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jueves, 8 de junio de 2017

Pueblo Perdido (Zane Grey)

Pueblo Perdido
Zane Grey

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Zane Grey
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notes


Zane Grey

Pueblo perdido
Título original

LOST PUEBLO

©1954 by Zane Grey, Inc.
Traducción de C. UNTERLOHNER
Cubierta dé NOIQÜET
© EDITORIAL MOLINO, 1972 Apartado de Correos 25 Calabria, 166 — Barcelona (15)
Depósito Legal, B. £4.477-1972 Número de Registro, 6.538-72
Impreso en España Printed in Spain
A. G. PONSA. • Gonzalo Pons, 23 — Hospitalet (Barcelona)

1
JANEY Endicott nada vio de A rizón a. hasta entrada la mañana. El tren cruzó el límite del estado luego di anochecido, pero Nuevo Méjico con sus llanuras lomas arrugadas y oscuras subrayando aquellos amplios horizontes, había suscitado en ella sensaciones hasta entonces desconocidas. Su padre le había despertado dando con los nudillos en la puerta de su habitación a una hora desusada por demás.
Cuando su padre le propuso que lo acompañara durante un breve viaje que debía emprender por él Oeste, había accedido por complacerle, pero ahora se decía que comenzaba a interesarle. No estaba segura de como podía describir aquella sensación, pero era indudable, estaba segura, de que la causaría una Impresión inolvidable.
Habían llegado a Flagerstown a altas horas de la noche; Janey, rendida por el cansancio, se acostó inmediatamente. Más al despertar, ya advirtió la ausencia de la languidez que de costumbre la acometía al abrir los ojos por la mañana. No; aquel despertar no era habitual. De pronto se encontraba lúcida sin transición alguna, mirando con asombro al resplandeciente sol que por la ventana inundaba la habitación, áureo y cegador, pero evocando una cálida caricia, mientras que el aire que aspiraba resultaba frío y cortante.
—1 Alguien dijo que ya estábamos en primavera', —exclamó saliendo de la cama y apresurándose a calzarse las chinelas y arrebujarse la bata mientras se encaminaba hacia la ventana y se asomaba.
Era evidente que aquel pequeño hotel estaba situado en las afueras de la población. Entre los pinos se veían algunas casas esparcidas. También se destacaban algunos; peñascos enormes casi cubiertos por matas y arbustos. Laderas arriba, los pinos crecían más espesos hasta convertirse en un tupido y verde bosque del que sobresalían los blancos picachos de las montañas que contrastaban en el azul del cielo. Aquella magnificencia desplegada ante su vista en el comienzo del día, lo percibió como un augurio r prometedor de que disfrutaría en aquel viaje.
A nadie jamás lo había confesado, pero en más de una ocasión se había dicho a sí misma que a pesar de tener sólo veinte años tenía que esforzarse para ocultar su aburrimiento en su hogar y entre su sociedad en el Este. Alguna que otra reflexión profunda, incluso con destello de melancolía, la asaltaba de pronto, si bien casi de inmediato procuraba, y do lograba, recluirlo todo en el lugar más recóndito de su mente.
Mientras se vestía le sobrevino una de aquellas introspecciones. ¿Qué hacía allí? ¿Qué había hecho hasta entonces? Luego del pensionado había viajado por Europa y seguidamente inmergida en los acostumbrados campeonatos de golf, carreras de coches, bailes y demás actos y fiestas de consecuencia. Su padre... bien sabía que no simpatizaba por completo con su generación, pero siempre se abstuvo de intervenir en su vida. Pero aquel viaje, meditándolo bien, tema su miga. En aquella ciudad de Flagerstown debían encontrarse con un joven arqueólogo y con toda probabilidad le convencerían para que los llevara al Cañón y a otros lugares dignos de ser visitados. Janey lo conoció en Nueva York donde el científico dio unas conferencias concernientes a las ruinas prehistóricas del Sudoeste. Aquel Phillip Randolph había llamado la atención de Janey, quizá porque era distinto a 'los jóvenes que la rodeaban y con quienes gustaba coquetear y si bien estaba segura y convencida de que sus encantos habían hecho, mella en su ánimo al igual que sabía que lo hacían en los varones jóvenes de su medio habitual, aquel Randolph jamás había dejado traslucir gesto o palabra que delatara su interés por ella. Siempre se comportaba y parecía como un producto de estudio, de maneras algo anticuadas, absorto en sus trabajos de investigación y ajeno a los deseos y problemas de este mundo.
Janey, por su parte, percibió algo que la indujo a abstenerse de coquetear con él. Más he aquí que, con ocasión de aquel viaje, su padre, cuando ya habían llegado al Oeste, le dijo como quien no da importancia a la cosa que confiaba en encontrar al joven Randolph. Aquella observación le recordó a Janey que su padre había parecido estar siempre muy complacido con el trato y conversación con aquel arqueólogo.
Sonriendo ante el espejo, la muchacha se dijo:
«Me parece que... papá se trae algo entre manos. Será cuestión de hacerle hablar.»
Luego de una última mirada al espejo, salió de su habitación, bajando a la planta baja del hotel en busca de su padre. Lo halló sentado ante el fuego de la chimenea del salón, hojeando un periódico. El señor Endicott era un caballero de unos sesenta años, arrogante, con rostro de trazos acusados que revelaban a la legua a un neoyorquino típico, de mirada tranquila, particularmente cuando contemplaba a su hija.
Viéndola entrar en el salón, dobló el periódico y levantándose la saludó:
—¡Buenos días, Janey! Bien... por fin veo que has dejado algo de lado tu acostumbrado maquillaje. Chica... estás... como un rayo de sol. Lo que se dice una preciosidad.
—Gracias, papá, eres... lo más galante que cabe imaginar. Desde luego, te confieso que me siento muy bien. ¡Qué a gusto he dormido! Debe ser este aire de Arizona. ¿Sabes si hay algo con que desayunar por ahí? ¿No habría alguna chuleta perdida?
Su padre, por respuesta la tomó del brazo conduciéndola hasta el comedor donde la mesa para ellos reservada estaba abastecida con abundancia.
En el curso del desayuno, Janey observó, en más de una ocasión, cómo su padre la miraba complacido, sin duda satisfecho de que comiera con tanto apetito y no expresara los acostumbrados comentarios displicentes acerca de los manjares y bebidas servidos. Jane se dijo una vez más que su padre le ocultaba algo. Quizás intentaba poner en práctica aquella teoría que sostenía acerca de que la vida, todavía algo rústica y primitiva del Oeste, era algo muy adecuado para contrastar con el concepto de la existencia que pudiera tener una joven con indudable educación, pero... quizás algo sofisticada.
—Randolph ha enviado un recado advirtiendo que no es posible venir aquí a recogemos. Tenemos que ir hasta Mormon Canyon. Parece que es una especie de factoría o almacén comercial. Tengo entendido que aguardará allí —anunció el señor Endicott.
—¿Quieres decir que vamos a viajar por el desierto? —preguntó Janey brillándole el entusiasmo en la mirada.
—Eso es. Algo como unos ciento cincuenta o ciento sesenta kilómetros. Te advierto que será un viaje que con seguridad recordarás mucho tiempo. Pero supongo que no irás con esa ropa tan ligera...
—¿Por qué no? Me llevaré el abrigo grueso por si siento frío.
—Tú misma, pero recuerda que te he advertido. Mete en una maleta lo que quieras llevarte y partiremos inmediatamente. Ya he encargado un coche.
—¿Hay tiendas por aquí? Necesito algunas cosas...
—Sí las hay. En esta misma calle. Pero no te entretengas, por favor. Deseo partir cuanto antes.
Cuando la muchacha salió a la calle' sintió un estremecimiento de frío. Su padre le había advertido con conocimiento de causa. Debió de haberse puesto el abrigo. El viento parecía de escarcha y el polvo le azotó el rostro. Flagerstown aparecía como una población muy tranquila, algo muerta. Le sobresaltó la idea de que un día fuera a vivir en un lugar semejante. Sus compras se limitaron a una sola tienda, la primera que halló a mano y en cuanto las hubo hecho se apresuró a regresar al hotel. En su camino se cruzó con algunos indios, que a pesar de su indumentaria de blancos le hicieron un efecto sorprendente y al mismo tiempo notó que la miraban con cierto curiosa dad. Vio también a un muchacho mejicano conduciendo una reata de soberbios caballos de silla. Pero en su breve recorrido hasta el hotel, nada más de particular le llamó la atención.
En unos minutos preparó su equipaje y cuando su padre fue a recogerla, la halló dispuesta a partir. Su padre estaba tan contento como si fuera un muchacho y en la calle les aguardaba el automóvil.
—¿Lista? Pues en marcha —exclamó el señor Endicott.
Pronto dejaron atrás la población y entraron en un bosque de grandes coniferas que parecían alzarse hacia el cielo desde el pardo suelo, que se elevaba gradualmente. Su fragancia evocaba la de los bosques del Este, pero ahora era seca y suave, distinta a la húmeda que recordaba Janey en los bosques del país donde había nacido. Cruzaron trechos abiertos, dedicados al pastoreo, lo que les permitiría ver algunos picos de montañas con las laderas cubiertas por la nieve. Janey se preguntó por qué las gentes de su país hablaban con tanto entusiasmo de los Alpes, si en el Oeste existían cordilleras tan magníficas, Y se sintió contrariada cuando la espesura del bosque le impidió de nuevo contemplar aquellas montañas por más tiempo. Su padre le explicaba con todo detalle todo cuanto veían; parecía que estaba muy bien informado de lo que era Arizona.
—¿Cómo es que conoces tan bien este país? ¿Acaso ya estuviste por aquí en otras ocasiones, papá?
—Nunca, pero Randolph me hablaba continuamente de él. Al parecer, está entusiasmado con esta tierra y francamente, no me sorprende.
Janey no le contestó y aquel silencio fue quizás el mejor asentimiento que cabía expresar al sentimiento de su padre.
La carretera ascendía progresivamente, pero lo escarpado del curso, como tampoco la aspereza del paisaje, les preocupaba. Alcanzaron un bosque más espeso todavía que el que habían atravesado y luego de seguir por lo que parecía ser la cumbre de una montaña comenzaron a descender. La arboleda fue aclarándose, los pinos perdían altura y eran más delgados, comenzaron a escasear y por fin llegaron al límite del desierto.
Para Janey significaba su primer contacto con aquel inmenso espacio abierto y su contemplación casi la conmovió. No es que sintiera temor, reverencia o recelo ante aquella inmensidad, pero sí quizás había una mezcla de estas tres sensaciones. No recordaba haber visto nada semejante en toda su vida... era, sin duda alguna, algo incomparable. Comenzaba por un terreno plateado, salpicado por el verde de algunos árboles de menguado desarrollo, más allá se tomaba en una mezcla de colores ocres y rojos de diversos matices que terminaban en un espacio vacío, inmenso, de colores infinitos de entre los que sobresalían— purpúreos reflejos.
—Esto debe ser lo que Randolph llamaba, el Painted desert [1], si mal no recuerdo —murmuró él padre de Janey, absorto, contemplando el paisaje que se ofrecía ante sus ojos—. Desde luego es algo fantástico. ¡Nada semejante hallarse en Europa! Y Randolph me afirmó que esto es nada comparado con lo que hallaremos más hacia el Norte, en Utah, a unos trescientos kilómetros de aquí
—Francamente... no sé qué decirte, pero creo que lo mejor será que prosigamos —contestó Janey, también con voz queda.
A partir de aquel instante, el trayecto absorbió todo el interés de Janey, hasta tal punto que lo contemplaba todo casi semiinconsciente. La salvaje escenografía que se desplegaba ante su mirada era desde luego, sobrecogedora. El Little Colorado River [2], el vasto promontorio de Kishlipi, los gigantescos escalones que parecían conducir a los Badiands, las siniestras y escalofriantes formaciones rocosas que parecían formar un río pétreo que desembocara en un profundo golfo azul que era el Gran Cañón, las inmensas planicies denominadas «mesas» que descendían paulatinamente hasta hundirse en las brillantes arenas del Moeneopi Wash para elevarse de nuevo y perderse en la lejanía. Leguas y más leguas de desierto con cadenas de montañas rocosas contrastando contra el azul del cielo, eran demasiadas cosas para ser vistas con una rápida ojeada mientras el coche rodaba por la carretera.
La llegada a la factoría fue una sorpresa. Embebida en la contemplación del paisaje, no advirtió aquella casa que se alzaba al lado de la carretera, hasta que se detuvieron. Desde luego, parecía como si las paredes quisieran confundirse en una roca más de los montículos que se alzaban por doquier. Pero, al acercarse, se advertía claramente que aquello era una habitación humana, rodeada de arena en la que se entremezclaban los colores ocre, rojo y gris, de la que se desprendía un polvo que al chocar por la fuerza del viento contra los peñascos de cresta afilada» se alzaban en el aire como columna de humo plateado. Junto a la factoría había algunos espacios verdes pero más allá las columnas de polvo y arena se deslizaban por encima del suelo para perderse en la inmensidad desértica. Más lejanos se alzaban unos acantilados de nivea blancura que servían de base al comienzo de una de las oscuras «mesas».
—¿Qué tal? ¿Qué te parece todo esto, Janey?-le preguntó su padre.
—Pues que ahora comprendo por qué Phillip Randolph parecía algo así como una estaca cuadrada clavada en el centro de un agujero redondo, entre nosotros. Claro, no encajaba... acostumbrado a estos lugares «-respondió Janey.
—Sí, me figuro que lo consideraban como algo ridículo... pero estoy seguro que no le conocían bien —afirmó su padre.
A la puerta de la edificación les aguardaba el factor, John Bennet. Colgando de un brazo sostenía algunas alfombras de los indios navajos, mientras su sombrero se mantenía algo ladeado sobre una oreja. Mostraba un rostro batido y cortado por todos los vientos del desierto y reseco como sus piedras y arenas. De edad mediana y estatura corriente, cuerpo que recordaba a un sarmiento seco, miraba con ojos grises algo infantiles que demostraban un carácter humorístico.
—¡Vaya, vaya! ¡Por fin llegaron! —exclamó a guisa de saludo dejando caer las alfombras y prosiguiendo—.Pero, a decir verdad, no los esperábamos tan pronto. Bien, salgan del coche y entren en la casa.
Janey franqueó la puerta, entrando en lo que parecía ser una sala de estar espaciosa y llena de colores, para hallarse ante una mujer sonriente que con las mangas enrolladas de su blusa mostraba unos fuertes brazos, que luego de decirle que se sentara cómodamente donde le pluguiera, salió al exterior a reunirse con las otras personas cuyas voces oía.
Miró a su alrededor y el amplio sofá dispuesto ante las espaciosas ventanas pareció ofrecerle una silenciosa invitación. Quitándose el abrigo y el sombrero, se sentó procurando al mismo tiempo ver todo cuanto la rodeaba.
La vasta estancia contenía varias alfombras de navajo, algunas incluso adornaban las paredes. Encima de una mesa adosada al muro habían, esparcidos, cinturones adornados, cintas para sombreros y bridas. Sobre la amplia repisa de la chimenea había algunas placas indias y en una librería veíanse algunas muestras de la alfarería indígena. En el hogar, los carbones de un fuego casi consumidos, dejaban escapar unos espirales azulados que ascendían lentamente por la chimenea.
Entraba de nuevo en la estancia la señora Bennet, acompañada por el comerciante, el señor Endicott y un joven vistiendo un atuendo caqui. Janey tuvo la impresión de que ya lo había visto en alguna parte, cuando de pronto cayó en la cuenta de que era Phillip Randolph. Con aquel rostro tostado y el sencillo, casi basto, atuendo, Janey se dijo que aquel hombre formaba parte del desierto.
—Señorita Endicott, creo que no será necesario que le presente a Phil —dijo la señora Bennet indicando con un gesto al joven que estaba a su lado, al mismo tiempo que con una mirada se hacía cargo del vestido con falda corta, las medias que enfundaban sus piernas y los zapatos de tacón alto que calzaban sus pies.
—¿Phil...? Ah... usted quiere decir el señor Randolph...
El aludido avanzó un paso al mismo tiempo que se inclinaba ligeramente con cierto aire confuso y decía:
—Espero que me recordará usted, señorita Endicott...
—Claro que sí, señor Randolph —contestó Janey al mismo tiempo que le tendía condescendiente la mano.
Estrechándosela ligeramente, el joven prosiguió:
—Estoy muy contento en verla de nuevo, señorita Endicott y con mayor motivo de que sea en estas tierras, en el que acostumbra a llamar «mi Oeste». Por cierto, siempre dudé que su padre pudiera convencerla para que lo acompañara.
Con una sonrisa, Janey contestó:
—Pues lo consiguió, como bien puede ver. Pero, francamente ni yo misma sabría decir cómo.
—¿Han tenido un buen viaje? —preguntó la señora Bennet.
—Para mí ha sido algo soberbio. Para mi hija... pues no lo sé todavía... —contestó el señor Endicott.
La señora Bennet, queriendo sin duda simpatizar con Janey le dijo a ésta:
—No crea todo cuanto dicen de este país, señorita Endicott. No se está tan mal y por lo que atañe a esa palidez, estoy segura de que su salud se repondrá inmediatamente en este desierto. El clima...
—¿Mi salud? ¿Qué pasa con ella? —preguntó Janey interrumpiéndola, casi indignada—. Sepa usted que hace pocos días me escogieron para un póster concerniente a la salud. Quien está alicaído es mi padre.
Con evidente desasosiego y confundida por la reacción de Janey, la señora Bennet, comentó:
—¿De veras? Pero si tiene un aspecto tan sano... fuerte...
—Desde luego, señora Bennet, mi padre no está enfermo del cuerpo, sino... digamos... de la mente...
Phillip fue en socorro de ambas, explicando:
—Señora Bennet, que no haya malentendidos, por favor... Aquí no se trata de la salud de nadie. Resulta de que el señor Endicott fue un íntimo amigo de mi padre. Lo visité en Nueva York. En el curso de nuestras charlas le conté de mí vida en este país, de cómo era y todo lo demás que hace el caso. Me explicó que deseaba venirse por una temporada al Oeste, sacar a la señorita Janey de la vida sofisticada de las grandes ciudades...
—... y parece que lo ha conseguido —le interrumpió Janey con cierta violencia, y prosiguió—: Porque hay que estar loco o haber perdido la razón, para vivir en un lugar como éste, rodeado por centenares de kilómetros donde no hay otra cosa que arena, pedruscos, peñascos y el azul del cielo, desde luego. Algo muy adecuado para quien quiera esconderse, si ha cometido un crimen.
La señora Bennet, intentando suavizar la situación creada, pasó por alto aquellas palabras y dirigiéndose al señor Endicott, le dijo:
—Por cierto, sus habitaciones todavía no están preparadas. Les ruego que descansen aquí un rato —y dirigiéndose a su esposo, preguntó—: ¿Dónde están los muchachos? Diles que traigan el equipaje de los señores.
—Esto es Jo que me estoy preguntando —contestó el señor Bennet—. ¿Los ha visto usted, Phil?
—Cuando llegó el coche estaban holgazaneando por ahí a la sombra... pero en cuanto vieron que llegaban forasteros, seguramente que se han escondido como conejo* asustados. Voy a ver si los encuentro.
—Lo dicho, pónganse cómodos. Vamos a ver dónde se ha metido la gente —dijo el señor Bennet saliendo con su esposa y con Phil.
En cuanto estuvieron solos padre e hija, el primero con ligera irritación, comentó:
—Oye, no me importa demasiado que me califiques de loco o algo semejante, pero por favor, ten un poco de miramiento para con Randolph. Su padre era un caballero y este chico me recuerda a él. Te ruego que midas tus palabras y... actitudes para con él. Phillip Randolph, no es un cualquiera que por pasatiempo esté por aquí con un microscopio, jugando como quien dice. En Nueva York pudiste arrancarle la piel a tiras porque no te seguía la corriente. No lo soportaste, porque jamás lo entendiste... pero aquí es distinto...
—Mi querido y amado papá —replicó Janey sonriendo burlonamente—. Te llamas Elijah [3] pero esto no quiere decir que seas profeta. Estimé tanto a tu joven amigo, que preferí dejarlo solo con sus preocupaciones, pero aquí es distinto, como bien dices. En Nueva York hay millones de hombres y entre ellos algunos harto interesantes. Pero tú estás empeñado a que me trate con éste y lo más probable es que me aburra hasta consumirme. ¿No ves que es un tipo tan seco como un fósil de esos que desentierra de la arena? ¡Si vive con dos mil años de retraso!
No sabe hacer otra cosa que escarbar en el suelo a la búsqueda de cosas del pasado. Pero no te desanimes, a lo mejor cualquier día desentierra una pipa ricamente adornada, propia para fumar mazorca y con ella demostrará de que en los viejos días aztecas había chicas encantadoras de mirada hechicera. Algo sensacional.
—Janey, creo que ¡no tienes remedio.
—Papá, que soy tu hija. No lo olvides. No sé si descuidaste mi educación o bien no te preocupaste de mí lo suficiente. Pero ten presente de que todos los educadores y científicos contemporáneos están de acuerdo en afirmar de que vosotros, los padres de la presente juventud, sois los culpables de nuestros defectos.
—Janey, terminemos de una vez. Ten presente de que soy el responsable de tu conducta en este lugar —afirmó el señor Endicott, con tono severo.
—Muy bien, como tú quieras, mi querido papá. Aquí me tienes, porque tú me has traído... o es que he bebido demasiado.
—Ya que tú lo mencionas, viene a propósito. Abstente de beber.
—Comprendo que tienes de mí una opinión poco recomendable. Desde luego, admito que lo que podríamos llamar los miembros de mi grupo social, empinan el codo con harta ligereza. Pero te aseguro y puedes creerme, de que yo jamás he bebido, papá.
—No sé si creerte o no, si bien convengo en que jamás te he visto... alegre. Pero, fumar...
—Vamos, no exageres. Además es algo distinto... calma los nervios...
—¡Está bien ¡Está bien! Dejémoslo —exclamó el señor Endicott con exasperación ligera ante las réplicas de su hija—. Pero no me negarás de que tu conducta no es muy edificante en lo que concierne a la colección de moscardones que continuamente revolotean a tu alrededor..., como ese niño bonito y zángano que anda por ahí afirmando de que os habéis prometido.
Janey con una carcajada alegre le interrumpió:
—¡Pero deja que diga! Supongo que te refieres a Bert Durland, ¿verdad? Pues no creas, habla muy bien, es muy romántico.
—Oye, en serio. Este Durland es un bribonzuelo, digno hijo de su envanecida mamá. Pero ten por seguro que haré cuanto pueda para que ninguno de ambos meta mano en tu herencia.
Con gesto de cómica tragedia, Janey exclamó:
—¡Ahora comprendo por qué quieres separarme de él...!
Interrumpió su frase y gesto la entrada de una muchacha india, morena y muy-bonita, que dirigiéndose al señor Endicott le dijo:
—Señor, su habitación está dispuesta.
—Gracias, niña —contestó el aludido al tiempo que recogía su sombrero y el gabán— Mira, Janey, has adivinado lo de Durland. He querido separarte de ese tipo y también de los demás cazadores de dotes. Este desierto es lo que te conviene por una temporada. Aquí no tendrás otros hombres que Bennet y Randolph. Supongo que no te dedicarás al primero... no te lo aconsejo y por lo que atañe al segundo, bien sabes que no puedes coquetear con él. Por lo demás, en unos ciento cincuenta kilómetros alrededor* no hay otros varones.
Mirando sonriente a su padre que desaparecía por la puerta, Janey lo despidió con voz aniñada, diciendo:
—Está bien, dulce, atento y querido papá.
Apenas acababa de desaparecer el señor Endicott por aquella puerta, siguiendo a la muchacha india, cuando por otra, a espalda de Janey, entró un joven, asiendo una maleta con cada mano. Sus facciones eran rudas y vestía descuidadamente una camisa de lana, calzones con zahones y botas altas. Un viejo sombrero polvoriento cubría su cabeza.
Cuando vio a Janey, abrió los ojos desmesuradamente y, presa de la sorpresa, primero soltó una maleta y seguidamente la otra, al tiempo que preguntaba extasiado:
—¿Se dirigía acaso a mí, señorita?
—¿A usted? ¡Qué va! Hablaba con mi padre... que acaba de salir de este salón. Es que a usted no le he oído entrar... me ha sorprendido.
—Usted a mí, también...
—¿Vive aquí? —preguntó Janey diciéndose que quizá aquel lugar incluso resultaría distraído por una temporada.
—Claro —contestó su interlocutor, como si le maravillara tal pregunta.
—¿Acaso.,, es hijo del señor Bennet?
—¡Ah, no! ¡No soy más que un vaquero!
—¡Vaya! ¡Mi primer vaquero! —murmuró Janey.
Pero algo debió entender el recién llegado, porque exclamó con evidente entusiasmo:
—'¡Sí, señorita! ¡Sí! ¡Eso es! ¡Soy suyo antes que de nadie! ¡Es un honor para mí! ¡Un gran honor! ¿No es usted la señorita Endicott que esperábamos?
—Eso es. Soy Janey Endicott.
—Yo soy Mohave. Así me llaman los muchachos. Al igual que el desierto Mohave que no tiene principio ni final.
Mientras Janey estallaba en una carcajada, entró otro joven llevando también una maleta en cada mano. Vestía como un vaquero de película y los labios de la boca de su atezado rostro se plegaron en una cálida sonrisa dirigida a Janey.
Mohave le dijo al recién llegado, con voz suave:
—Vaquero, puedes dejar ahí las maletas e ir a por las demás.
—Buenos días, señorita —dijo el segundo vaquero inclinándose y barriendo el suelo con el ala de su ancho sombrero.
Mohave al ver el gesto de su compañero se apresuro a quitarse el sombrero también.
—Muy buenos los tenga usted —le contestó risueña Janey.
—Señorita Endicott, permita que le presente a Diego —dijo Mohave con gesto de disculpa—. Es mejicano. En cierta ocasión vio una película del Oeste y todavía le dura la impresión, como sin duda podrá advertir. Se ha vestido así, aguardando su llegada.
—Es algo emocionante. No sé cómo agradecérselo —contestó Janey.
—Señorita éstas son sus maletas. Me he apresurado en coger las que lleven su nombre —explicó el llamado Diego.
—Caramba, muchas gracias. Cuantas molestias. No me halague tanto, Buffalo Bill [4], que conseguirá que me ruborice.
—«¡Buffalo Bill! ¡Sé quién es! ¡Le he visto en una película!
Así diciendo, esgrimió dos revólveres con exagerados aspavientos y gritando: ¡Villano! ¡Por fin has caído en mi poder! ¡Ha llegado tu última hora! ¡Voy a aplastarte!, mientras parecía que iniciaba juegos malabares con ambas armas ante el asombro de Janey que terminó por refugiarse detrás de una mesa.
Pero Mohave acabó con aquella pantomima, ordenando:
—¡Basta, Diego! ¡Te digo que ya basta, pincha bueyes! ¡Vuelve a tu trabajo, que ahora vendrá Ray! ¡Vete!
No cabía duda de que Diego respetaba a Mohave. Enfundó las armas, repitió el caballeroso saludo con el sombrero y asiendo de nuevo las maletas, se mantuvo de pie a la espera de órdenes. Janey se atrevió a salir de detrás de la mesa.
—Señorita, cuando lo desee, Diego volverá a hacerle una demostración —ofreció Diego.
—Gracias, muchas gracias, pero... siempre que haya algún lugar donde parapetarme. ¿Sabe...? Tengo mucho miedo a las armas de fuego.
Diego salió del salón y Mohave cargando de nuevo con las maletas que había traído se dispuso para hacer igual, si bien advirtiendo:
—Señorita Endicott, no se fié de Diego o de cualquiera de estos hombres. Son bastante brutos. Sobre todo no monte sus caballos, porque puede estar segura de que la arrojarán de la silla y la patearán. Puede perder la vida. Tengo un caballito muy manso y mañana, si lo desea la acompañaré a dar un paseo.
—Me gustará salir con usted —condescendió Janey.
Mohave salió a su vez, casi para dar paso a un nuevo personaje, que llegaba cargando un baúl sobre un hombro que dejó en el suelo como si se tratara de una pluma liviana. El que acababa de entrar era un muchacho rubio, no mal, parecido y de una corpulencia que imponía. Su vestuario era algo semejante a una mezcla de sus dos antecesores.
Abriendo los ojos, admirada, Janey, exclamó:
—¡Vamos! ¡Aquí tenemos a Tarzán con botas! ¡Y de vaquero! ¡No faltaba más!
Ray, que así se llamaba el recién llegado, caminó en círculo como buscando a otra persona. Viendo que no habla una tercera, al parecer comprendió el significado de las palabras de la muchacha, y se fue hacia ella sin vacilar.
La contempló unos instantes en silencio y terminó exclamando, con voz sepulcral:
—¡Santo Dios! ¡Hay que ver!
—Desde luego, me refería a usted en mi comentario —explicó Janey, sonriendo—. Estoy segura de que cuando su caballo está cansado, usted se lo carga a la espalda, como lleva este baúl de aquí para allá, hasta meterlo en la cuadra.
—¡Santo Dios! ¡Hay que ver! —repitió el Tarzán con botas.
—Está bien... ¿Pero no tiene otra letra esta canción?
—¡Santo Dios! ¡Hay que ver!
—A la tercera va la vencida, bien sabido es.
—Es la vez primera que veo a un ángel o que le oigo hablar.
—Por favor, no me llame ángel. Los ángeles son seres buenos y yo no lo soy. Soy algo semejante a lo contrario y por esto me han traído aquí. Para que purgue mis pecados y si no me cree, pregúnteselo a mi padre. Por cierto, ¿tiene tabaco? Mi padre es tan anticuado que no me atrevo a fumar cuando voy con él. ¿Tiene un cigarrillo?
Ray permanecía inmóvil, mirándola absorto, boquiabierto.
—¡Vamos, guapo! ¡Responde! ¿Tienes un cigarrillo?-reiteró Janey, tuteándolo, impaciente.
—Sólo tengo con qué hacerlo —contestó Ray con un esfuerzo.
—Venga pues —urgió Janey, cogiendo la petaca con el papel de fumar.
El vaquero contempló, sorprendido, cómo aquella muchacha liaba un pitillo y tan absorto estaba que no se dio cuenta de la entrada de otro vaquero, cargado con una sombrerera y otras maletas. M más guapo de los cuatro, se dijo Janey. Pero éste, se abstuvo incluso de mirarla. Atravesó el vestíbulo en silencio y desapareció con su carga en el interior de la casa, con gran sorpresa de Janey y no menor irritación por lo que consideraba un desaire. ¿Conque no la había mirado, eh? Pues lo pagaría caro.
—Seguramente que no tiene madre —observó Ray encendiendo una cerilla y ofreciéndole fuego.
—¿Por qué dice esto?
—Porque si la tuviera jamás de habría permitido que aprendiera a liar un pitillo y que luego se lo fumara como un muchacho.
—¡Caramba, qué observación! ¿Acaso es algún predicador del desierto éste?
—Le ruego que me perdone, señorita, si la he ofendido. No era mi intención. Pero, Verá... por aquí no se ven chicas que líen pitillos...
—¿Acaso no le gusta que fumen las mujeres?
—Me es indiferente. Pero no me gusta que fume usted. —Entonces... no fumaré —decidió Janey, arrojando el cigarrillo al hogar de la chimenea.
—¿Pero... ha tirado el pitillo por lo que he dicho? —preguntó ¿1 vaquero, asombrado.
—Eso es.
—¿Y me perdona lo que he dicho?
—Claro que sí.
—Esto sí que lo dudo. Tendría que probármelo.
—¿Cómo?
—Yendo conmigo a paseo mañana, a caballo. Tengo uno que es muy dócil y manso. Sobre todo no cabalgue los caballos de los vaqueros de por aquí. Son animales muy broncos, de lo peor que cabe imaginar.
—Me gustará pasear con usted —condescendió Janey, por segunda vez.
En aquel instante el apuesto vaquero de antes volvió a entrar en el salón camino de la puerta de la casa y mientras Ray le decía que se apresurara a entrar el equipaje restante, Janey avanzó hacia él. Pero el vaquero, rodeó la mesa con el propósito evidente de evitar su encuentro y salió precipitadamente.
—¡Vaya tipo! ¡Ni que yo fuera un espantapájaros! —exclamó Janey furiosa y preguntó—. ¿Quién es este individuo?
—Se llama Zoroaster. Es un mormón. Sólo se trata con chicas de su secta. Si puede, jamás le dirigirá la palabra y... ni una mirada.
—Qué interesante...
—Pero le advierto que es un gran chico, pero así son los mormones. El año pasado pasaron aquí unos días algunas chicas del Este. Un día organizamos una fiesta.
A una de las chicas se le ocurrió invitarle a bailar. Asustado salió corriendo y durante una semana no le vimos ni el pelo.
—Este chico necesita que lo corrijan. Lo veo difícil, Pero... hay que intentarlo.
Antes de que Ray pudiera replicar entró Mohave diciéndole:
—Sal ahí fuera, compañero, que el señor Bennet te llama.
—¿Dónde? —preguntó Ray, desconfiado.
—En el almacén. Me ha dicho que vayas en seguida.
Salió Ray rezongando y Mohave se acercó a Janey con contento evidente, diciéndole al mismo tiempo:
—Parece que se va tornando muy popular. Atrae a los muchachos como un papel cazamoscas.
—Mohave, debe cuidar su lenguaje. Recuerde que en cuanto una mosca se posa sobre uno de esos papeles, se esfuerza en soltarse.
—¡ Me ha llamado por mi nombre! ¡Mohave! ¿Se ha dado cuenta? —exclamó el vaquero entusiasmado.
—¿De veras? —preguntó Janey, fingiendo sorpresa.
Pero la escena fue interrumpida por la presencia de un nuevo vaquero, que tartamudeando preguntó:
—Per...per...donen, pe...pero, ¿dón...de está Ray?
—Se fue hacia el almacén y te ruego que no interrumpas, Tay-Tay —le informó Mohave.
—Que... que va...
—Bennet lo llamó —reiteró Mohave.
—¡Pero si es...está proban...do el coche en el co...cobertizo!
—Mejor. Así Ray tendrá que buscarlo y tardará en regresar.
Janey contemplaba fascinada los esfuerzos que tenia que hacer aquel Tay-Tay para hablar, mientras éste protestaba:
—¡Las va...vacas son de vu...vuestra in...cumben...cia! ¡E...so es! ¡Pero a...ambos es...estáis aquí, pe...pe.,.gados a la fal...da de es...ta se...ñorita!
Dirigiéndose a Mohave, Janey exclamó:
—¡Váyase y lléveselo! ¡Pronto! ¡De lo contrario... acabaré tartamudeando! ¡Qué horror!
Ahora apareció Diego en el marco de la puerta, quien alzando una mano hasta su corazón con gesto dramático y palabra conmovedora, exclamó:
—¡Por fin, señorita! ¡ He vuelto! ¡Aquí estoy!
—Hay aquí demasiada gente hablando a mi alrededor. Esto se está convirtiendo en una maraña —gimió Janey.
—¡Aquí está presente Diego para prestarle ayuda! —prosiguió Diego, dirigiéndose a sus compañeros—. Le he explicado los estupendos jinetes que sois y está aguardando el momento en que comencéis a acosar a las vacas.
Diego miró con altanería a los demás y Tay-Tay hizo lo mismo desde Diego a Mohave. Lo que faltaba ocurrió inmediatamente, porque Diego viose empujado al interior del salón por un Ray que con cara de pocos amigos interpeló a Mohave, diciéndole con palabra ominosa:
—Parece que lo que deseabas era que te dejara el campo libre, ¿verdad? Me dijiste de que Bennet me llamaba... chico, no era verdad.
—¿Acaso afirmas de que te he mentido? —preguntó Mohave con acento belicoso, prosiguiendo—: Bennet preguntó por ti. Seguramente se le olvidó. Ya sabes que le ocurre con alguna frecuencia. Pregunta a Tay-Tay si no es verdad de que Bennet le ordenó que fuerais a por las vacas.
—Pero, ¿qué te ocurre, Mohave? ¿Qué es lo que dices? Be...Bennet no me envió a nin...ninguna parte. Vi...vine por mí mismo —arguyó Tay-Tay.
—Tay-Tay, tu lengua se ha soltado más desde que has visto a la señorita Endicott, pero desde luego tu cerebro poco ha mejorado —afirmó Mohave.
Tras aquellas palabras se produjo un silencio preñado de amenazas, en Jo que Janey se regocijaba. ¡Vaya temporada que se prometía! Ya le enseñaría a su padre quién era ella.
Mohave se apartó del Ray amenazador. Los demás vaqueros se aproximaron a Janey y ésta buscó refugio en el sillón junto a la ventana. El suspense que reinaba en el ambiente fue roto por la entrada de Zoroaster, mostrando dos pares de guantes de boxeo; detrás, le seguía la muchacha indígena, que dijo a Janey:
—Señorita, su habitación está dispuesta.
Janey no se sentía dispuesta a seguir la indicación que significaba aquel anuncio. Allí iba a suceder algo que valdría la pena de presenciar.
Zoroaster, dirigiéndose a Tay-Tay, exclamó:
—Caramba, por fin te encuentro...
—Pero... ¿qué...qué deseas ahora? —preguntó el aludido.
—No te hagas el sorprendido. Ha llegado el momento de saldar cuentas —contestó el mormón.
—Está bien, pero... ¿Qué importancia tiene ahora o bien otro momento? —preguntó Tay-Tay.
—Me parece que no cabe discusión alguna. Incluso un ciego vería de que ha llegado el momento. Salgamos al exterior, Tay-Tay, y toma los guantes de boxeo que te corresponden.
Diego sonrió mostrando sus blancos dientes al proponer:
—Combate por combate, quizá lo mejor sería que dieras los guantes a Ray y a Mohave. Me parece que están maduros para atizarse.
—Quien busca pelea soy yo —aclaró Zoroaster, añadiendo—: Cuando haya acabado con Tay-Tay estoy dispuesto a enfrentarme con cada uno de vosotros. ¿Entendido?
—Pe...ro si en el trans...curso del combate, quiero de...jarlo no podré decir ¡al...to! —arguyó Tay-Tay.
—¿Pero qué significa esto? ¿Acaso pretendes mostrarte cobarde en presencia de una dama? Vamos, decídete o bien, ¿cuál de vosotros está dispuesto a ocupar su lugar? —terminó preguntando Zoroaster, mirándolos a uno tras otro.
Janey sintió una inspiración y, sin reflexionar, de nuevo, poniéndose de pie, sonriente, anunció en voz alta:
—Señor Zoroaster... acepto su desafío.
El pelirrojo vaquero mormón se ruborizó quizá más que lo que era su cabello. Quedó tan sorprendido, que aquello fue lo que le impidió echar a correr; pero, además, la encantadora sonrisa de Janey lo mantenía sujeto al lugar donde se encontraba. Resultaba una situación muy particular. Sin habérselo dicho, ambos coincidían en sus propósitos, porque si la muchacha estaba dispuesta a' obtener a los favores de Janey. El vaquero, tras un instante dudaba en emplear sus conocimientos pugilísticos para desembarazarse de los restantes competidores que pudiera tener a los favores de Joney. El vaquero, tras un instante de duda avanzó un paso ofreciendo la elección de los guantes y diciendo:
—Muy bien, señorita, la felicito. No dudo que enseñará como se comporta una dama valiente ante estos gallinas... y no tema, no le haré daño.
Janey, que gustaba de los deportes» era considerada como el mejor boxeador de su club. En aquella ocasión, no obstante, dejó entender que no sabía nada del boxeo y solicitó de que alguien le calzara los guantes. Ray se apresuró a complacerla, exclamando:
—¡ Francamente, jamás imaginé que vería cosa semejante!
Con encantadora sonrisa, la muchacha rogó a Zoroaster que le diera alguna explicación de cómo debía actuar.
Zoroaster, algo cohibido, extendió sus puños enguantados diciendo:
—Es algo muy sencillo, señorita. Avance un pie, mejor dicho téngalo siempre adelantado y extienda su brazo izquierdo. Mire siempre a mis guantes y procure apartar la cabeza, cuando los lance hacia usted.
Simulando perplejidad, Janey permaneció con los brazos en alto girando sobre sus pies mientras el vaquero comenzaba a dar vueltas a su alrededor. Era evidente que era un boxeador científico. Janey, en cambio, se había entrenado a conciencia con el entrenador de su club. Cuando lo juzgó oportuno fue a por el mormón, suave, ligera y rápida como un gato, colocándole una serie de directos que lo dejaron aturdido.
—¡Eso es! ¡Muy bien! ¡Adelante! —gritó Mohave.
—¡Otro, señorita! ¡Déle otro! —aulló Ray..
—¡ Restriéguelo por mi cuenta, señorita! —gritó Tay— Tay, encantado.
Diego, con palabra solemne, proclamó:
—Señorita, es usted un boxeador de categoría.
La sorpresa y el miedo, que se habían apoderado de Zoroaster, contribuyeron a los propósitos de Janey. Ésta bailaba a su alrededor soltando una lluvia de golpes sobre la bella nariz del apolíneo vaquero. Por fin, le aplicó un directo con su izquierda que le echó la cabeza hacia atrás, momento que aprovechó para lanzarle un gancho que acabó con su contrincante.
Pero los espectadores, en lugar de celebrar su triunfo, permanecieron mudos. Janey, algo jadeante, volviose para ver qué era lo que ocurría. En el marco de la puerta estaba su padre contemplándolo todo con ojos desmesuradamente abiertos y mirada horrorizada, estupefacto, incapaz de articular ni una sílaba. Zoroaster, de pronto, se levantó de un salto y sin decir palabra, apresurose a salir de la casa, seguido por sus compañeros, que se atropellaban para ganar la puerta.
Pero Janey fuese hacia su padre y luego de besarle ambas mejillas le tendió los puños para que le soltara los cordones de los guantes, mientras exclamaba:
—¡ Qué magnífica idea tuviste de traerme aquí, papá! ¡Qué chicos tan simpáticos! ¡Cómo voy a divertirme! ¡Creo que voy a quedarme para siempre!

2

DESDE AQUEL instante, puede afirmarse de que Janey se compenetró con el país. Jamás habla disfrutado tanto en su vida e incluso en alguna ocasión se decía que no comprendía cómo había podido vivir en él Este como hasta entonces.
Pero había roto con el ritmo cotidiano de la factoría.. Bennet rezongaba que había que tomar alguna decisión... porque sus vaqueros parecían que hubieran enloquecido. Casi cabía afirmar de que estaban convencidos de que debían ejecutar mal sus tareas o bien, incluso, no hacerlas.
Si Janey salía de paseo a caballo, inventaban la excusa más inverosímil para cabalgar tras ella. Si permanecía en casa, aquellos rudos hijos del desierto sufrían insolaciones que les obligaban a permanecer a la sombra y, en consecuencia, en casa también.
En los primeros días, Janey vio a Randolph en escasas ocasiones. Cuando salía de su habitación por la mañana, el arqueólogo ya hacía horas que había partido, para regresar a la caída de la tarde o bien ya entrada la noche. En consecuencia, sólo intercambiaban algunas palabras en él curso de la cena o durante las veladas, que por lo general transcurrían en el salón. La muchacha comprendía que observaba con irónica displicencia su coqueteo con los vaqueros y aquello la irritaba. Con frecuencia sentía deseos de arañarlo.
Por lo demás, era feliz; tanto, que incluso olvidaba por qué su padre la había traído hasta aquel rincón del mundo. Tampoco se entretenía en analizar en qué consistía el contento que la embargaba. Desde luego, todo se le aparecía como una novedad. Cada día cabalgaba varias horas, algunas veces sola, otras con su padre y algún vaquero o bien con todos. El tiempo era espléndido, el desierto extraño y cada vez más atrayente; el firmamento azul y sus blancas nubes, contrastaban magníficamente con los enormes muros rocosos de las montañas.
No recordaba que jamás en su vida anterior se hubiera sentido tan hambrienta y cansada a la caída de la noche. Se acostaba temprano porque allí así era costumbre, pero lo cierto es que dormía toda la noche como un tronco. Su cutis comenzó a mostrar un tono dorado que recordaba el oro viejo; aumentó su peso. Aquello la complacía. En su hogar del Este estaba pálida y delgada por demás, con frecuencia se sentía desasosegada. Ahora su espejo le decía que todo aquello había desaparecido, devolviendo a su mirada el reflejo de un rostro sano y sonriente. «A ver si este Desierto Pintado arruina a los institutos de belleza», se decía en más de una ocasión, cuando por la mañana acababa de arreglarse ante la luna de cristal pulido.
Con frecuencia su padre le sugería que cabalgara hasta Sagi Canyon, el lugar donde Randolph estaba excavando. Pero Janey estaba empeñada en demostrar su indiferencia por lo que hiciera, si bien en realidad sentía suma curiosidad por ver qué era lo que tanto lo absorbía... qué era aquello que le hacía preferir hurgar en la tierra a su compañía. También existía otra razón por la que no quería ir y era que cuanto más le veía y oía hablar de él —.los vaqueros y Bennet sólo sabían elogiarlo— más le gustaba y ello más le disgustaba al propio tiempo. Pero de momento, Janey ya tenía bastante con los vaqueros, que eran un motivo continuo de admiración y de distracción.
Habían transcurrido diez días desde su llegada y todavía ninguno se había permitido tomarle la mano o mucho menos, intentando besarla. Casi, casi, le hubiera gustando que le cogieran la mano y si alguno hubiera pretendido besarla... pues no habría echado a correr. Pero comenzaba a comprender de que a pesar de su pretendida rendición a sus pies, en ello no se comprendía ninguna familiaridad, como era costumbre por demás entre los jóvenes de su círculo de amistades. Aquello, que al principio le pareció divertido, se le tornó como algo muy desacostumbrado en el varón, fuera éste del Este o bien del Oeste.
No se sentía muy inclinada a la introspección, es decir a preocuparse por el llamado problema de la juventud. De ello ya había tenido bastante en el Este. Allí había sido asaltada por revistas, periódicos, sermones y conferencias en todos los sentidos, sin mencionar las películas y obras teatrales basadas en semejantes argumentos. Incluso había llegado a aburrirla el tema. ¡Qué suerte haberse alejado de tales inquietudes! Desde luego, los espacios abiertos y el cálido viento del desierto eran preferibles.
Pero en lo más recóndito de su mente algo la advertía de que más tarde o más temprano, ella también tendría que afrontar su propio destino.
Cierta tarde regresó antes de lo acostumbrado y por ello no tenía prisa en cambiarse y disponerse para la cena. Acababa de tenderse en su hamaca, cuando su padre y Randolph llegaron cabalgando por la dirección opuesta. La hamaca estaba dispuesta debajo de la parra que daba sombra ante la ventana del salón. Los recién llegados no vieron a Janey y ésta se sentía demasiado presa del sopor preludio del sueño, como para decidirse a llamar su atención. Pero en tal estado de ánimo oyó como ambos entraban en la estancia, junto a cuya ventana abierta se hallaba tendida y decía su padre:
—He visto ahí la silla de Janey. Debe haber regresado y ahora estará en su cuarto vistiéndose para la cena. Todavía tenemos tiempo hasta que nos llamen a la mesa. Podríamos hablar un poco...
—Usted mismo. Por lo demás celebro que no se haya fatigado con la cabalgata. ¿Qué le ha parecido mi Sagi?
—Bello, pero... silencioso, como diría Janey. El lugar más silencioso que jamás he visto. Tanto, como una tumba.
—Es que es eso... mejor, un cementerio, creo yo. Por ello me afano tanto —contestó Randolph, riendo alegremente.
Janey ya había oído aquella risa franca y abierta en otras ocasiones; no concordaba con el carácter de su profesión. De pronto sintió dos impulsos: el primero, advertirles de su presencia; el segundo, de no hacerlo y como era criatura de los últimos impulsos, decidió continuar inadvertida, al oír como proseguía su padre:
—Francamente, Randolph... ¿Qué significa para usted esto de cavar tanto? ¿Qué espera conseguir?
—Pues... no lo sé. Es como una aventura. Opino que un arqueólogo nace y jamás se le ocurre pensar que con su trabajo ganará dinero, si esto es lo que quiere decir. Poto, desde luego, si descubriera las ruinas prehistóricas que estoy convencido que deben hallarse allí... me darían fama.
—¿Alguna ventaja...crematística? —preguntó el hombre de negocios neoyorquino.
—Desde luego, ninguna inmediata. Luego algo... artículos en revistas científicas que significarán algún dinero. Claro, también renombre..., fama..., etc.
—No cabe duda de que el prestigio es algo Importante para un joven que comienza la carrera de la vida, pero tenga en cuenta que no es de gran ayuda para el puchero. ¿Percibe un salario, aparte de lo que ingresa por sus artículos y conferencias?
—¿Salario? No... Cabe mejor expresarlo como una remuneración cortés. Pero en total, aparte de permitir un puchero harto modesto no da para comprar las medias que una cierta damita que conozco —contestó el arqueólogo con tono festivo y despreocupado.
—Precisamente esto viene a cuento. Eso de la damita... digamos Janey... Mire, Randolph, creo que nos conocemos lo bastante como para hablar claramente. Dígame la verdad, por favor... ¿Le pidió usted alguna vez a mi hija que se casara con usted?
—¿Yo? ¡Jamás! ¡Santo Dios, qué ocurrencia!
—Bien... no se excite. Al fin y al cabo, nada tendría de extraño. Otros, infinitas, se lo han pedido... Celebro el que usted no lo haya hecho... sí, señor. Demuestra de que tiene voluntad... criterio... Pero, veamos... puede decírmelo en confianza, soy su padre... ¿No se enamoró de ella cuando estuvo en Nueva York?
Se produjo un prolongado silencio en el transcurso del cual Janey sintió palpitar su corazón mientras su oído parecía agudizarse. Nunca, jamás se había sentido segura de haber impresionado a Randolph... aquello quizá era lo que más le atraía hacia él.
Por fin el arqueólogo, contestó lentamente, casi susurrando:
—Usted lo ha adivinado, señor Endicott... Me enamoré de Janey... con toda mi alma...
—¡Espléndido! ¡Caramba, discúlpeme Phillip! ¡Quiero decir que ya me lo suponía! ¿Conque callado, eh? No ha procedido como esa colección de lagartos asquerosos que continuamente la asedian y que me repugnan y creo... que, por fortuna, a ella también. Pero, vamos a lo que interesa. Ese sentimiento es... ¿tiempo pasado o presente?
Janey comprobó estupefacta que estaba temblando... era una vergüenza para ella aquella situación. Ahora ya no podía llamar su atención, pero podía apartarse, irse sin que se dieran cuenta pero... no lo hizo.
—De siempre... y ahora... es peor —contestó el arqueólogo, con amargura, que contrastaba con la risa y el buen humor de que había hecho gala sola hacía unos minutos.
—¡ Pero, Phillip, no se ponga así! Al fin y al cabo, sólo cabe elogiar su lealtad... y le aseguro que lo celebro y estoy muy complacido, sí señor. Mucho.
—Muchas gracias por sus palabras, señor Endicott. Pero todo esto no tiene objeto, quiero decir que no veo por qué prolongar la conversación en estos términos o sobre este asunto...
—¡Eh, eh! ¡Poco a poco! Hay de que hablar y mucho... no sólo de mí sino que de Janey también. Soy su padre y desde luego... Francamente, traje a Janey con un propósito determinado y es... que se casa con usted y la libre de esa manada de lobos que no la dejan en paz... claro, teniendo en cuento de que estoy convencido de que seréis felices...
—¡Santo Dios! ¿Pero sabe usted lo que dice? —exclamó Randolph asombrado.
Janey no lo estaba menos. Algo barruntaba sobre el proceder de su padre, pero... ahora que lo sabía sin lugar a duda...
—¿Qué pasa? ¿Acaso no soy su padre? ¿No tengo el deber de proteger a mi hija? Acaso no tengo un noble propósito? —preguntó el señor Endicott, con palabra rotunda.
—Desde luego, señor Endicott, tiene usted toda la razón. Pero, francamente... creo que es mejor que olvide sus propósitos.
—¿Por qué? Quiero a Janey con toda mi alma, es la razón de mi vida y estoy dispuesto a todo para que consiga su felicidad. Las cosas claras. Conocí a su padre en la universidad, fue mi mejor amigo, el más querido... hasta que falleció. Me he informado de usted. No le conocía. Se repite lo de su padre. Si consigo lo que pretendo, sólo saldré ganando... mejor dicho, los tres.
—¡Piense solamente en ella! —exclamó Phillip—. ¡Sálvela!
—¡Por lo que más quiera, Phillip, no me diga que es demasiado tarde! —replicó el señor Endicott, y preguntó—: ¿Cuento con usted?
Sobrevino el silencio y a Janey pareció de que el corazón iba a detenérsele a la espera de la contestación de Phillip. ¿Pero qué se imaginaba aquel loco? Sintió una ligera sensación de malestar mezclado con cólera y miedo, al oír a Phillip decirle a su padre:
—Señor Endicott, le repito que intenta algo descabellado.
—¿En qué sentido, Phillip? Hablemos claro, porque nos interesa a los tres. ¿Acaso cree que Janey... ya no es una muchacha decente?
—La creo digna sin vacilación alguna. Me permito advertirle que dudarlo es un insulto —contestó Phillip con palabra tajante.
—No sé hasta qué punto, teniendo presente los tiempos actuales y en lo que atañe a las muchachas. ¿Dónde comienza la decencia?... ¿Dónde acaba? —preguntó el señor Endicott y prosiguió—: Si, esto es lo que me pregunto. Lo he estado observando; a pesar de esa manía que tiene en cavar tumbas o lo que sea, le juzgo como de un carácter muy franco y clarividente. He observado como desaprueba la conducta de Janey... sus amigos y hábitos. ¿Me equivoco?
—Así es, si bien lo deploro profundamente, pero no obstante...
—Dicen que el amor es ciego y es verdad. He pasado por ello. Tenga por seguro de que usted vale más que Janey y que ésta no se merece de que usted pene por ella, pero... me alegra de que así sea... porque para mí, es como una áncora de salvación.
—Señor Endicott... no sé qué decirle... estoy tan sorprendido...
—Desde luego le comprendo y tiene toda la razón por sorprenderse, pero intentaré explicarle mis razones. ¿Quiere escucharme?
—No faltaba más.
—Le repito de que hallo justificada su sorpresa por mis palabras en lo que atañe a Janey, quiere decir por mi pregunta acerca de sus sentimientos para con ella. Pero por lo que me atañe, no me sentiría ofendido por la opinión que alguien expresara concerniente a las muchachas de hoy día. Sencillamente... se me han subido a las barbas y supongo que usted me entiende en lo que quiero decir. La generación de Janey no la comprendo, es algo completamente nuevo para mí. Eliminan la diferencia que siempre ha existido entre lo bueno y lo malo. No respetan a sus padres y por lo que veo muestran poco cariño hacia ellos. Sienten un odio positivo por toda sujeción. No aceptan nada que pueda gobernarlos, ni fe alguna por nuestros principios y por descontado, nada de religión. Visten desvergonzadamente, puede afirmarse que lo que quieren es cubrir su cuerpo lo menos posible. Bailan, o así lo afirman, toda la noche; beben hasta embriagarse y se acarician indiscriminadamente y sin rebozo alguno... hasta la indecencia...
—¡Señor Endicott! —exclamó Randolph, aturdido por la explosión temperamental de su interlocutor.
—Phillip, no se haga de nuevas y tenga presente de que cuanto le digo no es invento mío. Esta juventud me tiene hasta la coronilla. No tengo paciencia para soportar a todos estos papás y mamás que sólo saben decir de que la juventud tiene toda la razón. No la tienen toda. Es una multitud precipitada e irreflexiva y la nación que de ella dependa y no sea capaz de cambiarla, está perdida. Estos estúpidos que afirman— que en realidad no existe la flagrante inmoralidad, no saben lo que dicen. Al igual que los que afirman que las mujeres de hoy, quiero decir las jóvenes, no son diferentes de las de ayer, es que están ciegos o bien quieren ignorar la realidad. Son distintas y con esto no quiero indicar lo concerniente a la emancipación que ha ocurrido desde la última guerra... siempre defendí el sufragio femenino. No sé si nosotros, los padres, hemos o no de avergonzamos por nuestro comportamiento. He hecho cuanto ha estado en mi mano por Janey y me duele en el alma el pensamiento de que acaso haya sufrido un fracaso con ella. Sinceramente creo que no le he dado un mal ejemplo de comportamiento, pero en alguna ocasión, Janey me hace desear esconderme en un rincón oscuro... estoy muy preocupado con todo cuanto le he expuesto. Deseo ver a Janey casada con un muchacho bueno, honrado y trabajador. Janey afirma de esto no existe... Su madre era igual que Janey, si bien no tan bella. Era voluntariosa, inteligente, algo torbellino, pero... no tenia vicios. Comprendo de que mi hija es tan fascinante como puede serlo una muchacha y, quizá, con mayor grado, gracias a lo complejo de los tiempos modernos... y ella lo sabe. No quiero decir que sea vana. Más bien cabe calificarla como una muchacha que atraviesa por medio de un grupo de Varones, con decisión y sin miramientos. Si oye a alguna de sus amigas comentar que no ha conseguido rendir la admiración de algún varón, inmediatamente exclama: ¡Anda! ¡Déjame probar a mí! Más a pesar de todo ello, creo que Janey puede enfocar el camino adecuado y es, el ruego que a Dios elevo constantemente. Estoy convencido de que si continúa con lo que ella denomina su ambiente, jamás conseguirá su equilibrio. Se divorciará continuamente... algo que me aterra. Su madre le dejó algo con que entrará en posesión dentro de un año y claro, día vendrá en que recibirá todo cuanto tengo, que no es para despreciar. Su fortuna y su belleza, son un incentivo de importancia para los hombres que la rodean... que son una legión. He intentado distanciarla del que considero como el peor, pero ha sido imposible.
—¿Por qué? —preguntó Phillip, con tono tenso.
—Porque cuando le dije a Janey de que cierto individuo no era apropiado para que la acompañara, sólo conseguí estimular su interés femenino. A mis reparos, contestó: Bien, papá ya sé que no cesas de cavilar... pero déjame probarlo por mí misma...
—Total, que su hija no le obedeció.
—¿Obedecer? Vamos hombre, este verbo lo desconoce mi hija Janey —contestó el señor Endicott, asombrado.
—Entonces, lo siento, usted tiene la culpa de que su hija sea tal como describe.
—¿Cómo? ¡Me gustaría ver al guapo que pone en cintura a esa chica!
—No dudo en que lo conseguirla —afirmó Randolph.
—¿Ah, sí? Vamos, usted sueña, mi querido arqueólogo* pero, ¿podría decirme cómo?
—La tomaría sobre mis rodillas y Je pondría las nalgas tan moradas, que durante ocho días no encontraría silla cómoda.
—¡Por todos los santos 1 Usted no está en sus cabales...— no sabe lo que dice... Si humillara de tal forma a Janey... ¿Sabe usted lo que haría? Arrasar la casa sería lo mínimo... ¡Pero cuántas veces he deseado corregirla así!
—Oiga, señor Endicott, por todo cuanto me ha dicho» deduzco de que su hija no es otra cosa que una chica malcriada y consentida —afirmó Randolph con palabra terminante, mientras Janey se mordía los labios para no chillar de rabia.
—¿Malcriada...? ¿Consentida...? Quizá sea así, pero... adorable... ¿No es así, Phillip?
—Eso... desde luego. Lo confieso sinceramente —contestó el interpelado.
—Bien, por lo menos estamos de acuerdo sobre algún extremo. Además, podemos pasar por alto su defecto en aras a esta cualidad a la que cabe añadir, su inteligencia/ sinceridad y alguna otra virtud cardinal... que hay que decirlo es común en la juventud actual. Quizá los jóvenes de hoy estén demasiado avanzados para los conceptos que son del dominio de mi generación y es muy posible que de esta paradoja surja algo bueno... pero no alcanzo en verlo ni a comprenderlo y quizá sea esto lo que me induzca a criticar a Janey...
—Señor Endicott, le ruego que baje de las nubes y por lo que al parecer en su mente ha forjado... acerca de nosotros, le repito que es un disparate.
—¿Por qué, Phillip? Algunas veces soy lo bastante iluso para imaginarme de que Janey va a hacer lo que le pida sencillamente por cariño hacia mí. Y así es en realidad. Pero por lo general, le presento las cuestiones en forma de que la irritan. Por lo tanto... ahora voy a jugar mis cartas y... triunfo.
—¿Cuál? —preguntó Phillip con curiosidad.
—Este viaje y el plan que con él relacionado he ideado. La última jugada es...¡Casar a usted con Janey!
Se produjo un silencio absoluto y Janey se imaginó la sorpresa de Phillip, como sentía la propia.
Oyó a Randolph cómo decía, sin duda asombrado:
—Bien... por fin ya lo ha dicho todo. Sabemos dónde estamos y repito lo de antes...
—¿Qué...?
—Que es un absurdo.
—Quizá así lo crea usted —contestó el señor Endicott, al parecer de buen humor—. Desde luego, ya he previsto de que en el primer empuje así calificarla mi sugerencia. ¿Acerté?
—Sin duda alguna y plenamente.
—Veamos. Ningún hombre que conozca y ame a Janey puede rehusar mi proyecto, excepto por una razón... que sepa que a Janey, él no le importa ni un comino. ¿Conforme?
—Por completo y en el caso mío, no llego ni al medio comino —afirmó Randolph.
—Lo único débil de mi plan es que esta basado sólo en la esperanza de que algún día Janey se enamore de usted... pero recuerde de que la conozco muy bien, al igual que conocí a su madre y por ello afirmo de que Janey es capaz de llevar a cabo las acciones más descabelladas...
—Desde luego estoy de acuerdo con usted, pero señor Endicott, le repito que la idea en lo que a mí concierne, es ridícula reiteró Randolph con amargura y firme decisión.
—Déjeme exponer mi deducción... si no me deja hacerlo, llegaré a la conclusión de que es igual a los botarates que hoy día pululan por ahí. Verá... usted le gusta a Janey, siente respeto por usted. Aparenta que lo desprecia, pero sólo es esto... simulación. Fíjese en una circunstancia, se abstiene de coquetear con usted, no está empeñada en atarlo a la hilera de sus conquistas. Le aseguro que mi hija se lanzará hacia usted... en determinadas circunstancias favorables.
—¿Cuáles son? —inquirió el arqueólogo.
—Pasemos por alto los detalles. Pero se trata de una acción propia de hombre y estoy seguro, no sólo lo creo así, de que Janey jamás ha tratado con un hombre... entero. Pongo a salvo la tranquilidad de mi conciencia, porque estoy convencido de que todo cuanto intento es para el bien de mi hija. Pretendo que Janey reciba una impresión terrible, algo que la conmueva y... la naturaleza, si el comienzo es favorable, hará lo demás.
—Todavía no me ha dicho lo que intenta, pero de antemano le aseguro... de que tendrá también usted un terrible despertar —objetó Randolph, escéptico.
—En resumen, se trata de que se acerque a Janey, procure trabar amistad con ella y en un momento oportuno, la coge, la sujeta sobre un caballo y se la lleva a una de ésas ruinas que usted conoce en el desierto, i Secuéstrela! ¡Eso es! Deje que sienta lo que es encontrarse alejada de todo... que se asuste... que sienta el hambre y un poco de sed, algo de frío y de calor. Luego tráigala de nuevo. Tendrá que casarse con usted luego de la aventura... yo insistiré día y noche... y todos felices.
—Señor Endicott, creo que lo que usted desea es su propia felicidad y tranquilidad ante todo.
—¡Pero si tiene usted una oportunidad formidable! Tiene ambición de renombre y esto le proporcionará los medios...
—De ninguna, manera. Mi contestación es «no».
—Cuidaré de que perciba determinada compensación muy sustancial, que le permitirá dedicarse a su arqueología sin quebraderos de cabeza...
—No los deseo en este aspecto y mi contestación es la repetición de la anterior: «no».
—Bien, ahora resulta de que quien sólo piensa en su bienestar de usted. ¿Por qué rehúsa?
—¿Que por qué rehúso? Vamos, señor Endicott... ¡Por una razón harto sencilla! ¡Porque amo a Janey! Más claro... agua. Pasó porque Janey no me ame, pero por lo menos... no me odiará...
—No esté tan seguro de ambos sentimientos —observó el señor Endicott con acepto sibilino—. Una mujer... con frecuencia es una caja de sorpresas. Desde luego, convengo en que corre un riesgo y que el resultado puede ser el que apunta. Pero debe tener la valentía de afrontarlo y en todo caso, si pierde... tendrá una experiencia para el resto de su vida.
—Señor Endicott, es usted persona muy peligrosa y conocedora de la naturaleza humana y... de sus debilidades...
Janey oía las idas y venidas agitadas que Phillip daba por la sala y sintió piedad por él. Se sentía muy complacida por su negativa a secundar los planes de su padre, pero sabía también de que todavía éste no había terminado^ porque como manifestara Phillip, su padre conocía el corazón humano y era listo, muy listo...
—Desde luego que conozco eso que indica, Phillip. No es de extrañar, es cosa de la edad. Pero sí le ruego; considérelo de otra manera, quiero decir para la conveniencia de Janey.
—Pero, señor Endicott, ¿cómo se le ha ocurrido semejante disparate? ¡No puedo hacer lo que me pide! ¡Sería destrozarla!
—Está equivocado. Lo está, porque está enamorado de ella. Para usted es un ángel. Muy bien... prosiga por ahí. Ya admitió de que es adorable. Acaba de afirmar de que es maravillosa y claro todo ello en conjunto con su belleza. Pues bien, le proporciono la ocasión para que consiga de que todo esto sea suyo. Sí, es verdad de que quizá la proporción de éxito sea del mil por uno, pero crea que lo vale. Su madre era la criatura más adorable que cabe imaginar, Phillip, y si su hija se enamora de usted... entrará en el paraíso de la felicidad.
—Si así fuera...
—Soy su padre y por el bien de ella... se lo suplico... Acepte... hágalo...
—Está bien... acepto —dijo Phillip con voz entrecortada—. Sé que voy a cometer una barbaridad, pero... no puedo rehusar más... Algo, sin embargo, debe quedar claro... nada de dinero.
—Esto... ya lo sabía de antemano —contestó el señor Endicott y cogiéndole la mano y estrechándosela emocionado, prosiguió—: Gracias y... resulte como resulte lo que le he propuesto... gracias de nuevo.
Janey oyó cómo su padre salía de la estancia y temiendo que Phillip se quedara y saliera al porche como tenía por costumbre, abandonó la hamaca y a todo correr se dirigió a la parte posterior de la casa. Entró en el largo corredor, apresurándose en alcanzar su habitación, cuya puerta cerró con llave una vez hubo entrado. Fue hasta la ventana y mirando la vasta planicie, intentó dominar las diversas emociones que la embargaban, de entre las cuales, surgía el furor que la iba dominando. Jamás se había sentido tan humillada.
Poco después daban con los nudillos a su puerta. No contestó. Repitieron la llamada y oyó a su padre, preguntando:
—¿Janey? ¿Estás ahí?
—Sí.
—A cenar. Te aguardamos.
—No cenaré —contestó la muchacha.
—¿Por qué? ¿Qué te sucede?
—Tengo jaqueca.
—¿Jaqueca? ¡Pero si jamás han sentido ni el menor dolor de cabeza! ¿Qué te ocurre?
—No lo sé... pero parece que me duele una muela...

Paulatinamente fuese aquietando su ánimo, fue cediendo la cólera que la embargaba y comenzó la reflexión. Si su padre había llegado a urdir tales desatinos para asegurar su felicidad, tenía que convenir que ella debió darle motivos para ello. Era la alegría y el orgullo de su padre. ¿Cuál era el error que había cometido? ¿Tan mal se había portado como para que se viera impulsado a pedir ayuda semejante? Había sido siempre complaciente con ella, jamás la había descuidado o bien dado mal ejemplo. Quizá era algo testarudo y demasiado meticuloso con sus amistades... pero la sociedad que ella frecuentaba era igual a cualquier otra de su clase social.
¿Y Randolph? ¿Qué cabía pensar? ¿Supondría acaso que su padre quería ocultarle algún desliz de su hija? Si estaba enamorado de ella, vaya trance... Sintió ruborizarse... Randolph había demostrado la integridad de su carácter, rechazando una y otra vez las sugerencias y proposiciones de su padre, resistiendo sus sutiles ataques, rehusando cooperar... Pero de pronto recordó aquello que S había dicho acerca de tenderla sobre sus rodillas y lo del correctivo. El enojo la embargó de nuevo. ¡Era un insulto ¡Y lo había dicho convencido! ¡Podía estar segura de que ha llegado el momento lo haría! ¿Creía acaso que era una chiquilla? Mirose al espejo. Desde luego... no estaba mal. La excitación había dado color a sus mejillas, brillo a su mirada. Algo tenía que agradecerle a aquel Phillip Randolph de todos los demonios... ¿Qué hacer? Escapar y regresar al Este? Era demasiado sencillo, propio de la chiquilla aquella de los azotes... Tenía que tomar venganza de mujer. El maldito Randolph pagaría por todo... Eso es. Les ayudaría en sus proyectos. Dejaría que la enamorara Phillip, él sería la víctima. Seguiría el juego... que se casara con ella y cuando ambos, él y su padre, creyeran J que habían conseguido aquella famosa fórmula para asegurar su felicidad, les diría que lo sabía todo desde el comienzo. Seguidamente, marcharía al Este y tramitaría su divorcio de Randolph.
A la mañana siguiente vio cómo partían su padre y Randolph, cabalgando y hablando entre ellos con animación evidente. Estaba segura de que adivinaba el tema de su conversación. Luego, mediada la mañana entró en la cocina para desayunar y fue recibido por la solícita señora Bennet. Janey soñó, de niña, en ser una actriz destacada; si bien nunca es tarde para comenzar, se dijo. Representó la comedia de su indisposición y resultó franca mente aceptable.
Aquella mañana no montó a caballo, contentándose en dar algunos paseos a la sombra de los algodoneros. Después del almuerzo intentó leer, pero toda lectura que tomó entre sus manos, revistas o libros, parecía tratar exclusivamente del humor o de la tragedia de la generación» juvenil actual. Cada vez más aburrida fue dejando caer al suelo todos los volúmenes. Pon fin exclamó:
—¡Vamos, parece que este asunto va preocupándome!
Sacerdotes, editores, médicos, filósofos y escritores parecían haberse puesto de acuerdo en discutir el problema «de la juventud, demostrando una y otra vez los defectos de la generación actual o bien lo poco comprendida que estaba por sus mayores o bien abandonada, por unos padres locos por conseguir dinero y diversiones, en su camino hacia un negro futuro. «Desde luego —se dijo Janey tomando un cigarrillo del paquete que tenía sobre la mesa—, aquí hay algo que no marcha.» Cuando alzaba el cigarrillo para darle lumbre lo miró un instante con aire dubitativo y con súbito arranque, junto con el paquete, lo tiró todo con rabia contra el muro. Había terminado con el fumar: primera demostración de la «voluntad» de Janey. Mas de pronto recordó que conforme al cuadro descrito de ella por su padre, tenía que fumar como una chimenea y trasegar lo suyo. Comenzó a recoger los cigarrillos esparcidos en el suelo, los reunió en la cajetilla, pero se abstuvo de encender uno.
La tarde transcurrió lentamente. Había sido un día de mortal aburrimiento para Janey. Su humor había cambiado Cien veces, cual veleta que girara con el viento. Pero algo permanecía inalterable: la herida inferida a su orgullo. No la olvidaría fácilmente. También habla surgido en ella otra sensación. Por vez primera desde niña sintió la falta de su madre. ¿Acaso ya no estaba tan segura de sí misma como siempre había pregonado? Durante una hora luchó contra la emoción que la embargaba, para terminar en un desconsolado llanto de corte anticuado.



3

AQUELLA NOCHE, poco antes de la cena, Janey cuidó de hallarse en el salón, cuando Randolph entró. La muchacha se había vestido con deliberado propósito, adecuado para sus intenciones y observó complacida, los síntomas de su éxito. La tensión sufrida durante todo el día y el poco contacto con el sol, se traducía en unas ligeras sombras oscuras que aparecían debajo de sus ojos, destacando de la palidez de su rostro. Se dispuso para la primera escaramuza, que no tardó en comenzar con las palabras de Randolph:
—Lamento su indisposición. Veo que se ha quedado en casa todo el día. ¿Se encuentra más aliviada? —preguntó, solicito.
Con acento desmayado, ella contestó:
—Gracias, parece que sí, que el dolor ha disminuido. Pero... qué día tan largo...
—Seguramente será una indisposición pasajera. Ayer estaba radiante, pero hoy la noto pálida. ¿No se fatigará demasiado montando estos caballos?
—Creo que no soy tan fuerte como mi padre supone. Pero si bien me siento algo fatigada... francamente, no es físicamente.
—¿No? ¿Qué le ocurre?
Janey miró a Randolph con lánguidos ojos, al tiempo que respondía:
—Nada en concreto, pero siento... algo como añoranza. Sí, esto debe ser. Es que este lugar es tan silencioso... está bien muerto. Creo que si usted continúa cavando, terminará por hallar un ¡millón de huesos.
—¿Silencioso? ¿Muerto? Claro, no cabe duda de que así debe sentirse aquí una señorita acostumbrada al trajín de Nueva York, pero —se interrumpió Randolph unos momentos para proseguir algo preocupado—: Me habla imaginado de que durante algún tiempo le agradaría este lugar. Parecía como si estuviera muy contenta de haber venido. Su padre parece muy satisfecho de tenerla aquí.
—Desde luego, al principio todo me pareció muy excitante, pero lentamente... es que aquí nunca ocurre nada. Todo se torna monótono. Incluso los caballos que monto parecen abrumados...
—¡No se atreva a montar los caballos de los vaqueros» Los que le ha proporcionado el señor Bennet son bestias dóciles y ha advertido a su gente de que no tolerará bromas... que pueden dar mal resultado.
Con gesto soñador, Janey contestó:
—Oh... no será tan grave la cosa. Lo que deseo es un caballo que me distraiga, teniendo en cuenta que no hay por aquí, al parecer, ningún varón capaz de ello.
Janey aparentó no haber notado el gesto de sorpresa de su interlocutor. Se dijo que ya iba por buen camino, mejor de lo que había esperado.
—Señorita Endicott, creo que los vaqueros, como todos los hombres de por aquí, no la comprenderían si oyeran sus palabras. No dude en que harán todo cuanto puedan para distraerla, cuidar de usted pero... jamás se atreverán a...-a imaginarse de que una chica de Nueva York necesita algo... estimulante —interrumpió Janey y prosiguió—: Lo comprendo ahora. Estos chicos van resultando aburridos. ¡Imagínese, ninguno ha intentado besarme!
—¡Claro! Y por lo que les conozco, puedo afirmar de que jamás se les ha ocurrido hacerlo. Son unos caballeros, señorita Endicott —afirmó Randolph con tono cortante.
—Bien, pero... ¿qué tiene esto que ver con besar a una chica? —arguyó Janey con tono festivo—. El caso es que sería divertido comprobar... su estilo, digamos. Si fuera ese apuesto Zoroaster, pues... no me desagradaría.
Randolph la miró un instante desaprobadoramente, pero Janey prosiguió:
—Porque desde luego hay que convenir que exceptúan-JJ do a usted, el amigo Zoroaster es el único, chico interesante que hay por aquí. Y como que al parecer usted no hace caso de mi presencia... pues cierta atención por parte | de ese chico... no me vendría mal.
—Señorita Endicott. Es usted muy halagadora y todo lo contrario... al mismo tiempo. Pero afirmo que ha sido usted quien ha pasado por alto mi presencia.
—¡Caramba! ¿Qué esperaba? Una puede coquetear con un vaquero, pero... no con un hombre de su inteligencia y cultura. Opino que hubiera podido invitarme a un paseo, por lo menos. Pero, no señor, parece que todo su interés está centrado en las ruinas. Por lo menos hubiera podido dedicarme las veladas. Recuerdo de que en Nueva York me prestaba cierta atención. Incluso mi padre lo notó...
Randolph estaba asombrado, tanto, que no supo qué responder. De su aturdimiento vino a salvarle la entrada del señor Endicott, que parecía más contento y satisfecho que nunca, pero al ver el aspecto de su hija, la sonrisa se desvaneció de su rostro.
Besándola en la frente y acariciándole una mejilla, preguntó con preocupación:
—Janey, pareces algo deprimida. ¿Sientes todavía jaqueca?
—Ay, papá, no lo sé ya. Ahora se lo decía a Phillip... pero al parecer le es indiferente el que me sienta indispuesta o bien tenga añoranza.
—¿Phillip... añoranza...? ¿Qué te ocurre? —preguntó su padre alarmado.
—'Papá..., ¿podría regresar a casa?
—Pero, Janey...
—No me mires tan sorprendido. Recuerda que fuiste tú quien me hizo venir a este agujero sin vida, donde nada ocurre. Dijiste que Phillip cuidaría de mí y que me llevaría de un lado para otro, que me enseñaría cosas...
—Oye, que nada dije de esto —rechazó su padre, enrojeciendo.
—Bien, quiero decir... con palabras que así lo daban a entender —replicó Janey con tono beligerante—. Pero como habrás comprobado, me ha evitado con todo cuidado, como... si estuviera apestada, ¡Me ha dejado a merced de estos vaqueros! —terminó gimoteando.
—Bueno, bueno, no te lo tomes así —suavizó su padre, admirado y feliz por el cariz que tomaba la conversación—. No cabe duda de que ha habido un malentendido.
—Por mi parte así lo confieso —agregó Randolph con énfasis y prosiguió—: Y desde luego, confío en que se me dará ocasión para corregirme... si no es demasiado tarde.
—Me temo... que sí, porque no sé cómo he podido hablar así —repuso Janey, mirándole lánguidamente.
—Vamos, Janey —intervino su padre—. Lo que te ocurre es que estás débil. Debes alimentarte.
—¿Por qué lo dices? ¿Por lo de regresar? Oye, que no soy un caballo ni una vaca... pero sueño con una ración de ensalada fresca y una buena langosta. ¿Sabes qué puedes hacer? —preguntó palmoteando—. ¡Telegrafía a Bert para que venga!
—¿Qué dices? ¿Ese último vástago, lo que cabe denominar lo que queda de los Durland? Vamos, que tienes unas ideas...
—Papá, que me divertirá mucho cabalgando con él por ahí.
—No me convences. No te creo y estoy seguro de que no sabes lo que quieres.
—Por favor, papá. Bert Durland, por lo menos, me distraería.
—Desde luego a ti y a nosotros también. Pero, no estoy dispuesto a ello.
—Muy bien, padre —exclamó Janey, que sólo le llamaba así en ocasiones solemnes—. He intentado complacerte. Las consecuencias caerán sobre tu cabeza.
El señor Endicott murmuró algo entre dientes, echó una mirada de irritación a su hija y se dirigió al exterior diciendo algo de que prefería contemplar la puesta del sol. Randolph mostraba un semblante preocupado y Janey disfrutaba de la perturbación que había provocado. ¡ No había varón que resistiera un elogio femenino!
—Señorita Janey... si usted... si yo... en fin no sé cómo expresarme —comenzó diciendo Randolph con voz insegura, pero prosiguió—. Francamente, jamás imaginé que a usted le importara ni lo más mínimo mi trabajo, las ruinas... o yo. Por eso jamás me he acercado a usted recuerde que en Nueva York intenté despertar su atención o curiosidad por el desierto... porque créame, es muy interesante... si quiere verlo. ¿Qué le parece si mañana viniera usted conmigo?
Janey volvió hacia él sus ojos y con triste mirada, respondió:
—Gracias, Phillip, muchas gracias, pero... es demasiado tarde. Jamás me hubiera invitado usted si yo no se lo hubiera sugerido... pero es demasiado tarde, le repito. Comprenda que no puedo aceptar una galantería, luego de haberla solicitado.
—Está bien, me resigno. Pero conste que usted apenas contestó a mi saludo, cuando llegó aquí. En verdad, acusarme de negligente respecto a usted, de indiferencia... es algo ridículo.
En aquel momento la criadita india avisó de que la cena estaba servida. El señor Endicott que caminaba detrás de ellos atisbó el gesto contrariado del rostro de Randolph. Elevó las manos como ligero gesto de súplica, pero por fin optó por soltar una sonora carcajada. Janey comprendió de que aquella risa era como un reconocimiento de la aceptación que con su hija no se podía emprender nada sensato. Randolph permaneció serio y callado, comió poco y desapareció inmediatamente, luego de terminada la cena.
—Vamos, pimpollo, cuéntame lo que le has hecho al chico este —pidió el señor Endicott con acento resignado.
—¿Yo? Pues... nada.
—Lo que significa mucho. Anda, dímelo todo.
—Pues... le ha dejado entender que me había interesado mucho, pero que su indiferencia también me había molestado profundamente y que ahora...
—Puedes ahorrarte las palabras. En el lenguaje propio de tu gente, esto significa de que ya nada tiene que esperar —interrumpió su padre y prosiguió—. Pero si fuera yo, esto me habría alentado, pero este chico...
—Es que en realidad, Phillip me gustaba —observó Janey distraídamente.
—Pues es de lamentar que ya no sea así. En fin, paciencia. ¿Qué harás mañana?
—Quizás cabalgue un ratito...
—Pues yo me llegaré a Flagerstown, regresaré al caer la tarde o quizás ya anochecido. Tengo que expedir varios telegramas y echaré unas cartas al correo.
—¿Telegrafiarás a Bert Durland?
—Janey, por lo que más quieras no me pongas siempre en el disparadero. Bien sabes que siempre te otorgo todo cuanto deseas si comprendo que lo necesitas o bien te conviene. Pero ese Durland... te aburrirá hasta la desesperación. Sé franca.
—Probablemente así sería una vez estuviera aquí, pero imagínate la diversión que significaría para los vaqueros. La de bromazos que le gastarían... y además, pondría furioso a Phillip.
—Caramba, hija mía qué... pensamientos tiene tu cabecita —exclamó su padre, palmeteándole las manos—. Bien, me retiro. He de escribir varias cartas. Ahora, podrías leer una horita...
—¿Hora? ¿Tiempo? Transcurrirán horas antes de que me acueste.
—Janey, estás preciosa, radiante... pero ese vestido es casi indecente. Su tela apenas daría lo suficiente para un pañuelo de estos vaqueros... pero lo has malgastado en el aire del desierto. Ha podido más que tú.
—Quizás tengas razón. El engalanarme para agradar a Phillip ha sido malgastar el tiempo. Hay hombres imposibles, No hay forma de agradarles... —lamentó Janey.
—Quizás eso de la emancipación de la mujer nos ha tornado impertinentes.
Janey sentía curiosidad por ver si Randolph volvía al salón. Esperaba que no, porque esto le daba la sensación de que comprobaba que había otra clase de hombres a los que estaba acostumbrada a tratar y a dominar. Charló largo y tendido con los Bennets acerca de los vaqueros y de Randolph, escuchando divertida varias anécdotas. Al arqueólogo lo consideraban como de familia y estaban muy orgullosos de sus investigaciones. Por el esfuerzo dedicado, cualquiera hubiera dicho que buscaba oro. Janey comenzó a adivinar la importancia que se otorgaba a sus investigaciones para comprobar la existencia de cierto pueblo que debió vivir en aquellas regiones varios siglos antes. Incluso comenzó a desearle éxito.
Randolph no apareció de nuevo en el salón y los Bennet se retiraron temprano. Janey permaneció todavía un rato en la estancia, sumida en sus pensamientos, hasta que por fin se retiró a su habitación, acostándose seguidamente. Si bien no quiso admitirlo ante su padre, lo cierto era que aquel silencio en la noche, el calorcillo que le otorgaban las mantas de lana y la absoluta oscuridad, era algo que le agradaba.
¡Qué pocas miradas y palabras había necesitado para aturdir a Randolph! Si no se hubiera sentido tan molesta por las expresiones que había oído, aquello le habría ganado sus simpatías, porque en el fondo de su alma sentía un gran respeto por la honestidad y la sinceridad. La idea que había sugerido a Randolph de que ella había esperado por su parte cierta atención, lo había perturbado. Desde luego hay que convenir que toda mujer se siente impresionada por el amor sincero y honesto que le demuestra un hombre. Janey, con un suspiro, se dijo que en realidad el mundo no había cambiado mucho en los últimos tiempos.

A la mañana siguiente demoró otra vez su entrada en la cocina para desayunarse. Quería evitar a Randolph y a su padre. Vistió su ropa de montar y en ello invirtió el tiempo.
En los corrales sólo halló a Ray.
—¡Buenos días! —saludó el vaquero—. ¿Otra vez vuelta a la vida? Todos los muchachos la dábamos por muerta,
—¿Yo? ¡Pero qué ideas se os ocurren! ¿Puede ensillarme a «Patter»?
—Claro que sí, pero no creo que valga la pena. Porque ese penco no es de fiar. ¿No se ha fijado? Tiene mirada traidora. En cambio mi ruano...
—Ray, usted y sus compañeros ya no me tomarán el pelo en lo que atañe a los caballos. Sé lo que digo. Vamos, sea complaciente y ensílleme a «Patter».
Mientras Ray ensillaba el caballo pedido, Janey entró en la tienda de la factoría, donde halló a Bennet vendiendo suministros a los indios. Le gustaba oír sus extrañas palabras, expresadas en voz baja. Uno de los indígenas era digno de admiración. De elevada estatura, delgado pero bien proporcionado, vestía calzones de pana y mocasines; ciñendo un cinturón con adornos de plata y ancha hebilla. Una camisa de vivos colores y un sombrero negro con cinta colorida completaban su indumentaria. El rostro tenía rasgos pronunciados, nariz aguileña y ojos negros de mirada penetrante. Recordaba a un halcón. Habían advertido a Janey de que evitara mirar a un indio porque los indígenas con frecuencia suponían otra cosa y más de una mujer blanca había sufrido sus asaltos. Pero como de costumbre en ella, ningún caso hizo de aquella prudente recomendación.
Cuando salió, el piel roja callejeó de un lado para otro para contemplarla. Janey se dijo que de haber sido Phillip Randolph, se hubiera sentido muy halagada. «Patter», ya ensillado, la aguardaba. Era un buen caballo bayo con patas finas.
—¿Por qué la sigue Smoky? —preguntó, Ray gruñendo.
—¿Smoky? ¿Quién es?
—Ese indio navajo.
—'¡Ah, ya lo veo! Pues no lo sé, pero desde luego es muy halagador porque yo nada he hecho para incitarlo...
—Si me lo permite, le recomiendo que no cabalgue sola —advirtió Ray.
—Vamos, Ray. Tan simpático que es y cuando se empeña es desagradable de veras. Cabalgaré sola.
—De ninguna manera. Si no quiere escucharme, se lo diré a Bennet.
—¿No estará tramando algo para cabalgar conmigo?
—Le aseguro que no es así. No tengo ningún particular interés en cabalgar Con usted, luego del trato que me dio la última vez.
—¿Qué trato, Ray? No sé de qué me habla...
—Bah, déjelo, que no tiene importancia... Pero sí la tiene ese piel roja llamado Smoky. Es lo que aquí llamamos un «hombre malo» y por esto no viene con frecuencia. No es de fiar. Quizás la siga sólo por curiosidad, pero si muestra el menor interés por él... pueden ocurrir cosas. Si la importuna, pronto será el cadáver de un piel roja.
—¡Caramba! Gracias Ray, a esto le llamo yo hablar claro. Pero dígame... ¿Qué les hacen a los hombres blancos que molestan a las chicas del Este?
—Bien, señorita un hombre blanco... si es del Oeste jamás insulta a una mujer —replicó Ray con acento serio.
—Pero lo hacen. He leído mucho acerca de esto... Veamos... Supongamos de que usted me raptara y me llevara a algún lugar del desierto... ¿Qué le ocurriría?
—De no ser colgado de uno de esos algodoneros, sería apaleado hasta darme por muerto... o quizás lo sería realmente. Per, nada tema de mí... sé dominarme...
Janey no pudo por menos que reír, porque en verdad, aquellos vaqueros con frecuencia daban muestras de un extraordinario buen humor.
—Está bien, Ray, me acompañará usted —accedió Janey—. Se trata de que deseo ver al señor Randolph en sus excavaciones. Por lo tanto, saldremos juntos y usted me llevará hasta el lugar. Pero... me aguardará a cierta distancia. ¿No le apartaré de su trabajo aquí?
—Las órdenes del jefe son de vigilarla, señorita Janey —recalcó Ray en énfasis—. Por lo tanto, voy a ensillar y dentro de un instante estoy con usted.
Cabalgaron por los espacios cercados, donde en ciertas épocas Bennet guardaba rebaños, llegando al lugar donde Tay-Tay, Diego y Zoroaster clavaban estacas, trabajo odiado por todo vaquero. El trío saludó agitando los sombreros, lamentando de todo corazón no poder acompañar a Janey.
—Desde luego no están mal del todo, pero... deberían estar más hundidas —comentó Ray, examinando las estacas.
Zoroaster lo miró un instante y clavando la pala en tierra, le preguntó con acento ominoso:
—¿Acaso eres el encargado de este rancho?
—Mi...mi...ra... ve...te an...tes de qu... que o...curra na...da ma...lo —tartamudeó Tay-Tay.
—Sois unos presumidos y si no fuera porque he de acompañar a la señorita Endicott, veríamos quién dice la última palabra... —advirtió Ray.
Janey saludó a cada uno con radiante sonrisa, dándoles a entender que hubiera deseado que cualquiera de ellos hubiera sido su acompañante en lugar de Ray. Seguidamente puso su caballo al trote en seguimiento del de Ray y adentrándose en el desierto.
Comenzaron una ascensión gradual que los llevó al punto más alto del valle, hasta alcanzar un lugar desde donde veían en toda su extensión el gran muro rocoso que se alzaba a algunos kilómetros al oeste. Cabalgó detrás de Ray largos trechos; otros, junto a él charlando, hasta llegar a unos cedros.
—Bien, supongo que desea que la acompañe hasta aquí —anunció Ray-«. Ahora, siga este sendero que la conducirá hasta el interior del cañón. En el muro rocoso verá una gran gruta. Allí o por sus alrededores cava el señor Randolph.
—Gracias, Ray. ¿Me aguardará aquí?
—Desde luego, siempre que usted no regrese con él. Pero... me aseguraré.
—Creo que lo mejor será que me espere aquí. No tardaré.
El sendero la condujo descendiendo hasta un barranco, como por cuyo fondo fluía un arroyo de fangosas aguas que debía cruzar. Guió su caballo hasta la corriente y por mucha atención que prestó, no pudo evitar que su montura la salpicara con el agua fangosa. En cierto lugar el caballo tropezó, doblándose de rodillas y Janey sintió un nudo de angustia en la garganta. Pero el animal se levantó inmediatamente y comenzó a subir por la orilla. Aquello comenzó a parecerle una aventura, excitante y... ¡estaba sola! Embocó de nuevo el sendero, fue ascendiendo paulatinamente, zigzagueando entre enormes peñascos y por entre grandes cedros, viendo aquel muro enorme y purpúreo cada vez más cercano. La seca fragancia del desierto la envolvía al igual que la soledad y sensación de lejanía de todo lo humano. Jamás daría a entender a su padre ni a Randolph que en aquellos instantes comenzaba a comprender y a amar aquella tierra de Arizona. La belleza del colorido, el silencio, la vasta inmensidad que resultaba la mejor impresión de lejanía era algo que se estaba impresionando profundamente en su ser. Cuando llegaron al país se quejaba del polvo, del vacío que encontraba a su alrededor, de la ausencia o carencia de gentes. Pero ahora lo había olvidado todo.
Salió de entre los cedros y el amplio valle se ofreció a su mirada que chocó contra el inmenso muro de roca. Alzando la cabeza, exclamó, admirada:
—¡Vaya! ¡Es colosal! ¡Luego dirán que los edificios de Nueva York son altos! ¡ Quien viera esto!
Era un muro rojizo, alzándose con contraescarpadas hacia lo alto con peñascos que parecía como si fueran a rodar a Su encuentro. De pronto vio la gruta, cuya bóveda era tan alta que parecía como si pudiera cubrir una catedral. El interior desaparecía entre la sombra, pero hacia el exterior había algo que recordaba una escalera tallada en la roca y unos muros medio derrumbados, que Janey supuso que eran los restos de habitaciones humanas. Se detuvo para contemplarlo todo detenidamente, cuando de pronto oyó a alguien que la llamaba por su nombre. Entonces vio a Randolph de pie ante la entrada a la cueva, que la saludaba agitando un brazo. Cuando se acercó al lugar donde se hallaba el arqueólogo, observó de que en
aquel lugar sin duda había estado excavando. ¡Vaya figura más varonil que mostraba! Casi olvidó el objetivo perseguido en su visita, diciéndose que sería interesante verlo dedicado a su labor.
—¡Hola, Phillip! —saludó a su vez.
Pero la sorprendió advertir de que al parecer, Randolph no parecía muy contento en verla llegar.
—¿Ha venido su padre también?
—No, que va. Se fue a la ciudad.
—Pero supongo que no habrá venido sola...
—Claro que sí y francamente, ha sido un paseo muy interesante.
—¡ Janey ¡ —exclamó, enojado.
—¡Janey! ¡Eso es! ¿Qué pasa?
—¿Pero, por qué ha hecho esto?
—Pues ahora que lo recuerdo... para verle y examinar lo que hace por aquí —contestó la muchacha sonriendo.
—¡ Pero ya se le advirtió que no debía cabalgar sola, ni alejarse de la factoría!
—Desde luego que me lo dijeron y es lo que me molesta. ¿Por qué no he de salir? Ya no soy ninguna niña. Además, no va a decirme que por aquí haya bandidos.
—Bandidos, secuestradores y algo peor. Francamente, señorita Endicott creo que merece un correctivo.
—Me siento de buen humor, con que... adelante.
—Es usted una chica testaruda que no se aviene a razones.
—Phillip, no es usted muy amable para conmigo y menos teniendo presente, ahora lo siento, de que he cabalgado hasta aquí para verle —contestó la muchacha con tono de reproche.
—Pienso y lo digo en su propio bien. Alguien debe impedirle que corra estos riesgos innecesarios. Los vaqueros le permiten hacer cuanto le venga en gana, si bien tienen órdenes severas de cuidarla y protegerla. Si su padre no puede ponerle freno, alguien tendrá que hacerlo.
—¿Acaso está tentado en emprender esa misión? —preguntó Janey, con acento burlón.
—Podrá tildárseme de presuntuoso, pero francamente, me siento inclinado a ello.
—Creo que ambos vamos a divertirnos. Pero antes de que comience con su labor educativa... debo decirle que he venido con Ray hasta el borde del barranco...
—¡Me ha mentido! ¡No ha tenido empacho en engañarme!
—Caramba, quería ver cómo se lo tomaba.
Randolph, sentado sobre uno de aquellos escalones, observó:
—líe aquí uno de los trazos de su carácter. Un hombre no puede confiar en su reacción ante el enojo. Parece como si siempre haya algo agradable debajo y entremezclado con su frivolidad.
—Celebro que vuelva a su optimismo —replicó.
—Creo que sobra mi pregunta de cómo se encuentra —observó Randolph—. Ayer se mostraba pálida... abatida, su padre estaba sumamente preocupado y yo... pero hoy se parece a un lirio del Sago.
—¿Sago? Este es el nombre de su cañón, ¿no es verdad? ¿Cómo es la flor ésa? ¿Es bella?
—Creo que está entre las más bellas. Rara, exquisita, vivida... En verano se abre en los cañones y barrancos más profundos. Me atrevo a afirmar que usted no va a permanecer aquí lo bastante para contemplarla.
—'Phillip, jamás hubiera supuesto que usted fuera tan elocuente o bien tan convincente —respondió Janey, mirándole con detención—. Desde luego, comienzo a creer que hay en usted muchas posibilidades para conseguir algo muy bueno o bien para convertirlo en un demonio.
—Nunca puede predecirse lo que puede hacer un hombre, o mejor dicho, a lo que se le puede inducir a hacer.
—Bien, pero luego de tanta charla... ¿No será capaz de ayudarme a que desmonte y me invite a entrar en su reino?
—He de rogarle que perdone mi deficiente comportamiento.
Janey, antes de que él llegara hasta junto a su montura para ayudarla a apearse, lo hizo de un salto y tomando a «Patter» de la brida lo llevó hasta un árbol, atándolo a una rama baja. Luego dijo:
—Bien, vamos a ver su cueva.
—Hay que trepar lo suyo.
—Pero, hombre, no me considere siempre como algo quebradizo y endeble. Hay días en que no parezco la misma. Venga, vayamos para arriba.
Pero Janey pronto tuvo que confesarse de que aquella ascensión era trepar de veras. En aquella tierra de Arizona las distancias resultaban muy difíciles de apreciar, eran engañadoras. Lo que desde lejos parecía una escalera, en realidad era un sendero tallado en la roca que serpenteaba por la ladera y de vez en cuando había unos escalones para ganar mayor altura y salvar algún peñasco. Por fin tuvo que aceptar la ayuda que representaba la mano que le tendía Randolph pero cuando alcanzaron la cima de la escarpada estaba bañada de sudor.
Randolph mantuvo sujeta su mano mientras recuperaba el aliento.
—¡Caramba! —exclamó Janey con voz entrecortada, sentándose a la sombra sobre una roca—. ¡Vaya subida!
—Pero ha subido sin detenerse. Hay que descubrirse ante sus pulmones y el corazón... si su mente fuera tan... buena...
—¡ Señor Randolph...! ¿Cómo se atreve a...?
—Perdone, pero esto es lo que piensa su padre, así me lo ha dicho... más le advierto que yo no comparto plenamente esta opinión:
—Quizás sea una retrasada en el desarrollo de mi persona —contestó Janey riendo, mientras se quitaba el sombrero—. Sería gracioso que el desierto y usted completaran mi personalidad, hasta convertirme en. una mujer completa.
—Lo que insinúa indicaría un retrasado mental y estos desgraciados jamás se desarrollan por completo.
La muchacha en lugar de replicar, miró a su alrededor. Era una gruta sorprendente; mejor, una caverna. Estaba sentada encima de lo que un día fue un muro. Hacia el interior se entreveían otros restos de paredes mientras la alta y enorme bóveda formaba un amplio cobertizo que se asomaba al cañón. Un olor seco, penetrante, agradable incluso, envolvía el ambiente. Las paredes y muros caídos, las escotaduras y escarpas se mostraban en una sinfonía de colores en los que predominaban el gris, el ocre y el rojo. En uno de los muros se conservaba el marco de piedra de una ventana, que parecía un ojo negro que la mirara. Aquello le provocó un ligero escalofrío... por aquella ventana un día seres que ya seguramente eran polvo ahora, habían mirado al exterior. Unos pasos más allá, una zanja estrecha y junto a ella,, un pico y una pala. Sin duda el lugar donde estaba trabajando Randolph a su llegada.
—Señor Randolph... ¿Estuvo en la guerra? —preguntó con súbito impulso.
—Sí, pasé allí una temporada. Lo bastante como para aprender a cavar una trinchera. Es el único recuerdo agradable y útil que de ella conservo.
—No se queje. Varios de mis amigos que estuvieron en Francia, fueron heridos y algunos no se han recuperado jamás del todo. Al parecer usted salió incólume.
—Así lo creía yo también. Pero en el invierno último algo me advirtió de que en mi mente había... una laguna.
—¿De veras? ¿Cómo lo supo? ¿Le afectó de alguna forma?
—Comencé a sentir cierta debilidad, inclinación diría, por la belleza.
—¿De la naturaleza?
—Para ésta siempre la tuve. No... me refiero a la femenina.
—¿En general? Pues no se preocupe. Al contrario, es algo recomendable. Creo que ello ayuda a la seguridad varonil.
—Señorita Endicott, no he dicho en general.
—¿No quería decir esto? Es igual, no tiene importancia... Bien, ya he descansado. Por favor, enséñeme todo esto y explíqueme qué es lo que hace aquí.
Era evidente que Randolph no estaba concentrado con sus explicaciones. Aquella laguna en su mente... llena de belleza femenina... Janey casi lamentaba no haberle impulsado a proseguir por el camino de las confidencias para averiguar quién era aquella mujer particular que atraía sus pensamientos... porque había afirmado que no era «en general». Se sentía engreída por el éxito de su maquinación.
Luego de haber visto las diversas zanjas practicadas, algunos fragmentos de cerámica, muros y paredes caídas, mientras se sacudía el polvo, observó:
—¿Me parece que como guía para turistas femeninos no se ganaría la vida... es usted harto seco... conciso...
—Creo que se equivoca. Puede estar segura que tuve un éxito clamoroso mostrando todo esto a un grupo de maestras que vinieron el pasado verano.
—Entonces es que no debo ejercer sobre usted un efecto inhibitorio.
—Es probable. Al parecer sólo sirvo para tratar de arqueología, teología o cualquier otro tema con la terminación «ogía».
—Cuánto lamento no haber sabido apreciar desde el primer momento su extraordinario poder mental.
—Parece que gusta del sarcasmo. Pero la verdad es que usted ha verificado y probado todos los poderes y facultades mías, es decir la paciencia, la resistencia, la fe y otras, hasta su límite máximo...
¡Hay que ver lo detestable que soy! Pero si no puede olvidarlo, tampoco tiene necesidad de tratar conmigo... Por otra parte... ¿es aquí donde espera poder demostrar la existencia del pueblo desaparecido? Mi padre afirma que usted ha puesto toda su ilusión en su descubrimiento.
—No finja que le interesan las ruinas, porque a usted sólo le atrae la que puede significar un hombre.
—Desde luego, esto de las ruinas no me habla interesado hasta recientemente. ¿No puede creer que quizás cambie o bien me desarrolle plenamente? ¿Que resulte algo que valga la pena?
—Francamente, no sé qué pensar acerca de usted.
—De esto estoy convencida y también de qué soy capaz de venir aquí y hallar esas ruinas que busca con tanto afán.
—Le ruego que no lo haga. Bien sé que soy un pobre desgraciado, pero todavía no una ruina —replicó Randolph secamente, pero en sus ojos brillaba una mirada que desmentían sus palabras.
Janey dedujo de que se estaba diciendo a sí mismo que no debía dejarse llevar por ilusiones. Tomó a la carga, preguntando:
—¿Significa tanto para usted el hallar los vestigios de ese pueblo extinto?
—Sí. Sólo hay una cosa en este mundo que signifique más para mí.
—Volviendo a lo de mis posibles tareas aquí, creo que me ensuciaría de lo lindo. Pero teniendo presente que no le causó impresión con vestidos de noche, quizá consiga algo si me muestro roja de sudor y envuelta en el polvo. Vamos a verlo...
Comenzó a meterse en la zanja. Cuando llegó al fondo, asió el pico y dio un par de golpes.
Irritado, Randolph exclamó:
—¡Vamos salga de ahí! ¡Señorita Endicott, basta de comedia! ¡ Si cree que tiene gracia, está equivocada! ¡ Y por lo que a mí se refiere...!
—Le aseguro que tengo sumo interés en que me admire —le interrumpió Janey, sonriendo y alzando de nuevo el pico.
—Por favor, salga de ahí. Sólo conseguirá ensuciarse.la ropa.
—¡De ninguna manera! ¿Quién sabe? A lo mejor resulta que he de casarme con un arqueólogo y claro... he de ponerme a su altura...
—¡Salga inmediatamente! —reiteró Phillip, perentorio. Janey, sin hacerle caso comenzó a golpear el suelo con el pico, luego tomó la pala y levantó alguna tierra mezclada con pedruscos. De pronto dejó al descubierto algo que recordaba a un hueso.
—¡Hum! ¿Qué es esto? —preguntó la muchacha.
—Un hueso, una tibia. Ya le he dicho de que cavaba en una tumba.
—No es verdad. No me lo advirtió.
—Bien, pues no se lo dije. Como quiera. Pero ahora salga. Vamos.
—Señor Randolph, puede muy bien meterse en mi propia tumba, pero no es capaz de sacarme de ésta —afirmó Janey alzando el pico con decisión.
Pero en aquel momento Randolph cogió el mango y luego de asirla por la muñeca, le arrebató la herramienta y con un fuerte tirón le obligó a salir de la fosa.
La soltó casi de inmediato, y quizá con cierta rudeza y muy posible también por la irritada mirada que vio en sus ojos. Pero Janey, que se hallaba de pie encima del montón de tierra que había sido sacado de la zanja, al intentar rechazar la mano que él le ofrecía para bajar, perdió el equilibrio, yendo a caer en brazos de Randolph. Sabiéndose culpable de su traspiés, su indignación fue mayor todavía. Se le cayó el sombrero, los cabellos le cubrieron los ojos, apoyó sus manos en el pecho de él intentando apartarse. Pero sintió cómo la estrechaba entre sus brazos, al mismo tiempo que la besaba apasionadamente.


