VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

jueves, 8 de junio de 2017

Odio De Razas (Zane Grey)

Odio De Razas
Zane Grey

Resultado de imagen de Odio De Razas Zane Grey Resultado de imagen de Odio De Razas Zane Grey 


Pearl Zane Gray, conocido como «Zane Grey» (Zanesville, Ohio, 31 de enero de 1872 - Altadena, California, 23 de octubre de 1939), escritor estadounidense célebre por sus novelas del Oeste. El interés de Zane Grey por el Lejano Oeste se inició en 1907, cuando llevó a cabo con un amigo una expedición para cazar pumas en Arizona. En 1910 escribió su primera novela, «La herencia del desierto», que tuvo un gran éxito, lo que impulsó su carrera como autor de novelas sobre este género. Dos años después vio la luz una de sus obras más conocidas, «Los jinetes de la pradera roja» (1912). El éxito de sus novelas le reportó una gran fortuna, lo que le permitió pasar parte de su tiempo viajando y viviendo una vida aventurera, y dedicar sólo algunos meses a escribir, utilizando sus experiencias para sus relatos.
Zane Grey
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
FIN
Zane Grey

Odio de razas
I

Nophaie llevó su rebaño de cabras y carneros a las estribaciones del desierto, cubiertas de salvia, a la hora del amanecer. El aire abrileño era frío y penetrante y estaba cargado de la fragancia húmeda de las tierras altas. Traddy y Tinny, los perros del pastor, tenían una mirada vigilante y un ladrido de aviso para las reses que se separaban del rebaño. Las formas grises de los lobos y los leonados gatos silvestres se movían como sombras a través de la vegetación.
Nophaie se dirigió hacia el oeste, donde, sobre un muro pétreo, grande y accidentado, el cielo rosado adquiría tina tonalidad de oro y desde donde parecía a punto de derramarse la gloria de un esplendor de luz. Nophaie tenía la costumbre instintiva de permanecer quieto durante unos instantes, vigilando y esperando sin cesar. Las puertas de todos los hoganes de su pueblo se abrían al sol naciente. Tales gentes adoraban el sol, los elementos y la Naturaleza.
Y el muchacho indio de:siete años, delgado, alto, permaneció quieto y sin movimientos, con el moreno rostro vuelto hacia oriente y los oscuros ojos fijos solemnemente sobre cl lugar de que:siempre provenían el calor y la luz. Una de sus manos, menudas v tostadas, mantenía una manta apretada contra sus hombros, y la otra sostenía el arco v las flechas.
Cuando estaba mirando, un cambio maravilloso se operó en el desierto. La altiva oscuridad del muro de roca que se erguía en el fondo se inflamó súbitamente con una línea de fuego. Y desde aquella altura hasta las grises tierras bajas brilló la luz del sol:saliente. Para Nonhaie, el nacimiento del sol era un principio, el cumplimiento de una promesa, la respuesta a una plegaria.
Cuando aquel llameante círculo de oro líquido hubo aclarado la extensión del desiorto, demasiado ardiente y lemasiado intenso para la mirada del hombre, Nophaie dejó de mirar y cruzó los claros de la vegetación de salvia detrás de sus reses. Aquél era su trabajo cotidiano. Desde hacía dos años era el pastor del rebaño de su padre. Nophaie había ganado aquella primera distinción a la edad de cinco años. El niño se hallaba encargado, en unión de otros varios, de cuidar los rebaños de la tribu. Una tormenta de arena se extendió súbitamente por el desierto y envolvió a todos en un espeso paño amarillo. Con excepción de Nophaie, todos los pequeñuelos corrieron atemorizados en dirección a sus hoganes. Pero Nophaie permaneció junto a las reses, que no pudiendo correr de cara al viento, fueron de un lado vara otro v, al fin, se perdieron. Nophaie se perdió con ellas. Su padre lo encontró tres días más tarde, hambriento y atemorizado, pero todavía fiel al cumplimiento de su misión. Todos lo alabaron. Todos lo instruyeron. Todos confiaran en él. La leyenda v las tradiciones, en contadas ocasiones confiadas a un muchacho tan joven, le facilitaron temas para meditar y para soñar.
La misión pastoril de Nophaie era solitaria v descansada. Solamente había de conducir al rebaño desde las llanuras herbosas hasta los declives cubiertos de salvia, lentamente, hora tras hora, y regresar a la hora del crepúsculo vespertino al encerradero próximo a la casa, siempre alerta contra la presencia de los animales de presa.
Nophaie semejaba una parte de aquella tierra desierta, roja y purpúrea. Nació baio la sombra de la altiva montaña, cuyo muro zigzagueaba desde el este hasta el oeste, a través dei erial. Las oquedades eran desfiladeros. Sus rotos segmentos eran cumbres y monumentos, flechas de piedra roja que se levantaban hacia los cielos, audaces, desnudas, fuertes, modeladas por el viento, la tierra y el hielo. Entre aquellos muros y monumentos se extendía la tierra arenosa del desierto, siempre manchado en algunos lugares por el verdor de la hierba y la cizaña, purpúreas desde la lejanía.

Aquella primavera, los corderos habían llegado pronto, demasiado tempranamentc si se tenía en cuenta el hálito helado de las auroras. Unos cuantos corderos habían sucumbido a los efectos del frío. Más de un corderito, blanco y rosado, había:sido tiernamente envuelto en la manta de Nophaie y calentado, y cuidado.hasta que el calor del sol le permitió volver junto a la madre. Los corderos y los carneros contaban pocos días de, edad, eran lanudos y lo suficientemente fuertes para que pudieran triscar entre la vegetación. Algunos de ellos eran intensamente negros, y otros muchos completamente blancos; y varios tenían unas bonitas manchas blancas sobre negro, patas negras y orejas blancas. Uno era de un puro blanco y tenía la cabeza negra; otro, era completamente negro, con excepción del rabo, que lo tenía blanco. La muerta quietud del alba en el desierto fue rota frecuentemente por el balido dulce y agudo de aquellos corderos y carneros. Nophaie vagabundeó con ellos, sentándose a veces en alguna piedra para descansar, siempre vigilando, escuchando, sintiendo. Quería a su rebaño; pero no lo sabía. Su labor era solitaria; pero no lo apreciaba.
El rebaño continuó marchando lentamente, como una masa moviente y punteada de blanco ante el fondo gris, desgarrando la salvia, mordisqueando los hierbajos. Traddy y Tinny trotaban de un lado para otro, malhumorados y ariscos; eran perros indios que conocían bien su misión y que raramente se veían precisados a lanzar un ladrido de advertencia. Nophaie marchaba pausadamente tras las reses, vigilante y absorto. Un águila descendió desde su elevado nido y se disparó, como un relámpago, sobre el rebaño, hasta que vio al niño indio en vigilante actitud, y entonces comenzó a elevarse más y más, con sus anchas alas hacia la libertad y se alejó a través de los cielos. Su forma se destacó como un punto negro y arqueado ante el azul del espacio. Un coyote lanzó su desolada nota de hambre. Desde la altura, un vencejo trino) su canción extraña, dulce y silvestre.
El sol se elevó a mayor altura. El dorado cordón de rayos solares que se tendía sobre los bordes de los muros y de las mesetas y los monumentos se ensanchó hacia abajo, usurpó sus dominios a las sombras. El alba y su frialdad palidecieron y se derritieron ante el calor del día. Y el desierto cambió nuevamente. La sombra y el color y frescor parecieron haber sido devorados por una luz intensa y dominadora.
Nophaie no era diferente a los demás chicuelos indios, no siendo porque: los rasgos dominantes de su tribu y de su raza parecían haberse intensificado en él. Tenía el destino de los jefes. Su madre murió al darle a luz, murmurando extrañas y místicas profecías. Los viejos hechiceros y los sabios de la tribu, que se congregaron junto a él durante el período de la única enfermedad, de la infancia y que trazaron ante el niño sus pinturas de arena sobre una roca lisa, se maravillaron de su rápida recuperación y predijeron para 61 grandes y desconocidas proezas. Recibió el nombre de Nophaie, el «Guerrero».
Las tradiciones de su raza fueron impresas para siempre, en su imaginación por medio de canciones, relatos y danzas. El valor de los bravos guerreros indios era solamente un recuerdo del pasado; pero el espíritu vivía aún. El muchacho fue enseñado a comprender la naturaleza del guerrero y, a venerar a su padre y a la dilatada estirpe de jefes de que descendía. Antes de que hubiera apreudido a andar, Nophaie comenzó a conocer los secretos de la vida al aire libre. Pájaros, lagartos, culebras, sapos, escorpiones, ratas y canguros pequeños, perros de las praderas y conejos…, todos estos animalitos v otros menudos seres silvestres del desierto le fueron llevados para que aprendiera a domarlos, a jugar con ellos, a estudiarlos amarlos. De este modo, la vida intensa y multicolor del desierto fue prontamente impresa en su cerebro. El amor a la belleza natural, nacido con él, encontró facilidades para su evolución v desarrollo. Los hábitos y las costumbres de los moradores del desierto formaron parte de su enseñanza infantil. Y del mismo modo, el verdor que cubre la tierra, con toda su belleza y significado, ocupó muy pronto un lugar de suprema importancia en su comprensión: las hierbas, verdes en la primavera, granadas y amarillentas en el verano, lívidas en las postrimerías del otoño; la,salvia, con agridulce fragancia y su indeclinable verdor; los cactos, ponzoñosos aunque fructíferos, con sus colores bermellón y magenta; la brocha de pintor», con su carmín; la cizaña del desierto, sin olvidar su uso y sin valor; las flores del los profundos desfiladeros; el musgo de las piedras húmedas próximas al arroyo sombreado por las cumbres; los helechos y los líquenes; los cedros de uvas purpúreas y las piñas de los árboles de las tierras altas, y los pinos de corteza parda, estáticos y nobles, señores de las alturas…
Nophaie conoció, también, la necesidad v el encanto y el amor de la caza. Había de sobrevivir, algún día, por sus proezas como cazador. Las huellas y las marcas s, los sonidos y los olores de todos los habitantes de los alrededores del desierto:se le hicieron tan familiares como los de su propio hogan.
Nophaie caminó de un lado para otro en unión de su rebaño, sobre la salvia y la arena, bajo las siluetas y encumbradas torres de roca. Era inconsciente e inexpresablemente feliz porque se. hallaba en perfecta armonía con el espíritu de la Naturaleza que le rodeaba. Caminaba sobre una encantada tierra de misterio sobre la cual caía la amorosa mirada del Gran Espíritu. No tenía preocupaciones ni necesidades ni egoísmos. Solamente había oído hablar de un modo vago de la amenaza de la raza blanca que se cernía sobre las tierras de los indios. Tan sólo había visto durante su vida a un corto número de hombres blancos.
De este modo, continuaba Nophaie marchando en unión de su rebaño a través de! la dilatada extensión, contento y absorto, vigilando, escuchando, sintiendo, con la imaginación llena de sueños y de anhelos, de canciones y levendas, de la infinita belleza y la poesía de su vida.
¡Cuán solitaria la vasta extensión purpúrea que se abría desde el pie de los fuertes baluartes de roca! ¡Cuán silenciosas y muertas las bancas de roca, brillantes y fuertes! ¡Cuán austero y solemne el día! Pero Nophaie jamás estaba solo. No comprendía la soledad. El aire dulce v suave que respiraba estaba lleno de los susurros de los espíritus. Sobre los rojos lienzos de montaña occidentales se elevaba una cúpula blanca y negra, la altura de una montaña cubierta de la pureza de la nieve orlada de pinos, Nothsis Ahn, el hogan de Utsay, dios de los indios. Allí vivía con Utsay Asthon, su esposa, y ambos juntos habían hecho el sol de fuego…, todo lo habían hecho… Utsay era el Gran Espíritu, que algunas veces se comunicaba con los hombres que se dedicaban a la medicina por medio de sus pinturas de arena. Nophaie, en tanto que se volvía de la dirección en que salía el sol a la elevada montaña, murmuró una oración dedicada a su Gran Espíritu.

- Alto señor de la montaña, de la hermosa montaña:
dime tus secretos para- que todo pueda estar bien ante mí cuando marcho,dime que todo estará bien a mis espaldas. Dime bajo mí que todo puede estar bien, dime sobre mí que todo puede estar bien dime que todo cuanto veo está bien,
dime que el Eterno será misericordioso para mí…
Como señor del Bien dime que todo está bien para mí, que el Dios de la medicina
me permitirá hablar bien, dime
ahora que todo está bien, que ahora todo está bien, que todo está bien, que toda está bien.


Y Nophaie creyó que todo marchaba bien para él, que su plegaria había sido escuchada. El susurra de la salvia era una voz; el fresco roce de la brisa sobre sus mejillas era el beso de un espíritu benévolo e invisible que le protegía; la roca en que apoyaba una mano le ofrecía una respuesta del alma que vivía en su interior. Cuando un halcón voló sobre su cabeza, Nophaie oyó el suave deslizarse de unas alas conducidas por la fuerza en que confiaba. El brillo del sol, que todo lo cubría, era la sonrisa de Utsay, que estaba satisfecho de su pueblo. Nophaie se desvió hacia un lado para no aplastar las margaritas del desierto que crecían entre la sombra de la salvia. En aquellas floreas anchas y blancas veía los ojos de sus parientes muertos, los que le miraban desde los Terrenos de Buena Caza interiores. ¿Caminaría en línea recta? ¿Sería siempre leal? El amor de sus muertos continuaba vivo, sería eterno. La muerte del espíritu no existía para Nophaie y los hombres de su tribu. No había maldad, excepto en el pensamiento, en pensar mal de sí mismo o de los demás, que era un pecado. Lo malo que se pensase se convertía en realidad.
Y así prosiguió Nophaie caminando por las huellas que se marcaban en el camino, altivo y fiero como un águila joven, soñando los:sueños conjurados por los sabios de su tribu. A los siete años de edad, había comenzado a comprender lo que un jefe representaba, y que el jefe estaba destinado a salvar, un día, a su pueblo. Lo que más le agradaba era hallarse soler en la inmensidad del desierto, escuchando loas verdaderas sonidos del campo abierto y los murmullos silentes de su alma. A la sombra de los hoganes, entre los muchachos y las chiquillas, solamente era Nophaie. Y todos le envidiaban; a todos les agraviaba su importancia. Pero allá, en el desierto, entre el frío de las albas rosadas y las ondas de calor de los mediodías y el oro de los crepúsculos, cuando las sombras descendían suavemente y las blancas estrellas brillaban y le dirigían sonrisas desde el terciopelo azul del cielo…, allí, Nophaie podía ser el que era, podía escucharse y percibirse y saber cómo los cuatro vientos de los cielos murmuraban su porvenir y decían que aprendería la medicina que habría de salvar a su pueblo.
Nophaie no marchaba solo. Innumerables espíritus acompasaban sus pasos a los de él. La salvia era una alfombra de púrpura, dulce v fragante, a través de la cual sonaba el sordo suspiro del viento. Los someros arroyos serpenteantes que murmuraban al deslizarse sobre la rojiza arena y estaban bordeados del blanco de las piedras, hablaban a Nophaie de las nieves invernales que se derretían en las alturas, de agua para los corderos durante todo el verano, de la buena voluntad de Utsay. En el este y el oeste y el sur se elevaban los rojos dioses de roca que parecían moverse al mismo tiempo que Nophaie y avanzar con él, que se detenían para ofrecerle su sombra, que le vigilaban y protegían con rostros impasibles. Aun cuando parecían muy próximos, estaban muy lejanos. En sus pétreas células se albergaban fas almas de los indios… Tantos como las piedrecitas blancas que había a lo largo de los arroyos. El relámpago de un ave rápida del desfiladero era un mensaje. Las gotas de rocío, destellantes y puras, eran las lágrimas de su madre, que siempre se erguía junto a él, que caminaba con él a través de la salvia, en espíritu, y acompañaba sus pasos. El sol, la luna, el risco que tenía un rostro humano, el cuervo que lanzaba su doliente nota, el crótalo que se adormilaba al sol, la araña que cerraba su puertecita sobre él, el sinsonte, cantor de todos los cantos…, todo ello confraternizaba con Nophaie, todo ello era mensajero suyo. En torno a él y sobre él, en el gran silencio, en las empenachadas torres de piedra, en el fuerte resplandor del sol intenso parecía haber una vida en armonía con él, una vida eterna y silente que Nophaie sentía pero que no podía ver.
Cuando llegó la hora del crepúsculo, Norphaie se hallaba muy lejos de su punto de partida, en el despejado desierto, con muchos de los monumentos v las mesetas y las masas de rocas entre él v la púrpura dorada y gloriosa del oeste. Mientras regresaba en dirección al hogan con su rebaño, no cesó de observar absortamente el colorido panorama del sol muriente y de las, transfiguradas nubes. Una pompa luminosa que se hallaba en perfecta afinidad con sus visiones coronaba la cúspide del Nothsis Ahn y descendía detrás de las flechas y las columnas de roca que acuebillaban la luz del horizonte. El sol se: hundía tras unas rotas masas de suaves nubes, amarillentas v plateadas, donde chocaban los rayos luminosos, doradas en el centro del oeste, sombrías y purpúreas en el lugar en que las masas espesas llegaban al azul cenit.

En tanto que miraba, absorto en el embelesamiento de su ansioso corazón, se produjo un momento de maravillosa transformación para Nophaie. El sol hundió su segmento inferior tras una nube coronada de blanco y llenó el paisaje con el fuego de un resplandor de oro, de rosa y de ópalo. Una luz que semejaba el faro del Universo ardía en la extensión del cielo, limpio en el oeste, donde la neblina violeta y lila adquirió una tonalidad de oro. Ante la refulgencia del cielo occidental se elevaban los monumentos pétreos, perfilados por aquella brillantez ardiente del crepúsculo, negros y agudos, fantásticos y colosales, dioses de piedra inmóviles y elocuentes.
Un ladrido de advertencia procedente de uno de los perros apartó del oeste la atención de Nophaie. Un grupo de hombres blancos se había acercado a él. Todos marchaban a caballo y algunos galoparon hasta situarse entre el muchacho india y su hogan. Los otros continuaron avanzando hacia lo alto. Llevaban caballos de repuesto, salvajes y cubiertos de polvo y sudor, v mulas pesadamente cargadas. Tanto los hombres como los animales estaban jadeantes.
Nophaie solamente había visto a muy pocos blancos. Ninguno de ellos hahía realizado jamás actos de violencia. Pero en los que en. aquel momento tenía ante:sí Nophaie presintió instintivamente la presencia de un peligro.
- Necesitarnos comer carne- dijo uno de los hombres, que tenía un rostro oscuro.
- Bien; entonces busquemos a la india dueña de este rebaño y comprémosle la carne que necesitamos - sugirió otro.
- Moze, pareces saberlo todo -gruñó otro- ¿Por qué ha de ser india la dueña de esas reses?
- Porque las indias suelen poseer rebaños - replicó el anterior.
Aquellos hombres del desierto estaban cansados y hambrientos. Y acaso uo lo estaban por efecto de su honestidad, según podía deducirse de la presencia de los caballos y las mulas de carga suplementarios que llevaban. Más de una furtiva mirada recorrió la extensión para dirigirse al oeste. La impaciencia y el efecto del calor se manifestaban en los rostros rojos de los hombres.
- No tenemos tiempo para hacerlo-dijo el hombre del rostro oscuro.
- Bien; pero no quiero que los indios sigan nuestras huellas. Os digo que será preferible que perdamos el tiempo necesario para comprar la carne.
- ¡Hum! En la próxima ocasión dirás que comamos carne de caballo -replicó el llamado Mozo-. Da un golpe al chico en la cabeza, coge unos cuantos corderos, y vámonos. ¡Eso es lo que debemos hacer!
El proyecto de Moze pareció ser bien recibido por varios de los miembros de la banda. Todos ellos estaban dominados por el deseo de apresurarse.
Nophaie no pudo entender su lenguaje, pero presintió peligro para sí. Repentinamente echó a correr entre los caballos y, rápido como un ciervo, se lanzó a toda velocidad a través de la vegetación.
- ¡Coged a ese chiquillo, uno cualquiera de vosotros -gritó alguien, con la voz de la autoridad.
Uno de los jinetes picó espuelas a su caballo y, después de haber derribado a Nophaie, alargó una mano fuerte para recogerlo y depositarlo atravesado sobre el arzórn. Nophaie quedó inerte.
- Bill -gritó el jefe-, no tienes necesidad de malIratar al chiquillo. ¡Esperad todos!
Aquel hombre era alto, flaco, de cabellos grises, v tenía ojos de halcón. Recorrió con la mirada la extensión de terrena que se abría hasta las columnas de roca. No se veía a ningún indio ni hogan. A continuación, añadió:
- Bill, no sueltes al muchacho. Y, cualquiera de vosotros, lleva el ganado delante de nosotros. Por ahí cerca debe de haber agua. Acamparemos donde la encontremos.
- ¡Hum! -exclamó disgustadamente Bill-. Me parece una tontería, cap. ¿Qué te propones al pretender llevar al muchacho con nosotros?
- No me parece decente matarle sin motivos, y no creo que sea prudente que le permitamos volver a su casa esta noche.
- Muy bien. Tú eres el que manda. Pero de todos modos, sería capaz de comer hierba si no tuviera la seguridad de que los indios nos encontrarían muy pronto…, a pesar de todo.
- ¡Eres muy listo, Bill! -contestó el otro-. Cabe en 1o posible que la familia de ese chico encuentre nuestras huellas mañana; pero me jugaría la cabeza a que no sucederá así.
Nophaie continuaba inerte sobre el caballo, y así prosiguió por espacio de varias millas, hasta que lo dejaron caer a tierra como a un saco vacío. La banda se había detenido en un lugar en que se poponían pasar la noche. Nophaie tenía las manos y los pies atados con una cuerda. Oyó los balidos de los corderos, el sordo murmullo de sus pezuñas al ser conducidos en dirección al desierto. Uno ele los hombres le entregó comida y bebida. Otro lo cubrió con una manta. El temor de Nophaie se aplacó; pero en su corazón:se albergaba la herencia de un odio negro. No durmió.
Al amanecer, la banda se marchó cabalgando rápidamente hacia el sur, y Nophaie tuvo que resignarse a ir con tales hombres. A la caída de la tarde de aquel largo día, los hombres parecieron cobrar serenidad y confianza. Todos cesaron de mirar hacia atrás sobre las interminables extensiones de tierras o a través de leguas y más leguas de laberintos de cedros. Esquivaron los hoganes de los indios, y comenzaron a seguir caminos muy transitados. Al día siguiente, uno de los hombres de la banda propuso que se dejase en libertad a Nophaie. Pero el jefe tomé) nuevamente una determinación en contra de los deseos de:sus subordinados.
- ¿No habéis visto lo muy solitaria que es este terreno? No tenemos necesidad de que el chico se pierda y muera de hambre.
Al día siguiente, a la hora meridiana, Nophaie fue dejado en libertad. El jefe le señaló una carretera que conducía a un campamento indio. Y luego, envueltos en una nube de polvo, los hombres se perdieron de vista a todo galope de sus caballo:,: Habían tratado a Nophaie de una manera ruda, aunque amable, desconocedores de la parte que habían de jugar en su destino. Pero Nophaie no llegó jamás hasta los hoganes indios. Otro grupo de gentes blancas, de voces y aspectos distintos a los de los anteriores, lo encontró. Eran viajeros que viajaban reposadamente para contemplar el Oeste y que cruzaban los terrenos indios. Poseían carros y caballos de silla y hombres occidentales para que los ayudasen. Nophaie corrió nuevamente para huir; mas fue alcanzado por uno de los jinetes, que lo llevó ante las mujeres de la expedición.
- ¡Qué chiquillo indio más guapo! - exclamó una de ellas.
- ¡Llevémoslo con nosotros! - dijo otra.
Una mujer vieja del grupo observó y estudió a Nophaie e con algo más de curiosidad durante unos inocentes. También se mostró cariñosa v amable. Imaginaba que se hallaba a punto de realizar un acto noble.
- Muchacho indio, te llevaré conmigo, e ingresarás en una escuela.
Y llevaron, por fuerza, a Nophaie consigo. Lo alejaron del desierto, hasta una zona muy lejana del Este.
Y Nophaie vivió y estudió en la escuela y en la Universidad de los hombres blancos por espacio de dieciocho años.

II

Cuando el tren se aproximaba a la ciudad occidental a que se dirigían, Marian Wamer comprobó que su viaje no era un sueño, sino el primer acto de la libertad que había anhelado, el primer paso de su única y gran aventura. Toda la excitación y la audacia y la emoción que había gozada hasta entonces. parecieron inflamarse hasta convertirse en un terror emocionante.
Habían pasado largos días de viaje desde el momento en que subió al tren en Filadelfia. Los rostros de sus amigas, de, su tía, de las pocas personas que la querían se oscurecían como si cada giro de las ruedas debilitase los recuerdos al mismo tiempo que acortaba las millas. Muy poco había sospechado ella misma del modo de que se había lanzado a la ventura. Pepa hasta el último momento había podido conservar su secreto.
En un punto dejado atrás en el recorrido, en el lugar en que cruzo la línea que separaba aquel desierto Estado en que se hallaba, Marian se había dado cuenta de un despertar de sus sentimientos, adormecidos por espacio de mucho tiempo. Las primeras visiones del amarillento verde del desierto, ¿habían agitado su corazón? ¿Qué impresión le producían aquellas líneas de riscos rojos y amarillos que le parecían increíbles? Profunda y vaga fuá la emoción que en ella provocaron. Era el mes de abril, y las nubes tenían un color grisáceo; las hierbas se inclinaban hacia tierra por efecto del viento; nubes de polvo se elevaban en círculos y se convertían en remolinos amarillos. ¡Aquella tierra era, en verdad, cruda, inhospitalaria! Su grandeza comenzó a estremecerla y asombrarla. Millas y millas de aridez, rocas, llanuras grises, montañas negras en la lejanía… y nuevamente aquellos altos riscos de roja roca. Muy pocos ranchos, y muy separados unos de otros. Y las accidentales manadas de ganado parecían perdidas en la inmensidad. Marian aguzó la mirada en busca de caballos y jinetes, en busca de los relámpagos blancos que eran los indios cuando cabalgaban sus mesteños; pero nada de esto pudo descubrir.
Luego, como en otras muchas ocasiones durante el largo viaje, recurrió a la carta que la había determinado dirigirse al Oeste:

«Oljato (Luna sobre el agua)

»10 de febrero de 1916.

»Querida Marian

»Tus cartas y tus regalos han sido tan bien recibidos como flores de mayo. No pude recibirlos en los días de Navidad, porque no fui a Kaidab. El tiempo era muy frío, y estaba obligado a cuidar a mi único pariente vivo, que se hallaba enfermo. Ahora ha mejorado.
»Recorrí las noventa y pico de millas hasta el correo entre el alba y el anochecer por una senda solamente conocida de los indios. Y durante todo el camino pensé en ti, en mi amor por ti, que se fortalece con la distancia y con el tiempo. Recordando tu afición a los caballos y lo mucho que anhelabas hallarte en lugares solitarios y bravíos, deseé que hubieras podido hallarte conmigo.

»Mas, a pesar de la alegría que llegó con tus recuerdos, mi camino de vuelta estuvo lleno de amargura. Nuevamente me hallé en contacto con las crecientes desazones de.mi! tribu y con el mundo de los hombres blancos a que había renunciado.
»Marian, mi pueblo vive ahora en un estado de gran prosperidad. La guerra ha producido unos valores falsos. La lana se paga a cincuenta centavos la libra. El precio de los carneros y los caballos ha aumentado hasta un punto que jamás indio alguno pudo soñar. Todos creen que estos precios durarán eternamente. Nadie ahorra. Viven al día, gastan el dinero alocadamente. Y cuando se produzca la reacción, todos serán repentinamente pobres. Y los precios de los alimentos y el vestido estarán más altos que nunca.
»Estoy aquí desde hace cerca de un año, y todavía no he hallado ningún indio que sea verdaderamente cristiano. He recorrido hasta los últimos rincones de este terreno destinado a las gentes de mi raza. Los indios me dicen que han tenido muchos misioneros muy buenos. entre los que los han enviado. Hombres blancos amables, cariñosos, que estudiaban las necesidades de los indios, que los ayudaban con su trabajo, que podrían, con el tiempo, haber ganado su confianza. Pero, por una ú otra razón, ninguno de ellos permaneció entre los indios durante el tiempo necesario.
»Y necesitamos mucha ayuda. Ven a mis terrenos, y trabaja durante un año o dos entre las gentes de mi pueblo. No puede ser perjudicial para ti. Y puedes hacer mucho por ellos. Podrías emplearte como maestra en Mesa o en alguna otra de las escuelas. Nadie sabría jamás que hubieras venido en obsequio a mí.
»Tus cartas han acumulado los reproches sobre mí. Marian, no he olvidado ni uno solo de los momentos de nuestro verano en Cape May. He revivido todos nuestros encuentros. Te quiero más que entonces. Ahora me parece ser viejo. El juicio ha venido a mí en el desierto de mi cuna patria, bajo la sombra del antiguo Nothsis Ahn. Nací al pie de esta gran montaña. Cuando solamente era un niño, fui robado bajo sus rojos muros. Y he vuelto al cabo de dieciocho años. He quemado mis ropas de hombre blanco, los libros…, hasta mis trofeos de jugador de rugby…, todo…, excepto tu retrato. Me visto de piel de ante, de pana, de plata. Raramente hablo inglés, y soy de nuevo un indio. Ya no soy el Lo Blandy que fui, sino Nophaie.
»Era joven y fogoso durante aquel verano de Cape May. Bebí de los licores de los hombres blancos, Marian. Fui elogiado, agasajado y buscado porque me había convertido en un famoso atleta, el jugador de base-ball y de rugby que había obtenido tantas victorias frente a los equipos de las, grandes universidades. Bailé y jugué lo mismo que los blancos.
»Y entonces te conocí, Marian. Eras diferente a la mayoría de las muchachas blancas. Te quise tan pronto como te vi, y te respeté cuando te conocí. Por ti, dejé de beber. Y no creas que es poco para un indio el renunciar al whisky cuando ha conocido su sabor. Quise a una mujer blanca. Te llamé Bedicleash, a muchacha blanca de ojos azules. Estoy seguro de que tu influencia me alejó del destino reservado a más de un famoso atleta indio, como Sockalexis, por ejemplo, que en un solo año echó a perder su carrera y su salud.
»Pero cuando regresé junto a mi pueblo se operó un gran cambio. No en mi amor por ti, sino en mi juventud. Ahora soy un hombre tan viejo como estas colinas cubiertas de salvia, y de ellas he aprendido. Era egoísta y erróneo por mi parte el correr tras de ti, el quererte, el! recibir tus besos… y aun cuando fuera erróneo y egoísta, constituye la mejor influencia que he recibido sobre mi vida. Soy indio.
»Después, nuevamente aquí, como quiera que fuesen mis alocados sueños, todos fueron olvidados. Veo que la vida de mi tribu es una tragedia. La injusticia para con ella es la bajeza más negra de los blancos. El método escolar obligatorio impuesto a los niños.y a las, niñas indios tiene muchos puntos malos. Los, misioneros malos son los apóstoles del odio y de la corrupción. Sus métodos no son los métodos de los misioneros buenos. Soy un indio culto, el jefe de mi tribu. Veo su miseria. Veo desaparecer a los hombres de mi raza. No puedo casarme con una india, porque te quiero. No puedo tener un hijo, porque te quiero. No puedo conocer a ninguna mujer, porque te quiero. Cuando un indio quiere, quiere para siempre. Es infinitamente más, fácil para un indio amar a una mujer blanca que para una mujer blanca amar a un indio. No sé por qué.
»Por esta causa, Marian, estoy aquí y no soy Lo Blandy, sino Nophaie. Mi nombre significa: guerrero. La tierra roja que piso es una parte de los huesos y de la carne de mis ascendientes. Viviré aquí mi vida y mis huesos se mezclarán con los suyos. Haré todo lo que pueda por ellos. Pero, ¡oh!, los dieciocho años de enseñanza e ilustración que los blancos me impusieron solamente me sirven para apreciar el lastimoso estado y el triste destino de los indios.
»Ven a Oljato, Marian… Ven para ayudarme durante cierto tiempo, o solamente para que veas la rusticidad y la belleza de mi patria para que, después, tu recuerdo esté siempre lleno del color de la música, de la grandeza y de la fragancia de las tierras indias.
»Nophaie.»

Manan retiró la carta y percibió perfectamente cuál era la intensidad de sus emociones. Cada vez que la repasaba parecía ganar nuevas sensaciones de dolor, de lamentación, de dulzura, de amor y de temor.
«Nophaie, el Guerrero - se dijo soñadoramente -. Le sienta,bien el nombre.»
Y recordó la primera ocasión en que lo vio. Fue en Cape May, donde un grupo de estudiantes jugaba unas partidas de base-ball con equipos visitantes, tanto profesionales como de aficionados. Su tía, con quien vivía Marian, y la mayoría de sus amigas de Filadelfia solían pasar todos los años varias semanas en los pueblos de la costa. Y Marian disfrutaba de los bailes, los baños y el juego tanto como cualquiera otra persona. Una tarde de verano, una amiga suya la condujo al campo atlético y le señaló el famoso indio, estrella deportiva.
¡Cuánta curiosidad experimentó Marian! Había un extraño dolor en el recuerdo de aquella sensación primera. Sus ojos se posaron sobre un atleta alto que llevaba la cabeza descubierta, de constitución esbelta aunque fuerte, ancho de hombros y de pecho. Tenía el rostro, oscuro y el cabello tan negro como el carbón. Era guapo y atractivo, y, sin embargo, no fue solamente su presencia física lo que llamó la, atención a Marian. Marian era lo que se llama una muchacha moderna, y había presenciado muchos encuentros entre jóvenes estudiantes. Cuando se hallaba en acción, el indio era, sencillamente, hermoso. Había obtenido justificadamente su gran fama como «estrella» del base-ball, y había sido seleccionado tres años sucesivos por los técnicos del deporte para formar parte del equipo representativo de Norteamérica. Pero no era preciso que fuese un jugador tan notable para que su presencia resultase placentera. Jugaba como exterior y los lances del juego apenas le daban ocasión a otra cosa que a correr. Y su carrera se hizo a cada momento más y más seductora para Marian. ¡Cuán fácilmente se movía… qué paso más gallardo tenía! Marian descubrió muy pronto que no era la única en admirarle. Aquel atleta indio no tenía necesidad de sus aplausos. Hacia el final del juego, en un momento crítico para su equipo, llevó un balón hasta muy lejos del, alcance de sus oponentes. La multitud gritó apasionadamente. El indio corrió hacia el primer cuadro y, volviéndose, pareció adquirir velocidad a medida que corría. Marian se dió cuenta perfecta del latido de su corazón, de la súbita conmoción de ufanía y delicia que la arrebataba al observar la extraordinaria proeza del indio. Corrió como debieron de correr los corredores griegos coronados por sus victorias. ¡Cuán alado 1 ¡Cuán increíblemente veloz y más veloz! En aquel momento de sus pensamientos, el corredor daba vuelta para regresar a su cuadro, y la multitud le aclamaba excitadamente. Parecía encararse con Marian al aumentar aún más la velocidad de su carrera. Ganó el tanto para su equipo, hazaña que la multitud aplaudió con prodigioso entusiasmo. Marian se dió cuenta en.aquel instante de que también se había exaltado.
Aquella noche, en un baile, una de las amigas de Marian le.preguntó:
- ¿Conoces a Lo?
- ¿Lo? ¿Quién ese él, o ella? - preguntó Marian.
- El baseballer indio. Hoy le viste jugar: Lo Blandy. Y de este modo, al cabo de unos momentos, Marian se encontró ante el atleta indio a quien admiraba. No lo había comprendido aún, pero lo cierto era que se había enamorado de él cuando lo vio por primera vez. Un algo ce su naturaleza, cuya existencia ni siquiera conocía, fue en busca del indio. El joven tenía un rostro oscuro, fuerte, hermoso, y unos ojos de penetrante negrura. Había un algo noble en su estatura o en su equilibrio, en su ademán de águila.
- ¿Quiere bailar conmigo? -preguntó él, y pareció comportarse tan - desembarazadamente como cualquiera de sus compañeros de estudios.
Marian se encontró bailando con un indio… lo que le pareció una circunstancia extraña y trascendental. Evidentemente, Lo no había hecho del baile una de las asignaturas de su carrera, como hacían la mayoría de los jóvenes. Pero era ligero y fuerte, y la llevó sin recurrir al osado contacto tan cultivado por la mayoría de los bailadores. Y Marian disfrutó más del baile a causa de ello.
Se encontraron nueva y accidentalmente en la playa; y como quiera que no se acercase nadie más a ellos, y que ambos se interesaban uno por otro, hablaron largamente. Después de aquel día, Marian acudió a todos los partidos de base-ball. Y Lo Blandy se hizo uno de sus muchos admiradores, con gran satisfacción de su tía y sus amigas.
Pero aquellos encuentros resultaron fatalmente trascendentes para Marian. Se había enamorado del indio, y luchó contra sí misma… hasta que, al fin, se rindió y cesó de luchar. Lo tenía mejores principios y mejores hábitos que cualquiera de los jóvenes blancos a quienes Marian conocía. Y de este modo, durante aquel verano, entre la luz fría y ambarina de las mañanas, junto a la orilla del mar, o por las noches, bajo la luz de la luna, cuando la música y el baile los arrastraban, Marian bebió el sorbo mágico y picante del amor.
Y se preguntó si poseería una naturaleza tan fiel y tan inmutable como la del indio.
¿Amaría ella una sola y única vez? ¡Preguntas vanas! Amaba ya, y aquel amor era todo dolor.
Marian miró a través de la ventanilla del tren el paisaje fugaz. La topografía de la región había cambiado. Árboles tupidos y verdes, muy hermosos, habían aparecido en el desierto, lentamente ascendente, y los espacios que había entre ellos blanqueaban por efecto de la descolorida hierba. No pasaban ante su vista nuevas cumbres de roca. En el fondo se presentaron unas colinas arboladas. Y al cabo de unos momentos aquellos árboles cedieron el puesto a otros más grandes, más separados, de troncos pardos, con ramas extendidas y un follaje menudo y verde en las copas. ¡Pinos! Marian los acogió con agrado, recibió con placer cada ganancia de simpatía o de conocimiento que se le presentó, con lo que intentó, hasta cierto punto, convencerse de que aquel viaje al Oeste representaba un aumento de ilustración y comprensión. Marian no se había avergonzado jamás de su amor por Lo Brandy. Hasta creía que podría llegar a un punto en que se llenase de gloria; pero, no obstante, había huido de hacer confidencias a su tía o sus, amigas. Nadie sospechaba la verdad, de lo que se encerraba en. aquel verano de Cape May. Y en aquellos: momentos se encontraba la joven en un tren, muy lejos, ya en el Oeste, dispuesta a utilizar cualquier medio que se.le presentase para llegar al terreno indio. Cuanto más adelantaba en el viaje, tanto menos verdadera lo parecía la situación. A pesar de todo, estaba contenta. Y Duchó por justificar ante sus propios ojos su propia conducta. Seguramente, nadie tenía derecho a negarle un vuelo hacia la libertad. El ambiente social! en que se movía Marian no excusaba el atrevimiento ni la audacia. Marian detestaba que las mujeres bebiesen y fumasen, que bailasen incansablemente, su falta de cortesía, el innegable decaimiento de la moral. Y había acogido con entusiasmo la ocasión de escapar de tal ambiente. Aparte del amor por Lo Brandy y de un ansioso deseo de ayudar a su pueblo, una llamada angustiosa había hecho acto de presencia en la innata y sutil rebeldía que existía en su interior. La pradera, la montaña, el mar, el desierto…, todo la llamaba y atraía con voz imperiosa. Era inevitable que la obedeciese en alguna ocasión.
«No tengo íntimas ligaduras de familia -se dijo en sincera defensa-. Tengo veintitrés;
años. Soy dueña de mí misma. Siempre he anhelado amar con honor…, casarme y tener hijos.
¡Acaso en vano! Mi tía y mis amigas dirían que estoy loca. No me comprenden. No destrozo mi vida. Pueda hacer el bien en el lugar a que me dirijo. Puedo «ayudarle»… ¡Nophaie! ¡Qué nombre más extraño y más hermoso!… No soy rica. Pero dispongo de un poco de dinero, y ahora podré emplearlo de modo satisfactorio. ¡Cuídese el porvenir de sí mismo!»
Y, arreglada la cuestión de este.modo, solucionado el problema de conciencia y de perplejidad, Marean se entregó al singular llamamiento y la perspectiva que se le presentaba. Siempre había anhelado, hacer algo diferente a lo acostumbrado, algo grande, excepcional. Había viajado un poco, trabajado en una escuela, intentado hacer labor periodística, y tenía una decidida debilidad por el teatro. Y sabía que nada había realizado. Pero ante ella, ciertamente, se iluminaba ya el rostro brillante de la aventura, misterioso y embrujador, emparejado a una tarea que ella podría hacer que fuese elevadora.
Flagerstown, la primera ciudad del Oeste en que Marian había puesto el,pie, no era en modo alguno como había supuesto que sería. Sus impresiones del Oeste procedían de libros y películas cinematográficas, medios que;. según pudo comprender, no son siempre fieles a la realidad.
Era una ciudad pequeña y próspera, animada por multitud de camiones automóviles y llena de actividad, motivada por sus negocios madereros, su ferrocarril, sus ganaderías. No ofrecía los signos típicos de las ciudades; de la frontera. Lo que sorprendió un poco a Marian fue el hecho de que ni el dueño del hotel, ni el banquero, ni el oficial de correos, ni el dependiente del comercio, ni ninguno de los ganaderos a quienes halló mostrase curiosidad con respecto a ella. Cuando hizo preguntas acerca de los terrenos reservados a los indios, se limitó a indicar que le interesaban los indios y que se proponía realizar algunos trabajos periodísticos acerca de sus residencias. Marian se vio forzada a reconocer que aquellos occidentales no se impresionaron al verla ni al oírla. Todos se mostraron corteses y amables, aunque hasta cierto punto desinteresados. Y esto era nuevo para ella. En el Este se había visto incesantemente perturbada por la circunstancia de que era mujer joven y atractiva. En, Flagerstown le parecía respirar el aliento de una vida que no se hacía pesada ni opresiva por la influencia del sexo. El Oeste era joven, viril, abierto. Marian comenzaba a sentirse liberada de los frenos que la habían coaccionado. En su tierra, los ideales de la mayoría de las personas se cifraban en la persecución de la riqueza, de loe placeres, de la excitación. Las ciudades estaban congestionadas. Los jóvenes abandonaban el saludable campo para dirigirse a los centros de población, para mezclarse y luchar en lugares atestados de gentes. Marian apreció entonces la futilidad y la falsedad de tal género de vida, que ya había transpuesto el umbral de la decadencia.
Adquirió seguridad de que un repartidor de correos salía de Flagerstown dos veces por semana para dirigirse a los lugares de los terrenos indios: Mesa, Red Sandy y Kaldab. Y el empleada de fa casa de correos fue tan atento, que reservó un puesto para ella en la expedición. A la mañana siguiente, el mozo del hotel subió en busca del equipaje de Marian. La joven encontró ante su vista el Ford más viejo y más destrozado que jamás había tenido cerca de sí. Todo lo que de él parecía restar estaba atado con cuerdas y alambres. Y estaba pesadamente cargado de sacas de correspondencia, de cajas, de fardos. Había también una jaula que contenía varias gallinas y que había sido remitida por correo. Junto al espacio del conductor se hallaba vacante un pequeño espacio, evidentemente reservado para ella.
- ¡Dios mío! -exclamó al ver aquel problemático, artilugio-. ¿Se mantendrán todas las piezas unidas? ¿No es arriesgado montar en ese chisme?
- ¡Cómo, señorita! El Injun que lo guía se lo dirá -contestó el mozo.
- ¡Injun! ¿Es el conductor un indio?
- Sí, señorita. Y no le importa que llueva o nieve o que el viento venga cargado de arena.
Marian habría sido capaz de reír a pesar de su desasosiego. Pero todo lo que pudo hacer fue mirar desesperadamente la arruinada máquina. En aquel momento se presentó ante ella un joven que llevaba las oscuras ropas totalmente desgarradas. Tenía los menudos pies cubiertos por mocasines de piel de ante con botones de plata, y el moreno rostro lo llevaba medio oculto por un sombrero de anchas alas. Marian pudo observar que era joven. Y observó, además, cuando se posaron sobre el volante, que sus manos eran morenas, delgadas, nerviosas, fuertes y bien formadas. Después, el hombre se sentó en el asiento de conducción y levantó la mirada hacia ella. Era solamente un joven. Su rostro era afilado, liso como la seda, sin una sola arruga, tan oscuro coma el bronce. Tenía la frente lisa y ojos tan negros como la noche. Repentinamente, aquéllos brillaron con inteligencia y alegría. El indio se había dado cuenta de la consternación de la mujer.
- ¿Está usted preparada para la marcha? - preguntó en un inteligible inglés. El tono de la pregunta estremeció a Marian. Había algo en aquel tono de voz que le recordó la de Lo Blandy.
- Sssí…, creo que sssí… - tartamudeó Marian. ¿Debería confiar en aquel terrible montón de chatarra que era el automóvil, y en su conductor indio para realizar la larga travesía del desierto? La aflicción oriental de Marian no moría fácilmente.
- ¿Va usted a Kaidab? - preguntó el conductor.
- Sí -contestó Marian.
- Llegaremos allá… a las cinco… -prosiguió el joven con una sonrisa que parecía un relámpago de comprensión. Había adivinado las vacilaciones de Marian, y quería ofrecerle todo género de confianza. Marian había quemado todos los puentes detrás de sí.

- ¿Tendremos frío? -preguntó cuando se disponía a subir al vehículo.
- Necesitará usted una manta durante cierto tiempo -dijo él.
Marian no disponía de manta, mas había llevado consigo un grueso gabán que podría servirle para abrigarse, y se lo puso. Luego, se comprimió cuanto pudo para ocupar e1 pequeño asiento que había junto al conductor. El sonriente mozo del hotel dijo:
- ¡Buenas, noches!
Y lo dijo con entonación que no disipó las angustias de Marian.
El conductor indio movió algo que hizo que el destartalado automóvil crujiese como una pistola y diese un salto hacia delante. Marian no pudo evitar el emitir una boqueada. Los edificios de cuadrada fachada, con sus extrañas y altas muestras de madera, comenzaron a quedar detrás de ella. Más allá del blanco asfalto, la carretera desembocaba en otra tierra oscura que corría entre una larga pendiente cubierta de pinos. El frío viento, agudo y picante, abanicó las mejillas de Marian. Parecía morder con su aliento helado. Y llevaba consigo una extraña y seca fragancia. El vehículo traspuso la hilera de edificaciones; a su izquierda se irguió una masa de montañas verdes y grises que escondían tras sus cumbres las nubes vagas y lúgubres.
- Tormenta -dijo el indio-. Tendremos que correr para huir de la nieve.
Si hubiese necesitado algo más para completar su desmoralización, Marian lo habría hallado en la creciente velocidad del automóvil, velocidad con que desmentía lo arruinado de su aspecto.
«¡Oh! ¡Si pudieran verme en este momento!», murmuró para sí misma en tanto que se arrebujaba con el cálido abrigo y miraba hacia el exterior para ver la maravillosa pendiente cubierta del verdor de los árboles. Y pensó en las personas de su tierra, que se habrían espantado si hubieran conocido su atrevimiento y su decisión. Acaso fuera aquél el momento de la separación. Pero, como quiera que fuese, por encima de los recelos y de los desafíos de Marian, vibraba una sutil vocecita de alegría.

III

La carretera que seguía el automóvil guiado por el indio conducía a un pinar, entre los estáticos pinos del cual Marian pudo ver fugazmente unas altas montañas coronadas de nubes.
El viento frío, crudo, y la creciente lobreguez del día con su ominosa amenaza de tormenta no fueron suficiente a reprimir el momentáneo entusiasmo y la ascendente alegría de` Marian al ver el abierto campo. Necesitaba verlo todo, sentirlo todo, experimentar todo con despiertos sentidos. Durante tanto tiempo como, le era posible recordar, había estado enjaulada en una ciudad. Y el amor a la Naturaleza había; sido estrangulado en el fondo de su corazón. ¡Al fin! Y respiró profundamente el aire frío. Y el fuerte aroma de los pinos comenzó a estimularla.
- ¿Qué,montañas…?-preguntó.
- Las Cumbres Españolas - respondió el indio. Marian hizo algunas otras preguntas a las cuales contestó el conductor por medio de respuestas cortas e insatisfactorias. Acaso necesitase poner toda su atención en el manejo del vehículo. Por otra parte, el automóvil producía un estrépito y un estruendo que dificultaban la conversación. Marian cesó de formular interrogaciones.
La carretera corría a través de un pinar tan hermoso, que Marian jamás había visto otro igual. Resultaba maravillosamente fragante y estimulante después del ambiente de las ciudades y del, ferrocarril. La hierba estaba muerta, amarilla; pero el verdor de los árboles producía descanso y alegría a los ojos. El automóvil atravesó diez millas de pinar y llegó al abierto valle «buen terreno ranchero», pensó Marian desde el cual era magnífico el panorama que presentaban las montañas. Después entró nuevamente en el bosque, con la diferencia de que la tierra ofrecía un aspecto ceniciento. El vehículo subió dificultosamente la pendiente y perdió mucha de la velocidad anterior.
Desde lo alto de una pendiente, los ojos de Marian percibieron un espectáculo extraño y desolador: un ancho valle negro, un desnivel de cenizas negras y una corriente de lava roja, cortezosa y desigual; y más allá de las laderas de ceniza negra, lisas y empinadas, todo ondulaba y se arrugaba como las dunas labradas por el viento. Una hilera de pinos remataba la primera cumbre, y bajo la verde extensión se hallaba un largo;banco de nieve cuyo puro blancor contrastaba enérgicamente con las cenizas de color de ébano. El terreno situado al pie de las montañas se elevaba en dirección al sur, más alto y más liso a medida que ascendía, fantástico y siniestro monumento que denunciaba los estragos de la acción volcánica de varios siglos de actividad. Detrás y sobre tal terreno se erguía una montaña de cenizas, singularmente árida, maravillosamente coloreada de púrpura, rojo y negro.
Marian vio tanto en tan desolada y devastada zona, que lamentó pasar de prisa por ella. El conductor del, coche llegó pronto a una inclinación del pinar, salió de la región cenicienta y llegó de nuevo a una carretera dura; y en aquel punto Marian temió que cada una de las millas que recorrían a toda velocidad pudiera ser la última.
Más adelante, los pinos decrecieron en tamaño y se hicieron más escasos y más separados unos de otras, de modo que Marian pudo ver sólo en ocasiones y fugazmente el campo situado tras ellos. Luego, tras haber dado vuelta al llegar a una elevación rocosa, el vehículo continuó corriendo a través de un bosque muy despoblado de árboles. ¡El desierto! Marian no intentó reprimir una exclamación de asombro y de temor.
Al bajar la vista hallaba ante ella muchas y muchas leguas de desierto. Terminaron los pinos, se presentaron los cedros y tras ellos se tendían y ondulaban las blancas millas de tierras áridas. Solamente dos colores eran visibles: el blanco y el negro. ¡Cuán suaves y aterciopelados! Solamente el Oeste parecía cerrar el paso a la mirada; y en él una sucesión de montañas redondas, desnudas, no siendo por la hierba, conducían también al desierto. Estas montañas y los cedros y la retorcida carretera atrajeron la mirada de Marian hacia lo que semejaba una sucesión de escalones colosales, borrosos, vagamente coloreados, inasequibles e increíbles.
¿Dónde separaba la línea del horizonte aquella tierra purpúrea y remota del cielo? Pero el cielo estaba oscurecido, y la anchura del horizonte estaba cubierta de la tonalidad, negruzca de las nubes de tormenta que llenaban la vasta extensión de las alturas. El desierto se alargaba legua tras, legua y se elevaba majestuosamente.
Marian ofreció un festín a sus ojos al intentar apresar con la mirada lo que veía. Pasaron instantes y millas, y repentinamente una gris turbonada de lluvia y de nieve descendió a sus espaldas y envolvió el automóvil. La turbonada produjo un frío intenso, penetrante. Lo que hubo de lluvia se convirtió pronto en granizo que apedreó a Marian; Truchas piedras, rebotaron en el parabrisas y le golpearon en el rostro. Los guantes y los bolsillos parecían una defensa inútil contra un frío tan intenso. Marian sufrió. Las mejillas, la nariz y los oídos parecieron helársele: El mundo que rodeaba el coche estaba blanco, azotada por el, ventisquero; la nieve volaba a ras, de tierra. El cielo se oscureció aún más. Cuando Marian abría los ojos, a intervalos, nada podía ver delante del vehículo. Sin embargo, la oscuridad no acobardaba al indio ni le persuadía a aminorar la velocidad de la marcha. De modo que, entre sus temores y sus angustias, Marian se vio obligada a extraer un heroico placer de las hostiles circunstancias.
Al fin, la nube oscura se aligeró, la nieve se aclaró v el azul del cielo volvió a brillar a través de un delgado velo de neblina blanca. También se desvaneció todo eso, y la tormenta se desvió y dejó un gran espacio abierto en el cielo. Marian observó que se encontraba en el corazón del desierto, rodeada de las desnudas y abiertas pendientes. La nieve desapareció. La tierra cambió sus colores, blanco y negro, en una tonalidad, roja oscura. El automóvil corrió nuevamente a toda velocidad sobre una altura desde la cual Marian pudo volver a ver las leguas del desierto. Desde aquel lugar, la inmensidad la impresionó con más fuerza y especialmente el gran volumen de la luz.
El sol nació desde detrás del banco de nubes, y el! desierto intensificó sus líneas y colores y descubrió repentinamente una belleza aterradora.
El indio detuvo, el automóvil para inspeccionar alguna de las piezas de su mecanismo. De este modo, Marian tuvo ocasión de apearse para estirar las piernas y lose miembros entumecidos. Después de esto, cuando la marcha fue iniciada de nuevo, se encontró confortada bajo el calor del sol, y al final olvidó tanto las angustias como los dolores ale absorberse en la contemplación del desierto. El coche corrió cuesta abajo por espacio de tres horas. Y este recorrido los llevó hacia lo que parecía un incongruente puente de hierro que salvaba una garganta de rocas por cuyo fondo corría un turbio arroyo. Allá, en aquel valle, el sol era cálido. Marian hubo de quitarse el grueso abrigo.
Al otro lado del río se extendía una llanura guijosa, rudamente azotada por el viento; y su lenta pendiente conducía a una nueva altura, desde la cual Marian confirmó sus esperanzas. Tres lisas extensiones de desierto, tan altas como montañas, levantaban su púrpura y sus rojos y sus oros hacia el cielo azul. Era una tierra de pintados escalones. Marian no podía llegar a abarcarla, a aprehenderla. Solamente acertaba a gozarse en la contemplación del mosaico de color y la extraña extensión de tierra y rocas. Aquello era solamente el vestíbulo de la región de Lo Blandy. ¿Cómo sería Olfato? Marian se encontró confusa por sus propias impresiones. En cierta ocasión volvió la cabeza para mirar tras de sí, como si intentase adquirir seguridad de la distancia que hasta entonces había recorrido, de las tierras dejadas atrás y que sabía que eran una cosa concreta, que no estaban hechas de la sustancia de que se componen los sueños. El espectáculo que había a sus espaldas era completamente diferente al que tenía ante sí: una pendiente de desierto gris, una cuesta de desierto rojo, legua tras legua, se inclinaban para levantarse hasta la gran meseta oscura en que se veían las Cumbres Españolas, cubiertas de nieve blanca y pura, ante el cielo.

La hora siguiente, durante la cual el conductor indio cruzó fas desnudas llanuras de arena y guijos y subió sucesivos pasos de roca rojiza, transcurrió con demasiada rapidez para Marian. El sol caía con fuerza. Hacia el norte, en la dirección que el automóvil seguía, se congregaban nuevas nubes de tormenta. Sobre el último escalón del desierto la tierra semejaba un lugar de desolación y ruina, una zona de una coloración siniestramente roja y parda, donde las rocas y la arcilla habían sido conformadas por el tiempo en fantásticas figuras. Marian comparó la región con un infierno. Muy pronto la dejaron atrás, y Marian se halló ante un ancho valle situado entre deslumbradores lienzos de roca. Una rica y oscura vegetación de alfalfa formaba el suelo del valle, con lo que los muros de roca parecían, por efecto del contraste, más desnudos y muertos. Marian vio grupos de árboles que comenzaban a verdecer, y los tejados de dos casas planas.
- ¿Qué lugar es éste? -preguntó.
- Copenwashie-contestó el indio.
- Esos terrenos verdes, ¿son haciendas indias? -Algunas de ellas, sí, lo son. Ahora las gentes blancas poseen la mayoría de las tierras.
- Pero esto, ¿no es un terreno reservado para los indios?
La única respuesta que recibió fue un gruñido de disgusto. El indio continuó conduciendo velozmente a través del liso valle, provocando unas nubes de polvo que se levantaron detrás del automóvil. Cuando llegó a la primera casa se detuvo para descargar algunas tajan y paquetes. Marian no vio a nadie. Sin embargo, en los campos había algunos labradores pintorescos, que supuso que serían indios. Cuando el viaje fue reanudado, el guía señaló varias casas de piedra bajas, cobijadas, abajo unos peñascos salientes y que estaban rodeadas de árboles verdeantes. Eran los hoganes de los misioneros. Desde aquel punto, la carretera ascendía junto a un accidentado despeñadero. En lo alto de la elevación el terreno era llano v estaba poblado de arbustos.bajos, de un color verde oscuro. A lo lejos podían verse unas edificaciones rojas y grises y largas hileras de árboles desnudos.:Marian se consumía de interés y curiosidad.
- Mesa. Nos detendremos muy poco tiempo -dijo el conductor en tanto que hacía alto ante una de las edificaciones de piedra. Era grande, tenía pocas ventanas y un aspecto inhospitalario. Unos jaquitos pequeños, silvestres, con sillas toscas y de superficie cuadrada estaban detenidos y con las bridas caídas.
- ¿Son caballos indios? -preguntó Marian.
- Sí. No son muy buenos. Espere-dijo el indio con tranquilizadora sonrisa-. Es la lonja. Buena gente. Entre usted. Voy a entregar el correo.
Marian se apeó, contenta de tener una nueva ocasión de desentumecer las piernas, y paseó de acá para allá. Vio una especie de avenida;bordeada de árboles, ancha, con edificaciones de piedra gris en uno de sus lados y grandes casas de piedra roja en el otro. Supuso que estas últimas serían las escuelas del Estado. ¡Qué fuera de lugar semejaban hallarse! La gran planicie del desierto parecía armonizar con ellas y recalcar su incongruencia. La avenida era larga, tan larga, que Marian no pudo ver lo que habría a su final. Luego, su atención fue atraída por el puesto comercial. Tres hombres, indios los tres, acababan de salir de él. Iban vestidos con ropas de hombres blancos, hasta con zapatos y sombreros, y no provocaron la admiración de Marian. ¡Qué rostros; más atezados, más impasibles e inescrutables ¡Qué ojos más negros, agudos y saltones! Aquellos indios la observaban. Marian sufrió un poco de desilusión, de decepción al verlos. Luego, apareció un hombre blanco, alto, de cabello arenisco, de rostro abierto.
- Entre. Soy Paxton, el comerciante - dijo -. Mi esposa se alegra siempre de recibir visitas. Debe usted de estar cansada y hambrienta. Y hay todavía mucho camino hasta Kaidab.
- Muchas gracias. Tengo hambre; pero no estoy cansada-contestó Marian. Y siguió al comerciante en tanto que se preguntaba si éste sabría adónde se dirigía. El hombre la precedió a través de un almacén muy extenso, en el que los mostradores y los estantes estaban cargados de mercancías, hasta otra parte de la casa, un saloncito agradable y placentero. Allí encontró Marian a la esposa del comerciante, mujer apuesta y joven, servicial y agradable. Ni con sus palabras ni por medio de miradas manifestó sorpresa o curiosidad. Se limitó a recibir a su visitante con amabilidad y a darle ocasión de descanso y de tomar un refrigerio. A Marian le agradó aquella mujer. -Voy a Kaidab- dijo espontáneamente.
- Me alegro mucho. Es hermoso que se interese usted por esta región. ¡Bien sabe Dios que los indios necesitan amigos! Nosotros, los comerciantes, creo que somos los únicos amigos que tienen.
Marian formuló varias preguntas acerca de los indios; y lo hizo fingiendo indiferencia para no producir la impresión de que poseyera un interés;mayor del habitual.
Y pasó una hora muy a gusto en unión de señora Paxton.
- Espero que volverá usted de nuevo a Mesa- dijo la dueña de la casa cuando ambas salían del almacén. Marian vio desde la muerta un hombre blanco que se hallaba junto al automóvil y conversaba con el conductor indio -. Ése es Friel - continuó la señora Paxton; y, evidentemente, al reconocer al hombre se alteró el curso de sus pensamientos.
- ¿Quién es Friel? - preguntó Marian.
- Un misionero -contestó la otra mujer- ; pero uno de esos misioneros que temo que hacen más por enemistar a los indios con la Iglesia que por imbuirles el verdadero espíritu del cristianismo.
Un poco alarmada, Marian no replicó directamente a las afirmaciones de la señora Paxton.
- Muchas gracias por sus atenciones - dijo -. Estoy segura de que volveremos a- vernos. Adiós.
Marian se dirigió, hacia el coche. El hombre designado por la señora Paxton se volvió para mirarla. Marian estaba habituada a tratar con desconocidos y a clasificarlos según suelen hacer las mujeres. Pero no pudo recordar haber conocido ningún tipo como aquél.
- Soy el señor Friel-dijo al mismo tiempo que se llevaba una maná al sombrero -. ¿En qué puedo servirla? -En nada; muchas gracias -contestó Marian.
En el rostro del hombre se marcaba la coloración que produce la vida en los campos despejados; pero aquel rostro no era de los que suscitaban el interés o el aprecio de Marian. La joven no dejó de apreciar el relámpago de curiosidad que hubo en los ojos de él.
- Viaja usted sola -dijo el hombre- ¿Puedo conocer adónde se dirige?
Marian le dijo lo mismo que había dicho a la señora Paxton. Después sintió, más que vio, un creciente interés por ella, al mismo tiempo que cierta hostilidad.
- ¿Tiene usted permiso para ir a los terrenos reservados a los indios? -preguntó el señor Friel.
- No. ¿Es… obligatorio?
- Pues… no…, no puede decirse que lo sea. Pero siempre es preferible que los visitantes vean al señor Blucher.
- ¿Quién es el señor Blucher?
- El agente a cuyo cargo se halla esta región.
- Muy bien. ¿Dónde podré hallarlo?
- Desgraciadamente, el señor Blucher está ausente en estos momentos; ha ido para asistir a unas investigaciones… Pero yo mismo puedo encargarme de… arreglar todas las cuestiones. ¿No 1e agradaría ver las escuelas?
Marian pensó que acaso se había permitido abrigar prejuicios injustos contra aquel hombre, que hablaba con finura y atención. Mas, aparte de esto, el señor Friel tenía en los ojos aquella expresión que tanto despreciaba ella. Y jamás solía exponerse por segunda vez a una mirada de tal expresión. No obstante, debía aceptar, allá, en el desierto, a las personas que encontrase tal y como fuesen, y en lo posible aprender de ellas.
- Será interesante el ver a los chiquillos indios. Podré volver aquí en otra ocasión y hallar alguna ocupación cerca de ellos. Pero ahora no tengo tiempo.

- Yo mismo podría proporcionar a usted una colocación aquí - dijo él con vehemencia. Era demasiado vehemente.
- ¿Qué cargo de autoridad desempeña usted? - preguntó agresivamente Marian. Y omitió el darle gracias. -Bien; en realidad no tengo autoridad para contratar empleados para el Gobierno- replicó el señor Friel-. Pero en ocasiones contrato personas para que trabajen para mí. Morgan, que es 1!a mayor autoridad de estos lugares, y yo, somos uña y carne.
- ¿Morgan?
- Está aquí desde hace veinte años. Es el que gobierna.
- ¿Qué es Morgan?
- Misionero.
- ¡Ah!… Y si volviera aquí en busca de trabajo… ¿a quién deberé ver en primer lugar?
- Venga a verme. Luego iremos juntos en busca de Morgan. Si encontrara usted una ocupación antes de hablar con él, la perdería muy pronto.
- ¡Oh! Bien; la pensaré-contestó Marian en tanto que subía al coche.
Friel la agarró de un brazo, no para ayudarla, sino para impedir que entrase en el vehículo.
- Permítame que la lleve a Kaidab. Tengo aquí mi automóvil. No hay espacio para usted en este montón de chatarra sucia. Además, una muchacha guapa como usted no debe viajar sola con uno de esos indios.
- ¿Por qué no? Es el encargado del correo. Y le he pagado por transportarme.
- Todos esos patanes indios son iguales. No estará usted segura con ninguno de ellos.
- Si eso fuera cierto, señor Friel, no hablaría muy recomendablemente de su trabajo como misionero. Quiero aceptar el riesgo a que pueda exponerme viajando con este indio.
¡Buenos días!
Y, después de pronunciar estas palabras, Marian volvió a ocupar su asiento e hizo una seña al conductor para que reemprendiera la marcha. Y el conductor lo hizo de un modo que denotaba claramente que se alegraba de abandonar aquellos lugares. Marian se inclinó hacia atrás, en el mismo estado de ánimo que suponía que era el del indio. La brisa era fresca y agradable. Los anchos espacios coloreados y abiertos parecían atraer a ambos. Marian se sorprendió al observar que la cólera la abandonaba. Al reflexionar sobre lo sucedido, llegó a la conclusión de que lo que más la había indignado era la afrenta contra el indio. Y se volvió hacia él.
- ¿Comprendió usted lo que me dijo aquel hombre? -Le conozco bien. Su cabeza es un palo gorda con piel extendida por encima.
Marian se vio forzada a reconocer que el indio tenía discernimiento y originalidad. E inmediatamente consiguió borrar la irritación que la dominaba. La carrera sobre el desierto estaba llena de importancia. ¿A qué distancia se hallaba de Kaidab, de Oljato? Cada milla que recorría la acercaba más al hogan de Lo Blandy. Y susurró su nombre indio una y otra vez, con el fin de hacerlo familiar para sus labios. No nudo conseguirlo. Y cada nuevo pensamiento acerca de Nophaie incrementó su seguridad de la dura prueba que se aproximaba, desconcertante y tremenda por su significado y su importancia. Sin embargo, ¡qué dulzura había en ella, qué encanto de fuego extraño y de magia!
Las grises nubes oscurecieron pronto el sol, y Marian percibió nuevamente el frío del viento. Se arrebujó una vez más en el abrigo. El conductor había dado vuelta al coche en dirección al norte de Mesa, y seguía una depresión del terreno desde donde Marian no podía ver hasta muy lejos. Había una extensión arenosa, luego una subida muy pronunciada que conducía a una meseta llana parcamente poblada de plantas verdes_ y que parecía monótonamente gris en la lejanía. Al llegar a aquel punto, el indio puso el automóvil a toda la velocidad que era capaz de desarrollar, a una velocidad excesiva y demasiado ruidosa para el gusta de Marian. Sin embargo, deseosa de ver y observar, miró ansiosamente a uno y otro lado. En ele Este se elevaban unas líneas quebradas de tierra azul o de roca, que, evidentemente, indicaban la proximidad de un desfiladero. En el Oeste, lo único digno de observarse era un enorme risco blanco, solo, aislado, de plana superficie y costados desnudos e inclinados. La oscuridad reinante ante el vehículo se convirtió pronto en nieve, en otra dura tormenta que puso nuevamente a prueba la capacidad de Marian para soportar el frío. La joven hundió el rostro en el pañuelo y el cuello del abrigo, se encogió y sufrió. Entre tanto, pasaban las millas y el tiempo. Cuando la tormenta se hubo aclarado y el sol brilló de nuevo, Marian se hallaba en una ancha cuenca roja cerrada por riscos de corta altura que brillaban por efecto de la humedad.
A las doce de la tarde, el indio detuvo el automóvil ante Red Sandy, una lonja con aspecto de fuerte y emplazada sobre una inmensa vertiente arenosa. Los comerciantes, dos jóvenes, se mostraron tan solícitos y amables como lo habían sido los Paxton. Marian se alegró de tener ocasión de calentarse las heladas mejillas, las manos y las orejas. Los comerciantes acompañaron a Marian hasta un desván situado sobre su almacén. Era una estancia cálida y pintoresca, con sus mantas indias, sus cestos y otras labores indias. ¡Cuán fantásticamente aullaba el viento en el exterior!.
Desde la ventana de aquella casa Marian pudo observar una vista maravillosa que la fascinó y repelió al mismo tiempo. ¡Cuán desolada y lúgubre! La inmensa cuenca semejaba extenderse hacia todos los puntos de la brújula. Charcos de agua resplandecían bajo el cielo sombrío. La vegetación era tan escasa, que los arbustos que brotaban acá y allá semejaban animales. Al otro lado del vacío se elevaba un remolino de blancos riscos, audaces y osados, desgastados por los elementos hasta adquirir una configuración extraña e irregular. Aquella masa de roca terminaba abruptamente en un risco enhiesto y fino que miraba hacia el Sur. Una ancha extensión de desierto lo separaba de la elevación de una montaña negra y lisa situada al Oeste. Marian vio que la tierra, casi llana, se alejaba hasta desvanecerse gradualmente al Norte. Y siguiendo la línea del horizonte en dirección al Oeste, vio repentinamente una especie de lomo borroso, purpúreo y blanco, que atrajo durante mucho tiempo su atención, y no solamente a causa de su belleza. Atraía. No parecía real; tan profundo era el tono purpúreo, tan etéreo, tan blanco.
- ¿Es aquello una montaña? -preguntó a uno de los comerciantes.
- Lo es -replicó, el preguntado-. Es Nothsis Ahn, venerado por los, indios.
Marian regresó al automóvil, donde el indio la esperaba sentado tras el volante. Casi le dolía aquel rápido paso por el desierto. No dejaba tiempo para la observación, mucho menos para la contemplación. Concedió unos momentos más a Red Sandy. Tenía belleza; pero ¡qué austera! No había vida ni movimiento. Los colores rojos dominaban, pero no se imponían a los demás, sino que se fundían con el pardo, el castaño, el malva, el gris. Acaso fuesen las bajas nubes lo que producía aquella impresión de lobreguez. El silencio era impresionante.
En su marcha a través de la cuenca arenosa, Marian vio jinetes vestidos de ropas oscuras y que se aproximaban procedentes de detrás del risco. Y observó cómo aumentaban de tamaño hasta que se cruzó con ellos. Eran dos hombres y una mujer indios que montaban unos jacos peludos y llevaban sacos y pieles de cordero detrás de las sillas. La mujer era gruesa, iba vestida con ropas flojas y sucias y tenía un rostro melancólico y el cabello totalmente alborotado. Aquellos indios solamente resultaban pintorescos vistos desde cierta distancia.
Luego transcurrió una hora durante la cual el automóvil jadeó sobre una carretera arenosa, en su mayor extensión cuesta arriba, que apenas permitía ver nada no siendo al costado oriental. Allí, la gran montaña negra y lisa adquiría nobles proporciones. Arrias de caballitos moteaban la elevación gris verdosa del terreno. Un jinete indio se presentó al borde de una pendiente, trotando a solas y poniendo una pincelada de vida y primitivismo en la escena. Inmediatamente, el conductor del automóvil dirigió la atención de Marian hacia un montón de tierra con un agujero que daba entrada a su interior.
- Un hogan. Una casa india-dijo.
¡Cuán tosca y primitiva! Verdaderamente, las necesidades y las comodidades de los indios debían de ser muy pocas.

Solamente al llegar a lasa alturas pudo Marian comprender que la increíble expansión ilimitada del desierto no podía ser apreciada en toda su magnitud. Y llegó hasta una elevada pendiente desde la cual pudo ver hasta muy lejos, bajo una amplia pradera y al pie de ella, hacia la lentamente ascendiente extensión desnuda que se elevaba hasta las alturas purpúreas y negras. Estos colores retuvieron la atención de su mirada. Una prominencia redonda y pétrea que se erguía a la izquierda y la dilatada superficie de la meseta situada a su derecha parecieron hacerse a cada momento menos prominentes para su vista. Una hora más tarde pudo observar que las negras alturas eran bosques de cedros y que las purpúreas eran praderas de salvia. Mucho antes de que hubiera llegado a aquellas hermosas manchas despejadas se dio cuenta de la fragancia que impregnaba el aire, y que se hacía a cada instante más fuerte, más aguda, más dulce. Marian reconoció en ella el aroma de la salvia. Pero, ¡qué extraño, sofocante casi, confortador! Allí no se ponía en evidencia la esterilidad.del desierto. Los viajeros habían llegado hasta una alta elevación. Los. bosques de cedros y los terrenos cubiertos de salvia los cercaban por todas partes.
Si aquel largo recorrido de veinte millas cuesta arriba a través del desierto no la hubiera llevado gradualmente desde las zonas baldías hasta las cubiertas de verdor, desde las tierras malas y desoladas hasta las nobles alturas en que el aire era dulce y el color hermoso. Marian no habría estado preparada para la fase de aquella sorprendente región que inmediatamente había de revelarse. Pero había tenido tiempo.
Por esta causa, cuando el conductor indio aumentó la velocidad del vehículo al llegar a un terreno en descenso, dio vuelta a un recodo, salió del bosque y desembocó en un mundo de piedra mágicamente cambiado, Marian no se desconcertó. La carretera se extendía hacia un paso estrecho y largo sobre el cual se elevaban riscos rojos, amarillos, dorados, tan altos, que Marian tuvo que dirigir la cabeza hacia lo alto para poder ver sus cumbres. No parecían riscos, sino rostros de piedra de la montaña. Marian continuó mirando hacia arriba hasta que los ojos le dolieron.
El automóvil corrió excesivamente, por lo que el paso se hizo excesivamente corto. Desembocaba en un desierto gris, con la negra meseta a su derecha, meseta que zigzagueaba en dirección al Este; el rojo y arrugado muro de piedra de la izquierda se alejaba melladamente en dirección al Norte. Diez millas más, de recorrido dejaron los terraplenes de ambos lados. a larga distancia. Y una nueva cumbre ofreció a Marian la primera visión de Kaidab. Sus cartas, sus regalos a Lo Blandy habían sido enviados a aquel puesto comercial. Todo lo que vio fueron diversas casas de piedra planas. ¡Unas habitaciones toscas, y tristes! Sin embargo, ninguno de los espléndidos espectáculos que se le habían ofrecido durante el largo viaje habían producido a Marian la emoción que en aquel instante se apoderó de ella.

IV

El puesto comercial de Kaidab mostraba sorprendente aspecto de vida y actividad. Marian lo observó con creciente delicia y asombro.
En primer lugar, había en él cierto número de peludos caballos de los indios, sin ronzales, con las cabezas levantadas y que miraban de soslayo y con ojos nerviosos al vehículo del transportista del correo. Algunos de ellos estaban desensillados y tenían unas mantas atadas sobre los lomos; uno era de un color crema, casi rosado, con ojos extrañamente luminosos y largas crines v cola; pero la mayoría eran de un tono rojizo, v estaba entre ellos un caballito fogoso y negro que atrajo la atención de Marian.
Unos enormes sacos de arpillera que contenían algodón estaban siendo cargados en un carro por los trajineros indios. Y otros indios más haraganeaban recostados en las paredes de piedra del comercio. Su aspecto satisfizo hasta cierto punto a Marian. Con el cabello completamente negro, tan negro como los cuervos, con los impasibles rostros bronceados, con ojos de noche, delgados y erectos, vestidos de terciopelo v pana, sin los destellos de la plata o de los ornamentos brillantes… Estas circunstancias referentes a su apariencia se aproximaban mucho a las suposiciones sentimentales de Marian.
Ante el abierto frente del único edificio, evidentemente un almacén, otros indios llenaban de lana unos grandes sacos, tarea muy penosa si se juzgaba por los esfuerzos que realizaban para mantener derecho y abierto el saco e introducir en él la lana. Todo el interior de aquella abierta casa aparecía atestado de arneses, cuerdas, montones de sacas blancas, montones de pieles y algodón. El olor a rebaño produjo a Marian una desagradable impresión. El sol calentaba con fuerza y caía de modo resplandeciente sobre las rojas mantas. Las moscas zumbaban por doquier. Y por lo menos una docena de perros flacos, de aspecto salvaje y ojos curiosos, husmeaban cerca de Marian. Ni siquiera uno de ellos meneó el rabo. Hombres blancos, en mangas de camisa, con rostros sudorosos y manos tiznadas trabajaban en la reparación de un camión automóvil tan destrozado como el vehículo del correo. Dos mujeres indias, cargadas de fardeles, salieron del puesto comercial. La más vieja de las dos era gruesa y tenía un rostro placentero. Vestía unas ropas sueltas, vulgares, de colores chillones y collares de plata, y portaba sobre la espalda una enorme caja o saca. Cuando ambas pasaron junto a ella, Marian pudo ver de modo fugaz la carita oscura de un nene que miraba a través de un agujero de la caja. La más joven de las dos mujeres debía de ser hija de la otra, y no tenía una presencia carente de atractivos. Un algo áspero y brillante ensombrecía su liso rostro. Era esbelta y llevaba los diminutos pies calzados de pardos mocasines. Vestía lo que Marian supuso que era un vestido de veludillo y sus adornos de plata tenían incrustadas unas piedras azules toscamente talladas. La joven miró tímidamente a Marian. Después llegó a caballo un indio que desmontó cerca de Marian. Era viejo. Su rostro delgado era una masa de arrugas, y en su cabello predominaba el color gris. Llevaba una delgada camisa de algodón, una especie de mono, ropas de hombre blanco en muy mal estado. Tras la silla portaba colgado un atadijo grande, una piel de cabra enrollada con la parte peluda al interior, lo que desató y llevó al comercio. Otros indios llegaron también, todos a caballo; uno de los jaquitos comenzó a recular, a relinchar y a cocear; los perros ladraron; unas ráfagas de viento oloroso v cálido agitaron el polvo; el olor de las pieles de cordero se hizo más intenso; las voces guturales de los indios se fundieron con las de los hombres blancos, más agudas, más altas que aquéllas.
Un hombre fornido y de ojos escrutadores salió del puesto con una mano apoyada en el hombro del portador del correo. Llevaba puesto un chaleco sobre la camisa de franela, pero no usaba sombrero ni chaqueta. Tenía unas botas polvorientas y toscas.
- Trae su equipaje -dijo refiriéndose al de Marian. Luego, cuando se hubo acercado más a ella, Marian se encontró escudriñada por una mirada sostenida que era amable y cortante.

- Me alegro de verla, señorita Warner -dijo el Hombre-. La esperaba desde hace dos horas. Soy John Withers.
Marian le ofreció la mano.
- ¿Me esperaba?-preguntó con curiosidad.
- Las noticias vuelan en esta región -replicó el Hombre mientras sonreía-. Un indio, que llegó hace dos horas, me comunicó que se hallaba usted en camino.
- Pera ¿cómo sabe mi nombre?
- La señora Withers me lo dijo; y me dijo también cómo es usted. Se alegrará mucho de verla. Venga; vamos al interior.
Marian lo siguió hasta el patio que se hallaba junto al puesto comercial, donde al fondo se encontraba una casita baja, pintoresca, de piedra, que tenía el tejado de tierra roja. La curiosidad ele Marian se había convertido en asombro. Una de sus conjeturas le produjo una especie de hormigueo desazonador. ¿De qué modo sabía la señora Withers cómo era ella? Withers la acompañó a una estancia admirable que parecía disparar contra ella colores v dibujos indios. Mantas sobre el suelo y el sofá, cestos sobre la repisa y colgados de las paredes, y un friso pintado de figuras indias, burdo, elemental, sorprendente… todo esto prestaba atmósfera a la estancia. Un alegre fuego ardía en la abierta chimenea de piedra. No faltaban en la habitación libros ni comodidades. La estancia se abría a un amplio comedor en el que había los mismos efectos ornamentales indios. Y allí nacía un pasillo que era notable por su longitud y por la variedad y el colorido del decorado.
La rápida mirada de Marian solamente dispuso de tiempo para posarse brevemente sobre lo que ante ella se hallaba cuando una mujer de escasa estatura y rostro interesante llegó.
- Sea bien venida a Kaidab, señorita Warner - dijo la mujer cálidamente al mismo tiempo que extendía ambas manos- Nos alegramos mucho de conocerla. Esperamos que se quedará aquí por mucho tiempo.
- Muchas gracias, señora Withers. Es usted muy amable. Me… me alegro mucho de haber venido -contestó Marian un poco confusa y - otro poco nerviosa.
- Ha tenido usted un viaje muy largo y muy frío. Y está cubierta de polvo rojo. ¡Oh, conozco bien ese viaje! Lo hice a caballo por primera vez hace veinticinco años.
- Sí, es muy duro. Y muy frío… ¡Oh, he estado a punto de congelarme! Pero… ¡es maravilloso! Withers rió regocijadamente al oír sus palabras.
- ¡Cómo! Eso no puede llamarse viaje… Está usted en los umbrales de la verdadera región silvestre. Nosotros se la mostraremos.
- John, lleva el equipaje de la señorita Warner a la segunda habitación. Y envíanos un poco de agua caliente. Cuando se haya lavado y descansado, hablaremos.
Marian encontró la habitación tan curiosa y singular como las otras. Las paredes parecían ser de cemento rojo; en realidad, de adobe, supuso Marian. Y eran frías. En tanto que se lavaba v se despojaba de las polvorientas ropas, meditó acerca de la peregrina impresión que le había causado la señora Withers. No era una mujer ordinaria. Por razones que Marian no pudo explicarse, su huéspeda tenía un interés especial por ella. Marian lo comprendió de modo intuitivo. Por otra parte, debía de ser una mujer habituada a acoger a los desconocidos que llegaban a aquella bravía frontera. Marian creyó apreciar en ella algo de la fuerza característica de las mujeres de alta posición cuando reciben a sus invitados, aunque en su sencillez había una dignidad extraordinaria y consciente, que era más espiritual que material. Pero Marian no perdió el tiempo con su tocado ni haciendo conjeturas acerca de aquella mujer. Se sintió atraída por la señora Withers. Presentía noticias, novedades, portentos extraños, posibilidades desconocidas, todo lo cual la acicateó a volver al saloncito de la casa. La señora Withers se hallaba allí, la esperaba.

- ¡Qué guapa y qué rubia es usted! -exclamó la señora Withers en tanto que miraba admirativamente el rostro de la joven -. No vemos mujeres como usted por aquí. No abundan las rubias en el desierto.
- Lo supongo - replicó Marian -. Si permaneciera aquí durante mucho tiempo dejaría de ser Benow di cleash… ¿Lo he pronunciado correctamente?
La señora Withers rió.
- La he comprendido. Pero debe pronunciarlo de este modo: Benow di cleash. En su voz hubo una nueva entonación, baja, desconocida de Marian.
- Señora Withers: usted sabe dónde he adquirido ese nombre -afirmó Marian.
- Sí. Me satisface poder decirla que lo sé -replicó con vehemencia la señora Withers. Marian respondió instintivamente a la situación. La joven presentó las manos para acoger en ellas las de la señora Withers y bajó la vista para mirar aquel rostro duro en el que había las sombras de la pena y de la preocupación.
- Sentémonos -continuó la señora Withers al mismo tiempo que la precedía hacia el sofá- Tendremos que referirnos nuestros secretos en momentos accidentales. Siempre hay alguien cerca de nosotros. Ante todo, quiero decirle dos cosas… que sé que nos harán amigas.
- Así lo espero…, así lo creo -contestó Marian en tanto que hacía un esfuerzo por contener la impaciencia.
- Escuche: he vivido entre los indios durante toda mi vida -dijo con su habitual voz baja la señora Withers -. Aprendí a querer a los indios desde muy niña. Estoy en esta región silvestre desde hace muchos, muchos años. Se necesitan años y años de benevolencia para estudiar y comprender a los indios… Estos indios han llegado a quererme. Me han dado un nombre. Creen en mi…, confían en mí. Me visitan para que resuelva sus disputas, para que reparta las propiedades dejadas por los que mueren, para comunicarme sus angustias y sus dificultades. He aprendido a conocer sus sueños, su religión, sus plegarias y sus oraciones, su poesía, su medicina, el significado de sus danzas… Y cuanto más;sé de ellos, tanto más los quiero y los respeto. Los indios no son como suponen la mayoría de los blancos. Son por naturaleza unos niños. Tienen corazones nobles e inteligencias hermosas. Es cierto, hay criminales entre ellos, pero en menor proporción que entre los hombres de la raza blanca. La canción de Hiatwatha es cierta…, cierta para todos los indios. Viven en un mundo místico de encantamiento poblado de espíritus, de voces, de músicas, de susurros de Dios, eterno, inmortal, imperecedero. Son tan simples como unos niños. Todo lo personifican. Para ellos, todo es simbólico.
La señora Withers se detuvo durante un momento, con los elocuentes ojos fijos en Marian.
- Durante muchísimos años, esta remota zona de la región india ha estado separada del camino de los hombres blancos. De este modo, la desmoralización y el degradamiento de los indios se retardaron, por lo menos en lo que se refiere a esta tribu. Esta tribu de Nophaie es la más altiva, la más inteligente, la más numerosa y la más rica que queda en los Estados Unidos. La llamada civilización no ha llegado todavía a Kaidab. Pero está a punto de llegar.
Creo que los próximos años serán muy duros para los indios…, que acaso decidirán su destino.
- ¡Oh…! ¡Parece no haber esperanza! - murmuró Marian.
- Parece que, efectivamente, no hay ninguna, si se examina la cuestión de modo inteligente v crudo. Pero yo la examino siempre desde el punto de vista del indio. Sus plegarias comienzan así: «Que todo esté bien para mí», y terminan: «Ahora todo está bien para mí.» El indio cree, confía. Verdaderamente, existe un Dios. Si no lo hubiera, yo misma sería infiel. La vida en el desierto todo lo engrandece… Quiero que me permita usted ayudarla a comprender a los indios… ¡Por la felicidad de usted!
Marian no acertó a expresar su sorpresa. Un temblor recorrió todo su cuerpo.
- Nophaie me ha mostrado las fotografías de usted…, me ha hablado de usted - continuó la señora Withers con una exquisita suavidad de voz-. ¡Ah! No, no se sorprenda. Fue un bien para él el confiar en mí… Lo vi el día en que regresó del Este. Lo recordé. Lo había conocido de niño, cuando era un pastorcito que no quiso abandonar su rebaño al presentarse un vendaval. Conozco el lugar en que nació. Conozco el lugar poblado de salvia en que fue raptado. Conocí al cuatrero que la secuestró. Conocí a la mujer que se hizo cargo de él, que lo llevó al Este y lo hizo ingresar en una escuela… Pero Nophaie no se acordaba de mí. Se marchó a las colinas de Nothsis Ahn y cuando regresó no tenía sus ropas de hombre blanco, ni su lenguaje, ni su nombre. Era Nophaie. Y ha venido aquí de vez en cuando. Los indios me han hablado de él en muchas ocasiones. Es! su jefe, y quiere ayudarlos al modo de los blancos. Pero los indios quieren que sea ensalmador… Bien; comprendí cuál era su inquietud, y cuando vino a este lugar hablamos detenidamente. Le hablé en su propia lengua. Nophaie me contestó, aunque lentamente. Vi su infortunio. Y finalmente, me habló de usted…, me mostró sus retratos…, me confesó su amor.
Marian se cubrió el sofocado rostro con las temblorosas manos. No le mortificaba que aquella buena mujer conociera su secreto; mas la verdad pronunciada en voz alta, las palabras crudas, el hecho inevitable de que todo no era un sueño, asaltaron su corazón. Nophaie la quería. Lo había confesado a aquella noble amiga de los indios.
- Marian: no se avergüence del amor de Nophaie - continuó suplicantemente la señora Withers-. Nadie lo conoce. John lo sospecha, pero no tiene seguridad. La comprendo a usted… Comprendo sus sentimientos… y sé más. Sé que usted no se hallaría aquí si no quisiera a Nophaie.
- ¡Sí…, es cierto…, le quiero! -dijo Marian agitadamente mientras se descubría el rostro -. Se ha engañado usted. No me avergüenzo. Solamente ha sido la sorpresa de oírlo decir…, de saberlo…, lo repentino de su desvelamiento…
- No se preocupe por mí…, ni de que lo sepa todo - replicó la otra mujer-. Estamos en el desierto. Se encuentra usted entre gentes primitivas. Aquí no hay nada complejo. Lo que haya en usted de falso, se desprenderá como escamas muertas.
Reuniendo todo su valor e impulsada por una intensa y perfecta seguridad! de simpatía, Marian refirió brevemente a la señora Withers su romántico amor con Nophaie, y después su situación en la vida y su resolución de brincar hacia la libertad para vivir durante una temporada en el Oeste, ayudar a los indios y, acaso, hallar un poco de felicidad para sí.
- ¡Ah! Se apesadumbra usted; pero también será maravillosamente feliz -replicó la señora Withers -. En cuanto a Nophaie… usted lo salvará. Tiene el corazón destrozado. Y cuando el corazón se les destroza, los indios mueren… He averiguado la vida de Nophaie. Se comportó de modo excelente en sus estudios. Fue un gran estudiante y un gran atleta. He oído decir que el padre de Nophaie fue un corredor extraordinario. Y llevó la Piedra de la Prueba más lejos que ninguno de sus antecesores de varias generaciones… Pero queda por saber de qué utilidad los estudios y las proezas de Nophaie serán aquí. Ante todo, debe aprender a ser indio. Dieciocho años de ausencia le han hecho más blanco que rojo. Jamás volverá a la vida de los hombres blancos… Marian: ¿la preocupa esa cuestión? ¿Quiere ser sincera para mí?
- No. No quiero que vuelva a las poblaciones de los blancos - contestó Marian.
- Y ¿me ha dicho usted que no tiene parientes cercanos ni ligaduras? - preguntó la señora Withers al mismo tiempo que ponía en Marian la mirada de sus magnéticos ojos.
- Ningún pariente próximo ni ligaduras.
- Y ¿que estaba usted cansada de la vida artificial…, de las costumbres modernas… y todo eso…?
- Ciertamente, lo estaba.
- Y verdaderamente, ¿tiene usted el anhelo de volver a la vida sencilla y natural?
¡Anhelo! - exclamó Marian casi apasionadamente, arrastrada hasta perder el equilibrio por el poder penetrante que aquella mujer poseía para conmoverla-. No…, no sé lo que es. Pero creo que, bajo mi piel rubia…, ¡soy una salvaje!

- Y ¿tiene usted algún dinero?
- ¡Oh! No soy rica; pero tampoco soy pobre.
- Y quiere usted a Nophaie… ¿Está segura de que jamás podrá querer a otro hombre…, a un hombre blanco?
- Le… le quiero terriblemente - susurró Marian -. ¿Cómo podría predecir el porvenir?
¿Cómo podría asegurar que no volveré a tener… otro amor? Pero solamente el pensarlo me repugna. ¡Oh! En algunas ocasiones me he preguntado últimamente:?,matrimonio por dinero o conveniencia…, por obtener un hogan…, por tener hijos…, por algo que no sea amor? No. ¡No! Nada de eso:se ha hecho para mí.
- Y ¿se casará usted con Nophaie? -añadió la señora Withers.
Marian lanzó una exclamación de sorpresa. No, no era vergüenza, tampoco en aquel momento, lo que hizo que la sangre afluyese abrasadoramente a sus mejillas, sino la liberación de una emoción que había estado reprimida. Aquella mujer bruma y sincera llegaba hasta lo más íntimo de su corazón.
- Nophaie es indio - continuó la señora Withers -. Pero también es hombre. Jamás he visto un hombre más admirable… ni blanco, ni rojo… Creo que es usted una mujer afortunada. Querer y ser querida…, vivir en este desierto…, ver su grandeza y su rusticidad…, compren- derlo a través de un indio…, dedicar sus energías a una noble causa… ¡Espero que apreciará usted que todo es cierto!
- No lo aprecio por completo; pero tengo fe en usted -replicó Marian -. Ha expresado usted un algo vago y profundo que vive en mi interior…, que anhela ponerse de relieve… No debo olvidarme de decirlo: Nophaie jamás me pidió… que me casara con él.
- Bien; no fue porque no lo desease; oréame -afirmó la otra mujer-. He visto algunos amantes indios desesperanzados en el curso de mi vida. Pero Nophaie supera a todos… ¿Qué se propone usted hacer? ¿Llamar a Nophaie para que venga aquí, o ir a buscarlo para reunirse con él fuera de esta casa?
- Preferiría…, preferiría encontrarle… fuera de aquí…, en algún punto del desierto - replicó Marian con meditativa indecisión-. Pero, ¿estará bien? No tiene precedentes… lo que hago. Y quiero hacerlo. Los más fuertes de mis sentimientos no se oponen a ello… Pero soy sensible…, no quiero que la gente sepa… ¡Oh, es la cobardía y la falsedad de las gentes de mi sociedad!
- Ciertamente, estará bien. John la acompañará para ir en busca de Nophaie - dijo la señora Withers afectuosamente -. Y nadie, no siendo John y yo, conocerá su secreto. Diremos a los hombres, y a quienquiera que venga por aquí, que ha venido usted para trabajar entre los indios.
- Muchas gracias. Esa actitud hará que las cosas sean más fáciles para mí hasta que consiga hallarme a mí misina… Ya he sido suficientemente rebelde y decidida cuando me puse en camino. Pero creo que ahora el valor comienza a abandonarme.
- Supongo que los primeros días serán muy difíciles para usted. Pero no se desanime. Todo se arreglará. Es usted joven, saludable, fuerte, tiene inteligencia… Adquirirá aquí una maravillosa experiencia, y será más feliz por ello.
En aquel instante, Withers entró pisando con fuerza en la habitación.
- Oiga; yo diría que va usted a servir muy bien para los ensalmos y las conjuraciones- dijo cordialmente, un poco sorprendido y plenamente deleitado- Me pregunto qué hará el desierto de esa piel tan fina y delicada… Bien, señorita; ahora mismo acaba de llegar un indio de Pahute. Dice que ha visto a Nophaie esta mañana, y que ha hablado con él. Supuse que se alegraría usted de saberlo.
- ¡Oh!… ¡Hoy!… ¡Tan cerca…! -exclamó Marian.
- No podemos decir que sea muy cerca… si se refiere usted a donde se halla Nophaie. Está a mucha distancia de aquí.
- ¿Qué le ha dicho ese indio?-preguntó ansiosamente Marian.
- No mucho. Le he preguntado si había visto a Nophaie. Y me ha contestado que sí, que lo vio esta mañana, al amanecer. Nophaie estaba con su rebaño. Estamos en época de pastoreo. Nophaie fue un gran pastor en su infancia. Ya había oído decir en varias ocasiones que cuida su rebaño con gran atención. El indio de Pahute rió y me dijo: «Nophaie está olvidando sus costumbres de blanco y vuelve a los días de su infancia.» Creo que todos los indios se alegran de la renuncia que Nophaie hace de sus hábitos de blanco.
- ¿Podría ver a ese Pahute? - preguntó Marian.
- Sí. Venga conmigo. Voy a presentárselo -contestó Withers riendo.
- No quiero ser presentada, ni que ese Pay… Pahute sospeche mi interés - dijo Marian a Withers en tanto que cruzaba las habitaciones de la casa para salir al exterior-. Creo que es solamente una cuestión sentimental… Solamente deseo… ver al indio que hoy mismo ha visto a Nophaie.
- Lo dije en broma, señorita Warner -contestó Withers con seriedad-. Ese Pahute es un indio malo. No puede negarse que lo sea. Ha matado hombres, tanto blancos como rojos.
- ¡Oh! He oído o leído que las peleas y el derramamiento de sangre eran cosas del pasado. -Seguramente -dijo Withers con triste entonación-. Pero ha oído o leído usted lo que no es cierto. Ciertamente, la frontera no es tan sangrienta como en los días pasados, no es tan mala como en mis tiempos de niño, hace cuarenta años. Ni tan cruel como hace quince años, cuando los indios mataron a mi hermano. Pero esta región está muy lejos de ser pacífica.
Y condujo a Marian a la parte posterior de la casa de piedra gris, al almacén. El centro de la gran estancia tenía un cuadrado de piedra, y en torno a él unos altos mostradores que lo separaban de los estantes, los cuales estaban cargados de mercancías. Varios indios se apoya- ban indolentes en tales mostradores. Marian vio mechones de cabellos negros que asomaban bajo los anchos y arrugados sombreros de los indios. Vio también los destellos de las hebillas y los ornamentos de plata. Oyó el repicar de monedas de plata y voces bajas, en las cuales la sílaba predominante sonaba como toa o taa. Todos aquellos indios se hallaban vueltos de espaldas a Marian y parecían estar realizando operaciones de compra. Un hombre blanco se encontraba tras el mostrador, cuyos extremos se ocultaban bajo montones de mantas indias. Atrás, en las estanterías, había una variedad de mercancías, de artículos de comida envasados en latas, en cajas, en orzas. Del techo pendían sillas, bridas, linternas, cuerdas… Un innu- merable surtido de artículos vendibles a los indios.
- Ahí está su Pahute - dijo Withers señalando desde la puerta a un punto del exterior-. No es muy guapo, ¿verdad?
Marian miró desde detrás del comerciante y vio a un indio pequeñito, de aspecto casi negro, de rostro redondo y nariz grande y con la mirada más descarada, más dura que jamás había visto en un rostro humano. Llevaba puesto un sombrero de alta copa cónica v anchas y rígidas alas que era tan negro como su cabello y estaba ornamentado de brillantes abalorios. Su vestido se componía de una camisa sucia, de pana o terciopelo, y unos pantalones de cutí azul. En el cinturón con adornos de plata portaba una gran pistola. Un brillante y ancho brazalete de plata circundaba una de sus muñecas tendinosas, del cual: colgaba un látigo de cuero. Como quiera que se le mirase, el indio no era agradable ni tranquiliza dar de ver, sobre todo para una muchacha que no estaba habituada al desierto. Y, sin embargo, fascinó a Marian.
- Bien, ¿qué opina usted de él? - preguntó sonriendo Withers.
- No puedo decir que me atraiga - replicó Marian -. Prefiero verlo desde lejos. Pero parece… como…
- Un indio legítimo. Es cierto. Lo es. Pero si hemos de decir la verdad, este Pahute no ha realizado ninguna maldad desde que Nophaie regresó. Los indios me dicen que Nophaie le ha dado buena medicina.
- ¿Qué medicina es ésa? -preguntó Marian.
- Los indios extraen medicinas de las flores, las raíces, las hierbas, las cortezas, y las utilizan para curar las enfermedades, lo mismo que hacen los blancos. Pero medicina significa también plegaria, palabras persuasivas, el poder místico de los exorcistas de la tribu y su uso de pinturas de tierra.
- ¿Qué hacen esos hombres?
- Cuando el exorcista visita a un indio enfermo, hace pinturas con tierras de diferentes colores sobre una roca plana. Pinta su mensaje al Gran Espíritu. Esas pinturas son hermosas, artísticas. Pero muy pocas personas blancas han logrado verlas. Y lo maravilloso del caso es que casi siempre curan al indio enfermo.
- Entonces, Nophaie ¿ha comenzado a ayudar a su pueblo?
- Así es.
- Me alegro mucho - dijo dulcemente Marian -. Recuerdo que siempre decía que creía que no podría ser de utilidad para él.
- También nosotros nos alegramos. Comprenda usted, señorita Warner, que aun cuando vivamos de los indios, trabajamos honradamente para ellos.
- El comerciante de Mesa me dijo la mismo; y que los comerciantes son los únicos amigos que tienen los indios. ¿Es cierto?
- Así lo creemos. Pero he conocido a muchos misioneros que eran absolutamente honrados y buenos… y que también beneficiaron a los indios.
- ¿No trabajan todos ellos en favor de los indios?
El negociante le dirigió una mirada inquisitiva, como si la pregunta que se le formulaba necesitase de mucho tacto para ser contestada.
- Desgraciadamente no es así-replicó llanamente-. Supongo que en todas las actividades de la vida debe de haber hombres que no responden a su misión. Naturalmente, no es eso lo que esperamos de los misioneros. Pero en Morgan y en Friell hallamos las excepciones. Son… bien, lo contrario de lo que debe esperarse. El daño que ocasionan, en muchos casos, se halla contrarrestado por los esfuerzos de los misioneros que laboran sinceramente por el bien de los indios. En realidad, muchos de los misioneros no pueden permanecer durante mucho tiempo en estos lugares, a menos de que se entreguen a la dominación de Morgan.
- ¡Cómo! ¡Me parece muy extraño! -dijo meditativamente Marian -. ¿Tiene ese Morgan autoridad para oponerse a la labor de los misioneros verdaderamente buenos?
- ¿La tiene? -contestó Withers amargamente-. Supongo que sí. Hace todo lo posible por librarse de la presencia de los misioneros a quienes no puede dominar; o, por decir mejor, de todos los que se hallen en esas condiciones, sean o no sean misioneros.
- ¿Cómo puede hacerlo? - preguntó fogosamente Marian.
- Nadie lo sabe en realidad. Pero los que residimos aquí desde hace mucho tiempo hemos formado nuestra composición de lugar… La fuerza de Morgan puede ser la de la política, o la de la Iglesia… o ambas. No hay duda de que está en buenas relaciones con el tribunal misionero del Este. No hay duda de que ese tribunal director está formado por sacerdotes sinceros y honrados que quieren ayudar y cristianizar a los indios. He conocido a uno de ellos: el presidente. Este presidente habría creído siempre que cualquier crítica de la labor de Morgan fuese un ataque injusto procedente de algún misionero envidioso, o la maniobra de algùn corrillo de hombres de otra religión. Los hechos jamás llegaron a la mesa de la asamblea. Y ésta debe ser la cansa de la fuerza y de la autoridad de Morgan. Pero las escamas caerían algún día de los ojos de los directores, y ese día Morgan será despedido.
- ¡Cuán diferente es… la labor misionera… de lo que hemos leído y oído! -murmuró soñadoramente Marian mientras pensaba en la carta de Nophaie.
- Es cierto -dijo Withers -. Veamos, por ejemplo, el caso del joven Ramsdell, el vaquero misionero. El modo de trabajar de Ramsdell irritó a Morgan. Este vaquero misionero logró, en primer lugar, acercarse a los indios y obtener su confianza. Morgan y:su aliado comenzaron a temer que Ramsdell adquiriese influencia sobre ellos. Ramsdell trabajaba con los indios, cavaba zanjas de riego, araba, plantaba y construía. Ramsdell era buen mecánico e intentó enseñar muchas cosas a los indios. Además, no les forzó a que se tragaran su religión a la fuerza. El fuego de los infiernos y otras cosas por el estilo no formaban parte de sus predicaciones. Y acaso lo más importante y significativo fue que Ramdsell no tuvo jamás nada que ver con las mujeres indias. Era un diamante sin pulir, un hombre duro para el trabajo, incansable. Bien, Morgan reunió uno de sus tribunales de investigación. Él mismo, Friel y el agente Blucher constituyeron la mesa presidencial, obligaron a Ramsdell a comparecer ante ella y le acusaron de ser propagandista del paganismo. Esta acusación se basaba en la circunstancia de que en algunas ocasiones, con el fin de irisar con los niños, se vestía con ropas indias. Otra de las acusaciones fue que era demasiado amigo nuestro, de los comerciantes, para que pudiera ser buen misionero. Lo expulsaron. En ocasiones, no me sorprende la extremada incredulidad ni el desdén de los indios.
Withers pareció advertir repentinamente la profunda impresión que sus explicaciones producían a Marian. Y después, con la misma vehemencia, aun cuando no tan violentamente, continuó hablando. Explicó que muchos de los misioneros que habían sido enviados a aquellos lugares fueron hombres fracasados en otros aspectos de la existencia. Algunos de ellos, no eran predicadores. Muchos fueron hombres débiles que:se encontraron muy lejos de la civilización y prácticamente dominados por una raza indefensa. Estos hombres se rindieron a la tentación. Y eran ciertamente menos acreedores de censuras por el mal resultado de su labor que el conjunto de fuerzas que los había enviado al desierto amarillento y silvestre. Finalmente, Withers afirmó que lo equivocado era el sistema… El sistema que, ignorante y arbitrariamente, designaba hombres inferiores y sin capacidad para intentar enseñar cristianismo a los indios.
Marian comprendió de modo doloroso la sutil y compleja naturaleza de aquella cuestión de la labor misionera. Los Paxton le habían ofrecido la misma impresión. Y recordó nuevamente la carta de Nophaie, que había releído el día anterior, y comenzó a adquirir ideas objetivas y propias de lo que habría de constituir una tremenda tarea. Y repentinamente observó que ya no vacilaba respecto a sus propósitos o intenciones. Había fijado y confirmado su determinación de quedarse allá, en el desierto.
- Señorita Warner, ¿quiere usted que mande algún mensaje o alguna carta a Nophaie? - preguntó Withers-. En tal caso, vendría mañana…
- No. Prefiero ir yo -contestó Marian-. La señora Withers dijo que usted me acompañaría. ¿Tendrá usted la bondad de hacerlo?
- Lo haré con mucho gusto -contestó Withers-. Tengo algunas reses en el camino y algunas otras propiedades. Es un viaje muy largo vara una persona poco acostumbrada a estos parajes. ¿Sabe usted montar a caballo?
- He montado algunas veces, y el mes pasado fui tres veces por semana a una escuela de equitación. Creo que ya estoy suficientemente preparada. Pero, claro es, en realidad, no sé montar a caballo… si entendemos que sea para manejarlo con habilidad y maestría. Podré aprender a hacerlo.
- Ha sido una suerte que haya adquirido un poco de práctica antes de venir al Oeste. Estos caminos de las tierras de Nophaie son muy duros y accidentados. ¿Cuándo quiere usted que nos pongamos en marcha?
- Tan pronto como usted pueda.
- En ese caso, pasado mañana. Pero no espere usted sorprender a Nophaie. Es una cosa imposible.
- ¿Por qué? No lo diremos a nadie…
- Las noticias marchan delante de los viajeros en el desierto. No parece sino que son los pájaros quienes las transportan. Algunos indios nos verán en el camino, nos adelantarán, o se lo dirán a otros indios. Y la noticia llegará a Nophaie antes que nosotros.
- ¿Qué noticia llegará a Nophaie?
- Que el comerciante Withers viaja hacia el Este en compañía de Benow di cleash. Y eso, ¿no provocará pensamientos y suposiciones de Nophaie?
- Lo sabrá-dijo Marian pensativamente.
- Con toda seguridad. Y saldrá al encuentro de usted. La llevaré por el camino de Pahute. Será usted la primera persona blanca, con excepción mía, que lo recorra. Es preciso que haga acopio de valor, joven.
- ¿Sí? ¡Oh, mi fanfarrona confianza! ¡Mi tonta vanidad! Señor Withers, estoy asustada de todo: de la inmensidad y de la maravilla extraña de este desierto…, de lo que debo hacer…
- Es natural que lo esté. Comience ahora mismo. Sírvase de los ojos y de su buen juicio. No se preocupe. Acepte las circunstancias tal y como se presenten. Decídase a hacerlas frente. Todo saldrá bien.
Al oír una llamada procedente del interior del establecimiento, Withers se disculpó y dejó a Marian entregada a sus cavilaciones. Y Marian, no sin hacer un esfuerzo de voluntad, desechó las dudas y sus cavilaciones y caminó entre los ruidosos perros de andar silencioso, los caballitos lanudos y salvajes y los vigilantes y ociosos indios. Y acertó a caminar entre ellos sin ofrecer muestras de la realidad de su estado de ánimo. La dura prueba, en lo que se relacionaba con los indios, se le hizo a cada momento más fácil; pero no pudo habituarse a estar entre aquellos perros pastores de ojos incoloros ni nudo deshacerse del temor de ser coceada por algunos de los caballos. Los trajineros de lana atrajeron su atención. Aquellos hombres amontonaron los enormes sacos pardos hasta que la carga sobresalió quince pies por encima del carro. Marian se preguntó si se propondrían ponerse en marcha a una hora tan avanzada. El ordinario olor de las pieles de cordero se le hizo insoportable, y se alejó hasta llegar más allá del grupo de indios, junto a la puerta del patio. Y entonces, desde la entrada, la señora Withers la llamó para que fuese a cenar.

V

Las veinticuatro horas de estancia en Kaidab fueron prolíficas y plenas de nuevas sensaciones para Marian.
Una puesta de sol sobre la profunda muesca del rojo declive y la meseta del oeste… Nubes transparentes, movientes, de rosa y púrpura y blanco bordeadas por un fuego de oro; una semioscuridad extraña, triste, que se convertía en la noche del desierto bajo un cielo de un azul oscuro y radiante cuajado de millones de estrellas; un paseo hacia el solitario y silencioso vacío melancólico; una hora con aquella excelente mujer que conocía y amaba las almas y las vidas de los indios; un hundimiento en la dulzura del reposo, con los párpados como tocados por una mano mágica; un roto instante de adormilamiento cuando la muerta quietud despertó ante los ladrido; salvajes y los aullidos melancólicos; un alba fría, vigo- rizante; y, después, un día de maravillas, de emociones, la menor de las cuales no fue un paseo a caballo a través de la llanura arenosa, junto a un chiquillo indio… Todo esto aceleró en cierto modo el proceso cambiante que se operaba en el, corazón de Marian, aclaró su imaginación y confirmó el hecho sorprendente de su amor por el desierto. Parecía el fruto de un largo período de evolución. Y de todas aquellas horas brotaba la comprobación de las ilimitadas posibilidades de la vida, de la alegría, del trabajo. Nunca hasta entonces había comprendido el significado de estas palabras vulgares: «El mundo está lleno de infinita variedad de cosas.
Aquella noche, en otra y más importante conferencia con la señora Withers, se examinó la cuestión del trabajo de Marian. Ambas estuvieron de acuerdo en que el principio debía tener lugar en Mesa, en la primera ocasión propicia, en la escuela india. Se decidió que en el caso de que sus ofertas resultasen infructuosas, Marian regresase a Kaidab y realizase en favor de los indios los trabajos que estimase convenientes por propia iniciativa. Los posibles deseos y las sugerencias de Nophaie fueron tomadas en consideración. Sin embargo, ni la señora Withers ni Marian esperaban de él otra actitud que la de la aprobación de sus: proyectos. Todo lo que él pudiera decir a Marian solamente podría servir para conducir a la joven a la realización de mayores esfuerzos. En cuanto al problema de la lengua, Marian llegó a la conclusión de que no tardaría mucho tiempo en aprender lo suficiente del idioma de los indios para poder entenderse con ellos; y el perfeccionamiento llegaría con el tiempo.
A la mañana siguiente, Marian se levantó a las cinco. ¿Estaba relacionado con su alborozo el aire frío del desierto? ¡Cuán sorprendente era la larga línea del horizonte con las afiladas siluetas que se destacaban ante el pálido y puro resplandor dorado del cielo! El corazón de Marian se llenó de animación y regocijo. ¡Cuántas dulzuras tenía la vida! Se sintió agradecida por aquel nuevo significado que en la suya había. El agua tenía una frialdad de hielo que le produjo una picazón en los dedos. Era un gran placer el vestirse las nuevas ropas, abrigadas y toscas, des tinadas a la vida en el exterior: una blusa de franela„ pantalones de equitación y botas. Marian disponía de un: chaleco de punto, un abrigo y guantes. Pero lo que había. llevado consigo no le parecía apropiado. Era demasiado vistoso, demasiado ceñido. No obstante, no tendría otro remedio que utilizarlo, puesto que no disponía de nada más. Otros artículos que estimó que le serían precisos, los encerró en un saquito de muletón.
Cuando salió al aire libre, el sol se había elevado y semejaba perder algo de su brillo. Una cortina de nubes oscurecía el horizonte. El viento era frío, borrascoso, y agitó el cabello de la joven. Llegaban indios al comercio, y el trabajo del día había comenzado. Withers, con la cabeza descubierta y sin chaqueta, como acostumbraba, dirigía la carga de dos mulas. Evidentemente, no aprobaba el modo que los hombres ataban los grandes fardos de lona, puesto que desató un nudo, soltó la cuerda y dijo burlonamente:
- ¡No se trata de engarzar diamantes!
Y procedió a hacerlo del modo que le parecía conveniente. Marian no pudo seguir el intrincado trenzado de las cuerdas, pero vio que Withers y su ayudante se hallaban uno a cada lado de la mula y apoyaban un pie en ella mientras tiraban de las cuerdas con todo su vigor. No fue sorprendente que la pobre mula jadease y estirase las orejas y mirase en torno a sí, como si intentara protestar.
A Marian le pareció chocante que el pobre animal no estallase. Withers la vio en aquel momento e interrumpió su labor.
- Oye, Johnny, ¿quieres hacerme el favor de entrar en casa y preguntar por la señorita Warner? - dijo con seriedad.
Marian se quedó estupefacta y confusa. ¿Sería posible que no la hubiera reconocido el señor Withers? Y, en realidad, era cierto que algo de la dignidad de sus veintitrés años y también un poco de su estatura parecieron desvanecerse cuando se puso un traje masculino.
- Pero…, señor Withers… Soy…, soy la señorita Warner -dijo de modo casi involuntario. No confiaba completamente en la seriedad de las palabras de Withers.
Una sonrisa se extendió por el rostro de Withers, y sus ojos brillaron de modo chispeante.
- ¡Creí que era usted un muchacho! - dijo -. Y estaba preguntándome de dónde procedía ese joven… Ahora es usted un buen ensalmo…, una medicina india para mí.
Su franca admiración fue halagadora para Marian, que habría preferido presentarse ante Nophaie con sus ropas de mujer, similares a las que tenía puestas cuando lo conoció. Pero esto Habría estado fuera de lugar en aquellas tierras, y la joven se deleitó al pensar que Nophaie la encontraría seguramente atractiva ataviada con su traje de - equitación.
- Me parece que vamos a tener un poco de viento -añadió el señor Withers -. ¿No podría usted aplazar la marcha hasta mañana?
- ¡Oh, no, no podría! -exclamó Marian horrorizada-. Señor Withers, ¿insinúa usted sinceramente que no debíamos partir hoy?,
- Sí, así es; pero, puesto que usted desea que lo hagamos, no hay duda ¿le que lo haremos -replicó él decididamente-. Lo mismo puede usted comenzar a acostumbrarse al viento y a la tierra ahora que más tarde. ¿Tiene usted anteojos?
- Sí; tengo mis anteojos de automóvil.
- Muy bien. Habrá de procurarse otro sombrero.
- ¡Oh! Me gusta éste… Quiero decir que me parece bonito… ¿Qué tiene de malo?
- Sí, es bonito, no hay duda. Pero no le sirve. Necesita un sombrero de alas anchas que le proteja el rostro contra el sol y la lluvia. Va usted a tostarse la piel, señorita.
- No me importa ni me molesta, señor Withers. Tengo una piel que parece delicada- contestó Marian-; pero es verdaderamente sufrida. Primero me pongo encarnada…, luego morena…
- Bien; ya lo veremos. Si no tiene otro sombrero, buscaré alguno para usted.
Marian jamás había sospechado que una ahora pudiera ser tan interminable como la que transcurrió hasta que Withers se halló en disposición de emprender el viaje. El desayuno le pareció una cosa superflua. Y, sin embargo, estaba hambrienta. No dejó de percatarse durante todo el tiempo de las sostenidas y elocuentes miradas de la señora Withers ni de su sutil sonrisa de comprensión v simpatía. Aquella mujer que quería a los indios la comprendía y estaba viviendo con ella aquellos encantadores momentos de la vida de los jóvenes. No obstante, una tristeza persistente parecía aletear, como una sombra, en aquellos ojos magnéticos. Withers estaba alegre y dirigía frecuentes bromas a Marian a causa de su aspecto infantil. Mas, al fin, concluyó el desayuno, y- también el intervalo de espera que lo siguió.
- Marian, tiene ante sí un viaje duro pero glorioso. No encuentro palabras con qué poder expresarlo… No hay palabras que puedan describir la región de Nophaie. Recuerde que el estudio de este desierto encerrará una recompensa para usted… Tenga cuidado al llegar a los cami-nos accidentados. ¡Adiós!

Dos indios condujeron las mulas de carga ante Marian. Withers le dijo que montase y marchase tras ellos. Él los seguiría inmediatamente. Con gran decepción por su parte, a Marian le habían entregado un caballo en lugar de uno de aquellos caballitos mesteños y peludos, un caballo bajo y rechoncho, muy feo y nada fogoso. Cuando lo hubo montado, dispuesta a intentar adaptarse al movimiento y a la silla, descubrió con sorpresa que no necesitaba hacerlo. El caballo comenzó a andar. Se movía vivamente. Pero no trotaba. Marian había corrido al trote durante el día anterior y se había cansado. Aquella manera de andar era nueva para ella, que creía saber bastante acerca de caballos. Le parecía encontrarse montada en una mecedora que se moviese y avanzase sobre un terreno liso, si esto era posible. El movimiento la deleitó.
Uno de los indios debía de ser viejo, si se le juzgaba por el cabello gris y por la curvada espalda. Llevaba un pañuelo rojo de hierbas sobre la cabeza; una delgada manta de algodón, charramente coloreada, le cubría los hombros, y sus largas piernas colgaban oscilando hasta más abajo de los estribos. El otro indio era un muchacho de dieciséis años, quizá, de aspecto, simpático para Marian. Tenía una cabellera negra como el ébano, que el viento agitaba; su rostro, intensamente moreno, era redondo y atractivo; tenía los ojos tan negros como el cabello, los cuales, juntamente con la sonrisa que constantemente le entreabría los labios v descubría la blancura de los iguales dientes, hacían de él un joven guapo.
Verlo todo; ésta fue la resolución de Marian. Sin embargo, el ver a aquellos indios coloridamente vestidos y las cargadas mulas le hizo olvidarse de mirar nada más. Percibía el soplo frío del viento, el olor del polvo, y continuaba cabalgando sin inquietud. Más tarde, los caballos mesteños y las mulas de carga que marchaban ante ella desaparecieron repentinamente de su vista. El camino descendía sobre la pendiente de una ladera. Marian llegó a ella al cabo de pocos instantes. Se sorprendió al ver ara abertura roja y profunda en la tierra, de costados medio desmoronados, y por cuyo fondo corría un arroyo turbio y ruidoso. Las mulas y los caballos avanzaban paso a paso al bajar el declive que conducía a la orilla del agua. Los indios se introdujeron prontamente en el arroyo y dirigieron gritos a las mulas. Marian experimentó una especie de hormigueo en la piel y un desacostumbrado aceleramiento de los latidos del corazón. A su caballo, evidentemente, le era indiferente caminar por terrenos inclinados o por horizontales. ¡Descendía sin titubear! Marian hizo grandes esfuerzos por contenerlo. Y, aun cuando no miró directamente a las mulas, se dio cuenta del repentino acortamiento de sus patas. Y también oyó un ruido a sus espaldas.
- Estas arenas son movedizas -gritó Withers desde lo alto- No:son peligrosas, a condición de que se dé usted prisa.
Marian no tuvo siquiera tiempo para tomar una determinación. El caballo abandonó la orilla v vaciló en las arenas movedizas. Marian se asustó por primera vez. Observó que una de las patas de su montura se hundía, luego otra, después otra. Pero el caballo no permitía que dos cascos se hundiesen al mismo tiempo. Y una vez que hubo comenzado, terminó de cruzar el lodoso arroyo a un paso agudo y subió por una senda arenosa hasta el borde de la ladera. Entonces, Marian volvió a poner los pies en los estribos y recobró una parte de la tranquilidad antes de que Withers llegara a su lado.
- ¿Qué le ha parecido Bucksin? - preguntó Withers. ¡Ni una sola palabra acerca del temible lugar -Creo… creo que me ha encantado - contestó Marian.
- No había duda de que así habría de suceder. Es un caballo tranquilo. Con él continuará usted cabalgando por los mismos sitios en que habría caído inevitablemente a tierra si hubiera llevado otro caballo. Conoce bien el camino, y no lo abandona. Me parece, v lo terno, que vamos a tener que sufrir varias ráfagas de viento.
Withers se adelantó en dirección a las mulas y apresuró el paso. Los indios -marchaban a un trote coro y perezoso. Y Marian pareció quedar a solas con su caballo, con el camino s- el paisaje que la rodeaban. Ante ella, en la lejanía, unas cumbres desnudas de piedra amarilla se elevaban hacia un cielo nublado. Detrás, el desierto situado al otro lado de la quebrada, que semejaba un bostezo de la tierra, se extendía para unirse al lienzo irregular de la, meseta, negra ante el cielo.
«Esto… esto no es a mí a quien sucede», se dijo Marian. No habría cambiado de puesto con nadie del mundo. Era libre para sentir y para ver.
El- camino conducía a un desfiladero, que se abría entre las montañas de roca. Unas inclinadas superficies se elevaban a ambos lados y llegaban hasta alturas imponentes. En huecos y claros crecían cedros raquíticos cuyas raíces sobresalían de la firmeza de las rocas. El viento no azotaba en aquel lugar, circunstancia que resultó consoladora para Marian. Bucksin. continuaba marchando a un paso que le mantenía siempre al alcance de la vista de los que ante él avanzaban. Parecía fijar los cascos con tanta seguridad sobre la dureza de las rocas como sobre la arena. Marian comenzó a comprender por qué Withers había escogido aquel caballo para ella. Las laderas se cerraban lentamente, se hacían más altas, y el camino se empinaba. Marian no podía ver hasta muy lejos. Sentía un calor agradable. Al cabo de alrededor de media hora, llego hasta una altura desde la cual fue posible ver a larga distancia.
¡ Qué espléndido escenario halló ante sí! Withers la había esperado, probablemente cono- cedor anticipado de su delicia y su satisfacción.
- Supuse que le¡ agradarían estas diez millas de recorrido -dijo- Aquella roca negra y grande que se yergue al extremo de la llanura se llama «el Capitán,,. Y los indios llaman a aquel otro monumento natural que allá se ve «fa Roca Delgada Que Llega Hasta La Altura),. Es dos veces más alta que el! monumento al soldado, de Washington.
Larga y verde y ancha se presentaba la depresión de terreno desierto que se dirigía hacia aquellas moles erectas, solitarias y como centinelas, en la lejanía. ¡Diez millas! No parecían hallarse más que a una tercera parte de esta distancia. No obstante, Marian, cabalgando por espacio de millas y más millas sin dejar de observarlas, descubrió muy pronto cuán engañosas son las distancias. Durante una hora entera no se produjo cambio alguno en su forma, volumen o color. Una hora más tarde, Marian avanzaba entre ellas y miraba sobrecogidamente y asombradamente la granítica grandeza del Capitán» v la roja piedra arenisca que formaba «La Roca Delgada Que Llega Hasta La Altura». Ambas moles eran las avanzadas de la entrada a la tierra desierta. Marian apenas acertaba a admirarlas y solamente pudo mirar y mirar y hacer preguntas a Withers y continuar marchando lentamente y adquirir nuevas pruebas de lo que engañan las distancias, de la maravilla del color, de la inmensidad de aquellas tierras altas y de la fantástica y sublime belleza de los esculpidos dardos de piedra.
Vientos fríos, nubes oscurecedoras, frecuentes ráfagas de polvo volandero y breves turbonadas de cellisca pasaron junto y sobre Marian sin producir mayor efecto que si jamás se hubieran producido. ¿Era aquel terreno el hogan de los indios? Un algo grande comenzaba a presentarse en su alma. ¿Qué sabían las gentes blancas de la naturaleza rústica, silvestre y solitaria que había creado a aquellos hijos del desierto? ¿Qué habría en las imaginaciones y en las inteligencias de la raza que habitaba aquella tierra de encantamiento?
Después, cerca de fa media tarde. sucedió lo que Withers predijo y temió.
- Una turbonada -dijo-. O, más exactamente, una tempestad de arena. Pero no muy fuerte. No durará mucho tiempo. Póngase los anteojos y cúbrase la boca y la nariz con el pañuelo.
Un velo amarillento descendía desde el oeste. Oscuro y fantasmal, con una tonalidad rojizo purpúrea, el sol brillaba a través de aquel muro de polvo. La maravillosa perspectiva del terreno se borró. La escobada de la tormenta del desierto parecía feroz y rápida; devoraba los monumentos y las llanuras y, descendiendo hacia Marian con una mayestática e inevitable precisión, la envolvió.
Marian creyó haberse quedado súbitamente ciega. Y comenzó a azorarse y asfixiarse. Había de respirar a través del pañuelo, que semejaba una cinta gruesa y no permitía el paso del aire. No había aire suficiente para respirar. Marian tenía los pulmones hinchados y dilatados. El olor a polvo era tan sofocante como el propio polvo. Marian sintió sobre el cuello y el rostro las finas, punzantes y delgadas partículas. Y cuando el opresivo frente de la tormenta hubo pasado, la joven comprendió que lo hacía exactamente en el momento preciso para evitarle un contratiempo. La marcha era todavía fatigosa y difícil, pero las ráfagas de viento desaparecieron gradualmente, hasta que, al fin, la tormenta se alejó hacia el este y en- volvió en sí las tierras altas, del mismo modo que lo había hecho en el oeste. El sol volvió a asomar, placenteramente cálido,:calentó las manos y el, frío rostro de Marian, e iluminó el desierto.
Withers la esperaba nuevamente.
- Ya vamos llegando. No quise decírselo antes. Ésta es la llanura de salvia en que Nophaie solía apacentar su rebaño. Aquí fue robado… Más lejos, tras aquella meseta roja, está el lugar al que los ladrones condujeron su ganado. Acamparemos cerca de él. Allá… aquella abertura grande en la roja montaña… allí está el Paso al Valle de los Dioses. Nophaie nació allí.
Withers se puso nuevamente en marcha. Marian lo siguió con la mirada. Luego, miró la amplia extensión cubierta de salvia. Y contuvo al caballo. ¡Allí! Nophaie, el niño indio, el pastor solitario, fue secuestrado en aquel lugar. Una ola de emoción inundó el pecho de Marian. Las lágrimas se agolparon en sus ojos, de modo que solamente pudo ver de un modo borrosa y turbio el verde y suave color de las matas. Y se enjugó los ajos. Le pareció que no había ni siquiera la huella de una piedra en todo el círculo de su visión. Una llanura ancha, gris-verdosa, cubierta de salvia, se extendía suavemente, en todas direcciones, se aproximaba a las erguidas rocas, la más cercana de las cuales era la meseta que Withers le había indicado. Marian se apeó y recogiendo un puñado de la fragante salvia, lo guardó en un bolsillo con el propósito de conservarlo eternamente. Luego, apoyando una mano en el caballo, miró sobre la llanura, hacia las tierras altas en que había nacido Nophaie. Significaba mucho para ella poner las plantas sobre la tierra que había conocido la infancia de Nophaie, el ver las rocas y las cimas que daban sombra al lugar de su nacimiento. Magníficos monumentos, columnas y puntales y dardos, todos reflejando el sol, el oro y el rojo del crepúsculo, lejanos e infinitamente solitarios.
Marian volvió a montar y no miró atrás. Tenía el corazón saturado de emociones. La senda se dirigía hacia el fondo y serpenteaba entre la salvia. La senda la condujo a la sombra de la imponente meseta roja, masa montañosa que semejaba tener columnas coma las de un órgano, que estaba sola, aislada, en el desierto, lejos de la cadena principal de las montañas. Withers se disponía a acampar en una banca herbosa. Ya había comenzado a arder una hoguera. Los indios estaban descargando, las mulas.
- ¡Apéese y venga! - dijo Withers jovialmente -. Busque un asiento para descansar. ¡ Muy pronto tendremos la cena dispuesta!.
Marian observó que le dolían los huesos y los cansados músculos. Se alegró de poder descansar. Todo lo relacionado con aquel viaje encerraba un gran interés para ella; pero en aquel momento le pareció más precioso por lo que se refería a sus obsesionantes pensamientos acerca de Nophaie. Y observó a Withers, que se había entregado a diversos trabajos propios del campamento. No parecía tener prisa de ninguna clase, no parecía trabajar con apresuramiento; y sin embargo, los efectos de su labor se multiplicaban prodigiosamente; y al cabo de los que debieron de ser muy pocos minutos, la cena humeaba fragantemente y una tiendecita de campaña se elevaba sobre el lecha de mantas de Marian. Un campamento no era una cosa enteramente nueva para ella, ya que se había sentado en diversas ocasiones junto a otros hoganes en Maine y Adirondacks. Pero en aquellas circunstancias era diferente, del mismo modo que era diferente a cuantos conocía el horno holandés que tenía ante la vista. Era una especie de puchero de hierro con una tapa. Withers, había arrojado el instrumento al fuego, donde había caído sobre un lecho de rojas llamas e inclinado de costado. Withers depositó en el interior del horno, después de haber levan la tapa por medio de una rama, las galletas moldeadas a mana, y lo había vuelto a tapar. Luego amontonó leños encendidos sobre todo ello y, aparentemente, olvidó por completo el trabajo que estaba realizando.

Marian esperó con curiosidad el conocer lo que sucedería. ¡Venga y tómelo! - dijo Withers con voz alegre. -¡Tomar! ¿Qué he de tomar? - preguntó Marian. -Es la manera que tenemos en el Oeste de llamar para la comida.
- ¡Oh!… Y ¿qué será de las galletas que están al fuego?
- Señorita, después de que haya comido algunas de tales galletas, no podrá jamás volver a ser feliz - contestó el comerciante al mismo tiempo que reía; y procedió a levantar la tapa del perol.
Marian apenas pudo dar crédito a lo que veía. Un momento después se halla sentada, con las piernas cruzadas, ante un trozo de lona sobre el cual Withers había presentado la comida. El olor que llegó hasta ella le provocó súbitamente un hambre devoradora. Y Marian atacó lo que era su primera comida en el desierto con una apetencia y un deleite como nunca los había experimentado en toda su vida. Withers la sirvió, hizo la mismo con los indios, que se hallaban en pie y miraban las peroles con ojos ansiosos, y después se sirvió a sí mismo. Los agudos sentidos de Marian aprisionaron la realidad de aquellos momentos: los pintorescos, indios, el comerciante occidental, sano y fuerte y bondadoso, la Fragancia del tocino, del café y de las galletas calientes, el penetrante viento fría que empujaba el humo pungente hacia su rostro, el placentero calor del fuego sobre la espalda y, en el exterior del! círculo que formaba el campamento, la vaga e indistinta llanura de salvia rodeada de las altivas montañas.
- Es seguro que no ha perdido usted el. apetito, ¿no es cierto? - preguntó el comerciante del modo cordial con que solía hablar.
- Estoy avergonzada de mí misma, señor Withers - replicó Marian -. Lo único que puedo alegar en mi favor es que jamás he tenido tanta hambre ni he comido alimentos tan deliciosos como en estos momentos. Sus afirmaciones acerca de las galletas no eran infundadas.
El comerciante se encontró evidentemente satisfecho del voraz apetito de Marian y de los elogios. Más tarde, cuando ella insistió respecto a que se le permitiera realizar algún trabajo, Withers pareció regocijarse. Marian comenzó a relacionar la sencillez de aquel occidental con la ruda fortaleza que le caracterizaba.
Marian observó que necesitaba ponerse el grueso abrigo que llevaba consigo; mas en lugar de hacerlo, se envolvió en una manta y se alejó por unos; -momentos del campamento. El resplandor que subsistía en el cielo tras el crepúsculo llegaba después de trasponer las altas montañas, como si quisiera obsequiar a los viajeros. ¡Cuán delicada, cuán exquisita era la suavidad de aquella tonalidad dorada y rosada! Esta tonalidad se desvaneció lentamente mientras Marian la observaba. El resplandor pareció durar demasiado tiempo; mas, al fin, cayó la noche. Marian se encontró sola en el desierto. El lugar en que Nophaie había sido cautivado con su rebaño era infinitamente solitario y triste. El helado viento estremecía a Ma- rian y rodaba junto. a ella de una manera extrañamente silenciosa. El silencio no se interrumpía. Marian pensó que no podría soportar un silencio tan intenso durante mucho tiempo. Unas estrellas grandes y blancas brillaban ante el cielo azul oscuro encima de las montañas. Los pensamientos, las emociones, y la soledad que dominaban en aquellos momentos a Marian la habrían forzado a regresar rápidamente al campamento; mas, sobre todo esto, comenzaba a sentir frío; la extraña y muerta oscuridad despertó su temor, y se hallaba cansada del. largo recorrido. Por esta causa, se volvió en dirección a la luz y las rojas llamas que indicaban el emplazamiento del campamento.
Cuando se aproximaba, Marian vio un cuadro que se grabó de moda indeleble en su imaginación: el del resplandor del fuego, que señalaba más profundamente la ventosa negrura de aquel vestíbulo del desierto y permitía ver a los indios sentados ante las rojizas llamas y a Withers en pie, de espaldas a la hoguera. Figuras rudas y fuertes, singularmente típicas, llenas de vida y de color accidentales, se destacaban con vigoroso relieve.
- Iba a llamarla en estos momentos -dijo el comerciante -. No debe usted alejarse de nosotros a estas horas de la noche… ni en cualquier otro instante. Mañana llegaremos al camino de los Pahutes.

Marian se arrastró para entrar en la tiendecita, la cual era tan baja, que le tocaba la cabeza cuando se sentaba en el lecho; y, formando una almohada con el chaleco y el abrigo, se desató cansadamente las botas y se metió agradecidamente entre las gruesas mantas de lana. Intentó pensar un poco más para recordar cuanto hasta aquellos momentos había sucedido, para meditar y soñar con el porvenir; pero el sueño la llamó y acogió muy pronto.
A la mañana siguiente, Withers la despertó, y cuando ella se arrastró al exterior, el alba era maravillosamente gris, fría y pura, estaba impregnada de la fragancia del desierto, y la gran meseta se destacaba limpiamente, clara y afilada ante el morado cielo occidental.
- Hoy subiremos a las alturas. - Ésta fue una de las afirmaciones que el comerciante hizo festivamente.
Una hora después de la partida, Marian comprendió lo que había querido decir, aun cuando no pudo llegar a explicarse cómo podrían escalar la tremenda inclinación roja a que se encaminaban. Semejaba el corte vertical de una montaña, rota y lisa. La inclinación de quebrada pizarra que se extendía a su pie parecía superable, pero no llegaba hasta mucha altura. Por centésima vez, Marian comprobó que lo que se veía desde lejos era completa- mente distinto cuando se lo veía a corta distancia.
Las marcas, que le parecieron primeramente quebradas y accidentes, resultaron ser espacios lisos y hendiduras y buzamientos sobre los cuales, al fin, parecía posible ascender. El acercamiento a aquella elevada barrera no careció de excitación para Marian. Y entonces Withers abandonó el bien definido- camino que nacía en los terrenos bajos y comenzó a seguir una senda confusa y áspera Que se volvía en dirección a 1o que parecía el costado vertical de la montaña. Marian se emocionó profundamente. Aquél debía de ser un camino indio jamás recorrido por los, hombres. blancos.
- He aquí nuestro camino de Pahute - dijo Withers al mismo tiempo que se apeaba-. Recorre un terreno muy accidentado y difícil de cruzar… Lamento mucho tener que manifestarle que habrá de apearse y continuar el viaje a pie. Suba lentamente… descanse con frecuencia… y en los lugares malos vaya delante de su caballo.
Los indios subían a pie y conducían a los caballitos mesteños. Las mulas avanzaban torpemente, inclinando constantemente las cargas a uno y otro lado, a través de un camino en zigzag. Marian las siguió, confiada y emocionada, sin dejar de mirar ansiosamente a todas partes. Lo que más le sorprendió fue que, aun cuando la inmensa subida parecía ser perpendicular, había en realidad posibilidad de apoyar con seguridad los pies en la pendiente. Siempre que se detenía para reposar un instante, no cesaba de mirar a los indios. Los indios no descansaron. Ni las mulas. ¡Cuán ingeniosamente había sido trazada aquella senda! Primero zigzagueaba a través de la larga pendiente; luego seguía el borde de un:bancal; después iba de lado a lado, de izquierda a derecha, entre dos escabrosos promontorios. A Marian le producía vértigos el mirar a la altura. Los indios se perdieron de vista, seguidos de las mulas. Withers marchaba lentamente ante la joven. A Marian no le agradó la situación de aquellos momentos, y muy pronto descubrió que lo mismo le sucedía a Bucksin. El caballo, marchando demasiado cerca de ella; le impedía caminar con facilidad. Finalmente, el caballo la empujó con los lomos, casi hasta hacerla caer, y siguió sus huellas. Marian tuvo que hacer un. esfuerzo para mantenerse alejada de él, la que en los trechos más empinados del camino resultaba muy fatigoso. Bucksin no podía o no quería ascender despacio; Marian descubrió, más tarde, que el caballo tenía que realizar unos esfuerzos muy grandes para subir la peligrosa pendiente.
- ¡Tenga cuidado! ¡Atención a las rocas! - gritó Withers desde la altura.
Los zigzags del camino le habían llevado hasta un punto directamente situado sobre aquel en que se hallaba Marian; y, evidentemente, su caballo había puesto en movimiento algunas piedras. Marian las oyó repiquetear, y escogió prontamente un lugar en que defenderse contra ellas. Las deslizantes piedras pasaron hasta más abajo de donde se hallaban, adquiriendo más velocidad a cada momento, y nuevas piedras se unieron a las anteriores, hasta el punto de que el sonido que produjeron se convirtió en un estruendo que tenía algo de martillea… Luego, el ruido cesó.
Marian recomenzó el ascenso. La mayor parte de su confianza se había desvanecido, y se hallaba fatigada. Las gentes que vivían en el Oeste, ¡jamás. habían visto una montaña! Y recordó a una amiga que se negaba a caminar sobre terreno llano, y mucho más enérgicamente a hacerlo cuesta arriba. Mas pronto aquellas sensaciones de calor y de fatiga desaparecieron y se vieron substituídas por otras de fuego y dolor. Una carga parecía oprimir su pecho; las piernas se negaban a sostenerla. Observó que el descansar largamente era peor que no descansar absolutamente nada. Pero, ¡era tan satisfactorio, tan reconfortante detenerse durante más de un momento l Y se tambaleó, al continuar marchando hacia delante, hacia la altura; resopló fatigosamente, experimentó, calor y sudor, e intentó huir de Bucksin y de mirar hacia abajo, hacia el vacío que se tendía a sus pies y que se había hecho espantable. La luz se hacía más brillante sobre ella. La voz del comerciante sonaba alegre y animadoramente en la altura. ¡Qué interminable era aquel trayecto serpenteante en dirección al cielo!
- ¡Muy bien! No hay duda de que es usted una gran escaladora. Pero esto no es nada si lo comparamos con el desfiladero de Pahute - decía Withers.
- ¡O…o…oh! -exclamó asfixiadamente Marian en tanto que se encaminaba fatigosamente hacia una piedra con el fin de tomar asiento. No podía hablar. Le parecía tener el pecho hundido. Los elogios del comerciante cayeron en oídos desdeñosos e incrédulos.
- Descanse un momento - añadió cariñosamente Withers-. Y luego mire a su alrededor. Estamos en el cerco de la región de Nophaie.
Estas palabras suscitaron en Marian un renovado interés.
En primer lugar, miró hacia abajo, hacia las tierras bajas que había traspuesto. ¡Cuán lejos y cuán abajo se hallaban! El camino parecía ascender de manera casi vertical; y, sin embargo, Marian lo había vencido. El Valle de los Dioses se elevaba lentamente en la vasta extensión del desierto, y las coronas de los pétreos.monumentos naturales se hallaban al mismo nivel que el terreno desde el qué Marian los observaba. Unos y otros pertenecían a los mismos estratos de piedra roja. Todo el espacio situado al pie de ellos y entre ellos había sido maltratado por el tiempo, por el viento, por la tierra, por las heladas. El hecho se presentaba con claridad a Marian, aun cuando pareciese increíble. ¡Era la obra de los siglos! Aquella tierra de misterio y belleza anunciaba que también habría de trasformarla a ella. Allá, a lo lejos, los dioses de roja roca se erguían solos, estupendos, grandiosos. Marian los miró durante cierto tiempo, y su fortaleza y su presencia de ánimo volvieron gradualmente a ella.
- Me satisface ver que le agrada este desierto - observó Withers con seriedad- A la mayoría de quienes lo ven no les agrada. Por mas, claro está, que son muy pocas las personas que han podido disfrutar de un punto de vista tan magnífico como éste. Quiero decir que lo maravilloso de esta región es el campo, la naturaleza. Indios, caballos, aves… las pocos seres vivos que hay parecen no existir, porque los vemos muy raramente… Por esta causa, lo único que puede mirarse es la inmensidad. En nada más puede pensarse. Por eso son grandes los in- dios: porque son como la naturaleza que los rodea.
- No puedo… ni siquiera saber… cuáles son mis sentimientos… y si lo supiera… no podría expresarlos… -contestó Marian -. Quiero permanecer aquí días… y meses… Y, después, ¿cómo podré ser nuevamente feliz?
- Los lugares influyen más que las personas en la felicidad -afirmó Withers-. Bien; recomencemos la marcha. Solamente hemos subido el primer tramo de esta extraordinaria escalera.
Y Marian temió mirar hacia el oeste. Sin embargo, un impulso irrefrenable le forzó a hacerlo. Enorme e inclinada, adornada de una orilla de verdes árboles, una nueva montaña impedía ver el cielo. Estaba próxima, y en dirección al norte se interrumpía bruscamente. Withers cabalgaba a través de un bosquecillo de cedros. Marian volvió a montar el caballo, no sin ciertos dolores, e hizo lo que pudo por seguir al comerciante sin perderlo de vista. La senda se marcaba vagamente. No obstante, Marian pensó que en la desnudez del terreno le habría sido imposible descubrir las huellas de los caballos que la precedían.
Aquel bancal de bosque verde y fragante conducía a la base de una elevación rocosa. Withers la esperaba nuevamente.
- Dé rienda suelta a Bucksin - dijo -. Yo no la abandonaré. Y, oiga: he visto huellas frescas de caballo indio en este camino. Supongo. que nuestro amigo, el indio Pahute, a quien tanto admira usted, nos ha adelantado. En tal caso, Nophaie se pondrá en camino para reci- birnos antes de la puesta del sol.
Marian intentó alejar de la imaginación el pensamiento de tal posibilidad. Pero el pensamiento la obsesionaba y no le dejaba la serenidad suficiente para hacer frente a las crecientes dificultades de la marcha. Quería verlo todo, no permitir que las horas pasasen a su lado y la encontrasen absorta en sueños que no la dejasen observar lo que tenía ante sí. Anhelaba ansiosamente encontrar a Nophaie, y, sin embargo, lo temía.
Withers se rezagó un poco para acomodar la marcha a la de Marian. La joven experimentó un consuelo al verlo cerca de ella, aun cuando no sentía necesidad de hablar. Withers, por otra parte, parecía tener muy poco que decir. Comenzaron un largo ascenso sobre un terreno de roca desnuda, ondulante, desigual, en el que había quebradas y montículos que forzaban a seguir un curso laberíntico en dirección a la altura. No estaba completamente desnuda aquella extensión, puesto que Marian vio unos cedros enanos que brotaban en los rincones en que el polvo y el agua prestaron alimento a una semilla. Aquella pendiente continuaba el ascenso por espacio de media milla, y finalmente llegaba al nivel de la enorme protuberancia pétrea. Marian creyó hallarse en la cúspide de la elevación. Pero no era cierto. Había puntos más lejanos y más altos en dirección al Oeste. Hacia el Norte, el panorama ofrecía un vívido contraste: las negras cadenas de las montañas estaban rematadas de cúpulas nevadas.
- ¡Mire atrás y abajo! - exclamó Withers con voz alegre-. Solamente había estado aquí una sola vez… y jamás he podido olvidar «eso,»… y nunca lo olvidaré.
Desde aquella altura, Marian recibió la impresión de que el espectáculo que se ofrecía a su mirada era absorbente y aturdidor: leguas y más leguas de desierto verdoso y gris… los rojos declives laterales del Valle de los Dioses… y entre estos anchos centinelas, aquellos pináculos de grandeza, de misterio y de luz, sagrados para los: indios. El espíritu de Marian se elevó. ¿Podría haber algún alma que estuviera muerta para la percepción de tanta belleza?
¿Qué representaba la Naturaleza sino la Eternidad? Aquellos momentos de vida trascendían en revelación al despierto espíritu. Nophaie la había obsequiado con aquella sublimidad, y desde aquel momento en adelante Marian no podría volver a ser la misma que anteriormente. Muy pronto habría de verlo, al indio a quien quería… a aquel que había despertado profundos pensamientos en su imaginación y emociones en su corazón, y, finalmente, provocado el nacimiento de una comprensión más noble. La Naturaleza le mostraba la inmortalidad de su labor, v Marian recibió con ello su primera lección de humildad.

VI

Desde aquel punto de vista, en que podía abarcarse una extensión interminable, Withers se dirigió hacia el Oeste y comenzó el ascenso de un audaz risco; luego marchó a lo largo de la base de un declive, a la sombra del cual brotaba una rica vegetación. El ambiente era fresco y húmedo. La causa del frío y de la humedad debía de residir en la nieve que se amontonaba en las oquedades situadas al pie de la inclinación del terreno. Una corteza de polvo rojo cubría la nieve.
Marian se gozó en la contemplación del camino que recorría. Era de tierra blanda y roja, sin rocas ni depresiones, y se devanaba al pie de los osados riscos, bajo la sombra del muro pétreo, de la montaña, a través de bosquecillos de pinos y de cedros. El panorama cambiaba constantemente de aspecto. El último cuarto de círculo en torno a aquella base de risco produjo un estremecimiento a Marian. Sobre ella sobresalían rocas que se proyectaban en el espacio, y a su pie se abría un abismo, un siniestro precipicio de un millar de pies de profundidad, todo lo cual hacía que aquella parte del trayecto resultase peligrosa.
Y, después, una vez más, Marian salió nuevamente a terrenos en que- brillaba el:sol y desde los cuales pudo ver ante sí el abierto y llano desierto. Los indios y las mulas de carga se hallaban de nuevo al alcance de su vista. Marchaban hacia un bosque de cedros y pinos, verde, más grande y más exuberante que los del terreno inferior. Aquel bosque se extendía milla tras milla en dirección al Oeste, se elevaba hasta una llanura de purpúrea salvia. Tras él, ante el horizonte, se erguía la cúspide rosada, blanca y negra de una montaña que Marian creyó que era Nothsis Ahn, vista por primera vez desde Red Sandy. A medida que la joven avanzaba en dirección al Oeste, la montaña se inclinaba y caía bajo la línea del horizonte.
Marian comenzó a pensar que la silla, los estribos y el movimiento eran las cosas más molestas del mundo. La marcha sosegada de Bucksin le había permitido salvar las dificultades y las incomodidades del viaje. Pero éstas comenzaban a producir efecto en ella. Marian se sintió agradecida por el buen trecho que hubo de recorrer, puesto que temía los malos caminos mucho mas que a la creciente fatiga que se apoderaba de ella. Y, ciertamente, casi `se gozó en sus dolores y fatigas. A pesar del calor del sol, el aire era frío. Y transportaba tanta fragancia y tan persistente, que Marian experimentó una especie de embriaguez. Poco a poco, los mojones de piedra se borraron en la lejanía. Solamente parecía haber ya ondulantes bosques de intenso verdor alternados con espacios cubiertos de, una tonalidad de púrpura. Sin embargo, había también un gradual aumento en el volumen de los árboles, en el verdor del follaje, en la fragancia de la salvia.
El sol había llegado a su mayor altura y calentaba con fuerza. Una cálida, brisa, cargada de dulce incienso del desierto, sopló contra el rostro de Marian. La joven continuó cabalgando hasta perder la noción del tiempo. Ni el cansancio ni las angustias pudieron amortiguar su interés ni su entusiasmo ni aquella constante seguridad de hallarse a cada momento un poco más cerca de Nophaie. Unos seres vivos se veían en la inmensidad de la extensión grajos de un oscuro color azul que lanzaban gritos penetrantes y agudos; lagartos que se escurrían sobre la tierra roja; halcones que volaban a baja altura en busca de presas; conejos, que corrían a ocultarse entre las matas.
Fue el hambre lo que reveló a Marian el paso del tiempo y que había cabalgado casi ininterrumpidamente desde las primeras horas de la mañana hasta mediodía. Y, a razón de cuatro millas por hora, había cubierto veinte millas. La ¡oven se preguntó si Bucksin estaría también cansado. El caballo caminaba a paso sosegado y tranquilo, como si la distancia o el tiempo no influyen sobre él. Marian recurrió a su bocadillo y un trozo de chocolate que acompañó de un trago de su cantimplora. Estas pequeñas cosas le hicieron sentirse pensativa y agradecida. Era la necesidad de algo lo que hacía precioso a ese algo. ¿Cuándo, en momentos anteriores de su vida, una galleta tostada y sucia le había parecido al mismo tiempo un placer y una bendición? Y en cuanto al chocolate, ¿cuánto tiempo hacía que perdió el gusto de tomarlo? Verdaderamente, hasta entonces no había sabido nada acerca del agua y su poder refrescante. En tal caso, debería de haber algunas ocasiones en que el comer o el beber representasen actos de una gran importancia. Y si las había para estos actos, ¿no las habría, del mismo modo, para todo lo demás?
Y Marian continuó cabalgando y desarrollando unos pensamientos que se le presentaban por primera vez. Cuando levantó la cabeza vio ante sí una terrible incisión en la tierra verde. Withers se había detenido y la esperaba con el caballo cogido de las bridas, al borde del abismo. Lejos, muy lejos, Marian vio el otro borde del precipicio, un lienzo de montañas desnudo, de un color rojizo y dorado. Y se asombró. La tierra parecía haberse abierto. A medida que se acercaba a Withers observó que el abismo se hundía hasta un punto sorprendente, por lo cual no pudo llenar a ver el fondo. El comerciante la detuvo antes de que llegase junto al borde del abismo.
- El desfiladero de Pahute -dijo -. Es un mal trago. Habrá usted de caminar aprisa. Los caballos no pueden marchar lentamente. Yo los acompañaré. Procure no perderme de vista, o se extraviaría.
Manían desmontó y, entregando, las riendas al comerciante, se adelantó hasta el borde. Un desfiladero espantoso y deslumbrante bostezaba a sus pies, terriblemente ancho y profundo, horro de vegetación y resplandeciente con sus superficies lisas y brillantes.
- Pocas personas de la raza blanca han visto el desfiladero de Pahute. Es el lugar más imponente y mas hermoso de todo el Oeste - dijo Withers mientras miraba hacia abajo -. Supongo que pasará mucho tiempo hasta que los turistas entren en él y salgan de él con sus automóviles, ¿verdad?
Y rió de un modo un poco triste, en el que había una especie de satisfacción. Marian no hallaba palabras que pronunciar. Estaba consternada. Ni las fotografías ni los dibujos de los grandes desfiladeros podrían jamás producir una impresión ni siquiera imprecisa de lo que era la realidad.
- ¡Es maravilloso! ¡Y es espantoso! - exclamó Marian. La atracción de las profundidades parecía hacer presa en ella-. ¡Oh! Parece imposible hasta el… el caer hasta el fondo…
- Bien; permítame que me adelante unos cuantos pasos con los caballos antes de que comience a andar; tendrá que apresurarse si quiere ver a Nophaie hoy. Habremos de proceder con actividad si hemos de llegar al otro lado del desfiladero antes de que anochezca.
- ¿Cree… cree usted verdaderamente… que Nophaie saldrá a nuestro encuentro? - preguntó Marian. -Apostaría cualquier cosa… Tenga cuidado. Procure no torcerse un tobillo al pisar alguna de esas piedras sueltas.
Y Withers arrojó las bridas de Bucksin sobre la perilla de la silla y lo forzó a ponerse en marcha. El caballo puso en movimiento algunas piedras que rodaron ruidosamente. El comerciante lo siguió llevando en las manos las riendas de su caballo. Marian le observó durante un momento. No había duda de que habrían de descender rápidamente si no querían perder el equilibrio. Desde muy lejos, de las profundidades del abismo, llegaban hasta ellos las voces de los indios, que, sin duda, llamaban a sus mulas. El estrépito de las piedras y lo profundo de los ecos daban fe de la naturaleza de aquel descenso hacia el corazón de la tierra.
Marian dirigió una larga mirada al borde opuesto del desfiladero, donde, según se le había asegurado, la esperaba Nophaie. Era un lugar apropiado para aquel encuentra que tanta importancia tenía para ella. Un borde de abismo orillado de verdor, de color rojizo, hermoso y peligroso, elevado y solitario, como los nidos de las águilas… Era, evidentemente, un lugar donde un indio podría vigilar y esperar. Cuando Marian permitió que su mirada descendiese lentamente a 1o profundo del desfiladero, se sorprendió al observar la terrible altura y la pétrea formación de aquel costado del abismo. Estaba a cinco millas de distancia, y, sin embargo, parecía tan alto y tan vertical y tan inmenso, que no pudo reprimir un grito. ¡Si había de subir hasta aquella altura para ver a Nophaie aquel mismo día…! La idea parecía absurda, irrealizable. Marian no tenía alas. ¡Cuán lejos de su comprensión estaban aquellos occidentales, blancos o rojos, que vencían todos los obstáculos de la Naturaleza!
Al pie del colosal muro se extendía una llanura de arena amarilla, a través de la cual corría un arroyo brillante, como una hebra de plata, que destellaba a la luz del sol. La completa desnudez del fondo de aquel desfiladero se rompía por la presencia de algunos grupos de árboles de follaje verde y abundante. El verdor de sus hojas era muy claro, lo que probaba que el verano había llegado a aquellas profundidades.
Luego, la mirada de Marian volvió a recorrer el declive que se abría ante ella. La inclinación era de cuarenta y cinco grados, y el camino era una estrecha sucesión de rocas sueltas. Marian hizo una profunda inspiración de aire y comenzó el descenso. Pero, reacia a iniciar la caminata que no le permitiría volver a mirar a lo alto y a lo ancho del maravilloso desfiladero, se detuvo nuevamente para contemplarlo otra vez y hacer el panorama eterna- mente suyo. El declive parecía casi una línea vertical, accidentada, sembrada:de piedras, y allá abajo, aparentemente, se hundía en una tierra de diversos colores, arrugada y desigual. Hacia el Norte, el desfiladero se abría en un vasto semicírculo de naturaleza silvestre, con pendientes y bancales y buzamientos rocosos e innumerables facetas de greda que formaban un mosaico rojo, amarillo, purpúreo, gris, violeta, que resplandecía cegadoramente al ser herido por los rayos del sol.
El Desfiladero de Pahute poseía todo lo que había hecho del, Valle de los Dioses un panorama inolvidable, y, por otra parte, tenía la huella de la desolación, de la ruina, de la muerte. La Naturaleza es caprichosa, y allí mostraba los efectos de su implacable expoliación de la faz de, la Tierra. Marian no pudo, comprender por qué razón la hermosa meseta poblada de pinos y cedros habría sido objeto de la catástrofe, de tiempo. Sin embargo, ¿qué otra causa podría haber descubierto aquellos colores minerales que desde su aparición cautivaron a los indios y les sirvieron de pinturas?
Marian retiró de tanta. belleza la mirada. No habría dado aún media docena de pasos. cuando olvidó todo lo relacionado con el panorama. Repentinamente, se dio cuenta de lo traicioneras que son las piedras sueltas, de la dura naturaleza del contacto con ellas. La primera caída le dolió mucho y le produjo una magulladura del codo, pero hirió más su vanidad. Se puso de nuevo en marcha, más cuidadosamente que antes, y muy pronto se vio agarrada afanosamente al aire. en. su lucha por conservar el equilibrio sobre las piedras. En aquella ocasión consiguió salvarse. Pero el susto fue grande. La precaución servía de muy poco en aquel terreno. Se veía obligada a pisar ligera y rápidamente para librarse de alguna piedra suelta ames de que la piedra la arrastrase consigo. Había emoción en el accidentado descenso, v Marian comenzó a mostrarse descuidada. La acción liberó a su espíritu, y cuanto más de prisa caminó, tanto menos temor experimentó. Al ver las zonas más peligrosas, grandes inclinaciones de piedras lisas v sueltas sobre un lecho de tierra blanda, se detenía el tiempo suficiente para elegir una línea de rocas, y luego se lanzaba hacia abajo, a cada momento con más rapidez, pisando con los pies más firmes. En cierta ocasión, vio a Withers, y los caballos, allá abajo, que avanzaban trabajosamente sobre una tierra accidentada y roja. Cuando hubo descendido, pensó que el camino se había hecho mas fácil o que ella había aprendido a recorrerlo; y a pesar de los diversos golpes que recibió y de los varios resbalones que dio, comenzó a divertirse con la caminata. Lo importante de la carrera era conservar el equilibrio. I corrió hacia abajo, siguiendo un recorrido zigzagueante y fatigándose. La inclinación cubierta de piedras terminó, con lo que el descenso se hizo menos arriesgado. Por todas partes había rocas tan grandes como casas. Marian llegó al cabo de poco tiempo a una zona en. que no había piedras y que estaba compuesta de tierra roja, aún inclinada pero mucho más segura y más fácil de recorrer. Cuando miró hacia lo alto para ver el borde del abismo, apenas acertó a dar crédito a sus ojos. Cortos pasos, pero muchos, borraban las distancias. Era una proeza de la que se enorgullecía en tanto que se frotaba los, cardenales. Después recorrió los fáciles caminos que se tendían sobre la blandura de la tierra, hasta encontrar a Bucksin, que estaba inmóvil, con las bridas colgantes. Withers la esperaba un poco más allá. Marian montó el caballo, y después se dio cuenta de que la excitación la había mantenido alejada de la presencia de la fatiga y los, dolores.
- Aquí, en el Oeste, llamamos a los recién llegados, a los que no conocen estas regiones ni están acostumbrados a nuestras costumbres ni a nuestra naturaleza, «piesblandos». Usted no es una piesblandos - dijo Withers alegremente cuando Marian llegó junto a él.
- Así, lo creerá usted -replicó Marian-. Creo que tengo los pies intactos, pero le aseguro que tengo algunos lugares «blandos».
- ¿Ha resbalado usted? -En varias ocasiones.
- Continuemos, avanzando. No se asuste al llegar a los pasos peligrosas del camino que hemos de seguir. Manténgase firme, y…
- ¿Sabe usted, señor Withers, que tiene unas soluciones prodigiosas y fáciles¡ para los problemas del viaje?… «Manténgase firme, y…»
El comerciante rió y volvió su caballo en dirección al descenso. Marian concedió rienda suelta a Bucksin. Los declives gredosos presentaban una abigarrada apariencia. El rojo sucedía al amarillo, y éste al chocolate pálido. Los caballos se dejaban resbalar en algunos lugares, tan inclinados, que Marian apenas: podía conservar el asiento en la silla. Bucksin se deslizó en algunos puntos. Estos puntos generalmente anunciaban la presencia de un terreno húmedo, casi pantanoso, para salvar el cual era preciso subir una brusca pendiente una vez que se lo había cruzado. Bucksin no solía subir reposadamente, sino que acostumbraba saltar al salir de las tierras encenagadas, y antes de que Marian volviera a instalarse nuevamente en la silla y en posición correcta, se encontraba otra vez inclinada hacia delante. El resultado era mortificante para ella, y en ocasiones doloroso, y siempre temible. Las advertencias de Withers influyeron sobre Marian, aun cuando en ocasiones se tradujeron en medidas violentas y frenéticas. Sin embargo, la joven tuvo momentos, de placer y de emoción que se mezclaron a otras sensaciones. Le parecía hallarse descendiendo hasta las mismas entrañas de la tierra. ¡Cuán profundo era aquel desfiladero l Aun cuando eran las primeras horas de la mañana, el sol se asomó sobre el borde occidental. Solamente con limitarse a mantenerse en la silla, Marian se fatigó extraordinariamente. Y se alegró mucho cuando la última pendiente la condujo a una extensión arenosa que, a su vez, desembocaba en el fondo del desfiladero.
La corriente, que desde lo alto parecía una cinta de plata, resultó ser un arroyo ancho y poco profundo, en el cual los caballos se apresuraron a beber. Withers se apeó, se tumbó en tierra boca abajo y sació su sed. Los indios se habían detenido ante uno de los grupos de árboles verdes y conversaban con otro indio que se hallaba a pie.
- Descanse a la sombra de esos algodoneros -sugirió el comerciante-. Necesitará disponer de toda su fortaleza para poder efectuar el ascenso. Veo algunos Pahutes…
Hasta que hubo cruzada la llanura arenosa, casi hasta llegar junto a los algodoneros, no observó que había más indios que el que vio desde lejos. Y entonces vio una mujer india que se hallaba sentada junto a un niño, más allá de los árboles. Al desmontar, Marian revolvió en sus bolsillos en busca de algo que poder entregar al chiquillo, y halló un trozo de chocolate que se le había olvidado a la hora del almuerzo. Con el trozo de chocolate en la mano se acercó a las das personas indias.
Sobre la arena se hallaban los rescoldos de una hoguera. Dos utensilios de cocinar se encontraban cerca de la lumbre, con los restos de la comida adheridos a ellos. La mujer era joven y bastante linda. Llevaba un vestido oscuro, de un tejido grueso, un collar de abalorio y un brazalete de plata adornado de turquesas toscamente labradas. El chiquillo parecía ser una niña de alrededor de tres años, menuda, de rostro pequeño, oscuro y asustado. La mujer poseía una timidez que sorprendió a Marian. Ciertamente, había un algo rústico y silvestre en aquellos dos nativos del desfiladero, y especialmente en el cabello enmarañado de la niña.
- Toma - dijo Marian sonriendo y presentando a la pequeña el trozo de chocolate. Y se regocijó al ver que, a pesar del: temor, la chiquilla adelantaba rápidamente una mano para apoderarse de la golosina. Luego salió en dirección a la madre, como i intentara ocultarse tras ella. Marian deseaba quedarse junto a ellas con el fin de mostrarle la amistad de su propósito, pero decidió alejarse. Su presencia constituía, sin duda alguna, una fuente de temor para la niña y de turbación para la madre. Marian las observó desde la sombra de los algodoneros con simpatía e interés. No se veía en las cercanías hogan ni habitación de ninguna otra clase. Pero no podía dudarse de que aquél era el punto. ele residencia de los indios que tenía ante sí. Marian vio que el terreno llano era un maizal y que el indio que estaba hablando con Withers llevaba en las manos una pala de mango tosco. ¡Qué indio más fornido! Era joven y había en él muy poco que pudriera relacionarlo con los indios sucios y cabizbajos que había visto en Mesa. Cuando Marian lo estaba mirando, el indio levantó una mano fuerte para señalar con gracia y expresión singulares y un lento y significativo movimiento un punto situado más arriba y más allá del desfiladero. Fue un ademán hermoso.
Withers se aproximó a Marian.
- El Pahute cuyas, huellas vimos ha pasado por aquí en los primeros momentos de la mañana. Seguramente iba en busca de Nophaie. Y dirá a Nophaie lo mismo que ha dicho a este indio.
- ¿Qué? - preguntó Marian ansiosamente.
- «Benow di cleash está en camino de Pahute» -contestó el comerciante-. La noticia podrá resultar extraña para estos, indios. Pero no para Nophaie.
Como única respuesta, Marian se puso en pie, volvió el rostro y se aproximó. a su caballo. En el momento en que recogía la.brida, vio que su enguantada mano temblaba. Era muy fuerte, indudablemente, el dominio que de sí misma tenía; pero ya no podía confiar en él.
Una vez más recomenzó la marcha en seguimiento de Withers y las indios. Corrieron hacia lo alto, hasta llegar a una grieta del muro, donde tomaron una dirección distinta pero también ascendente. El agua corriente azotaba las rocas en el fondo de la garganta. Los algodoneros, con follaje brillante y verde sombreaban una parte del camino. Muy pronto comenzaron a aparecer las rocas en aquella arenosa extensión. Marian vio unos indios que se hallaban arriba, a su derecha.
Al llegar a un cruce del arroyo, Withers le ordenó que desmontase. El comerciante llenó de agua la cantimplora. Marian encontró el agua fresca y sabrosa, libre de gusto ácido y muy satisfactoria.
- Debería usted beber con más frecuencia - dijo el comerciante-. De otro modo, terminará por secarse en este desierto. Bien; no hay duda de que, tenemos ante nosotros una subida peliaguda. Vaya con lentitud. Descanse frecuentemente. Tenga cuidado… No podrá usted perder el camino.
Y, con estas palabras, comenzó a subir una pendiente de roca lisa y azul, llevando de las riendas el caballo de Marian. El suyo, evidentemente, lo había entregado al cuidado de los: indios.
Marian miró hacia delante con un estremecimiento de temor. Lo que vio fue un triángulo de cielo azul que se asomaba por la abertura del desfiladero. La garganta se hundía profundamente en fa sólida tierra, y tanto su fondo como los costados eran una mezcla de rocas de todos los tamaños y formas. Marian intentó mirar también hacia la altura; pero no se decidió a hacerlo.
Y recurrió a la utilización de toda su fortaleza de ánimo y a la anulación de su ansiedad para iniciar el nuevo ascenso. Tiempo tendría, después de haber subido la peligrosa pendiente, para pensar en Nophaie. A pesar de lo que Withers había dicho, Marian tenía poca fe en sus propias esperanzas. Acaso encontrase al día siguiente a Nophaie. Y buscando ansiosamente con la mirada las huellas de los caballos que subían delante de ella, puso ínte- gramente sus energías en el ascenso. El camino;debía de ser- muy antiguo, pensó, si se juzgaba por el inconfundible surco que se marcaba en ciertos lugares en que los des- lizamientos de tierra o la caída del agua no lo habían cubierto. Marian descansó en todas: las rocas o sitios que halló convenientes para, hacerlo. Media hora más tarde encontró la garganta, que se: abría anchamente, en forma de escudilla, en su centro, con costados de rota roca. Al cabo de media hora más, sin duda, había hecho muy pocos progresos en dirección al borde superior.
El camino continuaba avanzando por el lado izquierdo y hacia arriba, hacia una montaña cuyas rocas y salientes formaban un precipicio inescalable. Hacía una hora que Marian:se puso en marcha. El carácter del lugar cambió. La joven se halló ante una sucesión de escalones rocosos que conducían hasta unos bordes que corrían formando ángulos rectos con el camino y ante unos largos salientes de roca desnudos y lisos, traicioneros y difíciles de salvar, porque su superficie era demasiado resbaladiza para que los clavos de las botas pudieran afirmarse sobre ellos. Marian no pudo comprender cómo podrían subir los: caballos por aquellos puntos tan resbaladizos. Pero lo habían hecho, puesto que podían verse las huellas que los hierros de sus patas habían marcado en la dureza de las piedras.
Marian oyó más de una vez a Withers y las indios, que marchaban ante ella. El golpeteo de un martillo sonó con un ruido metálico. Marian había visto que una del las mulas de carga transportaba un instrumenta de corto mango de madera; en aquel momento comprendió el uso a que se lo destinaba en el camino. Withers estaba hendiendo piedras para echarlas a rodar y rompiendo las esquinas de otras para abrir paso a las mulas- y sus cargas. La joven dio la: bienvenida a tales períodos de espera, que le proporcionaban momentos de descanso durante los cuales:se entregaba a sus sueños.
Guando llegaba hasta lo si puntos en que se había hecho necesario realizar algún trabajo para abrir paso a la expedición, Marian encontraba todo lo necesario para poder continuar avanzando libre del entorpecimiento que el obstáculo habría representado. Y las manos la ayudaban tanto como los pies para trepar. Una interminable escalera natural die sólida roca, de diversos aspectos, con todos los salientes y todas las resquebrajaduras y todos los puntos agudos imaginables… Lo que más temía Marian eran las tongas estrechas. Un solo resbalón en cualquiera de ellas habría significado su fin. Al recorrerlas, no se atrevía a mirar al abismo, que suponía que habría adquirido pro-porciones aterradoras.
Este, trabajoso ascenso condujo a Marian no solamente hasta mucha altura, sino también de nuevo a la parte estrecha de la garganta. El cielo comenzó a aclararse. El quebrado borde que se asomaba sobre ella parecía accesible. Bajo ella, unan sombras de color púrpura comenzaron a concentrarse entre la zona inferior de los costados del abismo. El reloj dijo a Marian que eran las cinco de la tarde. La joven temió haber realizado el recorrido de modo excesivamente reposado, haber descansado en demasiadas ocasiones. Sin embargo, tales habían sido las órdenes de Withers. Pero la larga subida a solas, el persistente esfuerzo, la represión de las emociones, el largo tiempo crecientemente cargado de ansiedad y de temor, todo ella juntamente, había comenzado a debilitarla. Habría sido conveniente para ella el descansar durante largo tiempo, pero no podía hacerlo. Al llegar a todos los puntos peligrosos se enojaba e irritaba. Una vez perdió pie y cayó a tierra; rodó y golpeó fuertemente contra una roca. El golpe 1e dolió; pero el temor que le produjo la caída fue mucho más grande que el dolor. Durante unos instantes se estremeció violenta y temblorosamente, y el corazón pareció contraérsele. ¿Qué habría sucedido si el resbalón se hubiera producido en una de aquellas tongas estrechas?
- ¡Oh… esto es… nuevo… y duro… para mí! - exclamó ahogadamente -. El señor Withers… no debería… haberme dejado entregada… a miss propios recursos,…
Y comprobó que el comerciante lo había hecho deliberadamente. Si no hubiera creído que Marian fuese capaz de realizar la proeza, se habría abstenido de hacerlo. Aquel momento en que se halló a solas en la garganta, mientras intentaba recurrir a todo su valor y a su reserva de energías, impresionó a Marian. Se despreció durante unos cortos segundos, pero conoció el temor natural, una emoción desconocida de ella durante toda su vida. Y lo dominó. Y resueltamente, aunque con labios temblorosos, que hubo de morder;para aquietarlos, volvió a iniciar la caminata hacia las alturas.

El carácter de la naturaleza cambió. El granito, fuerte y brillante, cedió el puesta á la arena blanca y roja. Marian encontró más fácil el caminar, y si no hubiera estado tan cansada como se hallaba, habría podido subir bien y sin dificultades.: Pero el cansancio la obligaba a arrastrar los doloridos pies, un paso lento tras otra paso lento, por la inclinación del camino.
¡Las seis de la tarde, según su reloj, y el oro del crepúsculo en los bordes lejanos del costado del abismo! Le parecía que le quedaba muy poco trecho por recorrer para llegar a la altura; pero caminaba y caminaba, y no llegaba jamás. No obstante, aun cuando estuviera cansada y desesperada, llegó el momento en que el extraño encanto del desfiladero se apoderó de ella. Acaso fuera todo un producto de la influencia del hechizo del crepúsculo con sus rayos dorados en la altura y sus sombras purpúreas en las profundidades; o, acaso, de la sublimidad de las alturas a que había llegado. ¡Qué reino de la soledad! Allí debían de asirse a las grietas de las peñas las águilas con sus garras engarfiadas.
Marian dio vuelta lentamente al llegar a un saliente que se proyectaba sobre un desnudo promontorio. Y se detuvo para contemplar con incrédulos ojos el camino que había recorrido. Respiraba agitadamente. Un viento frío que procedía de la altura le refrescó la frente calurosa y descubierta.
Repentinamente, un grito la sobresaltó. Vibrante, penetrante y extraño, descendió y los costados del desfiladero lo ampliaron, lo rechazaron de roca en roca, hasta que murió fantásticamente allá abajo.
Marian levantó la cabeza y recorrió con fa mirada el borde superior. Un indio se destacaba, como una silueta, ante el oro del cielo. Delgado y alto, inmóvil como una estatua, semejaba una figura negra en armonía con la nobleza y la rusticidad de aquella altura:
- ¡Nophaie! - susurró Marian. Y el corazón pareció querer saltársele del pecho.
Nophaie agitó una mano en el aire; fue un gesto lento, elocuente, emocionante. Marian agitó, a manera de réplica, el sombrero e intentó gritar; pero la voz no respondió a su esfuerzo. Dio vuelta con pasos rápidos y comenzó a recorrer los últimos zigzags del camino.
La subida parecía interminable… Y el borde, inaccesible. Marian se había esforzado excesivamente. Ofuscada, medio ciega, con el corazón a punto de reventar, corrió hacia lo alto, hacia Nophaie. Nophaie se acercaba a ella. ¡Cuán extraña era la luz! ¿Había anochecido ya? El borde del abismo se movió y agitó y se oscureció aun más.
No, no se había desmayado. Ni durante un solo instante perdió completamente el conocimiento de aquel contacto duro, prieto, firme de un brazo de hierro que la rodeó, de que era conducida a la altura. Luego… un largo momento… y nuevamente percibió el angustiado. latido de su corazón, el dolor de su pecho. Emitía el aliento de manera espasmódica y entrecortada. La oscuridad abandonó sus ojos. Vio la garganta, un abismo azul, que bostezaba en las profundidades purpúreas del desfiladero de Pahute. Pero no pudo ver nada más, puesto que no podía moverse. Nophaie la apretó contra sí, puso la mejilla de Marian sobre su pecho.
- ¡Benow di cleash!
- ¡Nophaie!
No hubo otro saludo entre ellos. Nophaie no la besó, y su prieto asimiento se aflojó. Marian se reanimó hasta el punto de que fue capaz de mantenerse en pie, y se separó de él, sin soltarle la mano. El indio a quien había conocido como Lo Blandy había cambiado al renunciar a su nombre de hombre blanco. Su rostro se había cubierto del color oscuro, del bronce; parecía más delgado y más viejo, más grave; tenía unos profundos surcos en el rostro., huellas del dolor, que su sonrisa de bienvenida no pudo ocultar completamente. Sus ojos oscuros y penetrantes, iluminados de una intensa luz, semejaban incendiar los de ella. Un amor y una alegría inexpresables brillaban en ellos.
- Nophaie…, has… cambiado - dijo ahogadamente Marian.
- También tú -contestó él. Una indefinible diferencia que había en el tono de su voz sorprendió violentamente a Marian. Era un tono más bajo, más suave, algo que demostraba, que su lengua materna le había alejado de la de los hombres blancos.

- ¿En qué… he cambiado? -preguntó, Marian. Sus reprimidas emociones se habían apaciguado, aun cuando no hubieran sido expresadas. El instante, tanto tiempo anhelado, había, llegado de, un modo distinto al esperado, pero también dulce y pleno. Marian lo comprendía lentamente.
- Todavía eres Benow di cleash; pero ahora eres más mujer que chiquilla… Es el mismo rostro que vi en Cape May; pero más hermoso, Marian.
- Por lo menos, Lo Blandy, no has cambiado en tu hábito de lisonjear.
- ¡No me llames de ese modo! -dijo Nophaie; y una nube de tristeza ensombreció repentinamente la alegría de sus, ojos.
Marian vaciló. Quería reanudar la antigua intimidad, encontrarle de nuevo como había sido cuando lo conoció y comenzó a querer. Pero no era fácil conseguirlo.
- ¿Será preciso que nos conozcamos más a fondo? - preguntó con gravedad.
- Es preciso.
- Muy bien; estoy dispuesta a intentarlo.
- Entonces, ¿has venido a trabajar entre mis gentes? -¡Así es! - contestó sencillamente Marian-. He venido para hacer lo que quieras que haga.
El amor y la lealtad hablaban inconfundiblemente por boca de Marian y se reflejaban en la mirada con que hizo frente a los ojos inquisitivos de Nophaie. Luego, durante un momento, Marian tembló al apreciar la gratitud de él, al: comprender el súbito deseo que le acometía de estrecharla contra su pecho.
- Eres noble. Has confirmado la justicia de mi fe en ti. Me has librado del- odio a la raza blanca. - Y dejando en libertad las manos de Marian, se separó de ella y se aproximó al borde del desfiladero para mirar en dirección a la purpúrea profundidad.
Fue entonces cuando Marian lo vio por primera vez tal y como era. La que tenía ante sí, solamente parecía;ser una sombra de la magnífica forma del que había sido un famoso atleta. Estaba más enjuto, más delgado, más duro. Se hallaba vestido de pana aterciopelada, vieja y deslucida, con un cinturón de hebillas de plata y unos mocasines pardos. Tenía el negro cabello peinado hacia atrás y sujeto por una cinta roja que le rodeaba la cabeza. Su ves- timenta y el reposo de la alta figura que se destacaba ante la profundidad del desfiladero le alejaban inconmensurablemente del, hombre a quien Marian conoció como Lo Blandy. Si en él había existido algo insincero, algo falso, había desaparecido ya. El hombre que en aquel momento tenía ante la mirada satisfacía plenamente el desconocido anhelo que se albergaba en el corazón de Marian. N siquiera discordaba con este anhelo la sugestión de tragedia que el hombre despertaba. ¿Que habría en su alma?
- Me alegro de que creas que soy como has dicho -dijo ella al mismo tiempo que se aproximaba a él -. Pues lo que dicen que debo hacer… y lo quiero… es hacerte feliz.
- ¡Feliz! Benow di cleash, éste es el primer momento de felicidad que he tenido desde… desde que era un niño pastor… Desde, que fui el niño Nophaie que salía al campo con su rebaño… Feliz porque, sabiendo que soy indio, me amas.
- Sí, te quiero, Nophaie-dijo ella con voz baja y -alterada. Quería que él lo supiera de nuevo.
Con las manos unidas, ambos contemplaron las profundidades cubiertas de púrpura, los bordes del desfiladero, bañados de dorada luz, y la vasta extensión del desierto. El sol se ponía mientras Marian lo observaba y percibía la extraña exaltación que el momento provocaba. Las bendiciones que la esperaban eran infinitas; la gloria de amar y olvidarse de sí, la misión que había de ser suya, el conocimiento de aquella tierra solitaria y maravillosa… vista a través de los ojos y alma de un indio. Marian se maravilló entonces de haberlo dudado o temido en alguna ocasión.
- Vamos, es preciso que nos. vayamos-dijo Nophaie-. Estás cansada y tienes hambre. Withers instalará el campamento a varias millas de este lugar.

- ¡ Withers! -repitió Marian, al mismo tiempo que reía brevemente -. Me había olvidado de él… de la necesidad de acampar… y de que tenía hambre.
- ¿Recuerdas el modo como despreciabas los bombones y los helados en aquellos días de Cape May? - preguntó él.
- Sí; y no he cambiado con relación a esas cosas - contestó ella alegremente -. Tú también recuerdas otras cosas, ¿verdad…? Bien, señor, ¿qué me dices respecto a Jack Bailey?
- ¡Aquella lagartija que era compañero tuyo de baile! Todavía tengo celos… solamente con oírte pronunciar su nombre.
- Nophaie, desde que te separaste de mí, no he dado motivo para que los tuvieras. Te he sido absolutamente fiel.
Marian se dio cuenta de que ella era también ridículamente feliz, de que nacía en su interior un deseo desacostumbrado de atormentar a Nophaie y romper su reserva. Siempre había apreciado la fortaleza de aquel indio y, de un modo "habitual en las mujeres, se había dolido de ella. Y encontró a Nophaie más extraño, más lejano que nunca, más difícil de alcanzar, a pesar del amor que brillaba en sus ojos.
El caballo mesteño de Nophaie era el más grande de cuantos ella había visto; un animal peludo de color tostado. Cuando llegó el momento de volver a instalarse sobre su propio caballo, Manan no pudo abstenerse de experimentar una: especie de vanidad femenina en su esperanza de ofrecer una figura llena de gracia para la mirada de Nophaie. Pero fue una figura lastimosa la que ofreció, puesto que su naturaleza se había agotado casi por completo. Y cabalgaron uno junto a otro sobre una tierra fragante poblada de pinos y de salvia mientras el último resplandor del crepúsculo iluminaba la parte occidental del, cielo. El romanticismo que bañaba aquellos instantes pareció a Marian como la encarnación del encanto de sus sueños. Allí estaba la hora crepuscular, allí estaban el hermoso lugar, la rusticidad del desierto, el hombre a quien quería… El color y la raza del hombre no constituían obstáculos para el respeto y el amor de ella. Y habló durante cierto tiempo de, las últimas veces que se hallaron en la playa, de las amigas suyas a quienes él conocía, y finalmente de su casa, con la cual ya no pareció armonizar. Nophaie escuchó sin hacer comentarios. No obstante, cuando ella abordó el tema de su llegada al Oeste y de su recepción por Withers, le encontró más comunicativo. Withers era un hombre bueno, un comerciante que favorecía a los indios y que no hacía de su establecimiento un medio para timarlos. La señora Withers significaba más para los indios que cualquier otra persona de la raza blanca.
Al cabo de unos momentos, la creciente oscuridad fue rasgada por el resplandor de una hoguera. Y Marian siguió al indio hasta un somero arroyo en que una corriente de agua reflejaba el resplandor y las oscuras ramas de los cedros. Withers se encontraba entregado a la tarea de preparar la cena.
- ¡Eh, ya están aquí! -gritó, jovialmente -. Marian, a través de lo tostado de la piel, se ve que está usted pálida. Apéese y venga. ¿Ha podido cruzar el desfiladero de Pahute? No he dejado de observarla continuamente. ¡Ja, ja! Nophaie, deja en libertad a Bucksin y ven a ayu- darme. Tenemos que conseguir que esta señorita, nueva en estas tierras, e inexperta, se encuentre pronto cómoda y felizmente instalada.
Marian pensó que podría encontrarse mucho más cómodamente instalada, pero que no podría ser más feliz que lo era ya. Talo lo que pudo hacer fue arrastrarse trabajosamente hasta el asiento que Withers le había preparado. El calor que la inundó y la languidez habrían terminado en sueño si no hubiera sonado la cordial llamada del comerciante:
Venid y tomadlo.
- Me parece que habrá de traérmelo usted -contestó Marian -. Si me pusiera en pie, me caería a tierra.
La sirvieron Withers y Nophaie, y Marian descubrió que el agotamiento físico y los dolores no destruían el hambre, ni, en su caso, el gozosa disfrute de la comida. Nophaie se sentó a su lado; la luz de la hoguera se reflejaba en su rostro. Los otros dos indios se acercaron en busca de su cena, y se sentaron para tomarla.
Después de la comida, Withers y Nophaie efectuaron brevemente las tareas que habían de realizar. Los dos indios parecieron fundirse en la circundante oscuridad. Durante unos momentos, el tono apagado de sus voces llegó hasta Marian; luego, no sonaron más. Withers instaló la tiendecita bajo un pino, cerca de la hoguera, y dijo:
- Creo que es todo lo que teníamos que hacer. Luego, después: de despedirse de Marian y Nophaie, se retiró discretamente a su propio lecho, que había colocado bajo un cercano pino. El silencio de la noche se adueñó del campamento; y era tan dulce, tan intenso, que Marian no se atrevía a romperlo. Y se limitó a observar a Nophaie. A la luz oscilante que derramaba el fuego, su rostro parecía impasiblemente triste, como una máscara de bronce ta- llada para expresar la pesadumbre. De vez en cuando, el joven levantaba la mirada hacia ella. Luego, Marian se estremeció, y una cálida alegría se apoderó de ella.
- ¿Vas a quedarte con nosotros esta noche? - preguntó al fin.
- No. Tengo que regresar a mi hogan - respondió él.
- ¿Está lejos?
- Para ti, sí. Volveré a buscarte a la hora del amanecer.
- ¿Vives… en Olfato?
- No. Olfato está en las tierras bajas. Algunas de mis gentes viven allí.
¿Gentes? ¿Quieres decir… parientes?
Nophaie respondió negativamente, y habló de su único pariente vivo. Después comenzó a hablar de sí mismo, del modo que había escogido aquella parte tan solitaria y tan agreste del terreno reservado a los indios… porque deseaba vivir lejos de las personas blancas. Era una costumbre de la tribu que fueran las. mujeres quienes poseyeran las reses; pero Nophaie había adquirido un pequeño rebaño. Poseía algunos caballos mesteños. Era el más pobre de todos los indios. No era propietario ni siquiera de una silla de montar, ni de un arma de fuego. Sus únicos medios de vida eran la venta de lana y de pieles, o el trabajar para algunos de los indios ricos de aquella zona. Había enseñado a los indios que el maíz se desarrolla de modo más perfecto en tierras aradas. Construía represas para detener el agua fresca procedente del deshielo de las nieves y conservarla para los largos períodos de sequía Lo que su tribu necesitaba era aprender procedimientos, mejores que los suyos. Pero aquellas gentes cambiaban con lentitud. Antes de hacerlo necesitaban ver los resultados que los cambios producían. Y, por esta causa, Nophaie no había encontrado para sí mucho trabajo que fuera remunerativo.
jamás había pensado Marian que Nophaie pudiera ser pobre. Lo recordaba como el famoso atleta que ganaba crecidos emolumentos en Cape May. Sin embargo, debía haberlo comprendido. La gente blanca le había enseñado a ganar dinero en algunas de sus ocupaciones; pero Nophaie renunció a hacerlo.
A Marian, la pobreza le había parecido siempre una condición espantosa. No había conocido jamás los verdaderos lujos, ni quería conocerlos, pero tampoco había estado nunca necesitada de las cosas más elementales y precisas. Acaso la pobreza no tuviera importancia para los indios. Los pinos podrían constituir su estancia y su calor, la tierra cubierta de salvia su lecho, los carneros su sustento. Marian dudó antes de expresar su perplejidad y su compasión. Ella misma podría ayudar a Nophaie. Pero, ¿cómo? Sería posible que Nophaie no desease poseer más carneros, más caballos, más ropas y mantas, una pistola v una silla. Marian pensó que debía proceder con cautela. La sencillez de Nophaie era sorprendente, y la joven apreció con facilidad que no estaba debidamente alimentado. Su afilado rostro y su delgado cuerpo lo probaban. ¿Había cenado ella en alguna ocasión en el Hotel Bellevue Stratford con aquel indio? ¡Increíble! Pero no más increíble que aquella hora del solitario desierto junto a Nophaie, en cuyo tostado rostro se reflejaban las llamas vacilantes de una hoguera… ¡Cuánta más extraña es la vida que los, sueños y las fantasías!

Después de un largo silencio, que Marian deseaba romper, aunque no pudo hacerlo, Nophaie se levantó y tocó con una mano el cabello de ella.
- Benow di cleash, se te cierran los ojos - dijo -. Debes dormir. Pero yo debo permanecer despierto. Me pondré en camino de regreso cuando salga el sol. ¡Buenas noches!
¿Se inclinaría para besarla? Aun cuando habían sido muy pocos, Marian había recordado siempre con emoción sus besos. Pero Nophaie comenzó a alejarse silenciosamente. Su erguida, silueta se destacó oscuramente ante el pálido cielo iluminado débilmente por la luz de las estrellas y se fundió en la oscuridad.
Marian permaneció sentada durante mucho tiempo, en lucha contra el sueño para poder pensar en aquel lugar, en Nophaie y en su amor y en lo que podría ser el desenlace de la situación. La fatalidad parecía aletear entre las sombras. En la expresión y en la voz de Nophaie; y en las circunstancias que él mismo había revelado, Marian había adivinado que se agitaba una catástrofe contra los indios. Sin embargo, Marian no podía dejar de ser feliz en aquellos momentos. Conocía la fuerza que ella podría comunicar, que el estoico Nophaie, amarrado a su martirio indio, no podría menos de percibir y gozar la bendición y la gloria que representaban el amor.
Marian entró en la tiendecita en busca de su lecho de mantas. ¡Cuánta satisfacción experimentó! ¡Cuán grato era tenderse y permanecer quieta! El sueño amortiguaría prontamente los latidos de su pulso, el dolor de sus músculos, la quemazón, de sus mejillas. Pero los pensamientos de Nophaie, ¿no persistirían entre sus sueños? Las sombras que las llamas despedían se movían sobre los lienzos de la tienda de un modo extraño y fantasmal. Un viento sordo murmuraba entre los pinos. El desierto parecía meditar sobre ella.

VII

Al despertar a la mañana siguiente, Marian comprendió el caro precio que había de pagar por sus cabalgadas y sus caminatas y ascensiones a pie. El desayuno hubo de esperarla, y Withers le expresó su solicitud y su regocijo.
- Puede parecerle muy cómico mi estado; pero aseguro que no lo es para mí - dijo quejosamente -. ¿Cómo podré resistir nuevamente una caminata tan horrible… ¡ O-á-o-oh, esas horribles pendientes, cuesta arriba o cuesta abajo!
- Bueno; no vuelva jamás a trasponer el desfiladero de Pahute -replicó Withers-. Ahora, coma todo lo que pueda, y dé unos cortos paseos. Después de haberlo hecho se encontrará más aliviada.
Marian estaba tan dolorida y tan entorpecida, que no puso ni la más+ pequeñas fe en lo que Withers decía; pero cuando siguió su consejo, descubrió que era cierto lo que le había recomendado. Sin embargo, cuando se vio precisada a montar de nuevo a Bucksin, se entregó a una dura prueba que la dejó dolorida. Lo único que podía hacer era esperar que el ejercicio le calentase gradualmente la sangre y aliviase sus molestias. Y al cabo de poco tiempo comenzó a poner nuevamente interés en el paisaje.
La lenta iniciación del terreno poblado de pinos y cedros llegó a su mayor altura al cabo de una hora de camino. El sol estaba ya muy alto e iluminaba una enorme extensión de salvia purpúrea y de grupos de pinos y de amarillentos montículos de roca. ¡Cuán singular, cuán dulce e intenso era el perfume de la salvia,! La parte occidental del terreno seguía su ascenso hasta convertirse en una montaña coronada de blanca nieve y arbolado negro. En la lejanía, hacia el norte, se erguía la débil silueta de otra rojiza elevación.
El espléndido espectáculo, el aroma de la salvia, la púrpura maravillosa del ondulante desierto -que ya no estaba dominado por la desnuda aridez de las rocas o el verdor de los árboles-, todo esto suscitó en Marian las mismas emociones que le habían aprisionado el día precedente. Aquella tierra alta -¡tan silvestre y tan libre tenía un jugoso verdor. La misma:soledad reinaba en ella, la misma intensa y persistente luz del sol, el mismo misterio de la distancia, la misma magia incomprensible de la Naturaleza.
Withers la esperó; y cuando ella se le hubo adelantado, el hombre señaló un lugar distante.
- Nophaie viene a buscarnos -dijo -. ¡ Veamos qué tal vista tiene usted!
Marian esforzó la mirada para escudriñar en la dirección que el comerciante señalaba;
pero nada pudo descubrir que pareciera un jinete y su montura.
- i Oh, no puedo verlo! - exclamó.
- Más lejos…, a la izquierda… Allí, en la misma dirección. que aquel farallón de color terroso que hay al pie de la montaña… Siga con la mirada una línea recta desde aquí a lo largo de la salvia… Dos puntos movientes; uno blanco…, otro negro.
- ¡Sí! ¡Sí! Veo dos puntitos. Pero ¡qué pequeños! ¿Es posible que sean caballos?
- ¡Claro que pueden serlo! Nophaie monta el negro y lleva el blanco de las riendas. Apostaría cualquier cosa a que ese caballo blanco es un regalo para usted. Nophaie tiene un caballo mesteño muy hermoso, según he oído decir. Pero jamás lo ha llevado a mi establecimiento.
- ¡Para mí! ¿Lo cree usted? ¡Oh, sería maravilloso! ¿Podré montarlo?
- Algunos de esos caballitos de la región de Pahute son dóciles. No creo que Nophaie ofrezca a usted alguno que no lo sea.
Marian tuvo desde aquel momento ocupación para su vista. Cuando continuó marchando, l o hizo sin cesar de observar los dos puntitos que se movían en la lejanía. Los perdía en ocasiones, y tropezaba con dificultades para descubrirlos de nuevo; pero se fueron ampliando gradualmente, más y más, hasta que adquirieron forma de caballos que trotaban graciosamente y prestaban un aliento de vida y de belleza al solitario desierto. Llegó un momento en que Marian pudo ver claramente a Nophaie y reconocerlo. Después, hizo el sorprendente descubrimiento de que el caballo mesteño tenía una pelambre y una cola largas que se agitaban con la carrera. Al acercarse mas a él, Marian adquirió seguridad de que jamás había visto un caballo tan hermoso. A1 ver los indios y las mulas, el caballo se detuvo ante e l borde de una elevación con la cabeza levantada y las crines movidas por el viento. Luego, Nophaie lo alcanzó y lo llevó hacia el camino, donde el animal se desvió para acercarse a las mulas. Se encabritó, irguió la cabeza y relinchó. Sus cascos resonaron como campanas al chocar contra las piedras. Marian pudo observar que era de un blanco casi puro, de cons- titución mediana, bien conformado, y que las crines y la cola le llegaban casi al suelo. Solamente estas circunstancias habrían hecho que cualquier caballo fuese hermoso. Parecía que su ferocidad era únicamente un espíritu de juventud y fogosidad, puesto que mostró una inclinación a correr junio a los demás caballos. El que montaba Nophaie era un verdadero caballo salvaje, negro, peludo, robusto, aunque desgarbado; además de la brida, llevaba un ronzal que le sujetaba el belfo.
El saludo que Nophaie dirigió a Marian fue pronunciado en lengua india; pero su significación fue inconfundible. Su sonrisa y su apretón de mano habrían sido suficientes para crear la felicidad de Marian. Luego, seña-ando el caballo blanco. Nophaie dijo:
- Te he traído uno de mis caballos. Es de Pahute y el más dócil y más gallardo de todos los, que he visto.
- ¡Oh, muchas gracias, Nophaie! ¡Qué hermoso es!. Eres verdaderamente muy bondadoso… ¿Dócil, dijiste? ¡Tiene aspecto de caballo capaz de lanzarse de un salto contra la misma luna.
- Quiere correr y es bullicioso; pero podrás montarlo -contestó Nophaie-. ¿Quieres intentarlo ahora? -Me gustaría mucho…, pero… Bien; lo único que «puedo» hacer en estos momentos es permanecer montada en «este caballo». Acaso, me encuentre más animada mañana… ¿A qué distancia está tu terreno, Nophaie?
- Jamás calculo la. distancia por medio de millas. Marchando a este paso, llegaremos a mediodía. ¿Por qué no galopamos un poco? Eso te serviría de descanso.
- ¡ Galopar…! Withers dice que «continúe con calma», y tú me proponen que galopemos… Muy bien; resigno la suerte de mis doloridos huesos a tus maquinaciones.
Una sola palabra y un contacto con la mano de ella fueron lo único que Bucksin necesito para comenzar a trotar.
El caballo rompió en un largo galope que Marian encontró, con gran sorpresa, un cambio muy satisfactorio de marcha y que constituía un movimiento delicioso. Todo lo cambió, sus sensaciones, el panorama, el color y los olores, el roce del viento… Nophaie marchó al lado de ella, fuera del camino, por el terreno cubierto de salvia. ¡Cuán dulce fue para Marian la dulce fragancia que semejaba azotarle el rostro! Su sangre comenzó a circular vivamente, sus nervios se excitaron. Siempre le había gustado la rapidez, el movimiento, la acción, sentir como sus músculos y su espíritu dominaban las situaciones. Aquello estaba más allá de sus más exaltados sueños. ¡Sabía cabalgar! Verdaderamente, jamás lo habría creído. Y ambos continuaron trotando, trotando; los dos caballos se calentaron. gradualmente al entregarse a la rapidez, de la carrera, y finalmente marcharon a un paso oscilante y agradable que cubría el terreno con viveza. Marian pensó que no era posible que hubiera en todo el mundo un lugar más hermoso que aquella interminable llanura de salvia, de color purpúreo y cargada de olor seco y dulce, Solitaria y silvestre, con su gran montaña al fondo y, siempre a través de la distancia, el ancho desierto de rocas, extraño, atrayente, estéril.
La carrera embriagó a Marian. Cuando, al final de un recorrido de cuatro millas, Nophaie le dijo que frenase a Bucksin con el fin de que continuase marchando a paso lento, Marian se encontró inquieta, con la respiración entrecortada y llena de frenéticos impulsos de correr más y más, de aspirar la exquisita alegría recién liberada, de abrazar el desierto y olvidar el mundo.
- ¡Oh! ¡Qué maravilla! -exclamó-. No sabía… nunca lo supe… lo que una carrera… puede representar… Debes correr… conmigo.
- Espera hasta que puedas, mañana, montar tu caballo blanco. Correrá como el viento… Redujeron nuevamente la velocidad de la carrera, y continuaron marchando a paso lento, uno junto a otro. Marian observó temerosamente la intensidad de la felicidad que la dominaba. ¿Podría durar? ¿Cuál era su causa? Ella misma, Nophaie, su amor… todo esto no encarnaba de modo completo el origen de aquel nuevo significado de la vida. Y entonces recordó lo que Withers le había dicho: «Los lugares influyen más que las personas en la felicidad.» ¿Qué quiso expresar con estas palabras? Comunicó a Nophaie esta observación del comerciante, y 1e pidió una explicación.
Nophaie permaneció silencioso por espacio de varios momentos.
- Las gentes son falsas. La naturaleza humana es imperfecta. Los lugares son fieles. La Naturaleza representa una evolución…, una labor inexorable hacia la perfección.
La respuesta provocó meditaciones a Marian. ¡Cuán extraño era que procediera de un indio! Durante unos momentos, casi olvidó que Nophaie había sido tan famoso por el aprovechamiento de sus estudios como por sus hazañas de atleta. Debía aprender de él, y, como resultado de estas enseñanzas, comprender la rara combinación de su naturaleza india desarrollada por el intelecto, del los hombres blancos. Aquella enseñanza y su resultado, ¿podrían ser de un modo que no fuese trágico? Marian se dijo que no tenía conocimientos suficientes para poder explicarlo.
Marcharon a través del, ondulante mar de púrpura, durante cierto tiempo, con lentitud, y luego rompieron nuevamente a galopar. Para Marian, el tiempo dejó de existir.
El balido de los corderos se extendió súbitamente por el aire.
- Mi rebaño - dijo Nophaie como respuesta a la interrogativa mirada de Marian.
- ¿Dónde…? - preguntó ella con ansiedad.
- Entre aquellos cedros… Benow di cleash, allí está el hogan de Nophaie.
La vigilante mirada de Marian recorrió la extensión que Nophaie había indicado por medio de un gesto vago y lento. Y entonces vio que habían recorrido millas y millas de suave descenso, y que la pendiente terminaba en una cañada señalada por el lujuriante brotar y el color purpúreo de la salvia, por grupos de hermosos cedros y por aislados montículos de roca, amarillentos y rojizos. Sobre todo ello se elevaba la gran montaña, protectora y dominante. Un arroyo corría sobre un lecho de rocas a través del valle; el agua cristalina resplandecía bajo el sol y murmuraba en las pequeñas cascadas. Una columna de humo azul se elevaba en el cielo procedente del grupo de árboles. Marian percibió el olor del humo, que despertó en su imaginación el recuerdo de la delicia que para ella constituía el olor de las hojas otoñales, al ser quemadas. Una soledad y urca paz estivales se extendían por el lugar.
Nophaie precedió a Marian durante el recorrido hacia los cedros. No los había en número suficiente para componer un bosque; pero los que había poseían todo cuanto era preciso para hacer que el lugar pareciese a Marian absolutamente perfecto. Para instalar el campamento de Marian, Nophaie eligió un punto situado al pie de un gran cedro cuyas largas ramas se extendían sobre una cascadita y un remanso del arroyo, cuyo lecho de rocas parecía tan duro como el granito y tan liso como el cristal. El terreno era fragante, blando y pardo bajo el cedro. Unas flores típicas de la zona, de tono bermejo, brotaban mezcladas a las margaritas blancas y amarillas.
- Aquí he pensado en ti durante muchas y muchas horas, y he soñado e intentado rezar- dijo Nophaie -. Instalaremos aquí tu tienda y aquí tu lecho, puesto que deberás dormir al aire libre, salvo cuando llueva… Ven a descansar un poco… Y luego podré presentarte a Maahesenie, mi único pariente vivo. Y verás mi hogan y mi rebaño.

Nophaie la ayudó a descender de la silla - ayuda que ella acogió gustosamente, puesto que se hallaba nuevamente agotada por el, cansancio - y le instaló un cómodo asiento a la, sombra del viejo cedro, donde Marian tuvo a sus pies el hermoso remanso de agua ambarina.
- Agua de nieve; procede de Nothis Ahn, mi Montaña de la Luz - dijo Nophaie.
- Nophaie, lléname la cantimplora - contestó ella -. ¡Oh, cuán sedienta estoy!
Cuando hubo bebido un largo trago de aquella agua pura, tan. fría, que había de ser tomada lentamente, comprendió un significado más del desierto.
Nophaie desensilló los caballos y los dejó en libertad. Un animal peludo y gris se acercó a él saltando. Marian creyó que sería un, loba; pero era un perro.
- Es Taddy, mi pastor. Y es igual al Taddy de mi infancia,… Taddy, ve a saludar a Benow di cleash.
Marian extendió una mano y gritó:
- ¡ Taddy!
El perro avanzó lenta y obedientemente, sin temor ni desconfianza. Pero en sus ojos sin color brillaba una luz inquisitiva, alerta… Era igual a los otros perros que Marian había visto en el puesto comercial. El perro permitió que la fina mano de la mujer le acariciase la cabeza. Marian estaba habituada a los perros, mimados, a los perros aduladores, a los perros envidiosos, todos los cuales eran diferentes a Taddy, como si éste fuera en realidad un lobo. El animal mostró tanta curiosidad por Marian como Marian por él, pero estaba mucho menos dispuesto que ella a la amistad.
Nophaie se acercó para mirar a Marian. En sus ojos había una expresión de dulzura.
- Benow di cleash… ¡Verte aquí ahora!… ¡Y saber que has venido por mí! -exclamó con una emoción que hasta entonces no había manifestado.
- Nophaie, todo es tan bueno para mí como para ti - replicó Marian.
- No es posible - dijo él con grave sonrisa -. Tu alma no está en peligro.
- ¡Nophaie! -exclamó Marian.
Pero Nophaie no ofreció ninguna explicación de aquellas extrañas palabras y, ordenando a Marian que descansase,:se alejó acompañado del perro. Marian quedó a solas. La sombra era fresca, lo que la obligó a cubrirse con el abrigo. El soñoliento zumbido de las, abejas, a de otros insectos, se unía al grave y soñador cántico del arroyo. Los dos sonidos constituyeron una especie de arrullo para Marian y una carga para sus párpados. Marian se durmió. Al despertar, creyó que habría -transcurrido mucho tiempo, ya que se encontró maravillosamente descansada. No pudo volver a dormirse de nuevo. Withers y los indios habían llegado con las mulas de carga y acamparon a cierta distancia. Fue Nophaie quien llevó a Marian un saquito de muletón y el rollo de su lecho. Withers lo siguió, portador de la tienda y un hacha.
- No hay duda de, que se encuentra usted a, gusto - dijo el comerciante -a modo de saludo -. ¿No es hermosa esta región poblada de cedros y de salvia? No conozco ninguna parte del desierto comparable a ésta.
- «Una tierra donde siempre impera la tarde» - añadió Nophaie con la mirada fija en Marian.
- Puedes recordar todas las poesías que te parezca conveniente -dijo ella con languidez -. Me niego a dejarme sorprender nuevamente- por ti.
Los dos hombres instalaron la tienda junto a Marian y extendieron el rollo de lona y las mantas al otro lado.
- Señorita, esta noche verá usted las estrellas y tendrá la nariz pellizcada -observó Withers.
- ¿Pellizcada? ¿Por las estrellas… o por qué? - preguntó ella.
- Por el hielo- respondió Withers. Y luego, con seriedad, continuó-: Me gusta esta tierra. He venido con frecuencia, aunque no por el camino de Pahute. No podría usted soñar que este hermoso terreno da un salto al llegar allí… que se arroja contra el más terrible y accidentado desierto, lleno de rocas, de desfiladeros absolutamente infranqueables.
- Sí, lo sé. He visto el lugar en que eso ocurre-dijo Marian.
- Bueno; voy a hacer un recorrido de alrededor de diez millas en dirección al sur, hasta detrás del aquel saliente de la montaña, para ir a la residencia de un viejo Pahute. Le compro muchas cosas - continuó Withers -, y él también me compra muchas. Es tan rico como granuja. Sala la lana. Muy pocos indios lo hacen en estos tiempos. -¿Sala la lana? ¿Qué significa eso?
- Extiende la lana al sol y la cubre de sal. La sal absorbe humedad del aire y la deposita en la lana, con lo que ésta se hace casi dos veces más pesada.
- Withers, he conseguido convencer a Etenia de que no debe hacerlo más -dijo Nophaie.
- ¡Convencer! ¡Demonios! Me alegro mucho, tanto por Etenia como por mí. Le aprecio. Es un indio inteligente y trabajador. Las mantas de sus mujeres son las mejores que podemos; comprar. Es rico, Nophaie. Yo diría que debe de estar en sociedad contigo para algunos nego- cios de ganadería.
- Sí, quiso que lo estuviéramos - replicó Nophaie -. Pero quería que me casase con su hija; y cuando me negué a hacerlo, se enfadó muchísimo. Dijo que tengo cuerpo de indio y alma de hombre blanco.
- ¡Hum! Eso es, muy grave -comentó Withers lentamente. Y cargándose el hacha al hombro, se alejó hacia su campamento.
- ¿Es grave, Nophaie? - preguntó Marian.
- Creo que sí…, para mí.
- Por qué? ¿Por qué no puedes… no puedes casarte, o ser lo que ese indio piensa que eres?
- Por las dos causas. Mi situación es muy difícil. Mis gentes están orgullosas de que haya renunciado al hombre blanco que en mí había. Pero esperan que sea exactamente igual a ellas. Lo he intentado. Y he, fracasado en muchas ocasiones.
Verdaderamente sugeridoras eran tales palabras, que hicieron que Marian comenzase a entrever el problema que ante ella se erguía.
- Ya he descansado -dijo al mismo tiempo que se levantaba -. Llévame a ver tu hogan y a Maah… ¿cómo dijiste que se llama?
Más allá del arroyo, a un centenar de metros, en un espacio abierto de terreno alto y despejado, se elevaba un montón de tierra roja, de forma parecida a la de las col-menas, del centro de cuyo redondo tejado brotaba una columna de humo azul. Cuando se encontró a corta distancia, Marian vio que la tierra había sido enlucida prietamente sobre una armadura de madera. La abierta puerta daba frente al Este.
Nophaie comenzó a hablar en su lengua india, a decir algo que Marian comprendió que sería ceremonioso e indicativo de la importancia que revestía aquel acto de permitirle la entrada. Un fuego en rescoldos ardía en el centro de la estancia llamada hogan, y el humo semejaba flotar y girar una y otra vez antes, de huir por el orificio abierto en el techo. Este techo era una maravilla de ingenio y de habilidad. Estaba construido de pesados troncos de cedros plantados en el terreno y que formaban el soporte de las muchas ramas gruesas que constituían una especie de red cóncava que soportaba la cobertura de tierra roja. ¡Cuán fuerte y sólida era aquella construcción india.
Junto al fuego se hallaban repartidos por el suelo algunos instrumentos de trabajo, de hierro o de piedra. De uno de los postes pendía un anca de algún animal, y a su pie había un saco de harina y varias cajas y latas que, evidentemente, contenían provisiones de boca. Además, de estos objetos, había en el hagan dos lechos, uno a cada lado del fuego, próximos, a las paredes.
- ¿Cuál es tu lecho? -preguntó Marian.
- Éste - respondió Nophaie.
Y señaló con un gesto una manta india y una piel de cordero cuya parte lanuda miraba hacia el techo. Evidentemente, la primera era el abrigo de Nophaie, y la última, su colchón. Marian pensó en los duros: lechos de los es- partanos. De modo que ¡ allí dormía Nophaie! Marian hizo un esfuerzo con la, mirada y consiguió descubrir un viejo abrigo, una bolsa de piel con botones de plata y un gastado cuchillo de caza. En tal caso, aquéllas eran las posesiones de Nophaie, y aquél su hogan. Repentinamente, los ojos de Marian se llenaron de niebla y de picor. ¿A causa del acre humo de la madera y del pungente olor? Cualquiera que fuese su causa, Marian comprendió que no podría permanecer en aquel interior durante mucho tiempo. Ni pudo, tampoco, articular una sola palabra referente a sus emociones o sus impresiones.
- Duermo con frecuencia al pie del cedro; pero Maahesenie no quiere que lo haga -dijo Nophaie.
- Vamos a ver tu rebaño -contestó, Marian.
Ni ella habló ni habló Nophaie en tanto que recorrían un camino a través de las altas hierbas cuyas espinas, largas, verdosas y purpúreas, les llegaban hasta los hombros. Marian arrancó un delgado tallo y, aplastando las tiernas ramitas, se las llevó a los; labios y la nariz.
¡Qué amargo era su sabor!… ¡Qué parecido a una droga somnífera era el aroma embriagador que desprendía! Marian vio frutos en los cedros y una capa dorada, como de polvo, sobre el follaje. Luego oyó el balido de, los corderos.
Muy pronto salió Marian de la zona de cedros y se encontró en la abierta llanura herbosa; allí vio carneros y cabras y corderos. Si Nophaie poseía solamente un pequeño rebaño, Marian se preguntó a qué llamarían un rebaño grande. Marian calculó que tenía ante sí varios centenares de reses. La mayoría de ellas eran blancas, y muchas eran negras y otras pardas. Los corderos estaban tan blancos como puede estarlo la lana blanca. Y triscaban en torno a la. joven sin demostrar temor de ella. Los balidos;sonaban incesantemente, de un modo que resultaba grato a los oídos de Marian.
Y después vio otro indio, alto y delgado, de espalda curvada y cabello gris. Este hombre iba envuelto en una manta delgada, y se acercó a Marian. ¡Qué reflejo de su vida se marcaba en su rostro! ¡Años y las tormentas del desierto!…
- Maahesenie… Benow di cleash… -dijo Nophaie.
- ¿Cómo está usted? -dijo el indio al mismo tiempo que presentaba a Marian una de sus manos.
Se estrecharon la mano. Marian saludó cordialmente al indio. aun cuando vaciló mucho al verse precisada a pronunciar su nombre.
¿Venir de lejos muchacha blanca? - preguntó él mientras señalaba con el brazo extendido hacia el Este. Su inglés era inteligible.
- Sí, sí; de muy lejos-contestó Marian.
- Silla ser asiento mucho duro… ¿eh? -preguntó el indio guiñando los ojos.
Marian hizo un gesto afirmativo y rió. ¡Qué vista más perspicaz tenían los indios! Maahesenie había observado al verla andar la elocuente demostración de que la silla de montar la había lastimado. Por otra parte, además de la agudeza visual, tenía una agudeza de humor. No había duda de que aquel indio viejo se estaba riendo de ella. Pero cuando se dirigió a Nophaie lo hizo con dignidad y gravedad, y sus ademanes dieron a entender a Marian que hablaba de ella. Cuando hubo terminado de hablar, Nophaie acompañó nuevamente a Marian a su campamento.
- ¿Qué te ha dicho acerca de mí? -preguntó ella con curiosidad.
- No lo comprendí por completo. Mi lengua materna vuelve lentamente a mí. Pero he entendido lo suficiente para que te envanezcas. Me ha dicho: «Ojos de cielo y cabello de sol.» Luego, no sé exactamente qué acerca de tu piel, que le parece un lirio sagú.
- ¡Bendito sea! - exclamó agradablemente sorprendida Marian -. ¿Y qué es un lirio sagú?
- La más hermosa de todas las flores del desierto. Solamente brota en la profundidad de los desfiladeros. Marian volvió a dormir por espacio de dos horas, y cuando despertó se encontró muy aliviada del cansancio y los dolores. La tarde había transcurrido ya y se convertía en una gloria solemne de luz y de paz. Marian escuchó el zumbido de las abejas y el murmullo del agua. ¡Dulce arroyo y coloreadas matas de salvia! La crueldad de la Naturaleza parecía no albergarse en- ellos; pero una atenta inspección dio a conocer a Marian que algunos de los diminutos seres que en ellos vivían se inclinaban hacía la destrucción. ¡Misterio de misterios que seres vivientes hubiesen de hacer víctimas suyas a otros seres vivientes! Si las especies acosaban a las especies, ¿por qué no el hombre al hombre?
«Reconozco-se dijo repentinamente Marian, atemorizada por su pensamiento - que este desierto me produce las ideas más singulares…»
Withers la llamó pronto para la cena. Nophaie se sentó a su lado, y los otros frente a ambos. Todos ellos rindieron el tributo merecido a la extraordinaria comida presentada por el comerciante.
- Bueno- dijo Withers -; siempre he sostenido que debe comerse rápidamente todo cuanto se pueda antes de emprender un viaje duro. Con eso se adquiere fortaleza para terminarlo.
Después de la cena, Nophaie paseó, singularmente pensativo y triste, con Marian. Súbitamente, señaló en dirección a un montículo lejano y cónico, de piedra, que parecía tener un monumento en su cumbre.
- Quiero que subas allí conmigo… esta noche o mañana - dijo.
- Vamos ahora - respondió Marian -. Pero ¿por qué tienes tanto interés en que lo hagamos?
- Quiero que veas desde allí mis Rocas Andantes y… mi Montaña de Luz.
- Nophaie, ¿quieres que suba hasta allí… solamente para que vea que esas cosas son hermosas?-preguntó Marian con el propósito de averiguar los inexpresados pensamientos de Nophaie.
- No. Lo quiero, porque vistas desde aquella altura me producen fortaleza.
- ¡Fortaleza! - repitió ella -. ¿Para qué necesitas esa fortaleza… ahora?
Nophaie pareció estremecerse y vibrar con una extraña convulsión que no era propia de él.
- Para referirte mis angustias.
La sombría expresión y la emoción de Nophaie y la solemnidad de su voz acrecieron los temores de Marian y la prepararon para la catástrofe. Las angustias y los contratiempos de Nophaie eran las angustias y los contratiempos de ella también. ¡Qué singular era su deseo de subir a aquella precisa altura para descargarse de sus preocupaciones! El paseo silencioso de ambos sobre los campos cubiertos de salvia y la lenta subida por un terreno de piedra desnuda y lisa dieron a Marian tiempo para fortalecerse contra el desastre de sus esperanzas. Y, al mismo tiempo, durante el recorrido, la joven previó que desde la cumbre habría de observar un espectáculo extraordinario. La subida se hizo más pendiente y más penosa. Vista desde el campamento, no parecía tan empinada como lo era. Los dos jóvenes ascendieron por el lado oriental de la elevación, dando rodeos y haciendo zigzags y descansando con frecuencia. Cerca de la cumbre había una depresión, la parte superior de la cual terminaba en una punta de piedra que soportaba e monumento. Aquella pirámide de rocas tenía más de diez pies de altura, y, aun cuando fuera:muy tosca, tenía cierto aspecto de simetría y dignidad. Sin duda, era algo más que un mojón para los indios caminantes.
- ¿Quién lo construyó? -preguntó Marian.
- Los hombres de mi tribu.
- ¿Qué representa?
- Indica un lugar para la oración. Los indios suben aquí para orar. Jamás lo hacen no siendo en el caso de que tengan algo que implorar.
- ¿Compone cada indio sus propias plegarias?
- No. Tenemos muchas plegarias¡: las de nuestros antecesores.
- ¿Has orado tú aquí?-preguntó Marian en voz baja.
- Muchas veces -contestó Nophaie.
- ¿Vas a orar… ahora?
- Sí. Voy a orar a mis Rocas Andantes, a la Montaña de Luz, al Viento! Azul.
- ¿Me permitirás oír tus plegarias?
- Ciertamente. Quiero que las oigas.
Y, después de estas palabras, Nophaie tomó nuevamente a Marian de la mano y la ayudó a subir los pocos pasos que faltaban para llegar a la cumbre de aquella montaña de piedra.
- Mira, Benow di cleash - dijo Nophaie.
Marian hizo lo que se le ordenaba y quedó repentinamente muda y emocionada, tan inmóvil como el monumento en que: apoyaba reverentemente una mano. Y cuando lo miró, Nophaio comenzó a entonar su plegaria:

- Hermosas Rocas Andantes, en parte rojas y blancas por la luz de los cielos,
¡la luz maravillosa!, he aquí lo que os digo:
Esta plegaria es para vosotras. Haced que estén bien mis pies, haced que esté bien mi cuerpo, haced que esté bien mi rostro, haced que mi alma esté bien. Haced que me levante de mi lecho, permitidme caminar rectamente, permitidme que no tenga fiebre, haced que todo esté bien ante mí,
haced que todo lo que vea esté bien, haced que crea que todo está bien ahora…


Marian escuchó y miró; y experimentó la impresión de que por siempre estaría vivo en su memoria el esplendor y el extraño fenómeno de la vida aparente de aquella tierra fantástica de las Rocas Andantes.
Bajo Marian, una meseta en que brotaban los cedros y que estaba verde y gris por efecto de la salvia, se dirigía hacia el este, hacia unas elevaciones rocosas aisladas y excepcionales por su colocación, que parecían unos animales grandes y prehistóricos. Separadas unas de otras, se extendían sobre la verde llanura, redondas, enormes, desnudas, y semejaban marchar hacia delante, adelantarse, impelidas de una vida mística y fuerte y mayestática. ¡Las Rocas Andantes! Eran la vanguardia del ejército de tierra estéril, vastas masas de roca hendidas que se elevaban y extendían del norte al sur, avanzaban hasta muy lejos guiadas por las difusas pendientes y la inmensa hinchazón de las montañas.

- Benow di cleash, el escultor que labró estas Rocas Andantes es el viento - dijo Nophaie -. ¿Escuchan nuestra plegaria?

»Viento azul, jefe hermoso:
envía un arco iris y permíteme caminar sobre él.
Nubes azules, nubes azules, permitidme caminar con vuestros zapatos;
nubes azules, permitidme caminar con vuestras piernas; nubes azules, permitidme ¡caminar pon vuestra camisa; nubes azules, permitidme caminar con vuestro sombrero; nubes azules, haced que la oscuridad nazca detrás de mí; viento azul, haz que todo sea claro ante mí;
tierra, mujer, haz que llueva mucho para mí; que llueva para que el maíz madure. Haced que la paz impere sobre mí.


Después, Nophaie dijo a Marian que se sentase y se apoyase en él, junto al monumento.
- Veremos como se pone el sol sobre el desierta - añadió-. Crepúsculo… el cumplimiento la gloria, el fin del día indio… Las gentes blancas no se levantan para ver el nacimiento de la luz ni se cuidan de ver el sol naciente. Mas para los indios tales horas representan las de los ritos.
En dirección al Oeste, donde Nophaie condujo la mi-rada de Marian, las rocas se dibujaban en silueta como una magnífica manifestación del arte escultórica de la Naturaleza. Las sombras de púrpura comenzaban a definir los desfiladeros y desatacaban más los oteros de roca roja. Bajo la espesa neblina del crepúsculo se erguían mayestáticas elevaciones, lisas y oscuras, que sombreaban el mundo de las Rocas Andantes y cinceladas. Más lejos, tras el] centro resplandeciente del Oeste, comenzaba la dentada y negra elevación de la Montaña de Luz de Nophaie. La nieve pura y los pinos solitarios la coronaban.
El espectáculo cambiaba a cada momento, y sobre las extensas tierras se tendía una borrachera de luz v color. Las sombras purpúreas se tornaban negras. Las amarillas y rojas se hacían menos intensas. Los rayos oblicuos del sol caían a través de las aberturas de las nubes. La emoción de Marian aumentaba con la creciente transformación. Ante sus ojos se desarrollaba una cintura de desnuda tierra de doscientas millas de longitud y ciento de anchu- ra que se curvaba desde el Este al Oeste. No había vista humana que pudiera aprisionar su amplitud ni su significado. Los ojos de las águilas o de los cóndores, los más delicados y potentes de todos los órganos de visión, no podían abarcar tanta grandeza. Nada se movía. Solamente se percibía la ilusión de movimiento al mirar las Rocas Andantes. Ningún sonido llegaba. Nada, no siendo la desnudez de la tierra, se percibía. El espectáculo estaba más allá de la comprensión de la inteligencia humana, era exaltador para el alma. ¡Un mundo de rocas, de salvio y de cedros para los indios! Marian gritó silenciosamente con el corazón para pedir piedad para los indios, que deberían ser alejados de aquel mundo tan solemne, tan quieto, tan horroroso, y que, sin embargo, constituía un refugio y un punto de vida.
Las oscuras murallas de granito adquirieron un tono rojo pardo; las Rocas Andantes avanzaban como mamuts, con lo que ofrecían una mística evidencia del pasa de los siglas. La distancia se percibía más perfectamente al levantarse el velo de la neblina que surgía de los desfiladeros en sombra, al ser heridos. por los últimos rayos del sol. Parecía que una roca gigantesca y cincelada con un millón de facetas recogía la muriente gloria del crepúsculo, la reflejaba y rechazaba hacia las nubes la maravilla de luz. Las sombras se alargaban, ensanchaban y profundizaban. El sentido del color y de las proporciones de Marian se amplió o empequeñeció; no pudo saberlo exactamente. Millares de colinas de roca, que miraban de frente al sol, descendían para salir a recibirlo.
El aire:se hizo fresco. Muy lejos, más allá de la roca hendida, una coloración gris borró el horizonte. Los espléndidos mojanes semejaron retirarse, retroceder, morir con el crepúsculo. Cada momento era un poco más solemne que el precedente. No era aquél un, lugar destinado al hombre blanco. Pero, ¡cuán hermoso! La gran luz se desvanecía. La extraña sombra gris se extendía sobre la mayor parte de la zona poblada de rocas; solamente en el Oeste caían los rayos últimos y brillantes del sol sobre las Rocas Andantes. Nuevamente habían surgido estos rayos oblicuos a través de las aberturas de las nubes, se habían hecho aún más gloriosos y fuertes, e iluminaban las cumbres cubiertas de nieve. Luego, todo aquel occidente lejano, lo mismo que anteriormente el Norte, empalideció y se oscureció. Una masa negra se tendía en dirección al crepúsculo. Unos rayos rojizos y bajos cayeron repentinamente sobre la vanguardia de las Rocas Andantes. Pero aquella radiante belleza fue efímera. El rojo globo de fuego tocó la escarpa de Nothis Ahn, y el vacío se pobló de una rosada neblina. La montaña de Nophaie pareció más oscura y al mismo tiempo más clara ante el azul acerado del cielo. Toda la parte alta de la tierra y su sombra parecieron bañadas de una luz etérea. ¡Extraño cambio! ¡Cuánto frío! El sol se hundía. El desierto se oscureció aún más. Solamente quedaba un disco del sol, todavía potente, todavía dueño del día. Se hundía más y más profundamente… El día había terminado casi por completo. ¡Qué rosados estaban los extremos de las agujas de roca! Después, el radiante disco de fuego se desvaneció. Un dorado resplandor que se señalaba en las nubes marcaba el lugar en que el sol se había hundido. La tierra de piedra desnuda pareció recoger fuerza, elevarse, surgir fría y clara, llegar hasta la envolvente oscuridad. y Marian se volvió hacia Nophaie y dijo:
- Lo he visto. Mis sentimientos son los tuyos… Ahora dime tus cuitas.
Nophaie se enderezó, la levantó consigo y se inclinó ante ella. Tenía una expresión que Marian no había conocido jamás. El misterio y el dolor, el tiempo y la fortaleza se marcaban en aquellas, facciones, bronceadas; y sus ojos parecían terribles. Marian pensó que estaba viendo en aquel instante el alma de un indio.
- ¡Soy un infiel! - dijo roncamente Nophaie.
El sobrecogimiento de intensa sorpresa que experimentó Marian precedió a su grito.
- No lo sabía cuando vine a estos terrenos destinados a los indios -continuó Nophaie arrastrado por la ira-. He intentado volver a la religión de mi pueblo. He orado…, he intentado creer. Pero no puedo… ¡Soy infiel! No puedo creer en el Dios: de los indios… y no quiero creer en el de los hombres blancos.
- ¡Oh Nophaie! -exclamó Marian súbitamente libre de la sorpresa. y cautiva de la consternación y el horror -. Tu fe… volverá a ti…
- ¡Nunca! Mis enseñanzas blancas la han matado. La religión del indio es la mejor para él. Ese Morgan mata la sencilla fe de los indios en su propio Dios…, los hace infieles… Luego, intenta convertirlos a su religión. No es posible conseguirlo. No hay ni un solo indio que sea un verdadero cristiano en todos estos terrenos.
- ¡Oh, es terrible! -replicó Marian-. Pero tú, Nophaie… Estoy consternada… ¿Quieres decir que no crees en una vida futura?
- Los infieles no tienen fe.
- Pero tú recobrarás la tuya. Es. preciso. Yo te ayudaré a conseguirlo. Seguramente tu religión es tan buena como la mía. Nadie comprende con más fuerza que yo la necesidad de tener fe en Dios: y en la inmortalidad. ¿Qué sería la vida sin ella?… Nophaie, es preciso que luchemos y oremos par tu fe y tu Dios.
- ¿No puedes comprenderlo, Marian? - preguntó Nophaie con patética vehemencia-. El conocimiento que las gentes blancas me han impuesto…, mi inteligencia desarrollada…, todo eso conjuntamente hace imposible que crea en la religión de los indios.
-¡Imposible! -repitió Marian.

Un silencioso e impresionante extender de las manos, signo de impotencia y desaliento, fijó en la imaginación de Marian la inmutabilidad de la catástrofe espiritual de Nophaie. Y su certeza le traspasó el corazón. La lástima que por él sentía fue sustituida por el resentimiento y el odio contra los blancos que habían destrozado el alma del indio. El alma de Nophaie tenía tanto derecho a recoger su legado de creencias e ideales y fe como la de cualquier hombre blanco. Marian no podía desear que se forzase a Nophaie a aceptar los ideales de los blancos. Si ella estuviera en su lugar, se negaría a hacerlo. Pero, ¿cómo podría auxiliarlo?
- Descendamos antes de que termine de caer la noche -dijo Nophaie mientras la cogía de una mano.
Marian comenzó a descender con cuidadosos pasos por la pendiente de piedra resbaladiza, lo que resultaba muy difícil entre la creciente oscuridad. Una melancolía infinita impregnaba el desierto, silencioso y gris. Una hoguera ardía brillantemente entre las sombras de los cedros.
- Nophaie, escucha mi proyecto de trabajo entre tus gentes -dijo Marian. Y le refirió brevemente la entrevista que había sostenido con la señora Withers. Nophaie no solamente expresó su aprobación, sino, además, su gratitud, y se mostró deseoso de conseguir para ella un puesto en la escuela de Mesa.
- Puedes hacer mucho bien -dijo- Las jóvenes indias se encariñarán conmigo. Y tan pronto como puedas hablar su lengua, te será fácil encauzarlas en dirección opuesta al mal. Son seres primitivos. Hay una muchacha india de quien debes cuidarte. Es, Gekin Yashi, la Pequeña Belleza. Tiene catorce años y está muy desarrollada para su edad. Conozco a su padre, Do Etin, el Caballero. Es un viejo india bueno. Le agrada que haya escuela y le gustan los buenos misioneros, pero odia a Morgan, que parece ser quien gobierna en Mesa. Morgan se interesa excesivamente por Gekin Yashi.
- ¡Ah!… Nophaie, comienzo a comprender un poco el problema indio.
- Muy bien. Ahora, dime: ¿querrás permanecer aquí durante cierto tiempo? ¿Querrías quedarte durante una temporada para que podamos charlar y pasear?
- Sí. Me quedaré dos días. Withers no puede disponer de más.tiempo… ¿Cabalgar?… Correré contigo por esos campos. Después, volveré a Kaidab… y después a Mesa, donde daré principio a mi trabajo… en beneficio tuyo. Nophaie: ¿Irás alguna vez a Mesa?
- Sí. Iré todas las semanas. Pero será preciso que nos encontremos en secreto… en alguna parte del desierto… por tu bien. El agente, Blucher, solamente me ha visto dos veces; pero me tomó una antipatía instantánea tan pronto como supo que soy un indio de inteligencia cultivada. Ese hombre es malo, Marian. Blucher y Morgan dirigen la escuela y nuestros terrenos, no en favor del Gobierno o de los indios, sino de sí mismos. Consiguen eliminar influencias mejores que las suyas, dominan a los empleados del Gobierno y se libran de los buenos misioneros o ponen obstáculos a su labor. Muy pronto comprobarás que todo esto es cierto.
- En ese caso, irás todas las semanas- comentó. Marian alegremente-. ¡Oh, cuánto me agradará! Y, crees que debemos reunirnos secretamente? No me avergüenzo, Nophaie…, sino que estoy orgullosa… de nuestra amistad.
- Morgan y Blucher no deben saber que nos reunimos -declaró Nophaie-. No podrías permanecer allí ni un solo momento después de que lo averiguasen. Iré a Kaidab dentro de diez días para que la señora Withers me informe de lo que hayan hecho en Mesa. Luego te escribiré para indicarte cuándo iré a verte.
- Y ¿me indicarás dónde y cómo nos encontraremos? Tendré mi caballito blanco y podré internarme en el desierto.
- Sí - respondió él. sencillamente.
Cuando hubo comprendido esta importante cuestión, Marian experimentó una vez más un calor y una excitación que se difundían por sus venas, una resurrección de aquella felicidad que había sido repentinamente ahogada por las revelaciones de Nophaie. ¿Podría verlo con frecuencia? Esta seguridad era como el santo y seña de su alegría… La inspiración para su trabajo. ¿No aclararían su fe en él y su amor por él los días oscuros de su martirio? Pues no de otro modo consideraba Marian su vida.
La noche se sentó en el desierto, fría y tranquila, con una negrura de sombra que se extendía sobre todos los cedros y todas las matas. El cielo aterciopelado refulgía con sus miríadas de estrellas. Marian caminó junto a Nophaie, con las manos unidas a las de él, a través del terreno cubierto de salvia, en dirección al punto en que se agitaba la llama de la hoguera. Un coyote rasgó el silencio con su agudo grito. Marian percibió algo más que la ple- nitud de su propio corazón. La salvia, las rocas, el arroyo murmurador, la noche del desierto, todo parecía hallarse dotado de una fuerza espiritual, de un alma respirante.

VIII

Las lluvias llegaron tarde aquel verano…, exactamente en el momento preciso para salvar las tierras altas de la severidad de la sequía. Las gentes del pueblo de Nophaie atribuían la llegada de las negras nubes de tormenta y las cortinas de agua que cayeron, y la presencia del arco iris que se curva sobre el desierto a la influencia de sus ritos danzantes: Pero Nophaie no podía creerlo.
En las alturas, al pie del adusto ceño de Nothis Ahn, las lluvias eran frías, aun en el mes de agosto. En ocasiones caía cellisca, que tamborileaba en las altas hierbas, emblanquecía las rocas planas y las zonas de tierra roja y se condensaba y cuajaba en los vellosos lomos de las reses. Maahenesie, que cuidaba del rebaño durante las frecuentes ausencias de Nophaie, se expuso a las frías lluvias, y como quiera que era indio, no buscó protección contra ellas. La lluvia era buena, aun cuando fuese fría. Y cuando Nophaie regresó de Kaidab, halló a su único pariente agravado de una enfermedad que se había desarrollado con el transcurso de los años.
El cuidarse del rebaño bajo la lluvia y el dormir con las ropas húmedas empeoró el estado reumático de Maahenesie. Nophaie temió haber llegado demasiado tarde. Relevado de sus obligaciones, Maahenesie guardó cama en el hogan. Estaba muy enfermo. Las noches eran frías en aquellas alturas, y en el interior de la vivienda no había, ni siquiera durante el día, el calor necesario para un hombre en grave estado. Nophaie formó un lecho caliente y cómodo de pieles de cordero y mantas; pero su pariente enfermo no quiso ocuparlo. Solamente deseaba la cama que siempre había sido suya. Nophaie le llevó mantas de Kaidab. Y el primer indio de Pahute que pasó por el hogan se llevó las mantas a cambio de tabaco. Nophaie quiso instruir a su reacio y enfermo pariente.
- Maahenesie,. tienes lo que las. médicos de los hombres blancos llaman reuma. Es una dolencia de la- sangre que afecta a las articulaciones y los músculos y que tiene por origen la: exposición al frío y la humedad. Es preciso que estés caliente y seco.
Maahenesie miró -a Nophaie como a un joven que hablaba de cosas que él no podía comprender. -Maahenesie es víctima del! Espíritu Maligno -replicó el indio-. Maahenesie ha tenido malos pensamientos. Un remolino que marchaba de derecha a izquierda, que es el camino malo, alcanzó a Maahenesie cuando no sabía la oración que debía decir. Y ese remolino hizo que el cuerpo de Maahenesie se retorciese. Maahenesie debe tener una medicina que le cure. Maahenesie debe- fumar la medicina en una pipa de azabache que el hechicero lleva en su saco de remedios.
Por esta causa, Nophaie se vio obligado a dirigirse a través de las tierras altas en busca de un hechicero de la tribu. El viejo indio acompañó a Nophaie, mas no fraternizó con él. Era evidente que el hechicero habría preferido hallarse a solas en el hogan, junto a Maahenesie, para administrarle sus remedios. El viejo entregó al enfermo la pipa de azabache y, cuando este acostumbrado requisito fue cumplido, sacó cierta sal de su saco de remedios, la humedeció en la boca y la mezcló con las cenizas de la pipa. Después, procedió a frotar con esta mezcla a Maahenesie y a darle masaje en tanto que entonaba lo que Nophaie reconoció como el Canto del Viento. Nophaie se alegró al ver el! masaje, que le recordó el modo como los enfermeros del equipo de rugby sabían administrárselos. Sabía bien cuán conveniente es para los músculos doloridos.
El siguiente tratamiento del hechicero consistió en procurarse unas rocas planas y en verter sobre ellas tierras de diversos colores que portaba en un saco de remedios. Era un artista extraordinario. Aquellos montones de tierras adquirieron muy pronto forma de figuras simétricas, sobre las cuales murmuró el ensalmador unas encantaciones fantásticas e impresionantes. Cuando lo hubo hecho, quitó la tierra de las rocas, recogió sus bártulos profesionales, salió del hogan y se marchó.
Nophaie no se sorprendió al ver que Maahenesie se encontraba muy mejorado a la mañana siguiente. Tanto, que pudo levantarse. Si hubiera sido. un joven, en lugar de un viejo, es muy probable que la mejoría habría sido mas permanente. Pero era viejo y estaba consumido, y no había posibilidad de que solamente con la fe se restableciese de su dolencia. Al día siguiente se vio de nuevo acometido de fiebre y dolores. Renunció, entonces, a los medios curativos, y esperó con silencioso estoicismo que llegase el fin. Nophaie dividió su tiempo entre los cuidados de Maahenesie y los del rebaño.
Un día, cerca de un mes más tarde del día en que Maahenesie cayó enfermo, un hombre llegó al hagan con una carta destinada a Nophaie. El indio había hecho el recorrido desde Kaidab en diez horas. Nophaie tomó la carta, que estaba escrita a máquina y no llevaba dirección ni firma. Sin embargo, solamente con mirarla pareció conocer de quién procedía y que era importante. Después de recompensar al correo indio y de indicarle que le esperase, Nophaie se dirigió hacia la soledad reinante al pie de su cedro preferible y desplegó la carta.
«He ido tres veces a nuestro lugar de cita, una vez cada semana y en los días acordados, y me he desilusionado, disgustado y afligido por tu ausencia.
»He hallado a Withers hoy en su establecimiento, y me ha dicha que Maahenesie está moribundo. Me he entristecido mucho, y al mismo tiempo me he encontrado un poco consolada, porque sé que son sus cuidados la causa de tu ausencia. Withers me dijo que esperaría hasta que te hubiera escrito esta carta y que la llevaría a Kaidab, donde la entregaría a un mensajero especial. Es muy atento y muy bueno. Podemos tener plena confianza en él desde todos los puntos de vista. De este modo, puedo escribirte en la oficina del comerciante fingiendo, que esta carta es para la señora Withers. Créeme, las precauciones son imprescindibles. Ya estoy profundamente envuelta en los manejos subterráneos que se realizan en este horroroso lugar.
»No me envíes; más cartas por medio del correo. Cuando no puedas venir a verme-y yo saldré a esperarte todas las semanas; el día convenido-, no me envíes mensajes, no siendo al cuidado de Withers. No sería seguro. Mis cartas al Este han sido abiertas. No dudo que las que he escrito a mi familia y amistades han sido abiertas también. Algunas de ellas no han llegado a su poder. Al principio lo atribuí a la curiosidad y a la envidia de algunos de los entrometidos vagos; de la localidad o del empleado de la. oficina de correos, que me ha hecho objeto de atenciones que me he negado a aceptar. Pero ahora sé que es solamente un instrumento de Blucher. Ninguna carta de importancia enviada desde el Este a un agente del Gobierno o misionero llegará jamás a manos del destinatario, no siendo que contenga algo favorable para Blucher o Morgan. Lo sospechaba, y afortunadamente nada he escrito a mi casa que no esté relacionado conmigo personalmente.
»Hace dos semanas, Blucher me pidió que realizase trabajo de oficina para él por espacio de diversas horas diarias después de mi labor acostumbrada en la escuela. Supuse que sería conveniente acceder a su petición, pero insistí en reservarme una tarde entera para mí sola, tarde que, -naturalmente, es la destinada a reunirme contigo. Aparentemente, Blucher no sospecha de mí. Me llamó muñeca pelirroja y se rió del consejo de Morgan: que, me vigilase. Respondió que yo solamente me cuidaba de, mi trabajo y no frecuentaba la amistad de los hombres ni murmuraba con las mujeres. Luego expuse mi opinión sobre Friel. Supongo que recordarás la repugnancia que me inspiró este Friel. En cuanto a Morgan, todos los indios lo odian. No creerían ni siquiera una sola de las palabras que pueda predicar ni en, cien años. ¿Cómo es posible que un hombre crea que puede engañar a los indios, estafarlos cuando media el dinero, arrebatarles su agua y sus tierras; y esperar convertirlos a su religión?
»Este trabajo en la oficina de Blucher constituye una rica fuente de información para mí. Veo, oigo y leo mucho más de lo que mí misión requiere. Y creo que está justificado que lo haga. Me hallo aquí en beneficio tuyo. Blucher es alemán. Está profundamente interesado por la guerra de Europa. Odia a Inglaterra y odia a los Estados Unidos. Sé bien cómo puedo aprovecharle en mi favor. Pero Morgan, sospecha de todo el mundo. Verdaderamente, es quien gobierna aquí. Frecuentemente se vanagloria de haber «pasado la apisonadora» sobre las antiguas autoridades y superintendentes de la zona reservada a los indios. He comenzado a saber los medios de que se vale para poseer la fuerza necesaria para hacerlo. Cuando llega algún nuevo empleado del Gobierno o algún misionero, Morgan comienza sin perder un segundo a desarrollar la táctica que le es peculiar. A fuerza de mentiras y persuasiones, intenta atraerse al recién; llegado, y si lo consigue, como sucede generalmente, procede a tender una celada en que atrapar a la persona interesada. Es un amaño, una trampa, como sabes bien, instigada por él y llevada a cabo por sus paniaguados. Si fracasa, entonces concibe un odio violento contra el «intruso» y comienza nuevamente a poner en práctica las maquinaciones destinadas, a deshacerse de la persona molesta. Verdaderamente, tiene algo que puede utilizar contra Blucher. No sería difícil para una persona inteligente hallarlo. Por ejemplo: el mestizo Noki Indio es el intérprete de Blucher. Blucher le paga por sus servicios veinte dólares mensuales, cuando le paga… El "sino Sam me lo ha dicho. Y en los documentos oficiales he visto la cantidad que el Gobierna destina al pago de un intérprete. Pero Morgan sabe acerca de Blucher algo más importante y más grave que esa pequeña cues- tión de que roba. dinero al Tío Sam.
»Todo lo anterior me, lleva rectamente al objeto de esta carta. El emisario más importante de Morgan es miss Herron, la matrona de las mujeres indias. He conseguido granjearme el afecto y la confianza de Gekin Yashi. No es solamente tan hermosa como su nombre indica, puesto que, además, es muy buena y muy simpática. He hablado con ella y, aun cuando de un modo tímido y temeroso, me ha referido sus cuitas. La señorita Herron la odia. Y mi interés por Gekin Yashi me ha valido la enemistad de dicha señorita Herron.
»He aquí cómo se presenta la situación en lo relacionado con Gekin Yashi: Morgan habla a la joven de religión; y habla a los profesores de la inteligencia de Gekin Yashi y de que espera muy, pronto poder convertirla a su religión. Pero opino que Morgan se interesa por algo más que por conseguir que la muchacha abrace la religión de él.
»Do Etin, el padre de Gekin Yashi, no quiere permitir a su hija que vaya a la casa de Morgan ni a la capilla. No hay ninguna disposición que pueda forzarle a permitirlo, y tanto Morgan como Blucher están enojados contra Do Etin. Morgan ha persuadido a Blucher a lanzar una disposición por la que se obliga a las jóvenes indias a ir a la capilla para oír las predicaciones de Morgan. Esta disposición, según tengo entendido, comenzará a ponerse en vigor muy pronto. Temo que ocasione disturbios entre los indios.
»Pero la disposición se pondrá en vigor y Morgan se saldrá con la suya. Gekin Yashi teme de tal modo a Morgan, que tiembla horrorosamente cuando oye hablar de él. El único medio que creo que podría aplicarse para salvar a Gekin Yashi sería substraerla de la escuela y esconderla en uno de esos accidentados desfiladeros de la región hasta que Morgan se olvide de ella. Y esto serviría para salvar a Gekin Yashi, pero no para salvar a la próxima muchacha india que tenga la desgracia de caer en un situación parecida. Comprenderás, naturalmente, que incurrirías en ciertos riesgos intentando poner en práctica este proyecto.
¡Riesgo de tu vida! Riesgo no solamente de ser encarcelado, sino para tu vida. Es posible que mi proyecto sea disparatado, puesto que tengo seguridad de que los indios que se hallan al servicio de Morgan podrían descubrir el sitio en que escondieses a Gekin Yashi, cualquiera que fuese. Pero no he podido hallar otro mejor que el indicado.
»Esta carta es muy larga, amigo mío, y Withers está esperando a que termine de, escribirla. Te seguiré enviando mensajes hasta el momento en que me sea posible verte, lo que espero y deseo que suceda pronto.»
Nophaie meditó largamente después de haber leído esta carta, y la releyó varias veces:; el efecto que le produjo fue el de convertirle en un hombre más sombrío y más meditativo. El proyecto sugerido por Marian había sido concebido por él también, y al conocer las, revelaciones de la joven del Este decidió correr el riesgo de arrebatar a Gekin Yashi de la escuela. Se hallaba atado al lecho de su moribundo pariente, y parecía poseer buenas razones para desear ir presurosamente a Mesa… Pero no podía hacerse. Maahenesie estaba más próximo a él, era más importante para él que Gekin Yashi.
Nophaie esperó con el corazón lleno de angustia; y en tanto que cuidaba de su rebaño, discurría medios para salvar a Gekin Yashi y esconderla en lugar seguro. Sería muy fácil ocultarla de los hombres blancos, pero muy difícil de los indios. No obstante, debía intentarlo.
Maahenesie murió una noche mientras Nophaie dormía. Aun cuando lo esperaba, la realidad agitó profundamente al joven. La naturaleza india de Nophaie se manifestaba más agudamente cuando se hallaba en presencia de la muerte. Todas las gentes de su raza temían a los muertos. Y de aquella máscara fría y bronceada había huido el espíritu. ¿Dónde habría ido? ¿Dónde estaría? El misterio de la muerte era tan grande como el misterio de la vida. ¿No eran las extrañas creencias de los indios tan aceptables como las de los hombres blancos? Pero allá, en aquellos momentos solemnes y emocionantes, lo mismo que en todas las horas pasadas, Nophaie se sintió muy lejos del alma de aquel indio muerto.
Sin embargo, prestó atención y obediencia estrictas a los acostumbrados ceremoniales mortuorios de la tribu. Los indios de su propia tribu fueron a ver al muerto, Maahenesie, mas dejaron a Nophaie el cuidado de enterrarlo. Los Pahutes que pasaron por las proximidades durante aquel día se detuvieron para expresar su condolencia, y luego se alejaron. Nophaie observó que los Nopahs no tenían prisa por enterrar a sus muertos. Aplazaban la ceremonia cuanto les era posible. Sus funerales duraban cuatro días, durante los cuales -no podían comer hasta que todo había concluido.
Nophaie había asistido a los funerales de diversos miembros de su tribu y sabía lo que debía hacer; pero no pudo recordar fa mayoría de los cánticos y las plegarias.
Lo primero que hizo fue vestir a Maahenesie con sus mejores ropas y ponerle los mocasines y los adornos de plata. Luego se entregó a la difícil tarea de cavar una tumba sin más herramientas que un hacha y varias ramas de cedro afiladas. Trabajo durante todo el día para conseguirlo, durante el cual mantuvo a su rebaño cerca del alcance de la vista.
Al día siguiente, de acuerdo con las costumbres de la tribu, abrió un hueco en un costado del hagan. El cuerpo del difunto Maahenesie no debía ser pasado a:través del hueco de la puerta. Y debía ser llevado en línea perfectamente recta hasta la tumba. Nophaie empleó mucho tiempo en calcular tal recta con la: mayor exactitud, hasta que creyó haberla encontrado de modo que ningún indio podría hallar defectos en ella. Luego envolvió a Maahenesie en la mejor de sus mantas, lo sacó del bogan y lo depositó en la sepultura. Su inmediata tarea consistió en cubrir el cadáver y rellenar el hueco con tierra hasta igualar el nivel del terreno. A continuación hubo de romper la silla de Maahenesie y depositarla sobre la tumba. Del mismo modo, su marmita debía ser rota y colocada encima de la sepultura. Esta rotura se realizaba con el fin de librar de los espíritus a tales utensilios, para que pudieran acompañar a Maahenesie hasta el Terreno de la Caza Feliz, situado en las entrañas de la tierra. Siguiendo las ceremonias establecidas, Nophaie se dirigió hacia la maleza, con el fin de recoger los caballos de Maahenesie, tres: de los cuales debían ser sacrificados. Aun cuando Nophaie deseaba ajustarse a los rituales indios, tuvo que luchar contra sí mismo para poder hacerlo. Maahenesie no tenía muchos caballos, y Nophaie solamente pudo hallar tres de ellos. Los tres eran jóvenes y hermosos y estaban llenos de la alegría de la vida. i Qué lástima era el sacrificarlos! ¿Por que habría de matárselas? La labor más dura a que Nophaie se había entregado desde su llegada a la región india fue la de conducir los tres caballos junto a la tumba de Maahenesie y matarlos. Uno de ellos debía ser embridado, con el fin de que Maahenesie pudiera cogerlo fácilmente en el otro mundo.
Cuando llegó el crepúsculo de aquel día, el trabajo de Nophaie había concluido. Solamente le quedaba por realizar la destrucción del hogan. Nophaie repudió esta antigua costumbre de la tribu; pero no entró en, el hogan. Nunca más volvería a hacerlo. Erigió un cobijo de ramas bajo el cedro en que Marian había dormido, y la noche lo encontró completamente solo, no siendo por la compañía que le prestaba Taddy, el perro pastor, y el rebaño. Nophaie permaneció despierto hasta altas horas de la noche. Era el último ser de su familia, y jamás tendría un hijo. La carga de su vida le oprimió con dureza. El gran espíritu respirante de la naturaleza que lo rodeaba era tan real para él como cualquiera de los espíritus que los indios adoraban. Estaba en él la fuerza misteriosa de la vida… y también lo eterno…, lo infinito. La: vida continuaba desenvolviéndose. El alma abandonaba el cuerpo. ¿Perecería o continuaría viviendo en otro estado? Como indio, Nophaie no podía contestar a esta interrogación. Solamente podía contestarla como ateo. Y ésta era la maldición de su tragedia, la hez amarga de su copa que debía vaciar. Pues, desde su arribo al desierto, su alma india v su inteligencia de blanco se habían fundido en una cosa hermosa, solamente en una: el: amor a la Naturaleza, a toda la Naturaleza. Las hierbas y las montañas; las resplandecientes rocas y los desfiladeros sombríos; los cedros y los abetos; los anchos rostros de las flores del! desier- to… Toda esto era una parte de su propio ser. Percibía una fuerza espiritual que anidaba en las rocas y se gozaba en el enérgico vuelo del águila de alas curvadas. Su naturaleza india le hacía extraordinariamente vulnerable a todas las percepciones sensoriales; pero no le era posible pensar al modo de las indios.
Al amanecer de fa mañana siguiente, Nophaie se hundió entre la maleza para emprender el camino que conducía a Mesa.
Al llegar a pocas millas de la vertiente oriental de la montaña de Nothsis Ahn, abandonó el sendero para visitar un campo Pahute donde contrató a un muchacho para que cuidara de rebaño durante su ausencia. Los Pahutes se alegraron de ver a Nophaie y le dieran la bienvenida. Eran ricos en caballos y carneros; tenían pocas necesidades; vivían felices y en paz en la soledad de su desierto patrio. Jamás veían un hombre blanco, no siendo en algunos de los infrecuentes viajes que hacían al puesto comercial. Nophaie estaba convencido de que en sus vidas había una gran belleza. Si alguno de los ancianos de la tribu había entrevisto el porvenir y el triste destino de los indios, no lo daba a entender. Pero Nophaie lo había visto, y continuó su camino triste y meditativamente, pensando que desearía ser feliz como ellos lo eran y bastarse a sí mismo del mismo modo que aquellos sencillos indios.
Su camino cruzaba los terrenos del próspero jefe Nopah, a quien Withers, había acusado de salar 1a lana. Etenia, el Rico, tuvo palabras de simpatía para Nophaie, por la pérdida de su pariente y olvidó sus motivos de discordia. Nophaie no se entretuvo durante mucho tiempo. Vio nuevamente los signos de la riqueza de Etenia, el hogan de piedra y grandes proporciones; los encerraderos, los campos cultivados, los millares de, reses y las manadas, de caballos, el agua en abundancia, y, en tomo a los anchos terrenos cercados de blancos cedros, los hoganes de su pueblo. Etenia poseía cuanto un indio pudiera desear. No obstante, por lo único que Nophaie lo envidiaba era por la sencilla fe que había heredado de sus antepasados.
Nophaie recorrió al trote de su caballo el caminó a través de la espesura. El frío le azotaba el rostro, y ante su mirada se abrió la extensión purpúrea y dotada del verdor de los árboles. ¡Cuán inconmensurablemente lejos se sentía do las, gentes que allí moraban! Cada día que transcurría le aportaba nuevas prueban de ello. Cuando hablaba con los indios, utilizaba su lengua; pero cuando pensaba, expresaba sus ideas por medio de palabras inglesas. Había luchado durante mucho tiempo por evitarlo, pero era una tarea imposible de realizar. Cualquier pensamiento expresado en lentas palabras indias era inteligible para él, hasta natural; pero jamás contenía el mismo significado que los que se expresaban con el, lenguaje de los hombres blancos. Y ésta era la tragedia de Nophaie: poseía los instintos, las! emociones, el alma de los indios, pero sus pensamientos acerca de sí mismo, su concepto de sí y de su pueblo no eran los del hombre rojo. Cuando observaba la belleza de, aquella tierra bravía y accidentada y solitaria, y las tosca simplicidad de los indios, su maravillosa capacidad de sufrimiento, su fe infantil y confortadora en lo sobrenatural v en lo inmortal, veía igualmente la indolencia de aquel pueblo primitivo, su modo insalubre de vida, su absurda veneración del ensalmador, su peculiar falta de castidad y un centenar de otras manifestaciones de ignorancia que no podían compararse con el progreso evolutivo de los blancos.
Nophaie no reconocía la superioridad del hombre blanco en todos los aspectos de la existencia. Había algunos puntos en que aceptaba la supremacía de los indios. Y pensó en la resignación de Maahenesie ante la muerte y del modo que se había dispuesto a acogerla.
- ¡Hijo mío! -había dicho el moribundo a Nophaie-: No te interpongan entre el sol y yo. Ve al campo con tu rebaño. Mi día ha concluido. Déjame morir a solas.
¡Cuánto más egoísta e innoble era la costumbre de los blancos! Nophaie recordó cierta ocasión en que, en Cape May, cuando jugaba al base-ball y vivía entre las gentes blancas, un hombre moribundo fue mantenida con vida por medio de nitrato de amilo hasta cinco días, después de aquél en que debía haber muerto. ¡Cinco días de angustia insoportables impuestos a los amantes, aunque mal orientados, familiares! Los indios procedían con más cordura. No temían a la muerte. El mismo porvenir mantenía su promesa. La vida futura era un cumplimiento de las promesas de la presente. El hombre blanco se negaba a deshacer su asimiento de los placeres materiales. El hombre rojo acariciaba su fe en la metamorfosis espi- ritual.
Aquel día, como en muchas ocasiones anteriores, llegó ante la Piedra de la Prueba, que se hallaba al borde del camino. Tenía unos dos pies de altura y era muy gruesa. Era la piedra que convertía a un chiquillo en un hombre. Había muchísimas otras iguales diseminadas por toda la región india. Los chiquillos de todas las familias luchaban contra ellas y se afanaban día tras día, año tras año, hasta que llegaba la maravillosa ocasión en que eran capaces de levantarla y transportarla. Se necesitaban varios años para desarrollar tal fortaleza. Cuando un joven indio podía levantarla, se convertía en un valiente; cuando podía transportarla, era un hombre fuerte; cuando podía llevarla hasta muy lejos, era un gigante. Este ejercicio explico a Nophaie la razón de que los indios pudieran transportar un tocón: o un abeto o todo un cedro hasta el costado de la montaña.
Nophaie desmontó. No podía pasar junto a la Piedra de la Prueba, que desplegaba ante su rostro una de las herencias de su pueblo. ¡Fuerza de la masculinidad! ¡El poder reverenciado por los dioses! ¡La fuerza de brazos que producía aquella hermosa luz de admiración en los ojos de las solteras indias!
Haciendo una profunda aspiración de aire e inclinándose, Nophaie rodeó la piedra con los brazos, se enderezó y la levantó. Luego avanzó unos pasos. Y entonces, el enorme peso tiró de él hacia abajo, le forzó a soltar la presión y lo dejó sudoroso y con pecho agitado por la respiración. Nophaie contempló amargamente aquella prueba de la fortaleza india y recordó desdeñosamente sus triunfos como jugador de rugby… Las hazañas tan celebradas por sus compañeros; blancos. Cualquiera de los jóvenes del desierto era tan fuerte como él. Y comparado con los hombres de la tribu de los Nopah, Nophaie era casi un pigmeo. Maahenesie, en, los albores de su juventud, había levantado aquella misma piedra hasta su espalda y la, había transportado más de un centenar de pasos.
Nophaie continuó el camino pensando en Benow di cleash y observando el cambiante panorama. Repentinamente, su caballo, al dar vuelta ante un ancho cedro, se dirigió hacia un monumento.
Nophaie había visto frecuentemente aquel montón de piedras, pero jamás se había detenido ante él, aun, cuando tuviera un significado especial. Siempre que un indio pasaba por allí para ir a cazar o a realizar alguna diligencia peligrosa, recogía una ramita del cedro, le colocaba en el monumento, ponía una piedra sobre ella y recitaba una plegaria.
El joven cedió al instinto que le impulsó a arrancar una ramita del árbol, añadió su piedra al monumento y entonó una oración. La idea le pareció hermosa. Nophaie era el jefe indio que se dirigía a realizar una empresa peligrosa. ¡El sueño…, la fantasía…, la fe del piel roja…! Pero era inútil su sencilla e instintiva renuncia al conocimiento de los blancos que relampagueó rápidamente ante él para revelarle la verdad. Su misión consistía en salvar el alma de Gekin Yashi. Y llegaría demasiado tarde o, si no demasiado tarde, en tiempo en que solamente le sería posible aplazar una tragedia que era tan inevitable como la vida.
Ocho horas de continuo cabalgar a través del campo lo llevaron a la crea de la gran meseta, desde la cual las hileras verdes de los álamos señalaban la situación de Mesa. Muy lejos estaba de ser aquella zona como las tierras altas y herbosas que rodeaban a Nothis Ahn. Un desierto arenoso y amarillento, salpicado de un pálido verdor y manchado por líneas de rocas azules, se extendía y alejaba en tres direcciones diferentes. Unos velos caliginosos se elevaban ondulantemente de la arena y del humo; y unas nubes cremosas y blancas rodeaban a lo largo de la oscura raya del horizonte.
Unas rocas labradas por el viento marcaban el punto de cita que Nophaie y Marian habían escogido. Había a su pie una sombra fresca, y las rocas proporcionaban abrigo contra la lluvia o la arena que el viento transportaba; y, además, ofrecían un punto favorable a la. vigilancia. Marian no se encontraba allí, ni tampoco su blanco caballo mesteño. Era alrededor de media tarde, quizá demasiado temprano para Marian. En consecuencia, Nophaie se dispuso a esperar.
Al cabo de cierto tiempo, su vigilia fue recompensada por la visión de un caballo blanco que salía del verdor y se dirigía hacia el lugar en que Nophaie se hallaba. Nophaie no cesó de observar a Marian en tanto que esta se acercaba. La joven había aprendido a instalarse en la silla al modo de los indios. Nophaie sintió que las sombras se borraban de su alma, que las dudas desaparecían de su imaginación. Siempre le llenaba de alientos la vista de ella. Marian era, a cada momento más, la prueba viviente de muchas cosas; de la verdad del amor y de la lealtad; de la nobleza de las mujeres blancas; de que la importancia de la vida era digna de ser gozada por todos los seres humanos; del la extraña conciencia de alegría que origina la resistencia al mal, que nace de la lucha en favor de los demás, de un algo indefinible y esperanzador; profundo y místico.
¿Cómo podría mostrarse cobarde Nophaie cuando aquella mujer blanca lo amaba y trabajaba en favor de su pueblo? Marian era una repudiación viva de todas sus negras dudas. Pensar mal era lo mismo que hacer el mal. En aquel momento, Nophaie supo que podría ser feliz y que cuando se separase de ella estaría fortalecido. Nada, podría privarle de la maravilla de su presencia.
Finalmente, ella llegó a la vereda que se abría entre las rocas amarillas y agitó una mano enguantada desde la sombreada altura. Cuando hubo desmontado, ató el caballo al saliente de una roca y ascendió hasta el cobijo de Nophaie. Nophaie la, ayudó a subir los últimos tramos inclinados, y, manteniendo la mano de ella entre las suyas, se dio cuenta de que Marian se habría arrojado entre sus brazas si él los hubiera abierta para recibirla. Jamás había anhelada tanta envolverla en un abrazo, ceder a la estremecedora necesidad que de, ella tenía. Pero debía ofrecerle pruebas de que constituía e1 místico ideal de un indio. Ella le había llamado cierta ocasión hombre noble y rajo. ¿Podría él permitir que un hombre blanco fuera más digno de tal calificativo?
Pera el transcurso de cinco semanas habían cambiado a Benow di cleash. ¿Residía toda la diferencia en el cambio del hambruna traje de equitación por aquella blusita de calor claro y aquella falda suelta? En tanto que ella hablaba, Nophaie escuchaba y la observaba. ¿Qué había sido de aquella antigua piel rosada tan parecida al perlado pétalo del lirio, sagú? El rastro de Marian tenía una coloración de un pardo tostada y era más delgado, y también parecía más viejo, excepto cuando sonreía. Solamente el azul de los ajas y el calor rubia de los cabellos recordaban la antigua Benow di cleash, cuyo cuerpo había perdido un algo de su primitiva plenitud. El verano del desierto comenzaba a influir sobre ella. Los vientos cálidos agostaban su carne. Y, por otra parte, cuando tenía el rastra en reposo, se reflejaba en él una tristeza que le prestaba una nueva belleza y fortaleza. Nophaie podía atribuir la devoción de que ella hacía objeto a él y a su pueblo sola-mente al motiva de que Marian se desarrollaba en dirección a una femineidad todavía más noble que anteriormente. Cuando pasasen los años, podría volver la vista atrás y recordar a Nophaie y aquellos tiempos sin experimentar remordimiento. Nophaie lo comprendía, y esta seguridad le permitía ser feliz al lado de ella.
Marian le comunicó notician de sus amistades del Este, y después pagó, a ocuparse de Mena y de sus cuestiones; y, naturalmente, según tenía por costumbre, refirió cosas pintorescas de los niñas indios que la habían regocijado. La escuela ponía de manifiesto tantas circunstancias¡ humorísticas coma patéticas. Nophaie se alegró al ver los progresos que había hecha en el lenguaje de los indias, y, al mismo tiempo, experimentó una especie de pesar al oírla expresarse, de tal modo. Después de referir cuentos de las niñas, Marian pasó a comunicarle las intrigas que se producían en Mesa, intrigas que afectaban a los amigas que ella había conquistado en el lugar, un joven tejano y su esposa que se encontraban en un aprieto a causa de las maquinaciones de Morgan y Blucher.
Nophaie conocía el tejano, cuyo nombre era Wolterson. Era un delegado del Gobierno cuya misión consistía en recorrer la región para instruir a los indias respecto al modo de guardar carneros, vacas y caballas. La poca que Naphaie había oída hablar a los indios sobre el tejano había sido siempre en favor de éste. Esta circunstancia despertó el interés de Nophaie par la que Marian le re- feria, y muy pronta llegó a compren la verdad que se encerraba en el fonda de la cuestión referente a Wolterson, verdad que tenía un significado muy importante para él.
Wolterson había llegado al desierto en busca de salud. Era ganadero, y recibió del Gobierno el nombramiento de inspector de ganadería en los terrenos inmediatos a Mesa. Como era hombre joven y perteneciente a una buena familia meridional, y puesto que había sido muy elogiado par sus superiores, muy pronto incurrió en el disgusto del superintendente. Cuando, preguntó, a Blucher cuáles habían de ser.
Blucher contestó secamente:
- Ir de un, lado para otro.
Y éstas eran todas las indicaciones que se, le dieron. Morgan intentó atraerse a Wolterson por medio de las insinuaciones de la, señorita Herron a la señora Wolterson. Sin embargo, tan pronta como las Wolterson averiguaron la que era sabido de todos los residentes de Mesa, tales insinuaciones cesaron. Entonces comenzó a producirse el insidioso trabajo subterráneo contra Wolterson.
- Cuando nos hayamos separado esta tarde, después de mi marcha, quiera que vayas a ver a Wolterson - terminó Marian-. Luego, pregunta por él a los indios. Es seguro, que Blucher hará acusaciones dentro, de muy paco tiempo contra Wolterson y,que decidirá que se hagan investigaciones sobre su actuación. En el caso de que Wolterson no pueda demostrar que las acusaciones son falsas, será despedido. Y entonces habremos perdido un buen amiga de todos los indios. Wolterson ha hecho amistad con Da Etin. Ésta es, la verdadera causa de la enemistad de Morgan.
- ¿Y Gekin Yashi? - preguntó Nophaie.
- Todavía está segura y salva -contestó Marian con alegre vehemencia -. Los molinos han continuado moviendo lo mismo que antiguamente, aunque no con tanta rapidez. Morgan ha estado en Flagerstown. Entre tanto, Blucher no ha cesado de disputar y discutir durante todo ese tiempo con sus paniaguados, Jay Lord y Ruhr Glendon. No he oído mucho, mas sí lo suficiente… La disputa está en su mayor parte relacionada con Wolterson v con no sé qué acerca de la cuestión de las tierras, suscitada por los Nokis de Copenwashie. Friel ha obtenido un privilegio sobre las tierras que antiguamente poseían, o, por lo menos, dominaban los Nokis. Blucher, naturalmente, ha ayudado a Friel en esa cuestión, pero ahora, fiel a la maldad que se encierra en su cerebro, lamenta haberlo hecho… Todavía no se ha publicado el edicto que obliga a las jóvenes indias a asistir a la capilla de Morgan, pero es seguro que se hará público muy pronto… He hablado con Gekin Yashi. Está dispuesta a huir. Hemos ingeniado pedir que le den permiso para visitar a su padre. Wolterson está inspeccionando los ganados de Do Etin, y esta mañana Gekin Yashí fue al hogan. Allí está ahora, y allí permanecerá hasta el domingo. Podrás ir a visitarla cuando llegue la noche, para encontrarla cuando regrese sola.
- Do Etin se alegrará -dijo Nophaie -. ¿Está Wolterson en el secreto?
- Sí. Aprueba nuestra resolución. Pero no debemos permitirle que nos ayude.
- Llevaré a Gekin Yashi a la casa de un Pahute del Valle de los Muros Silenciosos - contestó pensativamente Nophaie-. Muy pocos Nopahs conocen el lugar. Está bajo el costado occidental de Nothsis Ahn, profundamente hundido en el desfiladero.
- El Valle de los Muros Silenciosos - dijo soñadoramente Marian-. ¿Me llevarás algún día?
- Sí, Benow di cleash - contestó Nophaie -. Pero habrás de arrostrar un peligro.
- ¿De qué? ¿De quién?
- ¡De mí!
Marian se ruborizó bajo la dorada capa de su tostada piel y su mirada buscó la de él.
Nophaie bajó la cabeza para mirar hacia el suelo, y entonces vio que la mano de ella temblaba y se cerraba apretadamente sobre el guante.
- ¿Te burlas,?
- No. Creo que no he dicho nada más que la verdad -respondió Nophaie-. Es seguro que, algún día, el hombre salvaje y el hombre civilizado que en mí viven entablarán una contienda. Mi Valle de los Muros Silenciosos es el más encantador… el más silvestre y más hermoso lugar… el más solitario de todo el desierto. Muros rojos y blancos, tan altos, que no pueden verse sus bordes… agua de deshielo rumorosa…, flores, hierbas y árboles… Si fueses conmigo, lo más probable sería que jamás te permitiera salir de allí.
- Me asustas -exclamó Marian riendo-. Veo que todavía conservas algo de tu brutal naturaleza de jugador de rugby. Pero, si las cosas marchasen bien… de todos modos, llévame a visitar a Gekin Yashi. ¿Lo harás? -¿Podrías ausentarte de aquí?
- Nophaie, no se me permitirá trabajar durante mucho tiempo en Mesa. Es probable que Blucher comprenda muy pronto mi naturaleza de dos caras -contestó Marian-. Pues no hay duda de que he utilizado todas mis astucias de:mujer para engañarlo.
- Bien; entonces te llevaré a mi Valle de los Muros Silenciosos.
Marian apoyó una mano en la de Nophaie y le miró rectamente al rostro; y después bajó la mirada con una evidente cohibición de sus emociones.
- Nophaie, Gekin Yashi te quiere.
- ¡Esa criatura…! Pero, i si solamente me ha visto en muy contadas ocasiones 1 - protestó Nophaie al recordar doloridamente la proposición que le hizo Do Etin: que se casase con su hija.
- No importa. Te ha visto lo suficiente. Las muchachas indias maduran muy tempranamente. Gekin Yashi no tiene todavía quince años, pero es una mujer completa en cuanto a sentimientos. Me;parece muy cariñosa y amable. Es la mejor alumna que hay en la escuela. Le he dedicado todo el tiempo que me ha sido posible. Créeme, Morgan no es el único reptil venenoso que amenaza a esa criatura. Gekin Yashi es netamente india, pero tiene mucha sentida… Le agradan los modales de las mujeres blancas y buenas. Le he enseñado que cuando una mujer blanca quiere, se considera a sí misma enteramente consagrada al hombre que la ha ganado.
- Marian, ¿piensas que el único medio como podré salvar a Gekin Yashi será casándome con ella? - preguntó Nophaie.
- Podría serlo - murmuró trémulamente Marian-, si tú…
- Pero yo no la quiero, y no puedo casarme con ella - declaró Nophaie -. j Tanto me ha modificado la enseñanza que he recibido de los blancos!
Después de estas palabras, nada se volvió a hablar acerca de Gekin Yashi. Nophaie experimentó una especie de piedad y de ternura por aquella, -mujer blanca. ¡ De qué modo le inspiraba la necesidad de reprimirse, de rechazar lo que fuera bajo y amargo 1 La alegría y la felicidad se apoderaban de ella en los momentos en que ambos se reunían, y sobre todo, cuando se acercaban los instantes finales de cada encuentro. Cuando llegó la ocasión de separarse, Marian rozó ligeramente el rostro de Nophaie con una mano, y comenzó a descender presurosamente hacia su caballo. Lo montó inmediatamente, y un instante después galopaba y se alejaba y se volvía de vez en cuando para mirar hacia atrás y agitar una mano. Su cabellera resplandecía bajo los rayos del sol como si fuera de oro. Nophaie, la miró hasta que desapareció de su vista, con una emoción extraña y profunda en la que había un dolor por su destino propio, una exaltación, también, al comprender que, aunque él fuera un indio miserable y vulgar, aquella mujer de una raza ajena le había convertido en un rey.

IX

Los Wolterson ocupaban una casita de piedra construida por los primeros habitantes de 1a colonización y situada al final de la larga avenida orillada da álamos que constituía la única calle de Mesa. Una arboleda de algodoneros rodeaba un lago de orillas rojas en que los patos, los mirlos y las alondras entonaban una interminable melodía. Allí había matas de un oscuro verdor, una sombra fresca y un aire soñoliento en el verano, que soplaba del, cálido desierto.
Al otro lado de la casa de los Wolterson había un jardín que rodeaba el espacioso terreno de juego de la escuela india.
Nophaie abrevó el caballo en la estrecha y rápida corriente que corría desde, el lago a través del jardín de los Wolterson y a lo largo de las empalizadas de las huertas. El sol se hundía lentamente en el horizonte y el calor del día moría. Abajo, en el otro extremo de la avenida, Nophaie vio indios y caballos mesteño ante la puerta del puesto comercial. Entró por el abierto portillo de la casa y dejó que el caballo paciese la rica hierba que brotaba junto a la cuneta de riego.
- ¡Buenos días, Nophaie! - dijo lentamente una voz baja-. ¡Me alegro mucho de verte!.
Nophaie devolvió el saludo al tejano en su propia lengua. Pocos hombres, blancos de aquellos contornos le habían oído hablar inglés. Wolterson era alto, delgado, joven; tenía un rostro de limpio perfil que estaba bronceado por la larga exposición al! sol. No parecía vigoroso. Sus botas de jinete, de altos tacones, y el ancho sombrero eran tan característicamente tejanos como su acento.
Nophaie abandonó la brida del caballo y ocupó un asiento cerca de donde Wolterson cavaba un cruce de su canalillo de riego. El tejano arrojó a Nophaie una pitillera y continuó su trabajo. Pasaron: varios indios par la avenida; el carro de un trajinero, arrastrado por seis caballos y cargado de leña, pasó lentamente tras el conductor, que marchaba a pie. Lasa abejas zumbaban entre el follaje y el arroya murmuraba musicalmente.
- Los Nopahs tienen buen concepto de usted y de su trabajo - dijo Naphaie al! cabo de unos momentos. Es usted el, primer delegado ganadero que ha obtenido elogios de ellos. Si fuera usted! obligado a comparecer ante un, comité de investigación, conseguiré que Etenia y Tohoniah bi dony y otros varios jefes influyentes testifiquen en favor de usted.
- Eso estará muy bien, Nophaie -declaró Wolterson -. Y me parece que voy a necesitarlo.
Nada se dijo acerca de Gekin Yashi. Wolterson habló de sus proyecto de extender sus trabajos hasta los limites de los lugares de Etenia. Naphaie y los Pahutes de la región alta deberían bajar sus rebaños a los terrenos inferiores. La;hierba había comenzada a brotar en las tierras bajas, del modo que los Nopahs no se verían obligados a llegar hasta tan lejos como anteriormente. Luego, Wolterson informa a Nophaie que el Gobierno se proponía realizar un examen de la sangre de ganados y caballos, puesto que estos últimos, principalmente, mostraban evidentes síntomas de tuberculosis.
- Cualquier ternera o cualquier caballo que se hallen infectados, habrán de ser mañados - continuó con gravedad Wolterson -. ¿No, resultará difícil convencer a los indios de que sea necesario y conveniente hacerlo?
- Sí. Me parece que no podrá conseguirse - contestó Nophaie-. ¿Es absolutamente preciso un examen de sangre para comprobar la presencia de la enfermedad?
- Creo que sí. He enviado mi aprobación a Washington. Pero me disgusta la perspectiva de que puedan producirse disgustos y contratiempos con los indios… Nophaie, ¿querrás, ayudarme a explicar a tu pueblo la necesidad de que se haga el examen?
-Lo haré, en el caso de que antes me convenza usted a mí de que existe tal necesidad.

- Bien; cuando llegue la orden, iré a tus terrenos, y entonces, me verás hacer los primeros exámenes. ¿Tiene Etenia mucho ganado?
- No mucho. Y todo el que tiene está sano. -Nophaie, las reses pueden parecer sanas y, sin embargo, estar tuberculosas.
En aquel punto, los pequeños indios, niños y niñas, comenzaron a salir del enorme dormitorio rojo como una corriente de carranclán azul. Nophaie observó que solamente se hallaban presentes los niños de tres a seis años. Componían una muchedumbre de criaturas silenciosas, y jugaban sin el bullicio que es característico de los niños blancos. Se extendieron por el terreno de juego, en número de varios centenares, formando un cuadro lleno de animación y color. Algunos de los más pequeños se acercaron para mirar a Nophaie a través de la empalizada. ¡Cuán impasibles parecían! Todos miraron a Wolterson con fijeza, y a Nophaie con algo menos de interés.
Nophaie observó que dos de las maestras se hallaban en el terreno de juego con los, chiquillos; pero ninguna de ellas se aproximó lo suficiente para que pudiera reconocerla. Luego apareció la señora Wolterson, que entró en el jardín con guantes y portando una trulla. Era una mujercita tan negra como un indio, que comenzaba a mostrar los efectos que producían el calor y el viento del desierto. La mujer saludó complacidamente a Nophaie. Éste observó que ponía la mirada en los tres chiquillos indios más cercanos y que después, la dirigía hacia el terreno de juego, como si buscase a alguno determinado.
- Ahí viene Marian con Evangelina - dijo con acento de satisfacción.
Fue entonces cuando Nophaie vio que Marian se aproximaba junto a una nena india, y recibió la impresión de que aquel encuentro no era- tan accidentar o fortuito como podría parecer a los demás. Las dos maestras estaban mirando a Marian. Y Nophaie percibió con su aguda mirada que tras las, ventanas de una casa situada al otro lado de la avenida se veía un rostro de mujer. La calle parecía muy atrafagarla en aquellos momentos. Los indios cabalgaban en dirección al desierto. Algunos de los chicos mayores de la escuela jugaban a pelota. Tres trabajadores indios pasaron ante la casa cargados de grandes palas.
- Exactamente - dijo lentamente Wolterson sin retirar de la avenida la mirada -; y ahí viene también el campeón de mentirosos, de estas zonas.
- No digas esas cosas, Bob - dijo la señora Wolterson con rapidez -. Podrían oírte. Hasta los árboles tienen oídos… Y no digamos si lose tienen esos chiquillos indias.
Nophaie vio un hombre de fuerte constitución, joven, toscamente vestido de un modo típicamente occidental con ropas de pana, botas y sombrero, que avanzaba con pasos de jinete. A1 ver el grupo del jardín, se desvió un poco, se echó hacia atrás el sombrero y se apoyó en la empalizada. Tenía una faz ancha y tostada, bastante ordinaria, labios gruesos y ojos prominentes y de color de vino oscuro.
- ¡Buenos días! - dijo al mismo tiempo que sonreía- ¿No están ustedes trabajando?
- ¡Buenos días, Jay1 - replicó Wolterson -. No tengo mucho tiempo libre, no siendo por las noches. -¡Cómo! Pues parece usted disponer de todo el tiempo que hay - replicó el otro vivamente y con acento satírico-. Y miren, quién está aquí: la hermosa señora Bob. He pensado buscar una esposa como ella para mí. Era la primera vez que Nophaie veía a Jay Lord. Indiferente, descuidado, frío, con aire de insolencia, aquel occidental que acostumbraba mirar de soslayo no incrementaba el respeto de Nophaie por los hombres blancos. Al verle, al observar que era algo muy diferente a lo que su campechanería parecía indicar, un algo latente que había en el interior de Nophaie se, encolerizó.
- Jay Lord, es, usted! -un chiste adulador - dijo la señora Wolterson.
- ¿Triste? Declaro que no. Soy alegre - replicó Jay; y entró en el jardín. Su descarada mirada cayó sobre Nophaie, a quien se dirigió en el idioma de los Nopahs -. Oiga, ¿no ese éste el estudiante Injun? - preguntó a Wolterson ad ver que Nophaie no le prestaba atención. -¿Qué quiere decir? - preguntó Wolterson.
- ¡Usted lo sabe! - contestó Lord disgustado -. Me refiero a este piel roja. Usted lo sabe tan bien como todo el mundo.

- No puedo saberlo todo, Jay.
- Bien. Por una vez ha hablado usted cuerdamente. Y me parece que cuanto menos sepa, tanto mejor para usted.
Lord vio entonces a Marian, que se había acercado a la empalizada en compañía de la niña india. La señora Wolterson, como respuesta al saludo de ambas, se apresuró a salir a su encuentro. Loro, se quitó el sombrero y lo agitó a baja altura, segura de que el ademán repre- sentaba un saludo digno.
- Me parece que voy a quedarme aquí une rato más -dijo, al mismo tiempo que se acercaba a la empalizada y se apoyaba en ella-. ¡Cómo! ¿Quién es esta niña? ¿No eres Injun?
- No lo soy - replicó la niña en un inglés sorprendentemente bueno-. Soy la señorita Evangelina Warner.
- ¡Jo, jo! ¡Oigan a esta criatura Injun! -comentó Lord, al mismo tiempo que se reía ruidosamente.
- Jay, tenga; la bondad de no molestar a Eva-dijo la señora Wolterson-. Todos los hombres la atormentan, solamente porque- es lista. Pero terminarán ustedes por hacer que su talento se malogre.
Nophaie había oído hablar de aquella niña prodigio de tres años de edad. Su madre, que era india, se alegró mucho cuando se deshizo de ella, pero mostraba un gran orgullo por la fama de Eva. Por una extraña razón, la criatura, que era de sangre india pura, se había apropiado de modo notable el lenguaje y los ademanes de las personas blancas, y desde los dos años odiaba hasta el solo nombre de indio. Era una chiquilla robusta, de rostro redondo y ojos vivos, de cabellos negros y alborotados que no era diferente de cualquier otra chiquilla india en aspecto ni en expresión. Nophaie concibió inmediatamente un gran interés; por Eva.
- No, no lo soy… No lo soy - replicó vehementemente Eva; y dio unas patadas a la empalizada.
- No te enfades, Eva - dijo la señora Wolterson al mismo tiempo que se arrodillaba para tomar una mano de la chiquilla-. Oye, recítanos, la oración que rezas cuando te acuestas.
Evangelina parecía carecer absolutamente de la timidez característica de, los, niños indios.
- Ahora, curando me acuesto para dormir, pido al Señor que proteja mi alma. Si me muriera antes de despertar, me disgustaría mucho.»
Jay Lord lanzó unas sonoras carcajadas. Y también Wolterson rió.
- ¡Dios mío! -exclamó la señora Wolterson luchando entre el espanto y el regocijo- Evangelina: ¿dónde aprendiste esas palabras finales?
- Las aprendió de algún hombre, es seguro -dijo Marian -. Jamás le había oído recitar la oración de ese modo-. Y se inclinó hacia Evangelina y, clavando la: mirada en el oscuro rostro, la agitó suavemente-. Eva, te daré azotes. Recita otra vez la plegaria… del modo correcto. Recuérdalo,… o, te daré azotes.
La pequeña india miró con seriedad a su maestra.
- Ahora, cuando me acuesto para dormir, pido al, Señor que proteja mi alma.
Antes de que Marian pudiera protestar, y aun antes de que los hombres, comenzasen a reír, una voz fuerte, de timbre agudo, gritó desde detrás del grupo:
- ¡Calle esa,bocaza!
Nophaie supo antes de volver que aquella- voz pertenecía a Morgan. Y pudo ver a aquel hombre mucho mejor que nunca anteriormente.
- Ven, Eva - dijo presurosamente Marian; y levantándose, se separó dél grupo In unión de la chiquilla. -Eso parecía exactamente lo que dice el Libra de la Antigüedad, ¿no es cierto?
- dijo Morgan con aspereza mientras lanzaba unas miradas iracundas en torno a sí. -Nophaie, vio un hombre maduro, de mediana altura, de cuerpo grueso, con un algo de flojedad en su constitución física. Tenía un rostro liso, cuyas facciones más sorprendentes eran los pálidos ojos de color de hielo y la boca, grande, prieta y de labios gruesos. Tenía grande la nariz, de tonalidad un poco rojiza, y su piel tenía un color aceitunado que,predominaba sobre el saludable color bronceado que producía el, desierto. Morgan no parecía hacer mucha vida al aire libre. Era el suyo un rostro singular, con una intensa mascarilla de meditación o de voluntad, un rostro arrugado, especialmente en la frente. Semejaba ejercer cierta atracción magnética, pero este magnetismo parecía la ducha de una imaginación, una dinámica energía cerebral, una dotación mental muy potente. Todo en él hablaba de intolerancia.
Jay Lord fue el primero en responder a Morgan.
- A mí me ha parecido, más bien, una de esas conocidas chanzas escolares.
- Señor Morgan, tengo seguridad de que Marran no ha- enseñado esas palabras a la criatura - añadió la, señora Wolterson-. Todos hemos visto cómo se horrorizó al oírlas. También yo me horroricé.
Juzgando por el caso que de tales palabras hizo Morgan, no podría haberse, deducido si las habría oído a no. -Wolterson, el agente me ha dicho que esta mañana llevó usted a Gekin Yashi a su casa.
- Sí, señor-contestó Wolterson al mismo tiempo que se apoyaba en la pala y levantaba lentamente la mirada. -¿Cómo ha sido eso? -preguntó Morgan con indignación.
- Pues -respondió lentamente el tejano-, si lo que quiere usted dar a entender es, que si tengo algo que ver con esa cuestión… Blucher dio a Gekin Yashi permiso para visitar a su padre. Estoy trabajando en los terrenos de Do Etin. Esta mañana tuve que llevar algunas provisiones y artefactos. Gekin Yashi fue en el carro. Y eso es todo.
- j Hum! ¿Cuándo volverá?
- No lo sé. Gekin dijo que esperaba que su padre decidiera retenerla en su casa.
Cuando la mirada de Morgan cayó sobre Nophaie, se clavó fijamente en él. Nophaie hizo frente a tal mirada. Una de las cualidades que no había absorbido durante su larga convivencia con los hombres blancos era el hábito del disimulo de éstos, o él del engaño. Un algo que emanaba de aquel hombre agitaba las profundidades de Nophaie. No era el antiguo odio racial del hombre rojo por su enemigo el hombre blanco, sino un instinto sutil, com- plejo, que nació en aquel instante. Nophaie se enderezó lentamente hasta alcanzar la plenitud de su estatura, y cruzó los brazos para devolver a Morgan mirada por mirada.
- ¿Eres el universitario indio?
Nophaie no creyó que estuviera obligado a contestar. -Sí, no hay duda, es él -dijo Jay Lord -. Le llaman Nopheia o algo por el estilo.
- ¿No sabes hablar inglés? -preguntó Morgan severamente-. Oigamos cómo te expresas en esa lengua de los orienta4es.
- No necesitaría hablar muy bien el inglés para hacerlo mejor que usted-replicó Nophaie con perfecta enunciación y en tono bajo y uniforme.
- ¿Có…óóómo? - estalló Morgan.
Nophaie le miró enigmáticamente y no dijo nada más.
- ¿Has estado alguna vez en mi iglesia? - murmuró Morgan.
- No.
- Entonces, quiero que vayas a ella.
- ¿Para qué? - preguntó Nophaie.
- Para que oigas mis sermones. Si hablas el inglés tan bien como presumes, de hacerlo, podrás llevar la palabra de Dios a tu tribu.
- ¡No tenemos ganas de ir al creo con usted! -replicó Nophaie-. Si realmente existiera un paraíso como el que usted anuncia, todas las tierras serían poseídas por los misioneros. Y los indios no dispondrían ni de un solo palmo para producir su maíz y heno.
- Crees, sin duda, que eres listo, ¿verdad? - dijo burlonamente Morgan.
- Morgan: el más estúpido de todos los indios de estos contornos es lo suficientemente listo para conocerle a fonda a usted.
- ¡Bah! Tu tribu de comedores de basuras es, demasiado ignorante para que pueda comprender nada, y mucho menos la religión de los hombres blancos.
- La religión de los indios es infinitamente mejor para ellos que la de los blancos.
- ¡Hum! - bramó Morgan-. ¿Aprendiste eso en la Universidad?
- No. Lo aprendí cuando volví a estar entre mi pueblo. Y, lo que es más, he sabido también que no hay ni un solo indio que sea cristiano en todos estos terrenos; y que la culpa es de usted.
- ¡Eso es una estúpida mentira! - gritó Morgan, cuyo rostro se cubrió de un color de púrpura.
- ¿Qué conoce usted acerca de esos indios? -preguntó Nophaie señalando hacia el desierto-. Jamás ha ido usted allí, al desierto.
El color comenzó a retirarse lentamente del rostro de Morgan, en e4 que- se produjo una visible contracción que denunciaba un desesperado esfuerzo por dominar el furor y la consternación. Cuando hubo conseguido reprimirse, la sorpresa continuó siendo su expresión predominante. Había encontrado un indio que estaba más allá de su experiencia y de su comprensión. Aquel:súbito enfrenamiento, aquella súbita retirada pusieron de relieve una parte de su naturaleza; era un hombre que sabía retirarse cuando lo estimaba conveniente. Nophaie comprendió su astucia. Y recibió, al mismo tiempo, la sutil impresión de que el tal misioneros debía de ser una mezcla de avaricia y fanatismo, un usurpador sin escrúpulos que no creía en su propia honestidad y que, sin embargo, suponía que era un apóstol.
- ¿Qué crees que sabes acerca de mí? -preguntó. -Solamente lo que dicen los indios… y lo que yo mismo veo-contestó Nophaie con desdén.
- Estoy aquí como misionero desde hace quince años. Los Nopalis son torpes. Son lentos para comprender y apreciar mi trabajo.
- No, señor Morgan -replicó Nophaie -. Se engaña usted. Mi tribu ha comprendido con rapidez cuál es el trabajo de usted. No intente hacerme objeto de sus predicaciones religiosas. Sus; predicaciones son falsas. No es usted un verdadero misionero.
- ¡Insolente pagano! -exclamó Morgan ahogadamente; tanto, que los gruesos pliegues de carne de su voluminoso cuello se agitaron de arriba abajo.
- Un misionero es un hombre enviado por la Iglesia para propagar la religión, en la creencia de que una raza extraña se salvará por medio de esa religión. Las Iglesias son sinceras y la mayoría de los misioneros son hombres nobles-continuó Nophaie-. También el Gobierno es sincero y confía en hombres como usted y Blucher. Ésta debe de ser la: razón que le ha permitido permanecer aquí durante tanto tiempo. Si usted fuera un hombre verda- dero, podría ayudar a los, pobres indios del modo que lo hacen los verdaderos misioneros. Podría enseñarlos a construir de un moda mejor al suyo, enseñarlos a guisar, cosechar, regar, esquilar sus ovejas, almacenar su maíz… Podría propagar entre ellos las leyes sanitarias. Y al mejorar su condición física, podría elevar su nivel moral. Podría usted, por ejemplo, demostrarles el modo como los hombres blancos utilizan las manos para trabajar. Pero usted no trabaja. Usted tiene las manos, según pueda apreciar, más suaves y blancas que la señora Wolterson… si la señora Wolterson quiere perdonarme lo que me parece una dudosa lisonja… No, señor Morgan, usted no es constructor, sino un destructor; y no solamente de la fe de los indios, sino de los afanes y de las sacrificios de los verdaderos misioneros de Dios.
La indignación de Morgan era superior a su capacidad de refrenamiento. Su ultrajada altanería no podía ser forzada en un instante a permanecer silenciosa.
- Te… te meteré en la cárcel -dijo ad. mismo tiempo que hacía una violenta expulsión de aliento.
¿Por qué motivo? ¿Por haber dicho la verdad? -preguntó Nophaie con altivo desdén- Estamos en un país libre. Soy americano, y soy un indio honrado.
- ¡Te obligaré a comparecer ante un tribunal! - añadió Morgan amenazadoramente mientras levantaba una temblorosa mano.
Tan rápido como la luz, Nophaie abandonó la inmovilidad! a que se había entregado y se contrajo tan impetuosamente, que Morgan y Lord se encogieron como si intentaran hacer frente a un ataque. Y el rostro de Morgan volvió a cubrirse de palidez.

- ¡Llevarme ante un tribunal! - repitió Nophaie sonoramente-. ¡Obligarme a comparecer ante sus: comités de investigación! Nada podría agradarme tanto. Irán indios conmigo, y también blancos, verdaderos hombres que escucharán todo la que se diga… ¿Me entiende usted, señor Morgan?
Pero Morgan prefirió no responder, y después de, dirigir una sombría mirada a su alrededor, se alejó en compañía de Lord y se perdió a lo largo de ala avenida. La voz de Jay Lord, baja y bronca, llegó hasta el grupo conducida por la.brisa.
Nophaie se volvió hacia Wolterson y su esposa. La habitual calma del tejano parecía haberse desvanecido.
- ¡Le has dado una lección completa! -dijo a Nophaie -… Podrías haberlo derribado de un soplo… y también a mí… ¡He pasado los mejores minutos de felicidad desde que estoy en Mesa!
Pero la señora Wolterson estaba pálida y tenía expresión de disgusto.
- ¡Oh, Morgan estaba furioso! -:dijo en voz.baja. -Es cierto. Jamás le vi tan alterado - comentó su esposo con una sonrisa burlona-. No acertaba a dar crédito a mis oídos… Nophaie, no desoigas mis palabras: algún día, más pronto o más tarde, y por el medio que sea, Morgan se vengará de ti. Se ha visto obligado a sufrir una afrenta sin precedentes delante de otras personas. Por otra parte, en realidad, estaba temeroso de ti…, furioso, sorprendido… Pude apreciarlo:perfectamente. He estudiado a ese hombre desde hace mucho:tiempo. Y no es mucho lo que podré demostrar en contra de él; pero tengo la seguridad de que es capaz de todo…
- Morgan es un cobarde y un embustero. No comprendo la razón de que algunos indios no lo hayan matado hace mucho tiempo -dijo Nophaie-. Eso demuestra la paciencia y la cordura de mi pueblo.
- Nophaie, he vivido entre hombres violentos - replicó el tejano -. No menosprecies a Morgan. Era un occidental rudo cuando vino aquí. Disfruta del poder desde entonces. Es vanidoso…, ruin… No me atrevería a confiar en él.
Bien; el armarse de antemano significa tener ganada media batalla-replicó Nophaie al encaminarse hacia su caballo -. No volveré a ir a Mesa mientras sea de día, ni permitiré que Morgan sepa cuándo me encuentro aquí.
Hacía mucho tiempo que había nacido la oscuridad cuando Nophaie llegó al hogan de Do Etin. Todavía ardía el fuego de la estancia y a su vacilante luz se hallaba sentado el padre de Gekin Yashi, un hombre de mas de mediana edad, robusto, de pecho hundido, gran cabeza y ojos anchos y móviles como los de un buey.
Nophaie comprendió que se le esperaba. Pan, carne y bebida le fueron ofrecidos. En tanto que Nophaie comía hambrientamente, su anfitrión fumaba. Do Etin no era rico en caballos y carneros, como la mayoría de sus vecinos, ni era jefe. Sin embargo, ocupaba una posición de respeto y dignidad en la tribu por razón de su inteligencia. Gekin Yashi era su única hija. Los terrenos de Do Etin fueron durante mucho tiempo una llanura de hierbas en el. fondo de un estrecho desfiladero, regada por una fuente inagotable. Mirando a su alrededor, Nophaie buscó entre las sombras del hagan a Gekin Yashi;.peto la niña no estaba allí, ni tampoco su madre. Sin duda, Do Etin había enviado a las mujeres al hogan de algún pariente, puesto que esperaba la llegada de Nophaie y deseaba conferenciar con él.
Do Etin rompió el silencio en diversas ocasiones, dio su consentimiento a que Gekin Yashi partiese en compañía de Nophaie, y aprobó el proyecto que éste le expuso. Pero dudaba de que su hija pudiera permanecer oculta durante mucho tiempo. Nophaie no debía correr e01 riesgo de incurrir en castigos del Gobierno por casarse con Gekin Yashi ni por permitir que se descubriese que la había ocultado. Do Etin creía que las enseñanzas de los, hombres blancos eran convenientes. para los niños indios. Los blancos los enseñaban a ayudar a sus padres y a mejorar sus medias de vida. Pero la religión que se les imponía no era aceptable, y el envilecimiento de las jóvenes indias por los hombres blancos empleados en aquella zona constituía el crimen más vil y más negro de los muchos crímenes que fa raza blanca había perpetrado contra los de piel roja.
Do Etin continuó hablando para referir las confesiones que Gekin Yashi le había hecho. Y habló de la enemistad que Blucher lo profesaba, de las predicaciones de Monean a la hija, de que la matrona imponía a la muchacha labores domésticas cuando debía hallarse en la escuela, de la brutalidad de trato de que eran objeto los niños indios, de como toda la leche y los.frutos que estaban destinados a los niños eran utilizados por Morgan y sus compinühes…
Nophaie le informó de la nueva disposición de Blucher, que muy pronto entraría en vigor, por lo que obligaba a todas las niñas indias a ir a la iglesia para oírle predicar.
Do Etin demostró un intenso enojo y vehemencia. ¡Jamás volverá Gekin Yashi a encontrarse cerca de Morgan.
Después de esta afirmación, permaneció largamente silencioso en tanto que meditaba sobre las incertidumbres del porvenir. Un algo patético e imponente que se manifestaba en la actitud de Do Etin conmovió a Nophaie y le inspiró, piedad.
- Do Etin, estamos en manos de los hombres blancos -dijo con vehemencia-. Pero hay muchos hombres blancos que son buenos y que creen que debe hacerse justicia a los indios. Hay muchísimos buenos misioneros. No obstante, es preciso que miremos hacia el porvenir. Los indios serán, sencillamente, empujados hacia las tierras baldías y, posteriormente, barridos de la superficie del mundo. Todas estas cosas contra alas cuales estamos luchando, tales como la batalla contra la expoliación de las aguas y las tierras de los Nokis, o nuestros esfuerzos por salvar a Gekin Yashi… todas estas cosas no tienen, más que un valor accidental en relación con el destino que espera a nuestro pueblo. Es preciso que resistamos, ciertamente; pero, de todos modos, el fin llegara inevitablemente…
- Sería mejor luchar y morir como nuestros antepasados - dijo sonoramente Do Etin.
- Sí, lo sería. Pero ¿quién lucharía? Tan sólo un indio acá o allá, uno de aquellos cuyo corazón no haya sido destrozado.
Do Etin inclinó la cabeza, y las sombrías llamas moribundas del fuego se reflejaron en su figura inmóvil. -Nophaie, tu visión del porvenir es la del hombre blanco - afirmó.
- Sí. Y usted ha sido enseñado a ver con el corazón. La ilustración de los blancos enseñó a Nophaie a ver con la inteligencia.
- El sol -del día indio ha comenzado a ponerse-replicó tristemente Do Etin-. Somos unja raza que desaparece.
Como había proyectado, Nophaie esperó a Gekin Yashi bajo el alba, clara y fresca del desierto.
En el Este, la difusa claridad que caía sobre la maleza y la arena se elevaba hacia el muro azul de rocas que cortaba la meseta, sobre el cual se encendía el oro- pálido, que anunciaba el crepúsculo. El desierto estaba atan silencioso como la muerte. Nophaie esperaba con la vista fija en la gradual pendiente en que Gekin Yashi debía aparecer. La joven se presentó al fin. Nophaie vio solamente una figurita gris sobre un caballo mesteño y gris. Nophaie se estremeció en aquel momento. Los antiguos instintos indios renacieron en él. Él era el india valiente que esperaba la llegada de su prometida. El desierto extendía su soledad y su vastedad. Montañas y mesetas, cañadas y desfiladeros, las pendientes cubiertas de verdor, las innumerables piedras: y las arenase de, los eriales…, todo parecía pregonar silenciosamente la gloria de las leyendas indias de amor.
El sol se elevó y brilló en el cabello negro de Gekin Yashi, en su rostro, que era como una flor oscura. Dos meses habían ejercido su cambiante.influencia sobre Gekin Yashi. Y Nophaie no la había vista jamás vestida con otras prendas que el uniforme de carranclán azul de las colegialas. En aquel momento iba ataviada. con las telas aterciopeladas, la plata y las cuentas de cristal que eran comunes en su tribu. Cuando detuvo el caballo junto a Nophaie, sus ojos pardos le dirigieron una mirada tímida, asustada, y sin embargo llena de felicidad. El pecho de la joven se agitó. Gekin Yashi no podía. ocultar su amor; acaso ni siquiera deseaba hacerlo. Nophaie se lamentó en el fonda del corazón de la esterilidad de su vida y de su insignificancia.
- Escucha, hija de Do Etin -dijo-: Nophaie es el indio que tiene imaginación de hombre blanco. Ha vuelto al desierto para trabajar por su pueblo. Es amigo de Do Etin. Quiere a Gekin Yashi, pero como a una hermana.
Nophaie jamás se casará… Llevará a Gekin Yashi muy lejos, al desfiladero de los blancos lienzos, a las tierras de los Pahues, donde la ocultará. Y siempre será hermano de ella e intentará tratarla como a la mujer blanca Benow di cleash, y le enseñará a diferenciar el bien del mal.
Nophaie se puso en marcha en compañía de Gekin Yashi, en dirección al Norte, fuera de los caminas, ocultando lo mejor que pudo sus huellas, investigando en torno a sí en busca de jinetes indios, de dos que no deseaba ser visto. Cuando llegó el anochecer, se dirigió al hogan de un Nopah en quien tenía seguridad de que podía confiar. Al día siguiente, las negras estribaciones de Nothsis Ahn se dibujaron en el horizonte. Gekin Yashi pudo recobrar la calma de modo gradual, y comenzó a hablar con Nophaie. De este modo, Nophaie tuvo ocasión de estudiar el efecto de las enseñanzas de las escuelas gubernamentales sobre una niña india. La mayoría de lo que Gekin Yashi había aprendido era bueno. Una parte de ello era mala. Cuando Gekin Yashi regresase a su hogan y se casase y tuviera hijos propios, tanto ella como ellos habían de disfrutar de mayor felicidad! y de ser mejores a causa de las enseñanzas que había recibido. Nophaie, pensaba que así habría de suceder… con tal de que la joven pudiera volver a adaptarse a las costumbres y modos de vida indios. A la larga, muchos indios ilustrados, hombres o mujeres, se opondrían a la suciedad y a la indiferencia que era propia de sus antepasados. Nophaie experimentó una suerte de satisfacción al llegar a esta conclusión. La ilustración era buena para los jóvenes indios. La mácula del sistema en aquel casa particular y la culpa del, mal que se infligía a las jóvenes indias eran debidas a las per- sonas que disfrutaban de autoridad. La mujer de sencilla imaginación, la adorable joven india, de instintos primitivos y sin la defensa de una ley moral, era solamente el botín de las bestias de los hombres blancos. La raza blanca y la raza roja no podían mezclarse. Si el hombre rojo era noble por naturaleza, si era un soñador, un luchador contra enemigos imaginarios, un guerrera contra los guerreros de otras, tribus, un ser que no había sido destinado para gozar de la civilización, entonces, el hombre blanco se encontraba un peldaño más arriba que el rojo en lo que se refería a evolución, más allá del estado de barbarie, sustentado por un progreso material del mundo; era egoísta e intelectual, más- pagana que los indios y se encontraba en la pendiente de una decidencia tan inevitable como la propia Naturaleza. Pues Nophaie veía claramente que la Naturaleza era la gran ley. Los indios, aun los que se hallaban en estado de barbarie, se encontraban más próximos a la perfección que la Naturaleza perseguía de modo inescrutable. El individuo debe morir para que la especie pueda sobrevivir. El ideal de la Naturaleza se cifra en la fortaleza, en la virilidad, en la vida larga, todo ello físico. Si la Naturaleza es Dios, entonces la inmortalidad del hombre descansa en sus retoños. ¡Cuán amargamente llevaban a Nophaie sus pensamientos a la conclusión de que era un infiel!
Tres días empleó Nophaie para llegar al campamento Pahute enclavado bajo el ceño de Nothsis Ahn. Creía que los pocos indios a quienes había confiado a Gekin Yashi guardarían el secreto. Tuvo que entregar la totalidad de su rebaño, para hacer que tales indios se pusieran al servicio de Gekin Yashi. No podían abandonar sus hoganes y sus campos para ocultarse en la profundidad de los desfiladeros, durante un período indefinido sin ser bien pagados por ello.
Nophaie no había pensado en esta cuestión, pero entregó su rebaño sin resistencia y con satisfacción.
El despedirse de Gekin Yashi fue una cuestión mucho más difícil.
- ¡Nophaie, ¡Nophaie! - gritó ella al verle alejarse. El grito le traspasó el corazón. ¿Qué era lo que había visto en los oscuros ojos de ella? Indudablemente, una sombra, un reflejo del destino, de los indios.

Nophaie retrocedió para consolarla, para animarla, para. pronunciar unas palabras que sabía que no eran ciertas. Y luego, se alejó nuevamente.
- ¡Nophaie!
El débil grito se arrastró sobre la hierba. Pero Nophaie no volvió la cabeza.

X

En el momento en, que Nophaie entregó su rebaño a los Pahutes como pago por sus cuidados de Gekin Yashi, se convirtió en un nómada, un vagabundo de los desiertos.
Apartada de¡ su vida tal carga, Nophaie no se encontraba ya atado a aquella tierra alta y solitaria, lo que en los primeros instantes le pareció aflictivo. Pero muy pronto descubrió que su soledad constituía una especie de egoísmo que le había mantenido alejado de su pueblo. En el pasado, solamente había empleado una parte de su tiempo entre los indios y únicamente en ocasión de sus viajes a Mesa o Kaidab. ¡Qué poco había hecho verdaderamente en beneficio de los indios, si:se comparaba con lo que podría haber realizado! Al observarlo, lo atribuyó a su amor a la soledad, a su deseo de vagabundear con el rebaño por los terrenos en que brotaban la salvia y la yuca, de meditar sobre la singularidad de su existencia; y también a la sensibilidad, con la cual comprendía que, aun cuando podría vivir entre los hombres de su raza, no le:sería posible convertirse en una parte de ellos.
Unos cuantos desplazamientos a unos y otros hoganes demostraron a Nophaie que su situación entre los indios había experimentado un cambio de importancia. Al principio no acertó a comprender a qué causas debería atribuir aquel amistoso cambio de actitud, aquella favorable acogida que se le dedicaba. En el hogan de Etenia, a través de los celos de la hija de Etenia, le fue revelado el origen del aprecio que había conquistado: tanto ella como todos los Nopahs sabían que Nophaie había raptado a Gekin Yashi. A Nophaie le interesó mucho la re- velación, puesto que representaba un mal augurio para la reclusión de la Pequeña Belleza de la tribu. Al consultar al viejo indio, supo que la noticia había corrido con rapidez a lo largo y a lo ancho de aquellos terrenos, de jinete en jinete, de bogan en bogan, de boca en boca. Muy pronto estarían enterados todos los Nopahs de la gran hazaña de Nophaie…, que había raptado en Mesa a la. hija de Do Etin. Nophaie descendía de jefes; y era un verdadero jefe en lo que se refería a sabiduría v valor. El espíritu de los Nophas vivía aún. La gloria y los sueños habían desaparecido, pero todavía existía un hombre de los tiempos viejos, un caudillo. Etenia juró que no habría un hombre en toda la tribu que revelase el secreto de Gekin Yashi. Acaso alguno de los solazados y traicioneros Nokis, temerosos de Blucher y Morgan, descubriese el lugar en que se ocultaba Gekin Yashi. Pero todos los Nopahs se vanagloriaban de la hazaña de Nophaie. Nophaie era un héroe. Y era un indio mucho más grande que todos los demás, porque había utilizado su sabiduría de blanco para salvar a la hija del altivo Do Etin.
- Ahora, Nophaie se casará con Gekin Yashi - terminó Etenia.
Y todas las enemistades y los antagonismos parecieron borrarse. Etenia agasajó a Nophaie, le festejó, e hizo que todos sus valientes se sentasen en torno al bogan y cantasen hermosas leyendas Nophas de heroísmo v amor. Nophaie se encontró impotente para destruir aquella creencia que se había extendido. Todos los Nopahs y los Pahutes dieron por sentado que Genkin Yashi estaba destinada a ser la esposa de Nophaie. En un solo día, su fama se había transformado. Todos los indias conocieron la historia de Nophaie; y el disgusto y el desdén y el alejamiento ocasionados por su educación de hombre blanco se desvanecieron sin dejar más huellas que si jamás hubieran existido.
Etenia conocía a su pueblo. Nophaie había puesto en ejecución lo que constituía el secreto anhelo de todos los indios. Una semana de viaje a través de la comarca forzó a Nophaie a reconocer que el juicio de Etenia era cierto. Los chiquillos indios, las muchachas, los valientes, loas jefes, los ensalmadores…, todos le reverenciaban. Los Nopahs habían sido guerreros. Todavía sobrevivía en ellos la adoración por la fuerza, por el valor, por el luchador. Los jóvenes de la tribu lo consideraron como a uno a quien sus mayores habrían admirado como a un jefe, como a uno cuya grandeza les habría sido referida.

Nophaie acudió a la cita convenirla con Marian en Mesa, y habló por espacio de la hora que duró su entrevista acerca del cambio que se había operado como consecuencia de haber llevado consigo a Gekin Yashi para alejarla de las garras de Morgan. Y al decirlo en voz alta, pareció aclararse para él el vago y extraño concepto que tenía de lo que le había sucedido, La instantánea alegría de Marian fue extremadamente confortadora.
- Nophaie, ha llegado tu gran ocasión-dijo ella poniendo en los ajos de él una mirada alegre y ansiosa-. Puedes ser una fuerza entre tu pueblo. Pero guarda en secreto… que su fe no es la tuya.
- Lo haré-contestó él. Y solamente con aquellas pocas palabras, Marian iluminó las sombras de las dudas que había en el cerebro de Nophaie. Como quiera que fuese él, la ocasión le dirigía unas:sonrisas; y le parecía magnífico que así sucediese. Nophaie sería escuchado y seguido.
- Déjame hablar ahora - añadió Marian -; pues sabes que debo marchar. Nadie sospecha de ti. Lo único que se sabe en la Delegación es que Gekin Yashi ha desaparecido. A Blucher no fe importa mucho; pero Morgan se enfureció. Le he oído bramar. Lo sucedido habrá de cansar el enojo de todos ellos. Y Do Etin sufrirá una parte de las consecuencias. Temo por él.
¡ Qué indio más soberbio! Me ha encantado con su calma, con su altanería ante aquellos hombres. Contestó a todas las preguntas que se le hicieron, y, sin embargo, ¡pareció no mentir!
»-¿Cree usted que Gekin Yashi se ha fugado? -le preguntó Morgan.
»-Sí -contestó Do Etin.
»-¿Adónde supone usted que habrá ido?
»-Las huellas de Gekin Yashi se dirigen hacia el Norte desde la carretera de Mesa… y desaparecen en la arena.»-¿Nos ayudará usted a buscarla…, a hacerla volver?»-No.
»-Sí nos ayudará.
»-Do Etin preferiría morir antes que perseguir a Gekin Yashi.
- Permíteme que te interrumpa, Marian -dijo Nophaie -. Eso mismo me dijo Do Etin.
- ¡Oh, temo por Do Etin! -exclamó Marian-. Le perseguirán y perjudicarán. Cuando Do Etin hubo salido, Morgan me echó de la oficina: «¡ Váyase, gata de cara blanca!», gritó. Y me empujó hacia el exterior y cerró la puerta violentamente. Le oí decir. «Blucher: cuando encontremos a esa brujita india, tendrá usted que poner en vigor esa disposición. Y si Do Etin se negase a poner la huella de:su dedo en mi papel… ¡tanto peor para él!
¡Y utilizaré la apisonadora contra usted!…» Blucher con-testó: «¿Qué diablos dice usted?» Y Morgan replicó también a voces: «¡Sí, diablos digo! He aplastado con esa apisonadora a otros doce agentes de esta colonia anterior-mente. Yo y los que me respaldan somos así de fuertes…» Luego bajaron la voz, se calmaron un poco y no pude entender lo que decían; pero estuvieron hablando durante mucho tiempo. Creo que deberías aconsejar a Do Etin que se traslade al punto más lejano de la colonia india.
- No se movería ni un solo paso -contestó Nophaie.
- En ese caso, tenga motivos para temer por él -dijo Marian-. Vi perfectamente la expresión de Morgan…, oí el tono de su voz… La terrible naturaleza de ese hombre se ha puesto al descubierto. Blucher también se está enfureciendo. Se encuentra atado… Creo que no cesa de pensar en la guerra de Europa.
Nophaie regresó por el camino de Red Sandy, donde, en el puesto comercial, fue rodeado por indios Nopahs a quienes no conocía anteriormente, lo que le llevó a comprobar su propia importancia. El comerciante se hallaba comprando lana a cincuenta centavos la libra y quejándose de la escasez que había de tal! artículo. Los indios no necesitaban dinero. No hacían mantas. Nophaie se sorprendió al observar la prosperidad y la independencia de que hacían ostentación aquellos Nopahs. Ninguno de sus adornos de plata estaba empeñado en la casa de comercio…, lo que constituía un signo sin precedentes de la prosperidad de la época.

Cabalgando a través del desierto, hacia el Norte, en unión de varios de aquellos indios, Nophaie cubrió veinte millas, o acaso más, antes de separarse del último jinete a la puerta de su hogan. Todas las extensiones cubiertas de verdor estaban moteadas por las manchas de los rebaños y por pequeñas manadas de caballos y reses. Todas las mujeres se aproximaron a las puertas de los hoganes para ver a Nophaie, y sonreían v murmuraban entre sí. Una vieja india le detuvo para hablarle.
- Nophaie, mira a Nadglean nas pah -dijo con altiva dignidad-, que atendió a tu madre cuando tú naciste. Nadglean te lavó los ojos. Ha vivido para verte, Nophaie, el Guerrero… Ven a divertirte con nosotros.
Nophaie se detuvo, ansioso de conocer algo acerca de su madre, agradecido al, apreciar que comenzaba a apoderarse de su ánimo un sentimiento de aproximación, de contacto más íntimo con su pueblo. A fa caída de la noche, cuando el festín fue servido, no había en el hogan espacio para más indios. Todos comieron por espacio de varias horas y cantaron hasta muy avanzada la noche. La ocasión fue de honor y alegría para ellos, indios, que se gozaron en la compañía de Nophaie. Más de unos ojos sombríos y soñadores brillaron con más claridad ante las palabras de Nophaie.
A la mañana siguiente, Nophaie siguió su camino, más impresionado que anteriormente en la prosperidad y la felicidad de los Nopahs. Podría razonablemente suponerse que los veinte mil indios Nopahs de la colonia se hallaban en la cumbre del bienestar. Sus ilusiones se elevaron hasta tal punto, que casi llegó a aceptar por completo las palabras que Nadglean nas pah había pronunciado: «Ahora, todo está bien.» Solamente los hombres prudentes y jui- ciosos, como Etenia y Do Etin, entreveían el porvenir. La mayoría de aquellos indios amp; imaginación sencilla vivían el presente, aceptaban las riquezas como una recompensa por sus méritos; comían, dormían, cabalgaban, dejaban que el tiempo transcurriese, y no pensaban en los escritos de los hombres blancos, que marcaban como una sombra en los campos cubiertos de salvia.
La noche sorprendió a Nophaie en la cresta de la gran pendiente que conducía a las tierras altas. El jinete había seguido un atajo desde Shibbet toa, en dirección al Oeste y a los campos de Etenia. Su caballo estaba cansado. Nophaie lo dejó en libertad e hizo su lecho bajo las extendidas ramas de un frondoso cedro. Como cena, comió el, maíz y la carne que le dieron en el último hogan que había visitado.
Todo cuanto había en él legítimamente indio latía con su sangre y llenaba de excitación su alma cuando se hallaba en la soledad. Estaba a muchas millas de distancia de cualquiera de los caminos que hasta entonces había seguido. Solamente la vista de Nothsis Ahn podría ser- virle de orientación. Se hallaba perdido en el desierto; según le decía su razonamiento de hombre blanco; pero su naturaleza india le indicaba que no podría perderse jamás. Y se tumbó sobre las ramas caídas de los cedros, con la silla bajo la cabeza, con el cuerpo cubierto por una manta, y miró las:blancas estrellas. El silencio del desierto era absoluto. No se producía ningún sonido, no había mas vida que el aliento de la Naturaleza, el penetrante poder de un espíritu invisible que aleteaba sobre todo, se posaba en las rocas y flotaba en la fragancia de la salvia.
Nophaie estuvo tumbado durante mucho tiempo, con los absortos sentidos propios de los indios sumidos en la profunda capacidad de una ausencia total de pensamientos. No pensaba. Sentía. Poseía aquel legado indio que es desconocido de los hombres blancos. Aun cuando no pudo expresarlo ni percibirlo por medió del pensamiento, se encontró inexpresablemente feliz mientras duró aquella especie de trance. Veía la vasta cúpula del cielo, cuajada de estrellas, que se extendía sobre él, sin límites ni confines, solamente interrumpida por la línea del horizonte. Veía las estrellas fugaces que resplandecían al cruzar dos cielos. Veía a través de las infinitas profundidades que se abrían sobre él. Veía la sombra de los cedros ante el espacio; y la gris oscuridad de la yuca, y las difusas colinas, espectrales, como colinas en. el, alba de la tierra. Aspiraba el olor seco de los pinos, de las hojas muertas que reposaban en el suelo, de los cedros, el de los topos ocultos en agujeros del polvoriento terreno, la fragancia de la salvia, el débil aroma de lluvia que se suspendía en el aire inmóvil y que procedía de una lejana tormenta, el olor a caballo de la silla, el calor de su cuerpo. Gustaba el aliento de las cosas vivas y de las cosas muertas del desierto, todo ello misteriosamente encarnado en los trozos de hojas secas y de salvia que inconscientemente masticaba. Sus oídos absorbían los sonidos del silencio, el bajo y sordo zumbido de la Naturaleza, que podría ser el batir de su sangre al correr por las venas. Y percibía la inmor- talidad que le rodeaba, el eslabón que unía su cuerpo vivo con el polvo de los huesos de sus antecesores; percibía la vida que había a su torno y que se concretaba en los bosques y en las piedras, en las+ sombras de la noche, en la mística y confusa lejanía; y percibía, también, la vastedad de la tierra que estaba bajo él, el inconmensurable vacío que se tendía encima, todo ello como partes integrantes de su propio ser.
Después, a través de su ociosa, libre y opaca imaginación, relampaguearon repentinamente el recuerdo, el pensamiento y las imágenes. Vio el rostro hermoso de Marian, la corona dorada de su cabellera, los ojos de azul. Su amor surgió como un torrente sin freno. Y entonces recordó que él era Nophaie, el vagabundo del desierto, el proscrito de su pueblo, un infiel que carecía de hogan, de parientes, de rebaño, el más, pobre de todos los Nopahs, sentenciado a vivir con sus ilusiones, a consumir su vida golpeando contra los barrotes de un odio de extraños.
Al llegar a las tierras de pastos situadas al pie de Nothsis Ahn, Nophaie reunió sus caballos en una sola manada y los condujo fuera del camino de Fahute. Aquella noche acampó en el: profundo desfiladero, junto a la familia que allí vivía. Y en aquel remoto lugar descubrió que su fama había llegado antes que él. En todas las residencias indias fue acogido calurosamente. Cuando llegó el amanecer, condujo los caballos a la parte alta del terreno, a las eminencias de tierra y roca, a las llanuras cubiertas de cedros, a las zonas bajas en que Oljato y los campos que conoció en su infancia le atraían con, dolorosa pena y con pesar, y a través del desierto amarillo y rojo, en dirección a Kaidab.
- Sí, te compraré los caballos - dijo Withers coma respuesta a la pregunta de Nophaie -.
¿Cuánto quieres por ellos?
Nophaie dudó un instante; luego mencionó una cantidad.
- No es bastante- replicó Withers -. Te daré cinco más por cada caballo. ¿Quieres cobrar en dinero… o en mercancías?
Nophaie destinó una parte del valor de sus caballos a la adquisición de un nuevo equipo para él, en el que incluyó un revólver.
- Supongo que ahora harás lo que Blucher dijo a Wolterson: «Ir de un lado para otro»- dijo riendo Withers-. Puedes hacer algunos encargos y trabajos para nosotros. Me alegro de que hayas venido. La señora Withers iba a enviar a llamarte.
Nophaie se preguntó qué podría desear de él la. señora del comerciante, no siendo que se tratase de alguna cuestión relacionada con Marian. Y experimentó curiosidad por saber si Marian tendría conocimiento del modo que él había conquistado nombradía y admiraciones como consecuencia de haber substraído de la escuela a Gekin Yashi. La señora Withers se alegró de verle y se mostró ansiosa por conocer noticias de Marian; mas nada había oído acerca de la hija de Do Etin.
- Nophaie, querría que nos ayudaras en una pequeña cuestión… que realizaras un trabajo casi de misionero -dijo la señora Withers al cabo de unos momentos de conversación -.
¿Conoces a un indio medio chiflado llamado Shoie?
- No -contestó Nophaie.
- Bien; Shoie proclama que embrujó a una vieja india, y que la vieja murió como consecuencia del embrujamiento. Y ha dicho a otras dos indias viejas que se propone hacerlas objeto de un embrujamiento igual. La primera de ellas, Nolgoshie, la «mujer saltarina», comenzó a pensar en la amenaza y cayó enferma. Temo mucho que la obsesión la mate. Quiero que me ayudes a persuadir a Shoie a que diga que destruirá el embrujamiento. Luego iras al hogan de Nolgoshie y se lo dirás. La otra vieja es la esposa de Beleanth do de dodie.

Beleanth do de dodie es un Nopah rico y bueno. Temo que su esposa comience a meditar sobre el hechizamiento y que enferme también. Quiero que le digas que ese embrujamiento no es más que lo que dijiste que son las enseñanzas de Morgan.
- ¿Qué? -preguntó Nophaie.
- «¡Falsedades!» - respondió la esposa del comerciante al mismo tiempo que guiñaba un ojo -. La palabra se ha extendido por toda la colonia india. Más de una docena de indios me han preguntado qué significa la palabra «falsedad». El bocazas de Jay Lord la pronunció en Mesa en presencia de varios indios. Yo no me atrevería a llamar falsedades a las predicciones de Morgan; pero esa palabra describe exactamente las afirmaciones de Shoie.
- Creía que Jay Lord era la mano derecha de Morgan -observó meditativamente Nophaie.
- No. Es uno de los instrumentos de Blucher. En realidad, todos ellos se odian… Bien;
¿querrás quedarte durante unos cuantos días en el puesto comercial y ayudarme a librar a las dos viejas indias del hechizo de Shoie? -Señora Withers, ¿cree usted sinceramente que esas dos mujeres pueden morir como consecuencia de tales embrujamientos?
- ¿Creerlo? Lo sé. Es una cosa que sucede con frecuencia. Pensar el mal es hacer el mal. Así creen los indios. Si se puede hacer que un indio piense una cosa, esa cosa es cierta para él.
- Sí, lo sé. Pero jamás he oído que un indio medio chiflado pueda embrujar a nadie.
- Necesitarás muchos años, Nophaie, para terminar de conocer las supersticiones de tu pueblo. Jamás llegarás a comprenderlas por completo.
- Espero que podré influir sobre ese Shoie -contestó Nophaie. Y a continuación relató brevemente lo que había sucedido en Mesa, la entrevista que sostuvo con Do Etin, el rapto de Gekin Yashi y la extraña reacción de su tribu.
La señora Withers se animó extraordinariamente, casi se excitó al oírle; y pareció hallarse dividida entre la ansiedad y el regocijo.
- Entonces, «¡ eso era!» - exclamó -. Me he preguntado muchas veces cuál sería la causa del súbito interés que por ti se ha despertado. Bien, Nophaie: no podrías haber hecho nada más eficaz para conquistar una nombradía, una gran nombradía, entre los indios. Eso te llevará a las alturas… Por esta causa, desde cierto punto de vista, lo sucedido es conveniente, pues, suceda lo que suceda después, has conquistado la fama. Pero es malo en otros aspectos. Es segura que se encontrará a Gekin Yashi, puesto que los Nokis seguirán su pista. Si Blucher descubriera el papel que has desempeñado en su salvamento, te encarcelaría… Y no sé cómo reaccionará Do Etin cuando Gekin Yashi sea encontrada.
Y Nophaie refirió entonces la importancia de la cólera de Do Etin y la severa determinación que había tomado.
- Eso es muy grave - dijo la señora Withers, preocupada -. Do Etin no podrá mantener a Gekin Yashi alejada de la capilla de Morgan cuando la disposición de que me hablas haya sido puesta en vigor. Do Etin habrá de obedecer a los representantes del Gobierno, y si no lo hiciera, lo encarcelarían… Es muy grave… Do Etin no incumplirá la palabra que ha dado, no se doblegará. Y eso significa la cárcel para él… o acaso algo peor.
Nophaie empleó mucho tiempo en la elección de su equipo, especialmente del revólver. Se sentía un novicio en el uso de las armas de fuego, y después de, muchas reflexione y consideraciones decidió que una pequeñita que pudiera ser ocultada cuando fuera preciso, o llevada colgante del cinturón, sería lo más conveniente para él.
- Ahí está Shoie - dijo Withers al entrar en el establecimiento.
Nophaie se acercó al indio con interés. y con disgusto, con una extraña y vaga renuncia. Esta última sensación debía de proceder de unas tempranas asociaciones con la infancia de Nophaie, cuyo recuerdo le llevaba frecuentemente a la duda y a la sorpresa.
Shoie era un indio de alrededor de veinte años, de cabeza grande, cubierta de cabello enmarañado, lo que daba origen a su nombre. Su rostro podría impresionar a alguna vieja supersticiosa; pero Nophaie lo considero como el de un indio insustancial, adusto y falto de inteligencia. Las vestimentas de Shoie no eran las propias de un: Nopah próspero.
Se envaneció evidentemente de ser escogido entre el grupo de indios y mostró por Nophaie la deferencia. que se había hecho general. Nophaie fingió impresionarse por la presencia de Shoie, compró cigarrillos, frutos envasados y pastas pana él y empleó cierto tiempo en su compañía antes de abordar el tema de sus embrujamientos. Entonces, Shoie negó que hubiera lanzado ningún hechizo contra alguna india. Pero, después de escuchar los persuasivos argumentos de Nophaie, confesó haberlo hecho y se justificó diciendo que tales mujeres estaban poseídas de espíritus malos, a los cuales deseaba exorcizar. Finalmente, Nophaie logró que le prometiera anular el embrujamiento.
Nophaie decidió ir inmediatamente a los hoganes de las dos indias interesadas y llevar a Shoie consigo. Cuando la señora Withers conoció esta resolución, pidió ver a Shoie y conversó con él durante unos momentos.
- Es posible que resulte eficaz - dijo a Nophaie -; pero tengo dudas… Shoie está muy impresionado. Cree que es un gran hombre. Ve el modo como puede hacer sentir su influencia. He aquí lo que puede suceder: hará hoy lo que le digas, pero mañana o cualquier otro día dirá a los indios que ha vuelto a ejercer el embrujamiento. Ya sabes que está lo suficientemente embrujado para hacer que los indios le teman.
Nolgoshie, «la mujer saltarina, vivía en el desierto, en un desfiladero que se abría al pie de la:meseta de una montaña. Había muchos hoganes bajo el saliente de: los terrenos altos. Nophaie convirtió aquel viaje en una cosa ceremoniosa, habló con muchos indios, y pidió a otros tantos que le acompañaran. Nolgoshie poseía muchos carneros y era una hábil tejedora de mantas. Su esposo se hallaba ausente. Nophaie encontró a la mujer entregada a los cuidados de otras indias, parientas o vecinas. Antes de entrar en el hogan llamó a tales mujeres, las hizo salir, les habló de la razón de su presencia y señaló a Shoie, que se encontraba cerca de él y se daba una gran importancia. Las mujeres se alegraron y lanzaron unas miradas temerosas al indio poseedor de los secretos de la brujería. Nophaie creyó que sería conveniente que Shoie no entrase con él en el hagan.
Nolgoshie se hallaba acostada sobre unas mantas. Era una india todavía joven y no mal parecida. Y, por lo que pudo ver Nophaie, se encontraba en perfecto estado de salud. Pero estaba enferma de espíritu.
La mujer miró, fijamente a Nophaie y luego a sus enfermeras, todas las cuales inclinaron la cabeza afirmativamente y confirmaron las afirmaciones del joven. El efecto que se produjo en Nolgoshie fue mágico. Su rostro perdió la melancolía que lo dominaba y sus ojos se dilataron. La mujer se sentó, y Nophaie habló durante varios momentos para asegurar que el espíritu malo se había marchado y no volvería más. Nolgoshie mejoró visiblemente en presencia de Nophaie. Y Nophaie se maravilló del efecto que el pensamiento produce sobre la imaginación y el cuerpo de los seres humanos.
Nophaie cabalgó en unión de Shoie en dirección al otro extremo del terreno de pastos hasta llegar a unas diez millas al oeste de Kaidab. Beleanth do de dodie estaba en su casa, muy apenado por el estada de su esposa. La mujer se encontraba muy enferma. El ensalmador no había conseguido aliviarla. Nophaie habló con ella y comprendió muy pronto que su padecimiento era el mismo de Nodgoshie, con la diferencia de que aquella mujer creía hallarse en situación mucho más peligrosa. Nophaie no tuvo seguridad de que la mujer fe hubiera comprendido, puesto que no ofreció síntomas de mejoría. Cuando Nophaie salió, vio que Beleanth do de dodie entregaba algunos obsequios a Shoie, lo que, según la señora Withers, constituía un modo equivocado de conducta.
Al día siguiente llegó a Kaidab un mensajero portador de la noticia de que la esposa de Beleanth do de dodie había muerto. Esta noticia produjo un profundo disgusto a Nophaie, que hizo cuanto le fue posible por evitar que llegaste a conocimiento de Nolgoshie. ¡En vano! Sus propias enfermeras, a pesar de las advertencias, de las suplicas y de las amenazas, dijeron a Nolgoshie que la otra mujer víctima de los hechizos de Shoie había muerto.
Nolgoshie cayó de espaldas, presa del temor y de los supersticiosos terrores. Nophaie intentó reanimarla con toda la elocuencia y la persuasión que le fue:posible utilizar. Sus palabras solamente sirvieron para empeorar el estado de la mujer. Después Nophaie se dirigió al galope en busca de Shoie. Finalmente, pudo hallarlo en el:momento en que alardeaba de haber vuelta a hechizar a la mujer de Beleanth do de dodie y anunciaba que se disponía a hacer lo mismo con Nolgoshie.
Ven allá conmigo-le ordenó Nophaie-con el fin de que Nolgoshie oiga de tus propios labios que has anulado el hechizo.
- ¡No! -replicó Shoie levantando altivamente la peluda cabeza.
- ¡Te digo que irás! -dijo severamente Nophaie al mismo tiempo que desmontaba.
Todos los indios que se hallaban presentes, con excepción de Shoie, se levantaron en señal de respeto por Nophaie. Un anciano jefe, que indudablemente había estado escuchando, asomó la cabeza al exterior del hagan.
- Nophaie es un señor - dijo -. Shoie es un india que tiene la cabeza trastornada. No es un ensalmador. Su hechizo es solamente una mentira.
Nophaie dio un golpe a Shoie, lo tiró al suelo y continuó golpeándolo. Y luego, obligándole a:ponerse en pie, la llevó junto a su caballo.
- ¡Levántate! - le ordenó.
Nophaie obligó al ensangrentado y atemorizado india a ir con él al hagan de Nolgoshie. Pero arribaron demasiado tarde para que se pudiera hacer rada a las profundidades del ensombrecido cerebro. Nolgoshie estaba delirando.
Nophaie se alejó en unión de: Shoie y le amenazó de muerte si en alguna ocasión volvía a proclamar que había arrojado un hechizo de brujería contra un indio. La señora Withers experimentó dolor, pero no sorpresa, al conocer lo sucedido.
- Sé que era lo que había de suceder -añadió la señora Withers -. Nolgoshie morirá.
Y al día siguiente llegó un mensajero con la noticia de que Nolgoshie había muerto y de que ningún indio quería enterrarla. Nophaie:se encargo de cumplir esta tarea.

XI

Marian Warner creía que seis meses de intenso trabajo en estrecho contacto con los misioneros, y el diligente estudio de cuantos libros pudo hallar: relacionados con el problema indio, le habrían producido una completa comprensión del grave asunto. Y a sus observaciones y estudios añadió un examen y discernimiento tan justos, analíticos y desapasionados como era posible. La emoción no gobernaba sus juicios. Aun cuando sus sentimientos, a través de la relación con Nophaie, fuesen dolorosos y ofuscadores, Marian pudo conseguir que no ensombreciesen su visión, turbasen su juicio ni dificultasen su apreciación imparcial de lo que era justo. El desierto y los pueblos primitivos que lo poblaban habían agudizado su inteligencia, cambiado su actitud ante la vida.
Los agentes eran nombrados por el Gobierno; el nombramiento de los misioneros era solamente una cuestión de cortesía. Todas las relaciones entre los agentes y la suerte de los indios dependían exclusivamente de la clase de hombres que los agentes fuesen. Las influencias políticas hacían que se enviase a las colonias indias a muchos directores e intendentes; pero muy pacos de ellos eran aptos. El fracaso en otros aspectos de la vida no constituía precisamente una esperanza de acierto en una tarea muy difícil y compleja. Los más capacitados y mejor dotados de los hombres se encontrarían ante una tarea cuya eje- cución necesitaría el empleo de la mayor inteligencia y la más grande habilidad. Cuanto más inteligentes fuesen, tantas más dificultades habrían de hallar en su trabajo. Las posibilidades de los indios eran ilimitadas, pero también lo eran las dificultades. Por lo tanto, no habría sido aventurado afirmar que los agentes no aceptaban sus nombramientos a causa de su deseo de ayudar a los indios o de realizar el bien. Marian conoció la historia de una docena de agentes anteriores a Blucher. El único entre todos ellos a quien los indios estimaron y respetaron, que se esforzó por favorecerlos, no pudo durar mucho tiempo junto al terrible Morgan.
La mayor parte de tales agentes se hallaron desesperanzadamente fuera de su órbita de conocimientos. Todos ellos se encontraron ante una labor fastidiosa; si se hallaron allí fue a causa de su fracaso en el Este, o por culpa de su mala salud, o porque disponían de las suficientes influencias políticas para obtener un destino del que no eran dignos en algunos casos, para huir de un medio social que los observaba con desconfianza. Algunos de ellos fueron hombres honrados e intentaron adaptarse a las dificultades de su labor, con el resultado de que al fin descubrieron que eran inferiores a la importancia de 1a tarea. Pero desde el punto de vista de los indios y los misioneros y de los empleados del Gobierno, v especialmente de los traficantes, casi todos tales agentes habían constituido unos grandes fracasos. Indudablemente, las sutilidades y las complejidades de la situación eran excesivas para cualquier hombre de ordinarias aptitudes.
Se necesitaban años de ansioso estudio y de amor para conocer y comprender las necesidades de los indios. Aun los más sinceros y honrados de todos los misioneros se encontraban con una amedrentadora labor entre las manos.
Marian descubrió que el concepto de los indios sobre la religión estaba muy lejos de la comprensión de algunos misioneros. El indio pensaba por medio de símbolos. Su dios era la Naturaleza. Los indios concebían, a su dios por medio de percepciones sensoriales de un inmenso espíritu místico de la vida y de la muerte que en él había. Todo cuanto sucedía en la Naturaleza era la manifestación del imperio de un ser supremo sobre el Universo. Y estas ma- nifestaciones eran las que el indio cantaba y a las que dirigía sus oraciones. Oraba al sol para que de diese calor con que calentarse y se derritiesen las nieves que habían de producir de nuevo el verdecimiento del maíz y de los frutos. De la tierra blanda brotaban él pan que comía y las hierbas que pastaban sus carneros. El:sol nutría a la vida. Nieve y lluvia, rocío y hielo, el viento…, todo esto nacía en el Gran Espíritu. El deslizamiento de tierras, la ruidosa inundación, el chasquido del rayo, la ventisca y el sofocante y neblinoso día del verano, la amarilla tormenta de tierra, que corría amenazadora v rugiente…, todos los fenómenos de la Naturaleza tenían una relación íntima con la vida interior de los indios. El india tenía la cabeza en las nubes, caminaba con las sombras, oía voces silenciosas, era místico, se hallaba más próximo a la tierra que los hombres blancos, su visión era encantadora… La belleza, el color, la melodía, la línea, la curva, el movimiento y la quietud existían para él. Del árbol procedía su arco; del pedernal, la punta de su flecha; de las bestias, la cuerda fibrosa; de los objetos físicos que, le rodeaban nacía lo preciso para satisfacer las necesidades de su vida. En el centro invisible de la Naturaleza circundante alentaba la potencia de la Creación, la divina esencia, el secreto. Cuando salía el sol, el indio se inmovilizaba, fascinado, de cara al Este, en adoración del redivivo brotar de la luz, con una plegaria en los labios. A la hora del crepúsculo vespertino, miraba la gloria fugitiva del señor del día, silencioso, transportado, absorbiendo con el alma el dorado fulgor; y su plegaria terminaba: «Ahora todo está bien.»
Solamente los pocos hombres y das pocas mujeres que habían pasado muchos años en la tierra de los indios con corazón e inteligencia despiertos podan comprender sus simbolismos: la belleza y la poesía de sus inexpresados pensamientos.
El misionero sincero, el hombre que abandonaba su hogan y las comodidades y los amigos para dirigirse a una región solitaria y dura, que ardía en celo de llevar las bendiciones de Jesucristo a los que consideraba como paganos, tenía muy pequeña visión de la verdadera naturaleza de su labor, de lo absurda que era la pretensión de convertir a los indios en muy poco tiempo, y finalmente, de las complicaciones fomentadas por un déspota como Morgan y por otros empleados del Gobierno, de los corrillos de sus maquinaciones, de sus intrigas, de los trabajos de zapa que realizaban. ¡ Cuán poco conocía el mundo ajeno a la colonia india de aquella importante cuestión! La vida del buen misionero era un martirio.
Y mucho menos sabía la mayoría de todos aquellos recién llegados acerca del desierto y su significado, de lo sutil de su influencia sobre la vida, de su crueldad y su ferocidad.
Los misioneros y otras personas de piel, blanca nacidas para una vida de civilización y comodidades se reunían acá y allá en pequeñas comunidades, en diversos lugares del desierto. Trabajaban u holgaban, según les dictase su temperamento, pero vivían. E inconscientemente se veían afectados por el ambiente. El desierto era bravío, abierto, solitario, vasto, libre, voraz y violento, duro y cruel, ineludible como la misma Naturaleza. El sol no respetaba a los que vivían en lugares que no habían sido creados para ellos. En invierno y en verano, la cruda luz y el resplandor del sol eran terribles. No estaban hechos para ser soportados por gentes de piel blanca. Por lo menos, el dios de los indios no creó blancos a dos hombres que habían de poblar el desierto. Los beduinos, los guachas y los in- dios tenían oscuros los rostros; el pigmento de su piel había sido creado para que resistiese los efectos del sal. El calor era asfixiante por espacio de meses y más meses y ejercía unos efectos incalculables sobre la sangre y el cerebro. En la primavera soplaba el simún, vientos veloces que transportaban muros de arena, durante días y días, y que irritaban los ojos y las almas de los blancos. Las tormentas eran iracundas, repentinas, violentas como la naturaleza del desierto.
Los elementos, la soledad, el gran vacío, la incesante intrusión del desierto, invariable e inevitablemente terminaban por afectar la imaginación y el espíritu de las gentes blancas. Si sus corazones hubieran estada en esta vida y sus esperanzas cíe una vida futura hubieran reposado en el desierto, los efectos de éste sobre el carácter y sobre su ser físico habrían sido completamente diferentes. Pero la mayoría de los que la habitaban maldecían la región silvestre que los sustentaba temporalmente. De este modo su decadencia, tanto física como mental, era segura. En los lugares parcamente poblados, especialmente en los eriales, donde las elementos; hacían la, vida difícil, los hombres y las mueres descubrían intereses propios, y las debilidades humanas aumentaban. Tales personas retrocedían en la escala del progreso. El odio era más odio, el amor era más feroz, y los celos, la envidia, la avaricia, la cobardía y el egoísmo se despojaban de la delgada piel de la civilización y se fortalecían. Los sufrimientos ponían a prueba la fortaleza o la debilidad de los hombres. El instinto de conservación constituía la única ley de la vida, y en aquel desierto este instinto predominaba sobre todos los demás. Pero algunos hombres - y éstos eran los amantes de las tierras despejadas, los que acogían con. agrado las durezas de la existencia - se hacían aún más nobles al ponerse en contacto con el desierto. Estos pocos hombres y estas pocas mujeres que se perfeccionaban a través de una extraña evolución provocada por la vida en el desierto daban, prueba de la divinidad qae en ellos se albergaba. Eran los que más unidos se hallaban a los indios. Aun así y todo, los que se envilecían tenían la excusa de que habían sido colocados en un ambiente, que servía para poner de relieve las debilidades de la familia humana.
No sería improbable que esta nefasta influencia fuese la causa más importante del mal que los hombres blancos hacían a los indios. Dondequiera que los blancos hubieran estado durante su existencia en el mundo civilizado, cuando llegaban a los terrenos incultos se encontraban en contacto con la vida en su aspecto más crudo. Y reaccionaban sutilmente.
La joven india del desierto era singular y lastimosamente vulnerable. Era una mujer primitiva. Todavía poseía los instintos del salvaje. Su religión no la conducía al fingimiento, no le proporcionaba esa protección que es universal en las mujeres blancas. Su padre, acaso, era polígamo. Su madre no la enseñó a frenar los instintos. No había observancia estricta de ninguna ley moral en las tribus. La joven india no pensaba el mal, porque sabía que pensar el mal equivalía a hacer el mal. Era tímida, soñadora, pasiva, aunque estuviera llena de un latente fuego, inocente como un animal y verdaderamente parecida a ellos. Su imaginación era un depósito de leyendas y conocimientos, vulgares, de música y poesía, de ensalmos dé doncella; pero su sangre era roja y cálida, y ella era solamente una hija de los elementos.

XII

Morgan guardó varias cartas en el cajón de su mesa y lo cerro.
- Tengo el Libro Antiguo a mis espaldas-murmuró con una nota de silbante alborozo en la voz.
Reunió cierta cantidad de hojas escritas a máquina, todas manchadas, todas con la sucia marca de los pulgares de oros indios estampada al pie, las colocó en un sobre, lo selló, escribió la dirección y lo guardó en uno de sus bolsillos con el fin de entregárselo personalmente al indio portador del correo. Morgan jamás confiaba ninguna de sus comunicaciones al despacho de correos de Mesa. Después de meditar durante unos instantes en tanto que tamborileaba, con las puntas de los dedos en el tablero de la mesa, adquirió una expresión, de intensa preocupación. Los pliegues de la frente se le fruncieron más que de ordinario.
Su oficina estaba situada junto a la capilla en que predicaba a los indios. No era una estancia austera ni severa. El color y las comodidades se advertían por doquier. Había en la habitación una elocuente ausencia de todo 1o que tuviera estilo indio. El estudio poseía dos puertas, una de las cuales se abría al saloncito de la casa, y la otra al pórtico posterior.
Morgan se levantó al cabo de unos instantes y se aproximó a la abierta ventana. La brisa de la mañana septembrina tenia en su aroma- una vaga insinuación de hielo derretido. El verano moría. En la huerta habían aparecido ya los tonos bronceados y dorados del otoño. Pero, en la lejanía, el desierto parecía tan inmutable como interminable era. Aquella ancha extensión verdosa y amarillenta, con las líneas oscuras y accidentadas de los desfiladeros, con los acres y más acres de roca y arcilla, semejaba una carrera circundante. A Morgan no le atraían los espacios descubiertos.
Su primer visitante de aquella mañana fue Jay Lord. Entró con las gruesas botas, caminando perezosamente, sin despojarse del sombrero ni retirarse el cigarrillo de los labios. En su faz se dibujaba la máscara de una sonrisa. Su empolvado traje indicaba que había realizado un reciente viaje.
- ¡Buenos días, Morgan! dijo- Vine anoche. Todavía no he visto a Blucher." Quería verle antes a usted. -¿Ha averiguado usted algo? - preguntó.
- Pues… sí y no -contestó, Jay -. No he podido adquirir las pruebas que desea Blucher. Esos diablos! de Pahutes son muy reservados. Pero tengo la impresión de que el injún Nophaie tiene mucho que ver con la desaparición de Gekin Yashi.
- También yo lo he supuesto - añadió sobriamente Morgan-. Blucher no quería enviarle a usted. Ahora no le preocupa la cuestión, cuando la muchacha nos ha. sido entregada. Pero a mí sí que me interesa. Y quiero poseer pruebas para que se castigue a Do Etin, y a quien se llevó a la muchacha.
- Creo que jamás podrá usted probar nada contra Do Etin ni contra Nophaie -dijo perezosamente Lord -. Tendrá que contentarse con hacer alguna falsa acusación.
- Jay Lord, no me agrada su modo de hablar.
- Bien; si no le agrada, puede rechazarlo - dijo el otro lentamente-. Le dije que estaba dispuesto a trabajar en la sombra a favor de usted. Y lo estoy. Pero hágame el favor de no llamar pan al vino ni vino al pan cuando hable conmigo. Estoy desde hace diez años trabajando en estos alrededores.
Los pálidos ojos de Morgan fijaron detenidamente sobre el seco y despreocupado Jay Lord una larga mirada, la mirada escrutadora y sombría de un hombre astuto que no confiaba en nadie.
- Muy bien. Llamaremos al pan pan y al vino vino - contestó sucintamente Morgan -. Le necesito a usted. Y usted quiere ocupar el puesto de Wolterson. Intentaré convencer a Blucher para que pase la «apisonadora,, sobre él. Y, además, le pagaré a usted.

- ¿Cuánto? - preguntó Jay Lord lacónicamente.
- Lo que me parezca justo -contestó Morgan -. No acostumbro pagar a los hombres antes de que trabajen.
- ¡Aaah! Veo que nos entendemos perfectamente. Y ¿son ciertas mis. sospechas acerca de Blucher?
- ¿A qué se refiere?
- Pues… usted no me lo dijo con toda claridad; pero tengo el convencimiento de que usted necesita poseer algo que pueda esgrimir contra Blucher,; con el fin de pasarle «la apisonadora».
Morgan meditó. El modo como su mano se cerró fuertemente denunció su comprensión de que trataba con un hombre falto de escrúpulos a quien debía atar y retener.
- No es usted tonto, Lord. Por eso he querido que continúe en Mesa… Ahora, dígame por qué cree que ese indio está relacionado con la desaparición de Gekin Yashi.
- Pues porque el día después de la desaparición cabalgué a través de la llanura -contestó, Jay Lord -. Y encontré el lugar en que Gekin Yashi había abandonado el camino. Y busqué por aquellos alrededores hasta que vi huellas de mocasines en la arena, y huellas, de caballos. He sido seguidor de pistas durante mucho tiempo, y no he hallado en mi tierra nadie que me haya ganado a descubrir huellas. Me arrodillé e hice un dibujo de aquellas huellas de mocasines y de cascos de caballos. Luego las medí. Las seguí durante todo el día, hasta que vi que continuaban en dirección norte. Y entonces regresé.
- Continúe -dijo Morgan impacientemente-. Los Nokis hicieron lo mismo que usted.
- Sí. Pero tardaron mucho tiempo en conocer lo que yo averigüé en:el acto. Y perdieron la pista cuando llegaron a la región rocosa.
- Es cierto. Pero si los Nokis perdieron la pista, ¿cómo encontraron después a Gekin Yashi?
- Lo he descubierto en este viaje… Los Nokis no encontraron a Gekin Yashi. Los Pahutes que la guardaban la llevaron al campo de los Nokis.
- ¡Hum! ¿Los Pahutes? Es chocante… ¿Tenían miedo esos Pahutes?
- Ni de usted ni de Blucher -contestó Lord al mismo tiempo que reía burlonamente -. He aquí lo que sucedió. Hay un Nopah medio chiflado que se llama Shoie. Es conjurador. Y oyó decir que esos Pahutes tenían a Gekin Yashi oculta en la profundidad de un desfiladero. Como es natural, todo-si los Nopahs lo sabían. Bien; ese chiflado de Shoie envió a los Pahutes el aviso de que había embrujado a Gekin Yashi con el fin de que muriera. Ya había matado a dos mujeres Nopahs con su brujería. Los Pahutes son más supersticiosos que los Nopahs. Y por esta razón entregaron a Gekin Yashi a los Nokis que la andaban buscando.
- ¡Bien! - exclamó Morgan -. Y ¿de qué modo relaciona usted al universitario indio con todo eso?
- Ésa es la parte pintoresca de la cuestión, lo que no puedo probar para nadie sino para mí mismo - respondió Lord mientras, se rascaba la cabeza con una mano-. Cuando estuve en las tierras altas encontré el lugar en que Nophaie había vivido y donde enterró á su pariente. Es una región silvestre. Pero pude cruzarla y, al fin, llegué al hogan de Nophaie. Y busqué en las inmediaciones huellas de caballos+ y de mocasines como las que tenía grabadas en la imaginación. Y las encontré, tan claras como si estuvieran impresas. Descubrí huellas de mocasín, perfectamente marcadas, sobre la tumba del pariente de Nophaie. Las reconocí inmediatamente. Cuando me hallaba de regreso pregunté a un Nopah quién había enterrado al pariente de Nophaie, y me contestó que el propio Nophaie… Esto es lo que he descubierto, Morgan. Y sé que no prueba nada, no siendo para mí. Ahora «sé» quién raptó a Gekin Yashi.
- Esa prueba es suficiente para mí también-replicó Morgan sobriamente,-. Lord, es usted un hombre ingenioso. No le había apreciado debidamente hasta ahora. Creo que nos entenderemos bien… No diga nada a Blucher acerca de ese indio… Ahora, vaya y cumpla el encargo de Blucher. Tenga los ojos y los, oídos bien abiertos. Y véame después, indio.
Morgan detuvo al portador del correo y puso la preciada cata en manos de él.
Y después caminó pensativamente hacia lo alto de la sombreada avenida, en dirección al despacho del agente Caminó lentamente. Solía hacerla taimadamente, aunque no obedeciendo a un instinto, como sucedía a los indios. Eran muchas, verdaderamente, las causas de aquel hábito suyo. Cuando subía los altos escalones del pórtico oyó voces. ¡Las de Friel y la señorita Warner! Morgan se detuvo para escuchar.
- ¡Déjeme en paz! - gritó cansadamente la mujer.
A estas palabras siguió el arrastrar de una silla; después el ruido de unos pasos rápidos y apagados, el sonido de una voz de hombre…
- Marian, ¿no es usted capaz de comprender cuándo un hombre la quiere?
Morgan abrió la puerta y entró. Friel intentaba envolver en sus brazos a la señorita Warner, que le, rechazaba esforzadamente.
- ¡Ah! Perdónenme, jóvenes -dijo Morgan con severa ligereza-. ¿He venido a interrumpir una escena de amor?
- ¡No! -respondió la señorita Warner acaloradamente al mismo tiempo que empujaba hacia atrás a Friel. La joven tenía enrojecido el rostro. Sus ojos azules despedían llamas. Su pecho se hinchaba agitadamente. Morgan pensó, por primera vez, que aquella joven era guapa… Solamente le atraían las mujeres de tez oscura.
- ¿Es cierto? -preguntó fingiendo sorpresa-. En tal caso, ¿qué es lo que he interrumpido?
- Puede juzgarlo por sí mismo -replicó la joven.
- Un «ataque» - añadió Morgan viendo que la muchacha se detenía ahogadamente.
Friel hizo un esfuerzo por ocultar su agitación y se encaró con Morgan. Era un hombre alto, que aún no había pasado, de la edad mediana, delgado y nervioso.
- Oiga, Morgan, supongo que pretende usted utilizar nuevamente sus malas artes para acusar a alguien y librarse de, é l-dijo con aspereza.
- Señorita Warner, es muy grave lo que sucede; pero no quiero censurarla -dijo, Morgan sin prestar atención al airado Friel-. ¿Dónde está Blucher?
- Ha ido al dormitorio para consultar con la señorita Herron.
- Hágame el favor de ir a buscarle. No hable para nada de este desgraciado… incidente. Deje esta cuestión a mi cargo. Yo me cuidaré de poner los medios que sean necesarios para conseguir que no sea objeto de nuevos «ataques».
Cuando la señorita. Warner hubo salido, Friel salió del estado de consternación en que se hallaba y se entregó a la indignación y el furor. Durante unos momentos, hallándose fuera de sí, se, retorció las manos, se tiró de los pelos y solamente pudo hablar de modo atropellado e ininteligible.
- Friel, la acusación contra usted paría ser muy grave - declaró Morgan.
- ¡Amañe una acusación! ¡Maquine algo contra mí! ¡Haga una de sus malditas jugarretas! -exclamó Friel con indignación -. ¡Bah! ¡Le conozco bien! ¡Jamás, ha renunciado usted a nada que pueda favorecer sus malvados fines!… Estoy honradamente enamorado de, esa joven. Quiero que se case conmigo. Usted ha interrumpido mi declaración… ¡ Eso es lo que ha sucedido… y nada mis!
- Me agradaría poder creer lo que dice, Friel - contestó irónicamente Morgan -. Pero las claras palabras de la señorita Warner demuestran que es usted un embustero…, o que ha perdido la cabeza.
- ¡Dios mío! La señorita Warner se alarmó injustificadamente. Esto es lo cierto. Esa joven sabe bien que no me propuse causarle ningún mal - protestó Friel.
- ¿No sería conveniente que se solicitase del Consejo Misionero que llevase a cabo una investigación? Si la señorita Warner repitiese lo que honradamente supuse y dijese la verdad de lo que he visto… se vería usted envuelto en una grave situación, ¿no es cierto?
Friel dirigió a Morgan una mirada comprensiva, perspicaz y maliciosa, en la que se reflejaban su impotencia y su desesperación. Y su actitud cambió radicalmente. Evidentemente, había sido sorprendido por Morgan cuando se entregaba a condenables actitudes de amor que no le parecían censurables, lo que en el primer momento dio origen a una ira que estimaba perfectamente: natural. Pero a continuación perdió con rapidez la exagerada irritación, la furia explosiva e impulsiva.
- ¿Investigación? - repitió lentamente-. ¿Se atrevería usted a pedir que el Consejo procediese contra mí?
- He sido siempre amigo suyo. Le he mantenido en esta zona. La conducta de usted no es apropiada para un misionero. Y las palabras que me ha dirigido no han sonado precisamente como música en mis oídos. Podría convocar inmediatamente al Consejo de investigación.
- ¡Podría! -repitió sarcásticamente Friel-. Lo que quiere decir, sencillamente, que no lo hará mientras usted y yo seamos como uña y carne.
- Exactamente. Supongo que recordará aquellas irregularidades que cometió…, aquellas impresiones digitales que obligó a poner a los indios al pie de unos documentos cuyo contenido no conocían…, documentos por los que renunciaban en favor de usted a sus derecho sobre el agua y las tierras… Sobre unas tierras y unas aguas que ahora son propiedad de usted.
- Sí, lo recuerdo… y recuerdo también, de modo indudable, que la idea: no nació solamente en mi imaginación.
- No podría usted probarlo - replicó sucintamente Morgan -. Y por esta causa creo que sería más conveniente para usted que se pusiera decididamente a mi lado. Ahí viene Blucher.
¡No le diga ni una sola palabra de todo esto!
Morgan cerró la puerta del despacho particular de Blucher. Solamente necesitó ver el rostro del agente alemán para comprender que su artera imaginación albergaba algún proyecto.
Blucher era robusto, de piel clara, ancho de faz, en la que se reflejaba el rasgo característico de los alemanes la intolerancia!
- ¿Qué sucede? preguntó Morgan en voz baja.
Los ojos, azules y grises, de Blucher se dilataron y repentinamente parecieron comenzar a danzar en ellos unos puntos de fuego.
- ¿Qué le sucede a. usted? - preguntó al mismo tiempo que reía -. Está usted alterado, lo mismo que yo.
- ¡No hable tan alto! -contesté Morgan mientras dirigía una significativa mirada a la estancia de la señorita Warner-. No confío en, esa mujer. El Noki dice que la vio ayer en el Castillo. Estaba hablando con nuestro universitario indio. En el caso de que sea cierto, podré comprender muchas cosas. Pero no estoy muy seguro de ello. El Noki no pudo acercarse mucho a ellos. Pero eso basta para que nos pongamos en guardia.
- ¿Qué importancia tendría que fuera cierto? - preguntó, interesado Blucher.
- Fue ese ilustrado Nopah quien se llevó a Gekin Yashi de la escuela. Blucher se estremeció al oírlo.
¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo lo ha averiguado? ¿Qué…?
- No importa el modo como lo haya averiguado. Lo sé. Y esto es suficiente.
- Pero lo que usted sepa no es suficiente para convencerme - replicó Blucher con impertinencia -. Estimo a la señorita Warner. Es una joven inteligente. No he podido hallarle ni una sola falta. Y, lo que es más importante, constituye una gran ayuda para mí. Si me viera privado de ella, la echaría de menos…
- No, he querido sugerir que, prepare usted «la, apisonadora» para pasarla por encima de ella -replicó Morgan -. En el caso de que sea valiosa para usted, obtenga de ella todo el, provecho que sea posible… hasta el momento en que se confirmen nuestras sospechas. Y entre tanto, sea cauto.

- ¿Cómo podríamos adquirir seguridad? Hemos leído algunas de sus cartas. Pero tales cartas: no me demostraron absolutamente nada… creo que es usted excesivamente desconfiado.
- No. No lo soy. Aquellas cartas me han dado una idea. La señorita Warner vivía en Filadelfia y pasaba los veranos en la.costa. En las cartas hablaba de que había presenciado algunos partidos de base-ball allí. Ahora he averiguado que nuestro indio universitario era uno de los atletas más famosos que ha habido en las Universidades del Este.
- ¿Ese indio?
- Sí, ese indio -contestó Morgan -. No quiero olvidar el ejemplo que me ofreció de su ilustración. Ese Nopah tiene inteligencia. Bien; me he preguntado si la señorita Warner 1o conocería en aquella época. Escribiré a un amigo mío de Filadelfia para pedirle una amplia información, especialmente sobre si ese Nopah jugó partidos de base-ball en la costa.
- Por qué no dirigirse rectamente hacia el corazón del problema? - preguntó Blucher impacientemente -. Usted siempre actúa en la oscuridad.
- No es prudente enseñar nunca la jugada que se posee.
- No perdamos las ocasiones. Voy a llamar a la señorita Warner -replicó Blucher.
El misionero levantó una mallo en petición de prudencia, con lo que interrumpió el acto que Blucher se disponía a realizar.
- Espere un momento. - La preocupada actitud! de Morgan se hizo más intensa-. Muy bien. Llámela. Pero permítame interrogarla. Quiero correr el riesgo…
Blucher abrió la puerta, que Morgan había cerrado con llave, y dijo:
- Señorita Warner, hágame el favor de venir.
Marian entró tranquilamente, compuesta; pero una mirada atenta podría haber descubierto que en, su garganta había una especie de encogimiento y en las: pupilas de sus ojos azules una dilatación. Morgan no dejó de percibir en ella signos de agitación. Fijó su mirada fría como el hielo en ella y preguntó:
- Señorita Warner, ¿niega usted que sea amiga del universitario Nophaie…, que se reúne secretamente con él?
El dorado color del rostro de la joven pareció borrarse y dejar en su lugar una palidez que le cubrió las mejillas y la frente. Un suspiro se escapó de su pecho, un suspiro de sorpresa. Luego enrojeció profundamente, sus ojos relampaguearon, del mismo modo que habían hecho ante Friel, y levantó con indomable decisión la cabeza.
- Señor Morgan, ¿debo entender que soy una persona asalariada sobre quien posee usted el privilegio de formular preguntas personales de la naturaleza de ésta? - preguntó a su vez.
Morgan movió levemente una mano como si con ello quisiera indicar a Blucher que no necesitaba preguntar más a la joven, puesto que había contestado a su satisfacción, y que podía despedirla.
- ¿Lo niega usted? - preguntó Blucher.
- No negaría ninguna suposición, de cualquier clase que fuese, del señor Morgan - replicó la joven altivamente.
- Muy bien… Con eso basta - dijo Blucher al mismo tiempo que le indicaba por medio de un ademán que saliese. Cuando lo hubo hecho, Blucher cerró da puerta con llave.
Morgan le hizo una seña para que se sentase cerca de él, y dijo en voz baja:
- Es más de lo que sospechaba… Esa mujer de cara de pepona es lista. Se reúne con el indio. Es posible que tenga algún lío amoroso con él. Verdaderamente, de moda seguro, no es lo que parece..
El agente se acarició la barbilla y contempló a su algo con disgusto.
- Morgan, busca usted podredumbre en todas las mujeres y en todos los hombres… porque tiene podrida la imaginación -dijo-. No creo absolutamente nada de lo que usted piensa acerca de la señorita Warner.

El voluminoso cuerpo de Morgan se agitó un poco, como si hubiera sido impulsado por el correr de la sangre excitada por una repentina indignación. Y la sombra oscura que se dibujó en sus ojos habría creado preocupaciones a un hombre más perspicaz que Blucher.
- Generalmente, suelo encontrar lo que busco -contestó Morgan -. Dejemos por ahora a la señorita Warner. ¿Qué hay de, nuevo respecto al caso Wolterson?
El agente abrió uno de los cajones de la mesa, de donde extrajo varias cartas y papeles.
- Wolterson está preparado para que pueda usted pasar sobre él su «apisonadora» - dijo ásperamente -. Todos mis informes han llegado a su destino. He aquí una copia de la carta que el comisionado, Salisbury, del Departamento del Interior, ha dirigido a Wolterson.
Blucher desplegó una hoja de papel, escrita a lápiz, y leyó:

«Robert Wolterson.
»Por mediación del Superintendente de la Escuela India de Mesa.
»Muy señor mío:
»Los informes que se han recibido indican -que sus servicios están muy lejos de ser satisfactorios; que carece usted de energía e iniciativas; que alardea de ganarse la vida sin trabajar; que descuida por completo el cumplimiento de sus obligaciones y no tiene interés de ninguna clase en la prosperidad del servicio; que pasa el tiempo en la ociosidad, vagabundeando inactivamente en los -establecimientos, de los comerciantes o realizando viajes de placer; que casi invariablemente permanece en la cama hasta después de que los empleados que se hallan a su servicio se han incorporado a sus puestos de trabajo; que ha abandonado el cuidado de los sementales de la agencia hasta el punto de que ha muerto uno de ellos, y que, por la misma- causa, ha muerto también recientemente- una ternera.
»Se le conceden diez días a partir del recibo de la presente carta para que alegue las razones que estime pertinentes, en el caso de que haya alguna, contra su traslado a otro punto del Servicio o expulsado de él. Su respuesta deberá ser transmitida por mediación del Superintendente dentro del plazo indicado.
»De usted affmo. Otto Salisbury.»

- ¡Hum! - exclamó Morgan -. No es una acusación muy fuerte contra Wolterson. ¿Qué ha contestado?
- Es una respuesta muy larga, demasiado larga para que podamos entretenernos ahora en leerla. Llévese esta copia. Wolterson hace afirmaciones muy graves, y, lo que es más importante, casi demuestra que son ciertas. Y:todavía más: se ha puesto en comunicación con algunos amigos influyentes, que tiene en Texas, uno de ellos senador. Lo mejor que podemos esperar es que Wolterson sea trasladado a otro punto de la región reservada a los indios.
- Eso sería suficiente. No nos conviene que se produzcan investigaciones aquí. Wolterson es lo suficientemente inteligente para conseguir que comparezca, en el caso de que se celebre un juicio, ese universitario indio en compañía de otros indios que saben cosas… Me parece estar viendo ya al indio, Nophaie, Wolterson y su esposa, la señorita Warner, los comerciantes, todos unidos para `deshacerse de usted…
- ¿De mí? ¿Por qué no de usted también? - preguntó sobriamente Blucher. Morgan movió elocuentemente una mano en ademán condenatorio.
- Porque usted es el superintendente.
- Sí. Y usted posee la autoridad moral, ¿verdad? - preguntó Blucher burlonamente.
- Sí, si, sí -replicó Morgan.
- Señor Morgan, ¿cree usted verdaderamente lo que dice? - preguntó Blucher.
- No solamente lo -creo: lo sé además - respondió decididamente Morgan.
- ¡Demonios! Usted y todo lo que pueda creer reventarán cualquier día… Y cuanto más tiempo tarde en producirse el reventón, tanto más completo será.
- Es posible. Pero usted no estará ya aquí para regocijarse viéndolo -replicó Morgan -. Nos hemos salido de la cuestión… Creo que será preciso que hagamos acusaciones más fuertes contra Wolterson. Le sugiero que lo compliquemos en el asunto del rapto de Gekini Yashi.
- No será preciso. Wolterson habrá terminado de trabajar aquí cuando yo haya aprobado esta acusación. Le he aconsejado que dimita; pero, evidentemente, es una determinación demasiado fuerte.
- Eso sería lo más conveniente para él -murmuró Morgan absortamente, con la mirada al espacio-. Antes de tomar acuerdos respecto a Do Etin vamos a abordar la cuestión de la actitud de ese joven indio que entró en el dormitorio de las jóvenes por la noche.
- ¿No es una cuestión exclusivamente mía? -preguntó Blucher-. ¿Es usted el superintendente de la escuela y de la zona?
La respuesta de Morgan no fue negativa ni afirmativa se compuso solamente de un silencioso escrutinio del rostro del! agente.
- Conozco la verdad de lo sucedido -comenzó diciendo lentamente Blucher.
- ¿Par qué fuente lo ha averiguado usted? -replicó maliciosamente Morgan-. La señorita Herron me dijo todo lo que sabía antes de que usted supiera una sola palabra de lo que sucedía.
- Usted cree que se lo dijo todo - afirmó intencionadamente Blucher -. Y, en realidad, no fue así. Creo que la señorita Herron tiene algo que ver con las entradas de los jóvenes¡ indios en los dormitorios.
Fue Morgan quien entonces dio pruebas de sorpresa y escepticismo.
- Conozco a la señorita Herron desde antes de que fuera matrona de la escuela - declaró Morgan en el mismo tono que si creyera que esta explicación destruía toda posibilidad de culpabilidad.
El superintendente le miró con fijeza. En realidad, aquella entrevista no era enteramente fastidiosa.
- Y eso, ¿qué tiene que ver con la cuestión?
- ¡Tiene muchísimo que ver! -replicó Morgan-. Yo mismo confié a la señorita Herron la responsable obligación de cuidar del bienestar moral de las muchachas indias.
- ¡Bah! Morgan, ¿no puede usted llamar a las cosas por su verdadero nombre, al menos cuando habla conmigo? - preguntó Blucher -. Lo que quiere decir es que tal matrona fue nombrada por usted mismo. Por lo tanto, está obligada a responder ante usted de sus actos. Ante usted, sí,. ante usted es responsable del bienestar moral de las jóvenes indias… y de que usted se halle perfectamente informado de cuanto suceda.
Morgan hizo un gesto que semejaba expresar que las palabras de Blucher eran como el sánscrito para él.
- No puedo demostrar nada en contra de la señorita Herron -continuó Blucher-; de modo que no es preciso que explique las razones que me inducen: a creer lo que creo.
- Sí es preciso - replicó. Morgan vivamente-. Yo soy responsable de los actos de la señorita Herron. Y una sola palabra que se diga contra ella deberá estar respaldada por los hechos.
Blucher no parecía tan torpe como para que no pudiera darse cuenta de que su interlocutor lo dominaba poco a poco. Ni su impotencia significaba una falta de valor a de deseos de oponerse a él. Había algo más…
- ¿Hechos? Bien; el primer hecho que he podido establecer de modo indudable tuvo su origen hace mucho tiempo.
- ¿Cuánto tiempo?
- Desde que comenzó usted a mostrar interés por Gekin Yashi -replicó, significativamente Blucher.

Pero el significado de tal observación pareció perderse en la indiferencia de Morgan.
- ¿Sí? Entonces, digamos: alrededor de seis meses.
- Sí. Y usted sabe bien que la señorita, Gale comenzó su información diciéndonos que Gekin Yashi había corrido a su estancia en busca de protección. Esto sucedió pocos días después del regreso de Gekin Yashi a la escuela. Después, la propia Gekin Yashi me dijo que antes de su salida se había visto obligada en diversas ocasiones a correr en busca de defensa y protección, a la habitación de la señorita Herron… ¿No es extraño que la severa y rígida matrona no informase de estas cosas al superintendente?
Si Morgan luchó por conservar una expresión de indiferencia y de desdén, puede decirse que su esfuerzo resultó completamente inútil. Blucher cogió un cigarrillo de la pitillera que tenía sobre la mesa, lo encendió, le dio repetidas chupadas y no dejó ni uno solo momento de observar a su visitante.
- Morgan, sé que usted y otras muchas personas me atribuyen la posesión de la torpeza que se dice que es característica de los alemanes. Pero no soy tan obtuso como habría de serlo para que todo pasase inadvertido de mí -continuó Blucher-. Sospecho, no lo olvide usted, sospecho que la señorita Herron no permanece despierta por las noches para orar pidiendo protección para las jóvenes indias… y para Gekin Yashi especialmente. Sé, lo sé de un modo que no da lugar a la duda, que la señorita Herron se alegró, de la desaparición de Gekin Yashi. Y también sé, puesto que la propia señorita Herron me lo ha dicho, que desaprueba enérgicamente la disposición que obligaría a las jóvenes indias a acudir a la capilla de usted…
¿No son todos estos hechos suficientemente reveladores para usted?
- No lo son mucho - replicó Morgan, al mismo tiempo que hacía una ruidosa expulsión de aliento-. Pero las andanzas de esas jóvenes indias demuestran que son paganas y que seguirán siendo paganas hasta que adopten el cristianismo.
- Lo que no sucederá jamás - declaró el superintendente.
El señor Morgan no podía oír con indiferencia urna repudiación tan rotunda de la eficacia de su labor.
- He convertido a muchos de ellos - dijo altivamente, y la sangre se le agolpó en las sienes al decirlo. -Morgan, esas conversiones son solamente ilusiones de su fértil imaginación -replicó desdeñosamente el alemán-. Usted muestra un papel a un indio, finge leer lo que no está escrito, y dice al indio: «¿No has aprendido mucho oyendo mis sermones? ¿No has aceptado mi Dios?»… Y el indio contesta: «Sí», lo que significa: «No lo he hecho»… Y usted le fuerza a poner su huella digital en el papel y lo envía a su misión, a su iglesia.
- Blucher, lo que usted piensa de mí v lo que No pienso de usted no puede constituir tina solución para las dificultades presentes. Poco a poco, nos acercarnos a una divergencia, a un choque - dijo Morgan lentamente -. Pero lo cierto es que tenernos entre manos asuntos muy importantes, para resolver los cuales es preciso que nos unamos.
- Sí, lo sé - gruñó- Blucher -. Y me duele y me repugna la idea de que hayamos de hacerlo.
- Si no escarmienta a Do Etin y a Nophaie, la autoridad de usted se derrumbará por completo en esta región -afirmó Morgan de modo impresionante. Una fuerza singular emanaba de él, una potente indicación de voluntad y de energía.
- ¡Maldito sea ese viejo indio! -exclamó- Blucher con repentina indignación. Su rostro adquirió una expresión de perro de presa -. Le obligaré a aceptar todas mis disposiciones, o… o…
- Jamás podrá usted conseguirlo -le interrumpió Morgan -. Usted no conoce a los indios. Do Etin mantendrá su palabra. jamás permitirá que Gekin Yashi acuda a mi iglesia.
- ¡No censuro ni siquiera en lo más mínimo al indio por esa causa! - replicó agresiva y brutalmente: Blucher -. Pero Gekin Yashi no es lo que me interesa. Do Etin se ha burlado de mí. Se ha puesto en contra mía. Me hará parecer débil ante los indios. Pero, ¿cómo podré escarmentarle y castigarle de modo que constituya un ejemplo para los demás?
Morgan se inclinó hacia delante para murmurar en voz baja:

- Envía a Rhur, el policía, a Glendon y Naylor a detener por la noche a Do Etin. Do Etin se negará a aceptar la nueva disposición del Gobierno. Se negará a dejarse detener.
- Por una vez, estamos de acuerdo -contestó Blucher -. Y, ¿qué me dice acerca del universitario indio? Morgan castañeteó los dedos rápidamente; pero la mano que había levantado tembló ante los ojos de Blucher.
- Ese indio ilustrado es el hombre más peligroso, rojo o blanco, de toda esta zona - dijo Morgan de modo sibilante -. ¡Déjelo a mi cargo!.

- Queda convenido - replicó Blucher.
- Envíe esta noche a sus hombres en busca de Do Etin - añadió Morgan.
- Sí; cuanto más pronto, tanto mejor. Y esa disposición obligatoria entra en vigor desde este mismo instante. Morgan caminó presurosamente a 1u largo de la ancha avenida, en dirección a su casa. Caminaba en la actitud de un hombre a quien sería peligroso encontrar en una senda estrecha. Aparentemente, todo lo que veía era la tierra endurecida que pisaba.
En su estudio se hallaba el indio cuya visita esperaba: Noki, un hombre alto, delgado, de piel muy oscura, de cabello negro liso, de ojos de penetrante mirada. El último servicio que el tal indio, había prestado a Moran consistió en la recuperación de Gekin Yashi. Era, desde hacía mucho tiempo, el espía e instrumento de confianza de Morgan.
Morgan le aprisionó una mano entro las suyas y lo condujo hasta el sofá, donde lo forzó a sentarse, y se irguió dominantemente ante él. Después de haberse humedecido los labios, Morgan comenzó diciendo de manera ronca y con voz potente:
- Noki: esta noche pagarás, tus deudas con el hombre blanco de Dios… Ve al hogan de Do Etin. Procura estar allí tan pronto como anochezca. Permite que te vean los indios, pero no Tos hombres blancos que allí irán. Observa y vigila a esos hombres: blancos, que entrarán en el hogan de Do Etin. Acércate furtivamente y escucha todo lo que digan unos y otros. Recuerda absolutamente todas las palabras que oigas. Y no dejes de observar… de ver todos sus movimientos… todo lo que se haga… Cuando los hombres blancos salgan del bogan, corre a buscarme para informarme detalladamente.
Los negros ojos del indio, tan negros como el betún, brillaron con algo más que comprensión. Los Nopahs eran enemigos seculares de los Nokis.
Cuando el indio hubo salido de su estudio, Morgan permaneció durante mucho tiempo sentado, sin moverse, hundido en sus pensamientos, con la frente contraída por una masa de pliegues y arrugas. Lo que le mantuvo sujeto fue un hábito de:su imaginación… una costumbre de inmovilizarse y abstraerse para discurrir acerca de todas las contingencias posibles, de fortificarse ¡contra lo inesperado, de esconder sus maquinaciones de estratega hábil para satisfacer sus monstruosos egoísmos. ¡Y ni siquiera una ligera vocecita turbó la conciencia de aquel hombre.
Finalmente, se puso de pie, al mismo tiempo que murmuraba en voz alta: -Eso;servirá para «pasar la apisonadora» sobre Blucher.

XIII

Morgan permaneció en pie hasta una hora avanzada de la noche en espera del regreso del Noki que habría de informarle de lo que hubiera sucedido. Pero el india no llegó. Morgan se inclinó hacia la suposición de que nada desacostumbrado habría tenido lugar. Por esta causa, al llegar la medianoche abandonó el libro que había estado leyendo y se acostó. Su sueño no fue perturbado por ninguna pesadilla ni por ningún visitante.
A la mañana siguiente, cuando se hallaba desayunándose, recibió a un visitante: el anciano que era delegado de agricultura del Gobierno de Mesa desde hacía varios años. Su figura corta, doblada, parecía fortificada por una potente vitalidad; su fisonomía reflejaba los estragos del desierto.
- Señor Morgan, los Nokis de Copenwahie están armando unos líos, de todos los inflemos conmigo -dijo.
- ¿Sí? ¿Por qué? Y cuando hable usted conmigo, haga el favor de no emplear ese lenguaje profano.
- Es la época de la sequía. Todos los manantiales, con excepción de dos, están secos. Los Nokis no tienen agua suficiente para regar su alfalfa. Friel utiliza el agua para regar sus tierras. Ésta es la causa del malestar de los Nokis. ¡Y yo diría que tienen razón para indignarse y protestar!
Y, ¿por qué ha venido usted a mí? Mi misión está relacionada con el alma de los indios, no con sus derechos.
- Pero lo que hace Friel se relaciona directamente con los derechas de los indios sobre su agua - replicó el agricultor enérgicamente-. Voy a explicar cuál es mi opinión: los Nokis son agricultores industriosos. Han trabajado duramente para producir su alfalfa. Y yo no quiero que esa alfalfa se agote. Friel dijo que la cuestión no era de mi competencia. Quiero que los indios puedan disponer de una cantidad mayor del agua que les pertenece.
- ¿Les pertenece? ¿Por qué lo supone usted?
- Los Nokis estaban aquí antes de la llegada de los Nopahs o de los blancos.
- Eso no importa. El agua pertenece al Gobierno. Y el señor Friel posee un título de propiedad sobre las tierras y las aguas expedido por el Gobierno. No me sería posible hacer nada… en: el caso de que lo desease.
- Friel no tiene caballos. que sufran la falta de agua o de paja de heno. Los indios necesitan heno bueno y mucha agua. No pueden enviar a sus caballos al desierto para que vivan de las hierbas resecas… Los Nokis son trajineros. Transportan víveres y mercancías de Flagerstown. De ese modo se ganan la vida… No reciben un trato justo.
- Vaya a ver a Blucher - replicó Morgan.
- Acabo de separarme de él en este mismo instante - contestó el agricultor-. No se ha interesado por la cuestión… Me dijo que viniera a hablar con usted. Supongo que estaba preocupado como consecuencia de lo sucedido anoche: sus hombres han matado a un indio.
- ¿Sí? No lo sabía -afirmó Morgan sin gran interés. Parecía no haberse dado cuenta de que los ojos grises de aquel hombre del desierto estaban fijos en él.
- Ha: sido a causa de no sé qué nueva disposición que Blucher ha puesto en vigor - continuó el anciano-. Do Etiffii se negó a obedecer, según se dice. Cuando Rhur llegó acompañado de sus ayudantes Glendon y Naylor para detenerlo, Do Etin se resistió… y los agentes lucharon con él y le mataron.
- Es una desgracia - dijo. Morgan gravemente, al mismo tiempo que: movía la cabeza con pesadumbre-. Pero es preciso. que los indios aprendan a obedecer.
- Señor Morgan, ¿tendrá usted: la bondad de influir para que Friel renuncie a una parte de su agua? - preguntó ansiosamente el agricultor -. Utiliza mucha más de la que precisa. Y hace:muchísimo tiempo que no ha llovido en Copenwahie.

- No. Una petición de ese género significaría que yo comparto la 0Pinión de usted respecto al derroche inútil de agua por parte de Friel; y no es así.
- ¡Aaaah! - exclamó el representante agricultor del Gobierno. Y giró sobre sus,.tacones. Sus rudas botas produjeran un ruido retumbante al pisar el pórtico. Un momento mas tarde, el agricultor se había alejado.
Morgan oyó durante el curso del día varias versiones respecto a la muerte de Do Etin. Leyó el:breve informe de Blucher a los oficiales de Washington; preguntó a la atribulada señorita Warner qué sabía respecto a la cuestión; oyó el relato que le hicieron Rhur y Glendon; mostró un gran interés por oír las manifestaciones de Wolterson, y le preguntó qué había oída decir. Todos los relatos fueron los mismos que el fonda: todos iguales a los informes que el policía y sus ayudantes habían ofrecido, en primer lugar, al superintendente, y después, a los otros empleados gubernamentales. No hubo excitación de ninguna clase, ni se hicieron comentarios. La muerte de un indio carecía de importancia. Pero, cuando Morgan preguntó a Jay Lord, éste añadió unas cuantas palabras tajantes a la repetida y divulgada historia.
- Bueno… ¡Eso es. lo que ellos dicen!
Más tarde, Morgan recibió al espía Noki en su estudio, las ventanas y las puertas del cual fueron completamente cerradas. Y mientras miraba sostenidamente el inescrutable rostro oscuro de aquel Noki que odiaba a los Nopahs, Morgan oyó una larga historia, contada con la minuciosidad de detalles y la fiel precisión propia de lose indios, una historia extraña y ampliamente distinta de todas cuantas circulaban respecto a la trágica muerte de Do Etin.
Nuevamente llegó la noche, una de las noches: fijadas por Morgan para que las jóvenes indias fuesen a su capilla a oír sus predicaciones. Morgan no había aprendido por completo el lenguaje de los Nopahs; solamente adquirió, durante su estancia junto a los indios, el conoci- miento preciso de su lengua para darse a entender.
Y dijo ante el conjunto de rostros oscuros e impasibles.
- Debéis aprender a obedecerme. Vuestros padres son demasiado viejos parra aprender. Son paganos. Su dios no es bueno. Su religión no es buena. Vuestros padres, no tienen posibilidad de ir al cielo. Están hundidos en la ignorancia y el pecado. Arderán, -eternamente en el, fuego del infierno.
»El cielo y el infierno son dos lugares distintos. La mayoría de las cosas que hacéis y decís no os llevarán al cielo cuando muráis, sino en el caso de que adoptéis mi religión. El zorro es el padre de los indios Nopahs, y el zorro es uno de los animales más bajos y más viles. Tal como sois ahora cada una de vosotras, sois una especie de enorme llaga y podredumbre. El médico de la escuela y el ensalmador extienden medicinas sobre las llagas, y vistas desde el exterior presentan buen aspecto. Pero bajo la capa de la medicina sigue existiendo la podredumbre. Así sois vosotras, jóvenes Nopahs: tenéis podrido el corazón. Creéis que si podéis poneros unos vestidos brillantes, de modo que tengáis un buen aspecto exterior, estaréis perfectamente bien. ¡Ese pecado os lleva directamente al infierno!
»Es preciso que olvidéis, las canciones y las, leyendas y plegarias de vuestro pueblo. Los indios son pacanos. Deben aceptar las ropas de. los hombres blancos, sus modos de proceder, su trabajo, su lengua, su vida, su Dios. Y, entonces es posible que los indios, algún día, tengan blanco el corazón.
De este modo predicó Morgan por espacio de una hora ante aquellos rostros oscuros e impasibles. Luego, despidió a su congregación, mas se detuvo -a la huerta de la capilla y se acercó a una de las jóvenes indias.
- Gekin Yashi, quédate - dijo al mismo tiempo que la detenía-. Voy a predicar solamente para ti, con el fin de que puedas llevar mi palabra a tus hermanas.
Aquella joven india no tenía un rostro impasible ni oscuro. Era el suyo un rostro pálido y agita-do, y, sin embargo, hermoso a causa de su limpio perfil, de sus, ojos pardos, de sus labios rojos. La chiquilla estaba temblando cuando Morgan la retiró de 1a, puerta. Repentinamente, Morgan la forzó a tomar asiento en un banco y se inclinó ante ella.

- Gekin Yashi, ¿sabes que tu padre ha muerto? - preguntó Morgan con voz aguda y ronca.
- ¡Oh!… No, señor - tartamudeó la chiquilla.
- Ha muerto. Lo mataron, anoche… Lo mataron porque ataco!a los hombres blancos que fueron a detenerle. Pero fue el pecado lo que lo mató. No quiso obedecer.
Morgan se detuvo. El rostro juvenil y dulce de Gekin Yashi cambió lentamente de expresión…, tembló, corriendo por sus mejillas las lágrimas que brotaban de sus ajos… y se cubrió de una sombra de temor, de sorpresa, de dolor. Luego, la joven inclinó sobre el pecho su cabeza.
- Tú huiste y te fuiste can los Pahutes -continuó Morgan-. ¿Quién te llevó? Gekin, Yashi no contestó.
Fue Nophaie. Matarán a Nophaie lo mismo que a tu padre… en el caso de que no cantases tu pecado… y aceptes luego mi religión… ¡Habla! ¿Fue Nophaie, quien te llevó?
- Sí -susurró Gekin Yashi-. Pero Gekin Yashi no ha pecado. Gekin Yashi es como la mujer blanca, Benow di cleash.
A continuación, Morgan habló con voz de trueno:
- ¡Sí, has pecado! Toda tú eres un pecado. Solamente yo puedo salvarte… Te salvaré de lose pozos de hielo y de los fuegos del infierno… ¡Tiembla de tu temor!… ¡Cae arrodillada, hija de paganos!… ¡Desprecia esa falsa adoración de la, Naturaleza!… ¡Quiéreme… a mí el hombre blanco…! ¡Promete que harás lo que yo te diga!
La chiquilla india levantó el rostro, y luego las morenas manecitas, que temblaron como hojeas en el viento de la tormenta.
-Gekin Yashi… lo promete -dijo de modo casi inaudible.

XIV

Mientras esperaba que se produjera el despido que suponía que habría de llegar, Mariana continuó trabajando como si nada desagradable hubiera sucedido. Pero, en realidad, ya no, le quedaba sino una mórbida curiosidad por los negocios de aquella escuela, gubernamental, y una fiel, obstinada, inquebrantable voluntad de ayudar a los indios.
Los días de otoño comenzaban a dar paso a los del invierno… Eran anos días claros, limpios, en los que la tonalidad del desierto cambiaba de modo casi imperceptible. Por la noche, el viento gemía y aullaba entre las ramas de los álamos. Durante el día, el sol brillaba en un cielo sin nubes, resplandeciente, que arrojaba sobre el desierto una luz cegadora.
Marian no volvió a ir a Castle Rocks. No pudo disfrutar ya de la alegría y del encanto de sus encuentros con Nophaie. Ni él ni ella poseían ninguna prueba de que la vida de Nophaie estuviera en peligro, pero ambos lo, sospechaban y ambos sabían que su libertad estaba amenazada. Nophaie había confiado una carta a Withers y Tom a un pastor Nopah, los cuales las hicieron llegar a manos de Marran por mediación de Wolterson. Una, nota de amor y de desesperanza. vibraba a través de las palabras de Nophaie, palabras que inquietaron el alma de Marian; y, sin embargo, eran inexpresamente dulces… La separación había desesperado al joven. Nophaie necesitaba a Marran. Y en su creciente ansiedad, Marian anhelaba correr a su encuentro, ser su esposa. Habría vivido gustosamente en un hogan. Y, no obstante, a pesar de su impaciencia y de lo agudo de su anhelo, comprendía la, nobleza del indio y su actitud para con ella. Marian no estaba destinada a vivir en un hagan, a criar a sus hijos bajo un mantón de tierra, como una troglodita. Y un infinito respeto por Nophaie contribuyó a aumentar su amor. Nophaie ara un hombre. ¡Cuán apasionadamente se consumía en su anhelo de demostrar al mundo lo que un indio podía ser! Sería ella misma; la propia Marian, quien lo demostraría, si no por medio de su modesta pluma, a través de alguna otra persona a quien pudiera referir la historia. Nophaie, lo mismo que ella, esperaba que se desarrollasen los+ acontecimientos… acaso esperaba ira en que Marian fuese despedida de su ocupación. Entre tanto, todas sus súplicas se condensaban en la recomendación de que tuviese paciencia y se contuviese, de que conservase el valor, de que hiciese todo el bien que le fuese posible mientras estuviera en condiciones de hacerlo. Lo que más animó a Marian fue el grito de anhelo que el corazón de Nophaie lanzó por ella.
Y por esta causa esperó. Y las semanas pasaron. Y a medida que pasaban, la experiencia de Marian respecto a los niños indios se hizo mayor, y su conocimiento de los ocultos resortes de la máquina gubernamental aumentaron constantemente. Pero el ideal! que ella había concebido v acariciado de una manera impulsiva y sentimental se desvanecía como una ilusión, y las esperanzas que había abrigado se quemaban día a día hasta convertirse en amargas cenizas.
Una: sombra, fría, extraña, lúgubre, se había interpuesto entre ella y Gekin Yashf, urca sombra como la que nublaba los ojos tristes de la Pequeña Belleza. Mariani se negaba a dar crédito a pos peligros que su inteligencia le, señalaba. Las circunstancias habían puesto fin a sus ocasiones de encontrarse con Gekin Yashi. Sus entrevistas eran muy escasas. Ira enemistad de la señorita Herron era abierta e imposible de combatir. La matrona era todopoderosa en la escuela. Y Gekin Yashi ya no recibía a Marian con clara y tímida alegría. La, chiquilla india había envejecido. Escuchaba, pero no respondía; apenas levantaba la mira- da y solamente pudo Marian romper su reserva ea1 muy contadas ocasiones. Marian no volvería jamás a atribular a Gekin Yashi mencionando a Nophaie. Y otra de las, iluminadoras reacciones de Gekin Yashi estuvo constituida por su respuesta a una de las súplicas de Marian.
- ¡Oh, nadie me dice ya cosas hermosas Marian se preguntó si la tristeza de Gekin Yashi sería debida a la pérdida de Do Etin, su padre.

A medida que se aproximaba el invierno y la guerra nacida en Europa extendía sus garras hasta puntos cada vez más y más lejanos, principalmente en dirección a los Estados Unidas de América, Blucher se inclinó de modo indudable hacia una obsesión de unos pretendidas derechos de Alemania. Marian escribió a máquina:muchas de sus cartas y se dio cuenta de que el superintendente dejaba que en ellas se filtrase la expresión involuntaria de cosas sin importancia. Apenas le era posible poner atención en la tarea que le estaba encomendada en aquel terreno destinado a los indios, y todavía, naturalmente, le era menos posible resolver sus problemas. De este modo, se hizo menos canuto, por lo menos en lo que se relacionaba con Marian. Ni tampoco se cohibía al hablar con los demás. Cierta tarde se hallaba reunido en su despacho con varios de los empleados del Gobierno. La puerta del despacho se encontraba abierta. Habían llegado noticias de la. guerra, la mayoría de leas cuales, eran favorables para Alemania. La conversación de los hombres versó sobre temas generales, hasta el momento en que Wolterson dijo:
- Alguien debería matar al Kaiser…
Blucher se puso en pie con la misma violencia que si hubiera sido apaleado; y si en alguna ocasión se ha visto cambiar la expresión de un rostro humano a causa de la concentración del furor, ese rostro fue el suyo. Blucher se dirigió a Wolterson en alemán. Y luego, viendo el modo en que todos los hombres le miraban, enrojeció y dijo abruptamente y en inglés:
- ¿Mataría usted al Emperador?
- ¿No lo haría usted? - preguntó con lentitud Wolterson.
- ! De ningún modo! -replicó Blucher.
La réplica del tejana fue pronunciada con entonación de la que se hallaba ausente la característica lentitud:
- ¡A mí me agradaría hacerlo!
Blucher creyó ver repentinamente en Wolterson, un algo mucho más hostil que lo que se relacionaba con los insignificantes intereses de un terreno reservado por un Gobierna para residencia de algunos indios.
La respuesta de Blucher, si es que respondió a tales palabras, no fue oída por Marian. La joven no volvió a verlo durante el resto del día. A pesar de esta circunstancia, Marian señaló aquel momento como el, que iniciaba un cambio en 1a actitud del alemán. Una, fuerza terrible cambió la dirección de su, actividad, de modo que su debilidad, se desvaneció sin dejar más rastro que si jamás hubiera existido. Marian meditó sobre esta circunstancia y también sobre una observación hecha por Wolterson.
- Si los Estados Unidos. entran en guerra contra Alemania, la vida va a ser un verdadero infierno para nosotros en estos terrenos indios.
Las observaciones y las convicciones de Marian se fortalecieron e intensificaron a medida que pasaba el tiempo. ¡Cuanto habría de. decir a¡ Nophaie cuando volviera a reunirse con él.
Morgan era un maestro en el juego maquiavélico de la política. Muchos de los empleados no eran adversarios suyos, aun cuando habían tenido el valor de considerar como excepcionales algunas de las manifestaciones que Morgan hizo a los indios. Por orden de Morgan, algunas jóvenes indias habían sido extraídas de la escuela para ser transportadas a otros Estados. Morgan había sido visto frecuentemente en las campos y en las caballerizas de la escuela, y en otros lugares aislados, hablando vehementemente con algunos enemigos de Blucher.
Lo más significativo de todo era, el hecho de que la mayoría de las cartas que se escribían a Washington y a la Presidencia Misional no eran jamás contestadas, porque jamás llegaban a poder de lasa oficiales a quienes iban dirigidas. El jefe de todos los Nopahs, un indio muy inteligente, escribió por medio de un intérprete una carta a Washington en la que indicaba y probaba hechos importantes para el Gobierno y para la colonia india. Aquella carta-de la cual leyó Marian una copia, y a la que consideró como un documento notable- terminaba con urna pregunta: «¿Es esta colonia una colonia¿ reservada para los indios?» jamás llegó respuesta a tal documento.
Marian tropezaba con grandes dificultades para comprender el verdadero significado de la religión de lose indios. Los Nopahs adoraban al Sol, la Luna, las Estrellas, el Viento, el Rayo, el Trueno…, a todo lo que estuviera más allá de su comprensión, a lo cual atribuían valor de símbolos. Reconocían 1a existencia de una potencia desconocida que,enviaba el sol todos los días y los vientos fríos y los cálidos, y todos los fenómenos¿ físicos. Escuchaban la idea de que Dios era una persona y de que residía en algún lugar; pero argüían que si había un Dios personal y un Cielo material, habría de haber un camino que condujese hasta ellos. Creían que había una vida física para los espíritus¿ de los buenos, creencia que daba origen a su hábito de enviar con los muertos los mejores caballos, bridas, silla, cincha, adornos, revólver… Se enviaban instrumentas de todas clases -los espíritus de los instrumentos-. Y todo lo que era enviado para que sirviese de ayuda de los hombres muertos había de ser matado, también con el fin de que pudiera acompañarle, en su viaje. Los Nopales creían que los espíritus de las personas malas encarnaban nuevamente en animales terrestres, en el coyote, en el oso, en el puma, en la serpiente. Y por esta razón los indios nunca, o casi nunca, mataban a tales animales.
Aun cuando la curiosidad de Marian fuese muy grande, la joven rehuía el hacer averiguaciones que habría sido fácil descubrir. Por otra parte, se producían incidentes que le era imposible dejar de percibir, aun cuando no le importasen. Durante el servicio religioso de entre semana, Morgan abofeteaba a las indios que no permanecían quietos mientras él ridiculizaba las creencias de su pueblo Morgan mandaba, a la matrona frecuentes relaciones de los niños que debían ser castigados. Marian conoció diversos ejemplos de los castigos de la señorita Herron. La señorita Herron obligaba a los niños a inclinarse hacia delante y á apoyar las manos en el suelo o a permanecer erguidos y coro las manos en alto por espacio de tanto tiempo como podían soportar. No era infrecuente que alguna chiquilla se desmayase por efecto del castigo. Cierto día, varios chiquillas indios cruzaron corriendo el pórtico de la casa de Blucher. Marian vio que el agente salía, agarraba a una de ellos, lo derribaba de un golpe y le daba un puntapié cuando se encontraba caído en tierra. El chiquillo no se levantó con mucha ligereza.
Otro día, en los primeros de diciembre, cuando, a pesar del brillante sol, había unas bordes de hielo a lo largo de las zanjas de riego, Marian Pasó ante una de las puertas de los depósitos de víveres. A través de la puerta pudo ver a dos menudas niños indios que intentaban transportar un enorme montón de patatas. Hacía mucho frío en el sótano que se utilizaba como almacén, y las patatas estaban cubiertas de hiedo. Los muchachos estaban tan ateridos, que a duras penas podían sostener una patata en las heladas manecitas o hablar. Marian los llevó junto a la caldera para que se calentasen. Cuando hubo referido a Blucher el incidente, Blucher la ridiculizó por su sensiblería.
Por un procesa de eliminación, Marian pudo llegar a adquirir algunas pruebas de que el sistema de escuela obligatoria era beneficioso para los indios. El noventa y nueve por ciento de los estudiantes volvían, al abandonar la escuela, a su antigua vida, al hogan y a los rebaños. Era inevitable que abrigasen ideas respecto a una vida mejor, a mejores métodos, a mejor gobierno. Podían entender el inglés y conocían el valor del- dinero y del comercio. De ante modo, tanto sí les agradaba como si no les agradaba, se encontraban mejor dotados para el trato con los hombres blancos. Sin embargo, tales ventajas eran insignificantes en el caso de las mujeres indias si se las comparaba con las ventajas del sistema de escuela obligatoria. Marian se inclinaba, más y más hacia la convicción de que el sistema de gobierno, el régimen escolar y el procedimiento de establecer colonias indias eran desacertados.
Aquellas semanas de relativa inacción y la escasez de noticias de Nophaie y la. aparente indiferencia de Morgan y Blucher respecto a su presencia como empleado del Gobierno, no aplacaron los temores de Marian ni la certidumbre de que habría de ser despedida. Todas las, facultades se concentraban en aquellos momentos sobre cuestiones de más importancia.

Marian se lleno de cavilaciones, se vio presa de la nerviosidad, y se encontró acosada y atribulada por unos extraños presentimientos imposibles de definir. Le parecía «sentir» que algo importante se hallaba a punto de suceder.
Y una mañana, cuando la señorita Herron entró con el rostro pálido y agitada en lo. estancia en que Marian trabajaba, ésta recibió un sobresalto. 5u intuición no la. había engañado.
La matrona entró corriendo en el despacho de Blucher, la puerta del cual estaba, abierta.
- ¿Dónde está Morgan? -preguntó chillonamente -. No puedo… encontrarlo.
- ¿Qué sucede? -preguntó Blucher mientras, fruncía disgustadamente el ceño por efecto de la intrusión y de la interrupción de sus pensamientos.
- Ese universitario indio… ha entrado… sin permiso… en la sala de clases de la escuela- gritó la señorita Herron-. Me ha dado un susto… terrible. Arrastró a Gekin Yashi al vestíbulo…, donde está hablando con ella… He oído citar el nombre de Morgan… Luego corrí…, fui a buscarlo a su casa… para decírselo… ¡Oh, ese indio tenía una expresión terrible!
- ¡Nophaie! -exclamó Blucher. Evidentemente, aquel nombre provocó en su imaginación ideas sorprendentes. Blucher pareció interesarse profundamente. Cuando la se- ñorita Heron comenzaba a correr, la detuvo-. Quédese aquí… y no abra la boca -. Luego cogió el teléfono.
El sobresaltó y la impresión inmovilizaron a Marian en el mismo sitio en que se encontraba cuando entró la señorita Herron. Unos pasos, lentos, suaves, que reconoció como de Morgan, le produjeron una nueva impresión. Y Morgan entró. Podía apreciarse por su aspecto que ignoraba la presencia de Nophaie en la localidad. Pero las miradas que dirigió primeramente a Marian y después a la señorita Herron le indicaron que sucedía algo impor- tante.
- ¿Qué…? ¿Por qué está usted… aquí? -preguntó al entrar en el despacho de Blucher.
- ¡Cállese! -le interrumpió Blucher-. Morgan, se ha presentado una complicación; del todos los diablos. «Su» universitario indio… está aquí… con Gekin Yashi… ¡Oiga!… Sí, soy Blucher… ¿Dónde está Rhur?… ¿No está ahí?… ¿Dónde está?… ¡Búsquela a toda prisa!
Blucher abandonó el receptor en su horquilla por medio de un rudo golpe y miró a Morgan. Marian solamente podía ver parcialmente el rostro de éste, y pudo apreciar que estaba cubierto de, palidez.
- Morgan, ese «indio» está ahora con, Gekin Yashi - dijo roncamente-. Su amiga, la, señorita Herron, le ha oído pronunciar el nombre de usted.
- Eso, ¿qué quiere decir?… - preguntó incrédulamente Morgan.
- No lo sé; pero yo no quisiera estar ahora en el pellejo de usted ni por un millón de dólares-replicó burlonamente Blucher-. ¿Tiene usted revólver?
- No.
- Pues… su cargo no le defenderá ahora, no le servirá de nada.
- Cierre la puerta-dijo Morgan al mismo tiempo que daba vuelta para cerrarla por sí, mismo.
Manan oyó el violento golpazo y el ruido de la llave. La joven pudo verle el rostro por completo cuando se volvió para cerrar la puerta, y lo que vio la excitó. Luego miró a través de la puerta abierta que daba al exterior, al patio, al dormitorio. Un indio alto volaba presurosamente en dirección a la oficina. Marian se conmovió. ¿No había visito correr a alguien con aquel magnífico paso? El indio era Nophaie, que corría del modo que ella 1e había visto muchas veces, con la incomparable rapidez que le había hecho famoso. Antes de que hubiera podido hacer una nueva aspiración de aire, Nophaie había, llegado a las escaleras del pórtico y las salvaba por medio de un salto de pantera. Sus, pies, cubiertos de blancos mocasines, produjeron un sonido retumbante al posarse en las tarimas. Luego… entró en la estancia con la celeridad de un relámpago. Un pañuelo sucio, doblado y manchado de sangre seca, le rodeaba la frente, le sujetaba el cabello. Sus ojos parecieron: perforar a Marian con la mirada.
- ¡ He visto a. Morgan entrar aquí! -dijo-. ¿Está ahí,… con, Blucher?
- ¡Oh… sí! -respondió entrecortadamente Marian-. Han cerrado con llaves… No debes…
¡Oh!
Nophaie extrajo un revólver de cualquier sitio y arremetiendo contra la puerta, descargó con el pie un golpe de terrible violencia. La cerradura saltó. La puerta se abrió plenamente. Nophaie traspuso de un salto el umbral.
Repentinamente dotada de nueva energía, Marian corrió tras él.
La señorita Herron cayó desmayada al -suelo. Blucher se recostó en el respaldar del sillón, con la boca y los ojos completamente abiertos. La sorpresa comenzaba a ceder el puesto al temor. Morgan tenía una, expresión horrible.
Nophaie conservó el revólver en la mano derecha, a baja altura. El arma estaba amartillada y se movió de modo casi imperceptible. Nophaie se llevó la mano izquierda hacia el vendaje ensangrentado que le rodeaba la cabeza.
- Las asesinos de Do Etin no han logrado asesinarme.-dijo-. Han ido tres veces a buscarme. Pero fracasaron en su intento. Vuestro Noki, el que me tendió tina emboscada y disparó contra mí escondidamente… Tengo su confesión.
Ninguno de los acusados pronunció ni una sola palabra. La amenaza del indio era inconfundible, tan inevitable como terrible.
- Morgan… Creí que sería conveniente poseer también la confesión de Gekin Yashi… para que pueda mataros a los dos sin las compunciones y los remordimientos¡ que la educación de los blancos me, han inculcado.
Morgan emitió un sonido entrecortado y se recostó en la pared vacilantemente. Blucher, lívido y acobardado, comenzó a tartamudear ininteligiblemente.
Marian experimentó una tremenda opresión en el pecho. Esta opresión semejó elevarla. Desapareció y la joven se encontró repentinamente inundada de calor, libre del frío terror que la había dominado.
- Voy a mataros… a los dos -dijo Nophaie.
Marian cerró la puerta. Luego se colocó entre Nophaie y los dos hombres. Comprendía lo que debía hacer.
- ¡Quietos! -ordenó.
Y giró en dirección a Nophaie, se aproximó a él, y le puso una mano sobre el hombro, mientras con la otra señalaba el arma.
- No debes matar a: esos hombres.
- ¿Por qué no? Blucher y sus hombres mataron a Do Etin. Morgan ha matado el alma de Gekin Yashi.
- Es posible que sea, cierto- replicó Marian-. No es una cuestión de justicia… Si disparas contra ellos, irás a la horca.
- Sí, en el caso de que me atrapen. Y entonces me, gustará pregonar ante un tribunal lo que estos hombres son.
- Nophaie, solamente te creerían unas cuantas personas que no podrán hacer nada en tu favor.
- Entonces… voy a matarlos en venganza. En venganza por lo que han hecho con Gekin Yashi…, con mi pueblo…
- ¡No! ¡No! Tú estás por encima de la venganza. Estás ahora dominado por el enojo. No puedes hacer ningún bien. El mal que esos hombres hayan realizado encontrará su castigo.
¡No los mates!
- Debo matarlos. No hay justicia. Vuestro Gobierno no es justo ni honrado para los indios. jamás lo ha sido, y nunca lo será. ¡No quiere salvar a los indios! Estas colonias no son para los indios. Son unos terrenos desérticos, unas grandes llanuras perdidas y estériles con las cuales algunas hombres blancos! proporcionan a vuestro Gobierno más de quince millones de dólares… para poder conservar unas puestos inútiles y bien retribuidos… Los blancos me han dado ilustración. Y todo lo que sé me grita imperativamente que mate a esos. demonios… ¡Debo hacerlo!
- Pero tú eres el hombre a quien quiero - dijo Marian, que había sido arrastrada a la desesperación por la verdad fría que encerraban las palabras de Nophaie,, por la firmeza de su justa ira-. Tú eres «ele hombre»… Me destrozarías el corazón si te convirtieras en un asesino…, esa un fugitivo de la justicia… Y si… si te… si te ahorcasen… ¡yo moriría!… ¡Dios mío! Nophaie, por mi amor…, por mí… deja vivir a esos hombres. Piensa la que su vida representa para mí. Me casaré contigo. Pasaré toda mi vida ayudando a tu pueblo… si… si tú… no derramas sangre.
Y lo abrazó, se apretó contra él desfallecidamente cuando hubo terminado la larga súplica.
Nophaie bajó lentamente el martillo del revólver.
- Benow di cleash, guárdame esto -dijo.
Marian aceptó temblando el pesado revólver; y mientras lo hacía, se preguntó qué se propondría hacer Nophaie. Luego comenzó a sollozar agitadamente. La expresión de Nophaie, su actitud, todo en él había sufrido una notable transformación. Lo amenazador de su semblante, aquel algo desconocido que en él había, se desvaneció. Marian recordó en aquel momento a Lo Blandy.
Caballeros, esta mujer de su raza les ha salvado la vida-dijo Nophaie-. Me proponía matarlos… Pero ni siquiera -ella, ni el Gobierno de ustedes, ni el Dios que fingen adorar podrán salvarlos de los indios.
Y después, con rápida violencia, se volvió hacia Morgan y, por medio de un movimiento violento y potente, en el cual pareció;tomar parte todo su cuerpo, disparó la rodilla contra el prominente abdomen del hombre. El golpe produjo un sonido seco no muy diferente al de un golpetazo contra une tambor grande. Morgan se venció en dirección a, la pared, contra la que su cabeza chocó duramente, abrió la boca por completo y -exhaló una completa expulsión de aire. Todo el viento que contenía había salido de su organismo. Al caer sobre las rodillas, san rostro tenía, una expresión repugnante. ¡Y sus manos batieron el aire!
A continuación, por medio de un ágil salto, Nophaie cayó sobre la mesa y desde allí sobre Blucher, con lo que la silla se rompió y el, agente fue enviado violentamente contra el suelo. Nophaie ni siquiera, perdió el equilibrio. ¡Cuán ligeros, cuán ágiles, cuán elásticos y maravillosos fueron sus movimientos!
Mariana no podría haber gritado ni podría haberse movido para interceptarle ni aun cuando:de ello hubiera dependido su propia vida. Estaba dominada por urca extraña sensación completamente desconocida de ella. Nophaie ya no se proponía matar, sino solamente lastimar. Y esta seguridad liberó un algo que se había mezclado íntimamente a la sangre de Marian. Los actos y los movimientos del indio la fascinaron. ¡Qué extraño resultaba que Nophaie no hiciera intención de golpear a Blucher, que estaba maldiciendo furiosa y aterradamente mientras intentaba en vano ponerse en pie! Nophaie continuó sujetándole con los pies. Cada vez que el alemán conseguía apoyar en el suelo las manos o las rodillas, Nophaie le retenía por medio de un empujón dado con uno de sus pies cubiertos de mocasines. De este modo, sujetaba y empujaba. Y parecía que aproximaba a cada momento un poco Blucher a Morgan, cuyas convulsiones le habían permitido evidentemente recuperar una parte del aliento. Un puntapié envió al agente junto al arrodillado Morgan, que cayó al suelo por efecto del encontronazo.
- Aprendí en la Universidad muchas de las, mañas de los hombres blancos -dijo Nophaie con amargo humor-. Y una de ellas es: 1a de dar puntapiés. Mis compañeros de estudios, decían que yo era capaz de arrojar el balón por medio de -un puntapié hasta mayor distancia que cualquier otro hombre. Ahora, puesta que me repugna la posibilidad, de mancharme las rojas manos de pagano con unas bestias sucias como ustedes, tengo que recurrir a, los, pun- tapiés.
Y, sin violencia ni rencor, continuó aquella partida de fútbol hasta que ambas hombres se convirtieron en dos despreciables pingajos despeinados y con las narices ensangrentadas. Repentinamente, se interrumpió. Marian vio entonces que la señorita Herron parecía revivir y se enderezaba. Nophaie la miró con el mismo desprecio que los dos hombres; le habían inspirado.
- Debería dar a usted también de puntapiés -dijo-. Pero tengo la educación de los hombres blancos.
Y conduciendo a Marian al exterior de la estancia, cerró la puerta y recobró el revólver de las manos, temblorosas de la joven.
- No te asustes, Benow di cleash - dijo al mismo tiempo que con el brazo rodeaba tiernamente la cintura de Marian-. Nuevamente me has salvado. No puedo hacer sino una cosa: quererte más y más… v regresar a mis desfiladeros… No te preocupes por ese Blucher y ese Morgan, ni por lo que puedan hacer. Son dos cobardes. No dirán ni una sola, palabra de lo sucedido. En el caso de que te despidieran, vete a la casa del comerciante. Te suplico… que te quedes en la colonia durante cierto tiempo. Avísame por medio de Withers. ¡Adiós!
- ¡No, Nophaie! - exclamó Marian después de hacer un esfuerzo desesperados por recobrar la voz.
Nophaie se encaminó al pórtico, miró a derecha e izquierda, y luego, reposadamente, bajó las escaleras y recorrió el sendero que conducía a la carretera. Marian vio que su caballo estaba atado a la verja próxima al portillo. La joven esperaba que vería hombres que corriesen en, todas direcciones, mas no vio ninguno. El corazón de Marian semejó descender de la garganta para ocupar su posición habitual. La joven vio cómo, Nophaie montaba su caballo y se alejaba al galope.

XV

Nophaie estableció su refugia en una de los casi inaccesibles repliegues del desfiladero de los Muros Silenciosos, profundamente hundida en las oquedades de las costillas de la tierra, lejos y bajo la blanca cúpula de Nothsis Ahn.
Había llevada provisiones de Kaidab y llegada a un acuerda con el comerciante, como consecuencia del cual las cartas de Marian que se recibiesen y las nuevas subsistencias habrían de serle enviadas al cabo de un mes por medio de un Pahute en quien ambos tenían confianza.
Naphaie tenía grabada en el corazón y en la conciencia la súplica de Marian de que no se convirtiera en un asesino. Y le parecía que el única modo de que podría rehuir el derramamiento, de sangre consistía en esconderse en los desfiladeros, pasar varios meses¡ en ellos… y esperar. No temía que las policías secuaces de Blucher pudieran hallarla en aquel sitio. Mucho antes de que pudieran llegar a la entrada del desfiladero de los Muros Silenciosos habrían perdido las huellas que a él conducían. Entre su retiro y las tierras altas en que reposaba Nothsis Ahn había millas de laberínticos desfiladeros y se hallaba la extensión occidental de las Rocas Movientes. No había caminos sobre aquellas pendientes de mármol. En los terrenos inclinados y lisos, gastados por el viento, no dejaban huellas los mo- casines ni los cascas de, los caballos. Eran muchos los peligrosos precipicios que se abrían a lo largo de aquellas tierras. El último hogan Pahute se erguía, en lo alto de una elevación, a treinta millas de distancia en línea recta, a tres días de viaje agotador.
Naghaie penetró en una de las más recónditos rincones de las alas precipitosas del vallé; y allí, donde jamás se había posado la planta de ningún hombre de piel blanca, al pie de unos lienzos rocosos, brillantes, que se elevaban cegadoramente hacia el cielo, instaló su cobijo. Era el lugar más adecuado para un india solitario. La región de las tierras altas se hallaba en aquella época baga el azote de las vientos. Allá, abajo, la hierba y el musgo eran verdes todavía, las hojas de los robles se habían desprendido, aunque aún permaneciesen algunas adheridas a las ramas, y las algodoneros conservaban tenazmente su tonalidad otoñal; todavía florecían las flores en las zonas altas en que el sol descargaba la fuerza de los rayos durante más tiempo; las abejas zumbaban durante las horas meridianas; los abetos negros, tan queridos de Nophaie, se elevaban en la lejanía, altos y oscuros, en el margen de la elevación de Nothsis Ahn, pero en el valle florecían los cedros, que presentaban su eterno y brillante verdor. Los «tolies», los grajos azules, que eran sagrados para las ceremonias de Nophaie, habían descendido de las montañas para pasar el invierno donde el calor del sol era reflejado por las elevadas paredes del desfiladero. Los sinsontes anunciaban la llegada del crepúsculo con melodiosos coros, pequeños animalitos salvajes, sin nombre para Nophaie, se introducían velozmente entre las masas de vegetación que brotaban junto al murmurador arroyo, y lan- zaban de vez en cuando unas notas melancólicas. Y desde los altos huecos y las grietas de las rocas llegaba hasta él el gorjea extraño, dulce, penetrante de los vencejos del desfiladero, que ce dejaban caer hacia la profundidad como el destello. de una flecha.
Nophaie había llegado a la conclusión de que si había algo que pudiera servirle de confortamiento en aquella situación habría de ser la comunión con su propia alma, el dominio de su ser físico. Si estaba amenazado de encarcelamiento por agresión, no podría trabajar entre los restantes miembros de su tribu. Por otra parte, lo que le amenazaba era seguramente algo más que el encarcelamiento. La herida que le había ocasionada el traicionera Noki no estaba todavía completamente cicatrizada. De modo que había diversas razones que recomendaban que se ocultase, que se hallase a solas, que esperara la mística solución que indudablemente estaba escrita. Podría huir de sus enemigos; se hallaría libre de los fríos vientos invernales que confinaban a los indios al interior de sus hoganes; podría vivir con absoluta libertad en el hermoso valle; podría pasar las horas pensando y soñando, buscándose el alma, hallándose a si mismo, alejándose del, odio feroz, meditando sobre la melancólica dulzura y la felicidad que se encerraban en el amor de Benow di cleash.
El valle de Nophaie tenía aproximadamente la forma de un octópodo, con la diferencia de que el cuerpo principal era estrecho y retorcida y que los.brazos se extendían hasta muy lejos y eran ondulantes. Aquel cuerpo tenía alrededor de una milla de longitud y los, brazos largos eran aún mucho más extensos. Innumerables ramificaciones suyas se extendían hacia las paredes del risco por todas partes. Un millar de ignorados e inhollados rincones y salien- tes, de cuevas y cavernas, de desfiladeros en miniatura se perdía en la intrincada topografía del valle. El gran brazo entallado que se dirigía rectamente hacia la mole de, Nothsis A n constituía por sí mismo un inmenso desfiladero con altos lienzos de, rocas, rajas y amarillas, que cruzaba el valle, se estrechaba nuevamente y parecía saltar hacia el cielo. A través de aquel desfiladero se deslizaba la corriente de agua, que seguía un curso quebrado. El arroyo, en sus épocas de desbordamiento, súbitamente! acrecido par las nieves derretidas, había cortado una profunda y tortuosa garganta y transportaba en su curso millares y millares de rocas, con lo que había trazado el lecho de un Aquel desfiladero demostraba la fuerza de la mayoría de las elementos y era silvestre.
Nophaie parecía impelido a. explorar, a buscar, a investigar, a trepar…, especialmente a trepar hasta una altura que semejaba inasequible, pero a la cual debía aspirar. A todos los indios les gustaban los lugares elevados. Y Nophaie era lo mismo que un águila en su amor por los altos riscos solitarios y los abiertos panoramas. Las silenciosas escarpas próximas no ejercían sobre él mayor fascinación que aquellas que podrían calificarse de inaccesibles. Seguramente, llegaría un momento en que las rocas de las alturas le hablasen. Aquellas soñadoras elevaciones tenían una voz para todos, además de para los hombres de piel roja, para toda la Humanidad. Pero era preciso esperar para poder oírla, había de, ser ganada. La Naturaleza guardaba celosamente sus secretos. Solamente hablaba a los que sabían amarla.
La calma y el descanso volvieron a Nophaie. Y luego las días parecieron fundirse unos en otros, deslizarse hacia un final, innominado y anhelado, hacia un desvelamiento del porvenir.
El día había sido excepcionalmente cálido para la época presente del año. A la hora del crepúsculo, Naphaie ascendió ala alta cumbre en forma de cana que se erguía en el semicírculo del valle, donde todavía el calar se asen-taba sobre las lisas rocas. Nophaie percibió el calor a través de los mocasines; y cuando hubo subido y tocó las rocas con las desnudas manas, el cálido contacto fue grato. Un cielo parcialmente cubierto de nubes y la ausencia del viento mantenían el frío en las proximidades de la montaña.
Nophaie llegó a la redonda cumbre, donde se sentó. Las abejas zumbaban al pasar junto a él; evidentemente, se dirigían a la parte del valle que estaba cubierto de cedros. Estas activas trabajadoras aprovechaban hasta los últimos momentos de luz.
El cubierto cielo se abrió ligeramente en el Oeste; y por la apertura se derramó una suave luz rasada, sobre las cumbres de las grandes montañas blancas. A través de la abertura, en dirección al Norte, Nophaie pudo ver el borde purpúreo y distante de la lejana meseta. El larga y lento crepúsculo era una de las características más bellas de aquel desfiladero de los Muros Silenciosas. El crepúsculo llegaba temprano a causa de que los costados del desfiladero se alzaban hasta tanta altura, que escondían el sol antes de que el día hubiera terminado. Par esta causa, la luz desvaneciente tardaba mucho tiempo en borrarse. Nophaie observó cómo se deshacía su débil calor rosado y cómo se elevaba el gris de las sombras. La que más anhelaba, huía de él. Tenía solamente la extraña alegría de sus percepciones sensoriales.
Antes de que la oscuridad hubiera envuelto el valle, Nophaie descendió de la loma, caminó sobre una larga pendiente, con tanta seguridad como un carnero, resbalando un poca acá a allá, hasta arribar a la cóncava profundidad, donde la noche se había instalado. Allí fue detenido por un ruido, además del que el arroyo producía, que aún no había oído: el. singular croar de las, ranas. El desacostumbrado calor del día había llevado un nuevo verano a los habitantes del desfiladero. Pera el croar de tales ranas era fantástico y débil, como si solamente hubieran medio despertado. Una de ellas exhalaba una nota ronca y repetida, la de otra era una sincopación, la de otra semejaba el sonido de un fuelle, que se reproducía a intervalos muy largos. Después, seguían unas cuantos trinos, ni agudos ni dulces y, no, obstante, melodiosos hasta cierta punto. Cuando el vierta fría de la noche comenzó a soplar, aquellas sonidos cesaron y Naphaie no volvió a oírlas.
Pera lo poco que había oído fue suficiente y bueno para él. Mientras permanecía sentada sobre una peña, la noche terminó de concretarse. Experimentó la tristeza y la tran- quilidad de la hora y pensó que serían muchas horas como aquélla y que de ellas sobrevendría una mitigación de sus penas.
Sobre él, las ondulantes líneas de las cumbres se marcaban oscuramente; y más allá de él, los negros muros del desfiladero se elevaban ante el cielo. No taladraba el cielo el brillo de ninguna estrella. No existía el azul. Desde las sombras que dormían a sus pies brotaba una dulce música, un zumbido, un murmullo, un chocar y extenderse de agua rápida sobre las rocas. Estos sonidos intensificaban la impresión de soledad y de silencio en aquella escondida rendija de la tierra. El pueblo de Nophaie y el mundo de las; hombres blancas parecían muy lejanos y no eran precisos para él en aquellas horas. El tiempo empleado allí mostraría a Nophaie la superfluidad de, muchas casas; acaso, también, la resignación a su infidelidad y a la futilidad del amor. Los muros rocosos y silenciosos, tan parecidas a párpados cargados de sueños, las profundas sombras, el recuerdo obsesionante de las cantarinas ranas, la brisa fresca, que llevaba el aliento de la nieve, la negra hinchazón de la rocosa montaña y la infinidad del cielo, aún más místico con sus rosarios de estrellas…, todo esta llevó al ánimo de Nophaie la sensación de la pequeñez de todas las cosas vivas, de la excesiva, brevedad de la vida.
Las emociones de Nophaie se hicieron gradualmente más plenas y más profundas. Aquella disposición de espíritu tan odiosa del pasado perdió su asimiento sobre él. Le pareció que poco a paca se libertaba de la opresión de una suerte de liquen medio muerta que le aprisionaba el alma. La opresión de las maravillosas elevaciones de rocas - una impresión que evidentemente no era india -le abandonó, par completo. Unas nobles pensamientos co- mentaron a llenar la imaginación de Nophaie. La labor que había sido abandonada antes de ser realizada, sus deberes para con su pueblo, su responsabilidad para con una mujer blanca que le había otorgado la bendición del amor, todo ella debía ser interpretado cama la única recompensa de su vida. La emoción elevó a Nophaie, y la inteligencia derrotó al egoísmo. Sin embargo, la tristeza imperaba sobre todo lo demás-una tristeza imborrable-, porque Nophaie había llegado a la comprensión del señoría y de la tragedia de la Naturaleza. Cualquier na- turaleza humana constituía un estudia fascinador. Su propio contacto y sus relaciones con las gentes de su pueblo eran cosas lastimosas. Allí, ante la soledad y la fuerza de la Creación, el, hecho se destacaba de una manera clara y desnuda. Nophaie parecía un animal que tuviera alma, que poseyera la necesidad de comer sin tener anhelos de vivir, que tuviera la potencia creadora y careciera del derecho a amar, que albergase en su alma la semilla de la inmortalidad y no, creyese…
Pero, extrañamente, la esperanza comenzaba a engendrarse en su alma y a manifestar su anhelo de nacer. Nophaie la percibía más a cada momento que transcurría. Era coma aquella fugaz impresión de aborigen que le asaltaba a veces cuando contraía los párpados y miraba a la Naturaleza como si él fuera el primer hombre que se hubiera desarrollado. Era una impresión tan efímera como el momento en que se producía, el momento en que él la percibía pera no pensaba. Y estaba, relacionada can su ser físico. En, la Naturaleza se encerraba no solamente, el secreto, sino también la: posibilidad de su salvación, en el caso de que la hubiera. Lo que más anhelaba encontrar era al Dios de sus antepasados. Esto representaba seguramente una adoración de la Naturaleza, pero de, la Naturaleza tal y como él la veía e interpretaba. El! espíritu de los hombres muertos no iba a albergarse entre las rocas, las nubes y los árboles. ¿Habría un espíritu omnipresente? Nophaie veía a través de supersticiones. En los indios era la, ignorancia lo que creaba la necesidad de adorar las cosas sobrenaturales, las fuerzas más, potentes que las humanas. Pero si en el hombre se albergaba un espíritu que abandonaba el cuerpo muerto, ¿no podría haber en la Naturaleza un espíritu eterno e infinito? La más conmovedora esperanza de Nophaie se cifró en la seguridad que tuvo de haber comenzado a oír las voces de las rocas silenciosas. No era una mórbida fantasía, sino sentimiento; no un amor solitario, cavilativo, ni el temor de la muerte, ni el ciego fortalecimiento de las falsas creencias; no era sino una inteligente comprensión del alma de la Naturaleza. Los hombres de ciencia no concederían que la Naturaleza tuviese alma. Mas, aun cuando fueran inteligentes, loas hombres de ciencia no habían podido resolver -el problema de la vida, ni -el de la extensión del Universo, ni el del origen del,tiempo, ni el del nacimiento humano, ni el milagro de la reproducción. Sus deducciones eran biológicas, arqueológicas, fisiológicas, psicológicas, metafísicas. Nophaie estaba en oposición a las fuerzas intelectuales que le habían arrebatado su religión. Había algo en aquellos muros silenciosos y soñadores, en aquellos muros cavilativos e inexpresivos, en aquellos rostros de roca esculpidos por el viento y por el! agua de muchos.siglos. Y por esta causa, Nophaie meditó bajo su sombra, los observó a las horas del alba, bajo la luz so- lemne del mediodía, en los minutos del crepúsculo vespertino, bajo -el dosel sombrío de la noche. Por esta causa, trepaba hasta ellos y llegaba a sus cumbres, hasta las cumbres más altivas de unas, para ver desde allí a los otras.
Nophaie se hallaba sentado en el centra del semicírculo; y la hora del crepúsculo estaba próxima. Cada momento que transcurría parecía un momento interminable con su don de recuerdo para el alma. Aquél era el mundo vivo de la Naturaleza, y su: cambio era el cambia de los ele que componían su maravillosa vitalidad. La belleza y la gloria podrían existir solamente en el alma de Nopero, eran objetos tangibles. La luz caía con un matiz dorado sobre su mano. Todo el valle estaba inundada de un luminoso resplandor, de rayos movientes, cambiantes, de sombras. Un águila, con las alas arqueadas y negras ante la luminosidad del cielo, corrió por el campo de Nophaie, centelleante, como una línea de luz oscura, y se hundió en las purpúreas profundidades que se encendían más, allá de las cumbres. Esta visión prestó nueva vida ala panorama y produjo a Nophaie una extraña alegría. El águila se había arrojado desde la altiva elevación de -la reina de las cúspides, se había dejado caer como una centella, libre, sola, hermosa, desenfrenada como el viento desenfrenad, para alegrar la vista de Nophaie y para añadir una nueva emoción a sus esperanzas. Naphaie no sabía qué plegaria debería entonar labre aquel redonda altar de rocas. j Ningún otro Nopah de la tribu lo habría deseado con tanta ansiedad cama él! Pero decidió recitar una oración que él misma compuso -¡Gloria del Sol cuando muere el día! ¡Belleza de las nubes en el cielo! ¡Esplendor de la luz en la quebrada! ¡Desapasionado días de la Naturaleza, hazme como tú! Préstame tus dones, Enséñame tu secreto, Dame tu espíritu.
¡Águila del vuelo maravilloso! ¡Sombra de la purpúrea altura! ¡Raya y velo de místico resplandor! ¡Azul del cielo y rosa de la nieve! ¡Venid a Nophaie!
¡Venid todas las cosas del cielo y de la tierra, venid del Oeste, del Este y del Norte, venid del viento alborotado, venid desde los muros de rocas silenciosos hasta mi alma perdida y solitaria y hacedme vuestro!
Nophaie volvió el, rostro hacia el Este, la dirección sagrada de los adoradores del Sol. Toda la grandeza del Oeste debía reflejarse en el, Este. Las redondeadas rocas, que ascendían hasta los bordes quebrados de los abismos, estaban envueltas en aterciopelados colores carmesí, y donde el sol poniente caía sobre la faz de los muros, encendía una viva tonalidad rojo anaranjada. Las profundas sombras hacían que el contraste fuera más intenso. Las hendiduras y las profundidades de las grietas hurtaban su purpúreo misterio al resplandor del sol, destacaban más las superficies doradas, y las contorneaban con un filo de calor violeta. El desfiladero de los Muros Silenciosos estaba inundado de tonalidades que lo transformaban… Millares de superficies doradas y rojas, con los tonos más apagados de las lugares de sombra, se erguían y elevaban, como una escalera de los dioses, hasta las altivas cumbres. Torres de aro, torres blancas, torres grises, accidentadas y retorcidas, coronaban el muro accidental y conducían la mirada de Naphaie en dirección al Sur, donde la gran elevación de Nathsis Ahn se alzaba blasonada por las cicatrices de los siglos.
De todos los muros aislados que rodeaban el valle de Naphaie, aquél era el más aislante, el más encumbrado, el más altivo, el más atrayente. Allí estaban las alturas inaccesibles. Amedrentada y aturdido, Nophaie pudo solamente bajar la mirada, más abajo, más abajo, hacia el semicírculo de desfiladeros y abismas que se hallaba baja él, y reconstruir con la imaginación el elocuente muro de roca, la barrera de piedra, el monumento, de la Naturaleza, el rostro hermoso de la montaña iluminada por el sol poniente.
A las pies de Nophaie se abría la sombra que creaba la profundidad del abisma. Allí estaban las arboledas de cedros oscuros, las grises y cerradas espesuras, los pálidos peñascos, todos más negros a cada momento que transcurría, más misteriosas baga el purpúreo resplandor del sol moribundo. Donde la base del lienzo de montaña comenzaba a elevarse, reinaba la oscuridad, y en esta oscuridad se dibujaba la forma de la elevación opuesta, que era la que proyectaba la sombra. Al hundirse más, el sal, las sombras de todas las elevaciones semejaron elevarse tamo una corriente, y sobre ellas se encendió el último brillo de luz. No había interrupción en el movimiento de las luces y las sombras. Todas ellas se movían, y con su movimiento cambiaban los colores. Un hilo de agua destellaba al caer hasta el fondo del abismo, como una chispa volandera de fuego, y se sumergía entre las sombras, acaso para buscar el cálido cobijo de las rocas y pasar la noche. El arroyuelo derramaba sus natas dulces, fugaces y persistentes.
Naphaie, hundido en contemplación, levantó la, mirada. De todos los dones de este mundo, ninguno es comparable al de la vista. Pera el ajo de la imaginación puede perforar el infinito. Y en tanto que miraba, el sol terminó de cumplir su milagrosa transfiguración. ¡Vida del color, espíritu de la gloria, símbolo del camina eterno! Aquel encanta de un instante era la sonrisa de la Naturaleza.
Nophaie intentó formarse una idea de cómo sería aquella escena maravillosa vista desde la altura. Imaginó que tenía la mirada de un águila. Baja su fuerte visión reposaban los oscuros desfiladeros, los picachos rojizos, las muros dorados un mundo accidentado y rojo, de piedra curda. Arriba, en la altura de una de las elevaciones: de la roca, se hallaba un hambre solitario e, inmóvil: Nophaie, el indio, extraño, insignificante, un átomo estremecida entre los colosales monumentos de naturaleza inanimada. Era el misterio de la vida arrojado contra el fondo árido de la centenaria tierra. Como un náufrago sobre el puente hundiente en, famosa del agua, el indio miró la sólida e inmutable montaña. ¡ Rostro brillante por efecto de la luz.
La silenciosa admiración de Nophaie par los elementos, su dominadora fuerza de voluntad, la enérgica proyección de su alma, las sublimidad de su esperanza, el intenso anhelo de luz de su espíritu… de más luz y más luz… de luz de Dios, como de aquella gloriosa luz del sol… le forzaran a continuar en aquella altura, solo en su soledad, aliviado de la carga que pesaba en su alma, con la desapasionada, implacable, irreductible omnicomprensible y omniabrazadora mirada de la Naturaleza puesta en él y en su insignificancia.
Los días se convirtieron en semanas, y nada significaba el tiempo. El viento norte rugía al chocar can Nothsis Ahn y las nubes de tormenta se detuvieron en torno, a él, negras, rodeadas de velos grises. Pero abajo, en el desfiladero de los Muros Silenciosos, no existían el fría del invierno ni el del viento. Nophaie buscó los muros, soleados y soñó mientras recibía el calor que reflejaban. Solamente le quedaba por explorar uno de los brazas del desfiladero, y Nophaie había dejado, esta tarea para cumplirla cuando necesitase entregarse abatido o falto de ánimos.
Cierto día, procedente de las profundidades, del desfiladero, llegó hasta él el grite de un indio. La voz sobresaltó a Nophaie, que se había olvidado del Pahute, por cuya mediación había de enviarle Withers las subsistencias convenidas. Lo había olvidado… y había olvidado algo más. Seguramente recibiría noticias procedentes del mundo que se abría más, allá de aquellos muros de roca, noticias del resto de la colonia india, de Mesa, de, su situación… y, lo que era más apetecible, noticias de, Benow di cleash.
Naphaie corrió. Corrió con la rapidez de un indio y can la alegría de un hambre blanco. Casi Llegó a despreciar la, ansiedad que se encendió en su interior, a burlarse de la extraña llamada que alteraba el ritmo de su corazón. La soledad que tanta había buscada se le presentó tamo un enemigo de su inteligencia. Los desfiladeros solitarios eran moradas para los¡ bárbaros, para los salvajes, para los indios, no para hombres de inteligencia cultivada. Siempre debería ser propia de los hombres, blancos la misión de contribuir al creciente progreso del mundo en dirección a una vida mejor. Pero él no era un hombre blanco. Y a medida que corría, sus pensamientos se multiplicaron.
Naphaie encontró al Pahute en el brazo mas ancha del desfiladero. Llevaba consigo una mula pesadamente cargada. Nophaie lo condujo a su campamento, donde descargó la la y preparó una comida para el indio, por quien llegó a conocer que el, policía blanco lo había buscada por toda la colonia y había regresado a Mesa. No conocía ninguna noticia más, y solamente añadió que el comerciante de Kaidab le había encarecido que llegase junto a Nophaie aquel mismo día.
- E1 día de Jesucristo - añadió el indio con una sonrisa.
- ¡Navidad! -exclamó Naphaie. Y sus recuerdos fueron muy extraños.
El Pahute se separó de, él a primeras horas de la tarde, después de haberle dicha que deseaba llegar hasta las Rocas Movientes antes de la caída de la noche. Nophaie se encontró nuevamente salo. Sin embargo, ¡cuán diferente era su soledad a la anterior! Tenía junto a sí paquetes y fardos en aquel, mantón de abastecimientos, los cuales, a pesar de las envolturas de papeles y harpilleras, no llevaban la marca de un negociante indio. Naphaie- se sintió rico. Le sorprendió el comprobar que se hallaba inexpresablemente feliz y alegre. Pero aquello, ¿no era debido a la seguridad de haber recibido mensajes de Marran? Sí, seguramente; pero no podía tener certeza de que ésta constituyese exclusivamente la causa de su alegría. Al des- envolver en primer lugar los paquetes más grandes. No comprobó que el comerciante había aumentado notablemente lo que Nophaie le había encargado para cada mes. Luego encontró, dentro del más grande, otro envoltorio más pequeño y más ligero, más cuidadosamente preparado, en una etiqueta del cual estaban estas palabras, escritas en inglés: «Felices Pascuas. El «equipo» de Withers.»
Nophaie intentó disgustarse por esta circunstancia, mas no pudo conseguirlo. Y descubrió que la que causaba su primera irritación era la circunstancia de que lo escrito en la etiqueta se hallaba en inglés.
- Soy india - murmuró Nophaie para sí mismo. Y, no obstante, no lo dijo en la lengua de las indios -. Regalos y felicitaciones de Pascua de, Navidad -añadió -. Y… ¡ me alegro!
Indio o no, no podía reprimir sus sentimientos. La familia Withers ofrecía una prueba de su.bondad, de su amabilidad, al acordarse del ilustre india que se hallaba recluido en su soledad. Nophaie encontró cigarrillos, cerillas, chocolates, uvas, una navajita, un hacha pequeña, un trozo de piel de ante con hilas y agujas, calcetines de lana y una camisa de franela. Withers había adivinado cuáles eran sus necesidades y a lo necesaria para su satisfacción había añadida algunos lujos.
Luego, con manos nerviosas, Nophaie abrió el paquete más pequeño, que sin duda debía de ser el de Marian. Dentro del gruesa papel había más papeles gruesos, y en el interior una cubierta impermeable, y dentro de, ésta un pañuelo de seda cuidadosamente, doblada en torno a un objeto plana y blando. Nophaie desdobló el pañuelo y halló un sobre grande, blanco, en el cual estaba escrita una sola palabra: «Nophaie». ¡Escritura de Marian! Una viva emoción se apoderó de él. En el mundo había muchas ilusiones, pera también había realidades. ¡ No había en la vida algún momento que no pudiera llevar la felicidad al corazón de algún mortal!
Dejó a un lado la carta y abrió el segundo de las paquetes, más grande, más duro que el anterior, plano, más envuelto, metido en una caja de cartón. Esperaba hallar una fotografía, y no, sufrió decepción. Pero antes de abrir la cubierta salió de entre ella un:sobre que contenía fotografías instantáneas tomadas por la propia Marian en Mesa con su camarita. La mejor de todas las fotografías era la que representaba a Marian montando el blanco caballo mesteño que Nophaie le había, regalado. Todas eran buenas, y, no obstante, ninguna de ellas reproducía exactamente la imagen que él conservaba en la memoria. El desierta había obrado duramente contra Marian. Pero cuando Nophaie abrió el sobre grande vio un asombroso parecido can el rostro rubia que adoraba y recordaba tan bien. Era una hermosa fotografía tomada en Filadelfia, probablemente poco tiempo después de que Nophaie saliese del Este.
- ¡Benow di cleash! -murmuró. Y toda su rubicundez, cama de flor, pareció brotar con una luz hermosa del radiante rostro que la fotografía reproducía.
Cuando recomenzó la tarea de abrir los restantes paquetes halló en ellos libros, magazines, periódicas, hojas de papel, lapiceras y plumas, un pequeña neceser de costura de cazador, una cajita de medicinas, vendas, dulces, nueces, pastas y, finalmente, un, reloj de manecillas luminosas y su funda de piel. Marian no había olvidado incluir en el paquete algunas objetos indias.
Nophaie fue tomando sucesivamente los diversos regalos y se preguntó el efecto que sobre él producirían. En primer lugar, y sin ningún género de duda, establecían una especie de relación y encadenamiento entre él y el mundo de los hombres blancos. Dieciocho años de su vida, las del período de desarrolla y estabilización, le habían inclinado hacia objetos de aquella clase, y no hacia los de los hombres rojos. Nophaie pudría morir de hambre y des- nuda en el fonda de -una cueva sin que a su lado hubiera nada representativa de las razas blancas, pero esta circunstancia no podría alterar los hechos. Él quería a Marian Warner. Sus regalas le habían hecho feliz. La aislada soledad del desierto era saludable para su cuerpo y su alma, pera no podía satisfacerle por completo.

XVI

Nophaie llevó la carta de Marian a su lugar favorito de descanso v de sueños. No leyó su mensaje en las alturas, sino entre la ambarina sombra de,] desfiladero de los Muros Silenciosos.
Era un punto singular, una sección estrecha del desfiladero donde el muro occidental se inclinada para acercarse al oriental, lleno de cavernas; entre los altivos bordes superiores de ambos se divisaba una estrecha franja azul de cielo. Allí, el desfiladero volvía nítidamente hacia la izquierda en primer lugar, y después hacia la derecha, con lo que producía una extraña impresión de profundidad. El arroyo murmurador, de agua clara y verdosa, corría al pie de las dos elevaciones. Junto a uncí de los muros se extendía una de las orillas, cubierta ele musgo, de hierbas fragantes, secas, grises. Las hojas de los algodoneros no se habían despojado aún de su tonalidad otoñal. Y el sonido era allí fantástico, armonioso, profundo, y los ecos lo multiplicaban. Nophaie halló su habituad asiento y procedió a abrir la carta de Marian en tanto que su corazón latía atropelladamente. ¿Se encontraba, verdaderamente, allí… en la soledad del desfiladero… el proscrito Nopah indio… con la carta de una mujer noble v amante entre las manos… la carta de una mujer perteneciente a una odiada raza…?
«Queridísimo Nophaie:
» ¡Felices Navidades para ti! No me sería posible ser feliz si no te enviase en esta ocasión mi felicitación v la reiteración de mi amor y mis regalos. Deseo que todo ello te encuentre bien. Deseo que todo ello sirva para ofrecerte pruebas, por lo menos, de la constancia de Benow di cleash. No me será posible, ni siquiera en el día de Navidad, creer plenamente en el espíritu de: «Paz en la tierra para los hombres de buena voluntad…» en tanto que aquel a quien quiero, aquel de quien sé que es digno v noble, se encuentre escondido en las profundidades del abismo para escapar a las persecuciones de los hombres de mi mismo color.
»Aun cuando pudiera escribirte tanto como pueda contener un libro, no podría llegar a expresarte cuanto deseo decirte. Mi despedida llegó poco tiempo después de tu visita. En realidad, estuve encargada del despacho hasta el momento en que Morgan y Blucher salieron de su encierro. Y entonces sufrí los efectos de la «apisonadora», sin recibir la paga de un mes que debe acompañar a los despidos. Y me alegro de que así haya sucedido, puesto que de este modo dispongo de un pretexto para volver a la oficina, lo que he hecho regularmente desde que vine a residir con los Paxton. Son dos personas muy amables, cariñosas, y me han permitido que pague mi estancia y manutención. Ayudo en ocasiones en el trabajo del alma- cén, y de este modo puedo continuar mi estudio de los indios. Aquí he logrado disponer de un nuevo punto de vista para el examen de las cuestiones relacionadas con la colonia india.
»Mi última entrevista con Blucher y Morgan me pareció una pesadilla. Blucher es un puro veneno. Morgan intentó intimidarme y obligarme a abandonar la región. Dijo que… Pero no importa lo que dijo. La policía india ha regresado después de realizar pesquisas para descubrir tu paradero, según supongo. Harás bien continuando escondido durante cierto tiempo. Hay una especie de volcán en ebullición en esta parte de la colonia. Los Wolterson esperan que se produzca su despido de un momento a otro. Todas las comunicaciones con Wolterson pasan por manos del superintendente. Estoy segura de que yo misma podría go- bernar esta zona de un modo mucho mejor que lo es en la actualidad. Todo el Servicio Indio, si se juzga a través ele esta sección que conozco, es sencillamente una máquina política gigantesca. Pero tú lo sabes tan bien como yo.
»Que yo sepa, nada se ha divulgado aún en Mesa acerca del partido de fútbol que jugaste con Blucher y Morgan. Jamás olvidaré aquel día. Jamás volveré a tener confianza en mí misma. Si tú te comportaste como un indio, yo lo hice como podría haberlo hecho un salvaje. Me llené de alegría, de demoníaco regocijo, de entusiasmo cada vez que golpeaste a tus balones. Lo único que lamento es no haberte visto jugar al fútbol del modo que lo hacías en la Universidad y que tanta fama te proporcionó.
»Sospecho que Blucher está preocupado por la posibilidad de que los Estados Unidos sean arrastrados a la guerra contra Alemania. Efectivamente, existe una gran posibilidad de que así suceda. En los periódicos que te envío Dallarás las últimas informaciones sobre esta cuestión. Esos periódicas han llegado hoy mismo; los ha traído el correa de Flagerstown. Léelos detenidamente. Eres Nopah, evidentemente; pero también eres americano. Perteneces a una de las especies americanas más puras!: la de los hombres de sangre roja. El militarismo alemán amenaza no solamente la paz sino también la libertad. En el caso de que se declare la guerra, espero que comunicarás la verdad a todos los Nopahs de esta colonia. Estoy absolutamente segura de que Blucher se opondrá a que los indios ayuden a los Estados Unidos y a su ejército. He leído, la carta que escribió a otro alemán que reside en Nueva York. Estaba escribiéndola a máquina personalmente, y cuando lo llamaron leí lo que Blucher había escrito. ¡Si me hubiera sido posible obtener una copia del documento, o si pudiera recordar exactamente su con-tenido…! Pero estaba muy excitada, muy aturdida. Blu- cher es enteramente alemán. Si llegara la guerra, la situación sería terrible en esta colonia. Medita sobre esta posibilidad y sobre el modo de conducirte en tales circunstancias, Nophaie.
»Solamente he visto una vez a Gekin Yashi. Estaba en el jardín de la escuela, cerca de la verja, cuando pasé camino de la casa de los Wolterson. Pude acercarme a ella antes de que me viera. Su rostro ha cambiado de una manera sorprendente. Al verlo, me sentí angustiada. Durante unos segundos me encontré dominada por un deseo de romper, de destrozar… Cuando Gekin Yashi me vio, echó a correr.
»La chiquilla india que fue llevada a la casa de Maternidad recientemente, ha dado a luz una criatura. La muchacha será enviada a Riverside, será separada de su hijo so pretexto de que estudie por espacio de cinco años antes de volver junto a, él. Las mujeres indias quieren mucho a sus hijos. He oído decir que Blucher ha mandado a la cárcel al padre de la criatura. ¡Cuán diversas y caprichosas son las leyes que rigen en esta colonia!
»No tengo proyectos. Me limito a esperar. Puedes tener seguridad de que no abandonaré esta zona. Evidentemente, podría ser forzada a alejarme de estos lugares, pero habrían de arrastrarme para conseguirlo. El invierno no constituye un gran problema. Necesito descanso, y deseo escribir un poco. Más tarde, en el caso de que nada suceda aquí, iré a Kaidab. Espero que podré verte en la primavera. Quiero que sepas que mantengo lo que te dije en el despacho de Blucher el día que acometiste a él a Morgan. Seré feliz si puedo casarme contigo y compartir contigo lo que tenga y trabajar junto a ti por la, felicidad de tu pueblo. Tengo los medios precisos para comenzar a hacerlo. Y los dos podremos trabajar. Solamente te pido que pasemos una parte de cada año en California o en el Este. ¡Aún tengo la vanidad necesaria para no permitir que el desierto me seque por completo y que, el aire disperse mi polvo.
»El tiempo y las contrariedades cambian el carácter, ¿no es cierto? Soy fuerte, lo suficientemente fuerte para hacer frente a lo- que pueda suceder. El desierto es terrible. Destruye, y luego crea. Jamás he sabido lo que era la luz… lo que era el sol maravilloso… lo que son el viento, el polvo y el calor…, las estrellas, la noche y el silencio…, el gran vacío… hasta que llegué al desierto. ¡Acaso me haya sucedido lo mismo con el amor!
»Como quiera que sea, debo soportar tu largo silencio… ya que no debes arriesgarte a escribirme. Soñaré contigo…, te veré entre las rocas… Durante todo el resto de mi vida, roca:, y muros de rocas poseerán un encanto y un significado tristes para mí, di cleash.»
Nophaie contempló con temor el muro de piedra que se erguía frente a él. No 1e era posible ver sus recodos ni su base. ¡Roca sólida, impenetrable, inconmovible, inaccesible! La tentación que se alzaba ante él era exactamente como una barrera, como uno de aquellos muros pétreos, un peso opresor.
Benow di cleash le quería. Y se casaría con él. Compartiría con él todo cuanto poseyera, del mismo modo que compartiría su vida. ¡Viviría con él! ¡Le pertenecería…
Este hecho constituía un golpe vertiginoso. Allá, bajo los ojos acusadores de las silenciosas rocas, Nophaie experimentó unos sentimientos que ningún otro lugar podría provocar. La soledad había aumentado sus ansias de compañía. La Naturaleza reclamaba sus derechos. Y, repentinamente, Nophaie se halló despojado absolutamente de todos los ideales, de caballerosidades, de deberes, de las falsas sofisticaciones de su ilustración, de!os grilletes inútiles de su incredulidad.
Ser humano, hombre, indio, salvaje bestia primitiva… De este modo retrocedió en, la escala. Como ser humano, aspiraba al martirio; como hombre, sacrificaba el amor; como indio, elevaba su alma en noble exaltación; como salvaje, solamente experimentaba el fiero impulso de la sangre encendida; como bestia primitiva, luchaba en las angustias de lo:, instintos hereditarios, descarnados y silvestres, irreprimibles, que forman las leyes imperiosas e inescrutables de la Naturaleza.
En tanto que permanecía inmóvil en la musgosa orilla, pareció que el elemental, el natural, el insensatos autómata de carne viva habría de triunfar. Nada más había en la vida. Aquel sorprendente conjunto de nervios, de vasos sanguíneos, de órganos, de sangre, de huesos! que formaba su cuerpo tenía millones de células, cada una del las cuales reclamaba su derecho a la consumación, a la expresión, a la reproducción. ¡Muerte mana la célula, para el órgano, para el cuerpo, para el individuo, pero vida para la especie l El instinto que Nophaie pugnaba por estrangular era la más extraña de todas las fuerzas del Universo.
Nophaie permaneció estáticamente durante unos momentos al pie de aquellos muros de piedra que semejaban pregonar a voces, tan potentes como truenos, el significado de la, Naturaleza. Luego se puso en pie por medio de un salto para forzar a aquel su cuerpo viviente, a aquel vehículo al que despreciaba, a aquel ardiente conjunto de músculos v de venas a realizar un esfuerzo- violento v sostenido que provocase el agotamiento de la actividad física y engendrase la anulación de los instintos que anunciaban su caída. Debía ganar en aquel mismo instante, vencer en, la batalla contra sí mismo… o perder para siempre. El pensamiento, la reflexión, la razón, los razonamientos…, todo esto se desvaneció en su conciencia como débiles vapores de -niebla abajo el, brillo del sol. Antes de que pudiera pensar debla dominar algo que había en él, un instinto de insaciables y múltiples cabezas de hidra, de múltiples impulsos, para proyectar su vida en los cauces de otra vida. Nophaie rechazó el instinto de la autocoanservación. Era un instinto que le enloquecía, un instinto con- tra el que luchaba; era, también, un instinto que le forzaba a correr, a saltar, a escalar…
No había ningún hombre de su raza que pudiera verlo en aquellos momentos, ningún ensalmador que pudiera expulsar de su cuerpo a los malos espíritus que se apoderaban ole él. Solamente los muros de rocas, silenciosos, tenían ojos para observarle en su terror.
Nophaie corrió, saltó el arroyo, saltó de peña en peña. A lo largo de los herbosos bancales, bajo los altivos picachos, sobre las tierras encharcadas, a través de la maleza, hacia lo alto del desfiladero corrió con aquel incomparable paso veloz de corredor indio aleccionado por los grandes maestros universitarios de atletismo. Era aquél un lugar impropio del famoso atleta que había entusiasmado a las multitudes, que había oído el tronitoso estruendo de los aplausos mientras corría… El hombre blanco le había enseñado… El hombre blanco le había aleccionado e ilustrado. Pero era la naturaleza india lo que daba a Nophaie el instinto de correr, de huir de sí mismo.
Se detuvo en el campamento durante el tiempo preciso para guardar la preciosa carta de Benow di cleash. No quería! manchar aquel blanco papel! en que había conmovedoras y hermosas palabras de amor. Debería conservar aquellas palabras durante toda su vida. Y en aquel instante, las temió. Nuevamente se, produjo el estremecimiento de su carne, la quemazón del tuétano de sus huesos. Y corrió, en dirección a la abertura del desfiladero, con los ojos exaltados, fijos en la blanca elevación de Nothsis Ahn. Ningún indio había jamás escalado aquel muro de piedra. Pero Nophaie había de escalarlo… o morir en la aventura.

Para ver la lejanía del desierto, para adorar v absolverse a sí mismo, el indio siempre había trepado a las alturas.
Los pies de Nophaie, cubiertos de blancos mocasines, golpearon suavemente la desnuda piedra de la pendiente. El joven corrió hacia lo alto de la, ondulante elevación rojiza. Y desde la redonda loma en que tan frecuentemente había observado el vuelo de las águilas en los momentos crepusculares, se entregó a la tarea de buscar con la mirada un camino que le permitiera llegar hasta la faz meridional de Nothsis Ahn. Había un centenar de intrincados zigzags ascendentes que surcaban el lienzo de la montaña, pero ninguno de ellos parecía ser posible de seguir para hombre alguno.
Nophaie descendió a todo correr de la loma, tan seguro v tan ligero como un gato silvestre, y cruzó la ancha zona de desnuda roca Basta llegar a la base de la elevación.
Y al llegar allí comenzó a ascender una larga inclinación de piedra lisa, veteada, rayada; y siguió una y otra dirección, avanzó, retrocedió, subiendo y bajando, siguiendo cursos en zigzag hasta llegar al borde rojo en que comenzaba la ancha curvatura inferior del vasto semicírculo.
Toda aquella pendiente estaba barrida por los vientos, desnuda, y era suave para los pies, como piedra desintegrada por la fuerza de los elementos. Y era, también, como un mar ondulante, sesgado Basta su final. Terrenos lisos, promontorios, bancales, bordes de abismas, cuevas, gargantas, todo redondeado v liso, pasaron bajo los rápidos pies de Nophaie. La impetuosidad y la pasión le impulsaban. Continuó ascendiendo gradualmente, y aflojó el paso al llegar a los terrenos cuya pendiente era más inclinada. Desde la parte inferior, aquel amplio semicírculo, aquel anfiteatro natural semejaba lo que en realidad no era. Sus dimensiones aumentaban con la proximidad. Lo que desde abajo parecía una resquebrajadura, era, visto desde cerca, una ancha abertura en la curvatura de aquel mar de rocas. Los rodeos que hubo de dar le obligaron a recorrer millas de terreno. Nophaie fue de un lado para otro, sobre la arrugada superficie de la montaña, y a cada momento ascendió mis y más. Una atmósfera ligera, fresca, cargada de oxígeno, reduje la velocidad de sus esfuerzos. El ascenso era dificultoso. Nophaie dejó de correr. Sudaba, se ahogaba, jadeaba. Solamente veía la piedra que se hallaba bajo sus pies y los grises picachos de la altura, que aún semejaban más inaccesibles que desde cualquier otro punto.
Nophaie rodeó el farallón, lo escaló y se halló en un mundo compuesto de precipicios, riscos, promontorios afilados v accidentados, en contraste con el terreno liso y ondulante que había dejado tras de sí. Al llegar allá, tuvo que proceder coco vista de águila, agilidad de carnero y seguridad ele cabra montés. Avanzó en torno a los erguidos picachos y los halló tan inescalables como siempre. Caminó trabajosamente hacia arriba y hacia abajo, hasta que, al fin-, llegó a un punto desde el cual parecía que los enhiestos picachos blancos se unían a la masa de Nothsis Ahn. Nada de todo aquello era visible desde la parte inferior del valle. Nophaie había traspuesto los blancos riscos que se elevaban y ocultaban todo con excepción de la cumbre de la montaña.
Al cabo de cierto tiempo se halló, ¡al fin!, fuera de la zona de los blancos picachos. Al mismo nivel que los nidos de las águilas! Nophaie se detuvo al pie de la inclinación de Nothsis Ahn v miró a -su alrededor y hacia arriba, hacia la verde cinta de arbolado y la resplandeciente cúpula de nieve. Si el ascenso había sido difícil v aventurado hasta entonces, desde allí parecía imposible continuarlo. Nophaie pisó sobre las pequeñas rocas, que rodaron bajo sus pies, en dirección al abismo; realizó milagros de agilidad, de rapidez, de sufrimiento. Lo mismo que los señores indios de las leyendas, se halló cerca de las águilas, saltó con los pies del viento y chocó con los filos de las nubes.
La nieve y los abetos lo detuvieron; los abetos componían un bosque de eterno verdor, se trenzaba y fundían, formaban una masa impenetrable que se enterraba en el frío hielo de las alturas. Nophaie no podía ascender más. Al borde de la línea de 9a nieve, sobre un arco de roca gris, elevó un monumento, que pudiera ser visible a los ojos de los indios desde la parte inferior del valle. Pero no ofreció plegaria alguna al dios de la montaña.

Entre el frío de la altitud, azotado por el viento fuerte del Norte, Nophaie miró la tierra desnuda que se extendía a sus pies. ¡Eran oscuras, lúgubres, abismales las zonas que había recorrido! La belleza y el color no significaban nada, se perdían en la lejanía. Los grandes desfiladeros eran como hebras de un purpúreo color oscuro. Sobre la espectral inmensidad del desierto imperaba un espíritu de desolación v de muerte y de ruina. El sol arrojaba sobre todo ello el destello de una cegadora luz.
Lo que Nophaie había buscado tan desesperadamente en su esfuerzo por alcanzarlo parecía no haber existido jamás. Nophaie había gastado las fuerzas de su naturaleza, había quemado sus instintos físicos. Por aquella hora, y quizá para siempre, había vencido. En las alturas le acometió un despertar de las emociones, un relampagueante resurgir del pensamiento. Había:sangre en los gastados bordes de sus mocasines; sus uñas estaban desgastadas hasta la carne. El dolor de sus huesos, las angustias de sus pulmones, el entumecimiento de sus músculos daban prueba de la naturaleza de aquella ascensión. ¡Las horas semejaban años…
Mucho tiempo después de la llegada de la noche, Nophaie arribó, completamente dolorido, a su campamento, donde se apresuró a acostarse y a estirar los miembros, corno si jamás hubiera de volver a moverlas nuevamente. El sueño y el descanso, a lo largo de días y noches, restauraron su fortaleza; y, sin embargo, Nophaie sabía que aquella ascensión había constituído el mayor esfuerzo físico de toda su existencia. El esfuerzo de un partido de rugby no representaba nada en comparación con aquél. Una carrera de un centenar de millas a través del desierto tampoco habría representado nada. Y, del mismo modo, Nophaie comprendió que jamás podría escalar la elevación meridional de Nothsis Ahn. Aun cuando era fuerte, rápido, ágil, seguro, y aunque tuviera gran capacidad de sufrimiento, y una vista aguda, todas estas cualidades no eran suficientes para la realización de la sobrehumana tarea. Hasta la misma inspiración de la hazaña; se había reducido, se había oscurecido y apagado para esconderse en el secreto de las místicas fuentes de su naturaleza. Mas, a medida que los días y las noches se multiplicaron a la sombra de los silenciosos muros de roca, Nophaie llegó a la conclusión de que la prueba más noble de su amor por Marian no estaba en su sometimiento a él. No arrastraría a fa joven a su nivel. Y para él era completamente imposible la vida entre los hombres blancos. Los hombres blancos le habían engañado, le habían robado el legado de sus ascendientes. Y vio la increíble brutalidad de los hombres blancos para los de su raza. vio que su raza se desvanecía. Él mismo, el propio Nophaie, representaba 1o americano que se desvanecía. No tenía dios, ni religión, ni esperanza. Aquella extraña esperanza que nació en el fondo del desfiladero había ardido en el fuego encendido por la oferta de amor de Marian. La Naturaleza había incrementado aquella esperanza, que le había alucinado. Había sido como un rostro hermoso y velada que se levantase hacia él.
Los muros silenciosos oyeron la negativa de Nophaie. Y ¡cuán extraña luz brilló en sus faces! Benow di cleash quería a Nophaie… y Nophaie debía destrozar el corazón de Benow di cleash. Pero el dolor proporcionaría a la joven la fortaleza que la carga que Nophaie representaba no le podría proporcionar jamás. La Naturaleza, por sus inescrutables medios, había aproximado a Nophaie a la mujer blanca. Y, sin duda, esta implacable Naturaleza adivinaba en ella una unión que aceleraría sus designios evolutivos. La Naturaleza no tenía dios ni religión. La Naturaleza solamente anhelaba nacimiento, reproducción, muerte en todos los seres vivos. El amor era e? instrumento ciego e imperioso de la Naturaleza. ¿Cómo podría aquel amor soportar la vejez y- la muerte?
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. El indio Pahute llegó en tres ocasiones; y tres caras blancas y gruesas, atormentaron el alma de Nophaie… Y, no obstante, le fortalecieron.
Nophaie midió el paso del invierno por el rugido de] viento en la montarla de Nothsis Ahn, por el recorrido del:sol, par las albas más tempranas, por el calor de los (lías y por el croar de las ranas a la caída de la noche. Vivió durante aquel tiempo, rápidamente fugitivo, entregado a las tareas propias del campamento, paseando o trepando, como si lo inalcanzable hubiera de ser suyo en alguna ocasión,:soñando con Marian y escribiendo sus pensamientos, y sus experiencias para ella, v estudiando la naturaleza de aquel su retiro amurallado de rocas.
Hasta uno de los últimos días de su estancia en aquel lugar no exploró la única ramificación desconocida de:su encierro. Con gran:sorpresa y lamentación descubrió que no tenia punto de comparación con ninguna de las otras que va conocía.
Tres¡ millas, o acaso más, de accidentado viaje llevaron a Nophaie hasta un punta en que el desfiladero cambiaba ele color, de profundidad, de anchura, de lecho, de línea de horizonte, de fisonomía. Nophaie lo llamó el Desfiladero de los Fulgores. Su tonalidad era como de mármol pálido bajo la luz de la luna. Su profundidad resultaba increíble. Su anchura era solamente de seis pies en el fondo y se ensanchaba gradualmente en forma de V hasta unos cincuenta pies de la parte más alta. Su lecho era de roca sólida, suave, gris, tan dura como el hierro, y estaba desgastado par la profunda corriente del veloz arroyo. Ningún pájaro, ni lagarto, ni abeja, ni escarabajo, ninguna rana ni insecto, ni ser vivo, ni mata de vegetación cruzó el arco de visión de Nophaie. La voz profunda resonante y burlona del arroyo era el único sonido que podía oírse. No había viento. El lecho desigual del arroyo fulguraba, f fulguraban los muros de piedra, la cinta del cielo fulguraba…
Nophaie se internó en aquella gigantesca grieta de la enorme masa de roca hasta que su progreso fue obstruido por un nuevo estrechamiento del desfiladero y por una profundidad de agua que habría hecho necesario el nadar para continuar más adelante. Colocando un pie en cada uno de los costados del precipicio y elevándose por medio de difíciles saltos, Nophaie pudo llegar hasta una altura desde la cual vio una gran extensión del desfiladero, en la que los obstáculos se multiplicaban. ¡Oía el! débil murmullo de una cascada! Y decidió avanzar a nado cuando el agua hubiera perdido la frialdad de hielo que entonces poseía.
Aquel «Desfiladero de los Fulgores» ejerció urca insaciable fascinación sobre Nophaie. Fue allá con frecuencia, y nunca halló exactamente, lo mismo que la vez anterior. El rugido del agua no cambiaba; pero ¡todo lo demás…! El sol no penetraba jamás rectamente en aquella grieta colosal. Por la noche estaba tan oscura, que Nophaie se veía obligado a caminar a tientas. La tarde parecía la hora más maravillosa del lugar, a causa de que la conformación de los bordes superiores de los costados reflejaba hacia abajo una luz rica, espesa, tangible, fulgurante, que tenía una tonalidad dorada. Los fulgores del agua y de las rocas eran tan cambiantes como las tonalidades del crepúsculo. Allí, Nophaie percibió con menor intensidad la intrusión del hombre blanco en él, el dominio de su ilustración, la pérdida, de su fe, el sacrificio del amor, la inminencia de: una inevitable angustia.
Las anchas paredes parecían presionarle con dureza, producirle el temor a que se deslizasen repentinamente y le aprisionasen y enterrasen para siempre en las entrañas de la tierra de castillos de roca. No eran aquellas paredes unas cosas muertas. Tenían una fuerza espiritual, y eran más hermosas que pinturas. Ciertamente, semejaban ventanas pintadas a través de las cuales fulguraba el alma de la Naturaleza. Silenciosas, siempre silenciosas…, pero llenas para Nophaie de sonidos inefables. El indio que en él se encerraba era camarada de las rocas. La Tierra era su madre. Y todas las arenas del mar v todos los granos de las del desierto eran rocas: la vasta magnificencia de Nothsis Ahn era roca; y roca era el desierto. La misma Tierra era roca, v roca eran sus cimientos. En consecuencia, las paredes de roca eran la madre de Nophaie, y los fulgores eran sus maternales sonrisas, y el silencio era su inefable voz.
¡Primavera! El agua del arroyo aumentó y perdió su color verdoso para adquirir otro amarillento. Las ranas trocaron su croar por un canto solemne, grave, más dulce Las blancas primaveras y las margaritas de lavanda florecieron en los lugares soleados. Hojas de hierba parecieron dispararse desde el interior de la tierra, como por arte mágica, y los algodoneros perdieron su color gris. Nophaie se llenó de inquietud. El asimiento de los silenciosos muros rocosos aminoró su influjo sobre él. Unas encontradas corrientes entrechocaban en su interior. El silencio y la soledad le habían llevado a la exaltación. La capacidad de olvido y de ausencia de pensamientos que es característica de los indios había usurpado los derechos de su memoria. La Naturaleza le había importunado con su insidioso y supremo dominio:sobre los sentidos. El odio y la incredulidad habían hecho acto de presencia vanamente n su alma. Todavía era libre.
Llegó el día en que se produjo una llamada potente que despertó unos ecos adormecidos en el silencioso desfiladero. Esta llamada sobresaltó a Nophaie. Aquélla no era la voz de un indio. La larga soledad, ¿había ejercido su influjo sobre el: alma del joven? Nophaie corrió hacia la ancha entrada que se abría entre los rojos muros. Vio caballos, mulas cargadas, un indio… Y luego, de entre las sombras de un cedro, surgió Withers, que estaba enjugándose el sudoroso rostro.
- ¡Hola, Nophaie! -dijo al mismo tiempo que sonreía y lo miraba con ansiedad-. Parece que estás muy bien. Nophaie se conmovió al percibir la cordialidad que ha oía en el cálido apretón ele manos del comerciante. Devolvió el sabido con la misma cordialidad, v esto fue todo lo que hubo en su respuesta. Le parecía difícil el hablar, porque ¡había permanecido mudo durante tanto tiempo!… Por otra parte, en la expresión de Withers había un algo de ansiedad. Estaba adelgazando v había envejecido. Una indignación reprimida semejaba hacer acto de presencia en sus facciones.
- ¡Ven a la sombra! - dijo \ Withers volviéndose hacia Nophaie-. Hace mucho calor v estoy muy cansado. Nophaie lo siguió hasta llegar a una roca plana situada en la sombra, donde ambos se sentaron. El instante parecía preñado de extraños acontecimientos. La presencia del comerciante podría llevar en sí lo que habría de incrementar las carga; de Nophaie.
- ¡Deja las sillas y las cargas ahí mismo! -dijo Withers al indio que le había acompañado.
- . Nophaie, ¿dónde está tu caballo?
- Se ha ido- contestó Nophaie-. Hace mucho tiempo que no lo veo.
- Lo había supuesto. Y por esa causa he traído otro para ti.
- Withers, ¿por qué me ha traído usted un caballo? -preguntó temblorosamente Nophaie.
- Porque creo que seguirás junto a mí el camino de regreso -replicó significativamente el comerciante. -¿Ha sucedido algo a Marian?
- ¡Claro que sí! Han:sucedido muchísimas cosas. Pero Marian se encuentra muy bien.
- Withers, el viaje hasta aquí es muy largo y muy penoso. Es preciso que existan poderosas razones para que se haya decidido usted a venir. Dígamelas.
- ¡Poderosas razones! Sí, no hay duda de que lo son -contestó el comerciante con tristeza.
- ¿Por qué ha venido usted? -preguntó Nophaie.
- ¡Guerra!,,-respondió Withers. Nophaie se puso en pie do un salto, transfigurado y conmovido.
- ¡No! - exclamó.
- Si, ¡por todos los diablos! - replicó el otro, y también se enderezó.
- ¿Alemania… y los Estados Unidos?
- ¡Tú lo has dicho, Nophaie!
- ¿Blucher… y los indios?- La voz de Nophaie finé espesa y vibrante.
- No tengo ni una sola palabra que decir acerca cíe Blucher - afirmó apasionadamente Withers -. Pero he de referirte algunos hechos ajenos a esta colonia india… Alemania ha hundido el Lusitania, que iba cargado de hombres americanos y de mujeres y de niños… Ha torpedeado}os barcos mercantes americanos… Ha amenazado v engañado al presidente Wilson… Ha ofendido a la enseña americana… Luego, envió submarinos a nuestras costas…
¡Y el Presidente y el Congreso le han declarado la guerra!
Nophaie recordó las cartas de Marian. Algunos de los párrafos que contenían parecían encenderse en su memoria con letras de fuego. ¡El militarismo alemán! ¡La muerte de la libertad! ¡La ruina de la civilización! ¡La esclavitud para los americanos! Desde todos los puntos de vista, por ley y por herencia; él, Nophaie, era de la mejor y primera sangre de América. Todas las profundidades de su ser se rebelaron con furiosa indignación.
Withers extendió ante él una temblorosa mano.
- Mi hijo ha ido a la guerra - dijo roncamente -. ¡Ya!… Ni siquiera quiso esperar a que se le llamase…, a que se le reclutase…
- ¿Reclutar? ¿Qué es eso?
- Una nueva ley. Una ley de guerra. Todos los hombres que se encuentren entre los veintiuno y los treinta y un años son llamados para prestar servicio en el Ejército o la Marina… para luchar por su patria.
- ¿Están incluidos los indios en ese llamamiento? -preguntó Nophaie.
- No. No pueden ser reclutados. Pero el Gobierno ha suplicado a todos los indios que se inscriban. Eso significa, según creo, que ha de hacerse un registro de los nombres y números de todos los indios, de sus caballos y sus ganados, con el(fin de que el Gobierno pueda dis- poner de tal información como referencia… y con aura finalidad que no acierto a comprender por completo. Todos hemos sido arrastrados a la guerra…, los blancos y los indios. Pero ningún indio puede ser obligado a prestar servicio como combatiente.
- ¿Pueden ir a los puestos de combate en el caso de que lo deseen?
- Sí. Y se está haciendo una gran campaña para pedir a los indios que se inscriban como voluntarios.
- ¡Yo iré!
Withers dejó caer una ruano temblorosa sobre el hombro de Nophaie, donde se aferró con energía. Durante unos momentos se halló incapacitado para hablar. ¡Cuán sorprendente fue la agitación que se reflejó en su arrugado rostro!
- Nophaie, no habrás de alistarte. Nada debes a la nación que forman los Estados Unidos. Todos te han engañado.
- ¡Soy americano! -replicó sonoramente Nophaie. -No he venido para pedirte que vayas a la guerra -afirmó Withers con vehemencia -. Pero he venido para decirte esto: se está engañando a los Nopahs. No han comprendido lo: que significa la inscripción que se les ha pedido. Se les está haciendo creer que es ama artimaña, un ardid para conseguir sus nombres y que estampen sus huellas digitales en un papel. Se les está engañando al hacerles creer que esa inscripción representa otra mentira de los blancos… y que en el caso de que firmen serán reclutados… El viejo Etenia salió a mi encuentro cuando venía hacia aquí. Y me dijo: «Si el Gran jefe de Washington quiere que mis valientes vayan a la guerra, ¿por qué no les pide que vayan? Los Nopahs han sido siempre guerreros. Pero jamás han, sido forzados por nadie a luchar. El otro anciano indio me dijo: «Dejad que los alemanes maten a los americanos. Entonces podremos recobrar nuestras tierras y vivir en paz…» Nophaie, en la tribu hay más de veinte inil hombres. Es preciso que no se les haga creer que podrán ser llevados a la guerra. Es preciso que se des diga la verdad. Los falsos rumores sobre la traición del Gobierno… Esa maldita propaganda no puede permitirse que continúe extendiéndose.
Nophaie comprendió por qué el comerciante tenía los labios sellados con relación a lo que sabía. Marian había preparado a Nophaie para la comprensión de aquella hostilidad que se fomentaba entre los indios.
- Diré la verdad a los Nopahs-dijo -. Y muchos indios irán conmigo a la guerra.

XVII

Nophaie se despidió del desfiladero de los «Muros Silenciosos». Desde la entrada oriental - en la altura, sobre el estrecho hueco que se abría entre los quebrados riscos miró hacia abajo, hacia el gran valle verde, con sus ondulantes confines rojos, para fijar eternamente en la memoria aquel recuerdo. Una impresión de frío y de desmayo -¿era no, temblor o, acaso, un desfallecimiento del corazón? - le asaltó. ¿Sería cierto el presagio de que jamás volvería a soñar bajo aquellos muros silenciosos y fulgurantes? Nophaie intentó deshacerse del vago pensamiento.
Withers y sus acompañantes recorrieron velozmente la distancia que los separaba del campamento de los Pahutes, donde pernoctaron. Nophaie comenzó allí mismo su labor. Ninguno de los pocos Pahutes que se hallaban presentes, sin embargo, se incluyó en los limites prescritos de las demandas de la guerra.
Otro día llevó a Nophaie y el comerciante a das tierras altas en que moraba Etenia. El viejo Nopah tenía hijos y parientes, ganados y caballos en, mayor cantidad que cualquiera otro de los indios de la colonia. Era importante que accediera a obrar de acuerdo con lo que Withers había llamado inscripción.
Nophaie se vio recibido con respeto y deferencia. Aquella. recepción constituía un buen augurio para la tarea que había ido realizar entre los indios. Nophaie pidió audiencia con Eterna, que le fue concedida. Y el viejo indio solicitó el honor de que el comerciante los acompañase en su entrevista. Nophaie había compuesta mentalmente una exhortación que le parecía sincera, elocuente y persuasiva, y que suponía que habría de obtener la atención de los indios. Y esta exhortación fue la que dirigió a Etenia con toda la fuerza de expresión que pudo utilizar.
El viejo, Etenia fumó en silencio. Le había impresionado profundamente el discurso, y por el momento no pudo responder a Nophaie. Finalmente, dijo:
- Nophaie, ve con la imaginación del hombre blanco… hasta muy lejos y a mucha anchuras. Debería sentarse en los consejos de los Nopahs. Etenia cree lo que le ha dicho, y hará la inscripción de su nombre. Venderá caballos y reses del Gobierno. Y dirá a sus hijos:
«Uno de vosotros ha de ir a luchar por América, por las gentes blancas, por la tierra en que se nos mantiene.» Etenia dirá que sus hijos deberán ayudar y favorecer a aquel que vaya a la guerra.
Aquella noche, Etenia reunió en su hogar a sus hijos). sus parientes en honor a Nophaie y con el fin de que lo oyeran hablar. El viejo preparó una fiesta a la cual fue invitado Withers. Todos comieron, cantaron, se regocijaron. Después, el viejo Nopah se levantó para dirigirse a los reunidos. Estaba solemne y austero, grave y majestuoso, como corresponde a un jefe.
- Hijos… e hijos de mis gentes… Etenia tiene muchos años. Ha trabajado mucho, y es rico. No debe a ningún hombre:blanco ni siquiera lo que vale un botón de plata. No debe nada a ningún indio… Etenia no tiene la sabiduría de los dioses. Ni puede curar las dolencias como hacen los ensalmadores. Por su edad, Etenia se ve obligado a confiar en los hombres jóvenes. Y, por lo tanto, ha tomado en consideración las palabras de Nophaie.
»Nuestro, Padre Blanco de Washington ha declarado la guerra a un pueblo malo que se halla situado al otro lado de los anchos mares, donde el sol se levanta. Ese pueblo malo está compuesto de guerreros. Y esos guerreros han trabajado, desde hace mucho tiempo, las artes de 11-a guerra, han hecho cañones y balas y pólvora para prepararse para la guerra… Desde hace ya tres años, ese pueblo está luchando contra sus vecinos, los hombres blancos que querían vivir en,paz. Y están expulsando de sus hogares y de sus tierras a los hombres blancos.

Y matan hombres, mujeres y niños. Ese pueblo mala ganaría la guerra en el caso de que nuestro Padre Blanco no mandase muchos guerreros hasta él otro lado de los anchos mares.
»Se nos han contado muchas mentiras. Los hijos de Etenia no tendrán que ir a la guerra. Los hombres blancos que han extendido esas noticias son unos traidores. Sus antepasados pertenecían al pueblo malo que practica las malas artes ¡de la guerra. No son americanos. No son amigos de los indios.
Se ha pedido al pueblo de Etenia que se inscriba… que indique al Gobierno los nombres de los indios que lo, componen…, el número de caballos y reses que poseen. Etenia cree lo que han dicho Nophaie y el comerciante blanco. Estos dos hombres no son embusteros. Nophaie va a visitar todos los poblados del desierto para llevar la verdad a los que han sido engañados. Etenia se inscribirá y dice a todos sus hijos y a todos sus convecinos que sigan sus pasos. Y entregará uno de sus hijos para que vaya a la guerra junto a Nophaie.
Luego Nophaie se levantó para pronunciar su discurso. Estaba profundamente conmovido por las palabras de Etenia. Y reveló con voz potente la obra de los hombres malos que actuaban en la colonia, y llevó al ánimo de sus oyentes, de los Nopahs de rostros oscuros e impasibles, la verdad del peligro que les amenazaba. No pidió directamente a los indios que se alistasen como voluntarios. Pero terminó sus palabras con cuna firme explicación de su actitud:
- Nophaie irá a la guerra. Nophaie y todos los Nopales son los primeros americanos. Nophaie luchará por ellos. Y cree que esta lucha no ser,) una lucha por los hombres blancos, sitio por los indios y las tierras que poseen.
Cuando se hubo echado a suertes, entre los hijos de Etenia, fue el más joven, el favorito del anciano, la alegría de su vejez, el que resultó designado por el acaso para acompañar a Nophaie.
- Etenia dice que está satisfecho - declaró orgullosamente el padre.
En Kaidab se hallaba una gran multitud de indios, y la excitación y la inquietud que reinaban eran desacostumbradas en el puesto, comercial.
Nophaie encontró a las gentes blancas agitadas y bajo los efectos de una emoción que nadie podía dominar. Nophaie hablé) con todos los hombres con quienes pudo hacerlo. La esposa ole Withers se hallaba presa de una preocupación y de unos temores maternales por su hijo, de una reprimida indignación c interés por la situación india. Los indios estaban excitados. Se reunían en pequeños grupos para hablar. Cada hora que transcurría veía la llegada de más y más Nophas al puesto comercial, todos ellos hoscos, desconfiados y difíciles de abordar. Si Nophaie no hubiera sabido elevarse a la dignidad de una persona cuyas palabras fueran dignas de escucharse, no habría perdido lograr que se le oyese. Una influencia sutil! v fuerte había obrado secretamente entre ellos. Nophaie adivinó su origen y descubrió cómo y quién propagaba esotro ellos la mentira. Y comprendió inmediatamente que llegaba demasiado tarde para conseguir que los indios se uniesen y que sería muy difícil conseguir persuadirlos a que se inscribiesen, y mucho más a que se prestasen a ir a la guerra. Sin embargo, no permitió que esta desgraciada circunstancia influyese sobre su decisión de realizar la gran tarea que se había impuesto.
En los primeros momentos de sus actividades encontró a Shoie, el que lanzaba (hechizos contra las mujeres indias. Nophaie se hallaba a punto de pasar a su lado desdeñosa- mente, pero se detuvo bruscamente. Aquel indio era joven, fuerte, buen espía y un maravilloso domador y seguidor de caballos. Pos otra parte, Shoie poseía una mentalidad fácilmente adaptable a las necesidades de la guerra. Nophaie se había propuesto no abandonar ni una sola probabilidad de conseguir adeptos.
- Shoie, voy a ir a luchar por los americanos-dijo en el idioma de los Nopahs -. Tú eres un guerrero. ¿Quieres ir conmigo?
- Shoie luchará por Nophaie-replicó el india mientras le dirigía una mirada que iluminó la oscuridad de sus ojos.

Nophaie frecuentó el puesto comercial por espacio de varios días sin dejar de importunar a todos los indios que a él llegaban. Sus sostenidos esfuerzos le produjeron re- sultados dignos de tenerse en cuenta; pera le resultaron insatisfactorios:. Siempre obtenía el respeto y la atención que le eran debidos, mas también tropezaba con los: muros de la duda, que, una vez que han sido erigidos en la imaginación de los indias, resultan imposibles de destruir.
Un viejo Nopah le dijo:
- ¡ Todos los hombres blancos san embusteros! Y otro indio afirmó:
- ¡Ningún hombre, blanco conseguirá engañarme dos veces!
El proyecto gubernamental de hacer un censo de indios y de sus propiedades tropezó con obstáculos invisibles y fuertes. Nophaie no pudo conocer, a través de ningún indio, cuál era el contenido de la propaganda hostil que se realizaba. Sospechaba, no obstante, que la idea del censo había sido falsamente presentada a los indios, y que la falsa teoría del registro era exactamente la que se había adherido, a sus convencimientos.
Nophaie llegó a la conclusión de que sería conveniente para su propósito recorrer la colonia para deshacer la propaganda alemana en contra de la inscripción. Ya lo había intentado, hasta cierto punto, pera comprendía que debía apresurarse a intensificar la acción. Sin embargo, se¡ mostraba reacio a abandonar Kaidab, donde:solamente diecisiete indios habían prometido inscribirse en el censo y únicamente tres como soldados voluntarios. Withers hizo un comentario, muy significativa sobre esta circunstancia. -Nophaie, has trabajado muy bien.
Fue entonces cuando Nophaie recibió una nueva carta de Marian, que obró sobre él como un acicate. La situación estaba al roja blanco en Mesa… a causa de la guerra y en relación con ella. Nophaie debía hacer todo lo que fuese posible por oponerse a aquella influencia, alemana que actuaba entre los indios. Marian sabía que Nophaie procedería con absoluta nobleza y que luego iría a Francia a luchar por su patria. Marian había pasado cierto tiempo en Flagerstown, y se encontraba tan fuerte y tan saludable como siempre. Seguramente se hallaba en funciones de realizar algunos trabajos en la colonia. La guerra había abierta nuevos caminos de actividad para las mujeres. Pero, cualquiera que fuera la labor que hubiera de realizar, Nophaie debía entender que Marian estaba decidida a ir a buscarle para despedirse de él antes de su marcha a los campos de batalla, en el caso de que él no pudiera ir a buscarla. Las palabras de Marian hicieron que el corazón de Nophaie se hinchase de satisfacción al pensar en la parte tan importante que él podría jugar en la guerra en favor de Marian.
Y había en la carta un párrafo final que hizo que la sangre del joven indio se encendiese en fuego al observar la sórdida malignidad de quienes tenían a su cargo la representación, de la autoridad en Mesa. Nophaie leyó y releyó este párrafo:
«¡Mi hermoso caballo blanco y mesteño ha ni muerto! Ha muerto a causa de un tiro.
¡Oh, cuánto he sufrido!… Wolterson ha sido obligado a hacer análisis de sangre al caballo en busca de gérmenes de tuberculosis. Dijo que jamás habría tomado la decisión de hacer un análisis de la de Nopah. Pero Blucher vio mi caballo y ordenó que se hiciera el análisis. Wolterson la hizo e informó que el caballo se hallaba en perfecto estado de salud. De todos modos, Rhur se acercó a él y lo mató de un tiro.»
Nophaie recorrió el desierto para cumplir su misión, y fueron muy pocos los hoganes que dejó de visitar. Habría sida imposible que recorriera toda la colonia india, y no disponía de muchas semanas antes de la llegada del día en que habría de ser llamado para que diese comienzo a su servicio, militar. Pera procedió con rapidez y cabalgó hasta muy lejos y hasta horas muy avanzadas de la noche. La mayoría de los Nopahs de las cercanías tenían. noticias de su posición y se mostraron propicios a escucharle. Cada nombre que añadía a su causa fortalecía la defensa de ésta. La lista creció lentamente, y con ella la influencia de Nophaie.
¡Si le hubiera:sido posible anticiparse a la propaganda del alemán!… Nophaie se deleitó al pensarlo. En tal caso, podría haber reclutado el ejército de Nopahs fuertes, jóvenes, fieros, sobrios y buenos jinetes. El pensamiento de haber llegado demasiado tarde era torturador. Y este pensamiento lo impulsaba a correr más, a correr hasta más lejos para hallar los lugares en que los Nopahs no hubieran sido engañados.
Los días rasaron rápidamente y, uno tras otro, Nophaie halló jóvenes valientes que podían ser aleccionados por él, a los que comunicó instrucciones y de los que tenía seguridad de que cumplirían su palabra. De los! cientos de Nopahs a quienes se dirigió, solamente una minoría se prestó a alistarse voluntariamente para la guerra. Quienes obedecían a su persuasión eran generalmente jóvenes libres quo estaban hartos de la vida de la colonia y de las restricciones que se les imponían. Nophaie se separaba de ellos agradecido de su cooperación y de que hubieran enriquecido con sus nombres la lista del voluntariado. El acti- vo propagandista dejó en más de una ocasión un caballo mesteño agotado físicamente a cambio de otro que le fue facilitado en algún hogan. No hubo ningún Nopah que no le acogiese cordialmente a la caída de la tarde. Su misión era la de un jefe y un guerrero, aun cuando su pueblo, no pudiera seguirle.
Y de este modo transcurrió el tiempo tan velozmente como se movían los cascos de los caballos de Nophaie, mientras el joven recorría territorios desconocidos y llegaba hasta punto:: remotos de la gran meseta oriental, donde no era conocido. Al llegar a aquel punto tropezó con obstáculos menores para el cumplimiento de su empeño y para hallar adeptos; pero la región se hallaba menos poblada. La activa propaganda no había echado raíces entre aquellos Nopahs.
Una tarde, cerca de la hora del crepúsculo, Nophaie llegó a un puesto comercial propiedad de un indio. El último indio a quien había interrogado le manifestó que corriera sin pérdida de tiempo hacia aquel lugar. Ante la casa, plana v construida de piedras rojas, había una veintena de caballos mesteños, detenidos y sueltos. Pero no había ningún indio. Nophaie se acercó a la puerta y miró al interior de la habitación. Vio las espaldas y los negros sombreros de un grupo de indios que prestaban atención a un hombre blanco que se hallaba detrás del mostrador. Aquel hombre blanco era Jay Lord.
Nophaie entró sin ser visto y se colocó a espaldas de los indios. Lord estaba encendiendo un cigarrillo. Evidentemente, había hecho una interrupción en su arenga, o bien no había comenzado todavía a pronunciarla Jay Lord parecía haber perdido aquel aire de indiferencia y descuido que le caracterizó anteriormente. No se reflejaba indiferencia en su redondo rostro aquel día. En realidad, Nophaie sorprendió en él huellas de una furtiva y enfadosa irritación. Y aquella ansiedad que se señalaba en los ojos de todos los blancos en tales circunstancias no estaba ausente de los de Jay.
- Escuchad, indios -comenzó, diciendo con soltura en la lengua de los Nopahs-: Blucher me ha enviado a recorrer toda la colonia rara que os diga que no os inscribáis en el censo. No pongáis vuestros nombres ni las huellas de vuestros dedos en ningún papel. Si lo hicierais os arrebatarían vuestros caballos y vuestros ganados y tendríais que ir a la guerra. No hay ninguna ley que pueda obligar a los indios a guerrear. Nadie puede forzaros a hacerlo. Pero si firmáis papeles, si os inscribís en el censo, el Gobierno os habrá atado. Y entonces iréis a la guerra. Esa orden de inscripción no representa lo que parece a primera vista. Es un viejo truco gubernamental para engañaros. Ya habéis sido engañados en ocasiones anteriores. Escuchad a vuestros verdaderos amigos, v no os inscribáis.
Cuando hubo concluído esta arenga, se produjo un largo silencio impresionante. Luego, un viejo Nopah, delgado y cubierto de arrugas, se dirigió sombríamente al orador.
- Dejad que el hombre blanco os diga por qué le ha enviado Blucher. Si el Gobierno miente a los indios… para convertirlos en guerreros…, entonces Blucher r m ente también, porque Blucher es el Gobierno.
- Blucher es amigo de los Nopahs - replicó Lord -. No cree que el censo sea una cuestión honrada. El Gobierno ha hecho una ley que obliga a los jóvenes blancos a:r a la guerra. Y no vacilará en engañar a los indios por la misma razón y con el mismo propósito.

El embarazoso silencio que siguió a estas palabras pareció estar impregnado del convencimiento de los indios. Luego, otro de ellos se adelanté). El indio saltó sobre el mostrador. También era viejo, también tenía el rostro surcado de arrugas, también había en él una expresión sombría y amenazadora. Y agitó ante los jóvenes una mano delgada y venosa.
- ¡Hagoie matará a cualquier indio de los que están aquí que se inscriba en el censo! - gritó con energía. Aquellas palabras parecieron poner fin a los discursos, puesto que todos los indios comenzaron a parlotear excitadamente. Nophaie aprovechó la coyuntura que la situa- ción le brindaba para salir al exterior. Había llegado la quimera oscuridad del anochecer. Nophaie se dirigió a un encerradero, próximo a la casa y se sentó para esperar que terminase de anochecer y para pensar. No se: proponía permitir que,: Jay Lord se alejase del lugar sin haberse encarado antes con él. Nophaie había observado que Jay llevaba una pistola. Por lo tanto, sería conveniente caer por sorpresa sobre él. Nophaie se dijo desapasionadamente que tenía motivos para matar a Lord, aparte de la posibilidad de que hubiera de hacerlo en defensa propia.
Los indios salieron del establecimiento en grupos de dos o de tres, montaron sus caballos y se perdieron entre las tinieblas del! desierto. Nophaie comprendió pronto que podía aventurarse a acercarse más a la casa. Lo hizo cuando halló un momento conveniente, y se recostó en un muro cubierto de sombra. Salieron más indios del establecimiento, hasta que quedaron muy pocos en el interior. Entonces, como Nophaie había:supuesto y esperado, Jay Lord llegó a la puerta acompañado del dueño del establecimiento, que estaba hablando. Evidentemente, Jay se disponía a recoger su caballo.
- Estoy casado con una mujer india, es cierto - decía el comerciante con acento en que se señalaba la cólera -, pero no soy indio…, ni tonto. No me, agrada lo que has dicho acerca del censo.
- ¡Aaah! En ese caso no dejes de tener la seguridad de que te guardas para ti solo tu disgusto -gruñó Lord-. De otro modo, no durarías mucho tiempo en estos lugares.
El comerciante se retiró al interior de la casa y Lord se dirigió hacia su caballo.
Nophaie se lanzó tras él. Y luego, exactamente en el momento en que adelantaba una mano para asir la brida, Lord debió de oír algo, puesto que se inmovilizó sorprendidamente. Nophaie apoyó el cañón de su pistola en el costado de Jay y dijo en voz baja y firme:
- ¡No muevas las manos! Si lo haces, te mataré.
- ¿Nophaie? - preguntó Lord roncamente.
- Sí, Nophaie.
- ¿Qué… quieres?
- Escucha: he oído lo que has dicho a los indios. Ahora sé qué es lo que ha influído en el ánimo de los habitantes de la colonia_ Es una propaganda alemana… y tú eres el instrumento de Blucher. ¡No eres mejor que los mismos alemanes! ¡Eres un traidor! ¿Me oyes?
- ¡Demonios! ¡No soy sordo! - refunfuñó Lord al mismo tiempo que hacía un esfuerzo, por mantenerse inmóvil. Su rostro parecía una mancha débil entre la oscuridad.
- Lord, tus palabras representan la traición -continuó Nophaie-. ¿Es preciso que;sea un indio, quien te lo diga?… Si tuviera tiempo podría reunir a algunos Nopahs y hombres blancos que demostrarían tu culpa. Pero quiero disponer de! tiempo libre para deshacer tu sucio trabajo. Voy a ir a la guerra… para luchar por tu patria… Ahora, escúchame: si no dejas de extender y pregonar esa propaganda mentirosa de Blucher, iré a Flagerstown para alis- tarme como voluntario, y luego regresaré a la colonia india. Entonces seré un soldado americano además de un representante de la ley. Blucher no podrá tocarme ni retenerme… Y te mataré, Lord… ¡Juro que lo liaré!… ¿Me crees?
- Me parece que sí… - replicó ariscamente Lord -. Y, si quieres que te diga la verdad, me satisface el tener que abandonar este trabajo.
- Me alegro mucho… De todos.nodos, monta tu caballo v no te vuelvas en dirección a mí -le ordenó Nophaie.

Un momento más tarde, Lord, sin dejar de lanzar maldiciones en voz baja, se encontraba sentado en su silla. Un ruido sordo de pieles y un retintín metálico anunciaron que estaba utilizando las espuelas. El caballo se lanzó a la carrera, y muy pronto 1o envolvió la oscuridad.
Nophaie permaneció en la casa del hombre casado con la india por espacio de dos días; y sus vehementes charlas a los indios que la visitaban no consiguieron destruir la especie venenosa que Jay Lord había extendido.
Nophaie encontró, con gran congoja y disgusto, que cuanto más penetraba en aquella parte de la colonia, tanto más fríamente respondían los indios a sus solicitaciones. Llegó la época del calor. El verano del desierto se extendió como una manta sobre la meseta y las arenas. La temperatura era fresca en las horas del amanecer, el cielo estaba azul y claro y el sol semejaba nn glorioso estallido de oro que cubría el desierto con tina magnificencia de color. Pero tan pronto, como el sol asomaba tras la parte oriental de la elevación, velos de calígine comenzaban a elevarse de la tierra. Cerca de las horas meridianas, unas nubes amarillentas flotaban en el horizonte, se desflecaban, se ensanchaban, se oscurecían y dejaban caer las cortinas grises y revueltas de la lluvia. Cada tormenta provocaba un arco iris, y hubo ocasiones en que, cuando Nophaie descendía por las inclinaciones del desierto, se hallaba rodeado de tormentas y arco, iris en tanto que el sol caía con fuerza sobre su cabeza. Hubo otras veces en que se viví forzado a soportar la violencia de la caída de la lluvia, de cuya cartilla gris salía agradecido y calado hasta los huesos.
Finalmente, Nophaie encaminó su caballa hacia la el oeste, hacia la región que: conocida le era. Durante un día entero cabalgó al borde de un oscuro, desfiladero azul antes de encontrar un lugar por donde poder cruzarlo. Y estuvo hambriento en el transcurso de diversos días, y durmió exactamente en los lugares y le sorprendió la llegada de la noche.
En los hoganes indios del este y del:sor de Mesa, Nophaie encontró situaciones que hasta entonces desconocía. A medida que la mácula de la civilización blanca comenzaba a hacerse más intensa, crecía la agitación interior originada por la guerra. Nophaie tic,)talló grupos (indios que simpatizasen excitadamente con la causa que defendía. Aquellos Nopahs que vivían en zonas,próximas a las fronteras de la civilización v del ferrocarril eran comple- tamente distintos a los Nopahs del lejano norte. Se habían propalado rumores par toda la zona, pintores que decían que el Gobierno quería llevar a los indios obligatoriamente a la guerra, incautarse de sus ganadas y de sus depósitos de lana, confiscar sets armas de fuego. Los secuaces de Blucher habían realizado a la perfección una labor subterránea. Nophaie viví en muy poco tiempo más indios borrachos que cuantos había visto anteriormente durante sus repetidos viajes por la colonia. La mayoría de ellos se hallaban vendiendo lana a los comerciantes ansiosos de deshacerse de ella. La prosperidad alcanzó su mayor esplendor. Pero una sombra ominosa caía sobre el desierto. Multitudes de indos se dirigían a Flagerstown, de donde regresaban con la imaginación llena de un caos de dudas y de contradicciones. La fiebre de los blancos se había apoderado, también, de los indios. Los ensalmadores y los brujos predecían espantosas catástrofes para los Nopahs.
El apasionado sueño de Nophaie, el deseo, de conducir consigo a la guerra a millares de indios, hubo de ser desechado. Su infatigable labor le produjo el resultado de conseguir que un par de veintenas de indios estampase la marca de sus dedos en el papel de alistamiento voluntario. Desde varios puntos llegaron hasta él: rumoren de que los indios se alistaban en el ejército; pero no pudo comprobarlo hasta después de haber salido del desierto. Una terrible amargura, un disgusto, por la actitud del Gobierno se apoderaron de él. En tiempos de guerra, ¿por qué razones mantenía el Gobierno a un espía alemán en,in puesto importante, donde podía minar la fe de millares de indios que podrían haber sido convertidos en magníficos soldados? ¡Qué estúpida ignorancia, qué ceguera por parte de los oficiales del Gobierno! Blucher era responsable de traición y deslealtad, había sido lo suficientemente inteligente para comprender chic aquellos Nopahs podrían luchar en defensa de América, y los había engañado, con lo que incrementó su molesto disgusto al añadir falsedad sobre falsedad. Nophaie podía ver la verdad con toda su crudeza y su desnudez, y comprendió lo que podría haberse obtenido de los altivos v fieros Nopahs. Una gran página de- la historia de América, la constitución de un ejército de indios que se uniese a los de los hombres blancos para luchar en defensa de la libertad, jamás sería escrita. Nophaie lo veía claramente. Conocía bien a su pueblo y sabía bien cuáles eran:sus magníficas condiciones para la guerra, lo que los indios podrían haber hecho, lo que habrían hecho: una gloriosa hazaña, con lo que habrían correspondido con el bien al mal del Gobierno. ¡Heroísmo a cambio de injusticia! De tal modo los indios habrían ganado la ciudadanía estadounidense. ¡Qué hermosa ocasión se perdía! ¡Perdida! El corazón de Nophaie se abrasaba en las llamas del odio contra el alemán que había destrozado la ocasión más noble que jamás había alboreado para su pueblo.
«Debería haber matado a Blucher - murmuró para sí. - Cualquier labor que ahora realice en favor de dos Estados Unidos no podrá ser ni siquiera una millonésima parte tan importante de lo que aquélla habría sido.»
Nophaie fue a Mesa para despedirse de Marian. Temía desde hacía tiempo la llegada de aquel instante, y había intentado borrar de la imaginación este temor. Pero en aquellos momentos, una vez que había concluído su misión, cuando se hallaba muy próximo el día en que debía hacer su inscripción voluntaria y la de los indios que habrían de acompañarlo, estaba obligado a pensar en ella.
Aun cuando era muy grande su ansiedad por ver a Marian, se alegró al saber por medio de Paxton que Marian se hallaba en Flagerstown, donde le esperaba. La joven había dejado una corta nota para Nophaie en la que le indicaba dónde podría hallarle y le encarecía que no permaneciese durante mucho tiempo en Mesa.
Nophaie no tenía necesidad de que se le hiciera esta súplica. Nunca, durante. el curso de su vida, se había hallado bajo los efectos del terrible estado de ánimo que en aquellas circunstancias le abrumaba. La cólera que suscitó en él el asesinato de Da Etin, la emboscada de que fijé objeto por parte de Noki y la tragedia de la pequeña Gekin Yashi pesaban tristemente sobre su alma. La idea de la guerra le había liberado de esa obsesión, de un algo que latía y aleteaba en el fondo de su corazón. La amenaza contra el barco que conducía la exposición flotante de los Estados Unidos, que tan bien recordaba, la intrusión de un enemigo falto de escrúpulos, todo ello había provocado en su interior el despertar del instintivo salva- jismo de su naturaleza.
Y en este estado de ánimo se hallaba Nophaie cuando llegó a Mesa. Y la proximidad de Blucher v la tristeza que se reflejaba en la carta de Marian solamente sirvieron para añadir combustible al fuego en rescoldos.
Nophaie no hizo esfuerzo alguno por ocultarse, puesto que en realidad, era nn soldado americano. Había recorrido millares de millas al servicio del ejército. Ninguna cárcel de la colonia, ninguna cárcel de Flagerstown podría albergarlo. Y se unió libremente a los grupos indios que se congregaban en, el puesto comercial. Había en el establecimiento una cantidad desacostumbrada de indios, todos excitados, borrachos algunos; varios de ellos se habían detenido en su camino hacia Flagerstown, adonde se dirigían con el mismo objeto que Nophaie. El conductor del correo se había puesto de acuerdo con dos de ellos para transportarlos en su automóvil, y accedió a llevar también a Nophaie como pasajero. El viaje constituyó una carrera de cinco horas que encantó y conmovió a Nophaie. ¡Cinco horas solamente… y luego se hallaría junto a Benow di cleash! Nophaie miró antes, de la partida, desde las escaleras de piedra del puesto comercial, a través de la salvia y la arena del desierto, hacia las coloreadas pendientes del camino, hacia las cumbres cubiertas de nieve. Benow di cleash se hallaba allá. Y cuando el sol, que ya había comenzado a declinar en el oeste, tocase el horizonte, Nophaie se hallaría junto a la muchacha blanca.
¿No debería ver antes a Gekin Yashi? El pensamiento lo atormentó. ¡ No! La vista de la chiquilla sería la última gota de agua que pudiera añadirse al vaso de su odio contra Morgan y Blucher.

Nophaie no tomó parte en las conversaciones alborotadas de los indios que se hallaban próximos, sino que se sentó en los escalones de piedra con el sombrero inclinado hacia delante para ocultarse el rostro. Y fumó silenciosamente un cigarrillo en tanto que meditaba y que las sombras: de las cavilaciones entenebrecían su imaginación. Cuando llegó el momento del descanso en la escuela, los niños indios corrieron de un lado para otro como autómatas con sus mandilones, de carranclán azul. Nophaie los observó con miradas que pasaron bajo la inclinada ala de su sombrero. ¿Cuál sería el porvenir de aquellas criaturas? Pero luego, cuando más allá de ellos, a través de la verja, vio a las niñitas indias, con sus rostros oscuros y sus cabelleras negras, cada una de ellas una Gekin Yashi destinada a algún Nopah, no quiso mirar mas.
Un automóvil zumbó en la carretera de Copenwasihie y se detuvo ante el establecimiento. Dos hombres blancos, además del conductor, lo ocupaban. Uno de ellos era Blucher. ¿Se había afilado su rostro? Nophaie percibió la exaltación repentina de su propia sangre. Blucher y su acompañante descendieron del automóvil, subieron las escaleras de piedra, en tanto que mantenían una animada conversación que Nophaie no podía oír. Pero cuando el superintendente pasó junto a él para entrar en el establecimiento, Nophaie podría haberlo agarrado si hubiera estirado el brazo.
¡Matarlo en aquel mismo instante! El pensamiento corrió por todo el ser de Nophaie. Fue como una llama que brotase repentinamente, como una llama que anulase y consumiese el raciocinio. ¿Podría él, Nophaie, servir a su pueblo y a América de modo mejor que matando a aquel alemán? ¡No! La inteligencia de Nophaie justificó aquel sentimiento. ¿Qué importaba que la civilización que imperaba fuera del desierto no conociera nada acerca de la iniquidad de aquel hombre? Nophaie la conocía. ¿Qué importaría que la dura máquina gubernamental, no lo conociera jamás, o que, conociéndolo, no quisiera concederle importancia, o que con su ignorancia y sus procedimientos burocráticos y ciegos ahorcase a Nophaie por su hazaña? Nophaie la conocía. Hay cosas que se hallan más allá y por encima de los intereses propios o de la. razón. Pero el rostro de Benow di cleash se dibujó ante la roja vista de Nophaie, que volvió a ser nuevamente dueño de sus vetos y de sí.
Al cabo de unos momentos, Blucher v su acompañante salieron del establecimiento en unión de Paxton, que parecía ir hablando del azúcar que había cambiado por lana. Blucher se detuvo, un instante a la puerta. Nophaie podría haberlo agarrado nuevamente. Y todo el fuego ardiente del infierno, que se encendía en su corazón fue apagado por su amor a una mujer blanca. Solamente por evitar a la mujer blanca la angustia y el dolor, solamente por esta causa, Nophaie sacrificó el único y supremo impulso salvaje de su vida. Hubo un tiempo en que fue completa-mente indio. ¡Cuán fácil era matar a un hombre blanco! ¡Qué inexplicable emoción despertó temblorosamente este pensamiento! Levantarse…, arrojar el sombrero…, apoyar el cañón de la pistola en, el abdomen del traidor…, mirarlo al rostro con miradas en que se reflejasen la crueldad y el desprecio de los, indios por los hombres blancos…, dar rienda suelta a la indignación al gritar: «¡Mira, alemán! ¡Soy Nophaie! ¡Y ha llegado el último momento de tu vida de vilezas…!»
Pero Nophaie no ofreció signos exteriores de la tormenta que se desencadenaba en su interior. La tormenta se borró y perdió como un viento de muerte. Y el joven se maravilló de los extraños cambios de la vida. Allí se hallaba, ante él, aquel odiado Blucher, completamente desconocedor de la presencia del indio que nada temía, que había estado a punto de cometer un asesinato. Había habido, y había aún, hombres que conocían los peligros de su vida y que poseían, el valor necesario para hacerlos frente; pero Blucher no pertenecía a tal, clase de hombres. Morgan era más fuerte, del mismo modo que era más villano, pero también estaba ciego como un murciélago. ¡Ambos estaban ciegos para la cólera justa y terrible que se albergaba en las almas de algunos hombres! El agente del Gobierno y su secuaz eran solamente dos destructores miserables y mezquinos, dos plagas demoníacas, cuyas ima- ginaciones, sinuosas y deformes, se concentraban en sí mismos.

Antes del anochecer de aquel día, Nophaie se hallaba en Flagerstown y había enviado una nota a Marian. Antes de salir a su encuentro se había inscrito en el puesto de reclutamiento y era ya un soldado del Ejército de los Estados Unidos.
Al final de una calle próxima a las afueras de la población, Nophaie encontró el número que buscaba. Y en tanto que subía los escalones del pequeño pórtico, Marian abrió la puerta.
¡Relámpago dorado de un rostro y de una cabellera! Nophaie no pudo ver claramente cuando entró tambaleantemente en la casa. La voz de Marian sonaba de modo extraño en sus oídos, como una voz desconocida. Y ambos se hallaron a solas en una estancia de paredes indistinguibles. El temor que Nophaie había experimentado, al pensar en aquel encuentro le resultó en aquel instante un temor incomprensible. Solamente deseaba evitar aflicciones a la joven. Aquella mujer que retenía entre las suyas las manos de él, que miraba con miradas penosas y los ojos llenos de angustia, era recordada por él a causa de su querido y hermoso rostro; pero tenía un algo desconocido.
- ¡Benow di cleash! - dijo Nophaie con voz quebrada.
- ¡Nophaie… mi amor… mi indio!… Vas a la guerra -murmuró ella; y le rodeo el cuello con los brazos. En el mismo instante en que se inclinaba en dirección a su pálido rostro y a sus brazos, Nophaie comprendió la razón, de su abandono. Una palabra había sido suficiente. ¡Guerra! Y experimentó piedad por ella, y la quiso en aquel instante más que nunca, y la comprendió, y la apretó entre sí, y la besó hasta que ella se dejo caer contra él y entre sus brazos, pálida y extenuada. Los besos de ella, a pesar de su fuego y su dulzura, llevaron a los labios de él solamente la austeridad de la despedida. Mucho tiempo antes, en la soledad del desfiladero de los Muros Silenciosos, Nophaie había librado una batalla contra el amor. Y allí, en la angustia del en- cuentro, se encontró tan tranquilo, sereno y grave como ella se encontraba débil y apasionada.
- Nophaie… ¿cuándo… te irás? -susurró ella.
- Esta noche, a las diez.
- ¡Oh! ¿Tan pronto…? Pero antes, ¿irás a un campo de instrucción? -preguntó ahogadamente Marian.
- S í.
- Es posible que no te envíen al extranjero.
- No tengas falsas esperanzas, Benow di cleash. Tú quieres que vaya a Francia. Estoy preparado para luchar. Y no se tardará mucho tiempo en hacer unos soldados de mis Nopahs.
- Eso significa… el frente de batalla… las trincheras… las guardias y las exploraciones…
¡los puestos más peligrosos! -exclamó ella.
Los indios no aspirarían a ocupar puestos seguros, Benow di cleash. Vamos, en total, sesenta y cuatro Nopahs, la mayoría de los cuales han sido reclutados por mí.
A continuación habló de sus largas cabalgatas, de sus esfuerzos por quebrantar la influencia de Blucher, de su fracaso. Ella se indignó al oír el relato, y a causa de la indignación que le produjo la traición de Blucher y del amor por Nophaie, pasó el momento más doloroso del encuentro.
- Sabía que era germanófilo -dijo-. Resulta incomprensible que haya conquistado tantas amistades influyentes aquí. ¡Oh, este pueblecito parece haber perdido la cabeza! ¿Cómo deben de hallarse ahora Nueva York Filadelfia?
- Si los indios están excitados, ¿cómo estarán los hombres blancos?- replicó Nophaie-. Este estado de ánimo que la guerra provoca es malo, ciego, terrible. Pero yo, por mi parte, nada tengo que perder y todo por ganar. Y…
- ¡Nada… que… perder! - exclamó Marian sollozando repentinamente en tanto que volvía a rodear el cuello de Nophaie con los brazos -. Nophaie… Me tienes a mí… Esto es lo que tienes que perder… ¿No me quieres ya?
- ¡Quererte!… Chiquilla: estás alterada - contestó él tiernamente. Nophaie vio que la guerra rompía la reserva de la joven e intensificaba su emoción-. Hoy mismo te he demostrado mi amor, Benow di cleash.

- ¿Cómo?… No; a mí no… Todavía no.
Nophaie refirió el incidente a que se refería. Blucher había pasado algunas horas antes junto a él, de modo que solamente habría tenido que estirar un brazo para alcanzarle… y precisamente en el momento en que el salvajismo de la naturaleza india se había impuesto a sus razonamientos… Y Nophaie se había opuesto al impulso, lo había anulado.
- Fue tu pensamiento, tu recuerdo lo que me impidió matarlo - terminó.
- ¡Oh! ¡Oh, cuánto me habría alegrado! -exclamó ella; nuevamente brilló en sus ojos aquella llamita, extraña…
Nophaie comprobó nuevamente que la muchacha blanca poseía una complejidad de carácter que se hallaba,probablemente más allá de la comprensión de él. La misma que había salvado la vida de Blucher, declaraba que se habría alegrado al conocer la noticia de su muerte a manos de su prometido. El espíritu de guerra había perturbado su imaginación.
- Nophaie, permíteme que te siga a Nueva York… a Francia - suplicó Marian.
- ¡Permitirte que me sigas! ¡Cómo! No podría impedirlo, Benow di cleash; pero te suplico que no lo hagas.
- Jamás te desobedecería… Permíteme que vaya… Podría hacerme enfermera… trabajar para la Cruz Roja…
- No. Si quieres obedecerme… hacerme feliz… quédate aquí… para trabajar en favor de mi pueblo hasta que yo vuelva, o…
- ¡No lo digas! - exclamó ella. Y cerró con los suyos los labios de Nophaie-. No puedo soportar ese pensamiento. Todavía no… Es probable que consiga reunir un poco de valor cuando te hayas ido… ¡Te quiero, Nophaie! Y te quiero un millón de veces más desde que vine a tu tierra. El desierto me ha cambiado. Escucha cuando te hayas marchado, iré al Este, donde permaneceré durante una corta temporada. Pero te prometo que volveré aquí para trabajar… y esperar.
- Muy bien, Benow di cleash - dijo él- Me parece percibir que volveré… Salgamos a dar un paseo. No sabría despedirme de ti en el interior de una casa.
Unas nubes doradas y purpúreas asistían a la última fase del crepúsculo. Era magnífico el panorama que se desarrollaba a lo largo de la pendiente occidental de la cadena de montañas. Al final de una pradera se elevaba una eminencia rocosa: era la primera elevación del terreno en dirección a las alturas que rodeaban la ciudad. Unos pinos estáticos se erguían en sus cumbres. Muy separados unos de otros, pardos, fuertes, atrajeron de manera peregrina con sus copas pobladas y verdes a Nophaie. Una solemne, extraña y hermosa emoción se apoderó de él mientras caminaba bajo ellos en compañía de Marian. Una especie de fortaleza semejaba pasar de Nophaie a la joven. Marian comenzaba a tranquilizarse, a asimilar algo de la fe de él, de lo místico que en él había.
El aire cálido del verano se alejaba y el viento frío de las montadas ocupaba su lugar. El rosado resplandor del crepúsculo se desvaneció en el pálido azul del cielo. Una estrella solitaria brillaba en el Oeste. Los grandes pinos estáticos se dibujaron, como una mancha negra, ante el cielo.
- Benow di cleash, cuando los indios dicen, al final de sus plegarias: «todo está bien, lo dicen con sinceridad. Vuestro misionero jamás interpreta una plegaria como una sumisión a la vida, a la Naturaleza. Las plegarias de los blancos representan el temor a la muerte… de lo que hay tras ella. Yo no tengo miedo a la muerte ni a lo que pueda haber, tras ella. El único temor que experimento es por ti… v por las gentes de mi pueblo, por las jóvenes como Gekin Yashi. Las mujeres de mi raza llevan las huellas del sufrimiento, están destinadas al su- frimiento. Lo deploro. Las mujeres ya tienen sufrimientos bastantes con los físicos. Hace una semana, cuando me hallaba en un lingan, vi morir a una mujer india a consecuencia de un parto… Es preciso que comprendas lo muy alegremente que acojo la ocasión de olvidarme de mí mismo en los azares de una guerra. Conozco la naturaleza de la lucha, lo que la violencia hace al cuerpo… y si todo ello no me mata, me curará de anís angustias. Acaso pueda hallar en ella al dios guerrero puedo hallar entre el silencio de mis desfiladeros. Por otra parte, tenemos al hombre, al indio que en mí se encierra, que se levanta fiero y duro para la lucha. Si todos los alemanes son como Blucher, ¡quiero matar a algunos de ellos!… Quiero que no tengas ni siquiera un momento de tribulación a causa de mi marcha a la guerra. Piensa en mí como en. un soldado americano. El dolor físico no tiene importancia para mí. He jugado partidos de rugby cuando padecía lesiones que habrían recluido a cualquier hombre blanco en un hospital. Doy la bienvenida a esta oportunidad de vindicar a los indios. Cualquier indio que no estuviera dominado por su ancestral ceguera y su ignorancia sería ahora como soy yo. Por esta razón, te ruego que no te aflijas. Si viviera v pudiera volver a la colonia india, entonces tendrías motivos para afligirte angustiarte. Pues sé bien que la…tierra llevará a Tu pueblo la miseria, la desgracia, las plagas. Pero a légrate ahora, cuando en medio de mi des- gracia puedo elevarme sobre ella %- sobre el odio para luchar por ti y por las gentes de tu raza. Tu amor me ha salvado de la vida do disolución que amenaza al indio que vive entre las gentes blancas. Me ha salvado, también, de luchar contra mi incredulidad. Y me ha elevado, v me ha hecho abrigar 1 la esperanza de que, algún día, podré ser el noble indio que tú has soñado que soy.

XVIII

Después de la partida de Nophaie, Marian experimenta la impresión de que había llegado el final de todo. No había pensado anteriormente en cuál sería su situación. después de la última entrevista. Y luego, con las dolorosas y excitantes experiencias del pasado, se encontró como perdida y descorazonada. Cayó en un terrible estado de depresión, contra el cual luchó con dificultad. El desierto la llamaba; la promesa hecha a Nophaie era una sagrada obligación; pero se encontraba incapaz de regresar inmediatamente para recomenzar su trabajo entre los, indios. Y decidió, como había proyectado, permanecer en el Este durante un corto período.
En el mismo momento de su llegada a Filadelfia comprobó que; aparte de la necesidad de cambiar de ambiente y del placer de hallar nuevamente a las antiguas amistades, había algún motivo más para que pudiera alegrarse de su regreso.
Filadelfia, lo mismo que otras grandes ciudades, se hallaba presa de las angustias de los preparativos bélicos. La fiebre de la guerra y su emoción se habían apoderado de todos. El equilibrio de la juiciosa y tranquila ciudad! de amor fraternal se había roto. Marian encontró a sus parientes tan cambiados como:si largos años separasen su partida de su retorno. Se habían olvidado de ella. Todos estaban obsesionados por sus relaciones particulares con la guerra. El alistamiento de un hijo, de un sobrino o de un hermano, la búsqueda de las oficinas de guerra, el desplazamiento, de los negocios para hacer frente a las exigencias ele la contienda… todas estas actitudes eran personales. Muchos de los conocidos de Marian, jóvenes menores de treinta años, habían conseguido eludir, de uno u otro modo, las garras del servicio. Conductas de esta naturaleza se ponían de manifiesto más vigorosamente por el contraste que establecían con la actitud de quienes se inscribían como voluntarios antes del alistamiento oficial. El mundo había cambiado para las mujeres jóvenes. Ante ellas se presentaban millares de ocasiones que jamás habían conocido, desde la posibilidad de vestir pantalones de color caqui hasta la de conducir ambulancias sanitarias a Francia. Marian podría haber hallado un millar de empleos, todos ellos más remunerativos que cualquiera de los que hasta entonces había desempeñado. Era una época de tensión. Era una época de intenso esfuerzo emocional. Era una época en que la nobleza o el egoísmo de la naturaleza humana se intensificaban. Era una época que ponía a prueba el alma de las madres. Era una época que revelaba instintos enérgicos profundos, trascendentales de las mujeres jóvenes. Era una época en que muchos soldados abusaban del atractivo de sus uniformes.
Marian, poseía grandes razones personales para sentirse agitada por la guerra. Esta circunstancia le hizo ser caritativa y generosa para los juicios de los demás, pero no podía perdonar ni justificar la locura ni el desenfreno. No podría censurar a ninguna joven que corriese atolondradamente hacia el matrimonio con un soldado -puesto que ella misma había. deseado anhelantemente casarse con Nophaie -, pero se encontró disgustada y avergonzada por el abandono que observó en tantas personas jóvenes. La guerra les había dado un impulso formidable que: Marian no sabía a dónde conducía.
Y, sin embargo, la propia Marian experimentó esta misma impresión.
¿Por qué se hinchaba su corazón cuando veía un soldado? ¿Por que se anublaba su vista cuando, desde la ventana, veía un tren cargado de soldados que marchaban a toda velocidad hacia Nueva York? La venta espectacular de los Bonos de la Libertad, los desfiles, las tómbolas, los bailes, los atestados teatros, el alistamiento de la mitad de los graduados de las Universidades de Pensilvania… en el centro de esta atmósfera de exaltación halló Marian las razones que la hacían alegrarse de su presencia en Filadelfia. Ningún americano debía dejar de ver y conocer aquellos días. El desierto había aislado a Marian hasta el punto de que no parecía ser una parte de la gran República. Tenía tantos motivos como cualquier otra mujer - con excepción de la madre de un soldado - para sentirse atraída por el caos de los días de guerra. Siempre que pensaba en Nophaie, un estremecimiento interno la acometía y la llenaba de angustia. Sin embargo, abrigaba un orgullo por él que comenzaba a hacerse infinito.
Marian contribuyó con su esfuerzo a la compra y venta de Bonos, a los trabajos de la Asociación de Jóvenes Cristianos y a los de la Cruz Roja. Si no hubiera prometido a Nophaie regresar a la colonia india, habría llegado, lo mismo que tanta; y tantas otras mujeres jóvenes, a extremos de entusiasmo bélico. El deseo de ir a Francia era difícil de reprimir.
Las cartas de Nophaie llegaron de tarde en tarde. No eran como las que Marian había recibido cuando se hallaba en el desierto, pero en ellas cimentó la joven su alegría y sus esperanzas. En septiembre, Marian se dirigió a la costa huyendo de la humedad y de la pesada atmósfera de la ciudad, las cuales le resultaban intolerables después de su permanencia en el Oeste. Y, por otra parte, necesitaba descanso. Fue a Cape May y frecuentó los lugares de la playa que había recorrido en compañía de Nophaie.
¡El inquieto y brillante Atlántico! Marian se bañó en la rompiente y pasó largas horas sentada sobre la arena. Aquel período fue tranquilo y, no obstante, singularmente intenso y vivo. Las grandes curvas de las olas, el atronar y el rugir, la blanca espuma y las anchas salpicaduras del agua, la ancha y- verde combadura del mar en la lejanía… todas estas cosas semejaban poder ser apreciadas y comprendidas más perfectamente a través de los recuerdos del desierto. Pero Marian amaba más el desierto y todos los (lías parecía sonar insistentemente en sus oídos la llamada de las vastas extensiones.
Y el tiempo voló y el otoño comenzó a desembocar en el invierno. Marian necesitó emplear cierto tiempo para deshacerse de sus pequeñas propiedades; al cabo de pocos días recibió una carta en la que Nophaie le decía que se hallaba a punto de salir de Nueva York hacia Francia. Marian fijé, a Nueva York con la vana esperanza de verlo. Pero lo único que pudo conseguir fue oír el sonido de su voz a través de un teléfono. Su agradecimiento fue muy, grande. En, el mismo instante en que ella respondió al sonido de un timbre por medio de un: «¡Diga!›, él dijo: ¡Benow di cleash luego, temblando de pies a cabeza en: la pequeñez de la cabina, Marian escuchó las pocas palabras de amor y despedida ele Nophaie.
Marian fue una de las mujeres que formaron la inmensa multitud que se agrupó en los muelles de Ho-boleen cuando el enorme transatlántico levó anclas. Centenares, millares de rostros de soldados se agolparon en la vista de Marian. Acaso fuera alguno de ellos Nophaie Marian agitó en el aire su pañuelito como despedida a ellos y a él. Ella era solamente una de los muchos millares de mujeres que quedaban atrás para sufrir v para llorar. Aquella despedida fue más dura para Marian que la de Flagerstown.
¡Un mar blanco y agitado de blancos pañuelos! ¡El relámpago con unos rostros encendidos y juveniles! Estas cosas significaban mucho. Representaban algo mucho más importante que unos incidentes de la vida.
El brillante sol invernal resplandeció sobre el conjunto de mujeres llorosas, sobre el enorme transatlántico con su carga de hombres, sobre el agitado río Hudson ele ondas verdes, sobre el esplendor de la ciudad.
Marian regresó a Filadelfia con el ánimo completamente deprimido. Y, por primera vez en la vida, se halló presa de un indefinible abatimiento Por otra parte, el clima frío y húmedo le producía un mal efecto después del aire alentador del desierto. Se encontró enferma duran- te cierto tiempo, y cuando so hubo recobrado estimó que sería conveniente esperar la llegada de la primavera antes de ponerse en marcha en dirección al Oeste. Entre tanto, decidió realizar trabajos de guerra. Todas las notas que había tomado durante su estancia en la escuela y en la colonia indias continuaban intactas. No bahía tenido el ánimo necesario para revisarlas con el fin de darles publicidad. Leyó noticias y comentarios de guerra hasta que tuvo la imaginación en un estado de caos. Una vez, se sintió sorprendida al comprender cuáles eran la intensidad y la angustia de la ansiedad y de la impaciencia.
Un periódico publicaba un informe referente a unas operaciones de guerra que se habían realizado a lo largo de un río situado en los frentes; por alguna razón que no se indicaba, se hacía importante obtener observaciones desde el extremo de un puente que: denle cierto tiempo antes se hallaba bajo, el fuego de los alemanes. Un soldado permaneció inmóvil, cubierta de yeso, con el fiel de presentar desde lejos un aspecto de piedra, por espacio de tres días consecutivos, en el extremo del puente más cercano a las líneas alemanas. Consiguió hacer observaciones interesantes sin atraer el fuego del enemigo. Pero murió a consecuencia del esfuerzo y de las capas de yeso que le recubrían. Aquel centinela era un soldado indio, un indio americano.
a ¡Podría…, podría ser Nophaie!,, murmuró Marian, torturadoramente.
Cuando llegó la primavera, Marian recibió la respuesta a una carta que había enviado a la señora Wolterson.
Querida Marian:
»He tardado mucho tiempo, es cierto, en contestar a su interesante carta. Pero espero que me perdonará usted, puesto que la causa del retraso ha sido ésta: trabajo, trabajo, trabajo.
¡Piénselo! Entre seis personas blancas y treinta niños indios, he sido la única que no ha sido acometida por la gripe.
»Ante todo, he de decirle que su relación de las, actividades de las gentes del Este y de las reacciones provocadas por la guerra me ha impresionado profundamente y me ha hecho desear hallarme en mi terruño -pues yo también soy oriental-; y, sin embargo, me ha forzada a dar gracias a Dios! por hallarme a campo abierto.
«Fuimos trasladados a este lugar, como usted sabe, y salimos de Mesa sin pena ni lamentaciones, no siendo a causa de las pocas amistades verdaderas que allá hemos dejado. Hemos tenido, en medio de todo, la suerte de quo no se nos haya separada del servicio. Los males que a mi esposo han causado Blucher y Morgan no han sido todavía reparados, y jamás lo serán.
»Blucher - y supongo que se alegrará usted de saberlo- ha refrenado su abierta pangermanismo. No sé quién o qué le habrá asustado. Mis amigos me dicen en sus cartas que la reacción de Blucher ante el temor que ha experimentado se ha traducido en una entrega a la realización del trabajo de la colonia que le está encomendado. Pero no durará mucho tiempo como superintendente. Muy pronto lo pasarán por la apisonadora».
»No obstante, Morgan sigue en su actitud de triunfador intangible. ¡Qué monstruo es ese hombre! Es completamente inconcebible que un demonio tan fanático como él pueda tener tanta autoridad sobre tantos y tan buenos misioneros.
- He aquí algunas noticias que acaban de llegar a nosotros. Gekin Yashi ha desaparecido nuevamente. Las autoridades dicen que ha huído. Pero mi informante de Mesa no cree que sea cierto. No se ha realizado ninguna gestión para buscarla. En el caso de que hubiera huído, no hay duda de que habría sido buscada. Ni Rhur ni ninguno de los demás policías han saldo de Mesa. Sé muy bien lo que sospecho que ha sucedido, y lo mismo sucede a Robert; pero creo preferible no confiar mis suposiciones a una carta. Algún día se descubrirá fa verdad.
¡Pobre Pequeña Belleza de los Nopahs! Cuando pienso en ella y en la niña prodigio, Evangelina, y en el noble Nophaie, el corazón se me llena de tristeza.
»King Point no es una población como Mesa. Mesa me gustaba mucho, a pesar de cuanto sufrí en ella. Esta ciudad está en las alturas del desierto, a más de siete mil pies de fa llanura. Es estéril, fría y está azotada por unos vientos terribles. La nieve del pasado invierno falló. ¡No cayó! Pero también aquí hay belleza. Grandes riscos rojos, grandes elevaciones pobladas de cedros, dunas siempre cambiantes con el viento, mesetas amarillas, grandes: ex- tensiones inclinadas… Sin embargo, la soledad, el frío y los vientos plañideros son terribles, temibles. La gripe cayó sobre nosotros en los últimos días de invierno, lo que ha constituído una circunstancia afortunada. Si no hubiera llegado la primavera, creo que toda la población de la ciudad, treinta y seis personas, habrían perecido.
»Lo mismo que todos los demás, también yo caí enferma. ¿Puede usted imaginarse cuáles serían mis trabajos? Hube de encargarme del cuidado de todos los enfermos antes de la llegada del doctor y después de su marcha. ¡Pobrecitos niños indios! ¡Cuán enfermos estuvieron! Apenas me fue posible disponer del tiempo preciso para comer, y mucho menos para dormir. Y cuando llegó la mejoría, nos me pareció que lo hizo demasiado pronto…
»No poseo información directa respecto de los estragos de la gripe en otros lugares de la colonia. Pero creo que la enfermedad se apoderó con crueldad de los Nopahs. Jamás vi una enfermedad como ésta. Temo la llegada del invierno… El tiempo cálido mata los gérmenes, o lo que quiera que extienda la dolencia. Si ésta se hubiera presentado en una época anterior del invierno, me estremezco de horror al pensar lo que podría haber sucedido en esta colonia.

»En su carta me hablaba usted de regresar aquí. Nos ha alegrado mucho la noticia. La serios Withers me ha comunicado que recibió una carta de Nophaie, desde Francia, en la que decía que la había visto a usted en el muelle de Hoboken un memento antes de la salida del barco. ¡Pero usted no le vio! ¡De qué modo más extraño suceden algunas cosas! Tengo (los hermanos en los frentes de Francia. Cuando pienso en ellos, pienso también en Nophaie.
»Sinceros y cordiales saludos para usted, Marian. No deje de darnos noticias suyas.
» Tu amiga,
»Beatrice Wolterson.»

Marian regresó a las tierras de los indios dispuesta a trabajar independientemente por el bienestar de los Nopahs. Alquiló una finca de campo en las cercanías de Flagerstown, junto a los pinos, desde la cual podía ver las verdes pendientes y las grises cúspides de las montañas. En aquella ocasión, cono la preparación y los medios necesarios para su trabajo, quiso disponer de un bogar cómodo y agradable en que poder residir durante las largas ausencias del desierto.
El primer desplazamiento de Marian al desierto la. llevó a King Point, donde pasó un día provechoso en compañía de los Wolterson.
King era tan fresco y tan grato durante el verano como Flagerstown. Marian tropezó con cl antagonismo instantáneo de la dirección de la escuela, lo que hizo que sus proyectos fuesen aplazados. Por otra parto, eco disponía de alojamiento en el poblado. La escuela era una edificación añeja a la de la dirección. El misionero de la localidad (cabía sida designado por Morgan. Y la esposa del misionero concibió mal escondidas sospechas cono relación a Marian.
Con gran disgusto, Marian descubrió pronto que las cosas no se desenvolvían de modo favorable vara los Wolterson. La enemistad de Blucher tenía brazos de gran alcance. Wolterson halló ere King Point la misma táctica subterránea que operaba en Mesa. Por otra parte, la altitud, el frío y la pobreza del alojamiento proporcionado por el Gobierno no oran cosas doce contribuyesen al mejoramiento de su quebrantada salad. Marian le aconsejó que abandonase el servicio ole la colonia india.
- Es claro, habré de hacerlo -respondió Wolterson -. Pero no me agradaría marcharme eco estos momentos. Parecería que había sido expulsado.
Antes de su partida, Marian recibió una sugerencia de Wolterson que le provocó tristes meditaciones. Wolterson habló de la pequeña. colonia de los Nokis, en Copenwashie, y del modo como los Nokis se empobrecían en aguas y tierras cuando tenían ante sí la perspectiva de un invierno duro.
- Estoy seguro de que no dispondrán de lo preciso para alimentar sus ganados - dijo Wolterson.
- ¿Por qué? - preguntó Marian.
- Porque tienen menos tierras que anteriormente y muy poca agua. No pueden producir alfalfa en cantidad suficiente.
- ¿Por qué tienen menos tierras que anteriormente?
- Porque Friel y Morgan se han apoderado de la mayor parte de las tierras de los indios.
- ¡Oh, ahora lo recuerdo! Pero, ¿cómo pueden hacerlo? Me parece una cosa increíble.
- Escorche, voy a decírselo -contestó Wolterson-. Acote todo, Friel y Morgan escogieron o la mejor zona de terreno, la que más deseaban, v consiguieron que el su- perintendente informase al Gobierno que los indios no necesitaban terreno. Era, como he dicho, la tierra mejor. El Gobierno accedió a que se dispusiese de una pequeña zona, sobre la cual podría ser erigida una iglesia. Más tarde, se dijo al Gobierno que la zona que se le había otorgada no era suficiente para que el misionero pudiera cultivar una huerta y un jardín. De este modo, se obtuvo cena nueva parcela. Al cabo de cierto tiempo, Friel consiguió la cesión de otro terreno. Y hay pendientes de estudio otras varias concesiones. A las tierras acompaña un derecho sobre las aguas de riego, y muy frecuentemente el derecho sobre algún manantial. La mayor parte de este agua les es, sencillamente, arrebatada a los indios. El agua escasea en el desierto. El aojo pasado fosé muy seco. El presente puede serlo todavía más… Y eso es todo.
- ¡Bien! -exclamó Marian -. ¡Ése es el rondo como esos hombres adquieren sus tierras! Marian había proyectado dirigirse a continuación a Kaidab, pero influida por el incentivo de las sugerencias de Wolterson y por el temor a ver en aquellos momentos las tierras altas tan amadas de Nophaie decidió visitar en primer lugar los terrenos próximos a Copenwashie. Los Paxton la acogieron calurosamente en Mesa, y entre ellos, y con el fin de utilizar un prudente subterfugio, convinieron que Marian se encargase de una pequeña ocupación, consistente en la compra de mantas v cestos. Copenwashie reposaba junto al borde de la meseta, a dos millas de distancia, o acaso más, del puesto gubernamental. Era un lugar desolado v estéril en todo tiempo, y en el verano, bajo la carga de la plomiza calígine, constituía el punto más implacablemente inhospitalario que podría imaginarse para una persona de piel blanca.
Los Nokis eran un pueblo agrícola, no un pueblo nómada, a la manera de los Nopahs. Las dos tribus se profesaban desde hacía mucho tiempo una profunda enemistad. Una anciana Noki, tan vieja que ni siquiera sabía cuál era su edad, había dicho a Paxton que recordaba los tiempos en que los Nopahs solían descender al poblado y arrojar a los Nokis desde las alturas de los cerros. Las casas eran de tejados planos, estaban construídas de piedra y adobe, eran frescas en verano y cálidas en invierno, lo que representaba un gran progreso sobre los hogans, más rústicos, de los Nopahs. En muchos casos, las casas disponían de unos encerraderos y corrales inmediatos. Las diversas callejuelas que formaban el pueblo, cuando Marian hizo su primera visita, estaban llenas de pintoresquismo y actividad, de asnos, perros, gallinas, vacas y niños indios. Un agudo olor,s cedro quemado impregnaba el aire. Este olor recordó a Marian el de la hoguera del campamento en las tierras altas. Unas revueltas columnas delgadas de humo azul surgían de unos agujeros o chimeneas invisibles.
Marian fue de puerta en puerta por todas aquellas casas chatas, en busca de cestos. Vio cocinas, máquinas de coser, camas como las que existen en las hogares de las gentes blancas. Las habitaciones que pudo ver estaban blanqueadas con cal,›, limpias. Los Nokis eran cortos de estatura, de ancho, rostro, más parecidos a los japoneses que a los Nopahs, y todas las mujeres eran gruesas. Hablaban un poco de inglés, pero eran tímidas y reservadas. Resultaba difícil complacer a Marean en cuanto al estilo de los cestos, pero pagó sin regateos el precio que se le indicó. De este modo comenzaba a seguir cautamente la línea de conducta que se había trazado. Cuando abandonó el poblado y subió la cuesta que llevaba al nivel de Mesa, volvió la cabeza hacia atrás.
El lugar semejaba un montón de rocas.pequeñas y de cabañas de barro cobijado al mismo, borde de un precipicio. Abajo se abría un verde y ancho valle en el que trabajaban muchos indios y por el que corrían diversas hebras de agua. Al otro lado del valle se erguía una colina roja y amarilla. A la derecha de donde se hallaba Marian, se elevaba una imponente construcción de piedra, edificada por albañiles, que tenía dos pisos de altura y una torre. Era la residencia de Friel. En cierto modo, a Marian le dolió la presencia del edificio en aquel lugar. Lo miraba con miradas de indios, y pensaba en el vaquero misionero, Ramsdell, que había vivido y dormido como los jinetes de las llanuras. Sabiendo lo que sabía, Marian tropezó con dificultades para refrenar algo más que unos prejuicios.
Paxton la había llevado a Copenwashie y le dijo que no creía que fuera seguro para ella Hacer el recorrido a pie. Las ocasiones de hallar algún medio de locomoción eran poco frecuentes, por lo que Marian se preparó para el lento paso del tiempo en tanto que ganaba la confianza de los Nokis. Pero otras atenciones requerían el empleo de sus tiempo: lecturas, estudio, escritura de cartas, mantenerse en contacto con todo lo que se relacionase con la guerra… En medio de todo, el calor del mediodía no era completamente insoportable, y Marian se habituó pronto a él, aun cuando tomó la precaución de no salir al exterior de la casa durante las horas más calurosas. Muy pronto contrató los servicios de un mensajero indio que la recordaba, quien transportaba sus cartas a Flagerstown y hacía diversos encargos para ella. Marean visitó tres o cuatro veces por semana el poblada Noki. En todos sus viajes compraba cestos, y siempre dejaba en las casas caramelos y muñecas y juguetes musicales para los niños. Cada vez que una mujer india le preguntaba si era una misionera, Marian pensaba que ganaba un punto de simpatía por medio de su firme negativa.
Marian preveía situaciones dificultosas y se preparaba para hacerlas frente. Jay Lord permanecía sentado en las escaleras del. puesto comercial durante las horas últimas de los días de verano. Morgan había preguntado en diversas ocasiones «que hacía esa gata de cara blanca en la colonia». Friel tenía conocimiento de su presencia. Pero hasta aquellos momentos, Marian había sido lo suficientemente astuta v precavida para evitar un encuentro con alguna de ellos, No obstante, no le importaba que esto sucediera ni el momento en que pudiera suceder.
Si la felicidad hubiera podido ser suya, le habría llegado allá, en el desierto que la había cambiado hasta cierto punto, y en el trabajo que había escogido para sí. Pero no podía ser verdaderamente feliz. Nophaie le escribía de tarde en tarde. Se hallaba en algún lugar de Francia». Sus cartas eran censuradas, y Nophaie escribía muy poco acerca de sí misma. Marean vivía con el constante temor a no volver a tener noticias suyas… a que muriese; pero no la atormentaba la idea de que fuese herido, puesto que sabía que Nophaie era un indio para quien las herirlas carecían de importancia y nada significaban. No podía desechar el mórbido hábito de leer todas las noticias de guerra. Tenía sueños terribles. Odiaba a los alemanes a cada momento más y más. Ni siquiera la tranquilidad del desierto y su virtud sosegadora podían anular sus emociones bélicas. 1,a vida no parecía haberse detenido, mas sí su corazón. Marian sufrió, obtuvo el mejor provecho posible de su contacto con los indios c hizo un esfuerzo por no perder la fe ni la esperanza. Pero el largo verano se arrastraba lentamente, v durante él Marian tan sólo halló el alivio pasajero de una corta visita a la fría v montañosa altitud de Flagerstown.
Con el fin del verano pareció llegar un fin a la monótona vida, desprovista de acontecimientos, de Marian.
Withers la visitó un día y la llevó en su automóvil a Kaidab. Su esposa no se hallaba muy bien v necesitaba un cambio de clima, por lo que el comerciante deseaba que Marian hiciese con ella un corto viaje a California Marian aceptó alegremente y, mientras se realizaban los preparativos necesarios para el viaje, montó a caballo y se trasladó hasta las alturas de la negra meseta con el fin de dirigir una mirada a la región de Nophaie. Todo lo que pudo conseguir fue la vista de las rojas cúspides de los monumentos naturales del Valle de los Dioses. Pero se satisfizo con esto.
Mirando a través de aquel,grande,:silvestre y maravilloso desierto de altivas rocas r de verdes extensiones de tierras bajas, Marian, pensó en el chiquillo indio allí nacido, el que había pastoreado con su rebaño en la soledad mientras escuchaba las voces secretas de los espíritus indios, el que en aquellos momentos se encontraba en Francia luchando en favor de los hombres blancos y de América. La antigua fortaleza de Marian pareció volver a su corazón. Había estado nostálgica, sola, pensativa, siempre meditando acerca de Nophaie.

Solamente una mirada a la región de las tierras altas bastó para que su espíritu reviviese. No debería permitir que desfalleciese. Cada día incrementó un poco más la renovación de su valor, y con ello y con el enfriamiento de la temperatura, aumentó rápidamente su energía.
Withers halló la ocasión propicia para una corta ausencia de Kaidab. Su compañero, Colman, dijo que los negocios flaquearían en vez de crecer. El declinar de la fortuna de los Nopahs se iniciaba. El precio de la lana había descendido continuamente; no se recibían demandas de cestos o de mantas. Los indios habían sido excesivamente pródigos e interpretaban torcidamente la circunstancia de que el precio de su lana descendiese en tanto que el de las mercancías del comerciante se elevaba.
- Se encuentran ante el invierno más duro v difícil de cuantos hayan conocido en este desfiladero -dijo Colman.
- Es cierto - contestó Withers pensativamente-. Y si esa enfermedad de la gripe se apodera de la colonia cuando llegue el frío, todo habrá concluído.
- ¿No acabará jamás esa guerra? - dijo, suspirando, la señora Withers.
- ¿Terminar? Ya ha terminado. Los alemanes están perdidos. Lo único que pueden hacer ahora es aplazar la capitulación. No podrán resistir un invierno más - contestó el comerciante.
- . Casi desearía que no flaqueasen en ningún momento. Los franceses saben bien la clase de enemigo que tienen ante sí. Debería permitirse al mariscal Foch que borrase a los alemanes de la superficie de la tierra. Si no lo hace, los alemanes recurrirán en el porvenir a alguna de sus conocidas tretas y harán una nueva guerra más peligrosa que ninguna de las anteriores.
Ted, el hijo de Withers, había llegado a Francia, pero se hallaba aun en las líneas de reserva, tras los frentes de combate, lo que evidentemente, irritaba al comerciante. Quería que su hijo luchase. La señora Withers, por el contrario, estaba satisfecha de que la suerte hubiera librado de peligros hasta aquel momento a su hijo único. La hermana del soldado compartía las agresivas ideas del padre. Marian comenzaba a cansarse de guerra. El enigma terrible, monstruoso, increíble, se centraba para ella en Nophaie, de quien no había recibido noticias desde hacía varias semanas.
Durante el último día de su estancia en Kaidab, Marian consiguió persuadir a la señora Withers a que la acompañase hasta el punto más alto que fuese posible llegar. Withers designó a uno de sus caballistas indios para que las escoltase. El recorrido fue largo, duro, glorioso. Desde la cima de una gran elevación, Marran vio la completa extensión del Valle de los Dioses, los rojos centinelas del desierto, solitarios y altivos ante la neblina de la lejanía. Vio la ancha meseta a cuya sombra nació Nophaie. Luego, lejos, en dirección al Oeste, sobre los gigantescos escalones, pudo percibir vagamente las tierras altas, cubiertas de cedros y de salvia purpúrea, y, sobre ellas, la enorme mole ele Nothsis Ahn.
Marian experimentó un temblor que era algo más que producto de la emoción. Su pecho se, ensanchó, y su vista se oscureció. ¡Silvestre, solitario, hermoso desfiladero! Marian lo amaba. La más clara de todas las enseñanzas de su vida había nacido de su atractivo. Marian anheló subir por la senda interminable y accidentada hasta llegar a los silenciosos muros de Nophaie. Estos muros no eran silenciosos para ella.
El día había sido pleno, doloroso, revivificador de la corriente de antiguas emociones. Marian recorría la lisa extensión- del desierto gris que se desarrollaba ante Kaidab, el sol poniente doraba los bordes de las lejanas mesetas. El color rosa y el color lila llenaban las oquedades de las rocas, y la vasta llanura de arena v de hierba ondulaba hacia el horizonte bajo una luz dorada.
Withers esperaba a los jinetes. En su rostro había una expresión, de ansiedad, de excitación, de felicidad corno Marian no había visto en él desde hacía mucho tiempo. ¿Qué sería lo que podría haber roto la reserva de aquel intrépido occidental? Marian experimentó una sensación de debilidad.
- ¡Apéense y entren! - dijo a voces Withers-. ¡Entren en seguida! ¡Tengo noticias.
Marian se apeó del caballo rápidamente y corrió tras la hija de Withers, que estaba llorando.
- ¡Oh! Papá ha recibido una carta de Ted.
Y así resultó ser. La señora Withers lloró en los primeros, momentos, pero después se calmó. El comerciante dio vueltas entre las manos a diversas hojas de papel cubiertas de escritura.
- Sí, podrás leer todo esto más tarde - dijo -. Ted se encuentra perfectamente bien. Está irritado porque todavía no ha podido ver ninguna verdadera batalla. Dice lo mismo que os he dicho: que los hunos están perdidos. ¡Hurra!… Saber que hace tiempo escribí a Ted y le en- cargué que averiguara lo que fuera posible acerca de nuestros indios. Ya había perdido las esperanzas de que me informase, pero ha descubierto muchas cosas que voy - a leer, Marian: su Nophaie ha sido condecorado con una Medalla de Servicio Distinguido. ¿Qué sabe usted acerca de ello?
Marian no pudo hablar, ni podría haberlo hecho aun cuando su vida hubiera dependido de que pronunciase una sola palabra. Parecía encerrada en sus emociones… muda en la dulzura, en la grandeza del momento más pleno y más ávido de toda su existencia.
El comerciante revolvió las hojas de papel. No tenía los dedos completamente firmes.
- Aquí está - comenzó- Esta carta parece menos cortada por el censor que cualquiera de las que hasta ahora hemos recibido. Ted escribe: «He tenido cierta suerte. He hallado a un soldado que ha estado en las primeras líneas de combate junto a algunos de nuestros indios. Es mucho lo que tiene que decir de ellos. Este soldado conoció a Lo Blandy cuando jugaba al rugby en el equipo universitario. Supongo que el tal Lo Blandy es nuestro Nophaie. Me he hecho buen amigo de este soldado, que se llama Munson y procede de Vermont. No solamente ha estado en las primeras líneas de trincheras con nuestros indios, sino que también ha estado en el hospital con algunos de ellos. Si me ha dicho nombres y lugares, los he olvidado. Esta lengua francesa es bastante difícil para mí. Munson me dijo que un oficial le manifestó que había millares de indios americanos en el servicio. Ha sido una cosa nueva para mí, que me ha emocionado.
»Han muerto muchos indios. Si algunos de ellos eran o no Nopahs, es cosa que no puedo decir. Pero el indio que tendía la trampa contra osos es nuestro chiflado Shoie, el brujo. Munson dice que así le llamaban, y que respondía a la descripción que le hice. Parece que todas las noches solía llevar Shoie un soldado alemán herido a las trincheras. Estos soldados alemanes tenían rotos un brazo o una pierna, por regla general, y estaban terriblemente lastimados. Shoie no hablaba mucho acerca de la cuestión. Ya conocéis a los indios. Pero, lo mismo que los demás piel-rojas, era un maravilloso explorador y espía y, por lo tanto, disponía amp; una libertad mayor que la de los soldados blancos. Los indios no temen adentrarse en la «tierra de nadie» más de lo que podrían temer el cruzar el desierto por la noche. Se vigiló a Shoie y se descubrió que llevaba a aquellos soldados alemanes heridos hasta las trincheras por medio de una trampa para osos atada a un largo alambre. Shoie acostumbra avanzar arrastrándose entre la oscuridad; se dice que siempre elegía los lugares en que, los alemanes vigilaban en puestos avanzados, y tendía la trampa. Luego volvía recatadamente a la trinchera para esperar. Cuando alguno caía en la trampa, no cabía nadie en aquella línea de trincheras que no se enterase de ello. los alemanes gritaban como demonios. Y es seguro que el caer en; una trampa número cuatro para osos haría gritar a cualquier hombre; no hay duda. Todo lo que Shoie dijo fue esto: «Mí, coger todo ese ejército alemán.»
»Bien; he aquí algo más acerca de Blandy. Munson permaneció con él en el hospital, y descubrió que había sido herido cuatro veces, la última de gravedad. Pero ya se encontraba casi completamente restablecido. Esto sucedió hace tres semana. Blandy - o Nophaie -fue dado de baja y enviado a su procedencia como inválido incapacitado para el servicio. Había sufrido todo cuanto la guerra puede ofrecer, con excepción de la muerte. La muerte, sin duda, no pudo hallarlo. Munson dijo que Nophaie era indiferente al peligro y al dolor. La explosión de una granada le afectó de cierto modo y los gases asfixiantes 1e han convertido probablemente, en tuberculoso. Pero en opinión de Munson, está muy lejos de ser una ruina física. Creo que Munson dijo que Nophaie entró en la unidad de Chateau Thierry (¿cómo se escribe eso?) y que un oficial le impuso en el acto la Medalla del Servicio Distinguido.
»Por lo tanto, Nophaie, en unión de otros indios, debe de hallarse en estos momentos camino de su tierra. Me alegro mucho. Ha sido muy satisfactorio para todos el saber la actuación de diablos que han tenido contra los alemanes. No recuerdo haberme interesado jamás ni un pitoche por los Nopahs. Pero ahora sospecho que muchos americanos, entre los que me incluyo, no han sabido apreciar debidamente a los hombres de piel roja.
»Mis probabilidades de atacar a los Fritz son verdaderamente muy pequeñas; y por esta razón comienzo a sentir la nostalgia del hogar, de vosotros, del humo de cedros y de la lana de corderos,»

XIX

La nueva del armisticio, no llegó a Mesa hasta las últimas horas del la tarde de aquel memorable día de noviembre. La noticia fue transmitida por boca del conductor del correo. Nadie quiso darle crédito. Paxton corrió al teléfono con el fin de comunicar con Flagerstown, y halló la línea cortada. Una multitud,de indios se congregó en torno al conductor del correo, y todos ellos le creyeron. Solamente se mostraron escépticos los hombres blancos.
- ¡Oh, es demasiado bueno para que pueda ser cierto! - dijo la:señora, Paxton a Marian.
- Es, una cosa que, si no ha sucedido, debe suceder muy pronto - replicó Marian. ¿No tenía sobre el pecho una carta, una carta de No en la que se decía que la moral de los alemanes se había derrumbado?
Paxton llegó en aquellos momentos, medio enloquecido, dividido entre las dudas y la esperanza, y estuvo a punto de caer sobre su niño. Abrazó apretadamente a su esposa… y después, repentinamente, se burló de ella por su esperanzadora credulidad.
Marian se dirigió al almacén, entró en él, bajó los escalones de piedra y se mezcló a la multitud de indios que rodeaba al que -transportaba el correo. Tal grupo estaba formado tanto por los Nopahs como por los Nokis. La excitación reinaba. Todos hablaban con la voz baja y gutural que era característica de ellos. Marian percibió olor a whisky, pero consiguió abrirse paso hasta llegar junto al conductor del correo.
- ¿Qué ha oído usted? - le preguntó en su propia lengua.
- La guerra ha terminado. Los alemanes se retiran… Ya no disparan… Quieren que se celebre una reunión…
- ¿Quién lo ha dicho?
- La noticia ha. llegado:por telégrafo. Se ha hablado Mucho… Los hombres, corren de un lado para otro… Se emborrachan… Las mujeres blancas gritan como demonios… Todos han interrumpido el trabajo… Suenan las campanas… La chimenea grande de la serrería está echando vapor desde hace mucho tiempo… No deja oír nada…
Y el indio hizo un ademán significativo en dirección su oído y luego a la cabeza, como si quisiera indicar Que la gente estaba trastornada.
Marian regresó presurosamente a casa de los Paxton. -Amigos, el indio ha dicho la verdad. Hay una gran emoción en Flaigerstown, un júbilo muy grande. ¿,Qué otra cosa, sino la paz, podría motivarlos?
- ¡Oh, es demasiado bueno para que pueda ser cierto! - repitió la señora Paxton.
El empleado de Paxton llegó corriendo en aquel instante. Estaba pálido y parecía hallarse a punto de asfixiarse.
- Eckersall está al teléfono -estalló -. «¡La guerra ha terminado!…» Friel ha traído la noticia… Friel y Leamon. Acaban de llegar de la ciudad. Todo el mundo está como loco.
Eckersall era el agricultor del Gobierno en Copeitwashie; y un viejo occidental podía ser amigo de exageraciones o fantasías.
Paxton se dejó caer repentinamente sobre una silla, como si tuviese necesidad de encontrar apoyo y se alegrase de hallarlo. Su esposa oprimió contra sí al niño y- exclamó: - ¡Gracias a Dios!
El empleado regresó nuevamente el establecimiento, Paxton se puso un pie para seguirlo. Mari un y la señora Paxton se entregaron durante unos instantes a cordiales felicitaciones, cuya expresión se mezcló a las lágrimas. Y estas sencillas v cortas reacciones semejaron ser las precursoras de una hora de creciente emoción. No se pensó en la cena. En el exterior, ante el establecimiento, comercial, el volumen de la multitud aumentó continuamente y unos cuantos rostros blancos comenzaron a unirse a los rojos. El automóvil de Friel llegó zumbando, y en él viajaban otros tres hombres blancos v varios indios. Estos últimos descendieron del vehículo en tanto que Friel reanudaba la marcha. Friel vio a Marian que se hallaba en pie, en los escalones, movió una mano y gritó:
- ¡La guerra ha terminado!
Marian devolvió el saludo v aquélla fue la única ocasión en que se alegró de ver a Friel. Friel era el portador de buenas noticias, y se alejó con rapidez, deseoso evidente- mente de llegar a las oficinas gubernamentales.
El aire de noviembre era crudo y Trío. Marian se estremeció y entró en el saloncito de Paxton, donde se sentó junto a la ventana. El comerciante se acercó a ella y abrió la ventana.
- No se pierdan nada. Va a haber un lío de todos los diablos. Blucher ha detenido a varios indios. Estoy completamente seguro de que jamás irán a dar con sus huesos en la cárcel.
Marian era toda ojos y oídos. El comerciante comenzó a ir nerviosamente de un lado para otro, siempre seguido de su esposa, que intentaba forzarle a quedarse en su casa. Sin embargo, nada fuera de lo normal ocurrió en el exterior durante cierto tiempo. La multitud continuó aumentando de volumen, hasta convertirse en un conjunto de más de un centenar de indios, los cuales formaban tina especie de asamblea abigarrada dividida en varios grupos, cada uno de los cuales, indudablemente, rodeaba a un indio que portaba una botella. Los hombres blancos se habían separado de ellos.
El día Había estado cubierto por grandes Masas de nubes que se concentraban principalmente en el Oeste. Era, aproximadamente, una hora antes de la del crepúsculo. La cortina purpúrea y gris se abrió para dejar paso a ni¡ rojizo resplandor que iluminó el desierto y tiñó el entoldado cielo. No había tonalidades de oro o plata. Unas sombras rojas ardían ante la púrpura, con lo que anticipaban el crepúsculo de modo fantástico y extraño, aunque hermoso.
Marian vio un indio que corría calle abajo por la avenida bordeada de álamos. Algunos de los indios que le vieron vocearon. Aquel Noki, evidentemente, estaba atemorizado, puesto que volvía la cabeza para mirar hacia atrás, y luego corrió para introducirse entre el grupo de sus compañeras.
El automóvil de Friel apareció; todavía contenía el mismo número de hombres blancos. Marian reconoció a dos de ellos. Friel se dirigió hacia las escaleras, ante las cuales detuvo el vehículo y se apeó. Comenzaba a dirigirse manifiestamente a la ventana, coge el fin de decir algo a Marian, cuando uno de los hombres le dijo:
- ¡Espere, Friel!
Friel se detuvo al oír la imperativa llamada y se volvió nerviosamente. Los indios estaban mirando hacia la parte alta de la avenida. Marian oyó otro automóvil! que se acer- caba. Antes de que este automóvil hubiera llegado hasta su radio de visión, cuatro hombres; blancos llegaron corriendo. Rhur, el policía, era el primero, y los dos últimos eran Glendon y Taylor. Marian no reconoció al segundo. Los cuatro tenían el talante de hombres enojados, excita(los. Entonces se presentó ante la vista de Marian el segundo automóvil. Sam Ween, el intérprete, lo guiaba. Morgan se hallaba tras el tablero de conducción y Blucher iba en pie en la parte posterior del vehículo. No fue difícil para Marian comprender cuál era su estado de ánimo.
Cuando el automóvil se hubo detenido, Morgan y Blucher se apearon.
- ¡Detened a ese indio! - gritó Blucher. Aparentemente, para Rhur no había inconveniente alguno en introducirse entre el grupo de indios, que repentinamente había enmudecido, y uno de sus ayudantes, el Hombre a quien Marian no había reconocido, lo siguió. Glendor y Taylor:se quedaron atrás, lo que aumentó la indignación ele Blucher. También Morgan se mantuvo a distancia del grupo de indios, cuyo aspecto era amenazador. Al cabo de un momento, la línea de indios se abrió para dar paso a Rhur, que arrastraba iras de sí a un indio, el indio que se había ocultado entre los demás. Blucher corrió hacia él y lo esposó.

- ¿Por qué le pone hierros en las muñecas, zoquete? -gritó Morgan-. Los indios aborrecen los hierros. Y ya le he dicho que están de mal talante. ¡Algunos de ellos están. borrachos.
- ¿Quién 1o dice? - preguntó roncamente el agente. Los más jóvenes, y probablemente los más ebrios de los indios, se movieron al unísono v formaron un círculo en torno a Blucher y sus hombres. Todos ellos se acercaron más y más, sin dejar de gritar continuamente.
- ¡Deje en libertad a ese indio! - gritó con todas sus fuerzas Morgan.
- ¡Antes lo mandaría… al infierno! -replicó Blucher. Entonces, la multitud se hizo ruidosa, violenta y decididamente amenazadora. Marian dejó de ver a los hombres blancos que se hallaban en el centro del círculo, y percibió que el ritmo de su pulso se aceleraba por efecto de la excitación y -del temor. Evidentemente, los indios se encontraban en un estado - de ánimo poco propicio a perder el tiempo. ¡Cuán negras v cuán:salvajes parecían sus caras en aquel instante! Todos ellos se apretaron más en el centro del circulo. Y este círculo se abrió, también, como la línea anterior, para dar paso a los hombres blancos, desgreñados, pálidos, completamente atemorizados. Los indios habían forzado a Blucher a desesposar al Noki a quien había detenido, v todos ellos le dirigieron risas burlonas y despectivas. Las botellas, sostenidas por manos negras y venosas, se elevaron en el aire.
- ¡Whisky! - gritó uno de los indios; y varios otros comenzaron a beber lentamente ante el rostro de Blucher, que se vio obligado a retroceder hacia uno de los costados del establecimiento comercial.
- «¡La piel extendida sobre un palo!» - gritó uno de los Nokis, que sabía hablar el inglés con cierta perfección. Y tanto los Nokis como los Nopahs hicieron:suyo el grito v lo repitieron en sus propias? lenguas. Los vituperios, las frases despectivas, el odio, todo parecía encarnar en aquel estallido de voces.
Los indios más vicios y los que se encontraban menos ebrios arrastraron a los alborotadores hacia atrás v los alejaron de aquel puesto comercial. Pero la tarea no resultó fácil de realizar. Las cabezas que se hallaban más serenas se impusieron, al! fin, y pudo apreciarse que tanto Blucher como Morgan escaparon difícilmente a la= violencia.
- ¿Qué le había dicho? - preguntó Morgan roncamente.
Blucher no contestó a Morgan. En su pálido rostro v sudoroso parecía haberse fijado una expresión de furor y de temor. Marian pudo verlo claramente cuando pasó ante la ventana para digirirse a donde se hallaba el automóvil. Parecía caminar como si se encontrase bajo las torturas de una pesadilla. Sus órdenes, formuladas con violentas voces, y movimientos violentos habían:sido solamente el estallido ele una irreductible v terrible cólera. Aun cuando fuera un alemán estólido v duro, las noticias que había oído en las últimas horas le habían trastornado la razón.
Marian pudo ver, también, aunque de modo fugitivo, el semblante de Morgan.
¿Percibió en él un relámpago maligno, una mirada preñada de malicia y de astucia? ¿O acaso habría conjurado su imaginación una justificación ilusoria de su opinión respecto a aquel hombre? Marian se maravilló al observar a Morgan. Como mujer, parecía experimentar repugnancia por el juicio que de él había formado. ¿Acertaba o se engañaba? Marian habría apostado todo cuanto era y todo cuanto poseía a que el arma. de Morgan era tan negra como las profundidades del infierno y tan cruel como su imaginación.
Y en aquel momento, aquellos hombres, tan infinitesimalmente pequeños, según el. concepto que Marian formaba de sus pasiones, y tan monstruosamente poderosos para batir los tambores del odio de ella, desaparecieron lentamente de su vista.
Llegó diciembre, crudo y frío, con su temperatura (tire hacía del desierto un lugar inhospitalario para las gentes blancas. Las autoridades recibieron informes del que se había presentado la gripe en diferentes puntos de la colonia. No se hizo esfuerzo alguno por contener la propagación de la epidemia ni por asistir a los atacados, con la excepción de los niños de la escuela. Pero no se consideró que la enfermedad presentase caracteres graves.

Todos los días que transcurrían aportaban a Marian una nueva prueba de que había conquistado las simpatías de los Nokis. Mucho antes de lo que esperaba, comenzó a ser siempre bien recibida en los hogares de aquellas gentes extrañas del desierto. Al fin y al cabo, no había duda de que eran seres humanos, y en consecuencia, muy susceptibles a la bondad y a la amabilidad. Aceptaban los regalos y la caridad, pero las dádivas materiales no constituían el mejor modo de llegar hasta su corazón. Marian no pudo descubrirlo hasta después de haberse ganado su confianza: y su amistad.
Y entonces comprendió que había sido observada por ellos tan atentamente, de (in modo tan inteligente y tan cuidadoso como ella les había observado a ellos. Se la juzgaba por lo que había hecho y dicho, por el desarrollo de los acontecimientos que pusieron de relieve la intención de sus actos.
Cuando Marian hubo adquirido conocimiento de la verdadera situación de los indios, inició un trabajo personal que condujese a su ayuda. Había en los poblados niños y ancianos que eran presa de la ceguera a causa del tracoma; había niños con alguna dolencia congénita; siempre había algún jinete herido, a consecuencia de alguna caída, o alguna mujer enferma; por último, toda la población de aquella aldea era pobre y rápida-mente aun mas.
La guerra podría haber terminado, pero sus consecuencias comenzaban a hacerse presentes. Y había algunos indios que confirmaban la exactitud de las sombrías predicciones de Withers.
Marian no vio jamás que el médico de la escuela del Gobierno realizase ningún viaje a Copenwashie. Ella misma se encargó de llevar un doctor de Flagerstown, cuyas visitas, seguidas de los cuidados de Marian, contribuyeron a mitigar los estragos de la enfermedad. Cuando los escépticos Nokis vieron que todo ello se hacía graciosamente, sin ninguna obligación ni compromiso por parte de ellos, sino sencillamente merced a la bondad de Benow di cleash, todos cambiaron de una manera casi imperceptible en apariencia. Los viejos Nokis comenzaron a iluminar la inalterabilidad de sus rostros por medio de una sonri- sa; los chiquillos se alegraban más y más cada vez que veían a Marian, y su alegría nacía más de la presencia de la mujer que de la vista de sus regalos.
Resultaba muy penoso para Marian el permanecer por espacio de media hora en el interior de las casas a consecuencia del humo acre que brotaba de las abiertas chimeneas, que le afectaba dolorosamente, tanto a los ojos como a la garganta. Cuando salía al exterior y recibía el viento frío del desierto se aliviaba. Por esta causa, decidí proceder con prisa pasa hacer cuanto le fuese: posible en favor de los indios y porque sus esfuerzos no resultasen inútiles.
Paxton abandonaba en algunas ocasiones su trabajo para ayudarla. Eckersall, del! modo rudo y tosco que le era propio, no dejó piedra sobre piedra en favor de Marian. De este modo, la joven no tuvo necesidad de recorrer en ninguna ocasión las dos millas de terreno azotadas por el viento helado que la separaban de la meseta. No se puso, tampoco, en contacto con Morgan ni Blucher, y, por lo que sabía, estos dos hombres no le prestaban atención de ninguna clase. Por esta circunstancia, a pesar de todo, no la cegó la imposibilidad de que se tratase solamente de una añagaza. Arribos hombres eran como topos que trabajaban en la oscuridad.
Naturalmente, la creciente intimidad de Marian con relación a algunos de los Nokis le granjearon la confianza de estos hombres. Y cuando llegó mediados de diciembre, la mayoría de los que poseían ganados o caballerías, y principalmente los, trajineros,:se vieran necesitados urgentemente le alimentos, para sus animales. Marian prestó dinero a algunos de los más necesitados. Pero la situación no podía resolverse por medio de la pequeña cantidad de dinero que ella pudiera sacrificar. Por esta causa, Marian decidió tratar de la cuestión con Eckersall.
- Hace tiempo que lo había previsto - contestó Eckersall -. Los Nokis están fastidiados para todo el invierno… si me permite y perdona este modo de expresarme, señorita.
-¿Cuánto costaría la adquisición de forraje para el invierno? - preguntó, Marian.

- Los animales de los trajineros consumirían alrededor de un millar de dólares antes de la llegada de la primavera. -¡Oh! ¿Tanto? No puedo disponer de esa cantidad. -Es seguro que no podrá. Y lo que hasta ahora ha hecho usted ha sido algo extraordinario.
- ¿Dónde podríamos encontrar ayuda? - continuó Marian.
- No lo sé. ¿Tiene usted amistades a quienes pedir algún dinero?
- No… ¿Podría ayudarnos Withers?
- ¡Withers! Yo diría que no. Ese comerciante se está arruinando, lo mismo que los indios, durante el presente invierno. Tome nota de mis palabras: encontré a Withers la semana pasada en Red Sandy y le pregunté cómo marchaban los negocios en Kaidab. Se limitó a levantar las manos a modo de respuesta.
- Eckersall: ¿quién tiene la alfalfa que se recogió aquí el pasado verano? - preguntó Marian con curiosidad. -Friel posee la mayor parte.
- ¡Ah! Y Blucher, ¿tiene heno?
- ¡Muchísimo! El que yo recogí y el que fue transportado de la ciudad.
- ¿No podrían obtener los indios una parte de ese lleno?
- ¡Hum! Tendrían que pagarlo a un precio condenadamente altor… Y ahora la ocasión es:muy mala… Blucher está muy resentido, por esa cuestión de la carne…
- ¿Qué es eso?
- Señorita: soy solamente un empleado del Gobierno, y creo que no debería abrir la boca. Claro es que tengo confianza en usted, pero no es ésa la cuestión… Voy a decirle lo que yo haría: iría a visitar al agente y hablaría con energía en favor de los indios.
- Muchas gracias, Eckersall. Muchas gracias. Es posible que consiga algo…
Pero las esperanzas de Marian no eran muy grandes. Y cuando averiguó por otro conducto algo de lo referente a la cuestión de la carne, se sintió menos confiada aún. Parecía ser que mientras el invierno avanzaba, Blucher había solicitado que los Nokis y los Nopahs le enviasen carne, pero se negaba a pagar más de cinco dólares por cada res. Como consecuencia de estas circunstancias, los indios vendieron muy pocas de sus reses, y los niños de la escuela vieron considerablemente reducida su ración de carne. Marian sabía que el Gobierno destinaba a la adquisición de carne cantidades superiores a la que Blucher ofrecía. De todos modos, Blucher se negaba a pagar más de cinco dólares por cada vaca. No era preciso ser muy listo para comprender por qué obraba de este modo o adónde iría a parar la diferencia.
Transcurrieron varios días antes de que Marian volviera a ver a Eckersall.
- Nuevamente nos hemos engañado - dijo Eckersall lastimeramente como respuesta a la ansiosa pregunta de Marian.
- ¿Por qué?
- Tenemos deseos de favorecer a esos pobres diablos de los indios… Señorita, fui a ver a nuestro agente alemán y pronuncié ante él el mejor discurso de oda mi vida. Pinté la triste situación de los indios y el sufrimiento de los caballos del modo más elocuente que se ha hecho en este mundo. Le dije que él forzaba a los trajineros a transportar abastecimientos a la ciudad, que no los pagaba suficientemente, que los trajineros no tenían otro modo de ganarse la vida… Me respondió que no tiene heno para vender a veinte dólares la tonelada…
¡Demonio de hombre! Bien; fuego fui a hablar con Friel. Y Friel me dijo que estaba dispuesto a vender a ¡,cuarenta» dólares la tonelada! Los Nokis no pueden pagar tanto dinero. Por esta razón volví a visitar a Blucher y volví a atosigarle. Y me contestó: «Si Friel quiere cobrar a cuarenta dólares por cada tonelada de su heno, entonces los indios habrán de pagar cuarenta dólares.»
No mucho tiempo después de esta entrevista, Marian encontró uno de los carros de transporte al pie de la inclinación de la meseta. El carro estaba completamente cargado de cajas y fardos, lo que constituía una carga excesiva para que pudiera ser conducida a través del arenoso desierto y elevada hasta las zonas altas. El carro llevaba enganchadas tres parejas de caballos mesteños. ¡Seis caballitos que era: todo piel y huesos! ¡Cuán abatidos v abrumados y hambrientos estaban! Las costillas se les enarcaban corno las puntas de los hierros de una verja. ¡,os arneses imperfectos les habían producido heridas y llagas.
],os dos conductores, ambos jóvenes Nokis, marchaban a pie. Uno de ellos llevaba las largas riendas; el otro caminaba ante la primera pareja de caballos. Ambos estaban can cansados como ellos. Habían ido andando desde Flagerstown una distancia ele alrededor de ochenta millas) con el fin ele no abrumar aún más a las bestias. Marian les hizo varias preguntas, v aun cuando ambos sonrieron, las respuestas dieron pruebas de su depresión.
Después de este incidente, Marian se halló en presencia de otro igualmente revelador. Friel había dicho en diversas ocasiones a un inteligente Noki.
- Jesucristo Ir dará grano y heno si crees todo lo que te digo.
Friel solía dejar sus dos huesudos caballos en los alrededores de su residencia. Cierto día, el inteligente Noki se dirigió hacia su casa con el carro cargado de heno para sus caballos. Cuando el Noki llegó al lugar en que se hallaban los dos caballos de Friel, éstos se acercaron al carro y devoraron el heno. Al descubrirlo, el Noki comentó secamente:
- ¿Para qué necesito que se me conceda heno… si los caballos de Friel hace de comérselo?
Los Nokis observaban que sus tierras les eran arrebatadas gradualmente, v durante el transcurso del invierno creció su desasosiego. Durante algunos de los años anteriores se había permitido a los Nokis que cultivasen alfalfa en cierta cantidad de acres de los terrenos de la escuela agrícola, pero aquel año les fue retirado este privilegio. Si el Gobierno utilizaba todo el heno que se recogía, y si Friel y Blucher pedían precios exorbitantes por el que poseían, entonces lo único que los Nokis podrían hacer sería dejar de transportarlo. Sus caballos estaban demasiado débiles para que pudieran trabajar.
El! invierno llegó, al fin. amargo, y el desierto se convirtió en una vasta extensión abierta y aterradora.
Las nubes amenazadoras de tormenta se congregaban día tras día en el cielo.
Las privaciones siguieron las huellas frías del invierno y muchas de las familias Nokis comenzaron a sufrir sus consecuencias. Con la falta de alimentación, tanto para las bestias como para los seres humanos, la perspectiva era ciertamente desalentadora. Marian compró grandes cantidades de abastecimientos a Paxton - quien cobró por ellas exactamente lo mismo que le costaron -, pero, naturalmente, no fueron suficientes para mucho tiempo.
Y en aquellas circunstancias, surgió el incidente que añadió combustible al fuego del resentimiento de los indios. Friel había realizado un viaje apresurado a Flagerstown, donde supo que la harina había subido de precio hasta dos dólares el quintal: de cien libras. Y sucedió que en el viaje de regreso, se cruzó con diversos carros de indios Nokis que se dirigían a Copenwashie para comprar harina. Por lo tanto, cuando se halló en posesión de estos informes, fue rápidamente a los puestos comerciales de Copenwashie y Mesa y adquirió toda la harina que se bollaba en perder de los comerciantes, alrededor de dos millares de libras, al precio antiguo.
Antes de este suceso, Friel había ganado para si mismo una aversión que podría denominarse universal. Pero su último acto traspuso los límites de la capacidad de sufri- miento de los estoicos Nokis.
Friel consiguió autorización del agente para predicar a los niños de la escuela cuando se reunían diariamente en las aulas. Por- esta razón, escogió las primeras horas de la mañana para! exponer a los niños su interpretación de la Biblia. Los Nokis se lamentaron de que se privase a los niños de una norte del tiempo destinado a su enseñanza con el fin de imponerles una doctrina ajena, y se quejaron al agente. Nada consiguieron. Los Nokis se enojaron más. Nacieron oposiciones y enemistades. Sus actividades ocasionaron una situación de la que fue informado el Gobierno, que decidió enviar un inspector. El inspector determinó que se interrumpieran las propagandas religiosas durante las horas de clase. Pero cuando se hubo ausentado, Frie1 celebró una conferencia con Blucher y Morgan, el resultado de la cual fue que se ordenó nuevamente que se reanudasen las predicaciones durante las horas prohibidas.
Los Nokis celebraron un consejo para tratar de aquella fase de los acontecimientos y de, lo que calificaban de absoluta usurpación de sus derechos, El jefe en persona fue a visitar a Marian para pedirle que le leyera la disposición del inspector. Marian lo hizo, en inglés y en Nopah, lenguas que su visitante conocía.
- Benow di cleash, ¿no cree usted que deberíamos matarlo? - preguntó el Noki.
Marian se estremeció y contestó con toda la energía de que fue capaz que un asesinato solamente serviría para aumentar aún irás sus contrariedades.
- ¿No cree usted que deberíamos matarlo? - repetía el jefe corno respuesta a todo lo que Marian decía. -¡No, no deben hacerlo! - protestaba ella-. intenten enviar una delegación que se entreviste con Friel, que le muestre fa disposición del inspector y que le diga que unas personas, blancas les han informado de su contenido. -¿No cree usted! que deberíamos matarlo? - Esto fue todo lo que respondió el jefe Noki.
Mas al día siguiente, cuando Friel se hallaba predicando a los niños, la delegación que Marian había indicado se congregó ante el pueblo.
Era un día frío v deprimente; el viento barría el desierto. El pueblo estaba libre de nieve, excepto en los rincones que formaban los muros de -hiedra. Marian había previsto que se produciría algún enojoso incidente, por lo que pidió un caballo prestado con el fin de descender al valle en las primeras horas de la mañana. El viaje requería una gran cantidad de fortaleza. Cuando se aproximaba al pueblo, vio que los Nokis salían del camino de Bed Sandy. Y cuando llegó al borde de la meseta y miró hacia abajo, tuvo mayores motivos de inquietud.
La delegación se componía de todos los varones Nokis y algunas mujeres, con una adición de gran cantidad de Nopahs. La vista de Marian se llenó de alegría ante la presencia de los altos, esbeltos y pintorescos Nopahs cubiertos de mantas. Evidentemente, algo se preparaba. La multitud avanzaba, a pie o a caballo, en dirección a la escuela. Marian la siguió. Se hallaba aún a cierta distancia de su punto de destino, y durante todo el recorrido se unieron nuevos miembros a la comitiva. Lo que sorprendió a Marian y lo que hizo que su excitación aumentase, fue la circunstancia -de que resultaba indudable que los Nopahs se disponían a tomar parte en la protesta. Pero Marian estimó que loe acontecimientos habrían de componerse de algo irás grave que una sencilla exposición de agravios y oposiciones. Los Nokis se proponían interrumpir una predicación que estimaban una imposición, intolerable sobre el tiempo v la atención de los escolares.
- ¡Friel, sal! - gritó una voz clara en buen inglés. La voz vibró en los oídos de Marian. Era una voz inconfundiblemente india; pero, ¿era Noki? Marian tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una extraña agitación, y terminó por convencerse de que estaba nerviosa y excitada y excesivamente dispuesta a hacer suposiciones y concebir ideas de violencia. Pero creyó, al mismo tiempo, que no debía desconfiar de lo que sus ojos vieran, v se adelantó hasta llegar a un centenar de, pies de la escuela.
Friel no se presentó con 1a premura necesaria para satisfacer a los Nokis. Todos comenzaron a gritar. Algunos de ellos descargaron sonoros golpes en la puerta. Luego, nuevamente sonó la voz india, clara y vibrante, que se sobrepuso, a las demás y las silenció.
- ¡Sal, c entraremos por ti!
La puerta se abrió, y Friel apareció. Tenía encendido el rostro. Su actitud, semejante a la de Morgan, parecía impregnada de autoridad e intolerancia. Y, a pesar de ello, no estaba tranquilo.
- ¿Qué queréis? - preguntó.
- ¡Sal! ¡Basta de predicaciones! - contestó el jefe; y de entre la:multitud brotaron gritos que confirmaron su orden.
- ¡No quiero! - gritó Friel furiosamente-. Blucher me ha dado autorización para predicar.
¡Y voy a,hacerlo!
- ¡Lee la orden de Washington!
El hombre que pronunció estas palabras movió ante el rostro de Friel el papel que contenta la disposición del inspector. Era un Noki bajo, junto al cual se encontraba un alto Nopah. Llevaba un ancho sombrero inclinado sobre el rostro. La multitud de indios avanzó más. Un bajo murmullo de voces comenzó a elevarse.
- ¡Vamos! ¡Vamos a ver a Blucher! ¡Oigamos lo que tenga que decirnos! Es preciso que nos entendamos. ¡Deja de predicar en la escuela!
- ¡No! - exclamó acaloradamente Friel -. ¡No dejaré de predicar! Y tampoco iré a ver a Blucher.
Uno de los Nokis que se hallaba a caballo arrojó un lazo, que cayó en torno al cuello de Friel. La muchedumbre gritó salvajemente.
- ¡Arrastradlo! - gritó el jefe.
Entonces, el montado Noki comenzó a separarse de la escuela, de modo que la cuerda se estiró, el nudo se cerró en torno a Friel v lo arrastró por entre la multitud. Friel ya no tenía rojo el rostro. Sus dos manos se dirigieron hacia la cuerda que le rodeaba el cuello. Evidentemente, la intención de los indios había sido solamente enlazarlo y conducirlo por fuerza a la presencia del agente. Un rudo joven Noki, que montaba un fogoso caballo, obligó a su caballería a encabritarse.
- ¡Ahorcadlo! - gritó el indio en la lengua de los Nokis.
Un rugido brotó de la multitud. Esa un abrir v cerrar de ojos el nebuloso espíritu de la muchedumbre dio paso al diablo. El mal se imponía. El furor y la opresión de la guerra habían estado durante mucho tiempo reprimido.; en el pecho de ¡os indios. Los agravios que recibieron hedían venganza Algunos de los individuos presentes se hallaban indudablemente bajo los efectos del alcohol. Pero uno de los miembros de la comitiva percibió claramente el peligro que amenazaba a Friel y decidió evitarlo. Gritó estentóreamente abrió el grupo de indios alee se apretaba a cada momento más contra Friel.
Aquel grito penetrante no solamente hizo callar a los furiosos Nokis; produjo, además, a Marian la conmoción más violenta que había sufrido en el transcurso de toda su vida. Había reconocido aquella voz.
El alto Nopah llegó junto a Friel y agarró el tirante lazo. Tiró de el violentamente y arrojó al Noki del caballo.
¡Aquel cuerpo alto! ¡Aquel acto! Marian creyó haber perdido la razón. Luego, el Nopah, después de terminado el acto, se enderezó y. puso de manifiesto su rostro.
- ¡Nophaie!
Marian gritó el nombre; pero ningún sonido salió de su boca. Se tambaleó en la silla y, hubo de agarrarse al fuste. Una terrible convulsión de su corazón pareció traducirse en un sabor a sangre que se extendió por todo su cuerpo. Un rápido movimiento de los largos brazos apartó el lazo del cuello de Friel. ¡Cuán lívido v espantoso tenía el semblante! Friel cavó contra el indio, bien fuese desvanecido o en fingid o desmayo.
El indio cogió entre los brazos a. Friel, lo agitó con fuerza, 1o elevó y, atravesando cargado con él la multitud de indios, lo dejó a la puerta de la escuela. Friel se perdió de vista tambaleantemente. Cuando el indio se volvió para hacer frente a la multitud, alto, esbelto, con paso rápido y. singularmente suelto, Marian terminó de reconocer a Nophaie, Nophaie comenzó a rechazar Hacia atrás a algunos miembros de la muchedumbre, que nuevamente se acercaban a la escuela. Otros indios, guiados por su ejemplo, se unieron a él para evitar que se produjeran nuevas violencias. Y, finalmente, la compacta masa de gentes, adusta y- gesticulante, fin` obligada a retroceder en dirección al pueblo.
Había llegado la tarde; Marian esperaba a Nophaie en la salita de la señora Paxton. Marian había hablado con Withers en el establecimiento comercial. El negociante había ido a Mesa en compañía de Nophaie Con el fin de llevarla nuevamente a Kaidab, donde la necesitaban. Afuera, el día gris se había hecho más gris v más frío. Unas ráfagas de nieve habían blanqueado el suelo. El viento gemía. Withers había dicho que Nophaie parecía hallarse en buen estado. ¡Quién sabia…había llegado a la colonia desde un distante punto del ferrocarril, al oeste de Flagerstown. ¡Dos días enteros de camino! ¡Cuarenta y ocho horas había permanecido en el desierto sin que ella lo supiera! Luego había ido al pueblo con el fin de buscarla. Verdaderamente Dios Había favorecido aquel día a Friel, a quien un Nopah Había salvado la vida.
¿No llegaría Nophaie? Withers había ido a buscarlo. Pero Marian no podía esperar. ¡Si pudiera verlo, tocarlo adquirir seguridad de que no se hallaba bajo los efectos de un sueño loor…!Entonces podría tener calma y tranquilidad, estar inexpresablemente agradecida a no sabía qué,:sentirse lo suficientemente fuerte para resistir cualquier conmoción.
Repentinamente, el ruido de un paso llegó a:sus oídos. ¡El ruido apagado, suave, de un indio calzado con mocasines! Su corazón cesó de latir. Nophaie entró. Era el mismo indio de sus recuerdos.
- ¡Benow di cleash! - dijo con voz vibrante de emoción y felicidad.
Marian pudo levantar los brazos y los labios antes de que la fuerza la abandonase. Luego, en tanto que él la envolvía en un abrazo, no necesitó sino sentir, tocar. El relámpago de una mirada de mujer… el rostro afilado v oscuro del indio, más delgado, más fino, de, un color bronceado más suave… Después, nada más vio. Pero percibió la contracción de unos músculos que la oprimían y se encadenaban en torno a ella como si fueran unas cintas de hierro. Presa, oprimida contra el ancho pecho del indio, sintió el golpeteo de su corazón y la presión de sus labios.
- ¡Oh, parece que estás bien! ¿Lo estás verdaderamente? - Marian repitió, más tarde, por centésima vez acaso.
- Bien… sí; pero jamás podré volver a escalar el muro norte de Nothsis Ahn - contestó él al mismo tiempo que sonreía.
- ¡Nophaie! ¡Oh, estoy loca! - murmuró ella-. Pareces, fuerte… pareces lo mismo que siempre… No, hay un cambio extraño en ti… ¡Tus ajos! ¡Y tu boca, Nophaie! Parecen haberse contraído.
- Es la consecuencia de la explosión de la granada -dijo él-. Desaparecerá. Verdaderamente, estoy, muy bien si se tiene en cuenta… El gas,me¡ dejó expuesto a la tuberculosis; pero aún no la he contraído. Y mis tierras altas y cubiertas de salvia me curarán definitivamente.
Marian apenas daba crédito a sus ojos. Esperaba. hallarlo mutilado, destrozado, envejecido, arruinado físicamente, y no sucedía así. Marian lo comprendió lentamente. Luego, vio una medalla sobre la oscuridad de la camisa aterciopelada que tenía puesta. ¡Su medalla del Servicio Distinguido! ¿Cómo la había conseguido?
- Benow di cleash, queridísima: no he concurrido a reuniones elegantes como aquellas a las que tú me llevabas en Cape May -contestó él con una risa que incrementó la intensidad de su alegría.
- ¡Luchaste! ¡Oh, ya lo he sabido! - exclamó Marian -. El hijo de los Withers lo dijo cuando escribió a sus padres. Encontró a un soldado que te conocía… que le habló de ti… ¡ Munson.
- Sí. Nos encontramos allá. Pero los soldados acostumbraban hablar poco acerca de sí mismos y elogiaban en cambio a los demás.
- Nophaie…, perdóname… por algo que existe en mí y me acucia a saber… -dijo ella sin, acertar a contener su extraña emoción-. Sé… Creo que el quererte y el vivir aquí. me ha hecho… un poco más, americana de lo que era… ¡Más india! ¿Jugaste al rugby con algún ale- mán?
Nophaie rió; pero no del mismo modo que ella. Durante unos cortos instantes no pareció ya ser el Nophaie de siempre.
- Sí… Es cierto… Entré en un campo de alemanes… Estaban separados, dispersos… v corrieron como los antiguos jugadores de rugby. La diferencia está en que en lugar de balón, «yo llevaba una bayoneta en las manos».

XX

Una moderación en el rigor del frío de enero acogió a Marian cuando llegó a+ Kaidab. Whiters le había dicho:
- Estamos todos; un poco deprimidos y necesitamos un poco de esa alegría y animación que usted pueda transmitirnos. Todos hemos! padecido gripe, con excepción de! Colman. La señora Withers no parece la misma que anteriormente. Eso es lo más malo de esta rara enfermedad: que deja a los atacados. en un estado de inseguridad y de debilidad. Vamos a necesitarla a usted, y estoy seguro que usted, por su parte, estará mejor y será más feliz en Kaidab. Y si lo que usted busca entre los pobres indios es trabajo…, ¡ah!…, me parece que lo va a encontrar en abundancia. Pues este invierno ha comenzado de una manera tal, que necesitamos todas las ayuda:; que podamos obtener.
En los primeros momentos, Marian no encontró justificación de las sombrías afirmaciones del comerciante. Su esposa estaba pálida y, débil, pero comenzaba a restable- cerse y, ciertamente, se encontraba muy animada. El hijo continuaba en Francia, libre, al fin, del amenazador peligro alemán. Colman había adelgazado y tenía una expresión triste, pero parecía hallarse perfectamente bien. Los criados indios estaban exactamente lo mismo que cuando Manan los vio anteriormente. De todos modos, Marian pensó que no debía ser excesivamente optimista en sus juicios respecto al estado de las personas que integraban el hogar ele los Withers, ya que sentía, más que veía, la presencia de una sombra amenazadora.
Nophaie no disponía de hogar en que albergarse, no siendo el campo abierto, y Withers le forzó a aceptar alojamiento y manutención en su casa. Marian tuvo la seguridad ele que una de las razone, por las que el comerciante necesitaba de su. ayuda y presencia era su deseo de evitar que Nophaie regresase a los hoganes de su. pueblo e hiciese lo que en la temporada de invierno podría ser fatal para él.
¡,a tarde de la llegada de Marian a Kaidab no estuvo desprovista de alegría y felicidad. La negra nube se retiró a los rincones de su imaginación. La propia Marian llevé) alegría y animación, puesto que creía que debía esta recompensa a los generosos comerciantes. Además, la proximidad de Nophaie le producía una especie de atolondramiento mucho mayor que lo que ella misma se habría atrevido a confesarse.
- Marian, debería usted ver a Nophaie vestido con el uniforme que tenía cuando llegó aquí - dijo la señora Withers.
- ¿Su uniforme militar? - preguntó vehementemente Marian.
- Sí. Y no hay duda de que es un uniforme de ser viejo, de trabajo…
Marian concibió inmediatamente un irresistible deseo de ver a Nophaie vestido con el uniforme militar, por lo que le pidió que se lo pusiera. Nophaie se negó a hacerlo. Manan insistió, con el resultado de que obtuvo una nueva negativa. Nophaie parecía comportarse de una manera un poco singular y chocante respecto a aquella cuestión; pero Marian no concedió, importancia a su actitud, e, insistiendo, lo siguió hasta el amplio vestíbulo, decorado a la manera india, donde continuó haciéndole súplicas.
- ¡Por favor, Nophaie! ¡Ponte el uniforme para que yo pueda verte vestido con él! -¡e rogó -. Es solamente un capricho sentimental de mujer…, de una mujer que te quiere.
- Benow di cleash: me repugna ahora la vista de ese uniforme.
- ¡Oh! ¿Por qué?
- No lo sé. No me ha repugnado hasta que regresé aquí… al desierto…, a mi pueblo.
- ¡Oh! Bien, nunca volverás a ponértelo después de esta vez. Hazlo por mí, solamente una vez… Quiero hacerte una fotografía. Recuerda que tengo fotografías tuyas con tu ropa de jugador de rugby y de jugador de base-ball, con ropas indias, y que quiero tener otra en que aparezcas vestido de soldado…, de soldado americano. ¿Por qué no?
Y para hacer más fuertes las súplicas le presentó los brazos y los labios, lo que rindió a Nophaie.
- ¡No hay duda de que eres tina mujer blanca! -dijo Nophaie riendo.
- ¿Blanca? Evidentemente: tu mujer blanca.
Marian semejaba ser inexpresablemente tienta cariñosa para, él, como si de este nodo pretendiera compensarle de lo mucho que le debía. Mas cuando lo viví ataviado con el uniforme militar, casi perdió su actitud suplicante y cordial. Fue corno si al verlo hubiera quedado absorta v confusa. Las vestimenta, sueltas y flojas de los indios jamás habían hecho justicia a la constitución física de Nophaie. Como soldado, tenía una estampa magnífica Marian lo arrastró hasta donde brillaba la luz del sol y tornó varias instantáneas su vas.
Luego, durante el resto de la tarde, que ambos pasaron en la solita, junto a la abierta y encendida chimenea, Marian permaneció muy en calma ti no cesó de observarle.
Después de la cena, Nophaie se dirigió a su habitación, de donde regresó vestido con ropas de tinta. v terciopelo, con su cinturón tachonado de botones de plata y calzado de mocasines. ¡Otra ver Nophaie! Marian se alegró. Aquel uniforme de soldado la había obsesionado. Su significado era abrumador.
Withers se deshacía de las preocupaciones por el presente y de sus pesimistas predicciones del porvenir. No cesó de importunar a Marian ni de atormentar a Nophaie a fuerza de súplicas para que refiriese algo relacionado con la guerra. Marian añadió sus ruegos a los del comerciante. Pero Nophaie se negó a hablar de el mismo. Habló, sí, de la muerte de cuatro de sus Nopahs, todos en acción en los frentes, y cada una, de las historias tuvo para Marian un significado trágico excepcional. Luego habló, también, de Shoie, que resultó ser algo más que un sencillo cazador de alemanes por medio de trampas contra osos. Los oficiales americanos habían sorprendido en él una especial aptitud para descubrir los puntos débiles de las líneas enemigas cada vez que se realizaba algún ataque. Nophaie dijo que era sencillamente una consecuencia de la excepcional agudeza de visión de los Nopahs. Como quiera que fuere, el resultado fue que Shoie fue enviado como observador de las líneas hostiles tanto de día como de noche. EL indio poseía una notable aptitud para esconderse en terrenos aparentemente lisos, y no precisaba de más ocultación que la que un conejo habría necesitado. Tenía el instinto, indio para moverse y esconderse furtivamente.
Shoie no regresó de una de sus expediciones, y fue incluído en las, listas de soldados desaparecidos. Pero, a cierta hora de la cuarta noche de su ausencia, llegó, arrastrándose, a;su trinchera. Un centinela tropezó con é1. Shoie no podía hablar y estaba completamente cubierto de sangre; probablemente se hallaba gravemente! herido. El reconocimiento que se le hizo reveló que había sido atado de pies y manos contra un muro, y que hallándose inmovilizado de esta forma, le fue arrancada la lengua. Puesto que Shoie no sabía escribir en su propio idioma ni comprender mucho del de los hombres blancos, fue difícil averiguar lo que le había sucedido. Los indios de su propia tribu consiguieron, al fin, componer lo que probablemente constituía la verdead de su aventura. Se había adentrado excesivamente en terreno enemigo, como consecuencia de lo cual fue capturado. Los alemanes intentaron for- zarle a hablar o a que hiciese por medio de gestos declaraciones, respecto a su regimiento y sus trincheras. No conocían a ¡os indias. Shoie respondió solamente con gestos burlones y despectivos. Le clavaron espigones a través de las manos y de los pies y lo dejaron colgado durante un día entero. Luego intentaron nuevamente obligarle a revelar lo que deseaban conocer. Shoie sacó la lengua como respuesta a las demandas de los intolerantes alemanes, que lo dejaron continuar colgado. Aquella noche, Shoie ensanchó las heridas de las manos para poder librarlas de los espigones, y a continuación repitió la operación con las de los pies. Y se arrastró a través de la «tierra de nadie» hacia sus trincheras. Y consiguió restablecerse de las heridas.
-¡Oh! ¡Monstruos! - exclamó Marian -. ¿No podrían haberlo matado?

- Benow di cleash, los hunos son como Blucher - replicó Nophaie.
Y éstas fueron las únicas palabras que pronunció contra los alemanes, y aquélla fue la única ocasión en que habló de ellos.
- Y Shoie, ¿está aquí? - preguntó ansiosamente Marian.
- Sí -contestó Withers-. Estuvo esta mañana en el almacén pidiendo tabaco. Ese horroroso verlo cuando intenta hablar. Los indios:se asustan al verlo, mucho más que nunca. Creen que Shoie ha ofendido a los espíritus malos y que éstos le han cortado la lengua por arrojar hechizos. ¡Es, sorprendente lo que le ha sucedido.
Fue extremadamente interesante oír a Nophaie hablar de París, de la travesía en los barcos de tropas y del retorna a Nueva York. Marian no podía tener seguridad de ello, pero comprendió oscuramente que las mujeres habían sido uno de los factores más incomprensibles de los que habían intervenido secundariamente en el proceso de la guerra. Una onda de celos, como fuego ardiente, se apoderó de ella. Pero el efecto desapareció ante su absoluta seguridad de la indiferencia de Nophaie.
- Withers, esto le interesa principalmente a usted -dijo Nophaie -. Y está directamente relacionado con el problema indio. En Nueva York encontré a uno de mis antiguos profesores¡ de la Universidad, que me recordaba bien. No se sorprendió al verme vestido con el uniforme de los soldados del Tío Sam. Y se alegró de que yo hubiera hecho algo, y me invitó a cenar. Y hablamos de mis tiempos de estudio y de mis juegos deportivos. Me preguntó qué me proponía hacer, y me ofreció un empleo. Respondí que volvía a mi pueblo para trabajar en beneficio de mis gentes. Esas palabras le cubrieron de seriedad. Y me dijo:
«El trabajo que es preciso realizar entre los indios americanos reposa en el camino de la ciudadanía. El sistema de gobernación de las colonias indias está anticuado. El mito indio se ha deshinchado. Siempre que los indios protestan contra los intentos que se realizan por civilizarlos,, lo hacen a causa de la influencia de los oficiales gubernamentales y de los políticos que quieren conservar la facilidad con que actualmente cuentan para su rapiña. Esos chalanes extienden la creencia de que el problema indio presenta muchas dificultades todavía, y afirman que el Gobierno debe «controlar», estrechamente a los indios. Casi todos los indios existentes han nacido bajo el actual régimen de administración-, y todos han sido controlados» por el régimen político. La mayoría de ellos han aprendido que deben estar supeditados al Gobierno. No conocen nada de los procedimientos de los hombres blancos, de su modo de vida…, lo que, ciertamente, constituye un borrón acusador contra e Consejo Indio».
«Los indios que.han formado parte del Ejército en la reciente guerra han proporcionado a los pensadores americanos materia para profundas reflexiones. LOs indios no estaban obligados a ir a luchar. Se inscribieran voluntariamente en grandes cantidades, acaso en número superior a diez millares. Muchos de ellos murieron en los campos de batalla. Formaban parte de casi todas las ramas del servicio. Estoy completamente seguro de que todos esos soldados indios no simpatizaban con la idea amañada en las tribus. Ha sido una de las muchas artimañas políticas adoptadas para mantener las colonias bajo el dominio del Gobierno y restringir al desierto la existencia de los indios».
»Y esto no es solamente injusto para los indios, sino, además, un perjuicio para el Gobierno y para la nación. Si no lo había hecho anteriormente, el indio ha conquistado ahora un derecho a vivir entre los hombres blancos, o, si lo prefiere, a vivir libremente en sus tierras. Si los hombres que se hallan al frente del Consejo Indio quisieran ser honrados en su trabajo por civilizar a los indios, les concederían libertad y los derechos de ciudadanía. Su- pongamos que el Gobierno pusiese trabas a los extranjeros y emigrantes que se instalan en América: jamás podrían convertirse en verdaderos americanos como.suelen hacer la mayoría de ellos».
»La verdadera causa de la prosperidad! india ha sido subordinada al objeto principal de la actual organización: asegurar los puestos y las pagas de ocho mil empleados del Gobierno. Es un derroche de dinero. i No hay duda de que la mayor parte de ese dinero constituye un despilfarro!»
Withers se entregó a manifestaciones que hizo en un lenguaje mucho más violento que elegante. Y terminó su atrabiliaria perorata preguntando si el profesor había citado a Morgan.
- No - respondió Nophaie -. Y cuando le referí el modo de obrar de Morgan, siempre con la sombra de la ley de la autoridad sobre sí, el profesor se quedó estupefacto.
- Nophaie, ¿de qué modo resolverías tú el problema indio? -pregunté Withers -. He permanecido entre los indios casi toda mi vida. Mi esposa conoce a los indios mejor que cualquiera otro ser de piel blanca de quien se haya oído hablar. El problema indio es un problema.nuestro. Como el anciano Etenia suele decir, tienes razón de hombre blanco y sangre roja. Danos ¡ti opinión.
Nophaie se recostó en la alta repisa de la chimenea y empujó con la, punta de un mocasín un leño que había caído del fuego. Estaba en calma y triste. Su frente se fruncía meditativamente. Sus ojos tenían una expresión acerada y la sombría negrura característica de los hombres de su raza; pero,había, también, algo fruís en ellos; y ese algo más era la inefable luz por la que Marian le amaba. Marian creía ver en ella el alma del un=a cosa en que no creían los hombres blancos. Y tuvo curiosidad por ver el modo como Nophaie contestaría a la pregunta del comerciante, aun cuando supuso que Nophaie no contestaría…
- Yo podría resolver el problema indio. En primer Ingar, comenzaría por prescindir de hombres corno Morgan - replicó Nophaie con una amargura singular y sombría -. Luego, concedería al indio tierras y libertad. Le permitiría escoger el trabajo que más le agradase, enviar a sus hijo a la escuela, vivir junto a los hombres blancos, trabajar entre ellos y para ellos. Permitiría que los indios se casasen, con mujeres blancas, y las indias con hombres blancos. Esto contribuiría a la formación de una raza más viril. Nadie puede vencer las trabas que ahora se nos imponen. Ni puede conseguirse mucho del intento de cambiar o mejorar el entendimiento del indio maduro. Pero el indio maduro es bueno tal y como es. El indio no quiere seguir los hábitos de los hombres blancos. Solamente le importan su desierto y su pueblo. Odia la idea de tener que depender de los demás. Dejadle que trabaje u holgazanee por sí mismo. Con el tiempo, es indudable que se convertirá en trabajador. Los niños indios deben ser educados. ¡Sí! Pero no forzados a aprender a odiar a sus padres ni a renunciar a su religión. Los niños indios aprenderían…, sí, lo mismo que yo he aprendido. Lo que me ha destrozado ha sido que se hiciera de mí un infiel. ¡Dejemos en paz la religión india!… El indio no es diferente del nombre blanco…, con excepción de que se halla más próximo a la vida elemental, a los instintos primitivos. Los ejemplos del perfeccionamiento de los hombres blancos hallarían eco en él inmediatamente. El indio absorberá todo lo que:signifique perfección…, en tanto que no se le engañe ni se le fuerce… Creo que la Regla Aurea de los hombres blancos constituye su mejor religión. Si la practicasen, en ella encontrarían una solución fácil para el problema indio.
Más tarde, aquella misma noche, cuando el matrimonio Withers y los demás miembros de la casa se hubieron retirado para descansar, Marian continuó sentada junto a Nophaie ante los resplandecientes rescoldos de la chimenea.
Aquella hora fié verdaderamente la más feliz y la más hermosa de cuantas Marian pasó junto a él. Mucha de la amargura de Nophaie se había desvanecido. Si fue espléndido antes de su marcha a la guerra, ¿cómo no había de serlo después de su regreso? Marian solamente podía sentirse humilde, pequeñita, adoradora ante aquel hombre de singular formación. Para Marran, Nophaie era más objeto de amor que nunca. Marian tembló ligeramente, asustada aún en aquella hora de bendita felicidad. ¿Por qué había roto Nophaie su reserva india? ¿Qué sabía él que ella no supiera? Si hubiera logrado librarse del azote de su alma, de su infidelidad,:seguramente se lo habría manifestada. Pero ella lo habría adivinado. Nophaie se hallaba, al mismo tiempo, más próximo a ella, y, sin embargo, más lejano que nunca. Todo lo que Marian podía hacer era asirse a las faldillas de aquella llora encantadora, feliz y emotiva.

Al día siguiente, Marian encontró a Shoie. Marian sospechaba que Withers intentaba apartar su atención de los indios que se agrupaban en. el establecimiento; pero no lo consiguió.
Entró en el establecimiento, se colocó tras el mostrador v se aproximó al héroe indio que había sido mutilado por los alemanes. No parecía el mismo Shoie, sino cualquier otro indio, el espíritu del mal que se jactaba de poseer. Tenía el rostro terriblemente lacerado y parecía el de un ser contorcido por una risa demoníaca. Shoie era una ruina física. Su vestimenta india, que manifiestamente había sido comprada aun indio de mayor estatura que él, completamente, desgarrada y sucia, no:se ajustaba a su cuerpo. Marian no pudo comprender cómo podría Shoie conservar el calor, puesto que no llevaba manta. En aquel momento, se hallaba encogido junto a la estufa. Marian observó al! cabo de unos instantes que el indio la estaba mirando. No pudo comprender si estaría enojado o contento. Shoie abrió la boca v movió los cicatrizados labios para dejar escapar un:sonido inarticulado que no tenía se- mejanza alguna con las palabras. Sin embargo, resultaba evidente que intentaba hablar. Solamente un rugido salió de aquella cavidad sin lengua. A Marian le pareció horrible. Y huyó.
Aquel día, al mismo tiempo que un recrudecimiento del frío y un nuevo encapotamiento del cielo, llegaron malas noticias. Tanto los viajeros blancos como los indios Nopahs que transportaban el correo, informaron que la epidemia se propagaba en todas las zonas del desierto que habían recorrido.
- ¡Ya ha llegado! -comentó Withers con el sombrío ademán de los indios.
El viento del desierto gimió tristemente aquella noche bajo los aleros de la casa. Marian no pudo dormir por espacio de mucho tiempo. ¡Cuán doloroso era el gemido!
¡Cuán triste! El viento gemía apagadamente, aumentaba el volumen de su sonido hasta hacerse tina especie de grito y se adormecía nuevamente. Marian se estremeció repentinamente. Aquel huido tenía;ni matiz sobrenatural. Su augurio era: tormenta, frío, mal, plaga, muerte, desolación.
A1 amanecer soplaba una tormenta ele nieve. La nieve, la cellisca y el polvo corrían a lo largo de los terrenos lisos y oscurecían la meseta. La tormenta duró dos días enteros, al cabo de los cuales comenzó a llover con violencia; la lluvia derritió la mayor parte de la nieve. Luego, nuevamente se presentó la cellisca, seguida de un frío intenso. El sol no apareció. La lona y las estrellas permanecieron ocultas durante el transcurso de las noches. Un dosel plomizo y oscuro ensombrecía el cielo.
Nophaie recorrió grandes extensiones de terreno. Ni Withers ni Marian pudieron persuadirle a que no lo hiciera. Y las semanas finales de aquel mes aportaron la catástrofe, que Withers había predicho.
LOs indios fueron sorprendidos como ratas en una trampa. Sus hoganes ano eran lugares adecuados para luchar contra la gripe. Tres meses de creciente pobreza culminaron en una terrible situación. Los indios no habían conservado dinero. No tenían caballos, ni maíz, ni ovejas. El precio de la lana descendió hasta un punto insignificante. Withers pudo conservar a los anejares tejedores de mantas para que trabajasen, con pérdidas para él. Se creía obligado a anudar a aquellas familias. Y no hubo indio que saliese de la tienda con las manos vacías. Orne v maíz era lee único que los indios tenían para comer, y llegó un momento en que muchos, de ellos no dispusieron ni siquiera de esto Aquel pueblo próspero había descendido en el espacio de seis meses al nivel de un pueblo desesperado y a merced de la epidemia, que era mortal para la mayor parte de los atacados. Y la enfermedad los mataba rápidamente los dejaba enfermos, o ciegos.
Centenares de indios murieron, en febrero a causo de la epidemia en un radio de cincuenta anillas a partir dr Kaidab. Familias enteras fueron aniquiladas. El sol no brilló durante muchos días más y las noches continuaron siendo negras. Los indios creyeron que el sol v la huna les habían abandonado. Los ensalmadores les inculcaron la. creencia, de que la única cosa que podría salvarlos sería el comer carne de caballo. Y, en consecuencia, los indios mataron v consumieron la mejor- y la mayor parte de sus caballos.
Una mañana, Colman halló a un indio muerto junto a la estufa del comercio. Era un Nopah que probablemente se había escondido tras el mostrador mientras el comerciante cerraba el establecimiento. Aparentemente el día anterior no se hallaba enfermo. Pero la gripe lo había atacada y matado durante el. curso de la noche.
El misterio v la terrible naturaleza de la enfermedad espantaron definitivamente a los índices, que no podían considerarla una dolencia natural, sino como una maldición, una peste del espíritu del mal. Y verdaderamente, no era una enfermedad que se transmitiese de unos a otros indios, aún cuando fuese evidentemente contagiosa. Golpeaba acá o allá, en cualquier parte, en todas partes. Pastores solitarios que no habían encontrado a ningún Nopah desde hacía mucho tiempo, eran hallados muertos. Se hallaban, también, hoganes llenos de muertos. Los jóvenes y los viejos caían del mismo apodo; pero los más fuertes y saludables, los que se hallaban en la plenitud de la: vida, eran los más rápidamente aniquilados. Los estragos de la plaga eran rudos, brutales. La enfermedad se presentaba de improviso, con la celeridad del rayo, v los indios, atacados de parálisis, y fiebre simultáneamente, sucumbían con celeridad. Eran como lobos cazados en una trampa, ano-nadados, sin espíritu, listos para la muerte. El altivo espíritu, de os indios se doblegaba ante aquella espada de sus dioses malos.
- ¡Gripe, neumonía! -exclamó Withers burlonamente-. ¡Diablos! Es una plaga. Una plaga negra. ¡Una plaga de guerra! ¿No conozco bien a los: indios? ¡Diablos! Lees fríos y las pulmonías no tienen importancia para ellos. Pero esta maldita enfermedad es una bestia infernal. No me habléis de gérmenes. No hay tales gérmenes- Esta enfermedad viene de arriba, desciende. Debe de ser una consecuencia de ese gas demoníaco que los hunos han dejado en libertad. ¿De qué otro modo podría explicarse el extraño modo de actuar que tiene? Ayer llegaron unos cuantos mormones y me dijeron que habían hallado a unos cuantos Nopahs en el camino. Tales Nopales se hallaban perfectamente. Al día siguiente, todos cayeron en montón. He enviado a unos hombres al lagar que se me indicó. Seis de los Nopahs habían muerto. Un niño pequeño, medio enterrado por los cuerpos de los muertos, estaba vivo. E[viejo Etenia cayó del caballo y falleció en dos horas. Así toda su familia ha desaparecido. Los Nopahs mueren en el! camino de aquí. ¿Creéis que estuvieran enfermos cuando se pusieron en marcha? Eso es lo que más me intriga y desconcierta: el modo coma la dolencia ataca v liquida a los indios. Un hombre blanco podría luchar con- ira la enfermedad; pero el indio no quiere hacerlo. ¡No quiere oponerse a esta plaga! Le ha llegado su hora, como suelen decir los vaqueros.
A mediados de este trágico período, Withers recibió aviso de que la pequeña Gekin Yashi había caído víctima ole la terrible enfermedad. Un indio enfermo cabalgó para llevar la noticia, con lo que descubrió el paradero de la Pequeña Belleza, que se había casado con Beeteia, un joven jefe Nopah que había estado en Francia, pero que jamás había hecho a Withers la menor insinuación respecto al misterio ole la desaparición de la muchacha.
- ¡Muy propio de un Nopah! - exclamó el comerciante -. Bien; Gekin Yashi ha sido atacada por la gripe…, que terminará por matarla, casi con seguridad… Es posible que lleguemos a tiempo de atenderla debidamente. Su esposo es un Nopah valioso. Su hogan está allá, en el desfiladero de Nugi… He visto indios con caballos a la entrada del desfiladero. Iré en el automóvil. Es posible que consiga llegar hasta la boca de la quebrada, que pueda entrar, acaso… ¡Dadme medicinas y whisky!
Withers dirigió estas palabras a su esposa y a Colman. Marian se hallaba sentada junto al fuego silenciosa, sobresaltada y afligida. Nophaie entró repentinamente, y desenvolvió su manta. Llevaba el látigo sujeto a la muñeca. Copos de nieve brillaban en su ancho sombrero.
- ¡Ah! ¡Aquí está Nophaie! - exclamó Withers -. Esperaba tu regreso. ¿Has oído algo acerca de Gekin Yashi?
- Sí. Es preciso que nos apresuremos. Está muriéndose. Y tiene un niño de pecho.
Marian se puso en pie de un salto. ¡Permítanme ir con ustedes! -suplicó.
Nophaie se mostró menos dispuesto que Withers a llevarla consigo. Pero Marian consiguió reducir la resistencia de ambos con la ayuda de la señora Withers.
- Envuélvete en ropas de abrigo. Lleva una piedra caliente para los pies - le recomendó Nophaie - y procura no tomar demasiado frío ni excesivo calor. Es un día muy voluble… en el que hay tormentas y sol.
- No tome en cuenta el sol - observó Withers -. Tendrá usted que correr de cara al viento. Supongo que no lo olvidara.
El viaje en el automóvil, con una piedra caliente bajo los pies y envuelta en mantas que le cubrieron el cuerpo v el rostro, no tuvo muchas penalidades para Marian. Pero cuando se encontró sobre la silla de montar, de cara al viento, varió mucho el aspecto de la cuestión.
El día no estaba muy avanzado y el cielo se hallaba dividido en contradictorias secciones compuestas de un dosel plano, bajo y gris, nubes purpúreas y desgajadas, v un fondo acerado y azul. El sol brillaba a intervalos. En los primeros instantes el frío no fié muy intenso, aun cuando el viento cortaba como un cuchillo.
Ni la tristeza de su diligencia ni las inevitables incomodidades del viaje impidieron que Marian reaccionase. La boca del desfiladero de Nugi semejaba un amplio bostezo; era una entrada accidentada y de rojas elevaciones salpicadas de manchas de nieve y de negros ce- dros. La superficie del las rocas brillaba por efecto de la humedad. Un arroyo que corría a gran profundidad desembocaba del desfiladero. Aun cuando estuviese marcado por el frío y por el viento, el panorama fascinó a Marian; y aunque no tanto como el de Pahute, el desfiladero era grandioso e impresionante. Las rocas se elevaban como torreones labrados, accidentados, agrietados, amarillos bajo la luz del sol, rojos a la sombra, blancos en las cumbres meridionales.
Una sensación familiar, aun cuando extraña, se apoderó de Marian, un algo que en los primeros momentos no pudo definir. No obstante, al cabo de poco tiempo la relacionó con la cualidad helada, cortante y tangible del aire, con lo que llegó a descubrir que era la débil fragancia de la salvia. Nuevamente se había puesto en contacto con la característica más destacada de las tierras altas. Pero no pudo ver salvia por ninguna parte, y llegó a la conclusión de que se encontraría más lejos.
La amenazadora tormenta se desvió, y el viento comenzó a perder fuerza. Marian llegó a hallarse relativamente cómoda en la silla y a reaccionar por efecto del calor que producía el ejercicio. Y cuando las nubes se abrieron y el sol brilló, tuvo ocasión de contemplar el desfiladero.
El desfiladero se presentaba como una ancha abertura en la sólida mole rocosa del desierto alto. El desfiladero de Pahute era demasiado grande, demasiado ancho y profundo para que pudiera ser apreciado en toda su grandeza. Pero aquel otro desfiladero que tenía ante sí era de unas dimensiones que no embotaban las facultades de observación. Tenía una doble, línea en su. borde, roto en retorcidas espirales, en picachos, riscos, en escarpas, en promontorios; y los desfiladeros secundarios que lo cortaban en diversas direcciones eran demasiado abundantes para que pudieran ser contados. Ésta parecía ser su característica aras singular. Al llegar a cierto punto, Marian se encontró en lo que podría ser designada el cubo de una rueda, de donde brotaban los radios de muchos otros desfiladeros que se extendían en todas direcciones. Desde la altura, aquel desfiladero debía de tener la forma de un ciempiés, del cual la quebrada principal constituiría el cuerpo y las secundarias formarían las patas.
A unas cinco o seis millas se operaba un cambio de conformación. El desfiladero se ensanchaba, los riscos se hacían más bajos y la perspectiva era.mucho mejor a causa de que la primitiva e impresionante proximidad desaparecia. Marian. se halló entonces tan próxima al desfiladero, que apenas podía verlo.
Anchas llanuras ascendían gradualmente desde la tierra inclinada v roja que nacía junto al arroyo. Otro arroyuelo, estrecho y barroso, orillado de bancales de hielo, se retorcía entre ellas. El cruzar aquella corriente de agua lo que hubo que hacerse en diversas ocasiones, constituyó una dura prueba para Marian, Las capas de hielo se rompían bajo las patas de los¡ caballos, que se veían forzados a trotar a través del agua para evitar el hundirse en el cieno. Los caminos ascendentes, sobre la arena blanda, creaban nuevas dificultades para ella, que había de agarrarse con ambas manos a la silla y a las crines de la montura; y cuando el camino descendía, la situación era todavía peor, puesto, que las bestias resbalaban.
- Benow di cleash, ¿no has observado que aquí no hay alimento para caballos ni para reses?-preguntó Nophaie- al mismo tiempo que se volvía y señalaba con un movimiento de manos las llanuras-. Éste era antiguamente el más fértil de todos los desfiladeros. ¡Dos años de sequía! ¿No ves, también, los hoganes deshabitados?
Marian no había observado ninguna de ambas circunstancias. Pero el hecho la impresionó profundamente. ¡Cuán desnudo y, estéril el terreno! ¡Ni siquiera una hoja de hierba! Madera seca, tan gris como las cenizas, competía con los achaparrados cedros y con los escasos robles enanos en la tarea de ocultar la esterilidad. del terreno. Largas extensiones de tierra amarilla y salpicada de huellas de caballos ascendían desde el arroyo.
El camino se elevaba gradualmente, y gradualmente adquiría el desfiladero más belleza y menos grandiosidad. Los colores eran más brillantes. Zonas cubiertas de purpúrea salvia establecían un contraste maravilloso con las rojas cúspides. Este aspecto de suavidad incrementaba la soledad y la desolación de los abandonados hoganes. ¡Cuán negras, cuan amedrentadoras resultaban aquellas puertas que semejaban ojos que mirasen en dirección al Oeste! ¡No había ningún indio que se detuviese en sus umbrales para ver el despertar del sol, ni las lejanías del Oeste! Una melancólica quietud impregnaba la atmósfera del desfiladero.
¡Ni un solo sonido, ¡un ser vivo! El invierno había cerrado el desfiladero; pero había algo más que el invierno como origen de la soledad, de lo que semejaba la muerte de la vida.
Una nube grande y gris descendió e inundó el desfiladero de una niebla espesa. Era una borrasca ele nieve. Oscureció las alturas, los desfiladeros secundarios, las cúspides y los riscos; y, no obstante, Marian pudo ver, sobre el borde superior, una masa blanda y moviente gris, que se destacaba ante el azul del cielo.
Withers giró hacia la izquierda para seguir uno de los desfiladeros secundarios. Este desfiladero era estrecho, empinado, sombrío y misterioso bajo la tormenta que se apro- ximaba. Cuando la nieve llegó hasta ella, Marian experimentó cena suerte de regocijo al ver la blanca cortina de ligeros copos; y después, cuando la nevada se hizo más espesa, se cubrió el rostro y prestó más atención une anteriormente al camino que seguía.
El camino parecía más largo que sus antecesores. Marian subió y descendió hasta el punto de que no estuvo muy segura de poder continuar conservando el equilibrio. Finalmente, la senda llegó a un terreno pantanoso en el que estaba el lecho de un arroyo, arenoso y cubierto de delgadas capas de hielo, por el que se deslizaba una corriente de agua de un par de centímetros de profundidad. La nieve comenzó a caer más espaciadamente, y se marchó del mismo modo que había llegado.
Repentinamente, Marian vio un brillo extraño. Miró hacia la, altura. La nieve continuaba cayendo oblicuamente, en, copos grandes y espaciados que parecían poseer una delicada tonalidad. ¡Azul…, blanco…, oro! ¿O sería un efecto do la luz? Marian no había visto jamás nada parecido. El sol brillaba en un punto indeterminado, y a través del vejo maravilloso y moviente de fa nieve resplandecía el azul del cielo. ¡Cuán irreal! La luz se hizo más clara, más ambarina, y muy pronto inclinaciones de tierra cubiertas de salvia se elevaron desde el lecho del arroyo hacia las alturas cubiertas de nieve. La salvia despedía un olor acre, demasiado espeso y demasiado fuerte para que pudiera ser fragancia. Era un aliento frío, picante, embriagador. Lo tormenta continuó alejándose. Al fondo, la claridad había nacido de nuevo. Se veían los dorados riscos y el cielo azul, que lanzaban destellos contra el extremo cercano del desfiladero. El lugar era hermoso, silvestre.

Cuando Withers subió una pendiente y llegó a una arboleda de cedros para desmontar ante un bogan, Marian comprendió que su viaje había terminado. Absorta en la contemplación de la Naturaleza, había olvidado su finalidad.
Nophaie se dejó caer del caballo y, quitándose la manta que llevaba sobre los hombros, inclinó el cuerpo para entrar en el hogan. Withers ordenó a los dos indios que les habían acompañado que encendieran una hoguera bajo los cedros.
- Apéese y haga un poco de ejercicio -dijo a Marian -. Dentro de unos momentos podrá calentarse al fuego de la hoguera.
- ¿No me permitirán… entrar orara ver a Gekin Yashi? -preguntó vacilantemente Marian.
- Sí…, pero espere-respondió Withers; y tomando una alforja que llevaba atada a la silla, entró en el hogan. Marian apenas había tenido tiempo de desmontar cuan-do el comerciante salió de nuevo con una expresión en el rostro que hizo que los labios de Marian se contrajesen con rigidez.
- ¡Demasiado tarde! - murmuró un poco roncamente Withers-. Gekin Yashi murió durante la noche. La madre de Beeteia debió de ir ayer a no sabemos dónde… Y…
- Dijeron… que había un nene-tartamudeó Marian al ver que el comerciante se detenía.
- Acérquese al fuego - replicó el hombre práctico que era Withers -. Está usted lívida… Sí, hay un nene… y es medio blanca, como cualquiera podría apreciar fácilmente… Está agonizando… Lo único que puedo hacer es quedarme… y enterrarlos.
- ¡Oh!… Withers, ¿me permite entrar en el hogan? - preguntó Marian.
- Para qué? No es un espectáculo propio para usted… sin tener en cuenta el peligro.
- No me importa ver un espectáculo triste ni temo los peligros. ¡Por favor…! Me parece un deber… Yo misma quise proteger a Gekin Yashi.
- Creo que ésa es una razón más para que conserve usted el recuerdo de Gekin Yashi tal y como la vio… ¡Por todos los diablos! Todos los hombres blancos que hayan engañado a alguna joven india deberían ver ahora a Gekin Yashi.
- ¡Jamás olvidaré a la Pequeña Belleza de los Nopahs! - murmuró atribulada Marian.
- Perfectamente; puede usted entrar; pero espere… -continuó Withers-. Necesito decirle algo; Beeteia era uno de los mejores jóvenes Nopahs. Quería a Gekin Yashi desde que era solamente una niña. Pero ella no correspondía a su amor, y Da Etin no la habría obligado a casarse con él. Avergonzada, Gekin Yashi huyó de la escuela de Mesa. Pues era tan buena como hermosa… Pera si consiguió huir, fue porque se hizo que la huída fuese fácil para ella. Gekin Yashi encontró a Beeteia. Su hermano, que está con nosotros, me lo ha dicho. Y Beeteia la llevó a su casa y se casó con ella. El niño medio blanco también fue bien acogido… Y ahora Beeteia está ahí dentro, abrazado al chiquillo moribundo… como si fuera hijo suyo.
Marian necesitó hacer un llamamiento a todo su valor para avanzar unos pasos y entrar en el hogan. El fuego estaba casi apagado. Marian vio a Nophaie, que estaba sentado, con la cabeza inclinada, junto a otro joven indio, igual, a centenares de jóvenes indios, que tenía sobre las rodillas a un nene de cuatro o cinco meses.
Nophaie no levantó la cabeza, ni tampoco el otro joven indio. Marian se inclinó ante ellos y miró el rostro convulso del niño. ¡Qué oscura parecía la mano del indio junto a la mejilla de la criatura! Cuando estaba mirándolo, un cambio indefinible se operó en el rostro del infante. Marian supuso que aquel cambio marcaba el instante de la desaparición de su vida.
Más allá de los indios sentados, se hallaba una forma, envuelta en una manta, junto a la pared del hogan, que sugería la inanimada- naturaleza de la piedra. La nieve había entrado por la abierta puerta y se había depositado sobre los pliegues de la manta. A espaldas de Marian, al pie de otra de las paredes, reposaba otra forma más ligera, que no estaba completamente cubierta. Marian vio la negra cabellera y la forma de la cabeza y creyó reconocerla.
-Nophaie -susurró -. Ésta…, ésta debe de ser Gekin Yashi.

- Sí-respondió Nophaie; y levantándose, descubrió la cabeza de la joven muerta.
Marran reconoció en el acto a Gekin Yashi, y, sin embargo, no la conoció. ¿Podría ser aquel rostro el de la chiquilla de dieciséis años? La enfermedad y la muerte lo habían contorcido y ennegrecido; pero Marian creyó apreciar que no era aquél el único cambio que se había operado. Las canciones y los sueños y los ideales de Gekin Yashi habían muerto antes que su carne. Semejaba una mujer, una esposa india madura y reposada. Había vuelto a los pensamientos y los sentimientos indios, sombríos, místicos, sin amargura ni. esperanzas, ya pagana o bárbara, infinitamente peor, degradada por el contacto con la civilización.
Marian salió presurosamente del hogan y se aproximó a la hoguera que ardía bajo los cedros. La poseía un horror…, un horror a no sabía qué. Su propia religión y su fe oscilaron sobre su base. Las epidemias y la muerte eran terribles, pero no tan terribles como la naturaleza humana, la saña, el odio y la vida. Gekin Yashi había muerto. Era preferible que así hubiera sucedido. ¡Maltratada, pisoteada flor del desierto! ¿No había dicho en cierta ocasión a Marian: «Nadie me dice cosas bellas»? ¿De dónde nacía aquel grito de su alma?
¡Cuán grande había sido la fuerza de su mente alboreante.
Los dolorosos pensamientos de Marian fueron interrumpidos por la voz de Withers, que sonó en el interior del hogan.
- Nophaie, el niño ha muerto. Consuela a Beeteia. Hemos de enterrar a los indios y marcharnos pronto. Marian extendió las frías v temblorosas manos en dirección al fuego. Las tajantes palabras del práctico negociante la sacaron de su ensimismamiento. Los hombres como Withers siempre soportaban las cargas más grandes. Era amable, compasivo, atento, cariñoso; pero estaba en contacto principalmente con los hechos crudos y fríos. Estaba empobreciéndose en su afán de ayudar a los pobres Nopahs y trabajando como un esclavo condenado a galeras y arriesgando su vida. Marran vio a través de él un poco más de la verdad. Y esto provocó en ella una rebelión contra la debilidad, contra una inclinación excesiva hacia el idealismo y el altruísmo v, por el momento, contra aquella descarnada y terrible plaga de gripe.
Nophaie podría ser atacado por la enfermedad. Y lo sería en el! caso de que continuase recorriendo día y noche las campiñas, de que se expusiese tanto a los efectos del frío como de la epidemia. El temor acongojó el corazón de Marian. La congoja no desapareció, sino que la agitó y estremeció. Si en el fondo de:si misma reposaban instintos de leona, tales instintos despertaron en aquel momento.
Withers salió del hogan acompasado de los indios.
- ¡Coged las herramientas! - dijo al mismo tiempo que señalaba el fardo que había llevado.
Nophaie permaneció junto a la puerta del hogan donde Beeteia se apoyaba. Figura trágica y conmovedora, Beeteia parecía andar a tientas entre la oscuridad. El dolor y la angustia le abrumaban como pesadas cargas. No pareció oír las palabras de Nophaie ni ver la alta forma que se erguía a su lado.
Más allá del bogan, en un espacio llamo, cubierto de salvia y rodeado de cedros, Withers hizo que los dos indios cavasen las tumbas. Luego, el comerciante se aproximó al hogan y tomando un hacha comenzó a abrir un orificio en la cubierta de tierra y de maderos que componían el techo. Marian recordó que los muertos no deben salir jamás a través de las puertas. Manifiestamente, en tanto que era posible, Withers no titubeaba para obedecer las costumbres de aquellas gentes del desierto.
Beeteia:se separó de Nophaie para acercarse a sus muertos. Manan llamó a Nophaie y lo condujo hasta la arboleda de cedros, donde los caballos mordisqueaban la hierba. La razón de Nophaie parecía hallarse ensombrecida. Marian lo llevó de la mano, el contacto de la cual atemperó en cierto modo su excitación. El sol se había asomado momentáneamente sobre los picachos de roca que coronó de oro.
-Benow di cleash, no deberías haber venido- dijo doloridamente Nophaie.

- Me alegro de haberlo hecho. Me ha dolido… con un dolor que me ha llegado al fondo del alma-respondió ella-. Pero me he sobrepuesto a ese dolor, creo,…, y ahora deseo hablar-.
- ¡Cómo…! ¡Tú eres blanca… y estás temblando!
- ¿Es extraño? Nophaie, te quiero… y estoy aterrorizada. ¡Esa terrible plaga…!
Nophaie no replicó, pero sus manos se cerraron apretadamente sobre las de ella y sus ojos se dilataron. Marian había aprendido a percibir en él la presencia de lo místico, de lo indio, cuando se agitaba. Y se soltó las manos y le arrojó los brazos al cuello. Este acto dio rienda suelta a la tormenta que se albergaba en su pecho, la aumentó. Lo que se proponía expresar, en su frenesí por salvar a Nophaie y conseguir que la apartase del desierto, rompió todas las ligaduras de la sutileza y salvó las fronteras de la habilidad femenina. Jamás comprendió ni supo lo que hizo en aquellos momentos locos de autodefensa, ni lo que dijo. Pero adquirió certeza de que con ello inflamó lo que de salvaje había en Nophaie.
Nophaie la aplastó entre los brazos y se! inclinó hacia su rostro. En sus ojos ardía un fuego negro. No la besó. No era aquél el modo de proceder de los indios. La ternura, la suavidad y el amor no formaban parte de aquella reacción ante el imán de la mujer. Su ímpetu fue el mismo del hombre primitivo rechazado; su brutalidad llegó a lastimarla dolorosamente. Si no hubiera sido por la gloria del instante, Marian habría gritado angustiosamente. Pues él la manejó, la dobló, la recogió v levantó v estiró su cuerpo del mismo modo que podría haberlo hecho un salvaje que entrase repentinamente en posesión de la mujer de la selva repetidamente negada.
Y la arrojó como un saco contra la silla, donde quedó con los pies y la cabeza colgantes. Pero Marian, cuando se halló parcialmente libre de sus brazos de hierro, luchó v consiguió erguirse v colocarse en mejor postura. sobre el caballo, donde vaciló y se inclinó hacia Nophaie. Apenas podía ver. Pero se dio cuenta de que el la soltaba. Hubo algo que detuvo a Nophaie, y su rostro comenzó a aproximarse a ella, hasta que apoyó la cabeza sobre su pecho.
- Mujer blanca…, harás… un indio de mí -dijo Nophaie con voz ronca.
Aquella voz traspasó a Marian. ¿Qué súplica más extraña, más incomprensible podría haber hecho Nophaie? Y, sin embargo, ¡cuán profundamente, la estremeció! ¡Ella… que tanto había admirado la nobleza que en él había… lo arrastraba de las alturas! ¡Ella utilizaba su encanto físico, todas sus potencias con un fin de supremo egoísmo! ¡Era despreciable! Demostraba la naturaleza innata de las mujeres. Y Marian se disgustó. Y en aquel momento llegó su lucha. Solamente la tragedia de aquel hombre indio podría haber dominado a la mujer en tal instante. Gekin Yahsi, el pobre chiflado Shoie, Beeteia v su inextinguible impresión de pérdida, Do Etin y Maahenesie…, todas estas figuras se erguían junto a Nophaie. Fue un terrible momento. Marian podría reducir a Nophaie, puesto, que aunque la Naturaleza había hecho más fuerte al hombre, la victoria final era siempre de la mujer… Pero, ¿y el alma? ¿Podría ella rechazarla, negarla?
- Nophaie… ¡perdón! - suplicó en tanta que le rodeaba la cabeza con los brazos y le apretaba más contra el pecho -. Perdí la razón… No supe lo que hacía… Esa epidemia y esas muertes me hicieron cobarde… E intenté que todo…
- Benow di cleash, no hablemos más de esta cuestión -dijo él mientras levantaba el rostro. Y sonrió a pesar de las lágrimas que brotaban de sus ojos.
Una hora más tarde, Withers había terminado su triste labor. Beeteia se negó a partir en compañía de los viajeros. Marian no olvidaría jamás el último instante en que lo vio. El indio de rostro oscuro estaba en pie ante el hogan en que nunca podría volver a entrar y mirando en dirección a las tumbas de su madre, de su esposa y del niño a quien se proponía prohijar, hacia la gris llanura de salvia tras de la cual se elevaban las mudas paredes de piedra que eran las montañas. ¿Qué veía? ¿Qué oía? ¿De dónde procedía su fortaleza?
Withers murmuró cuando pasó junto a Marian con el fin de ponerse a la cabeza de la comitiva:
- No puedo hacer más. No ha querido venir. Ese Nopah va a hacer algo terrible. Me preocupa… Bueno; vamos a tener un mal viaje de regreso. ¡Vamos aprisa! ¡Arriba, Bucksin!
La nieve comenzó a caer y el desfiladero fue inundado de una luz gris y fría parecida a la del crepúsculo matutino. El aire se enfriaba. Marian siguió a los restantes expedicionarios a un trote rápido. Cuando hubieron llegado a la zona despejada del desfiladero principal, un viento contrario hizo que la carrera se convirtiera en una dura prueba. El Nugi, gris, oscuro, sombrío, se llenaba de las cortinas de la nieve que caía con rapidez. Los copos se adherían a las ropas de Marian. La nieve se espesaba en ellas a medida que el viaje continuaba. Apenas le era posible ver por dónde conducía a su caballo. Y comenzó a sufrir los efectos del frío.
La ráfaga de nieve desapareció, con lo que fue posible obtener una visión más clara del sombrío desfiladero, de los oscurecidos picachos, los bordes del abismo, cubiertos de blanco, de las negras cavernas, de los bancales estériles y solitarios. Una nueva tormenta, cuyas largas cortinas grises y oblicuas formaron un velo que cubrió las alturas, llegó al desfiladero. El viento y la nieve parecían gemir angustiosamente entre los cedros. Tan pronto como Marian se sacudía la blanca capa de nieve que la cubría, otra nueva capa idéntica se formaba sobre sus ropas, hasta que, al fin, cansada y demasiado fría para que pudiera intentar realizar algún movimiento, renunció a continuar haciéndolo. Las ramas de los cedros le arañaban el helado rostro. Cuando finalmente llegó al término de aquella cabalgata, se alegró al, ver que Nophaie la levantaba un brazos para apearla del caballo.
El automóvil avanzó entre la nieve y el barro, descendió para cruzar el paso y llegó al terreno liso. Las grises masas de nubes se extendieron, se agitaron y se alejaron.
Marian vio las grises colinas, verdaderas montañas por sí mismas, las puntas altas de los negras centinelas que se erguían sobre la parte norte de la elevación rocosa, la línea del horizonte accidentada y quebrada, y la extensión fría, húmeda y gris del desierto.

XXI

Tres mil Nophas murieron por efecto de la epidemia; y desde un extremo basta otro de la colonia un pueblo acobardado, lastimero y doliente inclinó la cabeza. Los caracteres violentos de la plaga y las convicciones supersticiosas de los indios se unieron para formar un ambiente de depresión. Cuando llegó la primavera con su cálido sol v disipó el extraño viento de la muerte, los indios sobrevivientes creyeron que el haber comido carne de caballo había sido la causa de su salvación.
La garra del temor aflojó lentamente la opresión que ejercía sobre el corazón de Marian. Y, también lentamente, la larga época de martirio se convirtió en una esperanza inspirada por el brillo del sol y por el constante declinar de los estragos de la enfermedad entre los Nopahs No obstante, no volvió a ella su antiguo ánimo con plena intensidad. Había un algo imborrable, vago, tenaz, indescifrable, un algo indefinible que la afectaba cada vez que Nophaie le dirigía una sonrisa.
Todos ellos trabajaron para aliviar los sufrimientos de los indios. Si el comerciante pudo ahorrar algún dinero anteriormente, todo ello, v algo más, lo perdió durante aquel invierno. Los medios económicos de Marian se habían convertido en lo que prácticamente podría llamarse nada. La civilización parecía hallarse muy lejos y absorta en sus propios problemas. Los asuntos de la colonia se desenvolvían del mismo modo que siempre. Y el pequeño círculo de personas blancas de Kaidab vivía fiel a algo que los, indios le habían inspirado y olvidaba el lejano mundo exterior.
Marzo, con sus últimos soplos de viento helado, dio paso a las tormentas de abril. El viento sopló furiosamente aquel día, y al siguiente la temperatura fue primaveral, cálida. Solamente se tuvo conocimiento de: algunos casos de gripe y de muy pocas muertes.
Nophaie había ido a Olfato; y como quiera que no regresase al día siguiente, aquella impresión que no era sentimiento ni pensamiento, aquel desasosiego indefinible, puso su fría mano sobre el alma de Marian.
La joven trabajó durante aquel día en el arreglo de la contabilidad de Withers, escribió algunas cartas aplazadas, se entregó por espacio de una hora a la reparación de un vestuario gastado y tristemente arruinado, montó a caballo, fue hasta la meseta accidentada que se elevaba sobre Kaidab y se esforzó los ojos en un intento por ver algo en el camina de Olfato.
Pero ninguna de estas actividades contribuyó a remediar su nerviosidad ni a aplacar la impaciencia que en ella provocaba el sexto sentido de las mujeres. Marian intentó trabajar en el establecimiento que desde hacía una temporada constituía un negocio dudoso y difícil. Indios altos, delgados, solían llegar hasta él y permanecer en inmovilidad casi completa, con los grandes ojos completamente abiertos, hasta que Withers o Colman les daban algo de comer. Los Nopahs formaban una tribu arruinada y hambrienta.
Marian vio indios que portaban arcos y flechas, costumbre desaparecida mucho tiempo antes y que volvía a:ser puesta en práctica a causa de que los cazadores habían vendido sus escopetas o carecían del dinero preciso para comprar municiones. La lana había prácticamente desaparecido y perdido todo su valor como mercancía. Los indios se negaban a esquilar las ovejas por el precio que se les ofrecía. Algunas pieles de cabra y alguna manta en ocasiones eran depositadas sobre el mostrador de vez en cuando para ser vendidas a bajo precio. Era lastimero el ver llegar a alguna mujer- india que llevase una manta, generalmente mal confeccionada, que Withers no podría vender jamás e insistir sobre un precio que resultaba ruinoso para el comerciante. De aquel modo, comprando mercancías invendibles, el comerciante mantenía vivos a las Nopahs del distrito. Pero éstos no le daban las;gracias, ni le com- prendían.

Aquel día Marian encontró nuevamente a Shoie; y a pesar de la impresión de horror que siempre provocaba con su presencia, Marian no huyó y le observó atentamente. El acompañante de Shoie era un joven Nopah, muy negro y de aspecto bravío, desaseado y vestido con ropas completamente desgarradas. Hubo un no sé qué en el segundo indio que despertó la compasión de Marian con más intensidad que. el propio Shoie. Withers apreció la perplejidad de Marian, que estaba observando los gestos de Shoie y las contorsiones de sus lacerados labios en un intento por expresar algo, y ofreció a la joven su interpretación: -Ese mutilado Nopah es uno de los pocos criminales de la tribu. Es el indio que acometió a las hijas pequeñas de Etenia. Lo cogieron y lo mantuvieron con un pie en el fuego hasta que se le quemó por completo. Fue su castigo, que hizo de él un proscrito. Supongo que Shoie quiere decir que va a arrojar una maldición, uno de sus ensalmos malignos contra él.
Marian obtuvo momentáneamente el completo olvido de sí misma al contemplar a los dos indios. Aun- cuando fueran dos extremos como seres humanos, hicieron que su imaginación se absorbiese en el examen de los misterios de la vida. En Copenwhshie había visto algún tiempo antes una monstruosidad, un Noki albino, con el cabello blanco y los ojos de un color rosado, de aspecto horrible, que no le había producido una impresión tan profunda como aquellos dos Nopahs. Marian hizo una comparación mental entre Bahozohnie y Nophaie. Y cuando pensó en Nophaie, no pudo continuar en el almacén.
El frío aumentaba en el exterior. El sol se había puesto, v un rojizo resplandor brillaba sobre los oblicuos terrenos del Oeste. Los coyotes aullaban. Marian caminó lentamente entre la luz agonizante del día. Un peso terrible le oprimía el pecho. ¡Cuán oscuro y solitario el espacio que se abría ante ella! Los confines cerrados por las estribaciones de las rocosas montañas se elevaban como unas amenazas contra su preocupada imaginación.
Withers estaba desacostumbradamente tranquilo aquella noche. Su esposar habló urn poco en voz baja, como habitualmente. Pero el comerciante no tenía mucho qué decir. Marian se hallaba sentada junto al hogar, con la mirada puesta en los rojos rescoldos. Repentinamente, fue abstraída de sus ensueños de un modo violento.
- ¿Qué es eso? -preguntó.
- Un caballo. Debe de ser el de Nophaie -contestó el negociante.
Marian escuchó atentamente. Oyó una llamada a su corazón. Al fin, la puerta se abrió con impetuosidad. ¡Nophaie! Sus ojos eran los de, un indio, pero su rostro semejaba el de un hombre blanco. Se tambaleó ligeramente al cerrar la puerta tras sí, y se apoyó en ella. Toda su cuerpo estaba vibrante, tenso, como el de un atleta preparado para el salto. Su escrutadora mirada abandonó el rostro de Marian para dirigirse al del comerciante.
- ¡John…! ¡Facilíteme una habitación para morir! - murmuró Nophaie.
Withers lanzó una exclamación de asombro y se dejó caer sobre la silla de manera inerte. Su esposa exhaló un grito de miedo y compasión.
- ¡Me ha atacado! - añadió débilmente Nophaie.
El terror de Marian expresó que había comprendido instintivamente lo que no se había nombrado.
- ¡Oh Dios mío! ¡Nophaie! - gritó, y corrió hacia él. Nophaie se inclinó sobre ella. El esfuerzo que ejercía su espíritu sobre su cuerpo parecía terrible. Cogió a la joven de los hombros… y la separó de sí.
- Benow di cleash, debería haber muerto… hace varias Horas… Pero tenia que verte… Tenía que morir…, como un hombre blanco.
Marian se estremeció bajo el rudo esfuerzo de sus manos, cuyo calor le abrasaba a través del tejido de la blusa. -Mujer blanca… Salvadora de Nophaie… Vuelve junto a tus gentes… ¡Todo… está… bien!
Y cayó sobre ella y fue recogido por el comerciante. Lo transportaron a la habitación de éste y lo colocaron en su lecho. Y entonces comenzaron las frenéticas actividades en beneficio suyo. El fuego de su rostro, su palidez de mármol, el apresurado pulso, los congestionados pulmones, el corazón fatigado…, todo proclamaba la temida plaga.
Una vez que se hallaron ante el débil resplandor de la lámpara, cuando Marian se arrodilló junto a él y murmuró una y otra vez: «¡Nophaie!, ¡Nophaie!,,, éste abrió los ojos, sombríos, terribles, que ya no estaban iluminados por la luz inextinguible de su espíritu. Y a Marian le pareció apreciar que una sonrisa fugitiva, la antigua y hermosa luz de su expresión, velaba por un instante el trágico reflejo de su alma y la bendecía.
Y entonces creyó entender- Marian que un espíritu perverso y vil comenzaba a arrancar la vida de Nophaie, a arrebatársela. Se estaba librando una batalla en la que la víctima tomaba parte de un modo inconsciente. Los fuegos venenosos del espíritu malo sorbían la sangre de su vida. Aquello no era una enfermedad…, no era una dolencia…, sino un viento de muerte que expulsaba el alma del cuerpo y lanzaba una corrupción devastadora contra la carne. Y, sin embargo, la vitalidad del indio lo frenaba y mantenía a raya.
El comerciante suplicó a Marian que saliese de la estancia y, al fin, consiguió conducirla de nuevo al saloncito. Allí, Marian se encogió ante el fuego, asaltada de angustias y dolores. ¡Oh! ¿Sería aquél el final de la vida estéril de Nophaie y de su amor? La señora Withers entró en la habitación y salió de ella, dulcemente, pero no habló. La noche continuó avanzando. En el exterior, el viento gemía entre un silencio de muerte. Las hojas de las enredaderas crujían suavemente bajo los aleros.
Aquella misma noche, más tarde, Withers se aproximó a Marian y le puso suavemente una mano sobre el hombro. -Marian… - dijo roncamente.
- Nophaie… ¿ha… muerto? - murmuró Marian mientras se ponía en pie.
- No. Está en estado de inconsciencia; pero más fuerte que antes… Quiero decir a usted lo más extraño de todo. Muchos de los Nopahs que murieron de esta terrible epidemia se tornaron negros… Nophaie ha hablado de volverse blanco… Ha perdido la razón. Me ha sorprendido… Me ha parecido una cosa tan, singular como lo que dijo: «i John!…
¡Facilíteme una habitación para morir!…,, Marran, eso significa que permanece fiel a su inteligencia…, al alma que en él se ha desarrollado. No obstante, su vida en el desierto ha sido una ducha continua por conservar la fidelidad) a su nacimiento, a su raza. Pero no creo que Nophaie muera. Ha pasado ya la crisis que a tantos ha matado. La enfermedad no tiene fuerza para matarlo.
Marian se envolvió en una manta y salió al exterior de la casa, a la calle que:se arrebozaba en las sombras de la noche. El frío viento del desierto le abanicaba el rostro y le agitaba el cabello. El alaba no estaba lejana. Las estrellas palidecían, y la hora más negra de toda la noche se aproximaba. Desierto y cielo, das sombras, el viento plañidero, el silencio…, todo guardaba su secreto. Pero la vida se hallaba, allí, y allá, a una distancia de pocos pasos, se encontraba la muerte. «¡Todo… está… bien!» Marian murmuró las palabras de Nophaie. Su alma pareció inundarse de un infinito agradecimiento. Acaso el formidable conflicto que pugnaba en el espíritu de Nophaie fuera por algo más que por da vida. Su fe en Dios se lo dijo a Marian. Y una vez más se halló, o creyó hallarse, junto a Nophaie, sobre las Rocas Movientes, ¿Habría la proximidad de la muerte iluminado su irreligión?
El desierto habría de ser el hogar de Marian, tanto espiritualmente, como, en sueños. Siempre ejercería una irresistible influencia sobre el pensamiento, sobre la bondad, sobre la justificación de la vida. Y se estremeció llena de felicidad al pensar que siempre vería las altas tierras pobladas de salvia y artemisa, los monumentos coronados de oro, dormidos bajo la luz del sol, las grandes extensiones verdes, las sombrase de loas desfiladeros silenciosos… y en un punto indefinido de aquel fondo, a Nophaie, el indio.

XXII

La vuelta al estado de consciencia dejó a Nophaie uní recuerdo desvaneciente de profundidades negras y espantables, donde un algo inexplicable que se albergaba en él había derrotado a, los demonios.
Nophaie creyó que moriría; pero sabía ya que habría de vivir. ¿No había dado la bienvenida a la muerte? Una lucha intensa se había desarrollado en el interior de su ser físico. Le parecía vagamente que se había empeñado en una horrorosa batalla contra el diablo por la posesión de su alma. Unos pensamientos obsesionantes y amedrentadores respecto a esta cuestión llenaron su imaginación durante las horas de vigilia y se presentaban en las de sueño.
La satisfacción de los Withers y la alegría de Marian al ver los rápidos pasos que daba hacia la recuperación proporcionaron a Nophaie una melancólica felicidad. Aquellas tres personas:le querían. Ninguna de ellas reconocía que hubiera una barrera entre él y Benow di cleash. ¿Existía, en realidad, una barrera? Y si existía ¿cuál era? Nophaie pasó largas horas entregado al propósito de aprehender y comprender hechos oscuros acerca de sus primitivas convicciones, de sus deberes, de sus votos. Todo ello huía de él, se desvanecía. Había sucedido algo en su alma. O, en otro caso, la enfermedad le había cegado la razón.
Nophaie se hallaba en pie y comenzaba, a ir de un lado para otro al cuarta día después de la crisis de su enfermedad. Evitó el contacto con los indios, y, ciertamente, también con sus amigos blancos hasta donde le fue posible hacerlo sin riesgo de incurrir en descortesía. Y sus amigos, a su vez, parecieron comprenderle y ayudarle. No obstante, siempre que se sentaba al cálido sol de las mañanas de mayo o que paseaba bajo los verdeantes algodoneros, los ojos de Marian le seguían. Nophaie los sentía fijos:sobre sí. Y cuando -hacía frente a sus miradas, observaba que en ella brillaba una luz alegre y hermosa. Esta luz le emocionaba, le inflamaba el corazón.
Unos cuantos días más tarde, el vigor de Nophaie había adquirido la intensidad suficiente para permitirle que abandonase Kaidab. Por esta causa, cuando encontró un momento oportuno en que se halló a solas con los Withers y Marian, decidió exponer su proyecto.
- John, ¿querría usted entregarme un saquito de grano y un poco de: comida?
- ¿Para qué?- preguntó sorprendido el comerciante.
- Quiero alejarme a solas…, cabalgar por el desierto… y los desfiladeros - contestó pensativamente Nophaie.
Marian abandonó el asiento cine ocupaba junto al fuego y se aproximó a él, pálida, con los ojos asombrados y llenos de sombras de preocupación.
- Nophaie, ¿estás,… estás suficientemente fuerte?-preguntó con temor.
- Eso servirá para curarme…, o para matarme - replicó Nophaie con una sonrisa; y tomó entre las suyas una mano de ella.
- Reconozco que no es una mala idea -dijo Withers, más a su esposa que a las otras dos personas. La señora Withers permaneció silenciosa, lo que en ella significaba conformidad. Luego, Withers se volvió en dirección a Nophaie -. Tendrás lo que deseas. ¿Cuándo quieres marcharte? ¿Mañana? Te facilitaré tu caballo, o; te dejaré uno de los míos, si lo prefieres.
- Sí. Me iré al amanecer, antes de que se levante Benow di cleash - añadió Nophaie.
- ¿Quieres marcharte solo y continuar estando solo? - preguntó el comerciante.
- Como un verdadero Injun - replicó Nophaie.
- Muy bien. No tengo inconveniente en revelarte que estoy un poco preocupado - siguió Withers mantras se pasaba una mano por el alborotado cabello- Beeteia ha comenzado a soliviantar a los indios.

- Lo sabía - dijo Nophaie.
- ¡Beeteia! -exclamó Marian-. ¿No es el esposo de Gekin Yashi…, el joven jefe a quien vimos… allá?
- El mismo - contestó el comerciante.
- Beeteia es uno de los Nopahs más puros -aclaró la señora Withers-. Desciende del primer clan. Es, verdaderamente, un gran jefe.
- Eso tiene más importancia de lo que suponía-comentó su esposo -. Está inflamando a los indios contra Morgan y Blucher. He oído decir que.es…, que:se ha convertido en un orador maravilloso… De todos modos, no ha conseguido sobreponerse al dolor que le ha causado la muerte de Gekin Yashi. Se propone hacer que los indios se subleven contra los blancos. No es una cosa nueva, de ningún modo, en esta colonia. El intento, probablemente, se desvanecerá como se han desvanecido otros muchos. Pero podría suceder que no fuese así. No me agrada la influencia de Beeteia. ¿No se le podría obligar a abandonar estas actividades, Nophaie?
Para conseguirlo, habría que anotarlo - contestó Nophaie.
- ¡Ah! Bien; en ese caso, lo único que podemos hacer es confiar en que la proyectada sublevación fracase -comentó el comerciante mientras se levantaba.
Siguiendo a su esposa hacia el exterior, la señora Withers dejó a Nophaie a solas con Marian.
- Nophaie, ¿adónde irás? -preguntó Marian.
- A Naza.
- ¿Tan lejos? - exclamó ella.
- No está lejos… para mí.
- Pero, ¿por qué a Naza, si es la soledad, la salvia y los desfiladeros lo que deseas? - continuó ella vehementemente.
Nophaie soltó la mano de Marian, que tenía aprisionada entre las suyas, y le rodeó la cintura con un brazo. Y observó que un pequeñito:sobresalto y un largo temblor agitaban el cuerpo de Marian. La dulzura y la importancia de su presencia no habían sido nunca tan grandes para él. Parecía haber una diferencia en sus relaciones, una diferencia que Nophaie no acertaba a definir. Era otra cosa que debería averiguar. Y se encontró débil, menos capaz que anteriormente de producir dolores y contrariedades a Benow di cleash.
- Benow di cleash, no estoy:seguro; pero creo que voy a Naza porque es el más grande de todos los dioses de los Nopahs.
- ¡Oh Nophaie! -tartamudeó ella- ¿Todavía estás torturado? Me dijiste que todos los dioses Nopahs te habían abandonado. Hasta el propio Nothsis Ahn era solamente una montaña grande, sin voz y sin espíritu para ti.
- Sí, lo recuerdo, Marian -replicó Nophaie-. Pero creo que no estoy torturado ni esclavizado por un deseo como lo estaba cuando ascendí a la pendiente norte de Nothsis Ahn. Es un algo que no acierto a explicar. Ni siquiera puedo afirmar que mi deseo de partir sea algo más que un imperativo físico. Sin embargo, me hallo en un singular estado de ánimo. Necesito la soledad. Y Naza me atrae, me llama… Hay luz… y acaso también fortaleza para mí en aquellos desfiladeros silenciosos.
- ¡Oh! ¡Si también pudieras hallar la paz! - murmuró Marian.
Nophaie dejó Kaidab antes de la salida del sol y marchó a través del desierto, entre la luz melancólica del alba. El inarmónico rebuzno de un asno fue el único sonido que rompió el silencio.
Al llegar a una elevación del terreno, volvió la cabeza para mirar en dirección al puesto comercial. Un objeto blanco que se agitaba ante la negrura de una ventana atrajo su atención. Marian movía una prenda blanca en señal de despedida. Era un acto que Nophaie debería haber esperado. Detuvo e caballo en lo alto de la elevación v observó durante unos momentos largos y significativos el agitado movimiento del blanco lienzo, en tanto que unas opuestas emociones ponían un peso sobre su corazón. Seguramente contestaría a la despedida de Marian, cuyo blanco pañuelo se agitó más vigorosamente. La joven había visto que Nophaie la estaba mirando. Y él contestó con el gesto lento y vago del indio que se alejaba en dirección a distantes lugares que le atraían y de los cuales habría de regresar pronto. Vio que el rostro de ella resplandecía iluminado por la luz que sobre él caía. Dando vuelta al caballo, descendió al otro lado de la vertiente, a la parte baja, desde donde no podía ver el puesto comercial, e hizo un esfuerzo por apartar a Marian de sus pensamientos.
El caballo que montaba Nophaie era uno de los mejores de Withers: un caballo fuerte, bayo, moteado, de andar fácil e incansable. No parecía darse cuenta del peso de la alforja y de la manta que llevaba atadas a la silla. Nophaie experimentaba una inseguridad y un desvanecimiento que atribuyó a su estado de debilitamiento. Estas sensaciones, habrían de abandonarle al cabo de poco tiempo, según supuso, y por el momento se limitó a llevar el caballo al paso. Una vez que se halló lejos del ganado y de los cercados, comenzó a encontrarse más libre de la opresión que le torturaba, a cambiar, a rechazar todos los pensamientos mórbidos que le acosaban y todos los sentimientos, lo mismo que se hace saltar la escama de los peces. Aquella jornada habría de ser la más importante de toda su vida. Lo comprendía, pero no acertaba a decirse por qué. ¿Resultaría ciertamente Naza el sepulcro de una divinidad? Y, después, se rindió al anheló de entregarse plenamente a las percepciones sensoriales.
Una rosada coloración cubría el acerado azul del cielo que se extendía sobre los terraplenes orientales, a muchas leguas de Nophaie. En la parte norte le era posible ver la punta de un monte aislado que se elevaba sobre los lomos rocosos manchados por los puntitos amarillentos de los cedros. El canto de un sinsonte, el ladrido de un coyote, el arrastrarse de algún animalito en dirección a la maleza daban vida al escenario del desierto. Nophaie percibió el humo de madera quemada que llegaba. desde algunos hogares indios, vio los indios, cubiertos de mantas, que le observaban desde las alturas, oyó el penetrante canto de un pastor que se alejaba en unión de su rebaño. Y evité pasar por las sendas transitadas, con el fin de no encontrar a ninguna persona de su pueblo. Se proponía no cambiar ni una sola palabra con ningún ser viviente durante todo su viaje.
Cruzó el terreno pantanoso, salió de él, ascendió por la pendiente labrada por el viento y por las lluvias, y llegó hasta un punto desde el cual le era posible ver, a lo lejos y bajo él, la población de Kaidab pero miró hacia delante con ansiedad por descubrir el ancho valle en que se erguían los monumentos de piedra.
Muy pronto vio desde su parte más alta hasta la más baja una maciza montaña roja que semejaba tener tubos parecidos en su forma a los de un órgano y que se destacaba sobre el desierto y sobre la parte más elevada de las tierras altas. Estaba todavía muy lejana, pero Nophaie esperaba poder acampar aquella misma noche a su pie y volver a ver de cerca las pendientes pobladas de salvia en que durante los días de su infancia había guardado los rebaños de su padre. Y se preguntó por qué causa experimentaría aquel anhelo de volver a verlas, puesto que desde su retorno a la colonia había evitado siempre revivir aquellas escenas de su niñez. Nada se contestó; se negaba a reflexionar.
Le pareció que veía el desierto con ojos nuevos. Todos los antiguos mojones, sus puntos más destacados, parecían haber aumentado de volumen. Los muros de rocas v las pirámides que por espacio de siglos y más siglos se habían hallado investidos de los espíritus de su raza parecían cubrirse de gloria; pero no eran ídolos ni dioses ante los cuales hubiera de arrodillarse para adorar y orar.
A través de ellos, los sentidos de Nophaie percibieron un diferente significado de la belleza y de la Naturaleza, del tiempo y de la vida.
Nophaie descendió a un valle ancho, cercado de rocas amarillas, que se convertía en un desfiladero, y caminó sobre una extensión lisa, arenosa y verde, donde el sol aumentaba la fuerza de su calor y el polvo se elevaba en revueltos remolinos. El lejano horizonte se perdía desde allí, y Nophaie creyó hallarse cerrado entre paredes irregulares de roca, rotas y accidentadas. Nophaie continuó avanzando por espacio de varias horas, bajo el peso del viento y del sol, acompañado del sostenido ruido de los cascos de la caballería, y observó el amplio valle que lo rodeaba y las rocosas elevaciones que parecían seguirlo en su viaje. Al llegar al distante final do la lisa extensión, ascendió hasta un paso bajo, donde el dardo de una roca colosal acuchillaba el cielo; y desde allí miró hacia abajo, hacia el valle de los Nopahs, donde su pueblo vivía y donde él había nacido. El espectáculo le obligó a detenerse durante unos momentos.
Su punto de destino por aquel día era la gran meseta que parecía compuesta de tubos de órgano, que se hacía aún más grande al verla desde una distancia de solamente diez millas. Aquella meseta cerraba y guardaba la entrada del valle sagrado en que cada piedra, cada montaña, cada cúspide era un dios de los Nopahs. La fatiga y el cansancio actuaron sobre Nophaie. Peno estas cosas carecían de importancia. Solamente la muerte podría haberle forzado a detenerse.
Cuando llegó a la espléndida meseta, el sol quemaba las superficies del monumento y las cubría de rosa y oro. El suelo del desierto tenía un color gris en las cercanías, purpúreo en las lejanías. Sobre la roja barrera a que debía ascender a la mañana siguiente, una gloriosa procesión de nubes atrajo su mirada cuando el joven se detuvo jadeante sobre su caballo.
Una delgada hebra de agua corría de modo serpenteante a través de la arena. El color de las nubes y de la meseta se reflejaban en ella. Nophaie desensilló el caballo, lo alimentó con grano y, después de trabarle las patas delanteras, lo dejó en libertad. Luego comenzó a satisfacer sus sencillas necesidades. No tenía hambre, pero hizo un esfuerzo por comer. Aquella;dura jornada que realizaba habría de devolverle pronto sus naturales instintos.
La luz suave y dulce del crepúsculo cubría las rocas cuando Nophaie llegó al punto en que, durante tantos días, en la época de la infancia, había vigilado sus rebaños. Era una ancha extensión que no se hallaba lejana de la alta elevación. La salvia y la hierba crecían espesamente, lo;mismo que en los tiempos de su niñez. La fragancia le llenó -el olfato, y los recuerdos, tristes y dulces, inundaron su imaginación. Halló la roca plana en que él y su her- mana acostumbraban sentarse. ¡Cuánto tiempo hacía ya! Su hermana había muerto. Todas las gentes de su familia habían desaparecido.
Nophaie miró a través del valle, en dirección a la hendidura en forma de V que se señalaba en el lienzo de montaña meridional. El estrecho arroyuelo, semejante a una cinta, brillaba con intensidad al salir del desfiladero. Allá arriba, donde el desfiladero se encerraba entre las altivas cumbres, allí había nacido él. Nophaie recordaba aún la época en que solamente tenía tres años.
«Lo que hay de indio en mí, me habla -se dijo-. Habría sido mejor para mí que hubiera sucumbido a la epidemia que me atacó. Aquel orificio de las rocas fue mi hogar… y este valle mi terreno de juegos. Ya no son ni hogar ni terreno de juegos. Ya no existe mi familia. Las hazañas de los indios han muerto. Sus glorias y sus sueños se han desvanecido. Su sol se ha puesto. Los que sobreviven a la bebida, a la enfermedad y a la pobreza, que se les ha impuesto, serán, inevitablemente, absorbidos por la raza que los ha arruinado. ¡Sangre roja en venas de sangre blanca! Eso significa que la raza blanca ganará la batalla y que los indios desaparecerán… Nophaie no tiene todavía treinta años pero ya se siente viejo. Está perdido, está vencido. Nada resta para él. También el debía desaparecer. Este lugar debería ser su tumba. ¡Bajo la salvia!… ¡Muerte, sueño, descanso, paz…!
Aunque la inteligencia de Nophaie se negaba a admitir el fatalismo indio, debía de ser fiel a sus instintos, no a su inteligencia. Todavía era joven. La guerra no lo había destrozado. La epidemia no había podido matarlo. Su cuerpo era duro como los cedros del desierto, su espíritu era inapagable como la luz del sol. Por cada día que viviera, podría mitigar un poco más la miseria de, su raza, en el caso de que decidiera hacerlo. Pero aquel odio… el odio contra Blucher y Morgan, contra todos los hombres blancos que habían engañado a los indios… aquello era el cáncer de su alma. Ni la vida instintiva del indio, ni otra vida regida por su ilustración blanca podrían ser felices en tanto que el odio agitase su sangre. Y en aquel momento relampagueó en su imaginación el pensamiento de;que el amor de Marian, que le había sido donado con la maravillosa fortaleza y la generosidad propias del corazón de una mujer blanca, debía sobreponerse a su odio, compensarle de todos sus sufrimientos y elevarle a un estado más alto que la amargura, el resentimiento o la venganza. Ella le había recompensado de todos los dolores y las ofensas que las gentes blancas, las del pueblo de Marian, le habían inferido.
Al llegar a tal punto, Nephaie percibió la ignominia de su amargura. Su amor por Benow di aleaste, el amor de ella por él, no parecían tener poder sobre el odio. Se necesitaba algo más. Y repentinamente, supo que aquél era el significado de la extraña interrogación, de aquel viaje a Naza.
Nophaie continuó inclinado durante mucho tiempo entre las sombras que le rodeaban. Unas blancas estrellas miraban desde la altura las negras ruinas. El viento frío de la noche comenzó a lamentarse entre ¡as matas de salvia. Las llamas de la hoguera brillaron, ante el fondo negro de la meseta. Desde un punto muy lejano del valle llegaba el débil balido de unos corderos, triste, quejoso, representativo de la vida en el solitario desierto.
Bajo la luz sonrosada del alba, entre el silencio, con el sol naciente a sus espaldas, Nophaie llegó a una senda borrosa que ascendía desde las tierras bajas basta la altura de la primera inclinación roja y que cruzaba una zona llana de rocas para subir nuevamente a mayor altura y morir en las elevaciones cubiertas de pinos, de salvia y de cedros. Tras él, las audaces colinas de roca se erguían en el valle. Nophaie volvió la cabeza para mirar tras de sí, para ver los monumentos naturales de piedra, oscuros y mayestáticos, ante la blancura de las nubes.
Nophaie pareció aspirar la fortaleza de la Naturaleza que 1e rodeaba, del aromático viento fresco, recogerla de sus propias angustias, que intentaban adueñarse de su ánimo. Y no, era que creyera que volvía, de nuevo, a:su propio ambiente, aun cuando las alturas de Nothsis Ahn se hallarían muy pronto bajo su vista; antes le parecía que hallaría un algo nuevo, un algo fortalecedor para su alma.
Subió una pendiente desnuda de roca, una pendiente gradual, ondulante y accidentada, llena de abismos y elevaciones, de desfiladeros y de oquedades, siempre de roca desnuda. Luego volvió un ancho recodo de piedra, y dejó de ver lo que tras de él se hallaba. Al fondo se tendía una lisa extensión, millas y más millas de terreno enrojecido por las rocas y verde por la vegetación, que llegaba hasta la falda de otra montaña. Nophaie avanzó al trote y llegó al plano cinturón, que desembocaba, al fin, en un estrecho y profundo desfiladero. El desfiladero semejaba bostezar bajo él con su media milla de profundidad, con accidentados, costados, excesivamente quebradas para que en ellos pudiera haber una senda india. Nophaie desmontó y continuó marchando con el caballo cogido de las bridas. El descenso al seco desfiladero, bajo las rotas elevaciones y a través de un laberinto de rocas grandes y rojas, hasta llegar a una región de; coloreada arcilla polvorienta, fue acogido con creciente alegría. El antiguo impulso físico, la necesidad de esfuerzo de los músculos, la lucha contra fuerzas desconocidas a costa de sufrimientos, todo esto revivió en Nophaie.
Nophaie llegó, finalmente, a la base de una elevación gris cuando la oscuridad se espesaba, e instaló su campamento entre los cedros. Comenzaba a salir de la colonia india.
¡Era muy pequeño el riesgo de hallar indios en su camino desde aquel momento! Y el joven experimentó una especie de consuelo que lo avergonzó. ¿Huía de su raza en más de un aspecto? Veinticuatro horas y una cantidad doble de millas le habían alejado inconmensurablemente de los fugares familiares y de las emociones de raza. Comenzó a ser más fácil para el observar, el escuchar, el sentir, el oler, percepciones que engendran felicidad. i Si pudiera entregarse plenamente a estas sensaciones,…
La noche era fría, el viento plañía entre los cedros, los coyotes aullaban.
A la mañana siguiente, Nophaie escaló la desnuda montaña que parecía inescalable. Semejaba una barrera contra las pasiones humanas. Cansado y sudoroso, anonadado por el calor, se dejó caer en el suelo. Diez días antes había sido abandonado por su tribu, que la consideró colmo hombre muerto. Pero sus amigos blancos le habían cuidado y atendido. Su novia blanca rezó por su vida. Benow di cleash no lo había confesado; nadie se lo había dicho, pero él lo sabía. Y estaba vivo. Era un hombre.
Nophaie se puso trabajosamente en pie y montó el caballo. Un, algo inefablemente dulce y preciso aleteo sobre él. No pudo comprender qué sería.
Y recorrió millas y millas de tierra de salvia y cedros. A mediodía, la terrible quebrada de los Nopahs se abrió ante él. Era ancha y muy profunda y estaba señalada por taludes de diversas tonalidades, de arcilla gris, lila, heliotropo, malva… No había vegetación. Era solamente un abismo estéril. Se abría en un seno en que todo era oscuro, indistinto, grande. Mirando hacia abajo, Nophaie experimentó una emoción de triunfo. Estaba seguro de que cruzaría aquel desfiladero en que los Nopahs jamás habían puesto las plantas.
La dura prueba consumió el resto del día. Nophaie se abstrajo en la contemplación de las pendientes y los abismos, de las tierras deslizantes en que asomaban las rocas, del resplandor rojo de las peñas, del vívida color de los algodoneros, del destellante arroyo…
Su recompensa se concretó en la ondulante,meseta cubierta de salvia purpúrea y de verdes cedros coronada por el noble Nothsis Ahn. Resquebrajaduras blancas, negros cinturones de abetos, relámpagos de nieve blanca… De este modo volvía la Montaña de la Luz a Nophaie. Era la misma de siempre. Pero había cambiado. ¿Cómo podrían las guerras de los hombres haber afectado a Nothsis Ahn? ¿Qué le sucedía a Nophaie? Al mirar nuevamente hacia abajo, observó que en realidad nada le sucedía. Pero esta idea parecía hallarse representada en la calma, la fortaleza y el alma de la montaña.
El sol se hallaba muy bajo en el oeste. Nophaie escogió una extensión de salvia descubierta, tras de la cual brotaban los cedros, para instalar el campamento bajo la mirada de Nothsis Ahn.
Dos días más tardes, Nophaie había.cruzado las tierras altas y viajaba en su descenso bajo la vertiente norte de la gran montaña, más y más profundamente en el seno de los desfiladeros.
Allá abajo reinaba el verano. El aire, cálido y fragante, se movía perezosamente. Árboles verdes y hierba, flores y superficies plateadas bordeaban los dédalos de estrechos y rojos pasos. La maleza india añadía su bermellón al coloreado panorama. Nophaie descendió más y más entre las resplandecientes laderas, bajo la sombra o el sol, a través de los murmuradores arroyos sembrados de peñas, junto a orillas de musgo ambarino y blancos lirios, a través de las espesuras de robles y de algodoneros verdes, más abajo, hasta llegar al bien recordado y querido lugar en que durante tanto tiempo había vivido en la soledad… a su Desfiladero de las Muros Silenciosos.
Nophaie permaneció allí durante la noche y el día siguiente. En aquel profundo abismo en que el agua y la hierba abundaban, el caballo aprovechó las horas de estancia. En lo que se refería a él mismo, Nophaie caminó valientemente para hacer que aquellas horas adquirieran el sentida de las horas de! un indio contento y satisfecho de las cosas naturales. No obstante, percibió que una onda de emoción se adueñaba de su ser. Algo se hallaba a punto de reventar en su interior, como so rompe una represa. Y, sin embargo, comprendió que a cada momento que transcurría se alejaba más y más y se elevaba más y más de y sobre una pasión semejante a la de Beeteia. El poder de una fuerza de que tenía plena conciencia parecía tomar gradualmente posesión de su alma.
Recomenzando nuevamente su peregrinación a la hora del crepúsculo, Nophaie cabalgó durante toda la noche en dirección a Naza Boco, el desfiladero de grandes profundidades en que se ocultaba el gran dios Nopah.
La luz del día habría arrebatado al viaje un algo de su extraña esencia espiritual. Las sombras que se acurrucaban al! pie de las estribaciones tan pronto parecían negras coma plateadas. El arroyo de cielo azul y acuchillado por las estrellas que se veía en lo alto se estrechaba entre loas negros bordes de las montañas a medida que Nophaie descendía hacia las entrañas silentes de la tierra. Cada hora que pasaba aumentaba la impresión de que algo grande, intenso, definitivo le esperaba al final de su viaje.

Llegó el alba con un cambio apenas perceptible del negro en gris. La luz del día la siguió desganadamente; lentamente. Y esta luz descubrió a Nophaie los costados, estupendamente elevados, de Naza Boco. La salida. del sol anunció su presencia coloreando y cubriendo de oro las cimas de las elevaciones. Esta coloración de oro descendió con lentitud.
Nophaie dio vuelta al llegar a un saliente de rocas y se detuvo sorprendido y emocionado.
¡Naza! El puente de piedra…, el dios de los Nopahs se arqueaba magníficamente ante él, de oro sobre el cielo azul. Nophaie miró absortamente, durante unos instantes, y luego continuó cabalgando. Al principio le pareció irreal lo que veía. Pero, por muy grande que fuera, por mucho que se elevase, a pesar de la grandeza de su presencia, Naza era solamente una obra maestra de la Naturaleza, manchada de rojo y de listas negras, accidentada y quebra- da. El viento y la lluvia, la tierra y el agua eran los dioses que habían esculpido a Naza. Pero el flecho de que la ilustración de Nophaie le permitiese comprender la acción de estos elementos no mitigó ante sus ojos su infinita potencia.
Y avanzó bajo el puente, cosa que ningún Nopah había hecho antes que él. Las grandes masas de sus costados no se desmoronaron; el arroyo azul del cielo no se entenebreció; Nothsis Ahn, mostrando su corona blanca y negra a mucha altura sobre el desfiladero, no atronó contra Nophaie por lo que para cualquier otro Nopah habría constituído, un sacrilegio. Nada sucedió. El lugar era hermoso y estaba solitario, y había en él una fragancia seca y apa- cible.
Nophaie descargó y desensilló, a la sombra de un cedro. Hacía calor en el desfiladero. Nophaie empleó el día, largo y austero, en observar el puente desde distintos puntos de vista y en esperar que sucediera lo que habría de sucederle.
Y llegó la lenta puesta del sol, espectáculo extraño visto desde las profundidades del desfiladero. Nophaie observó el maravilloso cambio de colores, desde las tonalidades del arco iris de los cielos hasta la rosada y dorada coloración que tocó las nevadas alturas de Nothsis Ahn. El crepúsculo fue lento, más lento que en cualquier otro lugar que Nophaie pudo recordar. Fue una hora llena de belleza y bañada de un significado de algo eterno para él.
Cavó la oscuridad. El bajo murmullo del arroyo pareció aumentar la impresión de la soledad. Los búhos se lamentaban intermitentemente con su melancólico ulular. Naza se erguía, sombrío y triunfante, siluetado ante el cielo, coronado de estrellas de plata. Nophaie vio como la Osa Mayor cambiaba de posición. El puente cobraba durante la noche un aspecto misterioso y espectral. La noche aumentaba su magnificencia.
Nophaie no durmió; ni siquiera cerró los ojos. Cada momento que transcurría le aproximaba más a lo que esperaba que fuese una iluminación de su inteligencia.
Al acercarse el alba, una luz débil y verde se reflejó en la faceta del monte que miraba al sur. La luna se elevaba. Después de unos instantes, c1 resplandor se hizo más intenso. Muy pronto, la sombra del puente se marcó sobre el lado opuesto, y bajo el arco brilló una pálida luz de luna, fantástica y bella.
Después de veinticuatro horas de vigilia bajo aquel altar, Nophaie oró. Recordó con toda su pasión las oraciones de los Nopahs y las pronunció en voz alta, en pie, erguido, con el rostro iluminado directamente por la luz de la luna. Su impulso había sido místico e ingobernable. Llegaba hasta él desde su pasado, desde los oscuros días de su niñez. fue el último destello moribundo del misticismo y la superstición de un indio. La sinceridad y el fervor con que recitó las plegarias no fueron iguales a los de su pasado. Pero las plegarias le dejaron frío. La desesperación encadenó su alma, y luego, de modo extraño, dejó de ejercer presión sobre ella. Nophaie era libre. Y lo comprendió plenamente.
El tiempo cesó de existir para Nophaie. La tierra y la vida parecieron inmovilizarse.
¿Volvería a haber una nueva aurora? ¡Cuán encerrado se hallaba en los confines rocosos de la tierra! Finalmente, halló un asiento bajo un enorme saliente de roca, desde donde volvió a mirar con ojos nuevos. ¿Cuál era el secreto de Naza? Aquel nombre era indio y había sido transmitido por los primitivos progenitores de los Nopahs, que procedían del Norte. ¿Había algún secreto? El espíritu que moraba en aquella magnífica mole de piedra era solamente una investidura del alma del hombre. La imaginación india estaba todavía luchando a mucha distancia en las oscuras sendas del progreso y de la civilización. Una superficie negra a un lado, una superficie de blanco mármol en el otro, ambas se elevaban hacia el cielo azul y cuajado de estrellas; y a través del opaco espacio arqueado, la roca espectral parecía más grande entre las sombras de la noche.
Nophaie lo vio como si la, ceguera hubiera abandonado sus ojos, lo vio con toda su fortaleza y en toda su desnudez, con su conmovedora belleza y su aterradora maravilla. Pero se había convertido en una cosa física, inanimada, estática. Era precisa la maciza inclinación de los costados para mantener el audaz arco. ¡La belleza sostenida por la piedra desnuda! ¡La sublimidad lebrada por el agua y el viento! ¡ Elementales herramientas de los siglos! i Un monumento al espíritu de la Naturaleza! Pero no podía sobrevivir…
¡Nata! ¡El dios indio, el dios Nopah! ¡El puente de piedra arenisca! ¡Cuán grandes los dos lados que unía! Aquellos costados habían sido abiertos por el fluir del agua, por el soplar de los vientos. Millares de millones de toneladas de tierra habían sido arrastradas… para dejar a Naza tan magníficamente en donde se hallaba, como si fuera imperecedero. Pero no era imperecedero; estaba sentenciado. Debía caer o ser arrastrado. Aquella tremenda belleza de línea y color, aquella mole imponente habrían de ser, a medida que el tiempo transcurriese, pequeños granitos de arena que corriesen a lo largo del arroyo murmurador.
Y entonces llegó a Nophaie el secreto de aquella atracción.

XXIII

Desde el puesto comercial de Kaidab, Marian observaba el horizonte del desierto con ojos empañados por su angustia.
Nophaie estaba ausente desde hacía más de dos semanas. Y los acontecimientos de los últimos días y de las últimas noches habían interrumpido la acostumbrada tranquilidad de la casa de los Withers. Una noche, signos de fuego brillaron repentinamente sobre todos los puntos elevados que rodeaban a Kaidab. Al día siguiente llegaron unas cuadrillas de indios silenciosos y hoscos que apenas se detuvieron en -el establecimiento comercial. Este hecho carecía de precedentes. Ni siquiera la señora Withers pudo sonsacar a ningún indio noticias respecto a lo que se proyectaba. Pero el comerciante dijo que no tenía necesidad de que se le informase.
- Van a desarrollarse conflictos en Mesa -dijo- Estoy seguro de no haber visto a los indios en una actitud coma la actuar desde que mataron a mi hermano, hace muchos años.
Y aquella misma tarde se: alejó en su automóvil.
Por la noche brillaron más hogueras. Marian se dirigió en unión de la señora Withers, y de otras señoras a cierto lugar desde el que podían apreciarse las señales de fuego que se hacían desde las cumbres del Eco. A Marian le parecía que los cielos se habían inflamado en fuego. Lo mismo ella que la señora Withers permanecieron silenciosas, sin unirse a las ruidosas exclamaciones ni al temor de sus acompañantes. La esposa del comerciante había pasado su vida entre los indios, y su rostro era un augurio de calamidades.
Al día siguiente, muchos indios llegaron conjuntamente al establecimiento. Después, con la llegada de la oscuridad, el magnífico espectáculo de las hogueras se repitió. Hacia medianoche, todas se extinguieron.
Marian permaneció despierta y sin sueño, en su pequeña habitación. Algún, tiempo más tarde, el zumbido de un motor de automóvil, atrajo su atención. Withers regresaba, y el hecho de que lo hiciese parecía tranquilizador. Mas el zumbido del automóvil pasó a gran velocidad ante el comercio. Esta circunstancia desanimó de nuevo a Marian. Era una cosa que no había sucedido jamás. Kaidab era un punto de parada para todos los automóviles, a cualquier hora del día o de la noche. Desde aquel momento en adelante, Marian durmió, aunque con sueños cortos, y se vio asaltada de extraños temores.
A la mañana siguiente:se hallaba al borde de la desesperación. Alguna calamidad había caído sobre Nophaie, puesto que no siendo así, habría regresado mucho tiempo antes. Marian relacionó, hasta cierto punto, su ausencia con el levantamiento de los indios Nopahs. Sin embargo, no dejó de recorrer con la mirada el horizonte del desierto, en tanto que erraba por que Nophaie se presentase ante su vista.
No obstante, su atención fue atraída en otra dirección. El zumbido, de otro motor de automóvil originó la ansiedad de Marian, que corrió desde el pórtico hasta el portillo de entrada. Unas nubes de polvo avanzaban rápidamente por la carretera hacia el establecimiento comercial. Al cabo de unos momentos las nubes desaparecieron. Marian observe el punto en que la carretera se doblaba hacia la pendiente. Un automóvil se presentó muy pronto ante su vista. Marian pensó que lo conocía. El conductor parecía hacer caso omiso de los peligros para el automóvil o para sí mismo. Marian corrió al exterior.
Un momento más tarde se encontraba en presencia de ella Withers, que estaba completamente cubierto de polvo v suciedad.
- ¡Buenos días, Marian! - dijo el comerciante.
- ¿Dónde andan los demás? He venido, a gran velocidad. Pero las malas noticias corren más que el viento en el desierto, y quería llegar aquí antes que ellas.

- ¿Malas… noticias? - tartamudeó Marian.
- Creo que lo son - contestó:sombríamente Withers -. Entre en la casa y busque a mi esposa.
- ¡Nophaie!… ¿Lo ha visto usted? - susurró Marian.
- Está usted tan blanca como una hoja de papel, muchacha. ¡Y está temblando, además! Bien; no es extraño. Pero será preciso que se prepare para oír lo peor… Traje a Nophaie en el automóvil de Presbey. Está vivo… y, por lo que he podido ver, no está herido. Pero no se encuentra bien… ¡Es extraño!… Ahí viene mi esposa. También parece estar asustada.
En tanto que Withers medio la conducía y medio la empujaba hacia el interior de la casa, Marian luchó desesperadamente por alejar de sí la negrura del desmayo que amenazaba acometerla. Withers la forzó a tomar asiento, y permaneció en pie en tanto que se limpiaba el polvoriento rostro.
- Esposa, estás tan pálida y tan desalentada como la propia Marian - comenzó diciendo Withers. Luego, habiéndose limpiado el rostro, exhaló un ruidoso suspiro y se dejó caer sobre una silla -. Escuche: la sublevación de Beeteia ha tenido más. importancia de lo que suponía- mos. ¡Es raro! Es lo más extraño que he conocido durante mi existencia en el desierto… Cuando llegué a Mesa, había una multitud compuesta de más de un millar de Nopahs y de Nokis, los cuales gritaban ruidosamente y esperaban que Morgan y Blucher se presentasen ante ellos. Afortunadamente, tanto Blucher como Morgan se hallaban ausentes… porque, según he podido decir, habían ido a parar a no sé dónde con el fin de expulsar de la colonia a un pobre diablo. Los indios creyeron que habrían ido a Washington en busca de soldados. Y se aplacaron un poco. Luego, los indios viejos los arengaron y les hablaron acerca de la locura de tal sublevación. Beeteia fié obligado a marcharse, con el fin- de evitar su encarcelamiento. Hasta aquí todo va bien…
Withers se detuvo para descansar un momento, acaso para escoger palabras que no, contribuyesen a sobresaltar más a las dos atemorizadas mujeres.
- Anoche recibimos noticias de que el establecimiento de Presbey iba a ser quemado - continuó el comerciante -. No lo creí, puesto que Presbey disfruta de buena reputación entre los indios. Pero, de todos modos, la cuestión me preocupó. Ésta fue la causa de que saliese de Mesa y me dirigiese a la residencia de Presbey. Me alegré mucho cuando vi que su establecimiento estaba. salvo e indemne. El propio Presbey salió a recibirme, y vi que se hallaba muy excitado. Presbey me dijo que Morgan, Blucher y Glendon se habían ocultado durante toda la noche en su establecimiento, de donde habían salido unos momentos antes para seguir la carretera que corre a lo largo del borde de la quebrada. Presbey añadió que du- rante los últimos tres días pasaron ante su establecimiento muchísimos indios. Ayer, todos se marcharon y anoche llegaron Blucher y Morgan.
- Oí su automóvil. Creí que sería el de usted - dijo Marian.
- Bien; en tanto que Presbey y yo estábamos hablando, llegaron tres indios - continuó Withers-. Supusimos que sucedería algo lamentable, y supimos que Shoie se encontraba en la boca del Nugi con una cuadrilla de indios, de Nopahs. Estos indios se dirigían al establecimiento de Presbey con el fin de prenderle fuego, cuando fueron detenidos por Nophaie. Por esta causa, y después de haber pedido a Presbey que me acompañase, me dirigí a las tierras altas. En la boca del Nugi, como he dicho, encontré a Shoie acompañado de unos doscientos indios. Nophaie so hallaba entre ellos, tumbado bajo un cedro y junto a mi caballo, al que evidentemente había forzado a hacer una carrera de muerte. Shoie se hallaba con él. Al principio creía que Nophaie estaba muerto, pero se hallaba vivo, aun cuando agotado completamente. Shoie no podía hablar, naturalmente, y los- indios tenían una expresión adusta y amenazadora. Necesité mucho tiempo para poder obtener referencias fragmentarias de lo que sucedía. Pero estoy seguro de haber averiguado la verdad. Nophaie oyó que Shoie se encontraba en las tierras altas y se disponía a realizar algún mal. Solamente se necesitaba mirar a mi caballo y observar el estado en que se hallada Nophaie para comprender que la carrera que había realizado había sido larguísima y fatigadora. Como quiera que fuera, Nophaie consiguió adelantarse a Shoie y evitar que se incendiase el establecimiento de Presbey. ¿No es una extraña coincidencia que Blucher y Morgan se hallasen en aquel mismo momento ocultos en la tienda de Presbey? Shoie los habría quemado vivos. Nophaie es el único hombre que podría detener a Shoie.
- En ese caso… ¿Nophaie salvó las vidas… a Morgan… a Blucher… y a Glendon? - exclamó la esposa del comerciante.
- Así es - contestó amargamente Withers -. Es una cosa que no puedo comprender completamente… Presbey llegó a1: calco de unos momentos, y decidimos instalar a Nophaie en su automóvil, que es más espacioso que el mío. Llegarán ele un momento a otra.
Muda y emocionada, agitada por una convulsión quo le oprimía el pecho, Marian corrió a su habitación, cerró la puerta y bajó las persianas. Necesitaba oscuridad. Quería esconderse aun para su propia vista.
Luego, en la penumbra de la pequeña habitación de adobe, sucumbió al furor de una mujer que, por una vez en su vida, revertía a los instintos primitivos.
¡Oh! Yo misma sería capaz de matarlos con mis propias manos», se dijo ahogadamente. No sabía que en su interior existiesen tales negras profundidades. Se creyó más posesa de furor que una madre a quien hubiesen arrebatado su hijito. Solamente anhelaba destruir. Si no hubiera sido por el desmayo que se apoderó de ella, habría sido capaz de maltratarse físicamente a sí misma.
Cuando la imaginación se le hubo aclarado, se encontró tumbada en el lecho, desmelenada y agotada. Y comprendió lentamente los estragos que en su ánimo había originado la pasión. Se asombró al observar la presencia de aquellas violencias, hasta entonces desconocidas de ella, pero no se excusó ante sí misma ni hizo alegatos en su favor. Un momento después, con la vuelta de sus acostumbrados sentimientos, abandonó el lecho y se arrodilló para dar gracias a Dios. Pues había adivinado que Nophaie había sido dominado por el espíritu de Cristo. Nophaie había sido siempre un hombre obediente a impulsos gene- rosos, heroicos, rápidos; pero el hecho de que hubiese salvado al triunvirato de Mesa de la venganza de los indios de la casta de Gekin Yashi y de la terrible muerte por fuego, solamente podría significar que su alma se había salvado en la peregrinación a Naza. Marian lo supo con absoluta seguridad.
Una llamada a la puerta interrumpió sus plegarias. -Salga, Marian - dijo la señora Withers -. Nophaie ha llegado.
Poniéndose en pie por medio de un salto, Marian permaneció durante unos instantes inmóvil, temblorosa y absorta.
Necesitó solamente unos momentos para alisarse el cabello y arreglarse un poco, de modo que medio se borrasen las huellas que les tribulaciones y la emoción habían dejado en su rostro. Luego abrió la puerta v salió al amplio vestíbulo. Cuando lo hubo cruzado, y después de haber atravesado la salida para dirigirse hacia la puerta, se había asentado interiormente.
A través de los verdes algodoneros, Marian vio un automóvil que se había detenido ante el portillo, y al que rodeaba una excitada multitud. La señora Withers se encontraba ante el abierto:portillo. Marian se detuvo al llegar a fa puerta. Desde allí vio un pie calzado de mocasines, y a continuación dos piernas cubiertas de para amarilla que descendían lentamente del vehículo. Más tarde vio un cinturón adornado de plata y una camisa aterciopelada. Todo esto era conocido de ella. Y todo se movía para acercarse a ella. Su corazon pareció hincharse hasta el punto de hacerse doloroso. A continuación, el rostro oscuro y la cabeza descubierta de Nophaie se le hicieron visibles. Withers y otro hombre lo; ayudaban a descender del coche y a caminar.
La mirada de Marian se clavó en; él. Su cuerpo, alto y esbelto, tan lleno de viveza y fortaleza, parecía el mismo de siempre. Y entonces vio distintamente su rostro. Brillaba en él una especie de alegre tristeza. Y Nophaie dirigió una sonrisa a Marian. Y repentinamente el frío terror y las angustias de Marian se desvanecieron. Y corrió para detenerse ante el grupo qué avanzaba.
- ¡Nophaie! - dijo trémulamente.
- Toda está bien - replicó él.
Se hizo en favor de Nophaie cuanto fue humanamente posible. Pero resultaba evidente que se hallaba moribundo y que el último alentar de su espíritu había sido fervorosamente reservado para aquel momento en que había de encontrarse ante la mujer blanca.
Marian se arrodilló ante él.
- Nophaie… Tu peregrinación;… no ha sido… vana afirmó ella emocionadamente -. Encontraste…
- A tu Dios y a mi Dios… Benow di cleash - susurró él; había una mística adoración en la mirada que fijó en ella-. Ahora, todo está bien… ¡Ahora… todo… está… bien…!
Algunas horas más tarde, Marian se hallaba ante la puerta, de la casa y observaba como los indios se alejaban bajo la luz del crepúsculo.
Fue un, magnífico crepúsculo; el Oeste se inflamaba de una coloración intensamente doradas y rojiza que:se extendía y amortiguaba en dirección, al Norte.
Ante aquel glorioso fondo, los indios se alejaban en compactos grupos, en largas líneas, en pequeñas reuniones; finalmente, por parejas o aisladamente. Era un desfile austero y triste. Los apesadumbrados indios y los cansados mesteños se perdieron lentamente en la lejanía del desierto. Shoie, el indio sin lengua, fue el último en ponerse en marcha. Lejos, al fondo, las; formas oscuras, siluetadas ante el oro puro del horizonte, comenzaron a desvanecerse como si en realidad se internasen en aquel cielo profético y hermoso.
- Es simbólico - dijo Marian -. Se desvanecen… se desvanecen… ¡Oh Nophaie!… Es solamente cuestión de un poco de fugitivo tiempo…
¡Mi Nophaie… el guerrero… desaparece antes que ellos!… ¡Todo está bien!.
Finalmente, tan sólo un indio quedó ante el oscureciente horizonte: el solitario Shoie, inclinado sobre la silla, figura melancólica y extraña ante el moribundo sol… marchando… disminuyendo… borrándose… desvaneciéndose… desvaneciéndose…

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario