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jueves, 8 de junio de 2017

Reino Salvaje (Zane Grey)

Reino Salvaje
Zane Grey

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Relatos incluidos:
"La burra de Tappan"
Jenet, era una burra de aspecto tan enfermizo que Tappan, el buscador de oro, creyó en seguida, nada más nacer, que no sobreviviría. Pero no siendo capaz de abandonarla a su suerte, ni de matarla, decidió quedarse unos días más junto al pozo en que se había detenido, hasta que el animal tuviera fuerzas suficientes para viajar.
Poco podía imaginarse Tappan que ésta iba a ser una de las decisiones más importantes de toda su vida.
"El rastreador"
Bill Everett, un peón de las montañas, fue el primero en ver aquel lobo. Empezó a llamarle Old Gray y éste fue el nombre con que todos se refirieron en lo sucesivo al animal. De vez en cuando circulaban en los campamentos y en las poblaciones relatos sobre los hechos de Old Gray. Era un lobo carnicero. Muchos vaqueros y cazadores se lanzaron tras su rastro acompañados de perros. Aunque lo hicieron abandonar los sitios en que se escondía, persiguiéndolo por las montañas, no lograron cogerlo. Los tramperos que se movían entre Cibeque y Monte Wilson se esforzaron también por acabar con el lobo. Nunca se oyó decir que Old Gray hubiera tocado una sola trampa.
"Los extraños socios de Bahía Two Fold"
Zane Grey dijo en cierta ocasión de este relato que era «la más grande de todas las historias de pesca que había oído referir». Esta historia se centra principalmente en las ballenas y los hombres dedicados a su captura, pudiendo ser considerada una de las más verídicas entre cuantas han sido escritas.
La burra de Tappan
I
II
III
El rastreador
I
II
III
IV
V
Los extraños socios de Bahía Two Fold
I
notes

Zane Grey
REINO SALVAJE
— oOo —
Autor: Zane Grey
Título Original: Savage Kingdom
Fecha 1ª edición Original: 1975
Traducción: Ramón Margalef Llambrich
Editorial: Editorial Molino, 1982
ISBN: 84-272-1152-X
— oOo —
La burra de Tappan

JENET, era una burra de aspecto tan enfermizo que Tappan, el buscador de oro, creyó en seguida, nada más nacer, que no sobreviviría. Pero no siendo capaz de abandonarla a su suerte, ni de matarla, decidió quedarse unos días más junto al pozo en que se había detenido, hasta que el animal tuviera fuerzas suficientes para viajar.
Poco podía imaginarse Tappan que ésta iba a ser una de las decisiones más importantes de toda su vida.
I

TAPPAN se quedó con la mirada fija en el recién nacido animal. Había en su rostro una mirada de compasión, sintiéndose consternado a la vez. Aquélla no era la vigorosa cría que había esperado de la incansable Jennie, una campeona entre las innumerables asnas que le acompañaran a lo largo de muchos años de andanzas por el desierto, en busca de oro. No podía dejarlo morir allí. Seguramente, no tenía fuerzas para seguir a su madre. Y ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de matarlo.
«¡Pobre diablo! —monologó Tappan—. Ni a Jennie ni a mí nos ilusionaba su nacimiento... Tendré que seguir acampado aquí durante unos cuantos días más. Nunca se puede predecir qué puede llegar a ser un burro. Tal vez nosotros estemos engañados. Es posible que de repente le dé por crecer y hacerse fuerte.»
Tappan se desentendió entonces de Jennie y su cría, menuda, de grisáceo pelaje, disponiéndose a dar alguna permanencia a su campamento. El agua de aquel oasis no era muy de su agrado, pero en fin de cuentas resultaba potable, y estaba convencido de que debía acomodarse a las circunstancias. Por lo demás, el lugar era tan bueno como tantos otros que había conocido. Los hombres que, como Tappan, vagaban por el desierto gustaban de los pozos solitarios, aislados. Éste se hallaba al pie de las Montañas Chocolate. Una rocosa pared separaba aquellas elevaciones de la arena del desierto. Las verdes manchas de los palos y las mezquitas evidenciaban la presencia de agua. Disfrutábase desde allí de una magnífica vista. La extensión de terreno, cubierta con las plantas características de la región, aparecía delimitada en una de sus partes por la brillante y roja cinta del río Colorado. Por otro lado quedaba la tierra de Arizona, con la avanzadilla de sus montes, de perfil de hoja de sierra, perfilándose contra el firmamento.
En aquellas montañas del desierto había oro. Tappan se dedicaba a la búsqueda de este metal. Pero no era el señuelo del oro por completo lo que le tenía siempre en movimiento: le gustaba aquella existencia de vagabundo por sí sola, por la extraordinaria libertad de que gozaba. Jamás había dado con un rico filón. Cuando las cosas marchaban bien, todo lo más que sacaba era dinero suficiente para comer y organizarse otro desplazamiento, en dirección a cualquier remoto punto del desierto americano. Tappan estaba familiarizado con el árido sudoeste, desde San Diego al río Pecos, y desde Picacho, sobre el Colorado, hasta Tonto Basin. Pocos mineros podían compararse con Tappan en cuanto a fuerza y resistencia físicas. Poseía un corpachón de gigante y a sus treinta y cinco años no había alcanzado todavía el límite máximo de su vigor.
Equipado con su martillo, el pico y una lupa, Tappan llevaba a cabo sus prospecciones. No era ningún experto en lo referente a los ensayos con minerales. Sabía que podía escapársele fácilmente una rica ganga. Pero se esmeraba todo lo que podía en su trabajo, convencido de que no había ningún buscador de oro que sacase más que él de semejante actividad. Tappan era más bien un naturalista; tenía más de soñador que de otra cosa. Se pasaba largas horas contemplando las vastas hondonadas de los valles, u observando a alguna criatura de aquellas soledades, o bien se quedaba extasiado admirando los vividos tonos de las flores del desierto.
Tappan permaneció en aquel oasis dos semanas, esperando a que la pequeña burra de Jennie tuviera suficientes fuerzas para andar. Y el mismo día en que Tappan decidió continuar su camino, descubrió rastros de oro no muy lejos del pozo. Por casualidad, mientras miraba a sus dos animales, hundió su pico en un sitio parecido a otros tantos de por allí, dando con una bolsa de oro. Antes de la puesta del sol había dejado limpia la misma, haciéndose con unos millares de dólares.
—Me has traído suerte —dijo Tappan a la pequeña burra gris, que no se separaba de su madre—. Te vas a llamar Jenet.
Jenet fue adelante, creciendo con la facilidad y la rapidez de la hierba en terreno húmedo. En invierno y en verano, Tappan continuaba yendo de un lado para otro, con sus burros. Jenet aprendió muchas cosas y en poco tiempo. Su madre siempre había sido una asna extraordinaria, antes ya de que Tappan la adquiriera. Por otra parte, el hombre tenía mucha paciencia. Disfrutaba de muchos ratos de ocio y se había esmerado en todo lo tocante a Jenet. Cada vez que se acercaba por Ehrenberg o Yuma, algunos prospectores se empeñaban en comprarle la burra. Ésta llegó a tener la alzada de un mulo de mediano tamaño. Una carga de ciento cincuenta kilos no constituía ningún problema para aquella bestia.
Tappan hacía lo que la mayor parte de los solitarios vagabundos del desierto: hablábale con frecuencia a la burra. A medida que pasaron los años, este hábito fue arraigando más y más en él. Tappan terminó por hablarle a Jenet con el único propósito de oír el sonido de su voz. Tal vez fuese esto lo que le permitía seguir conservando su condición de ser humano.
—La verdad, Jenet: eres digna de llevar una vida más feliz —decíale a lo mejor Tappan, tras liberarla de su carga, después de todo un día de marcha por las desérticas tierras—. Eres un buque del desierto. Aquí estamos, con comida y agua, a más de ciento cincuenta kilómetros del campamento más cercano. ¿Y qué otro animal habría podido traerme hasta estos parajes? No hay que pensar en caballos, ni en mulos, ni... en hombres. Sólo un camello podría hacer este trabajo. Por tal motivo, te he llamado «buque del desierto». De no ser por ti y por los demás seres de tu raza, Jenet, no habría buscadores de oro, y tendríamos escasas minas. Sin vosotros, el desierto sería todavía una extensión desconocida de tierra... Eres una admirable bestia de carga, Jenet. Nadie sería capaz de alabarte cumplidamente, como tú te mereces.
A la salida del sol, cuando Jenet estaba cargada de nuevo, hallándose lista para aspirar la fresca y dulce fragancia del desierto, Tappan decía:
—En marcha, Jenet. Hace una mañana muy hermosa. Fíjate en las montañas. Parece que nos están llamando, ¿verdad? Quedan a unos pasos de aquí. Nos vemos rodeados de tonos violetas y púrpuras. La vida ha hecho para nosotros, para mí y para Jenet, mi burra. En estos momentos, Tappan se siente lo mismo de rico que si las arenas que pisa fuesen perlas.
Pero, en ocasiones, a la puesta del sol, cuando el camino había sido muy largo, y el calor atormentador, y el piso áspero, Tappan apoyaba su peluda cabeza en el cuello de la burra, expresándose en otro tono.
—Ha pasado otro día, Jenet... Hemos llegado al final de otro viaje. Y Tappan se siente más viejo, más cansado, más enfermo. Tu fidelidad no podría ser recompensada con nada. Yo sólo soy una rata del desierto, que va de un pozo a otro, de un agujero a otro. No tengo hogar, ni una cara humana que ver... Cualquier tarde, Jenet, habremos llegado al término de nuestro último viaje. Y los huesos de Tappan se blanquearán al sol, sobre las arenas, sin que nadie se entere de ello, sin que a nadie le importe...
Cuando Jenet contara dos años disputaría la cinta azul en competición que abarcaba a todos los burros del Sudoeste. Era un animal extraordinariamente grande y fuerte, muy proporcionado, muy completo en todos los aspectos, prácticamente incansable. Pero no eran éstas las única características que hacían que Tappan se sintiese envidiado por los demás prospectores. Jenet tenía las virtudes comunes de todos los burros ampliadas hasta un grado increíble. Por añadidura, poseía una sensibilidad y un instinto que para Tappan bordeaban lo sobrenatural.
A lo largo de aquellos años, Tappan recorrió la región minera del Sudoeste en todos los sentidos. Pero, como siempre, el rico filón de oro que buscaba continuaba eludiéndole. Era como el tesoro enterrado al pie de uno de los brazos del arco iris. Jenet conocía los caminos y los pozos mejor que Tappan ya. Sabía seguir por un sendero borrado por las arenas o cualquier corriente de agua. Con su poderoso olfato, localizaba a gran distancia un nuevo manantial en pleno desierto o un desconocido pozo. Jamás se alejaba de un campamento como para dar lugar a que Tappan fuese en su busca. Los burros salvajes, la ruina de muchos prospectores, no suponían ningún atractivo para Jenet. Y nunca había demostrado ésta ninguna predilección por otro animal de su raza. Ello constituía el rasgo más sorprendente de su extraño carácter. Los burros tenían el hábito de aparearse, trabando amistad con uno o más camaradas. Tales relaciones se tornaban permanentes. Jenet, en cambio, se mantenía puramente libre.
Con toda naturalidad, Tappan se confiaba a aquella grande, serena y grisácea bestia de carga. Desde luego, cuando por casualidad se reunía con otros hombres mostrábase orgulloso de Jenet. Sin embargo, nunca había apreciado realmente a aquel animal. En su estilo, Tappan era un individuo caviloso, reconcentrado, no consciente de cualquier sentimiento. Cuando fanfarroneaba con motivo de Jenet, recreábase en sus buenas cualidades. Lo que realmente le gustaba más de ella eran las menudencias cotidianas.
Durante los primeros años de entrenamiento, Jenet había sido una ladrona. Fingía estar dormida a lo largo de varias horas con objeto de disponer de una oportunidad para robar algo del campamento. Tappan había acabado con tal hábito nada más apuntar el mismo. Pero nunca se confió por entero a ella. Jenet, después de todo, era una burra.
Jenet comía todo lo que se le ponía a tiro. Sabía buscarse el sustento por sí sola. Las sobras de Tappan, fueran lo que fueran, suponían un sabroso postre para Jenet. A la hora de la comida, se plantaba junto al fuego, con una de sus grandes orejas empinadas y la otra abatida. Su expresión era la que correspondía a un ser manso, en posesión de una paciencia infinita. Lamía un bote de conservas hasta dejarlo brillante como si hubiera sido de plata. Sobre terrenos pelados, duros, carentes de vegetación, observaba la misma conducta que cuando se hallaba en sitios con agua abundante y hierbas de todas clases. Pasaba fácilmente sin grano, saciando sus hambres con las artemisas halladas al paso. Comía grease-wood, una planta del desierto que se protegía a sí misma expulsando una savia tan espesa como el barniz, peligrosa para los animales. Comía cactos también. Tappan la había visto desgajar las hojas del cacto-pera, pisoteándolas con las pezuñas delanteras, quebrando los espinos, con objeto de poder engullir la suculenta pulpa. Le agradaban las bayas de los mezquites, las hojas de los sauces, y todas las plantas trepadoras del desierto. Era capaz de sobrevivir en una árida extensión de tierra sobre la cual un hombre habría durado muy poco tiempo.
Ningún ascenso o descenso era demasiado penoso o peligroso para Jenet, con tal de que fuese razonablemente superable. Se negaba a seguir por un camino impasable. Parecía poseer un misterioso instinto que le permitía averiguar qué era lo que estaba o no estaba al alcance de una burra. Tappan no la había visto nunca desfallecer. Las corrientes de agua aparatosas, con numerosos remolinos y cascadas, de siempre murallas insuperables para los animales de su especie, no suponían un obstáculo para Jenet. Le disgustaban las arenas movedizas, pero se aventuraba por ellas cuando era preciso. Al desplazarse lentamente por una fina corteza de hielo o de tierra quebradiza, Tappan captaba su mensaje, decidiéndose a continuar marchando en la misma dirección o alterando ésta. A Jenet le daba igual el trueno que el relámpago, el calor intenso o el frío atormentador, la tormenta de arena del desierto o el blanco polvo de las extensiones alcalinas...
Cierto mes de agosto, el más caluroso y seco de cuantos recordaba Tappan en el desierto, éste se encontraba trabajando en una prometedora pertenencia situada en una de las porciones más bajas de las Montañas Panamint, en la vertiente septentrional, sobre el Valle de la Muerte. Tratábase de una región extremadamente dura incluso en las épocas del año más propicias. En agosto resultaba insoportable.
Vagaban entonces por las Panamint varias pandillas de bandidos, gente sin escrúpulos, que se apoderaban de tierras denunciadas para la explotación minera, auténticos fuera de la ley, ladrones e incluso asesinos... Tenían sus métodos propios y expeditivos para hacerse de un oro que no sabían o no querían buscar por los métodos propugnados por la ley.
A Tappan ya le habían aconsejado que no se aventurara por aquella región solo. Pero él no solía hacer caso de ciertas advertencias. Para que alguien fijara la atención en él con ánimo de robarle tenía que dar con un rico filón de oro, cosa muy improbable, que apenas valía la pena considerar. Tappan, realmente, se había convertido en un vagabundo. Aquello era ya un hábito en él.
Con gran asombro por su parte, descubrió una rica capa de oro libre en uno de los cañones de las Panamint. Entonces, se dedicó a trabajar desde el amanecer hasta la llegada de la noche. Olvidóse de los bandidos que frecuentaban aquellos parajes, hasta que un día vio a Jenet empinando sus largas orejas. Era lo que solía hacer cuando se enfrentaba con hombres desconocidos. Tappan se mantuvo vigilante el resto de aquella jornada, pero no logró ver por allí a ningún ser viviente. Tratábase de un lugar tremendamente desolado, encerrado en unas crestas. El calor era tremendo allí, y el silencio imponente.
Poco después, Tappan descubría en las inmediaciones de su campamento las huellas de unas botas. Entonces se convenció de que estaba siendo vigilado. Por supuesto, aquellos individuos no pretenderían desposeerlo de su pertenencia. El calor era demasiado intenso... Preferirían esperar a que hubiese sacado todo el oro. Luego, lo matarían, apoderándose del fruto de su trabajo. Tappan no era una persona que se sintiese fácilmente intimidada. Era fuerte, obstinado. Había entrado en posesión de seis bolsitas llenas del codiciado metal y no pensaba dejárselas arrebatar sin más. No obstante, se hallaba preocupado.
«¿Qué es lo que puedo hacer en las presentes circunstancias? —pensó—. De momento, no debo darles a entender que he advertido su presencia. Porque son varios hombres... Calculo que lo mejor es comportarme con naturalidad. Pero ya no puedo seguir aquí más tiempo. Esto está agotado. Y esos desconocidos no tardarán en advertirlo... Emprenderé la huida de noche, burlando su vigilancia.» Tappan no quería esconder el oro. En ese caso, habría de volver por él. Admitió, disgustado, con todo, que ése era el mejor proceder. Probablemente, aquellos bandidos no le perdían de vista de día ni de noche. Y no podía pensar en escapar a su persecución intentando atravesar las Panamint.
«No tengo más remedio que aventurarme por el Valle de la Muerte», se dijo, sombrío.
Tal solución distaba mucho de ser de su agrado. Visitar el Valle de la Muerte en aquella época del año era una acción sumamente peligrosa. Nadie había intentado eso en el curso del día. Y por las noches soplaban unos vientos amenazadores. La perspectiva de una experiencia semejante aterraba a Tappan. Por añadidura, quedaba demasiado al oeste del valle. Los primeros pasos le llevarían a la desolada región de las Montañas Funeral.
Tappan seguía ocupado en sus trabajos mientras pensaba en esto y trazaba mentalmente sus planes, haciendo lo posible para conducirse con toda naturalidad. Pero no logró su propósito. Era imposible comportarse como si no ocurriera nada cuando esperaba que en el momento menos pensado alguien escondido le descerrajara un tiro. Su campamento quedaba en el fondo de una rocosa ladera. Un pequeño manantial dibujaba un poco de verdor en aquella aridez. La capa de mineral en que trabajaba Tappan no era visible desde ningún punto superior o inferior de la hondonada en que se hallaba. Estaba detrás de una grieta, en el rocoso muro. El sol no había llegado jamás allí dentro. Instalado aquí, Tappan no podía ser visto desde fuera, cosa que, sin embargo, no atenuaba su nerviosismo. El impresionante silencio era en sí ya una amenaza. Le pareció que el calor iba en aumento. De vez en cuando, Tappan salía de su escondrijo, echando un vistazo a su campamento. Durante el último de sus movimientos, sus ojos se fijaron en Jenet. Estaba inmóvil y con las orejas empinadas. Una extraña excitación se apoderó ahora de él. Paseó la mirada en torno al campamento. Y, por fin, abajo, a su derecha, divisó a dos hombres que trepaban lentamente, de roca en roca. Jenet los había visto penetrar en la hondonada. Ahora aguardaba el instante de su aparición.
La excitación de Tappan se desvaneció para dejar sitio a una emoción especial. Los visitantes iban a tenderle una emboscada. Le matarían al regresar al campamento.
—Jenet: es mucho ya lo que te debo —musitó Tappan—. De no haber sido por ti, hubiera caído, con toda seguridad. Pero ahora...
Tappan dejó a un lado sus herramientas, saliendo por completo de la hendidura y dirigiéndose hacia la masa de enormes rocas que quedaban a la izquierda de la ladera. Llevaba encima un revólver con seis balas. Su rifle estaba en el campamento. Tappan había visto dos hombres, pero estaba convencido de que sus visitantes eran más. Probablemente, los otros estaban algo más alejados. Para sacar el máximo partido de la oportunidad de salvarse que se le deparaba tendría que volver al campamento arrastrándose por el suelo como un indio. Teniendo el rifle, zanjaría quizás aquella dificultad.
«Es una suerte que Jenet se encuentre en el campamento —pensó—. ¡Diablos! Este animal todo lo hace bien.»
Tappan había decidido ya cargar todas sus cosas en la burra y huir. En aquel momento, el valle no le asustaba. Lo de arrastrarse y deslizarse no cuadraba a su gran estatura. Era demasiado corpulento para tratar de esconderse detrás de una roca o un arbusto. Y no estaba habituado a trepar con ligereza. Las suelas de sus claveteadas botas hacían mucho ruido al caer sobre los peñascos. Además, no había podido evitar en su avance que se desprendieran de las rocas pequeñas piedras. Estaba seguro de que estos sonidos habían sido percibidos por sus enemigos. No obstante, pudo dejar la ladera, pasando al lado opuesto del cañón. El sol se había hundido tras la enorme y roja masa de la montaña, dejando las rocas tan calientes que Tappan no podía tocarlas con las manos desnudas.
Estando a punto de abandonar su último refugio para cubrir a la carrera el resto de la ladera, al inspeccionar la especie de anfiteatro que tenía a sus pies, descubrió a los dos hombres al abandonar la hondonada con la evidente intención de encaminarse a su campamento...
Aquéllos volvieron la cabeza hacia él. Seguramente habíanle visto u oído. Pero, de un vistazo, Tappan advirtió que estaba más cerca del campamento que los dos. Sin la menor vacilación, abandonó su escondite, echando a correr por la accidentada ladera. Con sus zancadas de gigante, algunas piedras saltaron de peñasco en peñasco, armando cierto estruendo. Uno de los hombres, el más adelantado, dio una voz al otro. Seguidamente, ambos empezaron a correr. Tappan comprendió en aquel instante que les llevaba ventaja para alcanzar el campamento. Oyó el silbido de una bala, que fue a estrellarse contra una roca. A esto siguió el estampido de un «Colt». Uno de sus enemigos se había detenido para disparar. Tal hecho hizo que Tappan redoblara sus esfuerzos. Volaba prácticamente sobre el suelo, oyendo apenas los disparos, que se sucedían sin intervalos, casi. Dejó de ver al hombre que disparaba. Pero tenía el primero a la vista, corriendo alocadamente, sin comprender que estaba vencido.
Al advertir esto se detuvo, hincó una rodilla en el suelo y apuntó su arma sobre la figura de Tappan, que todavía corría. No les separaban más de sesenta metros. Su primer disparo no sirvió de nada. El segundo levantó una nubecilla de arena frente al rostro de Tappan. Vinieron tres disparos más, en rápida sucesión. El hombre adivinó que Tappan tenía un rifle en el campamento. Se irguió, aguardando el momento en que Tappan se detuviera. Al poner los pies en su campamento Tappan, el ladrón se tomó el tiempo necesario para apuntar cuidadosamente. Esperaba tener a la vista un blanco inmóvil. Sin embargo, Tappan no se levantó sobre sus pertrechos. Siempre había tenido la costumbre de amontonar sus cajas de víveres, mantas y demás, cubriéndolo todo con una lona. Apoyó el rifle en la lona e hizo fuego sobre el ladrón.
Luego, saltando, corrió para avistar al segundo hombre. Éste se deslizó por el borde de la hondonada. Tappan apretó el gatillo de su arma. Con el tercer disparo derribó a su enemigo. No obstante, se levantó en seguida, aullando. Tappan disparó de nuevo antes de que desapareciera.
Tappan emitió un gruñido. Su viva mirada inspeccionó la figura del inoportuno visitante caído. Después, paseó aquélla por la ancha boca del cañón. Tappan pensó que lo mejor que podía hacer era utilizar el tiempo de que disponía para recoger sus cosas en vez de dedicarse a perseguir al fugitivo.
Tornó a cargar su rifle, yendo en busca de Jenet. Ésta entraba ya en el campamento.
—Eres un tesoro, querida Jenet —murmuró Tappan.
Jamás había cargado su equipo sobre una bestia en menos tiempo que aquel día. Su última acción fue ingerir toda el agua que pudo. Llenó dos cantimploras y dio de beber también a Jenet. Luego, con el rifle sobre el brazo, salió con la burra del campamento, adentrándose por la ancha entrada que daba paso al Valle de la Muerte.
Tappan miró más veces hacia atrás que al frente. Su respiración se hizo menos agitada cuando llevaban recorridos dos kilómetros o poco más. Había logrado escapar. Aunque se hubieran lanzado en su persecución, ya no conseguirían alcanzarle. Tappan estaba convencido de que podía desplazarse con más rapidez que ellos. No vio a nadie. El herido, quizá, no había podido alcanzar a sus camaradas a tiempo. Probablemente, también, ninguno de la pandilla deseaba lanzarse tras él en vista del agobiante calor.
Tappan empezó a caminar más despacio. El sudor empapaba sus ropas. Aquello era como si hubiese permanecido unos minutos bajo el chorro del manantial. Gruesas gotas de sudor corrían por su rostro. Y experimentaba la impresión de que por el pecho le corrían unos minúsculos ríos de fuego. Pese a ello, sólo cuando se detuvo a la sombra de una roca para recuperar el aliento, se dio cuenta del terrible calor que hacía allí.
Era algo terrible. Comprendió inmediatamente que no tenía por qué temer verse perseguido. También se hizo cargo de que se enfrentaba con un peligro todavía mayor que el que representaban los dos bandidos. Tenía fuerzas sobradas para luchar con un par de hombres; en cambio, hubiera necesitado muchas más para resistir aquel calor.
Descansó un poco, respirando acompasadamente. Empezó a sentirse sediento. Jenet se mantenía cerca de él, observándole. Tappan, a causa de su hábito de humanizar a la burra, se imaginó que ésta se hallaba seria. No tardó mucho Tappan en comprender la gravedad de la situación. Tenía que aventurarse por el extremo superior del Valle de la Muerte, moviéndose por una región con la que no se hallaba familiarizado. Tenía que cruzarlo, y hacer lo mismo con las Montañas Funeral, en una época del año en que el prospector acostumbrado a aquellos parajes, conocedor de los pasos y pozos de agua, no habría hecho tal cosa ni obligándolo a ello. Tappan no podía elegir.
Su rifle estaba tan caliente que no podía tenerlo en las manos, colocándolo entonces sobre los paquetes que acarreaba Jenet. Llevaba encima ahora, tan sólo, una cantimplora llena de agua. Jenet avanzaba a su paso. Tappan volvió la cabeza una vez, en dirección a la boca del cañón. Una rojiza calina cubría la tierra, adaptándose a sus numerosos accidentes.
El silencio era angustioso.
Más adelante, salvó el último saliente que impedía la contemplación del Valle de la Muerte en toda su extensión. Tappan conocía todos los aspectos del desierto, sin que ninguno de ellos le hubiera inspirado miedo jamás. Lo que vio allí, sin embargo, le hizo detenerse. Atrás, en su campamento, delimitado por murallas naturales, el sol se había hundido más allá de las enormes cumbres, pero aquí brillaba en todo su despiadado esplendor. El Valle de la Muerte ofrecía a la vista una especie de blanco manto sobre el que flotaba una extraña y sucia calina. Las crestas de las montañas, de perfiles vagos, parecían imponentes fantasmas. Allí no se movía nada. El valle estaba muerto. Reinaba una terrible desolación por todas partes. No se notaba la menor brisa. Tappan no pudo distinguir dónde terminaba.
Desde varios kilómetros de distancia, el blanquecino manto adquiría un tono plomizo. Percibíase un fuerte olor, como a azufre. Con esto, el aire parecía hacerse más pesado.
Tappan decidió continuar avanzando. Entonces, descubrió que Jenet tenía sus ideas propias sobre el particular. Se negaba a seguir adelante, a torcer a la derecha o a la izquierda. Sólo pretendía hacer una cosa: retroceder. Tratábase de la única dirección imposible para Tappan. Y tuvo que recurrir a un recurso raro en él: se vio obligado a propinar unos golpes al animal. Finalmente, Jenet aceptó lo inevitable, avanzando junto a su amo por la desnuda llanura. Muy pronto llegaron al margen de la zona de sombras proyectadas por la montaña, quedando expuestos al sol. Había una diferencia tremenda... Tappan se había sentido acalorado, oprimido, pesado. Ahora era como si ardieran sus ropas, como si hubiera estado caminando sobre ardientes brasas.
Cuando Tappan dejó de sudar y su piel se quedó seca, ingirió media cantimplora de agua y comenzó a caminar más despacio. Se hallaba avezado a las penalidades del desierto, pero no podía soportar aquel tormento. Jenet no dio señales de haber perdido su vigor habitual. Verdaderamente, lo que se le notaba era un creciente nerviosismo. Era como si hubiese olfateado a algún enemigo. Nunca había tenido Tappan tanta fe en ella. Jenet estaba a la altura de las circunstancias.
Sintiendo los crueles rayos del sol quemando su espalda, Tappan pensó que esto venía a ser como llevar encima de aquélla un cubilote. Se vio obligado a beberse el agua que le quedaba en la primera de sus cantimploras. La puesta del sol le salvaría. Dos horas más de aquel insoportable calor lo dejarían postrado.
Los desagradables centelleos del valle tomaron un rojizo tinte. El calor cegaba ahora a Tappan. Llegó un momento en que para seguir andando se colocó pegado a Jenet, con una mano apoyada en la carga. Sus ojos no podían aguantar los fuertes destellos. Y aun teniéndolos cerrados supo cuándo el sol se perdió detrás de las Panamint. Aquel fuego dejó de seguirle. La inmensa mancha roja que había estado contemplando a su pesar desapareció de sus párpados.
Al desaparecer el sol, aquel mundo que en sí constituía el Valle de la Muerte cambió. Se pobló de fantasmales velos creados por el calor. Pero la quemadura intolerable y constante había desaparecido. El cambio era tan radical que Tappan tuvo la impresión incluso de que el aire ofrecía cierto agradable frescor.
Entre dos luces, en una atmósfera extraña, espectral, sombría, silenciosa como la misma muerte, Tappan siguió a Jenet fielmente, pisando arenas, cienos, tierras impregnadas de sal y de bórax. Antes de haber oscurecido por completo, Jenet se detuvo ante una perezosa cinta, semejante a un fluido... Tappan pensó en un ácido. No era profundo aquello. Y el fondo se reveló firme. Pero Jenet se negó a cruzar. Tappan decidió confiar más en su buen juicio que en el suyo propio. Jenet giró hacia la izquierda, deslizándose por una de las orillas del extraño cauce.
Llegó la noche, una noche sin estrellas, sin firmamento, sin sonidos, calurosa, casi siempre sin aire que respirar, cargada de una desconocida corriente. Tappan tuvo miedo al pensar en los vientos de medianoche, aunque no poseía una experiencia personal en este sentido. Pero había oído contar a algunos buscadores de oro que los hombres a quienes sorprendían aquellas fuertes corrientes dentro del Valle de la Muerte no llegaban normalmente a contar a nadie su odisea. Y Jenet parecía tener algo en la cabeza. Había dejado de ser una metódica y complaciente burra. Tappan se la imaginó severa, preocupada, en aquellos momentos. Lo más seguro era que ahora supiese ya a dónde debía encaminarse. No le resultaba fácil a Tappan mantenerse al paso de ella. Una separación de diez pasos hubiera bastado para que se perdiesen mutuamente de vista.
Finalmente, Jenet cruzó por un campo cubierto con una capa de sales, algo semejante a la superficie helada de un río que se hubiese quebrado irregularmente, tornando a congelarse de nuevo. Resultaba imposible avanzar por allí en línea recta. A Jenet la gobernaba su instinto. Tappan ya no sabía a qué atenerse. Le daba lo mismo el Norte que el Sur, el Este que el Oeste. La oscuridad era como un impenetrable muro. El silencio suponía una terrible amenaza para cualquier criatura viviente. El Valle de la Muerte había sido así durante millones de años, antes de que hiciesen éstas su primera aparición. No era un lugar creado para el hombre.
Tappan se encontraba ahora a más de cien metros, quizá, por debajo del nivel del mar, en las postrimerías de un día con temperaturas del orden de los sesenta grados. Cuando sus pensamientos se extraviaron, cuando se disipó todo vestigio por primitivos instintos, hizo un supremo esfuerzo para poder continuar viendo y sintiendo. Esperaba dejar atrás la hondonada antes de que empezaran a soplar los vendavales de la medianoche.
Tappan aguardaba eso en vano. De acuerdo con lo que se sabía acerca de aquel paraje, siempre, tras una larga estación de intenso calor, llegaba una noche en la que los vientos se apartaban de lo normal para empezar a soplar a horas más tempranas. Su desgracia consistía en vivir su aventura precisamente entonces.
De repente, le pareció notar que al aire, asfixiante, tremendamente caluroso, empezaba a moverse. Tenía peso. Movíase silenciosamente, implacablemente. E iba cobrando fuerza de un modo progresivo. El manto de calor generado durante el día cedía a la presión exterior. Algo misterioso había originado un movimiento del aire más caliente, que debía encontrar su camino hacia arriba, a fin de dejar sitio para el más frío, que había de descender.
Tappan oyó el primero y distante mugido del viento, que llenó su corazón de terror. Nunca había percibido un sonido semejante. ¿Era éste un signo de mal augurio? Nada más seguro que lo que estaba pensando: tarde o temprano, el desierto le reclamaría, considerándolo su víctima. Sombríamente, enérgico todavía, se rebeló contra eso.
Aquel gemido precedió a otros, de creciente potencia, separados por intervalos cada vez menores. Por último, todos se unieron, en un gemido prolongado, incesante. A continuación, el viento, con velocidad acelerada, empezó a arrastrar un polvo muy fino. La noche era muy oscura, pero se hacían perceptibles las nubes de blanco polvo que flotaban sobre el suelo. Tappan sintió en los pies como si éste se elevara. Su olfato le permitió identificar la zona del bórax, del álcali, del nitro y del sulfuro. Había llegado a la parte más honda del valle en el momento en que se desencadenaban sus característicos y sofocantes vientos.
El gemido se convirtió en rugido, recordando una tormenta impresionante al cruzar por una zona boscosa. Era algo infernal, como la marea de Aqueronte, cargada de funestos presagios. Tappan se notó envuelto por ella. Crecía en amplitud y en ruido. Tappan sintió que su cuerpo era penetrado por un millón de agujas de fuego. Le pareció que se secaba su cuerpo. La oscuridad presentaba una claridad espectral; giraba el mundo a su alrededor; el piso del valle se había perdido, cubierto por una resbaladiza corriente de cieno. Elevábanse de éste unas humaredas que no se detenían el tiempo suficiente para sofocar a Tappan. Él abría la boca, angustiado... Pero en seguida el gas venenoso se perdía en la tormenta. Resultaba más difícil de soportar, sin embargo, la masa de móvil calor. Tappan terminó por no ver absolutamente nada, teniendo que aferrarse a Jenet, y avanzó dando continuos tropezones. Respirar suponía una tortura. No podía soportar el contacto de la bufanda con su rostro. Sus pulmones funcionaban como unos cascados fuelles de cuero. Su corazón bombeaba sangre igual que un motor falto de combustible transmite energía a sus componentes: de un modo irregular. Aquél era el test supremo para sus fuerzas, nunca sometidas a tantas pruebas. Y aún no estaba vencido.
Fallaban sus sentidos: el de la vista, el del olfato, el del oído. Podía valerse únicamente del tacto: palpaba la brida de Jenet, su cuerpo, el suelo, a veces. Notaba una presión asfixiante sobre su cuerpo. Los pies le decían que había abandonado la capa salitrosa, que subía por una arenosa pendiente, que pisaba una ladera rocosa. La presión del viento fue disminuyendo paulatinamente. Un aire diferente dábale a entender que la vida era posible ya; ya no se sentía arrastrado por Jenet. Tappan había llegado al límite máximo de su resistencia, hundiéndose en el olvido.
Cuando recobró el conocimiento, estaba sufriendo mil torturas corporales. Veía confusas imágenes. Pero divisó murallas rocosas, verdes extensiones cubiertas de mezquites, de alerces, de hierbajos diversos. Jenet estaba tendida en el suelo, con su carga colgando a un lado. Los oídos de Tappan fueron recobrándose del mortal silencio, permitiéndole ahora percibir murmullos, balbuceantes sonidos. Luego, comprendió el hombre... Jenet habíale guiado a través del Valle de la Muerte, conduciéndole hasta una elevación montañosa, llevándole directamente a un manantial de cantarinas aguas.
Tappan se arrastró hasta aquél, saciando su sed serenamente, sin precipitaciones, haciendo continuos descansos. Tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano para contenerse. A continuación se aproximó a Jenet, soltando correas y cuerdas, liberándola de su carga. El animal se empinó sobre sus cuatro patas. Aparentemente, había superado la dura prueba sin novedad. Miró dulcemente hacia Tappan, como diciéndole: «Bueno, compañero, por fin conseguí sacarte de ese agujero.»
Tappan le correspondió con otra mirada. ¿Estaban ellos dos solos, un hombre y una bestia, en aquel desierto? Él la contemplaba ya con otros ojos. Jenet ya no era una simple bestia de carga para él. Había dejado de verla como una estúpida burra.
—Jenet: tú... me has salvado... la vida —murmuró Tappan—. Nunca... olvidaré esto...
Comprendía perfectamente lo que Jenet había hecho por él. Su gratitud era inmensa. No obstante, había de llegar un día en que olvidaría aquel episodio.
II

TAPPAN tenía una debilidad común a todos los prospectores. Cualquier historia referente a una mina de oro olvidada excitaba su interés, ponía en marcha su fantasía. Esta clase de hechos había constituido siempre una obsesión para aquel aventurero.
La mina de oro perdida de Smith «Patapalo» había llevado a Tappan a realizar no menos de media docena de viajes por la región meridional de California, un territorio en el que abundaban las terribles arenas movedizas. No había agua en las inmediaciones de aquella mina, fabulosamente rica, según se decía. El sol de aquellas tierras blanqueó los huesos de muchos buscadores de oro fallecidos en el curso de sus trabajos. Varias tormentas de arena, después, habían terminado por enterrar sus esqueletos. Habiendo escapado Tappan a una suerte parecida en su último intento por el desierto, prometió a Jenet no volver a probar suerte en una empresa semejante. Por lo visto, Tappan había hecho a su fiel burra numerosas promesas, haciendo de eso un hábito.
Siempre que Tappan vivía una experiencia desagradable o peligrosa, miraba con prevención el escenario natural en que había estado a punto de caer para siempre. Jenet habíale arrastrado a través del Valle de la Muerte, soportando un calor increíble y los ardientes vientos de la medianoche que soplaban en tan fantástico lugar. Tappan le prometió que jamás olvidaría que le había salvado la vida, y que no volvería a poner los pies en aquellos parajes. Inmediatamente, se encaminó a las Montañas Funeral, atravesando Nevada. Después de cruzar el río Colorado por encima de Needles, se adentró en Arizona. Caminaba sin prisas, pero también sin pausas, enfilando el camino del Sudeste, en dirección a Globe. Una vez aquí, convirtió en dinero una de sus seis bolsas de oro, permitiéndose el lujo de comprar un nuevo equipo. Incluso Jenet se alegró de esto, ya que el anterior, por estar muy usado, resultaba difícil de barajar y presentaba inconvenientes en cuanto a su transporte.
Tappan guardaba sus cinco bolsas restantes entre sus efectos. Tras muchas horas de reflexión, decidió no vender el oro que contenían. Convertido en dinero, habría podido confiar su custodia a un banco, pero creyó que era mejor llevar aquello consigo. Para él, su oro equivalía a una pequeña fortuna. Se le pasaron muchas ideas por la cabeza, sin que ninguna de ellas llegara a seducirle, verdaderamente. ¿Qué haría él con un rancho, como criador de ganado, o como dueño de un almacén de víveres y pertrechos, o con cualquiera de los negocios que ahora estaba en condiciones de poder montar? Las poblaciones no ejercían el menor atractivo sobre Tappan. La gente le disgustaba. No veía más que egoísmos y codicias por todas partes. Además, si se hacía de una casa, ¿qué sería de Jenet? Esta cuestión le hizo decidirse. Cargó todas sus cosas en la burra y reanudó su vida errante.
Había un lugar que le atraía particularmente: las Montañas Superstition. En un punto de aquella masa purpúrea se encontraba la mina de oro llamada del Holandés Perdido, un tesoro famoso. Tappan había oído contar a menudo aquella historia. Un prospector holandés había dado con oro en las Montañas Superstition. Mantuvo el emplazamiento en secreto. Cuando se quedaba sin dinero desaparecía durante unas cuantas semanas, regresando luego con unas cuantas talegas de oro. Había encontrado un yacimiento de gran riqueza, con toda seguridad. Nadie había logrado seguirle; nadie podía sacarle una palabra. Pasó el tiempo. Con los años se hizo viejo. Finalmente, tomó afecto a un joven, a quien notificó que algún día le haría partícipe del secreto de su mina de oro. Había dibujado un mapa, recogiendo en el mismo las particularidades más salientes del terreno inmediato a su mina. Pero no puso en el papel ninguna indicación sobre la manera de alcanzar el paraje.
De pronto, el holandés enfermó. Viendo su fin ya próximo, llamó a su amigo, el joven que había tenido la suerte de atraerse su afecto. Ahora bien, este individuo era un cualquiera, hallándose en aquella ocasión medio bebido. El agonizante holandés sacó su mapa, dando al joven unas instrucciones verbales. Seguidamente exhaló su último suspiro. Cuando el receptor de su fortuna se recobró de los efectos del alcohol no logró recordar las últimas palabras del desaparecido. Intentó recordar a toda costa, evocando nombres y lugares, sometiéndose a una auténtica tortura. La mina continuó sin ser localizada, en las montañas. El joven nunca dio con ella, auque se pasó la vida buscándola. La muerte le sorprendió en tal empeño. Luego, la historia se convirtió en una especie de leyenda.
Tappan se dispuso a llevar a cabo una intentona... Después, se lo pensó mejor. Las atormentadoras arenas de la California meridional, e incluso el desolado Valle de la Muerte, eran escenarios preferibles a los de las Montañas Superstition. Tratábase de una región más áspera que el Pinacate de Sonora. A Tappan le parecían odiosos los cactos, y esas montañas estaban llenas de esas plantas. Por todas partes se erguía el enorme sahuaro, el cacto gigantesco de las llanuras de Arizona, alto, como un árbol sin ramas, esbelto como una columna, bello y fascinante, pero sumamente desagradable para el prospector y sus bestias de carga.
Un día, desde cierta ladera, Tappan vio en la lejanía un paraje maravilloso, con muchos árboles, protegido por su parte superior por un amarillento y serpenteante baluarte. Era el borde de la llamada Mesa Mogollon, uno de los caprichos de la naturaleza en Arizona. Algo extraño atrajo a Tappan. Habíase dejado llevar demasiadas veces de unas raras ansias, que le hicieran querer conseguir verdaderas quimeras. Estaba cansado del calor, de la luz cegadora, del polvo, de las desnudas rocas, de los espinosos cactos. La mina del Holandés era un mito. Además, ¿para qué quería más oro?
A la mañana siguiente, Tappan cargó sus cosas en Jenet y se fue alejando de las laderas septentrionales de las montañas. Aquella jornada, hacia la puesta del sol, acampó a la orilla de un arroyo de claras aguas, donde había pasto y leña en abundancia. Era ese lugar con el que todos los prospectores sueñan, pero que difícilmente encuentran.
Antes de que oscureciera por completo, las largas orejas de Jenet le dijeron que se acercaban desconocidos a aquel sitio. Un hombre y una mujer vio, efectivamente, unos minutos después. Montaban en sendos caballos de escaso valor y les acompañaba una acémila demasiado vieja y débil incluso para transportar la pequeña carga que llevaba.
—Buenas noches —saludó el hombre.
Tappan abandonó lo que estaba haciendo, incorporándose antes de corresponder al saludo. El recién llegado era de mediana edad, atezado, rudo. Vio en él al montañero clásico, si bien, instintivamente, le inspiró una gran desconfianza. La mujer tendría menos de treinta años. Era muy graciosa de movimientos y tenía una piel morena y unos cabellos muy brillantes y negros. Negros eran también sus ojos, con los que pareció tomar posesión, curiosamente, en una amplia mirada, de la tosca cara de Tappan.
—¿Le importa que acampemos con usted? —inquirió la joven, sonriente.
Aquella sonrisa alteró los hábitos y las convicciones de Tappan, adquiridos en el curso de toda una vida.
—Desde luego que no. Siempre resulta grato disponer de compañía —repuso.
Probablemente, Jenet no entendió el significado de las palabras de Tappan, pero el caso es que abatió una de sus orejas y se alejó en busca de la verdosa orilla del arroyo.
—Gracias, forastero —replicó la mujer—. Lo que está usted cocinando huele muy bien. —Vaciló un momento, queriendo captar, evidentemente, la mirada de su compañero. Luego, añadió—: Me llamo Madge Beam. Él es mi hermano Jake... ¿Y usted quién es?
—Yo soy Tappan, un solitario buscador de oro, como se puede ver.
—¿Tappan? ¿Cuál es su nombre de pila? —preguntó ella, curiosa.
—La verdad es que ya no me acuerdo —contestó Tappan al tiempo que se pasaba una de sus manazas por los hirsutos cabellos.
—Bueno, cualquier nombre sirve.
Nada más haberse apeado, Tappan vio que tenía una bonita figura. Su estatura y esbeltez eran realzadas por las ropas de montar que vestía y las altas botas. Desensilló su caballo con la destreza que da una larga práctica. Colocó las alforjas en el sitio elegido por Jake para depositar la carga de la acémila.
Tappan oyó a la pareja hablar en voz baja. Se sintió extrañado al advertir que no había reaccionado como había llegado a ser natural en él, al correr de los años, con aquella clara intrusión en su soledad y en su campamento. Habíase quedado paralizado bajo la mirada de aquellos ojos negros. Se apoderó de él una sensación rara. Inclinado sobre el fuego, se hizo mentalmente unas preguntas, llegando a la conclusión que todo era fruto de la proximidad de una mujer.
Al igual que les pasaba a la mayor parte de los hombres del desierto, Tappan sabía muy pocas cosas acerca del otro sexo. Las que podía haber asimilado a lo largo de su existencia de vagabundo se habían borrado rápidamente de su memoria. Madge Beam adivinó cuáles eran sus pensamientos, poco más o menos. Una prueba de la preocupación que en seguida había sentido Tappan fue a su repentina torpeza con lo que llevaba entre manos. La primera tanda de tortas fritas se le quemó. Se encontraba de rodillas, mezclando de nuevo harina y agua, cuando la mujer habló a su espalda.
—Es una pena que hayan salido quemadas esas tortas —dijo—. Ahora, a la burra le gustarán. Por cierto que nunca vi un animal de su clase de tanta alzada.
Madge Beam arrojó las tortas quemadas a Jenet. Luego, se situó junto a Tappan. Demasiado cerca de él, quizá...
—Mire, Tappan: yo sé cómo comerlas, de manera que debe permitirme que le ayude también a hacerlas —señaló, riendo.
Él, que se había sentido siempre muy orgulloso de su habilidad como cocinero, repuso:
—No necesito que me ayude. Usted siéntese ahí, sobre mi manta. Debe de estar muy cansada.
—No crea. Es decir, no me canso tan fácilmente de montar a caballo.
Las últimas palabras fueron pronunciadas en un tono más bajo que las anteriores.
Tappan levantó la vista. La mujer se había lavado la cara y peinado sus cabellos. Vestía ahora una falda. Con el cambio había ganado singularmente en atractivo. Tappan la vio más joven. Nunca había visto una mujer tan hermosa. Su mirada le tornaba torpe. ¡Qué ojos los suyos! Parecían traspasarlo. Tappan volvió a su tarea, preguntándose si estaba en lo cierto al pensar que deseaba mostrarse amistosa.
—Jake y yo condujimos una manada de reses a Maricopa —declaró ella—. Las vendimos y Jake perdió en el juego casi todo nuestro dinero. Me fue imposible comprar lo que nos habíamos propuesto.
—Mala suerte. Así, pues, ustedes son rancheros. Una vez pensé que me gustaría tener un rancho. La verdad es que aquí, en Globe, hace varias semanas, estuve a punto de comprar uno, a ver qué tal iba.
—¿Sí?
Madge Beam pronunció esta única palabra con un dejo especial que sin saber por qué emocionó a Tappan. Pero éste no llegó ni a levantar la vista.
—Soy un vagabundo. Nunca sabría llevar adelante un rancho.
—¿Y si tuviera una mujer a su lado?
La risa de la mujer sonó muy alegre y expresiva.
—¿Una mujer conmigo? ¡Santo Dios! ¡No! —exclamó Tappan, muy confuso.
—¿Por qué no? ¿Acaso odia usted a las mujeres?
—Nadie podría decir eso de mí, supongo —replicó Tappan, muy serio—. Es que... Me figuro... me figuro que no me vería aceptado nunca por ninguna mujer.
—Un corazón débil no puede conquistar jamás el de una bella dama.
Tappan no supo qué contestar a esto. Pensó que la segunda serie de tortas iba a correr idéntica suerte que la primera. La mujer, evidentemente, advirtió lo que pasaba, ya que con otra risa se dejó caer de rodillas delante de él, subiéndose las mangas de su vestido y dejando ver unos morenos brazos, bellamente torneados.
—¡Pobre hombre! Yo diría que lo que necesita usted a su lado es una mujer precisamente. Déjeme a mí...
Las manos de ella entraron en contacto con las Tappan. El breve contacto le produjo una extraña emoción. Tappan se apresuró a retirar sus manos. Parecía estar obligado a mirarla. Ella estaba muy cerca de él ahora. Sonreía indulgente, como la esposa que perdona al marido sus torpezas, al inmiscuirse en tareas domésticas privativas de la mujer. Algo sutil emanaba de su persona. Era algo más que su sencilla amabilidad, su alegría. Tappan pensó que era justamente su femenina naturaleza. Esto parecía estar subiéndosele a la cabeza, como un vino muy fuerte.
—Muy bien. Demuestre usted que sabe hacerlo —manifestó Tappan, poniéndose en pie.
Jake, el hermano, se aproximó en aquel momento a los dos. Al observar lo que hacía su hermana dejó oír una risita burlona.
—Bueno, Tappan. Verdad es que ella no resulta muy amante del trabajo, pero me imagino que podrá cocinar.
Tappan se sintió profundamente aliviado con la presencia más cercana de Jake. Se puso a charlar con éste, hablándole de sus actividades como prospector desde que saliera de Globe. Luego, escuchó lo que el otro quiso contarle sobre la crianza de las reses. La mujer, por fin, les dio una voz.
—Esto ya está hecho.
Tomaron asiento. Como suele ocurrir cuando hay viajeros con hambre por en medio, allí no se habló mucho. Primeramente, había que dar satisfacción al apetito. Después, ante la hoguera, se reanudó la charla. Jake era el más locuaz. A Tappan se le ocurrió pensar que el ranchero se empeñaba en saber demasiadas cosas acerca de su persona. Sí: era sumamente curioso. Tal vez pretendía venderle su rancho. La mujer se mostraba cavilosa y apenas apartó los ojos del fuego.
—¿A dónde se encamina usted ahora, Tappan? —inquirió finalmente Beam.
—No podría decirlo. Hace poco me bajé de las Montañas Superstition. No he pensado en ningún lugar fijo. ¿A dónde conduce esta carretera?
—A Tonto Basin. ¿Ha oído hablar alguna vez de ese sitio?
—Sí. El nombre no constituye ninguna novedad para mí. ¿Qué hay allí?
El hombre emitió un gruñido.
—Tonto Basin fue en otros tiempos la patria de los apaches. Ahora habitan allí cabreros, criadores de reses y algunos cuatreros. Mire, Tappan: si le gusta la caza del oso y del venado, acompáñenos.
—Gracias —replicó Tappan, indeciso.
No estaba acostumbrado a ofrecimientos de aquel tipo. Y menos por parte de gente desconocida, en fin de cuentas.
Medió la mujer en la conversación.
—Es una región encantadora, diferente a todas. Nosotros vivimos junto a un borde rocoso. Hay muchos minerales en los cañones.
¿Fue la existencia de minerales lo que hizo que Tappan tomara una decisión? ¿Fue acaso un efecto de sus ojos?
El mundo personal de Tappan en cuanto a pensamientos y sentimientos estaban experimentando un cambio radical. Tonto Basin difería mucho del árido desierto que durante tanto tiempo había sido su hogar. Para llegar a la casa de los Beam tuvieron que dejar atrás no pocas elevaciones, laderas y hondonadas cubiertas de mezquites, mezcales, cedros y enebros, arribando a los cañones de Rim Rock, llenos de enormes pinos y de abetos, dominando sobre los arces y robles. La vivienda quedaba a gran altura, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.
Tappan se había enamorado de aquella región, de un verde intenso, lujuriante, a causa de la frondosa vegetación, llena de cañones y valles. Lo mismo le había pasado a Jenet. Era una cosa curiosa verla siempre en torno a Tappan, de la mañana a la noche. Pastaba tranquilamente e ingería hojas de roble hasta dar la impresión de que sus flancos se habían hinchado.
Allí no había lugares llanos. Las distintas mesetas quedaban a varias alturas. Los Beam no tenían ningún jardín, ni granja, ni rancho. Tappan no había podido ver nada de eso. Disponían de alguna tierra, en la que plantaran sorgo y trigo. Su cabaña de leños era de un modelo primitivo, hallándose pobremente equipada.
Madge Beam explicó que la cabaña era su refugio de invierno y que en Rim Rock tenían una buena casa y un rancho. Tappan nunca apuraba sus observaciones. De haber reflexionado un poco, habría llegado a la conclusión de que deseaba evitar dar con algo que pudiera alejarlo de ella. Pensó, con todo, que era extraño que los Beam, a lo largo del viaje, hubieran hecho siempre lo posible para evitar a los que, como ellos se desplazaban a un lugar u otro. En cierta ocasión, habían dado un rodeo para no pasar por una pequeña población. Tappan adoptó una expresión interrogante. Madge Beam había sabido leer en su mente, gracias a su intuición femenina, apresurándose a decirle:
—Es que Jake no se lleva bien con algunos de los vecinos, ¿sabe usted? De otro lado, yo no quiero que se produzca ningún incidente. Podrían salir a relucir armas y...
Esta explicación fue suficiente para Tappan. Había estado vagando por todas partes durante muchos años y creía que las personas podían tener razones propias y muy justificadas para desear la soledad.
Este viaje había de ser la única aventura de Tappan en la que solamente contara su corazón. La región de Rim Rock no le seducía únicamente por sus corrientes de cantarinas aguas, con la transparencia del cristal. Allí se sentía impresionado por algo más que los majestuosos pinos, que los plateados abetos, los profundos cañones, de amarillentos muros, la vegetación frondosa, o las criaturas salvajes que en ella moraban... Se preguntó por qué aquella mujer de los ojos negros le buscaba cada vez con más insistencia. Tappan vivía unos días raros, de una intensidad desconocida.
Se dio cuenta de que los escasos vecinos, otros montañeros, de los Beam, que en sus idas y venidas pasaban más o menos cerca de la cabaña, procuraban no establecer contacto con él. Tappan no advirtió que los Beam procuraban a su vez mantenerlo desligado de aquéllos. Esto era debido, quizás, a su deseo de vender a Tappan el rancho y el ganado. Jake mencionó una cifra que a su parecer era muy baja. Tappan pensó que lo mejor que podía hacer, por el momento, era esconder su oro en el bosque. Jake Beam le inspiraba una gran desconfianza. Tampoco habían sido de su gusto las caras de algunos hombres que viera por los alrededores, probables visitadores en otras circunstancias de la casa. Madge Beam podía hallarse relacionada con un buscavidas u otra cosa peor, pero esto no hacía de ella una mujer de mala condición. Tappan notaba que cambiaba de actitud. Parecía necesitar su respeto. Al principio, había intentado ganar su admiración. Tappan improvisó unas maneras especiales, las que él creía que habían de ser empleadas para relacionarse con una mujer, y al ver que este comportamiento producía un efecto suavizador en Madge Beam, redobló sus atenciones.
Hicieron algunas excursiones a caballo. Treparon juntos a varias elevaciones de los contornos. Juntos se entregaron a la caza también. Tappan había acampado no lejos de la cabaña, en la sombreada orilla de una corriente de agua. Madge estaba casi siempre con él. Con un pretexto u otro hacía acto de presencia en su campamento, acompañada a menudo de dos caballos. Tappan observó que sus excursiones coincidían siempre con la llegada de algunos hombres al paraje. En tres semanas, Madge Beam se transformó, dejando de ser la mujer audaz y descuidada que conociera al principio, para volverse una criatura seria, casi grave, muy cuidadosa de sí misma, acicalándose continuamente. Era evidente que llevaba una carga muy pesada en su mente.
Llegó el mes de octubre. Por las mañanas, la blanca escarcha rellenaba todas las hendiduras, grietas o huecos de la cabaña. El sol no tardaba en fundirla y el aire tomaba una agradable tibieza. Las tardes eran tranquilas y melancólicas, con todos los encantos del veranillo de San Martín. Tappan se entregaba a la caza de pavos salvajes y venados en compañía de Madge, evocando el placer que en su primera juventud le habían deparado tales actividades. Madge parecía ser una mujer de los bosques y resultaba bastante hábil con el rifle.
Un día se hallaban en lo más alto de Rim Rock, contemplando a sus pies una gran extensión cubierta de enormes árboles. Habían salido de caza, pero no acertaron a rebasar el promontorio en que estaban.
—A mí me va a pasar algo el día menos pensado —manifestó Madge, enigmática.
Tappan no había sido nunca un conversador precisamente. Pero sabía escuchar. La mujer se despojó de su carga en aquella ocasión. Ella quería ser libre, feliz, deseaba tener un hogar lejos de aquella solitaria región. Aspiraba a poseer lo que tantas otras mujeres... Fue la suya una confesión minuciosa, apasionada. Y Tappan sabía muy bien cuando una persona era sincera y cuando mentía. Se encontraba dispuesto a hacer lo que fuera por Madge Beam. Ésta lo sabía, seguramente... Él no entendía de frases y de acciones relacionadas con los sentimientos, de modo que ella adivinaría, quizá, lo que pensaba.
—¿Va usted a comprarle a Jake el rancho? —inquirió Madge.
—No lo sé. ¿Le corre prisa venderlo? —preguntó a su vez Tappan.
—Me figuro que no. Ahora, ésta es una cuestión que voy a poner en claro... —manifestó ella, muy decidida.
—¿Cómo?
—Verá... Jake no tiene ningún rancho —dijo Madge, añadiendo apresuradamente—: En regla, quiero decir. El Gobierno le concedió unas ochenta hectáreas de terreno, pero todavía no ha tramitado la documentación para legalizar la propiedad. Usted tiene que hacer como si yo no le hubiera dicho nada.
—¿Intentaba Jake engañarme?
—Es lo que me imagino... Y yo no me mostré disconforme. Pero las cosas han cambiado...
Tappan guardó silencio. Vio que la mujer se mostraba pensativa. Además, quería sopesar sus palabras. Eran muy significativas. Nunca se había pronunciado con tanta claridad. La humildad y la sencillez moraban en ella. Su repentina reserva encubría una tormenta. A Tappan se le hinchó el corazón en su ancho pecho. ¿Iba la vida a volverse dulce y alegre para el solitario prospector? Él tenía dinero para fundar un hogar en compañía de aquella mujer. Tappan esperó. Se figuraba que la atmósfera estaba muy cargada.
Los ojos de Madge estaban fijos en el vacío. Aunque saturados de sensaciones y de pasión, no veían la belleza de aquel escenario natural. Tappan sí que la comprendía. Y el color de la tierra salvaje y de los árboles parecía corresponderse con un nuevo estado de su corazón, del cual aquél era la expresión. A sus pies tenía las abruptas escarpaduras de Rim Rock, amarillentas, doradas y grises, llenas de cuevas y grietas, de repisas en las que se posaban las águilas, de refugios que amparaban a los leones; las laderas se derramaban vertiginosamente sobre las profundidades del terreno, llegando a formar en algunas partes abismos; las aguas de mil arroyos y ríos corrían quebrantando silencios de siglos, hasta perderse en la lejanía, en la purpúrea masa de unas montañas interminables.
Las espesuras de los cañones atraían particularmente la atención de Tappan. El panorama era muy distinto del que se hallaba habituado a contemplar. Aquello era una orgía de colores. Las copas de los verdes pinos, las crestas de los plateados álamos, se mezclaban con el oro vivido de los álamos. Y había allí también los flameantes rojos de los arces, las hendiduras de amarillentas rocas, medio cubiertas por el bronce del zumaque.
Había llegado el otoño y con él los colores de la estación favorita de Tappan. Desde abajo subía el ronco canto del río; un águila lanzó a los vientos su salvaje llamada; trompeteó la voz del alce... La brisa arrastraba hojas de pino, que terminaban por precipitarse en el vacío. Se hallaba ante una naturaleza policroma, inmensamente bella, generosa. Tappan pensó que su afán de vagabundo, de hombre no enraizado con nada, podía morir allí, junto a la mujer de los negros ojos que ahora tenía al lado. Nunca le había atraído tanto la naturaleza. De aquí estaban ausentes la crueldad y la dureza del desierto. El aire era ligero y fresco en la sombra, tibio al sol. Había fragancias que eran la suma de otras aisladas. Respirar era una delicia de las más puras. Él se había pasado años enteros sin permitir que su mirada descansara en la masa verde y acogedora de un árbol. Y allí había árboles por todas partes... Tappan había apoyado la espalda en el tronco de un enorme pino que llevaba en aquel lugar centenares de años, que había sabido soportar toda clase de tormentas y vendavales. Una verde alfombra de hojas de pino cubría los peñascos. Cerca del pino crecía un cedro. Admiró su verde follaje y sus bayas, de color lila. Era aquél un lugar recogido, perfumado, seductor. La cabeza de la mujer estaba muy cerca de Tappan. Habíase sentado apoyando los codos en las rodillas, dejando que su mirada se perdiera en el paisaje. Tappan advirtió su postura, el movimiento ascendente y descendente de su exuberante busto. Se preguntó por qué razón sus emociones, dormidas durante tanto tiempo, tomaban vida por efecto de la magia de aquella hora.
De pronto, la mujer se arrojó a los brazos de Tappan. Esta acción lo dejó perplejo, asombrado. Parecía demostrar la pasión de una mujer y la timidez de una niña al mismo tiempo. Antes de ocultar el rostro en el pecho de Tappan, éste vio su morena cara muy cálida y luego enrojecida.
—Tappan... Sácame de aquí... Quiero salir de aquí, abandonar esta vida —declaró ella, con voz apagada.
—Madge... ¿Quieres decir... que te saque de aquí para casarme contigo?
—¡Oh! Sí, sí... Cásate conmigo, si es que me amas... No sé cómo va a poder ser esto, pero... lo harás, lo harás, ¿verdad? Dime que lo harás...
—Creo, creo que es lo que deseo —respondió Tappan, simplemente.
—Dime que te casarás conmigo, entonces —saltó Madge.
—Conforme... Lo haré —prometió Tappan, que parecía respirar ahora con dificultad—. Madge: las palabras no acuden con facilidad a mis labios... Pienso que eres maravillosa, y que te quiero. Nunca me atreví a esperar esto. Yo sólo soy un vagabundo. Para mí será el cielo tenerte a mi lado... hacerte mi esposa... formar un hogar contigo...
—¡Oh, oh! —Madge se incorporó para besarlo, aferrándose a su cuello—. Me haces feliz... ¡Oh, Tappan! Te amo. Eres el primer hombre en mi vida. Jamás había amado a ninguno. Ahora sé... Yo no tengo nada de maravillosa... ni de buena. Pero te amo.
El fuego de sus labios y las tenazas de sus brazos hicieron auténticos estragos en Tappan. A él no lo había amado nunca ninguna mujer; ninguna le había besado tampoco. Esta dulce experiencia lo hacía fuerte, le daba nuevas energías. Madge, por último, se abandonó por entero a sus brazos, echándose a llorar. Él temía haberla ofendido en algo. Se mostró torpe, desconcertado. Balbuceó unas palabras sin sentido, mostrándose arrepentido de no sabía qué. Y ella replicó:
—Dentro de poco, Tappan, querrás... pegarme. He tomado parte en un engaño... Quería influir para que compraras un rancho sin valor... Me avine a representar una comedia, a conseguir que te enamoraras de mí para estafarte... Pero he sido yo quien se ha enamorado de ti. Ahora... ¡Oh, Dios mío...!, quiero tu amor, tu respeto... Me interesan más estas cosas que mi vida. La existencia me resultaría insoportable ya sin ellas. He engañado a Jake, los he engañado... ¿Soy digna de tu amor?
—Más que nunca, querida —repuso él.
—¿Me sacarás de este lugar?
—Te llevaré conmigo... a dónde sea. Cuanto antes, mejor.
La mujer besó a Tappan apasionadamente. Luego, soltándole, se quedó de rodillas, mirándole ansiosamente.
—No te lo he contado todo. Te contaré el resto algún día. Te juro ahora, por la salvación de mi alma... Seré lo que tú quieras que sea.
—Madge: no es necesario que me digas todo eso. Me basta con que me ames. Es más de lo que hubiera podido soñar.
—Eres todo un hombre. ¡Oh! ¿Por qué no te conocería cuando tenía dieciocho años, en vez de ahora, cuando ya cuento veintinueve, habiendo dejado atrás mil peripecias...? Bueno, ya está bien. Aquí comienza una nueva vida para mí. Tenemos que trazarnos un plan.
—Tú te encargarás de hacer el plan y yo de llevarlo a la práctica.
Por unos instantes, ella guardó silencio, inclinando la cabeza, oprimiéndose las manos. Por fin, habló así:
—Nos escaparemos esta noche. Procura llevarte pocas cosas, las más necesarias, que puedan ser colocadas en la silla de montar. Yo procederé igual. Esconderemos los caballos cerca, por donde el camino se cruza con la corriente de agua. Luego, abandonaremos para siempre esta región.
Tappan hizo un esfuerzo para pensar. Pero su mente era un torbellino de encontradas ideas. Aquella mujer de los oscuros ojos y del redondeado busto le amaba, se había arrojado a sus brazos, había solicitado su protección. Esto se le antojaba maravilloso. Estaba arrodillada allí, con la mirada fija en él, más atractiva que nunca. Su rostro era una mezcla de tristeza y temor, cuyo significado verdadero no lograba adivinar.
De súbito, Tappan se acordó de Jenet.
—Tengo que llevarme a Jenet —declaró.
Madge se sobresaltó.
—¿Jenet? ¿Quién es Jenet?
—Mi burra.
—Tu burra... No es posible correr yendo en compañía de una bestia de carga. Nos veremos perseguidos y tendremos que aligerar el paso... No te puedes llevar a tu burra.
El sobresaltado fue Tappan ahora.
—¿Cómo? ¿Que no puedo llevarme a Jenet? ¿Por qué? Es que yo... Yo no puedo desenvolverme bien sin ella.
—¡Qué cosas dices! ¿Qué valor tiene una burra, después de todo? Tendremos que correr... ¿Es que no lo entiendes?
—Madge: temo que yo... Tengo que llevarme a Jenet.
—Imposible. Si te llevas a Jenet, yo no podré acompañarte. Si me quieres a tu lado tendrás que prescindir de tu preciosa Jenet.
Tappan inclinó la cabeza, ante lo inevitable. En fin de cuentas, Jenet era, sí, una bestia de carga tan sólo. Correría por las escarpaduras, volviéndose un animal salvaje. Pronto le olvidaría, no tendría necesidad de él. Tappan sintió una fuerte opresión en el pecho. No acertaba a ver con claridad en aquel asunto. Aquella mujer valía para él más que ninguna otra cosa del mundo.
—Soy un estúpido, querida —murmuró—. Es que jamás se me deparó la ocasión de huir en compañía de una bella mujer... Naturalmente, mi burra tendrá que quedarse aquí.
La huida en cuestión no presentaba ninguna dificultad para ellos. Tappan no comprendía por qué Madge se refería a tal asunto con tanto secreto. ¿No era ella una mujer libre? Luego, reflexionó. Desconocía todas las circunstancias que podían infundir temor a aquella mujer. Bueno, le tenían sin cuidado. Lo que sí le importaba era la posesión de Madge Beam.
Tappan preparó un ligero equipaje, cuyo peso resultaba considerable, no obstante, debido a sus bolsas de oro. Lo sujetó a la silla de su montura. Le disgustaba dejar la mayor parte de su nuevo equipo tirado por allí. ¿Qué pensaría Jenet de eso? Miró a su alrededor, esperando verla. Pero no acudió a la hora de la comida. Era la primera vez que hacía tal cosa. Tappan juzgó esto muy singular. No recordaba que Jenet se hubiese alejado del campamento a la puesta del sol. Sin embargo, se sintió contento.
Después de haber cenado, dejó sus utensilios y provisiones tal como habían quedado, dirigiéndose a una arboleda, el lugar de la cita, el sitio en que había de encontrarse con Madge. Con gran sorpresa por su parte, la mujer se presentó allí antes de haber oscurecido, viendo que se mostraba extrañamente agitada. Tappan no estaba habituado a la naturaleza compleja y emocional de las personas del sexo contrario. Madge había empalidecido. En sus negros ojos bullía la ira. Abrazó a Tappan casi con fiereza. Ahora, él tuvo la impresión de ir a descubrir nuevas cosas acerca del carácter femenino. Se estremeció.
—Saca los caballos de aquí sin hacer el menor ruido —susurró ella.
Tappan obedeció. Una vez hubiéronse acomodado en sus monturas, a poca distancia de aquel lugar, la siguió. Tappan se sintió extrañado ante sus repentinas prisas. El camino era cada vez más abrupto. Llegaron a una carretera, que ella cruzó. Los matorrales eran muy espesos. Allí no se divisaba el menor vestigio de un camino. Sospechó que Madge se había extraviado. El avance se hacía casi imposible. Tuvieron que girar a un lado y a otro. Tardaron horas, probablemente, en localizar la carretera. En cierto momento, a Tappan le pareció oír unas pisadas de caballos por las inmediaciones. Madge se comportaba de una manera muy rara. Las prisas del principio habían sido sustituidas por una exagerada cautela. Se encaminó al Sur. Tappan pudo situarse junto a ella. Hablaron muy poco. Más adelante, llegaron a una cabaña de leños, junto a la carretera. Tappan sugirió que debían hacer un alto. Podían pasar la noche. Al día siguiente tendrían que efectuar un largo desplazamiento, muy penoso, seguramente.
—Sí. El viaje de mañana será muy fatigoso —convino Madge, enfrentándose con Tappan en la oscuridad.
Podía ver sus negros ojos fijos en él. Ella le había hablado en un tono que no era el de una mujer esperanzada. Tappan reflexionó, sin comprender... No sabía cómo podía comportarse una mujer en aquellas circunstancias. Madge Beam era una persona de muy diversos talantes. Veinticuatro horas antes, bajando de Rim Rock, sin ir más lejos, habíale dicho riendo que lo mismo podía amarle locamente que arañarle la cara. ¿Cuál había de ser su actitud? Tappan empezó a sentirse inmediatamente después preocupado.
Se apearon de sus caballos, que desensillaron. Tappan cogió su equipaje, echándolo a un lado. Los animales estaban asustados.
—Apártalos de aquí —ordenó la mujer, con voz ronca.
Tappan se sintió muy impresionado al oír aquello. Las tres palabras habían salido como ahogadas de su garganta. Comprendiendo la absoluta necesidad de no separarse demasiado de sus monturas, echó a correr tras ellas. Pronto se hizo con la suya. El otro animal se lanzó al trote, yéndose a un lado y a otro. Con unas cuantas carreras, llegaron a situarse los dos a alguna distancia de la cabaña. Por fin comprendió Tappan que estaba perdiendo el tiempo. Muy preocupado, volvió sobre sus pasos.
Nada más llegar a la cabaña, llamó a Madge. No recibió ninguna respuesta. No consiguió localizarla en la oscuridad. Tampoco vio el caballo que había hecho volver. Le envolvía un absoluto silencio. Tappan llamó otra vez a Madge. No obtuvo respuesta. Madge habría sucumbido al cansancio quedándose profundamente dormida. Inspeccionó la cabaña y los alrededores. Todo fue inútil. Pero entonces descubrió que su equipaje había desaparecido.
Se sentó. Estaba vencido. Le habían engañado. Sintió un fuerte dolor en el pecho. Lamentaba, sin embargo, haber perdido aquella mujer, no su oro. Estaba como atontado; se sintió enfermo, amargado. Sólo entonces comprendió Tappan lo que significaba el amor, lo que éste le había hecho. Las horas de la noche fueron pasando y él continuó sentado en la oscuridad. Su cuerpo estaba frío, paralizado. Así le sorprendió la llegada del nuevo día.
Vio su silla, donde la dejara. Cerca de ella descubrió uno de los guantes de Madge. Tappan vio inmediatamente, debajo, un papel que sobresalía. Lo cogió. Era una hojita perteneciente a una pequeña libreta que ella guardaba entre sus cosas. Había escrito en el papel, con lápiz:

«Yo soy la esposa de Jake y no su hermana. Le engañé por partida doble. Hubiera ido contigo hasta el infierno. Lo malo es que mi marido y sus amigos sospechaban algo. Nos perseguían de cerca. No hubiéramos podido quitárnoslos nunca de encima. En consecuencia, opté por dejar los caballos sueltos para que tú te lanzaras tras ellos. No me quedaba otra salida en mi empeño por salvarte la vida.»

Tappan supo que los ladrones se habían dirigido a Globe. Una vez aquí, descubrió que se habían ido a Phoenix, hallándose el grupo integrado por tres hombres y una mujer. Tappan llevaba algún dinero encima. Compró un caballo y una silla. A medida que pasaban las horas y cubría kilómetros, sus ansas de matar iban en aumento. En Phoenix se enteró de que Beam había convertido el oro en dinero. Le habían dado por él doce mil dólares. Era una fortuna. Tappan se sintió aún más furioso. La pandilla se dispersó allí. Beam y su mujer tomaron la diligencia, trasladándose a Tucson. Tappan no se molestó en hacer más averiguaciones acerca de sus movimientos.
En todos los lugares públicos, en los garitos y «saloons» de la región, fue referida la historia del oro mal ganado por los Beam. Sin el menor esfuerzo, Tappan se enteró de que el matrimonio continuó viaje hasta California, yendo después a Yuma y El Cajón, y, finalmente, San Diego. Aquí, Tappan perdió el rastro de la mujer. No supo si había llegado a salir de San Diego. No descubrió ya el menor vestigio de ella. Se enteró, en cambio, de que Jake Beam había matado a un mejicano en una riña, cruzando seguidamente la frontera.
Tappan renunció de momento a dar con Jake Beam, redoblando sin embargo sus esfuerzos para averiguar el paradero de su mujer. No abrigaba el menor resentimiento con respecto a Madge. Continuaba amándola. Durante todo aquel invierno, visitó todos los rincones de San Diego. Fingió ser un vendedor ambulante con objeto de poder llamar a las puertas de muchas casas. Todo fue inútil. A la llegada de la primavera volvió a Yuma, repasando las anteriores pistas. Por último, regresó a Tucson y Phoenix.
Aquel año, saturado de sueños, de amor, de pasión y desesperación, de odio, le hizo envejecer. Seguía siendo el hombre fuerte de siempre, pero algo murió dentro de él.
Un día, se acordó de Jenet.
«Mi burra —monologó—. Me había olvidado de ella..., de Jenet.»
Un extraño impulso le llevó a enfilar el largo camino que conducía a Rim Rock. Ignoraba qué habría sido de Jenet. Desde luego, la burra habría desaparecido. Habría muerto, quizás. Alguien estaría utilizándola. Cabía también la posibilidad de que anduviera vagando por la campiña. ¿Quién podía revelarle algo acerca de su paradero? Tappan se lanzó a los caminos. Volvía a ser el vagabundo de antes. Todo su equipaje se reducía a un paquete que llevaba encima de un hombro. Decidió proseguir su búsqueda, llegando hasta el último campamento en que abandonara a Jenet.
Los días del mes de octubre llenaban de colores las paredes del cañón cuando se detuvo a la sombra del gran muro de amarillentas rocas. La cabaña en que habían vivido los Beam —o habían fingido vivir— era una pura ruina. La nieve habíala destrozado. Tappan vio cosas que le hicieron pensar en un riguroso invierno, en terribles nevadas. No descubrió rastro de reses ni caballos en la tierra.
Sorprendido, vio que su campamento, más o menos, estaba como lo dejara. Encontró las piedras que habían formado un improvisado hornillo, sus cacharros, las cajas en que un día guardara sus víveres, una lona grande impermeable... Ésta se hallaba extendida bajo un pino, donde se entregara al sueño la última vez que estuviera allí. Si en el espacio de un año algún hombre había visitado el campamento, no había dejado el menor rastro de su persona.
De repente, Tappan localizó una huella de pezuña en el polvo. Tenía una forma ovalada. Era reciente. A Tappan se le encogió el corazón.
—¡Dios mío! —exclamó—. Esto es de Jenet.
Encontró más rastros como aquél a lo largo de la mañana. Nunca había seguido una pista con mayor interés. Se aplicó a la tarea emocionante de buscar a Jenet. Los rastros le llevaron hacia la parte alta del cañón. Tappan fue a parar a un claro alfombrado de abundantes hierbas... Allí estaba Jenet, tal como la había visto millares de veces. Tenía las orejas empinadas. Parecía mirarle... Después, una de sus largas orejas se abatió. Con esto quería darle a entender, tal vez, que acababa de reconocerle.
Tappan se acercó a la burra.
—Jenet... muchacha... No te has apartado del campamento, ¿eh? Has estado esperándome, ¿verdad? —dijo con voz que la emoción hacía ronca, mientras acariciaba suavemente aquellas grandes orejas.
Sí. Le había esperado. Ella también había envejecido. Su pelaje era de un gris más claro. El invierno de aquel año había sido muy duro. ¿De qué había vivido cuando las nieves lo invadieron todo? Había arañazos de león en su lomo, tenía cicatrices en las patas... Seguramente, habría peleado con fieras para sobrevivir.
—Mira, Jenet: un hombre nunca sabe a qué carta quedarse tratándose de una burra como tú —dijo Tappan—. Yo te enseñé a no alejarte del campamento, a esperar mi vuelta... Otras ratas del desierto como yo se reían cuando aseguraba que podías ser más fiel que una persona. Con todo, Jenet, nunca supe hasta dónde serías capaz de llegar. No te he conocido verdaderamente hasta ahora... Yo te dejé... me olvidé de ti... Jenet: los infieles somos siempre los hombres. Y también las mujeres... Esa fidelidad sólo se encuentra en los perros, en los caballos, en una bestia de carga como tú... ¿Una bestia, he dicho? Bien, compañera. Vamos a lanzarnos nuevamente a los caminos. Tappan va a empezar a pagar la deuda que ha contraído contigo, ahora mismo.
III

TAPPAN no volvió a sentir deseos de corretear por el desnudo y riguroso desierto. Se había operado un cambio en él. Prefería los verdes y fragantes bosques, las umbrosas pinedas, los promontorios de desgarrados perfiles y los grandes y colorados cañones, así como los frescos manantiales de Tonto Basin, al calor, el polvo, el despiadado sol y el vacío de las tierras desérticas. Pero había algo más. El fantasma de su extraño y único amor marchaba al paso suyo, al paso de su espíritu de vagabundo. Era un espíritu que no se separaba de él, como si hubiese sido su sombra. Madge Beam, independientemente de lo que hubiera sido, habíale hecho ver el poder del amor, su fuerza, capaz de refinar a una persona, de ennoblecerla. Sin saber por qué, se sentía más cerca de ella en la región en que su pasión naciera. Sí. La notaba mucho más próxima que en todos los restantes sitios que recorriera en su busca.
En consecuencia, dejó de ser un prospector, dejó de ir tras el oro, para convertirse en cazador. Lo único que le interesaba era dar con los medios indispensables para mantener alma y cuerpo juntos. Su posesión mas preciada era su fiel Jenet con quien se sentía a gusto en la soledad y el silencio de los bosques.
Supo luego que Tonto Basin era un territorio duro en muchos aspectos, que resultaba extremadamente amargo en invierno. En ciertas partes de él, sin embargo, el invierno era soportable, las nieves no tardaban en fundirse, raras veces se presentaban los hielos. Ahora bien, en Rim Rock, donde Tappan pasaba la mayor parte de su tiempo, soplaban los fuertes vientos del Norte. Y en pleno invierno, por regla general, una capa de nieve de hasta cuatro metros de espesor llegaba a cubrir la tierra, registrándose temperaturas de muchos grados bajo cero.
Un individuo natural de aquella zona advirtió a Tappan:
—Mira, amigo: será mejor que no te dejes sorprender nunca en Rim Rock por una de sus grandes tormentas. Porque si llega a ocurrirte eso no podrás salir ya de aquí, te verás atrapado.
Tappan tenía la costumbre de dejarse llevar por sus gustos, desoyendo los consejos de los demás. Él había vivido la terrible experiencia del Valle de la Muerte, con sus ardientes borrascas de medianoche. ¿Qué podían hacerle las nieves y el frío? Las últimas semanas del otoño en Rim Rock quedaban dentro de la más bella y perfecta de las estaciones. Vio cómo los verdes árboles del bosque y la oscura tierra se cubrían en el espacio de unas horas de blanca nieve. ¡Qué transfiguración tan portentosa! El sol, más tarde, despojó a los pinos de sus inmaculados mantos, flotando en el aire un blanco y fino polvo; había arco iris por todas partes; las ramas producían minúsculas avalanchas. Los troncos resurgían majestuosos, el follaje tenía un verdor más intenso. Causaba asombro el tono bermejo de las hojas de roble y el matiz dorado de las masas de los chopos. El bosque se convertía en un mundo encantador para los ojos de aquel vagabundo habituado a los agostados panoramas del desierto.
Fueron pasando los años. La mente de Tappan envejecía con más rapidez que su cuerpo. Era un hombre cada vez más solitario. Tenía el vago presentimiento —una ilusión— de que sus huesos ya no llegarían a blanquearse sobre las arenas del desierto. Pensaba que se fundirían con las alfombras de hojas de pino y los suaves y fragantes musgos de los bosques. Tappan se sentía muy complacido con tal idea.
Cierta tarde acampó en Pine Canyon, una garganta rocosa cubierta de arboledas, a espaldas de Rim Rock. Corrían los días del mes de noviembre. El otoño había sido bueno, sin que se desencadenara una sola tormenta. Varios hombres de la región con quienes había tropezado casualmente Tappan dijeron a éste que algunos años tal estado de cosas no presagiaba nada bueno.
Había hecho un hermoso día. Elevábase del fuego que había encendido Tappan una columna de azulado humo, apenas perturbada por la suave brisa. No lejos del campamento, Jenet pastaba tranquilamente. Veíanse por todas partes alces y ciervos. Los pavos salvajes rehusaban todavía hundirse en sus invernales refugios. Unas ardillas grises y otras rojas retozaban por las cercanías, haciendo caer sobre el suelo las piñas de los abetos, produciendo un alegre y característico tamborileo.
Antes de que oscureciera se presentó en el campamento de Tappan un hombre. Era un individuo de mediana edad, de magnífico aspecto, que dejó muy impresionado a Tappan. Aquel tipo gigantesco, de poblada barba, grandes ojos y rudos modales, se hallaba en posesión de una agradable faz. Carecía de equipaje, de caballo. Ni siquiera iba armado.
—Es una suerte para mí haber olido este humo —declaró—. Llevo dos días sin comer.
—Hola, forastero —fue el saludo de Tappan—. ¿Se ha perdido por estos parajes?
—Sí y no. Hubiera podido orientarme y encontrar mi camino desde Rim Rock abajo. Pero esa zona resulta poco saludable para mí. Por tanto, decidí encaminarme al Norte.
—¿Qué ha sido de su caballo y de su equipaje?
—Calculo que estarán en poder de una pandilla que se sintió más apegada a esas cosas que a mí.
—Ya. Bien venido entonces, forastero —replicó Tappan—. Me llamo Tappan.
—He oído hablar de usted. Yo soy Jess Blade, de cualquier parte. He de decirle, Tappan, que yo fui un hombre honrado hasta que llegué a Tonto Basin. Allí dejé de serlo.
Su risa era franca, advirtiéndose en ella un dejo de amargura. A Tappan le gustó aquel hombre, experimentando la impresión de que podía ser un buen amigo y un mal enemigo.
—Coma algo. Se me están acabando las provisiones, pero todavía dispongo de carne abundante.
Blade comió como un hombre que ha estado a punto de morirse de hambre, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que las provisiones de Tappan hubieran disminuido notablemente. Tras haberse hartado, sacó una pipa de un bolsillo, que procedió a atacar de tabaco. Aspiró unas bocanadas de humo en silencio con aire satisfecho, poseído, evidentemente, de un íntimo contento. El mañana no le inspiraba temor alguno. Las temblorosas llamas del fuego dibujaban caprichosas sombras y luces en su enérgico rostro. Tappan vio en él al clásico individuo errante, al bebedor, al bravucón, al hombre con bastantes cualidades positivas pese a todo eso, pero dominado con frecuencia por las pasiones o el mal genio. Cuando hubo apurado su pipa, asió con gesto pesaroso la misma, golpeándola suavemente varias veces contra una piedra para hacer caer al suelo las cenizas.
—Me figuro que sé algunas cosas que puede ser que le interesen —declaró el hombre.
—¿Sí?
—Es decir, si es usted el Tappan que intentó escaparse con la esposa de Jake Beam.
—Bueno, yo soy ese Tappan, pero quisiera hacerle saber que yo ignoraba que estuviese casada.
—Ya. Estoy enterado de eso. Como todos los habitantes de Tonto Basin. Usted fue un bocado fácil de digerir para la pandilla de los Beam. Éstos ya habían representado la misma comedia anteriormente. Pero, según me han contado, aquélla fue la última treta que puso en práctica Madge Beam. No había de volver jamás ya a esta región. Jake Beam, hallándose bebido, declaró que ella le había dejado en California. Algunos, en este aspecto, apuntaron lo peor. Jake Beam se convirtió en un hombre muy cruel. Incluso sus amigotes afirmaron eso...
—¿Está él ahora en Tonto Basin? —preguntó Tappan, sintiendo que la sangre ardía en sus venas.
—Se ha quedado aquí para siempre —replicó Blade, sombrío—. Alguien le metió unas cuantas balas en el cuerpo.
Tappan suspiró, aliviado. Repentinamente, su sangre pareció enfriarse.
A continuación, hubo un largo silencio. Tappan pensaba en la mujer que le había amado. Blade estaba ensimismado, con la mirada fija en las brasas de la hoguera. Silbaba el viento lúgubremente al colarse por entre las ramas de los enormes pinos de la ladera. Un lobo aulló en la lejanía, como si estuviera hambriento. Las estrellas brillaban de un modo apagado en las alturas.
—Me figuro que ese viento anuncia una tormenta —señaló Blade, luego.
—Llevo semanas oyéndolo —contestó Tappan.
—¿Es usted hombre del bosque?
—Soy más bien un hombre del desierto.
—Acepte mi consejo, Tappan: trasládese a la zona baja de la región.
Probablemente, aquéllas eran unas palabras prenunciadas con la mejor intención, pero Tappan hizo caso omiso de ellas. Le había caído bien aquel hombre. Tappan pensó en sí mismo. Vivía concentrado exclusivamente en su persona, cada vez más. Notaba la estrechez de su alma. Los hombres habían perdido todo interés para él. Vivía con un sueño. El único ser viviente que amaba era aquella burra de largas orejas, que poco a poco iba envejeciendo. No obstante, aquella noche Tappan compartió con Blade sus mantas.
Por la mañana, el sol salió sin su brillantez de oro. El firmamento, muy azul, aparecía como empañado. Las nubes corrían rápidamente hacia el Sudoeste. Soplaba un viento frío. El bosque se veía más oscuro. Las aves y las ardillas se mantenían silenciosas.
—Supongo que hoy levantará el campamento, Tappan —aventuró Blade.
—No. Todavía seguiré en este lugar unos cuantos días.
—Se expone a que la nieve le deje aislado. Y aquí arriba esto es muy serio.
—La nieve no me preocupa. Y a usted, Blade, nada le retiene aquí.
—Tappan: para salir de estos parajes necesitará no menos de cuatro días. Si nieva mucho, ¿qué hará?
—Será mejor que se marche, Blade, si tanto le preocupa eso —sugirió Tappan.
—No. Prefiero probar suerte con lo contrario. Ahora, ¿está indicándome que no me quiere con usted? No podrá mantenerse aquí.
Tappan se encontraba en un apuro.
Cierto instinto le impulsaba a decirle al hombre que debía marcharse. No se iría con las manos vacías, por supuesto, pero le dejaría. Esto, con todo, era comportarse como un egoísta. Tappan nunca había procedido de esta manera con un hombre.
Finalmente, habló:
—Estoy dispuesto a compartir con usted lo que tengo... Puede irse o quedarse.
—Es usted una persona muy noble, Tappan —respondió Blade cordial—. ¿Podrá cederme una bestia?
—No, porque sólo dispongo de una.
—Pues entonces tendré que quedarme aquí hasta que se vaya.
Ya no se habló más. Consumieron su desayuno sumidos en un extraño silencio. El viento hacía columpiarse las ramas más altas de los árboles. La burra de Tappan irrumpió en el campamento, atrayendo la atención de Blade.
—He ahí un magnífico animal —observó—. Nunca vi un ejemplar semejante en su clase.
Tappan realizó sus tareas de todos los días en el campamento. Y luego tomó asiento ante el fuego. Evidentemente, Blade esperaba que se concretara más la amenaza de una tormenta, esperando que Tappan, entonces, cambiaría de decisión. Pero el hecho de que el cielo se tornara cada vez más gris, y que las ráfagas de viento fuesen progresivamente más violentas, parecía no afectar para nada a Tappan. ¿A qué aguardaba? La verdad era que no le gustaba nada la forma de estar de Jenet en el campamento. Estaba esperando que le echara encima la carga habitual. Ella sabía que tenían que irse. Tappan cedió ante el diablo perverso de la obstinación. El viento había traído consigo una fría niebla y seguidamente unos copos de nieve. Tappan no prestó atención a esto. A la llegada de la noche, la nevada se formalizó. Los hombres se construyeron un refugio, cenaron y se acostaron temprano.
A Tappan le preocupaba que Jenet permaneciera dentro del campamento. Estuvo despierto durante largo rato. El viento redoblaba sus furias en el bosque. Gradualmente, empezó a nevar. Tappan se quedó dormido. Cuando abrió los ojos comprobó que el bosque se había vestido de blanco. Sobre el suelo había medio metro de nieve. Pero las nubes se habían esfumado; el cielo era azul; la tormenta había pasado. Brillaba un sol espléndido. La atmósfera tenía una agradable tibieza.
—Un día más y esto habrá pasado —manifestó Tappan.
—Si estuviéramos en los primeros días de octubre, me mostraría de acuerdo —replicó Blade—. Ahora, aquí sólo se advierten los preparativos de una nueva tormenta. ¿No oye ese viento?
Tappan sólo tenía oídos para los susurros de sus sueños. En aquellos momentos, la nieve se fundía en las ramas de los pinos, brillando los arco iris por todas partes. Mediada la tarde, únicamente se veían espacios blancos en los sitios en sombras y en las porciones de los árboles que miraban al Norte. Al día siguiente, la capa de nieve del suelo perdió más y más espesor y Jenet acabó por encontrar donde pastar de nuevo. Horas después, unas finas nubes ascendieron desde el Sudoeste y el viento rugió amenazador.
—Tappan: cargue su burra y salgamos de aquí —dijo Blade, ansiosamente—. Yo conozco bien este país. Puedo estar equivocado, desde luego, pero todo anuncia la inminencia de la tormenta. Asoma el invierno por ahí.
—Dejémosle llegar —contestó Tappan, imperturbable.
—¿Quiere morir enterrado en la nieve? —inquirió el otro, perdida ya la paciencia.
—Puede ser que me guste ver lo que viene ahora, por aquello de la novedad —replicó Tappan, indiferente.
—Hombre de Dios; si nieva con fuerza no podrá salir de este lugar jamás.
—Mi burra me sacará de aquí, si hace falta.
—Está usted loco. Esa burra no será capaz de andar treinta metros seguidos. Hay más: se verá obligado a matarla para comérsela.
Tappan correspondió a tales palabras con una extraña mirada, pero no formuló ningún comentario. Blade empezó a pasear de un lado para otro, cerca del fuego. Se encontraba en una situación apurada, por lo que daba a entender. Aquel día, el hombre pareció cambiar. Lo mismo le ocurrió a Tappan. Ambos obedecían a sus peculiares instintos. Blade se sentía gobernado por el instinto de conservación; Tappan era presa de la indiferencia. Tappan desafiaba al destino. ¿Qué podía pasarle a él que pudiera parecerle nuevo?
Blade tornó a hablarle. Aspiraba a convencerle de que se hallaban en peligro. Aportó pruebas... Ante las reacciones de Tappan se sintió confuso al principio y después iracundo. Censuró con acritud la postura de Tappan.
—Voy a decirle algo más —añadió—. En cuanto amanezca, cogeré parte de sus provisiones y saldré de aquí, con tormenta o sin ella.
Mucho antes del amanecer, la resolución de Blade se hizo impracticable. Los dos hombres se despertaron a causa del rugido de la tormenta en el bosque. Aquello ya no era un gemido... Tappan vio los violentos remolinos de la nieve, los copos, del tamaño de plumas. El suelo quedó cubierto con una capa de nieve de más de medio metro de espesor. El bosque no era más que una informe masa blanca.
—Me equivoqué —confesó Tappan a su compañero—. ¿Qué es lo que podemos hacer ahora?
—¡Condenado estúpido! —aulló Blade—. Tendremos que esperar a que se forme una corteza suficientemente fuerte en la nieve. Y entretanto, habremos de procurar no congelarnos, no morir aquí de hambre.
La tormenta continuó igual durante tres días con sus tres noches. Los dos hombres anduvieron atareados durante varias horas cada día para disponer de un espacio libre en el que conservar su campamento, compartiendo el mismo con Jenet. Con la llegada del cuarto día, la tormenta cesó, las nubes desaparecieron, salió el sol. Hacía temperaturas bajo cero. La capa de nieve presentaba un espesor equivalente a la estatura de Tappan, ofreciendo en algunos puntos una profundidad de tres o cuatro metros. Había llegado el invierno, efectivamente. El bosque era un mundo inmóvil y blanco, solemne.
Tappan ya no disponía de tiempo para soñar. Bajo la nieve era casi imposible encontrar leña. Y menos seca. Cabía la posibilidad de hacerse con las ramas de cualquiera de los árboles caídos, pero no podían pensar en acarrear toda la leña que precisaban para el campamento. Tuvieron que arreglárselas con ramas verdes. Después, la elaboración de las raquetas para andar por la nieve se llevó muchas horas. Tappan desconocía aquellos utensilios. Lo único que podía hacer era ayudar a Blade. Les animaba a proceder así la visión de la corteza que el terrible frío estaba formando en la nieve. Pero cuando se disponía a coger sus efectos para ponerse en marcha, la tormenta amainó, el frío dejó de ser tan intenso... La corteza ya no resistía ahora el peso de sus cuerpos.
—¿Cómo diablos no se le ocurrió cazar un alce? —preguntó Blade, irritado. Era un tipo siniestro ahora. Conocía el peligro y amaba la vida—. Tendremos que matar a su preciosa burra, tendremos que comérnosla. Y quizá no dispongamos con ella de carne suficiente para esperar a que cese la nevada, a que sea posible intentar un desplazamiento.
—Blade: no quiero oírle hablar de matar a Jenet. No piense ni por un momento que su carne puede servir para alimentarnos —repuso Tappan, en un tono que hizo callar al otro.
Instintivamente, empezaron a mirarse como dos enemigos. Blade pensaba sólo en sí mismo. Había llegado a formular una amenaza. Pretendía acabar con la burra. Tappan, en cambio, no pensaba en su propia suerte.
Los víveres de Tappan se acababan. Ya no disponían de carne, ni de café. Contaban únicamente con unos trozos de venado, una bolsa de guisantes, un saco de harina y una pequeña cantidad de sal.
—Si se forma una corteza en la nieve y podemos llevarnos la harina nos salvaremos —indicó Blade—. La burra tendrá que quedarse aquí.
Otro día de brillante sol y la nieve se ablandó hacia el Sur. La noche fue de intenso frío. Comenzó a formarse una corteza sobre la blanca llanura que soportaría el peso de un hombre.
—Es nuestra última oportunidad, pero una oportunidad muy endeble, que no da lugar a muchas esperanzas...
Tappan accedió a que Blade señalara el momento y el método. Había que iniciar la salida del bosque. Cocinaron todos los guisantes y los dividieron en dos bolsas. Seguidamente cocieron un par de kilos de tortas para cada uno. Blade hizo gala de su astucia al quedarse con la bolsa de sal, permitiendo que Tappan se quedara con el tabaco. El primero señaló que todo aquello era lo que podían llevarse, más una manta para cada uno. Discutieron al hablar de las armas. Blade tenía interés en hacerse con el rifle, pero accedió a que se quedara con él Tappan, por si se le deparaba la ocasión de cazar algún alce. Arreglada esta cuestión, Blade se calzó sus raquetas, confeccionadas con trozos de las cajas de Tappan, correas y aspillera.
—Me figuro que no van a durarme mucho —musitó Blade.
Entretanto, Tappan dio de comer a Jenet. Después de haber ingerido la burra varias tortas, le echó por encima del lomo una lona impermeable, para mantenerla bien caliente.
—¿Qué está haciendo? —inquirió Blade, súbitamente.
—Preparando a Jenet —contestó Tappan.
—Preparándola... ¿para qué?
—¿Cómo para qué? Para que nos acompañe.
—¡Maldita sea! —exclamó Blade, levantando los brazos, en un expresivo gesto de desesperación.
Tappan sintió que algo se agitaba dentro de él. Dejó de ser el hombre taciturno y solitario de siempre. Blade ya no se le antojaba en aquel momento un enemigo. Era un colaborador en la tarea de salvar a Jenet. Tappan inició un inacabable discurso.
—No puedo irme dejándola abandonada aquí. Esta idea jamás se me ha pasado por la cabeza. La madre de Jenet fue una asna buena, fiel. Yo vi nacer a Jenet allí abajo, en las orillas del río Colorado. No era una criatura fuerte. Tuve que esperar a que fuese capaz de andar. Fue creciendo... Su madre murió, y Jenet y yo fuimos juntos de un lado para otro. No era un animal corriente. Aprendió todo lo que fui enseñándola. Era un ser diferente. La traté bien. Se hizo grande. Los hombres del desierto decían que nunca habían visto una burra como Jenet. Todo el mundo hablaba de la burra de Tappan. Me la pidieron prestada, quisieron comprármela, quisieron robármela... A lo largo de diez años, Jenet me ha hecho muy buenos servicios. No podría recordarlos todos. Y me salvó la vida. Me sacó del Valle de la Muerte... Luego, olvidé la deuda que había contraído con ella. Huí con una mujer. Jenet me esperó porque yo la había enseñado a esperarme... Bueno, menos mal que volví a tiempo. Y, claro, ahora no voy a dejármela aquí. Puede que esto le parezca raro, Blade, pero intento salvarla. Sé perfectamente que Jenet no es más que una burra. Pero no pienso abandonarla...
—Tappan: usted habla de su burra como si de una mujer se tratara —declaró Blade, atónito, profundamente disgustado.
—No conozco a las mujeres, pero me imagino que Jenet es más fiel que cualquiera de ellas.
—He conocido a muchos estúpidos. Ahora creo que acabo de topar con el peor de todos...
—Estúpido o no, sé muy bien lo que he de hacer —contestó Tappan.
Había dado de lado ya rápidamente las suaves maneras de unos momentos atrás.
—Pero ¿es que no se da cuenta de que no podemos viajar en compañía de su burra? —preguntó Blade, esforzándose por dominar su ira—. Sus pezuñas son pequeñas y están afiladas como cuchillos. Cortará la corteza, terminando por hundirse en la nieve. Entonces, tendremos que tirar de ella y acabaremos por hundirnos nosotros. Perderemos un tiempo precioso, avanzaremos más lentamente, si es que conseguimos zanjar esas dificultades.
—De una forma u otra, nos llevaremos a Jenet.
Blade se enfrentó decididamente con Tappan, como si se desenmascarara de pronto. Las palabras del primero no habían servido de nada. Tappan no estaba dispuesto a consentir que Jenet fuera abandonada a su suerte, en aquel desierto de nieve. Los ojos del hombre centellearon.
—Tendremos que esforzarnos para sobrevivir. Y para conservar nuestras energías hemos de disponer de carne con que alimentarnos.
Tappan se irguió, fijando una dura mirada en el otro.
—¿Qué quiere darme a entender?
Por toda respuesta, Blade abatió el brazo y cuando lo subió de nuevo estaba empuñando el viejo rifle de Tappan. Otro movimiento de Blade y éste, con gesto decidido, alojó un proyectil en la recámara del arma. Durante estos momentos no apartó un solo segundo la mirada de su compañero. Su cara no era ya la de antes. Su gesto era maligno, despiadado. Se le veía decidido a salvarse a toda costa.
—Me propongo acabar de una vez con tu Jenet —respondió en un tono de voz que se acomodaba perfectamente a su gesto.
—¡No! —exclamó Tappan, impresionado, casi suplicante.
—Voy a matarla antes de que salgamos de aquí. Luego te alegrarás de tener algo de comer.
Estas palabras despertaron por fin la ira, hasta entonces controlada, de Tappan.
—Me moriría de hambre antes de... No podría nunca matar a Jenet. Y menos todavía sería capaz de comérmela.
—¿Es que prefieres acabar tus días aquí? —gritó Blade, fuera de sí.
Jenet estaba detrás de Tappan, en su postura favorita de reposo, con una de sus largas orejas caídas sobre el pelaje gris claro de su gran cabeza.
—Tendrás que matarme a mí primero —dijo Tappan, incisivo.
—Estoy dispuesto a hacer lo que sea... si me empujas a ello —contestó Blade, secamente.
En el instante de echarse Blade a un lado para apuntar bien sobre Jenet, Tappan saltó hacia delante, alcanzando el rifle en el momento en que Blade apretaba el gatillo. El proyectil pasó por encima de la burra, sin causarle ningún daño. Tappan oyó un golpe sordo al hundirse la bala en el tronco de un árbol. Blade profirió una maldición. Cuando levantaba el rifle, ahora con otra intención, Tappan logró asir el arma por el cañón con la mano izquierda. Con la derecha asestó un fuerte golpe al otro en el rostro. Blade no fue a parar al suelo porque seguía aferrado al rifle. Comenzó a salir sangre de su nariz, de su boca. Resopló, con ronca furia:
—Por esto que acabas de hacer te mataré...
Tappan repuso, con los dientes apretados::
—No, Blade. Tendrías que ser más hombre para lograr eso.
A continuación empezó una terrible lucha por la posesión del arma. Tappan volvió a golpear a Blade en la cara con un puño que parecía más bien una mandarria. Pero la fuerza del otro le obligó a utilizar las dos manos para retener el rifle. Tirando Tappan de Blade y éste de aquél, empujándose mutuamente, retorciéndose las manos dolorosamente, fueron de un lado para otro, esparciendo sus efectos, destrozando el rústico refugio provisional. Blade no cesaba de lanzar maldiciones. Era un bruto ansioso de dar muerte a un enemigo que le cerraba el paso a la vida. Pero Tappan era inexorable. Estaba luchando para salvar a Jenet. Le animaba una pasión salvaje. El contacto con la carne del otro, la visión y el olor de su sangre, la acción violenta, el bestial semblante de su adversario, hicieron de él en unos segundos una criatura primitiva. Tenía que rendir a aquel oponente, tenía que abatirlo, devolverle golpe por golpe.
Tappan comprendió instintivamente que era el más fuerte de los dos. De pronto aplicó toda su fuerza muscular a una terrible llave. El rifle se quebró, quedándose él con el cañón en las manos y Blade con la culata. Éste sacó partido inmediatamente de la nueva situación, derribando a Tappan de un fuerte golpe. Cuando se disponía a rematar su obra, el vagabundo del desierto castigó los pies de su contrario brutalmente. Blade se quedó tendido en la nieve, levantándose sin embargo con la misma rapidez que el otro. Se alcanzaron mutuamente con algunos puñetazos. Blade buscaba la cabeza de Tappan, pero sus puños encontraron más de una vez el frío cañón del rifle. Luego, por unos momentos, Tappan encajó una serie de golpes que hubieran acabado con un hombre de menos resistencia que él. Su sangre le cegaba. Finalmente, levantó el cañón, abatiéndolo con fiereza. El golpe fracturó el brazo izquierdo de Blade. Como una bestia salvaje, el hombre lanzó un aullido de dolor, y luego, sin la menor protección, se abalanzó contra Tappan. Estaba demasiado furioso para obrar con alguna cautela. Tappan aguantó la tremenda embestida como antes y habiendo apreciado allí una oportunidad para desembarazarse de su enemigo aguardó el momento propicio, el más indicado para abatir el cañón del arma. Llevaba tanta fuerza aquel movimiento que éste resbaló por uno de los brazos levantados del otro, hundiéndose en su cráneo. El hombre murió antes de caer... Un cambio horrible se había operado en su rostro. Cayó de espaldas sobre la amontonada nieve, perdiéndose de vista, casi. Lo único visible a partir de este momento fue una de sus botas, de la que colgaba la tosca raqueta.
Tappan comprendió lentamente lo que acababa de ocurrir entre ellos.
—¿Has visto, Blade? —dijo jadeante, con los ojos fijos en el agujero abierto en la nieve por el cuerpo de su adversario, el cual se iba cerrando poco a poco—. Pretendías matar a la burra de Tappan. Y además querías comértela. Ya te avisé que no lo consentiría.
Localizó el cañón del rifle, ensangrentado, arrojándolo a cierta distancia de allí. Se dio cuenta de que tenía algunas heridas que debía cuidar. De momento, lo único que podía hacer era limpiarse la sangre con un poco de agua y vendarse la cabeza. Tenía los brazos y las manos llenos de arañazos. Descubrió en algunas partes hinchazones. Por fortuna, no había sufrido fractura alguna.
Tappan acabó de asentar bien la lona sobre el lomo de su burra. Después, cogiendo su paquete de víveres, dio una palmada al animal en el cuello, diciéndole:
—En marcha, Jenet.
¿A dónde dirigirse? Sufría las mismas vacilaciones que hubiera padecido Blade. Camino de Rim Rock, el manto de nieve resultaba más profundo e impasable. Tappan comprendió que lo que más le convenía era descender por la ladera. Empezó, pues, a apartarse del campamento sin volver la cabeza ni una sola vez. ¿Qué era lo que le había ocurrido? Él no parecía ser ya el mismo que se adentrara, soñador, un día por aquella región.
Cuando acarrearan leña para su campamento, los dos hombres habían hecho un profundo y amplio surco en la nieve. Al final del mismo se amontonaba ésta, quedando a la altura de la cabeza de Tappan. Encaramarse a lo alto de aquel montículo sin quebrar la corteza de nieve constituía un problema. Hizo avanzar a Jenet y experimentó un gran alivio al ver que no se hundía. Su caso fue distinto. Regresando al campamento, cogió varias ramas largas de abeto que habían formado parte de su refugio. Las extendió sobre la blanca ladera, poniendo los pies en ellas, lo cual le permitió llegar a la cumbre del montículo. La corteza no llegó a quebrarse.
Muy contento, esperanzado de nuevo, asió a la bestia por el ronzal, echando a andar los dos. Las raquetas le hacían avanzar con gran torpeza. Veíase obligado a caminar con mucha lentitud. Fueron haciendo progresos, no obstante. Él y Jenet iban al paso. De vez en cuando, una de las pezuñas de la burra producía algún que otro corte en la corteza de la nieve, pero todo iba quedando en eso. Desde el primer momento, Tappan notó algo singular en relación con Jenet. Ésta era la primera vez que se mostraba absolutamente dependiente de él. La burra advertía esto. Su «cerebro» parecía indicarle que para poder salir de aquel desierto de nieve había de confiar en la fuerza y la habilidad de su amo.
Tappan se mantenía pegado a la cara norte del cañón, donde la corteza era más resistente. Había de seguir subiendo ahora, hasta llegar a lo alto de la ladera, avanzando luego por el bosque septentrional, dejando atrás lentamente el bosque.
Perdían mucho tiempo. Y él, con frecuencia, tenía que detenerse para orientarse. Jenet parecía estar totalmente incapacitada para advertir el peligro o sentirse segura. Su experiencia vital se centraba en los confines rocosos y las arenas del desierto. Iba dócilmente a donde Tappan la llevaba. Tappan pensó que la confianza que ponía en él, en sus movimientos, tenía bastante de patética.
—Bien, muchacha —le dijo—. Esto de ahora es para nosotros harina de otro costal, ¿verdad?
Por fin llegaron a una parte más ancha del cañón. De allí pasaron a una pendiente suave cubierta de pequeños pinos. Esto fue una suerte, ya que cuando las pezuñas de Jenet quebraban la capa sólida de nieve Tappan disponía de ramas a su alcance a las cuales agarrarse, sacándola del atolladero. La ascensión por la ladera presentó tantas dificultades que entonces Tappan comenzó a comprender por qué Blade se había negado de una manera tan tajante a salvar a la burra. La oscuridad iba poblando de sombras las blancas islas del bosque cuando llegaron arriba. No se había separado mucho del campamento y este hecho dejó sobrecogido a Tappan.
Avanzar en la oscuridad constituía una temeraria empresa. Tappan optó por escoger un abeto, bajo el que la nieve presentaba una profunda depresión. Pasarían allí la noche, decidió. Soltó la lona, extendiéndola sobre la nieve. Todas las ramas bajas de aquel gigante del bosque estaban muertas, secas. Tappan quebró unas cuantas y pronto dispusieron de un fuego. Jenet se dedicó a mordisquear el musgo del tronco. La cena de Tappan se compuso de guisantes y tortas, acompañados de un poco de agua, que consiguió fundiendo en el fuego una pequeña cantidad de nieve. Jenet participó de su breve refrigerio. La noche, allí, le produjo raras sensaciones. Resultaba salvajemente blanca en el bosque, e intensamente fría. Tappan necesitaba el calor del fuego. Gradualmente, éste fue fundiendo la nieve, dibujando una isla de tierra en el piso. Tappan se envolvió en la lona, quedándose dormido muy pronto.
En tres días, Tappan y la burra cubrieron una distancia de veinticinco kilómetros, aproximadamente. Gradualmente, fueron descendiendo. Llegó un momento en que la corteza de nieve fallaba bajo las pezuñas de Jenet. Habían pasado muchas dificultades antes, pero ahora éstas se multiplicaban. Nada más salir el sol, que ablandaba la nieve, Jenet empezó a hundirse. Y a menudo, cuando Tappan tiraba de ella, terminaba también él por quedar en la misma situación. Tan penoso ejercicio iba minando las fuerzas del hombre, pese a su extraordinaria resistencia física. Una cosa era soportar el calor y el polvo, y la arena, y otra muy distinta resultaba hacer frente a la nieve. El bosque, interminable y monótono, comenzó a ser algo monstruoso para Tappan. Era impresionante aquel frío desolado, el lúgubre panorama que tenía ante sí. Se enfrentaba con el monstruoso invierno, el personaje de pesadilla de los sueños infantiles de Tappan. Él amaba el sol, los espacios abiertos... El bosque habíale engañado. Todo se reducía a un muro de nieve. Mientras avanzaba jadeante, su mente fue poco a poco cambiando. En él sólo persistía igual el empeño de salvar a Jenet. En algunos sitios, materialmente, era Tappan quien llevaba a la bestia adelante.
La cuarta noche marcó una etapa inquietante: sus provisiones estaban a punto de agotarse. Habíase mostrado generoso con Jenet. Pero ahora, considerando que él tenía que trabajar más que la burra, redujo su ración.
En el curso del quinto día, Jenet quebró tan a menudo la corteza de nieve que Tappan comprendió la imposibilidad de que el animal saliera del bosque merced a sus propios esfuerzos. Por consiguiente, se le ocurrió obligarlo a tenderse sobre la lona, convenientemente estirada, de suerte que él pudiera tirar de la misma. La pieza de tela se convirtió, por el sistema de utilización, en un rudimentario trineo. El resto de la jornada lo pasaron así. Igual ocurrió al día siguiente. Tappan avanzaba con las manos atrás, aferradas a los extremos de la lona, con la cabeza baja y los hombros inclinados, progresando metódicamente, como un hombre que no podía ser derrotado. Aquella noche se hallaba demasiado cansado para encender un fuego, y excesivamente preocupado para consumir sus últimas provisiones.
Otro día más. Tappan no dejó de advertir el cambiante aspecto del bosque. Había dejado atrás la zona de los abetos; los pinos habíanse hecho cada vez más raros, siendo de menor tamaño los que viera finalmente; luego, empezaron a predominar los robles. Todo esto quería decir que estaba abandonando las alturas de las montañas. Aquel hecho, no obstante, aunque suscitaba en él algunas esperanzas, presentaba sus inconvenientes. La capa de nieve era de más de un metro de espesor y la corteza cedía con más frecuencia que nunca bajo el peso de Jenet. Por añadidura, la disposición general del terreno no favorecía en nada el avance de Tappan. Se había acabado el lento descenso. Por allí ya no había cañones. En cambio, abundaban los cortados y las zonas pantanosas. Tappan, indomable, seguía, con todo, aplicado a su tarea.
Siempre que se hundía en la nieve, colocaba sus raquetas sobre el lomo de Jenet, revolcándose en el piso, a fin de abrir una calle por la que ella pudiera seguir. Dos días de tan intensos trabajos, sin comida ni fuego, acabaron con la resistencia de Tappan. Pero su espíritu no fue vencido. Arrastró a Jenet sobre la nieve, descendiendo y ascendiendo, dejando atrás espesuras de árboles y mil accidentes, pensando siempre en que unos metros más allá, quizás, estaba su salvación. Los rastros de ciervos y alces empezaban a ser numerosos. Predominaban ahora los cedros. De vez en cuando, todo lo más se veía algún pino. Estaban saliendo de la zona de los bosques. Sólo la esperanza de que eso fuera así podía mantenerle en pie.
Se caía a menudo y cada vez le costaba más trabajo levantarse. Llegó un momento en que la capa de nieve sólida cedía bajo los pies de Tappan, por cuya razón se vio obligado a dejar de tirar de Jenet. Era necesario abrir un surco para ella. ¡Qué cansadas, qué frías, qué horribles eran aquellas blancas extensiones! Tappan avanzaba metro a metro. Ya no sudaba. Ya no sentía nada en los pies ni en las piernas. El hambre había dejado de atormentarle. Apagaba su sed con la nieve, con nieve blanda, que no tenía que partir como el hielo, con los dientes. Le dolía terriblemente el pecho. Sentía calambres atormentadores, un dolor fuerte al respirar, una opresión tremenda en el pecho, a la altura del corazón.
Tappan llegó a una abertura en el bosque de cedros, desde el cual podía ver el terreno a lo lejos. Se enfrentaba con una larga pendiente, que le conduciría a una despejada campiña. Sus ojos, habituados a registrar los más mínimos detalles del desierto, vivos como los de un águila, vieron una zona llana, con algunas manchas de nieve, y unos puntos negros que eran reses. La última pendiente. El último esfuerzo. Ochenta o noventa centímetros de nieve ya. Fue bajando y bajando, abriendo un camino para Jenet, Trabajó todo el día, sin descanso, cayendo, rodando por la nieve. Así hasta la puesta del sol, con la que terminó su tarea, con la que también estuvo a punto de terminar su voluntad.
Ya no sabía después cuándo estaba de pie o caído. No sentía el frío ni el cansancio. Lo que únicamente le preocupaba era seguir. Tappan aún veía bien. La terrible monotonía del blanco manto de nieve se desvanecía. Jenet estaba allí, empezando a desplazarse por sí misma. El interminable día se cerró con la llegada de Tappan al borde del amplio terreno en que la alfombra de nieve era sustituida en su casi totalidad por otra de hierbas. Jenet se puso a pastar gozosamente.
Tappan, por su parte, se derrumbó con la lona bajo un gigantesco cedro. Haciendo un supremo esfuerzo, fue extendiendo aquélla para cubrirse con la misma. Fijó los ojos de nuevo en Jenet. La burra era una desdibujada imagen, de borrosos perfiles. Tappan se quedó por fin tendido.
Desde las nevadas alturas llegaba una fría brisa, que gemía por entre las ramas de los árboles. Sin embargo, un silencio imponente parecía dominarlo todo. Brillaban las estrellas en el azulado firmamento. Eran como unos helados ojos, unos ojos vigilantes que contemplaban la tierra con indiferencia. Eran los ojos de la Naturaleza. El invierno había abrazado con sus nieves las cumbres de las elevaciones. A lo largo de la noche, el viento sopló cada vez más frío. Y luego llegó el amanecer, con su gris acerado, con una llamarada por el Este.
Jenet volvió al sitio en que dejara a su amo, igual que llegara centenares de veces, en otros tantos amaneceres, durante años. Había estado pastando toda la noche. Sus flancos se veían ahora redondeados. Jenet acababa de vivir una experiencia más. Permaneció quieta, amodorrada, con una de sus largas orejas caídas. Jenet, en aquel campamento, como hiciera en otros, aguardaba la aparición ante sus ojos de la figura de Tappan.
Pero bajo la lona no se notaba el menor movimiento. Jenet continuó aguardando. Salió el sol. La nieve brilló con los centelleos de un millar de diamantes. En alguna parte, a lo lejos, sonó un prolongado y discordante rebuzno. El animal empinó las orejas. Prestó atención... Reconoció la llamada de las criaturas de su especie. Jenet se había sentido siempre gobernada por sus instintos. En ciertas ocasiones, ella también había rebuznado. Levantando la cabeza, respondió a aquel sonido con otro similar.
Su estentórea llamada despertó mil ecos en el paisaje. Las notas de su rebuzno parecieron saltar de roca en roca por la ladera, dirigiéndose hacia la despejada campiña. Hacía pensar en un penetrante toque de clarín, aunque terriblemente discordante. Esta mañana, sin embargo, no sucedió lo que en el curso de otras: Tappan no despertó de su sueño.
El rastreador

