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jueves, 8 de junio de 2017

Senda De Héroes (Zane Grey)

Senda De Héroes
Zane Grey

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Zane Grey hizo su primer viaje a Australia en 1935, y la tierra y su historia lo atraparon. A pesar de que nunca cruzó por completo su desierto, se adentró en él lo suficiente para ver su parecido con el desierto americano. Quedó fascinado, y decidió escribir un gran poema épico sobre el "Salvaje Oeste" australiano. La historia gira en torno al intento por parte de ganaderos australianos, con la ayuda de los vaqueros americanos Sterl Hazelton y Red Krehl, de llevar un gran rebaño de ganado a través del desierto al norte de las montañas de Kimberley, donde se había sido descubierto oro y la carne era escasa.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
notes

Zane Grey
SENDA DE HÉROES
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I
Navegando a través del oleaje tranquilo y suave del mar azul de Tasmania, los aventureros americanos contemplaban con mirada ansiosa la línea del horizonte australiano, que se levantaba audaz y escarpado.
—¡Tierra, Red, tierra! —exclamó Sterl con los grises ojos empañados por la fijeza de la mirada y el recuerdo de otro país parecido, del cual tendría que ser para siempre un exiliado—.
El piloto me dijo que por aquí estaba Sidney Heads.
—Ciertamente, amigo, hace rato que lo veo —replicó Red con su inglés dialectal, intraducible, de vaquero americano—. La creciente calma del mar y esa vista que tenemos delante, casi me han salvado la vida... Amigo, para Red Krehl se terminó el andar en barco.
—Ya te aconsejé que no vinieras, Red —le atajó Hazelton.
—¿Qué demonios dices? Crees que te hubiera dejado ir solo ni aun al infierno? Y entre tanto, amigo, esta Australia que ahí vemos comienza a destacar como cosa enorme. Sin embargo, es inglesa... y ¿quién supo jamás de alguna inglesa que se fijara en un vaquero?
—Red, algún día vas a tener chicas de sobra para dejarte hecho polvo por mucho tiempo, como me acaba de ocurrir a mí.
—Ten la seguridad de que puedo resistir una buena dosis, Sterl... Fíjate, si hubiese dispuesto de una botella en este barco, no me encontraría ahora casi moribundo. Sterl, antes de lanzarnos a la caza de un trabajo, bebamos como toneles.
—Suena bien, mas no es prudente.
—Sí, pero de todos modos, nunca fuimos prudentes —protestó Red—. ¡Tú cargando con la culpa de aquel concierto de tiros! j Y yo lo suficiente loco para permitirlo!
Esta vez Sterl Hazelton no contradijo a su amigo...
Todavía observaba en el pecho el zarpazo del dolor... Nan Halbert le había querido a él lo mismo que amó a su primo Ross Haigt... Ross, aquel Ross encantador y de dulce carácter —excepto cuando bebía vino, que lo perturbaba—, hijo único de un padre enfermizo que le había de legar buenos campos y rebaños... Ross, el que mató a un hombre, que sin duda alguna lo merecía. Sterl se había echado sobre los hombros aquel crimen que para él no lo era. Su familia había desaparecido desde hacía tanto tiempo, que apenas si recordaba a nadie, como no fuera a su madre, maestra, que le mimó y le educó. En su vida no tenía a nadie más que a Nan. Y ¿qué habría podido hacer por ella en comparación de Ross? Todas estas divagaciones le hicieron retroceder hasta el momento, de punzante recuerdo, en que Ross se enfrentó con él aquella última noche.
—¡Pero Sterl! —había gritado Ross con voz estentórea. —¡Nan creerá que fuiste tú quien mató a ese hombre! ... Lo creerá todo el mundo. ¿Cómo podrá tolerarlo?
—¡Por su bien! Te quiere más a ti, Ross... No te andes con escrúpulos. ¡Adiós!
Y con ello Sterl se internó al galope en la negrura de la noche de Arizona seguido por el leal Red.
—Red, ¿te acuerdas del paquete que Ross te exigió que me dieras? —preguntó Hazelton inopinadamente.
—Sin duda que lo recuerdo —replicó Red levantando los ojos con interés—. Tuve el presentimiento de que era dinero...
—Eso es, dinero. ¡Diez mil dólares!
—¡Santos Inocentes! ¿De dónde lo sacaría Ross? —Debió de contarle algo a su padre.
Red, te ruego que cojas la mitad de ese dinero y regreses a casa.
—Vaya. ¡Diablos! ¿De veras?
—Sí, amigo, te lo suplico.
—Y ¿por qué? —inquirió Red—. ¿Es porque no me quieres contigo?
—No... no. Sería magnífico tenerte conmigo. Lo digo por tu bien.
—Bueno, si es por mi bien, no me insultes más. ¿Me abandonarías tú si yo estuviera en tu lugar y tú en el mío? Hablemos sinceramente, Sterl. Bien, ¿qué es lo que te remuerde la conciencia, pues?
—Perfectamente; dispénsame. Quédate conmigo, Red.¡Dios sabe cuánto te necesitaré...!
Chico, estamos llegando. Mira. Allá, cerca de aquel muro de la izquierda, viniendo del Oeste, hay un barco que va echando humo.
—¡Cielos! ¡De veras que se ve grande! Nunca contemplé ningún buque hasta que llegamos a San Francisco... Sidney será una verdadera gran ciudad, ¿eh?
—Una ciudad grandiosa, Red, pero voy a sacarte de ella muy pronto.
—Conforme, amigo. Mas ¿qué vamos a hacer? No conocemos otra cosa que caballos, fusiles y bueyes.
—He leído que Australia está en vías de ser un gran país ganadero.
—Si es así, seguimos por buen camino —observó Red con satisfacción.
Ambos se hundieron en uno de sus frecuentes silencios, mientras el barco progresaba lentamente, acompañado del crujir de sus vergas y botalones. Al poco rato el navío se encontró en la boca del puerto, cuya legua de anchura ofrecía un solitario acceso a las tierras de Australia. Bajo la mirada de Sterl, el mundialmente famoso puerto se abría en forma de una bahía de ancha curva cortada por profundos brazos de mar que penetraban en la tierra.
Millas adentro, a lo largo de un amplio recodo, hacia el que los buques se dirigían para anclar, se descubría la ciudad de Sidney con sus paredes grises y sus techos rojos, esquiva y majestuosa.
Mientras Sterl y Red preparaban sus sacos de viaje, el navío se deslizó a lo largo de un muelle y fue amarrado. Del muelle, condujeron a los dos compañeros a un tinglado y, después de breve examen, quedaron libras. Un estibador del puerto les encaminó a una posada en la que no les resultó difícil encontrar habitación.
Eran las primeras horas de la tarde, Krehl se pronunció por recorrer los parajes notables, pero Sterl se opuso, sabiendo que aquello significaría entregarse a la bebida.
—Amigo, tenemos que recoger nuestros bártulos y partir sin demora para el campo libre —dijo.
Y, de acuerdo con ello, se pusieron a inquirir dos cuestiones importantes; dónde se encontraba la región ganadera y cómo podrían llegar a ella.
—Allá, tras los montes —contestó más de uno con un ademán que, a la manera de un gesto peculiar de los indios, quería indicar una vaga y remota distancia.
Al fin, un hombre, tras haberles examinado de pies a cabeza, les preguntó sonriendo:
—¿Yanquis?
—Sí. No hay duda de que se nos conoce en cada detalle —admitió Sterl, correspondiendo a su sonrisa—. ¿Son ganaderos?
—¿Ganaderos? —repitió Sterl.
—Caballistas, conductores de ganado.
—¡Ah! No lo dude. Simples cowboys de Arizona y de Texas. Estamos bregados en duros trabajos. ¿Dónde podemos encontrar ocupación?
—Cualquier propietario les contratará. Pero les aconsejo que vayan a Queensland. Allá se junta mucho ganado mayor.
—¿Dónde está y a qué distancia? —preguntó Sterl ansiosamente.
—Hay que remontar la costa unas quinientas millas y después internarse unas tres o cuatrocientas más. Cojan el cargo «Merryvalea, que está en el muelle. Sale hoy a las seis.
Brisbane será su puerto de destino. Buena suerte, muchachos.
Sterl hizo rumbo hacia la orilla, donde estaba anclado el buque indicado, que constituía el centro de la febril actividad de los cargadores, y adquirió pasaje para Brisbane.
Al despertar, a la mañana siguiente, los dos camaradas vieron que el barco seguía su ruta a menos de cinco millas de la costa, notable por su pintoresco aspecto, sobre un mar apaciguado. Y mientras él y su amigo se inclinaban sobre la baranda del vapor para contemplar la playa engalanada por una franja de blanca espuma que se extendía de Norte a Sur por espacio de leguas y leguas, y las colinas, que a medida que se internaban tierra adentro alzaban sus lomas hasta confundirse con las altas cordilleras, Sterl presintió que, más allá de aquellas sierras empañadas que le atraían, le esperaba quizá la mayor aventura de su vida.
—¡Maldita sea! —refunfuñaba Red en aquel momento—. ¡Quisiera convencerme de que no es cierto, mas no lo consigo! ¡Cielos, amigo, éste es un gran país! Me duele tener que confesarlo, pero ni Texas puede resistir la comparación.
Los marineros se mostraban amistosos y comunicativos..
En la tarde del segundo día, el patrón, un lobo de mar de los buenos, les invitó a subir al puente. Sterl aprovechó la ocasión para explicarle sus proyectos.
—Muchachos, se os abre una perspectiva magnífica, siempre que seais capaces de resistir el calor, el polvo, la sequía, los negros, las inundaciones y los fuegos, además de un trabajo más duro que el de galeotes.
—Capitán, el conducir vacadas de Texas no era precisamente como salir de merienda al campo —replicó Sterl.
—Eso es lo que diréis cuando hayáis trabajado en el interior como vaqueros.
—Patrón —intervino Red con su pintoresca jerga—, calculo que nos hemos enfrentado con todo lo .que acaba de enumerar, si dejamos aparte los negros. Precisamente, ¿qué negros son ésos? —terminó preguntando con vivo interés.
—Los nativos de Australia.
—¿Quiere de r hombres de raza negra?
—Algunos les llaman negros. No es que lo sean. Aunque su color es tan oscuro como el carbón.
—¿Mala calaña, quizá?
—Son caníbales: Se lo comen a uno.
—Patrón —arguyó Red—, por los derroteros de Texas me cupo en suerte una buena parte de sudamericanos peleones, de buscavidas, de ladrones y de pieles rojas, pero, ¡diantre!, todos juntos no serían peores que esos tíos negros que si te pescan te devoran.
—Capitán —dijo Sterl—, seguro que nos está echando el viento de cara, como dicen ustedes los australianos, pero cuéntenos algo sobre el ganado y los ranchos. Ustedes los llaman stantions, creo.
—Mis conocimientos no pasan de ser superficiales —contestó el patrón—. Se encuentran estancias por toda Nueva Gales del Sur y en el este y centro de Queensland. Los ganaderos se adentran paulatinamente en el país. He oído hablar de las terribles vicisitudes que pasan.
Todavía ninguno ha penetrado en aquel interior desconocido, al que los pocos exploradores que no dejaron allí los huesos para pasto de los negros, han bautizado con el nombre de Never-never Land1.
—Amigo, resulta difícil creerlo —dijo Red sacudiendo la cabeza—. Ningún país del que me dieran referencias fue tan malo como lo pintaban.
—Sea como fuere, aquí estáis para correr la aventura —continuó el patrón—. Brisbane es el punto de partida de un activo movimiento de expansión. Traemos a bordo cargamentos de harina, arreos, vehículos, que lo demuestran.
El «Merryvale» ancló al amanecer. Tomado el desayuno, Sterl y Red se apresuraron a desembarcar, arrastrando los fardos de su equipaje, curiosos e impacientes como muchachos que no tuvieran más que la mitad de su edad. Las dimensiones de Brisbane no les impresionaron, pero la ciudad lanzaba destellos bajo un sol radiante y ofrecía un aspecto vivo y bullicioso.
Buscaron un hotel y, sin demora, pusieron proa en dirección a la segunda parte de su aventura. Alguien les encaminó a un almacén de mercancías que estaba sirviendo los pedidos de una compañía de ganaderos dispuesta a partir de Downsville, en el Queensland central, con nimbo a puntos desconocidos.
Sterl pudo coger por su cuenta al gerente, un hombre curtido por la intemperie, que, allá, en el campo, había tenido sus cuitas.
—¿Hay probabilidades de encontrar trabajo en el interior? —le preguntó.
—¿Probabilidades? Joven, van a recibirle con los brazos abiertos. Se dice que los ganaderos no pueden ponerse en marcha por falta de hombres. Bing Slyter está aquí con su equipo. Es uno de ellos y actualmente hace compras para los Dann. Voy a buscarlo.
Al cabo de un momento se encontraron frente a un hombre cuyas anchas espaldas disimulaban lo aventajado de su estatura. Sterl pensó que si era un vaquero australiano, no vacilaba en afirmar que le gustaba el tipo. Slyter tenía un rostro fuerte, como esculpido en bronce, barbilla cuadrada y ojos que atravesaban corno dagas.
—Buenos días, jóvenes —dijo con voz que entonaba muy bien con su corpulencia—. El amigo Watson me dice que sois cowboys americanos que van en busca de trabajo.
—Sí, señor. Yo soy Sterling Hazelton, de Arizona, y éste es Red Krehl, de Texas. Yo tengo veinticinco años y él uno menos. Los dos nacimos sobre la silla y nos las habernos con ganado desde toda la vida. Estuvimos por espacio de tres años en el camino de Chisholm. Ésa es nuestra recomendación.
—Y es bastante, después de haberos examinado detenidamente —replicó Slyter con estentóreo regocijo—. Hasta nosotros han llegado noticias relativas al Chisholm Trail.
Conducían el ganado a través de Texas en dirección Norte, hacia los nuevos mercados de Kansas, ¿verdad?
—Sí, señor. Quinientas millas de dura travesía. Arena, ríos de mal vadear, locas estampidas del ganado causadas por los búfalos, rayos, granizadas, indios y salteadores.
—¿Salteadores? Nosotros los llamamos bushrangers, ladrones de monte. Son ladrones de ganado que empiezan a dar fe de vida. Bien, yo os proporcionaré trabajo. ¿Qué salario pedís?
—Sea lo que fuere lo que usted nos pague, nos consideraremos satisfechos —respondió Sterl—. Lo que queremos es dar largos trotes por un país nuevo.
—Convenido. Si queréis largos trotes, los tendréis. Los ganaderos vamos a emprender la mayor expedición de toda la historia de Australia. Siete u ocho mil cabezas de bovino van a cruzar tres mil millas de Never-never.
—Señor Slyter —estalló Sterl—, semejante travesía es terrible. Tres mil cornilargos de Texas, trasladaron el infierno a la tierra para una docena de vaqueros. Pero este rebaño, esta turba, como dicen ustedes, a través de ese Never-never Land..., si el tal Never está inexplorado y es tan terrible como dicen... ¡Vaya, hombre, la expedición es imposible!
—Hazelton, podemos llevarla a cabo, y vosotros vais a ser una ayuda inestimable. Antes de salir de casa me sentía descorazonado; pero mi hija Leslie me dijo: «¡Papá, no te arredres!
¡Tú encontrarás hombres!» ¡Oh, Leslie es una gran chiquilla!
—Su familia ¿tomará parte en la travesía? —inquirió Sterl, pasmado.
—Sí. Y habrá otra también, por lo menos.
—A ustedes los australianos no les falta audacia —observó Sterl con una sonrisa.
—¿Necesitáis dinero para equiparon?
—No, señor. Pero tiene que decirnos lo que nos es preciso adquirir.
—Compraos rifles y todas las municiones que podáis. Tiendas, mantas... y mosquiteras, ropas, botas de repuesto, calcetines, algunas herramientas, un botiquín de medicinas, bandas, guantes (una docena), algunas botellas de whisky; y cosa de una tonelada, más o menos, de tabaco. Este último sirve de mucho para los negros. No os preocupéis en lo tocante a espacio.
Tenemos carretas y carromatos suficientes.
—¡Pero, señor Slyter —exclamó Sterl con asombro—, nosotros no queremos juntar una tienda entera!
—Muchachos —atajó riendo el ganadero—, esta gran expedición durará dos años. ¡Dos años conduciendo el ganado a través del Never-never Land hacia los montes Kimberleys!
—¡Será realmente un «nunca jamás»! —gritó Sterl, anonadado por la magnitud de la empresa.
—¡Yupi! —aulló Red.


II
Sterl y Red emplearon el resto de aquel día tan prometedor en la gran tienda-almacén, haciendo compras para un viaje de dos años al otro lado de la frontera. La adquisición de unas sillas de montar inglesas y de dos magníficos fusiles, de la misma procedencia, que venían a complementar el Winchester del 44 de Sterl, rompió el hielo de la austeridad habitual para dar paso a una orgía de despilfarro.
Fue preciso un carromato para transportar los pertrechos al cercado que les habían designado anteriormente, situado en las afueras de la ciudad. A media tarde tenían ya todas las compras estibadas en la parte delantera de una carreta nueva, con su equipaje encima de todo y las mantas extendidas. Previamente, sin embargo, habían cambiado sus ropas de viaje por el acostumbrado y cómodo atuendo de los vaqueros. Sterl no se había sentido tan a sus anchas en mucho tiempo. ¡El pasado no volvería! El tiempo aquel en que una oleada de conflictos contendía con otra nueva, había terminado. Desde aquel momento en adelante, sería feliz y olvidaría.
Los dos amigos habían empezado a trabar conocimiento con uno de los hombres del equipo de Slyter, un tipo corpulento de cara angulosa, que les llevaba algunos años, quien anunció que se llamaba Roland Tewksbury Jones. La reacción de Red ante tal apellido fue característica.
—¿Sí? Tome un cigarro —dijo sonriente al mismo tiempo que le entregaba uno—. Mi nombre es Red. Puesto que no podría recordar ese terrible nombre que tiene, le llamaré Rol a secas. Por los caminos de Texas conocí a muchos Jones, especialmente Búffalo Jones, Dirty Face Jones y Wrong Wheel Jones.
Roland se preguntó qué clase de hombre sería aquel yanqui, con un alarde de calmosa especulación. Aceptó la invitación de Sterl para que comiera con ellos, y les convidó a su vez a echar un trago en la taberna.
De regreso al cercado encontraron un buen fuego y a los otros componentes del grupo atareados cargando las provisiones. Los dos vaqueros extendieron la lona y las mantas debajo de la carreta, como habían hecho millares de veces, y se acostaron. Sterl dormía mejor infinitamente a campo abierto y sobre el duro suelo que en las blandas camas que había ocupado durante dos meses. Por cierto que el sol lucía ya resplandeciente cuando los dos amigos se despertaron. Algunos hombres estaban conduciendo los caballos fuera de la dehesa, otros ataban lonas embreadas sobre las carretas.
Volviéndose al grupo, Sterl vio que estaban a punto de emprender la marcha; un par de tiros para cada vehículo. El vaquero observaba con ojo experto aquellos poderosos caballos.
En seguida escogió asiento al lado del conductor mientras Red subía de un salto a la parte trasera. Pocas preguntas bastaron para enterarse de que Slyter había partido a la del alba con su tartana de dos caballos. Jones cogió las riendas y dirigió la procesión de carromatos y carretas hacia el camino.
Pronto quedó atrás la ciudad. Unas cuantas alquerías y huertas bordearon el camino por espacio de varias millas. Después, la carretera, en cuyo centro corría una franja de hierba amarilla, se internó en la manigua de verde, de oro y de bronce. Jones les informó que tenían ante sí un viaje de diez días o más, por una ruta en general llana, por buenos parajes, con agua y hierba en abundancia, caza a discreción, mosquitos a millones y serpientes peligrosas.
—¿Serpientes peligrosas? —repitió Sterl con desaliento.
No es que les tuviera miedo, puesto que había aplastado de un pisotón a más de una sierpe crótalo que pretendía apartarse de sus botas; pero la información no le causaba mucho regocijo.
—Oiga, Rol, ¿es cierto? —intervino Red. El muchacho no temía a los hombres, ni a las bestias, ni a los salvajes; pero sentía un terror mortal por esta clase de reptiles—. Esas noticias son terriblemente malas. ¿Y qué clase de serpientes?
Sterl se dio cuenta de que Jones aprovechaba la ocasión para hacer alardes de valor.
—Las más comunes son las negras y pardas, que alcanzan una longitud de cerca de ocho pies. Atacan con saña, pero no son demasiado venenosas. Las serpientes-tigre son traidoras y agresivas. Si acaso oyes un silbido agudo, párate en seco donde estés. Las víboras mortíferas resultan las más peligrosas. Son unos bichos babosos y gruesos que llevan veneno. Los pitones y las boas no son tan abundantes, pero también hay. Miden hasta veinte pies, y tienen poder para darle a uno un buen apretón.
—¡Vaya! ¿Hemos terminado? —preguntó Red, que estaba visiblemente impresionado, a pesar de su innato escepticismo.
La espesa hierba de matices áureos crecía hasta la altura de los flancos de un caballo, los cabbage trees, una variedad de palmera achaparrada que formaba una especie de matorrales medraban por doquier, y también se veía gran profusión de eucaliptus y árboles gomeros, a los que la lisa corteza cubría como una vaina. Algunos se asemejaban a los sicómoros de América, de color bronceado y opalino, mientras otros presentaban el aspecto de las hayas y los laureles. Aquí y allá se erguía un gomero de elevada cima, que hasta una altura de unos cien pies aparecía completamente desnudo, para extender desde allí sus enormes ramas, que se combaban sobre los otros árboles, terminadas en una tupida maraña de delgadas hojas.
A medida que penetraban hacia el interior, Sterl empezó a fijar la atención en los pájaros. El croar ronco y triste de un cuervo le transportó al fondo de los barrancos de Texas.
De otra especie de cuervo, negro, mas con las alas moteadas de blanco, Jones dijo que era el ave más común en Australia: la urraca. Tenía un aire curioso y confiado, y lanzaba una nota que se le pegó al oído a Sterl. Era un son profundo y rico, enternecedor...: cur-auuong..., cura-uuong...
—Veo que te gustan los pájaros —le dijo Jones—. A mí también. Para los australianos es casi un deber, puesto que poseemos centenares de especies maravillosas. El pájaro lira de la maleza es capaz de imitar cualquier sonido que oiga. La señorita Leslie Slyter los adora. Sabe también dónde habitan. Quizás al apuntar el día os lleve a escucharlos.
En este punto, Red Krehl fue todo oídos. Cualquier cosa en el mundo que se relacionase, aunque fuera remotamente, con las mujeres, encontraba siempre eco en el pecho del vaquero.
Al poco rato el camino abandonó la manigua para desembocar en una gran extensión de terreno libre, poblado solamente acá y acullá por árboles de gran tamaño. En mí altozano se levantaba una casa construida con plancha de hierro acanalada. Jones le dio el nombre de estancia para ganado, pero Sterl trató en vano de descubrir las reses. Red, por su parte, comentó:
—Brilla como un dólar entre la niebla.
Viendo que la hierba y las matas cubrían densamente las ondulantes colinas, Sterl dedujo que el ganado australiano debía de ser tan amigo de dormitar como de pacer.
La carretera iba y venía, enroscándose entre las lomas, siempre al mismo nivel, para volver a internarse después en el monte bajo. Sterl notó la presencia de bandadas de pintados loros, a los que el conductor llamaba galash, que atravesaban el camino volando, rápidos como proyectiles, y al poco rato la de una manada de cacatúas blancas que con fuertes graznidos protestaban por la invasión de sus dominios. Al pasar con las alas extendidas por encima de la carreta, Sterl advirtió en su blancura un ligero matiz amarillo.
Más allá, cuando cruzaron el primer arroyo, una pequeña y rápida corriente de agua cristalina que discurría por debajo del extendido follaje lanzando reflejos y destellos, sorprendieron a una garza real y a una grulla que se alejaron con pesado vuelo.
Después desembocaron en un ancho valle, en el que se mecía lujuriante hierba, moteado por manadas de vacas y caballos.
—¡Ah! ¡Caballos! —exclamó Red. Y mientras Jones conducía lentamente la carreta cuesta arriba por un repecho más alto que el vehículo, Sterl oyó un claro resonar de cascos y el estentóreo: ¡Yupi! , de Red.
El vaquero se volvió a tiempo de ver tres grandes animales de pellejo rugoso que saltaban por la carretera. Iban adornados de largas orejas y enormes colas. Cuando estaban a mitad de su prodigioso salto, los reconoció; pero no lograba recordar sus nombres. Los animales dejaron libre el camino alejándose a saltos como sobre muelles.
—¡Anda! —chilló Red—. ¿Qué demonios es eso?... ¿Habéis visto lo que yo vi? ¡Dios mío...!
—Canguros —dijo el vaquero—. Aquél más grande es un macho viejo, nada menos.
—¡Oh, qué espectáculo! —exclamó Sterl—. Canguros, es cierto... Uno era casi rojo. Jones, me dio la idea de que saltaban con la cola.
—Los canguros usan de ella. ¡Espera a que te aplasten de un coletazo!
Los tres extraños animales se pararon a unos centenares de metros y se sentaron a contemplar los vagones.
—¿Son buenos para comer? —inquirió el práctico Red.
—Nos gusta la carne de canguro cuando no disponemos de ternera, pavo o gallina. Pero eso no ocurre a menudo.
—¿Qué es eso? —gritó Sterl de repente al descubrir un animalito gris que cruzaba a saltos la carretera.
—Un walabi. Una especie diminuta de canguro.
Otra sucesión de millas, que les parecieron cortas por lo interesantes, les llevaron a una llanura cruzada por un arroyo bordeado de árboles en pleno follaje, llenos de flores amarillas, a los que Jones denominó acacias espinosas. El vaquero hizo alto para que los caballos bebieran y descansaron y para dejar que los otros vehículos se unieran a ellos. Red empezó a trabar amistad con los otros componentes del equipo, tarea fácil para nuestro simpático y locuaz vaquero. Aquellos hombres parecían pertenecer a un tipo más desarrollado y musculoso que el campesino americano, y, ciertamente, se diferenciaban mucho del vaquero escurrido, esbelto y estrecho de caderas. Encendieron fuego y se pusieron a preparar el té, operación a la que Jones dio el nombre de «hervir las porras». Sterl lo cató, y como no estaba habituado ni siquiera al té americano, hizo este comentario:
—Ahora comprendo por qué vosotros, los ingleses, sois tan fuertes.
Red, por su parte, con una mueca que surcaba de arrugas su rostro, masculló:
—Estoy seguro de que sería capaz de cabalgar días enteros alimentándome con esa bebida.
Al llegar a la orilla de un arroyo, en otro valle verde Jones escogió un espacio libre a la vera de un gran árbol gomero y ordenó hacer alto para acampar.
—Bueno, Rol, ¿qué tenemos que hacer mi camarada y yo? —preguntó el genial Red.
—Depende de vuestras aptitudes. ¿Qué sabéis hacer vosotros, los yanquis? —replicó Jones, como si quisiera informarse de verdad.
Red clavó en el guía una mirada de gran intensidad y dijo con desdén:
—Bien; ahorraríamos tiempo si preguntara qué es lo que no sabemos hacer. Además de poseer todas las mañas de los vaqueros, tales como cabalgar, manejar la cuerda, disparar..., sabemos ser cazadores, matarifes, cocineros; sabemos hacer galletas y pasteles de levadura, herrar caballos, remendar correas de la silla, trenzar cuerdas, partir leña, encender fuego en tiempo húmedo, vendar heridas, arreglar huesos rotos, fumar, beber, jugar al póquer y pelear.
—Observo que te olvidaste de una cosa, Red, y es que sabéis... charlar —replicó Jones todavía con una cara tan seria como la de un juez.
¿Sí?... Pero, bromas aparte, ¿qué debemos hacer?
—Cualquier cosa a la que podáis echar una mano —respondió el conductor alegremente.
Uno por uno, los otros carruajes se pusieron en círculo. Aquellos hombres eran eficientes y se mostraban habituados de tiempo a las tareas que da el acampar. El que hacía de cocinero, conocía bien su oficio.
—Es fácil cuando uno dispone de todo —dijo a Sterl. —Pero cuando salimos al campo sin otra cosa que carne, té y galletas, entonces, ningún cocinero es bueno.
Después de cenar Sterl sacó su rifle, lo cargó y se alejó del campamento siguiendo la orilla del arroyo. El sol iba tomando un color de oro, iluminando los gomeros de reluciente corteza y bruñendo las largas hojas verdes.
El muchacho topó con un polipodio gigante, cuyas hojas graciosamente recortadas se extendían a gran altura sobre su cabeza. Era, sin duda, el árbol más majestuoso que Sterl había visto jamás. Se elevaba a más de doscientos pies, sin ninguna rama hasta mitad del tronco. Y entonces, ensanchaba los brazos, grandes, cada uno de ellos como árboles ordinarios. El coloso lucía un verde pálido con piezas redondas de corteza pardo rojiza que se desprendían.
De repente, el ojo de lince de Sterl advirtió que se había movido algo. Era un animalito pequeño, redondeado, de pellejo sarroso de color gris y cabeza chata con diminutas orejas. Se sostenía pegado a una rama mirándole con cómico espanto. En aquel instante el muchacho descubrió otro, más arriba, y otro más afuera, en la misma rama y, por fin, un cuarto que se mecía en la punta de una ramita delgada. Sterl llamó a grandes voces a Red y a Jones.
—¡Mira, Red! Jones, ¿qué son estos animalitos tan extraños?
—Tienen aspecto de osos enanos —explicó el conductor—. Son koalas. La maleza de Queensland hormiguea de ellos.
—Amigo, pásame tu fusil —rogó Red.
—¡Hum, hum, vaquero sanguinario! ¡Si parecen mansos!
—Lo son —replicó Jones—. Son animalitos sociables. Leslie tiene algunos como favoritos.
La noche hacía que se encontrara agradable el fuego del campamento. Los hombres del grupo, libres del trabajo del día, se sentaban alrededor fumando y charlando. Los fuegos de campamento en Australia parecían tener la misma animación, las mismas brasas opalinas, el mismo revolotear de chispas, y parecían traer idéntico acercamiento entre espíritus hermanos que en América. Pero la gran Cruz del Sur, remota y maravillosa constelación, demostraba a Sterl que era un exiliado.
De la oscuridad llegó un fatídico coro de ladridos salvajes.
—Dingos —dijo uno de los hombres.
—Dingos. ¡Ja, ja! —subrayó Red con una carcajada—. Otro bicho chocante.
—Son perros salvajes, que cazan en manadas. Infestan Australia. Cuando están hambrientos, y ocurre a menudo, son peligrosos.
—Oíd —dijo Sterl—. ¿No es, ciertamente, un son triste? No hay en él ningún gañido. Ni nada que se parezca al grito agudo y plañidero del coyote, que a los jinetes de la pradera nos gusta tanto.
—Esta noche hace demasiado frío para que nos molesten los mosquitos —observó Jones—. Encontraremos algunos más dentro del país. Son capaces de picar a través de dos pares de calcetines.
—¡Diantre! —exclamó Red—. Pero eso no es nada en absoluto, Red. Tenemos mosquitos en Texas... ¡Vaya! Me contaron de un chico que se encontraba solo cuando una bandada de ellos se abatió sobre él. Ni humo ni fuego sirvieron para nada. ¡Por Júpiter!, que tuvo que deslizarse debajo de una caldera de cobre que tenía el cocinero. Pues bien, aquellos hijos del diablo agujerearon el metal. El muchacho cogió el fusil y se puso a machacarlos desde el interior de la caldera. Y... ¡así me condene si los pillos de los mosquitos no se llevaron la caldera volando!
Los oyentes de Red permanecieron mudos bajo el estallido de aquel embuste; sin duda, empezaban a predisponerse a no tomar en serio nada de lo que el vaquero dijera.
Al momento, Sterl, precedido de Red, se dirigió a su tienda.
El crepitar del fuego en el exterior le despertó. Las oscuras sombras que se movían en la pared amarillenta de la tienda le advirtieron que los gañanes se estaban levantando.
Apartando las haldas de la tienda, salió fuera. Más allá del vivo resplandor de los fuegos, el mundo aparecía negro como la brea, el aire era frío, las estrellas brillaban como grandes linternas blancas entre las ramas y en el centro del cuadro los vaqueros iban y venían silbando mientras enganchaban los tiros; y en el ambiente se condensaba un fuerte olor de jamón y té.
—Buenos días, Hazelton —fue el alegre saludo de Jones—. Estaba a punto de lanzar aquel grito de los vaqueros: «¡Ven a comer!»... Salimos hoy, muy de mañana.
Sterl no podía recordar que se hubiese enfrentado con otro día con tal optimismo.
Durante la ascensión, lenta y gradual, a través de la crecida maleza, no pudieron gozar del panorama, pero el melodioso gorjeo de las urracas, el chillido de las cacatúas y los dulces cantos de las tórtolas compensaban el madrugón. Al final de una larga cuesta, Jones condujo la reata hacia campo libre, dejando atrás el monte bajo.
—El Llano de los Canguros —anunció—. Treinta millas, y buen camino. Esta noche acamparemos al otro extremo.
—¡Oh, magnífico... ¡Santos Inocentes! Amigo, ¿ves lo mismo que veo yo? —exclamó Red.
Sterl lo veía, indudablemente, y se había quedado sin habla. Delante de ellos se abría una llanura cubierta de ligera calígine, tan grande, que sus extremos se perdían allá, a lo lejos, diluidos en purpúrea vaguedad, casi un mar bruñido por un fuego color de oro. i Los tonos de la aurora le daban un aspecto tan puro, tan fresco, tan maravillosamente animado! ... Australia era pródiga en extensiones interminables. Sterl volvió a sentir otra vez el encanto de las distancias.
A medida que el sol se elevaba sobre los matorrales del horizonte, le parecía como si se agitara sobre la larga hierba una oleada de llamas y se fuera desparramando en todas direcciones dulce y perfumada, trayendo a su mente el recuerdo de los altozanos de Utah, cubiertos de salvia Al encontrarse otra vez en terreno bajo, el alcance de su mirada quedó restringido a un espacio reducido. En el punto en que los matorrales se encontraban con la llanura, una banda de dingos les obsequió con un coro de despedida. Por entre la hierba, de un verde grisáceo, empezaron a corretear los conejos, marchando delante y aumentando su número en tal proporción, que parecía que los había a millares.
—Una de las grandes plagas de Australia —explicó Jones.
—¿Sí? Pues en tal caso, voy a cobrar algunas piezas —replicó Red, y procedió a levantar el pequeño rifle que, junto con un buen acopio de municiones, le había regalado Sterl, y a disparar contra los movedizos blancos. Pero no alcanzó a tocar ninguno. Aunque mortal con arma corta, como sucedía a muchos vaqueros, tiraba sólo mediocremente con un rifle. Sin embargo, la puntería infalible de Sterl valió por los dos a la vez.
Los canguros hicieron su aparición, levantando la cabeza que antes tenían hundida en la hierba, con las largas orejas erectas, para contemplar el paso de la carreta, o saltando delante con su andadura desmañada, aunque ligera. En algunos parajes eran la causa de que los caballos refrenaran la marcha hasta ponerse al paso.
El cielo estaba punteado de aves acuáticas. Jones explicó que había corrientes de agua que atravesaban el llano y un pequeño lago situado en el centro, donde los pájaros se congregaban a millares.
El rápido ojo de Sterl percibió una columna de humo que se elevaba de los matorrales, a su espalda.
—¡Por Júpiter! ¡Mira aquello, Red!
—Cierto; es lo que me preguntaba. ¿Qué significa aquel humo, Rol?
—Son los negros, que se nacen señales de un extremo a otro de la llanura. Mirad hacia esa parte. A muchas millas de distancia, delante de nosotros, están enterados ya de nuestra presencia. Los aborígenes hablan con humo.
—¡Todos son indios de la misma ralea! —exclamó Red.
Jones añadió espontáneamente:
—Stanley Dann, que es quien organiza esta gran expedición, dice que los indígenas serán nuestro peor obstáculo.
—¿Ha realizado Dann otras travesías?
—No, ésta será nueva para todos los vaqueros.
—¿Creen ellos que el número es una garantía? —Esta es una de las razones para el gran acopio de hombres y de ganado.
—Como los cowboys que atraviesan nuestras grandes llanuras. Pero el conducir vacadas es una cosa diferente. Los conductores de ganado de Texas descubrieron que diez o doce vaqueros y hasta tres mil cabezas de cornilargos se movían más aprisa, sufrían menos estampidas y perdían menos cabezas que si se junta un número mayor.
Después de un corto descanso la cabalgata continuó su marcha a través del ondulante mar de matizada hierba.
Las garzas reales no eran nuevas para Sterl, pero los ibis, los pájaros espátulas, los airones, jaribus y otras zancudas fueron para él motivo de continua maravilla y admiración. El número de ellas parecía increíble. Eran pájaros enormes, altos como un hombre, del tipo de las cigüeñas, el cuerpo casi por completo gris, con grandes manchas rojas en la cabeza y grandes picos.
Sintiéndose soñoliento a causa de tanto mirar, Sterl cambió el sitio con Red y se puso a dormir. Fue despertado por unos agudos gritos y al abrir los ojos y sentarse vio que era su amigo quien los profería, levantando los brazos con exagerado ademán.
—¡Avestruces...! ¡Avestruces negros! —gritaba el pelirrojo, fuera de sí—. ¿Quién lo habría imaginado...? ¡Maldita sea mi estampa...! Despiértate, Sterl. Te dejas perder algo que vale la pena.
Sterl no tuvo necesidad de seguir el brazo extendido de su compañero para descubrir una fila de aves negras de largo cuello y largas patas, que atravesaban a gran trote el camino.
—Son emús —aclaró el conductor lacónicamente—. En el interior uno tropieza a cada paso con ellos.
Pero Red, que en la pradera americana se había distinguido, incluso entre vaqueros y jinetes de ojos de halcón, por su agudeza visual, exclamaba ahora señalando en otra dirección:
—¡Como un condenado pecador que soy, allá viene un tropel de caballos!
—Son brumbies —declaró Jones.
—¿Qué? ¿Qué dice usted? —gritó el cowboy—. ¡Si no son caballos salvajes, me los como!
—Salvajes, sin duda; pero son brumbies —musitó el australiano.
Red emitió un bufido de disgusto.
—¡Brumbies! ¡Por el diablo! ¿Quién ha oído nunca que a los caballos salvajes se les diera un nombre tan espantoso?
—Red, es un nombre bien inocente —dijo Jones, con su rara sonrisa—. Sugiero que efectuemos un intercambio aclarando el significado de las palabras, de modo que no me tengas que enmendar la página continuamente.
Bien, reconozco que no puedo corregirte en eso —replicó Red, rápido como el rayo, para evitar cualquier mala inteligencia—. Tú eres un tío grande y sabrás probablemente descortezarme pronto. Conque, te tomaré por modelo.
—¿Qué significa «pronto»?
—Significa «rápido», «ahora mismo». En cambio a ti te oí decir: pad. En mi país pad es el paño que se pone debajo de la silla de un caballo. ¿Qué representa aquí?
—Un pad es un sendero entre la maleza. Un paso estrecho para una sola persona.
—¡Ahuh! Pero eso es un trail, Rol. ¡Vaya, no vas a divertirte cuidando de nuestra educación! Aquí, mi amigo Sterl, tuvo su madre que era maestra de escuela, y él es un hombre listo.
El sol se inclinaba sobre el horizonte; su resplandor se debilitaba adquiriendo un matiz rosa y oro. Sería un poco antes del atardecer cuando Jones llegó a la linde de la maleza que por tantas horas le había atraído como un señuelo. Sobre un trozo de terreno libre, a la orilla de una pequeña corriente de perezoso curso, quedaban señales de muchas hogueras.
Sterl levantó el brazo, señalando unas formas que se veían al otro lado del riachuelo, y gritó:
—¡Mirad!
Eran, efectivamente, nativos, pero al verles distintamente uno quedaba desconcertado por la primera impresión que causaba su aspecto.
—Un hombre negro, con su mujer, su hija y algunos chiquillos —dijo Jones.
—¡Santos Inocentes! —exclamó Red—. Tienen figura humana, pero... —el camarada de Sterl, con su agudeza natural, había dado en el clavo.
El grupo de indígenas no se apartaba del mismo borde de la espesura. Sterl contó seis personas al descubierto, pero algunas imágenes fugaces que captó su ojo le advirtieron que había otros entre las matas. El hombre era extraordinariamente alto, delgado, negro como el carbón e iba casi desnudo, y se apoyaba en una lanza que sobresalía por encima de su lanosa cabeza. Una escasa barba deshilachaba la línea de la parte inferior de su rostro. Sus grandes ojos sombríos y audaces les miraron unos instantes fijamente, muy abiertos; después el indígena se internó a largas zancadas dentro de los matorrales. Las mujeres se detuvieron, más movidas por la curiosidad. La más vieja, la gin2, constituía un espectáculo repugnante para la mirada; la otra, la lubra3, era de cuerpo robusto y de aspecto voluptuoso. Las dos iban casi desnudas, pues sólo llevaban una corta falda de hierba; los chicos andaban completamente desnudos. A la llamada de una voz ronca se escabulleron todos dentro de la maleza.
—¡Cielos! No quisiera encontrar al hombre ese de las piernas largas en la oscuridad! —dijo Red.
Sterl, en cambio, expresó un muy distinto deseo.
—Espero que vengan algunos a calentarse a nuestra lumbre.
Su anhelo fue escuchado. Al caer la noche, después de cenar, apareció el negro, y su figura entre las sombras parecía dominante, irreal. El cochero le dio algo para comer, y el nativo, despachándolo rápidamente, se acercó a Jones y le habló en voz baja.
Jones contestó señalando a Sterl.
—Allá está, sentado junto al fuego.
El negro se acercó despacio, permaneció quieto un momento a la entrada del círculo de luz y después se dirigió al vaquero, pidiendo con voz profunda y apagada:
—¿Tabaco?
—Sí —contestó el muchacho.
Y le ofreció el puñado que había tenido la precaución de sacar de su paquete. Al depositarlo en la mano del indígena pudo observar perfectamente que éste las tenía sorprendentemente finas y bien formadas. En seguida observó también que el negro despedía un olor fuerte, desagradable.
—Siéntese, jefe —dijo el vaquero, acompañando las palabras de gestos apropiados.
El negro se sentó, cruzando las piernas de modo que el cuerpo parecía descansar sobre ellas. Resultaba evidente que el tabaco que Sterl le había dado momentos antes, era cosa nueva para el indígena. Pero como el vaquero fumaba un cigarrillo, pronto el negro supo imitarle perfectamente. Adoptando el método que usaban siempre que los indios de la pradera visitaban su campamento, Sterl se encerró en un digno silencio. El negro era viejo; nadie hubiera podido establecer su edad. Había hebras de plata en su lanoso cabello y la cara era un mapa de líneas que ponían de manifiesto el estrago de una lucha bestial por la vida. Sterl adivinó que dentro de ese salvaje latía el pensamiento y la pasión, y se sintió presa de la mayor curiosidad. Jones se separó de sus compañeros de equipo para acercarse y hablar con el negro.
—¿Haber negros cerca? —le preguntó.
—Puede ser —fue la concisa respuesta.
Mí observar fuegos por toda la manigua.
Pero el indígena contestó a esta observación con el silencio. Al poco rato se levantó y con paso mesurado se internó en la oscuridad.
—¡Vaya pájaro raro! —dijo Red reflexionando.
—Me ha interesado, ciertamente —replicó Sterl—. Todo menos su olor: Rol, ¿todos esos negros huelen tan mal? —Algunos peor; otros no huelen en absoluto. El olor proviene de una sustancia con que se untan.
Al quinto día alcanzaron las colinas azules que habían constituido el señuelo de Sterl.
El camino carretero serpenteaba por una región rica en arroyos y en fértiles valles en la que abundaban los loros y periquitos. Aquel día pasaron al lado de una estancia y atravesaron una pequeña aldea dormida, compuesta por unas cuantas casas y un almacén, y rodeada de dehesas, en las cuales Sterl descubrió algunos caballos magníficos. El campamento ofreció aquella noche a los vaqueros una experiencia nueva. El cocinero no disponía ya de carne, y Jones les hizo salir a cazar. No tardaron mucho en encontrar canguros y ocasión de disparar sobre ellos. Una vez guisada, la carne tenía un sabor al que Sterl dijo que tomaría afición, a la par que Red declaraba que era igual que las chuletas de hotel o filete de búfalo.
Dos días más tarde, a cosa de las doce, la carreta, conducida por Jones, salió de la maleza sobre el borde de un largo declive que abría a la vista el panorama del valle de Slyter.
Jones iba señalando y explicando:
—Aquel camino conduce a Downsville; hay un buen puñado de millas. Éste va a la estancia del patrón. Disponemos de agua y de hierba para un número razonable de animales.
Pero Bing tiene ideas ambiciosas.
Poco después aparecía a la vista la casa del valle de Slyter, con sus paredes grises y su tejado de hojalata, emplazada pintorescamente en un margen verde con un bosquecillo de enormes eucaliptos detrás y medio escondida dentro de una valla de zarzos dorada. Las lomas se sucedían a ambos lados, cada vez más aplanadas, hasta confundirse en una pradera, cuyo suelo, rico en hierba, aparecía punteado por innumerables cabezas de vacuno.
Más abajo, asomaban a la vista las vallas de los corrales, formadas por estacas lisas, y después, un establo largo y bajo de techo, hecho de troncos, con un tejado de tierra, que se cubría de verde hierba y flores amarillas, en lugar de las feas planchas de hierro galvanizado.
—¡La casa! —gritó jubilosamente Jones—. ¡Ocho días de viaje! ¡No tan mal! ¡Con tal que no tuviéramos que enfrentarnos con esa imposible expedición!
—¡Bien, Rollie Tewksbury Jones! —declaró Red muy alegre—. Es usted humano, al fin y al cabo. Es la primera vez que le oigo refunfuñar.
Sterl saltó a tierra para estirar las entumecidas piernas. Red le gritó que escogiera un terreno un poco elevado para establecer el campamento, mientras él ayudaba a los otros a desenganchar. Sterl se puso en marcha con el fin de buscar un sitio para la tienda debajo de aquellos eucaliptos cubiertos de flor amarilla, y, de pronto, llegó a su oído el ruido de unas rápidas pisadas que venían de no sabía qué parte. Cuando doblaba la esquina del establo, con la cara vuelta al otro lado para ver quién era el que corría, alguien topó con él tan violentamente, que por poco le derriba.
Al volverse, vio que la persona en cuestión había quedado casi tendida en el suelo. Las botas y los pantalones azules que llevaba le hicieron creer que se trataría de un muchacho; pero una cascada de pelo castaño, inclinado hacia un costado, descubría la cara atezada y los ojos castaños también y centelleantes de una linda muchacha.
La chica se levantó apoyándose sobre las manos y echó la cabeza atrás para mirarle.
Sus finas mejillas se cubrieron con dos rosetas encarnadas. Los labios, del mismo color, dibujaron una sonrisa, que puso al descubierto unos dientes blancos y bien alineados.
—¡Oh, señorita! Lo siento... —balbuceó Sterl atropelladamente, con pesar—. Yo miraba a otra parte... Usted se precipitó sobre mí.
—¡Caramba! —replicó ella—. Papá decía siempre que algún día me iría a parar encima de alguien. Ya lo hice... Yo soy Leslie.


III
La muchacha se puso en pie de un salto, permitiendo con ello que Sterl observara que era de talla mediana, esbelta y fuerte, aunque dotada de formas redondeadas, que el atuendo de muchacho no conseguía disimular.
—Tú eres el vaquero yanqui de papá, ¿verdad? Pero no el pelirrojo.
—Yo soy Sterl Hazelton —replicó el muchacho—. Me alegra el haberla encontrado, señorita Leslie.
—Gracias. También a mí me alegra. Papá ha estado cuatro días en casa, y yo apenas podía esperar —añadió la muchacha, sonriendo con sus ojos claros maravillosos que le examinaron de pies a cabeza.
—Subí en busca de un lugar adecuado para nuestra tienda. ¿Hay inconveniente en plantarla allá, debajo de aquel árbol?
—Ninguno, por supuesto. Pero en casa tenemos una habitación sobrante.
—No, gracias. Red y yo no sabríamos dormir entre paredes.
—Descendamos. Quiero conocer a Red. ¿Habéis tenido buen viaje?
—Fue simplemente magnífico. Nunca me sentí tan fuerte y resistente.
—¡Oh, qué bien! ¿Te gustará Australia?
—Me gusta ya. Y Red tampoco sabe disimular cuánto le agrada este país.
El caso fue que se toparon con su compañero mientras éste, vuelto de espaldas, estaba sacando bultos de la carreta.
—Red, he aquí una señorita que viene a verte—. Sterl se divirtió viendo como su amigo sufría una sacudida, se ponía rígido y después giraba lentamente dejando ver una cara sonrojada y sorprendida—. Señorita Slyter, éste es mi amigo Red Krehl... Red, la hija de nuestro patrón, señorita Leslie.
En aquel momento, Slyter, que con su traje campero tenía un aspecto vigoroso y animado, llegó con paso recto hasta ellos.
—Roland, habéis hecho una excelente travesía. Así, pues, vaqueros, ya estáis aquí. ¡bien venidos al interior de Australia! Os vimos llegar y envié a Leslie a vuestro encuentro. ¿Qué tal estáis? ¿Y qué tal os ha probado el corto viaje?
—Slyter, nunca hice otro más agradable en mi vida —declaró Sterl.
—Patrón, fue maravilloso, sin duda alguna —añadió Red—. Pero... ¿corto? ¡Hum! Ha sido terriblemente largo. Esto me demuestra que tendremos que tratar de comprender mutuamente nuestro respectivo lenguaje.
—Eso llegará con el tiempo, Krehl. Yo apenas acabo de regresar de Downsville. Allán Hathaway parte mañana con seis vaqueros y un hato de mil quinientos bueyes. W oolcott ha reunido dos mil cabezas y seguirá al primero. Stanley y Eric Dann se irán pasado mañana con diez jinetes y tres mil quinientas cabezas. Nosotros vamos a reunirnos con ellos. Ormiston tiene tres vaqueros y ochocientos bueyes. Éste quiere hacer el camino con nosotros; sin embargo, no le conozco y no tengo muchas ganas de juntarme con él. Pero ¿qué puedo hacer?
Stanley Dann es nuestro jefe. Casi están acabando ya de reunir mi ganado. Ahora todo lo que nos queda por hacer es cargar los paquetes y ponernos en marcha.
—¡Oh, papá! ¡Estoy sobre ascuas! —gritó Leslie saltando de un lado a otro y palmoteando.
—Slyter, ¿cuántos jinetes, es decir, vaqueros, tiene usted? —preguntó Sterl.
—Cuatro, sin contaros a vosotros. Y aquí está Leslie, que vale tanto como cualquier vaquero. Yo conduciré nuestra carreta cubierta y Bill Williams, el cocinero, conducirá un carromato. Usted, Roland, se encargará del otro.
Siete caballistas, incluyendo a Leslie —dijo Sterl pensativo.
—Veo que te parece que no es bastante —le atajó Slyter en voz alta—. Hazelton, trabajo no va a faltar. No pude contratar a nadie más en toda esta comarca.
Patrón, y su remuda ¿qué tal? —intervino Red, con ansiedad.
—¿Remuda?
—Excúseme, mi amo. Así decimos en Texas para expresar un hato de caballos. ¿Cuántos caballos llevará usted?
—Hemos reunido Io mejor de mi lote. Cosa de un centenar. Los demás los he vendido en Downsville.
—Papá tiene los mejores caballos de Queensland —interrumpió Leslie.
—Bien, amigos, estoy contento de haberme librado de este quebradero de cabeza —concluyó Slyter con una carcajada—. Roland, dile a Bill que suba a cenar. Hazelton, y vosotros, muchachos, subid cuando hayáis descargado. Vámonos a ver a mamá, Leslie.
Sterl subió pausadamente por el margen cubierto de hierba, consciente de que experimentaba una ligera v rara sensación de placer, el origen de la cual pensó que sería mejor no analizar. Depositó el pesado rollo de lienzo embreado en el punto más a propósito y se sentó bajo el dorado brillo de los zarzos. La aventura en que se había metido parecía increíble.
Pero allí estaba aquel valle de verde v oro con cadenas de montañas en la lejanía, teñidas de púrpura por el sol poniente, y también Red, el de las piernas arqueadas, subiendo fatigosamente el suave declive, cargado de fardos. Al llegar junto a Sterl secándose el sudor que bañaba su roja faz, el vaquero dijo:
—¡Vaya una empresa extravagante! ¿Verdad, amigo? —Me dan canas de reírme, como dices tú algunas veces —contestó Sterl.
—Compañero, se me antoja que estos buenos australianos no tienen idea de lo que se les viene por delante. Se llevarán sus familias; por lo menos así 10 harán Slyter y Stanley Dann.
Un hombre que vale, según Jones. Y lleva consigo también a su única hija, Beryl Dann.
¡Vaya! La cosa se nos haría va bastante dura y penosa sin ese par de muchachas... Esta chiquilla de Leslie... Yo diría que cuenta unos dieciséis años. Sin embargo, está hecha una mujer y se halla en abundante posesión de todo lo que una mujer tiene que tener para trastornar a los hombres.
Un momento antes de que se hiciera oscuro, fueron llamados para cenar. Penetraron en una habitación grande y sencilla, en la que ardía un buen fuego sobre un hogar rústico de piedra y en la que una mesa bien provista de manjares humeantes y sabrosos invitaba a gozar de un buen ágape. La señora Slyter era una mujer rolliza y agradable. Leslie había heredado su físico. Sin embargo, cuando entró la muchacha, Sterl apenas supo reconocerla con aquel vestido diferente. Su franca y subyugadora alegría compensaba el silencio de la madre. Red había conseguido, sin embargo, hacer asomar la sonrisa en el rostro de la señora Slyter al decir que tal cena sería algo que recordaría a menudo cuando estuviese hambriento, allá, en las entrañas del Never-never.
—Muchachos, lo primero que quiero que hagáis por la mañana es preocuparos de los caballos —dijo Slyter—. Después cabalgaremos hasta la ciudad. Dann está impaciente por hablar con vosotros.
—Señorita Leslie: ¿qué decía usted sobre los caballos de su papá? —preguntó Red.
—Papá cría la mejor raza de Australia —replicó la chica—. En ellos tiene puesto el corazón. Y yo, por mi parte, también. La razón principal que le mueve a cruzar el Never-never es haber sabido que allá, en el lejano Noroeste, en la región de los Kimberleys, se encuentra el clima perfecto, juntamente con agua y hierba de sobra para satisfacer con creces los sueños del ganadero más exigente.
—Es cosa que da gusto oír. ¿Qué son los Kimberleys?
—Unas docenas de montañas. Eric, el hermano de Stanley Dann, las ha visto. Dice que son cual un paraíso. Varios años ha hizo un viaje a los Kimberleys, pero en aquella expedición no cruzaron el Never-never.
—Comprendo. Así, pues, las tres mil millas de camino que vamos a emprender ¿son ni más ni menos que un atajo más corto?
—Lo son realmente. El proyecto en sí me causa escalofríos de placer.
—Seguramente. Y lo comprendería muy bien para un muchacho. Mas para una chica...
—Estoy cansada de la escuela esa de Downsville. Además, no sabría dejar marchar a papá y mamá sin mí.
—¿De verás? Pero ¿sabe usted montar, señorita Leslie? —continuó Red con voz monótona y burlona.
—Haga el favor de no llamarme señorita... ¿Montar? Cualquier día le lanzaré un reto, señor vaquero.
—Haga el favor de no llamarme señor... No hay que decir que no querría correr compitiendo con usted. No hay muchacha en el mundo capaz de vencer a un vaquero de Texas.
—Yo no arriesgaría presagios ni apuestas —intervino Sterl.
—Sería mejor no hacerlo. Mis caballos son los mejores de Qeensland —afirmó Leslie, convencida—. Este otoño nos perderemos las carreras. Y lo siento, pues constituyen toda la diversión que aquí tenemos.
—Sus caballos... ¿Quiere decir los de su papá? —inquirió Red.
—No, míos propios. Tengo diez. ¡Estoy impaciente para mostrároslos!
Cuando los vaqueros hubieron dado las buenas noches y mientras se dirigían hacia su campamento, Red preguntó: —Amigo, ¿miraste bien a Leslie esta noche?
—Tenía un aspecto muy atractivo sin duda, con aquel traje azul. Estoy de acuerdo en que nació sobre un caballo. ¿Te diste cuenta de que se mostraba un poco menos desenvuelta contigo que conmigo?
—No, amigo, no me di cuenta.
—Sin embargo, así es. Pero ello no me priva de probar fortuna. ¡Oh! , no alimento grandes esperanzas de eliminarte; nunca conseguí conquistar ninguna chica cuando tú formabas parte de la escena.
—Red, puedes quedártelas todas —declaró Sterl formalmente.
Al despertar el día estaban fuera de la dehesa, cargados con sillas, bridas y mantas.
Frente a ellos, otro cercado señalaba el acceso hacia el fondo del valle. El ganado mugía, los caballos relinchaban, las tórtolas cantaban; en la hierba y en las matas se veían los reflejos de un abundante rocío. Allá, al fondo del sendero, unos jinetes montados a pelo conducían una reata de caballos al interior de un cercado.
Al cabo de un instante, Sterl y Red se encontraban (lo mismo que habían estado, millares de veces quizás, en los ranchos del Oeste) encaramados en la cima de la valla del corral, observando con ojos sagaces y experimentados el hato de caballos, peludos y polvorientos, pero gordos y llenos de fuego y de ímpetu. Eran animales soberbios en todos los aspectos, que descendían de un lote de corceles de pradera corpulentos y más pesados que los caballos corrientes del Oeste; y en este sentido eran notoriamente superiores a los rocines de las llanuras.
—¡Maldita sea! Nunca vi nada que los igualara. ¿Será preciso que hayamos venido aquí, tan lejos, para ver que el ganado inglés quita la palma al nuestro? —preguntóse Red.
—Pero, muchacho, los buenos caballos han de poseer velocidad y nervio —replicó Sterl con voz desmayada.
—Diablos, puedes ver que rezuman esas cualidades en cada línea de su cuerpo. Los caballos son lo mismo en todas partes. Lo que ocurre es que nosotros no conocíamos nunca otra cosa que rocines de ojos malignos, que mordían y coceaban.
—Red, recuerdo unos cuantos que no merecen esa calificación: Baldy, Cara Blanca, Spot..., y no es posible que olvides a Dusty, el que se destrozó el corazón y murió de pie por ti.
—¡Cierra el pico! No quería decir un caballo entre mil. ¡Santo Dios! ¿Podría olvidar el día en que Dusty aventajó a los de los comanches? Jones se acercó, andando sin prisas, acompañado por un corpulento joven, a quien presentó con el nombre de Larry.
—El dueño ha dado orden de que cada uno de vosotros escoja cinco caballos —le dijo—.
¡Apresuraos, pues!
—Vaya, Rol, estos animales se ven tan endiabladamente buenos que no considero necesario seleccionarlos. Pero sirve de diversión... Sterl, echemos a cara o cruz quién elige primero.
Red ganó y, tras un momento de vacilación, escogió el corcel de pelo negro brillante que tenía el corazón robado a Sterl.
—Es una maravilla —estalló gritando con entusiasmo.
—¡Cielos, qué caballo! Me lo quedo...
—Aquí hay un bayo para mí. Le llamaré como tú, Red. Pero no veo ninguno negro semejante al que me has arrebatado.
A su espalda se elevó, vibrante, la rica voz de contralto de Leslie.
—¿Qué hay sobre un caballo negro?
—¡Hola! —contestó Sterl!—. Me preguntaba qué sería de usted.
—Buenos días, Leslie —dijo Red—. En cierto modo, la prefiero así, con ropa de montar.
No resulta una visión tan peligrosa para un pobre vaquero que haya estado montando un rato con eso.
Sterl pensó que, efectivamente, había cabalgado y no pudo recordar ninguna muchacha de rancho que la igualara. Su chaqueta de cuero, gastada por el uso, las hebillas relucientes, las espuelas en que se veía un mechón de pelo de caballo, los ajados pantalones embutidos en las altas botas, su blusa gris y el colorido pañuelo, su cabello castaño, formando una trenza que le caía sobre la espalda; todo ello encantó a Red, aparte por completo, además, sus mejillas, adornadas de rosas rojas, a las que el aire y el sol habían dado un matiz dorado, y sus carnosos labios parecidos a cerezas, y sus fulgurantes ojos.
—A Red le tocó escoger primero —explicó Sterl a la muchacha—. Y me ha arrebatado ese negro.
—No lo hacéis del todo mal, vaqueros —contestó Leslie, examinando con la mirada los caballos que habían elegido—. ¡Los yanquis sois los charlatanes más originales del mundo! —exclamó cuando los dos vaqueros hubieron terminado de competir en la elección de caballos—. Pero creo que sois también buenos conocedores. Venid ahora; os voy a mostrar algunos verdaderos corceles australianos.
Sterl se había dicho que la invitación sería como para satisfacer a un buen amante del género equino, pero, cuando miró por entre los barrotes de la valla del corral vecino al cobertizo, apenas pudo dar crédito a sus ojos. Estaba contemplando los mejores caballos que hubiese visto reunidos en una misma manada en toda su vida de jinete de la pradera. No eran ya potros peludos, polvorientos, sino caballos de pura sangre, bien atendidos, lisos y brillantes, pletóricos de condiciones.
—Leslie, ¿quién dedica a esos caballos un cuidado tan exquisito? —inquirió Sterl con voz entrecortada por la sorpresa.
—Yo un poco. Pero Friday principalmente. Friday es mi negro. Papá le ha mandado a la ciudad... Bien, os permito que «digáis» algo.
—No puedo, chiquilla —replicó Sterl con vehemencia. —Los caballos han sido lo más importante de mi vida. ¡Y esos suyos...! Pero ¿son verdaderamente suyos, Leslie?
—De veras. ¡Míos! No poseo nada más. Apenas si un vestido nuevo a mi nombre. Y unos cuantos libros.
—Leslie, ¿no tiene ningún pretendiente? —preguntó Sterl con descuido.
—Los tuve, pero papá, últimamente, les cerró la puerta —contestó la muchacha, muy seria—. No es que me importara mucho. Sólo que después me encontré más sola.
—Bien, señorita —intervino Red—; no estará tan sola de ahora en adelante, si mi presentimiento no falla.
—Aquel caballo negro... —interrumpió Sterl, señalando a un noble bruto.
—Aquél es King. Tiene cinco años y fue criado por la yegua grande de papá. King ha ganado todas las carreras en estos dos años últimos. ¡Oh, es muy rápido! En la última, me derribó. Pero vencimos.
—Así, pues, ¿lo montaba usted? ¡Bravo! —exclamó Sterl, sorprendido y admirado.
—Sí, lo monto. Pero papá dice que no lo permitirá más; por lo menos en carreras. Es demasiado fuerte y tiene la boca como el acero. Cuando corre compitiendo con otros caballos resulta terrorífico.
—Tendré que ponerle la mano encima comentó Sterl.
—¡Tú lo montarás, cowboy! —replicó la muchacha—. Entremos en la dehesa.
Red se había sentado a horcajadas sobre el último barrote de la valla, haciendo gala de un elocuente silencio. Leslie penetró en el cercado silbando y llamando a voces a los caballos.
Las bestias levantaron la cabeza y algunas empezaron a acercarse; poco después se adelantaron todas en tropel, las cabezas gallardamente enhiestas y las crines al viento.
Empero, algunas yardas antes de llegar a la valla, se detuvieron impacientes, relinchando, pero desconfiando de los extranjeros.
—Sube aquí arriba, amigo —llamó Red—. Les das miedo. ¡Es el instinto! Conocen que eres un hombre de Arizona, de rudo cabalgar.
Leslie se apartó algo de la valla y empezó a llamarles con cariñoso reclamo. Un animal moteado de gris y de hermoso aspecto fue el primero en acercarse a la muchacha.
—Jester —le habló Leslie al mismo tiempo que le cogía de la crin para conducirle hacia la cerca—. Es uno de mis mejores, y aunque es artero, lleno de diabluras, es rápido también, incansable... Red, ¿te gustaría disponer de él en la expedición? A mí me agradaría que lo tuvieras. Te creo lo bastante inteligente para congeniar con ese bicho.
—¿Lo cree? ¡Oh, Leslie, es demasiada bondad la suya! ¡Cierto que me ganó el corazón desde el primer momento! ¡Pero no debería tomarlo!—¡Cosa hecha! Es tuyo. Baja y traba amistad con él.
Red obedeció con celeridad; Sterl seguía con la mirada la mano fina y morena del cowboy que ascendía, lenta y segura, para acariciar el arqueado y lustroso cuello del animal.
—¡Jester, feliz caballo endiablado! ¡Vaya! Si soy el jinete más cariñoso que nunca pasara su pierna sobre una silla —iba diciendo el cowboy al noble bruto.
—King, ven aquí —llamaba Leslie, mientras tanto, al magnífico corcel negro. Pero fue un hermoso bayo el que se acercó obedeciendo el mandato de la chica—. Lady Jane, ya sabes que pienso montarte esta mañana, ¿verdad? —explicó Leslie a la yegua acariciando su hocico, que resoplaba, y descansando la mejilla sobre la cuidada crin negra.
Excepto King, la mayoría de los otros caballos se acercaron solicitando su preferencia.
Ella los presentó a los vaqueros como si fueran personas de alto copete: Duke, un corpulento alazán de las praderas, casi rojo, cuya gallardía y poder se manifestaban en cada uno de sus movimientos; Duchess, una yegua blanca de larga cola a quien cuadraba el nombre perfectamente; Lord Chester, un elegante garañón gris, al cual era difícil pasar por alto aun entre aquel escogido grupo.
—King —dijo Leslie con acento solemne—, éste es un vaquero americano, Sterl Hazelton, que será quien te monte; he dicho quien te monte, a ti, en nuestra expedición, gran demonio.
Eso era precisamente lo que había temido Sterl.
—Leslie, no me pida que lo acepte. ¡Es su favorito! —protestó el muchacho.
—¡Pero si no lo es! Ya no le quiero; es decir, no le quiero tanto desde que me derribó.
Haz el favor, Sterl.
—Solamente quería hacerme de rogar —replicó el muchacho, con llaneza—. Gracias, Leslie. Sólo que es demasiado hermoso para ser verdad... Tuve una vez un caballo...
—Sácalo fuera —interrumpió Leslie al tiempo que, con sorprendente facilidad, saltaba sobre el desnudo lomo de Lady Jane. Red la siguió conduciendo a Jester, y Sterl excitó cariñosamente al negro para que se reuniera con ellos.
—King, examinémonos bien uno a otro —dijo Sterl, dejando suelta la crin del animal y retrocediendo unos pasos para quedarse de pie enfrente del caballo.
King levantó con presteza su noble cabeza y a sus oros negros asomó una penetrante curiosidad, pero sin la menor señal de miedo. El cowboy alargó una mano confiada para acariciarle el hocico.
—Ensillad, muchachos —ordenó Leslie deslizándose de su montura—. Efectuemos el viaje que decíamos a la ciudad. No tengo intención de haceros conocer a las chicas. porque ellas se quedarán aquí, excepción hecha de Beryl Dann, y precisamente a ésta me da rabia presentárosla.
Sterl no expresó su sorpresa, pero Red estalló en voz alta:
—¿Y por qué, Leslie?
—Me dará celos —confesó la chica con franqueza, riendo—. Me gustaría teneros a los dos para caballeros míos. ¡Oh! Beryl es encantadora, a pesar de ser coqueta y orgullosa. Su padre es el dueño de la hacienda, por así decirlo.
Al cabo de un instante habían montado en aquellas sillas inglesas, extrañas para los dos amigos, y estaban dispuestos para emprender la marcha. King se encabritaba un poco. Sterl tenía clara conciencia del tremendo poder que latía en el cuerpo del animal.
Un ramal de la carretera daba la vuelta a la casa; el otro, el que tomó Leslie, cruzaba el arroyo y ascendía serpenteando por la pendiente, penetrando en la maleza. Los grandes zarzos derramaban sobre los jinetes una sombra dorada, a través de la cual les seguía el cur-a-uuong de las urracas Bell Magpies.
—Es una variedad de urracas —dijo Leslie—. Les quiero tanto casi como a los cocaburras.
Eso me recuerda una cosa. Papá no me permitirá que me lleve todos mis favoritos.
A medida que los tres jinetes siguieron cabalgando, el espeso matorral empezó a clarear, y al cabo de otra milla se encontraron en campo abierto, entre lomas ondulantes y pequeños valles cuya hierba había sido raída por el ganado. Un instante después Sterl descubrió caballos v bueyes, y columnas de humo, y al final una gran casa blanca con grandes depósito de agua, de hojalata, bajo los aleros. En casa de Slyter no había observado este detalle, pero se había dado cuenta perfectamente de que la mayoría de los propietarios de ranchos de Australia tenían que economizar el agua en la estación seca. El edificio que tenían delante era la estancia de Dann, situada en las mismas afueras de la ciudad.
—Allí está Beryl —dijo Leslie al mismo tiempo que, agitando una mano enguantada, llamaba a una chica.
Sterl vio que se trataba de una muchacha de bello rostro, hermosa cabellera y de una gracia innata que se manifestaba incluso con el` traje que llevaba en aquel momento, y que era evidentemente el de los días de hacienda.
—Amigo, ¿no te parece que tendría que poner pies en polvorosa? —comentó Red con voz alterada.
—Yo diría que sí —replicó Sterl—. ¡Y yo también!
—¡Defiendan su bandera, señores! —replicó Leslie.
Al cabo de un momento Sterl se encontraba con el sombrero en la mano, haciendo una graciosa reverencia a una hermosa muchacha, algunos años mayor que Leslie, la expresión de la cual revelaba simpatía, pero que, no obstante, escondía curiosidad.
Sterl improvisó un pequeño discurso lisonjero, a la par que Red dijo escuetamente, con su deje meridional:
—Bien, señorita Dann, puede estar segura de que me alegro de conocer otra joven australiana. Este compañero mío, Sterl, y yo hemos estado algo preocupados respecto a esta larga expedición, e incluso pensando en volvernos atrás. Pero eso terminó desde este momento.
Beryl Dann no era ni demasiado mayor ni demasiado desdeñosa para no sentirse complacida y lisonjeada por el discurso que le dedicó Sterl, quien comprendió que había sido para ella algo inusitado.
Mientras éste seguía cabalgando al lado de Leslie, observó, sin necesidad de mirar atrás, que Red no les acompañaba.
—¿Te ha gustado? —preguntó la chica, dirigiendo a Sterl una mirada de reojo.
Leslie era ya una mujer; sin embargo, el cowboy no supo resolver la situación con una jocosa duplicidad, que era lo primero que estuvo tentado de hacer.
—Sí, por supuesto —confesó francamente—. Es bonita y graciosa, si bien, quizás, un poco altanera. Me estaba preguntando si ha vivido aquí mucho tiempo.
—Sí. Los Dann residen aquí desde hace cinco años. Pero Beryl fue a la escuela de Sydney, y visita a menudo dicha ciudad. ¡Es una muchacha encantadora! Todos los jóvenes la cortejan... ¿No te enamoraste de ella al primer golpe de vista?
—No, chiquilla, no me enamoré.
—No me llames chiquilla —interrumpió ella rápidamente y con viveza—. Soy una chica mayor. j Tengo la edad suficiente para casarme!
—¡Oh! Nunca lo hubiera imaginado —replicó Sterl para mortificarla.
—Sí. Papá así lo creía; quería prometerme al dueño de una estancia de esta comarca. Pero yo no quise... Red no ha podido escapar al hechizo de Beryl; es cosa evidente. Mira hacia atrás.
Sterl obedeció la indicación de su compañera, y vio que el cowboy se inclinaba todavía en su silla para contemplar fijamente a la muchacha de hermosa cabellera que tenía ante sí.
—Sterl, me gusta Red —continuó Leslie en tono confidencial—. Mas nunca le permitiría que lo notara. No conozco a los vaqueros, por supuesto, pero conozco a muchos jóvenes que son como demonios para ir tras las mujeres. Red es uno de ellos; lo presiento... Pero me parece que tú eres diferente. Sterl, siento unas ganas locas de emprender este viaje... ; y, a pesar de todo, tengo miedo. Habrá veinte hombres jóvenes con nosotras. Sé de qué son capaces, incluso yendo sólo hasta Brisbane. ¡Y es un viaje de ocho días! ¡Ahora, mi madre, la hermana de Stanley Dann, Beryl y yo seremos las únicas mujeres...!
—Leslie, sus padres no debían llevarla consigo.
—Pero yo quiero ir. Beryl va también. Ello significa nuevos hogares, nuevos amigos, nuevas vidas... Sterl, confío que serás un hermano mayor para mí. ¿Quieres serlo?
—Gracias. Lo intentaré —respondió Sterl con sinceridad. El buen criterio de la muchacha, expresado con tanta franqueza, le había impresionado profundamente—. Pero soy extranjero y puede darse el caso de que resulte lo que Red llama un hombre no del todo bueno.
—Puede darse, pero no lo creo... Me agradas, Sterl. No me das miedo. Mamá dice que soy una tunantuela; pero soy sensitiva. Estos hombres del interior le hacen la corte a una descaradamente; la abrazan, la besan..., o tratan de hacerlo. El interior es una lucha continua por el amor, por las mujeres, por el ganado..., por la vida misma. Leslie, eso es muy parecido a lo que sucede en los ranchos del Oeste, de donde vengo. Me parece que comprendo un poco lo que siente una muchacha.
—Vas a ser un gran apoyo para mí, Sterl —dijo con alegría la joven—. Ya estamos aquí, en la misma ciudad. Mira, allá viene Red, que ha puesto a Jester al trote... Aquélla es la escuela donde iba yo... ¡Oh, había olvidado algo que tenía interés e contarte! ¿Te acuerdas de que papá mencionó a un ganadero, un tal Ashley Ormiston?
—Sí. Es aquel que míster Dann quiere asociar a su padre.
—Sterl, la idea no me gusta nada en absoluto. Míster Ormiston es nuevo en Downsville, pero desde las carreras a esta parte se ha exhibido mucho. Como le verás hoy mismo, no es necesario que te lo describa. Yo le conocí el día de las carreras, y, para ser sincera, debo confesar que de momento quedé fascinada. Pero, Sterl, él... él me ofendió aquella misma noche. Desde entonces trato de evitarle.
—¿Se lo ha contado a su padre? —preguntó Sterl.
—No me atrevo —replicó ella sencillamente.
En aquel momento Red les dio alcance.
—Atemos los caballos aquí —dijo Leslie, parándose—. Y ahora, muchachos, id en busca de papá; os estará esperando en alguna parte. Stanley Dann quiere conoceros. Sed buenos. No bebáis o, de lo contrario, olvidad que sois mis vaqueros.
Habiendo doblado una esquina, los dos amigos se encontraron delante de un gran almacén frente al cual se había reunido una gran multitud, compuesta en su mayor parte de hombres que en aquel momento estaban tratando de alejarse de algún conflicto que se había producido. En aquel instante, Sterl observó que un blanco arrojaba a un indígena en medio del arroyo. Gracias a los gritos de una mujer, se enteró de que se trataba de Friday, el negro de Slyter.
Sterl bajó de la acera, destacándose de la piña de gente. Entonces un hombre blanco, ágil y vigoroso, saltó a la calle y se puso a patear con saña al negro hasta dejarlo tendido en el suelo.
Sterl se acercó, puso una mano firme encima del agresor y le empujó atrás, no con mucha dulzura precisamente.
El hombre se irguió. Era un tipo de frente morena, hermosas facciones, de unos treinta años de edad y que vestía el traje de ganadero.
—¿Qué tiene usted que ver con este negocio? —preguntó con voz ronca, jadeando.
—Me parece, solamente, que ha golpeado ya demasiado a ese negro —declaró Sterl con calma.
—¿Quién es usted? —preguntó el otro, echando fuego por los ojos y lanzando sobre Sterl el aliento, que despedía un fuerte olor a whisky.
—No importa. Soy un recién venido.
—¡Maldito entrometido, asqueroso yanqui! —gritó el australiano al mismo tiempo que con el revés de la mano le pegaba un golpe en la boca, que le hizo tambalear.
Recobrado el equilibrio, el vaquero se abalanzó y dio a su antagonista un inesperado golpe, asestando en seguida con la derecha un puñetazo rudo y feroz a los malignos ojos de su contrincante, que cayó como un buey bajo el hacha.
Red corrió a ponerse al lado de su camarada. El rumoroso círculo de espectadores llenaba la calle. Con gran pena por su parte, Sterl descubrió entre ellos el pálido rostro de Leslie. En aquel instante su padre la hacía retirar, mientras él se adelantaba acompañado por un gigante de cabello requemado por la intemperie y de aspecto y porte leoninos.
Slyter dirigió una mirada al hombre que se retorcía por el suelo y después al negro.
—¡Friday! ¿Quién te ha pegado?
—Patrón, ese tipo —replicó el negro, señalando a su brutal agresor.
—Dann, es Ash Ormiston! —exclamó Slyter.
—Ya lo veo. Parece como si le hubiese pateado un caballo... Oiga, usted, ¿qué significa eso? —preguntó el gigante, con voz de trueno, volviéndose hacia Sterl.
Red intervino, tranquilo y prudente:
—Vigila a ese hombre, amigo. Puede ser que lleve un arma.
—¡Krehl! —exclamó Slyter—. ¿Tumbaste tú a Ormiston?
—No, fue Sterl. Pero me habría gustado ser yo. —Stanley, éstos son mis dos cowboys americanos, Krehl y Hazelton.
—Borrachos y peleando, ¿eh? —inquirió Dann.
Sterl se encaró con él, con un humor nada conciliatorio. —No, no estoy borracho —gritó con voz excitada—. Es vuestro compatriota quien lo está. Le encontré golpeando a este negro, Friday. ¡Le daba puntapiés en la cara y en el pecho! Yo intervine. Él me llamó maldito entrometido, yanqui asqueroso. Entonces le zumbé.
—Friday, ¿qué hacías tú con Ormiston? —preguntó Slyter, malhumorado., —Negro contar más tarde —contestó Friday con su lenguaje defectuoso. Y se alejó con paso majestuoso hacia el grupo de gente, en donde Sterl vio que Leslie trataba en vano de detenerle.
Mientras tanto, Ormiston se había puesto en pie tambaleándose sobre las inseguras piernas y luciendo un ojo amoratado, que empezaba a hincharse.
—¿Dónde está el yanqui... ese que me pegó? —dijo escupiendo las palabras.
Dann le puso una mano encima con gesto apaciguador.
—Amigo, estás borracho.
Pero Sterl se enfrentó con él.
—¡Saca la pistola, si llevas!
Ormiston apartó a Dann de un violento empujón.
Este último hizo un ademán a la turba de gente al mismo tiempo que gritaba:
—¡Dejad libre la calle!


IV
S i Ormiston llevaba algún arma escondida, no hizo ningún movimiento para sacarla.
La mano de Sterl se había deslizado hacia el costado.
—No quiero liarme a tiros con un vagabundo yanqui —jadeó el australiano.
—No. Pero no se contiene para golpear a un pobre negro cuando está en el suelo —replicó Sterl.
—¡Vaya! ¡Vaya! —exclamó Red con una risa fría, sin regocijo y llena de escarnio, al mismo tiempo que volvía a dirigir una mirada de reojo al costado de Sterl—. Es usted muy meticuloso en ver delante de quién saca un arma, ¿verdad, míster Ormiston? Bien, en esto demuestra, tener buen sentido.
—¡Dann, usted es magistrado aquí! —gritó el aludido—. Mande que esos yanquis salgan de la ciudad.
—Ya le dije antes que está borracho —replicó Dann—. Usted suscitó una querella y después no pudo sostenerla airosamente.
—No, yo no fui. Solamente golpeé a ese fastidioso negro. Es el yanqui quien buscó camorra... Y no quiero enredarme en una pelea a tiros con un vagabundo extranjero —replicó Ormiston precipitadamente y con voz ronca.
—Señor, ¿por qué no saca esa pistola que le veo debajo de la chaqueta? —masculló Red.
—Dann, ordene que se marchen estos yanquis —insistió Ormiston con voz estridente.
—No. Usted ha perdido la cabeza —declaró Dann—. Slyter ha contratado a esos cowboys para que le ayuden en la travesía.
—¿Es verdad, Slyter? ¿Llevará consigo a esos americanos?
—Sí, los he contratado.
—¿Quiere despedirlos?
—No, de ningún modo.
—Siendo así, rehúso llevar mis vaqueros y mis rebaños a la expedición que organiza Dann.
—No me importa un comino lo que usted haga —atajó Slyter.
Ormiston hizo un yigoroso y apasionado gesto y desapareció abriéndose paso a empellones por entre la multitud. Sin perder tiempo, Slyter cogió a Sterl y a Red y los arrastró consigo al interior de una tienda. Dann los siguió. Una vez dentro, los cuatro hombres se miraron cara a cara.
—Caballeros, estoy horriblemente apenado —empezó Sterl—. Es más que lamentable que haya tenido que desbaratar sus planes en el último momento. Pero no pude soportar tan sucia y canallesca brutalidad.
—Amigo —masculló Red con tranquilidad, liando un cigarrillo—. Si no hubieses sido tan endiabladamente rápido, le hubiera arreado yo mismo al tipo ese.
Dann se acariciaba la dorada barba con la maciza mano mientras sus penetrantes ojos estudiaban a los vaqueros.
—Fue una desgracia que Ormiston hubiese bebido —intervino—. Pero juraría que el negro no merecía de ningún modo que le pegaran. Friday es el mejor indígena que he conocido: es honrado, leal y muy adicto a Leslie, porque la chica fue caritativa con su mujer cuando estaba en el lecho de muerte.
Avanzando un paso con la lentitud que le era peculiar en determinadas circunstancias, Red inquirió:
—Señor Dann, me gustaría preguntarle, sin intención de ofender, si no hay acá y acullá algunos ingleses que sean ni más ni menos que unos perfectos granujas.
—Los hay, vaquero, téngalo por seguro —contestó Dann con una franca carcajada que demostraba que hablaba con convicción.
—Bien, me satisface ver que lo admite. Si alguna vez encontré a un hombre ruin, ése es Ormiston. Quizá no habría sido tan fácil descubrir su fondo a no ser por la bebida. No.
Ormiston no es ni mucho menos un hombre honrado... Y ha estado a punto de recibir su merecido.
—Dime, Hazelton —preguntó Dann, como pensando en voz alta; sus ojos ambarinos llenos de pequeños destellos movedizos—: si Ormiston hubiese hecho la acción de sacar el revólver, ¿cómo habrías reaccionado tú?
—Hubiera matado al insensato —declaró Sterl.
—¡Sin duda! ¿Te diste cuenta de que Ormiston iba armado?
—No. Pero lo comprendí... Y ahora, Slyter, creo que lo que Red y yo tenemos que hacer es abandonar la ciudad en seguida.
—No haréis nada de eso —replicó Slyter resueltamente.
—Muchachos, ni pensarlo —añadió Dann—. Ormiston hablaba por hablar, y no nos dejará.
Como todos nosotros, ve en la travesía un camino hacia la riqueza. Y por nuestra parte le necesitamos. Cuantos más ganaderos, cuanto más ganado, mayores probabilidades de éxito tendremos.
—Señor Dann, comprendo la necesidad de ustedes. Pero si estamos Red y yo, chocaremos con él.
—Escuchad, jóvenes gallos de pelea —continuó Dann con acento persuasivo—: en el interior tendremos demasiados choques con los elementos y con los negros para que nos quede tiempo que perder luchando entre nosotros. Antes de haber llegado al Never-never todos seremos hermanos. ¿No es así, Bing?
—Así ha sucedido en otras expediciones —replicó Slyter, formalmente—. Si vosotros, muchachos, sentís algún interés por mí, o por Leslie, olvidad ese incidente y corred el riesgo.
—Patrón, nosotros nunca le abandonaremos interrumpió Red.
—Seguiremos —añadió Sterl con un tono que valía tanto como una prenda—. Pero ¿han conducido ganado alguna vez a través de un terreno virgen y difícil, durante meses interminables, soportando todos los rudos golpes que una comarca desolada puede asestarnos?
—No, Hazelton, nunca hemos participado en una travesía que mereciera tal nombre —contestó Dann—. Pero mi hermano Eric sí la hizo. No sé si porque está demasiado curtido y es insensible o porque no quiere que las conozca, siempre aminora las dificultades. Lo que pasa es que Eric ha fracasado en varias empresas que había emprendido en Queensland.
—¿Quieren un consejo?
Dann movió la leonina cabeza en señal afirmativa.
—¡Cierto que sí! Ahora sería demasiado tarde aunque quisiera volverme atrás; quizá la Providencia os ha enviado a vosotros, jinetes del Oeste, para ayudarnos. Y volviendo a lo más importante, explicadme por qué clase de terreno habéis conducido ganado; qué distancia había; cuáles eran los obstáculos que se presentaban; cómo os las arreglasteis.
—Eso es fácil, caballeros, y pueden creer lo que voy a contarles —respondió Sterl—. Hace algunos años, después de la guerra civil exactamente, Texas estaba repleta de millones de cornilargos. Los rancheros no encontraban mercados en la región. Uno de ellos, llamado Jesse Chisholm, concibió la idea de conducir rebaños de bueyes desde el sur de Texas y a través de las llanuras hasta Kansas. Chisholm empezó con paso de tres mil cabezas de ganado y doce caballistas. Hizo el viaje (quinientas millas) en algo más de noventa días, perdiendo cuatro vaqueros y dos mil bueyes. Pero vendió lo que le quedaba a un precio altamente remunerador.
La travesía que hizo, llamada ruta Chisholm, inauguró las emigraciones de ganado en Texas.
»En cuanto a las dificultades —siguió diciendo el vaquero—, en aquellos primitivos tiempos acampaban entre el Golfo y los Dacotas cincuenta millones de búfalos. Durante años, las desbandadas provocadas por ellos fueron el peor obstáculo que tuvieron que vencer los conductores.
El segundo consistía en los ataques e incursiones de los indios salvajes. Era preciso, además, vadear ríos, algunos bastante caudalosos y anchos, que a menudo bajaban crecidos.
En los años secos, había que hacer largas etapas para encontrar agua. También las tempestades de truenos provocaban frecuentes desbandadas de los rebaños, y, asimismo, resultaba terrible enfrentarse con las tormentas de polvo y las de arena. En otoño e invierno, el del Norte, el viento glacial que soplaba de un límpido cielo, era cosa que inspiraba terror y aversión a los caballistas. Y, finalmente, apareció el merodeo, la era de los ladrones de ganado, que sigue en auge en estos momentos.
—¡Magnífico! ¡Magnífico! —exclamó Dann con los ojos brillantes—. Jesse Chisholm era un hombre de los que me gustan. Un salvador de Texas, ¿no es así?
—Efectivamente, salvó a Texas y edificó el imperio del ganado.
Red soltó una columna de humo, y dijo con su voz gangosa:
—Patrón, una vez estuve con Jesse. Era un gran hombre ¡y más duro que los goznes de las puertas del infierno! En alguna ocasión les contaré historias suyas, una es especial, la de la marca de cascabel que llevaba su ganado, que se hizo tan famosa.
—Amigos, me gustará escuchar historias cuando el tiempo lo permita —dijo el ganadero con voz sonora—. ¡Doy gracias a Dios por haberos enviado a Australia! Todavía una cosa, Hazelton, ¿cómo guiabais vuestros rebaños?
—Los agrupábamos en un gran triángulo con uno de los vértices apuntando en dirección a donde queríamos ir. «Apuntar el rebaño», era el nombre que se daba a esta operación. Dos de los vaqueros de más nervio se encargaban de dirigir este vértice. La masa del ganado seguía a los delanteros. Otros dos vaqueros se situaban a cada lado en el centro de la manada y los demás se colocaban en la ancha base del triángulo cuidando de recoger y agrupar de nuevo a los rezagados y desertores.
—¿Eras tú uno de los que cabalgaban a la cabeza? —preguntó Dann.
—No, pero Red sí, siempre. Yo era un buen auxiliar para cuidar de los rezagados.
—Vengan esos cinco, muchachos —rugió Dann—. Slyter, daré órdenes a mis vaqueros para que pongan mi ganado en marcha mañana sin falta. A Ormiston voy a decirle que vaya o se quede, como guste... Hasta pronto, que nos encontraremos en el camino. ¡Adiós!
Sterl se dio cuenta de que la tienda estaba llena de gente intrigada. Él y Red eran el blanco de todos los ojos. A su compañero le gustaba esa atención, pero a él le enojaba, especialmente si se producía, como había ocurrido tan a menudo, después de haberse visto comprometido en una pelea. Al pensar cuán cerca estuvo de agujerear el cuerpo de Ormiston, sintió que un escalofrío recorría el suyo. Hubiera deseado que en Australia no se criara el tipo de hombres malvados entre los cuales se había visto obligado muchas veces a trabajar.
Al salir encontraron a Leslie con los brazos cargados de paquetes. Los dos amigos la libraron inmediatamente de su carga. Una mirada al blanco rostro de la muchacha y a los ojos que brillaban intensamente le causó a Sterl tal desmayo, que le impidió pronunciar palabra.
Ella fue testigo de su encuentro con Ormiston. Ahora, mientras andaba entre los dos vaqueros, Leslie apoyaba su mano en el brazo de Sterl. Así llegaron al punto donde se encontraban los caballos.
Red se dirigió al corcel diciendo:
—Aquí estamos, Jester, dispuestos, como primera diligencia; a convertirte en caballo de acarreo.
Sterl comprendió perfectamente que su amigo hablaba para dar una salida a la situación. Él, por su parte, dijo, dirigiéndose a la muchacha:
—Leslie, ¿ha terminado sus compras?
—No del todo. Pero no estaré mucho rato... en la ciudad —replicó ella con voz alterada e insegura. Después, montada en su caballo, con un estilo que a Sterl le recordaba el de los comanches, añadió—: Dadme unos cuantos paquetes.
Al entregárselos, éste le preguntó, mirándola fijamente: —Leslie, ¿estuvo usted presente?
—Sí. Lo vi todo.
—Lo siento. Aquí, como en todas partes, he tenido que dar un mal paso.
—¿Quién dice que fuera un mal paso? —replicó ella.
—Pero, Sterl..., ¿aprovechaste la oportunidad de herir a Ormiston por causa mía?
—Pues bien... Primero por la de Friday... y después por la suya. Sin embargo, hubiese intervenido igualmente sin que supiera nada de él o de usted. Yo soy así, Leslie.
—Si eres así, eres grande... Decir que sentí un escalofrío, no expresaría lo que experimenté cuando arremetiste contra él... Pero, después, cuando parecía que la querella terminaría a tiros, por poco me desmayo.
—Así, pues, ¿es ésa la causa de que esté usted tan pálida? —observó Sterl esforzándose en dar a su voz un tono indiferente. Red cabalgaba delante a una distancia prudencial.
¿Estoy pálida?
—Ahora no tanto. Pero hace unos minutos estaba tan blanca como el papel.
—Sterl, fui a ver a Ormiston.
—¿Y qué dijo?
—No lo recuerdo bien. Una cosa sí, no obstante; las palabras que tú le dirijiste.
—No fueron meditadas con la idea de aumentar la estimación que me tiene. ¿Cree que cumplirá la amenaza de no participar en la expedición?
—No, no lo creo —respondió Leslie, convencida—. Ash Ormiston no puede dejar de ir. No quisiera significar que sea debido únicamente a su ansiedad por Beryl Dann y por mí.
—¿Beryl también? ¡Vaya! ... Ese tipo es lo que Red llamaría un caballero emprendedor.
—Es taimado; Sterl, no tengo confianza en su actitud con relación a este viaje.
—Leslie, ¿qué experimentaba Ormiston contra su negro?
—Bastante. Debía habértelo explicado. Una vez, estando mamá y papá en la ciudad, Ormiston vino y me encontró tendida en la hamaca. Su pretendido amor se manifestó de un modo violento... Me dio espanto, Sterl. Él..., yo...yo me resistí, y Friday acudió con su lanza.
Todo lo que pude conseguir del negro fue evitar que le matara.
—¿Participará Friday en —la travesía?
—Papá le necesita para seguir la pista de los caballos que se pierden. Los negros son maravillosos para eso. Pero Friday dice que no. Quizá tú puedas persuadirle, Sterl. Un negro nunca olvida una ofensa ni deja de corresponder a un favor.
—Sin duda que lo intentaré. ¡Cuánto podré aprender!
Los dos jinetes emprendieron un suave trote y se detuvieron en la dehesa. Mientras desmontaba y recogía los paquetes, Leslie dijo:
—Sube más tarde a tomar el té... ¡Ah, sí, y para ver mis animales favoritos!
Abandonado a sus propios pensamientos, Sterl se dirigió a su reata de caballos, que Roland había atado en el cobertizo, y mientras iniciaba la lenta y placentera tarea de trabar amistad con ellos meditaba sobre lo trascendental que resultó el viaje que había hecho desde Brisbane. Le era tan imposible impedir que le ocurrieran extraños percances como le hubiera sido dejar de respirar. Pero de todos los bribones y los rufianes de mal carácter que habían cruzado en abundancia por su camino, sólo uno recordaba que hubiese suscitado en él un odio tan instantáneo como ese Ormiston. Debía mantenerse alejado de él tanto como le fuera posible. En cambio, la simpática personalidad de Stanley Dann se le aparecía cual una magnífica contrapartida. Éste era un hombre.
Al cowboy en su divagación no le pasó por alto Beryl, la de la hermosa cabellera, azules ojos y cabeza orgullosamente erguida. Leslie resultaba atrayente en muchos aspectos, pero el encanto que poseía y que él encontraba vagamente dulce e inquietante nacía del atractivo, completamente inconsciente para la muchacha, que a su vez ejercía Sterl sobre ella.
Bien, ya se encontraba de nuevo en el campo, otra vez en contacto con la Naturaleza, sin amaños, a punto de tomar parte en aquella increíble exploración. Esto era todo lo que le quedaba en la vida: la lucha agotadora del hombre con la Naturaleza. El muchacho no aceptaba que pudiera establecerse ninguna relación duradera entre él y esa gente blanca que por el momento le necesitaba.
Cuando regresó a la tienda encontró a Red sentado delante de la entrada, profundamente atento y solemne. Ni siquiera le había oído acercarse.
—Amigo, ¿no has oído nada? le preguntó de pronto casi con un susurro.
—¿Oír? ¿Cuándo?
—Hace exactamente un minuto..., quizá más. No puedo precisar. Estoy hecho un mentecato... Oye, ¿bebí algo en la ciudad?
—Afirmaría que no.
—¡Cielos, aseguraría que he perdido la cabeza! ... Fíjate: estaba aquí, en la tienda, cuando alguien prorrumpió en la carcajada más retumbante que hayas oído nunca. «¿Quién demonios se ríe de mí?», grité hecho una furia. Sí, amigo, nunca escuchaste carcajada tal, que de tan sonora parecía el rebuzno de un asno. Cuando el pícaro bribón hubo terminado, salí para encararme con él, y no vi a nadie. Al cabo de un momento distinguí un gran pájaro pardo y blanco posado ahí arriba mismo, en aquella rama. Al verme, inclinó la cabeza a un lado y me miró con unos ojos negros, diabólicos, como si dijera: «Ahí tenemos a uno de esos fastidiosos yanquis»... Si no fue el pájaro ese el que lanzó aquella carcajada de asno, entonces es que tu amigo se ha vuelto de golpe loco de remate.
—Subamos a preguntar a Leslie.
Por el camino, bajo los zarzos, la encontraron. La pasión con que Red explicaba el pasmoso percance que le había ocurrido provocó en la muchacha una hilaridad incontenible.
—¡Oh! ¡Oh! Era Jack —dijo ahogándose de risa.
—¿Qué Jack? —Mi cocaburra favorito. ¡Oh, Red! ... ¡Mi garañón reidor!
—Bien, yo me figuraba que podía ser perfectamente una hiena reidora. Pero ese coca...
no sé cuántos, favorito, me ha pisado el callo a mí.
—Jack es nuestra ave más notable. Es una especie de pájaro pescador gigante. Me lo llevaré en la travesía, pero tengo que dejar mis pequeños osos. Es cosa que me destroza el corazón... Entrad a tomar el té. —En el umbral de la puerta Leslie susurró al oído de Sterl—: No dije a mamá nada de lo que ocurrió en la ciudad.
Slyter no había vuelto, y su mujer no le esperaba todavía. Mientras tomaban una taza de té, después de haber servido a los muchachos, dio solamente:
—Estoy terriblemente atareada para entretenerme en charlar —y dirigiéndose a su hija, le dijo—: Les, necesitaba a Friday para transportar las cosas abajo al carromato. ¿Le has visto?
—Le buscaré, mamá.
Cuando estuvieron todos callados, Sterl se dirigió a la madre.
—Señora Slyter, me gustaría echar un vistazo a su carromato mientras está vacío.
Debemos convertirlo en una barca, de tal modo que pueda atravesar los ríos flotando.
—¡Qué excelente idea ha tenido usted! A Bingham no se le hubiera ocurrido.
—Construiremos una pequeña habitación en la parte delantera, detrás del asiento —continuó el vaquero—. Lo hice otras veces. Un carromato puede convertirse en un albergue verdaderamente confortable. Considerando todo el equipaje de ustedes...
De pronto, fueron interrumpidos por una carcajada juguetona que llegó repetidamente desde el exterior.
—Es Jack, que está increpando a otros cocaburras —se apresuró a declarar Leslie—. Venid a verle.
Salieron todos al exterior, y encontraron a Friday, el negro, de pie bajo uno de los árboles gomeros, con la mirada fija en las ramas y sosteniendo en una mano un extraño palo terminado en una punta oval y en la otra una larga lanza.
Leslie comentó gravemente:
—Friday trae su wommera, el palo que usa para arrojar la lanza. Esto no augura nada bueno para Ormiston.
En aquel preciso momento un pájaro de color pardo y blanco bajó revoloteando del árbol hasta posarse en la lanza del negro.
—Ése es Jack —exclamó Leslie.
Se trataba de un ave más bien corta, con las patas articuladas muy atrás, la cabeza grande y fuerte pico.
Sterl trasladó su atención al indígena. Era un tipo con su buen 1,80 metros de altura, esbelto, musculoso, negro como el ébano. Su oscuro rostro mostraba una inescrutable dignidad. Llevaba un sencillo paño atado a la cintura. Sterl se le acercó, le dio un golpecito sobre el ancho pecho y le preguntó en tono amistoso:
¿Sufrió mucho daño, Friday?
El nativo demostró haberle comprendido, pues contestó con una mueca y moviendo la cabeza negativamente.
—Leslie, pídale que nos acompañe en la travesía.
La muchacha se dirigió al negro con un lento ademán que quería indicar una distancia inmensa hacia el interior.
—Friday, el hombre blanco querer que tú vayas con él, lejos, lejos, lejos, hacia allá.
El nativo fijó sus grandes ojos, negros, insondables, sobre el muchacho.
—Hombre blanco haber venido de un lejano país de allí, del otro lado del agua grande —explicó Sterl señalando hacia el Este y hablando como si se dirigiera a un indio—. Él necesitar de Friday..., seguir el rastro de caballos..., cazar carne..., luchar..., decir dónde conducen los senderos.
El indígena replicó sencillamente:
—El negro ir contigo.
Leslie se puso a palmotear, exclamando.
¡Magnífico! Estaba segura que nos acompañaría, pidiéndoselo tú. ¡Papá se pondrá más que contento!
Red volvió la vista hacia el negro al mismo tiempo que le ofrecía un cigarro.
—¿Ser parientes, mi amo? —preguntó éste mirando de uno a otro.
—Ciertamente, Friday —replicó Red.
—¿Ser tú su padre?
—¿Padre? ¡Diablos, no! ... Caramba, ¿tan viejo parezco? Él ser mi hermano, Friday.
—Si tú ser hermano, el negro ser tu hermano —declaró el indígena solemnemente. Y se alejó con paso majestuoso.


V
El caso es que el acto de dar libertad a sus osos koala indígenas consistió por parte de Leslie en ir sencillamente a decirles adiós, porque no estaban encerrados, sino que vivían en las ramas de un pequeño bosquecillo de .eucaliptos sito en la parte trasera de la casa. Sterl saboreó la sensación de coger algunos en brazos, sintiendo sus agudas, fuertes y anormalmente largas uñas clavarse en su chaqueta. El que le gustó más fue una madre que llevaba su pequeño en una especie de bolsillo. El cachorro asomaba la cabeza y sus ojos negros y brillantes parecían estar ansiosos por contemplar todo lo que se ofreciera a su mirada.
Dulcemente, pero con mallo segura, Leslie sacó al hijito del bolsillo y lo colocó sobre la espalda de la madre, donde quedó apelotonado y con aire de encontrarse perfectamente a sus anchas. Sterl no había visto nunca un cuadro más bonito entre animales y así lo manifestó encarecidamente.
—¡Son marsupiales! —dijo Leslie—. Los hay de todas clases y tamaños, desde los canguros hasta una especie de pequeño topo ciego, no más largo que un dedo de mi mano.
—¡Vaya, soy un palo de alcornoque! —exclamó Red—. ¿Qué es un marsupial?
Esta pregunta dio lugar a que Leslie los obsequiara con una conferencia relativa a los mamíferos y a los pájaros de Australia. Cuando terminó con los marsupiales, que transportan a sus hijitos en un bolsillo, y pasó al increíble ornitorrinco, que posee piel, amamanta a sus hijos, pone huevos y tiene un pico y patas parecidos a los de un ganso y estas últimas articulaciones muy arriba de la espalda, la credulidad de Red sufrió una distensión tan grande, que llegó casi hasta el punto de rotura.
—¿Cómo es posible que se presente usted aquí cual una dulce encarnación de la sinceridad y sea una embustera tan formidable? ¿Y avié me dice respecto a este mentido pájaro que Jones dijo que nos enseñaría, el más maravilloso de Australia, según creo?
—¡De acuerdo, muchachos! Si os levantáis temprano, os prometo que oiréis al pájaro lira, y quizá veáis alguno.
—Es una cita, Leslie. Hasta mañana por la mañana. Aquí mismo. ¿Conformes, amigo?
—Naturalmente —contestó Sterl—. Y ahora, pongámonos a trabajar en el camarote.
El vehículo que Slyter destinaba para las mujeres y para sus efectos personales era grande y recio, con ruedas de ancha llanta, altos costados y una eran lona para cubrirlo sujeta sobre arcos de hierro. Sterl lo examinó cuidadosamente.
—¿Qué tal irá por el agua y en la arena? —preguntó Red, con aire de duda.
—En agua profunda flotará, cuando lo hayamos arreglado. Búscame un par de cinceles y martillos, mientras yo preparo algo para calafatear las junturas.
En poco rato dejaron el fondo del vehículo de tal modo, que era imposible que hiciese agua. Después, y mientras Hed se dedicaba a la misma tarea en el otro carromato, Sterl se puso a construir una especie de copia de la tienda-habitación de una goleta de la pradera.
Había pedido a Leslie que designara los sacos y baúles que necesitarían durante el viaje y con ellos cubrió el suelo de la mitad delantera del vehículo hasta una altura de dos pies. Acto seguido, transformó la mitad posterior en dormitorio.
Cuando terminaba, llegó Slyter con la carreta, saltó del asiento del conductor y empezó a desenganchar. Tenía el rostro sombrío y las arrugas de su frente denotaban que estaba reflexionando. Al poco rato ordenó:
—Roland, coloca toda la harina en la cima de este cargamento y cúbrela atando una lona—. Y dirigiéndose a Sterl preguntó—: ¿Qué tal progresa el trabajo, Hazelton?
—Hemos acabado casi. ¿No habrá sabido ninguna novedad importante de la ciudad?
—Ha sido un día de prueba. Nada más que mis asuntos personales... Una cosa os interesará: A Ormiston se le pasó la embriaguez y trató de reconquistar nuestra gracia. Stanley Dann aceptó sus excusas.
Entonces ¿tomará parte en la expedición?
—Sí. Rogó que te dijéramos que estaba medio borracho y que te hablaría cuando se presentara la oportunidad. ¡Pero me preguntó a mí si vosotros, los dos vaqueros, teníais alguna referencia!
—Me sorprendió que usted no las pidiese.
—No las necesitaba; como tampoco las solicitó Stanley Dann. Ormiston ha tratado de sembrar la semilla de la discordia.
—Gracias, Slyter. Estoy seguro de que nunca tendrá que arrepentirse de sus bondades.
El ganadero continuó diciendo:
—Hathaway y Woolcott partieron a eso de las doce. Algunos de sus vaqueros iban bebidos. Los Dann están todos dispuestos para emprender la marcha al amanecer. Nosotros arrancaremos mañana cuando nos parezca mejor.
—¿Qué tal andaremos de agua?
—No temas. Por todo el tiempo que estemos atravesando la región de Queensland, tendremos agua suficiente y hasta quizá de sobra, y hierba en abundancia. Stanley Dann y su hermano Eric tuvieron otra discusión acalora da —siguió diciendo Slyter—. Eric es uno de los ganaderos que tomó parte en la expedición que cruzó por el Golfo4 y ahora quiere seguir la misma ruta. Pero Stanley arguye que deberíamos abandonarla pasado el río Diamantina y emprender la dirección noroeste, atravesando más directamente el Never-never. Por mi parte estoy de acuerdo con él.
La oscuridad adquiría apenas un tono gris cuando los dos americanos, cumpliendo su compromiso con Leslie, ascendían la sombreada pendiente que conducía a la casa.
Al llegar, encontraron a la muchacha y a Friday que ya los estaban esperando.
—¿No os da vergüenza? —les dijo—. Habéis llegado tarde... Venid, no habléis. No hagáis el menor ruido.
Todos siguieron al negro, que andaba como una sombra en la claridad lechosa del alba.
Por el Este empezaba a despuntar el día. Sobre los árboles de pálido tronco planeaba una ligera niebla. A poco, Friday se deslizó sin ruido dentro de la maleza, que paulatinamente iba menguando. Así, llegaron a un claro, al fondo del cual se oía el murmullo cristalino del agua de un arroyo, que se abría sobre un panorama de misterioso encanto. Pequeños árboles en forma de pirámide apuntaban hacia el cielo, que se iba iluminando, luciendo un blanco tan brillante como si estuvieran cubiertos de escarcha. Grandes helechos extendían sus hojas largas, exquisitamente festoneadas desde sus copas simétricas hasta el suelo. Enormes eucaliptos enviaban sus troncos hacia lo alto cual columnas de mármol. Su fragancia atacó la nariz de Sterl con una sensación aguda, de ahogo.
Inesperadamente, una nota musical que se hubiera dicho el tañer de una campana se esparció por el aire, arriba, encima de su cabeza. Friday hizo alto, y, mientras levantaba la mano con el mismo ademán de un indio, Sterl escuchó, allí, muy cerca, la llamada encantadora de una tórtola. Leslie acercó los labios a la oreja del muchacho.
—¡Es el pájaro lira!
Entonces le pareció al muchacho que su oído resonante captaba los cantos de otras aves mezclados con el de la tórtola; mas, de repente, un súbito y creciente cur-auuong..., cur-auuong le estremeció de pies a cabeza. ¿Sería también, aquello, el pájaro lira? La nota se repitió una y otra vez, tan llena de melodía salvaje, que le oprimió el corazón. A ésta le siguió un con, cou, cou, el más triste y ronco graznido de un cuervo.
Leslie se inclinó hacia los cowboys susurrando:
—¿Lo comprendéis, muchachos? El pájaro lira es un burlón. Sabe imitar toda clase de sonidos.
La dulce sucesión de notas de diversos pájaros fue interrumpida por lo que parecía el mugido de una vaca. De entre los bosques, en la lejanía, se elevó un son rico y triste, semejante al doblar de una campana.
—Otro! ¡Oh, estamos de suerte! —susurró Leslie.
A través de un espacio libre, entre las hojas, Sterl se dio cuenta de que el follaje bajo se agitaba y se abría para dar paso a un pájaro de color pardo oscuro y de tamaño como la mitad de una pava. Su cabeza era lisa, delicada y, mientras salía con fino andar de debajo de las matas, su erecta y exquisita cola describía la forma perfecta de una lira. Esbeltas plumas parecidas a hojas de helecho se elevaban y extendían junto a las dos centrales, anchas, de un pardo oscuro aterciopelado, con franjas de gris o de blanco brillante, cuyas puntas se curvaban graciosamente y se inclinaron y cayeron hacia el suelo en el momento en que el pájaro desapareció entre los matorrales. Red exclamó:
—Bien, vuestro pájaro lira deja a nuestros sinsontes burlones como piltrafas.
—¡Esto querrá decir algo! —replicó Leslie riendo—. Venid. Llegaremos tarde y papa gritará. Corramos.
Cuando entraron a almorzar, Roland y Larry salían de la casa, serios como jueces, y Bill Williams, el cocinero, golpeaba potes y cacerolas con innecesaria fuerza. Slyter ponía una cara como para ir a un funeral, y su esposa estaba llorando. La sonrisa se desvaneció de los labios de Leslie. Sin decir palabra sirvió a los vaqueros, que despacharon la comida rápidamente.
—Patrón, ¿qué órdenes tiene para hoy? —preguntó Sterl, lacónicamente.
—Drake reúne el ganado para emprender la marcha —replicó Slyter, malhumorado.
Leslie les siguió fuera.
—Os alcanzaré pronto. Me gustaría ir ahora con vosotros, pero mamá... Cabalgad en King y Jester, ¿queréis?
A Sterl se le hizo difícil expresar su simpatía. La chica era valiente, aunque estaba profundamente afectada por la pena de su madre. Era realmente un paso terrible el que iban a dar. ¡Abandonar aquel confortable hogar, en un hermoso valle, para lanzarse hacia lo desconocido, a través de una enorme extensión de terreno salvaje y hostil!
La buena disposición de que hizo gala King para dejarse poner la silla y la brida, dejó sorprendido al vaquero. El animal comprendía que iban a abandonar el cercado y se alegraba.
Sterl ató en la silla la manta y la cantimplora y se deslizó dentro de sus raídos pantalones de cuero, percatándose de que el pulso le latía aceleradamente. Después cogió el rifle y dio un rodeo para situarse enfrente del caballo.
—¿Te dan miedo las armas de fuego, King?—. El corcel demostró que conocía un fusil, pues, sin ofrecer ninguna señal de miedo, permaneció quieto, sin estremecerse siquiera, mientras Sterl lo colocaba en la funda de la silla.
En cambio, Red se quejaba amargamente a su montura.
—¿Eres, pues, una sucia gallina, di, que haces el tonto porque me ves un arma en la mano?
Al cabo de un momento los dos estaban montados en aquellas desacostumbradas sillas inglesas, y reunidos con Larry penetraron en el valle. Enfrente de ellos, a una milla más o menos, donde el prado se ensanchaba, aparecía un rebaño de caballos que pastaban, y, más allá, la vacada de Slyter añadía el último eslabón a la realidad de la partida.
Tres jinetes soberbiamente montados vigilaban a los caballos por la parte de acá. Su atuendo y los arreos de las cabalgaduras se veían marcadamente diferentes a los de los americanos. Sterl había llegado ya a una conclusión en lo tocante a los hombres de Slyter; no obstante, les observó uno a uno con mirada sagaz. De ellos, Drake era un hombre de mediana edad, de aspecto fuerte y honrado y de cuerpo vigoroso. Los otros dos, Benson y Heald, eran jóvenes que no llegaban a los veinte, recios también, que montaban con aire de estar habituados á ello desde mucho tiempo.
Después de las presentaciones, Sterl añadió:
—Drake, tengo que darle algunas órdenes de parte de Slyter.
—He mandado a Monkton delante para derribar la valla —replicó el aludido—. Habíamos cercado el valle ahí enfrente, por la parte en que se estrecha. Yo me reuniré con él. Vosotros ocupaos de la retaguardia.
—¿No hay que dar al ganado ninguna formación particular?
—No, dejadle que vaya marchando y pastando. Aguardaremos hasta que Slyter nos detenga; probablemente en Blue Gum.
Drake no dijo más y se alejó a caballo hacia la izquierda acompañado por Heald, mientras Benson trotaba hacia la derecha.
—¡Ea! Trabajo común para todos —se quejó Red. Sterl le consoló.
—Amigo, tú deberías ir delante, pero sin duda eso vendrá con el tiempo.
—King, todavía no nos conocemos el uno al otro, pero si eres tan excelente como pareces, seremos buenos amigos. Sosiégate. Comprendo que estás demasiado bien criado para pastar con la brida puesta. Pásalo por alto, King. El joven no pudo menos que reflexionar que estaba a punto de atravesar todo un continente desconocido, de cuyo viaje, aun suponiendo que saliera con vida, no regresaría jamás. Se volvió de cara al Este y no le fue posible contener un susurro de despedida:
—¡Adiós, Nan! ... ¡Adiós! —que parecía definitivo e irrevocable.
Cuando se volvió otra vez, apremiado por el ansioso King, la larga línea del ganado estaba en movimiento. ¡Había empezado la gran travesía! El valle aparecía saturado de una luz rica, deslumbrante, ambarina. Blandas nubes blancas bogaban por el cielo, arriba de la línea verde de la maleza. El oro de las acacias espinosas y el escarlata de los eucaliptos resaltaban intensamente con todo y el brillo del follaje empapado de sol. En el aire se deshacía una débil columna de humo que se elevaba de la casa abandonada, la cual, entre los zarzos, parecía haberse sumido en un sueño. Hasta los ojos de Sterl llegó el destello de la luz reflejada por las aguas tranquilas de una balsa, bordeada de cañas. ¡Toda esta belleza pastoril, este prado de flores y hierba, de árboles exuberantes, este campo de leche y de miel era abandonado en aras de la quimera del explorador!


VI
La primera acampada! A un lado, un gran gomero seco, blancuzco y nudoso, señalaba el paso de un arroyo coloreado por el sol poniente; al otro lado, asomaban unas rocas, y más allá se extendía la manigua; a la derecha, franjas de campo abierto interrumpían la continuidad de la maleza. Bueyes y caballos se acercaron a la corriente, desparramándose a lo largo de su bajo margen por espacio de una milla. Cuando se hubieron hartado de beber, algunos bueyes se pusieron de nuevo a pastar, al par que muchos otros se tendían en busca de descanso. Los caballos, que tuvieron que pacer todo el día detrás del ganado, se volvieron en tropel hacia la hierba. A juicio de Sterl, ni unos ni otros exigirían gran vigilancia durante la noche, encontrándose en unos pastos como aquéllos.
Abrevó a King y después le condujo arroyo abajo hacia el campamento. El penetrante humo de la madera le llevó a la mente la imagen de otras escenas en otras acampadas. Pero no lograba recordar que ningún otro paraje hubiese poseído otro mojón más imponente que el gran árbol muerto. Sobre sus dispersas ramas, Sterl identificó una fauna de garzas reales, loros, incluso un halcón posado en la más elevada cima, y varios cocaburras en las partes más bajas. Los carromatos estaban esparcidos de modo conveniente, sin tocarse uno a otro; y habiendo localizado el suyo, Sterl desmontó para desensillar a King y dejarle libre. Cuando Leslie se acercó, el vaquero se ocupaba en desplegar su tienda.
—Bien, ¿de modo que ya está usted aquí? Me preguntaba si llegaría a alcanzarnos —le dijo a guisa de saludo. No he tenido valor para dejar a mamá sola, hoy. Por mí, todo hubiera marchado bien, de no ser ella.
—Bueno, de todos modos, todo marcha bien, Leslie. No mire atrás, no piense en el pasado... Nuestro primer campamento es una delicia... ¿Dónde están Friday y su papá?
—Friday hizo el camino andando; yo cabalgué un poco. En cuanto a mamá, se le pasó el disgusto muy pronto. Papá está perfectamente; él y Drake, incluso echaron un trago... Mira, ahí vienen Red y Larry.
Sterl y Leslie cruzaron por el centro del campamento donde Friday estaba transportando agua. Slyter, después de revolver bajo el asiento del carromato, se acercó a Leslie llevando un cuaderno.
—Les, uno de tus trabajos consistirá en llevar nuestro diario. Anotar las fechas, la distancia recorrida, el tiempo, los incidentes, en fin, todo.
—¡Brrrrr! ¡Cuánto trabajo! —exclamó la chica—. Pero me causará placer... ¿Qué trecho hemos andado hoy?
—Una larga jornada. ¿Dieciséis millas? —aventuró Slyter dubitativamente.
—Y algunas más —interpuso Sterl—. Consulte a Red. Es un magnífico juez para las distancias... Y ahora, patrón, ¿qué dispone respecto a la guardia de noche?
—Haremos tres turnos, de dos hombres cada uno, y tres horas de duración; de ocho a once, de once a dos, y de dos a cinco. ¿Cuál preferís tú y Krehl?
El último, patrón. Estamos acostumbrados a levantarnos a las chiquitas.
—Tendréis con vosotros al negro Friday. Hazelton, encontraréis en él un auxiliar inestimable.
El golpear de cascos de caballo despertó a Sterl antes que Larry asomara la cabeza para gritar:
—¡Las dos, muchachos! i Levantaos!
Al disponerse a marchar, los vaqueros se acercaron al fuego para tomar el té, hirviente y fuerte como un ácido, que Larry les había servido. La manada de los caballos estaba apelotonada entre el campamento y la vacada. Sólo unos cuantos iban paciendo; los demás permanecían inmóviles. Los bueyes se habían tendido todos.
—¿Qué haremos, Sterl: dar vueltas o vigilar parados?
—Dar vueltas, Red, hasta que nos demos cuenta del estado del rebaño.
Red se puso en marcha bajo la luz de las estrellas, y el frío viento le echó a la cara el humo del cigarrillo. Sterl encaminó su caballo en dirección opuesta. Los viejos hábitos sensoriales volvieron a manifestar su presencia; el ojo penetrante, el oído finísimo, el olfato sutil y la percepción del aire, del viento, del frío... Bueyes y caballos seguían quietos. Los ladridos discordantes de los dingos daban un aire irreal al salvaje panorama. Sobre su cabeza pasaban pájaros de anchas alas.
Había transcurrido una media hora cuando Sterl oyó el caballo de Red, antes de que pudiese verle, cual blanco fantasma que se movía en la oscuridad punteada por los dardos de las estrellas.
—Buen principio, amigo —dijo Red—. ¡Trabajo insignificante para un vaquero —Por mi lado, todo sigue perfectamente. Retrocede hasta mitad del camino y permanece en guardia.
—El aire es bastante penetrante, amigo. Me parece que me pasearé un poco —objetó Red, alejándose. Cuando Sterl llegó al otro extremo del semicírculo, escuchó la voz de Friday que le avisaba:
—Negros, muy cerca —al mismo tiempo que desaparecía.
Sterl, cauteloso, se puso a trazar anchos semicírculos con la mirada. Cuando estuviesen más dentro del país, la guardia de noche podría convertirse en un deber peligroso. Pero, de momento, nada sucedió. Friday no aparecía por ninguna parte, y no obstante, el vaquero tenía la sensación de que se encontraba muy cerca. La hora de los sueños, la más oscura, transcurrió lenta, misteriosamente.
Apenas apareció por oriente una débil claridad, el ganado empezó a removerse. Sterl dio la vuelta rodeando la manada para reunirse con Red.
—Buenos días —dijo éste—. ¿Habías visto alguna vez un tropel de ganado tan pacífico?
¿Qué tal lo has pasado?
—Matando el tiempo nada más. Esta clase de trabajo nos echará a perder. Pero son más de las cinco; vayamos al campamento.
Al llegar allá encontraron el desayuno preparado; vieron que dos de los carromatos estaban enganchados ya y a Leslie que, de pie junto al fuego, tomaba el té. Larry se acercó a caballo conduciendo tres corceles ensillados, entre los cuales se hallaba Duchess, la favorita de la muchacha.
Red observó que la joven montaba de un salto, ayudándose sólo con una mano, y exclamó:
—Amigo, debería haberla ayudado. Si Beryl es como ella, ¡la tendré todo el día en el pensamiento!
Cuando hubieron cambiado de caballos, el sol apenas empezaba a salir entre los matorrales del este, y la llanura parecía invadida por una llama. Drake tenía el ganado a punto.
Leslie y Larry estaban reuniendo los caballos que se habían dispersado. Red galopó a lo largo del ancho flanco para ocupar su puesto en el extremo derecho, al mismo tiempo que Friday llegaba andando con paso de gigante, llevando en la mano izquierda las lanzas, la wommera y un boomerang. Leslie retrocedió al galope, después dio media vuelta y se colocó detrás, a la misma altura de Sterl. Luego, los cuatro jinetes de la retaguardia echaron los caballos sobre los talones del ganado para empujarlo adelante, y así empezó la caminata del día. El barullo y la precipitación de antes de la marcha se resolvieron de un modo súbito en el andar lento y natural de bueyes y caballos que avanzaban ramoneando la hierba.
Tres veces antes del mediodía, Leslie, montada en su caballo, se acercó a Sterl, siempre con algún pretexto; el último de los cuales fue el de ofrecerle que compartieran el bocadillo que se había llevado.
—No, gracias, Leslie. Un vaquero se acostumbra a pasar sin ello. Y, particularmente en esta expedición, voy a emular a los negros.
La muchacha replicó en tono zahiriente:
—Supongo que los vaqueros vivís sin diversiones, ni alimentos, ni... amor.
—Así es, ciertamente.
—¡Y qué ha de ser! —atajó ella—. ¡Oh, por otra parte, quizá sea verdad! Ésta es la tercera vez, hasta la hora presente, que me has desairado en el día de hoy. Eres un viejo truhán.
Sterl se puso a reír, a pesar de que se sentía un poca embarazado. La chica había interrumpido el continuo y casi inconsciente flujo y reflujo de sus percepciones sensoriales.
Él, a su vez, replicó con soma:
—Otras señoritas sentimentales me han aplicado ya peores calificativos. ¿Esperaba quizá que balbuceara poesías o que me estuviera escuchando su necio parloteo?
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Leslie, indignada, sonrojándose desde el cuello hasta la raíz del pelo. Y haciendo dar media vuelta a su caballo, se alejó al galope en dirección a Red.
Sterl murmuró con pena:
—¡Esto le hará contenerse por cierto tiempo! ¡Es lástima que haya tenido que mostrarme brutal con ella! Pero...
No serían más de las tres de la tarde y el sol calentaba intensamente todavía cuando Slyter ordenó hacer alto al pie del espolón de la colina que asomaba como huyendo bajo los agrestes matorrales. A sus pies, un arroyo hacía alarde de sus aguas. «Poco camino», pensó Sterl.
Bueyes y caballos se acercaron a la corriente, que en este punto resultó ser un río imposible de vadear con las carretas.
Mientras el vaquero armaba su tienda, Red y Leslie se acercaron a caballo. La muchacha pasó por su lado como si no viera a nadie.
Red se deslizó de la silla con su viejo e inimitable estilo, y con una palmada en el costado hizo alejar a su caballo al trote.
—Hemos hecho unas diez millas, diría yo —masculló dirigiéndose a Sterl—. El campo aquí es resbaladizo y el río muy hondo... Dime, amigo, ¿qué diablos le has hecho a la chiquilla?
Leslie estaba trastornada por completo.
—Me fastidia, Red.
—¡Ah! Comprendo. Temo que le gustes y que ni siquiera tengas la menor idea de ello.
Sterl permaneció silencioso y pensativo al darse cuenta de que la afirmación de Red le había hecho experimentar una innegable conmoción de placer. ¡Esto no le llevaría a ninguna parte!
Los dos cowboys terminaron sus tareas y después fueron a ver a Slyter. Leslie estaba sentada cerca de su padre, escribiendo el diario. Siguiendo un impulso natural, Sterl le dirigió la palabra:
—Leslie, ¿dónde está Friday? —Y como ella aparentaba no haberle oído, repitió la pregunta.
Entonces la chica levantó los ojos.
—Por favor, no me estorbe, míster Hazelton. Estoy componiendo poesías —dijo fríamente.


VII
Al cabo llegó el momento, hacia las cinco de la tarde, en que Slyter se reunió con los hermanos Dann y sus compañeros. Desde allí, los ganaderos seguirían juntos hasta el fin.
Slyter dirigió su manada hacia la izquierda y remontó la ancha curva que dibujaba un arroyo. En el centro de ella, a media milla de sus tiendas de lona, cuyo blanco resaltaba vivamente sobre el verde, los humos azules y las figuras. que iban y venían, produjeron a los ojos de Sterl la impresión imponente que le habría causado una caravana de las llanuras. Más a la derecha se veía el campamento de Hathaway y Woolcott. Centenares de caballos pacían entre ambas acampadas. Al otro lado del río llameaba la enorme manada de bueyes, compuesta, evidentemente, de la reunión de las de los diversos ganaderos, y que constituía un lote dos veces mayor que el más nutrido que Sterl viera nunca.
Cuando dejaron la vacada y los caballos de Slyter en lugar adecuado para pacer y descansar, los jinetes de aquél se encaminaron al campamento por diversas rutas. Sterl llegó el primero. El corcel negro, King, había completado la conquista del muchacho. Estaban perfectamente compenetrados. King reconocía en Sterl a un dueño cariñoso, firme y experto, y el vaquero, bien a pesar suyo, concedía a su corcel la primacía de la fogosidad, de la resistencia infatigable y de la rapidez, junto a un notable poder dentro del agua. Después de haber vadeado por vez primera una corriente cuyo fondo estaba lleno de piedras resbaladizas, Sterl le había hecho herrar y con ello el caballo resultaba invencible.
Mientras el vaquero desplegaba la tienda, llegaron Red y Leslie. El sol y el aire habían impreso en el cutis de la muchacha un matiz dorado que realzaba su encanto, pero, después de la pulla del segundo día de marcha, había fingido persistentemente ignorar la presencia del compañero de Red.
—Bájate, Red, y ponte en movimiento —dijo el vaquero. Y muy pronto su camarada se puso a ayudarle, pero procediendo con marcada reticencia.
—Dime, ¿qué te rueda por la cabeza? —preguntó Sterl.
—Bueno, este largo y agradable paseo ha terminado. De ahora en adelante esto será un infierno. ¿Qué es lo que piensas, Sterl?... Leslie me ha comisionado para pedirte que la perdones por haberse mostrado vengativa.
—¿Sí? Red, puedes decir a Leslie que me lo pida ella misma. Yo fui rudo con ella, y me duele. Comprendo que, ahora que nos hemos juntado con el resto del grupo, siente desazón.
—Sin duda. Lo mismo que yo. Pero, puesto que cometí una locura, voy a cumplir como bueno, según dice ella.
—Magnífico, como dice Leslie —repitió Sterl.
Aquel día tan importante, fue despachada la cena antes de la puesta del sol, y Slyter, acompañado de Drake, buscó a los vaqueros para que fueran con él a visitar a Dann.
—Llévese a Red, y a mí déjeme en el campamento, patrón —sugirió Sterl.
No, es probable que te necesitemos. Stanley preguntará por ti. Y en lo tocante a Ormiston, cuanto antes os encontréis, mejor. Por mi parte, te pido que no le rehuyas.
—Gracias, Slyter. Iré.
—Papá, déjame acompañar a los muchachos, ¿quieres? Tengo ganas de ver a Beryl —suplicó Leslie.
—Naturalmente, querida mía. Te había olvidado.
—Red, tú y Leslie empezad a andar —puntualizó Sterl—. Yo tengo que afeitarme. Estaré con vosotros dentro de un momento.
El carromato ocupado por la hermana de Dann y su hija Beryl se encontraba en el campamento situado junto al mayor de los monarcas de todos aquellos eucaliptos. Al entrar, Sterl fue presentado y saludado cordialmente. Leslie charlaba con gran animación con Beryl, que vestíatraje de muchacho, pero más atractivo y no tan usado como el de la primera.
—¿Verdad que parece que ha transcurrido mucho tiempo desde que nos encontramos allá abajo, en Downsville? —preguntó la hija de Dann—. Estos días pasados, por poco me muero de añoranza; pero ahora ya no va tan mal. Quiero ser una vaquera, como Leslie.
—Bien —intervino Red es indudable que necesitaremos otro caballista —¡Qué modo más raro de llevar las armas, vaqueros! —exclamó Beryl, indicando las pistoleras que colgaban muy bajas sobre el muslo derecho de los muchachos—. Los vaqueros de papá se las ponen en el bolsillo de atrás de los pantalones, o colgando en el cinturón.
—Bueno, señorita Dann —explicó Red con voz gangosa—, fíjese usted que en algunas ocasiones los vaqueros tenemos que «tirar» el revólver con gran rapidez, y es preciso que esté muy a mano.
—¿Y dónde lo «tiráis»? —preguntó ella con curiosidad.
—¡Oh, a los conejos o a cualquier nido de gusanos que se encuentre por el camino!
Sterl intervino con su voz musical.
—Señorita Beryl, Red se chancea de usted. «Tirar» un revólver significa sacarlo rápidamente... ¡Así!
—¡Qué raro...! ¡Ah! ¿Para poder disparar sin perder tiempo contra vuestros antagonistas?
—Exactamente. Y el vaquero que lo hace más aprisa tiene mayores probabilidades de sobrevivir. Le ruego que nos excuse, señorita Beryl. Nuestro patrón quiere que asistamos a la conferencia que celebran allá.
Un pequeño grupo de hombres formaba un semicírculo detrás de Stanley Dann, el cual se sentaba tras una caja que hacía las veces de mesa. Los vaqueros conocieron allí a los patronos que se habían asociado y que tenían la dirección de —la travesía en sus manos. Eric, el más joven de los dos hermanos Dann, era bajo y de constitución robusta, con una fisonomía más bien morena y austera. Hathaway parecía tener ya sesenta cumplidos, llevaba barba y en su sombrío rostro brillaban dos ojos pequeños y hundidos.
—Dad un vistazo a este mapa —ordenó Dann, indicando un papel estirado sobre la caja—, Eric lo dibujó de memoria, y, por supuesto, no es muy exacto en cuanto a las distancias o a los emplazamientos; sin embargo, os dará una idea general de la región y de los nacimientos de los ríos que corren hacia el golfo de Carpentaria... Esta línea señala la ruta que seguimos, y que recorreremos sin ninguna dificultad. Esta otra línea oscura, más arriba de Queensland, es el río Diamantina, que constituye un importante obstáculo. Este espacio abierto representa el Never-never, que mide unas dos mil millas, quizá, de un extremo a otro. Más allá, hacia el Noroeste, están los Kimberleys, nuestro punto de destino... ¡Dios lo quiera! Observad que corren en dirección noroeste... ¡Hola, Ormiston! —exclamó dirigiéndose al recién venido—, llega a tiempo para expresar su opinión... Pues bien, mi hermano quiere seguir esta antigua ruta de carretas que va por la otra parte del curso superior del río Diamantina y del Warburton, girar hacia el Norte, atravesando los ríos del Golfo, después hacia el Este, en dirección a Wyndham, y de allí a los Kimberleys. No es necesario que os diga que esta ruta será mucho más larga; probablemente, unas mil millas. ¡Es demasiado! E igualmente difícil; la única característica favorable que presenta es el haber sido recorrida anteriormente.
Emprender hacia el Oeste hasta cruzar el Diamantina y el Warburton, seguir a este último hasta sus fuentes y entonces tomar otra vez la dirección Oeste exacta, sería acortar el camino y ahorrarnos sólo Dios sabe cuánto trecho. Pido que todos los presentes, excepto Drake, emitan su voto. E incluso, con vuestro permiso, estos vaqueros americanos, teniendo en cuenta su larga experiencia en las conducciones de ganado.
La votación terminó con un empate, habiéndose colocado Slyter, Sterl y Red al lado de Stanley Dann, mientras los otros se pusieron de parte de Eric. El jefe no dio muestras de querer transigir, pero Eric Dann y Ormiston argumentaron con vehemencia en pro de la ruta más larga, pero mejor conocida.
Sterl escuchaba y, al mismo tiempo, recorría este cuarteto con ojos penetrantes, hasta que al fin sus deducciones tomaron una forma tan precisa, que las habría sostenido incluso bajo juramento. Eric Dann tenía miedo de emprender la gran expedición a través de lo desconocido. Ormiston abrigaba alguna razón personal para ponerse de su parte y era el que había influido sobre Hathaway y Woolcott.
—Muy bien, de momento queda en el aire —concluyó Stanley Dann—. Quizá los próximos meses hagan entrar en razón, por lo menos a uno de ustedes, caballeros.
Si Ormiston se proponía disimular su satisfacción, no conseguía ocultarla a los sagaces ojos de Sterl.
—Hazelton —dijo Stanley Dann—: tendría la curiosidad de saber lo que piensa, si quiere usted confiármelo.
Por toda respuesta, el vaquero preguntó:
—¿Hay negros por todo ese Never-never Land? —Si hemos de hacer caso a nuestros contados exploradores, sí.
—Si pudiésemos atraérnoslos, quizá conseguiríamos que nos orientaran; lo mismo que los descubridores de mi país se guiaron por las enseñanzas de los indios...
—Buena idea! —gritó el jefe.
Ormiston intervino con acento de desprecio.
—Esos negros son una raza de hombres mezquinos, embusteros y sin escrúpulos.
—Será quizás a causa del trato que han recibido de los blancos —dijo Slyter levantando la voz.
Ormiston, por el momento, prefirió alejarse y se acercó a Red, mientras Sterl advertía la presencia de Leslie y Beryl, que se acercaban al grupo acompañadas de un joven gigante rubio, de fisonomía abierta.
El ganadero se dirigió al vaquero en tono amable y tendiéndole la mano, le dijo: Buenos días, Krehl. Me alegra volver a verle.
Red correspondió a la simulación con la simulación.
—¿Cómo está usted? —Y le estrechó la mano.
—Lamento que se haya situado en mal frente; pero es usted extranjero en Australia. Me aventuro a predecir que es hombre demasiado experimentado y conocedor de la pradera para dejarse engañar mucho tiempo por falsos espejismos.
—¡Diantre, no! No puedo andar equivocado para siempre. Pero esta región que pisamos es tan preciosa, que no consigo creer en su Never-never.
—Sin embargo, es una realidad, y deseo que no tenga que admitirla después de una amarga experiencia.
—¿De veras? Bueno, es usted exageradamente amable. En esta coyuntura, Leslie y sus compañeros llegaron junto a Slyter y Dann. Sterl estaba en absoluto seguro de que Ormiston guardaba para el momento propicio el secreto proyecto —fuese el que fuese —que tenía formado, y el furor ardía por debajo de su exterior aparentemente frío.
—Hola, Hazelton —dijo el ganadero dirigiéndose a él con acento halagador y a plena voz—. Tenía muchas ganas de volver a verle para decirle cuánto lamento lo desagradable de nuestro encuentro en Downsville.
El vaquero pasó por alto la mano que se le tendía y fijando su penetrante mirada en los falaces ojos del ganadero, replicó sencillamente:
—Estoy seguro de que lo lamenta.
—No me arrepiento de haber pateado al negro ese —replicó Ormiston, retirando despacio la mano.
—Esto está perfectamente claro —remachó Sterl, no sin una punta de desprecio.
El ganadero preguntó con voz excitada:
—¿Por qué motivo cree usted que me duele haberlo hecho?
—Porque encontró un hombre con quien no contaba y recibió una buena lección —replicó el vaquero con la misma rapidez.
—No. Me pesaba porque estaba borracho.
—Borracho o sereno, le habría sucedido lo mismo, Ormiston.
Slyter se había acercado hasta una distancia de pocos pasos y Dann, con las chicas sobresaltadas y temerosas, pegadas a él, se detuvo al lado del exterior, mientras los otros permanecían en el fondo.
—¡Tonterías! —estalló Ormiston—. Ningún hombre es responsable cuando está borracho.
—Magnífico. Por eso se alejó usted —replicó Sterl. Ormiston hizo un ademán indicando la desesperanza de aplacar al testarudo americano. Pero bajo la superficie, bramaba una furia contenida.
—Vaquero, yo me acerqué a usted para expresar mi pesadumbre, para pedir que me dispense, para evitar discordias!
El tono de Sterl fue despreciativo.
—Si está usted tan ansioso por prevenir las discordias, por qué las excita usted entre nuestro jefe y su asociado? —Y tras haber pronunciado estas palabras, el vaquero retrocedió lentamente algunos pasos. Para cualquier jinete del Oeste, habría resultado clarísimo que Sterl quería dejar a Ormiston distanciado del grupo de los demás. Pero el ganadero no dio señales de haberlo comprendido.
—Yo no excito la discordia —replicó Ormiston con calor—. Yo vengo del norte de Queensland; conozco un poco la región del Golfo. Eric Dann está en lo justo y Stanley Dann equivocado. Aquélla es la ruta más segura.
—Ormiston, ¿cómo «sabe» usted que es la más segura? —preguntó Sterl en tono serio.
—Eric Dann lo sabe. Hathaway y Woolcott están convencidos de ello. Con esto basta.
—¡No basta en absoluto! ¡No es bastante para que usted divida este grupo! —declaró el americano con pasión.
—¡Insolente, engallado yanqui...!
—¡Cuidado! —le interrumpió Sterl—. Ormiston, está usted perdiendo los estribos. Usted tiene algún designio secreto. Pero no conseguirá realizarlo nunca.
El ganadero se volvió hacia los otros:
—Dann, ya le oye usted. ¡Esta intolerable piltrafa, este yanqui...!
—Ormiston, usted lo ha promovido —interrumpió el jefe con voz fuerte, mientras al otro se le atragantaban las palabras—. La cosa va entre usted y él.
Ormiston se dirigió a Beryl con la voz temblando por la alteración.
—Señorita Dann..., recurro a usted. Su padre ha sido embaucado por este... este entrometido. ¿No querrá usted defenderme?
—¡Papá! Esto es un ultraje —terció Beryl con el rostro pálido y los ojos llenos de cólera—.
¿Permitirás que este americano rudo y de baja condición insulte a Ashley de un modo tan vil, permitirás que le amenace?
Muchacha, vete a tu tienda —ordenó Dann, severamente—. En caso de tomar partido, deberías inclinarte por el mío. ¡Vete, éste no es sitio para ti!
—¡Pero, papá! —gritó la excitada chica—. ¡Sí lo es! ¡Todos entramos en el juego!
—Sí, y aun parece que no debí traerte conmigo. Por lo menos procura no empeorar las cosas.
Beryl dirigió a Sterl una mirada como si quisiera fulminarle.
—Señor vaquero, no me vuelva a dirigir la palabra. Sterl replicó lacónicamente:
—Me parece bien, señorita Dann. Tengo la obligación de ayudar y defender a su padre.
¡No, ciertamente, la de preocuparme por una muchacha que se ha dejado enloquecer por un cobarde y un villano!
La señorita Dann interrumpió a Sterl con un sonoro cachete. Inmediatamente, se retiró lanzando exclamaciones ahogadas como si se diera cuenta del extremo a que la había llevado su temperamento. Y arrancó a correr hacia su carromato con las mejillas escupiendo fuego, en contraste con la general palidez del rostro. Ormiston, después de reunirse con tres hombres que le estaban esperando, sin duda alguna vaqueros suyos, se alejó furioso, gesticulando acaloradamente.
Sterl los siguió por un momento con fija mirada y luego se encaminó hacia el campamento de Slyter. Stanley Dann le gritó que esperara, pero el vaquero se apresuró todavía más, de tal modo, que Red no pudo darle alcance hasta que se halló ya cerca de la tienda. Los dos amigos se encontraron con que Stanley Dann, Slyter y Leslie los habían seguido.
—Hazelton, no huya de mí cuando yo le llame —se quejó Dann al reunirse con ellos.
—Lo siento, patrón. He perdido la cabeza.
—Siendo así, me ha tenido usted en un error, puesto que pensé que usted había promovido la querella con Ormiston a propósito.
—¡Oh, no, fue él quien consiguió alterarme, fue la señorita Beryl! No debí hablarle como lo hice.
Se sentaron todos sobre un leño, excepto Leslie, que significativamente permaneció de pie junto a Sterl, con una expresión grave en su juvenil rostro, mirándole fijamente con sus ojos castaños, muy abiertos.
—Les, sería mejor que te fueras con mamá —opinó Slyter.
—No mucho, padre. Si Beryl tiene que compartir las peleas y todo lo demás, habré de compartirlo yo también.
—¡Magnífico, Leslie! —declaró Dann calurosamente.
—Tú te quedas aquí. Voy a necesitar de todos los luchadores... Hazelton, habló usted como un jabato. ¡De hombre a hombre! Y no puedo comprender que Ormiston lo soportara.
Pero lo que me interesa es esto: ¿tiene usted alguna prueba que justifique las serias insinuaciones y las abiertas acusaciones que dirigió a Ormiston?
—Patrón, es todo cuestión de instinto. Estuve muchos años en la frontera. He tropezado con centenares de hombres malvados. Tuve que sospechar de ellos, adivinar sus designios, aventajarles en rapidez, o de lo contrario, me hubiesen muerto a tiros. Ormiston podría haberme engañado durante cierto tiempo, a no ser por el incidente de haber pateado a Friday.
¡Pero no mucho! Ormiston está desarrollando un juego bien estudiado; cuál sea este juego, no puedo descifrarlo aún.
—Hazelton, me impresiona usted —exclamó el jefe con aire meditativo—. Yo solamente me di cuenta de una cosa: usted se enfrentó con él por interés hacia mí. Lo que insinuó acerca de él... parece increíble. Sin embargo, puede ser que usted posea una perspicacia que nos es negada a mí y a mis asociados. Esta expedición emerge ahora con aspecto siniestro. Ello no me hace variar, no me arredra en lo más mínimo. Pero empiezo a prever rivalidades, intrigas, y quizá traiciones, sangre y muerte.
—Patrón, puede darlo todo por muy seguro —replicó Sterl formalmente—. Y asimismo puede estar seguro de que mi oposición contra Ormiston es en bien de usted.
Dann sacudió su áspera cabellera rubia con el gesto de un león soñoliento. Poco después dijo:
—Krehl, ¿por qué no expone usted su punto de vista sin tener en cuenta el de su amigo?
—¡Ea, patrón! Si Ormiston se hubiese lanzado contra mí como un toro, yo no hubiera arriesgado mi preciosa mano derecha acariciándole la jeta, como hizo Sterl. Le hubiese hecho dos o tres agujeros, sencillamente, hubiese bebido un par de copas de alcohol y me habría olvidado de él en absoluto. Nosotros afirmamos que Ormiston no es un hombre honrado.
Concédale usted el favor de la duda, y déjenos a Sterl y a mí que le pongamos al descubierto.
—Razonamiento, inteligencia y valor —encareció con su vozarrón el ganadero—. Aprecio estas cualidades más que todas las demás. Tenéis mi consentimiento. Id despacio. No obréis a la ligera. Es todo lo que pido. ¿Puede añadir algo a eso, Slyter?
—No, Stanley. Está dicho todo.
—Sí, y nada nos desviará de nuestro camino... Hazelton, me quedé sorprendido y apesadumbrado al ver de qué manera se puso Beryl de parte de Ormiston. Mi hija es una chiquilla testaruda, apasionada. Ha estado discutiendo conmigo para que hiciéramos el viaje por la ruta del Golfo.
El silencio con que todos acogieron aquella declaración puso de relieve el significado que encerraba. Red bajó los ojos al suelo y Sterl observó que sus morenas y finas manos se cerraban hasta que los nudillos se ponían blancos de puro apretados.
—No es que ello influya sobre mí lo más mínimo —añadió Dann, levantándose.
Slyter se puso de pie también y exclamó meneando la cabeza:
—¡Como si conducir una turba de ocho mil cabezas de ganado no fuese bastante por sí!
Leslie los acompañó unos cuantos pasos y después retrocedió.
—¡Maldito sea! ¿No puede dejarnos ni un momento solos a Sterl y a mí? —se quejó Red.
Pero un chiquillo hubiera visto que no lo decía de veras.
Leslie los miraba alternativamente a uno y a otro, con ojos turbados y agradecidos.
—Muchachos —dijo respirando con fuerza—, si Beryl es beligerante, también lo soy yo. ¡Y ella lo es! Ella está de parte de Ash Ormiston. El ganadero la ha cortejado sin cesar. Por otra parte, la conozco. En casa, le gustaba que todos los muchachos le hicieran la corte. Cedric, el que nos acompañaba hoy, por ejemplo. Ha venido a esta expedición sólo por causa de Beryl.
En cuanto a Ormiston... ¡Ah, ése tiene dos caras! Ni el padre de Beryl ni papá saben comprenderle.
—Bien, querida mía, nosotros le comprendemos —contestó Red con acento persuasivo—.
Con todo eso no estoy tan inflamado por Beryl como lo estaba. Pero démosle todavía una oportunidad.
Leslie se dirigió a Sterl implorando:
—Sterl..., ¿no querrás verme... más tarde? Sé que has estado enojado conmigo estos últimos días. Lo merezco y lo siento... Rogué a Red que te dijera que me había comportado como una gata huraña. Sterl, no puedo soportar tu aversión por más tiempo.
—¡Leslie, qué tontería! ¡Yo nunca sentí aversión por usted! —replicó el muchacho con una sonrisa—. Iré a verla más tarde.
Fue como si una luz inundara la atormentada cara de la chiquilla, que, al momento, se volvió y se alejó saltando como un gamo.
—Amigo, ¿te darás cuenta, sin duda, de lo que le pasa a Leslie?
—Me temo que sí —admitió Sterl, bien a su pesar. Y cambiando de tema, preguntó—: Red, ¿cuál es el juego de Ormiston?
—Es difícil definirlo en cuanto a las chicas se refiere. Seguro que no piensa casarse con esa pequeña. Pero quizá lo haría con Beryl. Si Dann consigue llegar a los Kimberleys será rico, y dentro de poco, mucho más.
—Es evidente que Ormiston no terminará esta travesía con nosotros.
—Tengo el presentimiento de que no tiene la intención de terminarla.
Sterl fijó sobre Red una mirada escudriñadora, comprensiva, que indicaba la multitud de pensamientos que se agitaban en su cabeza.
—Nos encontramos ante el juego más enredado y difícil en que nunca nos viéramos metidos. Escúchame, ensayemos una treta que nos ha dado buenos resultados en otras ocasiones. Advirtamos a Slyter y a Stanley Dann que tú y yo fingiremos una querella, fingiremos que nos separamos, y tú irás a beber y a compadrear con los vaqueros de Ormiston, a fin de poder espiar a éste.
—Esto me pondrá en mal terreno a los ojos de Beryl. No es que me importe mucho ahora...
—No, esto hará de ti un héroe, si gracias a esta artimaña salvas a su padre.
A Red se le iluminó el rostro.
—¿Maldita sea! —exclamó—. Siempre me has aventajado. Convenido, amigo, las cartas están barajadas. Mañana por la noche, libraremos una tempestuosa pelea, ¿comprendes?
Únicamente ten cuidado de dónde y cómo me pegas.
—Perfecto. Pensaremos en Friday. Red, voy a tratar de hacer que el negro comprenda nuestro juego.
—Adelante. Otra buena idea. Yo se lo explicaré a Slyter y después hablaré un poco con Leslie.
Sterl y el negro se encontraban en la orilla del río. —Friday, siéntate aquí a mi lado —dijo el vaquero. Y llevándose la mano a la frente continuó—: Yo encontrarme mal aquí. Tormentas.
Con un mapa trazado en la arena y en el argot que comprendía Friday, expuso la diferencia de opiniones relativa al camino que habían de seguir para llegar a los Kimberleys.
—Mí comprender —replicó el negro. Y trazando en el suelo la línea del Golfo, sacudió la cabeza de un lado a otro con gran vehemencia, mientras que, después, dibujando una línea que corría a lo largo del río y a través de la gran región, hizo unos no menos vehementes signos afirmativos.
Muy bien, Friday —añadió Sterl profundamente interesado—. ¿Conoces el terreno aquí, hacia el interior? El indígena hizo una señal negativa con la cabeza.
—Quizá negros decirlo.
—¿Friday hacer hablar a los negros?
—Quizás. Hombres negros, algunos buenos, algunos malos.
—Algunos blancos malos —completó Sterl con pasión—. Ormiston malo. Él querer ir por este lado. No bueno. Él haber dado miedo a algunos blancos. ¿Comprendes, Friday? —El indígena asintió. El negro daba mucho valor a Sterl. Si sabía entender bien, entonces, no importaba que solamente supiese hablar un poco. —Ormiston malo con la señorita —prosiguió el vaquero—. Malo también con la señorita del gran amo. Friday vigilar todo el tiempo. Yo vigilar todo el tiempo. ¿Comprendes, Friday?
El indígena asintió inmediatamente con un movimiento de cabeza, con la expresión de un jefe indio condenando a un enemigo a la destrucción.
—Friday comprender. Friday vigilar. ¡Friday no tener miedo!
Sterl olvidó el ir a ver a Leslie, pero puesto que ella se le presentó inopinadamente, era innegable que la muchacha no había olvidado. Y lo era también, que, con la luz de la luna inundando su ondulado cabello y con el rostro dulce y grave a la vez, estaba adobarle.
—Esperé y volví a esperar, pero tú no fuiste —dijo ella cogiéndole del brazo y apoyándose en él.
—Leslie, la conversación que acabo de tener con Friday era bastante para hacer perder la memoria a cualquiera. Lo siento.
Sterl fijó sus ojos en la muchacha, dándose cuenta de que se le aceleraba el pulso. Un año más, y Leslie sería una hermosa e irresistible mujer.
—¿Me has perdonado?
—En verdad, Leslie, no tengo nada que perdonar.
—¡Oh, pero yo creo que sí tenías algo! No sé cómo estabas conmigo aquel día. Ni ahora, en relación con lo que entonces pasó., La jornada de hoy ha resultado algo excesiva para tu vaquera Red me ha contado qué son las vaqueras. ¡Oh, es el muchacho más extraño y el mejor que he conocido! Le adoro, Sterl.
—Bueno, no estoy seguro de si la permitiré que adore a Red —interrumpió él—. Y ahora que hemos tomado una decisión y que está usted a mi cargo en esta travesía, mire, Leslie...
—¿Cómo adivinaste que suspiraba por esto? —interpuso ella con franqueza.
No lo adiviné. Pero como esta tarde parecía tan trastornada y concedió tanto valor a mi amistad, por ello decidí hacer en cierto modo de dueño suyo.
—Lo necesito. Desde que llegamos a este campamento y he vuelto a ver a Ormiston...
estoy tan alarmada, que pierdo el sentido. ¡Tonta de mí!
—Bien, aparte Ormiston, me parece que hay motivos de sobra para alarmarse. Respecto a él personalmente, sin embargo, no es necesario abrigar temor. Apártese de su camino. Procure cabalgar siempre al alcance de nuestras miradas. No me pierda de vista en ningún jaleo, sea de la clase que sea. No vaya al campamento de Dann, a no ser con nosotros o con su papá.
—Mi padre me llevaría consigo y se olvidaría de mí. Sterl, ¿no te gustaría dejarme estar a menudo a tu vera, como ahora? Si no hubiese podido hablar contigo esta noche, no habría conciliado el sueño.
—Sí, puede estar conmigo todo lo que quiera —prometió Sterl sin fuerzas para resistir a la corriente que lo arrastraba—. Pero Red y yo debemos irnos a la cama temprano. Recuerde que tengo que guardar el rebaño desde las dos en adelante. Eso significa que la mando a dormir ahora mismo.
—¡Oh, amigo mío! —gritó la muchacha llena de felicidad. Y dándole un sonoro beso, corrió hacia su carreta.


VIII
Slyter quería guardar su vacada intacta, de modo que no se confundiese con el gran rebaño. Sterl le explicó que, más pronto o más tarde, era inevitable que se confundieran todos en una manada única. Excepto los de Woolcott, ninguno de los animales de los demás ganaderos estaba marcado.
Stanley Dann había previsto esta contingencia y su idea era contar el lote de cada uno tan cuidadosamente como fuera posible, y al llegar al punto de destino dejar que cada cual se llevara el tanto por ciento que le correspondiese.
La discusión de este detalle tuvo lugar al terminar la etapa del día siguiente, en un punto en que el valle se ensanchaba y el arroyo formaba una gran bolsa. Ormiston combatía la idea del porcentaje, y cuando Stanley Dann la sometió a votación, Red Krehl se puso de parte de Ormiston.
Aquella noche, al acercarse al fuego del campamento de Slyter, Leslie estalló:
—Red Krehl, estoy avergonzada de ti.
—¿De veras? Caramba, eso es terrible —escarneció el vaquero con una voz que habría hecho montar en cólera a cualquiera.
—Te he visto hoy después de habernos parado. Estabas con los vaqueros de Ormiston.
¡Muy bonito! Y después de la conferencia en el campamento de los Dann, estabas bebiendo las sonrisas de Beryl. Ella te ha ganado para Ormiston.
—Les, es usted una chiquilla muy dulce, pero hasta cierto punto exaltada y puntillosa.
No soy nada de eso.
Yo y Sterl no coincidimos en algunas cosas.
¡Ah, has bebido! La bebida cambia a los hombres. Cuando Ormiston había bebido, yo me escapaba de su lado.
—Será mejor que se aparte de mí pronto, o de un par de azotes le haré ver el lucero del alba.
Leslie estaba demasiado asombrada y furiosa para encontrar palabras.
—¡Tú! ... ¡Tú! ... —y dirigió una mirada a su alrededor, esperando que sus padres recogieran esa ofensa. Slyter llamó a Leslie ordenándole que se alejara de la lumbre. En este momento, la muchacha recobró su voz y su dignidad—. Señor Krehl, algunas cosas son evidentes, y una de ellas es que usted no es un caballero. ¡O se marcha usted del fuego de mí acampada o me marcharé yo!
Red no apareció por el campamento de Slyter a la mañana siguiente, sino hasta la hora de conducir el rebaño para atravesar el río. Los vehículos cruzaron con el agua hasta los cubos de las ruedas por un banco situado más abajo del campamento. Pero el ganado tuvo que pasar por donde el agua era más profunda. La salida resultaba empinada y muchos novillos resbalaban cayendo hacia el fondo. Pataleando, entrechocando los cuerpos, mugiendo, la manada de bueyes atravesó el río a nado. Los caballos siguieron por el paso por el cual el ganado había bajado a la orilla y se precipitaron en tropel para lanzarse a su vez al agua.
Fue una dicha que Sterl hubiese colocado una cubierta impermeable sobre su rifle, puesto que King, que adoraba el agua, al echarse a la corriente se sumergió hasta el cuello.
Leslie llegó después, viéndose obligada a espolear a Duke, que sentía aversión por los remojones, pero de ningún modo podía ser dejado atrás. El caballo se revolvía, retrocedía.
—¡Venga! —gritó Sterl con voz alegre—. ¡Pique espuelas!
—¡O.K.! —contestó la muchacha con un estremecimiento de emoción, valerosa y segura.
Y Sterl sonrió al observar que Leslie iba absorbiendo el dialecto americano. La chica espoleó al corpulento bayo y éste, al fin, se hundió limpiamente dentro del agua. Su amazona se mantuvo firme en la silla. El bayo salió a la superficie dando resoplidos y se puso a cruzar el río nadando con vigor.
Por fin, el sol se elevó lo bastante para adquirir fuerza y secar los húmedos vestidos. Al mediodía hacía calor. Con el aumento casi imperceptible de la temperatura y el aspecto cambiante de la vegetación, el vaquero se dio cuenta de la vecindad de los trópicos. Cada vez veía más árboles extraños y florecientes arbustos mezclados con aquellos que ya conocía. No pasaba milla sin que observara algún pájaro de hermoso plumaje que le era desconocido.
Leslie se acercó a Sterl para ofrecerle una galleta humedecida. Q se había recobrado va de su timidez, o bien, por el hecho de montar un caballo que saltaba a la más ligera invitación y de bañarse a la clara luz del sol, había adquirido un toque de audacia. Al cabo de un momento se volvió de espaldas a su antiguo rancho, con los ojos centelleantes y balanceando la cabeza al compás del paso de su cabalgadura.
Sterl se dijo que jugaría limpio con aquella chiquilla, aunque a medida que los días y las noches iban pasando se daba mejor cuenta de su encanto y de su frescor cautivadores. Él no se hacía ilusiones respecto a ningún vaquero ni aun respecto a sí mismo. Sin embargo, estaba disgustado consigo por verse de nuevo cogido en la red, siendo así que después de un amor tan infortunado, hubiera debido odiar a las mujeres.
El sol, llegado al ocaso, se había hundido en el horizonte cuando el grueso del rebaño cesó de moverse, indicando que los vaqueros de la derecha se habían detenido para fijar el campamento. Sterl se acercó galopando detrás de sus camaradas. Red le esperaba junto a la carreta, montado en su caballo.
—Amigo —dijo en voz baja cuando Sterl estuvo a su lado—, esta noche cenaré con el otro equipo. Nos encontraremos en el gran fuego del campamento. Entonces, tú pondrás la comedia en marcha.
—Eso depende de lo ruin que alcances a ser —replicó Sterl con una carcajada sin regocijo—. Red, a fe de indio honrado, debo decirte que no me gusta hacer comedia.
—¡Diablos, no! Pero, amigo, lo hacemos por ellos, y por nosotros también —replicó Red con decisión—. Es nuestra misión, y ahora yo he barajado va las cartas. . Tú haz el juego! —dicho lo cual se aleó meciéndose sobre su cabalgadura, que corría a un trote corto. La oscuridad caía sobre los campos cuando el cocinero golpeó una caldera llamando a todos para la cena.
En el centro de un círculo de caras bronceadas ardía muy brillante el fuego colectivo de la comunidad de Stanley Dann. Sobre un hoyo lleno de brasas iba dando vueltas una ternera que Stanley había sacrificado. Sterl llegó tarde adrede, y la suavidad de su andar, que no hacía ningún ruido, le permitió acercarse lo bastante a Ormiston para oírle cómo decía a la chica:
—Pero Leslie, mi dulce niña, seguramente no podrías sostener esto contra mí.
Sterl reprimió el impulso de darle una patada con toda su fuerza; pero si supo contener una acción que hubiera tenido lugar de un modo inevitable, fue probablemente debido a la llegada de Red más que a su propio esfuerzo por dominarse... Su amigo iba acompañado de dos vaqueros que se empeñaban en retenerle mientras él forcejeaba con ellos a las buenas y exclamaba con voz fuerte, y trabajosa:
—¡Maldita sea, compañeros! Dejadme estar. ¿Qué os importa a vosotros? Yo soy un mujeriego..., lo soy..., y en mis días tuve algunas aventurillas.
Sus compañeros le dejaron y se quedaron apartados, fuera del círculo de luz. Sterl procuraba ponerse en situación para la convenida querella. Red hizo apartar a Ormiston de un codazo y se inclinó sobre Leslie.
—Les, estuve buscándole como un sabueso por todo este maldito campamento para encontrarla —le dijo con una galante reverencia.
Leslie contestó rápidamente, dando prueba de que, borracho o sereno, le causaba alegría verle.
—Estuve aquí todo el rato, Red. Ven, siéntate.
—Tú eres, sin duda, mi dulce amiguita —continuó el vaquero.
No sería posible decir cuál hubiera sido el siguiente movimiento del muchacho, porque Ormiston se enfrentó con él con aire de pelea. El ojo atento de Sterl había registrado el examen de que Ormiston hizo objeto a Red, buscando sin duda el arma que usualmente el americano llevaba en sitio bien visible. Aquella noche no aparecía. Quizá por ello el ganadero empujó a Red violentamente, exclamando:
—i Vaya! Borracho cachorro yanqui. ¡Ésta es una muchacha australiana y no una de vuestras mujerzuelas de los caminos a quien se puede hociquear!
Sterl no quiso correr el riesgo de esperar la reacción de Red ante aquella afrenta. De un salto se puso entre los dos, encarándose con Ormiston.
—¡Cuidado, loco! —gritó con voz penetrante—. ¿Ha perdido el juicio? Por mucho menos ha matado Krehl a algunos hombres.
—Está borracho —replicó el ganadero—. Su familiaridad con Leslie es insoportable.
—Sí, lo es, y yo me encargo de manejarle —replicó Sterl.
En aquel momento se acercó Dann gritando con voz fuerte:
—¡Ea, muchachos! ¿No podemos tener una hora libre de trabajos y peleas?
—Patrón, no habrá ninguna pelea —aclaró Sterl—. Y esta vez a Ormiston sólo se le puede reprochar por una de sus sandeces de doble filo. Ahora se trata de Red.
El aludido intervino torvamente.
—Patrón, yo no buscaba pelea. Cierto que he bebido un par de tragos, pero, ¿qué hay de malo en ello? No estoy borracho. Sólo le dije una palabra jocosa a Leslie, y he ahí que me veo insultado por Ormiston, aquí presente, y después por mi amigo. ¡Maldita sea, esto es demasiado!
—Red, estoy disgustado contigo —declaró Sterl con enojo—. Ésta es la segunda vez. Que conste que te advertí.
—¿Y qué demonios me importa? Me mareas con tus sermones; no voy a soportarlos más.
—Vaquero, si no hubiera sido por mí, arderías en el infierno desde hace mucho tiempo.
—Ciertamente. Pero ahora vuelvo a estar sobre mi ruta. Todos seguiremos nuestro camino si permanecemos fieles al proyecto del patrón mayor y atravesamos con nuestra expedición ese Never-never. Sterl simuló la actitud de un hombre que se deja ganar por la cólera. Poniendo su poderosa mano izquierda en el cuello del vestido de Red, le zarandeó con tal fuerza, que la cabeza del vaquero golpeó violentamente contra el pecho y la espalda.
—¡Sudamericano artero y ruin! —gritó Sterl, enfurecido—. ¡Tú nos vendes por unos pocos tragos!
Bien, cualquiera diría que poseo el voto decisivo —exclamó el vaquero levantando la voz y con inconfundible jactancia.
Sterl dejó escapar un feroz grito de rabia y de un golpe derribé a Red. A pesar de la promesa de no pegar demasiado fuerte, temió que le había dado con excesiva violencia.
Beryl se levantó de un salto y corrió a arrodillarse al lado del atropellado.
—¡Oh, está terriblemente herido! —exclamó clavando la mirada en la cara y en los ojos de Sterl, que destacaban iluminados por la llama de la lumbre—. ¡Usted...! ¡Usted es la causa la discordia, el malvado de esta expedición!
Sterl hizo una reverencia de escarnio y abandonó el fuego para dirigirse a su tienda.
Una vez allí se puso a fumar, a pensar y a escuchar, pero pronto unas rápidas pisadas le advirtieron que se acercaba alguien. Giró sobre los talones en el momento en que Leslie salía corriendo de la oscuridad. En aquella ocasión la figura de la chica tenía el más turbador, bonito y deseable de los aspectos.
—¿Es que no sabe andar nunca como debe andar una dama? —preguntó Sterl, malhumorado.
—Sí que sé... Pero no en la oscuridad y con Ormiston detrás —contestó ella jadeando.
—¿La persigue otra vez?
—Sí, otra vez. Desvergonzado como... el primero.
—Usted le ha alentado.
—¡Yo no!
—Leslie, no la creo —insistió Sterl completamente brutal.
A pesar de todo, aquel pequeño incidente a la vera del fuego del campamento de Dann despertaba en él unos celos irracionales.
Una oscura oleada de rubor sustituyó a la palidez del rostro de Leslie.
—Sterl, mentí a mi madre... y a papá respecto de Ormiston. Estaba aterrada. Pero no te he mentido a ti.
—¡Muy bien, pues, le pido que me dispense!
—Sterl, Red ha dicho algo hoy... que yo no sabía, y que tú tampoco sabías..., pero yo... yo era tu vaquera.
—¡Ah, el cabeza loca! Leslie, no se deje engañar por él.
—¿Qué quieres decir?
—Que no le permitas engañarte como a una tontuela.
—¡Oh! Entonces, ¿no es verdad? —susurró Leslie en son de queja.
Al contestar, Sterl tuvo que hacer un esfuerzo mayor para no rodear a la muchacha con sus brazos que para escoger cuidadosamente las palabras.
—Por supuesto, en cierto modo es verdad... para esta travesía —replicó.
—Siendo así, puedo ser feliz; a despecho de tu brutalidad para con Red —dijo ella con la mayor formalidad, al par que colgándose de su brazo devoraba el rostro del vaquero con ojos de admiración y de pena—. ¿Por qué no pegaste a Ormiston en lugar de pegar a tu amigo?
—Estaba enojado, Leslie. ¿Qué sucedió después de marcharme?
—Beryl tiene el corazón muy tierno para cualquiera que sufra algún daño. Y Red estaba herido. Así, pues, ella se inclinó sobre tu amigo; casi lloraba. Yo me acerqué también y pude ver que Red no sólo estaba lastimado sino, también, lleno de dicha por ello. Luego, sucedió la cosa. Ormiston se nos llevó. Todavía no había desaparecido la palidez de su rostro. ¡Fíjate, el loco cree que podrá conquistarnos a las dos! Después, el pobre Red se sentó, cubriéndose la boca con la mano y me dijo: «Leslie, diga a ese amigo mío que me desquitaré del golpe que me ha dado.» Y como se acercaran otros, me marché corriendo.
—Leslie —exclamó Sterl en un arranque—, a pesar de lo que dice Red, usted no es ya una chiquilla. Ha llegado el momento de ser una mujer; de usar sus potencias para ayudarnos; de ser hábil. Óigame, ¿puedo tener confianza en usted?
Ella le miró intrigada.
—Sí, Sterl.
—Aquella pelea con Red, fue pura ficción. Él no estaba borracho. Nuestro plan es representar que ha reñido conmigo para que pueda compadrear con aquellos vaqueros y descubrir lo que el hombre guarda en el secreto de su cabeza. Me confío a usted porque no quiero que me crea un bruto.
—¿Quién había de creerte un bruto? —desmintió la chica apasionadamente—. ¡Oh! ¿De modo que Red no estaba bebido? ¡Qué contenta estoy! ¿Entrará Beryl en el secreto?
—¡No, ciertamente! Sólo su papá, Stanley Dann y usted.
—De manera que todo por eso... —musitó la muchacha.
¿Todo, qué?
—La ternura de Beryl con Red. ¡La gata! Ormiston ha conseguido hacerla tan suya, que parece como si fuera su sombra. Y, claro, ella cree que Red se ha pasado al bando de su galán.
—Eso es, Leslie. Ahora, esconda usted esos sentimientos perfectamente humanos que acaba de manifestar y practique a su vez la simulación. Hágase la tonta. Sea la pequeña mema que mira con la boca abierta a la orgullosa señorita Dann. Pero sea astuta, y por medio de ella, descubra todo lo que rueda con referencia a Ormiston.
—Así, pues, ¿éste es mi papel? ¡Oh! Pero es en beneficio de papá, de mamá, del señor Dann, en beneficio tuyo. Sí, sabré representarlo.
—¡Magnífico! ¡Corra! ¡Aquí viene Red! ¡Por el modo de andar, apostaría a que va loco!
Red penetró dentro del círculo de luz con paso gallardo y los ojos como puñales, cubriéndose la boca con la mano. Al detenerse, la apartó para dejar al descubierto el hinchado labio.
—¡Mira tú..., embustero! —dijo—. ¡Me prometiste no pegar muy fuerte! ¡Y fíjate en lo que has hecho! Sterl contestó, ahogando una carcajada:
—Lo siento, amigo; en verdad que no quería, pero al pegar, tú, estúpido, blandiste la cara contra mi puño.
—Oigo que viene alguien. Entremos en la tienda y examinemos la cuestión. Luego hablaré.
Sterl tuvo que esforzar la vista para descubrir la masa de Friday bajo las bajas ramas colgantes de los zarzos. Hasta cierto punto, había dudado en asignar al negro la función de perro guardián. Se daba cuenta de cuánto aventajaba el indígena a cualquier hombre blanco en agudeza de percepciones, dado que sobrepujaba aun y en mucho a todos los exploradores indios que había conocido.
Treinta y un día más tarde —según el diario de Leslie, en fecha del veintinueve de junio—, después de una etapa prodigiosa a través de un sendero entre la jungla. Stanley Dann ordenó hacer algo para reparar el equipo y permitir un descanso a los animales de tiro, a los vaqueros y al ganado.
Ormiston, junto con los dos asociados y sus gañanes, a todos los cuales dominaba, salió de la espesura después de una etapa de tres millas en la cual habían invertido más de medio día. Detrás iban los Dann, pisándole los talones. El ganado y los jinetes de Slyter encontraron la hierba y las matas holladas, los grandes helechos y sasafrás abatidos, los márgenes de la corriente cortados en callejuelas, todo lo cual les facilitó la marcha, cuyo principal tropiezo fueron los escalones que formaba el terreno.
Una hora de descanso completamente tendido sobre la espalda, un baño, un afeitado, un cambio de ropas, devolvieron a Sterl algún parecido con su primitiva figura. El vaquero sostuvo una corta conversación con Slyter. El jefe se mostraba de nuevo optimista y lleno de energías. La señora Slyter parecía no haber sufrido en exceso por los largos ratos pasados encima de la carreta y las múltiples acampadas con su incesante trajín. Pero Leslie acusaba el cansancio de más de seis semanas de cabalgar por mal camino.
—¿Qué tal pobretona? —preguntó Sterl acudiendo a la llamada de la chica.
—Lo parezco, ¿verdad? —replicó ella con voz pesarosa, paseando una mirada por toda su persona—. Tengo dos trajes más, pero quiero remendar estos harapos y hacerlos durar cuanto sea posible. ¡Qué atildado te has puesto! ¡Estás guapísimo, Sterl!
—Esto reza para usted, Les —replicó él, de todo corazón—. ¡Qué color más hermoso adquiere su cutis!
—¡Adulador! He tenido que llegar casi hasta morir sobre la silla para conseguir de ti este cumplido. ¡Oh, qué travesía! Sterl, tienes que ayudarme en mi diario.
—Con gusto. Veamos. —Fue entonces cuando el vaquero descubrió que habían caminado treinta y un días a través de aquellas cadenas de montañas para hacer un recorrido de sólo ciento setenta y ocho millas—. No está demasiado bien —exclamó.
¿Mi diario? ¡Tú no me ayudas!
—Me refería a nuestro viaje, no a su diario. Lo lleva muy bien; sólo que hay poca cosa.
La otra noche vi el de Beryl; y deja chiquito al suyo.
—¿Sí? Pero ella escribe en la carreta. Y Red por las noches le ayuda. Esto es otro de los detalles que han puesto celoso a Ormiston.
—Bien, añada aquí una larga nota marginal. Creo que recuerdo los sucesos más importantes. No dudo de que habrá registrado la pérdida de Duchess.
—¡Oh, Sterl, me destrozó el corazón!
—Si no quedó lisiada o no se la han llevado los negros, nos seguirá por el rastro. Anote esto: Slyter ha perdido dos caballos y unas veintitantas cabezas de ganado. El vado llamado Rápidos de las Acacias fue de mal atravesar. La corriente arrastró una carreta, pero no hubo daños. Hasta ahora, nos han visitado sólo unos mosquitos terribles. Grandes helechos por todas partes. Grandes fresnos de montaña. Mal terreno en Vos últimos días. Etapas cortas. Los vehículos necesitan reparaciones y un buen engrasado. Leslie va con un traje casi hecho jirones y ha perdido cosa de unas cinco libras.
—¡Hum, hum, vaquero! ¡No quiero registrar este detalle!
Como de costumbre, en los días en que se habían hecho etapas cortas, la cena fue servida temprano, y aquella vez, como venía sucediendo a menudo, sin la presencia de Red.
Los miembros del grupo de Slyter estaban siempre demasiado hambrientos para hacer hincapié en la falta de variedad de platos. El principal elemento para la comida lo proporcionaba la ternera, alternada con piezas de caza; el dumper, té, frutas secas y legumbres constituían los otros alimentos básicos, y, cuando se presentaba la ocasión, Bill, el cocinero, preparaba unos pasteles sorprendentes. Sterl comprendía que los vaqueros bebían demasiado café; algunas veces diez tazas por día. Él y Red se habían acostumbrado a tomar té, pero se limitaban a beberlo sólo en dos comidas al día.
—Hace diez días que no hemos hablado con Stanley —dijo Slyter después de la cena—.
Ven conmigo, Hazelton.
El campamento de Dann se hallaba en plena actividad. Una de las carretas se sostenía por medio de puntales mientras engrasaban los cubos de las ruedas: los martillos golpeaban vigorosamente sobre otra que había sido en parte descargada; las tiendas estaban en proceso de erección; un fornido vaquero partía leña para la lumbre... Red estaba sentado en el suelo, al lado de una hamaca sobre la cual yacía Beryl escribiendo su diario.
Dann, el rubio gigante de las barbas de oro, saludó a Slyter y a Sterl con una ruidosa bienvenida.
—¿Estáis enterados de que ordené permanecer aquí una semana? —les preguntó.
—Sí. Heald nos comunicó la noticia. Me alegro. Unos cuantos días buenos nos volverán a poner a tono. Sterl está de acuerdo.
—Sólo tuve unas palabras con Ormiston. No está conforme; afirma que un día de descanso es bastante. Le he dicho que se lo ordenaba y me ha replicado que seguiría adelante con Woolcott y Hathaway. En este punto me he puesto irreductible. Ashley se fue terriblemente enojado.
—¿Por qué trata de entorpecerlo todo? —preguntó Sterl—. ¿Por qué? El más loco comprendería que el ganado necesita descanso. Preguntemos a Red.
Sterl llamó al vaquero y sacándole de su agradable ocupación le informó de la defección de Ornan y le preguntó si podía arrojar alguna luz sobre ella.
—Patrón, no sabría darle otra explicación sobre la actitud del vaquero, excepto la de que es un tipo ruin.
—Me tiene sin cuidado si se marcha o no. Con toda seguridad le será forzoso esperar a que nos reunamos con él.
Terminada la conversación, Dann y Slyter se retiraron dejando que Red, acompañado de Sterl, volviese al lado de Beryl, que acogió a este último con distante altanería, si alguna variación se podía notar en el aspecto de la muchacha, dicho cambio se traducía en el matiz broncea que había adquirido su cutis, un ligero aumento de peso y, ciertamente, en un aumento mayor de belleza. Sterl .aprovechó la ocasión para decírselo así. El placer que demostró ella puso al descubierto la falsa joya que era su alma. Hasta en el caso de que odiara a un hombre, no podía dejar de sentirse halagada por cualquier tributo ofrendado a su belleza.
Sterl regresó pronto al campamento de Slyter, porque se había comprometido a subir con Leslie a la cima del montículo para contemplar la comarca donde se hallaban. Al salir, dejó que la muchacha llevara el rifle mientras él se proveía de un largo y recio bastón. La hierba que encontraron por el camino, que no había sido aplanada por el paso del rebaño, les llegaba a la altura de las rodillas, por lo cual Sterl andaba con el ojo atento a las serpientes.
Poco después, un movimiento de las briznas y un sonido sibilante le hicieron dar repentinamente un salto atrás. En seguida, ayudándose del largo bastón, localizó el reptil.
Jones le había informado de que la especie que tenía ante sí era muy venenosa y que durante la época del celo solía atacar al hombre.
—¿Verdad que es bonita? —preguntó el vaquero—. Morena, casi blanqueada, con listas negras. No tiene la cabeza triangular que lucen nuestras serpientes dañinas.
—¡Échate atrás, Sterl! Deja que le aplaste la cabeza de un tiro —rogó Leslie, que, por lo visto, no era muy sentimental en lo que a serpientes se refiere.
—¡Hum! ¿Para qué? Puede ser que se trate de un bicho caballeroso como nuestra sierpe crótalo, que no ataca a menos que la pisen.
—Esta tiger no tiene nada de caballerosa. Tú conservas el corazón muy tierno para las serpientes, ¿verdad? —dijo Leslie, con una sutileza que Sterl pensó sería mejor no analizar.
Al par que iban remontando la colina contemplaban la magnífica cañada por donde habían pasado. A su espalda brillaba el sol, rojo y oro. En ciertos sitios, el riachuelo retorcía su cinta brillante entre la verdura. Sobre la llanura lejana las acacias rojas eran cual montones de follaje en llamas y los sasafrás de forma de cuña lanzaban destellos, como si estuvieran cubiertos de escarcha dorada. Pero lo más impresionante de todo era una cascada de la cual Sterl no se había dado cuenta antes; una caída de agua que parecía un encaje saltando de peña en peña como un chorro de áureas perlas derramándose por la ladera de la montaña.
—¡Sterl, allí no..., aquí! —exclamó Leslie empujándole para que se volviera hacia donde le indicaba—. Esto es bonito; me recuerda mi hogar. Pero este campo de púrpura en el cual penetramos...
Desde la altura donde se encontraban, la pendiente lanzaba destellos con el sol y descendía gradualmente cubierta de hierba moteada de penachos de flores, cual brasas de fuego, hacia el campamento, en el cual destacaba el blanco de las tiendas y de las cubiertas de los carromatos hacia el cielo se elevaban caprichosas columnas de humo azul y los grandes gomeros de lisos troncos opalinos se alzaban hacia la inmensidad extendiendo, allá arriba, la espesura de sus ramas blancuzcas con las hojas semejando estrechos destellos de verde recortándose sobre el áureo cielo.
Estos gomeros de tendidas ramas eran cual los pilares de un ancho portal que se abriese para dar entrada a un pequeño valle de suave color a partir del cual se elevaban, cubiertas de árboles floridos, franjas de terreno que corrían hasta confundirse en una llanura punteada de acacias rojas y otras espinosas, las cuales atraían la mirada hacia las pobladas colinas que se alejaban más y más como manchas de oro oscuro desparramadas entre aquel púrpura luminoso que se intensificaba y oscurecía hasta mezclarse y confundirse con la inmensidad sin fin.
El vaquero se dio cuenta de la presión del cuerpo de Leslie que, pegándose a su lado, le miraba con ojos intensamente brillantes.
—¡Mi Australia! —murmuró ella—. ¿Verdad que es hermosa? ¿No la quieres? ¿No estás gozoso de haber venido?
—Sí, Leslie, sí —dijo él con emoción redoblada cada vez más por la proximidad y la belleza de su compañera.
—¿Nunca dejarás Australia?
—No, muchacha, nunca —replicó con la voz empañada. por la tristeza.
—¿Serás mi amigo más íntimo?
—Así lo espero. Pongo todo mi empeño en ser... tu amigo.
—¿Y mi hermano mayor?
De pronto Sterl sintió una convulsión dentro del pecho, un borbotoneo de sangre ardorosa que se produjo inmediatamente después de haberse rendido a la ternura y al atractivo de la muchacha.
—¡No tu hermano mayor, no, Leslie! —dijo con voz alterada, al mismo tiempo que la estrechaba contra su pecho—. Eres una mujer, una dulce mujer. Ningún hombre sería capaz de resistir... Y me atormentas.
La besó una y otra vez, apasionadamente, hasta que los labios temblorosos de la joven le correspondieron; la besó más y más hasta que ella se abandonó sobre su pecho, rendida y confiada.
—¡Dios mío! Ahora ya está hecho —exclamó él, pesaroso.
—¡Sterl! —Leslie retrocedió para contemplarle con ojos maravillados y el rostro encendido. Después se volvió y lanzando un grito, echó a correr hacia abajo.
—Ahí está lo que te ha hecho Australia, vaquero —se dijo Sterl. Y se inclinó para recoger el rifle.


IX
Día tras día, la gran manada se arrastraba por la comarca salvaje que Leslie había llamado el campo de púrpura. Día tras día, las señales de humo de los indígenas se levantaban y se aleaban hacia el horizonte. Friday se volvía misterioso y reticente contestando a las preguntas con un desorientador: «Quizá». Sterl, aleccionado por su larga experiencia con los indios americanos, no sabía otra cosa mejor que preguntar al negro sobre la gente de su raza.
Stanley Dann no temía ni a los negros, ni a las etapas interminables, ni a las crecidas de los ríos, ni al calor, ni a la sequía. A medida que las dificultades iban aumentando de un modo imperceptible, así aumentaban su optimismo, su valor y su fe. Los domingos oficiaba en un corto servicio religioso al cual se instaba a todos a que asistieran. Sterl notó que a medida que el sortilegio de la naturaleza salvaje se adueñaba de las mentes de los expedicionarios la concurrencia disminuía gradualmente.
La fe no había disminuido en Stanley Dann, pero había perdido su imperativo en los otros, que retrocedían hacia los estadios de la vida primitiva.
Sterl observaba todo esto y lo comprendía sólo vagamente. Ormiston había sucumbido ya a este paso atrás en la marcha de la evolución. Red sucumbiría también a menos que un genuino amor hacia Beryl resultase más fuerte que la influencia de aquella vida salvaje. Todos los vaqueros iban sintiéndose afectados por lo mismo y Sterl comprendió que no serían muchos los que salieran de esta prueba convertidos en dioses.
Beryl acusaba de un modo lento pero seguro igual influencia. Y en ella su primer efecto fue un acrecentamiento del instinto natural que la hacía tender a incrementar sus admiradores.
Cada noche en el campamento de Dann, media docena o más de vaqueros jóvenes se disputaban sus sonrisas con Ormiston y Red. Este último hacía un juego distinto del de sus rivales. Limitaba sus esfuerzos a servir a Beryl, de manera que la chica parecía descansar en él al mismo tiempo que la desazonaba el ver que el vaquero no caía rendido a sus pies. Los desordenados celos de Ormiston iban en aumentó A causa de ser Leslie la más joven de todos y al mismo tiempo una muchacha de sangre y espíritu ardientes, recorría más rápidamente que los demás este camino de regreso a lo físico. Durante varias semanas después de aquella escena en la vertiente de la cañada al morir de la tarde, había evitado el quedarse a solas con Sterl. Pero su timidez fue desapareciendo gradualmente y al paso que la expedición iba avanzando a través de austeros días y noches de tiempo y distancia, su inflamado corazón la empujaba de nuevo hacia él.
Pero Sterl no había vuelto a cometer ninguna transgresión cual la del loco e incontenible momento en aquella puesta de sol; aunque en ocasiones lo deseaba de un modo casi irresistible. No obstante, el amor había llamado a su puerta una vez más, pese a lo cual nunca se permitiría edificar ilusiones sobre el futuro. Para muchos de la dotación de Stanley Dann, y muy posiblemente para él, no habría futuro de ninguna clase.
Muchas humaredas —dijo Friday una tarde, después de instalar el campamento en el lecho seco de un río, en el cual sólo se encontraban unas pocas hoyas con agua.
Sterl y Slyter, que se hallaban juntos a la vera del fuego cuando Friday habló, otearon el horizonte, que por el momento aparecía completamente limpio.
El segundo inquirió con ansiedad:
—¿Qué quieres decir, Friday? Estamos ya muy lejos —y extendiendo tres dedos, añadió—: Lunas..., tres lunas. Muchas humaredas y ningún negro a la vista. ¿Seguirá mañana del mismo modo?
—Negros estar cerca. Muchos negros. Venir más. Pronto no verse humo. ¡Alancear ganado, robar!
—¿Cuánto tardará, Friday? ¿Cuánto?
—Quizá pronto, quizá más tarde.
Slyter dirigió a Sterl una mirada aprensiva y, haciendo un ademán resolvió:
—Vamos a decírselo a Stanley.
Como en otras ocasiones encontraron a su jefe escuchando pacientemente a Ormiston.
Los perspicaces ojos del joven observaron que las sienes de Dann habían encanecido.
Slyter enteró de las previsiones del negro a Stanley, que le escuchó acariciándose la dorada barba pensativamente.
—¿Al fin, eh? Debemos estar agradecidos por este largo respiro —dijo con los ojos iluminados, como si acabara de recibir excelentes noticias.
Slyter concluyó:
—He preguntado a Friday qué teníamos que hacer. Y me ha respondido: j Vigilar de cerca! ¡Matar!»
—Bien! ¡No está mal el consejo para un negro! —exclamó el jefe meditabundo—. Pero yo no recomiendo derramar sangre.
—Yo sí —declaró Ormiston llameando—. Si no lo hacemos, esta turba de negros aumentará hasta que ya no podamos medirnos con ellos. Irán siguiendo nuestra expedición, alancearán el ganado a distancia.
Sterl se preguntó qué pasaría por la mente de aquel hombre para que influyera en él de tal modo. Pero el consejo parecía prudente, y así, él también, dijo en voz alta:
—Patrón, estoy de acuerdo con Ormiston.
—¿Cuál es su opinión, Slyter? —preguntó Dann.
—Si los negros nos matan el ganado y nos amenazan a nosotros, entonces yo digo: matar.
Dann hizo un movimiento de cabeza indicando el pesar con que aceptaba los hechos.
—Tendremos que tomar las cosas tal como vengan. Unamos todo el ganado en una sola vacada...
Pero Ormiston le interrumpió:
—Ya le dije que no estaba de acuerdo con ello. Dann insistió con paciente persuasión:
—No lo mire como una orden. Soy yo quien le pide que me ayude hasta ese extremo.
—Escuche, Ormiston —intervino Sterl he tenido que habérmelas con un buen número de conducciones de ganado, expediciones como las llaman ustedes. Y después de una desbandada, de una inundación o de una terrible tempestad, cosas todas a las que estamos expuestos, el ganado ya no puede volver a ser conducido por separado.
—Eso no lo creo.
—¿No? Muy bien —le atajó Sterl rápido—. ¡Maldito lo que cuenta en esta expedición lo que usted crea!
Ashley tenía la mirada fija a lo lejos, en la distancia purpúrea, la cuadrada mandíbula apretada con fuerza, los ojos inflamados; todo su aire denotaba una empedernida oposición.
—Nuestras diferencias no son lo que más importa ahora —declaró al fin—. Lo primero es el peligro de los negros—. Y sin mirar tan siquiera a sus asociados, se alejó con paso altanero.
—Slyter, esta noche pondremos doble número de guardias. Junte sus bueyes con mi manada —ordenó Dann.
Antes de que se hiciera oscuro la orden había sido llevada a efecto. La vacada de Ormiston, que incluía las de Woolcott y Hathaway, pastaba al otro lado del lecho del río, a una milla de distancia.
Aquella noche la cena se sirvió tarde en el campamento de Slyter, y Red Krehl fue el último jinete que llegó a tomarla. El vaquero se había sentado con las piernas cruzadas entre Leslie y Sterl, pero su humor vivo y jocoso estaba ausente. A Sterl le preocupaba aquel detalle, aunque Leslie no daba muestras de haberlo percibido. Empero, después de la cena, la muchacha se puso a mortificar a Red con motivo de Beryl.
Por fin el vaquero quiso vengarse.
—¡Vaya, Les! Eres una muchacha fría, sin alma, como un pez; no sirves para nada.
—¿Un pez? No lo comprendo. Sterl, ¿quieres que le caliente las orejas?
—Bueno. Lo del pez no estaría mal si te refieres al angelote o ángel de mar.
—¿Querías decir eso, Red?
—¡Me dan ganas de reír! Seguro que no. Allá en Texas tenemos el pez-gato... ¡Y sabe arañar!
—Red, preferiría verte con aire de pelea. Tres veces en ocasiones anteriores han estado con el mismo humor —que esta noche, y siempre ha sucedido algo.
—Bueno... Ormiston me expulsó del campamento momentos antes de encaminarme hacia acá.
—¿Por qué causa? —preguntó Sterl al instante.
—No estoy seguro. Beryl estuvo bastante tierna conmigo últimamente delante del ganadero. Esto no me hace perder la cabeza en modo alguno, pero a él le ha llegado al alma.
Y otra cosa: su padre no se recata de dar pruebas de su preferencia por mí. A Ormiston eso le causa enojo. Me parece que ve en mí un rival de cuidado.
—Lo eres, Red. Pero temo que tus atenciones para Berylte hayan privado de hacerte una idea de las intenciones de Ashley.
—Quizá sí. Tan seguro como que después del día viene la noche, que Beryl le despedirá todavía o saldrá con algo que me parece que preveo.
—¿Está enamorada de Ormiston? —preguntó Sterl.
—¡Diablos, sí! —replicó Red torvamente.
—¿Qué piensas tú, Les?
—¡Diablos, sí! —repitió Leslie, imitando la lacónica expresión de disgusto de Red—. Beryl ha tenido una colección de amoríos. Pero éste es peor.
—Los dos andáis equivocados —replicó Sterl—. Beryl está fascinada por un mal hombre, un traidor. Es coqueta de nacimiento, pero me parece que tiene fondo. ¡Esperemos hasta que haya pasado por un verdadero infierno!
La figura de Friday se destacó de entre las sombras, llevando su wommera y un manojo de largas lanzas.
¡Muchos negros ahí cerca! —les anunció.
—¡Escuchad —exclamó Leslie.
En el mismo instante se oyó el aullido de un perro salvaje. Era un son lastimero y monstruoso que parecía prestar su acento a la estrellada y melancólica noche. Luego una cantilena baja, fantástica, compuesta de muchas voces salvajes y casi ahogada al principio por los ladridos de los perros de los indígenas que acosaban a los dingos, se elevó con fuerza por el aire quieto hasta convertirse en un lamento desgarrador, volviéndose a apagar poco a poco.
—Pronto haber muchos negros. Matar ganado, robar todo —añadió Friday sin que le preguntaran.
¿Intentarán esos negros matarnos a nosotros? —preguntó Sterl.
—Puede que sí, más tarde. ¡Vigilad muy bien!
Slyter se acercó al fuego haciendo un ademán para que guardaran silencio. Los aullidos, los ladridos, el canturreo sobrepujaban a todos los ruidos silvestres que Sterl hubiere escuchado en su vida. El repetido staccato de los ladridos de los coyotes, el gemido solitario de los lobos sedientos de sangre, el «ruuu-ruuu-ruuuuu» del búfalo en celo, el pataleo y los chillidos de la danza de guerra de los indios, apenas podían ser comparados con aquel canto de la maleza australiana. Sterl alimentaba el extraño presentimiento de que la incalculable diferencia que mediaba entre ellos podía ser representada por una palabra: canibalismo.
—¿Qué impresión os causa esto, vaquero? —preguntó Slyter, con el rostro contraído en una mueca—. Hija mía, ¿te gustaría volver a encontrarte en casa? Mamá tiene las manos apretadas contra los oídos.
La muchacha contestó con una sonrisa pálida, pero valiente:
—No. Estamos en camino. Lucharemos.
—¡Magnífico! —exclamó Slyter—. Les, tú tienes un rifle. Si ves que un negro alancea un caballo..., ¡mátale!
A Sterl le llamó la atención de un modo significativo que Slyter pensara en sus caballos, no en sus bueyes.
—Tenemos que dormir un poco —concluyó el ganadero—. No os arriesguéis a entrar en la tienda esta noche. Los negros nunca, o casi nunca, atacan antes del alba; dormid debajo de vuestra carreta.
Los vaqueros amontonaron paquetes y fardos en la parte exterior de las ruedas de su carromato y en seguida se arrastraron debajo para estirarse sobre las mantas` sin quitarse chaquetas ni botas. Friday se tendió en el exterior junto a las mismas ruedas.
Cuando los dos muchachos salieron fuera dispuetos a montar la guardia rifle en mano, Larry estaba ensillando los caballos y Drake y sus tres vaqueros tomaban el té.
—¿Qué tal ha ido la vigilancia? —preguntó Sterl.
—La vacada, quieta. Los caballos, descansando. Ninguna señal de negros. Pero les hemos oído pasar y alejarse. Abrid bien el ojo, sobre todo antes y después de despuntar el día.
—Muchachos —dijo Larry, cuando llegaron junto al rebaño—, yo me encargaré del extremo más alejado.
Sterl pasó al lado de los caballos de Dann, guardados por un solo jinete, y una milla más lejos se topó con otro, que resultó ser Cedric. Éste estaba de guardia desde hacía una hora y le informó de que todo marchaba bien. El joven volvió grupas y se alejó.
Por la llanura ondulaban a intervalos débiles ráfagas del corrobori de los indígenas.
Todavía se vislumbraba el brillo apagado de los fuegos de campamento de los negros. Los perros y los dingos habían cesado de aullar. Sterl recordó la primera vez que estuvo de guardia: fue en la pradera de Texas y en ocasión en que se esperaba una incursiónde los comanches. En efecto, el ataque había tenido lugar, y los indios, jinetes rapidísimos y sin igual, se habían lanzado sobre la remuda para provocar una desbandada que alejara y dispersara los caballos, dejando, empero, al retirarse, un muerto sobre el terreno, víctima de su rifle. Tenía entonces dieciséis años, y era la primera sangre que derramaba.
Cada media hora o cosa así, Sterl retrocedía para cruzar unas palabras con Red. La única vez que se acercó a Friday, el negro dijo levantando la mano:
—¡Pronto!
El canturreo de los indígenas había cesado, y el brillo de los fuegos iba palideciendo cada vez más hasta apagarse del todo. El ganado dormía en medio de un misterioso silencio.
Las primeras pinceladas grises que aparecieron por el Este fueron como heraldos que anunciaran un tamborileo de cascos parecido al rodar del trueno distante. La vacada perteneciente a Ormiston y a sus compañeros había emprendido la fuga. Sterl galopé hacia Red. Friday se les reunió en seguida.
—Están en marcha, amigo, pero no a la desbandada —dijo el pelirrojo, inclinando la cabeza para captar los sones que vinieran de la parte del Este.
—Parece que se calman, Red —replicó Sterl, aguzando el oído—. ¿Qué sucede allá, Friday?
—Negros alancear ganado —fue la sencilla respuesta.
—No está tan mal, entonces. Pero una desbandada de esta impía turba sería espantosa —declaró Red—. Escucha, Sterl, ahora corren nuevamente hacia el otro lado.
—¡He visto el fogonazo de un disparo! —exclamó Sterl. Y al momento llegó hasta ellos una detonación apagada.
—Bien, el baile ha empezado —comentó Red tranquilamente—. Busquen su pareja.
Desde varios puntos llegaron detonaciones y se vieron fogonazos muy espaciados.
—¡Ah, diantre! Nuestro ganado empieza a despertar, amigo... Aquí viene Larry.
El joven vaquero, que llegaba a todo galope, detuvo su caballo tan en seco que pareció que el animal iba a caerse hacia atrás.
—Muchachos, nuestra vacada está a punto de emprender la fuga.
—¡Hum, Larry! —replicó Red—. Sólo está inquieta.
Sterl calculaba que las que corrían eran un millar o más de cabezas de ganado, menos de un tercio de la vacada de Ormiston. Pronto el rodar de los cascos empezó a disminuir de volumen, al mismo tiempo que los disparos se hacían inconexos. Pero la alarma del vaquero creció en grado sumo, a despecho de las seguridades de Red, al ver que los bueyes bajaban la cabeza y al oír el ruido de los cuernos que se entrechocaban. El centro del malestar parecía hallarse atrás, de cuyo sector venía su compañero.
—Sterl, yo me iré con Larry —dijo Red, haciendo dar media vuelta a Jester—. Sólo por si acaso. Si no volvemos pronto, ve corriendo.
Poco después, cuando hizo detener a King para prestar oído. Sterl descubrió que el tamborileo apagado que llegaba de la otra parte de la llanura se había extinguido y que la ominosa inquietud de la manada de Dann cesaba por igual. En aquel momento regresaba Red anunciado previamente por un rápido golpear de cascos.
—He perdido las cerillas. Dame algunas —dijo el vaquero al llegar junto a su amigo—. Los bueyes corrían en aquella dirección, pero no ha sido difícil detenerlos. La vacada esa de Dann me llevaba engañado. Han sido tan dóciles —ya lo has visto—, se parecían tan poco a unos verdaderos cornilargos, que pensaba que hubiese costado un sinfín de trabajo el dispersarlos.
¡Pero, hum! ... Dime, apostaría dos pesos a que nos interesa saber lo que sucedió allá, en lo de Ormiston.
—Sí. Ahora todo está quieto, sin embargo. Y es de día ya.
Al salir el sol regresaron al campamento. Slyter escuchaba muy atento la relación de Larry que, evidentemente, le tranquilizaba. Acababan apenas de desayunarse cuando Cedric llegó precipitado para informarle de que Dann quería verlos a él y a los vaqueros inmediatamente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Slyter.
—Un altercado con los negros en el campamento de Ormiston —replicó Cedric, antes de alejarse al galope.
El mismo Slyter fue el único que demostró sorpresa. Dominado por Stanley Dann no podía ni siquiera imaginar que ocurriera ninguna calamidad.
—Esto es malo. Me pregunto quién... Vamos, muchachos«
Sterl se dirigió al negro.
—Ven conmigo, Friday.
En el campamento mayor, Stanley Dann y Eric, junto con Cedric y otro vaquero, los esperaban montados a caballo. Beryl miraba a los hombres con grandes ojos atemorizados.
—Bingham —dijo el gigante calmosamente—, Ormiston acaba de mandar recado informando de que los negros han alanceado a Woolcott.
—¡Woolcott! Cedric no nos dijo nada... Yo pensé... Esto es terrible, Stanley. ¿Cómo...?
¿Cuándo...?
—Ni una palabra más. Me atrevo a decir que si Ormiston tuviera necesidad de nosotros lo habría manifestado. Pero sea como sea, debo ir.
—Debemos ir todos —replicó Slyter.
—Bien, yo también diría lo mismo —masculló Red con aquel tono peculiar que sólo Sterl comprendía. Hathaway alcanzó al grupo de Dann cuando sus componentes se ponían en marcha, cerca de los carromatos. Largas patillas poblaban su rostro y había perdido el florido aspecto que le caracterizaba.
—Una tragedia terrible, Stanley —dijo con voz ronca—. Woolcott insistió en montar la guardia a despecho de las advertencias de Ormiston. Los negros atacaron esta mañana al apuntar el día... ¡Han matado a Woolcott y a su caballo —¿Dónde está? —preguntó Dann, inquieto.
Hathaway les condujo al encuentro de un cuarteto de hombres que estaban de pie junto a un carromato, más allá de la lumbre. Ormiston, con el rostro marchito, se volvió para recibir a los visitantes. Dos de los hombres del grupo tenían una pala en la mano y, según todas las apariencias, terminaban de cavar una fosa.
—Dann, es un penoso deber que hubiera deseado ahorrarle —dijo Ashley, no sin cierta aspereza—. A pesar de haber oído a los negros, Woolcott quiso salir de vigilancia. Yo le advertí particularmente que no se moviera. Pero salió... y le mataron.
Sobre el suelo yacía el cadáver, con una lanza atravesada en mitad del cuerpo. Sólo se le veía un lado de la cara, de tono gris, pero éste bastaba para demostrar las convulsiones atormentadoras que precedieron a su muerte.
—¿Dónde está su caballo? —preguntó Dann. Ormiston indicó con la mano una colina baja.
—Allá. Tenemos la silla y la brida. Esto no ha de detenernos, Stanley. Nosotros enterraremos a Woolcott. Pondremos una señal sobre su tumba y nos reuniremos con ustedes.
—¿Le daremos sepultura sin ninguna ceremonia religiosa?
—No es preciso que se espere para esto. Si lo desea, yo leeré unos salmos en su Biblia y la enterraré con él.
—Me agradará que lo hagas así. No puede ser menos.
—Espere, patrón —dijo Sterl—. Quiero ver qué aspecto tiene el trabajo que ha hecho el negro con la lanza. —Diciendo lo cual se deslizó de la silla e hizo señas a Friday, que se hallaba detrás de los caballos, para que se adelantara.
—Yo también —masculló Red tranquilamente, pasando su larga pierna sobre la silla para desmontar.
Sterl se separó de los caballos a pasos lentos, procurando hallar una posición que le permitiera ver a Ormiston en el momento en que éste clavara los ojos en Friday. El ganadero era un malvado, pero lo era sin grandeza. El vaquero había visto centenares de forajidos y ladrones de caballos que habrían sabido esconder lo que tal hombre no consiguió disimular: una fugitiva mirada de miedo.
Friday se acercó al tendido cuerpo de Woolcott y la negra y nerviosa mano, admirable en su familiaridad con aquella arma indígena, le arrancó la lanza: Ormiston estalló ¡Todos los negros son lo mismo para mí! —Y con ojos brillantes, que parecían escupir la muerte, empuñó el revólver. Sterl, alerta y rápido como el rayo, se lo arrancó de la mano de un disparo.
Los caballos tuvieron en jaque a los jinetes por unos momentos con sus resoplidos.
Friday había retrocedido. Sterl dio también un paso atrás con el revólver humeante, apuntando al asustado Ormiston y a sus vaqueros Bedford y Jack. Red se había puesto al lado de Sterl, mientras Stanley Dann, desde más atrás, daba una orden a voz en grito.
—Ormiston, usted y yo tendremos todavía un altercado serio respecto a Friday —dijo Sterl con acento vibrante.
La bala había chocado en el arma, evidentemente, mandándola a dar vueltas por el aire.
Ormiston se aguantaba la mano herida con la izquierda—. La próxima vez que quiera sacar el revólver hágalo contra mí —añadió Sterl con desprecio—. Usted habría matado a este negro.
—Sí, lo habría hecho, y lo haré todavía —gritó el aludido con voz entrecortada y la faz purpúrea.
Ormiston, su corazón es más negro que la piel de Friday.
Stanley arreó a. su corpulento caballo para acercarse a los beligerantes.
—¿Qué revuelo es éste? —preguntó.
Sterl le explicó el caso en pocas palabras. Ormiston alegaba que la vista del negro le había excitado hasta causarle frenesí.
El jefe le interrumpió con voz tonante:
—Deje eso ahora. ¿No es bastante lección la muerte de Woolcott? Debemos poner fin a esta disensión entre nosotros. Ormiston, a usted le culpo más que a nadie. ¡Vuelvan al campamento todos!
Dann, con Slyter y su hermano Cedric, se alejaron a caballo.
—Démonos prisa, amigo —dijo Red brevemente—. Pero no te vuelvas de espaldas.
o había dado dos pasos atrás cuando Sterl tropezó con Los dos vaqueros montaron de un salto y pronto alcanzaron: al ligero Friday. Acomodando el paso al del negro se dirigieron a su campamento en línea recta.
Sterl se dirigió a Slyter diciendo:
—Lo siento, patrón. Siempre tengo que ahondar esas arrugas que surcan su frente. Pero debe de haber visto usted que Ormiston habría matado a Friday. Por lo menos, le ha oído afirmarlo así.
—Efectivamente —declaró Slyter—. He tratado de convencer a Stanley de que Ormiston ha tenido siempre el propósito de asesinar a mí negro.
Leslie se les apareció sin que vieran de dónde salía.
—¡Papá! ¿Qué ha ocurrido? —gritó con un relámpago en los ojos y una ansiedad que no admitía evasivas.
—¡Dios mío! —murmuró su padre.
Sterl, antes de empezar una concisa relación del incidente, rogó a la joven:
—Anota en tu librito lo que voy a contarte, Leslie.
La muchacha se inflamó con mayor facilidad que de costumbre.
—¡Quería matar a Friday! —Y lanzó un juramento. Era la primera vez que Sterl le había oído usar una de las palabras irreverentes que tanto abundaban por el campamento. Por su parte, viendo que su padre quedaba trastornado y sin saber qué decir, Leslie continuó—: ¡El piojo! ¡El sucio hombre canalla!
Red estalló en una sonora carcajada.
—¡Ja, ja, ja! ¡Les, es innegable que vas aprendiendo el lenguaje de los vaqueros!
Sterl tomó la palabra, dirigiéndose a Slyter, mientras apretaba las cinchas de su brioso bayo.
—Patrón, Red y yo partiremos con los demás, pero una vez Ormiston se haya puesto también en marcha, retrocederemos con Friday para examinar el terreno. Red y yo sabemos descifrar huellas, y si fuera demasiada tarea para nosotros, quizá Friday pueda distinguir algo.
Los alcanzaremos pronto.
Sterl había mandado al negro que llevase piedras para cubrir la tumba de Woolcott, alrededor de la cual se veían unos cuantos leños dispersos. Con ellos improvisaron una cruz, que plantaron en la sepultura, y terminado el triste deber, emprendieron el camino a pie, conduciendo los caballos de la brida. Media milla más allá, sobre la llanura cubierta de hierba, junto a la orilla de una ligera pendiente arenosa, Friday localizó el cuerpo de un caballo muerto.
Era un animal de color bayo y estaba tendido sobre un costado, y en el otro se veía sobresalir un buen trozo de lanza.
—Mirad aquí —observó Red al cabo de un rato, señalando un hilo de sangre coagulada que corría desde la oreja hasta la parte inferior de la cabeza.
Mientras tanto, el negro había arrancado el arma y la estaba examinando detenidamente.
—Patrón —dijo, dirigiéndose a Sterl, haber matado caballo como los hombres blancos —y Friday acompañó estas palabras de uno de sus expresivos gestos que parecía dirigido hacia la tumba de Woolcott.
—¿Cómo, Friday? —preguntó Sterl.
El negro colocó la sanguinolenta lanza en su wommera e hizo la acción de arrojarla.
—Nada de wommera. ¡Ningún negro alancear hombre blanco! ¡Ningún negro haber matado caballo!
—¡Dios Santo! —exclamó Red, no por el horror, sino como confirmación de algo que había flotado en el ambiente. Sterl a su vez gritó:
—¿Cómo ha sido, pues?
Y Friday, tomando la larga lanza y empujándola a propósito dentro del cuerpo del caballo, explicó:
—Hombre blanco haber metido la lanza dentro del caballo. ¡Ningún negro hacerlo!
—Venid, ayudadme a dar la vuelta al animal —suplicó Red.
Entre los tres consiguieron tumbarle sobre el otro costado, no sin buen acopio de esfuerzos. Acto seguido Red introdujo la mano desnuda dentro de la sanguinolenta oreja.
Súbitamente se puso tenso y susurró:
—¡Muerto de un tiro! —Después volvió a inclinarse moviendo la mano—. He puesto el dedo en el agujero de una bala. Alguien metió el revólver dentro de la oreja del animal y disparó. ¡Mirad! —Al retirar la mano se vieron en el dedo índice residuos negros mezclados con sangre. —¡Pólvora! ¡Pólvora quemada!
Red se limpió con arena y en la hierba y después completó el menester con el pañuelo.
Hecho lo cual, se levantó, hurgó por el bolsillo en busca del tabaco y las cerillas. y cuando los halló se sentó a liar un cigarrillo.
Sterl se dirigió al negro, que seguía mirando atentamente.
—Oye, Friday, ¿ves huellas..., huellas de negros por ahí, alrededor? —Él, por su parte, no conseguía descubrir ni una tan siquiera, a no ser las de sí mismo. Naturalmente, lo que se veía en los espacios de suelo arenoso eran huellas de botas. A poco se sentó también, con gesto de cansancio, exclamando—: ¡Asesinado!
—¡Amigo, tan seguro como que Dios nos hizo de barro! —replicó Red—. Diantre, no debería sorprendernos tanto. ¡Lo sabíamos desde el principio, sólo que nos daba miedo el reconocerlo!
Y como para desahogarse dio suelta a una retahíla de nombres ultrajantes; lo peor que ofrecía el léxico del Oeste.
—¿Por qué? ¿Por qué? —se preguntaba Sterl, apasionadamente.
—¡Qué demonio de por qué! —interrumpió Red, levantándose—. ¡Es un hecho! ¡No nos importa el porqué!
—¿Podríamos probarles el asesinato a esos ganaderos si los trajéramos acá?
—Si vinieran, quizá sí. Pero Dann no querrá retroceder. Amigos, me temo que se va inclinando a creer que nosotros, los dos yanquis, somos demasiado desconfiados y duros de corazón.
—¿No vas reflexionando, Red, que quizá sería mejor mirar por nuestro pellejo y dejar que esos ganaderos descubran los hechos por su cuenta?
—Me parece que sí, amigo, aunque me falta el tiempo necesario para meditar.
—Tal vez tengas razón... Hay que pensar en Leslie... y en Beryl. ¡Y Ormiston es un tigre!
—Leslie es tu preocupación, compañero; y Beryl, la mía.
Friday les interrumpió para confirmar:
—Patrón, no haber huellas de negros por aquí.
Los dos vaqueros penetraron entre la maleza, siguiendo al nativo, pasaron junto a los extinguidos fuegos, que consistían únicamente en unos cuantos palos carbonizados y dispersos, y desembocaron en un trozo de terreno arenoso, oscuro y muy hollado, sobre el cual se veía que habían encendido un gran fuego. La calavera de un novillo señalaba el punto en donde se había celebrado un banquete indígena. Lo que sorprendió a Sterl era que lo hubiesen devorado tan por completo. ¡No quedaba nada, ni el cuero, ni las pezuñas! ¡Sólo unos cuantos huesos despojados de la medula!
Desde aquel punto las pisadas de una horda de aborígenes marchaban en la misma dirección que habían seguido los expedicionarios.


X
Por haberse contagiado la manada más grande de la nerviosidad que dominaba a la de Ormiston, la etapa del día resultó ser la más larga que habían hecho hasta el momento presente. En el campamento, Sterl tenía poca inclinación y no mucha oportunidad para aumentar los quebraderos de cabeza de Slyter explicándole que Woolcott había muerto asesinado. En cambio, Slyter confió a los dos vaqueros que había sabido por medio de Dann que Ormiston reclamaba las mil quinientas cabezas de ganado de Woolcott, alegando una deuda de juego. Sterl se quedó viendo visiones y el locuaz Red no pudo, por unos momentos, articular palabra.
—Hathaway lo ha confirmado —prosiguió Slyter—. Me ha contado que Ormiston, Woolcott y los vaqueros esos, Bedford y Jack, jugaban todas las noches.
Cuando Slyter se fue a sus quehaceres, Red salió del mutismo en que había caído.
—Amigo, eso no es así; eso es otro de los... embustes de Ormiston Puede ser que Hathaway lo crea; siempre se fue a la cama cuando las gallinas. Durante meses, casi cada día, una de dos: o bien he visto a Ormiston con Beryl o bien estuve reunido con Jack y Bedford.
Nunca oí mentar los naipes y tú sabes que mi memoria es un registro capaz de dejar pasmado a cualquiera.
Aquella noche Leslie no se preocupó de ponerse los guantes, y al ir a coger una brazada de leña fue seriamente mordida por una araña roja. Sin embargo, no le dio importancia y mucho menos después de haber regresado Friday para cubrirle la mano hinchada con una cocción de hierbas que él solo conocía. Sterl, por su parte, había descubierto un remedio para las mordeduras de serpiente mejor que el whisky. Poniéndolo en práctica, atiborró a la chica de café y la hizo pasear de un lado a otro durante horas enteras, obligándola a permanecer despierta hasta que se desplomó en sus brazos, dormida de cansancio. Entonces la llevó a la carreta y la depositó en la cama.
Más tarde, cuando llamaron a Red para guardar el rebaño, se encontraron con que el vaquero era presa de grandes escalofríos y de una fiebre tan alta como nunca había tenido.
Pero él se negó a permanecer en la cama. De todos modos, a la hora del desayuno se encontró tan mal, que no se podía sostener sobre la silla. Stanley Dann declaró que su dolencia era intestinal y procedía de alguna cosa que había comido, mientras Red lanzaba juramentos y pedía whisky. Aquel día hizo el viaje sobre la carreta, encima de todo de una gran estiba de sacos de harina, que fue el sitio que escogió para dormir.
Leslie no debía haber cabalgado nada en absoluto, pero ni su padre ni Sterl consiguieron disuadirla.
—¡Bobadas! —replicaba ella—. ¡Estoy muy bien y no quiero dejarme rendir por esta cargante y asquerosa araña roja!
Leslie, paulatinamente, iba absorbiendo el vocabulario de los vaqueros.
Aquel día Sterl cabalgó siempre a su lado, lo cual no impidió que se cayera dos veces de la silla. Pero no por eso perdía el sentido del humor.
—Red dijo que tengo que ser una genuina vaquera, ¿verdad? —explicó al deslizarse del caballo por segunda vez—. ¡Maldita sea 1 Sterl, si vuelvo a caer, suminístrame la medicina aquella..., la que me diste allá en el Campo de Púrpura.
Después de estos incidentes llegaron dos días de penosa marcha. Antes de la puesta del sol del primero, la expedición se detuvo en las márgenes de una considerable corriente, de empinadas orillas. Pese a todo y a que la vacada, que abría la marcha delante, dejaba el terreno hollado formando una especie de camino, fueron necesarios ocho caballos para arrastrar al otro lado a cada carromato. Leslie estaba todavía demasiado débil para desafiar la traicionera corriente, y Sterl, montado sobre King, la transportó en brazos al otro lado. En la mitad del río, ella levantó los ojos y dijo en voz queda:
—Me gustaría hacer todo el resto del camino de este modo.
—¿Sí? ¿Tres mil millas? —respondió Sterl. Y anotó el pequeño suceso como uno de los peligrosos incidentes, por no decir desgracias, que se iban multiplicando.
Al encontrarse aquella tarde con que tuvieron que plantar el campamento en un paraje desprovisto de agua, Sterl volvió a recordar que la falta de este elemento encabezaba la lista de obstáculos con que tropezaría la expedición, que Stanley Dann se había hecho, y pensó que llevaba camino de ser así en la realidad.
A través de las sombras llegaron los primeros cánticos, con su acompañamiento de coros de dingos y de aullidos de perros, del corrobori de los indígenas que Friday había anunciado para aquella noche. Dann dio la orden de dejar a los aborígenes tranquilos, a no ser que se deslizaran dentro del campamento con ánimo de atacar. Por la mañana no se notaron señales que revelaran si los negros habían matado alguna cabeza de ganado, pero Slyter, con muy buen sentido, declaró que si el jefe hubiese ordenado a Friday y a los vaqueros que buscaran los posibles rastros, hubiera podido convencerse de la pérdida de varias.
Durante todo el día, las señales de humo se mantuvieron muy alejadas en el horizonte, el sol cayó muy ardiente y los jinetes y ganaderos fueron molestados por unas diminutas moscas que volaban en enjambre, casi invisibles de tan rápidas, alrededor de su cabeza. Al atardecer las zorras voladoras5, cual vampiros, dibujaban fugas veloces y virajes precipitados sobre los campamentos; las zarigüeyas y los puerco-espines eran tan abundantes, que tenían que apartarlos de su paso. Cada pedazo de leña albergaba una horda de hormigas que Bill, el cocinero, se afanaba en echar dentro del fuego con una pala mientras ellas trataban desesperadamente de huir.
Todavía quedaba otro insecto, que salía de los troncos en descomposición, grande, de una pulgada de longitud, y de color azul negro, el cual no atacaba mordiendo como las feroces hormigas, pero, decididamente, resultaba más molesto aún a causa del mal olor que despedía al verse descubierto. También las serpientes, por su parte, se hicieron más frecuentes en los matorrales. Sterl había descubierto una víbora mortífera debajo mismo del pie que tenía levantado al andar, y la aplastó antes de darle tiempo para que saltase. Después de este incidente, él y Red, al terminar la etapa de cada día, no se quitaban los pantalones y, todavía más, Sterl se desprendió de unos para que se los pusiera Leslie. El extraordinario placer que experimentaba la muchacha con ellos era igualado por la pintoresca exageración que proporcionaban a su natural encanto.
Durante varias semanas después de la muerte de Woolcott, Ormiston se quedó casi siempre en su campamento. Incluso había dejado a Beryl algo descuidada, circunstancia de la cual Red había sacado todo el provecho posible. Stanley Dann observó que Ormiston había tomado muy a pecho la tragedia de su compañero. Por su parte, tenía que agradecer la atención de Ashley al acceder a mezclar su ganado en la vacada común. Si no podía decirse que las poco cordiales relaciones entre ellos hubiesen mejorado, por lo menos era muy cierto que no habían empeorado. Pero Sterl no se dejaba engañar por aquel enemigo.
Red había abandonado el plan de intimar con los vaqueros de Ashley. Se limitaba a esperar su hora, y continuaba apegado a la creencia de que Beryl sería el instrumento a través del cual aparecería Ormiston bajo su verdadera figura.
Una noche el vaquero regresó al campamento más pronto que de costumbre, y le bastó mirar a Sterl para que éste comprendiese que su compañero tenía que hacerle alguna importante revelación.
—Amigo, acabo de tener la suerte de enterarme de algo —susurró con acento expresivo, inclinando su roja cabeza de halcón hacia Sterl—. Había ido a buscar un cubo de agua para Beryl y me encontraba casi completamente cubierto por el mismo margen en un recodo de agua cristalina, cuando llegaron hasta mi oído las voces bajas, y como nerviosas, de Ormiston y sus vaqueros, Jack y Berford, que se acercaban a mí. Al llegar encima mismo de donde yo me encontraba. Ormiston lanzó esta frase: «No, ya os lo dije. No lo haremos hasta que lleguemos al nacimiento del río Diamantina.»
Sterl repitió las últimas cuatro palabras.
—¿Qué deduces de ello, Red?
—Bien, hasta aquí la cosa es clara como el agua. Sea lo que sea, lo que Ormiston se propone, ello estallará en el mencionado punto. Me imagino que aquellos dos hombres querían decidir el negocio más pronto.
Siempre has tenido el entendimiento claro. ¿No puedes ayudarme a descifrar qué demonios...?
—Lo intentaré. Supón que yo analizo estos hechos y después tú me das tu punto de vista de viejo vaquero americano...
—Vamos a ello, amigo.
—Ormiston quiere, después de la travesía, asociarse con Dann o, en otro caso, conseguir el control de una gran manada de bueyes y caballos con Beryl. Mientras tanto, se va preparando el terreno de modo que cuando amenace con separarse de esta expedición, Dann se lo dará casi todo con tal de que no se marche. Por otra parte, los vaqueros de Ormiston exigen una prenda en garantía por sus trabajos, o que el rompimiento tenga efecto inmediatamente.
—¿No entra para nada en tus cálculos nuestra convicción de que Woolcott murió asesinado?
—Ése es otro motivo, lo repito, pero me estoy esforzando en descubrir un motivo más aceptable para estos otros australianos.
—Amigo, presta oídos a una pequeña deducción dictada por el sentido común de un hombre de Texas, que ha conocido un millar de tipos indeseables... Ormiston será, quizás, un ganadero, quizás un comerciante; lo que resulta indudable es que va a la caza de bueyes.
¡Todos los que pueda robar! ... Queda por descontado que mató a Woolcott o que lo hizo matar por alguno de su equipo. Es probable que Woolcott se rebelara; que quisiera juntarse con Dann. El resultado ha sido que Ashley se ha quedado con su ganado, ¿no es verdad? Lo de la deuda de juego no merece ser tomado en consideración.
—Ormiston trabajaba para persuadir a algunos jinetes de Dann a que se pasen a su partido. Lo sé. ¡Si casi intentaron ganarme a mí! Ahora, tú medita todo esto y saca conclusiones. Ormiston controla tres mil cabezas de ganado y, a la corta o a la larga, conseguirá más. En las fuentes del río aquel, se separará de Dann llevándose a Beryl, de buen grado o por la fuerza, y se escapará hacia algún paraje que ya tiene designado... ¡Esto, hijo mío, es lo que el viejo Juan de Texas dice!
—¡Exactamente igual que cualquier otro desalmado merodeador!
—Exactamente igual que cualquier otro sanguinario ladrón de ganado; lo mismo que algunos centenares que hemos conocido y a algunos de los cuales hemos ahorcado.
—Stanley Dann no se convencerá de ello hasta que ya sea demasiado tarde.
—Me parece que no. Pero podríamos hablar con Slyter procurando inducirle a ver las cosas desde nuestro punto de vista... Extraña aventura, ¿eh?
—¡Ciertamente extraña! —replicó Sterl—. Red, no podemos dejar que las cosas sigan así, que el curso que llevan llegue a su fin.
—Precisamente no tenemos otro remedio —replicó Red. —Al menos, por el presente. Un día cualquiera sucederá algo, la separación de Ormiston de que hablaban hoy, por ejemplo. Y siempre queda la probabilidad de que Beryl nos oriente respecto al ganadero. Yo estoy en acecho, Sterl.
Nos hemos encontrado en percances difíciles, pero éste es seguramente el más duro de todos. Procuremos no salir de él demasiado malparados.
Sterl se quedó maravillado.
—Red Krehl, ¿habrá sido preciso que viniéramos a Australia para que comprenda lo que vales? —preguntó—. Percibes cosas que quedan fuera del alcance de mis sentidos... Pero, viejo amigo, te juro que he de mostrarme en este punto a la misma altura que tú has alcanzado.
Pondré a prueba mi paciencia.


XI
La expedición avanzaba cansadamente día tras día. Y cada vez más, Sterl se sentía retroceder hacia el nivel de la inconsciencia salvaje representada de un modo tan elocuente por el negro Friday, en el cual es verdad que se operaban procesos mentales, pero los instintos y los sentimientos eran los que mandaban casi en absoluto. Sterl se decía que ese retroceso era conveniente; ayudaba a sobrevivir. Empujado hacia el trasfondo de la vida, en el dominio de las fuerzas inertes de la tierra, el hombre tenía que hacer marcha atrás.
Algunas veces discutía su estado de espíritu con sus compañeros alrededor de la lumbre. Slyter le había dicho riendo: «Nosotros llamamos a eso volver al monte. Yo diría que es un síntoma que denota mentalidad débil.»
Leslie se constituyó en una confirmación de su teoría al exclamar espontáneamente: «Sterl, tú me haces pensar. ¡Y yo no quiero pensar!»
Finalmente, Stanley Dann había observado: «Una travesía como ésta sería, a no dudarlo, una degradación para la mayoría de blancos, a menos que supieran buscar su fuerza en Dios.»
Sterl, por su parte, tenía una misión que cumplir: habérselas con Ormiston. ¡Cuando aquello hubiera terminado, podría revertir también a lo salvaje!
Al fin, Stanley Dann llegó a la conclusión de que cualquiera de las corrientes de agua que habían atravesado podía ser el Cooper Creek, famoso en las anales de las exploraciones.
Pero admitía que esperaba encontrarse con una corriente considerable.
Dann debería haberse dado cuenta desde mucho antes, pensaba Sterl al ver que el calor del sol iba creciendo insensiblemente cada día, de que el agua escasearía cada vez más. Sin embargo, las cadenas de montañas que se elevaban, allá, en la lejanía, infundían esperanza.
Por esta maleza, cuya monotonía pesaba tanto en el espíritu de los exploradores que hubieran saludado con alborozo la llegada de un desierto, nunca andaban a un promedio superior a cinco millas diarias. Las acampadas en parajes desprovistos de agua se hacían más frecuentes; por eso, al encontrarla, hubo que añadir al retraso un par de días de permanencia junto a los pozos.
En octubre, la expedición salió, por fin, fuera de aquella Tierra de Siempre, Siempre Igual, como la había llamado Red Krehl, desembocando en un ligero declive cubierto de hierba que daba entrada a un valle que parecía sin fin por la parte del Oeste y limitado hacia el Norte por montañas de púrpura. Aquellos montes prometían agua; un hilo de verde más oscuro anunciaba el curso de un río o de un arroyo. Llegaron a él al cabo de tres días, y no puede decirse que fuera demasiado pronto para salvar el ganado.
Los animales se metieron dentro de la corriente con una precipitación que no fue posible contener, haciendo refluir el agua. Muchos se ahogaron, otros quedaron atascados en el lodo, unos cuantos murieron bajo las patas de los demás.
—Emplazad el campamento para varios días —ordenó Stanley Dann cuando el rebaño de los bueyes y la remuda estuvieron en la pradera de la otra orilla.
Aquella noche no se hizo guardia. Caballos, ganado y caballistas descansaron desde el atardecer hasta la salida del sol. Con ella se abrió ante sus ojos el más hermoso paraje que pudieran desear para campamento, el más libre de moscas e insectos, el más encantador por su colorido y los trinos de sus innumerables pájaros, el más poblado de caza que hubiesen encontrado los vaqueros. Pero la mala suerte seguía acosándolos. A la mañana siguiente, Larry informó que en la remuda faltaban caballos.
—Sterl —dijo Slyter—, supongo que tú, siendo vaquero, sabes seguir el rastro de un corcel.
—Es una tarea que la cumplía muy bien —contestó el muchacho. Y cogiendo el rifle, se puso en marcha.
Pero lo que hizo fue perderse entre los altos matorrales, y así estuvo por espacio de tres días. Más adelante volvía los ojos a esta aventura con una mezcla de encontrados sentimientos de pesadumbre y de gozo. La pesadumbre nacía del hecho de haber confundido, en una umbrosa extensión de la manigua, las débiles huellas de una banda de casuarios con las de los cascos herrados de King, sin darse cuenta del error hasta que tropezó con un grupo de esos grandes pájaros desmañados de aspecto semejante a los avestruces, que le miraban con ojos salientes y solemnes.
El resto lo recordaba solamente a pinceladas:
«Un espacio abierto donde el follaje y la cascada formada por el río se bañaban en una exquisita y difusa luz dorada que se propagaba a través de las azules hendiduras de entre las ramas hasta la gran cúpula verde que se elevaba casi vertical sobre su cabeza. Diminutos insectos voladores, cual centellas de una hoguera, competían con mariposas de anchas alas en un revoloteo fascinador sobre una balsa cuyas aguas reflejaban su imagen junto con la de las grandes ramas de matiz opalino que se extendían en lo alto, y la de la red de parras de anchas hojas y las lanzas de follaje festoneado. Allí, los atrapamoscas, unos pájaros demasiado hermosos para propagar la muerte, se alimentaban de los raudos insectos alados.
»En una hoya de agua, un chapoteo y el movimiento de alguna cosa viva distrajeron su atención absorta en el examen de una especie de cobijo formado por unos árboles. Su mirada captó la imagen de un extraño animal que subía arrastrándose o reptando por el margen. Tenía el cuerpo rechoncho, extremadamente parecido al de un cerdo muy gordo, excepto por el abundante pelo que cubría su espalda. Cuando hubo localizado los ojos, la cabeza, larga, se le apareció con la forma de un pico de ganso anormal, monstruoso. Sterl abrió los ojos desmesuradamente, desconfiando de sí mismo. Pero el objetivo era efectivamente un animal y un animal vivo. Las patas delanteras estaban armadas de largas y crueles zarpas: las de atrás y la cola se escondían en la hierba. Súbitamente, Sterl comprendió que estaba contemplando la más extraña criatura de este extraño continente y quizá del mundo nada menos que el platypus de pico de ganso, tan ensalzado por Leslie: el ornitorrinco.
»El despertar, después de una noche fresca y húmeda, pasada sobre el duro suelo. La luz que le daba en la cara y el cielo abierto le preparaban para un cambio en la topografía de la maleza. Hasta él llegaba el apagado murmullo del agua de una cascada. Separándose de un trozo de terreno poblado de árboles gigantes, se encontró al borde de un precipicio, frente a un abismo azul policromado con pinceladas de sol que le retuvo un rato mirando inmóvil.
» ¡Otra vez el astro rey, brillante y deslumbrador, pareció elevarse en el cielo por el lado que no debía! Sterl tuvo que hacer un esfuerzo para aceptar que tal chorro de luz matinal proviniera del Este. Empero, y por muy desorientado que estuviera, no se atrevía a poner la salida del sol en tela de juicio. El abismo que se abría a sus pies poseía la misma belleza extraordinaria, ya que no las dimensiones colosales, de los cañones de Arizona, que Sterl conocía desde muchacho. De abajo, a la derecha, subía un rugido apagado, parecido al rodar del trueno. Estirando el cuello, alcanzó a ver el punto en donde la corriente saltaba al vacío, pasando por un verde brillante a formar un chorro de blancos encajes, que caía libremente por espacio de unos mil pies, chocando contra un saliente del muro quebrado de la montaña y bajando en cascada sobre y por entre enormes rocas para precipitarse en un segundo precipicio de cuyas profundidades rojizas no se elevaba ningún murmullo. Las peñas de enfrente de donde se hallaba, manchadas de musgo y cubiertas de líquenes, se hundían casi verticales dentro de las sombras. Por la parte en que se encontraba él, el sol coronaba las cimas de los taludes de rosa y oro, y convertía la mitad superior del gran muro de rosa en una brasa.
»Era un pájaro de aspecto tan hermoso y conducta tan extraña, que le hizo detenerse en su pesquisa. Sobre el suelo, alfombrado por finas hojitas pardas parecidas a las del pino, se filtraba un poco de la luz del sol. El pájaro observaba a Sterl, pero su presencia no le hizo abandonar sus extrañas y jocosas bufonadas. Brillante plumaje de muchos colores cubría su cuerpo, no tan grande como el del petirrojo americano o la alondra de la pradera. Esta criatura de la maleza, que parecía salida de un cuento de hadas, brincaba y saltaba de un lado a otro con tan retozona vivacidad, que Sterl tuvo que mirarla con gran atención para percibir todos sus encantadores matices, de los cuales el dominante era un amarillo de oro. Le adornaban también el color pardo punteado de blanco y un hermoso resplandor de verde aceituna semejante al del colibrí; la parte inferior del cuerpo tenía un tono gris. Su exquisita elegancia y su viveza daban al pájaro el aire de un duendecillo; se diría que representaba el espíritu del monte solitario. A Sterl se le antojaba que los maravillosos pasos de danza de aquel ser bordaban una especie de juego con las hojas de las ramas. Era indudable que el pájaro le seguía mirando con sus ojos negros y brillantes, pero no demostraba el menor miedo. Podía haber sido la encarnación de la alegría y de la vida en aquella soledad. Y entonces el vaquero volvió a recordar la conferencia que les había dado Leslie sobre la vida animal en Australia.
El ave aquella era el Tilmorrinco, el estornino australiano.»
A las doce del día tercero, Sterl sintió que sus potencias se desvanecían. Necesitaba un largo descanso. Después de haber reunido leña suficiente para varios fuegos, se acostó en un espacio abierto cercano al agua, y casi al instante se quedó dormido.
Le despertó una voz que le llamaba y una mano que le sacudía por el hombro. Un rostro negro, empapado en sudor, se inclinaba sobre el suyo.
—¡Friday! —gritó Sterl con voz ronca, esforzándose por sentarse—. ¿Me... buscabas?
—Sí, patrón. Negro pensar que patrón dormirse pronto. —No. ¡El patrón, loco!
Friday llevaba la wommera y las lanzas en una mano, y en la otra un saquito que contenía lonjas de ternera frita y salada, damper y cierta cantidad de frutas secas.
Carne —dijo abriéndolo delante de Sterl.
¡Nunca un manjar había tenido tan buen gusto! Entre bocado y bocado, el vaquero preguntó:
—¿A qué distancia está el campamento, Friday?
—Aquí mismo. —Y el negro se puso a dibujar círculos con el dedo sobre la alfombra de hojillas pardas para indicar que Sterl había andado dando vueltas y más vueltas. Después, añadió espontáneamente—: Los caballos estar allí cerca, en la orilla. Negro encontrarlos.
Fue tal el descanso que le produjo a Sterl la noticia, que mitigó incluso la mortificación de su fracaso.
Así, pues, a las diez de aquella noche, el vaquero, detrás de Friday, se acercaba cojeando al fuego acogedor del campamento, donde Slyter y su esposa, Leslie, Red y Larry esperaban en vela, en una actitud que no había más que verlos para comprender su ansiedad.
El momento fue más emocionante de lo que Sterl hubiera imaginado. Red, el zorro de oído finísimo, se dio cuenta de su presencia antes que los demás y al verlos emerger de la oscuridad prorrumpió en su estentóreo:
—¡Yupi!
Mientras, Slyter exclamaba, con una agitación que sorprendió al vaquero:
—¡Es Sterl! ¡Bendito sea nuestro negro!
Leslie salió corriendo a su encuentro y, al llegar junto a él, pocos pasos de la lumbre, le rodeó con brazos ansiosos, profiriendo palabras entrecortadas, ininteligibles.


XII
La última parada de octubre, después de haber salido Sterl sano y salvo de la manigua, pareció caracterizarse más que de ordinario por lo agradable de las relaciones entre las componentes de la expedición. Con una excepción, sin embargo. Al ir al río a buscar un cubo de agua, Sterl se encontró, unas varas más allá del campamento, con Ormiston y Beryl. La muchacha apoyaba la mano en el hombro del ganadero, y éste se recostaba contra el tronco de un árbol, de cara a Sterl. Beryl no había visto al vaquero.
—Hazelton —dijo Ormiston en voz alta—. ¡No me daría nunca miedo que usted me siguiera la pista!
Sterl pasó adelante sin decir palabra, aunque lanzó una aviesa mirada al ganadero.
Después oyó que Beryl preguntaba:
—Ash, ¿por qué has dicho eso?
Si Ormiston respondió a la pregunta, Sterl no pudo oírlo.
De regreso al campamento, explicó el incidente a Red. Su amigo se deshizo en largos y ruidosos juramentos.
—Eso es lo que él... tiene en la cabeza. Más pronto o más tarde fatalmente se dividirá.
—Perfectamente. Pero puesto que es un tipo reservado y que sabe callarse, como nos consta de sobra, ¿por qué ha salido con eso?
—Amigo, fue un desliz.
—¿Sí? Habrá otra razón que nos mueva a seguirle la pista. Beryl tenía la mano en el hombro de Ormiston —añadió Sterl en tono indiferente.
—¡Demonios, eso no es nada! —replicó el pelirrojo con voz ronca.
—¿No? ¡Ea, pues suelta la lengua, amigo! —disparó Sterl.
El rostro de Red tenía una expresión de amargura y vergüenza, pero no evitó la mirada de su compañero.
—He visto a Beryl en sus brazos y devolviéndole los besos con furia loca.
—¿Dónde?
—Junto al gran árbol donde tú acabas de encontrarlos. Sí, desde que los Dann se han unido con Ormiston y Hathaway en un solo campamento, Beryl y Ashley han estado completamente absorbidos el uno al otro. Aquella noche yo me puse triste y celoso y los seguí para espiarlos. Y voy a continuar haciéndolo.
—Red, ¿te ha besado Beryl alguna vez? —preguntó Sterl, muy serio.
—¿Quieres que bese y lo cuente?
—¡Bobadas! Esta vez es distinto. ¿Lo ha hecho, Red? El vaquero admitió por fin:
—Bueno, sí, un par de veces. No eran los besos devoradores que dio a Ormiston. De todos modos, bastaron para hacerme perder la cabeza. Sterl, no censures a la muchacha.
¡Diablo!, ya sabes cómo son las chicas v el efecto que causa en ellas esta vida salvaje. Y Ormiston es un tío guapo.
—Sí, pero yo no puedo perdonar a Beryl —replicó Sterl con apasionamiento—. Escucha, Red: yo podría suscitar una querella con Ormiston. Cualquier día. La discusión degeneraría en lucha. Y él quedaría eliminado. ¡Dios sabe que eso sería la salvación de los Dann!
Pero Red objetó con voz calmosa y la frente ensombrecida:
—Perfectamente, Sterl, pero tan seguro como que dos y dos son cuatro, que si uno de nosotros le atravesaba el cuerpo a Ormiston nos acarrearíamos la repulsa de estos ganaderos.
Dejemos que se cuelgue él mismo. Yo seguiré espiando: Si Beryl no le rechaza él mismo se irá.
Stanley Dann había decidido levantar el campo al amanecer del día siguiente y continuar la travesía, y había convocado una conferencia alrededor de la lumbre de su campamento. Todos los invitados se hallaban presentes, excepto Larry, Cedric y Henley; este último, uno de los vaqueros de Ormiston, estaba con la manada de vigilancia. Stanley Dann se levantó delante de la mesa con un papel en la mano; sus ojos de águila brillaban, el oro de su barba, su magnífico y varonil porte resaltaban de un modo impresionante. Con voz bien timbrada y sonora, empezó así:
—Bien, aquí estamos todos, familia, asociados y vaqueros, en este placentero campo; y ahora es ocasión de dar gracias a Dios, de sacar provecho del presente y renovar la esperanza en el porvenir. Son ciento cincuenta y siete días y, aproximadamente, seiscientas millas de nuestra gran travesía. Si pasamos por alto la trágica pérdida de nuestro compañero Woolcott, hemos sido admirablemente guiados y bendecidos por la Providencia. Hemos perdido solamente catorce caballos —un detalle digno de ser puesto de relieve —y doscientas cabezas de ganado, incluyendo, naturalmente las que hemos sacrificado para nuestro consumo.
¡Permitidme que os diga que esta compañía enaltece el prestigio de los australianos como devoradores de carne! —Dann consultó el papel que tenía en la mano y prosiguió—: Hemos consumido una cuarta parte de la harina. Es demasiado, pero no puede atribuirse a exageración ni a despilfarro. Queda gran abundancia de té, y lo mismo de sal y de azúcar. Una quinta parte de nuestra provisión de frutas secas ha sido consumida, partida la peor de nuestro balance. Conservamos todavía una tonelada, o más, de alimentos en conserva. En vista de la buena suerte que nos ha acompañado hasta la hora presente, creo que sería oportuno que cada uno de los asistentes expresaran lo que sienten en relación con nuestro viaje. Veamos, Emilia, hermana mía, ¿quieres ser la primera en tomar la palabra?
Una por una, todas las mujeres —la señorita Dann, una solterona de cuarenta años; la señora Slyter, cuya cara acusaba los efectos de la intemperie; Leslie, con los maravillosos ojos lanzando destellos; Beryl, cuya belleza comunicaba su gracia al momento que vivían —expresaron su esperanza en el futuro y su decisión de no volver atrás. El alto Hathaway rindió un tributo a su guía. Slyter pronunció unas breves y elocuentes palabras sobre su avance y la seguridad del éxito. Eric Dann dijo:
—Ha sido mucho mejor de lo que me parecía posible. Tanto, que estuve indeciso respecto al plan que sostenía de no apartarnos de la vieja ruta del Golfo.
Stanley Dann acogió las palabras de su hermano con aprobación estruendosa, y en seguida pronunció vigorosamente el nombre de Ormiston. Éste se dirigió a los reunidos hablando con voz profunda:
—Amigos, todavía no me he repuesto de la pérdida de nuestro asociado Woolcott. Pero, a pesar de ello, veo que hasta el momento nuestro éxito ha sido maravilloso. Quizá me sea posible tomar una decisión cuando lleguemos a las fuentes del Diamantina. Sin embarga, preciso será que se levante una voz previsora. Es absolutamente cierto que esta increíble buena suerte no durará.
Red Krehl dio un codazo a su compañero como para confirmar el pensamiento que tomaba forma en la mente de Sterl.
El guía, Dann, dijo a continuación:
—Hazelton, usted, en su calidad de conductor de ganado americano, avezado desde mucho tiempo a este negocio de bueyes, caballos y hombres en lucha contra las cordilleras crueles y escarpadas, usted ha de tener algo indeleble que decirnos, a nosotros, que somos novicios en el juego.
—Creo que sí tengo —contestó Sterl con voz vibrante—. Stanley Dann, usted es el gran guía para llevar a cabo esta gran expedición. ¡Adelante, a los Kimberleys! ¡No hay calor, ni sequía, ni inundación, ni desierto..., ni hombre que pueda detenernos! De todos los que habían hablado hasta entonces, solamente Sterl parecía haber encendido en su jefe el fuego del entusiasmo. En seguida, Dann llamó a Red:
¡Usted, vaquero!
—¡Maldita sea, patrón! —masculló el pelirrojo—. Tenía un precioso discursillo preparado, pero no recuerdo ni una palabra. Comparto la misma idea que mi compañero, aquí presente.
Nada podrá encadenarnos. La empresa es demasiado grandiosa; significa demasiado para Australia. ¡A caballo, y adelante!
Cuatro semanas más tarde, cuando Sterl y Red discutieron la situación, mientras vigilaban el rebaño, se encontraron divididos entre dos pareceres. Uno creía que Ormiston proyectaba seguir adelante con Eric y Hathaway si conseguía romper con Stanley, a fin de entrar en posesión del lote de los dos primeros; el otro sostenía que su designio era separarse de todos sus asociados y encaminarse solo a cierto punto desconocido. El primer parecer lo sostenía Red; el segundo, Sterl.
Durante todo este tiempo habían caminado por una comarca cada vez más seca, con un cielo como una brasa de bronce de día y despiadadamente estrellado de noche. Varias sucesiones de etapas de dos y tres días sin agua dieron señales de su aproximación al Diamantina. El ganado no sufrió sed hasta un extremo peligroso, sino en el último período.
Entonces, tras dos días muy calurosos y sin perspectivas de mejora, los aventureros se enfrentaron con el trance más serio.
Aquella segunda noche todos los jinetes vigilaron el rebaño. Sterl había observado la ausencia de caza y de pájaros, señal inconfundible de la falta de agua. Friday le animaba con un esperanzado: «Puede ser que esté muy cerca.» Pero muy cerca para el negro podía significar toda una extensión de praderas.
En el horizonte se elevaba la luna llena. El ganado se hallaba inquieto, mugía, se revolvía. Sterl se acercó a Red.
—Amigo, ¿qué te parecería si galopara un trecho para explorar el terreno? Si encuentro trazas de humedad en veinte millas a la redonda, aconsejaré a Dann que nos dirijamos allá directamente, andando mañana todo el día y toda la noche.
—Bien, es una idea magnífica —declaró el vaquero—. Sigue adelante. ¡Eso es, si calculas que serás capaz de encontrar el camino de regreso!
Red no cesaba de dirigir pullas a Sterl relativas al hecho de haberse extraviado en el bosque.
—¡Ea, serías capaz de inventar bromas sobre la tumba de tu abuela! —replicó Sterl—. ¡Tengo un sentido de orientación que aventaja al tuyo!
Red contestó, cambiando de tema:
—Calculo que nos encontramos en una meseta. Ni un solo lecho de río en el día de hoy.
¡Date prisa, amigo! Sterl se dirigió hacia la remuda para cambiar de cabalgadura. No quería abusar de King. Los caballos habían sentido la necesidad del agua, pero siempre, entrada la noche, cuando la hierba estaba humedecida por el rocío, habían podido mitigar algo el ardor de la sed. Sterl transfirió la silla y la brida al bayo; aquel caballo poderoso que nunca había visto rendido todavía. Después se puso en marcha orientándose con la Cruz del Sur.
Durante más de dos semanas la expedición había atravesado una región libre de matorrales. La elevación del terreno prometía una última y grande extensión antes de llegar al interminable llano del interior. El suelo irradiaba todavía calor, pero la noche era agradable.
Sterl galopaba a través de la hierba ávida de sed, que a la luz de la luna parecía de plata.
Recios gomeros echaban atrás sus cabezas espectrales; se sucedían a su paso espacios oscuros cubiertos de maleza raquítica y otros desnudos, blanqueados por la luna, a través de los cuales correteaban los conejos. Cuando, al fin, el brillo de los fuegos del campamento no tuvo fuerzas ya para horadar el muro de sombra, Sterl detuvo su caballo por un momento.
Dos horas de correr a buena marcha le habían llevado al reborde de un escarpado cuya pendiente, por fortuna, no descendía demasiado vertical. Los declives significaban siempre dificultades para el conductor de ganado, especialmente si no eran descubiertos hasta demasiado tarde. El vacío que se abría a sus pies se extendía majestuoso en su inmensidad; se diría que la tierra y el cielo no se encontraban nunca, y allá muy lejos la cinta brillante de un río que reflejaba la luz de la luna le hizo dar un vuelco en el corazón. Aquello no podía ser ni arena, ni una franja de hierba o de roca; era agua, y seguramente el tanto tiempo anhelado río Diamantina. Pero ¿a qué distancia se encontraría? En aquella atmósfera rarificada, bajo la fantasmagórica claridad de la luna llena, lo mismo podía estar a unas pocas que a muchas millas de distancia. De todos modos, lo más seguro es que se encontrara dentro del alcance de una etapa de veinticuatro horas.
Al apuntar el día, los vaqueros se acercaron a tomar el desayuno de tres en tres. Sterl no perdió tiempo para participar a Slyter las buenas noticias. Él y Red le acompañaron al campamento de los Dann, donde el vaquero anunció llanamente:
—Patrón, la noche pasada salí de exploración. Y encontré agua.
—¿De veras? ¡Magnífico, Hazelton! —exclamó Stanley Dann.
—Es un gran río. Seguramente el Diamantina. No puedo precisar la distancia; veinte millas, o quizá menos. Eric Dann exclamó, descorazonado:
—¿Veinte millas?! Dos días de camino! Tendremos una pérdida enorme.
Ormiston maldijo como un condenado, desahogando de un modo ostensible su rabia en Sterl, como si el vaquero pudiese ser culpado de una horrenda calamidad. Éste no se dignó advertir su presencia, y se dirigió solamente su jefe: —Podemos hacerlas en una etapa.
Ormiston hizo una furiosa oposición, que Stanley Dann, sin embargo, no se tomó la molestia de combatir. Sterl se esforzó en convencer a los disgustados y casi desesperanzados vaqueros consiguiendo que se callaran todos excepto su desentonado contradictor.
—¡Usted es un desorganizador! —le espetó Sterl con voz fría y acerada—. ¡Usted se alegra de todo lo que nos entorpece! ¡O se calla, o le hago callar yo!
Ormiston recibió la amenaza con aire adusto. Stanley Dann preguntó:
—¿Cómo deberíamos realizar esta larga etapa hasta encontrar el agua?
—Hay que andar lentamente todo el día, dejando que la manada se mueva a su antojo durante las horas más cálidas; en cambio, después de la puesta del sol, hay que acosarlos. Y cuando caiga el rocío, entonces pueden avanzar sin desmayo.
Dann se dirigió a los demás con voz de trueno:
—Habéis escuchado a Sterl. Su plan es acertado. ¡Las carretas que pasen delante y abran camino! ¡Dirijámonos derechamente al río!
Cuando el vaquero regresó al campamento de Slyter. Red parecía en extremo excitado.
No perdió un momento para preguntar a su compañero:
—Amigo, ¿viste a Beryl?
—No. ¿Estaba allí?
—Ciertamente. No tenía ojos más que para ti. Lo mismo que si no te hubiese contemplado hasta entonces. Si no fuese por Ormiston, te cobraría afecto, Sterl. Quizá lo siente ya, de todos modos. Pero este pillastre la tiene atemorizada.
—Red, ¿llegará alguna vez la ocasión de saldar cuentas con él?
—¡Ha de llegar! Procura no olvidar que debes tener ojos en el cogote.
Leslie estaba dedicada a la tarea matutina de alimentar sus animales favoritos. Jack, el cocaburra, tenía celos de otros pájaros nuevos, y Cocky chillaba, desde lo alto del carromato.
Sterl la informó de su excursión de la noche y de la relación que había hecho a Dann.
—Tú ve con las carretas —dijo a guisa de conclusión.
—¡Hum! Estoy en forma para un viaje de veinticuatro horas.
—Pero yo prefiero que lo tomes con calma siempre que sea posible. ¡Irás con tu papá!
—¿Eres tú mi dueño, Sterl Hazelton? —replicó ella, rebelándose.
—Todavía no, pero considerando la remota posibilidad de que un día lo sea, y teniendo en cuenta tu respondona inclinación, ¿no te parece una buena idea que hagamos un poco de práctica?
Una ligera sofocación invadió el rostro moreno claro de la muchacha, y sus grandes ojos se inclinaron hacia el suelo. Se le había trabado la lengua. Y su pecho se hinchaba con una respiración alterada. En seguida se marchó corriendo, dejando a sus favoritos levantando una gran algarabía.
Sterl volvió en busca de Dann.
—Patrón, hay algo que olvidé decirle. Cuando lleguemos al río, asegúrese de conducir el ganado al lado opuesto al que escoja para campamento, porque esta manada está expuesta a una desbandada en cuanto huela el agua.
A la puesta del sol de aquel día, Sterl cabalgaba a horcajadas sobre King, por el reborde de la meseta, no muy lejos del punto desde donde había visto el valle a la luz de la luna. A poca distancia, la delantera de la gran manada, como una ola envuelta en una nube de polvo, se derramaba cansinamente por la ladera. Tal como había esperado y predicho, al terminar la jornada los animales conservaban todavía algunas energías.
Andando cuesta abajo, por la noche, y con la caída del rocío, las bestias podían avanzar pesadamente balanceando el cuerpo hasta que el aroma del agua les infundiera energías.
Entonces, si se parecían de cerca o de lejos al ganado de las praderas del Oeste, sería posible que se provocase una desbandada. Sterl había visto amontonarse dentro de un río a diez mil búfalos, ofreciendo un espectáculo que nunca olvidaría. Si la vacada y la remuda le hubiesen pertenecido a él exclusivamente, no se habría preocupado con más interés por su seguridad y buen estado.
Cuando las rojizas sombras del atardecer se adueñaron del panorama, los vaqueros galoparon ladera abajo. Después, y mientras la noche cubría la tierra con su manto, se separaron, pero sólo a distancia que les permitiera comunicarse a gritos. Por una vez, Friday había subido a una carreta. Larry iba delante, a la izquierda de la vacada, y Drake detrás de Sterl. La luna salió para iluminar las sombras.
Los animales avanzaban cabeceando cuesta abajo, a través de una espesa hierba cargada de rocío, y los expedicionarios los seguían. A medianoche la pendiente empezaba a convertirse en llanura. Los canguros, walabies, conejos y emús se levantaban de sus yacijas para salir a escape. King se apartó de un salto más de una vez al oír el silbido de una serpiente. El tedio se apoderaba del ánimo de Sterl. El vaquero no tenía otra cosa que hacer más que permanecer en su silla; su corcel se había convertido en un perro de pastor: no necesitaba que le dirigiesen ni que le estimulasen. A menudo, el sueño le ganaba durante unos minutos. Dos noches sin dormir ni descansar le devolvían el recuerdo de las conducciones de ganado en Texas, cuando los ríos bajaban crecidos.
Al despuntar el día el muchacho parecía un fardo sobre la silla; medio dormido, los ojos cerrados, la mente casi vacía. Sin embargo, el viejo grito de guera de los comanches, lanzado por Red, le hizo enderezar sobresaltado. Su amigo agitaba el sombrero señalando hacia el río, muy próximo, flanqueado por una franja de espesa arboleda.
—¡Amigo! ¡Leslie se dirige hacia nosotros a todo galope para escoger el paso! Ahora, Larry le sale al encuentro.


XIII
Dócil al mandato de su jinete, Lady Jane hizo alto al lado de Sterl. Del cuerpo del caballo se escurrían hilillos de agua, y la muchacha iba mojada hasta la cintura. En sus ojos había un brillo ardiente de entusiasmo.
—Niña, ¿te has echado a nado al río por diversión? —preguntó Sterl.
—Me lo mandó papá —respondió ella jadeando—. No podríamos atravesarlo. La corriente es demasiado profunda, y las márgenes muy empinadas. Papá dice que nos daría mucho trabajo. Stanley Dann ordena que la manada continúe por esta parte y que la desviemos hacia allá, dos millas más arriba, donde la orilla es más suave.
Sterl hizo observar muy serio:
—Leslie, tendrías que habernos encontrado cinco millas antes, por lo menos. Estos bueyes se mueren de sed; están cansados y mohínos. Si perciben la humedad del agua...
—Cuando la perciban, sí —interrumpió Red—. Apresúrate, Sterl. Es preciso que seamos rápidos. Ven, Larry. Intentaremos guiar a los bueyes que van en cabeza para que suban en dirección contraria a la corriente sin acercarse a la orilla.
Sterl, seguido de Leslie, puso a King, en dirección a la retaguardia y advirtió a los otros vaqueros, a grandes gritos, de las órdenes de Dann.
Entre la manada más grande y la de Ormiston cabalgaban cuatro jinetes, dos a cada lado de la ancha calle que quedaba entre las dos. El ganado andaba todavía penosamente con la cabeza baja, como si cada paso que daba tuviera que ser el postrero. El fuerte olor que despedía hirió el olfato del vaquero, que, seguido de Drake y Leslie, que le pisaban los talones, partió al encuentro de los ganaderos.
—Traemos órdenes de Dann. Hay que reunir el ganado y hacerlo subir en dirección contraria a la del río. El caudal es muy profundo y las orillas muy altas. Diga a sus vaqueros que se aparten de entre las dos manadas.
Ormiston acentuó con una mueca de desagrado su aborrecible expresión.
—Nosotros no queremos que nuestra vacada se mezcle con la de Dann.
Sterl declaró en tono seco:
—No pueden evitarlo.
—Eso lo dice usted, señor vaquero. Las mantendremos separadas.
—Hathaway, si este hombre no tiene criterio, por lo menos usted lo tiene —gritó Sterl—.
Las bestias están ardiendo de sed; cuando sientan el vapor del agua, será imposible contenerlas o desviarlas. ¡Se precipitarán en tropel!
En aquel momento Holand llegaba al galope, con la cara encendida, sudando, para decir a Ormiston que desviara su rebaño hacia el Este.
El ganadero, por toda respuesta, gritó:
—Preocúpese de sus asuntos.
—¡Está atrayendo el rayo sobre su cabeza! —replicó Sterl—. Rollie, siga a caballo y advierta a los vaqueros de Dann que se aparten de prisa de allá. ¡Que retrocedan hacia esta parte! —dicho lo cual, hizo dar la vuelta a King y se alejó como el viento. Leslie y Drake partieron detrás de él.
Al encontrarse a mitad de la gran manada, Sterl hizo seña a los ganaderos de aquel lado que galoparan adelante formando línea con Drake. Él, acompañado de Leslie, se reunió al momento con Larry y Red.
—¡Son tozudos como mulas! —exclamó este último. —No me maravilla. Pero es preciso que los desviemos. Ormiston no sabe lo que es ganado. Ha dicho que no dejaría mezclar su vacada con la de Dann.
—¡Esto resultará divertido como una danza macabra para los vaqueros que están entre las dos!
Sterl se empinó sobre los estribos para mirar al otro lado del rebaño.
—Ahora se apartan. Son los dos últimos hombres de Ormiston. Pero aquel que se ve allá adelante...
—No podemos esperar, amigo —gritó Red, sacando el revólver—. Retírate un poco, Leslie.
Y al momento se acercó galopando hacia el rebaño con el arma en alto, disparando y gritando. Larry siguió el ejemplo y se lanzó detrás de él. Cedric Drake y los jinetes de más atrás dieron suelta también a sus pistolas y a sus pulmones.
La parte delantera de la gran manada, parecida a la punta afilada de una cuña, se agitó y embistió en otra dirección, apartándose de aquella que la hubiera conducido en línea recta al río. El éxito de la maniobra mitigó en grado sumo la inquietud de Sterl. El viraje dado no era suficiente, pero la cuestión consistía en iniciarlo, puesto que los bueyes, como las ovejas, siguen ciegamente a los guías. El pataleo de innumerables pezuñas, el choque de los cuernos, el aumento de los roncos mugidos indicaban el principio del desvío que Sterl estaba tan ansioso por imprimir al rebaño. De pronto, una especie de corriente se propagó desde los animales que iban en cabeza hasta la última línea. El vaquero levantó la vista. Cierto que habían desviado el vértice de la manada un cuarto de giro de la línea que conducía directamente al río, ¡pero éste dibujaba una curva hacia el mismo lado y se deslizaba a menos de dos millas de distancia!
Y de súbito, del extremo más alejado del rebaño, llegó el trueno de un pataleo formidable que ahogaba gritos y disparos. El penetrante chillido que profirió Sterl llegó a sus propios oídos como un susurro. Para el vaquero aquel ruido no era desconocido. Un escalofrío corrió por su espalda. ¡La vacada de Ormiston se lanzaba directamente a chocar contra el frente en giro de aquella vasta cuña de ganado! Sterl se fijó en el vaquero que quedaba cogido como en una trampa dentro del espacio que se estrechaba con gran rapidez. El hombre había visto el peligro que corría, pero cometió el error de querer escapar por delante con la esperanza de librarse de la tenaza que se cerraba. Sin embargo, sus cálculos no tuvieron en cuenta el curvilíneo movimiento del frente de la manada mayor ni la velocidad de la más pequeña. El vaquero se encontró con el paso cortado, preso entre las dos. Un momento más tarde, los dos frentes se confundían en un impacto terrible. Sterl vio cómo el caballo blanco y su jinete se hundían en un mar de cuernos, de cabezas y de polvo...
El estrépito del choque de la vacada de Ormiston con la de Dann ahogaba el trueno de las pisadas. A pesar de todo, sólo la cabeza y la orilla más alejada de la de Stanley parecían afectadas. Una colisión como aquélla no significaba necesariamente una desbandada. Sterl se acordó con sorna del testarudo Ormiston. Si la turba de bueyes partía en desbandada, él sufriría más que nadie. Sus bueyes serían los primeros en caer por el margen del río. «¡Le estaría muy bien —pensó Sterl—, pero qué pena que tanto ganado tuviese que morir ahogado y bajo las patas de los demás!»
En aquel momento se dio cuenta de que la vacada de Ormiston, que recibía el viento de cara, había percibido el vapor fatal. Después de tres días de calor y polvo, sin una gota de líquido, habían olido la humedad del río y se lanzaban sin freno. ¡Agua! Y si los de Ashley habían sentido la humedad, los bueyes de Dann la percibirían pronto.
Pero, a pesar de que estuviese preparado para este accidente inevitable, cuando la turba del rebaño de Dann arrancó en rápida carrera y un espantoso trueno se levantó por el aire y el suelo se estremeció como sacudido por un terremoto, Sterl gritó con todos sus pulmones y ni siquiera pudo oír su propia voz. Nubes de polvo amarillo se levantaban y se extendían sobre el rebaño que se movía como un solo animal; lo escondían bajo su cobijo, se lo tragaban.
Los rápidos ojos del vaquero fueron los primeros en advertir que detrás, entre él y los otros jinetes, se había separado un espolón de ganado y avanzaba veloz describiendo un rápido movimiento envolvente.
Red y Larry habían marchado delante, pero, ¿y Leslie? Los animales iban a cerrarle la salida. Era preciso correr a su lado inmediatamente. Y uniendo la acción al pensamiento, lanzó a King al galope. Lady Jane era una yegua muy rápida. Sterl no temía que se dejara aventajar ni por los bueyes más enloquecidos. Pero, precisamente a causa de su gran espíritu, podía ser que en el momento cumbre se desbocase.
Ésta era la primera vez que Sterl había lanzado a King al galope tendido. ¿Correr? Era más que correr; era volar en alas del viento. Afortunadamente, Leslie le vio correr, y entonces se dio cuenta del espolón de ganado. Pero no perdió la cabeza. Rápida como el rayo, impulsó a Lady Jane fuera del alcance de aquella avenida de pezuñas, cabezas y cuernos que se acercaba. Bajo la sorpresa y el dolor de las espuelas, la yegua arrancó de un salto y partió disparada como una flecha, saliendo del arco.
En aquel momento, King llegaba a su altura. Sterl señaló indicando los estribos. Leslie comprendió al momento el significado de aquel gesto; sacó fuera casi todo el pie y se sostuvo sobre las puntas de manera que en caso de que él lo juzgara preciso, la pudiera levantar de la silla. El vaquero se vio libre del terror que le había sobrecogido. La muchacha sabía montar; podía tenerse confianza en ella. Otra vez impulsó a King adelante con objeto de hacer girar a los guías de aquel grupo disidente hacia la derecha. El negro, magnífico de movimientos, salió a escape. Un novillo esbelto, corredor, de ojos encarnados y aire salvaje, dirigía el motín. En el momento preciso, Sterl dio la vuelta v disparó. El corpulento novillo se levantó de un brinco para quedar luego tendido en tierra, y los otros pasaron sobre su cuerpo pegando saltos y trazando curvas. Larry y Red acudieron con las pistolas escupiendo fuego. Los ganaderos de atrás quedaron perdidos en el polvo. Entre los tres, hicieron dar la vuelta a los revoltosos y en menos de un cuarto de milla los tuvieron otra vez agrupados con el grueso de la manada.
Entonces, a poca más distancia, Sterl distinguió el río que resplandecía y la franja de arbolado que se extendía a lo largo del mismo. El margen opuesto de la ancha corriente se veía alto y escarpado, aunque algo más arriba parecía descender gradualmente. Como la vacada corría en dirección contraria a las aguas, cabía la esperanza de que se hubiera evitado una catástrofe mayor. Sterl y sus camaradas y todos los vaqueros que habían acudido desde la retaguardia habían hecho todo cuanto se podía hacer. Sus esfuerzos salvaron a miles de reses.
El vaquero, que nunca olvidaba a Leslie, volvió la vista atrás y distinguió a Lady Jane, que trotaba a una respetable distancia. En aquel momento Red se dirigía hacia una colina, al pie de la cual se atropellaba el ganado. Sterl y los otros se reunieron con él en aquel ventajoso punto de observación.
Debajo mismo de los espectadores se desbordaba un poderoso torrente de animales, apenas visibles entre la nube de polvo. La mirada de Sterl recorrió la turba hasta llegar a la cabeza, la cual, en su carrera hacia la curva del río, devoraba el terreno furiosamente.
La vanguardia desaparecía de la vista para reaparecer más allá, partiéndose alrededor de los grandes árboles y hundiéndose por el margen en una larga cascada que azotaba el agua con tremendo golpe, junto a la orilla, de unos veinte pies de altura, se produjo un remolino triturador. Los que cayeron primero no tenían ninguna posibilidad de levantarse, sustrayéndose al choque de las líneas que seguían; pero después de unos momentos, por entre los surtidores de agua aparecieron cabezas de animales que se pusieron a nadar alocadamente rodando en círculo mientras el fantástico derrame de pesados cuerpos continuaba. Sólo algunos se lanzaron hacia la orilla opuesta. Los rugidos disminuyeron de volumen, se transformaron en otro sonido diferente: el mugido prolongado de un rebaño presa del frenesí.
El imperturbable Red fue el primero en recobrarse. Liando tranquilamente un cigarrillo, exclamó:
—¡No ha ido del todo mal! ¡Es indudable que Dios todopoderoso está de parte de Stanley Dann! No habría dado un puñado de pesos mejicanos por ese rebaño. Y helos ahí, en el río, y la mayor parte nadando y vadeando sin novedad.
—¡Muchachos —exclamó Drake—, un puente de ganado ha salvado a nuestra vacada!
—¡Sí! ¡Ese puente estaba formado por la de Ormiston! ¡Él, que no quería permitir que sus bueyes se mezclasen con los de Dann!
—¡Ja, ja! —estalló Red con cáustico regocijo—. ¡Bien, amigos, el ganado de Ormiston ha ganado el primer puesto! ¡Me dan ganas de reír!
Sterl volvió a vigilar el río.
—Dejad que me lleve a Larry, Red y Cedric. Hay un buen número de bueyes desorientados que nadan río abajo; y en medio se ve una confusión de reses que forman un remolino. Les haremos remontar la corriente, puesto que de lo contrario muchos se ahogarían.
Ya lo ve usted„ Drake. Con el resto de los hombres, váyase usted arriba, de prisa, trate de encontrar un punto por donde los animales puedan salir.
—Compañeros, allá veo el equipo de Ormiston buscando su manada —intervino Red señalando con el cigarrillo—. Me gustaría oírle cuando note aquel puente de cabezas que llevan su marca, Al cabo de un rato Sterl descubrió una barranca que desembocaba al nivel del río.
—Leslie, aquí habrá trabajo de veras. ¿Quieres volverte al campamento?
—Por supuesto, si tú lo ordenas. Pero ¿no puedo ayudar en algo? Sterl, tú siempre te esfuerzas en apartarme de... de todo... Yo quiero tomar mi medicina, como dice Red.
—Perfectamente —exclamó el muchacho, de todo corazón—. Tienes más buen sentido que yo. Y yo tengo más sentimiento que tú.
—Eso lo dirás tú, vaquero.
Así, llegaron al punto donde el barranco desembocaba al mismo nivel del agua.
Cargad las pistolas, muchachos —advirtió Sterl uniendo la acción a la palabra—.
Disparando delante de un novillo o de una vaca evitaréis que vuestras cabalgaduras tengan que nadar demasiado.
A diferencia de los demás caballos, no fue preciso excitar a King para que se echara al río. ¡Bien decía Red que el negro era un pato! Sterl vigilaba el ancho canal por el cual cruzaban a nado miles de bueyes.
—Red, esto no me gusta —gritó a su compañero—. Es un trecho largo. Si un caballo se rindiera, casi seguro que habría terminado para siempre. No te muevas de mi vera, Leslie.
Los jinetes remontaron la corriente formando frente a la más notable aglomeración de animales que Sterl viera nunca. Sus gritos y sus disparos orientaron en poco tiempo a todos los rezagados en la dirección precisa. El vaquero calculó a bulto que habría en el río unas cinco mil cabezas. Más arriba pasaba una larga reata. El punto de mayor peligro parecía constituirlo una masa de ganado que, un cuarto de milla más allá, se revolvía y se zambullía en una intrincada maraña.
—¡Sterl, mira hacia la orilla! —chilló Leslie.
Siguiendo la indicación, Sterl vio a Ormiston con Hathaway y sus vaqueros arriba de la senda amarilla y empinada que el ganado había abierto en el margen al salir del río. Debajo de ellos se extendía una larga hilera de reses muertas y moribundas: el puente de la muerte. Ormiston iba de una parte a otra gesticulando desesperadamente, dando patadas en el suelo. El vaquero, formando embudo con las manos, gritó con voz estentórea:—¡Eh, cabeza loca!
¡Remate al ganado agonizante!
Ormiston le había oído, pues contestó lanzando maldiciones. Algunos de sus vaqueros prestaron oídos a la humana sugestión de Sterl y empezaron a disparar. El joven se encaminó a una lengua de arena que se alargaba por el extremo más apartado de la curva que hacía el río. King dio un fuerte empujón, y después pareció que volvía a respirar normalmente. Sterl ascendió a un punto situado a la misma altura que el extremo superior de la vacada y contempló la escena. El río estaba lleno de bueyes, tan amontonados, que novillos y vacas se embestían unos a otros y se hundían bajo el agua.
Red y sus dos camaradas empujaban adelante al contingente de rezagados. Una segunda mirada bastó a Sterl para darle a conocer que una docena o más de vaqueros alineados detrás de la gran manada, chillando, disparando y golpeando el agua, habían resuelto la situación en su sector. La parte central y el área posterior del ganado iban atravesando la corriente, pero no conseguían ganar mucho camino debido a la compacta masa de animales que se debatía en mitad del río.
Sterl incitó a King y muy pronto se encontró otra vez dentro del agua, que su corcel partía nadando gallardamente, para reunirse a los otros caballos. Red, montado en Jester, había desatado su cuerda. Cedric y Larry, que le pisaban los talones, habían sustituido las pistolas por cuerdas. Al llegar al centro de la turba que nadaba en torbellino, Red hizo girar el lazo sobre su cabeza con el viejo y penetrante grito de: «¡Ki-yi! ¡Yippi-yip!» y le mandó volando a enzarzarse entre los cuernos de un corpulento novillo. Y encarando a Jester hacia la orilla, arrastró literalmente a la res fuera del círculo móvil, consiguiendo con ello romper la cadena. Aquella maniobra era de importancia decisiva para un rebaño sin gobierno. Larry y Cedric siguieron su ejemplo. Una vaca y su novillo, y otros, y otros, siguieron el camino del primero, hasta que la rueda de hocicos y entrelazados cuernos se rompió y una corriente de ganado corrió como aceite a través del río separándose de la vacada. En menos tiempo del que habían invertido Red y sus seguidores en romper el viviente remolino, toda la manada entera estuvo en movimiento a través del río.
Sterl experimentó un gran descanso cuando después de haber remontado, el último, el margen opuesto del Diamantina y haber atravesado el fangoso y pisoteado cinturón de árboles y matorrales, vio a la gran vacada pastando tranquilamente como si no acabara de suceder ningún enojoso acontecimiento.
Cuando se reunió con los otros Red le hizo observar:
—Éste no es lugar adecuado para pasar las carretas.
—Atravesarán más arriba —replicó Sterl—. Veo que las orillas son bajas y los bancos penetran en eI río. La cosa exigirá tiempo, pero será fácil. Ahora son ya las doce; no es probable que Dann nos ordene cruzarlo.
Los dos amigos regresaron sin incidentes a la otra orilla y se encontraron con Leslie.
Stanley Dann les mandó aviso para que acudieran al lugar donde estaban reunidos los jefes de la expedición. A pesar del atezamiento de su rostro, Ormiston aparecía inusitadamente pálido.
Sterl comprendió que con su rara composición de loco y de villano tal hombre habría sido capaz de cargar la responsabilidad de la estampida entre sus asociados y los vaqueros de aqué— llos, por poco asidero que se le hubiera ofrecido.
—Amigos, éste es nuestro primer desastre de consideración —declaró Dann con voz resonante—. La desbandada no pudo evitarse. Quiero elogiarlos a todos por su heroico trabajo; en particular a Hazelton, y además a Krehl, Larry y Cedric. Vosotros salvasteis la vacada dos veces, primero cuando desviasteis la cabeza de la misma hacia esta parte, y después cuando deshicisteis el viviente torbellino que se había formado en el agua. Yo nunca había visto cosa semejante.
—Gracias, patrón. Lo último sirvió para jugar un poco a los molinos. Cosa corriente —dijo Red.
Sterl hizo recordar al jefe:
—Dann, perdimos un hombre.
—Sí. El vaquero de Ormiston, Henry Ward. Le habían advertido, pero fue demasiado audaz o atolondrado. ¡Pobre chico!
—¿Quién le avisó? —preguntó Sterl llanamente.
—¡Caramba! Ormiston dice que envió a un vaquero —replicó el jefe.
Sterl repuso muy serio:
—Ormiston no hizo nada de eso. Cuando dimos la vuelta por detrás del rebaño para transmitir sus órdenes. Ormiston se puso furioso y aseguró que no permitiría que su vacada se mezclase con la de usted. Yo le dije que no podría evitarlo. Y él me contestó que me ocupara de mis asuntos. Fue Drake el que envió a Roland Jones para que advirtiera a los jinetes que cabalgaban entre las dos manadas. Roland da fe de mis palabras.
—Sí, señor. Hazelton tiene razón —replicó Jones francamente.
Dann adoptó una grave actitud.
—Ormiston, esta referencia concuerda muy mal con lo que usted dijo. Y si es cierta, usted es el responsable de la muerte de Ward.
—¿Qué me importan a mí estos embusteros profesionales? —gritó Ormiston, desatinado, saliéndosele los ojos de las órbitas—. Yo le di mi versión. ¡Créala o no la crea!
Roland Jones se adelantó con la cara encendida.
—Tenga cuidado, míster Ormiston; no me llame embustero.
—¡Bah, solemne rústico! ¿Qué va hacer si se lo digo?
—Compañeros, la situación es ya bastante mala —dijo Stanley Dann con calma—. No permitiré más luchas. Hemos sufrido un día de prueba y tenemos los nervios alterados.
Todos atendieron la paciente prudencia de su guía, excepto Ormiston. Es muy probable que éste viera la oportunidad de gallear sin riesgo para su pellejo, o, de lo contrario, era que en ciertas ocasiones no podía dominar su mal carácter.
—Estos miserables vaqueros suyos no poseen ni una libra suya, Dann. Ellos no pueden responder por mi ganado perdido. ¡Se la reclamo a usted!
—Muy bien —replicó el jefe con voz recia—. Estaré muy satisfecho de resarcirle de su pérdida. En fin de cuentas fue en beneficio mío; su rebaño salvó a mi vacada.
Red Krehl dejó escapar un prolongado y débil silbido de asombro. Los ojos de Ormiston rodaban de un lado a otro, encendidos con la luz de la avaricia. Pero Sterl le interrumpió antes de que pudiera contestar a Dann. Espoleando a King, le hizo colocar de un salto frente al ganadero, y con desprecio tan frío y punzante que toda una rociada de epítetos no hubieran podido igualar, le gritó:
—¡Váyase al infierno, Ormiston!
Por una vez, el aludido se quedó sin encontrar una de sus prontas réplicas. Con un ademán a sus lugartenientes, Bedford y Jack, hizo dar la vuelta al caballo y se dirigió a toda prisa hacia su campamento.
Red susurró al oído de su compañero:
—Amigo, Dann te pedirá que hagas un recuento de los bueyes muertos. Tú mientes como un gitano.
Sterl no contestó nada, aunque aceptó la sugerencia con la mayor simpatía. En cambio, se volvió hacia Leslie para aconsejarle:
—Les, esto será una tarea sucia y desagradable. No vayas conmigo.
—¿Por qué no, Sterl?
—¿Por qué? ¡Santo Cielo, eres una muchacha! ¡No un hombre rudo, endurecido y sanguinario, habituado a la muerte!
—¿No? —dijo ella con sorna, y en tono zahiriente, y aireando su vocabulario de vaquero—.
Bien, tengo el presentimiento de que habrá otra muerte, sangrienta pronto, entre nosotros, y a mí me darán ganas de reír.
Stanley Dann galopó a lo largo de la franja de terreno que las pezuñas de los animales habían dejado removido, contemplando los cuerpos aplastados y sanguinolentos de los bueyes muertos y aquellas cabezas grotescas con los cuernos apuntando hacia el cielo, las bocas abiertas, la lengua colgando y los ojos sin vida que miraban con fijeza.
—Sterl, ¿qué cuenta te sale? —preguntó concisamente.
Sterl respondió extendiendo los brazos con ademán implorante:
—Patrón, preferiría no decirlo. Mis cálculos no son más que aproximados. Red ha sido siempre el perito más cuidadoso y digno de confianza para contar un lote de ganado de nuestras praderas.
—Muy bien, Red. Cierto que no podías merecer más alta recomendación. Confío en ti.
¿Cuántos son? Red contestó con aire de perfecta sinceridad.
—Vaya, patrón, estoy sorprendido. En realidad nuestras pérdidas son muchísimo menores de lo que me temía. Por toda esta parte la corriente es superficial. He visto que el ganado se clavaba en el fango; pero sólo hay tres capas de animales, una encima de otro. ¡Sí, señor! Tenemos una suerte loca, Lo he calculado todo y mi cuenta da exactamente trescientas trece cabezas. Ni una más ni una menos. Y sobre este cálculo, arriesgaría cualquier apuesta.
—¿Es posible? —exclamó el ganadero, entusiasmado. —Yo no sirvo mucho para estas cosas. Pensaba que habríamos perdido un millar.
—No, ciertamente, patrón —replicó Red con énfasis—. Aténgase a mis cálculos. Estoy muy orgulloso de mi habilidad.
—Perfectamente.
—Es cosa sentada. ¡Cuán afortunados somos al fin y al cabo. ¡Mi fe en la Divina Providencia ha sido recompensada!


XIV
Aquella noche partieron la guardia en dos turnos; la mitad de los vaqueros estaría de vigilancia hasta las doce, y la otra mitad hasta la salida del sol. La precaución no era necesaria, pues, como Sterl explicó a Slyter, los animales se hallaban demasiado cansados incluso para pastar. A la mañana siguiente Friday saludó al vaquero con un enigmático:
—Negros estar muy cerca.
—¿Negros malos, Friday?
—Algunos, quizás. Haber muchos negros.
Sterl sintió curiosidad.
—¿Cómo lo sabes?
—Lubra decirlo.
Sterl transmitió la noticia a Slyter, y éste exclamó que ya casi era tiempo.
—Excepto una vez —siguió diciendo—, los aborígenes no nos han dado que hacer. Y precisamente esperábamos que fueran el peor de nuestros tormentos.
—Todo venir en abundancia más tarde —puntualizó Friday con su aire de misterio.
—¿Qué dispone usted, Slyter? —inquirió Sterl.
—Transportaremos las carretas a la otra parte del río.
—Bien, será un trabajo divertido. ¿Por dónde? —intervino Red.
—Algo más arriba del paraje por donde atravesó ayer la vacada.
—Fíjese bien, patrón. Ése es un sitio muy malo. No hay nada de vado. Deberíamos remontar el río un trecho, pues esto es ni más ni menos que una gran balsa. Nos encontramos en el fin de la estación seca y estoy tan seguro como que ahora es de día, de que este río no corre. Apostaría a que encontraremos vados poco profundos.
—Son órdenes de Dann, Red. Y el jefe, esta mañana, está furioso.
—¿Furioso? ¡Cielo Santo! Que me maten si no es la primera vez. ¡Caramba, me alegro de que sea humano! ¿Y tú, Sterl?... Y ¿por qué razón?
—No estoy seguro, pero creo que es a causa de Ormiston.
Sterl preguntó en tono escéptico.
—Slyter, ¿Dann cree de veras que con este equipo podrá atravesar el río en todo el día de hoy?
—¡A las doce, dice él!
Media hora después de la salida del sol, Dann tenía todas las carretas dispuestas y se pusieron en marcha con la remuda de Slyter, siguiendo detrás al cuidado de Larry y los vaqueros. El jefe, que conducía el carromato que iba en cabeza, hizo alto en el margen del río a cierta distancia de donde el día antes había cruzado el tropel de bueyes en desbandada y mandó buscar a Sterl. El joven le encontró discutiendo con Eric. Ormiston estaba con ellos reflexionando taciturno.
—Hazelton —dijo el jefe—. Éste es el lugar por donde cruzaremos. Eric es contrario a mi parecer, y Ormiston jura que volverá a traer su vacada a este lado. ¿Quieres hacerte cargo de la tarea?
—Sí, señor. Aunque hoy no podremos realizarla toda —respondió Sterl formalmente—.
Pero debemos transportar todos los géneros al otro lado antes del oscurecer, porque por la noche los indígenas vendrán por aquí. Éste es un trabajo de acarreo. Déme veinte jinetes y cinco relevos de caballos. Vaciaremos las carretas y los carromatos y cada caballista transportará lo que pueda llevar con seguridad, sin que se moje. Las provisiones, serán lo primero.
El jefe exclamó dirigiéndose a los otros:
—Amigos, todos habéis oído a Hazelton. Recibid las órdenes que os dé.
¡Desenganchemos y emprendamos la tarea!
—Dann, quisiera decirle unas palabras como aclaración —solicitó Ormiston.
—Le escuché de sobra, Ashley. ¡Basta ya! ¡Ah I, olvidaba decirle que he dado orden de que sumaran trescientas cabezas de las mías a su vacada tan pronto como hayamos cruzado.
Red se había acercado ya a la carreta de Roland y bajaba del caballo para empezar a descargar. Sterl se reunió con él. Mientras tanto Leslie iba poniendo a sus favoritos dentro de jaulas, lo cual provocaba el ruidoso disgusto de los animales.
—Sterl, se me antoja que Stanley Dann cualquier día desenfundará su revólver contra nuestro amigo Ormiston —confesó Red a su compañero.
—No tienes tú la exclusiva de todas las corazonadas —replicó Sterl—. Yo lo imaginaba desde hace mucho tiempo. Beryl es en la actualidad el último lazo de unión.
—Puedes apostar el cuello, amigo. ¡Y este lazo de unión lo romperé yo!
—Muy bien. Vete a ver a la hija de Stanley y dile que te he enviado para que la transportes, a ella y a sus tesoros, a la otra orilla. ¿Comprendes?
—¡Bendita sea tu estampa! —exclamó Red, enajenado—. ¡Yo no atinaba en eso! ¡Ya me verás! —y se alejó a grandes zancadas.
Cuando Sterl volvió a encontrar a Red, observó que nunca había visto a su amigo tan transportado de gozo.
—¡Bendita sea tu alma, amigo! Beryl se comporta ahora casi como un corderillo —le dijo Red con voz queda—. Por lo visto, estaba llorando y me parece que su papá la había regañado.
No creerías que dijo ni más ni menos: «Sterl es un gran descanso para papá. ¡Sería una gran suerte si no estuviera enzarzado en el pelo castaño de Leslie!» Beryl quería saber cómo la pasaría al otro lado, y le contesté que si le daba miedo cruzar a caballo, la llevaría en brazos.
Ella contestó que así parecería un poco cobarde, aunque aseguró que en realidad lo es. Y por fin ha consentido en atravesar a caballo, con tal de que yo vaya a su lado. Me propongo acompañarlas a ella y a la señorita Dann a la vez.
—Perfectamente. Yo mandaré a Friday para que vigile el género.
Al poco rato Sterl disponía veinte jinetes, sin incluir a Leslie y a sí mismo, transportando paquetes entre las piernas y sobre la espalda al otro lado del río. Friday se cogió a la cola de King y se dejó arrastrar por el corcel. De regreso, Sterl se topó en la mitad de la corriente con Ormiston, Hathaway y, más lejos, con los Dann.
Fueron necesarios veinte viajes por jinete para descargar el carro de Slyter lo suficiente para que pudiera pasar al otro lado con garantía. Una vez en esta situación, los hombres levantaron la caja del vehículo de encima de las ruedas, la llevaron al río y la depositaron sobre el líquido. El carromato flotaba sobre las olas como una barca; no hacía agua por ninguna parte. Con el auxilio de largas cuerdas y un tiro de caballos que actuaban desde la orilla opuesta, la original embarcación fue puesta en movimiento y atravesó sin incidentes.
Mucho más trabajo dieron las ruedas, arrastradas también por medio de cuerdas. Pero, de todos modos, pronto estuvieron sobre la orilla en la otra parte. Y en pocos minutos más, el carromato quedó montado y cargado de nuevo. Leslie se sentía tan feliz como sus pájaros. Y éstos graznaban, a voz en grito, de júbilo.
Sterl le echó un piropo.
—Eres de la mejor madera. Esto te conviene; este sol tan caliente te secará pronto.
Friday, que estaba sentado en la sombra, fabricándose un nuevo boomerang, dijo, dirigiéndose al vaquero: —Muchos humos, patrón.
Sterl los vio, en efecto, en el lejano horizonte.
—Vigila bien, Friday.
El transporte de provisiones y enseres a través del Diamantina empezó como una alegre procesión, llena de colorido, que chapoteaba ruidosamente por el agua. Pero al mediodía dejó de constituir un entretenimiento. Y a media tarde los jinetes se doblaban sobre la silla, empapados de agua y de sudor, sucios, despeinados. Como los otros carromatos y carretas no habían sido calafateados, tuvieron que descargarlos del todo. Fue una dura tarea. La puesta del sol encontró a los ganaderos con la mayor parte de su equipo sobre la margen derecha del río, pero media docena de carretas con sus arneses y utensilios quedaban todavía atrás.
Aquella noche, mientras los vaqueros guardaban el rebaño, enormes fuegos se elevaban sobre la orilla, y hordas de negros destrozaban el silencio con el corrobori que celebraban alrededor de las reses muertas.
—¡Cielos, qué fiesta, amigo! —exclamó Red—. Si aquellos caníbales no se comen uno a otro, del primero al último, van a seguirnos por lo menos hasta que se hiele el infierno, lo cual tardará bastante, en este cálido país.
Con la ayuda de todos los hombres, participando incluso los ganaderos, la trabajosa tarea de cruzar la corriente quedó terminada a cosa del mediodía. Ormiston, volviendo sobre su palabra, decidió permanecer al mismo lado del río que Dann. El jefe ordenó hacer alto en el nuevo campamento para descansar y dejar que las cosas se secaran.
—Ahora, ya entiendo algo más sobre desbandadas de ganado y cruces de ríos, gracias a usted, Hazelton —dijo a Sterl.
El vaquero se admiraba de que Eric no recordase aquél, a pesar de que en su primer viaje tenía que haberlo cruzado, sin duda alguna..., seguramente más arriba. Al caer de la tarde de aquel día, fue a dar un rodeo por el campo abierto a fin de echar una ojeada, como acostumbraban decir los indios, y para estirar las entumecidas y magulladas piernas. Al otro lado de la corriente se veían centenares de negros, como un enjambre de hormigas, ruidosos y excitados.
El valle, por cuyo fondo corría el río, causó gran impresión a Sterl. A pesar del excesivo calor y de estar en la estación seca, la hierba era abundante y lujuriante. Las aves acuáticas levantaban el vuelo a bandadas, y los bancos de arena aparecían moteados de garzas reales, azules y blancas. Cuando se acostó, que fue poco después de caer las sombras, las sentía pasar sobre su cabeza lanzando tristes graznidos.
Al día siguiente el cielo apareció negro de busardos, bandadas de los cuales se acercaban al suelo trazando espirales en el aire para compartir el banquete con los indígenas.
Durante muchas semanas, no habían visto en ninguna acampada tantos canguros, walabies, emús, conejos, como en aquélla. Eran animales casi domésticos y se acercaban a pocas yardas de las carretas. Los loros y cacatúas policromaban los árboles gomeros a lo largo de las márgenes del río. En aquel campamento del Diamantina, Leslie anotó en su diario: «¡Las moscas son algo terrible!» Y lo eran de verdad. A pesar de todo lo acostumbrado que Sterl estaba a los pequeños demonios invisibles y a los zumbantes mosquitos, las moscas le volvían loco si descuidaba un momento de cubrirse el rostro, precaución que con el calor resultaba enormemente enojosa. Pero la malaventura de los expedicionarios quiso que cayeran en los dominios de una mosca más grande y más ruin que la corriente; un bicho de alas negras y verdes capaz de picar a través de la camisa. Red había sido el primero en descubrir esta especie, de la cual Slyter no pudo precisar el nombre. Friday había exclamado:
—Picar como diablos.
Y otra vez en marcha, siguiendo más o menos las viejas rodadas de alguna expedición que había remontado tiempo atrás el Diamantina. La travesía era lenta pero fácil. Red estuvo acertado al opinar que el río bajaría seco; dos millas más arriba de su primera acampada, los expedicionarios lo hubieran podido atravesar sin mojarse los pies.
Diez días de camino por el cauce, provisto de trecho en trecho de hoyas de agua separadas por grandes extensiones enjutas, dieron un rendimiento de un centenar de millas, que no pareció muy bueno a los vaqueros, pero que resultó satisfactorio para su sereno jefe.
La hierba no faltaba. En algunas depresiones profundas, la verdura, de una exuberancia tropical, señalaba la aproximación al terreno del verano eterno. Pero cuando el sol se hizo más caliente y aparecieron miríadas de moscas, la expedición se convirtió en un amasijo de dificultades que habría hecho torcer el gesto a cualquiera. Sterl se cubría el rostro con un pa— ñuelo y dejaba que King, Sorrel, Duke o Baldy, es decir, el corcel que montara, marchase pastando a su antojo detrás de la remuda. ¡Horas interminables sin decir una palabra! Friday, que andaba gallardamente, sin desamparar sus armas, incansable sobre sus pies desnudos y siempre observando las delatoras señales de humo en el horizonte... Red desmañado sobre su silla o montado de costado fumando innumerables cigarrillos, perdido en aquel encantamiento vacío de ideas... Las carretas que iban rodando arrastrándose como serpientes moteadas de blanco, siempre adelante... La manada de bueyes que caminaban pastando con gran satisfacción... Los vaqueros vencidos por el hábito, atornillados sobre la silla, indiferentes a las leguas y a las distancias recorridas y por recorrer...
Sterl se maravillaba de Leslie Slyter. La muchacha cabalgaba todo el camino entre los vaqueros; y su cutis estaba tan bronceado que, por contraste, el cabello parecía de oro.
A pesar de que algunas veces descabezase el sueño mientras iban andando, era la que permanecía más despierta de todos. ¡Cuántas y cuántas veces sorprendió Sterl los ojos de la muchacha lanzando ojeadas en dirección suya! Leslie se volvía invariablemente hacia el vaquero, para ver si continuaba allí, y seguía adelante absorbida en sus sueños.
Los días largos y calurosos daban paso a las noches estrelladas y solemnes, cargadas con la amenaza de lo desconocido y de lo posible, y separadas de lo irreal y del sueño por los aullidos de los perros salvajes y el canturreo lastimero de los indígenas. Los pozos de agua del Diamantina disminuían gradualmente, pero las miríadas de pájaros y las hordas de animales se multiplicaban, precisamente porque les quedaban ya menos parajes donde encontrar agua.
Una noche, en el campamento que Leslie había bautizado con el nombre de Adelfa, Sterl se alejó acompañado de la muchacha a dar un paseo por la orilla del río, en un lugar donde éste se estrechaba y el lecho seguía cubierto de agua. Al extenderse las sombras, cuando la interminable hilera de canguros, cuyas negras siluetas se recortaban contra el oro del horizonte, se hubo alejado, empezó en la orilla opuesta un corrobori de los aborígenes. Era el más cercano a su campamento que habían celebrado, A la luz de las alcandoras, Sterl y Leslie pudieron observar la salvaje ceremonia.
Red con sus ojos de gato, se acercó por la orilla andando con la misma tranquilidad que si hubiese sido de día. Al llegar a su lado, se dejó caer sobre un leño y, tras un rato de charlatanería, inició el punto interesante.
—Vengo de espiar, como de costumbre. Estos últimos tiempos no me ha servido de mucho, hasta esta noche. Pero siempre dije: «algún día llegará». Y nuestras manos no disponen de otra cosa sino del tiempo. Diantre, Leslie, ¿a qué día estamos, de todos modos?
—Mi diario señala el cuatro de diciembre.
—¡Por el valle de Josafat! —exclamó Red—. ¡Cerca de las Navidades!
—Quizá te agradará saber que esta Navidad recordaré la última... y seré mucho más feliz —dijo Sterl.
—¿Agradarme? ¡Bien! Todo lo que se me ocurre pensar ahora es: ¡Dios bendiga a Leslie!
—¡A mí! ¿Y por qué ha de bendecirme Dios? —preguntó la muchacha. Adivinaba intuitivamente que había ocupado el sitio de otra mujer.
Red no le dio satisfacción, antes bien, dirigiéndose a Sterl, se expresó en tono serio:
—Amigo, estaba al acecho después de cenar, y he oído a Ormiston hablando en voz baja con Bedford. Según recuerdo, su conversación, palabra por palabra, es más o menos como sigue. Ormiston, primero: «Tom, te dije que no iría con Dann más allá de la bifurcación de este río.» Y Bedford ha preguntado: «¿Por qué no?» Y Ormiston ha respondido: «Porque no conozco la comarca que va hasta el río Warburton. Desde las fuentes del Diamantina, a través de las montañas, hasta mi estancia hay más de doscientas millas. Si no vienen las lluvias perderemos todo mi ganado.» Entonces Bedford ha dicho: «¿Por qué no seguir con Dann hasta que tengamos segura la vacada de Hathaway? ¿E incluso hasta que lleguen las lluvias?»
«Puedes estar seguro de que tendré el ganado de éste y alguno del de Dann», respondió Ormiston. «En este caso, está muy bien. Jack y Morse han disputado; quieren apoderarse de más cabezas. Si vinieron aquí fue porque la presa lo merecía, porque era algo que les permitiría terminar de una vez con su merodeo.» Entonces Ormiston le hizo callar por miedo de que alguien les escuchara. En seguida se marchó y más tarde le he visto en compañía de Beryl. ¿Cómo interpretas esto?
El comentario de Sterl fluyó como agua corriente.
—Ormiston y sus ganaderos se han entregado al robo en pequeña escala hasta el momento de la expedición de Dann. Y ahora están jugando fuerte. Ormiston es el amo. • Consiguió engañar a los Dann, y sus vaqueros entran todos en el complot y aún tratan de atraerse a algunos de los hombres de Stanley. Paño viejo. ¿Te acuerdas de cómo han solido caer en la trampa los vaqueros ruines de vida fácil? ¿Te acuerdas de cuántos hemos visto colgados? Ormiston y los suyos asesinaron a Woolcott; se quedaron con su vacada. Tienen a Hathaway en sus manos y le despacharán, tan seguro como que conozco a esos maleantes.
Ashley posee una hacienda, por ahí, en alguna parte, al otro lado de las montañas, hacia el este de las fuentes del Diamantina. La bomba estallará en las confluencias de este río. A las buenas o a las malas. Ormiston tiene intenciónde apoderarse de más ganado y después abandonarnos. ¡Maldita sea! ¡La cosa presenta mal cariz!
—Amigo, eso me huele a chamusquina. Todavía no hemos topado con un tipo que le iguale y mucho menos que le aventaje. Pero no has tenido en cuenta a Beryl. ¿Qué papel juega la chica?
—¡Rayos y truenos! La había olvidado.
—Sí, pero yo no. Yo digo que es el eje alrededor del cual gira toda la cuestión. El equipo de Ormiston no ha tenido todavía este presentimiento. Pero nosotros sí.
—Muy cierto. Ese hombre, Red, persuadirá a Beryl para que se vaya con él... o se la llevará, en cualquier caso.
—¿;Crees que es capaz de persuadirla?
—Me da pena decirlo, pero sí lo creo —La voz de Red se convirtió en un susurro—. ¡Eh, oigo que se acerca alguien! —Y cual un halcón hundió la mirada en la oscuridad, vigilando la orilla del río—. ¡Santos Inocentes! ¡Habla del demonio...! Son Beryl y Ormiston. Escondámonos. ¡Eh, por aquí!
Un momento después Red y sus camaradas se hallaban bajo un saliente de unos cuantos pies que formaban el margen y al que algunas hierbas de largo penacho ponían a cubierto de las miradas de los que estuvieran arriba.
Se percibió el crujir de las hierbas. unas visadas y en seguida la bien timbrada voz de Beryl diciendo:
—¡Vaya, Ash, ya estamos demasiado lejos! Me gustaría oír el corrobori.
—Sí, a ti te gustan esos malditos negros. ¡Huelo el humo de un cigarrillo! Alguien ha estado aquí —intervino la voz de Ormiston, cauta y reprimida.
—Bueno, ya se han marchado. Y todo lo que consigo oler es el aroma de carne que se asa.
—Hazelton ha estado aquí con aquel pequeño y maldito bagaje —gruñó Ormiston—.
Hazelton es un indeseable. Lo parezca o no, es uno de aquellos famosos pistoleros americanos.
¡Un asesino! Jack contó seis muescas cortadas en su revólver. Ello significa que el bribón mató seis hombres por lo menos. Yo sería un loco si le provocara una vez más.
—Lo serías, ciertamente, Ash —confirmó ella—. Es un hombre que se ha hecho necesario.
Papá ha llegado a de positar su confianza en él.
—El yanqui sirve de mucho, me veo forzado a reconocerlo. Pero no puedo soportar, Beryl, que le dediques elogios. Te observo cuando te mira. Está tan fascinado por tu belleza como su compinche, el pelirrojo ese. ¡Beryl, eres tan hermosa! ¡Estoy loco por ti! ¡Te amo sin límites!
—¡Oh, Ash! ... ¿De verás, cariño mío? —murmuró ella—. ¡Ash! ..., no... debes... —reprendió Beryl. Pero era la reprensión del amor que invita más que rechaza. Los tensos minutos que sucedieron a estas exclamaciones, con sus murmullos apagados hubieron de ser un suplicio para Red Krehl. El corazón de Sterl sufría por su camarada.
Después, la voz de Beryl indicó que la joven volvía a ganar posiciones.
—Ash, querido, salimos para hablar con formalidad. No debo quedarme mucho rato. Di lo que querías decirme.
El hombre replicó con voz profunda, sin rastro de vacilación:
—Sí, debemos dejarlo sentado. Beryl, voy a dejar esta expedición en la confluencia de este río; no pasarán muchos días.
—¡Ashley! ¿No irás?... ¡Oh!
—No. No podemos seguir adelante. ¡Tu padre no cruzará nunca el Never-never! Se extraviará.
—Hemos desafiado tal riesgo —replicó la chica—. En cierto modo, mi padre me ha inoculado su admirable fe. Lo venceremos todo.
—Lo dudo. Casi lo sé cierto. Esta recóndita región ultramontana se hace imposible al oeste de Warburton. Yo no soy ningún descubridor, ningún fundador de imperios.
—Ash, prometí casarme contigo. Y lo haré. Pero ven con nosotros a los Kimberleys; establece allí un hogar.
No. Ven tú conmigo. Stanley Dann seguirá tierra adentro sin su hermano, sin Hathaway, sin mí. ¡Ven, Beryl!
—¡Oh Ash! ¡Cuánto me gustaría! Pero no traicionaré a mi padre. Seguiré adelante, aún en el caso de que le abandonen todos.
—Más pronto o más tarde, todos lo harán.
—¡Nunca! ¡Hazelton, no! ¡Ni el alegre Red Krehl! ¡Ni Leslie y su familia! ¡Ellos seguirán! ¡Y yo seguiré, Ash¡Su voz, que había empezado baja y trémula de emoción, fue ganando fuerza y apasionamiento, terminando en un tono vibrante, como el repicar de un timbre.
—Pero, Beryl..., ¡tú me amas a mí! —exclamó él con voz alterada.
—¡Sí, te amo! ¡Te amo! Pero, Ash, te lo suplico..., abandona el ciego y egoísta propósito que alimentas. Por mi salud, Ashley, ¡recapacita!
—Sí, cariño, lo abandonaré; a pesar de mi mejor criterio —se apresuró a replicar Ormiston.
La pareja se alejó del leño en que se había apoyado. Red se sentó, cabizbajo. Exhaló un profundo suspiro.
—Amigo, en este rato de tormento Beryl ha salvado mi fe en su honor —dijo con voz temblorosa.
—Lo salvó, Red, lo salvó, y yo me siento como un coyote, como un canalla sudamericano por haberla espiado.
—Yo también. Sin embargo, mi presentimiento era acertado. ¡Sterl, Leslie, si no fuese por vosotros dos y un maldito no sé qué que me sostiene, me echaría de cabeza al río!
Pero Leslie no estaba en situación de contestar. Se había abrazado a Sterl llorando convulsivamente.


XV
En la mañana del veinticuatro de diciembre, la víspera de Navidad, la caravana de Stanley Dann llegaba lenta y trabajosamente a las confluencias que engrosaban el Diamantina, donde quedaría detenida hasta después de la estación de las lluvias.
A causa del terrible calor, de la atascarte arena y de haber encontrado las hoyas de agua en el fondo de estrechas depresiones, casi insalvables para el ganado, las últimas cincuenta millas de aquella etapa se convirtieron en una lucha poco menos que insostenible. Las señales de humo precedían todavía a los expedicionarios, y todavía cerraban tras ellos hordas de indígenas.
Dann escogió para emplazamiento de su campo permanente la orilla occidental del río, algo más arriba de la unión de las diversas ramas, cuyas altas márgenes descendían verticalmente hacia los secos lechos de roca y arena con balsas de agua notablemente distanciadas. El calor iba absorbiendo el liquido con gran rapidez y los pájaros y animales rodeaban en gran número las balsas, que en pocas semanas quedarían secas. Pero más abajo de la confluencia se encontraba el depósito mayor, una hoya estrecha de una milla de longitud, protegida, en parte, por la sombra, que duraría hasta la próxima estación lluviosa. En aquel paraje, a excepción de algunos trozos arenosos, crecía la hierba con gran abundancia.
Dann tenía cubiertas las principales necesidades de los hombres y de las bestias para todo el tiempo que se vieran precisados a esperar allí.
Stanley eligió su propio campamento en el margen izquierdo en un bosquecillo de eucaliptos, que se elevaba majestuoso en apartada soledad. El emplazamiento de esta acampada fue celebrado por los expedicionarios con un alivio y un regocijo inmensos.
Ormiston, sin embargo, se negó a permanecer en aquel lado del río. Hizo pasar su vacada y la de Hathaway, que juntas sumaban unas tres mil cabezas, a la otra parte de los lechos secos.
Los dos campamentos estaban en línea recta, a un cuarto de milla escasa de distancia.
Sterl y Red plantaron su tienda en un círculo de pandáneos cuyas copas se entrelazaban formando un denso dosel y cuyos grandes frutos parecidos a pequeñas piñas, se arrimaban arriba, entre el follaje. Montones de hojas cubiertas por una lona proporcionaron una alfombra gruesa y muelle para tienda. Las mosquiteras les garantizaban una protección contra las moscas y los mosquitos, pero nada podía librarlos del calor. Los dos amigos trabajaban desnudos hasta la cintura.
Friday construyó una choza de troncos detrás de la tienda de los vaqueros, a cincuenta varas o más de distancia del carromato de Slyter, que estaba al abrigo de un frondoso gomero, y a pocos pasos del cual Bill había establecido una cocina de campaña. Los campamentos de los Dann estaban abajo, más próximos a la orilla, emplazados muy pintorescamente entre los gomeros.
Sterl no se encontró en libertad para lavarse y cambiarse la ropa húmeda y sucia hasta pasada la media tarde. Después se volvió al siempre dispuesto negro, que, invariablemente, se hallaba donde le necesitaban.
—Ven, Friday. Demos un vistazo.
Sterl y el indígena cruzaron el llano que se extendía detrás del campamento y ascendieron a una pequeña colina. El vaquero esperaba grabarse en la mente la situación de la comarca del Diamantina superior. Pero, al primer momento, el brillo cegador del sol y la grandiosidad de aquel panorama borraron de su mente todo pensamiento relativo a la topografía.
—¿Buen sitio para acampar, Friday? —preguntó. —Mucha madera, mucha agua, mucha carne. Todo igual, malo.
—¿Por qué todo igual, malo?
—Muchos negros, muchas lubras, muchas moscas. Comernos vivos. No llover en mucho tiempo. Inundaciones más tarde.
—Vayamos por parte, Friday. ¿Por qué los negros ser malos?
—Algunos negros, buenos. Por aquí, ninguno bueno. Comer, robar. Venir más a todas horas. Comer..., robar. A blancos gustarles las lubras. Eso ser malo.
—¿Qué hacen los negros cuando los blancos se apoderan de las lubras? —Quizás hundir lanzas en hombre blanco.
—No es muy satisfactorio. Pero confío en que nuestro amigo Ormiston se comporte según su clase y consiga que le atraviesen a lanzadas —murmuró Sterl, casi únicamente para sí mismo.
—Friday alancearle más tarde.
El negro había pronunciado ya la misma frase otra vez, meses antes. Y Sterl pensó que su aliado indígena no era hombre que olvidara.
—Friday, ¿qué quieres decir con no llover en mucho tiempo?
—El negro interpretar todo alrededor —replicó Friday, haciendo uno de sus elocuentes gestos, que parecía comprender en su amplitud el sol, el campo, la vegetación, los seres vivientes.
—¿Por qué malo cuando la lluvia venir más tarde?
—Por inundaciones. Todo con agua. Ganado atascado.
Sterl hizo pantalla con la mano sobre los ojos y los regaló con la contemplación del panorama. Un velo de oro iluminaba el cielo y envolvía el campo. Los tres ramales del Diamantina, cursos secos ya, blancos y deslumbrantes de día, serpenteaban hacia lo lejos, cual ríos de áureo fuego. Aquel postrero resplandor del ocaso dejaba las anchas extensiones de hierba débilmente teñidas con su matiz, pero los lechos de roca y arena de los ríos tomaban una intensidad de color extraordinaria, sobrenatural. Las velas de los carromatos, las tiendas, adquirían un tono áureo más acentuado; y una bandada de loros, que cubrían las ramas de un gomero muerto, parecían cual aves del paraíso, de cuerpo diferente al de los verdaderos. Más abajo del campamento, a la derecha, donde el agua del río se reflejaba entre los árboles se apreciaba un cabrilleo, un centenar de miles de facetas de oro.
—¡Tierra de Nunca Jamás! —exclamó Friday.
Red se había sentado, recostando la espalda contra un árbol y dejando los brazos colgantes con abandono. El vaquero estaba demasiado cansado para preocuparse de nada.
—Amigo, te he visto allá arriba, que parecías un explorador apache. Muy ensimismado, ¿eh? —dijo arrastrando las palabras perezosamente.
—Red, ya no echo nada de menos.
—¡Vaya! ¿Nada en absoluto?
—Nada, viejo amigo.
—¡Esto es magnífico! Ni yo tampoco. ¿Verdad que seríamos felices si no fuese por ese bastardo?
Leslie se acercó, por una vez sin correr ni exteriorizar nada de su habitual energía.
Había cambiado su ropa de montar por un vestido de algodón claro.
—¿Sabéis qué día es mañana, muchachos? —preguntó con mucha seriedad.
Sterl se acordaba, pero permaneció encerrado en un silencio pensativo.
—Es Navidad —prosiguió ella—. Me voy a ver a los Dann. Mamá está con ellos. ¿Queréis venir?
—Les —intervino Red—, estoy demasiado cansado, rendido hasta el anonadamiento, incluso para ver a Beryl o para preocuparme de si es Navidad o el 4 de julio, días que solían ser como letras rojas en mi vida.
—Yo también. Ya lo ves, nos hemos tumbado. He tenido la fuerza precisa para trepar •a esa colina de ahí. ¡Ya no me queda más!
Cuando Leslie se hubo marchado, Sterl se sentó pesadamente al lado de su camarada.
—Red, ¿recuerdas aquel día, en Brisbane, en que gastamos tanto dinero?—¡Diantre, sí!
Pero parece que hace años...
—Bien; pues me enorgullezco de ser un hombre de gran sentido, si puedo alabarme yo mismo. Aquel día compré regalos de Navidad para ti y para mí. Y como nos dijeron que habría señoras en nuestra compañía, aproveché la oportunidad y compré algunos para ellas.
Red dejó escapar una exclamación.
—¡Oh, amigo! ¡Nunca pensé en ello! ¡Qué pobre vaquero de cabeza de abarro estoy hecho!
—¡Hum, Red! No has perdido la ocasión. Compré los suficientes para que puedas ofrecerlos tú también.
—¿Qué clase de regalos? —exclamó Red, entusiasmado.
—Uno de ellos bombones.
—¡No, no serán bombones! ¡Vaya, amigo, tú estás loco! ¡Hemos recorrido unas mil millas bajo este sol abrasador! Se habrían derretido.
—No, son bombones duros envasados en botes de estaño. Luego, compré unos bonitos pañuelos y cosas de costura. Y, finalmente, dos cajas de cuero llenas de artículos de aseo; ya sabes, esas cosas que tanto agradan a las chicas. Importadas de Inglaterra, ¡fíjate! Mañana por la mañana desenvolveremos el género y prepararemos la sorpresa.
Al salir el sol llamaron para el desayuno.
—Dann quiere que asistamos todos —anunció Slyter.
Sterl y Red se fueron a su tienda y reaparecieron misteriosamente llevando cada uno una mochila de lona a la espalda. Fueron los últimos en llegar al campamento de Dann. Todos los miembros de la expedición estaban presentes, excepto los vaqueros de Ormiston y varios de los de Stanley. Éste se puso en pie, se descubrió y leyó un pasaje de la Biblia. Después, elevó una plegaria general encareciendo el significado de la Natividad, de paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres, y terminó dirigiendo una acción de gracias especial a Dios por su buena fortuna.
Beryl, muy atractiva, con un vestido azul que, sin duda alguna, le habían regalado para aquella ocasión, retenía a su alrededor, a la sombra de un árbol próximo al carromato, una pequeña corte exclusivamente suya.
—Busca a tus padres, y que se apresuren a venir aquí en seguida —susurró Red a Leslie.
Los dos amigos se acercaron a Beryl. Cedric, Larry y los vaqueros más jóvenes estaban ofreciendo a la muchacha las felicitaciones propias del día. Ormiston, afeitado y vestido con ropas limpias, ocupaba un lugar que parecía ser el sitio de preferencia, junto a ella.
De pronto, la chica se dio cuenta de la presencia de Sterl y Red. Sus ojos brillaron de anticipado placer cuando los vaqueros se aflojaron las mochilas y las depositaron en el suelo, con un gesto galante.
—Muchachos, mi amigo Sterl y yo haremos el papel de Santa Claus —explicó Red, con su acento gutural y con aquella sonrisa que le daba un aspecto infantil, tan agradable—. Pero, puesto que él es un zagal modesto, habré de hacer los honores yo.
Beryl lanzó un grito de júbilo. Leslie, que hasta aquel momento no comprendía nada, se puso colorada por la sorpresa y el arrobamiento. Los Dann y sus acompañantes contemplaban la escena sonriendo.
Entonces Red y Sterl metieron la mano dentro de las mochilas con aire de magos, para sacar una cajita de cigarros para Dann y sus asociados y algunos regalos, envueltos en papel brillante, para la hermana de Stanley y la señora Slyter.
—¡A fe mía! —tronó el jefe—. ¡Hace meses que no he fumado a mi entera satisfacción!
¡Bien, bien! ¡Y pensar que estos yanquis pudieran aventajar a los ingleses en acordarse de Navidad!
Los dos amigos regalaron a Beryl y a Leslie pequeños y preciosos utensilios de costura, que fueron recibidos con profundo agradecimiento. Luego llegaron las dos hermosas cajas de cuero que arrancaron a las muchachas gritos de placer.
—¡Aquí en medio del Never-never! —exclamó Beryl, incrédulamente.
—¡Sterl Hazelton! —gritó Leslie, mirando al vaquero con ojos gozosos—: ¡cuando todas mis cosas se han consumido y deteriorado, sales tú, haciendo de Aladino!
—Chicas, esto no es nada —dijo Red, ponderando—. Vamos, amigo, los dos a la vez.
Y al cabo de un instante, con deliberada lentitud, gozándose a propósito con la ansiedad de las trémulas muchachas, cada vaquero sacó dos cajas, una de regular tamaño, la otra pequeña, ambas envueltas en papel brillante y atadas con cintas de colores.
—¿Qué demonios es eso? —exclamó Beryl, con los ojos encendidos de curiosidad e impaciencia.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! —estalló Leslie alargando las morenas manos para coger sus cajas—.
¿Qué? ¿Qué es? —¡Bombones! —gritó Sterl, con aire de triunfo.
—¡Red Krehl! ¿Quiere decir dulces? ¡No puede ser! —susurró Beryl—. No puedes figurarte lo que los echaba de menos.
¡Pero... pero caramelos sería demasiado!
Por lo visto, Leslie se había quedado muda; pero se expresó depositando en la mejilla de Sterl un beso que daba fe de su inexpresado arrobamiento.
Beryl se enderezó, apretando los regalos entre los brazos.
—No quiero que me aventajes en agradecimiento —exclamó, con entusiasmo—. ¡Ven acá, Red Krehl! Si fuera una reina, te armaría caballero. ¡Me da mucha alegría que en el día de Navidad se haya acordado alguien de mí! —Y mientras el vaquero, arrastrado por un impulso superior a su voluntad, caía de rodillas delante de la muchacha, ella levantó su adorable carita rosada y le besó.
Sterl, mirando de reojo a Ormiston, advirtió que una palidez cenicienta invadía el rostro del ganadero y que sus ojos se dilataban con el destello de los celos. En seguida, Ashley giró sobre los talones y se alejó con figura tiesa, violenta y arisca.
No volvió ni al día siguiente ni al otro. Beryl se enojaba de un modo manifiesto y sufría por aquella prueba evidente de resentimiento, pero según todo lo que Sterl pudo observar, el orgullo la contenía. El vaquero estaba convencido de que habiendo llegado al punto en que proyectaba separarse de Dann, Ormiston tenía otra flecha en su arco, aparte y además de la persuasión.
Para los expedicionarios de Stanley había empezado una lucha de diferente especie; una lucha, no contra el tiempo ni la distancia, contra terrenos malos ni aguas traicioneras, sino contra el calor y las moscas y, lo peor de todo, contra el peligro de la ociosidad, de la espera, y del efecto de ambas sobre la mente. Cada día que pasaba —entre el sol abrasador y la sed de miles de bueyes—, veía retroceder unas pulgadas entre la arena y las rocas el nivel del agua en la larga balsa. Una noche conmovieron el campamento de Dann el ruido de unos disparos y los gritos agudos de los indígenas, que llegaban de la parte del de Ormiston. Aquel día no hubo corrobori. A la mañana siguiente un vaquero informó a Stanley que los hombres de Ormiston habían matado a cinco indígenas. Ninguna explicación acompañaba la noticia. Los miembros de su grupo pudieron oír decir al jefe que su tempestuoso asociado habría querido ahuyentar a los negros, que seguramente se lanzaron al robo de su campamento. Pero Sterl, después de hablar con Friday, llegó a la conclusión de que lo que se proponía Ormiston era empujarlos hacia aquella parte del río. Sea lo que fuere, esto es lo que sucedió, pues los varios centenares de indígenas se habían congregado en un bosquecillo en el extremo inferior de la larga hoya.
En concepto de reparación y de tributo a la amistad, Dann ordenó que se mataron algunas reses lisiadas y las transportasen al campo de los aborígenes. Mientras se llevaba a efecto esta restitución, negros, gins, lubras y pikkanninies (los niños indígenas), desertaron del lugar. Pero más tarde, después de haberlos visitado Friday, se fueron aproximando cada vez más al campamento de Dann. Éste argumentaba en pro de adoptar cualquier recurso que mantuviera a los negros en actitud amistosa, y Slyter convenía con él. Sterl pensaba que, quizá, Friday habría influido en Stanley en favor de tal actitud, pero el jefe sería generoso y bueno en todos los casos. Cuando preguntó al negro qué había dicho a Dann, Friday contestó:
—Muchos negros buenos. Quizá robar más tarde. No luchar.
—Bien, casi me inclino por este partido —afirmó Red. —¡Y después enardecerlos para que anden por ahí clavando lanzas!
Al final, Beryl se rindió, mandando por medio de un vaquero una nota a Ormiston, que fue a verla aquella misma noche. Desde entonces, apareció por el campamento de Dann todos los días a la hora del anochecer. A Beryl le sería necesaria una lección terrible para que empezase a reaccionar contra el apasionamiento que la dominaba, y, por lo demás, sería posible que dicha lección llegara demasiado tarde.
Los expedicionarios tuvieron que resignarse a sufrir y a esperar. La segunda hora después de la puesta del sol llevaba consigo usualmente el soplo de la brisa nocturna, que proporcionaba un respiro, acogido por todos con gran satisfacción, en el tórrido calor del día, pero las más soportables eran las horas que transcurrían desde el alba hasta después del desayuno. Sterl aprovechaba este tiempo, a menudo con Leslie y Friday. La parte media del día era irresistible al sol, y apenas soportable a la sombra. Los bueyes, que no necesitaban vigilancia, buscaban la sombra de los árboles, y allí se acostaban o dormitaban de pie. A tales horas, las moscas, en número siempre creciente, hacían la existencia casi intolerable; todos los expedicionarios permanecían bajo la protección de las tiendas y de sus mosquiteras. El constante bordoneo y el zumbido del exterior, parecidos a los de una gran colmena de abejas, hacían que aquella protección fuera tan estimada, que el calor sofocante parecía con ello no agobiar tanto.
Así transcurrían los días, interminables, cada uno más tórrido que el anterior. Las hoyas pequeñas se secaron por completo, y todos los seres vivientes quedaron a merced de la más grande. En el cielo no asomaba ninguna nube. Y al mediodía las rocas estaban tan calientes, que a una mano desnuda le levantaban ampollas; el ganado dejaba de mugir, los pájaros de cantar, los aborígenes de moverse. Sterl, lo mismo que Red, había medrado siempre muy bien en tiempo caluroso. Todavía podían dormir, pero despertaban con la ropa apelotonada y húmeda a causa del sudor. Sin embargo, cuando el mercurio subió a más de cuarenta y tres grados hasta a los vaqueros les fue difícil soportarlo.
Cuando preguntaban a Friday si las lluvias llegarían alguna vez, solía replicar:
—Quizá; más tarde.
Pero las horas más benignas renovaban el interés por las cosas del momento y la esperanza en el futuro.
Sterl nunca se cansaba de los indígenas ni cejaba en sus esfuerzos para observarlos y comprenderlos. Aquellos negros parecían encontrarse en un nivel de desarrollo mucho más bajo que Friday. Este último no podía precisar la tribu a que pertenecían, pero comprendía lo bastante su lenguaje para interpretarlo, y a través de él los regalos de Stanley Dann y de Slyter contrapesaron el terror y la hostilidad impuestas por Ormiston y sus vaqueros.
Sterl se enteró de que cuando en un campamento indígena ocurría una defunción se marchaban todos al momento a otra parte. Aquellos negros iban completamente desnudos, excepción de un taparrabos fabricado con hierba o pelo tejido. Los hombres eran delgados, aunque musculosos, negros como el carbón, y de ancha cara coronada por una mata de pelo negro, enmarañado. Al principio, las tropas de chiquillos, de vientre exageradamente hinchado, se deshacían atropelladamente como una bandada de codornices espantadas cuando se les acercaba alguien. Las mujeres, maduras o gins, eran una monstruosidad tal que Sterl tenía que hacer un esfuerzo para mirarlas. Y en su mayor parte, tampoco daba placer poner los ojos en las lubras. Unas pocas, sin embargo, resultaban atractivas, y, a su vez, no sentían repugnancia, muy al contrario, para mirar a los vaqueros más jóvenes con ojos incitantes.
Comer era el problema del aborigen, y lo comía todo, desde basura, hierba, semillas y frutas, hasta las hormigas.. y a su propia especie. Era cazador. Él mismo se fabricaba sus armas, muy pocas en número, y ésas llevaba. Friday explicó a Sterl que cogían peces vivos con las manos debajo del agua. El vaquero vio algunos, en el campamento de Dann, zambullirse y nadar muy por debajo de la superficie; los vio comerse un toro hasta los últimos vestigios; la carne, las entrañas y aun los cuernos, después de triturarlos a golpes. Encontró en las praderas a lubras y chiquillos que hurgaban el suelo en busca de raíces, hierbas, lagartos, huevos, y de uno de los reptiles que más apreciaban, el goana. Una mañana, cuando Red acompañaba a Sterl y a Leslie, con el inseparable Friday, a una visita a los aborígenes, tropezaron con dos negros, ambos de edad madura, cuyos ojos de vampiro se clavaron en las piernas desnudas, morenas y esbeltas de Leslie, y sólo se levantaron después de posarse en la roja cabeza del vaquero. Uno de ellos adoptaba la más curiosa postura. Apoyándose en la lanza se sostenía sobre una sola pierna, al par que doblaba la otra en ángulo recto con el pie apretando contra la cara interna del muslo. Sin embargo, parecía estar muy a su placer.
—¿Qué le pasa a ese zagal? —inquirió Red.
—Nada. Está descansando y nada más. Veo a muchos negros en la misma posición —replicó Sterl.
El indígena, manifiestamente impresionado por Red, le dirigió la palabra en su jerga nativa.
—¿Sí? —masculló el vaquero; y en seguida añadió con voz sonora—: ¡.Santos Inocentes...!
Calamazo, Raspatas, mugs-landing y ¡vaya jirafa negra de una sola pata! Con lo cual el aborigen, impresionado de un modo tremendo, dio suelta a un chorro de palabras que por el volumen no desentonaban de las del vaquero.
—¿Eh? Eso no de suena tan bien. ¿Qué dice, Friday? Éste señaló la roja cabeza de Red y dijo:
—Hacer burla de ti.
El vaquero lanzó un rugido.
—¡Diablos! ¿De veras? ¡Eh, tú! ¡Que soy de Texas y capaz de mandarte esa pierna a paseo de un tiro! Inmediatamente, a su regreso al campamento, Slyter llamó a Red y a Sterl a su presencia y les informó de que Stanley Dann quería verlos en seguida.
Sterl, que se dio cuenta al instante del aire adusto de Slyter, preguntó:
—Vaya! ¿Qué ha ocurrido?
—Prefiero que os lo explique Dann —replicó el ganadero—. Se ha originado una pelea y los vaqueros están trastornados.
—¿Sí? Si usted me preguntara, le diría que eso no es nada nuevo en estos días —dijo Red con su acento gutural, teñido de un deje mordaz.
Slyter les acompañó por debajo de los árboles las pocas yardas que distaba el brillante fuego del campamento, donde Stanley paseaba de un lado a otro. El jefe llevaba la cabeza descubierta e iba en mangas de camisa; era un gigante de ojos profundos, que se mantenía firme bajo el peso de innegables cargas. Beryl estaba algo más atrás, en compañía de su tía y de la señora Slyter. Cerca de una tienda se distinguía con dificultad un grupo de hombres conversando en voz baja.
—Usted nos ha mandado llamar, señor —dijo Sterl, rápidamente.
—Sí, siento tener que comunicarlo. Harry Spence ha muerto a tiros. Los vaqueros acaban de traerlo. Ha muerto sin recobrar el conocimiento.
—¿Spence? Es lamentable, señor. Pero apenas nos afecta en nada —contestó Sterl. No había pensado mucho en Spence ni en varios de los elementos más rudos de los que formaban el equipo de Dann.
—Sólo indirectamente —replicó Dann con rapidez. Red intervino muy tranquilo:
—¿Quién ha matado a Spence, patrón?
—Bedford, el vaquero de Ormiston. Tom Bedford ha quedado malherido en la pelea.
Pero es fácil que se recobre.
—Bien; y pidiéndole que me perdone, patrón, si usted me preguntara le diría que no se ha perdido un gran afecto en el caso de Spence, y si Bedford reventara, ello sería, sencillamente, un buen trabajo nocturno —replicó Red con tranquila flema.
Stanley contestó con voz breve:
—No le pido sus opiniones, Krehl.
—Lo siento, patrón; pero tendrá que escucharlas, de todos modos.
Sterl puso una aplacadora y persuasiva mano en el hombro de su amigo. Pero estaba contento de que el vaquero hubiese hablado claro. Él también estaba cansado de reservas y subterfugios.
—¿Para qué nos ha llamado, señor? —repitió en tono apaciguado.
—Muchachos, he preferido decírselo yo mismo, antes de que se enteraran por otros.
Quiero persuadirles para que lo vean a mi manera. He llegado a poner confianza en ustedes.
¿Puedo exigirles la promesa de que no derramarán sangre, excepto en caso de apremiante necesidad, en defensa propia?
Sterl sintió renacer instantáneamente la simpatía para aquel hombre tan grande, asediado por las tribulaciones.
—Sí, señor, por mi parte puede. Tú lo prometerás también, ¿verdad, Red?
—Patrón —replicó el vaquero—: ¡usted no me va a pedir una promesa semejante, y que la cumpla para siempre!
—No me comprenda mal, Krehl —se apresuró a justificarse Dann—. No quiero significar que tenga usted que renegar de su credo de honor. Pido esta promesa sólo para el presente, porque todavía creo que podemos llevar a término esta travesía sin más derramamiento de sangre.
—Bueno, patrón, según veo la situación, no podrá —le atajó Red, decidido—. Tiene en esta caravana algunos canallas mezclados a usted. A pesar de todo, le doy mi palabra de que no levantaré la mano contra Ormiston, ni contra nadie, excepto en defensa propia... o para salvar la vida de alguien.
—Gracias, Krehl —contestó Dann—. Ahora, pasemos al detalle, que será tan ofensivo para ustedes como lo ha sido para mí. Esta mañana ha llegado un nuevo contingente de negros.
Parece que entre ellos hay algunas lubras singularmente atractivas. Ormiston ha tratado de atraérselas por medio de regalos; una acción a la cual Slyter y yo estamos resueltamente opuestos. Pero Ormiston la cometió y tomó a varias para que hicieran ciertas faenas en su campamento. Spence y Bedford se pelearon por una de ellas. Era obvio que todos los vaqueros habían bebido. Los dos hombres lucharon, con el resultado que os dije. Ormiston me envió la noticia. Al momento, le mandé venir, y la emprendí con él. Nos hemos cruzado palabras fuertes que hubieran podido conducir a cosa peor, de no haber sido por Beryl, que se interpuso entre los dos, y, hasta cierto punto, cuando él os acusó, se puso de su parte. Ella le cree. Yo, no.
—Gracias, patrón. Pero suéltelo de una vez. ¿Qué dice Ormiston ahora? —insistió Sterl ásperamente.
—Se burló de mi indignación ante el hecho de que sus hombres cortejaran a las lubras. Y la parte aplicable a ustedes, es, con sus propias palabras: «¡Repare en sus vaqueros yanquis, en Hazelton, adoptando posturas de caballero, y Krehl de comediante, para agradar a estas señoras! ¡Los dos pasan de las palabras dulces, dedicadas a Beryl y a Leslie, a los brazos de las lubras negras!
Si Stanley Dann esperaba que los dos vaqueros se levantaran enfurecidos para protestar contra su calumniador, es que no conocía a su gente. Nada de lo que pudiera decir o hacer Ormiston los sorprendía ya.
Y, como el hado quiso que Leslie hubiera seguido detrás de los vaqueros y que Beryl, con las otras dos mujeres de más edad, le saliera al paso, con el manifiesto propósito de detenerla, todas se encontraron dentro del alcance de la voz austera de Dann. Sterl levantó los brazos con elocuente ademán. ¿Qué importaba?
Red no se había sabido fortificar con la amargura y la incomprensión como su amigo Sterl. Pero su caballérosidad innata no admitía, ni por asomo, que aquellas chicas pudieran creer tan vil difamación.
—Beryl, no hace falta que pongas esa cara tan terrible; al menos por mi culpa —le dijo en tono cariñoso—. Acabo de prometer a tu padre que no levantaría el arma contra Ormiston, a causa de lo que ha dicho.
Pero la muchacha contestó apasionadamente, fuera de sí: —¿No lo niegas, Red Krehl?
—¿Qué quieres decir, si no niego?
—La acusación de Ormiston de que vosotros, los dos vaqueros, vais de Leslie y de mí a...
a... esas lubras negras —chilló la afrentada muchacha. Debajo del curtido del sol, aparecía una palidez mortal, y sus negros ojos estaban dilatados de horror.
Red hizo una contracción, como si fuera a sacar el revólver. En aquel momento, su cara perdió el color.
—¿Yo, negarlo? ¡Diablos, no! Yo soy de Texas, señorita Dann. Ustedes, los ingleses, no saben nada de Texas, y mucho menos de lo que un tejano exige en relación a las mujeres. Lo que tiene usted en la mente, Beryl Dann, lo que usted cree de mí, es lo que vale para su corrompido adorador. ¡Y, en nombre de Dios, algún día vendrá de rodillas a mí por ello!
La muchacha retrocedió, con la boca abierta. Pero no pudo dominar el furor, los celos y el odio, las tres pasiones que la travesía había incrementado a marchas forzadas. Y dejó que Red se alejara, muy erguido, sin una palabra más.
Leslie estalló en un grito salvaje.
—¡Sterl, Sterl! ¡O niegas esto... o... o te odio!
—Leslie, me tiene sin cuidado lo que tú creas —replicó Sterl, frío y altanero. Y dirigiéndose a los padres de las chicas, añadió después—: Dann, Slyter, y usted, señora Slyter, ninguno de ustedes puede dejar de ver los efectos que este salvaje terreno ultramontano ha producido en sus preciosos retoños. ¡Dentro de poco, perdonarán a Ormiston y a su tropa, lo mismo que ahora motiva sus insultos contra nosotros!


XVI
A la mañana siguiente Leslie encontró a Sterl a la hora del desayuno, como si despertara de una pesadilla; la muchacha pareció asombrada hasta lo indecible al ver que el vaquero no le hacía ningún caso. Sterl comprendía que Leslie, lo mismo que Beryl, tenía que aprender primero su amarga lección. Hasta entonces, y en todo lo referente a un contacto amistoso y a una intimidad, la muchacha no existiría para él. Se sentía profundamente herido, pero no resentido. Leslie era sólo una niña sentimental colocada en una situación terrible.
Poco a poco, su amor había crecido hasta casi hacerle olvidar que era un forajido, que si se proponía casarse se encontraría en un grave aprieto. Sterl había sufrido anteriormente la herida del amor. Ahora no podía ahogar este amor nuevo, pero lo dejaba a un lado. Sin embargo, el de Krehl por Beryl tenía más probabilidades de perdurar, siempre que la muchacha demostrara poseer fuerza suficiente para sobrevivir ella primero. Sterl creía percibir un valor profundo, latente en la hija de Dann. Ella estaba ciegamente enamorada del ganadero de torvo ceño. Pero cuando supiera toda la verdad referente a Ormiston, cosa que sucedería inevitablemente, Sterl opinaba que le odiaría más de lo que le había amado.
El fuego del verano consumía los últimos días de enero. Pero las lluvias no llegaban.
Quizá no llegarían aquel año.
El calor y las moscas se hacían insoportables. Sin embargo, la vida humana continuaba latiendo, si bien en todos los rostros y en el suyo propio se veían signos que revelaban a los sagaces ojos de Sterl que los blancos no podrían resistir allí por mucho tiempo. Los días eran terribles; el cielo, una vasta cúpula de cobre pegada a la tierra; la noche conservaba el mismo color hasta la aurora. El trabajo y las comidas se hacían antes de la salida del sol y después de la puesta. La manada de bueyes pacía lentamente de noche y descansaba de día. Las moscas les molestaban más que el sol. Habían nacido centenares de novillos. Stanley Dann tenía ya más ganado que cuando abandonó Downsville.
Como Bedford era un hombre flemático y resistente, se recobró de la peligrosa herida.
En cambio, Hathaway cayó bajo los efectos de una fiebre especial que ni Ormiston ni Dann sabían aliviar. La hermana de Stanley era una mujer entrada en años, no acostumbrada a la vida en el campo, y a despecho de lo que al principio parecía una cierta robustez, empezó a decaer. Sterl opinaba que su dolencia era más mental que física. Fue desecándose sencillamente hasta convertirse en una sombra de lo que había sido antes y salió al encuentro de la muerte con una alegría apagada y patética.
Para Sterl, Eric Dann constituía un problema. El hombre llevaba algo en la mente; o bien una cobardía invencible, o bien le corroía la indecisión respecto a romper con su hermano, o alguna otra cosa; había en él algo secreto. Sterl había visto criminales que carecían de talla para hacer frente a la adversidad que pone a prueba las almas de los hombres, y creía notar un fugaz parecido entre sus maneras y las de Eric. A Ormiston se le había estirado el rostro y se le formaron grandes ojeras. Pero, en este aspecto, hay que advertir que todos los hombres habían perdido carnes, se habían endurecido y tostado, llegando a ser casi tan negros como Friday; y si es que sonreían alguna vez, Sterl no lo había observado. La diferencia existía, sin embargo, y era en los ojos de Ormiston donde radicaba. El ganadero nunca se atrevía a sostener su socarrona mirada. Había cesado de comer en la mesa de Dann, pero a la puesta del sol y al caer la noche, rondaba a Beryl y la retenía hasta muy tarde. Beryl Dann no conseguía perder la gracia de la forma o la belleza del perfil, aunque se volvía delgada y sus grandes ojos violeta brillaban con un mirar extraviado.
Leslie se portaba sorprendentemente bien. Había perdido muy poco peso. El sol le había dado un tinte muy oscuro, y se volvió más sosegada, menos expansiva, más considerada y obligada. No se cansaba de acercarse a Sterl, con subterfugios, insinuaciones inocentes, con esperanzas de las que ella misma no se daba cuenta, que nunca se veían satisfechas, y que la dejaban pensativa y triste.
Stanley Dann, en lo físico y en lo espiritual, demostraba ser el gran jefe que Sterl imaginó que sería. Se mantenía imperturbable, animado, lleno de confianza. Pero raras veces hablaba con su hermano y nunca se dirigía a Ormiston por propia voluntad; mientras que acudía a menudo para fumar y conversar al campamento de Slyter.
Cuando observaba a aquellas gentes, Sterl terminaba siempre por retornar al estudio de Friday, el aborigen, cuya talla aumentaba a sus ojos día tras día. Éste era un hombre. El color importaba poco. En la vigilancia nocturna estaba siempre con Red y Sterl; de las vidas de los vaqueros había hecho su propia vida. Y no pedía nada a cambio de su fidelidad. Separado de ellos por incalculables edades, por el misterio de los aborígenes y la oscuridad de su mente, sentía, sin embargo, como propias, sus fatigas, sus tristezas, sus terrores. Varias noches había dicho:
—Más tarde, venir las lluvias. Ir todo bien—. Y, de pronto, como si el problema de las lluvias no fuese del todo la cuestión decisiva, meneaba la negra cabeza y mirando a Sterl con aquellos grandes ojos insondables añadía—: Ormiston pensar conseguir ganado, quedarse a se— ñita Dann, todo. ¡Pero, no, patrón Hazel, nunca!
El viernes, trece de febrero, alcanzaron el límite de calor: cincuenta y un grados a la sombra. Debía de ser el límite, puesto que el termómetro estalló como si el mercurio hubiera hervido. Red dijo que resultaba un accidente favorable. Todos preguntaban incesantemente el calor que hacía mirando el instrumento, y calculaban cuánto subiría aún. En cambio, después, no habría manera de enterarse. El sol del mediodía dejaría los globos de los ojos sin luz. Sterl y Red se metían en el agua una docena de veces, sin molestarse en quitarse la ropa. Los pájaros, las bestias, los reptiles que Sterl encontraba en su paseo a primeras horas de la mañana, no se tomaban el trabajo de apartarse de su camino. Casi hubiera podido acariciar a los viejos canguros grises; y las aves silvestres le picoteaban, pero no huían.
La muerte de Hathaway, ocurrida una noche en que nadie le velaba, sustrajo a todos, incluso a los vaqueros, de su estado anormal de insensibilidad. Durante varios días, estuvo delirando y ardiendo de fiebre. Le enterraron al lado de Emily Dann y erigieron otra cruz.
Stanley Dann, en su balbuciente plegaria, encomendó su alma al reposo y a la libertad después del tormento de una vida carente de satisfacciones.
Sterl pensó si el jefe se estaría agotando. Pero aquella misma noche, cuando Ormiston, que no había asistido al funeral, se presentó en el campamento de Dann, expresando su duelo por la pérdida de su amigo. Stanley desahogó sobre él un significativo discurso:
—Ormiston —tronó con su sonora voz—, no es preciso que se tome el trabajo de explicarme que ganó el ganado de Hathaway a los naipes, o que el difunto le debía dinero por algún otro concepto.
Aquello desorientó al bribón por unos momentos, principalmente quizás a causa de la presencia de Beryl y de los vaqueros. Su mirada torva, que no alcanzaba a disimular la malignidad, hubiera advertido a un hombre menos noble que Stanley Dann. Ormiston bajó la cabeza y se fue por donde vino.
—¡Papá! —exclamó Beryl con petulancia—. ¡Cualquiera creería que dudas de que Hathaway debiese dinero a Ash! Yo lo sabía hace siglos.
—Sí, hija, cualquiera que tuviera cerebro lo creería —replicó, alejándose de su hija.
Los vaqueros estaban sentados y miraban fijamente al fuego, aguantando el humo para asegurarse una defensa contra la peste de mosquitos que se había añadido recientemente a las tribulaciones de aquel paraje.
Sterl revolvía en la mente las cáusticas palabras de Dann. Al fin y al cabo, su jefe no era tan cándido. ¡Era solamente más grande que los demás hombres! ¿Cuándo aplastaría aquel gigante de un pisotón a la víbora?
A determinada hora de aquella noche, Sterl abrió los osos, completamente espabilado.
Hacía un calor sofocante, el mundo estaba oscuro como la pez, silencioso como una tumba y, no obstante, un relámpago de su conciencia le dijo que se había despertado por algo fuera de lo corriente. A pesar del calor y del sudor cálido que le cubría, sintió que un escalofrío recorría su cuerpo.
De repente, al penoso silencio sucedió un ruido lento y apagado. ¡Un trueno! ¿Estaría soñando? Volvió a repetirse como el rugido distante de una desbandada de búfalos. Sí, era un trueno!
Sterl se sentó. Se oían distintamente los latidos de su corazón. Tenía la boca seca y sentía una contracción en la garganta.
—¡Red! ¡Red! —jadeó con voz ronca.
—¡Diablos, amigo! ¡Lo oí también!
Hasta ellos llegó la voz de Friday.
—¡Patrón, lluvia pronto!
Se pusieron las botas y, saliendo a gatas de la mosquitera, se asomaron fuera de la tienda. La luz de las estrellas era bastante para dejar ver la alta figura negra de Friday, los pálidos carromatos, los árboles espectrales. El aire continuaba bochornoso, opresivo, pesado; sin embargo, había en él un algo diferente. Después, la llama de un relámpago corrió al este del horizonte. ¡Cuán extraordinariamente hermoso, benéfico, subyugador! Sterl esperó el trueno con el pecho agitado para permitirse con mayor seguridad calcular la distancia. ¿No llegaría nunca? Aquella tempestad rodaba muy lejos.
—¿A qué distancia? ¿Cuándo? —preguntó Sterl a Friday.
—Llover quizá pronto... ¡Quizá no llover!
Slyter se acercó con paso recio, procedente de su carromato. La voz clara y alegre de Leslie se elevó con sonido argentino. Stanley Dann hablaba a grandes voces con su hermano.
Los vaqueros se llamaban unos a otros. Al otro lado del río, en el campamento de Ormiston, brillaban las luces. Todos lo habían oído. Todos se habían agitado.
El primer pensamiento de Slyter fue para los caballos. Dann gritó a sus hombres que los truenos y los relámpagos, después de tanto tiempo sin nubes, podían provocar una desbandada del rebaño. En pocos minutos, estuvieron todos montados y en guardia.
Pero la tormenta pasó de largo hacia el Sur. No obstante, otras tronadas fueron a estremecer muy pronto a los decepcionados miembros de aquella expedición. La segunda tormenta, siguiendo su rumbo natural, dejó también de visitar la bifurcación del río, pero pasó más cerca y fue más copiosa y de mayor duración que la primera. Empero, el sol se levantó ardiente cual acero fundido al rojo. Los pájaros y las gallinas silvestres llegaron ávidos de agua. Laderas y llanos se veían negros de canguros y walabies. El calor volvió a encender la tierra; y otra vez la horda de moscas que volteaban, zumbaban, picaban y chupaban, se abatió sobre los hombres y las bestias.
Después del almuerzo, Stanley Dann llamó a todos los expedicionarios a su campamento.
—Amigos, paisanos, hermano mío, hija mía —les, dijo—: mis plegarias han sido atendidas.
La estación húmeda está a punto de llegar. Nos hemos salvado, y elevamos nuestras voces en acción de gracias hacia Aquél en quien nunca perdimos la fe. Cuando la lluvia cese, o cuando haya caído lo bastante para alimentar los ríos y los arroyos, proseguiremos nuestra travesía.
Pero con este camino: iremos por la ruta del Golfo, continuando hasta Darvin, y de allí a los Kimberleys. Será un año más larga..., pero es mejor que dividir nuestro grupo, nuestro ganado, nuestra fuerza, nuestra armonía. Ormiston, usted, que ha sido más testarudo aún que mi hermano rechazando el Never-never, puede alegrarse ahora de que haya cambiado mi determinación.
Un fuerte ¡hurra! lanzado por media docena de gargantas vigorosas rompió el silencio que había seguido a la plática de Dann. El jefe quedó esperando, naturalmente, la respuesta de Ormiston. Pero no la hubo. El vaquero desvió a otra parte su morena faz. Beryl dobló la cabeza sobre el pecho, como estupefacta, y se fue hacia el carromato. Eric Dann, sin embargo, recibió la noticia con cara inexpresiva, adoptando después, gradualmente, una actitud que a Sterl le pareció de contrariedad.
Con la tensión del momento, Leslie olvidó la separación que se había producido por su culpa entre ella y Sterl, y fue a su encuentro, con una gran excitación en los ojos, agarrándole del brazo con la antigua intimidad familiar.
—¡Oh Sterl! Estoy contenta..., contenta hasta cierto punto. Pero yo quería cruzar el Never-never. ¿Tú, no?
La respuesta que brotó de los labios de Sterl fue a la vez cruel e insultante, pero, en cierto modo, el vaquero no pudo contener las palabras.
—Sí —dijo con acento cáustico—. Sin duda. Me fastidia la idea de tener que pasar un año más en la sociedad de dos muchachas superficiales, insensatas, como tú y Beryl.
El rostro de Leslie se puso encendido como una llama, sus ojos lanzaron fuego, y no cabía duda de que a no ser por la intervención de Red le hubiera abofeteado.
Sterl se fue por su lado profundamente trastornado por el encuentro. Red corrió a reunirse con él.
—Vaya, amigo! Si no hubiera sido por mí, la chiquilla te hubiese sacudido un solemne bofetón.
—No se me pasó por alto, Red.
—La has dejado llorando. Fue un discurso ruin el que le propinaste, Sterl.
—Convengo contigo —aceptó éste en tono brusco. Y tras una pausa, preguntó—: ¿Te fijaste en Beryl? —Ciertamente. Se quedó sorprendida. Quizá no está tan apegada a las nobles ideas de ser fiel a su padre. Quizás había convenido en escaparse con Ormiston...
—¡Ah! Tuve también ese pensamiento. Desearía haberme equivocado. Red, Eric Dann quedó aplanado ante la decisión de su hermano. ¡Aplanado!
—Debiera haberse regocijado sobremanera. Si no lo hizo..., ¿por qué no? Siempre me dio la sensación de ser un charlatán..., un carácter débil, una cosa rara. ¡Cielos! ¿Verdad que aprieta el calor otra vez? La falsa alarma de esta noche nos hizo creer que el terrible fantasma de este sol no brillaría ya más.
—Pero el aire se nota diferente.
Aquella mañana se percibieron vestigios de humedad en la atmósfera. Por la tarde, blancas nubes bogaron sobre la pradera en dirección noroeste, como barcos en el mar. Daba gusto mirarlas. Antes de que cruzaran el cenit, el calor las había disipado ya. Hubo un ocaso rojizo, caliginoso, como si el horizonte estuviera envuelto en humo. El ganado agachaba la cabeza; y entre los pájaros y los canguros se notaba una desusada actividad. Friday habló con los ancianos de los aborígenes y regresó silencioso y reservado.
Después de la cena. Sterl leía a la luz de la lumbre cuando Red le dio un codazo. En la distancia entre las sombras, ¡Ormiston y Beryl!
—Vigila un poco, amigo. ¡Esto no puede ser largo esta vez! —dijo Red, poniéndose en pie para deslizarse como un indio.
Mirando de reojo, Sterl observaba a Leslie, y comprendió que la chiquilla quería acercársele. Por fin lo hizo. —Red les ha seguido... a Ormiston y a Beryl... ¿Qué se propone?
¿Matar al bribón?
Sterl no contestó.
—Eric Dann ha perdido la carta de marear, sea lo que quiera que Red designe con ese nombre —continuó Leslie, inquieta, acercándose más—. Y se puso a beber whisky ¡Con este calor!
—¿Cómo lo sabes?
—Le he visto. He notado el olor. ¿Vendrán las lluvias, Sterl?
—Friday dice que más tarde. Quizá, pronto; quizá, no.
—La noche pasada pensé morir; esperando, aguardando... No lloverá nunca. Nos resecaremos por completo, y se nos llevará un golpe de viento.
Leslie se acercó aún más y, por fin, desesperada, se sentó al lado de Sterl.
—¡Duro, rencoroso, implacable vaquero! —susurró con voz ronca.
Sterl replicó con voz suave:
—¡Qué poco halagadora eres, Leslie!
Entonces la muchacha estalló:
—¡Te odio!
—Esto es más que natural, Leslie. Eres una chiquilla testaruda.
—Testaruda, sí; pero ya no soy una chiquilla. Soy vieja. Dentro de poco seré como esas gins.
—Muy bien, pues, eres vieja. ¿Qué pasa con ello?
—¡Ah, no me importa! A nadie le importa. Y menos a ti.
—¡Ojalá.., ojalá me hubiera entregado a Ormiston!
—¿Sí? ¿Es ya demasiado tarde?
—¡No seas loco, condenado! —chilló ella con furia—. ¡Ya tienes suficiente con ser un monstruo de indiferencia! ¡Un hombre de piedra! Estoy asqueada. Estoy furiosa. Estoy sobresaltada. Estoy llena de... de...
—Deberías estar llena de té, querida —interrumpió Sterl, con acento ligero.
—Sterl Hazelton, no me nombres... así, cuando..., cuando te mofes de mí. ¡Qué desgraciada soy! Y no es todo por mí propia causa.
—¿Por la de quién, pues?
—Por Beryl. Está extraña. Durante un tiempo fue muy afectuosa conmigo. Ahora ha cambiado. Está ensimismada. ¡Debes hacer algo, Sterl; de lo contrario, huirá con Ormiston!
—Les, ¿no sería mejor que te fueras a la cama? —preguntó él dulcemente.
—Sí. Estoy más débil que un gato, y mojada como el agua. Pero antes de marcharme quiero explicarte algo que oí, algo que mamá le decía a papá. Mamá decía: «Veo que Hazelton ya no va con las lubras. Y papá replicó: «No me había dado cuenta. Pero éste no es asunto tuyo, mujer.» Entonces ella exclamó: «Bingham Slyter, no le hago ningún cargo a Sterl. ¡Yo mismo lo hubiera hecho si fuera un hombre! ¡Y en este horrible agujero, en el que sólo Dios sabe qué es lo que nos salva de volvernos locos!»
—¡Bien, bien! —exclamó Sterl, cogido de sorpresa y aturullado—. Y entonces, ¿qué contestó tu padre?
—Soltó unos juramentos terribles contra mamá.
Sterl se refugió en la débil protección del silencio. Toda aquella buena gente tenía que ser perdonada por algo. Era un torbellino diabólico la travesía.
Leslie continuó vacilante:
—Esto... me hacía desgraciada. Yo estoy... tan loca como mamá... o cualquiera de ellos.
He... he mentido al decir que te odiaba. Aquello... de ti y de las lubras... me hizo daño. Pero te perdono. No... no me importa. ¡Ya está! Ya te lo he dicho. Ahora tal vez consiga dormir.
La muchacha se alejó corriendo entre sollozos. Sterl pensó que era mejor que se marchara. En aquel momento crucial, una palabra amable, un gesto cariñoso habrían echado a la trastornada chica en sus brazos. Nunca podría haber nada entre ella y él. Sabría guardar el secreto que le convertía en un hombre sin patria.
El vaquero permaneció sentado donde se hallaba durante mucho tiempo. El fuego se apagada, y Friday cruzó un par de leños sobre las cenizas. Los mosquitos empezaron a zumbar. Red regresó, arrastrando los pies, como un perro vapuleado, y una llamarada de rabia invadió el pecho de Sterl. ¡Que aquel vaquero, que aquel hombre duro como el pedernal, que había reído y bromeado en las mismas fauces de la muerte, se arrastrase hacia la lumbre, avergonzado y abatido, deshecho ante la debilidad o la perfidia de una muchacha, era cosa demasiado indignante para soportarla: Sterl se puso en pie murmurando:
—¡No lo consentiré!
Y entonces, el profundo rodar del trueno le hizo volver en sí.


XVII
Truenos! ¡Truenos profundos, detonantes, prolongados! Krehl se acercó al extinto fuego con la cabeza levantada como un ciervo que estuviera escuchando. ¡Y de nuevo un rodar de truenos que hacía estremecer el corazón!
—¿Los has oído? —preguntó.
—Ciertamente. Esta noche son de más volumen, más fuertes.
La figura de Friday surgió, como nacida del suelo, con su paso muelle, negra como la noche. Alimentó la lumbre con dos leños colocados en cruz, se agachó, dejó las armas en tierra y se quedó inmóvil como una estatua de mármol negro. Friday era capaz de dormir en cualquier postura y a cualquier hora. Sterl le había sorprendido durmiendo de pie y sosteniéndose sobre una sola pierna, como una grulla de los arenales.
Dentro de la tienda, mientras se ponía las botas, Sterl preguntó a su compañero:
—¿Qué fue lo que te dejó tan cariacontecido, amigo? Red exhaló un suspiro.
—Esta noche, la cosa ha sido algo peor, Sterl. Tenía el revólver a punto para matar a Ormiston, cuando el primer estallido de truenos me hizo recobrar el sentido.
Sterl llenó a su camarada de vigorosos improperios, que tuvieron la virtud de hacer callar a Red y desahogarle a sí mismo de los alborotados sentimientos que le agitaban.
Después se tendió sobre las ardorosas mantas para descansar, ya que no para dormir. Como en la noche anterior, el tonante precursor de la estación de las tormentas pasó de largo por las confluencias del río, y se alejó ruidosamente, arrastrando el rugir de los truenos, que se convirtieron paulatinamente en un ronroneo apagado y murieron por fin en la distancia.
Despuntaba el día. Y cuando el sol se elevaba en el horizonte, el fuego se apoderó otra vez del cielo y de la tierra.
Durante el desayuno, Larry contó que alrededor de la medianoche habían pasado otras tres tronadas; la última se había dirigido hacia el Oeste.
—Esta noche nos empaparemos la cabeza —concluyó alegremente.
Red preguntó, en cambio:
—Amigos, ¿será que estoy soñoliento o que el calor arrecia con mayor fuerza y más temprano que ayer por la mañana?
Slyter intervino para informarles que el último día de una época muy caliente era precisamente el más ardoroso. En tal ocasión la temperatura solía subir hasta cerca de los cincuenta y cinco grados. Si las bifurcaciones hubieran sido un lugar polvoriento y azotado por los vendavales, la vida se habría hecho imposible en ellas.
—Mientras tengáis la cara mojada, todo va bien —terminó advirtiéndoles—. Pero si se os pone seca y ardiente, andad con cuidado; quedaos a la sombra, con un cubo de agua al lado, y bañaos la cabeza.
Cuando Sterl entraba en la tienda detrás de Red, Friday señaló con el dedo a Eric Dann, que cruzaba el brazo mayor del lecho seco del río, en dirección al campamento de Ormiston.
Sterl cogió los anteojos de campaña que guardaba en un rincón.
—Por lo que oí la noche pasada —explicó Red—, Eric es portador de un mensaje del jefe máximo. Va con el fin de persuadir a Ormiston para que conduzca su manada a este lado antes de que el río crezca. ¡Ja, ja! ¡Ya lo creo que...!
Sterl le interrumpió:
—Aquí, tras este leño, nadie podrá vernos. —Y diciendo esto, se acomodó los anteojos.
A la primera ojeada se dio cuenta de que el campamento de Ashley estaba de tráfago, tenido en cuenta el calor tórrido que hacía. Los vaqueros, desnudos hasta la cintura, transportaban paquetes de un carromato a otro. Ormiston se paseaba de arriba abajo de un cobertizo construido con hojas de palmera y de pandáneo. Su brazo derecho, Bedford, estaba sentado en el suelo, remendando arneses. Los dos vaqueros siguieron con la mirada a Eric Dunn, que ascendía trabajosamente por el arenal de la margen opuesta del río, y los comentarios que dedicaban al del cobertizo andaban de acuerdo, con toda seguridad, con la malevolencia que expresaban sus miradas. Pero un momento más y el ganadero volvía a ser el Ormiston sonriente que saludaba a su visitante con aire acogedor. Los dos hombres sostuvieron una conversación que Sterl no tuvo necesidad de oír para comprender que Eric Dann no había hecho mención del encargo de su hermano.
—Déjame dar un vistazo, tú, halcón solicitó Red. Y pegando los ojos al cristal, permaneció inmóvil, rígido, durante largo rato—. Bien, sea lo que fuere, la cosa ha quedado decidida —dijo después—. Dann está de regreso; y, si todavía soy capaz de reconocer a un bribón cuando se pone delante de mis ojos, parece que lleva el mundo cargado sobre las espaldas. Eric no sabe que Ormiston ha de traicionarle, como tampoco lo sabe Stanley Dann.
¡Cielos, se me hace duro esperar para agujerear el cuerpo a ese bastardo de los ojos grandes!
Mírale: ahora se dirige hacia el carromato que están cargando. —Y volviendo hacia Sterl sus ojos azules, que lanzaban centellas, terminó excitado—: Todo está listo, menos la lluvia... y los tiros, amigo.
—Bien. Y con eso supón que nos vamos allá y empezamos lo de los tiros antes de que llueva —interrumpió Sterl.
—¡Quiá! No poseemos todavía un motivo bastante bueno para hacer mella en el ánimo de Stanley Dann. Hemos de tenerlo, fatalmente. ¿Qué es lo que hemos esperado todos estos meses? ¡Haz trabajar el cerebro, amigo!
—¿No sería mejor explicar a Stanley lo que hay, Red?
—¡De ningún modo! No conviene hacerlo antes de tiempo, arruinando así la posibilidad de meter una bala en el cuerpo a ese hombre. Más tarde no será preciso explicar nada.
Ormiston saqueará parte de la vacada y la remuda del jefe, tan seguro como que tú has nacido.
—Muy bien. Pero ¿por dónde aparece Beryl en esta escena?
—Eso me deja también perplejo. Beryl cree que ahora que Stanley ha cedido, Ormiston tomará la ruta del Golfo. Pero, como nosotros sabemos, no hará tal. Y por otra parte estoy casi seguro de que no cabe la esperanza de que Ormiston trate de persuadir a Beryl para que huya con él. No es de los hombres que arriesgan mucho por una mujer. Sin duda, te habrás dado cuenta de lo que ha desmejorado ella últimamente. Sería una carga. Y lo que Ormiston quiere son caballos y ganado.
—Red, aquí te pasas de la raya —declaró Sterl. El estado físico de Beryl no le detendrá ni un instante si juzga que la necesita. Ashley viajará con sus carromatos y nada le impedirá cargar a la muchacha como un saco de harina. Si se muere por el camino, ¿qué demonios...?
—Bueno —le interrumpió Red con aire cansado —esperemos los hechos. Es evidente que Ormiston tratará de robar parte del ganado y los caballos de Dann, y quizá también de Slyter.
¡Pero si como salteador es tan poca cosa como en lo demás, entonces, ¡diantre!, tendremos ocasión de reírnos!
Stanley Dann transmitió por medio de Cedric la orden de que aquel día todo permaneciera quieto y protegido de los rayos directos del sol. Antes de eso, los animales se habían desparramado bajo la sombra de los árboles, a lo largo de la orilla del río. Los canguros no se movían de la maleza, y las raudas bandadas de moscas se despertaron temprano, pero desaparecieron pronto. También para ellas era excesivo el calor. Los negros jóvenes pasaban el tiempo a la orilla o dentro del agua; los mayores no se movían de sus abrigos.
A Sterl y a Red se les hacía insoportable el interior de la tienda. Casi desnudos, se tendieron sobre la hierba, debajo de un carromato. Friday yacía a la sombra de un enorme granero; fue la única vez que Sterl le vio agotado. A pesar de ser una máquina, la más perfecta que había producido la evolución para resistir a los elementos, el negro tenía que luchar también por su vida.
Por fin, el sol se hundió tras el horizonte. Aquel terrible olor de alto horno desapareció del aire. Por el Oeste asomaron colosales nubes de tormenta que avanzaban hacia el cenit.
Allá, abajo, sobre el horizonte, la base de aquéllas era de un púrpura parduzco, pero a medida que sus oleadas avanzaban y crecían, los tonos más oscuros se convertían en rosa y oro, al paso que sus redondeadas cimas lucían un blanco de perla.
Debajo de los gomeros apareció Friday andando majestuosamente, y se dirigió en derechura hacia ellos.
—¿Qué tal? —dijo usando el saludo vaquero que Sterl le había enseñado. Saludó acompañado esta vez de cierta transfiguración en el negro rostro, que Sterl reconoció ser la sonrisa extraordinariamente rara del indígena.
Con el aire de un jefe que se dirige a una multitud de aborígenes, el negro anunció:
—Patrón, venir la lluvia.
—¿Pronto? —preguntó Sterl.
—A primeras horas de esta noche. Llover a cántaros. Una llamada para la cena interrumpió la conversación. Mientras los vaqueros se esforzaban por compartir el eterno damper, la carne y el té, el magnífico panorama de pomposas columnas de nubes se elevaban visiblemente sobre el cielo. Los espacios libres que quedaban al principio en la base se iban cerrando y el rojo oscuro daba paso a un color negro como la tinta. El púrpura se oscurecía e invadía la región que antes dominaba el color de oro, borrándose del todo, hasta que las esculpidas y afiligranadas coronas de las nubes perdieron los tonos perla y blanco. Slyter se enteró de las buenas nuevas y corrió a comunicárselas a los Dann. Red, lanzando gritos —¡Yupi! —de regocijo, trotaba tras él, sin duda alguna para informar a Beryl.
—Esta noche vigilaré el rebaño —anunció Leslie con rostro iluminado, acercándose a Sterl.
El vaquero observó que la faz de la muchacha revelaba menos los estragos de las tórridas semanas que la de cualquier otra persona; pero, con todo, el cambio fue suficiente para causarle congoja.
—¿Sí? Pues tienes cara de perder la noche... —replicó dubitativo.
¿Qué cara tengo? —atajó ella rápidamente.
—Terrible.
—Lo mismo que tú. ¡Si mi aspecto es terrible, convendría que vieras a Beryl! ¿Y qué quieres decir por terrible?
—Ojos hundidos, líneas que no solías tener...
—¡Oh, Sterl! ¿No soy guapa ya?
—¡No puedes dejar de serlo, Leslie! —replicó Sterl, cediendo como antes a una atracción que destruía sus decisiones más inexorables.
—Así, pues, ¿no guardaré la vacada contigo esta noche?
—Yo no he dicho tal cosa.
—Pero eres mi dueño.
—Eso era mucho antes, Leslie; cuando esta travesía todavía no me había envejecido ni había hecho de ti una pequeña salvaje. Entonces me llamaba yo mismo tu dueño. ¡Pero ya no!— ¿Y qué pasará si soy un poco salvaje? —preguntó ella con seriedad.
Red y Slyter volvieron del campamento de Dann, y el ganadero ordenó a sus hombres:
—Ensillad, muchachos. Stanley quiere que conduzcamos la vacada al fondo de aquel declive y que la rodeemos con precaución.
Los dos vaqueros fueron juntos. El trasluz del ocaso brillaba sobre el campo mientras la vasta masa de nubes que emergían cerraba la parte noroeste del firmamento. Luz y sombras parecían haber entablado una batalla.
—He visto a Beryl —iba diciendo Red con voz apagada por el sufrimiento—. Yacía en su cama, debajo del carromato. Cuando la llamé, no contestó. He subido a la rueda de modo que pudiera verla bien; y al hablarle ha murmurado como un soplo: «¡Enterradme allá afuera... en la pradera solitaria!» Ya sabes que solía cantárselo cuando Ormiston todavía no... Sterl, ¿sería posible que Beryl Dann me mirase de aquel modo, sonriese como lo ha hecho y me dijese lo que me ha dicho si tuviese la intención de huir con ese salteador de rostro moreno?
Sterl replicó con cara de disgusto:
—Red, ponme problemas fáciles. Estando en casa, habría jurado por el nombre de Dios que no. Pero aquí, después de todo lo que hemos pasado, digo: ¡Diablos, sí, lo es! ¡Aprovecha la oportunidad!
—Si estuvieras en mi lugar, ¿vigilarías esta noche el carromato de Beryl, en lugar de guardar el rebaño?
—¡No! Te expones a matar a Ormiston, y a matarle demasiado pronto. Deja que los Dann descubran lo que nosotros ya sabemos. Después, estarás en libertad de obrar, y me tendrás a tu lado. Hombre impaciente: Beryl no puede marcharse. Ormiston no puede escapar; no puede escapar, ni con ella ni con el ganado que ha robado, ni siquiera con su propia vida. Si colocara a Beryl sobre la silla, le derribaríamos pronto. ¡Red, viejo amigo, no pierdas la cabeza!
—Gracias, compañero. Reconozco que estaba... estaba un poco ofuscado. Tal vez el calor... Ahí tenemos los caballos.
Mientras examinaba la remuda, Sterl preguntó a Red:
—¿Cuál montarás tú? —Y al mismo tiempo, King lanzaba un relincho y se acercaba hacia él.
—Duke, el de Leslie —contestó el pelirrojo—. Es como un gran perro de aguas. Y puede ser que se produzca alguna avenida. Las nubes tienen el mismo color que el Río Rojo, amigo mío.
Una vez montados, los vaqueros se dirigieron al vallecito de abundante hierba, medio invadido ya por el ganado. Slyter, que emprendió el galope para reunirse a los muchachos, manifestaba gran ansiedad por sus caballos. Red afirmó que estaba seguro de que se mantendrían quietos, a menos que los bueyes, enloquecidos, les atropellaran. El peligro estaba en el ganado.
Stanley Dann rodeó la vacada, deteniéndose, al fin, donde Larry y Roland se habían reunido con Red y Sterl.
—Estaciónense a intervalos regulares. Concéntrense sobre el río y a los lados del campamento —les ordenó—. Probablemente, la vacada no se desbandará, pero si lo hace, apártense de su camino. No irá muy lejos. Por el aspecto del tiempo, se nos prepara una tormenta de verdad.
Sterl sugirió a Red:
—Quedémonos bien juntos.
—¡No tengas miedo de perderme, amigo!
—El aire está movido. ¡Huele a polvo!
—Pero son las nubes bajas las que traen la tormenta. ¡Cielos, qué negras se ven!
El primer trueno, profundo, detonante, se abatió sobre los anhelantes vaqueros. El ganado, rendido, agotado por el calor, no dio ninguna muestra de desazón.
Red, unas yardas a la derecha de Sterl, gritó:
—¿Qué te apuestas a que no se desbandarán?
—Es ganado inglés. Quizá no sea capaz de perder la cabeza —respondió Sterl jocosamente.
El trueno resonaba sobre las almenas de la pradera al Norte y al Este, seguido continuamente por las llamaradas de los relámpagos. Bocanadas de aire en movimiento ardiente, como el soplo de un horno, azotaban la cara de Sterl. El bordado ramaje de los eucaliptos empezó a moverse sobre un cielo todavía claro. Fuertes estallidos de truenos hicieron al vaquero volver la mirada hacia la tempestad, cuyo frente había invadido toda la pradera.
—¡Yupi! —chilló Red—. ¡Ya viene, y con acompañamiento de tambores!
Una ráfaga de aire caliente empujó a Sterl. El muchacho se puso de espaldas y sintió que se encogía como el cuero en contacto con una llama. Los gomeros se encorvaban bajo el soplo del vendaval; ráfagas de polvorienta luz recorrían el suelo, y el celaje del ocaso desaparecía en un crepúsculo que formaba una cortina móvil delante del viento. Hojas, hierbas y pedazos de corteza de árbol volaban por el aire, y la cola y la crin de King se mantenían enhiestas.
De pronto, los sentidos de Sterl despertaron a un hecho pasmoso. Aquel aliento sofocante de horno había huido en alas del viento. El aire era fresco, húmedo. Un agudo grito de Red fue a herirle al oído. Y con él, un ruido firme, creciente, tremendo: el batir de la lluvia.
El sudario gris de acero, rasgado por chispas de fuego blanco, de las nubes, se aplastó sobre la tierra, tragándose el suelo, la noche, los relámpagos, el trueno. Era imposible distinguir la propia mano delante mismo de la cara. ¡Pero cómo gozaban con aquel remojón!
También el tiempo se precipitaba en las fauces del aguacero de tal modo, que Sterl casi se olvidó de la vacada. Habría sido fútil pensar en ella. Cerró los ojos, inclinó la cabeza y dio gracias al cielo por cada gota de aquel torrente interminable. La fe y los rezos de Stanley Dann estaban justificados: la caravana se había salvado. En aquel instante el contacto de una ruda mano sobre sus hombros le hizo levantar la cabeza. Abrió los ojos. Los latigazos del relámpago brillaban lejos, hacia el Oeste, y el rodar del trueno seguía su marcha. La lluvia continuaba cayendo, pero no formaba ya una tupida sábana. Sus ojos podían ver, aunque indistintamente.
—¡Amigo! —le gritó Red al oído—. ¡Una desbandada! ¡Oye cómo tiembla el suelo!


XVIII
Busquemos el punto de ruptura? —gritó Red—. Tú, galopa hacia atrás. Yo trotaré adelante.
Saliendo del ensimismamiento en que le había sumido la copiosa lluvia, Sterl pudo distinguir la línea del ganado, destacándose sobre la hierba blanca. Por aquella parte los animales no se movían. Recorrió un trecho de camino y detuvo a King para volver a escuchar.
Se oía un vigoroso golpear de pezuñas, pero iba disminuyendo de volumen.
El vaquero puso a King al paso, diciéndose que tal vez un puñado de reses se habrían separado del grueso de la manada. ¡Entonces, en un momento de tregua del chaparrón, oyó el estampido de unos disparos! Volviéndose para escudriñar a través de la oscuridad, pudo distinguir el apagado brillo de los fogonazos, lejos, al otro lado de la manada.
Momentos después descubrió la oscura silueta de un jinete. Le llamó, al mismo tiempo que se acercaba y obtuvo respuesta. Era Roland.
—Aquí están quietos —dijo éste—. Por ahora, permanecerán tranquilos. Si tenían que desbandarse por aquella parte, es raro que no lo hicieran en lo más recio de la tempestad.
—Sí que es extraño —replicó Sterl—. ¿Dónde se encuentra el jinete siguiente?
—No muy lejos. Es Drake. Me ha dicho que Slyter se halla inquieto por sus caballos.
—Nada extraordinario. Voy a ver a Red.
La lluvia seguía cayendo todavía, amenizada a intervalos con chaparrones más furiosos.
Había enviado a Friday al campamento momentos antes del estallido de la tormenta, y no estaba seguro de adónde habrían ido Red y el negro. Reprimió a su montura y en la última parada encontró a los bueyes empujándose y apretándose unos a otros. Los mugidos eran más fuertes. En la penumbra gris, el rebaño se movía y oscilaba como obedeciendo a una irresistible presión que partiera del centro.
Sterl obligó a King a que continuara rodeando la manada por espacio de un centenar de yardas, al final de las cuales dos jinetes emergieron de la impenetrable negrura.
—Aquí está —gritó Red al juntarse los tres.
—Todo va perfectamente por este lado —notificó Sterl.
—Bien, sin duda no puede decirse lo mismo del otro. Cuéntale, Larry.
El aludido relató que los vaqueros que guardaban aquella parte de la manada de Dann habían huido todos.
—El ganado retrocede para emprender la fuga en dicho sector —interpuso Red—. No es seguro, pero quizá podamos evitar una desbandada.
—Pero los guardias esos habrán regresado ya, a menos que...
Red le interrumpió:
—¡Por el diablo, regresarán! ¡Amigo, si lo teníamos previsto! Algunos de los ganaderos, de acuerdo con Ormiston, han separado una parte de la manada. No hubo tal desbandada, pero sí habría una si no estuviéramos alerta. Démonos prisa.
Los tres jinetes pusieron sus monturas al galope desafiando la lluvia impetuosa y los azotes de la hierba.
—¡Recorred arriba y abajo este trecho! —gritó Red—. ¡Disparad vuestras armas! Y si la línea se rompe por alguna parte, poneos a salvo a uña de caballo.
Entonces se separaron. Sterl deshizo el camino que acababan de seguir disparando incesantemente. Galopando junto al ganado, percibió mejor su inquietud, y escuchó sus mugidos. Pero finalmente, a lo largo de su recorrido, las bestias se apaciguaron y quedaron quietas. En cambio, en la otra parte, Red y Larry encontraban extrema dificultad. Sterl se reunió con ellos en el punto álgido. Durante un rato parecía inútil tratar de cerrar el paso a los bueyes; pero los intrépidos caballistas, a costa de derrochar prácticamente toda sus municiones, consiguieron, por fin, reducir a los animales. El reborde de ganado excitado se tranquilizó poco a poco.
—¡Ha sido una pura suerte! —exclamó Red jadeando cuando volvieron a juntarse los tres.
—Muchachos —dijo Larry—, explicaré a los Dann quién ha salvado su vacada. Ésta ha sido una tarea nueva para mí, y la mitad del tiempo lo pasé con el corazón en la garganta... ¿Dónde estarán los vaqueros esos?
—¡Ja, ja! Sí, ciertamente, ¿dónde demonios estarán? ¡Oíd! Escuchad... ¿Qué es aquel estruendo?
—¡Dios mío, ya vuelven a las andadas!
—No, muchachos —exclamó Red—. ¡Esto no es ganado! ¡Conozco el ruido! ¡Es el río!
Sterl se maravilló de que no hubiera sido tan rápido como su compañero para reconocer aquel bramido sostenido, creciente. En un abrir y cerrar de ojos se vio transportado a las orillas del Cimarrón, del Purgatorio, del Rojo, del Brazos, de todos aquellos ríos del Oeste que había conocido y con cuyas avenidas había batallado. —Compañeros, por este cauce seco el agua ha ido subiendo de nivel todo el rato. ¡Esto es una inundación! —Red, sería mejor poner pies en polvorosa.
—Yo diría que sí... Es una suerte que el campamento esté emplazado en aquel alto margen... Cielos, ¿le oís bajar?
A través de la negra noche, llegaba el son del rebullir de las aguas, de las ramas aplastadas, desgajadas, el rugir de las embestidas contra las riberas. Los jinetes dirigieron sus caballos hacia terrenos más elevados. Al llegar al extremo del declive, se toparon con un alud de agua de dos pies de alto que procedía de algún afluente que, más arriba, habría embestido casi perpendicularmente contra la corriente mayor.
Amaneció el alba gris. La lluvia había cesado, si exceptuamos una menuda llovizna, pero el cielo cubierto presagiaba la continuación del aguacero. Los bueyes estaban quietos, con la cabeza baja y el agua desbordada hasta las rodillas. El arroyo, que llenó la hondonada había menguado hasta convertirse en una cinta en movimiento. Más allá del declive y del llano que le sucedía, el cauce mayor bajaba lleno hasta los topes, arrastrando velozmente leños y árboles verdes que flotaban en la superficie. En medio del río las crestas de las enormes olas se retorcían hacia atrás para caer sobre su propio lomo.
—Sácanos la cuenta, Red —dijo Sterl con rostro huraño.
—¡Vaya! Era lo que me proponía hacer ahora mismo —replicó el vaquero—. En este momento, tenemos aquí unas cuatro mil cabezas. ¡Ormiston y sus salteadores se han largado con la mitad de nuestro ganado!
—¡Salteadores! —gritó Larry—. ¡Santo Dios!
—¡Cierto, salteadores! Vámonos al campamento. Los demás vaqueros se han ido a tomar el té, se han ahogado o huyeron.
Friday les salió al encuentro y cogió las riendas del caballo de Sterl. El rostro y el silencio del indígena pregonaban un mal agüero. Bill había encendido un buen fuego y preparaba el té. No se veía a las mujeres por ninguna parte. En el campamento de Dann había menos actividad, pero unos cuantos vaqueros estaban de pie formando un grupo inmóvil, como pasmados.
Slyter paseaba de un lado a otro, como un maniático confinado en una celda. Faltaban algunos caballos de Leslie, entre ellos Lady Jane y Jester.
—¿Qué diablos le preocupa, patrón? —preguntó Red sin rodeos—. Esto no es nada. Espere a que llegue su turno.
Sterl, sin decir nada, corrió a mudarse de ropa, llenó otra vez el cinturón de municiones y cogió el rifle, fijándose bien en que la funda impermeable estuviera bien adaptada.
Red le recibió murmurando entre dientes contra Slyter:
—¿Qué te parece? Ese estúpido cabeza loca ni siquiera se ha enterado de la pérdida de los bueyes. Y maldito lo que se preocuparía si se enterase. Es incontestable que sus caballos de carreras los ha robado Ormiston.
—¡Date prisa! —le atajó Sterl—. Nos ha caído una buena tarea. ¡Y, vive Dios, que estoy dispuesto para emprenderla!
Ambos se precipitaron hacia la lumbre y comieron de pie, con los ojos vigilantes y el cerebro trabajando con afán. Larry llegó corriendo torpemente con sus piernas zambas. Tenía el rostro lívido y los ojos salientes.
—¡Eh, tú, espera un minuto! —ordenó Red, imperativamente—. Recobra el aliento. ¡Venga aquí, Slyter!
El ganadero se acercó con paso duro, la faz torva y despeinado, casi en plan de pelea.
¿Cuántos caballos faltan? —preguntó Red.
—¡Cinco! ¡Los de Leslie! Imposible seguirles la pista, y menos después de este diluvio.
Los perderé, Leslie morirá del disgusto.
—Sus caballos fueron robados, Slyter.
—¿Quién?... ¿Por quién? —exclamó éste, boquiabierto, anonadado.
—Por el bandido que usted y Dann han albergado todo este tiempo.
Sterl rompió el silencio:
—Procure que Leslie no se entere, patrón, si puede evitarlo. Bill, prepare un poco de pan y carne.
—Bien, Larry —intervino Red—; si ya puedes hablar, suelta la lengua.
—¡Dos mil cabezas que faltan! ¡Eric Dann desaparecido! ¡Beryl desaparecida! —¡Hola! ¿Y los carromatos de Ormiston? —Desaparecidos también. Así lo ha comunicado Drake. La vacada no se ve por ninguna parte.
Sterl llamó al negro.
—¡Ven, Friday!
Y seguido por los demás, se precipitó hacia el campamento de Dann. El jefe, que estaba con el grupo de vaqueros, se volvió.
—Mal asunto, patrón —dijo Sterl—. ¿Cuál es su punto de vista?
—Hubo una desbandada durante la tormenta. Mis vaqueros la siguieron, pero no se ven todavía. Eric y Beryl cruzarían hacia el campamento la noche pasada, y quedarían sitiados por la tempestad.
—¿Qué opina de la desaparición de cinco corceles pura sangre de Slyter?
Éstas son noticias que no sabía. Se habrán escapado con el aguacero.
Sterl le contradijo llanamente.
—Señor Dann, nosotros creemos que los han robado.
Stanley acogió esta afirmación del mismo modo que Sterl imaginaba que hubiera recibido un bofetón en pleno rostro, sin pestañear.
—¿Robado? ¡Absurdo! ¿Qué negro se entendería en robar caballos teniendo terneras para comer?
Red Krehl había escuchado atentamente esta conversación sin dejar de recorrer el campo con sus ojos azules, claros y penetrantes. Al fin, los desvió rápidamente para clavarlos en el jefe.
—Dann, me duele en el alma tener que lastimar sus sentimientos dijo en tono seco, frío y amargo Usted concedió demasiada libertad a un salteador que ha resultado ser un hombre más taimado de lo que suponíamos. Un tipo que responde por Ormiston, el cual supongo que no es su verdadero nombre ni por casualidad. Él robó los corceles de Slyter. Él ha corrompido a sus vaqueros y saqueado su vacada. Él convirtió a su hermano, hombre de poco carácter, en un pelele. Él...
El guía le interrumpió con voz airada.
¡Cállate, zafio yanqui, para quien ni aún el parentesco de sangre es sagrado!
—No pierda los estribos, patrón —le atajó Red—. ¡Yo, por mi parte, estoy más que regularmente.., encolerizado! Acaso le sirva de algo observar que la carreta de su hermano no se halla ahí.
Ciertamente, no estaba. Solamente quedaba el carromato con la cubierta chorreando por la lluvia. Pero tal descubrimiento no convenció a Dann en manera alguna.
—Dann, guardo un montón de cosas para explicarle, cuando tengamos tiempo —continuó Red—. Yo oí decir a Ormiston que era un salteador. Y Jack y Bedford son sus lugartenientes.
Comprendí que eran unos maleantes antes de pasar un mes en esta expedición. Mi amigo Sterl, aquí presente, lo adivinaba también.
—Sospecha a la que no presto oídos —tronó Dann—. Si tenían pruebas, ¿por qué no las presentaban?
—¡Fuego del averno, Dann! ¡Nadie podría explicar a usted ciertas cosas! Pero tendrá que escuchar esto. ¡Ormiston se ha marchado! Y su hija se fue con él... y, ¡ojalá Dios me asista!, todavía calculo que sería por la fuerza.
—¡Pruebas, amigo, pruebas! —gritó Dann, furioso Krehl replicó, subiendo al caballo de una gran zancada:
—Venga a la orilla del río. —Y dirigiéndose a Sterl—: Vamos, amigo, busca al negro.
Drake, Slyter, presencien todo el caso.
Al otro lado del río, debajo los árboles, Sterl descubrió una carreta de cuya ennegrecida y desmantelada cima se elevaba a lo alto a despecho de la llovizna una delgada columna de humo. Trozos de lona colgando de las ramas, cajas y bultos amontonados alrededor del vehículo, constituían el testimonio evidente de un campamento abandonado a toda prisa. Sterl no se tomó la molestia de buscar el ganado con la mirada.
Una milla más arriba, por la orilla del río, Red detuvo a su caballo para esperar a los demás. En este punto quedaba un claro entre los árboles. Más arriba un estrechamiento del cauce hacía resaltar el centro proceloso de la corriente.
Cuando Sterl y los demás llegaron para quedarse en fila tras el vaquero, éste les señaló con airado gesto un paso fangoso cortado recientemente en el margen, que se extendía sus buenas cien yardas río arriba. Una gran manada de bueyes en apretado haz había seguido este derrotero para ganar el borde de la orilla. Al otro lado la orilla formaba una suave pendiente arenosa cuyo centro mostraba una ancha y profunda rodada de pasos. Un novicio en el juego de los vaqueros habría sabido interpretar aquella historia. Alguien escogió el momento adecuado durante la tormenta para cortar un hato de un par de miles de cabezas y hacerlas cruzar antes de la crecida del río.
Drake se dirigió al jefe con voz alterada:
—Señor Dann, yo nunca tuve confianza en Ormiston ni en sus vaqueros. Ellos nunca trataron con nosotros en plan de amigos. Tenían trazado un proyecto que, por lo visto, se ha realizado según sus cálculos.
Todos los ojos se fijaron en Stanley, que todavía se obstinó en asegurar a grandes voces:
—¡Podría haberse producido una desbandada, una fuga de reses durante la tormenta! Mis vaqueros se encuentran con ellos.
Red le miró mascullando en un tono oscilante entre la admiración y el desprecio:
—Usted es de aquellos de: «Sostenella y no enmendalla». ¡Tendré que abrirle los ojos sobre este punto particular! Basta que mire allá, al rastro. ¡Un caballo y un vaquero muertos!
Tengo el presentimiento de que es Cedric.
Red desmontó al lado del jinete tendido boca arriba. No pudo reconocer el caballo, pero sí el negro y ondulado pelo del muchacho, aunque estuviese amasado con sangre y arena.
Amigo, es Cedric: el mismo. Un pobre diablo y valiente —exclamó Red al arrodillarse junto a la yerta figura—. El rebaño le derribó y le dejó convertido en papilla, excepto la cabeza. ¡Mira aquí! ... ¡Dios me valga! ... ¡Sterl, aquí tiene el orificio de una bala!
Sterl se arrodilló para comprobar el diagnóstico de Red y descubrió fácilmente la entrada del proyectil en la parte posterior de la cabeza del vaquero. La indignación que ardía en su pecho superó el asco producido por los restos del excelente muchacho. Luego se fijó en la culata del revólver, medio escondido debajo del cuerpo. Lo sacó, sacudió la arena y abrió la cámara. Seis cartuchos vacíos cayeron al suelo.
En el mismo instante llegaban los otros rodeando a Dann.
—¡Sí, es Cedric, pobre chico! —exclamó éste, con la sonora voz empañada por el dolor—.
La vacada se precipitó sobre él. ¡Ha muerto haciendo guardia!
Como de costumbre, la serenidad y la agresividad de Red iban creciendo a medida que una situación difícil se acercaba trabajosamente a su desenlace.
—Dann —dijo arrastrando la voz—, un ciego sería capaz de verlo. Es innegable que Cedric ha muerto estando de vigilancia. Pero ha muerto de un tiro en la nuca, asesinado, antes de que la vacada pasara sobre su cuerpo.
—Es verdad, Dann —confirmó Sterl, gravemente—. Ahí está el agujero de la bala.
Red sugirió, mientras se levantaba, sacaba el pañuelo y se limpiaba las ensangrentadas manos:
—Examínelo, Larry. No quiero que nadie me crea sólo por mi palabra. Ni por la de Sterl.
Larry, Drake y Slyter, por turno, examinaron la herida del cráneo de Cedric y asintieron solemnemente. Stanley Dann les escuchó con la frente surcada de profundas arrugas y los ojos nublados, pero se empeñó en mantener que habría sido un accidente, que Cedric y los demás vaqueros habrían disparado para retener el ganado, que en la oscuridad de la tormenta pudo haber sucedido cualquier cosa...
Red Krehl clavó la mirada en su jefe con un respeto y una tolerancia que en tan rudo vaquero maravillaba exhibiera en tan grave ocasión.
—Dann, desde el lado de la estacada en que usted se sitúa, estas suposiciones serán aceptables —dijo—. Pero yo sé que Ormiston mató a Cedric o le hizo matar por otro. No discutamos más. Estamos perdiendo el tiempo y no hemos de tardar en saberlo con seguridad.
—Muchachos, vayan a buscar palas y un paño mortuorio. Enterraremos a Cedric aquí mismo, en el lugar donde murió tan bravamente. ¡Que no se enteren las mujeres!
El agudo chillido de un aborigen conmovió al grupo. Friday apareció en la parte más elevada del margen gesticulando violentamente.
—¿Qué demonios...? —murmuró Red. Y se lanzó en dirección del negro una fracción de segundo más tarde que Sterl. Los otros vaqueros siguieron detrás con paso más lento.
Con el largo brazo, prolongado aún por una lanza, Friday señalaba hacia la otra parte del río. Sterl localizó un cuerpo que se arrastraba allá abajo por la pendiente arenosa.
—¡Un hombre! ¡Un blanco! ¡El hermano del jefe! gritaba el negro dramáticamente.
Sterl se restregó los ojos con mano firme.
—Mira bien, amigo —dijo fríamente. Sus facultades entraban velozmente en acción.
—Friday tiene razón —declaró Red—. Es Eric Dann. ¡Por el modo de moverse, se ve que está malherido!
El hombre de la otra parte del río rodó un trozo pendiente abajo, volvió a arrastrarse y se puso de rodillas tambaleándose sin fuerzas.
—Ormiston le ha matado —sentenció Red.
Sterl saltó de la silla y se sentó en el suelo para quitarse las botas y las espuelas diciendo:
—Quítale la silla a King, Red. Si me has de acertar con la cuerda, yo soy capaz de salir a la otra orilla por cualquier parte.
—Me comprometería a cazar tu cigarrillo con la cuerda. Date prisa.
—¿Qué pretende hacer, Hazelton? —gritó Stanley Dann.
En aquel momento, Sterl no tenía tiempo para atender al jefe. Saltó encima de King, cogió las riendas, le hizo dar la vuelta y le encaró oblicuamente hacia el río. Con un rápido galope cubrió los pocos centenares de yardas de margen libre y se detuvo en seco. Aquí la corriente venía a dar contra la orilla formando remolinos. El agua fangosa aparecía cubierta en desorden con acarreos diversos, leños y ramas.
El caballo mordía el freno y lanzaba resoplidos. Sabía lo que le esperaba y le faltaba tiempo para lanzarse a ello. En aquel instante llegaban los vaqueros y en cabeza Red.
Stanley Dann gritó con voz de trueno:
—¡Hazelton, no se juegue la vida! ¡Eso es un suicidio!
—¡Ahora! —gritó Red, que había estado vigilando la corriente en espera de un momento favorable.
Sterl aflojó la brida y golpeó los flancos de King. El corcel negro entró en acción y se lanzó en tres saltos. Cuando dio con la corriente, Sterl le encaró río abajo avanzando sosegadamente hacia un punto lejano de la orilla opuesta. Las coletadas de las olas se abatían una y otra vez sobre las cabezas del caballo y del jinete. El agua amenazaba sumergirlos, quería ahogarlos, los golpeaba, los leños los rozaban; uno grande les pasó por encima. Un gran gomero se precipitaba hacia ellos levantando ora el liso tronco ora las raíces. Pero en el preciso instante en que iba a caerles encima, una raíz encalló en el fondo del río y King, el de corazón esforzado, se alejó nadando. Por fin, con un tremendo empuje y un resoplido, salió del agua.
Cuando el caballo estuvo fuera del río, sacudiéndose como un perro enorme, Sterl no supo ver al herido en el primer momento. Un penetrante grito y el brazo estirado de Red le dieron la pista, y en seguida descubrió a Dann tendido en la arena. El vaquero desmontó y corrió hacia él.
Eric estaba echado de espaldas, con los brazos en cruz y los ojos abiertos de par en par.
La parte de su rostro que no aparecía cubierta de sangre y de suciedad tenía un color ceniciento y pegajoso. Su cabello, empapado de sangre, dejaba al descubierto una herida; probablemente un golpe dado con el cañón de un revólver, pensó Sterl.
—Dann, ¿le han aporreado? —preguntó gritando con ansiedad. —¿Le han disparado también?
El herido contestó con voz débil y ronca:
—No..., que yo sepa. He debido... de estar un rato sin conocimiento.
¿Obra de Ormiston?
—Sí. Él y Bedford... se lanzaron sobre mí.
—¿Cuándo?
—Al despuntar el día.
Al poner al ganadero de pie, Sterl se halló con que Eric no podía andar ni aunque le ayudaran. Así, pues, le puso encima del caballo y le sostuvo allí al mismo tiempo que excitaba a King para que se acercara al río. El lecho de esta parte se ensanchaba agua arriba y ofrecía un margen correspondientemente más bajo. Sterl se volvió para mirar a la otra orilla. Red estaba montado a caballo en la mitad del espacio abierto por donde habían pasado los bueyes, agitando el lazo sobre su cabeza. Después de observar el paraje el muchacho comprendió que si no surgían incidentes King volvería a cruzar. E hizo penetrar el animal en el agua hasta que le llegó a las ancas.
—Deslícese, Eric —dijo entonces—. No quiero cargar el caballo con doble peso. Yo le arrastraré.
—¿Podrá?
—Si usted se ahoga, yo también —respondió Sterl—. Pero saldremos del paso. La cosa no tiene nada de particular.
Ayudó a Eric a dejar caer primero los pies y después le sujetó por el pecho de la camisa, cerca del cuello. Tenía que esforzarse en mantener la cabeza del desgraciado fuera del agua todo el tiempo que pudiera, pues aun con buena fortuna y mucho cuidado, sería forzoso que quedara sumergido hasta donde pudiera resistir. Después observó el río en espera del momento oportuno, y excitó a King para que se lanzara hacia lo más hondo, conservando la cabeza de Eric apoyada sobre su pierna, en el lado opuesto a la corriente. King partía el agua con el pecho, manteniendo en alto su hocico negro, dispersaba la masa de los acarreos y, embistiendo perpendicularmente la corriente, se estiraba sobre la cresta de las olas, magnífico en su poder. El último leño que flotaba sobre el agua, delante de un espacio libre, le cogió de lleno y le hizo sumergirse, y casi dar la vuelta. Después de este percance se encontraron en lo más recio del estrepitoso torbellino, cuyas olas, una tras otra, se doblaban hacia atrás para sumergir a Sterl bajo sus crestas amarillas. Entonces, por vez primera, el vaquero tiró de la brida. King respondió al mandato y nadó con fuerza, saliendo de donde la corriente era más impetuosa. Eric Dann colgaba inerte, como un saco, del puño de Sterl.
Faltaban cincuenta pies para la orilla, y las aguas los arrastraban rápidamente al extremo más bajo de un espacio libre, cuando vibró un grito agudo de Red que, cabalgando sobre Duke, hacía voltear el lazo sobre su cabeza a la misma orilla del río.
—Sterl, el caballo se hunde —gritaba con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Arréale un poco! ¡solo un poco más!
King se había agotado. Sterl sabía que nunca tendría necesidad de castigar a semejante corcel. Sin embargo, agachándose sobre el animal, gritó:
—I Puedes hacerlo! ¡Sólo un poco más! ¡Animo, King! El bravo animal respondió. Un último y supremo esfuerzo..., un último salto, la cabeza sobresalió un buen trozo de la superficie... y, en el mismo instante, el lazo azotó el aire y se extendió silbando y envolviendo firmemente con un restallido a caballo y caballero. Red y los demás vaqueros los arrastraron hacia fuera; unas manos poderosas izaron a Sterl y a su carga encima del margen. Red libró a su compañero de la apretura del lazo.
Dann estaba casi ahogado; pero frotándole y sacudiéndole consiguieron hacerle volver en sí. Inmediatamente, uno de los hombres le puso una botella negra sobre los labios.
—Patrón, le han golpeado en la cabeza... con un arma dijo Sterl, jadeando falto de aliento—. Me ha dicho que lo hicieron Ormiston y Bedford a eso del amanecer. Después se marcharon.
—Mí amo, pídale que le cuente lo ocurrido —intervino Red en tono frío y cortante—. Que hable antes de que se muera o pierda la cabeza.
—Pero ahora que ha salvado la vida... —objetó el jefe con aire de reproche.
—¡Cuernos de Satán! —exclamó el vaquero, impaciente—. Hay que ir tras de Ormiston.
¡Dése prisa! ¡Que hable! Esto nos ayudará mucho.
—Eric, dígame —intervino Sterl—, puede sernos muy útil. ¿Cuándo hizo pasar su carreta al campamento de Ormiston?
—La noche pasada..., al atardecer..., antes de estallar la tormenta —susurró Dann.
—¿Para qué?
—Quería estar al otro lado... para ir... con Ormiston.
—¿No sabía que él no deseaba que le acompañase?
—No lo supe hasta llegar el día. Entonces comprendí... lo que era. ¡Un salteador! ... ¡Ash Pell! ¡Ése es su verdadero nombre! ¡Un facineroso muy conocido en Queensland! Nosotros le habíamos oído mentar. Oí cómo Jack y Bedford le llamaban. Descubrí que habían saqueado nuestra vacada..., que robaron nuestros caballos. Me enfrenté con él... ¡y entonces me agredió!
—¿Sabía usted que Ormiston tenía a Beryl consigo?
—Él me lo dijo. Ella fue por su voluntad... Cuando recobré el conocimiento ya se habían marchado. Entonces me arrastré hacia la orilla.
Stanley Dann se tambaleó como un gran árbol desgajado.
—¡Dios me perdone por mi ignorancia..., por mi testarudez! ¡Dios me perdone por todo menos por mi fe en el hombre! ¿Deberá ser ésta desechada porque algunos sean malos? ¡Oh, mi pobre Beryl!
—La volveremos a traer, Dann —replicó Sterl—. Red, mira si King está en condiciones.
—Yo ir con vosotros —dijo Friday sencillamente.
—Bien. Tenemos pan y carne, Red. Y frutas secas, además. Se mojará todo, pero no importa. Dann, ¿cuántos de sus vaqueros llevan rifles en la silla?
—Ninguno de esos villanos que... que me han abandonado..., convertidos en ladrones..., pervertidos por las promesas de ese malvado.
—Red, recuerdo que Ormiston tenía rifles en el carromato.
—Sí. Es una molestia de poca monta. ¡Y él no es capaz de dar en la puerta de un corral!
Larry suplicaba:
—¡Déjame ir, Sterl! Han asesinado a mi amigo... ¡Déjame ir!
—Ciertamente —replicó el vaquero.
Puede que el amigo de Cedric no hubiera participado nunca en una caza a muerte, pero había una luz en sus ojos de halcón que bastaba para que Sterl accediera.
Drake se dirigió a su jefe.
—Señor Dann, yo no podría dejar marchar a estos muchachos solos. Lo que Hazelton haga, lo haremos nosotros... o lo intentaremos.
—Drake, usted es de los nuestros —exclamó Sterl con voz vibrante—. Un hombre más ¿Entras en el juego, Rollie? Habrá una dura carrera... y un pequeño concierto de tiros.
—Iba a pedírtelo, Hazelton.
—¡Basta, camaradas! —exclamó Sterl al oír el coro de los demás vaqueros que se ofrecían ansiosamente—. Con tres hombres sobra. Gracias, de todos modos. Sois compañeros de verdad. Señor Dann, le aconsejo que conduzca a su hermano al campamento.
Stanley transmitió la orden a sus hombres. Después se volvió hacia los vaqueros sin aquella seguridad y firmeza de costumbre.
—Si dan alcance a Ormiston y a sus vaqueros, entonces... ¿habrá violencia? continuó, engullendo saliva con dificultad. Sobre este particular se encontraba en terreno extraño.
—Por los cuernos del diablo, patrón! —estalló el vaquero—. ¡Por poco Ormiston no mata a su hermano!¡Asesinó a uno de nuestros vaqueros, corrompió a un puñado de los suyos y ha saqueado su ganado! ¡Y en cuanto a Beryl..., yo le juro que la cosa es peor que si la chica se hubiera ido con él! ¡Diablos, no! ¡No habrá ninguna violencia! Le presentaremos nuestros respetos, tomaremos unos sorbitos de té con él y... —aquí Red perdió la voz.
—¿Qué queréis hacer? tronó Dann, inflamado por la zahiriente ironía del vaquero.
Sterl, puestas ya las botas y las espuelas, se levantó para encararse con el jefe. Su tono era tan frío como exaltado fue el de Red.
—Dann, si es posible ahorcaremos a Ormiston. Pero si no, pase lo que pase, ¡le mataremos! ¡A él y a sus lugartenientes! Sus vaqueros pondrán todo su empeño en ello... y este empeño puede salvarlos. Al tener que pensar en Beryl, no podemos abstenernos de dar caza a un puñado de bandidos sin entrañas, uno por uno, revolviendo todos los rincones de la comarca. Puede esperar que regresemos con ella al caer la noche, o mañana a más tardar.
—¡Dios mío! Me deja de piedra, Hazelton. Pero usted no me ha defraudado nunca. Y Krehl tampoco. Tráiganme a Beryl. ¡Dejo la decisión en manos de ustedes!
Y se alejó con paso tardo, llevando al caballo de la rienda.


XIX
Los cinco vengadores blancos, tras escoger un vado relativamente pacífico, hicieron pasar sus caballos a nado. Friday, cogido a la cola de King, cruzó flotando detrás del caballo.
Sterl dedujo que Ormiston se habría figurado que la crecida del río constituía una barrera insuperable que impediría toda persecución.
Hubo un ligero cambio en la temperatura; el aire frío se moderó y la llovizna se convirtió en lluvia. El gris de las nubes que cubrían el cielo se oscureció. Mientras tanto, el nivel del agua había subido un pie más.
Debido a la lluvia la carreta de Dann no había ardido por completo, pero la lona de la cubierta había quedado destruida parcialmente y lo mismo parte del contenido del vehículo, la mitad del cual, según señales evidentes, había sido transportado a otra carreta. No se veía rastro de caballos ni de jaeces.
Aquella escena sugirió una observación a Red:
—Ormiston estaba algo impaciente por marcharse, ¿eh?
Siguiendo su camino, los jinetes salieron de la arboleda. En el suelo, anchas rodadas de carros describían una curva hacia el Este.
Red siguió el curso de sus pensamientos en voz alta.
—Tres carretas —dijo—. Todas cargadas hasta los topes. Diez o doce millas por día es todo lo que pueden hacer con este terreno. Tres jinetes las acompañan, los cuales supongo que serán Ormiston, Jack y Bedford. Ellos abrirán camino delante del ganado.
—Perfectamente, Red. Supongamos que hayan levantado el campamento cosa de una hora después de clarear el día... —intervino Sterl—. ¿Alguien tiene reloj?
—Las nueve y media —respondió Drake.
Sterl y sus jinetes emprendieron un galope, seguidos sin dificultad por Friday, que corría a pie. El negro tenía una zancada maravillosa y cubría el terreno con la misma elasticidad que un indio. Red siguió las huellas de las ruedas por espacio de una milla, hasta que desaparecieron borradas por las pisadas del ganado. Al poco trecho, el ancho y profundo rastro de los animales que habían cruzado el río se unía con el de la vacada mayor.
—Una de esas colinas de ahí delante nos permitirá... ¡Mira aquí! —Red se interrumpió saltando de la silla para recoger algo. Era uno de los pañuelos que había regalado a Beryl por Navidad.
Al ver a su compañero guardando cuidadosamente el objeto en el interior de su chaqueta de cuero, Sterl pensó que no hubiera querido hallarse por nada del mundo dentro del pellejo de aquel salteador.
Y siguieron cabalgando hasta el punto en que las pisadas del ganado giraban a la izquierda alejándose de la primera colina, al otro lado de la cual se abría una extensión de matorrales, llanuras de hierba, páramos, gomeros dispersos y la pradera sin fin a continuación.
Sterl se puso a examinar a los tres australianos compañeros suyos. Drake era el único que no estaba sobreexcitado.
Por ser un hombre maduro, habría visto probablemente días difíciles. Pero Larry y Rollie, aunque jóvenes fornidos del campo, ciertamente, no habían disparado sobre un hombre en toda su vida. Sterl sabía lo que sentían. Red Krehl era siempre el hombre que ante la proximidad de una lucha se volvía frío y provocativo, pero en aquella ocasión tenía un aire feroz e implacable.
La lluvia se había resuelto en una niebla fría cuando el pelotón franqueó otro espolón roquizo. Distancias, alturas, llanos, conservaban su monotonía verde gris, pero todos habían ganado proporciones. Y en el centro de un largo valle, la forma del rebaño resaltaba con una claridad extraordinaria en un día tan oscuro. Los perseguidores lo contemplaron en silencio, ocupados cada uno con sus propios pensamientos; hasta que Red tomó la palabra:
—Hay, quizás, unas cuatro o cinco millas. Imagino que empujan a la manada sin dejarla pastar.
—No consigo ver ningún vehículo —añadió Larry—. Están demasiado lejos.
Friday tocó el brazo de Sterl y extendió su manojo de lanzas.
—Carretas. Por allá —dijo, señalándolas.
—¡Hola! ¿A qué distancia, compañero?
Sterl pensó que, con seguridad, era la primera vez en toda la vida de Red Krehl, que el tejano daba a un negro el nombre de compañero.
—Muy cerca —respondió el indígena.
—Red, las carretas van delante del ganado —intervino Sterl.
—La peor posición, precisamente. Míster Salteador Ormiston dispone las cosas, sin duda, del modo más favorable para nosotros —replicó el vaquero. Luego, envolviendo la manada en una mirada atenta, se puso a calcular su número teniendo en cuenta las lindes de cada lado—.
Me parece que por ahí, hacia la izquierda, el terreno nos permitirá cubrirnos bien. Venid, amigos. El calor arrecia que es un gusto.
Descendieron de la colina por el lado más escarpado. Allí Red dijo a Friday que subiese detrás de Sterl. El negro le comprendió, pero meneó la cabeza.
—Ven, Friday —llamó Sterl, extendiendo la mano—. ¡Por los cuernos del diablo, no me aporrees con tus lanzas! —diciendo lo cual ayudó al aborigen a colocarse a horcajadas detrás de la silla de King. ¡Cógete a mí! —exclamó finalmente.
Red, que hacía de guía, puso rumbo hacia el oeste de aquella colina. Después de cruzar el llano, encontraron un paso entre dos lomas, y luego volvieron a doblar al Este por un terreno cubierto de arbolado más espeso, por entre el cual el vaquero les hizo avanzar en zigzag. Así caminaron unas cinco millas, más o menos, pasadas las cuales su guía hizo alto al pie de otro montículo.
—Calculo que estamos más adelante que el rebaño y que los jinetes. Esperadme todos aquí mientras voy a echar una ojeada.
Y poniendo manos a la obra, ascendió oblicuamente; Friday se había deslizado del caballo al instante, y si su moreno rostro hubiera sido capaz de expresar disgusto, esto es lo que hubiera exteriorizado en aquel momento.
—A mí, parecer caballo no ser bueno —dijo escuetamente.
El comentario del negro hizo desaparecer por un instante el ceño de Sterl; pero los otros vaqueros ni siquiera esbozaron una sonrisa.
Larry preguntó con la voz no del todo natural:
—¿Qué haremos después?
—No sé lo que aconsejará Red. Depende de la conformación del terreno. Pero si se ofrece alguna posibilidad para entablar la lucha, nos conducirá a ella pronto.
—¿Los... los atacaremos? —preguntó Rollie.
—¡Yo diría que sí!
Red apareció, de regreso. Siguiendo su costumbre característica, antes de hablar y mientras tiraba de las bridas del caballo, encendió un cigarrillo.
—La cosa no puede estar mejor. El ganado viene unas dos millas más atrás por este lado del valle. El pelotón de caballos detrás. Los seis gañanes van en último término, muy juntos, como si tuvieran muchas cosas de que hablar, y tienen que pasar a menos de cien yardas de un trozo de terreno poblado de maleza junto a este extremo de la colina.
El vaquero hizo una pausa, lanzando nubes de humo que oscurecían su rojiza y alargada cara y la llama azul de sus ojos, y luego resumió, esta vez en tono más frío y conciso:
—El negocio está en marcha. Esto será pan comido. Sterl y yo, junto con Friday, seguiremos adelante a toda prisa para escoger el momento, y nos situaremos delante de las carretas. Usted, Drake, llévese a Larry y Rollie, rodee esta punta y después haga retroceder los caballos hasta el borde de la maleza en espera de que el rebaño pase de largo y los vaqueros lleguen a vuestra altura. Me parece que está dicho casi todo.
—Muy bien, Krehl. Así lo haremos —declaró Drake con firmeza—. El caso se presenta más feliz de lo que esperaba.
—Es preciso que nos deis tiempo para que el ganado y los vaqueros lleguen hasta vosotros. Tenemos que apresurarnos. No discutamos. ¿Qué dices tú, Sterl?
—Que nos ha salido de encargo —contestó éste con voz grave.
Larry estalló:
—No perdamos tiempo. ¡Lo haremos, Krehl!
Este muchacho no había disparado sino sobre un canguro. En aquel momento comprendía que tendría que disparar contra sus semejantes, los hombres, y que éstos le pagarían en la misma moneda. Estaba temblando, pero se sentía valeroso.
—¡Esperad! —exclamó Rollie, con voz ronca—. ¿Qué tenemos que hacer?
Red miró al corpulento vaquero con supremo desdén. Luego se dirigió a él con una dulzura mortal.
—Bien, Rollie, puedes agitar el pañuelo y llamar: ¡Huu-ju!
—¡No te mofes de mí, mezquino vaquero! —replicó Rollie, enojado.
—¡Demonios, pues! ¡Despierta de tu sueño! ¡Esto es la caza del hombre! Esos vaqueros, con los cuales te has codeado quizá, son unos traidores asesinos, ladrones de bueyes y de caballos. Yo he tenido que hacer de ayudante para ahorcar a más de un amigo vaquero, que me había parecido un camarada perfectamente decente el día que se convirtió en un rastrero salteador. Puede que ocurra lo mismo entre vosotros y los vaqueros de Dann. Será duro. Pero es preciso hacerlo.
—Krehl, yo sé recibir órdenes. Deja de declamar en tu jerga y dalas.
—Corto y raso. Piensa en tu compañero Cedric, piensa en Beryl Dann, que está en manos de Ormiston. Da suelta a tus rifles y mata a los vaqueros. Si no podemos tumbarlos pronto, montad vuestros caballos y lanzaos sobre ellos para echarlos abajo.
—Gracias. Ahora te entiendo un poco mejor —respondió Rollie con la cara pálida.
—He tenido que quitarles la herrumbre, Sterl, pero calculo que ahora darán buena cuenta de sí mismos —dijo Red, mientras se alejaban a caballo—. Corramos. Haz subir a Friday y agárrale para que no se caiga.
—Ten las lanzas bajas; así —gritó éste al mismo tiempo que pasaba el brazo derecho por detrás para sujetarle—. Muy bien, amigo, mira si eres capaz de saltar por encima de King. Red tomó la delantera y Sterl comprendió que su sospecha sería un hecho, es decir, que a él y a Friday les esperaba un buen galope. Otro copioso aguacero hizo difícil la visión. Red Krehl ponía a Duke al trote en los espacios libres, le hacía salvar al galope las matas bajas y saltar por encima de los leños abatidos. Los golpes de las ramas bajas y los azotes de los renuevos, si no a cosa peor, contribuían, por lo menos, a aumentar el sufrimiento y el malestar. Después, Red impuso a Duke un paso más corto y se enderezó hacia la derecha. Otra vez se encontraron dentro del arbolado. Red no hizo alto hasta que se hallaron al borde de la espesura. En el terreno libre se veían perfectamente las tres carretas; la primera a cosa de una milla de distancia y las otras dos más adelantadas, pero distantes aún.
Red se dijo para sí mismo:
—Se encaminan casi directamente hacia nosotros. Friday se dejó caer detrás de Sterl, excesivamente aporreado, sin duda, expresando en voz alta su conclusión: —¡Pensar caballo ser malo!
Luego, enderezándose, examinó detenidamente con la mirada las tres carretas y dijo señalando:
—La de Ormiston, aquella de más lejos. Caballos seguirle.
—EI tipo ese el último, ¿eh? Ven, Sterl.
Red retrocedió dentro de la maleza algo apartado del camino que se dijo tomaría el conductor del primer vehículo. La lluvia volvía a menguar. Cuando se hubieron internado unas dos millas casi, el vaquero hizo alto.
—Ya estamos bastante lejos, imagino, ahora... Oye, ¿dónde diablos se ha metido Friday?
—No me di cuenta. Pero no te preocupes; no nos dejará en la estacada.
—Lo que me preocupa es que pueda echar mano a Ormiston antes que yo.
—Date prisa. ¿Cuál es tu plan?
—Voy a retroceder. Dejaré que la primera carreta pase de largo, a menos que resultara ser la de Ormiston. Tú, espera por aquí. Y Mando el vehículo llegue presentas tus respetos, sea a Bedford, sea a Jack... En seguida valdrá la pena de que te vengas conmigo corriendo.
—¿Quieres calcularlo de modo que la segunda carreta dé conmigo precisamente al mismo tiempo que la primera llegue hasta mí?
—Algo parecido. Pero todo está listo, menos los fuegos artificiales.
Red se marchó debajo los gomeros que goteaban, manteniéndose a la izquierda de la trayectoria que esperaba seguirían las carretas, y pronto desapareció entre la maleza verde gris. Sterl escogió para abrigo un grupo de retoños lo suficiente apiñados y cubiertos de follaje para proporcionar un escondite relativamente seguro. En seguida desmontó, sacó el rifle de la funda de la silla, quitó la cubierta impermeable y se la puso en el bolsillo; apoyó el arma sobre el vástago más recio y acariciando a King para apaciguarle, oteó a través de los húmedos matorrales.
Durante una espera tensa como aquélla era casi imposible no pensar. Sterl observó en sí mismo que esta tarea no le causaba disgusto ni remordimiento. No dispararía desde su escondite, a pesar de que en otras ocasiones había tomado represalias sobre los pieles rojas por aquel mismo delito de Ormiston y su pandilla. Pero quería verse cara a cara con Jack o con Bedford.
Naturalmente, su cerebro se interesaba también por su camarada. Sterl hubiera preferido hallarse al lado de Red por más de una razón. Podía ocurrir que la vida de Beryl estuviera en juego y en tal caso él sería capaz de cualquier acto temerario, incluso de sacrificar la suya propia. Además, Sterl sentía un deseo irrefrenable de presenciar el encuentro de Ormiston con el vaquero.
De pronto, King sufrió un ligero estremecimiento y enderezó las orejas. El caballo había oído algo.
—¡Quieto! —susurró Sterl, dando unas palmaditas sobre el cuello del animal—. ¿Quieres estropear la reunión de sociedad?
Transcurrieron unos momentos más antes de que el oído atento de Sterl percibiese un crujido de ruedas. King levantó la cabeza. El caballo había recibido en entrenamiento excelente, pero no llegaba hasta el punto de hacerle mantener quieto y callado. Sterl se acercó al animal y le cogió de la brida. El batir de cascos de caballo resonaba a través de la maleza.
Al fin, aparecieron a la vista cuatro caballos tirando afanosamente, luego se vio la carreta con su vela de lona, después el corpulento conductor con el látigo en la mano. Era Jack. Un escalofrío helado recorrió el cuerpo de Sterl. Pero sus pensamientos se encadenaban velozmente. Esperaría hasta que las bestias hubiesen llegado casi a su altura, entonces se pondría al descubierto, se encararía con Jack, y le obligaría a bajar.
Se oyó el estallido de un disparo que rompió en oleadas el silencio reinante. Era el Colt del 45 de Red, que había tomado la palabra, y al cual siguió inmediatamente una detonación más fuerte.
El conductor de la carreta, Jack, paró en seco a los cuatro caballos y dejó caer las riendas. El vehículo se encontraba en el claro, sobre un terreno horizontal y despejado. Sterl vio como el hombre levantaba el brazo para coger el rifle y después recorría el escenario con la mirada.
En aquel momento King lanzó un sonoro relincho y los otros animales contestaron. La mirada de Jack se posó en el corcel negro, y rápido como el pensamiento, el hombre saltó de la carreta. Mientras Sterl se echaba al suelo para tenderse detrás de un tronco, el conductor hizo fuego parapetado en la rueda delantera de la izquierda. La bala silbó más cerca del caballo que del vaquero, el cual, temeroso de que matara a su cabalgadura echó una rápida mirada a la única porción de la rueda que podía ver, la parte inferior de la llanta y un grupo de rayos. Se oyó el golpe de la bala al chocar con algún cuerpo y el silbido al salir para perderse en la maleza. Sin duda, daría en el pie del salteador o pasaría muy cerca, pues éste retrocedió de un salto hacia la parte posterior del vehículo. Sus botas se veían perfectamente entre las ruedas de la derecha. El segundo disparo de Sterl hizo blanco en una de las dos. Jack se desplomó como un polluelo lisiado, gimiendo ruidosamente, y se arrastró detrás del único gomero de la vecindad, el tronco del cual no era lo bastante grande para proteger su cuerpo por completo. Pero el hombre se arrodilló dispuesto a correr el riesgo. Tenía localizado a Sterl, más no conseguía verle. El vaquero usó de un ardid tan viejo como la guerra; levantó el sombrero encima de un palo. Jack hizo fuego repetidamente. El segundo disparo hizo saltar el sombrero al suelo. Entonces el ganadero se levantó temerariamente rifle en mano, dejando el hombro y la mitad de la cabeza fuera del abrigo del árbol. Sterl apuntó cuidadosamente al único ojo visible que parecía el agujero de una máscara, y disparó. Jack se inclinó hacia un lado del árbol mientras el rifle caía por el otro.
El vaquero maniobró la leva de su rifle, esperó un momento, luego recogió el sombrero y saltó sobre King. Era difícil de dominar al excitado corcel. Pasó al lado de la carreta y tras dirigir una mirada al conductor, que yacía de espaldas en el suelo con un ojo vaciado y el otro espantosamente fijo, siguió las huellas del vehículo y partió al trote a través de los matorrales.
Paulatinamente, el terreno iba siendo más despejado. A menos de media milla distinguió otra carreta, parada, cuyo tiro delantero daba saltos indisciplinados. Al acercarse más y conducir al caballo a un paso más tranquilo, volvió a oír el ruido de unos disparos, y no lejos. ¡Dos revólveres de diferente calibre! ¡Ningún fogonazo de rifle! Prescindiendo de precauciones, hundió las espuelas en los flancos de King, que arrancó a todo escape. Al llegar frente a la primera carreta, el vaquero vio el cuerpo de Bedford tendido, con la cabeza colgando delante de la primera rueda de la derecha. En medio de la ancha espalda la camisa gris mostraba una extensa mancha de sangre. Red le había atravesado de parte a parte de un tiro.
¡La tercera y última carreta! Ésta había quedado medio atravesada sobre las rodadas de las anteriores. Los caballos atados detrás daban saltos. A pesar de la distancia y de la lluvia menuda, Sterl reconoció a Jester. El asiento del cochero estaba vacío. ¡Nadie a la vista! Mas otro disparo estalló. ¡El vaquero estaba vivo! Sterl lanzó a King hacia el vehículo a una velocidad tremenda.
De pronto, al frente y algo a la derecha, los ojos del muchacho percibieron indistintamente la mancha de tres colores que resaltaban: blanco, rojo y negro. Delante mismo, se abría un terreno claro, en el cual un enorme gomero cubría la carreta dejando caer una rama hasta el suelo. Y, por entre el delgado follaje el objeto blanco se movía. Entonces un penetrante y agudo alarido de mujer desgarró el aire.
Sterl se echó hacia atrás tirando de la brida con toda su fuerza. King penetró de un salto en el claro barriendo casi el suelo con la cola. En medio del espacio libre yacía Red con la sien ensangrentada, apoyándose sobre el codo izquierdo y apuntando con el revólver en extraña postura. Sterl saltó de la silla rápido como el rayo.
El objeto blanco era Beryl Dann, semidesnuda, presa en la zarpa de Ormiston. Una manta negra se había deslizado hasta sus rodillas. El bandido se acurrucaba tras ella, sujetándola por el talle con el brazo izquierdo. En la mano derecha sostenía un revólver apuntando a Red. Pero cuando hizo fuego, la muchacha, lanzando chillidos de terror y de rabia le desvió el brazo hacia arriba. Beryl luchaba con él como una pantera. El objeto rojo estaba cerca de los dos y era Sorrel, el caballo de Leslie, con la silla y la brida puestas.
Ormiston había tratado de huir sobre su lomo.
—¡Mátale, Red! ¡No te preocupes de mí! —gritaba la chica, jadeando con alarido salvaje.


XX
Sterl levantó el revólver amartillado, pero no se arriesgó a hacer fuego. Sólo una parte del cuerpo de Ormiston sobresalía detrás de la muchacha que forcejeaba desesperadamente.
El cuerpo de Beryl en cambio quedó colgando del rígido brazo del bandolero cuando éste lo levantó esforzándose por apuntar el arma sobre Krehl. Después disparó. La cara del vaquero quedó escondida tras el polvo y las piedrecitas que levantó la bala. Red rodó por el suelo en violentas convulsiones como si le hubieran herido. Sterl se contuvo a duras penas de lanzarse contra el bandido en un asalto desesperado. Sin embargo, las contorsiones terminaron, dejando al muchacho tendido boca abajo y apuntando con el revólver.
—¡Corre, Sterl! —gritó la chica con frenesí.
El ganadero descubrió al vaquero y luchó por encarar el arma contra él. Sterl se deslizó de un salto detrás de una roca, se puso de rodillas y sacó el revólver por encima.
Tuvo tiempo de observar la loca lucha de Beryl para impedir que el bandolero apuntara bien. Sin embargo, tras unos minutos, el forcejeo cesó, quedando Beryl con la cabeza, hombros y brazos colgando del férreo apretón de Ormiston, quien para contrarrestar la inclinación del cuerpo tuvo que doblar la pierna izquierda, quedando la rodilla al descubierto.
Del revólver de Red salió una detonación, seguida del golpe del proyectil al hundirse en la carne. El disparo de su amigo inutilizó la puntería de Sterl. Blasfemando de un modo salvaje, el salteador reunió sus fuerzas para otra tentativa.
El dedo de Sterl temblaba al apretar el gatillo poniendo en peligro la vida de Beryl para salvar la de Red. En el mismo instante un ruido extraño, de matas revueltas detrás de él, le refrenó. Se oyó un «¡juiss!» y una raya negra atravesó su línea de visión y terminó en un sonido blando: «¡chuck!». Sus sentidos superexcitados percibieron el angustioso ruido de la carne desgarrada por algún objeto contundente.
Ormiston lanzó un alarido inhumano, espantoso, y se enderezó de un salto como galvanizado. Su arma cayó rodando al suelo. Beryl se desprendió de su brazo como un saco vacío. El salteador levantó las manos afanosas por asir algo, como un hombre que se estuviera ahogando las levantaría hasta para agarrarse a una paja. Una lanza indígena sobresalía dos pies más abajo de su garganta. El largo extremo de la misma todavía oscilaba. Aquellas manos se cogieron a él y lo rompieron en redondo.
Sterl saltó fuera de la roca.
—Friday! —gritó—. ¡Mira, Red, mira! ¡Friday le ha matado!
Red se levantó con la cara ensangrentada y mortalmente contraída. De un tiro en la cabeza y otro en la espalda le manaba la sangre; pero no daba pruebas de debilidad. Mientras Red se dirigía hacia Ormiston, que se revolvía convulsivamente, Sterl oyó unas pisadas detrás, y Friday llegó de un salto al claro libre llevando una larga lanza.
—¡Detente, Friday! —gritó Red, cerrando el paso al indígena—. No vayas con eso. ¡Tienes que ayudarme para que juguemos un poco al juego de la corbata!
Sterl no podía apartar la vista del espectáculo del bandido, inexorablemente sentenciado, que todavía daba vueltas y se bamboleaba como un borracho, tirando aún del cabo de la lanza con ambas manos. Por la boca echaba una espuma teñida de rojo. A veces caía para volverse a levantar con maravillosa vitalidad. El vaquero se apresuró a hundir con el pie el revólver de Ormiston bajo la hierba. Y, nuevamente, cuando el salteador se desplomó como un toro herido lanzando sonidos agónicos, el dedo del vaquero temblaba, ansioso por apretar el gatillo.
Sterl notó el ruido de las espuelas de Red, que se acercaba por detrás en el mismo instante que los abultados ojos de Ormiston se posaban en Beryl. La muchacha estaba arrodillada, tratando de cubrir con la manta sus desnudos hombros. El bandido quiso abalanzarse contra ella, con el descabellado propósito de arrastrarla en su pérdida. Pero antes de que Sterl pudiera disparar, zumbó por el aire una rauda cuerda cuyo lazo cayó sobre la cabeza de Ormiston. Red dio un tirón tremendo y el criminal se bamboleó hacia atrás cayendo de espaldas, con los brazos levantados. Y su extraño parloteo cesó en el acto.
—Préstame una mano, Friday —gritó el vaquero—. ¡No olvides cómo te trató esta alimaña blanca!
El negro corrió en ayuda de Red. Entre los dos arrastraron a Ormiston debajo la rama más grande del enorme gomero. Una vez allí el vaquero se detuvo para clavar los ojos en el rostro de su víctima.
—¡Colúmpiate, ladrón! ¡Exactamente igual que cualquier salteador de ganado de mi país!
¡Por malos que los topara, nunca encontré otro más vil que tú!
Red lanzó el extremo libre de la cuerda por encima de una rama baja y lo cogió prestamente al bajar por el otro lado.
—¡Ocupa tu puesto y ayúdame, Friday! —añadió, dirigiéndose al indígena—. ¡Tira de la cuerda, Friday, que aunque lo seas de rostro, no eres un negro! Toda mi vida te guardaré cariño por el trabajo de este día. ¡Ah! ¡Aquí estás, Ormiston! ¡Baila y patalea!
Sterl sació su mirada con el horrendo espectáculo y en seguida se volvió hacia Beryl.
La muchacha seguía arrodillada, la manta suelta en sus manos sin energías y los grandes ojos azules paralizados por el horror.
—¡Beryl! ¡No mires! —gritó Sterl, enfundando el revólver y corriendo hacia ella—. Cierra los ojos, Beryl. Todo... ha terminado. Estás salvada. Y él... Es justicia, no importa...
Pero advirtió que se había desmayado. La cogió en brazos, la llevó a la carreta para sustraerla a la lluvia, y la abrigó con la manta. Los ojos de la desventurada se abrieron parpadeando.
—¿Estás bien, ahora? —inquirió Sterl. La muchacha contestó que sí con un movimiento de cabeza. Sterl añadió—: Siendo así quédate aquí un rato, hasta que recobres las fuerzas. Pasó el peligro. —Y se marchó.
El tintineo de unas espuelas le hizo retroceder, encontrándose con que Red se acercaba.
Más allá aparecía Friday contemplando fijamente la inerte figura que destacaba sobre el cielo gris.
—Buena tarea, amigo —dijo Red con cierta aspereza, mientras se secaba con el pañuelo las ensangrentadas manos y levantaba los ojos para mirar la faz pálida de Beryl.
Sterl le indicó con un gesto que debía dejar sola a la muchacha.
—¡Cielos! ¡No recuerdo otra tarea mejor terminada! —insistió otra vez Red—. Pero ¿no ha sido Beryl quien decidió la partida? Ella le impidió que me diese por segunda vez. ¡La pobre se desmayó! Estoy contento de que no viera el final.
—¡Sí que lo vio! ¡Lo ha seguido todo, desde el principio hasta el fin!
—¡Oh, es una pena grande! Pero, amigo, ¿te has fijado? Beryl llevaba la camisa de dormir por todo vestido. Aquel hombre la arrancó de la cama. ¡No es que ella se escapara con él —Sí, lo he comprendido, Red; y no tuve en mi vida alegría mayor... Pero tú estás herido por todas partes. ¡Deja que te examine!
—Mi heridas tendrían que ser mil veces peores de lo que son para que pudieran acabar conmigo ahora. Permite que te lo cuente. Cuando me precipitó contra Bedford él me vio venir y se dispuso a recibirme. Yo le atravesé de un tiro, pero maldito si él no me dio aquí, en el hombro. Al ir por Ormiston, éste trataba de huir con Beryl montando el bayo que has visto allí. Beryl se resistía. A no ser por ella, seguro que le agujereo antes de que pudiera alcanzarme con el primer disparo. El de la cabeza me duele como un demonio.
Una minuciosa observación mostró un surco que recorría todo el cuero cabelludo, pero no llegaba al cráneo, y un agujero en el hombro izquierdo, cerca del cuello. La bala se había alojado debajo de la piel, en la parte posterior. Sería preciso extraerla, pero Sterl dejó la operación para el campamento, atando solamente un pañuelo alrededor del hombro herido.
—La otra será mejor dejarla abierta —dijo. Y deteniéndose a escuchar, añadió—: ¡Hola!
¿Qué es eso? Red se levantó para prestar oído.
—La cola de una desbandada, diría yo. Ocúpate de Beryl. Voy a poner a salvo los caballos. Ven, Friday.
El negro marchó corriendo por debajo de los gomeros para coger a Duke, mientras Sterl conducía a King y al bayo dentro de la espesura, lejos del terreno abierto. Por encima del monte bajo, se veía llegar galopando pesadamente una fila arqueada de bueyes.
—Vaya, puede que hayan arrancado enloquecidos, pero ahora corren porque los persiguen —comentó Red—. Trae los rifles aquí, y si acontece que sean los vaqueros de Ormiston, es cuestión de que no les dejemos llegar a ninguna parte.
El ganado pasó, formando un frente tan ancho que Sterl apenas podía distinguir el otro extremo, asustado y mugiendo desesperadamente, a punto casi de desplomarse.
—Un par de miles de cabezas, tan cierto como has nacido —dijo Red cuando hubieron pasado—. Es una cosa rara. He reconocido aquel toro. ¡Amigo, es el hato que robaron a Dann la noche pasada!
—Puede que sí.
—Ahí vienen unos jinetes. ¡Dos! Aquel es el caballo de Larry. También va Rollie. Pero Drake no está con ellos.
Unos centenares de pasos antes de llegar, los jinetes descubrieron al bandido cuyo balanceo en el aire encerraba un significado terrible; y al verle se detuvieron rápidamente.
Después se acercaron a paso lento, con los ojos centelleantes y los labios apretados.
Con acento lleno de esperanza, Larry preguntó: —¿Y Beryl?
—Está allá, sobre el asiento de la carreta, despertando de un desmayo.
Larry se dejó caer de la silla y se sentó con el aire de un hombre a quien le fallan las piernas. A Sterl no le gustaba la expresión de ninguno de los vaqueros.
—¿Dónde está Drake?
—No quería disparar emboscado —replicó Larry con acento trágico—. Sin embargo, Rol y yo no lo supimos hasta el último momento, que se lanzó fuera y llamó a Henley y Anderson.
Éstos sacaron los revólveres, pero Drake los tumbó del caballo de un par de tiros. Yo... yo maté a Buckely. Herdman y Smith habían empezado a disparar. Fue Herdman creo el que acertó a Drake y acabó con él. A Rol le mataron el caballo entre las piernas. La vacada se puso a correr y nos hizo entrar en el monte. Herdman y Smith tuvieron que trotar desesperadamente, pero consiguieron rodear el rebaño y marcharon en dirección al Este. A nosotros nos era imposible darles caza hasta que el ganado dejara el terreno libre. Y entonces fue demasiado tarde.
—¡Ea! ¡Lástima por el pobre Drake! ¿Estáis seguros de que murió?
—No queda ninguna duda acerca de ello.
—Es un acontecimiento terriblemente duro, Larry. Sin duda Sterl, y yo también, compartimos vuestro pesar. Pero la realidad es que nos hemos librado con suerte.
—¿Jack... y Bedford?
—Llevaron mucha ventaja a Ormiston en llegar al infierno.
—Sólo queda una cosa que hacer ahora —intervino Sterl—. Conducir cuanto antes a Beryl al campamento. Además veo que estáis heridos. Tenemos que cruzar este diabólico río antes de la noche.
En la orilla oriental, Stanley Dann, un vaquero suyo y los Slyters, con Heald y Morton, aguardaban su llegada presas de la agitación y el miedo.
—¿Mi hija? —preguntó Dann casi sin voz, tan pronto salieron del agua.
—Está a salvo —respondió Sterl sin mirarle, al mismo tiempo que saltaba a tierra.
El vaquero agitó el sombrero haciendo señas a Red y Larry, y en seguida que éstos hubieron entrado en el río, desató el lazo.
—Prepara la cuerda —dijo a Rollie.
Sterl se había dado cuenta de la presencia de Leslie, que se quedó algo más atrás, pero junto a él. En una ocasión, la chica le tocó con tímida mano, como si quisiera convencerse de que había regresado de verdad, en carne y hueso. Todos los presentes estaban hablando menos ella. Por fin, exclamó con su rica voz de contralto:
—¡Sterl! ... ¡Sterl!
El vaquero volvió los ojos al momento, posándolos en la muchacha y esforzándose en sonreír, y adoptando un acento cariñoso respondió:
—¡Hola, chiquilla!
Pero ella se apartó instintivamente de aquel rostro. A Sterl no le maravilló. Había ocurrido lo mismo en otras ocasiones, a otras chicas que se acercaron a él después de una ruda faena. Mas ¿cómo remediarlo? ¡Los hombres tenían que matar a otros hombres! Lo que le extrañaba es que tuvieran que cambiar por eso el rostro y la mirada.
Cuando los caballos penetraron en el río, volvió a desviar la vista hacia ellos. Sorrel y los demás corceles de Leslie vacilaron, pero al fin siguieron a los otros.
—Ponte a mi derecha, Rollie... Que se aparten todos para que pueda voltear la cuerda.
Red y Larry vencían la corriente, ambos a la misma altura, y sólo a una distancia de unos diez pies uno de otro. Los delgados morrillos se levantaban fuera del agua, y los hombros de los jinetes quedaban claramente al descubierto. Los espectadores contemplaban la escena con el alma en un hilo y sin aliento, mientras los caballos nadaban arrastrados por la corriente hasta que conseguían deshacerse de ella y encaminarse en derechura hacia la orilla.
Una salva de gritos rasgó el aire señalando el alivio de tantas emociones contenidas. Duke, tan poderoso como si aquel día no hubiera realizado ya milagrosas hazañas, salía fuera siguiendo las huellas de King. Para mayor seguridad Sterl le apresó con la cuerda y le ayudó a remontar el margen. Rollie prestó auxilio a Larry. Nadie pensó en los cuatro caballos que en el mismo instante nadaban hacia la orilla.
Stanley Dann acudió, temblequeando su barbuda mandíbula y abiertos los robustos brazos. Red bajó el paño que cubría a Beryl, dejando el blanco rostro al descubierto. Si la muchacha no hubiera tenido abiertos los ojos, se habría dicho que estaba ahogada. Después la levantó y la depositó en las ansiosas manos de su padre.
—Dann, aquí está su hija, sana y salva —dijo el vaquero, con una voz extraña que Sterl no le había oído hasta entonces—. ¡Y con esto quedo redimido!
—¿Qué querría decir su compañero con aquel discurso?, se preguntó Sterl. Red había saldado una deuda consigo mismo, y con nadie más.
—¿Y Ormiston? —preguntó con su vozarrón el ganadero.
—¡Vaya! La última vez que le vi, estaba bailando... ¡Sí, bailando en el aire! —Y tras aquellas palabras, el fuego de la pasión, lo mismo que las energías de Red, pareció que se apagaban—. ¿Dónde diablos estás..., amigo mío? —continuó en un tono extraño—. No..., no te veo... Ah, ya lo tengo... ¡Ahora es cuando... me toca satisfacer a mí...!
Aquellos ojos fijos, blancos como hornos muertos, narraban su propia historia. El vaquero vaciló y se desplomó en los brazos de Sterl.


XXI
Larry ayudó a Sterl a transportar a Red a través del campamento de Slyter hasta su tienda. Para el joven, la lenta caminata estuvo cargada de un pánico helado. Podía ocurrir que su amigo hubiese recibido heridas más serias de lo que a un examen superficial parecía indicar. ¡Cuán adecuado en Red Krehl tener semejante fin! El temerario vaquero habría muerto a los pies de Beryl para causar a la huera beldad dolor y remordimiento eternos.
Pero dejando a un lado sus divagaciones ordenó: —Trae agua caliente, Larry.
Entre los dos desnudaron a Red, le secaron y haciéndole entreabrir los dientes por la fuerza, le obligaron a engullir unos sorbos de whisky. En seguida, Sterl destapó las heridas, las lavó con cuidado y con mano despiadada acabó por abrir por detrás la que tenía en el hombro para extraer la pesada bala, que había pasado por debajo de la clavícula alojándose casi en la misma superficie de la piel.
Sterl desinfectó el hombro afectado, lo vendó y con pulso firme se puso a examinar el surco que había trazado otro proyectil en el cuero cabelludo de su amigo. No había motivo para alarmarse por ninguna de las dos heridas; Sterl había visto a su compañero reírse de arañazos como aquellos. Pero una observación detenida le proporcionó pruebas evidentes de que Red había sangrado a discreción durante todo el camino de regreso hacia el río. El agua le había limpiado, pero una de sus botas estaba medio llena de sangre diluida. ¡Allí se escondía el peligro!
Terminada su tarea, Sterl se calentó por dentro con un largo trago del frasco que Larry le ofrecía. Después se secó todo el cuerpo y se puso ropa limpia.
—Me sentiría perfectamente sólo con que Red... —y la emoción de la esperanza hizo que se le atragantaran las palabras.
Salió fuera. Era ya casi de noche y la lluvia seguía cayendo con fuerza. A través de ella danzaban los brillantes rayos de un gran fuego que ardía bajo el cobertizo de Bill. El cocinero tenía sobre la parrilla varias ollas humeantes.
—Come y bebe, zagal —invitó Slyter—. Tenemos que seguir adelante, ya sabes... ¿Cómo está Red?
—Mal. Casi completamente desangrado... Pero confío... Yo... Yo creo que se recobrará...
¿Cómo ha tomado la chiquilla el retorno de sus caballos?
—No te podrías figurar, Sterl, del modo que esa niña ha llorado al verlos... Ha sido una crisis, sin embargo, que ha estallado después de la tensión de todo el día y el tremendo alivio de vuestro regreso.
—¡Por supuesto! Leslie no es persona que flaquee fácilmente.
—Hijo mío, mucho me temo que Leslie esté enamorada de ti.
—Slyter, yo lo temo también —replicó Sterl, reflexivo y un poco amargado—. Confío, sin embargo, que no sea una cosa tan mala como la que le ha sucedido a Beryl.
—Mi esposa dice que es cosa buena. Hemos depositado nuestra confianza en ti, Hazelton.
—Gracias, amigo mío. Esto servirá de algo.
El regreso de las mujeres de Slyter puso fin a tan íntima conversación, con gran contento del vaquero. Madre e hija se quitaron las mojadas chaquetas y se quedaron de pie ante la lumbre. Leslie vuelta de espaldas y con la cabeza baja.
—¿Cómo está Beryl? —preguntó Sterl.
—No lo sé. Me... me ha dado miedoreplicó la muchacha, de un modo extraño.
La señora Slyter intervino en la conversación.
—¿Cómo sigue tu. amigo Red? Parecía ser en grado sumo el peor librado de las fatigas de este día.
Sterl detalló brevemente sus temores; pero Leslie, la psicóloga de ojos penetrantes, no le creía. Cuando Sterl fijaba la vista en ella, la muchacha desviaba hacia otra parte su aguda mirada. De repente, preguntó al vaquero:
—¿Quién le hirió?
Sterl replicó pensativa y concisamente:
—Sí, supongo que será preciso contároslo todo. Bedford le dio primero en el hombro y después Ormiston le surcó la cabeza. No son heridas muy serias para un vaquero. ¡Pero Red ha perdido demasiada sangre!
—Oí como tu amigo explicaba al señor Dann la danza aquella de Ormiston en el aire. Eso ya lo sé... Pero ¿y Bedford?
Slyter intervino.
—Espera hasta mañana, Leslie. Sterl está rendido de cansancio.
Mas el vaquero deseaba librarse de parte de aquel bagaje, y explicó llanamente a Leslie que Red había matado a Bedford.
La incorregible joven volvió a preguntar imperturbablemente:
—¿Qué hiciste tú?
—Pues bien, yo estaba allí cuando sucedió.
Ésta parecía ser toda la satisfacción que podía concederle por el momento.
—Gracias, Sterl. Perdona mi curiosidad, por favor. Pero debo decirte que se lo he preguntado a Friday.
—¡Oh, no... Leslie! —exclamó el vaquero, cogido de sorpresa.
—Sí. Le he preguntado qué le había ocurrido a Ormiston, y me ha dicho: «Friday alancear. Red disparar. Yo ayudar a Red a colgar por el cuello... Ormiston patalear como un demonio... ¡Luego, él morir!»
Sterl se quedó pasmado, no tanto por las gráficas y crudas palabras de Friday como por la manera de Leslie de poner al descubierto lo primitivo de su temperamento.
—¡Retribución! —añadió la señora Slyter al cabo de un momento—. Él arrancó a Beryl de la cama. Nunca me perdonaré por haber creído que la muchacha se había marchado con él.
—Ni yo tampoco, señora Slyter —confesó Sterl con vivo pesar.
—Pues yo temía que fuera cierto —declaró la muchacha con franqueza.
—Sterl, Dann querrá verte. Vamos ahora, antes de que Les y mamá suelten demasiado la lengua —sugirió Slyter.
El muchacho acompañó al ganadero a través de la lluvia y de la oscuridad, contento de escapar, aunque animado de unos sentimientos hacia Leslie que no deseaba ver analizados.
Encontraron a Dann sentado en su mesa bajo un cobertizo iluminado. Delante de él, en desorden, se amontonaban papeles, relojes, revólveres, monedas y cinturones portamonedas.
—¿Es preciso que le dé las gracias, Hazelton? —preguntó Dann con su potente voz velada.
—No, patrón. Todo lo que pido es que Red se ponga bien.
—¡Quiera Dios que ese admirable vaquero viva! Slyter, nuestro antiguo asociado tenía miles de libras, parte de las cuales las reconozco como pertenecientes a Woolcott y Hathaway y las pongo a un lado para sus herederos. Yo me quedo con las que considero se me deben por mis pérdidas. ¿Está usted de acuerdo en que el resto vaya a parar a los vaqueros y a Larry y Rolland?
—Sí, de todo corazón —exclamó Slyter, decididamente.
—Ni un céntimo para mí, amigos —interpuso Sterl—. Pero lo tomaré para Red. Lo merece.
Él puso a ese bandido al descubierto; él fraguó nuestro plan de hoy, él ha salvado a Beryl... y ha colgado a Ormiston.
—Es terrible, pero... pero... Dentro de un momento nos hará su relato. Lo he oído ya de Larry y Rolland. ¡Pobre Drake! ¡Demasiado bravo, demasiado temerario! Puede que usted no sepa que Drake era amigo de Anderson y Henley. Esto debe tenerse en cuenta... ¡Qué lástima que los haya encontrado indignos, que los haya visto seducidos por un bandido notorio y que haya tenido que matarlos! Y sin embargo, ¡qué soberbio!
—Patrón, si no le importa, me gustaría tener el revólver de Ormiston —dijo Sterl con acento contenido.
—Le invito a que se lo quede. Y ahora empiece su relato.
Sterl expuso los hechos tan brevemente como le fue posible. Dann escuchó la narración como persona que al fin comprende la perversidad de los malvados y la justa y terrible ira de los despiadados vengadores.
—No soy hombre para renunciar a las mercedes de la Providencia —dijo al fin—. ¡Cuán singularmente afortunados hemos sido! Tengo la idea de dejarlo todo tal como está, excepto, solamente, que trataré de salvar la manada que se precipitó hacia sus antiguos pastos al otro lado del río.
—Eso puede hacerse, Dann, tan pronto como el río baje. Pero creo que usted será bastante prudente para no intentar reunir el ganado que se alejó de nosotros en desbandada cuando estuvimos allá. Aquellos dos vaqueros supervivientes escaparán con una carreta y algunos caballos de Ormiston. Déjelos ir, Dann. Tenemos actualmente más ganado del que podemos manejar. ¡Y menos vaqueros!
—Perfectamente, Hazelton. Pero mañana enviaré a Larry con cuatro hombres para que traigan las otras dos carretas. Más tarde, recogeremos el hato aquel que por propia voluntad retrocedió hacia nosotros. Entre tanto, las bestias no abandonarán los excelentes pastos que han encontrado.
Sterl y Slyter dejaron al jefe para volverse a su campamento. Por el camino el ganadero comentaba:
—Le han herido en lo más vivo, Hazelton. ¡Pero él sin pronunciar ni una palabra! Yo me pregunto: ¿qué sucederá ahora?
—Nuestras tribulaciones no han terminado del todo, patrón. Red diría: «¡Bien, lo peor todavía ha de llegar!» Y, de paso, ¿cómo está Eric Dann?
—Estará perfectamente dentro de pocos días. Buenas noches. Hoy ha sido una jornada intensa. No te preocupes por la guardia nocturna mientras Krehl necesite atención.
La figura de Friday se destacó entre las sombras.
—¿Ha estado quieto? —le preguntó el vaquero.
—Lo mismo que muerto. Pero él ser fuerte, como el negro. No morir.
En la oscuridad de la tienda Sterl restregó una cerilla y encendió la vela. Ciertamente, Red tenía el aspecto de un cadáver, pero respiraba y su corazón latía con firmeza.
—,¡Con tal de que aguante hasta mañana! —susurró Sterl con fervor. Y esta petición era, sin duda alguna, una plegaria.
Después, se desnudó, un placer que se había hecho difícil últimamente, y al tenderse sintió como si no tuviera que volverse a mover nunca más. Su último gesto fue alcanzar la vela y apagarla.
El peso de la emoción tenía que ver más sin duda con la postración que le aplanaba que la noche sin dormir y el día tan fatigoso. Se sorprendió a sí mismo escuchando la respiración de Red, pues, a pesar del sueño que le invadía, no podía llegar al punto de olvidar. Las palabras del vaquero cuando depositó a Beryl en los brazos de su padre obsesionaban a Sterl.
Aquellas palabras significaban —dedujo —que Red había soportado amor, vergüenza, insulto y humillación y tormento por la caprichosa y vana Beryl Dann, y por oposición y antagonismo había matado a Ormiston para salvar a la muchacha. ¡Con ello había quedado libre! Sin embargo, su amigo tenía el corazón tierno para una falta, y Sterl, en sus doce años de conducir vacadas no le había visto nunca tan terriblemente enamorado como entonces... Era una naturaleza voluble, conquistada, por fin.
Cuando Sterl despertó clareaba el día y la lluvia había cesado temporalmente. Entre las sombras vio que Red yacía exactamente igual que horas antes. Se arrastró fuera de la cama para inclinarse sobre su amigo, y sus sentidos afinados registraron un vigor acentuado en los latidos del corazón. Pero se hacía preciso tener en cuenta la posibilidad de una neumonía, enfermedad que podía muy bien cebarse en un hombre tan herido y expuesto a la intemperie.
Sterl salió fuera a tiempo para ver cinco caballistas que cruzaban el río y emprendían un alegre trote hacia el Este: los vaqueros que Dann había enviado en busca de las carretas y los caballos, por supuesto.
Mientras tomaba el desayuno con Slyter, la mujer de éste se acercó sin hacer gala de su animación habitual, procedente de la carreta de Beryl.
—Mamá, no tienes un aspecto muy tranquilizador —dijo Slyter ansiosamente—. Leslie ha dicho que a medianoche Beryl estaba durmiendo.
La señora Slyter replicó gravemente:
—Beryl ha sufrido una conmoción superior a sus fuerzas, superior a las fuerzas de cualquier mujer sensitiva. Ahora es presa de un delirio violento. Temo que se vuelva loca o que se muera.
Leslie, que llegaba pálida pero compuesta, pudo escuchar todavía la última frase.
—¿Qué piensas tú, Sterl? —preguntó.
—Pues que estamos en la aurora gris y fría que sucede a dos noches terribles y a un día horrendo entre ellas. Por fin, podemos pensar con claridad. Naturalmente, no sé lo que tuvo que sufrir Beryl antes de que nosotros apareciésemos en escena, pero lo que ocurrió después era suficiente para agotar las energías de cualquier muchacha. —Y a continuación, Sterl describió, sin ahorrar detalle, la lucha de Beryl con el bandolero para evitar que matara a Red, y la tremenda escena que siguió después.
—Beryl era parte en el juego y alcanzó el punto límite —añadió el vaquero—. Si se hubiese desmayado cuando Friday clavó la lanza a Ormiston, no hubiera sido tan peligroso para ella.
Pero vio a Ormiston rodar por el suelo como un toro enfurecido... Vio... todo lo demás. Yo corrí para evitarle aquella escena. Y fue entonces cuando se desvaneció.
—¡Misericordia! —exclamó la señora Slyter.
—Me habría gustado estar allí —declaró Leslie con una calma poco natural, desmentida por el penetrante destello de sus ojos color de avellana.
—¡No digas insensateces, criatura salvaje! —la riñó su madre.
Sterl no había previsto, ni por asomo, semejante final, y no supo explicarse por qué había cedido al impulso de hablar. Si fue para ver la reacción de Leslie, sin embargo, había quedado extrañamente compensado.
Hacia lo que habría sido la puesta del sol si el sol hubiese brillado algún momento, Sterl dio entrada a Dann en la tienda. El jefe se inclinó sobre el vaquero, auscultó su respirar y los latidos del corazón y examinó el rostro frío como el mármol. Al cabo, dijo:
—He desempeñado muchos papeles durante mi vida, entre ellos el de presbítero de Wesley y el de médico aficionado. Esté tranquilo, Sterl. ¡Vivirá!
Los dos hombres salieron seguidos de Friday. Se había puesto a llover otra vez y el aire estaba cargado de humedad. Sterl observó que una gran carreta, que reconoció como la de Ormiston, penetraba entre la arboleda en dirección al viejo campamento, al otro lado del río.
Cuatro jinetes conducían un hato de caballos hacia la orilla. Larry, que llevaba la delantera, penetró en el agua mientras los cuatro vaqueros empujaban y azotaban a los sueltos animales para hacerles avanzar. La corriente había descendido y ni los jinetes ni los caballos desensillados necesitaron ayuda alguna para salir de ella.
¡Bien hecho! —volvió a decir Dann mientras Larry vacilaba, dubitativo—. Pero ¿qué hay respecto a Ormiston?
Ellos le dejaron colgando. Nosotros, igual.
Los ojos y la voz de Larry tenían la dureza del pedernal. Stanley Dann, que casi nunca se encontraba falto de palabras, no supo qué decir en aquella ocasión.
Aquella noche, a la hora de la cena, hubo un relajamiento de la tensión en cuanto al estado de Red, pero no así respecto al de Beryl. La muchacha había caído en un aletargamiento precursor del período de mayor gravedad que tanto alarmaba a la señora Slyter. Eric Dann, por su parte, según Slyter, o estaba muy enfermo o fingía estarlo.
Al despuntar el día, Red salió de su estupor, y con un susurro casi inaudible pidió whisky.
—¡Vaya, cachorro maldito! —gritó Sterl, loco de placer, mientras se afanaba en busca de un frasco—. ¡Sólo un poco ahora, viejo amigo!
Red no hizo caso del consejo de Sterl. Una rosa de color apareció en sus pálidas mejillas.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó con un murmullo ronco.
—Hoy es el tercer día.
—¿Se ha recuperado algo... de lo de allá?
—Una carreta, la de Ormiston, veinte caballos... y esto. —En este punto Sterl cogió el abultado cinturón del bandolero para depositarlo ante Red—. Iba bien pertrechado, compañero.
Dann se quedó con lo que le correspondía, además del dinero de Woolcott y Hathaway y las partes correspondientes a los muchachos. El resto es tuyo. El patrón ha dicho que es una retribución justamente merecida.
—Diantre! ¿Eso ha dicho?... ¿Cuánto hay?
—Sólo eché un vistazo. Pero es mucha pasta. —Me tengo que emborrachar. Y no he de serenarme jamás.
—¿Así estamos?
—Dame un cigarrillo.
—No. En cambio, voy a ver lo que la señora Slyter aconseja que tomes para alimento.
El cielo continuaba todavía plomizo y oscuro, derramando copiosos chaparrones a intervalos, que se iban espaciando poco a poco. El cuarto día menguó la fiebre de Red y con ella también el dolor que sentía. El río había balado lo bastante para que los vaqueros pudieran pasar al otro lado, pieza por pieza, las provisiones y la carreta de Ormiston, y al día siguiente, a más tardar, pasarían también el ganado. Eric Dann se había levantado y rondaba de una parte a otra con un humor esquivo y extraño. Sin embargo, a diferencia de Red, que continuaba reponiéndose, aquel día no aportó ninguna mejora en el estado de Beryl. El vaquero era duro como el acero, joven y correoso, y tan pronto como su sangre empobrecida empezó a renovarse, el restablecimiento completo fue sólo cuestión de días. Pero ni aun la constante y sentimental Leslie pudo oírle preguntar por Bervl.
Durante los últimos días de aquel período llovió aún con mucha menor frecuencia. El cielo, liso y bajo, se abría a intervalos dejando aparecer las primeras hendeduras de azul que se pudieron ver en muchas semanas. El mundo de los pájaros, con su color y sus melodías, presagiaba el retorno del buen tiempo; los canguros, walabies, casuarios y los aborígenes aparecían en número creciente. Estos últimos, aseguraba Friday, eran negros diferentes de los que se habían congregado en las confluencias antes de la crecida del río. El gran triángulo de prado que apuntaba su vértice en la conjunción de los brazos del río ondulaba hasta la lejanía cubierto de una hierba increíblemente exuberante. Larry y Sterl anunciaron que, con lluvia o buen tiempo, se podía volver a emprender la travesía. Pero el paciente Dann dijo, acariciándose la barba:
—Esperaremos el sol. Erie no está bien seguro del camino, y le parece que sería más difícil encontrarlo en tiempo húmedo.
—Entonces ¿continúa fiel a la ruta del Golfo, si es que la descubrimos? —preguntó Sterl con calma.
—Sí. No cambiaré de idea porque Ormiston no esté. Larry se aventuró a insinuar en tono vacilante: —Señor Dann, los arroyos, las balsas y las fuentes estarán en vena por muchos meses.
—Ya me doy cuenta. Pero Eric me ha importunado y he tomado una determinación.
Es posible que Dann hubiese retrasado la partida pensando que sería mejor para Beryl.
Por fin, la muchacha había vuelto en sí y solamente necesitaba tiempo y cuidado para recuperar el peso y el vigor perdidos.
Cuando, una noche, salieron las estrellas, Dann dijo:
—El arco iris de hoy ha sido una promesa de Dios. La estación húmeda ha terminado; mañana brillará el sol. ¡Seguiremos adelante de nuevo y sin cesar en nuestra travesía!


XXII
A la mañana siguiente, la salida del astro rey fue como un glorioso chorro de luz dorada.
La gozosa bienvenida con que los expedicionarios acogían este acontecimiento diario, corría parejas con la de los lapones después de seis meses de media noche. Hasta Beryl Dann, por debajo de la levantada cubierta de la carreta, miraba al exterior con una expresión más alegre en sus tristes ojos. El desayuno constituyó casi un festival. Los vaqueros silbaban enganchando los tiros a las cargadas carretas; cantaban mientras reunían la vacada para emprender el camino.
Sterl, montado sobre King, y tan impaciente como el caballo, esperaba, acompañado de Friday, que los vehículos se pusieran en movimiento. Pero los animales favoritos de Leslie detenían a Slyter. En el último momento, Cocky había puesto en evidencia que la libertad de que gozó en la larga acampada era demasiada para él. Leslie ni siquiera le había cercenado las alas; y cuando el pájaro voló para reunirse con una bandada de chillonas cacatúas blancas, se convirtió en una más del grupo. El reidor Jack, el cocaburra domesticado, se convirtió también en traidor. Sentado en las ramas de un gomero muerto, con otros tres de su especie, se mecía adelante y atrás erizando las plumas y contestó con una carcajada en pleno rostro a su dueña, que tan cariñosa había sido para él. Ambos habían probado la dulzura de la libertad.
—Yo... yo siempre pierdo todo lo que amo —gimió Leslie. Y montando sobre Lady Jane, se alejó al trote por debajo de los árboles, sin volver la cabeza.
Sterl fue el último en abandonar aquel paraje. Estaba contento de partir, puesto que era una necesidad imperativa; empero, mientras cabalgaba sobre la raída y pisoteada yerba, dirigiéndose a su antiguo puesto, a la izquierda del rebaño, experimentaba un fuerte pesar.
Muchos bueyes y caballos, varias carretas, catorce hombres y una mujer muertos quedaban atrás. Solamente restaban los cinco vaqueros de Slyter, sin incluirle a él y a Red, y cuatro de los de Dann para cuidar de la vacada, de los trescientos caballos y de los seis vehículos pesadamente cargados, a lo largo de las leguas sin fin.
El cielo era de un azul profundo sobre el que flotaban unas pocas nubes de un blanco de plata. El sol parecía no tener ninguna relación con aquel disco de cobre fundido de unas semanas antes. Las crines y la lisa capa de King lucían un negro mate que, en cierto modo, brillaba un poco. Friday, andando muy erguido al lado de Sterl con sus lanzas y wommera, completamente desnudo, excepto por el paño que le cubría los riñones, presentaba otra clase de negro: un color de ébano resplandeciente. El hato de los bueyes parecía componerse de centenares de matices, a pesar de que en realidad había solamente muy pocos. Eran las variaciones de los mismos los que producían un efecto de mosaico. Se veían tan limpios y brillantes como si hubiesen sido recién lavados.
Comparada con una de las manadas de los caminos de Texas, formadas por aquellos demonios cornilargos de lomos de color de musgo y ojos encarnados que constituían el tormento de las vidas de los vaqueros, aquella manada de cinco mil toros, novillos, vacas y terneras era como un hato de cachorrillos gordos, domesticados, perezosos. La lenta travesía, las situaciones escalofriantes y la dulzura de los vaqueros tenían mucho que ver en ello.
Delante de la vacada, que avanzaba a su placer, la hierba se parecía a la de las Grandes Llanuras por su esplendor y altura; pero en cuanto a la riqueza de color y a la multitud de flores, no era posible establecer comparación. A lo lejos y todo alrededor, se elevaban montes purpúreos cubiertos de matorrales, y mucho más allá todavía, por la parte norte, cordilleras de color lila parecían colgar suspendidas de las nubes, lanosas como espejismos invertidos. De ser posible encontrar en la tierra un país de encantamiento, dicho país era aquel en medio del cual cabalgaba Sterl. Bastaba que el vaquero dirigiera la vista a sus compañeros de viaje para convencerse de que no parecía el único que experimentaba tal sortilegio; cada uno de los exploradores cabalgaba solo, a excepción de Friday, que caminaba perdido en sus propios, impenetrables y solitarios pensamientos. Los vaqueros iban en sus caballos con los ojos fijos en cosas que sin duda únicamente existían en sueños. Red Krehl había olvidado su cigarrillo.
Leslie seguía muy atrás, perdida en su mundo particular.
Junto a la corriente bordeada de acacias espinosas en cuya margen acamparon. Stanley Dann inauguró una nueva ordenación con la cual todo formaba parte de un solo campamento.
La alegría de la mañana persistió hasta la noche.
—Amigo, vale la pena de vivir estos momentos —declaró Red con su acento gutural.
Sterl replicó satíricamente:
—Nunca me has engañado con tu indiferencia hacia los parajes hermosos ni hacia las chicas, Red.
—¿No? Bien, quizá. Les tenía razón cuando dijo una vez que yo llevaba el corazón en la mano.
Pero la muchacha exclamó, levantando la voz:
—Red Krehl, si es que tienes corazón, será un viejo saco de arpillera repleto de hierba y de qué sé yo qué cosas más.
Leslie se había acercado adonde se sentaba Sterl, escribiendo el diario, deber del cual la había relevado desde hacía mucho tiempo. Red estaba fumando. Friday, como de costumbre, había encendido un poco de fuego.
—Cielos, ¿tan malo soy? —replicó Red en tono suave. —¿Por qué no quisiste venir conmigo a ver a Beryl, cuando te lo pedí antes de cenar?
—Bueno, supongo que no tenía ganas de verla.
—Pero ella me había pedido que fueras. Y yo me encontré en un aprieto. Para salir de él, mentí.
—Seguro; siempre has sido una terrible embustera.
—No es verdad. ¡Eres tan extraño, Red! Antes nunca eras rudo. ¡Cómo! , ¡Si has soportado verdaderas crueldades de esa muchacha! Ahora necesita que se inquieten por ella, que le den ánimo, que la mimen en exceso.
—¿Quieres hacer el favor de callar, a no ser que intentes que me vaya a buscar la sociedad de los canguros?
—Querrás decir los aborígenes, Red Krehl —replicó Leslie, llena de despecho.
—Pues sí, me iría con ellos si hubiera alguno por ahí alrededor.
Leslie se dejó caer al lado de Sterl fingiendo que miraba al diario, pero el vaquero creyó que éste no era más que un ardid para acercársele.
—Estoy ocupado, Leslie. Vía libre. ¿Quieres largarte a la cama o a cualquier otro sitio?
—No, no quiero largarme a la cama, o al infierno, como tú insinúas tan cortésmente —replicó ella con petulancia, aunque alejándose al mismo tiempo.
—¿Qué ha querido significar con esta salida sobre los aborígenes? —preguntó Red.
—Creo que ha sido una ocurrencia tonta. Pero no te ocupes demasiado de ella. La culpa de cada frase indebida que pronuncia, de cada terrible desatino que comete una mujer, recae siempre sobre algún hombre.
—¡Ah, diablos! Ya me has dicho lo mismo otras veces. Y no es verdad. ¿Qué dijiste o qué hiciste a Nan Albert para que te traicionara y nos mandara a los dos a esta terrible Australia?
Aquella sencilla pregunta penetró como una lámina de acero en el corazón de Sterl, que sintió el desgarrón de una herida sanada que se abriera de nuevo. Sin embargo, se sintió impulsado a ser sincero.
—Pasé el rato con la mejor amiga de Nan, Red, aquella maldita coqueta de ojos negros, que no dejaban tranquilo a ningún hombre.
—¡No me cuentes historias! Quieres decir con Flo, por supuesto. ¡Vaya, también la cortejé yo! Eso no significa nada en absoluto.
—Pues bien, fue lo suficiente para poner furiosa a Nan. Después, para hacerme daño, se empeñó en correr tras de Ross Haight. Y entonces cometió su terrible desatino. Fue culpa mía.
—Así, pues, tú desempeñaste el loco papel de un Romeo de dos caras. Nunca me lo habías contado; jurabas que Nan prefería a Ross.
—Mentía, Red —replicó Sterl, sombríamente, cerrando el diario.
—¡Vaya, por lo visto soy un Don Nadie! ... Si me hubieses explicado esto allá, en nuestra tierra, Ross Haight podía haber ido a presidio por haber jugado un poco con la pistola. ¡Y nosotros no estaríamos aquí!
—Para mí, Red, es mejor así. Sólo me apena el ver dónde te he metido.
—Es curioso cómo se enlazan las cosas, pero no tienes por qué atormentarte mucho. A mí no me duele.
—¿De verdad, Red? —preguntó Sterl formalmente.
—¡Por el nombre de Dios! Esta travesía es el sendero que ha de arreglar mi vida. Es indudable que he recibido un golpe terrible en el estómago, pero si me repongo de él y salimos de este viaje...
—Red, Leslie está quejosa porque no quisiste ir con ella a ver a Beryl. Tú solías ser bueno para cualquiera que estuviera enfermo, aunque se tratara de un caballo.
—Acaso sí ; quizás he cambiado mucho —respondió Red con amargura—. No querría ver a Beryl si continuara siendo como solía antes de aquel período de calor. Pero dejémoslo ahora, después de...
Sterl le interrumpió con acento de reconvención: —¡Red! Eres duro.
—Sin duda. Más duro que los goznes de las puertas del infierno. ¡Pero si no sabes ver que tengo infinidad de motivos para ser duro, vaya, será que eres más ciego que un murciélago!
—Red Krehl —estalló el vaquero—. ¿Me escondes algún secreto?
Su compañero le interrumpió con un deje glacial en la voz:
—Demonios, muchacho, tienes la facultad de pensar, ¿verdad? Y cambiemos de tema.
La expedición volvió a caer en su antiguo caminar pausado, que anulaba la noción del tiempo. Un día era semejante a otro, aunque cada legua de aquella solitaria pradera presentaba infinidad de variaciones al mismo tiempo que una monotonía sin límites. Sterl pudo saciarse de belleza. Era tanta, que había pasado a formar parte de su ser. Al fin, entre aquellos mares de hierba verde y dorada, islas de flores, llanuras punteadas de canguros, matorrales llameantes, miríadas de pájaros, manadas de casuarios, balsas de una milla de anchura que la vacada atravesaba chapoteando, dispersando a las bandadas de gallinas de agua, entre aquellos diminutos arroyos que serpenteaban y las corrientes tranquilas bordeadas de cañas, y siempre, durante todas las horas del largo día, con la engañosa llamada de aquella cordillera obsesionante de montañas purpúreas..., al fin, el alma de Sterl Hazelton quedó perdurablemente llena hasta los bordes con aquellos objetos físicos que el vaquero comprendía que constituían por sí mismos una recompensa.
Tardaron diecisiete días en llegar a las laderas cubiertas de verdor tropical donde nacían las aguas del brazo central del río.
—Acamparemos aquí dos días —anunció Stanley Dann. —Dejaremos descansar a las bestias, haremos reparaciones y exploraremos el terreno en busca de la ruta del Golfo. Eric no la ha encontrado todavía.
Leslie bautizó el lugar con el nombre de «Pozo Vivo». Resultaba una denominación feliz a causa del espléndido volumen de agua que brotaba como de un pozo, dentro, entre las sombras de una ladera escarpada cubierta de maleza de un verde oscuro. Bill y Scotty, el otro cocinero, prepararon la mejor comida que supieron combinar para celebrar la primera vez, en muchas semanas, que Beryl Dann asistía a la cena.
Mientras esperaban en la tienda, Sterl había tenido algunas palabras con su amigo.
—¿Te portarás bien con Beryl? ¡No le has dirigido la palabra desde... desde aquella catástrofe!
—¡Hum, hum! —masculló Red.
—Oye, ¿ves esto? —dijo Sterl levantando la voz y enseñándole un robusto puño.
—Ciertamente; no soy ciego.
—¿Sabes dónde acostumbraba aplicártelo para que te causara impresión?
—¡Huy! En la barriga. Y, por otra parte, todavía no estoy repuesto del todo.
—Eso va a las mil maravillas. Si no me juras que te portarás bien con Beryl, te lo hago probar ahora mismo. Y no lo digo en broma.
—¿No? Bien, escogeré el peor de los dos males. Hablaré con Beryl y seré tan... tan agradable como pueda. También tendría que hacerlo en otra ocasión, aunque sólo fuera para cubrir las apariencias. Al fin y al cabo, ¿qué diablos me importa?
En aquel momento llegó Leslie, vestida nuevamente, después de tan largo intervalo, con atuendo femenino; un traje floreado que la favorecía en extremo.
¿Vendrás, Red? —preguntó vacilando.
—No, Les —contestó él, dándose maña para guiñar el ojo a su compañero—. ¡Hum, que se vaya a paseo la comadreja!
Que el vaquero pudiera pronunciar aquella frase justamente en tal momento, en verdad doloroso e importante para Leslie, puso en revuelo todo lo que había de inflamable en el temperamento de la muchacha.
—¡Malvado, cabeza de mulo, perro sarnoso! —estalló ella, ahogándose de ira al pronunciar las dos últimas palabras, que, como las anteriores, procedían del vocabulario de Red. Después, con la misma prontitud con que la había inflamado la cólera, estalló en sollozos.
—¡Vaya, mujer, Leslie, no gimas, por favor! —suplicaba el vaquero, que no podía soportar el ver a una muchacha llorando—. ¿No te das cuenta de que me he puesto la mar de elegante?
Iré contigo, y presumiré.
—¿De veras, Red? ¡Eres tan... tan bruto! Podría ser que lo dijeras... por guasa.
—No, lo digo de veras. Bien entendido, iré si dejas de llorar. ¡Vaya, una idea! ¡Estropear esa carita dichosa!
Beryl se levantó de las rodillas de su padre para saludar a los visitantes. El vestido azul que la cubría colgaba holgadamente sobre su delgado cuerpo sin perder, sin embargo, la menor gracia. El dorado del sol había desaparecido por completo de su cara, la blancura de la cual acentuaba el encanto de sus ojos violeta y del rubio cabello. Su hermosura hirió a Sterl con gran fuerza, y el joven comprendió de pronto a los dos: a Ormiston y a Krehl. Leslie se precipitó hacia Beryl.
—¡Oh, es maravilloso volverte a ver levantada!
Ésta le devolvió el beso y el saludo y en seguida ofreció sus dos manos a Sterl.
—¿Qué tal, señor vaquero? ¿Qué te parece el verme repuesta y levantada, recogiendo bríos para partir?
Sterl contestó de todo corazón al mismo tiempo que le cogía las manos:
—¡Magnífico! ¡Beryl! ¡Qué bella estás!
Pero ella ni siquiera oyó estas últimas palabras. Red se había apartado de detrás de su compañero, y éste observó, con el corazón en un puño, cuán terrible era aquel momento para ambos.
—Beryl..., puedes... puedes tener por seguro que estoy loco de contento al volverte a ver —se expresó Red con voz ronca y en tono galante, aunque conservando el dominio de sí mismo. Con uno de sus largos pasos cubrió la distancia que los separaba. Los ojos de la muchacha se dilataron y ensombrecieron.
—¡Red! ¡Red! —susurró adelantando las trémulas manos, que se levantaron a tientas y, al no acertar con las suyas, se agarraron a la blusa del muchacha. Y Beryl se inclinó hacia él con un suspiro y se desmayó en sus brazos.
—No está tan fuerte como ella creía —dijo Dann, recogiendo a su hija de manos de Krehl y sentándola con amoroso cuidado en la silla—. ¡Señora Slyter! ¡Leslie! —gritó después.
Sterl no podía apartar la mirada del rostro de Beryl. Tenía los ojos cerrados, y sus hermosas cejas resultaban largos y bellos trazos oscuros en sus blancas mejillas. Pero al volverse hacia Red, olvidó su atención por ella, observando la muda desesperación de su amigo. La voz reanimada de Dann anunció que la muchacha había recuperado el conocimiento.
—Me he desmayado —dijo con voz débil—. ¡Qué estúpida! Ahora me encuentro del todo bien. ¡Vaya, Leslie, estás blanca como el papel!
—¡No lo extrañes, Beryl! Pensé que habías ido a reunirte con los ángeles.
—¡No tengo tanta suerte! Acercaos, muchachos. Os prometo que no volveré a ser tan débil.
Sterl cogió a Red del brazo y arrastró al vacilante vaquero hacia el pequeño círculo del cual Beryl era el centro. El color campeaba otra vez en las mejillas de la muchacha. Los dos amigos tomaron asiento, mientras la señora Slyter insistía para que sorbiese una taza de té.
Leslie no se apartaba de la vera de la enferma.
Red, quizá me he desmayado porque, al verte, te he recordado como entonces..., como estabas la última vez que te vi...! ¿Cuánto hace?... ¿Hará siglos?
—Lo he olvidado. Ha pasado, sin duda, muchísimo tiempo —masculló Red—. Y en cuanto a este desmayo..., conocí una vez a una chica que sabía desmayarse, o simularlo, siempre que quería hacer perder la cabeza a un desgraciado. De modo que, ya ves, Beryl, estoy bien preparado.
¿Se desmayó aquella chica en tus brazos? —preguntó Beryl clavando en él sus expresivos ojos, era el recurso que usaba para encontrarse entre ellos. Una vez que lo había conseguido, volvía en sí con extraordinaria rapidez.
Poco después, las enfermeras de Beryl, a pesar de sus protestas, la acompañaron a la carreta para acostarla. La mirada que fijó en Red al darle las buenas noches no se perdió para Sterl.
En esta coyuntura, Eric Dann penetró en el cobertizo, saludó a los vaqueros y echó un trago con Stanley. Tenía en la frente una lívida cicatriz, una marca que arrastraría hasta el sepulcro.
Sterl aprovechó la oportunidad para interrogarle.
—Dann, si no recuerdo mal, perdimos la ruta del Golfo a mitad de camino, o más, en el trecho que va desde las bifurcaciones hasta el curso bajo del Diamantina.
—Sí, más o menos, por allí. No me preocupé entonces porque esperaba topar con él cualquier día —respondió Eric.
—No lo hemos cruzado. He observado todos los días con gran atención si aparecían huellas de ruedas. En terreno llano, sólo media docena de carretas dejarían una rodada que duraría años enteros.
—Seguramente. No hemos dado con ellas, a menos, por supuesto, que el agua las haya borrado.
—¿Siguió usted esta ruta en su viaje de regreso? —continuó Sterl.
—Parte del camino. No consigo recordar en qué sitios cortamos en línea recta.
Es imposible que haya olvidado, si las ha visto alguna vez, las particularidades del terreno que encontramos aquí.
—Los detalles del paisaje nunca significaron gran cosa para mí.
—¡Hum! Es una lástima que no tengas instinto para estas cosas —le hizo observar Stanley—. Dijiste que sabías el camino, Eric.
—Te he repetido un centenar de veces que creía saberlo —replicó éste impacientemente.
Sterl tomó nota de la movilidad de los ojos de Eric y de los hilillos de sudor que se escurrían de su frente, debajo de la lívida cicatriz, y las inciertas conjeturas que había formado se convirtieron en dudas bien definidas. El vaquero no conseguía justificar las relaciones del hermano de Stanley con Ormiston.
Red intervino, clavando sus penetrantes ojos en Eric:
Dann, si usted no conoce esta región en absoluto, debería decírnoslo inmediatamente.
—Pero yo la conozco, en general. He recordado muchos parajes a cierta distancia de los cuales hemos pasado en nuestra expedición. Me gustaría que quedara entendido que no quiero ser incomprendido por ustedes, americanos —declaró Eric Dann dando señales de nerviosidad y acaloramiento.
—Bien, nosotros, americanos, no creemos interpretar mal sus palabras —replicó Red con frialdad. Y luego le preguntó llanamente—: ¿Ha estado alguna vez por esta región del Diamantina?
El gesto que hizo Dann parecía ser un esfuerzo poderoso para dominar sus inestables nervios. Sin embargo, no contestó a la pregunta de Red.
—Bien, ahí va otra que sabrá contestar, señor Dann, a menos que... —Pero Red no completó su desconfiada suposición—. Hay en esta cabeza de montañas, que hemos contemplado durante tantos días y a la cual hemos llegado por fin, un paso que nadie podría dejar de ver. Si su expedición o cualquier otra hubiese subido por el Cooper Creek hasta el Diamantina, usted o el que fuera tendría que haber atravesado este paso. ¿No resulta razonable esta deducción?
—Sí, lo es, Krehl. Habrían tenido que cruzarlo, en efecto —replicó Dann prontamente.
—Muy bien. Siendo así, ¿qué clase de terreno encontraremos al otro lado de esta Cordillera? —Prácticamente, será lo mismo que éste.
—Gracias, Dann. Nos acordaremos de sus palabras —replicó Red cáusticamente. Después, dirigiéndose a Sterl, le preguntó—: Amigo, ¿te parece que debería callarme ahora, o que debo confiar al patrón lo que tengo en el pensamiento?
—Esto, ni dudarlo, Krehl —exclamó Stanley con sonora voz.
—Bien, no quisiera presumir dándoles consejos a ustedes. No soy australiano. Pero he vivido en terreno agreste desde que no era mucho más alto que un saltamontes. La región ésta ha ido cambiando; ahora es completamente diferente de lo que aparecía en las confluencias del río. La hierba es más corta y menos abundante, hay menos árboles y son más pequeños. Y cuando crucemos esa serranía, tendremos infinidad de quebraderos de cabeza. Éste es mi pensamiento, patrón. Acéptelo o desprécielo.
Y volviéndose de espaldas con un tintinear de espuelas, Red se alejó de los Dann con paso gallardo y con un aire tan significativo, que no daba mucho trabajo a la imaginación.
Stanley, que tan raramente perdía la cabeza, se quedó pasmado ante un aspecto que resultaba evidentemente nuevo para él.
—¡Es increíble! —exclamó—. Deberíamos estar todavía a cientos de millas de la vertiente que manda sus aguas hacia el Golfo. ¿Te das cuenta de ello, verdad Eric?
—En absoluto —respondió éste—. Al noroeste de esa cordillera, una vez que la hayamos atravesado, alcanzaremos las fuentes del Warburton, que corre hacia el Oeste. Más allá llegaremos a los manantiales de los ríos que desaguan en el Golfo.
—Esto concuerda con nuestro mapa. Estoy seguro de que Krehl ha calculado mal. ¿Qué le parece a usted, Hazelton?
—Todo lo que yo digo es que lamento que no estemos caminando hacia el Oeste.
—Si ahora cometiésemos un desatino y siguiéramos la ruta falsa...
Sterl notó que la voz del conductor subía de tono y se quebraba. El vaquero decidió imponerse el deber de vigilar a Eric Dann. O bien sentía una predisposición en contra suya nacida de las vacilaciones y la incompetencia de aquel hombre, o es que su mirada penetraba en el interior de Eric con la misma agudeza que los ojos de lince de Red Krehl.


XXIII
Tres días después de haber dejado el campamento de «Pozo Vivo», los expedicionarios se encontraron cerca de una depresión en la ladera de las montañas, que parecía tener que conducir al paso que atravesaba la cordillera. Eric afirmó que estaba seguro de que, yendo o viniendo, había pasado por aquella hondonada, y, en consecuencia, hubo que empujar a las bestias por los estrechos desfiladeros. Larry había notificado que el terreno que tenían por delante era bastante incierto, y Red Krehl había trepado a una altura para reconocerlo. De regreso, informó a Dann en términos nada dubitativos.
—No se puede ver muy lejos. Pero no es país por donde se pueda conducir ganado, ¡y mucho menos carretas!
—No corramos, amigos —dijo Stanley a sus compañeros—. Subiremos primero para examinar el terreno. Krehl deberá de conocer por dónde hay y por dónde no hay que hacer pasar una vacada.
Pero Eric Dann saltó del asiento de su carreta para enfrentarse con su hermano con una furia terrible.
—¡Primero fue Hazelton! Ahora es Krehl... Krehl... ¡Krehl...! ¡Estoy cansado de ver que modifican mi criterio!
—Eric, has perdido los estribos —le contestó Stanley severamente—. Cálmate. Estos vaqueros han sido una ayuda para mí y no un estorbo... como otros, y tú habéis resultado.
El rostro de Eric se puso colorado como una amapola.
Por Dios, que me volveré atrás! —gritó.
Stanley le respondió dominando su manifiesto acaloramiento:
—Pero esta carreta y el tiro que la arrastra son míos.
—No me importa. ¡Me los llevaré! ¡Bien los he ganado en esta infernal travesía!
Red Krehl se escurrió de la silla.
—¡Bah! Es una baladronada, patrón. No tendría valor.
—Espere, Krehl —ordenó Stanley Dann—. Eric, ¿qué es lo que quieres?
—Tú me trajiste a esta caravana como asociado y como guía —gritó Eric con voz seca.
—Sí, así es.
—Entonces ¡atente a este convenio, o te abandono!
—No me daba cuenta de que lo hubiera roto, Eric. Muy bien, lo sostendré..., venga lo que venga —replicó el jefe.
—¿Queda entendido que soy yo el guía?
—Sí. Pero debes guiarnos. Nuevamente y por última vez. ¿conoces esta región?
—Sí, la conozco —carraspeó Eric apasionadamente. Pero, de pronto, tuvo que hacer un esfuerzo para tragar la saliva, como si se le hubiera quedado algo atravesado en la garganta—.
De un modo general, quiero decir. Este país es enormemente extenso...
—¡Ya! Y usted, ¿lo conoce? —le interrumpió Red con hiriente sorna.
—Sí, lo conozco, don... don... —estalló el desentonado vaquero echando espuma por la boca.
—¡Dann, usted es un... un embustero! ¡Saque el revólver, si tiene valor!
—¡Krehl! —tronó el jefe.
—Demasiado tarde, patrón. Quédese donde está. ¡Venga, señor Eric Dann, saque el revólver!
Eric Dann, cuyo rostro había pasado del rojo al blanco, se volvió sin poder articular palabra, abriendo los brazos de par en par, reclamando el auxilio del jefe.
—¡Dejad eso! —ordenó Stanley.
—Perfectamente, patrón, ya está dejado —replicó Red lacónicamente—. ¡Pero apuesto a que usted ha de vivir para ver alumbrar el día en que deseará que lo hubiésemos terminado a mi manera!
Y la expedición se internó entre las montañas. Pasaron tantos días delante de lo que parecía que había de ser el puerto, que Sterl perdió la cuenta de ellos. En realidad, Slyter, venciendo la oposición de Eric Dann, había insistido en que las carretas marcharan delante, pues en ciertos sitios tenían realmente que improvisar un camino. En ocasiones, una etapa de tres millas al día había de ser considerada como muy satisfactoria. El ganado empezó a ramonear de un lado para otro y muchos animales se extraviaron. Los vaqueros guardaban el rebaño por la noche en relevos de cinco horas. La segunda carreta de Slyter, conducida por Rolan4, se despeñó por un margen empinado. El vaquero escapó del accidente, pero fue preciso rematar a tiros a los caballos. A menudo, llegada la noche, Sterl y Red no podían encontrar un palmo de terreno horizontal para levantar la tienda y se dejaban caer sobre el suelo cubriéndose la cabeza para protegerse de los mosquitos, y durmiendo, a pesar de todo, como leños. Sterl reconocía cada vez más la exactitud de la cáustica predicción de Red.
Al cabo de diez días de pesadilla se encontraban remontando una cañada. Eric y Larry Slyter regresaron, derrotados, de sus exploraciones. Pero Friday, que fue el último en volver, vigorizó sus abatidos espíritus y reanimó su energía.
Venid conmigo —les dijo. Y todos recordaron que el negro todavía no les había defraudado.
Engancharon seis caballos a una carreta y, con un vaquero a cada lado tirando con un lazo y arreando a los animales, ascendieron el collado que les había cerrado el paso.
Necesitaron todo el resto del día para poder subir los otros vehículos, dejando la vacada atrás, en el valle, hasta el día siguiente.
Al recorrer aquel paraje, Sterl exteriorizó con frases malhumoradas el disgusto que le producían la manigua que se abría delante de sus ojos como un laberinto aparentemente impenetrable, y los confines de enfrente festoneados de cimas rocosas.
Diez millas o más de una marcha increíblemente penosa, que habría bastado para cubrir del mismo modo una distancia diez veces mayor..., luego una brecha y el vacío azul a sus pies. Y entonces... otra conferencia.
Seguiremos adelante —declaró Stanley Dann.
—No podremos pasar —afirmó Slyter.
—He confundido el camino —añadió Eric Dann, tartamudeando. Nadie le hizo el menor caso, El jefe investigó la opinión de sus hombres.
—Larry, Bligh, ¿qué decís vosotros?
Los vaqueros replicaron, casi al unísono, que el terreno presentaba muy mal aspecto, por no decir que era infranqueable.
—¿Y usted, Hazelton?
—No podemos volver atrás, patrón —dijo Sterl.
—¿Qué piensa, Krehl?
—¿Yo? ¡Vaya, no pienso nada en absoluto! —masculló el vaquero.
—¡No intente ponerme en ridículo! —rugió Stanley Dann.
—Muy bien, patrón. Excúseme. No soy ningún obstinado. Creo que debemos encontrar un camino que no podemos ver desde aquí.
—¡Perfectamente! Muchachos, buscad un sitio donde acampar.
Plantaron las tiendas al lado derecho del collado, en la base de una empinada pendiente.
Tenían que subir de abajo el agua y la leña, tarea de la cual se encargaron Red y Sterl. Desde entonces, no hubo ya manos ociosas. Incluso Beryl ayudaba a la señora Slyter y a Bill.
—Apenas has empezado a reponerte la reconvino Sterl aquella noche—. Haz el favor de descansar.
Ella replicó, levantando los ojos hacia él con una sonrisa:
—Quiero desempeñar mi pequeña parte, Sterl.
La muchacha no podía comprender que aquellas palabras equivalían a decirle que había empezado a aprender una gran lección de la vida. ¡Qué frágil se veía! Y, sin embargo, su afligida cara parecía más adorable que nunca. Beryl tenía coraje, aquella cualidad que Sterl respetaba más que cualquier otra en el hombre o en la mujer. Si conservaba la vida, saldría de aquel infierno convertida en oro puro.
El vaquero se alejó por el collado en busca de Leslie. La encontró trepando la pendiente a pie, siguiendo las rodadas de las carretas, delgada y ágil, los ojos claros como un halcón, y con un atuendo de vaquero manchado y andrajoso.
—¿Qué tal, Sterl? ¿Estabas ansioso por mí? —preguntó jadeando.
—No, Les. Solamente por King y la remuda.
—King, Jester, Duke y Lady Jane, siguen en toda forma. Sorrel cojea; calculo que está rendido. ¿Saldremos jamás de este paso, Sterl?
—No lo sé, y no me importa mucho.,, —¡Sterl, eso no es propio de ti! ¡Oh, querido mío, estás deshecho!
—Les, tú y Beryl me hacéis sentirme a veces avergonzado —replicó el muchacho.
—A lo largo de todo este terrible año, tú y Red habéis llenado mi corazón, el de Beryl y el de mamá con el ánimo necesario para seguir adelante. No es de extrañar que ahora os rezaguéis un poco. Pero no me defraudes, Sterl, ni dejes que Red defraude a Beryl. Él fue quien la salvó, él es quien está cambiando su alma... ¿Te molestaría sostenerme un poco, como solías hacer?
Pero Sterl se hizo el distraído, a pesar del calor que renacía en su corazón a la vista de la muchacha; se excusó como pudo y, conversando afectuosamente con ella, la acompañó al campamento. Las sombras cayeron sobre los silenciosos expedicionarios, que se dispersaron, unos hacia sus camas, otros a su tarea, y todos con el espíritu aplanado pero no vencido.
Hubo que emplear toda la mañana siguiente para poder subir la vacada al collado.
Friday, que había regresado de una descubierta, se dirigió a Stanley Dann levantando sus negras manos, nerviosas y perfectas, con los dedos bien abiertos.
—Patrón, quizás el ganado tener que pasar por allí —dijo. Y evidentemente significaba que tenían que dividirlo y emprender a través de varios canales hacia lo que fuese que se encontrara al final de aquel laberinto verde.
Y, así, la vacada se derramó del paso entre las cimas como una gran cascada, arrollándose y alborotando para desaparecer casi a capricho en la manigua.
Entonces empezó para los hombres la febril e incesante labor de abrir y preparar a través de las diez millas de selva virgen un camino para las seis carretas.
Fue una hazaña que dejó chiquitos todos sus anteriores trabajos. Al cabo de cinco días de cavar, cortar, transportar piedras, empaquetar provisiones y meterse a través del barro. el agua y la hierba, todos los trabajadores, excepto Stanley Dann y Slyter, se olvidaron de los bueyes y de los caballos. Todos los días, Friday, cuya misión era dar noticias del rebaño, solía decir:
—Ganado, allá más lejos. —Y aquél en que anunció—: ¡Ganado huido! —ninguno de los expedicionarios mostró ansiedad. La de entonces era una batalla por sus propias vidas.
Durante el día, las moscas resultaban casi tan feroces como en las confluencias del Diamantina; y por la noche los mosquitos eran tan abundantes y sanguinarios, que hubieran matado a un hombre que no se hubiese protegido. El segundo cocinero murió de pie, prácticamente, firme en su puesto a pesar de la fiebre y la disentería, hasta que se desplomó todo de una vez. Monkton fue mordido por una víbora mortífera y durante varios días se desesperó de salvarle.
Estando en medio de aquella manigua, Eric Dann hizo una proposición asombrosa.
I Deberíamos abandonar las carretas cargando lo que se pudiera a lomos!
Stanley, manchado, sudoroso y mugriento, clavó en aquel pedazo de carne sus magníficos ojos ambarinos que no habían perdido su maravillosa luz.
—¿Qué haríamos de las mujeres? —le preguntó.
—Pueden montar a caballo. Se lo he preguntado a Beryl, y me ha respondido que sí podía —replicó Eric, impaciente.
—Estamos a dos mil millas de todo punto civilizado. Beryl se moriría.
—¡Si llegase a desfallecer, podríamos transportarla nosotros! —exclamó aquel hombre extraordinario.
El gigante meneó la melenuda cabeza dorada con gesto de cansancio, como indicando que era inútil escuchar a su hermano.
—¡No podremos salir adelante! —chilló Eric levantando la voz—. He trepado a una cima para verlo. ¡No estamos ni a mitad del camino! Stanley, ¿nos sacrificarías a todos por tu indigna hija?
Red Krehl saltó sobre Eric, le derribó, y le hubiera pataleado a no ser por un agudo grito que le detuvo. Beryl y Leslie lo habían visto y oído todo. Sin embargo, no pudo callarse.
—Dann, veo que todavía tendré que matar a este hermano suyo —predijo con amargura el vaquero.
—No mates a tío Eric, Red. ¡No lo mates por mi! —gritó Beryl apasionadamente—. No lo merezco. Fui una loca. ¡Fui una vana, desvergonzada demente! Pero tío Eric solamente lo sabe a medias. Yo combiné con Ash Ormiston que aparentaríamos que me robaba de la cama.
Ash estaba dispuesto a matar a cualquiera que se le opusiera, especialmente a tío Eric, con quien había conspirado. Yo me avine a ir con él para salvar la vida de mi tío, para salvar a papá de la ruina, si no de algo peor. Pero Ormiston me traicionó. Robó el ganado de papá, y sin mi intervención, habría asesinado a tío Eric. Él..., él...
No pudo decir nada más.
Leslie la condujo lejos del grupo de los petrificados hombres.
Eric Dann aprovechó el momento para escabullirse debajo de los árboles. Sterl creyó adivinar que de todos los presentes su amigo Red parecía el más trastornado por la revelación de Beryl. Y, sin embargo, no es que para él, como para los otros, la participación de la chica en el plan de Ormiston saliera entonces a la luz. ¡Red lo sabía! Y lo había guardado en secreto incluso para Sterl. Pero ya sabía, también, por qué la muchacha le había traicionado, lo mismo que a su padre, y a todos ellos.
Tras un silencio, que pareció muy largo, Stanley Dann dijo:
—Muchachos, estamos sometidos a dolorosas pruebas; pero no perdamos nuestra fe en Dios. Krehl, le doy las gracias, pero estoy en desacuerdo con mi hija. Ella merece todo lo que ha declarado que no merecía.
—Sí, patrón. Si me lo preguntara diría que por mi parte pienso lo mismo —contestó Red Krehl, meditabundo. Stanley ordenó con voz potente:
—¡Todos al trabajo! ¡Vamos a pasar!
Al inclinarse para recoger la pala, Sterl susurró a su compañero:
¡Amigo, ahora mi quehacer es evitar que te peguen un tiro por la espalda!
El exceso de fatiga física hizo que, antes de que hubieran pasado muchas horas, todos olvidaran el incidente que había roto la monotonía de sus tareas.
Pero, al fin, y cuando el ánimo de los expedicionarios había llegado al punto más bajo, Friday encontró un desfiladero para salir a la llanura. La región que se presentaba ante ellos era muy diferente de la que describiera Eric Dann. Unas cuantas millas más abajo, después de una suave pendiente verde y sobre una llanura de hierba aterciopelada, la vacada de Stanley pastaba dibujando una gran mancha de color. Más allá se extendían otras llanuras interminables, moteadas de bosquecillos de pandáneos y palmeras, rayadas por franjas negras de otros árboles, y seccionadas de legua en legua por hilos de agua que resplandecían, y bordeadas en sus confines por un horizonte rojizo ilimitado. Estaban todos tan arrebatados de gozo al librarse de aquella espantosa manigua, que ninguno preguntó en voz alta dónde se encontraba. Sólo Sterl pensó en lo que Eric Dann había jurado: que la región que se extendía al otro lado de la cordillera sería idéntica a la de los orígenes del Diamantina.


XXIV
Los expedicionarios gozaron desde entonces de unas jornadas de marcha fácil y cómoda sobre un terreno horizontal provisto de hierba y agua en abundancia, mas tan escaso de leña, que siempre que Bill encontraba una rama seca la recogía para aprovecharla en la próxima acampada. Pero ocurrió un hecho pasmoso; en una semana de travesía, pudieron observar que la serranía que les había costado tantos afanes, tanta vida y tantas provisiones atravesar, iba descendiendo de tal modo, que con un rodeo de una semana hubieran podido llegar exactamente al mismo punto en que se encontraban. ¡Seis semanas más que perdidas!
Un día, a últimas horas de la tarde, la línea negra, irregular que había ido creciendo paulatinamente a medida que se aproximaban, reveló ser un río de bastante caudal que corría hacia el Norte. Aquel curso de agua los enfrentaba con un problema; no solamente para cruzarlo, sino porque al correr en dirección contraria a la prevista echaba por el suelo todos sus cálculos. El Warburton, al cual había pensado Dann que se acercaba, habría corrido en dirección Oeste. Según el tosco mapa del jefe, cuando lo cruzaran se dirigirían al Norte hacia un punto situado entre el Never never land y el Golfo y atravesarían el curso superior de todas las corrientes que iban a desembocar a este último. A la conferencia que convocó Stanley, la primera desde largo tiempo, Eric afirmó positivamente:
—Éste es el río Flinders. Estamos con toda probabilidad a dos o trescientas millas del Golfo.
—¿El río Flinders? ¿El Golfo? —repitió Stanley, pasmado, como un eco—. ¡Esto quiere decir agua salada, cocodrilos y negros caníbales!
—¡Cielos! —exclamó Red Krehl—. Por supuesto, patrón, los presentimientos no significan nada en absoluto para usted. Pero sigamos el mío y apresurémonos a retroceder hacia el terreno seco.
Cualquier sugestión del vaquero resultaba para Eric lo que un paño rojo para un toro.
—Stanley, es por las cercanías del Never never donde se han de encontrar negros peligrosos —dijo excitado. El jefe le preguntó en tono insistente:
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé —replicó Eric tozudamente.
—¿Cuál es tu objetivo?
—El sudeste de Port Darwin —contestó el hermano sin detenerse a pensarlo mucho—. Allí hay praderas fértiles. Podemos hacer alto en ellas, si tú quieres, y enviar a buscar provisiones a Darwin. Yo creo que te decidirás por esta comarca, en vez de los Kimberleys.
—Sí, es verdad —musitó el jefe—. Hemos recogido la misma información de más de una fuente digna de confianza. Siempre estoy a tiempo de irme a los Kimberleys. Has cometido errores, Eric. ¡Este último, terrible! Pero, con el corazón en la mano, ¿hablas honradamente?
Ante aquel jefe severo y justo, ante los dos vaqueros de ojos de lince y el indeciso Slyter y sus vaqueros, Eric Dann aseguró solemnemente que decía la verdad. Sterl se preguntaba cuál sería su juego.
El río, al cual Leslie llamó el Muddy, por ser muy fangoso, parecía acarrear agua dulce aunque dejaba un regusto a hierbajos. El centro de la corriente hubo que atravesarlo a nado.
Ningún accidente ni ningún descalabro señalaron el transporte de las carretas y el paso del rebaño, aunque exigieron cuatro días de continua labor.
Leslie y Beryl, acompañadas por Friday, habían quedado para lo último. Stanley Dann envió a los vaqueros y a Larry y Rollie en busca de ellas.
Cuando los jinetes, con sus mugrientos atuendos legaron a la orilla, Beryl les preguntó:
—¿Dónde hay un caballo, para que yo lo monte?
—El patrón ha dado orden de que te lleváramos nosotros —replicó Larry, embarazado.
Con gran sorpresa de Sterl y no menos, ciertamente, de Red, Beryl se conformó sin hacer ninguna otra observación. Después, y como sin darle importancia, dijo a Red:
—Me sentiría más segura pasando contigo en Duke. ¡Es tan corpulento! Por otra parte, ya me has transportado otra vez.
Sterl saltó de la silla para ayudarla a subir delante de su compañero. Éste la rodeó por la cintura con el brazo izquierdo al par que Beryl pasaba su brazo derecho alrededor del cuello del vaquero. De cualquiera manera que Sterl se fijase en tal posición, se le antojaba que era un abrazo, aceptado de mala gana por parte de Red y sutilmente consentido por la de Beryl. La muchacha inclinó la cabeza hacia atrás con los ojos fijos en el vaquero.
—No durará mucho, Red —opinó Sterl como para animarle. Pero no quería decir el cruce del río.
—No me importa lo que dure, con tal de que... —murmuró Beryl con un destello de su antigua audacia.
La reacción de Red fue tan natural como recóndita era la sinceridad. que encubría.
—Adelante, Duke! —masculló—. ¡Acércate a ese hoyo profundo, húndete y no salgas jamás!
Red entró en el río, con Larry pegado a un lado y Rollie al otro. Leslie esperaba a Sterl, el cual antes de ponerse en marcha, se quedó contemplando un momento al trío de los jinetes.
En seguida se dio cuenta de la excitada alegría de Leslie al ver a Beryl en brazos del vaquero.
—¡Oh, Sterl! ¿Verdad que es maravilloso el amor? —dijo con un suspiro, como entre sueños.
—Debe de serlo. Yo no puedo hablar por experiencia personal como puedes tú, evidentemente. Pero el amor verdadero ha de ser maravilloso.
—¡Aquél es verdadero, vaquero maldito! —estalló Leslie, arrancada a su dulce arrobamiento, haciendo adelantar su montura, que levantaba grandes chorros de agua.
Sterl avanzó perezosamente pensando con tristeza que aquel pequeño juego había sido el primer incidente placentero, el primer relajamiento de la ruda tensión que se produjo en muchas semanas.
La caravana de Dann cubrió en cinco días unas cincuenta millas de verdes llanuras sin que ninguna extensión, más corta o más larga, difiriese apreciablemente de otra. Su belleza perdía atracción, su invariabilidad irritaba los nervios, su monotonía se hacía insoportable.
Pero el quinto día, un terreno oscuro y aparentemente más elevado rompió la continuidad del horizonte. Otros dos días de viaje demostraron que aquella novedad consistía en pequeñas lomas y áreas circulares cubiertas de una maleza densa pero raquítica. Sin embargo, sobre la línea negra del arbolado que se perdía en la distancia, no se veía elevar por ninguna parte las laderas azuladas de las faldas de las montañas. Llegó un día en que Sterl, al mirar atrás, no vio ya la sombra de las montañas purpúreas. Y continuaron caminando hacia el Noroeste, orientándose con la brújula.
—Slyter —dijo Sterl en el campamento de «Hierba Azul»—, si caminamos a través de esta comarca para llegar a las fuentes del Warburton, todo va bien. Pero si nos internamos más en estas llanuras... Red dice que si seguimos al alocado de Eric Dann un trecho más, estaremos perdidos.
—Ya es lo mismo que si lo estuviéramos ahora. Pero no quiero importunar más a Stanley. Él está decidido. Jura que conseguiremos atravesar, y dice que hemos de recordar las anteriores situaciones difíciles y cómo siempre salimos bien de ellas.
¡Días y días y más días! Y noches de inquietud, frías y húmedas en que las estrellas brillaban deslumbrantemente blancas, los avetoros cantaban en los lagos y arroyos bordeados de cañas, y las lechuzas silbaban penosamente en los matorrales de pandáneos. La luna se remontaba en el firmamento confiriendo un tono pálido a la llanura infinita. Reinaba la soledad. Sterl tenía que luchar con la sensación de que habían alcanzado el fin del mundo. Y la caravana siguió avanzando con una lentitud insoportable por la inhóspita extensión de hierba.
Llegaron, al fin, a una comarca de tonos más oscuros y de más extraño y salvaje aspecto. En ella el notable crecimiento de la maleza denotaba la proximidad de un río. Un río que había de correr, más o menos, hacia acá, al otro lado de la oscura franja de fresnos y banianos gigantes, de troncos múltiples, grotescos y retorcidos. Acamparon en un lugar donde un baniano de grandes ramas proporcionaba un espeso dosel verde para toda la caravana. De un ribazo, entre los matorrales, brotaba una fuente de agua dulce formando un pequeño arroyo que se alejaba serpenteando hacia un pálido lago jaspeado de blanco y negro por las gallinas de agua. Los cocaburras se levantaban volando de la maleza para posarse en las ramas de los árboles mirando fijamente, pero en silencio, a los intrusos que acababan de llegar. Esta característica por sí sola bastó para afectar a los deprimidos expedicionarios. El sol descendía oblicuamente en el que les parecía el lado opuesto del horizonte, dejando a Sterl por completo desorientado. Red afirmaba con aire de cansancio que se le daba un ardite, y que lo que ansiaba era que lo que hubiera de ocurrir llegara pronto.
A la hora de comer apareció Friday. En su expresión había algo que suscitaba espanto.
Todos los expedicionarios le miraron con muda interrogación, y el jefe le preguntó:
¿Qué hay, Friday?
—Muchos negros por allá. Un gran río. Muchos cocodrilos. Mucha sal.
Quedaron aplastados. Stanley Dann se sentó apoyando los codos en las rodillas y acariciándose la barba con sus anchas manos; en la frente, las salientes venas resaltaban como cuerdas.
—¡Perdidos! —exclamó con voz hueca—. Apartados cientos de millas de nuestro camino.
—¡Agua salada! —estalló Slyter, aterrado.
—Debe de ser el río Flinders —graznó Eric Dann.
—¿Queeé? —rugió el gigante—. ¡De acuerdo contigo cruzamos el Flinders semanas ha!
—Pero después recordé que no lo era. El Flinders es éste. Aquí está cerca de su nacimiento, y una vez que lo hayamos atravesado, encontraremos terreno más alto. Parecía tan inflamado por una inspirada certeza, que la mayoría de sus oyentes, cogiéndose a un hierro al rojo, sintieron renacer la esperanza. Pero Red y Sterl le miraron con ojos en que se veía la sospecha.
Pasada la noche, el sol se levantó como un disco en llamas en el lado contrario del horizonte. Stanley Dann ordenó a sus vaqueros:
—Dispersaos por la orilla del río y buscad un sitio para cruzarlo.
A cierta distancia del campamento, Sterl, Red y Larry encontraron un claro en la espesura por donde podrían conducir el ganado hasta la corriente y donde no sería difícil abrir un camino para las carretas.
Friday, que caminaba al lado de Sterl, dijo, señalando con el dedo unas columnas de humo que la brecha de la maleza permitía ver a lo lejos:
—Mira allá. Negros estar enterados.
Atravesaron el claro a caballo siguiendo al indígena, que con su larga lanza ahuyentaba las serpientes tiger y que al poco rato emergió sobre el margen bajo de un ancho río. La orilla formaba una pendiente de barro amarillo que descendía cosa de unas cien yardas hasta encontrar un caudaloso canal de la misma anchura aproximadamente, al otro lado del cual una pendiente parecida se elevaba hasta volver a encontrarse con el bosque.
Larry les hizo observar:
—La marea baja. Y rápidamente.
—¡Cielos! ¿Quieres decir que esta agua viene de la marea? —preguntó Sterl.
—Así debe de ser. Friday ha dicho que se trataba de agua salada.
—Friday, ve a ver qué espesor de barro hay —le ordenó el vaquero.
El negro empezó a caminar hundiéndose primero hasta los tobillos, pero cuando hubo recorrido unas cuantas varas, empezó a hundirse más y más, tanto, que al fin el barro le llegó hasta la rodilla.
—Aun con la marea alta, la vacada tendría que atravesar pisando el fondo, un trozo por lo menos junto a la orilla —observó Larry, muy serio—. Y las carretas, ¡vaya trabajo hacerlas cruzar por aquí!
—Ciertamente. Pero no es imposible —aseguró Red—. Cortaríamos troncos y ramas para construir una balsa. Sin embargo, este canal me hace perder el tino. ¿Qué dices tú, Sterl?
—Muchachos, aun sin la amenaza de los cocodrilos, que ha mencionado Friday, tendríamos aquí un trabajo de muerte. ¿Qué dimensiones alcanzan esos reptiles del Golfo, Larry?
—Hasta unos siete metros, me han dicho. Son capaces de romper la pierna de un hombre de un coletazo.
—Red, ¿cómo transportaremos a las chicas al otro lado?
—¡Ah, he ahí un tropiezo! Ahora estaba pensando en ello. ¡Si por lo menos tuviésemos un bote! ... Quizá podríamos construir una balsa, y en caso de apuro usaríamos el fondo de nuestra carreta. Pero me pregunto si llegaríamos a la otra parte.
Los tres jinetes regresaron al campamento. Los otros vaqueros, que habían remontado todavía más arriba por el margen del río, no pudieron dar noticia de ningún sitio adecuado.
Así, pues, Sterl fue el único en hablar.
—Patrón, a poca distancia de aquí hay un vado. Aunque parece extremadamente difícil.
—Señor Dann, ¿no podríamos librarnos de desafiar este río? —preguntó Red ansiosamente.
El jefe respondió, cargado de paciencia:
—Puesto que no podemos volver atrás, tenemos que cruzarlo.
—¡Demonios, no! Podemos retroceder un trecho y con ello nos ahorraríamos una infinidad de trabajo y salvaríamos mucho ganado, y la vida de algunos, tan seguro como que Dios nos hizo de barro. Dann, usted es un ganadero tan grande como todo este país. Pero es hombre de tierra firme.
Mas la maligna y anormal obsesión de Eric volvió a sacar al exterior su cabeza de hidra.
Krehl tiene miedo —gritó con voz ronca—. ¡Una vez por todas, pido que me escuchen!
¡Ningún extranjero es capaz de alterar mis planes, ni de dejarme en ridículo!
—Hermano —replicó el jefe—, te pregunto una vez más, ¿sabes lo que haces al aconsejarnos que atravesemos este río?
—Sí, lo sé. Y sé también que Krehl está amedrentado. Pregúntaselo tú mismo. ¡O se lo pregunto yo! Ven aquí, vaquero. ¿Eres bastante hombre para confesar la verdad, para reconocer que tienes miedo?
Red Krehl observó la figura del ganadero con una larga mirada de extrañeza. Dann resultaba indudablemente un hombre nuevo para el tejano. Luego declaró:
—Diablos, sí! Ciertamente tengo miedo a ese río, a los cocodrilos y a los aborígenes.
Pero me parece que debería tener más pánico de usted, señor Dann. Porque es usted una rara mezcla de loco, de embustero y de granuja.
Sterl se contuvo hasta que la discusión dio fin; luego se dirigió al jefe.
—Dann, quiero que se sepa y se recuerde que yo me opongo con todas mis fuerzas al intento de cruzar el río por aquí.
—Lo siento, Hazelton. ¡Pero lo cruzaremos!
No obstante, el río y la marea tenían algo que decir sobre este particular y cuando a los vaqueros les pareció que estaban lo más cerca posible de su objetivo, entonces el ganado se creyó con derecho a pronunciar la última palabra. Hasta el presente, la vacada había sido extraordinariamente dócil y fácil de manejar, en comparación con el ganado que conocían los vaqueros. Muchas de las terneras y vacas que por las marcas del cuerpo o por hábitos especiales se singularizaban de los otros animales del rebaño, se habían convertido en verdaderos favoritos de los expedicionarios. Hacia el fin de aquel día, sin embargo, todos manifestaban, de un modo evidente, muy contraria disposición. A cosa de las doce de la mañana, Friday informó que habían dejado de pastar y daban muestras de inquietud. Slyter salió para observarlos por sí mismo. De regreso anunció:
—Por una u otra razón les disgusta este lugar.
—Siendo así, se nos prepara una buena noche. No me entretendría en detener una desbandada en esta maleza.
—Quizás oler cocodrilos —dijo Friday.
Las zorras voladoras habían aparecido durante la tarde, unos murciélagos grotescos de anchas alas que salían raudos de los matorrales volando por encima del ganado, y hacia la puesta del sol su número siguió en aumento.
—Sin duda, son estos oscuros animales los que les han producido esa desazón, lo mismo que nos la van a producir a nosotros también —comentó Red Kerhl.
En aquel campamento el fuego no se elevaba brillante, animador. La leña ardía como si estuviera mojada, despidiendo un humo acre. La noche descendía negra; a la vera de los árboles las estrellas quedaban oscurecidas por el follaje.
Habían cenado ya y cinco vaqueros habían salido a patrullar, cuando todos los que quedaban en el campamento se vieron sobresaltados por un rumor espectral y distante que parecía proceder del otro lado del río.
—Corrobori de negros. Éstos ser buenos —dijo Friday con el largo brazo levantado.
De pronto sonó un raudo retumbar de cascos. Los vaqueros fueron tan rápidos en montar sobre la silla como Larry y Rollie. Slyter llegó a toda prisa desde su carreta. Eric Dann levantó la cara, pálida y trasnochada.
—¡Una desbandada! —gritó Stanley.
—¡Ah, ya lo sabía! —afirmó Red con una mueca—. Ven, Sterl. Demos alas a nuestros caballos.
—Esperad, vaqueros —ordenó Dann—. Algunos tendremos que quedarnos para guardar el campamento. Larry, Roland, llamad a Benson y juntaos allá con los otros vaqueros.
Slyter se alejó con los apresurados jinetes gritando algo sobre sus caballos. Friday, en el borde del círculo de luz, se volvió hacia los otros y gritó:
—¡Yo pensar que el ganado correr hacia acá!
¡Dios mío! —exclamó Stanley Dann—. ¡Estad todos preparados! ¡Si la vacada viene hacia aquí, refugiaos en los árboles!
El rugido, que iba en aumento, el suelo que temblaba, tuvieron a todos los oyentes llenos de inquietud y pánico durante un momento interminable.
—¡La desbandada se apartará de nosotros! —chilló Red Krehl.
En aquel momento Friday se inclinó trazando violentos gestos con el brazo indicando que el rebaño se precipitaba en dirección al río. Las explosiones de los disparos resonaban débilmente entre el estrépito de la fuga.
—¡Muy bien! ¡Estamos a salvo! —gritó Sterl. Al abandonarle la tensión del momento el vaquero se sintió flojo como un saco. Había vivido unos minutos de terrible incertidumbre.
Luego, el ruido de las ramas desgajadas y pisoteadas aumentó el estruendo de la carrera. La desbandada, que ya se dirigía, sin duda alguna, río arriba, habría penetrado en el arbolado. El ruido tardó varios minutos en disminuir su volumen. Por fin, Stanley Dann levantó la voz con alivio inmenso.
—La Providencia nos ha salvado otra vez. Pero esta desbandada será perjudicial para el ganado.
—Y de efectos infernales para los vaqueros, también, diría yo —declaró Red.
—No me sorprende que lo piense así. Pero usualmente una vacada no corre mucho rato.
Estoy esperanzado.
—Puede ser que se precipiten dentro del río —intervino Sterl.
Eric Dann volvió a sentarse clavando la mirada en los leños rojizos. Se hacía preciso permanecer junto al fuego y al humo para estar, sólo razonablemente, resguardado de los mosquitos. Eric Dann, sin embargo, se había sentado atrás, en la sombra. No es improbable que tuviese demasiadas cosas en el pensamiento para sentir las picaduras. Al cabo de poco, Slyter regresó al campamento.
Los caballos están bien —iba diciendo a Dann, mientras se acercaba al fuego—. La desbandada ha sido desastrosa. Pero la mitad de la vacada ha quedado al margen.
—Es extraño. Habitualmente los bueyes siguen a los que van delante, lo mismo que las ovejas. ¡Vaya paraje singular!
—Ciertamente. Desearía de buena gana que hubiéramos salido de él. ¡Hola, mama! Tú y Les deberíais estar en la cama.
—Ya nos veo a las dos bajo la amenaza de ser aplastadas por el rebaño. ¡Y Stanley diciéndonos que subamos a los árboles! —replicó su buena esposa—. Pero ahora iremos.
—Esto sería una buena idea para ti, Beryl —aconsejó su padre.
La chica replicó con mal humor:
—Me da miedo ir a la cama.
—A mí también —añadió Leslie—. Estos silentes y repulsivos murciélagos me ponen la piel de gallina. Acabo de encontrar uno en nuestra carreta. ¡Uf!
—Bien, mientras Sterl y Red hayan de montar la guardia, supongo que vosotras, muchachas, no tenéis nada que temer. En cambio, no es un sitio muy acogedor para cortejar.
Beryl soltó una risita sardónica.
—¡Cortejar! ¿Con quién, en este mundo?
—¡Algún tiempo atrás era una condescendencia de reinas! ¡Ahora parece que los ídolos poderosos han caído! —replicó alambicadamente la señora Slyter antes de abandonarlas.
—Leslie, ¿qué quiso decir tu madre con ese discurso tan raro? —preguntó Beryl, molesta.
Leslie, dejándose caer sobre el tronco, muy cerca de Sterl, contestó:
—¡Oh, a mamá se le ha reblandecido el cerebro!
Red, que estaba sentado al otro lado del fuego, delante de ellos, levantó los ojos hacia Beryl, que seguía de pie, y masculló:
—¡Ea, todas vosotras, las mujeres, tenéis el cerebro reblandecido!
—¿Sí? —preguntó Leslie.
—¿Así estamos, señor Krehl? —añadió Beryl.
—Sí, así es. Tomemos la salida de la madre de Leslie, por ejemplo. Ella y vosotras, muchachas, tenéis la misma idea, me parece. La cuestión está en ir colgadas del brazo de un hombre; de cualquiera, por el momento; hasta que topéis con uno a quien os interese encerrar para siempre.
—Es cierto, Red. Enojoso pero cierto —admitió Beryl, repentinamente franca y formal—.
Pero no se nos puede criticar a Les y a mí por haber nacido mujeres.
—Yo diría que no, Beryl —replicó el muchacho, apaciguado por su sinceridad.
—Sigue, Red. Ibas a decir algo —continuó ella.
—Sí, iba —contestó el vaquero—. Me parecía desencajada y necia esa exigencia sentimental vuestra, si así puede llamarse. Aquí estamos, perdidos en este terreno abandonado de la mano de Dios. ¡Ah! , ya sé que Eric jura que no nos hemos extraviado, pero no me engaña. Por otra parte este agujero es el paraje más espectral y desagradable en que haya acampado nunca.
Aun más: es un punto peligroso. Acabamos de escapar de una situación difícil. Y he aquí por qué me maravillaba precisamente de que vosotras, mujeres, sintierais en la misma boca del infierno ese sentimiento dulce, jugoso, blandengue.
Beryl le replicó con elocuencia: —Eso es lo maravilloso del caso. Red Krehl, que podamos sentir y necesitar tales cosas en este momento. Cosas que yo dejé atrás para ir con mi padre. Podía haberme ido a vivir a Sidney; pero preferí acompañar a papá. Tú has visto algo de lo que he sufrido, y, no obstante, esa dura experiencia no ha destruido del todo mi sensibilidad, mis antiguas costumbres. Comprendo por qué piensa Sterl que retrocedemos hacia lo salvaje; veo que si nos halláramos retenidos aquí para siempre nos convertiríamos en unos salvajes más. Pero, por el presente, tengo una personalidad dual. De día soy valiente, de noche soy cobarde. No puedo dormir; me espantan los ruidos. Mientras estoy acostada, terribles escalofríos recorren mi cuerpo y no puedo olvidar lo que me ha sucedido ya. Red Krehl, tú dices que te extrañas de mi manera de ser, pero yo digo que lo extraño es que no sepas ver de cuán buena gana aceptaría cualquier amabilidad, cualquier atención, cualquier afecto que me librase del tormento de pensar.
Este discurso, largo, aunque pronunciado precipitadamente, llegó al corazón de Sterl despertando en él la vergüenza y el remordimiento. El vaquero sentía una viva curiosidad por ver cómo lo tomaría Red y, de todos modos, tenía fe en la grandeza de alma de su compañero.
—Ven aquí, muchacha —dijo éste cariñosamente, tendiéndole la mano. Beryl dio unos pasos y se apoyó en él, como impulsada por una fuerza superior a su voluntad. El vaquero la hizo sentar a su lado sobre el estrecho paquete que le hacía de silla y la rodeó con el brazo atrayéndola hacia sí—. Me duele haber soltado todas las frases desagradables que he dicho sobre este lugar. No guardo otro sentimiento que la alegría de comprenderte mejor. Pero, Beryl, me parece que tú no sabes figurarte cómo soy yo. Cuando todo marchaba como una seda en esta travesía, me hiciste pasar muy malos ratos. De tal modo, que aunque quisiera ser dulce y tierno contigo —que seguramente no quiero serlo por el modo como me trataste—, no podría conseguirlo a causa de los efectos que este viaje me ha producido. He salvado tu vida en un par de ocasiones, y pienso que tendré que hacerlo un montón de veces más. Si no fuese un jinete incansable, un buen tirador, un pistolero malcarado y vulgar, este vaquero no sería capaz de hacer tanto por ti. Ello debería abrirte los ojos para verme claramente.
—¡Oh Red! —exclamó Beryl con vehemencia—. ¡Yo no te quiero de otro modo!
Esta escena fue interrumpida por un retumbar de cascos que anunció la llegada de Larry. También Friday se acercó corriendo para echar leña a la lumbre.
—¡Larry, estás todo ensangrentado! —exclamó Sterl.
—No, sólo he dado contra una rama —dijo jadeando el vaquero—. Dejadme sentar.
Dann llegó al momento y se inclinó sobre el herido.
—Un corte profundo en la cabeza. Muchachas, traed agua y vendas. ¿Te encuentras bien, Larry?
—Sí, señor; sólo me siento rendido.
—¿Dónde están los otros vaqueros?
—Allí, con lo que queda de la vacada. La desbandada se ha alejado, señor.
—¿Cuántos?
—Benson ha dicho que va una tercera parte de la manada. Se han precipitado dentro de la maleza. Parecían locos. Corrían quebrando las matas y algunos han caído al río. Por tanto, nos avisamos unos a otros a gritos para reunirnos y después dimos un rodeo. Hemos calculado que la manada fugitiva saldrá del monte bajo por la mañana.
Entre tanto, Dann había desatado el pañuelo de la cabeza de Larry y empezado a curar la herida. Slyter ordenó a las muchachas que se fueran a la cama. Esta vez obedecieron. Red fue enviado a ocupar el lugar de Larry entre los vaqueros, y a Sterl le ordenaron que permaneciese en el campamento.
Hacia el amanecer, al regresar Red v Rollie, relevados por dos de los hombres de Dann.
Sterl se acostó al lado de su compañero. El sol estaba muy alto cuando Friday los llamó.
¿Dónde haber negros, Friday?
—Por allá. No ser buenos. Estar escondidos por toda la maleza. Vigilar a los blancos.
—Estos aborígenes de aquí parecen de raza diferente —comentó Red—. Son lo mismo que los injuns y comanches.
Encontraron a los vaqueros que regresaban cansinamente. Benson les informó de que dos tercios de la vacada permanecían intactos. Sus ropas desgarradas, los arañazos de las manos y los rostros magullados proclamaban el esfuerzo desesperado que habían tenido que realizar para tomar la delantera a los bueyes que huían.
—Los hemos detenido a una distancia de cinco millas en dirección Oeste —dijo Bligh, fatigado—. Ahora, están en campo libre, v hay pocos que se tengan de pie. Van escornados, tullidos, golpeados; forman una piara lamentable.
Friday apareció llevando un canguro que había matado de una lanzada.
—Muchos canguros —les dijo—. El río bien lleno. Muchos cocodrilos.
—¿Has visto negros, Friday? —preguntó Sterl.
—Los negros estar por ahí entre la maleza. Pronto.
—Comed y bebed todo lo que podáis resistir, muchachos —invitó Stanley Dann—.
Dejaremos el ganado que escapó la pasada noche para el final v, si se dispersan, los abandonaremos. Teníamos un rebaño demasiado grande. Ahora levantaremos el campo.
Conducid todas las carretas y los caballos hacia la brecha que forman más abajo los matorrales; después haced acercar la vacada. Distribuiremos las guardias por relevos de dos horas. Vadearemos el río con las carretas y dividiremos nuestro grupo y nuestro campamento entre las dos orillas del río hasta la tarea final, que consistirá en hacer pasar el rebaño.
Sterl convino en que era un plan audaz y magistral. La ejecución exigiría un trabajo de inspiración genial y heroica. Todos montaron se alejaron a caballo.
¡El río! Bastó que los vaqueros, e incluso su jefe, llegaran a la vista de la corriente amarillenta que formaba remolinos entre las orillas fangosas, bordeadas de cañas, para que experimentaran la sensación de hallarse cara a cara con lo que parecía un imposible.
—¿Dónde están los cocodrilos, Friday? —preguntó Dann.
El negro indicó con la lanza el río y las márgenes cubiertas de cañas.
—Allí.
—Slyter, ¿se esconden en la hierba?
—Sí, ciertamente. Estos grandes cocodrilos se alimentan de animales. Esta agua es salobre, pero los canguros, los bueyes salvajes y los brumbies suelen beberla, y me han dicho que los cocodrilos yacen al acecho y con un coletazo son capaces de tumbar a un animal grande o a un indígena dentro del agua.
—No puede haber muchos. Pero abrid bien los ojos y tened las armas a punto. Slyter, su carreta será la primera en pasar; envíe un vaquero delante para comprobar el fondo. Dese prisa mientras la marea es alta.
Todos contemplaron cómo Heald guiaba su caballo río adentro. Después de haber dado cerca de un centenar de pasos, regresó diciendo:
—El fondo es fangoso y blando. Pero no hay arena movediza. Si uno no deja que su caballo se detenga, es posible seguir adelante.
—¿Qué pasará con una carreta pesada? —preguntó Slyter, indeciso.
—Se atascará, pero no se hundirá —declaró Dann—. Tenemos cuerdas fuertes y caballos poderosos y conseguiremos empujarla adelante.
Un momento después, Slyter, acompañado por Dann y seis vaqueros, había hecho penetrar en el agua sus tiros de corpulentos caballos.
No se habían introducido tanto como Heald cuando las ruedas quedaron pegadas al fondo. Dos jinetes saltaron de la silla para desenganchar los tiros, que Bligh y Hood condujeron a la otra orilla. Rollie, llevando un saco delante y restallando una fusta en la mano, se puso al lado de los enjaezados caballos, que no tardaron en avanzar a nado. Cuatro jinetes les siguieron transportando fardos. Mientras tanto, Slyter, montado en su carreta, estaba, rifle en mano, vigilando atentamente.
—Cocodrilos por toda aquella parte de allá —gritó Friday señalando con el brazo.
Al ver que las cañas se meneaban y se abrían, Sterl gritó a su compañero:
—¡Empuña el rifle, Red!
De pronto, vino de la orilla opuesta el ruido de una fuga precipitada entre los cañas y después el ¡zum! de un enorme reptil que saltaba por el margen y se deslizaba sobre la estrecha franja de barro. Pero no fue lo bastante rápido para zafarse de la puntería de Red.
Sterl percibió el choque de la bala, y al instante el voluminoso animal dio un salto debatiéndose entre convulsiones. El vaquero lanzó un grito, le apuntó con cuidado y apretó el gatillo. La distancia a que se encontraba no significaba nada para un campeón de tiro; así, pues, su bala dio también en el blanco.
¡Otro! Cuatro disparos dejaron al segundo reptil rodando sobre el barro. Al parecer, tenía el espinazo roto.
—¡Allá, por allá! —chilló Friday señalando al otro lado.
En aquel momento, Slyter disparaba contra un cocodrilo más pequeño y ligero que los anteriores. Pero al mismo tiempo, se oía la carrera y el salto de uno muy grande que se lanzó por el margen solo para ir al encuentro de una granizada de plomo. Sin embargo, impedido y lento, fue arrastrándose hasta el río.
El caballo de Stanley Dann estaba ganando la orilla. Los vaqueros se afanaban en avanzar y arreaban los tiros que habían desenganchado, al mismo tiempo que Rollie, detrás de los mismos, iba restallando su largo látigo. Cuando, por fin, llegaron al otro lado, treparon por la orilla para depositar los fardos y buscar un sitio por donde hacer subir la carreta. Al momento, volvieron a entrar en tropel en el agua, marchando muy juntos, y algunos con los revólveres en alto.
—Haced todo el revuelo posible —les gritó Slyter. No tardaron en cruzar y, después de cargar con otros paquetes, se metieron otra vez en el río. Súbitamente, Friday lanzó un grito en lengua índigena e inmediatamente Slyter, con un rugido ininteligible, empezó a hundir plomo en el agua. Se siguió un fuerte chapoteo y después la superficie se agitó durante un largo rato.
—¡Le he dado! —gritaba Slyter resiguiendo con la mirada—. Le tenía delante mismo de mí, más largo que la carreta! ¡No le había visto hasta que salió a la superficie!
Cuando los vaqueros llegaron de nuevo junto al vehículo, Stanley les gritó con voz enérgica:
—Muchachos, ha sido un trabajo espléndido. He oído cómo vuestras balas acertaban en el blanco. ¡No es tan malo tener tiradores yanquis entre nosotros!
En otros nueve viajes, durante los cuales los vaqueros, así como Slyter, Larry y el negro, estuvieron vigilando desde diversos puntos, no ocurrió nada desfavorable. Dann y tres de sus vaqueros se quedaron entonces en la otra orilla con las yuntas de caballos preparadas, sin acabar de salir del río, mientras los otros tres hombres, transportando poleas y cuerdas, hacían regresar apresuradamente a sus caballos hacia la carreta.
Bligh se deslizó de la silla y, con el agua hasta la cintura, fue tanteando alrededor de sus pies en busca de la lanza de la carreta. Al verle expuesto de este modo, Sterl sintió que un sudor frío se le escurría por todo el cuerpo. Por fin la encontró y, sin vacilar, se sumergió para levantarla. Un momento más, y la pesada polea quedaba amarrada a la lanza. Bligh advirtió a Dann gritando y haciendo señas con la mano. Las dos yuntas se pusieron a tirar vigorosamente. Delante de la carreta, los vaqueros tenían asida la gruesa cuerda. Slyter levantó los brazos en alto agitando el rifle y añadió sus gritos a los de los demás. Hubo un momento de esfuerzo y de pataleo, luego el vehículo vacío cabeceó, se movió un poco y quedó semiflotante. Slyter, meciéndose de pie sobre el asiento del conductor, seguía escudriñando el agua en busca de cocodrilos.
Los dos tiros y los seis caballos sueltos que los ayudaban no aflojaron la marcha hasta que las ruedas volvieron a tocar el fondo. Y en pocos momentos la carreta estuvo a salvo sobre la orilla.
A pesar de los cocodrilos, esta hazaña constituía un buen augurio para el éxito de la operación.


XXV
Durante todo este tiempo la marea iba bajando lentamente. El lecho del canal dejaba a la vista anchas franjas de barro. Sterl notó que de la orilla opuesta había desaparecido un gran cocodrilo, al cual había creído con toda certeza muerto. El que mató Slyter estaba echado de espaldas, con las patas, parecidas a zarpas, sobresaliendo del agua poco profunda.
Algunos hombres del equipo de Dann cortaban troncos y maleza con el fin de ponerlos de largo en los hondos surcos que ruedas y caballos habían dejado en el fango. Bill se puso a construir un cobertizo de lona a cuya sombra pudiera trabajar. Sterl, Red y Friday corriendo a ocuparse en las tareas del campamento, que el río había dejado en suspenso. Poco después, los vaqueros de Slyter y Dann, todos, excepto Roland, que se había quedado en la orilla opuesta, llegaron sucios y mojados, ruidosos y triunfantes, de regreso al campamento.
—Se necesitan voluntarios para conducir el carromato pequeño —gritó el jefe.
Todos querían intervenir en aquel trabajo. Dann escogió a Benson, el de más edad.
Mientras seis hombres cortaban árboles bien cubiertos de rama, dos jinetes los arrastraban hacia el río. Dann y Slyter abrían el camino. Eric los ayudaba con el aire de un sonámbulo.
Friday tendía el brazo indicando las señales de humo que se levantaban detrás, lejos, entre los matorrales, y meneaba la enmarañada cabeza.
Una colección de manos vigorosas dejó listo el camino en poco tiempo por el lado correspondiente al campamento. El hecho de que Slyter cubriese con broza el cocodrilo que había matado encerraba un significado particular.
Luego, Benson hizo bajar por el margen el carromato de dos caballos. Mientras los animales no dejaron de moverse, la senda de ramas los sostuvo bien, así como a las ruedas; pero al llegar al canal más profundo los vaqueros tuvieron que descargar el vehículo y transportar su contenido a la otra orilla, tarea en la cual se les pasó toda la tarde. Al terminarla, Bill les tenía ya preparada la cena. Benson se ofreció voluntario para llevársela a Roland y a Bligh, que se habían quedado de guardia al otro lado, y a permanecer allá con ellos.
Los hombres, sucios, empapados del fango del río, comieron como lobos, pero estaban demasiado cansados para conversar. Sterl y Red salieron a guardar la vacada.
Y otra vez llegó la noche con un silencio sólo alterado por los ladridos de los dingos y el sedeño zurrido de las zorras voladoras. La vacada parecía libre de los miedos de la noche anterior; Sterl y Red permanecieron juntos, y al cabo de pocas horas, uno de los dos vigilaba, mientras el otro dormía. Pero en los intervalos que le tocaba estar despierto, Sterl no conseguía despertar los recelos que le asediaban. En su mente se conjuraban acontecimientos desgraciados para los cuales parecía no existir razón alguna.
Por fin llegó la aurora, anunciándose con una rubicundez por el Este y convirtiendo la penumbra gris en luz esplendente del día. Sterl despertó a Red y lo sacó del duro lecho que le proporcionaba el suelo, y los dos vaqueros rodearon la remuda, sustituyendo las monturas que habían utilizado para la guardia por King y Duke. Cuando cabalgaban hacia el campamento, Sterl hizo el siguiente comentario:
—Red, es una sucia tarea arriesgar los caballos de Leslie en ese río.
—Vaya! Yo estaba pensando lo mismo. No lo haremos; sólo cuando tengan que pasar al otro lado. Para cruzar nosotros, montaremos dos de los caballos de tiro. Empero, ¡Santos Inocentes! , no están libres de que se les acerque algún cocodrilo. Te juro, amigo, que nunca había tenido el corazón tan apretado como al pensar en ello.
—Nervio y suerte, Red!
—Los otros muchachos hubieron de tenerlos, ciertamente, ayer.
A la salida del sol, cuando Friday se acercó al fuego para tomar el desayuno, los otros habían terminado ya. —Cocodrilos por todas partes —anunció.
Aquellas palabras dejaron a los expedicionarios en silencio, cual si fueran el estallido de un trueno. Slyter y los vaqueros siguieron a Dann, que se dirigió a grandes zancadas a observar la corriente. En medio del canal flotaba un novillo agarrado por varios saurios. Más abajo, los feos hocicos y las dentadas colas de los reptiles sobresalían del agua fangosa rodeando a una vaca o ternera que había encallado en un sitio poco profundo. Río arriba, en la otra orilla, un tercer animal atascado en el fango se veía rodeado por los saurios.
Larry explicó:
—Anteanoche, cierto número de cabezas se precipitaron dentro del agua. Nosotros escuchamos sus mugidos y el chapoteo que formaban al caer.
Slyter sacó una conclusión:
—El olor de la sangre nos echará encima todos los cocodrilos que haya en muchas millas de distancia.
—Puede ser que no resulte tan mal como parece —replicó el jefe, con su optimismo habitual—. Hagamos cruzar el carromato de Bill en seguida. Decidle que saque fuera té y provisiones para hoy y para mañana, y uno de vosotros pondrá en el vehículo el mejor yantar para los muchachos que están al otro lado. ¡Una olla de té caliente! ¿quien guiará el carromato?
Red Krehl se designó a sí mismo para este menester. Pero Dann prefirió tener al vaquero, rifle en mano, en la orilla, y seleccionó a Heald. Este penetró en el agua hasta que llegó casi a la plataforma del vehículo. Entonces, el procedimiento del dia anterior fue puesto en práctica con mayor celeridad aún. Llamó la atención de Sterl que, con la prisa, los vaqueros se olvidaran de la existencia de cocodrilos, los cuales hubieran podido muy bien hacer acto de presencia. Realizado este importante trabajo, los muchachos se tomaron un descanso para sorber una taza de té; rito inevitable que divertía grandemente a Sterl.
—¡Ahora, la carreta de Ormiston! —gritó Stanley Dann. —Este quehacer corresponde a Eric.
Algunos de los muchachos engancharon dos tiros de caballos al vehículo mentado, mientras los otros descargaban la mitad de su contenido. Sacos de arpillera especial, llenos de harina y otros comestibles, salieron a la luz.
Pero al arrancar, el tiro delantero se negó a obedecer, y respondió a los gritos y a los azotes lanzándose a saltos, ante lo cual Eric Dunn confió en el látigo. Sin duda, los animales habían percibido el hedor de los cocodrilos muertos. Mientras tanto, Stanley daba órdenes a gritos a Eric, pero éste no le oía o no sabía obedecerlos. Los otros vehículos se habían internado un trecho máximo de unos cien pasos, pero Eric Dann siguió adelante hasta que los animales se rebelaron y los primeros quedaron sumergidos hasta la cruz. Detalle extremamente adverso, pues evidenciaba que se estaban hundiendo en el barro. Media docena de vaqueros hicieron avanzar sus indóciles monturas para rescatar el vehículo.
En aquel crítico momento, Friday profirió un alarido salvaje. Un novillo muerto, rodeado de cocodrilos, bajaba en dirección a los caballos enganchados en la carreta.
—¡Atrás, Heald! ¡Atrás, Hood! —gritó Sterl con toda la fuerza de sus pulmones—.
¡Cocodrilos!
Resoplando y haciendo esfuerzos desesperados, los corceles dieron media vuelta, enviando por el aire montañas de agua, alcanzando la orilla en el preciso momento que el novillo muerto llegaba junto a los caballos de tiro y se metía entre ellos. Stanley Dann estaba gritando a su hermano que trepase sobre la carreta y se aprestara a defender su vida. Pero Eric, que posiblemente le había oído, tenía los ojos en la confusión que se había armado debajo de él.
El novillo no tardó en pasar por entre las dos parejas y quedó alojado contra la lanza del vehículo, dando ocasión a que los grandes reptiles atacaran a los caballos. Entre el fragor del agua y el griterío de los vaqueros podía oírse el choque de los dientes y el ruido de las enormes mandíbulas al cerrarse.
Eric sacó el revólver y disparó. No es improbable que hiriese a los caballos en vez de tocar a los cocodrilos. Precisamente el primero de la izquierda se encabritó, levantando un reptil agarrado a su hocico. Sterl envió una bala que penetró en la cabeza del repugnante animal. Pero éste no se soltó, sino que arrastró a su víctima debajo del agua. El de la derecha estaba acosado por dos, uno de los cuales se le agarraba al cuello con las enormes mandíbulas abiertas. Sonó el rifle de Krehl. Su compañero disparó también, aún a riesgo de matar al caballo si erraba el cocodrilo. Más tarde, media docena de leviatanes atacaban a la segunda pareja.
Y en aquel momento terrible para Eric Dann, caballos y carreta eran empujados hacia lo más profundo. Cuando el agua llegó más arriba del fondo del vehículo, éste flotó. Eric saltó al asiento del conductor y se agarró desesperadamente. Al volverse hacia los que le miraban desde la orilla, su rostro apenas tenía nada de humano. El agua arrastraba la carreta río abajo.
¡A caballo, muchachos! —gritó Red. Y saltando sobre Duke se lanzó, rifle en alto, dentro de la maleza en la misma dirección de la corriente. Sterl le siguió con toda rapidez y por el ruido de los cascos y el crujir de las ramas supo que los demás iban pisándole los talones. Al salir fuera de los matorrales, se encontraron ante una curva del río en la cual el margen bajo permitía el acceso, hasta la misma corriente. Sterl llegó al borde del barro cuando Duke salía del agua. La carreta se había detenido en un sitio de poco fondo. A su alrededor tenía lugar una horrible lucha, y más allá varios cocodrilos estaban descuartizando un caballo cuyas amarras habían cortado a dentelladas. Eric Dann seguía aferrado al asiento del conductor.
Poco después, llegaron Stanley y sus seguidores. Por una vez, al estentóreo jefe se le había quebrado la voz y era incapaz de articular palabra.
Red, dejando de lado el rifle, armó su mano izquierda con el revólver y la derecha con el lazo. En aquel momento, un cocodrilo de mandíbulas negras y largas, sacó el hocico y los hombros fuera del agua y empinándose sobre la carreta trató de alcanzar a Eric. El mordisco falló por más de dos pies de distancia.
Los caballos hablan cesado de resistir. Con lo cual los empujones y las embestidas de los cocodrilos parecían a punto de volcar el vehículo. Si al mismo tiempo rompían a mordiscos los arreos de los caballos dejándolos sueltos, todo habría terminado para Eric Dann.
Red hizo avanzar a su corpulento corcel, que se movía a saltos, con las orejas enderezadas y dando fuertes resoplidos, contestados con relinchos salvajes por los demás caballos. El vaquero aventuraba la posibilidad de que los reptiles estuvieran demasiado atareados para verle. Cuando a Duke le llegaba al agua hasta los flancos y el remolino espumoso y revuelto estuvo casi a la distancia de la longitud del lazo, Red lanzó un penetrante grito.
—¡Póngase en pie, Eric!
El desgraciado le oyó y trató de obedecer, pero el horror debía de tenerlo paralizado.
—¡Retire la pierna, el brazo! —chilló Red con furia, disparando contra el cocodrilo que había asomado al exterior.
Pero Eric era incapaz de auxiliarse a sí mismo. La asquerosa fiera embistió hacia arriba otra vez. Las acanaladas mandíbulas abiertas de par en par, al cerrarse fallaron su objetivo solamente por unas cuantas pulgadas.
Entonces, la cuerda salió disparada y el nudo corredizo se escurrió sobre la cabeza y los hombros del hermano de Stanley. Red hizo dar la vuelta al voluminoso caballo y le espoleó hacia la orilla, con lo cual Eric fue arrancado de la carreta saltando por encima de los mismos lomos de los atareados cocodrilos y arrastrado a través de la orilla poco profunda hacia lo alto del margen. Red, que con esta maniobra le había librado del peligro, saltó del caballo y corrió a aflojar el nudo. Stanley y dos vaqueros levantaron al hombre medio muerto, cuya cabeza se había arrastrado por el barro, y lo condujeron lejos de la corriente. Sterl seguía firme en su silla, aunque sintiendo una opresión en la garganta. El vaquero no se había preocupado mucho por Eric Dann. ¡Pero el riesgo loco que había corrido su intrépido compañero...!
—No se ha hecho... ningún daño —dijo Red jadeando mientras volvía a enrollar la cuerda, sucia de barro—. Tenía miedo... de que se le quedara el lazo... alrededor del cuello. ¡Pero la suerte pendía de un hilo! Amigo, éste es un caballo entre un millón. Por Dios, que temía que no querría obedecerme. ¡Pero me ha obedecido! ¡Me ha obedecido!
Los otros habían dejado a Eric sobre el suelo para que se recobrara. Sterl desmontó y cada vez que una cabeza o un cuerpo sumergía en la superficie, les enviaba un proyectil. Sin embargo, el ángulo era desfavorable y la mayoría pasaban silbando por encima del agua. Uno por uno, los caballos quedaron despojados de los tirantes y fueron arrastrados lejos hasta que desaparecieron en el fondo.
La pesada carreta había quedado enderezada con el extremo posterior y las ruedas sumergidas. La marea iba descendiendo.
—¡Esto es un milagro desde cualquier punto de vista que se mire! —exclamó Stanley Dann—. ¡Como si mi deuda con usted no hubiese sido ya bastante grande, Red Krehl!
—¡Diablos, patrón! Lo mismo hoy que ayer, cuando la cosa ha tomado mal cariz, todos hemos hecho lo que hemos podido.
Durante la marea baja arrastraron la carreta de Ormiston fuera y la llevaron al campamento. Las chicas levantaron un gran clamor pidiendo que les explicaran la hazaña.
Red les contestó riendo, pero Sterl se la narró, no sin algún arreglo. El vaquero quería ver cómo los ojos de Beryl Dann denunciaban las emociones profundas e inmediatas de la muchacha.
—¡Por mi tío! ¡Si él te odiaba, Red!
—Esto es cosa de nada, un trabajo sin importancia, Beryl —objetó éste—. ¡Vaya, con sólo que tú fueras como Duke! La muchacha no correspondió con igual humorismo.
—Yo no soy un caballo, Red. Soy una mujer.
—Cierto, ya lo sé. Lo que quiero decir es que cuando un corcel es magnífico, como Duke y pone su cariño en uno, es capaz de hacerlo todo por él—. Red se había puesto serio a su vez.
—Yo moriría por Duke, Beryl, y estoy seguro de que él moriría por mí.
—Me gustaría que sintieras lo mismo por mi persona, Red Krehl —respondió ella con voz vibrante—. ¡Yo sí que sería capaz de morir por ti!
—Ea, tus anhelos...como tus ojos, y tu corazón, son demasiado grandes para ti, Beryl.
Leslie se desasió del cuello de Duke para mirar al vaquero.
Red, te doy mi caballo. Y tú puedes devolverme a Jester —dijo.
—¡Bien! ¡Maldita sea! ¡Leslie me has puesto el dedo en la llaga!
—Esto me hará feliz. Y a Beryl también.
Stanley Dann los interrumpió, ordenando a grandes voces:
—Cortad más troncos. Repararemos la ruta y pasaremos mi carreta antes de que muera el día.
Mientras sus vaqueros trabajaban como castores, el jefe descargó el equipaje y la cama de Beryl. Luego, condujo el vehículo al otro lado. Friday vio cocodrilos, pero ninguno se acercó. Después que la carga y el vehículo fueron transportados en el tiempo mínimo, seis jinetes, en dos viajes, acarrearon los enseres de Beryl.
Se puso el sol, rojo y maligno. Los expedicionarios comieron, tratando de olvidar las señales de los negros, los murciélagos misteriosos, los aullidos de los dingos y la amenaza invisible que se cernía sobre el sombrío campamento. Al siguiente día y a la claridad lechosa del alba, Stanley Dann los despertó a todos. El terreno estaba húmedo y hacía frío v, entre la maleza, los dingos ladraban lastimeramente. Los vaqueros encontraron a dos vaqueros de Dann, que reunían los caballos para la etapa del día. Ellos ensillaron a Duke, King y Lady Jane y condujeron el resto de los caballos de Leslie al campamento. La animosa voz de Stanley, su alto espíritu, el amanecer gris que se encendía en tonos rosados, el desayuno humeante, todo parecía conjurarse contra el sombrío y acongojante sortilegio.
—Muchachos, éste es nuestro día decisivo —exclamó el jefe—. La carreta de Roland primero. Descargad todos los artículos pesados. Cargad estos sacos de frutas secas que tenía Ormiston... sin yo saberlo. ¿Querrá guiar la carreta de Roland, Slyter?
—Sí —respondió éste—. Mamá, tú vienes conmigo.
—¡Con Beryl y Leslie será demasiada carga! —observó Dann.
Beryl intervino afirmando con acento decidido: —Yo no quiero subir a la carreta, papá.
Y Leslie objetó por su parte:
—Yo monto Lady Jane. El jefe contempló a las animosas jóvenes con los grandes ojos luminosos y, sin hacer ningún otro comentario, se puso a dar prisa para la descarga de la carreta de Roland, a la cual engancharon dos corpulentos caballos de tiro. En el horizonte se elevaba el sol, derramando esplendorosa luz. Cuando Slyter subió al elevado asiento de la carreta le advirtieron, desde el otro lado del cauce, que los vaqueros que aguardaban allá estaban ya preparados. Roland montó a horcajadas uno de los caballos guías. La marea estaba creciendo; faltaba solamente un pie y un octavo en los ribazos y una docena de yardas en la fangosa orilla para que llenara por completo el lecho del río.
¡Friday! Que todos vigilen el agua por si se ven cocodrilos —ordenó el jefe.
Leslie montó su caballo, pálida y resuelta. Conocía el peligro. En tal coyuntura, Beryl salió de la tienda, muy esbelta en su atuendo de amazona. En la mano llevaba un pequeño bolso negro.
—¿Quieres transportarme, tú, Red? —preguntó sencillamente. En sus ojos, sombríamente dilatados, se pintaba el terror.
—Sin duda, Beryl, pero ¿por qué? —preguntó el vaquero.
—Me sentiría más segura... y... y...
—Bien, ¡al diablo! ¡Sea! Pon el pie en el estribo. ¡Arriba! No, no, puedo tenerte de este modo, Beryl. Es preciso que montes a horcajadas. Ponte delante de mí. ¿Qué, Sterl, marchamos?
—Friday indica que es el momento —replicó su compañero con la cara contraída por una mueca—. Ponte a mi lado, por la parte opuesta a la corriente, Les. Larry, tú vete al lado de Red, cortándole el agua. Lo que importa es cruzar rápidamente.
Se internaron en el río, adelantaron a los caballos de Slyter y a los jinetes, y al llegar al canal más profundo, los pechos de los corceles partieron el agua a nado. En aquel momento, Red, el de los ojos de lince, gritó:
—¡Compañeros, preparaos para un concierto de tiros! ¡Cierra los ojos, Beryl!
Del otro lado del cauce, algo más arriba de la posición de Roland, llegó el ruido de una fuga entre la broza; las cañas se agitaron, y luego se oyó el chapoteo de un enorme cocodrilo al chocar con la superficie del agua. En el grupo de Roland ladraron los revólveres; de todo alrededor del reptil saltaron pellas de barro.
Mucho más arriba, otros saurios de lomos fangosos, grandes como leños, se amontonaron dentro del río. Los vaqueros, excitados por el miedo, levantaban un gran clamoreo. Slyter había hecho penetrar sus caballos dentro del cauce hasta que el agua les llegó a los flancos. Un vaquero desataba los tirantes, mientras otros dos estaban a punto para hacer cruzar los caballos. Sterl sólo les dedicó una ojeada fugaz. Roland y sus hombres se acercaron con paso seguro por la orilla. ¡A mitad de camino! ... ¡A dos tercios! El corcel de Bligh penetraba en el canal algo más arriba de Larry, llevando la garrucha y la cuerda para la carreta.
De repente, casi a su misma altura, un monstruo de fauces amarillas saltó por el margen con las mandíbulas batientes. Red, Sterl, Larry, Roland, todos dispararon. Pero el cocodrilo siguió adelante hasta que el agua pudo cubrirle y desapareció.
—l Atentos para cuando vuelva a salir! —gritó Red—. Este tipo tiene malas intenciones.
¡Ahí viene! Ved aquellas pequeñas protuberancias. ¡Aquello es la cabeza!
Sterl le seguía con la mirada, lamentando haber dejado el rifle en el vehículo.
—Ponte detrás de mí, Leslie —advirtió a la chica—. No desfallezcas, l adelantaremos.
Sterl no disparaba porque no quería que el bruto se volviera a sumergir. Evidentemente, Red compartía el mismo pensamiento. Hizo que Duke se alejara en dirección oblicua a la ola que formaba el reptil nadando entre dos aguas y se inclinó adelante, tanto como pudo, con el revólver extendido. Su mano izquierda sostenía a la desmayada chica. En el momento preciso, espoleó a Duke, que en aquel mismo instante encontró el fondo y avanzó dando una gran embestida. El cocodrilo estaba a menos de seis pies de distancia cuando el vaquero descargó su revólver. Se oyó el chapoteo y los golpes de los proyectiles al dar contra el agua y el cuerpo del animal, sin que se viera ninguna que se desviara. El reptil saltó, saliendo parcialmente fuera del agua y formando un tremendo torbellino. Era un espectáculo fantasmagórico.
Sterl le metió en el cuerpo dos moscardones de plomo. El monstruo cayó y empezó a revolverse rodando sobre sí mismo al par que con su cola de diez pies de largo azotaba el agua que se cubría de espuma.
Red pasó con Duke al lado de los tiros de caballos y de los vaqueros que los aguardaban y salió a la orilla. Los dos hombres le saludaron con exclamaciones de júbilo. Sterl, con Leslie pegada a sus talones, siguió a su compañero, subiendo de nuevo al campamento. Red se deslizó de la silla y depositó el revólver sobre la hierba. Beryl vacilaba; cerraba los ojos con fuerza.
—Beryl, sal de esa pesadilla —le gritó el vaquero. Los brazos de la muchacha cayeron inertes.
—¡No quiero... desmayarme! No quiero —exclamó con la poca energía que guardaba su débil voz.
—¿Y quién dice que te vas a desmayar? —observó Red, con su acento arrastrado, mientras la ayudaba a desmontar.
Leslie saltó del caballo y corrió hacia Beryl. Las dos muchachas se estrecharon en un abrazo, gesto más elocuente que todas las palabras.
—Ven, amigo. Vámonos allá abajo —dijo Red a su compañero.
Cuando se encontraron otra vez sobre el barro de la orilla, Sterl quedó pasmado al ver a Friday arrastrando un objeto, que sin ningún género de dudas, era aquel cocodrilo monstruoso hacia el borde del agua. Una larga lanza clavada en el cuerpo del reptil hablaba por sí misma.
Pero el ruido de un chapoteo volvió a distraerle. Las dos parejas de animales tiraban de las cuerdas avanzando penosamente a través del barro. Entre ellos y la carreta los vaqueros colaboraban dando gritos y uniendo su esfuerzo al de los caballos. Sterl observó que el vehículo, aquel cuyas junturas había calafateado él, flotaba casi a ras del agua. La señora Slyter estaba detrás de su marido, apoyándose en el asiento, mientras éste se preparaba para volver a enganchar los caballos. Una vez la carreta fuera del cauce profundo, desataron garruchas y cuerdas, engancharon los animales y avisaron a Slyter que acababa de salir.
Sterl y Red siguieron la procesión cubierta de lodo que remontaba el margen.
Friday advirtió a Slyter y a Sterl:
—Yo creer ser mejor que el patrón esperar el sol. ¡Cocodrilos ser malos!
Slyter contestó con una mueca:
—Ahora no podemos detener a Dann. Todos los que tenéis que regresar, venid conmigo.
—Bien, si me lo preguntáis, diré que me parece que deberíamos cargar los revólveres masculló Red.


XXVI
Cinco vaqueros cruzaron el río con Sterl y Red. Dann les salió al encuentro como un general que saludase a un ejército victorioso.
—Tenemos tiempo para hacer pasar los caballos de Slyter y transportar estas provisiones sueltas —dijo—. Mañana reuniremos el ganado que se dispersó y conduciremos la vacada al otro lado.
Cuando, a la mañana siguiente, los vaqueros tuvieron al gran rebaño formando una columna de media milla, quizá, de largo, a una señal de Dann abrieron fuego con sus pistolas y arremetieron contra el ganado. El cinturón de bovinos, de cincuenta yardas de ancho, se encaminó hacia el río apelotonándose por el bajo margen.
Al otro lado, los cocodrilos se tostaban al sol infestando el aire con su tufo. Los bueyes delanteros cogieron miedo v quisieron retroceder. Pero era ya demasiado tarde; las líneas de atrás, mugiendo y atropellando, los obligaron a seguir adelante. Al entrar en el agua algunos cayeron y fueron pisoteados por los demás. Pero antes de que pudiera intentar retroceder en desbandada, la vacada se encontró metida en el lodo casi de un modo milagroso.
El punto de menor resistencia lo constituía la parte delantera, y los animales que iban en cabeza no tenían más remedio que seguir en aquella dirección. En la orilla opuesta, los cocodrilos se deslizaban y corrían por el barro metiéndose en los parajes poco profundos. Al ceder la contención de la fila de delante, cada una de las de atrás se iba amontonando frenéticamente dentro del río. Como por arte de magia, miles de cornudas cabezas enfilaron el canal. En diversos puntos se sucedieron rebullentes luchas que el aluvión de ganado que avanzaba a nado resolvía automáticamente. Cuando la línea primera encontró el fondo, el hedor de los cocodrilos y el furioso ataque que desencadenaron precipitó una fuga oscurecida por los chorros de agua y las salpicaduras que levantaban los animales al correr.
—¡Ven, amigo! —gritó Red, desde más abajo—. ¡Tenemos que seguir pegados a la manada o de lo contrario los cocodrilos nos darán alcance!
Todos los otros vaqueros estaban en la orilla, algunos siguiendo de cerca la vacada, otros rematados a tiros el ganado que quedó lisiado y aplastado bajo las pezuñas de los demás.
El rebaño de los caballos, conducido detrás de los bueyes, excitados por los mugidos de éstos, hacía esfuerzos desesperados para aventajarlos. Cuando, a su vez, volvieron a tocar el fondo y avanzaron a saltos hacia la orilla donde el agua tenía poca profundidad, Sterl alzó la mirada.
Un mar de lomos inclinados trepaba por el ribazo terminando en una franja de arqueados cuernos. La larga columna de ganado se movía con velocidad sorprendente. Sterl echó una ojeada atrás. El río estaba punteado de bueyes que daban testimonio del pataleo que habían recibido. Sólo un caballo se veía tumbado, y aun parecía luchar para levantarse.
—¡Tiene la pata rota! —gritó Red al oído de Sterl—. ¡Y está ensillado! ¡Por Dios, amigo, es el caballo de Eric Dann! ¡Y si Eric no está echado allí en el fango, es que mis ojos no ven!
Stanley Dann y dos más se acercaban al galope. El jefe señalaba al caballo y al jinete caídos. Sterl y Red habían partido ya en aquella dirección.
—¡Mira! ¡Un cocodrilo que se interna en el río! —gritó Red.
Stanley llegó el primero junto al hombre y al animal que yacían en el suelo, adelantando a Bligh y a Heald. Sterl y Red arribaron cuando los vaqueros acababan de desmontar, quedando hundidos en el fango hasta el tobillo.
—¡Es Eric! —exclamó el jefe al inclinarse para examinarle—. Está muerto... ¡No! ¡Todavía vive!
Bligh informó con voz alterada:
—El caballo tiene, las patas delanteras rotas.
—¡Rematadle! Y dos de vosotros ayudadme a mí.
Le levantaron y le pusieron atravesado sobre la silla de Bligh. ¡Cuán baldado colgaba!
¡Cuán feble, cuán vencida ruina de hombre!
—Hazelton, usted Krehl y Heald sigan la vacada —ordenó el jefe con voz áspera—. Esta desbandada terminará pronto.
Desde lo alto de la orilla, Sterl recorrió con la vista la maleza y las extensiones verdes que terminaban en un bosque más espeso y alto. La manada se había detenido en el primer término.
—Los animales han perdido toda la furia —dijo Red.
—Ha sido una desbandada de cocodrilos. Es nueva para nosotros —respondió Sterl.
—A Dann y a Slyter les ha salido muy cara. Han caído centenares de cabezas, que quedaron muertas o moribundas. En cuanto a los vaqueros de Dann, después de este último embuste, ¿qué pasará con ellos, Sterl?
—¿Quieres decir si Eric sigue dirigiendo la travesía?
—A este pequeño detalle me refiero, sin duda.
—Es un asunto terriblemente serio, amigo mío.
—¿Serio? Si Bligh y Hood y los demás lo soportan, yo diría que aguantarán mucho más de lo que cualquier americano sería capaz de resistir. ¡Eso, si exceptuamos un par de monigotes enamorados y cabezudos como nosotros!
Cuando los vaqueros llegaron, el ganado había empezado a echarse, demasiado cansado hasta para mugir. Los caballos se habían dispersado por la parte de la izquierda, hacia el campamento. Sterl y Red ayudaron a reunirlos y conducirlos a la vista de las carretas.
—¿,Qué se propone Stanley Dann? —inquirió Bligh cuando los vaqueros volvieron a reunirse. Bligh era un hombre joven, que contaba menos de treinta años, de ojos grises y cara tranquila; un hombre en el cual confiaban los otros vaqueros.
—Eric se ha hecho daño. Tiene las piernas rotas me parece —replicó Sterl.
—Si el hermano del patrón no puede viajar, ello nos precipitará en una situación muy seria.
—Ya nos damos cuenta. Esperemos que no estará tan mal que no pueda ser transportado en una carreta.
—Sí. Vosotros esperarlo, pero yo no lo creo —dijo Bligh bruscamente.
—Muy bien.
—Hazelton, todos nosotros pensamos que tú y Krehl sois unos vaqueros magníficos y, lo que es más, unos compañeros excelentes —afirmó Bligh con sentido acento.
—Gracias, Bligh —respondió Sterl de todo corazón—. Red y yo podemos decir, ciertamente, lo mismo de vosotros.
—Para nosotros, esta expedición parece haberse convertido en una empresa desesperada.
—Bien, Bligh, me veo obligado a estar de acuerdo contigo. Pero no es todavía una causa perdida.
El vaquero meneó la peluda cabeza y se acarició con los fláccidos y sucios dedos la escasa barba.
—Amigo, la cosa es diferente para vosotros, vaqueros, a causa de las chicas, si me permitís decirlo.
Ni Beryl ni Leslie hicieron acto de presencia a la hora de cenar. Dann parecía por primera vez una figura inabordable. Slyter conversaba en tono bajo con su esposa y, una vez, Sterl le vio hacer un ademán excitado que en él resultaba singular. Red se quedó en la tienda.
Los siete vaqueros jóvenes permanecían en grupo al otro lado del campamento, donde parecía que Bligh los estuviera arengando.
De pronto, este último, a la cabeza de Derryck, Hood y Heald se levantó y todos se encaminaron al cobertizo de Stanley Dann. ¡Pálidos a pesar del atezamiento del cutis, resueltos a pesar del miedo! Se hubiera dicho que no era coincidencia que Beryl y Leslie aparecieran como por arte de encantamiento, que Slyter saliera con el pelo enmarañado y la mirada fija, que Red asomara por la tienda con su estrecha cabeza de halcón, inclinada a un lado, y que Friday rondara a la vista prestando a la escena la insoslayable característica de lo aborigen.
Debajo del cobertizo de Dann brillaba todavía la luz. La señora Slyter permanecía de pie al lado de la camilla en que yacía Eric con las piernas cubiertas por una mantay la cabeza y los hombros recostados sobre unos almohadones, plenamente consciente y pálido como la muerte. Stanley Dann estaba sentado con la cabeza inclinada. Los vaqueros hicieron alto al borde mismo del cobertizo. Bligh se adelantó un poco.
—Señor Dann, ¿es verdad que Eric está grave? —preguntó Bligh precipitadamente como si le forzaran a hablar. Dann se enderezó cuan largo era, fijando los ojos, en sus visitantes.
Luego salió fuera con el aire de un hombre que se encarase con la muerte.
—Bligh, me duele tener que informaros que sí —contestó.
—Nos duele por él... y por usted —respondió el vaquero con voz ronca.
—Estoy seguro de ello, Bligh.
—¿Será posible transportarle? ¿En una carreta, por ejemplo, para proseguir nuestra travesía?
—¡No! Incluso colocando bien los huesos, puede ser que quede inútil para toda la vida.
Moverle ahora sobre un terreno inadecuado, sería inhumano.
—¿Qué piensa hacer?
Permanecer aquí hasta que se encuentre lo bastante bien para viajar.
—Eso será cuestión de semanas, señor. Y quizá no baste...
—Sí. Semanas. No hay alternativa.
Bligh hizo un gesto de inexpresable pesar. Las palabras se le encallaron. Tuvo que carraspear para aclararse la garganta.
—Es lo que temíamos, señor Dann... Lo hemos discutido. No podemos..., no queremos continuar esta travesía de patos silvestres. Usted empezó bien. Luego salieron Ormiston y el hermano de usted... ¡Bah, no tiene sentido lamentarse por lo irreparable! Hemos aguantado hasta el límite. Por fin, nosotros cuatro hemos decidido regresar a casa.
—¡Bligh...! ¿tú también? —tronó el jefe.
Sterl observó el cambio que se producía en él; parecía haberse encogido y avejentado.
—¡Sí, yo! —replicó Bligh levantando la voz—. Usted exige demasiado de los jóvenes.
Nosotros habíamos cifrado nuestras esperanzas en sus promesas. Hood tiene mujer y un hijo.
Derryck está asqueado de todo esto... Nos volveremos a casa.
—Bligh, he pedido demasiado de todos vosotros —contestó Dann—. Lo lamento. Si tuviera que volver a empezar... Tenéis permiso para iros, y que Dios os dé buen camino... Tomad dos pares de caballos para la carreta de Ormiston. Está medio llena de municiones de boca. Bill os dará una caja de té. Y si lográis reunir el ganado que escapó río arriba, os autorizo para quedaros con él.
—Patrón, esto es una delicadeza... y una generosidad... por su parte —respondió Bligh tartamudeando—. Sinceramente, señor...
—No me des las gracias, Bligh. Soy yo el que queda en deuda.
Eric Dann gritó con voz penetrante desde el cobertizo:
—¡Cuéntaselo Bligh! ... ¡Cuéntaselo!
—No, Eric —replicó éste, apesadumbrado—. No tengo nada que explicar.
—¿Contarme, qué? —preguntó el guía con voz fuerte, como un león enojado que montara en cólera—. ¿Qué tiene que decir, Bligh?
—Nada, señor. Eric ha perdido la cabeza.
—No, no la he perdido —chilló Eric, que al intentar enderezarse en la camilla tuvo que proferir un gemido de dolor, aunque de todos modos consiguió sentarse ayudado por la señora Slyter, que le sostenía.
Stanley Dann inquirió con voz áspera:
—Eric, ¿qué podría contarme Bligh?
Se produjo un silencio que a Sterl le pareció insoportable. Cada momento que pasaba acrecía el tormento de las terribles revelaciones que se avecinaban. Eric Dann debía de sentirse avasallado por el dolor físico y la angustia mental hasta un punto superior a su resistencia.
—¡Nos hemos perdido, Stanley! —murmuró.
—¿Perdidos? —repitió el gigante como un eco, desmayadamente.
—Sí, sí. ¡Perdidos! —gritó Eric, alocado—. ¡Hemos andado perdidos todo el camino! ¡Yo no conozco esta región...! ¡Nunca he ido en una expedición más allá de Queensland!
El jefe exclamó, levantando los brazos al cielo:
—¡Dios misericordioso! ¿Y tus planes? ¿Y tus seguridades? ¡Y tu mapa!
—¡Mentiras! ¡Todo mentiras! —gimió Eric Dann—. Nunca estuve en el interior..., lejos de la costa. Encontré a Ormiston. Hablaba de ganado. Me inflamó con una comarca fabulosa en el Northern Territory, al oeste del Golfo. Me dio el mapa por el cual nos hemos orientado. Yo planeé con él que te persuadiríamos para reunir una gran vacada... Ignoraba que fuese el salteador Pell. Este mapa es falso. Yo no sabía confesarlo..., no sabía..., seguía el juego ciegamente... Estamos perdidos, y Bligh lo sabe. Ormiston no pudo corromperle. Sin embargo, no quiso delatarme a mí. Estamos perdidos, irremediablemente perdidos. Y yo estoy condenado... ¡al infierno!
Stanley Dann exhaló una profunda expiración y cayó sentado como un fardo, cual si le hubieran arrebatado las piernas de debajo el cuerpo.
—¿Perdidos? Sí, Dios me ha abandonado —exclamó en un susurro.
Bligh fue el primero en moverse tras un impresionante silencio.
—Debo decirle, señor Dann, que yo no sabía lo que Eric ha confesado.
—Bligh, no hallo dificultad en creerlo, gracias al cielo —contestó Stanley al cabo de unos instantes, con voz que iba ganando fuerza—. Lo resolveremos todo ahora mismo... Que alguno encienda un fuego para disipar estas odiosas sombras. Dejadme pensar un momento —y se puso a deambular con aire anonadado, arriba y abajo, fuera del cobertizo. Pasado un rato, se adelantó hacia ellos de cara a la luz. Era de nuevo el mismo hombre de siempre—. Escuchad todos —empezó con una voz que volvía a tener aquella magnífica y profunda resonancia—: Yo no puedo abandonar a mi hermano. Todo el que se quede aquí conmigo, deberá continuar la travesía cuando estemos en condiciones de seguir adelante. He exigido demasiado de todos vosotros. Me pesa haber sido egoísta, dominador, por haber andado equivocado. Beryl, hija mía, ¿te quedas?
En la respuesta de la joven no hubo la más ligera vacilación, y a Sterl le pareció que, al fin, se mostraba con la sangre y el espíritu de su padre.
—¡Me quedo, papá! ¡No desesperes! ¡No todos te traicionaremos!
Una hermosa luz animaba el rostro grave del jefe cuando se dirigió a Leslie.
—Chiquilla, has tenido que hacerte mujer antes de tiempo. Tengo miedo de que tus padres influyan en tu decisión en este momento.
—¡No volvería atrás ni para casarme con un gran duque! —replicó Leslie.
—Señora Slyter, su hija se ha hecho mayor, no cabe duda, en esta travesía —continuó Dann—. Pero todavía tendrá necesidad de una madre. ¿Se queda usted?
—¿Necesita preguntarlo, Stanley? Sea lo que sea lo que nos esté reservado, no puedo creer que resulte tan malo como lo que hemos sufrido —replicó la mujer con calma.
—¿Slyter?
—Stanley, yo organizaré la expedición y lucharé como los buenos hasta el fin.
—¡Hazelton! —exclamó Dann sin una sombra de duda. Su llamada no era pregunta.
—Estoy impaciente por seguir adelante —contestó Sterl. —¡Krehl!
El vaquero estaba encendiendo un cigarrillo con cierta torpeza, porque tenía a Beryl colgada del brazo. Antes de contestar lanzó una nube de humo que le ocultó el rostro.
—Bien, patrón —respondió arrastrando la voz—; es ciertamente un gran privilegio el que usted me ha concedido. ¡Ni más ni menos que la oportunidad de conocer a todo un hombre y batirme por él!
Larry, Rollie y Benson, casi al unísono, se apresuraron a ponerse bajo la bandera de Red.
Bill, el cocinero, dio un paso adelante y sin la más leve vacilación dijo:
—Patrón, yo ya tengo de sobra. Me hago viejo. Volveré a casa con Bligh.
—Bingham, plantee la cuestión a nuestro negro, Friday —rogó Dann.
Slyter pronunció unas breves palabras en la jerga aquella que comprendía el indígena.
Éste se apoyó en su larga lanza y miró a los dos hombres con sus grandes e insondables ojos. Luego se volvió hacia Sterl y Red, hacia Beryl, hacia Leslie, y golpeándose el ancho pecho moreno con la esbelta mano, declaró con lenta y laboriosa dignidad:
—Yo no tener padre, ni madre, ni hermanos, ni gin, ni lubra. ¡Yo querer seguir campo adelante con los compañeros vaqueros blancos!
En otra ocasión, Sterl habría expresado estentóreamente; su alegría; pero entonces sólo pudo estrechar al negro en un abrazo. Red obsequió a Friday con unas palmadas en la espalda.
De pronto, se oyó dentro del cobertizo el estampido hueco de un disparo que paralizó los movimientos y la voz de todos. El aire se impregnó de olor a pólvora quemada. Luego siguió, el temblor convulsivo de la mano o el pie de un agonizante. Sterl había oído demasiadas veces aquel ruido para engañarse. Stanley Dann abandonó su rigidez para mover una mano con gran agitación.
—¡Que entre.., alguno... a ver! murmuró.
Benson y Bligh penetraron lentamente y con paso incierto en el cobertizo. Sterl los vio como se inclinaban sobre la camilla de Eric Dann. Pronto se enderezaron. Bligh se acercó al jefe y le dijo con voz apagada:
—Prepárese para recibir un golpe, señor.
Benson añadió, con acento hosco:
—¡Se ha levantado la tapa de los sesos!
Red Krehl fue el primero en hablar mientras acompañaba a Beryl lejos de aquel sombrío refugio.
—Amigo —exclamó—. ¡Ha saldado sus cuentas! ¡Santo Cielo!, ¡se ha suicidado; la única cosa buena que ha hecho en este mundo! ¡Esto le reconcilia conmigo!


XXVII
Ya ningún hombre volvió a mirar el rostro de Eric Dann. La agonía de sus últimos momentos, después de haber confesado el engaño que hundió a su hermano y a los demás vaqueros en una catástrofe trágica, quedó enterrada bajo la manta tendida sobre su cadáver.
Una hora después de aquella hazaña, que estaba en proporción con la mezquindad de quien la había cometido, el muerto yacía en su sepultura. Sterl ayudó a cavarla a la luz de una antorcha que sostenía Friday.
Los llamaron para cenar a hora avanzada. Bill, movido por un extraño sentimiento que no concertaba con el hecho de abandonar la expedición, se sobrepujó a sí mismo en este último ágape. El jefe no asistió.
Aquella noche nadie dio orden de vigilar el rebaño. Pero Sterl oyó cómo Bligh decía a sus hombres que compartirían la última guardia. Las muchachas, desveladas, con los ojos dilatados, no se apartaban del brillante fuego. No querían estar solas.
Sterl y Red buscaron refugio en su tienda.
—Malos caracteres, amigo —comentó Red con un suspiro mientras se acostaba—. Es terrible interesarse por otras personas. Pero quizás esta losa de plomo que nos oprime el pecho se aligerará ahora, que al fin Eric ha resuelto el conflicto de un modo claro. Uno nunca puede adivinar lo que un hombre hará... Y respecto a una mujer..., ¿no se te subió el corazón a la garganta cuando Beryl respondió a su padre?
—¡Ciertamente, Red!
A la hora del desayuno, cuando Stanley Dann tropezó con Slyter, le dijo:
—Bingham, levantaremos el campo en seguida. ¿Qué le parecería si marchamos en dirección Oeste a lo largo de este río?
—¡Magnífico, diría yo! —replicó el ganadero—. ¿Por qué no repartimos el cargamento del segundo carromato? En las carretas hay sitio suficiente. El vehículo ese está destrozado.
Déjelo aquí.
—Conformerespondió el jefe.
El tremendo incentivo de empezar una nueva etapa en la dirección precisa se había apoderado ya del ánimo de todos.
—Mi esposa puede conducir mi carreta. Y lo mismo Leslie, cuando el terreno no sea demasiado accidentado. Nos hallaremos faltos de vaqueros, Stanley.
Friday los interrumpió:
—Muchos negros ahí cerca.
Rollie subió apresuradamente para informarlos de que la vacada seguía descansando, pero que el rebaño mayor de caballos se había dispersado.
—Hemos encontrado uno muerto a lanzadas y descuartizado. Una hazaña de los aborígenes —añadió Rollie.
—¿Preferirán estos salvajes la carne de caballo a la de ternera? —preguntó Dann incrédulamente.
—Me han dicho que algunas tribus, sí, la prefieren. Bligh ha oído indígenas esta mañana temprano —afirmó Slyter—. Por pronto que nos vayamos, nunca lo será demasiado, ahora.
Bligh y sus tres disidentes condujeron una reata de caballos al otro lado del río. Bill, el cocinero, se había deslizado hacia la orilla, bajo el abrigo de la maleza, para montar uno de los corceles. Sin decir adiós, ni mirar atrás, siguió la senda de los vaqueros y penetró en el río.
Red, siempre vigilante, estaba sentado al lado de la lumbre engrasando el rifle.
—Éste es un extraño caso —dijo—. Bligh era muy atento con Beryl al principio. Uno habría pensado que le diría adiós y le desearía buena suerte, a ella, por lo menos, ya que no a su padre.
—Te apuesto dos piezas y un chelín a que Bligh vuelve.
—¡Cielos, confío en que lo haga! Precisamente me duele por él, como me pesa sin duda por los otros admiradores que se prendaron perdidamente de Beryl Dann...
—¡Eh, tú! —le advirtió Sterl, demasiado tarde.
Beryl había pasado cerca de Red pudiendo oír las últimas palabras de la escarnecedora observación que había dirigido a su compañero.
—¿Por quién te apenas, Red Krehl?
—Lo sentía por Bligh, Beryl —masculló Red con voz calmosa—. Sterl y yo estamos apostando sobre si se despedirá de ti. Yo digo que si es inteligente no lo intentará. Sterl sostiene que sí.
—Y si Bligh es inteligente, ¿por qué no intentará decirme adiós? —replicó Beryl.
—¡Ea!, ya encontrará alivio para sus pesares.
—Sin duda lo encontrará, ¡el cobarde! Y ahora, ¿qué hay de los otros admiradores que se han enamorado de Beryl Dann?
—¡Ah!, es muy natural que sienta compasión por ellos.
—¿Cómo? ¿Cómo? ¡Tú, convertido del día a la noche en una noble persona! —le espetó ella, enfurecida.
—Bien, señorita Dann; el caso es que yo soy uno de esos infortunados admiradores que quedaron terriblemente prendados de ti —replicó el vaquero.
En el espacio de un instante Beryl se transformó de una mujer desesperadamente herida, apasionadamente furiosa que era, en otra, asombrada, que acababa de oír llanamente la verdad por la cual había suspirado y de la cual había dudado siempre, en otra a quien despojaran de repente de todo su fuego, dejándola pálida como una perla.
—Señor Krehl, es una lástima que nunca me lo dijera —exclamó—. Quizás el adorador que se siente tan terriblemente ligado a mí habría descubierto que, en realidad, no es tan infortunado, pese a todo.
—Dejad ese tema, chiquillos —susurró Sterl—. Ahí viene Bligh; y yo gano la apuesta.
El joven vaquero volvió el rostro un instante hacia Sterl y, quitándose el sombrero, le saludó con una inclinación de cabeza. Desde la cintura para abajo, chorreaba agua.
—Beryl, me disgusta marcharme.., de este modo —habló con voz ronca—. Pero cuando vine a esta caravana tenía esperanzas de... de... de..., ya sabes qué. ¡Ruego al cielo que tu padre termine bien el viaje y deseo que tú seas feliz! Si es como nosotros... todos nosotros, imaginamos ¡puede decirse que ha vencido el mejor!
—¡Oh, Bob, qué bueno has sido! exclamó Beryl, radiante, y todo su orgullo y su desdén desaparecieron como si nunca hubieran existido—. Lo siento por todos, que tengáis que iros...
¡Dame un beso de despedida!
Y alargándole las manos, se inclinó hacia él presentándole un rostro como una amapola.
Bligh la besó de todo corazón, pero no en los labios. Luego, dejándola libre, se dirigió a Sterl y Red.
—Hazelton, Krehl: ha sido una dicha el conoceros —dijo tendiéndoles la mano—. Adiós y buena suerte. —Al volverse descubrió a Dann, que se acercaba procedente de su carreta y salió a su encuentro.
En aquel instante Red dio un salto cual una pantera.
—¡Indios malditos! —gritó—. ¡Agáchate!
Sterl se lanzó al suelo siguiendo con rápida mirada la dirección del rifle apuntado de Red y tuvo tiempo de ver, sobre una elevación del terreno, a un salvaje desnudo en el mismo momento de arrojar una lanza. El rifle de su camarada disparó. El indígena cayó de espaldas, fuera de la vista.
Casi simultáneamente, Sterl escuchó también el golpe blando de una lanza que penetraba en la carne. Al dar media vuelta vio el largo mango cimbreando en mitad de las anchas espaldas de Bligh.¡Agazapaos detrás de algo! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, corriendo a empuñar el rifle que estaba aboyado contra una rueda de la carreta.
—Muchos negros, aquí mismo —dio Friday jadeando y señalando hacia el terreno que se elevaba suavemente, cubierto de matorrales, detrás del campamento.
El rifle de Red volvió a disparar. Se oyó un abominable gemido de agonía. Dann y Slyter habían buscado refugio detrás de la carreta de este último. Un vaquero hacía entrar precipitadamente a las mujeres dentro de la misma.
—i Echaos al suelo! —ordenó Slyter—. Aquí va uno de mis rifles, Stanley... ¡Ojo atento!
¡Vigilad aquel trozo de matorrales!
Unos gritos de alarma de los vaqueros que habían pasado a la otra orilla arrancaron de Dann una orden terminante:
—¡Ouedaos ahí! ¡Corred! ¡Los aborígenes atacan!
Sterl dirigió una mirada a su alrededor en busca de Red. Sus ojos se Posaron en Pligh, tendido de costado, agitándose en una última convulsión.
Desde detrás del carromato, a una docena de pasos de distancia, Red le gritó:
—Se nos han echado encima por la izquierda. Retrocedan por el mismo camino. Veo a Larry y a Ben corriendo como demonios por el borde del ribazo. Pronto les oiremos abrir el baile.
El rifle de Red levantó la voz.
—¡Ah! Estos demonios no son tan precavidos como los pieles rojas.
—¿Dónde está Rollie?
—Aquí, a mi derecha, detrás de este tronco. Pero sólo tiene su revólver de seis tiros.
Sterl, non el sombrero encima de algo y levántalo en alto, lo mismo que en los viejos tiempos.
La treta atrajo unas lanzas que llegaron zumbando. Una se clavó en el asiento de la carreta, otra atravesó el sombrero de Sterl, arrebatándolo lejos.
Red volvió a disparar.
—He cazado a ese pájaro, amigo. Le he visto brincar. ¡Ah, no, esos negros ya no son capaces de arrojar una lanza!
Entonces, los vaqueros del otro lado del río entraron en juego, y Larry y Benson empezaron a disparar.
—Estarán huyendo, compañero, pero no consigo ver ninguno —dijo Red.
El fuego cesó. Uno de los vaqueros de la otra orilla gritó a Dann:
—Se han marchado corriendo. Eran un centenar, más o menos.
—¿En qué dirección?
—Hacia abajo, hacia las llanuras.
—¡De pie vaqueros! —gritó Dann—. ¡Perseguidlos! ¡Han matado a Bligh!
Friday apareció cruzando como una flecha de un árbol a otro para guarecerse, y volvió a desaparecer. Red llegó corriendo a reunirse con Sterl.
—Todo ha terminado casi antes de empezar —dijo—. ¿Has atravesado a alguno, amigo?
—Me temo que no. Pero a uno le hice chillar.
—Bien, yo me encargué del trabajo de los dos. Eran unos tipos altos y no tenían nada de negros. Son una especie de cruce entre moreno y amarillo.
En aquel momento Friday regresaba al campamento con los brazos llenos de lanzas y wommeras. Los vaqueros salieron a su encuentro y Slyter y Dann los siguieron apresuradamente. Rollie llegó en último lugar.
—Los negros huir por aquella parte —señaló Friday—. Todos tener miedo de las armas.
Volver más tarde. Red contempló al vaquero muerto.
—¡Dios mío! ¿No es triste? ¡Sólo un segundo antes, y le hubiera salvado! Con el rabillo del ojo me di cuenta de algo. ¡Demasiado tarde!
—Bligh se puso delante de mí en el instante preciso para salvarme la vida —explicó Dann con acento trágico—. ¡El negro aquel me apuntaba a mí! Friday, ¿nos seguirán el rastro esos aborígenes?
—Puede ser. Muy probable.
—¡Recojan! —gritó el jefe—. Hazelton, usted y Krehl acompañen a Larry y a Benson.
Conduzcan el ganado río arriba. Seguiremos detrás de los caballos. Slyter, usted y Friday me ayudarán a enterrar a este pobre muchacho.
Al partir a caballo con los vaqueros los dos americanos echaron una ojeada a los aborígenes muertos. El salvaje que había matado a Bligh yacía en la hierba, sobre la colina pelada donde le había descubierto Red. Aquel aborígen no se parecía a Friday en ningún detalle. Nuestro amigo era más alto, más esbelto, más perfectamente formado. El color del muerto parecía una mezcla entre rojo y moreno. El rostro se veía embrutecido y salvaje, apenas humano. Red estaba dominado por la ira a causa del magnífico corcel que los indígenas habían sacrificado y cortado a trozos.
—Devoradores de carne de caballo! ¡Teniendo terneras vivas y muertas `para escoger!
La vacada iba marchando río arriba por su propio impulso. Los vaqueros la seguían a corta distancia. El terreno, en tal lado del cauce, proporcionaba una andadura más fácil que en el otro. La superficie era dura y horizontal, la hierba lujuriante; bosquecillos de matorrales se ensanchaban huyendo hacia el Norte. En el cielo que aparecía de color negro las aves de presa dibujaban anchos círculos y de vez en cuando se dejaban caer verticalmente. Los grandes gomeros estaban blancos de pájaros. En frente de la vacada, los canguros moteaban con sus figuras la ondulante llanura.
Friday, que trotaba al lado del caballo de Sterl con las lanzas y la wommera en la mano, volvía la cabeza a menudo para mirar hacia atrás. No era posible creer que hubieran perdido de vista definitivamente a la extraña y guerrera tribu de aborígenes. Según Slyter, los ataques diurnos eran extremadamente raros. La primera hora de la aurora había sido siempre la más propicia para los asaltos de los negros y, quizá, la más adversa para los vaqueros, puesto que los guardias, cansados, estaban más expuestos a caer dormidos.
Hacia la puesta del sol Slyter dejó que su esposa guiara la carreta y se adelantó a caballo, con el evidente fin de escoger un paraje para acampar. Además de la hierba, el agua y la leña, la necesidad imperiosa que era preciso exigir a un paraje para acampar era que los aborígenes no se pudieran acercar a él a escondidas. Cuando, finalmente, ordenó hacer alto, el sol se había puesto ya. Tres grandes gomeros señalaban el punto escogido. A una distancia de unas cien yardas en dirección al río, crecía un denso bosque enmarcado por matorrales aislados. El resto del paisaje estaba formado por llanuras horizontales cubiertas de hierba.
—De ahora en adelante, cada uno hará el trabajo de dos hombres —ordenó Dann—. La señora Slyter y las muchachas se harán cargo de las raciones y de la cocina. Los hombres las abasteceremos de leña y lavaremos los platos.
—Es muy conveniente que durmamos apartados de la lumbre y de las carretas —afirmó Slyter—. Hay que tener el fuego encendido toda la noche. Los negros a menudo dan de lanzadas a los blancos mientras duermen.
—Cosa trillada para mí y para Sterl, patrón —masculló Red—. Estamos acostumbrados a dormir con un ojo abierto. Y en cuanto a oír... ¡Caramba, somos capaces de oír a un saltamontes que se rasque la nariz!
Pero ninguno de los expedicionarios soltó la carcajada, ni sonrió siquiera.
Los vaqueros ayudaron a Dann y a Slyter a transportar arpilleras, mantas y mosquiteras hacia el reborde de maleza cercano al gran matorral.. Aquello parecía ser un helechal espinoso, impenetrable, un sitio conveniente, pensó Sterl. Prepararon las camas debajo de la maleza. Las tres mujeres dormirían entre Dann y Slyter. Los ávidos mosquitos se habían convertido en un problema secundario.
Los hombres volvieron hacia la lumbre. Dann dijo:
—Dentro de poco aparecerá la luna bien brillante. Esto nos favorece. Benson, tome a Larry y Roland para la guardia. No es preciso que le recomiende que estén alerta.
Permanezcan apartados de sus caballos, a menos que se produzca una desbandada u otra cosa extraordinaria. Vengan pasada la medianoche a despertar a Hazelton v Krehl.
¿Dónde dormiréis, Hazelton? —preguntó Benson.
—¿Qué dices tú, Red? interrogó a su vez Sterl.
—Allá, muy cerca de aquellos árboles, en el sitio más apartado del campo libre. Os oiremos cuando nos llaméis.
Cuando una leve mano se posó en su hombro y llegó a su oído la voz de Friday, Sterl experimentó la sensación de que no había tenido los ojos cerrados más que un momento.
—,?Todo va bien, Friday? —preguntó.
—Todo bien. Pronto mal —replicó el negro.
Red se había sentado poniéndose la misma chaqueta que usara para almohada. El rocío lo empapaba todo. La luna había huido al otro lado del cenit y empezaba a descender como una brasa de blancura sobrenatural. El campo parecía una llanura de nieve, Sobre la tierra virgen reinaba una quietud espectral. Hasta los mosquitos habían desaparecido.
Junto al fuego del campamento los tres vaqueros a quienes iban a relevar estaban sentados bebiendo té.
—¿Cómo va la cosa, Ben? —preguntó Red.
—Los bueyes están echados. Los caballos siguen tranquilos. Nada se mueve. No se oye nada.
El rebaño resaltaba como un tablero de damas sobre el campo de plata. Los vaqueros pasaron al lado de las manadas de caballos, la mayor de las cuales, la de Dann, estaba agrupada entre los bueyes y el campamento.
Red escogió un lugar cercano a un árbol solitario, por aquella misma parte, desde el cual podían ver a la vez el ganado y la remuda. Primero permanecieron de pie. Friday se alejó entre la fantasmagórica claridad, volvió a regresar y se acurrucó debajo del árbol. Su silencio parecía alentador.
—Descabecemos el sueño por turno —sugirió Red procediendo a poner su idea en práctica inmediatamente.
Sterl observó el descenso gradual de la luna y la disminución de su claridad. Después se quedó entredormido. Al despertar, el astro de la noche se veía muy bajo y apagado en el horizonte. La hora que precede al alba estaba al caer.
Amigo, no se han producido cambios en la vacada, pero los caballos de Dann se han alejado un poco y los de Slyter están casi en el campamento —dijo Red.
—¡Chisst! —Friday reclamó silencio. Si había oído algo, no indicó qué era ni dónde. Los vaqueros permanecieron de pie, inmóviles, rifle en mano, en la sombra del árbol. Friday puso la orea en tierra varias veces con un gesto notablemente similar al de los exploradores indios con quienes habían trabajado juntos. Con la claridad gris del alba, el fuego del campamento palidecía hasta convertirse en una llama vacilante —i Oler negros! —susurró de pronto. Igual que en el perro, el sentido más agudo del indígena radicaba en la nariz. Con ser él mismo un aborigen, su olfato percibía, sin embargo, la proximidad de los de su especie sobre la pradera.
Sterl se inclinó al oído del indígena susurrando con voz áspera.
—¿Qué hacer?
—Creer ser mejor estar aquí.
—No consigo percibir el más leve olor —murmuré Red, —Yo me alegro de no percibirlo. Si lo notáramos, es que tendríamos a los aborígenes encima... Red, es mucho peor soportar esto que un ataque furtivo de los comanches.
—¡Chisst! —El negro apoyó su advertencia con un ademán. Los vaqueros permanecieron otra vez como estatuas.
—Por allá —susurró Friday. Y con gran alivio de Sterl señaló un punto alejado del campamento. Pero, aunque el vaquero aguzara el oído con una atención dolorosa de tan extrema, no conseguía oír nada.
De pronto, el agorero y siniestro silencio se deshizo en un repicar de cascos. Sterl dio un salto como galvanizado.
—¡Un caballo espantado! Pero no es nada. Imagino que ha percibido el olor, como Friday —dijo Red en un murmullo.
Y otro breve galopar de cascos, sobre el terreno blando.
—He oído el relincho de un caballo —susurró Red con gran emoción.
Friday levantó la mano. Los acontecimientos estaban a punto de desencadenarse y Sterl acogía el hecho con un gozoso relajamiento de la tensión.
—¡Wang! Hendió velozmente el aire un sonido curioso, familiar, empero, y que Sterl no supo identificar. ¡Instantáneamente se sucedió el ruido peculiar de un proyectil penetrando en la carne! No podía haber sido una bala, porque no se oyó ninguna detonación. Y pegado al sonido aquel, llegó el gemido vibrante, horrendo, sobrenatural, de un caballo en las agonías de la muerte. Luego, un retumbar de cascos y el golpe de un cuerpo pesado al dar contra el suelo.
El rebaño, presa del pánico, se puso a resoplar y a dar relinchos.
—Wommera. ¿Comprender? —preguntó Friday en voz baja.
—Sin duda. Y puedes estar seguro de que, bajo mi camisa, estaba temblando —replicó Red.
—Los negros alancear caballo —añadió Friday. Red estalló en maldiciones.
—Están desmenuzando a uno de nuestros corceles... ¡Oigo el ruido del pellejo al desgarrarse! ¡Deslicémonos hasta ellos y arranquémosles el estómago a tiros!


XXVIII
El rostro contraído de Sterl expresaba su conformidad con la audaz sugestión de Red.
Pero Friday susurró: —Mucho mejor dejar a los negros ir a la maleza celebrar corrobori.
—Tiene razón —dijo Red—. Es mejor dejar a los aborígenes que se harten de carne de caballo, que no exponernos nosotros al menor riesgo.
—Perfectamente. Pero me fastidia —replicó Sterl, volviendo a sumirse en seguida en el silencio.
Hasta sus oídos llegaron nuevos y débiles sonidos, que debían de ser el crujir de los huesos.
Poco después, se oyó un chapoteo y luego toda atención resultó inútil. Al llegar el día Red dijo que iría a ver las señales que pudieran haber dejado los merodeadores negros. Sterl regresó al campamento.
Todos los hombres estaban levantados y Slyter ayudaba a su mujer a preparar el almuerzo. Los ojos del ganadero interrogaron a Sterl con muda ansiedad. Pero, una vez oída su información, ni aun los ojos, y menos la boca, quedaron mudos. Dann, por su parte, también rechinaba los dientes.
—Podríamos pasarnos sin un buey, pero un buen caballo...
Al llegar al campamento Red le explicó:
—Patrón, encontré el lugar donde los aborígenes han matado y descuartizado su caballo.
¡Casi no quedan rastros ni de pellejo, ni de crines ni de pezuñas! ¡Aquel grupo debía de estar compuesto de un centenar de indígenas!
Durante diez noches, la banda de negros, reforzada en cada campamento, siguió de cerca las huellas de los expedicionarios. Nunca se veía otra cosa que la obsesionante magia de sus señales de humo. El silencio, el misterio, el inevitable ataque contra los caballos entre las sombras del gris amanecer, minaban cada vez más el espíritu de los vaqueros. Los salvajes nunca mataban una ternera. Y el horrible miedo que infundían a los perseguidos era el de que cuando se cansaran de la carne de caballo, tratarían de obtenerla humana. Porque Slyter aseguró que eran caníbales. Friday, cuando alguno mencionaba esta espantosa posibilidad, se volvía pálido como la muerte.
Los expedicionarios se acercaban ya al extremo de las llanuras. El río había disminuido hasta convertirse en un arroyo. Día por día, las manchas y franjas de matorrales había usurpado más y más el campo a la monotonía verde y brillante. En el horizonte aparecía un vago esbozo azul de terreno más elevado. Las aves acuáticas, a excepción de las grullas y airones, habían dado paso a una colorida y variada fauna de loros.
—Lo mismo da si salimos como si no del dichoso coto de caza de esta raza de aborígenes —dijo Red, una noche—. Solamente nos servirá para encontrarnos con otros. Los de esta turba me han puesto furioso como un búfalo. Nunca se los ve. ¡Que sacrifiquen un par de caballos más y me lanzo al campo, diga lo que diga el patrón! Imagino que con cazar algunos, evitaríamos que nos siguieran acosando. Éste solía ser el caso con los pieles rojas de las praderas.
A medida que el arbolado dominaba más que la hierba, los negros celebraban con mayor frecuencia sus corroboris nocturnos. La algarabía de los salvajes y los espectrales cantos ahuyentaba el sueño de los expedicionarios, sobre los cuales pesaba siempre el portento diabólico de las hazañas que se sabía habían llevado a cabo los caníbales en las remotas comarcas inexploradas de Australia.
Una mañana gris amaneció con malas noticias para los Slyters. El semental ruano de Leslie, un caballo de pura sangre eme prometía mucho, al que la muchacha llamaba Lord Chester, faltaba de la banda. Red corrió al punto donde le habían matado y desmenuzado. De regreso al campamento Leslie le esperaba acongojada.
—No hemos podido encontrarle, Les —confesó Red—. Me imagino que ha corrido la misma suerte de tantos de los de Dann —la muchacha estalló en amargo llanto—. ¡Vaya! ¿No sabes apurar un mal trago? —preguntó el vaquero, siempre inclinado a esconder su lado más tierno bajo una capa de amargura o desdén—. La travesía ésta no es un desfile de circo. ¿Qué representa otro caballo, aunque sea uno de tus pura sangre?
—¡Red Krehl! —gritó ella con apasionado asombro al ver la aparente insensibilidad del vaquero—. He perdido caballos... ¡Pero Chester...! Es demasiado. Yo le quería... Casi tanto como quiero a Lady Jane.
—Sin duda que sí. Yo experimenté una vez lo mismo por otro caballo. Es duro. Pero no seas crío.
—¿Crío? ¡No soy ningún crío, Red Krehl! ¡Es Dann y papá... y tú..., sois todos vosotros los que habéis perdido el nervio! ¡Sí, tú y Sterl, lo mismo que Larry y Rol...! ¡Si tuvierais algo de hombres... mataríais a estos aborígenes!
El furor de la muchacha, expresado en su rica, punzante y despreciativa voz, fue como un azote que cruzara el rostro del vaquero.
—¡Por Dios, Leslie —replicó—, que merezco, sin duda, tu desdén! No hay excusa para mí, para ninguno de nosotros, a menos que no seamos ya otra cosa que unas miserables piltrafas.
—¿Qué significan esas palabras, Red Krehl? —preguntó Beryl.
—No te importe lo que significan. Leslie me ha puesto el dedo en la llaga.
—Ésa no es razón para que empieces a urdir una nueva serie de venganzas sangrientas.
Leslie es una gran muchacha; me lo ha demostrado. Pero lo mismo que tú..., es una salvaje. Se olvida...
—¿Sí? ¿De qué se olvida? —preguntó el vaquero con su acento gangoso.
—De que lo que ha perdido es sólo un caballo. Si os mataran u os hirieran gravemente a ti, a Sterl, a Larry o a Rollie, nuestra expedición quedaría sentenciada.
—Beryl —respondió Red—, tú eres más lista que cualquiera de nosotros. Pero en el desvarío de Leslie hay más buen sentido que en tu inteligencia. Es un hueso duro de roer...
Un centenar de veces durante aquel día Sterl observó cómo Red se volvía en la silla para contemplar las señales de humo de los negros, que se elevaban sobre la espesura, hacia la parte norte del horizonte. Alrededor del mediodía, dichas señales desaparecieron. Pero aquella noche, en el campamento, cuando Larry, Rollie y Benson estaban a punto de salir de vigilancia, Friday levantó la mano exclamando:
—¡Corrobora! Todos escucharon. De la oscuridad llegó el gemido de un canto de almas en pena.
—¿A qué distancia, Friday? —preguntó Red lacónicamente.
—Ahí mismo.
—¿Cuántos son?
—Muchos negros. Ninguna gin. Ninguna lubra. Red dirigió a su alrededor la llama azul de su mirada para asegurarse de no ser oído por las mujeres.
—Es una corazonada, amigos —dijo—. Coged los rifles y cartuchos de repuesto. Daremos a los aborígenes un banquete de plomo.
Friday abría el camino mientras se alejaban del campamento. Al acercarse a la maleza, el canto, que se elevaba en una nota aguda, les indicó que participaban en él multitud de voces. Pronto cruzaron danzando delante de la claridad del fuego, grotescas formas oscuras.
Friday los guió trazando zigzags entre los arbustos y los matorrales. Una balsa, o quizás una corriente de agua, los obligó a detenerse.
—Es todo lo lejos que podemos llegar —susurró Red—. Demos un vistazo. ¡Cuidado ahora!
Los cinco se levantaron silenciosamente para mirar por encima de la franja de maleza.
Sterl quedó sorprendido al ver una ancha extensión de agua reflejando como un espejo los tres fuegos y las figuras fantasmales de los negros danzando en extrañas evoluciones. Estaban a una distancia de cerca cien yardas.
—Muchos negros —susurró Friday con tensa excitación—. ¡Gran corrobori! ¡Multitud de diablos en pos de la carne de caballo! ¡Más tarde, ser peor!
—Tienes razón —susurró Red—. Quizá significa que la carne de caballo se ha vuelto rancia. ¡Quieren cerdo negro! Hagamos que sea así.
—¡Es evidente que a continuación nos asarán a nosotros! —admitió Sterl.
—Muy bien —susurró Red, con acento contenido—. Aseguraos del primer disparo.
Entonces, vaciad los rifles con toda rapidez; volved a cargarlos y huid. Amigo Sterl, deja de lado tu tierna debilidad hacia los indios y dispara como lo harías si uno de nosotros se estuviera asando en aquellas brasas.
Amartillaron los rifles, afinaron la puntería. Sterl encaró el arma a un denso grupo de figuras negras, amontonadas, que se balanceaban al mismo compás.
—Uno..., dos.... tres... ¡Fuego! —ordenó Red en voz baja.
Los rifles lanzaron sus estampidos. Se armó un pandemonium. Los indígenas en fuga loca se atropellaban unos a otros mientras caía sobre ellos un fuego despiadado. Al hacer una pausa para volver a cargar, Sterl miró atentamente a través del humo. Red disparaba todavía.
Formas negras se deslizaban fuera del círculo de luz. Pero alrededor de los fuegos yacían tendidos muchos indígenas, al par que otros se retorcían y chillaban.
—Huyamos, amigos —ordenó Red, con voz ronca, volviéndose de espaldas y echando a correr.
Al cabo de un rato el vaquero tuvo que hacer alto, rendido.
—Me figuro que estamos fuera del alcance de las lanzas —dijo, falto de respiración—. ¿No estoy acostumbrado a correr. Bien, ¿ha dado resultado?
—¿Resultado? Ha sido una carnicería.
—Corramos hacia el campamento —añadió Red—. Estarán todos sobresaltados.
Su presentimiento quedó ampliamente confirmado. A la primera voz, salieron todos de debajo de la carreta. Dann se adelantó, rifle en mano, preguntando:
—¿Qué demonios ha ocurrido?
—¿Os han atacado? —inquirió Slyter vivamente.
Beryl se precipitó en brazos de Red, pasó los suyos alrededor del cuello del vaquero, y se dejó caer inerme sobre el pecho del muchacho. Estaba muy lejos de sospechar el significado que encerraban sus acciones.
—Patrón —dijo aquél—, fuimos por ellos. No había más remedio.
El jefe insistió, con respiración alterada, sibilante: —Bien, pero ¿qué ha ocurrido?
—Les hemos sacado el diablo del cuerpo —declaró Benson—. Ha sido una buena cosa.
—¿Estás mudo, Hazelton? —inquirió Slyter tozudamente.
—Fue un asesinato en masa —replicó Sterl—. Pero justificable. Friday nos dijo en confidencia que era muy probable que a continuación nos viéramos nosotros en sus asadores.
—¡Oh, Red! —exclamó Beryl—. Pensé que habías... roto tu promesa..., que serias quizá...
—¡Hum, Beryl! —replicó Red, visiblemente conmovido, mientras se libraba de su abrazo y la hacía sostenerse por sí sola—. Hemos cometido una locura, ciertamente, pero no teníamos otra disyuntiva. Ahora tú y Leslie podéis estar seguras de que esa turba de negros no nos volverá a dar caza.
La predicción de Red resultó acertada. No hubo ya más incursiones contra los caballos ni más señales de humo en el horizonte. Pero fue preciso que pasaran días antes de que los expedicionarios creyeran en su liberación.
Avanzando por las llanuras entraron en un terreno poblado de mulga y spinifex, cubierto de buena hierba, muy bien regada y punteada de minúsculos gomeros y de higueras y pandáneos. Luego, el suelo ascendió poco a poco, y penetraron en una región de termiteros.
Anteriormente habían atravesado más de un campo cubierto de esas extrañas habitaciones de tierra. Pero esto precisamente evidenciaba de una manera notable y sin precedentes la fecundidad y energía de aquellos insectos devoradores de madera y de hojas. A la luz del sol los termiteros tenían reflejos grises y amarillos; los había de todos tamaños, alcanzando hasta la altura de tres hombres de buena talla. Por la noche, a la luz de las estrellas, ofrecían un aspecto fantástico. Sterl comprobó que todos los troncos muertos que golpeaba eran sólo una vaina; el interior había sido devorado por los termes. Y de cada rama o árbol muerto, se derramaba un ejército de insectos furiosos por la invasión de sus hogares.
Sterl comprendió, al fin, la razón de que existieran en Australia aquellos magníficos eucaliptos. En las edades pasadas, la Naturaleza había desarrollado el gomero con sus múltiples variedades, que segregaban todas aceite de eucaliptos como una defensa, tan característica como los pinchos en un cactus.
Después, acamparon en una comarca de montañas bajas, cruzada por una corriente de agua que les proporcionaba una fácil gradería de ascenso, la cual, poco más allá de los manantiales del arroyo, los condujo a una divisoria de aguas. De allí en adelante, los riachuelos corrían hacia el Oeste. Esta circunstancia encerraba un significado tan grande, tuvo tal poder para despertar esperanzas casi muertas, que Dann ordenó hacer alto para descansar, para reponerse y para llevar a cabo reparaciones, de las que había gran necesidad.
—¡Ésta es la comarca desconocida que se extiende tras los montes de Australia! —exclamó Slyter.
Friday hizo un lento ademán que parecía simbolizar el infinito. Ciertamente, aquel abismo se asemejaba al vacío del cielo. La mañana, ya en sus primeras horas, fue ardorosa, clara, sin un soplo de aire. Bajo sus pies se extendía hacia lo lejos una pendiente suave, que parecía medir miles de leguas, con grandes manchas de verde y rayas blancas, descendiendo siempre, siempre, hasta confundirse en la nada, como si ostentara a la faz del hombre el desafío de su monotonía inhospitalaria.
Era la otra mitad del mundo, que soñaba y fantaseaba bajo el ardiente sol. Era un mundo que se extendía y bajaba siempre, sin cesar, confundiendo sus ondulaciones con el infinito.
—¡Never never Land! — exclamó Slyter, con la boca abierta de pasmo.
—¡Blanco que ir hacia allá, no regresar jamás! —sentenció Friday.
Volviendo la espalda al espectáculo que se abría ante sus ojos, los hombres descendieron de la colina. En el campamento, Slyter informó simplemente y con veracidad que la caravana había traspasado el límite del Never never Land. No había ninguna necesidad de repetir la advertencia del indígena.
—¡Magnífico! —dijo Stanley con voz tonante—. ¡La Tierra Prometida, por fin! ¡Adelante, exploradores!
El corazón del verano cogió a la caravana de Dann en el árido Interior. Sabían la estación en que estaban por el calor y la sequía, pero no por otros signos, puesto que Dann y Sterl hacía tiempo que se habían cansado de tomar nota de trabajos, miserias, luchas y muerte.
Por espurio de varias semanas habían avanzado siguiendo el lecho de un río. Aquí y allá, separadas por varias millas una de otra, encontraban hoyas de agua clara en parajes roquizos. La hierba requemada se había vuelto escasa, pero era nutritiva. Si el ganado podía beber cada día o cada dos, sobreviviría; aunque muchas de las reses más débiles se desplomaban a la orilla del camino. Era preciso arrancar de las cercanías de las balsas a las vacas que tenían novillos recién nacidos, y cuando éstos caían, las madres se negaban a abandonarlos. Algunas mañanas, la caravana quedaba detenida a causa de los caballos que se extraviaban. Algunos se perdieron definitivamente. Dann no quería malgastar tiempo en seguirles las huellas. El calor se hacía más intenso.
La carayana había llegado a una situación casi caótica cuando los vaqueros alcanzaron una zona de formaciones rocosas en la que se sucedían una serie de balsas de agua cristalina, una de las cuales alcanzaba las dimensiones de un estanque.
—¡Maná en el desierto! —gritó Stanley Dann, lleno de gozo—. ¡Acamparemos aquí hasta que vuelvan las lluvias otra vez!
Para las chicas aquello significaba la supervivencia; para los hombres una noticia extremadamente regocijante. El agua constituía un elemento salvador, que llegaba en el momento crítico. Por todas partes se veían pruebas de que no había llovido en mucho tiempo en aquella comarca. En las estaciones buenas, el lecho seco debía de ser un riachuelo de bastante caudal que en sus avenidas había inundado incluso toda la llanura. Los pájaros y animales parecían haber abandonado el lugar. La hierba estaba requemada, blanca; las plantas desecadas por el sol y los árboles parecía que se morían de sed.
Dann dijo filosóficamente a Slyter:
—Tenemos agua bastante y carne y sal suficientes para continuar aquí por espacio de cinco años—. Palabras que revelaban el rumbo de sus pensamientos.
Sterl oyó como Slyter replicaba que la provisión de agua no bastaría ni para la mitad de aquel tiempo, y luego añadía:
—Tendremos que construir un fuerte cobertizo de broza sobre aquel estanque, para el caso de que empiecen las tempestades de polvo.
La característica más satisfactoria de aquella acampada fue el cese del ajetreo. Durante días, semanas y meses los vaqueros habían trabajado más de lo que les permitían sus fuerzas.
Allí pudieron recobrarse de aquellos excesos. Los caballos y bueyes, después de una larga etapa por parajes completamente secos, no se apartarían del agua dulce y exigirían muy poca vigilancia.
Sterl y Red, ayudados por Friday, se pusieron con toda calma a escoger un emplazamiento, a levantar la tienda y a disponer las cosas de la mejor manera posible para una larga permanencia. En tales tareas se les pasó todo el primer día. Los demás se habían ocupado poco más o menos en lo mismo. Así, pues, a la hora de cenar, al echar una mirada a su alrededor, le pareció a Sterl que el campamento tenía un aspecto hogareño. Sin embargo, el vaquero pensó que cuando se levantara el viento en aquel desierto sin obstáculos, tendrían que sufrir más aún que con el calor sofocante del campamento en las bifurcaciones del Diamantina.
La señora Slyter presentó en la mesa los mismos alimentos y la misma bebida de siempre, pero que casi no lo parecían a causa de su habilidad en guisarlos y servirlos. En cuanto a Beryl y Leslie, Red resumió su situación en estas palabras:
—Bien. ¡Maldita sea! Me figuro que con dos camareras tan bonitas como éstas un vaquero sería capaz de soportar los mismos platos durante toda una eternidad... ¡Vaya, muchachas, estáis delgadas como cañas y bronceadas por el sol como las hojas de otoño!
—¡No tanto como cañas! —rebatió Leslie.
El epíteto de Red no era del todo cierto. Sin embargo, ¡qué delgada y frágil aparecía Beryl y cuán esbelta la en otro tiempo rolliza Leslie!
Servida la cena, las mujeres se reunieron con los vaqueros en la mesa. Después Larry y Rollie se levantaron y fueron a limpiar los platos. Los demás continuaron un rato sentados fumando y conversando de un modo inconexo.
—No se ven moscas ni mosquitos por aquí —decía Dann.
—Las moscas acudirán a no tardar —replicaba Slyter. —Durante esta acampada nacerá un buen número de terneras.
—Y también de potrillos. ¡Pero hemos perdidos tantos...
Red previa Liba:
—¿Dónde se Imagina que nos hallamos, patrón?
—En un paraje cualquiera del Never never Land. Quinientas millas más allá de las montañas, poco más o menos.
—Dann, ahora volveré a poner mi diario al corriente— intervino Sterl—. Recuerdo los acontecimientos más importantes, aunque no las fechas.
—Poco importa. Dedícate a tu diario si gustas. Pero yo... yo no quiero dejar nada escrito.
Nadie creería nunca que hayamos sufrido tantas cosas. Y no quisiera descorazonar a los futuros conductores de ganado.
Red lanzó una bocanada de humo, que le cubrió el rostro, mientras decía con su gangoso acento:
—Muchachas: seguro, con toda seguridad, que vais a ser unas viejas solteronas. Eso si conseguimos salir de aquí vivos.
—Y que lo digas, Red Krehl; sobre todo, si el remedio para tal calamidad dependiera de dos granujas yanquis que conocemos —exclamó Leslie, de mal humor.
La respuesta de Beryl fue sorprendente y significativa.
—Lo somos ahora ya, querida Leslie —murmuró con aire soñador—. Me acuerdo de cómo solía fantasear sobre esto. Y cómo... cómo ansiaba un marido... En cambio, ahora parece carecer de importancia.
—¡Sin embargo estaría bien que pudiéramos esperarlo! Stanley Dann intervino.
—Dios nos dio el pensamiento y la facultad de hablar, pero nosotros los usamos muchas veces inútil y alocadamente. Vosotros, gente joven, expresáis demasiadas ideas necias... Ni vosotras, muchachas, habéis de ser carabinas viejas, ni vosotros, vaqueros, habéis de quedar solteros. Llegaremos al fin de nuestro viaje.
—Sin duda, llegaremos, patrón —soltó Red—. Mas si todos pudiéramos olvidar... y plantar cara a este infierno como usted.., y al mismo tiempo ser niños jocosos alguna que otra vez, llegaríamos al fin, ¡pero muchísimo mejor!
Dann se dio una palmada en la rodilla con la gruesa y ancha mano.
—¡Perfectamente! Merezco la repulsa; estoy demasiado obsesionado; soy demasiado egoísta. No obstante, sé bien lo que os debo a todos. Descansad si podéis. ¡Olvidad! ¡Buscad juegos! ¡Divertíos! ¡Haceos el amor, Dios os bendiga!
Y mientras Dann se alejaba con ruidoso paso, Sterl observó que había gris sobre el oro de sus sienes, que su figura no era tan erecta y magnífica como fue en otro tiempo. Y esto le entristeció. ¡Cuán a menudo acudiría a su mente el recuerdo de los que habían muerto!
El cambio brusco del trabajo excesivo, de la falta de sueño y del miedo, a una época de reposo, de desahogo, a una sensación de seguridad, surtió sus efectos en todos los expedicionarios. Éstos gozaron de una breve tregua de exquisita tranquilidad, antes de volver a emprender la marcha, antes de que se cerrara sobre ellos el vacío con las líneas sin límite de sus horizontes de confines invisibles, el calor de día; la espantosa soledad, de noche; la sensación de que había que combatir, inexorablemente, contra la salvaje Naturaleza.
Sin embargo, nada ocurrió que por el momento justificase tal aprestamiento de almas y cuerpos. Si el calor del sol aumentaba, era de un modo imperceptible, que sólo podía comprobarse tocando un objeto metálico con la mano.
La escasez de seres vivientes que poblaran el terreno llegó al punto de la carencia absoluta. Por lo menos, por lo que veían los expedicionarios.
Una mañana, un gomero amaneció cubierto de flores escarlata, y las muchachas anunciaron que había de ser el día de Navidad. Sterl y Red sacaron lo que quedaba de los regalos que habían llevado para la travesía, y después de cenar, se los ofrecieron. El resultado obtenido no había entrado en los cálculos de los dos vaqueros. Beryl pasó de una alegría ruidosa a un llanto histérico, que ni siquiera Red supo ni pudo consolar. Y Leslie comió tanto caramelo, que se puso enferma.
Un día, Friday descubrió señales de humo en el horizonte.
—¡Negros, muy cerca! —exclamó.
Aquella noche el campamento quedó sumido en la desesperación. Dann ordenó levantar fortificaciones por ambos lados. Poco después, el negro llamó la atención del jefe sobre una extraña procesión que desfilaba en dirección a ellos. ¡Eran seres que no parecían humanos! Al llegar a las cercanías se detuvieron, se aproximaron más v más, se pararon otra vez, paralizados por el miedo, y, sin embargo, prosiguieron su marcha, empujados adelante por un impulso más fuerte. Los primeros en llegar fueron una veintena, o menos, de hombres excesivamente delgados, escurridos, negros como el ébano y prácticamente desnudos. Todos ellos llevaban lanzas, pero parecían todo lo contrario de seres formidables. Las gins eran verdaderas monstruosidades. Las pocas lubras que había resultaban apenas menos repulsivas que aquéllas. Detrás de los mayores corría una turba de chiquillos desnudos, agrestes cual bestias salvajes, de cabezas desgreñadas y vientres turgentes como bombos.
Friday se adelantó para salirles al encuentro. Sterl oía su voz, así como las respuestas en voz baja de los otros. Pero el lenguaje de los signos era el que predominaba en aquella breve conferencia. El indígena regresó corriendo.
—Los negros morirse de hambre —anunció—. Muchos caer muertos. Ser bueno alimentarlos.
—Oh, sí, ciertamente, buen Friday —exclamó Dann con mucha alegría—. Ve a decirles que los hombres blancos son amigos suyos.
—¡Por Júpiter! —exclamó Slyter—. ¡Pobres piltrafas hambrientas! Nosotros tenemos ganado lisiado que tanto daría que lo sacrificáramos.
Benson había matado un novillo aquel día, del cual sólo una pierna fue llevada al campamento. El resto colgaba de la rama de un árbol situado algo más lejos, hacia el lecho del río. La cabeza, entrañas, pellejo y patas, estaban todavía sobre las rocas, dispuestos para ser quemados o enterrados. Dann dio instrucciones a Friday para que condujera allá a los negros, que pasaron medrosos, dando un ancho rodeo, a fin de apartarse del campamento. Slyter llevó un saquito de sal, y Larry y Rollie encendieron una hilera de fuegos. Los vaqueros, acompañados de las muchachas, se acercaron lo suficiente para verlos con claridad. Los indígenas contemplaban a los vaqueros con ojos codiciosos. Larry hizo fijar la atención de sus compañeros en un cuchillo y un hacha que había sobre un tronco. Todos esperaban un corroborí. Pero aquella tribu de negros había perdido el humor para ceremonias. Sin embargo, no se comportaron como una manada de lobos. Un negro muy alto, posiblemente el jefe, se puso a cortar la ternera a trozos y a distribuirlos a los demás, que se sentaron y devoraron la carne cruda. Cuando, al cabo de un rato, atacaron las entrañas, Beryl y Leslie huyeron.
Al caer la noche las llamas de los pequeños fuegos continuaron, vacilando debajo de los árboles, y unas formas oscuras desfilaron delante de ellas, pero no se oyó ningún sonido, ningún canto. El día siguiente puso de relieve que los indígenas habían devorado la res por entero y que yacían dormidos alrededor de los árboles. Aquella mañana llegaron otros más, tan famélicos como los primeros.
Friday tenía alguna información que dar. Aquellos negros habían sido, por espacio de dos años de sequía, una raza en desaparición. Pájaros y animales, serpientes y lagartos, todos habían huido al otro lado de las montañas, hacia un lago al cual la tribu depauperada no osaba acercarse, porque se los habrían comido otros hombres gigantes de su mismo color. Friday terminó diciendo que los indígenas viejos esperaban que las lluvias llegarían tras un período de tempestades de viento y de polvo.
Los expedicionarios acogieron esta última noticia con desmayo y asediaron a Friday pidiéndole algún gramo de esperanza.
—¡Infernal tormenta de polvo, muy pronto! —anunció éste solemnemente.
Transcurrieron los días y durante las horas de la siesta, que los expedicionarios pasaban bajo sus cobertizos, el calor creció de un modo enojoso. Los indígenas resultaron buena gente.
Día tras día los hombres salían de caza y las gins iban en busca de hierbas y raíces. Dann los abastecía de carne y con las sobras de la mesa del campamento. No tardó mucho en ponerse de manifiesto que se habían recuperado y medraban bien. Y la sospecha de los vaqueros de que quizá correspondieran los buenos tratos con hurtos atrevidos, había quedado, hasta el momento, plenamente injustificada. Los negros nunca entraban en su campamento.
Una noche, Leslie, con su fina mirada, llamó la atención respecto de un círculo opaco que rodeaba la luna. A la mañana siguiente el sol se levantó oscurecido, velado por una roja y peculiar calígine.
Un ligero viento, el primero que soplaba en aquel campamento que había sido llamado por Leslie «Agua en la roca», se levantó para abanicar los hirvientes rostros de los ansiosos espectadores, y, al poco rato, llegó cargado de finas partículas invisibles y de un olor acre y seco, de polvo.


XXIX
Alguno de vosotros, amigos, ¿se ha encontrado alguna vez en una tempestad de polvo o de arena? —preguntó Red Krehl, a la hora del desayuno.
La experiencia general en tal aspecto había sido negativa y la información resultó menguada.
—Ciertos leñadores me dijeron que las tempestades de polvo en esta parte de Australia eran terriblemente molestas —concedió Slyter.
—Bien, yo diría que han de ser como el infierno corriendo sobre ruedas. Esta comarca está sin árboles, llana y seca, en una extensión de mil millas.
—¿Son frecuentes en las praderas del Oeste? —preguntó Dann.
Entonces los vaqueros se enfrascaron en una larga disertación llena de anécdotas sobre los vendavales de polvo y arena que durante la temporada eran el terror de las conducciones de ganado en su propio sudoeste americano.
—Muchachos, nunca me han dicho que tuviéramos nada similar a ello aquí en Australia —dijo Dann cuando hubieron terminado.
—Ea, patrón, le apuesto dos piezas y un chelín, a que los tienen peores que los nuestros —masculló Red.
—Muy bien. Estamos advertidos. Preparémonos por todos los medios. Hemos cubierto ya con un techo el estanque en la roca. ¿Qué otra cosa haremos?
Sin más revuelo, Sterl y Red pusieron en ejecución un plan que habían decidido previamente. Vaciaron su tienda y la volvieron a plantar a sotavento de la enorme carreta de Slyter. Después, mientras estaban cubriendo las ruedas para que sirvieran de muralla contra el vendaval, Beryl y Leslie se acercaron llenas de curiosidad.
—¿Por qué esa noble expresión en tu sudorosa frente, Red? —preguntó la primera.
—No hagas bromas, Beryl. Esto resultará un sacrificio endemoniado. Traed todas vuestras cosas y las camas y colocadlas en esta tienda.
—¿Por qué? —preguntó Beryl, incrédula.
—Porque tendréis que meteros en ella y permanecer en la misma hasta que esa tormenta de polvo que se avecina haya terminado.
—¿Sí? ¿Quién lo dice?
—Lo digo yo. Y, jovencita, cuando me pongo furioso, soy perfectamente capaz de emplear la fuerza.
—Me gustaría, precisamente. Pero es una de tus baladronadas.
Beryl estaba de pie, delante de Red, con su esbelto atuendo de muchacho, las manos en las caderas, la rubia cabeza inclinada a un lado y los inflamados ojos llenos de una expresión de reto y de otra cosa más, tan fascinadora como insondable.
—Echaré de menos tus elegantes vestidos —insistió el vaquero—. Pero tienen que ir adentro de esta tienda, lo mismo que tú.
—Red Krehl, eres un tirano. Me han enseñado a ser mansa y sumisa, ¡pero no soy tu esclava todavía! —Dices bien que no lo eres; ni lo serás nunca —replicó el muchacho, acalorado, en vez de mantenerse tranquilo—. ¿Mansa y sumisa? ¡Santo Dios!
—Red, sabría ser las dos cosas —concedió ella con dulzura.
—¿Sí? Bien, no sería nada natural, óyeme, Beryl —evidentemente, Red había reaccionado ante la situación por una inspiración súbita—: Lo hago por tu bien. Por tu rostro, Beryl, por ese hermoso cutis dorado que tienes, suave como una seda y tan adorable. ¡Una tormenta de seco polvo le imprimiría mil arrugas! Vosotras tenéis que permanecer aquí mientras el viento sople. ¡Y todo el día! Por la noche, generalmente, amaina, por lo menos en el país de donde procedo... Vamos, Beryl, por favor.
La muchacha murmuró, fijando en él sus grandes ojos con mirada incierta:
—¡Todo por mi belleza! Me parece, Red, que ya no me preocupo por ella tanto como solía.
—Pero yo sí —replicó él.
—Siendo así, obedeceré —consintió al fin—. Tú eres muy bueno conmigo. ¡Y yo, huraña como un gato!
Los vaqueros ayudaron a las muchachas a transportar dentro de la tienda las camas, mantas y todos los objetos pesados. Para proteger lo suyo, lo pusieron debajo de la carreta, envuelto y atado con una lona, sujetándola con pesos en las esquinas, y advirtieron a los otros vaqueros que hicieran lo mismo; consejo que no cayó en el vacío. Asimismo, yendo al estanque a buscar agua, Sterl vio que los negros levantaban pequeños parabrisas y cobertizos.
El viento, que había aumentado perceptiblemente, parecía acarrear finas e invisibles chispas de fuego. Se hubiera dicho que un humo transparente se levantaba tapando el sol. Un olor acre y seco, una fragancia de eucaliptos y una sensación astringente de polvo, herían el olfato.
—Ahí viene, amigo, arrollándolo todo —dijo el tejano señalando hacia el Noroeste, sobre el terreno bajo por donde serpenteaba el lecho desecado del río.
Lo primero que Sterl vio fue como una nube arrolladora, de color más bien blanco que gris, girando sobre sí misma y creciendo incesantemente, que avanzaba sobre el campo en dirección a ellos. Con increíble rapidez, la nube oscureció la luz del sol, extendió la oscuridad sobre la tierra, se le vino encima, rodando, revolviéndose. Y cual humo expelido con fuerza tremenda, su frente se hinchó, creció, y, subiendo como una ola que girara sobre su centro, escupió grandes masas blancas rayadas de amarillo, semejantes a rosas colosales.
Dándose cuenta de que anchas ráfagas de polvo corrían delante de ellos, los hombres se precipitaron hacia el campamento. Los vaqueros mojaron dos sábanas y colocaron una sobre la puerta de la tienda de las muchachas.
—¿Estáis ahí dentro, chicas? —gritó Red.
—Sí, dueños y señores nuestros, aquí estamos. ¿Qué es ese rugido? —habló Beryl.
—Es el vendaval, junto con una tormenta de truenos. No os olvidéis, cuando el polvo penetre más, de respirar a través de pañuelos de seda mojados. Si no los tenéis usad algunas de aquellas prendas finas de Beryl que vi una vez.
—¡Vaya! ¿Lo oyes, Leslie? Red Krehl, apostaría a que has visto mucho más de lo que debieras.
—Sin duda, Beryl. Y el perjuicio que me ha causado, además. Adiós ahora, pues no tengo idea de cuánto durará esto.
La última imagen que recogió Sterl al arrastrarse debajo de la carreta, fue el frente combado de la nube de polvo, casi encima de ellos.
—Y ahora, a esperar que pase —dijo con un suspiro, mientras se tendía en la cama—.
Tenemos muchos motivos de agradecimiento. Supón que nos hubiera cogido por el camino...
—Y supón que el rebaño se desbande. No sería cuerdo salir a detenerlo.
Los dos muchachos se dispusieron a resistir aquel tormento. Hacía mucho calor dentro de su guarida, que al cabo de un rato quedó invadida por el polvo invisible que penetraba en ella por los poros y desgarrones del lienzo. Red se había cubierto el rostro con un pañuelo húmedo y Sterl siguió su ejemplo. Después del ocaso, el viento disminuyó. Los vaqueros salieron. Una sombra opaca cubría el panorama. El polvo se iba depositando sobre el suelo y los objetos todos. Los vaqueros estaban en movimiento; los Slyter cenaban.
Al anochecer, el aire estaba mucho más transparente y había refrescado. Después de la cena, Sterl y Red salieron con los vaqueros para inspeccionar los caballos y el ganado.
Aunque no se habían extraviado, Dann ordenó que aquella noche se hiciera guardia en tres relevos. Cuando regresaron, Friday estaba sentado junto al fuego, con un hueso en la mano y un trozo de damper en la otra.
—¿Cuánto dura una tormenta? —preguntó Red.
—Los negros viejos decir que mucho tiempo.
—Friday, desearía que te equivocaras de vez en cuando —se quejó Red.
—Quizá —dijo el negro.
Sterl conservaba en su tienda un palo de eucaliptos de corteza lisa y por cada día que soplaba el polvo y el calor se hacía más intenso, cortaba una muesca. Después, un día se olvidó, al siguiente no se tomó la molestia y al otro pensó que no valía la pena de conservar el recuerdo de nada, porque todo el mundo iba a morir de sofocación.
Y, no obstante, seguían resistiendo. Precisamente cuando alguno de los expedicionarios iba a renunciar a sus esfuerzos para continuar respirando, el viento cesaba durante una noche.
Cada bocado que tomaban crujía en los dientes. Por la noche, los vaqueros rodeaban el rebaño y los caballos y de vez en cuando sacrificaban un buey para sí mismos y para los negros.
Afortunadamente, el agua para beber se conservaba pura y fresca, y ese factor los libró de caer en una completa desesperación.
Leslie, por ser más joven y de espíritu singularmente resistente, soportó la dura prueba mucho tiempo, antes de empezar a ceder. Pero . Beryl parecía que se fuera a morir. En las noches claras la sacaban fuera de la tienda y la tendían sobre una camilla. Al fin, solo Red conseguía hacerla comer. Sterl consideraba una maravilla que no hubiera entregado el último aliento mucho antes. ¡Pero con qué tenacidad se agarraba al amor y a la vida! Red se había vuelto silencioso, malcarado, de tanto sufrir por ella.
Una noche, después de un día de ahogo durante el cual el viento había soplado sólo a intermitencias, el aire se aclaró lo bastante para dejar que una luna espectral, desvanecida, enviara sus rayos al campamento. Se notaba un cambio en la atmósfera, que Sterl pensó que no sería más que otro engañoso espejismo de su cerebro. Friday levantó el brazo señalando aquel extraño disco rodeado de una corona casi imperceptible, y dijo:
—¡Pronto!
Bajo la pálida claridad, Beryl yacía tendida en su camilla, como una sombra de su antiguo ser, con la morena carita iluminada por aquellos ojos luminosos, adorables que, sin duda, habrían sondeado ya el infinito. Estaba en pleno conocimiento. Dann, animado por su indestructible fe, se arrodilló a su lado para rezar. Red se hallaba sentado a la cabecera, mientras los otros iban de una parte a otra en silencio, como fantasmas.
Red...! ¡No lo tomes tan a pecho! —susurró Beryl, con voz casi imperceptible.
—¡Beryl, no cedas...! ¡No te desvanezcas como un soplo! —imploró Red, con voz alterada.
—Tú nunca te casarías conmigo a causa de...
—¡Nunca! Pero no a causa de aquello... ¡Yo no soy digno ni siquiera de secarte los pies!
—Eres tan grande como papá.
Sterl hizo alejar a Leslie, que sollozaba. Él por su parte, no podía resistir ya más. Red se quedaría para velar a Beryl hasta que exhalara el último aliento. Cuando apartó a Leslie de su lado y se deslizó en su prisión debajo de la carreta, arrastrándose como un animal que se escondiera en la maleza para morir, no creía que latiera en su pecho ningún sentimiento. Y se quedó dormido.
Se despertó de noche. La ausencia del mugido del viento, del murmullo de las hojas, del zurrido de las ramas, producía una sensación extraña. Había una quietud, una oscuridad de muerte.
Después oyó unos golpes débiles, casi imperceptibles, sobre la lona. ¡Oh! ¡Aquella engañosa treta de su fantasía! ¡El espectro del recuerdo de las noches de conducir ganado por las praderas natales, cuando yacía abrigado bajo la arpillera de la tienda oyendo el chocar de la cellisca, de la nieve, de la lluvia. ¡Éste era el sueño que le había rondado allí en aquel maldito Never never Land! Pero del exterior llegó un tintineo de espuelas y las suaves pisadas de los pies desnudos de Friday.
Amigo...! ¡Amigo! ¡Despierta!
—Era la voz de Red, quebrándose entre sollozos.
—Estoy despierto ya, muchacho —respondió, entonces.
—¡Llueve..., Sterl...! ¡Beryl vivirá!
Durante diecinueve días llovió, y, al principio, con gran fuerza. Antes de transcurrir la mitad de este tiempo, el lecho seco se convirtió en un riachuelo que corría rápidamente. Y cuando el chubasco más fuerte menguó, las lluvias continuaron parte del día y parte de la noche. A la mañana del vigésimo día, después de la tormenta de polvo, los expedicionarios se levantaron para manifestar su alborozo ante un sol radiante y un campo maravillosamente cambiado.
—¡Adelante con nuestra travesía! —gritó con voz estruendosa Stanley Dann.
Pero antes de marchar, todavía regaló a los negros un buey y las herramientas de acero de que creyeron poder prescindir. Cuando la caravana abandonó el campamento de «Agua en las Rocas», aquellos negros, que ya no parecían cuerpos asustados, se amontonaron en fila para contemplar, con expresión estúpida, a los hombres blancos que se alejaban del camino de su vida. Sin embargo, era imposible pensar que no quedaran agradecidos.
La hierba se mecía, verde y abundante, hasta la altura de la corva de un caballo; por todas partes se abrían las flores nacidas entre la lluvia; los gomeros se habían encendido en una llanura escarlata y las acacias espinosas se volvieron de oro. Manadas de canguros y de casuarios aparecieron sobre las llanuras. El agua brillaba en lagos de una milla de ancho, de cuya superficie sobresalía la hierba jugosa y suculenta, y los arroyos bajaban llenos hasta el borde con penachos de matas y flores inclinándose sobre sus ondas.
El Never never Land se extendía por todos lados, ilimitado. Era una pradera horizontal, desnuda en las épocas de estiaje, rica ahora, después de las lluvias. La primavera eterna hubiera podido morar en ella.


XXX
Sólo Friday, el negro, sabía explicar cómo sucedió que los caminantes llegaran al oasis desde el campamento en que Beryl estuvo a las puertas de la muerte durante la tormenta de polvo, y su limitado vocabulario no le permitió una descripción detallada.
—Muchas lunas —repetía el índigena con aire perplejo. Y señalando hacia el Este y dibujando en el suelo una línea muy larga, muy irregular, añadía—: Ningún negro, ningún canguro, ningún goama. Esta región no ser buena. Mucho sol, Calor de infierno. El blanco pensar morir. Huir mucho caballos. El blanco sentarse. Sin agua. Friday encontrar agua.
Buscar un día, dos días, llegar a una balsa. Volver atrás. Hacer ir a los otros.
Era para Friday una larga disertación. Sterl ordenó sus diversas piezas y llenó los intersticios. La mente del vaquero parecía ser una confusión laberíntica de visiones vagas y de sensaciones pasadas, de sol ardiente y de áridas inmensidades, de ruedas girando, girando rodando sin cesar, de campos todos iguales, de espejismos fantasmagóricos, de la infernal monotonía de las distancias y, finalmente, caras que se esfumaban, voces que se confundían, imágenes que se apagaban, una sed abrasadora y una locura por el agua.
Recobró la conciencia en un arroyo que corría fresco, cristalino. Peñascos de roca gris se elevaban hacia el cielo azul. A su alrededor, hierba tierna, árboles de espeso follaje y flores de oro, y ruidosas bandadas de pájaros. Nuevamente vibraba en su oído embotado el melodioso cur-a-uuong de las urracas.
—Dios y nuestro Friday nos han salvado una vez más. En vez de pensar en lo que ha pasado, recemos —dijo Stanley Dann moviendo los labios agrietados, torpes, de los cuales manaba la sangre. En aquellas palabras parecía dicho todo.
Otro milagro tan grande como el de la buena estrella que había guiado a los exploradores, fue su restablecimiento gracias al agua dulce, fresca. Hasta la música del arroyo, que gorgoteaba y rebullía debajo de los rebordes roquizos y se alejaba repitiendo su canción entre los árboles, hacia el Oeste, parecía tener virtud curativa. Alli estaba el nacimiento de un río que corría hacia el Océano Indico. Y para Sterl, y seguramente para todos, el renacer de la esperanza, de la vida, del sentimiento de la belleza. En la mañana del segundo día, Leslie se levantó vacilando sobre sus débiles piernas, delgada como un barquillo.
Su corazón estalló en un grito:
—¡Oh, qué hermoso! ¡Es el Oasis del Paraíso!
Beryl no podía andar sin ayuda de nadie, lo cual no le impedía compartir el gozo de Leslie. ¡Qué cuerpo tan débil albergaba su alma purificada! Las dos muchachas disponían actualmente de un par de hamacas colgadas a la sombra, y pasaban las horas en ellas, tendidas sobre almohadas, con los ojos muy abiertos.
Las frases silvestres y la fruta, la carne tierna y el pescado, el pan obtenido del último saco de harina, añadían su poder nutritivo completo a la virtud mágica del agua pura, cristalina.
—Dejadme quedar aquí para siempre —suplicaba Beryl.
Y Leslie añadía:
—¡Oh, Sterl, no nos vayamos nunca!
Una mañana, Friday buscó a Sterl por todas partes.
—Ven conmigo, mi amo.
—¿Qué has visto, Friday? —inquirió el vaquero.
El índigena se golpeó el pecho con la palma de su fuerte mano.
—¡El negro pensar haber visto los Kimberleys!
—¡Dios mío! —exclamó el vaquero, boquiabierto, presa de repentino estremecimiento—.
¡Acompáñame!
Escalaron un escarpio gris. Al otro lado de una vasta llanura de vivos colores, una cordillera purpúrea corría y se remontaba por el horizonte del Oeste, cual una enorme oleada petrificada.
Sterl se volvió de cara al campamento, hizo bocina con las manos y soltó un estentóreo grito, que rebotó de una montaña a otra repetido por el eco. En seguida, agitó el sombrero. Las muchachas contestaron agitando alguna cosa blanca. Entonces el vaquero bajó corriendo la colina, distanciándose del descalzo negro.
Leslie corrió a su encuentro con el corazón en los ojos. Pero Sterl reservó su explicación para el jefe, el de cuerpo enflaquecido y dorada barba. El momento era tan extraordinario, que el muchacho escuchó su propia voz como un susurro:
—¡Señor..., vengo a informar... que he visto.., los Kimberleys!
Al cabo de diez días de descender siguiendo el curso del arroyo, la caravana salió de la región arbolada desembocando en nuevas llanuras abiertas, donde las rocas, los árboles y las hoyas de agua eran notables por su escasez. Los expedicionarios habían quedado reducidos a una ración de carne y sal con una taza de té y una de estofado de frutas secas para cada día.
Con tal alimento mejoraban y ganaban fuerzas, aunque Sterl estaba cierto de que su reacción era debida, por lo menos en igual grado, a la llamada de la cordillera que se levantaba ante sus ojos. La vacada, compuesta de dos mil doscientas cabezas, desde que encontraron agua buena había mejorado y cada día nacían ternerillos, lo mismo que potros. ¡Nada de señales de humo en el horizonte!
Un día Sterl descansaba un pie lastimado, abandonando la silla de montar por el asiento de la carreta de Slyter. La excelente mujer del ganadero yacía dormida sobre una lona y su agotado rostro revelaba el tormento que su espíritu y su fuerza de voluntad escondían cuando estaba despierta. El vaquero hablaba con Slyter de los Kimberleys, de la busca de estancias bien situadas, de las tareas de establecerse, todo lo cual condujo a lo que dominaba su pensamiento: el futuro. Movido por ello, preguntó:
—Slyter, ¿le interesaría saber algo respecto a mí?
—Ciertamente, si tienes ganas de contarlo —respondió el ganadero.
—Gracias, patrón. Es tan sólo que me sentiría más desembarazado, más feliz si usted me conociera —aclaró Sterl. Y le explicó el motivo por el cual él y Red habían Ido a Australia—. Y nunca nos marcharemos —terminó diciendo:
—¡Después de esta espantosa travesía, este país no puede gustarte ya...!
—¡Estoy loco por él, Slyter!
—¿Me has contado tu historia a causa de Leslie? —Principalmente, sí. Pero si no hubiera existido su hija, probablemente se la habría contado lo mismo.
—Ella te ama.
—Sí. Y yo la quiero también. Sólo que nunca se lo he dicho..., como tampoco la historia que usted acaba de oír.
—Sterl, no podría pedir mucho más al futuro que la suerte de entregar mi hija a un hombre como tú o Krehl. Hemos atravesado el fuego juntos... En cuanto a ti, joven, Australia te acogerá en su seno y el pasado será como si nunca hubiera existido.
—¡Soy feliz y afortunado al poder unir mi suerte a la suya, Slyter!
—¡Magnífico! Y ahí viene Leslie, con sus ojos escudriñadores. Me parece, Sterl, que voy a bajar para montar a caballo un rato. Tú guía la carreta y habla con ella.
Casi antes de que los pesados pies de Slyter tocaran al suelo, Leslie había saltado ya de la silla y echado la brida en manos de su padre.
—¡Qué bonito! —exclamó la joven con alegre voz, mientras saltaba a sentarse al lado de Sterl ¿Hace meses, verdad, que no viajaba a tu vera de este modo?
—Años, me parece.
—¡Oh, esa larga agonía...! Pero la estoy olvidando. Sterl, ¿de qué hablabas con mi padre?
—Le explicaba qué fue lo que hizo de mí un proscrito; lo que me trajo a Australia.
—¿Proscrito? ¡Oh, Sterl! Yo siempre me lo preguntaba. ¡Red era también tan —extraño!
Pero no me importa lo que fuiste en el pasado, lo que eres ahora es lo... lo que me ha hecho...
Cuando un nudo en la garganta dejó sin palabras a Les, Sterl repitió la historia de su vida y la fatalidad que la selló.
—¡Cuán terrible, Sterl! ¿Era... era Nan muy bonita? ¿La querías mucho?
—Me temo que sí.
—¡El amor es cosa terrible!
—Esto me da una idea, Les, como dice Red. Saquemos el mejor partido de este viejo y terrible amor.
—No es posible, Sterl. Lo sé.
—Sí que lo es, Leslie. Escucha. Tú coges por tu cuenta a Red, esta misma noche, en el campamento. Le dices que Beryl languidece de amor, que sueña con él, que habla dormida, que no puede vivir sin él... ¡Y todo lo que quieras imaginar!
—Sterl Hazelton, para ello no tendría necesidad de mentir. Todo lo que has enumerado es absolutamente cierto —contestó Leslie.
—¿Qué me dices? ¿A ese extremo? Entonces, tanto mejor. Yo informaré a Beryl en qué estado se encuentra Red respecto a ella.
—¿De veras? ¿Tan enamorado está? —preguntó Leslie.
—Sí. No creo que sea posible exagerar el amor de mi compañero por esa muchacha. Pero él tiene la manía de que no es un buen vaquero, por decirlo con sus mismas palabras.
—Ya lo creo que los ayudaré! —exclamó la muchacha—. ¿Pero quién... te hablará a ti respecto..., a mí? —¡Ah!, ¿eso? Bien, chiquilla mía, si te parece necesario puedes hacerlo tú misma.
Leslie se dejó caer sobre su pecho, estremecida, con los párpados cerrados. Sterl la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. En tal coyuntura llegó hasta ellos la voz de la señora Slyter, que exclamaba con acento brusco: —Estuve escuchando cierta conversación altamente interesante.
—¡Oh, mamá! —tartamudeó Leslie, espantada, enderezándose.
Pero él no permitió que se apartara.
—Bien, siendo así, mamá, contamos ya con su bendición; de lo contrario nos habría interrumpido mucho antes.
Sterl había procurado reunir a Red y a las muchachas para dar un paseo por la orilla del río, y allí, junto a una rumorosa cascada, se llevó a Beryl a un punto apartado de sus compañeros.
—Siento un gran afecto por ti, Beryl.
—También yo por ti, Sterl. Pero tú... y Red nos abandonaréis para volver a vuestra vida errante... en busca de aventuras. Quisiera ser hombre.
¿Quién te ha dicho que haríamos tal?
—Red.
Se detuvieron junto a una roca, sobre la cual, después de ayudar a Beryl a que se sentara, se apoyó Sterl con los ojos fijos en el rostro de la muchacha.
—¿De modo que ese truhán ha vuelto a lastimarte? ¡Maldita sea! Voy a jugarle una treta; voy a ponerle al descubierto.
—¿Quieres decir... traicionarle...? ¡No lo hagas, Sterl!
—¡Hum, hum! No es cierto... que nos vayamos —declaró con calma—. Yo no querría dejar a Leslie, y...
—¡Oh, Sterl! En tal caso..., en tal caso...
—¡Sí, en tal caso...! Y Red nunca me dejaría a mí. ¿Por qué? —En este punto, Sterl relató por tercera vez durante el día la historia de su exilio.
—¡Qué hermoso gesto el de Red! Sterl, Australia, la virgen, os compensará de todo lo que habéis perdido.
—Beryl, sería más feliz que en toda mi vida si tú y Red...
—¡Oh, si él supiera ver! —le interrumpió la joven apasionadamente—. ¡Oh, si él supiera perdonar y olvidar a Ormiston... lo que yo..., lo que él...!
Sterl la cogió por los delgados hombros y la hizo deslizar de la roca hasta que tuvo el rostro de la joven delante del suyo.
—¡Ea! ¡No digas eso...! ¡No vuelvas a pensar nunca en ello! —exclamó muy serio—. Éste es el único, absolutamente, el único, obstáculo que hay entre los dos. El loco celoso, en sus malos momentos cree que tú echas de menos... No quiero decirlo, Beryl Dann. Y por el bien de Red, del tuyo y el nuestro, de Leslie y mío, olvida. ¡Olvida! Porque Red te adora. No te atormentes más. No creas en su indiferencia. Rompe su armadura. ¡Oh, chiquilla, una mujer puede hacerlo, ya sabes! Vaya..., vaya, Beryl...
La muchacha se bajó del todo de la roca, echándose en sus brazos, ciega, llorando, hecha pedazos, y sus lánguidas manos se agarraron a él.
—No... digas más —exclamó, sollozando—. Me partes... el corazón... de gozo... Yo estaba... desengañada. Por dos veces estuve a punto... de morir. Sabía que la tercera... Pero esto... esto me salvará.
Día tras día, la cordillera purpúrea se alzó más cerca. Los exploradores vieron, al fin, que el arroyo que habían seguido tanto tiempo iba a juntarse puco más allá con un gran río.
Aquella línea de verde y oro desaparecía rodeando el extremo norte de la serranía. Y al día siguiente, los vaqueros, empujados esta vez por la impaciencia, se aproximaron a la desembocadura. Entre los grandes árboles se elevaba un humo azul. Debía de proceder de los negros, pero no parecía hostil.
—Patrón, yo pensar no ser negros —aseguró Friday a Sterl.
El vaquero espoleó el caballo para decírselo a Dann.
—Sí, hijo mío, lo mismo pensaba yo —exclamó éste—. Hemos luchado por la buena causa.
¡Bajo su guía! ¡Mira a tu alrededor, Sterl! ¡El campo más rico, más bello que viera en mi vida...! ¡Ah! ¡Un camino..., un vado! —gritó Dann con el brazo extendido.
Verdaderamente, habían llegado a un camino que descendía por debajo de los árboles gigantes hasta la corriente poco profunda. Sus seguidores lo vieron todos, pero ninguno podía dar crédito a sus ojos.
De la arboleda salieron tres hombres, que se detuvieron a contemplarlos, señalando con el brazo, gesticulando. Los tres observadores vieron las carretas de Dann con las mujeres en los asientos, los vaqueros montados, la gran manada de caballos, el enorme rebaño de bueyes, y corrieron al encuentro de los caminantes. Dann hizo detener sus cuatro caballos y Slyter se paró a su lado. Los jinetes se pusieron en fila; dotación escuálida y harapienta en medio de la cual, sin que se pudiera confundir su condición de muchacha, destacaba Leslie, bronceada y hermosa.
—¡Buenos días, camaradas! —gritó Dann.
—¿Quién seréis? —replicó uno de los tres, un hombre fornido, de cara angulosa, recién afeitada, y ojos vivos e inteligentes.
—¿Son estas montañas los Kimberleys? —preguntó el jefe ansiosamente.
—Sí. Los Kimberleys orientales. Vaquero, ¿será usted por azar, Stanley Dann?
—En verdad, parece que no pueda serlo. ¡Pero lo soy! —declaró éste.
—¡Grande Escocia! Según los informes dados en Darwin, Dann se perdió hace más de dos años. ¡Le ha costado dos años y cinco meses llegar aquí!
¡Pero nuestra caravana fue visitada por la muerte, que se cebó en ella! —exclamó el guía con pesar—. Anduvimos casi hasta el Golfo, y luego a través del Never never Land. Y por el camino, perdimos varios vaqueros, cinco mil cabezas de bovino y un centenar de caballos.
—¡A fe mía! ¡Qué gran noticia para la Australia occidental! Veo que le Queda una buena manada de bueyes, y me complace ser el primero en darle buenas noticias.
—¿Buenas noticias? —repitió Dann como un eco.
—Sí, peores podrían ser. El ganado, Dann, alcanza precios increíbles. Los caballos lo mismo. La razón está en que en los Kimberleys se ha encontrado oro.
—¡Oro!
—¡Sí, oro! Hace meses que la gente afluye hacia acá. Las minas están al sur de esta parte.
Los que acuden por tierra, llegan desde Perth y Fremantle. Los que vienen por mar, se dirigen a Darwin y Wyndham. Yo estuve consignando mercancías para los campos auríferos. Mi nombre es Horton.
Dann se dirigió a sus hombres con voz potente:
¿Lo habéis oído todos? Es el principio de la era que yo preveía.
—Todos lo hemos oído, Stanley, y nuestros corazones están rebosantes —respondió Slyter.
Sacudiendo su deslumbramiento, el jefe señaló la brillante agua que corría entre los árboles y preguntó: —¿Qué río es ése?
—El Ord. Ustedes han llegado siguiendo el Elivre —replicó Horton—. Las llanuras que se ven hacia el Sur son las Dennison Plains. ¡El mejor país, los mejores pastos del mundo para el ganado!
Cierto, amigo. Así parece. Pero, ¿y este camino? ¿Adónde conduce, y a qué distancia?
—Sigue el Ord hasta Wyndham, puerto de mar, que está a mucho menos de doscientas millas. ¡Llega usted en el momento oportuno, Dann! El gobierno le venderá este terreno a un precio increíblemente barato.
—¡Oh! ¿Este campo? —exclamó Dann con voz retumbante—. ¡El rancho de Dann! ¡Ésta será nuestra pradera!
—¡Stanley, debemos enviar a buscar provisiones inmediatamente! —intervino Slyter, levantándose del asiento.
—Olga, Horton, ¿tenemos el aspecto de caminantes famélicos?
—Sí, ciertamente. No había visto nunca un puñado de vaqueros tan descamisados y de caras tan afiladas. ¡Ni mujeres tan encantadoras, a pesar de todo!
—De muchos días acá se han alimentado sólo de carne.
—¡Perdone por no haber pensado en ello! Sam, corre a hervir el té. Puedo ofrecerles té, frutas, azúcar, leche condensada...
—1 No diga más! ¡No nos abrume! Slyter, ¿qué haremos ahora, mejor dicho, después de haber tomado esa taza de té?
—Deberíamos dar gracias al cielo, emplazar el campamento y disponer la marcha de las dos carretas para Wyndham, en busca de provisiones.
—Bien, ¿se dignará usted invitamos a desmontar y a entrar en casa? —dijo Red, con su gangoso acento—. Me parece que toleraría muy bien una taza de té.
Horton lo miró con ojos centelleantes, exclamando:
—¡Americano!
—Ya me han descubierto otra vez. Mi nombre es Krehl. Y aquí está mi compañero, Hazelton.
Después de la cena, Beryl y Leslie se enfrascaron en una conferencia sobre las innumerables cosas que les hacía falta comprar. Sterl y Red se sentaron al lado de una caja y empezaron a exprimirse el cerebro pensando en lo que precisaban.
—¡Fíjate bien, Red, qué extraño! En realidad no necesitamos nada. Hemos perdido el sentido de la necesidad.
—Cierto. Mas ¿qué te parece si nos proveemos de cepillos para los dientes, perborato, jabón, toallas, yodina, glicerina, peines, maquinillas para cortar el pelo... y calcetines?
—A causa de las chicas tenemos que volver a investirnos de todos esos hábitos, supongo... ¿Has tomado una decisión respecto a Beryl? —preguntó Sterl, desviando la mirada al otro lado.
—Amigo, Beryl ha sufrido por mí más de lo que merezco; más de lo que ninguna chica haya penado antes. Y últimamente, no recuerdo desde qué tiempo, se ha vuelto diferente.
¡Todo aquel pesar ha desaparecido! Ha olvidado a Ormiston y hasta el último detalle de aquel... aquel... Y se la ve dichosa. ¡Se ve la criatura más dulce, más tierna, más generosa, más adorable, bajo la capa del sol! Y sería demente si no apreciara que es por mi causa; que lo da por seguro...
—Debería creer que eres el hombre más feliz del mundo —declaró Sterl, convencido—. Yo lo soy.
—Creo que lo sería también si pudiera olvidar.
—¡Red! ¡Pues, en este mismo instante, olvídalo!
¡Santos Inocentes! No me hagas morder el polvo. i Muy bien, amigo, me doy, saco bandera blanca! Pero hay un extraño conflicto en mi mente. Beryl siempre tuvo la virtud de hacer salir a la luz lo mejor de mi personalidad. Si yo pudiera imaginar una manera más de obtener lo mejor de la suya antes de, o, mejor en el momento de decirle lo que representa para mí..., entonces me compararía contigo sobre quién es el más afortunado y el más feliz. —En este punto, Red cambió de tema de un modo súbito—. ¿Has examinado bien este terreno? ¡Es el más hermoso que vi en mi vida! ¡Bien, fíjate! Tengo más dinero en mi bolsa que no he ganado en todos mis años. Y la última vez que vi tu cinturón poseías una pequeña fortuna.
—La conservo íntegra, guardada en mi saco.
—¡Magnífico! Vaya, brillante perspectiva, ¿eh?
Al octavo día, para el cual se esperaba el regreso de Benson v Roland con las carretas y provisiones, Sterl y Red tenían muy adelantada la construcción de la cabaña emplazada al lado del puente de madera que atravesaba el río Ord sobre un punto elevado del mareen cubierto de hierba y esmaltado de flores, que unos grandes árboles ponían al abrigo del sol de la mañana, y de cara a los Kimberleys.
La choza estaría dotada de paredes y techo, para el cual Friday descubrió una palmera de hojas anchas, quizás una especie de pandáneo. Slyter dispuso el armazón que estaba formado por postes redondos cuidadosamente ensamblados. Larry, que era un buen carpintero, los ayudaba a menudo. Las jóvenes, entusiasmadas por la belleza del emplazamiento, lo visitaban varias veces al día. En una ocasión. Red, que se mostraba inusitadamente cariñoso y dulce, hizo una observación característica:
—¡Vaya, cualquiera diría que vosotras, muchachas, esperáis vivir aquí con nosotros!
Aquella ocurrencia originó repentinos sonrojos, una fuga precipitada y, a aorta distancia, unas risitas sofocadas, pero claramente audibles.
—Red, eso ha sido una mala treta —le reprochó Sterl.
—Eres un tipo ruin. Bastaría que te volvieras del revés para que ellas pudieran venir a vivir aquí.
—¡Diantre! A buen seguro que lo hice ya. Pero ¿qué quieres por dos peniques? ¿Canarios flauta? Y ¿por qué no imaginas la artimaña que yo le podría jugar a Beryl? No soy capaz de resistir mucho más. ¡Caramba!, ¡si cuando se acerca a mí me pone loco de remate!
—¡Yupi! —exclamó Sterl, regocijado—. ¡Eso es hablar! ¡Ya tengo el plan en marcha!
—¿Ya?
—Y bien tramado. Hasta Dann lo cree así, y está conforme. ¡Lo que le divirtió!
—¡Ah, traidor del Arizona, pillastre de doble cara! —exclamó Red—. ¿Se lo dijiste a Dann antes de enterarme a mí?
—¡Claro! Tenía que contar con su consentimiento. Escucha, amigo...
Su coloquio fue interrumpido por animados gritos, y, al momento las muchachas aparecieron al borde del bosquecillo. Leslie, haciendo bocina con las manos, gritó:
—¡Muchachos, regresan las carretas! ¡Venid!
Los dos vaqueros echaron a correr como chiquillos para llegar jadeando ante dos vehículos muy cargados, cubiertos con lienzos impermeables, y sus excitados camaradas.
—Señor Dann —decía Benson en aquel instante—, hemos empleado diez días entre la ida y el regreso. El camino oscila entre bueno y mediano. Traemos una carreta cargada de comestibles: leche, azúcar, legumbres, frutas, de todo. Otra con artículos personales... Nos siguen otras cuatro con madera, plancha de hierro galvanizado para tejados, herramientas, utensilios, ferretería, jaeces, somiers, cosas de primera necesidad... ¡En fin, es el mayor pedido que hayan servido en todo tiempo en Wyndham!
Mientras descargaban, mientras los vaqueros lanzaban estentóreos gritos y chillaban las muchachas, una lluvia de preguntas caía sobre los desorientados oídos de Benson y Roland, que habían estado en la ciudad, en un puerto de mar, que habían sabido noticias del mundo, del antiguo hogar.
Era cierto que habían encontrado oro al sur y al oeste de los Kimberleys. De Perth y de Fremantle y de otros puntos situados más al Sur, salían sin cesar en dirección Norte barcos y buscadores, pastores y vaqueros, aventureros y explotadores. Los buques amarraban en Darwin de un modo regular. La expedición de Stanley Dann a través del Never never constituía el asombro de dos bulliciosos puertos de mar.
Los vaqueros llevaban cartas para todo el grupo, excepto para Sterl y Red. Este detalle cortó hasta cierto punto la locuacidad del vaquero y fue causa de que Sterl sintiera una congoja en el corazón. Con su resonante voz Stanley —leyó para todos una comunicación de Heald. El vaquero y sus camaradas habían llegado a buen puerto. Al separarse de Dann y con el ganado que éste les diera, se dirigieron hacia la costa, hallando una excelente región de pastos en la cual se habían establecido, fundando una estancia. Los tres bandidos de Ormiston, fugitivos, habían muerto a manos de los aborígenes. El rumor de que los expedicionarios de Dann perecieron en el Never never había precedido al regreso de Heald al Queensland, pero el vaquero nunca le dio crédito y aventuró una carta. El gobierno había ofrecido vender pedazos de terreno de cien millas en cuadro por una suma que parecía insignificante.
—¡Cielos! —masculló Red—. ¡Un rancho de cien millas en cuadro! Me parece que voy a comprar un par de lotes.
Leída la carta de Healds, se sentaron a la placentera sombra. La señora Slyter y Leslie sirvieron té. Beryl estaba pensativa y absorta. En aquella mañana de grandes augurios, en la que todo rebosaba de gozo, Red no se había dignado dirigirle una sonrisa...
¡Qué magnífico actor era Stanley Dann! Para todos, excepto para Sterl y Red, aparecía como el gran guía, satisfecho y sonriente. Pero pasados unos minutos, sacó un libro negro, poco voluminoso, de lomo raído y hojas amarillas, y lo abrió con aire meditativo.
—Beryl, ¿quieres hacer el favor de venir aquí? —dijo en tono indiferente—. En esta región nueva, por colonizar, creo que podré ser útil en otros aspectos, además del de ganadero.
Necesitaré un poco de práctica para adquirir la dignidad adecuada y suficiente claridad de voz. —Diciendo lo cual no cesaba de revolver las amarillas páginas, Sterl advirtió que los grandes dedos del jefe temblaban, si bien fuera sólo débilmente.
Beryl, acostumbrada a las extravagancias de su padre, se acercó obediente y permaneció de pie ante él.
—¿Qué, papá? —preguntó muy curiosa.
—Sterl, ven aquí al lado de Beryl —llamó Dann—. No, que venga Krehl. Puede que sea más apropiado.
Red se adelantó con paso decidido, haciendo sonar las espuelas, y con el aire más fresco y despreocupado que hubiera tenido jamás.
—Te he visto cogiendo la mano de mi hija un buen número de veces durante nuestro viaje —le dijo Dann, apaciblemente—. Haz el favor de cogerla ahora.
Cuando Red alargó la mano en busca de la de Beryl, la muchacha levantó los ojos al rostro del vaquero y el carmín de sus mejillas subió de color. Dann, entonces, se levantó irguiendo la cabeza y dirigiendo al cielo su cara de oro bronceado, que parecía una máscara impenetrable, excepción hecha de la dorada luz que despedían sus ojos de ámbar.
—¿Qué se propone, patrón? —preguntó Red.
—Sí, papá, ¿qué significa todo eso? —tartamudeó Beryl, confundida.
—Oye, chiquilla, y tú también, Krehl —respondió Dann.
—Esto os divertirá, sin duda, y seguramente a los otros también. Hacedme el favor de fijaros en mí. Criticad mi manera de oficiar y la voz. Una travesía tal no mejora en el mismo grado todas las gracias necesarias. Bien, ya estamos a punto...
Y con voz rápida y resonante pasó sobre el pasaje preliminar del ritual para casamientos. Luego, más lenta y solemnemente, se dirigió a Red.
—James Krehl, ¿quieres a esta mujer por legítima esposa..., para guardarla y retenerla..., para amarla y sostenerla... hasta que la muerte os separe?
—¡Sí, quiero! —contestó Red con voz vibrante. El jefe se volvió hacia su hija.
—Beryl Dann, ¿quieres a este hombre por legítimo esposo..., para guardarle y retenerle..., para amarle, complacerle y obedecerle hasta que la muerte os separe?
—¡Sí..., sí..., sí, quiero! —exclamó Beryl débilmente con un nudo en la garganta.
Stanley añadió con voz sonora:
—Yo os declaro marido y mujer. ¡A los que Dios ha juntado, que nadie se atreva a separarlos!
En la mirada que Beryl dirigía a su padre se notaba claramente que la muchacha se debatía entre una marejada de emociones contrarias. Aquello fue una ficción, sin duda alguna, pero el mero recitado de las promesas, la fingida solemnidad, habían echado su serenidad a pique. Y cuando su padre la abrazó, con voz alterada, muy cariñoso, el deslumbramiento de la muchacha subió de punto.
—¡Qué extraño, papá..., que hayas querido practicar esta ceremonia... conmigo!
—Es la cosa más hermosa de todos los tiempos, Beryl. Krehl, te felicito de todo corazón.
Siento que la tengo a salvo, por fin.
Sterl arrastró a Leslie, que se había quedado atónita y como paralizada, hacia la pareja.
—¡Red, viejo amigo, dame esos cinco! —exclamó, estrujando la mano libre de su compañero—. ¡Beryl, permíteme que sea el primero en besar a la novia!
Y, entre tanto, Leslie no sabía hacer otra cosa que mirar fijamente de uno a otro con la boca abierta.
—¡Pero..., pero si ha sido solamente una ficción! —replicó Beryl.
Entonces, Red la besó en los labios con una pasión, mezcla de violencia y de ternura.
—¡Vaya, esposa mía, ya era hora! —dijo con su gangoso acento.
Aquella palabra abrió los ojos de la muchacha.
—¿Esposa? —repitió, como un eco casi inaudible—. ¡Red! ¿Nos hemos casado... de verdad? ¡Padre! ¿Me habéis hecho una jugarreta? —gritó Beryl con acento trágico.
—Hija mía, sosiégate —respondió Dann—. Hemos pensado reírnos un poco a costa tuya.
Yo sigo estando ordenado como clérigo. ¡Y tú eres la señora Krehl! ¡He de tener certificados de casamiento por alguna parte en mi equipaje!
Beryl se inclinó hacia Red, sintiendo que no podía sostenerse sin apoyo, y levantó sus morenas y delicadas manos que no consiguieron agarrarse a las mangas de Red.
—¡Red!. ¡Tú nunca me dijiste nada!
—Bien, querida, lo cierto es que no tuve valor. De modo que Sterl y yo fuimos a ver a tu padre y lo dejamos todo dispuesto. —Y atrajo contra su pecho a la chica, cuyos párpados se habían cerrado—. ¡Beryl! —gritó—. ¡No te atrevas a desmayarte! ¡Y menos aquí, en este momento, que en cualquier otro de nuestra vida! Lo hice de esta manera porque me estuve siempre muriendo de amor por ti. Desde aquella... aquella terrible ocasión estuve seguro de que tú pensabas en mí, pero nunca quise arriesgarme a que supieras demasiado lo que pasaba en mi interior. ¡Te juro que es la única vez que te hago una jugarreta y que he de acudir a ti de rodillas por todo el resto de mi vida! —De pronto, la muchacha sintió brotar por todo su ser la descarga de la vida. No se dio cuenta de que nadie estuviera presente. Y cuando acercó sus labios a los de Red, la visión de ambos en aquel momento fue algo que hizo entornar los ojos a Sterl.
—Venid, Sterl y Leslie —llamó Dann con voz fuerte—. Todavía he de ensayar un poco más. Aquí delante de mí, y juntad las manos. Nuestros recién desposados se quedarán de testigos.
¡Y antes de que Sterl pudiera darse cuenta de otra cosa que de la presencia de la muchacha, tímida y deslumbrada que a su lado le cogía la mano, estaba casado!
Friday apretó la mano del vaquero.
—Yo quedarme contigo y con la señorita —dijo—. Yo ser negro bueno. Sin casa, ni padre, ni hermano, ni lubra. Yo seguirte siempre, patrón.
Sterl y Red paseaban solos por la orilla del río.
—Ha terminado, amigo —dijo Red—. Somos australianos. ¿Quién lo habría creído nunca?
Pero es magnífico. ¡Todo esto por dos condenados vaqueros prontos a blandir el arma!
—Red, ¡es casi demasiado sublime para ser cierto!
Era como Stanley Dann les había dicho a todos: «Hemos defendido la buena causa.» En aquel momento, Sterl vio con maravillosa claridad. Hubo necesidad de un país lejano y de una aventura incomparable entre almas endurecidas, para hacer de dos vaqueros salvajes, dos hombres.
notes

Notas a pie de página
1. Tierra de Nunca Jamás.
2. Palabra australiana, indígena, que designa a la mujer madura.
3. Palabra indígena, que designa a una joven.
4. El lector encontrará repetidamente la denominación escueta de «el Golfo». Se refiere siempre al de Carpentaria, al Norte de Australia.
5. Murciélago (género pteropus) de unos 30 centímetros de largo, típico de Australia: Se alimenta de fruta.

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