4

JANEY se desprendió de los brazos de Randolph y retrocedió unos pasos, presa de la confusión y del aturdimiento, olvidando de que había ido hasta allí representando una comedia.
—¡Janey! ¡Señorita Endicott! —exclamó el joven arqueólogo—. ¡Por favor! ¡Perdóneme! ¡Me he dejado llevar por mis sentimientos! ¡Por favor, olvídelo!
—¡Pero, lo ha hecho! —gritóle ella.
No sabía bien lo que había ocurrido, pero desde luego, tuvo que confesarse, ella había provocado aquello.
—¡Perdí el dominio de mí mismo! ¡Créame! ¡No volverá a ocurrir! ¡Se lo juro! ¡No era mi intención, señorita Endicott! ¡Lo hice sin querer! ¡Involuntariamente! —reiteró el arqueólogo.
—Se lo cuenta a quien quiera creerle —replicó Janey, segura de nuevo de sí misma y recuperando el papel que se había impuesto.
—¿No me cree? —preguntó Phillip, sonrojándose.
—¡Claro que no! —respondió Janey, peinándose el cabello hacia atrás y prosiguió—: No aconsejaré a ninguna chica que se fíe de usted... especialmente si ha sido lo suficiente tonta como para venir a verle... sola aquí...
—«¡Le juro que jamás he besado a una muchacha! —exclamó Randolph, intentando explicar su acción.
—¡Muy bien! ¡Siga queriendo justificarse! —prosiguió ella implacable, pero en su interior muy satisfecha al comprobar su confusión y desconsuelo—. Parece que me tiene por muy tonta. Es el colmo de la desfachatez. Si por lo menos confesara como un hombre que no ha sabido resistirse a la tentación... quizá, incluso, podría perdonarle su desliz. Al fin y al cabo, ser besada no es ningún crimen.
Pero no tener el valor de confesarlo... el adoptar ahora su papel de riguroso moralista... Vamos, es el colmo. Tanto menospreciar a mis amigos. Francamente, me ha decepcionado y lo lamento, porque había llegado a sentir cierto respeto por usted... Está visto que una chica no puede: fiarse de usted.
Con un sordo gemido, Randolph saltó al interior de la zanja que había junto a él y tomando el pico comenzó con furia a golpear el suelo del fondo, haciendo saltar chispas de las piedras al chocar contra éstas el pico de la herramienta. Janey le dijo algo, pero no la oyó o bien no quiso responderle. La muchacha, sin añadir palabra recogió su sombrero y dándole la espalda comenzó a descender por el camino. Llegaba ya al punto donde el sendero casi desaparecía encima de la roca pelada, cuando oyó a Randolph que llegaba junto a ella diciendo:
—Perdone... pero no puedo permitir que descienda sola. Esto es algo peligroso.
—Señor Randolph, déjeme en paz. Prefiero caerme por allí y romperme el cuello antes que aceptar su ayuda.
—Desde luego, pero le recomiendo que no vuelva a caer o tropezar mientras esté al alcance de mis brazos —respondió él, ceñudo.
Janey prosiguió bajando por el sendero, percibiendo la respiración de Randolph casi sobre sus hombros, atento en vigilar sus pasos. Cuando llegó donde comenzaban los peñascos sueltos, intentó proseguir saltando de uno a otro, ensayando unos balanceos que hubieran hecho reír a un artista de circo. Pudo lastimarse un par de veces, pero por fin, alcanzó la parte del sendero por donde era fácil caminar. Randolph, cuando vio que ya no corría peligro, se detuvo y sentándose sobre una roca vio como llegaba al fondo del barranco y montaba en su caballo. Poniéndose en pie y alzando un brazo a guisa de despedida, gritó:
—¡Adiós, mujer salvaje!
—¡Cavernícola, adiós! —respondió Janey.
Cabalgó sin mirar hacia atrás lo que requirió un gran esfuerzo de voluntad. Cuando ya estuvo entre los árboles, dejó que el caballo siguiera solo el camino y pasó a revisar todo cuanto había ocurrido en la caverna. Randolph era... un chico honrado, muy enamorado de ella y completamente a su merced. ¡Qué gesto de desagrado mostró cuando aseguró de que ser besada no era ningún crimen! ¿Estaba tan irritada contra Randolph? Algo le advertía que no. Sus reflexiones fueron interrumpidas por la aparición de Ray, que surgió de improviso y comenzó a dirigirle preguntas acerca de lo que le habían parecido las excavaciones. Contestó con palabra y expresiones vagas e incluso no se detuvo más que breves instantes para saludar a los vaqueros que todavía estaban plantando estacas. Cuando se halló en su habitación, diose cuenta de que los vaqueros comenzaban a borrarse de su mente. Desde luego no lo lamentaba, pero sí estaba algo sorprendida. «Claro, se dijo, si una chica va a ser raptada y espera ser maltratada y por fin casada a la fuerza con su raptor, es lógico que se preocupe sólo del hombre que va a cometer tal hazaña.»
En el curso del almuerzo se comentó extensamente su visita a la caverna de las excavaciones. Los Bennet estaban muy complacidos y era de ver que estimaban mucho a Randolph y admiraban su labor como arqueólogo.
—Desde luego, si le ha gustado el barranco del Sagi, debería visitar el Beckyshibeta —observó Bennet.
—¿Beckyshibeta? ¡ Vaya trabalenguas! —inquirió Janey, riendo—. ¿Y qué es eso? ¿Dónde está?
—Beckyshibeta significa agua para vacas o de vacas, en lengua de los navajos. Una especie de abrevadero para el ganado, situado a unos cien kilómetros desde aquí. Un lugar rocoso, solitario. Comarca que los indios eluden. Van raras veces por allí. Phillip supone que lo deben considerar como un lugar a evitar, como Nonnezoshe, el Gran Puente del Arco Iris. Sostienen la idea de que allí hay los restos enterrados de algún gran pueblo. Hay moradas trabajadas en la roca, todavía en buen estado y varias otras ruinas. No recomendamos ir allá a nuestros huéspedes, queda muy lejos. Además, a los vaqueros tampoco les gusta ir porque han de arrear caballos de carga con comida y agua. Hay otros lugares más cercanos y donde es fácil acampar. Pero antes de irse de aquí le recomiendo que visite ambos lugares: Nonnezoshe y Beckyshibeta.
—Creo que me gustaría —observó Janey.
No volvió a ver a los vaqueros hasta después de la cena, cuando salió al exterior para contemplar la puesta del sol y aguardar el regreso de su padre. Aquella hora siempre era distraída en la factoría. Indios que llegaban y otros que se marchaban, los vaqueros yendo de un lado para otro. Casi todos habían terminado con la labor cotidiana y ahora estaban recostados contra los bultos de lana o bien tendidos sobre alguna manta. Pero en cuanto vieron a Janey se alzaron al unísono, si bien ella prosiguió andando hasta apoyarse contra una cerca, contemplando él firmamento rojo y dorado de la puesta del sol.
—Parece que hace mucho fresco en esta puesta del sol —observó Mohave, con voz suficientemente alta para que la oyera Janey.
—Vamos, ¿cuál de vosotros la ha pisado para que yo le rompa la cara? —preguntó Zoroaster con acento amenazador.
—Alguno de vosotros, sinvergüenzas, le ha hecho algo —barbotó tartamudeando Tay-Tay, con tono beligerante.
—Nuestra graciosa señorita está de mal humor —opinó Diego.
—Sois unos inoportunos. ¿Acaso no puede caminar un rato sin que la importunéis? —quiso saber Ray.
Janey se apartó a mayor distancia de sus. leales caballeros. Por vez primera no le interesaban sus galanteos. ¿Qué le ocurría? No acababa de discernirlo.
Desde el oeste la vasta planicie del desierto la saludó con su negrura de ébano, que contrastaba del intenso dorado del firmamento. Hacia el horizonte, se había formado algo semejante a un collar de nubes purpúreas, atravesadas por rayos plateados y rosados. Entre las nubes y la línea del horizonte descendía el sol poniente lanzando en un adiós, los últimos áureos rayos del día feneciente, mientras el desierto lo despedía levantando muros ciclópeos, castillos y catedrales de fantasmagórica belleza.
Janey aspiró con fruición el olor a salvia que la rodeaba. Aquella Arizona tenía un hechizo espléndido y arrebatador. ¡Cuán libre y amplio se mostraba el desierto! ¡Qué colorido tan variado y cambiante! La brisa que se tomaba en el fresco que venía con la noche, le acarició el rostro. En una cima cercana apareció la silueta de un piel roja montado, destacándose contra el firmamento como una estampa de libertad salvaje. Pero aquella paz de espacio abierto fue interrumpida por el motor de un coche que llegaba. Sin duda, era su padre.
—¡Caramba! ¡Qué recibimiento! —exclamó su padre, cuando ambos entraban en la casa—. ¡Ni que hubiera estado ausente durante un mes!
—¿Pero ha sido así? —preguntó Janey, sorprendida.
—¡Pero niña! ¡Si en ningún regreso mío de Europa me has recibido con tanta efusión! ¿Qué te ocurre?
—Nada de particular... sólo que estoy muy contenta de verte de nuevo. Cree que... he notado tu ausencia.
—Bien, bien... cree que me has dado una sorpresa.
Janey le acompañó al comedor y lo dejó sentado a la mesa. Comprendió que traía demasiado apetito para conversar. Salió de nuevo al exterior y allí sentada, revisó de nuevo los acontecimientos del día. Debía sentirse resentida contra su padre... pero no era así. Recordó de nuevo el encuentro con Randolph. Aquello comenzaba a preocuparla. Sintió que aquella herida contra su vanidad comenzaba a desaparecer. La situación respecto a su padre y Randolph se convertía en unas tablas.
«A ver si me estoy tornando romántica —se dijo con un suspiro—. ¿Por qué he de sentirme feliz? ¿Acaso porque me ha besado?»
Habla recobrado su dominio cuando su padre, luego de la cena, fue a su encuentro en el salón. Le explicó que desde la ciudad había podido comunicarse con todo el mundo.
Las comunicaciones con Nueva York hablan sido fáciles y excelentes.
—Bien, ¿qué has hecho durante el día?
—Pues me he distraído mucho —contestó Janey.
—Confío en que no habrás vuelto a perder el tiempo con los vaqueros.
—Vamos, papá, qué cosas dices... si apenas los he visto. Por la mañana, Ray me ha acompañado hasta la caverna en la que Randolph trabaja en sus excavaciones. Dije a Ray que me aguardara en las proximidades y fui sola hasta el lugar.
—¿Fuiste a donde Randolph trabaja? —preguntó el señor Endicott muy contento y prosiguió—: Pues me das una gran alegría. ¿Qué te ha parecido aquello? Ya estuve allí...
—¡Vaya lugar! Da escalofríos. Lo que le faltaba a este chico. Muy apropiado para él... un verdadero hombre de las cavernas...
—¿Quién? ¿Randolph? Vamos no me digas. Si es un chico muy culto y educado.
—Creo que te equivocas. Por lo menos yo no lo considero así. Papá, te has equivocado con él. Es un tipo de cuidado.
—No vas a decirme que os habéis peleado.
—¿Peleado? Nada de eso, sólo... algunos arañazos, como de costumbre. No pareció muy entusiasmado en verme llegar, el muy idiota. Cuando lo creyó conveniente me hizo algunos comentarios acerca del amor que sentía por la belleza de... cierta mujer. Claro, no pude por menos que pincharle y cuando se dio cuenta de que le tomaba el pelo, se enfadó. Por fin, para demostrarle, por pura cortesía, de que me interesaba su caverna, salté dentro de una de aquellas zanjas y comencé a darle con un pico. Imagínate, no le gustó lo que hacía.
—Janey, heriste sus sentimientos de científico —contestó el señor Endicott, riendo—. Claro, en cuanto te tío llegar ya temió que le hicieras una de las tuyas. ¡Si incluso a mí no me permitió cavar en uno de aquellos agujeros! ¿Por qué? ¡ Por temor a que le destrozara algún trozo, o pieza entera, de cerámica! Además, seguramente temió de que te ensuciaras la ropa que llevabas... y te lastimaras las manos.
—Nada de eso. Le Rubiera satisfecho mucho el que así hubiera sido —objetó Janey—. Mira, tan pronto me tildaba de fastidiosa como de elegante, luego me comparó o mejor, afirmó, de que era una rica perezosa. Me tomó de la mano casi acariciándola para seguidamente decirme de que era algo muy bello, pero inútil. Para continuar, me ordenó con bruscos modales que saliera de la zanja y cuando no le hice caso, me arrancó el pico y cogiéndome por la muñeca me sacó de un tirón. ¿Con cuidado? ¿Con cortesía? ¡Qué va! Me soltó casi de inmediato, antes de que pudiera ponéis el pie y caí casualmente, encima de él. ¿Me ayudó a levantarme? ¡ De ninguna manera! Este chico tan— bien educado? este modelo de caballeros, este monumento de cortesía, ¿sabes lo que hizo? ¡Pues abrazarme y besarme! ¡Sí, señor, esto es lo que hizo! ¡ Apretar sus sucios labios contra los míos! ¡Algo inaudito!
El señor Endicott no pudo contener su regocijo, estallando en carcajadas. A duras penas ahogó su risa e intentó congraciarse con su hija diciendo:
—¡Janey, lo celebro, de veras, estoy muy contento! Este chico ha probado de que es algo más que un pozo de ciencia. Lo que me pregunto es... si te ha complacido el incidente.
—¡ Tonterías! —repuso Janey con las mejillas encendidas—. No había nervio en él. Sólo... se había vuelto loco. Luego me juró que jamás había besado a una chica. ¿Qué te parece? Muy divertido, ¿eh? Bien, ahora ya lo sabes todo. No sé qué pensar de lo ocurrido...
—Felicitaré a Randolph por... el correctivo impuesto.
—Oye, que no acepto correctivos tan a la ligera —advirtió Janey con cierta altivez.
—Está bien, hija, pero no seas demasiado severa con él. Si hubieras sido una arpía...
En aquel momento Bennet se acercó a ellos para preguntarles si precisarían a alguno de sus vaqueros para alguna excursión en los días próximos:
—Deseo entregar una porción de ganado y ahora es la época mejor. Cuando regresen, coincidirán con algunos grupos de turistas que desean ir hasta Nonnezoshe y luego, comenzará la época de las lluvias —explicó el factor.
—Gracias por su aviso, amigo Bennet, pero creo que; esta vez podemos pasamos sin sus muchachos —decidió Endicott.
Su hija dedujo que su padre estaba muy contento de que desaparecieran por algunos días.
—¿Pero de veras tienen aquí una época de lluvias? —le preguntó la muchacha.
—Desde luego, señorita. Si se queda, ya la vivirá. Grandes tronadas, nubes y arco iris. Pero para nosotros con frecuencia, motivo de trabajos y preocupaciones. Las ramblas vienen llenas y no podemos trasladar el ganado.
—¿Tronadas? Es algo que me gusta presenciar. No me iré hasta ver una —decidió Janey.
Todavía leía Janey cuando oyó llegar a Randolph y seguidamente cómo entraba en su habitación. Era bastante tarde. Acostumbraba a regresar más temprano. Quizá quiso serenar su ánimo, meditando acerca de lo que había sucedido por la mañana.
A la mañana siguiente, cuando fue a desayunarse halló a su padre y a Randolph, sentados a la mesa. Si Janey creyó que lo vería deprimido o bien preocupado, tuvo que confesarse de que iba equivocada. La saludó con la despreocupación acostumbrada, mirándola impertérrito. Janey comprendió de que había quemado tras él sus puentes y algo le advirtió que en ello no había influido su padre. La noche anterior acompañó a éste hasta su cuarto y no le había oído que saliera antes para hablar, quizá, con Randolph. En consecuencia, cabía deducir de que Randolph había llegado a alguna conclusión personal y de que la suerte estaba echada. Miró a Janey como si nada recordara. Ésta se preparó para la lucha que adivinaba.
—¿Cuándo marchan los vaqueros de Bennet? —preguntó Randolph.
—Hoy —contestó el señor Endicott y luego de hacerle un guiño, prosiguió—: Desde luego, será algo terrible para Janey eso de estarse aquí sin nadie que la acompañé o con quien charlar. Caramba, Phillip, se me ocurre que... ¿No podría dejar de cavar por algunos días y dedicarse a ella?
—Con sumo placer —convino Randolph y con tono tranquilo añadió—: Incluso creo que hallaré la forma o manera de distraer a una joven tan sofisticada como la señorita Endicott.
—Ninguna necesidad tiene de ocuparse de mí —saltó vivamente Janey—. Además, eso de sofisticada, lo rechazo por completo. Vamos, dígame, ¿cuándo me ha visto envejecida o bien con muestras de aburrimiento?
—Desde luego, eso de vieja no reza con usted, pero aburrida... ya es otro cantar, por lo menos con este su más humilde servidor.
—Pero ahora ya no es así, Phillip. Usted es un ente misterioso que ofrece enormes posibilidades para la investigación...
—A su entera disposición, señorita —replicó Randolph como al descuido—. Confío en que no defraudaré sus deseos de análisis anímico.
—¿Cuándo comenzará a distraerme? —preguntó Janey con una sonrisa provocativa.
—Creo que ahora es el momento más oportuno para ello...
—Pues adelante. Sólo le ruego que se mantenga tal como es... es decir, natural, sin afectación alguna.
—No sabe cuanto me complace su recomendación. No la olvidaré. Esto relajará mi mente. Bien, luego del desayuno iremos paseando hasta un lugar donde hay sapos cornudos.
—¿Hay que andar mucho?
Está bastante cerca. Al otro lado de la rambla que corre casi al pie del contrafuerte de la muela. Pero cambié su ropa. Quítese eso tan infantil que lleva y póngase algo que la proteja mejor.
—¿Cómo infantil? ¡Si es una falda para tenis y una blusa!
—Nadie lo diría. Esté dispuesta para dentro de una hora —decidió Randolph secamente.
Janey subió a su habitación diciéndose que Phillip había hablado como sin dar importancia a la cosa. Siempre supuso que la invitaría a dar un paseo a caballo hasta algún lugar alejado, para así hacerse mejor con ella, porque no era de suponer que intentara el rapto yendo a pie y como quien dice a la vuelta de la esquina. Pero» lo más prudente era de que estuviera dispuesta y prevenida, porque aquella indicación acerca de ropa que la protegiera... Mas si se vestía con calzones de montar y botas, que fue lo que primero imaginó, quizá provocara la sospecha de Randolph. Por otra parte, la demás ropa que se había traído no era adecuada para la clase de excursión que preveía que iban a emprender. Seguramente Randolph se retendría un día y, desde luego una noche, antes de devolverla a la factoría. Examinó las diversas prendas y terminó por escoger una falda de lana, harto corta. Añadió las medias más gruesas que tenía, pero que siempre serían demasiado finas para lo que le aguardaba y una blusa con cuello alto y manga larga. Calzaría zapatos de tenis. Cuando estuvo vestida, cubrió su cabeza con un sombrero de fieltro y cogió los guantes. Tomó también un abrigo deportivo y en uno de los bolsillos metió un estuche pequeño de manicura con lo más imprescindible. El abrigo lo llevaría del brazo.
Dispuesta para lo que ocurriera y algo agitada, salió de su habitación para ir al encuentro del señor Randolph.
Había tardado más de una hora en cambiarse de ropa» pero tuvo una gran sorpresa al constatar de que nadie la aguardaba. Tampoco vio a su padre. «Algo ocurre», se dijo. Salió al exterior a tiempo para ver cómo Bennet con su gente emprendía la marcha. Los vaqueros todavía la saludaron con grandes voces de despedida.
Cuando entró de nuevo en la casa, tropezó con Randolph. Sus botas estaban cubiertas con polvo y el rostro enrojecido por algún esfuerzo llevado a cabo. Su gesto era ceñudo a la par que tenso; nada indicaba que estuviera dispuesto a emprender un corto paseo. ¡A lo mejor iba a declarársele! ¡O quizá... se había echado atrás en secundar los planes de su padre! La duda hizo que perdiera por unos instantes su seguridad, pero al parecer todo había sido una falsa alarma, porque en viéndola, exclamó:
—¡Vamos, veo que ha seguido mi consejo! ¡Con esa ropa irá mejor!
—Sí, me he dicho que quizá me obligue a cavar en la arena a la búsqueda de los sapos...
—No dude que cavará lo suyo antes de que regresemos.
Salieron por una puerta lateral del corral, donde el follaje de los melocotoneros y la casa, ocultaban su partida desde la vista del almacén.
—>Los sapos cornudos son una de las maravillas de la naturaleza y del desierto —explicó Phillip, caminando rápidamente—. El color de su piel los protege y oculta perfectamente, tanto, que es harto difícil verlos. Sus ojos parecen gemas y cuando se enfurecen, no es raro que por ellos destilen sangre.
Sin cesar de describir a aquellos batracios fue guiándola loma arriba, para descender seguidamente por la vertiente opuesta. Ahora ya estaban fuera de la vista de toda la factoría. Cuando terminó con los batracios, comenzó a comentar las bellezas y los diversos aspectos del desierto. Janey supuso que aquella charla incesante tenía por objetivo distraerla para que no se diera cuenta del trecho que recorrían. Ella lo animaba en su propósito, preguntándole constantemente, como si sintiera curiosidad por más detalles. Pero llegó un momento que no pudo por menos que advertirle:
—¡Caramba, Phillip, dijo que era un paseo corto! Creo que ya hemos caminado más de diez kilómetros. ¿Palta mucho?
—Todavía nos falta un trecho. ¿Acaso lo haya prolongado?
—En mi opinión se trata de una caminata. ¿Hacia dónde vamos ahora? —preguntó Janey mirando el curso de la rambla que se extendía a sus pies.
No se veía sendero alguno, pero sí algunas huellas de caballos. Randolph, saltó al cauce casi seco y ordenó a la muchacha:
—¡Vamos! ¡Salte también!
No cabía duda de que el tono de su voz había cambia^ do. Los acontecimientos iban a precipitarse.
—¡Ni pensarlo! ¿Cómo voy a bajar ahí?
—Si no quiere que la baje en brazos, deslícese por la pendiente.
—¿Deslizarme? ¿Pero por quién me ha tomado, señor: Randolph?
Con otro salto estuvo a su lado e inclinándose de súbito, unió sus rodillas y sin más ceremonia la alzó, cargándosela a la espalda.
—¡ Oh! —fue sólo lo que exclamó Janey, presa de la sorpresa por la rapidez de su acción.
Se sintió como si fuera un saco de patatas. Cargado con ella, Phillip comenzó a bajar la pendiente, pero entonces Janey empezó a gritar al tiempo que le golpeaba la espalda. Le hubiera dado un puntapié si hubiera tenido libres las rodillas. Pero sus violentas contorsiones hicieron que Randolph perdiera pie, tropezara y cayera, soltando a Janey, que rodó un par de veces sobre sí misma, antes de que pudiera detenerse y sentarse. Randolph se puso de pie y viéndola allí sentada con gesto de sorpresa, se echó a reír. Janey no pudo resistirse en unirse a sus carcajadas, pero unos instantes más tarde con gesto serio, preguntó:
—Bien, señor Randolph: ¿Acaso es así como usted caza sapos?
—Desde luego que no. Pero usted ha tenido la culpa. Ha conseguido que perdiera el balance. Por poco le caigo encima.
—Mi posición sobre su espalda no me dejaba otra opción. En el futuro, cuando quiera asirme de esa forma, sírvase avisarme para que no me coja de sorpresa.
—Lo tendré en cuenta. Ahora levántese y veamos si esas piernas sirven para algo.
Sin otro comentario comenzó a subir por la vertiente de la orilla dando grandes zancadas. Janey con una breve carrera se puso a su lado, pero lamentándose:
—¡Mis zapatos están llenos de arena!
—No permita que una menudencia como ésta interrumpa su caminar, porque le sucederá a menudo.
Sentándose para descalzarse y sacudir la arenad la muchacha replicó:
—Lo que es por falta de gentileza, no puedo quejarme.
—Claro que no. Desde luego cabe confesar que la señorita Endicott esta mañana está radiante.
—Si lo dice por esta falda corta, ninguna necesidad tiene de mirarla. Era la única que tenía a mano para esta marcha.
Doblaron la loma y comenzaron a descender de nuevo, hacia otra rambla seca. A lo largo de las orillas del cauce crecían plantas propias del desierto. Randolph prosiguió caminando rápidamente; Janey se retrasó algo. De pronto, tras una revuelta vio lo que preveía desde que salieron de la factoría... dos caballos ensillados y otro de carga, como reata. Fingió no haberlos visto, pero no pudo evitar un estremecimiento y un ligero sonrojo que le calentara las mejillas. Una rápida mirada de soslayo le permitió observar como Randolph se detenía junto a las monturas, mientras Janey reunía sus ánimos para estar a la altura de la situación que iba a plantearse seguidamente. Más, ¿estaba acaso furiosa? ¿Sentía temor? No podía determinarlo, pero sí estaba segura de que si conseguía representar su papel adecuadamente, tomaría cumplida venganza de aquel Randolph y de su padre.
—¿De quién son estos caballos? —preguntó Janey cuando llegó junto a ellos y prosiguió—: Creo que hace ya demasiado calor para cabalgar. ¿Pero cuándo cazaremos esos célebres sapos cornudos?
Al no recibir contestación lo miró. Su rostro estaba tenso y pálido y la muchacha se dijo que a pesar de que se esforzaba en cumplir su parte del plan sugerido por su padre, le tenía miedo a ella y, sobre todo, estaba aterrado por la indignidad que iba a cometer. Aquello la impulsó a preguntarle:
—¿Qué le ocurre, Phillip? ¿Qué significa esa mirada? Caramba, si ya es por segunda vez en el curso de esta mañana. Desde luego, ahora no tendré por qué quejarme de falta de atención por su parte.
—Más vale tarde que nunca.
—Vamos, señor arqueólogo, venga para acá, que no voy a morderle.
—¿Que vaya hacia usted?
—Claro...
—Corre un riesgo... puedo perder los nervios de nuevo y...
—¿Desde cuándo acostumbra a perderlos? Desde ayer en la caverna? Pues le advierto que como lo intente de nuevo, su fin será inmediato. Ahora, dígame, ¿de quién son estos caballos?
—Son míos.
—¿Suyos? ¿Qué hacen aquí? ¿Acaso los necesitaremos para cazar sapos?
. —Janey, lo de los sapos fue una treta... un engaño... algo para alejarla de la factoría.
La muchacha, riendo, observó:
—¡Ah, vamos! ¡Ahora lo entiendo! ¡ Ha preparado esta pequeña sorpresa! ¡Pero, lo siento, no puedo montar con esta falda tan corta!
—Veo que no me entiende, Janey. No se trata de ningún paseo. La he atraído hasta aquí para raptarla.
—Lo que le digo, Phillip. No puedo montar con esta falda. Imagínese...
—Desde aquí no puede andar, por lo tanto tendrá que montar a caballo.
—No creo que sea necesario. Si hasta aquí hemos venido andando, podemos regresar del mismo modo.
—Es que no regresaremos... hoy, por lo menos...
—¡Señor Randolph! —exclamó Janey con frío acento.
Había llegado el momento crucial y Janey lo recalcó, preguntando con cierto desprecio:
—¿Está loco o borracho?
—¡Creo que ambas cosas! ¡Estoy loco por ti!
—Creo que no está en sus cabales —advirtió Janey volviéndole la espalda y alejándose, pero Randolph cogiéndola por los hombros obligola a retroceder, diciendo con voz ronca:
—¡ Si intentas escapar, será peor para ti!
—¡Bestia! ¡Suélteme!
Randolph la miró unos instantes con la cólera pintada en su mirada y de un empujón la hizo caer. El suelo cubierto de arena amortiguó el golpe, pero se le cayó el sombrero y el abrigo que llevaba al brazo. Sintió que su posición era ridícula por demás y aquello le produjo una ira furiosa.
—Seré tan bestia como quiera —respondió él con voz ronca y volviendo al tratamiento de antes—, pero usted va a venir conmigo aunque tenga que atarla al caballo.
—Mi padre lo matará.
—No lo dudo, pero ya será tarde.
—Los vaqueros le cogerán, bien lo sabe y cuando lo | tengan en su poder...
—Sí, pero ya nada querrán saber con usted...
Janey se levantó, acercándose a Randolph. Éste mostraba un continente amenazador. Ya había líe vado a cabo lo más duro: anunciarle sus intenciones. La muchacha ; comprendió que estaba seguro de que podría manejarla a su antojo. ¡Cuán equivocado estaba!
—¡No se atreva a tocarme...! —exclamó con furia.
—No deseo hacerlo ahora, pero monte.
—¡No!
—¡Le digo que...!
La muchacha intentó echar a correr, pero él la cogió — de un brazo deteniéndola. Revolvióse Janey pegándole una sonora bofetada. Randolph la soltó y pasó su mano por la mejilla que había recibido el golpe. Aquello pareció como si despertara su furia, porque dijo lentamente y en voz baja con tono ominoso:
—¡ Me ha pegado...! ¡Se ha atrevido a pegarme...!
—¡Claro que sí! ¿Qué se ha creído? ¿Acaso supuso de que caería rendida en sus brazos? ¡Pues estaba equivocado! —exclamó Janey, abofeteándole la otra mejilla
—¡ Gata salvaje! —aulló Randolph loco de rabia, asiéndola de nuevo.
La muchacha era fuerte, pequeña y ligera como una pantera. Se revolvió como una serpiente. Aquello se convirtió en una lucha abierta. El rudo contacto de sus manos y la violencia de su rechazo la impulsaron a combatir.
Él se esforzaba en sujetarla, mientras ella se resistía con todas sus fuerzas. Le clavó las uñas en el rostro, con ambas manos le cogió el cabello y tiró desesperadamente. Mordió sus brazos repetidamente, hincando los dientes con cuánta fuerza fue capaz. Pero la lucha no podía prolongarse, por cuanto él era mucho más fuerte. Por fin él dobló el brazo izquierdo de Janey hacia su espalda y retorciéndoselo, la obligó a cesar en la lucha.
Pero el aspecto de Randolph no era de los mejores. Despeinado, su pelo parecía una melena enmarañada, el rostro estaba cubierto de sangre.
Con voz entrecortada, Randolph, exclamó:
—¡Vaya fiera...!
—¡Suélteme, animal! —chilló Janey.
—¿Montará el caballo?
—¡No y mil veces no! ¡Salvaje!
—Conque salvaje, ¿eh? Usted lo ha dicho, princesa refinada del Este —y besándola con fuerza impetuosa, añadió—: Aquí tienes esto de un salvaje del Oeste.
—¡Lo mataré...! ¡Juro que lo mataré...! ¡Mil veces...!-murmuró Janey iracunda, cuando pudo respirar.
—Desde luego: matarme y maldecirme. Bien sé que lo haría si pudiera —contestó él con pasión, estrechándola de nuevo y cubriendo con sus besos apasionados su rostro y el cuello. Janey sintió como gotas de la sangre que manaba de sus mejillas, mojaban su piel. Entonces optó por la rendición. Sabía que había conseguido, hasta entonces, representar su papel a la perfección, pero tuvo que confesarse de que jamás hubiera supuesto que aquel arqueólogo pudiera albergar sentimientos tan apasionados. Cuando él aflojó su abrazo, dejóse caer de rodillas.
—¡Ahora lo. entiendo...! —gimió Janey—. ¡Creyó que... yo!
—¡Cállese! —gritó Randolph, retrocediendo.
—¡Phillip...! —prosiguió Janey—. Yo... yo... lo confieso... yo tengo la culpa de todo... o casi de todo... Pero deje que me vaya...
—¡Le he dicho que se calle! —rugió Randolph de nuevo mientras se sentaba sobre una piedra y se cubría el rostro con las manos.
Janey, con un suspiro, comenzó a arreglarse el cabello y revisar el estado de su ropa. Percibía de que la tormenta amainaba, pero los resultados eran todavía imprevisibles. Estaba claro de que Randolph no iba a cometer con ella algo irreparable y meditándolo, casi sintió piedad por él. En mal asunto se había metido, tan grave que sin darse cuenta se había puesto a su merced.
—Tiene sangre en el rostro —advirtió Randolph.
—Suya debe ser... pero si en mi mano estuviera, no tendría ni una gota en las venas —contestó Janey con gran rencor.
—¡ Límpiela! —le ordenó secamente.
Janey sacó de uno de sus bolsillos un pañuelo minúsculo.
—¿Dónde? —preguntó.
—En su mejilla... la izquierda. Déme eso que llama pañuelo, ¿para qué sirve? —y devolviéndoselo, tomó su bufanda de seda y con ella le frotó la mejilla con fuerza, como si quisiera borrar una mancha de culpabilidad.
—¿Qué le parece? Me ha arañado como un gato salvaje —afirmó Randolph.
—¿Acaso esperaba una caricia? —repuso ella con sarcasmo. Y poniéndose de pie, prosiguió—: Casi me ha arrancado la manga. Confío en que habrá traído aguja e hilo consigo.
Pasando por alto su indicación, tomó del suelo el abrigo y el sombrero y dándoselos, se limitó a ordenarle:
—Monte este caballo.



5

SIN OTRO comentario y con continente sojuzgado, Janey fue hasta el caballo y montó. La falda subió hasta por encima de la rodilla. Se puso de pie sobre los estribos, pero la escasa tela dejó al descubierto buena parte de los muslos por encima de las rodillas y de las medias.
—¿Vamos quizá a impresionar una película o bien a una exposición de piernas bien hechas? —preguntó con soma,
—'Ninguna culpa tengo de que no quiera vestir prendas decentes —contestó Randolph.
—¿Por qué no sugirió de que era mejor de que me vistiera para montar a caballo?
—No se me ocurrió, pero ahora sí. Es probable el que usted hubiese sospechado algo.
—¿Quién? ¿Yo? Vamos, para ello soy demasiado tonta. Si se me hubiera ocurrido de que usted era un despreciable villano... Obligar a cabalgar así a una muchacha... Es el no va más.
—No me importa su aspecto —replicó él, con hosquedad—. Por otra parte, puedo decirle que su indumentaria no es peor de lo acostumbrado en usted.
Se inclinó y recogiendo del suelo el abrigo de Janey que se había caído lo ató al pomo de la silla y le cubrió las piernas, diciendo:
—Por lo menos servirá para preservarlas de las quemaduras del sol.
—¡Qué previsor y atento es usted, señor Randolph! ¿Puedo preguntar cuál es nuestro destino?
—No pregunte y eche rambla arriba —fue la seca respuesta.
—No quiere perderme de vista, verdad? ¿Cree que voy a escaparme? No tema, ya me he dado cuenta de que me ha destinado una cabalgadura que jamás ha corrido más de cincuenta metros.
—Cualquiera adivina de lo que usted es capaz de idear. Pero, por otra parte, bien puede probar.
—¡Qué confianza tiene conmigo! ¡Es conmovedor! —exclamó Janey espoleando el caballo para que emprendiera la marcha ascendiendo por el cauce seco.
Randolph la siguió llevando del ronzal al caballo de carga.
¡Había comenzado la gran aventura! Janey casi no podía creer en ello, si no fuera por el dolor de los golpes que todavía sentía en su cuerpo y por aquella blusa desgarrada,] acampanada, que cada vez más le recordaba a un faldellín— de «ballet».
Luego que hubo hecho revisión de su estado físico, pasó; revista a su' estado mental. Percibió que todavía sentía escalofríos y que su corazón en algunos momentos se sobresaltaba. Además, su imaginación galopaba. Se ahogaba en el resentimiento contra su padre y en la amargura hacia el hombre que cabalgaba a su espalda, que había llegado a la conclusión de que no era una mujer honesta y que debía aplicársele una corrección como la que estaba sufriendo. ¡Ambos creían salirse con la suya! ¡Vanos jactanciosos! ¿Cómo la calificaban? Inteligente, pero lánguida; adorable, pero quizá inmoral; moderna, pero... posiblemente con salvación.
De pronto sintió que un pensamiento se formaba en su subconsciente. Algo indefinido, vago todavía pero que lentamente se concretaba en la posible afirmación de que quizá tenían razón. Janey reaccionó contra aquella íntima, silenciosa acusación. Al mismo tiempo, surgía en su mente una sensación de piedad para con Randolph. Para éste bien pudo significar un día ominoso aquel en que se encontró con su padre... y con ella. Hasta entonces había seguido el camino ancho y abierto de un joven de porvenir, de un científico notable, de un perfecto caballero... Ahora, entre ella y su padre lo llevaban a la perdición. Estaba a punto de convertirse en un canalla despreciable, incluso corría peligro su vida. Si salía con bien de la maquinación;^ en que se había envuelto, vendría la boda. Luego una temporada de aparente amor y de cariño y cuando más desprevenido estuviera, el divorcio. Su destino no era envidiable.
Despertó de sus abstracciones para poder constatar que aquel caballo que montaba y despreciara, era en realidad un animal dócil fuerte y resistente, que caminaba seguro 1 por el quebrado sendero a lo largo de una de las laderas de la garganta.
Los muros se alzaban paulatinamente y el lecho del cauce sólo era arenoso en algunos trechos. La rambla, al adentrarse hacia su origen, se convertía en un cañón cada vez más profundo y tortuoso con un hilo de agua que discurría por su centro. Supuso que aquel arroyuelo era el Sagi, que ya había cruzado en otras ocasiones por su cauce superior. Aumentó el calor. La muchacha sintió la mordedura del sol y sus rodillas, escasamente protegidas por el abrigo, comenzaron a enrojecer. Aquello la preocupó, pero al mismo tierno la satisfizo, porque cuando llegara el momento oportuno sería una prueba más a mostrar de la brutalidad y crueldad de Randolph. En determinados momentos, cuando el sendero cambiaba de dirección bruscamente, atisbaba a Randolph que cabalgaba detrás con frecuencia, cabizbajo. Al parecer ni la miraba, como tampoco parecía vigilarla de cerca para evitar que escapara. Quizá le disgustaba el papel que desempeñaba en aquel acto vergonzoso.
Si ella huyera... Pero la muchacha no tenía ni por asomo el menor deseo de intentarlo; por dos razones. Una, porque perdería todas las ventajas conseguidas en aquella pugna y otra, porque dudaba que consiguiera hallar el camino de regreso. Rechazó amibas ideas, pero en su lugar adoptó una muy femenina. Cuando su caballo dobló un recodo del sendero y por unos instantes desapareció de la vista de Randolph, se dejó caer sobre un trecho de arena blanda que en aquel momento pisaba su caballo.
Oyó el chocar de las herraduras del caballo de Randolph y la exclamación de éste al verla tendida en el suelo. Por los párpados entreabiertos vio cómo desmontaba con un salto y corría hacia ella. Cerró los ojos, fingiendo haberse desvanecido y casi seguidamente una de sus manos le alzaba la cabeza con cuidado. Entreabrió los ojos y lo miró con mirada extraviada.
—Vamos, ¿qué le ocurre ahora? —preguntó Phillip, con simpatía escasa y mucha duda.
Intentando levantarse, Janey respondió:
—Caí... del caballo.
—¿Cómo ocurrió?
—Creo recordar que me dormí... estoy tan fatigada. Siento unos dolores aquí, en el costado... a lo mejor me golpeó una costilla...
—Es de lamentar, porque... jamás tuve en cuenta la posibilidad de una herida, enfermedad o fatiga... física o mental —observó él mirándola con desconfianza.
—Fatiga... Estoy al borde de un colapso nervioso... —aseguró Janey.
—Desde luego ya he comprobado lo débil que es... físicamente; tanto, que como me hubiera descuidado me habría desnucado y con aquel golpe en la nariz por poco se queda sola durante un ratito.
Mirándole fijamente, Janey preguntó:
—¿Regresamos a la factoría?
—Eso ni pensarlo.
—Pero si estoy herida... enferma... —suplicó ella.
—Irá a Beckyshibeta... esto téngalo por seguro.
—¿Beckyshibeta? ¡Pero si está al otro lado del país! ¡En el extremo más alejado!
—Desde luego, está lejos y es un lugar solitario por demás. Nadie irá a buscamos.
—¿Cuánto tiempo me retendrá prisionera?
—No lo sé. Depende del tiempo que tarde en cambiar su comportamiento o en... morir.
—¡Está bien! ¡Me enterrará en Beckyshibeta! —concluyó Janey, levantándose decidida.
Rehusó su ayuda para montar, si bien no olvidó las muecas y contorsiones adecuadas para dar a entender de que tenía algún hueso roto. Cuando su montura reemprendió la andadura, se dijo que aquello de representar la niña débil y desamparada no iba a surtir efecto en aquel Phillip Randolph. Paulatinamente debía recuperar su estampa de avezada amazona. Era preciso algo distinto para intentar enternecerle... quizá una tempestad. Esto justificaría un terror, porque de los truenos y relámpagos incluso personas de probado valor, sienten pánico. Prosiguió la marcha y lentamente Janey recobró su aplomo. Ahora el barranco se abría de nuevo convirtiéndose en un estrecho valle donde aparecían algunos prados y grupos de árboles. En uno de los herbazales se alzaban algunas cabañas donde sin duda habían morado pieles rojas. Sintió la tentación de echar un vistazo a los oscuros interiores.
El sendero llegó a una bifurcación. Se detuvo, aguardando a Randolph. Cuando llegó, le preguntó:
—¿Hacia dónde?
—A la izquierda.
—Permítame advertirle de que los caballeros acostumbran a cabalgar al frente, para proteger a las damas de los riesgos y peligros que puedan surgir en el camino.
—Aquí el único que corre riesgo soy yo. En consecuencia, señorita Endicott, prosiga como hasta ahora.
¿Peligro? ¿Cuál? Quizá se refería a la ira de los vaqueros, que tarde o temprano se lanzarían en su busca, porque no cabía imaginar de que su padre les hubiera comunicado sus propósitos. Ciertamente, aquella mañana habían salido conduciendo un hato de ganado, pero regresarían. Podían tardar más o menos, mas entonces no sería posible detenerlos aunque su padre se empeñara en ello. Pero con la expresión «peligro», Randolph quizá quiso significar que se enamorara de ella...
Ahora el sendero entraba en otro barranco de paredes estrechas hasta tal punto que al mirar hacia lo alto parecía como si los muros y las rocas fueran a desplomarse encima de ellos. Empeoró el camino que comenzó a zigzaguear ascendiendo, requiriendo toda la atención de Janey. En algunos momentos veía a Randolph debajo de ella, luchando para hacer que le siguiera el caballo de carga. No se atrevía a mirar al fondo por miedo al vértigo. Mantenía la vista fija en el sendero que en algunos trechos era tan estrecho que cabía preguntarse cómo era posible que el caballo no perdiera pie. Pero su montura proseguía caminando con la misma calma como si estuviera en una amplia calzada. Por fin la troncha convirtiose en camino más viable. Terminaba la ascensión y aparecían de nuevo manchas de hierba verde salpicadas por algunos árboles.
Janey se detuvo de nuevo, aguardando a Randolph. Al parecer el caballo de carga no gustaba de aquel camino, porque cuando apareció mostraba un rostro congestionado por el esfuerzo de dominarlo.
—Parece que la delincuencia resulta difícil —comentó Janey.
—¿Por qué no ha huido?
—¿Correr el riesgo de extraviarme? De ninguna manera. Además, no me gusta la idea de entrar sola en la oficina del comisario para denunciar lo que me ocurre ahora. Por otra parte, siento un deseo irrefrenable de ver qué es lo que hacen con usted.
—Una broma, comparado con lo que va a acontecerle a usted. Otra cosa... ¿Cómo va ese dolor interior del costado?
—Mejora y créame, a pesar de todo me es simpático.
Si sale bien de ésta, mostraré las huellas de sus golpes a las muchachas turistas que vengan por aquí. Dicen que las hay a las que les gusta que las zurren Puede ser un éxito para usted.
—Charla demasiado.
—No crea que hablo en broma.
—Le repito que charle menos y camine más. Adelante.
—Puede estar seguro de que no le habría aguardado si hubiera sendero, pero... vea... ha desaparecido.
—Cabalgue hacia aquellas rocas rojas —indicó Randolph con un gesto.
La muchacha dejó que su caballo caminara en aquella dirección mientras, miraba a su alrededor. El sol se desplazaba hacia el oeste, bañando con su luz la pared norte del barranco. Hacia allá también estaban los peñascos rojos indicados. El lugar era de una hermosura salvaje. Janey aspiró a pleno pulmón el olor de la salvia. Se alzaban nubes, negras y de mal augurio, excepto hacia el oeste. Todo el ambiente cambiaba, predecía la lluvia. Hacía un calor opresivo, sin un hálito de brisa. Paulatinamente las nubes cubrieron el sol, adquiriendo un tono rojizo.
Randolph alcanzándola y pasando al frente, le dijo:
—No se entretenga en soñar. Ponga su caballo al trote para que alcancemos lo antes posible aquellas rocas. Tenemos encima una tempestad. Allí hallaremos refugio.
—¡Qué bien! ¡Así llueva a cántaros!
—Hace bien en tomarlo a broma. Luego se divertirá el doble... sobre todo cuando caiga la noche.
Janey estaba a punto de contestarle con tono burlón, cuando de pronto recordó que se había propuesto mostrarse temerosa de las tormentas. Con angustia simulada, preguntó:
—¿De veras que aquí las tormentas son tan terribles?
—No puede imaginárselo. El agua cae a raudales, cegadora. Los peñascos ruedan ladera abajo y esas ramblas ahora secas, se convierten en ríos impetuosos.
—Debe ser algo digno de ver. Ahora comprendo por qué me ha obligado a seguirle. Usted sabía que habría to— menta.
El caballo mostraba un paso firme en su trote y Janey contestó con satisfacción que no se sentía cansada de la silla. Pero el sol ya había desaparecido por completo, mientras un sordo rumor intermitente retumbaba en la lejanía. Cayeron algunos goterones. Creyó conveniente echarse el abrigo a la cabeza y aquello le recordó lo breve de su falda. ¡Habría que ver la estampa que mostraba! ¡Cómo se reirían sus amigos si la vieran montada de aquella guisa! ¿Qué haría Randolph si comenzaba a diluviar? Se respondió de que con seguridad dejaría que se mojara hasta quedar como una esponja. Pero, observaciones aparte, tenía que confesarse que en realidad los relámpagos y los truenos la ponían nerviosa aunque estuviera en su propia casa.
La tempestad se desplazaba por el desierto, algo terriblemente bello para los ojos acostumbrados sólo al asfalto de las calles y los muros de las casas de las grandes ciudades. Aspiró de nuevo el olor de la salvia, que parecía tener mayor fragancia que antes. La lluvia mojaba sus mejillas, mientras los primeros embates del viento le daban en el rostro con el olor de la tierra mojada.
Randolph trotaba delante, con toda la rapidez que le permitía le caballo de carga. Janey seguía inmediatamente. Alcanzaron una gran cornisa rocosa antes de que la cortina de la lluvia se abatiera sobre ellos. Ante su refugio se alzaban varios abetos y al fondo veían el muro frontero del barranco.
—Quítele la silla a su caballo —ordenó Randolph.
Cuando Janey hubo cumplido aquella orden, Randolph ya estaba a su lado para trabar las patas del animal y seguidamente lo dejó suelto.
—Esperemos que el barranco trague toda el agua que va a caer, de lo contrario quizá lo pasemos mal —observó Randolph.
—¿Pero teme de veras que la tempestad sea tan violenta?
—¿Violenta? Verá la primera tempestad digna de tal denominación. ¿Qué tal se las apaña con los trabajos de campamento?
—¿Quiere decir recoger leña, cortarla, cocinar y lavar platos?
—Algo semejante.
—Pues no sé nada de todo eso.
—Vaya esposa que será un día... si acaso.
—Señor Randolph, sepa usted que estoy acostumbrada a que me sirvan —contestó ella, alzando la barbilla con orgullo—. Y además, me han obligado a venir hasta... este campamento. No se lo he rogado.
—Desde luego, desde luego, tiene toda la razón —contestó alzando las manos con ademán implorante-^. Bien lo sé... pero es que jamás imaginé que sobreviniera una tormenta semejante.
—Pues le recomiendo que combine sus estudios de arqueología con los de la meteorología, alternándolos con 1a persecución y rapto de muchachas.
—La veo muy sarcástica y segura. Quizá ya se ha encontrado en situaciones parecidas antes de ahora...
A pesar de sus palabras, ofensivas sin duda, Janey estaba contenta porque sabía que lo había enfurecido. Sentándose sobre una piedra y apoyando la espalda contra la roca, se dispuso a contemplar el quehacer de su raptor. Éste deshizo un bulto. Luego, se fue hacia los árboles y trajo una brazada de leña, que dejó en un rincón. Encendió el fuego y seguidamente se lavó las manos. A continuación, con movimientos seguros, que asombró a Janey, hizo una masa de pasta de bizcocho que dispuso en una sartén. Traía también un recipiente con agua y varias talegas llenas con víveres. Sobre el fuego colocó un emparrillado y encima una cafetera. Pronto percibió el aroma del tocino frito y del café humeante.
Por fin Randolph, poniéndose en pie junto al fuego,
—Desde luego supongo que va a decirme que prefiere morir de hambre, pero le advierto que es un proceso muy largo. En consecuencia, puede quedar en paz con su conciencia. Por lo tanto, me permito preguntarle: ¿Quiere cenar conmigo?
—Profesor Randolph, agradezco en lo que valen sus palabras e invitación. Acepto. Además, siento curiosidad por probar su cocina y como que el menú es tan variado...
Phillip le puso un plato lleno junto a ella. Sentía verdadero apetito, pero ello aparte, tenía que convenir que lo) que había guisado estaba en su punto. Los bizcochos calientes bien untados con mantequilla... ¿y qué decir del café? Como postre, una porción de melocotón en conserva. A pesar de que la ración servida fuera muy abundante^ Janey con gusto hubiera pedido más, si ello no hubiera i significado, a su juicio, algo denigrante en su situación.
Mientras tanto casi había transcurrido la tarde y el anochecer comenzaba a llenar de sombras algunos contornos de los alrededores. Llovía sin pausa. El fuego se reflejaba en la bóveda rocosa. Janey se levantó y anduvo unos pasos examinando los rincones que había en aquella especie de gruta. Se sentía cansada y transida. La quemazón del sol en sus rodillas era algo desagradable, pero supuso que se aliviaría con el frescor de la noche.
Randolph no cesaba en acarrear leña. Al parecer no le importaba demasiado la lluvia, por cuanto no se había puesto la chaqueta. Comenzaba a examinarlo desde un aspecto distinto, comparándolo con sus amigos y conocidos, elegantes, pulidos y refinados, pero ¿qué harían en un lugar como aquél? Se detuvo junto a la hoguera y extendió las manos, acercándola a las llamas. Había refrescado el ambiente, cabía decir que comenzaba a hacer frío. Era un placer estar cerca de un buen fuego.
—Tiene el cabello mojado —comentó Randolph.
—Pues es verdad —respondió Janey, tocándoselo.
—Claro que llevándolo tan cortó, pronto se lo secará. Su cabello debió ser magnífico.
—¿Debió ser?
—Eso es. Las mujeres han sacrificado su cabello en aras de la comodidad y una moda pasajera. Es una lástima, ¿Por qué se empeñan en parecerse a los hombres?
—¡Eh, cuidado! ¡Esto no va conmigo!
—¿Entonces...? ¿Por qué se cortó el cabello?
—No sé qué responderle... mis motivos seguramente le’ parecerían tonterías. Pero es el caso de que las mujeres) somos unas esclavas de la moda y de otras cosas... los hombres, por ejemplo. Pero ya eliminaremos este sentimiento.
—¿También el amor?
—No sería nada de extraño, si el elemento masculino no mejora.
Sin comentar su respuesta, Randolph desapareció en la oscuridad y al prolongarse su ausencia Janey se preguntó con angustia si acaso se había marchado dejándola sola y abandonada. Comenzó a mirar nerviosamente a su alrededor. La lluvia no cesaba, el viento casi aullaba en el barranco, la oscuridad y lo solitario del lugar parecían acentuarse. En aquel rincón... ¿no se movía algo? Quizá donde se hallaban era una guarida de fieras. El fuego...¿no atraería algún reptil? En ciertas cavernas, había leído, vivían arañas enormes... Desde luego, para una mujer la independencia y el estar sola es algo muy deseable, pero en ocasiones... un hombre hace compañía. Con un suspiro de alivio vio a Randolph surgir de la oscuridad con otra gran brazada de leña.
Una vez la hubo descargado, preguntó:
—¿Acaso piensa pasar en vela toda la noche? Tenga presente que mañana le espera una jornada muy dura. Le conviene dormir y descansar.
—Pero, ¿dónde?
—Le he preparado la cama en una repisa de roca ahí arriba. Puede encaramarse fácilmente hasta allá por este saliente. Yo extenderá mi petate, aquí, junto al fuego.
A Janey no le apetecía acostarse inmediatamente. Se sentía harto fatigada, pero no le gustaba aquella forma de enviarle a la cama como si fuera una niña. Permaneció junto a la hoguera hasta que se sintió seca por completo. Luego se sentó sobre una piedra para continuar disfrutando del calor que otorgaba el fuego. Randolph estaba sentado también, al otro lado, tendiendo sus manos hacia las llamas y absorto en sus pensamientos. Parecía como si hubiese tomado sobre sus espaldas los problemas del mundo entero. Por fin, levantándose, giró sobre sí mismo y de espaldas a la hoguera miró hacia la oscuridad de la noche como si ésta pudiera darle la respuesta a los pensamientos que le embargaban. El viento gemía entre las rocas, frío y húmedo; la lluvia, repiqueteaba sin cesar; la hoguera crepitaba lanzando chispas de vez en cuando mientras el humo de los troncos ascendía hasta la bóveda rocosa. Por fin Randolph se volvió cara al fuego, con el gesto preocupado.
Viéndole con aquella expresión, Janey no pudo por menos que decirle:
—Señor Randolph, parece muy preocupado. No es lo lógico para alguien que ha conseguido lo que se proponía.
Con voz ronca, su aprehensor contestó:
—Pues sólo estaba pensando lo... agradable que seria este acampar, si... fuéramos buenos amigos.
—¡ Ah, claro! ¡ Qué duda cabe!
—Desde luego, es muy poco convincente lo que comento. No puedo esperar nada semejante, es decir un cambio de relaciones entre ambos, luego de todo cuanto ha sucedido. Pero no obstante... supongamos que no hubiera ocurrido...
No terminó la frase; incluso sus últimas palabras eran como una confesión, que de pronto se había dado cuenta de cuanto había sacrificado al antojo y fantasía de su padre. Janey se dijo que llegaría un momento en que se revolvería contra su padre y sus sugestiones. No quería que Randolph llegara hasta este extremo ni por aquel camino. El único medio sincero con el que podía salir airoso de su imprudente acción era el que lo rechazara por propio impulso.
—Desde luego me habría complacido más el que me hubiera raptado en un coche confortable. Verá... alguna vez alguno se ha propasado, pero siempre aparcando en algún lugar agradable.
—¡Maldita sea! ¡Acabaré por creer lo que me dijo su padre!
—¿Puede saberse qué dijo?
—'No vale la pena repetirlo, pero sí el recordarlo. Le agradecería que se guardara para sí sus comentarios... señorita.
Con sonrisa disimulada, Janey replicó:
—Esto lo tengo bien merecido... Es el agradecimiento masculino por intentar suavizarle una situación comprometida.
—¿Suavizarme qué?
—Esa opinión absurda que tiene de mí... Debería estar contento al comprobar, conforme le sugirió mi padre, que efectivamente ya en el desierto, yo no soy una niña inocente.
—¡Miente! ¡Janey Endicott, miente! —rugió con rabia, hundiéndose en la oscuridad.
La muchacha quedó allí, junto al fuego con encontrados sentimientos. A pesar de sus irónicas insinuaciones, aquel hombre luchaba para mantener vivo el ideal que de ella se había formado. Janey se preguntó si no iba ya demasiado lejos en sus conatos de irritación. Porque si bien tenía que admitir que su propio padre la había mostrado con sus peores matices, ella sin estar de acuerdo con él, le había ayudado en ello con su conducta y hablar. Pero el amor es difícil anularlo con unas pocas mentiras. Janey, mirando al fuego se sumió en un ensueño abstracto del que fue llamada a la realidad por el aullido de un coyote que la estremeció.
Decidió probar la cama que le habla preparado Phillip. ¡Qué roca más agradable, alta y seca! Se sentó sobre la lona que cubría las mantas. Desde luego, el lecho no era de plumas ni mucho menos, pero estaba segura de que dormiría profundamente. De pronto se dio cuenta de que, por vez primera en su vida, tendría que dormir con la ropa que llevaba puesta. Pero aquel lecho estaba seco, abrigado y era seguro. Sin vacilar se descalzó, quitose la chaqueta que dobló para almohada y se tendió debajo de las mantas.
La cama aquélla consistía en una manta doblada debajo del cuerpo, otra encima y cubriéndolo todo, el trozo de lona. Se sentía como si estuviera tendida sobre una tabla... pero caliente y a gusto. La hoguera no cesaba de trazar fantasmagóricas figuras en el techo de su extraño dormitorio. Percibió el olor de la tierra mojada y alguna que otra ráfaga del viento llegó hasta su rostro. El rumor de la lluvia formaba una extraña sinfonía con el chisporretear del fuego. Alzándose sobre un brazo, vio a Randolph añadiendo troncos a la hoguera. La noche no estaba mal, se dijo Janey sonriendo. Phillip Randolph la iba a pasar peor, se repitió con maligna satisfacción.
Se tendió otra vez, buscando inconscientemente la posición más cómoda, con el propósito de revisar de nuevo todo cuanto había acontecido, pero sus párpados parecían que fueran de plomo y por más esfuerzos que hacía para mantenerlos alzados, caían de nuevo, hasta que por fin permanecieron inmóviles comenzando a velar su sueño. Por unos instantes percibió algo semejante a culebras, ranas, escorpiones y otros insectos... pero luego todo se difuminó con el olor de la hoguera cuyo humo ascendía hasta el infinito...
Despertó varias veces durante la noche, para girar sobre sí misma intentando hallar una posición más blanda, pero cuando despertó definitivamente ya era claro día. Había cesado la lluvia. Brillaba el sol entre algunas nubes que surcaban el firmamento y cuando se sentó encima de lo que había sido su lecho, le pareció de que todos los músculos los tuviera entumecidos. Peinó su cabello y aplicose otra capa de crema al rostro para aliviar la quemazón del día anterior en el rostro. Por encima del borde de la repisa que había sido su dormitorio, vio a Randolph que se movía alrededor de la hoguera silbando alegremente. ¿Silbando alegremente? Janey lo escuchó mientras se calzaba. Así era... mientras a ella le dolía todo él cuerpo, particularmente aquel brazo que Randolph le retorcerá sin miramiento.
—¡Eh! —le gritó, preguntando—. ¿Cómo se llamaba aquel noble salteador que raptó a la reina María Estuardo? [5].
Randolph la miró sorprendido, pero respondió:
—Bothwell [6], si mal no recuerdo.
—Pues... ¡ Buenos días, señor Bothwell!
Él le devolvió el saludo con el gesto contrariado de alguien que recuerda algo desagradable. Cesó de silbar y con ceño algo fruncido miró cómo Janey descendía hasta el suelo.
—¿Cómo está el desayuno? —preguntó la muchacha.
—Iba a llamarla. En cuanto hierva la cafetera, podrá servirse.
—¿Qué predice para el día?
—Malo. Creo que volverá a llover.
—¡Huy! ¡Me duele todo el cuerpo! ¡Amigo, es usted bastante bruto! ¡Ayer casi me rompió el brazo! ¡Y ese lecho de piedra... qué tormento!
—Espero que se sentirá más aliviada que ayer —comentó él con tono adusto.
—¿Qué remedio...? Menuda sorpresa significa para cualquiera comprobar que un amigo, que uno se imagina como un perfecto caballero, resulta un monstruo... Bien, cuando todo esté dispuesto, llámeme para desayunarme.
Janey comenzó a caminar agitando los brazos, para desentumecerse el cuerpo. El cielo tornaba a encapotarse. Del fondo del cañón llegaba hasta ella el sordo rumor del agua que se precipitaba en numerosas cascadas, mientras por entre las peñas de los riscos descendían más aportaciones del líquido elemento. Los árboles parecían recién lavados y más verdes, la salvia mostraba un bello matiz purpúreo. Llegó al límite de la arboleda y se asomó al cauce del cañón. Quedó admirada por el cambio sufrido por aquel torrente casi seco del día anterior. Ahora todo el cauce era una corriente impetuosa encerrada entre los muros de roca.
Randolph la llamó por su nombre. Cuando llegó al campamento halló dispuesto el desayuno,.que resultó tan apetitoso como lo fuera la cena anterior.
—Bien —dijo entre dos bocados—, Por lo menos parece que no va a dejarme morir de hambre.
—Jamás se me ha ocurrido tal idea, pero... quizás merezca la pena pensar en ello.
—¿Cruzaremos el torrente?
—Así es y hemos de hacerlo pronto, porque si llueve de nuevo...
—Pero baja mucha agua.
—Todavía podemos pasar, pero hemos de apresurarnos. Si lo hacemos, con un poco de suerte esta noche acamparemos en Beckyshibeta.
Ayudó a Randolph a empaquetar y preguntó:
—¿Dónde están los caballos?
—No pueden estar lejos, porque los trabé y no se habrán apartado de la hierba. Voy a recogerlos.
Tardó bastante en regresar, tanto que Janey incluso comenzó a inquietarse, pero por fin le vio montando su propio caballo a pelo y llevando de la mano al de Janey y el de carga. La muchacha comenzó a ensillar el suyo. Por el rabillo del ojo observó que Randolph la miraba en el momento en que ella lanzaba la silla, harto pesada, sobre su montura. Cuando tuvo el caballo preparado, volviose hacia su captor con una mirada de desafío, pero éste estaba cargando el caballo de carga. Observó cómo el arqueólogo ataba la impedimenta con mano segura e incluso aceptó su ayuda en un momento oportuno. Cuando hubo terminado con el caballo de carga, ensilló el suyo.
—He dejado ahí mis chaparreras. Póngaselas, que protegerán sus piernas del sol y de la lluvia —dijo Randolph.
—¿Pero cómo voy a llevar chaparreras con esta Topa?
—Apriete la falda en las perneras, al fin y al cabo no tiene mucha tela.
Janey consiguió dominar la violenta respuesta que tenía a flor de labios, prefiriendo ponerse las chaparreras sin otro comentario. Pero eran demasiado largas y anchas para ella. Cuando hubo terminado, por la mirada de Randolph dedujo que debía presentar una facha harto peculiar. Pero cuando intentó montar, surgieron las dificultades. Las chaparreras eran, además de pesadas, duras y recias. No conseguía alzar la pierna y doblar la rodilla para meter el pie en el estribo. Randolph ofreció su ayuda, pero ella declinó con desdén. Por fin decidió probar pegando un salto. Falló en asir el pomo de la silla con la mano y encajar el pie en el estribo, con el resultado de que cayó de espalda cuan larga era. Aquello le enfureció... estaba ridícula. Era evidente que Randolph hacia esfuerzos para no estallar en carcajadas, pero dominándose, sugirió:
—Quizás lo mejor sería que se subiera a esa piedra y desde ella...
—¡ Montaré o pereceré! —respondió Janey, iracunda.
Cogió su pierna izquierda con ambas manos y metió el pie en el estribo, asió el pomo y aupándose con el pie derecho, consiguió dar un salto y colocar su pierna derecha sobre la grupa del caballo y sentarse sobre la silla.
—Vaya... no está mal para una novata —comentó Randolph, guiando su cabalgadura hacia el barranco y tirando del ronzal del caballo de carga.
Janey le siguió, descendiendo la cuesta. Randolph que ya había llegado a la orilla de la corriente, prosiguió por una barra de arena y espoleó a su caballo para que entrara en el agua, al mismo tiempo que animaba al de carga y tiraba de su ronzal. Janey comprendió que era necesario nadar lo más aprisa posible. Se mantuvo en la orilla observando la dirección que mantenía Randolph, cuando de pronto el caballo que montaba viose arrastrado por la corriente. El de carga se asustó, formando ambos animales un remolino de aguas fangosas. Pero afortunadamente pusieron pie en aguas menos profundas y ambas monturas ascendieron por la orilla opuesta. Randolph detuvo a ambos animales y mirándola, gritóle:
—¡ Veamos cómo lo hace, amazona del Central Park!
—¡Ahí va, cazador de fósiles! —respondió Janey lanzando con un espolonazo su caballo al agua.
El caballo entró en la corriente con poca energía y asustado. No consiguió que fuera más aprisa y la muchacha vio de pronto cómo el agua le llegaba a la cintura. La corriente era fuerte, fría y fangosa. Randolph lanzó su caballo hacia la orilla gritándole algo, pero sus palabras quedaron ahogadas en el estruendo de las aguas. Más se mantuvo firme en su silla y dejó que el caballo atravesara la corriente en sentido diagonal. Sintió cómo sus patas golpeaban las rocas del fondo y por fin cómo conseguía fijarse en el suelo. Salió a la orilla unos cincuenta metros más abajo por donde había cruzado Randolph.
Éste al llegar junto a ella, le advirtió:
—¡Debió entrar con mayor rapidez y no perder el ritmo!
—... y usted debió esperarme o bien haberme lanzado una cuerda —replicó Janey, fríamente.
—Desde luego, tiene razón. Le ruego que me disculpe. Pero es que creí que usted me seguiría inmediatamente...
Janey, contenta en su interior de que él le ofreciera una salida tan airosa, le interrumpió desdeñosamente:
—No es necesario que se excuse. Yo tampoco esperaba tanto de su cortesía.
El sonrojo tornó carmesí el rostro de Randolph. Fue evidente que ahogó una contestación. Sin añadir una palabra, tomó al caballo de carga por el ronzal y espoleó a su montura para que comenzara a caminar por el sendero. Janey le siguió muy contenta por haberle humillado.




6

CINCO HORAS más tarde, ya una veintena de kilómetros más adentrada en aquella comarca solitaria, Janey podía hablar de ciertas experiencias, hasta entonces sólo leídas, jamás sufridas.
Se había mojado hasta la piel durante horas enteras, porque lo que había soportado no había sido lo que comúnmente se llama lluvia sino, un diluvio. Había atravesado tantos arroyos, ramblas y gargantas, como jamás imaginó que hubiera, en el mundo. Había caído del caballo para quedar casi enterrada en el lodo, se había visto obligada a desmontar para caminar al lado de su montura ayudándola así a subir pendientes arenosas, en que cada paso se convertía en un martirio. Tuvo que atravesar torrentes con rabiones impetuosos cubiertos de espuma en los que de no haber sido por la decisión de Randolph, en dos ocasiones perdiera la vida. Pero de lo que estaba orgullosa consigo misma, era de que a pesar de todo había podido ocultar su terror y desconsuelo ante su captor, lo que era igual a demostrar la entereza de su carácter y de su voluntad al mismo y a su padre. Era un testimonio que si la ocasión sobrevenía, una muchacha moderna tiene tanto nervio y fuerza de voluntad y firmeza para soportar las contrariedades, como lo pueda alardear una mujer de las que se denominan a sí mismas de enantes.
Llegó al extremo de que no podía prever si terminarla odiando a aquel Randolph o bien... amándolo apasionad^ mente. Desde luego había que admitir que habían surgido situaciones inesperadas, imposibles de prever y en ellas la había tratado como si fuera un muchacho. Pero debido a ello en dos ocasiones estuvo a punto de perder la vida. Mas si bien siempre se mostró circunspecto, frío e indiferente respecto a ella, en el momento conveniente o necesario mostraba la decisión, juicio necesario, amén de la rapidez, para salvarla del peligro en que se encontrara.
La lluvia cesaba a intervalos, como para permitir a Janey que viera Ja comarca por la que cabalgaban. Ya no era llana, si es que lo fuera en alguna ocasión. Por donde iban ahora era un país roto por innumerables quebradas, altiplanicies monumentales; un mundo salvaje de muros, escarpados, rocas y barrancos. Sentía que su cuerpo estaba completamente mojado y además, aparecía cubierto de barro rojizo desde los pies a la cabeza. Su calzado era un amasijo de arena y de barro. Cuando Randolph desmontaba para bajar hacia una barranca y trepar por la vertiente opuesta, Janey que le seguía, se acaloraba y casi perdía el aliento, pero cuando iban al paso, lo que fortuna no era a menudo, sentía cómo el frío hacía presa de ella. Además, comenzaba a sentir apetito.
Recordó que había guardado en su bolsa un trozo de carne entre dos bizcochos. Echó mano de aquel manjar, para hallarlo mojado y blanducho. Pero el hambre apretaba y sin pensarlo de nuevo, hincó los dientes, comenzando a masticar. Se dijo que no recordaba que jamás le supiera tan bien otra comida... y aquello fue motivo para que tuviera presente la importancia de la alimentación—. Al parecer, se dijo, hay que llegar hasta el hambre para darse cuenta de lo que importa un trozo de pan.
Comenzó a llover de nuevo y con tanta fuerza que Janey apenas podía ver el caballo de carga que caminaba a unos quince pasos delante de ella. El agua de la lluvia se escurría por el interior de las chaparreras hasta sus zapatos, de manera que siempre sentía sus pies metidos en el agua. Esta se deslizaba por su espalda y formaba una cortina de hilillos que caían del ala de su sombrero. Rogaba al cielo para que concediera un claro, pero sus preces no fueron escuchadas y por fin terminó por desear i sólo vivir lo suficiente para clavarle una cuchillada a aquel maldito Randolph y ahogar entre sus manos a su padre.
Pero Janey aprendió también a comprender lo que puede soportar la voluntad humana. Aguantó sobre la silla de su caballo sin soltar un gemido, sabiendo que otra barranca significaría su final. Si aparecíanse dejaría caer del caballo y se hundiría en el lodo sin un quejido y antes de que Randolph se diera cuenta, i Quizás aquello le remordería la conciencia toda la vida!
No surgieron más barrancas ni cañones, si bien abundaban por doquier los muros rocosos. De pronto, parecióle a Janey que la luz diurna disminuía. Así era. Terminaba el día, mientras aumentaba la furia de la tempestad. En algunas ocasiones, los enormes muros rocosos parecían ofrecer alguna protección, pero por lo general cabalgaban al paso por espacios abiertos a todos los vientos. Su caballo seguía las pisadas del animal de carga. Cuando por fin Randolph se detuvo, Janey tuvo la sensación de que estaban rodeados por enormes muros de rocas oscuras y que iba a tragárselos una cascada de agua y de vientos huracanados.
—Ha sido una dura caminata —dijo Randolph, mientras intentaba desmontar.
Janey entrevió su rostro en el crepúsculo y cuando intentó descabalgar, se halló sin fuerzas. Cayó entre los brazos de Randolph. Éste la tomó en alto, dejándola al abrigo de una peña, murmurando:
—Desde luego, hay que convenir en que tiene empuje.
Phillip desapareció en la oscuridad. Janey se sentó, apoyando la espalda contra lo que parecía ser una pared. Sin duda se hallaban debajo de algún techado firme y seguro, por cuanto el suelo estaba completamente seco. El ambiente olía a polvo que jamás había sido mojado, mientras en el exterior el viento y el agua rugían al unísono, Se sentía decaída, sin fuerzas, helada y hambrienta. Parecían dolerle todos los huesos y que todos los músculos estuvieran entumecidos, a la par que tan mojada como si estuviera inmersa en aquel torrente que tantas veces habían cruzado.
De pronto oyó frotar una cerilla, brotó una débil llama en la oscuridad y vio a Randolph inclinado sobre lo que parecía ser un pequeño montón de leña. ¡ Aquel hombre era una maravilla! ¡Incluso conseguía leña seca en medio de un diluvio! Las llamas, al principio azuladas, comenzó ron en hacer presa del ramaje y casi inmediatamente quedó iluminado aquel lugar, formado por tres muros rocosos y otro tan negro que no podía determinar de qué era.
Randloph, tomándola del brazo la condujo hasta el fuego, diciéndole:
—Caliéntese y séquese. En seguida se sentirá mejor —al mismo tiempo que dejaba caer uno de los bultos junto a ella para que se sentara encima.
Pero Janey prefirió mantenerse de pie para recibir mejor en todo el cuerpo el calor del fuego. Comenzó a volverse de uno y otro lado para secarse, hasta que tuyo que sentarse para descansar. Pero transcurridos unos instantes de reposo, se levantó de nuevo para comenzar a girar otra vez. ¡Qué cosa tan maravillosa el fuego! Entonces comprendió cómo en la noche de los tiempos pasados, los pueblos primitivos lo cuidaban y lo adoraban... representaba la diferencia entre la vida y la muerte.
Su ropa comenzó a humear desprendiendo vapor y continuó girando sobre sus pies.
—Siéntese. Le quitaré las chaparreras —le dijo Randolph.
Cuando se hubo librado de ellas, se sintió como desnuda. Aquella falda de lana parecía haberse encogido y acortado por todas partes, hasta convertirse en un faldellín que incluso hizo sonreír a Janey, a pesar de su estado. Randolph evitó mirarla, pero tampoco pudo reprimir la sonrisa de regocijo.
Mientras la muchacha continuaba junto al fuego, Randolph se dedicó a preparar la cena tan de prisa, que Janey preguntó sorprendida:
—¿Pero a qué viene este desespero? ¿Acaso no nos quedaremos aquí toda la noche?
—¿No siente apetito?
—¿Apetito? No, señor. Lo que tengo es hambre.
—Entonces, razón mayor para apresurarse.
—¿Dónde estamos?
—En Beckyshibeta.
—¿De veras? —preguntó Janey, al mismo tiempo que miraba a su alrededor y sus ojos ya acostumbrados a la vacilante llama de la hoguera vieron unos muros amarillentos, entradas a oscuras cavernas, rendijas y un espacio de suelo con guijarros que se extendía hasta una ringla de árboles. Más allá, la oscuridad insondable.
—¿Conque la ambición de su vida era traerme hasta aquí, eh? —prosiguió Janey—. ¿Para esto tantas penalidades? ¡Hay que ver cómo son y piensan los hombres! ¿No comprende que se habría ganado mejor mi aprecio si me hubiera invitado al Waldorf Astoria?
—Eso puede hacerlo cualquiera. Pero una travesía como ésta... estoy seguro que la recordará toda su vida.
—¡Esto... téngalo por seguro!
Había cesado de llover y el viento disminuido en su fuerza. A lo lejos oyóse un rumor sordo, que Randolph identificó como un trueno, asegurando que se echaba encima una tempestad peor. Más no tenían por qué preocuparse, porque allí estaban abrigados y secos, en seguridad, siempre que las corrientes no los expulsaran del lugar, lo que ya había sucedido alguna vez.
—Vaya, vaya... Qué lugar tan interesante —comentó Janey.
—¿Se siente seca? —preguntó Randolph.
—Casi... como una tostada.
—Pues tome asiento a la mesa del ágape.
Los deseos y afanes de los pueblos primitivos debieron ser harto simples. Cobijo, calor, comida y algo con que cubrirse. ¡ Pero los cuatro de importancia cardinal ¡, se dijo Janey, mientras se sentaba y otra vez constataba que con aquella falda no podía ir a ninguna parte. Si se encogía un poco más, se vería obligada a llevar constantemente las chaparreras o bien a ir por el mundo como una de esas chicas de coro del Follies Bergére. Se dijo que aquella humillación era otra anotación a la cuenta de lo que le debía Randolph. Ya se lo cobraría.
Mientras seguía el hilo de sus pensamientos y deducciones, no cesaba de comer, pero cuando estaba más dedicada a estas atenciones un estruendo horrorisimo casi la tumbó en el suelo, y la cegaba un resplandor inmenso. Los muros de roca parecieron hundirse, mientras Janey gritaba asustada, sin oír su propia voz, ahogada por un nuevo retumbar del trueno. Por fin consiguió preguntar, gritando:
—¿Pero...? ¿Pero... qué ha ocurrido?
—Sólo un relámpago y su trueno —contestó él y prosiguió—. Suele ocurrir esto en los grandes chaparrones. Pero, acábe de cenar tranquilamente, que nada sucederá. Luego envuélvase entre las mantas y baje los párpados. Descanse.
Desde luego, aquel susto había acabado con el apetito de Janey, pero vació su plato temiendo que en cualquier instante se repitiera el estruendo anterior. Mas a aquel estallido apocalíptico, había sucedido un silencio absoluto que parecía aumentar la oscuridad, haciéndola más opresiva.
—¿Dónde puedo prepararme la yacija? —preguntó, levantándose con dificultad.
—Voy a disponérsela inmediatamente —contestó Randolph, alzándose rápidamente.
En aquel instante otra luz blanca deslumbradora cegó a Janey, que quedó tiesa, con los puños apretados convulsivamente, los ojos cerrados y los hombros encogidos, dispuesta a percibir el horrisonante estruendo siguiente que retumbó con fuerza tal que la lanzó al suelo. Randolph se apresuró a levantarla, mas en aquel momento relampagueó otra vez y retumbó con tal fuerza el trueno que Janey, con un grito de espanto, se lanzó a los brazos de Randolph en demanda de amparo.
El arqueólogo la levantó y acostóla sobre las mantas, procurando tranquilizarla diciéndole:
—Janey... domínese que sólo es una tormenta... muy fuerte sí... pero nada más. Aquí estamos seguros... ningún peligro nos amenaza. Sólo en caso de una inundación, pero para que sobrevenga tiene que llover mucho tiempo... Janey, no sea niña...
Bien comprendía ella que todo aquello era cierto, pero estaba destrozada. Sus nervios crispados habían hecho presa de ella. Desde niña sentía pánico ante una tormenta... y aquello era algo indescriptible. Jamás había sentido tanto pavor. Aquellos relámpagos eran deslumbradores, terribles... Para no verlos e intentando no oír los truenos, apretaba su cabeza contra el pecho de Randolph, abrazándose a su cuello convulsivamente. Diose cuenta de que él intentaba desasirse, mientras le hablaba para tranquilizarla, pero aquello sólo aumentaba su terror. Sentía que si se apartaba de él, quizás se volviera loca de pánico. No quería ver aquellos resplandores, quería ahogar aquel retumbar continuo. Pero los chispazos se sucedían sin interrupción y el retumbo de los truenos era continuo. Temblaban los muros de roca, bien lo percibía ella... Todo iba a hundirse... Sin poderse contener, gimió:
—¡No...! ¡ No me dejes!
Randolph la estrechó con fuerza entre sus brazos, mientras la tormenta aumentaba en su furia. La muchacha perdió el sentido del tiempo, ya no recordaba si hacía pocos instantes que había buscado refugio entre sus brazos o bien desde horas antes. Aquel período, corto o largo, consumió las pocas energías que le quedaban. Cuando pasó la tormenta estaba agotada y lo único que percibió fue como Randolph la tendía de nuevo y la cubría con las mantas.
El sol brillaba en alguna parte del exterior, porque adivinó su resplandor por encima de un muro derruido, en cuanto despertó a la mañana siguiente. Contempló aquel lugar con admiración. Era algo magnífico. Grandes muros y columnas de piedra colorida se elevaban por doquier. A sus pies, pero lejos, veía una franja del cielo azul. Por alguna parte había una catarata y olió madera quemada, «¡Vaya... París! i Qué va...! ¡Beckyshibeta!», se dijo por fin, murmurando. Intentó incorporarse, pero aquel esfuerzo le causó tal dolor, que cayó de espalda lanzando un gemido. Todo el cuerpo lo sentía como si fuera una tabla; Incluso el movimiento más ligero le causaba dolor. Comenzó a frotarse los miembros y a moverlos lentamente y con precaución, diciéndose que no podía pasarse todo el día tendida. Aquella situación le provocó el mal humor consiguiente y mientras maldecía a aquel arqueólogo que había perdido el sentido común, vio sus zapatos cubiertos de barro sobre una roca y a su alcance. Randolph le había quitado la chaqueta y doblándola se la había colocado como almohada. Con un suspiro comprendió que su captor no había ido más allá en sus servicios de doncella.
Oyó unos pasos sobre la roca y en el instante siguiente vio el rostro de Randolph inclinándose hacia ella con gesto preocupado.
—¿Llamaba acaso? —preguntó.
—Gemía —contestó Janey secamente y subiéndose las mantas hasta la barbilla.
—Buenos días —prosiguió él, como la cosa más natural del mundo.
—Buenos días —fue la escueta contestación.
—¿Cómo se encuentra?
—No lo sé... seguramente. Pero supongo que muerta y para enterrar.
—Tenga la seguridad de que está viva y aparece muy bella. No comprendo cómo lo consigue —afirmó Randolph, admirado.
Aquel cumplido le supo a Janey como una copa del mejor vino y con mayor razón cuando él prosiguió, reiterando:
—Por Dios, le aseguró que maravilla.
—Phillip, que está usted mencionando el nombre de Dios.
—Desde luego.
—Esto... creo que es un sacrilegio.
—En casos extremos incluso el ser más degradado, puede apelar a la ayuda del Señor. Claro que en esto me he expresado con cierta ligereza, porque bien sé que no tengo salvación.
—Dudo de que el Señor se la otorgue, pero desde luego... no cuente con mi ayuda.
—Quizás pueda conquistar su compasión si le presento un buen desayuno caliente.
—Inténtelo. Desde luego su ciencia culinaria es su virtud remisoria por tantos pecados que comete.
—Gracias... no sabe cuánto me consuela —afirmó Randolph con acento compungido y dando la vuelta para traer, sin duda, el desayuno.
—¡Phillip! —llamó Janey—. ¡A ver! ¿Qué hice anoche?
—¿Hacer? Pues nada de particular. ¿Qué quiere decir?
—Recuerdo vagamente de que algo me lanzó al suelo... un relámpago. Debí quedar inconsciente, porque... sólo recuerdo que era algo horroroso.
—Desde luego fue una tormenta con aparato eléctrico como jamás viera igual. No es de extrañar que usted fuera presa del pánico... Cuando lo coge a uno entre estos muros de roca, todo retumba con el eco... es algo sobre— cogedor.
—¿Estaba asustada?
—Digamos... que sí...
—¿Grité?
—Pues... sí...
—¿Qué hice? ¡Dígamelo!
—¿Qué hizo? Desde luego... algo que en distintas circunstancias...
—Pasemos las circunstancias por alto... ¿Qué hice? —insistió Janey.
—Pues... pues la alcé en brazos para llevarla hasta aquí, un lugar más resguardado de la entrada a la caverna... cuando de pronto usted se me colgó del cuello, aterrorizada, gritándome que no la abandonara... Total, que la mantuve abrazada contra mí hasta que pasó la tormenta...
—¿Duró mucho la tempestad?
—Horas... Usted se durmió en mis brazos...
Sonriendo casi tiernamente, Janey comentó:
—Total... una tormenta agradable... Si así fuera cada noche...
—Pues... si en mi mano estuviera... —aceptó él algo confuso.
—Llegaría a cansarse... porque esto del terror a las tormentas es algo innato en mí. Mi madre fue una persona, por lo que me cuentan los que la conocieron—, muy sensitiva y equilibrada, pero que sentía indominable pavura ante una tormenta. Nací prematuramente a consecuencia de una tempestad y uno de los recuerdos que guardo de mi niñez, es de cómo mi madre se retiraba conmigo a lo más recóndito y oscuro de nuestra casa durante una tempestad.
—Janey... siento haberle dicho lo de antes, pero... usted ha insistido... —explicó Randolph, volviéndose de nuevo para traerle el desayuno.
Se lo trajo inmediatamente, la ayudó a incorporarse, retirándose en— seguida.
Janey atacó con apetito la fritura de jamón y huevos, con los bizcochos untados con mantequilla y el buen café, Pero... aquellos huevos eran frescos. ¿Cómo los había conseguido? ¿Acaso creía que el corazón de una mujer se ganaba a través de su estómago?
Mientras comía se dijo que luego se tendería de nuevo y descansaría todo el día de las fatigas del anterior. Pero terminado el desayuno, aquellos destellos dorados que le llegaban desde el exterior la invitaban a salir. La exploración de aquel famoso Beckyshibeta la impulsaba a levantarse. Su pequeño espejo le dijo que si bien el sol le había tostado el rostro, no había causado estragos irreparables. En realidad, los daños más importantes que había sufrido hasta entonces eran los que mostraban sus prendas de vestir arrugadas y encogidas, pero como no era de suponer que por allí hubiera ninguna fémina arrogante y criticona... porque, por ejemplo, cabía imaginarse los comentarios de la madre de Bert Durland si la viera vestida de aquella guisa. ¡Algo indescriptible!, se dijo Janey sonriendo. Pero no era de temer tal catástrofe.
Se incorporó gimiendo y quejándose. Los músculos y huesos son desde luego algo esencial para la constitución del cuerpo humano, se dijo Janey, pero... aquella mañana con gusto habría prescindido de ellos. Con la mejor voluntad no podía evitar el sentirse débil, casi paralítica, mareada por la insolación y con aquella sensación de quemazón en las rodillas, que era lo peor.
—¡Ay! ¡Uy! ¡Oh! ¿Por qué tuve que irme de casa?-gemía Janey.
Salió a gatas de entre las mantas, luego se arrodilló y por fin apoyándose contra una peña, consiguió ponerse de pie. De espaldas contra el muro rocoso, que le servia de sostén, examinó el lugar donde se hallaba. Era una caverna cual techo formaba una cúpula enorme en cuyo interior cabía perfectamente la de la Grand Central Station de Nueva York. El suelo o piso se proyectaba al exterior formando un extenso balcón o miranda por encima del verde cañón que se hallaba debajo, cuya arboleda mostraba los contrastes del follaje de distinto colorido, destacándose nítidamente sobre el fondo rojo y dorado de las paredes rocosas. El estruendo de una cascada formaba la música de fondo de aquel bello escenario natural, salpicado por los trinos de los pájaros posados en los cedros y en los algodoneros. Todo lo que se ofrecía a su mirada daba la sensación de recién lavado y con colores brillantes que centelleaban al cálido sol que había seguido a la tormenta anterior. Como testigos de la tempestad que había barrido la región, los diversos cauces soltaban sus cascadas por entre las peñas de las laderas. Janey salió al sol. Cada paso significaba un esfuerzo más o menos doloroso, pero al mismo tiempo era como un premio al admirar la maravilla que le rodeaba. Aquellos monolitos rocosos eran más altos que cualquier rascacielos de su ciudad natal. Los muros del barranco o cañón, cabía decir que estaban sembrados de grandes cavernas, pequeñas cuevas, repisas y resaltes, la mayoría con arbustos y hierbas colgantes que sugerían los ventanales adornados correspondientes a los habitantes gigantescos que morasen en su interior.
Janey lo miraba todo estupefacta... ¡Beckyshibeta! Era la expresión de la máxima belleza de la Naturaleza, sin duda alguna. Algo indescriptible por su majestuosa grandiosidad y encanto sublime.
Tuvo que sentarse y el tiempo se convirtió en algo abstracto, en la nada... hasta que el calambre de los músculos la tomó a la realidad. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Tres minutos? ¿Varias horas? Pero durante aquel lapso, algo había cambiado en su alma. ¿Qué había sido su vida hasta entonces? Algún que otro flirteo más o menos romántico... Algo leyó acerca de la existencia de lugares semejantes al que contemplaba, mas siempre se dijo que era alguna descripción hija de la imaginación del autor... porque no cabía imaginar que hubiera pluma capaz de describir belleza semejante a la que admiraba. Desde luego por ver aquello, toda la vida estaría agradecida a Randolph, pero no le convenía que supiera* cuan impresionada estaba. Por otra parte. ¿Dónde se había metido? Vaya raptor... ¡Qué manera de evitar su presencia!
Se levantó decidida a ir en su búsqueda, si bien aquello no resultaba fácil, porque lo difícil del caminar unido a las agujetas que sentía por doquier, dificultaban su avance. Siguió avanzando por una ancha comisa y más halla de la caverna que les servía de cobijo, halló otra cavidad mayor que la anterior. Por doquier se alzaban muros derruidos, testigos visibles de lo que un día fueron habitaciones humanas. A medida que caminaba, crecía el estruendo de la catarata. La cornisa contorneaba un gran macizo rocoso del cañón. Una vez lo hubo doblado, vio a Randolph cavando al parecer, con sumo cuidado. Manejaba también un pico, y fue el golpe de la herramienta contra un peñasco el ruido que atrajo su mirada hacia él. Janey se encaminó hacia donde se hallaba, dándose perfecta cuenta de que estaba tan absorto en la labor que no había advertido su presencia. Cuando estuvo a pocos pasos, le gritó:
—¡Eh! ¡Excavadora! ¡Que estoy aquí!
Randolph quedó inmóvil con el pico en alto, que bajó mientras daba media vuelta para mirarla, mudo de asombro. No cabía duda de que había olvidado por completo el que la hubiese dejado acostada en la caverna.
—¡Ah...! ¡Oh...! ¡Señorita Endicott...! ¡Yo...! —balbuceaba.
—¡Sí, hombre, sí! Que me había olvidado! ¡No es necesario que se excuse! Vamos, buenos días. ¿Cómo está el piso?
—¿El piso...? ¡Ah, el suelo! Pues, sí... muy bien... digo, buenos días...
—¿Pero qué clase de raptor es usted? ¿No comprende que hubiera podido intentar una escapatoria y perderme
por estos barrancos? ¿Y si llega a salirme un oso? ¿Qué hago yo, pobre e indefensa mujer?
—Es que no hay osos por aquí, como tampoco puede intentar huir hasta que baje el nivel de las aguas y además, estamos solos... La verdad... es que me olvidé de usted.
—Esto ya lo he supuesto y afirmado antes, i Vaya villano! Pero si está decidido a no maltratarme, lo menos que puede hacer es cuidarse de mí... instruirme... distraerme... Pero, no señor, sólo sabe decir que se ha olvidado de mí... ¿Habráse visto cosa semejante?
—Es que, ¿sabe usted? Siempre que vengo aquí... me olvido de todo —explicó humildemente y con tono de excusar—. Sólo siento el ansia de hallar los restos del pueblo perdido de Beckyshibeta... Porque estoy seguro de que los hallaré en el interior de alguna de esas cavernas... Lo sé porque he conseguido descifrar sus jeroglíficos... La olvidé, es verdad, pero aunque hubiera raptado a Helena de Troya o bien a Cleopatra... hubiera sido lo mismo...
A Janey le impresionó la sincera pasión que dominaba a aquel hombre. Era algo tan sincero, tan fuerte y tan confiada estaba en aquel hallazgo, que casi le deseó con toda su alma que lo encontrara... incluso, si en su mano estuviera... le habría ayudado...
—¡Hallaré lo que busca en Beckyshibeta... para usted! —exclamó con impulso incontenible.
Al oírla, Randolph estalló en una carcajada. Luego, explicó:
—Supongo que esto debe ser el deseo de venganza femenina. Amontonar carbones ardientes sobre mi frente. Atormentarme con el remordimiento... lo comprendo. Pero, por favor, no halle a Beckyshibeta para mí...
—'¿Por qué no?.Al parecer esto del cavar es el motivo de su vida. Otros hombres se consumen detrás de otros anhelos... poder, dinero, fama...
—Si hallo Beckyshibeta... tendré todo esto. Pero, en verdad, puede creerme, jamás me han importado estos objetivos...
—¿Entonces...? ¿Por qué no quiere que se lo encuentre?
—Porque ya estoy bastante loco por usted y si encuna usted hallara lo de Beckyshibeta...
—¿Acaso sería una calamidad?
—Lo acaba de decir. Por lo tanto, le ruego que permanezca en el campamento y que no me interrumpa. He de trabajar con suma atención.
—No quiero.
—... y yo no quiero que usted esté dando vueltas por aquí. Regrese al campamento, tiéndase y descanse —ordeno Randolph, secamente.
—Oblígueme, si se atreve.
—Halló su camino para llegar hasta aquí; por lo tanto, sabe por dónde ha de ir para regresar. Váyase —ordenó Randolph de nuevo.
Janey quedó tan sorprendida por aquella orden que en el primer instante no supo qué replicar, pero repuesta de su sorpresa, contestó:
—Bien está, mi dueño y señor. ¿Puedo preguntar cuándo regresaréis a vuestro castillo?
—Tardaré algo —contestó él pasando por alto su ironía—. Pero mientras tanto, usted misma puede prepararse lo que más guste para el almuerzo.
Janey prefirió emprender el regreso en lugar de argüir,, dejando a aquel maníaco con sus exploraciones. Pero tuvo que confesarse que en cada discusión con él, le tocaba las de perder y francamente, no sabía por qué. El camino del regreso, a paso lento y con descansos frecuentes, le tomó media hora. Por fin alcanzó el campamento y harto cansada, pudo sentarse entre sus mantas. Allí, a solas, se dedicó a analizar su situación y sentimientos. En íntimo soliloquio convino: «Desde luego, papá, no estaba tan equivocado con este chico. Este Phillip Randolph de todos los demonios... me gusta... sí, señor... me gusta... ¿Por qué? Pues no lo sé... Lo lamentable es que papá le convenciera para que me raptara... ¡Qué barbaridad!... Ahora he de odiarle porque... Si no, ¿qué dirán?... Pero, gracias a Dios, he dado con alguien que no está loco por las mujeres, el dinero o bien la bebida... Hay que ver... buscar los restos j de un pueblo desaparecido...»
Se tendió, envuelta con la manta y sumida en sus pensamientos y deducciones, se durmió. Despertó mediada la tarde, sintiéndose mejor, más descansada, casi restablecida. El amigo Randolph todavía no había regresado. ¡Esto no podía perdonarse! Casi no podía creerlo... Un hombre de sus condiciones y que permaneciera casi todo un día, prácticamente, apartado de ella... «Si está enamorado de mí... vaya manera de demostrarlo...» comentó para sí Janey. Se sentía irritada, vagamente inquieta.
Variaban las luces en el cañón a medida que el sol se encaminaba hacia su ocaso. Conforme al cambio de la dirección de la luz, los muros rocosos se transformaban en su aspecto. Era como un mundo fantástico, un escenario de diferentes perspectivas. Una meseta distante adquirió la semejanza de un pan áureo, reflejando haces de rayos dorados, bellos y centelleantes en la distancia. Algunos muros rocosos tomaron purpúreas tonalidades, otros se
tornaron grises para acabar en negro profundo, mientras que el ambiente parecía transformarse en algo ambarino donde flotaba el verde del follaje.
«Confiesa que te gusta estar aquí», se dijo Janey aspirando el aire de la tarde. ¿Qué importaban el lujo, los vestidos, el teatro las reuniones y las fiestas de toda clase, la atención de los jóvenes que conocía...? Ante aquella magnificencia, todo cuanto recordaba parecía insignificante, Algo baldío... y Beckyshibeta, al fin y al cabo era sólo un agujero entre las rocas de la inmensa Naturaleza. Muy bello lugar, extraño, salvaje, evocador del pasado más remoto, pero... no lo suficiente como para cambiar la mente, el alma de un ser humano. Podía ser lo evocador, lo que iniciara la transformación, pero no el efecto decisivo.
Cuando Randolph regresó, Janey estaba contemplando un cielo con nubes rosadas. El arqueólogo llegó con el rostro sudoroso, quemado y con muestras evidentes de cansancio. Había en su mirada algo distinto, diferente o bien así parecía percibirlo Janey.
—¿De qué humor se halla la bella prisionera? —preguntó.
—Si mi estado físico y mental ha mejorado, no será gracias a sus cuidados —replicó ella con palabra aguda.
—¡Vaya usted a saber! Las cosas con frecuencia tienen sus secretos. ¿Qué...? ¿Le gusta Beckyshibeta?
—¿Este horrible agujero entre rocas? —preguntó a su vez Janey, con acento desdeñoso y palabra lánguida.
—Vamos, Janey, sea sincera.
—La sinceridad es mi lema, caballero.
—Pues da la impresión de ser muy retorcida, mentalmente, desde luego. Quizá como treta... pero se lo ruego, sea sincera, aunque sólo por una vez...
—¿Por qué tanto interés?
—Porque desde que la conocí su imagen siempre la he conjugado con este lugar. Extraño, ¿verdad? Pues así es. Siempre he creído que si lo conocía, la... inspiraría, digamos, a ser más benevolente, más suave...
—¿Acaso soy dura?
—Como estos peñascos.
—Está visto de que la galanura no va con usted, Phillip.
—Quizá así sea, pero soy sincero.
—¡ No es verdad! ¡Miente! ¡Y aquí estoy para atestiguarlo! ¡Con engaño me ha traído hasta aquí! ¡Recuerde que es un raptor!
—Al final... al final, comprenderá lo sincero que soy —afirmó Randolph, con mejillas ardientes por el rubor.
—¡Ay, ay! ¡Esto sí que lo dudo!
—¿Quiere responder a mi pregunta sinceramente? Todavía tengo fe en usted... en que es capaz de emocionarse con lo bello de la naturaleza...
—¡Claro que sí! —le interrumpió Janey y prosiguió, burlona—: ¿Acaso no soy un producto natural? ¿O cree que estoy hecha de alguna materia artificial? ¡Vamos! ¡Míreme bien!
—Janey Endicott, si resulta de que Beckyshibeta no la ha cautivado, francamente, usted me habrá decepcionado;
De aquella afirmación no cabía duda, se dijo Janey, porque aquel arqueólogo podía afirmarse de que estaba en pie de guerra contra el mundo de nuestros días y de su concepto de materialismo pagano de la vida actual.
Mirándole a los ojos y con palabra firme, Janey respondió:
—Phillip, podría engañarle... pero la verdad es que le agradezco el qué me haya traído hasta aquí. Beckyshibeta es algo... indescriptible.
—Gracias, señorita Endicott... sus palabras son un consuelo y una alegría.
La muchacha contempló cómo se alejaba camino del agua con un cubo en la mano, diciéndose de que más pronto o más tarde tendría que examinar detenidamente sus sentimientos para con aquel hombre.
Randolph regresó no sólo con el cubo lleno de agua, sino que arrastrando también un tronco enorme, que la mayoría de chicos que ella conocía jamás habrían podido mover. Seguidamente contempló cómo manejaba el hacha haciendo saltar una lluvia de astillas a su alrededor. Formó un montón y encendió el fuego, poniendo encima el emparrillado para cocinar. Seguidamente fue a por más leña, volviendo con una carga tal que impulsó a Janey a advertirle:
—Como siga así, va a romperse el espinazo. Desde luego, no me place su compañía, pero siempre es mejor tenerlo así que convertido en un inválido. Por mi propio interés le ruego que tenga cuidado.
—Creo que tiene razón. Sólo soy la mitad de lo que debiera ser, porque si viera a uno de esos indios acarreando leña para el fuego... se llevan un árbol entero. Pero pierda usted cuidado, me entrenaré para llevar cargas mayores.
Janey comprendió que era inútil argüir. Se sentó encima de una piedra y mientras Randolph preparaba la cena, preguntó:
—¿Cuánto tiempo nos pueden durar las provisiones, Phillip?
—Me llevé alimentos para tres semanas, pero no conté con lo tragona que es usted. Por lo tanto, creo que tenemos para unos diez días.
—¿Y luego... qué?
—Podemos cazar conejos... o bien cabalgar hasta un poblado indio que hay en esta región y adquirir más provisiones. Claro, también podemos regresar a la factoría... a lo que usted denomina civilización, sin duda alguna.
—¿Es capaz de decirlo tan tranquilo? ¿Devolverme a mi padre...? ¿Someterme a la crítica de los Bennet y de los vaqueros...? ¿No comprende que ha destrozado mi reputación?
—¿Qué otra cosa cabe hacer? No nos vamos a pasar aquí toda la vida...
—Supongamos que fuera otro quien me hubiese hecho lo que usted ha cometido... y luego regresara tan campante. ¿Qué le haría usted?
—¿Yo...? Pues un montón de cosas. Desde luego, matarlo.
—Entonces... ¿Qué hay que hacer con usted?
—Janey, es que yo... jamás. Le aseguro que mis intenciones siempre han sido honestas...
—¿Pero se imagina acaso de que alguien va a creerlo? ¿Acaso los vaqueros?
—Desde luego, en esto creo que usted lleva razón. Por lo general esos chicos son bastante obtusos y engreídos. Cada uno está convencido de que usted le pertenece. Algo estúpido. Mal asunto, ahora que usted me lo recuerda. Tendré que meditar sobre ello.
Janey no contestó, limitándose a contemplar su quehacer. Pero Randolph, sin duda impulsado por sus preocupaciones científicas comenzó a hablar, dirigiéndose a Janey como si fuera un buen compañero:
—... nada, que no ha habido suerte hoy tampoco. ¡Mira que cavar ocho horas para nada! ¿Cuántas veces he estado aquí? Varias, ya he perdido la cuenta. Pero, estoy seguro, lo sé, que los restos que busco del pueblo perdido están aquí. ¡Si tuviera tiempo! Pero la entidad para la cual excavo me pide pruebas, algo que justifique mi teoría... he de hallar utensilios, armas, alfarería, restos humanos, huesos como dice usted y para mayor dificultad he de cavar donde me indican y no donde yo quisiera. Elliot, el jefe de mi departamento, estuvo aquí el año pasado. Vaya tipo, el amigo éste. Sólo sirve para rascar pedruscos... criticó mi teoría de la civilización perdida... dudaba de mis teorías... total, que sólo puedo investigar aquí de cuando en cuando...
—¿Por qué no manda a la porra a ese Elliot?
—¿Por qué? Caramba, porque he de comer. Cabe discutir si poco o mucho, pero sin duda alguna, siempre algo. También necesito ropa en alguna ocasión... no voy a ir por ahí en cueros...
—Dígame, Phillip... ¿Está acaso conforme con ser pobre toda la vida?
—Espero que no siempre será así. Claro que también tengo mis ilusiones... sueños... Pero, francamente, creo que toda la vida seré más pobre que una rata. Quizá consiga algún renombre... pero nada más...
—Mal asunto. Pero, vete a saber... He oído decir que el dinero es una maldición. Por lo que a mí atañe, pues...
~ me parece algo conveniente. ¿Sabe que soy, lo que dirían* algunos, rica?
—No. Sé que su padre posee una gran fortuna, pero...;; ¿Usted también posee algo?
—¿Algo...? Sepa que poseo bienes. Mi madre me legó un buen caudal. Desde luego, sólo puedo percibir la renta, cincuenta mil dólares, hasta que cumpla veinticinco años,
—¡Santo cielo! ¡Qué barbaridad!
—El capital según me ha asegurado mi padre, ya me lo ha doblado. Pero con los cincuenta mil no tengo bastante. Continuamente estoy pidiéndole adelantos a mi padre.
—¿De veras?
—Como lo oye.
—¡Mal rayo le parta!
—¿A quién? ¿Acaso a mi padre?-preguntó Janey.
Randolph no contestó, dedicando su atención a la cocina, pero no cabía duda de que su humor había cambiado.. Terminó de cocinar, entregó a Janey su plato y comenzó a comer en silencio. Janey comió también y una vez hubo terminado se dirigió hacia un rincón donde se sentó para contemplar el crepúsculo vespertino. Vio aparecer la primera estrella y aquello le recordó algo que había leído... ¿Qué dirían Wordsworth [7], Tennyson[8] o Ruskin [9] de un lugar como aquél? Fue oscureciendo. La muchacha regresó al campamento. Junto al fuego no había nadie, pero la hoguera parecía como un enorme ojo que mirara en la creciente oscuridad. Trepó hasta la repisa que le servía de dormitorio, sentándose sobre las mantas que formaban su lecho. Lo percibió blando. Alzó las mantas para comprobar que Randolph había dispuesto debajo de ellas una gruesa capa de pinocha de cedro. ¡Qué fragancia! Segura» mente que lo había hecho mientras ella estaba abstraída contemplando la salida de las estrellas. Era un tipo raro. La había maltratado para imponerle su voluntad, obligado a cabalgar hasta casi desfallecer, pero... cuidaba de que estuviera cómoda. Suspiró recordando sus suaves camisones. Otra noche a dormir con la ropa puesta. Con gesto resignado se descalzó y se quitó las medias, deslizándose seguidamente entre las mantas. Francamente, se estaba bien allí.
¿Dónde estaba Randolph? Aquello de que era rica le había disgustado. ¿Por qué? En resumidas cuentas no cabía calificarlo como de un cazado tes... claro que comprometerse con una chica rica siempre daba pie a suponer de que iba detrás de su dinero. Pero la situación se tomaba romántica... ¿Qué traería el nuevo día?




7

TODA LA mañana estuvo sola. Randolph la despertó y advirtióle que junto al fuego hallaría su desayuno. Se sea— tía quizá más envarada que en el día anterior, pero las agujetas eran menores. Hacia el mediodía notó, de pronto, que desaparecían todas las molestias.
Se sintió irritada por la actitud de Randolph. ¿Significaba acaso de que para él era más importante aquella excavación que su persona? Aquel pensamiento disgustó a la par que complació a Janey. Decidió salir en su busca.
El día era espléndido y cuando salía a pleno sol lo que sólo ocurría en determinados trechos, sentía calor. La fragancia del estío penetraba incluso en aquel barranco, mezclándose con el perfume de la salvia y con el de las flores silvestres que aparecían por doquier. La corriente del torrente había decrecido notablemente, ahora ya casi no era otra cosa que un simple arroyo. Podía cruzarlo sin gran dificultad; para un caballo, era algo sin importancia. A medida que caminaba la dominaba más y más la grandiosidad del paisaje a la par que le sugerían nuevos pensamientos y sentimientos. Llegó a la conclusión determinante de lo que sentía hacia Randolph, pero también tomó la decisión de no dejar entrevérselo por ningún motivo. Alcanzó la caverna donde el día anterior trabajara Randolph, pero no estaba allí. Comenzó a trepar y por fin le vio en un lugar del que la separaba una profunda barranca. Comprendió que él no la había visto todavía. Contoneó la barranca caminando por un reborde harto angosto y trepando de nuevo alcanzó un repecho de roca. Se sentó a descansar. Mirar hacia el fondo era sobrecogedor, casi le producía vértigo.
Paulatinamente y sin darse cuenta había ganado altura y ahora parecía como si estuviera sentada sobre un púlpito Inmenso.
Prosiguió ascendiendo, más de pronto resbaló provocando la calda de algunas piedras. Soltó un tacó porque aquello le produjo las consecuencias que temía. Cesó el golpear del pico contra la roca, Randolph alzó la cabeza y en viéndola corrió hacia ella, gritando:
—¡ Deténgase!
Janey obedeció maquinalmente, mirando a Randolph por encima del borde de aquel repecho.
—¡Hola, Phillip! —gritó alegremente.
—¿No le dije que no me siguiera? —preguntó con tono irritado.
—No lo recuerdo.
—Claro que sí que lo recuerda.
—Está bien. Lo recuerdo. ¿Y qué?
—Pues vuélvase con cuidado y caminando lentamente^ mirando donde pone el pie, retroceda. Pero ponga atención? y por favor... que con usted mi cabello ya se torna gris...
—¿De veras? Pues eso es muy distinguido... otorga un aire señorial...
—¡Le digo que regrese al campamento!
—¡No me da la gana! —contestó Janey furiosa por el recibimiento y comenzando a avanzar de nuevo, caminando— a gatas
—¡Deténgase! ¡Retroceda! —rugió Randolph.
Aquellos gritos sólo fueron como echar aceite en la hoguera. Janey furiosa, contestó:
—¡Vete al diablo!
Siguió por el estrecho repecho, sin dar muestras de terror y sin vacilar; alcanzó el borde del saliente donde se hallaba Randolph y con ligera contracción se encaramó poniéndose de pie y mirando a Randolph con desafío, mientras éste rezongaba:
—Es usted lo más...
—No se preocupe, hombre. Ya ve que he llegado entera. Sólo este rasguño en la pierna. Como que las medias; son tan delgadas... —comentó, frotándose ligeramente.
—¿Pero no comprende que podía despeñarse?
—¡Qué va! ¿La pequeña Janey? Cuando iba a la escuela hacía cosas peores. Recorrer este repecho sólo es cosa de concentración... de lo que ahora se ha dado en decir ' coordinación.
—No sólo es esto. Es que es un lugar muy peligroso.
—Mire, Phillip, hemos de dominarnos, porque de lo contrario nuestra vida en común será un infierno, más o menos dulce, pero infierno.
—Nada de eso ocurrirá. Hubo un momento en que concebí esta idiotez, lo confieso, pero la he desechado.
—Bien, no necesitamos discutirlo ahora, si bien ya había comenzado a reconciliarme con la posibilidad. Pero, repito, dejémoslo estar como está. Dígame... ¿cómo va la búsqueda?
—No nos desviemos de lo que interesa. Voy a ayudarle a caminar por encima de este repecho y luego, usted se volverá al campamento. Vamos, sea buena chica. No puede quedarse aquí.
—De ninguna manera. Me quedo aquí.
—Lo siento, pero no puedo consentirlo.
—¿Por qué? ¿Qué mal hay en ello? Me estaré quieta contentándome con mirarlo.
—De ninguna manera.
—Por favor, Phillip —suplicó Janey.
—¡No puedo trabajar con sus ojazos clavados en mí!
¿No lo comprende? Me recuerda constantemente que no soy otra cosa que un arqueólogo medio chiflado.
—Como usted quiera, pero ya que me ha traído hasta aquí, aquí estoy.
—Así es y crea que lo siento en el alma. Algún día, tendré el empuje para contarle por qué lo hice.
—Vamos... parece que se arrepiente del interés que tiene por mi persona...
—Llámelo como usted quiera... pero si es que quiere mencionar mi amor por usted... no me arrepiento de ello.
No estoy avergonzado por este sentimiento, pero sí de la locura que he cometido...
—Al parecer había otra razón que le impulsó a raptarme y traerme hasta este Beckyshibeta... vaya palabreja...
—Así es y de esto o por esto es que me avergüenza mi proceder. Pero ahora le ruego de que se vaya y me deje solo, tranquilo...
—Señor Randolph... ¿se le ha ocurrido que no debe dejarme sola, que corro un grave peligro si me abandona allá en el campamento?
—¿Peligro...? ¿Cuál? —preguntó Randolph, muy asombrado.
—Parece que su mente es harto... espesa, digamos. Puede llegar allí cualquiera... un salteador... un piel roja... ¿Qué sería de mí, pobre mujer indefensa?
—Mejor sería preguntarse qué sería de él... Pero, puede estar tranquila. Nadie vendrá... nunca hallé a alguien por aquí en mis anteriores expediciones... por otra parte usted no desea mi compañía.
—Desde luego es bastante desagradable, pero procuraré soportarla. Todo antes de estar sola allá —y sentándose, afirmó Janey—, Bien, me quedo aquí hasta que usted regrese.
Randolph tomándola de la mano intentó tirar de ella y diciéndole:
—Vamos, no sea niña y regrese por donde ha venido. La ayudaré.
Con aviesa mirada Janey le advirtió:
—Suélteme o tendremos otra agarrada y esta vez no sólo serán mordiscos, sino que incluso golpes bajos... y en este lugar, un paso en falso... es el final.
Con un suspiro de resignación, Randolph comentó:
—Bien, si tanto se empeña... ni que fuera una muía. Quédese sentada ahí... y si intenta cruzar de nuevo esa cornisa, la advierto que se acordará de mí...
—¿Cómo lo conseguirá?
—Aplicándole el correctivo que debieron darle con frecuencia y ya en tiempos pasados...
—¿Cuál es, maestrillo?
—Una buena tanda de azotes...
La respuesta asombró tanto a Janey que no pudo tomarla en serio y conteniendo la carcajada, respondió, interrumpiéndole:
—Señor Randolph, le ruego que perdone mi risa... pero es que no he podido por menos... desde luego, recuerdo que alguna vez alguien ya opinó igual, pero me gustaría ver al guapo que se atreve a intentarlo terminó diciendo, alta la cabeza, la orgullosa Janey Endicott, de Long Island[10].
Pero su interlocutor, con acento severo repuso:
—Le guste o no, lo cierto es que he dicho lo que siento en mí. Residen en Long Island, pero ahora estamos en Arizona y si no es capaz de comprender la diferencia que hay entre lo que es la vida real y lo que sólo es frivolidad, lo lamento por usted. Buena parte de esta América, nuestros Estados Unidos, está madura para recibir su correspondiente tanda de azotes y las nalgas femeninas son un lugar muy adecuado para aplicarlos. Gracias a Dios, entre los padres anticuados que hay en este Oeste, todavía los hay que no dudan en la administración de tan saludable medicina. No soy padre, pero le aseguro que he de contenerme para no ejercer de tal en usted y darle la azotaina que se merece.
Sin añadir palabra, giró sobre sus talones, encaminándose hacia el lugar que estaba excavando cuando ella llegó, dejando a Janey boquiabierta, asombrada por sus afirmaciones. Pero en cuanto se repuso, se juró martirizarlo hasta enloquecerlo. Firme en su propósito, buscó un lugar adecuado donde sentarse en su cercanía y desde allí, mirándole continuamente con ojos burlones no cesó en importunarle con sus preguntas, si bien en el fondo le hubiera gustado que hallara aquel poblado perdido de Beckyshibeta.
De pronto, sin chancearse, le preguntó:
—De veras, Phillip... ¿cómo sabrá de que está cavando en el lugar apropiado?
—Eh el mismo instante en que mi pico dé con él —contestó Randolph con mirada brillante por el entusiasmo que había despertado en él aquella posibilidad.
—Admito que usted lo reconocerá inmediatamente, pero ¿y yo?
Lanzándole una mirada de ligero menosprecio, Randolph contestó:
—Conforme a la inteligencia que ha mostrado última» mente, cabe suponerle de que jamás sabría cuando ha tropezado con un pueblo desaparecido... primitivo... ni aún cuando cayera en un hábitat.
—¿Hábitat? Vaya, hombre, que no soy tan tonta como parezco... ¿Pero qué es un hábitat?
—Una habitación primitiva, enterrada por los siglos transcurridos. Por lo general aparece cubierta por un techo y con una entrada en la base. Los habitantes de laderas rocosas, escarpadas...
Janey demostró una vez más su agudo ingenio para la ironía, interrumpiéndole exclamando:
—¡Ah, claro! ¡Ahora lo entiendo! Si de pronto desaparéceles decir si se hunde en el suelo, he de buscarlo en un hábitat, ¿no es eso? Pero no esté seguro de mi ayuda, porque francamente, creo que en un hábitat de esos... de los cavernícolas... es donde debería estar.
Randolph dirigióle otra mirada que valía por cien discursos y sin contestar continuó cavando, mientra Janey no cesaba en llamarle con cuantos epítetos se le ocurrían, entre ellos: cazador de momias, ladrón de tumbas, cava— huesos y otros semejantes.
Por fin, cansada y aburrida por su fracaso, le preguntó:
—Bien, usted gana... ¿Hablará si prometo besarle?
—Sí —contestó el arqueólogo, mirándola.
—Está bien, retengo la oferta para... más adelante, pero celebro de que sea algo más que un cadáver en movimiento.
—Janey Endicott, además de ser una inoportuna impertinente es un fraude continuo.
—No me gusta esta última expresión. ¿De dónde la ha sacado ^
—La oí en Nueva York. Me explicaron que se aplica allí a las mujeres jóvenes que turban la mente de los varones con falsas sonrisas, palabras y sugestiones veladas. En resumen, con un despliegue de insinuaciones femeninas con el propósito de conseguir algo sin dar nada a cambio... ni lo que haya prometido.
—Phillip, mete usted en la misma cesta a todas las mujeres desde Eva para acá... —y de pronto exclamó—: ¡Le apuesto una silla de montar contra un par de espuelas a que le hago tragar este desdén y menosprecio I
—Conforme, señorita Endicott y de antemano le aseguro que disfrutaré montando su silla y recordando cómo gané la apuesta, mientras usted en Nueva York hará...
—¿Haré qué? —interrumpió Janey, preguntando desafiadora.
—Lo que más le plazca —terminó el arqueólogo, volviendo a alzar el pico y dedicando su atención al terreno que le rodeaba.
—Que se figura y no dudo en completar lo que se calla, en que estaré ganduleando, flirteando, durmiendo las horas más soleadas, malgastando mi dinero, bebiendo... y vete a saber cuántas cosas peores...
Vio cómo se erguía un instante, apretaba sus mandíbulas, pero aquello fue todo. Mordióse los labios y tomó a su tarea. Janey hubiera pagado cualquier precio por oírle afirmar de que no era aquello lo que se imaginaba de ella, pero no fue así... Era lo que él creía que era su vida y ahora con mayor seguridad que antes. Le contempló en silencio, clavando el pico con ritmo pausado y seguro.
El encanto del cañón comenzó de nuevo a ejercer su mágico influjo sobre la mente de Janey. Mirando y admirando los escalones rocosos de lo que cabía imaginar como un gigantesco anfiteatro, advirtió una hendidura, algo que recordaba a un estrecho sendero propio para cabras. Conducía a otra proyección rocosa que se lanzaba sobre el abismo. Desde su asiento Janey examinó y estudió largo tiempo aquel lugar. Randolph no había llegado allá arriba y algo indefinido la impulsaba a trepar hasta allí. Casi sin darse cuenta se levantó y caminando por delante de Randolph, comenzó a ascender por el anfiteatro en la dirección del objetivo que se había precisado desde su asiento.
Cesó el golpear del pico de Randolph contra la roca y aquel silencio lo percibió Janey con honda satisfacción.
—¡Janey! ¿Dónde va usted? —le preguntó, gritando, Randolph.
Sin contestar, la muchacha prosiguió ascendiendo. Ahora ya se hallaba sobre aquella repisa que parecía recordar un sendero.
—¡Deténgase! —gritó el arqueólogo.
Ella continuó trepando, oyendo las rápidas pisadas de las pesadas botas de Randolph corriendo hacia ella. Deteniéndose y asomándose desafiadora al precipicio, contestó:
—¡No dé un paso más...!
Randolph se detuvo a unos veinte metros y con palabra entrecortada, urgió:
—¡Basta de tonterías! ¡Baje de ahí!
—¡Proseguiré hasta la comisa próxima!
—¡Janey! ¡Por favor! ¡Baje inmediatamente... se lo suplico! ¡Es un lugar muy peligroso!
—¡No me importa!
—¡Es que puede resbalar! ¡Niña... no me haga sufrir! ¡Regrese!
—Si eso ocurre... usted tendrá la culpa...
Randolph la miraba angustiado y tras unos instantes, insistió:
—¡Por favor! ¡Se lo suplico! ¡Regrese!
—¡Ni pensarlo, Phillip! ¡Quiero ver qué hay ahí!
—¡Regrese! —rugió Randolph.
Aquella orden tajante envalentonó más a Janey, que volvió a auparse sobre el escalón superior. Randolph avanzó unos pasos, casi gimiendo:
—¡ Janey...! ¡ Querida...! ¡ Regrese...!
Aquella súplica casi tuvo éxito, porque Janey sintió vivos deseos de obedecerle... Jamás cedería a una imposición, más ante una súplica... pero su orgullo pudo más y contestó:
—¡Phillip...! ¡Se equivocó en el rapto...! ¡Debió hacerse con otra mujer...!
Por unos instantes fue evidente de que Randolph dudaba entre seguirla o permanecer donde se hallaba. Por fin optó por lo último, gritándole:
—¡Siga, testaruda y maldita sea! ¡Se dará cuenta de que no puede volar y mejor será que se quede ahí arriba, porque si regresa le juro que me las pagará!
La muchacha continuó trepando, con pie seguro como si fuera una cabra montés. No gateó hasta llegar casi al saliente que se proponía alcanzar y entonces lo hizo con tal rapidez que recordaba la agilidad de un mono. Ya sobre el saliente aquel se irguió de nuevo y anduvo unos pasos rápidamente para doblar la roca que formaba esquina, y detenerse extasiada ante la maravilla de cavernas que se ofrecían a su mirada. ¡Era algo indescriptible! ¡Tenía que regresar allí con más tiempo y los medios necesarios para explorarlas!
Ahora era necesario descender. Randolph la aguardaba inmóvil como una estatua. Janey comenzó a bajar distribuyendo prudencia donde antes había jugado atrevimiento. Casi siempre avanzó gateando, evitando en todo momento mirar al fondo del cañón. Por fin con el corazón algo palpitante se sentó para tomar respiro. Luego, con breve carrerilla saltó al saliente donde la esperaba Randolph. Observó que tenía blancos los labios, pero él volvió su rostro antes de que ella pudiera constatar otras señales de la angustia que había sufrido. Parecióle una estupidez el que caminara siguiéndole como un corderito, preocupada por lo que haría o diría.
El arqueólogo se encaminó hacia el campamento y ella detrás preguntándose si no habría, ido demasiado lejos en sus provocaciones, comenzando a reprocharse su conducta. Mientras anduvieron por terreno llano, pudo caminar con igual rapidez, pero cuando entraron entre las rocas, tuvo que esforzarse en que no la dejara atrás. Llegaron al campamento.
De pronto, Randolph, girando sobre sus talones, preguntó con voz ominosa:
—Janey Endicott, ¿recuerda lo qué le dije antes? Aquellas palabras parecieron paralizarla. Se tambaleó... iba a ocurrir lo que temió por unos instantes... algo que había desechado de su mente por imposible, pero no había contado con su decisión, con su coraje. Intentó desviar la pregunta, respondiendo:
—¿Recordar? —y repitió, intentando esbozar una sonrisa—. ¿Recordar... qué?
—¡Que iba a darle una lección...! fue la contestación tajante.
Antes de que pudiera evitarlo, que pudiera mover ni una sola mano él la cogió con fuerza irresistible, más por cuanto el terror la tenia paralizada. La alzó un instante para bajarla casi inmediatamente... tendida sobre sus rodillas con el rostro hacia el suelo. La mano masculina cayó sobre sus nalgas con fuerza incontenible y tal dolor, que le hizo alzar la cabeza y las piernas, arqueando su cuerpo. Otra palmada quizá más dolorosa que la primera, otra de nuevo y otra, otra y otra. ñ
La vergüenza y el dolor casi dieron en tierra con ella, pero la furia que sintió crecer en su pecho la avasalló, lanzándola contra él, gritando con furia-salvaje:
—¡Te mataré...! ¡He de matarte!
Randolph, sin bien retrocedió un paso ante su acometida, asióle ambas manos y obligándola casi a arrodillarse, le dijo con voz tranquila:
—¡Señorita Endicott! Lo que tenía que ocurrir, ya ha ocurrido. Por mucho que se empeñe, no puede cambiarlo y yo soy el autor... puedo envanecerme de haberle dado la lección que desde hace tiempo se merecía... He sido el
más distinguido de los que con usted han estado relacionados...
Janey sólo deseaba arrancarle los ojos, apalearlo, pisotearlo antes de darle muerte, pero las manos de él parecían de hierro. Por fin se le doblaron las piernas y casi a gatas se encaminó hacia su lecho, donde se cubrió con las mantas, incluso la cabeza. Comenzaron a fluir las lágrimas y con los sollozos pareció disminuir la opresión que sentía en el pecho. Pero la sensación de quemazón en la parte castigada aumentó paulatinamente e inconscientemente la tortura de la carne herida, desvió su atención de la tortura mental.'
Ya era oscuro cuando se decidió a descubrir su cabeza.
Lo primero que vio fue el reflejo de las llamas en la roca que formaba el techo de su refugio.
—Janey, venga. Lávese el rostro y las manos, que vamos a cenar —la llamó Randolph con voz tranquila, casi sonaba afectuosa.
Aquello le hizo hervir la sangre de nuevo. Apoyándose sobre un brazo a punto estuvo de soltarle toda la retahíla de insultos y obscenidades que recordaba. Pero cuando vio a Randolph moviéndose alrededor de la hoguera, algo la impidió abrir la boca. ¡No! ¡Ya había sufrido humillación bastante y aquel rufián educado a lo mejor no dudaría en repetir su hazaña! Se retorció en su lecho, intentando hallar una posición que no percibiera la parte dañada de su anatomía. Por fin la halló. Randolph continuaba llamándola para cenar. ¿Comer? ¡Primero moriría de hambre antes que tomara cualquier alimento condimentado por él! ¡Lo odiaba! ¡Sentía su carne entre sus dientes! ¡La mordía y la masticaba! ¿Matarlo...? ¡Era poco! ¡Tenía que atormentarlo, obligarle a que se retorciera, a que mordiera el polvo de sus pies... lo retorcería...!
Aquellos pensamientos se disolvieron en más lágrimas que le otorgaron un sueño de olvido, hasta que sus ojos se abrieron de pronto a un cielo azul que contrastaba la silueta de enormes rocas bañadas por la dorada luz del sol. El recuerdo de lo que le había ocurrido saltó de pronto a su mente; de haberle sido posible, habría extinguido la luz del día... pero lentamente comenzó a apartar las mantas. Escuchó con atención... Randolph no estaba por allí. Asomando los ojos por encima del borde de la repisa rocosa vio los restos de la hoguera casi apagada de la que se elevaba una delgada columna de humo y sobre el emparrilla^ do, la cafetera que el arqueólogo había dejado preparada para ella.
Janey se levantó y aquello le recordó el ultraje sufrido la tarde anterior... como testigo clamaba la parte dolorida. ¡ Qué animal! ¿Acaso no sabía la fuerza que tenía? ¡Claro que lo sabía! Sólo con recordar la calma con que había procedido... No se había precipitado... Caminó tranquilamente hasta que llegaron al campamento... aquello, bien considerado, hacía mayor la ofensa sufrida...
Sobre el emparrillado estaba dispuesto su desayuno. Recordó que se había jurado de que ya jamás comería de lo que él hubiese condimentado, pero... ahora se dijo que aquel propósito era poco práctico... porque ella como co— ciñera no era ningún genio.
Se desayunó, masticando negros pensamientos y horrorosos propósitos con cada bocado. Terminado el último, se preguntó qué podía hacer. La respuesta fue la de lavar los utensilios que Randolph había dejado dispuestos para su uso. Puso una cacerola con agua sobre las brasas, reanimó el fuego y con el agua caliente lavó los platos y la cafetera. Contempló unos instantes las rojas brasas que se convertían en negros carbones y por fin se decidió... Levantándose salió a la luz del sol. La sensación de calor, los trinos de los pájaros, la fragancia de la salvia y la espléndida belleza natural que se ofrecía a su mirada otra vez dejaron sentir sobre su cuerpo el efecto sedante y tranquilizador. Un nuevo sentimiento, dulce, parecía germinar lentamente, pero la ofendida Janey Endicott cuidó de ahogarlo inmediatamente. Demostraría a aquel empecinado Randolph que la superioridad cavernícola masculina del pasado y del presente eran cosas muertas y acabadas para la mujer actual.

