Si Guerd está en la diligencia, yo andaré hasta Yuma —decidió—. Esconderé dos paquetes y dejaré los burros en Bitter Seeps. Viajaré de noche. Llegaré a Yuma sólo doce horas después que tú. Nos encontraremos en casa de Agustín. Conoces el sitio. Soy amigo suyo. Me debe mucho. Agustín puede encontrarnos a Ruth, no importa donde la haya escondido.
—Bien, compañero; pronto me pondré en camino —replicó Merryvale.
Ni el calor, ni el pesado viaje, ni el siniestro desierto entraron en la conciencia de Merryvale. Se había elevado sobre sí mismo, inspirado por algo cuya grandeza empezaba a adivinar, pero que se ocultaba a su perfecta comprensión. Las millas y las horas pasaban interminables.
Había oscurecido cuando llegó a Lago Perdido, indiferente a la fatiga o al hambre.
Después de devolver el mulo, Merryvale se apresuró en ir a ver a Hunt, a quien encontró cenando. Hunt le pidió que se sentara y comiera. Después, le acribilló a preguntas.
—Bien; probablemente Ruth se sentará aquí, en su mesa, antes de una semana —dijo Merryvale, contestando a todas las preguntas de una sola vez.
—Si estuviera seguro de eso, se me quitaría un gran peso de encima —dijo, Hunt agradecido y, sin embargo, lleno de duda.
—Puede usted estar seguro, en la suposición de que Ruth esté viva. Nadie puede decir lo que a uno le espera en este desierto.
Guerd vino a verme —anunció Hunt.
—¡No lo diga!... Me sorprende. ¿Qué quería? —exclamó Merryvale, muy interesado.
—Yo también quedé atónito —prosiguió Hunt—. Parecía haber olvidado la forma en que me trató. Me hizo varias preguntas acerca de Ruth. Parecía curioso, amargado, pero evidentemente se le había pasado el mal humor. —¡Hum!... ¿Cómo sabe usted que Guerd había estado furioso? —preguntó Merryvale.
—Me encontré con Mrs. Dorn. Ya sabe usted cómo le gusta el chismorreo. Bien; había estado en el puesto. Según su relato, Guerd casi destrozó el lugar. Estaba como un loco.
Dentro y fuera del puesto gritaba y juraba. Los indios huyeron. Los mejicanos le tenían miedo también.
—¡Ajá! Ya veo. Alborotando a todo el mundo, ¿no? ¿Su esposa había vuelto a fugarse con Stone?
—Sí. eso fue lo que dijo Mrs. Dorn. Pero aquí, conmigo, estuvo tranquilo. Dijo que Stone no tenía demasiada culpa. Una mujer bonita puede hacer lo que quiera de un hombre. Por fin me dijo que se iba al Norte, en la diligencia, para encontrarse con Collishaw en Salton Springs... Que necesitaría a Collishaw en Yuma, donde tendría que apresurarse para alcanzar a Ruth y Stone. Que traería a Ruth aquí, esta vez la obligaría a vivir con él.
—Bueno, ¡que me...! —exclamó Merryvale.
—Todo está claro para mí —prosiguió Caleb—. Y si Ruth quisiera lo suficiente a Guerd para volver con él y convertirle en un hombre decente, se nos quitarían muchas, preocupaciones.
—Seguramente, Mr. Hunt —dijo Merryvale con sarcasmo.
—La diligencia que va al Norte llegó pronto esta tarde y salió poco después. Supongo que Guerd, con su prisa era responsable de tan desacostumbrado proceder —dijo Hunt.
—¿La diligencia del Sur está aquí todavía? —preguntó Merryvale, pensativo, olvidando la taza de café que tenía en la mano.
—No la he oído, pero se espera que llegue.
—Bien; voy a ver lo que hay. No se preocupe demasiado, Mr. Hunt —dijo Merryvale, levantándose—. Es posible que la cosa no esté tan mal como parece. Buenas noches.
Merryvale penetró en las tinieblas, siguiendo el tortuoso sendero hacia las amarillentas y veladas luces del puesto, repitiendo una sorda exclamación —Y después, ¿qué? Y después, ¿qué?
Los movimientos de Guerd, a primera vista, le sorprendieron. Si Collishaw se había ido ya a Yuma, Guerd, ciertamente, lo sabía. Y si era así, ¿por qué iba hacia el Norte para encontrarse con él? Si Stone había tomado parte en un plan cualquiera para raptar a Ruth, ¿por qué habría de confiar en él más de lo estrictamente necesario? ¿Era posible que Guerd no estuviera en el secreto? Hubiera apostado cualquier cosa a que interpretó a Guerd bajo su máscara. Era posible que Guerd Larey, en esta extrema jugada, o bajo la poderosa influencia de Collishaw, hubiera empleado mas sutileza, más picardía.
Enfrente del saloon donde alumbraba la luz amarilla, Merryvale se encontró con Dabb.
—¡Hola! ¿Dónde se ha metido usted? —preguntó este último, curioso.
—He ido a los altos, a ver a mi compañero— contestó Merryvale—. ¿De dónde ha sacado usted esa doble barbilla?
—No sea gracioso —gruñó Dabb—. Usted le vio... pegarme.
—Claro que le vi. Y desde entonces he estado pensando por qué no respondió usted como un verdadero hombre del Oeste.
Porque soy un cochino cobarde. Porque no puedo luchar contra Guerd con mis puños o hacerle frente con una pistola. De todas formas, yo...
—¿Dónde está él? —preguntó Merryvale.
—Se ha ido al Norte. Tomó fa diligencia, que hoy salió antes de tiempo. Y esto termina nuestro compromiso con el valle.
—Quizá no. Tiene usted demasiada prisa, Dabb. Apostaría a que Guerd, en este viaje, no está pensando en la concesión del agua.
—También se me había ocurrido eso a mí.
—Bien; ya hablaremos otra vez —dijo Merryvale, y entró en el saloon.
Estaba lleno de humo, de ruido y de olor de ron. Como Merryvale había esperado, encontró al conductor de la diligencia, con quien anteriormente había trabado conocimiento.
—Venga y tome un trago —invitó Merryvale.
—No se moleste si le acepto —dijo el conductor con alegría.
—¿Puedo encontrar un asiento para Yuma, mañana? —Todo el sitio que quiera, viejo. No hay más que tres en este viaje.
—Bueno; y siendo un hombre del desierto que ama el aire libre, me gustaría sentarme en lo alto junto a usted. ¿Qué le parece?
—Bienvenido. Tendrá usted quince horas de aire libre, especialmente si hace viento.
Saldremos temprano... A las seis.
—De acuerdo. ¿Ha tenido un buen viaje de vuelta? —Bueno; sólo que hacía más calor que en el, infierno, en ese trozo que está bajo el nivel del mar.
—¿Es Collishaw uno de sus pasajeros? —preguntó Merryvale sin interés aparente.
—No. Pregunté por él en Twenty-nine, pero no había estado allí.
—Bien; creo que será mejor que me vaya a casa. Le veré por la mañana.
—¿Cómo se llama usted, viejo? Mi nombre es Hank Day.
—El mío, Merryvale, cuando estoy en casa —contestó Merryvale con una mueca.
En cuanto Merryvale se hubo echado en la cama se dio cuenta del esfuerzo físico y mental que había exigido a su cuerpo aquel día. Le palpitaban las sienes y le dolía todo el cuerpo. Se encontraba en vísperas de grandes acontecimientos. La voz del desierto se lo susurraba. El silencio pesaba sobre aquel mundo vacío, espeso y oscuro como la noche sin estrellas; y pensando sobre él se sumió en el olvido del sueño.
Merryvale estaba preparado al amanecer, empaquetando los pocos objetos que decidió llevar para su viaje. Su dinero casi se había esfumado, pero eso no le preocupaba, porque siempre podría recibir alguno de Adán.
Merryvale fue a desayunarse y no se olvidó de comprar algo de comida y hacer que le llenaran la cantimplora. La diligencia, con sus seis caballos frescos tascando sus frenos, permanecía delante del destacamento. Hank Day tuvo una palabra alegre para Merryvale.
—Arriba —gritó—. Vaya, es usted ágil para ser un veterano. Pronto nos pondremos en marcha.
Había otro pasajero ya en la diligencia, pero Merryvale no pudo verle. Pronto dos más salieron de la taberna, con su equipaje, y subieron al vehículo. Después de lanzarles una mirada, Merryvale se sintió seguro de que no tendrían ningún interés por él o por Adán.
Day trepó al asiento de conductor, al lado de Merryvale. y soltó las riendas. Estaba locuaz y alegre.
—Diga, compadre: si me matan los bandidos, ¿se atrevería usted a conducir a los seis?
—Es posible; lo intentaría.
—Tan pronto como llegue el correo, partimos. Dabb anda lento esta mariana. Tiene un peso extra en la mandíbula. ¡Hala, hola!
Por fin llegó Dabb con la saca del correo y paquetes, y los depositó en el interior de la diligencia. —¿Adónde va usted? —preguntó a Merryvale, con un especulativo brillo en los ojos.
—A Yuma. Voy a ver a mi banquero y a comprarme un nuevo equipo —contestó Merryvale.
—Le apuesto a que su banco está en sus bolsillos y a que tiene un agujero en ellos —dijo Dabb, medio en serio, medio en broma.
Hank Day hizo restallar el látigo, gritando alegremente a los caballos —¡Arre!... ¡En camino... mientras haga fresco... y podamos ver!
El viaje de Merryvale a Yuma había comenzado. Se echó hacia atrás, como si sintiera inconsciente alivio por no haber encontrado obstáculos. Wansfeld estaría por ahí, en el desierto, esperando, tan seguro como que el rojo sol, al quemar la arena, formaba olas de color rosa. ¡Si solamente no le hubiera sucedido nada malo a Ruth! Merryvale se excitaba ante la aventura que ahora iniciaba, pero apartó sus temores, sus inútiles conjeturas, sus difusos planes.
—Con que vamos a Yuma ¿eh? —preguntó el conductor con malicia— ¿Cuándo estuvo usted allí por última vez?
—Creo que a primeros de abril —respondió Merryvale, reflexionando.
—Yuma es una ciudad floreciente ahora. Siempre tuvo mucho trajín, pero ahora, en estos días, es un verdadero trueno.
—Bien; no lo diga... Yuma fue siempre el lugar más alegre que he visto. ¿Cuál es la diferencia ahora?
—Pues es todo lo que acostumbraba ser y mucho más —replicó Day enfáticamente—. La construcción del ferrocarril le ha traído el peor lote de mestizos, negros, pieles-rojas, chinos, jugadores y ladrones que haya visto en su vida. Pero también se hacen muchos negocios honrados —¡Ajá! Mucho dinero por delante y la perspectiva de una ciudad abierta.
—Así es. La ley no sirve para nada allí. Por otra parte, es la ley de Arizona, que no va muy lejos por el lado de California. Hace algún tiempo, Jim Henshall, el único sheriff que servía para algo, fue muerto en una pelea. Y nadie ocupó su puesto. Oí que nadie tenía ganas de tomarlo, excepto Collishaw, y éste no es muy bien mirado por los ciudadanos honrados.
—¿Collishaw? Fue tiempo atrás un sheriff de Texas. Un verdugo. ¿Qué hay en contra de él en Yuma? —Por primera vez Collishaw está interesado en uno de los peores locales de allí. Un viejo edificio español de tres pisos, llamado «El Toro». Saloon, sala de juego y habitaciones para dormir, y eso no es todo. El propietario es un mejicano llamado Sánchez y Collishaw está con él. —Recuerdo haber estado en «El Toro» —dijo Merryvale—. Y puedo decir que no me pareció peor que algunos otros sitios.
—Espere hasta que vea Yuma ahora, amigo —vociferó Day, haciendo restallar el látigo—.
Progresa a toda velocidad, y se podría apostar con seguridad a que subirá más de prisa todavía, antes de que se hunda.
—Bueno; bien pensado, no me gustan ya las ciudades libres... ¿Quiere usted fumar?
—No, gracias —replicó Day.
La diligencia rodaba por el sinuoso camino del desierto. Era un camino de dura arena, sobre la cual los caballos marchaban al trote vivo, cubriendo la distancia rápidamente.
A Merryvale le gustaba el rítmico batir de los cascos, el tintineo de las cadenas, los crujidos de las guarniciones y el chirrido de las ruedas y, especialmente, la dulce y seca fragancia del aire del desierto, aún frío en aquella temprana hora.
Merryvale no sabía a qué distancia del camino se encontraba Bitter Seeps, y no se atrevió a excitar la curiosidad del conductor preguntándoselo. Por tanto, se contentó con vigilar. No podía abarcar toda la vastedad y extensión del desierto desde este tortuoso camino en terreno bajo.
En la distancia, el verde se hizo más vivo y más denso. Después, una palmera elevó su graciosa cabeza. Una mancha de verde más oscuro concedió alivio a sus ojos. El camino seguía las sinuosidades de una orilla cada vez más profunda, donde las hierbas del desierto florecían y se multiplicaban. Merryvale vio dos grises burros pastando en las alturas. Podrían ser los de Adán, pero estaban. demasiado lejos para que pudiera reconocerlos. Luego, un refugio indio de palmas y varas atrajo la mirada de Merryvale, y, detrás, una pequeña casa de adobe, semioculta entre los palo verdes.
De detrás de la casa salió un hombre alto que se quedó mirando la diligencia. El corazón de Merryvale dio un gran salto. ¡Wansfeld!
—Conductor, ¿qué sitio es ése? —preguntó Merryvale. Bitter Seeps. Hay agua suficiente para mantener a varios indios con vida.
—Creo que va usted a tener un pasajero mas —dijo Merryvale—. Su rostro no me es desconocido. Sí, es un buscador de minas.
—Un buen tipo, ¿eh? ¡So, Bill! ¡So, aquí, Iron Jaw!2.
Day consiguió que los seis caballos se detuvieran junto a la casa de adobe, frente a la cual esperaba Wansfeld con un pequeño paquete envuelto en un rojo pañuelo.
—¿Cómo está usted? ¿Va a subir? —preguntó Day.
—Sí, hasta Yuma —contestó Wansfeld.
—Son veinte dólares desde aquí —dijo, y cogió la brillante pieza de oro que Wansfeld le entregó—. Suba. —¡Hola, explorador! —saludó Merryvale—. Creo que le he visto en, alguna parte.
—Hola, Merryvale! Yo te vi el! primero —contestó Wansfeld mientras entraba en la diligencia.
—Seguro... Ya sentado aquí como un cuervo en un chopo muerto.
La puerta de la diligencia se cerró detrás de Wansfeld, y los caballos volvieron a tomar su trote ligero. Merryvale se echó hacia atrás en su asiento, consciente de una feroz y exaltada emoción. ¡Wansfeld y él habían vuelto a reunirse! Algo terrible les aguardaba a alguno o a varios de los pasajeros de la diligencia.
Ésa fue la idea que se formó en la cansada mente de Merryvale. Durante la hora que siguió se dedicó a extraer de Day todos los detalles que este individuo poseía sobre Yuma.
Entre tanto, las millas pasaban veloces bajo la diligencia. Avanzaba a través del último trecho de la cuenca de Lago Perdido y empezaba a subir. Los caballos disminuyeron su velocidad; sudaban. El conductor dormitaba en su asiento; el sola quemaba tanto, que Merryvale tuvo que esconder sus manos.
Arriba, en lo alto, al fin... El plateado mar de arena, el vasto terreno que se elevaba, hinchadas olas cerraban el camino hacia el Sur. ¡Los escalones de arena de Ruth Virey!
¿Quién podría subir aquella resbaladiza escalera? Subir más y más penando, arrastrándose, luchando..., sólo para darse cuenta de que era falsa.
Se extendía noventa millas a través del desierto, un extraño fenómeno de la Naturaleza, que culminaba en un ancho paso por donde el camino ascendía y cruzaba.
Allí los caballos se cansaban, las horas se detenían y las millas se agrandaban. Merryvale sucumbió al calor, al duro ascenso, al cielo deslumbrante, y se durmió hasta que la diligencia, al fin, emergió del plateado infierno al llano desierto. Cuando Merryvale se despertó, sus somnolientos sentidos se electrizaron; allí brillaba el Piloto, la frontera de los buscadores de minas, y a la izquierda las desiguales Montañas Chocolate, y elevándose sobre el desierto, en el fondo, la gran masa purpúrea de Picacho.
De nuevo la escena cambiaba. La arena quedaba atrás, y hacia delante y a los lados se extendía el desierto, llano y duro, con el verde de la «ocatilla» y «mesquite» contrastando con el blanco y gris, y las rojas Chocolate, más cercanas por efecto del espejismo y difusas por la distancia las fantasmales formas de los picos montañosos, desnudos, inaccesibles..
El coche descendía más y más, hasta que la lejana escena de belleza se perdió en las tierras bajas y el polvo que se elevaba como humo en la pradera. Desapareció el sol. Vino el crepúsculo y la noche, tan oscura, que los cansados ojos de Merryvale no podían ver a unas varas de distancia. Los fatigados caballos siguieron avanzando afanosos. Y en la última revuelta del camino. Merryvale vio las luces de Yuma.


IX
Merryvale tuvo que aligerar su paso para mantenerse al lado de Adán cuando recorrían la ancha y oscura calle principal de Yuma.
Las luces eran numerosas, pero su amarillenta llama no se extendía más allá del pavimento. Figuras oscuras se recortaban bajo los arcos; altos indios con grandes mechones de pelo en lo alto de sus cabezas se movían como sombras. Mejicanos, pequeños de estatura, con sus altos sombreros y sus multicolores «ponchos», haraganeaban delante de las tiendas, charlando como otros tantos monos. Mineros y otros hombres blancos, vestidos toscamente, se desparramaban aquí y allá.
—¿No es eso «El Toro»? —preguntó Merryvale cuando llegaron a un edificio de estilo español en la esquina de una calle.
Adán asintió y señaló la figura pintada en la pared entre dos arcos. Toros y matadores —y banderilleros montados, ejecutados en colores sobre el blanco fondo, simbolizaban el nombre de este notorio lugar de reunión.
Las puertas del salón estaban pintadas con fantásticos dibujos que una luz del interior permitía que fueran vistos en silueta. Adán y Merryvale se detuvieron en la esquina.
En el interior del lugar se oía como un zumbido producido por las voces dé muchas personas. Las puertas se movían continuamente para permitir el paso de una abigarrada fila de hombres. Adán condujo a Merryvale a través de la calle, a la esquina opuesta. Desde este ventajoso lugar podían vigilar la entrada de «el Toro». El segundo cuerpo del edificio tenía una línea de arqueadas aberturas en la parte más baja de una calle lateral, y caían sobre una galería cubierta que, evidentemente, se extendía por toda su longitud. En aquella calurosa noche no brillaba ninguna luz. Aquí y allí la roja brasa de un cigarrillo acentuaba la oscuridad. Bajas voces y risas, el gemir de una guitarra, la melodía de un canto español, el suave sonido de pasos y la cadencia de una risa de mujer..., todo eso ofrecía un poco de romance y atmósfera del pasado al misterio de «El Toro» de Sánchez.
El tercer cuerpo era bajo, con pequeñas y oscuras ventanas, ninguna de las cuales mostraba luz. Adán las miró como si quisiera atravesar su oscuridad para saber lo que había dentro.
Después, en silencio, condujo a Merryvale hacia una parte menos pretenciosa, donde había menos luces. Por fin llegaron a un estrecho lugar que conducía a un patio oscuro, con olor a humo y a «mescal», y donde algunas figuras se movían como sombras.
—Ésta es la casa de Agustín —explicó Adán, mientras subían algunos escalones de piedra hacia un porche también de piedra, y de ahí entraban en lo que parecía una especie de plaza del mercado.
Un robusto y moreno mejicano se quedó mirando a Adán con atónitos ojos; luego se levantó y dejó caer su cigarrillo. Su oscuro rostro se iluminó de pronto y corrió hacia Adán.
—¡Santa María! ¡Es muy grande señor! —dijo, abrazando a Adán.
Merryvale no tuvo necesidad de que le dijeran que alguna vez y en algún lugar este mejicano se había encontrado con Wansfeld «el Errante».
—Sí, Agustín —contestó Adán, empujando suavemente al hombre hacia atrás para estrechar su mano— Mi compadre Merryvale —presentó—. Estamos cansados, sedientos... y con dificultades.
El contento y alegría de Agustín se transformaron en seria solicitud.
—Vengan —dijo precipitadamente, y les condujo a una gran habitación de desnudas paredes de piedra. Tenía pocos muebles: una mesa y dos bancos, una lámpara ligera que olía a aceite y una hamaca que se curvaba de un anillo en la pared a otro en la pared opuesta. El mejicano dio unas palmadas, y cuando una mujer morena y gruesa y dos graciosas muchachitas entraron corriendo, les habló rápidamente en su lengua. Y luego, mientras ellas partían a cumplir sus órdenes, él se volvió a los hombres blancos.
—Señor Adán, mi casa, mi gente, mis amigos están a su servicio.
Sin desperdiciar las palabras, Adán le explicó los detalles de la desaparición de Ruth de Lago Perdido, según la información y deducciones de Merryvale.
—El señor Collishaw está en Yuma. Lo he visto hoy —dijo Agustín.
—Permítame que le describa a Stone —dijo Adán, y dio minuciosos detalles de la apariencia del joven.
—No —contestó el mejicano decididamente—. Señor, siéntese. Coma y beba. Yo iré a ver.
—Collishaw iba con un conductor mejicano. ¿Puede usted localizar al hombre? —preguntó Adán, estirando sus largas piernas por debajo de la mesa.
—Señor Adán, nada puede ocultarse durante mucho tiempo a Agustín —dijo el mejicano, mientras sus negros ojos de endrina relucían.
—Por el conductor podrá saber si Collishaw iba con la muchacha, y, si es así, dónde la ha llevado.
—Señor, si Collishaw trajo a la señorita a Yuma para él mismo, no estará en «El Taro» —dijo el mejicana con sutil sonrisa—. Pero no significa nada, para una mujer blanca, el ser llevada ahí. Sánchez trae mujeres— desde Guaymas, Frisco, Sacramento..., de todos los sitios. Yuma es una ciudad donde las mujeres no permanecen mucho tiempo.
—Agustín, yo le hice un servicio a usted en una ocasión. Ha llegado el momento en que usted me Sirva a mí —dijo Adán con profundo sentimiento.
—¡Ah! ¿La señorita es hija o novia? —preguntó el mejicano suavemente, posando su mano sobre el hombro de Adán.
—Es la mujer que amó, Agustín —contestó Adán.
—Señor, si la señorita está en Yuma la encontraremos. Me marcho ahora. ¿Se alojarán ustedes conmigo?
—Sí.
—Coman y beban. Mis mujeres les servirán y les conducirán a sus habitaciones. No salgan de aquí. Agustín trabaja lentamente, pero ustedes pueden estar seguros.
Se inclinó can ceremonioso gesto y salió de fa habitación. Adán y Merryvale se dedicaron, en silencio, a cal mar su fiambre y sed. Uno de los familiares de Agustín, su hija probablemente, entró y permaneció cerca de ellos. Una graciosa muchacha vestida con una larga bata; tenía un pequeño rostro ovalado, de color de oliva, rojos labios y grandes ojos, profundos y hermosos; su cabello era una negra masa. Merryvale la miraba una y otra vez, hasta que surgió en su mente la clara imagen del recuerdo.
—Amigo, mira a esa muchacha —susurró Merryvale al oído de Adán.
—Ya lo hice, con una mirada he tenido bastante —contestó Adán tristemente.
—¡El espectro de Margarita!... —exclamó Merryvale.
—Sí, es como Margarita..., sin la maldad en sus ojos.
—Bien; a veces suceden cosas raras —musitó Merryvale.
Terminaron su comida y separaron los bancos de la mesa.
—Adán, creo que va a sernos difícil estar aquí esperando.
—Paciencia. Hemos tenido la suerte de encontrar a Agustín aquí. Algunas veces suele estar en su rancho al otro lado de fa frontera. Conoce a todos los mejicanos de este país. Como él ha dicho, puede encontrar cualquier cosa. Si Ruth ha sido traída a Yuma por Collishaw, pronto lo sabremos.
—¿Por qué traería Collishaw a Ruth aquí? —preguntó Merryvale.
—¿Has olvidado lo que Agustín nos dijo acerca de la casa de Sánchez?
—Pero Collishaw ese un tejano —replicó Merryvale—. Es algo innato en él el respeto a la mujer.
—¿No es uña y carne con mi hermano? —preguntó Adán, fijando sus grises ojos en Merryvale.
—Lo creo; pero, incluso así... Yo le oí reñir a Guerd por haberle hablado groseramente a Ruth.
—Amigo Merryvale, mi hermano Guerd nunca trata con hombres a los que no pueda controlar. Además, Collishaw, con toda su crianza tejana, no es más que un bandido del desierto. Era de la peor clase de criminales de la frontera. Un hombre apoyado una vez por la ley y que afecta honestidad, cuando bajo su máscara es un malvado. Collishaw tuvo su día, Después de esto, Adán se encerró en un silencio que Merryvale no se atrevió a interrumpir. Los minutos pasaron. Furtivas sombras de mujeres pasaban por las puertas.
Afuera se oían apagados sonidos..., voces y pasos, risas y lejana música. A veces entraban oleadas de viento caliente con olor de polvo seco y fruta pasada, y suavísimo olor de flores, así como, muy ligero, de humo. La casa le pesaba, le oprimía a Adán. Suspiraba por los anchos espacios abiertos, por las estrellas, por el viento del desierto.
Había pasado ya una larga hora y estaba transcurriendo la segunda. Adán —extendió su largo cuerpo en la hamaca, atravesado diagonalmente, de forma que quedara al mismo nivel, según la costumbre de los mejicanos. Pero Merryvale no podía permanecer quieto. Se sentaba, paseaba y volvía a sentarse y recorrer el suelo de piedra, siempre a la escucha de unos pasos.
El, clip-clop de los cascos —de unos caballos se oyó débilmente en el exterior. El distante rebuzno de un burro rompió el! creciente silencio... Por fin, rápidos pasos en las piedras.
Agustín entró arrojando el humo de un cigarrillo, con su oscuro rostro acalorado y sus ojos como dos; negros puñales.
—¡Ah, señor! ¿Le he hecha esperar? —dijo, acercando un banco a Adán, que se enderezó bruscamente. Merryvale se acercó, animando a su amigo y maravillándose de la lealtad del mejicano. Porque él sabía que si se llegaba al corazón del mejicano no se encontraba en él la traición.
—Señor Adán, el conductor de Collishaw es Manuel Gómez, un pariente lejano mío. Nos conocimos desde hace mucho tiempo.
—Está bien; pero dígame, Agustín... —dijo Adán inclinándose hacia él.
—¿Tiene su amada, señor, un rostro como la Virgen..., cabellos como la Lluvia de Oro de los españoles..., ojos profundos y purpurinos como las puertas del cañón al ponerse el sol?...
Adán se quedó mirando atónito por la extraña pregunta. Pero Merryvale llenó la laguna.
—Agustín, la mujer que busca tiene el rostro del un ángel. Seguro que su cabello es como la lluvia de oro de los españoles y sus ojos son las sombras del desierto.
—Está aquí —anunció el mejicano, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo.
—¿En «El Toro»? —preguntó Adán, profundamente agitado.
—Gómez no lo sabe —contestó Agustín—. Siéntese, señor... Él me dijo, esto, sabiendo que yo le protegería. Collishaw, según Gómez, había salido de Lago Perdido hacia el Norte, pero cuando cayó fa noche volvió y esperó. Después se había ido más allá del puesto y esperó junto al abrevadero. Aquí Collishaw dejó el carro y se, alejó en la oscuridad. Volvió con otros hombres y con una mujer envuelta en una manta. Subieron al carro, donde Collishaw depositó a la mujer. Gómez les condujo rápidamente al desierto, tomando el camino de Yuma, como se lo habían ordenado. Entonces libraron de la manta a la mujer, que apareció medio asfixiada. La pusieron sobre el heno, en el suelo del carro. Al fin ella volvió en sí y gritó y luchó contra los dos hombres como una pantera. La cogieron brutalmente hasta que volvió a caer, agotada y medio desnuda. Ambos hombres parecieron afectarse inmediatamente y en el mismo grado por su seducción y su desamparo. Cada uno de ellos la protegía del otro.
Marcharon toda la noche. Ninguno durmió. Al amanecer entraron en un cañón, bastante lejos del camino. Estaban provistos de comida y bebida y alimento para los animales. La mujer bebió, pero se negó a comer. Ataron sus manos. Durante todo el día permaneció en el carro, unas veces gimiendo, otras durmiendo. Los hombres vigilaban y dormían por turnos.
Al anochecer volvieron a ponerse en marcha, y llegaron a Yuma bastante después de media noche, deteniéndose en el limite de la ciudad. El hombre más joven sacó a la mujer del carro. Entonces Collishaw la cogió. Se maldijeron el uno al otro y desaparecieron en la oscuridad.
—Señor, eso es todo —dijo Agustín dejando caer su apagado cigarrillo.
—¿Oyó que algún otro hombre estuviera mezclado en este asunto? —preguntó Adán con sombrío y terrible aspecto.
—No, señor.
—¿Cree usted que Collishaw la llevó a «El Toro»?
—Si la quería para él mismo, no; si para algún otro, sí...
—¿Cómo podemos saberlo?
—Señor, es casi imposible, esta noche —contestó el mejicano, extendiendo sus manos abiertas.
—Podría entrar en «El Toro» rápidamente y revolverlo todo.
—Sí, señor. Sería una gran «corrida». Pero, ¿y si la señorita no está allí?
—Agustín, usted es mi amigo —dijo Adán con voz ronca.
—Espere. Mañana sabré dónde está escondida la señorita. Entonces formaremos nuestros planes. Quien va lento... va seguro. Su «Lluvia de Oro» se encuentra en un triste estado.
¡Quién sabe!... Quizá... Pero tiene usted que pensar en su vida.
Adán asintió con una inclinación de cabeza y permaneció mirando a la blanca pared con.
ojos que parecían ver a través de ella.
