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jueves, 8 de junio de 2017

Prendida En Sus Propias Redes (Zane Grey)

Prendida En Sus Propias Redes
Zane Grey

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La protagonista de esta obra, una joven huérfana, decide olvidar su soledad bajo los pinos de la selva, en el pueblo salvaje de los cazadores de abejas. Pero no amará nunca. Su alma se modeló como los bosques, y era como ellos bulliciosa y grave; reía con el sol y los pájaros, cantaba con los arroyos y le agradaba el fragor de las tormentas. No pretendía rehuir la fatiga, pero se mantenía lejos del amor. De nuevo evoca Zane Grey el ambiente que ha servido de marco a sus más famosas narraciones. Su profundo amor a la Naturaleza resplandece en todas las páginas de esta novela vivaz y dinámica, cuya protagonista es una de las figuras femeninas más atrayentes que ha dibujado el celebrado escritor, tal vez porque simboliza en cierto modo toda la indómita poesía de las selvas.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
notes

Zane Grey
PRENDIDA EN SUS PROPIAS REDES
FB2 Enhancer


I
Lucy Watson abandonaba su casa con profundo pesar. Durante largo rato contempló con los ojos anegados en llanto aquel hogar desierto. Sin embargo, aquella tristeza, más que por las circunstancias presentes, procedía de sucesos pasados; del recuerdo de los tiempos en que vivía su madre y la fuga de su hermana menor con un cowboy... ¡La fuga de Clara había sido el último golpe!
A la muerte de su madre, Lucy permaneció en casa con la esperanza de que podría evitar que su hermana siguiese el camino de sus familiares. Desde niña, cuando todavía iba al colegio, habíase sentido hondamente acongojada por ser hija del dueño de un saloon; y ante semejante oprobio habíase forjado el ideal de elevarse por encima de aquella situación vergonzosa en que la colocaron las circunstancias desde su nacimiento.
Ahora, el desvío hacia ella demostrado por Clara al abandonarla habíala dejado en completa libertad de acción, por lo cual se disponía a dejar la ciudad donde había nacido. Su corazón estaba dolorido, pero, a pesar de todo, alentábala una dulce sensación de alivio y esperanza al salir de allí.
Durante el trayecto hasta Oglethorpe, en donde debía hacer trasbordo, pudo, concentrar su pensamiento y pasar revista a su vida. Se había graduado en la Escuela Superior y en la Normal con notas brillantes, y, entre varios empleos que se le ofrecieron, eligió uno que consistía en trabajar por el bienestar de las gentes que por entonces habitaban en lo más recóndito de las montañas del Oeste. Aquélla no era, en realidad, una labor de misionera, puesto que las empleadas que se dedicaban a ella dependían de un departamento del Gobierno del Estado y su obligación consistía en irse a vivir entre las pobres familias de las selvas y ayudarlas a mejorar sus vidas y hogares.
«¡Mejorar sus hogares!» El significado de aquellas tres palabras fue lo que decidió a Lucy a hacer su elección.
¡Si su ideal había sido siempre el mejoramiento, de su hogar propio! Por cierto que lo había conseguido plenamente mientras vivió su madre.
El suelda ofrecido era pequeño; pero aquello no la preocupaba. Lo único importante para ella era verse apoyada por un departamento oficial que le abría un crédito del que podía disponer prudencialmente para lograr mejor el laudable fin, a que iba destinado.
Cuando aceptó aquel empleo fuéronle hechas dos advertencias que la sumieron en profundas meditaciones. Míster Sands, el jefe del departamento, le dijo: «No crea usted que nos fiamos fácilmente de todas las jóvenes que se nos presentan para desempeñar esta clase del trabajo, puesto que es éste una especie de experimento que el Estado realiza. Creemos que, en buenas manos, puede ser una labor muy beneficiosa para esas gentes ignorantes que viven en los backwoods1. Si quiere usted triunfar, señorita, la recomiendo encarecidamente muchísimo tacto, inteligencia y el ejercicio constante de su reconocida bondad.»
Aquel cumplido satisfizo mucho a Lucy. En cambio, la observación que luego le hiciera místress Larabee, perteneciente asimismo a aquella organización del protectorado, la hizo sonreír: «Es usted una linda joven, miss Watson, y puedo asegurarle que producirá usted gran sensación entre los hombres de Cedar Ridge. Yo estuve allí el pasado verano y le aseguro que en mi vida había visto muchachos como aquellos. ¡Son verdaderos gigantes!
Robustos, toscos y salvajes..., ¡pero me gustaron! Por eso, pues, no me sorprendería verla a usted casada con alguno de ellos...»
Oglethorpe era un apeadero en plena selva, de donde partía un ramal. El! tren que allí aguardaba estaba compuesto por dos vagones y una máquina. Indios ataviados con sus vistosas mantas y mejicanos tocados con anchos sombreros de puntiagudas copas miraban con indiferencia a Lucy transportando sus pesados fardos de un tren a otro. Un joven guardafrenos que la había estado observando decidióse por fin a ayudarla, sin dejar por ello de dirigirle atrevidas miradas.
El coche no estaba del todo lleno, y los pasajeros que lo ocupaban, para Lucy, eran todos ganaderos. El tren arrancó y pronto empezó a deslizarse por un terreno desigual que la joven comenzó a contemplar por la ventanilla, distraída de sus cavilaciones. La llanura desierta trocóse pronto en un terreno montañoso, alfombrado por toda la gama de verdes de la primavera, al tiempo que se perdía el asfixiante tufo del ganado. En la lejanía erguíase una oscura altiplanicie que Lucy supuso sería la región montañosa de los grandes bosques adonde ella iba destinada.
Al mediodía el tren llegó al final del trayecto, San Dimos, que era un villorrio compuesto de casas con tejados planos. Lucy no se interesó más que por la diligencia que debía conducirla a Cedar Ridge, su punto de destino. El joven guardafrenos volvió de nuevo en su ayuda y le transportó el equipaje.
—Usted va hacia los bosques, ¿eh? —preguntóle curioso.
—Sí, eso creo que me dijeron: bosques o backwoods —contestó la muchacha sonriendo—.
Voy a Cedar Ridge y aun puede que más lejos todavía...
—Sola... ¡una chica tan bonita! —exclamó él, galante—. ¡Por menos de dos centavos mandaba mi empleo al diablo y me iba con usía!
—Gracias, pero no creo que necesite protectores como usted —replicó Lucy.
—Pues entre aquellos cazadores de abejas y bebedores de mula-blanco... ¡ya lo creo que puede necesitarlos, señorita!
—No va usted a hacerme creer que son más peligrosos que los cowboys de los ranchos...
o que los guardafrenos del tren... —repuso ella sonriendo— Pero, de todos modos, creo que puedo guardarme sola.
—¡Ya lo creo que puede! —exclamó el muchacho con admiración—. ¡Que tenga buena suerte!
Lucy era el único pasajero de la diligencia. El conductor, un viejo curtido por los años, parecía estar muy enfadado con los caballos. Lucy saltó a la delantera del carruaje y sentóse a su lado en el pescante, a fin de poder contemplar mejor el panorama y tener ocasión de preguntarle cosas sobre el país y sus moradores; pero el cochero no se mostró muy dispuesto a satisfacer sus deseos. La joven refrenó, pues, su curiosidad y dedicóse a contemplar la cambiante naturaleza del follaje y el magnífico paisaje que en aquel momento se descubría entre dos colinas.
Era imposible no preguntarse qué iba a sucederle; y el alegre repiqueteo de las campanillas de los caballos, el rítmico golpear de sus cascos y el traqueteo de las ruedas, todo parecía aumentar la sensación de que iba a pasar de una vida desagradable a otra nueva, llena de esperanzas, de ensueños y de posibilidades... Fuera lo que fuese lo que le aguardaba, el laudable fin del trabajo que había aceptado la sostendría firmemente en su ideal.
Las únicas instrucciones dadas a Lucy fueron: que debía irse a vivir entre las familias que moraban en los backwoods, entre Cedar Ridge y lo que llamaban Rim Rock, y valerse de su ingenio para enseñarles a mejorar sus hogares y su modo de vivir. Su plan de acción no había sido limitado por ningún método, restringido en ningún sentido, ni cohibido por ninguna iglesia o sociedad. Debía proceder con arreglo a su propio criterio y redactar una memoria sobre los progresos que realizara. La responsabilidad que pesaba sobre ella constituía un estímulo; le habían insinuado lo que podía esperar en el camino de las dificultades, y de su éxito o de su fracaso dependía en gran parte el futuro desarrollo de aquella sección del protectorado. Lucy se daba perfecta cuenta de lo que aquellas pobres gentes podían ganar o perder por su causa; y no obstante, aunque acosada por la duda y por su natural! modestia, comprendió que se le presentaba una magnífica oportunidad, por lo que decidió esforzarse a poner en juego todo su valor e inteligencia.
Poco o nada era lo que podía planear hasta que se hallara entre aquella gente; pero durante aquel largo trayecto entre solitarias colinas, siempre subiendo e internándose continuamente en un terreno cada vez más elevado, decidió lo que creyó ser el paso inicial para el buen éxito de su empresa; poner toda su fe y todo su entusiasmo en el trabajo.
Tal decisión le dio valor para dirigir nuevamente la palabra al viejo que guiaba el carruaje —Falta mucho para llegar a Cedar Ridge?
—¡Bueno! Unos calculan que está a unas veinticinco millas; otros dicen que hay más —balbuceó el viejo—, pero yo no estoy de acuerdo con ninguno de ellos.
—Pero usted, seguramente, debe saberlo... —dijo Lucy dándole importancia—. ¿Cuánto hay?
Yo calculo... unas veinte millas si es a vuelo de cuervo; pero si el camino se hace andando, entonces creo que serán unas cuarenta.
Lucy se sintió todavía más confusa con la explicación que acababa de darle el hombre y no quiso arriesgarse a enredar todavía más la madeja. Estaba segura de una cosa: de que el camino seguía subiendo siempre. Hacia media tarde la diligencia llegó a la cumbre de lo que parecía una región elevada y tortuosa, cuyo terreno se veía a trechos tapizado de fina hierba, mientras en otros aparecía cubierto de espesos matorrales que se extendían a lo lejos hacia una escarpada y negra montaña coronada por una faja de rojiza roca que brillaba bajo los ardientes rayos del sol.
Dirigió la mirada hacia el poniente y vio una extensa hondonada gris y verde, detrás de la cual erguíanse altivamente en hilera unos escarpados picos, agudos y escabrosos, entre los cuales quedaban unos ásperos declives. ¡Qué variados y salvajes parecían! Más lejos, hacia el sur, las desiertas montañas ofrecían sus, desnudas y rocosas superficies de aspecto siniestro e inhospitalario en selvático abandono. A su vista sintióse Lucy profundamente conmovida.
De modo gradual fue desapareciendo de sus ojos aquel paisaje a través del ondulante camino y pronto llamaron su atención entre los claros de la maleza unos campos cercados, con algunas cabañas, escaso ganado y varias caballos. Pero, por más que miró, en ninguna parte pudo ver alma viviente.
El conductor aceleró la marcha de los animales, que trotaban como si el establo y el pienso no estuvieran demasiado distantes. Para Lucy la jornada había sido fatigosa; estaba exhausta a causa de las innúmeras y nuevas sensaciones; entornó las ojos para descansarlos y se quedó adormecida.
Cuando el conductor la despertó no tenía noción del tiempo que había transcurrido.
—Oiga, señorita, ahí está Cedar Ridge; y esa colina verde que hay encima es lo que da el nombre a la villa. Todavía falta un buen tirón..., pero yo calculo que llegaremos al oscurecer.
Lucy quedó maravillada al contemplar aquel hermoso valle, coloreado en aquellos momentos por la luz del sol poniente. Un grupo de chozas y casitas anidaban al pie de un verde cerro, en declive ondulante y suave, entre árboles cubiertos de verde follaje. No podía ser aquélla, de ningún modo, la región de los backwoods a la cual se dirigía. A Lucy la extasió el panorama; luego levantó la vista hacia el cerro que daba su nombre al pueblecillo; a lo lejos, de este a oeste, extendíase detrás del cerro una enorme y oscura barrera de tono azulado que ocultaba el horizonte.
Con gran sentimiento por su parte, la naturaleza ascendente y ondulante del camino volvió a ocultar el magnífico paisaje. Al poco rato escondióse el sol. El crepúsculo duró breves instantes y pronto reinó la oscuridad de la noche. Jamás había respirado Lucy el aire de la montaña, pero pronto lo reconoció. ¡Qué frío y qué puro era! ¡Con qué fruición lo aspiraba...! ¿Cuándo acabaría aquel camino...? La joven escudriñó en la oscuridad, con la esperanza de descubrir las luces del villorrio; éstas aparecieron, al fin, vagas y diminutas, en lontananza. Al cabo de un rato oyó los ladridos de los perros y al dar la vuelta a un grupo de árboles, el carruaje entró en una ancha calle formada por casitas de techados planos, por entre las cuales frenó el cochero la marcha de los caballos.
—¿Vendrá alguien a esperarla, señorita? —le preguntó.
—No —contestó ella.
—Bien. entonces dígame dónde debo dejarla a usted. ¿En correos, en el almacén o en el hotel?
Lucy iba a contestarle cuando el hombre le aclaró que los tres sitios mencionados estaban en el mismo edificio. Cuando la diligencia se detuvo, Lucy descubrió un alto pórtico, bajo el cual vagaban oscuras siluetas humanas levemente iluminadas por la amarillenta luz de las lámparas, tan escasa, que apenas le permitía distinguir los bultos de su equipaje.
Afortunadamente el cochero acudió en su ayuda.
—¡Ya estamos... ,Cedar Ridge... punto final! —balbuceó el hombre.
La joven descendió apresuradamente a fin de reunirse con su guía.
La oscuridad, lo extraño del lugar y aquellos hombres silenciosamente agrupados precipitaron un poco los latidos de su corazón. Con paso largo siguió al viejo que la precedía por entre dos hileras de individuos, algunos de los cuales inclináronse un poco para distinguirla mejor;
y llegó a una habitación espaciosa, confusamente alumbrada por una lámpara que pendía del techo.
—¡Eh, Bill, esto es cosa tuya! —gritó el conductor dejando el equipaje en el suelo—. Y a usted, señorita, yo le agradeceré que me dé diez dólares... que es el precio del viaje.
Lucy fue a colocarse bajo la lámpara para buscar el dinero en su bolso, y cuando se volvió para pagar al conductor, vio junto a ella a un hombre alto, que se inclinó servicial.
—¿Necesita cena y cama, madame? —le preguntó. —Sí. Soy Lucy Watson, del poblado de Félix, y necesitaré habitación y comida por uno o dos días... hasta que encuentre el lugar adonde me dirijo —contestó la joven.
El hombre encendió otra lámpara y la alzó para ver la cara de la forastera, mientras le decía:
—Me complaceré en servirla en lo que pueda; conozco bien estos lugares. Venga conmigo.
Y la condujo por una ancha sala hasta una escalera, en lo alto de, la cual había una puerta que daba acceso a una pequeña habitación. El hostelero depositó la lámpara sobre la repisa del lavabo, y, retirándose, murmuró —Yo mismo le subiré su equipaje. La cena estará dentro de pocos minutos.
Tan pronto como el hombre hubo traspuesto el umbral, precipitóse Lucy a examinar la cerradura de la puerta. No había en ella cerrojo ni llave, pero un pestillo vino a tranquilizarla y una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro.
—¡Soy una funcionaria valiente! —se dijo a sí misma con ironía.
Después examinó el cuartito. Además del lavabo mencionado, había una silla y una cama al parecer limpia; pero seguramente necesitaría —el montón de mantas que había a los pies, ya que un airecillo frío parecía filtrarse por todas partes llegando a, helar el agua del jarro. Antes de que estuviera dispuesta para bajar a cenar oyó un toque de campana, seguido de un confuso barullo de voces, pisadas y ruido de sillas.
—Serán esos hombres que vi cuando llegué, que se disponen a cenar —murmuró—.
Cazadores do abejas y bebedores de «mulo-blanco», los llamó el guardafrenos,..
¡Bien! Puesto que debo conocerlos, cuanto más pronto mejor.
La escalera y la sala estaban tan oscuras, que Lucy tuvo que guiarse por el sonido de las voces que venían de] comedor. Ni su valor ni su orgullo podían disimular las desconocidas emociones que experimentaba. Al fin y al cabo era una muchacha sola que se hallaba en el umbral de una nueva vida. Conteniendo la respiración, abrió la puerta.
El comedor estaba ahora profusamente iluminado y lleno de hombres sentados alrededor de las mesas. Cuando Lucy entró, cesó por encanto el murmullo de— las voces y pareció como si una, oleada de rostros se volvieran hacia ella. En uno de los, ángulos había una mesita vacante y fue a sentarse en una de las dos sillas que tenía arrimadas. Sentíase cohibida por la atención de que era objeto. Por fortuna llegóse a ella el dueño para preguntarle qué deseaba comer; y cuando, después de habérselo manifestado levantó la vista, vio con sorpresa que ya ninguno de aquellos hombres se fijaba en ella. Sus caras y sus trajes eran toscos, pero en conjunto su aspecto le fue simpático a la joven, que, sin darse cuenta, se puso a escuchar las frases sueltas que de distintos grupos llegaban a sus oídos.
—Jeff quiere arar en seguida —dijo uno.
—Creo que el terreno estará completamente encharcado —fue la respuesta.
—Esta mañana me tiró :el caballo.
—¡Oye! ¿A quién vas a invitar al baile...?
—¿No sabes? ¡Letty March me ha pagado lo que me debía! ¡Por poco me mata la sorpresa!
—Edd Deunfeade ha vuelto tras Sadie a pesar de que ya le despreció una vez...
Y así, de distintos grupos, iba llegando hasta la muchacha la simple y ruda charla de aquellos hombres. En las conversaciones dominaba siempre la nota de humor y seguramente eran tan bromistas como los jinetes de las llanuras. Lucy esperaba que alguno se acercaría a ella, por lo menos que harían algún chiste a su costa; pero no sucedió nada de aquello.
Prescindieron de ella como si no estuviera allí, a pesar de ser la única mujer que había en la sala; sin duda les imponía. Sin embargo, Lucy —mujer al fin— se sintió ligeramente ofendida por tal indiferencia.
En seguida le fue servida la cena y como tenía excelente apetito, le prestó toda su atención, Después de cenar no le quedaba otra cosa que hacer que irse a su habitación. Hacía mucho frío y se metió inmediatamente en la cama, entre cuyas heladas ropas se puso a tiritar hasta que, poco a poco, un calorcito confortable fue invadiendo todo su cuerpo. La oscuridad reinante era completa. Las voces de la planta baja de la casa llegaban vagamente hasta ella y por la abierta ventana oíase el paso lento de los transeúntes y el tintinear de las espuelas.
Luego, muy distante, resonó el aullido de, un perro seguido del ladrido salvaje de un coyote, que produjeron a Lucy una sensación de soledad desconocida. Fue entonces cuando se dio cuenta de que pensar en aquella soledad no era lo mismo que sentirla como en aquel momento. La idea —de separarse de la familia y de las amistades no era, en efecto, lo mismo que su realización. Al fin se había desligado de todos los lazos que la retenían y se hallaba sola en el mundo, siguiendo su propio camino.
Una ligera pero terrible incertidumbre la asaltó. Realmente deseaba la independencia, pero había que reconocer que en su primera etapa se le presentaba muy dura. Se le anegaron los ojos en lágrimas y, como una chiquilla, estuvo llorando hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente se despertó bañada por los rayos del sol. Un vivo y frío airecillo llegaba hasta ella embalsamado con un dulce aroma silvestre, enteramente nuevo; y con la radiante luz del día recobró todo su valor hasta el punto de sentirse alegre. Se puso un vestido de lana y unos zapatos más fuertes.
La frialdad del aire y del agua aceleraron su tocado. ¿Cuándo habían estado sus mejillas tan rosadas como ahora? ¿Cuándo se había mostrado tan, rebelde su cabellera? Pero aunque sus manos no hubiesen estado entumecidas por el frío, no habría tenido tiempo de cepillársela. Bajó rápidamente al comedor y vio con alegría un gran fuego de troncos que chisporroteaba resplandeciente en la chimenea. La estancia estaba vacía, pero en aquel momento abrióse la puerta de la cocina y apareció una mujer robusta que la saludó amablemente.
—Señorita Watson, mi marido dice si podemos serle útiles en, algo —le dijo bondadosamente.
Desde luego, ustedes pueden darme los informes que necesito —le contestó Lucy.
—Voy a servirle el almuerzo y luego ya me dirá qué es lo que desea usted saber.
La mujer del propietario hizo su propia presentación diciendo que se, llamaba Lynn, y resultó ser una persona muy cariñosa, muy amable y muy llena de curiosidad. La joven le expuso francamente el género de trabajo que se disponía a acometer.
—¡Ah, señorita! La idea es excelente —repuso la señora Lynn—. Sólo falta que los Denmeade la acepten de buena gana.
—¿Es que son demasiado orgullosos... o... porque es algo... que no querrán dejarme intentar? —preguntó Lucy, acongojada.
—No..., es que aquí arriba todos somos gentes sencillas... y las familias de los backwoods son muy retraídas —contestó la hotelera— No sé si llamarlos orgullosos; porque ¡bien sabe Dios lo ignorantes que son! Pero... ¡son backwoods... y permanecen metidos en sus agujeros como los cerdos del país!
En aquel momento apareció el marido en la puerta de entrada. Era un hombre delgada y pálido, y su cavernosa tos acusaba con evidencia alguna enfermedad pulmonar.
—Oye, Bill —llamóle su esposa—. Mira, la señorita Watson trae una misión maravillosa.
¡Si pudiera lograrlo...! Viene enviada por el gobierno para vivir entre nuestra gente de los backwoods y enseñarles. cosas... Me ha explicado un sinfín de proyectos que piensa realizar; se dedicará a mejorar los hogares de esa pobre gente... ¿Qué te parece?
—Lo primero que debo decir es... que es una muchacha muy buena y muy valiente al querer tomarse tanto trabajo —replicó el señor Lynn—. Después añadiré que también es bueno el gobierno por querer hacer eso. Pero... ¡que me cuelguen si puedo decir cómo se tomarán eso los Denmeade y los Claypool!
—Pero Bill, ¡si es una idea tan magnífica! —exclamó su esposa con vehemencia—. Ella puede: hacer mucho en favor de las madres y de los niños de allá arriba. ¡Debemos ayudarla a empezar!
—¡Me lo figuro! ¡Bueeeno! Veamos —contestó reflexionando el hostelero mientras se rascaba la cabeza—. Si a nuestros vecinos de los backwoods se les acerca alguien como es debido, son amables y hospitalarios. Sus mujeres aceptarán con gusto a quien vaya a ayudarlas; pero los hombres... eso ya es harina de otro costal. Esos ya son muy duros de pelar. Ahora, como la señorita Watson es joven y bonita, quizá podría intentar algo si... si pudiera engatusar a Edd Denmeade, o a otro cualquiera de esos cazadores de abejas, para casarse...
El hombre soltó una carcajada mirando intencionadamente a Lucy. La señora Lynn se tomó el asunto con más seriedad.
—Voy a explicárselo mejor, señorita —atajó la mujer—. No debemos darle una mala impresión de nuestros vecinos. Los hombres de los, backwoods no son Barba-Azules ni mormones, si bien su manera de buscar esposa no deja de ser bastante ruda. Son gente intrépida y honrada. Edd Denmeade, por ejemplo..., ¡bueno!, le advierto que es un muchacho de los que no se encuentran a menudo. Es un individuo raro, un cazador de abejas de aspecto magnífico, salvaje como los bosques en donde vive; pero es el —hombre más agradable y honrado que en mi vida he conocido. Adora a sus hermanas, da a su madre todo el dinero que gana... ¡y bien sabe Dios que es mucho... Ahora, señorita Lucy, que Edd, de grado o por fuerza, ¡la agarra a usted y la hace su esposa...! Desde luego, eso podría solucionar su situación.
—Pero, señora Lynn —protestó la joven riendo—, usted sabe que para cerrar un contrato se necesitan dos personas... Y yo no he venido a estas alturas rara casarme con, nadie. Quiero decirle, con todos los respetos debidos a la manera de cortejar de Edd, que yo me siento capaz de evitarlo perfectamente. Podemos, pues, dejar eso aparte.
—¡No esté usted tan segura, señorita! —murmuró escéptica la señora Lynn—. Vale más estar prevenida que tener que lamentarse... Quiero insistir: si Edd Denmeade se enamorase de usted... ¡entonces sería muy diferente! Pero Edd ha tratado de casarse con todas las chicas solteras de este territorio y no creo que se haya enamorado jamás de ninguna de ellas. Lo que pasa es que siente necesidad de mujer, como les ocurre muchas veces a esos muchachos. Pero esa habla en su favor, pues es tan honrada y decente, que no hace como muchas otros... Y, fuera de eso, Edd es una de tantos hombres buenos a carta cabal.
—Gracias por el aviso —repuso Lucy con sencillez—. Claro está que son útiles todos los informes que me dé de esa gente, pero lo que necesito saber ahora es cómo puedo introducirme entre ellos.
—Mary —interrumpió el señor Lynn—, he estado pensando, y tengo una idea: suponte tú, por un momento, que llamo al maestro de Rim Cabin. Ahora acaba de entrar en la oficina de correos. Es la persona que puede ayudar mejor a la señorita Watson. ¡Creo yo!
—Tráelo en seguida —replicó la mujer con viveza. Y mientras su marido salía, continuó—: Se trata del señor Jencks, —el maestro de la escuela: ¡el primer maestro que ha venido a estos lugares! ¿Ve usted? Los niños que acuden a Rim Cabin no han tenido nunca la debida enseñanza, porque siempre que venía una maestra, uno de los muchachos se la llevaba para hacerla su esposa. Ahora prueban de poner un hombre y, por lo que he oído decir, lo hace admirablemente. El señor Jencks ha venido aquí :por su salud, lo mismo que mi marido; el terreno es muy elevado y el clima seco, que es lo que les sienta mejor. Me figura que no siempre ha hecha de maestra; pero de todos modos es un buen cristiano y no es bastante joven para que las muchachas lo miren con ojos de carnero a medio morir.
En aquel momento el señor Lynn entró con un hombre flaco y encorvado, cuya delgada cara revelaba a la vez sufrimiento y bondad. Fue presentado a Lucy, quien, con más minuciosidad todavía, volvió a referir el motivo de su presencia en Cedar Ridge.
El hombre, después de inclinarse cortésmente, se sentó junto a la mesa y mirando a la joven con sus azules ojillos, de expresión bondadosa e inteligente, le dijo al fin:
—Es usted una joven muy animosa, y si es sincera, esa gente la admitirá en sus casas.
—Nadie podría ser más sincera que yo —replicó Lucy con energía—. No tengo ningún otro motivo al venir a estas tierras que el de practicar el bien. He escogido este empleo entre otros muchos que se me ofrecían parque deseo hacer algo nuevo y difícil...
—Pues lo ha encontrado usted —le dijo él—. La ocasión la tiene usted aquí, y no pequeña, por cierto. Hay una veintena de chiquillos que podrían muy bien pertenecer a familias salvajes. No hay ni un médico que los asista cuando están enfermos, ni una iglesia, ni una diversión, ¡ninguna de las cosas bonitas comunes entre los niños! Ni un libro, ni un juguete..., ¡nada, a excepción de la escasa enseñanza que les doy! En invierno no dan clase a causa del tiempo. Hace un mes que estoy aquí; tengo veintisiete alumnos en mi escuela. El mayor es un chico de nueve años, pero es un hombre; y el más pequeño, una niña de cuatro.
Son como una pandilla de salvajes; pero me preocupan más ellos que ninguna otra criatura de las que he enseñado en mi vida. El problema sólo está en ganárselos.
—Debe de ser un verdadero problema para un forastero... —comentó Lucy con seriedad.
—Yo creo que una joven se los ganaría antes —contestó el maestro—; pero, por la menos, las chiquillos me aceptan. El problema de usted, señorita, será muy diferente al mío; sin embargo, no quiero tratar de él porque temo desanimarla. Lo que sí le diré es que he aprendida mucho en sus vidas. Al principio me parecía una tragedia; pero voy deduciendo que, al fin y al cabo, muchas de nuestras sociedades en realidad no son tales. Esa gente joven y esas criaturitas son verdaderamente felices. Tienen pocas necesidades porque desconocen las que crea la civilización. No es por medio de sofisticaciones como les beneficiará usted.
Alegrar y pulir lo que les rodea; desterrar su primitiva suciedad; enseñar cosas útiles a los pequeños... ¡He aquí su cometido!
—¿Puede usted aconsejarme cómo debo empezar...? ¿A quién podría acercarme primero? —preguntó la joven.
—Venga conmigo —le contestó el señor Jencks solícitamente—. Yo regreso allí hoy mismo.
Vivo en casa de los Johnson, a cinco millas de la cabaña de Rim, que es el nombre ole la escuela. La llevaré a usted a ver a Lee Denmeade, que vive unas millas más allá, en lo alto de los bosques, al pie de la Roca de Rim. Él es el hombre más influyente entre todos las backwoods, y casi me inclino a creer que le gustará su propósito.
—Muchas gracias; es usted muy amable y acepto gustosa su compañía —repuso Lucy, agradecida.
—Vendré a buscarla, pues, dentro de una hora.
Salió el maestro y entonces Lucy preguntó a la señora Lynn:
—Cuando el maestro insinuó algo sobre mi problema y dijo que no quería desalentarme, ¿hacía alusión a esa..., a ese deseo de casarse al que aludió usted antes?
—Creo que ha dado usted en el clavo —repuso la hostelera con gravedad, pero sonriendo levemente— Es el único problema que se le presenta. Por lo demás, será usted una bendición para las madres que trabajan sin descanso y una enviada de Dios para los niños.
—Entonces ya puedo afrontarlo todo —terminó Lucy. Y echó a correr escaleras arriba para recoger sus cosas y cerrar el paquete que había abierto.
Mientras sus manos, realizaban aquella tarea, su imaginación no dejaba de trabajar; primero, de buen humor; después, pensativa; y, al fin, soñadoramente. En verdad sentíase intrigada por el carácter de aquellas gentes de los backwoods y deseaba ansiosamente conocerlas. No era posible hacer conjeturas sobre aquel Edd Denmeade de que le hablaran, e hízose de él un retrato mental por cierto no muy halagüeño. ¡Pobre muchacho! Lo único que necesitaba era... una mujer, una muchacha cualquiera. Aquella idea divertía a Lucy y, sin embargo, sentía por el solitario joven cierta piedad.
«¡Confío en que no se le ocurrirá pensar en mí! —se dijo de pronto, asustada— No quisiera casarme con ningún bosquimano, ni siquiera con ningún cowboy... ¡Pobre hermanita! ¿Cuánto tiempo tardará en comprender su equivocación...? Ese Rex Wilcox no es un buen sujeto... ¡Nada! ¡Deseo que nadie me hable de casamiento! Pasará mucho tiempo antes de que piense en semejante cosa, si es que llego alguna vez a pensar en ello.»
Lucy suspiró profundamente y alejó sus pensamientos mientras acababa de arreglar su fardo. Al terminar asomóse a la ventana.
Pasó bastante más de una hora antes de que la joven estuviera sentada en el banquillo de un viejo carricoche, al lado del señor Jencks, rodando estrepitosamente por un polvoriento camino, tras el tiro de dos enormes caballos. Pero el trote largo terminó pronto al pie de una escarpada colina. El camino subía ahora en zigzag, bajo la bóveda de ramas bajas de aquel oloroso y denso bosque.
—¿Qué es eso que huele tan bien? —fue una de las muchas preguntas de Lucy.
—Son los cedros, aquellos árboles nudosos con esos haces de ramas grises colgando como cintas, cubiertas de tupido follaje verde claro. Esos cedros son los que dan el nombre a, la colina y al pueblo de Cedar Ridge —contestó el señor Jencks—. Son árboles de terrenos altos y permanecen verdes durante todo el año. A mí me gustan mucho, pero no tanto como aquellos otros, ¡fíjese!, más graciosos y de ramas más diversas: los enebros... Mire, esos otros de color lila son las nebrinas: maduran cada dos años. Aquel más alto y de copa más redonda, de ramas de corteza lisa y encarnada, es el manzanita; y aquel arbusto verde pálido de hojas puntiagudas como lanzas es el mescal... ¡Bien! Pero a la mejor a usted le interesa más que le hable de la gente de esta comarca.
—Sí, aunque le aseguro a usted que adoro con toda mi alma el campo y todas sus plantase —repuso Lucy con entusiasmo—. ¡Y nunca había tenido ocasión de vivir en él en la paz de las selvas!
—Puede que lo encuentre demasiada salvaje, como me ocurrió a mí al principio —repuso el maestro—, sobre todo cuando iba andando desde casa de los Johnson hasta la escuela, que está a cinco millas. Siempre acostumbraba encontrar por el camino huellas recientes de oso, en el barro o en el polvo; pero ahora raras veces las, veo, ya que los osos se han ido más arriba. Pero venados y pavos salvajes, los veo casi todos los días. Una noche regresé más tarde que de costumbre; había luna, y un animal gris, muy grande, me siguió durante más de la mitad del camino. No supe lo que era hasta el día siguiente, pero... ¡aún se me pone el, pelo de punta!
—¿Y qué era? —preguntó— con interés Lucy.
—¡Un león de montaña! —repuso Jencks con voz conmovida.
—¿Un león? —repitió ella, incrédula—. No sabía que hubiera leones por esta región.
—Sería un puma, o un jaguar..., no sé; pero el nombre exacto que aquí se le da es león de montaña; ya le enseñaré a usted la .piel... ¡Ah, no se apure usted! Ahora, cuando hayamos alcanzado la cumbre de esa colina de enfrente, ya verá usted como no se extraña de que habiten por ahí osos y leones... Todo esto es muy selvático.
Siendo como era Lucy una hábil interrogadora y una oyente atenta, consiguió que el señor Jencks le hablara extensamente de la gente entre la cual iba a habitar. Le contó que varios de sus pequeños alumnos cabalgaban en borricos seis u ocho millas rara ir a la escuela; que una miniatura de chiquillo acudía a ella a caballo desde :su casa, que distaba unas doce millas; y algunas veces llegaban asustados, a causa de los animales salvajes o del ganado. Le habló de los baile que se celebraban una vez por semana en la casa-escuela y le refirió cómo lo esperaban todos, en muchas millas a la redonda, criaturitas, niños, jóvenes y personas mayores; y que permanecían allí desde la puesta del sol hasta que éste aparecía nuevamente por el horizonte, ¡bailando sin parar! Son los únicos momentos que pasan reunidos, puesto que el rudo trabajo y las distancias les privan del placer de la compañía. De vez en cuando, en domingo o bien en días de cumpleaños, se visitan; pero es muy de tarde en tarde. Las muchachas emplean los pocos momentos de ocio en coser; y los hombres, en cazar y pelear.
El señor Jencks le refirió que, al principio, le causaban angustia aquellas frecuentes reyertas; pero al fin se convenció de que la gente joven de los backwoods no les daban importancia y pese a que frecuentemente degeneraban en sangrientas batallas, rara vez menguaba su mutua amistad.
Era tan interesante la charla del maestro, que Lucy apenas notó las millas de fatigosa ascensión por aquella colina. Sólo advirtió la distancia cuando el señor Jencks le informó de que estaban ya cerca de la cima y de que pronto disfrutarían de una magnífico vista panorámica.
A pesar de aquel anuncio, Lucy no podía ni remotamente sospechar lo que de repente se ofreció a sus ojos desde la cúspide de aquel cerro, arrancando, de sus labios una exclamación de asombro —¡Oh, qué maravilloso!
A sus pies extendíase ondulante una inmensa cuenca completamente tapizada por innumerables copas de árboles centenarios formando un bosque de insospechadas dimensiones. Al fondo, una colosal franja rocosa limitaba el paisaje; llana y ribeteada de un verde negro en la cumbre, pero rojiza y abruptamente quebrada en todo su frente, extendiéndose en mil gigantescos acantilados, en escarpados picachos y en enormes peñascos que se juntaban en unos sitios para separarse por otros formando espantosos precipicios, desde este a oeste, hasta perderse en la lejanía. ¡Qué diferente era aquél de todos los lugares que Lucy había visto o imaginado! Una dulce brisa fuertemente perfumada de pino llenó sus pulmones. Casi le pareció que la mascaba. No se divisaba ni un claro en toda aquella extensión verdinegra, y de existir algún hogar, debía de hallarse perdido en la inmensidad sin límites de aquel bosque. Un águila voló lejos, bajó sus pies, y el sol brillaba sobre sus anchas y extendidas alas. El débil y lejano mugido de alguna corriente de agua subía de las profundidades de aquellas, selvas y era el único sonido que venía a turbar tan profunda quietud. Quien estuviera acostumbrado a la amarillenta y árida desnudez del desierto, ¡cómo se consolaría a la vista de tantas millas de ondulante y fresco verdor! Y al fondo, la obsesión de aquel inmenso muro rojizo que parecía vedar el paso de las humanas criaturas hacia más allá. Una sensación de soledad oprimió, al fin, el corazón de Lucy.
—Estamos en la cumbre de Cedar Ridge —le dijo el maestro interrumpiendo el silencio—.
Aquel muro de montañas se llama la Red Rim Rock, o sea la roca roja de Rim; dista de aquí, en línea recta, unas treinta millas y la estamos contemplando por encima de las casas de los backwoods, entre los cuales viene usted a vivir.


II
El camino que bajaba serpenteando a través de aquellos bosques contrastaba notablemente con el que ascendía por el otro lado de la colina. Aquél era escarpado y polvoriento, mientras en éste el terreno era de margas arenosas. Los árboles que le daban sombra eran grandes y frondosos, y los pajarillos, conejos y ardillas iban dando por doquiera señales de su presencia.
En los linderos de los bosques veíanse musgos y helechos y entre los cedros que los formaban crecían asimismo numerosos pinos. El señor Jencks era locuaz y amenizaba su charla con interesantes detalles de historia natural, de botánica y con curiosos datas de silvicultura. Al parecer había sido guarda mayor de bosques en alguno de los estados del Norte y se hallaba en inmejorables condiciones de poder calmar la sed natural de saber que las circunstancias habían desarrollado en Lucy.
Descendieron a un llano y siguieron el camino por entre macizos de pinos, entre los cuales asomaba uno que parecía el majestuoso monarca del bosque. Por último, salieron inopinadamente a un, claro que causó vivísima desagrado a la muchacha. Era un pedazo de bosque talado; un espacio desnudo con troncos de árboles muertos que se erguían sobre la oscura tierra. Una desvencijada cerca de retorcidos maderos rodeaba una cabaña de madera, cuya puerta abierta y ventana vacía revelaban a las claras que se hallaba deshabitada.
—Antes vivía aquí una familia llamada Sprall, pero se trasladaron a alguno de los cañones que hay al pie de la Rim —dijo el señor Jencks—. ¡Qué hombre más imprevisor! Toda su familia era demasiado adicta al mulo blanco...
—Oiga —interrumpióle la joven—, he oído hablar algo de ese mulo blanco; sé que es una bebida y presumo que debe de cocear como un mulo de veras, pero en realidad, ¿de qué se trata?
—Pues de una especie de whisky casero, sin color, muy alcohólico. Una vez lo probé y creí morirme... ¡Sabía a fuego y a azufre! La gente de esta comarca lo fabrica en bastante cantidad; cultivan una especie de caña, de la cual destilan ese licor. Pero debo decir, en honor a la verdad, que rara vez se ve un hombre embriagado.
Más allá del calvero, el camino, a través del tupido bosque, convertíase en un verdadero túnel, cuya atmósfera se hallaba completamente impregnada del penetrante olor de los pinos.
El piso era una suave alfombra de pinocha, bajo la cual asomaban aquí y allá pequeñas elevaciones producidas por las ocultas malezas diseminadas por todas partes. Aparecieron luego algunas encinas; las primeras, raquíticas, e insignificantes, pero a medida que avanzaban, iban siendo más grandes; las había verdaderamente gigantescas. Al mediodía, los viajeros hicieron alto en la orilla del primer arroyuelo, una estrecha y murmuradora cinta de agua fresca y clara de la que Lucy bebió con avidez. El previsor señor Jencks traía consigo un suculento almuerzo que compartieron bajo la sombra de un roble.
Allí tuvo Lucy ocasión de contemplar una ardilla de un pardo rojizo, el animal más desvergonzado que en su vida había visto. Sentada en una rama demostraba bien a las claras su curiosidad y su disgusto por la presencia de los forasteros. Con sus chillidos atrajo a un hermoso grajo de azulada cresta, que vino a revolotear por allí lanzando agudísimos y salvajes graznidos.
—Confío en que las gentes de por aquí no serán tan salvajes como la ardilla y el pájaro —observó ella.
—Desgraciadamente, hay algunos que sí; como, por ejemplo, los Sprall —contestó el señor Jencks—. ¡Bueno! —continuó después de una breve pausa—. Todavía nos falta un buen pedazo: desde aquí hasta la casa de los Johnson hay unas cinco millas, pero a usted van a parecerle cinco leguas.
Si Lucy no hubiese estado dominada por el ansioso deseo de verse establecidas en el país, habría gozado muy de veras con el viaje por aquel pintoresco, umbrío y serpenteante sendero, cubierto por un verdísimo dosel, a través del cual los rayos del sol proyectaban fantásticos dibujos. El camina era todo tan monótonamente igual, que llegaba a parecer más largo de lo que en realidad era, y la joven encontró que, en efecto, las cinco millas se hacían interminables.
Hacia las dos de la tarde llegaron a otro claro menos feo que el anterior: una especie de granja desordenada y miserable, animada solamente por un ancho y verde campo en el cual estaban paciendo vacas y caballos. Los corrales, construidos con troncos, y las cercas, con estacas, conducían a una gran cabaña edificada asimismo con troncos, provista de graneros, cuyo tejado, cubierto —de musgo, evidenciaba su antigüedad. Era sin duda una de las más primitivas construcciones de aquellas lejanas comarcas.
—Es la vivienda de los Johnson, en donde yo vivo —le dijo el maestro sonriendo—. Aquel armazón de troncos cubierto con una lona es mi humilde domicilio. Pero... ¿creerá usted, señorita Watson, que ahora me gusta dormir ahí fuera?... Hoy es domingo, lo que quiere decir que los Johnson se habrán ido de visita o bien estarán todos en casa.
El señor Jencks condujo el carricoche por la puerta del cercado, pasó por un oscuro e inmenso corral que olía a caballerías y llegó hasta la cabaña.
—Me equivocaba —dijo luego—. Por lo menos, Sam Johnson está en casa. No conozco al muchacho que está con él —terminó, mientras soltaba las riendas y se apeaba.
—Me gustaría andar un poco —dijo Lucy reuniéndose al maestro.
—No se apure usted; andará, trepará y cabalgará tanto como quiera antes de que termine el día —le contestó el señor Jencks mientras recogía sus paquetes.
—¡Oh, será magnífico! —exclamó ella con alegría. Y naturalmente dirigió su mirada a los dos muchachos que estaban sentados a la puerta de la cabaña, los cuales podían muy bien ser dos de los hombres que había visto en el comedor de Cedar Ridge.
—¿Has visto qué mirona es? —balbuceó uno de ellos con voz perfectamente inteligible.
El otro se levantó, mostrando una alta y esbelta figura vestida de lienzo azul. Una maraña de pelo castaño cubría su cabeza; en su pecosa cara dibujábase una mueca.
—¡El diablo me lleve! —exclamó—. ¡El maestro se ha casado!
La mirada de Lucy cruzóse con la del maestro y, sin poderse contener, se echó a reír; no le fue posible evitar, sin embargo, que un ligero rubor coloreara sus mejillas, —Sam me lisonjea, señorita Watson —murmuró el señor Jencks—. Pero eso es muy significativo...
—Sí, se ve que no piensan más que en casamientos —comentó la muchacha, algo picada.
El maestro llamó al joven Sam, quien acudió cachazudamente. Era un gigante de unos veinte años, de ojos claros y dulce mirada.
—¿Cómo va, maestro? —le preguntó, sin dejar de mirar a Lucy.
—Le presento a Sam Johnson —dijo el señor Jencks volviéndose hacia ella—. Sam, esta señorita es miss Lucy Watson, del poblado de Félix, que ha venido a pasar una temporada entre nosotros.
—Me alegro de conocerla —murmuró tímidamente el muchacho.
—Gracias, señor Johnson —repuso Lucy.
—Sam, ¿quieres ensillar dos caballos para nosotros? Voy a llevar a la señorita Watson a casa de los Denmeade —le dijo el señor Jencks.
—Ya lo creo, maestro —contestó el aludido. Y mirando a hurtadillas a la joven, se fue en busca de las monturas.
—¿Ha traído usted algún traje de montar? —le preguntó el maestro como si de repente se acordara de algo muy importante.
—Sí, señor; he procurado no dejar olvidada ninguna de las corsas precisas para andar por las montañas —repuso la joven.
—¡Muy bien! Entonces llevaré su equipaje a mi tienda y allí podrá usted cambiarse de ropa. Por supuesto que tendremos que dejarlo aquí hasta que nos hayamos entrevistado con Denmeade. Si todo va bien se lo podré mandar esta misma noche.
El interior de la vivienda del señor Jencks era mucho más agradable que el exterior. Se trataba de una pequeña estancia tan simpática, que Lucy decidió procurarse una por el estilo, por lo menos para el verano. La decoración y mobiliario consistían en una cómoda otomana, un lavabo con espejo, una mesa, libros, lámpara y cuadros. Servían de alfombra varias pieles, sobre todo una gris, muy grande, que debía ser la del león que el maestro había mencionado, y en lugar preferente, el retrato de una mujer de dulce y triste aspecto. Lucy preguntóse si sería la esposa del maestro.
Poco tiempo le bastó para cambiarse de indumentaria. Por fortuna, aquel traje que sólo le sirvió circunstancialmente, ahora, por lo viso, le sería de gran utilidad. Lucy, cuando estudiaba, había tenido que ir a caballo a la Escuela Normal una vez por semana, debido a lo cual pudo darse cuenta de que no era mala amazona. Al coger las manoplas se le ocurrió empaquetar el vestido que se había quitado, a fin de que, si se quedaba en casa de los Denmeade, pudiese esperar el equipaje.
Después— echó una última mirada al espejo y, satisfecha de la visión que éste reflejaba, salió de la tienda, ansiosa de emprender la siguiente etapa de su aventura.
Una lustrosa jaca baya, ensillada y embridada, aguardaba impaciente, tascando el bocado. Atado en la cerca había otro caballo, sucio y peludo, de constitución muy, grande, pero al que se le marcaban todos los huesos. El señor Jencks estaba ocupado —en atar algo en la silla de la jaca; Sam Johnson vagaba alrededor de él; el otro muchacho se les había acercado. Éste no parecía tan alto ni tan delgado como el joven Johnson.
Lucy no estaba muy segura del efecto que les produciría su traje de amazona, ceñido y elegante, a aquellos hombres de los backwoods; pero como sabía que le sentaba bien, no se preocupó gran cosa. Se había hecho el propósito de conquistar o, mejor dicho, de ganarse la voluntad de toda aquella gente si era posible.
—¡Qué caballito tan lindo! —exclamó—. ¿Montaré en él, señor Jencks?
—Sí..., si puede —contestó el maestro, ocupado en su tarea—. Le aseguro que no es un caballito, sino un brioso mustang...
—¡Hala, maestro, que Buster es dócil como un cordero! —protestó Sam. Y luego, señalando a su compañero, expresivo, dijo—: Señorita Lucy, éste es mi primo Gerd Claypool.
La muchacha tuvo que dar la mano a aquel joven moreno, ya que él le había tendido la suya, enorme. Su rostro le gustó a la muchacha, por la expresión de arrojo y de timidez a un tiempo que había en él. Lucy no olvidaría nunca su observación. «Sam, ¿has visto qué mirona es...?» Y miró tan serenamente como pudo aquellos ojos azules, convenciéndose al punto de que el muchacho pertenecía al tipo de los mozos que la señora Lynn elogiara tan calurosamente. Pero otra observación que hizo Lucy fue en seguida la de que el joven estaba completamente ganado a su causa.
—¿Un brioso mustang? —preguntó ella mirando alternativamente al señor Jencks y a Sam—. ¿Significa eso algo terrible...? Les aseguro que no soy una señorita caballista... ¡ni mucho menos!
Los astutos ojos de Sam inspeccionaron primero las botas de montar de Lucy, luego las manoplas y finalmente repuso —Usted no desconoce los caballos; pero, además, Buster no es malo; jamás se ha encabritado con una chica. Háblele usted y acarícielo como si no tuviera la más remota idea de lo que puede hacer...
Así lo hizo Lucy, consiguiendo ocultar su nerviosidad, y vio que Buster no mostraba ningún vicio ni desconfianza.
Los ojos del animal, oscuros y vivos, eran fieros, pero no feroces; y como era un animal pequeño, la muchacha lo montó fácilmente, con suma satisfacción.
—¿Encuentra usted largos los estribos? —le preguntó el señor Jencks.
—Me parecen muy bien —contestó Lucy apoyándose en ellos.
—Pues yo... creo que son un poco largos..., quiero decir cortos —balbuceó Sam acercándose.
Lucy comprendió al punto que el comentario de Sam era sólo una excusa para acercarse a ella y adivinó que iba a divertirse mucho con aquellos muchachos.
—¡Oh, gracias! Estoy muy cómoda —replicó sonriendo. Entre tanto, el señor Jencks se dirigió en su cabalgadura Hacia el camino.
—Jamás he montado yo ese caballito —le dijo—. Venga usted por aquí, señorita Watson.
—Maestro, vigile que no se aparte de usted —gritó Sam mientras partían— Y usted, señorita Lucy, créame que ese animal que monta es absolutamente normal.
Lucy se volvió en su silla.
—Casi me había olvidado de darle a usted las gracias, señor Johnson —le dijo—. Es usted muy amable al prestármelo.
Y se dispuso a seguir al maestro, observando al punto que no era cosa demasiado fácil sostenerse sobre Buster. Antes de haberse alejado, oyó que Sam le decía a su compañero:
—¡Voto al infierno, Gerd! ¡Es una gran suerte que Edd Denmeade vea a esa muchacha montando mi mejor caballo!
—¡Ya lo creo...! —exclamó Gerd con una risotada. Y luego añadió algo que Lucy— no pudo entender.
En aquel momento, la joven alcanzó a su guía y atravesaron juntos los corrales.
—¿Ha oído usted lo que han dicho, señor Jencks? —preguntó Lucy.
—¡Ya lo creo que lo he oído! Esos muchachos están llenos de Old Nick. Por una parte me gustaría estar en su pellejo... y por otra no.
—¿Qué querían significar cuando dijeron que era una suerte que Edd Denmeade me viera montada en su caballo?
—Era un cumplido para usted, especialmente el énfasis con que ha sido pronunciado el adjetivo «esa» —repuso sonriendo el maestro—. Mire usted. Edd Denmeade es un ser superior para la mayoría de esos muchachos. En realidad no es más que un chico fuerte, con un gran carácter, sencillo y natural a un tiempo. Pero los otros mozos no le comprenden... y las muchachas, menos todavía. Yo creo que ésta es la causa de que ninguna haya querido casarse con él hasta ahora. Y Sam... ¡Está contento de que Edd vea a la joven más bonita que ha visitado Cedar Ridge montada en su caballo! ¡Porque Edd va a volverse loco de envidia!
—¡Santo Dios! Me asusta pensar que la mayoría de las jóvenes que han venido por aquí hayan sido feas —exclamó Lucy.
—No, no lo han sido tampoco... —replicó el maestro. Y después de una pausa continuó—: Ahora, señorita Watson, tenemos aproximadamente una milla de buen camino; galopemos, pues, pero procure no hacer lo que Sam insinuó, o sea alejarse de mí, porque, de lo contrario, estaría perdida.
Y diciendo esto, espoleó un poco a su caballo, el cual, del trote pasó al galope, mientras el de Lucy, sin necesidad de espuelas, se lanzó disparado al galope adelantándose al señor Jencks con gran alarma de la amazona. De momento no bailaba medio de sostenerse bien en los estribos, pero pronto adaptóse al balanceo del mustang y, en un atrevido impulso, hasta decidióse a dejarle correr. ¡Con qué rapidez pasaba por debajo de los pinos! Su marcha era tal, que la silla parecía dura cono una roca; pero firme en la resolución que había tomado de dominarse en todos los sentidos, dio un fuerte tirón a Buster y lo puso a medio galope. Lucy hizo acopio de agradables sensaciones. La carrera a través de aquella atmósfera embalsamada por el aroma de los pinos era deliciosa y el ejercicio pronto hizo circular su sangre con ímpetu por todo su cuerpo. Las ramas bajas de los árboles enmarañaban su pelo y las revueltas del camino eran a cuál más atractiva, a causa de las desconocidas y variadas escenas que de continuo ofrecían. Los conejos corrían ante ella como exhalaciones, atravesando el campo abierto, para internarse en la espesura. Por fin, cuando llevaba bastante delantera, vio que el camino se bifurcaba, por cuya causa detuvo a Buster. Temblorosa y palpitante, sentía deseos de prorrumpir en gritos de alegría. El señor Jencks llegó galopando.
—¡Magnífico! —exclamó—. Le aseguro a usted, señorita, que no tiene que avergonzarse de su carrera. Ahora tomaremos el camino de la izquierda. El de la derecha conduce a mi escuela, y celebraría que nos quedara tiempo para visitarla. Un poco más allá encontraremos un sendero.
Y efectivamente, poco después Lucy cabalgaba detrás del maestro por un estrecho caminito que apenas si merecía tal nombre, puesto que sólo se trataba de una pista que descendía por el bosque, cada vez más denso. La sombra iba haciéndose por momentos más oscura y más fría; rocas y malezas obstruían el paso continuamente, y cuando las rodeaban, tendían a penetrar en una naturaleza siempre más abrupta y selvática. El dulce susurro que antes recreara los oídos de Lucy fue convirtiéndose en un rugido que venía de las profundidades del bosque. Era producido por el agua corriente y la muchacha se sintió extrañamente conmovida. ¡Qué deliciosa era aquella verde selva! ¡Y qué consuelo para los ojos fatigados por el reflejo deslumbrador de los yermos!
El sendero fue tomando un declive tan pronunciado que Lucy tuvo que apoyarse contra el arzón de su silla. Deslizábase por un barranco lleno del melodioso alboroto de las aguas; un profundo y atrayente barranco cuyos enormes árboles impedían ver el firmamento, dejando sólo filtrar, de tarde en tarde, algún rayo de sol.
Por aquel camino llegaron a un arroyo cuyas aguas ambarinas saltaban espumantes sobre las rocas, arrastrando por doquiera grandes guijarros cubiertos de musgo, al correr centelleantes y juguetonas hacia un desfiladero dominado por las más densas sombras.
Los caballos se detuvieron unos momentos para abrevar, y luego vadearon el arroyo, golpeando los guijarros con sus casaos o hundiendo sus patas al chapotear en el agua, cuyas salpicaduras alcanzaban el rostro de Lucy. Por el otro lado, el sendero volvía hacia arriba, y el arroyo seguía serpenteando por entre helechos y flores que iban bordeando la pinta. Arces y abedules crecían abundantes bajo los imponentes pinos, mas Lucy descubrió todavía otra clase de árbol, el más hermoso que jamás había visto; su tronco era enorme y su espeso ramaje erguíase puntiagudo y orgulloso hacia el cielo como una gigantesca lanza. Su guía le informó que se trataba de un abeto plantado, y había que reconocer que aquel nombre era un feliz acierto.
Volvieron luego a vadear el arroyo, no sin gran alegría de Lucy, acompañada al mismo tiempo de un vago temor, temor que, al cabo de unas cuantas veces de repetir la suerte, fue desapareciendo por completo. Poco a poco, el bosque pareció convertirse en un inmenso templo; los patriarcas de la selva iban elevándose hasta doscientos pies o acaso más sobre sus cabezas, entrelazando sus ramas en una altísima bóveda de encaje, como un verde velo que quisiera oponerse al azul del firmamento. Lucy descubrió unos gráciles y pardos animales que brincaban rápidos y ligeros cual si tuvieran patas de goma, huyendo por entre la espesura.
¡Eran antílopes!
Al fin, el sendero dejó aquella fragante cañada y volvió a subir dando rodeos por una empinada cuesta, hasta que la muchacha comprendió que habían llegado a la cúspide de una montaña. Allí extinguióse por completo el murmullo de las aguas. La selva cambiaba de aspecto; el aire era más cálido; el sendero, polvoriento, y el terreno, tupido de manzanita, estaba lleno de pinos de amarillenta corteza que extendían y entrecruzaban sus nudosos brazos. Los claros del bosque eran más frecuentes y, de pronto, Lucy vio un inmenso muro de roca encarnada, tan alto, que quedó muda de asombro: era la Red Rim Rock, que, a pesar de hallarse muy distante todavía, a causa de sus enormes dimensiones parecía estar allí mismo.
La joven empezó a sentirse dolorida por el cansancio; su cuerpo balanceábase de un lado a otro de la silla, ya apoyándose sobre uno de los estribos, y después en el otro. De vez en cuando tenía que excitar un poco a Buster para alcanzar al guía nuevamente, quien les precedía siempre montaña arriba.
Al volver un recodo halláronse frente a un claro. La tierra, desnuda; los pinos, muertos, parecían espectros que contemplaran aquel rojo muro levantado hasta el cielo, que se alzaba imponente, extraño, terrible y, no obstante, magnífico, con su frente bañada por los rayos del sol en el ocaso, con su cima franjeada de negro, perdiéndose en la lejanía, como si se extendiera hasta los confines de la tierra.
Por el cerebro de la joven pasó rápido como el relámpago el recuerdo de aquel muchacho de los backwoods que habían encontrado antes. ¡Nacido bajo aquel muro colosal!
¡Toda su vida en las soledades de aquellos bosques y de aquella inmensa roca inhospitalaria!
Lucy no podía menos de preguntarse qué clase de individuo podía ser. Sentía por él un interés involuntario y era femenina intuición lo que la empujaba a fortificarse contra una especie de antagonismo naciente.
El maestro señaló una casita de troncos y piedras que dominaba aquel claro.
—La construyó Denmeade hace veintitrés años —dijo—. Él y su esposa vinieron hasta aquí no se sabe de dónde. Tenían un burro, una vaca, un fusil, un hacha y algunos perros; se instalaron en este terreno y ahora tienen diez hijos, seis varones y cuatro hembras, todos nacidos en esa choza. Edd es el mayor; cuenta ahora unos veintidós años. El año pasado construyeron una cabaña muy bonita en lo alto de los bosques, más allá de los campos, pero desde aquí no puede verse...
Aquel paisaje parecía hecho a propósito para gente heroica como aquellos Denmeade.
Pueden ser backwoodsmen, si usted quiere —dijo Lucy, traduciendo sus pensamientos—; pero yo les llamaría pioneros, que quiere decir verdaderos americanos.
—Me gusta su observación, señorita Watson —comentó el maestro calurosamente—. Usted ha comprendido; esa gente es verdaderamente grande.
Contra aquélla impulsiva impresión que acababa de expresar, Lucy tenía ante ella la crudeza del cuadro que se ofrecía en aquel momento a su vista; pero era bastante inteligente para comprender que aquella crudeza era, en realidad, una parte de aquella heroica vida. No podía ser de otro modo, mero pasando una ojeada por aquel claro abierto en el bosque no pudo encontrar nada que pudiera ser objeto de admiración; la Red Rim Rock y el verde cinturón que la rodeaba eran obras de la Naturaleza; y aquel espacio de tierra desnuda, con los espectros de los árboles muertos, la cabaña ruinosa, las desordenadas cercas de palos y estacas, los cerdos campando por doquiera y la más absoluta ausencia de todo lo que podía constituir la idea que ella tenía de una granja, no parecían armonizar con el noble espíritu pionero. Pero la muchacha no quiso dejarse llevar por aquella impresión. El aspecto de aquel lugar no le gustaba; sin embargo, era bastante paciente para saber aguardar; confiaba en que no encontraría a aquella gente holgazaneando, sucios y desharrapados, en cualquier miserable rincón, y a la vez temía que fuera aquélla la realidad.
El sendero llevaba a lo largo de una cerca construída con troncos y ramas, desvencijada y podrida por algunos sitios, y torpemente remendada en otros con alguna rama de árbol sin alisar siquiera, colocada horizontalmente. En uno de los extremos de aquel extraño campo apiñábanse unos montones de forraje. Pasaron entre éstos y un corral lleno de cerdos de todos los tamaños, del que se desprendía un olor insoportable. Algunos de los animales estaban hundidos en el cieno y, entre ellos, Lucy descubrió a pequeños y rosados lechoncillos con sus solitas graciosamente enroscadas, que le produjeron una inesperada alegría. He aquí como, al pasar por aquel sitio, experimentó dos .sentimientos completamente opuestos.
Desde allí, el camino atravesaba un paso abierto en el talado bosque, para ser substituído por una huerta de melocotoneros completamente descuidada. Los pinos yacían en el mismo sitio en donde cayeron, mientras un sinnúmero de tocones se mezclaba con la verde maleza.
—¿Se ha convencido usted de que para llegar aquí necesitábamos caballos? —preguntó el señor Jencks.
—¡Ya lo creo! —exclamó Lucy.
—Denmeade me dijo que él nunca viviría en un lugar por donde pudieran pasar dos ruedas, y yo le digo que casi simpatizo con esa idea, pero reconozco que no es propia de un labrador progresivo. Incluso me atrevo a pedirle a usted, Lucy, que procure combatirla...
El paso descendía hacia una quebrada por donde el agua corría, cristalina, sobre unas piedras que se hundían bajo los cascos de los caballos. Por allí pacían algunas vacas y terneras, un carnero muy vicio y lanudo y un novillo de aspecto enfermizo armado de unos puntiagudos cuernos. Lucy suspiró aliviada cuando se hubieron alejado de él. Subieron por el otro lado de la quebrada y llegaron a un espacio más ancho en donde había una choza medio oculta por las melocotoneros. Contra el fondo del rojo muro destacábase una azulada columna de humo. Una cerca de troncos rodeaba la cabaña, y a la derecha, un pedazo de bosque separaba aquel espacio del campo descubierto. El arroyo serpenteaba por aquel lado, a través de una cañada poco profunda; y en el otro lado se abría una zanja muy honda, tan llena de árboles muertos, follaje y piedras rojizas, que la muchacha no pudo distinguir el fondo, a pesar de que se oía caer el agua.
Un perro lanzó un prolongado, aullido y al punto fue coreado por un crecido número de ladridos y aullidos nada amistosos, que fueron en tal aumento, que Lucy empezó a sentirse mareada cuando una voz fuerte y penetrante hizo cesar el alboroto, gritando:
—¡Estos malditos perros! ¡A callarse!
Y Lucy vio salir de entre los melocotoneros la lata figura de un hombre que se dirigía a la entrada de la cerca. A aquella distancia su cara resultaba tan oscura como su indumentaria, y en conjunto tenía un aspecto siniestro.
—Es Denmeade —murmuró el maestro—. Estamos de suerte. Ahora, jovencita, a aguzar el ingenio. Cabalgaron el poco espacio que les quedaba y, habiendo llegado a la tosca barrera que había frente a la empalizada, detuvieron los caballos. Jencks se apeó y saludó a aquel hombrón.
—¿Cómo va, maestro? —preguntóle con voz profunda y agradable.
—Muy bien, gracias, Denmeade —contestó el señor Jencks tendiéndole la mano por encima de la cerca— Le traigo una visitante que viene a verle. Es la señorita Lucy Watson, del poblado de Félix.
—Me alegro de conocerla, señorita —contestó Denmeade—. Apéese usted y venga.
Lucy desmontó y acercóse a la empalizada, desde donde descubrió una vivienda tan hosca como aquel ingente muro de roca. Denmeade no era viejo, pese a los estragos de los años que acusaba su rostro. Lucy no tuvo tiempo de fijarse en detalles porque la aguda mirada de aquellos ojos grises y penetrantes como los del águila sostuvo firmemente la suya.
—Si usted lo permite —le dijo ella—, me gustaría hablarle un momento a solas antes de entrar. Denmeade hizo dar unas cuantas vueltas a su extravagante sombrero y arregló con la mano sus espesos cabellos, mientras sus grises ojillos brillaban y una tímida sonrisa cambiaba el tosco aspecto de su rostro.
—¡Bueno! Puesto que Edd no está aquí... creo que puedo arriesgarme...—balbuceó.
El señor Jencks sugirió que podían sentarse a la sombra; y pronto se halló Lucy acomodada sobre un tocón, frente a aquel raro backwoodman. Parecía una persona mucho más asequible de lo que ella se había imaginado y, sin embargo, había en él algo fuerte, y frío y fiero como las selvas en que vivía. Lucy se había preocupado de aquella primera entrevista y llevaba preparada toda una táctica diplomática, pero ante la sencillez de aquel hombre olvidó sus planes y preocupaciones y le habló sinceramente.
—Señor Denmeade, yo vengo aquí a buscar empleo —le dijo de sopetón.
Daba gusto ver el asombro y la incredulidad de aquel hombre. En su vida se le habría ocurrido semejante cosa. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos y en su curtida cara se dibujaba una mueca maravillosa.
—¡Bueno! ¡Creo que usted está loca! —exclamó sin volver de su asombro. Y volviéndose, al señor Jencks, continuo—: Maestro, seguro que usted ha tramado alguna especie de broma...
—No, Denmeade. La señorita Watson habla en serio —contestó el maestro.
—¡Claro que sí! —afirmó Lucy tratando de contener su impetuosidad.
Pero Denmeade no podía creer aquello.
—¡Bueno! —comentó al fin—. ¿Puede usted cortar leña, acarrear agua, recoger grano y brincar ligera... como mi Edd?
—¡Claro que puedo! Pero ésa no es la clase de trabajo que yo quiero —replicó la muchacha.
—Pues aquí arriba no hay otra clase de trabajo para una mujer —concluyó seriamente.
—¡Sí, señor, que lo hay! —replicó Lucy—. Existe el trabajo de mejorar los hogares para los niños.
—¿Mejorar hogares? —preguntó Denmeade—. ¿Qué quiere usted decir con eso?
Lucy explicó brevemente alguna de las maneras por las que los hogares, en aquellas selvas, podrían reunir condiciones de mayor felicidad para las mujeres y para los niños; y cabe afirmar que Denmeade se impresionó profundamente.
—¡Bueno, jovencita! —murmuró al fin—. Es usted muy buena al pensar esas cosas para nuestros pequeños y para sus madres. Pero nosotros somos muy pobres..., no podríamos pagarle ese esfuerzo... ¡Déjelos, pues, que sigan como hasta ahora!
El corazón de la muchacha saltaba de alegría al darse cuenta de que había tocado la cuerda sensible de aquel viejo hombre del bosque, y en seguida sacó sus papeles.
—Es algo completamente nuevo, señor Denmeade —le dijo ella con seriedad—. Es un trabajo organizado por el servicio de beneficencia del Estado. Mi sueldo y los gastes que yo haga aquí los pagará el Gobierno. Mire, puede usted leer todo cuanto le digo, e incluso más informes.
Denmeade tomó los documentos entre sus callosas manos y empezó a leer con la laboriosa e intensa aplicación del que no está familiarizado con la lectura. Necesitó mucho tiempo para enterarse de aquel breve escrito a máquina y mucho más todavía para leer la carta en la que el superintendente del departamento del Estado contrataba a Lucy. Por fin comprendió todo cuanto decían aquellos papeles.
—¡Beneficencia...! ¡Gobierno! —exclamó casi desconcertado—. ¡Que me aspen! Diga, Jencks, ¿qué querrá esa gente de allá abajo?
—¡Hombre! Seguramente se habrán dado cuenta de las necesidades de esta parte del país... —repuso el maestro.
—En esos papeles no parece que tengan hacha alguna para afilar por estas tierras...— murmuró el viejo—. Pero... ¿no será eso algún truco para hacernos pagar impuestos?
—Yo creo que esto es completamente desinteresado, y mi consejo es que hay que aceptar la ayuda de esta señorita.
—¡Hum...! —gruñó desconfiado Denmeade—. ¡Han necesitado mucho tiempo para construirnos una escuela y mandarnos un maestro! ¿De dónde les habrá venido ahora la idea de mejorar nuestro modo de vivir?
—Señor Denmeade —repuso Lucy—, yo tengo algo que ver con esa idea. En realidad me ofrecí yo para desempeñar ese trabajo.
—¡Bueno! Si la idea ha venido de una muchacha como usted... ¡no hay más remedio que aceptar! —exclamó Denmeade con una suave expresión en el rostro mientras tendía su manaza a Lucy.
La muchacha colocó la suya en la del viejo y le costó trabajo reprimir un grito de dolor, puesto que la sintió materialmente estrujada por el entusiasmo de aquel hombre sencillo.
Cuando la soltó, estaba insensible y como entumecida.
—¿Quiere usted decir... que... está usted del todo conforme? —tartamudeó ella—. ¿Me permitirá usted que me quede... y me ayudará a empezar...?
—¡Seguro que quiero! —contestó impetuosamente—. Usted se queda aquí con nosotros todo el tiempo que quiera. Por más que creo que las otras cuatro familias que hay aquí la necesitarán más que nosotros: los Seth Miller, los Hank Claypool, los Ora Johnson y los Tom Sprall.
—Señorita Watson —intervino el señor Jencks—, ese Ora Johnson a que se refiere es hermano de Sam Johnson, al que ya conoce usted.
Lucy sentíase demasiado feliz para expresar su gratitud, y por unos momentos perdió su propio dominio, por lo que su incoherencia, al dar las gracias a Denmeade, devolvió la acostumbrada mueca al rostro del viejo.
—Jencks, vamos a hablar de eso. Hay muchos inconvenientes en ese trabajo de la señorita Lucy —observó, algo pensativo—. No podrá de ningún modo hacer más por unos que por otros. Si permanece, pues, con nosotros, tendrá que quedarse también alguna temporada con los otros...
—¡Claro está! Precisamente eso es lo que pensaba hacer —exclamó la joven.
—¡Bueno, señorita! No lo digo por vanagloriarme, pero me figuro que después de estar una temporada con nosotros... encontrará a los otros muy distintos... —siguió Denmeade, moviendo la cabeza.
Lucy vio claramente que Jencks convenía en ello con él.
—¿En qué sentido? —preguntó.
—En muchos, pero particularmente... Oiga: Ora Johnson no tiene más que una vieja choza con una sola habitación. Contando a su esposa, son ocho de familia, ¡y todos viven en ese cuarto! ¡Con una sola puerta y sin ninguna ventana!
Lucy no supo qué contestar a aquella inesperada aseveración y miró desalentada al señor Jencks.
—Yo tengo una tienda que puedo prestarle —dijo el maestro— Puede levantarse con un marco de madera y si le hacemos un suelo de tablas va a resultar muy confortable.
—¡Bueno! Creo que irá bien en cuanto a los Johnson. Pero ¿cómo irá con los Tom Sprall? Porque son muchos más, sólo tienen dos chozas y, en ellas no hay sitio para la señorita Lucy. Y la idea de la tienda allí no va, porque cuando Bud Sprall se presente lleno de mulo blanco... ¡no estaría nada segura!
—Denmeade, yo pensaba ahora eso mismo —comentó Jencks seriamente—. La señorita Watson debe evitar a los Sprall.
—¡Seguro que debemos procurarlo! Pero con eso se va a armar un infierno. Tom es un chulo, y sus mujeres, envidiosas como coyotes. Porque todos tienen que saber que la señorita Lucy está aquí para ayudar a todo el mundo por igual. Todos necesitan los favores del Estado.
No quiero decir ni media palabra contra Tom, pero... ¡es un fanfarrón! Y Bud Sprall y mi hijo Edd se tienen una inquina terrible.
—¿Ve usted, señorita Watson? —comentó contrariado Jencks—. Eso no va a resultar tan sencillo como esperábamos.
—Pero yo no tengo ningún miedo —replicó ella resueltamente—. Puedo asegurarles que nunca me pareció una empresa fácil. Lo acepto todo, venga lo que venga. A pesar de todo, no se debe abandonar a los Sprall.
—¡Bueno! Usted lo ha aceptado y parece que tiene buen temple —repuso Denmeade—.
Venga, pues, a ver a los míos. Maestro, ¿cenará usted con nosotros?
—Lo siento, Denmeade, pero debo apresurarme a marchar para enviar a Sam por el equipaje de la joven —replicó Jencks levantándose—. Adiós, pues, señorita Watson; le deseo muy buena suerte. Ya vendrá usted a la escuela con los niños. De todos modos, ya la veré a usted, seguramente, el viernes por la noche en el baile.
—Le estoy muy agradecida, señor Jencks —contestó Lucy—. Me ha ayudado usted mucho.
Me gustaría verle pronto, pero no puedo asegurarle si será en el baile...
—¡Seguro que será allá, maestro! —intervino Denmeade—. No vamos a dejarla aquí sola; y aunque quisiéramos... ¡Edd no lo permitiría!
—¡Oh! ¿De veras? —murmuró ella mientras Denmeade y el maestro sonreían.
¡Qué incorregible resultaba aquel Edd! Y desde entonces Lucy se— hizo el propósito de no ir de ninguna manera al baile, mientras sentía crecer su curiosidad por aquel muchacho.


III
Por entre los floridos melocotoneros, Lucy siguió a su guía hasta aquella cabaña que tan singular estructura ofrecía. Estaba construída con largos tablones y constaba de dos cuerpos cuadrados, separados por un ancho espacio, cubierto todo por un solo tejado que se prolongaba a modo de porche a lo largo de toda la construcción. Cada habitación tenía una ventana con cristales, y la puerta, que Lucy no podía ver, debía de estar en el centro del porche. Pese a la extravagante disposición de sus elementos, aquella tosca vivienda no dejaba de producir buen efecto.
En el último escalón que daba acceso al porche, un sabueso de largas orejas los observaba moviendo pacíficamente la cola, mientras otros perros yacían dormidos en los claros bañados por el sol. Otros de sus pequeños compañeros de orejas, tan largas que les azotaban la cabeza al correr, salieron en tropel al encuentro de Denmeade. Pesados rollos de arpillera, que sin duda debían servir de cobertores de cama, aparecían apilados a lo largo de la pared, mientras diversas sillas de montar y mantas para cubrirlas estaban alineadas con el mismo orden en el lado opuesto. En la pared de la habitación de la derecha veíanse varias escarpias, de las que pendían utensilios de cocina y distintas clases de herramientas, y en la de la izquierda había algunas cornamentas de ciervos que servían para colgar sombreros, fusiles y cuerdas. El ancho espacio que había entre las dos construcciones, una especie de galería o porche, con baranda, servía evidentemente de comedor al aire libre, puesto que en él aparecía una tosca mesa rodeada de rudimentarios bancos.
A la llegada de Denmeade, una pandilla de chiquillos salió tumultuosamente de, la habitación de la izquierda.
Todos tenían los ojos grandes, eran robustos e iban sucios y andrajosos; seguíales una pequeña mujercita, delgada y pálida, que llevaba un traje de tela gruesa y pesados zapatos.
—Madre —gritóle Denmeade—, esta joven es la señorita Lucy Watson, de Félix.
La señora Denmeade saludó muy cordial y sencillamente, sin demostrar curiosidad ni asombro. Luego Denmeade le contó el objeto de la visita de Lucy, ante cuya explicación la esposa mostró una gran sorpresa y extraordinaria afabilidad. Lucy adivinó rápida lo que quizá Denmeade no había sabido ver en toda SU vida; y añadió algunas palabras en su favor a fin de granjearse la voluntad de la mujer.
—Me figuro que usted debe ser una nueva especie de maestra —le dijo la señora Denmeade—. Una especie de maestra de la casa, ¿verdad?
—¡Oh, sí! Eso mismo, —repuso Lucy sonriendo—. Puede usted llamarme así.
—¡Seguro, que eso va: a gustarles mucho a los pequeños! —comentó Denmeade—. ¿Sabe usted? Sólo hemos tenido maestros unos pocos años: Edd fue a la escuela cuatro años; Allie, tres, Dick y Joe, tres, Mertie, dos; Mary y Dan, uno; Liz y Lize, estas dos, que— son mellizas y tienen sólo cinco años, todavía no han ido.
Y al punto empezó la presentación de toda aquella pandilla, cosa —que divirtió e interesó a Lucy extraordinariamente. Las gemelas e parecían como dos gotas de agua; eran dos niñas rechonchas, de encarnadas mejillas y ojos grises como su padre. Cuando la joven les dirigió la palabra, tímidas y vergonzosas enmudecieron como fascinadas. Dan era un chicuelo de pelo y ojos oscuros, travieso, desaliñado y atrevido, que contestó a las preguntas de Lucy con excesiva desenvoltura. Mary era también morena, aunque no tanto como Dan; tenía un año o dos más que él y veíase bien a las claras que estaba condenada a un trabajo desproporcionado, tanto en, cantidad como en calidad, y que en mejores condiciones habría podido ser muy bonita. Los otros muchachos que aparecían mezclados con ellos pertenecían a la familia de los Claypool, que, habían ido a visitarlos.
Cuando Lucy hubo saludado a todos, le presentaron a la hija mayor, Allie, una mujercita ya, de elevada estatura y alegre rostro, y a Mertie, una jovencita de dieciséis años, una verdadera belleza salvaje. Era la única de la familia que llevaba cierta vistosidad y limpieza en su atavío, seguramente el de los días de fiesta; sus oscuros ojos parecían interesarse mucho más por el vestido y el peinado de Lucy que por las causas de su presencia allí.
Luego Lucy fue conducida a la habitación de la izquierda, para conocer a la madre y a la hermana de los pequeños Claypool. También éstas tenían el aspecto duro y huraña de los chiquillos y llevaban impresas en el rostro las inconfundibles huellas de un trabajo agotador.
Todo aquello, sin embargo, eran sólo ligeras impresiones, y nuestra joven sabía que podrían cambiar o desaparecer por completo posteriormente, ya que, a pesar de su interés, no podía detenerse a observar y estudiar a aquella gente. De todos modos debía confesar que la dejaban a sus anchas, y sólo los niños demostraban que su visita era algo muy fuera de lo corriente. Ofreciéronle una de las pocas sillas que había, asimismo de construcción casera: una especie de banco triangular que podía colocarse de dos maneras; y seguidamente reanudóse la conversación que interrumpiera su llegada.
Las dos pequeñas mellizas dieron señales de sentirse irresistiblemente atraídas por Lucy, quien estaba ya acostumbrada a los pequeñuelos por haber ejercido la carrera durante varios meses en el Jardín de Infancia; prácticas que ahora habían de rendirle gran provecho.
Escuchó la conversación, que era sólo una simple charla sobre las cosas del hogar, distinta, naturalmente, de las charlas de este género de todas partes; y mientras; tanto, pudo dar un vistazo a la habitación.
Las paredes, desnudas, eran troncos partidos en forma de gruesos tablones, cuyas rendijas aparecían tapadas con arcilla. A cada lado de la habitación abríanse sendas ventanas, mientras casi en el extremo oeste del departamento había un tosco hogar de piedras. El suelo era así mismo de troncos groseramente unidos a semejanza del porche y en las dos esquinas opuestas al hogar veíanse unas pesadas camas de construcción casera, con acolchadas cubiertas. Esto aparte, no había otro mueble en el departamento, ni un solo adorno, ni siquiera una mesa o una lámpara.
Lucy apreció al punto que, a despecho —de la carencia de comodidades, aquella habitación era muy superior a las oscuras chozas de suelo de tierra de que había oído hablar, ya que ésta era, por lo menos, clara y sin humedad. Pero semejante desnudez la desconcertaba. Porque ¿qué debían hacer aquellas gentes en sus horas de ocio, si es que tenían algunas? Las jovencitas no hablaban más que de bailes y de muchachos, mientras las mayores intercalaban en sus charlas alguna que otra noticia respecto a lo que la forastera venía a hacer allí. Mary fue la única que Lucy pudo hacer hablar y, al parecer, no contaba más que con un número muy limitado de asuntos: la escuela, el burro que ella montaba y los cachorros con los que jugaba ocupaban por completo su imaginación.
Finalmente, los Claypool advirtieron que si querían llegar a su casa al anochecer, debían darse prisa.
—Venga usted a vernos —dijo la madre dirigiéndose a la forastera.
A lo que, la hija añadió:
—Adiós. Me figuro que Edd la, llevará a usted con Mertie al baile.
Lucy murmuró algo para salir del paso, y las acompañó hasta el exterior de la casa.
Dejaron el porche y atravesaron una puerta lateral de la cerca que daba al bosque, en donde permanecían atados a los árboles dos, caballos y un burro, escoltados por una manada de corderos, perros y gallinas —de todos los tamaños. Allí, entre los pinos, se descubría un claro de leñador y el terreno endurecido por las pisadas estaba cubierto de astillas blancas y rojas.
Las mujeres y los niños hablaban todos a un tiempo, de tal modo, que era muy difícil entender algo de lo que se decía. No obstante comprendió que la señora Denmeade contaba a la señora Claypool algo relacionado con su trabajo. Finalmente, madre e hija, sin preocuparse de sus faldas, montaron en sus respectivos caballas.
El burro levantó una oreja y apuntó la otra a los tres pequeños Claypool. La señora Denmeade y Allie los colocaron sobre el lomo del animal, que llevaba una soga atada al hocico, a manera de cabezada, y el chico, que no podía tener más de cuatro años e iba sentado delante, la cogió mientras la mayor de las dos hermanitas, que tenían tres y dos, años respectivamente, acomodábase detrás de él y se cogía fuertemente a su cintura; inmediatamente la más pequeña hacía lo propio con ella.
Lucy se sintió no sólo sorprendida y asustada por aquella escena, sino que la divirtió tanto, que no pudo contener una pregunta:
—¿Pero no tenéis miedo de caeros?
—¡No! —replicó el chico, mientras la mayor de las dos pequeñas comentaba, con una sonrisa en los labios—: No se puede caer, pero... ¡se va muy mal!
No poco trabajo les costó a los pequeños decidir al burro a emprender la marcha. Por fin, después de muchos golpes y patadas por parte de los tres, el animal emprendió el trote tras los dos caballos que le precedían.
—¿Viven muy lejos? —preguntó Lucy mientras miraba desaparecer a los graciosos jinetes en el bosque.
—A unas cinco millas. Llegarán a casa al oscurecer —repuso la señora Denmeade. Y dirigiéndose a sus hijas—: Ahora, niñas, hay que hacer la cena. La señorita Watson no será una extraña, sino uno más en la familia. Haga, pues, lo que haría usted en su casa.
Mary se cogió del brazo de Lucy y la condujo al rincón de la cabaña en donde tenía los cachorros, seguidas ambas de las dos gemelas, que andaban bamboleándose. Quiso saber el nombre de los perrillos y todas las cosas que les concernían; y cuando Mary agotó el asunto, condujo a Lucy a ver el sitio especial en donde acostumbraba jugar, situado al otro lado de da hondonada, en un lugar resguardado y embalsamado por el aroma de los pinos, cuyas agujas alfombraban el suelo, y le mostró el rincón de sus preferencias, bajo una gran manzanita, en donde guardaba sus piñas y sus pedacitos de loza india, encontrados en aquel mismo sitio. La joven vio el manantial, las piedras puestas para atravesar el arroyo, el caldero de hierro y la artesa que servían para lavar; pero en vano buscó alguna de las dependencias comunes a todas las, granjas, puesto que no había ninguna; ni un gallinero siquiera. Mary le contó que las gallinas dormían siempre en los árboles, lo mismo que los pavos salvajes, para no ser devoradas por las bestias del bosque; y al preguntarle Lucy qué clase de animales, eran y si había por allí serpientes y chinches, le contestó:
—Serpientes de cascabel, tarántulas y escorpiones, en verano. Eso es lo único malo que hay.
—¡Cielos! ¿Nada más que eso? —exclamó Lucy—. ¡Pues me parece bastante!
—¡Pero si no han hecho daño a nadie! —replicó la niña con sencillez, conduciendo a Lucy a un claro en donde las dos mellizas acostumbraban jugar.
Y allí, entre las rocas y los helechos de una quebrada hondonada a la que conducía un estrecho sendero, a la sombra de los pinos y sicomoros, Lucy se sintió feliz ad poder descansar un poco, escuchando la animada charla de la pequeña Mary. ¡Qué abrupta y salvaje era aquella hondonada! Y sin embargo no distaba de la cabaña más que un tiro de honda. El agua charloteaba jugueteando al saltar por aquellas encarnadas piedras y al deslizarse por la finísima y rojiza arena.
—En verano se queda seco —le dijo Mary señalando el arroyo—. El manantial también se seca algunas veces, y entonces tenemos que ir a buscar el agua muy abajo...
Por último llegaron a un verde banco cuidadosamente limpio de maleza y de arbustos, por completo a salvo de los rayos directos del sol gracias a las tupidas ramas de los pinos gigantescos que lo cubrían. Toscas cajas, algunas de las cuales aparecían pintadas, estaban diseminadas por allí, sobre pequeñas plataformas construidas con piedras.
—¡Las colmenas de Edd! —murmuró la pequeña con grave importancia—. ¡Debemos vigilar muy requetebién! Edd no les tiene miedo.
—Ya tendré cuidado, Mary —le contestó Lucy—. No quisiera, por nada del mundo, que me picaran... ¿Pero son de veras salvajes?
—¡Seguro! Pero Edd las domestica. ¡Oh, Edd quiere a las abejas de una manera terrible!
—comentaba la chiquilla con énfasis—. Y a él nunca le pican; ni siquiera cuando corta un nuevo árbol de abejas.
—¿Y por qué hace eso Edd? —preguntó Lucy.
—¡Cómo! ¿No ha oído usted hablar nunca de la miel de Edd Denmeade? —preguntó muy sorprendida Mary—. Padre dice que es la mejor miel del mundo... ¡Oh... hum...! Seguramente le dará a usted de esa miel tan riquísima..., porque a Edd, después de las abejas... le gustan las chicas. Él es cazador de abejas y padre dice que él es el mejor seguidor de abejas que ha visto en su vida.
—¡Seguidor de abejas! ¿Y qué es eso, Mary?
—¡Toma! Pues él las acecha y cuando aparecen las sigue hasta encontrar la colmena que tienen escondida en el tronco de dos árboles. Entonces los corta siempre salva la miel y hasta las abejas muchas veces.
Salta a la vista el interés que la charla de la niña añadió al ya acumulado alrededor del nombre de Edd Denmeade.
—¿En dónde está ahora Edd? —se atrevió a preguntar Lucy.
—Se fue a Winbrook con los burros de carga. Eso está allá arriba... sobre la Rim, pero mucho más lejos... ¡Hasta el ferrocarril! A mí me prometió llevarme allí algún día...
Seguramente estará pronto de vuelta y traerá azúcar cande... ¡Siempre nos lo trae! Vendrá para el cumpleaños de Mertie, que es el miércoles que viene. Ha ido a buscar un vestido nuevo para ella. ¡Su primer vestido comprado! Mertie tiene dieciséis años y Edd se lo regalará... ¡Oh, seguro que vendrá, porque la quiere mucho!
—Y a ti también debe de quererte mucho, ¿verdad? —comentó lisonjera Lucy.
—Madre así lo dice; pero Mertie es su preferida... ¡Es tan bonita! Yo también quisiera ser bonita como ella.
—¡Claro que lo serás cuando tengas dieciséis años, si eres buena y aprendes a cuidarte y a tener buenos sentimientos! —le dijo Lucy.
—Madre dijo a la señora Claypool que usted era una maestra de casa. ¿Me enseñará usted todas esas cosas?
—¡Ya lo creo! Y muchas más todavía... ¿No te gustaría, por ejemplo, aprender a hacerte tú misma vestidos muy bonitos?
Mary prorrumpió en gritos de alegría y la asedió a preguntas que la muchacha fue contestando con sorprendente sencillez.
¡Qué sencillo se le presentaba todo! Tanta que se había devanado los sesos pensando cómo podría satisfacer a aquellos niñas de los backwoods y he aquí con qué rapidez había conquistado a la pequeña Mary.
Permanecieron en la quebrada, charlando, hasta que el sol descendió; luego emprendieron el regreso y Mary fue corriendo a contarles a las mellizas todo lo que le había dicho Lucy, mientras ésta se quedaba rezagada. Sola, avanzó por el camino y atravesó la franja del bosque hasta el campo abierto. Al oeste, a do largo de la Rim, enormes picachos de múltiples y variadas formas elevábanse hacia el cielo, bañadas por la cambiante luz del, crepúsculo, pasando de la oscuridad profunda en barrancos y quebradas, a la dorada y purpúrea gloria del sol poniente, el cual rasgando las nubes brotaba en haces de brillantísima luz que reverberaba sobre las innúmeras frentes del grandioso murallón.
Hacia el este serpenteaba la Rim hasta perderse en el confín del horizonte envuelta en un pálido y frío color violáceo, mientras al sur una vastísima y verde hondonada semejaba un río de ensueño cuyas aguas desembocaban en el espacio a través del cual todavía aparecían como espectros de rosadas y confusas formas, los contornos de otras montañas que se perdían en remotas lejanías.
Al norte, el ingente muro parecía erguirse para ocultar el mundo que se extendía tras él.
¡Qué inmenso e inacabable aparecía a los ojos de Lucy! Y sin embargo sabía que desde lo más alto de ala impresionante muralla deseen da una pista hasta desembocar en el rancho de los Denmeade. Había oído decir a alguien que Edd volvería por allí con su tren de carga y le parecía increíble que un hombre pudiera atreverse a descender a través de aquel empinado muro, por entre mil grietas y declives que por sí solos eran ya suficientes para imponer respeto a aquellas gentes que se atrevían a luchar con la Naturaleza en los confines de las selvas vírgenes.
Este pensamiento la hizo avergonzarse por una ligera sensación de desprecio que poco antes sintiera al recapacitar sobre algunas alusiones personales que le fueron hechas desde los primeros momentos que llegó. Su único objeto había sido ir a ayudar a aquellos seres, y, así, ayudarse a sí misma, movida, puede que de un modo inconsciente, por el sentimiento de su personal soledad, a la, que aquella gente vulgar no podía, naturalmente, llegar con su tosca inteligencia Y, sin embargo, la primera reacción de aquellos pobres y sencillos montañeses era pensar en un sentimental enlace entre ella y alguno de aquellos muchachos backwoods.
De la gracia que la ocurrencia le hizo en los primeros momentos, Lucy pasó al disgusto y de éste a la inquietud. Ella había sufrido molestias de los cowboys incluso en la ciudad, en donde hay grandes avenidas para rehuir el impertinente asedio. Pero ¿cómo iba a componérselas allí? ¿Encontraría ya desde el principio algún ridículo obstáculo para el buen resultado de la benemérita labor civilizadora que tanto ansiaba empezar?
La cuestión convertíase en problema, por cuanto una débil voz de su conciencia parecía asegurarle que no era bastante fuerte para desempeñar aquella clase de trabajo. Y Lucy restábase méritos a sí misma. Al fin y al cabo, ¿qué razón podía tener para creerse un ser superior?
De pie en medio del campo, Lucy se olvidó del magnífico muro rojo y del glorioso panorama bañado por la moribunda luz del ocaso. Diose cuenta de su vanidad, que acababa de herir ella misma, y que probablemente tendría que anular si quería servir por completo al ideal que se había forjado.
En aquel momento oyó cascos de caballos al chocar con la roca; volvió la cabeza y descubrió a dos jinetes que entraban en el corral situado al extremo del campo. Lucy pensó que debían ser dos más de los Denmeade: Dick y Joe, si no recordaba mal. Desmontaron, retiraron las sillas y soltaron a los caballos, dejándolos libres. Parecían los dos hombres, altos, delgados; tenían un aspecto extraña, a causa de la singular forma de sus sombreros.
Iban silbando y cantando; el lejano muro replicaba a aquellos sonidos con un eco raro que parecía acentuar el sentimiento de soledad que oprimía el pecho de Lucy. Aquella alegría parecía impropia de aquel lugar. Pocos instantes después las dos figuras desaparecieron en el interior de la cabaña.
«Una sola cosa veo clara —continuó Lucy en su soliloquio—. Y es que, además, tendrá que luchar también conmigo misma. ¡Conmigo misma! Jamás hubiese creído que me conociera tan poco.»
Y enderezó sus pasos hacia la casa, entrando por la puerta lateral, mientras algunos de los sabuesos corrían tras ella olfateándola como si no se decidieran a renunciar del todo a su hostilidad.
Los Denmeade se hallaban reunidos alrededor de la mesa que había en el porche y la madre, al ver llegar a Lucy, la acogió con una amable sonrisa.
—¡Creí que íbamos a tener que poner a los sabuesos sobre su pista! —exclamó la buena mujer. Y cuando la muchacha llegó junto a la mesa, añadió—: Usted siéntese aquí. Estos dos son Dick y Joe. Ahora sólo le falta conocer a Edd. Muchachos, saludad a la señorita Lucy Watson, de Félix.
Lucy sonrió a los dos jóvenes que estaban a punto de sentarse frente a ella. No sabía cuál de ellos era Dick ni cuál Joe. El más joven era alto en demasía y muy delgado, mientras el mayor, de elevada estatura y de rostro anguloso también, parecía bajo comparado con el otro. Ambos tenían la cara delgada y morena, la expresión radiante y suave, y los ojos claros y profundos.
—¿Cómo está usted, señorita? —saludó el mayor con la admiración pintada en el rostro, mientras se acomodaba en el asiento.
—Joe, ¿has encontrado al maestro? —preguntó el viejo Denmeade desde la cabecera de la mesa.
—Sí; le vi en casa de los Johnson y nos habló de la señorita Watson. En el camino hemos encontrado a Sam, que viene con el equipaje de la señorita.
Antes de que Mertie y Allie, que traían de la cocina sendos platos humeantes, hubiesen servido toda la cena, los Denmeade se colocaron para comer.
—Acomódese usted misma, señorita —le dijo el padre. La mesa era evidentemente demasiado pequeña para tantos, por cuya razón hubieron de colocarse muy apretados. El sitio de Lucy estaba al extremo de un banco, lo cual le permitía tener Ubre el brazo derecho. A su izquierda se colocó Mary, quien sentíase —manifiestamente feliz por hallarse a su lado. Las cabecitas de las pequeñas y de Dan sobresalían de la mesa lo preciso para que sus bocas quedaran al nivel de sus platos. Desde el primer momento Lucy vio que la mesa estaba llena de cacerolas con humeantes bizcochos, cazuelas con patatas, otras con habas, fuentes con carne en salsa y vasos llenos de aromático café. Sin embargo, le llamó la atención la ausencia de leche, manteca, azúcar y verduras frescas; pero como tenía hambre, llenó su plato y, pese a la tosquedad de los utensilios, comió muy a gusto. Antes de terminar el ágape, el crepúsculo esparcía ya sus sombras por doquiera, y cuando hubo terminado era ya completamente de noche.
—Me parece haber oído el caballo de Sam —dijo Dick levantándose y haciendo sonar sus espuelas—. Voy a ayudarle a descargar el equipaje.
Lucy sentóse al borde del porche mirando hacia los bosques. Los chiquillos se colocaron a su alrededor y la señora Denmeade, con la ayuda de sus hijas mayores, quitó la mesa al tiempo que una tenue luz iluminaba la cocina.
A su lado Lucy vio, de pie, la alta figura de Dick, con quien no había hablado todavía; dirigióle ella la palabra, pero por la contestación que obtuvo habría podido juzgar que el muchacho estaba sordo. Cruzó una de sus enormes botas sobre la otra y, a la mortecina luz, Lucy vio las largas espuelas que calzaba. Luego la señora Denmeade ordenó a los chiquillos que fueran a acostarse y uno por uno fueron desapareciendo, siendo la última Mary, en cuya carita resplandecía un inteligente destello de vivacidad.
Lucy notó que el aire ahora era frío y había cambiado notablemente. Grandes estrellas brillaban a través de las ramas de los pinos; el cielo era de un intenso azul oscuro. La negrura de las sombras nocturnas habíase aclarado algo, o quizá sus ojos se habían acostumbrado a ellas. Una profunda quietud reinaba alrededor de la cabaña, interrumpida sólo por las apagadas voces que descendiendo sobre la solitaria choza, había llenado de emoción el corazón de Lucy; y no obstante, jamás había experimentado una paz semejante, una soledad tan dulce. Aguzando el oído, percibió el maravilloso murmullo de la corriente en el desfiladero y el suave susurro del viento, entre los pinos... ¿En dónde debían estar los coyotes, los halcones nocturnos, las chotacabras y todas los bulliciosos seres que ella imaginara encontrar en la selva?
De pronto oyóse el sonido de cascos y espuelas que se aproximaban a la cabaña y luego una risa que Lucy reconoció al instante, mezclada con voces quedas pero alegres y sutiles como murmullos. En seguida crujió la puerta de la cerca y el sonoro tintineo de las espuelas avanzó hacia el porche. Al fin Lucy pudo distinguir dos siluetas que se acercaban: una de ellas subió los escalones, mientras la otra se detenía ante ella. Sin duda alguna aquel muchacha veía perfectamente en la oscuridad.
—¡Well, la señorita Lucy! —exclamó la voz de Sam Johnson—. Aquí están sus paquetes sin el menor rasguño. Seguramente que usted debía estar preocupada por ellos... ¿Cómo le ha ido mi caballo Buster?
—¡Oh, magnífico! —contestó ella—. Muchas gracias. Es muy vivo, pero obedece en seguida. No he tenido ni el menor resbalón. Ahora dígame: ¿No pretendió usted asustarme un poco...? ¿O fue el señor Jencks quien me dijo que era un mustang?
—¡A fe mía, Buster es bueno con las muchachas! —protestó Sam—. ¡Claro que se encabrita cuando lo montan esas piernas largas de los Denmeade! Pero no crea nada de lo que le digan...
—Muy bien, así lo haré, porque Buster es un caballito perfecto.
—Entonces queda usted invitada a montarlo otra vez —exclamó Sam alegremente.
—¡Oh, gracias! Aceptaré con mucho gusto si mi trabajo me deja algún rato libre.
—¡Hola, Sam! —intervino Alie desde la puerta de la cocina—. ¿A quién vas a llevar al baile?
—¡Oh, no lo sé todavía! —replicó sonriendo—. Por más que... ya sé quién me gustaría...
—Sadie me dijo que tú la habías invitado.
—¡Ah, sí! Se lo mandé a decir, pero como no me ha contestado... —protestó Sam débilmente.
—¡Anda, pues toma un puñetazo para que no intentes volverte atrás ahora! —repuso Allie.
Y se metió nuevamente en la cocina.
A Lucy la, divirtió mucho aquella escena, por cuanto adivinó que Sam quería hacer otra nueva invitación. En esto, los pasos de Denmeade resonaron pesados en el porche acompañados de las leves pisadas de un perro.
—¡Ah, eres tú, Sam! ¿Cómo están los tuyos? —le preguntó.
—Bien —contestó el muchacho.
—Anda pues, baja y vete, que ya es tarde —le aconsejó el viejo Denmeade mientras el otro se agitaba sin descansa.
—¡Ya me voy! —asintió Sam—. Como que me espera un caballo, de carga... ¡Well, buenas noches! Señorita Lucy, espero verla a usted en el baile.
—Apenas me atrevo a creer que usted lo quiera —replicó sonriendo la muchacha—.
Muchas gracias por haberme traído el equipaje.
Y la alta figura de Sam desapareció en las tinieblas. Crujió la puerta de la cerca, como abierta y cerrada por un vigoroso impulso, y seguidamente oyóse el galopar del caballo alejándose en la oscuridad.
—¡Eh, Sam! —le gritó Joe saliendo de la cabaña en donde dejara los bultos.
—Se ha marchado —le contestó lacónicamente su padre.
—¿Se ha ido...? ¿Qué bicho le ha picado? ¡Pero si le faltaba tiempo para llegar aquí...!
¡En mi vida le he visto correr tanto...! ¿Qué le ha pasado?
—¡Bueno! Yo tengo alguna idea —balbuceó Denmeade—. Allie le ha dado una reprimenda...
—¡Pues claro que sí! —gritó Allie desde la cocina—. ¡Como, que es vergonzosa la manera que tiene de tratar a Sadie!
Lucy empezó a recoger detalles de la complejidad de la vida de allá arriba. ¡Al fin y al cabo, allí las cosas eran igual que en su país! Aquella muchacha a la que llamaban Sadie se había negado a casarse con Edd Denmeade, y existían indicios de que tenía relaciones con Sam Johnson; éste, por su parte, había manifestado un ligero interés por la recién llegada.
La señora Denmeade salió de la cocina con una lámpara encendida y llamó a Lucy para que la acompañara a la otra habitación; colocó la luz en la repisa de la, chimenea y le dijo con sencillez:
—Usted dormirá aquí, con los niños.
—¡Muy bien! —repuso Lucy mirando en torno suyo. Dan dormía en el suelo, —en un rincón, sirviéndole de cama una piel de cordero, y de cobertor una manta toscamente acolchada. Mary y las mellizas estaban profundamente dormidas en una de las camas, a la que se acercó Lucy un momento para contemplarlas. Las dos yacían a los pies, juntas sus encantadoras cabezas llenas de rizos. Sus caritas habían sido lavadas cuidadosamente y ahora resplandecían dulces y pálidas a la luz de la lámpara. Sus gordezuelas manecitas estaban cerradas. Mary dormía a la cabecera y en su delgada carita dibujábase —una sonrisa, como si se hallara arrobada por el más agradable de los sueños.
—¿En dónde puedo lavarme? —preguntó Lucy.
—En el porche encontrará usted una vasija, agua y toalla. Que pase buena noche... Estará usted muy cansada..., pero espero que dormirá bien.
Lucy deseó asimismo una feliz noche al ama de la casa y volvióse sin hacer ruido para abrir uno de sus envoltorios. El silencio era tal, que podía oír la respiración de los que dormían; y la sensación de hallarse entre aquellas gentes la conmovió profundamente. ¡Por amor a ellos había abandonado sus comodidades personales y otras proporciones mucho mejores! A despecho de su espíritu, un poco deprimido, no podía arrepentirse de su acción.
¡Si pudiera, cuando menos, conquistar su afecto y enseñarles lo indispensable para afrontar aquel duro o ingrato porvenir...! ¡Sólo aquello podría transformar su sacrificio en una bendición del cielo!
La habitación, era sumamente fría. A Lucy hubiérale gustado, mientras se desnudaba, un buen fuego en la chimenea; peso se quedó completamente helada. Antes de apagar la luz, echó un último vistazo a los chiquillos aparecían tan plácidos, tan limpios, tan adorables, que Lucy tembló por ellos en un vago temor por su futura vida. Luego con gran dificultad abrió una ventana y, una vez en el lecho, estiró sus doloridos miembros. Aquel largo viaje y, sobre todo, el trayecto a, caballo habían magullado todo su cuerpo. La cama era fría y dura como el hielo. No había sábanas en ella y las mantas que tenía debajo no contribuían gran cosa a amortiguar el contacto de lo que ella creyó que debía ser un colchón de hojas de mazorca, aunque también podía ser de paja gruesa, mientras los cobertores eran toscas mantas acolchadas.
Y no obstante, jamás habíase sentido tan a gusto en una cama. Si aquel lecho era bastante bueno para aquellos felices y desgraciados inocentes, también podía serlo para ella.
¡Desgraciados...! Al meditar Lucy comprendió que en aquellos parajes tendría que aprender tanto como enseñar...
Más tarde oyó el ruido de unas pesadas botas en el porche, unido al tintineo de unas espuelas, al mismo tiempo que el manejo de uno de los rollos de arpillera. Luego, débiles voces —en la cocina, y, finalmente, pasos sobre su cabeza, en el desván. Uno de los muchachos estaba hablando allá arriba, probablemente el sitio en donde dormían; ahora recordaba haber visto una escalera en el centro del porche que conducía a un agujero en el techo. ¿Dónde dormiría el resto de los Denmeade, puesto que, sin duda, ella ocupaba la habitación y la cama del matrimonio?
Gradualmente fueron acallándose todos los sonidos, excepto el del murmullo de las aguas y el del viento allá en los bosques; y Lucy empezó a calentarse y a adormecerse. Pero eran tan nuevas y tan extrañas sus sensaciones, que parecían querer alejar de ella aquel soñoliento encanto... Ya se hallaba allí, en los backwoods... y apenas podía creerlo. La oscuridad de la habitación, el silencio, la fragancia de los pinos y la del humo de la leña aparecían en su imaginación como quimeras de un sueño. Repasó toda la jornada y notó que nada había cambiado en ella.
De pronto, el prolongado ulular de un sabueso escalofrió a la muchacha viniendo a deshacer sus plácidos ensueños al evidenciar la realidad de que se hallaba allí, en medio de los agrestes bosques, sobre la cama de aquellos abnegados pioneros... Su hogar de la ciudad había desaparecido para siempre, y la persona que más quiso en el mundo, su hermana Clara... ¡también le había fallado! En la solitaria oscuridad de aquella noche, el llanto volvió a enturbiar la claridad de sus ajos... Pero no como en la noche anterior, de una manera infantil, sino pesarosa por todo cuanto había perdida y agradecida por aquel futuro que tanto parecía prometerle.
¡Oh, sí! Sentiríase feliz de afrontar el mañana, trajérale lo que le trajera... Y con la esperanza en el corazón y una plegaria en los labios, quedó sumida en sueños.


IV
Lucy despertó semiconsciente de hallarse en un lugar desconocido. Ya ames de abrir las ajos percibió el humo de la leña; después vio que ya era de día y que por la ventana entreabierta entraban nubecillas de humo flotan en los rayos de sal que se filtraban por ella.
Un poco desconcertada, miró aquella extraña habitación can desnudas paredes de madera y arcilla, el enorme hogar de piedra, el techo de tablones... ¿En dónde se hallaba? Un poco asustada incorporóse sobre el codo y la sensación de sus músculos doloridos por el esfuerzo que hiciera y el crujido de la paja del colchón trajeron a su memoria el larga viaje del día anterior y la casa de los Denmeade.
Al descubrir que las niños se habían levantada ya, quedó sorprendida y algo mortificada. En aquel momento percibió sus pisadas en el porche, y los golpes de un hacha sobre la dura leña. Procuró salir de aquella cama lo consiguió no sin torpeza y dolor.
«¡Estoy magullada! —murmuró tristemente—. ¡Ese viaje...! ¡Oh, pero si éstas son las montañas de hiela de Groenlandia!
¡Qué bien le vendrían allí las trajes y las prendas de lana que se había traído para el riguroso invierno! El tiempo del que en su vida hubiera empleado y con el jabón, el peine y la toalla en las manos salió y dio la vuelta a la cabaña. Las niñas estaban en la cocina. En un banca vio sentado a un viejo; era delgado, tenía las mejillas cadavéricas y su puntiaguda barbilla aparecía cubierta con una barba canosa y descuidada. Al ver a la joven la saludó amable:
—Buenos días.
Lucy correspondió al saludo y le preguntó dónde estaba el agua.
—Precisamente acabo de traerla ahora —dijo el anciano señalando un sitio al extremo del ponche—. Hay la justa para esta mañana. Me parece que la helada no habrá hecho mucha bien a la flor del melocotonero...
Lucy encontró insoportable el agua. Con sus abluciones, debido a su impetuosidad, parecía someterse a una dura prueba, y el viejo, que había estada observándola con extraordinaria curiosidad, cuando terminó de peinarse y se valió hacia él, le dijo con una extraña mueca en el rostro —¡Mejillas de rosa!
—Gracias —agradecióle ella, radiante—, Soy Lucy Watson... Ayer noche no le vi a usted...
—No; pero yo sí. Soy el mayor de los hermanos de Lee. Somos cuatro hermanos los que vivimos aquí en los bosques... Los chiquillos me llaman tío Bill...
Al regresar a su habitación encontróse con la altísima del joven Denmeade, quien se mostró extraordinariamente embarazado al tener que devolverle el saludo se apresuró a ordenar sus cosas; hizo la cama y luego se presentó en la puerta de la cocina, excusándose por haberse levantado tan tarde.
—Creo que estará usted cansada. Por eso no se despertaran los niños —repuso la señora Denmeade—. Entre usted, que comerá algo.
Estaban todos almorzando en la cocina y Mary fue la única que correspondió al saludo de Lucy. Dan no parecía muy avergonzado, pero tenia la boca tan llena, que no podía hablar.
La señora Denmeade y Mertie estaban sentadas a la mesa; Allie permanecía en pie al lado de los fogones. Lucy sentóse al, lado de ellas y se dispuso a comer huevos, bizcocho y café.
—¿Quiere usted un poco de miel de la cosecha de Edd? —ofreció la señora Denmeade con orgullo mientras colocaba una cacerola delante de Lucy. Y como tenía buen apetito, disfrutó de veras con el almuerzo y, en cuanto a la miel, jamás había probado cosa tan exquisita y aromática.
Al finalizar el almuerzo Lucy se distrajo con los preparativos para ir a la escuela. A Dan tuvieron que arrancarlo de la mesa; llevaba la cabeza descubierta y los pies desnudos.
Lucy fue hasta la puerta de la cerca con él y con Mary, mientras Dick llegaba conduciendo dos, burros y un pony ensillados. Con suma ligereza encaramáronse Mary y Dan sobre dos burritos, al tiempo que Mertie aparecía trayendo unos pequeños cubos de estaño, y dio uno a cada jinete. Mary parecía ir de mala gana: sentía separarse de Lucy; pero Dan partió completamente despreocupado. Mertie montó el pony, y mientras su hermano le tendía el cubo y los libros, le dijo a Lucy:
—Debe usted pedir a los chicos que le presten un caballo para poder venir con nosotros a la escuela.
—¡Oh, eso sería magnífico! —exclamó Lucy—. Pero con el viaje de ayer tengo ya bastante para una temporada.
Dick cogió un cubo y un rifle y se dispuso asimismo a partir.
—¿Va usted a pie a la escuela? —le preguntó Lucy sonriendo.
—Sí; a mí me gusta mucho andar —contestó él.
—Mire usted sus piernas —añadió Mee—. Padre dice que es capaz de andar más que cualquiera de ellos, incluso más que Edd.
—¡Sí, ya se ve que puede dar buenas zancadas! —comentó Lucy sonriendo.
—Pues yo crea que estaríamos mucho mejor si usted pudiera enseñarnos en casa —repuso Dick tímidamente.
—Claro que sí —contestó Lucy, complacida—, y yo desea mucho enseñaros; pero no soy una maestra como las otras...
Y se quedó contemplando emocionada aquella pequeña procesión que iba alejándose detrás de Dan quien marchaba a la cabeza. Cuando se volvía hacia el sendero encontró a al señora Denmeade.
—Ya se han marchado —le dijo Lucy—. ¡Qué gracia me han hecho los borriquillos!
¿Cuánto trecho tienen que recorrer y cómo es que Dick se lleva la escopeta?
—Tienen que andar unas cinco millas y toda el bosque. Dick no lleva la escopeta para divertirse: hay osos, gatos y mofetas rabiosas. Yo siempre —me quedo intranquila cuando los niños se van solos, pero si los acompaña Dick ya no paso angustia.
—¿Y qué son las mofetas rabiosas?
—San una especie de gatos monteses atacados de hidrofobia —continuó la mujer—. Lee se figura que esos animales han sido mordidos por coyotes rabiosos, y, enloquecidos, atacan directamente a las personas... Si ve correr hacia usted alguna vez un bonito gato blanco y negro can la cola erizada... ¡huya a toda prisa!
—¡Así la haré! —exclamó la muchacha—. ¡Bastante dañina es ya de por sí un gato montés!
¡Sólo le falta estar rabiosa como ésos de que me habla usted! ¡Deben de ser temibles...!
—Bien, señorita Lucy: tendrá que dispensarme usted, pues hoy, en casa, es día de colada —díjole la señora Denmeade—. Nosotras nunca tenemos tiempo bastante para terminar el trabajo. Pero quiero ayudarla a empezar; así es, que si usted quiere decirme...
—¡Oh, señora Denmeade, no se preocupe usted! —la interrumpió Lucy—. Estoy aquí para ayudarles y así lo haré siempre que, pueda. Y por lo que respecto a mi trabajo, lo única que necesito es su permiso para planear cuanto crea necesario, comprar algunas cosas y preparar otras para la casa.
—Usted puede hacer todo cuanto quiera. Si necesita alga, no tiene más que llamarme a mí, a Lee o a cualquiera de los muchachos.
Mientras subían juntas por el camino que conducía a la cabaña, la muchacha fue explicando a la señora Denmeade que la decisión de aquella junta Benéfica era una tentativa para enseñar a las gentes que vivían en los lejanos distritos a hacer algo para que sus vidas fueran más fáciles y llevaderas. Denmeade venía de los campos y las encontró por casualidad y, al parecer, había oído algunas de las palabras de Lucy, por cuanto en su curtida rastro dibujábase aquella mueca característica.
—Esposa —le dijo mientras contemplaba a Lucy de pies a cabeza—, esta joven de ciudad tiene buen sentido y parece que podría convertirse en una mujer fuerte para poder hacer eso que ella misma dice: «Trabajar con sus propias manos...» ¡Y ha dado en el clave! Eso es lo que hemos hecho siempre par aquí y ése es el motivo de que no hayamos podido pulimos...
De todos modos, si la señorita Lucy nos enseña algo, nosotros podemos hacer lo mismo con ella...
—Así lo espero —repuso la muchacha alegremente—. Me gustaría aprender a: manejar un caballo, a cortar leña y seguir a las abejas.
Denmeade soltó una carcajada.
—¡Vamos! ¿Has oído, mujer? —exclamó riendo todavía—. Pero mire usted, jovencita, tenga cuidada y procure que mi hijo Edd no le oiga decir que quiere usted seguir abejas, porque si la oye, va a llevarla, y... ¡yo le aseguro que va usted a divertirse detrás de ese zanquilargo!
—Es posible, pero yo decididamente voy a pedirle que nos lleve a Mertie y a mí —repuso Lucy.
—No, de eso sí que estoy segura —repuso la señora Denmeade—; la que es a Mertie no la convencerá usted par nada del mundo para que vaya arriba y abajo por esos bosques, total para nada. ¡Deje usted en paz a las abejas! Mertie se pasará todo el día cosiendo de buena gana, haciendo vestidos para ella o para mí, o bailará durante toda una noche, pera de eso a ir corriendo por los montes, ¡buena diferencia va! En eso sí que no se parece en nada al resto de la familia. No; yo crea que el más indicado para acompañarla a usted con Edd es Dick.
—¡Bueno! Vamos a ver qué le parece —interrumpió el viejo Denmeade—. ¿Le gustaría a usted venirse conmigo y con tío Bill a arar?
—¿A arar? —contestó Lucy alegremente—. ¡Oh, sería demasiado, hoy, para mí! El viaje de ayer me dejó descoyuntada. Estoy dolorida por todas partes.
—Ya lo crea; no es un camino fácil para los que no tienen costumbre de montar a caballa.
—Oiga, señor Denmeade: me gustaría aceptar la tienda que me ofreció el maestro —repuso Lucy cambiando de conversación—. Creo que yo podría vivir muy bien en ella, y así no habría necesidad de que ustedes se privaran de su habitación.
—Bien, como usted quiera —contestó el viejo—. Creo que las chicos podrán atar la tienda bastante fuerte para resguardarla de las sabandijas, de las serpientes, de los perros, de los gatos salvajes, de los leones, de los osos... y aun de las mofetas, rabiosas...
—¡Santo Dios! —exclamó Lucy—. Pera... señor Denmeade... ¡usted me está horrorizando!
—¡Me la figuro! —contestó él riendo—. Y es el caso que ésta no es una mala idea. El verano se va acercando y pronto tendremos buen tiempo para poder dormir fuera. He visto ya al señor Jencks con su tienda bien sujeta y me parece que entre los chicos, y yo podremos hacer lo mismo. Pera hay tenemos que ir a arar antes de que llueva. Mire usted: ¿ve aquellas nubes que vienen del Sudoeste? Pues, significan tormenta. Quizás esta noche, mañana o pasado mañana..., pero es tormenta segura.
—Confío en que Edd estará de vuelta antes de que llueva —murmuró la señora Denmeade— . A Mertie le costaría estar enferma si su vestido nuevo se estropeara por el camino con la lluvia...
—¡Oh, desde luego! —asintió el viejo. Y luego, mientras Lucy subía los escalones del porche, le dijo—: Ya sabe, señorita, que está usted en su casa. Puede, pues, llamarme a mí y a los chicos a la hora que usted quiera.
—Muchas gracias. Y... oiga: ¿quién es el mejor carpintero?
—¡Bueno! —exclamó Denmeade—. Creo que Dick es el que está más familiarizado can los clavos y la madera, y antes y después de la escuela tiene tiempo de sobra para dedicarse a esa clase de trabajo. Pero los clavos van muy escasos...
—¿Pera no pueden comprarse en Cedar Ridge? —¡Seguro! Y me figuro que alguien deberá ir por allí después del baile.
Lucy no empleó mucho tiempo para hacerse cargo del interior y del exterior de la cabaña, ya que las posesiones de los Denmeade eran tan reducidas, que bastaba un vistazo para poder enumerarlas. Pero por lo vista sus necesidades eran también muy pocas; y es que la salud y el confort de un hogar no, depende de lo poco o mucho que se posee, sino de la que se necesita. Los hijas de los pioneros tenían derecho a algunas de las ventajas de la civilización, y el problema no lo ignoraba Lucy.
La señora Denmeade vació un armario de todo cuanto contenía y lo dejó para el uso de Lucy, hecho lo cual le facilitó el trabajo de desempaquetar sus cosas. Cuando la muchacha hubo terminado, cogió lápiz y papel y salió en busca de un sitio en: donde cobijarse para discurrir y trazar su plan.
Uno de los viejos sabuesos, un digna y solemne perrazo, miró a Lucy como si comprendiera que necesitaba compañía, y echó a andar tras ella. ¡Cuánto se divirtió la muchacha al verle andar a su lado sin manifestar más amistad ni adhesión que las que implicaba su acompañamiento!
Lucy cruzó el bosque que bordeaba el campa y anduvo baja los pinos en dirección al declive, y a través de los árboles vio el inmenso muro rojo. Al llegar a la linde del campo, en donde el bosque era más denso y oscuro, sentóse bajo un enorme pino, desde donde podía contemplar toda el clara.
—¡Oh, qué difícil me será concentrarme aquí! —exclamó la muchacha, emocionada por la selvatiquez y el esplendor del paraje.
Las pájaros y las ardillas estaban bulliciosos coma si festejaran la llegada de la primavera; el viento gemía par entre las capas de los árboles con suspiros que Lucy jamás oyera, y ahora agitaban toda su alma. Gozó por unos momentos de aquella dulce soledad y luego hizo un esfuerza para dar comienzo a su trabajo. Empezó tomando notas en su cuaderno. El hecho de que los fondos destinados al mejoramiento de las condiciones de vida de aquellas comarcas fueran remitidos a su nombre y confiados a su discreción y buen sentido, hizo que Lucy fuera absolutamente escrupulosa. Compraría tan sólo lo que fuera absolutamente necesario y dirigiría la construcción de muchas cosas útiles para los Denmeade; y a tal fin, dedicóse a elegir los artículos que adquiriría y los que deberían ser confeccionados allí mismo.
Esto resultaba una tarea agradable y fácil para Lucy, a causa de su educación manual en la escuela normal. Entre los artículos elegidos, los más importantes eran clavos y una máquina de coser. Los clavos significaban la construcción de sillas, mesas, armarios, estantes y muchas otras cosas; y la máquina de coser, la confección de sábanas, almohadas, toallas, cortinas, tapetes y vestidos.
En su imaginación veía ya el aspecto que, en un par de meses, ofrecería aquella choza, y sentíase regocijada par ellas y orgullosa de sí misma. El gasto sería poco, pero el trabaja, extraordinario; sin embargo, ya había convencido a Denmeade de que aquel trabajo benéfico no era de caridad únicamente, sino que además de beneficiarlos a ellas, can el tiempo sería beneficioso para el Estado.
Entre aquellos sueños y cálculos, la muchacha planeó las cartas y órdenes que escribiría aquella misma tarde. Después..., ¡cuánto tendría que esperar antes de que llegaran las encargos! No obstante, reflexionando, concluyó que muchas de las cosas que necesitaba podrían adquirirse en Cedar Ridge y para ello trataría de persuadir a Denmeade de que fuera o mandara a alguien en seguida.
Al cabo de largo rato, Lucy observó que, sin darse cuenta, había abandonada varias veces la sombra para colocarse al sol. El viento habíase vuelta helado y mugía entre las pinas.
¡Qué silbidos más extraños y más tristes! Las nubes venían veloces del Sudoeste; no eran muy numerosas, pero parecían mucho más oscuras y compactas que a primeras horas de la mañana, proyectando sus movedizas sombras sobre las verdes crestas de los ondulantes bosques. Mirando hacia la altura vio sorprendida como las nubes habían cubierto los altos bordes de la Rim, desde cuyas regiones llegaba hasta ella un profunda y constante rugido.
Lucy aplicóse nuevamente a su tarea y, par un momento, se olvidó de sí misma. El viento soplaba ahora de un modo intermitente, pero aumentando cada vez más su fuerza.
Lucy la advirtió y se impresionó vivamente. Continuó su trabajo hasta que un violento crujido que resonó cerca la asustó por completo. Sin duda seria la caída de algún árbol muerto. Nerviosamente buscó por su derredor si había algunos otros árboles secos y vio que, en efecto, había varias con las ramas deshojadas y sacudidas ahora par el vierta huracanado.
Un gran bosque primitivo como aquél le pareció un lugar sumamente peligroso.
«Siempre me había imaginado que sería maravilloso vivir en las bosques como los indios..., como los salvajes... —decíase Lucy—; pero en ciertas ocasiones... ¡debe de ser espantoso!»
Luego sintióse presa de encontrados impulsos; tan pronta deseaba echar a correr hacia la cabaña, coma quedarse allí, en el bosque aullador. Por un momento dejóse dominar por lo último. Salió de debajo del pino, colocóse en un claro del bosque y echó la cabeza hacia atrás. ¡Cómo azotaba el viento su cabellera! El olor de los pinos era entonces tan fuerte, que casi sofocaba; pero el aire era agradable, a pesar de su creciente frialdad. Contra el azul del cielo se recortaban las altas copas de los pinos, mecidas por el viento gemidor.
La osadía de Lucy no duró más que unos instantes. El o perro apareció y, después de mirarla con aire solemne echó a andar. Ella le siguió tan de prisa como pudo, llegando incluso a correr algunas veces; pero pronto le faltó la respiración. ¡Sentirse cansada por tan poca cosa! Y, sin embargo, la muchacha recordó que las grandes latitudes afectaban de aquel modo a ciertas personas. Su corazón latía ahora con violencia y tuvo que acortar el paso o, de lo contrario, veríase obligada a detenerse por completo. Aun así, cuando llegó a la cabaña estaba casi sin aliento. La dorada luz del sol había ya desaparecido y, en su lugar, un manto gris parecía extenderse por aquel selvático mundo mientras el huracanado viento parecía rugir al tropezar contra las paredes de la choza. La señora Den mearle, que salía con un cubo de agua, viendo a Lucy sentada bajo el porche, le dijo:
—Se avecina la tormenta. El viento soplará un rato y Juega lloverá.
—¡Oh... estoy... sin... aliento...! —exclamó jadeante la muchacha—. Era magnífico, pero...
me asustó... ¡Los niñas...! ¿Se quedarán... en la escuela?
—No; pronto vendrán, llueva o no. A Edd le atrapará bien. Dave Claypool, que pasaba por aquí cerca se ha detenida para decirme que encontró a Edd en la montaña. —¿Que ha encontrado Edd a su hijo...? ¿Cuándo?
—Esta mañana. Dave llevaba sus caballos allá arriba y encontró a Edd a unas quince millas de Winbrook. ¡Clara que Edd puede conducir una reata de burros! Pera es que todos van muy cargarlos y Edd cuidará de ellas mejor que de sí mismo. Creo que llegará a la Rim al anochecer; y si la tempestad se desencadenara antes... lo pasaría muy mal. La que aquí abajo es lluvia allá arriba es nieve. De todos modos estará aquí esta noche... ¡Seguro!
La convicción de aquella mujer sobre cuestión tan seria y su confianza en la .llegada de su hija desafiando la tormenta y la oscuridad de la noche, hicieron comprender par primera vez a Lucy la enorme fuerza elemental de aquellos moradores de los backwoods.
Y juzgó aquella fortaleza como superior a todas las demás virtudes. ¡Qué poco resistente era ella, en comparación! Entró en su cuarto consciente de que de nuevo sentía su atención insistentemente atraída hacia aquel Edd Denmeade. Sacó su recado de escribir y empezó la, importante tarea de despachar las cartas que había planeado. A intervalos descubrió que su imaginación vagaba, cosa desusada en ella; pero es que las circunstancias eran allí extenuadoras. El viento soplaba continuamente con hondo rugido en la chimenea.
Pasó largo tiempo pensando y escribiendo sin acordarse de la comida. Por cierto que los Denmeade comían a todas horas, cuando tenían apetito; una mala costumbre que Lucy se dedicaría a combatir. De todas modos se alegraba de que sólo los domingos tuvieran una comida al mediodía. Se quedó yerta de frío, tanto tiempo sentada en aquel incómodo banco escribiendo sobre las rodillas; pera terminó una docena de cartas y una larga lista de notas en su cuaderno.
Aquel trabajo la dejó satisfecha, y, poniéndose una gruesa chaqueta de lana, salió fuera de la cabaña para quitarse el frío mediante el ejercicio. Allí encontró a la señora Denmeade y a Allie, que traían la ropa desde el arroyo que había en la hondonada, y las ayudó en seguida a transportarla. Cuando hubo hecho cuatro viajes llevando una carga regular, había entrado ya en reacción y estaba casi sin aliento.
El manto gris del firmamento aparecía ahora cada vez más tupido y sólo de trecho en trecho se agrietaba momentáneamente para dejar al descubierto la; bóveda azul. El viento habíase hecho cada vez más húmedo y rugía sin interrupción.
Lucy descansó un poco y, mientras tanto, trató de inducir a Liz y a Lizo a que hablaran.
Las pequeñas, aunque no evitaban ahora su compañía, se mostraban todavía muy poco comunicativas. La muchacha sentíase intranquilo por las niños que debían llegar, y hasta que no vio a Mary y a Dan, seguidos de Mertie no descansó. ¡Por fin estaban a salvo! Cuando llegaron a la puerta de la cerca apareció asimismo la alta figura de Dick. Evidentemente para las pequeños aquel viaje a través de los bosques bajo las roanas azotadas por el huracanado viento, no era más que un simple incidente de los días escolares. No obstante, cuando Mertie oyó decir a su madre que habían visto a Edd de vuelta allá arriba, en la Rim, y que la tempestad le cogería de lleno, dio suelta a una gran inquietud. Y no ciertamente por su hermana, sino por el vestido nuevo que le traía y que era el regalo de su cumpleaños. La señora Denmeade procuraba calmarla.
—No te preocupes, Mertie —le decía—. Creo que deberías conocer ya a tu hermano. Lleva muchos sacos de harina en la carga de los borricos y no es probable que permita que se le estropee nada. No te inquietes, pues, por tu vestido nuevo.
—¡Pero, madre! —replicaba Mertie, acongojada—.Edd no es más que un ser humano... ¡y tú sabes lo espantosas que son las tempestades en esas alturas! —¡Bien; pues culpa tuya es el que Edd haya ido a Winbrook! —exclamó la madre—. Edd podía haber ido a buscar la harina a Cedar Ridge y sólo habría empleado un día. Pero tú has querido un vestido de ciudad...
Mertie, entonces, encerróse en un obstinado silencia y no tomó parte alguna en los preparativos de la cena. El crepúsculo tocaba a su fin. Las niños rodeaban a Lucy y ésta intentó jugar con ellos en el porche. Los hombres, que regresaban del trabajo y traían consiga el olor de los caballos y de la tierra recién arada, iban a lavarse con satisfacción.
—¡Bueno, madre: ya tenemos el campo labrado; ahora ya puede llover cuando quiera!— anunció Denmeade.
—¡Que llueva! —gritó Mertie como si la, hubieran pinchado—. Esa es lo que interesa a todos. ¡Tempestad, lluvia, nieve, para que coja a Edd!
—¡Ah! ¿Es eso lo que te aflige? —repuso el padre—. ¡No te preocupes por él!
Durante la cena, el viejo Denmeade hizo callar de nueva a su hija, y, a pesar de que la reprensión fue con frías y sencillas palabras, había en ellas tal entonación, que Lucy se dio perfecta cuenta del carácter de hiervo de hambres. Aquél fue el único ejemplo en el cual un ligero desacuerdo o evidencia de autoridad entre toda la numerosa familia Denmeade.
Después de cenar, había oscurecido completamente y una fina lluvia azotó el, rostro de Lucy cuando se asomó al porche. A través del mugido del viento sentíase el azote de la lluvia sobre el tejado.
—Pronto estallará la tormenta —murmuró Denmeade al pasar al lado de Lucy con una brazada de leña a encender un buen fuego para usted.
Aguzando el oído hacia el Norte, Lucy pudo distinguir perfectamente dos ruidos bien diferentes: el impulso, la violencia del viento al soplar contra la cabaña y sus rugidos en la alto de la Rim. La muchacha tembló y no sólo de fría ciertamente. Poco después estalló la tormenta con toda su furia. La lluvia caía a torrentes ahogando todo otra ruido. La muchacha se amparó unos momentos contra la pared, pero la lluvia caía con tal ímpetu, que en se seguida vióse obligada a meterse dentro.
Un brillante fuego de leña ardía en la chimenea de la habitación que ella ocupaba. Los niños charlaban sentados en el suelo, pero era tan grande el ruido en el tejado y los mugidos del viento en la chimenea, que no, podía oír lo que decían. Sin embargo, le pareció que había algo en el fuego que atraía su atención. Mary lo contemplaba así mismo, pensativa y soñadora, con un vago deseo pintado en su fina carita y en sus hermosos ojos.
Aquella hora le parecía a) Lucy llena de extraña inquietud. ¡Cómo se enfurecía fuera la tempestad! Sintió un impulsa casi irresistible de correr atravesando la borrasca. Era una sensación producida por el miedo. Incluso el parche, a pesar de que las puertas estaban abiertas e iluminadas, aparecía oscuro como boca de lobo; Lucy comprendió que no podría alejarse muchos pasos de la choza sin perderse. Los aullidos del huracán procuraban un siniestro acompañamiento a los rugidos que se oían en lo alto del tejado. De vez en cuando, una ráfaga de viento mandaba un torrente de agua contra las ventanas y el fuego chisporroteaba con la que bajaba por la chimenea.
Lucy se paseaba de ventana a ventana y desde la chimenea hasta la puerta. Luego sentóse junto a los niños para contemplar las encendidas ascuas del hogar; pero pronto volvió a levantarse para seguir paseando. Sus pensamientos estaban completamente dominados por las sensaciones de aquella horrible tempestad. Por fin se puso la chaqueta de lana y salió al porche, pero esta vez fue por la parte trasera de la cabaña, para estar libre de la furia del viento y de la lluvia. Allí permaneció, apoyada en la pared, con la vista fija en la oscuridad, sintiendo cerca el azote del viento y la fría y húmeda picadura del granizo, que caía ahora mezclado con la lluvia. Mientras estaba, así, encogida, el ruido del tejado fue cediendo gradualmente y la lucha de los elementos, alrededor de la cabaña, menguando. Fue entonces cuando percibió el espantoso estruendo de la tormenta allá, en lo alto de la Rim.
Sobrecogióse su corazón y experimentó unos sentimientos desconocidos hasta entonces.
¡Qué extraño era percatarse de que temía y le complacía a un tiempo aquel negro y rugiente vacío!
Le parecía hallarse a millares de millas de su casa, del desierto en donde siempre había vivido, de la cálida ciudad, con sus calles requemadas por el sol tanto en invierno como en verano, con sus masas de gente apresurada, atenta siempre a ganar dinero, a, unirse, a vivir...
¡Qué contraste con aquellas valientes familias montañesas! Lucy preguntábase si la raza humana, al expoliar y destruir con sus instintos aquellas selvas inmensas, no perdía algo de su propia grandeza y hermosura... ¿Cómo debían vivir los hombres en las antiguas edades, cuando no había ciudades —ni colonias? Lucy lo presentía vagamente.
Pero... ¿cómo era posible, ahora, que aquel Edd Denmeade encontrara el camino de su casa a través de aquella horrible oscuridad, bajo los crujientes pinos, bajando de un muro de dos, mil pies de altura? ¡Era algo increíble! Sin embargo, su padre y su madre le esperaban como la cosa más natural del mundo. Ya lo había hecho otras veces, y confiaban absolutamente en él. Incluso la vanidosa Mertie, a despecho de sus temores y dudas, sabía que vendría. Teniendo en cuenta, pues, todo esto, ¿qué clase de hombre debía de ser aquel Denmeade? Lucy ya no rechazó más el interés que por él, sentía. En, su corazón anidaba un vago anhelo de no sabía qué, pero que ella creía debido al desengaño de su hogar, al desengomo de Clara y a todos los otros desengaños que le siguieron; y recordaba el tipa de jóvenes que contaron alguna vez con el apreso de su padre, pero que siempre recibieran escasa atención por su parte.
Y es que la muchacha ano se sentía arrastrada por aquella clase de sentimientos...
Pero... ¿qué significaba para ella un muchacho de los backwoods? Es que aquel cazador de abejas era seguramente mucho más que un hombre... ¡y Lucy sentía una irresistible curiosidad por conocerle!
Permaneció bajo el porche hasta quedar helada y chorreando y, sobre todo, hasta convencerse de haber adquirido una débil idea de lo que era una tormenta en aquellas alturas.
Después entró en la casa.
Toda la familia, incluso el tío Bill, estaban reunidos en el cuarta de Lucy. Denmeade, su hermano, Dick y Joe estaban upados, cerca del fuego; el viejo Denmeade, con una rodilla en el suelo, posición que más tarde Lucy descubrió que era su manera característica de descansar, con su morena cara frente a la lumbre y su gran sombrero echada hacia atrás. Los demás estaban sentados en el suela, de espalda a la pared, escuchando lo que se decía. La madre y Allie estaban sentadas en la cama de, los niños y guardaban silencio, mientras Mertie, agachada sobre una de las sillas, miraba sombríamente la lumbre. Mary estaba inclinada a fin del que la luz diera, sobre el libro que tenía en las manas, y los niños, como siempre, seguían jugando.
Cuando Lucy entró, fue Mary quien se levantó para ofrecerle una silla y, al ver lo majada que llevaba la chaqueta, la muchacha quedóse asombrada, extendiéndola en seguida cerca del fuego para que se secara. En aquel momento, Joe interrumpió a su padre:
—Me parece que se han oído campanillas. Puede que alguna de los burras haya llegado ya. No debe de andar muy lejos Edd.
—Debe llegar con toda la, carga...—repuso el padre. Y mientras Denmeade añadía leña al fuego, los demás salieron al exterior haciendo sonar sus espuelas al andar. La señora Denmeade y Allie fuéronse a la cocina mientras se desvanecía la apatía de Mertie y echaba a correr hacia fuera llamando, a voz en grito a Edd, seguida de todas lose niños.
Lucy sintióse feliz por todos ellos. Colgó su chaqueta, secóse la lluvia de la cara y lió algún retoque que otro a su alborotado cabello, después de lo cual colocóse cerca del hogar y extendió las manos hacia la lumbre, sin dejar de mirar a la puerta con interés consciente de una ligera emoción.
El clamor de los gritos de los chiquillos dominaba las voces graves de los hombres, no tardando en resonar nuevamente el porche los pasos de las recias botas y el tintineo de las espuelas. Lucy apartóse a un lado y la luz del hogar inundó la puerta de entrada.
—Entrad todos —gritó Denmeade— y dejad que Edd se acerque al fuego.
Una, alta figura apareció en la oscuridad y entró rodeada de los niños y las muchachas.
Por unos momentos hubo un gran tumulto, hasta que los miembros mayores de la familia entraron, calmando un poco el alboroto.
—¡Anda, Mertie, aquí tienes tu regalo! —exclamó el recién llegado con voz lenta y profunda.
Y desprendiéndose de las manos que le asían, dejó sobre una silla un gran, paquete envuelto en un, papel completamente mojado. Mertie lanzó un grito de alegría y, cogiéndolo, cayó de rodillas y empezó a romper impaciente el envoltorio.
¡Oh Edd..., si llegas a traérmelo... mojado! —murmuraba jadeante.
—¡No temas! —replicó él—. Está bien envuelto con tela encerada.
Y sacando otro paquete de su enorme cuello de pieles, gritó —¡Liz! ¡Lizo! ¡Danny...!
—¡Cande! —gritaron a coro todos los chiquillos. Y aquello convirtióse en un pandemónium.
Cuando el joven hubo tirado su mojado, sombrero al suelo, cerca del hogar, Lucy pudo verle mejor. En realidad no era guapo, pero aquello no podía precisarse entonces, por cuanto la rudeza que se advertía en su rostro era, sin duda alguna, debida al peligro pasado. Su expresión no cambiaba al contemplar a todos aquellos pequeños seres que él había hecho felices en aquel momento, pero Lucy adivinó que el muchacho amaba a los niños y adoraba a Mertie. Desató el pañuelo que llevaba al cuello y lo tiró al lado del sombrero. Los mayores contemplaban sonrientes la felicidad de los pequeños. Mary parecía gozar con la excitación de Mertie, pero cuando miraba a Edd, sus hermosos ojos parecían preguntar en silencio.
—¡Mary! —exclamó al fin—. Creo que también traigo algo para ti... Espera a que me caliente un poquito las manos... ¡Estoy casi helado!
Y así diciendo, se dirigió al hogar y apoyó su rodilla el suelo, tal como lo hiciera su padre, extendiendo sus mamas, fuertes y grandes, hacia la lumbre, a cuyo resplandor se vio que estaban amoratadas y rígidas. Vista desde más cerca e iluminada por el fuego, su cara tenía una serena expresión; era un poco delgada, con nariz prominente, barbilla cuadrada y boca grande, cuyos labios contraídos acusaban firmeza. Sus ojos eran más grandes que los del resto de la familia, de color claro y mirada intensa.
Pera Lucy no podía decir todavía si le gustaba o no aquel rastro. El aspecto del muchacha era de opresión y cansancio; sus manos estaban sucias y el agua se escurría por todas partes de su ropa, haciendo chisporrotear el fuego. Parecía llevar consigo el hálito del bosque, frío y húmedo, el olor de los pinos y el vaho de las acémilas.
Mertie, al fin, mostró gozosa un magnífico vestido blanco, a cuya vista todo fueron exclamaciones. Fue la madre la que las interrumpió al advertir a Lucy en la sombra.
—¡Ah, está usted ahí! —exclamó—. Ya me preocupaba no verla. Mire, éste es mi hijo mayor. Edd, saluda a la señorita Lucy Watson. Es nuestra maestra de casa, que ha venido a vivir una— temporada con nosotros.
Lucy no se movió de la sombra y Edd dirigió su mirada como si estuviera cegado por el fuego y no pudiera verla sin dificultad. Lucy no descubrió en el rostro del muchacho la más ligera indicación de sorpresa ni el, más mínimo interés. ¿Qué había esperado, pues, de aquel tan loado cazador de abejas?
—A oscuras no la, puedo ver —murmuró Edd—. Pero de todos modos... ¿cómo está usted?
Mientras tanto el viejo Denmeade avanzó y, apoyándose en la chimenea, dijo:
—Dave pasó temprano y nos dijo que te había visto. Se figuraba que llegarías al sendero de la Rim antes de que estallara la tormenta.
—Sí, pera el viento nos daba de cara y en toda la tarde no nos ha dejado avanzar —respondió el muchacha—.Después, se me escurrieron algunos de los sacos... De no ser por eso, creo que habría llegado allí con tiempo; pero la tormenta nos pilló antes de llegar a la Rim.
¡El diablo me lleve si no creí que jamás llegaríamos al sitio en donde empieza a bajar el sendero! El viento fuerte y la nieve me azotaban la cara. ¡Suerte que llegué a la pendiente antes de oscurecer del toda! Conduje a mi caballo de la brida y lo até a la cola de Jennie. ¡A fe no veía ni una pulgada más allá de mi nariz ni oía las campanillas de los animales! Durante mucho rato me figuré que no lo contaría; pero cuando salimos de la nieve, un poco más, abajo, ya vi que podría llegar a casa. Todos los burros han llegado, menos Baldy, y no lo he echado de menos hasta que llegué aquí. Debió de resbalar allá; en él acantilado. Aquel paso es muy estrecho y como estaba tan fangoso... Pero me figuro que ya vendrá salo.
—Edd, ven a comer si tienes hambre —gritóle su madre desde la cocina.
—Ya lo creo que tengo hambre; como que sólo probé un bocado al amanecer......
Y recogiendo su sombrero y su chaqueta, se levantó.
—Oye, ¿te compró Blake la miel? —le preguntó su padre acompañándole hacia la puerta.
—¡Naturalmente! ¡Y nada menos que todos los cubos...! ¡Y eso que me hice pagar a dólar el galón!
—¡¡Arrea!! ¡Los perros me lleven si no hacen un buen negocio con tus cacerías de abejas! —exclamó el viejo.
—¡Claro que lo haré! Eso es lo que siempre he pretendida —asintió el, muchacho—. Así recoja quinientos galones este verano, quiero venderla toda hasta el último cuartillo.
—¡¡No...!! —La exclamación de Denmeade era una mezcla de duda, de asombro y de admiración ante la perspectiva de aquella fortuna.
Cruzaron el, porche y se metieron en .la cocina, desde donde Lucy les oía muy confusamente. Luego apareció la señora Denmeade diciendo:
—Lucy, quite el, cande a los niños y póngalo en donde no puedan alcanzarlo, porque de lo contrario se atracarán hasta caer enfermos.
La muchacha emprendió aquella tarea con infinita tacto, es decir, con cariño y persuasión. Liz y Lize se dejaron convencer pronto, pero Dan ya fue otra cosa, pues no era de los que atienden a razones. Pero cuando vio que Lucy estaba firme en su resolución, procuró primero que le dejara una parte hasta que, finalmente, se lo lió todo de mala gana, echándose inmediatamente sobre su piel de carnero y tapándose la cara cace su manta acolchonada. A la luz de la lumbre Lucy vio cómo resplandecían sus ojos.
—¡Pero... Danny! —le dijo cariñosamente—. ¿No te desnudas para meterte en la cama? —gruñó el chico.
—¿Nunca? —insistió Lucy.
—¡Nunca! Eso lo hacen dos pequeños; pero yo no.
—¿Y por qué tú no? ¿No, sabes que no es, saludable dormir vestido? Óyeme, Danny, yo soy tu maestra de casa... ¿sabes?
—A mí nadie me ha dicho nada —replicó el rapazuelo—. Padre, Joe y Dick duermen vestidos, y Edd también... ¡Sí, señor! Yo dormí con él una vez, en el desván, y no su quitó nada; se echó a dormir con botas y espuelas.
—¡Oh, de veras? —murmuró Lucy, consternada y algo decepcionada—. Bueno, de todos modos eso, no está bien, Danny. Verás; yo te enseñaré a hacerlo...
—¡Pura maestra...! —exclamó en san de protesta—. ¿Me hará usted dormir desnudo?
¡Vamos! ¡En invierno sería demasiado frío y no tendría bastantes mantas!
—No a, Danny, ya verás. Yo te haré unos vestidos para dormir; serán de lana, muy calientes y muy bonitos...
—¿No serán una cosa larga y blanca como la que se pone Mertie para acostarse? —preguntó el pequeño.
—Como tú lo prefieras; pero si te gusta te haré camisas y pantalones.
—Entonces padre llevarlos también durante el día —comentó interesado. Y se dispuso al dormir.
Lucy dirigió entonces su atención a las das mellizas, contenta al ver que se mostraban menos esquivas. —Nosotras también tendremos? —murmuró Lize tímidamente.
—Tendréis qué, queridas? —preguntó Lucy atrayéndolas hacia si.
—De usa que tendrá Danny para dormir.
—¡Pues claro que sí! Os haré unas túnicas largas y blancas cama las princesas de los cuentos de hadas.
Las pequeñas no habían oído nunca de princesas ni de hadas, pero ale punto mostraron el, rasgo más característico de los niños, la atención a los cuentos. Lucy les contó algunos mientras las desnudaba y metía en la cama, y pronto pudo observar el poder que sobre ellas ejercía. Su victoria estaba asegurada. En aquel momento entró Denmeade llevando algunas ramas.
—Puede usted, echarlas al fuego si quiere conservarlo... ¡Ah! ¿Ha acostado ya a los pequeños? ¡Bien! Mamá va a alegrarse de eso..
Cuando la señora Denmeade entró con una vasija y la toalla, quedó sorprendida al ver a los niños en la cama.
—¡Vamos, pícaros! —exclamó sonriendo—. ¡Si nunca os habíais acostado solos! Ya veo que eso es cosa de la maestra..., pero se le ha olvidado ]avaros las manos y las caras sucias...
—¡La maestra nos ha contado cuentos! —murmuró Liz, llena de alegría.
—¡Azúcar cande y cuentos en una misma noche! —exclamó la madre mientras manejaba la toalla—. Creo que eso va a daros malos sueños... ¡Vamos, estáte quieta! ¿No quieres la cara limpia? La maestra también está cansada y necesita dormir.
Cuando, la señora Denmeade se hubo marchado, Lucy cerró la puerta. Mientras lo hacía ció un vistazo a la cocina, débilmente alumbrada, y al observar aquellos rostros oscuros puso, casi instintivamente, la; tranca detrás de la puerta. Sin embargo, preguntóse al punto por qué lo había hecho. ¡Si la noche anterior había dormido con la puerta ajustada! Pero es, que aquella noche había visto a tal os los Denmeade como si erraran por la casa sin domicilio, y su pensamiento no podía detenerse sin presentarle la idea de que cualquiera de ellos entraría y se lanzaría sobre ella: en cualquier momento. Por eso deseaba la tienda que le ofreciera Jencks. Y cono todo... supongamos que aquella noche se hubiera hallado sola en aquella tienda, en la oscuridad, con un débil techo sobre la cabeza y unos metros de terreno bajo sus pies ...! Tembló sólo al pensarlo!
A Lucy no le corría prisa— acostarse. Acercó una banqueta al fuego y trató de calentarse las manos, los pies y las piernas, que había tenido como el hielo durante toda la noche.
Afuera el viento gemía bajo el alero del tejado y desde las fragosas alturas de la Rim llegaba a ella aquel impresionante rugido mientras la! lluvia continuaba azotando la cabaña. A medida que el fuego iba muriendo, la habitación fue quedando a oscuras y a Lucy antojábasele llena de cálidas sombras confortadoras que iban aligerándola de la tensión bajo la cual, inconscientemente, había pasada todo el día.
El acontecimiento que suponía su llegada al hogar de los Denmeade había pasado ya.
El cazador de abejas... estaba de vuelta. Lucy no tenía idea de lo que estuvo esperando, pero fuera lo que fuese, no había sucedido nada. Edd Denmeade no le hizo la impresión de un atrevido, ni de un matón, ni siquiera de un necio rústico de los backwoods. Al contrario, su indiferencia al verla entre su familia fue lo que la sorprendiera más singularmente. Y, a pesar de todo, su alivio contenía un poquitín de amor propia herido.
«Seguramente me había forjado una idea errónea a causa de lo mucho que de él me habían hablado», musitó sí.
Pero ahora ya no contaba para las —sensaciones que experimentaba en aquellos momentos. Antes, jamás había deseado las sombras de la noche ni la soledad, de su cuarto para pensar en ningún joven. Cuando cursaba sus estudios creyó haberse enamorado; pero el sentimiento que nacía ahora era muy diferente de aquel otro, tan insípido. Todo escapaba a su análisis. Edd Denmeade la había impresionada profundamente. ¿Cómo, cuándo, de qué manera? No podía decirlo. ¿Había sido atracción o repulsión? Ella habría asegurado lo último. Le repelía su aspecto bárbaro, tosco e incivil. Y no obstante sentíase fascinada por aquel hombre. Aquella vuelta apresurada bajo la tempestad, por aquellas espantosas pendientes, atravesando aquellas infernales tinieblas —hecho que no dejaba de tener su heroicidad por cuanto el objeto de tan arriesgado viaje fue sólo complacer a una hermanita superficial y vanidosa—, la impresionaba profundamente. El recuerdo de su hermana Clara vino entonces a su memoria; egoísta, despegada, olvidadiza de los demás... Lucy sintió que Edd Denmeade tenía algo de común con —ella... luna hermana que iba por mal camino!
Recordó la mirada que dirigiera a Mertie mientras ésta abría el paquete: una mirada serena, firme, pero comprensiva... Lucy comprendió también, más por intuición que por deducción, que Edd debía conocer la debilidad de su hermanita y quizá por ello la amaba más aún.
También la emocionaba el recuerdo de la sonrisa que había dirigido a las dos mellizas Liz y Lize. Pero todo la demás era incomprensible. Su propia orgullo, no de familia, sino de capacidad personal y conciencia de su poder para elevarse sobre su posición, le impedían cualquier pensamiento romántico sobre Edd Denmeade. ¡Un hombre de los backwoods!! ¡Si ella había ido «allí para enseñar a su gente, parientes y vecinos la manera de aliviar sus penas! La distancia que mediaba entre ellos y ella era infranqueable. Su interés y admiración, pues, debía ser impersonal. Pera lo que sí era personal e íntimo era aquel extraño resentimiento que crecía en ella: la sensación de sentirse repelida por un cazador de los bosques.
Permaneció inclinada sobre el fuego hasta que las ascuas se apagaron completamente.
La lluvia seguía azotando las ventanas, el viento gemía, la noche selvática continuaba.
Forzados pensamientos trataban de resolver los enigmas de su cerebro y de su corazón; pera de ninguna manera le devolvieron la tranquilidad. De noche su imaginación se mostraba siempre más activa, pero Lucy no confiaba en ella. Luchó todavía contra la insidiosa inclinación hacia los ensueños; los rechazó y, finalmente, se acostó segura de sí misma.


V
El día del cumpleaños de Mertie varias de sus amigas vinieron con ella de la escuela para pasar la noche allí y volver juntas a la mañana siguiente. Lucy no pudo menos de, preguntarse dónde iban a dormir.
Entre aquellas jovencitas estaba Sadie Purdue, a quien Lucy observó con una atención especial. Poseía pocos encantos. Su rostro y su figura eran vulgares y no podían ni remotamente compararse con los; de Mertie. Su complexión era grosera, completamente a tono con sus atrevidos ojos y su afectada expresión. Sus hombros eran salientes; sus manos, grandes, y sus pies, pesados. Preguntábase Lucy qué podía haber visto Edd Denmeade en aquella muchacha; luego reflexionó que era absurdo hacer suposiciones o sentar opinión ninguna sin conocer mejor a todas aquellas gentes; pero a Lucy le pareció inconcebible hacer un juicio crítico de Sadie Purdue sin incluir en él a todas sus compañeras. Todas aparecían completamente faltas de personalidad, toscas y sufridas, algo semejantes a Allie Denmeade. De pronto se sintió profundamente asombrada al advertir que experimentaba un inexplicable antagonismo hacia Sadie, y, precisamente por esta razón, fue en su busca para trabar conversación con ella.
La muchacha, lo mismo que todas sus compañeras, sentía una gran curiosidad por el trabajo de Lucy. Le hizo un sinfín de preguntas, el objeto principal de las cuales era un ardiente interés por saber lo que todos iban a ganar con la presencia de la forastera entre ellos.
—Vivimos allá abajo, cerca de Cedar Ridge —le dijo a Lucy—. Ahora estoy en casa de mi prima Anny Claypool, para poder ir a la escuela; pero ésta es la última temporada que voy a ella, gracias a Dios.
—¿Y qué harás cuando termines tus estudios? —preguntó Lucy—. ¿Vas a ir a enseñar a otra escuela?
—¿Yo enseñar? ¡Oh, no! —exclamó la muchacha—. ¡Si no podría enseñar nada! Creo que una joven en este país no puede hacer otra cosa que casarse en cuanto deje la escuela. Ya he tenido algunas proporciones para ello, pero no tengo prisa.
—Tan jóvenes os casáis las muchachas aquí? —preguntó con sorpresa Lucy.
—Desde los quince en adelante; y yo tengo ya dieciséis, igual que Mertie.
Lucy inducía a hablar a la muchacha, cosa que le resultaba muy fácil por cuanto Sadie estaba muy impresionada ante el interés de Lucy por ella, aparte que se veía manifiestamente que debían existir aquellos motivos que habían establecido su reputación. De sus palabras Lucy dedujo que ni Sadie ni Mertie querían casarse con ninguno de aquellos muchachos cazadores de abejas, leñadores o labradores; aspiraban a establecerse en Winbrook o, cuando menos en Cedar Ridge, sin renunciar, sin embargo, a que las cortejaran y las llevaran al baile.
—Las dificultades vienen cuando un muchacho nos acompaña, pues no les gusta perder mucho tiempo cortejándonos —le confió Sadie sonriendo intencionadamente—. Quieren casarse... quieren una mujer. Aquí tiene usted a Edd, el hermano de Mertie. Me llevó una vez al baile y se pasó todo el domingo pidiéndome que me casara con él... ¡Casarme con él cuando nunca me ha besado ni abrazado siquiera...! ¡El gran tonto...! Le dije que en sus cacerías de abejas había aprendido muy pocas cosas... ¡Ja, ja, ja!
Lucy no supo qué contestar a aquellas observaciones y le costó trabajo disimular su propia reacción. Por fortuna, Sadie se vio arrebatada por varias de sus, amigas con el propósito de: que, se uniera a ellas: para obligar a Mertie a que les enseñará —su vestido de cumpleaños. Lucy se divirtió viendo como la muchacha se hacía rogar con fingida modestia, cuando en realidad ardía en deseos de mostrárselo. Por fin se dejó persuadir —Bueno; os lo enseñaré. Pero sólo a vosotras.—Y entraron en la habitación de Lucy. Un momento después asomóse Mertie y le dijo—: Usted también lo puede ver, maestra; pero no diga nada a nadie.
Y desde aquel momento, completamente falta de modestia y como dominada por un extraño frenesí, Mertie se puso aquel vestido, con el cual causó gran: sensación a todas sus amigas. Por una afortunada casualidad que Lucy podía apreciar mejor que las otras, el vestido le sentaba magníficamente y la transformaba de manera maravillosa. Muchos fueron los comentarios y las exclamaciones, pero uno solo se clavó en la memoria de Lucy —Mertie —dijo Anny Claypool muy seria—, tanto tú como Sadie llamáis a Edd! «el gran tonto», pero yo creo que, en realidad, es «el gran listo».
Al atardecer la señora, Denmeade y Allie empezaron a preparar la mesa en el porche para servir la comida de cumpleaños a los invitados de Mertie. Llegaron varios jinetes, y Lucy conoció en seguida al primero de ellos: era Sam Johnson. Se reunieron todos, muchachos y muchachas, y empezaron a divertirse gastándose unos a otros groseras y malintencionadas chanzonetas que provocaban grandes risotadas. A Lucy le pareció algo verdaderamente absurdo aquel modo de celebrar la fiesta.
Los niños arrastraron a Lucy hasta el porche en donde Sam: Johnson hizo la presentación que Mertie había olvidado o quizás omitido adrede. Gerd Claypool era un joven gigante de ojos azules y pelo negro, y Hal Miller, el tipo de ganadero: de rostro serio y hablar humorístico.
Aquellos visitantes :mostraron bastante interés por Lucy, hasta el punto de convencerse ésta de que, aquello no les resultaba muy agradable a Mertie ni a Sadie, por lo cual, excusándose, se escabulló y los dejó con sus diversiones, yéndose a jugar con: los niños o a ayudar a la señora Denmeade. Luego fue a sentarse a su habitación, desde cuya puerta o ventana podía darse perfecta cuenta de la bulla que había fuera. No obstante, no se interesó mucho por ello, hasta que, por fin, entraron —en escena los: hermanos Denmeade.
—¡Vamos, aquí tenemos al cazador :de abejas volviendo pronto a casa, bien afeitado, :bien limpio y bien guapo —exclamó Sam Johnson.
—¡Cómo no, si es el cumpleaños: de Mertie, Sam! —contestó Edd—. ¿Qué; cómo estáis todos?
—Vamos pasando —dijo Gerd Claypool.
—Edd, creo que a todos nos gustaría lamer un poco alguno de tus: tarros de miel... —añadió Hal Miller.
—Le di a madre el último medio galón que me quedaba para :la fiesta de Mertie —repuso Edd—. Pero si no abusáis, todavía podré daros algo más.
—¿Pero qué le ha pasado a tu miel, si recuerdo que tenías mucha, hace poco tiempo?— preguntóle Sam, con interés, —La he vendido toda. Por cierto, que me han ofrecido un dólar por cada galón que lleve a Winbrook.
Sam soltó un resoplido de admiración.
—Pero oye... —le dijo— ¡no eres tan tonto como nosotros creíamos, cazando abejas durante todo el día!
—Voy a hacer de ello mi negocio —aseguró Edd.
—Pues no sería mala idea que guardaras un poco de miel para las ocasiones... —interpuso Sadie con segunda intención.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Edd. Pues que a las chicas nos gusta mucho —contestó ella con ironía.
—Me figuro que sabré guardarla —repuso Edd, de buen humor—. Pero: es que las palabras y las maneras melosas no son naturales en mí, como en Sam...
Aquella contestación provocó una explosión de risa a expensas de Sam.
—¡Bueno! —exclamó el interesado—. Pero yo no sé que jamás haya ido al baile solo...
Lucy, en la sombra de su cuarto, podía ver a través de la puerta abierta gran parte del grupo de jóvenes: que había en el porche. —Sam se inclinaba detrás de Sadie, que estaba sentada en la baranda. Gerd y Hal sentábanse sobre rollos de arpillera, y las otras jóvenes, en los bancos. Dick era el único de los muchachos Denmeade a la vista, pero más parecía estar ausente de la fiesta, apoyado en la pared, silencioso y escuchando sonriente.
Para Lucy resultaba interesantísimo observar y escuchar a aquellos jóvenes; pero lo que más la impresionaba era la sencilla e irrefrenable expresión de algo que ella adivinaba ser una complacencia primitiva en la mortificación y la pena de los demás. La expresión —de Sadie era, sobre todo, de maligna y mortificadora alegría; veíase que se divertía a expensas, de, los muchachos. Mertie tenía cierto aire de superioridad, como si condescendiera a tolerar por unos momentos las atenciones de aquellos jóvenes. El rostro de Anny Claypool mostraba, en cambio, una constante sonrisa ingenua y modesta. La —expresión de los muchachos era burlona, pero sin la más pequeña sombra de hostilidad ni de egoísmo. Sin embargo, para: la sensible Lucy, acostumbrada a ambientes más educados, aquella charla le resultaba cruda, casi brutal.
Durante un rato el tópico de la conversación fue el baile de la noche del viernes, y expresaba la feliz consideración que aquellas jóvenes y doncellas guardaban con aquella función social y recreativa, única que la suerte les deparaba. Personalismos y burlas fueron olvidados momentáneamente para recordar otras maravillosas veladas de baile; recreáronse haciendo conjeturas sobre la asistencia, la música, los sorbetes que habría en el próximo, y cuando hubieron agotado, aquel asunto, volvieron las pullas y burlas.
—Oye, Dick, ¿has encontrado ya una compañera de baile bastante alta para que no tengas que detenerte a pensar en cómo vas a agarrarla? —preguntó Sam, Johnson.
La cara de Dick enrojeció como la grana. La repentina e inesperada atención arrojada sobre él le causó un intenso embarazo, y la nuez de su cuello se movía sin cesar de arriba abajo.
—¡Muchacho! —interpuso Hal—. Tú que eres diestro en el manejo de los clavos, a ver si haces un par de zancos para mi gorda hermanita. Tiene sólo cuatro pies de altura, pero. en cambio pesa cincuenta kilos; ella y tú haríais un parejita que, a vuestro lado, Sadie! y Sam... ¡parecerían dos enfermos!
Otras ocurrencias por el estilo privaron que el muchacho tuviera tiempo de rehacerse y reaccionar, si de ello hubiera sido capaz. Fue su hermana Allie la que acudió en su auxilió desde la puerta de la cocina.
—Sadie, ¿con quién vas a ir tú? —le preguntó con dulzura.
—Con Sam, es el mejor bailador del país —contestó ella.
—Entonces, ¿ya lo tenéis convenido? —añadió Allie como por casualidad—. Porque cuando le pregunté, el otro día, con quién iba a ir, me figuré que no serías tu, por cierto...
Sadie dirigió a Sam una mirada de sorpresa y de resentimiento que él recogió con una fingida risa digna de diplomático, diciendo —Es que yo, Sadie, le conté a Allie que tú no habías aceptada mi invitación, cosa que es muy cierta.
—Creía que no era necesario aceptarla —contestó ella con un tono que daba a entender que tenían relaciones.
—¡Bueeeno, Sadie! —murmuró Edd con su agradable voz—. Si quieres tener sujeto a Sam...
¡tendrás que atarlo!
Aquellas astutas palabras de Edd Denmeade hicieron estremecer a Lucy de una manera agradable e inesperada y, casi sin darse cuenta, sumóse a la hilaridad que excitaron entre la concurrencia. Incluso la presumida Mertie se echó a reír y por un momento los papeles quedaron invertidos, pues Sam no acertaba a hallar una réplica, mientras Sadie mostraba un destello pasajero de su felina naturaleza.
Y tú, Edd, ¿tienes ya pareja? —preguntó a su vez, melosamente.
—No, todavía no. He estado fuera, como sabéis —contestó el, aludido.
—Por supuesto que irás al baile...
—No he faltado nunca, Sadie.
—Pues se acerca el día, Edd —continuó ella muy seriamente—, y no debes ir solo, como has hecho algunas veces. No está bien que luego riñas con los muchachos que tienen pareja, pues ellos tienen ya comprometidos de, antemano aquellos bailes... Edd, tienes que buscar una pareja constante....
La voz y el rostro de Sadie eran como una máscara transparente de la malicia de su alma.
—Claro, Edd —añadió. Sam—. Y debes procurar comprometerla lo antes posible.
—¿Verdad que es gracioso lo que le ocurre a Edd? —intervino Gerd—. ¡Hay que ver lo fina que tiene la vista cuando está en los bosques! Es capaz de seguir a una abeja durante media milla; pero en cambio... ¡es incapaz de seguir a una chica!
—Os equivocáis, muchachos —replicó Edd con su habitual calma—. Nunca he tenido contratiempo alguno siguiendo a una muchacha. Lo único que ocurre es que yo no usa el suave jabón que empleáis vosotros...
—¡Bien! ¿A quién irás a buscar? —le interrumpió Sadie.
Y así fueron importunándole con aquella pregunta, con sus consejos y sugerencias hasta acabar con asegurarle que todas las chicas a quienes pudiera dirigirse estaban ya comprometidas. Claro que debía de serla manera de divertirse de aquellos muchachos, pero a Lucy le pareció bastante brutal y casi llegó a sentirlo por Edd Denmeade. Por último creyó que sus parientes y amigos debían de tener algún motivo para dedicarse— a mortificarle de una manera tan despiadada, pues, a despecho de la broma general, habían llegado a convertirle en él centro y blanco de su peculiar manera de entretenerse. Sadie parecía ser la constante instigadora de todas las indirectas dirigidas a Edd, y Sam la secundaba siempre con gran habilidad.
Sin embargo, Anny Claypool manifestaba un espíritu más bondadoso, aunque no parecía darse cuenta de que aquel ataque era una manifestación de celosa brutalidad.
—Edd —le dijo ella bajando la voz—, yo invitaría a la nueva maestra. Es extraordinariamente bonita y amable, y nada vanidosa.
Lucy oyó la sugerencia y sintióse presa de diversión y de espanto a un tiempo. ¿Por qué no podían dejarla, chicos y mayores, fuera de toda cuenta? Su pulso se apresuró con una excitación que la disgustaba, y sus mejillas se encendieron como ascuas.
Sadie Purdue acogió la idea de Anny con una risotada estrepitosa.
—¡Estás loca, Anny! —exclamó—. ¿Crees tú que esa joven de ciudad va a querer bailar con un salvaje cazador de abejas?
Aquella positiva afirmación no hizo reír a nadie. Sadie no tenía intención alguna de hacer gracia y sus mejillas se colorearon también vivamente. El ruido repentino de botas y espuelas denotó que Edd se había puesto repentinamente en pie.
—¡Sadie Purdue, creo que cazar abejas no es ninguna deshonra! —aseveró Edd con sequedad.
—¿Y quién ha dicho que lo sea? —replicó ella—. Lo que os digo es que yo conozco a las jóvenes de ciudad. Seguid mi consejo y no la invitéis.
Edd salió del porche y Lucy le vio pasar en dirección al campo con el aspecto del hombre que tiene prisa por alejarse de, algo muy desagradable.
—Sadie, tú no lo sabes —dijo Anny suavemente—. Si esa maestra no fuera bondadosa y amable no estaría aquí arriba. La broma es la broma, pero no debías ofender a Edd.
—Yo no he ofendido a nadie —replicó Sadie, enojada—. No he hecho más que procurar evitarle un chasco.
—Tú nunca has querido a Edd ni a ningún muchacho de por aquí —insistió Anny—. Yo, sé ya de dos chicas que habrían podido querer a Edd si no fuera por ti.
El corazón de Lucy se animaba con la —dulce voz de Anny Claypool. Sadie le volvió la cabeza y se quedó mirando petulantemente a Sam. Hubo un momento de silencio forzado.
—Vamos, venid a celebrar el cumpleaños —gritó Allie desde la puerta.
Aquella llamada alivió la situación y la alegría volvió a imperar entre la gente joven.
Lucy vio como todos se apresuraban para tener un buen sitio cerca de la, mesa y tenía conciencia de —que se había interesado en las escenas que entre aquellos muchachos y muchachas: se estaban desarrollando, de una manera completamente desproporcionada a lo que habría sido natural en ella. Sin embargo, el trabajo que se había propuesto llevar a cabo entre aquellos montañeses era una cosa muy seria. ¿Qué tenía, pues, de extraño que se interesara por todo lo que con ellos se relacionara?
Pero... ¡aquel salvaje cazador de abejas,...! Vivo como un relámpago sintió un impulso que decidió satisfacer. ¿Iba Edd Denmeade a darles los últimos restos de la miel, sobre la cual tanto se había murmurado? Lucy pensaba que Edd no debía hacerlo y, no obstante, esperaba que el pobre muchacho lo haría. El único medio para averiguarlo era salir de su habitación y aproximarse a la mesa, pero, a pesar de su determinación, titubeaba. De repente quedó resuelto el problema: Allie apareció ruidosamente en la puerta de la cocina y, colocando una cacerola sobre la mesa, exclamó —¡Aquí, tenéis todo lo que queda de la miel de Edd! ¡A ella, muchachos!
Lucy observó con satisfacción como los invitados se abalanzaban sobre el cacharro, de acuerdo con las palabras de Allie; y de la escena que se desarrolló ante sus ojos, Lucy dedujo lo deliciosa que debía de ser aquella miel.
Lucy ya no vio a Edd Denmeade hasta muy entrada la mañana del siguiente día, cuando, habiéndose marchado ya los invitados y los niños a la escuela, éste se, presentó ante ella cuando estaba jugando con las dos mellizas en el porche.
—¡Buenos, días...! Quisiera tener unas palabras con usted, señorita —murmuró él.
—¡Oh, con mucho gusto! —repuso Lucy incorporándose.
Edd, de pie ante los escalones del porche, permaneció con los ojos bajos, dando vueltas a su enorme sombrero. en actitud pensativa. Visto de cerca y sin las huellas de aquel terrible viaje, le pareció a Lucy muy diferente.
—Mis padres me han contado de usted..., pero no me he enterado bien.
—¿De veras? ¿Puedo, pues, aclararle algo? —contestó Lucy con un gran alivio en el corazón, por cuanto había creído que iba a pedirle fuera con él al baile.
—¡Seguro! —exclamó el muchacho—. Quisiera saber algo mas de lo que piensa usted hacer aquí...
Y al pronunciar aquellas palabras levantó la vista hacia ella. Lucy jamás había visto una mirada semejante. Aquellos ojos, eran tan claros, tan grises, que parecían completamente faltos de expresión, pero advirtió al punto que eran el fiel espejo de la simplicidad y de la honradez de alma de quien la estaba mirando. La joven se tomó inmediatamente la molestia de explicarle, desde el principio hasta el fin, la naturaleza de la labor que había emprendido entre su gente, mientras él, de pie, inmóvil, la escuchaba atento, observándola con aquella mirada tan fija y tan desconcertante.
—Mis padres me han contad que usted haría que el Estado compre cosas para nosotros —dijo él reflexivamente—, y yo me pregunto si no vendrán ellos, luego, a llevarse más de lo que primero nos envíen...
—Es natural que el Estado quiera sacar de ello un beneficio general para la nación —contestó Lucy muy seriamente—, pero ya tendré tiempo de enseñarles a todos ustedes el bien efectivo —de esta acción del Estado, mucho más interesante que la ganancia.
—Me lo figuro. Pero como mi padre me envía a Cedar Ridge para echar unas cartas de.
usted y comprar todos esos avíos que, usted quiere... Tendré que llevar tres burros —de carga.
Sobre Jennie cargaré la máquina de coser.
—¡Oh! ¿Un borriquillo tan pequeño va a llevar eso? —exclamó Lucy.
—¡Seguro! Jennie cargó con la cocina por toda aquella cuesta por donde usted vino y del mismo modo llevó hasta Winbrook mis ciento cincuenta libras de miel.
—Entonces, debo decirle que Jennie es un animalito maravilloso —repuso Lucy.
—Y... oiga: ¿piensa usted quedarse con nosotros una temporada, y luego irse con los Claypool, y con los Johnson, y los Miller, y los Sprall?
—Sí; ése es mi plan, aunque no hay tiempo señalado para ello. Tengo «todo el tiempo que hay», como le he oído decir a su tío Bill.
—¡Bueno! Pero eso es una mala idea y no se hará —replicó él.
—¡Cómo! ¿Por qué no? —interrogó Lucy ansiosamente.
—Primero, porque usted es demasiado joven y bonita —contestó. Edd, completamente inconsciente del cumplido.
—¡Oh! —exclamó muy confusa—. Pero es que, señor Denmeade...
—¡Nunca me ha llamado nadie señor! —interrumpió Edd.
—¿De veras...? Pero... es que ni mi juventud... ni mi buen parecido, como usted ha tenido la amabilidad de decir, han de detenerme en mi camino.
—¡Seguro que sí! De ser una mujer vieja, o por lo menos de mediana edad, podría usted ir tranquilamente; pero es usted una muchacha...
—Sí. lo soy —asintió Lucy, asombrada y divertida—. No puedo negarlo...
El muchacho consideraba que su sencillo informe contenía la suficiente evidencia sobre este punto, a pesar de lo cual. continuó tratando de convencerla de que todas aquellas familias disputarían por ella y acabaría todo con una querella general.
—No importa lo que padre le haya dicho, pero yo nunca la dejaré a usted ir con los Sprall —concluyó él de manera rotunda.
—¡Usted...! ¿Y puedo preguntarle qué tiene usted que ver con todo esto?
—¡Bueeeno! ¡Alguien tiene que cargar las cosas de aquí sobre sus hombros...! ¡Y la mayor parte de ellas... caen sobre los míos! —repuso él.
—¡No lo entiendo! —replicó Lucy, algo violenta ya.
—¡Bueeeno! Es que siempre sucede algo malo, aquí arriba, entre nosotros; y creo que yo soy el único que lo veo.
—¡Algo malo...! ¿Qué puede haber de malo para mí en ir a casa de los Sprall? —protestó Lucy—. ¡Si por lo que he oído son ellos los que más me necesitan entre todas las familias de, estas: alturas!
—Señorita, hará usted mejor no creyendo todo lo que oye usted decir —insistió él—. Si fuera adonde viven los Sprall, vería usted que lo que ellos han de hacer es lavarse y vestirse, y que su choza debería ser quemada. Eso es lo primero que vería usted al momento, a no ser que se quedara allí un día o dos.
—¡Oh...! ¿Y si me quedara?
—Puees, entonces, vería bastante más.
Pero, ¿no entiende usted que yo estoy aquí para ayudar a las pobres familias, aunque sean sucias o ignorantes, e incluso malvadas? —exclamó la muchacha.
—¡Seguro que lo, entiendo! Y lo que es, la bondad del corazón de usted y del de esa gente que la manda a usted pero yo le digo que quizá no, nos sirva de gran cosa a nosotros, mas para gentes como los Sprall, segurísimo que no va a servirles de nada.
—Si quiere usted que preste atención a sus palabras debe decirme el porqué —repuso Lucy obstinadamente. —¡Yo no puedo hablar de las mujeres Sprall a una muchacha como usted!— protestó Edd—. Si madre no se lo quiere decir, eso no es cosa mía; pero creo que no habrá ninguna necesidad de ello, porque usted no irá con los Sprall.
Lucy no encontraba palabras para contestar. Su franca afirmación no la enfadaba tanto como la convicción de que por una razón u otra ella debería renunciar a ir con los Sprall.
—Desde que he llegado he oído decir que, usted y Bud Sprall se guardan rencores mutuos. Creo que fue la madre de usted quien lo dijo —repuso Lucy, muy despacio y procurando contenerse.
—No; el rencor es casa de Bud. Si lo hubiera por mi parte, ya le habría matado hace tiempo... Ahora, señorita, usted es una joven de, ciudad y debe tener un poco de sentido. Si le digo a usted que yo no puedo dejar a Mertie en donde esté Bud Sprall... me figuro que usted entenderá lo que quiero decir...
—Sí; no soy tan estúpida como usted parece suponer —replicó Lucy.
—Pues por la misma razón tampoco la dejaré ir a usted... ¡Bueeeno! ¡Estamos perdiendo el tiempo hablando de los Sprall! Pero volviendo a ese trabajo suyo, yo siento no verlo tan favorablemente como mis padres, pero... ¡no, la verdad, no lo veo!
—Yo también lo siento —repuso Lucy—. Será muy desalentador para mí pensar que haya aunque sea una sola persona contra mí. Y... ¿se puede saber por qué?
—No podría precisarlo tan pronto —contestó él—; pero es mi manera de sentir. Si tuviera que quedarse siempre vivienda entre nosotros, yo pensaría muy diferentemente; pero usted no se, quedará aquí muchos años, y... supongamos que les enseña muchas cosas a Liz, a Lize y a Danny. Ellas tendrán que quedarse aquí toda la vida... ¿Quién sabe si no serían más felices sabiendo menos? Lo que ellos ignorarían no les haría ninguna falta.
—¡Está usted terriblemente equivocado, Edd Denmeade! —replicó, Lucy con energía.
—¡Hum...! Bueeeno, a usted toca demostrarlo —insistió él, imperturbable—. Ahora me marcho. Supongo que mañana al mediodía estaré de vuelta con sus avíos.
—Segura que sí! De ser una mujer vieja, o por lo menos de mediana edad, podría usted ir tranquilamente; pero es usted una muchacha...
—Sí. lo soy —asintió Lucy, asombrada y divertida—. No puedo negarlo...
El muchacho consideraba que su sencillo informe contenía la suficiente evidencia sobre este punto, a pesar de lo cual. continuó tratando de convencerla de que todas aquellas familias disputarían por ella y acabaría todo con una querella general.
—No importa lo que padre le haya dicho, pero yo, nunca la dejaré a usted ir con los Sprall —concluyó él de manera rotunda.
—¡Usted...! ¿Y puedo preguntarle qué tiene usted, que ver con todo esto?
—¡Bueeeno! ¡Alguien tiene que cargar las cosas de aquí sobre sus hombros...! ¡Y la mayor parte de ellas... caen sobre los míos! —repuso él.
—¡No lo entiendo! —replicó Lucy, algo violenta ya.
—¡Bueeeno! Es que siempre sucede algo malo, aquí arriba, entre nosotros; y creo que yo soy el único que lo veo.
—¡Algo malo...! ¿Qué puede haber de malo para mí en ir a casa de los Sprall? —protestó Lucy—. ¡Si por lo que he oído son ellos los: que más me necesitan entre todas las familias de, estas: alturas!
—Señorita, hará usted mejor no creyendo todo lo que oye usted decir —insistió él—. Si fuera adonde viven los Sprall, vería usted que lo que ellos han de hacer es lavarse y vestirse y que su choza debería ser quemada. Eso es lo primero que, vería usted al momento, a no ser que se quedara allí un día o dos.
—¡Oh...! ¿Y si me quedara?
—Puees, entonces, vería bastante más.
Pero, ¿no entiende usted que yo estoy aquí para ayudar a las pobres familias, aunque sean sucias o ignorantes, e incluso malvadas? —exclamó la muchacha.
—¡Seguro que lo, entiendo! Y lo que es, la bondad del corazón de usted y del de esa gente que la manda a usted pero yo le diga que quizá no, nos sirva de gran cosa a nosotros, mas para gentes como los Sprall, segurísimo que no va a servirles de nada.
—Si quiere usted que preste atención a sus palabras Lucy siguió con la mirada aquella alta figura que andaba majestuosamente, acompañada del tintineo de las espuelas. Edd Denmeade tenía seis pies de estatura, era esbelto y no se encorvaba como sus hermanos. Su constitución era atlética; brazos, bien modelados; cintura y caderas estrechas, dando todo su conjunto la más extraordinaria impresión de elasticidad y fuerza. Lucy había visto jinetes de los ranchos cuya figura parecíase a la de este cazador de abejas; pero se sostenían torpemente sobre, sus pies, su andar era desgarbado y tenían mucho mejor aspecto montados a caballo. En cambio este Denmeade tenía un paso largo, rápido y ágil.
Cuando lo perdió de vista, Lucy dejó solos jugando a los chiquillos y se quedó meditando sobre lo que el muchacho le dijera. Ella veía que, en cierto modo podía ser que él tuviera razón y que aquellos: niños salieran perdiendo más que ganando, pero, aquello no podría suceder si ella conseguía dejarles su impulso impreso para siempre. Aquellas gentes de los backwoods llevaban muchas generaciones de retraso con respecto a la gente de ciudad.
Lucy había comprendido de una manera amplia e inteligente el fundamento de la evolución de la raza humana. No hacía muchos miles de. años que la familia humana esparcida sobre el globo vivía su vida nómada en los bosques, gobernada por las condiciones de alimento y agua. Remontándose más allá, sus progenitores habían sido bárbaros, y todavía más remotamente fueron hombres de las cavernas, que disputaban su cueva con los. osos o los tigres. Lucy había visto grabados en libros científicos los huesos de aquellos hombres y de aquellas bestias. Antiguamente todas las tribus errantes tenían que cazar para vivir y sus problemas eran muy escasos: comida para sustentarse, pieles para abrigarse, protección contra los animales y las bandas destructoras de su propia especie... ¡y nada más! Sin embargo, a través de los siglos, aquellos salvajes habían progresado mental y espiritualmente, y Lucy consideraba aquello como. una inevitable ley biológica.
Aquellas gentes de los backwoods, pues, se hallaban sencillamente más próximas al viejo orden primitivo de las cosas que sus afortunados hermanos del mundo civilizado. Pero, incluso aunque ellos lo quisieran así con implacable tenacidad, no podrían mantenerse siempre en aquel medio de vida elemental; no podrían evadir el arrollador influjo del progreso. El padre de, Edd Denmeade era un perfecto backwoodman; el mismo Edd— era cazador de abejas; su hijo sería probablemente guardabosques o negociante en maderas y su nieto quizá sería ya granjero u obrero ciudadano.
Aquel joven gigante de los bosques no entendía, naturalmente, nada de tales cosas, pero tenía una ingeniosa filosofía que Lucy creía entender. En cierto modo, el irreflexivo salvaje y la primitiva criatura blanca eran más felices que la gente civilizada, y hasta cierto punto podría ser una lástima robarles sus instintos y educarlos de un . modo extraño a su existencia puramente natural; pero es que desde el nacimiento del planeta, el avance de la inteligencia había sido una cosa inevitable. Lucy sabía de muchas escritores que atribuían este hecho a la misma naturaleza y su convicción personal era de que más allá, y por encima de la Naturaleza, estaba Dios.
La muchacha comprendió que si Edd Denmeade no era estúpido y obstinado, podría ilustrarle, cosa que resultaría interesante. Sin embargo, por otra parte, requeriría más paciencia y más bondad de las que ella poseía. Era evidente que aquel muchacho era el factor más fuerte entre los Denmeade y puede que aun entre toda la juventud de aquellas regiones.
A despecho de lo poco halagüeñas que eran las ideas que había alimentado en su primera impresión, encontró que, después de haber hablado seriamente con el joven, se formaba mejor opinión de él que, de ninguno de los muchachos que había conocido en su vida; y durante todo el resto del día y buena parte de la noche, Lucy diose cuenta de que vagaban por su cerebro, de una manera bastante— satisfactoria, los pensamientos y las ideas que Edd había despertado, a pesar de advertir que había excitado su combatividad. De todos modos, ella le consideraba como a uno de los Denmeade y, por lo tanto, acarició la idea de ayudarle como a los demás. Por otra parte comprendía que su éxito entre aquella familia dependía sobre todo de que pudiese conseguir que el hijo mayor viniera en su ayuda; y se le ocurrió que quizás el camino mejor sería el de: sacar partido de su devoción por los niños y, particularmente, del amor por su hermanita Mertie.
A la mañana siguiente Lucy estaba más enérgica y activa, mentalmente, de lo que lo había estado desde hacía mucho tiempo, Había descansado y el problema con que se enfrentaba habíase convertido en algo que caía completamente dentro del terreno de sus propias posibilidades. Sin embargo, ni los, niños, ni su ayuda a la señora Denmeade, ni la lectura de algún tratado medio olvidado sobre su trabajo... nada llegó a interesarle hasta el punto de apartar a Edd Denmeade— de su pensamiento. Lucy se dio cuenta de esto, pero se negó a reflexionar sobre ello.
Al mediodía estaba sentada en su habitación cuando oyó a tío Bill que, llegando al pórtico, gritaba —¡Oye, Lee! Ahí viene Edd con sus burros. El viejo Denmeade salió exclamando —¿Tan pronto? ¡Parece cosa de diablos la manera como ese chico conduce el cargamento!
—¡Pesada carga, también! —comentó tío Bill—. Jennie parece un camello. Voy a meter mano en la descarga. Lucy quiso echar a correr inmediatamente para ver a los burritos, pero contuvo su deseo. Oyó el tintineo de las campanillas y el pisar de los pequeños cascos al acercarse al porche.
—¡Bueeeno, muchacho! —murmuró el padre—. Debías de tener prisa por llegar a casa.
—No; les he dejado descansar —repuso Edd—, pero he cargado antes de la salida del sol.
—¿Y has traído todas las cosas de la señorita Lucy?
—Algunas de ellas: han :tenido, que encargarse. La máquina de coser y muchos, de los alimentos secos. Pero estarán en la parada la semana que viene y yo iré entonces por ellos. De todos modos... creo que ya tenía bastante con lo que traigo hoy...
—Oye, Edd —preguntó la voz robusta de Allie desde la cocina—, ¿con quién vas a ir al baile?
—No he invitado a nadie todavía —contestó el muchacho lacónicamente.
—¿Pero vas a quedarte en casa? —insistió la muchacha saliendo de, la cocina con un gesto que denotaba sorpresa y sentimiento.
—Nunca me he quedado en casa, Allie, ¿verdad?
—Nunca, pero... no debieras ir solo a los bailes —aconsejóle solicita su hermana—. Ya sabes que, allí los chicos se vuelven locos y tú has tenido ya bastantes peleas.
—¡Bueeeno! —repuso Edd—. Pero tú no has visto nunca que yo volviera a casa con nada roto, ¿verdad?
La muchacha volvió a meterse en la cocina, en donde se la oyó continuar su charla con la madre.
—Edd, deberíamos entrar todo esto para que la señorita Lucy lo ponga fuera del alcance de los pequeños, ¿eh? —observó Denmeade.
—¡Pues claro! —asintió el muchacho—. Cuesta mucho dinero... ¡Dios quiera que se salga bien de todo esto! Lucy oyó su rápido pasa en el porche y al punto le vio llegar a su habitación cargado con paquetes y cajas, en cuyo momento la joven se levantó para ir a su encuentro.
—Buenos días. He vuelto pronto, ¿verdad? —murmuró el muchacho—. Padre dice que debe usted tener todo esto bajo su vigilancia... ¿En dónde le parece que lo metamos? Creo que entre todo hay un buen montón.
—Coloque las cosas ligeras sobre las camas, y las pesadas en el suelo; ya lo arreglaré yo luego —repuso Lucy—. Realmente ha vuelto usted muy de prisa, por lo que le estoy muy agradecida. Ahora podré estar ya más ocupada.
Por la tarde, cuando los, individuos de aquella familia se marcharon después de haber satisfecho su curiosidad con un detenido escrutinio de los diversos objetos que Lucy tenía esparcidos por su habitación, y se hubieron reintegrado a su trabajo o a sus juegos, Edd Denmeade se presentó a la puerta.
—Me gustaría pedirle una cosa, señorita —dijo en voz baja.
—Entre —le contestó, Lucy mirándole. Estaba arrodillada entre un montón de artículos esparcidos.
—¿Querrá usted, venir conmigo al baile? —le preguntó él.
Lucy titubeó. La timidez más profunda y la ansiedad más terrible chocaban manifiestamente en el alma de aquel gigante; mas a pesar del tremendo esfuerzo que tal pregunta debía de haberle costado, habíase expuesto a formularla francamente.
—¡Oh, cuánto lo siento! Muchas gracias, Edd, pero debo rechazar su amable invitación —contestó ella—. Ya ve usted el lío que tengo aquí con todo esto y debo arreglarlo cuanto antes, pues mañana empiezo ya a trabajar.
Él la miró con un cambio en su expresión o en sus pensamientos, que ella no habría podido precisar.
—Yo sabía ya que usted diría que no. Pero ahora le pregunto si este no quiere decir para siempre. Voy a hacerle una advertencia. Si una maestra no fuera a los bailes, la gente de aquí se creería que es porque ella se cree demasiado superior a nosotros.
—Gracias, Edd, lo comprendo —contestó Lucy, impresionada por su sinceridad—. Puede usted estar seguro de que no me creo demasiado superior ni demasiado buena para ir al baile con ustedes y divertirme incluso, también.
Entonces, quizás es que no le gusta ir conmigo... —repuso él con un dejo de amargura en la voz.
—¡Oh, de ningún modo! —apresuróse a replicar la joven—. Iría con usted) igual que con cualquier otro. ¿Por qué no?
—Yo, desde luego, no veo ningún motivo, pero Sadie Purdue estaba bien segura cuando... ¿De veras no se avergonzaría usted de ir conmigo?
—¡Claro que no! —le aseguró rotundamente Lucy, apurada por aquella situación—. Le aseguro que oí hablar de usted muy encomiásticamente a la señora Lynn, en Cedar Ridge, y veo cómo le aprecian sus padres, pero en mi país no es costumbre que una muchacha vaya al baile acompañada únicamente de personas que se conoce tan poco como ustedes y yo. Pero claro que no espero encontrar las costumbres de la ciudad aquí, entre estos bosques,...
—Me gusta su manera de hablar —contestó él mientras se iluminaba su rostro—. Seguro que no me convence del todo, pero no importa ahora... ¿Quiere usted, pues, ir conmigo?
—No —contestóle Lucy, algo molesta al ver su Insistencia después de haberle dado sus amables explicaciones.
—Le aseguro que no se lo he pedido a ninguna otra chica antes que a usted... —dijo el muchacho en tono suplicante.
—Eso no cambia nada.
Pero significa mucho para mí —continuó con tenacidad.
Nada haría cambiar su decisión después de haberse negado. Por lo tanto, no hizo más!
que mover negativamente la cabeza sonriendo y diciendo que lo sentía mucho. Finalmente, Edd se retiró sin proferir palabra y Lucy continuó su trabajo interesándose de tal modo por el, que acabó por olvidar el incidente. Sin embargo, un poco más tarde el muchacho volvió a presentarse en la puerta. Iba recién afeitado, con el pelo completamente mojado y peinado con esmero, amoldándose a su bien formada cabeza. Llevaba una camisa de franela de color claro, corbata encarnada y pantalones de cutí azul. Lucy, al verle, no pudo menos que apreciar el gran cambio que presentaba su aspecto.
—Creo que no ha pensado usted más en ello —dijo el muchacho.
—¿En qué? —preguntó Lucy.
—En ir al baile conmigo.
—He estado muy ocupada con todo esto y no he tenido tiempo de pensar en nada más.
—Nunca he deseado tanto que viniera una joven al baile conmigo como ahora —le dijo el muchacho—; más que nada, porque Sadie se burló de la idea.
Ciertamente, aquello no era muy halagador para Lucy y preguntábase si aquel muchacho, —en realidad, estaba enamorado de aquella presumida chica.
—Edd, no está muy bien que quiera usted llevarme por dar en la cabeza a Sadie —amonestóle Lucy severamente.
—Le aseguro que no es eso sólo —se apresuró a replicar el muchacho—. Sadie, Sam y la mayoría de ellos me han estado mortificando con eso y ha llegado a ser para mí algo doloroso, un resentimiento... Y usted, la muchacha más bonita, la chica más elegante que ha venido jamás a Cedar Ridge... ¡me chasquea! ¡Piense usted cómo se quedarían ellos si yo pudiera llevarla! Eso... sin decir nada de mis propios sentimientos.
—Bien, Edd; ha reparado usted perfectamente el error de lo que dijo antes —repuso Lucy graciosamente—. Pero de todos modos, dije que no porque quise decir que no.
—Señorita Lucy, le juro que jamás se lo hubiera vuelto a pedir si usted me hubiera dicho que no iría nunca, pero me dio a entender que quizá fuese alguna vez. Y si va a ir usted algún día a nuestros bailes, ¿por qué no viene a éste y consiente en que sea yo el primero que la lleve?
La ansiedad del muchacho resultaba patética, casi imposible de resistir. Lucy tuvo conciencia de que jamás había sido tan ardientemente deseada. Vio que llevarla, suponía para aquel chico el más grande acontecimiento de su vida, y la joven vaciló un instante. Pero reflexionó que si cedía entonces, seguramente se vería conducida a otros compromisos y obligaciones; y en consecuencia endureció su corazón y le formuló una negativa menos amable. Edd dejó caer la cabeza sobre el pecho y se marchó.
Lucy pasó otra hora desempaquetando y arreglando los numerosos materiales de trabajo que le trajeran de Cedar Ridge y, más tarde, oyó como, la señora Denmeade y Allie preparaban temprano la cena para poder ir al .baile antes de ponerse el sol. Lucy había terminado la faena de la tarde y aguardaba que la llamaran para la cena cuando Edd volvió a aparecer en la puerta de su cuarto.
—¿Quiere usted ir al baile conmigo? —preguntóle exactamente como lo había hecho la primera vez, pero, con un cambio sutil en el tono de su voz y en la expresión de su mirada.
¡Verdaderamente es usted tenaz, por no decir otra cosa! —contestó ella, ya molesta—. ¿Es que no entiende usted mi idioma...? ¡Le he dicho que no!
—Seguro que lo entendí la primera vez —contestó él—, pero me figuraba que, al ver que eso es tan poca cosa para usted y, en cambio, para mí tanto, quizá...
—¿Y por qué significa tanto para usted? —le interrumpió ella.
—Pues... porque si yo puedo llevarla a usted, le enseñaré eso una vez, y después... ¡ya no volveré nunca más al baile! —contestó Edd.
Costóle esfuerzo a Lucy volverla cara ante aquel rostro suplicante para desairarle de nuevo, pero al fin lo hizo y el muchacho desapareció. Poco después la señora Denmeade la llamó a cenar y Edd no compareció durante la comida.
—Está trastornado por ese dichoso baile —observó la señora Denmeade—. ¡Y todo por la mala lengua de esa Sadie! Edd nunca se ha interesado por ella, pero siempre es un recurso...
—¡Dios mío! —exclamó Allie—. Espero que Edd no irá a buscar a esa Sally Sprall, a pesar de que dijo que estaba tentado de, hacerlo...
—¡Esa bribona! —murmuró la señora Denmeade—. ¡Edd no irá a buscarla!
—Pero, madre, Edd está loco por llevar una chica a ese baile —interpuso Allie.
—Rogaré a Dios para que algún día lleve una muchacha mejor que Sadie Purdue y que todas las de su calaña —acabó la madre.
Poco después de cenar, Lucy vio desaparecer a través del bosque a la señora Denmeade y a Allie con los niños y tío Bill. Edd, no había vuelto y Lucy dedujo que debía de haberse ido igual que lo habían hecho ya sus hermanos y su padre. Entonces, le disgustó haberse mostrado tan inflexible y, pensándolo bien, no le gustaba mucho, la idea de quedarse sola en la casa durante toda la noche. No obstante, pensó que se encerraría bien para sentirse completamente segura.
Primero se paseó un rato por el porche, escuchando el murmullo de; la corriente y los chillidos de las ardillas; después estuvo contemplando como la dorada y radiante puesta de sol esparcía su gloria sobre la amarillenta y negruzca capa del muro que se combaba hacia el oeste. El día había sido agradablemente cálido, pero ahora iba haciéndose frío. Aspiró profundamente el aire embalsamado por el aroma de los pinos. Aquel país la subyugaba y, sin embargo, sentíase invadida por un sentimiento de tristeza, al pensar que podría permanecer allí indefinidamente.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por el choque de unas herraduras contra la roca.
Lucy se asustó. No le gustaba que la encontraran allí, sola. Mirando a través del follaje vio venir a Edd por el sendero, conduciendo dos caballos ensillados y, al verlo, se sintió inmensamente aliviada, casi contenta. Sin embargo, al punto se preguntó qué podía significar todo aquello.
«Volverá a pedirme de nuevo...?» pensó. En aquel momento, la paradoja de su sentimiento estaba en el hecho de sentirse a la vez complacida e irritada por su insistencia.
¡Qué temple el de aquel muchacho Edd, condujo los; dos caballos dentro del patio, hasta tocar el porche. Su paso sonaba como el de un hombre decidido; y a despecho de su control, Lucy sintió un estremecimiento.
—Seguro que usted creía que yo me había ido —dijo el muchacho al llegar adonde estaba la joven.
—No; no había vuelto a pensar en usted para nada —replicó Lucy con palabras no del todo sinceras.
—¡Bueeeno! Usted va a venir al baile —aseguróle en un tono de voz que nunca le había oído.
—¡Oh! ¿De... veras? —exclamó ella con acritud.
—¡Usted va a venir!
—¡Pues no voy! —replicó la muchacha.
Pero él alzó los brazos, los enlazó alrededor del talle de Lucy y la levantó tan fácilmente como si hubiera levantado un saco vacío. Lucy quedóse tan atónita, que por un momento, no pudo mover ni pies ni manos, mientras un nudo en la garganta le impedía articular palabra alguna. Luego, empezó a moverse y, al fin, dándose cuenta del ultraje, rompió a forcejear.
—¿Cómo puede usted atreverse...? ¡Déjeme en seguida en el suelo! ¡Suélteme usted! —gritó furiosa.
—No quiero. Usted irá al baile —replicóle él con aquella entonación tan particular en su voz.
—¡Usted..., usted es... un rufián! —estalló Lucy fuera de sí, con una rabia indescriptible, mientras forcejeaba con todas sus energías. Pero aquella fiereza no hacía más que aumentar sus emociones. Procuró desasirse luchando inútilmente con él; después, desesperada, empezó a golpearle con los puños; pero la sujetó de tal manera, que parecía cogida en unas garras de hierro. La cabeza le daba vueltas. ¿Qué pretendía hacer con ella aquel hombre?
—Piense que seguiré sujetándola hasta que termine de luchar —le dijo él—. Ahora no puedo dejarla sobre Baldy porque, a pesar de que es un caballo amable, si usted pataleara sobre él me figuro que le haría mucho daño.
—¡Suélteme usted! —gritó, Lucy con voz ronca y casi sin aliento—. Pero... ¿está loco?
—No, ni siquiera mareado. Pero le aseguro que mi paciencia ha llegado a su fin.
—¡Paciencia...! ¡Usted..., un patán..., un bruto...! ¡Un cazador de abejas salvajes! —disparataba Lucy intentando nuevamente desasirse y librarse de sus brazos.
Pero ¡qué inútiles y qué débiles eran sus esfuerzos! ¡Si él tenía la fuerza de un gigante!
Un pánico repentino la asaltó en su furia.
—¡Dios mío! ... ¿No querrá usted atentar..., injuriarme?... —murmuró ella, jadeante.
Edd la miró un momento con una sorpresa indescriptible y por fin exclamó:
—¡Oh! ¡Qué necia!
—Entonces:... ¿qué significa esto?
—¡No significa nada! ¡No significa más que... usted va a ir al baile conmigo aunque tenga que atarla! ¿Comprende?
Y así diciendo la colocó a horcajadas, en la silla de uno de los caballos mientras continuaba:
—Ahora... no patalee usted. Baldy la está observando por el rabillo del ojo...
Lo indecoroso de su postura, a horcajadas sobre aquel caballo, con la falda cogida sobre las rodillas, era más de lo que Lucy podía soportar.
—¡Por favor, bájeme! —murmuró—. Iré... con usted.
—¡Vaaamos! Me alegro de que se muestre usted juiciosa.
Y procediendo en una forma que contrastaba con su actitud de hacía unos momentos, la ayudó a apearse.
Lucy se tambaleó contra la pared del porche, tan débil, que apenas podía sostenerse de pie, mientras miraba atónita a aquel joven backwoodman, cuya cara había palidecido ligeramente. Habíale lastimado los brazos y estaba horrorizada. Vencida al fin por aquellas sensaciones, echóse a llorar.
—¡Vaaamos, no llore! —le dijo Edd—. Siento mucho haber tenido que, forzar a usted.
Supongo que no querrá ir al baile con los ojos y la nariz enrojecidos.
Si Lucy no hubiese estado tan resentida, se habría reído ante la solicitud de aquel muchacho tan desesperante. Esforzóse en serenarse y, pasándose las manos por la cara, preguntó —¿Hay allí algún sitio en donde una muchacha pueda cambiarse de ropa? Porque vestida así... no puedo ir a ninguna parte.
—¡Seguro que lo hay! —contestó él con alegría.
—Está bien. Voy a buscar un vestido... Iré con usted. Y entró en su habitación, se dirigió al armario y escogió el vestido más bonito de todos los que había traído, unos zapatos finos, peine, cepillo y espejo, y con todo ello hizo un pequeño lío. Sentíase como aturdida, como cerrada en una especie de laberinto... ¡Raptada! ¡Forzada a asisitir a un baile de los backwoods... por un cazador de abejas! De todas las aventuras posibles, aquélla parecíale la más increíble. Pero... ¿con qué derecho habíase metido allí, entre aquella gente, e intentado ayudarles? Aquel ultraje iba a acabar con sus buenos deseos. Se puso apresuradamente su traje de amazona, tomó el lío y volvió al porche.
—¡Vaaamos! Eso sí que está bien —exclamó Edd mientras se adelantaba para cogerle el envoltorio. Luego, sin decir palabra, la ayudó a montar y acortó los estribos a su medida. Al terminar, puso su manaza sobre la silla y, alzando sus ojos hacia ella, le dijo —¡Si usted hubiese sido Sadie o cualquier otra chica, yo sé que hubiera entrado en casa y se habría encerrado! Pero estaba segura de— que usted... ¡no haría eso!
Lucy trató de apartar su vista. Su enfado no había desaparecido y, sin embargo, nuevamente sintióse impresionada por la sencillez del muchacho.
—¿Quiere usted volverse ahora y quedarse en casa? —continuó Edd.
—Usted me lleva a la fuerza —replicó ella—. Usted me ha dicho que me ataría, ¿no es así?
—Sí que lo dije; pero es que estaba terriblemente empeñado en llevarla... ¡El haber tenido la posibilidad de encerrarse...! ¡Bueeeno! No lo ha hecho y yo sabía que no lo haría...
Lucy no contestó. ¿Qué es lo, que pasaba por el cerebro de aquel ser medio salvaje?
Sentíase fascinada y repelida por él a un tiempo. Seguramente se habría engañado a sí misma si no reconociera que el muchacho había luchado consigo mismo, luchado inconscientemente con sus propios instintos. ¡Si él era una prueba viviente de la evolución del hombre hacia cosas más elevadas!
—¡Bieeen! La dejo si quiere —dijo al fin.
—¿Es que tiene miedo de, que cuente a la gente lo bruto que es usted? —preguntóle ella sarcásticamente.
Su limpio rostro volvióse de un rojo subido, mientras sus ojos, hacíanse más penetrantes.
—¡Demoonios, no! —exclamó Edd—. Puede estar segura que no me importa lo —que usted diga ... ¡Pero me da rabia que piense de, mí como, piensan Sadie y todas esas chicas!
—Lo que yo pueda pensar no importa. Usted no, lo puede entender, —¡Bueeeno! Yo lo entendería si pensara como ellas...
—Pero ¿es posible que espere que yo no piense duramente de usted después de haberme tratado de esa manera? —preguntó ella con nueva valentía.
—¿Duramente?... Creo que no quiere decir eso —repuso él reflexionando—. De todos modos... la dejo libre sólo porque no ha sido usted falsa.
—No, no me dejará libre —replicó Lucy—. Voy a ese baile con usted... ¡y usted sufrirá las consecuencias de ello!


VI
Al llegar a la puerta del corral, Edd Denmeade se apeó del caballo y sostuvo la puerta abierta para que Lucy pasara.
—¿Quiere usted que vayamos de prisa o despacio? —preguntó mientras volvía a montar.
—Los prisioneros no escogen —replicó Lucy.
Aquella observación cortaba evidentemente todo deseo de conversación. Los grises ajos de Edd parecían querer penetrarla imperturbables e interrogadores. Por fin puso su caballo al trote y la cabalgadura de Lucy le siguió sin necesidad de incitarla. Aquel caballo tenía una marcha que resultaba muy agradable y, a pesar de ser fogoso y vivo, no necesitaba una vigilancia constante ni sujeción alguna de las bridas.
El camino conducía al bosque por un ancho y tortuoso sendero lleno de toda clase de huellas, en una de las cuales creyó Lucy reconocer las pisadas de Dick, pues habíase fijado en sus enormes pies.
Grupos de encinas, y manzanitas entremezclados con frondosos bosquecillos de pinos bordeaban la senda, y sobre todo eso elevábanse, imponentes, los monarcas del bosque, de rugosa corteza.
El última resplandor del sol poniente teñía las nubes de color de rosa y, a través del encaje formado por los árboles, resplandecía el dorado reflejo de aquel muro fantástico, mientras las sombras iban adueñándose de las hondonadas, que parecían partir alejándose del camino. En aquel momento terminaba el llano del bosque y empezaba una rápida pendiente cuyo descenso resultaba fácil a causa —de un serpenteante sendero, después del cual, el bosque volvía a ser llano. Lucy percibió el delicioso murmullo de una cascada y, poco a poco, Edd puso su montura al galope, seguido del caballo de Lucy.
El bosque tornábase frío y oscuro y el sendero avanzaba siempre en zigzag, ocultando lo que más allá había. Algunas veces, el caballo de Edd perdíase de vista y el cerebro de Lucy permanecía en un extraño debate. A despecho —de su enfado y de lo absurdo que resultaba verse arrastrada virtualmente a aquel baile como una prisionera, la novedad de la situación y las crecientes sensaciones de aquel paseo a caballo parecían combinarse para hacerla gozar, tanto si quería como si no. ¡Oh, pero aquello era una humillación que ella no podía tolerar!
Sin embargo, aquel caballito, Baldy, era el mejor que había montado en su vida, y tenía que luchar para no quererle. Tampoco podía evitar que le placiera aquel solitario y aromático camino a través de las selváticas cañadas. Atravesaron las llanuras, descendían por las suaves colinas, cruzaban arroyos... Edd parecía ir aumentando por momentos, insensiblemente, la rapidez de su carrera; más que, nunca volvía la cabeza para ver qué tal seguía su compañera de viaje, sin duda porque debía de, oír el galopar del caballo que la llevaba.
El crepúsculo trocó la gama de los verdes y castaños por la de los grises, y en las partes más densas del bosque, Lucy apenas distinguía el pálido sendero que la precedía. De repente descubrió el resplandor de una hoguera que desapareció instantáneamente para reaparecer luego. Como por encanto, Lucy dióse cuenta de que cabalgaba por un claro dominado por un edificio construído mitad con troncos y mitad con toscos tablones. Una inmensa hoguera, rodeada por un bullicioso grupo de doncellas y muchachos, ardía brillantemente bajo un inmenso pino, cerca del borde del claro. Varios caballos estaban atados aquí y allá en los árboles. Carruajes diversos y extraños vehículos atestiguaban la existencia de una carretera que conducía a aquella escuela de que le hablaran. Edd hizo alto en la parte trasera del edificio y apeóse, dejó el envoltorio en el suelo y se volvió para ayudar a la joven, mientras Lucy se hacía la desentendida y se deslizaba rápidamente de su cabalgadura. Estaba acalorada, palpitante por el vivo ejercicio realizado y, a despecho de sí misma, no completamente ajena a la aventura.
—¡Bueeeno! Aquí ya estamos seguros —murmuró Edd alegremente—. Puede usted vestirse ahí dentro.
Y la condujo a una puerta que había detrás del edificio.
Lucy subió los altos escalones para entrar y se halló en una pequeña habitación. No había nadie en ella, cosa que la alivió no poco. A un lado aparecía un camastro cubierto de pinocha seca; una lámpara ardía sobre la mesa y una caja que servía de silla completaba el mobiliario de aquel cuarto.
Lucy cerró la puerta y se dispuso a vestirse rápidamente, no porque tuviera muchas ganas de reunirse con Edd o —de encontrar al público de aquel baile, sino porque el frío la obligaba a hacerlo así a causa de la desnudez de la estancia, que era como una especie de granero. Una vez vestida, Lucy casi se arrepintió de haber traído de entre todos sus vestidos el mejor y más atractivo; pero lo eligió precipitadamente, en un momento de apuro. La excitación y el esfuerzo habían hecho palidecer su semblante y sus ojos parecían mas oscuros, que de costumbre. No podía destinar mucho tiempo a su cabello, pero éste parecía estar del modo que mejor y más armoniosamente podía sentarle.
«Si este espejo no miente, nunca he estado ni la mitad de guapa que estoy en este momento —murmuró para sí— ¡Bien, señor Denmeade, cazador y raptor salvaje, ahora nos veremos!»
El humor —de Lucy no toleraba las máximas ni las restricciones que se había impuesto.
En aquel momento estaba dispuesta a abandonar su acariciada ambición de triunfar en la bienhechora misión que la había llevado allí. Los gorilas, los bandidos y los cazadores de abejas eran superiores a sus buenos deseos. Edd Denmeade la había cogido de una manera salvaje, como así lo atestiguaban los cardenales de sus blancos brazos; pero no quiso detenerse a analizar su enfado ni a pensar en los extremos a que podía conducirla. Sólo una costa veía muy clara y era que debía utilizar toda su astucia y encantos femeninos para hacer rabiar a Edd durante aquella noche. Primero pensó ir a encontrar a los padres del muchacho y contarles la indignidad de que había sido víctima; pero durante el trayecto cambió de idea y ahora, que se veía magníficamente ataviada, todavía sentía más por completo cambiado su humor. Había traído un pequeño chal de seda azul claro para llevarlo sobre su traje blanco y, echándoselo sobre sus desnudos hombros, salió de la habitación. Al bajar los escalones, el brillante resplandor del fuego la cegó, pero vio destacarse del círculo una alta figura que se le acercó diciéndole:
—¡Qué pronto se ha vestido usted!
Lucy se colgó del brazo del joven y anduvo a su lado dándose cuenta —del asombro que le embarazaba. Dando la vuelta a la casa la condujo a la puerta principal de la es— cuela, en donde otro grupo de jóvenes de ambos sexos se quedaron murmurando y contemplándolos llenos de admiración.
—Nuestro viejo violinista no ha llegado todavía —le dijo el muchacho—, y la partida está deseosa de empezar el baile.
Edd tuvo que abrirse paso entre la multitud que se agolpaba en la entrada y lo hizo de una manera imperiosa. Lucy descubrió una espaciosa habitación alumbrada por varias lámparas, con el suelo revestido de tablones y mucha gente sentada o de pie apoyada en la pared. Edd la condujo atravesando la habitación hasta el rincón opuesto, en donde había una mesa, una estufa y un grupo de hombres, mujeres y niños. La señora Denmeade, y Allie salieron a su encuentro y, a decir verdad, si Lucy se propuso causar sensación, evidentemente lo había conseguido.
—¡Bueeno, madre, aquí estamos! —dijo Edd como si no hubiese situación forzada de ninguna clase, puesto que quizá no la hubiera para él.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó la madre, extasiada . ¡Lucy, estoy contentísima de verla aquí! ¡Usted sí que nos ha engañado bien! ¡Este hijo mío... es un zorro!
La respuesta de Lucy no incluyó epíteto alguno de los que habría podido verter sobre Edd Denmeade. Allie parecía todavía más entusiasmada de verla allí.
—¡Oh, qué buena es usted al venir con mi hermano! —murmuró a su oído cogiéndola del brazo y apretándoselo cariñosamente—. ¡Está usted encantadora, y todos los chicos... se morirán!
—Espero que no haré tanto daño —replicó Lucy riendo y suavizándose inesperadamente.
Aquella calurosa acogida era demasiado para ella. No importaba lo que sintiera Edd Denmeade; no podía hacerlo extensivo a aquellas sencillas e impulsivas gentes. Aquélla era su vida social, el sitio en donde se reunían para divertirse y allí parecían todos diferentes.
Lucy se convirtió en el centro de todas las miradas y se vio rodeada de jóvenes y viejos. Las pequeñas mellizas Liz y Lize, después de su extraordinario asombro ante aquella blanca aparición, se juntaron a ella con un consciente orgullo de propiedad, mientras Denmeade y tío Bill la saludaban con sus rostros arrugados por sonrisas de satisfacción. Lucy fue presentada a los Claypool, a los Miller, a los Johnson y a muchos otros, cuyos nombres no podía recordar. Edd trajo allí, a muchos jóvenes: todos eran gigantes, limpios y aseados, de suerte que Lucy no podía distinguir a unos de otros, y dióse cuenta de que el muchacho tenía interés en que la conocieran y bailaran con ella la mayor parte de todos ellos, con lo cual vio que Edd no manifestaba interés egoísta de ninguna clase. Sin embargo, no le miró hasta que la señora Denmeade le dijo en momento oportuno:
—Lucy, Edd, está más orgulloso que ningún hombre del mundo. Mi marido dice lo mismo. Le aseguro que nunca le habíamos visto así. Jamás se divirtió en nuestros bailes.
Usted le ha hecho un gran bien viniendo con él y le doy las gracias con toda mi alma.
Entonces ella esforzóse en dirigir la vista a aquel hombre que llegara a tal extremo para llevarla a aquella fiesta, y tuvo que reconocer que, a pesar de su mala conducta con ella, el muchacho llevaba sus laureles con una modesta que le sentaba a las mil maravillas, porque Lucy no podía dejar de ver que ella era la principal atracción de aquel baile y raras veces se había encontrado en el trance de ser la bella de una fiesta.
Todos los jóvenes —que le eran presentados solicitaban el privilegio de bailar con ella, y como las presentaciones eran rápidas y muchas, no podía recordar los nombres de ningún modo. ¡Cómo se divirtió viendo a Sam Johnson pedir a Edd que le permitiera un baile con ella! Y Edd, sin mostrar el más leve rencor ni recordar sus insultos, antes bien con una cortesía propia de un personaje de las esferas sociales, asintió a la petición.
Lucy encontró la situación muy diferente de lo que ella habíase imaginado. Para vengarse de Edd Denmeade había resuelto mostrarse fría con él y lo más cariñosa posible con los otros muchachos, particularmente con Sam Johnson; y ahora, a pesar de, no haber desechado completamente aquella decisión, la calurosa acogida, el placer que proporcionaba, el honor que involuntariamente confería a aquellas toscos hijos de los bosques y la sencillez con que él llevaba su triunfo, impresionaban profundamente su alma.
Lucy dióse cuenta de que sólo había una razón por la cual no podía disfrutar completamente de aquella fiesta, y era por aquello que ella misma llamaba «las brutales circunstancias de, su ida». ¿Por qué no había ido alegre y de buen grado? ¡Era demasiado tarde! El atropello había sido perpetrado y no podía olvidarlo. No obstante, ella apreciaba en su interior un deseo de brillar y de atraer, no por el solo objeto de dar celos a Edd Denmeade, sino también porque no se sentía mal entre aquellas, sencillas gentes, y le parecía que podría, incluso, divertirse entre ellos.
De pronto inicióse un movimiento y alegría generales y la gente arremolinóse en la puerta de la sala de baile llegaba el músico. Era un hombre viejo que se abría paso orgullosamente enarbolando un violín, hasta llegar a una pequeña plataforma, seguido de toda la pandilla de chiquillos que había salido a su encuentro chillando.
Edd se unió al grupo en que estaba Lucy. Unos decididos acordes del violín pusieron sobre aviso a todo el mundo y cuando empezó a sonar y las parejas empezaron a invadir el salón, Edd, sin decir palabra, se dirigió a la muchacha.
—Espere; permítame un momento —le dijo ella—. Quiero ver cómo bailan ustedes.
—Está bien. Seguro que, no somos unos ases bailando, pero nos divertimos mucho.
Las parejas se deslizaban girando y su número iba en aumento por momentos. Su manera de bailar sólo tenía una cosa de, común con lo que ella sabía de bailes, y era que seguían el ritmo del viejo violín.
—Bien, señor Denmeade —le dijo al fin Lucy—, creo que, ya podré coger el paso.
Cuando él rodeó su talle con el brazo, ella no pudo menos que enderezarse y echarse hacia atrás, a pesar de estar segura de que, Edd no tenía la menor intención de cogerla y apretarla. ¡Con qué seriedad se tomaba el baile! ¡Y qué sorprendente ligereza la de sus pies!
Al principio Lucy no podía adaptarse a su manera de bailar; pero gradualmente fue siguiéndole y después de unas vueltas por la sala, ya iban completamente unidos. Requería un gran esfuerzo y concentración para que Lucy no perdiera su reputación de bailarina; pero Edd Denmeade, como los otros jóvenes, mientras bailaban permanecían absolutamente silenciosos. Tomaban el baile con una seriedad trágica y las expresiones de sus rostros divertían extraordinariamente a Lucy, quien no acertaba a comprender cómo aquel baile podía tener una oportunidad sentimental para aquellos muchachos. A Lucy no podía parecerle más— que un necio acto giratorio solemnemente disfrutado por aquella gente joven que no prestaba atención a nada más que al baile que ejecutaban con toda su energía. Le pareció que el brazo de Edd estaba rígido como la rama de un roble. Al fin terminó la danza y Lucy sintióse aliviada.
¡Baila usted muy bien! —exclamó Edd alegremente—. ¡Como, una pluma! De no apoyarse en mi brazo, yo no habría sabido que la llevaba a usted... ¡Nueva manera de bailar para mí!
Lucy no se dignó contestar. Él la condujo hasta el rincón, en donde encontró para ella un asiento al lado de su madre.
—¡Seguro que usted va a bailarlos todos abajo...! —murmuró él todavía—. ¡No, quisiera estar en las botas de Sam Johnson por todo lo del mundo!
Cuando Edd se hubo retirado, Lucy le preguntó a su madre —¿Qué quiere decir con eso de que «los bailaré todos abajo»?
—«Bailarlos abajo» quiere decir que los va a rendir de cansancio a todos —le contestó la señora Denmeade—. Y eso tocante a Sam Johnson sería muy divertido, porque está considerado como el mejor bailarín de estas comarcas lo mismo que Sadie. Pero... ¡vamos!, ahora todo el mundo ha visto que Sadie no le llega a usted ni a la suela del zapato... ¡Y Sam se dará cuenta de ello en seguida!
—Pues yo creo que a quien van a «bailar abajo» es a mí —repuso Lucy riendo—. Hace tanto tiempo que no bailo...
El descanso entre los bailes era bastante largo, y se aprovechaba para pasear, reír y hacer broma, mientras los chiquillos jugaban en medio de la sala; pero Lucy se vio pronto rodeada de tal manera de jóvenes, que, le fue imposible ver nada de lo que ocurría. Sam Johnson fue a pedirle el baile siguiente y le produjo la impresión de una especie de «guapo»
rural, completamente engreído y pagado de sí mismo, dándole a entender que comprendía que había de gustarle más bailar con él que con un cazador de abejas.
Cuando el violín tocó nuevamente, Lucy comprendió que la jactancia de Sam no era del todo inmotivada. Era un sorprendente bailarín y, en realidad, gozó de veras bailando con el. Sin embargo no era esto lo que la decidió a prodigarle sus sonrisas y a mostrarse audaz hasta el flirteo con él; pero no se detuvo a indagar el motivo. Él y su compañera Sadie habían sido los principales responsables dé, la afrenta que Edd Denmeade le había inferido. No obstante, a Lucy ni siquiera se le ocurrió que estaba afrentando a Edd. Pero sentíase hondamente herida y los instintos de, aquellos muchachos despertaban en ella el subconsciente.
Una de las veces, en el giratorio laberinto de rostros que pasaban, Lucy tropezó con la mirada de Sadie Purdue. Lucy inclinó la cabeza sonriendo y Sadie devolvióle el saludo sin conseguir ocultar su envidia y su resentimiento.
Cuando aquella pieza terminó, Lucy se vio sitiada por los muchachos y, sin advertirlo, abandonóse a la novedad del acontecimiento. De vez en cuando veía a Edd Denmeade que, bailaba con otras o atendía a alguien; pero no se acercó a ella. La señora Denmeade parecía declaradamente orgullosa por la popularidad de Lucy. Los niños fueron cediendo al cansancio y se echaron a dormir por los rincones, cerca de la estufa, y Lucy fue a darles un vistazo. Había una docena o más de rizadas cabecitas. Todas estaban extenuados por la excitación y, ahora, profundamente dormidos.
Baile tras baile, fueron pasando las horas. En el intermedio de medianoche, cuando el señor Denmeade, anunció la cena, Lucy creyó haberse dejado llevar demasiado por sus impulsos y su: resentimiento. Sam; Johnson había sobrepasado la reputación que, Edd le había atribuído y sólo el tacto de. Lucy le salvó de olvidar completamente a Sadie. El señor Jencks, el maestro, no, bailaba atendía a los mayores y sólo tuvo ocasión de cambiar unas pocas palabras con Lucy. Pero ella le sorprendió varias veces observándola atentamente, en especial cuando estaba con Sam. Esto, más que nada, la hizo reflexionar en que quizás había olvidado el ideal que le expusiera el día en que llegó a aquellas tierras. Sufrió unos momentos de arrepentimiento, pero cuando en el intermedio Edd se presentó a ella frío e indiferente, no pudo evitar un sentimiento de rebeldía.
—¡Bueeeno! —exclamó el muchacho mientras la conducía a través de la sala— ¡Creo que tendré que apalear a alguien antes de que termine la noche!
—¿De veras...? ¡Qué interesante! —contestó Lucy fríamente.
—Seguro que lo haré, a menos que ese alguien se retracte de lo que ha dicho... Mi madre quiere que se coloque a su lado a cenar, y el maestro Jencks, quiere decirle a usted algo...
¡Seguro que me lisonjea...! ¡Oh, Lucy Watson! Usted me ha proporcionado la noche más espléndida de mi vida. Ahora ya tengo bastante de bailes con esos trilla-trigos de, por ahí para terminar para siempre de asistir a semejantes fiestas.
Lucy premaneció silenciosa. Tenía miedo de que para ella también hubiera algo —de maravilloso entre las vulgaridades del experimento de aquella noche, pero no podía confesarse a sí misma que fuera Edd Denmeade quien hubiese creado aquellas maravillas.
Sentíase muy insignificante al considerar que lamentaba que Edd no se hubiera mantenido como un palurdo bribón, pues, en vez de eso, habíase comportado como un caballero; de tal forma que el muchacho era un verdadero enigma para ella. Quizás era porque él no tuviera conciencia del brutal secuestro que había llevado a cabo desatendiendo los sentimientos de ella. Sin embargo, allí en el baile, él se había eliminado, satisfecho de verla agasajada por sus primos y amigos, sencillamente radiante de no ser más que su caballero.
—Me parece que haré un buen papel en la cena —dijo el muchacho al dejarla sentada entre su madre y el buen señor Jencks.
—¡Dichoso los ojos que la ven! —exclamó el maestro saludándola sonriente—. ¡Apenas: si la había conocido!
—¡Lo mismo digo yo! —confirmó la señora Denmeade—. ¡Está sencillamente encantadora!
Lucy sonrojóse graciosamente.
—Declaro que esta noche va a dudar de mi promesa de trabajadora bienhechora...
¡Demasiados cumplidos!
—No de su promesa..., pero quizá sí de sus posibilidades —murmuró significativamente Jencks—. Mire usted, jovencita, yo le, hablaré a usted con toda franqueza...
—Yo deseo también que lo haga así —le contestó Lucy muy seriamente—. Luego le contaré, a usted algo.
Un grupo de muchachos, entre los que estaba Edd, daba vueltas a la sala distribuyendo bocadillos, café, dulces y helados, y pronto quedó el salón lleno de, los murmullos de grandes y pequeños. Todos los asientos a lo largo de las paredes estaban ocupados. Cerca de la entrada había un grupo de jóvenes que no tenían pareja y a las claras se veía que, sentían su desgracia a pesar de haber establecido una especie de convenio con las parejas de los otros muchachos. La aguda susceptibilidad de Lucy advirtió que muchas de— aquellas jóvenes se alegraban de aquel estado de cosas.
En aquel momento el señor Jencks encontró ocasión para decirle —Señorita Lucy, no sabe usted la desolación que ha causado.
—¡Yo...! ¡Ah, señor Jencks! Y me temo que éste haya sido precisamente mi deseo —confesó ella.
—Le hablo en serio —continuó él—. Yo disculpo la natural vanidad de una joven y su deseo de ser admirada; pero usted ha revolucionado a toda esta gente. Si las miradas pudieran causar la muerte, Sadie Purdue la habría ya matado a usted hace unas horas. Se oye: decir por todas partes: «¡Sam está perdido...!»
—¡Oh...! ¿Me habré olvidado de mí misma hasta ese punta? —exclamó consternada la joven.
—Le ruego que no interprete mal mis palabras —apresuróse a decirle Jencks—. Conceptúo a usted muy modesta y muy buena, considerando lo insólito de la situación. Pero ha olvidado su misión bienhechora. Por supuesto que yo, no veo cómo habría usted podido eludir estos bailes y aquí está el quid del asunto. Pero el éxito de usted traerá enemistades entre las chicas y luchas entre los muchachos...
Lucy, en defensa propia, le relató brevemente cómo Edd Denmeade la había llevado por fuerza al baile, amenazándola con atarla y llevarla, hasta que, avergonzada y temerosa, había consentido en ir.
—No me sorprende nada de cuanto usted me dice —contestóle gravemente el maestro—.
Estos: muchacho son así y Edd no es más que lo que ellos le llaman: un cazador de abejas salvajes. Pero no debe usted equivocarse respecto a ese muchacho y cometer con él una injusticia. Él no comprende que esa violencia sea una profanación para una muchacha.
Porque... ¿puede usted acusarle del menor atrevimiento,...? No sé si comprende lo que le quiero significar.
—Sí, comprendo y estoy obligada a confesar que me cogió como si fuera un chico... o un saco viejo —contestó Lucy con sinceridad.
—Bien; entonces trate usted de comprenderle. No le será fácil porque —es, un salvaje; pero los salvajes están más cerca de la Naturaleza que los demás hombres, y hasta cierto punto... es mejor aún que sea así. Lo que me sorprende es que Edd no haya metido bulla con motivo de las atenciones que Bud Sprall le ha dedicado a usted.
—¡Bud Sprall! —exclamó Lucy con asombro—. ¿Pero he estado hablando con él?
—¡Bueeeno!, como diría Edd —añadió el maestro, divertido con la consternación de Lucy—. Usted ha estado bailando dos veces con Bud, y demostrando que le gustaba.
—¡Oh, pero yo no lo sabía! —insistió Lucy—. Si no he entendido ni la mitad de los nombres que me han dicho... ¿Cuál de, ellos es?
El maestro se las arregló para indicar a Lucy, de una manera discreta, cuál de sus parejas había sido aquel desacreditado Bud Sprall.
—¡Aquel guapo joven! —exclamó incrédula.
—Guapo, sí; Bud tiene buen aspecto y baila bien. Pero no es él el mejor muchacho que pueda cortejarla a usted.
—¡Si le tomé por uno de los parientes...! ¡Hay tantos! Le puedo asegurar que no advertí nada malo en él, a no ser, pensándolo bien, que quizás había bebido un poco. Pero no, es, él el único, según he podido observar.
—¡Mulo blanco! Esos muchachos vienen al baile con una botella de eso en el bolsillo. Es el único aspecto censurable de su vida social. Naturalmente, las coces del mulo blanco siempre son causa de— riñas y peleas.
—¡Oh, qué desgracia! ¡Qué insensata he sido en no saber distinguir lo que hacía! —exclamó Lucy.
—No se aflija usted —le dijo el maestro bondadosamente—. No hay nada malo todavía; pero le aconsejo que, en adelante, evite usted a Bud.
—Estoy segura de que le he prometido otro baile —dijo contrariada.
—Pues evítelo como pueda. Lo malo es que Bud se enfurecerá y buscará pendencia si no procede usted muy inteligentemente.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo puedo evitar un baile que he prometido? ¡Y ese Sam Johnson!
Estuve amable con él deliberadamente; pero es un muchacho tan fatuo, que temo se crea queme ha causado una gran sensación.
—Señorita Watson, tengo una inspiración —añadió de repente Jencks—. Confíe el asunto a Edd y deje que él la ayude a salir del percance.
—¡¡Edd!! ¿Cómo puedo yo...? ¡Imposible! —replicó acaloradamente Lucy.
—Claro que puede usted decírselo, si quiere; pero si no la hace y —no puede librarse sola del lío en que se ha metido, mucho me temo que no hará más que complicar la situación.
Viendo Lucy que la señora Denmeade se acercaba con unos amigos, no pudo continuar discutiendo aquella situación con Jencks. Los padres de los niños que había allí estaban deseosos de hablar con ella y le dirigieron innumerables preguntas, y casi sin darse cuenta pasó la hora de la cena. El violín empezó nuevamente a sonar y otra vez giraron las parejas, por la sala.
Edd se acercó a ella sin demostrar gran alegría ni una gran solicitud.
—¿Quiere usted bailar éste conmigo? —le preguntó fríamente.
—¿No es la costumbre? —contestó, ella mientras miraba a sus admiradores para escoger entre ellos.
—Seguro, pero si usted no quiere bailar conmigo, a mí me es igual.
—¡Oh! ¿De veras...? ¿Esperaba que yo me moriría por bailar con usted? —repuso Lucy con sarcasmo.
—No; no pienso nada de mí mismo, aunque usted crea que sí. Todos mis compañeros se figuran que usted se está divirtiendo muchísimo. Sin embargo, yo creo que no, porque la he estado observando. La he visto hablando con el señor Jencks.
—En realidad debo confesar que... que me divierto... cuando olvido cómo he venido —le contestó Lucy. Así me lo figuraba. Puede usted bailar este baile con el que más le guste.
—Pero... usted me trajo aquí. ¿No parecerá extraño que no baile usted ahora conmigo?— preguntó ella con inquietud.
—¡Bueeeno! Lo más extraño que podía suceder hoy en esta casa era que la pareja de un Denmeade bailara con un Sprall —replicó él amargamente.
—¡Oh, pero yo no soy su pareja! Y además, no tenía ni la más remota idea de, que bailara con Bud Sprall. Eso lo he sabido después, cuando el señor Jencks me lo dijo.
Diga la verdad; ¿usted no sabía que había estado bailando dos veces con Bud Sprall? —le preguntó nuevamente, fijando en ella su escrutadora mirada.
—Le aseguro que no. Yo no había oído su nombre —aseguró Lucy.
—¡Bueeeno; el diablo me lleve! Ahora quiero que todo el mundo lo sepa. ¡Seguro que se lo diré a todos mis compañeros! —murmuró con aire meditabundo.
—Pero, oiga, Edd, ahora que sé que es. Bud Sprall, me acuerdo de que le he prometido otro baile... para después de cenar —continuó Lucy, nerviosa y sintiéndose arrastrada por el antagonismo que sentía contra Edd. Mas cuando vio palidecer al muchacho, estuvo a punto de ser sincera con él. Edd dio media vuelta bruscamente para dejarla, pero Lucy pudo cogerse rápidamente de su manga y atraerle hacia sí, mientras los que bailaban empujaban a los dos contra la pared.
—¡No me deje usted sola! —le dijo ella—. Recuerde que soy una extraña aquí y que usted me, trajo contra mi voluntad. ¡Nadie puede censurarme por bailar con Bud Sprall si yo no sabía quién era este muchacho!
—¡Eso está bien! —contestó el muchacho—. Pero usted estuvo cariñosa con Bud y ha trastornado la cabeza a Sam Johnson.
Lucy se esforzó valientemente en conservar su calma y recuperar su buen juicio.
Empezaba a comprender por qué Jencks estaba tan inquieto por su situación.
—Bien... ¡Supongamos que eso es verdad! —exclamó ella al fin—. ¿No merecía usted ser castigado?
—No la disculpo. Usted me mortificó un poco como Sadie Purdue...
—Todas somos, mujeres. De todos, modos no considero eso como un cumplido. Pero...
usted me, trajo aquí; yo me he confundido. Yo estaba... ¡Bien, eso, no importa ahora! El deber de usted es, ayudarme para que no, empeore todavía la situación.
—¿Y quién dice que yo no voy a ayudarla? —preguntó él.
—Usted se disponía a dejarme.
¡Claro! Usted me dijo, que tenía otro baile comprometido —con Bud., —¡Pero yo no sabía quién era! Ahora lo sé y no, bailaré con él. ¡No quiero! Siento haberme comportado neciamente, pero él parecía amable: y... y...
—Bud sabe tratar a las mujeres —dijo Edd sencillamente—. Es más listo que Sam.
—¿Me llevará usted a casa? —preguntó ella vivamente.
—¡Desde luego! Pero creo que eso daría todavía más que hablar. Haremos mejor quedándonos y dejando que yo me cuide de usted.
—Haré..., haré lo que usted quiera —repuso Lucy débilmente.
—Bueeeno; vamos, pues, a bailar éste conmigo. Después yo estaré por aquí cerca y observaré. Evite usted el baile —que forma círculo, durante el cual las parejas se cambian continuamente. Cuando Bud o Sam vengan, usted me echará una mirada y yo estaré al punto a su lado. Seguro que todos sus bailes me, pertenecen y no tengo por qué ceder ninguno más a Bud ni a Sam.
—¡Gracias!; ojalá todo se arregle bien —murmuró Lucy.
Mientras la muchacha bailaba, su cerebro no permanecía inactivo. Lamentaba haber despertado los celos en aquella juventud y veía que, respecto a esto, se había engañado completamente. Cuando volvió a la realidad de la situación, primero por la conversación con Jencks, y después con la de Edd, vio que había comprometido su misión bienhechora. ¡Qué, importaba la afrenta sufrida! Ella no debía haberse comportado tan neciamente, ser tan indigna de la confianza que habían depositado en ella.
—Pero... ¡qué provocación! Sólo al recordarlo, todos sus nervios se, estremecían.
Cuando aquella pieza terminó, Edd la dejó junto a uno de sus primos y Lucy fue olvidando gradualmente su preocupación. El baile siguiente era aquel del círculo y Lucy no, quiso entrar en él, quedándose al lado de— la señora Denmeade. Entonces tuvo oportunidad de mirar y se divirtió extraordinariamente. Las parejas formaban un gran círculo y giraban locamente por la habitación riendo y chillando.
Cuando Bud Sprall se presentó a reclamar a Edd el baile prometido, éste resultó piara él peor que un contrincante, y las frías palabras que entre los dos mediaron, conmovieron profundamente a Lucy, por la amenaza que ocultaban. El hermoso, rostro de Sprall tornóse sombrío y expresó un odio siniestro. El de Edd Denmeade presentaba como una fría máscara, perfectamente transparente para cualquier observador; y no cabía duda de que la ventaja era suya. Finalmente, Sprall volvióse hacia la joven —No la censuro, porque sé que usted quiere bailar conmigo —le dijo— Creo que no lo olvidaré. Buenas noches. Sam Johnson, en cambio, no se dejó convencer tan fácilmente, pero se comprendía que él y Edd eran amigos y el encuentro quedó exento de rencor.
—Vamos, Sam, escúchame —le decía Edd—. Ve y saca a bailar a Sadie. Yo tengo ganas de bailar con la señorita Lucy; tú, en cambio, sería el sexto que bailarías con ella y Sadie no se conformaría en quedar nuevamente relegada. ¡Anda, ve a sacarla!
—Edd, yo no he comprometido este baile a Sadie —replicó Sam, encolerizado.
—¡Bueeeno! Pues entonces no tienes suerte, porque yo no te cedo mi pareja.
Sam, al fin, se retiró enojado. Lucy bailó con Edd hasta dar una vuelta a la sala, reuniéndose luego al grupo que tomaba helados al lado del fuego. Hacia levante una luz grisácea anunciaba el amanecer. ¡Qué sombrío aparecía el bosque y qué triste la quejumbrosa voz del viento! Lucy acercóse al fuego; sentíase muy fatigada y anhelaba que terminara cuanto antes aquella noche inolvidable.
De todos modos bailó hasta que apuntó el día. Sus zapatos estaban ajados; sus pies, muertos. En toda su vida había derrochado tanta energía. Maravillábase de aquellas muchachas que se mostraban contrarias a que el violinista se marchara ya.
Lucy cambió sus zapatitos y el vestido blanco por el traje de amazona y, a pesar de que la mañana era helada, no sintió frío. ¿Cómo podría ahora cabalgar hasta la cabaña de los Denmeade?
—Será mejor que me lleve usted en su caballo, para que no me caiga —le dijo a Edd.
Edd quería que Lucy se quedara en la escuela con los niños y las chicas que no regresaban a sus casas hasta la tarde. Las señoras Denmeade, y Claypool preparaban el almuerzo para los que se, quedaban, pero Lucy se negó a comer nada. Sólo tomó una taza de café. Luego Edd la colocó sobre Baldy. Los alrededores del edificio aparecían animadísimos con los muchachos y muchachas montados a caballo, mientras las gentes de más edad se disponían a partir en sus extraños carruajes. Finalmente, después de alegres saludos, Lucy se internó en el bosque con los Denmeade.
Al principio la silla y el movimiento parecíale que le proporcionaban un alivio después del incesante bailoteo, pero pronto se dio cuenta de que sus fuerzas estaban agotadas y sólo muy vagamente podía percibir la belleza del bosque en las primeras horas de aquella clara, fría y perfumada mañana. No sentía los estribos y le era imposible adaptarse al balanceo del caballo. Los Denmeade trotaban y galopaban en los, llanos, mientras iban al paso en las cuestas; pero Lucy no podría ir a caballo a ningún paso por mucho tiempo y sólo procuró sostenerse hasta llegar a casa.
El sol iba levantándose con su dorado esplendor sobre aquel lejano muro. Los pavos salvajes cantaban en la loma detrás de la cabaña y los sabuesos entonaban un coro de aullidos y ladridos en señal de bienvenida.
Lucy casi se cayó de la silla, pero Edd estaba allí para ayudarla.
—¡Bueeeno! Ha sido una buena noche para los dos —murmuró el muchacho—. Pero seguro que no quiero otra igual, a menos que lo que yo pretendía fuera cierto.
Musitando algunas palabras en contestación, Lucy entró en su cuarto y atrancó la puerta. Luego forcejeó para quitarse las botas de, montar, las cuales, por el dolor que le causaban, parecían llenas de espinas.
—¡Oh..., oh..., qué noche... más terrible! —murmuró dejándose caer en la cama completamente vestida—. No obstante... no quisiera habérmela perdido por nada del mundo...
¡Oh, estoy muerta...! Creo... que... no me... despertaré nunca....


VII
Llegados a mediados de verano, los días eran apacibles y calurosos,; las mañanas, agradables, pero las tardes, bochornosas a causa de las espesas nubes que cubrían el cielo por la parte oeste. Las lluvias de julio habían dejado las colinas, los claros de las selvas y los bordes de los senderos cubiertos de multicolores y aromáticas flores. El trigo, los, juncos y las judías ondulaban en los prados. Una línea constante de abejas volaba sobre el porche de la cabaña desde las colmenas a los bosques y viceversa, y de la sombría cañada llegaba, rumoroso, el murmullo de las aguas.
A la salida del sol la vivienda de los Denmeade parecía el punto de reunión de las rojas y charlatanas ardillas chipmunks, de los, grajos azules y chillones, del silbador halcón, de lo cuervos granadores y, en fin, de los pocos pájaros cantores de la localidad.
Al mediodía, en cambio, los bosques parecían envolverse en una perezosa calma; no se movía ni una aguja de pino y todo parecía invadido por una atmósfera rosada procedente de los claros del bosque. Por la tarde la selva quedaba sumida en una profunda melancolía.
Un sábado, hallábase Lucy sentada en la tienda que desde hacía tiempo le servía de morada bajo los pinos, al borde de la cañada. Los muchachos habían construido una plataforma del tablones y un armazón de estacas, sobre el cual habían extendido la lona de la tienda. El suelo quedaba bastantes alto sobre el terreno, de suerte que Lucy había ya perdido el miedo a serpientes y tarántulas. La verdad es que aquel hogar al aire libre era ya muy querido por ella. Durante el día oía el débil pero continuo ruido que producían las agujas de los pinos al caer sobre su tienda, y por la noche el frío viento soplaba y la luz de la luna proyectaba sobre ella las movedizas sombras de las ramas.
Lucy pensaba en sus problemas en toda lo que concernía a los Denmeade; en el resultado de su trabajo bienhechor, el cual había ya excedida a sus sueñas y se acercaba el tiempo en que, procediendo con toda lealtad, debía irse con otra familia. Ella sentía dejar aquel lugar que había ya aprendido a querer, pero el bien que había hecho a los Denmeade, quería .hacerlo también a los otros. ¿Cuándo se iría? Ésta era una de las partes del problema.
Otra inquietante cuestión se había presentado, era una carta de su hermana Clara que la afectó profundamente, resucitando emociones casi olvidadas. La carta yacía abierta sobre su falda. Debía releerla, considerarla y decidirse respecto a la que decía, pero difería voluntariamente ese momento.
El último y quizás el más difícil problema concernía a Edd Denmeade. Lucy debía revisar lo pasado. La dificultad entre los, dos databa de aquel baile del mes de mayo al que Edd la había forzado a asistir. Ella fue a otros después de aquél, pera Edd no la había acompañado nunca más. Lucy le habría perdonado aquella exhibición de su primitivismo, pero poco después él precipitó el completo alejamiento de ambos. El cazador de abejas era el único que no se había beneficiado de su trabajo, antes al contrario, ante la presencia de ella, el muchacho había retrocedido y todo indicaba que se volvía, cada vez más, un errante solitario de. los bosques, en los que permanecía la mayor parte del tiempo y, cuando se mezclaba con la gente, resultaba un muchacho peligroso y violento. Lucy comprendía que ella era la causa de aquel desvío. Nadie lo sabía, ni siquiera la madre de Edd, pero Lucy no podía sentir una alegría y un orgullo que juzgaba adulterados, a pesar de ver que no podía evitar aquella situación que lamentaba tan hondamente. Ahora que tenía que tomar decisiones y vacilaba sobre las más importantes, vino a su memoria la escena que alejó a Edd! Denmeade de las beneficiosas influencias y tareas que ella impusiera a su familia.
Poco después de, aquel baile, Edd fue al encuentro de Lucy cuando se hallaba sentada a la puerta de la valla del corral mirando a los muchachos que estaban herrando a un caballo.
—Voy a pedirle una cosa —le había dicho. Su voz tenía el tono frío y flema habituales, pera en el fondo de sus palabras asomaba algo que debía ser muy importante.
—¡Cielos! ¿Va usted a pedirme que vaya a otro baile? —exclamó ella riendo.
—Crea que no volveré a bailar nunca más. A menos que... —Se interrumpió un momento para continuar—: Lo que voy a pedirle se lo he pedido ya a otras chicas. Segura de que ésta es la última vez...
—Bueno; ¿se puede saber qué es? —preguntó Lucy, súbitamente turbada.
Quiere usted casarse conmigo?
A pesar de estar asustada, Lucy no pudo menos que echarse a, reír. Debía ser lo contraria de lo que ella sentía, pero su nerviosidad lo tradujo en risa; una desgraciada risa.
—Le... ruego que me, perdone, Edd —apresuróse a decir cuando pudo—. Le aseguro que no me río de usted, pero... ¡me sorprendió tanto...! No lo dice en serio, ¿verdad?
—No sé si estoy precisamente serio —contestó el muchacho—, pero le pido si quiere usted casarse conmigo.—Eso porque usted quiere un hogar y una mujer..., ¿verdad? Ya se lo oí decir a su padre.
—¡Seguro! Eso era lo que yo sentía, pero ahora... creo que hay más. Yo he dicho a mis camaradas y parientes que iba a pedirle esto a usted, porque quería que ellos la supieran.
—¡Edd, yo no puedo casarme con usted! —repuso ella seriamente.
—Por qué no? —preguntó el joven—. Usted vive aquí; usted quiere trabajar por nosotros... y yo podría ayudarla tanta como usted a mí...
—Eso es verdad: usted podría ayudarme muchísimo, pero lo siento. No puedo casarme con usted.
—Usted es demasiado para un backwoodman..., para un pobre cazador de abejas :silvestres que ya ha sido despreciado por otras chicas —murmuró Edd con amarga entonación.
—No, Edd; está usted equivocado —le aseguró Lucy, emocionada y enfadada al misma tiempo—. Yo no me creo superior a ustedes. Aquel baile, al cual usted me arrastró, me curó de toda vanidad.
—¡Bieeen! Entonces, ¿cuál es el motivo? —insistió él—. Mi madre dice que usted va a permanecer algunos años aquí; si así es, tendrá que casarse con alguno de nosotros, y lo que yo hago es anticiparme a los demás.
—Edd, una mujer honrada no puede casarse con un hombre a quien no ama —contestó ella— . Como tampoco es honrado el hombre que solicita casarse con una mujer a la cual tampoco ama.
—¡Seguro que yo soy honrado! Yo no soy un embustero —replicó el muchacho—. Soy sencillamente un hombre; no sé mucho de los: libros ni de la gente, pero conozco perfectamente los bosques y creo que puedo aprender todo cuanto usted quiera.
—No quiero decir honrado en ese sentido —añadió Lucy—.Sólo quiero decir que usted... ¡no me ama!
—¡Amarla! ¿Es usted como Sadie, que hablando de esto dijo que nunca la había besado?
—No; no soy como Sadie —replicó Lucy empezando a perder la paciencia.
—¡Bueeeno! Le pido perdón —rectificó el muchacho—. Seguro que usted es diferente de Sadie... En cuanto a ese amor de que hablan ustedes, las jóvenes, yo no sé... pero sí he pensado que un!hombre debe guardarse sus manos y sus labios hasta que tenga una esposa.
Edd, yo le respeto a usted por eso —repuso. Lucy seriamente—, y todavía le entiendo mejor... Pero el amor no es sólo besos y eso que usted dice.
—¿Qué es entonces.?
—Es algo muy hermoso, algo que es tanto espiritual como físico; es un anhelo por el bien, por la felicidad de alguien, tanto como la dulzura del deseo. Para una mujer el amor significa lo que Ruth dijo en la. Biblia: «Donde tu vayas iré yo; tu país será mi país, tu Dios será mi Dios...» Un hombre que ame a una mujer hará cualquier cosa por ella... se sacrificará a sí mismo; cuando mas grande fuera el sacrificio, más grande sería su amor... Y finalmente debe sentir que no puede vivir sin el objeto de su cariño.
—¡Bueeno...! Entonces creo que no la amo a usted —murmuró Edd! meditando.
—¡Claro que no! Usted sólo piensa en sí mismo —añadió Lucy.
—No puedo evitar lo que pienso... ¿Quién puso lo que pienso en mi cabeza?, —¡Edd, usted en su: cabeza no tiene nada! —exclamó Lucy, incapaz de reprimir su enojo y su desprecio—. Ahí está el mal: necesita educación; toda su gente necesita educación más que ninguna otra cosa.
—¡Bueeeno! ¿Pues por qué no me enseña usted igual que a Liz y a Lize? —pidió el muchacho en son de queja.—¡Porque usted ya es hombre! ¡Quiere casarse conmigo... y habla como lo harta una criatura —Yo podría obligarla a casarse conmigo... lo mismo que la obligué a ir al baile —murmuró Edd cruelmente. Durante unos instantes Lucy se quedó mirándole sin acertar a decir nada.
Estaba demasiado asombrada para contestarle. La convicción y sencillez de sus palabras era tan monstruosa como la idea que transmitían. ¡Qué cosa más extraña que, a pesar de sentir su pecho animado por una furia repentina, dudaba de sí misma y temía que aquel muchacho podría llevar a cabo todo cuanto quisiera hacer con ella!
—¡Obligarme a que me case con usted...! ¡¡¡Nunca!!!
—estalló Lucy al fin.
El asombro y la cólera de Lucy no tenían límites.
—¡Usted...! ¡Usted! —murmuraba, casi incapaz de expresarse—. ¡Usted, salvaje...! ¡No sabe ni amarse a sí mismo...! Usted es...—no podía encontrar las palabras que buscaba—¡Usted es un imbécil! ¡He, aquí lo que es usted...! ¡Si vuelve a hablarme de casamiento, doy por terminado mi trabajo y me marcho inmediatamente de esta tierra!
Poco a poco pareció que Edd se daba cuenta de que había algo que no estaba bien; dirigió a Lucy una mirada inexpresiva, extraviada, como si viera en ella a un ser raro; toda la intensidad de su vida había huido de su rostro, dejó caer la cabeza sobre el pecho... y se marchó.
Hacía ya muchas semanas que había tenido lugar aquella escena. Edd permaneció varios días en el bosque, y, cuando volvió, habíase operado en él un profundo cambio. Sin embargo, ninguno de la familia, aparentemente, lo atribuía a Lucy; pero ella se consideraba la única causa de semejante cambio.
Al principio su antagonismo era tal, que no le importaba nada del muchacho; pero gradualmente, a medida que pasaban las semanas y que su trabajo hacíase cada vez más fecundo mientras él iba volviéndose cada vez más salvaje y más extraño, ella empezó a compadecerle en lugar de despreciarle. ¡Pobre hijo de las selvas:! ¿Cómo podía proceder de otro modo? Él era superior a la mayoría de sus primos y amigos; pero pasado algún tiempo, ya raramente hacía nada en su casa sino era con sus abejas. Pronto empezó a circular el rumor de sus disputas, sus peleas y sus visitas a la casa del viejo que destilaba el maldito licor llamado mulo blanco. Su madre estaba constantemente preocupada y su padre pasaba de la inquietud a la aflicción.
—¡El diablo me lleve! —exclamaba un día el viejo—. Edd se está comportando como los mismísimos muchachos Sprall. ¡Quién lo había de pensar!
Lucy pasó igualmente de la piedad a la preocupación y de ésta a una intranquilidad de conciencia. Si! no por otra cosa, por lo menos merecía censura por haber ido a Cedar Ridge.
Aquella caída de Edd le quitaba completamente toda satisfacción por su éxito, porque ¿podría la enseñanza de unos cuantas chiquillos contrarrestar la ruina de su hermano? ¡Cómo no acusarse a sí misma del cambio verificado en él! Lucy lo sentía más profundamente cada vez que le veía.
Por último, ella comprendió claramente que su deber consistía en escoger entre abandonar su trabajo bienhechor o conseguir que Edd Denmeade volviera a ser lo que era antes de su llegada a aquellas tierras. Aunque el abandono de su trabajo era cosa que estaba muy lejos de sus propósitos, se esforzó en meditarlo. Había descubierto que era una verdadera vocación; pero con todo, podría dejarla si era necesario. Sin embargo, había que tener en cuenta otras cosas y sólo al recordar el cambio operado en los Denmeade, la limpieza, la eliminación de costumbres insanas, el ahorro de trabajo, el desarrollo de la inteligencia de los niños,, le hacían pensar que sería una cobardía abandonarlos.
—¡Debo quedarme! —murmuró al fin, viéndolo claramente—. Si ahora lo dejara, toda la vida me reprocharía el haber perdida la oportunidad que tanto anhelé. Pero entonces... si me quedo... debo salvar a Edd... Sería una nobilísima obra... ¡Lo que me cueste no debe importarme!
Por su bien o por su mal, Lucy había elegido deliberadamente, con todas sus facultades sensibles, la naturaleza de su tarea. La vida de su propia casa ya le había acostumbrado al sacrificio. Aquel pensamiento la condujo a pensar en Clara y en la carta que continuaba abierta sobre sus rodillas. En un arranque propio de su carácter la cogió y la volvió a leer. Decía así:
¡«Félix, 10 de julio.
»Querida Lucy»Volví de Mendino y me encontré con que te habías marchado. El disgusto que tuve me lo merecía porque ya nunca te había escrito, pero te aseguro, Lucy, que no era porque te hubiera olvidado; estaba avergonzada. Me escapé con Jim, como tú sabes, porque nuestro padre no le quería. Ahora bien, si te hubiese escuchado, ahora no me encontraría tan sola y desgraciada. Jim se volvió todavía peor de lo que nadie hubiera podido imaginar. Ni siquiera se ha casado conmigo. De todos modos, tanta censura merezco yo como él. No obstante, lo más vergonzoso fue para mí el descubrir que no le amaba. Estaba loca.
»Papá se negó a recibirme y hasta ahora he vivido con una compañera de colegio, Mamie Blaize, que ha sido muy buena para mí. Pero, Lucy, no puedo permanecer aquí más tiempo, porque en cuanto descubran mi verdadera situación, todas las puertas se me van a cerrar en. Félix.
»Fui al ,Departamento de Estado en donde te emplearon y por ellos tengo tu dirección.
La señora que estaba allí fue muy amable; me habló de tu éxito y me dijo que habías franqueado el camino para hacer extensivo el trabajo bienhechor a otras partes del Estado.
Lucy, estoy orgullosa del ti; siempre has sido así, siempre te ha gustado hacer el bien.
»Yo no estoy muy bien de salud ni muy fuerte. ¿Querrás dejarme ir y que me quede contigo? Me repondré y trabajaré noche y día para ti. Permite que te enseñe la dura lección que he recibido. Te necesito, Lucy querida, porque algunas veces me abandono y me desprecio a mí misma. Sufro horribles pesadillas; tengo miedo y si tú me fallas, no sé qué haré en este mundo. Pero tú no me fallarás; lo siento en mi interior y esto me hace ver lo que perdí.
»Mándame dinero en seguida para que pueda reunirme contigo y dime lo que he de hacer para llegar adonde estás. ¡Por favor, Lucy, te lo ruego! Piensa lo que representa para mí que, después de despreciar tu cariño y tus consejos, venga ahora arrastrándome, de rodillas hasta ti. Por eso puedes juzgar lo que debo haber sufrido. Escríbeme en seguida.
»Te quiero con toda mi alma,»Clara.»
Aquella carta entristeció a Lucy, más por el recuerdo que reavivó de su querida hermanita que por su propio contenido. Lucy siempre había esperado aquella catástrofe y por fin llegó. Hacía año y medio que Clara se había fugado del poblado de Félix. Ahora tenía diecinueve años y aquella carta franca revelaba un profundo cambio de carácter.
Lucy la releyó, meditando sobre lo que confesaba, lloró sobre su ruina y se alegró del aparente resurgimiento de su alma. Clara nunca había sido de las que ruegan, antes bien, fue siempre testaruda, de las que no se dejan corregir, y además, sentimental. Lucy le perdonaba ahora; sintió el lastimoso fin de su caída con, el cowboy Jim Middleton, y, en un arranque de su antigua ternura fraternal, volvióse hacia la mesa para contestar la carta. Su contestación fue cariñosa, sin un reproche. Aceptaba el cambio de actitud de Clara hacia la vida como un augurio de esperanza para el! futuro, la carga cuya responsabilidad aceptaba sobre ella.
Nunca es tarde cuando llega la regeneración. Clara debería reconstruir su vida entre gente nueva y si su desgracia se hacía pública, nunca podría volver a Félix. ¡Quién sabe si sería mejor que Félix no fuera ya nunca más que un recuerdo Lucy terminó la carta con interesantes detalles, sobre la selvatiquez de aquel país, la belleza de sus bosques y la soledad de sus viviendas. No incluyó ninguna observación concerniente a los robustos backwoodsmen ni a su susceptibilidad ante los encantos de las jóvenes, y al pensar en esto, recordó la cara bonita y picaresca de Clara, su graciosa figura y sus provocativas maneras. ¿Cómo responderían Edd Denmeade y aquel pacífico y buenazo de Joe a la presencia de su linda hermana? Lucy tuvo que ahuyentar sus temores, por cuanto la suerte estaba echada y no podía frustrar las esperanzas de Clara. Incluyéndole un talón pagadero en su oficina del Estado, Lucy cerró la carta y la selló, suspirando feliz como si se hubiera quitado un peso de encima. Había sido preciso que sobreviniera aquella desgracia para conseguir que Clara volviera a su cariño y a su protección.
—¡Ya está! —exclamó suspirando—. Ya está hecho y estoy contenta... Hagamos memoria.
Ésta es la segunda decisión respecto a mis problemas. Ahora queda la tercera. ¿Cuándo dejaré a los Denmeade...? No puedo dejarlos todavía... ¡Bien! Me quedaré una temporada más, puesto que insisten en que me quede. No importa que tarde un poco más, con tal que cumpla mi deber con las otras familias.
Las decisiones tomadas calmaron un poco su estado de conciencia y le proporcionaron una extraña alegría. ¿Adónde la conducirían aquellas decisiones? Los enormes brazos de la selva parecían abrirse y rodearla mientras su espíritu respondía a mil influencias desconocidas. Sus ideales se nublaban y hacían palidecer los sueños que se había forjado para su propio porvenir... un hogar... niños... ¡felicidad! Pero eso no estaba al alcance de todo el mundo. Suspiró y desechó aquellos sentimientos.
«Edd diría que me estoy sepultando con mi trabajo bienhechor —murmuró para sí— ¡Bueno! ¿Qué importa? Mora... ¡manos: a la obra!»
Parecía providencial. Al salir de su tienda, Lucy vio a Edd digiriéndose hacia la cabaña.
Hacía días que no había estado en casa y sus destrozados vestidos denotaban a las claras su reciente contacto con los bosques. Lucy se detuvo a la puerta de la cerca para esperarle. Su corazón latía más aprisa. Cualesquiera que fuesen las sensaciones que aquel cazador de abejas le produjera, nunca eran vulgares.
—¡Buenos días, Edd! —le dijo Lucy alegremente, como si aquella manera de saludarle fuera la de costumbre—. Precisamente había salido de mi tienda por si le veía. ¿En dónde ha estado usted metido durante tanto tiempo?
—¡Bueeeno! —contestó el muchacho deteniéndose ante ella, mirándola con aquellos penetrantes ojos, pero sin demostrar la menor sorpresa.
Parecía delgado, hambriento y fatigado. Hacía días que no se había afeitado y su espesa barba aumentaba la extraña y selvática atmósfera que parecía rodearle.
—He estado siguiendo nuevos enjambres de abejas —continuó después de, un momento—.
Ya era tiempo de que empezara a trabajar otra vez. Este año seguro que es bueno para las abejas; ¿ve usted? No ha llovido mucho. Una primavera lluviosa da vida a muchas avispas carniceras y estos insectos matan a las abejas y roban su miel. Esta estación seca, en cambio, impide el nacimiento :de las avispas. Creo que ésta: será mi mejor cosecha de miel. Hoy he encontrado dos enjambres nuevos en el tronco de los árboles.
—¿Y cuándo extraerá la miel? —preguntó Lucy con interés.
—No será hasta que, se acerque la helada. El, mes de octubre es el mejor.
—¿Querrá usted llevarme algún día a seguir abejas y a buscar la miel? —le preguntó Lucy procediendo según el plan que se había propuesto.
Quería quemar sus naves tras ella y si escuchaba sus prevenciones y sus dudas egoístas no podría mantener su decisión. Ella esperaba que su pregunta asombraría a Edd y le obligaría a mostrar resentimiento o amargura, pero no hubo tal cosa.
—¡Claro que sí! Cuando. usted quiera —le contestó tranquilamente mientras, tiraba de la cuerda que llevaba arrastrando y se disponía a enrollarla, —Tengo noticias que darle. Mi hermana Clara vendrá aquí a vivir conmigo —le anunció.
—Aquí estará muy bien —repuso, con interés—. ¿Qué edad tiene y cómo es?
—Clara cumplirá pronto diecinueve años. Es rubia, bonita, muy diferente de, mí.
Bueeeno, usted también tiene el pelo claro; no serán tan diferentes como dice...
—Edd, ¿me está usted haciendo un cumplido? —le preguntó maliciosamente.
—No; no quiero decir más que lo que digo. ¿Cuando vendrá su hermana?
—Si todo va bien llegará a Cedar Ridge el próximo miércoles. Pero alguien debería ir mañana para que mi carta pueda coger el correo del lunes.
—Démela a mí; iré esta tarde a Cedar Ridge.
—¿Pero no tenía que ir usted a ninguna otra parte?
—No —declaró él honradamente—. ¡Ya estoy harto de pueblo!
—¡Seguro! —contestó Edd con sencillez, como si no hubiera ningún mal en ello.
—Pues no quiero que vaya usted a llevar mi carta al pueblo si no me promete antes que no beberá ni se peleará con nadie —le advirtió ella muy seriamente.
—¡Diga usted que se está interesando por mí un poco tarde...! —murmuró al fin—. ¿Por qué?
—Vale más tarde que nunca. Me niego a discutir mis razones. Pero.... ¿me lo promete usted?
—¡Bueeeno! Conformes en lo que hace al mulo blanco. Pero en cuanto a las riñas...
siento no poder hacer lo mismo. Tengo muchos enemigos a quienes hice daño y si tropiezo con alguno de ellos, bebido o no se echará sobre mí.
—Entonces prefiero que no vaya a Cedan Ridge.
—¡Bueeeno! ; también lo preferiría yo. De veras, Lucy, estoy como mareado. No sé lo que será, pero hoy, en el bosque, empecé a encontrarme a mí mismo. Es la caza de abejas lo que yo necesito. ¡Huir de la gente!
—La gente nunca le ha hecho nada, Edd. Lo que pasa es que usted no la quiere...
Dígame, ¿ha tenido alguna contienda con Bud Sprall?
—No, aunque eso es muy gracioso también.... Porque deseo encontrármelo. Pero él nunca va a la ciudad y yo nunca voy al baile. Así no nos hemos topado nunca.
—¿Y qué es lo que hay entre Bud y usted? Supongo que no datará desde aquel baile...
—En parte es por algo que, dijo en aquel baile sobre usted. Le habría matado allí mismo, pero no quise estropear la diversión.
Y parecía excusarse por la blandura que demostró y que lamentaba, —¡Sobre mí! —exclamó Lucy, sorprendida—. ¿Qué fue lo que dijo?
—No estoy obligado a contarlo —contestó Edd de mala gana—. Siempre me he reprochado lo que sucedió, pero aquella noche yo estaba loco.
—Edd, si es algo que usted puede decirme, dígalo de una vez —le pidió Lucy.
—Bueno, puedo decírselo fácilmente —añadió Edd con una sonrisa que vino a romper la dureza de su cara—. Bud se jactaba de haber mirado a través de las rendijas de la barraca que hay detrás de la escuela, donde usted se vistió. juraba que la había visto desnuda.
—¡¡Oh, canalla!! —exclamó Lucy.
—¡Bueeeno! No se atormente usted por eso —le dijo Edd—. Bud es un embustero. Él no la vio a usted ni a nadie, y soltó esa mentira después que usted no le quiso ceder el otro baile.
—¿Y cómo lo sabe usted,? —preguntó Lucy, algo calmada.
—No lo supe aquella noche, pero lo descubrí después. Me fui a la escuela y comprobé que no hay ninguna rendija en toda la barraca, ¡ni la más pequeña! Puede usted estar segura de que me cercioré bien. Bud mintió, eso es todo. ¡.Siempre ha sido un embustero! Pero ésta me la pagará como si la hubiese visto. Además... tengo más motivos todavía.
Lucy no podía comprender por qué no sentía impulsos de calmar el enfado de Edd contra Bud. El asunto parecía natural a Edd, pero para ella era más bien embarazoso.
—¿Qué hacemos, pues, con mi carta? —preguntó finalmente la muchacha, como si no hubiese oído sus últimas palabras.
—Gerd tiene que ir por allí y pasará cerca. Déme usted la carta y yo veré de dársela.
Lucy corrió a su tienda, cogió la carta y volvió para entregársela a Edd! diciéndole algo sobre la importancia que tenía.
—¡Más disgustos para los muchachos backwoods! —murmuró amigablemente mientras hacía una mueca.
—¡Disgustos...! ¿Qué quiere usted decir? —preguntóle ella a pesar de haber comprendido perfectamente su intención.
—¡Otra muchacha bonita! —añadió con un patético tono—. ¡Una más de las que no quieren saber nada de chicos como nosotros!
—Edd, eso no está bien —protestó Lucy sin saber cómo tomar aquellas, palabras. Le pareció que no había más que urna salida y ésta reclamaba todo su valor.
—¡Ya sé que no soy tan bueno como era antes...! —balbuceó Edd.
Realmente no —repuso Lucy—. Y quiero hablar de esto con usted. No ahora, sino otro día, cuando esté más descansado y más contento... Venga usted; quiero enseñarle lo que he hecho durante su ausencia.
Y le condujo por el campo a lo largo de un sendero recién abierto en el bosque, el cual terminaba al borde de la cañada. Una pasadera había sido erigida sobre largos palos clavados en el suelo, extendiéndose algunos metros sobre la cañada hasta llegar al manantial. Por medio de una polea y una cuerda podía bajarse un cubo hasta el agua y subirlo lleno con muy poco esfuerzo. Lucy le enseñó el manejo con facilidad y le demostró el gran ahorro de tiempo y de trabajo que aquello representaba para ellos. La señora Denmeade y Allie se veían antes obligadas a hacer varios viajes al día teniendo que bajar y subir cada vez el sendero que conducía hasta el manantial.
—Bueno, ¿qué me dice usted de esto? Yo lo descubrí y su padre y tío Bill lo construyeron.
Edd parecía confundido o inmensamente impresionado, y se dejó caer al suelo como si aquella última revelación del sentido práctico de Lucy le hubiera arrebatado algo.
—¡Sencillo como el ABC! —exclamó pasmado, ¿Y por qué mi padre..., o yo, o....
cualquiera de nosotros no habremos discurrido esto mucho antes? ¡Mi madre y Allie estarán avergonzadas de nosotros!
Su destrozado sombrero cayó a tierra y mientras secábase la sudorosa frente con un pañuelo sucio, dejó caer la cabeza sobre el pecho. ¡Cuán desesperadamente parecía luchar con su atontado cerebro! Parecía un hombre que, aprendiera a pensar. Por fin miró a Lucy francamente.
—Creo que estoy vencido —declaró—. Le he dado a eso muchas vueltas, señorita Lucy Watson; pero a pesar de lo obtuso que soy, estoy seguro de no ser un necio. Esta obra para que madre y Allie saquen el agua con más facilidad es bastante para que yo me rinda. Esto me hace comprender lo que usted significa para nosotros.
Yo estaba contra usted, sobre todo cada vez que volvía a casa y madre me enseñaba algo nuevo. Seguro que esa salita suya no es un sitio para mis botas de montar, pero no puedo dejar de ver que madre, Allie y los pequeños son ahora muy distintos. También ellos empiezan a tener el aspecto de esa habitación de usted, con sus muebles y cortinas, cuadros y alfombras, todo siempre limpio, de día y de noche. No puedo decirle cómo, pero yo sentía eso,: los vestidos limpios, las cosas bonitas han de significar mucho para las mujeres y los niños... Por lo tanto, me apeo de mi burro y le, doy las gracias.
—Entonces, ¿cree usted que yo contribuyo a que su gente viva mejor y más feliz? —le preguntó seriamente Lucy.
—Es duro para mí tener que rendirme, pero me rindo. No estoy ciego: usted ha sido una bendición para nosotros —contestó, emocionado.
—Pero, Edd —añadió ella precipitadamente—. Yo... ¡yo no he hecho nada por usted!
—¡Por mí...! Hay gente que no tiene remedio. Soy un salvaje..., ¡un, necio! ¡No soy más que un cazador de abejas silvestres!
Y cuando el muchacho dejó caer nuevamente la cabeza al terminar aquella frase tan amarga, Lucy comprendió el estraga que. aquellas, palabras suyas pronunciadas en un momento de exasperación, que no pudo reprimir, causaron en el alma del muchacho. Habían quedado grabadas en su corazón. Lucy hubiera querido borrarlas, pero era imposible.
—¡Edd! juzgado por el modelo de hombres que yo tenía, usted era,... lo que le dije —murmuró la muchacha—. Pero fui injusta: tenía que haberle disculpado.. Estaba de mal humor y usted me insultó... ¡Le habría abofeteado de, buena gana —¡Bueeeno! Creo que eso sí lo habría tolerado. Usted debió de oír cómo me llamaban Sadie y las otras muchachas; y usted... también me llamó coma ellas... ¡Era demasiado para mí!
Si usted me promete que no volverá a hablarme nunca... de la manera que lo hizo entonces, le perdonaré —dijo Lucy titubeando.
—Bueeeno, no se preocupe por eso. No lo haré más. Pero yo no le pido que me perdone.
Y levantándose bruscamente, se marchó hacia la. cabaña.
Lucy dióse cuenta de que, se había precipitado en su deseo de reconciliación; quizá porque su altiva superioridad había trascendido sin advertirlo. De todos modos, algo había ganado, aunque no fuera más que un mayor conocimiento de, aquel cazador de abejas silvestres. Ella sabía que ignoraba un infinito número de cosas; sin embargo, nunca creyera que en aquel muchacho anidara un recio fondo emocional, una fuerza individual como la que ella misma tenía conciencia de poseer. Como el muchacho era un backwood, le había negado, para su fuero interno, el, íntimo sentido personal de sí mismo; y era que no había probado a mirar la vida, a la gente o a considerar las cosas como, debía hacerlo él; antes al contrario, en todo lo que a él concernía habíase comportado como un triste juez de la humanidad, como una pobre maestra.
Sus reflexiones le trajeron la consecuencia de que la breve conversación sostenida sólo había servido para aumentar su inquietud. Pero su confesión la había satisfecho plenamente.
Y es que ella deseaba más de lo que se había imaginado que él viera. ¡Cuán ardientemente lo deseaba! Aquel deseo habíase convertido en una pasión. Y él, por fin, le, había confesado que reconocía que era una bendición para su familia. ¡Qué dulce satisfacción suponía aquello para Lucy! Por mucho que hubiese herido su susceptibilidad, él le estaba, pues, agradecido. En consecuencia, Edd no era una fortaleza completamente inconquistable. Sólo que debería desplegar una gran táctica, a base de inteligencia y de sinceridad.
Lucy meditó la complejidad! de la situación. No veía todavía solución, pero adivinaba que podría aprender mucho mediante su afición a las abejas y a los bosques por donde él andaba.
Mary Denmeade vio a Lucy sentada al borde del sendero que conducía al manantial y, como siempre, corrió hasta ella. Los niños nunca estaban hartos de la compañía de Lucy, ya que, mediante ella, su pequeño mundo habíase ensanchado maravillosamente. Juegos, libros, trabajo y recreo habían aportado enormes adelantos; y aquellos niñas backwoods eran tan inteligentes ya como cualquier ciudadano, pero más interesantes.
—¡Al fin la encuentro! —exclamó la pequeña Mary can gran excitación—. Edd está regañando a Mertie; está loca, y madre también. Pero madre está furiosa con Mertie, y Mertie con Edd.
—¡Oh, cuánto lo siento, Mary! Quizá será mejor que yo no vaya ahora...—repuso Lucy—.
¿Y qué es lo que pasa? ¿No es extraño que Edd riña a nadie, y más todavía a Mertie?
¿Extraño? No sé... Él nunca nos riñe a nosotros si no es a Mertie. Madre dice que es porque a ella la quiere más... Oiga, señorita Lucy: Edd no es como era antes. Ahora siempre está afuera, y cuando vuelve no tiene tiempo para nosotros. Mertie dijo que está chiflado por usted...—¿Y fue ésa la causa de la riña? —preguntó Lucy vivamente.
—¡Oh, no! —replicó la pequeña—. Eso lo dijo Mertie hace tiempo... Yo no estaba en la cocina, pero le vi y oí que decía: «¡Mert! ¡Has vuelto a cabalgar con Bud Sprall otra vez!» Y Mertie dijo:
«¡Yo no he hecho tal cosa, pero a ti no te importa si lo he hecho!» Y Edd respondió:
«¡No mientas! Te han, visto.» Y entonces Mertie tuvo uno de sus arranques y empezó a llorar y a gritar. Madre tomó parte en la riña; Edd cogió a Mertie y dijo que le arrancaría la verdad. Madre hizo que Edd soltara a Mertie, y Edd dijo:
—«¡Bueeeno!
Ayer noche estuviste en casa de los Claypool. Ahora bien: ¿cuánto tiempo tardaste en ir de la escuela hasta, allí?), Mertie contestó que no se acordaba; tenía la cara roja y no se atrevía a mirar a Edd...
—¡Mary! —interrumpióle Lucy, desaprobando, mientras la niña tomaba aliento—. ¿Y tú as escuchado todo eso?
—¡Si no podía menos que oírlo! —exclamó la pequeña—. Yo los miraba por la puerta, pero ellos no me veían. Y Edd dijo: «Ya sabía yo algo de eso antes, Mert Denmeade: y ayer, cuando me dijeron que te habían visto con ése, me fui a casa de los Claypool y descubrí que no habías llegado allí hasta el anochecer... ¡Necesitaste tres horas para ir de la escuela a casa de Anny! Le pregunté a Anny cuándo te había visto, y aunque no quería, la obligué a decírmelo: ¡tú te fuiste con Sadie Purdue! ...» Entonces madre se arrojó sobre Mertie con tal furia... ¡que yo escapé!
Lucy trató de calmar la excitación de la niña y la convenció de que no hablara a nadie más de aquella discusión familiar, haciéndole ver que quizá no era tan mala cosa para Mertie como parecía. Pero Mary movía la cabeza dudando, y después, al observar que Lucy quedaba preocupada, se fue al patio a jugar con los otros chiquillos.
No era aquélla la primera vez que Lucy se enteraba de algún trastorno familiar entre los, Denmeade, debido a la peculiar manera de ser de Mertie. Ésta había sido el ídolo de la familia únicamente porque era bonita, mientras Lucy la consideraba como una pequeña e ignorante vanidosa, sin bastante carácter para ser mala. De todos modos, Lucy reflexionó que podría equivocarse como se había equivocado con Edd.
De todos los Denmeade, aquella hija segunda era la que más fácilmente se dejaba influir, a causa de su vanidad. Lucy había conquistado la consideración de las chicas con unos cuantos cumplidos y algunas horas de enseñanza de modista. Ahora, considerando más seriamente el caso de la muchacha, no sólo por Edd, sino por Mertie misma, Lucy se dispuso a hacer lo posible para conseguir una relación más cariñosa entre los dos hermanos. A pesar de todo, juzgó que sería mejor, para que no pudieran acusarla, mezclarse en los asuntos personales de familia, esperar a que, fuera, solicitada su intervención.
Cuando volvía a su tienda. oyó rechinar violentamente la cadena del portillo de la cerca y vio a Edd más sombrío que una noche de tormenta. ¿Debía detenerle o dejarle marchar?
Las felices inspiraciones no eran raras en Lucy y en aquel momento tuvo una que la emocionó. Aquélla era la ocasión: llamó a Edd, pero éste pareció no haberla oído. Entonces levantó la voz y él dio media vuelta para acercarse a ella.
—¡Dios mío, se iba usted de prisa como una furia! —le dijo Lucy amablemente.
—Creo que, sí. ¿Qué quiere usted?
—¿Tiene mucha prisa?
—No; río puedo decir que tenga prisa... No sé adonde iba, pero me voy, ¡es lo mismo!
En su voz adivinábase la pasión encendida y en su rostro se veía el esfuerzo que hacía por recobrar su cortés y serena expresión.
—Venga usted conmigo a la sombra y hablaremos —le dijo Lucy. Y le condujo bajo el pinar hasta un lugar que dominaba la cañada, en el cual ella se sentaba con frecuencia.
Veíase claramente que Edd la seguía por la coacción, pero eso, en vez de acobardar a la joven, la estimuló.—No quiero que se marche usted enfadado —le dijo ella sentándose en la alfombra que formaba la pinocha. Y juntó las manos rodeando sus rodillas.
—Seguro que no, era contra usted —contestó Edd.
—¡Claro que no! Ya: sé la causa: Mary ha oído como disputaba usted con Mertie y me lo ha contado... Mire, Edd, no quisiera por nada del mundo mezclarme en sus asuntos, pero mi labor aquí es, tan extensa como sus bosques, de tal modo, que me costaría mucho decirle en dónde termina. La cuestión está en que si yo puedo hacer algo en bien de Mertie, usted me permita hacerlo.
—Claro que sí —murmuró él a viva fuerza—. Más de una vez, estuve a punto de pedírselo.
Pero... no podía...
—Usted debía haberlo hecho. Siento haber sido tan... tan reservada; pero ya está convenido. Ahora dígame qué es lo que usted se, figura que hay de malo en el comportamiento de Mertie.
—No me lo figuro; lo sé de cierto —contestó él pesadamente—. Mertie no marcha bien; no piensa más que en su cara y en componerse para atraer a los muchachos. Tiene un pretendiente, Bert Hall, que vive en Cedar Ridge. Bert es cariñoso, con ella, y yo sé que a ella es el que más le gusta de todos los, que le andan detrás. El chico es propietario de un rancho y tiene parte en el molino de su padre. Claro que él quiere casarse con Mertie; pero ella quiere campar a sus anchas..., ¡bailar, cabalgar! ... Supongo que Sadie Purdue la ayuda...
¡Bueno! Este verano, Mertie se ha subido a las nubes:: dice que ya tiene edad para ir al baile y para casarse y que es dueña de sí misma para hacer lo que le dé la gana. Los padres no pueden con ella. Hasta ahora, yo la contenía, pero... parece que eso ha pasado ya.
—Bien —repuso Lucy cuando Edd hubo terminado—. ¿Qué hay acerca de ese Bull Sprall?
—A Mertie siempre le ha gustado ese caradura —contestó Edd sombríamente—. Se ven a escondidas; no a solas todavía, pero en compañía de esa Sadie, que tiene el mismo interés por el compinche de Bud, un matón que vive en el camino de Winbrook. Mertie ha mentido... ¡Bueeno! Si no puedo, terminarlo de una manera, lo acabaré de otra...
—¿Quiere usted decir que irá al encuentro de Bud Sprall? —preguntóle Lucy instantáneamente.
—¡Seguro que iré!
—¡Y se pelearán...! ¡Quizá corra la sangre...! —continuó Lucy, horrorizada—. ¡Pero eso será todavía peor que el mismo asunto de Mertie con Bud! ... Edd, piense que. puede no ser más que un flirteo.
—Yo procuraba calmarme con ideas como ésa —replicó Edd—, pero aquí los flirteos los tienen los :muchachos en los bailes. Este asunto tiene, mal aspecto, señorita Lucy conozco a Sadie Purdue; me plantó porque decía que, yo iba demasiado despacio. Creo que, nunca se habría casado conmigo, porque descubrí que, me engañaba. Pero oiga: nadie más que, usted sabe esto. Ahora, Mertie y Sadie son carne y uña y van juntas a buscar a esos muchachos.
Usted sabe ya cómo tiene que terminar eso, a menos que lo detengamos. Bert es un muchacho tranquilo y sencillo, pero Mertie puede ir demasiado. lejos... ¿Ve usted, señorita Lucy? Usted no se imaginaba cuán... cuán turbios somos los chicos y chicas backwoods, aunque: yo no la soy. Ése es uno de los motivos por los cuales parezco un gran tonto. Quise siempre que Mertie fuera diferente de las demás... ¡Me apena ver cómo, he, fracasado!
—Pero... Edd: usted ha fracasado consigo mismo —le reprendió Lucy—. Usted está degradándose; se ha entregado a la bebida y a: las riñas. ¿Cómo puede ejercer buena influencia sobre su hermana si usted tampoco va por buen camino?
—¡Por Dios! Eso también me ha estado atormentando —contestó con voz ronca, ocultando el sombría rostro entre sus sucias manos.
—¡Oh, qué contenta estoy de que usted mismo lo reconozca! —exclamó la muchacha poniendo, su manecita sobre el hombro de Edd—. óigame: debe volver a su antigua vida..., —Sí..., claro que, debo —asintió él—. Pero... ¡ojalá no sea demasiado tarde para Mertie!
—Esperemos y roguemos a Dios para que no sea así —añadió Lucy serenamente—. Estoy trastornada por todo cuanto me ha dicho usted y, no obstante, siento que Mertie es buena todavía. Es vanidosa, coqueta, voluntariosa..., sé bien cómo es; pero, Edd, yo le prometo que me dedicaré a ella. Durante este otoño tengo que ir a mi pueblo, a Félix, a pasar una semana: me llevaré a Mertie y allí le hablaré de todo esto. ¡Oh, yo sé perfectamente cómo hay que manejarla! ¡Ya verá usted como la casaremos con Bert antes de que ella se dé cuenta!
—¡Bueeeno! Lo que madre dice de usted es verdad —murmuró el muchacho levantando su rostro anegado en lágrimas—. Voy a hacerle una promesa.
—¿De veras?
—Voy a volver a mis cacerías de abejas silvestres. Lucy adivinó la importancia de aquella promesa; alegróse por ella y sintióse orgullosamente feliz por él y por todos los Denmeade.


VIII
Pronto corrió por toda la comarca la noticia de la llegada de la hermana de, Lucy. A la joven la divirtió mucho ver el número de galanes que el domingo visitaron a los Denmeade y buscaron mil fútiles pretextos para hablar del asunto con Lucy. Claro que no había por qué rehuirlos. Lucy exhibía el retrata de Clara con orgullo, y no creyó necesario explicar que databa de algunos años. La complacía y la preocupaba la sensación que causaba.
De todos los muchachos de allí, Joe Denmeade era el más bueno, el más pacífico, el, menos dado a los bailes, al mulo blanco y a las chicas, y Lucy sintió un agudo escrúpulo de conciencia antes de acercarse a él para pedirle que fuera a recibir a su hermana a Cedar Ridge. Aquel escrúpulo era hijo del temor de que Joe encontrara su ruina en Clara; pero se despreocupó con la resignada convicción de que las circunstancias podían mucho más que ella. ¡Qué mujercita tan débil era!
El domingo por la tarde, en el porche de los: Denmeade había la acostumbrada reunión de visitantes, pero extraordinariamente aumentada. Sam Johnson hizo su primera visita después de muchas semanas, y esta vez no iba acompañada de Sacie. Parecía más cortés y más entrometido que de costumbre, y sí bien no hizo, ni remotamente, pregunta alguna a Lucy sobre su encantadora hermana, no perdió nada de lo que se decía referente a ella. Lucy observó atentamente a Sam cuando éste miraba el retrato de Clara y juzgó por su expresión que, a menos que la joven hubiese cambiado, como ella esperaba, el hogar de los Denmeade veríase pronto frecuentado por varios galanes abandonados.
—¿Cuándo llegará? —preguntó al fin Sam.
—Creo que lo sabré por el correo de mañana —contestó Lucy—. Pero si no es el miércoles, será el sábado.—Irá usted a recibirla...
—Claro que sí. Joe me llevará al pueblo desde la escuela, pues el señor Jencks me ha ofrecido su carruaje.
—¡Joe! ¿Es él, entonces, el afortunado? —murmuró Sam—. Pero si yo creo que usted necesita un hombre... La elección de Lucy la desconocían todavía los circunstantes, incluso el mismo Joe, quien, como de costumbre, permanecía sentada en el suelo, apoyado contra la pared. Al pronunciar su nombre, Lucy le dirigió una rápida mirada como para significarle que había una buena inteligencia entre ellos, y el muchacho demostró al punto sorprendentes cualidades para merecer la confianza que ella depositara en él.
—Sam, tú no has comprendido —le dijo—. La hermana de la señorita Lucy está algo delicada y necesita descanso...
Los jóvenes advirtieron la intención de las palabras de Joe y riéronse de buena gana, empezando a bromear sobre los flirteos de aquellos muchachos.
Después de cenar, estando Lucy sentada en los peldaños, ante su tienda, acercáse Joe.
—Oiga usted, maestra: ¿cómo es que me eligió a mí? —preguntó en un tono algo plañidero.
—¡Elegirle! ... Joe, ¿no querrá usted decir...?
—Quiero decir elegirme como el muchacho afortunado —la interrumpió él—. Es que... tengo curiosidad) por saberlo.
A Lucy le gustaba el rostro de Joe. ¡Tenía una expresión tan honrada la cara de aquel muchacho, tan joven, tan moreno, con las mandíbulas bien acusadas, con aquellos labios finos y aquellos ardientes ojos grises!
—Joe, le elegí porque creo que usted dará a mi hermana una impresión más favorable que ningún otro muchacho de aquí —contestóle Lucy deliberadamente.—¡Anda, maestra!— protestó el joven, avergonzado como podría estarlo una chica—. ¿Se burla de mí? Y... ¿qué quiere usted decir con esa impresión?
—Oiga, Joe, le pido que no cuente a nadie lo que voy a decirle..., ¿quiere?
—¡Oh, seguro!
—Pues mire: mi hermana no está muy bien y... no es feliz. Le haría muy mala impresión encontrarse, de buenas a primeras, con algún individuo como Sam o como Gerd o Ha¡, que se pusieran tontos con ella así que la vieran. Edd, en cambio, resultaría un muchacho demasiado frío y extraño con ella. Por eso se lo he pedido a usted, porque . se que se portará igual con Clara que conmigo, ¿verdad?
—¿Y cómo soy yo, maestra? —preguntó él con una franca sonrisa en los labios.
—¡Vamos, Joe! Usted es como es...—contestó Lucy sintiéndose cogida.
—¡Nunca había pensado en ser... como soy, pero... lo probaré —murmuró el muchacho—.
Usted no sabe el gran, trabajo que quiere darme al elegirme para acompañarla al pueblo. Si su hermana llega el sábado, todos los muchachos que hay en las faldas de la Rim van a estar en Cedar Ridge, y eso me recuerda lo que le oí decir una vez al maestro Jencks: «Algunos hombres nacen grandes, mientras otros tienen la grandeza sobre ellos...»¡Creo que voy a verme liado entre estos últimos!
—Me gusta su manera de ser, Joe, y quiero que haga todo lo que de usted espero.
—Pero, señorita Lucy, ¿está segura de que yo valgo para eso? —preguntó el muchacho solemnemente.
—Sí, lo estoy. Mañana se quedará usted hasta que llegue el correo del señor Jencks, pues él traerá mi correspondencia. Entonces sabremos si Clara llega el! miércoles o el sábado. Me gustaría que pidiera a Edd el caballo Baldy para que Clara viniera en él desde la escuela. Para mí, cualquier caballo será bueno. ¡Ah! Tendremos que salir temprano.
Al día siguiente, Joe venía de la escuela trayendo la correspondencia para Lucy, entre la cual venía la carta de Clara. Era sólo una nota: cuatro líneas mal garrapateadas, llenas de inmensa gratitud y de alegría, comunicándole que llegaba el sábado.
«¡Ya viene, pues!», murmuró soñadoramente Lucy. Antes, no habría estado completamente segura, pues con Clara nunca se podía confiar; pero ahora era seguro que venía y preguntábase si le gustaría aquella selvática región. De momento creyó que los días que faltaban para la llegada de su querida hermanita serían eternos y pesados; pero se equivocó, par cuanto estuvieron llenos de interés, de trabajo y de pensamientos.
Edd regresaba todos los días a primeras horas de la tarde, serio y silencioso, pero dispuesto a terminar con su indiferencia hacia las actividades de Lucy para mejorar la vida de su familia: había pasado al extremo opuesto. Se pasaba las horas escuchando a Lucy con los niños y haciendo las delicias de los pequeños con su torpeza al intentar recortar animales, pájaros y figuras de las láminas. Lucy había conseguido, de una manera que asombraba a las Denmeade, conquistar a Mertie para que se interesase por la instrucción manual quedaba a Mary y que ahora compartía con ella. Edd quería saber el porqué de todas las cosas y ayudaba a Dick en el trabajo de carpintería, mediante el cual llevaba a la práctica un sinfín de cosas que Lucy inventaba para ellos, mientras en las horas de ocio quedaba absorto en los libros, de cuentos de los niños. ¡Si él era también un niño!
Naturalmente, en las últimas horas de la tarde y en las primeras del anochecer de aquellos largos días de verano, Edd estaba muy en contacto con Lucy, quien pedía constantemente su cooperación en las tareas más insignificantes, inventando siempre algún motivo para incluirle en su pequeño círculo de trabajo y juego. Siempre encontraba tiempo para preguntarle por sus cacerías de abejas, que era un asunto sobre el cual podía el hablar indefinidamente; y del mismo modo le estimuló para que leyera mucho, a pesar de hacerlo muy despacio y de gustarle más escuchar.
En la calma y oscuridad de la noche, cuando Lucy, dentro de su tienda, permanecía echada con los ojos abiertos, repasando mentalmente las acontecimientos, dióse cuenta de que su simpatía, su amistad, sus sonrisas y sus encantos, de los cuales habíase mostrado deliberadamente prodiga, su amor a los niños y su buena influencia sobre Mertie, habían contribuído a apartar a Edd del torcido camino que había amenazado conducirle a la ruina. No sabía hasta qué punto debíase a su personal contacto; pero era evidente su influencia sobre Edd, quien sentíase atraído por aquella joven de una manera que nunca había experimentado. Lucy veía que en el muchacho no quedaba el más leve pensamiento de deseo, de sentimiento, de aquella antigua obsesión de que «debía encontrar una mujer». Y era porque Edd sentíase herido en el aluna al reconocer su ignorancia. Lucy observaba todo aquello; le compadecía y empezaba a gustarle. Pero ¿a qué se debería aquel cambio de actitud hacia el muchacho? ¿Adónde la conduciría? Y, sin embargo, ya no era posible retroceder y lo extraño para ella era sentir un comienzo de verdadera felicidad en aquel servicio.
La mañana de aquel sábado llegó para Lucy más pronto que nunca. Antes de que amaneciera, Joe, la llamó para que se levantara y se dispusiera a emprender el largo camino de Cedar Ridge para ir a recibir a Clara. Lucy se vistió a la luz de la lámpara y se desayunó cuando empezaba a amanecer. La señora Denmeade y Edd eran los únicos de la casa que estaban levantados ya. Incluso los perros y las gallinas dormían todavía. Lucy llegó a los corrales en donde los muchachos tenían ensillados los caballos.
—Mientras tengamos que ir a caballo me gustaría montar a Balde —dijo Lucy al llegar allí.
—¡Seguro! —repuso Edd—. Y creo que haría mejor montándolo también a la vuelta porque a usted ya la conoce. En cambio, su hermana quizá no le guste. Los caballos tienen también sus simpatías y sus antipatías, lo mismo que las personas.
—Oh, pero yo quiero que Clara tenga el placer de montarlos!
—Seguramente ella se encaprichará de él y entonces... va a perder usted.
—¡Oh, yo espero que se encaprichará de Baldy, y de todo lo de aquí! —contestó Lucy seriamente.
—¿De mí y de Joe también? —murmuró el muchacho sonriendo.
—Sí, de los dos.
—Será de Joe... ¡Bueno, adiós! Las esperamos allá a la caída del sol.
Y Joe echó a andar por el sendero conduciendo el otro caballo que se necesitaría al regreso, emprendiendo en seguida una marcha calculada para llegar a tiempo. Lucy le siguió sin olvidarse de saludar a Edd con la enguantada mano.
Esparcidas por el firmamento veíanse grandes nubes de un gris pálido; de un blanco perla en los bordes que miraban hacia la luz de la aurora, y rosadas en el lado cercano al brillante resplandor rojizo que apuntaba sobre la Rim. El bosque parecía dormido todavía, mientras el fantástico muro perdíase a lo lejos en la neblina del alba.
Joe no tomó el sendero de la escuela, sino otro mas agreste y menos frecuentado que conducía directamente a Cedar Ridge. Las selvas estaban sombrías y heladas; pero de pronto empezaron a despertarse los pájaros y las ardillas con ruidosa algarabía. Los venados y pavos silvestres cruzaban a cada momento por el sendero a poca distancia, ante los caballos. La fresca fragancia del bosque impresionaba a Lucy como algo nuevo y agradable, y, sin embargo, aquella selvatiquez parecíale una delicia ya familiar. Todo a su alrededor era gris, castaño o verde. En algunos trechos del camino tenía que atender. a su cabalgadura, puesto que Joe aceleraba la marcha; en otros podía contemplar a sus anchas el siempre magnífico espectáculo que la rodeaba, respirar libremente y advertir cómo había llegado a amar aquellas inmensas soledades. Su abuelo fue un pionero y su madre le había dicho muchas veces que prefería la vida en el campo a la de la ciudad. Lucy creía haber heredado de ellos la instintiva atracción que empezaba a despertarse en ella por la Naturaleza.
¿Cómo reaccionaría su hermana ante aquella solitaria región de bosques y peñascales?
Lucy confiaba en el extraordinario poder curativo de aquel selvático territorio. ¡Ah, si el cerebro y el alma de Clara fueran capaces de comprenderlo!
La muchacha recordó la sombría hondonada por donde pasaban ahora, los gigantescos abetos plateados que la bordeaban, los musgosos peñascos dos veces más altos que su cima, con las retorcidas raíces de los pinos asomando por las resquebrajaduras; los infinitos charcos de agua ambarina...
Cuando terminaron de escalar aquel profundo cañón, sesgado e interminable, la dorada luz que bañaba la roca Rim anunciaba la salida del sol. Entonces emprendieron un trote ligero por un claro y seco bosque que terminaba en el llano de los Johnson.
A pesar de lo temprano que era, los Johnson estaban ya levantados, según indicaba la espiral de azulado humo que se descubría y el rítmico golpetea del hacha. El señor Jencks se hallaba también en pie, y al descubrir a Lucy apresuróse a ir a su encuentro.
—¡Buenos días! —les gritó el maestro—. Le aseguro, señorita Lucy, que ya había olvidado que hoy es su gran día. Por cierto que no estoy de suerte: no estaré aquí cuando ustedes pasen de vuelta. Voy a visitar a los Sprall para averiguar por que no vienen sus niños a la escuela desde hace algún tiempo.
—Señor Jencks, ¿querrá tener la bondad de averiguar todo cuanto pueda sobre esa gente a fin de que usted me informe acerca de ella? —le pidió Lucy muy seriamente—. Porque siento que tendré que ir allí, a despecho de todo lo que la gente dice...
—Con sumo gusto le traeré a usted noticias frescas —le contestó el maestro—. Y si no le bastan para convencerla, procuraré encontrar otros medios.
—¡Oh, usted conspira contra mí! —exclamó Lucy en son de amable reproche.
—¡Claro que sí! Pero oiga: tengo nuevas para usted —continuó mientras Joe conducía los caballos desensillados—. La venida de su hermana me ha sugerido una idea magnífica. Cuando se reponga, que, naturalmente, aquí será pronto, podría dejarle yo mi escuela, ¿no le parece?
Asuntos de familia me obligan a ausentarme, por lo menos durante algún tiempo, y su hermana sería para mí una oportunidad, providencial.
—No sé...—replicó Lucy dudando—. Clara tiene una buena educación, pero no puedo decir si querrá o no emprender ese trabajo. De todos modos no es una mala idea. Ya lo pensaré y usted espere a que haya hablado de eso con ella.
El señor Jencks trató de desvanecer las dudas de Lucy y arguyó tan insistentemente en favor de su proyecto que ésta empezó a preguntarse si no tendría otros motivos para querer tomarse unas vacaciones, presintiendo que el buen señor debía de desear abandonar la enseñanza, o por lo menos, dejar de practicarla en aquella comarca.
Conversaron unos momentos más hasta que Joe llegó conduciendo el carruaje; Jencks la ayudó a subir al elevado asiento al lado del muchacho, dedicándoles a los dos una cariñosa despedida.:
La senda que emprendieron era para Lucy completamente desconocida y pronto comprendió el valor de la advertencia de Joe al decirle que se afirmara bien contra el respaldo. El magnífico tiro de caballos corría como el viento arrastrando el carricoche, que iba dando tumbos sobre las rocas, los surcos y las desnudas raíces. La joven a duras penas conseguía permanecer en su sitio.
—¡Por favor, Joe! —gritó Lucy después de un pronunciado viraje que inclinó el coche hacia un lado de un modo alarmante obligándola a cogerse al muchacho—. ¿Sabe usted...
conducir... bien...?
—¿Que si sé conducir? Sepa usted, señorita, que yo figuro como el, mejor conductor de por aquí —declaró el mozo orgullosamente.
—Entonces¡que el cielo me guarde del peor! —murmuró Lucy.
—Usted me eligió a mí, señorita Lucy, y yo le aseguro que hundiré a toda esa pandilla de muchachos en Cedar Ridge —añadió Joe—. Esa condenada caterva estará allí; Gerd y Hall han dormido aquí toda la noche con Sam y ya se han largado... ¡Suponga usted que la diligencia con su hermana llega antes que nosotros a Cedar Ridge... Sam es capaz de todo...
—Entonces corra usted tanto como quiera con tal de que no me derribe o no nos ocurra algo espantoso —replicó!Lucy, desesperada.
En la larga pendiente de la loma de cedros, Toe puso al trote el magnífico tiro de caballos. Lucy recobró el aliento y la compostura, y cuando, saliendo de la maleza, entraron al fin en la carretera del pueblecito, la muchacha se sintió aliviada y emocionada a un tiempo.
—¡Bueeeno! —murmuró Joe—. Ya estamos aquí. Nos hemos adelantado a la diligencia.
—Efectivamente debe usted ser un conductor de primera, Joe, puesto que hemos llegado sin novedad —le dijo Lucy—. Pero a la vuelta no habrá necesidad de correr de esta manera, ¿verdad?
—Creo recordar que deseamos que Clara sepa que deberá dar un paseo, ¿verdad?— preguntó fríamente el muchacho.
—¡Joe!
—¿Por qué me eligió usted a mí?¡Eso me obligaba a ser diferente...!¡Mire usted lo bien preparados que están los caballos!
—¿Pero supone usted que los chicos querrán tendernos alguna celada? —preguntó Lucy con ansiedad.—¡Probablemente! Del mismo modo que podrían romperme el coche si lo dejaba solo aquí mucho tiempo... Verá usted: ellos quieren conocer a Clara y tener ocasión de hacerse ver; pero los engañaremos. Cuando llegue la diligencia, usted coge a su hermana,— entra con ella en casa de la señora Lynn y compra algo de comida para el camino. No hay que comer allí; Sam debe confiar en eso. Salen ustedes en seguida y nos marchamos antes de que ellos se den cuenta.
—¡Pero, Joe...! ¿A qué viene todo ese miedo a los muchachos y esa rápida huida?— preguntó nuevamente Lucy.
—Creo que usted conoce a los muchachos. Estarán dispuestos a hacer de las suyas; y yo, por mi parte, puesto que usted me eligió a mí, quiero ser el primero en tener a Clara.
—¡Oh, claro! —exclamó Lucy—. Está bien; loe. Confío en usted y haré lo que me diga, Llegaron a la tienda que hacía las veces de posada, de oficina de correos, etc... Joe condujo los caballos de la brida. Lucy vió el porche atestado de muchachos de largas piernas, cubiertos con enormes sombreros, cuyas caras, recién afeitadas, relucían al sol.
—Señorita Lucy, voy a dar de comer y de beber a los caballos —dijo Joe—. Me figuro que necesita usted estirar un poco las piernas después de este hermoso y tranquilo paseíllo...
—¡Ya lo creo! —declaró Lucy apeándose—. Usted vigile la llegada de la diligencia mientras corro a ver a la señora Lynn.
Al dirigirse hacia la posada, Lucy evitó a los muchachos, que, al verla, hiceron acción de acercarse disimuladamente. La señora Lynn la saludó cordialísimamente y se mostró tan curiosa y tan informativa como siempre. Mientras la posadera charlaba, Lucy aprovechó la ocasión para mirar, por la ventana. Los «caballeros» de Cedar Ridge vagaban por el porche yendo de aquí para allá. Uno de los grupos llamó particularmente la atención de la joven: en él estaba Sam Johnson conspirando muy seriamente con sus compinches; dos de los cuales eran Hall Miller y Gerd Claypool. No estaban de humor, a juzgar por la expresión de sus rostros. Un gesto de Sam atrajo la mirada de Lucy hacia dos particulares jinetes, muy limpios, y atildados. La joven reconoció en uno de ellos: a Bud Sprall. El otro era un individuo más alto, de aspecto crapuloso, roja cara y hermoso cabello dorado. Pese a su aspecto atrevido, disipado y siniestro, su virilidad y su belleza física encantaron a Lucy.
—¿Quién es ese hombre que está con Bud Sprall? —preguntó ella procurando dar un aire de indiferencia a su pregunta.
La señora Lynn miró afuera.
—Eso mismo le preguntaba yo a mi marido. No sabe cómo se llama. «De la partida de Bud», me dijo:¡dos de la misma calaña! Unos mozos le dijeron que Bud se había unido con cowboys del equipo de la Rim. Ése es nuevo en Cedar Ridge:
En aquel momento apareció Joe conduciendo el carruaje bajo la sombra de un álamo y al verle, algunos jinetes fueron a su encuentro. Por la abierta ventana Lucy oyó algunas de sus graciosas ocurrencias.
—¡Buenos días, muchachos! —dijo Joe correspondiendo a los saludas.
—¿Qué haces aquí con el traje de trabajo? —preguntóle uno.
—Joe, eres demasiado joven para que te encargues de esa nueva adquisición de ciudad...
¡Bueno! —exclamó un tercero—. Supongo, Joe, que tú no puedes conducir ese magnífico tiro con la mano izquierda.
—¡Eh, Joe! —añadió otro siguiendo la broma—. Ya veo que eres un Denmeade de pies a cabeza. Pero tienes que hacerte idea de las frías jugadas de Edd...
Aquellas observaciones y muchas otras por el estilo atestiguaban la idea dominante en el pensamiento de aquellos hombres: una nueva muchacha aparecería pronto en escena y sólo había una actitud posible: verla y lucirse ante ella de todas las maneras posibles para conquistarla. Esto divertía mucho a Lucy y, sin embargo, la hacía meditar. Salió de la posada y fue a sentarse al lado de Joe, procurando aparecer amable y vivaz. Con objeto de acallar las burlas de los muchachos, aparentó no darse cuenta de que llamaba la atención y desconcertó completamente a Joe con su charla tan fuera de propósito. Poco después uno de los jóvenes anunció que estaba llegando la diligencia. Aquella noticia interrumpió las ganas de guasear de Lucy. Su corazón dio un salto y empezó a golpear su pecho. Ya entreveía la polvorienta diligencia bien grabada en su memoria, mientras mil pensamientos cruzaban por su cerebro. ¿Vendría Clara por fin?
¿Habría cambiado mucho? ¿Estaría tan cariñosa y arrepentida como demostraban sus cartas?
¿Qué situación se crearía si no le gustaba aquella selvática región? Luego sintió una conmovedora alegría al pensar que, al fin, Clara necesitaba su cariño.
La diligencia dio la vuelta a la esquina de los álamos y el viejo conductor, con un ampuloso gesto y percatado de su importancia, detuvo los caballos ante la oficina de correos, mientras Lucy bajaba de su carruaje y corría hacia allá. Había cuatro o cinco pasajeros y un gran montón de maletas, cajas y paquetes, todo lo cual apareció confusamente a la mirada de Lucy. Aclaróse los ojos llenos de lágrimas y miró con cierto entorpecimiento que no podía dominar. ¿Es que Clara no llegaba?
Hubo un murmullo de voces, puesto que los otros pasajeros tenían sin duda parientes o amigos èsperándoles allí.
—¡Lucy! —gritó de pronto una entrecortada voz juvenil.
Lucy contestó casi con un chillido. Detrás de una mujer vieja y corpulenta que bajaba trabajosamente los estribos de la diligencia, Lucy descubrió a una alta y esbelta joven vestida con un traje y un sombrero de última moda, nunca vistos en Cedar Ridge. Sabía que aquélla era su hermana, pero no la habría reconocido. Al saltar a tierra la joven echó atrás el velo de su sombrero dejando al descubierto un rostro pálido con unos enormes ojos azules que devoraban a Lucy con tristeza y ansiedad. Ciertamente era ella, pero... ¡qué cambiada estaba!
—¡Hermanita! —gritó Lucy en un repentino arranque de ternura mientras la recién llegada se echaba en sus brazos muda y conmovida.
¡Qué extraño y embarazoso resultaba aquel momento!
Lucy fue la primera en pensar en los curiosos y, desprendiéndose de los brazos de su hermana, exclamó —¡Oh, si no te conocía...!¡Tenía un miedo de que no hubieras llegado en esta diligencia...!¡Tengo tanta alegría, que estoy atontadísima! Ven, entraremos un momento en la posada; no te preocupes de toda esa gente.
Y sin la menor idea de lo que estaba diciendo, Lucy condujo a Clara fuera de allí. La sentía fuertemente cogida a su brazo y, aun sin mirarla, se daba perfecta cuenta de la palidez de sus mejillas.
El salón de la posada estaba vacío y Clara no sabía hacer otra cosa que pegarse a Lucy en silencio.—¡Pobrecita mía! ¿Estás contenta de verme? —murmuraba la hermana mayor estrechándola fuertemente.
—¡Contenta..., Dios mío! —contestaba Clara con voz velada por la emoción—. Nunca podrás imaginar... mi alegría, porque tu... nunca... has estado sin amigos..., sin casa..., sin cariño...
—¡Oh, Clara, no hables..., no hables de ese modo! —exclamó Lucy, apurada—. Domina tu pena aquí... Afuera hay muchos jóvenes backwoods que están curiosos por verte... y no podemos evadirlos. Son unos honrados mozos, simpáticos..., ¡pero locos por las chicas! ...
Anda, no llores; estoy tan contenta de verte que casi lloraría yo también. Anda, anímate; vamos a marcharnos en seguida. Hay que recorrer un largo trayecto en carruaje, y otro, un poco más corto, a caballo... ¡Te va a gustar mucho el caballo que montaras! Se llama Baldy. ¡Oh, y los bosques también te gustarán mucho...! Yo vivo en una tienda, bajo los pinos...
Aquel encuentro había sido profunda e inesperadamente conmovedor. Lucy contaba ya con emocionarse, pero no tanto. Clara parecía completamente cambiada. Era una joven frágil, hermosa, con unos enormes ojos; pero Lucy sentíase profundamente afectada por el estrago producido en su rostro por el sufrimiento. Aquello explicaba su historia. Sin embargo, por extraña que pareciera, veíase en ella algo nuevo: el cariño a su hermana. Aquello subyugó completamente el corazón de Lucy. Había llegado tarde, aunque no demasiado tarde.
.—Espero que te sentirás bastante fuerte para continuar hoy mismo hasta casa —le dijo Lucy cariñosamente.
—¡Oh, no estoy tan débil como supones! —replicó Clara levantando su convulso rostro anegado en lágrimas—. Pero yo estaba vencida..., yo..., yo nunca estuve segura hasta... que te he visto...
—¿Segura de qué? —preguntó Lucy.—De que me quisieras otra vez.
—¡Oh, puedes estar segura de mí para siempre...! No puedo explicarte lo feliz que soy al saber que tú quieres venir a... Sentémonos aquí un momento; tan pronto hayas descansado un poco y te repongas, nos iremos. He mandado preparar un pequeño almuerzo para el camino.
—¿No debo hablarte... de mi desgracia... antes? —preguntó Clara con apagada voz.
—¿Por qué?
—Es que... podría variar... la situación...
—¡Oh no, pobrecita! ¿Crees tú que hay nada que pueda hacerme cambiar...?¡Anda, olvida las penas! —replicó Lucy con ternura.
Yo quería... a lo menos, al encontrarte después de tan larga separación... Pero esos hombres de ahí fuera... ¡Cómo me miraban...! ¿Es que saben algo de mí?
—Sólo saben que eres mi hermana y que vienes a vivir conmigo —la tranquilizó Lucy apresuradamente—. Han venido a caballo hasta aquí sólo por conocerte. Pero no te preocupes; no te hablarán. Les he dicho que estabas enferma.
Clara poco tenía que decir, pero la escuchaba con gran atención. Un poco más tarde, cuando dejaron la posada, Clara dejó caer el velo sobre su rostro y se cogió del brazo de Lucy. Entre tanto Joe había llevado el carruaje hasta el alta porche desde donde Lucy ayudó a subir a su hermana.
—Clara, te presento a Joe Denmeade —le dijo mientras subía y sentábase a su lado.
Joe se quitó cortésmente el sombrero y murmuró unas palabras avergonzado. A Lucy le complacía ver sonreír el sol en aquella cara franca, bellamente coloreada.
—¡Bueeeno! —exclamó luego el muchacho—. Creo que ya estamos todos aquí. El cochero me ha dado cinco maletas; cuatro grandes y una pequeña. Todas llevan el nombre de Clara Watson, y si eso es todo el equipaje ya podemos emprender la marcha.
—Eso es todo, gracias —contestó la forastera.
—¿Tiene usted el almuerzo, señorita Lucy? —preguntó Joe sin apartar la vista de los muchachos que con aparente indolencia habíanse acercado al carricoche.
—Ya lo tengo, Joe... Arranque antes...
En aquel momento Sam Johnson se destacó del grupo y fue a poner un pie en la rueda del vehículo. Sus maneras eran despreocupadas y ningún actor lo habría hecho mejor.
—¡Hola, Joe! Buenas tardes, señorita Lucy...—le dijo con blanda y aduladora voz.
Lucy contestó atenta y le presentó a Clara. Luego, después de haber mediado los saludos, le dijo:
—Lo siento mucho, pero no tenemos tiempo para charlar. Debemos ir corriendo, a casa.
Sam hizo esfuerzos casi indiscretos para ver, a través del velo que lo cubría, el rostro de Clara; y después, dirigiéndose a Joe, dijo:
—Mi caballo va cojo y creo que tendré que ir contigo....
—Lo siento, Sam —le replicó Joe—, pero llevo mucha carga. Aquí van cinco maletas de la señorita Clara y un paquete para madre.
—¡Oh, ya no quiero decir ir detrás con las jóvenes! —añadió Sam en tono amable.
—Ya me figuro que no quieres —repuso secamente Joe—. Pero este coche es de Jencks! y me encargó que no lo cargara demasiado—. ¡Hasta otra, Sam!
Y diciendo esto fustigó vivamente a los caballos y el tiro arrancó tan repentinamente que Sam, que estaba apoyado con un pie en la rueda, fue lanzado de la manera mas ridícula, mientras todos los muchachos que estaban en el porche se reían a su costa.
—Lo tiene bien merecido —exclamó Joe—. ¡Se le espera una buena, con Sadie!
—¿La ha visto usted? —preguntó Lucy vivamente.—¡Claro que sí! Estaba mirándonos desde la puerta de Bell cuando se dio el batacazo.
Lucy, divertida y aliviada con la rápida marcha, volvió —se y vio que Clara se levantaba el velo. Su rostro estaba iluminado por una ligera sonrisa que la emocionó.
—Son graciosos esos jóvenes —dijo con un dejo de amargura.
—Sí que lo son —asintió Lucy francamente—. ¡Bien!
Ya estamos libres de esa pandilla, Joe. ¿Cree usted que nos seguirán?
—Puede que sí, puede que no —contestó el chico—. Pero el camino es estrecho y no podrán pasar delante de nosotros. A todo tirar, lo que van a conseguir es tragar nuestro polvo.
—¿Qué le parece si comiéramos antes de que tengamos que cogernos para no caer?— sugirió Lucy—. El camino será malo dentro de poco.
—Déjale que corra tanto como quiera —replicó Clara—. ¡Oh, qué bien huele la brisa! Este aire parece distinto...
Clara, todo lo encontrarás diferente aquí arriba, pero no voy a decirte ni una palabra hasta que tú me preguntes. Ahora comamos, va que no vamos a cenar hasta el atardecer o quizás más tarde... Bocadillos de jamón, pollo... y empanadas. Joe, he oído hablar a esos muchachos de su facultad de conducir y comer.
—¡Naturalmente! —exclamó Joe—. Pero... mire usted, señorita Lucy; Gerd Claypool dijo eso..., pero él no quería decir que fuera yo a emplear mi mano libre para comer precisamente...
—¡Oh, Joe! ¿Me cree usted tan obtusa? Sé muy bien que esos muchachos nunca piensan de una manera sensata sobre las jóvenes.
—¡Ya me lo figuro! Edd mismo solía ser peor que ninguno de ellos. ¡Pero se le ha pasado desde que usted vino aquí!
La rápida mirada de Clara advirtió al punto el ligero sonrojo que vano a teñir las mejillas de Lucy, aunque ella riera alegre mientras le amonestaba afectuosamente:
—¡Joe Denmeade! Ése es un cumplido dudoso... ¡Vamos! Será mejor que empiece usted a comer. Tome. Esto, esto y esto... Aquí arriba, Clara, me he vuelto muy comilona; será por culpa de este aire tan maravilloso. Espero que a ti te haga el mismo efecto.
Y los tres empezaron a comer el! abundante almuerzo que Lucy amenizó con su alegría, aprovechando la ocasión para observar discretamente a su hermana en los momentos oportunos. Allí, a la brillante y clara luz del sol, Clara parecía realmente una frágil y pálida flor. Siempre había sido bonita, pero ahora hubiera sido trivial calificarla así. Su cara había cambiado extrañamente, y lo único que quedaba para recordarla eran sus ojos violeta y su dorado cabello. Eran los mismos en color, pero aquellos ojos que un día fueron audaces, alegres, casi atrevidos en su radiante hermosura, ahora parecían profundamente ensombrecidos por las penas. Clara había sido una terrible coqueta, pero hoy no se advertía en ella la menor traza de aquella joven provocativa.
En realidad, cualquiera que hubiese sido la calamidad por ella pasada, el sufrimiento, el choque, habían borrado la desnuda tosquedad de la adolescencia irreflexiva para dejar en ella un trágico encanto. A Lucy aquella transformación le parecía tan increíble, que buscaba en sus facciones aquella alma cuyo nacimiento se adivinaba en las cartas de Clara. Lucy comprendió la verdad y, no obstante, su corazón henchíase de admiración y de dolor por aquella hermanita que la había dejado cuando todavía era una aturdida niña y ahora volvía a ella convertida en mujer.
Mientras duró el almuerzo, Joe guió el carricoche por el estrecho sendero que subía serpenteando hasta la cumbre de la colina de cedros; y allí dejó ya de mirar hacia atrás, como si no temiera verse seguido por los mozos. ¡Había justificado su fama de gran conductor!
—Creo que los habrá dejado usted... ¡clavados! —le dijo Lucy al fin—. Pero Sam no se recobrará nunca de haberse visto derribado por el suelo.
Hablando al azar, Lucy advirtió que Clara se interesaba profundamente por su benéfico trabajo entre la comunidad de los backwoods; y alentada, empezó a explicarle su vida allí desde el principio, contándole sus progresos con todos. los detalles posibles, sin olvidar que Joe estaba allí y escuchaba todo cuanto ella decía. Hablando transcurrieron las horas y la joven quedó sorprendida cuando advirtió que habían llegado ya al llano de los Johnson.
—¡Qué lugar más espantoso! —murmuró Clara paseando su mirada en derredor—. Tú no vives aquí, ¿verdad!?
—¡No, por cierto! —tranquilizóle Lucy—. Aquí vive Sam Johnson. Todavía nos quedan unas cuantas millas a caballo. ¿Traes acaso algún traje de montar?
—Sí, tengo uno viejo que, por cierto, detesto —contestó ella.
—¡Oh, eso no importa! —contestó riendo Lucy—. ¿En dónde lo traes? Podemos entrar en la tienda del señor Jencks mientras Joe prepara los caballos.
Lucy acompañó a Clara a la morada del maestro y después puso un pretexto cualquiera para salir. Necesitaba pensar. No había sido sincera y natural con su hermana. Casi temiendo mirarla a la cara, anhelando compartir sus pesares, ocultando su curiosidad y sus sentimientos con una charla interrumpida, Lucy había procurado despistarla. ¡Qué situación aquélla!¡Clara, la incorregible, la despiadada, la imperativa, arrastrándose de rodillas! Lucy adivinaba que lo que Clara necesitaba era amor; bien castigada habías visto, por haber burlado a su madre, a su hermana, a su hogar. Lucy empezaba a comprender que el hecho maravilloso por el cual había orado tanto, llegaba a su fin. Años atrás trató de influir sobre aquella hermana descarriada, y cuando abandonó la vida ciudadana para irse a aquellas selvas, fue con la firme resolución de hacer por los otros lo que se vio forzada a hacer por sí y de ahí su pasión por la enseñanza. Había rogado, trabajado, confiado, desesperado; y por fin, como por obra de magia, le era devuelta su hermana. Lucy estaba sobrecogida por la emoción; como era humilde, aquel hecho la maravillaba. Ya nunca más vacilaría su fe en sus propios ideales. ¡Qué terrible era recordar ahora sus momentos de debilidad, cuando estuvo a punto de ceder y renunciar a seguir luchando La graciosa voz de su hermana, que salía de la tienda, vino a interrumpir sus pensamientos.
—Lucy, aquí está todo cuanto queda de mi persona... No es posible decir lo que pasó por Lucy. La observación que Clara hiciera de su propio vestido era completamente equivocada.
No era nuevo, pero sí de gran efecto. La esbeltez y fragilidad de Clara no se manifestaban en el vestido que llevaba a su llegada. Y si aquel traje de amazona era de un efecto sorprendente para Lucy, ¡qué sería para aquellos sencillos mozos que estaban locos por las muchachas! Cuando Joe volvió con los caballos y vio a la forastera, Lucy comprendió que su impresión no era exagerada. La mirada de Joe le traicionó, a pesar de que el efecto que le produjo, que fue como si se viera herido por un rayo, duró sólo un instante.
—Creo que puedo llevar una de las maletas sobre la silla y otra en la mano —dijo en tono sencillo el muchacho—. Mañana volveré con un burro para llevar el resto a casa; mientras tanto las dejaré en la tienda del señor Jencks.
—Aquí tienes a Baldy —dijo Lucy a su hermana—. ¡Oh, es un caballo magnífico! Súbete en él, Clara... ¿Hace mucho que no has montado?
—No mucho...—repuso la joven con voz clara y el semblante visiblemente alterado.
Y diciendo esto, montó con una gracia y desenvoltura que recordaron a Lucy que Clara se había fugado de su casa con un cowboy, yéndose a vivir en un rancho, al sur de Mendino.
Por otra parte, Clara siempre había sido una amazona incomparable.
Pronto se hallaron en el camino que descendía, con Joe a la cabeza y las dos hermanas una al lado de la otra. Pero para Lucy había algo de fantástico en aquella situación, algo parecido al! recuerdo de un sueño. No obstante, gradualmente fue introduciéndose en el cerebro de Lucy una feliz seguridad, mezclada quizá con cierta tristeza.
Luego, Clara manifestó que para ella era una cosa nueva el cabalgar en la sombra; empezó a notar interés por los árboles y, cuando dejaron el camino para introducirse en el bosque, no pudo reprimir una exclamación —¡Oh, qué hermoso es esto!
Lucy observó al punto que su hermana manejaba a Baldy perfectamente, pero que no se sostenía muy firme en la silla par su extrema debilidad. Siguieron cabalgando en silencio hasta que por fin descendieron por la espesura de aquel frondoso bosque, grandioso y solemne, arrullado por el murmullo de la corriente.
—Si existiera algo bueno para mí, sería este selvático bosque —contestó Clara.
—No digas «sería», querida; di «serán —repuso Lucy cariñosamente.
—Siento una cosa extraña: como si escapara de la claridad cruel que detesto afrontar, para esconderme en la sombra fresca y dulce, en donde puedo sentir sin ser vista...
Al vadear el impetuoso arroyo, Clara detuvo un momento a su caballo, deseosa de hablar.—Lucy —le dijo—, estar aquí contigo será estar en el cielo.—Y su voz sonaba apagada por la emoción—. ¡Nunca creí que nada en el mundo me devolvería ya el :ansia de vivir! Pero aquí... ¡creo que jamás podré abandonar estos encantadores bosques y que voy a convertirme en un ser salvaje!
—Creo comprenderte, hermanita —repuso Lucy, temblorosa.
Desde que cruzaron por última vez el rocoso arroyo veíase claramente que Clara estaba cansada. Lucy cabalgaba detrás de, ella, y, a mitad de la empinada cuesta, aquella se volvió y con una pálida sonrisa en los labios murmuró —No sé..., pero me siento tan débil...
Lucy pidió que se detuvieran; Joe mostróse silenciosamente solícito; la ayudó a apearse y la llevó fuera del camino, a un claro alfombrado de pinocha. Lucy sentóse en el suelo e hizo apoyar en su regazo la cabeza de su hermana, que yacía tendida con los ojos cerrados. Su tez blanca y su dorado pelo resplandecían a la luz suave del bosque; su frente estaba húmeda y su mano apretaba fuertemente la de Lucy. Ésta no permanecía ajena a la extasiada mirada que Joe fijaba en la esbelta figura que yacía postrada. Varias veces fue a vigilar a los caballos, pero volvía en seguida inquieto. En la última de estas ocasiones, cuando llegaba al lado del grupo que formaban las dos hermanas, Clara abrió los ojos y le miró. Fue un encuentro casual de sus miradas, pero para Lucy, que estaba en tensión, pareció como si se buscaran inconscientemente.
—Usted piensa que soy... una pobre y débil criatura..., ¿verdad,? —preguntó Clara sonriendo.
—¡No...! Siento mucho que esté usted enferma replicó él con sencillez. Y se alejó.
Pasado un buen rato todos volvieron a montar. Acabaron de, subir la cuesta y al llegar allí, Clara tuvo que descansar un rato todavía mas largo.
—¿Qué ese aquella terrible muralla de roca? —preguntó señalando hacia la inmensa Rim.
—La cerca de nuestro patio —repuso, Joe.
—¡No podría yo subirla fácilmente! ¿Verdad? —murmuró Clara.
Mientras tanto el sol! habíase hundido tras aquellas nubes blancas que pronto volviéronse rosadas, y sólo algunos rayos de luz extendíanse a lo largo del maravilloso muro. Lucy se conmovió al ver lo sensible que era Clara a la selvatiquez y belleza de la escena. Y sin embargo, ésta sólo pudo articular unas palabras —¡Oh, dejadme vivir aquí!
—Pronto anochecerá y aún tenemos que ir lejos... —replicó Lucy con inquietud.
—¡Oh, ya puedo seguir! —repuso Clara incorporándose—. Sólo quería decir que me gustaría quedarme aquí... ¡para siempre!
Terminó la jornada; llegó el crepúsculo y la oscuridad de la selva los envolvió. La última etapa fuera del bosque, por la senda que atravesaba el claro de los Denmeade, la hicieron completamente anochecido. Lucy saltó del caballo, cogió a Clara que ya estaba resbalando de su silla y la llevó casi en volandas hasta el interior de su tienda, dejándola sobre la cama. Fuera oíanse los ladridos de los perros, las voces de los chiquillos y las recias pisadas del porche de la cabaña.
Lucy apresurose a encender una lámpara mientras Joe entraba las maletas.
—¿No se encuentra bien? —preguntó en voz queda.
—¡Ya estoy... aquí! —contestó Clara. Y el sentido de aquellas palabras era bastante significativo.
—¡Está exhausta! —añadió Lucy—. Joe, ha sido usted! muy bueno con nosotras y me alegro mucho de haberlo escogido, como usted mismo dijo.
—¿Qué he de decirle a madre? —preguntó el muchacho.
Dígale que Clara no puede ir a cenar y que ya iré yo a buscar algo para ella.
El joven se alejó en la oscuridad acompañado del tintineo de sus espuelas. Lucy cerró la puerta, se quitó los guantes, el sombrero y la chaqueta y dio unas vueltas por la estancia, como si buscara algo que hacer, a fin de que la inevitable confesión de Clara se aplazara. ¡Sí, ella no quería saber nada más —Ven aquí y siéntate a mi lado —le dijo su hermana con voz débil.
Lucy obedeció sumisa, sintiendo como un nudo en la garganta. Clara se cogió a ella. A la luz de la lámpara sus ojos parecían inverosímilmente grandes en contraste con la palidez de su rostro.
—¡Ya estoy. aquí! —murmuró otra vez :la muchacha.—Sí, gracias a Dios, ya estás aquí— asintió cariñosamente Lucy.
—Tengo que contarte...
—Clara, no necesitas decirme nada más; pero si te empeñas en hacerlo, sé breve.
—¡Gracias...! Lucy, tú sólo viste una vez a Jim Middleton. No le conocías; pero lo que sabías de él era cierto. No es un hombre bueno; es sólo un cowboy..., ¡un hermoso diablo...!
Yo corrí tras él creyéndole..., pensando que le amaba. ¡Estaba loca! Habría podido amarle seguramente si él hubiese sido lo que yo creía... Fuimos a un rancho..., ¡un agujero espantoso...!, en el desierto cercano a Mendino. La gente de allí era de lo más bajo que existe.
Les dijo que estábamos casados y me juró que nos casaríamos al día siguiente. Me negué a quedarme y partí, pero él me apresó y me amenazó hasta asustarme... ¡Yo no era más que una muñeca, a su lado! Al día siguiente fuimos a Mendino; no había más sacerdote cerca que en Sánchez. Fuimos allí y nos enteramos de que estaba fuera de la población; entonces Jim me arrastró otra vez hasta el rancho. Allí supe que un sheriff andaba buscándole y tuvimos una pelea terrible... ¡Era un bruto...! Bebía, jugaba... Claro que tenía intención de casarse conmigo; quería hacerlo en Félix; pero yo estaba horrorizada. Huímos de allí, mas después... él ya no se preocupó de legalizar nuestra situación y yo me di cuenta de . que no le quería. Para abreviar: huí de él. No podía volver a casa y, por lo tanto, fui a Kingston a buscar trabajo. Probé varios empleos... ¡Todos eran tan duros...
El último fue ya demasiado para mí. Entonces... fui... descendiendo...
—¡Clara! —la interrumpió Lucy, impresionadísima por la tortura que expresaba aquel semblante—. No importa lo que sigue..., ¡ya es bastante, pobrecita mía... ¡Cierto que estabas loca! Pero... querida, no veo otra culpa que la de haber cometido una equivocación terrible.
Tú creías amar a ese Jim Middleton, y si él hubiese sido un hombre, todo habría terminado bien. ¡Dios sabe que nadie puede juzgarte duramente por tu error! Para mí todo eso no influye en nada, como no sea para quererte más aún.
—Pero..., hermana, debo contarte...—murmuró todavía Clara.
—Ya me has contado bastante. Olvida esa historia. Tú estás aquí conmigo; vas a quedarte aquí, te pondrás bien y, con el tiempo, esa pena desaparecerá.
—¡Pero Lucy..., mi corazón esta destrozado..., mi vida arruinada! —insistió Clara—. Yo te rogué que me dejaras venir a tu lado por miedo a cosas peores...
Ya sé que todo eso es grave; ya lo sé —replicó obstinada Lucy—, pero no es tan desesperado como a ti te parece. Yo he aprendido todo eso en la vida. Puedo cuidar de ti, devolverte la salud del cuerpo y la del espíritu,.. ¡Ya verás, deja que yo me las componga! Ya no hay nada peor, sea lo que fuere lo. ,que quieras decirme. Yo te aseguro que estas selvas, estas gente backwood cambiarán por completa la perspectiva de tu vida... Estoy convencida de ello, Clara... ¡Si me han cambiado a mí...!
Muda, con los labios temblorosos y los ojos anegados en llanto, Clara atrajo hacia sí a su hermanita Lucy hasta fundirse las dos en un estrechísimo abrazo.


IX
—¡Bueno! ¿Pero es que se han invitado todos ustedes a recoger judías? —preguntó Edd, que iba a la cabeza de una procesión compuesta de grandes y pequeños Denmeade y, entre ellos, Lucy.
—¡Bueno! —contestó Lucy imitando su manera de hablar—. ¡Creo que nosotros lo hicimos!
¿No me ve usted dispuesta a recoger judías y a cazar osos, abejas o la que se nos presente?
—Eso me hace recordar que usted no ha venido todavía a cazar abejas —añadió él reflexivamente.
—¡Hum! Pues también tendré que invitarme yo misma a eso —declaró ella.
—Palabra, que tan pronto como estén recogidas las judías voy a llevarla a usted... He alineado un nuevo árbol y tendremos muchísima miel.
—¡Cójale la palabra, señorita Lucy! —gritó la señora Denmeade—. Usted no sabe lo reacio que se muestra siempre a que le acompañen en sus cacerías.
—¿Vamos, Clara? —gritó Lucy mirando al interior de su tienda—. Hoy somos colonos.
Tráeme los guantes. Cuando Clara apareció, las pequeñas Liz y Lize corrieron a ella, y, con una a cada lado, bajaron las tres por el sendero encabezando la procesión. Lucy iba junto a Edd y mientras observaba tamo Clara adaptaba su pasa al de las pequeñuelas, pensaba que la mejoría que en ella se apreciaba parecía demasiado rápida para ser verdadera.
—¡Bueno, maestra! El verano está terminando —decía Edd —y pronto empezarán los bailes de otoño...
—¡De veras! ¡Qué lástima que no pueda usted ir! —comentó Lucy con picardía.
—¿Y por qué no puedo ir?
—Pues porque usted prometió que no volvería después de haberme llevado aquella vez...
—Creo que lo prometí; pero... seguro que puedo cambiar de manera de pensar... lo mismo que usted...
—¡Ah! ¿Pero soy yo variable...? Edd, lo decía sólo por hacerle enfadar... Pero presumo que va usted a pedírmelo alguna otra vez...
—Bueno, es usted muy perspicaz... ¿Qué le parece, pues?
—Pues que me negaré, para que pueda usted entregarse a su... vocación de cazador de abejas salvajes y me cargue sobre su caballo; ¿le parece?
—Señorita Lucy, algunas veces no la entiendo... —contestó Edd dudando de las palabras de Lucy—. Me figuro... que todas las chicas del mundo tienen algo... de Sadie Purdue.
—¡Es cierto, Edd, y estoy avergonzada de tener que confesarlo! —repuso ella con franqueza—. Me gustaría ir al baile con usted, pero... ¡claro!, eso depende de Clara. Ella mejora de una manera prodigiosa y ya puede usted imaginarse lo contenta que estoy por ello, pero dista mucho de estar lo suficientemente fuerte para poder ir a uno de esos bailes.
—Joe la invitó y ella le contestó que iría si usted iba. Creo... que quería decir si usted iba... conmigo.
—¡Ah! ¿Conque Joe la ha invitado...? ¡Bien! —murmuró Lucy, pensativa.
—Me parece que a ella le gusta Joe, señorita Lucy....
—¡Oh, ya sé yo que le gusta! Pero Edd...
—¡Bueno! Yo entiendo su pensamiento —la interrumpió él—. Usted piensa que quizás es mejor que ella no vaya con Joe, porque eso... sería peor para él...
—¿Peor...? —preguntó Lucy mirándole extrañada.
—¡Sí, peor...! ¿No sube usted que Joe piensa en Clara de día y sueña con ella por la noche... desde el día que llegó aquí?
—Edd, es usted muy agudo. Me imaginaba que nadie había advertido eso más que yo.
Estoy segura de que: ella no se ha dado cuenta de nada... ¡Es un problema„ Edd! Pero eso ya sabía yo que iba a suceder.
—¡Bueno! Pero usted sabe resolver todos los problemas... ¿Qué va a hacer con ése?
—A ver. ¿Qué haría usted en mi lugar? —le preguntó Lucy.
—Yo dejaría que Joe la llevara al baile. Usted puede manejarla a su gusto... ¡Y tanto! ¡Si el menor deseo suyo es una orden para Clara! Ella podría bailar alguna pieza y descansar durante las otras... Además podríamos volver pronto a casa...
—¿Me promete usted esto último?
—¡Claro que sí!
—Bueno, Edd, ya lo pensaré. Usted sabe que si vamos a ese baile sentiremos deseo de ir otras veces... y quizás ha mentido...
—Pero no con Joe ni conmigo. Creo que ahora nos bastaría por algún tiempo.
—¡Ah, eso es diferente! ¿Y por qué, si se puede saber? Usted se olvida del revuelo que levantó entre los muchachos... Esta vez, con Clara, ¡van a deshacer el baile! Yo creo que con una vez habrá bastante por algún tiempo. Pero a mí me gustó, y lo mismo le ocurrirá a Joe.
—Edd..., esta hermanita mía ha desbaratado ya más de un baile... ¡y un baile de cowboys...! Pero ¿por qué no podríamos ir, divertirnos un rato, bailar un poco y volver a casa pronto, sin que haya lugar a lo que usted insinúa...? ¡Las peleas!
—¡Oh, eso sería fácil si usted y Clara supieran comportarse! —aseguro Edd.
—¡Pero cómo!
—¡Bueno! Usted ya sabe que... coqueteó con los muchachos... ¿Por qué no podía portarse mejor? ¡Seguro, Lucy, que yo no quisiera ir si usted había de volver a hacer lo mismo!
—Está bien: prometo portarme bien si voy. Ya hablaré de eso a Clara.
—Haga usted lo que le convenga, pero ya sabe que yo no iré más al baile si no es con usted.
—¿Nunca?
—¡Nunca! —afirmó el muchacho.
—Pero, ¿por qué, Edd? Mire usted que eso es una afirmación demasiado rotunda...
—Es que en todos los bailes a que había ido antes de aquél, todos se divertían conmigo, sobre todo cuando llevaba alguna chica, pero cuando fui con usted, ya vio que no se atrevieron... ¡Y eso fue tan agradable para mí...!
—Gracias, Edd. Algunas veces dice usted unas cosas muy bonitas.
Iban hablando así mientras andaban por el arenoso y fresco sendero bordeado por la peculiar alfombra que se extendía bajo los pinos. Desde la cabaña de los Denmeade hasta lo que ellos llamaban el Alto Campo había un buen, paseo. Era aquél un pedazo de terreno llano, de unas veinte hectáreas, de forma irregular, rodeado por un verde bosque de cedros y pinos. A Lucy le parecía aquélla la más espantosa de todas las, brechas abiertas en la fronda.
No podía decirse que fuera un terreno bien cultivado, porque aquellos Denmeade eran demasiado cazadores, .leñadores,.., todo menos buenos labradores: Sin embargo, veíanse obligados a labrar para cultivar: y cosechar alimento para ellos, grano para los caballos y comida para los puercos, aunque estos últimos andaban casi siempre sueltos y se alimentaban sobré todo de las raíces, nueces y bellotas que encontraban por el bosque. Esparcidos por aquel claro había un centenar o más de árboles muertos: cedros, pinos y robles, todos despojados de hojas,. amarillentos, pudriéndose sobre sus tocones, porque no les habían hecho más que un profundo corte alrededor del tronco a fin de que no pudiera correr la savia y murieran. Esto lo hacían para que el follaje de los árboles no perjudicara el crecimiento de las verduras que necesitan naturalmente sol.
Era aquél un sistema de labranza de los más primitivos. En realidad no hacía muchos años que el viejo Denmeade dejara de emplear un arado que se había hecho con la horquilla de un roble.
El Campo Alto estaba vallado con estacas y maleza, cerca que no era muy segura para evitar la entrada de los cerdos que merodeaban por los alrededores. Precisamente en aquel momento Danny y Dick los estaban persiguiendo, pues se habían encontrado a algunos dentro. La cizaña, las amarillas margaritas y otras malas hierbas crecían altas como girasoles, floreciendo con lo sembrado y quizá todavía con alguna ventaja. Los perros ladraban a algún animal que habían olfateado; los halcones y los cuervos se posaban sobre las más altas ramas de los árboles muertos; los picamaderos golpeaban los blancos y lisos troncos, y los omnipresentes grajos y las ardillas rivalizaban entre sí en una disputa que parecía calculada para turbar la paz de aquella mañana.
Al otro lado de aquel trono dé tierra sembrada de patatas había una hectárea de judías, tupidas y ya bastante doradas por el sol; eran el principal alimento de aquellas gentes. La carne, las patatas, la harina y la miel, casi siempre empleada en lugar del azúcar, eran alimentos esenciales y apreciados; de todos modos era lo que Denmeade había dicho:
«Nosotros seguro que vivimos de judías.»
Aquel triángulo de una hectárea de terreno representaba, pues, algo muy importante en la vida sencilla de aquella familia y por eso, de la recolección de aquella cosecha hacían un día de fiesta, un día extraordinario. Cada uno de los Denmeade tomaba su harte en el trabajo, sin descontar a tío Bill, quien cargó con dos sacos grandes de comida y un cubo de agua. El único acompañante, descontando a Lucy y a Clara, era el galán de Mertie, el joven Bert Hall, un muchacho excelente, apreciado por todo el mundo. Lucy consideraba su presencia allí como un triunfo personal suyo. A la frívola Mertie le gustaba en realidad el muchacho, como todo el mundo podía ver; pero ella se había vistos durante una temporada bajo la influencia de Sadie Purdue. Lucy, no obstante, con un método sencillo había neutralizado y alejado completamente aquella influencia. Se dedicó a Mertie y estimuló su vanidad mostrándole sutilmente la, superioridad de Bert sobre los otros muchachos que la cortejaban y por último sugirió que sería agradable llevar con ellas a Bert en su viaje a Félix. ¡Qué importancia podían tomar las pequeñas cosas en aquel minúsculo mundo de los Denmeade! ¡Y qué pena le causaba a Lucy reflexionar que muy a menudo sus vidas se torcían por falta de un poco de guía!
Manifiestamente, Edd, era el capitán de aquel regimiente de recolectores. Él, estaba considerado como el mejor de todos y sentía orgullo por su destreza, aparte la de alinear abejas. Denmeade, ele padre, tenía dos grandes dones según la reputación con que contaba: la de poder manejar el hacha como ningún otro hombre del país y la de conducir los sabuesos a la caza de una manera inigualable. Joe era el mejor con los caballos y Dick hacía maravillas con los clavos. Tío Bill podía arar a una edad en que todos los parientes habían sido dejados ya en algún rincón de la casa, y así todos sobresalían en alguna cosa particular, peculiar de sus vidas, primitivas.
—¡Bueno! Todo el mundo está a punto —gritó Edd alegremente—. Tenemos que acabar esta recolección hoy mismo. Vosotras, las chicas, con los pequeños, podéis; poneros aquí en la sombra: os traeremos montañas de judías para desgranar... Tú, Bert, puesto que eres un visitante, te dispenso de venir a recoger al sol y puedes quedarte con las chicas; pero te recomiendo que te coloques entre Lucy y Clara... ¡Ja, ja, ja!
Y así empezó el trabajo de la recolección de las judías. Los niños, lo convirtieron en un juego, en una diversión, y chillaban y reñían. Los hombres recogían grandes montones de judías con la vaina y los depositaban en el suelo, bajo la sombra de los robles, al extremo del campo. La señora Denmeade y Allie las recogían con mano hábil y ligera; las chicas, estaban sentadas formando un pequeño círculo con Bert, que las, ayudaba, y los pequeños, que monopolizaban todo el espacio y la mayor parte de las judías. Bert, después de haber depositado montones del fruto recogido frente a cada uno de los miembros de la familia, fue a sentarse entre Lucy y Clara, provocando la broma general.
A Lucy, el proceso de desgranar judías parecíame muy sencillo, pero en seguida vio cuánto valía la práctica, por cuanto no podía hacerlo ni siquiera tan bien como Mary, cosa que la mortificó un poco. Al fin y al cabo, la inteligencia y la razón no eran factores que pudieran saltar repentinamente la brecha que hay entre la inexperiencia y la destreza.
Mientras estaban sentadas allí, hablando, riendo y trabajando, ele pensamiento de Lucy divagaba por agradables derroteros. Lo que más contribuía a su dicha en aquel momento era la presencia de su hermana. Clara había empezado a curarse físicamente; el ambiente solitario, la sencillez de los Denmeade, la influencia de las cosas tan naturales, iban actuando sobre su espíritu de una manera inconsciente. Amaba a los niños y se interesaba profundamente por ellos. Habíase entregado a la diversión de desgranar judías con un placer tal, que auguraba el alejamiento de las penas de su corazón. Clara se había dado cuenta de la superficialidad de muchos aspectos y puntos de vista de la sociedad civilizada; y la vida entre los backwoods le pareció una cosa más fácil, más dichosa, más sencilla.
De vez en cuando, Lucy dirigía una mirada hacia donde Edd se hallaba trabajando. Éste andaba de rodillas con un saco abierto ante él; sus manos parecían volar como una máquina entre las hileras de judías. Ella no oía más que su voz y él, cuando terminaba una hilera, se levantaba, recogía un enorme montón y lo llevaba al sitio en donde se hallaban ellas desgranando. El polvo y el sudor habían embadurnado completamente su rostro y su camisa estaba completamente empapada. Su aspecto físico tenía algo extraordinariamente rudo, vital y primitivo. Realizaba su tarea con seriedad. Lucy se preguntaba qué debía de haber en el pensamiento del muchacho. ¿Discurriría sobre las cosas que le había dicho o leído mientras trabajaba? A Lucy le gustaba tale como era, y, sin embargo, esforzábase en enseñarle, en cambiarle, en ponerle en camino de ser un hombre civilizado. Pero... algo vagamente deplorable agitábase en lo más profundo de su conciencia.
De todos modos, aquellos graves pensamientos sólo se le ocurrían a intervalos, y la mayor parte del tiempo estaba completamente atenta a su objetiva tarea de aprender a desgranar judías y a la conversación que sostenían en su derredor. Allie Denmeade era una incansable habladora, mientras Joe era un oyente atento; ella tenía una sutil fantasía y una lengua afiladísima. Mertie resultaba encantadora si se hallaba bajo una influencia bienhechora y cuando se veía objeto de atenciones. La señora Denmeade tenía un carácter seco y un verdadero almacén de primitiva sabiduría. Mary, en cambio, era la dulce soñadora de la familia.
Lucy no tenía idea de que el mediodía había llegado hasta que vio presentarse los hombres, hambrientos y sedientos, trayendo consigo el olor de la tierra.
—¡Yo, diecinueve hileras! —declaró Edd—. ¿En dónde está el cubo? Iré a buscar agua fresca al manantial.
—¡Bueno, madre! ¿Cómo va eso? —preguntó el viejo Denmeade secándose el sudor de la cara.
—No recuerdo otra mañana mejor para desgranar —contestó ella, satisfecha—. Bert ha estado llenando los sacos y creo que ya hay unos cuantos.
—¡Hasta doce! —añadió alegremente Bert.
—¡Magnífico! Así pronto vamos a terminar. Edd es un ciclón recogiendo judías.
Ahora..., madre, saca la duca, porque estoy hambriento como no te puedes figurar. Tío Bill trajo los sacos de la comida, que había dejado escondidos y a salvo de la asechanza de los chiquillos.
—Es una buena cosecha —dijo al! llegar—, aunque he visto algún año mejor. La estación ha sido seca y eso no deja de ser bueno para las judías y para la recolección... ¡Bueno, Lee! Me estoy fijando en la señorita Lucy y en su hermana y veo que pueden sentirse orgullosas para ser novatas en este trabajo...
Denmeade miró los montones respectivos, uno delante de Lucy y otro, un poquitín más pequeño, delante de Clara.
—¡No está mal! —exclamó alegremente . Seguro que da gusto verlas sentadas a las dos aquí...
—Lee, diles la buenaventura con las judías —sugirió la señora Denmeade.
—¡No quiero arriesgarme a eso! —replicó Lee.
—Madre, dísela tú —añadió Mertie—, y a Bert también. Será divertido, porque ellos nunca han estado aquí en una recolección de judías.
—De todos modos, me la dijeron una vez en casa de Sadie —contestó Bert—. Me la dijo su anciana tía y... ¡ya tengo bastante con una vez!
—Una mujer mejicana me la dijo a mí en cierta ocasión —murmuró Clara con acento triste—. Y resultó verdad! lo que me dijo. Ahora ya no deseo saber nada de lo que va a sucederme.
—¡Oh, yo no tengo miedo a eso! —exclamó Lucy—. ¡Vamos, señora Denmeade, dígamela usted a mí!, En aquel momento, la señora Denmeade, con gran delicia de los niños, escogió varias judías de color y las, apretó en la palma de la mano de Lucy. Luego estudió atentamente el rostro de la muchacha. Finalmente le golpeó suavemente la mano en donde tenía las judías, de modo que algunas cayeron al suelo y otras quedaron situadas en la, palma de la misma mano.
—¡Bueno! —murmuró la señora Denmeade—. Usted encontrará su felicidad echando sobre sus hombros las penas de otro.
Y después, de una pausa continuó de una manera solemne e impresionante —Su pasado ha transcurrida entre mucha gente que no se ha preocupado de usted... Su futuro transcurrirá entre pocos que la querrán... Veo aquí un viaje... Un secreto... Alga que nunca, se sabrá... Dos años, oscuros... seguidos de dos años blancos.... ¡Una criatura...! Una choza... ¡Una esposa feliz...!
Esta conclusión fue acogida por los niños y por las chicas con gran alboroto. Lucy, divertida, quería continuar la broma a fin de complacerles, pero descubrió que el pálido color de Clara había adquirido una lividez asombrosa. ¿Cómo aquellas sencillas :palabras podían herirla? Lucy no creía en la buenaventura y apenas si había tomado en serio a la señora Denmeade.
—¡Espléndido! —exclamó alegremente tratando, de animar a su hermanita—. ¿Y no podrían las judías decirme qué clase de marido tendré?
—No, pero me figuro que no será un hombre de ciudad —contestó la señora.
—¡Qué interesante! Casi creo que me alegro, Clara, de tener un hombre del campo por marido. ¡Mira tú cómo estas judías blancas y encarnadas han ido a descubrir mi porvenir!
Entonces advirtió que Edd, de regreso, estaba de pie detrás de ella, escuchando las últimas palabras que pronunciara. Aunque fuera absurdo, la joven se sintió turbada y notó que le hacían poca gracia las alegres observaciones que aquellas buenas gentes le hacían.
—¡Bueno, Lucy! —exclamó el muchacho—. Ya veo que madre y Allie le han hecho a usted una vieja jugarreta. Ya le advertí que se guardara de ellas...
—¡Oh, no ha sido más que un pasatiempo! —comentó Lucy, algo aliviada.
La señora Denmeade sonrió enigmáticamente. Su rostro parecía como iluminado por un ligero toque de natural e inconsciente misticismo. Lucy no podía creer que existiera relación alguna entre las judías blancas y encarnadas y las :profecías de la señora Denmeade, y, sin embargo, fijaba en su cerebro el contenido de aquellas declaraciones referentes a su pasado y a su porvenir.
—¡Venid, sentaos por ahí! —les gritó tío Bill con satisfacción.
La hora de la comida era para los cosecheros de judías tan alegre como la de una jira campestre. Los dos Denmeade habían trabajado con ahínco durante toda la mañana y ahora disfrutaban comiendo despacio, hablando y chanceándose. Lucy también gozó de aquel agradable «intervalo» y sólo hacia el fin de la comida vióse su satisfacción interrumpida por un instante al observar a Joe Denmeade sentado silenciosamente como siempre, con los ojos fijos en Clara. Aquello turbó un momento la conciencia de Lucy.
La joven quitóse los guantes y vio que se le habían hecho ampollas en las manos. Su hermana dejó el trabajo en las primeras horas de la tarda y fue a echarse a la sombra de un pino, mientras Mertie y Bert acababan su lote de judías y se iban a vagar por la orilla del bosque, al parecer, muy entusiasmados. La señora Denmeade y Allie trabajaban como castores y los pequeños esparciéronse por aquellos alrededores jugando.
Los hombres acabaron pronto la recolección y después de llenar los sacos, aparejaron los, burros de carga. Tío Bill encontró todavía algo por hacer mientras Denmeade descansaba conversando con su esposa; y Lucy, cómodamente apoyada contra un roble, sentíase regocijada por haber terminado aquel trabajo, sin tratar de resistir el soñoliento hechizo que la invadía, del cual vino a sacarle una observación que Denmeade hiciera a su esposa.
—Seguramente habrá mala voluntad entre los Denmeade y los Johnson si Sam se instala en «la mesa».
—Me figuro que la habrá —contestó la mujer—. Mertie me lo dijo...
—Eso es cosa de Sadie Purdue —añadió Denmeade, meditabundo.
—Ella no perdonará nunca a Edd... ¡Y mala cosa será si Sam le gana la delantera a Edd!
quitándole ese terreno!
—¡No te preocupes, mujer! Sam no lo hará...—insistió el marido—. ¡Edd! descubrió esa «mesa». y encontró la única agua que hay allí. Sólo esperaba casarse para levantar allí su hogar.
—¡Pero Edd no debe esperar más! —insistió la señora Denmeade.
—¡Bueeeno! —asintió pensativo el viejo—. Empezaremos a cortar árboles y a prepararlo todo para levantar una cabaña. Bastante tenemos con estar a malas con los Sprall... ¡Sólo nos faltaría ahora ponernos a mal con los Johnson! Voy a llegarme a la meseta ahora mismo.
Y siguiendo la acción a la palabra, Denmeade se dispuso a partir en el momento en que Lucy, levantándose también, le llamó —¡Por favor, señor Denmeade, lléveme con usted! Me... me gustaría estirar las piernas un poco...
—Venga, pues —contestó satisfecho el viejo.
La muchacha se reunió con él y juntos entraron en el bosque, dando la joven dos pasos por cada una., de, las largas zancadas de su compañero.
—Voy a ir a un sitio que nosotros llamamos «la mesa» —decíale él—. Ya hace tiempo que Edd acaricia la idea de levantar allí su vivienda. No está lejos, pero hay. que subir un poco.
Sam Johnson ha estado merodeando :por ese lugar y como no hay ley alguna que pueda, impedirle robar el sitio escogido por otro... ¡Ya tenemos bastante jaleo! Voy a poner manos a la obra en seguida; eso ahuyentará a Sam y luego no tendremos necesidad de darnos tanta prisa.
Interesadísima, Lucy fue haciendo preguntas a Denmeade hasta quedar sin aliento a causa de la ascensión a paso vivo por aquella empinada cuesta. Callóse entonces y siguió a su guía, quien, a no dudar, tenía de las distancias una idea muy diferente de la suya. Finalmente llegaron a una altiplanicie; Lucy alzó la vista y quedóse atónita ante el espectáculo de la imponente masa de la Rim cercana, roja y dorada, con su listada corona, brillante y magnífica a la luz del sol poniente. La joven miró hacia atrás a sus pies descendía el ondulante bosque, formando pequeñas lomas, hasta los picos lejanos. Era aquél el lugar más elevado de cuantos visitara hasta entonces, y el más cercano a la magnífica Rim.
—Aquí hay caen o más hectáreas de terreno llano —dijo Denmeade mostrando con un movimiento de su mano la densa selva—. Suelo fértil y rojo, con bastante agua para dos viviendas, Incluso en épocas de sequía. El agua que baja de la Rim es de la nieve que hay en lo alto, es decir, de la mejor calidad. ¡Bueno! Yo espero que Dick o Joe se establezcan algún día, porque ésta es la mejor tierra de labranza que conozco.
—¡Pero, señor Denmeade, si todo esto es bosque! —exclamó Lucy, sorprendida.
—¡Seguro! Primero hay que cortarlo, y no es poca la tarea que hay aquí...
—¡Y tanto! Pero ¿cómo se las componen para convertir en una granja lo que ahora es un espeso bosque?
—Primero cortamos troncos para construir la cabaña —repuso Denmeade—. Después aclaramos de madera, arbustos y maleza todos los alrededores y le pegamos fuego, dejando los tocones y las raíces para que se pudran en pocos años. Los árboles grandes los matamos y los dejamos en su sitio... Esta meseta es alta y seca, caliente en invierno y fresca en verano, y está unida a una gran cañada en donde hay agua y hierba para almacenar. Además... es el mejor sitio del país para las abejas... Edd es bastante listo y estoy seguro de que hará algo importante con su caza de abejas...
Entraron en aquella meseta del inmenso bosque y Lucy quedó al instante fascinada.
Aquel monte era distinto de todos los que visitara antes. Era llano, muy denso en espesura, pero con algún que otro claro aquí y allá. La tierra, como una inmensa alfombra parda, parecía exhalar una seca y cálida fragancia de pino, cedro y enebro. ¡Qué agradable resultaba andar por allí! A medida que se internaban por aquel pinar, los árboles eran más grandes, llegando a ser tan altos que Lucy sintióse sobrecogida de emoción ante ellos. También los otros árboles aumentaban en proporción; algunos de lose enebros eran sencillamente magníficos, de dos metros de grueso en sus bases, simétricos y frondosos, notables por su corteza formando cuadros y sus grandes bayas color lila. Todo el bosque parecía estar sumergido en una voluptuosa atmósfera de silencio. No se oía ruido alguno de pájaros, de ardillas, de venados ni de pavos, y, no obstante, Denmeade señalaba sus huellas impresas en el polvo.
—Creo que toda la caza está por allí, más abajo del agua —señaló al cabo de un rato—. Hay un barranco que atraviesa esta meseta dividiéndola por la mitad. Es un lugar muy agreste...
Ya le enseñare el sitio donde una vieja osa saltó sobre mí hace algunos años. Tenía cachorros y en esas circunstancias las osas son muy malas...
Lucy gozaba lo indecible con aquella exploración y cuanto más lejos iba con Denmeade, más encantada estaba con la agreste belleza de aquel bosque, con su color y su fragancia.
—¡Oh, pero será lastimoso tener que cortar todos esos árboles y quemar la maleza para hacer una abertura en este bosque tan espléndido! —exclamó al cabo de un rato.
—¡Me lo figuro! —asintió el viejo—. Edd también dice lo mismo; pero no hay más remedio que construir nuestros hogares. Son precisamente bosques como éste los que buscamos para que rodeen nuestras viviendas; pero sólo cortamos y despejamos los terrenos en que hay agua. Unos cuantas hectáreas de claro no se notan apenas en estos bosques... Mire allí. ¿Ve usted entre los pinos, allá arriba en donde los riscos más escarpados parecen correr hacia abajo? Aquello señala una rotura del bosque: es la cañada de que le he hablado antes. Parece estrecha y corta, pero es larga, anchísima, y siempre será un sitio agreste. Nunca se podrá cortar. Bajo la Rim hay muchas cañadas parecidas a ésa... Señorita Lucy, yo vine aquí hace veinte años, y hay ahora tantos osos y venados como entonces, y estoy seguro que habrá lo mismo dentro de veinte años más.
—¡Me alegro! —exclamó Lucy suspirando aliviada.
¡Qué extraño le parecía sentir que no deseaba de ningún modo que aquellas selvas fueran destruídas! Denmeade siguió conduciéndola bajo los vastos pinares a través de aquellos naturales claros, cuya belleza henchía el corazón de la joven. Al fin llegaron al borde de un barranco. Era un dorado caos de troncos de árbol, follaje, peñas, riscos, matorrales, macizos de amarillentas flores y un laberinto de troncos derribados, en el fondo de todo lo cual Lucy percibía el ruido del agua que no podía ver.
—Edd aspira a tener un día su cabaña en este lugar —explicó Denmeade—. Una vez le oí decir que quería aclarar media hectárea de terrena aquí, dejando esos árboles grandes en medio y el bosque en derredor. El campo para sembrar lo quiere un poco apartado; sus abejas las tendría abajo, en el barranco, después de aclararlo un poco... Ahora descanse usted algo, mientras yo bajo hasta el agua. Seguro que ésta ha sido una estación seca y el pasado invierno las nieves fueron ligeras. Supongo que ahora podré hacerme cargo del agua que habrá en las épocas secas.
Y se dirigió hacia abajo dejándola a ella arriba. A pesar de hallarse en medio de un tupido bosque, podía ver perfectamente la Rim en sus dos direcciones y que como una magnífica torre de roca se erguía ante ella marcando la entrada de la cañada. Hacia el otro sentido, Lucy veía una verde pendiente dividida por un oscuro barranco. En medio de aquella paz parecióle a la muchacha sentir en el fondo de su alma una voz del remoto pasado que llamaba a su corazón. Sus inmediatos antecesores habían vivido durante muchos años en villas, pueblos y ciudades; pero sus primitivos progenitores fueron nómadas que vivieron miles de años en medio de bosques salvajes como aquéllos. ¡Qué intensamente sentía su influencia! Aquellos gigantescos pinos de resquebrajada corteza eran más que árboles; habían sido el techo de su raza en tiempos remotos, y la leña del fuego que les había proporcionado calor y vida. Su fragancia, su fuerza, estaban ahora en su sangre; y lo mismo sucedía con los cedros, los enebros, los grises y blancos sicomoros del barranco, los arces y los robles y toda aquella naturaleza multicolor que se extendía por doquiera en derredor suyo.
—¡Si yo amara a Edd Denmeade, qué feliz podría ser viviendo aquí! ...»
No parecía ser la Lucy Watson que ella conocía la que musitó aquellas involuntarias palabras que salieron fuera de toda razón, de toda inteligencia, de toda consideración... ¡Se le escaparon instintivamente! Y no le disgustaron a pesar de que la dejaban atónita, sobre todo al recordar las insinuaciones que burlaron su propio control. ¡Que imposible le parecía lo que habían expresado aquellas palabras! Analizaba cómo se le habían ocurrido, pero... ¡en vano!
La soledad, la gran eminencia de la Rim, los silenciosos y protectores pinos, la dulce suavidad que prestaban a sus ojos aquel gris y aquel verde..., todas aquellas cosas físicas la dominaban..., ¡no podía evitarlo! «¡Es un hecho! —murmuró nuevamente—. Yo podría vivir aquí. Tener a Clara a mi lado... Iría a Félix de vez en cuando... Y tener libros, cartas, periódicos para poder conservar una idea del progreso... Seguir con mi trabajo bienhechor...
Pero todo eso no es nada: eso no me induce a querer vivir en una cabaña de troncos... ¡Estoy asombrada de mí misma! ¡No me conozco...! ¡No soy lo que yo creía ser!»
Lucy permaneció sola en la sombría orilla del barranco durante media hora, tiempo crítico y ominoso porque se daba cuenta de su cambio. Y, sin embargo, lo que más increíble le parecía era el hecho de que no cambiaría nada del presente ni que lo quisiera. Quizás había pensado demasiado en sí misma... ¡Vanidad! Mertie Denmeade no era la única en ese peculiar rasgo femenino. Lucy acusábase e intentaba persuadirse de que poseía algo de mundanería... ¡Todo por tan poca cosa! Pero ahora se sentía más feliz que en toda su vida y eso era todo.
Después reapareció Denmeade, quien la condujo a través de la meseta por un camino mas corto y bajaron la cuesta por un viejo sendero. Lucy le seguía a duras penas, con mucha menos. curiosidad que cuando subieron. Aquél había sido otro día completo. Sus manos atestiguaban el trabajo realizado, y en cuanto a su cerebro, las sombras del pasado parecían disiparse.
Cuando llegaron nuevamente al llano, Lucy creía ver a intervalos aquel amarillento claro. Oyó el discordante rebuzno de un burro y a continuación la penetrante carcajada de uno de los niños. Salieron del bosque y vieron que en aquel momento los borriquillos, cargados, desfilaban por el campo, y en lo alto de los dos últimos. Liz y Lize cabalgaban triunfalmente sobre los sacos de judías. Edd andaba al lado de ellos, la señora Denmeade y Allie iban más adelante. Lejos, al borde del campo, aparecieron Mertie y Bert con las manos unidas vagando fuera del camino. Había en ellos algo, quizás aquellas manos enlazadas, que hacía comprender a Lucy lo poco que debían de importarles los demás.
Denmeade cruzó el campo mientras Lucy encaminábase al bosque, hacia el pino al pie del cual dejara a Clara descansando. Quizá también se habría ido con los otros.
El día declinaba. La puesta del sol doraba la Rim y los grillos empezaban a chirriar. El aire se percibía más fresco. Los cuervos cruzaban el terreno volando y las voces de los niños llegaban ya débiles hasta ella. Entonces, Lucy descubrió a su hermana sentada, apoyada en el pino. Joe Denmeade estaba de pie, cerca de ella, contemplándola. Si hablaban, Lucy no podía distinguir lo que decía, pero inclinábase a creer que no decían nada. No oyeron, sin embargo, sus pasos sobre la :blanda tierra. Sin causa aparente, Lucy experimentó una profunda emoción muy cercana al miedo. ¡De qué manera se hallaba completamente a merced de su imaginación...! Clara y Joe juntos, en perfecta y sencilla actitud... ¿Qué podía haber en ello que hiciera saltar el corazón de Lucy? En verdad, se estaba volviendo como los mismos Denmeade. Sin embargo, parecía haber una profunda significación en la postura de Joe mirando a Clara, sentada allí; el último rayo de sol convertía la madeja de su rubio cabello en una dorada aureola... ¡Joe había quedado completamente prendado de ella desde la primera vez que viera a Clara! ... Pero Lucy, en su apasionada devoción, no había pensado más que en su hermana.
—¡Eh, aquí estoy! —les gritó al fin, para sacar de aquel trance a la pensativa y callada pareja—. Vengo de dar el mejor paseo de mi vida... ¡De hacer la mejor ascensión, debería decir! Y... ¿de qué habéis estado hablando durante todo ese tiempo?
—Joe acababa de llegar para decirme que ya se iban a casa —repuso Clara alzando la vista para mirar a su hermana.
—Maestra, estaba a punto de decirle a Clara que se está poniendo muy bien aquí, entre los bosques, y que hoy... la he oído reír —repuso Joe con su lenta manera de hablar.
—Pues sí que es raro —murmuró Clara mirando. a Joe con ojos de duda como si se negara a creer aquella verdad. Lucy, comprensiva, a pesar de sentir deseos de hablar, no dijo nada.
—Ha sido un día delicioso —comentó al fin, mientras disponíase a alejarse—. Vamos, tenemos que marcharnos ya.
—Aguarda, Lucy. Es posible que me reponga, pero te aseguro que todavía no puedo correr.
—Dese prisa, Joe, es tarde ya.
Y cruzó el devastado campo de judías para entrar entre las largas hileras del maíz.
No se volvió atrás. El sol estaba ya en el ocaso cuando ella llegó a su tienda, y, cansada por el ejercicio y la emoción, latiéndole el corazón y ardiéndole la cabeza, se echó sobre la cama para descansar un momento. Clara llegó cuando ya había anochecido.
—¿Estás ahí, Lucy? —preguntó tropezando a la entrada de la tienda.
—¡Seguro que estoy aquí! —contestó Lucy imitando el hablar de aquellas sencillas gentes.
—¿Por qué me has, dejado sola?... ¿Para que volviera con ese muchacho? —le preguntó Clara plañideramente—. Está enamorado de mí... ¡Qué tonto!
—¡Oh Clara! —replicó Lucy con dulzura—, sería tonto si no lo estuviera.
—Pero eso... ¡sólo puede hacerle desgraciado! Y tú..., ¡tú no debes creer que yo valga todavía para amar a nadie!
—¡Quién sabe si Joe es como yo! —replicóle Lucy con voz llena de emoción.
Y aquella respuesta hizo callar a su hermana.


X
Llegó septiembre con los primeros toques de escarcha sobre —el follaje, con la humeante neblina cubriendo las hondonadas, con las melancólicas notas de los petirrojos y canarios salvajes y con el olor de humo de leña en el aire.
Edd no volvió a recordar a Lucy la promesa que le hiciera de llevarla con él a cazar abejas, y eso, lo mismo que muchas otras cosas del pasado, la mortificaba, y cuanto más se censuraba por ello, menos podía olvidarlo. Al fin, una noche, a la hora de la cena, le dijo:
—Edd, yo pensé que usted me llevaría algún día ,a cazar abejas...
—¡Seguro! —contestó al punto el muchacho—. Cuando usted quiera.
—Mañana mismo —contestó Lucy.
El clamoroso griterío de los niños y una pequeña exclamación de Clara atestiguaron el deseo de los demás, de participar de la buena suerte de Lucy. Esta sentía curiosidad por saber si la señora Denmeade aprobaría que alguien los acompañara, puesto que ella guardaba la impresión de que, en la sociedad en que ella había vivido en Félix, no habrían considerado muy correcto que ella fuera sola con Edd a los bosques.
Él, mientras tanto, se reía de las importunidades de los chiquillos.
—Nooo, pequeños; vosotros tenéis que esperar hasta que corte un árbol grande cerca de aquí —les decía para apaciguarlos—. Ya tengo uno señalado; y en cuanto a usted, señorita Clara, creo que hará mejor no arriesgándose a escalar montes hasta que se encuentre ya más fuerte.
—¿Pero me llevará usted cuando vayan los niños? —preguntó anhelante.
—¡Seguro! Me alegraré mucho de verlos a todos llevando cubos llenos de, miel —contestó Edd.
—Oye, Edd; el otro día vi que las botase de la señorita Lucy no estaban claveteadas —observó el viejo Denmeade—. Debes ponerles algunos clavos; si no, podría resbalar y hacerse daño.
—¡Bueeeno! ¡Ahora me impone usted ese trabajo! —gruñó Edd—. Claro que clavetearé sus botas; pero lo cierto es que, yo... quería verla resbalar un poco!
—¡Qué amable, Edd! —exclamó Lucy—. ¿No podría esperar a que viniera el invierno para encontrarme un «poco» más helada?
—Oiga. Es que resbalar un poco por una pendiente de hierba y de pinocha le quitaría a usted la inexperiencia —aclaró él.
—Entonces, ¿cree que la necesito? —preguntó ella.
—¡Bueeeno! Creo que usted no necesita nada —contestó él riendo.
—¿Es un cumplido? —preguntó nuevamente Lucy dirigiéndose a la señora Denmeade. Y al ver el gesto afirmativo de ella, continuó—: Entonces, muchas gracias, Edd. Voy a traerle mis botas para que les ponga unos clavos. De todos modos, mañana tendrá usted el placer de verme resbalar.
Después de cenar, Lucy vio a Edd metiendo una horma de hierro en una de sus botas y luego clavó en la suela unos clavos, con tal destreza, que no pudo menos de preguntarle si había sido zapatero alguna vez.
—Creo que sí —contestó riendo el muchacho—. Antes yo mismo me curtía el cuero y me hacía los zapatos. Ahora ya no hago eso y, todo lo más, les echo medias suelas a mis botas de vez en cuando...
Entre tanto había sacado la horma y después de pasar la mano por el interior para ver si salía alguna punta, dijo —Ésta ya está.
Lucy examinó la suela y vio dos hileras de clavos simétricamente clavados alrededor del borde enmarcando a otros clavados en medio formando sus iniciales.
—¡Oh, magnífico! ¡Pero si es usted un artista! —exclamó ella—. Esto parece hecha para facilitar el trabajo a quien se proponga seguir miss huellas....
—Bueeeno. No puedo decirle si deseo que alguien la siga a usted... —contestó Edd dirigiéndole una profunda mirada.
Lucy cambió rápidamente de asunto.
Más tarde, cuando volvió a su tienda, el sol iba ya al ocaso; Clara estaba a la entrada.
Lucy tiro las botas dentro y sentóse un escalón más abajo, apoyando su espalda contra su hermana. Muy a menudo, en aquella postura veían llegar la caída de la tarde. La noche, fría y melancólica, empezaba a extender su manto por aquellas selvas. Las esquilas del ganado tintineaban; una vaca mugía a lo lejos; un halcón silbaba en lo alto con su aguda y extraña nota...
—Lucy, me gusta Edd Denmeade —dijo Clara rompiendo repentinamente el silencio.
—¡Cielos...! Pues procura que él no lo advierta, porque si no... ¡pobre chico!
—¡Por favor, Lucy, toma en serio lo que te digo! —insistió Clara—. Yo creía que iba a odiar por siempre más a los hombres; pero si he de ser sincera contigo y conmigo misma he de decirte que no es así. Me gusta el señor Denmeade, y el tío Bill, y los muchachos... Edd es un excelente chico. Grave, tranquilo.... ¡y tan amable! Al principio estos hombres backwoods, por llamarles de algún modo, me molestaban, me ofendían; pero pronto descubrí que su carácter es precisamente lo que más me atrae. Como tú sabes he alternado con muchos jóvenes de ciudad sin preocuparme che lo que eran. Y yo me pregunto: ¿Sirven de gran cosa, para la formación de un hombre, los trajes, las maneras ciudadanas y las manos bonitas y pulidas? No acabo de explicármelo del todo, pero lo presiento. Y eso... me hace bien, Lucy querida... ¿Comprendes lo que quiero decir?
—Sí; y me alegro muchísimo. Has tenido un amargo desengaño y no es extraño que ahora pienses en lo que son los hombres... En cuanto a mí, no sé si Edd me ha hecho bien... o .mal.
—¡Lucy —Escúchame. Voy a contarte una cosa —continuó Lucy. Y le relató el episodio de la noche en que Edd la llevó al baile por la fuerza.
—¡¡Oh, qué divertidol! —exclamó Clara riendo con toda su alma—. ¡Qué gracia, Lucy; no sabes la gracia que me hace...! Si hubiese sido un muchacho grosero, sabes, un sinvergüenza quiero decir, le despreciaría. Pero del modo que tú me lo has contado... ¡Oh, qué divertido es...! ¡Divertidísimo...! Creo que ahora todavía me gusta más...
Lucy habría podido confesar, que, en el fondo de su corazón, a ella le había sucedido lo mismo; pero aquello no era lógico.
—Joe es el mejor de los Denmeade —añadió Lucy muy seriamente—. Es el mejor chico que he conocido en mi vida... ¿Qué piensas, tú de él, Clara?
—Para mí resulta temible..., pero me gusta estar con él —murmuró la muchacha—. Es tan...
dulce... ¡Ésa es la palabra...! Y no lo parece, ¿verdad? Tiene las mismas recias cualidades de Edd... Ese muchacho, Lucy, me... descansa; me consuela, me avergüenza... ¡Háblame de él —Te aseguro que los oídos van a silbarle a Joe de lo lindo —comentó Lucy riendo. Y empezó a ensalzar las cualidades de Joe Denmeade; pero en cuanto a los hechos que relacionados con él habían tenido lugar bajo su observación y los relatados por su gente, Lucy se limitó a decir la verdad.
—¡Todo eso! —murmuró Clara, pensativa—. ¡Y soy la única joven en quien él se ha fijado...! ¡Pobre Joe! A la mañana siguiente el campo amaneció cubierto de blanca escarcha.
Antes de levantarse, Lucy ya la sintió y la olió desde su camastro. El sol acababa de teñir el inmenso promontorio con una pálida llama que hacía brillar las gotas del helado rocío como diamantes incrustados sobre la fina hierba y los troncos de los árboles.
—¡Brrrr, qué frío hace! —exclamó Lucy mientras se vestía—. Ahora comprendo por qué Edd, insistió en instalar esta estufa... ¡Cualquier mañana me despertaré helada como un sorbete!
—Métete otra vez en la cama —aconsejóle Clara.
—No, querida. Antes encenderé la estufa y luego me acostaré otra vez para calentarme un poquitín. ¡Oh! ¿Tendremos que dejar de vivir aquí, cuando llegue el invierno...? .
La estufa era ovalada, lisa por su parte exterior, con un tubo de hierro que salía por el techo de la cabaña, todo a propósito para arder con leña. A Lucy le había parecido una especie de juguete a pesar de que Edd le aseguraba su utilidad mientras se la dejaba preparada con hojarasca de pino, astillas y zoquetes de leña, todo a punto para que la joven no tuviera más que acercarle la llama de un fósforo. No era muy experta en encender el fuego y esperaba que éste se apagaría en seguida; pero, muy al contrario, empezó a llamear al punto, acordándose afortunadamente de la advertencia que Edd le hiciera de dar la vuelta a la llave del tubo.
—Esta estufa va a tener un gran éxito —comentó Lucy.
—¡Qué agradable resulta!
Después fijóse en la bien alineada pila de astillas y zoquetes de leña encarnada que había dejado el muchacho detrás de la estufa, junto a un cajón lleno de pinocha.
Decididamente, Edd Denmeade era un chico previsor. Lucy puso un puchero de agua a calentar en la estufa y luego volvió a meterse en la cama. Sus manos y sus pies habían quedado como el hielo, cosa que Clara no estaba bastante dormida para no advertirlo, pero pronto quedó la estancia caliente y cómoda, con lo cual Lucy se animó al pensar que les sería posible continuar allí durante el invierno. Edd había asegurado que aquella pequeña estufa haría que estuvieran tan abrigadas como pájaros en su nido, pero además, para que se sintieran más cómodas, había sugerido que podría cubrirse con madera el techo y las paredes hasta la mitad.
—¡Anda, dormilona! —exclamó Lucy sacudiendo a su hermana.
—¡Ah..., no puedo acabar de despertarme! —murmuró Clara—. ¡Se duerme tan bien aquí...!
Allá en el desierto no dormía mucho...
—Pero, querida, si has dormido las tres cuartas partes del tiempo que llevas aquí, lo mismo de día que de noche —añadió Lucy—. A mí, al principio, me ocurría lo mismo... ¡Bueno!
Es mejor dormir bien que malgastar el tiempo despierta...
A las nueve todo vestigio de helada había ya desaparecido. Edd se presentó ante la tienda.
—Yo estoy ya a punto de marcha —exclamó.
—¡Ah, sí! —gritó burlándose Lucy—. Yo hace ya más de dos, horas que estoy lista.
—¡Señorita de ciudad,...! ¿Usted no sabe que no se pueden seguir abejas hasta que el sol calienta...?
—¡Joven de los backwoods! ¿Y por qué no?
—Porque las abejas no trabajan tan temprano... Y menos en otoño.
—Voy en seguida... ¡A ver, mis guantes y mi mochila...! ¿Qué pasa, hermanita? ¿Por qué me mirase así? Clara, sentada al lado de una mesita, miraba a su hermana de pies a cabeza, lo cual hizo que Lucy prestara atención a su propio atavío, consistente en un sombrero de fieltro un poco ladeado, un pañuelo rojo alrededor del cuello de su blusa clara, pantalones de montar de pana y botas altas. En aquel momento Lucy estaba calzándose los guantes.
—Clara, piensa que voy a hacer una larga y dura caminata, subiendo y bajando por esas montañas —le dijo en defensa propia.
—¡Tienes un aspecto magnífico! —le contestó su hermana con una de sus raras y dulces sonrisas—. No estoy muy segura de tu trabajo bienhechor con ese atavío... ¡Es completamente criminal!
Y añadió a sus palabras un expresivo gesto indicando a Edd, que estaba esperando fuera. Lucy estuvo a punto de soltar una carcajada.
—¡Si pudieras venir! —suspiró—. Yo creo... que te necesito tanto como tú a mí... ¡No olvides tampoco tu trabajo bienhechor...! Adiós.
Edd llevaba un fusil, un cubito de hojalata y un paquete que le dio a Lucy para que lo pusiera en la mochila, mientras le decía —Madre ha creído que le gustaría a usted llevar algo para comer.
Y partieron por la senda que cruzaba el bosque. Lucy experimentaba una especie de inexplicable angustia. Sentíase como un polluelo desplumado al dar ella su primer paseo con un joven a través de los bosques. No se encontraba muy a sus, anchas con aquel traje de montar, pese a la libertad de movimientos que le facilitaba. Miraba a su alrededor para ver si descubría a algún otro Denmeade que los ,mirara cruzar los campos; no vio a nadie y eso la alivió un poco. Luego advirtió que había perdido su acostumbrada fluidez de hablar...
¡Hallarse sola con aquel fornido cazador de abejas, ante la perspectiva de un largo día pasado en las selvas...! ¡Era algo más que emocionante...! La muchacha trató de salvar aquel obstáculo..
—¿Qué lleva usted, en ese cubito? —preguntó.
—Miel. La quemo para que al esparcirse su olor atraiga a las, abejas.
—Y para qué lleva usted la escopeta?
—Es que, a veces, algún oso huele la miel... ¡y también acude sin que le llame! A los osos les gustan mucho las cosas dulces, sobre todo la miel.
—i Pero... osos en pleno día! —exclamó Lucy.
—¡Naturalmente! Un día, no hace mucho, vinieron cuatro en busca de mi miel. Yo no llevaba ningún fusil y no, me quedó más remedio que escurrirme y ocultarme. ¡Había que ver cómo disfrutaban metiendo el hocico y las patas en mi cubo! Me robaron toda la miel.
—Si se presentaran... supongo que no me dejaría usted sola... ¿Verdad? —preguntó Lucy asustada.
—Bueno, si tuviera que dejarla, antes la encaramaría a usted en algún árbol —la tranquilizó Edd.
—¡Hum...! Me pregunto si eso va a ser muy divertido —murmuró Lucy. Y acordándose de la afición de aquellos muchachos a las jugarretas, continuó—: Oiga, Edd, prométame usted que no me asustará con nada. Prométamelo solemnemente: ¡nada de bromas!
—¡Jau! —exclamó el muchacho—. La broma es la broma, pero de veras le digo que puede usted fiarse de mí.
—Bien; le ruego que me perdone, pero eso de los osos...... y de subirme a un árbol... ¡me ha inquietado un poco...!
No tardaron mucho en cruzar el claro del bosque hasta llegar al verde muro de cedros y pinos. Allí Edd internóse por un estrecho sendero mientras Lucy iba pisándole los talones pese a lo difícil que era seguir su paso. De pronto el camino empezó a dar rodeos descendiendo por un terreno rojizo hacia unos barrancos rocosos llenos de cedros, haciéndose la vegetación, a medida que descendían, cada vez más densa y selvática.
Lucy nunca había ido por aquel sitio que, según sabía, conducía a la Rim y se emocionaba al pensar en trepar hasta la elevada cumbre de aquella inmensa montaña ribeteada de negro. No obstante, estaba segura de que Edd no la habría llevado a pie para hacer aquella ascensión. El débil murmullo que antes acariciara sus oídos, convirtióse en el rugido imponente de un alborotado arroyo.
—¡Huellas de oso! —exclamó el guía deteniéndose para señalar una depresión en el polvo del sendero. Lucy se asomó y vio la impresión de unas zarpas enormes mientras se le ponía carne de gallina—. Ese viejo —continuó el muchacho— ha estadio aquí durante la pasada noche.
Debe de ser el que ha matado nuestros cerditos... Seguro que padre va a perseguirle con los sabuesos para cazarle.
—¡Edd...! ¿Hay peligro de encontrar a «ese viejo», como usted le llama? —preguntó inquieta Lucy.
—No .mucho. Claro que podríamos encontrarle. Yo corro a menudo detrás de los, osos...
Son muy mansos... Espero que vamos a encontrarle... ¡Me divertiría mucho!
—¡Oh! ¿De veras...? Pues no creo que resultara muy divertido para mí —replicó Lucy.
—¡Bueno! En el caso de encontrarle, usted no haga más que lo que yo le diga —concluyó Edd.
!Sus palabras la tranquilizaron un poco y volvió a entregarse a las sensaciones agradables de aquella caminata. El sendero descendía nuevamente hacia una garganta muy honda llena de árboles de todos tamaños, siguiendo luego a lo largo de un lecho de corriente selvática sembrado de guijarros, por donde rugía el agua, invisible, a través del canal, por el cual elevábanse los soberbios abetos plateados, tan delicados de color y graciosos de línea.
Los rayos del sol filtrábanse a través del follaje y a cada momento Lucy iba observando nuevas señales de la profunda selvatiquez de aquellos parajes llenos de árboles de gigantescos troncos, de imponentes peñascos por donde saltaba el agua en mil caprichosas cascadas.
Lucy no vio ni un pájaro, ni una ardilla, ni se oía el ruido ni canto del animal viviente; sólo el rumor del agua iba creciendo a medida que descendían hacia ella. La intensísima fragancia de los bosques llegaba casi a oprimir la respiración de la muchacha; en especial, la de los pinos. De vez en cuando, a través del tupido ramaje del bosque que se extendía delante de ellos, Lucy descubría momentáneamente el azul clarísimo del cielo. De pronto Edd la, detuvo —He oído la risotada de un pavo —murmuró—. Sostenga mi cubo y permanezca carta de mí de, manera que pueda ver lo que pasa. Ahora hay que andar con cautela, como lose indios.
Lucy cumplió instintivamente el encargo y toda ella fue ojos y oídos. Sin embargo no acertaba a prestar atención a la escena que se desarrollaba delante y, al mismo tiempo, andar sin hacer ruido. Edd fue andando cada vez más despacio y, al llegar a un recodo, se mantuvo lo más agachado que pudo. Lucy descubrió un claro del bosque poblado de cedros jóvenes y de grandes macizos de zumaque brillando rojizo a la luz del sol; y, de pronto, algo pardo y blancuzco cruzó rápidamente el paraje a ras de tierra al tiempo que Edd se incorporaba ligeramente. Un disparo sonó tan inopinadamente que Lucy no pudo menos que, asustarse.
Acto seguido un violento golpeteo de alas resonó entre los matorrales mientras una bandada de aves grises y pardas arrancaba el vuelo y se perdía a través de la selva quedando una de ellas aleteando pesadamente entre los arbustos.
—¡,Bueno! —exclamó Edd examinando su fusil—. Me parece que mañana comerá pavo.
¿Lo ha visto usted, antes de, que levantaran el vuelo?
—Lo he visto todo como un relámpago. ¡Qué rapidez! Cuando usted disparó vi como echaban a volar... ¡Qué ruido metían...! ¿Ha matado usted alguno? —repuso Lucy, excitadísima.
Lucy le siguió hasta el claro en donde yacía un hermoso pavo silvestre con todo el plumaje enmarañado, las alas completamente extendidas y su gran cola blanca y bronceada abierta en abanico. Lucy quedó asombrada ante la variedad y la armonía de colores del plumaje de aquel pavo, casi tan bello como un pavo real.
—¡Un gobbler de dos años! —comentó Edd—. Está a punto para comerlo. Lo colgaré a la sombra de algún árbol y lo recogeremos al regreso. Me arriesgo con ello, porque andan por ahí muchos gatos monteses y pumas...
Y así diciendo, Edd se internó entre unos matorrales, a través de los cuales, Lucy le oyó romper una ramas para dejar escondida la caza. Unos instantes después reapareció y la condujo al otro lado de aquel claro, mientras le contaba que hacía unos años su padre había intentado, sin éxito, talar aquel pedazo de bosque para dedicarlo al cultivo, cosa que no consiguió a causa de los hoyos, que se hacían en el terreno, cruzado por corrientes de agua poco profundas. Edd señaló nuevamente huellas de venado y de pavos, llenas de agua cenagosa. Siguieron la corriente hasta llegar al nacimiento de un manantial que había a la cabeza del claro, —en donde encontraron un pequeño estanque, lleno de, agua y de musgo, abierto al sol.
—¡Bien! —exclamó Edd con satisfacción—. Aquí es donde vamos a empezar.—Y con el entusiasmo pintado en los ojos, añadió—: ¡Escuche usted el zumbido de las abejas!
En efecto. El, aire parecía lleno del melodioso zumbido de innumerables abejas. ¡Qué dulce murmullo estival! Lucy dirigió su mirada en derredor.
—¡Oh, ya las oigo...! Pero, ¿en dónde están?
—Andan volando por ahí... trabajando en las copas de los pinos jóvenes —contestó Edd.
—¿Pero sacan miel de ellos? —preguntó asombrada.
—¡Claro que sacan alguna! —contestó Edd—. Si usted trepara por los pinos y se embadurnara las manos con su resina, también lo creería como yo. Además me figuro que sacan de lose pinos algo que debe ayudarlas a fabricar su cera... Ahora mire usted abajo, al borde del agua: verá como se posan un momento allí para remontar luego el vuelo. Las he observado miles de veces, pero nunca he podido estar seguro de si beben, si diluyen su miel o si mezclan la cera con el agua...
—¡Oh! ¡Quién podía pensar que fueran tan interesantes las abejas...! Sí; ya las veo... ¿Me picarán?
—No... ¡Si son mansas como moscas! —aseguró Edd.
Entonces, más confiada, Lucy se puso a gatas y permaneció postrada, con la cara casi tocando el agua. Allí, a un pie de distancia, podía contemplar perfectamente a lose interesantes insectos. En seguida distinguió diversas variedades de abejas: unas, amarillas y negras, en las que al punto reconoció a las avispas; otras, velludas y acastañadas; otras, un poco más grandes y oscuras... Mientras estaba contemplándolas, las abejas se marcharon volando. Edd se arrodilló al lado de la joven y, señalando a las que quedaban, dijo:
—Las amarillas son avispas. Ella las, odia...
—¡Ella...! ¿Quién es ella? —preguntó sorprendida Lucy.
—¡Bueno! Yo llamo ella a las abejas. Creo que es porque algunas veces he cogido y domesticado abejas reinas...
—¡Ah, ya me acuerdo ahora! Usted me contó que en épocas lluviosas las avispas se pelean con las abejas, las matan y les roban la miel que llevan, ¿verdad...? Con aquellas amarillas... Son bastante bonitas, pero tienen un aspecto más mezquino...
—¡Quieta! —ordenó Edd de repente—. Allí hay una abeja silvestre de la clase que voy a seguir hoy. Está sobre aquella piedra pequeña.
—Ya la veo —murmuró Lucy.
—Ahora fíjese bien... Está bebiendo o moviendo sus patas en el agua... ¿Ve usted cómo está junto a la orilla...? ¡Mire...! ¿Ve usted las pequeñas bolitas amarillas que lleva en las patas...? Es polen.
—¡Qué divertido! —exclamó Lucy riendo—¡Si parece que, con esa carga sus patas han de deformarse! ¿Y en dónde llevan la miel?
—Yo no he estado nunca seguro, pero creo que la llevan en la boca. Algunos cazadores de abejas creen que esas bolas amarillas son miel, pero yo no lo he creído. Tienen el sabor de cera.
—Cera de abejas... ya sé lo que es, pero... ¿qué hacen de ella?
—Ya lo verá usted en cuanto corte y derribe un árbol de abejas —contestó Edd.
Aparte la gran simpatía de la muchacha por la singular pasión que aquel cazador de abejas demostraba por su profesión, ella empezaba ya a sentirse completamente fascinada. No hacía falta gran cosa para estimular el interés de Lucy, especialmente en un asunto de misterio o de algo que requiriera razón, estudio y perseverancia para resolverlo. Empezaba ya a familiarizarse con aquellos insectos. Pronto advirtió que las avispas eran vivas y agresivas;
manifiestamente entrometidas, querían el sitio para ellas. Las abejas tenían el aspecto serio e industrioso, y cuando se, les acercaban las avispas, volaban para posarse un poco más lejos.
Lucy observó las abejas a lo largo de la orilla del, agua. Aquella tan grande que Edd mostrara poco antes, había ya volado, y otra de la misma especie ocupaba ahora su sitio. Lucy hubiera deseado un cristal de aumento y le dijo a Edd que si lo hubiese tenido habrían podido saber exactamente qué hacía allí aquella abeja.
—¡Por Júpiter! —exclamó Edd con el más solemne arrebato.
—¡Claro que lo veríamos! ¡Nunca pensé en eso! ¡Si ni siquiera sabía que existieran cristales así...! ¿Y en dónde podríamos comprar uno?
—Yo le traeré uno cuando vaya a Félix.
—Lucy —contestó Edd—, no quisiera que usted fuera a Félix, pero me gustaría de veras tener un cristal de esa clase.
—¿Y por qué no quiere qué vaya? —preguntó Lucy alegremente.
—Me disgusta decirlo... Pero estoy inquieto. Creo que usted es excesivamente buena al querer llevar a Félix a mi hermana. Mertie gozará mucho..., pero ¿no volverá de allí con la cabeza llena de pájaros, trastornada por los vestidos y los señoritos de la ciudad?
—Edd, veo que está usted! preocupadísimo por su hermanita.
—¡Sí! —contestó con sencillez, —¿No tiene usted fe en mí? Desde luego, me propongo satisfacer la pasión que Mertie tiene por las cosas bonitas... ¡una vez en su vida...! Y además voy a ver si consigo que Bert Hall venga con nosotras.
Y se volvió para ver el efecto que sus palabras producían en su interlocutor. Por una vez se rompió su hermetismo. Parecía anonadado. Después su sombrío rostro resplandeció y sus grises ojos brillaron con aquel límpido fulgor que Lucy no podía resistir.
—¡Bueno! —exclamó al fin—. ¿Y quién va a pagarle a usted tanta bondad?
—Edd, no es bondad precisamente —replicó Lucy, algo afectada por su emoción—. Ni, tampoco es que eso forme parte de mi misión aquí... Es que me imagino que voy a ganar más que Mertie y Bert, porque sentiré una verdadera felicidad... ¿comprende?
—¡Seguro! Pero... ya sé yo lo que pienso.
Lucy volvió a inclinarse para estudiar las abejas. Un gran número de, especies silvestres se había posado ante sus ojos. Eran todas de diversos tamaños, y las, más pequeñas eran las que llevaban las más grandes bolas de polen en las patas. Las miró atentamente y pudo observar un imperceptible movimiento de sus cabezas y patitas.
—Edd, creo que beben y humedecen el polen a un tiempo.
—...Yo he creído eso a menudo —contestó el muchacho—. Bien; ahora levántese usted y observe cómo sigo a una abeja.
Lucy se puso en pie de un brinco. La voz de Edd había perdido por completo su acostumbrada monotonía. Para la mayoría de las cosas, él se mostraba aparentemente indiferente, pero todo lo que tenía relación con su querida caza de abejas le llegaba a lo más hondo de su ser.
—Ahora permanezca usted detrás de mí, pero un poco al lado —le dijo Edd—. Nos pondremos frente a aquel punto lejano de la Rim. Le llamamos Eagle Rock. La mayoría de, las abejas de estas comarcas siguen siempre una línea que va hacia aquel sitio... —Se detuvo un momento y de repente exclamó—: ¿Ve usted ésa?
Lucy, a pesar de esforzar la vista, no pudo ver nada y el espacio le pareció completamente vatio.
—No mire tan alto —le dijo él—. Esa clase de abejas arrancan el vuelo bajo. Seguramente la habría visto usted si hubiese mirado cerca... ¡Ahí va otra!
—Me temo que mi vista no sea tan fina como la suya —se quejó Lucy al no distinguir a la segunda.
—No; ya verá usted. Siga mirando... Dentro de un minuto ya las; verá...
En aquel preciso momento Lucy distinguió un pequeñísimo punto negro que pasaba por encima de su cabeza y se lanzaba en línea recta a través del espacio.
—¡Oh, Edd, ya he visto una...! Ha desaparecido...
—¡Seguro! Pero no tiene usted que perderla de vista. Lucy distinguió otra que pasó rapidísima y se perdió nuevamente. Después vio otra y la siguió con la mirada durante un espacio de tiempo que le pareció interminable. Luego, habiéndose ya adiestrado en seguirlas de aquel modo, esforzóse en concentrar toda su fuerza de visión. Iba fijándose en ellas, una tras otra; vio que tenían un vuelo maravilloso e invariablemente recto como balas y nunca dejaban el agua dos juntas, sino que había una metódica regularidad en su aparición.
—Está usted haciéndolo muy bien —comentó el muchacho observándola—. Creo que va a ser una buena cazadora de abejas. Ahora miremos un poco hacia el Oeste.
Lucy halló aquella dirección libre de la verde colina y de la rojiza pared de la Rim.
Una línea de abejas pasaba veloz a través del cielo y Lucy podía seguirlas hasta que parecían sumergirse y desaparecer en el espacio.
—¿Cómo es que unas abejas; siguen este camino y otras aquél? —preguntó ella.
—Porque pertenecen a distintos árboles de abejas. Conocen el camino de sus casas mejor que ninguna otra criatura viviente... ¿No lo ve usted? Van rectas como balas... Ahora observe esa otra, línea de abejas —dijo Edd—. Cuando vea otra, sígala hasta que la pierda de vista y luego dígame usted en dónde ha sido, es decir, indíqueme el sitio.
Lucy llevó a cabo varias tentativas hasta conseguir determinar que una línea de abejas desaparecía en la alta copa —de un pino situado en el cerro distante.
—¡Bueno! Eso es alinear tan bien como Mertie o como Allie —comentó Edd, evidentemente complacido. Y recogiendo su fusil y su cubo, exclamó—: ¡Ya estamos en marcha hacia allí!
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Lucy.
—¿No lo adivina usted?
—¡Oh, lo presumo! Hemos descubierto la línea de abejas y las seguiremos hasta aquel pino en donde he perdido de vista a las últimas.
—¡Exacto! —afirmó Edd.
—¡Oh,.. qué divertido! ¡Si es como un juego...! Y luego, ¿adónde iremos?
—No puedo decirlo hasta que lleguemos allí.
—Seguramente volveremos a observarlas; veremos más abejas, descubriremos su dirección, la seguiremos con los ojos hasta que podamos verlas... marcaremos el sitio... ¡y luego repetiremos la operación! —trató de adivinar Lucy con entusiasmo.
—Lucy —repuso Edd—, seguramente su bisabuelo debió de ser algún cazador de abejas silvestres.
—Debió de serlo, pero no lo fue —replicó Lucy riendo.
—Pero de mí no podrá usted hacer una cazadora de abejas.
—¡Seguro que no...! Pero puede hacérsela usted misma.
Lucy no supo qué contestar a esto. Yendo tras él mientras atravesaba el claro, meditaba sobre lo que Edd había dicho... ¿Había sido una sutil respuesta al necio doble significado que ella había dado a sus palabras de un modo inconsciente, o eran simplemente producto de la sencillez del muchacho, tan apta para acertar la verdad? No estaba segura, pero decidió que, en adelante, pensaría mejor las cosas antes de hablar.
Edd cruzó el claro y se metió en la selva. Al entrar en la espesura Lucy vio que se detenía y señalaba un árbol a cierta distancia. Aquél era, por supuesto, el procedimiento para marcar una línea recta a través del bosque y Lucy adivinó la dificultad que aquello representaba y la dura manera de andar en línea recta sobre leños enormes, trepar por encima de las ramas derribadas por el viento; arrastrarse bajo árboles caídos y abrirse paso por entre montones de maleza; penetrar a través de inmensos macizos de helechos, más altos que su cabeza; romper enredaderas y zarzales fuertes como cordeles...
De este modo llegaron al banco situado sobre el arroyo. Mientras Edd se detenía para buscar un sitio por donde bajar, Lucy pudo dirigir su mirada en derredor. ¡Qué valle más sombrío y agreste! Los monarcas del bosque parecían entrelazar sus altísimas ramas formando una bóveda que ocultaba el, sol. Los peñascos y los árboles, la meseta y el arroyo, todo el selvático conjunto de rocas y despojos de las tormentas y el intrincado tejido de enredaderas y viñas silvestres aparecían allí con toda su inmensidad. No había nada pequeño. La rudeza de la Naturaleza, de las tempestades, de las lluvias torrenciales, de la lucha por sobrevivir, se manifestaban por ende con toda su magnificencia.
A través del rugido de las aguas, Lucy distinguió la voz de Edd que le decía —Si no puede usted seguirme, grite fuerte.
—Ya me esforzaré en hacerlo —contestó Lucy.
Edd se lanzó por la pendiente que conducía al rellano seguido de Lucy, quien lo hizo convencida de que iba a estrellarse. Y sin embargo le pareció llevar calzadas las botas de cien leguas, a través de aquel resbaladizo despeñadero que cada vez iba cediendo más bajo su paso. Finalmente, y con una facilidad ridícula llegó al terraplén que se extendía a cuarenta pies de profundidad. Pero lo mas divertido del, caso era que Edd siempre iba delante sin dirigir ni un momento la mirada hacia atrás, y no por descortesía, sino porque no podía ocurrírsele que ella no pudiera efectuar el descenso con facilidad.
El paso del arroyo trajo a Lucy más apuros todavía, y, cuando vio a Edd saltando de una roca resbaladiza a otra, pensó que buena la había hecho en meterse en aquellos trotes.
Edd alcanzó la orilla opuesta sin humedecerse un pie, mientras ella no lo conseguía sino después de mojarse varas veces las botas al tener que andar de puntillas sobre los peligrosos guitarros que asomaban a flor de agua.
Luego Lucy se encaramó tras Edd por un muro de raíces fácil de subir como una escalera, continuando después internándose en el bosque. Ahora una espesura de pinos jóvenes aportaba un cambio agradable al paisaje. ¡Qué subyugadora era la luz allí! La joven seguía un camino fácil sobre una mullida alfombra de amarillentas hojas otoñales. Edd, al pasar, iba rompiendo las ramas muertas para que al seguirle ella no tuviera que detenerse. Por todas partes los pinos jóvenes interceptaban la luz y ocultaban la vista de los grandes árboles.
Poco a poco fue perdiéndose el murmullo del agua hasta desaparecer por completo. Sus pasos sobre la blanda alfombra no despertaban ni el más leve ruido, y el silencio, la sombra, la soledad y aquella penetrante fragancia de los pinos llenaban de emoción a Lucy. Aquel camino terminó en una abrupta colina cubierta de cedros, robles y alguno que otro pino; a través de los cuales Edd continuó su rápida marcha en zigzag hasta detenerse en un claro que se abría cerca de un árbol que Lucy reconoció al punto.
—Creí... que nunca... llegaríamos aquí —exclamó jadeante la muchacha.
—¡Oh... esto ha sido muy fácil! —contestó él—. ¿Puede usted reconocer el sitio en donde estábamos antes, en el claro?
Lucy recorrió con la mirada la loma, la colina, el verde macizo y el enorme arbolado que marcaba el curso del arroyo.
—Sí, veo el agua —contestó ella.
—Pues bien, vuélvase de espalda a ese lugar y mire en dirección opuesta. Verá usted como descubre pronto nuestra hilera de abejas.
Dirigió su mirada hacia el sitio indicado y en seguida descubrió la —línea de abejas que pasaban rápidas como flechas volando sobre la colina, pero a causa de hallarse en el fondo, la oscuridad del bosque le impidió seguir la línea a mucha distancia.
—Aquí es donde haremos fáciles etapas —comentó Edd al tiempo que reanudaba la marcha.
Entre la despejada colina y el, sombrío desfiladero transcurrió la siguiente hora. Lucy tenía bastante trabajo con seguir tan precipitadamente a su guía. No obstante, el camino no era, ni con mucho, tan duro como el anterior, y. pudo seguirlo sin exagerado esfuerzo; hacía ya tiempo que se entrenaba andando y trepando a diario, pero, a pesar de ello, siempre había dudado de que aquellas prácticas fueran suficientes para lo que Edd pudiera requerir. Ahora había resuelto resistir hasta el ultimo momento como cuestión de amor propio. Mertie. le había dicho confidencialmente que la única vez que Sadie Purdue había ido con Edd a una cacería de abejas, se rindió a mitad de camino, a pesar de que siguieron una línea de abejas relativamente fácil. Habría de ser, pues, un camino muy malo y muy largo para desalentar del todo a Lucy aquel día.
Las fáciles etapas de Edd resultaron ser cortas distancias entre marca y marca, y en cada una de ellas tuvo la satisfacción de que fuera Lucy la que volviera a descubrir la línea de abejas.
—¿Cuándo va usted a quemar la miel del cubo? —le preguntó Lucy acordándose de lo que él le dijera.
—No lo sé todavía y aún puede que no la queme. Si pierdo la línea de abejas, entonces será cuando tendré que hacerlo.
—Pues si las cosas continúan como hasta ahora me parece que lo único que va usted a perder es, a mí —observó Lucy sonriendo.
—¿Cansada? —preguntó él.
—Lo más mínimo, pero si tenemos que continuar así durante todo el día, podría ser que me cansara...
—Comeremos un poco bajo aquel árbol grande.
—¡Buena idea! —aprobó Lucy—. Y no porque desee que la cacería sea corta, pues estoy gozando con toda mi alma, pero... ¡tengo ya apetito —Siempre es bueno tener gana de comer cuando se corre por los bosques.
—¿Por que? —preguntó ella.
—Porque cuando uno se decide a acampar, o se llega de regreso a casa medio muerto de hambre, todo sabe tan bien que parece que la comida nunca había sido tan buena.
Lucy empezaba a apreciar lo que aquella filosofía podía significar aplicada a otros casos. Era bueno pasar hambre y sed; era bueno sufrir y resistir.
La línea de abejas conducía a la cima de una loma y luego a una hondonada más profunda, más árida que todas las otras y, sobre todo, mucha más ancha. Edd siguió la línea de abejas a través; del arbolado hacia la cumbre de la colina, pero estaba inquieto porque no se veía nada a propósito para marcar la etapa siguiente. Los pinos eran en aquel lado de uniforme tamaño, forma y color y no presentaban copas ni rama alguna muertas.
—Esto sería ahora fácil si bajáramos y volviéramos a subir en línea recta —observó Edd—; pero si damos un rodeo hasta el otro extremo de esta garganta, creo que vamos a perder nuestra línea de abejas.
—Lucy ¿por qué hemos de dar un rodeo? —inquirió.
—Porque eso sería mucho más fácil para usted —explicó él.
—Gracias, pero... ¿es que me ha oído gritar, como me encargó antes?
Edd soltó una carcajada, cosa muy rara en él. Lucy se sintió muy satisfecha por ello, porque significaba una muestra de viva satisfacción. Inmediatamente después Edd se lanzó a descender en línea recta seguido de Lucy agrandes pasos y a pequeños saltos, encontrando ella que aquello no resultaba tan difícil como él creyera. Todo cuanto tenía que hacer era moverse ligera a fin de no. rodar.
Lucy sentíase excitada, alegre; su sangre ardía y corría veloz por sus venas. ¡Qué aventura aquélla! ¡Si pudiera sentirse segura de sí misma! Sin embargo no admitía en su interior la menor inseguridad en ningún aspecto.
—¡Quiero vivir esto con todas mis fuerzas! —se dijo Porque... ¡quién sabe si volverá más!
Pero el descenso por aquella hondonada era muy engañador. Desde lo alto no parecía más densa que las, otras, pero resultó ser un tupido bosque, un soto de malezas y arbustos.
Encinas, manzanita y zarzales formaban una espesura casi infranqueable hacia el lado sur; pero Edd se lanzaba como un huracán a través de los robles, rompiendo las ramas y tronchando la maleza, pisoteando, los matorrales o arrastrándose como un reptil bajo los zarzales.
El agua corría por el fondo de aquella rocosa rambla.. ¡Cómo bebió de ella Lucy y humedeció su ardoroso rostro! Allí Edd llenó de agua un saquito de tela encerada. que llevaba en el bolsillo y se lo puso al hombro.
—¿Verdad que es divertido correr por encima de los manzanitas? —preguntó él sonriendo.
—Todo es... divertido —contestó Lucy con agitada respiración—. Pero recuerde, si caigo a la orilla del camino, quiero decir de la línea de abejas, que si mi voluntad es fuere,... ¡mi carne es débil!
—¡Hum,...! A veces no la reconozco. Lucy Watson —contestó el muchacho.
Y he aquí que cuando Lucy se imaginaba merecer un cumplido sentíase más bien desilusionada al escuchar unas palabras ambiguas como aquéllas. Bastante abatida fue siguiéndole, ya dentro ya fuera de los bosquecillos de maleza, hacia la colina, pero su abatimiento no duró mucho por cuanto cada trozo difícil y arriesgado de aquella jornada tenía su compensación en otro más fácil, en donde la belleza, el color, la selvatiquez, adueñábanse de ella.
Edd subía ahora la colina zigzagueando, y tan abruptos eran los recodos que Lucy empezó a sentirse por primera vez en tensión. Edd lo observó, y se detuvo de vez en cuando, a pequeños intervalos, a fin de darle tiempo para recobrar aliento y fuerzas.
Aquella loma era empinada como un muro, y la colina resultó ser una verdadera montaña. Al fin escalaron la gran pendiente cubierta de arboleda. Lucy se dejó caer en una alfombra de pinocha, tan jadeante, que casi no podía respirar. Sentía un agudísimo dolor en el costado, pero prodújole una gran satisfacción observar el pesado aliento de Edd y su rostro sudoroso.
—¿Por qué jadea usted? —le preguntó ella levantándose.
—Me figuro que este tirón... es bueno para... continuar subiendo —contestó él alegremente.
—¡Oh! Pero... ¿hay todavía tirones peores que éste?
—No lo sé... Podríamos vernos precisados a subir hasta lo alto de la Rim...
—¡Bueno! —contestó Lucy—. A ver por donde andará nuestra línea de abejas ahora.
—¡Se ha ido a paseo! —contestó Edd, humillado, como si el error que había cometido fuese de proporciones imperdonables—. Pero le juro que a veces es imposible andar completamente en línea recta.
—Acepto sus, excusas, Eduardo —repuso Lucy bromeando—, pero no eran necesarias.
Ningún ser humano, ni siquiera un cazador de abejas, puede atravesar peñas, árboles, colinas, muros de maleza y pilas de troncos sin perder una línea... Bien. ¿Y qué haremos ahora?
—Daré unas vueltas por ahí para ver si la encuentro. Si no lo consigo quemaremos un poco de miel. Eso nos llevará algún tiempo, pero seguro que nos descubrirá nuevamente la línea. Usted quédese descansando aquí mismo.
Lucy pudo distinguir desde allí los dos calveros donde estaban instalados los Denmeade en la lejanía, como nidos verdes y amarillos al fondo de la ondulante falda del bosque. ¡Qué lejos habían ido a parar! ¡Y qué orgullosa sentíase de haber podido llegar hasta allí!
Recobrado el aliento y desvanecido el dolor del costado, no advertía que la hubiera perjudicado lo más mínimo el ejercicio, antes bien se encontraba fuerte y animosa, deseando seguir persiguiendo la línea de abejas hasta el fin. Sólo con un esfuerzo como aquel podía conocerse tan maravilloso país y aprender algo sobre los terrenos de aquellas comarcas.
Ahora se hallaba en un sitio altísimo, y no obstante, la Rim todavía se erguía dominadora, inescalable excepto para las águilas. Así se hallaba gozando con sus gratas sensaciones cuando los pasos de Edd atrajeron su atención hacia él.
—Ya la he encontrado. No estamos muy lejos de ella; venga usted ahora, si ha descansado bastante.
—Oiga, Edd, ¿qué distancia acostumbran tener las líneas de abejas desde el sitio en que se encuentran hasta su fin? —preguntó Lucy.
—Algunas veces millas y millas, pero la mayoría de ellas son cortas. Seguro que parecen largas porque uno tiene que andar arriba y abajo yendo en línea recta por encima de todo cuanto se, encuentra...
El ondulante bosque extendíase a lo lejos desde la cumbre de la colina. A despecho de la pesada corpulencia de los pinos, la línea de abejas parecía penetrar en el bosque y perseverar en su decidida carrera. Lucy podía verlas volar por entre las copas, sin ladearse lo más mínimo. Edd sólo pudo perseguirlas hasta corta distancia debido a que los árboles se interponían en su camino. Allí sólo pudieron adelantar despacio, cosa que fue bien acogida por Lucy. Pájaros, ardillas y conejos daban vida a aquel, bosque. Edd, le mostró una manada de, grises y lustrosos venados, maravillosamente salvajes y graciosos, mirando a todas partes con las orejas enhiestas, ante cuyo espectáculo Lucy experimentó la más viva de las emociones.
—Son colinegros —dijo Edd levantando su fusil.
—¡Oh, no, por favor, no mate usted ninguno! —exclamó ella.
—Estaba apuntando ya a ese gamo. Lo habría atravesado de parte a parte...
—¡Bueno, bueno! Me bastó con su palabra. ¡Qué mansos son...! Ya se van... ¡Oh, mire qué hermoso cervatillo!
Y los estuvo contemplando, viendo coma se iban alejando dando, saltos y pequeñas carreras hasta desaparecer y ponerse a salvo del, fusil, de Edd. Entonces le dijo Lucy cuánto se alegraba de que en lugar de ser un cazador de venados fuera un cazador de abejas.
—Sí, pero hoy no sirvo mucho para las abejas —replicóle él, algo malhumorado—. Y eso es muy natural viniendo una joven conmigo.
—¿Quiere usted decir que cuando va solo lo hace mejor?
—¡Ya lo creo!
—Entonces... ¿se arrepiente de haberme traído?
—¡Sentirlo...! Creo que no. Pero, desde luego, me gusta más andar solo por los bosques.
Ahora que, ir con usted... es algo nuevo para mí, porque usted... no chilla ni se asusta en los sitios sombrías como hacen otras.
No hallando respuesta adecuada a las palabras de Edd, Lucy le llamo nuevamente la atención sobre las, abejas y él continuó andando adelante, atisbando a través de las inmensas bóvedas que formaban las copas de los árboles..
Aquel hermoso bosque iba en seguida a terminar en una formidable y rocosa cañada que no, tendría más allá de un kilómetro de anchura, pero en cambio era profundísima y enormemente agreste. Lucy se detuvo en el borde y quedóse contemplando el panorama con el corazón encogido. Aquella impresionante sima parecía querer socavar los cimientos de la Rim. Rojizos y amarillentos riscos, abruptas promontorios y verdes declives, iban descendiendo, formando inmensos graderías, hasta el negro abisma, desde cuyas profundidades subía hasta ellos el murmullo del agua corriente. A sus pies vio volar un águila de pardas, alas y cabeza y colar blancas, la primera de aquella especie que viera en su vida.
—¡Maldita sea...! exclamó Edd—. Ya me esperaba yo que nuestro árbol de abejas se encontraría en esta parte de la cañada Doubtful2.
—¿Doubtful...? ¿Es ése su nombre?
—¡Sí...! Y seguramente que es un mal sitio...
—Pues por muy doubtful que sea, yo le aseguro que es un lugar magnífico —declaró Lucy.
—No lo encontraría usted tan magnífico si emprendiéramos su travesía.
—Entonces, ¿es que nuestro árbol de abejas está por ahí, en el fondo? —preguntó Lucy contemplando las azuladas profundidades, los negros declives y las rojizos acantilados.
A no ser parque la dominadora masa de la Rim, se levantaba por encima y más allá del muro del cañón, éste y la Rim habrían parecido una misma cosa. Todo era allí verde vegetación a excepción de los bancos, rincones y hendiduras que invitaban irresistiblemente a Lucy para que las explorara.
—¿Vamos a cruzarlo? —preguntó nuevamente ella.
—Si usted quiere, sí ... lo probaremos. Pero creo que usted no podrá hacerlo...
—Pero supongamos que lo hago. ¿Podremos volver a casa por un camino más fácil del que nos ha traído aquí?
—¡Seguro! Puede encontrase un camina más fácil bajando siempre hacia allá... —indicó Edd.
—Bien, pues. Propongo que descansemos aquí para comer y luego lo cruzaremos. De todos modos; antes de ponernos en marcha me dejará usted ver cómo quema un poco de miel.
Sólo par curiosidad.
Edad aprobó el plan. Un poco más abajo encontraron una enorme roca lisa que se proyectaba hacia fuera, sobre el abismo, una parte de la cual estaba protegida por la sombra de un pino; y allí colocó Edd la comida. Después, mientras Lucy se sentaba disponiéndose a comer, encendió un poco de fuego en el borde de la roca y colocó un poco de miel en una piedra bastante cerca del fuego para que se derritiera.
—Pronto nos, vamos a divertir —repuso Edd.
—Se equivoca usted... ¡Yo me divierto ya ahora!
—Bueeeno ; entonces quiero decir que nos divertiremos todavía más...
E inmediatamente se pusieron a comer con gran apetito la abundante comida que la señora Denmeade les había preparado. Pocos momentos después, Edd dijo que ya oía zumbar por los alrededores; pero todavía pasó un cuarto de hora antes de que las abejas empezaran a caer sobre la humeante miel. Entonces Edd derramó un poco sobre la roca y al punto empezaron a descender sobre ella a montones, sin que ninguna de las que venían se marchara nuevamente.
—¿Cómo es que no se van? —le preguntó Lucy.
—Es que están hechas unos gorrinillos —contestó él—. No se irán hasta que hayan recogido toda la miel que se puedan llevar.
Mientras acababan de comer, todo un enjambre de abejas de diferentes tamaños había ida llegando, atraídas por la miel; muchas empezaban ya a marcharse en diversas direcciones.
Edd le explicó que aquello era debido a que pertenecían a diversos árboles.
—¿Todas esas abejas viven en árboles?
—Todas, menos las avispas. asas viven en agujeros que hacen en la tierra; yo he visto muchos de ellos desenterrados, por los osos...
Y después de una pausa exclamó —¡Bueno! Hemos hecho un buen papel a la comida y creo que ya es hora de empezar a deslizarse cañada abajo.
—¿Deslizarse? —preguntó Lucy, sorprendida—. ¿Pero es que podemos, bajar andando?
—Eso ya lo veremos; pero será un andar resbalando... —contestó Edd—. Seguro que voy a divertirme cuanto pueda, porque usted no podrá volver a venir junto a mí...
—¡Dios mío! Entonces será una cosa terrible... Pero a ver si se queda chasqueado, Edd.
¿Sabe que he decidido ir al baile con usted y dejar que Clara vaya con Joe?
—¡Hurra! ¡Es usted muy amable! —exclamó él riendo mientras su cara se iluminaba de alegría—. ¡Qué orgulloso va a sentirse Joe!
Y fue en busca de su cuba de miel ahuyentando a las abejas con su sombrero, después de lo cual detúvose un momento para dirigir una larga mirada escrutando las profundidades de la cañada. ¡Qué magnífico, estaba Edd en aquella actitud! De pie, alto, ágil, con su atlética figura de perfil, con la nobleza del león pintada en su juvenil rostro, recortado contra el azul del firmamento, armonizando, con todo cuanto le rodeaba, parecía como un complemento del grandioso y selvático paisaje. Aquella crudeza contra la que tanto tenía Lucy que objetar parecía haber desaparecido por completo. Aquel cambio, ¿estaba ciertamente en él o en ella?
Lucy se imaginaba esto último; Edd había mejorado mucho, pero no en la cualidad elemental de donde provenía su rudeza.
—Debe de estar allí mismo —repuso Edd señalando al fondo—. Creo que vamos a conseguirlo cruzando la mitad del cañón e incluso me parece que veo ahora el árbol: es un roble grisáceo que está en una orilla... Tiene la copa muerta y una gran rama torcida.
—Muy bien, me acordaré de esas palabras —comentó Lucy.
—Iré delante para que cuando usted llegue resbalando, pueda yo recogerla...
—Pues procure que no me le escape —contestó ella mientras se aprestaba a seguirle.
Al principio, la bajada, aunque rápida, era bastante fácil. Si Edd hubiera serpenteado, ella no habría tenido la menor dificultad; pero él descendía en línea recta sobre la tierra desnuda, sobre rocas resbaladizas, orillas y bancos desviados solamente por los árboles y maleza, teniendo únicamente cuidado de no extraviarse de la línea y de todo lo que él había marcado vara seguirla. Lucy no podía ir despacio, a menos que se decidiera a bajar sentada, cosa que no quería hacer a pesar de las terribles tentaciones que sentía. De pronto, inesperadamente, encontróse al borde de una fantástica pendiente, en ángulo de cuarenta y cinco grados, que llegaba al fondo hasta perderse de vista, poblada de pinos, con todo el suelo cubierto de finísimo musgo y resbaladiza pinocha. Lucy sintió que el corazón se le subía a la garganta y un vértigo absolutamente desconocido para ella. En su vida había visto un declive como aquél ni jamás se había sentido presa de semejante miedo.
—Bien —exclamó Edd—. Aquí es por donde tenemos que dejarnos resbalar. Todo cuanto haga usted, hágalo de prisa procurando conservarse en la misma línea que yo.
Y dicho esto empezó a descender. Su proceder allí era diferente de lo que hasta entonces había hecho. Bajaba oblicuamente, andando o más bien corriendo sobre las puntas de los pies, sosteniendo el fusil y el cubo con la mano izquierda, llevando la derecha levantada, dispuesto a cogerse en el! sitio más oportuno y en el momento conveniente. Su posición correspondía a la oblicuidad del declive. ¡Su mano derecha tocaba a menudo al suelo detrás de sí, dejando un surco en el musgo y la hojarasca. Cuarenta o cincuenta pies más abajo se detuvo en un banco y se enderezó para ver por dónde seguía Lucy.
—¡Bueeeno, joven de ciudad...! —le gritó alegremente con voz burlona.
Lucy sintióse desalentada, pero pronto se recobró de aquella extraña sensación que la abatía.
—¡Está bien, joven montañés...! ¡Allá voy!
Y se lanzó sin temor, procurando imitar la manera de proceder de su compañero. Unos ligeros pasos la condujeron sobre la pinocha, y como el relámpago sus pies resbalaron y cayó rodando, pero pudo, por fin, agarrarse al suelo y se sostuvo por completo.
—¡Bien..., ya ha empezado a venir usted! —gritóle Edd seriamente—. Puede continuar...
Lucy dirigible una mirada mientras hacía su último esfuerzo tratando de conservar el equilibrio y el temple. Si Edd hubiese estado sonriente, habría confiado más en él, pero su seriedad! la desconcertaba.
—¿Me ha traído usted aquí a propósito? —preguntóle, completamente fuera de tino.
—¡Seguro! —exclamó el muchacho—. Estamos sobré nuestra línea de abejas y usted me dijo que no quería ni hablar de dejarla...
—Me refiero a esta horrible pendiente... —insistió, casi desfallecida.
—¿Y cómo podría yo saber que la línea de abejas: pasaría por ella? —preguntó Edd.
Lucy, viendo que lo, que precisaba era obrar y no hablar, se incorporó y se dejó resbalar en derechura a él. Olvidó el modo de bajar de su guía, pero bajó con bastante ,facilidad: corrió, voló y cayó precisamente sobre él, en el momento en que extendía sus manos y la cogía impidiéndole rodar hasta abajo.
—¡Cielos...! ¡Si no llega a estar usted aquí...!
—Habría resbalado un poco más... ¡Pero si lo ha hecho usted muy bien —Por casualidad —confesó ella mientras miraba horrorizada hacia abajo.
El otro trozo hasta otro rellano más hondo parecía más inclinado todavía; y el siguiente le lió a Lucy verdadero vértigo.
—Lamento haberla llamado joven de ciudad —comentó contritamente Edd—, porque usted es seguramente valiente y ágil... Usted caza abejas tan divinamente como baila...
Lucy no reaccionó con el cumplido del! muchacho, por cuanto sabía que su, valor era ficticio. No obstante, sintió una débil emoción que la animó un poco, confiando poder continuar el descenso sin matarse.
—No se agarre usted a mí —le aconsejó Edd al reanudar la marcha—. Ésa no es la manera...
Resbalaríamos los dos y no pararíamos hasta el fondo, lo mismo que si todo estuviera cubierto de nieve... Cuando yo llegue un poco más abajo, usted se desliza hasta mí lo mismo que ha llegado hasta aquí ahora.
Edd bajó de nuevo y se detuvo en buena posición para esperar a Lucy, quien, sin vacilaciones, en vista de que—.él estaba esperándola, se lanzó con paso ligero, apoyándose hacia atrás con su enguantada mano. En el trecho siguiente, un par de pinos le facilitaron el descenso; luego. fueron encontrando sucesivos rellanos que parecían calculados para devolverle el ánimo.
—¡Bueno! —exclamó Edd de pronto, mirando hacia abajo a derecha e izquierda—. ¡Esto sí que está mal...! Creo que no podemos retroceder... y las dos lados son a cuál peor... Creo que no podemos hacer otra cosa que seguir deslizándonos.
Y se deslizó rodando hasta dar contra un árbol.
—¡Eh! Ya ve usted que no podrá hacerlo peor . que yo —le dijo entonces—. ¡Vamos! ¡No se detenga a pensar...! ¡A escape!
Lucy sentía un extraño, estado de loca alegría y de agudísimo pánico al mismo tiempo... Al lanzarse, cerró los ojos; su objetivo era Edd; pensaba irse de cabeza; corrió y llegó hasta él, ganándose otro cumplido.
Cuanto más bajaban, más espesos eran los montones de pinocha y los parches de musgo más escasos; la pendiente iba formando un ángulo cada vez más vertical y los rellanos aparecían siempre a mayor distancia. Al fin llegaron a un punto en donde Edd se detuvo absolutamente perplejo. El declive no solamente se había convertido en precipicio, sino que acababa en un salto cuya altura él no, podía determinar.
—Lucy..., le he hecho a usted una mala pasada metiéndola en este atolladero —le dijo contrariado.
—La culpa es mía, Edd —repuso ella, asustada por la expresión del muchacho—. Pero siga y lleguemos` como sea hasta abajo antes que pierda usted la serenidad.
Pero toda la suya desapareció al ver deslizarse a Edd hasta el sitio elegido más abajo. Él no había dada ni un solo paso, se sentó y se dejó deslizar en línea recta. Lucy pensó por un momento que iba a caer al precipicio, pero él hundió sus tacones en la pinocha y detuvo su carrera en el momento más crítico, junto a un pino.
—No es tan malo como creía —exclamó Edd desde allí.
¡Pero qué lejos se hallaba de ella entonces!
—¡Vamos! —continuó el muchacho—. Deslícese usted en línea recta. ¡Pero no se desvíe ni un ápice! Lucy, a pesar suyo, no obedeció; se lió cuenta de lo necia que era, pero no pudo sentarse deliberadamente y resbalar. Probó a hacerlo cama lo había hecho hasta entonces, pero sus pies se levantaron más altos que la cabeza, cayó de espaldas y empezó a bajar dando volteretas. La tierra y la hojarasca la cegaron completamente, hasta que por fin, sin saber cómo, se detuvo. Cuando la vista se le aclaró, vio que se había desviado de la línea de Edd, quien iba bajando a gatas a la largo del precipicio para interceptar la caída de ella más abajo.
Los gritos de Edd añadidos a, todo lo sucedido la espantaron de tal modo, que se había agarrada inconscientemente y allí quedó con los pies y las manos hundidos en la pinocha.
Edd estaba arrodillado; a ella le pareció que jamás acertaría a llegar hasta él, antes rodaría por el precipicio. Pulgada tras pulgada sentíase resbalar. Chilló con todas sus fuerzas. Entonces la voz de Edd llegó a sus oídos:
—¡Loca...! ¡Suéltese en seguida; deslícese!
Lucy se soltó porque ya no podía sostenerse más. Le pareció que iba rodando por el aire, en medio de una nube de tierra, de pinocha y de musgo. Veía sucesivamente el cielo, los árboles y la tierra. Bajó de espaldas, de cara, de rodillas..., parecía que toda una imponente masa de escombras se precipitaba con ella. De repente tropezó con algo y se detuvo con un choque terrible. Sintió que Edd la tenía agarrada, pero no pudo ver nada, antes bien se sintió rodar nuevamente sobre su espalda, como empujada o arrastrada, hasta que, al fin, le pareció que hacía un alto. Sin aliento, aturdida, cegada y ardiendo como el fuego, completamente llena de tierra, Lucy luchó hasta conseguir sentarse.
—¡Seguro: que ha resbalado! —murmuró el muchacha—. Usted chocó conmigo sobre el borde, pero —ahora estamos ya a salvo. Voy a recoger mi escopeta.
Lucy tenía la boca llena de tierra y toda el cuerpo lleno de agujas de pino, de musgo y de tierra también. Escupía y no pudo ver nada hasta que, bien venidas, las lágrimas cuidaron de lavar sus ojos. Entonces vio que se hallaba al pie del espantoso declive. Edd subía arrastrándose hasta el rellano de más arriba, y también su pelo, su Camisa y pantalones, sus botas y hasta sus bolsillos estaban llenos de tierra, de pinocha y de musgo. De pie ahora, sacudiéndose, intentaba despojarse de todo lo que había arrastrado durante aquel involuntario descenso, y aunque pareciera increíble, no encontró ni el menor rasguño en su cuerpo. Pocos momentos después, Edd volvió a deslizarse hasta allí, llevando la escopeta y el cubo de la miel; mientras llegaba hasta la joven, parecía luchar consigo mismo y hacer un gran esfuerzo por contenerse.
—¡Es inútil! —exclamó al fin—. ¡No puedo más!
—Pero... ¿qué le pasa? —repuso ella, llena de espanto.
—Que... si no puedo... reír..., ¡estallaré! —contestó él dejándose caer al, suelo.
—Le ruego que no haga una cosa tan... tan estúpida como ésa —replicó Lucy procurando mostrarse altiva. Pero la vista de aquel imperturbable muchacho dando., rienda suelta a aquella incontenible hilaridad la afectó de una manera irresistible; su resentimiento desapareció y la risa de Edd se hizo contagiosa.
—¡Qué ridícula debía de estar! —repuso ella.
Pero Edd era incapaz de darle explicación alguna. Por fin, Lucy dejó que su seriedad se rompiera y unió sus carcajadas a las de él.
Una hora más tarde, la muchacha se detenía en un borde altísimo, sobre la cañada, exhausta y desaliñada, pera triunfante y alegre, mirando a lo alto de un roble gris que había resistido el azote de los vientos y las tempestades durante siglos. Estaba medio muerto y descolorido, pero una parte del, —grueso tronco que se extendía desde la horquilla, presentaba millares de hojas anchas, recias y espléndidos racimos de bellotas. En la parte baja de aquel tronco había un nudo con un agujero completamente embadurnado de una sustancia amarilla; una interminable carrera de abejas entraba y salía por él. Edd había, pues, seguido su línea recta que le había conducida hasta el árbol que contenía una colmena.
—¡Seguro que es un árbol viejo! —murmuraba Edd yendo de acá para allá y mirando a lo alto de la capa con los ojos brillantes—. Creo que este agujero es muy hondo y está lleno de miel... Por lo menos, voy a salvar... ¡cincuenta galones —¿Y no tiene usted, miedo a las abejas? —preguntóle ella al ver que los insectos bajaban y le rodeaban.
—A mí no me pican nunca —replicó él.
Lucy dedujo que si no había ningún peligro para él, tampoco lo habría para ella, y deseando verlas salir y entrar, acercóse a, donde Edd, se hallaba. Apenas había levantada la cabeza para mirar, y ya una nube de abejas empezó a zumbar ante su rostro. Alarmada, Lucy las hostigó can los guantes que llevaba en una mano.
—¡No las golpee! —gritóle Edd, inquieto—. ¡Va usted a enloquecerlas!
—¡Pero si me persiguen...! ¡Aléjelas de mí...! ¡Edd...! —iba gritando asustada mientras trataba de retroceder sin dejar de hostigar a unas cuantas que persistían en atacarla.
Y he aquí que mientras retrocedía, tropezó con un tronco abatido, cayó de espaldas y una abeja fue disparada a picarle precisamente en la nariz, en donde permaneció hasta que ella la apartó de una manotada en medio de la más desesperada protesta. No obstante, levantóse rapidísimamente y fue a refugiarse en una zona más apartada y segura.
Durante unos momentos estuvo sufriendo por la quemante punzada; después, la humillación de la picadura encendió su ira y cuando, a través de los árboles, vio a Edd, sospechó que nuevamente había vuelto a sucumbir a su desvergonzado júbilo. Porque de no ser así, ¿por qué se habría ocultado detrás del árbol de las abejas?
Lucy inclinóse a cuidar su enfado lo mismo que su lastimada nariz, y se sentó en el suela para coger tiernamente el afrentado apéndice. Se estaba hinchando y, en aquel momento, debía de tener ya una fea y gorda nariz,. roja como un pimiento. Cuando Edd, al fin, llegó hasta ella con aire más bien tímido, Lucy le miró.
—¡Aquella horrible abeja me ha picado en la nariz! —exclamó la muchacha,—. Sólo por esa ya no iré al baile.
—Tengo un poco de ungüento hecho por mí que le quitará el dolor y la hinchazón —repuso él cariñosamente.
—Tiene ya muy mal aspecto?
—¡Oh, nadie la notará! —contestó él, consolador.
—¡Pero me hace un daño...! Si no me desfigura para siempre creo que podré soportarlo mejor.
Él se quedó mirándola pensativo.
—Usted me ha seguido mejor que ninguna de las muchachas que me acompañaron a seguir abejas. Voy a decírselo a todo el mundo... Mis padres van a sentirse satisfechísimos,...
Ahora voy a preguntarle una cosa: a pesar de todo, ¿no está contenta de aquel espantosa batacazo y de esta picadura?
—No sé... —le contestó Lucy, igualmente pensativa—: No estoy ahora muy contenta, pera quizá lo esté más tarde.
Dos horas de agradable camino por una suave y boscosa pendiente condujeron de nuevo a Lucy y a su guía al arroyo. Edd había tenido cuidado en buscar un bosque abierta y el camino más fácil posible. El ocaso, los halló cruzando el claro. Lucy, que podía apenas caminar, levantó la mirada para contemplar con embelesa el dorado espectáculo de las nubes y el encendida muro de la Rim, besado por el sol poniente.
—Edd, ha olvidado usted el pavo —le dijo Lucy cuando entraron en el sendero.
—No; lo que pasa es que está apartado de nuestro camino de vuelta. Después de cenar cogeré un caballa y lo iré a buscar.
—Bien, Edd, muchas gracias por la cacería de... abejas...
Al pasar el patio, la joven dio voces e hizo señas a los Denmeade can los brazos, ocultando hasta lo último su fatiga. Clara la oyó y abrió de par en par la tienda, excitada, con los ojos relampagueantes. Lucy entró tambaleándose, cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama lo mismo que un cuerpo exánime.
—¡Oh , Clara! —murmuró con apagada voz.
—¡Estoy muerta...! ¡Destrozada...! He andado, trepado, resbalado..., y me han picado las abejas... ¡hasta morir ...!
—¡Oh! —murmuraba su hermanita.
—Sí, me han picado: ¡mira mi pobre nariz...! Encontramos una línea de abejas y la seguimos millas y más millas, subiendo y bajando..., siempre al lado de ese cazador de abejas, silvestres... Pero, ¡oh, Clara!, para mí ha sido un día... ¡magnífico!
Clara, inclinada amorosamente sobre ella, la escuchaba atentamente, observándola con sus ojos tristes, hermosos y perspicaces...
—Lucy querida —murmuróle cariñosamente al oído—, ¡tú estás enamorada de ese cazador de abejas!


XI
Era ya entrado el mes de octubre cuando Lucy regresó de Félix, en donde había permanecido cuatro semanas en vez de dos como era su intención; y su trabajo interesó tanto a la junta Benéfica, que consideraron que el experimento había resultado el más completo éxito, por cuya causa pusieron a Lucy en contacto con otros empleados de aquel departamento que necesitaban de su experiencia. No hay que decir que ella resultó un personaje importante dentro de aquel pequeño círculo.
A pesar de que la diligencia llegó a Cedar Ridge a la caída de la tarde, Lucy no quiso quedarse allí hasta el día siguiente. Sentía un extraño y ansioso deseo: de volver a ver a su hermana y aquel lugar que ella llamaba su casa, el solitario albergue cerca de la Rim que, según creía, había sido la causa de la nostalgia que sintiera durante su estancia en la ciudad.
Bert y Mertie, que habían sufrido un importante cambio en sus vidas, apresuráronse a ir a casa de él a fin de revelar su secreto a su familia, asegurando a Lucy que saldrían del rancho al día siguiente. Lucy alquiló uno de los pocos automóviles que había en Cedar Ridge y al cuidado de un buen conductor, llegó a casa de los Johnson poco antes de la puesta del sol, ofreciéndose el hermano pequeño de Sam a llevarle su equipaje y acompañarla a caballo hasta casa de los Denmeade. Durante su ausencia, Jencks habíase ido (por cuanto no había escuela desde últimos de otoño ni la habría en todo el invierno), asegurando que volvería a la primavera siguiente.
Una vez a caballo, Lucy volvió a sentirse libre. ¡Cuánto tiempo había estado ausente!¡Y cuántos cambios durante todo aquel tiempo!¡Qué transformaciones había producido el otoño en el verdor de aquellos bosques, a lo largo de los caminos! Lo único que no encontraba cambiado eran los grandes pinos, a pesar de que sus finas agujas presentaran un ligero tinte acastañado. Las hojas de los helechos, antes maravillosamente verdes, mecíanse al soplo de la brisa, crispadas y encogidas; las vides silvestres estaban completamente amarillas; las margaritas habían desaparecido; los sicómoros ofrecían un aspecto pálido y enfermizo, y los álamos habíanse despojado de su belleza, quedando completamente desnudos como los nogales.
En los sitios desde donde podía contemplar de nuevo la Rim, Lucy quedábase embelesada. Habíase llevado una visión de aquel ingente muro coloreado, pero aquello ahora era una inmensa llama de oro, púrpura y escarlata, pasando por todas las, tonalidades de la gama del fuego. La escarcha, con su varita mágica, había tocado los manzanos, los álamos temblones y los robles... A Lucy le parecía que entraba ahora en otro bosque más hermoso todavía. Arriba y abajo, por todo el camino, su caballo andaba por una mullida alfombra otoñal, y las ramas bajas de los pinos y los abetos que llegaban hasta ella al pasar estaban cubiertas de arrugadas y secas hojas desprendidas. ¡Qué diferente el sonido de los cascos de su caballo! Antes crujían y chasqueaban; en cambio, ahora resonaban tristes y apagados.
Los días melancólicos habían llegado. Mientras los colores del sol poniente se iban desvaneciendo, Lucy vió una purpúrea niebla, espesa como humo, llenando todos los huecos y hondonadas. Las altas copas de los árboles estaban marchitas, grises, oscureciéndose lentamente a la luz del crepúsculo. Antes de que cerrara la noche, bajaron al boscoso y sombrío valle y volvieron a salir de él. ¡Qué reconfortantes eran los silenciosos parajes de los bosques! Seguramente descubriría algo en sí misma cuando pudiera pensar tranquilamente en ello. Siempre que el sendero no era escarpado, el hermanito de Sam iba charlando, y su caballo andaba cerca del de Lucy; le contaba pequeñas cosas de sus vidas sencillas que resultaban gratísimas a los oídos de ella.
La constelación del Cazador iluminaba el último trecho de la cuesta que conducía al claro de los Denmeade y, mágico y blanqueado por la luna, el enorme muro parecia darle la bienvenida. ¿Qué habría sucedido, durante su ausencia, bajo aquella sombra espectral? Negro y silencioso, el bosque alejábase ondulante hasta sus negros confines.
Lucy olvidó su cansancio, y el ladrido de los perros desterró completamente todas las emociones que estaban esperando el momento en que ella entraría en aquel sendero. A través de la oscuridad buscó la mancha blanca de la lona de la tienda. ¡Había desaparecido! ¿Se habría trasladado Clara a la cabaña de los Denmeade?... Poco después descubrió que las.
paredes de su casita habían sido recubiertas de madera hasta su mitad, y el techo era también de tablones. Una luz brillaba a través de la lona. Lucy apenas pudo esperar a recoger su bagaje de manos del muchacho y decirle, lo, que debía hacer. Su voz suscitó un ruido de sillas y de pasos ligeros en el interior de la cabaña; la puerta abrióse rápida y Clara lanzóse al exterior con un grito de alegría. Pese al entusiasmo del momento, Lucy, al estrechar a Clara en un fuerte abrazo, no notó la frágil esbeltez que siempre caracterizara el cuerpo de su hermana. Entraron en la cabaña, brillantemente iluminada, y durante algunos momentos la dulzura de sentirse reunidas borró o detuvo todo lo demás.
—¡Déjame verte! —le dijo Lucy apartándola un poco—. ¡Oh Clara...!
Y no pudo decir más ante aquel rostro moreno y aquellos radiantes ojos.
—Sí, me encuentro muy bien —contestó ella—. Fuerte como un oso y... ¡casi gorda! Ya me preguntaba qué pensarías cuando me vieras... Ya lo ves: tu hogar y esa gente salvaje me han curado... i Más todavía...! ¡Oh, hermana, tengo miedo de decírtelo, peso... soy feliz!
—¡Querida mía...! ¿Estoy soñando? —exclamó Lucy, arrobada —¿Qué ha sucedido?
¿Cómo lo has hecho?... ¿Quién?... ¡Oh, y yo me preocupaba por ti...! ¡Mírame a mí, en cambio! Estoy delgada, pálida, mientras tú... ¡Oh, Clara, estás encantadora! ¿Qué has estado haciendo durante este tiempo?
—Pues mira: sencillo como el abecé, como dice Danny —repuso Clara—. Cuando tú te marchaste, ya presentía que me pondría pronta bien, perfectamente bien otra vez o... a me moriría intentándolo. Me encargué de tu trabajo en estos lugares y he. hecho todo cuanto me han permitido. He montado a caballo, he trepado por los. montes, he andado todos los días Con Joe... ¡y comer...! ¡Oh, he comido casi como un cerdito...!
—¡Todos los días con Joe...! —murmuró Lucy con una mirada llena de amor, de esperanza, de miedo y de duda a un tiempo—. Y... ¿es eso lo que te ha cambiado tan extraordinariamente?
¡Oh, cuándo había visto Lucy la adorable sonrisa que ahora contemplaba en el rostro de Clara!
—Sí, pero sobre todo ha sido el trabajo —añadió ella con seriedad—. Joe ha curado mi cuerpo; me ha llevado por los campos y por los bosques... Yo en realidad no estaba tan enferma como supuse; estaba débil, aniquilada, sin ánimos. Entonces, al dedicarme a los niños Denmeade, como haces tú, he comprendido que valía la pena vivir. ¡Si no he hecho más que despertar!
—No me importa quién ni cómo ha realizado ese milagro —exclamó Lucy abrazándola nuevamente—. ¡Bendito sea Joe...! Pero..., ¡oh Clara!, si él estaba por ti tamo Edd me dijo antes de marcharme..., ¡cómo debe de estar ahora!
—Me quiere de veras —asintió ella con una soñadora sonrisa en los labios.
En los de Lucy temblaba también una pregunta que temía formular; pero disimuló la emoción y mientras ponía su equipaje sobre la cama se aventuró a hacerla.
—Bien, eso tampoco es nada nuevo... ¿Cómo está mi cazador de abejas salvajes?
—No he podido apreciar cambio alguno en él —repuso Clara riendo—. A mí sólo me has escrito dos veces, pero a él... ¡ninguna!
—¡A él...! ¿Esperaba él que yo le escribiera? —preguntó Lucy, sorprendida.
—No estoy muy segura, pero lo deseaba. Todas las noches cuando volvía del trabajo (ahora está recogiendo miel, ¿sabes?) venía aquí y me preguntaba si tenía noticias tuyas..: Yo creo que os echaba de menos a ti y a Mertie. Le preocupaba cómo se portaría ella contigo.
—¡Debía haberle escrito! —murmuró Lucy—. Sin embargo me costaba. Quería...
pero... ¡Oh, no sé ni donde estoy! Quizás ahora... Bueno; por lo que respecta a Mertie... ¡no tenía que preocuparse por ella...
—Lucy, te confieso que incluso yo misma siento curiosidad —repuso Clara.
—Mertie no era más que una locuela chiquilla de campo que había estado bajo malas influencias —continuó Lucy—. En el fondo era buena, como me figuraba yo; y se interesa muy de veras por Bert. Quería algo y no sabía qué. ¡Yo sí que lo sabía! Y se lo he dado: le compré todo cuanto se le antojaba y la. he llevado por todas partes. Me parecía imposible que nadie pudiera ser tan feliz como lo era ella. ¿Y Bert...?¡Oh, Señor...! Daba gusto verlos... Ya se han casado y estoy segura que están unidos para toda la vida.
—¡Casados...! Bueno: Lucy Watson, eres una embajadora terrible. ¿Por eso te los llevaste a Felix?
—De ningún modo; pero sucedió siguiendo el orden natural de las cosas. No digas nada; Mertie y Bert estarán aquí mañana para dar una sorpresa a su gente... Cómo se lo tomará Edd?
—¡Se sentirá feliz! —exclamó Clara—. ¡No sabes cómo adora a esa locuela! Así... ¡ya están casados...!¡Claro! Toda la gente joven puede hacerlo...
—¿Lo dices por ti o por mí? —preguntó Lucy.
—No, por mí, Lucy... —y desviando la conversación añadió—: Creo haber oído a Allie que nos llama para cenar.
La acogida que a Lucy se hizo en aquel sencillo hogar fue todavía más satisfactoria que el premio que su orgullo recibiera en Félix. Edd Denmeade no se hallaba presente. Su padre dijo que estaba fuera, acampando para una larga cacería de abejas. Lucy intentó convencerse de que su ausencia era un alivia y no obstante... ¡deseaba verle!
La muchacha contuvo las preguntas sobre Mertie diciendo que estaría en casa al día siguiente para contestar ella misma.
El clamoreo de los niños lo produjo la entrega de varios regalos traídos de la ciudad.
Lucy no había olvidado a ninguno de los Denmeade, puesto que recordaba la alegría que un regalo les proporcionaba a todos sin excepción. Para Edd había comprado una lupa y un anteojo de campaña para el estudio de sus abejas.
—Hermana, ¿y a mí qué me has traído? —le preguntó Clara, un poquitín celosa cuando regresaban a su tienda.
—A mí misma, ¿no es bastante? —contestó Lucy.
—¡Por supuesto...! Lucy, debes de haber gastada mucho dinero —comentó ella seriamente.
—Ya lo creo; todo el que tenía, excepto el que tú me pediste en tu carta... Ese lo traigo.
—¡Oh, qué buena eres!
—¿Y para qué necesitas tanto dinero? —preguntó Lucy con franqueza—. Me sorprendió de veras.
—Es que... yo... Bueno; es que hay una mujer en Kingston —contestó Clara volviendo el sonrojado rostro—. Le debía dinero... No me atrevía a decírtelo. Confiaba en que ella querría esperar hasta que yo pudiera ganarlo; pero como me escribió...
—¿Cómo sabía que estabas aquí? —exclamó Lucy, sorprendida.
—Porque yo le escribí primero... hablándole del asunto...
—No quiero que debas nada a nadie —contestó decidida Lucy—. Mándale ese dinero desde Cedar Ridge y... ¡no pongas esa cara tan triste! Estoy contentísima de poderte ayudar; todo lo mío es tuyo... ¿Te alegrarás cuando te diga que me han aumentado el sueldo y han recomendado mi actuación aquí? Tengo que enseñar a varias nuevas empleadas.
Y siguió hablando de otras cosas para alejar la sombría expresión que observara en el rostro de su hermana a la vez que procuraba desvirtuar la sorpresa demostrada ante su petición de dinero y ahuyentaba sus propios y vagos temores. ¡Era imposible que en un mes Clara se rehiciera de su amargo pasado! Pero Lucy estaba satisfecha de aquel sorprendente cambio, que había sobrepasado sus esperanzas.
—En Félix hacía calor; aquí, en cambio, hace frío —decía Lucy temblando cerca de la estufa—. Pero este frío, este aire, ¡son tan agradables!
—No hace mucho tuvimos seis pulgadas de nieve —dijo Clara—. ¡Cuánto me gustaba! Es la segunda vez que he visto nieve; pero se derritió al día siguiente... Edd y Joe han reforzado nuestra cabaña. ¡Oh, cuánto silbaba el viento y cómo se colaba la nieve! Habría sido magnífico, de haber estado tú aquí. ¡Yo sola, tenía un miedo....!
—¿Conque nevó ya ,..? Oye, Clara, nos quedaremos en esta cabaña todo el invierno, ¿verdad?
—¡Oh! Confío en que podremos quedarnos; no veo que podamos hacer otra cosa, por lo menos hasta la próxima primavera... Lucy, tengo noticias para ti. El señor Denmeade me contó que tanto los Johnson como los Claypool se le habían quejado porque te retiene tanto tiempo aquí. Dicen que eres parcial con los Denmeade y que si no te vas pronto con ellos van a dar parte a la junta de Gobierno... ¿No crees que eso te pueda perjudicar?
—No pueden perjudicarme, Clara —contestó seriamente—. Soy yo quien ha creado este empleo y puedo administrarlo como crea conveniente. De todos modos, los Claypool y los Johnson tienen razón: soy parcial con los Denmeade... ¡Y tanto! Siempre traté de ser justa y he procurado serlo; pero las circunstancias hacen que el cumplimiento de mi deber sea más difícil de lo que había pensado. La verdad es que tuve suerte por haber venido antes aquí que a ninguna otra parte, y a eso, precisamente, debo mi éxito. Ahora no podemos hacer nada. Un día de éstos bajaremos a casa de los Claypool, luego a la de los Johnson, y nos pondremos de acuerdo para pasar con ellos la primavera y el verano; pero en otoño volveremos aquí arriba.
—¡Volveremos...! Pero, ¿tengo que ir yo contigo? —preguntó Clara.
—¿Que si tienes que ir...?¡Claro que tendrás que ir conmigo! —declaró sorprendida Lucy— . Pero ¿en qué estás pensando? ¿Cómo podría arreglármelas ahora sin ti?
—Es que yo... yo creía que me dejarías quedar aquí... —murmuró Clara, algo turbada—.
Los Denmeade han estado hablando sobre esto y detesto tener que marcharme y meterme en otra familia extraña... El señor Denmeade y Joe, la madre y los niños... ¡todos dicen que no permitirán que te vayas! Edd, en cambio, dice que tendrás que ir y que irán porque eres justa... Pero yo soy egoísta, Lucy, y creo que puedes hacer tu trabajo desde aquí durante todas las estaciones menos en invierno. Podríamos ir a caballo dos veces al día, e incluso llegarnos hasta la casa de los Miller, que está más lejos. Ahora, si tú no lo crees así... o no quieres, déjame aquí por lo menos una parte del tiempo... Claro que estaré contenta por ir a trabajar contigo... ¡No soy más que una cobarde! Pero es que estos Denmeade han alejado algo de mi corazón... Yo creo que vivir cerca de ese Sam Johnson me volvería completamente salvaje. La señora Denmeade dice que los Sprall son mala gente y Edd afirma que tú irás allí a despecho suyo y de todos nosotros. Un día encontré a Bud Sprall cuando fui a cazar ardillas con Joe; y le vi también en el baile, cuando fuimos en septiembre... Le sorprendí mirándome... ¡habrías tenido que ver cómo me miraba cuando estaba con Joe...!
Lucy, ¿verdad que él no puede haber oído decir nada de mí?
—No veo cómo —contestó enfáticamente Lucy—. ¿Aquí arriba, en estas soledades...?¡Imposible!¡Si no he oído hablar de ti ni siquiera en Félix! Encontré a todas nuestras antiguas amistades y nadie me insinuó lo más mínimo de lo que tú temes.
Clara recogió esta información con una alegría que Lucy juzgó quizá desproporcionada respecto a la importancia que tenía.
—Sé que Edd y ese Bud Sprall se odian —continuó Clara—. He oído cosas que no iban destinadas a mis oídos... Tienes que sujetar a tu cazador de abejas, porque si no... ¡matará a Bud Sprall —Clara, yo llamo a Edd Denmeade «mi cazador de abejas» en broma, porque creí que eso te divertiría —protestó Lucy—. ¡Pero por Dios, eso es ridículo! ¿!Cómo va a ser mío y cómo pueda yo hacerme responsable de sus contiendas? Él detestaba a Bud Sprall mucho antes de que viniera yo por aquí.
Perfectamente cierto, Lucy; pero el caso es que Edd es tuyo tanto si quieres como si no; y tú puedes evitar que mate a ese sujeto.
—¿Y qué debo hacer? —preguntó incrédula Lucy—. Supongo que no vas a proponerme que me eche en brazos de Edd para evitar que se convierta en un asesino...
—Pues eso sería un nobilísima trabajo benéfico; pero además... ¡a ti te gusta el muchacho!
—¡No me gusta como para eso! —replicó Lucy con aspereza.
—¡Bueno! Entonces tú eres tan voluble como lo era yo antes. Porque te aseguro que cuando regresaste de aquella cacería de abejas el mes pasado, estabas completamente enamorada de él... ¡o no entiendo yo nada de esa enfermedad —¡No seas necia, Clara! —replicó Lucy, irritada y perpleja —Yo podía estar enamorada del bosque, de la cañada, de la selvatiquez y belleza de este país, pero nada más...
—¡Pero si Edd Denmeade y esa selvatiquez son una misma cosa! —interrumpió Clara—.
En fin, no te preocupes por mis argumentos, querida Lucy. Algunas veces pareces mi hermanita pequeña en vez de serlo yo. Supongo que no deseas volver a vivir en Félix. ¡Yo sí que nunca lo desearé...! Por otro lado, no podemos evitar el efecto que producimos en esos muchachos... Pues bien, algo saldrá de todo esto.
Ahora... tú estás cansada y yo te estoy mareando. Vámonos a la cama.
Al día siguiente Lucy estuvo demasiado entregada a ordenar y recoger todos los hilos de su benéfico trabajo, para enfrentarse con el serio escrutinio de sí misma, que era inevitable; y acogía con satisfacción cualquier pretexto para dejar aparte sus propias cosas.
Sentíase como una hoja agitada pero unida a una rama azotada por el viento, pronta a quedar a merced de la tempestad. Presentía que algo iba a suceder, pero se complacía pensando que hasta el momento no había sucedido. Clara era un enigma, y a pesar de la gran mejoría que en ella había observado, no podía desterrar un vago temor intuitivo que era como la sombra de una espada suspendida sobre su cabeza.
Tuvo una franca conversación con Denmeade sobre los Claypool y los Johnson. El viejo montañés se mostró honrado en su actitud hacia ellos al convenir que necesitaban a Lucy mucho más que su propia familia. No podía, pues, demorar sus servicios hasta más allá de la primavera. Él creía que Lucy podía apaciguar sus celosas ansiedades yendo a verlos y planeando con ellos su ida; al terminar aquella entrevista con el viejo Denmeade, Lucy se llevó fa impresión, más bien inquietante, de que los Denmeade habían hecho de su presencia allí una especie de triunfo personal. Vivía con ellos; y lo que les había enseñado y los adelantos que había instalado para la limpieza y comodidad de todos, les habían elevado en su propia estima sobre sus vecinos. Aquello constituía una mala situación.
Entrada ya la tarde llegaron Mertie y Bert ataviados con sus mejores trajes adquiridos en Félix y aparecieron misteriosamente radiantes.
—¡Mira, Clara! —exclamó Lucy asomándose fuera de la tienda—. Ya sabía yo que por nada del mundo Mertie habría dejado de ponerse hoy ese vestido. ¡Y viene desde casa de los Johnson!
—Está guapa y el traje es muy bonito —asintió Clara —¡Oh! ¿Bert no está completamente conquistador...?¡Si acciona como un joven lord...!
Bueno; espero que serán muy felices... Anda, Lucy, ve tú; yo les veré luego.
Aunque Lucy salió en seguida, llegó ya tarde para oír la confusión de la joven pareja a la llegada, y cuando entró en el patio, un gran rumor invadía todo el porche. La pareja presentábase a la hora precisa en que toda la familia estaba reunida y al punto recibieron la bendición paterna. Lucy se detuvo un momento para espiar a través del mustio follaje de los melocotoneros. Los chiquillos chillaban con todas las fuerzas de sus pulmones; pero aquel barullo no podía apagar completamente las alegres y excitadas, voces de las mujeres Denmeade y las notas graves de los hombres.
Los ojos de Lucy se llenaron de lágrimas y su corazón palpitó de alegría; sólo ella sabía la parte que le correspondía personalmente en aquel feliz acontecimiento. Sólo ella (y quizá también Edd) sabían la peligrosa pendiente por la que Mertie había empezado a resbalar obstinadamente. Por todo ello volvió a detenerse otro poco al llegar a la valla, acariciando la frente de los dos caballos.
Cuando se presentó en el porche, la excitación se había calmado completamente.
—Pero, qué era toda esa algarabía? —gritó mientras subía los escalones.
—¡Bueeeno, señorita Lucy! —murmuró el viejo Denmeade levantándose y quitándose el sombrero.
Después cogió sus manos entre sus toscas manazas y la miró con la más honda emoción pintada en sus ojos. —¡Qué bien ha jugado usted! —le dijo enternecido mientras toda la chiquillería la rodeaba y Allie y la señora Denmeade le manifestaban a un tiempo su femenino afecto por la bondad que tenía con ellos. Dick permanecía de pie como un alto abeto dibujado contra el azul del cielo; Joe estaba sentado, recostado en la pared con la mirada quieta, puesta toda su atención en la escena; Edd debía de haber llegado en aquel momento, por cuanto sus curtidas mejillas y sus ropas conservaban todavía toda la substancia de los bosques. Estaba en pie detrás de Mertie, quien permanecía sentada al borde de la mesa, pálida por la emoción que su llegada producía. Tenía sus manos en las de Edd. El brillante vestido de seda contrastaba raramente con los apagados colores que la rodeaban. Bert estaba con un pie sobre el banco y el codo apoyado sobre su rodilla contemplando cariñosamente a su mujer. Su magnífica. corbata hacía juego con su traje.
—¿Cómo le va, joven ciudadana? —preguntó Edd a Lucy.
La profunda mirada que acompañó a aquellas sencillas palabras era tan turbadora, que confundió completamente a Lucy. Haciendo un esfuerzo sonrió y le preguntó a su vez:
—¿Y a usted cómo le va, joven cazador de abejas...? Mertie continuó el relato que la llegada de Lucy había ínterrumpido y, en un momento en que se detuvo para tomar aliento, Bert sacudió la ceniza de su cigarrillo y le dijo a Denmeade:
—Padre me ha dado la máquina aserradora como regalo de boda.
—¡Dog-gone! —exclamó el viejo con una indecible expresión de entusiasmo—. ¡Mira si no es tener suerte, llevarse a Mertie y la máquina a un mismo tiempo!
—Sí; mi suerte cambió aquel día que fuimos a recoger las alubias —asintió Bert alegremente.
—¡Bueno! Hablando de negocios, hemos estado preparando una cabaña de troncos para la casa de Joe, sobre «la mesa», un poca más allá del sitio de Edd. Podrías venir a verlo y aserrar un montón de tablones para el suelo, marcos y puertas y otras cosas por el estilo...
—¡Ya lo creo! —contestó el muchacho—. Deme los detalles y llevaré todos esos armatostes al sendero del pie de la «mesa» en menos de una semana.
—¡Magnífico! Eres una fiera. Espero cargar los maderos en los burros. Larga tarea, pero Dick y Joe podrán conducir el cargamento mientras los demás trabajamos. Edd espera también terminar pronto su recolección de miel y asimismo podrá ayudarnos. Tendremos la casa de Joe terminada para cuando se vaya la nieve.
—A ver, cojo papel y lápiz para saber qué armatostes quieren.
Y padre y yerno se fueron a la cocina mientras Mertie continuaba dando detalles de su novela amorosa. Lucy permaneció unos momentos fascinada con las extasiadas caras de los oyentes Denmeade, especialmente la .de Edd. Éste parecía transfigurado. Lucy sintió cierto remordimiento por haberle considerado un zoquete. ¡Qué emoción tan intensa expresaba su rostro ante la solución favorable de los asuntos de Mertie! Más de una vez Lucy había oído decir que un Denmeade casado estaba salvado ya. Luego volvió a su cabaña y a sus interrumpidas tareas.
La cena no estuvo dispuesta hasta entrada la noche, cosa que revelaba el trastorno de toda la casa, y cuando se sirvió, la falta de ricos manjares suplióse con buen humor. Lucy se alegró de verse libre de aquella excitación que empezaba a fatigar sus nervios y además, porque necesitaba estar sola. Al pasar al lado de Clara y Joe, que estaban sentados en los escalones del porche, pudo ver, al resplandor de la lámpara, la arrobada luz de sus rostros. El de Clara, dulce y pensativo, y el de Joe, hermético en su impasible fuerza juvenil.
«¡No lo pueden remediar! —pensó Lucy para sí—. Se atraen mutuamente.»
La trágica juventud! de Clara iba desvaneciéndose en un pasado que ya, empezaba a estar lejos. Tenía que vivir, respirar, moverse; y aquellas selvas resucitaban sus primitivas emociones.
Al detenerse un momento para dedicar su acostumbrado tributo silencioso a la negra Rim y a los brillantes luceros, oyó el crujido de la puerta de la cerca y después un paso ligero acompañado del tintineo de las espuelas.
—¡Espere un momento! —llamó Edd con una ligera emoción en la voz.
Él podía verla en la oscuridad, pero ella a él no. La expresión y el tono con que habían sido pronunciadas aquellas palabras detuvieron al punto a Lucy. Un momento después aparecía la alta figura del muchacho, negra en la oscuridad, inclinándose ante ella.
Involuntariamente Lucy lió un paso atrás. Edd la cogió entre sus brazos.
Era como el abrazo de un oso. Los brazos de Lucy quedaron rígidos en sus costados, cogidos tan estrechamente entre los de él, que apenas podía respirar. Una terrible debilidad la asaltó. ¡Nada de enfado ni de resentimiento! Era algo distinto, extrañamente semejante a una mezcla de asombro y de alivio. ¡Prendida, al fin, en su propias redes!
—¡Oh, Edd! —murmuró como si quisiera pedir que la soltara, pero sin completar la súplica.
Sus brazos intentaron moverse hacia arriba inútilmente. Los de él la tenían aprisionada.
¿Qué había querido hacer?¡Qué vueltas le daba la cabeza! Pero él permanecía mudo y aquellos instantes parecían siglos.
Sentía la agitación de los músculos del muchacho mientras la franela de su tosca camisa rozaba su mejilla; sentía el aroma de los pinos, de la miel y de los bosques adherido a sus ropas... El alma de Lucy temblaba. De pronto se aflojaron los brazos del joven y Lucy, antes de conseguir el equilibrio, se tambaleó unos momentos.
—¡Seguro que tenía que hacer esto! —murmuró él roncamente—. Las palabras no son fáciles... para mí... ¡Dios la bendiga par haber salvado a Mertie!
Y desapareciendo en la oscuridad, sólo se oyeron sus botas y sus espuelas por unos instantes. Ella se quedó inmóvil mirando en las tinieblas por donde desapareciera Edd. Su corazón parecía haber sufrido una tremenda caída. Temblando entró en su cabaña, metió más leña en la estufa, apagó la luz y se desnudó apresuradamente.
La oscuridad y las mantas ofrecían un dulce bienestar a la muchacha. Un débil crujido de la leña al arder rompía el silencio, mientras débiles ráfagas de luz jugueteaban por las paredes de la estancia.
—¡Me ha abrazado por Mertie! —murmuró al fin.
¡Y ella que creyó, de momento, que era por sí misma La gratitud que por ella sentía la había traicionado. Lucy dábase cuenta en aquel momento de que si sus brazos hubiesen estado libres... ¡se los habría echado al cuello! No sabía lo que habría hecho, pero ahora sabía que le amaba. A él, a Edd Denmeade, el montaraz cazador de abejas silvestres. No sentía vergüenza alguna por ello, pero oía en su interior una voz que le decía la verdad ella procurando salvar a los demás habíase perdido a sí misma.
Con un brazo bajo el cuello de su hermana, quien hacía rato que se había dormido como en los tiempos de su niñez, Lucy permaneció todavía con los ojos abiertos. El viento rugía a través de los bosques, triste y solitario, como si proclamara el llanto secreto del alma de la muchacha. Había quemado las naves tras ella, pero no tenía remordimientos. Su ida a Félix le había puesto en claro todos los temores y dudas sobre el pasado. Ni ella ni Clara habían tenido la educación, el, amor y la vida familiar necesarios para preparara una muchacha para enfrentarse alegremente con la vida. Durante toda su niñez había sufrido el menosprecio que su posición despertara; toda su juventud estuvo envenenada por deseos que no podía satisfacer y por ignominias que éranle imposible evitar. Además era terriblemente sensible a las distinciones de clase, tan cruelmente arraigadas en todas las comunidades cultas. Pero ahora tenía edad suficiente para ver que el verdadero valor siempre tiene su recompensa y raramente deja de ser apreciado como merece; la vida de ciudad, las multitudes, los códigos sociales la habían desalentado. Su victoria sobre todo cuanto la rodeaba había llegado demasiado tarde, porque el hierro había entrado ya en el alma de Lucy.
Desde su vuelta a casa de los Denmeade cada hora había estado llena de agitaciones, impulsos y recelos que en aquel instante se presentaban completamente claros. El cazador de abejas, con su amor fraternal, había ahuyentado su vanidad y su ceguera. ¡Pobre Edd, el rústico cazador de abejas!¡Sri por ser como era precisamente había conseguido que ella le amara! No obstante, la fría sensación de choque contra su corazón parecía ir perdiendo dureza y frialdad al tener conciencia de sus progresos espirituales.
Antes de su llegada al hogar de los Denmeade, ¿había él o alguno de los niños pensado en Dios? Lucy se daba cuenta de que su misión en aquellas latitudes era, sobre todo, misionera; siempre habíase sentido designada para el sacrificio, pero en aquella hora de humildad, ella afianzó su resignada aceptación.
Su hermanita continuaba durmiendo. Lucy escuchó su tranquila respiración y advirtió el suave vaivén de su pecho. Lucy iba comprendiendo lentamente el misterio de la vida; no tenía ningún deseo de cambiar su modo de ser y sentía que le iluminaba toda el alma la muda plegaria que elevaba al cielo.
Afuera el viento nocturno trocábase de plañidero susurro en fantástico .mugido. Una ardilla o algún ratón hacía crujir la maleza bajo la cabaña. Las ascuas de la estufa iban apagándose. Un aire helado azotaba el cristal de la ventanita. Aquellas cosas eran realidades, fuertes en su importunismo, ante la paz y la alegría de vivir. Pero los que rondaban en aquella negra hora de la medianoche eran los fantasmas del pasado.


XII
La predicción de Denmeade se realizó: antes de las doce del siguiente día, los miembros más jóvenes de las familias vecinas empezaron a llegar tranquilamente, como por casualidad, como si ningún acontecimiento diera significado alguno a su visita. Después, cuando otro grupo asomó por el sendero de Cedar Ridge. el viejo Denmeade estalló —¡Bueno! Vais a ser asaltarlos... ¡Será terrible!
—¡Pero, por el amor de Dios! —exclamó riendo su buena mujer—. i Nos devorarán de pies a cabeza... y no estamos preparados...
—Vamos, madre, ya te lo advertí ayer —insistió el viejo—. Me figuro que aunque sea tarde podrás preparar la comida. La señora Claypool y Allie te ayudarán.
—¡Pero esos chicos me van a volver loca —Anda, no te preocupes; ya me cuidaré yo de ellos —interrumpió Edd—. Tengo un árbol de abejas a media milla de aquí. Lo he, estado reservando para una ocasión como ésta; me llevaré a toda la pandilla allá arriba y les haré acarrear la miel hacia acá.
—Pero Mertie preferirá quedarse en casa bien compuesta —replicó la madre.
—Pues eso no puede ser. Nos la llevaremos con nosotros, compuesta o no.
A primeras horas de la tarde, Edd se presentó en la tienda de Lucy anunciando —¡Ea, muchachas! Vamos a llevarnos a ese par de tórtolos fuera de casa un rato. Las mujeres tienen mucho que hacer para preparar la comida... ¡La región entera viene a asaltar a Mertie!
Clara, sonriente, apareció en la puerta de la cabaña.
—Edd, con eso del asalto, ¿quiere usted decir que viene una multitud para celebrar la boda de Mertie? —Seguro. Pero un asalto es una multitud no invitada. ¡Algo verdaderamente infernal! Ahora que, entre nosotros, quiero confesar que me siento halagado, pues nunca creí que Mertie tuviera un asalto, porque no tenía simpatías. Claro que Bert es el mejor muchacho del país.
—¡Quizá...! —le replicó Clara con malicia—. Yo conozco a un par de muchachos muy dejados.... Edd, llenos usted una idea de cómo debemos vestirnos nosotras para ir con usted.
—¡Oh, con vestidos viejos! —contestó haciendo una mueca—. Y alguna especie de velo o algo así para resguardarse de las picaduras. A las abejas silvestres no les gustan las multitudes, ¡Y Sam Johnson se cree un verdadero domesticador! Ese árbol que voy a cortar está lleno de abejas sassy, que son las peores... ¡Cómo vamos a divertimos!
Lucy y Clara se unieron al formidable grupo de gente joven que esperaba en el patio, todos preparados con cubos. Lucy, sensible y amable, de buen humor pero al margen de las desagradables chanzonetas comunes a la mayoría de los presentes, para quienes el casamiento era la realización de todas las esperanzas, de todos los, sueños y de todos los esfuerzos.
Porque todo joven backwood tenía el pensamiento fijo en un hogar y en una esposa.
Mertie, claro está, llevaba el brillante vestido de seda, cintas en el pelo y medias blancas con zapatos blancos, nada a propósito todo ello para andar por los bosques. Bert, no obstante, se había puesto pantalones de cutí azul.
La alegre comitiva partió con Edd en cabeza, acompañado de la bulliciosa chiquillería y una docena de jóvenes o más cerrando la marcha. Llevaba un hacha al hombro y un gran surtido de cubos de diversos tamaños colgados del otro brazo. Salió del claro detrás de la cabaña, internóse en el bosque de pinos, refugio desde hacía tanto tiempo de Lucy, y subió por la colina. Las necesidades para poder andar a través del bosque obligaron a la comitiva a ir en fila india. Lucy, animada, sentíase feliz. La dorada luz del sol otoñal, el color de fuego de los árboles, las fragantes bóvedas del bosque, las bandadas de pájaros que se congregaban preparando su anual peregrinación hacia el Sur, todo le parecía adorablemente nuevo y dulce, haciéndole sentir emociones que las calles y las casas de la ciudad jamás podrían comunicarle. Bert debía darse cuenta de la gente que los acompañaba, pero no lo parecía, no veía más que a Mertie! La mayor parte del tiempo la llevaba en alto por encima del barro, de los leños caídos y del terreno escabroso; y sólo la dejaba andar por donde la alfombra de la blanda pinocha ofrecía un camino liso y fácil, y aun entonces le rodeaba el talle con su robusto brazo. Ella no parecía, ni con mucho, una carga para aquel fornido mozo, que con pasmosa facilidad la llevaba en alto o la bajaba, según le convenía. Lucy se sentía conmovida por el cariñoso temperamento del muchacho.
Sin embargo, Mertie no podía olvidarse de sí misma. Posaba, aceptaba, concedía... ¡era el principio y el fin de aquel día de gloria! A pesar de todo, a despecho de la exhibición de aquel rasgo de su naturaleza, el romance de su boda, el hecho de sentirse poseída la habían cambiado bastante. Parecía haber despertado. Ahora veía a Bert tal como era, y se advertía en ella el florecer de un verdadero sentido de mujer.
Al lado de aquellas emociones Lucy vio algo que la hizo suspirar: Clara reaccionaba extrañamente a la vista de Mertie y de Bert. Lucy sorprendió una amarga sonrisa en los labios: de Clara; y era que aquellos novios: en procesión a través de los bosques; la despreocupada manera de evidenciar el amor, por lo menos por parte de Bert, traían punzantes recuerdos a la muchacha.
Edd condujo a la alegre partida fuera del bosque, a una hermosa cañada ancha, abrupta, con verde y dorada vegetación, llena de grises y grandes rocas y árboles de todas clases. Siguió por el camino junto a un lecho de corriente seco, atravesando por toscos peldaños que ascendían por la ladera de la cañada, y luego trepó a un amplio rellano.
Manzanos y sicómoros extendían sus manchas de sombra y la abundancia de colores otoñales llegaba casi a dañar la vista. Las tupidas plantas que llenaban aquel paraje, entre las que abundaban los helechos de variada especie, ofrecían un aspecto fantástico.
—¡Aquí lo tenemos! —exclamó Edd señalando un árbol de blanca y nudosa corteza situado a un centenar de pasos—. Es el primer sicómoro que he encontrado en mi vida con abejas. Está agujereado por el tronco y por allí entra ella. Me figuro que estará llenísimo...
Ahora todo el mundo se quedará a mi espalda en tanto yo voy a inspeccionarlo.
Y se dirigió al sicómoro mientras sus seguidores se acercaban, cautelosos por su advertencia. Pronto vieron el agujero por donde los industriosos insectos entraban y salían a montones. La perfecta sangre fría de Edd quizá decepcionó a los chicos menos experimentados. Dio una vuelta alrededor del árbol, miró por el agujero e hizo lo que parecía un profundo reconocimiento del campo de batalla. Sam Johnson dijo que se mantenía detrás sólo por cortesía, y las observaciones de los jóvenes que estaban situados tras él no parecían encaminadas a hacer que obrara con precaución. Sadie Purdue y Anny Claypool expresaron diversas demandas. La primera le pidió que derribara el árbol, mientras la otra le rogaba que se alejara de él. A Lucy le pareció comprender que Anny sabía algo del trato que daban las abejas a la gente.
Después de su inspección Edd volvió a su tropa y tiró el «juego de cubas», como él lo .llamaba, a la sombra de un manzano. Mertie, con su lucido vestido, colocóse sobre una roca limpia como si la atracción fuera ella en vez de las abejas. Lucy sentíase feliz al contemplar aquel interesante episodio de la vida de los backwoods. Edd gozaba de lo lindo, por cuanto aquél era «un día de abejas», mientras Sam Johnson no podía alejarse de ningún modo del cuadro donde se hallaba enmarcado. Por otro lado, los muchachos que habitaban aquella parte de la región, especialmente Gerd Claypool, manifestábanse extraordinariamente orgullosos de ceder el sitio a los otros. El rostro de Joe Denmeade tenía una expresión inescrutable: permanecía absolutamente callado, mientras Edd hacía de maestro de ceremonias, y cuando pasaba por delante de los demás muchachos con el hacha al hombro, a Lucy se le antojó que sus maneras eran demasiado melosas, demasiado pacientes y amables para ser sinceras. Edd, sin duda, preparaba alguna broma. Lucy comunicó sus sospechas a Clara, quien; sagaz, le contestó a su vez —Ya me lo figuraba. ¡Si hasta una criatura podría adivinar lo que pasa dentro de ese hombre!
—Sam —dijo finalmente Edd—, creo que tú puedes ser uno de los que derriben el árbol... ¡Claro que el honor debería corresponder a Bert, puesto que en honor suyo es el asalto! Pero .me figuro que tú entiendes más de abejas silvestres y debes ser «el amo».
Seguramente entre Bert y tú derribaríais perfectamente el árbol.
—¡Si quiero, puedo derribar en tres minutos ese sicómoro! —repuso fanfarronamente Sam—. Pero si quiere, puede también ayudarme Bert.
—¡A ver, que alguien me preste un hacha! —añadió éste saliendo de su sitio.
Dick Denmeade, que llevaba la suya, se la traspasó muy gustosamente mientras Mertie le gritaba —¡Bert, que no quiero verte lleno de picaduras!
—¡No me picará ni una! —replicó él con orgullo.
—¡No seas tanto! —insistió ella.
—¿No veis? —exclamó Edd—. Si están mansitas como si estuvieran domesticadas. A lo mejor ha habido escarcha y como se meten en los árboles entrada el otoño, creo que no picarán a nadie. Ahora que, si se despiertan... ¡ya podemos correr todos —¡Ya estoy rabiando por probar esa maldita miel!
—declaró Sam arrebatando el, hacha de Edd—. ¡Vamos, Bert, empieza tu luna de miel siendo «el amo»!
Aquella observación convirtió al novio en un león y atrajo la gritería y la risa de sus admiradores. Sam, seguida de Bert, se dirigió hacia el árbol.
—Creo que los demás haremos bien separándonos un poco —repuso el astuto Edd dando un golpe a la espalda de Gerd Claypool, quien parecía retorcerse en irresistibles contorsiones.
—Le estará bien empleado a Sam, por ser tan fanfarrón —declaró Sadie—. ¡Si en su vida ha cortado un árbol de abejas —Pues si yo entiendo algo de ellas, te aseguro que jamás volverá a intentarlo —añadió Anny—. ¡Oh, Edd Denmeade! Eres un solemnísimo embustero. ¡Decir que esas abejas no pican!
—¡Pero Sam quería cortarlo...! —replicó Edd—. Me lo pidió en casa.
Algunos de los circunstantes permanecieron en su sitio, especialmente Mertie, quien se encontraba muy a su gusto en aquella limpia y seca roca. Edd, mientras tanto, dirigióse a Lucy y a Clara y las llevó tras un espeso arbusto.
—¡Dog-gone! —murmuró cuando estuvo fuera de los oídos de los demás—. ¡Es la mejor ocasión de mi vida...! Sam cortó algunos árboles en invierno, cuando las abejas están completamente heladas; pero... ¡Jiii! Ahora esas abejas están locas como tábanos por culpa de las avispas. Mientras las inspeccionaba me ha picado una en la oreja... Pónganse lo que hayan traído para taparse y estén preparadas para esconderse detrás de estos arbustos.
—Edd, es usted más malo que un cowboy —le dijo Clara mientras se cubría con el velo.
—Parece que nos vamos a divertir —repuso Lucy—, pero... ¿qué pasará con las abejas?
—¿Ya estás preocupándote? Siempre van más lejos tus pensamientos, hermana. ¿Sabe lo que le digo, Edd? Pues que no comprendo cómo puede haber alguien que no quiera a Lucy —comentó Clara maliciosamente.
—¡Seguro! —balbuceó él—. Supongo que no hay nadie... ¡Miren! Sam ha empezado ya a cortar mi sicómoro.. Ahora estén ustedes alerta.
Sam atacó brutalmente al árbol mientras Bert; más cauteloso, cortó algunas ramitas para alejar con ellas a las abejas. Apenas había dado Sam unos cuantos golpes cuando saltó espasmódicamente como si le hubieran coceado por detrás.
—¡Asústalas, Bert! —aulló furioso.
Entonces, mientras el valiente Bert dejaba su hacha y empezaba a agitar las ramas, Sam redobló sus energías para derribar el árbol. Podía no entender gran cosa de abejas silvestres, pero ciertamente subía manejar el hacha, tan rápidos y certeros eran sus golpes. El sicómoro debía de estar podrido, por cuanto sonaba a hueco y de el se desprendían grandes astillas.
Lucy dirigió una mirada a Edd y le vio manifiestamente poseído de una alegría loca. Nunca le había visto así. Su cuerpo era presa de sacudidas; su cara no cesaba de hacer convulsivos visajes, y sus manazas abríanse y cerrábanse nerviosamente. De pronto estalló en un grito estentóreo —¡Ya está ahí...!
Lucy volvió su mirada hacia el hombre del hacha a tiempo de ver una pequeña nube negra, igual que humo, que salía del agujero del árbol y se disgregaba en el aire. Sam soltó un aullido indescriptible; dejó caer el! hacha y se lanzó directamente hacia donde estaban sus camaradas.
—¡Eh, atrevido loco! —rugió Edd—. ¡Corre hacia el otro lado!
Pero Sam, gritando con toda su alma, como si se viera perseguido por todas las furias, saltaba, luchaba, corría, volaba, moviendo los brazos como alas. Bert también pareció sentirse repentinamente poseído por los demonios y corrió como un rayo agitando sobre su cabeza sus dos ramas verdes, hasta que se hundió entre los matorrales. Algunos de los jóvenes de Cedar Ridge, que se habían ido acercando hasta una distancia de unos treinta metros del sicómoro, trocaron repentinamente sus exclamaciones de alegría por alaridos de espanto y de dolor, emprendiendo las más furiosas carreras en todas direcciones, sin mostrarse muy caballerosamente atentos con las muchachas. —¡Corred, por Dios! —gritó Anny Claypool.
Lucy sintióse arrojada dentro de los arbustos por Edd, quien también había arrastrado a Clara mientras se tronchaba de risa y caía revolcándose por el suelo. Clara tuvo un ataque de hilaridad casi histérico. Lucy estaba asustada más que divertida; desde su escondrijo miró a través de las ramas, apartándose un poquito el velo para ver mejor en el preciso momento de poder contemplar el brillante vestido de seda de Mertie volando por los suelos como un pájaro con las alas extendidas. Mertie era famosa por la ligereza de sus pies, mientras que Sadie Purdue, debido a la robustez de su pequeña figura, no podía correr demasiado de prisa.
Sam, por casualidad o por designio, habíase dirigido hacia ella en su loca carrera, y algunas de las abejas de la nube que le perseguía salieron disparadas como balas para atacar a Sadie, quien alejóse de él chillando, como se huye de un apestado.
Edd, casi exhausto por la violencia de las emociones, sentóse en el suelo, resollando ruidosamente.
—¡Creo que les he hecho una buena jugada! Pero... ¡dog-gone!¡Si ha sido divertido!¡Seguro que Sam es un verdadero cazador de abejas! Apuesto que, cuando le veamos, parecerá atacado de sarampión... ¿Han visto cómo picaban también a Sacie...?¡Qué elegante estaba...!¡Ja, ja, ja...!
Joe llegó arrastrándose por entre la maleza hasta ellos. Su rostro no aparecía impasible como de costumbre, antes bien mostrábase de acuerdo con el de Edd.
—Creo que Sam acabará volviéndose loco —dijo a su hermano.
—Seguro que lo estaba ya cuando le hemos visto la última vez —repuso Edd—. Bueno, me parece que ya es hora de que termine esto. Ustedes quédense aquí durante un rato más.
Y sacando un grueso capuchón de su bolsillo, se lo echó por la cabeza atándoselo por debajo de la barbilla. Estaba hecho con una especie de tejido de saco con dos trozos de tela metálica para poder ver y resguardar al mismo tiempo los ojos. Luego se puso los guantes y salió de allí en dirección al sicómoro. Lucy dejó a Clara con Joe y se deslizó por la maleza hasta llegar a un sitio mas próximo al árbol, en donde se agazapó para ver qué haría Edd. Un instante después le vio rodeado de abejas que parecían volar en su derredor sin querer molestarle lo más mínimo. Recogió el hacha y con fuertes y ligeros golpes cortó rápidamente el árbol por la parte hueca, de manera que cayera hacia el otro lado. Cuando se hubo desvanecido el polvo levantado con la caída, Lucy le vio golpear el abierto tronco y el enjambre de abejas extendióse volando más alto por encima de la cabeza de Edd, de tal modo, que ella, desde su escondite, podía oír perfectamente su furioso zumbido, y sintió lástima por ellas. La colmena había sido destruida y el alimento que los industriosos insectos habían almacenado para el invierno iba a serles robado por los hombres.
—¡Hurra, Joe! —exclamó Edd—. Alcánzame ese «juego de cubos» para llevar la miel a casa. Hay mucha más de la que podremos acarrear. Diles a toda esa gente que yo la llevaré hasta mitad del camino a fin de que no les piquen las abejas.
A intervalos Lucy pudo ver a algunos de los miembros de la partida reuniéndose a prudente distancia, a lo largo de la arboleda. A juzgar por los gestos y par el sonido de las excitadas voces que llegaban hasta allí, dedujo que la actitud de los «asaltantes» respecto a Edd se hallaba dividida. Sadie Purdue sufría un espantoso berrinche por culpa de Sam, contrastando con la dulce y clara sonrisa de Anny Claypool. En aquel momento vieron que las muchachas entraban en el bosque para regresar a la cabaña, mientras los muchachos parecían indicar que aguardarían a Edd, por lo menos para llevar la miel.
Lucy se fijó cómo llenaba los cubos. Servíase de una pequeña cuchara de madera con la que iba recogiendo la miel del, interior del abatido árbol. Estaba ansiosa por curiosear aquella colmena y ver trabajar de cerca a Edd, pero hizo muy bien permaneciendo en su refugio. Los chillidos de las muchachas que habían sido picadas prohibía decididamente acercarse.
La miel tenía una especie de molde exterior, pardoamarillento, y un fuerte color de ámbar en el centro, de lo cual dedujo la joven que una cosa debía de ser el panal y la otra la miel. Cuando Edd, hubo llenado cuatro cubos, los cogió y se dispuso a llevarlos adonde le estaban esperando los muchachos. Una bandada de abejas le acompañó revoloteando alrededor de su cabeza. ¡Qué grotesco estaba con aquel capuchón que le resguardaba de las picaduras!
—¡Hola! —gritóle, Edd al descubrirla mirando por entre la maleza—. Será mejor que se esconda usted, a menos que desee que su pequeña y rosada nariz reciba algún aguijonazo.
—¡Edd Denmeade, mi nariz no es pequeña ni rosada! —protestó Lucy.
—Bueno, seguro que no lo será si sale usted a mirar por ahí... ¿No le picaron ya una vez?
A mitad del camina en donde estaban los mozos aguardando a Edd, éste dejó los cubos sobre una roca y los cubrió con unas ramas, gritándoles —¡Ea, llevad eso a casa, golosos asaltantes!
Al volver junto al caído sicómoro recogió un puñado de hierbas y ramitas secas y encendió fuego, al que añadió unas ramas verdes a fin de que se produjera un humo bien denso. Lucy le vio golpearse vigorosamente la espalda y las piernas, de lo que dedujo que a él también debían de picarle.» Luego con das ramas cubiertas de hojas atacó nuevamente al brillante torbellino de abejas, matando y esparciendo la mayor parte del enjambre e inmediatamente llenó más cubos que fue luego a dejar en el sitio anterior. Entre tanto Joe y Gerd Claypool habían ido en busca de los primeros cubos.
Lucy volvió arrastrándose hasta donde dejara antes a Clara, encontrándola echada sobre la maleza, con la barbilla apoyada en las manos, contemplando los procedimientos de Edd.
—¡Cuánto me he divertido! —le dijo al ver llegar a su hermana—. Hacía mucho tiempo que no había reído como hay. Sam y Sadie estaban formidables. ¡Su orgullo, y presunción se han ido a paseo!
—¿Recuerdas tú que me picaron en la nariz, tiempo atrás, esas abejas silvestres? —repuso Lucy—. ¡Hacen un daño terrible sus picaduras...!
Permanecieron en aquel escondrijo hasta que Edd hubo llenado todos los cubos.
—¡Ea, muchachas! —gritóles él—. Vuélvanse con cuidado al rellano, por entre los arbustos, y empiecen a bajar. Esperen abajo.
Las dos hermanas salieron arrastrándose de aquella espesura y bajaron hasta el remanso de la corriente. Poco después vinieron Joe, Gerd y Dick cargados con pesados cubos y fastidiados todavía por algunas tenaces abejas.
—¡Aléjense de nosotras! —gritó Lucy—. Ya conozco la fraternidad de esos bichos...
—¡Pero Clara no...! —repuso alegremente Joe.
—Joven, por favor... no me traiga usted esas abejas —advirtió Clara recogiéndose las faldas, a punto de salir volando a través de los bosques.
Mostrábase seria, pero era una seriedad risueña. ¡Qué bonita estaba con sus ojos brillantes, sus rosadas mejillas y aquel velo azul! volando alrededor de su dorado pelo! Lucy lo advirtió al mismo tiempo que Joe.
Luego vino Edd saliendo de entre los sauces, por el desfiladero. Llevaba cuatro cubos más, todos manifiestamente cargados. Habíase quitado el famoso capuchón y su rostro estaba anegado de sudor, aunque lo animaba una amplia sonrisa.
—Corran ustedes delante hasta que se cansen estas furias de perseguirme —gritóles a las muchachas.
No fueron ellas tardas en seguir el consejo, pero no se adelantaron demasiado por no perder de vista a los muchachos. El bosque parecía más sombrío y frío ahora, al salir del claro iluminado por el cálido sol.
—¿Por qué Edd llama ella a las abejas? —preguntó Clara con curiosidad.
—Me contó una vez que había capturado y domesticado abejas reinas y desde entonces siempre ha llamada ella a las abejas, tanto colectiva como individualmente. Cosas suyas...
—Pues también te hará a ti reina de su colmena algún día —repuso Clara para hacerla rabiar un poco.
—¡Oh! ¿De veras...? Eso me imagino que requiere el consentimiento de la reina... Pero por lo que hace a colmenas de hombres... he oído decir que iba a construirse pronto la de Joe...
Clara estrechó el brazo de Lucy y se arrimó a ella como si quisiera ocultar su avergonzado o feliz rostro.
—¡Oh..., qué será de nosotras...! —exclamó entonces.
—Cuando no pienso, me siento llena de una nueva clase de alegría, pero cuando recuerdo, soy muy desgraciada.
—Clara, somos dos criaturas perdidas en los bosques —repuso Lucy, medio entristecida—.
Pero si has de pensar hazlo inteligentemente... ¡Podría irnos todavía peor, fuera de estos bosques...
—Me gusta estar aquí —contestó Clara con apasionado arrobamiento.
Entonces la voz de Edd las interrumpió. Lucy tuvo ocasión de ver la miel de abejas silvestres recién sacada de la colmena. Los cubos estaban llenos de amarillento panal y de miel ambarina, todo mezclado con numerosas abejas ahogadas en ella.
—Ha costado un poco de trabajo —dijo —Edd.
—¿Y qué será ahora de las abejas que no ha matado? —preguntó Lucy.
—¡Bueno! Me gustaría que no hubiese preguntado usted eso ahora —quéjóse él—. Usted siempre está pensando en los que sufren... Lucy, yo detesto tratar a un árbol de abejas como lo hemos hecho con éste, pero es que yo no puedo capturar y domesticar los enjambres viejos porque son demasiado salvajes. Por eso tengo que destruirlos. Algunas veces los quemo.
Ahora... ella merodeará por ese sicómoro y acabará muriéndose de hambre o de frío. Yo sé que eso es ser demasiado malo... Me figuro que no soy mejor que las mismas avispas.
El episodio del árbol de abejas alejó al elemento más joven de los «asaltantes» del hogar de los Denmeade hasta bien entrada la tarde, por lo que la señora Denmeade estaba muy satisfecha. Ella y Allie, con la bondadosa ayuda de las mujeres Claypool, prepararon en corto tiempo un adecuado festín para aquel formidable batallón de huéspedes inesperados.
Lucy supo esto y muchas cosas más al llegar a la cabaña. Mertie se había destrozado el vestido de seda y estaba inconsolable; no porque le importaran mucho las diferentes picaduras que recibiera, sino por el vestido. Pero Sadie Purdue estuvo a punto de dar al traste con la alegría de todos, pues había recibido varias picaduras en las manos, brazos y, cara. No obstante, Sam Johnson fue el más castigado. A excepción de Lucy y de Clara, todos tenían sobrado motivo para querer vengarse de Edd.
—¡Oh, espera, salvaje cazador de abejas, espera a cuando te cases! —amenazaron reiteradamente los jóvenes «asaltantes».
—Pues entonces ¡seguro que estoy salvo! —decía Edd.
—¡Y lo peor ahora es que ninguna joven querrá salir conmigo a cazar abejas...
Sam soportó su castigo como un hombre y consiguió acabar con la furia de su prometida. Durante la cena, Mertie se sintió conquistada otra vez por el honor de haber tenido el mayor «asalto» que nunca se viera en la comarca.
Sillas, bancos y todo el espacio del porche habían sido necesarios para sentarse aquellos alegres huéspedes. A Lucy le era completamente imposible seguir todo cuanto acontecía.
Jamás había visto una comida igual, y todo, en conjunto, daba una expresión ruidosa, casi violenta, de la alegría y del significado de un casamiento en aquellas selvas.
El mulo blanco fluía con libertad, pero, en notable contraste con el efecto que producía en los bailes, allí no hacía sino acrecentar el bullicio y la alegría. Después de la comida, la gente joven casi derribó la cabaña con sus ataques a la novia y al novio, a la primera de las cuales abrazaban y besaban sin parar, mientras golpeaban continuamente al segundo.
Después era natural que se pasara a las felicitaciones y salutaciones a las probables novias futuras que estaban presentes. En fin, jugueteaban bulliciosamente lo mismo que oseznos jóvenes.
Lucy y Clara fueron a refugiarse en su cabaña y se negaron a salir de allí; pera lo cierto era que ambas estaban tan divertidas como asustadas. Efectivamente, una fiesta de «asalto» a una novia estaba considerada como una oportunidad sin ejemplo.
—¡Juy! —suspiró Clara mirando a Lucy con, los ojos desmesura= abiertos—. ¡Y yo que creía que los cowboys eran muy salvajes!¡Si al lado de éstos parecerían mansos corderos —¡Dios nos libre! —exclamaba Lucy—. ¡Y Dios me libre de hallarme dentro de las botas de Mertie!
Sin embargo, aquella fiesta para celebrar el magno acontecimiento fue tan corta como intensa. Antes de que oscureciera, la gente seria ya cabalgaba por el sendero hacia sus casas, dándose mutuamente las buenas noches, y poco después siguieron las jóvenes, y los mozos.
La vivienda de los Denmeade pronto recobró la tranquilidad acostumbrada y, un poco más tarde, cuando Lucy se asomó a la entrada de la tienda, el patio y la cabaña estaban envueltos en las tinieblas de la melancólica noche otoñal.


XIII
Mediaba el invierno. La cabaña de Lucy era pequeña y caliente, suavemente coloreada por la amortiguada luz de una lámpara que caía sobre pieles de :oso y brillantes mantas e iluminaba diversos cuadros. Clara, la muchacha que estaba allí sentada cerca de la estufa cosiendo, no era la misma Clara que llegó a Cedar Ridge un memorable día del pasado invierno. Lucy estaba leyendo para distraerse.
La tienda parecía llena de una débil fragancia de enebro procedente de la leña que ávidamente consumía la pequeña estufa. Lucy acostumbraba decir que, de todos los quehaceres domésticos, el de alimentar un fuego de leña era el que su hermana hacía mejor y el que más le gustaba.
—Quizás algún día tenga que cortar la leña yo misma —decía alguna vez la muchacha enigmáticamente. Afuera, la nieve, al caer crujiendo suavemente como las hojas sobre la hierba seca, rozaba lentamente la ventana, sin que ningún triste quejido del viento interrumpiera aquel silencio sepulcral. El hogar de los Denmeade permanecía cerrado durante el invierno. Lucy y Clara hacía ya tiempo que se habían —acostumbrado a ello. Durante los primeros días habían sufrido frío, pero fue más bien debido a su susceptibilidad que a la crudeza de la temperatura. Las pesadas alfombras de piel de oso de los Denmeade habían ido a aumentar el confort de la tienda. A las diez se acostaban, disfrutando en extremo de aquel factor, el más importante de la vida en el campo. Noche tras noche, durante semanas, las habían pasado así, leyendo, cosiendo, estudiando, escribiendo, charlando, y, finalmente, durmiendo.
Las mañanas con la temperatura a cero las había puesto a prueba. Con el fuego largo tiempo apagado, el frío era prácticamente igual fuera que dentro de la cabaña. Se fijaron turnos para encenderlo, y la que se quedaba abrigada al calor de la cama mientras a la otra le tocaba levantarse a maniobrar en el aire helado, podía permitirse el lujo de chancearse y bromear a su costa. Una vez caliente la cabaña, levantábanse las dos, se vestían, hacían té o café y se preparaban el almuerzo.
Por densa que fuera la capa de nieve caída, siempre había un sendero traspalado desde su tienda hasta la cabaña; puesto que Edd y Joe rivalizaban por ver cuál de los dos podía ganar al otro en aquella tarea. El trabajo de Lucy reducíase ahora a instruir a los niños. Clara estudiaba con ahínco para estar en condiciones de sustituir al señor Jencks en la escuela coma maestra. Las tardes solían ser soleadas y claras: Después de una tempestad de nieve; el ardoroso sol la derretía en pocos días, no sin que dejara infinidad de ocasiones para jugar con ella, cosa que hacía gozar mucho a las muchachas, por cuanto habían nacido en un país sin nieve en el que los veranos eran tórridos.
y los inviernos agradablemente templados.
Los Denmeade llevaban una vida como si ellos también se encontraran sepultados por la nieve: Lucy se maravillaba de ello, pero al fin comprendió que era uno de los aspectos de la vida en los backwoods. Los hambres se pasaban el tiempo conservando el fuego y procurando la leña; aparte de lo cual les parecía qué no tenían nada que hacer, mientras las mujeres guisaban, cosían y lavaban, casi tan activamente como en verano.
No tenían visitas los domingos; no veían nunca a nadie y una vez por semana Dick o Joe bajaban a casa de los Johnson por la correspondencia o por provisiones que se hacían llevar allí.
Edd, por ser el mayor de los hijos de los Denmeade, era el qué menos había ido a la escuela; hecha que él deploraba constantemente; y en aquellos días invernales tenía tiempo dé leer atentamente los libros que Lucy le había dado Joe, el mas inteligente de los chicos y también el más quieto, secundaba a Edd en aquella búsqueda de conocimientos.
Lucy y Clara cenaban siempre con los Denmeade, y éstos procuraban servir la cena antes de que anocheciera, pero algunas veces que se les hacía un poco tarde; la luz de la cocina era tan insuficiente que apenas veían para comer. Después de cenar, los chiquillos y la gente joven corrían a la otra parte de la cabaña en donde el viejo Denmeade conservaba el fuego del hogar con algún madero o tocón grande, que ardía alegremente. Mertie se había ido, y su ausencia parecía más bien un beneficio para toda la casa. Allie y Joe eran los que más atentamente ayudaban a la madre. Sólo había siempre una luz encendida hasta que Edd iba en busca de sus libros.
Cada vez que la puerta se abría, los perros trataban de colarse para quedarse a dormir en el interior. Alguno de ellos lo conseguía de vez en cuando y corría a agazaparse en algún rincón cerca del fuego, mientras los niños jugaban hasta la hora de irse a la cama. Tío Bill no tardaba en subir a su cama del desván y el viejo Denmeade se quedaba sentado mirando el fuego, fumando tranquilamente su pipa. ¡Cuántas horas de su vida debía de haber pasado allí!
Lucy y Clara siempre pasaban parte de las primeras horas de la noche en aquella habitación y nunca se quedaban solas con los muchachos. Era una reunión familiar al calor del hogar.
Denmeade constituía el prototipo de los habitantes de aquellas grandes alturas. El invierno significaba para ellos el tiempo de espera y él se comportaba casi lo mismo que un oso de aquellos bosques. Primavera, verano y otoño eran las estaciones de la actividad, mientras que la nieve, el granizo y el helado cierzo del invierno le encerraban en su madriguera.
Lucy trataba de impedir que se desarrollara en los muchachos el creciente hábito de su padre y los convencía de que el invierno era la época de cultivar el cerebro y de aprender algo de lo que continuaba en el mundo exterior. Su éxito en cuanto a aquel propósito lo consideraba igual a cualquiera de las otras obras materiales que allí hubiera llevado a cabo.
Claro está que la gente de edad no podía cambiar ya; pero por eso se dedicaba a sus hijos.
Muchas veces había pensado en cómo malgastaban los niños y la gente joven sus horas de ocio en todas aquellas salvajes comarcas del oeste y en aquellas altas regiones sin hacer nada más que lo que sus padres hicieran antes. ¡Qué magnífica labor realizaría si podía hacerles conocer los beneficios de la instrucción familiar! Pero aquello no les parecía realmente trabajo y así pasaban los días y las noches invernales.
La llegada de la primavera fue notable por el casamiento de Allie Denmeade con Gerd Claypool. La pareja invitó a todo el mundo a su boda, que se celebró en Cedar Ridge, mientras Lucy y Clara se quedaban en casa al cuidado de los niños.
En marzo hizo un tiempo sorprendentemente hermoso; las mañanas y las noches eran frías, pero el día era cálido y espléndidamente soleado. La humedad de aquellos rojizos terrenos se secó, pues, rápidamente, y los hombres, liberados de su prisión invernal, pudieron reanudar las tareas que la primera caída de nieve interrumpiera. Una de ellas fue la construcción de la cabaña de Joe. Lucy, con el pretexto de dar un paseo con los niños, subió a «la mesa» para ver cómo seguía la obra; Clara no quiso ir. Habíase vuelto más compleja y estudiosa que nunca y todavía parecía más soñadoramente feliz.
«La mesa», con sus grandes espacios abiertos al cielo, con sus macizos de rojo manzanita, sus bosquecillos de robles, enebros gigantes y altísimos pinos, ofrecía alguna diferencia difícil de definir. Lucy pensó que sería cosa de la primavera. Los pájaros, las ardillas y los pavos pregonaban por todas partes la alegría triunfadora de la estación.
El edificio de Joe era una construcción de dos pabellones semejantes a los de sus padres. A Lucy le gustó particularmente por el limpio y recién cortado pino que todo lo recubría y el olor que exhalaba. Convenció a Joe de que dividiera la casa en varias habitaciones o departamentos, insistió en la necesidad) de las ventanas, de las repisas en la cocina y de varias otras cosas desconocidas en las cabañas de los backwoodsmen.
—¿Y va usted a venir a vivir aquí solo, Joe? —le preguntó Lucy.
Aquí y fuera, mientras obtengo mi patente de jefe de familia —contestóle él con una semisonrisa en los labios—. ¿Ve usted? Han de pasar muchos días hasta dentro de tres años, que será cuando el Estado me cederá el terreno en propiedad.
Su franca respuesta alivió no poco a Lucy, quien aquellos días había estado sutilmente influída por la extrañeza. que le producía el retraimiento de Clara, cuyo humor atribuía al afecto de Joe por ella. El muchacho no tenía ninguna pretensión; su alma era transparente como sus grises ojos, y Lucy inclinóse a creer que la construcción de aquella vivienda no tenía otro objeto que el de alejar la invasión de otros posibles moradores.
Camino de vuelta, Lucy se detuvo un poquito en el hermoso lugar que Edd había elegido para su cabaña, y descubrió que el haber pensado en aquel sitio durante los meses de otoño e invierno le había hecho encariñarse con él. La larga comunión con aquel paisaje y el secreto afecto de su alma le habían dado resignación. Sabía en dónde se hallaba y cotidianamente reunía fuerzas para soportar, seguir y encontrar un maravilloso bienestar en su abnegada prueba.
El bosque habíala cambiado de una manera prodigiosa. Era algo que la iba invadiendo íntimamente cuando se acercaba y franqueaba aquel muro formado por los pinares, como si entrara en su casa. Pensaba con mayor actividad, trabajaba mejor y desarrollaba más profundamente sus influencias que en la ciudad; y era porque el amargo feudo social bajo el cual su juventud se había visto oprimida no existía allí.
Como pronto se tendría que ir a la morada de los Claypool para ejercer allí también su beneficiosa influencia, Lucy sabía que tardaría mucho tiempo en volver a sentir la inexplicable dicha de soñar en aquel lugar de perfecta soledad y selvática belleza; y así, mientras los niños jugaban a vivir entre osos y pavos, ella miraba a su alrededor; escuchaba y sentía. Estaba completamente a merced de fuerzas desconocidas y había cesado de luchar y de herir su corazón contra ellas como lo habría hecho un pajarillo contra los hierros de su jaula. Sobre todo sentía que su alma armonizaba con toda la naturaleza circundante.
El señor Jencks llegó a casa de los Johnson a últimos de marzo y esperaba la reunión del Consejo de la escuela. Quería traspasar su plaza a Clara, pro en el caso de que ella no quisiera aceptarla todavía, estaría dispuesto a quedarse durante otro verano. Denmeade regresó de aquella reunión para hacer una franca proposición a Clara. Dicha proposición, en sus propias palabras, era así —Creo que no queremos cambiar de maestro tan a menudo. Todas las maestras, que hemos tenido se han casado en seguida con alguno de, los muchachos de por aquí. Entonces, si usted está conforme en enseñar durante dos años, tanto si se casa como si no, le cederemos contentos la escuela.
—Le doy mi palabra —contestóle Clara con una firmeza que demostraba que la promesa seria cumplida.
Pero lo que sorprendió a Lucy en aquel momento fue el que Clara no rechazase cualquier posibilidad de casamiento.
Fue convenida la cantidad y más tarde, cuando las dos jóvenes se fueron a su cabaña, Clara evidenció una gran emoción.
—Lucy, ahora seré independiente —murmuró—. Podré pagar mi deuda... Por eso necesito dinero. —Querida, no me debes dinero alguno —la interrumpió Lucy—, si es que querías decir eso.
Pero la respuesta de su hermana fue más evasiva que franca, volviendo a sorprender a Lucy y a despertar en ella un vago temor que trató de ahuyentar de su conciencia.
—También debemos decidir otra cosa —continuó Lucy. —Una vez me insinuaste que no te gustaría ir conmigo a casa de los Claypool.
—No quisiera, pero si tú insistes, iré.
—Si has de ser más feliz aquí arriba que conmigo, quédate de todos modos —repuso Lucy, algo herida.
—¡No lo interpretes: mal, Lucy querida! —exclamó Clara abrazándola —Ya estoy acostumbrada a estos sitios y a estos Denmeade... Estos lugares son para mí como un santuario, después de...
El temblor la interrumpió por unos momentos hasta que, finalmente, pudo continuar —Ya será bastante duro para mí el tener que enseñar en la escuela. ¡No me faltaría más que vivir entre extraños...! ¿No piensas volver aquí cuando venga el otoño?
—No lo sé; depende de muchas cosas —contestó Lucy dudando—. Pero... en fin; queda convenido. Vivirás aquí. Supongo que vendrás a verme de vez en cuando desde la escuela. Te vendrá de paso.::
—Sí; Joe o Dick me acompañarán todos los días, y así nunca estar sola.
Lucy volvió la cabeza y se puso a mirar varios papeles que tenía sobre la mesa; de pronto se volvió otra vez a su hermana y le preguntó con franqueza —Clara, ¿no tienes algo de particular que decirme? —¿Yo...?¡No! —repuso en voz baja.
Entonces Lucy adivinó que debía haber algo que Clara no podía decir y aquello reavivó sus antiguas preocupaciones.
Edd Denmeade fue el único de la familia que se disgustó porque Lucy fuera a casa de los Claypool. Los demás, sabiendo que Clara iba a continuar viviendo con ellos y que Lucy volvería probablemente en otoño, se ale —graban de poder apaciguar a sus vecinos a tan poca costa.
—¿Pero por qué lo desaprueba usted? —preguntóle Lucy un día que estuvo al acecho cuando volvía de sus colmenas.
—Creo que tengo muchas razones —contestó él. —¿De veras? Bien; entonces dígame usted por lo menos una de ellas.
—Los Claypool viven precisamente en el camino de los Sprall a Cedar Ridge...
—¿Los Sprall?... ¿Y qué tiene que ver eso? —Que Bud Sprall va por ese camino.
—Y aun aceptando que sea así, ¿qué me va a mí en ello? —insistió Lucy, algo irritada.
—Le va mucho más de lo que usted cree. Bud dijo en Cedar Ridge que no la perdía a usted de vista.
—¡No comprendo...! ¿Que quería decir con eso?
—Lucy, ese canalla es capaz de cogerla a usted y llevársela a la Rim, en donde se junta con esa pandilla de sinvergüenzas de cowboys.
—¡Necedades! —replicó Lucy—. Los tiempos de los bandidos han pasado ya, Edd. No temo lo más mínimo a Bud Sprall. Tan cierto es eso como que pienso algún día emprender mi trabajo con los Sprall.
Y dando media vuelta dispúsose a reanudar su trabajo mientras él, con su morena mano, se ceñía la cazadora. Sus ojos despedían fuego.
—Usted no hará nada de eso —dijo al fin sombríamente.
—¿Quién puede impedírmelo? —preguntó ella.
—Si usted va a casa de los Sprall, yo la traeré aquí aunque tenga que atarla a un caballo.
—¡Usted.... hará...! —pero su voz quedó cortada por el estallido de sus nervios.
—¡Seguro que lo haré!¡Creo que usted no habrá olvidado aquel baile adonde la hice ir...!
Entonces no estaba yo loco todavía, pero ahora... ¡estoy loco como un demonio —¿Qué derecho tiene usted a intervenir en mi trabajo?
—¿Puede acaso arrastrarse usted en una pocilga de cerdos sin ensuciarse? —replicó él por respuesta—. Su trabajo es algo bueno y hermoso y no quiero privar de ello a los Sprall; pero no puede ir allí a no ser de día; y eso acompañada de alguien...
Usted cree que yo estoy celoso. Bueno: no lo estoy. Pero pregunte a mis padres sobre esa idea suya de los Sprall.
—¿Acaso cuando llegué no era usted algo semejante a Bud Sprall? ¿No me ha dicho usted mismo que, gracias a mí, es ahora mejor? ¿Por qué, pues, no puedo, con mi influencia, favorecer a...?
Edd la interrumpió violentamente:
—¿Entonces quiere usted hacer por Bud lo mismo que ha hecho por mí...?¡Bueeeno!
Inténtelo y... vuelvo al mulo blanco y mato a Bud.
Mientras se alejaba sombríamente, Lucy experimentó una fría sensación de miedo y de remordimiento; corrió tras él.
—¡Edd...! ¡No debe usted hablar tan... tan terriblemente! —gritó desesperada —Parece como si usted me acusara de... de algo... ¿Acaso no he sido justa con usted?
—¡Bueno...! ¿Lo será usted ahora? —preguntó él mirándola fijamente.
—Creo... que sí...
—¡Qué va...!¡Está usted mintiendo! Yo nunca negaré que ha sido usted un ángel para mi familia, pero conmigo ha obrado de un modo muy distinto. Yo sólo era un tosco cazador de abejas silvestres; usted me lo hizo ver..., ¡me hizo odiar mi ignorancia y mis hábitos! Usted me ha hablado durante muchas horas y me ha leído y ha trabajado a mi lado siempre, con esa manera de ser suya, tan dulce y cariñosa..., ¡y he cambiado! No sé cómo, pero así es. Usted es como la reina de las abejas para mí... Todo lo que me dijo que significaba el amor he llegado a comprenderlo y ahora hago yo todas esas cosas que usted me explicó un día que eran amor... Y... si piensa hacer lo mismo con Bud Sprall... ¡será parque es peor que Sadie Purdue!
También ella tiene sus mismas maneras dulces..., felinas:.., y le gusta que la lisonjeen. ¡Pero a mí nunca me engañó!.
—¡Engañar...! Edd Denmeade..., ¿quiere usted decir..., cree usted. que yo he hecho...
que usted me amara... sólo por salvarle del vicio de beber y de pelear?... —preguntó aturdida Lucy con voz apagada.
—No, no quiero decir eso. Usted obraba tal como es... Sus sonrisas, su conversación, sus bonitos vestidos blancos, sus manos, el permitirme verla..., estar con usted..., alejándome de otras muchachas, influyendo en mí a su gusto... Diga, ¿no lo ha hecho usted?¡Sea sincera —Sí... —murmuró Lucy—. Usted me lo demuestra, lo hice..., pero no lo siento porque..., porque yo.... —Bueno, no me juzgue usted mal —interrumpió él—. Tampoco lo siento yo... y le juro por la salud de mi familia que me alegro. Seguro que no tengo esperanzas de ser más que un solitario cazador de abejas silvestres..., ¡pero no puedo permitir que usted obre así ahora con Bud Sprall!
—¡Usted no me comprende, Edd! —insistió Lucy—. Yo no puedo haber hecho lo que usted imagina... Ahora me parece que nunca más podré hacer nada ya... ¡Usted me ha avergonzado..., me ha hecho dudar de mí misma!
—Bien, eso no será espantosamente malo para usted —le dijo Edd finalmente con una entonación casi cáustica, y la dejo.
Aquella conversación con Edd tuvo lugar precisamente poco antes del tiempo, fijado para su marcha a casa de los Claypool y lo más inoportuno y más desgraciado para ella era que Edd le había declarado un grande amor sin esperanza. Lucy sufría una gran excitación, amargada por la duda, por la angustia e incluso por el terror. El raro hecho de que él la amara fue un choque tremendo. No porque ella no hubiese conocido hasta entonces su afecto, sino porque el había salido de su rudeza para sentir el ideal de amor que ella soñara. Ahora debía pasar largas horas de soledad, días y noches para luchar con aquel problema. Lo que más la aterrorizaba era el recuerdo de aquel determinado lugar del bosque, de aquella «mesa» que se mezclaba con el pensamiento del amor de Edd Denmeade y que, juntos, amenazaban torturar terriblemente su corazón.
A la mañana siguiente, Lucy estuvo pronto preparada para la marcha. Había pensado en aquel momento, pero vio que todavía era más triste de lo que había previsto. El desconsuelo de los niños daba lástima; parecía como si Lucy fuera a la muerte: tan inconsolables estaban.
Mary fue la única que le dijo adiós, mientras la señora Denmeade le decía que estaba contenta por el bienestar que iba a procurar a los Claypool.
—¡Bueno, señorita Lucy! —murmuró el viejo Denmeade—. Me figuro que durante el tiempo que usted esté entre Claypool y Johnson, nosotros ya habremos ido a sembrar. Piense que la necesitaremos entonces enormemente.
—Y yo volveré muy contenta —contestó Lucy.
Clara le proporciono la más inquietante sorpresa de aquella despedida. Evidentemente había estado llorando antes de levantarse, y después permaneció pálida y silenciosa. Cuando Edd y Joe llegaron con los caballos ensillados y los burros, Lucy, después de sacar el equipaje para que lo cargaran, volvió a entrar y encontró a Clara hecha un mar de llanto.
Lucy no podía comprender aquella repentina debilidad, que no era propia de Clara. Tuvieron la más emocionante escena, que dejó a Lucy trémula y vacilante, a pesar de darle la seguridad del amor de su hermana. Sin embargo, aquella emoción de Clara le daba la sensación de una traición; lo sintió en el apretón de sus manos, en sus ojos huidizos, en la incoherencia de sus palabras; pero no pudo de ningún modo encontrar ningún consuelo para Clara ni una razón que justificara aquel dolor.
—¡Ea! —gritó Edd por tercera vez—. Creo que los burros van a marcharse solos! si usted no viene.
Lucy dejó a Clara tumbada boca abajo sobre la cama; pero antes de cerrar la puerta le dijo:
—No temas en confiarme tus pesares, hermanita... ¡Los compartiré...! Adiós.
Lucy había visto antes el claro de los Claypool, pero nunca estuvo en el interior de sus cabañas. Hallábanse reunidas en ellas dos familias y muchos niños para saludarla. Allie y Gerd vivían todavía allí esperando el despejo de un nuevo trecho de bosque de allí cerca; se encargaron de Lucy y la condujeron a la pequeña choza alzada por ellos expresamente para ella. Había sido construida con planchas recién cortadas en la aserradora, dejando en la parte exterior la corteza de los troncos. La estructura de la cabaña era simple pero pintoresca, y le gustó mucho a Lucy. El interior era de color amarillo del pino recién cortado y olía fuertemente a bosque. ¡Qué maravillosa casita habría sido para jugar... si todavía hubiese sido niña! Tenía una ventana pequeñita con un postigo de madera; una mesa, un armario, un estante y un canapé lleno de oloroso abeto. En el suelo yacía una piel de venado de pelo muy largo; en el rincón cercano a la puerta, un estante de forma triangular a tres pies del suelo y debajo de el un cubo lleno de agua con una palangana encima; un cazo y una lámpara, Allie y Gerd, estaban muy orgullosos de poder hospedar en aquella casa a Lucy.
—Es muy diferente de las otras cabañas —concluyó Gerd—. Y allí hay una barra grande para atrancar la puerta; nadie podría entrar teniéndola puesta.
—¡Estoy encantada! —exclamó Lucy.
Edd y Joe condujeron los burros de carga a la nueva morada y entraron en ella sus sacos. Edd era tan alto que no podía mantenerse completamente incorporado en el interior de, la vivienda.
—Bueeeno; Gerd no se figuraba que yo pudiera tenerme de pie aquí dentro —comentó Edd con sorna.
—Pero es muy bonita —repuso Joe—. Con sus mantas y con sus cuadros, y la manera de colocar sus cosas que tiene usted... ¡va a resultar fantástica!
Edd permaneció un rato más que los otros en la puerta, dando vueltas entre sus manos a su gran sombrero negro.
—Bien, Lucy..., ¿tengo que firme por mulo blanco y a buscar bronca a Bud Sprall? —preguntó con su iría y compleja manera de decir.
Lucy sintió afluir la sangre a sus mejillas. Cuando se dirigió a él, que ya estaba fuera, aunque con un pie en el umbral, su cara quedó al mismo nivel que la suya. Lucy le miró a los ojos.
de ningún modo. A menos que quiera usted que le repita lo que tanto le hirió una vez.
—¿Qué es...? No me acuerdo...
—Usted lo sabe —replicó ella, no del todo segura de sí misma.
—Bueno; creo que no necesitará usted decírmelo —dijo él con sencillez—. Sólo estaba bromeando. No volveré a beber más, haga usted lo que haga. Creo que no armaré ya más peleas.
Lucy había estado sometida a gran número de emociones durante las veinticuatro horas últimas y no estaba preparada para una declaración corno aquélla, que vino a desolar su corazón. En un rápido impulso se inclinó y besó a Edd en la mejilla; después cerró la puerta con la misma ligereza y se quedó de pie, temblorosa. Le oyó respirar unos momentos y luego el tintineo de sus espuelas que se alejaba lentamente.
¡Vamos, al fin lo he hecho! —murmuró Lucy para sí—. Pero no importa. ¡Ahora, cazador de abejas mío, me pregunto si también vas a tomar eso como uno de los ardides de Sadie Purdue!»


XIV
El congeniar y alternar con gen —le feliz, sencilla y ávida de saber hacía que los días transcurrieran tan aprisa, que Lucy no podía casi guardar recuerdo de ellos.
Dejó pasar seis semanas o más antes de atender al mensaje que Clara le mandara desde la escuela mediante los niños Claypool. Por otros conductos supo que era la mejor maestra que la junta había tenido hasta entonces, resultando, pues, un completo éxito desde el punto de vista de los alumnos y de ella misma.
Joe Denmeade fue un día a la morada de los Claypool y se detuvo a ver a Lucy. Incluso en las pocas semanas transcurridas desde que dejara a los Denmeade, observabase ya un notable cambio en Joe, pero de un modo que no podía definir. Algo notábase en él perfectamente varonil y sincero Casualmente durante la visita de Joe todos los Claypool se hallaban reunidas en el pórtico mientras Gerd, recientemente llegado de Cedar Ridge, narraba con gran satisfacción lo que corría por los mentideros de allí, siendo recibido con el interés propio de aquellas gentes solitarias que raramente tenían ocasión de saber lo que sucedía fuera de su reducidísimo círculo. Las noticias que Gerd trajo, sobre todo, de la última fuga de una de las bien conocidas bellas del poblado, fue recibida con gran broma. Aquel incidente habría pasada inadvertido para Lucy si no hubiese visto la expresión que adquiriera el rostro de Joe Denmeade, más de notar todavía a causa de su acostumbrada impasibilidad. Lucy entonces tuvo la seguridad de que aquel muchacho, si alguna vez supiera la desgracia de Clara, sufriría intensísimamente. Podría no cambiar su amor quizá, pero seguramente mataría algo en su alma, el mismo algo que tan irresistiblemente le atraía hacia Clara.
Con aquel motivo, pues, volvieron a surgir los temores de Lucy, la extraña prevención que la había asaltarlo de que saliera alguna cuenta del pasado de su hermana, y le costó mucho desterrar de sí tal presentimiento.
Algunos días más tarde, un viernes hacia fines de marzo, Lucy bajó a la escuela para buscar a su hermana y llevársela consigo a pasar el domingo en!a vivienda de los Claypool.
Hacía va tiempo que lo había planeado y pensaba en ello con alegría y con miedo a un tiempo.
Aquel sendero de la escuela era nuevo para ella y, por consiguiente, motivo de mayor placer. Atravesaba el pinar y la cabaña hasta un arroyuelo y luego descendía por una pendiente hasta el terreno bajo.
Lucy sabía ver los diversos aspectos del bosque que habíanse convertido en parte de su propia existencia y sin lo cual la vida en aquellas selvas habría perdido su mayor encanto.
¡Sólo hacía un año que por primera vez experimentara aquella atracción! Aquel tiempo contaba por el trabajo, las pruebas y los cambios sufridos, lo cual hacía que pareciera mucho más largo. Y no obstante, Lucy no podía decir si deseaba haberla pasado de otro modo.
Su labor habíala monopolizado de tal manera, que en pecas semanas hizo con los Claypool lo que para hacerlo con los Denmeade había necesitado meses enteros. Había aprendido ya su oficio, Pronto podría ir a casa de los Johnson y luego... ¡volver con los Denmeade, al más alto y agreste terreno bajo la Rim!
Sin embargo, era bastante sincera para confesarse que, además, había otros motivos para su regocijo. Lucy permaneció en el sendero hasta que los pequeños Claypool y Miller le dijeron que la clase había ya terminado. Iban montados en burros y caballitos, en algunos casos dos niños sobre un mismo animal. Lucy fue saludada con la familiaridad de una consideración conquistada hacía largo tiempo, con un alegre clamoreo que henchía de gozo su corazón.
—¡Aprisa a casa, pillines! —sermoneábales Lucy mientras retrocedía un momento para ir tras ellos.
Luego puso su caballo al galope y aspiró con fruición los suaves y variados olores del bosque, que inundaban su rostro mientras atravesaba alamedas, pinares y umbrías y verdes quebradas. En poco tiempo llegó al claro en que estaba emplazada la escuela, donde hacía mucho tiempo que no había estado. Y sin embargo, ¡qué bien la recordaba!
A primera vista no pudo ver caballo alguno atado por allí, pero oyó el relincho de uno cercano: era Baldy, que trataba de asomar su hocico por entre los barrotes de un pequeño corral instalado hacía poco a la sombra de los pinos, al borde del claro. Lucy ató su cabalgadura cerca y luego corrió hacia la escuela.
La puerta estaba abierta; Lucy se lanzó adentro y encontró a Clara sentada ante el pupitre, evidentemente ocupada en su trabajo.
—¿Cómo está la maestrilla? —gritóle Lucy mientras aquélla se levantaba radiante.
—¿Y cómo estás, tú, vieja Samaritana de los bosques? —contestóle, corriendo a abrazarla.
Pasadas las primeras expansiones, del encuentro empezaron a hablar las dos a la vez, sin prestarse mutuamente atención a lo que decían. Pronto se calmaron, sin embargo, y hablaron seriamente.
—¿En dónde está Joe? —le preguntó Lucy, deseosa de abordar de una vez un asunto sobre el cual quería saber lo que ocurría.
—Él y su padre han ido a Winbrook a comprar cosas para la cabaña de Joe.
—¿Andas ya sola por esos caminos? —preguntóle Lucy vivamente.
—Todavía no —repuso ella riendo—. ¡Buen cuidado de mí ha tenido Joe! Edd me ha acompañado esta mañana.Ha ido a Cedar Ridge en busca de la correspondencia;, dijo que estaría de vuelta para acompañarnos.
—¿Le has dicho que yo vendría por ti? —¡Claro que sí! Y por poco se desmaya...
—¡Oh! ¿De, veras:...?
Y dióse buena prisa a cambiar de asunto. No había visto más a Edd desde el día en que le diera con la puerta en las narices después del audaz e irreparable beso que estampara ella en su mejilla. No quería verle... y sin embargo lo deseaba ardientemente.
—¡No le esperemos! —dijo rápida.
—¿Ha sucedido algo entre vosotros? —preguntó Clara—. Estos días Edd parece estar completamente desatinado. Cuando te nombro se ruboriza..., ¡te lo juro!
—¡Qué gracioso es eso, en ese gran cazador de abejas! —comentó Lucy intentando reír.
Bien; pero me parece que tú también eres una de las que se sonrojarían —acabó Clara secamente.
Clara, no sé nada de ti... —observó Lucy mientras miraba con aire meditabundo a su hermana.
—¡Cuántas veces te lo he oído decir! —repuso ella con una mezcla de patetismo y de alegría en su voz—. Lo cierto es, Lucy, que tú nunca me has entendido, nunca has sabido nada de mí. No sabes cómo soy en realidad; siempre has sido tan grande, que no has podido ver mi pequeñez...
—¡Anda! —replicó Lucy sonriendo. Y luego, más seriamente, continuó—: Clara, yo no soy grande, pero siento un gran amor por ti: eso es todo.
—Lo sientes a tu manera. De todos modos, voy a decírtelo; por eso te mandé unas líneas por los niños... Como no parecías tener mucha curiosidad o ansia de verme...
—¡Clara, sólo era una broma...! No quiero saber nada de ti... sino que eres feliz... y que has olvidado... tus penas...
—Por eso debo decirte algo precisamente —dijo Clara, resuelta—. Mi conciencia no me dejará ser feliz del todo hasta que te cuente lo ocurrido.
El corazón de Lucy se contrajo, y sintió una intensa sensación de frío interior. ¿Por qué el intenso color moreno de Clara habíase puesta repentinamente blanco como el papel? Sus ojos se habían oscurecido y reflejaban valor, aunque estuvieran preñados de lágrimas y de miedo.
—Está bien. Cuenta, pues —repuso Lucy.
Pese a su resolución era evidente que a Clara le costaba trabajo hablar.
—Lucy, desde el día 2 de mayo... soy la esposa de Joe Denmeade —murmuró emocionada.
Lucy, que esperaba algo completamente distinto relacionado con el pasado de su hermana, quedóse perpleja, sentada en uno de los bancos de la escuela.
—¡Santo cielo! —exclamó contemplándola.
—No te enfades, querida —imploró Clara arrodillándose a su lado.
Y nuevamente Lucy sintió el apretón de aquellas manos tan queridas y tan fuertes.
—No estoy enfadada..., pero... —repuso Lucy —estoy aturdida. No..., no puedo pensar...
Es una sorpresa terrible..., es... ¡tu segunda fuga!
—Sí, pero ésta compensa la otra —murmuró Clara.
—¿El 2 de mayo...? ¿Fue aquel día en que hiciste aquella larga excursión con Joe...?
Volviste tarde... y era domingo... Estabas extenuada, pálida, excitada... ¡ahora lo recuerdo! ¡Y nunca me lo contaste!
—¡Lucy, no me lo reproches! —protestó Clara—. Deseaba hacerlo; Joe quería que tú entraras en nuestro secreto..., pero yo no podía... ¡Me cuesta tanto decirte las cosas!
—¡No merezco tu confianza...!
—¡Y tanto como la mereces...! ¡Si es precisamente por eso..., porque eres tan..., tan buena...! Antes de casarme me parecía muy fácil, pero después..., era tan distinto...
—Bien; ahora ya es tarde —dijo Lucy tristemente—. Pero... ¿cómo lo hiciste...? ¿Dónde..., cómo...?
—Fuimos a Cordon —repuso Clara precipitadamente—. Es un pueblecito que está bajo Cedar Ridge: telegrafiamos a un hombre fiara que nos llevara a Menlo, que está a más de cincuenta millas. Allí nos casamos... Fue un viaje horrible... De no ser por la excitación yo creo... ¡que me habría matado —¡El 2 de mayo! ¡Y has guardado el secreto todo este tiempo...!
—SÍ; y seguiré guardándolo...
—Clara..., no sé qué decirte —añadió Lucy, desalentada —Pero ¿qué te ha hecho hacer eso?
—¡Oh, Joe..., Joe...! —exclamó Clara fuera de sí—. ¡Oh, déjame que te lo cuente! No me condenes hasta haberme oído. Tú no puedes sospechar cómo es ese muchacho. Me amaba... y mis negativas le volvían loco. Me acechaba continuamente..., me escribía... ; no dejaba pasar ni una hora sin hacerme saber que me quería..., hasta que empezó a serme agradable... Yo estaba sedienta de amor, Lucy; quería y necesitaba precisamente lo que el sentía... ¡Luché..., oh, y cómo! La idea de ser amada era hermosa, halagadora; pero enamorarme yo..., eso parecía imposible... Por fin me enamoré de él y desperté un día a un mundo nuevo... Entonces va fui débil..., no pude resistir...
Lucy cogió a Clara y la estrechó entre sus brazos. Al fin y al cabo no podía censurar a su hermana. Si del pasado no reaparecía ningún sombrío fantasma, todo iría bien. Después, cuando la excitación del primer momento empezó a decrecer, el sereno cerebro de Lucy pasó de la causa a los efectos.
—Clara, ¿no le has contado a Joe tu pasado? —le preguntó quedamente.
Pero aquello no era una pregunta. Lucy afirmaba como si ya lo supiera. Y cuando Clara dejó caer la cabeza sobre su pecho para ocultar su rostro, Lucy quedó completamente persuadida.
—No pude... ¡No pude! —exclamó la muchacha—. Entre mis temores y la ridícula fe de Joe en mí, era impasible decírselo... Hace ya mucho tiempo, cuando me cortejaba antes de que yo me interesara por él, le dije que yo no había sido buena..., que había flirteado... A él le hizo reír y todavía me quiso más. Intenté hablarle del pretendiente cowboy que había tenido, y me replicó que cuantos más hubiesen sido, más afortunado se consideraría si llegaba a conquistarme. Para él yo era buena, inocente y noble... ¡Un ángel! No quería escucharme...
Después, cuando me enamoré de él, ya no fue tan fácil la idea de contárselo y desistí de intentarlo, hasta la noche antes del día en que corrimos a casarnos. De veras quería explicárselo seriamente, pero apenas pronuncié una palabra, él me cogió y me ahogó en besos, sin dejarme hablar... Después... tuve la suerte... de ser llevada... por segunda vez...
Terminó sollozando, pero aquellas últimas palabras lo revelaban todo. Lucy no podía hacer mas que compadecerla.
—¡Pobre criatura! Lo comprendo; no te censuro y estoy contenta. Si tú le quieres tanto y él te quiere a ti, todo puede salir... saldrá bien. Anda, no llores, Clara, que no estoy enfadada; no estoy más que sorprendida... y asustada.
Clara respondía más al cariño que a nada y su apasionada gratitud aún decidió más a Lucy a ayudarla.
—¡Asustada! Eso es lo que yo estaba últimamente —continuó luego —Suponte que Joe lo descubre todo... No es probable, pero puede suceder...
Nunca me lo perdonaría —suspiró Clara—. Él es muy extraño respecto a este particular; no entiende a las mujeres. Edd sí que lo comprendería..., él sí que seguiría queriéndome a pesar de todo... ¡Sí, sí...! Pero Joe no, estoy segura. Si tú me lo aconsejas, se lo diré ahora; pero ésta es mi última ocasión de ser feliz..., de tener un hogar. Detesto la idea de no ser el ángel que él me cree y sé que puedo ser algo con el tiempo... ¡Le quiero tanto! Antes sí que era una loca...
—Querida, el arrepentimiento es inútil ahora —repuso Lucy gravemente —Enfrentémonos con el futuro: me parece que deberías decírselo a Joe. De todos modos, pase lo que pase, creo que debes hacerlo. Ese muchacho es muy rígido, losé...
—Pero, Lucy... —la interrumpió Clara mirándola con una extraña y triste franqueza—, hay una criaturita de por medio...
—¡¡Dios mío!! —exclamó Lucy con horrible angustia.
—Sí..., una niña..., mía... Nació en Kingston, en casa de una mujer con quien vivía... una tal señora Gerald que no tenía familia. Tenía un pequeño restaurante para mineros y nadie más lo sabe sino el doctor que vino de una ciudad vecina y que era una buena alma... En mi debilidad le conté mi historia a la señora Gerald... Me ofreció adoptar a la niña si la ayudaba a mantenerla; y así lo convinimos.
—¿Es la deuda de que hablabas? —preguntó Lucy con voz ronca —¿Por eso necesitabas dinero a menudo?
—Sí; y por eso necesitaba encontrar trabajo pronto..., emprender esta enseñanza... Me había escrito que me devolvería la niña o escribiría a su... a su padre si no le pagaba lo convenido... Estaba tan asustada que no podía dormir... Le mandé el dinero con retraso, pero me figuro que habrá llegado a tiempo.
—¡Y te has casado con Joe... teniendo eso pendiente sobre ti! —exclamó Lucy, sin poder dar crédito a lo que oía.
—Ya te he contado cómo sucedió. Yo sé lo que pasé. Sufría mucho..., pero ha sido así..., ¡ha sucedido! —murmuró Clara con desesperación, anegada en llanto.
—¡Sólo un milagro puede hacer que Joe no se entere algún día —Algunas veces ocurren milagros: el darme tú un hogar ha sido uno de ellos..., ¡y mi amor por ese hombre, otro! Tú no podrás comprender nunca lo cerca que he estado del infierno y de la muerte... Kingston está muy lejos... y esto es un destierro... ¡Quién sabe si Dios no me abandonará completamente!
—¡Oh; pobre criatura! —exclamó Lucy juntando sus manos—. Clara, pero ¿cómo has podido abandonar a un ser de tu. propia carne?
—¡Tenía que hacerlo! —murmuró Clara tristemente—. Pero he vivido siempre con ese recuerdo y... he cambiado. Atenderé a las demandas de la señora Gerald y quizás algún día pueda hacer algo mejor.
—¡Si no te hubieras casado con Joe...! ¡Oh! ¿Porqué no viniste a mí? —exclamaba Lucy.
En aquel momento oyóse el galope de un caballo. Clara se levantó asustada.
—Debe ser Edd —repuso Lucy, nerviosa.
—Va demasiado aprisa para ser él. Tú sabes que nunca hace correr al caballo, a menos que haya verdadero motivo.
Las dos hermanas permanecieron un momento mirándose con el temor de que sus emociones presagiaran un desastre. El galope cesó y un caballo hizo alto a la puerta de la escuela. Lucy se dispuso a recibir a Edd Denmeade, pero estaba menos preparada que nunca desde su sentimental impulso en la cabaña de los Claypool y en tan poco tiempo no podía ahora dominar sus sentimientos. No obstante, precipitóse a la puerta para asegurar su esperanza de que no fuera él quien llegaba. Clara fue a mirar por la ventana.
Lucy llegó al umbral a tiempo de oír el rítmico tintinea de unas espuelas. Luego, unos pasos demasiado cortos y ligeros para ser los de Edd. En medio segundo apareció un hombre alto, delgado, que andaba con el garbo de un jinete. Lucy preguntábase en dónde había visto aquella impresionante figura, aquella roja y hermosa cara y aquellos perversos ojos azules. El desconocido quitóse el sombrero de anchas alas y cuando Lucy vio el reflejo de su dorado pelo reconoció en él al individuo que una vez le señalaran en Cedar Ridge diciendo: «¡Un camarada de Bud Sprall!»
—¡Buenas, Lucy! —dijo fríamente—. Me figuro que su hermanita estará por ahí...
El corazón de Lucy pareció romperse dentro de su pecho: El horror y la indignación se apoderaron de ella y barrieron las suaves emociones que en aquel momento habían llenado su alma.
—¿Cómo se atreve usted...? —preguntó altiva. —Bueno; reconozco que soy un hombre atrevido —contestó él dando un paso—. Y voy a entrar ahí dentro para ajustar una pequeña cuenta con Clara...
—¿Quién es usted? —preguntó Lucy, furiosa.
—A usted nada le importa. ¡Quítese de en medio! —replicó él groseramente.
Lucy interceptó la puerta. Su franca oposición equilibraba su cabeza, que empezaba a darle vueltas.
—¡Usted no entrará! —gritó Lucy—. Y le advierto que Edd Denmeade está al llegar. No lo va a pasar usted muy bien si le encuentra aquí.
—Bueno, creo que Edd Denmeade no llegará aquí pronto —replicó el cowboy con impertinencia—. He dejado a mi compadre Bud Sprall en el camino... y le detendrá de un modo o de otro... ¡Ya hace tiempo que Bud y yo preparábamos esta ocasión...! ¿Se acuerda usted?
Lucy le dio una tremenda bofetada, tan fuerte, que él se tambaleó.
—No crea usted que voy a apartarme, señor cara roja —replicó Lucy, furiosísima—. Se necesita algo más que usted o un Bud Sprall para detener a Edd Denmeade.
—¿Una gatita salvaje, eh? —gritó él llevándose la mano a la cara—. ¡Lo mismo que Clara...
!
Sus perversos ojos brillaron con un fuego extraño; se abalanzó sobre ella y cogiéndola por un brazo la quitó del paso de un tremendo tirón. Lucy casi perdió el equilibrio, pero se recobró al punto y se lanzo dentro del edificio para llegar a tiempo de ver a Clara frente al forastero. Para Lucy fue una cosa terrible ver la expresión del rostro de su hermana.
—¡Hola, pequeña! Seguramente andabas buscándome.
—¡Jim Middleton! —exclamó Clara con estrangulada voz, horrorizada.
Y se desplomó.
Para Lucy pasó la incertidumbre. Como un relámpago que brota entre las nubes dióse cuenta de que había llegado el ajustador de cuentas de su hermana y eso enardeció su fiereza.
Corriendo al lado de Clara, se arrodilló a su lado y la encontró pálida, fría y sin conocimiento.
Entonces se levantó para enfrentarse con el intruso, decidida a librarse de él antes de que Clara recobrara los sentidos.
—De modo que usted es Jim Middleton —le dijo con sumo desprecio—. Si tuviera una pistola la dispararía contra usted; si tuviera un látigo le azotaría como a un perro... ¡Largo de aquí! Usted! no hablará con mi hermana; ella le odia. No le interesa nada de lo que pueda decirle.
—Bueno; yo no estoy tan seguro como usted —repuso Middleton sin la sangre fría que antes había mostrado. Parecía considerablemente conmovido. ¡Qué contrastantes destellos de pasión, odio, curiosidad y amor cambiaban la luz de sus azules ojos al mirar el pálido rostro de Clara, que yacía sin sentido!
—Tengo una carta que seguramente querrá leer su hermanita —continuó él.
—¡Una carta! ¿De la señora Gerald? —exclamó Lucy temblando de pies a cabeza mientras se llevaba una mano al pecho.
—Sí; si le interesa a usted... —repuso el cowboy mostrándosela.
—¿La señora Gerald necesita dinero...? —continuó Lucy.
—¡Seguro que sí! —contestó él, resentido.
—Pues supongo... que usted lo va a mandar...
—¡Estoy como un demonio! —gritó él.
—También supongo que querrá usted enmendar el daño que hizo a Clara... Querrá usted casarse con ella... como Dios manda —continuó Lucy con infinito sarcasmo.
—Usted no me ha comprendido, Lucy —replicó él riendo groseramente—. Yo no quiero sino leerle esta carta. No he hablado de esta carta durante estos días hasta que ella la leyera; después... se lo contaré todo a Joe Denmeade y a todos los hombres de estos bosques...
—¿No ha hecho usted sufrir bastante a Clara? —replicó Lucy intentando contenerse vanamente.
—Ella me dejó..., me figuro que para irse con otro hombre.
—i Embustero! ¡Oh, me la pagará! —gritó Lucy, desesperada.
De repente le vio volver la cabeza como si prestara atención para escuchar. Los aguzados oídos de Lucy percibieron el galopar de un caballo y, rápida como un relámpago, arrebató la carta de las manos de Middleton.
—¡Ah, démela usted! —gritó él ferozmente.
Igual que una pantera, Lucy saltó por encima de los pupitres y entró en la otra aula, y entonces, :mirando a su alrededor, escondió la carta dentro del pecho mientras Middleton se dirigía a ella rugiendo furioso y asombrado a la vez.
—Voy a hacerle trizas su vestido —le dijo con voz dura.
—¡Jim Middleton! —repuso ella—. Si está en su juicio, saldrá de este país antes de que los Denmeade sepan lo que usted ha hecho.
—Y yo voy a darle a usted una buena paliza al mismo tiempo que le arrancaré toda la ropa —replicó él mientras se agachaba dispuesto a saltar sobré ella.
—¡Edd Denmeade le matará! —insistió ella sintiendo que iba debilitándose.
—¡Déme esa carta! —volvió a gritar él, furioso —¡Es la prueba de la criatura...!
Y en aquel mismo instante unos rápidos pasos que resonaron en el exterior agolparon toda la sangre en el corazón de Lucy. Middleton dio media vuelta mascullando blasfemas entre dientes. Edd Denmeade apareció en el umbral y pareció llenar toda la escuela con su presencia. De su desnuda cabeza manaba la sangre mejilla abajo y sus ojos, como pálidas llamas, pasaron de Lucy a Middleton y de la esbelta figura de la muchacha que yacía en el suelo a Lucy otra vez. Una intensa emoción embargó el alma de la muchacha. Edd había luchado con alguien; hecho en su traje, que estaba húmedo todavía y hecho jirones. Se adelantó despacio, a grandes pasos, clavando su penetrante mirada en Middleton.
—¡Howdy3, cowboy! Encontré a tu compinche Bud Sprall abajo, en el sendero... Creo que harías mejor yendo a recoger lo que queda de él y llevarlo fuera de aquí...
—¡Al demonio con lo que dices! —exclamó Middleton yendo al encuentro de Edd. Se movía despacio, cauteloso, amenazador y bastante seguro de sí mismo—. Bueno —dijo al fin—, tanto me da encontrarte a ti; al fin y al cabo eres un Denmeade. Seguro que tengo algo que decirte...
—¡No, tienes que decirme nada! —replicóle Edd secamente—. No sé nada de ti, a excepción de que eres un compinche de los Sprall. ¡Y ya es bastante! Ahora.... i largo de aquí inmediatamente!
La roja cara de Middleton habíase descolorido hasta volverse del todo blanca a excepción de la lívida marca de su mejilla; pero a Lucy le pareció que más bien era de apasionada excitación que de miedo. Al llegar cerca de Edd, se balanceó mientras decía —Oye, tú, cazador de abejas, vas a oír algo sobre esa señorita Watson...
Edd dio un paso y se abalanzó sobre él con una agilidad de tigre. Lucy no vió el golpe, pero lo oyó. Como un rayo, Middleton cayo al suelo a media docena de pasos de la estufa, pero cayó tan pesadamente que hizo temblar toda la casa. Por un momento permaneció atontado mientras Edd se acercaba a él. Luego se incorporó apoyándose en el codo y volvió su descompuesto rostro, cuya nariz aparecía completamente aplastada. Parecía una fiera, un demonio ardiendo en deseos de asesinar. Su astucia, sin embargo, no engañó a Lucy, quien, mientras él intentaba incorporarse, gritó —¡Cuidado, Edd...! ¡Tiene un arma...!
Aun así, Middleton se volvió y sacó una pistola del cinto. Lucy vio aquella acción al mismo tiempo que veía saltar a Edd y, faltándole las fuerzas, la muchacha se dejó caer al suelo, de espaldas contra un pupitre, con los ojos cerrados y paralizados los sentidos, esperando oír el disparo.
Pero no se oyó. Ruido de botas, crujido de espuelas contra el suelo y fatigosos resoplidos atestiguaban otra clase de lucha. Abrió los ojos y vio que uno y otro tenían las manos sobre el arma forcejeando terriblemente para arrebatársela.
—¡Voy a atravesarte el corazón, condenado cazador! —gritaba jadeante el cowboy mientras se agachaba para morder las manos a su enemigo. Pero éste le dio tan tremenda patada que le arrancó un quejido de rabia y de dolor. Entonces se renovó la espantosa lucha por la posesión de la pistola.
Lucy permaneció agazapada allí, fascinada de horror, con todos los nervios en tensión.
Edd era el más pesado y el más fuerte; manteniendo al cowboy a una braza le dio un empujón que lo levantó del suelo, pero Middleton, siempre volvía a la carga para quitar el arma a Edd, quien ya se la había cogido, y éste lo lanzaba como una pelota contra los pupitres, que derribaba y destruía con el choque de su cuerpo. Las botas de Middleton dieron contra la mesa del maestro y de allí contra la estufa, derribándola y haciendo caer de ella una imponente nube de hollín. El cowboy cesó de malgastar su aliento en blasfemias y su siniestra expresión trocóse por la de pánico y temor por su propia vida. Fue enviado contra la pared, pero continuó el ataque por la pistola con una salvaje tenacidad. Siguieron luchando por toda la habitación destruyendo pupitre tras pupitre. Llegó un momento en que Middleton dejó de intentar cogerle el arma, pero concentró todas las fuerzas que le quedaban para conseguir apoderarse del brazo de Edd que la empuñaba. Llegaron al otro lado de la casa. Lucy no podía verlos, pera les oía lo suficiente para mantenerla con el alma en un hilo.
De pronto, por el rabillo del ojo vio a Clara sentarse en el suelo y mirar de un lado a otro, volviendo su pálida cara hacia los dos hombres que peleaban furiosamente.
—¡Clara, no mires! —gritóle Lucy con voz ronca, casi exhausta.
Movióse en dirección a su hermana, pero estaba rendida por el terror, y cuando los enrojecidos ojos de Clara quedaron clavados con una mirada espantosa, creyó sentirse morir.
Seguía el fragor de los golpes, más frecuentes, más duros y más rápidos, y los resoplidos de los hombres se acercaron nuevamente hasta entrar en su campo visual. Edd empujaba a Middleton moliéndole a puñetazos. La victoria inclinábase del lado del implacable cazador de abejas.
—i Suéltame el brazo, cowboy! ¡No te mataré! —gritábale Edd.
La respuesta de Middleton fue incoherente. Por un momento renovó desesperadamente los esfuerzos y, pegándose a Edd, luchó con el frenesí de un loco.
De repente sonó un disparo. Edd pareció librarse de un tremendo tirón y se tambaleó de espaldas a Lucy, quedándose mirando a su enemigo con todas sus facultades en supenso.
Middleton, con ambas manos agarradas a su propio pecho, cayó de rodillas. Por entre sus manos la joven vio brotar la sangre, y, al mirarle el rostro, se horrorizó.
—¡Ella..., ella era...! —resolló Middleton con los ojos vidriosos. Pero luego los fijó en el suelo y cayó doblado sobre un costado.
El largo brazo de Edd, se extendió y bajó su mano para soltar la humeante pistola mientras se inclinaba sobre el caído.
—¡Se disparó...! —murmuró Edd—. Yo sólo intentaba apartarla... de él... Lucy lo ha visto...
—¡Oh, sí, lo he visto! —exclamó Lucy—. No ha sido culpa suya. Él le habría matado a usted... Pero ¿está...? Edd se enderezó y dio un profundo suspiro.
—Me figuro que no volverá a levantarse...
Y se dirigió hacia Lucy para ayudarla a ponerse de pie y sostenerla.
—Bueno; usted necesita un poco de aire fresco, y creo que a mí tampoco me vendrá mal... —murmuró Edd.
—¡Pero Clara...! —exclamó Lucy—. ¡Oh, ha vuelto a desmayarse!
—No se preocupe usted. Ha tenido suerte no presenciando la pelea... Ese sujeto era un demonio, comparado con Bud Sprall...
—¡Oh, Edd...! ¿No ha matado usted también a Bud? —imploró angustiosa Lucy.
—No, pero quedó muy mal. —Y mientras la llevaba hasta el umbral y la hacía sentarse en uno de los escalones, continuó—: ¡Animo ahora, joven de ciudad! Me figuro que ésta es su primera prueba de la vida backwood... ¡Bueno, podía haber sido peor! ¡Vamos! ¡Ya está usted rehaciéndose! Tenemos que hacer ahora un gran plan... Pero creo que, en cuanto a lo que a mí concierne..., no hay por qué preocuparse.
Y después de un momento soltó a Lucy y él se levantó del escalón pausadamente; se volvió hacia ella y le preguntó muy sereno:
—Lucy, ¿qué es lo que pasaba cuando llegué?
Ella se cubrió el rostro con ambas manos y un fuerte temblor agitó todo su cuerpo.
—Bueno —continuó él cariñosamente—. El sujeto estaba furioso cuando entré. Pero todo lo que pude entender fue: «La prueba de la criatura...»
—Pues... ya es oír bastante. ¿No le parece? —repuso Lucy recobrándose.
Fuera del caos de sus encontradas emociones, había tenido una repentina inspiración.
—Creo que es muchísimo —dijo él sencillamente, tratando de sonreí—, pero no necesita decirme nada más: si no quiere. Siempre adiviné... que tenía usted algún disgusto...
—¡Disgusto! —suspiró Lucy. Y luego, desviando la mirada, continuó—: Edd, le pido que guarde mi secreto. La criatura a que se refería el cowboy... era..., ¡es mía!
Edd no respondió y Lucy no pudo de ningún modo descubrir el efecto, fuera el que fuese, que habían producido en él tales palabras. Una vez que hubo salido de sus labios la reprochable falsedad, sintióse como herida por una calamidad espantosa. Después de soltar aquella mentira sintió que un horrible remordimiento asaltaba su corazón; y su propio cuerpo pareció acusar el golpe que se había dado ella misma.
—Bueno, bueno —murmuró Edd con una voz extraña. y entrecortada. Hizo una larga pausa y luego continuó en un tono más natural—: Creo que no lo diré nunca.... Lo siento muchísimo, Lucy, y no voy a hacerle preguntas.. Esto no cambia nada... Ahora pensemos qué es lo mejor que podemos hacer. Voy a explicar a Johnson la pelea,. pero primero la llevaré a usted a casa, a menos que crea. que puede llegar sola allí.
—Eso depende de Clara; venga conmigo.
Y entraron en la escuela en el preciso momento en que su hermana daba señales de volver en sí:
—Hágame el favor de llevarla afuera —te pidió Lucy.. Mientras él levantaba a la joven en sus brazos, la asustada mirada de Lucy recorrió la habitación. Entre las ruinas del tosco moblaje yacía el inerte cuerpo de Jim: Middleton, boca abajo, con las manos extendidas en un charco de sangre. Aunque aquel espectáculo la mareaba,. miró hasta convencerse de que no quedaba ni un átomo de vida en aquel cuerpo. Después precipitóse tras Edd y salió fuera, a la luz del sol y al aire fresco. Edd llevaba. a Clara a la sombra de los pinos, al borde del claro.
—Voy a bajar al arroyo —dijo el muchacho—. No conviene que ella me vea cubierta de sangre.
Los párpados de Clara se abrieron para ver a Lucy„ quien levanaóle la cabeza apoyada en su brazo.
—¡Ea, querida! Ya estás bien, ¿verdad?
—¿En dónde está él? —murmuró Clara.
—Edd ha :do al arroyo a buscar un poco de agua. Está bien—,contestó Lucy.
—Quiero decir... ¡él...! ¡Ah, ya lo vi! —continuó Clara—. ¡Edd le mató!
—Así lo temo —contestó Lucy, presurosa—. Pero fue un accidente: Edd luchó con él para quitarle el revólver... y éste se disparó... ¡No pienses más en eso! Dios te ha libertado. Tengo la carta que la señora Gerald escribió a Middleton. No te ha descubierto... y ahora no podrá ya hacerte daño. Edd no sabe nada de tu relación con ese cowboy; procura, pues, callarlo.
Edd volvió con la cara limpia, pero con una herida en la sien, y ofreció su húmedo pañuelo a Lucy mientras comentaba —Seguro que ha vuelto ya en sí... Eso es bueno. Ahora voy a ensillar su caballo y pronto estará a punto de volver a casa.
—Creo que sí —contestó Lucy—. Pero... ¿qué diremos sobre... sobre esto...?
—No diga usted nada —repuso él tranquilamente—. Ya lo explicaré yo cuando llegue...
Y... de paso, camino de casa de Johnson, daré un vistazo a mi viejo amigo Bud Sprall. Si está vivo, como me figuro, le diré en pocas palabras lo que le ha ocurrida a su compadre, y que a él le va a ocurrir lo mismo a menos que se marche del país. Estos bosques no son bastante grandes para él y para mí.
—Mire que puede emboscarse otra vez como ha hecho hoy... ¡y matarle! —observó Lucy, temerosa.
—Bueno; creo que con haberme acechado una vez le bastará, pues le he dado lo suyo, pero además, como tiene ya muy mala fama, esa repugnante jugada que les ha hecho a ustedes le descalificará del todo y lo echarán de aquí.
Mientras Edd ensillaba la montura de Clara, Lucy anduvo breves pasos por allí.
—Vámonos; ya puedo montar —dijo Clara—. Prefiero caerme por el camino a permanecer más tiempo en este sitio.
Edd la ayudó a subir a la silla y fue andando junto a ella hasta donde el camino salía del claro. Lucy los seguía, deseosa de perder de vista aquellos lugares.
—Váyanse directamente a casa —les dijo Edd—. Yo me detendré en casa de los Claypool y les diré algo. Seguro que no tardaré y, en caso de que no hayan llegado todavía, iré a su encuentro en el camino.
—¡Oh Edd..., tenga usted cuidado! —suplicó Lucy. Y ni ella misma sabía por qué lo decía ni acertaba a mirarle a la cara.
Clara, montada en su caballo, avanzaba por el sendero bordeado de hojas; Lucy apresuróse a seguirla. Pronto la dorada luz del! claro dejó de iluminar el camino por donde iban, entrando finalmente en el verde y silencioso santuario de los pinos, en cuyo momento Lucy sintió un inexplicable alivio. ¡Qué protectores y qué acogedores resultaban aquellos inmensos árboles! Parecían tener la primitiva influencia de la Naturaleza sobre su alma, y la fortalecían en la carga que acababa de asumir. Cualquiera que hubiese sido el salvaje arranque de su sacrificio, no tendría ningún remordimiento ni podría alterarlo de ningún modo.
Clara resbaló de la silla y tuvo que agarrarse a su hermana. Luego pareció recobrar las fuerzas, pero al fin Lucy creyó que no podría acabar el viaje..., ¡aquel viaje tan trágico! Clara no se volvió a mirar atrás ni profirió palabra alguna. Su palidez acusábase a pesar del atezado color de su piel y Lucy comprendía lo que estaba pasando en el alma de su hermana. El desasosiego por la debilidad de Clara y el enojo por su doblez no influían de ninguna manera en el cariño que por ella sentía. Su ajustador de cuentas había venido y sucedió lo peor que podía suceder para él. Ahora el futuro de Clara estaría a su cuidado: ella se lo aseguraría.
Acordóse repentinamente de cómo amaba a Edd Denmeade y dióse cuenta de que habría ido a él tan naturalmente como un pajarillo vuela al lado de su compañera.
El verde bosque parecía escrutar la agonía de su alma con sus mil invisibles ojos.


XV
Al final del viaje, Clara se desmayó y tuvo que ser llevada a su tienda, en donde sufrió un ataque de histerismo. Lucy atendió a su hermana procurando que los Denmeade no oyeran lo que decía en su desvarío.
Todo aquel selvático terreno hablaba del pasado; lo sentía en lo más profundo de su ser.
Le parecía que la misma tierra que pisaba estaba llena de sepulcros de razas pretéritas que habían vivido y luchado allí, sufriendo debido a su ceguera y a su ignorancia, amando y formando su juventud, envejeciendo luego... y muriendo al fin. ¡Ningún rastro quedaba de ellos! ¡Nada más que hojas otoñales! Parecía que aquella lección de la Naturaleza iba llegando gradualmente hasta ella. Y empezó a ir a aquellos bosques cada vez más temprano, por las mañanas y por las tardes; finalmente se atrevió, incluso, a ir por la noche. Y fue por las noches cuando más profundamente la emocionaba el bosque. La oscuridad aumentaba el misterio de aquellas selvas. Los pájaros nocturnos y los grillos, el alarido de los coyotes al acecho en sus guaridas, el suave y tenue silbido del viento entre los pinos, la fantástica bóveda de follaje por entre el cual asomaban los brillantes luceros de fuego, le hicieron pensar en la pequeñez de su vida y en la inmensidad del espíritu de quien ella procedía para formar parte del Universo. El mismo miedo que le causaban la oscuridad, las bestias y lo desconocido, hablábale de aquella herencia. Su contacto con la vida actual, cubierto sólo por veinte brevísimos años de existencia en una población llena de gente; sus instintos, la sangre que latía en sus sienes, procedían de millones de años de soledad y de salvaje dominio de aquel pasado tenebroso. Y eran estas consideraciones las que la hacían sentirse reconfortada cuando se hallaba en la selva.
Un sábado del mes de junio fue el día señalado para la vista de la causa por la riña a consecuencia de la cual resultara muerto Jim Middleton. Lucy había procurado prepararse. A juzgar por lo visto y oído entre la gente interesada, iba a ser un día de gran fiesta. En realidad los Denmeade no estaban nada preocupados.
Lucy no había visto a Edd, pero Joe parecía más alegre que de costumbre y evidentemente había influído en Clara, quien si tenía algún recelo sobre lo que iba a ocurrir, no la demostraba, yéndose con Joe y con los otros Denmeade antes de que Lucy estuviera dispuesta. Allie y Gerd iban vestidos como para un baile, y Lucy fue con ellos hasta el claro de los Johnson, en donde fue invitada a seguir el camino en un coche con Sam y toda su familia. Durante aquella parte del trayecto, Lucy tuvo poca ocasión de pensar o de meditar, por cuanto los de la partida estaban alegres, como quedó de manifiesto con una observación que Sam hizo finalmente a Lucy —¡Vamos, alégrese! Usted está preocupada por ese juicio y no vale la pena. ¡Si todo el mundo está contentísimo por lo que hizo Edd! Seguro que ni siquiera se va a seguir procedimiento judicial contra nadie, y estaría ya todo listo y olvidado si el mal estado de Bud Sprall no le hubiera impedido ir a declarar. Y si no... ya lo verá usted.
Lucy encontró algún alivio en las palabras de Sam y procuró calmar sus temores pensando que quizá se preocupaba demasiado. Sam conducía como si fuera a una fiesta y las veinte millas o más pasaron como un soplo. Cedar Ridge estaba lleno de gente a juzgar por los caballos, coches y toda clase de vehículos colocados a ambos lados de la calle principal.
Cuando Sam se detuvo con gran apostura delante del hotel, Lucy se emocionó al ver a Edd Denmeade salir de entre la abigarrada multitud. Iba a buscarla y le sonrió al encontrarse sus ojos. Parecía haber leído su pensamiento.
—¡Howdy, Lucy! Me figuro que no necesita usted preocuparse; seguro que irá todo bien —le dijo él estrechando su mano mientras la ayudaba a desmontar—. ¡Howdy ahí, Sam! Acabo de ver a Sadie. Está muy bonita. ¡Howdy, todos...!
Lucy fue conducida al salón del hotel por el sheriff, quien parecía muy galante y deseoso e impresionarla. Le aseguró que aquella reunión era un verdadero placer para él.
El magistrado que encontraron allí se mostraba igualmente afable. Era un hombrecillo de cara afeitada, pequeño, manco, de ojos azules y penetrantes.
—¡Vamos, que está demasiado mal hecho eso de sacarla a usted de su interesante trabajo, del que todos hemos oído hablar, para traerla aquí y molestarla! —dijo él.
—Señor juez —le dijo el sheriff en voz alta—, conocemos el relato de Edd y ahora todo lo que necesitamos es el de esta joven. Ella presenció la lucha de los dos hombres por el revólver.
......................................................................................................... El encuentro con Clara le resultaba torturador.
—¡Anda, reservona —le dijo la muchacha con una brillante mirada—, algo te está matando...! ¿Es por mí... o por Edd?
—¡Cielos! ¿Tanto demuestra mis penas? —repuso Lucy patéticamente.
—Estás pálida y quizá más delgada —le dijo Clara, solicita—. Tienes que quedarte aquí y descansar algún tiempo... Dar algún pasea..., venir conmigo a la escuela...
—Acaso necesite un cambio... ¿Y tú, cómo estás, Clara? ¿Te ha resultado muy desagradable ir allá abajo..., pasar allí todo el día?
—¡Yo...! ¡Oh, estoy perfectamente! Al principio me afectaba bastante..., sobre todo aquella gran mancha del, suelo. No pude hacerla desaparecer con nada y al fin decidí cubrirla con una alfombra. ¡Ahora ya no soy tan apocada como era! De todos modos voy más tarde y puedo asegurarte que después de las horas de clase puedo quedarme sola, sin ninguno de mis discípulos.
—¿Y no piensas nunca en... en...? —musitó Lucy sin saber apenas lo que quería decir.
—¡Claro, tontina, por supuesto! —repuso Clara—. ¿Crees tú que soy de piedra...? Pienso demasiado, tengo mi lucha... pero, Lucy, ¡soy feliz! Cada día descubro en Joe nuevos méritos para quererle... ¡Verás tú cómo me enderezaré ahora y triunfaré en la vida! Al principia creía que sería por el amor de Joe; después, por el tuyo; pero me figura que he empezado ya a pensar que será por mi misma.
—¿Has tenida noticias de la señora Gerald? —preguntó Lucy finalmente.
—Sí; tan pronto como recibió mi carta se arregló todo otra vez; pero no me ha dicho que hubiera escrito a Jim.
—Supongo que se alegraría de poder librarse de esa carga... —continuó Lucy sin dar importancia a sus palabras.
—Eso creo yo —añadió Clara seriamente —Es una cosa que me preocupa un poco; pero ya...
No terminó lo que empezó a decir y Lucy no insistió en ello de momento, pese a creer que era el momento oportuna de hacerlo. Temía una violenta escena de Clara y no quería que tuviera lugar mientras los Denmeade estuviesen despiertos.
—¿Has descubierto a Joe tu secreto? —preguntó Lucy —Todavía no —repuso brevemente Clara.
—¿En dónde está ahora Joe?
—Trabajando en su futura casa. Tiene ocho hectáreas plantadas y una buena extensión de bosque tallado. Todos, le ayudan; Edd se ha tomado un gran interés por la hacienda de Joe desde que ha perdido el que tenía por la suya.
—¿Es que Edd... había empezado a trabajar en su propia granja...? ¿Desde cuándo?
No lo sé, pero fue últimamente. Se lo oí decir a su padre. Edd no es el mismo desde...
aquello que pasó en la escuela. Joe viene todas las noches y me habla de de la mucho que ha cambiado Edd... ¿No ha ido a verte —a ti, Lucy?
—No.
Desde luego, el muchacho no te menciona para nada.. Yo no creo que tenga nada que ver en su cambio de carácter la muerte de... aquel cobwoy, pues hasta me parece haberle oído decir que lamenta no haber matado también a Bud Sprall y que, de saber la combinación que ambos se traían, ahora se contaría una historia muy distinta. No, no es esa; lo que pasa es que Edd está perdidamente enamorado de ti.
—De ser así... ¡pobre Edd! —murmuró Lucy—. Tú piensas eso porque ves lo enamorado de ti que está Joe...
—¡Quizá...! —comentó su hermana burlonamente—.Creo que hoy bajará con Joe si es que no han llegado ya. Tómate, pues, la molestia de observarle y verás como te convences de lo que yo digo.
—¿Es que estás procurando despertar mis simpatías por él? —preguntó Lucy irónicamente.
—Bien lo quisiera —comentó Clara, casi para sí. Lucy tenía conciencia de que no era la misma que había sido hasta entonces y esto afectaba de tal modo a. su hermana que hacíala sentirse penosamente preocupada. Lucy luchó contra la amargura y el dolor que, a pesar suyo, influían en sus pensamientos y palabras, pero no dejaría pasar un solo día más sin decirle a Clara que había cargado con su culpa, pese a que aquella decisión...
—Lucy, ahora pertenezco a su familia —insistió Joe mientras se desprendía lentamente de Clara y se ponía de pie.
—Así es —contestó Lucy procurando conservar la serenidad—, ¿y qué?
—Es que creo que usted... no nos comprende a nosotros, los Denmeade —añadió él secamente. Y se alejó.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Lucy a Clara mirando sus grandes ojos azules que parecían negros a la luz de la luna.
—Estoy segura que quiere decir que ellos no son de los que sólo cuentan en tiempos de prosperidad —dijo Clara pensativamente—. Ha estado procurando sonsacarme; quiere saber por qué estás aquí y por qué vas a marcharte..., por qué estás tan preocupada... Le dije a él, y a Edd también, que no conocía tu secreto... ¡y no es ninguna mentira! La verdad es que estoy algo asustada por el aspecto que tienes...
—Si no estás más que asustada, tienes suerte. Vamos a nuestra tienda.
Una pálida luz filtrábase a través de la lona. Lucy cerró la puerta y echó el cerrojo para asegurarse de que nadie las interrumpiría. Sus ojos estaban abiertos como dos abismos; exhaló un profundo suspiro y se dispuso a soltar la angustia que la oprimía.
—Clara, ¿te acuerdas del día de la terrible pelea en la escuela?... Tú estabas desmayada cuando Edd llegó... —murmuró Lucy con voz grave y llena de entereza.
—Sí —contestó Clara.
—Entonces, claro está, no pudiste oír lo que dijo Jim Middleton; estaba a punto de saltar sobre mí para quitarme la carta que yo le había arrebatado y me amenazaba con rasgarme el vestido alegando que era su prueba de la existencia de la criatura... Edd entró en la escuela en el preciso momento que pronunciaba estas palabras... Más tarde me dijo que las había oído...
y me preguntó... de quién era. Yo le dije...: «¡Mía!»
—¡Santo Dios! —exclamó Clara cayendo sentada sobre la cama como si le faltaran fuerzas para permanecer en pie.
—Hablé impulsivamente; no obstante, hubiera sido lo misma aunque lo hubiese pensado durante mucha horas —continuó Lucy apresuradamente—. Yo no podía de ningún modo acusarte a ti... ni podía mentir diciendo... que era de otra...
—¡Mentir! ¡Pero si eso es una horrible mentira! —estalló Clara roncamente—. ¡Es terrible!
... ¡Has destruído tu buen nombre..., has destrozado el corazón de Edd! ... Ahora comprendo la causa de su aflicción... ¡Pero no consentiré que tú cargues con mi vergüenza... sobre tus hombros —¡Ya está hecho! —cortó Lucy.
—¡No quiero..., no quiero! —replicó Clara apasionadamente—: ¿Por quién me has tomado?... ¡Ya he hecho demasiadas —¡Sí, las has hecho...! Y puesto que te has desentendido de tus responsabilidades...
abandonando a una criatura de tu propia carne y sangre...., en manos de una mujer codiciosa e insensible..., ¡quiero hacer lo que es debido por esa pobre y desgraciada niña Sus aceradas palabras pusieron frenética a Clara de pena, vergüenza, rabia y desesperación. Durante un rato estuvo fuera de sí; Lucy tuvo que cogerla varias veces a viva fuerza para impedir que destruyera la tienda y que gritara demasiado fuerte. Incluso parecióle encontrar cierto consuelo en la desesperación de su hermana. ¿Qué clase de mujer habría sido Clara si no hubiese mostrado una agitación terrible en un momento así?
Al fin, fue serenándose y rogó a Lucy que abandonara aquella idea. Ella le contestó lo más amable y cariñosamente que le fue posible en aquellas circunstancias; pero no podía cambiar nada. Clara estaba completamente aturdida y su conciencia la acusaba como nunca.
Amaba a Lucy y no podía soportar la adición de aquella catástrofe sobre ella; y los débiles aunque desapasionados argumentos de Clara, y los esfuerzos de Lucy para no dejar de ser amable a pesar de su firmeza y para controlar su propio carácter, ahora exaltado, acabaron finalmente en una terrible disputa. Ya una vez, cuando todavía eran niñas, habían disputado amargamente con motivo de una escapatoria de Clara. Ahora, ya mujeres, reñían de nuevo con una pasión que sólo podía proceder de los vínculos de la sangré, de los años de sacrificio por parte de una ,y del descubrimiento de su ignominia por parte de la otra. Y la batalla se inclinó a favor de Lucy, gradualmente, a causa de su poderosa voluntad y de la rectitud de su causa.
En aquel momento, un roce entre las ramas de la espesura vecina la asustó y como una respuesta a su grito, Edd Denmeade salió a través del verde muro y fue directamente hacia ella.
—¿Me había llamado usted, Lucy? —preguntóle con su fría y pausada manera de hablar.
—¡Ah...! ¡Cómo me ha asustada! —exclamó mirándole.
Edd llevaba el traje que usaba para ir a cazar abejas, raído por el uso y perfumado por aquellos bosques. Su hombro moreno y musculoso asomaba por un desgarrón y con la mano sostenía un hacha de mango corto. Su cara, bien afeitada, era casi dorada por el sol y sus claros ojos tenían una dulzura singular. ¡Qué alto, fornido y fuerte aparecía! ¡Un cazador de abejas salvajes...! Pero era un hombre. Lucy no habría querido que fuese de otro modo.
—¿De dónde viene usted? —preguntóle Lucy advirtiendo la inminencia de alguna pregunta que empequeñecería quizá todos los otros problemas.
—Bueno; la seguí —repuso él.
—¿Me vio venir hacia acá?... ¿Me ha estado espiando.
—Seguro. Estuve escondido en aquel macizo de pinos, mírándola...
—¿Y... está eso bien... en usted, Edd? —reprendióle ella.
—No lo sé. Lo que yo quería descubrir... era si sentía usted... dejarnos a todos... y a mis bosques... —Bien; ¿y lo ha averiguado? —preguntó ella muy quedamente.
—Seguro que sí.
—¿Y qué?
—Bueno; creo que usted está muy triste —contestó él sencillamente—. Al principio me figuré que era un antiguo pesar; pero luego he comprendido que usted estaba apenada por tener que dejar nuestros bosques... Y seguro que todos nosotros formamos parte de estos bosques. Si yo no —hubiese descubierto esto, usted no habría sabido nunca que había estado observándola.
—Edd, siento abandonar sus bosques... y toda su gente... y a usted... mucho más de lo que puedo decir —dijo ella con una profunda tristeza en el tono de su voz.
—Bueno; entonces, ¿por qué nos deja?
—Debo hacerlo.
—Me figuro que eso no quiere decir mucho para mí replicó el muchacho—. ¿Y por qué debe hacerlo?
—No serviría de nada hablar de esto, Edd. Usted no me comprendería... ¡y yo quedaría trastornada...! No me haga más preguntas, por favor.
—Pero... ¡Lucy! ¿Está bien que no quiera decirme nada... a mí? Usted sabe que la amo tal como usted dijo que un hombre debe amar cuando desea a una joven para él...
—¡Oh, no..., no es eso! —exclamó Lucy, transida de dolor y extrañamente sobrecogida por aquella inesperada declaración.
—Entonces... ¡cuéntemelo usted todo! —suplicó Edd. Lucy tenía la vista clavada en el montón de pinocha que había quedado en su falda mientras advertía algo extraño en su pecho que la hacía permanecer callada. No era dueña de sus emociones; podía encontrarse desprevenida. Aquel hombre tenía un poder extraordinario sobre ella. ¡Si, él, hubiese sabido emplearlo!
Lucy se debatió contra una nueva y desconocida situación.
—Edd, tengo un deber conmigo misma... y con mi familia —le :dijo al fin,.procurando mirarle fijamente:
—¿Y con nadie más? —preguntó él en un arranque de pasión. cayendo de rodillas .y alcanzándola.
—Sus manos eran como hierro; la levantó sobre sus rodillas y la acercó hacia sí. Era rudo. Su abrazo la lastimaba. Pero todo aquella no era nada comparado con la expresión que ella vio en sus ojos..., un terrible relámpago que sólo podía significar celos.
—¡Suélteme! —gritó Lucy tratando de desasirse. Pero bajó los ojos. No sentía enfado y su corazón latía como si quisiera estallar; una gran flaqueza de músculos y de voluntad se apoderaba de ella.
Estése quieta y escuche —le mandó él sacudiéndola—. Creo que ya he hecho demasiado lo que ha querido... Le mentí cuando le dije cómo había matado a aquél cowboy...
—¡Oh Edd...! Entonces... ¿no fue un accidente? —exclamó Lucy hundiéndose débilmente sobre él. Todas las fuerzas la habían abandonado.
—Seguro que no —repuso Edd con aire espantoso—. Pero se lo hice creer a usted y a todo el mundo. ¡Aquel condenado perro! ... Hacía todo cuanto podía por asesinarme... Yo no tenía revólver... y le dije que no le mataría. Entonces, ¿qué hizo él? ... Emplear toda la astucia de un demonio; murmuraba cosas,.., me las silbaba como una serpiente..., viles palabras sobre usted..., de lo que usted era... Era un ardid; seguro que él quería sorprenderme..., hacerme perder la cabeza..., a fin de poder quitarme el arma... Y siempre tiraba de ella cuando podía.
Debió de comprender que yo la amaba... ¡y casi llegó a conseguir su efecto, con aquel ardid...! Pero al fin lo vi todo claro... ¡y volví el revólver contra él!
—¡Oh Dios mío! ... ¿Y le mató intencionadamente? —exclamó Lucy.
—Sí; y no fue en defensa propia. Le maté por lo que había dicho de usted...
—¡De mí! ... ¡Oh, clara! —exclamó Lucy histéricamente.
Una emoción mortalmente dulce iba a quitarle lo que quedaba de sus sentidos y voluntad. Con otro momento así se traicionaría a si misma..., a su amor..., y lo que era infinitamente peor..., a su hermana.
—Lucy, no importa lo que dijo aquel cowboy —continuó ahora Edd secamente—, aunque fuera verdad... Pero, ¿era usted su esposa... o la de algún otro?
—¡No! —gritó Lucy apasionadamente. Y dijo aquella verdad con un fiero orgullo que no tenía nada que ver con su situación ni con el deber que se había impuesto.
—¡Jau, ahora! —exclamó él soltándola—. Y levantándose pareció librarse de un mal sortilegio mientras Lucy caía contra el pino, incapaz de intentar huir de él.
Y mirando a Edd todavía vio la verde y azulada bóveda y el dorado resplandor del ingente muro... ¿Era el viento de verano que zumbaba en sus oídos? ¡Qué extrañamente había desaparecido la ferocidad de Edd! Luego... otra vez estaba allí, inclinándose sobre ella..., ansioso ahora, arrebatado por algún pensamiento abrumador. Cayó a su lado y cogió su mano en una forma que era una pura caricia.
—¡Lucy! ... ¿Quiere usted dejarme hablar... y escucharme? —suplicó en un tono que nunca había oído. No podía ahora verle la cara y no se atrevía a moverse.
—Oh... —murmuró ella ladeando la cabeza para desviar la vista.
—Todo se me ha ocurrido como un relámpago —empezó él con una dulce y suave voz, acariciando su mano—. Tengo ahorrados cerca de mil dólares. No es mucho, pero nos ayudará a empezar. Además puedo trabajar en algo. Seguro que usted debe tener un poco de dinero también... Bueno; recogeremos a esa criatura y luego nos iremos lejos, a algún lugar en donde nadie la conozca, lo mismo que cuando vino aquí... Trabajaremos y haremos un hogar para ella... Desde que me lo dijo usted ya me he fijado en que voy a quererla... Será lo mismo que si fuera mía... y al cabo de unos años podremos volver a vivir aquí, porque yo... ¡no puedo pensar en no volver aquí nunca más! He prometido a mi corazón vivir en aquella «mesa».
¡Bueno! Nadie lo sabrá nunca... Yo olvidaré su... su pesar... y usted también. No quiero saber nada más que lo que ya me dijo usted ni lo tendré en cuenta para nada... Es una cosa que, de no ser por usted, habría pasado seguramente a mi hermana Mertie... La vida tiene muchísimo de la caza de abejas.. Se reciben muchas picaduras, pero la miel es dulce... Todo esto parece haber sucedido para nuestro bien y no lo siento si todavía puedo hacerla feliz...
Lucy permaneció sentada. Su cabeza era una devanadera y sentíase a merced de una corriente furiosa. —¡Edd Denmeade! —murmuró—. ¿Me está usted pidiendo... casarse conmigo?...
—¡Estoy más que pidiendo, Lucy querida —¿Después de lo que le confesé? —insistió ella, incrédula.
—¡Naturalmente! Si no fuera por eso, nunca habría tenido valor para pedírselo de nuevo... Ahora he empezado a confiar en que quizás algún día me quiera usted también.
En aquel momento sentíase a merced del encontrado poder de la sorpresa más inesperada y del más completo arrebatamiento. Finalmente, rompió su ya débil reserva.
—¡Yo... también te amo ahora... gran...! —estalló ella entregándose al fin, cegada por las lágrimas, volviendo la cara hacia Edd y besándole en la mejilla mientras se apoyaba en su hombro.
No estuvo tan a punto de desmayarse como para no advertir el efecto que le hiciera su declaración. Edd dio un salto y en un segundo Lucy se encontró en brazos de un gigante.
Después la dejó y sentóse otra vez, rígido contra el árbol, teniendo la cabeza de ella sobre su hombro. Lucy podía oír perfectamente el golpeteo de su corazón. Backwoodsman como era, adivinó que no debía olvidarse de la rendición y debilidad de la joven; pero en los momentos siguientes, Lucy dióse cuenta del esplendor de su amor.
Era ya tarde cuando volvieron a casa. Las horas habían volado en alas de la felicidad y de la emoción de nuevos planes, olvidando Lucy la tremenda oscuridad de las sombras que hasta entonces la invadieran. Y hasta que salieron del bosque y vieron a Clara de pie, a la puerta de la tienda, mirándolos atentamente, no recordó Lucy la bebida amarga de su copa.
Clara les hizo señas imperiosas con algo en la mirada y en el gesto que extrañó en gran manera a Lucy, quien soltóse de la mano de Edd.
—Bueno, tu avisada hermana nos está mirando —dijo Edd.
—Así parece. Pero... se alegrará, Edd... Lo sé.
—Seguro. Y también Joe y todos los Denmeade... ¡Es un gran día para nosotros!
—La suerte es únicamente mía —murmuró ella mientras se acercaban a la tienda.
Clara permanecía de pie en el umbral, manteniendo la puerta abierta. Su cara estaba invadida por una gran palidez y sus ojos enrojecidos. No parecía ya una muchacha. Su belleza era algo que impresionaba.
—Lucy..., entra; tú... y tu caballeroso amigo —dijo con un acusado temblor en la voz, en la que, no obstante, notábase cierto orgullo.
—¡Bueno, Clara, va puede —besarme! —le dijo Edd al entrar detrás de ya puede.
—¡Ahora va a ser hermana mía... por partida doble.
La muchacha obedeció como electrizada; su encendido rostro parecía resplandecer y el beso que le dio no admitía dudas respecto a la satisfacción que le producían las palabras de su cuñada. Pero no hizo el menor movimiento para acercarse a Lucy.
Joe Denmeade estaba sentado en el borde de la cama, pálido, emocionadísimo. Al advertirlo Lucy, sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—¡Howdy, Lucy! —le dijo él con una sonrisa magnífica—. ¿Le ha hablado por fin mi hermano Edd?
—Sí, Joe; voy a ser doblemente hermana suya —repuso ella.
—¡No podía él pedir más! —añadió Joe con profunda emoción.
Y siguió un momento en que todos estaban cohibidos, Lucy no podía explicarse aquella situación, pero presentía su profunda trascendencia. Entonces, temblando, se volvió para mirar a su hermana en el momento en que ésta le decía:
—Se lo he contado todo a Joe.
Aquellas palabras fueron para Lucy como un mazazo que la cogió de lleno, sin preparación; pero reaccionó rápidamente, conmovidísima ante el maravilloso, el increíble hecho de la regeneración de su hermana, a pesar de que sus emociones parecían estar enterradas en el fondo de su pecho. Miró en silencio a Clara y pudo advertir en ella un extraordinario cambio. Como si la exaltada animación, la extraordinaria vivacidad que tanto realzaba la belleza de la muchacha hubiese palidecido y casi muerto de repente.
—Se... lo he contado... por fin —continuó Clara sollozando—. ¡No podía más...! ¡Me era imposible seguir viviendo... así! ¡No podía consentir que tú cargaras con mi... vergüenza...!
¡Era demasiado...! Por eso hablé... Era yo quien debía recoger a la criatura... y renuncié a él.
Pero, ¡oh Lucy!, Joe me ha perdonado y seguirá conmigo.
—¡Qué bueno eres, Joe...! —murmuró Lucy recuperando poco a poco sus facultades de expresión, que parecía haber perdido.
Luego se acercó a él y continuó —¿Pero cómo has podido hacer frente a tan... terrible situación?
Le cogió entre las suyas las temblorosas manos de Lucy.
—¡Oh Lucy, no se sobresalte! —le dijo cariñosamente—. ¡No es para tanto...! Si Clara lo hubiese dicho hace tiempo, las dos se habrían ahorrado malos ratos... Sólo hay un camino: el sacerdote que nos casó guardará nuestro secreto y nos perdonará... Diremos que se nos olvidó mencionarlo.
—¡Oh, qué bueno es! —exclamó Lucy.
—Creo que eso es todo —continuó Joe con su rara sonrisa—. Clara y yo no marcharemos en seguida... ¡y volveremos con la pequeña! Aquí Edd se colocó delante de ellos y, aunque parecía querer dirigirse a Joe, miraba ciertamente a Lucy. —Estaría bien que el párroco la encontrara en Cedar Ridge y la casara allí —dijo él.
Lucy se habría reído de buena gana si no hubiese estado luchando con las lágrimas.
—Pero, Edd... ¿estás hablando a Joe... o a mí?...
—¡Lucy! ... ¿Quieres que lo celebremos al mismo tiempo que ellos? —preguntó él, loco de alegría.
—¡Oh..., temo a la gente de Cedar Ridge...! ¡Nos asaltarían! —repuso Clara.
—Pero seguro que podríamos burlarlos —replicó Edd. —Muy bien. Ya está todo resuelto —dijo Joe con su grave expresión de felicidad—. Voy a decirlo a los de casa.
—Y yo voy contigo —añadió Edd mientras Joe se levantaba.
Salieron juntos. Edd rodeó con su robusto brazo el hombro de su hermano mientras le decía —Joe, me figuro que tanto da que haya sido de una manera como de otra... ¡La pequeña está en la familia! ... ¡Y será una Denmeade!
Lucy cerró la puerta de la tienda tras ellos y se volvió a su hermana. Los ojos de Clara brillaban a través de las lágrimas.
—¿No son buenísimos? —murmuró él.
—¡Que la pequeña está en la familia, ha dicho Edd...! Tanto él como Joe se habrían sentido felices con ser padres de mi hija... ¡Yo no había comprendido a Joe... ni a ti... ni a mí misma...! No sabía lo que era amor... ¡Ahora puedo expiar el pasado!
Al atardecer, Lucy separóse de los alegres Denmeade y se deslizó suavemente otra vez en el bosque para esconderse en un lugar poco frecuentado. Sentía necesidad de estar sola.
Las profundas transformaciones de aquel día resultaban menos desconcertantes e increíbles al encontrarse nuevamente en la soledad de aquellas selvas. La vida era real y seria, hermosa y terrible; inexplicable como aquel resplandor del sol poniente tan altivamente dorado sobre las alturas de la Rim. Para ella y para Clara la vida había sido punzante; la de los Denmeade, en cambio, parecía tan plácida como la de aquellos inmensos árboles, habitantes; de los bosques.
El sol se hundió en lontananza, los pájaros acallaron sus plañideras notas y un delicioso silencio invadió aquel mundo de verde follaje. Alguna retrasada abeja zumbaba todavía por allí y el sopor veraniego cedía a la fresca brisa del, anochecer.
El corazón de Lucy estaba lleno le profunda gratitud hacia lo que había motivado el cambio de Clara, fuera lo que fuese. El amor, el sufrimiento, la influencia de la Naturaleza, todo se había combinado para acabar con la perniciosa y egoísta debilidad que había hecho de Clara una víctima de las circunstancias.
¡De qué manera tan indescifrable se habían barajado los acontecimientos para llegar a aquel feliz término! Intentó mirar hacia atrás y le pareció comprender. Parecía imposible, y no obstante, descubrió cuán obstinadamente se había aferrado a su ideal. ¡Si hubiese sabido el premio que la aguardaba Aquel inmenso y solemne terreno de las selvas iba a ser, finalmente, su hogar. Seguiría trabajando en favor de aquellas sencillas gentes, agradecida de ser recibida por ellos y feliz dé poder llevar el bien a sus hogares. La cosa por la cual había rezado tanto volvíase realidad, y si jamás volvía a asaltarle alguna duda, sería sólo por poca duración. Pensó en el cazador de abejas silvestres... ¡Sería su esposa al día siguiente! Las sombras cubrieron el bosque con su tupido manto; el vientecillo de la noche susurró dulce y tristemente; Lucy regresó poco a poco al claro y sintió que la paz de las selvas había saturado su alma. Ella no era más que un átomo en el vasto mundo de los luchadores humanos; era como un retoño de pino levantándose entre millones de su misma especie hacia la luz; y su desarrollo era grande, el hermoso secreto de la Naturaleza.
notes

Notas a pie de página
1. Los backwoods eran los inmensos bosques que se extendían en las más alejadas regiones del oeste, salvajes y casi inexplorables.
2. Doubtful, dudoso, incierto.
3. Howdy, contracción de how do you do: ¿cómo está usted?

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