VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

jueves, 8 de junio de 2017

Río Perdido (Zane Grey)

Río Perdido
Zane Grey

Resultado de imagen de Río Perdido Zane Grey Resultado de imagen de Río Perdido Zane Grey Resultado de imagen de Río Perdido Zane Grey


Novela del Oeste publicada en dos partes:
Río Perdido (1927) y Nevada (1928)
Este libro relata la odisea de un muchacho valeroso e incomprendido que, atraído por la azarosa vida de los grandes desiertos del Oeste, abandona ei hogar paterno para correr en pos de su exaltada aventura. Sobre las áridas peñas de las llanuras fronterizas y la profunda umbría de las selvas surge un idilio de juventud, cuyos episodios se entremezclan con las encrespadas pasiones de aquella humanidad apartada y semisalvaje. Zane Grey, profundo conocedor de los ambientes que describe, logra hacer revivir, con todo su dramatismo y su calor humano, los días heroicos de! Oeste americano, la gesta de aquellos hombres rudos y leales que necesitaban vastos horizontes para desarrollar su existencia.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
.
Zane Grey

Río perdido

Benjamín Ide #1
.


Título Original: Forlon River

1927

Traducción:José Fernández
I


BENJAMÍN Ide dió el nombre de Río Perdido a aquella solitaria corriente, porque parecíase un poco a su propia vida.
Pertenecía Benjamín a una buena familia y había estado en el colegio superior hasta la edad de dieciséis años, mas, desde la época en que dió rienda suelta a su pasión por los grandes espacios abiertos y por la caza de caballos salvajes, su porvenir parecía tan inseguro y problemático como el curso del Río Perdido. Éste tenía sus fuentes en el lago Claro, una gran superficie de agua en medio de las montañas Sage, al noroeste de California. Empezaba el río muy bien en sus fuentes al pie de las maravillosas montañas de cimas redondas, y fluía mansamente durante algunas millas; mas de pronto se convertía en el río loco, como lo llamaban los indios.
Serpenteaba por la vaguada de los valles tortuosos, al pie de las colinas y oteros, lindados por enebros, hacia los grandes valles grises donde miles de caballos salvajes vagaban errantes; seguía serpenteando luego en mil vueltas a través de la llanura, como si buscara una salida hacia la sierras de Nevada, cuajadas de bosques de pinos, a cuyo pie volvíase, convertido en un pobre riachuelo, sin arroyos ni fuentes que aumentasen su menguado caudal, mas siempre querido por los cazadores de caballos y los vaqueros. En las Llanuras Arcillosas, siempre sedientas, perdía su exiguo ímpetu y, desviado por la enorme roca bermeja que impedíale la entrada a la cuenca del lago Pato Silvestre, velase, por último, obligado a describir un ancho círculo de más de cien millas, para encontrar, al otro lado de las montañas Sage, no muy lejos de sus propias fuentes, un mísero fin en las tierras arenosas de lo que un día fue el fondo del lago Tule.
La cabaña gris, curtida por la intemperie, en que habitaba Benjamín Ide participaba un poco de la melancólica austeridad del país, aunque su situación era muy pintoresca, pues se hallaba en la costa sur del gran lago sobre el único promontorio que dominaba las aguas batidas por los vientos. El Río Perdido nacía precisamente debajo de la puerta de la cabaña, pues ésta no daba sobre el lago, sino sobre el río, hacia el oeste. Desde allí le era posible a Benjamín observar la tortuosa corriente en muchas millas de extensión. El promontorio distinguíase de la restante y desnuda costa del lago porque en su escaso suelo crecían algunos enebros. El lago Claro tenía diez millas de circunferencia, y en todas partes, salvo en aquel promontorio, llegaba la artemisa gris hasta el borde de la arena blanquecina de la orilla. Detrás de la cabaña, allí donde el cabo se ensanchaba, había un gran granero muy bien construido y unido a un enorme corral. En él piafaban y relinchaban caballos indómitos tal vez para comunicarse con sus hermanos salvajes que correteaban libremente en las distantes laderas que en lontananza iban subiendo hacia el cielo azul. El granero y el corral, que contrastaban con la pobre: construcción de la cabaña, hubieran advertido a cualquiera que Benjamín Ide amaba apasionadamente a los caballos y pensaba poco en sus propias comodidades.
La primavera había sido tardía aquel año presentándose más seca que ninguna de las seis primaveras anteriores, que se habían caracterizado por su falta de lluvia. El lago Claro estaba tan bajo de nivel como nunca recordaban haberlo visto los indios modoc, que vivieron siempre en su vecindad. La blanca tierra cocida de la playa extendía cada vez mas su ancha faja. En la amarillenta superficie veíanse manadas de patos silvestres que, en su camino hacia el norte, se detenían allí algún tiempo. A todas horas del día y de la noche podía oír Benjamín Ide sus gritos. Aquella parte del país era muy elevada. La escarcha en el tejado del granero y el hielo en la orilla del Río Perdido eran cosas corrientes hasta en la primavera. Las nevadas cumbres de las altas montañas que dominaban la región haban dado a una parte de ella su nombre.
Benjamín Ide salió de su cabaña para escudriñar la parte opuesta, la ancha ladera gris que subía hasta un desfiladero entre los dos grupos de la montaña Sage. Su aguda mirada recorrió la tortuosa senda hasta el lugar dónde desaparecía en una mella de la montaña.
—Realmente, no hay por qué preocuparse. Aunque, bien mirado, hubiesen debido regresar anoche —murmuró, volviendo a mirar hacia la senda.
Luego, a fuerza de costumbre, contempló la vasta ex tensión montañosa, tan suave y bellamente gris y purpúrea en la luz de la mañana. Y allí no sufrió ninguna decepción, pues muy visibles se hallaban nueve caballos salvajes, dos de ellos de maravillosa blancura y los restantes todos negros. Vivían en aquella ladera del monte. Habían permanecido allí los cuatro años que Benjamín vivía ya en la región del Río Perdido. Durante el primer año habíales dado caza, tanto para divertirse como con intención de beneficiarse con su captura. Sin embargo, siempre lograron escaparse, y como no era posible echar los de aquella enorme ladera, los dejó en paz, gozando desde entonces con contemplarlos nada más. Durante las nieves, jamás se alejaban de la ladera, y en el verano bajaban al lago para beber, pero sólo de noche. Seguían siendo siempre nueve caballos y jamás admitían entre ellos a ninguno extraño.
Benjamín Ide se emocionaba sólo con verles y les dirigía alegres gritos como si estuviesen tan cerca como sus propios caballos en el corral. Le encantaba su belleza y la libertad en que se movían. Los comprendía. Eran como águilas. Su vista alcanzaba a gran distancia y sabían distinguir entre seres amigos y enemigos. Los años vividos en las selvas les habían dado experiencia.
—¡Oh caballos salvajes! ¿Cuánto tiempo podréis resistir allí arriba? —exclamó el joven con amargura—. Un año más de sequía significa el fin de vuestra libertad.
Ello recordó a Benjamín sus propias esperanzas, largo tiempo sin realizar. Si quería coger una buena manada de caballos valiosos, para demostrar a su padre que la caza de caballos salvajes era provechosa y no sólo oficio de vagabundos y bandidos, era preciso realizarlo aquel año. Si quería coger al Rojo de California, el caballo que, más que otra cosa, era el señuelo que le llevara a la región solitaria, era necesario emprender inmediatamente la casi imposible tarea, porque otro verano tan seco y caluroso como los anteriores acabaría con todos los caballos y los echaría definitivamente de la región hacia otras más abruptas.
Calculábase en unos quince mil el número de caballos que vivían en libertad en la región comprendida entre las montañas de California y las sierras de Nevada, y empezaban a ser la ruina de los ganaderos que, poco a poco, iban estableciendo sus haciendas mas adentro en las regiones selváticas. Los caballos eran tan abundantes y tan baratos en el Estado de Oregón, que sólo los de excelente raza encontraban un buen mercado. Benjamín Ide sabía muy bien que se había empeñado en llegar, como quien dice, al pie del arco iris, y, sin embargo, algo irresistible le retenía junto al Río Perdido. Prefería cazar un solo mustang salvaje y de pura raza, y domarlo para su propio uso, que cien caballos comunes para lucrarse con su venta. Su afición favorita era la causa de su ruina y pobreza. Varios ganaderos habíanle ofrecido cantidades importantes si libraba los campos de pastos de la plaga de los caballos salvajes, pero el joven no cumplía ninguna de las promesas que hizo en este sentido. Llegado el momento crítico, su amor por los caballos en libertad era mayor que su afán de ganar dinero. No sabía mostrarse brutal ni con el caballo más fiero, ni matar al mustang más des preciable.
En el lugar donde la tortuosa senda dejaba el desfiladero de la montaña, aparecieron de pronto nubes dé polvo.
—Ya vienen Nevada y Modoc —exclamó el joven—. Y vienen al galope, lo cual quiere decir que han vendido más caballos. ¿Me traerán noticias de casa?
Benjamín jamás había dejado de esperar noticias de los suyos, aunque muy raras veces las recibiera.
Muy de tarde en tarde, su hermana Hettie, única que le quedaba fiel, se las arreglaba para mandarle una carta. La última databa de haría seis meses. Ahora, con la llega da de la primavera, parecía que se despertaron en Benjamín los sentimientos dormidos. Durante el largo y frío invierno había vivido como una especie de oso en su sueño invernal. Los gritos de los patos silvestres y la renovada fragancia de la artemisa, las grises laderas desprovistas de su manto de nieve y las manadas de caballos salvajes, todo ello removió en su corazón el deseo, de antiguo sentido, de adentrarse en la montaña y al mismo tiempo despertáronse los más vivos recuerdos de su madre y de su hermana, de su padre, austero e inexorable, de la granja donde naciera y de los felices días de su infancia.
Sentóse bajo el porche de su cabaña contemplando el rápido descenso de sus amigos, perceptibles únicamente como nube de polvo que recorría la sinuosa senda y que pronto se perdió en la artemisa gris a lo largo del lago. Aparecieron puntos negros que poco a poco iban aumentando de tamaño, convirtiéndose al fin en figuras de caballos. Al contemplarlos, Benjamín experimentó una emoción muchas veces sentida, la vaga emoción infantil que asociaba con el panorama del país selvático y con el olor de la artemisa y el relincho de los caballos, la salida del sol y los largos días de verano. Mas va no se mezclaba la antigua alegría a esa emoción. Benjamín había pensado demasiado, envejeciendo prematuramente; había comprendido que era preciso encontrar algo más importante, algo más significativo en la vida. Y no era que la vida en aquellos anchos espacios abiertos y selváticos no le satisficiera, no, sino porque sentíase íntimamente inquieto y exigente, y no sabía a qué causa atribuirlo.
Los jinetes y los grupos de carga recorrieron la línea gris divisoria entre el lago y la pradera de artemisa, cruzaron 1'a poco honda corriente del Río Perdido y ganaron por fin el lugar sombreado y llano delante de la cabaña de Benjamín Ide.
Un indio de ancha cara y fuerte musculatura, vestido como un vaquero del Oeste, con el peló cortado iba delante. El otro jinete era una figura muy notable. Estaba en la silla de su caballo como si formara una pieza con éste. Bajo su ancho y muy gastado sombrero salía su cabello negro, que llevaba sin cortar. Tenía el rostro enjuto, limpio y atezado, nariz grande, ojos oscuros, penetran tes y expresión de bonachón. Llevaba una especie de blusa a cuadros, un pañuelo encarnado al cuello, canana con hebilla de plata y pantalones de piel de gamuza; de uno de los bolsillos de éste sobresalía la culata de un revólver de gran calibre.
—Buenos días, Ben —saludó saltando de la silla—. He hecho un buen negocio con tus caballos. Pagué todas tus deudas. ¿Qué te parece, viejo camarada?
—Nevada, si no mientes, encantado —repuso Benjamín.
—Es la pura verdad, Ben, y me alegro poderte dar tan buena nueva —dijo Nevada—. Y aquí tienes carta de tu hermana. Fuí cabalgando hasta la granja, mandé con un chiquillo recado a tu hermana y aguardé.
—¡Eres el salvador de la humanidad! —declaró Benjamín cogiendo ávidamente el abultado sobre que Nevada le alargaba—. Ya, me estaba desanimando.
—Hemos cenado en la ciudad y desde entonces no hemos dejado de cabalgar ni un momento —repuso el otro; mostrándose fatigado.
—¡Pues sí que debéis estar cansados y hambrientos...! Tú, ¿cómo, estás, Modoc?...
—Malo. Ciudad no ser bueno para indio —contestó el piel roja riendo entre dientes.
—Mira, Ben, yo no daría esta cabaña y estos alrededores por ninguna ciudad del mundo —declaró Nevada.
—Ni yo tampoco, si tú y Modoc estuvieseis siempre aquí...; pero así, solo, se aburre uno —repuso Benjamín, dedicándose a descargar los animales.
A poco Modoc se llevó los caballos, cuya pelambre humeaba de sudor.
—Nevada, has traído una cantidad de provisiones tremenda —continuó Benjamín contemplando la multitud de cajas, sacos y balas que estaban en el suelo.
—Porque he comprado todo lo que se me ha ocurrido —observó Nevada.
—Es la primera vez que, desde hace años, me siento rico de verdad. Ahora voy a meterlo todo en la cabaña y después prepararé el desayuno.
Mientras Benjamín se dedicó a la tarea de almacenar la gran cantidad de provisiones que Nevada había traído; éste sentóse sobre una de las camas, cubierta con colcha roja„y empezó a charlar.
—Tengo un montón de noticias —dijo—; la cuestión es recordarlo todo. No creo que importe el orden de la narración... Mira. Ben, tu padre, pues... ha hecho fortuna. Dicen que vendió dos mil acres de terreno que solía estar inundado siempre. El desagüe del lago Tale, con el avenamiento de los terrenos fangosos ha hecho su fortuna. Pero, no fue el único. Hart Blaine tenía la mayor parte de aquel terreno y ha hecho mucho dinero. Me entretuve en los almacenes y tabernas, esperando que se hiciera de noche, y claro está, hice preguntas a todo el mundo. Todos los rancheros que viven lejos del lago Tule están en un aprieto porque no les alcanzan los beneficios de la canalización de desagüe. No tienen agua, el ganado está flaco, no hay pastos buenos. Esta época seca no perjudica a tu padre ni a Blaine ni á ninguno de los rancheros del centro del antiguo lago, pero si el Río Perdido se seca también, este verano van a sufrir lo mismo que los demás. Me tropecé con aquel Macadam que tú sabes, y la verdad, no fue muy cortés al preguntar por ti. Le hice buena cara cuando' con gran placer le hubiese roto las narices. Una de las camareras del local me dijo que bebía los vientos por la hija de Blaine..., no recuerdo su nombre..., aquella que se fue a estudiar a la Universidad. Y...
—¿Era Ina? —le interrumpió Benjamín.
—La misma. Buen negocio para Blaine casar su chica con ese Macadam, ¿eh?
—Ina Blaine —dijo Benjamín como en sueños—. De be de tener ahora diecinueve años.
—Oye, camarada, ¿es que esa Ina Blaine ha s sido novia tuya? —preguntó Nevada con alegre interés. Mas como no obtuvo respuesta, continuó—: Calculo que sólo era una niña cuando te marchaste. Bueno, para volver a lo de antes, tomé a un muchacho para que me llevara a casa de tu padre, mientras Modoc emprendía el regreso con los caballos de carga. Era un chico muy vivo, muy interesado en la caza de caballos salvajes. No, no interrumpas, algo hay en los caballos salvajes que hasta los chicos se entusiasman. Le llevé en la grupa y llegamos a la hacienda antes de que se hiciera de noche. Me escondí entre los árboles y mandé al muchacho. Claro que la cosa era muy aventurada porque, con toda probabilidad, se tropezaría con todos menos con tu hermana Hettie. Pero, no, fue ella la que salió a la puerta. Tuvimos que esperar después largo rato. Por fin, apareció Hettie con la carta que te he dado... Ben, tu hermana está muy crecida. No pude verla como me hubiera gustado, pero vi bastante. Mostróse muy simpática, Ben, y me habló con una dulzura que... vamos, me emocioné. Me parece que no iré más a buscar cartas para ti... Ella, en cambio, me rogó que volviese, y fuí tan tonto de prometerle que iría... Así es que regresé con aquel chico al pueblo y me entre tuve un poco más, rondando por las calles de Hammell... Oye, Ben, me he enterado de que aquí en estas montañas hay una partida de cazadores de caballos que ha dado en robar ganado...
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Benjamín con suspicacia.
—Es la comidilla del pueblo —dijo Nevada—. Pero después dé convidar a unos vaqueros descubrí quién fue él que dijo que esos cazadores de caballos eran ladrones de ganado. Pues nada menos que Less Setter. Ya sabes que el año pasado descubrimos algunas de sus hazañas, y aquí estuvo un día en que estábamos ausentes. Lo que yo te digo, Ben, es que ese Setter es una mala persona...
—¿Cómo lo sabes? —preguntó rápidamente Benjamín.
—¿Cómo sabes tú que un caballo es de pura sangre y que otro no lo es?... Sin embargo, he de ser franco contigo: conozco a Less Setter desde antes de que viniese a California.
—¡Ah! —exclamó Benjamín mirando fijamente a su amigo. Aquella era la primera vez que le hablaba del pasado. Años antes, una noche en que Benjamín se hallaba acampado en la montaña, Nevada se había acercado montado a caballo. Tenía una importante herida en el brazo y venía cansado y casi muerto de hambre; además, su caballo estaba cojo. Benjamín le había dicho entonces «Apeaos, forastero, y tomad parte en esta frugal cena. ¿De dónde venís?» El desconocido había contestado «Neváda.» Benjamín prestó ayuda al jinete, y aunque ya no se separaron, jamás le había dirigido preguntas. Nevada se encariñó con Benjamín, pero nunca hablaba de su pasado.
—Aún hay más —continuó Nevada con calma—. Less Setter me conoce. Y suerte que no se le haya ocurrido hablar de mí en el pueblo, porque;—de lo contrario, tu familia y tus amigos dirían que no, soy digno de ser camarada tuyo.
—Vaya, vaya —exclamó Benjamín con amargura—. Mira, Nevada, no me hables con enigmas. Cuéntamelo todo o no me cuentes nada, como quieras. Yo te aprecio por lo que eres y no por lo que puedas haber sido en otras épocas.
—Ben, hablas como un hombre —repuso Nevada, dulcificándose su mirada aguda—. Creo que en realidad nadie en la vida me ha apreciado hasta ahora, si es que tú me aprecias...
—De corazón, compadre —declaró enfáticamente Benjamín.
—Muy bien —repuso Nevada con una maravillosa luz en los ojos—. Henos, pues, unidos para lo bueno y para lo malo... A veces tengo extrañas impresiones, Ahora mismo estoy seguro de que nuestra mala suerte se ha acabado. Esta inspiración me vino cuando Hettie me entregó la carta para ti. Es una sensación muy extraña que viene no se sabe de dónde.
En aquel instante entró el indio, silencioso como siempre, y recogiendo los cubos para el agua, volvió a salir. Benjamín puso más leña en el hogar de piedra y empezó a preparar en seguida el desayuno.
—Espero que esta racha de mala suerte ha terminado —dijo seriamente—. Por de pronto, ha sido una suerte haberte enviado a ti para la venta de los caballos. Yo no sirvo para eso; tú, en cambio, Nevada, sabes lo que quieres y no cejas hasta alcanzar lo que te propones.
—Oye, Ben, ¿has notado algo particular en mí? —preguntó Nevada sonriente.
—¡Qué se yo! —repuso su camarada alzando la vista—. Veo que te has afeitado y que tienes un pañuelo flamante.
—Has dado en la herradura y no en el clavo, compadre... No, no es eso. Lo que hay es que no he bebido ni una sola vez desde que salí con los caballos. Lo hice porque creía que acaso vería a tu hermana y no quise oler a whisky.
—Eso te honra, Nevada. Y, naturalmente, a Hettie le debió de complacer..., pero..., ¿qué hay en ello de particular?
—Nada, sólo que me encuentra mejor. Me parece que dejaré de beber en lo futuro —observó Nevada pensativo—. Ben, si logro para ti a ese caballo pelirrojo...
—¿Qué? —exclamó el joven, dando un salto como si le hubiesen pegado.
—Perdón, compadre. Quiero decir si te ayudo a coger a ese endiablado garañón que tanto deseas, ¿me escucharás?
—Sí, Nevada. Ahora mismo atenderé a tus razones. Pero oye, estoy seguro de que has oído algo del pelirrojo, ¿verdad?...
—Vaya, pero no lo diré. Quiero desayunarme, y si te dijera lo que sé, serías capaz de tirarlo todo y marcharte corriendo.
Al oír las palabras de su amigo, el joven se emocionó, suplicándole que no le tuviera en ascuas.
—No sé si es el raciocinio o aquella inspiración de que antes te hablaba —continuó Nevada—. El caso es que presiento algo bueno. Y ahora, escúchame. Tú y yo hemos parcelado trescientos veinte acres de esta pradera. Hay tres parcelas que podríamos comprar por poquísimo dinero. Se trata del mejor terreno del valle del Río Perdido y con él se logra dominar toda la lateral opuesta. Sin advertirlo hasta ahora, nos hallamos en realidad en una región propia para ganado. Hagámonos, pues, ganaderos, Benjamín... ¡Maldición! ¡No me mires con esa cara! Te digo que me siento inspirado. Ahora es el momento oportuno para comprar ganado, puesto que va barato a causa de la falta de agua y escasez de pastos. Lo primero es decidirse, lo del dinero vendrá después. Cuando venga la época de las lluvias, habrá un auge tremendo en esta región. Los caballos salvajes tienen que desaparecer, naturalmente. Tú también lo comprenderás así. Pues bien, cojamos al pelirrojo de California y mil caballos salvajes. Los guardaremos, en lugar de venderlos, y con ellos empezaremos nuestro rancho de cría caballar en gran escala.
—Nevada, antes me has dicho que no habías bebido una sola vez.
—Te lo juro, además.
—Entonces, ¿qué se te ha metido en la cabeza?
—El sentido común y una inspiración.
Nevada, ¿cuánto rato hablaste con mi hermana? —preguntó Benjamín seriamente.
—Para mí fueron unos segundos, pero creo que en realidad hablamos cosa de media hora —contestó Nevada con inconsciente complacencia.
—¿Qué te ha dicho Hettie? —continuó preguntándo Benjamín con avidez.
—Aunque sabía quién era, me preguntó si era amigo' tuyo; cuando le dije que sí, empezó a dispararme una andanada de preguntas acerca de ti, a las que respondí con igual rapidez. Después me miró de frente (creo que fue en aquel momento cuando me flechó) diciendo: «Nevada, si es usted amigo de Ben, lo es mío. Dígame, pues, la verdad. ¿Viven ustedes dos honradamente?» Le con testé: «Señorita Hettie, no acostumbro mentir a las mujeres, y mucho menos a usted. Ben y yo vivimos honrada mente...». Entonces me apretó la mano y se echó a llorar, fue un momento terrible para mí. A poco volvió a ser la de antes, se irguió, espetándome en la cara: «¿No les da vergüenza a los dos que les crean... lo que no son? Éste es un país nuevo. Algún día será grande. Los dos son ustedes jóvenes y fuertes, y buenos jinetes. ¿Por qué no hacen algo? Santo y bueno que les guste la caza de los caballos salvajes, pero, por amor de Dios, hora es que los cojan también. Podrían venderlos. Podrían comprar ganado y parcelas. Pueden estudiar, hacer proyectas y, sobre todo, pueden trabajar. Hay que demostrar a estos viejos de aquí, tan testarudos, que saben ser algo...». En fin, querido Ben, un niña me hubiese podido tumbar en el suelo en aquel instante, tan emocionado estaba. Tenía unas enormes ganas de hablar, de decir todo lo que guardo en el pecho, pero no pude pronunciar ni una palabra siquiera. Ella se marchó con un «hasta la vista», dejándome allí plantado como un tonto.
—¡Dios bendiga a Hettie! —exclamó Benjamín—. No me sorprende. Ya de niña tenía un corazón muy grande. Ahora tiene casi diecisiete años y ya es una mujercita. ¡Y pensar que no la he visto en dos años!
Modoc regresó con los cubos de agua y Benjamín terminó de preparar el desayuno. Cuando sus compañeros se sentaron a la ruda mesa, el joven salió para leer la carta de su hermana. Se echó a la sombra de un árbol y con mano temblorosa abrió el sobre.

«El Rancho.
»Querido Ben
»Te escribo rápidamente estas líneas, y sólo una parte de lo que quisiera decirte, porque me dice el chiquillo que Nevada me espera afuera y que tengo que darme prisa. ¡Cuánto me gustaría que fueses tú quien está esperando!
»Papá está fuera. Se ha ido con el señor Setter a Klamath Falls. Los dos están haciendo grandes negocios con el ganado. Hay muchos rancheros que se están arruinando a causa del tiempo seco. Creo que mejor sería que papá ayudase a esos pobres, y no se aprovechase de su des gracia como está haciendo. No me gusta ese' Setter, y cuando vengas te diré el motivo.
»Ben, hace ya mucho tiempo que no te escribo. Casi un año. Ya acabé mis estudios en la Escuela Superior, pero mamá desea que me quede en casa a su lado. Papá y el señor Blaine, y algunos más de los antiguos pobladores del lago, han ganado mucho dinero desde que el Gobierno mandó secar el lago Tule. No sé si será bueno o no. En cierto modo, hasta es agradable tener dinero, pero hay otras cosas, en cambio, que no me gustan. Como sabes, papá siempre ha sido muy duro de carácter y ahora se muestra, además, orgulloso. Por añadidura, siento tener que decirte que tus hermanos y hermanas (menos yo) son casi todos malos. Quisiera escribirte detalladamente lo que hacen, pero no hay tiempo para eso y te lo diré cuando nos veamos. Ahora vamos a lo que importa decirte en esta carta.
»Mamá no se encuentra bien, Benjamín. Es inútil seguir con disimulos. Está mala y a mí me parte el corazón. Tú eres su preferido, y, desde qué te marchaste, está consumiéndose lentamente. Creo que la dureza de papá, la injusticia que contigo comete, acabará con ella. Sea como sea, está enferma y desea verte. Naturalmente, en obediencia a nuestro padre, no te llamará, pero tú lo que podrías hacer es darle una sorpresa. Y, Benjamín querido, si pudieses probar a nuestra madre que no llevas una vida ociosa que las cosas que ese Setter y otros han dicho a papá son mentiras, creo que mejoraría de salud. De modo que, el mismo día que recibas esta carta, montas a caballo y te vienes acá. Al anochecer estaré a la mira por ver si te veo venir. Será fácil arreglar que pases, algunos instantes al lado de nuestra querida madre, y luego tú y yo iremos a charlar al bosquecillo, pues tenemos que hablar mucho.
»Tengo una sarta de cosas que decirte; Ben, acerca dé lo que está pasando aquí. Además, voy a hacerte algunas preguntas muy claritas, ¿oyes? Creo que ya te figurarás a lo que me refiero, porque si tengo tiempo de hablar con ese «Nevada» empezaré por hacérselas a él muy particularmente.
»Querido Ben, no quiero terminar esta carta sin hablar de Ina Blaine. Acaba de regresar del colegio. Sentí cierto miedo de encontrarla, pero fueron vanos mis temores, por que sigue siendo tan simpática y buena como lo era cuando tú y ella erais novios, de niños, y yo siempre os molestaba. Además, es encantadora. El colegio la ha mejorado cierta mente, y si no fuera por nuestra madre, aprovecharía la oportunidad e iría también.
»He visto a Ina tres veces. Creo que vamos a ser buenas amigas. En muchas cosas pensamos igual. A Ina no se le ha subido el dinero a la cabeza v, o mucho me engaño, o el petimetre de la ciudad que la pretende no es de su gusto.
»Y, Benjamín, ella te recuerda. Aún no somos tan íntimas para que me diga lo que piensa, pero no sé por qué, creo que tú le eres simpático. No me parece qué los años que ha pasado fuera de aquí la hayan hecho cambiar, a no ser mejorando en todo. Porque, eso sí, en cuanto a su aspecto ha cambiado mucho. No la conocerías. Ina ha oído ya lo que se dice por aquí sobre tu manera de vivir y demás. Me interrogó sin preámbulos ni ambages. Le dije la verdad y ahora ella quisiera ayudarte. Dice que las dos vamos a intrigar más que los diplomáticos, que ya es decir. Mostró tremenda curiosidad acerca de aquel caballo de pelambre roja que dicen piensas cazar.
»Querido hermano, bien sabes que no te diría mentiras acerca de lo que yo, mamá o Ina podamos sentir respecto a ti. Estamos seguras de que eres bueno, pero de todos modos, como te queremos, es precisa que hagamos algo. Ina será un día la joven más rica y popular de todos los pueblos y ranchos de este gran valle. ¿Crees que eso la va a cambiar? ¡No! Mira, Ben, en estos montes tú tienes algo mejor que cazar que ese garañón salvaje, Me refiero al amor de tu infancia, Ina Blaine. Ya lo, sabes, pues.
»Es preciso terminar, aunque me duele. ¡Qué nada te detenga de venir! Y por si no lo sabes, soy muy capaz de montar a caballo e ir a buscarte yo misma.
»Te abraza,
»HETTIE.»

Cuando Benjamín terminó de leer la carta tenía los ojos arrasados en lágrimas, y el corazón le latía violentamente. Permaneció sentado., inmóvil, durante mucho tiempo, sosteniendo la carta en la mano, dejando vagar la mira da por encima del río hacia las pradera s del monte. $m embargo no las vio. Imaginábase las escenas, familiares de su infancia, el hogar, su madre y su linda hermanita con sus grandes ojos azules; recordó también el enorme pantano batido por los vientos, a lo largo del lago Tule, el colegio de Hammell, el gran prado; que se extendía, en suave declive desde el rancho de Ide; hasta el de Blaine.
Vió a una muchacha de catorce años, con sus trenzas de pelo castaño colgándole por la espalda, su blanco y aterciopelado cutis que no se atezaba ni siquiera en verano y los ojos oscuros de suave mirada. Luego recordó la sólida figura de su padre, de músculos y de frente férreos, el rostro lleno de arrugas, señales de su vida en duras luchas.
Por último pensó en su madre, punto esencial de la carta de Hettie. La viejecita estaba enferma, agotada por la vida y por el dolor.
Benjamín sintió las punzadas crueles del remordimiento; fue para él un instante amargo, pero breve, porque decidió al instante hacer una visita a su madre. Doblando la carta de Hettie, entró en la cabaña.
—Modoc, ensilla el caballo gris —dijo.
El indio cesó en su labor, saliendo al momento. Nevada alzó la vista, mirando a Benjamín con ojos de curiosidad, como si quisiera adivinar lo que le pasaba.
—¿Malas noticias, Ben? —preguntó.
—Sí... Hettie dice que mi madre está... muy mal y que debo ir a verla —repuso Benjamín, sacando al mismo tiempo sus espuelas y arreos—. Sea como sea, si mi madre muriese, el dolor habría de ser inmenso para mí, pero añadiendo a ello el saber que he sido yo quien le ha des trozado el corazón; es...
Cabizbaja se dirigió a su lecho, dejando caer las espuelas y arreos, y se sentó en el borde de la cama.
—Malas noticias son ésas, Ben. Pero no seas pesimista —exclamó Nevada, tocándole cariñosamente en el hombro—. Tu madre no es vieja. Creo que al verte se animará y es posible que se ponga buena. No te dejes llevar por el pesimismo. Éste ha sido tu mal, como el mío fue la bebida. Terminemos de una vez con los dos... Venga esa mano.
—¡Vive Dios! Nevada, tú tienes algo entre ceja y ceja y quieres arrastrarme contigo —repuso Ben levantándose violentamente, y, alargando la mano, estrechó la de su amigo—. Es preciso dejarme de preocupaciones; demasiado me he preocupado hasta ahora.
—Amigo, eso no está bien —le atajó Nevada—. Si nada te importa en la vida, no eres bueno. A mí me pasó; nunca me preocupó nada... hasta que llegué aquí. Seamos valientes y demos un mentís rotundo a todo el país.
—Si hubiera en mí... lo que Hettie cree... lo que tú crees —murmuró Benjamín roncamente, luchando por dominarse.
—Ben, desde hace seis meses que veo venir eso —dijo Nevada con voz suave, aproximándose paternalmente a su amigo—. No supe bien lo que era, pero Hettie me ha puesto sobre la pista. Te digo que nuestra suerte ha cambiado, ya no nos será adversa... Es posible que tenga que matar a Less Setter, pero eso no va a ninguna parte... Ahora te vas a ver a tu madre y a tu hermana, las llenarás de felicidad, puesto que tienen fe en ti. Mientras estés fuera reflexionaré seriamente. Pero, de todos modos, vuelve mañana por la noche.
—¿En qué vas a reflexionar tan seriamente? —preguntó Ben con curiosidad.
—Pues... sobre todo, acerca del Rojo de California —repuso Nevada gravemente—. Ese pelirrojo de mustang ha invernado en las cercanías del lago Mule Deer.
—¡Imposible, Nevada! —exclamó Benjamín, dolorido.
—Es un hecho, a no ser que todos los vaqueros mientan. Y no veo por qué habían de mentir. Ese Rojo es un animal muy cuco. Creíamos que estaba vagando por los campos de lava y las cuevas de Modoc, donde hay tantos caballos salvajes, o en cualquier otra parte de esa enorme extensión de terreno al este del lago Pato Salvaje. Mas ese endiablado garañón ha permanecido todo el invierno tan sólo a diez millas de nuestra cabaña. Supongo que los que lo sabían no creían en la posibilidad de cazarlo. Yo, en cambio, te digo que el invierno es la mejor época para cazar caballos salvajes, y te lo he de probar.
—Ahora es tarde. La primavera está próxima. De todos modos, tú y Modoc os iréis mañana al lago Mule Deer.
—¡Ya lo creo! Pero... me disgusta decírtelo, Ben; de ahora en adelante habrá más de una partida de caza para coger al Rojo.
—¿Por qué ahora más que el invierno o el verano pasados? —preguntó el joven prestamente.
Pues... he oído hablar mucho por ahí, sobre todo en las tabernas. Hay un nuevo rico, un tal Blaine, quien ha ofrecido diez mil dólares por la captura del Rojo de California, sano y domado.
—¡Blaine!... —exclamó Benjamín, asombrado—. Se trata de Hart Blaine, porque no hay otro. Es vecino de mi padre... ¡Diez mil dólares! ¡Pues si es una fortuna! Y antes era tan avaro que no daba siquiera una manzana a un niño. ¡Cuánto dinero!
—Deberías estar muy satisfecho —afirmó Nevada—, porque nadie más que tú va a cazar al Rojo.
—No pienso en el dinero, sino para qué querrá Blaine ese caballo. ¡Y encima, sano y domado! No lo entiendo.—A mí no me extraña. Hay muchos rancheros en el norte de California que darían cualquier cosa por poseer lo. No sé que vaquero dijo que Less Setter ofrece por él más de diez mil dólares. Si es verdad, creeré que el dinero abunda ahora en esta comarca... y tenlo por seguro que me fijaré bien en todos los caballos que vea en la montaña... Sí, sí, Benjamín Ide, lo que oyes... Bueno, volviendo a Blaine, creo que éste quiere el Rojo para su hija.
La idea pareció tan absurda al joven que se echó a reír. ¡El Rojo de California, aquel loco y veloz corcel, para la dulce Ina Blaine! Era ridículo. Y, sin embargo, Ina Blaine no era la única persona a la que Benjamín hubiera concedido la posesión del caballo, aunque fuese sólo de pensamiento. El Rojo de California le pertenecía a él por derecho propio, por haberlo descubierto —pues Ben había sido el primero que lo viera como potro en la artemisa— y por los años que llevaba vigilándolo.
II


¡ZONK... honk... honk...! Las roncas notas interrumpieron el sueño de Ina Blaine. Abrió ésta los ojos, y a la vaga luz grisácea de la montaña no se dio cuenta de dónde se hallaba. ¡Honk... honk... honk...!
—¡Oh, los, patos silvestres! —exclamó de pronto con alegra—. Estoy en casa... otra vez en mi casa! Durante el tiempo en que Ina estuvo ausente, en 'el colegio; nunca había oído el melodioso, grito de un pato silvestre. Hasta se había olvidado de los más señalados hechos de la vida selvática del lago Tule, pero una vez oído de nuevo el simpático grito, ¡cuántos recuerdos dulces de su infancia acudían a su memoria! Era la bienvenida a su casa. Aquel sonido era en cierto modo una pequeña compensación por la pérdida del lago. Ina habíase asombrado, disgustándose al mismo tiempo, al ver aquella ancha llanura de campos verdes y amarillos, cruzados por innumerables acequias, donde un día le sonreía la plateada superficie del lago Tule cual brillante espejo ovalado entre las grises colinas de artemisa y los negros campos de lava. El lago Tule había desaparecido. El hecho parecía cambiar hasta el aspecto de la elevada y blanca cúspide del Monte Shasha.
Ina permaneció acostada contemplando la llegada del nuevo día. La ancha y lujosa habitación en que se hallaba no era la misma en que pasara su infancia y primera juventud. Esa había sido un cuartito de paredes blanqueadas, con un techo oblicuo y una pequeña ventana. «Días que ya no volverán», murmuró la joven. Aquel cuartito tan querido, sagrado en su recuerdo, había desaparecido como el lago Tule. Los días de su infancia, tan dulces al recuerdo, habían terminado para siempre. Sus padres, sus hermanos, todos habían cambiado. Así lo comprendió Ina con tristeza. Mientras ella había estado en el colegio, creciendo e instruyéndose, en su casa nada había permanecido quieto.
Era Ina Blaine la tercera entre los cuatro chicos y tres, muchachas hijos de la familia Blaine, y la predilecta dé su padre, un agricultor del Estado de Kansas; emigrado al norte de California, donde compró una gran extensión de tremedal a lo largo del lago Tule. Durante las épocas de lluvia, aquellas tierras estaban cubiertas de agua. Con otros exploradores, tan previsores como él, había trabajado allí en espera de mejores tiempos, y cuando el Gobierna procedió a serrar el lago, realizóse para ellos el milagro de la lámpara de Aladino.
Sin embargo, ya mucho antes de sonreírle la fortuna; había enviado a su hija Ina a una escuela del Estada 'de Kansas. Tenía un hermano en la ciudad de Lawrence, en cuya casa, la muchacha fue muy bien recibida. No había sido intención de Blaine dejar a su hija tanto tiempo allí; mas unas veces por falta de fondos, otras por enfermedad en la familia del tío de Ina, ésta no pudo pasar nunca las vacaciones en casa de sus padres. De este modo es tuvo ausente cuatro años, durante los cuales Blaine se vio de pronto favorecido por la suerte.
Las más caras esperanzas de Ina, al regresar, eran la de gozar de libertad, dar por terminados sus estudios, el hallarse de nuevo entre los suyos y la de posponer el inevitable momento de dedicarse a las cosas serias de la vida. «Es preciso que yo vea el lado divertido de la vida —soliloquió riendo—. Porque no cabe duda que es divertido. Papaíto se muestra tan pomposo y engreído; mamá está siempre preocupada con las modas nuevas; Archie, muy orgulloso de su posición, como primogénito de un potentado de la ganadería; Frey y Bob se alejan de la labor del campo, prefiriendo gastar cuellos blancos y divertirse con las muchachas de la cercana ciudad, y, por último, mi hermana Kati, que va a casarse nada menos que con un abogado de Klamath. ¡No la entiendo! En cambio, los niños me compensarán; cuando se hayan acostumbrado de nuevo a su hermana mayor nos vamos a divertir mucho. ¡Arriba, pues! —exclamó a poco, y saltó del lecho.»
Estaba de nuevo en su casa y, fuese lo que fuera el cambio que se había operado en el país y en su familia, era su patria y su familia; y sólo allí podría ser feliz. Ina había estado en San Luis, Denver y San Francisco, ciudades que le habían gustado mucho, sobre todo la última, pero jamás sería dichosa sino en el campo y en los grandes espacios abiertos. Adoraba la región norteña de California, su vastedad, las grandes montañas blancas, las interminables colinas de suave pendiente, cubiertas de aromática artemisa, los lagos, arroyos y ríos y, en medio de todo, las dispersas aldeas y los planos verdeantes de los ranchos, aún pocos en número.
—Pues no se enfadó poco mi padre anoche cuando le dije que algún día iba a actuar de maestra de escuela aquí —musitó Ina—. ¡Y mamita puso una cara de reina ofendida! ¿Qué les habrá pasado a mis queridos padres? Creo que les debe de importar mucho mi educación. ¿Qué se propondrán? Caramba, cuán vieja y sabia me siento... ¡pero no, aquí estoy otra vez en mi elemento y quiero gozar la vida! jugar con Dall en los montones de heno, pescar y nadar y cabalgar con Marvie. ¡Con qué ansiedad me lo pidió el chico!... ¿Y Ben Ide?... Ni una carta de él en todos estos años. ¡Querido Ben! ¡Cómo vuela el tiempo! Dicen que Ben se ha vuelto malo, pero no lo creo, nunca lo creí. Siempre era un chico un poco raro, distinto de los demás, pero buenazo en el fondo... ¿Me habrá olvidado? Tenía un año menos que Archie, de modo que ahora tiene veinticuatro. Ya es todo un hombre. Los cinco que me lleva no importaban tanto cuando yo sólo tenía quince.
La joven se asomó a la ventana contemplando la gloriosa mañana. El fresco arre vibraba de ruidos... el grito de los patos silvestres, el canto de los pájaros primaverales, el berrear de los terneros' y el mugido de las vacas. Los pastos estaban animados con caballos, ganado vacuno y cerdos. Cantaban los gallos y por entre los setos osase el alegre silbar de un vaquero.
Ina bajó las escaleras atravesando después el nuevo y anchísimo corredor que conducía a la parte que había sido la antigua casa. Su padre había cometido el error de erigir un edificio de piedra junto a la vieja casa, mitad de troncos, mitad de ladrillos, mas era muy significativo que, a pesar de haberse encumbrado, no podía olvidar el humilde refugio de antaño. Hasta conservaba en él una habitación para sí y las oficinas junto a la antigua estancia habíase construido una cocina, y aquella, a juzgar por las largas mesas y bancos rústicos, estaba destinada a la horda de vaqueros de su padre.
Ina se asomó al comedor antes de seguir adelante. Estaba vacío. Después oyó a su madre en la cocina y entró corriendo, sorprendiéndola ayudando a: cocinero.
—Buenos días, mamá. ¿Dónde está la gente? —exclamó la joven con alegría.
—Caramba, ¡me has asustada! —dijo la madre con embarazo. Tratábase de una mujer alta, fuerte, de pelo cano y líneas duras en el rostro—. Nadie se ha levantado, excepto tu padre y yo.
—¿Ah, sí? Pero si antes Archie, a estas horas, estaba limpiando el establo de los caballos y Katie ordeñaba las vacas —repuso Ina, siempre riendo.
—Ya no lo hacen —replicó la señora secamente.
Pues yo, cuando menos voy a intentar de ordeñar las vacas.
—Ina, tu padre no se gastó el dinero en darte una educación superior para que hicieras eso —protestó la madre, alarmada.
—Pero tú solías ordeñar las vacas, y yo nunca me rebajo haciendo lo que tú —respondió Ina dulcemente, mientras abrazaba a su madre.
—Tu padre tiene puestas en ti grandes esperanzas —repuso la señora, reflejándose en su voz la duda. No conocía bien a aquella hija, largos años ausente de casa, y ahora tan persona mayor. Pareció aturdida por circunstancias de importancia monumental, y que no eran naturales.
—Los vaqueros pueden entrar dentro de poco —dijo después—. Más vale que te vayas.
—¿Por qué? A mí me gustaría verlos.
—Tu padre ha dicho que no quiere que ningún vaquero te galantee.
—¡Caramba! ¿Y si a mí me gusta? Tú te casaste con papaíto cuando era un vaquero.
—Pero eso era distinto, Ina.—Me gustaría saber por qué.
—Hija mía, yo entonces era lechera en el rancho de Kansas donde Hart Blaine era vaquero, y la cosa era natural. Tú ahora eres hija de un hacendado que será millonario.
—Mamá, lo de millonario es muy altisonante, pero a mí no me impresiona —repuso Ina seriamente—. Papaíto y yo vamos a tener algunas discusiones.
—Ina, tú has sido siempre una muchacha obediente.—Y lo seguiré siendo, mamá..., con algunas reservas. Ahora mismo voy a empezar siéndolo, pues me marcho para que esos interesantes vaqueros no me vean... aún. Ina volvió a la otra parte de la casa, muy pensativa. Su madre se hallaba metida en cosas que no comprendía. La antigua vida del rancho, un poco dura por cierto, pero sencilla y agradable, había terminado. La joven se fue al saloncito que ya explorara el día anterior. Le gustaba a pesar de su aspecto desafiante. En el hogar abierto ardían algunos leños. Un aroma familiar, desconocido durante mucho tiempo, esparcíase por la habitación. ¡Cuántos recuerdos despertaba en ella! Su infancia, con las excursiones, monta da en jaquitas, y las fogatas de los campamentos surgían de pronto ante ella.
Ina se acurrucó en un amplio sillón junto al hogar, como solía hacer de niña, y estaba a punto de ensimismarse, cuando entró rauda su hermana Dall, perseguida por Marvie. Al ver a Ina cesaron las hostilidades. Dall era una muchachita angulosa, de doce años; Marvie un guapo muchacho de catorce, ojiazul y pelirrojo como todos los Blaine, excepto Ina. Entablóse animada conversación, durante la cual Dall hizo incesantes preguntas sobre el colegio, Kansas, las ciudades y los viajes, mientras que Marvie trataba de hablar de su caballo y de que el sábado era preciso que Ina fuese con ¿Ir a montar a caballo y a pescar. Más tarde bajó la hermana mayor, Katie, llevando un vestido de lujo, poco apropiado para la hora, pensó Ina, y que no le estaba nada bien. Katie Blaine tenía veintidós años, era alta y flaca, pareciéndose algo a su madre, pero de línea y miradas más duras. No había mostrado ninguna alegría cuando regresó Ina. Ésta habíase dado cuenta el día anterior de que su hermana la miraba de hito en hito, lo que la desconcertó. Ina jamás había pensado en otra cosa que en querer por igual a todos los suyos, pero ahora veíase obligada a alejar de sí ciertas ideas.
—Marvie, no hace falta que tú y Dall os comáis ahora a Ina —dijo Katie—. Ha vuelto para quedarse aquí y no la perderéis. Además, dice mamá que os deis prisa con el desayuno para que no vayáis tarde al colegio.
Ina los siguió al comedor, donde los esperaba la se ñora Blaine. Tratábase de una habitación alegre y solea da, aunque demasiado lujosa para un rancho.
—¿Dónde están papá y los chicos? —preguntó la joven al sentarse.
—Bob y Fred han desayunado con los vaqueros —contestó la madre, añadiendo luego de mala gana—: Y a veces lo hace tu padre también.
Dall y Marvie sentáronse a la derecha y a la izquierda de Ina, comprendiendo ésta que los dos la salvarían de cualquier situación enojosa. Eran aún demasiado jóvenes para que influyese en ellos el cambio que se había operado en la familia. Ina se dijo que ella y sus dos hermanos menores serían buenos amigos. En cuanto a su madre y a Katie, la joven se vería obligada a enfrentarse con ideas nada divertidas.
—Ina, no sabes, vamos ahora en coche a la escuela —anunció Dall, con cierto dejo de importancia que tan obvia era en los demás miembros de la familia.
—Pues yo siempre iba a pie —declaró Ina—. Recuerdo muy bien el camino, fangoso en invierno y polvoriento: en verano.
—A mí me gusta mucho ir a caballo; lo que me molesta es que lo enganchen —dijo Marvie—. Oye, Ina,, papá me deja el coche y el caballo los sábados y pasado, mañana es sábado.
—Iré contigo donde tú quieras —respondió Ina—. Yo también quiero montar a caballo. ¿Sabes si papá tiene alguno para mí?
—Pero, oye, ¿dónde tienes los ojos? —preguntó el muchacho—. Los pastos están llenos de caballos, el corral también y además hay otros en el granero. Papá se ha aso ciado a un gran tratante en caballos, un tal Less Setter, que tiene equipos en todo el país. Yo tengo dos caballos. Dall, una jaca; Bob y Fred, media docena cada uno. Tú di a papá que quieres el Rojo de California y fíjate lo que pasa.
—Y ¿quién es el Rojo de California? —preguntó su hermana con gran interés—. ¿Se trata de un caballo o de un vaquero?
—Es un garañón salvaje, el más hermoso y más rápido de que he oído hablar en mi vida. Es demasiado listo para dejarse coger... Ina, me gustaría que el Rojo de California fuese tuyo.
—Es emocionante lo que dices, Marvie, pero yo quiero un caballo domado, manso y dócil.
—Los mustangs salvajes son los mejores y los más mansos, una vez domados.
—Pues bien, diré a papá que deseo el Rojo de California para ver qué pasa.
Katie interrumpió la conversación, diciendo a Marvie y Dall que se preparasen para ir al colegio. Ina salió con ellos, montada en el carro hasta el término de la vereda, con gran alegría de los dos.
La vereda, de considerable extensión, en nada había cambiado. Ina reconoció fácilmente los árboles y arbustos que formaban, junto con las rocas, el borde del camino. Mirando hacia atrás, vio que la colina verde ocultaba a medias la casa blanca, y vio también el conjunto de graneros, nuevos y viejos, que había en la hermosa y fértil plana que antes era un pantano cubierto de agua. Advertíase la primavera en el aire de la mañana. Bandadas de pájaros volaban de una a otra copa de los árboles. Desde lejos oíase el graznido de los patos silvestres: Más allá de la verdeante plana empezaban las eminencias de lava que poco a poco convertíanse en colinas y montes, y más lejos aún, el color de bronce oscuro de la lava trocábase en el pro fundo verdor de los bosques de pino. Y encima de todo, en majestuosa altura, erguíase el monte Shasha, de blanca cima, penetrando cual alba nube en el claro azul. Hacia el Sur y el Este, las laderas de artemisa gris de las montañas obstruían el camino a la selvática región del otro lado. Ina respiro profundamente, sintiendo la íntima alegría que le produjo el colorido del paisaje, la fragancia de la vegetación y la música de los seres, la dulce libertad de aquella hacienda rodeada de abruptas montañas. Su corazón es taba rebosante. Allí había nacido. Los dulces y tristes re cuerdos de su infancia surgieron vivos en su memoria. Comprendía ahora que en nada había cambiado. Todo lo que aprendiera y estudiara, sólo había servido para fortalecer los lazos que la unían a las sencillas expresiones de la naturaleza de aquel ambiente.
La joven se entretuvo en recorrer los bosquecillos de, pinos y arces que, con gran satisfacción de ella, no habían sido tocados al efectuarse las mejoras de la hacienda. La horcadura de un viejo roble parecía la misma que cuando ella se encaramara allí con los pies desnudos, y los pinos de anchas copas no revelaban ninguna señal del paso de los años. Asustóle a la muchacha advertir el cambio que ella misma había sufrido al crecer, mientras que aquellos viejos y queridos árboles seguían siendo los mismos que cuando ella era niña. ¡Qué grande era la fuerza que unos pocos años ejercen sobre la vida de los humanos.
De pronto vino a su memoria otro recuerdo. Ella y Benjamín Ide se habían enfadado tan sólo una vez, y aquél había sido el escenario del juvenil disgusto. ¿Cuál fue la causa de aquella riña? Ina se sonrojó al reclinarse contra el nudoso árbol; por una sola vez Ben había faltado a la tranquila y platónica camaradería que entre los dos reinaba. El recuerdo de su atrevimiento era dulce y emocionante a la vez. Pronto tornaría a verlo, lo mismo que esperaba volver a ver a todos sus condiscípulos. Anhelaba hallarse otra vez frente a ellos; mas en el caso de Ben, aunque grande era su deseo de contemplarlo, íntima mente se resistía a verlo con demasiada premura. El viejo pino guardaba vagos pero obsesionantes recuerdos en todos los cuales intervenía Benjamín.
El largo paseo de Ina la llevó al fin al pintoresco y viejo corral y al granero, que, extraña observación, no había sufrido cambio alguno en el afán de modernizarlo todo, Hart Blaine, su padre, había conservado, inconscientemente acaso, algo de la atmósfera que antaño reinaba en la hacienda del lago Tule.
Pronto vio la muchacha a su padre, quien, en lugar de llevar como antes botas altas y bata manchada, ves tía ahora traje negro y zapatos. Hablaba con un hombre que se hallaba sentado en un birlocho, sosteniendo las riendas de un tronco de caballos jóvenes y fogosos. Ninguno de los dos dióse cuenta de la llegada de Ina; en cambio, los vaqueros circundantes la vieron y, al pasar, dejaron el trabajo durante un instante para contemplarla con franca admiración.
—...Le digo, Setter, que es un negocio que no me gusta —estaba diciendo el padre de Ina, con impaciencia, cuando ella llegó.
El hombre del birlocho se incorporó con rapidez y Blaine se volvió, viendo a Ina. La expresión dura de su rostro se suavizó, trocándose en sonrisa de cariño y de orgullo, porque Ina era la niña de sus ojos.
—¡Hola, papá! —exclamó la muchacha—. Estoy dando un paseo para ver lo que has hecho de mi pobre hacienda.
—Buenos días, hija mía —repuso Blaine alargando la mano—. Ina, te presento a uno de mis socios, Less Setter, de Nevada.—Y dirigiéndose a éste, rodeando al mismo tiempo a su hija con el brazo—: La más querida de mis hijas, que acaba de regresar del colegio.
—Es para mí un gran orgullo conocerla, señorita Ina —replicó Setter con gallardía, llevándose la mano enguantada al sombrero de anchas alas.
Ina respondió con una inclinación y fijó luego su mirada franca en aquel hombre de barba leonada y ojos ardientes, que parecían devorarla. Setter, aunque no tenía aspecto de joven, parecía fuerte y vigoroso, y era muy distinto de los hombres que Ina había acostumbra do tratar. Hasta en aquel momento, tan pasajero, en que ella no tomaba interés en Setter, éste hizo sobre la muchacha tan gran impresión que perdió su alegría. Cobró al instante desconfianza hacia aquel socio de su padre y sólo haciendo un esfuerzo logró dominarse. Recordó de pronto la charla de Marvie acerca de los caballos y aprovechó la oportunidad' para decir algo.
—Papá, quiero un caballo para mí —dijo dirigiéndose a Blaine.
—Pues puedes tener una docena, si quieres —contestó su padre—. Tenemos centenares de buenos caballos. El señor Setter acaba de venderme cien cabezas más, todos de Nevada, y entre ellos los hay muy hermosos. Por otra parte, me han hecho un buen pedido desde Seattle, de moda que has de elegir pronto.
—Pero, papá, siempre he soñado con tener un caballo verdaderamente excepcional y hermoso —continuó diciendo Ina, y decía la verdad.
—No recuerdo, hija mía, que hayas tenido preferencia por ninguna clase de caballos —observó Blaine.
—Éramos muy pobres —murmuró Ina suavemente—. Recordarás que me iba a pie a la escuela, en invierno y en verano.
—¡Ah! ¡Ah! Sí, Ina, lo recuerdo y me complace pensar en ello... Bien, bien, ahora no somos pobres y si apeteces el mejor caballo de esta región no tienes más que decirlo.
—Papá, quiero el Rojo de California —exclamó la joven rápidamente.
—¿Cómo? ¿Ese garañón salvaje? —exclamó Blaine, asombrado—. Pero, hija mía, si todos los vaqueros de estos tres Estados han ido tras ese caballo sin poderlo cazar...
—¡Oh, qué hermoso y valiente debe de ser! —Ina se entusiasmó de tal modo que olvidó que sólo en broma había mencionado su deseo de poseer el Rojo de California.
—Señorita, se trata, en efecto, de un gran caballo interpuso Setter—. Yo lo vi una sola vez, hace más de un año. Es un animal esbelto, fuerte, ágil, con pelambre roja como el fuego y una crin como una llama. Y no es un matador de caballos, como la mayora de los garañones. Casi todos los jinetes y cazadores creen que será fácil de domarlo, de manera que haga que su papá se lo pro meta... Yo soy testigo, Blaine, y será preciso que cumpla su palabra.
—Hija mía, el Rojo de California será tuyo si hay quien lo cace —replicó su padre.
—Se le puede dar caza, creo —dijo Setter, meditabundo—. Sólo hay pocos equipos tras él. Son hombres que se dicen cazadores de caballos salvajes, pero eso no es sino para ocultar el latrocinio de ganado vacuno y caballar. Hall y los suyos andan cerca de Silver Meadow, y, probablemente, los únicos que van de verdad tras el Rojo son los que capitanea ese Ide. Se dedican también a robar, pero creo que Ide desea tanto el Rojo...
—¡Ide! —le interrumpió la muchacha—. ¿Se refiere usted a Benjamín Ide?
—Sí, Ben es su nombre.
—Pues, ¡miente usted! Ben Ide no es ladrón de caballos —exclamó Ina con vehemencia.
—Calma, muchacha —interpuso su padre—. Has estado largo tiempo fuera de casa y aquí han pasado muchas cosas, buenas y malas.
Luego se dirigió a Setter:
—Comprenda usted, Less; esto es nuevo para Ina. Ella y Ben iban juntos a la escuela, jugaban aquí de niños, y me parece que es un golpe duro para ella enterarse de...
—Yo no lo creo, papá —le interrumpió su hija, acalorada aún, pero temblando.
—Siento mucho, señorita —dijo Setter—, haber sido yo quien le diese tan mala noticia. Mas, por lo que se sabe, su compañero de infancia ha ido por mal camino.
Ina volvió la espalda a Setter, agobiada de pronto por inusitada furia y dolor. La sorpresa que experimentó al advertir su emoción aumentaba su temblor.
—Papá —dijo, tratando de dominarse—, ¿se ha podido comprobar que Ben Ide baya cometido algún acto criminoso?
—Hija mía, se ha hablado mucho. Poco después de marcharte tú, Ben se fue a la montaña loco por los caballos. Amos Ide, su padre, es un hombre de sentimientos religiosos y creo que Ben representa para él lo mismo que tú para mí. Pues bien, Amos no pudo hacer nada con el chico, porque éste no quiso trabajar, y por fin riñeron. Desde entonces, Ben está ausente. Yo no le he visto más, aunque otros le vieron. La señora Ide ha sufrido un rudo golpe con la ruptura y está enferma. De vez en cuando entro a ver a los Ide, pero nunca se habla allí de Benjamín. Durante los dos últimos años hemos dado en llevar nuestro ganado a pacer a los valles y llanos, junto al Río Perdido. Ben vive por allí. Y pasa que bastantes vacas y caballos han... han desaparecido. De aquí que se hable de Ben, aunque yo no puedo decir que se haya comprobado nunca que fuese él.
—No es fácil determinar en una región tan selvática como ésta quién es el que se dedica al abigeato* [Robo de ganado] —Interpuso la voz glacial de Setter, con dejo de autoridad—. El ganado que su papá de usted echa de menos, lo mismo que el de otros, jamás se vuelve a ver. Esto quiere decir que se lo llevan hacia el Estado de Nevada o hacia el Sur, cruzando las altas sierras.
—Tanto más motivo hay para que a un joven de buena familia, antes vecino y amigo nuestro, no se le acuse de ser un...
Al detenerse Ina antes de pronunciar la odiada palabra, Setter quitó cuidadosamente la ceniza de la punta de su cigarro y luego fijó en la joven su inescrutable e incolora mirada.
—Dice el refrán: «Dime con quién andas y te diré quién eres» —aseveró—. El joven Ide vive en compañía de un indio renegado, un tal Modoc, y un vaquero que huyó de Nevada por perseguírsele por cuatrero.
La seguridad y convicción que ponía Setter en sus palabras llamaron poderosamente la atención de Ina, a pesar de que la acusación le dolía en lo más hondo. Se quedó mirando a Setter hasta que éste perdió un poco de su fría serenidad, e Ina cogió un destello de lo que se ocultaba tras la máscara. Fascinábale a la joven algo que no pudo comprender. Obligada a escuchar las acusadoras afirmaciones, miraba inconscientemente, con la extraña inconsciencia de la mujer, a un hombre cuyo aspecto despertaba en ella un fuerte antagonismo, mas sin poder explicarse el motivo.
—Papá, no me parece lógico lo que dice el señor Setter —declaró la joven con franqueza—. Me hace recordar a Ben más de lo que pensé. No creo que Ben robara ni para salvarse de la muerte. ¿Cómo es posible que un muchacho cambie en tan pocos años?
Y luego, enfrentándose deliberadamente con el nuevo socio de su padre, añadió:
—Señor Setter, si recuerdo bien quién es Benjamín Ide, tendrá que responderle a él de lo que acaba de decir. Tenga usted por seguro que yo le veré y que se lo diré todo.
—¡Ina! ¿De qué estás hablando? —preguntó su padre con impaciencia—. Eso casi es insultar a Setter. Y tú no puedes ir a buscar a Ben, ni te permitiría yo hablas con él.
—Creí que tú mismo me llevarías a ver a Ben de mo...
Ina vio la llama de la cólera en el rostro curtido de su padre y recordó su carácter irascible; vio también que varaos vaqueros habían ido acercándose y que la miraban boquiabiertos.
—Muchacha, vuelves aquí con ideas muy extrañas —declaró Blaine—. Si eso es todo lo que has aprendido en el colegio, lamento haberte enviado.
—Papá, tengo voluntad y opinión propia... Sé lo que he de pensar —repuso Ina muy sentida.
—Bueno, pues no pienses en ver a Ben Ide, y no se hable más del asunto.
Querido papá, te aseguro que veré a Ben Ide —aseveró la muchacha con firmeza.
—¡Ve y entra ahora mismo en casa! —ordenó Blaine ásperamente.
Ina se marchó, erguida la cabeza, el rostro en llamas, mirando fijamente a los vaqueros. Al irse oyó que Setter decía:
—Una muchacha muy terca, amigo; le costará dominarla.
—Usted también, ¿por qué insistió tanto en lo del joven Ide? —preguntó Blaine, furioso—. Parece que tiene usted mucho empeño en esparcir esa noticia por todo Hammell y la región...
Ina no oyó más, y cuando se halló también fuera del alcance de la vista, salió del corral y se dirigió otra vez al bosquecillo. Sentóse bajo el viejo pino, estableciendo así un eslabón ante el pasado y las lamentables noticias que acababa de oír. Repasó toda la conversación, y aun que quiso acusarse de haber desconfiado de un hombre que era socio de su padre y por haber provocado la ira de éste, no logró arrepentirse de su actitud; más aún, se sintió zaherida y enojada.
—Si fuese verdad'—balbuceó—, yo... haré que Ben vuelva al buen camino.
III


INA pasó el resto de la mañana bajo el viejo pino del bosquecillo; después de serenarse, pensó seriamente en el problema que era preciso afrontar.
Se dijo que, a medida que surgiesen los incidentes, resolvería las complejidades del asunta y que no era caso de empeñarse en cruzar el Rubicón antes de llegar el momento decisivo, ni tampoco permitir que la decepción se enseñorease de ella.
Almorzó a solas con su madre, Katie había ido con su padre a Hammell. La joven esforzóse en ser agradable y simpática con su madre y supo conquistarla en cierto modo. Habíase dado pronto cuenta de que no hallaría ningún obstáculo en su camino si se dejaba guiar por los deseos y caprichos de su familia. La señora Blaine parecía muy preocupada con los innumerables deberes que incumben a la mujer de un ranchero, siendo así que por su nueva posición no le correspondía cumplirlos. Durante treinta años había sido esclava de su trabajo, desde la mañana hasta la noche, cediendo a la imperativa necesidad de hacer economías. Ahora ocupaba una posición en la que le estaba vedado pensar siquiera en tales deberes, a pesar de que ejecutarlos era para ella una rutina imprescindible. Júrale imposible olvidarlos y su malestar tenía por causa su aturdimiento, pues en el fondo era una mujer infeliz por el cambio de las circunstancias en su familia, desdicha de la cual no se daba cuenta. Hubiera sido en ella lógica hablar con naturalidad con Ina acerca del pasado, sobre las duras pruebas y momentos de alegría por que pasaron, sobre las tareas caseras que antes tenían, sobre vecinos tan pobres como ellos en aquel tiempo y sobre muchas otras cosas de esta índole. Mas viéndose precisada a hablar de los asuntos tocantes a su nuevo modo de vivir, su conversación no era natural. Ina tuvo la impresión de que su madre era una persona muy afecta da, pero recordando al mismo tiempo la dura labor y las interminables quejas de otros tiempos, se dijo que era preferible su afectación.
—Madre, háblame de los Ide —preguntó la joven, entre otras cosas.
—Pues lamento decirte que los Blaine y los Ide ya no son los vecinos que solíamos ser —repuso la señora Blaine, pensativa—. Creo que la culpa es de tu padre. Amos Ide también ha hecho fortuna, pero la suerte no se le ha subido a la cabeza. Cree que nosotros somos orgullosos.
—Su esposa se ha mantenido alejada de toda sociedad durante estos últimos años. Antes iba aún regularmente a la iglesia, mas desde que el pastor empezó a predicar sobre los hijos pródigos, no volvió. Yo no he ido a verla desde hace mucho tiempo, pero he visto a Hettie. Está muy crecida. Tu hermano Fred estuvo enamorado de ella, pero no hace mucho se ha echado una novia de la ciudad.
—Y de Ben, ¿qué hay? —inquirió Ina.
—Dicen los vaqueros que ahora se ha convertido en cazador de caballos salvajes.
—Parece que se le considera un poco proscrito, ¿verdad?
—Se dice que Amos Ide dio a Ben a elegir entre arar el campo o vivir su vida de montaña. Ben prefirió dejar su casa. Su marcha fue muy dura para su madre.
Poco consuelo logró Ina de la conversación con su madre, por lo que decidió ir algún día a visitar a Hettie y a su madre. Mas tan pronto como concibió la idea, éste no la dejó en paz. Pasó la joven la primera parte de la tarde en desembalar sus cosas y en arreglar su habitación más a su gusto. Mientras se hallaba así ocupada, pensaba constantemente en los Ide y al terminar la tarea decidió ir en seguida a visitarlas.
En otro tiempo existía una senda muy trillada entre la hacienda del lago Tule y el rancho de los Ide. Ina ya había notado que aquel viejo sendero estaba en parte arado y en parte cercado. De este modo vióse obligada a ir por la senda lateral a la carretera y a su regreso podría esperar allí a Dall y Marvie cuando viniesen de la escuela.
Mientras se cambiaba de ropa, la joven advirtió de pronto que estaba dando mucha importancia a vestirse bien, cosa que desde su llegada a la hacienda no la había preocupado aún. No podía negarse que inconscientemente deseaba mostrarse elegante a los Ide. Pero, «¿a la señora o a Hettie?», preguntóse la joven gravemente al mirarse en el espejo. La respuesta fue que se sonrojó, sintiendo al mismo tiempo cierto resentimiento consigo misma.
Sucedió que Katie vio a Ina bajar por la escalera principal.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó, ingenuamente sorprendida—. ¿Vas a alguna fiesta? —Y con sus ojos de halcón miró a Ina de arriba abajo, dibujándose un rictus de desdén en su boca.
La mirada y el tono contuvieron el natural y franco impulso de Ina, que iba a decir a su hermana dónde pensaba ir.
—¿Te gusta mi vestido? —preguntó secamente—. Tía Leonor me lo trajo de San Luis. Sólo se trata de un sencillo vestido de paseo, pero absolutamente moderno.
—No me entusiasma —replicó Katie.
Ina se echó a reír y salió. Su hermana le deseó a gritos que se divirtiese. El genuino amor de Ina por su hogar y por su familia habíale hecho olvidar por completo, durante los años que estuvo ausente, cierto irritante trato peculiar en Katie, y ahora la recordó.
—Casi parece que a Katie no le guste que haya regresado, ni tampoco mi manera de vestir. Pues, ¿qué dirá cuando me vea con el traje que estrené el día de los exámenes?
A lo largo del sendero había una faja lisa y suave para los viandantes y cuando Ina echó a andar por él, encontróse de cara a las montañas de artemisa, al otro lado de las tierras bajas que antes constituían el fondo del lago, y las montañas rocosas en lontananza. El sol de la tarde, muy bajo ya, inundaba con suave luz las grises cimas y hermosas laderas. Ina sintió acelerársele el pulso; revivió en ella su viejo amor por los espacios abiertos, las colinas solitarias, las frescas brisas y la fragancia de la artemisa. Era este amor por la Naturaleza la razón de otra secreta alegría por su regresa a los escenarios de su infancia. Y al contemplar con la mirada intensa las grises montañas con sus purpúreas sombras en las hendiduras, sintióse atraída hacia ellas, como si la llamasen. ¡La llamada de las montañas! Luego pensó que en aquella dirección, en la vertiente opuesta, estaba el Río Perdido. Ida dominó súbitamente sus pensamientos y continuó su camino con paso apresurado, echando sólo de cuando en cuando una mirada pensativa hacia los negros montes aislados de la selva en el Oeste.
Antes de advertirlo, llegó al rancho Ide, y se vio frente a la misma vieja puerta de madera y del seto vivo, desaliñado. El verdor del sombrío patio y la vereda que conducía a la casa eran también los mismos, y casi esperaba ver venir, saltando alegremente, a Rover, el perro de Den. Mas Rover no vino. Ina penetró por la puerta del seto y sus pasos la llevaron, como antes a la puerta posterior de la casa. El' patio y la casa tenían el feo aspecto que les imprimía el uso y la comodidad. Cruzando el amplio pórtico, llamo a la puerta.
Ésta se abrió al instante, saliendo una muchacha de rostro simpático, ojos muy azules y cabello, rizado. Hasta tenía las pecas que Ina tan bien recordaba. Llevaba la muchacha un amplio delantal, los brazos arremangados hasta el codo y en una mano tenía una escoba. De momento se quedó mirando a la recién llegada.
—Hettie, ¿no me conoces? —preguntó Ina.
—Yo... sí..., no —balbuceó la muchacha, con el rostro encendido.
—Soy Ina Blaine.
—Sí..., claro..., sabía que eras tú, sólo que estás tan cambiada..., tan elegante —repuso Hettie con encantador aturdimiento—. Ya nos dijeron que habías vuelto. Me alegro de verte. Entra, mi madre está dentro.
—Hettie, tú has crecido mucho, más que Dall y Marvie —dijo Ina entrando en la amplia y bien iluminada cocina—. Sin exagerar, puedo devolverte el cumplido.
—Gracias —repuso Hettie sonrojándose—. Eres tan amable como siempre. Ven y verás a mi madre.
Y la llevó a una habitación grande, en la que hacía la vida la familia Ide.
—Mamá —anunció Hettie a la mujer de rostro dulce y triste que se levantó—, aquí está Ina Blaine, que viene a vernos al día siguiente de su regreso.
—Espero, señora Ide, que usted se acuerde de mí —dijo Ina avanzando, un poco emocionada.
—¡Ina Blaine! —exclamó la anciana, temblorosa la voz, apresurándose a ponerse sus lentes—. ¡Cómo no he de recordarte, si tu nombre casi me es tan familiar como el de Hettie...! ¡Conque tú eres Ina! No te hubiese reconocido. Bien venida seas, querida. Es un rasgo muy tuyo venir a vernos en seguida. Ya dije anoche que tú no cambiarías.
—¡Oh, señora Ide!, cambiada estoy, puesto que ahora ya soy mayor —repuso Ina estrechándole la mano, y luego, cediendo al cálido impulso de su corazón, besó la macilenta mejilla—. Pero me alegro de estar en casa y... pienso seguir siendo la que era.
—Claro que sí, hija, a pesar de que ahora eres ya toda una mujercita. Ven, siéntate aquí y cuéntanos de tu vida. Ina no había tenido nunca un auditorio tan atento como Hettie y su madre. Habló durante más de una hora, contando la vida que había hecho durante, su ausencia y los mil incidentes del colegio.
—Muchas gracias, Ina, por el rato agradable que nos has proporcionado —murmuró la señora al final—. Espero que los cambios que se han operado en tu casa no te hagan desgraciada.
—No lo consentiré —repuso Ina, animada—. Confieso que me hubiese gustado encontrar a los míos igual que los había dejado, pero... no es así. ¡Qué le vamos a hacer! Yo sabré atenerme a la nueva situación.
—¿Vas a venir a vemos de cuando en cuando? —preguntó la señora Ide.
—Lo mismo que antes —contestó la joven con calor.
—A tu padre no le gustará, Ina. Es un hombre muy duro, en cierto modo tanto como mi marido.
—Ya hemos tenida un choque —dijo Ina cándidamente—, del que salí mal librada.
—Mamá, Ina sigue tan valiente como cuando disputaba con Ben —exclamó Hettie con súbito impulso.
Al parecer, la alusión a Ben era inoportuna, porque la anciana se puso seria y grave. Ina sintió que se hubiese hecho mención del hijo, porque ahora veíase obligada a decir algo acerca de él, y no sabía qué.
—Sí, recuerdo a Ben y nuestras riñas infantiles tan bien como todo —dijo con sencillez—. Me gustaría hablar de aquellos tiempos, pero lo dejaremos para otro día. Adiós, señora Ide. Vendré a verla a menudo... Hettie, ¿quieres acompañarme hasta la calle? He de encontrarme con Marvie y Dall.
—Con mucho gusto, Ina —respondió Hettie.
Mas, una vez fuera de la casa, Ina se dio cuenta de la cohibición que embargaba a Hettie, lo mismo que a ella, y se dispuso a poner fin a la azarosa situación. Sin embargo, sólo después de recorrer la mitad del camino dio en el modo de llegar al corazón de su pequeña amiga.
Volviéndose de pronto hacia ella, preguntó sin ambages:
—Ahora, dime: ¿qué hay de Ben?
Hettie se tornó tan pálida que sus pecas se destacaban mucho, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Tú lo has oído ya? —preguntó roncamente.
—He oído muchas tonterías —repuso Ina—. No creo ni una palabra de todo. Tú dime la verdad.
—¡Qué buena eres, Ina! —exclamó la muchacha casi sollozando, y le cogió la mano—. No hay mucho que contar. Ben adoraba la vida de las selvas y los caballos salvajes. No podía remediarlo. Mi padre lo echó de aquí por eso... Hizo que Ben fuese casi un proscrito. Mi madre está descorazonada y yo... sufro también. Acerca de Benjamín se han inventado toda suerte de mentiras, y desde que ha venido aquí ese Setter, le difaman más y más.
—Me he encontrado ya con Setter. No me gusta ni me inspira confianza, Hettie. Dijo cosas muy graves sobre el amigo de Ben, un vaquero de Nevada.
—Le odio, Ina —exclamó Hettie, sonrojada—. Además de sus mentiras sobre Ben, tengo otros motivos. —No hace falta que me los digas. Durante mis cuatro años de ausencia he conocido a muchos hombres... Hettie, yo no puedo creer que Ben sea capaz de robar.
—Yo sé que no lo haría, Ina —repuso Hettie con calor—. No es fácil decir cómo lo sé, pero tenga la íntima convicción de lo que digo.
—¿Es que tu familia ha perdida la fe en Ben?
—Sí, todos menos mi madre, y ella no es ya fe lo que tiene, sino esperanza. Mi padre ha acabado con ella. Tú sabes que Ben fue su orgullo, y la decepción le ha hecho envejecer rápidamente... Es terrible; no comprendo por qué se ha de enfadar tanto por el amor de mi hermano por los caballos salvajes. Me da rabia cuando lo pienso.
—Bien, Hettie; parece, pues, que las dos pensamos lo mismo —continuó Ina sobriamente—. Ahora se trata de saber qué es lo que podemos hacer para arreglarlo.
—Ina..., no te comprendo —balbuceó la muchacha.
—Hemos de salvar a Ben antes de que sea tarde —declaró Ina, sonrojándose de un modo delicioso al darse cuenta del calor con que hablaba en favor del amigo de la infancia.
—¡Hemos de salvarlo! ¿Tú y yo? —preguntó Hettie muy bajo, asombrada.
—Sí. Tú eres su hermana y yo... la compañera de infancia. Probablemente somos los únicos amigos que tiene, excepto aquel vaquero de Nevada... Hettie, yo estoy formándome una opinión propia de ese vaquero del que Setter afirmó que era un cuatrero. Creo que es un hombre que hace causa común con Ben, al que habrá hallado solitario y proscrito. Tal vez también a él le gusten los caballos salvajes. Es preciso que veamos a los dos, yendo, si es preciso, a Río Perdido.
—Yo iré, aunque mi padre, si se entera, me castigará severamente —declaró Hettie, sobrecogida.
—Lo haremos como último recurso; mas, entre tanto, esperaremos. Algo puede pasar, tal vez será posible enviar una carta a Ben. O también, si sabe que he vuelto, puede que desee verme y venga.
—Estoy segura de que lo deseará, pero no vendría aunque le escribieses —observó la muchacha con tristeza.
—¡Pobre Ben! ¡Cómo debe de sufrir...! En fin, hemos llegado al cabo de la vereda, y allí vienen mis hermanos. Volveré a verte pronto, Hettie. Entre tanto, recuerda que somos dos conspiradoras terribles.
—¡Oh, Ina, qué buena eres! De buena gana te daba un abrazo —exclamó Hettie, llena de gratitud.
—Bien, hazlo.
Pero Hettie huyó rápidamente por la vereda.
Llegó el sábado. Ina lo pasó con Marvie al aire libre... Era un hermoso día de primavera, lleno de risa y sana emoción, aunque también de momentos en que Ina con templó pensativa las suaves laderas sobre el riachuelo en que Marvie pescaba, y otros en que soñaba.
A causa de un ardid de Katie, que promovió casi el enojo de Ina, no se le permitió a Dall acompañarlos, y la joven se marchó sola con Marvie, para no decepcionarlo.
Ya oscurecía cuando los dos regresaron a la hacienda. Ina, al entrar calada y con el pelo enmarañado en la muy iluminada cocina, no necesitaba la mirada torcida de Katie para saber que su aspecto era todo menos ele gante. No le importaba: estaba cansada y dichosa. El enojo de su padre con Marvie, los sentimientos encontrados de su madre, la manifiesta desaprobación de Katie; no causaron el menor efecto sobre la joven. ¡Qué día tan feliz, de tan bellos recuerdos! Marvie habíase revelado como un verdadero hermano, como un hermano del que toda muchacha ha de sentirse orgullosa. Su dignidad y su título académico habían hecho poca impresión sobre el muchacho, pues obligó a Ina a tomar parte en' todas sus chiquilladas. Había llevado las riendas del caballo del coche, trepado por las colinas, vadeado torrentes; habíase caído, resbalando en el riachuelo; había remado en la lancha mientras Marvie dedicábase con ahínco y esperanza a la pesca, y habíale ayudado a forcejear con una enorme trucha que tragó el anzuelo, pero que logró escapar.
Ina se dio prisa en tomarse un baño y cambiarse de ropa para bajar pronto y cenar a solas con Marvie. Encontró, al muchacho un poco cabizbajo: seguramente hubo quien se encargó de reprimir la exuberante alegría con que regresara de la excursión. Ina se dijo que nadie ni nada podría borrar el recuerdo de ella ni la inefable dicha que la salida le proporcionó. Hizo caso omiso de la cara avinagrada de su hermana Katie y conquistó pronto a su madre, interesándola en las peripecias del día.
—Bien —le dijo su padre—, no dudo que te hayas divertido mucho, pero no está bien en una joven de tu edad. Marvie hubiera podido saber que no te debió llevar a Río Perdido.
—¡Pero si no hemos ido más que a la desembocadura, cerca de Hammel! —protestó el muchacho—. No traspasamos siquiera las colinas.
—¿Por qué no las traspasamos? —preguntó Ina rápidamente. Deseo ir a todas partes. El domingo próximo iremos al lago.
El señor Blaine miró a su esposa, como si quisiera recordarle algo que antes le había dicho; después levantóse tosiendo de un modo peculiar, tos que Ina recordaba muy bien.
—Marvie, tú convertirás a tu hermana en una locuela —dijo severamente—. El domingo que viene no te llevarás ni el coche ni el caballo.
—Pero, papá, Ina no puede hacer toda la caminata a pie —protestó el chico, poniéndose encarnado—. A mí me sería igual.
—Ina irá con otro, el cual la llevará en coche —replicó el señor Blaine.
—¡Hum! Ya sé quién es: ese Macadam, supongo —dijo Marvie, disgustado.
—¿Quién es Macadam? —inquirió Ina, mirando primero a Marvie y después a su padre.
—Pues el chico lo ha adivinado —dijo riendo el señor Blaine—. Me olvidé hablarte de Sewell Macadam. Es: un joven muy simpático y bueno, de Klamath. Su padre es amigo mío, y es propietario de tres almacenes. Ya le conocerás, porque le he invitado a comer el domingo que viene.
—Me complacerá conocerlo —respondió Ina, aunque mirando, dudosa, a su hermano.
Éste no mostró que compartía el convencimiento de su hermana.
Después de la cena, cuando Ina y Marvie estaban solos en el saloncito, estando presente Dall, la joven hizo algunas preguntas acerca del hombre que había de visitarlos el domingo siguiente.
—Es de la ciudad —repuso Marvie—. Es un petimetre que no me gusta.
¿Por qué no?
—No sabría decírtelo, pues no tengo ningún motivo. Pero no lo llevaría a pescar conmigo.
—Eso sí que es definitivo —observó Ina, pensativa—. Lo que no recuerdo es que papá tuviera costumbre de invitar a jóvenes los domingos.
—Ina..., yo he oído algo... Si me prometes no decir nada... —murmuró Marvie mirando con recelo en derredor suyo—. Dall lo sabe también, porque estaba conmigo.
—Te prometo no decir nada.
—Oímos hablar a papá y al señor Macadam; estaban junto al granero y trataban de un gran negocio. Macadam es padre de ese Sewell que va a venir el domingo. Es muy rico, tiene muchas tiendas. Él y papa van a hacer juntos un negocio, y se habla de ti.
—¡Marvie! ¿Qué estás diciendo? —exclamó Ina, sor prendida.
—Pregúntaselo a Dall, ella lo oyó también.
—Ina, yo he oído que papá decía que si Sewell se enamoraba de ti la cosa iría como una seda —respondió Dall satisfecha, con ojos relucientes.
—¿Se lo has dicho a alguien? —preguntó Ina.
—A mamá, y Katie lo oyó. Mamá parecía confusa como suele mostrarse siempre. Katie nos echó de la cocina estaba furiosa. El novio de Katie es amigo de ese Sewell Macadam.
—No se lo digas a nadie, te lo ruego —suplicó la joven con calor.
—Te lo prometo —aseveró el muchacho, mirando a su hermana con ojos de cariño—. Pero si permites que ese petimetre te haga el amor... no saldrás más a pescar conmigo.
—No te apures, Marvie —dijo Ina dando un beso a su hermano—. Iremos a pescar siempre que quieras llevarme.
En aquel momento les interrumpieron e Ina no tuvo oportunidad de pensar en la chismografía hasta que se fue a su habitación. De momento la idea le pareció ridícula y trató de olvidarla. Mas reparó en otras particularidades significativas y no tardó en decirse que, la situación era harto compleja. Su desanimación sólo duró un instante, pues la joven era valiente e intrépida. Lo que le dolía era tener que oponerse a los deseos de su familia, cosa' que parecía inevitable. Se dijo que lo mejor sería no tomar ninguna decisión, sino dejar que los acontecimientos determinasen su actitud. Esperaba, sin embargo, con cierta curiosidad, la llegada de Sewell Macadam.
Al llegar la mañana del domingo Ina se dio cuenta de que, por lo que atañía a aquel día, la vida familiar de los Blaine seguía siendo la misma que antaño:
Toda la familia ataviábase ahora, el domingo, más que en otros años, especialmente Katie, que revelaba de un modo inconfundible que era una campesina indebidamente influida por sus ambiciones y sus amigos de la ciudad. Sus hermanos, excepto Marvie, tenían los dos caballos y carruaje propio para ir a la iglesia. El señor Blaine llevó el resto de la familia en un vehículo de dos asientos, que Ina imaginó reconocer. Ella y su hermanita Dall iban en el asiento delantero, con su padre.
La iglesia del pueblo, los muchachos, muy ufanos, en sus trajes relucientes, las muchachas con vestidos claros y vistosos, y los caballos atados a la sombra de los árboles..., todo parecía igual que cuando Ina se marchó.
Al penetrar en la iglesia, sus padres, con ademán majestuoso, tratando de comportarse de acuerdo con su posición, y su hermana Katie, orgullosa como un pavo real, reparó Ina en que su familia, y sobre todo ella misma, eran la envidia de muchos. El hecho no la azoró ni poco ni mucho, pero impidió que pudiera mirar a los demás con el interés que deseaba. Sólo después de estar sentada empezó a reconocer a las gentes.
El predicador era desconocido de Ina; era un hombre de mediana edad, de aspecto serio y bondadoso, de voz simpática y que hablaba con sencillez y gran seriedad. Ina había oído predicadores menos valiosos en iglesias de las grandes ciudades. Después del sermón, cuando todos se arrodillaron para orar, Marvie se inclinó hacia Ina diciendo, en voz baja:
—Ése de allí a la derecha, primera fila, es Sewell Macadam, al lado del novio de Katie. Son un par de gansos, pero a mí no me la pegan.
Ina bajó aún más el rostro e hizo señal a Marvie de que se callara. Sin saber por qué, estaba de acuerdo con la opinión de su hermano, pero temía que éste se diese cuenta.
De momento, sin embargo, Ina no tuvo ocasión de satisfacer su curiosidad, y cuando la congregación salió de la iglesia, vióse Ina asediada por viejos conocidos, condiscípulas, señoritas ya como ella, vecinos y amigos. Recibió muchos parabienes, pero, en medio de todo, no pudo sustraerse a la idea de que la miraban con envidia. Comprendió pronto que el encumbramiento de su padre en aquel mundo pequeño del lago Tule había engendrado la envidia y el menosprecio de ciertas gentes. Encontró las miradas inquisitivas de algunas madres de familia que sin duda se preguntaban si también ella había sufrido la nefasta y perniciosa influencia de la educación y de las riquezas.
Presentáronla a poco al novio de Katie, un hombre de edad madura cuyo nombre no entendió. Era carilleno, sonriente, y en sus modales procuraba ser suave y elegante, mas sin lograrlo.
Su compañero, un joven de aspecto de petimetre, rubio, con bigote rizado y ojos grandes, lánguidos, azul claros, era él señor Sewell Macadam. Llevaba guantes y un bastoncito. Al ser presentado a Ina, mostróse muy ufano en conocer a la muchacha, la cual, por su parte, sólo le revelaba una gran indiferencia.
Gradualmente dispersóse la multitud, yendo unos a ocupar sus vehículos y otros a pasear calle abajo. Macadam monopolizó a Ina, pero; con gran satisfacción de la joven, su hermano Marvie no se apartaba de su lado.
—Voy a comer con ustedes —anunció Sewell—. Puede usted subir a mi coche para que la lleve a casa. Tengo un par de excelentes y fogosos caballos.
—Muchas gracias, señor Macadam —repuso Ina suavemente—, pero les tengo un miedo terrible a los caballos fogosos. Iré con mi familia.
El joven caballero mostróse muy sorprendido y, después, enojado. Ina le saludó con una inclinación alejándose con Marvie, quien le apretó la mano. Sentáronse los dos en el asiento delantero del coche de su padre, adonde ya se había encaramado Dall, mientras el señor Blaine desataba los caballos de un árbol. Al volverse, riendas en mano, vio a Ina.
—Pero... ¿no te ha rogado Sewell que fueses con él a casa? —preguntó.
—Sí —contestó la joven sonriendo.
—¿Qué haces, pues, aquí?
—Es que prefiero volver a casa en compañía de Marvie y Dall, papá —repuso Ina.
La presencia de los demás evitó, sin duda, que su padre riñese a la joven. Ina vio la violencia que estaba haciendo para dominarse y le oyó murmurar algo al subir al' asiento. Adivino que en la invitación de Sewell y el enojo de su padre había más que coincidencia casual, y durante todo el camino mostróse muy pensativa, deseosa de reservarse el juicio sobre los acontecimientos.
Gracias a Marvie y Dall, la primera comida de domingo que Ina tomaba en su casa no transcurrió aburrida ni molesta para la joven. Los dos hermanos menores tu vieron la inteligencia de comprender la oportunidad que facilitaba sentarse a la mesa en compañía. Dall tenía un secreto que compartía intuitivamente con Ina. Marvie dióse sutilmente a la oposición con toda la ingenuidad y diablura de un muchacho espabilado. Algunas de sus observaciones no fueron entendidas por su padre, quien, comiendo con buen apetito, no era dado a la observación. Lo mismo pasaba a su madre, ensimismada en sus pensamientos. También pasaban inadvertidas a Sewell Macadam, pero no así a Katie, que le miraba con ojos furibundos, ni a Ina, que le daba golpes por debajo de la mesa, sin que el muchacho se inmutara.
—Señor Macadam, debe usted de tener muchas novias con esos caballos tan veloces que posee —observó Marvie cándidamente—. La mayoría de las muchachas no re pararían en nada con tal de poder salir en coche tirado por tan buenos caballos.
—No son tantas, Marvie —repuso el joven.
—¿Sabe usted llevarlos con una sola mano... para tener libre la otra? —inquirió el chico.
—Con el meñique los llevaría.
—¡Qué bien! —exclamó Marvie.
Después de la comida, Marvie fue enviado a un re cado en el que había de emplear una hora, y Dall fue mandada a su habitación; Katie se alejó con su fiancé, evidentemente para dar un paseo en coche, y sus padres, sin excusas de ninguna clase, dejaron a Ina sola para que entretuviera al convidado. El descaro con que se efectuó el desfile de todos fue para Ina un gran disgusto y, a no ser por la lástima que le daban sus padres y su hermana mayor, hubiese protestado airadamente. ¡Qué pueril y estúpida era su actitud! Ina advirtió con creciente amargura el abismo que había entre ella y los suyos, y se dijo que sólo podría salvarse mostrándose comprensiva. Luego se dedicó a la tarea de entretener a aquel joven presuntuoso. Macadam la interrumpió en seguida diciendo que saldrían a dar un paseo en coche, y cuando vio que ella era de distinto parecer, afirmó que todos los domingos por la tarde llevaba a una señorita de paseo.
—Hace usted muy bien —respondió Ina—. Aún es muy temprano y, por mí, queda usted perdonado.
Sewell se quedó mirándola como si la joven perteneciese a una especie desconocida para él y cuando al fin vislumbró que no quería ir y que le aconsejaba buscarse otra muchacha, reveló en sus facciones de resentimiento no sólo su egoísmo, sino una manifiesta desilusión. En aquel mismo momento dio Ina por terminada su paciencia y los deseos de cumplir sus deberes para con los amigos de su padre.
—Deseaba llevarla a Lakeville, pues he dicho a algunos amigos míos que iríamos allí. Bueno..., iremos el domingo que viene —dijo con petulancia, sin que se le ocurriera que Ina pudiese declinar nuevamente la invitación.
Después de reanudar la conversación, preguntó a Ina acerca de su vida en el colegio y sus parientes en Kansas. Ina contestó de buen grado y ampliamente, porque aquel asunto era muy de su agrado; pero muy pronto advirtió que a Sewell Macadam no le interesaba más que saber qué hombres había conocido allí. No ocultaba su celosa curiosidad. Ina hubiera sentido más respeto por él si le hubiese preguntado deliberadamente si tenía no vio o si flirteaba con todos o con ninguno. Al observarlo, cortó su discurso sobre el colegio y Kansas, y le indujo a hablar de sí. Sewell no necesitó que se le suplicara.
Sewell Macadam era comerciante. Vendía de todo, al contado, nada de créditos; lo que importaba eran las ganancias; largas horas y poco sueldo para los empleados..., de todo habló volublemente. Sus ratos de ocio los dedicaba a los caballos de carrera, al adorno de su persona, al juego de naipes y a las mujeres bonitas. ¡Jamás habíase sentido Ina tan halagada! Sewell no amaba la vida al aire libre, nunca habíase sentado junto a la fogata de un campamento. Conceptuaba que la caza implicaba un trabajo demasiado duro y• que el pescar con caña era perder lastimosamente el tiempo. El avenamiento del lago Tule dijo que era un golpe maestro de comerciantes inteligentes, de los cuales uno era su padre. Nunca había visto un caballo salvaje, ni el gris purpúreo de la artemisa en los montes.
—Salgamos un poco a pasear por el patio —sugirió Ina al fin, levantándose. Así le obligó a salir donde hubiese aire, pero sin que pudiera marcharse. Inspecciona ron los corrales, los cobertizos, graneros, caballos, y en todo halló defectos el señor Macadam. Odiaba la vida de campo.
—A usted le gustará vivir en Klamath Falls —dijo de pronto, como inspirado.
—Ya lo creo —murmuró Ina ahogando la risa. Anhelaba la joven que volviese Marvie, lamentándose de que a su favorecido adorador de la ciudad se le hubiese dado tan ancho campo.
Con gran disgusto de la joven, Macadam vio de pronto el bosquecillo en la parte trasera de la casa y expresó el deseo de ir allí, mostrándose súbitamente sentimental. Ina le llevó, mal de su grado. Parecíale un sacrilegio..., algo que no lograba comprender del todo. La buena voluntad y simpatía con que aceptara entretener al amigo de su padre se desvanecieron bajo aquellos árboles seculares. Macadam trató por tres veces de apoderarse de la mano de Ina, y, por fin, ella protestó.
—Señor Macadam, creo comprenderle a usted —dijo—. Pero usted no me entiende a mí. Yo no tengo por costumbre dejar que los jóvenes retengan mi mano.
—Venga, Ina, sea usted comprensiva. ¿Qué importa eso? —dijo él.
—No importa mucho, es verdad, pero no lo deseo —repuso ella, separándose.
—Oiga usted, puede que me tome por tonto, pero no lo soy, ¿sabe? —replicó Sewell frunciendo el ceño.
—¿Qué quiere usted decir?
—Bueno..., no soy tan tonto para creer que es usted mojigata después de haberse pasado cuatro años lejos de su casa, tratándose con la mar de hombres. Además, mal empieza esto para nosotros si... nos hemos de..., si las cosas han...
La aguda mirada de Ina le obligó a callar.
—Señor Macadam, está usted incurriendo en algún error. Nosotros, si se refiere usted a nosotros dos, usted y yo, no hemos empezado nada en absoluto. Hágame el favor, volvámonos a casa.
Sewell la acompañó de mal talante y la joven aprovechó la primera oportunidad para despedirse de él, mas Sewell llevó su petulancia al extremo de acompañarla al pórtico, donde los padres de ella se hallaban, en compañía del señor Setter. Pocos minutos después regresó Katie con su novio, e Ina pretextó buscar algo, retirándose a su habitación.
Tras una hora de meditación, le pasó el disgusto y el enojo, pero al mismo tiempo estaba determinada a que no se repitiera lo sucedido aquella tarde. No estaba segura de los motivos de su padre, pero comprendió clara mente sus deseos. Sabía Ina de las pruebas que pasaban algunas muchachas del campo, los deseos de cuyos padres eran ley para ellas, y comprendió que no le quedaba más remedio que afirmar sus propios derechos desde el principio. De aquí que, cuando los convidados se hubieron marchado, se presentó de nuevo y se dirigió a su padre.
—Papá, ¿por qué me has dejado sola con el señor Macadam?
—¿Cómo? —exclamó el señor Blaine; y cuando le repitió la pregunta, respondió—: Creo que el joven Sewell ha venido a visitarte a ti.
—Pero si yo no le conocía..., ni tampoco le he invitado.
—Eso no importa. Le invité yo.
Ina comprendió entonces a su padre y lo vio muy distinto de aquel ser cuyo recuerdo habíale sido tan querido durante su ausencia. El dinero y la falsa posición habían influido sobre él tanto como sobre su madre, aun que de un modo muy distinto.
—¿Por qué le invitaste? —continuó Ina, advirtiendo que la calma y desenvoltura con que preguntaba disgustaban a su padre.
—Sewell es un joven muy simpático y bueno. Su padre es amigo mío y, en cierto modo, mi socio. Creí que vosotros dos podíais familiarizaros.
—Gracias. Eso explica la presencia del señor Macadam. Él sí que iba camino de familiarizarse conmigo, como tú dices.
En aquel instante, Marvie echóse a reír a grandes carcajadas.
Cállate y sal de aquí! —ordenó el señor Blaine. Luego, volviéndose a Ina, encarnado el rostro, continuó—: Ina, no niego que haya dado pábulo a Sewell para que creyera que te gustaría a ti.
—Lo siento, pero no me gusta.
—Bien; malo es eso, pero ya te gustará más adelante, cuando le conozcas mejor.
—Es absolutamente improbable, padre mío —replicó Ina, dándose cuenta de no haber empleado el nombre cariñosa de papá, que siempre usara.
—El padre de Sewell y yo vamos a hacer juntos un importante negocio —dijo el señor Blaine, respirando con dificultad—. Son gente muy orgullosa y si tú ofendieses a Sewell, podrías perjudicarme.
—No ofenderé ni a él, ni a ninguno de tus amigos o socios. Seré respetuosa y cortés, como corresponde a los miembros de tu familia, cuando nos visiten. Pero no deseo que me dejen sola otra vez con el señor Sewell Macadam, ni con otro hombre alguno. No lo toleraré.
—Papá, Ina está aún enamorada de Ben Ide —intervino Katie, mostrando despecho.
Una ardorosa llama subió al rostro de la joven. El nombre de Benjamín Ide tenía el inexplicable poder de conmoverla, u el descubrimiento hizo que callara.
—Debías estar agradecida a las atenciones de Sewell Macadam —declaró Katie, los ojos llameantes.
—Mira, Katie, yo no me dejo engañar tan fácilmente como tú por la adulación de los hombres de la ciudad —replicó Ina, sin poderlo remediar—. Acaso nuestra nueva posición y fortuna no sean ajenas a esa adulación.
La discusión que era inminente fue detenida porque la señora Blaine rompió a llorar y Marvie gritó desde la puerta insultando a Katie. El señor Blaine se levantó para ir a castigarlo. Katie, pálida y temblorosa, guardaba silencio. Ina trató de calmar a su madre y, a poco, cuando el señor Blaine volvió murmurando: «Ese chico me va a salir como Ben Ide», reanudaron la interrumpida cena, avergonzados todos de haberse disgustado.
Ina permaneció aquella noche sentada junto a la ventana de su habitación. Las ranas primaverales emitían su quejumbroso croar y las notas suaves despertaron dulces recuerdos del viejo hogar, de su infancia y su juventud... y Benjamín Ide. Desde la ventana veía los contornos de los montes lejanos tras los cuales estaba el Ría Perdido. Y dejando caer la cabeza sobre el alféizar, la muchacha lloró silenciosamente.
IV


BEN Ide montó su caballo gris y, cruzando el Río Perdido, se dirigió hacia el Norte, muy preocupado. Reguló el paso de su caballo para llegar a Hammell a media tarde, pero el animal no estaba habituado a avanzar con lentitud y Ben, ensimismado en su vano arrepentimiento y desesperado anhelo, olvidóse de sujetarlo.
Al mediodía llegó a la divisoria entre las montañas y, desde allí, echó la mirada atrás contemplando la región en medio de la cual estaba el lago Claro y, en el lado opuesto, una manchita, que era su cabaña.
—¡Qué hermosura de país! —exclamó—. Me disgusta que la civilización se apodere de él, mas es preciso. Con ella vendrá mi oportunidad de apropiarme del valle del Río Perdido.
Ben tenía la costumbre de contemplar pensativo todo cuanto le rodeara mientras cabalgaba por las sendas, y aquel día sus facultades de percepción eran anormal mente activas, mientras que su corazón torturábase en encontrados sentimientos de pena, esperanza y duda. A pesar de los esfuerzos que hacía no le fue posible olvidar lo que Hettie le dijera en su carta acerca de Ina Blaine. Ben no podía dar crédito a sus palabras. Hettie le quería entrañablemente y había visto las cosas demasiado color de rosa; sin embargo, al pensar en Hettie, embargábale aquietadora dulzura. Era una locura soñar siquiera en lo que Hettie apuntaba en su carta, porque Ina Blaine no podía ser mujer de un solitario cazador de caballos salvajes como él.
Ben llegó a Hammell una hora antes de lo que se había propuesto. Dejó su caballo en el atadero de la baranda de los almacenes Ketcham y penetró en éstos. ¡Qué agradable era saberse libre de deudas! El saludo de Ketcham era tan cordial que complació a Benjamín. Cambió breves palabras con el inteligente comerciante y luego cruzó la calle para entrar en la casa de bebidas. También allí le dieron la bienvenida, pues desde el dueño, MacGill, y el mozo de mostrador, hasta los vaqueros, jugadores y de más concurrentes, todos conocían a Benjamín Ide.
—Para mí, algo suave, amigos —dijo invitando a todos al mostrador—, pero tomad lo que gustéis, que pago yo. Y decidme que a todos os va bien, que así os lo deseo.
Pasó una hora en el bar, escuchando los mismos chismes que Nevada le refiriera y algunos más. Con uno de los vaqueros había trabajado y éste se explayó a su gusto. Cuando ya casi había terminado de hacer preguntas, entró Strobel, el alguacil mayor del condado. Ben conocía muy bien a aquel probo e inteligente oficial y sabía que le apreciaba.
—¿Cómo estás, Ben? —preguntó Strobel al saludo del joven—. Hace un año que no te veo. Cuéntame de ti. En aquella conversación comprendió Ben el sutil cambio que se había operado en sus asuntos y ¡todo en un día! Ben se vio obligado a expresarse de acuerdo— con las extrañas ideas de Nevada y de sus buenos augurios para el porvenir. Y al hablar de esa forma, él mismo creía en la realidad de los hechos.
—Bien, bien, amigo Benjamín..., tengo que confesar que corren por ahí ciertas habladurías acerca de ti —dijo al fin Strobel en voz baja; y procedió a relatar al joven lo que de él se decía.
—Mire usted, Carlos —declaró Ben con sincero calor—, ésas son viles mentiras. Usted me conoce de niño y le ruego no me obligue a desmentir que yo pueda ser un ladrón de caballos.
—A decir verdad, yo mismo no creí en esas cosas por lo que se refiere a ti. Pero... ¿tus compañeros? Ese Modov gozaba de mala fama antes de ponerse a tu servicio, y Less Setter jura que Nevada es un cuatrero y notorio pis tolero de otras regiones.
—Yo sabía lo de Modoc —repuso Ben con seriedad—. Mas poco sé de Nevada respecto a su vida anterior. Desde que los dos están conmigo, se portan bien y son honrados y buenos a carta cabal. No podrían hacer nada malo sin que me diera cuenta. Y lo que es más, con mi manera de vivir y de actuar y la de mis dos amigos, pienso acallar las habladurías.
—Me complace mucho oír eso, muchacho —respondió el alguacil mayor—. Siempre fui buen amigo de tu padre hasta que de la noche a la mañana se hizo rico. Tengo para mí que te trató con excesiva dureza. Ahora no vayas a decirlo por ahí, pero cuenta siempre con Carlos Strobel.
—Su confianza me enorgullece, Carlos —respondió Ben emocionado.
—Bueno, otra cosa, pero mutis también, ¿eh?... Últimamente se me han hecho muchos reproches por no haber aprehendido aún a esa pandilla de ladrones que anda por los montes de la artemisa. Tu padre y Hart Blaine forman parte del consejo y me parece que debes de saber lo que ello significa. Si quieres venir conmigo a mi oficina, jurarás el cargo de agente mío, secreto, desde luego; entonces puedes estar al tanto de las cosas en la montaña y arrestar a quien cojas con las manos en la masa.
—Gracias por la gran confianza que en mí demuestra, amigo Carlos, pero no quiero atarme. De todos modos tenga por seguro que estaré al tanto y que tendré siempre a usted al corriente de todo.
—Bien, Benjamín, me harás un señalado favor avisándome de lo que sepas.
—Un momento, Carlos —añadió el joven al darle el alguacil mayor la mano—. ¿Quién es ese Less Setter?
—Bueno, ahora que lo pienso, no sé nada de él —contestó Strobel, .pensativo—; dicen que viene del este de la sierra... Habla mucho y gasta enormemente. Siempre está haciendo negocios en ganado vacuno y: caballar y también en tierras. Es muy amigo de Hart Blaine, ahora.
—Parece cosa seria —repuso Ben—. Pero de todos modos, Carlos, voy a darle un consejo: vigile a ese Less Setter. Entérese calladamente de sus negocios. Eso no hará ningún daño y puede proporcionar a usted una buena sorpresa.
—Tienes penetración, Ben —exclamó Strobel, mirándole fijamente—; confieso que has dado en el clavo. Despidiéronse en la puerta; Strobel se alejó muy pensativo y Ben, ensimismado también, se dirigió al sitio donde dejara atado su caballo. Al acercarse, vio un cochecito, enganchado al cual había un tronco de caballos fogosos, y desde el interior de la tienda oíanse voces alegres de gente joven. Ya iba a montar, cuando recordó que quería comprar fósforos. De esta suerte, llevan do su caballo por la brida, se encaminó hacia la entrada de la tienda.
De ésta salió, bajando a saltos la escalera, una muchacha vestida de azul, que se detuvo de pronto. Ben alzó los ojos y contempló el rostro dulce, cautivador, de aquella niña cuyo recuerdo llevaba en el corazón. Ina Blaine, alta, esbelta, hallábase ante él, mirándole con aquellos ojos oscuros, aterciopelados, que siempre habían sido su mayor encanto.
—¡Benjamín Ide! ¿Me conoces? —preguntó la joven. La alegría, el reproche en la voz, en la mirada, sumieran a Ben en la más completa confusión. Dióse cuenta de otras personas frente a la tienda, de gente que estaba en el coche, y se dijo que era preciso no mostrar ante ellas sus emociones, y esto, añadido al acicate que para él era la intención de la joven, de saludarlo como viejos amigos, le devolvió su serenidad y sangre fría.
—Pero ¡si es Ina! —dijo estrechándole la mano que ella le alargaba.
—¡Oh, Ben, cuánto has crecido! —exclamó Ina, mirándole de arriba abajo—. ¡Pero si estás hecho un verdadero hombre...! Has envejecido, Ben... —La joven estudió su rostro y sus ojos se ensombrecieron—. Pero te reconocí en seguida... ¿Estás bien de salud, Ben..., de todo?
—Paréceme que me encontraba bien hasta hace un minuto —repuso Ben sonriendo.
—Eres el mismo de siempre, Ben —dijo Ina alegre mente, pero sonrojándose.
Sucedió a esto un momento de azaroso silencio entre los dos, que Ben trató de romper pronto.
—Estás muy bella, Ina. Espero que el regresar a tu casa te ha hecho dichosa.
—Sí... y no, Ben —observó Ina—. Tengo mucho que contarte, y aquí no podemos hablar. ¿Cuándo tendrás tiempo para mí?
—Eso tú lo has de decir, Ina —respondió el joven mirándola fijamente.
Ina apartó la mirada, vaciló y luego; como si hubiese tenido una idea feliz, se volvió hacia el diciendo:
—He de encontrarme con tu hermana a las ocho en la vereda que hay entre tu casa y la carretera. ¿Quieres ir a esperarme allí?
—Yo voy ahora a ver a Hettie y a mi madre. Pero, Ina, temo que te arriesgues mucho hablando conmigo.
—¿En qué sentido, Ben?
—La gente hablaría viéndonos juntos. Además tu padre...
—No me importa el riesgo. Di que irás con Hettie a encontrarme.
—Si realmente... lo deseas..., iré —repuso Ben vacilando bastante.
—Gracias, Ben. Hasta las ocho, pues —dijo la joven, y se marchó.
Ben subió la escalera para entrar en la tienda, y al pasar al lado de varias personas no percibió sus rostros y tampoco recordó lo que quería comprar, tan aturdido estaba.
—Aquél era el joven Macadam en el coche de los Blaine —anunció Ketcham confidencialmente mientras esperaba que Ben diese sus encargos.
—¿Macadam? No lo vi. ¿Quién es?
—Su padre es un comerciante muy rico de Klamath. Su hijo Sewell es un ambicioso, corre tras Ina Blaine, y la gente dice que el padre de ella quisiera tenerlo por yerno.
Ben se alejó con la mayor rapidez posible del radio de tales chismografías, pero esto no mitigó su dolor. Luego recordó lo que Nevada le dijera acerca de ese Macadam.
Sin poder olvidar a Ina, llevó su caballo a una cochería para darle de comer y de beber. Después pensó en sus propias necesidades, aunque no sentía gran hambre. Sin embargo, encaminóse a un restaurante.
Un viento fresco soplaba desde la montaña; era la hora de la puesta del sol y los patos silvestres volaban altos dando graznidos.
Ya la oscuridad había invadido la gran cuenca del lago Tule cuando Ben Ide entró a caballo en la vereda donde antaño corriera con los pies desnudos. En el borde de la lejana sierra advertíase la claridad de la luna naciente. En mitad de la vereda, junto a un grupo de árboles, detuvo Ben su caballo y continuó el camino a pie.
El olor de tierra recién arada llenaba el fresco ambiente. Una tristeza, propia del anochecer, invadió la llanura. Sucedíanse los rápidos recuerdos de las escenas de la infancia de Ben. Ninguna de ellas podía volver. Ahora era un proscrito, entrando furtivamente en su casa, ausente su padre. Mas al tiempo de avergonzarse, sintió también justa cólera. La culpa de todo no era enteramente de él.
Al dejar la vereda para dirigirse a la puerta del seto, se le acercó, silenciosamente, una muchacha.
—¿Ben? —dijo en voz baja.
—Sí, aquí estoy.
Ella se precipitó a sus brazos, estrechándolo con fuerza y sollozando. Ben correspondió instintivamente a las caricias. Claro que sólo podía tratarse de su hermana, pero ahora era alta, una verdadera mujer y para él, extraña, excepto en la voz.
—¿Qué te pasa, Hettie querida? —murmuró Ben pro fundamente conmovido.
—¡Oh Ben..., cuánto me alegro de verte! —repuso la muchacha, separándose un poco, pero sin dejar de abrazarlo—. ¡Qué grande eres! ¡Qué bien has hecho en venir... en seguida! Le estoy muy agradecida a Nevada. Es un buen muchacho... Ben, quiero que vengas conmigo para que veas a nuestra madre. Está sola, pero podría venir alguien. Tú y yo podremos hablar después. Confío que la sorpresa no será perjudicial a mamá; es más, creo que eso la pondrá buena. Ven... Pero qué torpe eres, Ben..., y cómo suenan tus espuelas.
—Hettie, aún no puedo creer que seas tan alta —murmuró su hermano, dejándose llevar bajo los oscuros árboles hacia la iluminada ventana de la cocina. Llegaron a los pórticos. Hettie le rogó que no hiciera ruido. ¡Cómo le apretaba la mano! El corazón le latió con violencia. Los recuerdos del pasado le oprimían... Muchas, muchas veces había entrado así en la oscuridad, después de un día de loco correr por los campos desobedeciendo los mandatos del padre, para que la madre lo protegiese. Parecía que tuviera los pies de plomo, y las espuelas no cesaban con su tintineo. Hettie abrió la puerta; la cocina estaba vacía. Ben entró tras su hermana..., nada había cambia do. Las riquezas de su padre no se revelaban en aquella amplia y cómoda cocina. El tictac del viejo reloj tuvo un efecto sedante sobre él. Asimismo había sonado cuando su pequeño hermano Judy estaba en la agonía. ¡Cuántos años habían pasado desde entonces!
Hettie se volvió hacia él, iluminada por la brillante luz, pálida el rostro, relucientes los ojos, con una oración en los labios.
—Mamá —dijo en voz baja y rota—, aquí está alguien que quiere verte.
—Bien, hija mío, dile a ese alguien que entre —contestó su madre con voz complaciente desde la habitación contigua.
—No, es necesario que salgas —repuso Hettie.
Hubo un momento de silencio. Ben contuvo la respiración. Hettie se acercó a la puerta del cuarto. Ben oyó el ruido de una silla, luego pasos lentos, casi débiles, pensó; una sombra cruzó la luz de la otra habitación. Luego vio el rostro adorado de su madre y de pronto calmóse su agitación.
—¡Mamá! —exclamó incapaz de mantener por más tiempo el silencio, y con dos pasos se colocó en el círculo de la luz.
Su madre le vio, reconociéndolo en el acto, y de su rostro desapareció de pronto y de un modo maravilloso la expresión de, pena y de dolor.
—¡Hijo mío!... ¡Benjamín de mi alma! —exclamó abriéndole los brazos.
Un poco más tarde, Hettie condujo a su hermano otra vez afuera: atravesaron el patio, ahora iluminado parcialmente por la luz de la luna, sombrío en otras partes, yendo hacia la puerta del seto.
—Esperemos aquí. Aguardo a alguien a quien tal vez te agrade ver también —dijo Hettie empujándolo hacia un banco en la sombra—. ¡Oh Ben...! Mis súplicas se han cumplido. Yo sabía que lo que mamá necesitaba era verte para apreciar con sus propios ojos lo que yo ya comprendí..., que esos chismes son mentiras. Tú la has convencido y ahora está cambiada. Ahora también estoy segura de que todo irá bien y que papá al fin se convencerá lo mismo.
—¡Hum! No sé; creo que papá no me perdonará nunca.
—¡Qué poco le conoces! Si tú tuvieras éxito en ese negocio que tanto odia, de muy otro modo cantaría. Papá adora el éxito, el dinero. Demasiado, a fe. Y ahora que me acuerdo, Ben, papa y el señor Setter van a parcelar los campos yermos del Río Perdido. Estáte al tanto; Ben, si hay un auge en el precio de los terrenos y del ganado en aquella parte selvática donde tú vives, podrías asegurarte una buena porción.
—Nevada ha dicho lo mismo —repuso Ben, pensativo—. Cada uno de nosotros tenemos ya nuestras parcelas y podríamos comprar tres más. ¿Cuántos acres hay en cinco parcelas a ciento sesenta?
—¡Vaya un matemática! Ochocientos acres, natural mente.
—¡Cáspita! Mucho terreno es, pero... correré el albur. Mañana mismo firmaré la compra de esas tres parcelas. Sus propietarios, Moore y Sims, están asqueados ya de tan pertinaz sequía. Quieren vender pronto y barato. Pero tengo poco dinero y esa compra podría arruinarme.
—Será tu fortuna —aseveró Hettie con energía—. Tú procura tener ya esas parcelas cuando papá y el señor Setter vayan allí para comprar terreno. Me gustaría ver qué cara ponen... Ben, ya te dije en mi carta que no me gusta Setter. Trató de... familiarizarse demasiado conmigo.
—Otra cosa más, y grave, en la cuenta de Setter —murmuró Ben significativamente.
—Él es el responsable de todos esos chismes que se dicen de ti. Lo que no he podido comprender es por qué ha de hablar mal de ti; no me gusta su manera de pro ceder. En cambio, papá cree que es el hombre que va a traer la suerte a esta región, y en cuanto al señor Blaine, sólo ve por los ojos de Setter.
—No te preocupes por Setter, pero apártate siempre de él. Tengo para mí que este verano habrá más de una sorpresa para las gentes... Hettie, ahora que he vuelto a verte, será más duro el perderte otra vez.
—No me vas a perder —declaró Hettie, abrazándole—. ¡Oh, yo soy una gran intrigante y tengo quien me ayude! No te vamos a perder de vista, ni a ti ni a Nevada.
—¿Quién es la otra persona?
—Ina Blaine —murmuró su hermana.
—Hablas... como un libro —dijo Ben incrédulo, aun que emocionado. Lo que en las últimas veinticuatro horas había sucedido era demasiado para su carácter amar gado. Estaba ablandándose y no podría resistir a Nevada, Hettie e Ina Blaine juntos, si insistían en decir todos lo mismo.
—Tú espérate hasta que veas a Ina.
—Hettie, yo la he visto ya. La encontré esta tarde en Hammell. Me rogó que la esperase aquí porque iba a venir a verte.
—¡Caramba, caramba! ¡Qué suerte has tenido! ¿Y no te prueba eso lo que acabo de decir?
—No prueba sino que Ina es tan buena como antes. He sabido mi desgracia y arriesga su buena reputación para demostrar que sigue creyendo en su antiguo camarada.
—¡Qué camarada ni qué niño muerto! —exclamó Hettie con calor—. Tú y ella habéis sido novios. Yo te digo que Ina te ama; yo sí lo sé, aunque nadie más lo sepa.
—Por el amor de Dios, Hettie, no digas tonterías —dijo Ben con pasión—. Me volverás loco.
—¿Es que la amas aún?
—¿Si la amo? No pensé nunca en eso —repuso su hermano con voz ronca—. No..., claro que... ¿Cómo habría de atreverme? Hettie, tú olvidas que soy un pobre cazador de caballos, despreciado por mi familia, señalado como un proscrito y... ladrón.
—¡Cállate! Aquí viene Ina —murmuró Hettie—. Viene Marvie con ella. El chico es muy leal y te quiere mucho. Háblale a Ina como hablaste a mamá.
Levantándose, se alejó de él para ir al encuentro de las dos figuras que se acercaban. Ben se quedó en el banco, luchando por dominar sus emociones. Su madre y Hettie le habían conmovido y ahora temblaba ante la esbelta figura que se aproximaba a la luz de la luna.
Hettie llevó a Ina y Marvie al sitio donde estaba Ben y luego se alejó con Marvie, so pretexto de pasear un poco.
Ina penetró lentamente en la oscuridad, alzando un poco las manos para guiarse, y se dejó caer en el banco. —Ben —murmuró sin aliento.
—Ina.
—Temí que no me esperarías, porque he venido tarde. La joven se inclinó hacia él, evidentemente aún cegada por la luz de la luna, pero Ben vio los ojos de ella reluciendo, oscuros, elocuentes, maravillosos en aquella cara adorada.
—Hettie dijo que has visto a tu madre..., que ahora se encuentra mejor. Estoy tan contenta, Ben, que de buena gana me echaría a llorar... ¿Tú echaste abajo todos esos viles chismes, verdad?
—Sí.
—¿Juraste que es falso? ¿La obligaste a que te creyera? ¿Hiciste el voto de que con tu conducta harías callar a fa gente? Tú has sido siempre honrado y no puedes menos de seguir siéndola. Sé que tú trabajarás, ahorrarás dinero, demostrarás a tu padre que se ha portado mal contigo, que al' fin puede estar orgulloso de ti.
—Sí, Ina, temo que he prometido hacer todo eso que dices —repuso Ben con voz ronca—. Y aunque tengo la intención de hacerlo, temo que sea demasiado para mí. La fe de Hettie, el amor de mi madre, debilitaron mi voluntad. Hubiese jurado todo lo que me pudiesen haber pedido.
—Ben, no es eso, sino que en aquel momento hablaba tu innata bondad. Es preciso que lo cumplas. Ni Hettie ni tu madre crea en ti más de lo que yo creo.
—¡Ina! No digas... eso —balbuceó Ben—. ¿Qué sabes tú de mí después de tantos años?
—¿Ha cambiado tu corazón? —preguntó la joven suavemente.
—No —afirmó Ben—, a no ser que sea por el mal que he hecho a mi madre no obedeciendo a mi padre. Pero, lna..., no me fue posible hacer las labores agrícolas. Mi padre no me mandaba más que arar, ordeñar, cavar y cosas por el estilo, todo menos las tareas del vaquero, o del jinete. Quería matar en mí el amor a los espacios abiertos, pero no hizo sino empeorar las cosas.
Ben relató después, en breves y cálidas palabras, su vida solitaria en la región del Río Perdido, habló dé sus fieles amigos Nevada y Modoc, y de sus caballos favoritos, de los caballos salvajes que recorrían las selvas, de la gloria del Rojo de California cruzando como una flecha de fuego las praderas, de las salidas y puestas del sol junto al lago Claro, de los natos silvestres, de los ciervos y lobos, de todo lo que para él era hogar en aquellos parajes y laderas de artemisa.
—Ben, si tu padre fuese razonable, reconocería la oportunidad que se brinda en el país que tanto amas —observó Ina gravemente—. Y podría ayudarte. Pero... es tan duro como la lava de la montaña. Tienes que hacerlo todo solo, Ben... Mi padre está obcecado con sus ideas, la fortuna y sus sueños le han trastornado. Yo volví a casa con la loca alegría de hallarme otra vez entre los míos, mas, poco a poco, he ido comprendiendo que mi casa no era lo que había sido, que no era ya el hogar de antes. Mi madre está fuera de su sitio y no comprende nada; no tiene sentido del' humor; está obsesionada con el cambio de nuestra suerte, y se olvida de las cosas; olvida, por ejemplo, que no debe batir manteca. ¡Oh, tú no sabes...! Katie es distinta, se ha vuelto orgullosa y tiene relaciones con un hombre de la ciudad del que desgraciadamente creo que no tiene más miras que el dinero. Mis hermanos mayores ya tienen a menos el ser vaqueros, les atrae la ciudad y seguramente los perderemos. Marvie y Dall son aún niños y eso es para mí un consuelo. Yo estaré a su lado y lucharé por ellos. Papá y yo chocaremos con frecuencia. La primera vez, a causa de un hombre llama do Less Setter, uno de los socios de papá. Setter te acusó de ser cuatrero y le dije que mentía. Y también le dije que si recordaba bien a Ben Ide, le sería preciso probar sus acusaciones.
—Ina, ¿delante de tu padre me defendiste así?
—Sí, señor. Y ésa fue la causa de nuestro primer choque. Hemos tenido otros. Creo, sin embargo, que, una vez le pasa el enfado, me admira por el valor. Le he oído decirle a Katie que debía imitarme. Mi hermana no gusta de mis vestidos, ni de mis ideas; no nos llevamos bien. En cambio, mi madre y yo, cuando estamos solas, vamos entendiéndonos cada vez mejor. Yo estoy ayudándola y me quedaré aquí por ella y los pequeños.
—Nunca creí que pudieras tener disgustos en tu casa... ¡Qué vergüenza!... Pero, naturalmente, tu padre pronto te casará con algunos de sus socios como ese Less Setter o ese petimetre de Macadam, del que oigo hablar tanto.
—Me halagas, Ben —repuso Ina con voz extraña—. Tú te has olvidado de mí... y de muchas cosas. —No..., no. Perdóname, Ina. Eres tú quien olvida. He vivido una vida muy dura y solitaria desde que los dos..., desde que te marchaste. Juro que siempre he sido honrado, pero no he hecho nada que pudiera elevarme a tu nivel... ¡Oh, no digas que te he olvidado!
—Ya te comprendo, Ben —aseveró Ina con dulce serenidad—. Has sufrido, estás amargado, crees que no tienes esperanzas de mejorar. ¡Qué equivocación, Ben! Te sientes herido por las infamias que te atribuyen, porque crees que eres un proscrito de la casa de tus padres, por que has de verme a mí, tu amiga de la infancia, a escondidas. Eres orgulloso y yo no te quisiera de otro modo, excepto en que vieras las cosas más claramente.
—Yo no te comprendo, Ina, no pueda seguirte. No soy más que un pobre descaminado. Hasta tu bondad me asombra. Fuimos condiscípulos, compañeros de juegos, novios en broma..., y por eso, nunca tuve otra, pero todo pertenece al pasado. Soy un pobre cazador de caballos, para no decir otra cosa... Tú has vuelto aquí hermosa, instruida; eres orgullo de un viejo y rico hacendado que desea tratarse con gente de la ciudad... Así es como yo lo veo. Y preferiría...
Ina se levantó de pronto y, mirándole por encima, su rostro iluminado por un rayo de luna que atravesaba el espeso follaje, le puso las manos en los hombros y, aun que el deseo de él era hundirse y desaparecer a su con tacto, algo maravilloso que veía en sus ojos le sostuvo.
Antes de que la joven pudiera hablar, llego Hettie corriendo jadeante y agitada.
—Ben..., papá viene con el coche —dijo—. Es preciso que me encuentre en compañía de mamá cuando entre. ¡Adiós! Manda a Nevada por cartas... ¡Adiós; Ina! Tú y Marvie haréis bien en regresar a campo traviesa.
Ben habíase levantado mientras Hettie hablaba, y al alejarse su hermana, vio junta a sí a un muchacho.
—¡Hola, Marvie! Ten cuidado que mi padre no vea aquí a Ina —le dijo en voz alta—. Y vente al Río Perdido para pescar conmigo.
—¡Ya lo creo que iré! —exclamó Marvie.
Por encima del ruido de los cascos de los caballos percibió la voz de su padre y se quedó frío. Ina estaba allí, serena, aunque pálida, como si todos los padres crueles del Universo nada le importasen. Ben, al inclinarse hacia ella, comprendió que la mirada de aquellos ojos oscuros le obsesionaría siempre.
—¡Jamás conocerás cuánto te agradezco lo que has hecho por mí! —murmuró con fervor—. Yo cumpliré como bueno..., seré... ¡Adiós, Ina!
—Adiós, no, Ben. ¡Hasta la vista! —repuso Ina con suave acento.
El joven estrechó rápidamente su mano y se marchó corriendo hasta llegar a la cerca que rodeaba el campo. Al detenerse allí, oyó que los caballos se acercaban ya a su casa.
Como un fugitivo, se valió de la oscuridad para llegar al sitio donde dejara atado su caballo, y se marchó del rancho de su padre como si le persiguiesen. Perseguíale el remordimiento, por una emoción desconocida que no podía ahogar y que no se atrevía a afrontar.
Llegó a su cabaña un poco después de medianoche, tras infatigable cabalgar. Metió el caballo en el corral y entró en la casa. Modoc y Nevada aún no habían regresado de su viaje de exploración hacia Silver Meadow. Ben se sentó en el pórtico porque le parecía imposible poder dormir.
Después del momento de confusión, al huir del rancho de los Ide, había reflexionado seria y serenamente. Ya no odiaba a su padre. El remordimiento por el daño que había causado a su madre y a Hettie lo había borra do todo. Y al contemplar el oscuro río y el ancho valle, pensó en Ina y en la tremenda influencia de ella en su vida.
La adoraba; si ella se hubiese quedado en casa de sus padres, si no se, hubiese ausentado nunca, jamás hubiera huido para convertirse en un cazador.
—¿Qué ha querido decir? ¿Qué palabras iba a pronunciar cuando puso sus manos encima de mis hombros? —soliloquió en voz alta, preguntándose de nuevo lo que ya tantas veces se había preguntado durante el camino. Creo que no fue más que la expresión de su bondad, de su gran corazón. Ina no podría olvidar a un viejo compañero suyo, nunca escucharía los chismes ni le importaría lo que la gente pensase... Pero esa mirada.,., esos ojos adorables..., el temblor de su voz..., ¿era sólo amistad? No, no, era mucho más. Aún no lo sabe, pero aquel antiguo cariño fraternal de ella está trocándose en amor.,. Estaba esperando que la tomase en brazos. ¡Dios mío! Si hubiese reparado en eso en aquel momento, ni mi honor, ni el buen nombre de ella, me habrían detenido. Pero no lo vi... ¡Ina, mi dulce Ina, novia de mi infancia..., ahora eres una mujer espléndida, hermosa! Y pensaba elevarme hacia ella, ¡qué buena es!... Mas no debo dejar que eso progrese. Sería su desgracia, su ruina... Sin embargo, pudiera ser... No, no; necesito muchos años para que mi nombre vuelva a ser pronunciado con honra por todos..., años en los que ella tendrá que esperar, sufriendo el desdén de su gente, las burlas de los amigos. Y yo... consumiéndome de anhelo, de celos. ¡No, no puede ser! ¡Ina Blaine no es para mí! ¡No la veré más! Así es como mejor puedo mostrarme digno de la fe que tiene en mí.
V