Randolph trabajaba en un punto más elevado que en el día anterior. Janey siguió su camino pasando casi a sus pies, sin dirigirle ni una mirada, mas cuando lo hizo de reojo, observó que la sorpresa le tenía suspenso. Sin duda que lo último que Randolph jamás pudo imaginar, fue que Janey tuviera el empuje de llegar hasta donde él se hallaba. Aquello significó como un bálsamo suavizante para las heridas de su espíritu, El arqueólogo continuaba apoyado sobre el mango de su pico y mirándola en silencio. ¿Acaso iba a ordenarle que se fuera de allí o bien comenzaría una nueva discusión? Janey bien comprendía, por experiencia anterior, el peligro que corría siguiendo aquel imaginario sendero, pero esta vez, el conocimiento que ya tenía del lugar le impuso la precaución necesaria unida a la prudencia, donde en el día anterior sólo mostró gala de audacia. Hizo todo el recorrido sin el menor resbalón.
Randolph continuaba apoyado en el mango del pico, mirándola en silencio. Desde luego lo suponía furioso como no cabría describirlo y quizá disgustado por lo que a su juicio sólo era una tozudez de chiquilla malcriada. Sintió de nuevo las lágrimas... ¿Por qué? De odio, sin duda alguna.
Una vez hubo doblado aquella esquina rocosa que la ocultaba a las miradas de Randolph, sintiose como aligerada... incluso lo olvidó. Estaba ante un anfiteatro en el cual el Coliseo de Roma hubiera parecido una portería; cuyos más altos graderías terminaban en unos inmensos muros rocosos. ¡Qué silencio! Por un instante se dijo que en el sepulcro debe reinar algo semejante. Paso a paso fue ascendiendo, tan subyugada por aquel escenario, que sentía temblar su cuerpo. De pronto advirtió algo semejante a unos pequeños escalones practicados en la roca... no cabía duda. Habían sido cortados por manos humanas, muy desgastados, pero evidentes. Absorta por su descubrimiento, Janey fue subiéndolos uno a uno, olvidando comisas y bastiones rocosos. Alcanzó una enorme plataforma rocosa. No se veían otros escalones. Cuando miró por donde había subido, sintió un nudo en la garganta. ¿Tendría que descender por allí? Desde luego, porque aquella enorme plataforma sólo se podía alcanzar por aquella escalera, era la protección del poblado... los escalones tallados por los habitantes de las rocas... Nada de ello sabía Randolph, de lo contrario se lo habría contado y además... no buscaría por allá abajo con tanto ahínco.
Comenzó a examinar y a recorrer a su alrededor. Allí habían orificios practicados en la roca blanda donde muchos siglos antes habían molturado grano y junto a ellos los almireces de piedra como si los hubieran soltado hiciera unos instantes. Halló una pared de piedras trabajadas, talladas, pulidas y unidas mediante algún mortero y mirando hacia lo alto advirtió que toda la ladera o muro aparecía con múltiples aberturas que daban pie a suponer que se comunicaban entre sí por su interior. Su aspecto recordaba a un panal colgante. No cabía duda, aquello era un pueblo entero, casi una ciudad de los remotos tiempos de la vida en las cavernas. Se necesitarían días, quizá semanas, para recorrerlo todo. De pronto se hundió en el suelo hasta una rodilla. El piso había cedido debajo de su pie. Sacó la pierna y advirtió que había pisado algo que no era roca. Con cuidado limpió y apartó la tierra de alrededor del agujero que se había formado y pronto apareció el entramado de diversos troncos, secos y podridos.
—¡Esto es algo! —exclamó asombrada.
Aquel orificio que había practicado con su pie parecía como un ojo negro que la mirara enigmáticamente. Se apartó un par de pasos, pero tomando una piedrecita la lanzó por la abertura. Ningún sonido oyó que indicara que hubiese llegado al fondo. Lanzó otra piedra mayor... ahora sí que oyó cómo chocaba contra el fondo, ¿Un pozo seco? ¿Acaso una cisterna? Pero con cierto respeto y temor tuvo que comenzar a admitir que sin duda alguna había hallado la confirmación de la teoría de Randolph... allí estaba la verdadera «Beckyshibeta», la legendaria ciudadela del «pueblo perdido»... Tuvo que sentarse. Aquel lugar existía, era cierto... y había tenido que ser ella quien lo descubriera, alguien que no tenía ni la más remota idea de arqueología. Dos días antes, en una baladronada, aseguró a Phillip que ella lograría «para él» hallar el lugar que tanto buscaba y he aquí que su fanfarronada quedaba confirmada por la realidad. Inesperadamente la suerte había puesto en sus manos casi todo el futuro de su raptor. Comenzó a reír, las carcajadas parecían irreprimibles, incluso ahora le parecía que aquella abertura de pozo o cisterna fuera un ojo que le guiñara maliciosamente... con picardía... sí, allí estaba lo que aquel sabio infeliz tanto buscaba...
No dudó un instante. Tenía que comunicar la buena nueva a Randolph. Corrió hacia la escalera y bajó, aquellos peldaños como volando, se deslizó por las laderas empinadas sin importarle cómo quedaba su ropa, a la carrera, fue saltando repisas y escarpas; por fin, casi sin aliento llegó al saliente de roca situado encima del lugar donde el pobre Randolph cavaba y cavaba. Tuvo que descansar unos segundos antes de que casi loca de felicidad, formando bocina con sus manos, gritara:
—¡Señor... Randolph!
Le oyó, alzó la cabeza, miró en su dirección y... prosiguió dando con el pico.
—¡Phillip...! ¡Venga inmediatamente! —gritó otra vez. El arqueólogo alzó la cabeza de nuevo y reanudó su tarea.
—¡Phillip...! ¡Deje eso... y suba! ¡Venga...!
Randolph bajó el pico y apoyándose según su costumbre en el mango, la miró de nuevo mientras Janey, proseguía gritando:
—¡Venga inmediatamente...! ¡No se entretenga...!
—¡No lo espere! ¡No subiré! —contestó él ahuecando también las manos en forma de bocina.
—¡Suba que tendrá una gran sorpresa...! ¡Algo muy grande...!
—¡Para mí ya no tiene ninguna cosa sorprendente, señorita Endicott!
—¡Que sí...! ¡Es algo muy grande...! ¡Importante...!
—¡Que no...! ¡No subiré...!
—¡ Por favor...! ¡ Créame...! ¡ Por su bien...! ¡ Suba...!
No contestó, limitándose a mirarla en silencio. Janey apenas pudo contenerse en gritarle su hallazgo, pero consiguió su propósito. Quería que fuera él quien lo hallara.
—¡Phillip...! ¡ Suba... que obtendrá una gran recompensa! —le gritó de nuevo.
—'¡ Intente convencer a otro, señorita Endicott! —respondió Randolph.
«¡ Hay que ver lo obstinados que pueden ser los hombres! —se dijo Janey...— y éste de ahí... con lo que sería su felicidad, al alcance de la mano...»
—¡Por favor, Phillip! ¡Suba...!
—¡Le dije que no trepara por ahí! ¡Ahora, si no puede bajar... vuele! —respondió él, creyendo sin duda que fingía estar asustada por el descenso.
—¡Estoy emocionada, Phillip...! ¡He hallado... algo! ¡Suba...!
—¡Ya le he dicho que pruebe a volar!
—¿Por qué no me cree...?
—¡ Por que cada palabra suya es una mentira!
—¡Que no miento...! ¡Suba...! ¡Verá cómo no le engaño...!
—¡Imagínese que soy una de estas rocas...!
Al parecer la cosa por el momento no tenía remedio, se dijo Janey. Bien, peor para él. Que continuara sudando en vano. Pero... reiteró:
—¡Phillip...! ¡Se lo ruego de nuevo...! ¡Suba!
—¡ Váyase al diablo...!
—¡Qué amable...! —respondió ella, viéndole saltar al interior de la zanja que había practicado durante su ausencia, seguido por el centelleo del pico al reflejar los rayos del sol.
La cuestión había alcanzado su final, aunque fuera momentáneo. No —había más de que hablar. Janey así lo comprendió y se dispuso a continuar el descenso. Ahora, de pronto, aquellas cornisas y repisas estrechas se le aparecieron sumamente peligrosas... un paso en falso significaba la muerte. Retrocedió con un escalofrío. Pero debía afrontar el peligro y decidida, avanzó por aquella repisa hasta recorrerla por completo.
Randolph estaba situado de espalda a ella. Avanzando de peñasco en peñasco, Janey se le fue acercando hasta alcanzar un escondite a pocos pasos de él. El arqueólogo había salido de la zanja y ahora miraba en la dirección del lugar desde donde le había hablado. Sin duda concluyó por deducir de que había decidido a encaminarse al campamento. Le vio cómo se sentaba sobre una roca y quitándose el sombrero, se enjugaba la frente sudorosa. Su expresión era triste, cansada y desesperanzada. Sintió, a la par, deseos de correr hacia él y de huir de allí para que él no comprendiera que le había espiado. Randolph miró de nuevo hacia el lugar donde— la viera y por último descendió lentamente otra vez al fondo de la zanja que estaba excavando. Janey comenzó de nuevo a caminar de peñasco en peñasco, hasta que ya algo alejada y oculta a sus miradas, echó a andar con derechura hacia el campamento.
Algo le había ocurrido. Ya no era la Janey Endicott de antes. ¿Quién era? Otra mujer. Tenía que confesárselo... La verdad era que se había enamorado de aquella región salvaje, de aquel barranco inmenso y de Philip Randolph. Cuando llegó a tal conclusión sintió una suave alegría y cierta pena. Ya no era libre...
Entonces fue cuando oyó el ruido de herraduras. Alzó la cabeza porque no daba crédito a su oído. Dobló un roquedal que todavía le ocultaba la vista del campamento, para ver cómo desmontaba un jinete cubierto con un sombrero inmenso, embutido en un pantalón de montar muy ajustado en las rodillas, calzado con brillantes botas y luciendo enormes espuelas que tintineaban al caminar. Asombrada reconoció casi en seguida al recién llegado... un tipo alto, cenceño, compañero de innumerables fines de semana... el presumido Bart Durland. Pero también oyó otras pisadas de caballos. Sin duda sus. acompañantes. Se acurrucó entre unas peñas para atisbar a los que llegaban.



8

JANEY estaba sorprendida, sentía curiosidad al mismo tiempo resentimiento por la interrupción de aquel aislamiento. Desde luego, Bert no era mal chico... pero, encontrarle allí... cuando lo que ansiaba era continuar sola con Randolph...
Por entre los peñascos asomaron otros dos jinetes. Uno, era un indio que llevaba de la mano el ronzal de un caballo de carga; el otro era una mujer... ¡la señora Durland! ¡Algo increíble! Era la estampa de alguien inconcebible en aquel lugar. Si casi no la ahogara la irritación que sentía por la llegada de aquellos que consideraba como unos intrusos, Janey habría gritado con rabia. Los dos últimos jinetes llegaron por fin al campamento. El indio desmontó de un salto y comenzó a descargar el caballo de carga; Bert, apresurose a ir en ayuda de su madre. Bajarla del caballo no fue cosa fácil. Aquella mujer pesaba lo suyo y parecía entumecida en todo el cuerpo.
Gimiendo, exclamó:
—¡Gracias, hijo... gracias! ¿Hemos llegado por fin? ¡Gracias a Dios!
—Vamos, mamá... anímate... que no hay para tanto —respondió su hijo con tono que parecía querer ser ligero;
—¡Mis huesos! ¡Creo que tengo todo el cuerpo llagado! —gimió la madre mirando a su alrededor, prosiguió—: ¿Éste es el famoso campamento?
—Así es. Estamos en Beckyshibeta.
—Merece este nombre... no hay quien lo entienda. Pues como campamento no parece gran cosa. El señor Endicott afirmó que su hija estaba aquí con algunos amigos.
—Quizá sea éste el campamento de los guías. Daré una vuelta por ahí para ver si los encuentro. ¡ Qué deseos tengo de ver a Janey!
—¡Bert! ¡El indio se marcha! ¡Detenlo!
—'Mamá, que ya me ha dicho que iba a ver a su familia...
—¿Y si no regresa? ¿Y si no encontramos a Janey Endicott y sus compañeros? ¿Qué haremos en este lugar dejado de la mano de Dios? ¿En este agujero a más de trescientos kilómetros de un ferrocarril? ¡Esto es un desierto! ¡Un país salvaje... con indios pieles rojas! ¡Nos escalparán!
—¡Que no, mamá! ¡Que eso son historias pasadas! ¡Nadie te escalpara! ¡Puedes ofrecerles tu cabello sin cuidado alguno! Aquí el único á preocuparse soy yo...
—'¿Cómo te atreves a decir esto? Por lo menos podrías darme las gracias por acompañarte hasta este lugar tan espantoso...
—Desde luego, mamá... perdóname. Lo lamento... comprendo de que esta cabalgada ha sido algo dura... y ahora aquí no parece haber alojamiento alguno... es algo muy desagradable... francamente.
—¿Y quién tiene la culpa? —preguntó la señora Durland, mientras examinaba una piedra donde sentarse, queriendo sin duda cerciorarse de que no había ninguna serpiente o bicho semejante, como seguramente le habían recomendado que hiciera.
Por fin y tras algunos gemidos, halló lugar adecuado para sus posaderas, mientras su hijo rezongaba:
—¿Culpa? Sin duda alguna tuya es... Bien, tendré que descargar esa maldita silla de montar...
—Conque la culpa es mía, ¿eh? ¡Desvergonzado! —chilló la madre, indignada—. Bien sabes que todo lo soporto por ti. ¡Para cazar a esa chiquilla insignificante! ¡Lo que he sufrido encima de ese caballo! ¿Y anoche? ¡Aquel alojamiento! ¡Sin pegar un ojo en toda la noche! ¿Y la insolación? Sin duda que me dará un ataque...
—Janey no es algo insignificante, mamá. Su papá tiene muchos millones y ella mismo posee una gran fortuna... bien sabes por qué estamos aquí...
—Si esta es toda tu gratitud... Aquí estoy para facilitarte la labor, porque no sabe ocultarnos de que has malgastado todo el dinero que te legó tu padre... pero ahora, eres capaz de afirmar que soy yo la culpable de esta situación...
—¡Está bien, mamá, está bien! La culpa es mía —replicó Bert con ligera impaciencia—. Pero no tengo la culpa de que nos hayamos embarcado en esta casa de un ganso salvaje. Créeme, que desde el primer momento ya no me gustó la idea. Pero como ya te dije en Nueva York, tenía entendido de que el padre de Janey acompañaba a ésta a un hotel turístico... es lo que tenía entendido.
—¿Pero no te dijo Janey que su padre quería llevarla a uno de los lugares más solitarios de la tierra?
—Claro que me lo dijo, pero jamás imaginé que lo fuera tanto. Por lo que hemos cabalgado, cabría suponer de que esta Arizona comprende la mitad del territorio de los Estados Unidos y... solitario como el que más... Ahora hay que registrar todo este desierto para hacerse con una chica, j Aquel tipo maldito que me robó cien dólares por llevamos en su automóvil por unos caminos que me retorcieron los intestinos! Si incluso creo que Endicott y el de la factoría, ¿cómo se llama?, ¡Bennet! se reían de nosotros...
—¿Sólo lo Crees... es decir lo supones? ¡Pues tenlo por cierto! Aquel tipo repugnante, ese que dices cómo se llama, se atrevió a reírse en mi cara. Conque te costó cien dólares, ¿eh? ¡Tuya fue la culpa! Te contentaste en darle lo que te pidió. Nunca has tenido el empuje para regatear... Si tuvieras un ápice de coraje ya te habrías escapado con Janey... antes de que su padre se la trajera a estos andurriales...
—¿Fugarse con Janey? ¡Vamos, bien se conoce que no has tratado con Janey Endicott!
—Mira... mejor sería que no gritáramos nombres... a lo menos nos oye alguien —observó la madre, mirando a su alrededor con aprehensión.
—Vamos, no exageres ahora... luego de haber intentado contarle la historia de nuestra familia al conductor de aquel coche y al indio que nos ha acompañado...
Tras unos momentos de silencio mirando los muros rocosos, Bert exclamó:
—¡ Hola! ¡ Por allí viene un blanco! ¡ Parece alguien del país!
—¡Mientras no sea un bandido! —respondió su madre, palideciendo.
Aquella observación casi traicionó a Janey, porque a punto estuvo de arrancarle una carcajada. Pero pudo contenerse y mira hacia donde indicaba Bert. Como ya supuso, quien se acercaba era Randolph. Sin duda, había visto que llegaban forasteros y quería cerciorarse de si venían a por Janey.
—Buenos días. Su indios me ha advertido de su llagada —dijo Randolph cuando estuvo junto a la familia Durland.
—Hay que estarle agradecido por haberlo hecho —contestó la señora Durland—. Está esto tan solitario...
—¿A quién tengo el honor de...?
—Soy la señora Percival Smith Durland, de Nueva York y éste es mi hijo Bertrand. Desde luego, supongo que ya habrá oído hablar de nosotros.
—Lo lamento de veras, pero siento decirle de que nadie me ha hablado de ustedes...
Janey reprimid de nuevo la risa, porque lo cierto era que en más de una ocasión le había hablado de los Durland.
—Claro, lo comprendo... Seguramente usted jamás' se ha alejado demasiado de esta ruda Arizona —disculpó la señora Durland y prosiguió—: ¿Vienen muchos turistas a este Becky... o como se llame este lugar...?
—Muy pocos. No les animamos.
—¿Ves, mamá? Ya te lo decía —intervino Bertrand.
—¿Hay por aquí algún alojamiento para los turistas? —quiso saber la señora Durland.
—La factoría de Bennet es el lugar más cercano y adecuado para los blancos... y aquello apenas puede llamarse hotel.
—Estoy plenamente de acuerdo con usted. Nos detuvimos allí para preparamos a esta cabalgada... ¿Su nombre, por favor?
—Phillip Randolph, para servirle, señora.
—¿Randolph? Me parece haberlo oído... ¿Acaso es arqueólogo?
—Sí, señora.
—Trabaja para el gobierno, ¿no es así? '
—Así es.
—Pues siento decirle que en la factoría había un tal señor Elliot al parecer muy disgustado con usted. Llegó allí el mismo día que nosotros y según nos dijo el señor Bennet este señor Elliot, al parecer jefe de usted, estaba furioso porque usted se había venido a este Becky... o como se llame, antes del día previsto y afirmaba de que esto iba a costarle su puesto.
—¿El señor Elliot en la factoría? ¡Caramba, vaya sorpresa! —exclamó Phillip con acento preocupado.
—Así es. Lo siento por usted. Pero supongo que hallará alguna otra ocupación... parece muy fuerte, incluso más que esos rústicos vaqueros...
—Gracias, señora. Sí... poseo cierta musculatura... pero, dígame, ¿había vaqueros en la factoría?
—¿Vaqueros? ¡Ya lo creo! Casi nos echaron los caballos encima al querer detener nuestro automóvil, porque iba a ser arrollado por el ganado en estampida.
—¿Estampida? ¡Caramba! —exclamó Phillip.
—¿Qué dice? —preguntó la señora Durland.
—Nada... señora... no tiene importancia... me lo decía a mí mismo —contestó Randolph apresuradamente.
—Veamos —intervino Bertrand, dándose importancia—. Deseamos ver a la señorita Endicott. Condúzcanos hasta su campamento. Le daré diez dólares por el trabajo.
—Otra vez estás tirando el dinero, Bert Durland —advirtió la madre.
—¿La señorita Endicott y su grupo? —preguntó Randolph, confuso.
—Esto es lo que deseo —reiteró el joven Durland—. El señor Endicott nos informó de ello. Soy un íntimo amigo de Janey... casi puede decirse de la familia...
—¿Acaso le dijo el señor Endicott cuántos formaban el grupo? —inquirió Randolph.
—No, pero deduje de que se componía de varias personas... Gente de la factoría. ¿Está muy lejos el campamento?
—Pues... no lo sé. No he visto ningún grupo. Pero... ¿han cabalgado tanto para ver a la señorita Endicott?
—Claro... ¿Acaso la conoce? —preguntó Bert con desconfianza.
—Creo que he visto a esa joven...
—Pues no debe ser ella, porque nadie que la haya visto la olvida...
—Claro... claro... perdone. Quizá me equivoque. He visto a alguien como de unos veinte años y comportarse como si sólo tuviera quince... vestida como una chica de diez. De genio vivo y algo... salvaje. No estaba mal... no, señor.
—La señorita Endicott es una preciosidad. Una de las muchachas más bella de la sociedad neoyorquina —afirmó Bertrand, campanudamente.
La expresión del rostro de Phillip hubiera arrancado exclamaciones de júbilo a Janey, si las circunstancias fueran otras.
La señora Durland que había estado examinando los trozos de vasijas y los utensilios de piedra cuidadosamente alineados encima de una roca plana, preguntó:
—¿Es este amasijo de cacharros rotos lo que busca por aquí, señor Randolph? ¿O es que se han roto al desenterrarlos?
—Cuando los desentierro ya están rotos, señora. Si hallara uno entero, se consideraría como algo de inestimable valor. En su lugar, los trozos que consigo procuro conservarlos con sumo cuidado.
—¿De inestimable valor unos cacharros como éstos? —preguntó Bert, incrédulo.
—Nos complacerá dar una vuelta por el lugar de sus excavaciones, señor Randolph. Luego le contrataré para que nos busque el campamento de la señorita Endicott —decidió la señora Durland.
—Señora, le advierto que Beckyshibeta es muy peligroso. Tendrá que pasar por muchas angosturas, trepar, escalar peñascos...
—Ya cuidará usted de evitarme lo peor. ¿Vamos, Bert? —preguntó la madre.
—No me interesa este Becky... o cómo se llame. Lo que deseo es hallar a Janey Endicott —contestó su hijo, enfurruñado.
—¿Qué dices? ¿Luego de este terrible viaje no vamos a disfrutar de este lugar tan maravilloso?
—Tú lo calificaste de un lugar salvaje antes de que llegara el profesor Randolph —replicó Bert, secamente.
—¡Qué juventud ésta! ¡Qué generación! ¡Carecen del mínimo gusto para gozar del arte o bien percibir la belleza!
—Daré una vuelta o dos por el cañón para ver si doy con la señorita Endicott o bien con su grupo —explicó Randolph, alejándose con la señora Durland.
Bert comenzó a desensillar su caballo. Janey, convencida de que más tarde o más temprano los Durland darían con ella, prefirió sorprender a Bert. Aprovechándose de que estaba ocupado con el caballo y su arnés, retrocedió hasta el camino que conducía a las excavaciones. Luego avanzó hasta doblar la esquina rocosa que ocultaba el campamento y vio a Bert yendo de un lado para otro con gesto poco complacido. Cuando oyó los pasos de Janey, volviose en redondo hacia ella y quedó mirándola boquiabierto.
Janey, fingiendo igual sorpresa, exclamó:
—¡Oh!
—¡Janey! ¡Qué suerte! ¡Qué casualidad! ¡Qué alegría encontrarte! —exclamó Bert, asombrado.
—¡Caramba! ¡Me has asustado! ¿Pero... qué haces aquí? —preguntó Janey.
Pero el atuendo que vestía Janey ya había captado la mirada de Bert, sorprendiéndole hasta tal punto que pareció haberle quitado el habla. La muchacha, advirtiendo su perplejidad, comprendió que sería muy difícil explicar la situación de forma plausible. Por fin Bert, luego de carraspear, observó:
—¡Pero Janey...! ¿Cómo vas vestida? ¡Si pareces una bailarina! ¿Qué dirá mi madre...? Porque francamente... esa ropa... es algo... rara...
—Oye, que me parece que te propasas.
—Pero, ¿por qué esta vestimenta? —y riendo, prosiguió—: Mas no importa... No sabes la alegría que me das hallarte aquí, aunque sea vestida como para tomar parte en una mascarada por Park Avenue... —exclamó por fin yendo hacia ella con los brazos extendidos y en actitud que no daba lugar a dudas.
—¡Estate quieto y no te atrevas! ¡De lo contrario llamaré a mi esposo! —advirtió Janey.
—¿Esposo...? ¿Has dicho esposo? Vamos, tú bromeas...
—¡He dicho esposo! —reiteró la muchacha firmemente.
—¿Janey Endicott con esposo? ¡Imposible!
—¡Soy la señora de Phillip Randolph, el arqueólogo encargado de estas excavaciones...
—¿Esposa de... Phillip Randolph? ¡Santo cielo! ¡No puede ser! ¡Tu padre nada dijo de esto! ¡Sólo dijo que estabas aquí...! ¡Vamos que no te creo!
—¡Usted está loco! ¿Quién es y qué busca aquí?
—¿Qué estoy loco? ¡De ninguna manera! ¡Tú sí que lo estás!
Con el brazo extendido en la dirección por donde había venido, Janey le ordenó con palabra imperiosa:
—¡Tome su caballo y márchese inmediatamente!
—¡Pero Janey...! ¿Qué manera de hablarme es ésta? ¡He venido desde tan lejos sólo para rescatarte de tu padre! ¿Y cómo te hallo? ¡Esto no me gusta nada... lo encuentro muy raro!
Con mirada compasiva, Janey prosiguió:
—¡ Pobre muchacho! ¡ Tan joven! Seguramente ha huido del lugar donde le cuidaban... Oiga... ¿Por qué no se vuelve por donde ha venido?
Bert indicando con un gesto hacia la mano izquierda de Janey, advirtió:
—Si de veras eres la señora de Randolph, ¿dónde está tu anillo de boda?
—¡En los años que llevo viviendo aquí con mi esposo jamás he visto cosa igual! —exclamó Janey y prosiguió con indignación creciente—: ¡Usted es un lunático o un sinvergüenza que quiere hacerse pasar por... Hopalong Cassidy! ¡Voy a llamar a mi esposo!
—Por mí puedes continuar en esta actitud. ¿Pero qué dirá mi madre cuando te vea? Janey... son tus tomillos los que están flojos, no los míos —pero tras un instante de duda, Bert admitió—: Desde luego, tienes una mirada extraña... rara... ¡Santo Dios! ¡Quizá has perdido la memoria! _
Janey intentó dar unos pasos para eludirle, pero Bert plantándose firmemente ante ella, afirmó:
—¡No te escaparás! ¡Haré que me recuerdes!
—¡Déjeme en paz! —gritó Janey, colérica. Desde luego lo comenzaba a estar por el giro que tomaba la situación...
y lo que diría Phillip. ¿Cómo reaccionaría? Pero, firme en su papel, continuó—: ¡ Si me molesta de nuevo, haré que mi Phillip le dé su merecido!
—Pero Janey, querida... cálmate... Esos ojos... Escúchame... Intenta concentrarte... Soy Bert. ¿No me recuerdas? Algo terrible debe haberte ocurrido, de lo contrario recordarías cuanto te amo... ¿Por qué he de causarte el menor daño?
Janey, persistiendo en su propósito de eludirlo, reiteró:
—¡Si me toca, gritaré!
Bert le cogió una mano inesperadamente y alzándola, exclamó i
—¿Lo ves? ¡Aquí está! ¡Tú eres Janey Endicott! ¡Este anillo te lo regaló tu padre! ¡ No cabe duda!
—¡Basta de gritarme y de ponerme las manos encima! ¡Grosero! ¡Que no le conozco! ¡Si no le he visto en toda mi vida!
—¡Haces muy bien la comedia, Janey! No estás loca... de ninguna manera. Pero aquí hay algo que no comprendo, pero ten por segura de que lo pondré en claro.
«Desde luego que lo hay», se dijo Janey; al mismo tiempo de que se sentía muy contenta porque había representado aquel paso de comedia con tanta desenvoltura. Se disponía a proseguirla, cuando oyeron algunas voces que llamaron la atención de Bert. Éste, suponiendo que eran Randolph y su madre, apresurose a ir a su encuentro. Janey percibió a Randolph entre los cedros, mientras corría cuesta arriba para esconderse entre los peñascos. Cuando halló un lugar que creyó adecuado, se ocultó en él, mas procurando ver lo que ocurría en el campamento.
Vio a Bert y a Randolph acercándose, el primero al parecer hablando acaloradamente y el segundo con actitud perpleja. Se preguntó por dónde andaría la señora Durland.
Bert miró a su alrededor asombrada y diciendo:
—¡Aquí no hay nadie!
—Veamos... ¿Quién había de estar aquí? ¿Dónde está la señorita de que me ha hablado? —preguntó Randolph, secamente.
—Pues... no lo sé...
—Amigo... comienzo a creer de que aquí nunca ha habido la persona que dice...
—¡Le aseguro de que estaba aquí! —contestó su interlocutor, acaloradamente y comenzó a llamar en voz alta—: —¡ Janey! ¡ Regresa! ¡ Ya está bien! ¡ Basta de bromas! —Esto es lo que digo —añadió Randolph, con tono severo.
—¡Estaba aquí! ¡He hablado con ella... hace unos Instantes! ¡Afirmaba de que no era Janey Endicott! ¡Pero sí que lo era! ¡Ya lo creo que era ella! ¡Con ropas sucias... sucias y arrugadas! ¡Parecía haber perdido la razón o bien... representaba una comedia!
Por el sendero llegaba la señora Durland, roja y acalorada, barboteando indignada:
—¡Bert! ¡Bert! ¡Este señor Randolph...! ¡Me ha dejado ahí, sola, abandonada... mascullando no se qué...! ¡No hay otro campamento! ¡Janey no está aquí!
—Sí, mamá. Sí que está aquí. He hablado con ella hace sólo unos minutos. Pero ha desaparecido —aseguró Bert.
—¿Qué ha desaparecido? ¿Dónde... dónde ha ido?
—No lo sé. Ha desaparecido.
—¿Por qué no la buscas? La has venido siguiendo desde tan lejos... ¿qué importa un poco más?
—Opino que su señora madre tiene toda la razón. ¿Por qué no corre un poco más tras esa alucinación? —preguntó Randolph, y añadió—: Claro que es un poco triste ver a un joven como usted... víctima de tal extravío mental...
—¿Qué dice? —preguntó Bert, sorprendido.
Randolph, dirigiéndose a la señora Durland, preguntó:
—¿Acaso no creyó conveniente alguna vez someter a su hijo a un examen... médico, señora?
—¿Cómo...? ¿Qué se atreve a insinuar...? —estallé la señora Durland, indignada.
—Señora, perdone, pero no he querido ofenderla en ningún momento. Más tenga presente que estas largas cabalgadas, con su fatiga, el sol... la soledad... No sería la primera vez que quien no está acostumbrado creyera ver... cosas... eso que se llama espejismo...
Con los puños crispados por la indignación, Bert se irguió ante Randolph, exclamando:
—¡Basta ya! ¿Cree acaso que va a confundirme? ¡No, señor! Le digo que aquí... todavía no hace diez minutos había una señorita... la señorita Janey Endicott y si no lo era es que ya no estoy en mis cabales... ¡Lo era! ¡Era Janey... hablando como una sonámbula...! ¡No recuerda quién es! ¡Incluso no recordaba que está comprometida conmigo! ¡Vamos a casamos!
—¿Qué están comprometidos? ¿Qué van a casarse? —preguntó Randolph, asombrado.
La señora Durland intervino, explicando:
—Bien, es... lo que se dice un compromiso entre ambos... Desde luego todavía... nada oficial. Pero archisabido por todos nuestros amigos...
Bert, mirando fijamente a Randolph, le preguntó:
—Dígame... ¿Está usted casado?
—¿Yo...? No, señor —contestó el interpelado, admirado.
—Conque no, ¿eh? —exclamó Bert con acento triunfal—. ¡Ya tenía corazonada de que no era nada más que un cochino embaucador! ¡Voy en buscar de Janey!
Randolph dirigiéndose a la señora Durland con aire preocupado, preguntó:
—¿No le parece que debería correr detrás de su hijo, señora? Este cañón tiene innumerables barrancas... puede caerse por alguna o bien extraviarse o desaparecer por alguna hendidura... está tan flaco...
—¡No sé qué pensar de todo esto! ¡Qué complicación! —gimió la señora Durland por toda contestación—. ¡Todo por culpa de una chicuela... que vuelve locos a los hombres! ¡No sé... no sé qué ven en ella! ¿Por qué habré venido hasta este espantoso lugar? ¡Nunca saldremos de aquí...! ¡Voy a morir de desesperación...!
—Señora, por favor...
—¡Tenga la bondad de llamarme por mi nombre... señora Durland! —gritó su interlocutora histéricamente^ —Está bien, señora Durland, usted perdone. Pero... dígame, ¿no cree que sería mejor que fuera tras de su hijo...? Usted puede esperar aquí... no corre peligro alguno...Pero mientras tanto, Bert ya había trepado hasta lo alto de las rocas entre las que se escondía Janey. Ésta intentó pasar desapercibida, pero el joven Durland la vio. Corrió hacia ella gritando:
—¡Ya la veo! ¡Aquí! ¡Aquí está!
Janey, que intentaba ocultar su rostro para esconder la risa que pugnaba por estallar en carcajadas, se enfureció cuando sintió que Bert la cogía por las muñecas. Roja de rabia, gritó:
—¡Bruto! ¡No me toques! ¡Suelta!...
—¡No tienes vergüenza! ¡Has querido engañarme! ¡Sal de aquí!
—¡ Suéltame! ¡ Phillip!
—¡Durland, déjela en paz! ¡De lo contrario subo y le parto la cara! —rugió Randolph.
—Conque así estamos, ¿eh? —replicó rabioso Bertrand y dirigiéndose a Janey, prosiguió—: ¡Esto sobrepasa a cuanto cabe imaginar! ¿Acaso no éramos lo bastante buenos los del Este para que hayas tenido que venir a correr tus aventuras por estos andurriales?
—¡Desde luego, tomándote a ti como muestra, cualquier de aquí es mejor! —replicó Janey.
—¡Vamos para abajo y allí lo aclararemos todo!
La pareja descendió por entre las rocas y cuando ya estaban casi junto a la señora Durland y Randolph, a Bert se le ocurrió asir de nuevo a Janey con ademán de mostrarla a su madre. Randolph avanzó dos pasos, alzó el brazo como si fuera un ademán sin importancia y le aplicó un revés con la mano que lanzó a Bert dando tumbos por el suelo. El enorme sombrero salió rodando.
—¡Bruto! ¡Sinvergüenza! ¡Esto le costará caro! ¡Se lo juro! —gritó fuera de sí la madre.
Bert se levantó tambaleándose y dio unos pasos con aquellas espuelas tintineantes con gesto de repeler la agresión, pero se contentó con aullar:
—¡Esto es! ¡Te juro que me las pagarás!
—Considere esto como un aviso... amistoso. Si vuelve a molestar a esta señorita, le daré una paliza tal que de ella sí se acordará —contestó Randolph con acento tranquilo
—Por favor, Phillip... no le hagas nada... —observó Janey con ironía.
La amenaza que habían significado las palabras de Randolph, aunque Janey quiso paliarla con su intervención, produjo un embarazoso silencio, interrumpido sólo por las palmadas que Bert se daba a su pantalón para sacudirse el polvo.
Luego recogió su sombrero, mientras su madre miraba desconcertada ora a Janey ora a Randolph. Por fin Bert, con tranquilo acento, preguntó:
—Bien, mamá: ¿Era ella o no... es ella?
—Desde luego que sí, Bert —admitió su madre con un suspiro.
Bert, dirigiéndose a Janey, prosiguió:
—Ya puedes prescindir de tu comedia. Pero lo que todavía no entiendo es por qué tu padre nos dijo que estabas aquí.
—Yo tampoco —fue la breve respuesta de Janey.
—Quizá lo dijo confiando en que yo te salvaría de esta situación o es que acaso ya te da por perdida...
—Probablemente es así —le interrumpió Janey, burlona.
Randolph parecía el más preocupado de los cuatro, mientras la señora Durland daba muestras de que iba a estallar de un momento a otro con su indignación.
—Desde luego... todo ya es demasiado tarde... —prosa— guió Bert, señalando a Randolph—: Randolph me ha afirmado de que no estaba casado.
—Así lo dije y... así es... —admitió el aludido, maquinalmente,
—¡Lo oyes! —exclamó Bert con furia, como si sintiera en su mano el látigo con que castigar a aquella mujer—.¡Pero me juraste de que eras la esposa de Phillip Randolph ¡
—Efectivamente, así lo afirmé —aceptó Janey con voz tranquila.
—¡ Señorita Endicott! —estalló la señora Durland con acento de horror—. ¿Acaso está aquí... en este lugar... sola con este hombre?
—Ciertamente... pero no por mi voluntad, señora Durland. Me raptó y me trajo hasta aquí —contestó Janey, con triste acento.
—¿Que la raptó? ¡Santo cielo! Entonces... ¿No es quien dice? —balbuceó la señora Durland con espanto.
—Así es, señora Durland. No es quien pretende ser —confirmó Janey.
—¿Es... algún bandido de esos que llaman del... salvaje Oeste? —preguntó musitando la señora Durland.
—Peor de lo que supone —reiteró Janey.
Bert Durland empalidecido ante aquella revelación, miró a Randolph con odio y furor, inquiriendo:
—Usted no se llama Randolph...
—Parece que mi nombre es algo peor que el barro —le contestó el interpelado, saliendo de su estupefacción.
—Bert, en realidad éste es Black Dick [11], un famoso salteador de esta comarca —explicó Janey.
—¡Black Dick! —musitó Bert—. El conductor que nos trajo, me habló de él. Pero... Janey, ¿por qué no me lo dijiste antes?
—Fue... la vergüenza que siento, Bert. La ignominia. ¿No lo comprendes? —contestó Janey, disfrutando de la aflicción de que era presa Randolph—. Creí... que él os obligaría a alejaros y así mi situación no sería deshonrosa. Hubiera preferido morir, antes de que supierais la verdad.
—Pero... ¿cómo fue que te raptó?
—Sólo puedo suponerlo. Se hizo conmigo mientras venía hacia este lugar con unos amigos. Me sorprendió en un momento en que me hallaba sola. Al parecer me vigilaba desde hacía días y nos siguió cuando partimos de la factoría. Se apoderó de mí por sorpresa. Luché, pero... es tan fuerte. Me ató sobre un caballo. ¡Fue algo terrible! ¡Horroroso! Mira, éstas son las señales de sus golpes... y otras que no me atrevo a mostrártelas. Me obligó a seguirle cabalgando en medio de una tormenta espantosa... todo un día y una noche. Cuando llegamos aquí, creí morir...
—¡Claro! j Ahora se explica todo! i Te raptó para pedir un rescate! ¡Sin duda sabe que tu padre es rico y...!
—No, Bert. No quiere dinero. Es lo que me imaginó al principio. Le ofrecí lo que quisiera desde diez mil a cien mil dólares. Pero este infame se rió de mis ofertas, besándome repetidamente, jurando una y otra vez que desde que me vio se había enamorado de mí.
La consternación y el espanto habían hecho presa en Bert. Era evidente de que no sabía qué hacer ni qué decir. Terminó con una risotada histérica, exclamando:
—¡Vaya! ¡Vaya! Esto sí que es propio de ti... Janey Endicott. ¡Que un bandido se enamore de ti! Otro en tu colección de conquistas... ¡Prefiere hacerte el amor a percibir cien mil dólares!... No puedes quejarte... Siempre fue lo que soñaste...
—Bert... merezco cuanto me ocurre. Es mi justo castigo —contestó Janey, humildemente.
—¿Cómo es que tu padre no está enterado de todo esto? ¿Qué se hizo de tus amigos? ¿Por qué no dieron la alarma?
—Supongo que fueron capturados por la banda de Black Dick y los deben retener en algún lugar —explicó Janey.
—¿Pero y el señor Randolph, el arqueólogo? Nos dijeron que estaba contigo... aquí.
—El señor Randolph, un caballero, formaba parte de la partida^ Pero no lo he visto más... aquí sólo hay este... salteador...
—¿Quieres decir acaso que...?
—¡No lo digas! ¡Por lo que más quieras! —exclamó Janey.
Durante todo aquel diálogo tan fantástico, Randolph había guardado silencio, asombrado y absorto. Pero lentamente sentía encolerizarse y Janey advirtiéndolo, disfrutaba, diciéndose de que tomaba el aspecto de que fuera a quien describía.
De pronto apareció el indio que había servido de guía a los Durland. Randolph en viéndolo, fue hasta él di ciándole algo en su lengua, con tono imperativo. El jinete le miró un instante, asintió en silencio, giró grupas y se alejó inmediatamente.
—¿Lo ves? —exclamó Janey hablando a Bert en voz baja—. ¡Ahora ha obligado a alejarse a vuestro guía!
—¡Nada temas, Janey! ¡Conseguiré un caballo para que te pongas a salvo! —afirmó Bert con resolución.
—¡Bertrand! ¡No me abandones! —gimió la señora Durland, que había escuchado el cambio de impresiones.
Durland comenzó a caminar rápidamente hacia donde estaban trabados los caballos, sin preocuparse por su madre. Pero Randolph advirtió su propósito. Gritóle que regresara inmediatamente, pero Bert en lugar de obedecer, echó a correr. Randolph sacó el revólver disparando dos veces al aire a título de advertencia, mientras le gritaba de nuevo:
—¡Retroceda en seguida! ¡En seguida, he dicho! ¡Si no lo hace, lo convertiré en un colador!
La señora Durland soltó un chillido de espanto y se desplomó seguidamente, mientras Bert imploraba:
—¡Señor Dick...! ¡Por favor, señor Dick, no me mate! ¡No me mate!
—No lo haré si no comete tonterías —rezongó Randolph con fosco gesto, mientras hacía girar el revólver antes de meterlo de nuevo en su funda—. Cuide de su madre. Al parecer, la debilidad mental es algo consectario en su familia.
Luego de constatar que Bert se ocupaba de su madre, Randolph se encaminó hacia donde estaba sentada Janey.
—¡Vaya lío! ¿Eh? —exclamó cuando estuvo frente a ella.
Janey alzó hacia él una triste mirada, que reflejaba la aflicción que parecía sentir. Desde luego no le agradaba la situación, pero se dijo de que nada perdería con acentuar los tonos sombríos. Por ello, contestó con trágico ademán y voz entrecortada:
—Phillip... ha arruinado mi porvenir... me ha deshonrado...
—Vamos, Janey... que no será tanto...
—¿Por qué afirmó de que no era mi esposo? —preguntó Janey.
—¡Porque no atiné en lo que significaba la pregunta! ¡Bert, de improviso me salió con aquello de si yo estaba casado! Contesté como era lógico que lo hiciera... que no. Confieso que fui un ingenuo para caer tan sencillamente en esta trampa...
—Bert conoce a todas mis amistades... hablará...
—¡Pero es que, además, me afirmó de que ustedes estaban comprometidos!
—¡Tonterías! ¡Imaginaciones y deseos de ese chico! ¿Cómo pudo usted creérselo tan fácilmente?
—¿Por qué? No lo sé... pero me temo de que acabaré creyéndola capaz de todo... de cualquier cosa...
—No lo dudo, porque ha sido bien evidente desde que nos conocemos... pero ello no mitiga su ofensa... Quizá, quizá consiguiera de que Bert callara, pero no cabe ni imaginarlo de su madre, esa charlatana chismosa... Esta aventura nuestra es el final de su ambición, que era verme casada con su hijo... ¡Cualquiera le hace entender de que era imposible! ¡Y por ello se tomará su venganza sobre mi reputación! ¡No podré ir a ninguna parte sin que me señalen...!
—Pero... ¿cómo puede ser esto? Tenía entendido de que las chicas modernas no daban gran importancia a esto de la reputación.
—Esto son las vanas suposiciones de usted y de mi padre. Desde luego, gozamos de gran libertad en la vida actual, pero... hay límites que no cabe traspasar y en opinión de esa vieja arpía... nos hemos saltado uno de los más importantes.
—Pero no usted, Janey. Aquí el culpable de todo soy solamente yo...
Con un suspiro, la muchacha arguyó:
—Esto es lo que usted afirma, pero de poco me va a servir...
—¡Escuche! Quizá... podamos proseguir con el cuento de ése Black Dick. En la reserva india es harto conocido... Vagabundea por ahí acompañado por un mestizo piuta. Se sabe que en diversas ocasiones han atracado y robado a algún forastero... turistas...
—Puede intentarlo, pero no creo que vaya muy lejos con ese embuste del Black Dick. Además, los vaqueros vendrán en nuestra busca...
—Quizá su padre... o cualquier otra circunstancia lo impida...
—¿Mi padre? Éste será el primero que lance a los vaqueros en nuestra persecución. Francamente, no demuestra mucho ingenio en calificar la situación.
—Si jamás tuve una pizca de ingenio, se desvaneció en cuanto la vi... incluso acabó con mi tranquilidad y ahora... incluso ha anulado mi hombría... mi conciencia...
—¡Tonterías! En asuntos como éste, ¿dónde esta la desgracia del hombre? ¡Huyó con una chica bonita! Dirá todo el mundo... No le causará daño alguno. Por el contrario le hará más interesante... una vez me haya divorciado de usted...
—¿Divorciarse de mí? —preguntó Randolph, asombrado.
—¡Claro! ¡Tendrá que casarse conmigo para que a todo esto se le pueda dar un carácter algo conecto, digamos una solución decente. Luego me divorciaré.
—¿Pero si lo de Black Dick... resulta?
—Puede que cuaje para con los Durland... pero me refería a los vaqueros, a los Bennet... A toda esta gente del Oeste no podemos engañarlos... Son del país... nos conocen desde que llegamos. Claro que también pueden ahorcarlo... No estaría mal. Salvaría mi reputación y me daría1! cierto renombre...
—¡Pues que me cuelguen y acabemos de una vez! Desde hace días que me parece sentir el nudo corredizo de la soga!
—Pues no lo crea... creo que al final todavía saldrá bien librado. En estas cosas, siempre es la mujer quien paga...
—Janey... debe de haber alguna forma de salir de todo esto y... crea que lamento lo que he hecho... No diga de que todo está perdido... A los Durland podemos engañarlos y a los de aquí... estos saben callar y entre Arizona y Nueva York hay una gran distancia...
—¡Escuche, Phillip Randolph! ¡No se haga ilusiones! ¡Usted ha destrozado mi refutación... mi buen nombre! —le interrumpió Janey con desesperación.
Murmurando por lo bajo, como diciéndose cuan cierto era aquella afirmación, Randolph se apoyó de espalda, contra una peña, cubriéndose el rostro con ambas manos;| Janey le contempló muy satisfecha consigo misma. Lo había llevado al punto que quería; tanto, que se permitió remachar el clavo, comentando:
—Pues estamos arreglados sí adopta este continente ante los Durland. Recuerde que debe aparecer como un bandido duro y raptor de mujeres. ¡Anímese!
Pero su interlocutor, moviendo la cabeza con desesperación, murmuró:
—Así es... yo he causado su desgracia y... la mía. Cuando Elliot cuente lo ocurrido... ya puedo considerarme en la calle...
—¿Y qué importa esto al fin y al cabo? Entonces puede investigar por su propia cuenta. ¿No le convendría más hallar las ruinas de Beckyshibeta como investigador libre que como empleado del gobierno?
—Vamos... habla como una niña, Janey. ¿Cómo quiere que investigue por mi cuenta?
—¿Por qué no? —preguntó ella fingiendo sorpresa— Si fuera su esposa... no creo que sea muy repelente...
—¿Qué me importa Beckyshibeta... sin usted? Cuando se haya apartado de mí... cuando haya salido de mi vida... ya no tendrá objeto...
—Si así es, será muy lamentable, pero... ¿De quién habrá sido culpa? Sólo tiene que tomar un espejo.
—¡ Tonterías!
—En cierto tiempo me merecía todo el respeto que cabe imaginar... incluso me gustaba —afirmó Janey y acentuando su dulzura, añadió—: Pero ahora ha conseguido de que... le odie con toda mi alma.
—Desde luego es lo que merezco —contestó él y alzando la cabeza prosiguió—: Mas tenga presente que no solicito su piedad, como tampoco su perdón.
—¡ Ah, claro! ¡ De esto ni una palabra! Lo que usted ha hecho conmigo no lo perdona ni un ángel... y yo estoy muy lejos de semejarme a esos espíritus celestiales...
—Desde luego en esto estamos de acuerdo —interrumpió Randolph—. ¿Pero qué hay que hacer con estos amigos suyos?
—Lo mejor será retenerlos aquí, hasta ver qué es lo que ocurre. Prosiga con la comedia del Black Dick y veamos que clase de actor nos resulta.
—De ninguna manera. No podría engañar ni a un niño.
—¡Esto sí que no es verdad! ¡A mí bien me engañó! —protestó Janey—. Siempre me lo imaginé, conforme a su comportamiento, como un caballero, educado y culto— todo lo contrario de lo que es en realidad. ¡Venga, no finja más! ¡Demuestre lo bruto que es! Le ayudaré... Haga que estos Durland lamenten haber irrumpido en su... digamos paradisíaco cañón... ¡Sea un monstruo para la señora Durland y haga que este cazador de dotes se arrepienta de haber visto la luz del día!
—¡Pues esto último no será difícil! —respondió Randolph, apretando los labios.




9

LAS PREOCUPACIONES de Randolph viéronse muy aumentadas por aquello de que tenía que transformarse en actor, pero este papel que por su índole todavía le aislaba más de los Durland, lo convertía en mayor grado en un ser misterioso y peligroso a los ojos de aquellos recién llegados.
Bert Durland quedó sin habla viendo llegar a Janey jadeante bajo el peso de una carga de leña.
Sin hacer caso a los requerimientos de su madre para que no se apartara de su lado, corrió hacia la muchacha diciéndole en voz alta:
—¡Déjala caer, Janey! ¡Que no puedes con esa leña! ¡Yo la llevaré!
La ronca voz de Randolph se elevó mascullando:
—Está bien, mocoso. Parece que quieres ser un caballero. Carga con la leña, pero no pierdas el tiempo con la chica o te acordarás de mí —y dirigiéndose a Janey, añadió—: Vale para ti lo mismo. Luego no dirás que no advertí... ¡Venga... la leña dejadla junto a la hoguera!
Bert tomó la leña para llevarla hasta la hoguera y Janey se sentó junto a la señora Durland, con rostro asustado. Inclinándose hacia Janey, la señora Durland murmuró en voz baja:
—Traigo conmigo algún dinero y unas joyas. ¿Cree que será capaz de... quitármelas?
—¿Que si será capaz? ¡Claro que sí! ¡No dude en que la registrará!
—¿Se atreverá a ponerme las manos encima? —preguntó con ojos desorbitados la señora Durland.
—¿Ese canalla? ¡No lo dude! ¡Incluso obligarla a que se desnude... a golpe de látigo! ¡Y si Bert interviene le descerrajará un tiro sin pensarlo dos veces! ¡Si le pide lo que tenga de valor... entrégueselo!
—¿Acaso la ha registrado a usted?
—A mí no... como vio lo que llevaba consigo cuando partimos y además, ¿qué quiere que esconda con esta ropa?
Randolph le gritó a Janey que se acercara al fuego. La señora Durland, musitó:
—¿Quiere decir con esto de que yo vaya también?
—Cuando quiera algo de usted ya se lo dirá y por lo que más quiera, ¡obedézcale sin rechistar! Cuando se irrita es una fiera... y soltarle un puñetazo a usted que le parta los labios, para él será un placer. ¡No puede imaginarse lo bruto que es!
—¡Qué monstruo! ¡De todo cuanto me ha dicho... eso de pegar a una dama... vamos es inconcebible...! ¡Deberían desollarlo vivo! ¿La ha golpeado a usted?
—Varias veces. Ya le he mostrado los cardenales y otros tengo en el cuerpo. No conviene irritarle.
—¡Qué situación más horrible! ¡Es algo espantoso! ¡Ay, Janey parece que nos mira!
—¡Chica! ¿A qué esperas? ¿He de ir a por ti? —preguntó Randolph iracundo.
Janey se apresuró hacia la hoguera, mientras Randolph proseguía amenazador:
—¿Qué estabas maquinando con esa vieja?
—Nada, Dick... charlábamos... procuraba tranquilizarla...
Bert apareció por entre los árboles cargado con algunas ramas y cuidando de no ensuciarse aquel pantalón de montar de último modelo. Randolph que lo advirtió, cogió una sartén sucia de hollín y de grasa quemada y al mismo tiempo que se la restregaba contra las perneras, comentó mofándose:
—¡Vaya, así estarás mejor! ¡No tienes que preocuparte más por los calzones! ¡Ahora puedes decir que los llevas de hombre!
Pero aquel estallido de mal humor fue al parecer el mayor acto de violencia de que fuera capaz Randolph, porque seguidamente cayó en un sombrío silencio. Janey, sin despegar los labios le ayudó a preparar la cena, esforzándose en aparecer triste, abatida y aterrorizada, cuando en realidad se sentía loca de contento, porque no cabía duda de que los Durland estaban aterrorizados y ello significaba que su reputación y buen nombre por el momento estaban a salvo. Pero... ¿y si llegaban los vaqueros? ¿Qué ocurriría? ¿O si llegaba alguien que conociera a Randolph? Aquel señor Elliot, por ejemplo... La imagen de los vaqueros le daba escalofríos... en particular aquel Ray, que seguramente querría castigar aquel rapto... al modo del país.
—¡Venga para acá! —gritó Randolph a la señora Durland.
—¿Qué... vaya ahí? —preguntó la aterrorizada mujer, creyendo sin duda de que había llegado su última hora o bien sufrir una afrenta incalificable.
—¡Claro! ¡Recoja su pitanza! ¡Que aquí no hay camareros! ¡Cada uno vale por uno!
El evidente mal humor de Randolph y consiguiente preocupación no habían mermado sus facultades de cocinero, algo que incluso los Durland, una vez aquietados sus inmediatos temores, comprobaron sin lugar a duda. Pera Janey, la cena, además dé satisfacer su apetito fue motivo de satisfacción viendo cómo los Durland se sentían cada vez más presos de la situación. Los postres fueron una observación de Randolph dirigida a la señora Durland, advirtiéndola de que nada tendría de extraño que sus huesos fueron roídos por los coyotes porque...
—He abierto y examinado su equipaje y provisiones.
Al parecer creían que iban a una excursión de merienda. ¿Cómo fue el que no se informaran mejor? —preguntó Randolph.
—El indio... el guía tragaba con tal voracidad... casi se lo comió todo... —observó Bert.
—Pues estamos aviados... Veré si tumbo alguna cabra...
Terminada la cena, ordenó a los Durland que prepararan sus petates al pie del escarpado. A Bert le dio permiso para que cortara algunas ramas tiernas de cedro y las extendiera debajo de las mantas. Randolph aportó más leña para mantener el fuego encendido durante la noche, mientras Janey permanecía sentada, silenciosa, contemplando cómo las sombras se adueñaban del cañón, acentuando lo solitario del lugar.
De pronto, la señora Durland que se había sentado junto a Janey, le dijo:
—No sé... Esté bandido me parece que tiene un carácter algo extraño. No me sorprendería saber de que un día fue una persona harto distinta a la de ahora. Tiene, ¿cómo lo diría?... porte... raza. Debe proceder de buena familia...
—Desde luego, Black Dick tiene fama de cumplir siempre su palabra, si bien roba cuanto le viene a mano y no duda en disparar contra quien se le opone. Es muy rápido con el revólver.
Bert que había oído aquellas palabras, Observó:
—Janey, te ruego que me perdones todo cuanto te he dicho antes. Si... salimos de ésta con bien... por mí, todo será como antes...
—Ah... sí... claro... —respondió la aludida evasivamente.
Aquel Bert estaba equivocado. Nada sería ya como antes. El mundo, el suyo por lo menos, había cambiado de forma prodigiosa. Aquel Bert Durland estaba demasiado aturdido y también, asustado, para darse cuenta de la realidad.
Pero era inútil discutir...
—¿Dónde duerme... él? —preguntó la señora Durland con cierta aprehensión.
—¿Black Dick? Cuando duerme lo hace junto al fuego, pero no se fíe... creo que es una lechuza...
—Y tú... ¿Dónde te acuestas? —quiso saber Bert.
—Ahí arriba, en esa repisa de roca.
—¿No sería mejor que se tendiera junto a nosotros? —preguntó la madre de Bert.
—Black Dick no lo consentirá.
El fuego disipaba la oscuridad debajo del saledizo de roca, pero no ahuyentaba los sombríos pensamientos de los que allí acampaban. Por fin, Janey se apartó unos pasos para sumirse en sus pensamientos. Sentía su corazón lleno, repleto de algo desconocido, áspero y dulce al mismo tiempo. Por ello intentó poner en orden sus sentimientos, analizarlos y calibrarlos en su justa medida. Desde luego, no. podía resistir a los Durland; debía perdonar a su buen padre, que si en algo había errado había sido por un excesivo amor y cariño hacia ella.
¿Qué ocurriría en los próximos días? Randolph no podía hacer otra cosa que aguardar en aquel lugar, retenerlos aunque perecieran de hambre. Le había tentado para que obrara como lo había hecho... pero aquel castigo que le había infligido... no tenía perdón. La oscuridad de la noche veló el rubor en las mejillas de Janey.
Prosiguió meditando. Podían pasar por allí indios, turistas, pastores y ¿por qué no? incluso vagabundos que resultaran peligrosos. Todo ello era posible, si bien poco probable. Pero lo cierto era que llegarían los vaqueros; lo deseaba y... lo temía. Comprendía que estaba en desacuerdo consigo misma, deseaba demasiadas cosas contradictorias... que los Durland se fueran asustados de Arizona... conservando el terror que ahora sentían; que cayeran sobre la cabeza de Phillip toda clase de desgracias, castigos y penitencias, reservándose a su placer su posterior mitigación y ¿por qué no? compensación. Quería reducirlo a la más humillante degradación, que pidiera... que rogara la horca... que gustara la amargura del arrepentimiento... entonces ella decidiría y de antemano ya sabía cómo, desde que descubriera aquel perdido poblado de Beckyshibeta. Fue entonces cuando comenzó a preguntarse lo que le ocurría; a percibir un cambio sutil en sus sentimientos. Odiaba, sin duda alguna, pero ya no sabía qué...Temía de que aquel pedestal de pensamiento y de la vida moderna, aquel momento de libertad, de independencia, de igualdad se viniera al suelo con estrépito horroroso.
Sentose sobre sus mantas, cruzando los brazos alrededor de las rodillas, contemplando a la señora Durland y a su hijo que continuaban cuchicheando cerca de la hoguera, lanzando furtivas miradas de soslayo a los petates que iban a ser sus lechos. Súbitamente apareció Randolph, como surgiendo de las tinieblas y le dijo a la madre:
—¡Vamos, a la cama, señora! ¿Cómo es que todavía no se ha acostado? ¿Acaso espera que la cubra con las mantas? ¿A la cama, he dicho!
Dirigiéndose a Bert, prosiguió:
—Y tú, amigo, te quedas aquí haciendo la primera guardia. Cuando sea la hora conveniente te relevaré... pero ojo con hacer tonterías, ¿eh? Que tengo el sueño muy ligero.
La señora Durland obedeció sin replicar. Randolph se envolvió entre sus mantas y allí quedó Bert, junto al fuego, contemplando las llamas, absorto en sus pensamientos. Janey se tendió también, contemplando las danzantes sombras que la hoguera proyectaba en el techo rocoso de su refugio. Con un suspiro de satisfacción se dijo que prefería aquella yacija al más suntuoso lecho... el poblado de Beckyshibeta casi al alcance de la mano... los cedros susurrando viejas fábulas...
Los sueños de Janey fueron interrumpidos por fuertes voces. Randolph los llamaba para desayunar. Janey se sentó e intentó arreglarse lo mejor posible. El pequeño espejo le aseguró de que no necesitaba maquillaje, su cutis adquiría un bello tono dorado y se acentuaba el brillo da sus ojos.
Descendió de su dormitorio y caminó hasta la hoguera. Reinaba mal ambiente. Randolph apenas contestó a sus «buenos días» y desde luego no la miró. Bert mostraba los ojos hinchados y un rostro sombrío; su madre, era la verdadera muestra de una ruina... femenina.
—¡ Pero si parece que ha dormido como un tronco) —exclamó la señora Durland, admirada.
—Claro, ¿por qué no? —contestó Janey, con semblante alegre.
—¡Dios quiera que no tenga que pasar otra noche semejante! ¡Qué horror! —exclamó la señora Durland, estremeciéndose—. ¡Tendida sobre guijarros puntiagudos que se me clavaban por todo el cuerpo! ¡Si creo que lo tengo agujereado por todas partes! ¡Los mosquitos devorándome! ¡Ciertos bichos paseando por encima de las mantas! ¡Tiritando de frío y de horror! ¡No he pegado un ojo!
—Desde luego es algo lamentable, pero ya se acostumbrará. ¿No es así, señor Dick?
—Algunos sabios afirman que el ser humano es capaz de acostumbrarse a todo dolor. Pero yo, por lo menos, no lo creo así —contestó Randolph con voz profunda, lanzando una fría mirada a Janey.
La señora Durland esforzándose en sonreír, preguntó:
—Señor Black Dick... ¿Siempre ha vivido así... tan solitario?
—No, señora. En otros tiempos fui una persona respetable. Mi desgracia fue causada por una mujer.
Aquella revelación fue escuchada en silencio, que perduró hasta que fue roto por el choque de las patas de unos caballos contra las rocas.
Randolph se puso en pie y tras mirar un instante a lo lejos, anunció:
—Por el cañón bajan unos indios.
—¡Válgame Dios! ¿Son... peligrosos?-preguntó la señora Durland, angustiada.
—Psé... ¿Quién lo sabe? Por lo menos son navajos y se dicen amigos de los blancos —contestó Randolph.
Por debajo de las ramas de los árboles, aparecieron tres pieles rojas ataviados de forma pintoresca. Uno, mirando intensamente a Janey, descabalgó con aire decidido. De estatura elevada, se cubría con un gran sombrero adornado con ancha cinta. Janey observó que tenía un rostro muy encamado. Calzaba mocasines, vestía calzones de pana sujetos por un ancho cinto de cuero con hebilla de plata y camisa de lana color castaño.
—Conviene comer mientras haya apetito —advirtió; Randolph.
Seguidamente habló a los navajos en su lengua. Por sus gestos cupo suponer que les invitaba a tomar parte en su desayuno. Janey tuvo la intuición de que había tenido la suerte de haber dejado limpio su plato, porque los recién llegados comenzaron a echar mano de los manjares en forma tal que las patatas, los bizcochos y las tortillas desaparecían como por ensalmo. La señora Durland, que había dejado su plato sobre una piedra, quedó asombrada al ver cómo uno de aquellos pieles rojas se apoderaba de él y despachaba su contenido en un abrir y cerrar de ojos. Cabe advertir, que conforme a la etiqueta de los navajos, quien no sostiene su plato, significa que no quiere más comida.
—¡Bueno! —gruñía el piel roja de elevada estatura a cada bocado.
Randolph había preparado bizcochos grandes como panes, pero aquellos huéspedes se los tragaban casi enteros.
—¡Este tipo se ha comido casi todo mi desayuno! —gimió la señora Durland.
Su hijo no pudo por menos que hacerle coro, exclamando:
—¡Que lo digas! Este que tengo al lado ha engullido nueve bizcochos en un santiamén. Los he contado.
—El señor Dick ha afirmado que eran amigos... No sé en qué consistirá su concepto de amistad —se condolió la madre.
Randolph musitó a Janey:
—Ese tipo grande se siente conquistador. No haga ningún gesto que le aliente y no se separe de mí o tendremos dificultades.
—No me apartaré de aquí, Phillip. ¿Cómo se llama él amigo?
—No se sabe de cierto, pero los vaqueros le apodan «Cara de Jamón».
Janey le miró a hurtadillas. Desde luego el apodo te cuadraba. No cabía discernir de si era joven o viejo. Tenía los ojos grandes, penetrantes, pero con mirada algo melancólica. Su rostro, a pesar del color, parecía tener rasgos enérgicos. Se había sentado frente a la señora Durland y le hablaba en su lengua navajo.
—¿Qué... qué dice? —preguntó ella, medio fascinada y algo asustada.
—Señora Durland, siento de que no pueda traducir el navajo con soltura suficiente como para darle una exacta interpretación, pero en resumidas cuentas quiere saber el porqué lleva usted pantalones masculinos —explicó Randolph.
Janey no creyó en ninguna de aquellas palabras. Sabía cuando Randolph mentía o no.
—¡Salvaje desvergonzado! —gritó indignada la señora.
«Cara de Jamón» tomó a dirigirle la palabra con el rostro impertérrito hablando con pausa y grave acento.
Randolph tradujo de nuevo:
—Pregunta si es usted la esposa de algún hombre.
—¡Madre, has hecho una conquista! —exclamó Bert alborozado.
Aquello, al parecer, era mucho más de lo que podía soportar la señora Durland, porque alzándose airada, echó a andar alejándose del grupo. «Cara de Jamón» la siguió» sin duda conforme cabía deducir, atraído por la ropa que vestía. Desde luego, se dijo Janey, aquella mujer ya de edad madura, con pantalones de montar harto ajustados, era una figura bastante chocante. Cuando la señora Durland advirtió que el gran navajo la seguía a pocos pasos, su indignación subió hasta tal punto que regresó hacia la hoguera, gritando y casi llorando:
—¿Por qué me sigue este loco? ¿Por qué no me deja en paz?
Finalmente optó por sentarse junto a su hijo, roja de indignación, golpeando el suelo con el tacón de una de sus botas. «Cara de Jamón» prosiguió examinándola con mirada seria.
—¡Luego podremos leer todo eso del noble salvaje! ¡Cuando en realidad son unos bestias mal educados! ¿Por qué no se van de una vez? —gimió colérica.
Pero los tres navajos no tenían prisa, al parecer. Mientras «Cara de Jamón» dedicaba sus atenciones a la señora Durland, sus dos Compañeros pasaban el tiempo fumando y hablando con Randolph en voz baja. Janey se había refugiado detrás de un par de fardos. Bert se esforzaba en aparentar de que nada ocurría. Por fin la persistente atención del «Cara de Jamón» para con la señora Durland acabó con los nervios de ésta, porque poniéndose en pie le soltó una filípica como pocas veces oída.
«Cara de Jamón» imperturbable encendió un cigarrillo ¿ y luego de un par de bocanadas, hablando con igual fluidez y claridad que la indignada mujer, le contestó:
—Señora, usted perdone. Pero es la mujer de edad, digamos avanzada, más original que he visto en mi vida. Me hubiera gustado presentarla a mis esposas, porque cuando estuve en Nueva York y en París con el ejército durante la guerra, vi mujeres vestidas estrafalariamente, pero francamente usted, señora, sobrepasa a cuanto hubiese podido^ imaginarme.
Ira señora Durland quedó boquiabierta, sus ojos se abrieron desmesuradamente y con un ligero gemido quedó sentada sobre una piedra, imagen viva de la estupefacción. Janey, detrás de los fardos, apresuróse a meter su pañuelo en la boca para ahogar las carcajadas que pugnaban en su garganta. El navajo había sabido herir en lo más vivo de aquella mujer.
«Cara de Jamón» se apartó de la señora Durland y luego de lanzar una enigmática mirada a Janey, se unió al grupo que formaban sus dos compañeros de tribu y Randolph. Conversaron unos instantes y seguidamente los tres pieles rojas montaron en sus caballos para proseguir el camino. Al pasar ante la abatida señora Durland, «Cara de Jamón» alzó una mano hacia ella en señal de despedida y gritándole:
—¡Adiós, pequeña Eva!
Cuando hubieron desaparecido, la señora Durland salió de su estupefacción, gritando y gimiendo:
—¡Este salvaje pelilargo! ¡Pensar que entendía perfectamente todo cuanto he dicho» ¡Ha añadido el insulto a la injuria! ¡Daré parte a las autoridades! ¡Me quejaré al gobernador! ¡Maldita Arizona! ¡Todos son unos hipócritas! ¡Embusteros! ¡Sucios vaqueros! ¡Pieles rojas salvajes! ¡Ladrones y asesinos! ¡Hijo, hijo mío, sácame de aquí inmediatamente! ¡Quiero irme... en seguida! ¡En seguida!
—Madre... cálmate, porque me parece que todavía hemos de pasar por lo peor —advirtió su hijo, con rostro serio.
Janéy también se había levantado, mirando a Randolph, quien de pie parecía estar escuchando con toda su atención.
—¿Qué ocurre? —le preguntó en voz baja.
—No lo sé, pero... creí oír un caballo. No de los indios... sino herrado por ahí abajo... —le contestó
Randolph, pero sus conjeturas fueron interrumpidas por un estentóreo:
—¡Arriba las manos! —que restalló a sus espaldas. Janey quedó tan sorprendida y paralizada que no supo qué hacer; pero Randolph levantó los brazos lentamente mientras se volvía hacia donde venía aquella orden. Con aflicción, murmuró:
—¡Lo que faltaba! ¡Ahí tenemos al verdadero Black Dick!
A Janey le pareció que se le detenía el corazón. Volviéndose también, vio venir hacia ella a dos_ jinetes de rudo aspecto. El que cabalgaba delante empuñaba un revólver de grandes dimensiones, que con mano firme apuntaba a Randolph, mientras le decía como si se tratara de algo sin importancia:
—¡Hola, profesor! ¡No se mueva, por favor! ¡Snitz, cuidará de su arma! ¡Usted no está acostumbrado y podría lastimarse con ella!
El segundo jinete, un tipo pequeño, de roja faz y rubicundos cabellos, pernicorto y con pesadas chaparreras, desarmó a Randolph y con la mayor tranquilidad le sacó la cartera que llevaba en un bolsillo posterior del pantalón. La palpó, observando con disgusto:
—Malo, parece muy flaca. Esto de las investigaciones no da para mucho. Quizá el resto de la compañía esté mejor provisto...
La señora Durland y su hijo se mantenían inmóviles brazos en alto y sin pestañear. El primer jinete indicándoles con un gesto, le dijo al pernicorto:
—Quizá «blancos calzones» tenga un buen zurrón y si no es así, échale la mano a esa cara de hacha.
El registro de Bert sólo sacó a la luz del sol unos billetes de poco valor y alguna moheda menuda.
—¡Hay que Ver cómo está el mundo! —se lamentó el primer jinete—. Tanto atuendo y resulta que no llevan ni un real... ¿por qué? Porque no lo tienen. Todo es pura fachada. Lo que digo siempre. Ya no queda vergüenza, eso es. Y usted, señora, ¿no tiene nada para ayuda de viaje?
—Aquí, no... señor —balbuceó la señora Durland. Era de ver que no sólo mentía, sino que también estaba aterrorizada. El primer jinete, prosiguió, burlón: —Perdone, señora, el que me haya dirigido a usted sin presentarme. Soy Black Dick, harto conocido por esta comarca y este muchacho es mi socio. Se llama Snitz Jones.
—¡Santo cielo! ¿Es que hay dos Black Dick? —gimió la abatida señora Durland.
—¡Caramba, señora, le aseguro por mi honor de que sólo hay uno y éste soy yo! —afirmó el jinete, inclinándose ligeramente, en ademán, de cortesía.
—¡Es que éste también se denomina Black Dick! —exclamó su interlocutora indicando a Randolph con ademán de desconcierto.
—¡Así es! ¡Lo ha asegurado repetidas veces! —confirmó su hijo.
—Tonterías! ¡Yo soy Black Dick! Pero, calle... quizá quiso bromear a mi costa... o darse importancia...
—¿Pero... es verdad de que él no es Black Dick y de que sí que lo es usted? —preguntó asombrada la señora Durland
—¡Señora, ya le he dicho que esto es la pura y cristalina verdad! —reiteró el interpelado.
—¿Quién es... entonces... este hombre?
—¿Éste...? Desde luego no lo sé con certeza; los vaqueros le llaman profesor Randolph, pero a su espalda, cuando no puede oírlos, le apodan «cavahuesos».
El arqueólogo, comprendiendo de que ya no cabía prolongar la comedia, dejó caer sus brazos, sentándose sobre una piedra y lanzando una breve carcajada. Janey se dijo al mismo tiempo de que todo había sido en vano.
—¡Embustero! ¡Impostor! —estalló la señora Durland con furia.
—Amigo Snitz, creo que hemos metido la pata —comentó Black Dick, con soma y prosiguió—: Es lamentable, pero comprenderán ustedes de que los negocios son los negocios. Por lo tanto, mi socio se encargará de recoger... sus donativos...
—¡Suelta la-pasta, madrecita! —ordenó Snitz a la señora Durland, extendiendo su mano.
—Ya le he dicho que nada... nada tengo conmigo —balbuceó la mujer.
—¡Regístrala, Snitz! ¡Mantenga los brazos en alto! —ordenó Black Dick secamente.
Aquel rufián de pelo rubicundo mostró tal viveza y alegría, que era evidente que aguardaba aquella orden con impaciencia. Janey se preguntó angustiada lo que iba a ser de ella.
Snitz echando mano a la cartera que la señora Durland llevaba al hombro y agitándola con ambas manos, exclamó:
—¡Vaya! ¡Vaya! Aquí hay algo y que suena... que suena muy bien...
—¡Ladrón! ¡Sinvergüenza! ¡Miserable! —gritaba la despojada.
Pero Snitz, sin preocuparse por los epítetos abrió la cartera y alzó en alto, mostrándolos, varios billetes de importante valor, monedas y... ¡joyas!
—¡Arrea! —exclamó entusiasmado—. ¡Qué golpe, jefe! ¡Claro que la vieja ésta tiene motivo para chillar tanto! ¡Hay que ver!
—¡Sí, chico, parece que el negocio comienza a marchar! —admitió Black Dick, con sonrisa satisfecha—. ¡Es lo que llaman la coyuntura... económica! ¡Trae para acá y así tendrás ambas manos libres para ver lo que ofrece esta chica tan mona! ¡Por la mirada de esos ojos... vale un millón! ¡Qué bombón!
Cuando Snitz siguiendo la orden de su jefe fue hacia Janey, ésta chilló desesperada:
—¡Phillip! ¡No deje que me toque! ¡No lo consienta!
—Lo siento, niña... están armados... —advirtió Randolph.
Con un gesto brusco, Janey se arrancó el anillo con el diamante del dedo y lanzándolo a la palma abierta de Snitz, le dijo con acento sereno y terminante:
—Esto es todo cuanto tengo. Digo la verdad.
—Chica no tienes cara de embustera, pero el caso es que no podemos fiamos de nadie. Ya has oído mi anterior opinión del mundo actual —observó Black Dick.
—A lo mejor te equivocas. Lo mejor será que te registre. Así saldremos de dudas —decidió Snitz, extendiendo los brazos hacia ella.
Pero en cuanto la tocó, relampaguearon los ojos de Janey. Con una fuerte sacudida se libró de la mano del rufián, al mismo tiempo que lanzaba el puño cerrado contra su rostro, golpe que Snitz apenas pudo evitar.
—¡Atiza! —exclamó el bandido asombrado.
—¡Vete con cuidado! ¡A ver si te tumba! ¡Esta chica conoce todas las reglas, Snitz! ¡Si llega a darte, ahora estarlas contando los estrellas a pleno sol!
Janey, con mirada feroz, advirtió al aludido:
—¡Maldito forajido! ¡Cómo vuelvas a tocarme, te parto la cabeza!
No cabía duda de que Black Dick se divertía con la escena, pero Snitz no estaba tranquilo. Era evidente de que aquella chica era peligrosa.
—Jefe, esta gata no se para en barras. Fíjese en las muñecas... indica que sabe manejar los puños... Tendrá que ayudarme... —observó Snitz.
—Desde luego creo que tienes razón —admitió su compinche—. Mira, para que no digan luego... vamos a creerla, bajo palabra. Nos comportaremos como caballeros. Veamos, pequeña, ¿de veras que no tienes otra cosa que el anillo que acabas de entregar?
—Eso era todo —contestó Janey con un bufido.
—Da la vuelta lentamente. No te tocaremos, pero queremos cercioramos.
Janey obedeció.
—No tan aprisa —observó Black Dick—. Vuelve a hacerlo, pero lentamente.
Janey volvió a girar sobre sus pies, como si fuera una bailarina.
—Desde luego estoy dispuesto a jurar que nada lleva encima... ni una moneda de un céntimo —firmó Snitz.
Black Dick, mirándola de arriba abajo, confirmó:
—Así parece. Desde luego si escondiera una moneda, por pequeña que fuera... se notaría.

10

—OYE PEQUEÑA... ¿No comienzas a estar demasiado crecidita para esa ropa que llevas? —preguntó Black Dick.
—Nos cogió la lluvia y toda la ropa se me encogió —explicó Janey.
—Ahora comienzo a explicármelo, porque ya tendrás tus dieciséis años, ¿no es así?
—¡Algunos más! —exclamó Janey.
—¿Cuántos?
—Varios.
—Pues no lo parece y con esa ropa menos. Creo que tu madre hace muy mal permitiendo que corretees por ahí con esas rodillas tan gruesas al aire...
—¿Quién dice que son gruesas? ¡No es verdad! —la interrumpió Janey indignada.
—Bueno, no te enfades, pero por lo menos al aire... y no te sulfures, que antes tú me has hecho un sermón y yo lo he aguantado.
Dirigiéndose a su compañero, le ordenó:
—Mira si en los equipajes hay algo que valga la pena... y que nos pueda ser útil.
Mientras Snitz examinaba lo que había en el campamento, Black Dick, encarándose con la anonadada y apesarada señora Durland, dijo:
—Mire, señora, su chica tiene sus dieciocho anos y sea yo quien sea por lo menos gracias a mi edad, he de decirle que la educa de una forma indecente... ¡Ir por estos desiertos con tales prendas! ¡Habráse visto jamás cosa semejante! ¡Porque es algo indecoroso... ni seguro!... puede tropezar con tipos que no sean unos caballeros como nosotros, Snitz y yo.
El asombro que produjeron aquellas palabras en la señora Durland tuvieron la virtud de arrancarla de su postración. Black Dick observó aquella reacción con evidente complacencia, porque prosiguió:
—Desde luego, en los primeros instantes, cuando la vi, creí que era una chica de las que todavía van a la escuela con calcetines blancos hasta debajo de las rodillas. Muy monas... Pero, señora, tenga presente que ya está... pasada de edad para estas niñerías. Francamente, señora, creo que debería avergonzarse de permitirle deambular así por estos mundos...
—¿Mi hija? —le interrumpió la señora Durland encolerizada—. ¿Qué dice este hombre? ¿Que esa es mi hija? ¡Ni pensarlo! ¿Qué se ha creído?
—¿Qué no es su hija? Caramba, señora, pues usted dispense. Había supuesto de que era la hermana de este mocoso que la acompaña... porque éste sí que es hijo suyo, ¿no es verdad? —preguntó Black Dick sin inmutarse y prosiguió—: Claro, que por los rasgos del rostro y por el porte ya debía haberme dado cuenta... de que no eran hermanos.
Snitz llegó en aquel momento junto al grupo, trayendo consigo varias cosas que había hallado en las bolsas de la silla de montar de la señora Durland. Una era una especie de cartera plana que Black Dick abrió, sacando unos guantes, pañuelos, una polvera, un lápiz labial, un frasco con perfume y una revista ilustrada con cubierta a todo color. Black Dick, luego de hojearla un instante, ordenó de nuevo:
—Snitz, revuélvelo todo... a ver si hay otras.
Seguidamente volvióse a Janey, que si bien no se había apartado de los fardos, había oído toda la filípica de Black Dick y se había preparado para el inevitable interrogatorio. El forajido hallose frente a un rostro compungido y lloroso.
—Anda, tranquilízate y dice cómo te llamas —le dijo Black Dick.
—Janey.
—Bonito nombre. Te cuadra. ¿Por qué lloras?
—Estoy... estoy asustada... tengo miedo...
—¿De mí?
—No de usted... de usted no... que es un valiente... Es de estos, que me han raptado... para pedir un rescate a mi padre...
—¿Qué te han raptado? ¿Quién...? ¿Acaso este Randolph que ha pretendido hacerse pasar por mí? —preguntó Black Dick con curiosidad creciente e instó-A ver... cuénteme...
—Supongo que lo dijo para intimidarme... pero no se parece mí nada a usted...
Frunciendo el entrecejo, Black Dick, comentó:
—Conque la vieja clueca se dedica a los raptos, ¿eh? Vaya, vaya... y este respetable profesor también está envuelto en ello. ¡ Quién lo hubiera dicho! Desde luego, vaya gentecita. Personalmente, no soy otra cosa que una vulgar rata del desierto, arrancando de aquí y de allá algo con que mal vivir, pero en cuanto te vi ya tuve la impresión de que eras una buena chica. Esto de raptar mujeres para cobrar un rescate, es algo muy feo... Lo que me hizo juzgarte erróneamente fue esa ropa que llevas.
Muchas gracias, señor Black Dick —respondió Janey con sincero agradecimiento.
—Lo que no sé es qué voy a hacer con esta gallina vieja —observó en voz alta y dándose cuenta de la presencia dé Randolph, prosiguió—: Lo que no acabo de entender es por qué usted ha tomado mi nombre... ¿No comprende de que es algo peligroso? ¿Que cualquiera puede sentir la tentación de descerrajarle un tiro?
—Jamás pensé en ello y la verdad es que en el momento en que me apropié de su nombre, tampoco me hubiese importado... acepté representar un papel en cierta comedia e incluso ahora que pienso en ello, me fue sugerida la idea...
Aquello, al parecer, interesó a Black Dick, porque entabló una conversación, pero en tono tan bajo que Janey no pudo cazar ni una sola sílaba.
Snitz, llegando de nuevo hasta donde estaban, anunció:
—Jefe, nada hay que merezca la pena de cargar con ello, excepto los víveres.
—Está bien, Snitz. ¿Pues sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¡Comer! Y cocido por la aristocracia.
Así diciendo se acercó a la señora Durland contoneándose, el sombrero ladeado, el pulgar de la derecha enganchado en la abertura del chaleco y en la mano izquierda, enrollada, la revista que antes le había traído su amigo Snitz.
Tras una versallesca reverencia, dijo:
—Señora, ha sido usted escogida para cocinar una comida para Black Dick y su escudero... y si no consigue un resultado satisfactorio, creeré que mi inmediato deber es enseñarle a mi modo cómo hacerlo.
La señora Durland retrocedió con el espanto reflejado en su rostro.
—Me gustan las mujeres con salero —prosiguió el forajido—. Que sepan cantar y tomarse una copa y nada de gimoteos, ¿entendido?
—¡Bestia! ¡Canalla! —gritó la señora Durland, echando a correr hacia la hoguera.
Black Dick, la siguió y cuando de nuevo estuvo frente a ella, echándose el sombrero hacia atrás con un ademán del pulgar, prosiguió:
—¡ Pues apúrese, porque tengo hambre! ¡ Su hijo, ése de los calzones blancos le ayudará a avivar el fuego! Desde luego, también pueden cocinarse lo que más deseen, pero... no malgasten todo el día en ello.
Janey observó que aquel par de forajidos, a pesar de proceder al despojo de sus bienes y de los víveres, charlas y alusiones, no dejaban de examinar de vez en cuando la parte alta y baja del cañón. Sobre todo el más joven, Snitz, parecía estar siempre sobre avisó. Era como si aquellos salteadores aguardaran a alguien o bien actuaban como mera rutina de vigilancia y de desconfianza.
La pareja aquella se sentó muy junta, para examinar la revista ilustrada que había hallado Snitz. A Janey le pareció recordar alguna escena vista, de un par de escolares contemplando algo prohibido. Desde luego, todos aquellos vaqueros y hombres semejantes del país tenían por común un rasgo de amigos de la broma.
Las grandes manos de Dick fueron volviendo lentamente las páginas de la revista. De pronto quedaron como petrificadas y luego al unísono, ambos hundieron sus cabezas para ver algo que había llamado su atención, al mismo tiempo que Black Dick exclamaba:
—¡Santo cielo!
Y Snitz subrayaba:
—¡Qué bombón!
Al girar una página acompañado por una risita picara, Black Dick vio a Janey y con la mano le indicó que se alejara, porque sin duda juzgaba que los comentarios de ambos no eran propios para sus castos oídos. Seguidamente, Black Dick giró otra página y de nuevo surgieron los comentarios a media palabra, los cuchicheos y las risitas ahogadas. Otra página provocó una ahogada exclamación de admiración de Snitz y algo semejante a una interjección de Black Dick. Ambos parecían unas estatuas, en muda contemplación.
Pero de pronto, Black Dick, exclamó:
—¡Snitz! ¿Pero tú ves... lo que yo veo?
—Veo a una señora en el jardín del Edén —contestó su compañero con hondo suspiro.
—¡Qué señora ni qué ocho cuartos! ¡Si no lleva nada encima! ¡Desnuda, tal como su madre la trajo al mundo! ¡El mundo está volviéndose loco!
—Me pregunto quién debió tomar la fotografía. Porqué es de suponer que lo hizo un fotógrafo —razonó Snitz.
—¡Claro!... ¿Cómo si no? Desde luego yo no la hago ni por un millón de dólares.
—Pues yo... la tomo gratis —afirmó Snitz.
Black Dick continuó girando las páginas, lentamente, casi con cuidado, como si temiera de que en alguna hubiera una bomba que pudiera explotarle entre las manos.
De pronto, le dijo a su compañero:
—Mira aquí hay una vestida o por lo menos así lo parece...
—Una artista... Pues no está mal, ¿verdad?... Pero, ¿acaso no hay hombres en Nueva York? Porque cuando las mujeres se atreven a ir desnudas...,
—Ten presente que los hombres, por mucho que digan, deciden poco —objetó Black Dick con calma—. Desde que Eva se lío con aquella serpiente endemoniada, ésta le enseñó todos los trucos... y a los hombres que quieren permanecer, lo que podríamos decir machos, los matan haciéndoles trabajar, o se echan al campo como nosotros o van a parar a presidio.
—Pero Dick, si todavía no hace mucho tiempo que lo más sugerente y desvergonzado que se nos ofrecía era alguna chica ligera de ropa en las litografías de las cajetillas de cigarrillos —observó Snitz.
—Desde luego... sólo que de ello ya hace mucho tiempo. Ahora todo va muy de prisa. Este mundo va a convertirse en un infierno...
—¡Alto! —exclamó Snitz sujetando la mano de su compañero—. ¡No gires tan aprisa, hombre! ¡Aquí hay algo bueno!
—¿Bueno dices? Bien se ve que eres un ignorante. ¿Qué hay de bueno aquí? ¿Dos chicas medio desnudas, en una habitación y fumando? ¿Bueno, bonito? Pornografía, nada más.
—Vamos, creo que exageras —objetó su compañero—. ¿Al fin y al cabo qué hay? Pues... la pura realidad.
—Oye, Snitz, todo lo que hay en estas páginas no cabe tomarlo á la ligera. Es más grave de lo que parece. Aquí he visto las fotografías más desvergonzadas que jamás pude imaginar... Desde luego, es un alivio saber que uno no es tan malo. No cabe duda de que más de un día pasamos hambre, aguardando a la ocasión de dar un golpe como éste de hoy. Hay que aceptar de que por lo general vamos sucios y sin afeitar, aparte de que media docena de sheriffs corren detrás de nosotros y otra media docena nos tiene un ojo encima. Pero por lo que me atañe... no me cambio por otra gente y mucho menos por este fotógrafo...
—Estoy de acuerdo contigo, Dick, Dame el ancho cielo estrellado del campo libre y no me metas en estos vericuetos tan complicados —aseguró Snitz, mirando según su costumbre arriba y abajo del cañón.
Mientras, su compañero contemplaba aquella revista con el ceño fruncido, como si estuviera ante un enigma. Janey se dijo que los esfuerzos de aquellos sheriff que los perseguían, mencionados par Black Dick, bien pudiera ser energía empleada en causa mejor.
La señora Durland los llamó, diciéndoles de que la comida ya estaba dispuesta. La mujer tenía el rostro enrojecido y la nariz manchada, pero no cabía duda de que estaba segura de lo que había cocinado, porque sus palabras tenían un tono firme y seguro que hasta entonces jamás se había oído en ella. Snitz, con una exclamación de placer anticipado plegó las piernas debajo de su cuerpo, al sentarse en el suelo. Black Dick, con calma examinó el blanco mantel sobre el cual estaban las viandas, y dijo con satisfacción evidente:
—¡Caramba! Si ahora no estoy soñando, no tardaré en sufrir una pesadilla con el atracón que voy a darme.
Seguidamente sentose también y viendo que Snitz no había desplegado la servilleta que le había preparado la señora Durland, se la mostró con enérgico ademán.
Su compañero preguntó, extrañado, y con la boca llena:
—¿Para qué sirve esto?
—¡Villano ignorante! A veces me pregunto si no te crió una vaca. ¡Esto es para que te limpies los morros!
Janey había visto a vaqueros sentarse a comer con hambre, pero jamás imaginó que vería un día lo que entonces contemplaba. Aquel continuo masticar turbaba, incluso alarmaba. No cabía duda de que la señora Durland había desplegado sus artes culinarias para conseguir el agradecimiento de aquellos forajidos o quizá con el propósito de eliminarlos mediante una indigestión. Los emparedados, las tortas, las sardinas, el queso, las aceitunas, los pepinillos en vinagre, el escabeche, el jamón, en resumen toda clase de vianda condimentada o sin condimentar desaparecía por aquellas gargantas como por arte de magia, acompañada por sendas porciones de patatas, bizcochos y judías. Cuando las fuentes estuvieron tan limpias que ni un gato hubiera hallado sabor en ellas. Black Dick se levantó y quitándose el sombrero se inclinó ante la señora Durland con reverencia que había conocido mejores días, diciendo:
—Señora, quizá cabrá discutir de sus condiciones morales, pero ante un fogón, le rindo pleitesía de admiración.
Snitz, que también se había levantado y según su inveterada costumbre no cesaba de explorar el horizonte, dijo de pronto:
—Por allá me parece que hay una nube de polvo.
—Súbete a algún lugar elevado mientras voy a por los caballos —contestó su jefe—. A ver si puedes determinar de qué se trata.

Cuando Black Dick regresó con las monturas, Snitz descendió de la roca adonde se había encaramado, anunciando:
—Por el cañón asciende un grupo de pincha-vacas.
Black Dick, montando su caballo y dirigiéndose a la señora Durland, explicó:
—Quiere decir vaqueros —y a guisa de despedida, prosiguió—: Señora, desde luego adivino que nos ha preparado una comida que quizá va a sernos fatal por la indigestión que nos espera, pero gracias de nuevo. Randolph... creo que aquí se va a organizar un baile para adornarle el pescuezo con una corbata de cáñamo o yo no conozco a los vaqueros. Señorita Janey, le deseo mucha suerte... pues la va a necesitar. Bertie, si vuelve a cruzarse en mi camino con esos calzones blancos, se los arrancaré a tiras.
Desde lo alto de su caballo, Snitz le dijo a Janey:
—¡Adiós, bombón! Ten por cierto que me habría complacido verte con mayor detalle y tranquilidad.
Ambos aplicaron las espuelas a sus caballos y casi en seguida desaparecieron entre los árboles.
—¡Gracias al cielo que se fueron! —exclamó la señora Durland, desplomándose sobre una piedra—. ¡Se fueron con todo cuanto tenía... con todo el dinero...! ¡Sin dejarme un céntimo...! ¡Con mis joyas...! ¡Bert Durland, te juro que te arrepentirás de haberme traído a este lugar!
Janey sentía que por instantes crecía en ella su antigua seguridad y confianza. ¡Llegaban los vaqueros! Recordaba de nuevo con todo detalle la humillación sufrida en manos de Randolph... ¡Aquella paliza! Era imposible perdonarla u olvidarla... La ira crecía en su pecho con tal fuerza que parecía que iba a ahogarla. Lo odiaba con toda la intensidad de que era capaz.
—Señor Randolph... llegan los vaqueros —le dijo lentamente, gustando cada palabra.
—Ya lo he oído —contestó el arqueólogo.
Parecía algo pálido, con mirada brillante y dura. Quizá sabía o preveía, mejor que ella, lo que aquello significaba para él. Janey sintió cierto desencanto al ver que no apelaba a su misericordia, pero es que si lo hubiera hecho sólo habría encontrado sus burlas por respuesta y aquella humillación estaba decidido a evitársela.
La nube de polvo ya salía de entre los árboles. El entrechocar de las herraduras contra las rocas, sonaba como: música celestial en los oídos de Janey. Sentía como le palpitaba el corazón. De entre los árboles apareció Ray, cabalgando al frente de sus compañeros. Alzó una mano y todo el grupo se detuvo. ¡Qué aspecto más extraño tenía todo el conjunto! De pronto, Janey, casi sintió el que hubieran venido... no eran aquellos divertidos muchachos que conociera, eran hombres con facciones duras y ceño adusto, de mal presagio. Jamás los había visto silenciosos.
El caballo de Ray avanzó irnos pasos, seguido por sus demás compañeros. El vaquero examinó a los Durland con detención y Janey observó cómo hablaban entre ellos. Seguidamente desmontó Ray y con rápido gesto desenfundé su revólver. Aquel rústico vaquero que siempre lo había dominado con un gesto de su dedo meñique era ahora una persona distinta; los demás desmontaron seguidamente.
—Randolph tiene un arma, pero bien sabe que no merece la pena sacarla —dijo Ray—. Mantened un ojo sobre él mientras me entero de quién son esos otros.
Avanzó hasta hallarse frente a la señora Durland y su hijo. Tras una detenida mirada, preguntó:
—¿Quién son ustedes?
—Soy la señora de Percival Durland, de Nueva York, y éste es mi hijo Bertrand —contestó la interpelada con palabra segura.
—¿Cómo han llegado hasta aquí?
—Nos trajo un guía indio.
—¿Desde cuándo están aquí?
—Me parece que desde hace una eternidad, pero en realidad son dos días.
—¿Por qué han venido?
—Éramos —recalcó la señora Durland significativamente— amigos de la señorita Endicott. En la factoría nos dijeron que estaba aquí y por esto vinimos a su encuentro... de lo que me arrepentiré y avergonzaré toda mi vida.
—¿Quién más ha estado aquí?
—¡Dos miserables forajidos! ¡Black Dick y su compañero! ¡Nos lo han robado todo! —estalló la señora Durland con furia.
—Supongo que nos vieron venir y huyeron inmediata^ mente, ¿no es así?
—Así es. Acaban de irse... ¡con todo cuanto tenía!
—No se lamente, pues ha salido con bien —advirtió Ray—. ¿Encontraron aquí a la señorita Endicott y a Randolph... solos?
—¡Muy solos! ¡Él la raptó!
—O por lo menos es lo que ella afirma —añadió Bert con sarcasmo.
—¿Cómo? ¿Acaso sugiere de que la señorita Endicott vino aquí por su voluntad? —preguntó Ray con parsimonia.
Bert abría la boca para contestar, cuando una de los vaqueros que estaba de espalda giró súbitamente sobre sus talones y con el revés de su mano se la cerró con tal violencia que lo arrojó por el suelo...
—Amigo, lo mejor es que mida sus palabras antes de hablar —comentó Ray, apartando a su compañero.
—¡Maldito país! —aulló la señora Durland—. ¡Todos sois unos salvajes! ¡ Todos sois iguales! ¡ Da lo mismo que seáis vaqueros... bandidos... indios... científicos...! ¡Todos sois unos bestias!
—Señora, cálmese, porque enfureciéndose nada ganará. Ahora, lo mejor que puede hacer es tomar a su niño de la mano y largarse de aquí y... ¡en seguida!
—'¿Irnos? ¡Si es lo que deseo con toda mi alma! Pero... ¿cómo? Este raptor de mujeres ahuyentó a nuestro guía, los forajidos nos han robado el dinero... no sabemos ensillar ni cargar los caballos y por último, ¿cómo encontrar el camino de regreso?
—Bien, pues por lo menos apártense de aquí. Por ahora éste no es un lugar apropiado para ustedes.
Se apartó de los Durland y seguido por Diego, Mohave, Zoroaster y Tay-Tay se encaminó hacia donde se hallaban Randolph y Janey.
Ray miró a Janey con mirada penetrante pero ignota. La muchacha comprendió que para él, como deidad gloriosa, digna de adoración, había cesado. Aquello del rapto la había denigrado en el concepto de Ray. Janey temía mirar al rostro de los demás, por temor a ver confirmada aquella sensación. Era como añadir leña al fuego del furor que sentía arder en su interior.
—Lárguese —le indicó Ray con un ligero ademán de su revólver.
—¿Por qué? —preguntó ella secamente.
—Este no es lugar apropiado para una se... mujer —contestó Ray interrumpiendo la palabra «señorita» y sustituyéndola por «mujer», queriendo significar con ello que ya no les merecía el respeto y cariño que siempre habían demostrado hacia ella. Aquello provocó su furor, casi con la misma violencia como la que sentía contra Randolph.
—Luego que he sufrido lo que yo sé, puedo soportar todo lo que sea. Me quedo —contestó con determinación.
Hay la miró en silencio y dirigiéndose a Randolph, le ordenó:
—Randolph, levántese y ponga sus manos a la espalda.
El arqueólogo, levantándose lentamente, contestó:
—Vete al diablo.
—¡Chicos! ¡Tendedle sobre este bulto y atadle las manos! —ordenó Ray.
La orden fue cumplida en menos tiempo que tardó en ser dada. Randolph quedó de pie con las manos atadas a la espalda y frente a Ray mientras éste le decía:
—Mira, no quiero irme con quien dices... pero tú sí que irás. No es que nos guste oír tu voz, pero si te queda valor, vas a decirnos si es verdad que raptaste a la señorita Endicott.
—Sí que la rapté, trozo de pinchavacas —contestó Randolph.
—¿Lo habéis oído, chicos? —preguntó Ray a sus compañeros.
—Claro que sí y muy bien —contestaron a coro.
—Vamos, preparad un lazo y escoged un árbol lo suficiente alto para colgarlo —decidió Ray, empujando a Randolph para que caminara ante él.
Formando un grupo llegaron hasta los árboles, dejando a Janey paralizada por el horror. Violes detenerse al pie de uno de los cedros y hablar entre ellos, mientras los Durland llegaban hasta ella, preguntando:
—¿Qué ocurre? ¿Qué van a hacer?
—Van a ahorcarlo —susurró Janey, horrorizada.
—¡Lo que se merece! ¡Lástima que no le den por pareja a ese maldito Black Dick! —exclamó la señora Durland con satisfacción.
Aquellas palabras hicieron reaccionar a Janey. Corrió hacia el grupo, oyendo tras de sí las pisadas de los Durland que la seguían, mientras se preguntaba, angustiada, qué podía hacer para evitar lo irremediable. Los vaqueros no estaban de acuerdo... discutían, mas cuando advirtieron su llegada guardaron silencio. Randolph aparecía como el más tranquilo de todos. La mirada que le lanzó Ray era helada. No había temido a Black Dick, pero aquel vaquero era como un ángel vengador... De pronto sintió como su odio y furor contra Randolph se desvanecían como si jamás hubiesen existido...
—¡Ray! ¡Qué intentan hacer? —preguntó, procurando dominar su voz.
—Algo para que este científico de pacotilla no vuelva a raptar muchachas.
—¡Pero esta cuerda! ¿Cómo se atreven a ahorcarlo?
¿Con cuál autoridad? ¡ Si lo hacen correrán la misma suerte! ¡Hay que juzgarlo! ¡Es un asesinato!
—Le estamos muy agradecidos por preocuparse por nosotros, señorita —contestó Ray con ironía—. Pero en Arizona, el deber y la ley son la misma cosa... Ahorcando a este tipo le ahorramos al estado los gastos de la cárcel.
—¡Pero nada hizo que comporte tan terrible pena... irreparable!
—Veamos, jovencita. Randolph la raptó, ¿no es así?
—Así fue —convino Janey.
—Pues no hay de qué más hablar. Si alguna duda cupiera, queda disipada —afirmó el vaquero, mirándola fijamente, sin duda queriendo disipar las preguntas que al parecer habían comenzado a surgir en su mente.
Janey sintió cómo se ruborizaba. Era aquello muy desagradable ante irnos vaqueros que casi la habían reverenciado.
—¡Caramba! —exclamó Ray—. ¡Chicos, si casi se ruboriza!
—Ya está bien, Ray. Ten presente que sólo es algo más que una chiquilla —advirtió Zoroaster, con el ceño fruncido.
—¿No crees que exageras, Ray? —preguntó Mohave.
—Tú... tú... tú... —logró articular el tartamudo Tay— Tay.
—¡Callaos todos! —gritó Ray, irritado.
Si lo que sus compañeros querían poner en claro era de que querían interceder por Janey, la decisión y la voluntad de Ray se impuso, al menos por el momento.
—Señorita Endicott. ¿Puede usted afirmar, ajustándose a la verdad, que Randolph no la ha maltratado? —preguntó Ray.
Aquel hombre tenía una forma de hablar que imponía a Janey. Además, aquella pregunta fue como un puñado de sal arrojada sobre una herida que todavía sangraba.
—Haya hecho conmigo lo que sea, lo cierto es que estoy viva. Por lo tanto, no pueden ahorcarle —contestó Janey con entereza.
Pero aquellas palabras produjeron en los vaqueros un efecto contraproducente a los propósitos de Janey. Lo percibió en seguida, cuando Mohave, comentó:
—Además, robó mi caballo...
—Mohave, bien sabe usted que mi padre o yo le compraremos cien caballos para compensarle —replicó Janey con acritud.
—Veamos, señorita. ¿Qué tiene que ver su padre con todo esto? —preguntó Ray y prosiguió—. No fue su padre quien robó el caballo, sino Randolph y esto, aquí, es casi tan grave como raptarla a usted. En Arizona se acostumbra a colgar a los cuatreros. Total, que si une ambos delitos resulta de sobras un caso propio para la horca. Además, señorita Endicott, su amigo Randolph no sólo es un villano, sino que también es un cobarde.
—Creo que comienzo a conocerle como algo que hasta ahora jamás había sospechado y es de que es usted un...,; embustero —replicó Janey iracunda.
Ray retrocedió un paso como si hubiera recibido un trallazo, pero con voz ronca, gritó:
—¡Como quiera! ¡Pero algo hay de cierto...! ¡No rapto chicas... inocentes o sin serlo...!
Randolph volvióse hacia el semicírculo de los vaqueros y con palabra mesurada, dijo:
—Bien, muchachos. No me opongo a que me colguéis, si me concedéis una última gracia.
—¡Dirígete a mí! ¡Yo soy quien manda aquí! —rugió Ray.
—Pues suéltame las manos, para que pueda cerrarte la boca como mereces.
Ray, oyendo aquellas palabras perdió todo su.dominio y con furia ciega lo golpeó en el rostro, haciéndolo caer de espalda.
—¡Cobarde! ¡Cochino cobarde! ¡Es todo lo que sabes hacer! ¡Golpear a un hombre que está atado, que no puede: defenderse! —gritó Janey, desmelenada.
La señora Durland se unió a ella, exclamando:
—¡Ya se lo dije antes! ¡Todos son unos bandidos y asesinos!
Tay-Tay ayudó a Randolph para que se levantara. Cuando estuvo de pie, escupió la sangre que llenaba su boca. —¡Quizás te calles de una vez! —le conminó Ray.
—Oye, así no vamos a terminar nunca —advirtió Mohave.
Ray, dando con el cañón de su revólver sobre las costillas de Randolph le ordenó caminar hasta quedar situado debajo de la rama más gruesa de un árbol, donde dijo:
—Aquí estás bien Randolph —y dirigiéndose a sus compañeros, exclamó—. ¡A ver! ¡Que alguno eche un lazo por encima de esta rama!
Pero nadie obedeció aquella orden. Janey intuyó que aquella situación no era unánime. Los vaqueros estaban divididos. Ray era temible, implacable, quería la muerte de Randolph. No cabía duda acerca de su propósito. Estaba dominado por los celos y el despecho. Pero los demás, vacilaban, mientras Ray trataba de arrastrarlos a lo irremediable. Janey discurría febrilmente para hallar alguna solución que impidiera aquella tragedia.
Ray arrebató el lazo de las manos de Mohave y luego de lanzarlo por encima de la rama tiró de la cuerda hasta pasar el nudo corredizo por la cabeza de Randolph, diciéndole con rabiosa satisfacción:
—Señor raptor, aquí tiene su corbata. Ahora se la ajustaremos.
Janey observó la mirada que Mohave lanzó a Diego, mientras se adelantaba diciendo:
—Bien, yo me encargo de tirar de la cuerda.
—Eh, un momento. El lazo es mío y por lo tanto, reclamo el honor. No faltaba más —objetó Zoroaster.
—De ninguna manera. El puesto ya lo he ocupado —afirmó Diego.
—¿Y... y... yo...? ¿Qué... qué...? —tartamudeó Tay-Tay con gesto ofendido.
Janey se lanzó a la lucha, diciendo:
—También yo tengo algo que decir... Quiero escoger al que debe romperle el cuello a Randolph.
Todos la miraron sorprendidos. Los tensos rasgos del rostro de Ray se aflojaron con una sonrisa sardónica. Los demás, quedaron a la expectativa.
—Tengo el derecho a decidir —reiteró Janey.
.-Desde lúe... lue...go tie...ne ra...zón —observó Tay— Tay.
—Decídase por mí, señorita Janey. Soy el más fuerte —rogó Mohave.
Los demás, exceptuando Ray que guardaba silencio, reclamaron su atención con grandes voces.
—Muchachos, no puedo favorecer a ninguno. Soltad vuestro revólver en el suelo. Luego vendadme los ojos y el dueño de aquel revólver que yo coja al azar, tirará de la cuerda.
—Me gusta la idea —declaró Mohave, dejando su arma a los pies de Janey.
Los otros vaqueros siguieron su ejemplo, excepto Ray. Éste permaneció asiendo el lazo con una mano y empuñando su revólver con la otra. Janey temió de que hubiera adivinado su propósito, que era el de apoderarse de las armas y seguidamente mantener a raya a sus dueños ya desarmados.
—¡ Bert! —exclamó la señora Durland con tono horrorizado—. ¡Esta chica es otra salvaje! ¡Es una bárbara! ¡Digna compañera de estos bandidos! ¡Me horroriza recordar que te permití anticipar la noticia de tu próximo enlace con esta furia!
—Desde luego, se equivocó usted, señora —aseguro Ray.
—¡Vamos, Ray! ¡Ponga aquí su arma! ¿Quién tiene un pañuelo grande o una bufanda? —pregunto Janey, apresuradamente.
—Usted es muy lista, pero no lo suficiente como para engañarme —contestó Ray y prosiguió—. Jamás pondré mi arma a los pies de una mujer. He adivinado sus intenciones, señorita... ¡Quietos, pinchavacas estúpidos! —gritó a sus compañeros que habían dado un paso hacia adelante—. ¡Al que de otro paso, lo abraso! ¡Y cuidado con intentar recuperar vuestras armas, imbéciles!]Ya no las necesitáis!
Los demás vaqueros retrocedieron lentamente y Janey— con ellos. Se dijo que en aquellos momentos, Ray era más de temer que Black Dick en ningún momento, durante las horas que estuvo allí. El vaquero cambió de manos el revólver y el lazo. Con mano segura apretó el lazo alrededor del cuello de Randolph, tirando de la cuerda y tensando el cuerpo del arqueólogo, alzándolo incluso ligeramente, mientras clavando su mirada en Janey, decía:
—Desde luego el ejecutarlo es un honor y a nadie se lo cederé.
—¡Santo cielo! ¡No cometerá este asesinato! —exclamó Janey, horrorizada.
—¡Claro que sí! ¡Usted lo ha acusado, él ha confesado su culpa! ¡Todos los presentes los han oído a ambos...¿ y ningún tribunal de Arizona me retendrá ni por un día? —afirmó el vaquero con sonrisa maligna.
Los celos habían desatado su pasión de matar al que consideraba como a su rival, se dijo Janey. Ella tenía la culpa de cuanto ocurría. Había coqueteado con aquel vaquero de sentimientos primitivos. Lo había mirado con ojos dulces, prometedores; escuchado sus apasionadas frases... ¡ Qué locura había cometido! Ray parecía esta poseído por todas las furias del infierno y había sabido acumular con gran sangre fría, circunstancias a su favor. Janey sintió que la dominaba el pánico. Sin poder contenerse, casi arrodillándose, imploró:
—¡Ray! ¡Por el amor de Dios! ¡No cometa un asesinato!
—¡Vaya...! ¡Pues si parece que intercede por alguien de quien usted ha jurado que la había ultrajado!
—A pesar de ello le ruego que no prosiga... ¡Recapacite! ¡No se pierda!
—Ya lo he pensado bastante —contestó Ray, con tono decidido.
—¡Randolph... no me raptó! —gritó Janey con súbito arranque y prosiguió con fiereza—. ¡Le seguí por mi libre voluntad!
—¿Qué dice? —preguntó Ray con tono ominoso.
Randolph intervino, esforzándose en hablar claramente desde su penosa posición:
—Ray, no haga caso. Intenta liberarme comprometiéndose ella. Vamos tire de la cuerda y acabemos de una vez.
—‘Un momento... quizás sea una embustera, pero ahora nada de extraño tendría de que dijera la verdad. Pierda cuidado que en el momento oportuno tiraré de la cuerda —aseguró Ray con sombría ironía y dirigiéndose a Janey, prosiguió—: Dices, chica, que te fuiste con él por tu voluntad, pero... ¿por qué?
—Pues no lo sé... quería tentarlo. Estaba cansada de la vida de cada día, tan monótona... quería... algo nuevo.
—Vaya... vaya. ¿Y qué hay de esos maltratos?
Para salvar la vida de Randolph ya no valía andarse con disimulos. Era necesario confesarlo todo. Roja como una amapola, contestó:
—Le desobedecí... y me castigó... Lo tenía merecido...
—¡Hay que oírlo para creerlo! —exclamó Ray con amarga carcajada que anunciaba despecho, ira y amargura.
—¡Ray, que vienen caballos! ¡Galopando! —exclamó Mohave.
—Conque te fuiste con él por tu voluntad, ¿eh? —reiteró el vaquero mojándose con la lengua los resecos labios—.te gusta que te zurren, ¿no es así? ¡ Pues vas a ver cómo se estremece tu galán!
Ray era fuerte y un bruto, pero no había calibrado la fibra de la muchacha que le hacía frente. Cuando se inclinó para pasar la cuerda del lazo alrededor de su cintura, Janey se lanzó hacia adelante y de un brinco se colgó del lazo aflojando el nudo corredizo con su peso al mismo tiempo que gritaba:
—¡ Suelta la. cuerda, loco! ¡ Suéltala a te mato!
La sorpresa y el peso del cuerpo de la muchacha hicieron vacilar a Ray, momento que Janey lo aprovechó para liberar la cabeza de Randolph del nudo fatal y volverse hacia los sorprendidos vaqueros, diciendo en voz alta:
—¿Puede saberse qué os importa todo esto a vosotros? Si Randolph y yo quisimos venir a este Beckyshibeta y permanecer aquí, es cosa nuestra y que a nadie atañe, ¿entendido? —terminó asiendo a Randolph por un brazo.
—Esto ha ido demasiado lejos, para dejarlo correr sin más motivo —declaró Ray con tono firme—. Ninguna razón me ha dado por la cual se salve de ser colgado...
—Pues ahí va la razón suprema —interrumpió Janey con calma y alzando la cabeza con firme gesto, exclamó—.]Lo amo! ¡Sí, así es! ¿Queréis oírlo de nuevo? ¡Lo amo!
Por un momento todos los presentes quedaron como petrificados. Ray le miró con los ojos desorbitados como si no pudiera dar crédito a lo que había oído, mas de pronto rugió:
—¡Cochina mujerzuela!
—¡ Cállate! ¡ Suelta a Randolph! —exclamó Mohave—. ¡Ahí llegan Bennet con el señor Endicott y un grupo de guerreros navajos! ¡Suelta a Randolph! ¡Cálmate o te va a costar caro, Ray!




11

EN EL mismo instante en que Janey vio el rostro de su padre que fue a tirar de las riendas de su caballo para detenerlo, cabalgando al frente del grupo recién llegado, intuyó que aquel gesto de alegre saludo y despreocupado continente, sólo era una máscara que ocultaba su ansiedad y preocupación. Siempre había sido un maestro consumado para ocultar sus sentimientos pero no hasta el punto de que confundiera a su hija.
—¡Hola Janey! ¿Qué tal? ¡Caramba, tu tez se ha bronceado! ¡No pareces la misma! —exclamó a guisa de saludo.
La emoción que en Janey había provocado su llegada, se trocaba en irritación mas se contuvo, diciéndose que no eran momentos para exteriorizar sus sentimientos o no sentimientos que contra él albergara. Debía mostrarse feliz a la par que desdichada, lo que en resumidas cuentas era el verdadero estado de su ánimo.
—¡Se le saluda, Phillip! —gritó el señor Endicott, dirigiéndose a Randolph, abarcando con una mirada al grupo que rodeaba al arqueólogo, cuyo centro era aquella cuerda que pendía ominosa—. Apuesto de que está contento por mi llegada. Lamento el retraso sufrido. Aquella tormenta ha tenido la culpa.
Janey se apartó de Randolph. ¿Qué había hecho? ¿Qué había dicho? ¿Acaso lo lamentaba? De ninguna manera, pero el ánimo audaz que la había poseído minutos antes, cedía en su empuje. Randolph continuaba de pie, con los ojos brillantes mirando a lo lejos, algo pálido y con las manos atadas a la espalda. Aquel nudo corredizo que Janey arrancara de su cuello, pendía oscilando encima de su cabeza. Los vaqueros estaban intranquilos, apoyándose ora en un pie, ora en otro. Ray continuaba empuñando el revólver. En su frente perlaban algunas gotas de sudor. Las armas de los demás, todavía estaban tiradas por el suelo.
El señor Endicott lo examinó todo con mirada fría. Advirtió la presencia de los Durland y quitándose el sombrero, saludó:
—Buenos días, señora Durland. Hola, Bert. Espero que habrán pasado unos momentos agradables con Janey y su prometido.
Fue sin duda la indignación y la furia que embargaba a la señora Durland lo que le impidió expresar con palabras la ira que sentía. Pero su hijo, Bert, ahora que todo peligro había cesado, mostró el sentimiento que le poseía, exclamando:
—¡ Desde luego han sido horas, no momentos, si es que le interesa saberlo! ¡ Hemos sido maltratados, golpeados, insultados y encima despojados dé cuanto era nuestro; es decir robados!
—¿Robados? ¡No me diga! Bien sé que Randolph tiene un carácter más bien áspero, pero no puedo creer que les haya quitado nada.
—Desde luego no fue él, sino un forajido llamado Black Dick y su compinche que nos sorprendieron aquí y nos despojaron.
—¡Mi dinero...! ¡Mis joyas...! ¡Todo...! —gimió la señora Durland.
—Lo lamento de veras y comprendo su disgusto. Desde luego compensaré todas sus pérdidas y molestias, por—; que al fin y al cabo yo soy el responsable de todo, si bien jamás me imaginé que surgiera un bandido... —ofreció el señor Endicott y continuó—. Concebí todo esto, para darle una lección a mi hija... por su manía de coquetear. Conseguí persuadir a Randolph para que fingiera que la raptara. Tenía planeado que el mismo día salieran los vaqueros tras de ellos, pero no regresaron a tiempo y cuando lo hicieron, las ramblas con sus cauces impetuosos impidieron que se pusieran en camino. Todo ha sido una comedia —terminó diciendo el señor Endicott.
—¡Que alguien suelte mis manos, para que pueda participar en esta broma! —gritó Randolph.
Mohave comenzó a soltar la cuerda que las ataba, mientras susurraba algo al oído de Randolph, pero éste en cuanto estuvo libre, fuese hacia Ray frotándose las muñecas. Lo afrontó diciéndole con palabra clara y lenta:
—Eres un canalla. Siempre te consideré como un vaquero estúpido, zafio y bruto, lo suficiente tonto como para que cualquier niña bonita se riera de ti. Pero hoy he comprobado que además eres un cobarde y cochino bocazas...
—¡Basta, Randolph! —exclamó el señor Endicott sorprendido por aquella retahíla de epítetos—. Ya he explicado de que si alguien es responsable de lo ocurrido, soy yo. Ray sólo seguía mis instrucciones —y añadió con tono conciliador—. Más creo que usted exagera la nota en esta broma...
—¿Broma? ¿Quién habla de bromas aquí? ¡Este loco asesino pretendía ahorcarme!
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Que no sabe lo que dice, Randolph!
Pero Bennet comprendió que aquello significaba algo serio. Lo percibió más por el contraído rostro de Ray que por las palabras de Randolph. Desmontó inmediatamente, con intención de colocarse entre ambos, pero Randolph lo apartó, diciéndole:
—Déjenos, Bennet. Ha llegado algo tarde para evitarme la canallada peor que puede sufrir un ser humano, como también llegó demasiado tarde para evitarle a ese pinchavacas suyo que reciba la paliza que va a recordar toda su vida.
—¡Cuidado! ¡Está armado! —avisó Bennet.
—¿Quién? ¿Este zascandil? No es capaz ni de dispararle a un conejo —respondió Randolph con evidente desprecio.
—Pero sí soy capaz de tumbar a un engreído científico que sólo sabe correr detrás de las chicas para raptarlas —afirmó Ray con risita de mal augurio.
^-¡Suelta el revólver! ¡Randolph está desarmado! ¡Suéltalo, te repito! —ordenó Bennet.
—No se esfuerce. No acepto órdenes suyas. Me he despedido.
—¡Has hecho bien! ¡Pero o suelta el revólver o te las. vas a entender conmigo!
De pronto Randolph saltó sobre Ray, asiéndole el brazo cuya mano empuñaba el arma en el momento que la alzaba. Se lo dobló con toda su fuerza, obligándole a bajarla, mientras su contrincante gritaba:
—¡Suelta! ¡Suelta, cobarde! ¡Que te voy a llenar de plomo!
El arqueólogo clavó sus dientes en los nudillos de aquella mano con tal furia que el vaquero gritó de dolor, al mismo tiempo que sonaban dos disparos. Janey chilló asustada, cubriéndose el rostro. Oyó las pisadas violentas de ambos contendientes y los gritos de los que les rodeaban. Por unos instantes creyó que su corazón iba a estallar... aquella comedia terminaría en tragedia. ¡Randolph! El
terror obligóla a mirar hacia el lugar de la lucha. Ray había dejado caer el revólver y la mano que Randolph le había mordido, aparecía cubierta de sangre. El arqueólogo dio un puntapié al revólver que fue a parar a los pies de Mohave, quien se apresuró a recoger el arma. Randolph, soltando por un instante a Ray, le soltó un puñetazo que se estrelló contra su rostro con la fuerza de un martillazo derribándolo con un sordo golpe contra el suelo.
Ya nadie hablaba. Los espectadores estaban aturdidos', y los contendientes presos de una furia incontenible. Randolph parecía como alguien a quien ya nada le importara y Ray, saltó sobre sus pies con la rapidez de un felino.
Fuese sobre Randolph como una centella. Janey no. pudo seguir el encontronazo de ambos cuerpos y para evitar verlo, se cubrió el rostro con ambas manos, pero aquello no impidió de que oyera el continuo esfuerzo de ambos contrincantes, sus imprecaciones, suspiros y el ruido de los golpes, entremezclados con el frotar de las botas...g No podía por menos que preguntarse cómo terminaría aquella lucha y con angustia lo preveía... Randolph, un caballero educado en universidades, laboratorios y bibliotecas, en manos de un hombre rudo y harto más joven, curtido por el desierto y un continuo trabajo manual... ¡Otro golpe! ¡Uno de ambos había sido derribado entre los matorrales! Miró de nuevo... Ray se levantaba con espumarajos de rabia... Janey no pudo evitar una sensación de alegría... Sintió deseos de gritarle ánimo a Randolph, ¡Luchaba por ella! ¡ Luchaba porque aquel villano se había atrevido a insultarla! No volvería a cubrirse los ojos, ocurriera lo que fuera.
De pronto diose cuenta de que estaba sola. Los contendientes en su lucha, se habían apartado e incluso los Durlands habían seguido al grupo de espectadores. Corrió hacia ellos. Vio a Phillip, con el rostro ensangrentado y cubierto de polvo. Luego a Ray, irreconocible, con las mejillas abiertas y la respiración entrecortada. Peleaba por instinto. Randolph era más ágil, ligero y procuraba mantener su guardia al mismo tiempo que atacaba. Ray se lanzó a las piernas de Randolph haciéndole caer. Confundidos en un furioso abrazo rodaron por el suelo y era evidente de que Ray intentaba clavar sus espuelas en las piernas de Randolph con el propósito de desgarrárselas. Aquello provocó un clamor de protestas por parte de los vaqueros, porque lo consideraban como algo inadmisible, una táctica cobarde.
Pero en aquel combate de arrastre tampoco pareció que Ray fuera a conseguir ventaja. Mas en una de los contorsiones de ambos contendientes, Ray consiguió hacerse con una pesada rama que estrelló contra la frente de Randolph.;
—¡Canalla! ¡Cobarde! ¡Esto no es luchar! ¡Si lo repites, te acordarás de mil —rugió Mohave que apostaba por Randolph.
Pero si Ray lo oyó no hizo caso alguno, porque cogiendo una piedra hizo ademán de querer golpear con ella la cabeza del arqueólogo.
—¡Suéltala o disparo! —exclamó Bennet, desenfundando su revólver.
Pero aquella furia satánica persistía en su propósito, mientras Bennet no se atrevía a cumplir su amenaza la rápida evolución de la contienda. Pero asiendo el arma por el cañón avanzó decidido a golpear a Ray, mientras éste conseguía herir de refilón a Randolph y el señor Endicott gritaba:
—¡Deténgalo, Bennet! ¡Está decidido a matar! ¡Es un asesino!
—¡Phillip... Phillip! ¡No dejes que te mate! —exclamó Janey, angustiada.
Mohave también se adelantó decidido, mientras la señora Durland caía al suelo, desmayada. Más al parecer a Randolph todavía le quedaban fuerzas más que suficientes para dar cuenta de su enemigo. Agarró la mano que asía la piedra y mientras la retorcía con violencia, estrelló su puño en la garganta de su enemigo, que retrocedió, dejando caer el pedrusco. Randolph fue de nuevo a por él antes de que se repusiera. Otro golpe entre los ojos, un sesgado con la izquierda contra la mandíbula, otro de la misma índole con la derecha y por fin un cuarto que le derribó en tierra cuan largo era.
Por unos instantes Randolph quedó allí ligeramente inclinado, mirando el cuerpo efe su abatido contrincante. Luego se enderezó y sin decir palabra se encaminó a la silla de su caballo de cuyas alforjas sacó una toalla y con ella en la mano se dirigió hacia el torrente.
Janey se sintió de pronto mareada y tan débil que tuvo que sentarse en tierra, mientras Bennet enfundaba su revólver, comentando:
—¡Magnífico golpe! ¡Cómo pelea este chico! ¡Muchachos, id a ver cómo ha quedado ese loco estúpido! ¡Así se haya roto el pescuezo!... Endicott, esta señora Durland se ha desmayado. Joven, traiga un poco de agua y tratar remos de reanimar a su madre.
Janey continuó sentada, la cabeza entre sus manos, aturdida por todo lo ocurrido. La señora Durland, ya respuesta de su síncope estaba descansando de espalda contra una roca. El padre de Janey mostraba una mirada entremezclada de remordimiento y de temor. Bert, muy pálido, se inclinaba sobre su madre, con manos temblorosas. Mohave era el único vaquero que permanecía junto al grupo.
—Pero... ¿qué ha sucedido? —le preguntó Bennet con palabra severa.
—Jefe, le aseguro de que a todos nos ha sorprendido tanto como a usted. Los muchachos se lo confirmará*^ Recordará de que el señor Endicott insistió en que está escena del ahorcamiento resultara lo más real posible, al— go como se ve en las películas. ¡ Puede asegurarle de que nos divertimos lo suyo planeándolo todo! En resumen que Ray comenzó a desempeñar su papel con tal propiedad que todos quisimos emularlo y, en consecuencia, cuan* do comenzó a insultar, sólo pensamos en que_ quizá se extralimitaba un poco. Cuando ofendió a la señorita Janey... nos sorprendió. Todos creímos que seguía su curso: normal, digamos, hasta el momento en que calificó a la señorita de... vamos cómo la calificó.
—¿Qué hicisteis cuando os disteis cuenta de que las cosas se torcían? —preguntó Bennet.
Con gesto perplejo, Mohave prosiguió:
—¿Cómo puedo explicarlo? Obedecimos órdenes con deseos de cumplirlas, pero Ray... iba a lo suyo... quería: ahorcar a Randolph. No lo dude, señor Bennet. Lo había meditado todo meticulosamente, acumulando todos los factores y circunstancias para justificarse ante cualquier tribunal de este estado.
—¡Este chico ha debido enloquecer! ¡Querer ahorcar a Randolph! ¿Por qué?, me pregunto —exclamó Bennet. j —Señor Bennet, en realidad no lo sé, pero.../ conjeturo que consideraba a la señorita Janey, ¡ejem!... como... su novia —explicó Mohave, luego de varios rodeos y vacilaciones—. Así por lo menos se expresaba. Cuando vio y comprendió de que estaba en un error, pues... francamente... perdió la cabeza...
—¡Y que lo digas! —afirmó su patrono.
El señor Endicott que había escuchado toda la conversación en silencio, volvióse a su hija y le preguntó:
—Janey... ¿permitiste que te cortejara ese vaquero?
Su hija le miró un instante y respondió:
—Sí, papá... lo siento y lo lamento. Permití que me besara y que me dijera... vamos... las tonterías corrientes.
—Desde luego, esto no es ningún delito, pero, ya lo ves, por poco ha inducido a un asesinato. Espero de que no olvides la lección.
Janey bajó la cabeza, ocultando su rostro. ¿Lección? Necesitaría muchos días, quizá años para que todo lo que había presenciado se convirtiera en un vago recuerdo. Nada de lo sucedido pasaría sin dejar huella en su ser. Ahora sólo un varón en la tierra podría besarla, pero... ¿querría...?
Regresaron los otros vaqueros y Zoroaster anunció:
—Ningún hueso roto, señor Bennet. Muchos golpes, pero nada de importancia.
—¿Puede cabalgar? —preguntó Bennet, secamente.
—Desde luego, si... alguien lo guía, porque tiene ambos ojos hechos papillas, hinchados... durante unos días estará como ciego.
—Bien... Los indios se quedarán con nosotros. Vosotros regresaréis a casa y podéis llevároslo. Dile a mi esposa que le pague su salario. Podéis poneros en camino en seguida y... ninguna palabra a mi mujer de lo que ha pasado aquí, ¿entendido? ¡Ni una palabra!
Así lo prometieron los vaqueros, tomaron sus armas y conduciendo los caballos por las bridas, desaparecieron entre los árboles.
Bennet le dijo al señor Endicott:
—Creo que lo mejor es que acampemos aquí un par de días. Los indios cuidarán de traer leña y de los caballos. Sé cocinar. Descansaremos algo y serenaremos los ánimos. ¿Qué le parece?
—De acuerdo. Me gustará ver este Beckyshibeta. Además... —pero en aquel momento miró hacia su hija y algo debió ver que le impidió terminar la frase.
Apareció Randolph, regresando del torrente y el señor Endicott fue a su encuentro. Ambos prosiguieron caminando hacia el lugar donde estaba la silla de montar del arqueólogo.
El jefe de la factoría fue a sentarse al lado de Janey.
—Convengamos en que ha sido algo muy movido, ¿no es así? —dijo el señor Bennet.
—Por lo menos cabe calificarlo así —convino Janey con un esfuerzo.
—Sí... claro, su padre tenía la mejor intención del mundo, pero... caramba, vaya ideas. Nada me dijo de lo que había escenificado, para denominarlo de alguna manera, hasta que los vaqueros ya estaban en camino. Por esto, cuando me lo contó, me apresuré a venir con ciertos refuerzos... Francamente, tuve la intuición de que algo iba mal. Acerté, ¿no te parece? Créame que no pude hacer más...
—Señor Bennet, le ruego que no se preocupe. Ninguna culpa tiene de lo sucedido.
—Y ahora... ¿qué...?
—¿Qué...? Pues no lo sé... estoy aturdida —contestó Janey lentamente—. Ha sido un día terrible... no creo que lo olvide jamás... Comienzo a serenarme... a recuperar mis nervios... Comprendo que mi padre obró con la mejor intención y francamente confieso de que ha logrado lo que quería... asustarme. Pero esto no aminora mi culpa, señor? Bennet... he debido martirizar a mi padre, sin darme cuenta... hasta el delirio. Porque haber ideado todo esto... Yo tengo la culpa de todo, señor Bennet... y siento lo de ese pobre vaquero Ray... ¡He llegado a pedir a Phillip que lo matara! ¡Lo he deseado con toda el alma! ¿Por qué? ¡Para disfrazar mi culpa! j Imagínese!
—Pues compartimos la culpabilidad ésta, porque de no haberse revolcado tan juntos durante la pelea, hubiera disparado contra Ray —afirmó Bennet y prosiguió—: No desperdicie su piedad para con Ray, no la merece demasiado. Sabe mucho de caballos y de ganadería. Tampoco bebe demasiado. A cada uno lo suyo, pero en lo que atañe a mujeres... vaya tipo. Marea a todas las que puede. ¡Pero nada de compromisos! ¿Casarse? ¡Ni pensarlo! Siempre ha afirmado que esto de atarse no va con él...
—Pero de esta pelea, de esta lucha tan terrible... yo tengo la culpa. Por poco muere un hombre y quizá, incluso dos...
—Vamos, cálmese. He oído lo que le ha dicho su padre. Ahora usted ya ha tomado su medicina, como decimos por aquí. Sabe amarga, pero... pasará. No sabía de qué madera son estos vaqueros y francamente, pueden resultar peligrosos... Menos mal que Ray no ha quedado lisiado. ¿ Pero una vez más se ha confirmado aquello de que las aguas quietas son las más profundas... y sorprendentes^ ¿Quién hubiera imaginado que un tranquilo arqueólogo, dedicado a cavar ruinas, pudiera luchar con tanta fuerza y bravura? Francamente, cuando pienso en ello todavía quedo boquiabierto... ¡Qué tipo! Su padre ha demostrad©: tener buen ojo para calibrar a la gente... Bien, voy a ver qué hacen estos pieles rojas.
Bennet se levantó para dar sus instrucciones a los indios y luego se fue en la dirección que Endicott había tomado. Janey se dijo que tenía que comenzar a reunir sus fuerzas y hacer frente a las consecuencias de lo que había ocurrido. Lo primero era hablar con Randolph. Lo halló junto a sus bártulos. Había cambiado su camisa desgarrada por otra limpia, luego de haberse lavado el rostro... Éste no aparecía tan maltratado como ella temiera en un principio.
—Phillip... gracias, muchas gracias... por su rasgo de luchar por mí. No sé cómo agradecérselo... no hallo palabras...
—No ha tenido importancia alguna comparado con su afirmación respecto a sus sentimientos hacia mí, para salvarme de este desgraciado loco... comprendo que debió costar le mentir de aquella manera... pero claro, franca— mente no había otra forma... Por ello le doy las gracias, me ha salvado la vida.
Janey sintió de pronto como si el suelo vacilara bajo sus pies, porque se dijo que cuando proclamó su amor hacia él no había mentido, pero ahora no hallaba palabras con que expresarse.
—Los que estaban presentes comprendieron por qué actuó usted. Es lo que ya le he dicho... se comprende... ha sido un episodio que no extrañará a nadie —concluyó Randolph.
—No me importa lo que piensen o supongan los otros —afirmó Janey y prosiguió—: Pero, desde luego me siento desorientada por todo lo ocurrido. Lo que más deseaba era expresarle mi agradecimiento... y rogarle que por favor no dispute con mi padre...
—Esto, francamente, no se lo prometo. No puedo. Tarde o temprano tendré Cuatro palabras con ese caballero —aseguró Randolph.
Aturdida, con sentimientos confusos, Janey ascendió lentamente la cuesta y acabó refugiándose en la repisa que era su dormitorio. Se tendió sobre las mantas y durante varias horas su mirada vagó entre la contemplación del techo rocoso y el cuelo azul sin nubes que se extendía encima de ellos. Por fin decidió sentarse y tomando el pequeño espejo comenzó a examinar los posibles estragos suscitados en su rostro. Quizá fuera debido a las horas de serena tranquilidad transcurridas, pero lo cierto fue que ningún rastro alarmante halló.
Los indígenas estaban atareados en arreglar el campamento, al qué no se había echado mano desde que se fueron Black Dick y su compañero. ¡Jamás los olvidaría! Los Durland, al parecer, había decidido hacer rancho aparte entre los árboles. Con la ayuda de un par de indios procuraban erigir una especie de tienda para su cobijo. Janey se dijo que una generosa compensación por las pérdidas y molestias sufridas quizá paliaría su enemistad. No vio a Randolph ni a Bennet, pero sí a su padre. Estaba sentado a la sombra del muro rocoso, casi a sus pies, con la cabeza descubierta, sin chaqueta, suelto el cuello de la camisa, con gesto sombrío y desolado. Jamás lo había visto con semejante aspecto. ¿Quizá había discutido con Randolph?, se preguntó. Algo le había ocurrido, era evidente. ¡Vaya ironía si aquellos dos que la habían zaherido, aunque con la mejor voluntad y deseo, se hubieran peleado! Sintió en ella algo semejante al contento por la situación y sin pensarlo dos
veces, descendió de su rocoso dormitorio yendo hacia don-'| de estaba su padre.
—Hola, papá, parece que estás disfrutando del paisaje ¿Contento? ¿Satisfecho? —le preguntó Janey.
—¡Oh, sí! ¡Un día espléndido... magnífico! ¡Algo ideal! —contestó con desabrimiento.
Algo la indujo a suponer, casi hasta adquirir la certidumbre, de que su padre estaba desalentado. Aquello la enterneció ligeramente.
—¿Qué te parece Beckyshibeta?
—¡Becky... naranjas! ¡Maldito sea el día que oí esta: palabra por primera vez!
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó su hija quedamente.
—¿Qué te imaginas? Pues he vivido una de las horas más amargas de mi vida —contestó el padre, mirando a lo lejos y luego de unos instantes de silencio, añadió—: ¡Ese Randolph! ¡Vaya tipejo!
—Sí... yo también me equivoqué con él... —murmuró Janey.
—Vino hacia mí echando chispas y de buenas a primeras me suelta: ¡Maldito sea Endicott de todos los diablos!: ¡Debería matarle a palos por haberme inducido a este desastre! Quise explicarle cuánto sentía todo lo ocurrido y las molestias y los perjuicios que le había causado. Esto pareció enfurecerlo más, porque encolerizado arguyó: ¿Perjuicios, molestias? ¡ Tonterías! ¡ Piense en el daño que le ha causado a su hija! ¡Ha destrozado su reputación, su buen nombre! ¡Hay que verlo para creerlo! ¡Su propio padre!...No recuerdo todo cuanto me dijo gritando como un energúmeno. Por fin, cuando se hubo desahogado, fue en busca; de Bennet y ambos se fueron no sé adónde.
—¿Esto ha sido todo? —inquirió su hija.
—¿Acaso no te parece bastante? ¿Quizá te hubiera complacido el que me hubiera destrozado como a aquel vaquero?
—Desde luego... no me hubiese extrañado...
—De ser así, ya serías huérfana... ¡Vaya sentimientos...!
—Como padre, tampoco eres a quien imitar...
—¿Qué quieres decir? No es probable que haya chica: por ahí que tengan un padre que se haya preocupado más por ella —protestó el padre con amargura^—. Los comentarios que he debido soportar por comportarte todo cuanto has llevado a cabo... por el exceso de libertad otorgada...
—Desde luego de esto no me ha faltado... en lugar de cariño...
—¡ Janey! —exclamó su padre, dolorido—. ¡Toda la vida has sido mi mayor ilusión! ¡Esto que tramé sólo lo hice
pensando en tu bien! ¡ Si supieras cuanto lamento el que todo haya salida al revés de como esperaba!
Has demostrado que no tenías fe ni confianza en mí...
—¿Fe? ¿Confianza? ¡ Claro que sí que la tenía y las tengo! ¡ Por esto quise apartarte de la sociedad de zánganos que té rodea!
—Papá, no te enfades conmigo, porque todo ha sido obra tuya —replicó Janey con calma—. Lo hecho, hecho está y no tiene vuelta. Lo cierto es que has arruinado mi vida... lo que jamás podré olvidar.
Lo vio tan anonadado, que tuvo que contenerse para no lanzarse en sus brazos. Más decidió que considerara su propia amargura.
La entrevista con los Durland no fue menos desagradable, incluso en algunos momentos resultó irritante. Pero si bien comenzaron mostrándose fríos y distantes, su triste continente y los esfuerzos que hacía para mantenerse serena, consiguieron enternecer a la señora Durland. Su hijo, empero, fue más. duro de convencer. Por fin se desahogó en una tirada contra Randolph y el padre de ella, por lo que habían planeado.
—Desde luego, tienes toda la razón, Bert. Pero ello no mitiga mi infortunio. Nada sabía de lo que habían tramado, te lo juro. Bien sabes como soy... —mintió.
—Desde luego, Janey, pero... ¿por qué afirmaste que te viniste por tu propia voluntad? Y luego... cuando te pusiste junto a él proclamando en voz alta de que lo amabas...
—¡ Pero comprende — de que algo tenía que hacer para salvar su vida! —protestó Janey—. i Era la única manera de evitar un asesinato!
—Convengo en que te portaste de forma magnífica, Janey. Bien, olvidémoslo todo —convino Bert, con tono apasionado.
Aquellos.Durland eran difíciles de manejar. Responderían a sus deseos mientras los tuviera bajo su directa influencia, pero una vez idos, era muy aventurado predecir lo que contarían y decidirían. De antemano cabía calificarlo como de éxito imposible el que se mantuvieran leales a su persona, si bien su propio egoísmo le hacía decirse de que lo conseguiría.
Comenzó a ir de un lado para otro, confiando en hallar a Randolph y cometer otra bajeza... aunque agradable. ¿Acaso había vuelto a sus excavaciones? Si así fuera, le ofrecería el laurel del triunfo... Pero no le halló y tuvo que resignarse a la espera.
Algo alejado del campamento halló un lugar soleado y silencioso. Se sentó para contemplar el cañón, sucumbiendo a su soberbia belleza. ¿Qué era lo que la atraía tanto? ¿Acaso el hechizo de aquellas profundas gargantas rocosas? Aspiró el olor de la salvia que parecía envolver todo el aire, entremezclado con las fragancias de otras hierbas y flores. El colorido recordaba al arco iris, cambiante conforme al curso solar y jamás perduraba durante largo tiempo. Al amanecer mostraba místicos velos rosados y bermejos; ambarinos y dorados al mediodía y al atardecer, las quebradas se sumían en las sombras purpúreas, violáceas y negras. La vista quedaba prendida en aquella inmensidad de grietas, rocas escarpadas, altivas paredes,, cúpulas que podían cobijar catedrales y más allá las mesas inmensas, todo orlado de lugares donde sólo las ardillas y los pájaros podían poner pie. Pero en aquellas inmensidades vivió un día un pueblo, que trabajó, luchó y amó... y allí murió y fue devuelto a la tierra.,
Allí fue donde comenzó a sentir Janey «aquello», así expresado porque no sabía denominarlo de otra manera. Allí, Janey Endicott tuvo que confesarse que se vería obligada a prescindir de orgullo y de vanidad y del fardo de sus otros defectos, si quería hacer frente a la verdad y a los problemas con ella inherentes.

Caminando lentamente, Janey regresó al campamento.; Vio a Randolph conversando con Bennet en presencia de su padre, mas cuando se acercó al grupo, cesaron de hablar, obedeciendo al gesto de Randolph. Pero, Bennet, sin duda luego de repensarlo, advirtió:
—Creo que la señorita Endicott debe saber todo lo que ocurre.
—Desde luego, si interrumpo, me aparto —observó ésta con altivez.
—No lo haga. Quédese, por favor... porque conviene oír su opinión. El caso es que Randolph ha perdido su puesto. Ese señor Elliot, jefe del museo de Nueva York, se encuentra ahora en la factoría, aguardando la llegada de algunos de sus hombres a los que ha ordenado venir para acá. Está empeñado en hallar ese legendario poblado o ciudadela de Beckyshibeta, prescindiendo de Randolph y sin tener en cuenta sus trabajos y esfuerzos preparatorios. Ha tomado por motivo de despido su viaje hasta aquí sin haber solicitado la autorización correspondiente, ¡Una charranada! El padre de usted, señorita Endicott, le ha ofrecido todos los medios que se requieren para que él continúe con las excavaciones, sin límite de gastos, pero Randolph ha declinado la oferta. Ahora ya lo sabe todo, ¿Qué le parece?
—Que es muy lamentable lo que le ocurre a Phill... perdón... al señor Randolph. Una desgracia más que sumar a la descabellada idea de mi padre. En consecuencia, justo es que mi padre ofrezca reparar el daño causado y comprendo muy bien que el señor Randolph no lo acepte respondió Janey.
—¡Veamos...! ¿Por qué no? —preguntó su padre.
—Vamos, papá... que hay cosas que no necesitan explicarse... Medítalo un poco...
—Gracias, señorita Endicott. Por lo menos usted me ¡ha comprendido.
El señor Endicott bufó de coraje y soltó un taco. Luego, intentó paliar la situación diciendo:
—Si ustedes, los jóvenes, me permitieran intervenir, la situación todavía podría arreglarse.
—¡ Claro! ¿Por qué no? —exclamó Randolph—. Pero se da el caso de que si lo piensa un poco, como ha dicho su hija, bastante tendrá con arreglar la suya propia...
—Parece que está empeñado en insultarme —interrumpió el señor Endicott.
—Si se empeña, añadiré algunas lesiones a los insultos —replicó Randolph.
Bennet intervino recomendando calma y procurando que renaciera la paz. Janey meditaba lo que debía hacer, llegando a la conclusión, asombrosa para ella, de que no podía soportar el infortunio de Randolph, cuando todavía no hacía muchas horas que soñaba con hacer que se retorciera de dolor, entre súplicas de clemencia...
Con palabra mesurada y frío acento, la preguntó:
—¿Puedo hablar a solas unos instantes con usted, señor Randolph?
—Claro, si es que lo considera necesario... —contestó él con extremada cortesía.
Con evidente desagrado se apartó con ella unos pasos, mientras Janey oía a su padre decirle a Bennet:
—¿Qué mosca le habrá picado? ¡Cualquiera entiende a las mujeres!
Janey adoptó una postura de digna reserva, diciéndose de que en el momento oportuno ya sabrían de lo que era capaz.
Dirigiéndose a Randolph, preguntó:
—¿Puede prometerme algo?
—No creo que puede sorprenderle demasiado y le pido perdón de antemano, que le conteste i no! —contestó Randolph, terminantemente.
Janey que lo estaba mirando con atención propia de mujer, si bien aquella contestación le hirió profundamente, procuró pasarla por alto preguntando de nuevo:
—Bien, dígame... si me da su palabra, ¿la cumplirá?
—Conforme, la cumpliré.
—¿Recuerda la última vez que estuve en las excavaciones?
—No es fácil de que lo olvide.
—Voy a decirle lo que encontré.
—¡Caramba, señorita Endicott! ¿Pero acaso es capaz de ello?
—Si tuvo el suficiente empuje de luchar por mi honor,; supongo que tiene el suficiente como para concederme el beneficio de la duda... cuando se lo pido. ¿No es así?
Aquellas palabras sin duda que le confundieron, porque tras ligera vacilación, contestó:
—Pues... no lo sé. Más dígame lo que desea.
—Si le revelo algo... ¿Me promete no decirlo a nadie? —preguntó Janey en voz baja.
—No sé de ningún secreto del que usted pueda decirme algo.
—¿Promete usted callar?
—Prometido.
—Gracias. El secreto que usted ha prometido se refiere a Beckyshibeta. Encontré el poblado o ciudadela... Vaya al lugar donde lo crucé con peligro de mi vida, ¿lo recuerda?, algo más allá de donde, usted me gritó que me fuera al infierno... Trepe hasta aquella gran roca que forma una esquina. Hallará una escalera tallada en la roca. Súbala..., y le conducirá a Beckyshibeta. No lo dude y no se ría... ¡Pero vaya allá!
Sin aguardar a su probable expresión de incredulidad o bien a los comentarios que muy posible fuese que hiciera Randolph, Janey dio media vuelta, dirigiéndose con paso rápido hacia el lugar donde estaban sus mantas. Cuando luego de dejarse caer de rodillas encima de lo que era su lecho, miró hacia atrás, Randolph había desaparecido. Pronto comprobaría que sus palabras no eran ninguna fantasía... ¡Conseguiría la mayor ambición de su vida! ¡Beckyshibeta! ¿Pero cómo volvería a ella?

12

JANEY se había prometido paz interior, satisfacción espiritual, apaciguamiento de los pensamientos que la desasosegaban gracias a la revelación hecha a Randolph. Mas no fue así, porque pronto la asaltaron otras inquietudes. Porque... ¿y si se hubiera equivocado y aquello que viera no fuera la legendaria Beckyshibeta? ¡Tremendo error el que cometiera!, se dijo con estremecimiento. Aquella elocuencia suya, aquel reiterar la promesa de no revelar que había sido ella quien encontrara el lugar; la calma, la seguridad que expresaban su certidumbre habían convencido a Randolph, pero... muy posible fuera de que hubiese sufrido un error. ¿Qué sabía ella de los moradores de cavernas?
Aquello fue una nueva tortura, porque si ocurría lo que ahora tanto temía... ¿Cómo justificarse ante Randolph? Transcurrió una hora, larga, lenta, torturadora... El campamento aparecía desierto y lo extraño era que no oyera a nadie marcharse. No podía continuar allí aguardando inmóvil, en aquella espera angustiosa. Tenía que moverse, hacer algo, ir de un lado para otro. Echó a andar en dirección opuesta a la que estaba segura de que hallaría a los componentes del campamento, pero el panorama que se le ofrecía a su mirada no conseguía aquietar sus temores. Si en realidad descubrió Beckyshibeta, sería la más feliz de las mujeres, sin poder explicarse el porqué.
Maquinalmente comenzó a coger salvia florida para hacer con ella un almohadón. Conservaría así durante largo tiempo el aroma que embelesaba el cañón. Transcurrió el tiempo hasta que llegó el momento en que se dijo que debía regresar al campamento. Así lo hizo y halló a todo el mundo, excepto a Randolph. Su padre viéndola llegar, corrió hacia ella, exclamando:
—¡Janey! ¡He tenido una suerte loca! ¡Qué lástima que no hubieses estado allí!
—¿Dónde? —preguntó Janey, siguiendo la indicación de su padre para que se sentara.
—¡Que lo hemos conseguido, Janey! ¡Que lo hemos conseguido! ¡ Randolph y yo!
—¿Qué es lo que habéis conseguido ambos? ¡Pues sí que habéis hecho pronto las paces! ¡Creía que os odiaríais hasta el fin de vuestros días!
—¡Déjate de historias! ¡Este chico tiene suerte! ¡Vale, pero caramba... también tiene suerte! ¡Ha descubierto el poblado perdido! ¡La ciudadela de Beckyshibeta! ¡Imagínate!
—¡No me digas! ¿De veras?
—¡Que es la pura verdad, Janey! ¡Créeme que desde hace tiempo no he tenido alegría mayor!
—¡Cuéntame cómo ha sido eso! —pidió Janey, sin delatar su agitación.
—Bennet quería mostrarme unas ruinas —comenzó diciendo Endicott, enjugándose el rostro—, y de pronto tropezamos con Randolph que bajaba por la montaña a. saltos, como una cabra y gritando desaforadamente. Por unos, instantes creímos que se había vuelto loco, pero con calma y paciencia conseguimos que nos explicara lo que le ocurría. Total que había descubierto el emplazamiento del célebre Beckyshibeta que los arqueólogos especializados están buscando desde hace años. La teoría de Randolph se ha demostrado acertada. El chico estaba radiante. Figúrate, incluso me abrazó varias veces y, no se lo digas a nadie, me besó. Asegura que me debe el descubrimiento, por cuanto fui yo quien le indujo a venir aquí. No sabía cómo disculparse por la forma con que me había tratado antes... me ha costado lo mío convencerle que lo pasado, pasado está. ¡Caramba con el chico éste! ¡Si ya decía yo que vale mucho!
—¡ Créeme que me alegro, por él y vamos, por ti también! ¿Pero es de veras que tiene tanta importancia para Randolph?
—Esto también me lo pregunté yo, pero Bennet, ya viniendo, me ha explicado la situación. Está claro. Resulta que Randolph está despedido por causa de la búsqueda de esta ciudadela. En consecuencia, el hallazgo es propiedad, así cabe decirlo, de Randolph y no del museo de Nueva York. Ese asno de Elliot, recuérdalo, lo despidió días atrás. Bennet afirma que para Elliot la cosa será seria, porque no podrá explicar cómo tomó tal decisión sin ver primero los trabajos de Randolph. Total, que las excavaciones se llevarán a cabo bajo la dirección de Randolph y el museo que se fastidie porque si alquila asnos... que les dé paja.
—¿Excavaciones? Pero esto significará unos gastos importantes y Randolph...
—¿Qué pasa con Randolph? Yo las financio...¡ no faltaba más!
—Pero, ¿ aceptará?
—Prácticamente ya lo ha hecho —prosiguió el padre de Janey—. Claro que ahora, que todo el mundo ya le ha visto los tres pies al gato, querrá colaborar. El estado no regateará esfuerzo, las entidades culturales y científicas proporcionarán todo cuanto se les pida... pero he convencido a Phillip de que todo lo podemos hacer nosotros... incluso, si conviene, agarraré un pico también...
—¿Dónde está ahora Phillip? —preguntó Janey, jugueteando con algunos tallos de salvia.
—Se volvió hacia aquel lugar. Bennet y yo intentamos seguirle, pero francamente nos asustamos... ¡Vaya quebrada! En consecuencia, ambos hemos regresado al campamento.
La noche parecía irradiar una brillantez argentina provinente del borde superior de las escarpaduras del cañón. Janey se había tendido sobre sus mantas, aguardando la aparición de la luna. Evitó encontrarse con Randolph a su regreso al campamento, pretextando fatiga y se retiró a su repisa rocosa donde su padre le llevó la cena.
Randolph regresó cuando los demás ya habían terminado con la cena y él, casi no comió a causa de la excitación de que daba muestras. Mientras hablaba con Bennet y el señor Endicott, no cesaba de mirar a hurtadillas hacia el lugar donde descansaba Janey; tantas veces, que ésta en más de una ocasión temió que advirtiera cómo estaba observando al grupo reunido alrededor de la hoguera. Los Durland, parecía que aquel descubrimiento también les atañera y sin cesar pedían detalles acerca del poblado. Por fin, dieron las buenas noches y se retiraron.
Entonces Bennet sugirió:
—Bien, Endicott, esto hay que celebrarlo. ¿No hay nada por ahí...?
—¡Qué va! ¡Descuidé de traerme una botella!
—¿Y usted, Randolph?
—Igual. Me traje algo para el caso de una mordedura de serpiente, pero el frasco está seco.
Bennet se dirigió a su silla y regresó con una botella, diciendo:
—Bien, amigos, hay que celebrar lo de Beckyshibeta. ¡Por el emplazamiento y su descubrimiento!
«¡No tenían ninguna prisa por acostarse!», se dijo Janey. Pero también llegó el momento en que Randolph quedó solo ante la hoguera contemplando cómo, paulatinamente se oscurecían las ascuas. Janey se preguntó en qué estaría pensando. Sin duda en la fama y quizá en la fortuna que le aguardaba... aquello que tanto ansiaban los hombres, se dijo con cierta irritación, no exenta de celos. Ahora, incluso, quizá no se acordaba de ella.
La luna ya asomaba por encima de los riscos del cañón, aumentando el mágico contraste de las sombras. El silencio parecía haberse tornado más denso. Janey se sentó de nuevo atisbando entre las rocas. Randolph continuaba inmóvil, sentado, absorto en la contemplación de los carbones resplandecientes de la hoguera. Algo más allá aparecían los bultos de los cuerpos de Bennet y de su padre, ambos durmiendo profundamente. Del último, brillaba su pelo cano a la luz de la luna. Randolph contempló a ambos durmientes unos instantes, luego se levantó y desapareció en la sombra del risco, pero de pronto casi vio ante ella su cabeza y los hombros. Se encaminaba hacia el lugar donde yacía. Apresuróse a cubrirse con las mantas, fingiendo estar sumida en un sueño profundo. Ahora comprendió que estaba junto a ella. ¿Qué pretendía? ¿Despertarla, quizá? Algo rozó su cabello... ¿eran sus manos o sus labios? En el instante siguiente percibió la respiración casi junto a su rostro... le había besado el cabello. Si la besaba en los labios, capaz era de... abrazarse a él. Aguardaba con el corazón palpitante, pero... en lugar de ocurrir lo que más deseaba, sintió cómo su mano le apretaba un hombro ligeramente al mismo tiempo que murmuraba:
—Janey...
Aquello la volvió en sí, tomó a su lúcida mente, mientras él reiteraba:
—Janey... soy yo, Phillip...
Abrió los ojos fingiendo sorpresa y vio en la penumbra la palidez de su rostro. Estaba arrodillado junto a ella.
—¿Qué...? ¿Qué desea...? ¿Qué ocurre...? —respondió Janey.
—No se asuste, soy Phillip. No podía... esperar hasta mañana.
—Me ha asustado... ¿Qué hay...? ¿Sucede algo? ¿Acaso mi padre...?
—Janey, baje la voz, por favor. Nada ocurre. Sólo que estaba impaciente...
—¿Entonces... qué quiere?
—Janey... tenía que decirle que usted halló el emplazamiento... que aquello es Beckyshibeta, efectivamente...
—Está bien, lo celebro... ¿Me ha despertado para decírmelo?
Dudó unos instantes antes de contestar:
—No... pero... verá... es que es algo relacionado con usted...
—¿Qué? —preguntó Janey con acento cansado.
—¡No puedo soportar este menosprecio! ¡No puedo! ¡Por lo menos escúcheme unos instantes! —exclamó Randolph.
—Convendrá conmigo de que la hora y el lugar no son los más apropiados —explicó fingiendo cansancio y agregó—: Pero, en fin, si se empeña —terminó, mugiendo la almohada.
—¡Gracias, Janey, muchas gracias! He de explicárselo todo... todo lo que me ocurre. Janey, ha sido usted el hada de mi fortuna. Beckyshibeta es una maravilla, algo fabuloso. No he tenido tiempo suficiente para recorrerlo todo...
Se necesitarán días para ello... Es mucho más importante de lo que jamás cupo imaginar. Es una ciudad muerta. Se necesitarán años para determinar sus límites y alzar los planos de sus conjuntos. En realidad, el que Elliot me despidiera de mi empleo en el museo ha sido una suerte para mí. Soy mi propio dueño, puedo dictar mis condiciones. Para las investigaciones dispondré del capital que desee, pero voy a aceptar la oferta de su padre y creo que él estará muy satisfecho con ello.
—Desde luego, Phillip, pero... todo esto ya me lo dijo antes, cuando me explicó lo que podía significar para usted «si» descubría estas ruinas. Bien, ya las tiene, ¿qué quiere más?
—Sí, es verdad... pero jamás imaginé que fuera algo tan importante, Janey. Entonces quise exponerle cuanto significaba para mi labor... es mi vida. Investigar el pasado... pero no podía proseguir por falta de medios financieros y de... suerte. Usted... sólo usted ha hecho mi fortuna... me ha proporcionado el camino de la fama. Ganaré dinero mediante libros, conferencias... me ha proporcionado la ocasión de conseguir una posición respetable. Dirigir expediciones y excavaciones en otros países o bien en esta dilatada región. Me bulle la mente de los proyectos que se me ocurren y le ruego que me dispense de la promesa que le he hecho de no revelar que ha sido usted quién ha hecho el descubrimiento.
—Desde luego, de esto ni hablar. Me satisface que signifique tanto para usted. Bien sabe que siempre he deseado que sus esfuerzos fueran coronados por el éxito... así creo que le doy algo bueno... por el mal que me ha causado.
—¡ Janey!
—Así es, Phillip. Usted bien sabe que ha destrozado mi buen nombre, mi reputación. Desde luego, esto no aminora la culpa de mi padre, pero tampoco disminuye la de usted.
—Pero, Janey, ¡recuerde en la época en que vivimos! ¿No exagera acaso? Incluso en el supuesto de que el rapto hubiese sido real, ¿qué culpa tendría usted?
—No opino igual y lo mejor, así lo considero, es que no lo discutamos.
—Janey, la amo desde el primer instante en que la conocí en Nueva York y desde entonces sin esperanza alguna. Era una ilusión, algo inalcanzable... Guando comencé a sufrir fue a su llegada... en la exposición que su padre me hizo de sus planes... en las horas que hemos pasado juntos y ahora... en su descubrimiento de Beckyshibeta. Antes la amaba... pero ahora, ahora la adoro... Janey, ¿quiere ser mi esposa? —terminó preguntando Randolph y tomándole una mano.
La muchacha intentó soltarse, mientras Randolph proseguía:
—Ya no seré una nulidad, tampoco un pobre pordiosero. Puedo ofrecerle un hogar... lo bastante bueno para toda mujer. Janey, haré cuanto esté en mi mano para hacerla feliz. Jamás me he engañado con usted, porque estoy seguro de que a pesar de la vida lujosa que ha llevado, ello jamás anuló sus magníficas cualidades. Usted puede hacer de mí algo digno, Janey.
—Cuánto ha cambiado su opinión acerca de mí. No hace mucho todavía yo era, según usted, algo casi satánico —comentó Janey con desdeño.
—Nunca fue así, Janey.
—Recuerdo muy bien sus palabras y opiniones, Phillip.
—No importa lo que dijera. Si lo hice fue por cólera, por exaltación. No volveré a importunarla, pero... recuerde que la amo... si es que lo recuerda alguna vez.
—Phillip, tiene usted algo de infantil y es que no tiene en cuenta los deseos, los anhelos de una mujer. Ya le dije que le tenía respeto y que... me gustaba. ¡Si. hubiera rehusado las proposiciones de mi padre! ¡Si me hubiera advertido! ¡Si hubiese tratado de ser mi amigo! ¿Quién sabe? Pero ahora... es demasiado tarde.
—No puedo creer cuanto dice, Janey. Si por mí sintió cierto interés un día... algo debe perdurar.
—Y además, no puedo olvidar aquel castigo que me impuso —murmuró la muchacha contenta de la oscuridad, porque escondía el rubor que cubría sus mejillas.
—Yo tampoco y siento lo que hice, pero... lo repetiría en iguales circunstancias. Tenga presente que no lo hice por capricho, sino que como correctivo por una imprudencia. Hay en ello una gran diferencia.
—Que no sé verla. Phillip, ¿no cree que ello ya es motivo más que suficiente para que lo odie?
—¿Odiarme? ¡Nunca! ¡Jamás! ¡Mi amor por usted, no lo permite!
Janey bien sabía que aquello era la pura verdad, pero su orgullo y afán de venganza le impidieron seguir los impulsos de su corazón. Tenía que terminar con aquella conversación-que se tomaba penosa.
—Phillip, dejemos esto. En cualquier momento podemos despertar a alguien-advirtió y decidió con tono altanero—: Pero ahí va mi contestación Es demasiado tarde para que su bella ilusión se convierta en realidad. Recuérdelo, demasiado tarde. Insisto que en Flagerstown cumpla con su deber para conmigo y me dé su nombre. En Nueva York me divorciaré.
—¡Janey...! Pero, ¿por qué?
—No comencemos de nuevo. ¿Quiere hacer esto por mí?
—Ésta bien. Será la señora de Phillip Randolph —contestó el arqueólogo, levantándose y alejándose inmediatamente, hasta desaparecer en la noche.
Janey con un suspiro de satisfacción se ajustó las mantas al cuerpo. Su victoria era completa. La oscuridad había sido cómplice. Sin ella, jamás hubiera conseguido el ambiente que necesitó para rendirlo tan a su merced. Ahora tendría sumo cuidado en medir sus palabras y acciones. Tenía que redoblar sus esfuerzos para que su remordimiento y amor hacia ella y consiguiente rendimiento aumentaran constantemente. Pero... ¿acaso no se excedía en su venganza? No. Estaba segura de Phillip. Podía decir que lo tenía atado de pies y de manos. Unos días más en el cañón, luego el casamiento en Flagerstown, torturarlo un poco más, ablandarlo entre sus manos...
No sentía sueño. Fueron transcurriendo las horas nocturnas, palideció la argentina magia, creció la oscuridad, el cañón tornose misterioso y el silencio absoluto, interrumpido sólo por el murmullo del torrente y silabeo del viento.

De pronto como por arte de magia, amaneció y comenzó otro día en el cañón. Janey, envuelta entre las mantas, contemplaba con embeleso los cambios de luces. De pronto percibió en el campamento un movimiento inusitado. Se dijo que aquella mañana todo el mundo parecía tener prisa. Por lo que a ella concernía, se sentía muy bien entre las tibias mantas.
Su padre llegó hasta ella con un traje de montar y las botas correspondientes.
—Hola, buenos días, Janey. Veo que estás despierta.
—Buenos días, papá —contestó ella por debajo del embozo, advirtiendo que su padre no mostraba un semblante alegre, precisamente.
—Nos vamos, chica. Randolph me ha comunicado tus deseos e intenciones. Partiremos inmediatamente para la factoría y desde allí, en seguida saldremos para Flagerstown.
—¿Tan pronto? ¿Dejamos Beckyshibeta? —preguntó con desconsuelo.
—Desde luego. No tiene objeto el que continuemos aquí. Te predigo que cuando hayas perdido este lugar y... otras cosas... lo lamentarás. Pero ahora, vístete lo más pronto posible, porque el desayuno está preparado.
Janey quedó sorprendida por aquellas disposiciones, mas, inmediatamente, razonó que es lo que podía esperar tanto de su padre como de Randolph. Sin duda que ambos estaban desencantados por la forma con que ella había reaccionado. Bien, que mascaran algo más el castigo. Ningún daño les haría.
Vistió el traje de montar y se calzó las botas con lacer. ¡Se sentía otra! Aquellas prendas que hasta entonces llevara, le causaban un complejo de inferioridad, pero las conservaría, incluso aquellos zapatos. Algún día sorprendería con todo ello a Randolph. El espejo reflejó su rostro bronceado, una brillante mirada y una sonrisa de contento. No tenía por qué ocultar el contento que sentía. Su padre y Randolph podían conjeturar lo que quisieran.
Cuando ya descendía por la cuesta que conducía al campamento oyó a la señora Durland chillar con alegría. Algo, que Janey no veía, la exaltaba. Randolph y Bennet no prestaban atención alguna a aquellas exclamaciones, ocupados como estaban en enfardar lo que había en el campamento. Junto a la hoguera, encima de una gran piedra, humeaba el desayuno. Los indios ya recogían los caballos. Janey miró a su alrededor, a la soberbia escena que la rodeaba y sintió una ligera congoja al decirse que dentro de una hora, a lo más tardar, echaría la última mirada a tanta belleza. Pero volvería algún día. Constató que Randolph no la había mirado ni un instante.
La señora Durland fue hacia ella casi corriendo, sin aliento, con semblante que irradiaba felicidad y contento, exclamando:
—¡Janey... pero qué maravilla! ¡Si parece otra! —para proseguir con palabra entrecortada por la emoción—: ¿A que no adivina lo que he hallado? Aquel bandido... el Black Dick olvidó ahí mi cartera, ¿o debió caérsele? Lo cierto es que la he hallado colgando de una rama baja, ¡Imagínese! Con todo mi dinero... y las joyas! ¡Qué sorpresa!
—Qué alegría! ¡Aquí tiene su anillo con brillantes!
—¡Es maravilloso! ¡Desde luego, es algo inesperado, señora Durland!, ¿Pero cómo ha podido suceder que ese salteador dejará ahí la cartera?
—Es lo que no me explico. Pero... ahora casi le perdono el mal rato que nos dio.
A ambas mujeres se unió Bert, quien saludó a Janey con admiración por su nuevo atuendo, pero su mirada era una demostración palpable de la irritación que lo poseía. Sin duda que su padre les había comunicado lo que se había convenido. Los Durland eran personas educadas, pero por lo menos Bert, jamás le perdonaría su proceder. Le recordaría siempre. Janey se dijo que aquello, en resumidas cuentas, poco debía importarle, pero lo mejor sería que indicara a su padre y a Randolph de que temía lo que pudieran decir luego entre sus amistades. Debían tratarlos con cuidado, mitigar su resentimiento.
Comenzó a desayunar sola. Uno de los indios, sin duda atraído por su apariencia, incluso dejó lo que estaba haciendo y se acercó a contemplarla. Randolph continuaba de espaldas, ocupado en ensillar un caballo.
Con objeto de llamar su atención, le pidió:
—Phill... ¿podría darme otra taza de café?
Mientras él le servía lo pedido, Janey prosiguió mirándolo:
—Desde luego para hacer café tiene mano de santo. Cuándo esté de nuevo en casa, créame que lo recordaré durante mucho tiempo.
—Dígaselo a Bennet. Es obra suya —contestó Randolph secamente.
—i Ah...! —exclamó Janey con cierto desencanto.
Pero la mañana era demasiado espléndida para que se preocupara por una nimiedad semejante. ¡Aquel adiós próximo al cañón sí que tenía importancia! Aquellos muros ciclópeos parecían como si quisieran transmitirle un mensaje. Caminó hasta la enorme esquina rocosa que se abría en dirección hacia la recién hallada ciudadela. Era un mar de rocas y de picachos, salvajes y soberbios. Como los restos de una ciudad de los Atlantes. El arroyo, desde lo profundo de la garganta por donde discurría, le enviaba su despedida envuelta con la fragancia de la salvia.
Como en contestación secreta musitó su voluntad de regresar algún día, pronto, y a menudo, acompañando a Randolph durante sus excavaciones. ¿Cuándo sería aquel «pronto»? Hasta aquel momento sólo había previsto su acción hasta su llegada a Flagerstown. Allí se convertiría en la señora de Phillip Randolph. ¿Pero era aquello el final? ¿Y luego... qué? De pronto tuvo una inspiración. ¿Por qué no se le ocurrió antes? ¡ Era tan admirable, tan fácil! Como agradeciendo al grandioso cañón de Beckyshibeta su silenciosa indicación, se inclinó con reverencia en ademán de despedida.
—¡Janey! ¿Dónde estás? ¡Todo está dispuesto! ¡Vámonos! —le gritó su padre.
Casi de inmediato Janey vióse cabalgando, segura ahora de su aspecto, gracias a las prendas que le había traído su padre, descendiendo hacia el arroyo. Era quien cerraba la marcha. Al frente de todos iba Randolph con los pieles rojas y los animales de carga. Bennet cuidaba de los Durland. La fila de jinetes cruzó la corriente y comenzó a trepar por la ladera zigzagueando entre los árboles. Janey en ningún momento miró atrás. Tampoco de nada le hubiera servido por cuanto tenía los ojos cegados por las lágrimas. No miró de nuevo con serenidad hasta que estuvieron otra vez en la planicie del desierto.

Cabalgó sola toda la jornada, diciéndose alguna que otra vez que era aquél uno de los días más serenos y apacibles que recordaba. Sesenta kilómetros hasta el siguiente campamento acompañados por el aroma de la salvia y a lo lejos muros rocosos, rojos y dorados que parecían asomarse para verles pasar. Prosiguió cerrando la cabalgata, dejando que su montura siguiera la pista a su albedrío.
El sol se escondió detrás del horizonte, mientras todavía cabalgaban, desplegando de nuevo el firmamento de Arizona la belleza incomparable del día que acababa.
Un rebaño de ovejas atravesó el sendero. Los pastores eran un muchacho y una muchacha indígenas montados ambos sobre el mismo caballito. ¡Cuán primitivo y sencillo a la par que bello! Las ovejas remontaron una loma, los perros ladraron a Janey, el caballito con ambos pastores siguió a las ovejas y por unos instantes el grupo se destacó contra el rojo firmamento, mientras la chica respondía agitando el brazo al ademán de saludo de Janey. Luego... nada.
A lo lejos vio la llama de la hoguera del campamento. Condujo el caballo hasta donde estaban trabados los demás y desmontó. Descubrió que no sentía fatiga, ni dolores ni las agujetas de las que se estaba lamentando en aquellos momentos la señora Durland. Bert, cojeaba ligeramente; mientras que su padre también mostraba signos de cansancio por las muchas horas pasadas a caballo.
Habían establecido el campamento al abrigo de algunas rocas bajas. Los coyotes comenzaban a aullar a medida que la oscuridad crecía. Entre las rocas se deslizaba un viento frío y Janey miró con cierta ansiedad hacia la hoguera. Sentía apetito.
Cenaron pronto, sentados donde hallaron lugar para ello. Convenía envolverse pronto entre las mantas, por cuanto escaseaba la leña y el viento iba tornándose cada vez más frío. Entre el grupo no reinaba precisamente el contento. Bennet intentó bromear con la señora Durland, pero sus avances cayeron en el vacío de la indiferencia. Janey se acercó tanto al fuego que parecía como si quisiera quemarse las botas. Randolph permanecía en la sombra, pero advirtió que la miraba disimuladamente y aquello le complació sobremanera. El señor Endicott se envolvió con sus mantas y pronto se entregó al sueño. Bert permanecía silencioso y abstraído. La señora Durland proseguía con su retahíla de quejas y de lamentaciones acerca de la jornada, de la comida, del frío que sentía, del viento que la azotaba sin cesar y de todo cuanto había en aquel terrible país.
—¿Estas bestias salvajes se pasarán toda la noche aullando? —preguntó con tono lastimero.
—Así tienen la costumbre. Los coyotes son ruidosos y atrevidos, sobre todo si tienen hambre. No se extrañe que se deslicen hasta donde usted duerma, en un intento de arrebatarle el sombrero y devorarlo —contestó Bennet con rostro serio.
—¡Santo cielo! ¿Hemos de dormir sobre el suelo?
—Puede tenderse sobre una roca de éstas, pero le advierto que sentirá corriente de aire... ¿Y usted, señorita Janey, qué tal? ¿Está cansada? ¿Tiene frío?
—Siento ambas cosas, pero... hay que admitir que es algo divertido... Me encanta oír los coyotes —contestó Janney, riendo.
—Para mí se ha terminado el desierto. Nunca más —afirmó la señora Durland, con un suspiro.
—¿Y usted, Bert? Seguramente que volverá alguna vez a esta Arizona, ¿no es así? —preguntó Janey.
—¿Para qué? —contestó el interpelado, displicente.
—Usted es de suponer que vendrá con frecuencia, acompañando a su esposo, mientras cava en aquel montón de piedras —aventuró la señora Durland.
—Claro... pero no en seguida. Quien vendrá pronto es mi padre para comenzar los trabajos de acceso a Beckyshibeta —contestó Janey y advirtiendo que su padre se había despertado, le preguntó—: ¿No es así, papá?
—Claro... no faltaba más... He de cavarme mi propia
tumba aquí... —rezongó él señor Endicott, volviéndose del otro lado.
—¡Hay que ver! —exclamó Bennet por lo bajo y prosiguió—: ¿Lo ha oído, Randolph? Estoy seguro de que todos ustedes regresarán un día a Arizona. Todavía no he visto a alguien que haya dormido en el desierto y no quiera repetir la experiencia.
—Será mejor que se acuesten todos# La leña está escasa, y además, los despertaremos al amanecer —advirtió Randolph.
—Me había olvidado de la cama —comentó Janey, pasando una vez más las manos por encima de las ascuas de la hoguera—. Phillip, ¿sabes por dónde cae mi petate? —le preguntó tuteándolo.
—Aquí lo tienes —contestó el arqueólogo, indicándole un rincón entre dos rocas.
—¡Uy! ¡Qué viento! ¡Vaya nochecita que me espera!
—He tendido un buen lecho de salvia debajo de las mantas. Del viento te protegerá esta lona. Estarás cómoda. Tiéndete...
—¡Caramba! ¡Sí que te has preocupado por mi comodidad! —comentó Janey mirándole a la luz de las estrellas.
—He hecho lo que he podido.
:-Gracias, Phillip... eres muy bueno conmigo —contestó Janey tendiéndole la mano.
Randolph se la estrechó levemente un instante y seguidamente se alejó sin desearle buenas noches.
Janey lo miró un momento en la oscuridad y mientras sentada sobre las mantas se descalzaba las botas, exclamó en voz baja:
—Chica, vete con cuidado, porque éste a lo mejor...
Ya descalza se metió entre las mantas arrebujándose con ellas. Como almohadón Randolph le había colocado enrollada su chaqueta de piel de oveja. Estiró las piernas hasta que sus pies chocaron contra algo caliente. Tanteó. Una piedra envuelta con un paño. Randolph la había calentado en la hoguera. ¡Qué bien! ¡Lecho caliente, protegida contra el viento y contemplando las estrellas! Cada vez veía mayor número. Se extinguió la hoguera, cesaron los rumores de conversaciones, el viento prolongó sus quejidos entre las rocas, mientras que la noche con su manto oscuro, tranquilo y frío lo cubría todo con lo dominante del aullar de los coyotes.

A media tarde del día siguiente alcanzaban la factoría. Randolph con los indios y las bestias de carga fue el primero en llegar. Detrás seguía Bennet intentando mantener sobre la silla a la señora Durland. Janey seguía harto retrasada, tanto, que cuando subió a la última loma que ocultaba la factoría, el resto del grupo ya había desaparecido entre el verde follaje que rodeaba los edificios.
Mohave aguardaba a Janey a la entrada del corral, sin sombrero, en actitud muy respetuosa y con gesto de pesar en su rostro.
—Mohave... ¿Qué le ocurre? ¿Se le ha muerto la abuela? —preguntó Janey.
—Opino que se trata de algo peor, señorita Janey.
Janey comprendió que se trataba de lo que le había acontecido a ella. No pudo por menos que exclamar:
—¡A vamos! ¡Por un instante incluso me ha asustado! Mohave, espero que continuemos siendo buenos amigos y le recomiendo que le sirva de lección. No se fíe de las mujeres y menos si se trata de chicas que vengan de mi país.
—Desde luego muchas de ellas... pero sé de una, que... Pero va a casarse con...
—¿Quién se lo ha dicho, Mohave? —preguntó Janey, desmontando.
—El amigo Bennet. Ha llegado e inmediatamente se lo ha dicho a todo quien ha querido escucharle. Parecía un ciclón yendo de un lado a otro.
—Mohave... francamente, ¿no opina que ésta es la mejor solución para mí, teniendo presente como se han puesto las cosas? —preguntó Janey.
Mohave, enrojeciendo hasta las orejas, respondió:
—Sinceramente, señorita Janey... ya que me lo pregunta tan francamente y teniendo presente que yo no puedo ser candidato a su mano... pues sí. Pero, francamente, no acabo de entender este lío que ha habido con lo del rapto. Si hubiéramos sabido que usted estaba... digamos comprometida, no habrían surgido los malentendidos habidos. Desde luego, el pobre Ray es quien ha llevado la peor parte.
—¿Qué ha sido de él?
—Pues se fue, claro... y además, avergonzado. Me pidió que le perdonara por haber perdido la cabeza... y que le dijera que no había sido por vez primera.
—Conque no, ¿eh?
—Así es. Me imagino que Ray se dijo que si usted sabía que ya había hecho el tonto con otra chica, usted no se sentiría tan... responsable que el mal que le había causado.
—Por lo menos tiene valor, porque afirma eso...
—Desde luego así opino yo también. Verá... Ray es un buen chico cuando no está loco por una muchacha o bien no ha bebido demasiado.
—¿Qué tal los demás muchachos?
—Pues pasables, hasta que llegaron estas noticias. Ahora andan por ahí mohínos y molestos.
—¿Pero qué dicen?
—Es difícil expresarlo. Tay-Tay ha conseguido conjugar: ¿Qué...qué ta...te...pa.,.pa...rece el ro...ro...roba...tum... tumbas? y luego ha agregado que nos ha birlado la chica como quien se lleva una vaca y usted perdone.
Riendo contestó Janey:
—No tiene importancia, Mohave. ¿Supongo que el señor Randolph entraría con cara de Pascua, no es así?
—Pues... no lo crea. Esto de que usted irá hacia el Este y él regresará a Beckyshibeta, según ha explicado Bennet, parece que no le hace mucha gracia. Desde luego si cualquiera de nosotros fuera el afortunado de casarse con usted, eso... no ocurriría.
Aquella opinión sorprendió a Janey, si bien se.esforzó en ocultarlo. No había tenido en cuenta que a la gente del país le extrañaría que unos recién casados se separaran, emprendiendo viaje en direcciones opuestas.
Por ello se apresuró a contestar:
'-De todo tiene la culpa esa ciudadela de Beckyshibeta. Para mí es de suma importancia regresar inmediatamente a Nueva York, pero Phillip dice que ahora no puede dejar de mano la preparación de las excavaciones. Desde luego confío en que todo esto lo considerará como confidencial, pero creo que en el último instante todavía podré convencer a Phillip para que nos acompañe a mí y a mi padre. Mohave, partiremos mañana a primera hora. Dígales a los muchachos que mañana desearía despedirme de ellos, aunque confío en venir pronto por aquí de nuevo...
Cuando se hubo marchado Mohave, Janey dio un suspiro de alivio. La explicación que había dado era, a poco que se examinara, poco convincente. Mas, al parecer, aquel honrado vaquero la había aceptado como buena.
Janey entró en la casa y la primera persona a quien vio fue la señora Bennet, que se apresuró a felicitarla cordialmente. La criada india la miró sonriente, como celebrando el que hubiera regresado. Bennet y el señor Endicott entraron también en aquel momento, ambos con los rostros algo enrojecidos y carraspeando. Janey se dijo que su padre parecía más animado y en seguida creyó adivinar el porqué. Los Durland, al parecer permanecían en sus habitaciones y de Randolph, nadie sabía dónde estaba.
—Señor Bennet, desearíamos partir mañana a primera hora —dijo Janey.
—¡Por favor, señorita Janey! ¡Quédense un día más! ¡Necesitan descansar! —exclamó el factor.
—Lo siento, pero hemos de partir sin perder ni un día.
Más adelante vendremos de nuevo para pasar una temporada. Papá voy a cambiarme y a preparar el equipaje. Por favor, a ver si hallas a Randolph. Dile que venga a verme dentro de... digamos, una hora.
.-¡Cómo desees, enemiga de ojos como estrellas! —respondió su padre encogiéndose de hombros.
Ya en su habitación, Janey apresuróse a tomar un baño. Luego se envolvió en una bata de aquellas que si bien merecían todas las censuras de Randolph, no podía resistirlas y comenzó a preparar el equipaje.
Sonaron unos golpes en la puerta. Daban con los nudillos. Recogiendo el escote de la bata con una mano, dijo:
—¡Adelante!
Mas la puerta permaneció cerrada. Janey fue hasta ella, abriéndola. En el pasillo estaba Randolph.
Advirtiendo que permanecía inmóvil, reiteró con sarcasmo:
—¡Vamos, pasa hombre! ¡Parece que tienes miedo a entrar en mi dormitorio! ¡No hay para tanto! Además, teniendo presente las circunstancias, acostúmbrate a tutearme... hasta que haya pasado todo...
Tras cierta vacilación, entró Randolph, preguntándose al mismo tiempo:
—Bien... ¿Qué deseas ahora? ¿Por qué me has citado aquí?
—Porque es el único lugar donde podemos hablar tranquilamente. He de pedirte un favor. ¿Cuento con él?
Sin contestar, Phillip se encaminó hasta la ventana y luego de mirar unos instantes a lo lejos, volvióse y contestó:
—Sí... lo que sea...
—Gracias, Phillip —y tras una ligera vacilación, Janey prosiguió—: Mira, he de decirte que hubiera preferido no tener que pedirte lo que deseo...
—¿De qué se trata?
—Vas a casarte conmigo, ¿no es así?
—Desde luego, si es que no has cambiado de idea.
—Todo el mundo lo sabe...
—Sí, parece que tu padre y Bennet se lo han dicho a todo el mundo.
—¿Puedes decirme el porqué de esta boda? —preguntó Janey mirándole fijamente.
—Tu padre dice... y tú afirmas... que es necesario para salvar tu buen nombre... tu reputación.
—¡Esto es! ¡Mi honor! Pero si continúas con esta cara de borrego desconsolado, todo será, inútil. No hay en ti ni el menor rastro de un novio feliz y contento. Tay-Tay dice que pareces triste como una vaca enferma. Si no te animas y cambias de continente no sólo los vaqueros se darán cuenta de que se trata de una comedia, sino que así lo advertirán los Durland. La madre no es tonta. También lo comprenderán nuestras amistades en Flagerstown. Creo que hago mi papel de forma convincente y no es mucho pedir que tú hagas lo mismo. ¿Acaso no hago cara de novia feliz?
—Desde luego, pero es que siempre pareces la mentira personificada.
—No sea exagerado, Phill. Por lo general, todas las mujeres son buenas actrices y... te lo ruego, hazme este último favor. ¡Pon cara de enamorado!
—Janey Endicott... esto es pedirle mucho a un hombre cuyo único crimen ha sido, o es, el estar enamorado, de veras, de ti y sabe que ha de perderte...
—Phillip, si esto fuera verdad... ¿incluso irías a la muerte por mí?
—Quizá fuera más fácil que lo que ahora me pides. Desde luego como actor, siempre he sido pésimo.
—Phillip, te lo. ruego. No permitas que los vaqueros y los Durland adivinen la verdad... de que esta boda... es sólo apariencia...
—Procuraré complacerte, Pero va a ser difícil explicarles el que a pesar de no ir al Este con vosotros, me inunda la alegría...
—Recuerda que la señora Durland es una víbora. Si eres capaz de confundirla aquí, es decir que continúe creyendo que esta boda es lo que debería de ser, contendrá su lengua venenosa, Una vez en Nueva York, puedo compensarla socialmente... pero ahora aquí, estoy en peligro...
—No acabo de verlo así, pero supongo que tú eres mejor juez.
—Entonces, ¿cuento con tu ayuda?
—¿Ayuda? Es la labor más ingrata que jamás he emprendido. El contraer matrimonio contigo para nada, es poco comparado con la hipocresía con que he de tratar a toda esa gente.
—Phillip, te lo ruego, ayúdame. En verdad, no... soy tan despreocupada como parezco o hago gala. En realidad, temo el escándalo, la difamación, el zaherimiento. Jamás ha sido manchado mi nombre... mi honor. Sinceramente, todo esto de la independencia, de la libertad, de la igualdad... sólo son palabras. Lo cierto es que tengo miedo. Tengo miedo, hazme este favor, ayúdame...
Randolph, que permanecía con un brazo apoyado contra el marco de la ventana, respondió:
—Está bien, Janey. No te preocupes. Cuenta con mi mayor ayuda... —terminó diciendo, al mismo tiempo que se volvía para mirar al exterior.
Janey vióle contraer los músculos de la nuca. Volviéndose de nuevo hacia ella lentamente, mirándola con dureza, reiteró:
—Una vez más, en todo conforme, pero con... una condición.
—¿Condición? ¿Cuál? —preguntó, murmurando Janey.
—Que sea esta la última vez que nos veamos a solas.
Aquello la sorprendió tanto que retrocedió titubean^ do, mientras él proseguía:
—¡Qué raro! ¡Parece que dudas! ¿O lo aparentas? Mas ahora se me ocurre que no tengo el porqué imponer condiciones. Puedo tomarme algo que me dé fuerzas para cumplir el favor que me has pedido.
En sus ojos vio ella la tempestad que se había formado en su alma y asustada prosiguió en su retroceso hasta quedar de espalda contra la pared. Pero cuando las manos de Randolph la asieron por los hombros, fueron los brazos de ella los que se cerraron alrededor de su cuello, gesto del que él no se apercibió, mientras la besaba ebrio de amor y de pasión. De pronto con súbito impulso la apartó y volviéndole la espalda se encaminó hacia la puerta, la abrió y sin volver la cabeza, la cerró de nuevo tras de sí.
Todavía temblando por sus caricias, Janey sintió el impulso de correr, llamarle y terminar de una vez. Pero en el último instante se contuvo, bajó los brazos que hada él se tendían y sonriendo enternecida, se dijo que a poco que hubiera insistido, aquello habría significado su rendición completa.
Mas era mejor aguardar hasta su llegada a Flagerstown

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13

SE HABÍA puesto el sol cuando el automóvil entró en el bosque tupido que cubría las montañas. Comenzaba a nevar. El viento helado gemía entre los árboles. Cerraba la noche y el bosque se desvanecía en la creciente oscuridad. En las curvas, los faros del automóvil hacían danzar las sombras fantasmales que proyectaban los abetos.
Pero en poco tiempo las luces de las calles de Flagerstown terminaron con la fantástica visión.
En el vestíbulo del hotel, Janey, sin prestar atención a los cuchicheos de los haraganes habituales de tales lugares, alargó sus frías manos enguantadas al fuego de la chimenea. Había aprendido a valorar la importancia de un fuego a la par que del de otras cosas que hasta hacía poco le habían pasado desapercibidas.
Oyó a su espalda que alguien llamaba a Randolph por su nombre. Volvióse y vio a un individuo flaco, de tipo escolástico, ligeramente cargado de espalda, que alzándose del sillón que ocupaba avanzaba hacia Phillip.
Éste lo saludaba a su vez, diciendo:
—¿Cómo está usted, señor Elliot? Acabo de llegar... ¡Ah, permítame presentarle a mi jefe y amigo, el señor Endicott, de Nueva York! Señor Endicott, éste es el señor Elliot, del museo de aquella ciudad.
—Tanto gusto, señor Endicott —repuso el señor Elliot y preguntó-^—: Ha dicho «jefe», ¿no es así? ¿Podría decirme de qué?
—Bien, esto de jefe es quizá un poco exagerado por parte de Randolph —intervino el señor Endicott.
—Desde luego, desde luego —convino el señor Elliot y prosiguió—. Y no sólo esto, sino que incluso algo soñador... sí, esto es... soñador cuando debería ser científico
—Pueblo perdido y como prueba de ello, lo que acaban de telefonear desde Cameron, este rumor estúpido...
—¿Un rumor? ¿Cuál? —preguntó Randolph con voz tensa.
A Janey, que contemplaba el grupo desde la chimenea le complació aquel gesto de Randolph. A ver si habría otra lucha... Sin duda que aquel tipo era el director del museo que había despedido a Phillip.
Elliot con risita de menosprecio, contestó:
—Un cuento... algo, concerniente a que usted había descubierto la ciudadela de Beckyshibeta. ¡Vaya simpleza! Alguien lo telefoneó a un periódico local... se lo había dicho el conductor de un coche... La ignorancia...
Randolph mirando al señor Endicott, comentó:
—Nos detuvimos en Cameron para tomar gasolina y... —... probablemente Bill se fue de la lengua —completó su interlocutor, mirando al señor Elliot,
—Desde luego... ha sido algo imprevisto —apuntó Randolph mirando al señor Elliot, pero sin explicar el qué.
El señor Elliot sin percatarse de la reticencia que significaban las palabras de Randolph prosiguió:
—Pues sí... Espero la llegada de dos ayudantes que vienen desde Nuevo Méjico. Los destino a proseguir en los trabajos de los que he debido relevarle, Randolph. Lo siento, pero visto nuestro desacuerdo... Supongo que el señor Bennet, el factor, debió informarle de ello oportunamente.
—Desde luego, muy oportunamente. El señor Endicott aquí presente, además de otras personas si ello fuera necesario, es testigo de que el señor Bennet me comunicó, por encargo de usted, que me había despedido.
El señor Endicott asintió en respuesta a la mirada la pregunta que le dirigió el director del museo. El brillo que Janey advirtió en la mirada de su padre le dijo que éste se preparaba para algo contundente.
—Celebro que haya aceptado la situación con calma y no creo necesario exponer las razones que me obligaron a tomar está decisión. Los avisos no fueron escasos —apuntó el señor Elliot.
—Doctor Elliot, no se preocupe en querer explicarme lo que consideró su deber —contestó Randolph— porque a mí tampoco me interesa. Sólo me cabe señalar que este despido ha sido la única cosa buena que me ha sucedido desde que entré en contacto con su museo.
—Bien, bien, todo es según se considere. Porque quedarse sin trabajo... no creo que quepa calificarlo como de algo afortunado —advirtió Elliot secamente.
—Jamás tuvo buena opinión de mis condiciones, ahora mismo acaba de corroborarlo. Quizás varíe algo cuando sepa que pocas horas después de su despido, descubrí la ciudadela de Beckyshibeta.
—¿Qué? ¿Cómo dice? —preguntó Elliot como no dando crédito a sus oídos.
—Que descubrí la ciudadela de Beckyshibeta. Probablemente el monumento más importante de la civilización y de la cultura de los indígenas de este país, los denominados «indios pueblo». De este descubrimiento fueron testigos el señor Endicott y su hija, el señor Bennet, los vaqueros que nos acompañaban y la señora Durland con su hijo.
Asombrado, sin poder articular palabra, el doctor Elliot miró al señor Endicott como pidiendo su confirmación a lo que oía.
—Así es —corroboró el señor Endicott, añadiendo—. Ahora voy a telegrafiar al doctor Bushnell, jefe del museo y a mi amigo Jackson, del patronato, comunicándoles de que yo financio las excavaciones. Claro, que si el museo quiere tomar parte...
—¿El doctor Bushnell? ¿El señor Jackson? ¿Acaso es usted el señor Elijah Endicott? —preguntó Elliot, inquieto y asombrado.
—El mismo, caballero —respondió el señor Endicott, inclinándose levemente y yendo a sentarse junto a su hija Janey.
—Ya lo ves, Janey —le dijo a su hija el señor Endicott—. A tu padre también le gustan las sorpresas. Ahora, veamos cómo se las maneja Phillip.
El doctor Elliot estaba tan confundido que no hallaba palabras con las que pudiera salir airoso de la situación
Carraspeando, retorciéndose las manos, le dijo a Randolph:
—Claro, claro, esto varía la situación. Desde luego, parece increíble... Naturalmente, hay que examinar todos los aspectos. ¿No lo cree así, Randolph? Porque con el apoyo del señor Endicott. Le felicito, caramba... podrá hacer una gran labor. Sí, considerándolo... pues seguramente que me precipité. Le ruego que considere su despido como un error... eso es, como un error. Opino que podríamos olvidarlo y... le agradecería que lo ocurrido no trascendiera a nuestras oficinas en Nueva York...
—No se esfuerce, doctor Elliot. Pero desde luego, agradezco su amable oferta. Telegrafiaré a Nueva York aceptando el despido —contestó Randolph, inclinándose a su vez ligeramente y dejando plantado y boquiabierto a su interlocutor.
El doctor Elliot miró a su alrededor desconsoladamente, al mismo tiempo que el señor Endicott decía a su hija:
—¿Qué te parece? Respuesta adecuada, ¿no es así? No me extrañaría que ahora fuera este Elliot el despedido. Si así ocurre, procuraré que sea Randolph quien ocupe su puesto.
—Papá, simpatizas con Phillip, ¿verdad? —preguntó Janey.
—Al parecer, en sentido contrario a tus sentimientos. Por lo menos... no le haría daño alguno.
—Es que tú eres bueno y generoso. Me alegra que quieras cuidar de él —contestó Janey, mirando al fuego y tendiendo sus manos a las llamas—. Es algo que no se explica fácilmente... tú... yo... Phillip..., No hallo palabras para explicarme.
—Janey, me recuerdas a tu madre... desde siempre me has recordado a ella... —murmuró el señor Endicott.
—¿Mi madre? Mira, haces bien en mencionarla... quizás esto me ayude a parecerme a ella...
Inclinándose hacia su hija el señor Endicott, prosiguió:
—Janey, ¿continúas con tu idea de este matrimonio... tan cruel?
—Sí —murmuró ella, bajando la mirada.
—Ten presente que es como matarlo —advirtió su padre.
—Tonterías. No ha habido hombre que muera por un amor desgraciado. Esto son novelerías.
—No quiero discutirlo. Sólo puedo decirte que si tu madre luego de llevarla al altar me hubiera abandonado... no lo hubiera soportado.
—Phillip Randolph es de distinta madera. Además, tiene ante él un futuro brillante... Oye, estoy cansada y... tengo apetito.

* * *


El sol entraba a raudales por la ventana del dormitorio de Janey, advirtiéndole que había dormido hasta muy tarde, a pesar de que aquél era el día más importante de los que hubiera soñado.
Permaneció tendida, contemplando los rayos del sol y sintiendo en su rostro la fresca caricia del aire que penetraba por la ventana. Más pronto su mente se ocupó en los detalles de lo que había planeado la noche anterior. Su padre había encargado un coche-cama con salón para el tren de aquel día. Aquello era de la mayor importancia.
Sólo quedaba un detalle a determinar para concluir el final de ambiente adecuado.
Janey salió de la cama, con cierta excitación y desasosiego porque hasta que no fuera la esposa de Phillip Randolph no podía estar segura de que todo se desarrollara según tenía proyectado. Si todo transcurría conforme a sus deseos, el final sería como el de un cuento de hadas.
Por la ventana miró al cielo de un azul intenso. Los picos de las montañas se destacaban como negras puntas con festones de nieve en sus laderas que descendían hasta los oscuros bosques de abetos. En los campos vecinos a la población retozaban los caballos con las crines al viento. Por las laderas de una colina pastoreaba un rebaño de ovejas. La llanura salpicada de árboles parecía invitarla a recorrerla con un corcel veloz. Más allá se adivinaba el célebre desierto. Pocos lugares en la tierra aparecían tan bellos y románticos.
Halló a su padre en el vestíbulo del hotel, sentado junto a la chimenea, leyendo un periódico local.
Con cierta sonrisa la saludó, exclamando:
—¡Vaya con la novia! ¡Hace horas que ya hemos desayunado!
—Buenos días, papá. Oye, ¿podría tomar una taza de café y algunas tostadas junto al fuego?
—No faltaba más, hija. Ahora mismo lo pido. Janey, estás... muy bonita.
—Eres muy halagador y el mejor de los padres. ¿Por 'dónde anda Phillip?
—Pues hace unos momentos que estaba aquí. Me ha mostrado la licencia matrimonial. ¡Hay que ver! Anda como un sonámbulo. Bien, me he preocupado de la ceremonia. A las diez nos aguarda un sacerdote, el reverendo Cardwell. Un caballero. Del Conecticut. Me ha contado que llegó aquí hace años enfermo... algo relacionado con sus pulmones. Su estado era desesperado en su tierra. Ahora está curado y claro no quiere salir de aquí. Esta Arizona... hija, es algo espléndido, como dice el amigo Bennet.
Mirando al fuego, Janey murmuró:
—País de contrastes, de colores dorados, bello, de horizontes claros barridos por el viento del desierto... Algún día te explicaré lo que ha hecho por mí...
—Mira, ahí viene tu café y las tostadas —advirtió su padre.
Con el desayuno entró Randolph. Vestía un temo oscuro que resaltaba su figura atlética. Janey contempló de nuevo su rostro bronceado de rasgos firmes y pronunciados.
—Buenos días, señorita Endicott —la saludó como si se tratara de una conocida cualquiera, sin tutearla.
Janey, sintió cierto despecho por aquella salutación indiferente y mirándole por encima de la taza respondió:
—Hola, Phillip. Qué... ¿Está dispuesto el coche y los caballos?
—No los he creído adecuados. He supuesto que con un taxi bastará —fue la malhumorada respuesta.
Aquello tuvo la virtud de devolverle su seguridad. ¡ Phillip deseaba terminar cuanto antes!
—Papá, ¿a qué hora sale el tren? Creo recordar que dijiste a las siete y no sé cuanto...
—A las siete y diez sale de esta estación y acostumbra a mantener el horario, según me han asegurado.
—Quedan bastantes horas. Supongo que para el señor Randolph tantas horas le parecerán una eternidad. Porque supongo que irá a la estación a despedimos, ¿no es así, señor Randolph?
Su padre acudió en auxilio del interpelado, diciendo:
—No te preocupes por Phillip. Tenemos mucho de que hablar y no te molestaremos.
Randolph mostraba un semblante tenso, testigo de la lucha que se libraba en su mente. Janey temió que en el último instante se desdiciera de lo pactado. Desde luego, después de la ceremonia lo más aconsejable sería mantenerse alejada de él hasta la hora de la salida del tren. Tenía que desplegar mucho tacto, no irritarle... A pesar de sus esfuerzos comenzó a sentirse nerviosa. Subió a su habitación, se puso el abrigo y el sombrero con el velillo. Diose un ligero retoque de maquillaje. Se dijo que no estaba mal, pero el espejo delató su pálido semblante ligeramente ojeroso. Bajó las escaleras precipitadamente... Phillip estaba conversando con su padre. Al entrar ella, ambos se levantaron.
Con leve temblor en la voz anunció:
—Bien... cuando gustéis. ¿Está todo dispuesto?
—Claro. ¿Es que había que preparar muchas cosas, acaso? Un sacerdote, la licencia matrimonial, un taxi y el novio... que aquí está —contestó su padre con cierto sarcasmo.
Janey, tuteando de nuevo a Randolph le preguntó:
—¿Has comprado la alianza?
—No —fue la corta respuesta.
—Pues hemos de hacerlo inmediatamente. Por aquí debe haber alguna joyería. Iré contigo.
—Ya tengo una... el aro de boda de mi madre. Supongo que importará poco el que ajuste o no al dedo.
—¿Cómo que no importa? ¡Pues claro que sí! —exclamó Janey y prosiguió—; A ver... pues mira, ni hecho a la medida —exclamó alzando la mano mientras decía algo conmovida—. Y es muy bonito. Es uno de aquellos anillos de boda de antaño...
—Como se celebraban las bodas de antaño... digno de ellas —subrayó su padre con ligera amargura.
Mas en un esfuerzo para ocultar los sentimientos que le embargaban prosiguió con tono que quería parecer indiferente:
—Bien, pongámonos en camino y esto lo terminamos en un periquete.
Atravesaron el vestíbulo. Randolph caminaba detrás del señor Endicot y de Janey. Entraron en el taxi y cuando arrancó el vehículo, Randolph sin decir palabra puso sobre el regazo de Janey un envoltorio de papel fino. Ella lo miró un instante y obedeciendo su muda invitación procedió a desenvolverlo, ¡Flores! ¡Flores del desierto! Un ramillete compuesto de ramitas de cedro y de enebro, con sus verdes bayas de espliego, varias rosas silvestres y unos ramitos de salvia florida. Sintiose tan conmovida que tuvo que enjugarse una lágrima, mientras Randolph sentado de espalda ante ella aparentaba contemplar el tráfico de la calle.

* * *


Se celebró la ceremonia, regresaron al hotel y Janey se halló de nuevo en su habitación casi sin darse cuenta. Como aturdida se dijo que ya todo había pasado. Pero... no habría cambiado aquella sencilla ceremonia por la pompa más brillante que cupiera imaginar.
Con cuidado, puso el ramillete sobre el tocador, se quitó los guantes, el abrigo, el velillo y el sombrero. Se miró al espejo de nuevo, diciéndose que o bien antes no estaba tan mal o bien ahora había mejorado su aspecto. Tuvo que sentarse, mientras besaba la alianza, murmurando:
—¡Por fin! ¡Todo ha terminado! ¡Ya soy su esposa! ¡Estoy a salvo y... soy feliz!... ¡Muy feliz! ¿Y si fuera a decírselo? ¡A lo mejor se le ocurre huir al desierto!
Imaginándose lo que diría, lo que contestaría y lo que... sucedería, a la par que caminaba de un rincón a otro por su habitación transcurrió más de una hora. Por fin sentóse a la ventana y se abstrajo en la contemplación del paisaje y en sus propios sueños.
Un golpeteo a la puerta de su habitación, la devolvió a la realidad.
Era su padre y le decía en voz alta:
—Janey, he encargado el almuerzo en un restaurante,. ¿Vienes con nosotros?
—Desde luego. Aguarda un instante. Salgo en seguida —contestó Janey.
Prescindió del velillo. Que viera su rostro y sus. ojos resplandecientes de felicidad. Con el abrigo echado sobre los hombros y poniéndose los guantes, abrió la puerta.
—¡Caramba, Janey! ¡Qué cambio! ¡Estás... preciosa! —exclamó su padre en seguida que la vio ante él.
Pero Randolph la miró como si se tratara de una imagen de piedra que representara a una mujer desconocida^ Sentados a la mesa los primeros momentos fueron algo tensos y molestos para los tres, pero el apetito y los excelentes manjares, contribuyeron a suavizar el ambiente. Ya de sobremesa, el señor. Endicott, exclamó:
—¡Bien, ha sido algo espléndido! —sin precisar el qué y prosiguió, dirigiéndose a su hija—; Mira, regresaremos al hotel y luego nos dispensarás a Randolph y a mí, porque hemos de llamar a algunas personas por teléfono para ultimar las cosas de Beckyshibeta.
—Desde luego te advierto que no voy a quedarme encerrada en mi habitación. Iré un poco por ahí, de compras... y a ver qué tal son los vaqueros de por aquí.
—¿Vaqueros? Los encontrarás en cada esquina, hija. Pero... vete con cuidado y no te metas en líos.
El señor Endicott ya casi estaba de pie, cuando de improviso su hija tirándole de la manga y con tono melifluo, le dijo:
—Oye, papá, no te vayas todavía. He de hablar contigo y con... mi esposo.
Randolph torció el gesto al oír aquella palabra aplicada a su condición, por vez primera. Endicott se sentó de nuevo, dispuesto a afrontar la próxima catástrofe, si bien desconocida, porque las suaves palabras de su hija no le habían engañado.
Con encantadora sonrisa, Janey preguntó:
—¿Recuerdan, caballeros, cierto atardecer en la factoría de los Bennet, cuando trataron ustedes de mi rapto?
Randolph abrió los ojos desmesuradamente; el señor Endicott, luego de cambiar varias veces de posición, contestó algo vacilante:
—Pues... no. No... recuerdo nada semejante.
—Vamos, papá. Pon en orden tus recuerdos. Desde luego, desde hace algún tiempo noto que muestras ciertos fallos en la memoria... cuando te conviene, pero en esta ocasión...
Phillip, carraspeó nerviosamente y por fin, admitió:
—Lo recuerdo, señorita Endicott.
—¿Me permite recordarle a mi ver de que ya no soy la señorita Endicott, sino la...?
—La señora Randolph —completó él y añadió—. Usted perdone,
Janey, dirigiéndose de nuevo a su padre, prosiguió:
—Pues sí, papá... Ya que no recuerdas, al parecer, supongo que tampoco te importará saber que en aquella ocasión me hallaba tendida en la hamaca del porche y desde allí oí perfectamente la infame oferta que le hiciste a Phillip Randolph...
—¡Cielo santo! ¡Que no puede ser! —exclamó su padre, asombrado, interrumpiéndole.
y que este... caballero aceptó, si bien con determinadas condiciones. Vamos, para que no lo dudes te repetiré algunas de tus frases, papá —dijo Janey haciéndole oír algunos pasajes que le habían quedado indelebles en la memoria.
—¡Basta! ¡Basta ya! ¡No cabe duda de que estuviste allí! —exclamó por fin su padre, interrumpiéndola con rostro congestionado.
—¡Lo sabía todo desde el principio! —murmuró Randolph, asombrado y avergonzado.
—Así es... desde el principio —confirmó Janey con un mohín.
—Gracias, Señor, por tener solo una hija. Si fueran dos... —suspiró el señor Endicott.
Janey, levantándose, se despidió diciendo:
—Voy a dar una vuelta por ahí, como antes dije. Caballeros, gracias por el almuerzo, la compañía y la agradable conversación... Papá, creo que lo mejor será cenar algo en el tren... Usted, señor Randolph, supongo que vendrá a la estación a despedimos... Comprenderá... Por lo que puedan decir... ¿Cuento con ello?
—No faltaré para despedir a mi mujer para siempre —afirmó Randolph con violenta irritación.
—Entonces, gracias de antemano, porque en el andén no podría dárselas... seguramente acudirán otras personas a despedirnos... Bien, hasta luego.
Cuando ya se encaminaba hacia la puerta, Janey oyó exclamar a su padre:
—¡Phillip, necesito una copa!
Su interlocutor contestó, al mismo tiempo que crujía una silla:
—¡Y yo media docena! ¡Vamos a beber por lo único que me queda...! ¡Por Beckyshibeta!

* * *


Salió taconeando con fuerza, algo ruborosa y poniéndose los guantes. Tan satisfecha, que tenía que esforzarse para no irrumpir en carcajadas. ¡Vaya cara que puso su padre cuando oyó su revelación! ¿Y Phillip? Aquella frase. «¡Lo sabía todo desde el principio!», no tenía precio. Janey se dijo que en cuanto recuperara su equilibrio, Randolph: recordaría otras cosas... pero ya cuidaría ella de que determinado equilibrio no lo recuperara nunca. Ahora tenía que cuidar de los últimos detalles.
En primer lugar comprometió al portero del hotel paral que en el momento oportuno cuidara de que el equipaje! de Phillip fuera llevado al vagón reservado por su padre. Le explicó al negro aquel de ojos redondos y brillantes lo que quería con todo detalle y aseguró su diligencia con buenos billetes, prometiendo otros si cumplía sus instrucciones.
Seguidamente fue a ver si hallaba algunos vaqueros disponibles.
Pero hasta en aquel momento no había caído en la cuenta de lo difícil que era llevar a cabo lo que proyecta^ ba. Era la primera hora de una tarde de sábado y Flagerstown aparecía como invadida por vaqueros. Los que con ella se cruzaban, no omitían el hacer patente su admiración. Por fin, cerca de la oficina de correos advirtió i un grupo de tres muchachos que le parecieron adecuados para su propósito. Janey caminó ante ellos con calma, examinándolos a hurtadillas. ¡Cuán parecidos eran a Mohave, Zoroaster, Ray y los demás! Ya habían advertido su presencia.
—¡ Compañero! ¿Ves lo que yo veo? —exclamó uno de ellos.
—¡Lo veo y no lo creo! —contestó el segundo.
—¡Es que es una visión, chicos! —aseguró el tercero.
En circunstancias normales,'todo habría terminado así. Pero el caso era que los necesitaba. Volvió a pasar ante ellos y de nuevo los comentarios estallaron:
—¡ Andy, eso sí que son piernas! —comentó uno.
—¡Habría que meter en la cárcel a su dueño, por perturbación del orden público! —afirmó otro.
—¡Mi pobre Susan! ¡Ya nunca más significará para mí lo que ha sido hasta ahora! —gimió el tercero.
«Demasiado escandalosos», se dijo Janey. No le convenían aquellos chicos. Necesitaba otros. Cruzó la calle, entró en una tienda, compró unas chucherías, salió de nuevo y entró en la oficina de correos. Si alguno de aquellos vaqueros la seguía al interior, intentaría contratarlo, aunque no fueran de su completo agrado.
En el vestíbulo había dos individuos del mismo oficio. Uno era alto y moreno, su compañero, por el contrario, era más bien bajo y rubio. Inmediatamente recordó aquellos ojos negros del gigantón y el ligero parpadeo de su compañero.
—¡Black Dick! ¡Snitz! —exclamó asombrada—. ¡Qué sorpresa!
—Lo mismo decimos nosotros, señorita Endicott. Desde luego, el mundo es un pañuelo —contestó Dick sonriendo y quitándose el sombrero al mismo tiempo que preguntaba a Snitz—. ¿No te han educado, chico?
—¿Quién? ¿Yo? ¡Ah, sí! —contestó el interpelado descubriéndose también y dirigiéndose a Janey, prosiguió—: Desde luego, señorita, es usted muy bondadosa en dirigirnos la palabra, luego de la faena que le hicimos en la montaña.
—¿Aquello? ¡No tuvo importancia! ¡Fue divertido! Pero... ¿no tienen miedo de que los detengan?
—¡Caramba, señorita!... Es que, ¿sabe usted? No somos lo que aparentamos allá en el cañón —contestó Dick.
—¿Pero usted no es el célebre Black Dick, el forajido?
—Lo siento, señorita. Pero es así, no lo soy. ¿No se lo ha dicho su padre?
—¿Mi padre? ¡No!
—Pues debió hacerlo... explicarle de que nos contrató para que les diéramos un susto.
—Claro, ahora me lo explico todo... No fue casualidad el que la señora Durland encontrara su cartera colgando de una rama.
—¿Casualidad? ¡ Claro que no! La colgué de aquella rama baja, para que no tuviera que esforzarse en recogerla.
—Bien, bien. Conque ustedes no son los que dijeron ser, ¿eh? Mi padre es... el no va más.
—Señorita, su padre es un príncipe... paga bien los servicios —rectificó Dick, con sonrisa complacida.
—Para mí siempre serán y así los recordaré, Black Dick y Snitz. Pero me alegro de todo corazón de que no sean unos fugitivos de la ley. ¡Vaya bromazo que nos dieron ustedes!
De pronto se le ocurrió una idea y decidió intentarla»
—A ver, vengan para acá —les dijo a ambos, dirigiéndose hacia un rincón donde pudieran hablar sin ser observados—. Veamos, ¿quisieran hacerme un favor? ¿Hacen cincuenta dólares para cada uno?
—Señorita Endicott, su voz es una dulce melodía contestó Dick, entornando sus ojos.
—Señorita, por usted hago cualquier cosa —declaró! Snitz con un agitado parpadeo.
—Es el caso de que ya no soy la señorita Endicott, sino la señora dé Phillip Randolph, desde hoy. Nos hemos casado esta mañana. Gracias por los buenos deseos... que se cumplirán sin me ayudan. Vean... Mi padre y yo partimos! esta noche hacia Nueva York, pero mi esposo no quiere! venir. No puedo convencerlo... es terrible. Se lo imaginan, ¿verdad? ¿Podrían... raptarlo y meterlo en el tren? —terminó diciendo Janey con voz lastimera.
—¿Casado y no quiere ir con su esposa? ¿Habráse visto jamás tamaña osadía? —tronó el vozarrón de Dick—, ¡Lo ataremos como un fardo y se lo entregaremos en su propia mano, señora!
—¡Jamás, pero que jamás había oído algo semejante! ¡Siempre he dicho que estos arqueólogos son gente de cuidado! ¡Señora, no se apure! ¡Partirá con usted! —chilló! Snitz.
—¡Qué bien! ¿No podrían contratar a alguien que les ayudara? Mi esposo es muy fuerte y luchará... Desde luego, pagaré la misma cantidad a su compañero.
—Cuente con el tercero. Conozco a uno, de toda confianza, que es capaz de alzar un barril de harina y cargarlo sobre un vagón de mercancías, con una sola mano. Con que figúrese lo que vamos a hacer los tres con su esposo señora. Antes de que cierre y abra los ojos lo tendrá a sus pies, inerme. Podrá tirarle de las orejas.
Con calma y serenidad, Janey prosiguió:
—Gracias y convenido. He aquí mis instrucciones. Ustedes, los tres, deben estar en la estación cuando entre el expreso «Limited». Fíjense dónde me hallaré yo. Estaré con mi padre y con mi esposo. Sígannos, pero no demasía-" do cerca. Cuando hayan enganchado el coche que ha reservado mi padre, estén dispuestos a actuar. Me dirigiré hacia la portezuela más cercana al salón. Me mantendré allí hasta que el jefe de la estación grite aquello de «¡viajeros al tren!». Cuando ponga el pie en la escalerilla han de actuar ustedes. Cogen a Randolph, lo sujetan y me lo traen.
Y nada de contemplaciones. Recuerden que es muy fuerte y luchará. Tiene que ser algo muy rápido, sea... como sea —terminó Janey, chasqueando los dedos.
—Señora, para que no haya dudas, repita sus instrucciones —requirió Dick.
Janey las repitió, palabra por palabra. —Perfectamente, señora. Délo por hecho —afirmó Dick, chasqueando los dedos a su vez.
—Pues aquí tienen su dinero por adelantado y lo que corresponde al tercero —dijo Janey entregándoles unos billetes—. Pero, ¡no me fallen!
—¡Tan segura tuviera yo la gloria del cielo como que cumpliremos nuestro compromiso! —exclamó Snitz.
—Le repito que esté tranquila, señora. Al fin y al cabo, le debemos... esta reparación —añadió Dick.
—No hay como tener buenos amigos. No pueden imaginar el favor que van a hacerme. Jamás los olvidaré —les dijo Janey despidiéndose de ambos con su más cálida sonrisa.
Salió de la oficina de correos como si andará sobre una nube. ¡Todos los extremos se tomaban a su favor! De pronto vio a los tres vaqueros de antes que la miraban.
Por un instante sintió el impulso de bajar a la calzada y caminar por ella, para evitar su encuentro. Pero decidió hacerles frente. Por lo tanto, prosiguió caminando, la cabeza alta, el mentón levantado, como si jamás los hubiera visto.
—Andy, ¿no te parece que el tiempo ha refrescado?
—preguntó uno.
—Y que lo digas. Parece como si alguien me pinchara con una horca de hielo —convino uno de sus compañeros.
—Pardiez, es una diosa y nada le importan los mortales —afirmó el otro.
Si hubieran visto el rostro de Janey cuando dobló la esquina próxima se hubiesen sorprendido de los espasmos que la contraían por sus esfuerzos en ahogar las carcajadas que amenazaban irrumpir de su garganta.
Transcurrió la tarde como en un sueño, mientras procuraba reunir todas las razones con las que esperaba ablandar a Phillip. Llegaba el momento supremo...
La sobresaltó un ligero golpe dado en su puerta. Era el portero negro.
—El señor Endicott la espera. El «Limited» está al llegar —anunció.
—¿Dónde está... el señor Randolph? —preguntó Janey con cierto temor.
—Con el señor Endicott. Cuidaré de su equipaje... de todos, según sus instrucciones —terminó el empleado con un guiño.
Se apresuró a ponerse el abrigo y los guantes. Una última mirada al espejo. ¡Qué pálida estaba! Los ojos parecían dos pozos negros. Bajó las escaleras hasta el vestíbulo. Su padre parecía enfermo, angustiado. Randolph, pálido y serio. Se unió a ellos y salieron a la calle. Las farolas del alumbrado público ya estaban encendidas y en el aire se notaba el frío provinente de las montañas. El expresso llegaba con campana tintineante y envuelto en nubes de vapor.
Desde el hotel hasta la estación la distancia era corta. En el andén Janey examinó a cuantos grupos abarcó con su vista. Cuando vio a Black Dick y a sus dos compañeros, suspiró aliviada. Desde luego, aquel tercer hombre que había mencionado Dick, era algo formidable. Incluso Dick parecía un chico a su lado. Janey comprendió que Dick y Snitz ya la habían visto. Se paseaban de un lado a otro y era indudable que Randolph no los había advertido^ si bien era de ver que no estaba de humor para fijarse’ en quien andaba a su alrededor.
El señor Endicott, con cierto esfuerzo, indicó:
—Éste es nuestro vagón.
—Papá, mira si el salón está dispuesto, por favor —insinuó Janey, al mismo tiempo que daba la vuelta para ver a Randolph de frente. Por encima del hombro de éste advirtió que los tres vaqueros se aproximaban en sus idas y venidas. Black Dick parecía dirigir la operación. Janey tuvo de pronto la seguridad de que todo se desarrollaría como lo tenía previsto... un éxito completo.
Su padre bajó del vagón diciendo:
—El salón está dispuesto —y sin duda incapaz de resistir más tiempo el dolor de Randolph, se despidió de éste con voz entrecortada diciéndole—: Bien, Randolph^ hasta la vista. Pronto nos veremos de nuevo.
Sin aguardar a una respuesta ascendió de nuevo la escalerilla y entró en el coche.
Janey se acercó más a Randolph. Alzó sus ojos, mirándole, diciéndole que había que estar ciego para que él no viera en ellos reflejado su amor, pero Phillip estaba ciego de veras. Cogiendo un botón de su abrigo y retorciéndolo, como para llamar su atención, le miró diciendo:
—Phillip, lo siento... Prométame que no volverá a raptar a otra chica...
—¿Por qué no? ¡Si supiera que había de importarle, mañana mismo lo haría! —respondió con palabra entrecortada.
Sonó la campana de la estación avisando la próxima salida del convoy y casi inmediatamente oyóse la voz del jefe, gritando:
—¡Viajeros al tren!
Janey dio media vuelta y subió un peldaño de la escalerilla, al mismo tiempo que veía cómo tres grandes sombras se abatían sobre Randolph, lo alzaban en vilo... Terminó de subir la escalerilla, estaba en la plataforma del vagón, abrió la portezuela de entrada al salón y aguardó unos instantes. Oyó unas pocas exclamaciones entrecortadas, entrechocar de cuerpos, respiraciones agitadas, frote de botas pesadas y luego aquellas tres sombras, forman— do un conjunto llevando con ellas a Randolph, que Be debatía con furia inusitada. Janey se refugió hacia el fondo del salón, mientras oía a Dick, exclamar con voz baja:
—¡Bill, atízale! ¡Esto es un toro rabioso! ¡Venga, dale! Oyóse un golpe sordo y blando. La lucha cesó como por encanto. Janey ordenó en voz baja:
—¡Entradlo... aquí! ¡Iros inmediatamente!
Soltaron a Randolph en el suelo, salieron a la plataforma y desde allí saltaron a la entrevia, desapareciendo en la oscuridad. Silbó la locomotora, el encargado del andén acudió corriendo y preguntando en voz alta:
—¡ Señora! ¿Ocurre algo? ¡He visto saltar a alguien desde este vagón!
—Nada de. particular. No se preocupe. Mi esposo se ha encontrado de pronto indispuesto y he rogado a unos vaqueros que lo subieran hasta aquí. Pero ya se repone. Como que la locomotora ha silbado, estos muchachos se han apresurado a bajar —explicó Janey.
—¡Menos mal! ¡Temí un atentado o algo semejante!
—respondió el empleado, visiblemente aliviado.
El señor Endicott apareció por el pasillo y preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué es este alboroto? Sujetando la puerta y con voz clara para que le oyera, pues el tren ya ganaba velocidad, Janey respondió:
—Papá, he hecho algo que tú me has enseñado... He secuestrado a Phillip.
Su padre sólo supo contestar, uniendo sus manos por encima de su cabeza:
—¡Santo cielo!
Janey cerró y pasó el cerrojo a ambas puertas. Luego dio la luz. En el suelo, yacía Randolph, respirando entrecortadamente. Su rostro aparecía manchado con un poco de sangre. Aquella ceja partida por Ray y cuya herida todavía no estaba del todo cerrada, había vuelto a sangrar ligeramente. Janey humedeció su pañuelo y le limpió el rostro. Había dicho a Black Dick que no se anduviera con contemplaciones, la cuestión era acabar pronto... sentía remordimiento. De pronto vio cómo él la miraba con ojos desorbitados.
Había vuelto en si. Asió sus muñecas con manos temblorosas. Miró un instante a las luces que desfilaban fugaces por las ventanillas y por fin pareció que comprendía lo que había ocurrido.
—¡Me han arrojado en el tren! —balbuceó.
Janey se levantó y de pie ante él, le dijo:
—Veo que lo adivinas todo. Así es. Te he raptado.
—¿Por qué, Janey? ¿Por qué? ¿Necesitas llevar tu venganza hasta este extremo? ¿Por qué eres tan cruel? ¿No puedes tener algo de piedad? —exclamó, cerrando sus ojos y dejando caer hacia atrás la cabeza.
—¡ Phillip! —exclamó Janey, acariciando las sienes con manos temblorosas.
Viendo que no respondía a su llamada, se inclinó hacia él, repitiendo suavemente:
—i Phillip!
Ninguna respuesta. Dejando su cabeza hasta el hombro de él, susurró a su oído:
—¡ Phillip! ¡Esposo mío!
Al conjuro de aquellas palabras, Randolph abrió los ojos y con mirada extraviada, imploró para que le explicara lo que ocurría.
—¡Te he raptado! ¡Como tú hiciste conmigo! ¡Te he aprisionado para siempre! —exclamó Janey con pasión.
—¡Por favor! ¡Te lo imploro! ¡Dime que no estoy soñando o bien que no estoy loco! —gimió Phillip. Cerrando sus manos por detrás de la nuca de Phillip, Janey sonriendo dulcemente, prosiguió:
—Muy bien, mi amor... eres testarudo. Reflexiona un instante. ¿No estamos casados? ¿No eres mi cautivo en este tren? ¿No estamos en la víspera de nuestra luna de miel?
—¡Es demasiada felicidad! ¡Me engañas otra vez! ¡No puedo creerlo!
Besando las heridas de su rostro, ella le preguntó:
—¿Y ahora...? ¿No crees en esto?
—¡No! ¡No puedo creer en ello!
Entonces le besó los ojos, las mejillas y por último con un rapto de pasión en los labios, murmurando:
—¡Phillip! ¡Te amo! ¡Te amo lo indecible!
—¡Amor! ¡Amor mío! ¡Repítelo... una y otra vez!
—¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amo! ¡Una y otra y mil veces te lo repetiré! ¡Hasta el fin de nuestros días! ¡Soy lo que has hecho de mí! ¡Lo que querías que fuera! ¡Antes de encontrarte era... una aturdida! ¡Si no era algo vituperable... estaba en camino de serlo! ¡Tú me has salvado! ¡Tú me obligaste a reflexionar! ¡Tú y aquel desierto! ¡Ambos me vencisteis! ¡Os bendigo por haberme convertido en una mujer digna! ¡He olvidado todo lo banal, lo inútil, lo frívolo! ¡Trabajaré contigo y me esforzaré en darte un hogar! ¡Perdóname esta última farsa! ¡Bésame! ¡Bésame otra vez! ¡ Si hubieras visto la cara de mi padre cuando te ha visto aquí! ¡Ven, vamos a verlo! ¡Ven y dile que me has encontrado, que me has conquistado! ¡Que yo soy para ti la verdadera ciudadela de Beckyshibeta!

FIN


notes

Notas a pie de página

[1] Desierto Pintado. (N. del T.)
[2] Río Pequeño Colorado. (N. del T.)
[3] Elías. (N. del T.)
[4] Guillermo Francisco Cody (1846-1917). Correo del célebre «Pony Exprés», escucha al servicio del Ejército de los EE. UU du¬rante la Guerra de Secesión. Desde 1867-1868 mató más de cuatro mil búfalos para proporcionar carne a los obreros que construían el ferrocarril «Transpacific». Desde 1868 a 1878 de nuevo al servicio del Ejército de los EE. UU. en sus campañas contra los cheyenes y los siux. En combate personal dio muerte al jefe cheyene «Mano Amarilla». En 1883 organizó un espectáculo circense llamado «Wild West Show», que representaba escenas del— Oeste y ton él recorrió casi todo el mundo. (N. del T.)
[5] Reina de Escocia. A la muerte de su prima segunda María Tudor, adoptó el título de reina de Inglaterra, atrayéndose el odio de su prima segunda Isabel. Cuando María Estuardo huyó de Escocia, Isabel la mantuvo prisionera diecinueve años. Luego la hizo juzgar y murió decapitada.
[6] Conde Jacobo Hepburn Bothwell. Hizo asesinar a Enrique Darnley, esposo de la reina María Estuardo y luego se casó con ella. Más tarde, expulsado de Escocia se dedicó a la piratería. Murió pre¬so en un calabozo de ¡un castillo danés.
[7] Guillermo Wordsworth (1770-1850). Poeta inglés, cantor de la Naturaleza.
[8] Alfredo Tennyson (1809-1892). Poeta inglés, grandilocuente. Quizá excesivamente.
[9] Juan Ruskin (1819-1900). Escritor y crítico de arte y social inglés. (N. del T.)
[10] Zona residencial de las familias conspicuas neoyorquinas. (N. del T.)
[11] Dick el negro

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