—Amigo mío... Agustín quisiera ver como el grande señor mata al gringo de un solo ojo —dijo el mejicano. Merryvale salió súbitamente de su rigidez con una excitante sensación de calor en sus venas. Pero si Adán había oído las deliberadas palabras del mejicano, no lo demostró.
Señores, vengan. Tienen. que dormir.
Fueron conducidos a una habitación con camas americanas, por lo que Merryvale ser sentía agradecido, pues no podía acostumbrarse a las hamacas mejicanas. ¡Aunque no esperara dormir! La mirada de Adán le afectaba mucho. Merryvale se despojó de las botas y prendas exteriores, pero Adán permaneció mirando por la ventana.
—Amigo, seguro que las probabilidades están en favor de que a Ruth no le hayan hecho ningún mal todavía.
—A su cuerpo es posible que no —contestó Adán.
—Bien; ¿y qué importa lo demás? —exclamó Merryvale, irritado e impaciente con su amigo—.
Esto es el Sudoeste, y Yuma, también. ¿Qué esperas? Hay pocos hombres, te lo aseguro, que piensen en este desierto en algo más que en la carne. Y te apuesto que no hay ninguna mujer que piense en otra cosa. Así, pues, si a Ruth no le han hecho mal... o... o peor, juro que tenemos suerte.
—Apaga la lámpara, amigo, y duerme. No son tus sufrimientos la menor de mis preocupaciones.
Merryvale no tenía nada que contestar a esto. Con la habitación a oscuras, excepto donde la luz de la luna caía sobre el inmóvil Adán, en la ventana, se echó para descansar y serenarse. Sí... era viejo. Lo sintió en el dolor de sus huesos y en la angustia de su corazón.
No podría, ir muchas veces al agotador desierto que amaba y temía. Si pudiera ayudar a Adán y Birth a su liberación y a la fruición de su amor; saber antes¡de que yaciera por última vez que se habían marchado de aquella extensión de abrasadora arena a un hogar entre campos de tréboles de suaves olores, verdes praderas y murmuradores arroyos...
Se dio cuenta de que el sueño no le perdonaba. Sus párpados le pesaban. A pesar de sus esfuerzos por tenerlos abiertos, se cerraban por momentos, hasta que, por un puro esfuerzo de voluntad, conseguía abrirlos de nuevo.
Llegó el momento en que Adán dejó su vigilancia junto a la ventana. ¿Se habría echado a descansar? Un rayo de luz lunar cayó sobre la cama de Adán. Merryvale vio su oscura y larga forma. Esto le persuadió, para dejarse ganar por el tan necesitado sueño. Lo último que oyó fue un leve zumbido humano de la vida nocturna de Yuma.
Merryvale fue despertado por una llamada desde la puerta de su habitación.
—Vamos, compañero; ha amanecido.
Agustín no compareció mientras se desayunaban, pero más tarde entró con ropas nuevas y botas para Adán.
—Mira: creo que tengo las ropas tan destrozadas como tú —dijo Merryvale—. Seríamos un buen par de espantapájaros para un campo de trigo de Texas.
Adán le dio algún dinero.
Todavía tenemos peor aspecto que eso. Compra lo que necesites. También un revólver...
un cuarenta y cinco, corno el, mío, y algunas balas. Y navajas de afeitar, toallas, jabón y otras cosas que tanto necesitas.
—Muy bien. Pero, ano hay peligro de que me vean?
—Nadie, aparte de Collishaw y Stone, te conoce. No tienes más que verlos antes y ocultarte.
—Bien; iré inmediatamente. ¿Algo más, Adán?
—Espera. No debo olvidar a Ruth.
Merryvale recordó que, según el conductor Gómez, los vestidos de Ruth habían sido destrozados.
—No es muy probable que esos hombres busquen vestidos para Ruth —prosiguió Adán—.
Cuando salgamos de Yuma se verá expuesta al frío de la noche... al calor y al viento durante el día... Merryvale, compra un manto para Ruth y uno de esos vestidas de hilo... por el estilo del, que llevaba aquel día.
—Adán, creo que Ruth tenía puestas las prendas ligeras que lleva en las tardes calurosas en Lago Perdido. Ligeras zapatillas y medias. Creo que será mejor que compre zapatos y medras. Bien —concluyó Merryvale—. Hace ya mucho tiempo que no compro vestidos para una señora, pero creo que sabré arreglármelas... ¿Cuándo piensas marchar de Yuma?
—Mañana por la mañana. Agustín se preocupará de que la diligencia se detenga aquí, frente a esta. casa.
—¡Hum! Eso depende de que podamos sacar a Ruth.
—La sacaremos hoy.
—Sí, señor —confirmó el mejicano.
Merryvale miró al mejicano, escéptico. Había algo peor que ser demasiado rápido, y era estar demasiado seguro. Seguramente que si Ruth podía ser localizada, Adán la rescataría aunque tuviera que echar abajo «El Toro».
Adán dirigió sus pasos por los patios y corredores y por entre los arcos a la calle. La cegadora luz blanca del sol les cogió por sorpresa. Había sombra y fresco detrás de aquellas gruesas paredes de piedra y adobe. El pavimento de las calles estaba caliente, cubierto de polvo, colorido y ruidoso como la arteria principal de una ciudad campesina en un día de feria.
Giró hacia la derecha, aprovechando la sombra, cuando la había, y se quedó asombrado de la actividad y creciente vida de Yuma.
Hombres blancos..., mineros, rancheras, cowboys, capataces, se movían entre la multitud, añadiendo su nota atractiva a la escena. Merryvale, con su ancho sombrero bien encasquetada a fin de ocultar lo más posible su rostro, observaba con ojos de halcón a los paseantes. Se fijó en cada una de las personas que se movían hacia él.
Entró en un gran almacén general, donde los vendedores eran pocos y los compradores muchos. Los hombres compraban tabaco, ferretería, guarniciones, armas y municiones. Loé mineros compraban su equipo; los cazadores del Este compraban un equipo para usarlo al otro lado de la frontera en Méjico.
Al fin Merryvale fue servido y salió con una pistola debajo —de su chaqueta, balas y un pesado paquete de ropas y botas y otras cosas necesarias. Volvió con todo ello a casa de Agustín. No pudo encontrar a Adán en ninguna parte. Merryvale se afeitó el bigote, así como, su grisácea barba, y después de haber cambiado sus vestidos viejos por los nuevos, se miró satisfecho. Hubiera apostado diez contra uno a que Collishaw no le reconocería.
Una vez hecho esto, salió otra vez. Si algo había cambiado afuera, había sido en forma de un aumento en ruido y en número de paseantes, brillo y variedad! del colorido, y, ciertamente, del calor, polvo y viento. Esperó una oportunidad para —cruzar la calle.
Esta famosa arteria principal de Yuma tenía una cantidad de polvo que llegaba hasta las rodillas. Se levantaba en copos y nubes de los. cascos de los caballos, mulos y bueyes, formando un manto amarillo que tapaba incluso los edificios en el lado opuesto. Los indios venían cabalgando en potros; los cowboys, sobre vivos caballos que cabriolaban y se alzaban, arrojando polvo; mineros Conduciendo cargados burros,; conductores con sus carros tirados por seis mulos; calesines de las mejicanos de, los ranchos del valle, y, después, una diligencia blanca de polvo.
Merryvale arriesgóse a cruzar la calle.
—¡Maldito sea! —exclamó, escupiendo el gusto del polvo—. Esto es un agujero infernal.
En otro almacén, Merryvale trató de comprar los, artículos que consideraba necesarios para Ruth. El manto y chaqueta de hilo fueron fácilmente elegidos; pero cuando llegó a los zapatos, medias, guantes y prendas, de otra clase, se lió cuenta de, que había aceptado una abrumadora responsabilidad. Los zapatos parecían ser los más difíciles. La única idea que Merryvale tenía de los pies de Ruth era en el sentido de su pequeñez y bella forma. Por fin eligió unos, no sin largas vacilaciones, y después de pagar sus compras salió del almacén.
Nuevamente tuvo que arriesgarse a atravesar la polvorienta calle. Al entrar en casa de Agustín, Merryvale estaba muy preocupado al ver que Adán y el mejicano seguían ausentes.
¿Adónde había ido Adán? Era conocido en Yuma. Además, fa ciudad era tal Meca para los vagabundos del desierto, buscadores de minas y otros viajeros, que podían reconocer a Adán.
El riesgo era considerable. No le sería muy fácil disfrazarse. Y, al fin y al cabo, ¿qué importaba? Si algún caminante le reconocía, difícilmente podría sospechar lo que se traía entre manos. Además, se precisaría un alud para detener a Adán una vez puesto en marcha.
Merryvale esperó —durante un rato, y después, incapaz de estar quieto, y cada vez más intranquilo, salió nuevamente. Habían pasado variase horas. Ya era media tarde, y la actividad de la calle había disminuido notoriamente. Sin embargo, todavía transitaban numerosas personas, y muchos haraganes permanecían bajo los arcos. Merryvale se dedicó a recorrer las calles, más alerta que nunca. Se lo había ocurrido la posibilidad de prestar algún servicio a Ruth. Siempre había sido un hombre afortunado. ¿Por qué perder un tiempo precioso, cuando quizá pudiera enterarse de alga?
Con este objeto paseó por delante de «El Toro», cruzando la calle transversal y siguiéndola hacia abajo, para volver nuevamente sobre sus pasos. Vista a la luz del día, la casa de Sánchez estaba de acuerdo con su reputación. Era un edificio muy antiguo con paredes de pintado y encalado estuco. Tenían muchas manchas. En algunos sities el estuco había caído, dejando ver los ladrillos de adobe.
Merryvale recorrió la calle lateral a fin de poder ver la parte trasera del edificio. Un ancho callejón separaba el edificio de una alta pared! cubierta de sarmiento, que se extendía a la otra mitad del jardín. Por esta calle lateral transitaban pocas personas. Merryvale se aventuró a cruzarla y entrar —en el callejón, donde descubrió que la casa de Sánchez temía dos alas que daban al patio. Una escalera conducía a un pórtico cubierto. ¡Qué fácilmente se podía entrar y salir por la parte trasera!
Merryvale siguió el callejón hasta el final; luego salió a la calle y pronto se encontró una vez más en la calle principal. Cuando de nuevo se acercó a la entrada frontal de «El Toro», al ver la oscura escalera que conducía a los pisos superiores, experimentó algo que no solamente le excitó, sino que comunicó a sensación de picazón y fría tensión a toda la piel. Se detuvo para apoyarse en la sucia y arqueada puerta. Algunos hombres salían y entraban en el salón. Nadie en la escalera. ¿Por qué no arriesgarse a subir? Siempre podría dar alguna excusa plausible si fuera interrogado. La idea le cogió como una tempestad, en la forma más inexplicable.
Con una disimulada ojeada a uno y otro lado, Merryvale se aseguró de que, nadie parecía fijarse en él. Entonces empezó a subir por la escalera, ancha, alta y vieja. Los peldaños eran de cemento o piedra y llenos de agujeros. Cuando alcanzó el primer descansillo se encontró frente a frente a un largo corredor, con paredes pintadas de blanco que un lado y puertas de habitaciones, muy separadas, en el otro. Detrás de Merryvale, el pasillo terminaba en un —segundo tramo de escalera que conducía hacia arriba. Parecía como si la mano de un gigante empujara a Merryvale.
Merryvale subió con toda naturalidad aquella serie de peldaños de madera, muy gastados por el uso. Al llegar a lo alto —se encontró con otro corredor idéntico al primero, excepto que el techo era más bajo. Tenía el mismo aspecto y olor que muchos de los patios mejicanos que había visto.
¿Qué iba a hacer ahora? Había llegado hasta aquí sin la más ligera idea de un plan preconcebido. Había seguido un inexplicable impulsa, que todavía influía en sus vasos sanguíneos y excitaba sus nervios. Ruth podía estar, y seguramente lo estaba, prisionera detrás de cualquiera de aquellas puertas.
Merryvale no se detuvo a reflexionar, a considerar el riesgo de encontrarse con Stone o Collishaw. Jamás se le ocurrió pensar en ninguno de los dos. Sentía un frío y apretado nudo en su pecho, y si hubiera estado, consciente de su significado habría sabido que prometía un disgusto para cualquier hombre que se atreviera a cruzarse con él ahora.
Se acercó a la primera puerta y golpeó en ella con atrevida aunque temblorosa mano. No obtuvo respuesta. Repitió la acción en la siguiente, con el mismo resultado. En la tercera ocasión oyó voces y pasos en el interior, y esperó, con toda su sangre agolpándose en su corazón.
La puerta se abrió y un joven mejicano, flaco y de rostro amarillo, con pequeños ojos, como cuentas de vidrio, encontró la mirada de Merryvale.
—Excúseme, señor —dijo Merryvale, inclinándose—. Busco a un señor García.
El mejicano meneó la cabeza, indicando negación, y cerró la puerta.
Este incidente alentó a Merryvale. Siguió avanzando par el, corredor, con vivos ojos, alerta, dejándose vencer por el impulso dé la cosa que le empujaba, hasta que alcanzó un punto que daba sobre el pórtico que había observado desde el! callejón.
Merryvale oyó voces y risas de mujer. Localizó la habitación y llamó a ella. Cesaron los ruidos en el interior, pero la puerta no se abrió ni hubo respuesta alguna de las demás puertas de aquel, lado.
Merryvale salió al pórtico. Entonces se dio cuenta de que había dos puertas, en el lado de fuera, bastante separadas, en la sección de la casa entre las dos alas. Merryvale recorrió el pórtico, mirando a todas partes, hasta que llegó frente a la primera puerta. Era de sólida y pesada madera, con una gran manilla de latón y un gran agujero de cerradura.
Golpeó en la puerta. Nerviosamente volvió a llamar. El ligero deslizar de unos pasos llegó a sus oídos. Llamó por tercera vez.
—¿Quién está ahí?
Vino la pregunta de una voz que hizo que la lengua de Merryvale se le pegara al paladar.
Temerosamente miró en todas direcciones.
Golpeó la puerta con mano temblorosa.
—Ruth, Ruth... —llamó tan fuerte como se atrevió. Oyó un suave grito, ligeros pasos y un ruido en el interior.
—¿Quién es? —preguntó ella.
—Merryvale.
—¡Oh, gracias a Dios!... ¿Está Adán contigo?
—Está aquí, en Yuma. Hemos venido a sacarte de ahí. ¿Quién te encerró?
—Collishaw y Stone —contestó ella en tenso susurro.
—¿Y qué hay de Guerd?
—Todo el complot es suyo. Pero no se lo digas a Adán.
—¿Estás... —Merryvale titubeó —bien... y...?
—Estoy perfectamente... Solamente algunas magulladuras, resultado de mi lucha con Collishaw. Fue brutal. Si no hubiera sido por Stone, él...
—No te preocupes ahora. Tengo que ir a buscar a Adán. Animo muchacha. Vendremos en seguida.
—Trae algo para taparme. Mis vestidos están hechos pedazos.
Merryvale, trató inútilmente de abrir la puerta.
—No puedo echar abajo esta puerta, pero Adán lo conseguirá.
—Apresúrate... ¡Oh, apresúrate!... —susurró ella—. Él, puede venir de un momento a otro.
Era casi imposible para Merryvale recorrer con naturalidad el largo corredor y bajar el primer ramo de la es, calera. Al, llegar al segundo y verlo vacío se lanzó hacia abajo, saliendo a toda velocidad a la calle. Aquí se esforzó para andar sin atraer la atención. ¡Qué interminable distancia supuso para él esas, dos manzanas de casas hasta la de Agustín!
Merryvale irrumpió en el patio y corrió hasta sus habitaciones. Adán no estaba allí; Agustín, tampoco.
—¡Cielos! ¡Qué mala suerte! —murmuró— Pero no puedo hacer nada. Tengo que esperar.
Recorrió agitadamente la habitación, tratando de vencer su inquietud, y diciéndose una y otra vez que el retraso, aunque terrible para Ruth, no sería necesariamente fatal. Vio el rojo rayo del, sol poniente disminuir en brillo a través de la ventana. Pasearon momentos interminables.
Cuando Merryvale estaba más desesperado, oyó pasos rápidos. Adán entró, seguido de Agustín.
Merryvale se acercó a ellos, dándose cuenta de que ninguno de los dos hombres, le había reconocido. La habitación no estaba alumbrada. Adán se inclinó para ver mejor.
—¿Dónde diablas has estado? —preguntó Merryvale.
—¿No es Merryvale...? —exclamó Adán— Agustín no puede encontrar al, hombre que sabe dónde está Ruth... si está en casa de Sánchez.
—No te preocupes. Yo sé dónde está.
Las dos grandes manos de Adán se agarraron a los hombros de Merryvale.
—¡Compañero!... ¿Tú sabes...? ¿Cómo?... ¿Dónde?...
—No perdamos el, tiempo en explicaciones ahora... —dijo Merryvale—. He hablado con Ruth.
Está encerrada. La puerta es recia... Necesitaremos...
—¡Hundiré cualquier puerta¡— interrumpió Adán roncamente.
—Vamos, entonces —digo Merryvale, recogiendo el paquete que contenía el abrigo y manto que había comprado para Ruth—. Agustín, espéranos aquí.
Adán no hizo más preguntas y se puso al lado de Merryvale tratando, de andar al paso de su amigo.
—Adán, si tenernos suerte, la cosa va a ser bastante fácil... susurró Merryvale, mientras marchaban rápidamente—. Podemos ir por la puerta trasera, pero creo que la de delante será mejor, si no encontramos a nadie. ¡Ojo avizor! Tendremos que salir por detrás... Es en «El Toro», como tú habías supuesto.
Subieron rápidamente por la calle, y aun en aquel momento Merryvale se sintió impresionado por la fuerza del gran brazo, —duro como el hierro, al cual se agarraba. Unas pocas luces iluminaban las tiendas. El tráfico no había aun alcanzado el volumen que por la tarde, pero las aceras estaban llenas de gente.
Los largos pasos de Adán, que Merryvale seguía con dificultad, les condujeron prontamente a «El Toro».
El salón de, Sánchez estaba lleno de público. Subieron hasta al corredor. Ascendieron el segundo tramo... El vestíbulo superior estaba casi en completa oscuridad, excepto en su extremo opuesto, donde la luz entraba por las arqueadas ventanas.
—No hemos encontrado ni un alma —dijo Merryvale—. Seguro que mi suerte se mantiene.
El pórtico también estaba desierto. Merryvale ya no miraba temerosamente en todas direcciones. Solamente veía la puerta que le interesaba.
—Aquí... estamos... Adán dijo, respirando profundamente.
Llamó a fa puerta. Siguió un momento en suspenso. La respiración de Adán era profunda y trabajosa.
—¡Ruth, Ruth! —llamó Merryvale en voz baja e insistente, golpeando otra vez la puerta—.
¡Ninguna respuesta! Rápidamente miró a su alrededor con objeto de estar seguro de que no se había equivocado—. Seguro que ésta es su puerta.
Entonces golpeó Adán, llamando con su profunda voz
—Ruth, soy Adán.
La única respuesta fue el silencio más profundo.
—Ha tenido que esperar demasiado —susurró, Merryvale—. Creo que se ha desmayado. Su voz era débil.
—¡Apártate! —dijo Adán, y cogiendo el picaporte puso su hombro contra la puerta y empujó. Ésta crujió y se movió un poco. Adán se separó y se lanzó contra la puerta con tremenda fuerza. Se oyó un fuerte crujido, rompióse la cerradura y la puerta se abrió.
Merryvale siguió a Adán. La habitación estaba vacía. Un pequeño cuarto contiguo, oscuro y lleno de trastos viejos, tampoco mostraba signo de Ruth.
—¡Ah, se ha ido! —dijo Adán con enorme desilusión. Adán se inclinó y recogió del suelo un pequeño pañuelo. Era de Ruth. El ligero perfume lo reconoció Merryvale inmediatamente.
—Bien, ya lo ves... Estaba aquí —exclamó examinando el pañuelo—. No hace mucho; ni puede haberse ido muy lejos.
Vio la rápida mirada de Adán a la recia cama de estilo español, con sus viejos ¡lazos amarillos y descoloridas cortinas... La mesa, donde se encontraba una bandeja con comida que no, había sido tocada... La pequeña ventana con barrotes de hierro.
—Sí, estaba aquí —dijo Adán amargamente.
—La han sacado —dijo Merryvale, intentando reponerse del golpe recibido—. La última palabra de Ruth fue para que me apresurara, porque... —aquí calló Merryvale, mordiéndose la lengua. Casi había traicionado el temor de Ruth de que viniera Guerd Larey—. Tenía mucho miedo de Collishaw —prosiguió—. Dijo que estaba «muy bien» entonces; solamente muy magullada por su; lucha con Collishaw...
La apresurada explicación de Merryvale quedó ahogada en su garganta. Adán se había puesto, mortalmente pálido. Con gigantescos pasos cruzó el umbral y salió al pórtico.
Merryvale se, lanzó tras él a través, del pasillo y hacia abajo por las escaleras. Se abrían las puertas y aparecían los asombrados rostros de los mejicanos. Un hombre subía por la escalera, pero se apartó ante el ímpetu de Adán y Merryvale, sin intentar hacerles frente. Al llegar a la calle, Adán se dirigió directamente a, las oscilantes puertas del salón de «El Toro».


X
Por aquellos días, el de «El Tara» era el mayor, si no el peor, salón de bebidas y de juego de todo ele Sudoeste. Merryvale entró pisándole los talones a Adán.
Una habitación inmensamente larga y ancha se abría a todo lo largo de «El Toro». Muchas luces amarillas, colgando muy alto, brillaban en una habitación llena de humo. Había junto al bar muchos hombres que tenían que gritar para hacerse oír. Espejos con marcos dorados y crudas pinturas de mujeres desnudas se veían sobre las interminables estanterías llenas de botellas y vasos. Pero pocas de las mesas habían dejado los jugadores sin ocupar. Las mujeres brillaban por su ausencia. La música que se oía en algún sitio sugería, sin embargo, que el elemento femenino no faltaba del todo en casa de Sánchez. El contraste entre los bullangueros bebedores y los jugadores silenciosos era extraño. La corriente de visitantes parecía empezar y terminar en el largo, bar.
Adán se dirigía hasta el centro de la sala y se detuvo allí, donde podía ver a todos los que se hallaban presentes.
Era, en efecto, un público abigarrado. Merryvale también, buscando con agudos ojos a los dos hombres que necesitaba, examinó a carda uno detenidamente. Altos jugadores con negras levitas y grandes sombreros se mezclaban con el gentío, bebiendo poco y buscando con sus ojos de halcón la víctima a quien desplumar. No faltaban los chinos entre la cambiante multitud del bar. Un joven delgado y fuerte, vestido con un chaquetón de cuero de gamo, con un revólver y un cuchillo en su cinturón, quieto y solitario, con rostro oscuro y enjuto y su mirada como Ira de un indio, llamó la atención de Merryvale. Había muchos mineros, que formaban los más bulliciosos grupos de bebedores. Y ellos, con los cargadores y los conductores, vestidos toscamente y con polvorientas botas, se contentaban con un par de vasos. Cuando los habían terminado se marchaban ruidosamente, dejando sitio a otros.
Un buscador de minas vagaba por allí, quizá más para ver gente y tener un día de excitación que para beber o jugar. Merryvale se había encontrado con él alguna vez, pero no podía recordar dónde. De pequeña estatura, contrahecho y con el rostro curtido, ropas descoloridas por el sol y llenas de manchas y las botas sostenidas por trozos de cuerda, era, en efecto, digno de llamar la atención de Merryvale.
Arizona Charlie, un personaje local, a quien Merryvale conocía de vista, apareció entre un grupo de amigos, todos muy alegres. Su cabeza y hombros sobrepasaban en altura a cuantos le rodeaban. Era un pintoresco hombre de la frontera vestido como un cowboy, rubicundo, de ojos entornados y una boca que era una delgada y dura línea, excepto cuando reía.
Un grupo de jinetes, con botas y espuelas, armados de revólveres, hombres de rostro sombrío, entraron y fueron examinados por Merryvale... ¡Con qué interés la mirada de Adán se fijó en ellos! Y ellos tuvieron la misma aguda atención para con él. Merryvale pensó que serían bandidos. Los recién llegados se sentaron en una mesa vacía.
—Cuatreros del valle de Gila —explicó Adán—. Vienen, aquí a menudo después de una correría. Si supiera... Pero Merryvale, que miraba a otro lado. agarró el brazo de Adán.
—Por ahí viene Collishaw —dijo, conteniendo la respiración.
—Sánchez está con él, pero no conozco al otro —contestó Adán, y su actitud cambió extrañamente. —Seguro que no es Stone, y mejor así. A éste puedes hacerle hablar, pero no a Collishaw.
—Lo intentaré —musitó Adán.
—¡Compadre, es un tejano! —exclamó Merryvale—. No pierdas el tiempo con él. Adán, no tengo necesidad de decirte que si se pone de malhumor tendrás que echar mano al revólver.
Collishaw parecía escuchar impaciente a Sánchez, que hablaba con rapidez y gesticulando con vehemencia, según la costumbre de los mejicanos. Era éste un hombre grueso y bajo con una cabeza de bulldog y una piel oscura. Su vestido mostraba riqueza y colorido tan gratos a las personas prósperas de su nacionalidad. Collishaw vestía larga chaqueta y negro sombrero y corbata de gran lazo suelto, que lo hubiera identificado con un tejano. El hombre que le acompañaba era un americano.
Adán avanzó cuando ellos se aproximaron al centro de la sala, pero, de cerca, parecían demasiado absortos en su conversación para prestar atención a los que les rodeaban.
—...quiero —entrar —en el asunto de Lago Perdido —la voz dura y penetrante de Sánchez llegó a los finos oídos de Merryvale.
—Eso no soy yo quien tiene que decirlo —contestó el tejano.
Esas palabras, ciertamente oídas por Adán, explicaban el que no se enfrentara con Collishaw. En vez de eso se movió a un lado y un poco hacia atrás. Merryvale le siguió.
Sánchez abrió una puerta que conducía a otra habitación y entró con Collishaw a sus talones.
El tercer hombre se acercó a la puerta con intención de cerrarla, cuando Adán de un empujón la echó atrás, entrando en la habitación; rápidamente le siguió Merryvale cerrando la puerta tras de sí.
Era un suntuoso, y privado salón de juego; una partida estaba en la mesas más lejana.
La muchacha se ha ido. Stone se la ha llevado. Acabo de bajar. La puerta ha sido forzada —estaba diciendo Collishaw.
—El señor Collishaw me ha engañado va otras veces —contestó el mejicano.
Entonces el tejano se dio cuenta de la presencia de Adán. Le miró asombrado. Su único ojo, brillante y duro, expresaba sorpresa, que, a medida que Adán avanzaba, se fue cambiando en sombría, sospecha.
—Oiga, forastero —empezó furiosamente—. Ésta es una habitación privada.
—Collishaw, quizá yo no sea tan forastero para usted como cree —contestó Adán deliberadamente.
Sánchez se apartó a un lado, y Merryvale le imitó. La puerta se abrió ligeramente y por ella apareció el rostro curioso del americano, a quien poco antes le había sido impedida la entrada. Silbó suavemente y desapareció, dejando la puerta entreabierta.
La expresión de Collishaw se había alterado. De un hombre a quien molestaba la ingerencia de un extraño, se había convertido en el ex sheriff de Tejas, que había cosechado innumerables enemigos.
—Lo he visto a usted en alguna parte... hace mucho —observó fríamente—. Pero no recuerdo dónde. —Ahora mismo lo sabrá.
—Bien; me alegro de oírlo —dijo Collishaw, con lenta expresión que, ciertamente, velaba el significado de sus palabras.
Sánchez, rápido en darse cuenta de la tensión existente, puso más distancia entre él y el +tejano. En realidad, retrocedió hasta dar con la mesa, molestando a los jugadores.
—¡Eh, Sánchez, ¡me estás mezclando las cartas! —protestó uno que estaba de, espaldas al centro de la habitación.
—¿Qué sucede? —preguntó rápidamente otro, que miraba en sentido contrario.
—El señor Collishaw está reunido con un amigo —respondió Sánchez con significativo sarcasmo.
Adán dio una larga zancada, salvando la distancia que le separaba de Collishaw. La asombrosa rapidez del acto hizo que Collishaw se pusiera rígido. El calor había desaparecido de su rostro. Merryvale se apoyó contra la pared. Sólo podía ver el perfil de Adán, frío, rígido, con el aspecto del águila en ele momento de lanzarse al ataque.
—He venido a buscar a Ruth. Adán disparó as palabras en tono demasiado bajo para que Sánchez y los jugadores, pudieran oírle.
A pesar de sus fríos nervios, el tejano acusó la sorpresa que le produjeron las palabras de Adán.
¿Quién es usted? —exclamó, casi involuntariamente.
—¿Dónde está la muchacha? ¡Rápido! —ley espetó Adán, más bajo y con más fiereza.
Collishaw se burló con ceñuda expresión de la idea de que un hombre pudiera hacerle hablar —sin él quererlo; mientras, su mente recorría febrilmente recuerdos del pasado.
De pronto, empezó a mover la cabeza y su único ojo brilló sardónicamente.
—Bien; por fin he conseguido reconocerle, forastero —dijo—. Creo que tengo el dudoso honor de encontrar a Wansfeld «el Errante».
Había bajado la voz, no queriendo, evidentemente, dar a conocer a Sánchez la identidad de aquel hombre, —Exacto —contestó Adán.
—Hubiera debido darme cuenta antes..., considerando lo que oí contar a Stone. Lo. siento, mistes Wansfeld, pero no puedo complacerle en lo que se refiere a la señora y ayudarle en una de sus travesuras del desierto. Pero el hecha es..., y al admitirlo lo siento mucho..., que la pequeña pícara se está escapando con Stone en este preciso momento.
—¡Cerdo tejano! —la voz de Adán era cortante—. Usted que se enorgullece de haber nacido en un país donde las mujeres son respetadas, usted, instrumento de Guerd Larey...
Inmediatamente Adán le dio un puñetazo en la boca. Brotó la sangre. Merryvale lanzó una exclamación ahogada y saltó con movimiento espasmódico, como si quisiera sacar un arma.
Sin embargo, algo le detuvo,; la frialdad de hielo del hombre que había golpeado a Collishaw; —la presencia allí de Wansfeld.
—Collishaw, usted fue un sheriff verdugo —prosiguió Adán—. Yo sé de un hombre inocente a quien usted ahorcó. Fue usted un jugador y un ladrón. Ahora es peor. Trata de engañar y robar a un anciano. Conspira con ese miserable socio suyo. Rapta usted para él a unta mujer inocente. Entonces le traiciona deseándola para usted mismo. ¡Usted, perro...!
—¡Así, fue usted quien entró en su habitación! —exclamó Collishaw, y su mano se dirigió a su pistola.
—¡Sácala! —silbó Adán apretando la suya.
—Usted tiene... la ventaja —dijo roncamente Collishaw.
—¡Bah! Necesitaría dos ojos para habérselas con un hombre —prosiguió Adán con estudiado desprecio. El rostro de Collishaw se torno lívido, su gran cabeza se inclinó tanto, que se le cayó el sombrero; grandes gotas de sudor corrían por su frente.
—¿Quién le sacó ase ojo? —preguntó Adán, inclinándose hacia él y con voz que era más terrible por la fría pasión que encerraba.
—He... matado a... hombres... por menos... que eso —exclamó Collishaw.
—Sí; pero ¿qué clase de hombres? Pruébelo conmigo —desafió Adán.
La respiración de Merryvale se detuvo... Comprendió aquellos dieciocho años de agonía y pasión que Adán debía igualmente a su hermano y a aquel sheriff que se había especializado en ahorcar hombres.
—Collishaw, recuerde Ehrenberg... —prosiguió Adán. El único ojo del tejana perdió algo de su fijeza y se dilató.
—Míreme. Mire a Wansfeld «el Errante». Míreme de cerca.
Aquel único ojo, malo, con todo el infierno ardiendo en sus profundidades, parpadeó en el borde del reconocimiento.
—Mire de cerca a Wansfeld... a mí... Yo le saqué ese ojo... ¡Yo soy Adán Larey!
—¡Diablos! —gritó Collishaw.
Cedió su rigidez. Rápidamente sacó su revólver. Pero cuando brilló, azul, a la luz, el de Adán escupió su carga contra el abdomen de Collishaw.
Merryvale oyó el ruido de la recia bala al chocar contra la pared. Había pasado a través de Collishaw. El terrible impacto le echó hacia atrás. Pero no hizo desaparecer su instinto de apretar el gatillo. Su revólver bramó y escupió roja lengua de fuego... se agitó en el aire locamente... volvió a bramar de nuevo. Atravesado como estaba, tambaleándose, conmocionado, y cayendo, todavía vivía en él el desesperado deseo de matar. Y con un estuerzo sobrehumano estaba tratando de apuntar la pistola cuando Adán le disparó una bala en el ojo.
Collishaw dejó caer la pistola. Por ni¡, instante permaneció derecho, muerto sobre sus pies, con expresión de horror en el rostro... Después, se bamboleó y cayó pesadamente.
Nadie se movió en la sala de juego. Todos los rostros estaban vueltos hacia la puerta por donde salieron Adán y Merryvale. Éste, ayudado por la mano que tiraba de él, marchó rápidamente a través del vestíbulo, y por la puerta lateral, hacia la oscuridad.
Entonces, Adán, todavía llevando de la mano a Merryvale, le condujo en medio de la gente que llenaba la calle principal, y pronto estuvieron fuera de la vista y oídos de «El Toro».
—Adán, ¿no estarás olvidando a Stone? —preguntó Merryvale humedeciendo su lengua reseca.
—No más de lo que he olvidado a Collishaw.
—¿Seguro que no estás confiando en la suerte?
—No. Agustín tiene algunos hombres sobre la pista de Stone. Pero creo que si cerrase los ojos... algo llevaría a él.
—Creo que lo comprendo. Podemos apostar a que Stone se llevó a Ruth. ¿Estás conforme?
—Oímos lo que Collishaw —dijo a Sánchez.
Pronto llegaron a casa de Agustín, donde Adán expuso brevemente a su amigo mejicano la probabilidad de que Stone se hubiera llevado a Ruth de «El Taro». A lo cual, Agustín, tenso y excitado, arguyó que Stone no podía aventurarse muy lejos a la luz del día; que debía haber salido de «El Toro» por la escalera trasera y habría escondido a la muchacha en algún sitio en la manzana de casas contigua, que estaba por completo ocupada por mejicanos.
—Señor, venga —urgió Agustín, y se lanzó hacia fuera, a un estrecho pasaje que conducía a una calle lateral. Durante todo el tiempo, el efervescente mejicano habló mientras corría, metiendo en su conversación, de vez en cuando, alguna palabra en su lengua nativa. Su idea era que Stone no se hubiera atrevido a aproximarse a la calle principal con una muchacha cautiva, a la cual, muy probablemente, tenía que llevar o arrastrar. Esto le pareció plausible a Merryvale. Si una rápida investigación en las casas contiguas a la de «El Toro» no daba resultado, Agustín les prometió que un detenido examen a la luz del día lo daría, con, toda seguridad.
Llegaron al punto que el mejicano había decidido examinar. Los nativos estaban sentados.
en frente de las casas. Agustín hizo unas preguntas a éste y aquél, yendo rápidamente de casa en casa, cruzando la calle y volviendo al otro lado. Adán y Merryvale le seguían, pero se mantenían en la sombra cuando el mejicano hablaba a alguien o golpeaba en alguna puerta.
Era otra noche calurosa. Suaves risas y voces, bajas y un cantor con una, guitarra saludaron a los buscadores.
La primera, y segunda manzana fueron examinadas por el infatigable mejicano sin que encontrara pista alguna; pero siguió ahora por una calle más estrecha y menos pretenciosa, donde a trechos brillaba alguna luz. Agustín entró en una arcada, mientras Adán y Merryvale esperaban en la sombra.
Merryvale, cediendo al cansancio, se apoyó contra la pared. Oyó suaves pisadas y creyó que era el mejicano que volvía. Una oscura figura se deslizó bajo la luz titubeante de un farol, debajo de, la arcada.
Adán saltó como un tigre. El, hombre lanzó un grito y, trató de separarse. Pero el largo brazo de Adán se extendió y una pesada mana cayó sobre él, haciéndole dar vuelta como una peonza. Al instante siguiente aquella mano le había cogido del cuello de la camisa y levantándolo con los pies en, el aire lo apretaba contra la pared.
Merryvale vio brillar la luz sobre Stone, con la cabeza descubierta y sin chaqueta.
Respiraba entrecortadamente. Merryvale, con loco asombro y alegría, se acercó de un salto.
El rostro de Stone estaba congestionado y tenía la lengua fuera. Entonces, Adán le soltó, permitiéndole posarse sobre sus pies. Stone tosió y sus manos golpearon locamente a su asaltante.
—¡Esté quieto o le rompo la cabeza! —ordenó Adán. —No me pegue..., Wansfeld... —gritó Stone, aterrorizado, cesando de luchar.
—Collishaw ha muerto —dijo Adán.
—¡Dios mío!... No me mate, Wansfeld... Tengo a Ruth... ahí cerca..., encerrada... Se la, robé a Collishaw... Déjeme ir... y le llevaré donde está ella.
Stone, siempre sujeto por la férrea garra de Wansfeld, les condujo por el oscuro patio.
Agustín se encontró can ellos, y, después de clamar a todos sus santos, corrió a su lado. En la oscuridad brillaba una luz con tinte rojizo a través de una ventana cerrada con barras de hierro. Stone se detuvo delante de la puerta y, rebuscando en sus bolsillos, encontró las llave, que trató de introducir en la cerradura.
—Suelte mi brazo, Wansfeld —rogó—. Me paraliza. Las manos me tiemblan...
La llave cayó y, al chocar contra el suelo de piedra, sonó con timbre musical.
—Merryvale, recógela. Abre la puerta —ordenó Adán. Un terrible grito desde el interior de aquella puerta conmovió a Merryvale, mientras se inclinaba para buscar la, llave.


XI
Le pareció a Ruth que se despertaba de una terrible pesadilla. Su consciencia volvía, aunque sus párpados pesaban y sentía un sordo dolor.
Vio descoloridas cortinas, columnas que sostenían el dosel de la cama,!paredes! con un viejo estucado, del cual el tinte rosa había desaparecido, y una pequeña ventana coro barrotes de hierro. Nada de ello le era familiar. No era ésta su habitación. ¿Dónde estaba? Todavía en aquel terrible sueño?
Pero estaba despierta. El sitio tenía substancia, realidad, no los vagos y retorcidos contornos de un sueño. Ruth se levantó consciente de una extraña debilidad. Estaba echada sobre la amarilla colcha de una alta cama en una habitación que no había visto en su vida.
Entonces, sucesivas oleadas de memoria llegaron a ella para sorprenderle con la serie de incidentes que la habían llevado a esta triste situación. La confesión de Stone de que mientras se encontraba bajo los efectos de la bebida había robado dinero del escritorio de la oficina de Guerd Larey; su persistente presión para que intercediera ante Guerd en. favor suyo; su consentimiento, dado con repugnancia, y el loco andar por el sendero; cuando le taparon cabeza y hombros con una manta, y la violencia que sofocó sus gritos y venció su resistencia; su sentido de haber sido transportada sobre ruedas, que giraban rápidamente hacia el desierto; entonces le habían quitado la sofocadora manta. Yacía de espaldas, con su rostro hacia las estrellas, con Collishaw a un lado y Stone al otro. Había luchado como una tigresa, tratando de huir... Luchó hasta que no le quedaron más fuerzas. Entonces yació allí, gimiendo, mientras la cólera cedía paso al miedo. Collishaw no quería o no podía retirar las manos de encima de su persona. Su desprecio y sus ruegos parecieron incitarle más aún; pero afectaron a Stone. Éste censuró a Collishaw y, finalmente, intervino por la fuerza.
Aquella terrible noche fue seguida de un gris amanecer. Cesó el rodar del vehículo. Yacía con las manos atadas por una bufanda, en el carro, que había sido conducido bajo un árbol. Caluroso y tranquilo llegó el día. Durmió a intervalos a pesar del calor, dándose cuenta, en medio de su aturdimiento, de la fiera disputa que aquéllos hombres sostenían por ella. Después, la oscuridad, la disminución del calor y de nuevo el, rodar del carro. Recordó haber sido sacada de él, transportada en la oscuridad, y después... el olvido. Y aquí se había despertado, en una habitación extraña, débil y doliente, con su blanca bata sucia, faltándole las margas, y, por lo demás, rota, y con sus brazos mostrando oscuras magulladuras. Estaba también descalza.
Ruth hizo recuento de aquellas marcas negras y azules y de los diversos lugares doloridos, comprobando con gran alivio que, por lo demás, no había recibido daño o agravio. Se incorporó con dificultad. Entonces vio una mesa en el centro de la habitación. Alguien había entrado con una bandeja con comida y bebida, que aún no se había enfriado. Tuvo que levantarse sobre las puntas de los pies para poder mirar al exterior por la pequeña ventana.
¡Yema! El río, la iglesia y muchos tejados con tejas y paredes pintadas cayeron dentro de su línea visual. El sol se iba poniendo hacia las purpúreas montañas de Arizona.
Después examinó la habitación y el pequeño y oscuro cuarto contiguo, y, por fin, trató de abrir la puerta. ¡Cerrada! La puerta y las paredes eran gruesas y sólidas. Desde la ventana solamente podía ver los techos de los edificios. Pensó en gritar pidiendo auxilio, pero decidió que sería mejor esperar un poco antes de hacerlo. Después comió y bebió, con pocas garras, aunque la comida era buena y apetitosa.
La única idea que se le ocurrió a Ruth fue que Guerd Larey era el instigador de aquel complot. Que Stone y Collishaw hubieran podido ser influidos por su presencia nada tenía que ver con la idea de su rapto. De pronto, lamente de Ruth, cada vez más clara, se iluminó con una idea que era tan segura como que el sol brillaba. Adán vendría en su auxilio. No tenía la menor duda de que ya estaba sobre la pista de esos hombres. ¿Qué haría con ellos?
¡Wansfeld! Sintió un escalofrío, a pesar del calor.
Tenía que cuidarse de sí misma hasta que Adán la encontrara. Tendría que emplear a este fin toda la astucia y el coraje de mujer, antes de que Guerd Larey apareciera. Si éste llegaba antes que Adán... ¡todo se habría perdido!... Entonces, de nuevo se convertiría Adán en un fugitivo, huyendo de sheriffs verdugos, tales como Collishaw... Tendría que volver al desierto, con sus manos enrojecidas por la real y no imaginaria sangre de su hermano. Una vez más tendría que volver a la vida solitaria de Wansfeld «el Errante».
Ruth estaba horrorizada solamente de pensarlo. En aquel momento odiaba su belleza., su cuerpo, la pobre envoltura carnal por la que los hombres se volvían locos. ¡No, Adán, no! Él amaba su alma, sus sufrimientos; lo que él quería era lo más profundo de ella; su femineidad, casi la despreciaba. Sus besos, sus abrazos, aquella última noche, su ruego de que la llevara lejos de aquel terrible desierto, le habían conmovido y trastornado, pero había aguantado, al fin, como una roca. ¡Y él no podría jamás hacerla libre! Incluso entonces la vergüenza de su debilidad y su fracaso quemaban en el interior de Ruth. ¿Qué habría pensado Adán de ella?
Las mismas malas artes de mujer que había empleado con Stone. Apasionadamente repudió esta idea.
De pronto, se sentó, muy rígida, con todos sus, sentidos en suspenso. ¿Había oído una pisada al otro lado de la puerta?... Sí..., y otra, y otra más. Un golpe en la puerta le hizo acordarse de sus carceleros. Rápidamente cubrió sus desnudas espaldas y abrazos con la colcha. Entonces oyó que la llamaban por su nombre, suave pero distintamente. Corrió a la puerta..., golpeó en respuesta..., susurró... Era Merryvale. Él hablaba otra vez; le decía que Adán estaba en la ciudad... Vendrían a sacarla de allí. Ruth casi no sabía lo que dijo.
Merryvale había tratado de forzarla puerta, pero sin conseguirlo.
«No puedo echar abajo esta puerta, pero Adán lo hará —había susurrado él—. ¡Animo, Ruth!
»
«¡Apresúrate!... ¡Oh, apresúrate!... —había respondido ella—. Él puede venir en cualquier momento.» Pronto dejaron de oírse las ligeras pisadas de Merryvale. Ruth, con sus manos apretadas contra su corazón, que latía locamente, se apoyó contra la puerta. A través de la ventana vio la dorada puesta del sol..., sonrosadas nubes y cielo azul. Adán estaba en Yuma.
¡Pronto llegaría allí! ¿Qué eran las puertas, paredes o cadenas para él?
Rezó para que no hubiera tropiezo en los planes de Merryvale... Que la rescataran antes de que Guerd llegara a Yuma. ¿Qué mala influencia había actuado sobre Guerd? Sacarla de su casa... destruir su espíritu y hundirla... y luego devolverla a Lago Perdido, sumisa y perdida para todo, excepto para la vida de una squaw. ¡Qué loco había sido al no darse cuenta de que ella le mataría y se mataría, después, a sí misma!...
Ruth e paseó lentamente por su habitación, con los pies cubiertos solamente por las medias.
¿Dónde habrían perdido aquellos locos sus zapatillas? La llenaba de ira el ver la condición en que se encontraban sus vestidos. Despojándose de la colcha que se había puesto sobre los hombros, descolgó la desteñida cortina de la cama y se la puso como una capa. No atraería indebida atención. En cuanto a andar sin zapatos..., contenta lo hubiera hecho sobre arena ardiente y cactos.
Una llave, al girar en la cerradura, interrumpió sus meditaciones. Un movimiento de alegre excitación... y una emoción más, profunda... la hicieron enderezarse, temblando. Merryvale y Adán habían conseguido obtener la llave. Estaban allí.
Giró la llave, se movió la manija, se abrió la puerta... Entró Stone, pálido y decidido.
—¡Oh! —exclamó Ruth, con tremenda, desilusión.
—Vaya., has debido leer en mi mente —dijo, lanzando una mirada a la cortina que la envolvía—. Ven. Te sacaré de aquí.
—No —exclamó Ruth, retrocediendo.
—No seas tonta. Puedo llevarte, y lo haré. Ven —ordenó, con tono de enfado. Estaba nervioso, desconfiado.
—¿Dónde quieres llevarme —preguntó ella.
—A cualquier parte, pero debes apresurarte. Si me cogieran, me costaría la vida.
—¿Has... has visto a alguien?
—No; estoy solo en este asunto. Te salvaré de ese tejano tuerto.
—¡Salvarme de Collishaw!... ¿Por qué?
—Porque te amo, Ruth —respondió él, agitadamente. —¿Me salvas para ti mismo?
Seguro, si quieres saberlo. Pero yo te amo, y Collishaw, no. Te salvé de él cuando veníamos hacia aquí, ¿no?
—Sí, y con ello recorriste un gran camino hacia la obtención, del, perdón por tu actuación en este asunto. No lo estropees ahora todo, Hal.
—Ten sentido común —contestó él, tragando saliva. Su motivo era poderoso, pero su miedo parecía igualmente grande—. No quiero sacarte de aquí luchando y pegando como lo hicimos anoche. Llamaríamos la atención. Pero lo haré si no vienes conmigo por las buenas.
—Hal tengo miedo de ti.
—Peor será si empiezan a gritar y echas por tierra mi plan —contestó él, impaciente—.
Collishaw está charlando con Sánchez ahora y puede venir de un momento a otro. Quiere traicionar a Guerd y venderte... ¡Oh, no mires así! Esos hombres hacen esas cosas. Además, si Collishaw y Sánchez no se deshacen de ti, Guerd estará aquí esta noche.
Ruth dudó. Si Adán no venía en seguida, antes que Collishaw, ella se encontraría en mayor peligro que si marchara con Stone, a quien creía poder manejar, durante cierto tiempo al menos, o escaparse de él. Adán, al no encontrarla en «El Toro», la buscaría por todas partes, y las probabilidades de encontrar a Stone eran mayores que las de encontrar a Collishaw.
Y si Guerd Larey era el primero en llegar... Ruth no se permitió concluir su pensamiento.
—Iré... contigo —dijo.
Rápidamente, entonces, Stone la sacó de la habitación y cerró la puerta. La noche era casi negra. Stone cogió el brazo de Ruth con mano nada suave, y casi levantándola descendió apresuradamente por la escalera al patio.
De aquí la condujo a la calle lateral y lejos de la casa de Sánchez. Se encontraron con varias personas que, al parecer, no se fijaron en ellos. Stone hablaba en forzado tono de naturalidad. Recorrieron una manzana de casas y doblaron otra esquina, en dirección al barrio más pobre de Yuma.
—Dijiste Sánchez, ¿no es así? Entonces, eso era en «El Toro».
—Claro que sí, y comprenderás que no es lugar para una mujer blanca —contestó con intención.
—Este camino me hace daño en los pies —se quejó Ruth—. No tengo zapatos. No vayas tan aprisa.
Stone marchó más lentamente, con el deseo de complacerla, y aflojó algo la mano que apretaba su brazo. De repente, a Ruth se le ocurrió la idea, de desasirse de Stone y huir.
Ciertamente podía haberlo hecho en el momento en que salieron de «El Toro». Si hubiese ido por la calle principal hubiera podido escaparse sin dificultad; tal vez hubiese sido protegida por alguno de los transeúntes. Yuma estaba siempre llena de mineros, cargadores, arrieros, cowboys y jugadores, cualquiera de, los cuales hubiera podido enfrentarse con un hombre como Stone. ¿Por qué no había pensado en ello? Ahora se encontraba en una parte de la ciudad menos frecuentada, lejos de la calle principal. Esperaría hasta que se encontraran con alguien. Pero recorrieron la mitad de la manzana siguiente sin encontrar una sola persona.
Además, la oscuridad se hacia cada vez más profunda.
Al fin se decidió: se soltó de la mano de Stone y echó a, correr. Era ligera de pies y el miedo le daba alas. Corría tan rápida que el viento arrancó la cortina de sus hombros. Siguió corriendo. Entonces oyó a Stone que corría detrás de ella. Sus botas resonaban más y más.
Parecíale que su corazón iba a estallar, que iba perdiendo el aliento y no podría volver a respirar. No pudo seguir. Se detuvo, vacilante, y estaba a punto de caer al suelo cuando la agarró Stone.
Trató de gritar cuando él, rudamente, la puso en pie. Pero poco era el, aliento que le quedaba, y la mano de Stone ahogó su débil grito.
—¡Gata salvaje...! —balbució él—. ¡Inténtalo de nuevo... y... verás lo que... recibes...
Ruth no podía resistir. Se sentía, incluso, incapaz de andar. Aturdida y débil, hubiera caído, a no ser porque Stone la sostenía. Entonces él la transportó, y, recorriendo la calle, llegaron a un oscuro patio; se encontraron frente a una puerta, y Stone la depositó en el suelo.
Abrió la puerta y la arrastró a una oscura habitación, en donde la muchacha se dejó caer al suelo. Allí perdió parcialmente el conocimiento, aunque oyó a Stone moverse en la habitación y vio que la oscuridad se disipaba.
Después Stone la levantó y la puso sobre una silla. Ruth se recobró prontamente y vio que se encontraba en una amplia habitación de techo muy alto, con las paredes y el suelo de piedra. Los muebles y las ventanas con barras metálicas indicaban que se encontraba en casa de mejicanos. Stone se limpió su húmedo, rostro y respiró con fuerza mientras la contemplaba. Ni demostró haberse dado cuenta de su lamentable estado. Sus ardientes ojos lanzaran miradas codiciosas a sus desnudos brazos y hombros, a su desmelenada cabeza.
—Oí a Guerd llamarte gata salvaje y jurar que te domaría —dijo Stone, casi con admiración—.
Comprendo lo que sentía.
—Hal Stone..., no tienes inteligencia... ni corazón —dijo Ruth—. Eres solamente un animal...
—Bien; si tú eres una gata salvaje, ¿qué esperas que yo sea?
—Era una locura por mi parte esperar... que tú tuvieras... verdadera piedad. Me asombra tu falta de... sentida común.
—Tuve el sentido suficiente para echar por tierra los planes de Collishaw, lo cual pareces no apreciar —contestó él de pronto.
—Tu motivo es vil, no noble.
—Todavía, espero verte a ti, Ruth Larey, redimiendo a alguien y consiguiendo que haga acciones nobles.
—¿Qué objeto tiene intentar lo imposible? —contestó Ruth—. Pero, escucha. Tú no razonas.
Tú no eres inteligente, Hal Stone. Vamos a suponer que me tomas a mí ahora. Estoy la suficientemente indefensa y miserable para excitar piedad, incluso en un perro. Una vez que me tienes... ¿qué vas a hacer conmigo?
—Tú eres un mirlo blanco, perfectamente —reconoció él—. Pero no, me importa.
—Contéstame. Tengo derecho a conocer tus intenciones.
—Te llevaré lejos de Yuma, aunque tengamos que andar.
—Supongamos que puedas eludir a Collishaw y a Guerd, y..., pero es tonto que lo piense siquiera. No, conseguirías escapar a Adán Wansfeld.
—¿Quién? ¿Esa errante rata del desierto? ¡Oh, maldito sea! Te digo que no me importa —contestó él, con súbita pasión, que mostraba que temía que le obligaran a pensar.
—Amas la vida tanto como cualquiera.
—Ruth Larey, yo no amo la vida ni... ni nada, excepto a ti. Lo dejaría todo..., así..., sólo por poseerte durante un minuto.
—Pero, Hal, piensa... piensa antes de que sea demasiado tarde— insistió ella— No puedes poseerme, como tú lo llamas. Desde luego, que, como me encuentro incapaz de levantar un brazo, puedes descender más bajo que un salvaje del desierto y...
—Guerd Larey pensaba descender así— interrumpió Stone, con una llamarada de celos—. Lo leí en su mente.
—¡Oh, no hay esperanza de conmoverte!
—No en esa forma, Ruth. Así es que lo mejor que puedes hacer es aceptar las cosas como vienen.
Ruth cerró los ojos. ¡Cómo inquietaban su mente la pequeñez, el! brutal instinto del hombre! ¡Cómo rogaba a Dios que se apiadara de ella y le perdonara la pena que por su falta de sentido, por su maldad y vanidad femenina merecía...!
—Escucha. Una palabra más, Hal Stone —empezó de nuevo— Te engañé. No supe lo que me costaría, o no me importaba, pera el hecho es que te engañé. Te pido que me perdones. Te ruego que pienses en tu hermana, en tu madre, y que me respetes,.. Si no lo haces..., si pones una mano sobre mí con malvada intención..., yo encontraré la forma, más tarde o más temprano..., de matarte.
—Y yo te digo... que no me importa —contestó él, con desesperación—. No me importaría ir al infierno y quemarme allí por toda la eternidad.
Ruth sintió que había gastado la fuerza en vano. ¡Qué transformación había sufrido Stone en un mes! En su desesperación, deseaba que se hubiera acordado de su decisión de emplear todo el encanto y suavidad posibles para cambiar a Stone. Pero la rabia le había dominado. La cólera y el amargo recuerdo de aquella seductora cualidad suya, que a menudo la había usado a sabiendas. No hubiera podido hacerlo de nuevo ni para salvar su vida Se le ocurrió de pronto a Ruth que Stone no le estaba ya contemplando. Su cabeza estaba vuelta a un lado, un poco inclinada, en actitud del que escucha intensamente.
El cansada corazón de Ruth se avivó. Oyó pasos, después un golpe en una puerta, seguramente otra puerta en la misma casa... Después, fuertes y rápidas voces mejicanas.
Stone maldijo por lo bajo, y, levantándose con cuidado, abrió la puerta, que se había olvidado de cerrar con llave. Las voces llegaron claras entonces y parecían diferentes que si se tratara de una conversación natural. Parecieran haber asustado a Stone, porque salió de fa habitación susurrando a Ruth —Si gritas, voy a ser duro contigo.
Después salió y cerró la puerta con llave, silenciosamente; sus rápidas pisadas se fueron alejando.
Ruth, confusa, trataba de luchar contra la alegría que su intuición le inspiraba. Pero no podía resistir a esa cosa que era más fuerte que su razón, y su inteligencia. La libertad estaba cerca. Lo adivinaba, lo sentía. Adán y Merryvale estaban de nuevo sobre su pista. Hubiera gritado de alegría.
Las voces cesaron, otros pasos pasaron por delante de la puerta donde Ruth permanecía llena de esperanza. ¿Se habría equivocado?... Una súbita desesperación se apoderó de ella.
Hubiera querido gritar, pero su lengua estaba seca, sus labios rígidos, sus cuerdas vocales paralizadas Más pasos..., más fuertes, que se acercaban, la misma voz mejicana, aguda, excitada, contestando en tonos profundos que levantaron el caído corazón de Ruth.
Delante de la puerta se habían detenido algunos hombres. Una llave chocó contra el pavimento.
—Merryvale, recógela. Abre la puerta.
¡El mismo tono seco! La voz de Ruth se relajó en un grito.
La llave giró con un chirrido. La puerta se abrió violentamente. En el oscuro umbral apareció una forma gigantesca. Adán entró, llevando a Stone cogido de la camisa. Otros hombres siguieron y cerraron la puerta. Adán dio a Stone un empujón que le envió contra la pared, como lanzado por una catapulta, de donde se deslizó al suelo.
Adán se arrodilló delante de Ruth, se inclinó para mirar su rostro. Ella no podía hablar entonces, pero sus ojos encontraron la cegadora llama de los de Adán y sonrió con todo el contento que llenaba su pecho, que parecía ¡iba a estallar.
Ruth levantó una temblorosa mano que inmediatamente él encerró entre las suyas.
Merryvale se aproximó a ella.
—Ahora, muchacha, serénate. Estamos aquí.
El cuarto hombre era un mejicano de moreno rostro que le sonreía, al mismo tiempo que se frotaba las manos.
—¡Ah, señorita! ¡La Santísima Virgen sea alabada! ¡Mi gran señor ha encontrado su lirio!
La casa de Agustín está a su disposición.
Merryvale recordó el paquete que traía, y, abriéndolo, sacó un largo abrigo y un velo.
—Ruth, he comprado esto en Yuma —dijo tratando de parecer alegre—. Creo que te agradará ponerte el abrigo. Siéntate y déjame que te ayude... Así...
—¡Gracias!... ¡Oh, gracias!... —fue todo lo que Ruth pudo decir.
La emoción de Adán parecía demasiado profunda para permitirle hablar, sonreír o moverse. Por fin, soltó su mano y se levantó.
—¿Por qué te trajo aquí? —preguntó, mirándola, mientras señalaba a Stone.
—Quería... salvarme de Collishaw —contestó Ruth. —¿Viniste por tu propia voluntad o por fuerzas? —prosiguió Adán —Por ambas cosas. Me hizo venir asustándome. Luego, cuando estábamos en camino;
intenté escaparme de él. ¡Oh, corrí... Pero no tenía zapatos y las piedras hirieron mis pies. Y él, me cogió.
—Stone... —empezó Adán con calma. Y cuando se volvía, Ruth fe cogió por la manga y le detuvo.
—¡Adán, déjalo! —pidió suplicante—. Al menos, me salvó de la brutalidad de Collishaw, anoche, y no hay duda que hoy también.
—No quiero tu piedad, Ruth Larey —declaró Stone, incorporándose.
Merryvale dio un par de pasos en dirección a Stone.
—¿Oyó usted lo que le dije acerca de Collishaw? —preguntó.
—Sí, lo oí, cara de hurón. Y no me importa nada. Jugué mi partida y he perdido.
Adán se volvió una vez más hacia Ruth.
—Es evidente para mí que quieres que Stone pueda marcharse.
—Sí, Adán —contestó ella rápidamente— En parte, porque me siento responsable de su caída; y principalmente porque no quiero que tú le hagas daño.
—Tiene él la culpa de la situación en que te encuentras? —preguntó Adán, y su elocuente gesto no solamente abarcaba el desorden de sus vestidos, sino su estado físico y mental.
—Adán, creo que yo tengo la culpa —dijo ella, e impávida resistió su dura mirada.
—Lo dices solamente porque estabas en Lago Perdido cuando Stone vino. Pero eso es algo cogido por los pelos. Tú no tienes la culpa de estar viva. No tienes que sentirte culpable porque hayas querido que los hombres te encontraran bonita. Ése es el derecho de cualquier mujer. Pero, ¿no era Stone un instrumento en este asunto... y Collishaw otro?
Ruth mintió con +todo el aire de inocencia que era capaz.
—¡Oh, diablo, Wansfeld! —explotó Stone, levantándose—. Escúcheme, si quiere conocer al verdad. Guerd Larey preparó este asunto. Collishaw le dio la idea para dominar a su esposa.
Bien; Guerd no quería figurar en ello. Tenía planes más importantes en Lago Perdida y era demasiado listo para trastornarlos. Por ello envió a Collishaw al Norte, para disimular.
Consiguió que yo entrara en el juego. Eso no era difícil de conseguir, porque yo tenía mi propio juego. Dabb estaba en ello también. Yo tenía que robar el dinero del escritorio de Guerd. Luego mi papel consistía en ir a ver a Ruth y pedirle de rodillas que fuera conmigo y persuadiera a Guerd, que debía dejarme marchar porque estaba borracho o loco. Fui y Ruth cayó en la trampa. Diría que no le disgustó la idea de poner en juego sus encantos. Bajamos, el sendero. Collishaw estaba escondido con una manta. La echó sobre la cabeza de Ruth y la envolvió con ella. Corrimos hasta el carro que estaba esperando y entramos. El mejicano. era nuestro conductor.
»Hasta aquí todo iba bien para Guerd Larey, pero entonces se trastornó el plan. Ruth luchó con aquel endemoniado tuerto como la fiera que es. La hubiera hecho pedazos de no ser por mí. Después, cuando ella estaba vencida, yaciendo allí a la luz de la luna, con. sus vestidos destrozados, ese condenado tejano no podía apartar las manos de ella. Si! hubiera tenido un arma, seguro que le hubiese hecho pasar un mal rato. Pero no la tenía, y no me atrevía a intentar coger la suya. Vi que había traicionado a Guerd. La vista de la muchacha fue demasiado para él. Le insulté, le rogué y luché con él durante toda la noche para que dejara a Ruth en paz. Y así, Dios me ayude, aunque no hubiera hecho nada bueno antes por ella, hice eso.
»Pero mi plan era traicionar a Guerd. Pensaba quedarme con el dinero que robé. Guerd..., que pensaba que era muy pillo, creyó que podría comprarme. Pero yo amaba a la muchacha y pensaba engañarle y llevármela. Y pueden ustedes apostar su vida a que lo hubiera hecho de no ser por ese tuerto de Collishaw.
El relato de Stone tenía la soltura y fuerza de la veracidad. Si impresionó a+ Adán, éste no lo demostró en lo más mínimo.
—Stone, le faltan a usted muchas cosas buenas —dijo fríamente—. Y una, de ellas es que no puede ver el porvenir. Yo podría romper su cabeza y no pensar en ello más que si rompiera una rana para echarla al fuego. Esta muchacha me pide que no le haga daño. Pero no vuelva nunca a cruzar mi senda.
En el silencio que siguió luego, Stone se dirigió a la puerta. La abrió y salió.
La luz iluminó su rostro áspero y ceñudo, y después desapareció en la oscuridad.
Adán pareció, después de la, partida de Stone, libre de una preocupación severa e implacable. Quizá, mientras Stone estaba presente, no podía separar de su persona la parte que tenía de Wansfeld. Sólo Merryvale sabía cómo Stone se había encontrado al borde de un, precipicio.
Ruth puso sus doloridos pies en el suelo y se levantó, queriendo apoyarse, en ellos. Se tambaleó, pero consiguió andar, cojeando, algunos pasos, cuando Adán la detuvo, rodeándola con el brazo.
—Temo que no pueda andar muy bien —dijo ella. —No tienes necesidad de andar.
Stone había dejado la, puerta abierta. El mejicano, son riente y ligero, abrió fa marcha.
—Espero que Stone no vaya a decírselo a Collishaw. Estoy... estoy cansada de todo... —se interrumpió Ruth, desmayadamente.
Adán, levantó a Ruth en sus brazos. Ésta pensó, al mirarle, en la impasibilidad de la Esfinge.
—Bien, muchacha; seguro que no tienes que preocuparte más por Collishaw —habló Merryvale, y su voz contenía, una nota de frialdad que no le era familiar.
Ruth se apretó contra Adán. Sentía solamente una debilidad exagerada, pero sabía cuál era el significada de las palabras de Merryvale. La poca fuerza que le quedaba era casi insuficiente para resistir al desmayo. Su mente parecía incierta. Tenía una sensación de flojedad en los brazos de Adán; de ser llevada fuera, en la noche; de sombrías paredes, y débiles luces, de voces susurrantes.
Gradualmente fue recobrándose. Adán marchaba rápidamente, llevándola como si se tratara de una criatura. Merryvale y el mejicano iban algunos pasos por delante de ellos, deteniéndose aquí y allá, y luego continuaban caminando. Cruzaron una calle; se mantenían en la sombra de los árboles; pasaron por un parque o playa; entraron en un negro callejón entre dos altas paredes. Ruth oyó voces y risas de personas que se encontraban muy cerca, pero no pudo verlas.
Tenía que esforzarse para mantener la cabeza levantada. Cuando lo, dejaba caer, su cabello, siempre rebelde, rozaba el rostro de Adán. Ella do echó hacia atrás, y su mano tocó la mejilla de él. Estaba fría como el mármol. La tocó con la palma de la mano.
Nuevamente Ruth oyó el zumbido de la vida nocturna en Yuma. La transportaban al centro de la ciudad. El callejón desembocaba en un patio. Luego, subían algunos peldaños oscuros. Adán la llevaba a través de alumbrados vestíbulos y habitaciones, hasta depositarla suavemente en una silla. Su guía mejicano parecía estar repartiendo órdenes. Suaves pasos se oyeron en el interior de la casa; la oscuridad de la habitación lió paso a la luz. Ruth se encontró confiada a las cariñosas manos de la esposa de Agustín y sus dos hijas.
Estaremos aquí cerca..., en la habitación contigua —dijo Adán.
—Señorita, usted está bien aquí —añadió el mejicano, cortésmente—. Agustín tiene muchos amigos. Lo son de usted. Vuelva a ser feliz.
—Ruth, te traeré las cosas que compré para ti. Lo hice do mejor que pude. Prométeme que no te reirás —dijo Merryvale.
—Si alguna vez me río, no será de ti, amigo mío —contestó Ruth—. Fuiste muy bueno al pensar en mi comodidad.
Merryvale salió con los otros hombres, y pronto volvió con varios paquetes, que depositó en el suelo, junto a la silla de Ruth.
—Bueno; aquí dos tienes, muchacha —dijo, con una sonrisa que arrugaba su flaco rostro—. Sin duda fue un gran trabajo, pero —nunca me divertí más.
Ruth le dio su mano y le atrajo hacia ella, susurrando:
—¿Qué significaba... eso... referente a Collishaw?
La sonrisa desapareció y los bondadosos ojos se nublaron.
—Bueno, Ruth, querida, ¿no has tenido suficientes sustos para un día?
—No me asustaré —siguió ella, agarrándose a él—. Al menos, cualquier cosa es mejor que la incertidumbre... para mí. Dijiste que... no tenía necesidad de preocuparme por Collishaw.
Bueno; seguro que no la tienes.
—¿Solamente esta noche..., o... o...?
—Nunca más en este —mundo —replicó él solamente, y salió de la habitación.
Ruth se dejó caer, cerrando, los ojos, en manos de das mejicanas. Casi no notaba su presencia, su alma parecía todavía helada; su mente, entorpecida. Lentamente se fue alejando su horror, como un espectro en retirada.
Wansfeld había matado, otro buitre del desierto. Muchas veces durante aquellas cuarenta y ocho horas Ruth había rezado para que Adán viniera y le diera libertad. Su fiera rabia había sido uno de los factores en la ruina que habías caído sobre ella; pero cuando este mal humor pasaba, ya no era la misma. ¿Tendría Adán que volver a convertirse en un fugitivo? Sus presentes acciones no presuponían tal cosa. La muerte de un hombre, en lucha, era corriente, en el desierto y un suceso sin importancia en Yuma. Sin embargo, el miedo volvía a apoderarse de Ruth; y parecía concernir al futuro más que al presente, un mal presagio, el anuncio de la desgracia que se había traído a sí misma.
Una hora más tarde, Ruth entró en la habitación donde esperaban Adán y Merryvale. La habían bañado y sus numerosas magulladuras habían sido frotadas con un bálsamo mejicano; tenía su cabello peinado y cepillado, y se había vestido con las ropas que Merryvale le había comprado.
Había esperado causar sensación, y no quedó defraudada. Las muchachas mejicanas se reían en la puerta; Merryvale se frotaba la barbilla, desconcertado, mientras en el rostro de Adán apareció una rara sonrisa.
—Bueno; seguro que hubiera podido hacerlo peor —dijo Merryvale.
—¡Vieja dama! —exclamó Adán. Ruth rió alegremente.
—Has dado en el blanco —dijo—. Merryvale me, ha comprado los vestidos de una anciana... Y usted, caballero, mire, mire mis nuevos zapatos. Españolas, con hebillas. Y mis pies se pierden en ellos.
Levantó el borde de su negro vestido y extendió un pie para que los vieran. Los ojos de Merryvale parecieron salir de sus órbitas.
—Que son grandes? —dijo—. Lo siento, Ruth; te aseguro que hubiera jurado que eran demasiado pequeños.
—No te preocupes —replicó Ruth—. Todo ello es espléndido, especialmente los zapatos. Si fueran más apretados, no podría llevarlos porque mis pies están muy doloridos.
—No debías vestirte —dijo Adán.
—Me siento mejor, pero estoy muy cansada. —¿Quieres comer algo? El día. de mañana será largo y duro.
—Quizá pueda... un poco... Adán, ¿vas a llevarme a mi casa, al Lago Perdido?
—Desde luego. ¿Adónde podría llevarte, si no?
—El mundo es grande— contestó ella, mirándole fijamente.
Ruth, está tu abuelo, a quien debes cuidar.
—Ya lo sé. Es mi deber... Pero tengo de nuevo que pasar por todo eso...
—Espero que eso acabará con tus preocupaciones.
—Si mis preocupaciones no acaban, ellas acabarán conmigo... Pero, Adán, no mires así. Iré voluntariamente. Quiero cumplir con mi deber. Trataré de aprender a amar al desierto.
Dominaré a esta rebelde salvaje que existe en mí... a condición de que tú te encuentres siempre cerca de mí.
—Pero, Ruth —exclamó él—, eso es imposible... Siempre...
—¿Crees que la situación será diferente en Lago Perdido... ahora?
—No puedo evitar el pensar eso.
—Ésa es también mi opinión. Diferente y peor —contestó Ruth, incapaz de reprimir lo que sentía de cierto. En este momento les avisaron que la cena estaba servida. Fue Merryvale quien, galantemente, ayudó a Ruth. Adán no había oído, al parecer, el aviso.
—Ven, Adán —dijo Ruth desde la puerta, reprochándose por la amargura, que le había producido. Merryvale la ayudó a sentarse a la mesa. Pero Adán no se unió a ellos. Ruth oyó pisadas que venían por el vestíbulo. Volvieron sus temores. Adán no se encontraba todavía a salvo en los confines del desierto.
Alguien entró en la habitación contigua y Merryvale salió apresuradamente.
—Señor Adán, todo va bien —dijo un hombre en el que Ruth creyó reconocer a Agustín— Sánchez es amigo mío y por tanto, suyo. Ha dicho al sheriff que Collishaw se había encontrado, al fin, con un viejo enemigo. Había sido una lucha limpia... Y dijo a sus amitos: «Wansfeld «el Errante» ha pasado por Yuma. ¡Ojalá viva para venir de nuevo!»
En la oscuridad de su fresca habitación yacía Ruth, presa de encontrados pensamientos y emociones que tercamente resistían¡a sus deseos de dormir.
Algunas de aquellos recuerdos pasaban al olvido, pero otros no se apartaban, de ella.
Genia Linwood y su, historia... El rostro de Taquitch, el dios, brillante como el sol, a quien ninguna doncella india podía mirar sin amor. La confianza de Mrs. Linwood, que decía que Dios reinaba en el desierto, y cuando ella rezó... apareció un salvador. Los indias del desierto que podían comparar a un hombre con un águila. ¡El rayo que caía de las alturas!...
Ruth tenía ahora prueba objetiva del significado que los hombres del desierto daban a Wansfeld. Era «el Errante», un oscuro nombre, un misterio, una fuerza, creían en él más cauro una fábula que como alga real, un hombre en el que los elementos naturales de solitario y salvaje se encontraban mezclados. Se había convertido para Ruth en lo que Taquitch había sido para Genia. En el exterior, el rindo de la calle disminuía y se hacía más lejano. Oyó el gemido del viento..., el viento del desierto..., rara vez ocioso..., que venía de las vastas llanuras. La luna cruzó su ventana, desierto planeta de los cielos, carente de vida.
Entre la habitación situada entre la de Ruth y el corredor dormían Adán y Merryvale. Al menos este último dormía, porque se oían sus ronquidos. ¡Viejo y leal Merryvale! Durante años había compartido la vida errante de Adán. ¿Cuál era su historia? No tenía hogar, ni parientes, ni hijos, ni trabajo; nadie le quería... excepto aquel gigante de las arenas, aquel reservado y virtuoso vengador, cuyas manas estaban manchadas de sangre...
Ruth se sentía torturada por un cambio en su modo de ver la vida. Parecía nacer otra vez apasionada, intolerante, egoísta; no era ya la dulce y crédula criatura que había sido. Ruth la veía con. ojos duros y acusadores. La veía como algo que, había que destrozar. Y la antigua personalidad, que había sido la única que Ruth, luchando como una, leona, fuerte por la costumbre y el paso de los años, estaba siendo vencida. La Ruth de antes había muerto.


XII
Apenas era de día cuando Merryvale despertó a Ruth, diciéndole que se apresurara. Trató de hacerlo, pero sus músculos doloridos. le molestaban tanto que difícilmente pudo levantarse pana vestirse.
Se desayunó sola, servida por la pequeña señorita de ojos negros. Merryvale apareció en la puerta, ordenándole que estuviera dispuesta a partir con él dentro de diez minutos.
—¿Dónde está Adán? —preguntó Ruth.
—Está esperando fuera.
Ruth estuvo lista un poco antes del tiempo fijado. La señorita, al ayudarle a, ponerse el velo, le dijo tímidamente —¡Adiós, lluvia de oro!
—¡Adiós, ojos negros!... —respondió Ruth, devolviendo el cumplido.
Y luego, después de despedirse de las otras amables mejicanas, se bajó el velo y salió apoyándose en el brazo de Merryvale.
Merryvale no la, condujo inmediatamente a la calle, sino que le detuvo en el patio, —diciéndole que podrían muy bien esperar allí a la diligencia. Antes que tuviera tiempo de interesarse por lo que la rodeaba, la diligencia se detuvo a su lado, adelantándose a una, nube —de polvo.
—Aquí estamos, —dijo Merryvale alegremente, casi levantando a Ruth en sus brazos.
—Pero, ¿Adán...? —susurró Ruth.
—No te preocupes, muchacha; no está muy lejos —contestó Merryvale, y la ayudó a subir.
La puerta de la diligencia estaba abierta, y cuando Merryvale le ayudaba a subir, alguien se acercó a ella.
—¡Adiós, señorita! Que la Santísima Virgen la proteja...
Ruth reconoció la voz del amigo mejicano de Adán. Le dio las gracias.
En la diligencia había varios pasajeros a, los cuales no pudo distinguir claramente a través de su velo.
—Yo iré arriba —decidió Merryvale.
En aquel momento, un ruido de pisadas contuvo la nueva pregunta de Ruth a Merryvale acerca de Adán. Ella conocía aquellos pasos. Aceleraban su pulso.
La figura alta y oscura de Adán apareció en la portezuela.
—¡Adelante! —ordenó, y cuando subió a la diligencia, ésta se ponía en marcha.
Cerró la puerta y se sentó junto a Ruth, con un ligero saludo.
Con su velo y la nube de polvo que entraba por la abierta ventana, Ruth no podía ver a Adán muy bien; pero sentía su brazo contra su hombro, lo que parecía llenarle de cierta tranquilidad.
La diligencia rodaba rápidamente, ya fuera de la ciudad, y el polvo había disminuído tanto que no era una molestia.
—Puedes levantarte el velo ahora —dijo Adán, Ruth no estaba segura de si lo que él quería era verle el rostro o, simplemente, que ya no había peligro en quitarse el velo. Cuando se lo levantó y lo echó hacia atrás y miró a Adán, decidió que él había pensado en amibas cosas, y principalmente en la primera. Ello hizo que un dulce rubor subiera a su rostro.
—¿Cómo estás ahora? —preguntó él—. Vi que cojeabas.
—He dormido bien; pero me fue muy difícil moverme esta mañana. Sentía dolores, y molestias... cuando pensaba en ellas.
Además de Ruth y Adán había otros tres pasajeros en la diligencia. Un estólido china con un paquete sobre sus rodillas y un trabajador mejicano se sentaban delante de ellos. El rincón al otro lado, de Ruth estaba, ocupado por un minero de aspecto tosco, que parecía estar «durmiendo la mona».
¡Qué fortuna, pensó Ruth, que hubiera tan pocos pasajeros y que ninguna se mostrara curioso acerca de ella, o pudiera ser conocedor de los sucesos de la, noche última!...
Dejo escapar un larga suspiro. Yuma quedaba atrás, y las sucesos debían ser borrados de su memoria. Lago Perdido y sus problemas se encontraban a más de un día de distancia. No podía comprender por qué esta temprana hora de la mañana aparecía maravillosa, diferente de cualquier otra que jamás había vivido, a menos que fuera porque había conseguido escapar. Estaba contenta por el momento presente.
—No me gusta el aspecto del cielo —dijo Adán.
—¿Por qué? A mi me parece maravilloso.
—El viento —dijo Adán, indicando los delgados y ensortijadas manojos de nubes, que ya perdían el tinte que adquirieron a la salida del sol—. Esta franja de desierto, desde el pico Piloto hasta las dunas, es mala en una tempestad de polvo. Y ser cogido en la arena es mucha peor.
—Deja que sople el viento —contestó Ruth, sonriéndole.
El desierto no la aterrorizaba mientras estuviera can él; ni tampoco sus hombres bestiales.
Si no hubiera sido por el recuerdo de los acontecimientos pasados y una vaga sombra suspendida sobre el futuro, Ruth hubiera sido feliz en aquel momento.
Ruth probó de pronto que no miraba con miedo, con tristeza, con odio al lúgubre desierto, con su siempre inalcanzable horizonte. Pero en el instante en que pensó en ello, los brillos cegadores se cerraron sobre ella. ¿Era esto, acaso, un engañosa producto de su imaginación?
—Adán, ¿odias tú el desierto? —preguntó, de pronto.
—¿Por qué? No, criatura.
—Yo no soy urna criatura —contestó ella, impaciente—. ¿No lo odias? Seguramente que no podrás amarlo.
—Desde luego —contestó él, simplemente—. Es el único hogar que conozco.
—¡Hogar!... ¿No esperas tener nunca otro hogar?
—Sí; algunas veces sueño con uno... contigo.
Esta la desconcertó momentáneamente, pero no estaba dispuesta a permitir que ningún sentimentalismo se opusiera a su curiosidad.
—¿Crees que el desierto es hermoso? —prosiguió. —Infinitamente. Por encima de todas las palabras. Recuerdo tempestades, aludes, salidas y puestas de sol, noches cuando la oscuridad era surcada por largos cometas y lluvia de estrellas, la luz de, la luna desde los picos..., miles de bellas visiones. Mi memoria. parece estar llena de ellas.
—¿No es el desierto caluroso, terriblemente caluroso, y de nuevo frío a veces, solitario, duro como el hierro, amargo como hiel, cruel, destructor? ¿No es ese cielo, azul ahora, una ilusión, y no será en seguida un ojo cobrizo que te abrasará? ¿No es horrible el sol, cruel el viento, insoportable la soledad? ¿No son los buscadores de minas y buscadores de agua pobres, ciegos y locos ilusos? ¿No es el sueño del oro una pasión que no será nunca satisfecha? ¿No son la mayor parte de los hombres del desierto como... como todas esas cosas que he mencionado?
—Ruth, debo decir que sí —contestó él gravemente—; pero, para mí, todas esas cosas no fueron más que obstáculos que tenía que salvar. Sobrevivir al combate, y en esta supervivencia encontré mi salvación.
—Puedo comprender eso —dijo ella, tan grave como él—. Pero tú eres un hombre entre un millón. La influencia del desierto no puede ser juzgada en ti. ¿Has conocido hombres que hayan hecho lo que tú?
—¡Oh, sí, muchos! Viejas ratas del desierto, como tú los llamarías, y a quienes no creerías dignos de mirarlos por segunda vez. Pero esos hambres han vivido entre todo eso que ~tú has mencionado...
y, sin embargo, jamás se marcharían del desierto. Algún día te contaré la historia de Dismukes. Fue casi sobrehumano.
—¿Quieres decir que la lucha de un hombre para encontrar lo que quiere, o cree que quiere, ahí..., su lucha contra el calor, frío, sed, inanición, soledad, le hace sobrehumano?
—Creo que eso es lo que quiero decir —contestó Adán pensativamente.
—¿Y qué me dices de la mayorías de los hombres en los cuales el espíritu de lucha es igualmente grande, pero que se hunden hacia la perdición?
—Se hacen sobrehumanos también. El —mal, en ellos, es exaltado por la sobrevivencia.
Lujuria, odio, codicia, sangre, fanatismo... Es el misterio del desierto que domina su mente.
—Muy bien, pues; ¿y qué me dices de las mujeres? Creo que ellas pueden hundirse, hasta las más extremas profundidades, incluso más abajo que los hombres. Pero, ¿pueden escalar las alturas, elevarse por era supervivencia de que tú hablas... de forma que llegaran a ser sobrehumanas?
—Sí, pueden. Sé de una mujer tuerta de Tecopah que era más bestial, más horriblemente deforme y contrahecha que cualquier hombre que he visto en el desierto. Tu propia madre demostraba lo contrario. Por nacimiento, educación, carácter, su derrota en la vida y su débil constitución, era una mujer de quien se podía esperar que el desierto la hundiera; en cambio, se levantó por encima de todo.
Gracias a ti.
—Yo solamente le mostré el camino, como Dismukes me lo mostró a mí,... Pero aunque tu madre murió por accidente, de ninguna forma hubiera podido vivir mucho más. El desierta, y no digamos el Valle de la Muerte, es fatal para las mujeres blancas. Incluso las mujeres indias no pueden vivir en algunos lugares. Su constitución es diferente de la de los hombres. En las mujeres blancas no creo que se trate de un asunto de sexo. Es la mente de la mujer la que la mata.
—¡Ah! Hemos llegado a lo que yo sentía, pero no podía comprender —declaró Ruth—. ¿Estoy justificada en mis temores, mi descontento, mi horror? ¿No es verdad?
—Ruth, jamás he dicho que no lo estés.
—¿Es completamente culpa mía que haya sido... ¡,oh!, una mujer tan mala, de mal genio, voluble, mentirosa y odiosa?
—Tú no has sido todo eso. Pero, aunque lo hubieras sido, no se te podría culpar de tu herencia, belleza y debilidad.
—Eso es. Tú me animas para seguir adelante —aseguró Ruth, agitada—. Puedo odiarme menos y comprender al desierto más... Pero tú admites que él es fatal para las mujeres blancas... y que para las que son como mi madre y como yo ese mortal.
—Sí; con el tiempo y cuando pasan los años,.. nada como la vida normal de una mujer...
—Entonces... ¿vas a sacarme de este desierto antes de que sea demasiado tarde? —replicó ella con una mirada ardiente.
—Ruth, desde luego, sí. No te aplicaba a ti las cosas que decía.
—Pero yo sí, y quiero saber cuándo.
—Tan pronta como seas libre —dijo él, muy bajo.
—¡Libre! —exclamó ella, casi con un susurro—. ¿Tú crees que eso llegará antes de que el desierto me arranque el corazón?, —Vendrá pronto. Vendrá por la ley natural, de la vida y los sucesos que se producirán. Esto es lo que me sostiene aquí... y esperar...
—No me hables en forma incomprensible... —interrumpió ella,—. Necesito toda la ayuda posible. ¿Quieres decir... que, en la forma en que él vive... no aguantará mucho?
—No en este desierto —contestó Adán con sombría seriedad.
Ruth echó la cabeza hacia atrás y, cerrando los ojos, dejó que el silencio y los pensamientos dominaran la emoción que le había producido, a pesar de sí misma. Siguió un largo silencio. La diligencia crujió al coronar la cima de una loara.
—Mira —exclamó Adán.
Se abrieron los ojos de Ruth a la vasta y coloreada llanura del desierto, con sus anotas de verdes hierbas y sus pálidos espejismos, y al fin se pasó sobre los contrafuertes de una alta montaña, púrpura en el azul, elevándose en medio de la gran soledad.
—¡Picacho!...
No era tanto la austeridad de su aspecto como la melancolía de su Mono lo que conmovió a Ruth casi hasta hacerle derramar lágrimas.
Introdujo su temblorosa mano en la de él. Había empezado a comprender el espíritu de este hombre, un destello del, —abismo de su alma. ¿Qué podría decir para consolarle? ¡Cuán imposible alcanzarle en su aislamiento! Sin embargo, en la emoción del momento no pudo resistir el deseo de expresar la infantil y vana simpatía de una mujer.
—No te importe, Adán —susurró—. Picacho nos juntó, y, si Dios quiere, podremos ser felices todavía. —Quizá sea el sentimiento extremo que me da ahora —replicó él, soñador—. Picacho me ha llamado, durante muchos años. Me está llamando de nuevo.
El calor empezaba a quemar a través del viejo techo y un fino polvo que irritaba los ojos y los labios se filtraba por las grietas y entraba por la ventana. Ruth comenzó a sentir una adormecedora fatiga que dificultaba la actividad de su mente. Dejó que su mano permaneciera en la de Adán, y gradualmente, mientras el coche corría, su cabeza se deslizó sobre el brazo de él hasta que quedó dormida.
Fue despertada por Adán, al levantarla suavemente del hombro en que se apoyaba. La diligencia se había detenido.
—Ruth, tengo que echar un vistazo por ahí —dijo, y abriendo la puerta, salió.
—Eso tiene mal aspecto... —dijo Merryvale desde arriba.
—Me están dando ganas de volverme atrás —dijo el conductor—. Si hubiéramos pasado la arena, no me importaría. Pero no estoy tan loco como para dejarme pescar aquí.
Adán parecía mirar hacia arriba con pensativa perplejidad.
—No puede usted volver a Yuma —dijo al conductor.
—¿Por qué no? Seria mas seguro... si esta tormenta resulta ser tan ancla como parece.
—No volveremos a Yuma por ninguna clase de tormenta —contestó Adán.
Ruth oyó esta conversación con creciente aprensión, y miró a la pequeña puerta de desierto y cielo que eran visibles para ella. Luego se levantó y descendió del vehículo.
Un cambio mágico y maravilloso había transformado al blanco y cegador desierto. Un manto amenazador de agitadas nubes amarillas y purpúreas estaba alcanzando rápidamente el cenit. Tapó al sol, que brilló con un extraño y siniestro color magenta a través de la móvil cortina.
—Bueno, ¿qué saca usted de todo esto?
—!No me gusta un pelo. Y crea que usted arriesgará tanto si trata de volver atrás como de encontrar una protección contra el viento.
—¡Al diablo, míster!... —exclamó el conductor—. Ningún hombre podría resistir una tempestad así.
—Yo puedo —contestó Adán tranquilamente—. Pero creo que será mejor que busquemos un grupo de árboles y nos resguardemos tras ellos. ¿Tiene usted un hacha?
—Sí, y veo un bosquecillo un par de millas más adelante. Suban; iremos hasta allí.
Una vez más la diligencia rodó, crujiendo y agitándose con el rápido trote de los caballos.
El conductor gritaba y hacía restallar su látigo como si estuvieran perseguidos por los indios.
La sombra empezó a extenderse, más profunda y más ancha, sobre el desierto.
—Hay peligro, desde luego —dijo Ruth, mirando a Adán—. Nunca había estado a la intemperie, bajo esas temibles tormentas de arena. Incluso dentro de una casa no se está seguro.
—He visito un centenar de tormentas —contestó Adán. El coche salió del camino, sobre las rocas y matorrales, y se fue a detener al abrigo de los árboles.
Adán salió cuando Merryvale y el conductor bajaban de su asiento.
—Ruth, no estarás cómoda en ningún sitio, pero será mejor que te quedes en el coche —advirtió Adán. —Pero yo quiero ver—,protestó Ruth.
Todos los pasajeros, a excepción del minero, bajaron de la diligencia, y mientras Ruth se dirigía a un montículo para observar la tormenta que se acercaba, los hombres se pusieron a trabajar con los caballos y hacer un refugio tan bueno como fuera posible.
A Ruth le parecía que la tempestad se encontraba todavía muy lejos. Un crepúsculo ambarino, densa e irreal, precedió a la ala de polvo enormemente alta que avanzaba. El sol se había convertido en una turbia bolla roja.
Detrás, hacia el Sur, el cielo y la tierra estaban todavía claros, aunque iban oscureciéndose lentamente. Picacho parecía más alto, por efecto de las distancias. Su masa púrpura tenía una dorada corona. Hacia el Este, la fila de las Chocolate parecía retirarse, disminuir en tamaño, debilitarse en color. Y lejos, hacia el Norte y a la izquierda de la tempestad, se extendía, el vasto mar de dunas arenosas, olas, depresiones y escarpadas crestas; miles de lomas, bronce y rojo y amarillo, se levantaban más y más altas, hacia el firmamento.
La— tempestad iba cubriendo, rápidamente las. dunas de arena. Por primera vez en el desierto, Ruth permaneció, transfigurada, forzado su mal dispuesto corazón a un —tributo de temor respetuoso, de asombro, de extraordinaria sorpresa. Era magnífica aquella terrible visión de un huracán en el desierto. ¡Cómo lo barría todo! Un hondo rugido rompió el mortal, silencio. El calor era opresivo, soporífero.
Entonces, el sol palideció y se desvaneció. La antes lejana cúspide del remolino de polvo pasó sobre los¡viajeros, a baja altura, mientras que su cuerpo denso y oscuro, avanzando impetuoso como un torrente, se encontraba todavía lejos de ellos.
—Ruth, entra ahora en la diligencia —gritó Adán.
—¡Oh, déjame estar aquí un poco más! —gritó Ruth. El rugido se había convertida en un espantoso trueno. Una tenue oscuridad precedió a la pared de arena. El aire, alrededor de Ruth, parecía temblar. Vio los veloces regueros de polvo que corrían a la cabeza, de la pared de arena; las matas de hierba rodaban como objetos locos sobre el desierto, tras la furia del viento cargado de arena.
Adán interrumpió el éxtasis de lo, joven cogiéndola del brazo y ordenándole —Debes entrar en la diligencia.
Ruth obedeció con desgana. Había algo en aquel fenómeno que simbolizaba sus apasionados deseos..., los violentos huracanes que se desencadenaban en, su alma. Todos, excepto el conductor, se habían apiñado en, el interior de la diligencia cuando Adán ayudó a Ruth a entrar. El chino estaba envuelto en una manta; el mejicano cubría su rostro con una bufanda multicolor; Merryvale separó su chaqueta y su pañuelo y mostró sus brillantes y sonrientes ojos anules, y le gritó —Ésta es una de las «fiestas» de Adán.
Se oía un gemido entre los árboles y el deslizar de la arena debajo —del coche, pero el bramido parecía aún lejano.
Las hábiles manos¡de Adán ayudaron a Ruth a ponerse el abrigo y cubrirse la cabeza con el velo. A través de él, Ruth vio a Adán cubrirse la cabeza con un pañuelo grande de seda e instalarse en un rincón.
Y entonces, cuando se oyó como un bramido en medio de una amarillenta oscuridad y lo, primera rociadla de arena contra el coche, Ruth cogió el brazo de Adán entre sus manos y, apoyándose contra él, cerró los ojos con una especie de regocijo. No tenía miedo. ¿Qué podía hacerle a ella aquella arena voladora? ¡Ojalá la enterrase allí con Adán para siempre!
Sus oídos fueron asaltados por el terrorífico ruido. El aire se hizo viciado y su respiración difícil por la opresión que sentía. Antes esto hubiera sido una terrible prueba. Pero ahora lanzó un apasionado reto al sufrimiento. Aquel desierto haría de ella una bestia débil y arrastrada. ¿Podría un hombre ser más fuerte de espíritu que una mujer?
Se apretó mas contra Adán. Podía sentir las, fluctuaciones de cada músculo en aquel brazo. Permanecería allí, por amor a este hombre y desprecio a las, flaquezas físicas, hasta que la muerte viniera, si así estaba escrito, sin una sola protesta. Era la carne la que la había arruinado..., la adoración de su dorada piel y su cuerpo hermoso y la locura de que ésos fueran siempre adorados por los nombres.
Su pecho se ensanchaba con esfuerzo, necesitado de oxigeno. Un millón de diminutas chispas brotaba de la oscuridad delante de sus ojos. Lentamente latía su corazón, y más lentamente, el pulso de sus sienes. Y en su cerebro parecían golpear el viento, la arena, la tempestad, crueles y torturadores.
Su cabeza reposaba en —el pecho de Adán. Sentía el calor y la humedad a través de su velo.
Su poderoso pecho se movía y su corazón latía regular y acompasadamente, sin esfuerzo. ¿No había, acaso, soportado un millar de tormentas de arena? Ruth se agarró al macizo cuerpo, y sus piró por el alma que estaba fuera de su alcance.
Entonces perdió consciencia de lo que la rodeaba, y, cansada hasta el extremo de la resistencia física, quedó dormida.
Cuando Ruth abrió los ojos, era ya de día. Yacía bajo un árbol y Adán humedecía su rostro. Merryvale también estaba allí, arrodillado junto a ella, mirándola con ansiedad.
—¡Ah, bien! —dijo, con un suspiro de alivio—. Ha vuelto.
—¿Adónde he ido?... —preguntó Ruth, desmayadamente, mientras les sonreía.
—Creo que te hubieras ido con la arena si esta tempestad hubiese durado más—,contestó Adán.
Ruth observó que el color volvía al moreno rostro de Adán.
—Ha sido unja racha infernal, pero corta, gracias a Dios —añadió Merryvale—. Por una vez este desierto se ha portado decentemente.
El conductor les llamó desde su asiento.
—¡Eh, jóvenes, si suben, podemos estar en Bitter Seeps a la puesta del sol, yen. el puesto a medianoche! Mientras la ayudaban a subir a la diligencia, Ruth vio la retaguardia de la, gran tormenta, una gran nube amarilla que cubría el horizonte. Piloto y Picacho, los mojones del Sur, eran invisibles. El sol brillaba de nuevo, ardoroso coma fuego. Parecía que todo el viento del mundo ya había pasado.
Los caballos y el conductor estaban cubiertos de arena. Adán puso las mantas en un rincón, junto a la portezuela, haciendo un cómodo asiento pana, Ruth. Estaba en el lado de la sombra, circunstancia que le permitía mirar al exterior, hacia las brillantes dunas de blanca arena.
Una vez más se pusieron en marcha, y Ruth estaba contenta por ello. El aire acariciaba sus mejillas y enredaba sus cabellos, haciendo el calor más soportable.
Sus compañeros de viaje estaban dormidos en sus sitios. Incluso Adán dormitaba, y, al verle, creyó darse cuenta de un cambio que habían producido en él aquellos últimos días.
¿No era su pelo un poco más blanco en las —sienes que cuando la encontró coro Stone en el cañón? Ruth tuvo que desviar la mirada.
¿Tendría que ser la mujer siempre una destructora? ¿No había mujeres que hicieran a los hombres más fuertes, más nobles, más felices.
El camino de gruesa arena se deslizaba bajo las ruedas de la diligencia, y las millas podían ser contadas por la siempre cambiante naturaleza del lasa plantas del desierto. Ésta era la zona donde palo verdes, ocatillas, mesquites y otras hierbas del desierto tenían su mayor tamaño y perfección. Probablemente el suelo de este fértil valle almacenaba y conservaba más agua que las zonas del— Norte y del Sur. Vistos desde lejos, esos matorrales semejaban una floresta de diferentes tonos de verde, con las doradas flores de los palo verdes y las rojas de las ocatillas destacando en hermosos contrastes. Pero las olas de calor que se elevaban y el débil brillo de los espejismos desviaban esta ilusión, de la vista... que el hermoso trecho de verde apariencia no era una floresta, sino un desierto abrasador, inhóspito.
El sol se estaba poniendo cuando la diligencia atravesó el puerto norte y se dirigió un poco hacia el llano y desolado valle en el que Lago Perdido brillaba como una mancha verde en medio de la desolación.
Pero era, en cierta forma, al fin de este extraño día, un lugar diferente. Ruth no había visto jamás esta vasta hoya entre las dunas y la negra cordillera hacia el Norte libre de niebla, de sus torbellinos de arena y polvo amarillento, y de los espejismos siempre presentes. A esta hora era de color plata y oro, empezando a teñirse con el rojo del sol, que desaparecía lentamente.
En aquel momento y después de doblar un recodo rocoso, rodaron suavemente por la ladera de una loma hasta llegar a Bitter Seeps.
—¡A tierra todo el mundo! Treinta, minutos para refrescar —gritó el conductor.
Ruth dejó que Adán la, ayudara a salir. Era un alivio poder estirar sus entumecidas piernas. En cuanto a comida y bebida, Merryvale prefería ofrecer lo que había traído de Yuma que lo que los indios podían venderle. El agua estaba caliente, y el pan, con arena; sin embargo, Ruta trató de calmar el hambre y la sed.
—Debo dejarte aquí —anunció Adán.
Ruth le lanzó una rápida mirada de sorpresa.
—Dejé aquí mis burros y mis cosas —prosiguió él—. Los recogeré y llegaré esta noche a Lago Perdido. —¡Oh! ¿Irás andando?
Seguro. No tardaré más de seis horas. Estoy acostumbrado a andar, Ruth, y me gusta más andar de noche. ¿Por qué crees tú que me llaman «el Errante»?
—Habrá otro errante... si me abandonas a merced de tu hermano —contestó Ruth en tono de rebeldía. Y en el momento que la respuesta hubo salido de sus labios, se arrepintió. Pero el pensamiento de que Adán no estaría a su lado dio salida al temor que siempre había existido dentro de sí.
—Hablas, como mente.
—Hablo como una mujer cobarde —añadió ella—. Pero no puedo evitarlo. Creí que podría.
Pero ¿he cambiado? ¿Cambiaré jamás?
—Ruth. ¿Debo decirte de nuevo... lo que siento... al pensar que Guerd pueda reconocerme?
—No. No. Perdóname. Comprendo por qué no debes arriesgarte... Tengo tanto miedo como tú. Ni siquiera para salvarme... incluso de lo que he pasado estos días... querría que, te encontraras con él. Pero yo me olvido, y siempre vuelvo a la otra Ruth..., ¡ay!, a la verdadera Ruth.
—Si mi hermano está en Lago Perdido ahora, podemos dudar de la veracidad de lo que ha contado Stone, pero si no...
—¡Stone mintió! —interrumpió Ruth apresuradamente, consciente de su propia falsedad—.
Jumó que se las pagaría. Merryvale lo oyó. Stone engañó a Collishaw de alguna forma; cada uno tenía sus razones, particulares para traicionar al otro. Stone me dijo que Collishaw trató de «venderme» a Sánchez.
—¡Cuánto deseo poder creer que Stone mintió en eso de mi hermano!
—Adán..., eso tendría que mejorar las cosas. —sí, no lo creeré hasta que lo sepa con certeza. —¿Me verás mañana por la noche, sin falta? —rogó Ruth.
Él fijó sus ojos en ella con aquella extraña mirada que siempre le turbaba el alma.
—Ruth, ¿qué será de nosotros si tú te quedas cerca de mí?
—Sería maravilloso, para mí —contestó ella, avergonzada pero sin turbarse—. Pero nunca podré conseguirlo.
—Ten cuidado-advirtió él—. Incluso la más solitaria águila del desierto tiene un compañero, una vez en si¡vida.
—¿No serías feliz tú también... si ese maravilloso sueño fuese verdad? —preguntó ella dulcemente.
—¡Feliz si matara a mi hermano! —exclamó —él.
—¡Dios mío...! Adán, Adán... Yo no quise decir eso... Oh, no puedo— ver por qué...
—Ruth, tú no puedes comprender. Eso es lo malo. Pero permíteme que te lo diga. La forma más noble de cumplir el ruego de tu madre... y salvarme, es evitar que mate a Guerd.
—Adán, sacrificaría mi vida para evitarlo.
—Entonces, lucha. No quiero decir sola. Te ayudaré en todo lo que pueda. Pero te voy a jurar esto: si Guerd llegara a saber que yo soy Adán Larey... que yo soy tu amigo y protector... que te amo, sería un enemigo implacable. Nada en la tierra podría detenerle en su odio... Entonces me vería obligado a matarle.
—Adán, te prometo que lucharé y no, olvidaré nunca —contestó Ruth—. Pero soy una mujer... inestable como el viento... débil como el agua... Debo saber que tú estás cerca de mí.
—Estaré —contesto él—. Escucha. Tengo un plan del cual he hablado a Merryvale. Conozco un escondrijo en las rocas cerca de Lago, Perdido. Desde allí puedo ver tu casa. Incluso puedo verte a ti con los prismáticos que he comprado ene Yuma. Puedo ver la señal que me hagas. Pero en ese sitio no hay agua. Dejaré mis bultos allí esta noche y llevaré los burros al cañón donde me encontró Merryvale. Luego volveré a mi nuevo campamento. Tendré que coger agua en Lago Perdido; eso será fácil, por la noche.
—¿Estarás cerca?
—A dos millas escasamente.
—¡Oh! ¿Será en aquel gran montón de rocas, al este de Lago Perdido?
—Allí mismo.
—El abuelo tiene también unos prismáticos.
—Merryvale te señalará el lugar donde tienes que mirar.
—Entonces, creo que podré continuar viviendo —concluyó ella mirándole con una coquetería tan natural para ella como el respirar—. Es romántico, ¿no lo crees? ¡Ah, la eterna mujer!
Merryvale se aproximó a ellos.
—Bien, Adán; no hemos tenido ocasión de terminar la conversación que empezamos esta mañana en Yuma. Y si vas a dejarnos aquí...
Adán le explicó brevemente, y resumiéndolo, el plan de que había hablado a Ruth. Luego añadió —Creo que es conveniente que vivas en casa de Ruth ahora. Ya no habrá razón alguna para guardar el secreto. Todo el mundo te conocerá y yo he traído a Ruth de nuevo. Puedes hacer ver que trabajas, aunque sólo sea hacer lose recados.
—Seguro que estaré terriblemente ocupado —contestó Merryvale—. Y creo que nos veremos alguna noche en Lago Perdido, ¿no?
—Le verás todas las, noches— intervino Ruth.
—¡Ajajá! Bien, me gusta, el! plan.
Adán puso una mano sobre el hombro de Merryvale.
—Es un sitio ingrato para mí —digo con emoción—. Estoy acostumbrado a vérmelas con el desierto, cono los hombres y con la adversidad. Pero aquí soy impotente... Pongo mi confianza en ti en esto: nunca pierdas de vista a Ruth. Quiero decir cuando no esté en casa.
Pero no la pierdas de vista. Y si algún hombre se atreve a poner sus manos sobre ella... mátale.
—Bien, amigo mío; comprendido. Ya tengo ganas de empezar el trabajo.
Adán se inclinó sobre Ruth entonces con una sonrisa que la excitó.
—Adiós, Lluvia de Oro —dijo —¡Mr! , no de oro. Debieras decir «semilla de disputas», y yo respondería: ¡Adiós señor!
Ruth descendió un poco por el camino y se quedó mirando a Adán cuando éste se metía entre los mesquites. Al fin desapareció. Ruth lanzó un profundo suspiro.
El sol había descendido hacia la ondulante línea de los picos del Oeste. El bajo desierto quedaba sumido en la sombra. Pero las dunas de arena, remontándose muy lejos de Bitter Seeps, aparecían bañadas desde las bases de sus millones de lomas hasta sus magníficas alturas en la gloria de una dorada puesta de sol.
Éstas eran las escaleras de arena de Ruth... la dorada escalera sobre la infranqueable barrera del desierto. La gran pared de arena inclinada... Las lisas ondulaciones reflejaban la luz del sol en una gloriosa llama, transparente y magnífica, a través de la cual, las hileras de colinas, con sus sombras, como olas de mar, se elevaban de un modo tan gradual y simétrico, que en conjunto parecía estar todo fundido en urna sola mole altiva, grandiosa: una colosal montaña de arena.
Pero era imposible para lamente sensitiva y morbosa de Ruth no simbolizar este fenómeno de la Naturaleza y ver en él la escalera de su prisión, la barrera y salida de su libertad; el engaño, la seducción, el, dolor y la duda del amor, los escalones deslizantes y resbaladizos de la fatalidad.
Mientras ella miraba, el resplandor disminuyó, palideció el oro, hasta que las oscuras y frías sombras del desierto lo envolvieron todo.
La oscuridad cayó sobre la diligencia mientras bajaban de Bitter Seeps. Hacia el final de esta larga jornada, Ruth durmió de Duro cansancio, demasiado exhausta para pensar más en Lago Perdido, o en su!hogar, en sí misma o en nada. Merryvale la vigilaba como si fuera una criatura.
Era tarde ya cuando el coche, con los cansados caballos al paso, alcanzó las afueras de Lago Perdido. Merryvale hizo que el conductor se detuviera en la entrada de la casa de Ruth.
Había luces en el puesto, pero el resto estaba en la oscuridad.
Ruth pudo, con la ayuda de Merryvale, subir el tortuoso sendero hasta la casa. ¿Había estado ausente solamente unos pocos días? Sintió el olor del! pozo y oyó el dulce canto del!
agua al correr. Los insectos zumbaban. El viento de la noche gemía suavemente entre los palo verdes. Sobre todo ello, el místico cielo azul, tachonado de blancas estrellas. El desierto dormitaba, esperaba. Lago Perdido era el mismo encierro solitario, aislado, silenciosa morada para unas pocas miserables almas humanas. Pero Ruth sintió que ella no era la misma.
Apoyándose en el brazo de Merryvale, llamó a la ventana de su abuelo.
—¡Ruth!... ¡Ruth!... —contestó él como en un trance.
—¡Sí, soy yo, abuelo! —contestó ella—. Aquí otra vez, sana y salva, pero muy cansada.
—¿Quién te trajo, criatura?
—¿Quién hubiera podido ser sino Adán y Merryvale? No me escapé esta vez, abuelo. Pero te lo contaré todo mañana... ¿Estás bien? Y... y... ¿está Larey en el puesto?
—Creo que estoy bien, aunque el calor y la preocupación. Me han fastidiado bastante. Larey se marchó hace tres día si y todavía no ha vuelto.
—No te preocupes más, abuelo. ¡Buenas noches!
Ruth encontró la puerta abierta y su habitación tal como la, había dejado.
—Muchacha, vete a la cama y descansa —ordenó Merryvale—. Yo traeré mi cama aquí y dormiré en el porche. Ruth le dio las buenas noches y cerró la puerta con la tranca, con gesto lento, pensativa, y permaneció inmóvil en la —pequeña habitación iluminada por la luz de la luna. El viento de la noche, frío, fragante, movía la cortina de la ventana.


XIII
Algunas veces, si bien raramente en verano, —dejaba de soplar el viento furioso. Aunque no dejaba de hacer calor en tales días, Ruth gozaba profundamente, al sol o a la sombra, dormida o despierta. El ligero viento venía del Norte, de los distantes picos nevados de San jacinto y Gorgonio, visibles desde Lago Perdido a causa de la ausencia de polvo.
Ruth sufrió una crisis a consecuencia de las penalidades y la tensión a que había estado sujeta, pero en ninguna otra mañana, en su vida en el desierto, se había sentido tan alegre y animosa. Y nunca había sentido la incomprensible euforia en su corazón con que se despertó aquel día; no temía pensar, había dejado de atenazarla el miedo. Larey se había ido; el puesto quedaba a cargo de los conductores, pues Dabb había desaparecido misteriosamente; Merryvale se había instalado debajo de un espeso mesquite de ramas bajas, que florecía junto a la puerta. Desde el porche, Ruth podía ver, a simple vista, las áridas y lejanas, rocas donde Adán tenía su nuevo escondrijo.
¡Qué distinto era toda esta mañana! El viejo y falaz desierto estaba apacible. El sol no era blanco, el firmamento no estaba cubierto, la llanura sin fin no parecía tan lúgubre. Pájaros y conejos visitaban el pozo. Ruth sentía un alborozo profundo. Aquel día tenía una gran significación para ella, y aunque ansiaba que llegara la luz de las estrellas y, con ella, Adán hubiera querido que hubiese el doble número de horas, a fin de poder dedicarse a un profundo análisis, de su propia personalidad.
Merryvale, al pasar por el sendero con algunas de las cosas de su pertenencia, se encontró con Ruth que salía cojeando de su habitación con el delantal puesto y una escoba en la mano.
—¡Chica, me dejas estupefacto! —exclamó el hombre mientras se la quedaba mirando atónito—. Creía que estarías en la cama, medio, muerta. Y aquí estás, solamente cojeando un poco.
—Merryvale, hoy podría correr sobre fase rocas y cactos —exclamó ella.
—Bien lo parece —replicó él— En mi vida he visto otra mujer como tú.
—¿De veras? ¿Es esto un cumplido o...? —preguntó ella, interrumpiéndose con una sonrisa.
—La pura verdad... Eres una flor dorada del desierto, con ojos de púrpura... Ruth, si yo fuera joven, estaría loco por ti también. Te llevaría en mi corazón o moriría.
—¡Caramba, Merryvale! —exclamó Ruth, asombrada y halagada.
Él se rió de su propio sentimentalismo y siguió peor el sendero, moviendo la cabeza como si reflexionara sobre un difícil problema.
Ruth se detuvo en su trabajo y miró con ojos soñadores. ¿Pensaría Adán que ella era así?
Muchos hombres estaban locos por su belleza, pero Adán no la veía. Con él no parecía tener importancia su aspecto exterior, sino lo que ella era. La paradoja de la vida de Ruth era que el desierto le había dado muchos atributos: su volubilidad, su inteligencia y su misterio—; su carácter, su pasión y su belleza; y le había rehusado la libertad, la fuerza, la indiferencia. Ruth quedó sorprendida al recibir la visita de mistress Dorn. Ésta era una —mujercita de mediana edad, atezada como una india, con fina piel y ojos penetrantes. Deseaba pedirle prestado algún utensilio casero; ésta fue la excusa para la visita.
—¿De modo que ha vuelco usted? —preguntó con curiosidad—. Yo creía que una vez que logró irse lejos de este pozo infernal, ya no la volveríamos a ver por aquí.
—Mrs. Dorn, no me dejaron escoger: ni en cuanto a quedarme, ni en lo que a mi vuelta se refiere.
—Escuche, Ruth Larey. No esperará que alguien le crea eso, ¿eh?
—Pensándolo bien, no. Pero me importa muy poco que lo crean o no.
—Eso está bastante claro —dijo Mrs. Dorn—. Es una lástima que no le importe. Pero alguien debería decirle unas cuantas cosas.
—Parece que está usted deseando hacerlo —contestó Ruth con ironía.
—Todo el mundo aquí, incluso los indios, compadecen al pobre Stone.
—En efecto. Son ustedes muy amables. También —yo creo que le compadezco un poco a Stone.
—Sí, y actuó usted en consonancia. Guerd Larey dijo a mi marido que usted le hizo ladrón a Stone. Y que cuando él se marchó juró que la traería aquí arrastrándola de los cabellos.
—Las mentiras de mi marido son la menor de sus villanías, Mrs. Dorn. Quizá algún día sepa usted la verdad.
La mujer lanzó a Ruth una recelosa mirada de incomprensión, y encogiéndose de hombros, siguió su camino sendero abajo.
Ruth se sentó. Aquel día, insólitamente hermoso, había tenido su primer fallo. Al poco rato salió el abuelo de su habitación, desde donde, evidentemente, había oído el diálogo.
—Ruth, eres objeto de murmuraciones muy desagradables —le dijo con gravedad.
—¿Por parte de quién?
—De todos los que viven y pasan por aquí.
—¿Qué dicen, abuelo? —preguntó con un interés que le sorprendió a ella misma.
—Muchas cosas que no puedo repetir —repuso él—. Dicen que eres una muchacha casquivana; que no has sido una esposa fiel; que has hecho que los hombres se volvieran locos por ti y luego los has dejado plantados; que tú obligaste a ser ladrón al joven Stone; que tu marido debería azotarte desnuda atada a un poste...
—Lo merezco todo —dijo Ruth—. Y no más lejos que ayer me hubiese revolcado en el polvo, llena de vergüenza... Ahora estoy por encima y fuera del alcance de los que me denigran, aunque sea con justicia. ¡Pobres miserables criaturas del desierto! ¡Seres débiles, impotentes, envenenados! Tienen el alma marchita. Les compadezco.
—,Sería mejor que reservaras un poco de compasión para ti misma —dijo él.
—Abuelo, ¿tú crees que me escapé otra vez con Stone?
—¿No lo hiciste?
—No. ¡Fui raptada! Stone vino a rogarme que empleara mi influencia con Larey. Le había robado, dinero. ¡Ahora todo ello parece una historia absurda! Me dejé llevar inconscientemente. Tú sabes cómo me gobiernan lose impulsos. Bien, pues antes de que hubiera llegado al portillo, me cogieron y me envolvieron en una manta y me arrojaron en un carro. Viajamos toda la noche... Mis secuestradores eran Collishaw y Stone. Disputáronse por mí. Me llevaron a Yuma, a «El Toro», en donde Merryvale me encontró. Después Adán vino en mi socorro y me trajeron aquí.
—¡Muy extraordinario, si es verdad! —dijo Hunt. Éste era, en verdad, un desaire para el que Ruth no, estaba preparada. La sangre ardió en su rostro y unas palabras fuertes temblaron en sus labios. Pero se contuvo; y Ruth Virey parecía muy diferente a la de los amargos días pasados.
—Abuelo, ¿tampoco vas a creer que Guerd Larey anda detrás de todo esto? Él y Collishaw se aliaron. Hicieron de Stone su instrumento. Lo alquilaron y dejaron que robara el dinero como pretexto para sacarme a mí de la casa. Stone hizo eso, pero tenía su propio plan.
Collishaw también traicionó la confianza que Larey puso en él. El plan de Larey era ir a Yuma y destrozar allí mi voluntad y arrastrarme aquí otras vez. Pero el complot fracasó. No pensaron en mi amigo Wansfeld... Y o le salvé la vida a Stone. Pero Collishaw ha muerto.
—Ruth, ¿te ha cogido la locura del desierto? ¿Estás bien de la cabeza? —exclamó Hunt, incrédulo.
—Oirás a otros hablar de la muerte de Collishaw— dijo Ruth fríamente.
Hunt recorrió el porche con pasos nerviosos.
—Ruth, ¿no te dije que Larey que había hecho otra proposición?... Extrañamente amistosa; me la ha hecho ante testigos. Y yo he estado reflexionándola.
—Te ruego que te evites la molestia de confiar en mí. No quiero saberlo. Cualquier cosa que Guerd Larey proponga es honrada por fuera, pero falsa por dentro.
Ruth se separó entonces de su abuelo, tratando de dominar la mezcla de piedad, horror y asombro que sentía. Pero había vencido. Coma a la luz de un relámpago, vio el conjunto de circunstancias y complots urdidos en torno a ella y a su abuelo. Sin embargo, se sentía confortada por la confianza que acababa de recuperar en, sí misma y por su fe en Wansfeld.
Intuía que había llegado al borde del abismo, pero que había sido salvada por algo que todavía no acababa de comprenden.
Merryvale la llamó desde un mesquite y Ruth olvidó su examen introspectivo y también su estado físico y echó a correr hacia él. Pronto descubrió, sin embargo, que sus males no habían desaparecido, y cojeando, llegó hasta el nuevo escondrijo de Merryvale. Bajo una tela gruesa, que hacía las veces de tienda, el hombre se había colocado sus mantas y sus objetos. En aquel momento se encontraba un poco alejado del árbol, con las manos a la espalda y una encantadora sonrisa en su rostro.
—¡Oh... qué pasa! —gritó Ruth, sin aliento—. ¿Has visto a Adán?
—¿Qué darías, jovencita, para, poder verle en este mismo instante?
—¿Dar? ¡Amigo mío, no tengo nada que pueda dar! Pero... ¡Oh, por favor..., por favor...!
—Eso tiene un precio, Ruth...
—No me fastidies; no seas cruel... Vaquero, estoy viendo que tienes mis prismáticos detrás.
Déjame que le vea... Muéstramelo... Si lo haces te... te daré un beso.
—Bueno, en ese caso lo pensaré —replicó Merryvale atrayéndola hacia donde él se encontraba—. Y ahora mira por allí, sobre el desierto, a aquel muro de roca hendida. No parece muy grande desde aquí. Pero lo que ves es sólo la cumbre. Bueno, ahora coge los prismáticos y enfócalos de forma que veas bien.
Ruth, con mano temblorosa graduó el cristal para ajustarlo a su visión.
—Las manos me tiemblan... —dijo—. El cristal está claro, pero se mueve tanto...
—Muchacha, Adán te está mirando en este mismo momento —dijo Merryvale.
—¡Oh! —gritó, Ruth, radiante— ¡Oh, tengo que dominarme!... Así. Ahora veo las rocas muy cerca. ¡Qué grandes son! ¡Qué escarpaduras!
—Mueve los prismáticos lentamente hacia la derecha..., un poco más arriba..., hasta que llegues a una mancha oscura. Es la sombra. Adán está allí, y diría que está agitando la mano, saludándote, en este mismo momento.
—¡Oh, ano puedo verle! —susurró Ruth casi frenética—. ¡Qué tonta soy! Son mis nervios...
Lo intentaré otra vez. Sí, veo la sombra... Hay un punto rojo. Se mueve.
—Es el pañuelo de Adán.
Ruth hizo un esfuerzo para dominar los nervios a fin de conseguir que su cuerpo permaneciera quieto y penetrante su vista; por fin divisó a, un hombre que, sentado en un risco, agitaba la mano.
—¡Lo he visto! ¡Oh, le haré alguna señal!
—Creo que no habrá peligro en ello. He estado mirando a nuestro alrededor, no nos ve nadie —replicó Merryvale. Ruth se sacó el delantal y lo agitó una y otra vez, enérgicamente.
—Bien. Adán te ve —dijo Merryvale, que había cogido los prismáticos—. Ahora desciende de la roca. Se va. Esto ha salido bien. Ahora te voy a explicar el plan. Adán no tiene mucho que hacer, nada más que andar de un lado a otro y ver si tú estás— aquí. Si te ve a ti a a mí agitando algo rojo, vendrá tan rápido como pueda. Pero, desde luego—, no debemos utilizar la señal más que en caso de verdadera necesidad. ¿Comprendido, señorita?
—Comprendido —dijo Ruth—. Y eso me hace sentirme tan feliz, tan fuerte... —Y debilitada por el ejercicio y la excitación, se sentó bajo el mesquite, sobre las mantas de Merryvale.
—Bueno, creo que a mí me ocurre lo mismo —dijo Merryvale,—,!Has estado en el puesto?
—Sí. Esta mañana temprano. Ha estado cerrado durante tres días; los mestizos y los indios estaban como locos. Dabb se marchó antes que Guerd, y alguien me ha dicho que se apoderó de Salton Springs antes que él lo hiciera. Fue un cargador quien me lo dijo. Añadió que Guerd bebía. mucho y estaba muy afectado.
—¡Ah, las cosas no le van a salir bien! Espero que no llegue aquí en ese estado.
—Seguro que vendrá así, y será peor que nunca. —¿Estaba abierto el puesto? Debo enviar a María a comprar algunas cosas.
—Sí, está abierto. Y me parece raro. Frank Dorn recibió la orden en la última diligencia de que debía hacerse cargo de él. Ahora bien, ¿quién envió la orden? ¿Quién sabía en Yuma que el puesto estaba cerrado?
—¿Quién si no Guerd? —preguntó Ruth gravemente. —Nadie más, por todos los diablos. Él está en Yuma.
—Entonces, él sabe...
—Puedes figurarte que sí. Sánchez no tardaría en decirle lo que Wansfeld hizo, con Collishaw... Guerd está borracho o enfermo para esta noche.
—Sánchez no podía adivinar que Adán fuera a ir a buscarme.
—¡Oh!, será fácil para Guerd imaginárselo, especialmente si se ha encontrado con Stone. Y es seguro que Stone contará nuestra parte en el asunto, sin decir nada de la suya.
—¿Podemos esperar que Guerd llegue pronto aquí?
—Seguro. Y hecho una furia, además —dijo vivamente Merryvale—. Veremos si tiene miedo.
Y estoy seguro de que andará con cautela.
—¿Crees que se acobardará ante mi misterioso amigo Wansfeld?
—Desde luego. Seguro que recibirá un montón de noticias acerca de Wansfeld. Y si no está loco de remate se marchará o irá con mucho cuidado.
—Merryvale, yo no pienso así —dijo Ruth—. Conozco a Guerd Larey, por intuición y por observación personal. Creo que reaccionará contra su derrota en una forma más profunda y más oscura. Larey es un cobarde moral, pero no teme a ningún hombre.
—Pero, Ruth..., ha oído hablar de Collishaw. Apostaría diez a uno a que le ha visto muerto. Y no habrá sido un espectáculo nacía agradable para él... Ver a Collishaw con el otro ojo fuera... Eso le puede parecer muy extraño a Guerd. Era raro que Wansfeld obrara así. Hace dieciocho años sacó un ojo al tejano, y ahora le saca el otro.
—Fue horrible —dijo Ruth—. Yo no podía comprenderlo... ¿Sospechó Collishaw quién era su asaltante?
—Sospechar, creo que no. Adán se lo dijo. Y ruego a Dios que no encuentre otro hombre tan terriblemente furioso como Collishaw.
—¡Oh!, eso fue peor —dijo Ruth estremeciéndose—. ¿Cómo pudo Adán hacerlo?... Empiezo a comprender un poco más lo que significa Wansfeld.
—Ruth, él es el Némesis del desierto —dijo Merryvale, extasiado—. Y si Guerd Larey no se da cuenta de eso, está condenado.
—¡Oh, Merryvale, no digas eso...! Ni lo pienses —rogó Ruth retorciéndose las manos.
—Pero, niña, los hechos son loe hechos —declaró Merryvale—, y tenemos que hacerles frente.
Si tú tienes razón en pensar que Guerd va a ser mucho peor ahora, yo tengo razón al figurarme la que va a recibir.
—Tengo que evitar que Adán se vea en la necesidad de matar a Guerd.
—Y yo te lo apruebo. Pero, ¿cómo lo vas a hacer?... Si Guerd va detrás de ti... Seguro que no vas a atar las manos de Adán de forma que no pueda defenderse.
—¡Nunca! —gritó Ruth con pasión.
—Bien, entonces, cuando Guerd y Adán se encuentren... si se encuentran... y Guerd reconozca a su hermano... volveremos a la historia de Caín y Abel. Sólo que esta vez Abel matará a Cain. Está escrito en sangre en este desierto.
—¿Y si yo..., si yo... fuera..., si volviera a Guerd... para ser su mujer... verdaderamente? —susurró Ruth con voz ronca.
—¡Ah, mujer! ¿Qué quieres decir? —preguntó Merryvale con vivo interés—. Sería mejor dejar que Guerd matara a Adán... Ruth, muchacha, no puedes enviar a Adán al desierto con esa horrible herida. Dejarle que se esconda en un barranco, como un ciervo herido y muera allí lentamente... ¡Adán, con todo el amor que siente por ti! ¡Ruth, di que no puedes hacer eso!
—¡No, no! —gritó Ruth—. Cualquier cosa antes que eso. Preferiría que muriésemos los dos...
He hablado a tontas y a locas. Tiene que haber alguna forma de evitar la tragedia.
—Así lo espero de todo corazón —contestó Merryvale fervientemente—. Pero yo he vivido mucho tiempo en el desierto. Y cuando la vida aquí empieza trágicamente parra un hombre o mujer, seguro que termina de un modo tráfico. No— hay remedio. Ese el desierto.
—Para mí empezó... así —susurró Ruth, afectada.
—No, es verdad —replicó Merryvale con gran sentimiento—. Conozco tu historia. Y yo y Adán estamos de acuerdo. Tú eras débil, vana; una muchacha con la cabeza caliente. Y caíste en el sitio peor en que una joven pudiera encontrar lo que más; necesita el amor y la felicidad. La muerte de tus padres fue trágica.
Pero si lo miras sin pasión verás que en tu experiencia del desierto, hasta ahora, no ha habido razones para poder decir que haya sido una agonía. ¿No es verdad?
—Sí, lo es. Pero yo creía en, mi desgracia.
—Seguro, y eso era solamente incomodidad, aburrimiento y deseo insatisfecho. Bueno, hasta aquí está bien; pero ahora debes encontrarte a ti misma.
—Quizá ya lo he hecho —contestó Ruth dulcemente, y se alejó de allí.
Ruth tenía gran necesidad de estar sola. Merryvale le había dado una inspiración, que fue ganándola poco a poco por entero.
Sola en su habitación, con la puerta atrancada y la ventana medio cerrada, tuvo valor —para manifestar en voz alta su fatídico pensamiento. ¡Ella podía matar a Guerd Larey! Ante lo horrible de la idea sintióse presa de tumultuosas pasiones que la cegaron, esclavizándola dolorosamente por unos momentos. La idea era irresistible. Era justa. El destino lo mandaba.
Salvaría a Adán de mancharse sus manos can la sangre del amado hermano pródigo.
Se echó en la— cama, dándose cuenta de la enormidad de su decisión, maravillándose de aquella faceta felina de su instinto, atónita ante esta revelación de su naturaleza. Aquí estaba preparando una emboscada..., la ruda fuerza elemental del desierto.
Si Guerd la buscaba de nuevo para dominarla, para humillarla, para hacer de ella una criatura indigna y despreciable, Ruth le mataría. La decisión tenía todo, el calor del sol del desierto, la fuerza del vendaval y la lúgubre inmensidad de las desiertas llanuras. Ello la conmovió como si una mano sobrehumana la hubiera levantado en vilo y sacudido. Luego quedó en un estado de extraña y sombría paz. Si llegaba lo peor sabía cómo hacerle frente; salvaría a Adán y se salvaría a sí mismo.
Pero su paz duró poco. Su mente trabajaba sin descanso y se planteó la gran pregunta:
¿Por qué? ¿Por qué cedería al impulso sangriento, tan extraño a la educación y a la gentileza que antes la habían distinguido? La contestación fue amor. Era el amor del desierto, y Ruth entró, súbitamente, en el paroxismo de una pasión más violenta que aquélla que la había inducido a la idea del asesinato.
La habitación, la casa, no eran suficientes para ella. No podía respirar allí. Debía— salir al campo, a respirar a pleno pulmón el aire libre bajo la luz ardorosa del sol. Pero una vez afuera, corriendo veloz por el sendero, sin cojear ni sentir dolores, el pensamiento de Adán la contuvo. Recordó que no sería justa con él si corría tal riesgo. En vez de eso, se echó en la arena bajo el marchita parló verde, y allí, con su mirada extasiada envolviendo la mitad del círculo del horizonte, miró a través de la calígine los rayos deslumbradores, la niebla púrpura, sobre las plateadas dunas, de arena, las agrestes montañas, hacia el desierto infinito, horroroso y sublime. Luego miró hacia el interior de su propio corazón.
Ruth había amado a Adán en Santa Isabel con una— extraña reverencia, soñadora, infantil; había acariciado el sueño durante mucho tiempo; cuando Adán la encontró peor vez primera en el cañón con Stone, surgió de nuevo la inquietante atracción que había sentido por otros hombres y luego, más tarde, lo que ella había creído que era amor. Y, al volver a su casa desde Yuma, cogida a su brazo, consciente de lo que él había hecho que defensa de su honor y de su vida, con la tempestad de arena rugiendo la amenaza de sepultarle vivos en aquel infierno, había llegado a ella el primero, el verdadero y honesto amor de su vida.
Físicamente formaba parte de todo aquello que estaba contemplando... Los terribles elementos de la Naturaleza que la habían transformado. Espiritualmente había recibido ele la Naturaleza todo el tremendo impulso del amor y la pasión de una mujer.
Entonces hizo un examen retrospectivo de sus vanas y apasionadas inclinaciones por este o aquel hombre. ¡Cuán superficiales, cuán egoístas le parecían aquellos pequeños y pasajeros resplandores! Había descendido a más que un simple flirt. Había aprestado su belleza, sus manos, sus labios, su mentirosa lengua, al atractivo de los hombres. ¿Inconscientemente?
¿Eran sólo frases propias de su desvarío? ¿,Tal vez extravíos mentales de una hembra guiada por atracciones que desconocía? Había sido vil. Su propia ignominia debía hacerla perecer.
¡Cuán fácilmente y con qué ligereza había seguido el ancho y fácil sendero que conducía hacia su destrucción! Se veía a sí misma como desde una gran altura, con terrible desprecio, mezclada de infinita piedad por la loca criatura que había sido. No una ni dos, sino muchas veces el desierto la había puesto a prueba, y siempre la encontró dispuesta a cometer el pecado de Eva. Entonces no lo sabía, habíase detenido a pensar, al fin, como en el caso de Stone; pero esto era debido solamente a la loca volubilidad de su temperamento. Solamente por accidente se había salvado en aquellos ya muy viejos asuntos, aparentemente triviales.
Cuando ya mujer había apartado de sí sus juveniles ilusiones y se había encontrado con Stone, utilizando con él un más fuerte y peligroso encanto, sólo Dios, empleando a Adán Wansfeld como instrumento, pudo salvarla. Ruth la confesaba. Ardía en su corazón la tea de lo que había sido, de lo que había evitado. El ruego de su madre a Wansfeld se aclaraba ahora. Dios la había dotado de un cuerpo, un rostro y unos ojos hermosísimos, junto con sus paralelos más mortíferos: la vehemencia..., el apasionado deseo de amar y de ser amada. Lo veía todo ahora e inclinaba su espíritu con humildad y gratitud. Yacía allí, en la amena, apoyada contra el palo verde, mirando a la transfiguración del desierto que odiaba, maravillándose ante la evidencia de su alma cambiada, y ante la libertad que había venido cual un relámpago desde los cielos.
Pero no se atrevía aún a entregarse de lleno al pensamiento de su amor, a su íntima y terrible dulzura, al vendaval que se lo llevaría todo por delante. Tenía que hacer siempre suyas la verdad de sí misma, del destino que no perdía ya ser miserable, y no podía tener un fin trágico... Ella comprendía el amor de Adán.
Todo él era amor. Amaba a todas las criaturas del desierto, a las bestias y a los hombres, incluso a aquel hermano ilegítimo, con toda su malicia y corrompida ¡madurez. Eso caracterizaba a Wansfeld «ele Errante.
Ruth no quería ahora que el pasado se cambiara, si eso fuera posible. Por el recuerdo del pasado podría trepar hasta el nido del águila.
Wansfeld «el Errante» era el mismo desierto. La misma suprema fuerza que había moldeado sus peldaños de arena había transformado al muchacho Adán Larey en el hombre Wansfeld.
De la inmensidad de su corazón de mujer, este vaso de perenne y eterna fidelidad, tenía que sacar bondad y ternura suficientes para darlas al desierto que le había salvado a él, devolviendo así bien por mal. Sustituir el odio que había sido como un cáncer en su pecho, por el amor, el amor dulce e infinito como aquellas mismas llanuras abrasadoras.


XIV
Pasaron unos días que fueron felices para Ruth Virey. Hubo una semana de buen tiempo sin precedentes para junio en aquella, baja región. El desierto parecía estar silencioso, vigilante, esperando.
Ruth oía a Adán cada noche, y un día, en que el calor se había suavizado por un temporal de lluvia en el norte, Merryvale la llevó al escondido campamento de Adán en la fortaleza rocosa. Era el lugar más salvaje y maravilloso que Ruth había visitado. Un cataclismo en lejanos días había rajado y dispersado la pétrea corteza de la tierra; y la subsiguiente exposición a la acción del tiempo había formado cortos y profundos cañones entre agrietados riscos.
Adán la ayudó a subir, muy alto, hasta el lugar donde él solía permanecer para vigilarla.
La llevó en brazos parte del camino, como a— menudo había llevado a su madre en el Valle de la Muerte; para Ruth, ahora el recuerdo era al mismo tiempo dulce y triste.
Desde aquella altura la vista alcanzaba más que desde Lago Perdido. Le hacía a Ruth el efecto de que, hasta entonces, no había mirado nunca al desierto. Las noventa millas de plateadas dunas de arena se extendían ante sus ojos. Su respiración se detuvo a la vista de la interminable hilera de escalones de arena.
Aquí, a la sombra de una inmensa roca, con das ojos llenos de la magnificencia —e inmensidad del desierto, Ruth dijo a Adán todo la que había sido. No tuvo piedad de sí misma. Confesó hasta el más pequeño y el más ruin de los motivos. Dejó su alma al desnudo.
Ningún enemigo suyo podía haber esperado menos favor de ella que el que ella se concedió a sí misma.
Después, sencillamente, sin sentimiento y sin rendirse a la emoción, le habló a Adán —del cambio gradual que había sufrido, desde que él llegara a, Larga Perdido hasta la última noche en Yuma.
Entonces Ruth dejó ver su poderosa e incontenible agitación; sin embargo, siguió adelante con su confesión. Después, cuando tuvo que exponer las profundidades de su corazón, titubeó y habló en. un susurro, dando salida a la confesión de su amor.
Después, ciega, agotada, fue atraída hacia el pecho de Adán, que da apretó contra sí y la besó. Ella correspondió con un salvaje abandono con el que alguna vez se había atrevido a soñar. Había repudiado una fruición de este sueño a causa de su tormentoso pasado.
Al ponerse el sol estaba de nuevo con Merryvale, abajo en el rojo desierto, regresando a casa, con su cuerpo tan ligero como la borrilla de cardo, los pies como alas, y la mente llena de las palabras de amor de Adán y de prudencia ante su futura conducta.
Al día siguiente, Guerd Larey volvió a Lago, Perdido, con un refuerzo de obreros, diligencias y carros cubiertos; la vanguardia de los trabajadores del ferrocarril.
Parecía que el desierto había esperado impaciente el día del regreso de Guerd, puesto que se presentó con su más bella, y sensible magnificencia. El furioso vendaval hizo llover la arena como chispas de fuego saliendo del horno solar.
Ruth permaneció confinada, en casa a consecuencia del torbellino de nubes de arena y el calor abrasador e insoportable. Merryvale le dijo que Guerd había regresado sereno, pero mostrando los efectos de la bebida y la tensión mental. Esperaron a Adán larga rato bajo los árboles, pero esperaron en vano. Quizás el calor y la mucha gente que había en el destacamento le habían retenido allí. Alguien dijo a Merryvale que la vanguardia de cargadores, vigilantes, constructores de puentes y albañiles, con un ejército de trabajadores: blancos, chinos, mejicanos e indios, estaba en camino de Lago Perdido, por lo que la soledad y quietud del lugar se habían ido para siempre.
Una nueva era empezaba para Lago Perdido, una mueva fase que Ruth recibía al mismo tiempo con agrado y disgusto. Tiendas, chozas y casas surgían coma por arte de magia.
Proseguía el aumento de la población, cosa beneficiosa, pensaba Ruth.
Pero ella odiaba los tipos rudos, la algarabía de los bebedores. Ruth conservó su equilibrio y su paz, aunque con la llegada del tórrido verano veía a Adán algo menos, teniendo que contentarse con escribirle notas, que Merryvale entregaba durante la noche. Los, días pasaban rápidamente para ella, porque vivía su sueño y se negaba a admitir influencias exteriores.
Guerd continuó en el puesto; un hombre cambiado, dijo Merryvale; trabajaba sin descanso, pensativo, aislado y, sin embargo, amistoso con todos y serena la frente detrás de la cual había, seguramente, un cerebro en plena tormenta. No intentó ver a Ruth.
El día en que Hunt volvió al puesto, para trabajar otra vez Guerd, fue tétrico para Ruth.
Hunt había librado a la joven, quizá contento, de toda confidencia en relación con Guerd. El astuto Merryvale, que cada día vigilaba con más cuidado, meneó la cabeza, desconfiado.
Ruth llegó ala conclusión de que en su interior había algo más que un simple disgusto.
Cuando le preguntó claramente si estaba confiando por completo en ella, la respuesta no fue de su agrado; no es que le revelara inmediatas disgustos para ella, pero le hizo pensar si no se estaba formando algún oscuro proyecto en la mente de Merryvale.
Aquella noche, mientras esperaba a Adán en la oscuridad de los palo verdes, Ruth examinó la situación tal y como ella la veía. Sentía algo que no podía analizar. Era una presión invisible, que venía de fuera. Verdad era que se relacionaba con el tórrido día, la noche bochornosa, la vuelta de su abuela al puesto y las demostraciones de amistosa bienvenida que había tenido allí; el sombrío humor de Merryvale, los indios y los hombres descarados y desconocidos que a veces la miraban a hurtadillas. a través de la cerca.
La llegada de Adán interrumpió el curso de sus pensamientos.
—¿Dónde está Merryvale? —preguntó después de saludarla.
—Siempre anda por aquí cerca a estas horas. Quizá le encontrarás en su tienda. ¿Sabes, Adán, que Merryvale está muy raro? Me preocupa.
—Me he dado cuenta de ello —respondió Adán, pensativo—. Sin embargo, es posible que no tenga importancia. Se está haciendo viejo. Y estos últimos días lían sido de dura prueba.
Adán añadió que iría hasta el pozo, a llenar su cantimplora y ver si Merryvale estaba allí.
Mientras Adán permaneció ausente, Ruth reflexionó sobre la preocupación que había demostrado por Merryvale. ¿Temía que Merryvale pudiera matar a Guerd Larey? Un escalofrío siguió a estas reflexiones..., y da terrible idea de que entre Adán, Merryvale y ella misma parecía que Guerd Larey no viviría lo suficiente para completar sus nefastos planes.
Cono una silenciosa sombra, Adán se acercó a Ruth. Dejó la cantimplora en el suelo y dijo:
—No está por allí.
—Entonces, vendrá en seguida.
—Ruth, tengo que decirte algo. Al venir, no lejos de ese portillo, casi he pisado a un hombre que estaba echado en el suelo. Creo que oyó mis, pasos, pero no pudo verme, por lo que se echó al suelo, —¿Y tú, qué has hecho? —preguntó ella, con el pulso acelerado.
—Casi de he estrangulado tratando de hacerle hablar. Pero no he podido. Era un mulato.
Está tan oscuro... Pero lo reconoceré cuando le vea. No quise matarle porque as posible que no tuviera, malas intenciones para contigo o para mí. Por eso le dejé que se fuera.
—Los mejicanos y los indios andan siempre dando vueltas por aquí —replicó Ruth—. Siempre han hecho lo mismo, pero últimamente me —ha dado por sospechar de todo y de todas. Quizá sea una tontería...
—Sí, pero de todas formas ten más cuidado que nunca aconsejó él—. Yo también lo tendré. No debo venir tan a menudo, pero cuando bajo por agua me parece un exceso de precaución el no verte.
—Ven a verme siempre que bajes —dijo Ruth—. Yo no saldré del portillo otra vez a menos que Merryvale vaya conmigo.
Pasaron su hora furtiva a da sombra de los palo verdes, y la prolongaron hasta que Merryvale llegó, deslizándose cautelosamente hasta ellos por la parte interior del cerco.
Parecía que a Adán le desagradaba la idea de dejarla marchar, aunque no lo —expresó en palabras. Quizás el presentimiento de alguna desgracia, que Ruth tenía, se había comunicada a él. Por fin la acompañó hasta el extremo del portillo y se despidió de ella con un beso, lo, que no era corriente en él; luego volvió atrás para reunirse con Merryvale.
Ruth permaneció un momento delante de la puerta, temerosa de ala noche, de la opaca oscuridad del desierto. Se había elevado por encima de los temores naturales. Pero allá fuera se ocultaban inescrutables misterios. Sólo alguna rara ráfaga de viento cálido y polvoriento soplaba sobre el oasis. Cuando llegaba sobre las mortecinas luces del puesto tenía la substancia de fina nieve. Difusas figuras pasaban aquí y allá. El griterío de las cantinas llegaba a ella débilmente.
Era el vacío, allá afuera, lo que fascinaba a Ruth, la oscura inmensidad de donde brotaban dos variables vendavales. ¡La noche con el gemido del viento o el silencio mortal! Parecía imposible que allí pudieran vivir seres humanos, aislados, rodeados por aquella árida soledad.
Un día de viento había traído una de aquellas oscuras noches, sin firmamento ni estrellas; sólo una espesa masa oscura que se movía sobre sus cabezas.
Ruth sintió tanta desgana en entrar en su casa como Adán la había sentido en separarse de ella. Tenía la sensación ahora de que no podría jamás volver a ser un diminuto grano de arena arrastrado por los vientos de las circunstancias. Sin embargo, tenía una aguda sensación de desamparo al encontrarse ante cosas sobre las cuales no ejercía control. De nuevo en su habitación, con la pesada barra en su sitio, en la oscura y cerrada atmósfera, se sintió liberada de un desconocido peligro que la había envuelto como un manto nocturno.
Pero este sentido de seguridad no se extendió a las pocas personas con las que su vida estaba indisolublemente unida.
Se metió en, la cama sin encender la luz. El marco de la ventana encuadraba la negrura de la noche, el olor omnipresente de arena, cactos y rocas. De vez en cuando llegaban los disonantes ruidos del puesto, y la soledad del desierto. No ele importaban ya aquella soledad ni el calor o el viento ni las otras cosas que antes habían sido pesadillas para ella. Ya no había nada odioso, excepto la naturaleza de algunos! hombres. Y recordaba el relato de Adán sobre la tuerta de Tecopan, más odiosa que ningún hombre, más terrible que cualquier bestia. A Ruth no podía ya continuar repugnándole el pensar en una mujer tan baja y sin femineidad.
¡Cuán fácilmente hubiera podido ella misma arrastrarse a tales profundidades! El conjunto de circunstancias, la falta de amor o su fracaso en él, el ardiente desierto... Esto podía hacer de cualquier mujer algo más bajo que el más ruin de los hombres. En cuanto a sí misma, se encontraba en la escalera que conducía a las estrellas.
Ruth siempre se despertaba tarde aquellos días, y con una disminución de su vitalidad producida por la deprimente influencia del calor del verano. Aquella mañana especialmente las impresiones enervantes de la noche pesaban sobre ella. Ruth tenía que combatirlas, así como a la fatiga, a la pereza y al cansancio de sus, músculos. Sólo el esfuerzo y el movimiento podían borrar aquellas sensaciones.
Abrió Ruth la puerta de su habitación y se enfrentó con la blanca luz del día. Su primera mirada, como siempre, se posó sobre las lejanas y plateadas dunas de arena. La segunda fue súbitamente atraída por un grupo de hombres en la puerta.
Llamó a su abuelo, pero no obtuvo respuesta. Llamó a la puerta de su habitación, la abrió y entró. El viejo no estaba allí, y no había dormido en la cama.
En un instante Ruth se encontró ofuscada. La catástrofe había descendido como el cegador relámpago del desierto. No fue preciso que viera a Merryvale come expresión sombría llegando por el sendero.
—Ruth, algo terrible... ha sucedido —dijo él con ronca voz.
—¡El abuelo! —gritó ella.
—Sí. Es muy —doloroso decírtelo, Ruth, pero has de ser valiente... Ha muerto.
Ruth notó que le temblaban las piernas, y cayó en una silla. Durante varios minutos fue incapaz de hablar.
—¡Muerto! —susurró al fin—. ¡Pobre abuelo!... No se encontraba muy bien, últimamente. Y yo hice tan poco... ¡Oh! No... ¡me parece imposible! ¿Tan enfermo estaba, Merryvale? ¿Fue a causa de uno de sus antiguos ataques de indigestión aguda?
—No, Ruth. ¡Ojalá Dios lo hubiera destinado así! Pero le mataron... ¡le asesinaron!
Ruth se quedó fría como el hielo, doblemente por el hecho y por la imaginación.
—Alguien le golpeó detrás de la oreja con una gruesa piedra o un palo. Fue golpeado de forma que su cabeza cayó dentro, del agua. No se sabe si le mató el golpe o se ahogó. Pero eso, seguro que no altera el hecho de que fue asesinado.
—¡Qué horrible! —exclamó Ruth, pasando del ardor a la frialdad—. ¿Quién¿... quién lo hizo?
—¿Quién? ¡Ah, eso es lo que me tiene intrigado! El puesto estaba lleno de mestizos, pieles-rojas, chinos y la morralla de Yuma. Le han robado el dinero, reloj y todo lo que tenía algún valor. Esto puede que no signifique nada, y al mismo tiempo puede significar mucho.
—Merryvale... ¿Estás pensando lo mismo que yo? —exclamó ella tapándose la boca con la mano.
—Creo que sí. Los dos estamos dispuestos a atribuir cualquier cosa a una fuente particular.
Podemos estar equivocados. Pero yo no puedo evitarlo —dijo Merryvale casi con desaliento.
—¡Adán! ¡Busca a Adán! —exclamó ella, bruscamente.
—Bueno, lo primero que pensé fue en traerle aquí —dijo él deliberadamente—, pero eso no nos servirá de nada, excepto reconfortarte, y puede traer malas consecuencias. Yo descubriré quién mató a Huna. En cuanto conozca a estos perros amarillos, eso no será tarea demasiado difícil.
—Y... ¿y yo qué haré?
—Resígnate como puedas, muchacha, y deja que yo me ocupe de tu abuelo. No debes verlo.
Mandaré que lo traigan al puesto, traeré un sacerdote y le enterraremos decentemente en el pequeño cementerio.
—¿No eres que deberíamos llevarlo a... a Yuma? —balbuceó Ruth a punto de estallar en lágrimas.
—Se podría hacer con muchas molestias y mucho gasto, pero ¿para qué? Lago Perdido es tan buen sitio para enterrar a un hombre como Yuma. Yo lo preferiría, si me dieran a, elegir.
Déjalo todo en mis manos, Ruth.
—¡Es... una sorpresa... tan... terrible! —replicó Ruth.
—Vete y llora, muchacha. Eso te hará bien. Después, anímate y toma las cosas como son.
Estarnos en el desierto, donde pocos hombres mueren, en la cama. Tu abuelo era viejo y decaía rápidamente. Es muy sensible... pero ha sucedido. Ahora estamos más empeñados que nunca, y tú no debes ceder.
—Merryvale... ha sido un golpe terrible, pero lo aguantaré. Haré todo lo que pueda... por él.
Dime qué es lo que yo pueda hacer.
—Ruth, yo voy al puesto ahora. Quiero ser el primero en decírselo a Guerd Larey —dijo Merryvale con una rara llama de intención en sus ojos, y se alejó, saludándole Ruth con la, mano.
Ruth no, volvió a, verle de nuevo hasta cerca del anochecer.
—Bien, ya se terminó; es todo lo que nosotros, pobres mortales, podemos hacer —suspiró, limpiándose la frente arrugada y triste—. Sólo te diré que un hombre muerto no tiene aquí más, importancia que en Yuma.
Ruth le hizo algunas, preguntas acerca del estado del cuerpo del abuelo. Y Merryvale, más hablador que de costumbre, le contó con todo detallé los acontecimientos del largo y penosa día.
Y ahora yace al pie de un palo verde —concluyó Merryvale con gran emoción—. Demasiado profundo para que los vientos del desierto puedan ponerle al descubierto. Pero ellos gimen y susurran sobre él en la noche. No yacerá solo, Ruth. Ninguna tumba en el desierto es solitaria. Hay duendes en las arenas, al caer la noche, vagando sobre la desnuda superficie del desierto. Descanse en paz. Dios sabe que no la tuvo aquí. Lago Perdido no era sitio para Caleb Hunt.
Entonces recordó que tenía una carta de Guerd para ella.
—Estaba pensando en no dártela —dijo—, pero tengo curiosidad por saber qué prepara él ahora..
—Merryvale, ¿qué dijo y qué aspecto tenía cuando tú se lo dijiste? —preguntó Ruth en voz baja, mientras miraba,. como fascinada por una serpiente a la carta que tenía en la mano.
—Ruth, reconozco, desde luego, que Guerd Larey es inocente de toda complicidad en la muerte de tu abuelo... o es el diablo más grande y más listo en este lado, del infierno —declaró Merryvale.
—Puede que, sea inocente. Ruego a Dios que sea, así. Pero de todas formas no, deja de ser, por ello, el diablo que has dicho —dijo Ruth.
Abrió la carta y la clara escritura de trazos enérgicos le llevó el recuerdo a tres, añosa atrás, a la época en que las cartas de Guerd Larey eran frecuentes. Ahora se trataba de una epístola de pésame; sentida, cortés, afable, sin referirse absolutamente para nada a sus asuntos particulares. La vida era dura en el desierto y nunca se apreciaba debidamente a una persona hasta que se la perdía. Guerd Larey se inclinaba a la opinión de que algún mejicano al que Hunt había rehusado crédito en el puesto, o algún indio o indios que desde hacía mucho tiempo almacenaban odio contra Hunt con motivo de la concesión de, los derechos del agua, había cometido el crimen. Él se ocuparía, personalmente, de descubrir y castigar al criminal.
Y recordaba a Ruth que ahora tenía mayores responsabilidades que nunca... y que no debía llorar la pérdida más de lo preciso.
Ruth recorrió la extraña misiva por dos veces, y luego la leyó a Merryvale.
—¡Vaya, maldito sea! —exclamó éste rascándose la cabeza—. Guerd es demasiado listo para que yo pueda comprenderlo. Ahí, desde luego, se parece a un caballero. Sin embargo, sabemos, que su alma es más negra que el carbón. ¿Ruth, qué deduces, de todo, esto?
—No puedo ser imparcial con Guerd —replicó Ruth—. No por la que sé, sino por lo que siento.
—Bien, yo creo en la justicia para todos los hombres; y Guerd Larey se presenta ahora delante de nosotros. No se me quita de la cabeza que él tiene algo que ver con la muerte de tu abuelo. El llevar a Hunt otra vez al puesto dándole un nuevo trato, dejando que todos vieran qué buenos amigos eran... Yo no me lo trago. Y esta carta es otro engaño... Veo, Ruth, que tienes de Guerd la idea de un viejo halcón del desierto.
Ruth no quiso comprometerse dando a conocer que su actitud hacia Guerd Larey —era más severa que la de Merryvale.
—Adán tiene que saber lo que ha sucedido al abuelo —dijo Ruth con insistencia—, pero no le comuniques tus sospechas.
—No temas. No quiero que Adán me estropee el juego —declaró Merryvale—. Se trata de descubrir quién hizo esta sucia faena.
Más tarde, cuando, Adán vino, se sentó junto a Ruth por unos minutos, mientras Merryvale paseaba por allí cerca. Ninguno de los dos tenía el valor de decírselo. Pero Adán pronto se dio cuenta de la tensión de Ruth, y se inclinó en la sombra para ver la palidez de su rostro. Entonces salió a la luz el trágico relato. Adán permaneció sentado durante largo rato, silencioso, meditando absorto... Después rompió el hechizo del momento y le habló de un modo tan maravilloso acerca de!a edad y la muerte, de la pérdida de seres amados y del desierto, que, era una madre para todos los que, al fin, se acogían a él, que sus palabras derritieron con lágrimas el hielo que rodeaba el corazón de Ruth. Si Adán sospechaba de Guerd Larey, no hizo ni la más mínima manifestación a este respecto.
Ruth se maravilló de nuevo de este fenómeno humano del desierto. Su dulzura, su misericordia, su naturaleza demasiado grande para poder comprenderla, estaban en directa proporción con —el terrible alud de ira y furor cuando ésta se desataba.
—Ruth, esta propiedad es ahora tuya —dijo él seriamente—. A esta hora, desde luego, no querrás pensar en las responsabilidades, y riquezas que te han dejado. Sin embargo, debes hacerlo. Esta concesión del agua es muy valiosa ahora. Si la conservas por algunos años tendrás una fortuna.
—¿Qué me aconsejas? —preguntó ella.
—Yo la vendería ahora.
—Y luego, ¿podríamos marcharnos lejos?
—Sí, tan lejos como quieras.
—¿Vendrías conmigo?
—Querida mía, ¿recuerdas el voto de tu bíblica, tocaya? Es e mío hacia ti.
—¡Oh, lo daría todo! —exclamó Ruth.
Merryvale oyó esto y censuró vivamente la dura afirmación de Ruth. Su abuelo había sufrido y muerto por este pozo del desierto. Ella no debía sacrificarlo jamás. Nunca debía dejar que Guerd Larey lo comprara por casi nada.
—Merryvale tiene razón —añadió Adán— No te desprenderás de esta propiedad. Ni te la robarán.
Entre los dos alejaron de la mente de Ruth el dolor y la indiferencia, e hicieron revivir en ella el espíritu de lucha contra el hombre que, indudablemente, trataría de coaccionarla.
Adán, al fin, estuvo seguro de que había devuelto a Ruth su valor indomable; y, tomando su cantimplora, se alejó, perdiéndose en la oscura y solitaria noche del desierto.


XV
Repasando los libros y papeles de su abuelo, Ruth se quedó asombrada al comprobar las grandes cantidades de dinero que éste había adelantado a Larey. Caleb Hunt había sido siempre muy metódico, minucioso y sincero en todos los asuntos de negocios, no confiando nunca en su memoria o en la de otra persona, y teniendo siempre los tratos, préstamos, —deudas y compras puestos por escrito. Ruth sabía que sí había, deudas, lo que dudaba, estarían tan sinceramente anotadas como lose demás detalles. Después de cuidadosa búsqueda y lectura no logró encontrar nada que la pusiera en deuda con Guerd Larey. Hizo una anotación mental sobre lo que tendría que decirle cuando éste presentara sus reclamaciones, cosa que haría, más tarde o más temprano. En la misma forma, Ruth se informó bien de las complicadas anotaciones de su abuelo en lo que se refería a la venta del agua. Aquí la esperaba otra sorpresa. Hunt era, propietario de la única reserva de Lago Perdido, es decir, del! único manantial, la fina corriente de agua llamada «Pozo Indio». El puesto no había satisfecho nada durante varios meses. La compañía de diligencias había pasado hasta el primero de mes. Los fletadores estaban también atrasados. Ambos, el puesto, y el fletamiento en lo que a Lago Perdido concernía, estaban bajo la inspección de Hunt y de Guerd Larey..., según documentos legítimos. Había, un nuevo contrato, hecho con loas empresarios, de la construcción del ferrocarril, en el que el nombre de Guerd Larey no era mencionado. Hunt había ya recibido una cantidad! considerable de dinero, que Ruth encontró intacta. El agua producía más de lo que ella había podido imaginarse. En cuanto, al resto, los pocos blancos, que vivían en Lago Perdido y los mejicanos e indios nunca, tenían que apagar nada por el agua que usaban.
Ruth no creyó, conveniente ordenar ningún cambio en la forma de conducir Tos negociosa de Huna, excepto el de pedir pronto pago al puesto y a da, compañía de fletes. Envió a Merryvale con la factura, muy asombrada por la expresión de su rastro cuando, se separó de ella. Al volver, su expresión cera tan negra como una, nube tormentosa.
—Ruth, entré en el puesto, donde Guerd estaba bebiendo con, algunos hombres —declaró Merryvale—. Hubieras debido ver su mirada cuando le entregué el sobre. Vaya, sus manos temblaban. Ruth, seguro que ese villano te ama.,.. Bien; leyó la factura, se volvió tan rojo como una amapola y alanzó un terrible juramento. Luego se excitó como un demonio...
—Pero ¿qué dijo? —preguntó Ruth, curiosa, cuando Merryvale hubo terminado.
—Verás, eso es lo que me sacó de mis casillas —repuso éste—. Rompió la factura, y allí, delante de aquellos hombres desconocidos para mí, y de bastante mal aspecto, dijo: «Dígale a mi esposa que apronto usará su preciosa agua apara lavarme los pies.»
Ruth palideció por una instante, haciendo esfuerzos por contenerse.
—Merryvale, ¿hay alguna forma de hacerle pagar?
—¿Aquí, en este desierto? ¡Cielos, no! Aquí no hay más ley que la de la fuerza.
—Muy bien; entonces corta el agua que va al puesto.
—Seguro, puedo hacerlo. Pero Guerd la volverá a poner. Y si la corno por segunda vez...
bien, tendré que mirar con cuidado a mi alrededor, para evitar que me den un golpe en la cabeza.
—Inténtalo, de todas formas. Si es preciso, iré yo misma y me quedaré al lado del pozo.
—Podrías hacerlo, y creo que causaría su efecto, pero tú no puedes permanecer todo el día junto al pozo. Puedo, hasta que la gente de Guerd Larey sea más razonable y tenga sed.
Sí, es posible; en cuanto a Guerd mismo, no bebe mucha agua estos días. Ruth, él piensa que esto acabó. Ha tomado una decisión... Y aquí tienes otra idea sobre el agua, en la que tú nunca has pensado. Supón que los conductores y caballos vengan del desierto medio muertos de sed... ¿,Podrías impedirles que tuvieran agua para beber?
—¡No! Desde luego que no —gritó Ruth—. Pero, no importa, tengo, que luchar por mis derechos.
—Escucha, Ruth ¿no nos, conduce todo hacia Adán? Ruth sintió que da sangre se le retiraba hacia el corazón, dejándola helada. Y su aspecto evidenciaba su muda angustia.
—¿Y para, qué?... —prosiguió Merryvale—. Nosotros no podemos hacer nada por este Guerd.
No podemos ocultar sus canalladas a Adán por mucho tiempo. Me parece que estamos jugando con algo que es mucho más fuerte que nosotros.
—Merryvale, cuando yo pienso en lo sucedido, tengo las mismas reacciones que tú —aseguró— Ruth, legal consigo misma—. Pero yo vivo de esperanzas, de ruegos..., de un sentimiento, que ayo puede ser traducido en palabras.
—Lo creo; pero no podrás aguantar esto por mucho tiempo.
—Esto... ¿qué?
—Bien; esto..., todo. El que no haya más que Guerd Larey.
—Querido amigo, debo sacrificarlo todo, incluso a mí misma si es necesario, para evitar que Adán mate a su hermano.
—Ruth Virey, seguro que no irás muy lejos conmigo con esa forma de hablar. Quiero decir este parloteo sobre sacrificarte a ti misma. No quiero oír hablar más, de ese modo o te dejo, plantada como sea.
Perdóname, Merryvale. Pero —tú saben lo que siento cuando se me ocurre esa terrible posibilidad. Me... Me fuerza a una conclusión lógica e inevitable. Pero no seré lógica. Nunca dejaré que Adán se enfrente con Guerd.
—Ruth, te voy a decir algo —replicó Merryvale—. Cogí a Adán la otra, noche mirando al interior del puesto. Deseaba ver a Guerd. Y le vio, porque yo también le vi. Seguí a Adán después durante casi una milla, sin que él se enterara.
—¡Oh, qué extraño! —dijo Ruth con temblorosos labios—. ¿Por qué hizo eso Adán?
—Bien; me figuro que hay solamente una razón. Estaba loco por ver el rostro de Guerd.
—Hablemos... de... otras cosas —dijo Ruth, titubeante—. Tenemos trabajo... Merryvale, debes tener una habitación, en esta casa. Yo ocuparé la del abuelo, y tú puedes ocupar la mía. Trae algunos útiles y un hombre que te ayude. Hay un indio que es, un buen carpintero. Quiero que me abran una puerta en la pared. Entonces usaré la habitación del abuelo coma despacho, y mi dormitorio comunicará con ella.
Aquella tarde hizo las veces de un día de prueba. Ruth encontraba siempre fortaleza en Adán. Era lo mismo que mirar a una montaña. Pensaba confiarle muchas de sus dudas, pero cuando llegaba la oportunidad, las olvidaba. Empezaban por discutir su problema allí, en Lago Perdido, pero apronto lo dejaban por ala charla inconsecuente, que era, sin embargo, su alivio y la felicidad que necesitaba. Y terminaban cogidos del brazo, mirando silenciosos al desierto y arriba a la magnífica cúpula azul poblada de miríadas de estrellas blancas.
Dos días de trabajo y bullicio en torno a la casa con el femenino placer de preparar nuevas habitaciones para su comodidad, pasaron rápidamente. Ruth tenía muy poco tiempo para preocuparse. Merryvale se alojó en la pequeña habitación que había pertenecido a la joven.
—Creo que soy bastante viejo para dormir bajo techo remarcó Merryvale—. Mis días en el desierto están casi terminados.
En la mañana, del tercer día, Merryvale no anduvo, como de costumbre, por la casa, trabajando en arreglos muy necesarios. Estuvo ausente hasta cerca del mediodía, y cuando volvió, su rostro hizo encoger el corazón de Ruth.
—Ruth, detesto ser el negro busardo que da vueltas por aquí —se, quejó— Pero no puedo guardarme todas las malas noticias...
—Déjame que las comparta —contestó ella bravamente.
—Bien; he estado entrometiéndome por ahí y llevando una botella a más de un mestizo y de un injún, He logrado algo. He conseguido desatar la lengua de un mestizo y me he enterado de lo suficiente para confirmar mis sospechas. Guerd Larey es, sin duda, responsable de la muerte de tu abuelo. Nunca he podido seguir la pista hasta— su casa, porque los descastados que cometieron el crimen vinieron de Yuma, y allá volvieron después de haberlo cometido.
Ni el fuego ni el látigo podían hacer que ese mulato me dijera sus —nombres. Pero sé lo suficiente. Cuando tenga más tiempo te explicaré detalladamente cómo supe todo eso...
—No me conmueve ni me sorprende —replicó Ruth con los labios apretados.
—Bien; he aquí algunas noticias que creo que lo harán —prosiguió Merryvale—. Una pandilla de hombres, jinetes venidos desde Arizona, está escudriñando el desierto en busca de Wansfeld.
—¡Merryvale! —gritó Ruth levantándose de un salto.
—Sí, y la noticia viene directamente del indio Jim, quien lo oyó decir a Guerd.
—¡Vete en seguida! ¡Avisa a Adán!
—No dejaré de hacerlo; voy en seguida. Pero Adán es un zorro, y deja pocas huellas.
¿Recuerdas la suave arena y las duras rocas que cruzamos para ir a su campamento? Pues bien; no es posible seguir la pista por allí. Y el cañón es el mejor escondite que jamás he visto. Así es que no temo demasiado que puedan encontrarlo todavía.
—¿Por qué tiene Guerd que poner hombres sobre la pista de Adán? —preguntó Ruth temerosamente.
—Creo que se figura que no puede poner en marcha sus planes mientras Wansfeld esté vivo... ¡Y cierto que no puede!
—¿Wansfeld... vivo? —susurró ella.
—Seguro. Guerd Larey cree que tu nueva fuerza, te vino de Wansfeld, que mató a Collishaw y te rescató de Stone. Por eso te ha dejado tranquila. Teme a Wansfeld y quiere que lo maten.
—Debes apresurarte para avisar a Adán.
—Estaré allí en menos de una hora. Y, Ruth, ni tú, ni yo, ni nadie pueden mantenerle alejado ya.
Pero, ¿y esos jinetes de Arizona?
—Mira, Ruth; es muy diferente que esos hombres cacen por sorpresa a Wansfeld, o que Wansfeld les cace a ellos. Búscale... Dile que pido... que venga —estalló Ruth locamente.
Merryvale corrió por el, sendero y, en el instante en que se perdía de vista, Ruth tuvo que morderse los labios para no gritar pidiéndole que volviera. ¿Qué había sucedido? La calma que precedía a la, tempestad había terminado.
Los vagos temores... los, extrañas sueños, las. raras intuiciones, los inteligentes razonamientos, todo tenía su respuesta.
Ruth miró al desierto con el frenesí de una pasión que durante semanas había sido contenida. La llanura inmensa parecía hablarle con toda su ferocidad. En la lejanía, las rojas filas de montañas ardían con oscuro y siniestro fuego. Los espejismos brillaban, palidecían, deslumbraban, ardían al blanco, para desvanecerse y volver a surgir de nuevo. El amarillo polvo se levantaba y giraba como furias a través de —los barrancos; los plateados peldaños de arena brillaban pálidamente a través de los velos de calor, irreales, ilusorios, engañosos, atrayentes, traidores.
Ruth había agotado la confianza en la suerte, la esperanza, da fe —en el misterio de la retribución. Era, imperativo unir el espíritu y la brutalidad del desierto contra los miserables que allí prosperaron, sobre los hombres en los cuales había entrado la piedra y el fuego, —el cacto y la savia venenosa.
Aquel día o el próximo, o tan pronto como agradara a su paciencia, semejante a la de una serpiente, Guerd Larey vendría y se revelaría su lujuria, su confianza en el éxito de sus malvadas maquinaciones. Cuando esa hora llegara, Ruth estaría preparada para hacerle frente.
Cuanto más se retrasara Guerd Larey, tanto más fuerte, fría y feroz sería ella. Entre tanto, sólo podía esperan.
Pasaban las horas. Se puso el sol y Merryvale no vino. Llegó la noche y Adán no apareció.
Esperó hasta una hora tardía, recorriendo el pórtico, y, por fin, su habitación, oscurecida y con barras de hierro. Durmió poco; la voz del! desierto la obsesionaba.
Esperó. Fue el siguiente uno de esos insoportables días tórridos por su calor, lúgubres por sus apariciones, que destruían la carne y enloquecían la mente.
Bebió mucho y, sin embargo, no pudo apagar da sed. Esperó. Sin embargo, había momentos en que la tensión se rompía.
Cuando amaneció otro día Ruth permaneció en el punto medio entre el miedo y la fe.
Entre la inteligencia, que deducía la catástrofe y el sexto sentido que sublimemente consideraba a Wansfeld como invulnerable.
Lo que el día simbolizaba de antemano llegó al fin; los rápidos pasos de un hombre que no encontraba oposición; a sus deseos.
Las puerta estaba abierta. Ruth se había detenido junto a la mesa. Había escondido algo en un cajón. Con mano que no temblaba, lo abrió un poco.
Pedro, deja mis maletas aquí —ordenó la voz resonante de Guerd Larey.
Ruth oyó el ruido de pesados objetos que eran depositados en el pórtico. Una asombrada pregunta trató de introducirse en su mente. Fue dispersada por una sombra en la puerta.
Guerd llamó. Ruth no movió ni tina pestaña. Estaba junto a la mesa. Un movimiento de la mano... El calor del ambiente se arremolinó a su alrededor y penetró en sus venas.
—¿Cómo estás, Ruth? —dijo él fríamente—. He traído mis cosas, para, quedarme aquí.
Este insulto pareció superior a lo que Ruth podía soportar. Hizo que ella girara y se quedara frente, a él con los ojos, llameantes.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
Él no contestó. Sus brillantes ojos verdes la miraron de pies a cabeza, pasando lentamente sobre ella. Estaba recién afeitado, vestía inmaculadamente de blanco y llevaba altas botas mejicanas, adornadas con florido dibujo. De su cinturón de hebilla plateada no colgaba ninguna arma. Su camisa se abría, descubriendo su —magnífico pecho cubierto de vello. El color encarnado sobre el oliva castaño de su rostro no se debía a la bebida. Sombras y líneas de disipación había allí, pero casi borradas por una, frescura, un resplandor, un maravilloso reflejo exterior de una llama interna. Guapo todavía, como un dios malo, permanecía allí, devorando a Ruth con sus culebrinos ojos.
—¿Qué quieres decir? —repitió ella con su fría mirada fija en su rostro.
—El puesto se ha hecho demasiado ruidoso e incómodo —contestó él, apoyándose contra la puerta—; por eso he venido para quedarme aquí.
—No puedes quedarte.
—¿Por qué no?
—Porque ésta es mi casa y note dejaré entrar.
—Estás equivocada, Ruth. La propiedad es mía: tierra, agua y casa. Tu abuela me debía dinero. Así, pues, tomo posesión ahora mismo.
—¡Mientes, Guerd Larey! ¿Puedes mostrarme alguna prueba de que mi abuelo te adeudara algo?
—Mi palabra es prueba suficiente.
—¿Tu palabra? ¡Santo Dios, qué vanidad y desvergüenza lasa tuyas!
La rápida inteligencia de Ruth percibió la sutil y extraordinaria seguridad del hombre.
Había jugado sus cartas y, desde su punto de vista, la partida estaba ganada. Era un gato que jugaba con un ratón. Ni sentimiento, ni ternura, ni genuino deseo, tales como a menudo había adivinado anteriormente, emanaban hoy de su presencia.
—Siempre la misma dulce y vieja gata salvaje —dijo él, burlonamente—. Bien; me conviene.
¡Escupe, chilla, lucha! Me gusta... Pero estás pálida, Ruth, y un poco delgada. Si no fuera por tus ojos...
—¿Vas a salir de aquí? —preguntó ella.
—Te dije que el sitio es mío.
—¡So ladrón! ¡Bandido mestizo! ¡Asesino..!
—Ruth, siempre has tenido mala lengua. Me molestaba, pero ya no me importa.
—Yo sé lo que has hecho, Guerd Larey —dijo ella con calor—. Hiciste que mataran a mi abuelo... paya llevar adelante tus proyectos. La odiosa codicia... ¡Oh, monstruo!...
Él se rió, aunque el tinte oliva oscuro de su rostro empezó a palidecer.
—Ahora eres tú misma. ¡Hermoso pedazo de carne! ¡Qué purpúreos y llameantes ojos!...
Casi recuerdo que te amé alguna vez.
Ruth advirtió la futilidad de las palabras; y, sin embargo, no hubiera podido silenciar su voz como no hubiese podido detener el latir de su corazón.
—¡Amar!... ¿Tú?... Vaya, tú nunca amaste a tu madre... o a tu hermano, ¿no es verdad?
Esto —produjo un extraño efecto en el vicioso y desengañado Guerd. Se la quedó mirando, asombrado, estupefacto.
—¡Por Dios, es verdad! —contestó con amarga brevedad.
—Déjame salir —dijo Ruth, temiendo no poder dominarse más.
La palabra «hermano» la había enervado. Este hombre era el hermano de Adán. ¿No podría escapar..., entregándolo todo..., huir de él y de la locura de la venganza, como si fuera una pestilencia?
—Si te escapas, te arrastraré hasta aquí —advirtió él con el primer destello de pasión—. En una ocasión te pedí tu amor. Te lo pedí de rodillas. Podías haber hecho de mí un hombre mejor. Pero ahora no quiero tu amor ni tu rendición. Quiero que luches como el gato que eres.
Quiero golpearte, vencerte... Te rebajaré y te arrastraré... ¡A ti, blanca pieza de hielo! ¡Maldita estatua de ojos asombrados!...
Había lanzado su ultimátum. Una gran quietud exterior pareció posesionarse de Ruth, mientras en el interior todo era caos y una multitud de corrientes galvánicas la empujaban al acto final, a través del cual solamente podría haber libertad.
—¿Hielo? ¿Estatua? Hubieras debido preguntárselo a Stone.
—¡Condenada! Me echas eso a la cara, ¿no? ¡Mujerzuela,! ¡Tramposa!... Hubiera debido matar a ese loco. Pero pensé que sólo estabas jugando con él.
—Lo estaba, Guerd —digo burlonamente.
Había encontrado el sitio vulnerable. Los celos habían sido siempre su debilidad. ¿Quién podría resistirla? Ella le agitaría como un roble sacudido por un huracán.
—Jugué can Stone como con los otros... Hasta que vino Wansfeld.
—¿Wansfeld? ¿Esa rata del desierto? Tú... tú...
—Es el hombre más encantador del mundo —dijo ella, y su voz tenía el tono de la sinceridad de sus sentimientos.
—¡Estás loca! Este desierto ha actuado extrañamente en ti —declaró él—. No satisfecha con los jóvenes como Stone..., o con hombres como yo..., buscas lo anormal, lo odioso... Ruth Virey, eres una mujer depravada.
—Soy cauro el desierto me ha hecho.
—¡Pero Wansfeld!... Ese vagabundo..., ese loco ermitaña del arenal... Me han dicho que es viejo, gris, calvo como un águila...
—Es más joven que tú, y, ¡ah!, en efecto, es un águila.
—Sánchez le llama el salvador de vírgenes..., Wansfeld «el Errante». Durante años me ha encantado ese nombre. ¡Maldito sea!
... Quisiera que yo... Pero, Ruth, te lo pido de nuevo... No puedes hablar seriamente acerca de ese gigantesco pordiosero que se cree un caballero andante..., que va por el mundo arreglando entuertos..., ¡que tiene el instinto de matar!...
—¿Seriamente? —preguntó Ruth con suave y dulce sonrisa—. Claro que hablo en serio. Por la primera vez en mi vida. La primera... —y la última. He despertado. Amo a Wansfeld. Le adora.
Soy su esclava... Bañaría sus pies con esa agua que está ahí fuera..., que tú juraste que la usaría contigo. ¡Bah!... Tú eres un sapo, un bicha pegajoso... Y secaría sus pies con mis cabellos...
El rostro de Guerd estaba contraído y purpúreo, y su respiración silbaba.
—Mujer —estalló—, tú «eras» su esclava antes, porque he ordenado que lo maten.
El aspecto del hombre era terrorífico y sincero, con una angustia que era por mitad, maligna alegría. Decía la verdad. Ante ella, Ruth retrocedió, herida en el alma, casi desmayada. Pero su propio odio no soltaría presa en aquel momento. Se burló.
—¡Sí, por el cielo! —continuó él con ronca excitación—. He hecho que maten a tu Wansfeld.
Mis hombres han seguido su pista, durante tres días. Y esta mañana vino un mensajero. Lo habían cogido. Les había pagado por adelantado. Por lo tanto, se encontraban libres para cruzar la frontera... ¡Y era tu amante Wansfeld «el Errante»? Yo sólo quería librarme de un hombre peligroso, un protector de la virtud... ¡Y durante todo el, tiempo fue tu amante!
Ruth se acercó a él, como queriendo mirar en su alma, atravesarle, al menos, mortalmente.
—¡Mi amante, sí! ¡Y era tu hermano!
Guerd pensó, ciertamente, que se había vuelto loca. Pero el frío silbido de su voz y su patente alegría desaparecieron; cambió la corriente de su pasión.
—¡Estás local —exclamó.
—Wansfeld es Adán Larey.
—¡Mentirosa! ¡Cállate a...!
—¿Recuerdas a Margarita Arellano? ¿Recuerdas el banco de arena donde robaste esa mejicana a Adán? ¿Recuerdas por qué Adán luchó contigo en aquel infierno del juego en Picacho? ¿Recuerdas quién sacó un ojo a Collishaw?
—¡Infierno! ¡Nunca lo he olvidado! —exclamó Guerd Larey.
—¿No te dijo Sánchez que Wansfeld había sacado a Collishaw el otro ojo, aquella noche en Yuma?
Guerd se burló de esto, pero, blanco hasta los labios, la miró con asombro y con disimulado horror.
—Una jugada para dar más importancia a su nombre —replicó seriamente—. No hay duda de que Wansfeld había oído la historia. Y te ha llenado la mente con ella. Pero no puedes hacer que yo me da trague.
—¡Oh, no puedo! ¿Crees tú?
—¡No, blanco demonio! ¡No! Hacer de ese vagabundo mi hermano..., que murió de inanición en el desierto hace dieciocho años... No; Adán Larey ha muerto. Y daría diez años de mi vida por sacar su blanca calavera de la arena a puntapiés.
Wansfeld era Adán Larey —gritó ella, con tan triunfante excitación que él se encendió de nuevo.
—¡Pruébalo, o te ahogo!
Alejándose del él, Ruth se aproximó a la mesa.
—Guerd Larey, tú odiabas a Adán con odio inhumano. Tú odiabas a tu madre. Desde la juventud guardabas implacables celos. Tú torturabas a Adán con la vergüenza de su madre.
Los móviles ojos de Guerd se fijaron sobre este esqueleto del pasado. Quedó boquiabierto.
Su rostro cambio convulsivamente, se volvió lívido y se quedó en tensa expectación.
—¡So bastardo, bastardo, BASTARDO!
Ruth abrió el cajón de la mesa y sacó la pistola. Cuando la levantaba, Guerd saltó como un gato. Como un relámpago le golpeó en la mano. Luego cogió el arma y se la arrebató, haciéndola volar lejos. La separó de él violentamente, arrojándola sobre la cama. Con codiciosos ojos fijos en ella, con sus cabellos, como el pelo de una bestia Guerd corrió a cerrar la puerta.


XVI
Merryvale llenó la cantimplora y, escondiéndola bajo su chaqueta, tomó la dirección opuesta al destacamento, descendiendo por entre los, palo verdes y mesquites. Dando un largo rodeo para escapar a cualquier vigilante, enfiló al fin el agreste territorio rocoso, hacia el oeste.
Hacía calor, pero el aire estaba libre de polvo. Merryvale notaba que durante esta última y fatigosa semana había empezado a declinar. Era como si le subiera un frío de los pies. Incluso su humor se había alterado. Se había refugiado en Adán como último recurso. ¡Cuántos días de dolor hubiera podido evitar a Ruth! Merryvale siempre había visto claro. Durante dieciocho años estuvo escrito que Adán tendría que matar a su hermano. La hora había sonado. Y el viejo y lento corazón de Merryvale saltaba ante este pensamiento y su sangre se encendía, calentando sus frías venas. A pesar de sus años, el deseo de ver cómo Adán vencía a Guerd Larey y le arrancaba la vida, le rejuvenecía.
Llegado al final del áspero declive, siguió descendiendo por la pendiente suave hacia el fondo. La arena había dejado sitio a la piedra. Parecía que la fila de montañas del oeste había extendido un largo brazo sobre las tierras bajas, formado por una masa de piedras partidas, como lava amarilla, en el que los elementos habían practicarlo toda clase de cortes.
Llegó a la boca del cañón y siguió avanzando, absorto en sus pensamientos, advirtiendo, sin embargo, la creciente aspereza del terreno. Hacía un calor infernal allí abajo, y la sombra de las paredes de piedra era recibida con júbilo. En dos ocasiones tuvo que servirse de su cantimplora, viendo allá en lo alto, al levantarla, la roca dentada donde Adán había llevado a Ruth un día. Merryvale se había olvidado de hacer señas a Adán, y ahora, si estaba allí en las alturas, sería imposible localizarle. El anciano decidió dirigirse a su campamento.
Salió un hombre de pronto de detrás de una roca apuntándole con un revólver.
—¿Cómo estás, viejo? ¡Manos arriba! —ordenó con humor áspero.
Merryvale obedeció. Su pecho pareció hundirse y su corazón convertirse en plomo.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere? —preguntó temblando.
—¿Yo? Ah, soy un bandido temerario de Arizona. Y le invito a que suba cañón, arriba para una fiesta.
La escrutadora mirada de Merryvale observó que se trataba de un hombre vigoroso, de mediana edad, cuyo rostro parecía un registro de los años pasados en el abrasador desierto.
Merryvale se fijó principalmente en sus ojos de rufián, grises, cargados de sangre, duros como el acero, indicadores de un carácter extraordinario.
—Ande —le ordenaran, y cuando Merryvale obedeció, el otro púsose detrás y le quitó la pistola del cinturón—. Ahora puede usted bajar las manos, compadre.
Merryvale subió cañón arriba con la cabeza inclinada y los ojos fijos en la piedra y la arena amarillas. Había ido demasiado tarde. Los mercenarios, de Guerd Larey habían encontrado el escondrijo de Adán y le habían matado o capturado. La torturada mente de Merryvale se volvió hacia Ruth. ¿Qué le sucedería? Era descorazonador. Merryvale casi se dejó caer en la arena, gastado, cansado, dispuesto y contento de que el bandido acabara con su miseria. Sin embargo, su espíritu no se rendía por completo. Había visto muchos milagros en el desierto. ¿Qué sabían este forajida y sus cómplices acerca de Wansfeld? Si no le habían matado en una emboscada o en una lucha, estaban todavía en peligro. Merryvale pensó en la terrible batalla en la cual Wansfeld había rescatado a Dismukes de los bandidos en el Valle de la Muerte.
De tiempo en tiempo, Merryvale sentía un golpecito en su espalda.
—Oiga, míster Arizona, ando lo mejor que puedo. Usted es más joven que yo.
—¿Está usted cansado de vivir? —preguntó el hombre fingiendo rudeza.
—,Bien, para ser sincero, creo que sí —replicó Merryvale con un suspiro.
—¿Es usted el compañero del gran tipo?
—¿De qué gran tipo?
—Del que tenemos atado allá arriba.
—Sí, lo soy —contestó Merryvale con inmensa alivio y contento de haber recibido esta información.
—No tiene usted suerte, viejo, porque el jefe tiene orden de que matemos a su compañero, y usted entra en ello también.
—¿Orden de quién?
Vaya. ¿No es usted el viejo loco inteligente? Pero no sé qué importancia tiene. La verdad es que no sé quién ha dado las órdenes, ni por qué. Me parece algo muy raro. Y ya he tenido más —de lo que necesito de ese maldito agujero entre las rocas.
—Seguro que hace calor —dijo Merryvale—. Podríamos descansar un poco. Traigo bebidas: agua y whisky.
—Desde luego que podemos reposar un rato. Usted siéntese ahí... Beberé agua primero, gracias.
Merryvale vio que el locuaz bandido se secaba el rostro con un pañuelo sucio y bebía ansiosamente de la cantimplora, manteniendo todo el tiempo la pistola entre las rodillas, peligrosamente apuntada hacia Merryvale.
—Creo que no tiene usted necesidad de amedrentarme con el arma. Al menor movimiento puede dispararse —se quejó Merryvale.
—Cierto, es una falta de consideración. Usted es un viejo inofensivo, y yo no debo seguir con este trabajo. Merryvale apretó los puños. Conocía a dos hombres. Y este bandido irradiaba algo de lo mejor y de lo peor que los caracteres del Oeste tienen en común. La mente de Merryvale volvió a librarse de la idea de fatalidad y empezó a trabajar.
Pronto le ordenaron que se pusiera en marcha de nuevo. Otra larga y penosa subida por las rocas, serpenteando por los senderos de lose cañones secundarios, les condujo a un ensanchamiento entre oscuras paredes. Merryvale, olía el peligro. Se veían allí matas de hierba verde y amarilla, cactos y un pula verde.
Llegaron al campamento levantado a la sombra de una saliente. Era, en verdad, un pobre campamento, como len serlo los del desierto. Cuatro hombres estaban sentados, jugando a las cartas. Dos de ellos se habían quitado la camisa.
—Eh, ¿no podéis oír nada? —gritó el guardián de Merryvale mientras se aproximaban.
Un hombre grande, peludo, con cadavérico rostro y los ojos de un águila, se levantó para saludar al que hablaba.
—¡Si es Stark...! ¿Cómo estás? ¿Quién es este extranjero?
—El viejo que dijiste que buscáramos —replicó Stark.
—Bien. Átalo y déjale que haga compañía al otro tipo. Luego vigila de nuevo.
—Yo no, Brooks —contestó Stark—. Puedes enviar a cualquier otro.
—En vista de que tenemos a los dos, no creo que sea preciso estar atento a nadie más que a ellos —replicó Brooks, y volvió a su partida de naipes.
—Di, jefe, ¿porqué aguardamos todavía? —preguntó Stark.
—Ése es asunto mío. Tú amarra a este tipo y después puedes venir a jugar.
Stark ató las manos de Merryvale a la espalda, usando primeramente un pañuelo y después una gruesa cuerda.
—Venga por aquí adonde su compañero. y no haga movimientos raros —ordenó Stark. Y condujo a Merryvale a unos pocos pasos de distancia, hasta la pared, donde yacía Adán con las manos igualmente atadas detrás.
Merryvale se sentó, contento, recostado contra la piedra, dirigiendo una ansiosa mirada a su compañero. Éste tenía el mismo aspecto de siempre. Ciertamente no le habían herido.
Cuando Stark se volvió con sus compañeros, Merryvale habló.
—¿Cómo estás, Adán?
—¿Ruth? —replicó Adán apresuradamente.
—Bien, estaba bien esta mañana. Aunque llena de temores, por cierto. Y creo que podrá aguantar un poco, de todas formas. Pero no debemos perder tiempo para volver a su lado.
—Escucha susurró Adán—. Ésta es la pandilla de Arizona que vi en Yuma, en casa de Sánchez. Brooks es un forajido. Me conoció hace años. No sé quiénes son los otros. Pero no dudo que Stark es a quien podemos trabajar. Podría desatarme en cualquier momento. Pero no he tenido la ocasión, todavía.
—No hagas ningún movimiento precipitado. Esperemos. Algo puede suceder. Este Stark parece honrado y está molesto. Déjame que le prepare.
—Compadre, si alguna vez has forzado el cerebro, repítelo ahora —dijo Adán.
—¿Qué piensan hacer? ¿Cuáles son sus proyectos?
—Dejaron sus caballos en el puesto y me trajeron aquí. Tienen agua, pero muy poca comida. Fue Guerd, desde luego, quien los puso sobre mi pista. Me sorprendieron, me amarraron y eme quitaron la pistola. Brooks me reconoció, pero se lo guardó para sí. Tiene muchas vuelta6; engañaría a Guerd con la misma facilidad que obedecería la orden de matarme. Pero Brooks me conoce por un buscador de minas. Piensa que he encontrado oro en este cañón y que Guerd anda tras él. Si no fuera por esto, probablemente me hubieran matado inmediatamente.
—Ajá, y tú has ayudada a Brooks a pensar que tienes una mina de oro por aquí, ¿eh?
—Sí; esperando todo el tiempo que se presentara ocasión para escapar.
—Sigue esperando —susurró Merryvale roncamente—. No arriesgues tu vida a menos que sea con buenas probabilidades de salir adelante. Recuerda a Ruth. Lo pasaría mal con Guerd, pero eso no es tan grave como que te maten a ti. Seguramente que a ella no la matará.
Merryvale se dispuso a esperar, escuchar y pensar, mientras pretendía dormir. Las horas pasaban lentas para él y para Adán, aunque, evidentemente, no para los jugadores.
Al ponerse el sol, Stark les trajo algunos bizcochos y carne.
—¿Puede usted darme unas gotas de whisky? —dijo Stark—. No soy bastante miserable para robárselo.
—Sin duda; beba un buen trago. Mi compañero y yo lo traemos sólo como remedio contra las mordeduras de serpiente— replicó Merryvale indicando el bolsillo donde se encontraba el frasco. Stark bebió un trago, pero con prudencia.
—Gracias, anciano —dijo.
—Oiga, excúseme, Stark, pero seguro que estoy curioso por saber cómo un hombre cono usted se ha mezclado con tipos de esa calaña.
—¡Ah, ah, eso es o bueno! Escuche, amigo: Brooks y sus compañeros son moderados comparándolos conmigo. —Bien, es eso lo que yo quería decir, de seguro —contestó Merryvale enigmáticamente.
Cayó la noche. Los bandidos, que tenían pocas ramas con que proporcionarse fuego y luz, abandonaron la partida de naipes. Uno de ellos quedó de guardia delante de los prisioneros.
Era un tipo insociable que conocía su trabajo. La luna se elevó en el firmamento, alumbrando el cañón. Merryvale durmió a ratos. Algunas veces oyó que Adán se movía y en una ocasión le tocó. Durante la noche, el centinela fue revelado por otro bandido tan despierto como él y de aspecto más rudo aún.
Llegó por fin el día. Y Adán, que a no dudar había permanecido despierto toda la noche, cayó dormido, hasta que le despertó Stark con café y bizcochos. La mañana se pasó en otra partida de naipes, en la que tomó parte Stark.
Adán y Merryvale obtuvieron el permiso para pasearse por el peñasco, entre la pared y el campamento. Lo que sostenía a Merryvale era algo que había asimilado de su paciente e imperturbable camarada. Parecía que Adán fuera invulnerable. Los hechos extraños, las oportunidades asombrosas corrían en su auxilio.
Durante las aburridas y calurosas horas, los jugadores se pelearon bastante. Merryvale sufría calambres en los atados brazos. Al cerrar el día, Brooks se dirigió a Adán.
—¿No está usted cansado? —preguntó, no sin asombro.
—No mucho —contestó Adán.
—¿Va usted a llevarme adonde está su oro? —Creo que no.
—¿Por qué?
Porque ustedes me matarán, les conduzca o no. Por lo tanto, ¿por qué habría de enriquecerles?
—No existe ninguna razón —contestó Brooks con una risa desagradable—. Pero, Wansfeld, suponiendo que le dejara marchar...
—Eso es diferente. Pero tendría usted que hacer las cosas de forma que pudiera confiar en usted.
—Larey me dijo que usted había encontrado oro por aquí —prosiguió el bandido, aventurando una mentira—. Seguro que él se ha cogido toda la concesión de Mohave, y yo le digo a usted que de él he conseguido ya todo lo que tiene que darme. Y si usted me muestra un poco de polvo amarillo, dejaré que usted y su compañero se marchen, con la condición, desde luego, que se queden aquí hasta que pueda salir del puesto con mis caballos.
—Brooks, le digo que temo confiar en usted —dijo Adán con aparente irritación.
—Naturalmente. Pero yo no tengo nada contra usted. La verdad es que siempre me han interesado sus hazañas, que conozco de oídas. Ahora bien, ¿por qué habría de querer matarle?
La palabra dada a un tipo como Larey no tiene importancia. No para mí, por lo menos.
Piénselo un poco más. Tenemos poco alimentos y poca agua y mis hombres se están asando.
En este momento se aproximó Stark con un pequeño pedazo de. pan y carne, que dejó entre los prisioneros, desatando sus manos. Esto, para Merryvale al menos, supuso un enorme alivio.
—Escuche, Brooks, ¿para qué necesitamos tener a estos hombres aquí atados día y noche?
Sería una crueldad incluso con animales.
—Oh, no preguntarías eso si conocieras a este hombre como yo —dijo Brooks! señalando a Adán.
—¿Ah, no? —contestó Stark, dudoso—. Excúsame. Pasó otro día, más rápido y menos fatigante para Merryvale, por la razón de que no podía permanecer despierto.
El tercero amaneció caluroso; al salir el sol soplaba el viento. Pronto empezó a volar a arena.
—Es el último día que resisten —susurró Adán—. Eso será bueno o malo para nosotros.
A media mañana, el cañón era una reproducción del vestíbulo del infierno. Merryvale permanecía quieto, moviéndose sólo lo necesario y esperando los acontecimientos. Adán permanecía apoyado contra la pared con su mirada de águila clavada en lose inquietos e irritados bandidos. Éstos quisieron seguir jugando, pero la partida se disolvió pronto. Brooks había ganado, evidentemente, ka mayor parte del dinero que había repartido a sus compañeros en pago de su trabajo.
El reflejo del calor sobre la pared del cañón se hizo insoportable. Poco a poco, el viento, saturado de polvo y arena, hacía su efecto en los cerebros de aquellos hombres primarios.
Merryvale oía parte de sus conversaciones, y el tono de las mismas auguraba más mal que bien para Adán y para sí mismo.
—Tenemos que salir de aquí esta noche, a más tardar —decía uno.
—Yo voto por que nos vayamos ahora —añadió otro, —No, hasta que el sol se ponga y se calme este viento, no— aconsejó un tercero.
—De todas formas, ¿a qué esperamos? —preguntó Stark, cuya voz no se había oído antes.
—Oro —dijo Brooks lacónicamente.
—¡Oro! ¡Maldición! ¿No has buscado tú bastantes minas para saber que el cuarzo no se encuentra en esta clase de roca?
—No, yo no. ¿Y tú?
—Seguro que sí. Quise hallarlas en Mahave y en el Valle de la Muerte. Ese tipo se está burlando de ti.
—Me estaba entrando esa idea, como la arena en mi bizcocho... Stark, vete a darle un golpe en la cabeza. Y al viejo también. Luego nos marcharemos de aquí.
—¿Yo? Escucha, Brooks, yo no hago ninguno de tus sucios trabajos —dijo Stark, despectivo.
—Te estás volviendo muy testarudo —gruñó el jefe—. Pensé que quizá te agradaría la idea de tumbar a Wansfeld...
—¿Quién? —gritó Stark.
—¿No te lo dije? Bien, ese tipo corpulento es Wansfeld «el Errante».
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —chilló Stark poniéndose en pie de une salto.
—¿,Por qué diablos había de decírtelo? —gritó Brooks, con asombro y rabia—. ¿Significa algo para ti ese hombre?
—No le había visto en mi vida —contestó Stark, y girando rápidamente sobre sus talones se acercó al lugar donde estaba tumbado Adán.
Merryvale presintió algún acontecimiento. Stark tenía el mismo aspecto de siempre, y sin embargo veía en él una extraordinaria diferencia que le confundía. Puso una rodilla en tierra y fijó una penetrante mirada en Adán.
—Dígame, joven, quiero saber algo —dijo en voz baja—. ¿Es usted el hombre llamado Wansfeld «el Errante»?
—Sí; el desierto me dio ese nombre. Pero no es el mío verdadero.
—¿Lo juraría? —añadió el bandido roncamente.
—Seguro que es Wansfeld —intervino Merryvale—. Le conozco desde hace dieciocho años.
—Mi nombre es Stark, Bill Stark. ¿No ha oído hablar nunca de mí? —prosiguió el bandido aproximándose más, —¿Stark? El nombre me es conocido. Pero no consigo recordarle.
—¿Usted mató a un hombre llamado Baldy Mackue un jugador, un tipo superficial, aficionado a las mujeres? Sus palabras tenían suficiente significado para excitar a Merryvale, pero no eran nada comparadas con su tono cortante y la temblorosa luz acerada de sus ojos.
Adán hizo un esfuerzo para alzarse y el bandido, con brazo poderoso, le ayudó. Entonces se miraron a los ojos.
—Sí, yo le maté —dijo Adán lenta, sobriamente.
—¿,Usted rompió los huesos de sus brazos, y hundió sus costillas... y le partió el cuello...
con las manos nada más? —susurró el bandido con terrible intensidad. Wansfeld asintió con una tristeza que velaba su interés por aquel hombre.
—¿Por qué mató usted a Mackue?
—Pues, acababa de llegar yo a un campo minero —replicó Adán, comprendiendo por la creciente agitación del hombre, la tirantez del momento y me encontré con una mujercita enferma que se moría de inanición en una choza. En algún tiempo había sido bonita. Baldy Mackue la había maltratado y abandonado. Nunca supe quién era ni su historia. Guardó el secreto. La cuidé e hice lo posible para salvarle la vida. Pero no pude. No tenía fuerza suficiente para dar a luz. Y ambos murieron. Sin embargo, antes de morir me dijo que la criatura no era de Mackue.
—¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! —gimió Stark con el rostro convulsionado y húmedo, temblándole el cuerpo, mientras estrujaba sus manos una contra otra. Luego se apoyó en la pared y sus anchos hombros se alzaron.
Merryvale le miraba atónito. Adán quiso ponerle una mano en el hombro, pero no podía moverlas; las ligaduras se lo impedían.
—Era mi mujer —dijo Stark levantando la cabeza y mostrando un rostro torturado—, y el niño era mío.
—¡Bien! Siempre me decía... —contestó Adán dulcemente—. Había sido una buena muchacha.
Pude darme cuenta de ello. Mackue la había asediado.
—No era peor que yo —contestó Stark, oscureciéndosele el rostro—. Yo la llevé a la ruina...
Wansfeld, siempre he deseado conocerle a usted.
—Es raro que nos encontremos aquí.
—La vida nos juega estas bromas. Pero yo también estoy contento, si el conocerme ha significado algún alivio para usted.
—Vuélvase —dijo Stark, abriendo un cuchillo.
Adán se movió trabajosamente y se puso cara al suelo. Brilló la hoja del cuchillo. Las grandes manos de Adán se separaron. Se sentó y las frotó. Stark hizo seña a Merryvale para que se diera vuelta. Y en otro instante Merryvale sintió que sus manos quedaban libres.
—Brooks, ven aquí —llamó Stark, levantándose de un salto. Era ágil a pesar de su corpulencia. Al separarse de ellos tenía un aspecto siniestro y formidable. Recorrió más de la mitad del camino para encontrarse con el jefe de los bandidos.
—Brooks, nadie golpeará a Wansfeld ni a su viejo compadre en la cabeza —anunció con una voz que cortaba el aire.
—¿Qué diablos dices?
—Ya me has oído.
—¿Quién manda aquí? —preguntó Brooks.
—Si quieres disparar, hazlo con algo más que con tu barbilla —contestó Stark, incisivo.
—Ah, eso es hablar mucho, Stark.
—Mira, les he dejado las manos libres.
Pero Brooks no apartó la mirada para dirigirla a los liberados prisioneros.
—Stark, nunca me has agradado.
—Entonces no hubo amor perdido.
Ambos hombres echaron mano a sus pistolas. Stark fue el más rápido en disparar. Brooks emitió un terrible gruñido y cayó de bruces sobre la arena, se estremeció un poco y, por fin, quedó inmóvil.
Stark, con la humeante arma en la mano, saltó sobre el cuerpo para enfrentarse con los demás.
—¡Si tenéis algo que decir, soltadlo! —gritó.
Los seguidores de Brooks parecieron intimidados. Quizá no supusiera gran pérdida para ellos.
—Muy bien. Repartid el dinero de Brooks entre vosotros y luego nos prepararemos para marcharnos de aquí.
Adán se acercó al campamento seguido de Merryvale.
—Estamos en paz, Wansfeld —dijo el bandido roncamente—. Coja su cantimplora y váyase. Tenga la boca cerrada en el puesto hasta que hayamos ido por nuestros caballos.
Y como si se le ocurriese una idea nueva, Merryvale dijo:
—Oiga, veterano, ¿necesita usted ese whisky más yo?
—Seguro que no —contestó el viejo sacando el frasco con presteza.
Adán marchaba ya cabe la peña. Merryvale tuvo que apresurarse para alcanzarle. Doblaron una esquina y dieron frente al largo cañón azul y amarillo. El viento silbaba por entre los agujeros de las rocas.


EPILOGO
El esfuerzo que hacía Merryvale para seguir el paso de Adán, unido al cúmulo de emociones, le agotó pronto. Su corazón le avisó de que le apuraba más allá de su límite. Pero no quería retrasarse, y hubiese caído muerto antes que perderse el encuentro entre Guerd Larey y Adán.
El olía estaba en su peor momento. El desierto se abría cual la boca de un horno, grande como el horizonte, dando paso a un rugido y al humo de la voladora arena y a un viento devastador, caliente como el fuego. Lago Perdido estaba envuelto en un polvo blanco, cegador, sofocante, que quemaba como chispas invisibles.
Adán condujo a Merryvale hacia la parte trasera del puesto, hasta la entrada del patio de Ruth, delante de la casa. ¡Cuán bienvenida protección dentro de ese espeso seto! Adán se limpió el polvoriento sudor del rostro. Merryvale, tembloroso y agotado, empapado también, secóse el rostro y las manos. No se detuvieron más que un momento, sin que ninguno de los dos hablara. Una monstruosa fuerza impedía que Merryvale se derrumbara. Estaba consumido por el temor y, sin embargo, sostenido por la esperanza. ¡Ruth! Si sólo...
Llegaron al pórtico. Adán se detuvo para escuchar un sonido en el interior de la casa.
Lnego llamó a la puerta de Ruth... Siguió llamando hasta que Merryvale recordó que Ruth no la ocupaba ya.
Siguieron adelante y los pasos de Adán sonaron en el pórtico.
De pronto la puerta próxima se abrió suavemente y Guerd Larey apareció en el umbral.
Sangrientas manchas aumentaban la palidez —de su rostro. Su mandíbula colgaba temblando.
Sus dilatados ojos se posaron sobre Adán. Llevaba el traje blanco arrugado y manchado.
Adán le hizo entrar de un empujón en el aposento, con tanta fuerza que fue dando traspiés hasta la pared, en donde se estrelló.
Adán cruzó el umbral con Merryvale pisándole los talones. Pero Merryvale se detuvo en la puerta, como si se lo hubiera ordenado un invisible poder.
La habitación estaba en desorden. La mesa y su contenido se encontraban volcados. La aterrada mirada de Merryvale pasó del aturdido Guerd al inmóvil Adán, y descendió hasta la cama donde yacía Ruth mortalmente pálida.
—¡Ruth! —gritó Adán con una voz que la hubiera despertado del sueño eterno.
El pobre corazón de Merryvale se detuvo. ¿Estaba muerta? ¿Habían llegado demasiado tarde? El glorioso cabello caía sobre sus hombros, medio tapando su pecho, cubierto por una destrozada blusa.
Al cabo de un instante, sus párpados temblaron y se separaron para mostrar los enrojecidos ojos que miraban como en un trance; mas pronto perdieron el aspecto de la muerte, adquiriendo un rápido y repentino brillo.
—¿Adán? —susurró desmayadamente, mientras intentaba levantarse.
—Sí, aquí estoy —dijo él, con lo que parecía una calma poco natural.
Su voz la reanimó. Se incorporó con un esfuerzo apoyándose sobre los brazos. Su cabello cayó como un chorro de oro. ¡Qué hermoso, qué terriblemente trágico era su rostro! Los grandes ojos, abiertos, brillando como purpúreas llamas, se posaron terriblemente acusadores sobre Guerd Larey.
—Mátale. Mátale —susurró casi demasiado bajo para que Merryvale pudiera oírla. Era una orden dada con dolor supremo, nacida de un odio incontenible. Luego, perdió el conocimiento y volvió a derrumbarse en la cama.
Merryvale, por el rabillo del ojo había visto que Guerd lo que parecía una clase agachaba con presteza y cogía un objeto situado a si¡espalda. Levantóse, y, adelantando el cuerpo con el cuello tenso como un ave, avanzó unos pasos, siempre con la mano a la espalda.
—Cuidado, Adán. Tiene un arma —gritó Merryvale. Los secos labios de Guerd formaron unas palabras que no se oyeron bien.
—Wansfeld «el! Errante». Temblaba de la cabeza a los pies.
—No, Guerd. Soy tu hermano, Adán Larey —contestó Adán con voz desmayada.
Guerd se inclinó y se acercó más aún. Su esfuerzo, su tensión aumentaron en proporciones gigantescas. Clavando una fija, escudriñadora mirada en el fondo de los ojos de Adán, se fue acercando... acercando... hasta que con un asombrado y terrorífico grito se enderezó.
—¡Dios me ayude!... ¡Adán! ¡El favorito de mamá! ¡Maldito seas, te conozco!
—Dieciocho años, Guerd. Estaba escrito ahí fuera —y con un gesto señaló el desierto.
Y entonces le pareció a Merryvale que el hermano pródigo se convertía en un arcángel del mal, con toda su belleza. Más blanco que un cadáver, y, sin embargo, ardiendo, con los ojos verde jade:
—¡Ah! ¡Dieciocho años! —gritó con voz estridente—. Toda una vida, durante la cual yo he ido al infierno, como una vez profetizaste y tú te has convertido en Wansfeld «el Errante».
¡Cómo suceden las cosas!... Mi ruina es grande, pero la viviría cien mil veces más por un momento como éste.
Se detuvo, soberbio, empezando a vacilar, ahogado por una pasión demasiado terrible para el poder humano.
—Tú amas... a esta mujer... Ruth Virey —exclamó—. Lo sé... No puedes evitarlo. Y ella te ama a ti también..., te ama a ti..., te ama a ti..., maldita sea. La tomé por una mujerzuela..., una cualquiera... Y, sin embargo, era pura..., es pura todavía... Pero ella no lo creerá jamás..., nunca podrás convencerla... Mírala ahora..., mi celoso y negro corazón no podía verlo...
¡Mírala ahora!
Y Guerd apuntaba con su mano izquierda al cuerpo que parecía rígido, sacudido, sin embargo, por un rápido temblor casi imperceptible.
La mirada de Merryvale siguió la dirección indicada por Guerd. Ruth, en su lastimosa fragilidad y su trágica belleza, hubiera derretido un corazón de piedra. Pero del de Guerd Larey habían desaparecido el amor, la ternura, la compasión.
Adán no separó ni un momento la mirada de su hermano.
—Mírala —prosiguió Guerd—. He matado su alma. Esta mujer que te ama... Tu código de caballero andante, de imitador de Cristo, ha fracasado.
La torturada inteligencia de Merryvale levó la intención que se escondía detrás de la denuncia de Guerd. Se disponía a dar un grito de advertencia. El brazo derecho de Guerd se extendió y en humano brillaba un revólver. Adán saltó como una pantera. Tronó el arma. Y entonces toda la humanidad de Adán entró en acción con violencia terrorífica. Levantó a Guerd en vilo. Se oyó un ruido desgarrador como de huesos rotos.
El revólver cayó a los pies de Merryvale, quien se apresuró a recogerlo. Adán lanzó a Guerd contra la pared con la fuerza de una catapulta; el choque produjo un ruido sordo. No obstante, Guerd no se desplomó. Sus brazos colgaban inertes, manaba sangre, pero parecía no darse cuenta.
Adán extendió las manos como garfios, aquellas garras de fiera del desierto, que parecía que expresaban el grito de muerte que sus lívidos y mudos labios no podían pronunciar.
Merryvale había existido para esto, había prolongado su vida para gozar de este instante. Pero era más de lo que la naturaleza humana podía resistir. Incluso en este terrible momento sentía la angustia de Wansfeld. Levantó entonces el revólver y apuntando a Guerd apretó el gatillo...
una..., dos veces..., atravesándole el corazón. Luego pusieron a Ruth sobre su estrecha cama, en la habitación que ocupaba anteriormente. Adán se arrodilló, mudo todavía, pero no ya rígido. Merryvale corrió en busca de agua. Él fue quien limpió el rostro todavía blanco de Ruth, y quien la llamó ronca, lastimeramente, hasta que se le quebró la voz.
Pero Ruth no había muerto. Los pálidos párpados se movieron, se abrieron lánguidamente.
Sus negros ojos quedaron inmóviles, y por obra de aquella fija mirada fue recobrando el conocimiento.
—Ruth..., todo ha terminado —dijo Adán.
Ella intentó levantar la mano. Miró a Adán, a Merryvale, paseó la vista por la habitación.
—Todo está muy bien..., muy bien..., chiquilla —dijo Merryvale oprimiéndole la mano estremecido.
—¿Guerd? —susurró ella.
—¡Ha muerto!
—¡Oh Dios mío!... Adán, por mi culpa has matado a tu hermana... Después de todo mi amor..., de mi promesa... ¡Oh, mi escalera de arena! ¡Trepé solamente para caer! ¡Sólo para caer!
—Ruth, mis manos no están manchadas con la sangre de Guerd —dijo Adán solemnemente—.
Yo pensaba matarle; lo hubiera hecho..., pero no lo hice.
—No pude resistir, Ruth —intervino Merryvale con voz ronca—. Deseaba... más que ninguna otra cosa... ver como Adán le rompía los huesos..., le partía el cuello... Pero cuando llegó el momento, no pude permitir que lo hiciera..., por eso maté a Guerd Larey yo mismo.
Los dos hombres se arrodillaron temblorosos a su lado. Merryvale le creyó ver un cambio que no era físico, aunque pareció que el rostro de la joven se, librada de una sombra.
—Es muy duro, Ruth —digo Adán con voz más segura—. Pero Merryvale evitó que yo cometiera ese acto..., el miedo del cual ha hecho que tu vida y la mía fueran un infierno. Todo ha terminado... Ahora permíteme que piense en ti.
—Yo..., pero Adán..., yo sólo puedo morir... —gimió ella.
—¡Cállate! ¿Dios me ha bendecido con tu amor..., solamente para perderte? ¡No! ¡No!
—No podía haber muerto Guerd antes de decirte..; aquella...
—Dijo que había matado tu alma, pero, Ruth, fueron solamente los celos de un loco. Tu alma es de Dios y del amor.
—¿Pero tú me amas... ahora?
—Más querida; mil veces más.
—Pero, ¿podría hacerte yo feliz?
—Ruth, todo lo que ha dado un valor a la vida para mí lo encarnas tú. Tu herencia de inquietud, tu debilidad por los hombres, tu amor..., tu lucha..., tu ascenso. Escalaste trabajosamente tus escaleras de arena por los peldaños de tu antigua personalidad, muerta ya... Y alcanzaste las alturas. Te hubiera querido lo mismo sin ello. Pairo piensa en mi fe en ti, en el esplendor de mi felicidad y comprenderás que todo estaba justificado. Te amo con toda la pasión y toda la fuerza que el desierto me dio. Pero la alegría que esto me da... es pobre comparada con la que siento por tu victoria sobre ti misma. Creo que tu madre lo sabe.
Ruth no contestó..., no podía contestar, pero sus ojos proclamaban el amor que los labios no podían expresar. Adán la levantó en sus brazos y fa sacó fuera.
El aspecto del desierto estaba cambiando. Una suave luz mitigaba su desolado aspecto.
Las blancas nubes de polvo se aquietaban. La Naturaleza había concluído su dura tarea por aquel día. El sol había perdido su tórrido calor. Místicas, hermosas, engañosas, atrayentes, las dunas de arena se sucedían, elevándose hacia el azul infinito. Y un silencio solemne, impresionante, descendió sobre el desierto.
notes

Notas a pie de página
1. India.
2. Mandíbula de hierro.

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