EL inquieto sueño de Ben fue interrumpido al amanecer por las recias pisadas de Nevada y Modos, que regresaban en aquel instante.
—Caracoles! ¡Aquí está durmiendo! —exclamó Nevada, al entrar.
Ben se incorporó rápidamente y miró al vaquero con mal talante.
—De buena gana te daba una zurra —gritó.
—Pero, hijo, ¿qué te he hecho yo? —preguntó Nevada riendo.
—Me has despertado —dijo Ben gritando.
—Claro, pero ya es hora de levantarse. ¿Es que has tenido buenos sueños? —replicó Nevada.
—¿Sueños? ¡No! Pero..., durmiendo no recordaba nada. Y vienes tú con tus pisadas escandalosas y ahora todo vuelve.
—¡Caramba! ¿Qué es lo que vuelve? —interrogó Nevada asustado.
—Los hechos, la dura realidad —gimió Ben—. Soy el ser más desgraciado de la tierra. Quisiera emborracharme hasta más no poder..., pero no puedo.
La aguda: mirada de Nevada se suavizó, y, con un sus piro de alivio, siguió contemplando a su amigo.
—Claro que no puedes emborracharte, tonto —declaró—. Eso se acabó para los dos. ¿Qué hiciste en la ciudad?
—Mala fue la ida, pero la vuelta... fue un infierno. —¿Encontraste a tu madre bien?
—Sí, bastante; mejor de lo que creí. Y la animé mucho. ¡Dios mío!, las cosas que he jurado hacer, Nevada, jamás podré realizarlas. Sin embargo..., es preciso.
—Claro. Ya comprendo. Y de Hettie, ¿qué? —preguntó el vaquero con ansiedad.
—Mi sorpresa al verla fue tremenda —dijo Ben—. Está hecha una verdadera mujer, pero lo que más me chocó fue su alegría y su confianza. Pues estoy por decir que se alegró mucho de verme.
—Sí que está eso divertido, ¿verdad? —repuso Nevada—: Bueno... ¿Vistes al viejo?
—No, gracias a Dios.
—¿Ni a otro que cree que eres un desdichado cuatrero?
—No, en eso he tenido suerte. Ni siquiera en Hammell. Vi a Strobel, el alguacil mayor, y estoy seguro que es un gran amigo mío. No cree en los chismes.
—¡Muy bien! Entonces, ¿a qué viene estar enfadado? Paréceme que no tienes razón de quejarte.
Ben bajó la cabeza ante sus tristes recuerdos. El momentáneo destello de esperanza y satisfacción se apagó ante: la ola de increíble desastre que creía inminente. Despertar para encontrar que la noche no había hecho sino aumentar sus cuitas, era más de lo que Ben podía so portar.
—Ben, me parece que tú has visto a tu novia —declaró Nevada como si de pronto comprendiera el humor de su amigo.
—¿Qué dices? —balbuceó Ben, alzando el rostro.
—A la novia de tu infancia, como Hettie la llamó —dijo Nevada—. Esa joven damita de la Universidad que va a valer un millón de dólares. La muchacha a la que los vaqueros de Hammell llaman la «Perla del lago Tule» .
—¡Cállate, o te rompo la cabeza con ese palo! —gritó Ben, hecho una furia.
—Dios mío, ¡qué flechado está el chico! —exclamó Nevada—. Pues, ¡sí que eres agradecido! Di, si me des pides, ¿quién va a arreglar ese asunto amoroso por ti? Ben gimió, retorciéndose:
—Nevada, es terrible oírte hablar de ese modo..., con tanta serenidad y sangre fría como si...
—Pero, querido Ben, yo veo muy claro lo que te pasa... —observó el vaquero persuasivamente—. ¿Has visto a Ina Blaine? Confiesa de una vez, hombre.
—Sí, la vi y ahí me duele —replicó Ben con tristeza.
—¡Ah! Y... ¿no estaba cambiada..., no está orgullosa como los demás Blaine? No me digas que Hettie se ha equivocado —imploró Nevada.
Ben se irguió de pronto como si alguien le obligara a expresar lo que era imposible creer.
—Nevada, sí, encontré a Ina Blaine. Dos veces. Una, la primera, en Hammell; luego, en el patio de nuestra casa. Me saludó en la calle Mayor de Hammell, delante de sus amigos y mucha gente..., como si nada hubiese pasado... Luego, por la noche, estando yo con Hettie, llegó sola. Estuvimos solos..., no sé cuánto tiempo. Parece ahora que fue un sueño, aunque no estoy tan loco que no recuerde algunos hechos... Ina mostróse maravillosa, un encanto..., me encendió con su fe, su..., su..., no me atrevo a pensarlo siquiera. De todos modos, ella está de mi parte, tal como dijo Hettie. Ya ha tenido un choque con su padre en presencia de Less Setter, al que oyó decir que yo era un cuatrero... ¡Y..., bueno, dijo tantas cosas! Nos interrumpieron antes de que hubiese dicho todo lo que deseaba decirme. Llegó mi padre en el coche y me vi obligado a escapar... Pero sentí sus manos encima de mis hombros..., vi sus ojos a la luz de la luna... y, te aseguro, Nevada, que puede que esté loco, pero creo que Ina aún me quiere.
—¡Ah! Y tú te has vuelto a enamorar de ella, sólo que millones de veces peor que antes, ¿eh?
—Eso debe de ser —murmuró Ben, suspirando.
La confesión de su amigo tuvo sobre Nevada un efecto desconcertante para Ben, quien, al fin y al cabo, no conocía muy bien al vaquero. Parecía que Nevada aceptaba una responsabilidad que traía consigo consecuencias graves que sólo él preveía.
—Levántate, niño grande —dijo con calma y una luz en sus ojos que no iba dirigida a Ben—. Tienes delante una gran lucha. Déjate, pues, de sensiblerías. Bien está que ames a tu chica con todo tu corazón, pero ha de ser para volverte más hombre. Y fíjate, la corazonada que tengo es cada vez más fuerte. Vamos a jugar exponiendo todo lo que tenemos, amigo..., el amor y la misma vida. Yo conozco a ese Setter. Su juego es profundo, y calumniarte es parte de él. Creo que también comprendo por qué Setter no es hombre para tolerar obstáculos en su camino.
—Ahora que recuerdo, Nevada, aún tengo algo contra él que es mucho peor —afirmó el joven.
Nevada se inclinó hacia él con tanta rapidez que Ben quedó asombrado.
—¡Ah! ¿Qué es?
—Casi me da miedo decírtelo.
—Ahora ya no puedes ocultármelo, Ben.
—Pues..., mi hermana me dijo que Setter trató de... ofenderla.
Ben se sintió de pronto agarrado por una mano férrea que le hizo saltar de la cama. Nevada le miró con ojos de fuego.
—Di, ¿no te has equivocado? —preguntó con voz tajante.
—Seguro. Hettie es veraz y nada dada a la exageración. No pregunté detalles. Me bastó que me dijese que había tratado... de ofenderla.
—¡Le mato! —exclamó Nevada con voz ronca, soltando a Ben tan inopinadamente que el joven se cayó sentado en la cama.
—Yo también estoy furioso, Nevada, pero no creo haga falta matarlo. ¡Cálmate l No quiero que vayas a presidio ni tratándose de mi hermana.
—Bueno..., ya pensarás de otro modo cuando conozcas a Less Setter tan bien como yo —repuso Nevada áspera mente—. Ahora comamos, porque tenemos delante mucho trabajo, amigo.
A pesar de lo acerbo de sus emociones, Ben se vio arrastrado por la energía y el espíritu emprendedor de Nevada. Hasta entonces el joven había sido siempre el factor dominante en toda empresa, mas ahora Nevada se apoderó de las riendas.
—Bueno, hombre; pero después de hablar tanto de comprar las parcelas de Sims y de su vecino, de coger otra manada de caballos salvajes y Dios sabe qué más, nada me has dicho aún de lo que tú y Modoc habéis descubierto —dijo Ben en son de protesta.
—La verdad, amigo, no me gusta que ensilles tu caballo más veloz y nos dejes aquí con todo el trabajo, como lo has hecho —repuso Nevada.
—¿No tienes confianza en mí?
—Cuando un hombre está enamorado, no es bueno para nada.
—Oye, Nevada, en cuanto a eso de estar enamorado, creo que tú también lo estás. ¡Y de mi hermana! Eso y no otra cosa ha cambiado al vaquero descuidado y alegre en una verdadera fiera que sueña por todo lo alto.
Nevada se tornó rojo y se detuvo en su tarea para dirigir una mirada escrutadora a Ben. Su mano enjuta temblaba al alzarla en ademán de inconsciente súplica.
—¿Y si lo estuviera? —preguntó, haciendo un esfuerzo.
—¡Y si lo estuvieras! Vamos, hambre; si está tan claro como larga es tu nariz... ¡Y cuidado que es larga! ¿Qué quieres decir?
—Amigo, no sirvo ni para quitarle el polvo a los zapatitos de Hettie, eso ya lo sé. Pero, vamos, el conocerla me ha cambiado por completo.
Nevada, no creo que seas tan malo —declaró Ben con franqueza—. Mas, sea como sea, te confiaría a mi hermana. Así mismo se lo he dicho a Hettie.
—¡Válgame el cielo! —exclamó el vaquero—. Y ¿qué te dijo?
—Hettie se puso como la grana —dijo Ben riendo— y me contestó: «Pero, Ben, sólo tengo dieciséis años... Y si quieres creerme a mí, Nevada, te diré que mi hermana te quiere. Y nosotros, los Ide, somos gente singular. Cuando queremos a una persona, es de verdad, y para siempre... Natural, si mi padre se entera y te ve por su casa, te echará a latigazos.
Paréceme que has dicho bastante con lo último. Y te diré una cosa, Ben Ide: Eres un hombre a mi gusto. Te debo más de lo que nunca podré pagarte.
—Estamos en paz, Nevada.
—Nunca estaremos de acuerdo en eso... Pero, considerando las cosas desde su verdadero punto de vista, he aquí que dos desdichados domadores de caballos, proscritos, por no decir fuera de la ley, se vuelven locos, se enamoran de las hijas de los hacendados más ricos y más testa rudos del norte de California... Es divertido, ¿verdad?
—Podrá ser muy divertido para otros, especialmente para un espantapájaros como ese Sewell Macadam, pero no lo es para nosotros. Es grande y es terrible para los dos y tal vez en ello encontraremos nuestra salvación.
—¡Ajá! Ya vas siendo razonable. No olvides nunca lo que acabas de decir, Ben... Y ahora, basta ya de palabras. Vengan esos cinco. Venceremos o moriremos.
Las vibrantes palabras de Nevada, la tensión de sus facciones, el fuego de sus ojos conmovieron profundamente a Ben. Sus manos se enlazaron con férrea fuerza.
—Ahora, Ben, es seguro que vamos a jugárnoslo todo —dijo Nevada volviendo a mostrarse natural.
—¿Ah, sí? —preguntó Ben con un dejo de ironía, pero emocionado.
—¿Cuántos caballos tienes en los pastos del río?
—Cuarenta cabezas. ¿Qué hay de ellos?
—¿Cuánto valen?
—No los vendería.
—Claro que sí. Tendrás que venderlos pronto. Dime ¿cuánto sacaríamos en Klamath?
—A cien dólares por cabeza, tal vez más. Cualquier tratante de ganados, al verlos, sabe que valen doscientos dólares.
—¡Muy bien! Me lo figuraba, pero no estaba seguro. Bueno, ¿de cuántas cabezas puedes prescindir?
—¡Ni de una siquiera! —dijo Ben gritando.
—Muchacho, cálmate, escúchame... Ésta será la primera carta que vas a jugar en favor de Ina Blaine... Ben sintió como si un puñal le atravesase el corazón. Nevada mostrábase inexorable e irresistible, revelando su superioridad en todos los detalles.
—Muy bien, Nevada. ¿Cuántos caballos deseas?
—Treinta. Así tendremos tres mil dólares, la suficiente para comprar esas tres parcelas y para otras cosas. Vi ayer a Sims y le pregunté si quería vender. Creyó que me es taba burlando de él, pero al fin me dijo que nos lo daría de balde con tal de poderse marchar. Está allí desde hace tres años y éste es el sexto año de sequía. Está arruinado, lo mismo que sus vecinos, y por eso no puede aguantar más. Bien, amigo; no vamos a aprovecharnos de su miseria. Lo que está claro es que Less Setter también ha echa do el ojo sobre esas parcelas. Quiere comprarlas para Hart Blaine, pero por un pedazo de pan. Me dijeron en Hammell que Blaine ha comprado una docena de ranchos en la vecindad, casi por nada.
—Es muy duro para esas pequeños rancheros verse cogidos así, al cabo de tantos años de sequía. No tengo muy buena opinión de ese Hart Blaine.
—Es que ha perdido la cabeza. Siempre fue pobre; de pronto se enriqueció y ahora es como un vaquero borracho y con dinero. No olvides que ha caído en las terribles garras de Less Setter.
—¡Vaya un mundo que es éste! —suspiró Ben.
—Mira, acabemos pronto la venta de los caballos, porque, si no, me muero del' disgusto. ¡Treinta de mis últimos y mejores caballos! Así sólo me quedare diez. ¿Con cuáles me quedaré?
—Yo elegiré los diez para ti —sugirió Nevada sonriendo.
—No, señor; eso lo hago yo. Veamos: Gray y Vnockeye, desde luego; además, Juniper, Brushy, Modoc Blak, Gander. Estos son mis favoritos. Prefiero morir de hambre antes que separarme de ellos. Ahora se trata de elegir entre Sandy y Bess, Simple Simón y Bluc Boy...
—Oye, Ben; ¿verdad que no vacilas en quedarte Sandy? Me gusta ese caballo. Claro es que nunca me lo diste...
—Pero, ¡hombre de Dios!, Sandy es tuyo —exclamó Ben, furioso—; no me negarás que es muy difícil des prenderse de los caballos que uno quiere.
—Claro que es un poco duro, pero sé razonable. Quédate con los que más te gusten, como yo con Sandy. En total no pasarán de una docena, y eso es suficiente. Hemos de coger otra manada, y di: si podemos... perdón, compadre, cuando podamos coger al Rojo de California, ¿vas a chiflarte también por él para quedártelo?
—No, no me lo quedaré. Se lo daré en secreto a Ina y luego se lo venderé al padre de ella. Eso le gustara mucho, estoy seguro, porque, como Ina, no hay ninguna.
—¡Ajá! Pues ya tengo ganas de ver a esa chica... Bueno, vámonos ahora a los pastos para acabar con este dichoso asunto.
Modoc, el indio, les aguardaba fuera con los dos animales de carga; cuando éstos estaban dispuestos, se los llevó hacia el granero, mientras Ben y Nevada montaron a caballo y se dirigieron a trote vivo hacia los campos de pastos.
Ben había cercado unos cien acres de su terreno, una extensa faja, de cinco acres de ancho, a lo largo del río. Tratábase de una extensión de tierra baja, cubierta de arte misa y hierba que, cerca del agua del río, aun era bastan te fértil parca bastar a sus caballos.
Nunca como en aquella época había merecido Río Perdido tan bien su nombre. Cada día bajaba el nivel una o dos pulgadas y la superficie estaba cubierta de espuma verde. El agua, sucia y fangosa, corría lentamente por entre los bordes de tierra reseca.
—Está secándose —dijo Nevada—. Otro mes como éste y el río será, en esta parte, sólo un lecho de fango. Tuviste mucha suerte, Ben, en descubrir aquel manantial.
Al mismo tiempo señalaba una mancha verde más abajo del río, donde había un grupo de sauces. Allí había descubierto Ben, cuando el nivel del río estaba ya más abajo de lo que se conociera en aquella región, un manantial de agua fría y de notable volumen, considerando los seis años que duraba la sequía. Ni siquiera un indio hubiera sospechado su existencia, porque, hasta poco antes de descubrirlo Ben, el manantial estaba cubierto por las aguas del río. Era propiedad indiscutible de Ben Ide, para el cual no tenía precio. Aunque se secasen por completo el río y el, lago, todavía seguiría habiendo agua allí. Tanto Ben como Nevada suponían que el manantial era el nacimiento de una corriente subterránea, procedente de la lejana tierra del Sur, porque conocían el' terreno de la región palmo a palmo y sabían que no había agua en ninguna parte.
—Amigo, por esa agua podemos atrevernos a arriesgarnos —aseguró Ben—. Ese pequeño manantial es para nosotros una mina de oro.
—¡Ajá 1 Pues, manas a la obra. Voy a hacer la selección. Tú vete a abrir la puerta del cercado.
Ben hizo lo que Nevada le indicó, contento y satisfecho de que la suerte estuviese echada. Su indecisión y su amor a los caballos habían sido siempre la causa de que el joven no llegara a hacer negocios provechosos. Ahora sus vacilaciones habían terminado. No se atrevía Ben a pensar francamente en la lacónica afirmación de su amigo de que aquella venta era el primer acto que realizaba en favor de Ina Blame, aunque en el fondo sabía que era eso lo que le animaba ahora.
El joven ayudó a Nevada a conducir un hatajo de fogosos caballos por la árida y gris llanura, entre las dos laderas de la artemisa, hacia las llanuras llamadas Mute Deer. En épocas fértiles aquella llanura era muy hermosa; mas ahora, tras seis años de sequía, estaba convertida en áridos campos, con una brisa de agua, sucia y amarillenta, en el centro, y algunas manchas de hierba en las suaves pendientes. Aquí y allí veíanse pequeños grupos de ganado flaco y pobre. Tampoco faltaba algún que otro esqueleto de vaca calcinado en aquel escenario de ruina de los rancheros.
Las tres parcelas que los dos amigos pensaban comprar comprendían toda la llanura y parte de las laderas más altas. Ben, que no había visto aquel paraje desde hacía un año, se quedó sobrecogido del lamentable estado. El 'lago, ahora reducido a una balsa, no tenía manantiales subterráneos, sino que se llenaba de las aguas de la nieve y de las lluvias, pero como no había llovido en seis años, ni las nieves de la montaña alcanzaban, al derretirse, el fondo del valle, el agua que quedaba era sucia y corrupta, inapropiada para el ganado.
Ben y Nevada aballaron los caballos al corral, cercado con estacas, y se dirigieron después a una pequeña cabaña de troncos, donde Modoc habíase detenido con los caballos de carga. Vivía en la cabaña el ranchero Sims. Era un hombre simpático y hábil, que antes había sido expertísimo vaquero. Parecía ahora desanimado y su persona y el ambiente de su casa tenían el sello de los tiempos difíciles por los que Sims pasaba.
—Apéense y entren —dijo cordialmente—. ¿Adónde van con esos estupendos caballos? Me gustaría saber cómo hacen pasa mantenerlos vivos.
—Nevada, déjame hablar —dijo Ben al ver que su amigo se disponía a hacerlo—. Sims, hemos venido para comprar su rancho. ¿Quieren vender usted y sus amigos?
—¡Hombre de Dios! ¡Si queremos! —exclamó el ranchero—. Mire, Ide henos venido aquí con el capital justo y, si hubiese llovido, la suerte nos habría hecho buen papel. Pero esta terrible sequía nos ha arruinado. Yo le digo que estas tres parcelas son el peor negocio que hay en toda California del Norte. El sitio de Moore es tan malo como éste, y en cuanto al de Nagel, parece, que una ola de fuego lo haya arrasado.
—¿Querrán vender?
—De mil amores —repuso Sims rápidamente.
—Muy bien. ¿Cuánto quieren ustedes?
—Pero, Ide; ¿habla usted en serio?
—Sí; Nevada y yo vamos a arriesgarnos —contestó Ben con franqueza.
—Ojalá lo pudiera hacer yo, peso estoy arruinado y no tengo crédito. Nuestro error fue comprar estas parcelas sin tener en cuenta las épocas de sequía. Sabíamos que el lago Mule Deer era superficial tan sólo, mas una., buena balsa nos hubiese podido salvar. Y, precisamente,' en el terreno de Moore hay una cariada en la que un buen dique de cemento hubiese hecho maravillas. Sin embargo, cuesta dinero construirlo.
—Pues nosotros vamos a construirlo —observó Nevada.
—Dígame su último precio.
—¿Les parece que... ochocientos dólares es mucho? —contestó Sims vacilando.
—Es poco —afirmó Ben—. Pondremos mil. Vaya a buscar en seguida a Moore y Nagel, para cerrar tratos. Tengo treinta buenos caballos, allí, en su corral. Pueden ustedes venderlos mañana mismo en Klamath a cien dólares, por cabeza, y si tienen suerte y saben negociar, les darán doscientos dólares por cada uno.
—Le cojo la palabra —exclamó Sims gritando— y le bendeciré toda la vida, Ide.
El negocio quedó hecho, pues los amigos de Sims mostráronse tan dispuestos como él a vender, si no más; y al mediodía tuvo Ben la satisfacción de verlos dispuestos a mancharse a Klamath.
Le chocó la actitud de Sims, que tan pronto se mostraba jubiloso como preocupado. Por fin llegó Moore en un carro de muelles con su familia.
—Fíjate en ellos —dijo Nevada simpatizando con los recién llegados—. La mujer de Moore está llorando de alegría. Les has hecho un gran favor, Ben.
Cuando, por último, la caravana estaba en marcha, caballos y todo, Sims llamó a Ben aparte e, inclinándose en la silla, le dijo:
—Ide, tan pronto como venda los caballos y arregle los documentos en favor de usted, voy a marcharme a la región triguera del Estado de Washington. ¿Me guardará el secreto?
—Claro, hombre —repuso Ben, sorprendido, más por la actitud de Sims que por lo que le acababa de decir.
—¿Se va usted a meter de lleno en el negocio del ganado vacuno?
—Sí, más tarde.
—Quiero proceder con honradez con usted. La mujer de Moore es hermana mía; estaba muriéndose aquí. Creo que usted la ha salvado. Y si ahora le doy una buena in formación, ¿me dará su palabra de que no lo dirá nunca a nadie?
Ben, por respuesta, alargó la mano, que Sims estrechó. Estaba pálido y le relucían los ojos.
—Me vi precisado a encubrir a esa banda de abigeos que se esconde en las montañas detrás de Silver Meadow. No me quedaba sino hacerlo así o morir. Bueno, pues, esa banda está mandada en secreto por un importante tratante de ganados, una persona de la que nunca sospecharía usted. Yo no he simpatizado. Y les he espiado. El consejo que le doy es éste: no se fié nunca de ninguno de esos grandes tratantes de ganado o rancheros. No ponga ganado alguno aquí hasta que los ladrones hayan desaparecido. Y mantengan los ojos bien abiertos; quizá por ese medio logre algo:
Dicho lo cual, Sims espoleó su caballo y se marchó, dejando a Ben, estupefacto, sin saber qué decir. Nevada se le acercó a poco.
—¿Qué diablos te ha contado Sims? —preguntó de un modo casual, pero mirándole fijamente.
—No te lo puedo decir, Nevada, pero... es muy importante —contestó Ben, respirando con fuerza.
—¡Ajá! Bueno, compadre; Modoc y yo podríamos decirte algo del porqué esos buenos hombres estaban tan contentos de vender y sacudirse el polvo de esta región.
—El viento que sopla ahora aquí es malo para todos —observó Ben.
—Eso mismo. Pero donde ellos han perdido, nosotros ganamos. Nos han regalado, como quien dice, cuatrocientos ochenta acres del mejor terreno de este país. Pero, amigo y ranchero pipiolo, vamos a dejarlo así como está por algún tiempo, sin ocuparnos de él. ¿Estamos?
—Eres un demonio de hombre —exclamó Ben miran do a Nevada con admiración, sin saber lo que su amigo sabía.
—Pues si tú lo dices, debe ser verdad —repuso Nevada, complacido.
—El mejor compañero del mundo —aseveró el joven, mas, al punto, añadió maliciosamente—: Es decir, el mejor compañero masculino.
—¡Mira tú por dónde se sale ahora el niño! —ex clamó Nevada con gran disgusto—. Ninguna mujer, ni siquiera Hettie, me hubiera impulsado a decir eso.
—Nevada... Yo apuesto cualquier cosa a que Hettie te obligaría a eso y a mucho más. Pero ya estamos divagando otra vez. Vaya un par de rancheros que vamos a resultar si...
—El ganado vacuno es para nosotros cosa secundaria. Lo que vamos a hacer es cazar, cuidar y vender caballos. Recorramos ahora estos cuatro ochenta nuestros para ver qué tal están. Mañana iremos a caballo a los lechos, de lava y las cuevas de hielo.
—¿Me estás ocultado algo? —preguntó Ben mirando a su amigo fijamente.
—Bueno, no es eso —respondió el vaquero—, pero vi que tenías la cabeza llena de Ira Blaine, y la verdad, no he querido que olvidases a la linda muchachita tan pronto.
—¡Nevada, mira que te la vas a ganar! —exclamó Ben, medio en serio, media en broma.
—Está visto que habrá que decirlo todo. Bueno, pues, anteayer Modos descubrió una gran manada de caballos salvajes. Estuvo ahí, en aquella montaña, y vio que los caballos bajaron al valle en derechura a las cuevas de hielo.
—¡Rayos y centellas! —dijo Ben gritando—. ¡Lo que estábamos aguardando desde hace tres años!
—Eso mismo. No hay ya agua en esas sierras y laderas. Los caballos están cansados de beber esa agua sucia y corrupta del lago. Y el agua del Río Perdido está también fangosa y amarga. En aquellas cuevas la hay clara y fría. Modos cuenta que ya sus padres y abuelos solían coger allí los caballos, y, como tú dices, hemos estado esperando la oportunidad desde años.
¡Qué suerte la nuestra! Tú sabías todo eso cuando esta mañana me pusiste el puñal en el pecho para que vendiese mis caballos, ¿verdad?
—Sí, señor. Mi idea era ver de qué temple estabas hecho.
—¿Vio Modos al Rojo de California? —preguntó Ben ávidamente.
—No, pero yo sí —repuso Nevada, contagiándose, con el entusiasmo de su amigo—. Estaba yo cabalgando a unas seis u ocho millas monte arriba, buscando huellas. Subí bastante alto, y al doblar un recodo tropecé con el Rojo. Tenía consigo un pequeño hatajo, casi todo yeguas. Iban en dirección al Norte. ¡Qué manera de correr cuan do el Rojo me vio! ¡Parece mentira que pueda correr tanto! Estoy seguro de qué se dirigió hacia las sierras altas.
Muy bien! Así está fuera de peligro durante este verano —observó Ben, satisfecho—. Y tendremos tiempo de trabajar. Cogeremos al Rojo cuando las nieves lo echen de la montaña.
—Ahora vas siendo razonable, amigo. Te digo que eso de enamorarse... ¡Alto! ¡Ay, ay, ay...! Sí, hombre, sí, ya me estoy callando.
—Más te vale... Vamos ahora a recorrer nuestros cuatro ochenta como tú dices.
No necesitó Ben un gran esfuerzo de imaginación para comprender que, al adquirir las tres parcelas, habían hecho un magnífico negocio. Había, cuando menos, tres cientos acres del terreno llano de tierra margosa, muy productiva en épocas de lluvias normales. Esta extensión no incluía el área del lago Mule Deer, que ahora estaba con vertido en una hondonada arenosa en cuyo centro había un pequeño círculo de agua y fango. La entrada del cañón de Moore resultó ser un lugar ideal para la construcción de un dique. Una pared de diez metros de alto por sesenta de ancho constituiría un magnífico embalse para formar un lago de grandes dimensiones, capaz de retener agua suficiente para varios años de sequía. Y estableciendo así el regadío en aquel valle cálido, protegido de los vientos, el lugar se convertiría en un paraíso. Ben y Nevada hablaban con entusiasmo de las posibilidades de su propiedad, discutiendo como muchachos, y hacían proyectos como hacendados ricos. Sin embargo, tenían las pruebas delante. Ben se dijo que había comprado un terreno magnífico a cambio de un hatajo de caballos. ¿Qué diría su padre a esto? ¿Qué diría Ina Blaine cuando algún día viese aquel valle convertido en lugar frondoso y fértil? Ben sintió que el corazón le latía con inusitada fuerza. Había cambiado la suerte, estaba camino de lograr algo que sorprendería a aquellos encallecidos hacendados de la región del lago Tupe. Mas, a pesar de la futura maravilla de su nueva propiedad, nunca abandonaría su cabaña sobre el Río Perdido.
Hacia la caída del sol ]el día siguiente, Nevada y Ben, seguidos de Modos, con los animales de carga, acercábanse a la región selvática conocida por los lechos de lava. Muchas millas de llanuras de artemisa conducían al bosque de pinos que subía en gradas ondulantes hacia la ladera yerma y cenicienta, la loma de la lava negra y la cúspide de la montaña. En primer término los pinos eran amarillentos, perdiendo gradualmente su tono pálido hasta aparecer verdes y exuberantes.
En el linde del bosque, Ben hizo alto para establecer un campamento seco. De cada tres pinos aparecía en aquella parte uno marchito y moribundo. Las agujas de las ramas estaban secas y amarillas. Seis años de sequía habían acabado con muchos de aquellos nobles árboles. El bosque estaba en extremo reseco y el olor a resina era sofocante.
Durante aquel día, Ben y sus amigos habían cruzado las huellas de una manada de caballos salvajes, y durante las faenas del' campamento y después de la cena, sentados al calor de la fogata, la conversación giraba alrededor de la caza. A la mañana siguiente emprendieron la marcha antes de la salida del sol, ascendiendo lentamente y en dirección al' Oeste.
Cuando salió el sol, inundando con sus cálidos rayos el bosque, Ben se dijo que nunca había visto un lugar tan hermoso, tan seco y tan agreste. No se oía el más leve sonido de criatura viviente. Los árboles, muy separados entre sí, eran todos amarillentos, aunque de aspecto majestuoso, en su decadencia. El suelo, de origen volcánico, estaba cubierto de hierba seca, blanquecina; no era sino piedra pómez, granulada y gris, tan fina y quebradiza que los cascos de los caballos levantaban nubes de blanco polvo. Avanzaban los tres cazadores muy lenta mente, y sólo bajo los pinos, donde las agujas caídas cubrían el terreno pedregoso, el cabalgar era más cómodo. Las agujas muertas caían sin cesar de los árboles resecos, formando una especie de suave lluvia.
Cuanto más avanzaban, ascendiendo, más se manifestaban las características de aquella región, que formaba un enorme campo de lava. La altura de los pinos, aunque más aislados entre sí, era cada vez mayor, y las laderas de piedra pómez, cada vez más pinas, Hacia el mediodía, Modoc, que iba delante, empezó a descender un poco hasta llegar a la poblada ladera de un gran cañón, al otro lado del cual erguíase un enorme risco de pinos y de piedra roja. En aquel lugar empezaban a revelarse pruebas más evidentes, más crudas, de las fuerzas volcánicas que reinaron allí en anteriores milenios. Bajo los pinos notábanse de cuando en cuando indicios de lava negra y cobriza. Estas manchas iban en aumento de número y tamaño y a poco se veía claramente que una delgada capa de piedra pómez cubría un tremendo estrato de lava.
Por fin alcanzaron un sitio del bosque desde el cual, a causa de la pendiente, se podía ver abajo el vasto campo de lechos de lava de color azul, negro, rojo, como hierro mohoso, lleno de hendiduras, grietas y cavas formando una superficie desigual, abrupta y peligrosa, por la cual era casi imposible avanzar.
Modoc llevó a los cazadores en seguida a la parte don de abundaban las cavernas de hielo, que eran grandes aberturas en la lava, que aparecían en todas partes como ventanas de misteriosas profundidades, siendo cada una de ellas enormes burbujas reventadas al enfriarse la lava candente. Era una región peligrosa, donde se hacía difícil avanzar montado a caballo. Algunos de los agujeros tenían quince metros de profundidad y el dable de anchura; crecían en ellos arbustos y en el fondo estaba la entrada a la cueva. En cada una de éstas se suponía la existencia de nieve., de la cual fluía agua cristalina y fría.
Pero Modoc dudaba de esto último. Se apeó junto a muchos agujeros y descendió laboriosamente a su fondo para buscar el agua, y por fin halló una cueva en la que la había. Sin embargo, ésta no era accesible a los caballos, pues era preciso, subirla con soga y pozal. Eligieron los cazadores aquel lugar por campamento. Mientras lo arreglaban, ausentóse Modoc tratando de ver las huellas de los caballos salvajes. En la larga ladera que el terreno formaba allí, crecía la blanquecina hierba en suficiente abundancia para servir de pasto a los caballos. Ben no pudo menos de creer que la estrella de su suerte estaba ascendiendo, y cuando Modoc regresó llegó al pleno convencimiento. Venía sonriendo.
—Muy bien... tiempo más seco... nunca visto —dijo, casi sin aliento—. Haber encontrado vieja cueva de los Modoc..., pista caballos..., agua. Hacer trampa... coger muchos, muchos caballos...
VI


TANTO Ben como Nevada tenían grandes deseos de ver la trampa de la que Modoc les hablara con tanta seguridad, mas el indio aconsejóles que esperasen un momento más favorable. El poco viento que soplaba aún favorecía a los caballos. Sin embargo, a la caída de la tarde el viento giró hacia el Oeste, haciéndose más fuerte. Modoc, al advertirlo, cogió un hacha y algunos clavos largos y, rogando a sus camaradas que le siguiesen, emprendió la marcha a pie.
El indio salió del bosque por la parte que daba sobre los campos de lava. Estos aparecían ante los cazadores como un lago tumultuoso, petrificado de pronto, y de siniestro aspecto. Aunque líquido un día, ahora estaba duro como el acero, formando toda suerte de hendiduras, crestas, cuevas, fisuras y rajas. Aquí y allá crecían pinos entre las fisuras, al parecer sin tierra donde echar raíces. Muchos de los pinos habían muerto hacía poco y otros empezaban a volverse amarillos en la punta de las copas, señal de falta de agua en las raíces.
Al avanzar los cazadores dificultosamente por el camino, lo abrupto de la corriente de lava suavizábase poco a poco; en cambio, los grandes huecos formados por las burbujas agrandábanse más y más, multiplicando al mismo tiempo su número. Ben se asomó a cavernas tan enormes que en ellas hubiera cabido una catedral entera.
Por fin, Modoc se detuvo en el borde, lleno de arbustos y árboles, de la hondonada mayor que Ben había visto. Tenía cuando menos un acre de extensión, era cortada a pico en tres lados y bastante abrupta en la parte restante. Los agudos ojos de Ben advirtieron pronto la estrecha vereda formada por los cascos de cuadrúpedos que, empezando en el borde, ensanchábase poco a poco en la parte de más fácil descenso hasta adquirir forma de un ancho camino cuyo fin era una gigantesca caverna. Muy honda y de suelo llano, la hondonada era un corral natural.
—¡Grandioso esto! —exclamó Nevada—. Parece hecho por encargo.
—Modoc, el agua está allá abajo en la cueva —aseveró Ben con emoción.
—Gran agujero lleno de agua. Sin fondo. Todo hielo —repuso el indio.
—Caramba, Nevada, somos ricos. Veamos dónde principia la vereda para cazar mejor los caballos.
Ben sabía por Modoc que los de su tribu, en otros tiempos, solían emboscarse cerca de la cueva vigilando durante la noche el momento en que los caballos iban a beber; y echar luego a correr para obstruir el lugar angosto por donde la vereda conducía al borde. Era una trampa muy sencilla, casi absurda por lo fácil. En el momento en que Ben vio por dónde entraba el camino en la hondonada, casi sintió vergüenza de cazar los caballos con tanta facilidad. Había, sin embargo, dos grandes dificultades. Una de ellas era que sólo muy raras veces, cuando la estación era de sequía excepcional, acudían los caballos a aquel sitio. Y la segunda consistía en que, una vez cogidos en la trampa, era una tarea aventurada y dura sacarlos de allí sanos y salvos. Mas no por eso desanimóse Ben; sabía cómo tratar los caballos, y en cuanto a Nevada, éste era un maestro en el manejo del lazo.
Modoc puso en seguida manos a la obra; empezó a cortar ramas y troncos, y cuando Ben hubo contemplado a sus anchas la trampa fascinadora, arrastró consigo a Nevada para ayudar al indio. Entre los tres construyeron un puerta tan pesada que les costó trabajo llevarla al punta deseado, donde la ocultaron bajo los arbustos. Dos grandes rocas de lava a ambos lados de la senda daban fe de haber servido antiguamente de quiciales para las puertas que cerraban la trampa.
—¡Caramba! —exclamó Nevada, después de empujar una de las rocas hacia un sitio más conveniente—. ¿Y éste es todo el trabajo que tenemos que hacer? Casi da vergüenza aceptar después el dinero.
—Aún falta lo peor —observó Ben, satisfecho.
—¿Te refieres a sacar los caballos de la hondonada, después de cazarlos? —preguntó Nevada.
—Claro, hombre. Será el hueso más duro que nos habrá tocado en todos los días de nuestra vida.
El vaquero, al oírlo, perdió su entusiasmo y se puso a pensar. Al regresar al campamento, Modoc explicó uno de los métodos de que se valieron los indios para capturar los caballos después de encerrarlos en la trampa. Consistía en dejarlos salir uno a uno por la puerta y echarles el lazo en aquel momento. Mas Ben no quiso aceptar este plan, considerándolo poco práctico para él. Los indios no deseaban nunca más que unos pocos caballos, mientras que él quería muchos. Se necesitaría, pues, tiempo para capturarlos.
—Bueno, esperaremos a ver cuántos cogemos en la trampa y si son buenos —decidió el joven por último.
—Me parece que eso será lo mejor —repuso Nevada—. Tengo una idea acerca del mejor modo de hacernos con ellos, pero costará trabajo.
Acabaron rápidamente los deberes del campamento, y aun antes de hacerse de noche, los tres estaban cómoda mente ocultos en una eminencia de la lava cerca del borde de la hondonada. Modos había escogido el sitio con gran cuidado respecto a la dirección del viento.
Habían decidido dormir por turnos para que hubiese siempre uno de ellos vigilando. Ben eligió la primera guardia y, mientras sus compañeros se envolvían en sus mantas, el joven se dispuso a realizar una tarea llena de encantos para él.
Oscureció. Una a una aparecieron las estrellas en el firmamento. Una fresca brisa con un hálito de nieve bajó de las cimas de la lava. A intervalos, los ruidos de la selva rompían el silencio, entre ellos el graznido de los patos silvestres, que despertó honda emoción en Ben. Cruzaban las aves, muy altas, el cielo, en dirección al Norte, tardías en su eterno peregrinaje. Desde el país llano hacia el lago Mule Deer subían las notas picadas de los coyoteas rompiendo la soledad. Más tarde, desde una lejana loma, resonó el horrible quejido de un lobo. Un mochuelo ululó de un modo peregrino: Luego oyó Ben el lento avanzar de un puercoespín que rascaba la lava al caminar. El crujir de los arbustos, el desgaje de las ramas, el rodar de trozos de lava, el suave impacto de cascos sobre la dura superficie, todo decía a Ben que los ciervos bajaban a alguna caverna para beber. También percibió las pisadas suaves de otros cuadrúpedos.
Las voces de la selva eran para Ben tan familiares como las de sus amigos, y, sin embargo, no se cansaba jamás de ellas. Había en la selva algo que no comprendía, mas su amor a ella y a sus criaturas era una cosa innata en Ben. Y las velas nocturnas en parajes solitarios, tenían para él un gran encanto y llenábase de viva satisfacción.
No despertó a sus compañeros llegada la hora del relevo; sólo una vez sacudió a Nevada porque roncaba de un modo escandaloso. No necesitaba dormir; sólo deseaba gozar plenamente el encanto de aquella noche maravillosa en cuyas horas parecía que se le revelaba el misterio y la significación de la vida.
Elevóse la luna blanca y enorme sobre la cima de la montaña y desapareció el negro manto que hasta entonces había pesado con sus tinieblas sobre los campos de lava. El suave céfiro de la noche cesó de soplar y también se apagaron los ruidos selváticos. La majestad de la plena soledad embargó a Ben hasta que de pronto despertó de su arrobamiento, al oír el ruido de recios cascos sobre la dura roca. Una gran excitación se apoderó de él. ¡Los caballos salvajes venían para abrevar! Ya era cerca de la una. Ben aguardó un momento más en su extraña alegría, antes de despertar a sus compañeros.
Al mero contacto de la mano levantóse Modos silenciosamente, volviendo la cabeza hacia la hondonada.
—¡Uf! —dijo muy bajo.
Mas costó despertar a Nevada, quien empezó a charlar en seguida.
—¡Malditos sean los sueños! ¡Pues no estaba yo soñando haber cogido al Rojo de California, que lo regalaba a Hettie y que tú me pegabas un tiro!
—¡Cállate, bribón! —dijo Ben inclinándose sobre él—, que vienen los caballos.
Nevada, al oírlo, se levanté sin hacer ruido, escuchando al mismo tiempo.
—A eso llamo yo hablar bien, amigo —murmuró—. Ya los, oigo. Vienen directamente hacia acá.
—Buena dirección del viento. No estar asustados. Tener suerte nosotros. Coger muchos — dijo Modoc en voz baja.
Ben no había podido aún averiguar exactamente la dirección en que venían los caballos pero mantuvo los ojos clavados en la loma gris donde estaba la pista. El sonido de los cascos era primero muy débil, poco a poco se hizo más fuerte, para cesar de pronta y volver luego otra vez. Gradualmente iba el ruido en aumento, hasta adquirir: un ritmo invariable.
Ya muy cerca del lugar donde se hallaban los tres cazadores parecía alejarse y cesar. Ben sabía que era debido a haberse detenido el guía de ellos, haciendo los demás, uno tras otro, lo mismo.
—¡Uf! ¡Ahí están! —murmuró Modos.
Sombras negras iban formándose en la oscuridad. Ben sintió una gran emoción. ¿Quién no quisiera ser cazador de caballos salvajes? Él prefería su actual estado al de los reyes. Mas al mismo tiempo tuvo un repentino pesar. No había esperanza de que el Rojo de sus, obsesiones fuese el guía de aquella manada. El hermoso garañón no se dejaría coger de cualquier modo en una cueva.
Nevada puso su pesada mano sobre el brazo de Ben.
—Mira, allá..., sí, allá —murmuró.
Ben dejó de mirar en dirección a la hondonada grisácea de la que iban surgiendo las formas negras, y dirigió la vista hacia el campo de lava inundado por la luz de la luna. Un noble caballo negro se destacaba en la luz. Había surgido tras una enorme roca, a la cabeza de una fila de caballos, la misma que Ben había estado contemplando. Tratábase obviamente del guía. Su aspecto era rudo y salvaje. Al parecer se detuvo tan, sólo por precaución. Estuvo así quieto hasta que una fila larga de caballos salió del banco de lava y otra de la hondonada grisácea; luego avanzó hacia la cueva, desapareciendo en el borde. Las filas de caballos le siguieron; caballos negros, grises, pintojos y bayos, amontonándose todos en el extremo de la pista. Ben oyó el crujir de la lava, el caminar inquieto de muchos cascos. El joven permaneció acurrucado en el suelo, agitado por la tensión: del momento. Nevada soliloqueaba en voz baja. El indio se puso silenciosamente de pie.
—Disponte a correr —murmuró Ben.
—Dales tiempo —repuso Nevada—. Ahora no piensan en nada más que en beber el agua fresca de la caverna. Parecióle a Ben un tiempo interminable hasta que vio que el último caballo desaparecía por el borde. Esperó, suspenso el ánimo, hasta que el ruido de los cascos, el rodar de piedras, se alejó, apagándose, y entonces dio la voz. Ben era un buen corredor y Nevada daba buenas zancadas, pero el indio se adelantó a ambos y ya estaba tirando de la pesada puerta cuando los dos llegaron.
—Todos a una —ordenó Ben cogiendo la puerta—. ¡Ahora!
Tambaleando bajo el gran peso llevaron la puerta hacia el lugar predispuesto y en pocos minutos la tenían colocada poniendo también las grandes rocas para sujetarla.
Luego Ben se irguió, sudoroso, y miró sin poder hablar a Nevada, que había permanecido sereno e inmutable. —Bueno, Ben, ¿qué me dices ahora de mis vaticinios? —dijo con voz pausada.
—¿Vaticinios?
—Claro, hombre. Lo del cambio en nuestra, suerte. Creo que estabas tan loco que nada pudiste ver; mas yo creo que hay unos cien caballos en esa manada. Están encerrados en la trampa. Son nuestros..., con un poco de trabajo. Y ¿qué nos importa a nosotros trabajar?
Nevada..., tus vaticinios... parecen cumplirse —dijo Ben jadeante aún del esfuerzo y de la emoción, sentándose para secarse el rostro—. ¡Cielos! ¡Qué fácil es! Demasiado bueno para ser verdad.
—No. Es bueno y es verdad. Cuando cojas al Rojo tuyo entonces puedes delirar, si quieres, pero esto..., esto no es más que un buen día de trabajo corriente.
—Retrocedamos al borde —dijo Ben, levantándose para asomarse al enorme y oscuro despeñadero. Una de sus paredes estaba envuelta por las tinieblas, la otra iluminada por la blanca luz de la luna. Los caballos salvajes no se habían ciado aún cuenta de que estuviesen encerrados. Desde la caverna oíanse los huecos impactos de sus cascos.
—Bueno, os voy a decir la idea que tengo —empezó Nevada, de un modo casual, levantándose para escrutar el enorme y sombrío abismo—. Se trata de una gran manada. Habrá entre ellos caballos excelentes y otros de buena cepa. Nos costará dinero cogerlos y mantenerlos todos, pero el coste no es nada comparado con su valor. Enviemos a Modoc a Hammell en busca de paja y granos, alambre, cuerdas y clavos. Necesitaremos algunos carros; llenos, de todo; desde la carretera podemos subirlo a lomos de caballos. Mientras Modoc está ausente cortaremos estacas para un cercado para construir un gran corral. Desde aquí tira remos comida a los caballos, y cuando todo esté listo, dejaremos entrar a algunos en el corral para cogerlos y domarlos. Pocos a un tiempo, desde luego; mientras tanto, el resto de la manada se irá acostumbrando a vernos. ¿Eh?
—Maravillosa idea, Nevada —aseveró Ben—. Y si hay tantos como tú dices, tendremos trabajo para un mes o más.
—Ya sabes, Ben, que una manada de caballos de noche siempre engaña —dijo Nevada gravemente—. Hasta una pequeña manada se compone de muchos caballos y la que hemos visto esta noche era muy grande.
Siempre está animándome, Nevada —repuso Ben, alegre. Suspiró profundamente, diciendo después—: Por vida de..., algún día...
—¡Ajá! —le interrumpió Nevada—. No me vengas aquí vaticinando, porque eso lo hago yo... Paréceme que debemos dormir un poco más.
—¡Yo no! —exclamó el joven—. El amanecer no está demasiado lejos.
—Bien, bien; no es malo estar enamorado, pero es preciso dormir y comer regularmente.
Modoc, que había estado aparte, dio de pronto una voz de sorpresa, diciendo después:
—Venir más caballos salvajes.
Al punto, Ben y Nevada se convirtieron en estatuas.
—Coger muchos más —visó el indio.
—Es verdad, Ben; podemos atrapar más —repuso Nevada, agitado esta vez—. ¡Escucha! Los otros están abajo en la cueva, unos bebiendo y otros esperando que les llegue el turno. No saben que están encerrados. Podemos quitar la puerta y escondernos a un lado. Algunos de los que ahora vienen entrarán, con seguridad, en nuestra trampa.
Ben sintió la sensación de ceder, mas, antes de hacerlo, reflexionó un instante y, a pesar de que le atraía la idea, decidió en contra.
—No, no lo haremos —dijo—. Más vale pájaro en mano..., como sabes. Podríamos coger más, pero también podemos perder lo que ya tenemos. Suponte que los caballos que están abajo empiezan una estampida. Nos sería absolutamente imposible volver a cerrar la puerta. Es demasiado arriesgado.
—Bueno, pensándolo bien, tienes razón —contestó Nevada de maya gana—. Además, Si tuviéramos otra vez suerte, tal vez cogeríamos demasiados para manejarlos con facilidad.
Parecióle a Ben que la luna no iba a ponerse nunca, que el amanecer jamás llegaría. Paseándose de aquí para allá, en el campo de, lava, bajo los pinos, esperó, anhelante, la aurora, sumido en profundos pensamientos. A veces oía el piafar de los caballos, a veces sus fuertes resoplidos. La trampa puesta' era muy segura, porque en la parte superior de la pista sólo había lugar para un caballo y, cerrada la puerta, los caballos no podrían tomar carrera para saltarla.
Por fin se puso la luna y, gradualmente, la oscuridad gris tornóse en negras sombras. Llegó la hora más oscura y pasó también. Un débil claror en el Este anunció la llegada del día. Pronto se iluminó el cielo, adquiriendo un color rosado; las sombras palidecieron, desapareciendo y, rápidamente, se hizo de día.
Ben y sus dos compañeros se internaron a rastras en unas matas para asomarse al borde del abismo. Nevada fue, al parecer, el que primero vio los caballos, pues dio a Ben tan tremendo golpe que estuvo a punto de caerse. Mas éste no devolvió el amistoso puñetazo por haber descubierto algo a su vez. Poco a poco vio claramente: el suelo ceniciento del gran agujero estaba cuajado de caballos salvajes y hacia la subida, donde empezaba la pista, había también muchos. En la parte superior destacábase una fila de ellos. Estaban inmóviles, abatidos, como si se hubiesen dado cuenta de que se encontraban en una apurada situación.
Ben se retiró pronto para reflexionar. Nevada permaneció acechando aún largo rato; cuando al fin retrocedió para acercarse a Ben, su rostro radiaba de sorpresa y alegría.
—¡Válgame el cielo! —exclamó roncamente—: ¿Has visto tú la manada?
—Sí, la he visto, pero no muy claro.
—Amigo, somos ricos.
—Oh, no, Nevada; ahora eres tú quien delira.
Modoc se retiró también del borde para reunirse con sus compañeros. Su rostro bronceado se contorcía en una sonrisa que pocas veces se veía en él.
—Muchos caballos, todos buenos —dijo.
—Ben, esto me saca de mis casillas —dijo el vaquero en— voz baja—. Hay, cuando menos, ciento cincuenta caballos en esa manada, y creo que no los he visto nunca mejores.
—Echemos otra mirada y luego, aprisa, al campamento para empezar a trabajar —dijo Ben.
Esta vez Ben estuvo mirando largo rato y con serenidad, llegando a la conclusión de que Nevada no había exagerado al, hacer el cálculo. ¡Qué espléndida manada! Ben no pudo llegar a percibir el garañón que hizo de guía, mas vio bastantes caballos que eran tan hermosos como aquél, y su corazón de cazador llenóse de alegría y de gozo.
—Creo que ahora va podemos dejarnos ver —dijo Nevada, poniéndose derecho en el borde del precipicio.
Ben levantóse también a tiempo para observar que los caballos, al ver a Nevada, empezaban a relinchar furiosa mente, dando con fuerza con los cascos sobre el duro suelo y corriendo de un lado a otro los que tenían sitio para hacerlo. Muchos de los de afuera volvieron a internarse en la oscura caverna, otros trataban de escalar la pina pared; los que se hallaban en la pista, viéronse empujados por otros que ocupaban su lugar. Una nube de polvo blanco y rojizo levantóse, ocultándolos en parte. Nevada gritó hacia los caballos capturados, mas Ben no entendió lo que dijo. Cogiéndole por un brazo le obligó a seguirle, yendo tras Modoc, que corría hacia el campamento.
El desayuno transcurrió alegremente, y luego enviaron a Modoc, con urgencia, a Hammell; Ben y Nevada empezaron en seguida la larga y dura tarea que se habían impuesto.
Durante aquel día dejaron muchas veces su trabajo de cortar estacas para acercarse al borde del precipicio a fin de contemplar la manada, y que ésta les viera a ellos. Cada vez que lo hacían, sucedía abajo una terrible escena de inquieto correr. El segundo día transcurrió del mismo modo, mas al tercero, los caballos salvajes empezaron a acostumbrarse a ver a sus captores.
Por fin llegó Modoc con los caballos de carga, anunciando que los carros, llegarían Al final de la carrera la tarde del mismo día.
Les costó a los tres cazadores tres días para subir al campamento las provisiones de paja, heno, granos, cuerdas, clavos y otros efectos. Para entonces ya los caballos salvajes habíanse vuelto flacos, mas no tanto que Ben se preocupara.
Mientras el joven y sus compañeros estaban en el borde del precipicio, los caballos no querían comer el heno y la paja que aquéllos les echaron, pero cuando volvieron al día siguiente, no quedaba rastro de las provisiones.
Empezando de esta manera, con éxito, los primeros pasos de su plan, Ben y los suyos mostrábanse jubilosos y confiaban en llevarlo todo a buen fin. Construyeron un gran corral cerca de la puerta hacia la cual llevaba una senda de estacas. Principió entonces la tarea difícil de dejar salir unos pocos caballos cada vez, para cogerlos con el lazo y domarlos lo suficiente a fin de poder llevar los hacía los campos de pastos que Ben poseía junto al Río Perdido, para lo cual era preciso cruzar muchas millas de bosques y laderas de artemisa.
Trabajaban toda la jornada, con paciencia, sin cansar se nunca. Hubo caballo que durante el procedimiento se hirió o se causó alguna cojera, pero ninguno llegó a baldarse. La parte más dura de la tarea fue la de llevar los caballos medio domados hasta los pastos de Ben. Nevada logró conducir cuatro cada vez; en cambio, Modoc y Ben tenían su trabajo para llevar, sanos y salvos, tres.
Una vez fuera del corral, los caballos echaban a correr, poniendo en tensión el lazo que los sujetaba, y arrastrando a sus captores tras sí en peligrosa carrera. Corrían hasta quedar exhaustos, y después resultaba difícil y penoso arrastrarlos hasta su destino. Cada viaje costaba medio día, tras lo cual los hombres descansaban y, montando en caballos frescos, volvían al campamento.
Ben perdió la cuenta de los días que pasaban; sin embargo, sabía que había llegado el verano, porque cada día era más grande el calor y, por ende, aumentaba también la sequía. La situación, por lo que concernía al ganado vacuna y caballar en los campos y prados, era cada vez peor. Si no venían aquel año las lluvias otoñales, era imposible que los animales pudiesen sobrevivir.
VII