BILL Everett, un peón de las montañas, fue el primero en ver aquel lobo. Empezó a llamarle Old Gray[1] y éste fue el nombre con que todos se refirieron en lo sucesivo al animal. De vez en cuando circulaban en los campamentos y en las poblaciones relatos sobre los hechos de Old Gray. Era un lobo carnicero. Muchos vaqueros y cazadores se lanzaron tras su rastro acompañados de perros. Aunque lo hicieron abandonar los sitios en que se escondía, persiguiéndolo por las montañas, no lograron cogerlo. Los tramperos que se movían entre Cibeque y Monte Wilson se esforzaron también por acabar con el lobo. Nunca se oyó decir que Old Gray hubiera tocado una sola trampa.
A la llegada del verano, Old Gray se encaminaba a las montañas desde los pies de las elevaciones, donde había pasado el invierno. He oído contar a los ganaderos de Nuevo Méjico que había matado reses cuyo valor en total ascendía a unos 25.000 dólares... Bueno, hace ya algunos años de eso. Ahora sería imposible calcular las pérdidas sufridas por los rancheros. Old Gray practicaba siempre el mismo juego. Se introducía en una manada y escogía una res, haciéndola correr de un lado para otro. Se divertía así. Finalmente, atacaba a cualquier cría y después de hartarse de carne proseguía su viaje.
Al parecer, ningún hombre podía con él. Hasta que un día, un misterioso trampero llamado Brink se decidió a seguir su rastro.
I

LOS rudos vaqueros del grupo de Adam regresaron al campamento, aquel último día del rodeo de ganado del otoño, cansados y arañados por las ramas bajas de los árboles y los espinos de los matorrales, cubiertos de polvo y sudor. Hablaban en tonos airados de Old Gray, el lobo depredador, célebre desde Cibeque, al otro lado del negro cinturón de las quebradas tierras altas de Arizona, hasta Monte Wilson, en Nuevo Méjico.
—Bueno, yo creo que en Tonto Basin no volverán a verse las grandes huellas de las pezuñas de Old Gray —declaró Benson, el capataz de los ojos de gavilán, en el momento en que soltaba la brida de su caballo.
—¿Por qué dices eso? —inquirió Banty Smith, el «gallito» del grupo, un tipo de menudo cuerpo—. Old Gray debe de ser un animal joven todavía, en la flor de la vida, por decirlo así... El pasado abril te acordarás de que encontramos en Webber Creek los cadáveres de cuatro ciervos. Este verano, como siempre, anduvo por las zonas altas de la región. ¿Por qué crees verdaderamente que no se ha dejado ver al llegar el frío?
—Banty, ¿es que no has entendido todavía las palabras de Ben? —dijo uno de los jinetes, un hombre alto y delgado—. El hombre no hacía más que airear sus esperanzas.
—Desde luego. Ben tiene un corazón tan tierno que llegaría a echarse a llorar ante una ternera despedazada... siempre y cuando estuviera marcada con su hierro —puntualizó Tim Bender, con una amplia sonrisa, convencido de que había dado en el blanco.
Otro de los jinetes soltó ahora una risotada.
—Lo cierto es que Old Gray habrá acabado con unas veinte cabezas de las de Ben. Esto es algo más que una ternera, claro.
—Vosotros podéis tomar a broma este asunto, muchachos —replicó Benson, de buen talante—. Me da igual. Francamente: creo no tener muchos motivos para pensar que Old Gray no volverá. Es lo que ha venido haciendo durante años... Pero nada hay de malo en vivir con la esperanza de no saber más de él. Ya es mala suerte que el último día de este rodeo de ganado hayamos tenido que tomar precauciones pensando en esa fiera. Anoche, sin embargo, el jefe me dijo que llevaba meses sin tener noticias de Old Gray.
—Ha sido ofrecida una recompensa de cinco mil dólares por la piel de Old Gray. Nadie tiene noticias tampoco de que haya cobrado alguien tal suma —contestó Banty, sarcástico.
Tras las tareas de la jornada, los vaqueros se mostraban locuaces.
Dos corrientes de agua se encontraban no lejos del terreno sombreado por los pinos en que acamparan.
Varios de los hombres se dirigieron a una de las orillas con toallas y jabón. Disponían de una palangana para todo el grupo y esto obligaba a esperar demasiado.
Todavía quedaba alguna claridad, pese a que el sol se había hundido al otro lado de una elevación, por el Oeste. La nube azul que flotaba sobre el suelo no provenía en su totalidad del humo del fuego que había sido encendido en seguida. Una cabaña de leños se levantaba, muy tosca, no lejos de las dos corrientes de agua. El cocinero andaba ocupado de un lado para otro. El aire, fresco, con olor a pinos, y las doradas manchas de la maleza en la ladera, hablaban de los últimos días de octubre. La ambarina luz de las arboledas parecía iluminar los remansos del agua.
Adam, el jefe del grupo, había cubierto a caballo la distancia que separaba aquel lugar de su rancho de Tonto Basin, en Spring Valley. Era un hombre corpulento, bien conservado, de unos sesenta años de edad. Dolado de aguzada vista, con la faz muy bronceada, era el tipo clásico del ranchero próspero que se lo debía todo a sí mismo.
—Bien: el jefe pregunta por ti —anunció Banty desde la orilla superior.
El capataz empezó a trepar por la rocosa ladera, frotándose con una toalla su rubicunda faz. Adam se había sentado junto al fuego. Éste sabía que los informes de Benson sobre los trabajos realizados resultarían satisfactorios. Y que reservaría para el final todo comentario respecto al animal depredador que a todos preocupaba.
No se equivocó, naturalmente.
—Ese lobo... —murmuró Adam, desalentado—. Sin embargo, el otro día mi amigo Barrett me dijo que los cazadores del Gobierno estaban siguiendo las huellas de Old Gray por Monte Wilson.
—Es posible que eso sea cierto —reconoció el capataz—, pero el caso es que Old Gray mató anoche una ternera por encima de Doubtful Canyon. Conozco su rastro tan bien como el de mi caballo. Hoy encontramos los restos de cuatro ciervos. Me imagino que todo esto fue obra suya. No es necesario estudiar sus huellas. Es un animal asesino. En ocasiones mata por matar.
—No es ya que me preocupe la pérdida de dinero, aunque ese diablo gris nos cuesta a mí y a Barrett más de dos mil quinientos dólares... —replicó Adam, pensativo—. Es una fiera que mata a sangre fría... No he conocido nada más ponzoñoso entre todo lo que se mueve...
—¡Hola! ¿Quién es ese hombre que viene por ahí? —preguntó Benson interrumpiendo a su jefe.
—No sé —contestó Adam—. ¿Lo conoce alguien de vosotros?
Los vaqueros hicieron signos denegatorios, quedándose con la vista fija en la figura que se les aproximaba. A aquella distancia parecía tratarse de un hombre ya mayor, ligeramente encorvado. Más de cerca, todos cambiaron de opinión. La ancha espalda y su paso firme hacían pensar en un montañero. Llevaba un paquete sobre un hombro y una carabina en la mano. Vestía ropa muy usada, llena de remiendos, hasta el punto de recordar el tablero de ajedrez.
—Un desconocido sin montura —señaló Banty, como si aquello hubiese representado algo sorprendentemente singular.
El hombre se aproximó más a ellos, dejando la carabina apoyada en la leña que los vaqueros amontonaran no lejos del fuego. Luego, se soltó una correa que llevaba cruzada sobre el pecho, levantando el paquete, al parecer pesado, que transportaba sobre la espalda, depositándolo en el suelo. La envoltura daba la impresión de ser una tela impermeabilizada con goma. Por un lado asomaban los extremos de unas viejas raquetas para andar por la nieve. Las llamas del fuego iluminaron una rara fisonomía... Aquella marchita cara era la de un hombre que había vivido al aire libre. Profundos surcos cruzaban aquella rugosa máscara de carne, de rasgos enérgicos, iluminados por unos penetrantes y serenos ojos grisáceos.
—Hola, forastero. Siéntate con nosotros —dijo Adam, con la cordial cortesía propia de las gentes de la región.
—No me vendrá mal —replicó el recién llegado, extendiendo sus grandes y morenas manos hacia las llamas—. ¿Es usted Adam, el ganadero?
—Justamente. En cambio, yo no creo conocerte.
—Es natural. Soy nuevo por aquí. Me llamo Brink. Soy rastreador.
—Me alegro de conocerte, Brink —replicó Adam, sintiéndose picado por la curiosidad—. Aquí tienes a algunos de los muchachos que trabajan conmigo. Ponte cómodo. Supongo que estás cansado y hambriento. Pronto tendremos algo que comer... ¿Rastreador, has dicho que eres? No entiendo bien lo que quieres decir.
—Yo he sido buscador de oro, trampero, cazador, de todo un poco —replicó Brink, sentándose—. Pero para lo que sirvo verdaderamente es para encontrar rastros. Rastreo hombres, caballos, reses y animales salvajes... Mi especialidad, con todo, son los lobos depredadores del ganado.
—Ya. ¿Quién podía figurárselo? —dijo Adam. Su curiosidad había sido sustituida ahora por un vivo interés—. Y ahora andas detrás de los cinco mil dólares que los ganaderos ofrecimos por la piel de esa alimaña, ¿no?
—No, no es eso, exactamente. No había pensado en la recompensa. Oí hablar de ella en Colorado, al referirse a un lobo que mataba muchas reses. He venido a esta región para acabar con ese animal.
Adam se mostró atónito al tiempo que interesado ahora, pero su silencio y expresión no podían ser equiparados a los gestos de incredulidad que aparecieron en los rostros de los vaqueros. Banty guiñó pícaramente un ojo a sus compañeros. Benson «e inclinó hacia delante con los ojos muy abiertos y la mandíbula inferior caída. Tim Bender hizo unos expresivos signos, queriendo poner de relieve que el desconocido no andaba muy bien de la cabeza. Los demás vaqueros no juzgaban al hombre muy cuerdo. La actitud de Adam y los suyos proclamaba ya la fama de Old Gray, el lobo asesino. Pero Brink no llegó a ver sus rostros. Sus ojos no se apartaron del fuego.
—¿Sí? —preguntó Adam, rompiendo el silencio que había originado la última declaración de Brink—. Bien, hombre. Eso nos gusta. Desde luego, estimaremos en lo que vale tu intento. ¿Quieres explicarnos qué vas a hacer para acabar con el lobo Old Gray?
—Me parece haberle dicho que soy un rastreador —contestó Brink, simplemente.
—¡Diablos! Tengo que hacerte presente, amigo, que hasta ahora hemos lanzado detrás de ese lobo a todas las jaurías de un par de Estados.
—¿Se encuentra por estos parajes ahora? —inquirió Brink, desentendiéndose por completo de las palabras de Adam.
Adam hizo una seña a su capataz para que respondiera por él.
Benson se esforzó por mantenerse serio.
—Hace menos de dos horas descubrí su rastro. Anoche mató una ternera.
Al oír estas frases, Brink apartó la mirada del fuego, fijándola en el rostro del hombre que acababa de hablar. Su arrugada faz pareció iluminarse. Fue un gesto apasionado el suyo. Una rara emoción animó aquella máscara. Sus ojos tornaron a concentrarse en el fuego. Las grandes palmas de sus manos, que habían estado dando vueltas hacia las llamas, se cerraron, juntándose. Sólo Adam había tomado al forastero en serio, y su actitud sirvió para que sus hombres se abstuvieran de mostrarse burlones.
—Adam: ¿le importaría decirme todo cuanto sepa acerca de ese lobo? —preguntó Brink, luego.
Condescendiente, el ranchero manifestó:
—Mira, amigo: no obraríamos cortésmente si te impidiéramos ahora comer y dormir. En esta región no solemos tratar a los forasteros así.
—En consecuencia, Old Gray tiene su historia, ¿eh? —dijo Brink, como si hubiera estado refiriéndose más bien a un ser humano.
—¡Hum! Me parece que tendríamos que estar charlando toda una semana para contarte todo lo que sabemos sobre él —señaló el ganadero, con énfasis.
—A mí no me importaría estar escuchándole durante todo ese tiempo... o más —repuso Brink, reflexivo.
Adam exteriorizó una risita benévola. El ocupado ranchero no juzgaba precisamente una pérdida de tiempo una conversación de aquel tipo. Manifiestamente, él pensaba solamente en el famoso lobo. Adam estudió a Brink. Sentíase divertido y dudoso a un tiempo. Brink le interesaba. Adam había tratado con muchas clases de hombres y sabía distinguir. No compartía la actitud adoptada por sus jóvenes jinetes. La cara, el atuendo y la impedimenta de Brink no se parecían en nada a lo que habitualmente se veía por aquellos parajes. Había llegado a pie, pero no era un vagabundo. Adam se había fijado en su calmosa faz, en su poderoso pecho, en sus musculadas manos, en su fuerte cuerpo, en sus resistentes piernas. No había un solo vaquero —un hombre que se pasaba la vida montado a caballo— que tuviera aquellas maravillosas piernas. El forastero, evidentemente, era un andarín.
Estas observaciones, por ligeras y poco convincentes que fueran, unidas a su carácter, naturalmente afable, impulsaron a Adam a satisfacer los deseos del hombre que ansiaba conocer todos los datos posibles sobre el lobo...
—De acuerdo, Brink... Voy a contarte algunas cosas referentes a Old Gray, al menos durante el tiempo que tarde el cocinero en llamarnos... Siempre ha habido muchos lobos por aquí. En esta región, hablábamos con frecuencia de los lobos de los bosques. Pero cada vez escasean más. Según los cazadores, existe una pequeña manada que se mueve desde Black Butte a Clear Creek Canyon. Estamos en unos parajes en los que habita el ciervo y nosotros, los ganaderos, no tenemos muchas reses por estos sitios. De cuando en cuando, un vaquero te dirá que ha visto el rastro de un lobo, o que lo ha oído aullar. Sin embargo lo cierto es que en el curso de los últimos años, las pérdidas que hayan podido causarse son debidas a Old Gray.
«Naturalmente, circulan muchos relatos acerca de este particular animal. Algunos de ellos son ciertos, responden a la realidad. Yo no puedo garantizar la pureza de sangre de aquél. Hace siete u ocho años, un trampero perdió un perro, uno de esos perros que en Alaska se emplean para tirar de los trineos, en Mazatzels. No pudo dar con él. Algunos hombres de esta región sostienen que Old Gray es hijo de ese animal, habiendo sido la madre una de las lobas de la comarca. Otros aseguran que hace varios años, con motivo de un accidente ferroviario, de las jaulas de un circo que era transportado en tren se escapó un lobo joven. Recuerdo haber oído esta versión en Winslow... Old Gray podría ser el lobo en cuestión. Nadie sabe a qué atenerse concretamente. Se trata, sin embargo, de dos historietas que merecen ser escuchadas, que hay que tener en cuenta.
»El nombre de Old Gray (Viejo Gris) no parece acomodarse a nuestro lobo, induciendo a confusiones. Éste es de pelaje gris, sí, casi blanco, pero no se puede considerar viejo. El primer hombre que vio al lobo fue Bill Everett, un peón de por aquí.
»Desde entonces, comenzaron a circular noticias referentes a las hazañas de uno o varios lobos, tanto en las poblaciones como en el campo, las cuales fueron atribuidas a Old Gray. Vaqueros y cazadores siguieron el rastro del animal con perros de diversas razas y habilidades. Pero aunque consiguieron hacerle abandonar sus cubiles varias veces, no lograron acabar con él. Los tramperos que acampaban en el territorio comprendido entre Cibeque y Monte Wilson intentaron capturarlo, inútilmente. Old Gray no se acercó jamás a una trampa.
»A la llegada del verano, Old Gray enfilaba el camino de las montañas. En invierno, se plantaba en las llanuras y los pies de los promontorios. He oído decir a ganaderos de Nuevo Méjico que el lobo había llegado a matar reses por un valor total de 25.000 dólares. Pero eso fue hace años. Sería ahora imposible fijar las pérdidas sufridas por los rancheros. Old Gray se entregaba siempre al mismo juego. Una vez metido dentro de una manada, desjarretaba a las reses que hallaba al paso. Cuando estimaba que se había divertido bastante, abatía una ternera, saciaba su apetito y continuaba su camino.
»No siempre iba solo. A veces, le acompañaban otros ejemplares de su raza. Hace un par de años descubrí su rastro en unión de los correspondientes a otros cuatro lobos. Esto ocurrió en el rancho que un amigo mío posee en Vermajo Park, de Nuevo Méjico. A pesar de ello, Old Gray ha sido y es un animal solitario. Según ciertos informes, arrastró consigo a más de una perra, de las que suelen utilizar los pastores. Ni una tan sólo de ellas regresó. Tales afirmaciones se basan en rastros bien estudiados. Probablemente, el lobo las mató.
»Los cazadores del Gobierno, a lo largo de estos últimos años, intentaron matarlo. Se ha abandonado ya tal empeño. Los vaqueros de la zona han puesto en circulación muchos chistes sobre las decepcionantes actividades de esos funcionarios.
»Sea lo que sea, por lo que yo sé, nadie ha conseguido hacerle un arañazo. Mi opinión personal es la siguiente: nos hallamos ante una magnífica bestia salvaje, más inteligente que cualquier perro común. Y todos sabemos lo inteligentes que llegan a ser muchos perros. Viejo Gris es demasiado salvaje, demasiado listo para ser capturado o abatido por los medios corrientes hasta el momento empleados... Aquí tienes, Brink, en resumen, las cosas conocidas sobre esa alimaña. Si te dedicaras a escuchar todas las habladurías puestas en circulación a propósito de Old Gray, terminarías loco.
—Muchas gracias por su información —contestó Brink, que había estado escuchando a su interlocutor con profunda atención—. ¿Ha visto usted alguna vez al lobo?
—No. Nunca tuve esa suerte —dijo Adam—. Son pocos los hombres que lo han visto, realmente. Benson, aquí presente, es uno de ellos.
—¿Qué aspecto tiene? —inquirió Brink, volviéndose con un gesto de ansiedad hacia el capataz.
—Old Gray debe de ser la bestia salvaje más preciosa de la región. Seguramente, no he puesto jamás los ojos en otra tan hermosa —contestó Benson hablando lentamente, arrastrando las palabras, como si hubiera pretendido excitar aún más el interés de aquel cazador—. Es de buena alzada, unos treinta centímetros más alto que los animales corrientes de su raza... Tiene un anillo negro en torno al cuello. Por añadidura, Old Gray es descarado. Estuvo observándome atentamente. Se daba cuenta, por lo visto, de que se hallaba fuera del alcance de mi rifle.
—¿Cómo es su rastro?
—Su rastro es como el de cualquier lobo, sólo que mucho más grande. Yo diría que es casi como el de un caballo. Cuando se ve una vez ya no se olvida.
—¿Dónde vio usted ese rastro la última vez?
Benson se situó junto al fuego en cuclillas. Aplanó un cuadrado pequeño de tierra con la palma de la mano, echando a un lado las piedrecitas, y empezó a trazar unas rayas en el polvo con el dedo índice.
—Hay que seguir río arriba por aquí, hasta llegar a una gran cascada. Después, es preciso situarse en la ladera de la derecha. Se viene a dar de este modo con una espesura de cedros y pinos. La tierra es roja, casi siempre blanda, sin piedras. Aquí hay un sendero, que conduce hasta una escarpadura... Esta misma mañana distinguí en ese sitio el rastro de Old Gray, bien claro, sobre el polvo. Se encaminaba hacia los bordes rocosos, poco después de haber matado a la ternera...
En este momento, todos los vaqueros se habían agrupado alrededor de las dos figuras centrales. Banty parecía ser el único del grupo seriamente impresionado. Los otros, hasta aquel instante, se habían abstenido de formular comentarios humorísticos a causa de la actitud decidida de Brink y por la forma en que había hecho hablar extensamente a Adam.
Lentamente, Brink, después de estudiar el mapa dibujado por Benson en el polvo, se incorporó. Su penetrante mirada se detuvo en el ranchero.
—Yo me encargo de dar muerte a su lobo, a Old Gray —prometió.
El tono con que acababa de hablar resultaba más elocuente que las mismas palabras. Todo ello produjo su efecto en los presentes, con la excepción, quizá, de Banty, cuyo rostro enrojeció visiblemente. Desde luego, éste juzgaba la declaración de Brink absurda, sin fundamento. El pequeño vaquero gozaba de merecida fama como cazador. Y era sensible a ella, así como celoso de su prestigio. Sus intentos, fallidos, en lo tocante a la caza de Old Gray, habían supuesto una humillación para él.
—De modo que ha decidido usted acabar con ese animal —dijo, todo lo irónico que es capaz de mostrarse un vaquero—. Y, ¿tendría algún inconveniente, señor Brink, en explicarnos cómo va a llevar a cabo su empresa? Seguro que no habrá un solo vaquero en Tonto Basin que no quiera ver la piel de Old Gray. Haremos un baile para celebrar su triunfo... Avísenos cuando se haya hecho con aquélla, mañana, a la salida del sol, o pasado mañana, quizás... o al otro día.
Las burlonas palabras de Banty no produjeron el menor efecto en Brink. El cazador de lobos no pareció haberlas oído siquiera. Aquel hombre se veía separado de quienes le escuchaban por muchas cosas.
—Por supuesto, no me es posible decir cuándo daré muerte a Old Gray —replicó con voz sonora y segura—. Eso depende de la suerte también. Lo único que puedo adelantar es que si el animal responde a las características que me han explicado, no tardaré mucho en abatirlo.
—¡No me diga! —exclamó Banty—. Cualquiera diría que dispone usted de alguna medicina india que aplicada al rabo de Old Gray es capaz de acabar con él...
Los vaqueros se echaron a reír. Adam se limitó a sonreír. Brink no dio la impresión de sentirse molesto. No le afectaba lo más mínimo la incredulidad de su auditorio. Pensativo, tornó a agacharse frente al fuego. Ni siquiera oyó la voz del cocinero.
—No haga caso usted a mis muchachos —dijo Adam, amablemente, dejando caer una mano sobre el encorvado hombro de Brink—. Venga a comer con nosotros.
II

EL sol de la mañana no había llegado a fundir todavía la escarcha de los matorrales cuando Brink se detuvo ante un rastro claramente dibujado en el rojo polvo.
«Son las huellas clásicas de un lobo, sólo que en grande —monologó—. Son las más grandes que he visto hasta ahora... Ni siquiera en Alaska tuve ocasión de tropezar con nada semejante.»
Con lentos movimientos, dejó su impecable carabina apoyada en el tronco de un pequeño pino, deshaciéndose del paquete que llevaba sobre la espalda, sin apartar un solo momento la vista del suelo. Luego, con la cabeza inclinada, fue desplazándose poco a poco, hasta llegar a un sitio en el que eran claramente visibles las cuatro huellas de las pezuñas del lobo. Entonces se arrodilló, escrutando las impresiones, fotografiándolas con su memoria, haciéndose cargo de los menudos detalles. Seguramente, estos pasos preliminares constituían para Brink un ritual imprescindible al iniciar el rastreo de un lobo. Durante unos momentos, permaneció inmóvil, como transfigurado. Después, se relajó, y sentándose junto al rastro descubierto pareció concentrarse en un íntimo y sereno gozo.
Aquel estado mental de Brink era un complejo forjado con una serie de sentimientos, pensamientos y acciones de toda la vida, que nunca había llegado a comprender. De niño, cuando sólo contaba tres años, había capturado su primera criatura salvaje: una ardilla que lograra domesticar, a la que había tomado un gran cariño, y a la que acabó dejando en libertad. Ya en su adolescencia, había vagado placenteramente por bosques y montes, atraído por los lugares silenciosos y la vida en contacto con la naturaleza. A los dieciséis años había huido de la escuela y del hogar... A los cincuenta, conocía el Oeste desde los fríos límites del Yukon hasta el Yaqui, con sus desiertos. A lo largo de todos esos años, saturados de acontecimientos de todo tipo, había desarrollado todo género de actividades, aunque nunca por mucho tiempo cada una de ellas. Habíase agregado a algunas caravanas, trabajando sucesivamente en las minas, en los puestos de diligencias, en numerosos ranchos... Sus oficios habían sido breves, pasajeros. Las mujeres nunca habían atraído su atención. Menos interés había sentido todavía por los hombres.
Le reclamaban el aislamiento y el silencio de los grandes espacios. Sus ojos buscaban las huellas de una bestia comúnmente reconocida como más fuerte y astuta que cualquier ser humano. En esos dos hechos se basaba el maleficio que parecía poseer el alma de Brink.
La mañana de octubre presentaba tonos purpúreos en la sombra, matices dorados al sol. Una profunda quietud reinaba misteriosamente en la gran ladera, cubierta de cedros. El aire tenía un especiado aroma. Los cedros y los enebros tamizaban la luz, que se derramaba sobre el sendero en forma de caprichosos dibujos, una proyección fantástica de las ramas de aquéllos. Más allá de las vagas profundidades de Tonto Basin, por el Sur, se erguían las altas montañas, de aserrados picos. Sobre su cabeza distinguía imponentes peñascos, enmarcados por verdes musgos, destacándose con líneas muy definidas sobre la bóveda azul del firmamento. Nada había en el mundo, para Brink, comparable a aquella soledad. Únicamente, si acaso, las huellas de cierto lobo de enorme tamaño. Tratábase de un lobo, sí, el más indómito de los animales americanos.
Brink volvía a ser el hombre sereno de siempre. Había regresado a aquel íntimo y familiar estado que cesara con la terminación de su última operación de rastreo. Ésta de ahora constituía un verdadero reto. No se acordaba para nada de los cazadores y vaqueros que fracasaran anteriormente, al intentar dar caza a Old Gray. Pensaba solamente en el lobo. Se iniciaba una lucha que para Brink sólo podía ofrecer un desenlace. El maravilloso rastro del soberbio animal resaltaba en el polvo. Old Gray había pasado por aquel lugar veinticuatro horas antes. Por astuto que fuera, había de mantenerse en contacto con las rocas y la tierra. También tenía que matar y comer. Por fuerza, había de dejar huellas reveladoras de su naturaleza, de su vida, de sus hábitos, de sus acciones. Brink se concentraba en estas cosas, apelando a su sagacidad de viejo cazador, aunque poniendo en su tarea una pasión infinitamente mayor de la que pudiera sentir otro hombre, una pasión que no había llegado a comprender.
«¡Cuidado, Old Gray! Estoy ya sobre tu rastro», musitó Brink, frunciendo el ceño.
Se aferró a la espalda mediante las correas el pesado paquete de que era portador, cogió la carabina y echó a andar.
Sintióse alegre Brink al comprobar que su primera suposición había resultado correcta. Era como si ya estuviera familiarizado con los instintos de Old Gray. Las huellas del lobo pronto desaparecieron del sendero que había estado siguiendo. Old Gray no era ahora un lobo lanzado a la busca de alguna víctima. Era un lobo viajero, simplemente, que no se ceñía al camino directo y fácil.
En un terreno blando como aquél, con islotes de malezas y hierbajos, bajo las ramas de los cedros y pinos, Brink podía distinguir claramente el rastro del animal. Old Gray era ágil, pero pesaba, naturalmente, y las huellas allí eran tan claras para el rastreador, hombre de aguzada vista, como si se hubiera deslizado por un piso húmedo por la nieve. Donde no era visible el trazo de sus pezuñas acababa descubriendo unas briznas de hierba chafadas, la hoja de un árbol quebrada, una ramita rota, unas piedras removidas, o un nada natural desplazamiento de hojas de pinos en las verdes alfombras que encontraba bajo los árboles.
El sendero descendía, adaptándose a las irregularidades de la ladera, para adentrarse luego por algunas espesuras, buscando, con mil rodeos, impuestos por el difícil terreno, progresivamente más y más accidentado, la oscura sombra de una profunda garganta, donde el melodioso murmullo de una corriente de agua se mezclaba con el aullido de un fuerte viento tamizado por los frondosos pinos y abetos. El lobo había calmado allí su sed, dejando dos enormes huellas en la mojada arena de una orilla. Brink no podía dar con otras en la gravilla, ni en las rocas, de manera que dejó atrás el amplio fondo de la garganta, localizando al cabo de un rato el rastro de Old Gray en la vertiente opuesta. Antes de que sucediera eso, había pensado que el animal se encaminaba a las zonas elevadas de la región.
Brink se plantó en lo alto de un promontorio, penetrando en un cañón. Aquí, en las rocas de un cauce seco, perdió el rastro. El rastreador no se apuró por esto. Lo más probable era que Old Gray hubiese continuado avanzando por aquel cauce. Brink, en estas situaciones, confiábase a sus instintos. Muchas veces se había equivocado, pero en otras ocasiones había acertado. Lentamente, fue subiendo, deteniéndose de vez en cuando para descansar un momento, mientras su mirada vagaba de un lado para otro. La pendiente era a cada minuto que pasaba más difícil de remontar, tanto por su inclinación como por lo áspero del terreno. Finalmente, vio unos huecos en las rocas, en los cuales habíase depositado el agua de la lluvia. Allí había huellas de reses, de esos, de ciervos. Sin embargo, Brink se dijo que si Old Gray había llegado a deslizarse por el angosto cañón, todo revelaba que había procedido así desentendiéndose de aquellos puntos frecuentados por otros animales.
Numerosas espesuras de arces y robles cubrían el empinado terreno que llevaba a la base de unas escarpaduras. Sus pétreos bordes se recortaban contra el cielo. Por aquí, el lecho del cauce estaba oculto bajo una gran cantidad de hojas rojas, doradas y purpúreas. Más arriba, los árboles eran menos numerosos. Brink notó en la cabeza el calor del sol, ahora en su cenit. Se afanó, trepando por un estrecho desfiladero, hasta quedar a la altura del bosque más próximo.
El viento soplaba muy frío en aquel paraje. Brink descansó unos momentos, contemplando abstraído el vacío, paseando la mirada por el ondeante territorio, que a lo lejos se fundía con la negra masa de las montañas. Se deslizó a lo largo de un precipicio, por el mismo borde, cuidadosamente, tratando de descubrir el rastro del lobo.
Cubrió así una distancia de cerca de dos kilómetros, sin lograr descubrir una sola huella del animal. Volvió entonces sobre sus pasos, encaminándose hacia el Oeste para recorrer una distancia similar. No consiguió nada positivo. Regresó a la cabeza del cañón, por el cual trepara, y deshaciéndose de su impedimenta, dedicóse a estudiar detenidamente, sin prisas, el suelo, las hierbas, el musgo, las rocas. Sus investigaciones se extendieron desde el borde de la depresión hasta un bosque de chopos que haba a la entrada de un cañón. No tenía ningún motivo para pensar que Old Gray hubiera podido continuar su desplazamiento por allí. Una dilatada experiencia le había hecho ver dónde tenía que mirar primeramente al buscar un rastro. Súbitamente, vio ante él las grandes huellas del lobo, impresas en el cieno, muy blando y negruzco..., junto a las de un alce, en las proximidades de una hendidura en la que había habido agua.
—¡Ah, amigo! —exclamó Brink—. Te interesaste por una joven cría de alce, ¿eh? Bueno, querido Old Gray, vamos a dejar esto por hoy.
Brink cogió su paquete, encaminándose a una pequeña corriente de agua, junto a la cual se detuvo, en el primer remanso. Colocó su equipaje entre dos ramas de un árbol y se dirigió hacia el bosque. Necesitaba un poco de carne con que alimentarse.
La tarde transcurrió rápidamente. La tibieza proporcionada por el sol fue disminuyendo, conforme se aproximaba el astro al ocaso. Brink encontró rastros de ciervos y pavos salvajes en abundancia. Al cabo de una hora abatía un ciervo de aproximadamente dos años, de lucida cornamenta. Cortó los cuartos traseros del animal y se llevó la carne al sitio en que había decidido acampar.
Valiéndose de un hacha de mango corto que llevaba en el cinturón, cortó las ramas más bajas de un abeto de frondoso follaje, entrecruzándolas para que pudieran servirle de lecho. Luego, abrió su paquete. Colgó sus raquetas de andar por la nieve de la rama de un árbol. Sobre las ramas que cortara minutos antes extendió una pesada manta, forrada de goma por una cara, de suerte que la otra, de lana, le cubriera al tenderse para dormir, quedando su espalda resguardada al mismo tiempo del frío. A continuación encendió un gran fuego.
El equipo de Brink pesaba en total algo más de veinte kilos. Figuraba en el mismo tres utensilios de cocina que se acomodaban entre sí, quedando reducidos a uno solamente, un bote metálico, cuchara, cerillas, toalla y jabón. Sus víveres estaban contenidos en unas bolsas de lona de diversos tamaños, todas ellas bien cerradas. Disponía de café, azúcar, sal... El saco del azúcar era exageradamente grande. Nada de harina, ni manteca, ni leche envasada. La bolsa mayor contenía «pemmican», carne curada, de gran poder nutritivo. Los ingredientes básicos eran la carne y las nueces. Brink había utilizado este alimento preparado en Alaska, donde realizara largas marchas. Otra de las bolsas contenía manzanas secas. Consumiendo lo que fuera cazando, Brink esperaba que estas provisiones le duraran mucho tiempo, quizás el que necesitara para dar muerte al lobo.
Brink era un hombre de pocas necesidades, comportándose en este aspecto como un indio. Preparó su frugal refrigerio, que consumió con la fruición del hombre clásico habituado a aquel medio. Antes de que se hiciera la oscuridad, cortó la carne de ciervo en varias tiras. De esta manera, se secaría rápidamente.
Con la llegada del crepúsculo, dio fin a sus tareas de la jornada. Llegó la noche. Hacía frío. En el estrellado firmamento flotaban unas cuantas nubes. Gemía el viento entre los pinos, por encima de su cabeza. Parecía anunciar lúgubremente el fin del otoño. Allí no había más sonidos discordantes que los chisporroteos de las brasas.
Brink, experimentaba un sencillo e intenso placer mostrando al fuego las palmas de sus callosas manos. Su actitud era de reposo, de profunda serenidad. No tenía conciencia de que su solitaria figura hubiera podido parecer melancólica a un espectador de la escena. Brink se acordaba de un hogar y de una familia muy confusamente. Eran éstas cosas muy vagas, que pertenecían a un pasado remoto. No había amado nunca a una mujer. Había vivido apartado de los hombres. Se había mantenido solo incluso cuando los altibajos de la existencia le habían llevado a los campamentos y las poblaciones. En cierta ocasión, había querido mucho a un perro. Raras veces recordaba el pasado. Y si lo hacía era siempre en relación con algún rastreo o conocimiento que tenía que ver de cerca o de lejos con el trabajo que llevaba entre manos.
Le gustaba el aislamiento, la naturaleza, la soledad. Daba la impresión de formar parte de estas cosas. De muy joven, una madrastra le había hecho odiar su casa. De niño, había sido castigado hallándose sentado a la mesa. Posteriormente, siempre le habían inspirado odio los comedores, y también temor, sentimiento que se había instalado en su conciencia.
Las sombras de la noche se adueñaron de todo. Veíanse unas cuantas estrellas por entre las nubes. Escuchar y vigilar, así como sentir: éstos eran los hábitos sensoriales de Brink. Los aullidos del viento le hicieron pensar en la posibilidad de que lloviera o nevara. Calibró la misma, esperanzado, satisfecho. Contaba con seguir a Old Gray por la nieve, hasta su último cubil. Cuando dejó de sentir el calor del fuego, el hombre se dirigió a su tosca cama, envolviéndose en la pesada manta. Inmediatamente, se quedó dormido.
El amanecer fue frío. Brink cambió de posición bajo su manta. Una capa de nubes había impedido que se formara sobre la hierba una alfombra de escarcha. La superficie de la corriente de agua, sin embargo, presentaba una película de hielo. Con la salida del sol se abrillantó el firmamento, quedándose despejado éste en su mayor parte. Las finas nubes provenían del Sudoeste, deslizándose rápidamente.
Antes de que el sol hubiera calentado la porción sombreada del muro del cañón, Brink, rifle en mano, con sus útiles a la espalda, se lanzó tras el rastro de Old Gray. Era muy fácil de seguir. El lobo había mostrado una decidida preferencia por el abierto cañón, dejando sus huellas sobre las arenas, en muchos sitios. A medida que avanzaba, el cañón se tornaba más amplio y profundo; sus aislados charcos y estanques, más adelante, se convirtieron en caudal de un río. Ante Brink desfilaron numerosos alces, ciervos y pavos salvajes. Igualmente, vio algunas esparcidas manadas de ganado y grupos de caballos salvajes.
Evidentemente, el gran lobo quería poner mucha distancia en el menor tiempo posible entre él y su última víctima. Brink no vio ya nada que le hiciera pensar que Old Gray se había apartado momentáneamente en algún instante de aquel objetivo. Hacia el mediodía, cuando calculaba haber recorrido unos quince kilómetros, por el cañón abajo, perdiendo el rastro del animal en varias ocasiones, aunque por poco tiempo, comprobó que Old Gray se había dirigido a otro cañón vecino de abruptas paredes, cubiertas de una vegetación muy frondosa, subiendo desde allí por las rocas. Brink necesitó toda la tarde para dar de nuevo con el rastro del lobo. Esto no significaba nada. Brink habría dedicado a su tarea varios días, de haber sido preciso. La alegría del triunfo le servía de compensación en tales casos, por muchos que fueran los esfuerzos realizados.
—¡Ah, diablo! —monologó al fijarse en una hendedura, entre las rocas, recubierta de tierra, en la que habían quedado marcadas las huellas de las pezuñas y el cuerpo—. ¿También tú te ves obligado a descansar y a dormir, eh? Bien... Me figuro que no podrás seguir marchando indefinidamente, sin matar, sin comer, Old Gray, no tienes más remedio que dejar huellas por donde pases. Y yo daré con ellas, no lo dudes.
Brink acampó aquella noche bajo la escarpadura en que Old Gray pasara la noche anterior. Al día siguiente, necesitó mucho tiempo para localizar sus huellas a lo largo de la corriente de agua del estrecho cañón. Dio con unas que conducían hacia el Oeste. Dicho cañón se abría al poco con una serie de herbosas llanuras ovales que parecían ser utilizadas como parques por los alces. Brink vio una manada integrada por once ejemplares. Había allí dos machos de sorprendente cornamenta, varias hembras y cuatro crías... Se lanzaron en tropel cañón arriba, removiendo piedras, tierra y arenas. Ahora estaba seguro de la orientación general del lobo. Old Gray se encaminaba al Oeste, manteniéndose en determinados momentos ligeramente hacia el Norte. Buscaba la zona más salvaje de la región, cubierta de enormes cañones, de ásperos macizos, de espesos bosques de abetos. Aquí, de acuerdo con la información facilitada por los vaqueros, habitaban los últimos lobos de que se tenía noticia en Arizona. Brink estaba convencido de que Old Gray hallábase muy familiarizado con aquella parte del país.
Las manadas de alces no tardaron en abandonar el cañón. Después, sólo encontró rastros de diversos animales.
Finalmente, fue a parar a un dique fabricado por los castores. Junto a él, en el cieno, contempló, hundidas las huellas inconfundibles del gigantesco lobo. Brink experimentó otra de sus extrañas emociones, una especie de salto de la sangre en sus venas, algo verdaderamente salvaje. A partir de aquel punto se encontraba el rastro de Old Gray en todos los sitios húmedos. Al animal le había picado la curiosidad, seguramente, al observar los diques construidos por los castores, imprimiendo sus pezuñas en todas partes. Pero Brink no encontró ningún indicio revelador de que el lobo hubiese sorprendido a aquellos animales. Los pertenecientes a la colonia en cuestión habían estado trabajando por la noche, cortando ramas de chopos en secciones y transportando bajo el agua trozos de troncos.
Llegó el crepúsculo antes de que Brink hubiera podido dar con un rastro del lobo que llevara fuera de aquel sector. Sin embargo, al disponerse a acampar se sintió satisfecho. Consideraba una jornada bien aprovechada aquella en que recogía cualquier prueba del paso del animal. A menos que la suerte le sonriera, perdería el rastro más de una vez y a lo largo de varios días. Se contentaba, de momento, con avanzar en la dirección general seguida por Old Gray hasta que empezara a caer la nieve. Hasta entonces no se había visto defraudado en sus esperanzas.

La noche fue más clara y fría que las precedentes. Unas desgarradas nubes, de poco espesor, llegaban desde el Sudoeste. El aullido del viento presagiaba la tormenta. Por aquellas latitudes era raro que en los últimos días de octubre no lloviera o nevara.
Brink acampó en las cercanías del dique de los castores. El frío viento y la oscuridad le sorprendieron arrebujado en su manta. Durante la noche fue despertado por los aullidos de los coyotes, y más adelante por el persistente rumor de la lluvia sobre la reseca maleza. Una negra e inmensa nube corría por el firmamento. Ésta pasó, con la amenazadora tormenta. Amaneció una mañana más despejada que las anteriores. Comenzó a abrigar ciertos temores... Ahora bien, Brink se dijo en seguida que no ganaría nada dejándose llevar de la impaciencia. Si perdía el rastro de Old Gray por las porciones de terreno seco, tarde o temprano acabaría por encontrarlo de nuevo. Aquella tira de más de cuatrocientos kilómetros de territorio relativamente bajo era el refugio invernal del gran lobo. La debilidad de éste eran las reses tiernas. Era improbable que regresara a las alturas de su refugio del verano, en las montañas de Nuevo Méjico.
La suerte seguía sonriéndole. Por fin, Brink dio con las huellas de Old Gray, en el punto utilizado para salir del cañón. Sólo esperaba ahora continuar sabiendo su dirección, ya que pensaba en que perdería su rastro otra vez, de un modo lógico, en las escarpaduras de piso firme y seco. Así fue. De pronto, todos los indicios relativos al lobo se esfumaron. Pero entonces, sabía Brink ya que Old Gray había estado encaminándose al Noroeste, el sector más selvático.
Brink se vio obligado, durante tres días, a recorrer en opuestos sentidos pendientes, peñascos y cañones, sin descubrir a lo largo de ellos nada que delatara los movimientos de su presa. Se preguntó si el lobo habría dado muerte a algún animal en ese período. Desplazábase por un terreno muy accidentado, invadido por toda clase de vegetación. Ya no vio más rastros de alces u osos. En cambio, los ciervos abundaban allí tanto como en los corrales de los ranchos se daban los de reses.
En la última hora de la tarde del tercer día, cuando Brink buscaba un sitio adecuado donde acampar, fue a parar a un claro en el bosque de pinos. En el centro de aquél había un estanque bastante grande. Vio a su alrededor numerosas huellas de ciervos, recientes y viejas. Brink, tras haber decidido que aquel agua se podía beber, depositó sus cosas en una espesura de jóvenes pinos, echando a andar en torno al estanque. No tuvo que dar muchos pasos para descubrir las huellas del lobo, que habían sido hechas la noche anterior... Eran de lobo, en efecto, pero no pertenecían a Old Gray.
«Desde luego, estos rastros se entrecruzan por todas partes —pensó—. Procuraré no perder de vista éstas... ¡Ajá! Aquí ha hecho acto de presencia una pareja de lobos. Y uno de ellos tiene una pata en mal estado. Es probable que diera con alguna trampa.»
Brink acampó, realizando las tareas de siempre sin la menor prisa. Estaba entrando en una comarca caracterizada especialmente por la presencia de los lobos. La puesta de sol se le antojó sombría, con malos presagios, amenazadores. La temperatura había mejorado, pero el frío era sustituido por la humedad. Brink aclaró un espacio en la espesura, montando un parapeto protector, un cortavientos. Al pie del mismo preparó su cama. Luego se hizo de una buena provisión de leña, que apiló bajo su cobertizo. Acto seguido, se preparó la cena, muy satisfecho: hirvió un tierno pavo que había cazado el día anterior.
Llegó la noche como si alguien hubiese tendido un negro manto por encima de todas las cosas. En el cielo no brillaba ninguna estrella. Los aullidos del viento eran más sonoros que de costumbre. Brink pensó que el viento estaba aconsejando a Old Gray que abandonara la zona antes de que cayera la fatal nieve. El hombre saboreó su cena, más que ninguna de las dejadas atrás. Aquel escenario salvaje y la imponente soledad eran de su gusto. Llevaba a cabo una labor rutinaria. Contrariamente a su costumbre en el curso de las otras noches, permaneció sentado frente al fuego más tiempo, siempre con las manos vueltas por las palmas hacia las llamas, procurando retener algo del confortante calor. Durante esta vigilia, el hombre se mantuvo más vigilante y atento a los ruidos que en los días anteriores. El viento parecía tornarse más húmedo y frío.
—Pronto lloverá o nevará, seguramente —musitó.
El tono de su voz implicaba que algunos habitantes de la boscosa zona no iban a pasarlo bien...
Finalmente, se sintió presa de una gran modorra. Los párpados se le cerraban. Se envolvió en su manta, bajo el cobertizo de ramas. El sueño se apoderó de él. Se despertó con la impresión de que no había descansado más que unos momentos. El fuego, completamente apagado, le hizo saber que andaba equivocado. Algo le había hecho abrir los ojos...
De pronto, desde el oscuro fondo del bosque, transportado por el frío viento, llegó a sus oídos el aullido de un lobo lanzado tras alguna presa. Brink se puso en la posición de sentado. Un estremecimiento le sacudió. Escuchó con intensa atención. Ningún otro sonido de la naturaleza ejercía tal poder sobre él. Parecía como si aquel aullido llegara en volandas del viento proveniente de un vago y remoto pasado. Resonó de nuevo... Ahora era la nota más aguda, no del todo diferente del ladrido de un perro de caza.
—Unos lobos que persiguen a un ciervo —dijo Brink—. Son dos. Bueno, puede ser que haya alguno más...
Los ladridos fueron alejándose poco a poco, hasta que se perdieron por completo en la distancia. Tras eso volvió al bosque la soledad impresionante, absoluta, de antes.
Brink se arrebujó en su manta, pero sin conciliar el sueño. Permanecía en la oscuridad, con los ojos abiertos, durante largo rato. Aquellos aullidos le habían hecho recordar pasajes de su vida en las heladas tierras del Norte. Todos los lobos pertenecían a la misma especie. Les gustaba la sangre caliente. Poseídos de un salvaje instinto, devoraban a sus víctimas hallándose éstas todavía vivas.
Brink se imaginó haber oído unos tenues aullidos dentro del bosque. El viento producía siempre los sonidos que el ansioso oído humano quería escuchar. E incluso cuando él no esperaba escuchar ningún particular sonido, el viento le engañaba con salvaje grito de bestia, con los gemidos de unas criaturas humanas perdidas, con unos lamentos fantasmales o con el estruendo de un ejército devastador en continuo acercamiento...
Nuevamente, Brink se incorporó. «¿Habré tenido una pesadilla?», se preguntó. Volvió el oído hacia el viento y prestó atención, sin atreverse a respirar, para percibir aquello mejor. ¿Era un ladrido o un gemido lo que acababa de oír en el bosque? Permaneció largo rato, rígido, atento a cuanto le rodeaba.
Los lobos habían recurrido a una treta que Brink conocía muy bien. El grupo se había dividido en varias partes. Uno de ellos se había apoderado del ciervo, arrastrándolo por las inmediaciones mientras los otros descansaban. El hombre sabía que la treta en cuestión era muy comúnmente practicada en las manadas capitaneadas por un gran jefe.
Una vez más, en el transcurso de la hora siguiente, Old Gray pasó por las cercanías del campamento de Brink, profiriendo aquel ronco grito que proclamaba su ansia de sangre. Poco después de haber rodado el sonido por el bosque, para finalmente desvanecerse, persistía en sus oídos. Pero ya no tornó a resonar más en ellos.
En aquel instante le ocurrió algo a Brink que erizó la piel de todo su cuerpo. Su faz entró en contacto con un suave copo de nieve. Percibió en torno a él un escurridizo murmullo, casi inaudible. Nieve. Las nubes, el viento y la atmósfera se habían puesto de acuerdo para favorecer los intereses particulares del rastreador.
III

A LA llegada del amanecer, Brink vio el bosque arropado en la nieve. Una fina capa cubría el suelo del mismo y las partes superiores de las ramas de los árboles. El viento soplaba con menos fuerza, siendo más frío, hechos que auguraban un tiempo más despejado. Flotaban algunas desgarradas nubes sobre las copas de los pinos más gigantescos.
—Bien... Creo que se trata solamente de un amago de nevada —murmuró Brink mientras paseaba la mirada por el claro, con su estanque de oscuras aguas en el centro—. Con todo, lo importante es que la nieve ha hecho acto de presencia, y aquí es donde comienza mi rastreo de una manera más segura. Si la nieve se funde, la tierra aparecerá húmeda o reblandecida. Si no ocurre eso... tanto mejor.
Brink se sentía muy feliz. Aquel crudo amanecer y el cambio radical del escenario en que se movía hubieran desalentado a muchos hombres. Ahora bien, él no pertenecía a ese tipo de cazadores. El verano había quedado atrás. Acababa de ser desplegada la blanca bandera del invierno. Por añadidura, Old Gray había hecho acto de presencia en la noche, haciendo sonar su salvaje y fantástica voz en los pasillos del bosque. Brink no abrigaba la menor duda: el ronco y prolongado aullido que percibiera pertenecía al lobo que él perseguía.
«Conozco sus huellas —pensó Brink—. Y he oído sus aullidos. Tarde o temprano, lo veré. Seguro que será un espectáculo... Pero, bueno, me parece que me estoy anticipando a este golpe de buena suerte.»
Una pálida luz al otro lado de las grisáceas nubes, por el Este, anunciaba la salida del sol. Había nevado muy poco. Cuando Brink avanzó hacia el blanco claro, sintióse poseído de una ansiedad y un gozo extraordinarios. Un supremo y misterioso instinto en el que parecían concentrarse todos los demás, a lo largo de su vida, habíale llevado a la caza de los animales salvajes guiándose por sus rastros. De niño, eso había sido un juego; posteriormente, tal habilidad había constituido para él un medio de subsistencia; ahora, era ya una pasión. Por consiguiente, saludó complacido la aparición de la blanca alfombra de nieve.
Sus ojos, atentos a todos los detalles, incluso los más nimios, inspeccionaron el terreno. Descubrió las diminutas huellas de una ardilla listada; después, vio el rastro de una ardilla común, localizando el trecho en que arrastrara la cola; los coyotes y los zorros habían visitado también el estanque a partir del momento en que empezaron a caer los primeros copos. Brink cruzó el claro para adentrarse en el bosque. Un gallo azul chilló espantado desde un roble; una ardilla roja le imitó, enfadada. Brink pasó bajo un abeto al pie de cuyo tronco la ardilla había enterrado ya las semillas que le permitirían alimentarse en el transcurso del invierno.
El hombre se detuvo para examinar unas huellas que quedaban a unos cincuenta metros de distancia del estanque, siguiéndolas. El rastro había sido hecho antes de que la nieve cesara de caer, pero resultaban suficientemente claras. Un ciervo se había lanzado por allí en alocada carrera. Dos lobos le perseguían, aunque ninguno de ellos era Old Gray. Tras haber examinado los rastros con más detenimiento, Brink se desentendió de ellos, adentrándose más en el bosque. Pasó sobre las huellas de un lince. La nieve traicionaba a los animales salvajes que tanto la amaban. El cazador parecía estar leyendo los pensamientos de aquella bestia al acecho de sus víctimas.
Hacia el mediodía salió el sol, iluminando las interioridades del bosque. A partir de aquel momento, el lugar se convirtió en un escenario encantado, con brillantes pasillos, troncos de morenas cortezas y abatidas e inmaculadas ramas. La nieve resbalaba por éstas, yendo a parar al suelo. Por entre la nieve brillaban los policromos arco iris. Los chopos, con sus doradas hojas, y los robles, con sus broncíneos tonos, desmentían aquella forestal escena del invierno. Sobre la nieve se veían hojas amarillentas, rojas y castañas, caídas durante la tormenta. Descendían otras, desmenuzadas, por entre las ramas de los pinos. Algunas flotaban en el aire, semejantes a mariposas. Al otro lado de aquel dosel verde y blanco, en lo alto, descubríanse nubes hechas jirones y grandes espacios azules. Aunque el bosque se había vestido de blanco y hacía frío, el otoño cedía ofreciendo cierta resistencia al invierno. Las ardillas, arrendajos y pájaros carpinteros daban, muy excitados, su bienvenida al sol.
A Brink no se le escapaba toda aquella belleza, pese a estar absorbido por su tarea. Aceptaba muy seriamente todas las facetas de la naturaleza. Era un hombre que había vivido siempre en contacto con ella.
Llegó al punto en que el ciervo capitulara, al final de su trágica carrera. Por una extraña paradoja, allí se ofrecieron a su vista detalles todavía más atractivos que los observados anteriormente. En una zona baja y pantanosa se erguían unos pinos gigantescos y los plateados abetos enviaban a las alturas sus exquisitas crestas en espiral. Los arces ardían en un mar de colores, en el cereza, en el magenta, en el escarlata...
En el suelo, sin embargo, había sido objeto de un terrible atentado esa belleza. El ciervo, alcanzado finalmente por sus enemigos, habíase convertido en una piltrafa. Los lobos le habían hecho pedazos, devorándolo, partiendo ferozmente sus huesos incluso. Allí estaba su cornamenta, y también su cráneo, en unión de trozos de piel. Todo aquello constituía una prueba patente de la carnicería de que había sido escenario aquel sitio. La nieve había sido pisoteada, barrida, manchada. En algunas partes quedaban huellas de sangre. Los coyotes se habían presentado allí, en busca de la carroña, como correspondía a los seres de su especie, luchando entre ellos, pugnando por apropiarse los restos de la víctima.
Brink había sabido apreciar la hermosura del bosque, su orgía de colores. Ahora contemplaba la otra cara de la naturaleza, su cara trágica. A él le daba lo mismo una que otra faceta. No odiaba a Old Gray por haber sido quien llevara la iniciativa en el despiadado ataque contra una pacífica criatura de los bosques.
«Ahora me pregunto durante cuánto tiempo acompañará a esa pareja de lobos —pensó—. Yo diría que no tardará mucho en separarse de ellos.»
¡Y cuán diferentes eran aquellas huellas que había estado siguiendo de las de ahora, producidas por unas patas que se movían sin precipitación, subiendo a las escarpaduras! Brink calculó que databan del amanecer. Los lobos se habían atiborrado de carne y de sangre. Se encontraban pesados, torpes. En aquel momento se habrían entregado al sueño. El rastreador llegó al pie de un pronunciado saliente, desde el cual se dominaba el paisaje. Era un obstáculo casi insuperable para un hombre. Entre los intersticios de los peñascos y los trozos quebrados de rocas, por los cuales asomaba la tierra, veíanse brotes verdes de muchas clases. Los obstáculos, sin embargo, no habían contado nunca para Brink.
Éste continuó su camino, deseoso de localizar el segundo rastro de los lobos, liquidando así la cuestión de la presencia de Old Gray en aquella merodeante manada. Podía ser que hubiera en ella dos lobos de poderosa voz. El rastro lo decidiría todo. Cuando por fin dio con el que buscaba, de pronto, en una depresión, se quedó inmóvil, embelesado. Dos lobos, aparte de Old Gray, se habían lanzado en persecución del ciervo. Así pues, había cinco, por lo menos, en la manada.
—Estaba en lo cierto —dijo Brink, con un profundo suspiro.
Las huellas de Old Gray dejadas en la nieve eran exactamente iguales que las impresas en el polvo. La nieve le servía para condenar definitivamente al gran animal. Sin ella —un elemento delatador—, Old Gray hubiera podido, sentirse tan seguro como un águila en el aire, donde no había posibilidad de dejar rastros. Éste era el momento más significativo para Brink de toda aquella aventura. Aquí se presentaba una auténtica prueba para el hombre. Todos los cazadores que habían salido en busca de Old Gray habían tenido que enfrentar su inteligencia con el instinto de la bestia. Los perros que dieran caza al lobo fracasaron en su empeño porque el poderoso animal había incrementado la distancia que los separaba de él, saliendo de la región.
Pero Brink no actuaba como los demás cazadores. Su idea era el resultado de una dilatada experiencia en la persecución de criaturas salvajes. En estos instantes, al contemplar las enormes huellas en la nieve, comprendió la tremenda ventaja que le amparaba. En algún escondrijo de aquellos peñascales, en cualquier cueva, Old Gray dormía tras el sangriento banquete, ignorando la proximidad de su despiadado enemigo humano. Brink se hallaba en posesión de hechos no alcanzados por ninguna criatura salvaje. Probablemente, su pasión iba a servir para demostrar la superioridad del hombre sobre la bestia.
Silenciosamente, siguió el claro rastro en la nieve. Trataba de leer en aquellas reveladoras huellas. Aspiraba a descubrir la velocidad y fuerza del ciervo, la astucia y resistencia de los lobos, y todo lo que la naturaleza le sugiriera a partir de eso. Movióse con la decisión de un montañero por la zona del bosque más despejada, por las rocas y los terrenos pantanosos, por espesuras de arces y chopos, por extensiones de blanqueadas hierbas. No sentía ninguna fatiga. El apasionamiento que ponía en su tarea hacía que las horas se le antojasen minutos.
Encontró huellas de pumas, de venados, de pavos, que se entrecruzaban con el rastro que estaba siguiendo. Desplazábase describiendo un círculo, aproximadamente, manteniéndose alejado de las rocas y los cañones, así como de otros sitios por los que hubiera sido difícil correr. Brink descubrió tres sitios en los cuales habían descansado los lobos. A partir del último, los cinco animales habíanse arrojado sobre el rastro del ciervo. Habían estado persiguiéndole durante toda la noche. Sus aullidos habíanles permitido mantenerse siempre a corta distancia entre sí.
Deshaciéndose de su carga y de las raquetas, con el rifle en una mano, intentó el ascenso. Pisando rocas unas veces y matorrales otras, consiguió avanzar, desentendiéndose entonces por completo del rastro del lobo.
Al cabo de una hora de denodados esfuerzos, Brink llegó a la base de una peñascosa pared, caracterizada por muchas grietas y depresiones. La capa de nieve a aquella altura era más gruesa, siendo un perfecto medio para localizar huellas de animales. Por la escarpadura habían trepado linces, pumas, zorros y coyotes. Allí descubrió Brink el rastro de los lobos. La diferencia entre la sagacidad de éstos y la de otros seres salvajes quedaba puesta de relieve por el hecho de escoger la cara del peñasco azotada por el viento. El hombre continuó avanzando hacia el oscuro orificio de una especie de cueva. Al llegar a la entrada no se sorprendió lo más mínimo al contemplar el rastro de Old Gray, orientado hacia fuera. Los otros lobos se hallaban todavía en el fondo de aquel escondrijo. Pero Old Gray había olfateado algo en el viento, incluso durmiendo, tal vez, optando por emprender la marcha solo.
—Condenados lobos —monologó el rastreador—: podéis continuar durmiendo, si ése es vuestro gusto. Old Gray y yo tenemos mucho que hacer.
Sin saber por qué concretamente, Brink se sintió muy complacido ante el hecho de que el gran lobo hubiese demostrado una gran astucia, negándose a verse acorralado por un cazador. Era lo que el hombre había esperado de él. Old Gray comenzaba a presentar todas las características de un digno antagonista. Brink pensó que iba a hacerse acreedor a su respeto y admiración.
Brink se arrodilló para estudiar el rastro, tardando algún tiempo en llegar a una conclusión.
—Supongo que me olió —dijo finalmente—. Pero yo me pregunto si sospecha que está siendo seguido... Bueno, ya veremos qué ocurre cuando se entere de eso.
El hombre fue de un lado para otro, subiendo y bajando por los peñascos, hasta dar con el sitio de salida de Old Gray de la escarpadura. Luego, volvió sobre sus pasos, hallando el retorno tan fácil como difícil había sido la ascensión. Una vez más, se echó a la espalda su paquete, poniéndose en marcha, manteniéndose pegado al bosque. Antes de que hubiera recorrido kilómetro y medio, localizó con claridad las grandes huellas de Old Gray.
Aquí sufrió Brink una auténtica sorpresa. Había dado por descontado que el lobo se encaminaría hacia el Noroeste, buscando instintivamente los parajes más agrestes, los lugares donde podía encontrar más protección. Pero ahora el rastro apuntaba en línea recta hacia el bosque. Su paso se revelaba, además, acelerado.
—¡Hum! ¡Qué hijo de perra! Si empieza a dar rodeos, por supuesto, tendré que descubrirme ante él —dijo el cazador.
Brink se internó, decidido, en el bosque, a paso de montañero, con buena zancada, para poder hacer unos seis kilómetros y medio por hora. Old Gray no describía círculos... Una tremenda curiosidad se apoderó del cazador. Todo parecía indicar que el lobo buscaba un atajo para dirigirse a Dios sabía dónde. Si persistía en la misma dirección, pronto cruzaría su rastro anterior. Tal vez fuera eso lo que se proponía Old Gray. Sin embargo, si sospechaba que estaba siendo perseguido, ¿por qué no había girado en redondo horas atrás, con objeto de descubrir quién era el que avanzaba sobre su rastro? Brink pensó que era imposible saber qué podía hacer en determinado instante un animal salvaje. Él había rastreado a algunos osos sobre la nieve, viendo, inesperadamente, que éstos, después de haber estado trepando, volvían sobre sus pasos, acercándose más y más al camino seguido anteriormente, optando más tarde por tenderse en alguna parte, aguardando la emboscada.
El lobo, especialmente un gran lobo como Old Gray, solía gustar más bien de una caza de cerca como la que podían organizar los hombres con sus perros. Poseía facultades para separarse de ellos rápidamente en cuanto se lo propusiera. Pero Old Gray no había oído los ladridos de los sabuesos, ni gritos de hombres, ni rumores de pezuñas herradas sobre las piedras. Probablemente, sospechaba que se enfrentaba con algo nuevo, desconocido.
Brink se concentró más que nunca en su tarea, física y espiritualmente. Poco a poco, apuntaban hacia la suprema prueba entre el hombre y la bestia. Todo marchaba ahora de acuerdo con los deseos del cazador. Para el lobo era el comienzo de un período de incertidumbre.
Mediada la tarde, salió el sol, dando color y hasta calor a los claros existentes entre los árboles. La nieve se ablandó hasta el punto de que el fondo de las profundas huellas de Old Gray se hacía cada vez más oscuro. También amainó el viento. Brink no deseaba esto, ni siquiera por una jornada. No obstante, aunque la nieve llegara a fundirse por completo, siempre quedaría el terreno humedecido, hasta la siguiente tormenta. Había llegado noviembre, y con él, en aquellas alturas, el invierno.
Old Gray continuaba avanzando, hasta que se detuvo en el rastro dejado por él y los otros lobos, por el ciervo perseguido y el mismo Brink. Éste se imaginó al fiero animal identificando el olor del hombre, cayendo en la cuenta de su relación con él. Old Gray cruzó una y otra vez el rastro, avanzando y retrocediendo. Por último, reanudó su camino, al mismo ritmo de antes.
Esto dejó confuso al cazador, quien se había imaginado que el lobo se empeñaría ahora en averiguar «qué» era lo que le perseguía. En este aspecto, no podía contar con nada seguro. Lo único cierto era que la bestia había hecho un alto en aquel cruce para olfatear las huellas del hombre.
Brink se consoló diciéndole que lo que viniera a continuación supondría, quizá, la explicación de muchas cosas. Continuó caminando. El crepúsculo, frío, desapacible, le sorprendió en una densa zona del bosque, entre abetos, principalmente. Se fijó en uno tan frondoso que la nieve no había llegado a emblanquecer la alfombra de hojas que se encontraba a sus pies. Acampó aquí. Encendió un buen fuego y fundió un poco de nieve. Había oscurecido cuando terminó de asar dos tiras de carne de ciervo. Más adelante, se tendió en su fragante lecho, bajo el gran árbol.
Al día siguiente nevó intermitentemente. En algunos sitios, la nieve cubrió a medias las huellas de Old Gray. El lobo, poco después de haber cruzado el rastro anterior, habíase lanzado a una especie de trote, dirigiéndose al Este. El cazador subrayó tal cambio con una sombría mueca.
Brink tardó siete días en recorrer los ciento cincuenta kilómetros, poco más o menos, que Old Gray cubriera en un día y una noche, después de haber abandonado el escondrijo de la escarpadura. Deslizábase bastante pegado a la frontera con Nuevo Méjico, casi al pie de las Montañas Blancas. Esto no se acomodaba a ninguna de las experiencias de Brink. Hubiera debido cubrir aquella distancia en dieciocho horas o poco menos, y en su mente de lobo, estimaba el hombre, debía de apuntar la idea de que habíase librado de la persecución. Ya no avanzaba en línea recta, sino que vagaba en busca de una presa. Pero las huellas de venados eran escasas y se vería obligado a dejar momentáneamente las alturas si deseaba calmar su hambre.
Tres días más tarde llegó al punto en que Old Gray diera caza a una ternera, devorando sus vísceras. Los coyotes habían dejado el cadáver en tal estado que allí, pensó Brink, sólo podía apreciarse su mera presencia y su significado.
«Nueve días atrás... —pensó el rastreador—. Pero ha nevado algo desde entonces y esto es como si uno caminara, prácticamente, por una mullida alfombra de terciopelo.»
Incluso los terrenos de pastos de las depresiones se hallaban cubiertos por una fina capa de nieve. La capa hacíase más gruesa conforme se avanzaba en dirección a los promontorios. El Monte Ord y Old Baldy brillaban inmaculadamente blancos en la distancia.
Brink se ciñó estrechamente al rastro del lobo. A causa de sus merodeos nocturnos, Old Gray había dejado huellas por todas partes. Era un animal muy osado. Sin embargo, normalmente, una gran distancia separaba a sus víctimas. Situábase a muchos kilómetros de la escena de su última hazaña, subiendo a las montañas, donde la gran cantidad de nieve existente hacía que los perros no pudieran seguirle. Brink halló rastros de perros y cazadores que terminaran por abandonar su caza. Old Gray tenía el espíritu del demonio. Su rastro hablaba elocuentemente de su tamaño, ferocidad, astucia, edad, fuerza, velocidad, carácter e historia. Era un lobo solitario, con toda la tremenda significación de la frase. Él no veía la seguridad en el número. Corría solo, audaz, desafiante, perverso. Brink llegó a pensar que mataba únicamente porque se recreaba en el terrible espectáculo de la sangre de sus víctimas. Perseguía a las reses hasta las mismas puertas de los corrales de los ranchos, llegando en un caso a dar muerte a una ternera en un terreno de pastos. Sus huellas demostraban que la muerte era para él un juego. Como un perro travieso, gustaba de hacer toda clase de cabriolas junto a la víctima elegida antes de asestar el golpe mortal.
No podía creer Brink, de otro lado, que aquel lobo no poseyera más instinto destacado que el de matar para comer. No tenía muy desarrollado el instinto de conservación. Arriesgaba la vida muchas veces por tener una gran confianza en sí mismo, en su conocimiento de los parajes que frecuentaba. Era señor de la región, desde la montaña hasta el desierto. Llevaba muchos años viéndose perseguido. Debía de haber conocido a muchos cazadores mejor que éstos lo conocían a él. El hombre era su enemigo. Esta herencia de odio provenía de los días primitivos del mastodonte, del maquerodo, del lobo gigante... Por su antagonismo frente al mono de los árboles, el padre del hombre, la visión de éste debía de haber provocado una fuerte carga de odio y fiereza en el corazón de Old Gray.
Éstas eran las únicas cosas que Brink acertaba a leer en las huellas del lobo. Hacía gala de su carácter de fiera ante las mismas faces de los hombres que conocían su existencia, el pequeño sector de la humanidad con que él tenía contacto. Había un terrible egotismo en la confianza que tenía en su seguridad. El hombre no le había inspirado jamás terror. Al parecer, se sentía tan seguro en su medio como un águila que no se apartara nunca de sus picos.
Brink se estaba tomando todo el tiempo que necesitaba. Procedía con método. Hasta aquel momento, todo había ido favoreciéndole. La gradual caída de la nieve, capa tras capa, en vez de la posible y repentina nevada, suponía algo especialmente bueno para Brink y malo para Old Gray. Había llegado el invierno y se veía nieve por todas partes, incluso en las zonas más bajas. Los ciervos y los pavos habían descendido de los bosques situados en las alturas.
Algunos días más tarde, en diciembre, el cazador dio con el rastro de Old Gray en la nieve; caía el día anterior. El lobo se encaminaba a las zonas bajas de la comarca y las huellas habían sido hechas en el curso de la noche.
«Así pues, te he alcanzado de nuevo —pensó el cazador—. Me figuro que no tardarás en comprender que te sigo de cerca.»
Brink se desentendió del rastro, deteniéndose más tarde, medio día después, en una pequeña aldea llamada Pine, donde se hizo de algunas provisiones. Todavía no había tocado su «pemmican». Reservaba esto para la última y extenuante etapa de aquella extraña carrera. Los amables e inquisitivos mormones de la población tomaron a Brink por un trampero, asegurándole que no encontraría por la región muchos animales de piel, es decir, los que a él podían interesarle.
—Si vosotros anduvierais lo que yo, os quedaríais sorprendidos al descubrir la gran cantidad de animales que todavía se ven por ahí —replicó Brink secamente, continuando su camino.
Old Gray, ahora, procuraría cazar alguna presa con que alimentarse, tras lo cual buscaría un escondrijo donde descansar y dormir aquella jornada. Brink volvió al punto en que se separaba del rastro del lobo, acampando en el mismo. Durante la semana siguiente, recorrió, quizás, unos ochenta kilómetros en diversos sentidos, dando con las huellas de Old Gray varias veces. Una mañana, tal como había esperado, confiando en buena parte en su suerte, halló un rastro fresco, que databa de unas horas atrás tan sólo.
La capa de nieve tendría unos quince centímetros de profundidad. Al dejar los cedros para internarse entre los pinos, Brink vio que el espesor de la nieve se triplicaba. Old Gray había estado moviéndose por allí con la misma facilidad que si el suelo hubiese estado recubierto de hierbas. El hombre avanzaba lentamente, pero no tuvo necesidad de recurrir a sus raquetas.
Hacía frío aquel día. No con exceso, sin embargo. El bosque era un mundo solemne, austero, poblado de blancos, castaños y verdes matices. Brink no vio ningún pájaro, ni una sola criatura viviente. Había escasos rastros de animales por allí y las pocas huellas que encontró se hallaban muy espaciadas entre sí. No se percibía el menor movimiento de ramas; reinaba una calma de muerte; tratábase de algo natural a aquella altura, en la temporada invernal. Los terrenos de pastos se alternaban con los bosques.
El avance era fácil pese a que la pendiente era cada vez más inclinada.
Old Gray cubrió una distancia de unos veinticinco kilómetros, subiendo y bajando (casi siempre lo primero), antes de internarse por un paraje lleno de peñascos y espesos matorrales. Brink calculó aquella distancia porque había estado andando seis horas sin parar a partir del momento en que localizara el rastro.
Teniendo en cuenta la dirección general que seguían las huellas de Old Gray, Brink se apartó de ellas, dando un amplio rodeo que le llevó al lado opuesto de una estrecha garganta. No descubrió por allí huellas que delataran la salida del animal. Sin embargo, el lobo andaba por aquel sitio, o había estado en el mismo. Naturalmente, quería ver a Old Gray, pero sin que éste tuviera ocasión de descubrir su figura. No tenía sentido intentar sorprender al animal. Tras una cuidadosa inspección del risco se decidió por escalarlo por la parte que le permitía deslizarse con mayor rapidez.
Brink paseó la mirada por la masa de peñascos y espesuras con el entretejido de numerosas plantas trepadoras, fijando los ojos en el punto de la escarpadura en que ésta se unía a otra, distinguiendo una grisácea forma que avanzaba al trote.
Aquello quedaba a unos cuatrocientos metros de distancia. ¿Le estaban engañando sus ojos? Por supuesto, aquel animal era un lobo... Lo que a Brink le sorprendió fue su increíble tamaño.
El cazador profirió un estentóreo aullido, que en el silencio del paraje resonó como un agudo y prolongado toque de corneta. El lobo dio un salto, como si hubieran disparado sobre él. Pero no aceleró el paso. Volvió la cabeza, mirando hacia las alturas. Después, prosiguió avanzando, nerviosamente, más apresurado. Miró a su alrededor y especialmente atrás, hasta que se posó en el desnudo lomo de una roca.
Aquí se quedó como paralizado, mirando a Brink. De no haber sido por el fondo de la nieve, el pelaje del lobo hubiera sido blanco. Con el contraste se acentuaba el tono gris de aquél. Brink vio la mancha negra del cuello. Incluso a aquella distancia pudo apreciar su majestuosa estampa, su aire salvaje, aquel algo especial que hacía pensar en una imperiosa y despreciativa curiosidad.
Brink profirió otro grito, más fuerte que el primero, de ascendente sonoridad. Era semejante a un grito de guerra comanche, un sonido que él tuviera ocasión de escuchar tiempo atrás en toda su aterradora significación. Brink no había procedido caprichosamente: su chillido tenía un fin. Gracias a él, Old Gray le reconocería más adelante. Y al mismo tiempo constituía la exteriorización de su apasionamiento, un reto, la amenaza del hombre dirigida a un enemigo tradicional.
Old Gray levantó las patas delanteras. Su gigantesco cuerpo gris se movió contra el fondo de la nieve. Luego, poniéndose a cuatro patas, continuó ascendiendo al trote, mirando de vez en cuando atrás.
IV

BRINK se había ido haciendo a la idea de su llegada al momento crucial de aquella caza, preparándose debidamente y con la natural antelación. Habían sido semanas de continuo rastreo en plena campiña, en los montes, en las llanuras. La distancia que le separaba del lobo iba en continuo aumento. Aquella mañana Old Gray, al descubrirlo, había empezado a huir de él realmente. Recelaba de aquel extraño perseguidor que carecía de perros y de caballo. Y optó por desaparecer. Sucedíanse las montañas, los valles, los cañones y los riscos, pero como la nieve lo cubría todo, había ido dejando un rastro claro, delatador de sus movimientos. Sus huellas nocturnas y diurnas eran para Brink las páginas de un libro de fácil lectura.
Transcurrieron cinco semanas, seis, siete... Finalmente, Brink perdió la cuenta del tiempo. Pasaban los días, y también los kilómetros bajo sus raquetas. Las espesuras de abetos y pinos, y algún que otro rocoso saliente, le ofrecían su protección durante las noches. A Brink le daba igual que brillara el sol o que nevara. Cuando la nieve recién caída ocultaba las huellas de Old Gray, cosa que ocurría en ocasiones, Brink, con misteriosa sagacidad, terminaba por encontrarlas de nuevo. Old Gray no podía pasar el invierno en una cueva, como hacían los animales sujetos al fenómeno de la hibernación. El lobo tenía que comer; su naturaleza le exigía matar; necesitaba carne y sangre calientes para alimentarse. Su carácter fiero y la tremenda actividad que desplegaba le condenaban en esta lucha por la vida, al enfrentarse con el hombre, un ser perteneciente a una especie superior.
Sus huellas regresaban al Cibeque, dentro de Tonto Basin, a través de la llamada Puerta del Infierno, al Este, camino de Sierra Ancas. Y, posteriormente, por los peñascos del Basin, para seguidamente adentrarse en el chaparral de enebros, manzanitas y mescales, remontándose luego por la sierra de Mazatal y a la comarca de Red Rock, en busca de las tierras altas de San Francisco Peaks. Rodeando éstas, apuntaban al Norte, bajando al desierto y al Pequeño Colorado, volviendo a continuación al agreste paraje en que el serpenteante río tenía sus fuentes, en las Montañas Blancas.
Era un rastro sangriento el dejado por Old Gray. Todo indicaba que la persecución de que era objeto había redoblado su sed de sangre. Acentuábase su gesto de desafío en las proximidades de los ranchos, su espléndida audacia. Quizá no estuviera seguro aún de que alguien andaba incansablemente tras sus huellas. Sin embargo, Brink creía que el lobo había notado la presencia de su enemigo, aunque no pudiera olerlo. Tal convicción emanaba del extraño egotismo del cazador. El lobo mataba frenéticamente, moviéndose sobre un territorio más dilatado que antes. Pese a ello, se mantenía en todo momento dentro de una zona que hacía siempre posible la incursión nocturna contra el ganado. Debía de conocer el vasto país tan bien como la espesura donde había sido parido.
Llegó un instante en que la incesante actividad del lobo empezó a afectar a su extraordinaria resistencia. Redujo la velocidad de sus desplazamientos; mataba con menos frecuencia; recorría menores distancias; se pegaba más a las laderas meridionales y a las tierras de pastos. Todo ello hablaba, tal vez, de la atenuación gradual de sus sospechas. La seguridad de un día tras otro invitaba al olvido del temor. En estos casos, los animales más salvajes se desentendían del peligro o, al menos, se tornaban menos cautelosos. Brink, con todo, estaba convencido de que Old Gray sabía que su rastro era seguido.
Por tanto, progresivamente, perseguido y perseguidor se iban acercando uno al otro. El hombre, impulsado por un inquebrantable afán, parecía hacer acopio de fuerzas por efecto de su tarea y su soledad, y el gradual acercamiento a su presa. El lobo, limitado al instinto y al poder físico que le diera la naturaleza, revelaba en sus huellas una disminución casi imperceptible de sus fuerzas. A lo largo de un duro invierno, cualquier lobo era propenso a volverse más lento y menos seguro.
Brillaba el sol en las alturas y se hacían los días más largos. La fina corteza de nieve se desintegraba en los sitios alcanzados por los rayos del astro diurno. Finalmente, ya no pudo soportar el peso de un gato montés, de un coyote, de un ciervo, de un lobo. La acción traidora de la nieve llegaba entonces a alcanzar su más alta expresión.
¿Por qué Old Gray se movía en las primeras horas de las mañanas dejando reveladoras huellas en ciertos riscos y puntos elevados? ¿Por qué daba vueltas y más vueltas, cruzando de nuevo su antiguo rastro? Brink sabía a qué atenerse. El largo rastreo había dejado de ser monótono. Llegó un día en que supo, además, que el lobo había acechado su paso. Ese día se produjo un cambio en la vida de Old Gray. Siguió avanzando dejando un rastro de los calificados por el cazador de uniformes. Nada de arranques veloces. Nada de salir de la comarca. Nada de correr frenéticamente entre las reses, dejando a su paso una serie de sangrientas huellas.
Brink se detuvo a la puesta del sol al pie de una herbosa colina que se perfilaba oscuramente y con contornos irregulares sobre un rosado firmamento. El aire, frío, se había inmovilizado. Brink profirió su estentóreo aullido, que tuvo el efecto de un trueno en el silencioso escenario en que se movía. Rodó el eco por el espacio libre, para morir en la distancia. De encontrarse entonces Old Gray a unos tres kilómetros del punto en que se detuviera Brink, ese ominoso presagio tenía que haber llegado a sus oídos. El cazador vio con los ojos de la imaginación el sobresalto de la bestia; la vio en el instante en que levantaba con viveza la gran cabeza, expectante, temblando por efecto de un instinto que se remontaba a sus ascendientes de los más remotos tiempos. Jamás el mundo, desde la llegada del hombre a él, había podido ver la supremacía de la bestia.
El rey de los lobos grises se convirtió en una criatura acosada. Empezó a esquivar los terrenos de pastos, donde las reses buscaban las hierbas que asomaban por entre la nieve. Durante la noche, en las faldas de las elevaciones cubiertas de cedros, lanzóse tras los ciervos. Cada vez conseguía menos presas. A la llegada del amanecer trepaba a las nieves más profundas de las tierras altas, y sus períodos de sueño se acortaron. Las raquetas de Brink eran como las famosas botas de las siete leguas. La nieve no representaba nada para él. Pero Old Gray no se descuidaba... El instinto hace que los animales salvajes reaccionen ante una situación de peligro de tal forma que en la mayor parte de las ocasiones resulta correcta. El afán de seguridad hacía que el inteligente lobo se alejara de las poblaciones, ranchos y prados, buscando, en cambio, los nevados riscos. Avanzando por los parajes de nieves profundas, Old Gray había conseguido burlar a muchos jinetes y perros. En este caso, sin embargo, el animal tenía que calcular algo que quedaba fuera de sus facultades.
Por último, el hambre fue haciendo descender a Old Gray de sus elevaciones, buscando como presas favoritas a los ciervos. Ahora, sin embargo, fallaba frecuentemente en sus empresas. Pasó el tiempo... Y llegó un momento en que, de noche, el lobo falló dos ataques en el espacio de unas horas, en situaciones que poco tiempo atrás no habrían supuesto nada para él. Entonces dejó de seguir por completo los rastros de los ciervos. Se dedicó a los pavos, intentando sorprenderlos en sus refugios, donde descansaban. Remoloneaba por tales lugares, esperando la llegada del amanecer. No siempre sus astucias se veían recompensadas. Se vio obligado a bajar aún más, adentrándose en los cañones, vagando por las cercanías de los pastos. Al igual que cualquier coyote común, cazó conejos. Luego hizo menos víctimas, y éstas fueron más espaciadas. Como prueba última y más elocuente de su hambre y de su desesperación, dio en devorar puercoespines. ¡Oh! ¡Cuán bajo había caído el poderoso! Brink leyó esta tragedia en los rastros que encontraba en la nieve.
Durante semanas, Brink había abrigado la esperanza de alcanzar a Old Gray, sacándole de su cubil. Este acontecimiento, durante tantos días acariciado ilusionadamente, se dio por fin mediada una jornada que había resultado fría y despejada. De repente, el rastreador descubrió al lobo en la cumbre de un alto risco, silueteado contra el pálido firmamento. Old Gray permanecía inmóvil por completo, observándole. Brink profirió su salvaje aullido. El lobo hubiera podido ser tomado por una escultura dada su reacción entonces.
—¡Hum! Tú te figuras que mis ojos están fatigados a consecuencia de los reflejos de la nieve —musitó Brink—. Todavía no estoy ciego, amigo. Tenlo por seguro, Old Gray.
La mancha negra del cuello servía para identificar al notable animal. De otro modo, Brink no hubiese podido estar tan seguro de sus afirmaciones. Old Gray era una figura ahora que revelaba el cansancio que le poseía; había perdido mucho de su garbo. El cazador se colocó la mano encima de la frente, a manera de visera, contemplando durante largo rato la codiciada presa. El hombre y la bestia se observaron mutuamente, salvando con la vista el espacio que les separaba. Para Brink, aquél fue un momento de extraordinaria exaltación. Hizo una profunda inspiración y lanzó un aullido que parecía destinado a perforar las rocas. Old Gray abatió la cabeza, saltando y perdiéndose de vista tras el risco.
En los días siguientes, antes o después, la aproximación de Brink originaba la salida del lobo de aquellas rocas o matorrales utilizados momentáneamente para ocultarse, siempre en sitios elevados, que permitían la contemplación del rastro anterior. La persecución continuaría entonces, desesperante por parte del lobo, firme y despiadada por la del hombre, hasta la caída de la noche.
Llegado este momento, Brink hacía un alto en su tarea cotidiana para acampar en el lugar que más le agradaba. Hacía un lecho de ramas verdes sobre la nieve y encima del mismo encendía un pequeño fuego con leña seca y cortezas. Acto seguido procedía a prepararse uno de sus frugales refrigerios. Sus provisiones habían disminuido mucho, pero sabía que disponía de las necesarias para llegar al final. Old Gray dedicaba la noche a la caza. Alguna que otra noche fracasaba ya en sus propósitos.
Amaneció una mañana fría y despejada. El sol brillaba en las innumerables partículas de hielo que flotaban en el aire. La capa de nieve era blanda y profunda. Solamente en los sitios sombreados, en las caras septentrionales dé las rocas o colinas, no se quebraba la corteza superior. Chillaban los arrendajos y chachareaban las ardillas rojas. El sol acarició una de las mejillas de Brink, dándole cierta tibieza. Supo entonces de la presencia inminente de la primavera. Pero allí, en las solemnes y frondosas elevaciones, el invierno se mantenía, indiscutible. Old Gray llevaba días desplazándose por las laderas meridionales del Blue Range. Impulsado por sus instintos, habíase deslizado por un paso, descendiendo luego por el lado norte.
A sus pies, Brink vio el negro cinturón de los árboles, aclarado por las abiertas y blancas «senecas», los pequeños y desnudos parques peculiares de la región. También vio y oyó los rugientes torrentes, ahora liberados de sus helados diques. Más abajo aún, se extendían los terrenos de pastos, formando como una cubierta de manchas blancas y negras. Olía el aire a primavera. Brink aspiró aquel familiar perfume, informado por el frío olor de los abetos y los pinos, y la débil y cálida fragancia del humo proveniente de la leña quemada.
Old Gray no quedaba a mucha distancia de allí. Su alargado rastro era reciente. Ya no corría ágilmente sobre la fina corteza de la nieve. Sus huellas se hundían. El cazador no descubría ya cuatro señales muy próximas entre sí, sino desgarrados surcos, en los que el animal se hundía hasta sus flancos.
Los abetos y pinos que encontraba en su camino eran más pequeños y escasos que los que vieran kilómetros atrás. Surgían, además, aislados. Brink avanzaba penosamente; cada paso que daba representaba para él una auténtica tortura. Solamente su férrea voluntad, que se proyectaba en sus fatigados músculos y huesos, le mantenía pegado al rastro. Había empezado a sufrir algunas molestias en los ojos. Temía ser víctima de la ceguera producida frecuentemente por los reflejos de la nieve, uno de los obstáculos con que había de luchar siempre el montañero. Su mente había perdido algunos reflejos, se había anquilosado a fuerza de centrarse exclusivamente en las dos monótonas ideas que venían a ser el lobo y su rastro, dos ideas para Brink obsesionantes.
Después de rodear una espesura de abetos afilados como lanzas, el cazador llegó a una extensión plana cubierta de nieve que centelleaba bajo el sol con el fulgor de mil diamantes.
Por este blanco manto, avanzaba lentamente una bestia de grisáceo pelaje. Era Old Gray. Volvía de vez en cuando la cabeza, ofreciendo un aspecto más salvaje que nunca, perfilándose su figura con más claridad que nunca contra el blanco fondo. Separaban al animal del cazador unos trescientos metros, escasamente. A tal distancia, Brink, que era un buen tirador, no podía errar el disparo. Esta vez, el hombre no profirió grito alguno. Levantó el rifle, llevándoselo al hombro. La mira circular quedó en línea con su ojo derecho, llenándose aquélla de gris...
Pero Brink no pudo apretar el gatillo. Experimentó una tremenda impresión, que le dejó desmadejado. Abatió el rifle.
«¿Qué me pasa? —se preguntó—. Me encuentro demasiado débil, quizás... ¿Es esto efecto del cansancio, del agotamiento?»
A pesar de la opresión que notaba en el pecho y la torpeza de sus piernas, rechazó tales consideraciones. No, no era eso... Se abstuvo de formularse claramente la causa verdadera hasta que el lobo hizo un alto sobre la nevada llanura, volviendo la cabeza para mirarle.
—¡Te mataré con mis manos desnudas! —aulló Brink, terriblemente grave.
Exteriorizado este ultimátum, sintió como nunca la misteriosa pasión de aquel duelo. Entonces, por un momento, fue un hombre poseído por mil demonios. Meses de tensión y esfuerzos se resumían ahora en una emoción desbordante. Este hechizo pasó, dejándole rejuvenecido.
—Old Gray: si yo hiciera fuego sobre ti —dijo—, nada quedaría probado. —Hablaba como si el lobo fuese capaz de comprender sus palabras—. Es el hombre y la bestia quienes se enfrentan aquí.
Arrojó el rifle a un lado, sobre la nieve, en la cual no tardó el arma en hundirse. Cuando Brink reanudó la marcha, mostrando en su figura algo majestuoso e implacable, Old Gray se perdió de vista, más allá del banco de nieve. Al llegar el rastreador al borde de un declive observó que el lobo había duplicado la distancia existente entre los dos.
El avance era más fácil, lógicamente, bajando. Brink se detuvo unos instantes para estudiar la marcha del animal. Evidentemente, se hallaba agotado. No le quedaban energías para correr. Sin embargo, en ciertos sitios, allí donde la corteza de nieve sostenía el peso de su cuerpo sin quebrarse, el lobo ensayaba un cansado trote. Volvía a menudo la cabeza. Tales acciones eran ejecutadas espasmódicamente, alternando con otros movimientos, y delataban el terror de la bestia. La incertidumbre había cesado. Sobre su rastro avanzaba un monstruo: el hombre, su enemigo tradicional.
Brink tuvo que zigzaguear por las laderas nevadas, a causa de que era una torpeza y un peligro descender bruscamente llevando calzadas las raquetas. Otra vez tornó a perderse de vista el lobo. Brink cruzó y recruzó sus huellas. Mediada la tarde, dio en la falda de una montaña con una especie de gran repisa cubierta de árboles en parte. La altura era demasiado grande para que allí se diera el bosque. Tratábase de una zona selvática, llena de riscos, hondonadas, sitios pantanosos y «senecas».
Instintivamente, Old Gray escogió seguidamente, de un modo sucesivo, el camino más accidentado, la espesura más densa, los lugares que contaban con mayores obstrucciones a causa de los derrumbamientos de piedras. Brink, naturalmente, evitó numerosas secciones de aquel rastro, descubriendo oportunamente algunos atajos. No vio al lobo aquel día, aunque creyó haber acortado la distancia que de él le separaba. Más tarde, llegó la noche...
En el frío y grisáceo amanecer, los pinos eran fantásticas formas. Brink apretó el paso. Avanzaba ya de otra manera. Durante muchas semanas, había caminado más bien lentamente, con firmeza, pero reservándose las fuerzas, sin apresuramientos ni impaciencias. Tal método realzaba sus condiciones de rastreador. Ahora, sin embargo, sus movimientos eran más ágiles y flexibles. Cosa extraña: su cansancio, los dolores que sintiera en sus músculos y en sus huesos, habían desaparecido.
Los rastros de Old Gray le referían en estos instantes otra historia muy diferente. El lobo huía. No buscaba ya presa. Jamás se detenía para seguir el rastro de un ciervo o de un gato montés. Sus huellas hablaban solamente de su afán, de su esperanza de eludir definitivamente a su perseguidor.
Antes del mediodía, Brink logró avistar al lobo nuevamente. Ya no lo perdió, excepto en los momentos en que entre ellos surgía algún obstáculo importante. Old Gray rebasó la zona de la corteza de nieve. Movióse aceleradamente, serpenteando, entre blancos montones de aquélla. Era muy significativo que volviera la cabeza con más frecuencia que antes. Siempre que fiaba la vista en Brink forzada el paso, logrando separarse del cazador.
Durante toda la tarde, la distancia que les separaba osciló entre los cuatrocientos y los quinientos metros. De vez en cuando, Brink lanzaba su estentóreo aullido, en el que ahora se advertía una inflexión de triunfo. El aullido, invariablemente, hacía dar un salto a Old Gray, como si hubiese sido azotado de pronto. Lo forzaba a emprender una acción más enérgica. Pero sus fuerzas no respondían a aquel salvaje impulso. Unos minutos después, retornaba a su cansado ritmo de marcha por entre las nieves.
Con la llegada del crepúsculo, Brink abandonó la persecución, acampando bajo un abeto de espesas ramas, que formaban una especie de tienda. Se vio obligado a cortar las ramas más bajas, con objeto de poder moverse de pie. El fuego que encendió no tardó en fundir la nieve próxima del suelo. Era revelador que hubiese decidido romper con su hábito de comer parcamente. Su refrigerio, en esta ocasión, fue un banquete en comparación con los anteriores.
De igual manera, retornó a su hábito de acomodarse frente al fuego, con las manos extendidas hacia el mismo, observando los juegos de las llamas, las rojas brasas, las crecientes cenizas. Su mundo era limitadísimo. Sobre aquel helado y solemne mundo de montañas brillaba la luna. No se oía el rumor del viento, ni gorjeos de pájaros, ni las voces de las bestias salvajes. Allí sólo era perceptible el chisporroteo del muriente fuego. La hoguera parecía formar parte de aquella selvatiquez. Al envolverse en su manta, Brink suspiró profundamente, musitando:
—Mañana, quizá... Seguro, seguro, pasado mañana, todo lo más.
Mediada la mañana siguiente, Brink volvió a avistar a Old Gray. El lobo no había comido, ni dormido, ni descansado... No obstante, había logrado cubrir una distancia de quince kilómetros, escasamente.
Al descubrir al cazador, se reveló el pánico de un perro rendido por el cansancio. No había majestad ya en su paso. Daba la impresión de estar derrumbándose paulatinamente. Continuando su avance, se mantuvo durante un trecho a una distancia constante.
Llegó un instante, sin embargo, en que de un modo casi imperceptible Brink empezó a ganar terreno al animal. El ojo experto del cazador se hizo cargo de esto antes que el lobo. Pero después, Old Gray comenzó a mirar hacia atrás con tanta frecuencia que tropezaba aparatosamente contra los matorrales y los troncos de los árboles. A continuación, pareció poseído de un extraño frenesí que no le sirvió, en cambio, para aumentar su velocidad. Sabía que el cazador se le acercaba implacablemente. Con todo, tal convicción no le llevó a la realización de un mayor esfuerzo.
El sol desapareció tras las montañas; el crepúsculo dio una luz grisácea y confusa; la oscuridad lo invadió todo; vino por fin la noche... Esta noche, sin embargo, el cazador no se desentendió del rastro de su enemigo.
Los blancos picos de las elevaciones brillaban, iluminando el firmamento, de un tono azul oscuro. Se mostraba en extraño contraste con las sombras de las depresiones. Éstas eran cambiantes, se retiraban, se aclaraban.
La luna se elevó sobre los impresionantes promontorios, irradiando una plateada luz sobre aquellas vastas soledades.
Los abetos, como negras y afiladas lanzas, se mantenían totalmente inmóviles, agrestes y misteriosos sobre la nieve, a la que la luna daba una blancura espectral. Las masas de los riscos se erguían, sombrías, en el paisaje. Brillaban fantasmalmente en las sombras las copas de los árboles. El despiadado abrazo del invierno parecía abrazarlo todo: la luna, la noche, la nieve, la soledad...
Únicamente dos cosas se desplazaban por aquellos inmaculados espacios. Una bestia era perseguida por un ser humano. En aquella inmensidad, sólo se advertían dos puntos móviles, accionados por diferentes impulsos.
Pasaban las horas. La luna se remontó todavía un poco más en el cielo. Empezó a soplar el viento del Norte. Los abetos oscilaron blandamente, recortados sobre el azulado firmamento. Oyóse el rugido de una avalancha en la lejanía, que se fue apagando poco a poco. Íbase acortando la distancia que separaba al hombre del lobo.
Quinientos metros... Cuatrocientos metros... Trescientos metros...
Las sombras de los picos y escarpaduras se movieron gradualmente hacia el lado opuesto. La luna fue acercándose a las aserradas crestas de las montañas. Perseguidor y perseguido se movían en la oscuridad, indiferentes a la naturaleza y a los elementos, a las sombras y a la luz.
El amanecer estaba próximo, gris, misterioso, extraño, bello, tal como había aparecido millones de veces en el pasado. La tierra giraba sobre su eje. En la soledad de las montañas alentaban la vida y la muerte, como siempre. Probablemente, quinientos mil años atrás, en aquel escenario también, había sido representado el mismo drama de la lucha entre el hombre y la bestia.
Algo había cambiado, sin embargo. El hombre de las cavernas se lanzaba tras el oso y el maquerodo, y el lobo gigante, con el único fin de sobrevivir. Era gobernado por una ley fundamental, la de la autoconservación. En aquella escena, lo único que persistía era el instinto del lobo.
Antes de habitar en las cavernas, el hombre vivía en los árboles. De ellos descendía para andar sobre sus pies, para trabajar con sus manos, para luchar. A lo largo de las oscuras edades posteriores fueron desarrollándose su instinto, su razón, su inteligencia. Tales cualidades habían permanecido estáticas en sus enemigos, aquellos que andaban a cuatro patas.
Vagamente, en la mente de Brink se conjugaba el significado de todo eso. Pero este rastreador de lobos no identificaba con claridad la gran pasión que dominaba a su alma. Cuando llegó la luz del día y vio a Old Gray arrastrando su hermoso cuerpo por la nieve, a un centenar de pasos de distancia, su terrible aullido tenía frías inflexiones de burla. Y el lobo, aterrorizado, pareció vacilar, ir a derrumbarse. En el momento en que el sol quedaba a la altura de las nevadas crestas montañosas y entró en el valle la luz de una gloriosa mañana, Brink estaba sacándole ventaja a Old Gray, centímetro a centímetro.
El final de la larga caza no estaba lejos ya. Old Gray tenía el corazón deshecho. Apreciábase esto en cada paso que daba. Cojeaba, avanzaba penosamente por la nieve. Por último, cayó, levantándose tan sólo para prolongar su agonía. Ya no volvía la cabeza ahora, casi. Si lo hacía era para mostrar a Brink una expresión que hablaba, pese a todo, de la naturaleza indomable de lo salvaje. Pero se sentía gobernado por el temor. Si en aquel instante Old Gray hubiera podido hacerse repentinamente con las fuerzas de sus mejores momentos, en ningún caso habría optado por intentar dar muerte a su enemigo de siempre.
Brink había llegado al límite de sus energías. No obstante, sabía que poseía aún las indispensables para la etapa final y su paso siguió siendo el mismo. A veces, veía tan sólo una borrosa masa. Unos negros puntos brillaban entonces frente a él. Sentía muchos dolores en todo el cuerpo, unos dolores casi insoportables. No obstante, pudo continuar andando.
¿Qué ideas cruzaban por su mente? ¿Qué era lo que le había llevado a realizar aquellos esfuerzos sobrehumanos? El remoto pasado estaba con él, seguramente, aunque no tuviera consciencia de tal cosa. Palpitaba todo su ser en una emoción incontenible al pensar que se avecinaba el momento en que quedaría probado que él era más fuerte que aquella bestia. De vez en cuando se llevaba un puñado de nieve a la boca, reseca, de cortados labios. Su corazón latía aceleradamente y le zumbaban los oídos. Ganaba terreno, sí. Muy lentamente, pero de un modo efectivo. Brink se esforzó por contener la extremada exaltación que se iba apoderando de él.
Aquella lucha probaría lo justa que resultaba la supervivencia del fuerte. La naturaleza había hecho que el lobo fuera desarrollándose hasta llegar a la cumbre de la perfección. Pero la vida era más despiadada que la naturaleza, ya que tenía determinados puntos débiles. El hombre compartía los mismos con los animales, pero en cambio poseía un poder extraño, inalterable, imborrable.
Brink confiaba en él. Old Gray estaba cediendo ante él.
La última hora fue espantosa. Brink se sentía al borde del colapso. Los movimientos de Old Gray eran los de una criatura agonizante. El cazador dejó de acortar distancias. Sólo unos pasos separaban al hombre de la bestia cuando se deslizaban por blancas llanuras, cuando cruzaban espesuras de abetos, al salvar los obstáculos de unas rocas. Brink hubiera podido derribar al lobo asestándole un fuerte golpe con cualquiera de las gruesas ramas que había tenido frecuentemente a su alcance. Pero se limitaba a extender una mano, como si un momento después hubiese podido ceñir sus dedos como una férrea tenaza al poderoso cuello del animal.
Avanzaba el solemne día...; la tierra se iba cubriendo de tonos grises y verdes, vistiéndose con los atractivos atavíos de la primavera. El largo invierno había terminado. Las tierras de pastos se poblaban de reses, moteando el paisaje.
Bajo las raquetas de Brink la nieve era cada vez más blanda. Pronto se vio obligado a quitárselas. Pensó, no obstante, que más abajo, en el negro cinturón de los bosques de pinos, habría algunas acumulaciones de nieve bastante sólida todavía. Percibió el olor de los pinos, suave, confortador.
Llegó a una ladera, pasando luego a un terreno horizontal, para enfrentarse con el bosque. La nieve se había ido amontonando bajo los majestuosos pinos, originando una ondulante superficie.
Las patas de Old Gray se hundieron por completo en aquélla. El lobo cayó de costado y se quedó inmóvil.
El rastreador no tardó en alcanzarlo. Fijó la vista en él.
—¡Hum! Estás vencido, Old Gray —murmuró, jadeante.
Todo lo que parecía quedar de espléndido en el lobo era su hermosa piel gris, con la brillante mancha negra en el cuello. Old Gray era un animal esbelto, delgado. Su bella cabeza yacía sobre la nieve. Tenía la boca abierta; le colgaba la lengua. ¡Qué blancos y afilados se veían sus brillantes colmillos!
No era nada nuevo para Brink descubrir a la criatura cobarde en el lobo abatido. Sabía que era una pura patraña la leyenda que hablaba de la ferocidad de aquél cuando se veía atrapado. Esta notable bestia, que había sido durante tanto tiempo una amenaza para los ganaderos, se rendía al hombre, como podía apreciar éste en la expresión de sus ojos. Deshecho el corazón, quebrantado el espíritu, llegaba la aceptación de la muerte. Brink ya no advertía temor en aquella mirada y sí, únicamente, resignación. Por un momento, sintióse contenido en su impulso hacia la violencia.
El hombre y el lobo, enemigos desde los tiempos más remotos, se encontraban solos en plena naturaleza. El hombre era el conquistador... No en balde estaba obsesionado con la idea de que había sido hecho a imagen y semejanza de Dios. Ningún lobo, ninguna bestia, había sido jamás igual que el hombre. La vida de Brink había sido, inconscientemente, una expresión de tal creencia. Esta última y suprema prueba, que había buscado con tanto ardor, constituía el clímax de su pasión por demostrar la superioridad del hombre sobre todos los animales.
Hallándose ya con una mano extendida, sin embargo, el pensamiento de Brink sufrió una singular y desmayante transformación. ¿Qué era lo que acababa de leer en aquellos salvajes ojos grises? Era algo que se le escapaba, pero que sintió con un escalofrío en su sangre; tratábase de un enfermizo sentido de futilidad, aun hallándose en posesión de su trabajosamente ganada verdad. ¿Podía él compadecerse de Old Gray, implacable bebedor de sangre de los pastos?
«¡Hum! Creo que si me contengo más tiempo...», musitó roncamente, dudoso.
Arrodillándose junto a Old Gray, dejó caer su atezada manaza sobre la garganta del animal, para apretar.
Brink vio cómo la salvaje mirada perdía intensidad. Los ojos de la fiera se vidriaban. El prolongado temblor del lobo en las angustias de la muerte era extrañamente similar a la intensa vibración emocional del hombre al responder a la herencia de un primitivo día.
V

TAMBIÉN había llegado la primavera, naturalmente, al rancho de Barrett. Mugían las vacas, balaban las terneras. Los pájaros, los húmedos terrenos y los vástagos nuevos de los árboles del huerto, eran una prueba de la llegada del mes de abril, por si no hubiese sido suficiente para demostrar eso la presencia de los alborotadores vaqueros, haciendo sus preparativos para el rodeo de ganado que se efectuaba siempre en aquella estación.
—¡Estoy deseando salir, muchachos! —proclamó Sandy Maclean.
—Figúrate lo que sentiré yo, el mejor de los vaqueros que pusieron sus posaderas en el lomo de un caballo —repuso el delgado y experto Juniper Edd, primero entre los jinetes de Barrett.
Los inquietos mustangos, de hirsutos pelajes, cabriolaban en el corral, resoplando, relinchando, coceando, desafiando a sus jinetes.
—Me figuro que tendré que dejar de fumar —se lamentó Thad Hickenthorp—. No sé dónde voy a hacerme ahora de tabaco.
—Pasarás sin tus cigarrillos, Hick —contestó Matty Lane, el pelirrojo—. Como no apartas los ojos un momento de Sally Barrett, se te olvidan todas las cosas.
—Desde luego, está fenomenal. Pero a mí me parece que dejas demasiado suelta tu lengua, amigo —señaló Thad.
—Silencio, muchachos. Aquí llega el jefe —avisó otro vaquero.
Barrett acababa de salir de la casa. En otro tiempo había sido un vaquero tan ágil, inquieto y deslenguado como aquellos jóvenes que trabajaban para él. Ahora era un ganadero serio, curtido por el sol y los vientos de aquellos parajes, que había sabido con todo conservar su jovialidad de antaño.
—He tenido noticias de Adam, mi socio, amigos —declaró el hombre, satisfecho—. Todo marcha bien en el Cibeque. Pero tendréis que moveros si deseáis estar a la altura de siempre. La mejor de las nuevas se refiere a Old Gray. Hace varios meses que nadie ha visto al lobo. Yo me pregunto si... Sería una suerte que por fin nos hubiéramos librado para siempre de esa fiera.
En aquel momento, apareció un hombre algo lejos de ellos. Ofrecía un aspecto tan poco corriente que Barrett y sus hombres se quedaron mudos de pronto. Aquel visitante avanzaba a pie. Cojeaba. Llevaba un saco sobre sus hombros. Como caminaba con la cabeza inclinada, no pudieron verle el rostro. Sus prendas de vestir se hallaban en tal mal estado que daban la impresión de ir a caérsele a pedazos de un instante a otro.
Se aproximó al grupo y dejó el saco de que era portador en el suelo. Levantó entonces la cabeza para mostrar una cara poblada de una hirsuta pelambrera.
—Hola, forastero. ¿Quién eres? —inquirió Barrett, secamente.
—Me llamo Brink. Soy nuevo en estas tierras. ¿Es usted Barrett, el socio de Adam, que vive al otro lado del Cibeque?
—Sí, soy Barrett. ¿Quieres algo de mí?
—Deseaba enseñarle una cosa —repuso Brink.
Arrodillándose con cierto trabajo, comenzó laboriosamente a deshacer su paquete. Era éste voluminoso y estaba bien atado. Por un extremo del mismo asomaban unas raquetas muy toscas, en mal estado.
Los vaqueros rodearon al recién llegado.
Barrett, su curiosidad excitada, presentía ya algo sorprendente.
Cuando Brink desplegó ante los presentes la piel espléndida de un gigantesco lobo, los vaqueros exteriorizaron palabras y silbidos de admiración.
—¿Han visto ustedes alguna vez esta piel? —preguntó Brink.
Bajo sus suaves modales se notaba una sutil energía.
—¡Es la de Old Gray! —exclamó Barrett.
—Que me aspen si es la de otro animal —reforzó Juniper Edd.
—Bueno... Yo nunca vi a Old Gray, pero ésta debe de ser su piel, efectivamente —saltó Thad, admirado.
—Seguro... Aquí está la mancha de su cuello. Soy el que más veces vio a Old Gray cuando correteaba por la región —declaró Matty Lane.
—¿Cómo conseguiste abatir ese lobo, forastero? —quiso saber Sandy Maclean.
Brink se irguió. Su aire dócil pareció esfumarse. Hizo una mueca. Sus ojos centellearon.
—Estuve persiguiéndole hasta que cayó agotado en la nieve —explicó.
Barrett profirió un juramento. Con sus palabras dio a entender que aceptaba la notable declaración de Brink. Al mismo tiempo, su gesto delataba tanto terror como admiración.
—¿Cuándo? ¿Durante cuánto tiempo? —preguntó, con voz ronca.
—Empecé la caza en los primeros días de octubre, rematándola ayer...
—Estamos a diez de abril —puntualizó Barrett—. Ha estado siguiendo a Old Gray hasta que el animal cayó extenuado... ¡Dios mío! ¿Y ha venido con objeto de cobrar la recompensa ofrecida?
—Creo que se me olvidó eso —replicó Brink, con sencillez—. Únicamente quería que usted supiera que Old Gray ya ha muerto.
El ranchero se rascó la barbilla con un gesto de duda. Sus vivos ojos, muy azules, estudiaron al rastreador con curiosidad. Los vaqueros se quedaron silenciosos por una vez. Con los ojos muy abiertos, se movieron en torno a Brink, mirando alternativamente el arrugado rostro del hombre y la magnífica piel que tenía a sus pies. Su expresión era de profunda extrañeza. Eran seres que vivían en continuo contacto con la naturaleza. Se daban cuenta de los tremendos esfuerzos y privaciones que había exigido aquella hazaña, los cuales, a lo largo de meses, habían convertido al rastreador en una especie de espantapájaros. Aquellos hombres tan endurecidos por el trabajo respetaban sobre todo al espíritu indomable, admirando la resistencia física. Sospechaban la existencia de algo especial en Brink, pero no acertaban a identificarlo. Su reverente curiosidad proclamaba que para ellos aquel hombre resultaba incomprensiblemente grande.
—Creo que éste es el momento más feliz de mi vida —saltó Barrett—. Entre en casa... Podrá reponer fuerzas comiendo lo que le plazca, descansando. Le extenderé un cheque por esos cinco mil dólares. Me quedaré con la piel de «Old Gray» para enseñársela a las mujeres del rancho. Bien preparada, se convertirá en una espléndida alfombra.
Brink pareció sobresaltarse. Su serenidad se transformó en calmoso despego. Sin mirar a Barrett, se arrodilló, plegando la piel del lobo, empaquetándola.
Cuando se incorporó, colocándose el bulto sobre un hombro, dijo:
—Guárdese su dinero. Old Gray es mío.
Seguidamente empezó a alejarse del sorprendido ranchero, de los asombrados vaqueros.
—¡Eh, oiga! ¿Qué significa eso de salir de aquí de esta manera? —llamó Barrett, cuyo rostro estaba rojo como la grana. Tenía la impresión de que había sido puesta en tela de juicio su franqueza o su sinceridad—. Deme la piel de lobo y llévese el dinero, hombre.
Brink, por lo visto, no oyó estas palabras. Alargó el paso de pronto. Ya no cojeaba como en el momento de su llegada. El ganadero, muy irritado, le ordenó que se detuviera. Uno de los vaqueros le dio una voz más cortésmente. Pero Brink, alargando más todavía el paso, avanzando con grandes zancadas, componiendo incluso en aquel instante una notable figura ante los ojos de quienes le observaban, se adentró en una espesura de cedros, perdiéndose de vista.
Los extraños socios de Bahía Two Fold

MI padre me dijo en cierta ocasión de este relato que era «la más grande de todas las historias de pesca que había oído referir». Ahora bien, esta historia se centra principalmente en las ballenas y los hombres dedicados a su captura, pudiendo ser considerada una de las más verídicas entre cuantas han sido escritas.
En su tiempo, los elementos básicos de esta narración fueron comprobados por dos eminentes científicos de Australia, pero no pudimos publicar la misma hasta 1955, año en que vio la luz en el American Weekly Magazine, dieciséis después de aquel en que se produjo el fallecimiento de mi padre. En nuestra época se sabe mucho más que antes acerca de la misteriosa inteligencia de los delfines y las ballenas. Por tanto, los acontecimientos que se desarrollaron frente a la aldea pesquera de Edén —que se encuentra situada en la costa oriental de Australia, a unos seiscientos cincuenta kilómetros de Sydney, por el Sur— parecen no solamente posibles hoy, sino plausibles.
Al considerar la bravura, el arrojo, de los hombres y los animales que protagonizan esta historia, hay que dedicar unos instantes a la reflexión para preguntarnos si debemos o no acabar de una vez para siempre con la insensata y mecanizada matanza de las grandes ballenas antes de que sea demasiado tarde, antes de que hayan desaparecido todas.
I

—¡AHÍ la tenéis! —gritó Davidson, uno de los balleneros—. Ya sopla de nuevo.
Los otros tres hombres que se encontraban a bordo de la pequeña ballenera escudriñaron las aguas, siguiendo la dirección marcada por el brazo extendido del patrón.
Apenas había acabado de pronunciar Davidson aquellas palabras, el enorme lomo de la ballena emergió sobre las tranquilas aguas de Bahía Two Fold, a una distancia de seiscientos metros, empeñada en furiosa batalla con una bandada de feroces orcas, conocidas más comúnmente como «matadoras de ballenas». En estas circunstancias, la primera de las embarcaciones acompañantes, perteneciente a la aldea pesquera de Edén (Australia), se situó cerca de la principal.
—¡Papá! —chilló uno de los más jóvenes marineros, dirigiéndose a Davidson—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Consiguió soltarse?
—No, hijo —replicó el otro, hombre ya entrado en años—. La ballena fue atacada por una bandada de orcas y tuvimos que cortar el cable.
El joven emitió un gemido.
—Bueno, ¿y por qué no arriasteis unos metros más con el fin de que pudiera moverse a su antojo?
El bote del joven Davidson alcanzó al de su padre y continuó avanzando. Todas las miradas se hallaban concentradas en el furioso tumulto que se advertía más adelante. Davidson padre tuvo que llamar a los otros dos veces para que se detuvieran. En las restantes embarcaciones, los remeros habían cesado de bogar, reposando apoyados en sus respectivos remos.
De repente, el joven Davidson chilló:
—¡Se echan sobre nosotros!
—Era de esperar —manifestó Barkley, muy excitado—. Si la ballena o las orcas llegan a situarse debajo de nuestras embarcaciones, todo esto terminará muy mal.
—¡Vámonos de aquí, muchachos! —ordenó Davidson.
Entretanto, la orca y la ballena se habían sumergido de nuevo, dejando tan sólo como una mancha aceitada en el agua, por donde habían desaparecido. A continuación, el mar se abrió bruscamente de nuevo, frente a la embarcación. La gran cabeza de la ballena emergió más allá de una blanca ondulación. Todos oyeron un fuerte resoplido, seguido de una silbante inspiración, No se vio ninguna orca. De pronto, el joven Davidson se irguió, alzando el gran arpón por encima de su cabeza. Con un movimiento saturado de energía, lanzó el hierro. Éste fue derecho al blanco apuntado, hundiéndose a medias en la brillante joroba. Davidson dio un grito de alegría que fue coreado por los tripulantes. La ballena se movió, desapareciendo en un remolino de agua. Segundos después, la embarcación se mantenía casi sobre su popa, hundida en el agua, formando con su superficie un ángulo de cuarenta y cinco grados. El joven Davidson se aferró a la borda mientras sus camaradas se asían a las bancadas para no ir a parar al agua. El cable del arpón se puso muy rígido. En tan precaria posición, el bote ballenero comenzó a deslizarse rápidamente por el líquido elemento, dejando atrás dos enormes y blanquísimas estelas.
—¡Santo Dios! —exclamó Barkley, uno de los compañeros de Davidson—. Ese chico ha logrado hacerse con la ballena de nuevo. ¡Y qué buen brazo el suyo! Es un arponero nato.
—Es un estúpido de nacimiento —aclaró secamente el padre.
Empinándose sobre una de las bancadas, se llevó las manos a los labios, en forma de bocina, tronando:
—¡Corta ese cable!
Pero el joven Davidson no le prestó atención. ¿Había oído las palabras de su padre acaso? Probablemente, no. La embarcación corría más ahora. El jefe del grupo mandó a los otros botes que remaran fuerte, emprendiendo la persecución del primero. Evidentemente, Davidson padre se hallaba fuertemente preocupado por la suerte que pudieran correr su hijo y los demás. Había oído contar muchas historias de ballenas y orcas que hacían trabucar a los botes, atacando luego a los hombres, cuando éstos se hallaban en el agua.
Mientras sus compañeros redoblaban sus esfuerzos sobre los remos, él escudriñó la bahía. Recorrieron algo así como una milla o poco más antes de que volviera a hablar. Finalmente, manifestó, sumamente aliviado:
—¡Gracias a Dios, siguen a flote! La ballena ha vuelto a emerger y la orca se dirige hacia él... El bote de John está por allí. Esos condenados necios siguen avanzando hacia la ballena.
En los minutos siguientes, la ballena llegó a sumergirse hasta siete veces, pero no logró hacer dilatadas carreras. Por último, la embarcación de Davidson padre pudo aproximarse...
—¡Te he dicho que cortaras el cable! —rugió el hombre, muy irritado.
En esta ocasión, el joven Davidson volvió la cabeza, agitando una mano.
—¡Todo marcha bien, papá! —chilló—. Esas orcas están haciéndonos muy buen papel.
—¡Eres un estúpido! —saltó Davidson—. Dentro de unos segundos, las orcas habrán hecho que vuestra embarcación dé la vuelta.
—Te diré, papá... Nos quedamos espantados. Dos de las orcas se acercaban a nosotros y una se colocó precisamente debajo de la embarcación. Otra mordió el cable, pero limitándose a tirar de él únicamente. A mí me parece que si las orcas pretendían hacernos algún daño nadie podía impedírselo...
—La verdad: esto me extraña mucho —dijo Barkley, asiendo a Davidson por un brazo—. Puede ser que el chico esté en lo cierto. No le obligues a cortar el cable.
Evidentemente, el joven John no debía verse forzado. La ballena y sus enemigas se hundieron una vez más y la embarcación continuó desplazándose sobre el agua normalmente.
Al cabo de unos minutos, la ballena tornó a emerger, intentando resoplar brevemente antes de verse atacada y literalmente sofocada por la bandada de orcas. Habría allí de éstas una docena por lo menos. Una de ellas, blanca, grande, moteada, saltó una vez fuera del agua, yendo a «aterrizar» sobre la cabeza de la ballena. Fue la suya una acción singular, casi increíble.
Muy pronto, las embarcaciones y su presa se hallaron al amparo de los promontorios de la costa sur, muy adentrados en las tranquilas aguas de la bahía. La ballena se dejó ver cinco veces, con breves intervalos de inmersión. Luego, a algunas millas, bahía arriba, empezó a describir círculos. El ataque de la orca había echado a perder su intento de huida, dejándola exhausta. La orca continuaba acosando a la ballena cada vez que emergía. Sus compañeras, blancas y negras, saltaban sucesivamente sobre su cabeza. Aquellas bestias debían de pesar cinco o seis toneladas. Arreglábanselas para obligar a la ballena a sumergir la cabeza antes de que lograra respirar a sus anchas.
La batalla tenía lugar en aguas poco profundas. Las orcas iban incrementando su furiosa actividad. La ballena se movía ahora en unas tres brazas de agua, no lejos de la costa, donde se habían juntado los familiares y amigos de los balleneros para presenciar aquel espectáculo. Oyóse una grave voz de mando:
—¡Acércate, John! Lanza el arpón la próxima vez que la veas emerger.
Los hombres cobraron el cable, adujándolo a proa. El joven Davidson, empuñando el arpón, de tres metros de longitud, se dedicó a esperar el momento oportuno.
La ballena volvió a subir a la superficie lentamente. En esta ocasión, la orca se desentendió por completo de la embarcación en su furioso ataque. Cuando los remeros aproximaron el bote al cetáceo un poco más, la orca pudo ser vista en el instante en que se cruzaba por delante. Al lanzarse el primer bote sobre la rodante presa, el joven Davidson levantó por encima de su cabeza la enorme lanza, arrojándola hacia la gran bestia. Un chorro de sangre saltó al aire como un géiser. La ballena produjo un gorgojeante ruido, empezando a batir el agua con su cola, cubriendo la superficie de blancas espumas. Rápidamente, los pescadores bogaron enérgicamente para situarse a prudente distancia.
Todos los ojos estaban fijos en el gran animal. Éste batía el agua con tronantes golpes. Rodaba en un mar de sangre. Viose su inmensa cabeza. Abrió las fauces, por entre las cuales colgaba la imponente lengua. Inmediatamente, la orca se precipitó sobre ella, desgarrándosela, y cuando la ballena se hundió lentamente, todos la vieron mordiendo grandes masas de esperma.
Poco a poco, la ballena fue a parar al fondo, donde había menos de tres brazas de agua. A continuación, la orca desapareció. El animal agonizaba en medio de terribles convulsiones, en una gran nube de cenagosa agua. Tan pronto como la corriente se hubo llevado la sangre, la segunda embarcación clavó en la ballena un gancho de grandes dimensiones. Luego, los botes pusieron rumbo a tierra, donde familiares y amigos aclamaron a sus tripulantes alborozadamente. Por lo que al cetáceo respectaba, habría que esperar a que pasaran dos o tres días. Entonces, los gases internos de su corpachón la elevarían hasta la superficie. Seguidamente, podría ser remolcada hasta un lugar conveniente, para ser despedazada.
Aquella noche, los habitantes de Edén se mostraron muy animados. La captura de la ballena anunciaba un período de gran actividad industrial. Llegaba esto tras muchos años de pesadillas, en el curso de los cuales los enormes tiburones de la zona habían estado destrozando las artes de los pescadores continuamente, acabando prácticamente con la industria pesquera en aquella parte de la costa australiana.
Desde hacía setenta años o más sabíanse cosas acerca de las orcas, el antiguo y gigantesco enemigo de las ballenas, a lo largo de la costa de Nuevo Gales del Sur y en la Bahía Two Fold. Era lo que recordaban los habitantes más viejos de tales lugares, si bien, por supuesto, las orcas debían de llevar por allí millares de años, igual que las ballenas.
No obstante, tuvo que nacer la industria ballenera para que los hombres se fijaran en las orcas y en sus hábitos predatorios en relación con las ballenas. Davidson y sus hombres, en Bahía Two Fold, habían desarrollado unos métodos de pesca de aquéllas más bien primitivos. Los balleneros utilizaban para su trabajo botes a remos, de gran tamaño, arpones provistos de largos cables o cuerdas, y también lanzas que se empleaban para asestar el golpe de gracia a las presas.
Habían temido dirigirse a la mar abierta, tras ellas. Solían patrullar por la boca de la bahía, hasta que llegaba una ballena. En seguida pasaban al ataque, procurado retener a la víctima, si habían tenido suerte, dentro de los límites de su bahía. Muchas de las ballenas avistadas resultaban ser singularmente cautas. Algunos de los monstruos arponeados acababan por perderse en el ancho mar, llevándose sus inadecuados útiles. Con todo, por la insistencia de algunos de los hombres más jóvenes mandados por Barkley, que había sido ballenero en Nueva Zelanda, y la amenaza de muerte que pesaba sobre la industria pesquera normal de Edén, ellos habían persistido en sus esfuerzos.
La captura de la primera ballena tuvo mucho que ver con la especial disposición de Bahía Two Fold. Es un paraje difícil de describir. La entrada de la misma resulta relativamente estrecha y la ensenada pierde profundidad rápidamente hacia el extremo superior, replegándose sobre sí misma, respondiendo así a su pintoresco nombre[2]. La costa es la que suele verse en todo Nuevo Gales del Sur, generalmente: muy irregular, con playas de blancas arenas, verdes riscos y bosques de eucaliptos que ascienden por las laderas de las montañas, de un tono purpúreo a cierta distancia. El nombre de Edén con que se conoce la aldea pesquera constituye un acierto, dadas sus características.
Aquella mañana, los hombres estaban de suerte, en contra de lo habitual, por el hecho de haber avistado algunas ballenas a un par de millas de la costa y dentro de la zona de aguas tranquilas de la bahía. La embarcación de Davidson padre fue la primera en situarse convenientemente para atacar a los gigantescos cetáceos. Barkley, empuñando el pesado arpón, había alcanzado a uno de ellos, entablándose la lucha de siempre, entre las graves palabras denotadoras de preocupación por parte de los mayores y los gritos de júbilo de los jóvenes.
La ballena se alejó, arrastrando trescientos o cuatrocientos metros de cable, deteniéndose luego poco a poco. Venían detrás los otros tres botes, cuyos remeros bogaban enérgicamente, con todas sus fuerzas. Sin embargo, iban perdiendo terreno. Como había ocurrido en tantas ocasiones, la tripulación de Davidson se vio remolcada hasta la boca de la bahía. Después, la ballena subió a la superficie, empezando a tirar de un lado para otro, entre una masa de espumas. Barkley, plantado en la proa, aferrado al cable, gritó de repente:
—¡Una orca, Santo Dios! —extendió un brazo, señalando algo—. ¡Fijaos en eso! ¿Veis esas grandes aletas negras empinadas? Pertenecen a una orca, a una «matadora de ballenas». ¡Mala suerte, muchachos! Lo mejor que podemos hacer es retirarnos de aquí cuanto antes.
Davidson y los otros dos hombres que se encontraban en la embarcación vieron, efectivamente, aquellas aletas, girando en torno de la ballena, forzándola a sumergirse. Davidson contestó:
—Mala suerte, desde luego. Tendremos que soltar el cable.
Hizo un movimiento, disponiéndose a llevar a cabo lo que terminaba de decir.
Barkley alargó una mano para impedírselo.
—Espera... Vamos a ver qué pasa. Hemos soltado quinientos metros de buen cable. Cuesta demasiado dinero para que lo perdamos sin más.
La ballena se sumergió, perdiéndose de vista la orca. El cable dejó de estar tenso. Luego, mientras los hombres esperaban, muy excitados, el cetáceo subió a la superficie rodeado por una bandada de orcas que no cesaban de agitarse. Los hombres de la embarcación pudieron oír los resoplantes rugidos de la ballena y los salvajes chapoteos de sus enemigas.
Barkley había oído más de una vez el rugido de la ballena, pero los otros hombres no. Era un extraño y ahogado sonido. Después, una de las orcas saltó en el aire. Todos vieron un enorme y brillante cuerpo negro con manchas blancas, el cual se estrelló contra el dorso de la ballena. Con un enérgico movimiento de su cola, el cetáceo se perdió de vista, lo mismo que sus atacantes. Nuevamente el cable se puso tenso. La embarcación empezó a avanzar, levantándose sobre su popa, volando sobre el agua. Davidson, en este instante, se abalanzó hacia la proa, soltando el cable. El bote cesó en su alocada carrera, avanzó unos cuantos metros y, finalmente, se detuvo. Los balleneros, pálidos y sudorosos, se miraron mutuamente en silencio. A continuación, Barkley, pasándose un pañuelo por la cara, habló de esta manera:
—Me imagino que no se nos ofrecía otra salida, pero es una verdadera pena perder ese magnífico cable y también la ballena.
—Menos mal que hemos podido desembarazarnos de ese monstruo —comentó uno de los tripulantes.
Éste habría sido el fin de aquel episodio de no haber conseguido los jóvenes arponear de nuevo a la ballena, capturándola gracias a la increíble ayuda de la orca.
Aquella noche los pescadores de Edén charlaron extensamente sobre lo sucedido, muy satisfechos de su buena suerte.
—Tengo que dar crédito a lo que han visto mis ojos, muchachos —dijo Barkley—. Esas orcas son tan vivas y osadas como los perros cuando se lanzan en seguimiento de cualquier ciervo en el monte. Casi todas las ballenas a las que se ha dado muerte en aguas profundas se van al fondo. La orca sabe esto. Cuando matan a una ballena en la mar abierta, el animal se hunde antes de que sus enemigas puedan satisfacer su apetito. Esta bahía es una trampa, lo cual explica que se encuentren por aquí orcas frecuentemente, patrullando por la entrada, hasta que avistan una bandada de ballenas. Cuando han logrado separarlas, escogen una, a la que hacen avanzar hacia la costa. Ésta es la razón de que hayamos encontrado en tantas ocasiones esqueletos de ballenas en los sitios de menos profundidad. Pero, por supuesto, todas las luchas de las orcas con las ballenas no terminan con el triunfo de las primeras. Son suficientemente inteligentes para advertir que nosotros las ayudamos. Ellas interceptaron esta ballena, haciéndola volver.
El joven John objetó:
—Si esta clase de caza se repite acabarán por no mostrar el menor temor al vernos.
—Bueno, bueno —contestó el padre del chico—. Todavía está por ver que ellas repitan la hazaña de hoy.
Al día siguiente, alrededor de las doce, mientras los balleneros se hallaban trabajando en su ballena, llegó corriendo hasta ellos uno de los marineros que prestaban servicios de vigilancia en la costa, notificándoles que en alta mar se veían manchas de espuma. Davidson cogió su catalejo, subiendo a la cresta de un promontorio para echar un vistazo. Una bandada de ballenas se deslizaba por delante de la bahía. Una de ellas había sido separada de las demás, siendo adentrada en la ensenada por las orcas. Davidson regresó a donde se hallaban sus hombres con la emocionante información. Pronto hubo dos embarcaciones listas para zarpar.
Encontrándose a una milla de la costa, apreciaron la presencia de unas cuantas orcas. Desplegando una extraordinaria energía, los animales se esforzaban por evitar que la ballena abandonara la bahía. Davidson, que no había soltado el catalejo, explicó:
—Varias de las orcas se mantienen cerca de la ballena. Otras han formado como un semicírculo frente al cetáceo. Unas cuantas más le impiden el acceso a los lugares de aguas más profundas.
La ballena, habiéndose dado cuenta de la proximidad del fondo, hacía denodados esfuerzos para romper el «frente» que formaban sus atacantes, pero siempre que se movía veíase asaltada por media docena de aquella especie de bulldogs marinos, los cuales se lanzaban sobre su cabeza, obligándola a sumergirse y girar en redondo.
Los que presenciaban el espectáculo desde la costa pudieron ver claramente la larga y verdosa forma que remontaba la bahía y también las centelleantes manchas negras y blancas de las orcas, cerca de su enorme cabeza. La persecución alineada llegó pronto a su fin y la ballena se vio encerrada en un círculo de orcas.
Tratábase de una ballena mucho más grande que la primera, la cual hacía gala todavía de unas fuerzas tremendas. Sin embargo, no lograba imponerse a sus enemigas. No se separaban de ella un momento; no le permitían emerger para respirar, y se agitaba cada vez más frenéticamente, por cuyo motivo sus atacantes estaban en todo momento a una prudente distancia de su temible cola. Llegó un instante en que la ballena se deslizó de lado debido a la acción de una orca que los balleneros habían bautizado con el nombre de Humpy, que se había aferrado a ella como si hubiera sido un mastín. ¡Qué extraño ruido produjo entonces el cetáceo! Fue un sonido prolongado, que pudo ser oído desde el rincón más alejado de la aldea. Finalmente, la ballena consiguió liberarse de Humpy, sumergiéndose de nuevo, una y otra vez. Era un animal tan grande y poderoso que la orca no pudo cortarle el paso. Old Tom, como los pescadores llamaban a la orca de los puntos blancos en su piel, no logró cerrar el silbante respiradero.
Los pescadores pensaban, en su mayor parte, que el cetáceo hubiera podido huir del acoso de haberse hallado en aguas más profundas. Pero entre él y el azulado océano había dos filas de amenazantes orcas que se lanzaban a la carga como si hubieran sido una sola siempre que la ballena se encaminaba hacia la abertura.
Se hizo aparente que las orcas necesitarían la colaboración de los pescadores para terminar con la ballena. Davidson envió al escenario del hecho a su hijo, con una dotación de cuatro hombres, y también una segunda embarcación con cuatro hombres más. Éstos temían aún a las orcas, pero sus temores no estaban justificados. Las orcas, con la excepción de Old Tom y Humpy, se mantenían alejadas de los botes.
Era increíble su renovada ferocidad cuando los pescadores llegaron al lugar de la escena. El joven Davidson no tardó en arponear a la ballena, que se debatió con el afán de soltarse, dando la impresión de que pretendía enterrarse en el cieno del fondo en sus alocados movimientos para sumergirse. El cable del arpón, sin embargo, y las orcas le impedían que se desplazara en línea recta. El arponero del segundo bote no tardó en alcanzar también al animal. Lo retenían ahora por los dos flancos. Al ser clavado el segundo arpón, el hierro debió de afectar a algún órgano vital, ya que la ballena comenzó a girar rápidamente, levantándose y abatiendo contra el agua su gran cola. De la larga y negra cabeza salió otra vez, con el blanquecino humo del respiradero, un estrangulado silbido.
Tres de las orcas colgaban ahora de sus labios, retorciendo sus brillantes cuerpos con fiera y tenaz energía. Old Tom dio un gran salto, cayendo sobre un lado de la cabeza de la ballena y resbalando, con lo cual levantó un formidable chorro de agua. Eso pareció ser algo así como una señal para las restantes orcas. En un remolino de agua en la que se mezclaba la espuma con la sangre, el cetáceo y sus atacantes lucharon durante unos momentos ferozmente. Al final de esta ofensiva, la ballena se irguió con sus grandes fauces extendidas y al volver a hundirse, las orcas, formando una sólida masa, le acompañaron, aferradas a su enorme lengua.
Poco después de haber finalizado aquella carnicería, varias aletas de enorme tamaño y forma triangular se dirigían hacia la mar abierta. Por lo que a las orcas se refería, el episodio había llegado a su término. Todas se alejaban, dejando a los pescadores un cetáceo de veinte metros de longitud. Todos los que presenciaron la escena convinieron que, sin lugar a dudas, aquellos animales se habían asociado con los pescadores de Edén.
De esta manera quedó iniciada una extenuante temporada de pesca para los balleneros y quienes trabajaban en la explotación de los gigantescos animales. Los habitantes de Edén trabajaban ahora día y noche. No bien habían acabado de remolcar una ballena hasta el lugar de siempre de la bahía, se presentaban las orcas empujando hacia allí a una nueva víctima.
A lo largo del mes de junio, la colaboración de los balleneros y las orcas registró un ritmo creciente. La noticia de lo sucedido se había extendido por toda Australia. Muchas eran las personas que hacían un largo desplazamiento sin otro fin que el de comprobar por sí mismas la veracidad de aquel hecho. En el curso del mes de julio, los pescadores capturaron siete ballenas. No podían barajar más, casi, a causa de su limitado y simple equipo. Luego, hacia los últimos días de aquel mes, las ballenas fueron presentándose cada vez en menor número, hasta que sólo pudieron ver alguna que otra. Tras su completa desaparición, nadie de los contornos avistó ya más orcas.
Los pescadores se preguntaron qué habría sido de ellas, llegando a la conclusión de que se habían marchado tras las ballenas.
Todos lamentaron la desaparición de las orcas. No esperaban volver a verlas.
Pero el día primero de junio del año siguiente, los habitantes de Edén, nada más salir a la mar, se encontraron con la grata sorpresa de la presencia de aquellos animales, patrullando de nuevo por la boca de la bahía. Barkley expresó la opinión de que las orcas estaban tan contentas de su regreso como los pescadores. Esto pareció quedar demostrado cuando Old Tom, Old Humpy, y otra orca a la que habían dado el nombre de Hooker, se acercaron a su embarcación, como si hubiesen deseado identificar a sus tripulantes.
Las orcas habían regresado, sí. Los bien conocidos jefes de la bandada, y otros ejemplares que fueran bautizados el verano anterior, eran conscientes de haber vuelto a Bahía Two Fold. Barkley identificó a Big Ben y a Typee, en tanto que Davidson padre reconoció a Big Jack y Little Jack, así como a una enorme orca sin ninguna mancha en la piel, llamada Blacky.
En menos de dos horas, las orcas se mostraron a los pescadores e hicieron adentrarse en la bahía a una ballena. En su momento, la condujeron al lugar en que la profundidad era menor. Allí, las energías combinadas de los pescadores y las orcas hicieron que los hombres de Edén se procuraran otra gran presa que añadir a la larga lista.
Hubo más ballenas aquel verano y más orcas, que ayudaron a los pescadores en las tareas de captura de las primeras. Finalizada la temporada, quedó establecido el hecho: un grupo de balleneros se había asociado con una bandada de orcas, las cuales colaboraban eficazmente en sus trabajos.
Diose un caso notable. Las orcas, después de haber obligado a entrar en la bahía a una ballena, y tras haber auxiliado a los pescadores, no hicieron el menor intentó de desgarrar la lengua de su víctima, aquel jugoso bocado que tanto las atraía. Nada más morir la ballena e irse al fondo, sus enemigas habíanse marchado, sin más.
Davidson había dedicado muchos momentos de reflexión a aquel asunto, hablando del mismo con su camarada Barkley. Llegaron a una conclusión: si las orcas despreciaban la lengua de una ballena agonizante era porque no tenían hambre. Había que pensar, pues, que aquellos inteligentes seres, o sus líderes, al menos, es decir, Old Tom, Humpy, Hooker, y uno o dos más escogían una ballena de entre varias, la obligaban a acercarse a la costa y ayudaban a matarla sin otro motivo que su deseo de mantenerse en amistosa asociación con los pescadores.
Cierta noche, Davidson vio su conclusión confirmada de un modo espectacular. Poco después de haberse acostado, le despertaron unos golpes secos, en rápida sucesión, como unos disparos de pistola. Contuvo el aliento, expectante. Su casa quedaba a alguna distancia de la bahía, pero había oído muy a menudo los chapoteos de los grandes tiburones o los resoplidos de las marsopas, y otros ruidos corrientes en aquella costa, perfectamente perceptibles en el silencio de la noche. Minutos después, decidió que los sonidos en cuestión eran producidos por algún pez.
Davidson llamó a su hijo, quien dormía en la habitación contigua.
—John: ponte algo encima, coge un farol y acércate al embarcadero para ver qué son esos ruidos...
—¿Qué ruidos? —preguntó John, amodorrado.
—¿Es que no los oyes? Presta atención, hijo.
Eran golpes cortos, secos, fuertes, muchos de ellos como tremendos chapoteos... John bostezó, sacando con un esfuerzo de voluntad los pies de la cama.
—Sí... Es verdad —contestó—. Algo pasa en el puerto.
Se encaminó a éste rápidamente.
Estuvo ausente tan largo rato que su padre estuvo a punto de quedarse dormido de nuevo, esperándole. Por último, vio brillar en la oscuridad una luz, acompañada por el rumor de unos pasos dados por unos pies descalzos. Con John, entró en el cuarto el frío de la noche.
—¿Qué crees que ha pasado, papá? —saltó el muchacho—. Nuestra bandada de ocas ha hecho entrar en la bahía a una gran ballena. Unas se dedican a alborotar por así decirlo, mientras las otras la atacan. Me he sentido muy extrañado. ¿Por qué procederán así?
—Sólo existe una explicación, hijo: esos animales pretenden despertarnos, con objeto de que los pescadores llevemos a cabo nuestro cometido. Saca a los hombres de sus camas y diles que se presenten en el embarcadero con toda rapidez.
Davidson se vistió apresuradamente, embutiéndose en su gran impermeable. Cogió un farol y se echó a la calle. La noche era muy oscura. Antes de llegar al puerto oyó unos cuantos fuertes golpes. Junto al agua ya, comprobó que las orcas eran las causantes de todos los ruidos. Percibió luego el estrangulado resoplido de una ballena esforzándose por respirar. Unos segundos más tarde, oíase el inconfundible y amedrentador sonido de la ballena rugiendo como un toro herido.
—¡Válgame Dios! —exclamó Davidson—. Por lo que se refiere a estos animales creía haberlo visto todo, pero estaba equivocado... Lo de hoy supera a todo lo anterior.
Se situó en el mismo borde del embarcadero, alargando el brazo para iluminar con su farol las oscuras aguas. Entonces pudo ver un rápido movimiento, oyendo un silbido y una aspiración de aire. Una enorme orca, más negra que la noche, cubierta de blancos puntos fosforescentes, se sumergió en la zona iluminada. Había divisado un centelleante ojo y la gran aleta, de más de dos metros, de Old Tom. Davidson dio una voz, con toda la fuerza de sus pulmones. La orca se perdió de vista. Desde las aguas en sombras llegaron a sus oídos rumores secos de un chapoteo feroz, como una serie de disparos producidos sin intervalos con una ametralladora.
Davidson se quedó paralizado, lleno de asombro. En la bahía, a cien o doscientos metros de donde se encontraba, resonó el fragor de la batalla que estaba librando una ballena acorralada contra sus despiadadas enemigas. Llegaron hasta el muelle unas luces procedentes de numerosas direcciones. Una docena de hombres se unió a Davidson. Veíaseles excitados, perplejos, deseosos de saber qué estaba ocurriendo.
—Nuestros «sabuesos» marinos han hecho entrar a una ballena en la bahía, hallándose empeñados en una dura pelea —replicó el jefe.
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —inquirió Barkley—. Nuestra intervención siempre ha resultado peligrosa durante el día. De noche todo será peor. Puede comprenderse muy bien.
—No correremos ningún peligro si sabemos no interponernos entre la ballena y las orcas.
—Tendremos que esperar a que haya más luz, sin embargo —objetó Hazelton.
—Falta mucho todavía para que amanezca. Nuestras orcas nos han traído una ballena y han hecho señales para que acudamos en su ayuda. No podemos desentendernos de ellas. Saldremos en cuatro embarcaciones. Necesito voluntarios.
Doce de la veintena de hombres que había allí se presentaron a afrontar el riesgo. Eran suficientes para tripular las embarcaciones. Cuando todo estuvo dispuesto, Davidson ordenó a sus colaboradores que le siguieran, aventurándose por las oscuras aguas de la bahía. Mientras dos hombres de la tripulación bogaban en el bote que avanzaba en primer lugar, otro sostenía el farol en alto, instalándose Davidson en la proa, con el arpón preparado.
—Dejad los remos en reposo ahora —ordenó unos momentos después—. Atención todos... Hemos de guiarnos por lo que oigamos.
Al parecer, la ballena y sus atacantes se iban aproximando entonces a los botes. Tras unos instantes de silencio —evidentemente, la ballena y las orcas se habían sumergido—, percibieron un ruido delante de ellos. Emergió la enorme cabeza de la ballena, produciendo un sonido semejante al de un escape de vapor. Davidson levantó el arpón. Era un hombre fornido y lo manejaba con soltura, aunque pesaba bastante. Al deslizarse la ballena junto a ellos, lo arrojó con tremenda fuerza. El hierro se hundió hasta la mitad del costado del cetáceo, según pudieron ver a la luz del farol.
—¡A los remos! ¡A los remos! ¡Vámonos de aquí! —chilló Davidson, cayendo de rodillas, con el cable en las manos.
La ballena respondió a la agresión con un tronante impulso hacia arriba. Les dio la impresión de ir a salirse del agua. Al descender produjo un gran oleaje. Faltó poco para que la embarcación diera la vuelta. Seguidamente, la bandada de orcas se arrojó sobre su víctima. Los frenéticos movimientos de todas dieron lugar a un ensordecedor fragor. Los animales desaparecieron de la zona iluminada por el farol. Davidson gritó algo, pero nadie entendió sus palabras. Las luces de las otras embarcaciones estaban más cerca ahora. La ballena se sumergió con sus atormentadores demonios aferrados a ella. En aquella repentina quietud, sonaron unos gritos.
—Esto va bien, muchachos —declaró el patrón—. Voy arriando cable. La ballena describe un círculo... acercaos a mí... Tal vez podáis clavarle otro arpón... ¡Mike! Échame una mano. Las orcas le están cerrando el paso, le obligan a volverse... No creo que pase nada si somos remolcados... ¡Eh, vosotros! No os apartéis mucho. Esto se pone bien.
La embarcación de Davidson, a continuación, empezó a ser arrastrada a considerable velocidad. A juzgar por el cable, la ballena se desplazaba dibujando una trayectoria curva. La luz del farol no permitía ver nada, casi. Pero los faroles de la embarcación posterior contribuyeron a aclarar algo las sombras.
De pronto, el cable perdió tirantez y la embarcación velocidad.
La agitación de las aguas cesó.
—¡Se sumergió! —aulló Davidson—. ¡Mucho cuidado!
Los hombres de la embarcación más próxima corearon las voces de aquél. Habían visto un brillo en el agua, bogando frenéticamente para echarse a un lado, pues en aquel momento emergía la gigantesca cabeza de la ballena. De nuevo, oyeron el estrangulado silbido que correspondía a una aspiración de aire, seguido de un rugido tronante. El chapoteo se mezclaba con unos sordos golpes causados por los encontronazos de las orcas con la ballena. Pero la segunda embarcación no logró escapar a aquello, dando la vuelta y yendo a parar al agua sus tripulantes. El tercer bote se apresuró a ir en su auxilio. Casi en el mismo instante, el joven Davidson, en el cuarto, lanzaba magníficamente un arpón contra el negro y resbaladizo costado de la ballena. Las dos embarcaciones remolcadas por el cetáceo se perdieron rápidamente en las sombras. A los pocos minutos, las orcas cortaban el paso a la ballena herida, dándole muerte.
Al amanecer, no mucho más tarde, las orcas habían abandonado la bahía, y su víctima descansaba en el fondo de ésta.
Pasó el fructífero verano y llegó otro. La fama de las «matadoras de ballenas» fue extendiéndose más y más, por todas partes. Cada vez era mayor el número de visitantes en Edén, los cuales deseaban ver personalmente lo que se contaba en otros sitios y conocer la pintoresca aldea, escenario de unos hechos insólitos. Las industrias derivadas del aprovechamiento de las ballenas se desarrollaron. Se habló de recurrir a métodos modernos en la pesca de aquellos monstruos marinos. Pero la cosa no prosperó. Los hombres del lugar se aferraban a sus procedimientos, mejorados con la ayuda de las orcas.
Transcurrieron los años, que aportaron escasos cambios. Los viejos balleneros fallecieron, o se trasladaron a otras poblaciones, o bien se retiraron de su trabajo, dedicándose entonces a tomar el sol y a referir a los jóvenes sus experiencias con las orcas. El joven Davidson ocupó el puesto de su padre, como jefe de los balleneros. Otros jóvenes reemplazaron a los viejos.
Por espacio de treinta años se registraron escasas alteraciones en el número de orcas actuantes y sus acciones. Capitaneada por Old Tom, Humpy y Hooker, aquella bandada de lobas marinas patrullaba por la entrada de Bahía Two Fold, acosando a las ballenas hasta ponerlas al alcance de los arpones. Con el tiempo, se fueron haciendo más y más eficientes en sus ataques, estrechando sus extraordinarias relaciones con sus aliados humanos.
Alguien contó que Old Tom gustaba de hacer travesuras, algunas de las cuales supusieron buenos sustos para los balleneros. En varias ocasiones, habíase aferrado al ancla de pequeñas embarcaciones, remolcándolas. Tratábase de una diablura, ciertamente, y los pescadores celebraron la experiencia tanto como la orca, o así lo dieron a entender, al menos. Luego, Old Tom asió un cable que correspondía a una ballena arponeada, desplazándose seguidamente con rapidez. Los balleneros se asustaron mucho, tardando algún tiempo en recuperar aquél.
Esta conducta de la orca sólo obedecía al deseo de jugar, aparentemente. Lo más notable es que Old Tom, pese a sus tretas, jamás dio lugar a la pérdida de una ballena.
En compañía de Humpy, se acercaba a las embarcaciones. Hubiérase dicho que los dos animales marinos adoptaban una actitud amistosa. La perspectiva de ir a parar al agua por cualquier causa cuando las orcas andaban por las cercanías seguía siendo inquietante para los pescadores. Por lo que les habían referido los viejos, confiaban en Old Tom, Humpy y Hooker, y en dos o tres orcas más. Pero los balleneros jóvenes recelaban de otras, menos dóciles, seguramente, menos amistosas.
Los viejos pescadores legaron a sus hijos una curiosa historia. En cierta ocasión, las orcas, intencionadamente o por error, obligaron a adentrar en la bahía a un cachalote. Los cachalotes y las ballenas azules eran raros en aquella costa, apartándose siempre de los primeros los pescadores de Edén. Debido a su superior volumen y a la velocidad que desarrolla esta especie, así como al hecho de poseer unos grandes dientes en la mandíbula inferior, teniendo la costumbre de cargar contra las embarcaciones cuando se ven atacados, los cachalotes son considerados unos enemigos formidables, muy peligrosos.
Aquel día avanzaban en primer lugar dos botes tripulados por hombres jóvenes. Les seguían otros dos, con tripulaciones en las cuales figuraban algunos balleneros experimentados. Rápidamente, un arpón se clavó en el cuerpo de la... ballena. Nadie sabía que se trataba de un cachalote en aquellos momentos. Los viejos, no queriendo mostrarse timoratos al aconsejar que dejaran suelto al animal, acudieron en ayuda de sus jóvenes y atrevidos camaradas. Lucharon contra la gran bestia, camino de la zona de escasa profundidad. Aquí, una vez más, todos pudieron apreciar otra gran prueba de la desconcertante inteligencia de las orcas. Al avanzar el cachalote sobre uno de los botes, Old Tom y sus acompañantes se situaron a un lado, importunando a su adversario, hasta obligarle a cambiar de rumbo. Old Tom no intentó impedir a este animal que respirara, por una razón mayor: en el cachalote, los orificios nasales quedan mucho más cerca de las formidables mandíbulas y enormes dientes que en otras especies de ballenas.
Por tal motivo, la lucha fue larga y feroz. Nunca habían presenciado los pescadores otra igual. Todo se debió, desde luego, a la superior fuerza y vitalidad del cachalote, y a la imposibilidad, por parte de las orcas, de impedir a aquél que respirara. Pero cuando el animal fue situado en las aguas menos profundas, sus enemigas le atacaron con despiadada furia, compensando con su fiereza lo que habían perdido en técnica. Los hombres intervinieron ahora, esforzándose por clavar otro arpón en el cuerpo del cachalote.
Los pescadores habían advertido la presencia de cierto número de tiburones, siguiendo la estela sangrienta, algo que, por supuesto, no les produjo el menor placer, sobre todo al pensar en la posibilidad de que alguna embarcación trabucara. Finalmente, el bote de John Davidson se acercó al cachalote. El joven lanzó su arpón, que dio en un costado del animal, sin hincarse en él.
Inesperadamente, el cachalote giró en redondo, como si hubiese estado instalado sobre un pivote. Su enorme cola movió violentamente la embarcación, yendo a parar al agua John. Oyéronse unos gritos de alarma. El bote, en virtud del impulso adquirido, se apartó de Davidson, y antes de que los tripulantes pudieran iniciar una rápida maniobra de aproximación, dos de las grandes orcas se dirigieron hacia el joven. El cachalote estaba todavía cerca, agitándose continuamente. Andaban también por los alrededores otras orcas y algunos tiburones.
Uno de los pescadores, de pie en la proa del bote a cuya tripulación pertenecía, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Las orcas son Old Tom y Humpy! ¡No le harán ningún daño a John!
Y, cosa sorprendente, así fue. Old Tom y Humpy, dos animales marinos amigos de los balleneros desde hacía cincuenta años, se situaron a uno y otro lado de Davidson, custodiándolo hasta que gracias a sus habilidades como nadador y a un cabo que le fue arrojado desde la primera embarcación fue rescatado. Las orcas sólo se separaron de John cuando éste se halló a salvo.
A continuación, se reanudó la lucha con el cachalote. Habiendo logrado los balleneros clavarle dos arpones más, el animal fue perdiendo fuerzas, terminando el episodio con la victoria de los hombres de Edén. Orcas y tiburones causaron grandes destrozos en el cuerpo del cachalote, que no llegaron a afectar a la enorme cabeza —un tercio del cuerpo en esta especie—, que contiene el valioso aceite de esperma. No obstante, varias de las orcas sufrieron graves heridas en el curso de la batalla. Una de ellas, al alejarse, avanzaba muy rezagada con respecto a las otras.
Ninguno de los relatos de los viejos tiempos podía compararse con éste que habían protagonizado los jóvenes del lugar. Se sacó mucho partido de él, a decir verdad. A partir de aquel día, Old Tom y Humpy fueron considerados dos héroes marinos. Y cuando el corpachón de Old Tom, no mucho tiempo después, fue arrojado por las aguas a la costa de Bahía Two Fold, los pescadores se sintieron muy afectados. Algunos propusieron que su piel fuese enviada a Sidney, con objeto de ser montada, pero la mayoría desechó tal idea. Y procedieron a levantar un monumento conmemorativo, en honor a Old Tom, dentro de la población de Edén.
Humpy y las otras orcas conocidas de los balleneros fueron vistas en el curso de los siguientes años. Luego, las ballenas comenzaron a escasear y sus eternas enemigas concentraron sus actividades en otros parajes. Finalmente, la industria ballenera fue perdiendo brío y murió. Los relatos de pesca, no obstante, continuaron bien vivos en la memoria de las gentes. Hubo quien aseguró que las orcas amigas habían perecido en su totalidad. Otros se inclinaban a pensar en una posible presencia suya en otros sitios.
En Edén viven hoy hombres que disfrutarán comprobando la veracidad de la historia que acabo de referir. Algunos de ellos la recogerán con espíritu conservador; otros querrán embellecerla con las más hermosas narraciones de pesca que hayan podido oírse jamás. Y aducirán que todavía, algunos días, es posible presenciar en la boca de la Bahía Two Fold una espectacular lucha entre ballenas y orcas.
notes

Notas
[1] Es decir, Viejo Gris, literalmente, por el color de su pelaje. (N. del T.)
[2] Two Fold equivale a «Dos Pliegues». (N. del T.)

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