LAS primeras semanas de aquel verano estaban para Ina Blame llenas de dulce encanto y plena satisfacción, a pesar de que los hilos del Destino iban lentamente enredándose y amenazaban formar un nudo insoluble.
La joven adquirió la seguridad de haber llegado a ser una ayuda para su madre. Su espíritu siempre alegre, su tacto y su paciencia, el afecto que la mostraba, iban haciendo la vida más fácil a aquella pobre mujer. Y también vio Ina la gran influencia que ejercía sobre. Dall y Marvie, en una situación cuya complejidad no podían comprender las juveniles mentes. Por otra parte, habíase convertido en íntima amiga de Hettie Ide; en mutuo beneficio. Cuanto más tiempo trataba a Hettie, mas buen? y encantadora encontraba a la sencilla muchachita que era el consuelo y sostén de su afligida madre.
Mas entre tantos motivos de dicha, había también otros de amargura. El padre de Ina, al descubrir que no le era posible dominarla, habíase vuelto duro y brusco con ella. Sus hermanos no la comprendían. Katie, celosa al principio, se le declaró francamente hostil, situación que, por fortuna, duró poco, puesto que se casó cocí el aboga do de la ciudad a la que fue a vivir. Sewell Macadam no se había dejado desanimar por la manifiesta indiferencia de Ina. Todos los domingos iba a la iglesia con la familia Blaine, pasando el resto del día con ella, muy complacido de que la gente le creyera novio de Ina. En tales ocasiones pegábase a la muchacha como su sombra, tanto, que Ina no lograba ya ocultar su disgusto, convirtiéndose su resentimiento, poco a poco, en rebeldía. La última vez que su padre hablara del asunto del matrimonio de Ina con Sewell, insinuó que tenía contraída con los Macadam una obligación que iba poniéndose seria. Ina rehusó, suplicó, protestó, arguyó, mas todo en vano. Ya empezaba la muchacha a temer que su padre la casara contra su voluntad con Sewell Macadam, aunque no comprendía cómo sería posible obligarla.
Por último, y en ello radicaba la mayor preocupación de Ina, su padre estaba cada vez más metido con Less Setter en grandes negocios de caballos, ganado vacuno y tierras, como también en desahuciar a los pequeños rancheros a los que habían dado dinero en hipotecas y que se veían ahora entre la espada y la pared a causa de la sequía sin precedentes. Ina, siempre atenta a todo, había oído muchas cosas que no se habían dicho para ella. El que todo lo mangoneaba era Less Setter, mas el padre de Ina proveía los fondos. Varios rancheros honrados y buenos viéronse en la ruina por las brutales medidas de Setter. Naturalmente, toda lo que Blaine hizo era legal, pero la opinión pública en la región le era adversa, debido a la manera expedita con que su socio obraba. Por añadidura Ina tenía quejas personales contra Setter, toda vez que éste había hecho a la joven requerimientos de amor. Ina nada dijo a su padre, pues en las palabras de Setter había percibido ciertas amenazas contra aquél. Estaba la joven siempre alerta para apartarse de su camino, mas, algunas veces, era imposible.
Un día, a principios de junio, Blaine anunció a los suyos que iba a cerrar la casa de la hacienda durante el verano.
—He comprado un terreno junto al lago de Pato Silvestre —dijo—. Aquello está todo en ruinas, y las cabañas no son utilizables para mujeres. Vamos a llevar nos, pues, unas buenas tiendas para ti y las chicas.
Marvie y Dall, que se habían captado la voluntad de su padre, estallaron en risas y gritos de alegría. Ina se quedó asombrada, pero supo ocultar su satisfacción. La señora Blaine no mostró el menor sentimiento ante la idea de cerrar la casa grande durante el verano.
—Es una especie de veraneo al aire libre —continuó el señor Blaine—. Muchas familias lo hacen hoy en día. Los Macadam van al lago Superior de Klammath... Bien; como tengo grandes intereses en la región del lago Pato Silvestre y, probablemente, también en la del Río Perdido, lo mejor será que empecemos por tener aquí un sitio donde veranear. La distancia desde aquí es de unas cuarenta millas; el lugar es bastante más elevado y más fresco. Hay, allí un bosquecillo, a poca distancia de las viejas cabañas, y en él pienso instalar las tiendas. El problema es el agua, mas éste es un terrible problema en todas partes este año. He mandado allí poceros. Si no logran dar con ningún manantial, entrará Setter en acción, pues ha dicho que tiene un proyecto del que espera buenos resultados. De modo que lo mejor será que empecéis a arreglar las cosas para irnos inmediatamente.
La primera cosa que Marvie dijo a Ina, cuando los dos se hallaron solos, reveló la pasión dominante en él. —Ina, tú no sabes lo bien que se puede pescar en el Río Perdido. Y sólo hay diez millas hasta la otra parte del lago —dijo en voz baja, los ojos relucientes.
—Pero. Marvie, el lago y el río están secándose según me han dicho —repuso Ina, consciente de una turbadora pero no desagradable emoción.
—Hay remansos y manantiales en el Río Perdido don de las truchas se recogen —aseveró el muchacho—. Ben Ide nos los enseñará.
Ina se arreboló y, al darse cuenta, otra ola de rubor la invadió las mejillas.
—Oye, chica; ¡si te has puesto encarnada como la remolacha! —declaró Marvie, maravillado.
—¿Ah, sí?... No es nada —contestó la joven llevándose las manos a las ardientes mejillas.
Marvie se inclinó hacia su hermana, mirándola con intensa ternura.
—Ben vive al otro lado del lago, junto al río. Desde nuestro campamento podremos ver su cabaña.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó Ina sonriendo.
—¡Oh, nada!; pero puedes estar segura de que me escaparé para visitarle y te llevaré, si quieres venir.
—Marvie, ¿crees acaso que tengo deseos de ir? —continuó la joven, aparentando indiferencia.
—Sí, lo creo —afirmó el muchacho—. Y ahora escúchame, hermana. Yo sabía lo del veraneo antes de que papá nos lo dijera. Le oí hablar con Setter cerca del granero. Hablaban de apropiarse el terreno y el manantial de Ben Ide. Papá insistía en comprárselo, pero Setter juraba que lo echaría de la región sin necesidad' de gastar dinero. Y después oí decir a uno de los vaqueros que Setter tenía a papá entre la espada y— la pared.
—¡Canastos! —exclamó Ina, logrando dominarse sólo con gran dificultad—. Marvie, no me gusta eso.
—Ni a mí tampoco. Y, además, odio a Setter por el modo con que te mira. Dios sabe que ya es pecado tener que aguantar a ese tonto de Macadam, pero Setter es muchísimo peor... ¡Ojalá tuviese yo más años y fuese más fuerte!
—No te apures, Marvie —dijo Ina suavemente—. Yo odio a Setter también. Temo que no sea lo que papá cree. Y entre los dos van a hacer daño a Ben Ide... Marvie, Ben era..., es un gran amigo. No creo lo que me dicen de él.
—¡Qué va a ser! Yo voy en su favor, Ina.
—Así me gusta, Marvie, y ten por seguro que no te arrepentirás. Tú y yo hemos de estar alerta. No es una mala acción lo que hacemos, puesto que sabemos que cometen una injusticia con Ben. Seamos valientes, Marvie.
Ina no dijo a su hermano exactamente lo que pensaba; sin embargo, Marvie se aprestó con entusiasmo a secundarla.
—No le digas nada a Dall —dijo el chico al final—. No es más que una niña y no se puede uno fiar de ella. Además, le tiene miedo a papá.
Después de la conversación con su hermano, Ina se convenció de que Less Setter era una mala persona, tanto por lo que respectaba a los negocios que le ligaban a su padre, como por las intenciones manifiestamente deshonestas que tenía respecto a ella y a Hettie Ide:
Pasó la joven el día arreglando sus cosas para la mar cha, pero distrayéndose con frecuencia, experimentando momentos tan agradables y ensoñadores que se dio cuenta de que la idea del veraneo la hacía muy feliz.
A la mañana siguiente, ella y Marvie marcharon a caballo a la cabeza de una fila de caballos de carga y carros. Marvie resultó no sólo ser un buen compañero, sino también útil para tener a raya a varios ambiciosos vaqueros que se aproximaban a Ina con cualquier pretexto. Ina simpatizaba con los vaqueros, todos buenos muchachos, excepto cuando se mostraban «chiflados» por ella, como decía Marvie.
El cabalgar durante las primeras horas de la mañana era delicioso, y el largo y polvoriento camino hacia las colinas de artemisa no parecía desagradable. Mas cuando ya la región llana quedaba atrás y los cabalgantes empezaron la ascensión de la ladera y el sol era más fuerte, la cosa cambió de aspecto. Sin embargo, los jinetes estaban satisfechos de realizar aquel fatigoso paseo. Al llegar el mediodía, habían cruzado la divisoria entre dos de las grandes colinas de artemisa, y el camino empezó a descender. Poco después, Blaine dio la orden de hacer alto junto al último rancho en la parte norte del lago Pato Silvestre. El, dueño del 'rancho se llamaba Blake y, como todos los rancheros pobres de la región, se sostenía allá por un verdadero milagro de resistencia. Descansa ron todos a la sombra de un grupo de árboles, donde tomaron también la comida. A Ina le complació el espíritu de observación que reveló Marvie al decir en voz baja: «¿Has visto que no nos han recibido muy bien aquí? Ese Blake le tiene miedo a papá»; pues la joven había reparado en lo mismo.
Las dos horas de camino que siguieron al descanso fueron en extremo penosas; la carretera era polvorienta y desigual y no se veían más que las peladas laderas de hierba seca. Mas cuando al fin llegaron a una eminencia desde la cual percibieron el lago Pato Silvestre, Ina sintióse de pronto muy animada.
Desde el ancho valle en que se hallaba el lago subía una brisa suave que, aunque cálida, era brisa al fin y refrescaba a los cansados viajeros. La ladera en aquel lado era ancha, de suaves ondulaciones, hermosa a pesar de la aridez. A distancia, la artemisa tenía un color gris aterciopelado que más lejos aparecía purpúreo. El lago Pato Silvestre era una inmensa superficie de agua fangosa, rodeado por una playa de más de una milla de ancho y de arenas blancas, desnudas, resecas. Las colinas de artemisa adquirían en aquella parte el aspecto de montañas de enormes laderas. Un vaquero llamó la atención de Ina sobre unos puntos blancos y negros que se veían en la parte alta de la ladera, diciendo que se trataba de caballos salvajes. Ina se emocionó al oírlo, mas esta sensación era poca cosa comparada con la que sintió cuando Marvie señaló, más allá del ancho valle, hacia una cinta plateada y serpenteante..., el Río Perdido. ¿Era posible hallar un nombre más acertado a aquella corriente? La desembocadura era casi invisible, parecía que el río se hundiera en las arenas, y no mucho más perceptible era la lengua de tierra que, con su mancha oscura de árboles, constituía el solitario hogar de Benjamín Ide.
Ina sintióse anudársele la garganta. No era extraño que Ben amara aquel lugar, pues ella misma, a primera vista, va lo amaba, y una vaga y dulce emoción embargòla cuan do advirtió la atracción que el paraje ejercía sobre ella. Más allá de la monotonía gris en la que serpenteaba el Río Perdido, y cerniéndose en lo alto, veíanse las negras sierras de las montañas de Nevada.
Eran las cuatro de la tarde cuando los Blaine llegaron al rancho abandonado. Nunca había visto Ina un lugar tan escuálido. Cobertizos deshechos, cercas de estacas podridas, derrumbadas, restos momificados de ganado muerto, dos cabañas, de troncos, muy viejas, remendadas con tablones y láminas de hojalata, polvo, suciedad' y piedras en todas partes..., he aquí las características salientes de la última adquisición de Hart Blaine.
Con gran contento de la joven, uno de los carros y algunas de las mulas de carga fueron llevados a un lugar distante del mismo rancho, a un bosquecillo de enebros diseminados sobre una eminencia situada junto a un barranco lleno de arbustos que daba sobre el valle del lago. La situación ofrecía una maravillosa vista de los montes y montañas arriba y el valle abajo. El suelo estaba alfombrado de hierba árida y hojas secas de los enebros, y la sombra de éstos brindaba refugio del calor tórrido del sol.
Media docena de oficiosos vaqueros terminaron pronto la tarea de descargar carros y mulas y de construir unas cuantas tiendas para uso provisional. Marvie y Dall hallábanse en el séptimo cielo de sus experiencias juveniles. El viaje de cuarenta millas, realizado yendo en uno de los carros, sólo había servido para dar rienda suelta a su alegría. En cambio, Ina, que fue todo el trayecto montada a caballo, estaba muy cansada. Su madre reveló sorprendente presteza y alegría, e Ina, al observarlo, se dijo que aquélla debió de pasar, en su juventud, bastante tiempo en los pastos de ganado, y estaba acostumbrada a aquella vida al aire libre.
Ina se acostó aquella noche con su hermanita Dall bajo un enebro, cubriéndose tan sólo con mantas. Era en realidad la primera vez que lo hizo y compartía la emoción ante lo nuevo que mostraba Dall. La noche era os cura, sólo se percibían los destellos de las llamas de la fogata del campamento. El viento movía las copas de los enebros y jugueteaba con los cabellos de las dos hermanas; desde las laderas de la montaña oíanse los gritos de los coyotes y por encima de los picos de la sierra se divisaba el firmamento estrellado. ¿Dónde quedaba el calor que había hecho insoportables las noches en la hacienda del lago Tule? Dall acurrucábase al lado de Ina ha blando en voz baja de su alegría, de las maravillas que la rodeaban y también del mundo de insectos y de animales que adivinaba en la oscuridad. Mas pronto advirtió Ina que un gran peso obligábale a cerrar los ojos y sintióse invadida de una lánguida y dulce sensación de cansancio.
Despertóse la joven a la salida del sol, advirtiendo que Marvie la golpeaba cariñosamente con la caña de pescar.
—¡Arriba, gandulona! —exclamó, burlándose—. ¿Qué especie de mujer de ranchero vas a ser durmiendo a estas horas?... Oye, levántate; tengo algo que decirte.
Ina sentía aún el cansancio del largo viaje y se levantó con pereza; mas tras un breve ejercicio se encontró apta para las tareas que la esperaban. Marvie desapareció rápidamente, lo que aumentó la curiosidad de su hermana.
Ésta fue en compañía de Dall y su madre a desayunarse al carro-cocina; estacionado a medio camino entre las dos cabañas del! rancho. No se entretuvo la joven al tomar e1: desayuno, y expresó el mismo deseo que su madre, el de tener una tienda-cocina en su propio campamento. Su padre prometió cumplir sus deseos aquel mismo día, mostrándose además excepcionalmente jovial y activo. Su actitud convenció aún más a Ina de que tenía grandes esperanzas en aquella región del lago Pato Silvestre. Blaine ya había ordenado a su gente que empezasen a limpiar el escuálido rancho y el olor a madera y desechos quemados era perceptible en todas partes. Ina vio que los vaqueros limpiaban el interior de las cabañas, derribaban los viejos cobertizos y cercas y arreglaban todo lo que estaba en des orden. Era, pues, obvio que su padre tenía la intención de volver aquel rancho a su antiguo estado de habitable. Desde lago Tule habíase traído el agua en grandes barriles. Oyó la joven que su padre se quejaba de que los poceros no hubiesen venido.
Al regresar al bosquecillo, halló Ina a varios vaqueros con tiendas, madera y herramientas, dispuestos a trabajar y, de paso, a verla a ella. Poco después llegaron también su padre y su madre, empezándose en seguida la tarea de construir un campamento veraniego, cómodo y agradable.
—Hija, dinos dónde quieres tu tienda —dijo el señor Blaine—, y haré que esos grandullones empiecen el trabajo.
Ina eligió un lugar conveniente junto al gran enebro bajo el' que había dormido. Y la magia de las rápidas manos de los vaqueros realizó pronto el milagro de construir un buen suelo de madera, un maderamen fuerte y sólido para sostener la lona de la tienda. En la parte delantera colocaron una lona suelta que servía de techumbre del porche.
Ina y Dall habían determinado dormir, al principio, al aire libre, bajo la amplia copa del enebro, usando la tienda para otras cosas. Así llevaron a ella sus numerosas cajas y bultos, procediendo en seguida a abrirlos. Mientras así trabajaban entraron dos vaqueros, uno con martillo y clavos, y el otro con una gran caja de madera de pino, en cuyo interior había tablas dispuestas a modo de anaqueles.
Bueno, señorita Ina, creo que necesitarán ustedes algo donde colgar sus cosas —dijo el uno, empezando a clavar clavos en los travesaños del maderamen.
—Aquí le traigo una caja arreglada para que le sirva de lavabo, señorita —ofreció el otro—. No es una maravilla, pero no he podido encontrar otra cosa. Además, he visto una jofaina nueva al lado del carro-cocina, y se la traeré llena de agua, si no tropiezo con su papá.
—¿Qué importa que encuentre a mi padre? —dijo Ina riendo.
El vaquero, un joven de buen aspecto, limpio, aseado, estaba descubierto y respetuoso, pero con los ojos muy abiertos.
—Es que ha dicho que se tuviese cuidado con el agua de los barriles y que, si tan necesario era lavarse, ahí estaba el lago.
—Pero... ¡qué gracia!... ¡Claro que es necesario! Y eso no es posible hacerlo con esa agua fangosa —protestó Ina.
—¡Seguramente! Y se lo dijimos. Pero ya conoce usted a su padre. Y no se refirió expresamente a nosotros, los vaqueros; de modo que es probable se incluya a todo el mundo en la prohibición.
—¿Por qué habrá comprado mi padre este rancho? —preguntó Ina, extrañada, pues sabía que su padre era capaz de prohibirles a ellas el uso del agua.
—Lo obtuvo por una bicoca, señorita Ina. Y además tiene los ojos puestos en Río Perdido. Nosotros tratamos de persuadirle de que no viniesen aquí en esta época de sequía. No hay agua, todo está seco y quemado. Hacer pozos no servirá para nada, porque no encontrarán agua. Y seguramente le hubiésemos convencido de que era mejor esperar la época de las lluvias, de no haber sido por el señor Setter. Éste insistió en venir ahora.
—Bueno... muchas gracias, muchachos —repuso Ina, pensativa—. Traigan, de todos modos, un cubo de agua. Yo acepto la responsabilidad.
Ina había casi cedido a la tentación de hacer algunas preguntas pertinentes acerca de Less Setter, mas, reflexionando, se dijo que el' tono franco del vaquero implicaba cierta antipatía para el socio de su padre. Ya en otras ocasiones había oído opiniones desfavorables sobre Setter, lo que confirmaba la suya propia, y creyó la joven que las semanas venideras traerían consigo interesantes acontecimientos.
Pasó el día tan rápido, que Ina no se dio cuenta de nada. No hubo comida al mediodía, pues su padre había impuesto en el campamento la misma ley que imperaba entre los vaqueros cuando se hallaban en los campos de pastos: sólo había dos comidas al día, mañana y tarde.
Al anochecer, el apetito de Ina habíase convertido en hambre. Tuvo el placer de ayudar a su madre, en la pequeña cocina del campamento, en la preparación de la cena. Al llegar la hora, vino Marvie, sucio y desgreñado, con el aburrimiento en el' rostro.
—¡Ca, no hay peces aquí! —exclamó, al preguntarle Ina solícitamente por la causa de su enojo—. He recorrido cuando menos cuarenta mil millas y no he visto más que fango y más fango. Agua clara y limpia, donde se pueda pescar, no la hay en ese lago.
—¿Has llegado a... Río Perdido? —preguntó Inc.
—Sí, pero sólo un trecho. Fui a la cabaña de Ben Ide. Mala suerte la mía, porque estaba fuera. Y, por lo que vi, parece que hace tiempo que está ausente. ¡Y yo que confiaba en él!
—Bueno, Marvie; Ben volverá pronto —repuso Ina peguntándose, sin embargo, dónde estaría Ben.
Marvie se mostró inconsolable y su desgracia subió de punto cuando le vio su padre.
—¿Dónde has estado? —Pescando.
—¿Es que es necesario ensuciarse tanto para pescar?
—Claro. No soy un pescador dominguero.
—Marvie, creo que eres un chico gandul, que odia el trabajo —declaró el señor Blaine con severidad.
—No es verdad, papá —repuso Marvie con calor—. Tú dijiste que podría pescar todo el tiempo que quisiera. Ahora estamos en vacaciones y, además, he hecho los exámenes con muy buenas notas.
—Sí, lo sé. Y no me vuelvo atrás en lo que dije. Sólo estaba pensando que tal vez con la pesca y la caza lleves camino de convertirte en otro Ben Ide.
Marvie se puso rojo como la grana y 'ya iba a replicar con viveza, cuando vio la mirada de Ina: A la hora de la cena, el muchacho se presentó lavado y peinado, luciendo blusa limpia, lo que causó buena impresión en su padre. Más tarde, Marvie fue a ver a su hermana, que descansaba en la hamaca contemplando la puesta del sol. Con profundidad inadecuada a sus pocos años, dijo el muchacho a Ina:
—Oye, Ina. Ben Ide es la obsesión de papá. Es muy extraño y me gustaría saber por qué. ¿Qué hará papá cuando sepa que Ben no es lo que quieren que sea?
—Eso mismo quisiera saber yo —murmuró Ina, con ganas de besar a su hermano por la fe que tenía en Ben Ide.
Los primeros días del verano pasaron rápidamente. Ina tenía horas muy atareadas y otras de absoluta quietud, sintiéndose la joven muy feliz en aquel ambiente. El hecho más saliente de aquel verano era para Ina que su madre mejoraba espiritualmente. La señora Blaine vióse de pronto frente a tareas de antiguo conocidas, costumbres de toda una vida que tuvieron que desaparecer ante la repentina riqueza; y la madre de Ina era ahora otra mujer. Su hija advirtió con creciente curiosidad el modo cómo el cambio afectó a su padre, a quien dio mucho que pensar. El señor Blaine era, en el fondo, bueno y amante de su familia, y cuando una idea penetraba en su cerebro, solía desarrollarla hasta obtener un resultado positivo.
El sábado siguiente, el rancho ruinoso había cambiado de aspecto; todos los desechos habían sido quemados, las nuevas cercas, corrales, techos y cobertizos relucían al: sol y estaba construyéndose un gran granero y también otras innovaciones daban prueba de la energía y buena dirección de Hart Blaine.
El fin de tan memorable semana trajo consigo otros dos hechos; ambos de efecto turbador para Ina. En primer lugar, llegó Less Setter, más dominante y atrevido que nunca, mostrando en su manera de ser, suave y elegante, una confianza y un poder que hasta entonces había mantenido oculto. Presentóse a Ina con toda la seguridad de Sewell Macadam, como igual, como quien sabe lograr siempre lo que se propone. Ina comprendió que su padre, tratándose de Setter, estaba ciego.
El otro hecho referíase a una información de Marvie, y afectó a Ina con la misma fuerza, pero de un modo muy distinto. Marvie se le acercó jubiloso, exclamando, sin poder apenas respirar, por la carrera que había hecho:
—Ben Ide ha llegado hoy... Bill Sneed acaba de llegar y oí que se lo decía a papá. Bill dice que Ben y el indio' Modoc han llevado una manada de caballos salvajes a los campos de los pastos ribereños de Ben. Bill se deshacía en elogios de los caballos: dice que no los ha visto mejores. Uno de ellos es un garañón negro que le ha gustado tanto como el Rojo de California... Ya lo sabes, Ina.
Ésta se alegró de que, a causa del crepúsculo, no se le viese el rostro, pues la súbita noticia le había hecho subir los colores a la cara, tanta fue su inexplicable emoción al oírla.
—Y, además —continuó el muchacho—. Less Setter lo oyó también. Me fijé mucho en él; ¡ojalá hubieras podido ver la mirada que Setter echó a papá!; en cambio, se limitó a decir: «Blaine, tomaré unos muchachos y me iré mañana a ver a Ide.» Papá entonces le hizo entrar en la cabaña y cerró la puerta. Me puse junto a la ventana, pero no oí nada. Ahora voy a volver allí por si me entero de algo más.
—Cuidado, Marvie —murmuró Ina, temblando no sabía por qué.
—¡Oh, me moveré como un piel roja! —afirmó el chico, muy ufano—. Less Setter se figura que soy un tonto y papá tampoco cree que he inventado la pólvora.
Dicho lo cual se marchó corriendo, dejando a Ina entregada a sus vacilaciones. Sin embargo; la joven se fue a dormir antes de que Marvie regresara del rancho y cuando despertó a la mañana siguiente, ya el chico se había marchado con los vaqueros.
Ina echó de menos a Marvie por otro motivo muy distinto, pues con el domingo llegó también el inevitable Sewell Macadam. Marvie siempre la había salvado en tales momentos de todas las situaciones embarazosas y esta vez se había marchado a pescar. Ina, que confiaba en verse libre del asedio de Macadam durante el verano, se puso de un humor endiablado, agotándose casi su enorme paciencia.
Macadam llegó temprano y se dirigió en seguida a la cabaña, donde el padre de Ina estaba trabajando, a pesar de, ser domingo y contrario a su costumbre. Ina, desde la hamaca en que estaba echada, vio que sucedía lo que había supuesto. Macadam volvió a salir a poco de la cabaña, dirigiéndose al bosquecillo. La joven le observó con disgusto y desprecio. Hasta Less Setter se le antojó más hombre que Sewell. Cuando menos, de aquél sentía cierto temor.
Cuando Macadam estaba ya a pocos metros, Ina fingió estar dormida, esperando que el joven petimetre mostrase ciertos instintos de caballero. Mas Sewell, al acercarse, empezó a andar de puntillas y llegó tan suavemente que Ina apenas le oía. Sintió la joven haber recurrido al ardid, pero decidió continuar haciéndose la dormida. De pronto, notó que Macadam estaba a su lado... y que olía a alcohol. Ina abrió los ojos y tuvo tiempo de dar un rápido movimiento a la hamaca para esquivar el beso. Luego se incorporó. Hubiérala consumido la cólera de no haber sido porque, de pronto, pensó que Macadam, al fin, la había ofendido de hecho, y entonces casi se alegró de verle.
—Hola, Ina. Creí que dormía —saludó el joven, sin inmutarse—. ¿Cómo está?
—Gracias, estoy bien, señor Macadam —repuso Ina ásperamente—. Pero estaba despierta.
—Entonces, ¿por qué tenía los ojos cerrados? —preguntó Sewell perdiendo el tono sonriente. Estaba encarnado, pero no parecía bebido.
Deseaba saber qué es lo que usted haría si hubiese dormido. Ahora ya lo sé.
—Bueno, sólo iba a besarla. ¿Qué importa?
—¡No tolero que me insulte usted! —exclamó Ina poniéndose en pie.
—No es un insulto cuando un hombre trata de besar a su chica —afirmó Sewell con gran descaro.
—Yo no soy la chica de usted ni de nadie —replicó Ina glacialmente.
—Si lo dice usted' con sinceridad, mal negocio hacemos mi padre y yo —dijo el joven, dudando, sin embargo, de la sinceridad de Ina, pues sonreía ampliamente al mismo tiempo, mostrándose incrédulo.
—Señor Macadam, me asombra usted. Si su padre y usted mismo están haciendo un mal negocio, lo hacen sin saber nada yo. He sido siempre muy sincera en todos mis actos. Nunca me ha parecido usted muy inteligente y, además, la colosal vanidad que tiene le impide ver las cosas. Mas ahora me comprende, ¿no es eso...? Si no...
—Sí, la comprendo, Ina Blaine —contestó Sewell con voz ronca, enrojeciendo, al mismo tiempo que levantó, amenazador, el puño enguantado—. Su padre nos ha inducido a creer que usted" y yo éramos novios, que nos íbamos a casar pronto. Debido a ello mi padre se ha metido, con muchos miles de dólares, en el negocio de gana dos y de compra de ranchos. Y es más..., se ha enredado con ese maldito Less Setter. Usted'...
Ina le hizo callar levantando la mano; la joven se había puesto intensamente pálida.
—No quiero saber más —dijo con voz tajante—. No sé nada de lo que usted acaba de decir. Si mi padre ha hecho efectivamente lo que usted afirma..., me ha hecho mucho daño. Sólo me queda por decir lo siguiente. No me casaría con usted... ni para salvarme a mí misma la vida.
—Ha cambiado mucho desde que la vi la última vez, Ina Blaine —declaró Macadam con amargura y cierto deje estudiado de celos—. No he olvidado el modo como saludó usted a Ben Ide aquel día en Hammell., Si le debo la calabaza que usted acaba de darme, lo pasará mal ese maldito cuatrero.
Ina estaba ya a punto de decirle que tenía razón al su ponerlo, mas se detuvo, y exclamó:
—No se atrevería a repetirlo delante de Ben Ide.
—Ahora sí sé a qué atenerme —exclamó Sewell—. Se le ve en la cara. ¡Es usted una embustera! Hay que ver..., regresar de la ciudad con tanta educación y elegancia para liarse con un ladrón de caballos.
Ina no pudo contenerse ante el insulto. Con el revés de la mano, y pegando con fuerza, le cruzó la cara, haciéndole sangre en la boca.
—Le diré a Ben Ide lo que usted ha dicho —exclamó, gritando—. Y quisiera estar presente cuando le encuentre. Y con esto, señor Macadam, hemos acabado; no le dirigiré nunca más la palabra.
Dicho lo cual, Ina se metió en su tienda, cerró y atrancó la puerta de lona, bajando la persiana.
Oyó como Macadam se alejaba renegando y pegando a los árboles con el látigo. Después se dejó caer en una silla, cediendo a la reacción.
—¡Cómo me he enfadado! No sé qué me ha movido a encolerizarme tanto... Pero, no; Macadam se ha portado como un bruto. Me alegro de que haya sucedido. Ahora, a prepararse, porque vendrá papá hecho un toro bravo... Bueno, también le diré mi opinión.
No fue preciso esperar mucho. Ina no tuvo ni siquiera tiempo de serenarse. Pronto oyó las recias pisadas del señor Blaine.
—¡Ina! —exclamó con voz potente.
Ina esperó hasta que volvió a llamarla, esta vez más fuerte aún. Entonces le contestó:
—Papá, estoy aquí en la tienda. Bueno, sal.
—No pienso salir, por ahora.
—¿Cómo? —gritó su padre, furioso, golpeando el suelo con el pie.
—Me parece que me voy a encontrar mal... pronto... De modo que no quiero salir.
—¡Con qué audacia lo dijo y cuán segura estaba Ina de sí misma! Casi le daban ganas de echarse a reír.
—Ahora mismo vas a salir y pedir perdón a Sewell —dijo su padre elevando aún más la voz.
—No haré nada de eso —replicó Ina de un modo que sorprendió a su padre, pues nunca la había oído usar semejante tono. Ni ella misma se había oído hablar de tal manera. Con todo, estaba asustada la joven.
—¿Qué ha pasado?
—El señor Macadam me ha insultado.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo?
—Trató de besarme. Después, hablando, volvió a insultarme y le crucé la cara; y terminé diciéndole que jamás le volvería a dirigir la palabra.
—Pero, Ina, tú le hablarás, ¿verdad? Se trata de algo muy serio para mí —suplicó Blaine con voz ronca.
—Lo siento, papaíto. Hiciste mal en darle alas —re puso Ina—, porque no volveré a mirarle siquiera.
—¡Muchacha! ¿Quién eres tú para contrariarme de ese modo? ¡Exijo obediencia! —dijo su padre, enfurecido—. Sal en seguida, antes de que eche la puerta abajo. Al mismo tiempo agarró el pasador y sacudió la puerta. Ina se detuvo un momento antes de responder; había llegado la crisis y le dolía mostrarse desobediente. Mas en ello le iba la libertad, su misma vida, y era preciso oponerse a la intolerancia y dureza de su padre. Con voz clara y firme, dijo:
—Papá, si fuerzas la puerta y me sacas fuera, ante ese imbécil, iré después a Hammell aunque sea a pie y... me buscaré un empleo y, si es preciso, me colocaré de camarera en una fonda.
La joven oyó como su padre profería algunas palabras incoherentes. El pasador de la puerta se movió, pero sólo porque la pesada mano de Blaine acababa de soltarlo. A poco, los pasos recios se alejaban; oyóse de pronto la voz de su madre, rompiendo el silencio.
—Hart, lo he oído todo. No le guardes rencor a Ina. —¿Rencor? ¡Ah, ah, ah! Estaba furioso, loco, pero me ha vencido... esa hija tuya tan... académica... ¡Vive Dios...! ¡Ha podido con su padre!
VIII


POCO después del altercado con el padre, Ina recibió la visita de su madre.
—Se ha marchado, hija mía; no recuerdo haberle visto nunca tan furioso y aturdido al mismo tiempo —dijo con inconsciente satisfacción.
—Aún estoy temblando, mamá —repuso Ina sonriendo—, pero las cosas habían llegado ya a su límite. Estaban madre e hija sentadas en el escalón que formaba el porche de la tienda y desde allí veían muy bien las cabañas del rancho. Blaine y Macadam estaban ante una de ellas y era fácil interpretar la conversación por los ademanes despreciativos del hacendado y los furiosos del petimetre. Lo que más asombró a Ina fue que su padre volviese de pronto la espalda a Macadam, entran do en la cabaña.
—Hart sabe ser muy terco cuando se enfurece —observó la señora Blaine como hablando consigo misma.
—A mí me extraña, mamá, que ese majadero no haya soliviantado antes a papá —repuso Ina riendo.
—Tu padre tiene mucha paciencia cuando hay que considerar la cuestión del dinero.
—Temo que sé haya metido mucho con los Macadam.
—Blaine se ha liado con todos en ese sentido, sobretodo con ese Setter —afirmó la madre amargamente—. Está cambiado. No quiere escucharme. Hemos sido pobres tanto tiempo que, cuando ha llegado la suerte, el dinero le trastornó.
—Pues será bueno para él perder algo —aseveró Ina.
—Eso mismo le he dicho yo. Mas ¡nunca lo hubiese hecho! Creí que me iba a pegar... Bueno, sucederá lo que ha de suceder. No lo digas a nadie, hija, pero me alegro de que no quieras casarte con ese Macadam. No me ha gustado nunca; pero, como en nuestras actuales circunstancias no encajo bien, me callo mis ideas. Cuando hace poco ese Sewell venía hacia aquí, estaba en la puerta de mi tienda. Creí que estabas dormida, y al ver que de un salto te apartaste de él, deseaba que uno de nuestros muchachos vaqueros viniese. Y cuando le cruzaste la cara..., pues..., me emocioné... Supongo que ya no volveremos a ver nunca más a ese tonto y que podremos pasar los domingos más en familia.
—¡Qué buena eres, mamá, y qué comprensiva! Yo me sienta como si me hubiesen quitado unas cadenas. Pero... nos olvidamos de Setter.
—¿Qué quieres decir, hija?
—No era mi intención decirte nada, mamá; mas ya que he empezado... Setter, últimamente, se ha mostrado muy inconveniente conmigo, mucho más que Macadam. Éste me fastidiaba, pero Setter me molesta, casi me asusta.
—¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha hecho? —exclamó la madre, aturdida.
—Basta decirte, mamá, que no tiene ni escrúpulos ni decencia —dijo Ina, acalorada—. Las semanas anteriores a nuestro traslado aquí me ha estado acechando en el comedor, entre los pinos, en la carretera cuando iba a encontrar a Dall, en fin, en todas partes donde estaba sola.
—¿Acechar? ¿Qué quieres decir? ¿Te ha hecho el amor? ¡Pero si casi podría ser tu padre!
—Hacer el amor es una frase muy suave, mamá —dijo Ina—. Hacer el amor lleva consigo hablar del matrimonio, y el señor Setter no me ha hecho el honor de insinuar siquiera que desea casarse conmigo. Lo que pretende es otra cosa. Me he visto precisada a luchar con él, huir de él corriendo... ¡Ya está dicho!
La señora Blaine pasó del asombro al enojo, su rostro se ensombreció y sus ojos, siempre tan bondadosos, centellearon.
—¿Cómo no se lo has dicho a tú padre? —exclamó.
—En dos ocasiones me permití decir algo duro a Setter y recibí una terrible reprimenda de papá. Y en los últimos tiempos está tan enredado con Setter, que he tenido miedo. Se enfadaría mucho y no me creería. Además, tengo la sospecha de que Setter engañaría, más tarde o más temprano, a papá, y así me las he ingeniado de esquivar como he podido a ese ganadero donjuanesco.
—Me alegro de que me lo hayas dicho. Espero que tu padre sabrá aprovechar la lección. Si no sabe proteger a su propia hija y deja a sus dos hijos pervertirse en la ciudad, bueno... es una lástima. Yo de ti, tomaría por novio a uno de nuestros fornidos vaqueros, para que te protegiese de hombres como Setter.
—¡Pero, mamá! —exclamó Ina, incrédula.
—Eso es hablar en plata, Ina, y es posible que yo sea ordinaria, como dijo de mí la madre de Sewell Macadam. Pero no me importa. La riqueza no lo significa todo, y yo sé distinguir entre lo bueno y lo malo. Y tardaré poco en decir a tu padre algunas verdades.
En aquel momento llegó Dall arrastrando una muñeca y un conejo de trapo, en vista de lo cual la madre dejó a Ina, yendo a su tienda.
—Ina, parece que estás de mal humor —dijo Dall—. Vente conmigo a jugar.
La joven se fue con su hermanita y pasó el resto de la mañana de un modo agradable. Tal vez el momento más feliz de la mañana fue ver alejarse a Macadam en su coche tirado por dos magníficos caballos. Marvie no regresó. La señora Blaine sirvió la comida al aire libre, a la sombra de un enebro, e Ina se dijo que aquélla era la primera comida dominguera, desde muchas semanas, en que se encontraba bien. Después ella y Dall ayudaron a fregar y a secar los platos.
—Vuestro padre se ha olvidado de que estamos en do mingo —observó la señora Blaine, complaciente—. Siempre tomamos la comida al mediodía los domingos. Lo echará de menos y tendrá que comer con los vaqueros.
Ina pasó la mayor parte de la tarde echada en su ha maca, leyendo y soñando, tanto despierta como dormida. En efecto, un momento que soñaba dormida, la despertó un vaquero, muy avergonzado y respetuoso, que traía re cado de su padre para que la joven fuese inmediatamente a su despacho. Ina, un poco emocionada, acompañó al vaquero y se aprovechó del momento para hacer algunas: preguntas.
Una de las cabañas había sido dispuesta para servir de sala y despacho para el señor Blaine. No era muy limpia, pero, de todos modos, era una habitación alegre, un remedo de la misma que Blaine usaba para oficina en su hacienda.
El padre de Ina no estaba; la joven echó una mirada a la mesa grande, cubierta de cartas, papeles, documentos, contratos, todo en inexplicable confusión. Muchas veces la joven había rogado a su padre que le permitiese llevar sus libros y archivar sus papeles, mas Blaine había rechazado la idea. Él no necesitaba ningún tenedor de libros.
Ina, mirando la mesa llena de papeles, se preguntó por qué su padre no querría tenerla en la oficina. Luego oyó el ruido de caballos, y por la ventana vio llegar a Setter y tres vaqueros. También apareció de pronto su padre, saliendo de la otra cabaña. Setter lo detuvo, y despidiendo a los vaqueros, se apeó, yendo con Blaine hacía la oficina.
La ventana estaba abierta, e Ina se echó un poco atrás para que no la viesen. Al acercarse su Padre y Setter, la joven se quedó quieta, escuchando, sin remordimientos, la conversación.
—...Veinte caballos salvajes, medio domados —decía. Setter con entusiasmo—. Ide debió de salir anoche, pues no le vi. La puerta estaba cerrada, pero logré abrirla. ¡Buena vivienda tiene allí!, limpia y aseada como si una mujer le atendiera. No había nada más que provisiones de las que nos servimos.
—Claro está que si Ben Ide no estaba, no ha sido posible hablar de negocios —dijo Blaine, pensativo.
—No, pero iré otra vez y me quedaré hasta que vuelva —observó Setter.
—Como quiera, pero ya sabe que soy contrario a ello.
—Lo sé —dijo Setter can paciencia—, pero ¿por qué? No me da usted ninguna razón buena.
—Creo que tampoco la tengo, excepto que conozco al padre del chico, Amos Ide.
—Mire, Hart, a mí me importa un bledo tanto Amos Ide como su hijo —repuso el otro—. Ben Ide tiene la llave de este valle. Su terreno será algún día de inapreciable valor. Can el suyo y el de los tres ranchos del lago Mule Deer dominaríamos toda hasta los terrenos de usted en Silver Medow. ¡Treinta millas a lo largo del Río Perdido! Lo mejorcito de esta región. ¿Cómo es que ustedes los ganaderos no lo han visto?
—Todos hemos estado trabajando hasta hace poco —repuso Blaine ásperamente—. Pero estoy de acuerdo con usted. Hay una fortuna que hacer en el Río Perdido.
—Vaya, y muy grande. Ide tiene un manantial que vale un millón. Los vaqueros de usted dicen que siempre ha estado por debajo del nivel del agua, así es que nadie lo conocía. Y Ben Ide, si lo sabía, se guardó de decirlo.
—Creo que debió de saberlo. Siempre ha sido un muchacho espabilado. Tal vez vio antes que nadie el porvenir de este valle, y por eso se opuso tanto a las ideas de su padre. Si es así, jamás lograremos que nos venda su terreno.
—Mire usted, Hart, eso de comprarle a Ide lo que le pertenece sólo es un hablar de usted —replicó Setter ásperamente—. No le compraremos nada, le echaremos de aquí. Recuerde que le dije que Ben Ide está asociado a un criminal de Nevada. Yo lo conozco. El rancho que tienen, la caza de caballos, todo no es más que un ardid para encubrir el abigeato. Es un truco muy antiguo, lo he visto emplear en Montana, Arizona y Nevada, pero es nuevo aquí en California.
—Ya gasta usted otra vez un lenguaje fuerte —observó Blaine, malhumorado.
—Sí, y es cosa natural en mí —contestó Setter con cierto dejo—. Yo haré los proyectos respecto a los asuntos que hemos hablado y los llevaré a cabo. Usted se limitará a proveer los fondos necesarios. Me apuesto cualquier cosa a que podremos comprar los ranchos de Sims y sus vecinos por cuatro cuartos.
—¡Pobres gentes! No me extrañaría. Mas, en verdad, no me interesa ya tanto comprar esos ranchos. Algunos de mis amigas me han vuelto la espalda debido a nuestras compras. Mi mujer también está haciéndome la oposición.
—Ya lo he visto, Blaine, y me hago cargo —observó Setter suavemente—. Pero el negocio es el negocio. Esos pobres diablos de rancheros aún estarían peor si no les comprásemos los terrenos. Terminemos, pues, este gran asunto del Río Perdido y creo que ya tendremos bastante.
—¡Hum! Paréceme que ya lo tengo ahora —exclamó Blaine—. Buen disgusto he tenido hoy.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Setter con viveza.
—Vino el joven Macadam esta mañana —explicó Blaine—. Estuvo inconveniente con Ina y ésta le dio una bofetada, despidiéndole luego. Sewell vino a verme hecho una furia. Al escucharle, me enfurecí y le dije unas cuan tas de mi cosecha. Se marchó jurando que me llevaría a los tribunales. Ahora tendré que ir a Klamath para devolverle a su padre los treinta mil dólares que metió en nuestro negocio. La que no le he dicho a usted es que el viejo Macadam quiere que su hijo se case con Ina, y que yo, como un tonto, apoyé la idea, sin pensar ni mucho ni poco en mi chica. Sin embargo, me dieron los treinta mil dólares a base del matrimonio entre Sewell e Ina.
—Yo aún le llamaría casa peor —declaró Setter con sarcasmo—. ¿Por qué no me informó del asunto? Me hubiese opuesto. ¡Sewell Macadam! ¡Ese majadero con cara de tonto!... Blaine, si usted hubiese insistido en casarlo con su hija, me habría opuesto.
—¿Ah, sí? —exclamó Blaine.
—Sí, señor.
—¡Un cuerno hubiese usted hecho! —dijo exasperado el hacendado, revelando de pronto su antiguo carácter de hombre independiente y duro luchador. Ina se emocionó profundamente al oírlo.
—¡Bah!, excusémonos discutirlo ahora —añadió Setter, conciliador otra vez—. Lo de Macadam ya pasó. Es muy seguro que más vale que nos hayamos desembarazado de ese astuto vejete.
—Creo que sí, especialmente porque es muy amigo del banquero de Amos Ide. Me costó mucho persuadir a Amos para que entrara en nuestra combinación.
—No se apure en ese sentido, Hart. Amos Ide está con nosotros hasta el cuello más de lo que se figura... ¡Hola! Ahí vienen los vaqueros que mandé al lago Mule Deer. ¡Aquí, muchachos!
Uno de los jinetes se destacó del grupo y se dirigió al sitio donde estaban Setter y Blaine.
—No hemos encontrado a nadie en aquellos ranchos del lago Mule Deer —anunció—. Creo que la sequía los debió echar de allí. No hay agua en ninguna parte y todo parece arrasado por las llamas. Hay muchos animales muertos por haber bebido del agua fangosa.
—Es extraño —murmuró Setter—. Se han marchado... Sí, es natural, no podían vivir allí sin agua. Blaine, me apuesto a que mañana encontrará usted a Sims y a sus vecinos en Hammell.
—Bien, preguntaré por ellos —repuso Blaine marchándose.
Cuando entró en la oficina, Ina estaba sentada en una silla en el fondo de la habitación, al parecer leyendo. Blaine se sorprendió al ver a su hija.
—Papá, tú me has mandado venir.
—Es verdad, pero me olvidé.
Blaine estaba malhumorado y pensativo; se pasó la mano encallecida por el cabello como si quisiera avivar vagas ideas.
—Ina, ya sé que ni tú ni tu madre estáis contentas de mí —empezó como quien comprueba un hecho—. Por lo que a ti concierne, quiero que sepas que creí que llegarías a querer a Sewell Macadam. Tal vez a ello me indujo el caso de Katie y su novio de la ciudad. No comprendí tu actitud, que atribuí a desobediencia, y me en colericé. Ahora, lo que deseo saber es si realmente te irías de aquí para ser camarera de una fonda.
—Sí, papá, hablé muy en serio. Pero, claro, segura mente encontraría otro empleo mejor que ése.
—Bien, no hace falta que pienses más en ello. Me avergüenzo un poco de aquello, pero lo que no me parece bien es la opinión que tu madre tiene de mí. Al fin y al cabo, trabajo por mi familia y no para mí.
—Lo sé, papá; pero a mamá, a mí, a Dall, y a Marvie también, nos gustaría tu bondad y tu cariño ahora, mucho más que una prueba material de ellos en el futuro.
—¡Ajá! La verdad es que he andado muy preocupado últimamente —repuso su padre, sin comprenderla del todo. Había recibido una gran impresión, pero para su obtusa mente se necesitaba mucho más para llegar a la clara comprensión de las circunstancias—. Y por lo que barrunto, aún tendré mis preocupaciones. Con todo, no vayas a figurarte que tu viejo padre esté vencido, a pesar de que su hija predilecta le haya hecho retroceder.
Ina le besó la atezada mejilla apoyando la mano en su hombro.
—Un día te alegrarás de que tuviese suficiente energía e independencia para afirmarme en mis derechos... Yo creo, papá, que el enriquecerte así de pronto te ha colocado en una situación en que tienes que decidir sobre cosas que son nuevas para ti. Y algunas de esas cosas están empezando a darte disgustos.
—Tú lo has dicho, hija. Esas cosas me tienen aturdido. Y no me refiero ni al ganado ni a los terrenos, pues eso lo conozco bien. Pero tantos documentos, las hipotecas, los intereses... Me aturden. Si no fuese por Setter, no sé qué haría.
—Papá..., ¿has consultado con un buen abogado todos esos contratos? —preguntó Ina, muy seria.
—Con ninguno. ¿Para qué pagar honorarios a los abogados? Setter se basta' para eso.
—Pero, papá, ¿cómo sabes que es honrado? Su padre se incorporó con violencia.
—¿Cómo? ¿Si es honrado? Claro que lo es. Setter es un hombre muy poderoso, tiene diez veces más que yo... Hija mía, ¿de dónde sacas tu extraña idea de que Setter...?
El crujir de la arena afuera y el tintineo de espuelas interrumpieron la pregunta de Blaine. Setter apareció en el umbral. Cuando vio a Ina, sus ojos se animaron y en su rostro se dibujó una sonrisa que le favoreció. Su alegría, al verla, era sincera.
—Buenas tardes, Ina; ahora mismo estaba pensando cuándo la vería —dijo acercándose a ella—. Su papá me ha contado el modo como envió usted a paseo a aquel majadero de Klamath. Yo mismo le hubiese despachado en breve.
—¡Oh!, creo que fue papá quien le despachó —contestó Ina, nerviosa.
—Ahora, los hombres maduros como yo pueden probar suerte, ¿eh? —dijo, y al mismo tiempo le cogió el brazo, apretándolo. Estaba sonriente, amable, pero en sus ojos y su manera de ser se revelaba claramente su audacia.
Ina no se movió ni miró a Setter. Observaba a su padre mientras Setter la tenía cogida. Lo que vio, confirmó sus sospechas. Setter dominaba a su padre, éste lo sabía y se daba cuenta en aquel momento de que esa dominación alcanzaba a su hija.
Luego la joven se desasió, no sin cierta violencia, y salió de la habitación, dirigiéndose al campamento. Lo que hasta entonces no había pasado de ser una situación molesta, era ahora una intriga. De momento sintióse Ina desamparada, como cogida en una trampa. Su padre no era contrincante para Less Setter. La actitud de éste era la del que domina la situación. Luego la joven se enfureció, olvidando su miedo y recordando, en cambio, la advertencia de su madre.
—Uno de nuestros fornidos vaqueros que pudiese luchar por mí —murmuró—. Parece cosa fácil; ¡son todos tan buenos y tan simpáticos...! Pero... ¡cómo podría decidirme a hacerlo... si amo a Ben Ide!
Ina se detuvo, asombrada, aturdida. Se echó de pronto a temblar. El corazón, en un momento de incertidumbre y angustia, habíale revelado la verdad. Una confesión sencilla y natural, dicha en voz alta, adquirió de pronto pro porciones enormes. ¡Ben Ide! Lo amaba desde que era pequeña. La verdad la aturdió. La amistad, la lealtad hacia el viejo amigo, todo había sido una máscara para ocultar el amor. Ina echó a correr, miedosa, de pronto, de que la viesen, de la luz del' sol, de sí misma. Corriendo se metió en su tienda, cerró la puerta y se quedó con las manos oprimiendo el agitado pecho. Iba comprendiendo el terrible alcance del apuro en que se hallaba.
—¡Ben! ¡Ben! —murmuraba—. ¡Dios mío... si es mi vida!
Hasta el día siguiente no se recobró Ina de la tormenta de emociones que la embargara. Del caos espiritual surgió una mujer mucho más segura de sí misma, una mujer que despreciaba la debilidad sentida ante los problemas del día anterior.
Desde aquel momento, la joven, atenta a todo, se dedicó a emplear las horas en las pocas oportunidades de acción y trabajo que ofrecía el' campamento. Ayudó a su madre, cosió, leyó, estudió, jugó con Dall, montó a caballo con Marvie, mas siempre hubo momentos en que vagaba, soñando, en espera de algo que estaba segura había de suceder. Ya no sentía miedo. Ya no temía a Setter, y no hizo ningún esfuerzo para rehuirlo, circunstancia que aquél advirtió con creciente curiosidad. Sin embargo, la nueva actitud de Ina no le afectó en nada, pues estaba a la vista que era indiferente a la mentalidad que pudiera tener. Ésta vio que Setter no concebía el espíritu de la mujer. Era un hombre vil, atrevido, brutal. No deseaba amor ni respeto. Para él no era sino un caballo que se posee y se castiga.
De una manera muy hábil y casi sin darse cuenta Blaine, la joven se las arregló para enterarse de los negocios de su padre, quien, al fin y al cabo, no negaba la información a su hija. Quien se resentía del interés y la intromisión de Ina fue Setter, mas, con respecto a ello, el hombre se hallaba entre la espada y la pared, puesto que, por otra parte, le encantaban las visitas de la joven a la oficina.
Poco después, por la tarde del día en que Setter habíase ido nuevamente a Río Perdido, Ina se vio sorprendida por el ruido, de cascos de caballo cerca de su tienda y luego por un grito estentóreo de Marvie. La joven salió corriendo.
Marvie se apeaba de una jaca sudorosa; el rostro del muchacho, radiante, rojo, emocionó a Ina, y antes de que pudiera preguntarle, Marvie exclamó:
—¡Oh..., no puedo hablar!... Vengo aprisa para llegar antes... Papá gritaba como un loco... cuando pasé... Me he escapado... Me matará... Estaba en casa de... de Ide... cuando llegó allí Setter... Ina, lo que ha pasado... te gustará..., pero no me hagas hablar ahora... Has de estar en el rancho cuando llegue Setter... Súbete a mi jaca y ¡hala!..., ¡hala!
Ina no iba vestida para montar a caballo, mas no le importó. Cuando montó en la jaca, Marvie le dijo aún:
—Espero que papá, con el jaleo, se olvidará de mí. Si no... tú...
Ina, al alejarse, no oyó el fin de la frase, pero supuso lo que Marvie había querido decir. Estaba la joven muy emocionada y sentía curiosidad. ¿Qué le había pasado a Setter? ¿Y a Ben? Encontró a su padre y algunos hombres en el rancho, muy interesados en el regreso de Setter, quien llegaba con tres vaqueros.
—¿Dónde está ese bandido de Marvie? —preguntó Blaine, iracundo.
—Creo que ha ido a ver a mamá para que le proteja —repuso Ina.
—¡Ajá! Pues no le valdrá, le zurraré lo mismo.
—Y ¿por qué, papá? —preguntó Ina correspondiendo a las sonrisas de los hombres que se hallaban presentes.
—Porque pasó por aquí en su jaca chillando como un piel roja y no quiso detenerse.
—¿Y qué gritaba?
—Creo que algo sobre Setter. No le entendí. Nunca he visto al chico de ese modo. Está haciéndose demasiado salvaje, será menester ponerle trabas.
—Espérate, papá, hasta que sepas lo que ha pasado. Marvie estaba muy nervioso. Creo que ha habido una pelea en Río Perdido.
—¿Una pelea?... Bien, bien —exclamó Blaine—. Ya le dije yo a Setter que tuviese cuidado.
Uno de sus hombres señaló al grupo que entraba por la puerta del cerco del rancho.
—Mi amo, parece que Bill Sneed está sosteniendo a Setter sobre el caballo.
Blaine, renegando en voz baja, dio unos pasos para interponerse a los jinetes que se dirigían a la segunda cabaña. La aguda mirada de Ina vio el gesto de impaciencia de Setter, su ademán imperioso indicando que no quería que le viesen en aquel momento.
Mas Blaine continuó avanzando y sus hombres tras él. Ina no quería perder nada y les siguió también. Así Setter y los tres vaqueros viéronse detenidos frente a la cabaña.
—¿Qué diablos le ha pasado a usted? —dijo Blaine gritando, asombrado.
Setter no llevaba americana. Su blanca camisa estaba rota, sudada, manchada de sangre y de polvo. Su rostro estaba desconocido. Encima de uno de los ojos tenía un chichón negro que lo ocultaba; el otro, centelleaba con furia. Tenía la boca hinchada, echando sangre.
Levantando la mano temblorosa, Setter empezó a hablar con voz ronca:
—Ide y sus bandidos me han pegado.
—¿Cómo? —preguntó Blaine, acalorado.
—Me cogieron el revólver y se me echaron encima —dijo Setter apeándose penosamente. Saltaba a la vista que estaba maltrecho.
—¡Malditos sean! ¡Eso sí que no lo puedo dejar pasar así como así! —gritó Blaine, enfurecido y asombrado—. Será un asunto para Strobel... Pero, dígame, ¿es que mis vaqueros estaban allí viendo como le pegaban entré los tres?
Uno de los vaqueros se irguió como herido por un golpe. Ina reconoció al simpático Bill Sneed, muy amigo de Marvie. El joven alzó la mano enguantada con fiero ademán de negación. Sus ojos azules centellearon. Ina, al verlo, se emocionó más aún.
—Setter, cuente las cosas bien —dijo Sneed con voz ronca y tajante.
—¡Cállese usted o le despediré! —exclamó Setter.
—Despida al diablo —repuso Sneed con calor—. A mí no me despide usted, porque yo me iré de todos modos. Y ahora voy a contar lo que ha pasado.
—De modo que ¿haciendo causa común con Ben Ide? Bueno, ya me las pagará usted más tarde —carraspeó Setter temblando de debilidad y de furia. Su rostro ensangrentado expresaba horrible maldad. Luego se metió enfurecido en la cabaña y cerró la puerta.
—Bill, Setter es mi socio, pero no puede despedir a nadie aquí —dijo Blaine mirando al vaquero.
—Lo mismo da, señor Blaine, porque me marcho. No quiero trabajar donde esté ese hombre.
—Muy bien, Bill, comprendo tu manera de pensar. Ahora espero oír qué es lo que ha pasado.
—Setter nos ofreció cien dólares a cada uno si le dejábamos en la creencia de que Ben y sus amigos le habían atacado los tres. Pero no sucedió así. Fue Ben solo quien lo hizo. Le zurró a Setter, y el espectáculo era muy di vertido.
Bueno, ¿qué motivo había?
Sneed se sentó de nuevo en la silla de montar, menos beligerante, al saber que le iban a escuchar.
—Llegamos a Río Perdido a eso del mediodía —empezó—. Ben estaba en casa con el indio y nos invitó a comer con la mayor amabilidad. Nos dijo que su socio estaba en los campos de lava, donde habían cogido una gran manada de caballos salvajes. É1 y Modoc habían llevado algunos al rancho todos los días. Después de comer fuimos a ver los caballos. ¡Vaya un lote! Ben debe de ser una maravilla con esos animales. Setter se quedó viendo visiones, se excitó y, poco después, dijo: «Mi socio Blaine desea comprar su terreno, lo mismo que los de Sims y sus vecinos, y puede usted venderle al mismo tiempo esos caballos. Ben puso una cara extraña, pero contestó con mucha calma que no pensaba vender nada y que, en cuanto a Sims y sus vecinos..., tampoco podían vender, porque él, Ben, ya había comprado sus ranchos hacía tiempo.
Sneed se detuvo, echándose a reír con fuerza.
—Bien, señor Blaine, había que ver cómo saltó Setter. Estaba loco, y cuando Ben volvió a rehusar, breve y fría mente, Setter exclamó: «Usted venderá o le echarán de aquí.» Ben quiso saber entonces quién haría esa faenita. Setter juró que él mismo. Ben contestó que aquél era un país libre y, constando como constaba que aquel rancho era suyo y que había comprado legalmente los otros tres, no veía cómo se le podría echar de allí. Entonces dijo Setter: «Bien sabe usted que eso de la caza de caballos es sólo un pretexto.»
Sneed volvió a detenerse, mirando a Blaine con sus ojos de azul acerado, y, como si quisiera aumentar la expectación, pasó una pierna sobre el pomo de la silla. Ina se emocionó al ver la fuerza que tenía el vaquero retardando el desenlace del relato.
—Venga, dígalo de una vez —gruñó Blaine apretando el puño. Sin duda ya lo sabía sin necesidad de que se lo explicaran con todo detalle.
—Ben se puso un poco blanco —continuó Sneed— y se acercó a Setter, preguntando secamente: «¿Qué pretexto es ése?»... A lo que Setter contestó: «Ide, más le vale aceptar la oferta de Blaine». Ben exclamó entonces con furia: «¡No y no! Quiero saber eso del pretexto»... Setter enrojeció, contestando a gritos—: «¡Conocemos ya lo de los robos de ganado!»
»Ben le asestó un golpe en el ojo. ¡Vaya un puñetazo! Setter hubiese salido como un proyectil, a no ser por la cerca. Setter sacó su revólver, pero Ben lo asió, apartándolo cuando salió el tiro. Si no hubiera sido tan rápido, mal le hubiese ido. Forcejearon y Ben le arrancó el arma. Creí que iba a matar a Setter, pero no; tiró lejos el revólver. Y luego dio a Setter la paliza más formidable que he visto en todos los días de mi vida. Nos costó una hora hacerlo volver en sí y toda la tarde para traerlo donde estamos... Eso es todo, señor, y mis compañeros confirmarán lo dicho por mí.
Blaine no se dignó mirar a los compañeros de Sneed para obtener la confirmación del relato.
—¡Ajá! Bueno, Bill, me haría usted un obsequio si cambiase de opinión sobre eso de marcharse —dijo.
—Gracias, señor Blaine. Lo consultaré con la almohada —repuso Sneed.
Ina se apeó de la jaca y siguió a su padre a la oficina. No parecía que estuviese furioso.
—Bueno, hija, creo que la cena aún no está y tendré tiempo de zurrarle a Marvie.
—¡Oh, papá!, no le pegues. Considera que estaba muy excitado. Vio la lucha.
—¡Hum! Tú también estás alocada —respondió su padre con acento curioso—. Creo que hubiese hecho bien en no dejarte oír el relato. Marvie quiso que lo oyeses, ¿verdad?
—Sí.
—Bien, también recibirá lo suyo por eso. ¿Qué te pasa, hija, que estás tan pensativa?
—Hoy mucho, papá, y he de confesar que no es que me preocupe tu actitud referente a Marvie —dijo Ina—. ¿No te ha dado que pensar a ti?
—¿Acerca le qué? —preguntó Blaine cerrando la puerta para marcharse.
Ina llevó la jaca de Marvie de la brida, yendo al lado de su padre, hacia el campamento. Ina deseaba hallarse sola para repasar los incidentes del relato de Bill Sneed, para gozar en la victoria de Ben, pero al mismo tiempo deseaba conocer los pensamientos de su padre.
—Sobre la manera de proceder de Setter con Ben Ide —contestó Ina.
—Pues no veo nada en eso que pueda darme que pensar.
—Entonces, en el modo como Ben zurró a Setter.
—Tampoco. Me parece que Setter se mereció esa paliza —respondió Blaine con sinceridad.
—¡Oh papá! —Ina se vio obligada a morderse los labios para no hacerse traición—. Y ¿no te da que pensar el modo como mintió Setter?
—Hija, tengo miedo de pensar. Estoy metido en negocios con Setter hasta la coronilla. Tiene mi firma por muchos miles de dólares y no puedo deshacerlo ahora. Es preciso continuar... En cuanto a la pelea, diré esto sabía que sucedería así. Aconsejé a Setter. Lo que me sorprende y me da que pensar es que Ben Ide no lo matase.
—Papaíto, yo creo que sé por qué no lo ha hecho —murmuró Ina echando a correr para ocultar su rostro en el santuario de su tienda.
IX


EL padre de Ina salió para Klamath Falls y estuvo ausente cuatro días, durante los cuales el señor Setter no se dejó ver.
Marvie consideró la zurra recibida más como una des gracia que como castigo y estaba más rebelde que nunca. Quiso obligar a Ina a ir con él a Río Perdido y no adivinó que tras la serena negación de su hermana se escondía un tremendo tumulto de tentación. Ina anhelaba ver a Ben Ide, pero no se decidía aún a ir a él, sabiendo, sin embargo, que él se acercaría a ella sin invitación ex presa.
El señor Blaine volvió de su viaje acompañado del alguacil mayor de Hammell, el señor Strobel. Ina, al ver lo, se llenó de alarma y consternación. Su padre mostrábase evasivo y hosco; tal vez había sucedido algo desagradable en Klamath o Hammell y la joven decidió averiguarlo. Procuró ver a Strobel cuando éste estaba solo en la oficina del padre de Ina.
—Señor Strobel, ¿querrá concederme un momento de conversación? —le preguntó seriamente, con la más en cantadora de sus sonrisas.
—Ya lo creo, señorita —repuso el representante de la Ley con amabilidad—. Me gustaría que esos buenos muchachos vaqueros tuviesen celos de mí.
—Hablo en serio, señor Strobel. Su llegada... me ha asustado —dijo Ina mirándole a los ojos acerados—. ¿Le ha mandado a buscar mi padre?
—No. Me he invitado yo solo.
—¿Le ha contado mi padre lo de... aquella terrible lucha? —continuó la joven.
—Sí, pero no lo hizo hasta que estuvimos ya en camino.
—¡Oh! Me alegro... Dígame, ¿por qué ha venido usted?
—Bien, señorita Ina, el caso es que los rancheros de Hammell, su papá de usted y Amos Tide, sobre todo, quieren que se acabe con la banda de abigeos. He mandado agentes míos a todas partes y yo mismo iré a Silver Meadow. Allí opera una banda de ladrones.
—Silver Meadow, ¿está esto cerca de los campos de lava?
—No. Silver Meadow está Río Perdido arriba, a unas cuarenta millas, creo. Los campos de lava están al oeste del lado Tule.
Los ojos escrutadores de Strobel inspiraron confianza a Ina. Parecía un hombre respetuoso y compasivo.
—Señor Strobel —empezó la joven con calor—. Ben. Ide y yo hemos sido condiscípulos. Al volver a mi casa, tras de cuatro años de ausencia, me lo encuentro convertido en un proscrito. Lenguas embusteras dicen que él es un... un ladrón. ¡Eso es un crimen! Ben ama la vida selvática, la caza de los caballos sobre todo, pero es honrado a carta cabal. A mí me consta, señor Strobel. No se trata de la creencia de una muchacha sentimental... He hablado con Ben y me coloco enteramente a su lado.
—Bueno, bueno, señorita Ina, paréceme que Ben no está tan mal en cuanto a amigos —repuso Strobel mirándola fijamente.
Ina le contó entonces la visita de Setter a Ben y la lucha entablada, tal como lo había oído relatar a Bill Sneed, y pronto echó de ver el efecto que el relato tuvo sobre el alguacil.
—Su padre no lo contó de ese modo —observó Strobel con calma.
Claro que no, pero yo se lo he contado a usted tal como lo oí de boca de Bill Sneed —repuso Ina con calor—. Vaya a buscar a Sneed y que él se lo repita. Naturalmente, Setter jurará que Bill Sneed hace causa común con Ben, pero yo le digo que no vio a Ben hasta aquel día de la lucha. Sneed es un hombre recto. Setter no lograría torcerlo.
—Bien. Señorita Ina, ¿he de entender que usted será agente secreto mío? —preguntó Strobel con burlona sonrisa.
El corazón de Ina le dio un salto cuando comprendió el alcance de tales palabras.
—Si yo..., si usted quiere tenerme —empezó, sorprendida.
—Sí, señorita; deme la mano... Me enorgullece tenerla como agente y no menosprecio en nada su valor. Una mujer como usted da quince y raya a los hombres en lo de ver ciertas cosas. Ahora dígame su opinión personal sobre Less Setter. Recuerde que sus confidencias no saldrán nunca de mí.
—Muy bien, le daré mi opinión personal —contestó Ina, animada—. Less Setter es un mal hombre, moral mente quiero decir. Eso lo sentí antes de saberlo. Insultó una vez a Hettie Ide... La asustó de un modo terrible en otra ocasión. Por lo que respecta a las mujeres es atrevido, traidor y poco escrupuloso. Su modo de ser conmigo fue al principio halagüeño y suave. Mas cuando vio que no adelantaba nada, cambió de táctica. Me hizo el amor de una manera violenta... Me acechaba en todo momento. Ya no me fue posible ir sola ningún sitio.
—¡Señorita Ina! —exclamó Strobel, incrédulo—. ¿Quiere decir que... le hubiese puesto la mano encima?
—Mi querido señor Strobel —respondió Ina, casi con impaciencia—, se lo digo con toda la franqueza que puedo. Me ha puesto la mano encima más de una vez. Pero soy fuerte y..., bien, logré escabullirme.
Al ver que las facciones atezadas de Strobel adquirían la dureza del acero y al oír sus reniegos en voz baja, la joven obtuvo aún mejor impresión del alguacil mayor que antes tuviera.
—Hace poco, Setter ha cambiado de actitud —continuó Ina—. Hay ahora en su modo de ser un dejo de dominio. Creo que piensa en el matrimonio. Antes, eso no entraba nunca en sus cálculos.
La callada aceptación de Strobel de todo cuanto oía no dejó ninguna duda en la mente de Ina acerca de que había hecho muy bien confiar en él. Intuitivamente comprendió la joven la posición de Strobel mejor de lo que éste se daba cuenta.
—Ahora, en cuanto a lo que yo pienso —continuó ella—, tome lo que diga por lo que valga. El súbito encumbramiento de mi padre desde la medianía, para no decir pobreza, a la oportunidad de ganar más dinero aún, le ha trastornado. Papá conoce a fondo la agricultura, la ganadería, pero nada más. Es un hombre sencillo, confiado y entusiasta como un muchacho. Setter le ha enredado, metiéndole en un sinfín de negocios. Papá ha dado el dinero, ha firmado documentos, hipotecas, letras, y Setter ha dado su ingenio. Sin duda, para su provecho propio. No me sorprendería nada que Setter hubiera metido a papá en hechos criminosos. Lo cierto es que lo tiene cogido y pronto tratará de hacer que papá me obligue a casarme con él.
—Y eso será muy divertido, ¿verdad? —exclamó Strobel revelando de pronto la profundidad de su simpatía.
—Vaya... No cabe duda —repuso Ina riendo.
—Bien, señorita Ina; le quedo muy agradecido por cuanto me ha dicho. Me ha dado otro aspecto del asunto. Es usted muy inteligente. Me gustaría estar más en el pellejo de Ben Ide que en el de su padre de usted.
—¿Por qué lo dice?... ¿Por mí? —preguntó Ina sospechando de pronto que sus esperanzas fuesen vanas.
—No, lo digo por el aspecto de las cosas —repuso Strobel, pensativo—. Sin embargo, no se sabe nunca lo que puede pasar. Yo represento la Ley, pero si no logro prender a los abigeos durante este verano, perderé mi puesto. Amos Ide, su padre de usted, Setter y otros rancheros pertenecen al Consejo y me lo han insinuado. Y si traen policías de Redlands o de Klamath, el resultado podría ser fatal para Ben. Porque es a él a quien persiguen. Hasta el mismo padre de Ben dice que sería menester echarlo de la región... En cuanto a mí..., bien; aun antes de hablar con usted, hubiese sido preciso que yo cogiera a Ben Ide en flagrante delito de robar ganado para arrestarlo.
Hacia el final de la charla, Strobel elevó la voz, hablan do con fuerza y convicción tal que Ina se quedó mirando, agradecida, al hercúleo alguacil mayor.
—Y ahora le diré por qué, señorita Ina —terminó Strobel, sonriente—. Conozco a Ben desde pequeño; le enseñé a pescar y muchas cosas: Y Benjamín Idees tan ladrón de caballos y vacas como yo.
Esto fue demasiado para la dignidad y reserva de Ina, ya bastante limitada por el éxito obtenido en ablandar atan poderoso personaje. Respondió sólo a un gozoso impulso. Deseaba darle todo lo que podía; hubiera dado una fortuna si la hubiese poseído. Mas no tenía nada que dar a un hombre excepto gratitud, admiración y cariño. Ina alargó de pronto los brazos y le dio un beso en la atezada mejilla. Luego se echó atrás, avergonzada y roja como la grana, riendo, sin embargo, al ver a aquel hombre maduro hecho una piedra.
—Eso, señor Strobel, no es de su agente..., sino de su amiga... Hasta siempre —dijo, muy contenta, y echó a correr.
Al día siguiente, Carlos Strobel se marchó por la senda del lago hacia Río Perdido, montado en su caballo. Sin duda iba a visitar a Ben Ide en su camino hacia el Sur. Al principio, la idea complació a Ina, mas, luego, la asustó, porque tenía por seguro que Strobel hablaría allí de su gran interés por Ben y su suerte. Eso podría estar muy bien, pero también podría resultar muy mal. Todo de pendía de cómo Strobel hubiera interpretado la índole de su interés. Siendo un hombre de corazón grande y sencillo, tal vez daría por seguro que Ben supiese el amor de ella, pues la joven ya se daba claramente cuenta de haber re velado a Strobel aquel amor. Y no le importaba que lo supiese. Pero Ben... Ina sufrió un incomprensible ataque de miedo, temor, vergüenza, alegría, todo mezclado de un modo inexplicable. Pasó una hora mala, y después es tuvo todo el día cabizbaja y pensativa. A la hora de la cena llegó Marvie con noticias que, en otras circunstancias, hubiesen bastado para hacerla feliz.
—Setter se ha marchado a Klamath —anunció el chico con gran satisfacción—. Le oí decir que estaría una se mana ausente por cuestiones de negocio, pero Bill Sneed dijo que iba a un dentista para que le pusiese los dientes que Ben Ide le rompió.
Tenía Marvie otras noticias que se reservaba para Ina, y se las contó cuando ésta se puso en la hamaca, después de la cena, para contemplar la puesta del sol. Algunos de los vaqueros habían estado en Río Perdido. Ben Ide acababa de regresar de nuevo. Sus pastos estaban llenos de espléndidos caballos salvajes a medio domar. Dentro de pocos días el compañero de Ben y el indio llegarían con los últimos caballos cazados en los campos de lava, y entonces se quedarían una buena temporada en su propiedad de Río Perdido.
—Y puedes estar segura de que iré a ver a Ben tan pronto se marche papá —aseveró Marvie—. Tú sabías que papá se va a marchar, ¿verdad, Ina?
—No, no lo sabía —repuso Ina incorporándose llena de interés—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Mañana, dicen los vaqueros. Yo me levantaré muy temprano para estar fuera cuando se marche. Así no podrá decirme que no haga tal o cual cosa. Va a salir, con el carro-cocina y unos cuantos vaqueros, para uno de sus ranchos, cerca de Silver Meadow. Los muchachos hablan mucho de Silver Meadow. A mí me pica la curiosidad, porque siempre que me ven se callan.
—¿Por qué no te mantienes alejado, pues?
—A veces me olvido. Oye, Ina; ahora será una buena ocasión para que vengas conmigo a Río Perdido —dijo Marvie bajando la voz.
—¡Oye, Marvie! —murmuró Ina—. Ahora... no puede ser.
—¿Cómo? ¿Es que le tienes miedo a papá o a ese Setter?
—No, no es por ellos —dijo Ina—. No..., Marvie, no puede ser.
—Pues tú has dicho que irías. ¿Qué te pasa ahora? Ben se alegraría mucho, nos enseñaría aquel manantial y el remanso que los muchachos dicen que está lleno de truchas. Nadie nos verá y papá no lo sabrá nunca... Ina, yo iría contigo a todas, partes.
Si Marvie hubiese sabido, no se habría esforzado tanto; Ina sentíase débil, desamparada, y era fácil convencerla.
—Muy bien, iré... algún día —repuso la joven, tratan do de pretender que era la persuasión de su hermano y no su propio anhelo lo que la obligó a contradecirse.
¡Qué aliviada se sintió Ina cuando Marvie se marchó saltando de alegría! Con un suspiro recostóse en la ha maca entregándose de lleno a sus pensamientos.
Sin embargo, la hamaca la retuvo poco tiempo. Le invadió una gran inquietud, y se levantó para pasearse bajo los enebros hasta que el ejercicio y el razonamiento le devolvieron poco a poco la calma.
Entre tanto, el sol habíase puesto tras las grises montañas en la artemisa; veíase, no obstante, aún luz en las lejanas laderas y en las altiplanicies que llegaban a las negras sierras.
Ina se dirigió a su sitio favorito, una roca en la punta de una eminencia, oculta desde el campamento, y desde el cual tenía una amplia y hermosa vista sobre la región.
—No puedo ir a Río Perdido —se dijo—. Deseo ver a Ben... ¡Oh! ¡Cuánto lo deseo!... Le amo. Y tal vez..., no, no..., él no me ama... Cuando menos así me lo pare ció. Mi corazón me lo hubiese dicho... No debo verle. Sin embargo, lucharé por él de la misma manera.
La dorada luz del sol retrocedió del promontorio arbolado y de la pequeña cabaña que había al otro lado del lago donde Ben tenía su hogar, e Ina vio cierta semejanza entre aquel cambio y el humor de ella, porque ella es taba cambiando todos los días, todas las horas. Algo extraño la invadía, tal vez era una inmensa tristeza.
Comprendió bien en aquella hora solitaria por qué aquella región selvática habíase apoderado de su imaginación y de su corazón entero. Hubiérale gustado vivir siempre allí, rodeada sólo de lo más necesario de la vida. Sintió que para ella era preferible la lucha con los elementos, con la dura y solitaria selvatiquez, a la dependencia y mala comprensión, al odio, y a las antipatías de las gentes que, como su hermana Katie, preferían la ciudad.
—Tengo sangre de exploradores, de aventureros, en mis venas —se dijo Ina—, pues así lo decía siempre tío Carlos. Todo lo que necesito es un explorador.
La idea le causó risa, pero una risa triste, sin alegría. Todo lo que era necesario para completar su vida, para llenarla por completo, para hacerla feliz, era que viniese Ben Ide y la llevase como esposa suya a aquella pequeña cabaña gris que miraba al Oeste. Y al contemplar de nuevo la amada casita, la luz retrocedió del todo de ella. ¿Estaba Ben allí, mirando por encima del lago hacia el campamento? Seguramente sabía que ella se hallaba en aquel nuevo rancho de los Blaine.
—«¡Oh, no!, no debo soñar de este modo —murmuró la joven sustrayéndose a su ensimismamiento—. Es una locura. Ben nunca lo sabrá... y si lo supiese, jamás ven dría aquí.»
Al día siguiente pasó Ina por las mismas luchas con su amor, y así continuó día tras día, colmando su inquietud Marvie, quien tanto quería a su hermana y deseaba que viniese con él a ver a Ben.
—No te entiendo —dijo un día el muchacho con impaciencia—. Creí que te gustaba Ben. Quédate, pues, en casa y juega con Dall. No eres pareja para un hombre; eres una veleta, no sabes, lo que quieres. Iré solo y le diré cosas a Ben.
Ina, al, oírlo, se echó a temblar.
—¡Cuidado si lo haces! —exclamó la joven, furiosa.
—¿Caramba! Ina, eres un misterio. Casi temo que se lo dirías a papá, si me escapara otra vez.
—Claro que lo haré, a no ser que me prometas no decir nada a Ben —dijo Ina aprovechando la coyuntura.
—Muy bien, prometo decirle sólo lo que tú quieras —contestó Marvie capitulando—. Lo que no puede ser es que vaya y no le diga nada.
—¿Y por qué no?
—Porque es preciso que le diga algo de ti. Estamos de su parte, ¿no? Y él lo sabe. ¿No fuiste amable con él cuando hablabais en el rancho de Hettie Ide? Cuando menos me lo pareció entonces. ¿Es que, de pronto, te has cansado? ¿Te vuelves cobarde y quieres ofenderle? Ahí está esa lucha que tuvo con Setter, que tanto nos complació. ¿No quieres que lo sepa?
—¡Espérate, Marvie! —imploró Ina, sucumbiendo ante el bombardeo de palabras de lógica, desdén y lealtad. El chico tenía toda la razón. Ben interpretaría mal su silencio. Era, necesario enviar un recado, decirle algo que fuese tan eficaz como lo que dijera aquella noche en casa de Hettie. Pero... ¿qué? Necesitaba tiempo para pensar lo, y allí estaba Marvie, mirándola con cara de disgusto.
—Dale recuerdos de mi parte —empezó, sin saber a dónde le llevarían sus palabras—. Dile que me alegro mucho de que haya cogido tantos caballos salvajes. Dile que el alguacil mayor Strobel... No, no importa...
—¿Y eso es todo? —preguntó Marvie, al detenerse su hermana—. ¡Vaya un recado!
—¡Oh, cállate! Eres el mismísimo demonio —exclamó Ina, desesperada—. Puedes decirle a Ben que creí morirme de risa al ver a Setter..., al saber quién fue el que le pegó... ¡Ya está dicho! —Pero la emoción y la alegría que advirtió en el rostro de Marvie la obligaron a decir todavía más.
—Y dile que venga aquí —exclamó apresuradamente.
—Ahora estás hablando como se debe —repuso Marvie satisfecho—. Ya sabía yo que te deshelarías. ¡Pero, cuidado que me has tenido vacilando! Iré a ver a Ben tan pronto como coja uno de nuestros caballos.
Después de marcharse Marvie, y tras la reacción del momento, Ina estaba segura de que se sentiría infeliz y enferma, mas nada de eso sucedió. No se conocía a sí misma. ¡Qué ardor en las mejillas! Deseaba correr, cantar, bailar. ¡Qué ridiculez negar la juventud, la esperanza, el amor! Sentíase feliz por primera vez en muchos días, por que la verdad de su corazón había abatido la vanidad y el orgullo... Estaba feliz por haber enviado recado a Ben de que viniese. Era posible que no viniera, mas eso no cambiaba el hecho de su franca invitación. Además, no le gustaría que viniese muy pronto..., cuando menos, no hasta que hubiera logrado cierto dominio sobre esa nueva modalidad que en ella habíase revelado.
A media mañana, sintióse atraída de pronto por su lugar favorito, el que frecuentaba raras veces hasta llegar la tarde; y apenas acomodada en la roca, vio a un jinete que remontaba la ladera por el lado oeste del lago. Los vaqueros no tomaban nunca aquella ruta. No había sendero alguno allí. Ina preguntóse, curiosa, quién podría ser. Lo cierto era que el jinete trataba de rodear el rancho entrar en él. Fijándose bien, Ina no recordó haber visto ni al jinete ni al caballo.
El hombre, al llegar a la cima, a cierta distancia del lugar donde se hallaba Ina, se dirigió en derechura a ella. No cabía duda, la había visto en la roca.
Rápidamente se aproximó el caballo, se detuvo ante ella y el jinete se apeó con rapidez y gracia singular. Sus espuelas tintineaban. Ina se dijo que era el jinete más chocante que había visto. Alto, delgado, ancho de hombros, tostado por el sol, como un indio, con ojos negros penetrantes..., no podía ser sino el amigo de Ben Ide. Ina le reconoció por la descripción que de él le había dado Hettie Ide, mas le pareció que aun sin tales detalles lo hubiera reconocido.
—Buenos días, Ina Blaine —dijo con la voz lenta y suave de los yanquis del Sur, y, quitándose el sombrero, que dejaba al descubierto su cabello negro como el azabache, hizo una cortés inclinación—. Me complace mucho hallarla aquí.
—¡Nevada! —exclamó Ina—. Usted es Nevada, el amigo de Ben, le conozco.
—Paréceme que ninguno de los dos nos hemos equivocado, a pesar de no habernos visto nunca. Nada más natural..., el amigo de Ben y la novia de Ben.
—¡Oh! Me alegro mucho de conocerle —repuso Ina, sonrojándose al alargarle la mano.
—Y... yo a usted, Ina —contestó Nevada quitándose el guante para estrechar la mano de la joven.
—¿Viene usted a verme a mí?
—Sí.
—¿Ha encontrado a mi hermano Marvie? Salió para Río Perdido esta mañana.
—No..., pues no he venido por el camino de él.
—¿Es que Ben... le envía a usted? —continuó preguntando Ina, apresuradamente.
—No, no. Y si lo supiera, señorita, me mataría. ¡Vaya si me mataría!
—¿Marcha todo bien... en Río. Perdido? —preguntó la joven vacilando.
—Con viento en popa, y cada día mejor. Ben y yo es tamos subiendo la cuesta de la suerte.
—¿Les ha visitado Strobel?
—Toda la noche charlamos con él y... como si no fuese representante de la. Ley.
—¿Habló... de mí?
—¡Vaya! No habló de otra cosa.
—¿Qué dijo? —preguntó Ina, a punto de desmayarse, porque temía una indiscreción.
—La culpa de que Strobel hablara tanto fue de Ben —observó Nevada con una sonrisa que devolvió a Ina un poco de su calma—. Strobel quiso hablar con nosotros sobre los caballos, sobre la región; pero Ben no le dejaba en paz, porque sólo le interesaba saber de usted. Y todo lo que dijo Strobel fue que usted es muy buena mucha cha, muy bella y que le había tratado con tanta amabilidad. Ben dijo una y otra vez: «¿Sabía ella que usted iba a venir aquí y no le mandó ningún recado?» Y Strobel contestaba: «Ben, no lo recuerdo exactamente, aunque habló de ti de un modo casual, refiriéndose a los caballos salvajes y a la lucha.» Y entonces Ben suspiraba y se mesaba los cabellos, diciendo: «No, es propio de Ina Blaine.» Hacia el final de su lento hablar, tan agradable en el tono de voz de Nevada, Ina iba recobrando rápidamente la serenidad.
—Venga, sentémonos a la sombra —dijo cordialmente al vaquero—. Me gustaría llevar a su caballo de la brida. ¡Qué maravilloso es! Claro que se trata de un animal salvaje, domado; lo veo en sus ojos. Y, sin embargo, sabe que no he de hacerle daño.
—Señorita, espérese hasta que vea el Rojo de California —observó Nevada—. Entonces podrá hablar de un caballo bueno. Y va a ser de usted antes que termine el año.
—¡Ah! ¿Es que a Ben le atrae la extravagante oferta de mi padre? —preguntó la joven.
—Creo que, al principio, sí; pero ahora jura que, si coge al Roja, a nadie se lo ha de vender, sino que se lo va a regalar a, usted.
—Mal negocio es esa esplendidez para un pobre cazador —repuso Ina moviendo la cabeza—. Dígale a Ben que se atenga al ofrecimiento de mi padre.
Poco tardó Ina en hallarse sentada, a la sombra del árbol, junto al amigo de Ben, alegrándose del hecho y hablándole con entera libertad: Además, ahora le era posible mirarle sin pensar en sí misma ni en su secreto. Y Nevada era bueno de mirar. Nunca había visto la joven un rostro como el suyo, alargado y enjuto, de cutis limpio y atezado, sin barba, con alguna que otra línea dura que desaparecía al sonreír. Sus ojos eran maravillosos en su penetrante negrura. Ina temía la fuerza de su mirada, mas, al mismo tiempo, sentíase protegida. Decididamente, Nevada le gustaba y tenía en él plena confianza. La lealtad del vaquero hacia Ben y el orgullo que le inspiraba la amiga de éste, tenían para la joven un dulce encanto y ofrecíanle cierta protección.
Su cabeza, por sus enérgicas facciones, tenía cierta semejanza con la del águila. Su indumentaria, tanto la parte de tela como la de piel, acusaban largo uso, y precisamente por ello, sentábanle mejor. Llevaba pantalones de cuero de tosca confección y de un estilo que Ina no había visto aún entre los vaqueros de su padre. De un bolsillo en la pierna derecha, más bajo que de costumbre, asomaba la culata de un revólver de terrible aspecto. Los pies de Nevada eran pequeños, iba muy bien calzado y llevaba unas espuelas enormes.
—No puedo llevarle ningún recado a Ben sin descubrirme —decía.
—Nevada, usted no puede haber venido aquí tan sólo por motivos de curiosidad —dijo Ina recordando de pronto la sorpresa que le había causado su visita.
—¡Es verdad!, no fue eso, pero de todos modos sentía una gran curiosidad por conocerla.
—¿Tal vez desea saber noticias de Hettie? —preguntó la joven con timidez.
Tocóle a Nevada el turno de enrojecer, y el rubor no le sentaba mal. Le quitó momentáneamente aquel singular aire de serenidad.
—Claro que lo deseaba, pero juro que no he venido a propósito para ello —afirmó el vaquero.
—Bien, me alegro no tener que decepcionarle —repuso Ina alegremente—. Vi a Hettie hace dos semanas. Hablamos largo rato. Estaba bien y era dichosa. Su madre está cada vez mejor. Me habló de usted, le quiere, cree que usted es un leal amigo de su hermano Ben. También está segura de que los dos son ustedes honrados y sin ceros, y que desmentirán los viles chismes con su conducta. ¡Ah! Se pondría usted' muy vanidoso si se lo dijera todo.
A juzgar por la agitación que acometió a Nevada, la joven ya había dicho bastante. Un espasmo de angustia pasó por su rostro como una negra sombra.
—¡Dios mío! ¡Si yo pudiese olvidar el pasado, recordando sólo lo presente! —exclamó, desesperado.
—Nevada, con su conducta puede usted borrar cualquier pasado —respondió Ina, sorprendida y afligida.
—¿Aunque sea muy malo?
—Sí, a pesar de ello.
—¿Podría llegar a ser digno de Hettie?
—Ya lo creo. Sea usted lo que ella desea..., lo que ella le suplicó que fuese. Entonces será digno.
—La amo —repuso Nevada cubriéndose el rostro con ambas manos. Así quedó largo rato, y cuando alzó la cabeza, habíase serenado—. No era mi intención hablar de mí mismo —dijo—. Mas no hay daño en ello. Me alegro de que usted sepa lo que siento. Y tampoco le hará daño saber lo que siente Ben.
—Y... qué es? —preguntó Ina reteniendo el aliento.
El centelleo de sus ojos negros la sobrecogió.
—Ben se muere de amor por usted.
—¿Ben... se muere de... amor... por mí? ¡Oh! Nevada, usted..., usted...
—Seré lo que usted quiera, Ina, pero he dicho la verdad. Ben está muriéndose de amor. Es un muchacho muy fuerte y resistente, pero... empieza a flaquear. Ni come, ni duerme, ni descansa... Está loca por usted.
Ina habíase encorvado como bajo la fuerza de un huracán y, apoyada en el enebro, temblaba a un tiempo de angustia y de dicha.
—Perdóneme, Iría, que se lo haya dicho así, de pronto —continuó Nevada tocándole la cabeza con mano suave—. Pero es preciso hacer algo. ¡Escúcheme! Hettie me dijo que creía que usted amaba a Ben que lo amaba ya de niña y que nunca cambiaría. Hettie sólo se lo figuraba, pero yo lo sé. Lo he visto en su rostro. No me lo negará usted, ¿verdad que no?
—No... Es la desdichada..., la terrible verdad —balbuceó Ina.
—No digo que no sea terrible, pero jamás desdichada —repuso Nevada con voz distinta, rápida y vibrante—. Ben y usted se unirán, no cabe duda. Yo voy a matar a ese Less. Setter...
—¡Nevada! —exclamó Ina incorporándose, impulsiva—. ¿Qué dice usted? ¡Sería horrible!
—Pues matar a Setter puede que sea el único modo de salvar a ustedes dos. Setter no me es desconocido, Ina. Ya nuestros pasos se cruzaron en el Estado de Nevada. Dondequiera que vaya, es el hombre más dominador y prepotente. Claro está que, tal vez, aquí, él mismo se pondrá la soga al cuello, en cuyo caso no habrá necesidad de «sacar» el revólver sobre él.
—Sí, sí, Setter caerá en sus propias redes —aseguró Ina.
—Acerca de eso no cabe duda —convino el vaquero—, pero si le dejamos, nos arrastrará a nosotros en su ruina. Y ahora se trata de lo que hacen y están traman do aquí... Ina, si yo hubiese estado en Río Perdido el día que Setter visitó a Ben...
—Hubiera usted destrozado el corazón de la pobre Hettie —interrumpió Ina.
La réplica desarmó a Nevada, quien bajó la cabeza. Mas a poco se irguió de nuevo.
—No, no hubiera sucedido eso, por dos motivos. Si no le intereso, poco puede importarle lo que yo haga. Mas si Hettie, ¡Dios mío, se necesita valor hasta para suponerlo siquiera!, si Hettie me amase..., no me despreciaría por matar a Setter. Y yo le digo, Ina, que las cosas pasarán así, y verá usted que la Ley y las gentes olvidarán pronto a Setter. Cuando se descubra quién es, celebrarán la presencia de alguien que sepa manejar armas. Ése soy yo, aunque en esta región no se conozca el hecho. Muy grande habría de ser su ventaja para atreverse a «sacar» un revólver sobre mí como lo hizo sobre Ben.
—¿Quiere usted decir que quiso matar a Ben, que trataba de quitarlo de en medio de ese modo? —preguntó Ina estremeciéndose.
—¡Hum! Ya lo creo, y ahí está mi mala estrella, por no haber estado presente —respondió Nevada—. Pero nos alejamos del asunto. Mi temor por Ben no estriba en la lucha que se avecina. Puede esquivar las balas, pero no el amor, el querer que le tiene encadenado y sujeto. Por eso he venido aquí. Para decirle a usted lo que Ben jamás se atrevería a confesar, a no ser que se lo arranque por sorpresa.
—Dígale que venga a mí —murmuró Ina alargando la mano hacia tan persuasivo amigo.
—No se lo puedo decir. En seguida sabría que he, estado aquí. Busque otro medio. Creo que se necesita algo más que el ruego de Marvie para que venga... Y cuando venga Hettie aquí, permita que la vea. Dígale que la amo. Dígale que estaré al lado de Ben hasta el último aliento. Dígale que seremos honrados y que ni Setter ni fuerza alguna del infierno puede torcernos. Nos hallamos próximos a una crisis, Ina; seguramente en el otoño sobrevendrá. Ben y yo tenemos un triunfo que jugaremos a su tiempo. Ese piel roja amigo nuestro..., le llamamos Modos..., es el mejor rastreador que he conocido. Vamos tras esa pandilla de ladrones de ganado para cogerla con las manos en la masa. Puede usted decírselo a Hettie. ¿Qué dirán entonces su papá de usted y el de Ben?... Ina, estamos luchando como unos locos y no se nos puede vencer, pero... sólo usted puede animar a Ben. ¿Lo hará?
—¡Oh, Nevada, qué bueno es usted! ¡Que Dios le bendiga! —murmuró Ina abrazándolo—. Sí, lo haré..., lo haré, aunque tenga que ir yo misma a Río Perdido.
X


BEN Ide pasaba unos días de gran cansancio y extrema nerviosidad; pequeños detalles y sinsabores que antes su fría sin mentarlas, ahora le ponían fuera de sí.
Nevada habíase alejado aquella mañana, de un modo misterioso, sin decirle nada a él ni a Modoc. Su amigo tenía por costumbre hacer las cosas así y Ben no se hubiera molestado de haber estado en cualquier sitio, menos en Río Perdido. El establecimiento del campamento de los Blaine en el lado opuesto del lago había sido una catástrofe para Ben.
—Modoc, ¿se ha ido Nevada a aquel campamento? —preguntó a su amigo, el piel roja.
—Yo no hallar ninguna huella en la senda. No entender a Nevada. Él hacer lo que querer.
—¡Caramba!, pues has dicho algo —gruñó Ben—. Ve a, mirar por todas partes, Modoc, es preciso que sepamos en seguida adónde ha ido.
El indio volvió a poco con la noticia de que había encontrado unas huellas del caballo de Nevada en la orilla opuesta del río y que llevaba dirección hacia el oeste del lago.
—Es muy extraño. ¿Será posible que haya ido a Hammell?
—No. Su caballo ir a galope. Nevada no empezar viaje largo al galope.
—Claro que no. Yo no le importo un bledo, pero a su caballo lo quiere mucho. Cualquier caballo... Modoc, ya lo se... Nevada ha ido al campamento de los Blaine, pero no por el camino corriente.
El indio asintió con un fuerte movimiento de cabeza.
—¡Maldición! —dijo Ben, pensativo—. Nevada va a matar a ese Setter, eso es seguro. No me van a servir de nada mis amonestaciones y súplicas.
Y temiendo lo peor, se mostró cabizbajo y taciturno.
—Alguien, en la senda —le interrumpió el indio señalando con ademán lento hacia abajo.
Ben vio en el lado izquierdo del Pago, a mucha distancia, una nube de polvo y, bajo ella, la oscura figura de un jinete. La esperanza de Ben de que aquel jinete fuese Nevada fue de poca duración. Con ayuda de sus gemelos advirtió que se trataba de un muchacho montado en una jaca, circunstancia que le alivió de su ansiedad. Sin embargo, pensó, bien podría ser un mensajero del campamento de los Blaine, y la paciencia que era necesaria para esperar su llegada era superior a las fuerzas del joven. Antes de que el jinete se acercara lo suficiente para poder reconocerlo, desapareció bajo el borde del promontorio. Cuando volvió a aparecer, ya en la orilla del Río Perdido, reconoció el alegre rostro de Marvie Blaine.
—¡Hola, Ben! —saludó el muchacho, radiante de alegría—. El otro día no pude quedarme aquí y por eso, vuelvo hoy.
—Bueno, muchacho, apéate y entra —repuso Ben, contento en alto grado—. Apenas te vi aquel día, pero ¿verdad que no te faltó diversión?
—Claro que no —replicó Marvie clavando en él una mirada de admiración.
—Marvie, me alegro mucho de que hayas venido a ver a este solitario, y en agradecimiento, te voy á regalar un caballito que no está aún domado del todo. Hasta que puedas optarlo, lo retendré en mi corral, pero, desde luego, tuyo es.
—¿Pero de verdad, Ben Ide, que usted me va a dar un caballo salvaje? —exclamó Marvie.
—¡Vaya!
—Ben sonrió al ver la satisfacción del chico.
—¡Hurra! ¡Qué suerte la mía!, pues sólo he venido aquí para verle a usted y para ir a pescar.
—Bueno, bájate de ese rocín matalón y ven a ver lo que son caballos de verdad. ¡Ajá! Ya veo que te has traído una caña de pescar desmontable. ¡A ver...! No es muy fuerte, Marvie..., no sirve para mis truchas.
—¡Caramba! —exclamó Marvie, asombrado, al oír a su amigo.
—Modoc, cuídate de la jaca de Marvie —dijo Ben sentándose para examinar el aparejo de pesca del muchacho—. Yo empleo una caña de una sola pieza fuerte y larga, y toda la cuerda que puedo echar. Estas truchas son tremendas. Si coges con tu anzuelo una grande, hará trizas tu aparejo. ¿Quieres arriesgarte?
—Seguro. Yo le dije a papá que no era muy buena. Me la regaló por Navidad. Si se me rompe, permítame usar la de usted.
—Bien. Ahora arrolla la cuerda a tu modo. No hay nada que complazca tanto a un pescador como seguir sus costumbres... Oye, Marvie, ¿has encontrado por casualidad a mi socio Nevada? Se marchó esta mañana en aquella dirección.
—No he encontrado a nadie en el camino y eso que no estuve durmiendo.
—Tal vez haya ido por la otra orilla del lago.
—¿Nevada? ¿Es que iba a nuestro rancho? —preguntó Marvie con gran interés.
—Modos lo cree así y yo casi también.
—¿Para qué? He oído hablar a los vaqueros acerca de usted y Nevada. Les son ustedes muy simpáticos desde que pegó usted a Less Setter. Aunque sienten más curiosidad por Nevada, porque éste es un desconocido. ¿Por qué había de, ir al rancho de mi padre?
—No lo sé, Marvie, pero estoy preocupado —repuso.
—¡Bah! Me apuesto a que se preocupa por miedo a que Nevada trate peor a Setter que usted —declaró Marque.
—Hijo, casi has acertado —contestó Ben, sonriendo al ver la clara inteligencia del chico.
—Bill Sneed dijo que estaba seguro de que Nevada no le hubiese quitado el revólver para tirarlo. Hubiera «sacado» el suyo sobre Setter... Bueno, Ben, no hace falta que piense en Setter ahora, porque está en Klamath para que le pongan los dientes que usted le rompió.
—¡Pues sí que le he puesto bueno a Setter! —dijo Ben riendo—. Estaba como loco, sólo conservé la serenidad para no usar más que mis puños.
—Hablemos de' otras personas: Pensar en Setter me da rabia. Ayer descubrí que su amabilidad conmigo, sus regalos, el' prestarme caballos y fusiles, sólo es para quitarme de en medio.
—Quitarte de en medio? ¿Por qué?
—Sí, señor,, porque persigue a Ina —afirmó el muchacho con vehemencia—. Tiene cogido a papá en las redes de sus negocios, como dicen los vaqueros, y ahora...
—¿Dices que va tras Ina? —exclamó Ben montando en cólera—. No me digas eso, Marvie, no me lo digas...
—Pero si es verdad —le interrumpió Marvie—. Quisiera tener más años... Ben, no hace falta que ponga esa cara de entierro. Ina odia a Setter, le odia lo mismo que mi perro odia fa mofeta. Y, en eso, poco importa lo que mi padre pueda decir. Fíjese lo que hizo con Macadam. Ese currutaco se había entendido con papá y creyó que era novio de Ina. ¿Lo era? —¡Claro que no! ¿Sabe usted lo que Ina hizo cuando quiso besarla? Mamá lo vio todo y me lo dijo porque no quiere que yo sea como ese Macadam. ¿Qué le parece que hizo Ina?
—Pronto... dime, ¿qué hizo? —exclamó Ben.
—Pues le dio un bofetón, haciéndole sangre, y después le dijo que jamás volvería a dirigirle la palabra. El hombre se marchó con la cara hecha un tomate, papá tuvo que irse aprisa y corriendo a Klamath para devolver el dinero que el viejo Macadam le había prestado. Se lo oí decir a papá cuando habló con Ina. También dijo Ina a mi padre que iría a hacer de camarera a Hammell, antes de casarse con Macadam. Ya ve que hermana tan valiente tengo.
—¡Sí que lo es! —repuso Ben con voz ahogada, inclinándose sobre el aparejo de Marvie, sin lograr que pasara inadvertida su emoción.
—Ben, usted quiere a Ina —dijo Marvie, con mucha seriedad.
Alzando la mirada, Ben comprendió que era mejor confesar la verdad, costase lo que costase.
—Sí, hijo, sí, la quiero —contestó.
—Me lo figuraba —continuó Marvie; muy satisfecho—. Lo averigüé aquella noche que encontramos a Hettie.
—¿Ah, sí? —Ben hubiese querido abrazar al muchacho, que le recordaba a Ina cuando era una niña aún.
—¿Sabe ella que la quiere?
—No estoy seguro, Marvie..., creo que no —repuso Ben si saber qué decir.
—Pues... convendría que lo supiese, Ben —aseveró el muchacho—. Ina lo pasa ahora muy mal, porque tiene que animar a mi padre y evitar que mi padre se enfade.
—Marvie, ya tienes edad para saber que no puedo ir a tu hermana para decirle... eso —afirmó Ben haciendo un esfuerzo—. Mi padre me echó de casa y la gente cree que lo merecí..., que no soy bueno para nada, y cosas aún peores.
—¡Tonterías! —exclamó Marvie, desdeñoso—. Ina lo ha oído todo y estoy seguro que precisamente por eso le quiere todavía más.
—¡Ay, hijo mío! Tú debes equivocarte —murmuró Ben, bajando la cabeza.
—Pues si me equivoco, Ina se comporta de un modo muy extraño —replicó el chico con testarudez—. Creo que tengo razón. ¿Le mandaría un recado si no le quisiera?
—¿Un recado? ¿Por quién? —exclamó Ben, dando un salto.
—Pues ¿por quién ha de ser sino por mí?
—¡Mal amigo! Has estado aquí horas sin decirme nada. Habla, pronto, o me volveré atrás con el regalo del caballo.
—¡Ajá! Ya sabía yo que iba usted a emocionarse —exclamó el muchacho riendo—. Bueno, siento mucho que se haya formado tantas esperanzas porque, en realidad, Ina no dijo gran cosa. Manda sus recuerdos.
—¿Sí? —dijo Ben con ansiedad al ver que Marvie se detuvo para observar el efecto de sus palabras.
—Y que se alegra mucho de que ustedes hubiesen cogido tantos caballos salvajes.
—¿Qué más? —La voz de Ben era menos esperanza da que ansiosa.
—Y sobre la pelea de usted con Setter y el aspecto de éste cuando regresó, me dijo que 1'e dijera que...
Tuvo que hacer grandes esfuerzos para no sacudir al pequeño bribón que ponía su paciencia a tan gran prueba.
—¿Qué? —preguntó.
—...Que se moría de risa al verlo.
Ben respiró muy hondo y miró receloso a Marvie. ¿Acaso ese chico de limpios ojos podría ser capaz de duplicidad?
—Marvie, si me mintieses en estas cosas..., podrías despedirte de caballos y de pesca y de mi amistad.
—Ben, le digo la pura verdad —protestó Marvie con rapidez—. Ina dijo eso y lo que dijo además es aún muchísimo mejor.
—Entonces... ¡por lo que más quieras!, habla —contestó Ben.
—Dijo: «Dile a Ben que venga a verme...» Y ahora, Ben, ¿qué dice usted?
—Me faltan palabras, hijo mío —repuso Ben, confuso y emocionado.
Y en lugar de hablar, arrastró a Marvie llevándolo al patio, al corral, a los graneros, y, por fin, a los campos de pastos y al remanso donde brotaba el manantial prodigioso. Allí enseñó al muchacho el arte de pescar truchas. El aparejo de Marvie se rompió como Ben había predicho, pero no sin que el chico hubiese hecho una buena pesca. Cuando regresaban a la cabaña, Marvie estaba cabizbajo por la pérdida de su caña de pescar, y Ben trató de animarle.
—Ya te llevas buena cosa para la cena. Cinco truchas y de buen peso todas. La próxima vez te traes un aparejo más fuerte o usa el mío.
La frase «la próxima vez» recordó al muchacho que, a pesar de la pena del momento, la vida aún valía la pena de vivirse y que le quedaban muchas horas de alegre pesca. Al penetrar en la vivienda, Marvie había recobrado por completo su habitual alegría y después de charlar un rato más, el muchacho se dispuso a regresar.
—Ben, me gustaría más vivir aquí, con usted, que en nuestra casa del lago Tule —dijo, montando en su jaca—. Y me apuesto cualquier cosa a que Ina piensa lo mismo.
—No, amiguito, las muchachas piensan de distinto modo tratándose del hogar —repuso Ben procuran o mostrarse natural, cuando de buena gana hubiese bailado cabeza abajo—. Nosotros los hombres gustamos de los espacios abiertos, de la caza, de caballos, de la pesca, en fin, de trabajar al aire libre. Pero las chicas quieren comodidades, lujos, sociedades, diversiones...
—Es posible que sea así, pero eso no reza con Ina. Ella ama todas esas cosas que usted! ha dicho, lo mismo que nosotros. Además, está loquita por usted, Ben. Esa chica no me engaña a mí, lo sé muy bien.
Y espoleó a su jaca, dejando a Ben clavado en el suelo, aturdido y asombrado. Luego entró en la cabaña y estuvo largo tiempo echado sobre la cama, mirando al techo, pensando siempre en lo mismo. Al fin levantóse, porque acababa de oír el ruido metálico de los cascos de un caballo. A1 salir, vio que venía Nevada. Ben hablase olvidado por completo de su amigo y, al verlo, volvió a sentir temor y ansiedad.
—¿Dónde has estado? —preguntó, cuando el vaquera se acercó sobre su montura.
—¿Cómo estás, Ben? ¿Has tenido visita? —dijo Nevada con calma. Parecía más sereno, más frío que otras veces.
Ben dio un suspiro.
—¿Dónde has estado? —tornó a preguntar el joven, esta vez con impaciencia.
—¿Yo? ¡Oh!, he estado cabalgando por el solitaria país —replicó Nevada apeándose.
—¿Dónde diablos has estado? —exclamó Ben gritan do, irritado ante la calma de su amigo.
Nevada se volvió hacia él, sonriendo con ligero asombro.
—Pues sí que te pica la curiosidad, Ben.
—Sí, y mal lo vas a pasar si no me contestas enseguida —declaró Ben.
—Parece, en efecto, que estés dispuesto a pegarme, pero, compadre, no tienes talla para medirte conmigo.
—Por amor de Dios, no me atormentes ahora. Quiero saber dónde has estado. ¿Fuiste a buscar a Setter?
—De nada me hubiese valido. Según me han dicho, Setter está en Klamath en casa del dentista.
—Contéstame, ¿ibas a buscar a Setter? Si es así, me va a doler mucho tu acción, puesto que nada me dijiste.
—Bueno, amigo, si he de ser sincero, no he pensado ni una vez siquiera hoy en ese capitán de ladrones de ganado.
—Nevada, ¿verdad que no me mentirías?
—No, a no ser que se tratase de hacerte un bien.
—Has llamado a Setter capitán de ladrones de ganado. ¿Se trata de algo más que de chismografía de vaqueros?
—Ya lo creo, y este vaquero que tienes delante, está hablando como el Evangelio. Algún día, Ben, al final del verano, si es que entonces aún vives me oirás decírselo al mismo Setter en su misma cara de embustero.
—Pero tú has ido al rancho de los Blaine, ¿eh? —si guió preguntando Ben, en la esperanza de sonsacar a Nevada, cuya actitud le tenía exasperado.
—Eres muy inteligente, Ben, adivinando las cosas tan correctamente.
—¿Para qué has ido allí?
—Teníamos un día de asueto, ¿no? Y yo, un caballa fresco. Quería ver a nuestros vecinos. Algo se me había metido entre ceja y ceja acerca de Hart Blaine, y como siempre, acerté. Su intención es que aquel rancho, donde acampan ahora, sea el primero de una serie, incluyendo el nuestro, que llegue hasta sus propiedades en Silver Meadow, y hará todo por conseguirlo.
—¿A quién has visto?
—Bueno, para empezar, a Marvie Blaine, que venía de aquí. Dios sabe las muchas cosas que meo sobre la pesca y los caballos... Es un buen muchacho, Ben, ese Marvie. Y te quiere mucho.
—Sí, sí. ¿A quién más?
—Bueno, la suerte me favoreció. Viendo que Setter y Blaine no estaban allí, trabé amistad con algunos de los vaqueros; quedaban pocos, sin embargo. Oye, Ben, ¿a ti qué te parece que se propone Blaine yendo hacia el Sur con el carro-cocina y casi todo su equipo?
—Se tratará de un viaje de 'exploración... para ver por dónde puede ensanchar sus terrenos.
—Bueno, bueno..., pues no he hablado en balde a esos muchachos del rancho. Blaine se llevó, además, otro` carro lleno de herramientas, palas, picos, azadones, hachas, un arado y una pequeña apisonadora, amén de algunas latas de pólvora.
—¡Ajá! Eso quiere decir que van a construir caminos.
—Mañana les seguiré para ver qué se proponen. De momento, me asombró su salida, pero, después, pensé que,, habiendo buenas carreteras, nuestras propiedades van a valer el doble.
—Es verdad. Me había olvidado ya de que somos propietarios de cuatro ranchos... Bien, dime, ¿a quién más: has visto?
—Creo que a nadie más... ¡Ah, sí...! He visto también a tu chica, Ina Blaine. La conocí. ¡Ya lo creo!, a primera vista.
—¿Has visto a Ina? —exclamó Ben, agitado—. Pero, claro, no le hablarías.
—¡Vaya! Hablé un poquito con ella. Me trató muy bien, con mucho cariño. Y si no estuviese tan chalado por Hettie, te la quitaría. Es tan hermosa como... como... ¡Dios mío, si no he visto nada tan lindo! No es extraño que no puedas dormir, ni comer, ni trabajar, ni descansar, ni siquiera ser amable con tu compañero. La verdad es que las mujeres son el infierno para los hombres, ¿eh, Ben?
El joven miraba a su locuaz e imperturbable amigo en imponente agitación. Sabía que tras las palabras y los hechos de Nevada había siempre un inescrutable misterio. Ben no podía sino contentarse con lo poco que compren día de las frases del vaquero. Mas, recordando el pasado, se dijo que los móviles de Nevada, por extraños y oscuros que pareciesen al principio, siempre resultaban luego cristalinos y puros como el oro. Ben veíase ante el hecho de que Nevada, al parecer, sólo pensaba en él.
—Nevada —preguntó Ben al fin, con grave acento—, ¿has hablado a solas con Ina?
—Sí, un poco.
—¿Sobre mí?
—Claro, hombre. No supondrás que la chica tuviese interés en hablar de este modesto personaje, ¿eh? ¿Y crees tú que iba a perder la ocasión de ponerte por las nubes?
—El caso es que tú y Hettie, y Marvie también, hacéis que Ina me crea millones de veces mejor de lo que soy —dijo Ben con un suspiro de desesperación.
—Pero, ¿cómo podríamos hacer eso? —replicó Nevada con viveza, demostrando qué fácil era sacarle de su calma.
—Me apuesto a que entre todas, vais a volverla loca por mí..., lo mismo que hacéis conmigo por ella.
—Nada eso. Tú, cuando menos, ya estabas antes loco perdido por ella. Ben, lo que tú e Ina necesitáis es ir a un sitio solitario en una noche de luna...
—¡Cállate! —exclamó Ben gritando—. ¿No comprendes que no puedo hablarle a Ina de eso sin ser un mal vado? Soy un proscrito, y puede que traten de ponerme fuera de la ley.
—Claro. Lo mismo que tu compañero, ¿eh? —dijo Nevada amargamente.
—Oh, amigo mío, no interpretes así mis palabras. Eso que de ti dicen, jamás ha tenido influencia sobre mí. No me importa lo que hayas podido ser. Lo que me importa es lo que eres para mí... el amigo, el compañero más noble y más bueno que pueda haber.
—Gracias —repuso Nevada irguiendo la cabeza—. Tu amigo y tu compañero soy, aunque lo de noble no me va bien. Y por ser amigo tuyo he hablado, y por eso te repito que lo que tú e Ina necesitáis es estar en un lugar solitario en una noche de luna, muy abrazaditos, hasta que comprendáis que no os es posible vivir el uno sin el otro.
XI


A la segunda noche, después de la excursión de Nevada, Ben se quedó levantado, contemplando la luna y entregándose a lo que creía inútiles ensueños. Estando así, percibió débilmente el ruido de caballos sobre el sendero de duro suelo que corría junto al lago.
Como la hora no era propia para hacer visitas, ni era de suponer que hubiese viajeros en aquella región, Ben, un poco receloso, cogió su rifle y traspuso el bosquecillo para acercarse al borde del promontorio. La noche era casi tan clara como el día. La luna llena brillaba alta en el cielo intensamente azul.
Aproximábanse dos jinetes y Ben decidió interceptarles el paso, al ver que dejaban la senda y se dirigían a la pendiente oeste de la cabaña. El joven se deslizó sin hacer ruido, por la ladera, hasta llegar a las rocas diseminadas que un día cayeron del promontorio. Cautelosa mente avanzó a su sombra, preguntándose quiénes serían aquellos jinetes y por qué habrían dejado la senda para acercarse a su cabaña, al parecer, por da parte posterior. A poco, el ruido de los cascos de caballos trocóse en pisadas de' personas, ligeras y suaves. Luego vio Ben que alguien salía de las sombras a la luz de la luna. ¡Era un muchacho! ¡Era nada menos que Marvie Blaine!
La agitación de Ben trocóse en asombro y alivio; y con paso rápido salió a su encuentro.
—¡Manos arriba! —ordenó con voz fingida.
Marvie se sobresaltó, dando un brinco como un conejito sorprendido, y alzó las manos sobre la cabeza.
—¡Oh..., señor! —exclamó Marvie—. Yo..., no...
—Soy el bandido Bill Hall. ¡La bolsa o la vida! —contestó Ben con fiereza.
La figura del muchacho, todo tembloroso y muy pálido, ofrecía un aspecto grotesco.
—Sólo tengo... dos dólares.
La voz del chico era lastimosa.
Ben bajó el rifle. Hubiérale divertido continuar el en gaño, pero de pronto recordó con intensa emoción que había visto dos, jinetes. ¿Quién era el compañero de Marvie?
—Hijo mío, guárdate tus dos dólares —dijo—. ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿Quién viene contigo? Marvie por poco se desmayó.
—¡Oh!... ¡Es Ben! ¡Dios mío, cómo me ha asustado usted...! No debió hacerlo..., yo hubiese podido disparar sobre usted ahora.
—¿Quién viene contigo? —preguntó Ben ignorando la curiosa exclamación del muchacho.
—Ina, naturalmente —repuso Marvie.
—¿Tus hermana? —murmuró Ben.
Claro. ¿Quién creía usted? Y escúcheme, ha sido Ina la que me ha alquilado para traerla aquí. ¿Qué le parece? Claro que la hubiese traído por nada, pero vi una buena ocasión de ganarme algo. Me dio lo que a mí me hacía mucha falta: cinco dólares, para un nuevo aparejo,, de pescar.
—¡Qué bandido eres! ¿Cómo has permitido que venga aquí sola, a esta región selvática?
—¿Que la he permitido venir? Pero, hombre, despierte de una vez —replicó Marvie—. Ha sido ella la que me ha obligado a venir juró que vendría sola si no la acompañaba.
—Pero... ¿para qué, Dios mío? —preguntó Ben, asombrado y aturdido.
—Pues para verle a usted. Antes no quiso venir a pesar de mis súplicas, pero algo 4e ha cambiado de pronto. Puede que sea la llegada de esos dos forasteros al rancho. No me gusta su aspecto y su manera de espiar por todas partes.
¿Dónde está Ina?
—Allá abajo, sentada en una roca. No quería subir a la cabaña por si alguien la viese. Ha sido muy fácil venir aquí. Todos los vaqueros están ausentes, Setter y mi padre también. Tenía mi jaca y el caballa de Ina preparados, y tan pronto se durmió mi madre, nos escapamos. Hemos hecho el camino en una hora... Bien, ahí tiene a Ina. Yo traeré los caballos aquí para esperar y... Ben, no hay prisa, ¿sabe?
Ben vio primero los caballos, luego la esbelta figura de la muchacha que se destacaba sobre el fondo claro. Latíale el corazón con violencia y sólo atinó a acercarse con paso lento. Ina estaba sentada sobre una roca lisa, bastante alta, y al percibir el' ruido de sus pisadas, se volvió. A poco, Ben la contempló, asiendo las manos que ella le alargaba; y le pareció aquél el momento más dulce y emocionante de su vida.
—Buenas noches, Ben... Marvie te ha encontrado pronto. Me complace verte.
—Has hecho mal en venir —repuso Ben suspirando.
—Oh, ha sido muy fácil. Marvie es un excelente muchacho. Tú puedes luego acompañarnos hasta casa. Papá no lo sabrá nunca, de modo que ¿para qué reñirme?
—Te podrían... sorprender —contestó Ben con voz insegura, dándose cuenta de que ella le miraba fijamente al rostro.
—No me importaría mucho... Ben, estás delgado, tienes las mejillas hundidas —y desasiéndose le tocó el rostro con la mano—. ¿Te encuentras bien?
—Claro que me encuentro bien, excepto que en este momento estoy para caerme' a tus pies... He tenido seis semanas de duro trabajo, Ina, y he perdido peso.
—No sé si creerte o no —repuso ella mirándole fija mente a los ojos.
—¿Es que ese tonto de Nevada te ha dicho que estoy enfermo?
Ina sobresaltóse un poco.
—Entonces, ¿te dijo que me vio?
—Naturalmente.
—No, Nevada no dijo que estuvieses enfermo..., sólo que...
—No quiero saber lo que te haya podido decir —le interrumpió Ben aprisa.
Era preciso mantenerse sereno. Era necesario hacerle ver la locura de correr el riesgo de enojar a su padre, lo mismo que el peligro de aquella excursión nocturna. Pero no era fácil hallar las palabras adecuadas. Ira estaba en cantadora, parecía distinta ahora, y Ben sintió algo que no pudo comprender.
—Me gusta Nevada —dijo la joven—. Y si te parece bien, le permitiré que venga al rancho cuando me visite Hettie.
—¿Vas a tener a Hettie a tu lado? ¡Qué buena eres, Ina! —exclamó Ben, agradablemente sorprendido.
—No me lo agradezcas. Hettie es una buena amiga y todo se lo merece. No se puede reprochar a nadie que se la quiera.
—De modo que Nevada ama a mi hermana. Lo sospechaba, aunque creí que, en ese sentido, su charla era como la de todos los vaqueros. Te lo ha dicho, ¿verdad?
—Yo no he afirmado eso —repuso la joven, esquivándose.
—Eres singular y me puedes. ¿Qué he de hacer frente a ti... no hablando ya de Nevada, de mi hermana, de Marvie... de todos, en fin?
—Haz que mi padre y el tuyo y todos los, demás, te vean como el hombre que nosotros sabemos que eres —observó Ina, firme, pero suave.
Ben comprendió que Ina era la misma que durante los últimos instantes de su entrevista en el rancho de su padre... sólo más grande ahora por un raro poder de confianza que él no podía compartir. Lo adivinaba. E Ina no hacía nada por desasirse la mano que él retenía entre las suyas. En vista de lo cual trató Ben de soltarse, pero al hacerlo, la suave y cálida presión de ella le obligó a estrecharla más que antes.
—Escúchame, Ben —empezó la joven con gran seriedad—. Tenía mis buenos motivos para venir aquí, con riesgos y todo. Y si quisiera mentirte, podría decir que aquéllos fueron la causa. Pero no, aun antes de saber lo que he descubierto hoy, estaba decidida a venir.
—¡Ina!
—Sí..., es terrible, ¿verdad? ¡Cómo se encolerizaría mi padre! ¡Y el señor Setter! ¡Me estremezco al pensar en su furia! Pero, vamos al caso... Ben, esta mañana llegaron a nuestro rancho dos desconocidos y se establecieron en él. Hubiera podido evitar encontrarme con ellos, puesto que el campamento está alejado del rancho, mas sentí curiosidad y, estando papá, Setter y los vaqueros fuera, me aproveché de la ocasión para averiguar quiénes eran. Fui, al rancho y les pregunté quiénes eran y qué querían. Al principio mostráronse muy evasivos. El uno es un hombre alto, grueso, de cara ruda y voz ruidosa; se llama Judd. El otro, más delgado, tiene el rostro enjuto y es narigudo. Lleva sombrero de anchas alas que esconden sus ojos, y no me inspiró confianza. Se llama Walker. Vienen de Redlands. Bueno, pues les pregunté por segunda vez y con mayor claridad qué asunto les traía al rancho. Entonces el llamado Judd me enseñó su escudo de plata diciendo que era el alguacil de Redlands y que Walker era su agente, que habían venido a causa de un urgente aviso de Less Setter, quien se decía re presentante de la Asociación de Ganaderos de Hammell. Venían preparados para arrestar a ciertas personas contra las cuales Setter presentaría pruebas. No pude sacarle más, pero ya fue bastante para preocuparme. Por eso rogué a Marvie que me acompañase en seguida aquí.
—Ciertas personas debemos de ser Nevada, Modoc y yo —murmuró Ben, pensativo.
—Claro que sois vosotros. Mas no creo que papá tenga algo que ver con ellos. Te digo, Ben, que mi padre tiene muchas preocupaciones, se ha metido tanto en ciertos negocios que no sabe si está cabalgando o andando a pie, como dice Bill Sneed... Dime, ¿pueden esos poli cías arrestarte sólo porque Setter lo diga?
—Si obran honradamente,, no. Pero lo malo es que Setter puede haber inventado algún truco o haber encontrado algo de qué acusar a Modoc o especialmente a Nevada, por algo que hayan hecho mucho antes de venir aquí. Podría presentar las cosas de tal forma para envolverme a mí en el asunto. Francamente, Ira, no me gusta la llegada de esos policías.
—Pero, Ben... ¿Estando prevenido?
—Sí, has hecho muy bien en venir para avisarme. Te debo...
—Ya te he dicho que no he venido por eso —le interrumpió la joven—. Iba a venir de todos modos.
—¿Ah, sí?..., ¿por qué? —preguntó Ben con voz esforzada. El cambio de la conversación habíale permitido serenarse, pero no había soltado la mano de la joven y ahora le parecía que estaba temblando al borde de un abismo.
—Cada cosa a su tiempo, Benjamín —replicó Ina—. O mejor dicho..., el negocia antes que el placer. —Ella se echó a reír tanto, que Ben no daba crédito a sus oídos—. ¿Qué piensas hacer?
—Pues... no podemos hacer nada sino continuar nuestros trabajos —afirmó Ben, perplejo—. Lo que ha de suceder, sucederá. No me importa que me arresten. No pueden probarme nada en absoluto. De todos modos, me sabría mal por mi madre y por Hettie.
—¡Y por mí! —añadió Ina rápidamente.
Ben no se atrevió a sacar la consecuencia de la extraordinaria afirmación. Parecióle que su cabeza estaba a punto de estallar.
—Por mí mismo..., no me importa el arresto —continuó apresuradamente—. Pero estos policías no pueden arrestar a Nevada. Si lo intentan, o logrará escaparse, o los matará. Hay que ver lo rápido que es «sacando» el revólver. Es una cosa increíble. A veces, de broma, «saca» su revólver sobre mí, pero... Ina, no es cosa que puedo tomar en broma..., me da escalofríos. Porque quiero a ese hombre y barrunta que ha sido algo terrible... no sé dónde.
—Nevada te quiere, Ben —repuso Ina suavemente—. Hará lo que tú le pidas.
—Sí, casi siempre. Nunca olvidaré el día que, hace de eso cuatro años, llegó aquí, montado a caballo. Estaba herido, extenuado por el hambre, casi moribundo. Lo llevé a mi cabaña, le cuidé hasta que estuvo bien. Desde entonces se ha quedado a mi lado y hemos llegada a ser verdaderos hermanos. Mas nunca me ha dicho quién es.
—Tu acción fue muy noble, Ben. Y vuestra amistad es una cosa muy hermosa. Estoy segura de que puedes evitar que derrame sangre.
—No lo sé, pero creo que no, sobre todo si esos policías tratan de arrestarme. Y si Nevada descubre que es obra de Setter...
Ben terminó la frase con un silbido.
No le fue posible a Ben alejar siempre la mirada; involuntariamente tornó a mirar a Ina. ¡Qué hermosa, qué dulce era! Y le estaba contemplando con sus ojos aterciopelados. Ben tuvo que hacer un violenta esfuerzo para no tomarla en sus brazos. Soltó la mano de ella... y al instante sintió vehementes deseos de cogerla otra vez.
—Ben... ¿te ha dicho Marvie de qué manera me ha perseguido ese Setter? —preguntó Ina, cediendo a un impulso.
—¡Cómo! —exclamó Ben, furioso—. Marvie habló mucho de Setter, pero le odia y no lo tomé en serio, tratándose de un muchacha.
—No debí habértelo dicho —dijo la joven arrepintiéndose de su pregunta—. Soy muy rara ahora, yo mis mano me conozco. Olvida lo que he dicho sobre Setter.
—Dímelo todo, Ina —suplicó Ben con voz apasiona da, asiéndola de los brazos.
La violencia y la rapidez del hecho sorprendieron a la joven, que hubiese caído en los brazos de él, de no sostenerla sus manos. Ben lo comprendió y se aturdió. ¿De qué le servía la decisión de ser firme? Y otra vez creyó en la posibilidad de que ella le amase.
—Ben —murmuró Ina—, no me mires así. Yo no he hecha nada que...
—Has dicho que Setter te perseguía —le interrumpió el joven—. Dime en qué forma y qué has querido decir con ello.
—Setter es un mal hombre —contestó Ina—. Se atrevió a hacerme el amor. Me buscaba cuando sabía que estaba sola. Si le veía a tiempo, me escapaba. Pero hallándome desprevenida... era preciso luchar con él. .
—¡Dios mío! —exclamó Ben, furioso—. ¿Y tu padre permite que esa víbora esté en vuestra casa? Maldito sea Setter..., le voy a...
—¡Cállate! —suplicó la joven, emocionada—. ¿Es que no puedes escuchar las cosas sin alterarte? Eso fue hace muchas semanas. Setter ha cambiado de táctica; ahora parece que quiere obligarme a que me case con él.
—¡Ina! —Ben estaba fuera de sí—. Yo mismo mataré a Setter.
—¡Benjamín! —La voz de ella era un gemido. Su rostro palideció enormemente. Sus ojos parecían agrandarse al mirarle horrorizada—. ¡Oh..., Dios mío...! ¿Qué he hecho? —y librando sus brazos, le rodeó el cuello.
—Por el amor de Dios, Ina, ¿qué quieres decir?
—Si matases a Setter... te... ahorcarían... y yo me moriría —respondió la joven, angustiosa.
—No le mataré. Ni siquiera iré a buscarle —dijo Ben en su afán de tranquilizarla.
—¿Me lo prometes? —suplicó Ina.
—Te lo prometo todo..., todo —repuso Ben flaqueando.
La joven le soltó retirando lentamente sus brazos y cuando Ben se lió cuenta de la realidad de sus sentimientos, ella le sonrió. Fue demasiado para el joven; inclinándose, exclamó con voz angustiosa:
—Me lo temí..., no debí hablarte... ¡Qué tonto soy! Ahora va lo sabes..., te quiero..., te adoro... y mi amor me mata.
Sintió que Ina le acarició suavemente el cabello y se estremeció al contacto de su mano.
—No hace falta que te mueras por eso, querido Ben —repuso la joven con voz honda y suave—. Porque yo también te amo.
—No..., no—:..., imposible —murmuró Ben, sin saber si alegrarse ó desesperar.
—Pero... es la verdad..., te quiero lo mismo que cuan do éramos novios, de pequeños... y mucho más ahora... con el amor de una mujer que por ti lo sufriría todo.
Ben irguió la cabeza, decidido ya a rendirse a la evidencia; una llama peligrosa le consumía.
—¡Qué mujer tan maravillosa! —dijo en voz baja y ronca.
—¿Por qué no dices que esta maravillosa mujer es tuya? —murmuró ella apoyándose en él.
—Porque no puedo creerlo... no puedo aceptar ese sacrificio tuyo, Ina, reflexiona, ¡piensa! Soy un proscrito..., estoy a punto de ser arrestado... y tú, mujer noble e ideal..., no, no, no..., no puedo hacerte desgraciada. No lo quiero... Dios mío, ¿qué debo hacer?
—Bueno, Ben querido, si quieres un consejo, espérame en Hammell mañana o pasado.
—¿En Hammell? ¿Por qué? ¿Para qué la gente vea que te quiero y vea también mi cobardía?
—No..., para que vea tu orgullo —exclamó Ina.
—Ina, no te comprendo. Estoy aturdido. No sé qué pensar.
—Sí, pobre Ben, estás muy atontado hoy..., todo lo he de decir yo... Mas... comprendo las cosas. Quiero decir que me esperes en Hammell y luego me traigas aquí, a tu cabaña... para cuidarme yo de ti y luchar contigo.
—¡Ina! ¿Te casarías conmigo? —exclamó Ben, in crédulo.
—Me parece que sí, Benjamín... si es que me quieres por esposa.
—Estás loca..., estamos locos los dos.
—Eso tú tal vez... Lo que es yo, estoy con mis cinco sentidos... y muy feliz. Mucho más de lo que he sido desde que regresé a casa.
—¿Eres feliz? ¿Te casarías conmigo? Dios mío..., nunca lo soné. Hettie me escribió que tú no habías cambiado. Marvie me dijo que estabas loca por mí, pero no quise creer a ninguno. Y ahora tú también...
—Es verdad. Marvie lo ha descubierto. Te amo y me enorgullezco de ello.
—Entonces, Ina, ¿querrás casarte conmigo cuando?....
—Sí, Ben, y sin cuando ni sies —le interrumpió la joven con ojos radiantes.
—Ina, ¿consentirás casarte conmigo cuando haya hecho desaparecer esa mancha de mi nombre? Tu amor, tu promesa me salvará, me animará para lograrlo todo. Ina adorada, ha de ser como yo te digo, ¿oyes?
—Muy bien, amado mío —repuso Ina volviendo, a rodearle el cuello con los brazos, roja como una peona, los labios trémulas y los ojos fijos en él. Si crees que—, es lo mejor..., si no me quieres ya mañana... para ayudarte a sostener la lucha..., bien, entonces tendré que aguardar hasta que le plazca a su señoría. Pero no olvides que estoy dispuesta ahora mismo.
—Me atormentas. No podré resistir mucho más.
—¡Oh... Ben! —suspiró Ina y se dejó caer en sus, brazos.
—¡Mi dulce bien! Ina de mis antiguos amores —murmuró Ben con voz ronca—. Creo que me has salvado el alma. ¡Que Dios te bendiga! Con tal de que sea digno de ti.
Y la besó con fervor, escondiendo ella luego el rostro, sobre el pecho del' joven, toda temblorosa. Así estuvieron largo rato, estrechamente abrazados, mientras la brisa jugueteaba con los rizos de Ina, acariciando el rostro de Ben, quien, estático, contemplaba la cinta plateada del curso del Río Perdido.
Ben acompañó a Ina y a Marvie en el regreso, despidiéndose de los dos al pie de la colina, no lejos del rancho. Ya era de día cuando llegó de nuevo a su cabaña de Río Perdido. Y Nevada le esperaba.
—Bueno, hombre..., ¿dónde has' estado tú? —exclamó el vaquero, furioso y aliviado al mismo tiempo.
—¿Yo? Oh, he estado cabalgando por el solitario país —dijo Ben imitando muy bien la voz de su amigo.
—¡Ajá! Pues el' cabalgar toda la noche sin dormir te conviene mucho —replicó Nevada—. Tienes muy buen aspecto.
—Y me encuentro muy, bien. ¿Dónde está Modoc?
—Acabando de terminar el desayuno. —Nevada miraba a Ben de hito en hito con sus ojos penetrantes—. Bueno..., que me aspen si no sé ya a qué atenerme.
—¿Qué es?
—Respecto a ti.
—¿De mí? Pero Nevada, no sé a qué te refieres. Yo soy diáfano en todo, el misterioso eres tú.
—Tú has: estado con Ina Blaine. Ben se echó a reír.
—¡Maravilloso, Nevada! ¿Cómo lo has adivinado?... ¡Qué hipócrita eres! Bien sabes tú lo que ha pasado.
—No, no, Ben. ¡Palabra!
—¡Cuéntamelo:! —suplicó el vaquero.
—Sí, he estado con Ina. Nos hemos prometido para casarnos. Dios mío, parece mentira... Y, sin embargo, es verdad. No sé cuánto te corresponde a ti en el logro de mi fortuna y felicidad, pero paréceme que es mucho. Ina no ha querido hacerte traición.
El rostro de Nevada reveló una gran alegría al ver feliz a su amigo.
—Vengan esos cinco —exclamó con voz profunda, y chocó la mano de Ben hasta hacerle daño.
—Nevada..., amigo —dijo Ben, emocionado—, no tenemos tiempo de hablar de cómo y cuándo sucedió. Tenemos delante una dura tarea. Lo que me interesa ahora es lo siguiente: tú y yo somos, desde luego, socios por partes iguales en nuestros asuntos, pero hasta ahora siempre has esperado de mí las decisiones. ¿Querrás hacer también, de ahora en adelante, todo lo que te diga, no importa lo que suceda?
—Bueno, Ben —repuso Nevada lentamente y pensativo—, claro que lo haré. Pero entiéndelo bien, es preciso hacer una excepción. Una sola. Cuando tropiece con Less Setter, el que manda soy yo, ¿estamos?
—Aceptado. Cuando suceda eso, tú serás el amo... ¡Chócala! Y ahora escúchame. Setter ha mandado a buscar dos policías de Redlands. Un alguacil mayor llamado Judd y su agente, Walter. Ahora se hallan en el rancho de los Blaine. A Ina no le ha gustado su aspecto ni su conversación, pero, como es muy lista, los sonsacó. Parece que Setter, a su regreso, hará determinada acusación contra ciertas personas. Claro es que esas personas somos tú y yo, y no tenemos tiempo de aguardarle. Tengo un plan. Mandaré hoy a Modoc a Hammell con una carta para Frisbie. Ya sabes que está empeñado en comprarnos los caballos, si los puede obtener baratos. Le diré que mande mañana a sus hombres aquí para que se lleven todos los caballos que dejamos en los pastos. Puede poner el dinero a mi nombre en el Banco de Hammell. Tú y yo haremos nuestro equipo, cogeremos nuestros mejores caballos y nos encaminaremos hacia la cañada Silver, para buscar las huellas de Bill Hall. Modoc puede reunirse con nosotros en Los Cedros, donde está el único manantial de este lado de la cañada. No regresaremos hasta haber cogido a Bill Hall con las manos en la masa. ¿Qué te parece mi plan?
—Es lo mejor que podemos hacer en las presentes circunstancias —repuso Nevada, frunciendo el ceño—. Tiene, sin embargo, algunos puntos flacos.
—¿Cuáles?
—Primero: vender los caballos a cien dólares por cabeza, cuando si esperamos hasta domarlos bien, podríamos venderlos por doscientos en Klamat. Segundo, nuestra repentina marcha de aquí. Parecerá que estamos asustados y que nos escondemos en el monte. Tercero, Setter tendrá ocasión de hacer alguna de sus sucias maquinaciones aquí, en Río Perdido. Cuarto, los nuevos pastos de ganado vacuno de tu padre no están muy, lejos de la cañada Silver. Él y Blaine han comprado todos los pequeños ranchos alrededor de Silver Meadow. Para tu padre, y para Setter también, sería una sorpresa que te viese allí arriba, sobre todo si Bill Hall robase ganado de tu padre. Sería muy natural que pensasen que Ben Ide roba a su propio padre. Me parece que ya me entiendes.
—Nevada, tu lengua es un látigo —declaró—. Me figuré que mi plan tendría algunos puntos flacos, pero jamás pensé en mi padre. ¿Podrían llegar hasta hacerle creer que soy capaz de robarle a él?
—Me parece que sí. Es cosa fácil para un abigeo joven empezar su carrera ensayándose con el ganado de su padre. Es un hecho muy común. Además, todo el mundo sabe que tu padre te ha tratado muy mal, y nadie te lo reprocharía.
—Pero, Nevada, la verdad es que yo, ni he robado a nadie, ni robaría jamás a nadie, y mucho menos a mi padre. Créeme, amigo, la verdad es un factor muy importante en la vida, y ella debe ser la carta sobre la que hemos de jugárnoslo todo. Probablemente no se sabrá nunca la causa de todos los robos de ganado, pero de todos modos, tenemos el derecho y la justicia de nuestro lado. Ina me lo hizo ver. Habló mucho conmigo de eso durante el' camino. Es más, dijo que no podría creer que Dios dejara ganar al diablo en tan justa causa. Confiémoslo, pues todo, a que la verdad surja victoriosa, ya que Ina y Hettie tan ciega confianza nos tienen.
—Bien está, amigo; aunque las muchachas no nos hubiesen dado el consejo, siempre habría convenido en la verdad. Mirando atrás, ahora veo que la honradez hubiese sido siempre el mejor camino, pero... Ahí tienes a Setter por ejemplo. Está tan fuerte y tan rico que no cree que se le pueda coger, Mas... su día vendrá.
—Entonces..., ¿apruebas? —preguntó Ben, con prisa para dejar el asunto arreglado. No le gustaban las oscuras palabras de Nevada, ni las sombras que veía en su rostro...
—Sí. Es el único modo. Y si logramos matar a Bill Hall, o mejor aún, si lo cogiésemos vivo... La verdad, me gustaría ver a ese Bill Hall. Si éste procediese de Nevada, sabría a qué atenerme respecto a Setter.
—Oye, Nevada —exclamó Ben—, ¿es que crees que hay algo entre Bill Hall y Setter?
—Sí, señor, eso creo. No me sale de la cabeza.
—¡Dios mío! Qué descubrimiento tan terrible seria para mi padre y el de Ina... ¡Oh, no, Nevada, no es posible!
—Tú no conoces el negocio de ganado vacuno en una región nueva como ésta. El' trabajo de Setter es como la labor de los faquires en el circo. Lo que me sorprende es que Setter se empeñe en seguir aquí. Hace tiempo que debió marcharse, pues seguramente habrá hecho ya su agosto. Sin embargo, la súbita riqueza de tu padre y de Hart Blaine, lo poco avezados que son los dos en los negocios, puede ser la causa de su permanencia aquí.
—Sí, eso y también Ina —contestó Ben—, es difícil creerlo, pero ella misma me lo contó. Porque, Nevada, si se casase ese bandido de Less Setter con Ina, su posición se afirmaría de tal modo que nada podríamos hacer contra él, aunque descubriésemos sus trapisondas.
—Es verdad, y Setter lo sabe. Pero, amigo, ten también por seguro que Setter no se fía de las incertidumbres de la vida —repuso Nevada, que había vuelto a ser el hombre ecuánime, sereno y frío de siempre.
—Lo sé. El éxito y el dinero se le han subido a la cabeza —dijo Ben, y de pronto, sin poder dominar el miedo y los celos, añadió—: Pero es posible que se apodere de alguna manera de Ina.
—¡Imposible! —exclamó Nevada—. A no ser que la rapte, y en tal caso, con Modoc al lado, descubriría sus huellas hasta en la roca pelada. Y Setter no viviría mucho tiempo.
Al día siguiente, a la caída de la tarde, terminaron Ben y Nevada la caminata de treinta millas hasta Los Cedros y acamparon bajo los árboles de corteza gris que dieron nombre a aquel lugar.
Hallábanse a una altura mucho mayor que en Río Perdido, y el aire frío, tras el calor de la tierra baja, fue saludado con alegría por los dos. Sus temores de que el manantial estuviese seco resultaron infundados. Todavía borboteaba el agua de la arena, aunque escasa en volumen. A cierta distancia formaban un charco bastante grande, alrededor del cual veíanse las huellas de animales de toda especie, que acudían allí a beber, inconfundible señal de la sequía que reinaba en la región.
—Aquí no ha, estado ningún caballo desde hace bastan te tiempo —observó Nevada, después de examinar detenidamente el suelo—. Me apuesto cualquier cosa, Ben, a que esos bandidos conocen otros manantiales de los que los vaqueros no tienen idea.
—Claro. Esta región es muy selvática. Yo apostaría a que el Rojo de California y su hatajo saben de manantiales que ni los bandidos han —visto.
—Caramba, ¡pues no me había yo olvidado de ese endemoniado caballo! A fe que sería un grave inconveniente si tropezásemos con el Raja en el momento de sorprender a Bill Hall y su pandilla, ¿eh?
—¡Cielos! ¡Sería horrible! La ruina para nosotros —exclamó Ben, sobrecogido.
—¿Cómo es eso? No te entiendo.
—Bien sabes que lo dejaría todo en absoluto para cazar a ese caballo.
—Me había olvidado... —dijo Nevada, y al punto empezó a insultar a Ben como sólo sabe hacerlo un vaquero del Oeste.
Ben bajó la cabeza, avergonzado. Sabía que merecía todo lo que Nevada le estaba diciendo y mucho más. Pero... ¿Quién podría comprenderlo? El solo recuerda del Rojo de California le emocionaba sobre manera.
—Oye, Ben Ide —continuó Nevada, inexorable—, si tu novia estuviese colgando sobre ese precipicio, sosteniéndose sólo con una mano, y aquí viniese a abrevar el Rojo..., irías a coger el caballo, ¿verdad? .
—No, claro que no, idiota —afirmó Ben acalorada mente.
—¡Ah! Me alegro de que no seas tan malo. Pero me apuesto un millón a que si mañana hubieses de casarte con Ina y tuvieras ocasión de cazar al Rojo, no acudirías a la iglesia.
Ben estuvo un momento pensativo, buscando una frase para hacer callar a Nevada, y de pronto exclamó muy animado.
—Hablemos de bodas... Ina y yo hemos decidido retrasar la nuestra hasta que tú y Hettie os podáis casar al mismo tiempo que nosotros.
Nevada dio un salto y de pronto, cabizbajo y triste, se volvió para enfrascarse en los deberes del campamento. Ben deseaba que callase en sus insultos, pero no que tomase las cosas a lo trágico. Si era tan franco en admitir su amor por Hettie, como Ina le aseguró, ¿por qué la idea del matrimonio con ella le causaba tanta pena? Debía ser porque Nevada no podía, honradamente, pensar en el matrimonio, lo que disgustó a Ben. A poco, comprendiendo que era ocioso estar allí sentado soñando y preocupándose, el joven se dijo que lo mejor para él y para su porvenir sería ponerse seriamente a trabajar y olvidar en lo posible a su hermana y a su novia.
Decidido lo cual, Ben mostró de nuevo su innata alegría en el trabajo al aire libre. La tarea que se habían impuesto tenía trazas de ser una gran aventura.
—Modoc debe estar aquí pasado mañana —observó Ben, después de la cena, cuando los dos amigos estaban sentados al calor de la fogata.
—Antes. Ese indio sabe montar a caballo como pocos, cuando va solo —repuso Nevada.
—Dijo que vio a los bandidos desde una de las altas cimas y que volvería a encontrarlos —dijo Ben, pensativo—. Y en el caso que los encontrásemos... ¿qué debemos hacer?
—Nada mas fácil. Nos acercaremos los tres cuando duerman y, apuntándoles con las armas, los despertaremos y los sujetaremos.
—¡Cielos!... Tal vez podríamos hacerlo —aseveró Ben dándose un golpe en la rodilla.
—Si Modoc sabe dónde encontrar a la pandilla y ésta no nos ve ni nos oye, la cosa es como coser y cantar. Compréndelo bien, todo lo fío en el indio. Tengo para mí que hará más que pagarte la deuda de gratitud que contigo tiene por habértelo llevado a tu cabaña cuando lo echaron de la taberna de Hammell. Modoc tiene ojos de águila y el olfato de un perro. Como rastreador es único y eso que yo me he pasado la vida rastreando. Cuanto más lo pienso, más me sorprende que no hayamos caído antes en la idea. La banda de Bill Hall es pequeña... sólo se compone de cuatro o cinco hombres. Por fieros que sean tienen que dormir. Y puedes tener la completa seguridad de que Modoc sabrá encontrarlos y que los cogeremos durmiendo.
—Ojalá los atrapásemos con ganado robado.
—Pues... ¿para qué estaría Bill Hall en estos contornos si no tuviera ganado? Modoc ha visto a los bandidos y está seguro de que tienen oculto en cualquier sitio parte del ganado robado. Como sabes, todo lo que roban lo llevan por la sierra, sea por el sur, sea por el oeste. Ninguno de los rancheros de Hammell y de la vecindad ha vuelto a ver jamás vacas robadas. Sí, éste es un paraíso para los abigeos.
—¿No es posible que tropecemos con Strobel? Ina me dijo que ha ido a Silver Meadow. Hart Blaine está por allí con parte de sus vaqueros.
—No tropezaremos con ninguno de ellos —declaró Nevada—. Tenemos demasiada pupila para hacer eso. Además, estamos mucho más al oeste.
Pero si Hall aballa ganado hacia las montañas, desde Silver Meadow, no puede menos que dejar huellas. Strobel podría hacer que alguno de los vaqueros de mi padre jure el cargo de agente y con él podría seguir las huellas y encontrar la pista de Hall.
—Claro que es posible —admitió el vaquero—, pero hasta ahora no se ha dado nunca. Además, ningún daño nos sucedería si tropezamos con Strobel. Es un hombre muy discreto que calla lo que piensa. Tengo idea de que siente simpatías por ti.
—Sí, de niño me enseñó a pescar —repuso Ben—. Bueno, es hora de dormir. Mañana subiremos más alto y otearemos. ¿Has amarrado los caballos?
—No. No hace falta, porque no se alejarán ni dos pasos de ese trozo de hierba húmeda del charco. He atado al negro. A fe que, por ser un garañón salvaje, domado hace poco, se porta muy bien. Te digo, Ben, que al fin y al cabo el forraje es lo que doma los caballos. Al negro le gusta el trigo.
Mientras Nevada echaba una última mirada a los caballos, Ben apagó la fogata; luego abrió las mantas para hacerse la cama y se sentó encima y se quitó las botas. Poco después se halló cómodamente acostado, mas sin sentir por eso ganas de dormir. Nevada empezó a roncar tan pronto se tumbó sobre sus mantas, no lejos de su amigo.
El viento gemía en los cedros de anchas copas. El aire era frío, amenazaba helar aquella noche. Ben recordó que el verano estaba tocando a su fin. La luna' seguía en su curso la ondulante cima de la sierra negra como un buque plateado. Oíase como los caballos pacían; una zorra ladró desde los matorrales. Ben, al revolverse en su lecho, sintió el frío contacto del cañón de su fusil en la mejilla y al instante recordó su intención de capturar al bandido, algunos de cuyos criminosos hechos se le imputaban a él. Nada podía reprochar a Bill Hall; pero odiaba a Less Setter y los que, como él, le habían difamado:
XII


BEN Ide levantóse antes de la salida del sol para encender la fogata, pues el intenso frío le había despertado. El charco estaba cubierto de una fina capa de hielo.
—Mucho frío hace para ser verano —murmuró Ben calentándose las manos en la lumbre—. Pero, claro, estamos a gran altura y el verano empieza a declinar.
Después despertó a Nevada sacudiéndole enérgicamente. El vaquero se, incorporó, protestando a grandes voces.
—¿Cómo estás, viejo camarada? —respondió Ben—. Bonita mañana de frío para ponerse las botas... Tú, prueba... ¡Caramba con el sinvergüenza! ¡Has dormido con las botas puestas! jamás llegarás a civilizarte.
—Es que me las mojé anoche —explicó Nevada levantándose perezosamente—. Estaba seguro de no poder ponérmelas si me las quitaba... Bueno, hombre, date prisa en el desayuno.
—Tú ve a buscar los caballos.
Nevada, para lavarse, rompió la capa de hielo y dio varios alaridos de placer.
—¿Has metido... tú... la cabeza... aquí dentro?
—Ya lo creo. El agua está bien —repuso el joven—, te quitará esa pereza que tienes.
Mientras Nevada atendió a los caballos, Ben preparó galletas, cortó carne y llenó la cafetera, terminando de hacer el desayuno. Cuando el sol alcanzó el borde de las sierras, los dos cabalgaban ya ladera arriba.
Desde las vertientes bajas de la sierra, donde las lomas de las colinas desplegábanse en dirección al valle, iban los dos viajeros subiendo. Entre las colinas había cañones, algunos, muy hondos, otros de poca profundidad, y todos, al parecer, secos como la yesca y quemados por el sol.
Ninguna criatura viviente, ni pájaro ni bestia, revelóse a la penetrante vista de Ben. Era aquél un país muy solitario; los ciervos y los caballos salvajes paraban en las partes más elevadas.
El valle de Silver Meadow estaba hacia el Este, y Ben y Nevada deseaban contemplarlos antes de empezar a recorrer las desembocaduras de los cañones. Al ir subiendo, adquirieron gradualmente mayor visualidad sobre la región. El lago Pato Silvestre y el Río Perdido parecían hallarse casi a sus pies; la región del lago Tule brillaba con matices amarillentos más allá de las colinas de arte misa; el lago Mule Deer parecía una mancha en una llanura gris; más lejos aún extendíanse los negros campos de lava hacia las vertientes cuajadas de verdes bosques que llegaban hasta las desnudas cimas de la montaña. A mayor distancia aún erguíase el Monte Shasta, albo y solitario en la luz mañanera.
Por fin llegaron Ben y Nevada al punto elegido, desde el cual, a más de mil metros de altura, podían contemplar el inmenso valle, o mejor dicho, varias series de valles, separados entre sí por las colinas de las estribaciones. Silver Meadow no desmentía su nombre* [Prado plateado]. Tratábase de un valle ovalado, de unas seis millas de largo por dos de ancho, cubierto de artemisa blanca y hierba gris. Ben estuvo contemplando largo rato con sus prismáticos, y luego, sin comentario, entregó éstos a Nevada.
—Bien —dijo Nevada, después de mirar algún tiempo el valle—, no hay tanto ganado allí como me figuraba. No falta tampoco la sequía. ¿Crees que habrá vacas y caballos en los barrancos?
—Si no están allí, deben de haber muerto —repuso Ben.
—O que los han robado —dijo Nevada—. Casi lo aseguraría... Ben, si este otoño no llueve, todo el ganado morirá.
—No lo digas. Debe llover. La naturaleza podrá mostrarse cruel, pero jamás inexorable... Oye, Nevada, ¿sabes que esperaba ver en ese valle a Blaine y a sus vaqueros?
—No se les ve. Supongo que estarán más al norte del valle. Hay allí, a lo largo del río, algunos ranchos pequeños, pero buenos. No parece que aquello sea un río, ¿verdad? Estará completamente seco, Ben.
—¿Vamos a continuar hasta el cañón de Silver? —preguntó el joven.
—Está muy lejos y deberíamos esperar que venga el indio. Modoc recorrerá un lado, y nosotros el otro, del cañón.
—¿No podríamos hacerlo entre los dos? —preguntó Ben con impaciencia.
—Tal vez, pero... ¿sería cuerdo hacerlo, persiguiendo a unos bandidos? Además, que me aspen si sé desde aquí dónde está ese cañón.
—Yo lo sé, mas sería preciso trepar mucho. Lo mejor será volver al campamento. Modoc debe de llegar esta noche.
Sin embargo, Ben se equivocó. El indio no apareció aquella noche, y cuando a la mañana siguiente tampoco se veía señal de él, el joven empezó a preocuparse. Esperaron todo el día, siempre vigilando, y, al caer la tarde, estaban convencidos de que algo grave había sucedido a su fiel aliado. Ben devanábase los sesos en vanas conjeturas.
—Para mí, es cosa de Setter —dijo Nevada.
—Eso es —declaró Ben dando un salto—. No se me ocurrió pensar en Setter. Si ha tropezado en Hammell con Modoc, lo habrá detenido.
—Claro que trataría de hacerlo, pero es difícil detener a ese indio. No desesperemos aún.
Poco después de oscurecer entró Modoc en el círculo de la viva luz de la fogata, apeándose de un caballo; había montado en pelo.
—¿Cómo estar? Yo tener hambre —dijo, sonriendo entre dientes.
—Hay comida en abundancia, pero deja que la calentemos antes. ¿Qué ha sucedido?
—Setter encerrarme cárcel en Hammell —repuso Modoc—. Yo fugarme, buscar caballo y venir aquí.
¿Qué te he dicho, Ben? —exclamó Nevada con fuego en los ojos.
—¡Caramba! ¡Conque Setter te mandó arrestar! Pero ¿por qué?
—Yo preguntar carcelero. Este reír mucho. Dice hacer mucho tiempo yo emborracharme..., hacer escándalo taberna.
Tan aliviado sintióse Ben al oír la absurda acusación, que se echó a reír, mientras Nevada renegaba.
—Modoc, ¿es que tú te has peleado dos veces en Hammell?
—No; una vez y no estar borracho. Los otros sí. Por eso pegarme y echarme de la taberna. Usted encontrarme.
—Lo recuerdo, Setter es un canalla. No ha podido encontrar otra cosa contra Modoc. Nevada, ese Setter me sorprende por el modo estúpido con que procede. Debe de figurarse que somos proscritos de verdad y que no tenemos ningún amigo en el mundo. Y también que no se hace justicia en California.
—Yo creo que acaba de forjarse otro clavo para su ataúd —dijo Nevada—. Voy a cuidar del caballo de Modoc. Suerte que tenemos otra silla.
—Modoc, ¿has visto a Frisbie? —preguntó Ben recordando la importante misión encomendada al indio.
—Sí. Frisbie muy contento. Mandar muchos vaqueros.
—Muy bien, eso está, pues, arreglado... Me alegro que hayas forzado la puerta de la cárcel; yo hubiera hecho lo mismo... Modoc, tenemos delante una buena tarea. Mañana nos llevarás al lugar donde viste a la pandilla de Bill Hall. Si los encontramos..., bueno, allá veremos lo que conviene hacer.
Cuando Ben se asomó por primera vez a la cañada de Silver, se dijo que jamás olvidaría aquel momento. Sólo conocía las estribaciones de aquel cañón selvático, allí donde parecía más bien un valle que un barranco. Desde el lugar en que, dirigido por Modoc, lo estaba a la sazón contemplando, vio a sus pies una enorme garganta, muy honda, de paredes roqueñas, y en cuyo fondo había una línea verdeante de árboles. Un ramal del cañón, frente a ellos, era aún más frondoso. El cañón principal iba subiendo gradualmente hacia una mella o escotadura en la montaña, tan asequible, visto desde donde estaban los tres, que asombraba. Modoc expresó la opinión de que, por aquel desfiladero llevarían los bandidos el ganado a otra región. Era lugar maravilloso como campo de acción y madriguera para los ladrones de ganado. Ben, aún no comprendía del todo cómo hacían pasar las vacas por el abrupto paso, si es que lo utilizaban para eso. Nevada se inclinó a creer que llevaban el ganado sin temor alguno a todo lo largo de la cañada. Si era así, los vaqueros jamás habían caído en la idea de seguirles las huellas, cosa que hubiera sido muy fácil, hasta para los novatos en el arte de rastrear. Sin embargo, la cañada ofrecía muy buenos sitios para establecer emboscadas desde las cuales unos pocos hombres decididos, con fusiles, podrían mantener a raya diez veces su número.
—Amigo, yo veo ganado —murmuró Nevada, quien tenía los prismáticos—. ¡Caracoles...! Que me aspen si no llevan la marca A I. A número uno, como dicen los vaqueros, es decir: Amos Ide. El ganado de tu padre.
Ben sufrió tal emoción que le costó trabajo reconocer el ganado, mas, al fin, con los prismáticos lo vio clara mente.
—¡Cielos! —exclamó mirando a su amigo. Éste le sonreía.
—La suerte nos favorece. ¿Qué opinión tienes ahora de Modoc?
—Remontemos un poco más, Nevada, para salvar ese risco que nos impide ver mejor.
—Creo que deberíamos proceder con cautela —avisó su amigo—. Si los de Hall nos ven, echamos a perder nuestro plan.
Mas Ben sentía grandes deseos de explotar aquel paraje, creyendo que la distancia les salvaba de ser vistos. Recorrieron el borde del cañón, dieron la vuelta al risco, atravesaron matorrales y bosquecillos de cedros, hasta llegar a otro claro, desde el cual vieron unas doscientas cabezas de ganado, en el de la cañada, paciendo entre los árboles.
—¡Fíjate! —murmuró Nevada, de pronto—. ¡Humo!... Allí... abajo.
—Ya lo veo. Es de una fogata —repuso Ben, agitado.
—Claro que sí... Y ahora recuerdo que Modoc nos ha dicho que no dejáramos de mirar el borde opuesto de esta cañada, porque él lo recorre. Nos hemos olvidado. Dame los gemelos. Aunque nosotros, a simple vista, no podamos verle, el indio si puede vernos a nosotros.
Nevada recorrió con la mirada, valiéndose de los prismáticos, todo lo largo del borde opuesto, y Ben tenía la vista pendiente de los movimientos de su amigo. De pronto el vaquero se detuvo, ajustó los gemelos y se quedó in móvil. .
—Veo a Modoc... directamente frente a nosotros... No está en el mismo borde, sino un poco atrás... y nos ve. ¡Qué vista tiene ese indio!... Ben, nos está haciendo señales para que retrocedamos..., señal hacia abajo... ¡Caramba! Lo que Modoc dice es que Hall nos ha visto o que nos va a ver. ¡Atrás!
Rápidamente se alejaron del' borde para que desde el fondo de la cañada no pudiesen descubrirles. Apeáronse de sus, caballos y buscaron otra vez a Modos con los prismáticos. Ben los cogió también y pronto se dio cuenta de que el indio trataba de comunicarles algo muy importante. Sus ademanes eran enfáticos y pintorescos, comprendiendo Ben, de ellos, que abajo, en la cañada, sucedía algo inusitado.
—Nevada, creo que Modoc nos quiere decir que Hall nos ha visto. Señala hacia abajo y luego hace un ademán como queriendo decir que se alejan. Vamos a ir hasta el borde, arrastrándonos.
Con gran cautela avanzaron, ocultándose al fin tras unas matas, donde, echados de bruces, no era posible descubrirles desde abajo. A pesar de mirar atentamente a todas partes, no vieron sino las volutas azuladas del humo. Cuando volvió a enfocar al indio con los gemelos, vio que éste se alejaba, borde abajo, montado a caballo.
—Modoc se marcha, Nevada. ¿Qué te parece?
—Maldito si lo sé. Temo que nos hayan visto, pero pronto lo sabremos. Ellos, naturalmente, no saben ni quiénes somos, ni cuántos, y no se atreverán a salir por aquel desfiladero, y mucho menos quedarse en la cañada.
—Lástima que nos hayan visto —dijo Ben con amargura—. Yo tengo la culpa, me apresuré demasiado. Continuaron mirando durante algunos minutos más, reprochándose Ben de haber echado a perder una magnífica oportunidad para atrapar a los bandidos.
—¡Ajá! Los veo, Ben —murmuró Nevada, agitado, señalando con el dedo—. Debajo de nosotros..., aquel claro entre los árboles... Mira bien... uno..., dos...., tres..., cuatro jinetes y un caballo de carga. Pues han arreglado pronto el equipo, a no ser que estuviesen preparados... ¿Los ves, Ben?
—Sí. He contado cinco hombres y sólo un caballo que lleve el equipo. Nevada, parece que tienen mucha prisa.
—Naturalmente. Nos han visto y tienen miedo. Es fácil ver cuando huye la gente. Por lo menos, yo lo sé porque he estado en el mismo caso.
—¿Qué vamos a hacer? Cojámosles la delantera.
—Desde este lado es imposible. Me apuesto a 'que estarán en aquel ramal. Si así lo hacen, Modos no los perderá de vista.
—Tal vez no estén tan mal las cosas.
—Ben, dentro de un minuto pasarán frente a nosotros —aseveró Nevada—. Tengo una idea. Ellos no saben cuántos somos. Vaciemos los dos nuestros Winchesters, luego nuestros revólveres, todo lo aprisa posible. Hay más de trescientos metros hasta el fondo de la cañada y no podemos herir a nadie, pero oyendo tantos disparos, creerán que hay un ejército de policías y vaqueros persiguiéndoles. Se asustarán mucho y les seguiremos fácilmente.
—Venga —contestó Ben amartillando su fusil. Cuando las oscuras figuras de los jinetes atravesaron otro claro entre los bosques, Ben y Nevada dispararon una descarga de treinta y dos tiros en pocos segundos. Los muros de la cañada repitieron el eco de los disparos en atronadora intensidad.
—¡Mira cómo corren! —gritó Nevada muy satisfecho, levantando el revólver humeante—. Ya no se ven. Caramba, sí que se han asustado. Ahora, atención. Estoy seguro de que entrarán en aquel ramal.
—Ha sido grande, ¿verdad? —murmuró Ben dejando sus armas en el suelo para que se enfriasen— juraría haber herido a uno de ellos. Se tambaleó en la silla.
—No es fácil, pero tal' vez sea verdad. ¡Ojalá! Ahora, fíjate bien.
Pocos momentos después vieron que los cinco jinetes, muy distanciados entre sí, entraban en la desembocadura de la cañada lateral. Un caballo de carga, que corría alo cado; les dio la prueba de que los bandidos pasaban gran des dificultades.
—Se han dejado sus mantas en el' campamento —dijo Nevada, satisfecho—. Paréceme que Bill Hall lo había pasado, hasta ahora, tan bien en esta región, que se olvidó hasta del sonido de una bala. ¡Fíjate cómo corren!
Los jinetes, desaparecieron un momento tras una elevación herbosa, y a poco se les vio otra vez en el fondo llano de la cañada. De pronto oyéronse rápidos disparos de rifle en la parte superior de la cañada en que habían entrado.
—¿Oyes? Ése es el 45 de Modos —exclamó Nevada, fuera de sí de contento—. Nos ha comprendido y esperaba que pasasen por allí... Uno, dos... ¡Qué ruido `tan infernal hace ese rifle, parece un cañón] Y di, ¿dónde están, los bandidos?
—Se han espantado y corren como locos —contestó Ben, tan agitado como su amigo—. ¡Escucha los disparos de Modoc!... ¡Seis..., siete..., ocho..., nueve..., diez! Y ahora, el eco en la estrecha cañada. Parecen otros tan tos disparos.
—La verdad es que hemos producido un ruido infernal. Están huyendo como almas que lleva el diablo. Me apuesto a que creen que hay un ejército en ambos bordes de la cañada.
—Me he divertido mucho, y seguramente nos servirá de algo, pero... ¿qué hacemos ahora?
—Regresar al campamento —repuso Nevada poniéndose de pie—. Carguemos nuestras armas, por si acaso. De nada sirve tenerlas descargadas... Largo es el camino hasta nuestro campamento, y aunque nada podemos hacer ahora con el ganado que está en el fondo de la cañada, hay que pensar que nos conviene poder probar algún día las cosas. Dame tu pañuelo: lleva tus iniciales y lo ataré aquí al árbol, y de este modo podemos demostrar, el día que convenga, que desde aquí vimos el ganado de tu padre. Cuando menos, podemos probar que estuvimos aquí. La cosa está clara, si fuésemos ladrones, estaríamos en el cañón, y no aquí arriba.
—Nevada, estoy seguro de que los bandidos han abandonado la mayor parte de sus cosas en el campamento. ¿No te parece que deberíamos ir a cogerlo?
—No hay tiempo, emplearíamos un día entero. Lo que debemos hacer es regresar rápidamente para arreglar un pequeño equipo, y así podremos marcharnos tan pronto llegue Modoc. Quisiera saber adónde va ese ramal de la cañada; según sea, puede favorecer o entorpecer la persecución. Modoc lo sabrá. Una cosa es cierta; Bill y los suyos se dirigen a las tierras bajas donde escasea el agua; pero se le acabó la suerte que hasta aquí ha tenido.
Tres horas necesitaron Ben y Nevada para bajar al valle que cruzaron para subir al borde opuesto de la caña da. La pista del ganado que había en su camino adquirió ahora para ellos distinta significación. Probablemente Hall no había reunido los animales robados en un solo hatajo hasta tenerlos a todos en la cañada.
Subiendo y bajando laderas de una colina a otra, llegaron los dos amigos por fin, al oscurecer, a su campamento, donde encontraron a Modoc con la cena dispuesta, los caballos atendidos y parte del equipo preparado para la marcha.
—¡Qué demonio de hombre es este Modoc! —exclamó Nevada al verlo.
Ben estrechó la mano del indio, obviando con el apretón de manos toda explicación; Nevada, en cambio, siempre locuaz, continuó hablando.
—Modoc —dijo—, la verdad es que Ben y yo somos todos tontos. Ben, por revelar nuestra presencia, y yo por habérselo dejado hacer. Pero la cosa sucedió con tanta rapidez, que ninguno de los dos nos dimos cuenta. Lo siento, porque usted hizo una maravillosa labor.
—No sentir nada. Mucho bueno —repuso el indio sonriendo.
—¿Qué quiere usted decir? —exclamó el vaquero, asombrado.
—Hall tomar mala dirección. Salida buena por gran cañada. Hall creer muchos hombres disparar tiros..., tener miedo..., escapar por cañada pequeña. Sin salida hasta lago Mule Deer. Veinte millas. No haber agua..., no haber hierba. Al llegar a lago Mule Deer, Hall muy cansado, no atreverse entrar en los ranchos. Tener que ir cuevas Modoc por agua. Nosotros ir detrás... cogerlos como los caballos.
Ése fue el discurso más largo que pronunciara el indio, siempre parco en palabras. Seguramente impulsáronle a hablar tanto la importancia del asunto y la satisfacción que le produjo el hecho. Ben sabía que Modoc no se equivocaba nunca en sus afirmaciones y cálculos sobre asuntos relacionados con las regiones selváticas. Había dicho que encontrarían a los bandidos; ahora afirmaba que los cazarían; lo primero se había realizado, y también sucedería lo segundo. A falta de adecuada expresión de su alegría, Ben dio al indio una fuerte manotada en el hombro.
—Un bandido estar herido —continuó Modoc—. Ben tirarle. Hombre quedarse atrás. Yo ver bandidos mirar atrás..., gritar..., hacer señas. Pero herido no avanzar aprisa mucho tiempo.
—Tengo el presentimiento —gritó Nevada, de pronto, con voz estentónea— que vamos a coger a Hall..., vivo o muerto..., eso no lo sé, ni importa. Si le matásemos, podemos probar que robó el ganado de tu padre.
—Mira, lo mejor será dejarse de entusiasmos, ahora, y cenar. Luego veremos lo que se debe hacer —contestó Ben.
—Ir pronto —dijo el indio con calma—. Llevar un caballo más..., mucha comida..., mucha agua..., mucho trigo.
—Modoc, viejo jefe, usted y yo pertenecemos a la misma tribu de rastreadores —afirmó el vaquero—. Y a esa pandilla de bandidos la seguiremos de día y de noche.
—¿Y dejar el resto de nuestro equipo, de nuestros caballos aquí? —preguntó Ben dudando—. No me gusta eso.
—Ni a mí, pero es preciso. De todos modos no creo que, a estas alturas, corramos mucho riesgo. Apersogaré a Blackie con una cuerda muy larga, cerca del mejor lugar de agua y hierbas; los demás caballos no se irán de aquí.
Entre los dos lograron, por fin, convencer a Ben, quien llegó a comprender que su pesimismo de dejar los caballos abandonados nacía de su gran afecto por el noble caballo negro, y también que su pasión por los caballos salvajes haría que algún día cometiese un terrible error.
En menos de una hora arreglaron todas las cosas, y se hallaron montados en sendos caballos y emprendieron la marcha. Modoc iba delante como guía y Ben y Nevada atendían a los caballos de carga y también al caballo de silla que se llevaban además.
Durante la primera parte de la noche avanzaron lentamente, mas tan pronto como salió la luna, recobraron el tiempo perdido. Modoc habíase apartado de las sendas, y Ben no sabía dónde se hallaban, excepto que la posición de las estrellas le decía que iba en dirección al Oeste. Volaban las horas lo mismo que las millas, y antes de que el joven pudiera darse cuenta del tiempo o de la distancia, las estrellas habían palidecido y la luna desvanecíase en el gris del amanecer. Cuando se hizo de día, contempló Ben, desde la altura en que se hallaban; el monótono panorama de la pardusca hondonada en la que el lago Mule Deer brillaba con su color plomizo como una mirada de maldad.
Ben y Nevada detuviéronse al llegar al pie de la ladera, mientras que el indio siguió avanzando hasta la boca de la cañada en busca de huellas. No había llegado aún a la mitad del camino cuando levantó un brazo y señaló luego la superficie del agua verdosa. Ben y Nevada encamináronse hacia el lago, dándose pronto cuenta del olor nauseabundo de las carnes podridas. A poco vieron en la vecindad del lago muchos cadáveres, que resultaron ser ciervos. Llevados por la terrible sed, los animales habían bebido el agua venenosa.
Modoc señaló las huellas de los caballos, que, en dos puntos, iban a la balsa maldita, como si varios caballos se hubiesen aproximado a ella para dar inmediatamente la vuelta.
—Ningún caballo beber allí —dijo Modoc, y empezó a rodear el lago hasta encontrar las huellas de los bandidos, que iban en dirección al Norte.
Habían pasado pocas horas desde que cruzaron la orilla del lago, y Ben opinó que convendría avanzar con mayor lentitud, a fin de que los bandidos no se diesen cuenta de la estrecha persecución de que eran objeto. Descansaron, pues, en la primera extensión de artemisa que encontraron; comieron un poco, dieron agua y forraje a los caballos y encincharon las sillas de montar. Poco después avanzaron de nuevo, teniendo de frente el viento seco y fragante de resina y artemisa.
A la puesta del sol acamparon entre los pinos.
—¿Será posible que encontremos sus huellas en este terreno de piedra pómez y agujas secas de los pinos? —preguntó Ben con ansiedad.
—Yo mismo soy capaz de hacer eso —replicó el vaquero—. Claro que con lentitud, pero lo haría. Y Modoc encontrará sus huellas sin bajarse siquiera del caballo. No, Ben, esta vez la pandilla de Hall lleva las de perder.
—Pero podría suceder que Hall nos preparase una emboscada, disparando sobre nosotros desde alguna espesura del bosque.
—Claro que podría suceder, pero no es probable. Nunca creerá que hay quien le persiga tan de cerca. Hemos recorrido mucho camino a uña de caballo, hemos tomado muchos atajos también. No; no; Bill Hall ha acampado a unas cinco millas de distancia, sin soñar siquiera nuestra proximidad. Todo lo que tenemos que hacer es fiarnos del indio. Yo no pienso perder ni un minuto de sueño.
—Mejor será montar la guardia por turno, ¿no?
—Es verdad, ahora que lo pienso: No quisiera descuidar ninguna precaución tal como están` las cosas.
A la mañana siguiente los tres advirtieron que Hall se daba ya más maña para ocultar sus huellas, y acaso un rastreador ordinario no hubiera podido seguirle. El indio, en cambio, no perdió un momento.
—Bandido herido no cabalgar como otros —dijo Modoc, señalando ciertas huellas irregulares en el suelo cubierto de agujas de pino—. No tener cuidado. Estar enfermo. Hacer muchas huellas.
Avanzar, rastreando de aquel modo, requería el empleo de muchas horas. Ben mostrábase ahora sereno y frío, sabiendo que la persecución tocaba a su fin. Sabía que Modoc calculaba encontrar a los bandidos en su primer campamento, cerca o dentro de una de las grandes cuevas donde hubiese agua. El plan del indio era bueno, pero era de temer que Hall se dirigiese a la mañana siguiente a las más elevadas montañas de lava donde abundaba la caza y el agua.
A media tarde, Modoc, que hasta entonces había llevado mucha delantera a los dos amigos, se detuvo para esperarlos, y cuando llegaron, les dijo:
—Ver bandidos. Avanzar lentos para ayudar a hombre herido. Éste caer pronto. Bandidos detenerse primera vez cueva donde haber agua. Yo saber.
—¿Cuánto hay hasta allí? —preguntó Ben.
—A pie, mucho. A caballo, poco. Yo andar. Ustedes llevar caballos. No hacer ruido. Mirar mucho.
Ben y Nevada observaron en silencio cómo el indio se deslizaba a través del bosque, con el que estaba tan familiarizado como los animales. No hacía más ruido que un pájaro al volar, y siempre parecía escudarse tras un árbol o una mata. Cuando el indio hubo recorrido unos cien metros, Ben y Nevada avanzaron al paso, con el fin de no perderlo de vista.
Así subieron lentamente las colinas de pinos hasta llegar a un punto desde el cual Modoc empezó a bajar. Pronto vio Ben los negros y rojos bordes de la lava que sobre salía en algunos sitios del terreno de pumita, manchando la suave belleza de los bosques al revelar su siniestra naturaleza. Poco a poco iban aumentando en número y tamaño los hoyos en la lava, hasta que los viajeros llegaron por fin al sitio donde empezaban las cavernas.
—Ben, nos vamos aproximando —murmuró Nevada—. Fíjate en el indio. ¿Verdad que es grande? Te apuesto un caballo a que ya los ha visto. ¡Y las ganas que tengo de «sacar» el revólver!
—Tú tiras cuando yo te diga, antes no, ¿estamos? —ordenó Ben.
—Pero ¡maldición! A lo mejor, tu aviso llega con una semana de retraso. Tengo la costumbre de «sacar»...
—¡Ssst! —Ben asió a Nevada del brazo—. Modoc está haciendo señas.
—Bueno, ya lo veo. ¿De qué estaba yo hablando?
—Me parece, Nevada, que Modoc quiere que atemos los caballos aquí para reunirnos con él.
Nevada apeóse en el acto y llevó su caballo hacia un arbusto, donde lo ató. Ben hizo lo mismo con el suyo. Luego sujetaron también los demás caballos. Ben notó que Nevada le agarró de pronto del brazo y, al mirarlo, v: o que sus ojos negros echaban chispas.
—Amigo, lo que va a pasar ahora será cosa nueva para ti —dijo con voz ronca—. Acuérdate que vamos tras hombres que dispararán sobre ti al verte... y que lo harán a traición.
—Ya lo sé, Nevada. De todos modos, mis órdenes son éstas: no matar, si podemos cogerlos vivos.
—Claro, yo también creo que más nos servirán vivos que muertos. Haremos que Bill Hall hable... Vamos ahora. Ben llegó jadeante junto al indio, que estaba agachado en el suelo. Ante ellos el suelo del bosque era llano, los pinos crecían allí muy separados unos de otros. A unos veinte metros veíase una depresión del terreno bordeado de arbustos, y que seguramente era la entrada a una caverna. Ben no recordaba haberla visto, aunque, dada la abundancia de cavernas, era difícil decirlo con seguridad.
—Bueno. Yo conocer caverna —murmuró Modoc—. Poca agua, pero siempre. Caverna honda, honda. Otro agujero lejos. Hall no llegar aprisa allí.
—¿Han bajado? —preguntó Ben, emocionado.
—Sí. Llevar caballos y hombre herido. Ahora estar abajo. Caballos beber pronto, luego salir comer hierba. Modoc cree mejor correr ahora..., detener bandidos.
—Ahora ha dicho usted algo, amigo Modoc —exclamó Nevada fijándose en la recámara de su rifle.
—¿Y qué hay del otro agujero? —preguntó Ben con voz aguda, ajustándose al mismo tiempo el cinturón.
—Estar lejos. No llegar pronto. Yo ir después. Rodar piedra grande y cerrar agujero.
—¿No hay más que una entrada en esa cueva?
—Sí. Igual que trampa caballos salvajes. Bueno —repuso el indio.
—Vamos, pues, mas poco a poco, para no perder el aliento. Si los encontramos saliendo de la cueva..., los detendremos con las armas.
Al llegar al borde de la cueva, rodeado de arbustos, asomáronse rápidamente. Ben vio las gradas de lava frente al sitio donde estaba escondido, y a su derecha una gran caverna cuyo suelo descendía en rápido declive hacia una negra abertura que constituía el' fondo de la cueva.
—Acabo de ver entrar el último caballo —murmuró Nevada, que había sido el primero en asomarse—. Y fíjate en el caballo de carga. Poca cosa pueden llevar de provisiones. ¡Con qué facilidad los cogeremos! Casi da vergüenza tomar luego el dinero de la captura... Y ahora, Ben, escúchame. —La voz del vaquero era fiera—. No he visto al herido. Tal, vez esté debajo de nosotros sin que le podamos ver. Es seguro que no lo han llevado caverna adentro, de modo que debe de estar cerca. Vamos a esperar que beban y que vuelvan a subir. Es preciso que salgan los caballos y los espantaremos. Los hombres pueden alimentarse de carne de caballo, yo mismo la he comido, y es preciso evitarlo. Si los caballos salen primero, tan pronto como veamos los hombres tras ellos, empezaremos a disparar para que los animales salgan del todo, y entonces tendremos a Bill Hall a nuestra merced.
Ben no encontró ningún defecto en el plan de su amigo y, sin poder ocultar su emoción, esperó paciente mente. En el silencio de la espera oyó a poco el lejano ruido de cascos de caballos, y después, voces de hombres. Escuchó atentamente, reteniendo la respiración; los momentos le parecían interminables. Modoc estaba echado como si descansara, sin la menor tensión de nervios; Nevada hablaba consigo mismo en voz baja, Por fin oyóse más fuerte el ruido; Ben vio sombras en la abertura de la caverna. ¡Iban a salir! Seis caballos subían la pendiente sin hacer apenas ruido en el suelo lleno de polvo de pumita. Ben tembló un poco al ver otra sombra, que resultó ser un hombre de baja estatura, corpulento, con traje oscuro, el rostro oculto bajo el ala de su sombrero negro.
—Escucha, Bill —oyóse decir a una voz débil, precisamente debajo de los tres—. He oído algo allá arriba.
—¿Qué has oído tú? —preguntó Hall deteniéndose y sacando el revólver. Otras figuras aparecieron tras él, destacándose pronto.
—Parecían pisadas... y luego un murmullo de voces —contestó el herido.
De pronto el cuerpo de Nevada púsose en tensión coma si fuese a dar un salto.
—¡Manos arriba! —exclamó con voz estentórea.
La contestación de Hall fue disparar y saltar al mismo tiempo para desaparecer tras un recodo de la pared. Una bala tocó una ramita encima de la cabeza de Ben, rompiéndola. Nevada empezó a disparar su fusil con increíble rapidez, entrando luego Modoc en acción con su pesado rifle. Desde abajo respondieron a tiros también. Los caballos, aterrados, ascendieron relinchando y desaparecieron pronto en el bosque. Ben reservó las balas de su fusil. Al, ver que los disparos de los bandidos iban acertando el sitio donde se hallaban, el joven se retiró, obligando a Modoc y Nevada a hacer lo mismo.
Así terminó de momento el tiroteo. Modoc volvió a cargar su rifle con toda calma. Nevada empezó a sacar cartuchos de su canana, mirando a Ben con ojos brillantes.
—Amigo, esto sí que es vida —dijo—. Ya sabes que no me gusta perder el tiempo, y hasta ahora todo ha sido una broma. Desde aquí veo cerca de la entrada un trozo de lava, tras el' cual puedo esconderme y ver lo que pasa abajo. Tú te quedas aquí sin moverte.
—Yo ir —murmuró Modoc; y se deslizó tras el vaquero como un reptil.
Ben se quedó quieto en el sitio desde el cual podía ver la roca a la que su amigo se había referido. A poco le vio allí, junto al indio, y el joven se dijo que aquél era un buen sitio para dominar toda la entrada de la caverna.
—Escucha, Hall —exclamó Nevada con voz fuerte y vibrante.
—¿Quién diablos es usted? —oyóse preguntar una voz ronca. .
—¿Yo? Pues formo parte de toda una tropa de alguaciles, agentes, vaqueros, indios... y un cierto pistolero que yo conozco.
—Bueno... ¿qué desea?
—Que te entregues con los tuyos. Tira tus armas donde pueda verlas, y luego salid de uno en uno, manos arriba. —¡Ajá! ¿Y si nos negamos?
—Es la última oportunidad que te ofrezco —replicó Nevada—. Si no aceptas, dispararemos a matar.
—¡Dispara y sé maldito! —gruñó el bandido. El murmullo de voces furiosas era prueba de que los ladrones habían empezado a discutir entre sí.
—Desde aquí veo a vuestro herido. ¿Le alojo una bala? —Dispara y se maldito..., si es que eres de esos que hacen fuego sobre heridos.
—Bueno..., paréceme que voy a perdonarle la vida. Otra vez, ¿vais a entregaros ahorrándonos así a todos un sinfín de disgustos? Porque podemos dejaros morir de hambre ahí dentro.
La respuesta al reto de Nevada fue un estallido de maldiciones tales como nunca las había oído Ben. Al es cuchar las terribles blasfemias que revelaban la difícil situación de los bandidos, el' joven tembló. La barahúnda infernal duró algunos minutos y luego calmóse poco a poco.
—Bien..., ¿qué hay? —dijo Nevada con voz lenta y suave.
—Bueno, señor de la dulce voz —repuso Bill Hall imitándole con sarcasmo—, aquí abajo no llegamos a un acuerdo, pero yo digo: venga usted y cójanos.
XIII


NEVADA aceptó el ultimátum del jefe de los abigeos como si ésa fuese exactamente la actitud que hubiese esperado, y no se entretuvo en malgastar más palabras con él. Hizo señas a Ben para que viniese a su lado... y le dijo:
—Hall sabe que le tenemos acorralado, aunque sus hombres tal vez no se den cuenta. Veamos ahora qué conviene hacer.
—Cuestión de tiempo y de estrecha vigilancia —repuso Ben, pensativo.
—Sí. Uno u otro de nosotros debe estar vigilando esa caverna día y noche.
—Modoc, tú has dicho que tienen otra salida, ¿verdad?
—Sí... Yo cerrarla y Hall no poder salir.
—Muy bien. Cuando lo hayas hecho, sube aquí nuestros caballos y nuestras cosas. Vamos a acampar bajo estos pinos. Luego llevaremos los caballos a otra cueva para que beban y los ataremos donde haya hierbas.
Sin decir una palabra alejóse el indio, a rastras, del borde de la caverna, y a poco, se levantó para echar correr.
—Oye, Ben, ¿hemos traído clavos? —preguntó el vaquero a su amigo.
—Vaya. Hay una buena cantidad de alcayatas en el saco de las herraduras.
—Pues vamos a cortar estacas y hacer una especie de cerca con puntas agudas, para colocarla firmemente en la parte más estrecha de la bajada a la caverna. Es posible que Hall intente huir de noche o nos ataque. Con la cerca lo evitaremos, pues no hay sitio alguno por donde pueda salir, si no es por el angosto sendero. ¡Y luego dirá que no tenemos suerte! ¡Si todo nos sale a pedir de boca!
—¿Tú crees que se rendirá?
—Absolutamente —repuso Nevada pronunciando su frase favorita con lentitud y énfasis—. Claro que estaremos mucho tiempo aquí, porque Hall recurrirá a todas las tretas para salir. Tal vez se arriesgue también a luchar antes de que se le acaben las provisiones, pero, cuando éstas hayan terminado, se rendirá pronto.
—¿Tú crees que durante la noche se atreverán a recoger, sus provisiones?
—Sí, porque es fácil. Claro que probablemente oiremos el ruido. Si no me equivoco, he visto además un montón de leña en la pendiente. Desde aquí lo veríamos mejor, pero no es prudente hacer de jirafa.
—Modoc, no ha cometido nunca, que yo sepa, ningún error —dijo Ben, como si quisiera convencerse a sí mismo de tan excelente cualidad.
—El indio es nuestra carta más fuerte —repuso su amigo con aplomo, Nuestra probabilidad de ganar está en proporción de mil contra uno.
—Es necesario ganar, Nevada. Para nosotros es trascendental.
—Tu padre y el de Ina llevan ahora las de perder —aseguró el vaquero con fiereza—. Y para Setter..., ¡maldito sea!..., el asunto se presenta mucho peor.
—Aunque Judd y su agente nos siguiesen hasta aquí, nada nos pasaría.
—¡Ojalá vinieran! Los mandaríamos a la caverna para que arrestasen a los bandidos. ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
—¿Y lo de la otra salida? ¿Podrá Modoc poner allí piedras de suficiente tamaño para impedir la fuga de los sitiados?
—Tú ten confianza en ese indio, Ben. Supongo que cubrirá aquel agujero con estacas y arbustos, poniendo en cima tantos bloques de lava, que ni cien hombres puedan levantarlos.
Desvaneciéronse los temores de Ben al oír hablar a su amigo.
—Todo depende ahora de nuestra vigilancia. No debemos dormir ni un momento.
—¡Bah1 Yo puedo estar aquí vigilando doce horas seguidas sin pestañear siquiera. Lo mejor será que sean siempre das los que vigilen; entre tanto, el tercero de nosotros puede dormir, buscar agua, preparar las comidas, cuidar de los caballos y todo lo demás. Luego, tan pronto vuelva Modoc, vamos a hacer la cerca para cerrar la salida.
Las horas de aquel memorable día pasaron rápidas, y nunca, en ningún momento, dejaban de vigilar la caverna cuatro ojos de aguda mirada.
Llegó la noche Ben y Nevada estaban tras la eminencia de lava, a lo larga del borde de la caverna. La entrada se hallaba envuelta en densas tinieblas.
El vaquera oyó algo que le obligó a advertirlo a Ben. Éste, escuchando con toda atención, percibió un débil sonido, del que dedujo que abajo arrastraban algo colocado en una lona sobre la superficie desigual de la bajada.
—Están retirando sus provisiones —observó Ben. Nevada, al oírlo, se apoyó sobre una rodilla y disparó rápidamente varios tiros en dirección de la caverna. Ben, echado de bruces a la derecha de la roca de lava, con el rifle sobre el borde, vio los vivos destellos de los disparos con que los bandidos respondieron. Al instante apuntó en dirección del último disparo y apretó el gatillo. Un grito angustioso desde abajo le probó que había apuntado con acierto, hiriendo seguramente a alguien. Luego se hizo otra vez profundo silencio.
—Oye, ¿has oído el silbido de las balas? —preguntó Nevada.
—No.
—Pues yo sí. Una a cada lado. Hall estaba atento y disparó con increíble velocidad. Tal vez no me resguardé a tiempo... A fe que ahora ya sabemos cómo las gasta ese bandido de Bill Hall, ¿verdad?
—No te expongas más —aconsejó Ben—. Es mejor evitar todo riesgo.
Modoc relevó a Ben a medianoche, y cuando llegó el amanecer, el joven hizo el desayuno y lo llevó a sus compañeros, relevando luego a Nevada para que éste pudiera dormir. Los bandidos habían retirado, en efecto, sus provisiones, llevándose además a su compañero herido al interior de la caverna. Así quedó establecido el sitio; éste imponía a los sitiadores una constante y enorme vigilancia, mas el premio era tan grande, que, ni un instante siquiera perdieron los ánimos. Las horas transcurrieron con rapidez. Cada uno de los tres se ocupaba, cuando le tocaba el turno, de los deberes del campamento; Modoc se cuidaba, además, de los caballos y de acarrear el agua necesaria. Al tercer día del sitio regresó al campamento con la buena noticia de haber podido coger a los caballos de los bandidos.
—¡Hurra! —exclamó Nevada al oírlo, y dio a Ben tan formidable puñetazo en el costado que el joven sintió el dolor varias horas.
Durante la primera parte del sitio, Ben y sus amigos obtuvieron muchas pruebas de la presencia de sus prisioneros. El olor de humo y a veces las azuladas volutas de éste, emergían de la caverna. También oíanse de cuando es cuando sus voces y, aunque raras veces, el ruido del hacha con que partían leña. Con alguna frecuencia sucedía que los vagos rumores que se percibían en la entrada de la caverna, en la quietud de la noche, obligaban a los vigilantes sitiadores a disparar sus armas. Nevada solía disparar su rifle de tiempo en tiempo, sólo para llevar a los sitiados el convencimiento de que la vigilancia era tenaz y firme como el primer día. Sin embargo, cuanto más tiempo tardaba Hall en intentar la huída, tanto más suplicaba Nevada a sus amigos que no cesasen un segundo en la vigilancia.
Así transcurrieron dos semanas. Ben se sorprendió a contar los trocitos de madera que había guardado, uno por cada día, para llevar la cuenta del tiempo. No obstante, hubiera podido advertir la proximidad del otoño fijándose en las frías mañanas y en el color cambiante de las hojas. Modoc avisó que el manantial de la caverna de la que se surtían de agua tenía ya una gruesa capa de hielo. Otra prueba del cambio de la estación la traía consigo el hecho de que la caza bajaba de las alturas. Modoc logró dar muerte a un ciervo en el mismo campamento, y Ben los vio muchas veces y los oía todas las noches. Los animales conocían la pista que llevaba a la caverna donde se ocultaban los abigeos, porque allí abrevaban siempre en invierno.
Una tarde volvió Modoc al campamento, después de su visita diaria a los caballos, con el rostro ensombrecido.
—Caramba, Modoc, ¿qué le pasa? —preguntó Nevada. Ben miró a su fiel compañero con el corazón oprimido.
—Malo —repuso el indio lentamente—. Modoc no querer decir.
—No me ocultes nada —dijo Ben.
—Caballo rojo beber en nuestra caverna de la trampa.
—¿El Rojo de California? —exclamó Ben levantándose de un salto.
—Sí.
—Oiga usted, señor piel roja, ¿por qué ha tenido que decírselo? —dijo Nevada gritando enfurecido.
—Yo siempre decir al amo —contestó el indio.
—¡Ay, Dios!... ¡Qué mala suerte tenemos! —exclamó Nevada en tono lúgubre, dejándose caer atrás como si todo hubiera acabado.
Ben se quedó mirando fijamente al indio, temblando como un azogado. Había comprendido, de pronto, al saber que el codicioso garañón iba al fin a beber a las cavernas, que si ahora vacilaba un solo instante, estaría perdido para siempre.
—Modoc —dijo con voz ronca—, toma el hacha y ve a destruir aquella puerta que hicimos para cazar caballos. Y sin añadir una palabra, se entregó a su tarea de vigilar a los bandidos.
—Agua caverna acabar pronto —observó Modoc—. Entonces caballo rojo ir lejos.
Ben no contestó, y Nevada se quedó sin saber qué decir, caso raro en él. El joven apartó decididamente de su pensamiento la noticia que trajera Modoc; sabía que era peligroso pensar en el Rojo de California, y sólo pensando en Ina podría alejar de él aquel obsesionante recuerdo del más noble de los garañones salvajes. Y a pesar de haberse prometido alejar también a Ina de su mente mientras realizaba la tremenda tarea de su liberación, evocó ahora el dulce recuerdo y el gran amor de ella.
Llegó el día en que de la caverna de Bill Hall no salía ni ruido de voces, ni el humo de sus fogatas. Ben y Nevada empezaron a hacer conjeturas. ¿Acaso los bandidos habían acabado toda la leña? ¿Por qué no hablaban ya en voz alta? ¿Sería posible que, al fin, hubiesen hallado otra salida por la que huir?
—Yo estoy en que es un ardid —aseveró Nevada—. Me apuesto a que seguirán esa táctica hasta que se mueran de hambre. Naturalmente, el no saber a qué atenernos sobre la causa de su silencio, nos ha de poner nerviosos. Hall lo sabe, pues es muy listo. Acaso crea que no somos capaces de resistir la incertidumbre. Hay que admitir que es muy dura.
—El que no tengan leña, no implica que se les hayan acabado también las provisiones —dijo Ben, pensativo.
—Claro que no. Precisamente nuestro flaco está en no saber nada, en tener que esperar sin saber. Muchos cae rían en el error de intentar bajar a la cueva para salir de la incertidumbre. Nosotros no. Aquí estamos y aquí estaremos hasta el fin.
Transcurrieron diez días más... Días de paciente vigilancia e intranquilidad' cada vez mayor. Había llegado el mes de septiembre. Ya no tenían los sitiadores ni azúcar, ni café, y vivían tan sólo de pan, carne, agua y manzanas secas. Ben llegó hasta el punto de no comer más que una vez al día.
Así pasaron otros días, interminables, deprimentes. Los bandidos no daban ninguna señal de vida. Parecía imposible que estuviesen aún allí abajo y vivieran. Pero Ben, quien sufría más que nadie la incertidumbre, comprendió que seguramente era más fácil para los sitiados permanecer quietos, que para los sitiadores aguantar la inseguridad. Hall no sufría ninguna incertidumbre. Su única esperanza era que los de arriba se cansasen y se marcharan, o corriesen el riesgo de entrar en la caverna.
Por fin, una mañana, cuando Ben fue a relevar a Modoc en la guardia, Nevada dijo en voz baja a su amigo:
—Me parece que he oído pisadas abajo.
Ben no tuvo siquiera tiempo para contestarle, manifestando su alegría, porque al punto se oyó una voz ronca desde abajo.
—¡Eh! ¡Los de arriba!
—Buenos días, Bill —exclamó Nevada con voz estentórea, y cogiendo el rifle, se inclinó sobre el borde.
—¿Todavía están ahí?
—¡Vaya! Precisamente nos disponíamos a comenzar de verdad la espera.
—¡Maldición! Estamos muertos de hambre. ¿Cuáles son sus condiciones?
—No hay condiciones, Bill. Salgan ustedes de uno en uno, y tiren sus armas a cinco o seis metros.
—¿Prometen no disparar sobre nosotros?, continuó la voz.
—Sí, señor, a no ser que empleen algún ardid —repuso Nevada con voz firme.
—Está bien... ¿Tienen algo de comer?
—¡Ya lo creo! Tenemos bistec de venado, café puro con leche y azúcar, patatas adobadas, torta de manzana y...
—¡Cállese, embustero! —exclamó Hall, más ronco que nunca—. Nos rendimos y vamos a salir.
La aguda mirada de Ben percibió pronto una sombra que se movía y que resultó ser el corpulento capitán de los bandidos, quien penetró sin miedo en el círculo iluminado de la parte exterior de la caverna, llevando su revólver cogido por el cañón. Al llegar al exterior, echó lejos de sí el arma. Descubierto, despeinado, sucio y macilento como estaba, revelaba plenamente el resultado de las terribles semanas ¿le asedio?
—Muy bien, Bill —dijo Nevada gritando—. Dé unos pasos..., eso es...; ahora a la derecha..., levante las manos..., así. Y ahora llame a sus hombres y dígales que hagan lo mismo, pero que salgan de uno en uno.
—Sal, Jenks, y haz como yo —dijo el capitán. Apareció esta vez un bandido de estatura elevada, harapiento de aspecto, el cual tiró su revólver con un terrible juramento, colocándose después al lado de Hall, el macilento rostro expuesto a la luz del día. El tercer bandido era un joven alto, de pelo rubio y barba amarilla; el cuarto, flaco y de piel morena. El último salió lentamente, cojeando un poco; era el que había estado herido.
—¿Dónde están sus fusiles? —preguntó Nevada, al que no se le escapó detalle.
—Abajo —repuso Hall moviendo la cabeza en dirección a la caverna.
—Pues vaya uno de ustedes y tráigalos, poniéndolos junto a las demás armas.
Cumplida la orden, Nevada se levantó, el rifle dispuesto, y rogó a Ben y a Modoc que quitasen la cerca que obstruía la estrecha pendiente.
—Ahora, Hall, suba usted —continuó el vaquero—. Y tú, Ben, cuando llegue, le apuntas con el revólver y le obligas a que se siente en el suelo para que Modoc le ate los pies.
A Ben Ide, contento y emocionado por la victoria, le pareció corto el tiempo que los cinco bandidos tardaron en hallarse fuera de la caverna, atados de pies y manos, sin poderse mover. Todo el aspecto de ellos atestiguaba la terrible prueba por la que habían pasado antes de rendirse.
—¿Sólo sois tres? —preguntó Hall con aspereza.
—Claro. ¿Qué quería? —repuso Nevada—. Pero van a venir otros. Éste de aquí es Ben Ide, el hijo del hombre cuyo ganado tenía usted en aquel cañón.
—¿Usted es Benjamín Ide? —preguntó Hall mirándolo de hito en hito con sus ojos vivos.
Ben asintió con un movimiento de cabeza, pero sin entusiasmo. Le chocó que Bill Hall hubiese oído hablar de él.
—Bueno..., ahora que nos tienen cogidos, ¿qué van a hacer con nosotros? —preguntó el capitán de los bandidos, volviéndose de nuevo a Nevada.
—Los vamos a llevar primero al rancho de Hart Blaine para carearle a usted con un hombre llamado Less Setter. ¿Le conoce?
—No pienso hacer ninguna declaración por ahora.
—¡Ajá! Claro que no hay prisa. A mí también me gusta callarme.
—Está bien. Dénos de comer.
—Oiga usted, Hall, ¿hace días que no comen?
—No pasan de cinco o seis, pero tenemos mucha hambre.
—¿No será mejor andarse con tiento al principio? Comer demasiado podría matarles. He oído decir que... —Correremos el riesgo. Venga un poco de esas golosinas que ha dicho tenían.
—No, no; nosotros no vamos a arriesgar nada —afirmó el vaquero—. Les daremos un poco de comida..., tres veces hoy; mañana algo más, y luego ya comerán lo de todos.
Nevada se dedicó, acto seguido, a avivar la fogata ayudado por Ben. Modoc marchó en busca de los rifles y sillas de montar de los bandidos, después de lo cual fue por sus caballos. Mientras Nevada trabajaba, no perdió de vista a sus prisioneros. Ben observó más de una vez que Bill Hall le miraba con curiosidad.
La agitación y la dura labor hizo que las horas pareciesen a Ben fugaces momentos. Sólo cuando se vio en la silla de montar, a retaguardia de la fila de bandidos, sólidamente atados, tuvo tiempo de contemplar la admirable tarea realizada y de pensar en la increíble trascendencia que representaba para él. No sintió ya las fatigas pasa das; atrevióse a pensar de nuevo en Ina..., en el precioso premio que ella le concedería por su hazaña. Había derrotado al astuto Setter. Podría demostrar al padre de Ina lo que valía el hombre al que su hija amaba. Podría ponerse al frente de su propio padre para verle avergonzado y arrepentido. Podría demostrar a su madre que había cumplido sus promesas. Dulces eran sus pensamientos..., más dulces que ninguna emoción sentida hasta entonces.
Nevada iba delante abriendo el camino; había asumido el mando en todo, y Ben estaba contento de obedecer sus órdenes.
—En el borde de los bosques haremos alto —había decidido el vaquero—. Allí daremos a los caballos todo el forraje que nos queda y vaciaremos los pellejos de agua. Así viajaremos con menos peso. Cabalgaremos toda la noche para encontrarnos al amanecer en Río Perdido.
Poco después de oscurecer hallábanse otra vez en camino, encontrando el viajar de noche más agradable que de día. Hall mostrábase locuaz y daba poca importancia a la captura de su banda. No se dirigía a Nevada, pero era obvio que deseaba hablar con Ben. Éste también tenía ganas de hablar con Hall, pero estaba decidido a esperar hasta que el bandido se viese frente a Setter, ya que confiaba mucho del careo de los dos.
A1 avanzar la noche aumentaba el frío. La escarcha blanca rutilaba a la luz de las estrellas. Las herraduras de los caballos arrancaban sonidos metálicos al chocar con las piedras. Modoc cabalgaba en la vanguardia con los caballos de carga. Nevada iba delante de los bandidos, su rifle cruzado sobre la silla, y de vez en cuando se volvía para mirarlos. Ben cabalgaba a muy poca distancia de Hall, quien era el último en la fila de bandidos sólidamente atados.
Ben observó con atención cómo iban palideciendo las estrellas. El amanecer no estaba lejos. Pronto estaría en su casa y no muy distante del rancho de los Blaine y de Ina.
El lago Mule Deer apareció blanco y desolado a la última luz de las estrellas, helada su superficie. Al verlo, Ben se dio perfecta cuenta de frío que reinaba y le causó sorpresa el hecho; mas al reflexionar, se dijo que había visto helarse Río Perdido en fecha anterior a aquélla. La Naturaleza mostrábase inexorable. La sequía había sido terrible y la situación empeoraba a causa de las he ladas. ¡Qué sería de la caza, qué del ganado? Le dolió pensar que los caballos salvajes pudieran llegar a morirse de sed.
El avance era muy lento, no por falta de vigor en los caballos, pues éstos estaban frescos aún, sino por el bandido herido, que, poco a poco, se debilitaba.
La luz del día llegó cuando la comitiva se aproximaba al rancho de Ben. Pasó por entre los pastos vacíos y el río helado. ' Todas las puertas del granero y las del corral estaban abiertas. Frisbie no podía haberlo hecho. También la puerta de la cabaña estaba abierta. Ben iba a chillar a causa del inexplicable hecho, cuando vio que Modoc se levantaba de la silla como para mirar la superficie helada del lago, y dejándose caer otra vez rápidamente. Ben, barruntando algo inusitado, puso su caballo al galope, para alcanzar a Modoc, el cual habíase vuelto. Nevada también miraba al lago.
—¿Qué es lo que has visto? —preguntó Ben.
—Caballo rojo... sobre el hielo —repuso el indio con voz forzada.
—¡El Rojo de California! ¿Y está sobre el hielo? Exclamó Ben, sorprendido.
—Tan seguro como el sol nos alumbra, amigo —contestó Nevada—. Sólo hay seis caballos con él. El lago está helado, excepto en el centro. Los caballos están bebiendo. Míralos.
—No —murmuró Ben, pero sin tener la fuerza de realizar lo que comprendió era su deber.
Se puso derecho sobre los estribos y miró por encima de la eminencia que aún les ocultaba el lago Pato Silvestre. Éste estaba blanco, helado, y, a cosa de dos millas, en él, había algunos caballos. Eran salvajes; sus graciosos contornos, sus crines flotantes, el maravilloso continente, todo lo confirmaba. El Rojo de California estaba junto a la parte abierta del lago. No bebía. A la distancia en que se encontraba, lo reconoció el joven.
—Nevada, vigila a Hall —dijo Ben, y, con mano temblorosa, desató las correas con que sus gemelos estaban sujetos a la silla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para poderlos graduar, tanta era su emoción; por fin pudo contemplar el codiciado caballo a través de los prismáticos.
Era rojo como una llama; su aspecto era de lo más salvaje. Ben lo vio claramente, destacado sobre la blancura del hielo, grande y fuerte, mas de piernas esbeltas, como un caballo de carrera de pura sangre. Mientras su manada bebía, el vigilaba. La terrible sequía habíale obligado a descender hasta allí para no morir.
Ben se dejó caer en la silla, anonadado. ¡Qué ironía del Destino! Brindarle tan maravillosa ocasión en el preciso instante en que no podía aprovecharse de ella. Pero al momento se le ocurrió que, costase lo que costase, no podía dejarla pasar.
—La verdad, amigo, esto es lo más terrible que se nos ha presentado hasta ahora —dijo Nevada, desanimado—. Siempre hemos soñado con coger al Rojo cuando estuviese abrevando en un lago helado, y ahora está ahí y nada podemos hacer.
—Sí, podemos cogerlo —exclamó Ben con voz ronca y emocionada.
—No, no podemos —repuso Nevada en tono trágico. Ben sintió de pronto que algo en él se rompió, no sabía qué era, pero con la rapidez de una pantera saltó del caballo y se encaró con Nevada.
—Tenemos aquí cuatro hombres útiles, con nosotros, siete en total.
—¡Dios! ¡Ben!... ¿Tú harías eso?
—Sí, señor. Quiero ese caballo. ¿Me vas a ayudar?
—¡Nunca! —exclamó Nevada a voz en grito; su rostro se ensombreció y sus ojos centellearon.
—Hasta ahora no te he recordado la deuda que conmigo tienes —continuó Ben sin piedad—. Ahora te la recuerdo.
—Está bien —repuso Nevada gritando—, si te pones así. Pero... estás loco..., nunca te perdonaré.
—Aflojad las cinchas de los caballos; preparad los lazos —ordenó Ben, quien sacó después la navaja y se di rigió con ella hacia Hall. El joven sabía que se hallaba bajo la influencia de una pasión poderosa, desconocida hasta entonces.
—Hall —dijo al capitán de los bandidos—, en el lago helado hay un garañón salvaje que he deseado tener des de hace años. Si le prometo la libertad a usted y los suyos, ¿me ayudará a cazarlo?
Hall se inclinó para mirar más de cerca a Ben como si quisiera asegurarse de la veracidad del joven.
—Sí, lo haré —aseveró luego.
Sin añadir palabra, Ben cortó las ligaduras del bandido e hizo luego lo mismo con las de los demás.
—No hace falta que nos acompañe usted —dijo al lisiado.
—Si a usted le es lo mismo, iré también —repuso el bandido alegremente—. No puedo cabalgar mucho, pero puedo gritar para espantar a los caballos. Además, ya he cazado caballos salvajes.
Ben volvió corriendo a su montura y la preparó para la persecución. Los bandidos, entre tanto, apeàronse para desentumecer los ateridos miembros.
—Pronto —exclamó Ben, jadeante—. Nevada, toma tú dos hombres y vete hacia la izquierda, pero que no os vean. Yo tomaré a Hall y otro hombre. Cruzaremos el río. Modoc, tú te quedas aquí hasta que estemos en la orilla; entonces sales hacia allí. Rodearemos lentamente al Roja... En cuanto empiece a correr, resbalará sobre el hielo y se caerá. Entonces lo cogeremos.
Nevada se alejó con dos de los hombres, mientras Ben, llamando a Hall y a Jenks, retrocedió hasta el granero y bajó hacia el río. El hielo, aunque crujía, sostuvo el peso de los jinetes. Una vez en la orilla opuesta, Ben se dirigió en rápido galope hacia el oeste del lago, manteniéndose fuera del alcance de la vista de los caballos salvajes. Cuando creyó haberse alejado lo suficiente, remontó la altura y desde allí vio que Nevada y sus dos hombres estaban ya en el otro lado del lago, mientras que Modoc, con los suyos, apareció en la desembocadura del río.
El caballo rojo estaba a una milla, lago adentro, viniendo hacia él. Avanzaba al trote, pero de cuando en cuando, perdía el paso; su roja crin flotaba al viento. Los seis caballos restantes corrían en larga hilera tras él. Al ver a Ben, el garañón dio un fuerte relincho y se volvió, emprendiendo veloz carrera. Mas, apenas iniciada, el noble caballo resbaló, dando con el cuerpo sobre el hielo, donde hizo esfuerzos frenéticos para levantarse, sin conseguirlo.
—¡Viva el Rojo! —exclamó Ben con toda la fuerza de sus pulmones—. No es una caza legal..., pero es mío..., mío.
Los demás caballos dieron la vuelta sin resbalar y se alejaron rápidamente del garañón. Al cabo de un rato, pudo éste ponerse de pie, mas aunque siguió a la manada, no se atrevió a correr. A cada paso resbalaba y sólo avanzaba con lentitud. Ben oyó en aquel instante los gritos de los demás cazadores, que se dirigían todos hacia el caballo por distintas partes del lago. Dos caballos salvajes más cayeron resbalando y les fue casi imposible alzarse.
Entre tanto, Ben, rápido como el viento, cabalgaba hacia el lago, alejándose de sus hombres que le seguían gritando. La fuerte voz de Hall destacábase entre las de más, plena de salvaje espíritu de la caza. Al llegar al hielo, éste empezaba a ceder bajo las afiladas herraduras de su caballo, pero al entrar en la parte más sólida, sostuviéronse bien. Ben sujetó las riendas para que los demás pudiesen distanciarse suficientemente y completar el círculo. Nevada ya estaba muy lago adentro, sobre el hielo, y cerraba la amplia avenida del oeste. Poco después, los ocho jinetes lograron formar un arco de media milla, con el lago abierto enfrente por el que los caballos no podían huir.
El Rojo de California retrocedió entre la abertura, cada vez más estrecha, entre Nevada y el lago. Cuando se di rigió al este, el grupo de Modoc dejó un espacio abierto para los caballos salvajes que estaban más cerca, los que, después de resbalar y levantarse, pudieron al fin lograr la libertad. De este modo quedaron dos caballos salvajes, además del garañón, sobre el hielo. La desventaja del garañón era obvia; a pesar de su maravillosa velocidad, a pesar de su fiereza, no podía huir. Los jinetes iban estrechando el círculo. Nevada se metió entre el Rojo y la parte del lago que no estaba helada. Otro de los caballos salvajes logró salvarse.
—Ahora, a cerrar lentamente —bramó Ben manejando su lazo.
El momento era emocionante para el joven. El resultado era seguro. El gran garañón trataría de correr para salvarse, y Ben no deseaba otra cosa, pues volvería a resbalar sobre la brillante superficie, y al caer, quedaría cogido por los lazos.
Iba ahora trotando de un lado a otro, la cabeza erguida, las crines volantes, la cola agitada, semejando una llama viva. Pronto le dominaría el terror. Sus relinchos eran cada vez más fuertes, como si quisiera protestar contra la aparente deserción de la manada.
—Más a la derecha, Modoc —bramó Ben—. Y tú más a la izquierda, Nevada. Encerrarlo en un triángulo... ¡Ahora! ¡Adelante!... A gritar como demonios. Y cerrarle el paso, si corre.
El Rojo avanzó hacia Ben con increíble velocidad, res balando, incluso echando espuma por la boca, dando golpes sobre el hielo con ruido semejante a disparos de pis tola. Parecía que su salvajismo le daba la posibilidad de vencer hasta aquel invencible obstáculo de hielo, porque manteníase erecto a pesar de la velocidad.
Cuando aquélla era mayor, resbaló, cayendo sobre un lado con terrible relincho; siguió resbalando sobre la espalda, las patas al aire. Ben aprovechó el instante para echar el lazo. La lazada cayó sobre las manos del caballo y la cuerda se puso en tensión.
Gritos estentóreos de alegría celebraron la hazaña. El Rojo estaba cogido, no podía levantarse. Cuando alzó la cabeza, el lazo del indio le rodeó el cuello. La carrera había terminado.
Nevada se aproximó, lazada en mano, blanco el rostro y fieros los ojos.
—Amigo, el Rojo ha sido nuestra perdición, pero... lo vale —exclamó gritando.
Ben contempló casi estupefacto al garañón vencido. El Rojo de California estaba a sus pies; la increíble hazaña era un hecho.
—Bueno, señor Ide —dijo Bill Hall dándole un mano tazo en el hombro—, me alegro que haya cogido a ese gran caballo... Es usted todo un hombre; choque estos cinco... Si tuviese tiempo, le diría ciertas cosas, pero veo que allí vienen algunos jinetes que no me inspiran con fianza y vamos a marcharnos rápidamente.
XIV


AL transcurrir los días sin que, Hart Blaine volviese al rancho, Ina esperaba su regreso cada vez con más anhelo. Temía que Setter volviese estando ella sola. No lo temía personalmente, pero le horrorizaba la idea de tener que convivir con él. Además, la incertidumbre la desesperaba.
Dos de los vaqueros de Blaine llegaron al rancho con los caballos de carga para buscar provisiones para otra se mana. Dijeron que la situación en Silver Meadow era des favorable y que Hart Blaine estaba de mal humor. Marvie cogió unas cuantas palabras que no fueron dichas para que él las oyese. Al parecer, Strobel había tenido un choque con los vaqueros.
Al domingo siguiente llegó Setter. Marvie llevó la noticia a su hermana. Ella y el muchacho estaban cada vez más unidos en la oposición a Less Setter y a las fuerzas que tendían a arruinar a Ben Ide.
Ina se preparó para lo peor. Su padre y Marvie no podían protegerla en todo momento. El muchacho tenía su trabajo y sus juegos; privarle de la pesca hubiera sido una gran decepción para él. Por dos veces había regresado de Río Perdido con el aparejo de pesca hecho pedazos y contando relatos fantásticos acerca de las truchas.
Ina vigilaba sin cesar el rancho desde su tienda. Poseía unos gemelos de campaña con los que todo lo examinaba. Así vio varias veces aquel día a Setter, quien, al parecer, celebraba graves consultas con Judd y su agente. La joven, al verlos, odiaba cada vez más al astuto intrigante.
Contrariamente a lo que temía, Setter no se acercó a ella ni por la tarde, ni después de anochecer. Marvie, que había escuchado, oculto, la conversación de Setter con Judd y Walker, la informó de que no había podido en tender nada, porque hablaban demasiado bajo, pero que, con seguridad, estarían tramando algo grave.
A la mañana siguiente el muchacho llamó a la tienda de la joven, y ésta salió poco después para saber qué quería su hermano.
—¡Hola, madrugador! ¿Estás buscando gusanos para la pesca?.
—No, busco reptiles —replicó el chico con su simpática sonrisa—. Mira, hermana, allá van Judd y Walker con dos caballos de carga. Van hacia Río Perdido.
La hermana de Marvie contempló con atención la ladera y vio que, en efecto, cuatro caballos iban camino del lago.
—¿Qué se propondrán esos dos? —murmuró la joven.
—Van a buscar a Ben —exclamó Marvie—. Y antes de perseguirlo, van a saquear su rancho... Ina, si tú me prometes decir a papá cualquier mentira..., llegado el caso, montaré a caballo, para ir al otro lado del lago para ver qué se propone Judd.
—Diré que yo te lo he mandado y te defenderé, Marvie. Ve, querido hermano. Llévate estos gemelos y mantente fuera del alcance de su vista —contestó la joven con voz decidida.
Una hora después del desayuno, como tenía ahora por costumbre hacerlo todas las mañanas, Ina se encaminó a la oficina de su padre. Había ya terminado las pequeñas tareas que éste le cedió de mala gana, mas no por eso dejaba de ir. Más aún, deseaba precipitar los acontecimientos que le parecían inevitables.
Y como siempre había algún vaquero en la vecindad, la oficina de su padre se le antojaba el lugar más seguro. Estaba la joven sentada a la mesa de su padre, el Diario abierto ante ella, la pluma en la mano, cuando entró Setter.
—Buenos días, querida —dijo suavemente.
Ina no alzó los ojos, ni contestó; siguió escribiendo. Setter se echó a reír, y la risa del malvado desconcertó a la joven. Setter avanzó lentamente y, por fin, se sentó sobre la mesa, cerca de ella.
—Ina, ¿no quiere darme los buenos días? —preguntó con amabilidad.
—A usted no —replicó Ina levantando los ojos, al parecer muy serena.
El aspecto de Setter había mejorado mucho desde la última vez que le vio, aunque todavía llevaba en su rostro las señales de su pelea con Ben. Lo que más desconcertaba a Ina, lo que la predispuso a la lucha, era la rara confianza que expresaba su rostro.
—Señor Setter, ¿quiere hacerme el favor de salir de la oficina? —rogó la joven, añadiendo—: Tengo que trabajar y no puedo hacerlo estando usted aquí.
—¿Por qué no se acostumbra a mi compañía?
—Nada en el mundo podría inducirme a ello.
—Gasta usted un lenguaje fuerte esta mañana —murmuró Setter mirándola descaradamente—. ¿Qué le ha pasado?
—Mis sentimientos nada le importan a usted —exclamó Ina—. ¿Quiere irse?
—No. Y tampoco puede usted echarme —repuso Setter con insolencia—. Ya que me obliga, le daré que este despacho me pertenece más a mí que a Hart Blaine.
Ina no reveló sorpresa alguna. Aquello era precisamente lo que esperaba oír. Aunque el oponerse a Setter podría conducirla a una situación embarazosa, cuando menos ten dría la ventaja de enterarse de algunas cosas que le interesaban conocer.
—¿Ah, sí? Creo que miente usted —respondió la joven con la misma insolencia.
—No es mentira —exclamó Setter alzando la voz—. Tengo la firma de su padre en un documento muy importante. El negocio con Macadam no se realizó; Amos Ide se echó al fin atrás. El Banco de Hammell tiene pagarés con la firma de Hart Blaine por doscientos mil dólares, y cuando a mí me dé la gana, los harán efectivos. Entonces perderá su hacienda y su ganado.
—Bien... Supongamos que todo eso fuese verdad... ¿Qué pasaría? —preguntó Ina.
—Pues..., o se casa usted conmigo... o yo arruinaré a su padre —contestó Setter inclinándose hacia ella.
—¿Pero todavía piensa usted en eso, señor Setter? —dijo Ina, pretextando asombro.
—¿A qué se refiere?
—Al matrimonio conmigo. ¡Es tan ridícula la pretensión! Aunque no le despreciase, tampoco me casaría con usted.
—Le digo que arruinaré a su padre —dijo Setter gritando con furia—. Puedo hacer de él un mendigo.
—¡Hágalo! —exclamó Ina con gran calor—. ¿Qué importa Mi madre y yo nos alegraríamos de la pobreza. Odiamos la riqueza que de pronto alcanzó mi padre. Porque eso le ha arruinado más que los hombres malva dos como usted.
—¡Bah! No me trago yo eso, señorita Ina Blaine —observó Setter, mas era obvio que la inesperada indiferencia de ella ante la ruina de su padre le había aturdido, enfureciéndolo hasta el paroxismo.
—No me importa lo que usted se «trague» o no —repuso Ina—. Pero salga usted de aquí, o déjeme salir.
—Espérese hasta que haya acabado de hablar —contestó Setter mirándola fijamente—. Aún no le he dicho que puedo poner a su padre en la cárcel por haber alquilado a ladrones de ganado. Pues bien, puedo hacerlo. Ina vio en el rostro de Setter que éste decía la verdad, aunque no toda. Ése había sido, pues, el secreto de su oculto poder, y ahora se desenmascaraba porque creía que ella no se atrevería a hacerle traición. El pensar en la posible desgracia de su padre llenó a Ina de amargura, pero no la hizo flaquear. Tras un momento de vacilación, hízose fuerte otra vez.
—¡Oh!, ya comprendo —dijo con acento burlón—. Hace poco era el pobre Ben Ide quien era cómplice de los abigeos; ahora lo es mi padre... Supongo que lo que usted quiere decir es que Ben y mi padre son cómplices del mismo crimen.
—Yo echaré a Ben Ide de este país o lo meteré en la cárcel —exclamó Setter, hecho una furia.
—¡No hará usted tal!
—¡Ajá! Esto de Ben Ide le molesta, ¿eh? Lo toma usted más a pecho que lo de su padre. Ya empiezo a ver claro en ese asunto.
—Si mi padre ha sido tan tonto..., tan codicioso, para seguir los consejos de usted y se ha deshonrado..., me rece la desgracia y la cárcel también —declaró Ina con calor—. Pero Ben Ide es bueno. Le han despedido de su casa, está lejos de sus amigos..., pero es honrado y leal. Y la verdad prevalecerá. Las viles insinuaciones de usted, sus mentiras, sus pruebas falsas, todo se derrumbará ante un juez honrado... Es usted, Less Setter, quien hará bien en huir de este país. Porque yo estaré al lado de Ben hasta que, quede vindicado.
¿Qué dice usted? —exclamó Setter con estridencia; y con rápido movimiento la cogió del brazo—. ¿Qué es Ben Ide para usted?
—¡Suélteme! A usted nada le importa, pero si quiere saberlo, se lo diré. Ben Ide es mi novio..., le amo..., y nos vamos a casar pronto.
—¡Conque esas tenemos! ¡Ben Ide! —rugió Setter, furioso, al verse derrotado. Lívido, con los ojos desencajados, la atrajo con movimiento salvaje, exclamando—: ¡Pues que le aprovechen a Ben Ide los despojos que voy a dejarle!
En lugar de flaquear bajo el furioso abrazo de Setter, Ina se sintió poseída de un poder casi sobrehumano. Apretando los puños, le asestó varios golpes en la cara, con intención de darle en el ojo, maltrecho aún. Y acertó de pleno, hiriéndolo terriblemente, pues Setter dio un grito de dolor y perdió el equilibrio. Ina aprovechó la ocasión para desasirse, empujándolo luego con toda la fuerza que pudo reunir. Setter tropezó con una silla y se cayó pesadamente al suelo. La joven huyó por la puerta abierta, corriendo hacia el campamento, jadeante y temblorosa, jurando que si Setter volviese otra vez a atacarla, lo mataría.
Marvie no regresó hasta después de sobrevenir la no che. Dijo que había vigilado a Judd y Walker, valiéndose de los gemelos, y que los dos se habían posesionado de la cabaña de Ben, de la que, al parecer, no pensaban alejarse por ahora. También había visto que llevaban un saco pesado al granero, del que salieron con las manos vacías.
Además; habían dejado abiertas todas las puertas del granero y del corral.
—Seguramente se quedarán allí hasta que Ben regrese —opinó Marvie.
—Ben no volverá tan pronto —repuso Ina.
—¿Adónde ha ido?
—Marvie, ni una palabra de esto a nadie, ¿oyes? Ben ha ido a coger a los mismos bandidos con quien dicen está aliado.
—¿La banda de Bill Hall? Los vaqueros dicen que Ben es aliado de Hall... Parece extraño que Ben se marche, ahora precisamente, cuando quieren arrestarlo. Y dime, Ina, ¿cómo podría Ben, con sólo dos amigos, coger a toda una banda de ladrones? ¡Imposible!
Marvie se alejó dudando. Lo que el muchacho había dicho hizo tremenda impresión en Ina. A pesar de su gran fe en Ben, no podía sino admitir que la lógica de su hermano, aun tratándose de un muchacho, era incontestable. Mas con toda lealtad apartó Ina la duda de su pensamiento; no lo entendía ni le importaba entenderlo. Su deber era claro.
A la mañana siguiente, con gran sorpresa para Ina. Setter se marchó del rancho, solo, llevando un caballo de carga con provisiones. También él se dirigió a Río Perdido. ¿Iría a reunirse con Judo y Walker o con su padre?' La joven se dijo que haría ambas cosas. Y así, la intriga en derredor de Ben Ide adensábase cada vez con más intensidad.
La vida del campamento, en el mes de agosto, era deliciosa, excepto, tal vez, muy de mañana, porque entonces el aire era frío en las altiplanicies. Los días volaban veloces, e Ina trató de pasarlo lo mejor posible. Como antes,, encontró que el trabajo y el juego eran preferibles a la ociosidad. Así, cuando menos, lograba apartar de su mente el temor al porvenir. Celebró que Hettie Ide hubiese renunciado a su visita, pues no hubiera tenido fuerzas para callar la verdad a su amiga.
A principio de septiembre, el padre de Ina volvió al rancho, en compañía de sus vaqueros y de Setter.
Ina sufrió un grave disgusto al ver a su padre. Si los sinsabores de los negocios habían comenzado a angustiarle antes de su marcha, ahora le tenían abatido. Para no aumentarlos, Ina se calló, intuyendo claramente que pronto quedaría todo revelado. Apenas veía ahora a su padre, ni aun a las horas de comer, y nada hizo tampoco para encontrarlo. Lo que más excitaba su curiosidad era saber qué le habría dicho Setter acerca de ella. Era probable que las dificultades de Hart Blaine harían pronto necesario que declarase a su hija su verdadera situación.
Con la llegada de la gente al rancho, empezaron a correr los chismes; Marvie era quien le contaba todo a Ina.
Se decía que Judd y su agente habían encontrado en el rancho del joven pruebas definitivas de su culpa respecto al robo de ganado. Además habían empezado a seguirlo a la montaña. El ganado de Amos Ide, en Silver Meadow; había sufrido una gran merma con el robo efectuado en el mes de julio. Strobel, el alguacil mayor de Hammell, había encontrado a Hart Blaine en una de las parcelas compradas por éste, y los dos habían tenido un choque terrible acerca de un asunto que no se conocía. Los vaqueros pensaban que Strobel había exigido algunas explicaciones a Blaine, haciéndole cambiar de planes. Por fin, la llegada de Setter había sumido al hacendado en un estado de nerviosidad tal que casi venía a ser una enfermedad grave. Bill Sneed afirmaba que Setter, con sus pretensiones, quitaba la vida a Blaine.
La situación empeoró cuando la señora Blaine cayó enferma, seguramente por las muchas tribulaciones de su marido; Dall e Ina viéronse obligadas a cuidarla, además de tener que hacer todo el trabajo.
—Papá, vámonos a casa —suplicó Ina, cuando tuvo ocasión de hablar a solas con su padre—. Hace demasiado frío aquí para mamá. Las noches ya no son propicias para dormir en tiendas.
—Hija mía, hace tiempo me hubiese gustado volver a Lago Tule —repuso Blaine, con rostro sombrío—. Pero puede que ya no sea mío. Cuando menos, así lo dice Setter. Este rancho es todo lo que tengo libre de hipo tecas y gravámenes.
—¡Papaíto! ¿Es posible? —exclamó la joven.
—No sé. Me hago un lío con todos esos negocios. El caso es que Setter me tiene cogido, y ahora insiste en que te obligue a casarte con él. Creo que no me gustaría que lo hicieras, aunque estuvieses dispuesta a ello.
—Gracias, papá —repuso Ina, satisfecha—. Tú lo que debes hacer ahora es no ceder ya un solo palmo por nada ni por nadie. ¡Espera!
—¿Que espere?... Bueno, hijo, a decir verdad, ya es taba flaqueando y a punto de ceder otra vez, pero ahora... esperaré, cueste lo que cueste.
Al avanzar el mes de septiembre, los bordes del lago amanecían cada mañana con escarcha y hielo, aumentan do la superficie helada de día en día. El cielo otoñal era espléndido con su diáfano color azul, las blancas y veloces nubes que lo cruzaban, y el viento fresco y fragante.
Una mañana olvidóse Ina de los negros nubarrones que se cernían sobre el rancho, pues el día presentábase espléndido, y cuando más encantada se hallaba contemplando el paisaje, apareció Marvie corriendo.
—Judd y Walker acaban de regresar —exclamó jadeante—. Están esperando a papá... antes de celebrar..., antes de reunirse en tribunal.
Ina se dirigió con paso rápido a la tienda de su madre, la que ya se hallaba mejor, pero que aún no trabajaba, y encontró allí a su padre.
—Papá, esos policías de Redlands han vuelto y desean que vayas —anunció la joven.
—Bueno, me alegro —repuso su padre con voz cansa da—. Ojalá su presencia sirva para aclarar todo el en redo.
Ina le cogió del brazo y, contemplando su rostro, reflexionó un momento antes de hablar.
—Papá, ¿quieres escucharme? —suplicó.
—Claro que sí, hija mía.
—Quiero decir, escucharme de veras —continuó Ina siguiendo de pronto a un extraño impulso—. No puede hacer daño y tal vez sirva para algo bueno.
—Bien, hija mía, triste sería mi caso si no pudiese es cuchar con seriedad, a mi hija preferida por cuya educación tanto me desvelé.
—Escucha, pues, lo que se me ha ocurrido —repuso la joven rápidamente—. Setter tiene la intención de arruinarte y, contigo, al pobre Ben Ide. Porque yo no me casaré con él, aunque tú o Ben me lo permitieseis... Pero, papá, por malo que sea Setter, no es posible que se salga con sus maquinaciones. Algo ha de suceder. No puedo explicarlo..., lo presiento... Por reales 'que parezcan las pruebas que puedan aducir esos policías, no hagas caso; no te comprometas a nada. ¡Espera!
—Hija, he escuchado las palabras melosas de Setter y las de otros tantas veces y no me he fijado en las tuyas, ni las de tu madre, que ya es hora que os escuche a vos otras. Así lo haré, te lo prometo.
Juntos llegaron a la cabaña donde estaba la oficina. Había muchos vaqueros en la vecindad sin hacer nada. Había también varios caballos, polvorientos y cansados, esperando ser conducidos al corral. Bill Sneed estaba sentado en las gradas, e Ina creyó que el vaquero le hacía señas. Setter estaba dentro, hablando con Judd y Walker. Ina entró junto con su padre y no dejó de ver la oscura mirada de Setter.
—Buenos días, señor Blaine —contestó Judd con voz ruidosa—. Ya tenemos pruebas de los robos cometidos por Ben Ide. Las hallamos en su propio granero. También le seguimos la pista y hemos visto que se ha ido al monte. De algún modo supo de nuestra llegada y se marchó la noche antes de aparecer nosotros en Río Perdido. Dejó atrás sus provisiones, sus vestidos, sus caballos, entre ellos un garañón negro acabado de domar. Perdimos sus huellas, pero continuamos recorriendo la región y un día encontramos las huellas de ganado en una profunda cañada. Las seguimos y tropezamos con un hatajo de doscientas cincuenta cabezas de ganado. Casi todas llevaban la marca A I de Amos Ide; pero había entre el hatajo algunos machos con la marca de usted.
—Entonces, ¿han encontrado ustedes parte del ganado robado? Pero, ¿cómo van a demostrar que lo robó Ben Ide? —observó Blaine.
—No hago más que referir los hechos —repuso Judd, con aspereza—. Además, hemos encontrado un campamento con todas las cosas de Ben Ide, muy cerca de la cañada donde hay ganado robado.
—Eso no impresionaría a ningún tribunal. Puede que sea culpable Ide y puede que no. El alejarse de su campamento nada significa. Es un cazador de caballos salvajes que no se está quieto. ¿Qué otras pruebas tienen contra él?
En aquel momento se adelantó Setter con aire de autoridad.
—Son pruebas que guardaremos hasta que Ide esté en poder de la policía. Espero que usted declarará contra él.
—Pues... no haré tal cosa —exclamó Blaine.
—Puedo obligarle. Soy socio de usted. Ha robado nuestro ganado.
—Mire, Setter, cuando yo vaya a los tribunales, será para recobrar algo más que unas pocas cabezas de gana do —contestó con enigmática testarudez.
—Haré que el propio padre de Ide declare contra él —exclamó Setter palideciendo y furioso.
—Eso... sería una verdadera felonía —manifestó Blaine, asombrado ante tanta maldad.
Setter blasfemó en voz baja. Ina, al mirarlo, comprendió que el caso de él contra su padre y Ben Ide no era tan perfecto como el intrigante pudiera desear. No cabía duda de que había un defecto en alguna parte.
—Señor Blaine, ¿quiere usted enviar sus vaqueros a aquella cañada para que saquen de allí el ganado robado? —preguntó Judd.
—¿Qué tal está la cañada de agua y pastos? —Muy bien, no la hay mejor en todo el país.
—Pues lo dejaremos allí, mientras Amos Ide diga lo que desea hacer —decidió Blaine.
—Enviaremos a alguien para que informe al señor Ide, aconsejándole que venga aquí —observó Judd mirando a Setter.
—Buena idea —dijo éste—. Ide también está metido en esto.
Las cosas quedaron de momento en nada. Ina salió de la oficina, emocionada por el aparente cambio de actitud de su padre, y llena de dudas acerca de las contradicciones que hallaba en el proceder de Ben. Mas en el mismo instante de darse cuenta de sus dudas, rechazó con violencia lo que consideraba una deslealtad; ella no podía, no debía caer en la bajeza de dudar de su amado.
El día se hizo muy largo, cada minuto parecíale una hora, y la espera fue angustiosa. Era preciso que sucediese algo muy pronto. Preocupábanle además las relaciones tirantes respecto a la verdadera situación. Mas al fin terminó el infausto día y la joven halló en el sueño el anhelado olvido. Hacia el amanecer despertóse, temblando de frío. Su hermanita Dall habíase apropiado de una aparte mayor de las mantas de la que le correspondía. Volvió a dormirse, cuando, de pronto, la despertó Marvie, llamando a la puerta.
—¡Ina, despiértate, por el amor de Dios!
—Hola, Marvie. ¿Qué sucede? —contestó Ina incorporándose.
—Siento haberte despertado, Ina, pero era preciso. Aún no ha salido el sol y hace un frío tremendo.
—¿Que no sé yo el frío que hace? ¿Por qué me has quitado el sueña? ¿Es que papá...?
—No; que yo sepa, hay paz en todas partes, pues todos duermen. Ha sido necesario despertarte porque si yo fuese una muchacha y amase a mi cazador de caballos salvajes, me gustaría ver lo que estoy viendo ahora.
—¡Marvie! Yo te... —exclamó Ina, medio enfadada, medio riéndose.
—Ina, el lago se ha helado esta noche y los caballos salvajes están sobre el hielo. Hay siete, y están muy cerca del sitio donde vive Ben Ide.
—¿Palabra, Marvie? —preguntó la joven emocionada.
—¡Palabra!
—Voy a levantarme a pesar del frío. Ve a buscarme agua caliente. Yo te dejaré mis prismáticos.
Apenas tuvo Ina tiempo de ponerse ropa de abrigo, cuando ya Marvie regresó con el agua. La joven le entregó los gemelos, y oyó como el muchacho bajó de un salto los escalones. Después le olvidó, mas, a poco, sus exclamaciones le recordaron que aún estaba cerca.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —decía extático.
—¿Qué te sucede, Marvie? —exclamó su hermana de teniéndose en sus abluciones.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! —continuó diciendo el muchacho en el mismo tono de admiración.
Aquello fue demasiado para Ina, la cual terminó apresuradamente de vestirse, y cubriéndose además con un grueso abrigo, se precipitó al exterior. Marvie estaba sentado sobre un escalón, los gemelos pegados a los ojos, mirando al lago. Ina miró también hacia allí, vio la superficie helada y cerca del centro, donde aún había agua, algunos caballos negros sobre el fondo blanco.
Parecían pequeños, pero a pesar de la distancia en la que se hallaba la joven; pudo ver que se movían.
—Son caballos salvajes. Lástima que Ben esté ausente —murmuró.
—¡Dios mío 1 ¡Dios mío 1 —siguió Marvie.
—Pero ¡qué tonto eres! ¿Te estás volviendo loco como Ben por los caballos?
—Ina, mira..., mira al guía de ellos, aquél que está delante —exclamó el muchacho poniéndose de un salto en pie y entregándole los prismáticos.
A Ina le costó algún tiempo para ajustarlos a su vista y poder divisar otra cosa que la brillante y blanca superficie. De pronto, apareció en el campo de los lentes un caballo magnífico, rojo como una llama, más salvaje que otro caballo roja... Era un garañón...
—¡Oh, Marvie! ¡Un caballo rojo!... ¿Es esto lo que has visto? No es extraño tu entusiasmo... ¡Qué maravilloso es!
—¿Y es eso todo lo que ves? —preguntó Marvie con desdén—. Es un caballo rojo..., es un garañón.
—Sí, Marvie, bien lo veo.
—¿Y qué?
—¿Qué quieres decir, tontuelo?
—Pues... que ése es el Rojo de California..., la obsesión de Ben Ide —exclamó Marvie con énfasis.
La joven casi dejó caer los gemelos; perdió objeto y dirección, pues sus dedos estaban ateridos, se echó a reír... y luego, dominándose, halló de nuevo el caballo, y lo contempló largamente. Ahora lo veía con ojos distintos, y admiraba cada uno de sus detalles, su color, su nobleza, su aspecto salvaje.
—No..., ahora ya nada puedo reprochar a Ben —murmuró.
—¿Qué diablos pasa? —exclamó Marvie volviéndose—. ¿Quién grita?
—Son los vaqueros —afirmó Ina—. ¿Los ves allí en la puerta de su cabaña?... Están contemplando también los caballos, y por eso gritan.
—Siento que vean al Rojo sobre el hielo. Ahora sería fácil cogerlo, pero nadie más que Ben debería ser dueño del Rojo —declaró Marvie volviéndose otra vez hacia el lago—. ¡Caramba, más caballos salvajes! Pero..., no... ¡Ina, dame los gemelos!
Apenas habíase colocado los gemelos ante los ojos, Marvie empezó a decir, gritando:
—Hay algunos jinetes que se dirigen al lago..., Ina, ésos van a cazar al Rojo.
—¡Déjame ver, Marvie..., dame los prismáticos!
—Un minuto, por favor... Tres jinetes en este lado; dos, qué vienen del río..., tres más en el otro lado... ¿Quién diablos serán ésas?... Me apuesto a que Ben está allí y tiene quien le ayude... ¡Dios mío!, es Ben, avanza..., ya está sobre el hielo.
Ina arrancó los gemelos de las manos de su hermano, y, mientras se entretuvo en ajustarlos, oía los gritos de entusiasmo de los vaqueros que, como Marvie, daban por seguro que Ben estaba entre aquellos jinetes. Ina se emocionó profundamente.
Los caballos salvajes movíanse de un lado a otro vacilando, al parecer, sobre qué partido tomar. La joven no lograba sostener los gemelos con firmeza, y tanto temblaba, que se vio obligada a sentarse para apoyar los codos sobre sus rodillas. Así logró enfocar bien a los caballos y pudo seguir la acción con corazón palpitante.
El Rojo de California corría de un lado a otro, luego empezó una veloz carrera y, resbalando, cayó sobre el hielo, sin poderse levantar.
Los jinetes iban acercándose; Ina vio el caballo gris mencionado por Marvie, y, aun sin reconocerlo de veras, creyó reconocer al jinete. La figura aquella sólo podía ser la de Ben Ide. No le fue posible incluir a Ben y al Rojo al mismo tiempo en el campo de visión de los gemelos. Al cambiar de dirección, costábale trabajo volver a encontrar al que buscaba. Por fin decidió no mirar sino al Rojo de California.
Éste, que entre tanto se había levantado, obraba de un modo muy raro para ser un caballo salvaje. ¿Por qué no huía? Si era el rey de todos los caballos veloces, podría escapar. Ina deseaba para él la libertad, mas también anhelada que Ben pudiese ver cumplido el deseo de su corazón. El Rojo movíase de un modo torpe, pero gracioso. Más allá de él' aparecían ahora otros jinetes, cerrándole el paso. Entonces el garañón se dirigió enfrente, pero mostrando siempre inseguridad.
De pronto, pareció agacharse, luego empezó a correr, las rojas crines y la roja cola volando al viento. Era rápido, veloz como la flecha disparada por el arco. Ina dio un grito de alegría al verlo tan libre. De pronto éste tropezó y resbaló sobre el hielo, cayendo. El caballo gris entró en el campo de visión de los gemelos de Ina; otros jinetes siguieron. Bajo los cascos del caballo gris salía un polvo blanco, probablemente del' hielo que arrancaban sus afiladas herraduras. De repente vio que Ben se alzó en los estribos y, a poco, el Rojo cesó de deslizarse, patas `arriba, sobre el hielo.
—¡Oh, Marvie, Ben lo ha cogido! —exclamó Ina, en un transporte de alegría.
—¡Dame los gemelos! —exclamó Marvie—. Sí..., está en el suelo... Ben lo sostiene por el lazo. Hay otro jinete cerca. Está moviendo la lazada... ¡Hala!, yo conozco ese modo de agitarla... Ina, el Rojo de California ya no puede escaparse. ¡Hurra!, ¡hurra!
Los gritos de alegría del muchacho apagáronse, súbita mente. Ina vio que se ponía rígido, mirando hacia el rancho y, al mirar también en esa dirección, advirtió que varios jinetes se alejaban de él.
—¡Dios mío! —gimió el muchacho—. ¡Fíjate..., Judd y Walker se marchan para arrestar a Ben.
XV


EL resto de aquella mañana, que había comenzado con tanta emoción, fue para Ina un largo y odioso período de espera. Pasó la mayor parte en su tienda, echada, cubierto el rostro con una manta para evitar la luz.
Un poco antes del mediodía, Marvie, de acuerdo con sus instrucciones, regresó, llamando a la puerta.
—Ina..., que vienen —dijo, de mala gana.
—Tienen..., traen a Ben? —preguntó la joven des cubriendo la cara.
—Sí. Aún está muy abajo en el camino, pero lo he Visto con los gemelos. Tienen a Ben y al indio.
—Voy. Es preciso que esté allí —balbuceó Ina levantándose.
—No faltaba más, a pesar de que será terrible. Espérate a que veas a Setter..., fuma un gran puro..., se hincha como un pavo y se frota las manos de gusto cuando cree que no le ven.
Las palabras apasionadas de Marvie actuaron de tónico para Ina; ésta sintióse de pronto valiente y decidida. Se arregló el pañuelo y salió.
Marvie la vio venir hacia él con mirada de orgullo y confianza.
—Ven, es preciso no perder detalle alguno —dijo, cogiéndole de la mana—. Mamá está en la oficina. Setter y papá quieren obligarla a firmar no sé qué documentos, pero ella se niega. Setter dijo cosas feas, y papá se enfureció. Estaba chillándole cuando llegó el señor Ide.
—¡El padre de Ben! —exclamó Ina.
—¡Vaya!, y parece una lechuza de veras. De todos modos, su aparición calmó los ánimos. Setter se llevó al señor Ide a su cabaña, donde se hallan ahora. Papá me largó de la oficina, pero yo miré por la ventana. Le oí decir a mamá que se alegraba de que no quisiera firmar. Y papá volvió a insultar a Setter, diciendo que no estaba bien de la cabeza. Mamá le contestó: «No te debía sor prender, no es nuevo.» Y papá dijo: «Bueno, ahora ya es tarde, pero no cederé de ningún modo. Iré a la cárcel con Ben Ide. Precisamente lo que no me cabe en la cabeza es el modo como Setter persigue a ese chico. No me huele bien eso.»
—¡Oh Marvie! ¿Eso ha dicho papá? —murmuró la joven apretando la mano de su hermano—. ¿Has podido oír algo más?
—No. Uno de los vaqueros gritaba que Judd estaba a la vista, y entonces he venido a buscarte.
Poco tardaron los dos en cruzar el campo de artemisa, y entraron en el rancho. En la plazuela formada por las cabañas había una docena, o más, de caballos ensillados y varios grupos de vaqueros, todos cuchicheando. Había desaparecido el aspecto de paz y de calma que siempre imperaba en el rancho.
—Los vaqueros han tenido una pelea —murmuró Marvie—. Bill Sneed está de parte de Ben y su actitud causó una escisión entre todos. ¡Buena se está preparando, Ina!
Los dos hermanos dirigiéronse directamente a la oficina, donde hallaron a sus padres solos.
—Ina, el señor Setter ha dicho cosas terribles de tu padre —dijo la señora Blaine, casi llorosa—. Si no firma los documentos y si tú no te casas con él...
—Querida mamá, no te pongas así —interrumpió Ina a su madre—. Ya he oído las amenazas de Setter y nada me importan. Nosotros estaremos unidos, y si es preciso ir a la cárcel, iremos todos.
—Pero sería terrible.
—Claro que sí, pero no sucederá —aseveró Ina con calor.
—Hija mía, ahora viene el alguacil con Ben Ide —dijo su padre.
—Ya lo sé. Marvie me lo ha dicho.
—Y aquí está Amos Ide. Para él esto es muy duro. Ese maldito Setter lo tiene entre la espada y la pared. Ina se aproximó a su padre y le rodeó el cuello con los brazos, murmurando a su oído:
—Papá, por lo que más quieras..., piensa, reflexiona, sé lo que siempre has sido y dirige tú este asunto, sea lo que fuere. Tú estás aquí en tu casa, el rancho es tuyo. No dejes que Setter lo domine todo como siempre. No le dejes hablar a él solo. Sé leal con Ben Ide, porque yo..., yo le amo.
La joven temía que su padre se sobresaltase, que se mostrase furioso ante la revelación. Mas no hizo nada de eso, mostrándose tan sólo profundamente conmovido por lo que acababa de oír. Poco a poco fue irguiéndose y miró a su hija con ojos tan dulces como Ina nunca los había visto en él.
—Hija mía, siento no haberme dado antes cuenta de todo —dijo con gran sentimiento—. Marvie me hizo una insinuación, pero no la aproveché... ¿De modo que tú quieres a Ben Ide?
—Sí, papá —contestó la joven con orgullo.
—Bueno..., creo que además sabes que eres una Blaine, ¿verdad?
—¿Es que tú me has dominado alguna vez, papá?
—Ina reía.
—¡Hum! Claro que no... Pero debiste decírmelo. Las cosas hubiesen sido distintas, a pesar de que sea testa rudo como dicen... Ahora es tarde. Harán de Ben un ladrón de ganado aunque no lo sea. Pero...
—Papá —gritó Marvie en aquel momento desde la puerta—, ya están aquí.
Blaine salió de la oficina, seguido de Ina y de su madre. En la plazuela habían entrado cuatro jinetes. Blaine avanzó, y los vaqueros se agruparon tras él. Ina sintió que Marvie la cogía de la mano y que murmuraba palabras rápidas, pero nada pudo entender. Su madre apareció nerviosa también. De pronto, los tres no pudieron seguir avanzando, a causa de los grupos de vaqueros. Ina miró con ojos fijos por encima del hombro de uno.
Judd acababa de detener un caballo; su ancho rostro era todo una sonrisa; estaba haciendo ademanes con la mano enguantada, que correspondían a la expresión de sus ojos.
Ina vio un caballo gris, cubierto de sudor; luego vio al jinete, Ben Ide. Estaba lívido; parecía aturdido, y su posición extraña era debida a las esposas que llevaba en las muñecas. Junto a él, montado sobre su caballo, estaba el indio, maniatado también. Walker, el agente de Judd, quedaba un poco atrás con su caballo. Ina volvió a mirar a Ben y le sorprendió su aspecto. Tenía los ojos hundidos. La joven sintióse desfallecer. ¿Por qué miraba así? ¿Es que le faltaba esperanza? ¿Su caso no tenía defensa?
—Aquí tiene usted a su hombre, señor Blaine —exclamó Judd a voz en grito—. Ya le hemos cogido, y precisa mente con las manos en la masa...
—Oiga usted, señor Judd —dijo Blaine con voz áspera, casi ruda—, sepa usted que ése no es mi hombre. Yo nada he tenido que ver con el arresto.
—Pero su socio, el señor Setter, sí, y eso es lo mismo —protestó Judd, aturdido y confuso.
—No, señor, no es lo mismo. Setter y yo no somos socios. ¿Ha comprendido usted?
—¡Que me aspen si lo entiendo! —exclamó Judd, furioso—. Setter me dijo que él' le representaba a usted y que usted ofrecía mil dólares de premio...
—¡Cállese! —bramó Blaine con una voz que Ina recordaba muy bien—. Tengo la intención de hablar mucho y muy alto en este asunto... No he ofrecido ningún premio y no pagaré ni un dólar.
Judd bajó la cabeza, y no sabiendo qué hacer ni qué pensar, miró en derredor, obviamente buscando a Setter. Blaine se dirigió a Ben y puso una mano sobre su rodilla.
—Ben, siento mucho que estés aquí —dijo ásperamente, pero no sin un dejo de bondad.
Ben se mostró sorprendido y dirigió una mirada de gratitud al padre de Ina.
—Muchas gracias, señor Blaine. No sabe usted cuánto lo siento yo —repuso.
—Tu padre está aquí con el señor Setter. El rostro macilento de Ben se puso rojo.
—Sí, señor, ya... lo suponía —contestó con voz ronca.
—Muchacho, ¿eres culpable? —continuó Blaine.
—Sí..., soy culpable... —confesó Ben, avergonzado y arrepentido—. Pero... estaba loco..., no sabía lo que hacía. Nunca creí...
Ina sufrió un choque terrible; parecía que todo se helaba en ella de pronto..., que iba a caer; mas haciendo un esfuerzo, logró dominarse. Se quedó mirando fijamente a Ben. Vio la angustia de su rostro. Las terribles Palabras de su confesión tronaban aún en los oídos de la joven. ¡Era culpable! Había hecho traición a sí mismo, peor aún..., a ella..., a su amor; Ina quedó con el corazón des trozado al comprender la amarga verdad. Mas anhelaba volar a él, estar a su lado aunque fuese mil veces culpable.
—Bien, muchacho —oyó decir a su padre, asombrado y dolorido—, me parece que nada puedo hacer por ti. Hubo un movimiento en el círculo de los vaqueros, a la izquierda de Ina. Setter entró en la plazuela, pálido, los ojos llameantes. Tras él iba Amos Ide, oculto por el primero.
—¡Ah, Judd!..., sólo trae usted a dos, Ide y el indio. ¿Dónde está el tercero? ¿Aquel que llaman Nevada? —preguntó Setter con voz fuerte y autoritaria.
—Se escapó —repuso, Judd.
—¡Cómo! ¿Se dejó usted escapar a ése? ¡Vaya un policía! —exclamó Setter, furioso.
—Haga el favor de estuchar antes de formar Juicio —protestó Judd—. Ese: Nevada se mostró bastante tratable hasta que vio las esposas que sacó Walker. Entonces ex clamó: «¿Pero tenéis la desfachatez de querer ponerme eso a mí...?» Walker se empeñó en esposarle y recibió tal puñetazo que cayó al suelo. Luego, Nevada montó de un salto en su caballo y huyó. Disparé tres veces sobre él, pero sin herirle. Se fue tras Bill Hall y sus bandidos.
Ina, que no quitaba la vista de Setter, vio de pronto que éste se estremecía, aunque su rostro no revelara nada.
—¡Bill Hall!... ¿Qué quiere usted decir?... ¿Que Nevada se fue tras Bill Hall?
—Quiero decir lo que digo —replicó Judd, amoscado. Sentíase zaherido porque su gran hazaña no había encontrado el entusiasmo que esperara—: Bill Hall y los suyos estaban con Ide. Todos habían contribuido a cazar ese garañón salvaje que llaman el Rojo de California.
—¿Bill Hall con Ide, cazando caballos salvajes? —ex clamó Setter, como si no hubiese oído bien.
—Oiga usted, señor Setter —repuso Judd con soma—, ¿es que usted no esperaba que Bill Hall y Ben Ide estuviesen juntos?
—No..., todavía no —contestó Setter haciendo un es fuerzo—. Él..., yo... Pero no importa... Si Hall estaba allí, ¿por qué no lo arrestó también?
—¡Ah!, ¡ah!, ¡ah! —El policía se echó a reír a carcajadas.
La risa de Judd podía interpretarse que consideraba ridículo esperar de él tan magna empresa, y también podía verse en ella un doble sentido. Ina se inclinó a creer lo último, diciéndose que el asunto estaba muy embrollado. En aquel momento Marvie le apretó la mano, y, soltándola, se metió por entre los vaqueros para reunirse con su padre.
—Blaine —dijo Setter dirigiéndose al padre de Ina—, tenemos aquí a dos de los ladrones y, al condenarlos a su justo castigo, desharemos una de las bandas más formidables de abigeos. ¿Declarará usted en el tribunal de Hammell contra ellos?
—No, Setter, no haré eso —contestó Blaine secamente.
—Muy bien, aparecerá usted allá en otra calidad —exclamó Setter, furioso.
La alta figura de Amos Ide cruzó el círculo. Dirigióse hacia su hijo. Las voces apagáronse. Nadie se movió. Hasta los caballos parecían presagiar la catástrofe.
—Benjamín, mis predicciones se han cumplido.
—Sí, con tu ayuda —respondió Ben.
—¡Hijo desnaturalizado! ¡Amigo de la gente baja...! ¡Preso..., esposado te veo; pronto a ser juzgado en la ciudad donde naciste! ¡Ladrón de ganado!
—Lo último es una vil mentira —gritó Ben con todas sus fuerzas.
—De nada sirve negar ahora. Más te vale confesar diciendo quiénes son tus cómplices para librarte del castigo. Podrías ahorrar a tu familia la vergüenza de tener un hijo y un hermano en el presidio.
Un espasmo de dolor pasó por el pálido rostro de Ben; trató de hablar y alzó sus manos esposadas en ademán de protesta.
—No he hecho nada, ni nada tengo que confesar —logró decir al fin.
—No seas perjuro. No mientas a tu padre.
—Yo no te mentiría ni para salvar mi vida —repuso Ben irguiéndose en la silla, blancos los labios.
—Todos hemos oído que te declarabas culpable. ¿Por qué negarlo ahora? Te repito que una franca confesión te salvará. Nos salvará a todos.
—Dios sabe que soy culpable, pero no de lo que tú te figuras.
—¿Niegas haber robado ganado?
—¿Si lo niego? ¿Es que es preciso que lo niegue para que mi propio padre me crea inocente? —exclamó Ben con ojos llameantes.
—Temo que sea necesario. Pero... ¿lo niegas?
—Sí, sí —bramó Ben, cuyo rostro se puso rojo por la violencia del esfuerzo.
La tajante negativa aturdió por un momento al inexorable padre, mas la pasión, hasta entonces comprimida, surgió también en él, y de nuevo volvió a atacar a su hijo.
—¿Niegas haber dado refugio a un proscrito indio?
—No. Pero lo convertí en un hombre honrado.
—¿Niegas tu camaradería con un criminal de Nevada?
—No puedo negarlo,, puesto que no lo sé. Nevada nada me dijo de su pasado. Pero encontré en él un amigo que me ha ayudado más que tú.
—¿Qué opones al hecho de haber sido encontrado en el desván de tu granero un saco de orejas de toro? Ben se quedó mirando a su padre con muda consternación.
—Sí, las han encontrado; las han visto —continuó Ide despiadadamente. Parecía dominado por la pasión dé probar algo a sí mismo—. Esas orejas estaban hendidas y algunas melladas. Sabemos por tales marcas a quién pertenece el, ganado del que proceden. Y tú también lo sabes. Sacrificaste los animales para comer y guardaste las orejas para llevar la cuenta. Es una vieja costumbre de los abigeos.
—¿Tú dices que yo he hecho eso? —preguntó Ben en voz baja y ronca.
—Sí, porque he visto las orejas que encontraron en tu granero.
Marvie dio un salto y se colocó junto a Amos Ide. Es taba pálido y temblaba de justa cólera.
—Señor Ide —exclamó gritando—, no había ningún saco de orejas en el desván del granero. He estado ocultando ahí mi aparejo de pesca todo el verano y juro que no había nada.
Setter trató de dar un puntapié al muchacho, sin lograrlo.
—¡Sal de aquí 1 —exclamó con voz amenazadora, olvidando los circunstantes.
—Ven aquí, Marvie —ordenó Blaine—. Si sabes algo, puedes decírmelo a mí.
—Pero, papá —contestó el muchacho con calor—, ahora es ocasión de decirlo.
—Blaine, haga que lo dijo rapaz se calle —ordenó Setter, y con tanta fiereza lo dijo que Marvie se ocultó detrás de su padre.
—Sí, Setter, por el momento, sí —respondió Blaine. Setter temblaba, cada vez era menos dueño de su reprimida pasión.
—Señor Ide —dijo—, ese chico es un embustero y no respeta ni a usted. Hurta los caballos para irse solo de paseo. Es un muchacho indomable, salvaje.
—Siguiendo los pasos de mi hijo —observó Amos Ide con amargura—. Hart Blaine, más vale que no ahorre las palizas o sufrirá algún día lo que yo. Se convertirá en un cazado de caballos salvajes y en un ladrón de ganado.
—Bueno..., haga lo que haga, yo jamás le abandonaré —declaró Blaine con sarcasmo.
Amos Ide volviese de nuevo hacia su hijo para continuar el interrogatorio. Ben miraba a su padre con ojos apenados, no veía en él sino a su mayor enemigo.
—¿Llevaste ganado a la cañada de Silver?
—No.
—Esos oficiales encontraron tu campamento allí.
—Ésa es otra vil mentira. Desde mi campamento a esa cañada hay medio día a caballo.
—¡Evasivas! —bramó Judd—. Señor Ide, usted mismo ha visto las cosas de su propiedad que encontramos en el campamento, pero aún queda más allí. Si quiere pruebas, venga con nosotros a la cañada de Silver.
—¡Canallas!..., ¡canallas! —exclamó Ben, al darse cuenta de la trampa que le habían preparado. Se puso de pie en los estribos, mas al instante se dejó caer, como si fuera a desmayarse.
Amos Ide levantó la mano en ademán acusador.
—¡Tú me has robado a mí!
—¡Oh, Dios mío l Padre, ¿tú crees eso?
—Tus palabras revelan tu locura. Fíjate en las pruebas. Si quieres salir de aquí como hombre, di la verdad... Yo entonces...
—¿Pruebas has dicha? No son pruebas, son mentiras..., viles mentiras —exclamó Ben con angustia. Estaba lívido, tenía los ojos arrasados en lágrimas. Retorcíase las esposa das manos. Parecía haber olvidado a todos, excepto a aquel hombre que le acusaba y que era su padre—. ¡Escucha..., por favor..., por amor de Dios..., escúchame! ¡Papá, no te vayas! ¡Óyeme!... Soy inocente de lo que tú crees. ¡Jamás..., jamás he robado nada...! ¡Nunca! ¡Nunca! Culpable si lo soy, y no me importa lo que hagan conmigo, pero no creas que te he robado a ti. ¡Es horrible! ¿Crees que tu hijo es un criminal endurecido?... Soy inocente... Escúchame... Nevada, Modoc y yo..., fuimos en busca de Bill Hall, para cogerle a él y a su banda. Modoc había visto sus huellas. Encontramos ganado en la cañada de Silver, de la que echamos a los bandidos. Los seguimos hasta los campos de lava, ellos se vieron obliga dos a meterse en una caverna a la que pusimos sitio. Acampamos allí vigilando semana tras semana, hasta que Hall y los suyos, muertos de hambre, se vieron obligados a rendirse. Los maniatamos y nos dirigimos con ellos a este rancho. Mi deseo era que Hart Blaine se convenciese de mi honradez... Mas al llegar a Río Perdido, el indio vio al Rojo de California sobre el lago helado... ¡Dios mío, fue un momento terrible para mí! Hace años que vengo bus cando a ese garañón, apasionado por él. Era preciso que fuese mío. Tú no puedes comprenderlo, pero créeme, poseerlo era mi obsesión. Sólo éramos tres y no podíamos acorralarlo. Pensé en Hall y sus hombres..., les ofrecí la libertad si me ayudaban... Dijeron que sí. Cogimos al Rojo de California... Fue como un sueño... Luego Hall vio venir a esos policías, que llevaban uno de mis caballos de carga. Hall y los suyos se alejaron..., sin pedir siquiera sus armas... Eso es todo, papá..., y es la verdad... ¡Dios es mi testigo!
Amos Ide había escuchado temblando, incrédulo, terriblemente agitado, el emocionante relato de Ben.
—¿Cómo quedan, pues, esos policías... Less Setter, hijo mío? —preguntó con voz ronca.
—¡Por el amor de mi madre..., por el de Hettie..., di que me crees! —suplicó Ben—. Que me metan en la cárcel. Todo..., todo lo sabré resistir con tal de que tú no creas que yo te he robado.
Acaso el corazón de Amos Ide hubiérase dejado con vencer, mas no fue posible romper en aquel momento de encontradas pasiones la coraza de honda decepción que le había causado su hijo.
—Lo que dices es fantástico como tu vida —contestó, rechazando con amargura las aseveraciones de Ben.
Ina vio que la angustia del rostro de Ben trocóse en severidad y que bajaba la cabeza. Sólo había pedido una última merced, la de que un imperdonable crimen no tuviese la aprobación de su padre, y ahora sentíase maldecido. Si Ina hubiera poseído la fuerza necesaria se hubiese colocado de un salto al lado de Ben para revelarle su amor, su lealtad. Pero no podía moverse. Había dudado de él; había creído en la acusación que él mismo se dirigió, y ahora se odiaba por su flaqueza. ¡Demasiado tarde! El momento había pasado. Aunque ahora pudiera ir a él para suplicarle que alzase el rostro, sería demasiado tarde, pues ella se daba cuenta de su propia deslealtad. No supo elevarse a su altura en aquella terrible hora de prueba. Y la angustia la estaba consumiendo cuando sintió que alguien la cogía. Era Marvie, tembloroso, in capaz de hablar, Señalaba camino abajo. Los ojos sor prendidos de Ina vieron un caballo..., un jinete que se aproximaba con la velocidad que caracteriza a los vaqueros en sus carreras. ¿Quién podría ser? ¡Con qué increíble rapidez avanzaba! ¡Ya alcanzaba la puerta, cruzaba el corral! El rítmica batir de los cascos era ininterrumpido.
Vio una larga cabellera negra flotar al aire... ¡Era Nevada!
E Ina se quedó inmóvil, abrazada a Marvie. El caballo rompió el' círculo de hombres. Dando gritos estridentes, éstos apartábanse, escapando apenas a los veloces cascos.
Ina vio a Nevada en el aire, quedando de pie casi junto a ella. Al pasarla, con sobrenatural palidez en el rostro, los ojos terribles parecían clavarse en Ina.
Oyóse una detonación tronante..., otra...
Judd saltó de la silla y se cayó, hundiendo el rostro en el polvo. Su caballo se encabritó. Walker lanzó horribles gritos, el rostro ensangrentado. Su montura, dando un salto, le echó a tierra, donde se agitó breves momentos, quedando luego rígido.
Bill Sneed, cogiendo la brida de la montura de Ben, que iba a encabritarse, la sujetó, apartándola.
—¡Que nadie se mueva! —bramó Nevada con voz tajante.
El revólver negro, humeante, temblaba en la desnuda mano.
—¡Tú! —dijo Setter, jadeante, saltándosele los ojos. Nevada asintió con un movimiento de cabeza.
—Todo el tiempo... has sido... amigo de Ben Ide? —preguntó Setter como si se ahogara.
—¿Si he sido su amigo? Ahí tienes la prueba. Mira a Judd y Walker.
Setter se tornó lívido.
—¡Dios. Todopoderoso!
—Setter, fíjate en el camino —exclamó Nevada—. Fíjate en quién viene. ¿Verdad que ves muchos jinetes? ¿Que están demasiado lejos?... Pues son Strobel y sus agentes que vienen con Bill Hall. He ayudado a Strobel a coger a los bandidos. He obligado a Bill Hall que dijera a Strobel quién eres. Y les he dicho que viniesen aquí... ¡Cómo nos vamos a divertir cuando Hall diga al señor Blaine y al señor Ide quién eres tú!
El pánico habíase apoderado de Setter, mas éste no parecía fijarse en la denuncia de Nevada. Había en su actitud algo más vital, más íntimo. Su rostro revelaba el alma perversa de un hombre de tremendas pasiones que se, ve traicionado, derrotado, vencido, Sus ojos salían de sus órbitas como globos negros. Había en él algo que indicaba que una fuerza interior pugnaba por salir. Setter no ignoraba lo que Nevada sabía.
Con ademán espasmódico tiró de su revólver.
¡Pam! ¡Pam! El revólver de Nevada habló dos veces, con tanta rapidez que los dos disparos parecían uno solo. Las balas removieron el polvo de la tierra a alguna distancia de Setter. Habíanle traspasado limpiamente. Setter parecía paralizado..., sus ojos pusiéronse vidriosos; luego cayó como un saco vacío al suelo.
Nevada se acercó con rápidos pasos, el revólver humeante, y miró al vencido.
—¡Ajá! —exclamó, como poniendo fríamente un punto final a un hecho consumado.
Luego volviése y se dirigió con paso largo hacia su caballo. No vio a Ina, a la que pasó rozando. De un salto se puso en la silla y contempló con mirada aguda a Ben, que estaba aturdido y decaído. Una sonrisa maravillosa animó las duras facciones del vaquero.
—Adiós, amigo. Estamos, en paz —exclamó espoleando su caballo—. Me detendré en nuestra cabaña el tiempo justo para reunir algunas provisiones... y para echar una última mirada al Rojo de California.
Pasó raudo por la puerta del corral y se desvió del camino para alejarse del grupo de jinetes que se aproximaba. El polvo se arremolinaba bajo el veloz caballo. Nevada no se volvió y, a poco, desapareció en la hondonada.
XVI


BEN siguió contemplando la pardusca ladera por la que Nevada desapareciera tan raudo. Adiós, amigo. Estamos en paz. Eternamente recordaría esa despedida. Nevada acababa de salvarle, mas obtener la liberación a costa del amigo antojábasele un precio demasiado fuerte. De entre sus encontradas emociones sobresalió el anhelo de volar en seguimiento del amigo venerado.
Otras sensaciones arrancaron a Ben de su turbación. Alguien le tiraba del pie. Era Marvie, que le contemplaba como quien contempla a un héroe. En el otro lado había alguien que cogía sus esposadas manos. Era Ina, que, sollozando, se apoyaba contra el caballo. Sus ojos revelaban su profunda emoción, sus indecibles pensamientos.
También estaba allí Bill Sneed, descubierto, ceñudo, un rictus de dureza en la boca.
—Señorita Ina, suéltele las manos —dijo, haciendo un esfuerzo—. Estas llaves de Judd están llenas de sangre... Ya está, Ben.
—Gracias, amigo —repuso Ben abriendo los brazos, lleno de extraña emoción ante lo que representaba la libertad.
Al bajar las manos, Ina cogió la derecha entre las suyas y se la llevó a los labios, el rostro bañado en lágrimas. Las gentes rodeaban el grupo, estrechando el círculo, sin quitar los ojos del libertado.
Ina fue separada de Ben por una mujer, tal vez era su madre. Marvie empeñábase en decir algo, mas entre la barahúnda de voces agitadas y roncas, Ben no podía en tender nada. De pronto se hizo el silencio.
—¡Paso, paso! ¡Atrás, vaqueros! —Era la potente voz de Strobel.
Ben vio llegar al alguacil, a pie, revólver en mano, seguido de un grupo de jinetes. El círculo abierto reveló los cuerpos exánimes de los tres hombres, echados allí en grotesca inmovilidad.
—¡Maldición! —exclamó Strobel alzando la mano en señal de horror.
—La verdad, señor Strobel —dijo Blaine avanzan do—, no hubiéramos podido hacer nada aunque hubiese sido nuestra intención. Ese hombre cayó aquí como una tromba y me parece que disparó sobre Judd y Walker; apeándose, y antes de llegar al suelo. Después provocó a Setter hasta que éste sacó el revólver... Ya ve usted el resultado.
Strobel se detuvo junto al cuerpo de Setter, mirándolo con ojos de curiosidad, pero sin compasión; después, con el pie, hizo que el cuerpo inerte que yacía en el suelo diera la vuelta quedando de espaldas.
—Dos agujeros... a un centímetro de distancia, en el lado izquierdo. Pero ¿quién era ese Nevada?
—No lo sabemos. El joven Ide dice que tampoco lo sabe —repuso Blaine—. Pero Setter lo conocía..., eso es tan cierto como el Evangelio.
—El caso es —dijo Strobel— que Nevada estaba tan amable que no llegué a sospechar siquiera sus intenciones. Mas cuando de pronto partió como una flecha, barrunté que la cosa acabaría mal.
—Acaso lo sucedido le parezca mal a usted, pero para mí tiene un aspecto muy distinto —aseveró Blaine.
—Y ésos de ahí, ¿quiénes son? Sé que se llamaban ' Judd y Walker respectivamente.
—Un alguacil de Redlands y su agente.
—¡Hum! Nunca he oído hablar de ellos. Debe de tratarse de nombramientos recientes, porque el invierno pasado estuve en Redlands. Es extraño.
—Strobel, ¿es verdad que trae arrestado a Bill Hall?
—Ahí le tiene... Ese hombre corpulento con la cabeza de oso..., ése es Hall. Los otros son sus cómplices... Y si he de serle franco, Blaine, le diré que el arresto ha sido cosa de una suerte loca.
—Bien, bien, me alegro —repuso Blaine, con un sus piro de alivio—. Lo mejor será aclarar todo el lío ahora mismo.
Y dio orden a sus vaqueros para que cubriesen a los tres muertos.
—Señor Ide, haga el favor de entrar en mi oficina —continuó Blaine—. Strobel, llevé usted allí también a Hall y a quien crea conveniente. Marvie, tú te vienes conmigo... Ben, creo que te necesitamos.
La hora más singular de aquel terrible día, tan triste como lleno de regocijo, fue ésta en que Ben se hallaba en la oficina de Hart Blaine. Una mirada al rostro de su padre habíale bastado. Su amargura, su resentimiento, que casi era odio, sufrió un choque violento.
Blaine contrastaba de un modo maravilloso con Amos Ide. Si bien su rostro revelaba el tumulto de su alma, no podía, sin embargo, apagar el brillo de sus ojos, la expresión de alivio, el resurgimiento de la voluntad fortalecida por el dolor y la experiencia.
—Señores —dijo, sentándose sobre la mesa, el brazo apoyado en su hijo—, voy a decir primero lo mía y seré breve. Setter ha sido el causante de todos los negocios en que me metí. No quiero acusarle a él del pecado de la codicia. Con vergüenza confieso que el codicioso era yo. Mas, había sido pobre durante tantos años que, cuando llegó la suerte, y con ella el poder que da el dinero, perdí la cabeza. Jamás fue mi intención cometer actos deshonrosos. Siempre me dolió tener que desahuciar a los pobres rancheros. Si me he metido en negocios contrarios a la ley, y temo que sea así, todo es debido a mi ignorancia y a mi ceguera. Deseo hacer las paces con todos los rancheros con quienes he tratado, devolviéndoles lo suyo. Creo que podré salvar mi hacienda de lago Tule, del de sastre, pero eso será todo, a no ser que los documentos, con mi firma, que Setter tenía en su poder, no los puedan hacer efectivos los Bancos y particulares con los que él trabajaba.
—Señor Blaine, es para mí una satisfacción poderle decir que todas las transacciones de Setter son nulas —afirmó Strobel.
—Pues en tal caso tengo más suerte de la que merezco —repuso Blaine con fervor—. Amos..., ¿cómo queda usted en ese asunto?
—Sólo la muerte de Setter podía salvarme de la ruina,, si no de cosa peor —contestó Amos Ide solemnemente.
—¡Caramba! ¡Y yo que creí que no había más tonto en lago Tule que yo! —exclamó Blaine—. Amos, tal vez algunas de nuestras diferencias puedan achacarse a manejos de ese bribón de Less Setter.
—Eso mismo estaba pensando ahora —dijo Ide, con tristeza.
—Strobel, ¿quiere usted relatarnos lo que sepa del asunto? —preguntó Blaine dirigiéndose al alguacil mayor—. Haga el favor de pasar por alto nuestra discusión en el rancho de Welch. Entonces yo me equivoqué, usted tenía razón.
—En cuanto a esa discusión, señor Blaine, he de decir, cuando menos, que ahora estoy mejor informado que entonces —repuso Strobel con entera franqueza—. Mas como usted ha dicho muy bien, yo estaba sobre la pista verdadera... Bueno, todas las pérdidas de ganado sufridas en esta región durante los últimos dos años pueden resumirse en una sola palabra: Hall. Ahí lo tenemos; él mismo lo afirma así. De este modo, pues, pasaré por alto lo anterior y me referiré sólo a lo de hoy... Cabalgando a algunas millas de Río Perdido arriba, me encontré con un vaquero llamado Nevada. Al verme, dio tres hurras y echó el sombrero al aire. Creí que estaba borracho, pero no, no había nada de eso. A gritos me dijo que Bill Hally su banda estaban cerca, sobre caballos cansados, y sin armas... Al oírle, pensé que estaba loco, pero... no lo es taba. Le dije que nos guiase, y poco tardamos en caer sobre la banda de Bill Hall, la que se rindió sin resistencia. Eso es todo; creo que Bill Hall puede darnos la clave de muchos enigmas.
—Hall, venga usted aquí —ordenó Blaine al bandido maniatado.
Hall avanzó con paso tardo, colocándose frente a Blaine. Despedía hedor de sudor y de tabaco, su aspecto era rudo, salvaje y desharrapado, pero en su rostro había franqueza y sus ojos no revelaban temor alguno.
—Hall, dígame si la promesa de una sentencia ligera le persuadiría a declarar contra los inductores, confesando aquí toda la verdad' —preguntó Blaine.
—Me parece que sí —contestó el abigeo.
—Bueno, tiene usted mi promesa. Y si Amos Ide y Strobel están de acuerdo conmigo, su condena será breve.
—A mí me parece muy bien —opinó Strobel. Volvièronse los dos hacia Amos Ide. Éste seguía de pie, en la misma actitud que asumió al entrar, y sus agitadas facciones daban fe del conflicto que se libraba en él. Blaine vióse obligado a repetir la pregunta.
—No denunciaré a Hall. No apareceré en el juicio —contestó.
—Ya ve, Hall, tiene usted tanta suerte... como todos nosotros. Y ahora, dígame, qué opina de las afirmaciones de que Ben Ido robó ganado, especialmente el de su padre.
—¡Tonterías! —replicó Hall, con sarcasmo—. Deben ustedes de haber estado locos al dar fe a tales chismografías. Setter les llenó la cabeza con sus artimañas. Así hacía su negocio.
—¿Setter?... ¿Es que él era un abigeo? —exclamó Blaine.
—Claro que sí. Él y yo trabajábamos de común acuerdo. Yo robaba el ganado y él lo vendía. Cinco años atrás, trabajábamos en Arizona, pero allí la vida se le hizo imposible, y entonces se fue al Estado de Nevada. Luego, al venir a California, me mandó a buscar.
—¿Cuánto hace de eso?
—Hará unos tres años.
—¿Hay otras bandas de ladrones por aquí?
—No; la mía es la única, pero hacíamos las cosas de tal forma que parecía que operaban muchas. Fue una idea de Setter. La mayoría del ganado lo sacamos por el desfiladero de la cañada de Silver.
—¿Sabe usted quiénes eran Judd y Walker?
—No —repuso Hall—, no los conocía. Pero la última vez que hablé con Setter, hace más de un mes, no cesaba de hablar del gran golpe que preparaba. No dijo en qué consistía, aunque ahora ya se ve lo que era. Estaba empeñado en que ese joven Ido apareciese como ladrón de ganado, y eso por motivos que entonces no comprendí. Ésa fue la causa de llevar parte del ganado de Amos Ide a aquella cañada. Aquí es donde entran Judd y Walker. Cuando los he visto hace poco, muertos en el suelo, comprendí claramente su oficio. Tal vez Judd era un alguacil de verdad, pero si van ustedes al condado que representa, verán que sólo le conocen allí desde hace poco y que, gastando el dinero a manos llenas, fue como se hizo nombrar policía. Otro truco ya muy conocido de Setter.
Hart Blaine echó una mirada llena de piedad y de sarcasmo a Amos Ide, y después se dirigió a Marvie.
—Ahora puedes hablar, hijo mío —le dijo con cariño—. Allí fuera no has tenido ocasión, pero tu padre estaba dispuesto a oírte desde el primer momento. ¡Habla, pues! Cogí un caballo y me escapé para vigilar a Judd y Walker —empezó el muchacho, lleno de miedo.
—¡Ajá! Creo que es la primera vez que de una escapada sale algo bueno. Esta vez te salvas de la paliza. Continúa!
Cogí los gemelos de Ina y me fui al lado oeste del lago, donde me apeé para esconderme entre la artemisa. De este modo avancé hasta ver la cabaña de Ben. Me puse a vigilar. Vi que Judd y Walker llevaban un saco pesado al granero de Ben. Cuando salieron, no lo tenían. Y...
—Strobel —dijo Blaine al alguacil, interrumpiendo a su hijo—, ha de saber usted que Judd trajo aquí algunas orejas, marcadas, de toros, jurando que procedían de un saco que estaba en el granero de Ben. Dijo que habían dejado el saco allí para enseñárnoslo.
—Pues bien, papá, el saco no estaba allí antes de ir Judd —exclamó Marvie—, porque yo he ocultado siempre mi aparejo de pescar en el desván del granero. He ido allí, cuando menos, doce veces, y nunca, nunca, he visto ese saco.
Blaine miró a su hijo con grave sonrisa.
—Marvie, entre otras cosas que salen ahora a la luz del día —observó—, parece que está el hecho de que tú has cogido un caballo y te has ido a Río Perdido, digamos, cuando menos doce veces.
—Sí..., papá —balbuceó Marvie, asustado.
Blaine atrajo a sí al muchacho y le dio un abrazo, brillando en sus ojos acerados una curiosa luz.
—Hijo mío, yo te regalaré un buen caballo para que montes en él cuando quieras —dijo—, y en cuanto a pescar truchas y cazar caballos salvajes... Bien, tal vez a mí y a mi amigo Amos Ide, aquí presentes, a los dos nos ha faltado algo en nuestra juventud que nos hubiese podido convertir en hombres más buenos... y en mejores padres.
Después se puso de pie.
—Strobel, creo que nuestra pequeña confabulación ha terminado —dijo—. Puede usted disponer del carro y de los muchachos para ir a Hammell... Buenos días, Bill Hall. Quisiera saber qué es lo que le convirtió en abigeo... Bien, bien, enmiéndese..., como a todos nos hace falta.
Dicho lo cual se volvió hacia Ben, ofreciéndole su callosa mano.
—Creo que querrás quedarte a comer, antes de volver a Río Perdido y a ese caballo rojo.
Ben estrechó con fuerza la mano de Blaine, no sabiendo qué contestar.
—Gracias, señor Blaine —dijo, haciendo un esfuerzo para dominar su emoción—. Comeré un poco, y luego iré. Me había olvidado por completo del Rojo de California.
—¿Recuerdas el ofrecimiento que hice de pagar diez mil dólares por él?
—No. No lo he olvidado. Pero yo..., ahora..., señor Blaine, no puedo tomar ese dinero.
—¿Por qué no? Te lo has ganado, y si no tú, Nevada...
—¡No..., no! —interrumpió el joven a Blaine—, no puedo separarme del Rojo.
—Bien, bien; de todos modos tendrás que tomar el dinero —repuso Blaine con disimulo—. Así lo espero, y tú y el Rojo de California formaréis parte de la familia.
Y se marchó rápidamente.
Ben, henchido el pecho por su victoria, emocionado por lo que acababa de oír, se apresuró a seguir a Blaine. Y al pasar, vio, de reojo, a su padre, que seguía clavado en el suelo, inmóvil como una estatua. Ben continuó su camino.
—¡Benjamín! —exclamó su padre en una voz que Ben jamás había oído. Y, sin embargo, no hizo caso.
—¡Ben!
Pero Ben salió, sordo a aquella voz.
El joven se dirigió corriendo hacia el campamento de los Blaine. Marvie le alcanzó, acompañándole.
—¿Me deja ir con usted a ver al Rojo de California? —suplicó el muchacho.
—Si tu padre te lo permite, sí.
—¡Huy! Papá me asustó mucho cuando tuve que confesar mis escapadas. Pero ahora sé que, entre usted, Ina y yo, hemos vencido.
—Así parece, Marvie —dijo Ben avanzando con paso rápido, mientras el muchacho corría a su lado.
—Ben, a su padre de usted le pasa algo peor —continuó Marvie con su charla—. ¿Ha visto usted qué cara puso cuando el mío acabó su discurso?
—No... Marvie..., no me he fijado —contestó Ben roncamente.
—Pues debió usted haberle visto... Estaba terrible... Pero luego le hablaría usted, ¿verdad?
—No, Marvie; me eché a correr nada más.
—Pero lo hará, ¿verdad, Ben? —preguntó Marvie con mucha seriedad'—. A1 fin y al cabo, es su padre... Mire, ahí está Ina en su hamaca..., y está llorando.
Aproximáronse los dos al enebro y a la hamaca. Ben pensó que los ojos de Marvie eran mejores que los suyos o, cuando menos, veían mejor en aquel instante, porque él no veía sino un rostro agradable y unos ojos muy tristes.
—¡Ina!
Marvie movió la hamaca.
—Escuchad. Voy a volverme un momento —exclamó con malicia.
Ben le oyó, pero no pudo aprovecharse de la fina apreciación del muchacho. Acercóse una silla rústica y cogiendo las manos de la joven entre las suyas, se sentó a su lado.
—¡Oh..., Ben! —balbuceó Ina.
—¡Qué terrible ha tenido que ser todo eso para ti, Ina mía! —exclamó—. La ansiedad..., la espera..., luego... Nevada... ¡Dios mío! ¡Qué hombre!... Ahora lo veo todo claro. Estaba escrito desde el principio... Pero tú debes olvidar..., no pienses...
—Ben, tú... no sabes —sollozó Ina—. No es la ansiedad, ni la espera, ni siquiera Nevada, lo que me abate... ¡Estoy así porque..., porque... creí que... eras culpable!
Ben sintió helársele el corazón. De un salto se puso en pie.
Marvie se alejó de la hamaca, atolondrado y sobre cogido.
—Ben, éste no es mi: sitio. Voy a preparar los caballos.
—¿Qué? —murmuró Ben muy bajo, la mirada fija en los hermosos ojos de Ina.
—«Sí, soy culpable», dijiste —respondió ésta con un gemido—. Y ya lo creí..., creí que esa exclamación significaba que confesabas ser culpable de las robos... ¿Cómo había de ser de lo del Rojo de California?
—Y, sin embargo, tú me querías —exclamó Ben, acometiéndole un gran temor.
—No lo parecía en aquel momento.
—Y ahora, ¿me amas?
—¡Ben!... Tú..., te amo tanto..., que si no dejas de mirarme así y no me perdonas... me moriré...
El joven cayó de rodillas y la cogió en sus brazos, con hamaca y todo. Tras largo rato de honda emoción, Ina le llamó a la realidad.
—¿Mi padre te dijo que los diez mil dólares... y tú... y el Rojo... formaríais todos parte de la familia? —preguntó la joven, llena de alegría cuando Ben le hubo contado lo que sucediera en la oficina de su padre.
—Sí. ¡Y figúrate cómo me quedé...! Además me dijo que me quedase a comer. Pero no puedo..., es preciso que Modos y yo volvamos en seguida a ver cómo está el Rojo de California. Ahora se halla atado en el corral.
—Parece que no puede ser verdad tanta dicha —murmuró Ina—. Supongo que mi padre aprovechará la lección que ha recibido. Y el tuyo también.
Ben bajó la cabeza.
—Desde luego, tú le habrás perdonado.
—No... Ni siquiera me volví cuando me llamó —repuso Ben con voz extraña.
—¿Te llamó? ¡Oh, Ben, debiste de ir a él! Es viejo y fue precisamente el gran cariño que te tiene lo que causó su decepción..., lo que le hizo ser tan duro... Me has perdonado a mí. Ahora perdónale a él.
Creo que no lo podré hacer nunca.
—Ben, no digas eso. Sería una crueldad, no obrarías como buen cristiano. Sé magnánimo..., sé grande como Nevada.
—No me hables de él —murmuró el joven.
—Perdóname, querida —suplicó Ina—. Es pronto para que pienses en él... y en tu padre... Ahora, lo que debes hacer, es volver a tu trabajo..., a la vida que amas... Lo que tú hagas, lo haré yo..., lo que tú ames, lo amaré también.
Entonces, ¿es cosa hecha? ¿Te casarás conmigo? —Sí —respondió ella suavemente.
—¿Cuándo?
—Cuando vengas a buscarme. Papá ha dicho que nos iríamos enseguida a la hacienda del lago Tule, lo que implica trabajo... Tan pronto como lleguemos, iré a ver a tu madre y a Hettie. Figúrate la alegría que tendrán. ¡Qué dicha para mí podérselo contar todo...! Me hallarás en casa... esperándote.
—Ina adorada —murmuró Ben irguiéndose a poco con renovada energía—. Corro al lado de mi caballo. Soy el hombre más rico de la tierra contigo y con él... Y eso me recuerda, Ina, que debo de tener mis diez o doce mil dólares en el Banco de Hammell. ¡Todo por caballos salvajes! Pobre papá, quisiera enseñarle ese dinero... De manera que no te casarás precisamente con un pobre... Tan pronto como logre domar al Rojo, iré a buscarte, Ina. Quisiera entrar en Hammell montado en el Rojo de California. Sí, deseo que mi padre vea ese caballo; pero, Ina, no podría venderlo.
—Clara que no, puesto que es mío —repuso la joven con cierta ironía.
—Eso es indiscutible, pero tú me perteneces a mí —contestó Ben—. Y ahora he de irme, Ina. Veo que Marvie y Modos me están esperando con los caballos. Pero ¿qué veo?..., si es mi garañón negro el que está allí..., un hermoso caballo que cogimos en las cavernas.
Judd lo encontró en nuestro campamento y lo ha traído aquí. Suerte en todas partes... Ahora sólo falta que llueva.
—Lloverá, Ben, lo sé. Un viejo pato silvestre me lo dijo hace mucho tiempo con sus graznidos.
De todos los caballos salvajes que Ben domara en su vida (y eran algunos centenares), el Rojo de California resultó ser el más inteligente, el que más respondió como un hecho muy notable, puesto que durante muchos años había sido el garañón más salvaje de toda la región selvática. Supuso que ello era en parte debido al hielo traidor en el que, a causa del resbalón, su captura resultó tan fácil'. Ben, que conocía a fondo los caballos salvajes, se dijo que el Rojo no se aventuraría nunca más sobre el hielo.
Con infinita paciencia y gran cariño, mas con mano de hierro e inflexible voluntad, domó Ben al garañón como sólo él sabía hacerlo.
A la caída del sol de un día de a principios de octubre, cuando el trabajo diurno estaba realizado y Ben se permitió soñar en su próxima entrada triunfal en la ciudad, vio que Modoc observaba con gran atención el vuelo de los últimas patos silvestres, cuyo graznido familiar escuchaba Ben con singular placer.
—¿Qué dicen, Modoc? —preguntó al indio.
—Pronto mucha tormenta. Mucha lluvia..., nieve..., invierno húmedo —repuso Modoc, con el brillo de su inescrutable mirada, y un ademán lento, majestuoso, hacia el horizonte.
En medio del inmenso regocijo que sintió, tuvo Ben, de pronto, un recuerdo doloroso. Su amigo Nevada no estaría allí para compartir su alegría de ver que el gana do en los pastos y los animales salvajes de los montes estarían, al fin, salvados de la sequía. Nevada habíase marchado, seguramente hacia regiones desconocidas y no volvería nunca más a su antigua, vida. El que Setter re conociera a Nevada, había tenido para Ben una significación terrible.
A la mañana siguiente, el cielo amaneció encapotado y a poco comenzó a caer fina llovizna. Las negras nubes de la tormenta iban acumulándose durante todo el día, como si las fuerzas de la Naturaleza se moviesen pausadamente antes de cumplir la tarea largo tiempo, descuidada.
Por la noche abriéronse las esclusas del cielo. Tan enorme fue el agua que caía, que Ben temió que el techo de su cabaña se derrumbase. Al mismo tiempo, escuchaba con inmenso placer el ruido del viento y las furiosas rachas de aguaceros que batían contra las ventanas.
Siguió lloviendo toda la noche, al día siguiente y duran te seis días más, día y noche, con sólo cortísimos intervalos.
De las colinas bajaban arroyos fangosos; por las vaguadas de las cañadas precipitábanse torrentes de imponente caudal; las elevaciones de terreno en los alrededores del lago Mule Deer quedaban inundadas: el Río Perdido vertía una ancha avenida de aguas amarillentas en el lago, el cual agrandábase por momentos.
Cuando al fin se abrió el negro muro de las nubes, el sol inundó de nuevo con sus áureos rayos aquella hermosa región, más brillante y más fresca ahora. Las nubes se levantaron, dispersándose, barridas por el viento fortificante de octubre. Tras siete años de una sequía sin precedentes, par fin pudo considerarse como salvada por la lluvia la fértil región del norte de California.
Un día de veranillo de San Martín, cuando la policromía de la flora otoñal revestía las colinas y los prados, Benjamín Ide entró, montado en el Rojo de California, en su pueblo natal, del que $e marchara como proscrito y al que ahora volvía como héroe. El hermosa garañón creó una sensación mayor que el mejor de los circos que visitara Hammell.
Por casualidad o por increíble fortuna, o tal vez por un capricho del Destino —Ben no sabía por qué—, el joven encontró en la calle Mayor de Hammell a Ina, Marvie y Hettie, que llegaban en aquel instante de la hacienda en un magnífico birlocha nuevo. Marvie chilló y Hettie gritó, mientras que Ina, con las manos cruzadas sobre el pecho, contemplaba el caballo de Ben con tan mudo éxtasis que parecía no haberse dado cuenta del jinete que lo montaba.
La estrella de Ben siguió aquel día su cursó ascendente. La sorpresa del encuentro aturdió a Ina; el obvio y manifiesto cambio de la opinión pública sobre Ben la abrumó. Ben, por su parte, no supo nunca qué había sido 1'o que le impulsara a rogarla, tan pronto como la vio un momento a solas, que se casase con él inmediatamente.
Ina no pudo resistir. Sus ojos no se apartaban de él, estaba fascinada.
—Ina, no ha sido mi intención hacer las cosas así —continuó Ben, rápido—. Éste es un día feliz para mí, cólmala tú, casándote ahora mismo. Tenemos aquí a Marvie y a Hettie, que pueden ir con nosotros a la iglesia.
—¡Oh, Ben!... Tan de pronto —repuso Ina—. Yo... sé que lo prometí..., debo cumplirlo...; pero... no voy vestida para una boda... y ¿qué dirían en casa?
—Tú fíjate, Ina mía, lo que significa para mí poder ir ahora a Hart Blaine y decirle: «Le presento a mi mujer...» Estoy por encima de toda venganza..., pero esa idea me vuelve loco.
—¿Y eso te haría muy... muy feliz? —balbuceó Ina.
—¡Qué pregunta! No sé cómo decírtelo. Por favor, Ina adorada, consiente. ¿Qué importa que sea un día o una semana antes?
La joven estaba pálida, y en la blancura de su rostro destacábanse sus ojos profundos. Ben tembló al verla tan grave, tan seria.
—Si consiento..., después de habérselo dicho a mis padres..., ¿me permites que te acompañe a ver a tu padre? —exclamó ella de pronto.
—¡Ina! —dijo el joven con agudo dolor. El pensar en su padre anciano que nunca quiso comprenderle, que nunca creyó en él. Y, con el recuerdo, tomó el viejo dolor, nació un nuevo conflicto que le destrozaba el corazón.
—He visto a tu padre —continuó Ina—. Está descorazonado. Al fin comprende que debió dejarte seguir tu camino... Di que le perdonas, Ben.
Y le cogió de las manos, mirándole con dulce expresión, prometedora de un venturoso porvenir.
—Sí..., sí, le perdono e iré contigo —exclamó. Ben, y al mismo tiempo sintió que el rencor y la amargura se alejaban de su corazón.
Efectuado el enlace, Ben montó en el Rojo de California y cabalgó junto al birlocho en que iban Marvie, Ina y Hettie. El muchacho conversaba alegremente con su nuevo cuñado; Ina estaba ensimismada, soñadora; Hettie sonreía de un modo enigmático, como si también ella tu viese secretos de amor.
Al llegar a la hacienda, Ben se adelantó, hallando el patio lleno de una ruidosa pandilla de vaqueros, que acababan de regresar del trabajo. Con Bill Sneed a la cabeza, rodearon el magnífico caballo, llenando, con su gritería de admiración, un vacío en el corazón de Ben largo tiempo sentido.
En medio de la agitación y el barullo, apareció de pronto Blaine, con la cabeza llena de canas, descubierta, su curtido rostro animado por una franca sonrisa de asombro.
—¡Cielos! De modo que éste es el Rojo de California... Creo que ahora te comprendo por fin, Ben... Ve a enseñárselo a Amos Ide.
Llegó en aquel instante Marvie, llevando las riendas del tronco de caballos. A voz en gritó exclamó:
—Ben..., ¿ya se lo has dicho a papá?
Ben sintió de pronto un gran pánico; Ina empeoró la situación, arrebolándose deliciosamente al oír las palabras de Marvie, mientras trataba de refugiarse en la casa.
—¿Qué sucede, Ben? —preguntó Blaine, como sor prendido, pero sonriendo entre dientes—. Parece que tengas miedo, muchacho.
—Me he olvidado de decírselo... Ina y yo... acabamos de casarnos en Hammell... Hubiese hablado en seguida, pero lo olvidaba.
—¡Ah ¡Ah! Ah! —Blaine no pudo contener la risa y se golpeaba las piernas con su ancha mano—. Bueno, bueno..., paréceme que es propio de un cazador de caballos salvajes ser tan súbito... Entra, muchacho, y díselo a su madre... y ese cheque que te daré por el Rojo de California me ahorra el regalo de boda.
Aún no se había puesto el sol cuado Ina, llevando al Rojo de California de las riendas, caminaba al lado de Ben y Hettie, cruzando los campos de la hacienda. La cerca tenía ahora una puerta donde antes estaba la vieja senda, y la nueva revelaba un atareado ir y venir entre las dos haciendas. Daba el camino sobre el patio en el que se hallaba ahora Amos Ide, en mangas de camisa, partiendo leña con un hacha. No oyó los pasos hasta que los tres estuvieron cerca de él. Entonces, irguiéndose, dejó caer el hacha y se quedó inmóvil.
Una mirada le bastó a Ben para que su corazón se llenara de remordimientos, mas se ciñó al plan preconcebido para el primer encuentro con su padre.
—Hola, papá —dijo alegremente, como si sólo hubiese estado ausente pocos días, como si ningún obstáculo hubiera existido entre ellos.
—¡Hijo mío! —exclamó el señor Ide, conmovido.
—Te traigo a mi mujer y al Rojo de California —continuó Ben alargando la mano.
El anciano luchó con valentía para corresponder a la idea de reconciliación de su hijo..., para comprender su súbita llegada sin dejarse vencer por la emoción.
—Ben..., ¿tu esposa?... ¿La hija de Hart Blaine? —exclamó, asombrado, su padre.
—Sí, papá. Volvemos a ti y a mamá, para visitaros... Siempre pensé venir... Toma, papá fíjate en mi libreta de ahorros, y en este cheque que Hart Blaine acaba de darme... ¡Y fíjate en esta muchacha...! ¡Todo en un día, papá! Y ahora, ¿quieres dar un abrazo a este cazador de caballos salvajes?



ZANE GREY (Zanesville, Ohio, 31 de enero de 1872 - Altadena, California, 23 de octubre de 1939) fue un escritor estadounidense que convirtió las novelas del Oeste en un género muy popular.
Su nombre auténtico era Pearl Zane Gray. Más adelante prescindiría de su primer nombre, y su familia cambiaría el apellido de "Gray" a "Grey". Se educó en su localidad natal, Zanesville, una ciudad fundada por su antepasado materno Ebenezer Zane. En la infancia se interesó por el béisbol, la pesca y la escritura. Estudió en la Universidad de Pensilvania, gracias a una beca de béisbol. Se graduó en odontología en 1896. Llegó a jugar en una liga menor de béisbol en Virgina Occidental.
Mientras ejercía como dentista, conoció, en una de sus excursiones a Lackawaxen, en Pensilvania, donde acudía con frecuencia para pescar en el río Delaware, a su futura esposa, Lina Roth, más conocida como "Dolly". Con su ayuda, y los recursos económicos que le proporcionaba la herencia familiar, empezó a dedicarse plenamente a la escritura. Publicó su primer relato en 1902. En 1905 contrajo matrimonio con "Dolly", y la joven pareja estableció su residencia en una granja de Lackawaxen. En tanto que su esposa permanecía en el hogar, encargándose de la carrera literaria del autor y educando a sus hijos, Grey pasaba a menudo largas temporadas fuera de casa, pescando, escribiendo y pasando el tiempo con numerosas amantes. Aunque `Dolly` llegó a conocer sus aventuras, mostró una actitud tolerante.
En 1918 los Grey se mudaron a Altadena, en California, un lugar que habían conocido durante su luna de miel. Al año siguiente, el autor adquirió en Millionaire`s Row (Mariposa Street) una gran mansión que había sido construida para el millonario Arthur Woodward. La casa destacaba por ser la primera en Altadena construida a prueba de fuego, ya que Woodward, que había perdido a amigos y familiares en el incendio del teatro Iroquois de Chicago, ordenó que fuera construida con cemento. El amor de Grey por Altadena se resume en una frase que es citada a menudo en la ciudad: "En Altadena, he encontrado aquellas cualidades que hacen que la vida valga la pena".
El interés de Zane Grey por el Lejano Oeste se inició en 1907, cuando llevó a cabo con un amigo una expedición para cazar pumas en Arizona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario