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jueves, 8 de junio de 2017

Meseta Negra (Zane Grey)

Meseta Negra
Zane Grey

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Dos hombres —uno huyendo de un pasado sombrío y el otro escapando de unos recuerdos que le atormentan— llegan al desierto al pie de Meseta Negra para establecerse con un rancho de ganado, pero un despiadado comerciante podría arruinar sus planes.
Vaqueros y romance al estilo de Zane Grey.
Capítulo primero
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
notes

Zane Grey
MESETA NEGRA
— oOo —
Título Original: Black Mesa
Fecha 1ª edición Original: 1955
Traducción: Miguel Giménez Sales
Editorial: Editorial Molino
ISBN: 84-272-1138-4
Fecha publicación esta edición: 1981
— oOo —
Capítulo primero

SURGIENDO de la base musgosa de un acantilado situado debajo de la escarpada mesa de la Meseta Negra, había un pequeño manantial de agua alcalina. Era el único oasis de aquella desolada región en muchas leguas a la redonda. El indio llevaba allí a sus mustangos, y la squaw[1] llenaba en aquel manantial su olla de barro; el vaquero conducía su ganado por la divisoria puntuada por cedros hasta la cascada, y el viajero seguía la senda pedregosa buscando la extraña y clara balsa. Los rastros del jaguar y otros felinos destacaban en las arenas rojizas. El ciervo y el coyote, y también el conejo, saciaban allí su sed. Pero las criaturas aladas del desierto, aquéllas cuya visión les permitía dominar desde gran distancia, jamás visitaban el pie de la Mesa Negra.
Los navajos, cuando vadearon el río Colorado en el Cruce de los Padres, le pusieron al manantial el nombre de «Aguas Amargas». Noddlecoddy, el viejo jefe navajo, comentó en una ocasión:
—No es agua buena, pero sostiene la vida.
Un célebre geólogo, al estudiar la región, observó que la naturaleza del hombre y la bestia dependientes del agua de aquel manantial y de las pésimas condiciones de la comarca, debían de compartir su cualidad dura y amarga.
Dos jóvenes se hallaban sentados en una roca del risco poblado de cedros, desde donde la vista abarcaba el puesto comercial, el manantial, la Mesa Negra y el desierto sin límites que se extendía más allá.
—Paul, acabas de preguntarme qué me parece este lugar —manifestó el más joven, un vaquero de rostro atezado y delgado—. Cáscaras, opino que es un infierno y que no me gustaría morir aquí.
Su compañero echóse a reír con cierto pesar ante aquella franqueza.
—Lo siento —dijo—. A mí me gusta. Tal vez tú hayas explicado el motivo.
—¡Narices! —replicó Wess Kintell—. Yo no he explicado nada.
—Creo que «infierno» es un epíteto bastante descriptivo. Si el mismo no explica cómo es Aguas Amargas, no lo explicará nada.
—Pensándolo bien, no lo sé. En mi vida he rodado por muchas regiones, pero jamás estuve en una semejante a ésta. Y me gustaría echarle un buen vistazo antes de poder decir qué es lo que me da escalofríos en este lugar.
—No le falta color, belleza ni magnificencia —observó Paul Manning pensativamente—. De todos modos, existe una diferencia entre esto y el Desierto Pintado que dejamos atrás, o la región llena de cañones del otro lado. Y esta diferencia es precisamente lo que me atrae.
—¿Ya habías estado aquí?
—Una sola vez. Cabalgué por muchos sitios antes de llegar a Aguas Amargas. Trataba de encontrar un lugar donde quedarme. Es éste. Me fascinó esa enorme meseta protegiendo el puesto comercial. Es como el guardián de la soledad y la paz que privan en este desierto.
—¿Paz? Hum... Creo que ya te he entendido —asintió Kintell lentamente—. Tengo mis ideas propias respecto a ti, Paul. Y si alguna vez he visto a un hombre desdichado, ése eres tú. Pero esto no me permite adivinar por qué me has traído aquí.
—Necesito emprender un trabajo. Siempre me atrajo la idea de poseer un rancho, con ganado y caballos. Pero siempre me resultó imposible hasta noviembre pasado en que heredé algún dinero. Ahora puedo convertir en realidad mis sueños, y tal vez todo se arregle para mí. Te aprecio, Kintell. Tú eres el hombre que me ayudará a llevar el rancho.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo presiento.
—Diantre, de acuerdo con mis pasadas experiencias, yo no soy el tipo que necesitas.
—Kintell, una vez ya me hiciste ciertas insinuaciones sobre tu sombrío pasado. Si quieres, puedes contarme todo lo que has hecho, aunque prefiero que no lo hagas. Apuesto por ti.
—¿Tenías ya metido esto en la sesera cuando me sacaste de la cárcel, salvándome el cuello?
—Mi memoria flaquea en este punto. Recuerdo que mis desdichas eran tan intolerables que necesitaba ayudar a algún pobre diablo. Y yo te libré del apuro. Luego, vino mi temporada de borracheras, de la que recuerdo muy poco. Después, la idea fue madurando en mi cerebro y finalmente te he traído aquí.
Mientras Wess Kintell reflexionaba en lo que acababa de escuchar, Paul le contemplaba con mirada penetrante, consciente de la gran simpatía que experimentaba por el joven vaquero. Ninguna otra persona había jamás despertado tal aprecio en el ánimo de Paul Manning desde el golpe que le había cambiado. Y quería continuar con el mismo sentimiento. Deseaba reconquistar su antiguo significado de la existencia, la esperanza y la alegría de antaño, el amor a las aventuras, la ambición de ser escritor, el desafío al futuro, a todo cuanto era antes... Pero, por el momento, no podía meditar de nuevo en la larga y ruinosa historia de sus relaciones con Amy, por lo que cerró la mente a tales recuerdos.
El tejano, si conseguía convencerle, era un hombre en el que podría confiar. Buen jinete, alto, ancho de espaldas, de caderas estrechas y nervudo, más duro de lo que prometían sus pocos años, pero mostrando en su afilado rostro la tristeza, la dureza del ser adulto, desarrolladas por la vida en el Oeste.
—Cáscaras, Manning, ningún hombre hizo tanto por un desconocido, ni por Wess Kintell, como tú —expresó el vaquero con lentitud y esfuerzo. Yo he sido un tonto muy duro, pero siempre todo ha estado en contra de mí, los hombres y la suerte. Y no sé por qué has tomado sobre ti la carga de ayudarme y sacarme del aprieto en que me hallaba. Sí, ya sé, según me contaste, tu apuro era tan grande que necesitabas ayudar a otro tipo que fuese desdichado como tú. Es una idea nueva, pero la comprendo. Bien, ésta es mi mano. Puedes aceptarla por todo lo bueno que hay en Wess Kintell.
Paul experimentó en su ánimo el significado de la zarpa de acero que era la mano del joven vaquero, y de los penetrantes ojos grises. El momento y el lugar no eran corrientes. Algo profundo e intangible vibró desde aquel fuerte apretón a lo largo de los nervios de Paul.
—Wess, me alegro de que le des importancia a este momento. Lo reconozco, aunque tal vez no esté a la altura del mismo. Llevo tanto tiempo abatido... Esta idea mía es casi imposible. Luchar en este terrible desierto puede ser muy fútil.
—Oh, cuando el desierto no mata, cura —repuso el tejano—. Tu apuesta ha sido buena. Y ahora, ¿puedo preguntar qué te ocurrió? He visto a bastante borrachos, pero tu última borrachera la supera a todas. Sí, después de haberme sacado de la cárcel sentí curiosidad por ti. Oí decir que tú nunca tuviste fortaleza para el licor hasta estos últimos tiempos. Tú no eres bebedor, chico, lo sé. No estás alcoholizado... pero últimamente bebiste demasiado. ¿A qué se debió, Paul? Oh, no te importe confiar en mí. Tal vez ello te ayude. Además, yo te comprenderé y nunca más, en ninguna parte, volveré a sacar el asunto a relucir.
Paul se inclinó para esconder el rostro a la mirada de su amigo, a su ojo avizor. No era fácil volver a abrir la herida, volver a sufrir el dolor, la angustia... Pero ahora o más tarde, Kintell tenía que conocer la verdad.
—Fue... por una mujer —explicó escuetamente.
—Lo suponía. ¿Una mujer a la que amabas... y perdiste?
—Sí.
—Hum... También me sucedió a mí en una ocasión. Esto sólo sucede una vez, si se ama de veras. Fue esto lo que me convirtió en un nómada. Maté al tipo... Bah, esto no importa. ¿Murió tu chica?
—No. Me fue... infiel.
—Ya. Esto es peor. Amigo, seguro que se trata de la rubia con quien te vi el otoño pasado. Ahora me acuerdo.
—Sí, la misma.
—No me extraña. Era la muchacha más bonita de cuantas he visto en mi vida. Estuve por aquellos días en Wagontongue, y la recuerdo perfectamente. La vi a menudo. No era muy alta ni delgada, pero ¡vaya tipazo! Y tenía unos ojos capaces de taladrar a un hombre. Unos ojos castaños, maravillosamente bellos y atrevidos. Esa chica no temía mirar a quien fuese.
—Caramba, tienes una memoria excelente, amigo.
—¿Y te dejó plantado?
No hubo respuesta. Kintell miró hacia el desierto. Tenía las mandíbulas fuertemente apretadas. Paul adivinó que su admisión acababa de horadar la armadura del tejano, y en aquel momento Paul casi sintió la tensión del joven, y en su interior se elevó algo que parecía difícil, imponderable, hasta cruel. El vaquero no se habría tomado el asunto tan a la ligera.
Había algo llamado venganza. Y Kintell se habría vengado. Esta idea envolvió a Paul como en una oleada de fuego. Sí, había habido un rival. Mejor dicho, un amante. Pero con la misma rapidez con que se había incendiado, la sangre de sus venas se enfrió.
El tejano alargó lentamente la mano hacia Mesa Negra y el desierto que se extendía más allá... como una reminiscencia del viejo gesto indio.
—¿Crees que esta región te aliviará? —inquirió.
Paul asintió. ¡Aliviarle! Tendió la vista hacia el barranco, con sus laderas corroídas por los aludes, su revoltijo de enormes peñascos, la reluciente balsa bordeada de musgo verde, aunque parecía oscura bajo el sol, el acantilado musgoso con sus vetas grises, el puesto comercial situado en la loma entre los cedros, la parte fronteriza y escarpada de la meseta, salvaje en sus ruinas magníficas, con su elevado reborde que parecía querer alcanzar el cielo. Luego, sus ojos fueron más allá, hacia el desierto gris, y de nuevo experimentó la extraña y vaga familiaridad con este desierto, que le había impulsado a adoptar su rara e inexplicable decisión.
—¿Quién sabe?[2] —murmuró el tejano, como si estuviese solo—. Aguas Amargas, pesadas como los goznes del portal del infierno. Sólo cedros y artemisa. Rocas eternamente en esta tierra yerma, árida. Una montaña negra con un rostro diabólico. Un pueblo comercial para la reserva india. Un grupo de indios quebrantados, que se aferran a la vida en este hediondo agujero. ¡Ja, ja...! Ésta es la fórmula, y mi amigo desea vivir aquí.
Tal deseo parecía fuera de la comprensión del tejano.
—Paul —continuó—, yo he recorrido todo este país. Y los seres humanos que habitan aquí no cuentan. Aquí sólo reina la naturaleza. Este desierto queda cerrado por la nieve en invierno, y entonces es el lugar más helado, más temible, más duro de la tierra. En la primavera, cuando llegan las lluvias, se convierte durante varias semanas en un auténtico lodazal. Luego, hay el polvo y las tormentas de arena, que son una verdadera plaga para la existencia de un vaquero. Se produce como un muro de arena arremolinada, espeso, como un telón, que te envuelve, que te derriba del caballo y te cubre la cara, sofocándote, asfixiándote. Luego, llega el largo y cálido verano con sus terribles relámpagos y sus truenos. Ah, a los tejanos no se les ha perdido nada por esta región. En resumen, es un sitio muy semejante al infierno, sólo habitable para las serpientes de cascabel y los coyotes.
—Wess, pierdes el tiempo si tratas de desanimarme. Todo lo que has dicho sólo sirve para fortalecer mi deseo de quedarme aquí.
—¡Por Dios vivo! —gritó Kintell, con un papirotazo a la rama de un cedro que estaba a su alcance—. Ya te entiendo. Tratas de ayudar a otros pobres diablos, blancos o rojos, como me ayudaste a mí.
—No, no se me había ocurrido esa idea —denegó Paul, rápidamente.
—Seguro que estaba en el fondo de tu mente —replicó el tejano, poniéndose de pie—. Bien, supongo que me necesitarás enormemente. Bajemos y echemos un vistazo a ese lugar.
—Ve tú solo y habla con el propietario de ese puesto. Tú eres ganadero, yo no. Averigua todo lo que creas que puede interesarme. Luego, ven y decidiremos la mejor manera de llevar adelante mi plan.
—Buena idea, jefe. Sospecho que tendré que escuchar muchas cosas y ver muchas más.
Paul contempló el desgarbado vaquero mientras descendía por la ladera rocosa.
—Sí, ese muchacho será una gran ayuda para mí —murmuró, inclinando la cabeza—. Y me ha dado una idea excelente. Ayudar a otros seres humanos... No está mal. Pero si todavía no he salido yo de mi marasmo, ¿por qué he de calentarme los cascos respecto al modo de ayudar a otros? Dicen que la desgracia busca compañía. No la mía. Sin embargo, ¿es la soledad la quietud, la desolación, lo que deseo? ¡Oh, Dios mío!, ¿qué es lo que quiero? ¿Qué me imagino que veré aquí?
Volvió a tender la vista hacia el desierto primero por su parte más próxima, y después hacia la tenue línea gris del horizonte. No logró divisar lo que le había indicado Wess. El sol de la temprana primavera brillaba aceradamente sobre el pequeño valle donde manaba el manantial. Aquel lugar parecía abandonado. Los peñascos rojizos y grises, las laderas de tierra atormentada por el clima, los arbustos, la maleza y los cedros enanos, extendían sus ramas desnudas y torturadas, como brazos, hacia el cielo. Un huerto abandonado y solitario, con una cerca arruinada de postes, un trecho arenoso que pronto engulliría el hilo de agua procedente de la reluciente balsa, el espolón musgoso con sus húmedas filtraciones y sus residuos blancos, la achatada cabaña, con su techumbre de barro y su puerta rechinante.
Mucho más al Norte, el muro quebrado de la meseta y el amontonamiento de grandes rocas, con la masa de los cedros, formando un muro casi inexpugnable... Todo esto pasó lentamente ante la mirada asombrada de Paul, y en lugar de revulsión sólo experimentó una extraña sensación de atracción, como si esas pruebas de los estragos de la naturaleza fuesen una contrapartida del abismo de su alma.
Meseta Negra se elevaba abruptamente al Este, detrás del puesto comercial; y más lejos, sobre las ondulantes líneas de la parte Norte, aparecían las elevadas siluetas de los verdes álamos y los muros blancos y los tejados rojos que indicaban el lugar donde se hallaban la escuela y la estación gubernamentales de Walibu. Paul reflexionó que aquel puesto tan avanzado de la civilización, apenas tenía poder sobre Aguas Amargas.
Mucho más al Norte, el muro quebrado de la meseta se erguía en solitaria magnificencia, hasta unos cien kilómetros más allá, donde sus contrafuertes terminaban en una corona negra contra el cielo azul. Debajo y hacia el Oeste, se extendía el desierto, tan vasto que aniquilaba los sentidos humanos. Veteado por las sugestivas líneas negras del cañón, llegaba hasta la meseta brumosa, techada por franjas de color blanco y púrpura.
El paisaje mantuvo la atención de Paul Manning hasta que empezó a adquirir cierto significado para él. Sin saber por qué aquella región melancólica empezaba a comunicarle la primera impresión ilusoria de paz. Le relajaba. La pequeñez del hombre, su fútil desesperación, su breve existencia... ¿qué era en comparación con aquella extensión indefinida de artemisa, tan amplia como la cúpula celeste de arriba? Durante millones de años, toda clase de criaturas vivas, grandes y pequeñas, habían pasado su corta existencia en aquella vasta soledad, y sus huesos habían servido para alimentar las raíces de la artemisa.
En primer plano, detrás del promontorio donde se alzaba el puesto, un rebaño de cabras se movía entre la hierba, pastoreado por un muchacho indio montado en burro. La solitaria figura del jovencito era el único signo de vida en el paisaje, tornándolo real. Más allá, ondulaba el mar gris de hierba blanquecina y artemisa marchita. Las rocas rojizas, como centinelas, se destacaban a intervalos, acabando por fundirse con la monotonía gris de la región. Esta monotonía se extendía durante leguas y leguas, formando la ondulación del desierto. Pero una vista aguda y un atento examen podían descubrir cambios auténticos o espejismos en aquel mar gris y solitario. Los fantasmas de muros arruinados y castillos derrumbados se entreveían apenas por entre la lejana bruma. Las zonas de peñascos corroídos por las inundaciones encuadraban las alturas que terminaban en los azulados cañones. Mucho más en lontananza, los pálidos espectros de mesetas, conos y acantilados se elevaban por entre la mesa gris, hasta finalizar en un espacio en blanco, más allá del cual la meseta, como un espejismo del cielo, parecía colgar sin sostén de forma irreal.
Aquel océano muerto de melancolía gris, con sus múltiples manifestaciones de ruinas, poseía para Paul Manning una creciente fuerza de absorción. Bajo la parte fronteriza del risco, construiría una casita con un porche dando hacia el vasto paisaje y allí contemplaría cuanto le rodeaba hasta que la fuerza de aquel yermo penetrase en su interior, o hasta que su inquieto espíritu se aquietase para siempre.
De pronto aparecieron las siluetas de un mustango y su jinete contra el cielo, encima del promontorio. Paul oyó las notas de un canto extraño propagado por el solemne ambiente. El indio refrenó a su montura para descender la ladera en dirección al puesto. En aquel momento, Paul divisó a Kintell que salía de la casa junto con un hombre grueso, sin duda el dueño. Éste gesticulaba mucho pareciendo reacio a permitir que el joven vaquero le abandonase. El jinete indio desmontó ante ellos y desató una piel de la silla de montar. Luego, se dirigió al puesto, seguido por el comerciante. Kintell se encaminó hacia el risco donde le esperaba Paul.
Cuando llegó a corta distancia, exclamó:
—¡Las piernas jamás podrán suplir a un buen caballo en opinión de Wess Kintell!
Buscó un lugar donde sentarse y, tras quitarse el sombrero, se enjugó la frente con un pañuelo que estaba manchado.
—Vaya, jefe, no pareces muy curioso.
—No, lo cual me preocupa. Me aferró tan poco a una idea como a un lugar —replicó Paul.
—¡Hum...! Lo último es una buena costumbre..., al menos, respecto a Aguas Amargas. Bueno, el comerciante se llama Belmont. Ese tipo no me ha gustado a primera vista. De todos modos, se mostró muy amable y no tuve la menor dificultad en calibrarle. Dice que procede de Utah. Por ahí he visto a una mujer de gesto avinagrado y a una chica, de aspecto triste. También he oído el llanto de un niño. Belmont les compró el puesto hace dos años a los hermanos Reed. En este territorio tiene bastante ganado. Naturalmente, trafica con los indios. Y finalmente, cosa importante, les vende whisky de ínfima calidad.
—¿Cómo te has enterado de esto último? —inquirió Paul.
Kintell exhibió una botella de licor, que descorchó y olió.
—Toma un sorbo —ofreció, con una mueca significativa. Luego, al ver que su amigo se echaba hacia atrás, arrojó la botella entre las rocas, donde se rompió—. Para mí, nunca más... si he de beber una bazofia como ésta.
—¿No te gustó Belmont? —preguntó Paul, pensativamente.
—No mucho.
—Bien, no importa. Podríamos comprarle el puesto.
—No lo creo. Aquí tiene un buen negocio y no lo venderá. Tampoco quiere un socio en el puesto. Pero opino que sí te vendería algún ganado. No le apreté mucho. Sus reses se hallan fuera de la reserva india y él posee la única agua que hay en varios kilómetros, excepto en Walibu, donde no pueden desperdiciar ni una sola gota.
—El señor de Aguas Amargas, ¿eh?
—Creo que sí. Y si quieres tratar con él, te costará bastante.
—¿Me aconsejas en contra?
—Por supuesto.
—Pero, Wess, éste es el lugar que necesito.
—Entonces, tendrás que tomarlo junto con Belmont. Y créeme, ese tipo no representa la paz. Claro que si llegas a un entendimiento con él, te dará trabajo y techo. Sí, el ganado de Belmont podría ser interesante. De todos modos, no le gustará que yo sea tu capataz.
—De acuerdo. Vámonos al puesto —decidió Paul, consciente del poco afán que sentía por nada—. Y supongamos que antes de hablar con Belmont nos acercamos al manantial y echamos un trago.
Poco después se hallaban ambos amigos de pie bajo el espolón que se reflejaba en la oscura y profunda balsa. Un centenar de regueros de agua goteaban con un rumor sedoso, como los minúsculos granos de arena al azotar la artemisa. La balsa parecía un enorme ojo repelente, claro, oscuro y duro. A la sombra del espolón daba la impresión de gran profundidad. A un lado, una tubería de hierro salía de un barril encajado en una excavación de la roca, de donde surgía un chorro de agua clara, que iba a chocar contra una roca. Por lo demás, la balsa estaba abierta a los animales salvajes y al ganado de la comarca.
Paul se inclinó para beber en la fuente. El agua era amarga y muy fría.
El color, el sonido, la sombra del espolón, la franja blanca alcalina, como sal incrustada, la ausencia de ranas y de insectos acuáticos, y el reborde verdoso... todo ello le otorgaba al paisaje un aspecto abrumador, como una fuerza extraña sobre el visitante.
Las sendas iban en tres direcciones, la más ancha y pisoteada hacia el Oeste, entre el promontorio y la base de la ladera de la meseta. Más abajo de aquella ancha cinta de artemisas y arena, Paul divisó las chozas, semejantes a montones de tierra, las estructuras cubiertas de barro, que eran los hogares de los indios nómadas. Unos perros macilentos, de feo aspecto, ladraban de cuando en cuando. De los agujeros abiertos en las techumbres de las chozas se escapaban columnas de un humo azulado. Una cabeza oscura y desgreñada atisbaba por detrás de una cortina.
Paul siguió lentamente a Wess hacia el puesto. Éste se hallaba casi en lo alto del promontorio, que desde aquel ángulo resultaba muy bajo. Los cedros de corteza gris, con sus ramas retorcidas y desprovistas de follaje, cubrían la altura hasta la casa. Ésta era grande, de forma irregular, tosca y burda, construida de maderos y tablas, y techada con tierra rojiza, en la que medraban lujuriosamente los hierbajos. Evidentemente, habíanse añadido unas secciones tras otras, formando como un conjunto de cabañas, cada cual con su correspondiente ventana, pero con menos puertas al exterior.
El mustango del indio estaba atado con una correa a la barandilla situada frente al puesto. El pequeño animal poseía una mirada vivaz, un morro abultado y una cola en escobón. En la silla de montar se veía una manta colorada bien doblada. En el porche varios indios tomaban indolentemente el sol. Paul estaba acostumbrado a ver indios en Wagontongue, por lo que ya había dejado de buscar a uno que fuese pintoresco. Los del porche parecían salvajes foscos, de pupilas claras, no muy altos. Una squaw salió del puesto. Su rostro era redondo, grande, amable. Llevaba un vestido de colorines, muy sucio, y zapatos de tacón alto que debían ser de charol.
Paul sentóse en el borde del porche.
—Dile a Belmont que salga —le pidió Wess.
Poco después de entrar el vaquero en el puesto, salió del mismo una joven india. Era una adolescente, y su rostro oscuro, con unos ojos grandes, muy negros, y la cabeza en forma de pájaro, con sus trenzas anudadas en la nuca, tenía un singular atractivo. Llevaba una falda manchada y ajada, unos mocasines con adornos plateados, y una blusa de terciopelo púrpura que ponía de manifiesto la rotundidad de su busto.
Entonces, con unas pisadas que estremecieron la endeblez del porche, un individuo de raza blanca, de rostro atezado por el sol, y en la plenitud de su vida, apareció en el umbral del puesto. Con un gesto rudo y familiar le pegó un pescozón a la india en la espalda.
—¡Largo de aquí, Natasha! —le gritó con voz tan grosera como su acción.
La squaw lanzó una risita, pero la muchacha le dirigió al hombre una mirada preñada de odio. Rápidamente, sin hacerle más caso, el individuo, sonriendo, se acercó a Paul.
—Hola, señor Manning. Encantado de conocerle.
Poseía una voz recia, un cuerpo recio y una mano recia. Sus facciones no eran desagradables, pero el conjunto no resultaba grato a la vista. Tratándose de un hombre del desierto, su tez era pálida. Sus ojos mostraban una calidad intermedia entre el verde y el azul celeste. Evidentemente, el hombre era buen bebedor.
Paul le estrechó la mano, murmurando un saludo de circunstancias. Su instinto siempre estaba alerta, e instantáneamente intuyó algo poderoso e inhibitivo en la entrevista.
—¿No quiere entrar? —preguntó Belmont—. Le invito a un trago.
—Gracias, pero me gustaría estar sentado un rato aquí fuera —objetó Paul—. Belmont, deseo hacerle una proposición.
—Eso me dijo su amigo. De acuerdo, le escucharé con gusto.
Paul llamó a Wess, que trataba de flirtear con la muchacha india. La joven meneaba la cabeza y retorcía sus morenas manos entre los pliegues de su falda. Parecía una bestezuela salvaje y tímida.
—No sé —continuó Paul, mientras Belmont se acomodaba a su lado y Wess también se sentaba en cuclillas a imitación del estilo indio—, en realidad, qué clase de proposición deseo hacerle.
—Ganado —intervino Wess escuetamente.
—Me parece estupendo —afirmó el comerciante, restregándose las gruesas manos con entusiasmo. Sólo poseo unas mil cabezas. Lo cierto es que no puedo atenderlas. Y los indios son perezosos. Pero entre este puesto y el río podríamos tener unas diez mil. No muy lejos de aquí hay una gran cuenca, con una ladera muy extensa, exposición al Sur y buena hierba, donde la nieve se funde con rapidez.
—Por el momento, creo que el señor Manning no desea meterse en ningún asunto ganadero —volvió a intervenir Wess—. A lo sumo, compraría una parte de sus intereses. Luego, si el negocio prospera, se metería más a fondo.
—Entiendo —asintió Belmont, claramente defraudado—. Bien, consideraré la venta de la mitad de mis intereses y la provisión de agua. Un socio que cuide del ganado.
—Esto me parece justo y razonable —opinó Paul.
—Seguro —corroboró Wess—. ¿A cuánto la cabeza?
—A cuarenta dólares.
—Demasiado caro. En Wagontongue venden el ganado a treinta la res.
—No discutiremos mucho por esto —replicó el comerciante con impaciencia.
—¿Caballos?
—Gran cantidad de mustangos. Pueden elegir los que quieran.
Wess volvióse hacia Paul con un gesto comprensivo de sus manos.
—Bien, jefe, tú tienes la palabra.
—Entonces, trato hecho —afirmó el joven, contento de haber solucionado el asunto sin entrar en detalles enojosos.
Sabía que si volvía a considerar el negocio, perdería todo interés por él. Y necesitaba un sitio donde quedarse, ocuparse en alguna tarea.
—Belmont, usted y yo haremos la cuenta del ganado —prosiguió el tejano—. Luego, iremos a Wagontongue, arreglaremos los documentos, los pagos y todo lo demás. Tras lo cual, le enseñaré a Paul a ser un excelente vaquero.
—De acuerdo —accedió el comerciante, sonriendo.
—Wess, no quiero volver a la ciudad —manifestó Paul, pensativamente—. Vosotros no me necesitáis. Te daré un cheque en blanco. Busca un abogado que redacte el contrato. Luego, ve adonde vivía y recoge todas mis pertenencias y prendas personales. Compra una silla de montar, todos los arreos, mantas, espuelas... todo lo que necesita un jinete.
—Esto puede adquirirlo aquí —le interrumpió Belmont, intuyendo un buen negocio.
—Bien, si Belmont quiere ir susurrando conmigo, podemos contar hoy el ganado y salir esta misma noche para Wagontongue.
—Susurrar es mi apellido, vaquero —asintió el comerciante, riendo.
—¿Susurrar... o robar ganado?[3] —gruñó Wess, con un mohín cómico que le quitó importancia a la crudeza de sus palabras.
—Sí, en mi juventud también me dediqué a esto —asintió Belmont, con una fuerte carcajada—. Bien, Manning, entre, por favor. Este puesto no es un hotel, pero creo que lo encontrará tolerable. Y Hermana es buena cocinera.
A pesar del año de residencia en Wagontongue, adonde se había trasladado Paul al salir de la universidad de Lawrence, en Kansas, para seguir la carrera de escritor, jamás había estado en el interior de un puesto comercial fronterizo. El vasto local, semejante a un granero, escasamente iluminado, olía a lana de ovejas, a tabaco, a pellejos y pieles curtidas, y a otros elementos olorosos que Paul no pudo identificar. Un mostrador alto ocupaba un costado del establecimiento, y en el otro había uno más bajo. Los dos estaban atestados de mercancías, en forma abigarrada y variopinta. Detrás del mostrador bajo se veían hileras de estantes llenos de toda clase de objetos, siendo los más prominentes las sillas de montar, mantas, arreos, arneses, botas y sombreros, y una serie asombrosa de utensilios para uso campestre. Había una estantería para útiles agrícolas y otra repleta de pistolas y rifles; también se veían prendas de vestir baratas, de colorines, todo lo cual daba fe de la astronómica cantidad de provisiones del comerciante.
Una amplia puerta daba a una trastienda, con el suelo enlosado, que contenía barricas, latas, cajones con lana cardada y enormes sacos cosidos, bien repletos, y montones de apestosas pieles de cabra.
Belmont condujo a Paul por un largo corredor, cuyo suelo presentaba algunas irregularidades en su relieve, cubierto por toscas mantas, y unos muros de adobe encalados, también adornados con mantas y pañuelos de colores. En el lado derecho se abrían varias puertas que daban a otras tantas habitaciones, y en la parte izquierda, unas ventanas daban a un patio interior.
El comerciante penetró en la última estancia. Como ce hallaba al extremo de una sección de la casa donde había una ventana, así como una puerta, la habitación estaba bien iluminada. Contenía una cama estrecha cubierta con una manta colorada, con dibujos indios, un lavabo, un escritorio con un espejo mugriento, y una estantería en un rincón, de la que colgaba una cortina. El suelo, igual que el corredor, era de relieve irregular, hecho de tierra apisonada y cubierto por mantas indias. Los muros y el techo eran de adobe, de tono pardusco, agrietados en varios sitios y manchados por la humedad. Una pequeña chimenea de piedras unidas por una argamasa completaba el interior del pequeño compartimiento.
—Éste será su cuarto —indicó Belmont—. Pondremos una mesita y una lámpara, y estará usted cómodo. En verano, esta habitación es fresca, y caliente en invierno. Y ya no hay más lujos.
—Para mí, será suficiente —aprobó Paul.
El comerciante se disculpó por el hecho de que, a veces, las tormentas de verano inundaban el corredor, defecto que remediaría, y que cuando las tormentas de polvo se desataban en primavera, era necesario mantener cerradas puertas y ventanas.
Wess les había seguido con la chaqueta y demás pertenencias de Paul, que había ido a buscar al carromato.
—Bien, Belmont, nosotros vamos a lo nuestro —expresó el tejano—. Me refiero a la cuenta del ganado.
—De acuerdo. Esto es muy extenso, pero si efectuamos la cuenta sin demasiada exactitud, terminaremos antes del atardecer. Manning, póngase cómodo. Dé una vuelta por el puesto y aprenda las costumbres indias. Mi mujer le llamará cuando esté lista la cena.
Paul se tendió en la cama, con la súbita realización de que el impulso que le obligara a adoptar la decisión de quedarse allí, se había evaporado. ¡Lo mismo que todos sus recientes, desdichados e inquietos impulsos! Se había convertido en una embarcación a la deriva.
De repente, asaltó su olfato un olor picante, no muy desagradable. No era el olor de las mantas, la lana ni los demás aromas esenciales indios del desierto que de tal manera cargaban la atmósfera del puesto comercial. Era un olor que se colaba por la puerta abierta, llenando la habitación. Sí, era humo de leña. Al mismo tiempo, oyó el débil llanto de un niño y el canto de una nana, triste, punzante; el sonido procedía de un sector de la casa situado más allá del corredor. Paul divisaba una parte de pared de tablas, y un techo inclinado cubierto con adobe rojo.
En aquel cuarto había una madre, y Paul, muy susceptible al pasar, captó la nota melancólica de una voz. Sin duda era la mujer que Belmont llamó Hermana, probablemente un apodo para su esposa. Sin embargo, la voz parecía juvenil, dulce y ligeramente de contralto, por lo que atrajo toda la atención del joven.
Poco después, volvió a reinar el silencio y Paul fue preso del mal humor que temía, en contra del paso decisivo que acababa de dar. En fin, tenía que inclinarse ante lo que ya no podía romper.
Las cuatro paredes del cuarto de adobe parecían presionarle. Estaban manchadas y agrietadas, y eran sombrías e inescrutables, como los muros de la existencia que habíanse abatido sobre él. Armonizaban con toda la casa. Durante largo tiempo estuvo contemplando su rara habitación, descubriendo cosas que se le habían escapado a primera vista. Los nidos de las avispas y las cucarachas, una araña negra que tejía su red en un rincón, las débiles marcas indias de la puerta y una mantis religiosa inmóvil, en el alféizar de la ventana. A través de aquellas paredes le parecía adivinar el mundo exterior, con sus luchas, su belleza y sus pasiones, o a través del techo el cielo azul y las nubes blancas. También podía convertirlas en unos muros dignos de su fantasía. ¿No intentaba ya luchar para seguir escribiendo? Oh, sí, todo residía sólo en su mente.
—¡Ah! —murmuró amargamente—. Es así: ¡todo en la mente! La felicidad o el infierno, la vida o la muerte, todo en la mente. Esto es lo que piensas.
Y de manera inexplicable, en su interior volvió a desencadenarse la familiar batalla. La había ya ganado antes y sabía que podía volver a vencer. Sin embargo, ¿por qué le resulta todavía tan difícil despojarse de la desesperación que sentía? ¿Y con qué fin? Había combatido para emerger del abismo; había progresado; la bella y maravillosa pasión que sintió en otros días había muerto; el amor estaba muerto, el odio también, y los torturadores recuerdos agonizaban. Paul pensaba que ya podía enfrentarse con el futuro, con valor e inteligencia, si no con esperanzas.
De los ciento y un planes considerados desde su recuperación, después de sus fútiles borracheras para lograr el olvido, nada había surgido. Sus planes también eran fútiles. Pero los días iban pasando. Y sólo con seguir viviendo ya ganaba algo.
Aquel lugar desierto de aguas amargas, aquel mundo árido de rocas, tierra y salvia, aquel yermo, aquel erial... mantenía un secreto. ¿Estaba allí su salvación? ¡No! Bien claro lo proclamaban aquellas cuatro paredes. Ningún lugar podía devolverle lo que había perdido. No necesitaba ir más lejos para buscar, para indagar, para hallar lo que se hallaba en su alma, o lo que era inalcanzable.
Por tanto, su gesto, último y deliberado de aislarse en un desierto inhospitalario no era más que otra esperanza frustrada. Abandonaría. Cuando Belmont y Wess regresasen, les recompensaría por sus molestias y abandonaría el proyecto ganadero. Sería mejor interesarse en un negocio maderero, al sur de Wagontongue. La altitud era menor el país estaba lleno de cañones y mesetas forestales, el agua era pura, abundaba la caza salvaje... ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¡Era infinitamente mejoría fragancia de los bosques de pinos y el susurro de los riachuelos ambarinos, que esta región rocosa y solitaria, de cuyas entrañas sólo surgía la amargura! Había sido un loco al imaginar que la vida en una región semejante podía ser su salvación.
Sin embargo, Paul adivinaba que dondequiera que fuese se le presentaría el mismo problema, la misma sombra caería sobre su rastro, el mismo pesar laceraría su corazón. A menos que pudieran encontrar algo... no un lugar, no un trabajo, no un ancla a la que asirse, sino un nuevo significado a la vida que tornase valiosa su existencia.
—Tengo mi destino... —musitó—. Ese vaquero... ¿habrá acertado?
¡Aliviar su propia carga tomando sobre sí la de otros! ¡Qué espléndida perspectiva! Pero se hallaba fuera del alcance de Paul Manning. No era bastante buen cristiano para aceptar este papel. Jamás volvería a pasar junto a un ser humano en apuros sin tenderle la mano, pero dedicar todo su porvenir a la bondad, a la caridad... era superior a sus fuerzas. ¿Qué deseaba antes de que el destino le asestase aquel golpe? Viajar, acopiar experiencias, vivir aventuras, conseguir éxitos, escribir sus viejos sueños, vivir y amar.
¡Vivir y amar! Pero el amor le había destrozado. En estos momentos, experimentaba la rareza de su naturaleza, por el recuerdo de más de uno de sus directos antepasados arruinados por una mala pasión; por el recuerdo de su adoración por su madre; por el hecho de reconocer cierta ternura femenina en sí mismo. Claro que tal vez hubiese exagerado su fervor hacia Amy. Era aún muy joven y sano, al menos de cuerpo si no de espíritu. Con el tiempo, la olvidaría. Pero en aquel instante, la antigua desesperación, la vieja amargura se abatieron de nuevo sobre su ánimo. ¿Cómo podría volver a amar de nuevo? Ésta era la única e intolerable verdad.
Tan profundamente se hallaba absorto en su autoanálisis que no prestó atención a un sonido de tabaleo en la puerta, hasta que se vio interrumpido por una vocecita infantil:
—¡Papá!
De pronto, se dio cuenta de que el bebé que oyera llorar poco antes había entrado en la habitación y se arrastraba por el suelo hacia la cama.
—Vaya, jovencito, ¿adónde vas? —exclamó Paul, divertido y preocupado a la vez.
El bebé continuó avanzando, fiel a su propósito. Tenía un poco más de un año, y era decididamente hermoso, aunque no robusto. Al llegar junto a la cama, se agarró a la pierna de Paul y consiguió erguirse, entonces, con la alegría del conquistador, emitió unos gruñiditos de felicidad.
Paul lo levantó en vilo y lo colocó sobre sus rodillas, experimentando una extraña emoción cuando el niño le apretó las piernas con sus manitas.
—Te has perdido, ¿eh, perillán? ¿Qué voy a hacer contigo?
En el corredor resonaron unos pasos, acompañados de una voz llena de ansiedad.
—Tommy... Tommy... ¿dónde estás?
Paul no contestó tan de prisa como era de esperar, y al cabo de un instante los pasos estaban ya al otro lado de la puerta. Una cara juvenil atisbo por el umbral, y al ver al muchacho con el niño lanzó un suspiro de alivio. Entonces, entró.
—¡Oh, el muy bribonzuelo! Espero que no le haya molestado —exclamó la joven, y en su voz de contralto Paul reconoció a la mujer que cantara la nana.
—No, ha sido muy agradable —sonrió Paul—. Creo que jamás he gozado de tanta popularidad.
—Ha sido usted muy amable al jugar con él —agradeció la muchacha, que avanzó para coger en brazos al bebé.
No obstante, el niño tenía otras ideas y se asió a su nuevo refugio, forcejeando hasta que la joven consiguió cogerle en brazos. El vivísimo rubor atrajo la atención de Paul hacia aquel rostro femenino.
—No... no sabía que estaba ocupada esta habitación, de lo contrario no le habría dejado escapar —tartamudeó ella.
—Me llamo Paul Manning —se presentó él—. Seré socio de Belmont en el negocio ganadero.
—¿Socio?
—Sí. Y vivo ya aquí.
—¿Vive... aquí? —repitió la joven con incredulidad.
Por entonces, Paul ya se había dado cuenta de que la muchacha era algo más que bonita, costándole mucho trabajo apartar su mirada de aquel bello rostro. Los ojos de la chica eran grandes, y bien su matiz oscuro o su expresión le prestaban una singular hermosura. Por lo demás, su cara era ovalada, poseía unos labios rojos y llenos, aunque curvados en un rictus de tristeza, una frente amplia coronada por una mata de pelo bronceado, con estrías doradas.
—Sí, durante una temporada viviré aquí, hasta que pueda construir una choza —explicó Paul—. Pero soy un tipo tranquilo y no causaré molestias.
—Oh, yo no quise decir... Es usted muy bien venido. Bueno, me sorprendí, sencillamente.
—¿Es usted hija de Belmont? —preguntó Paul.
—No.
—¿Pariente... o trabaja aquí? —prosiguió Paul preguntando amablemente, deseando saber quién era.
—Trabajo aquí, sí, pero no soy ni pariente ni sirvienta de Belmont.
La respuesta, en voz baja, teñida de amargura, despertó la curiosidad de Paul, que apenas pudo refrenar su mirada. De repente, se dio cuenta del cambio experimentado por la muchacha, así como de que no la había observado atentamente.
—Yo me llamo Louise, y soy la madre de este niño... y la esposa de Belmont —añadió ella, con una curiosa nota de tristeza en la voz.
—¡Dios mío! ¿Madre del pequeñín? Pero si usted es casi una niña... —exclamó Paul, perdiendo su compostura.
—Tengo diecisiete años —declaró Louise, aunque a juzgar por la solemnidad de su tono de voz hubiese podido tener cincuenta.
—¡Diecisiete años! —repitió Paul.
De pronto, quedóse silencioso, al distinguir una expresión de dolor intolerable en las pupilas de la muchacha. Era la mirada de una fugitiva acosada, de una criatura perseguida, torturada tal vez. Una mirada que llegó hasta las fibras más profundas de Paul, en un mensaje que conmovió su corazón, despertando su comprensión. A través de sus propios sufrimientos entendía los de la muchacha. Ella no era más que una niña, y la habían ya forzado a la maternidad. De haberle manifestado de palabra que su existencia era un abismo de desesperación y desdichas... que odiaba al padre de su hijo, no hubiese podido estar más claro. ¡Y él, Paul, aún padecía por su propia pérdida, por su dolor! ¿Qué sabía de los demás seres humanos?
Paul la miró fijamente, consciente del significado del momento, relajado y como libre ya del pasado, inundado por aquella tremenda realidad de la existencia; mientras tanto, la joven le miraba también, con los ojos muy abiertos, en actitud de asombro, casi transfigurada por lo que acababa de entrar en su vida por aquel sentimiento que tal vez intuía, que quizás acababa de iniciarse en aquel mismo instante, pero que, y ello estaba claro en el fondo de sus pupilas, todavía no entendía en absoluto.
Capítulo II

PAUL sentóse en el porche del puesto para aguardar el regreso de Wess Kintell y Belmont, que debían llegar por la mañana.
La hora del mediodía al sol resultaba muy placentera. Paul acababa de descubrir su inclinación a resguardarse del viento del desierto al amparo de un muro. Una nueva dirección en sus pensamientos hizo que sus horas fuesen más aceptables. Todo lo que pertenecía al puesto y al proyecto ganadero en el que se hallaba interesado, atraía su atención. En vano trataba de alejar la vaga inquietud que experimentaba ante el cambio de idea respecto a la construcción de una cabaña en lo alto del espolón. Las ladinas razones que se daba a sí mismo no le convencían. Y por fin llegó el temido momento en que se vio obligado a confesarse que Louise presentaba el estudio más trágico, sobrecogedor y fascinante de cuantos conocía.
Un granjero procedente de una de las casuchas del Sur salió del puesto cargado de mercancías.
—Hay que cortar el heno ahora que brilla el sol —observó—. Luego, vendrán las lluvias de primavera y transcurrirán varias semanas antes de que el suelo vuelva a secarse.
—¿Qué tal va todo? —inquirió Paul.
—Engaño de espigas y pasteles de adobe —replicó enigmáticamente el granjero, dejando muy pensativo a Paul.
Al joven le gustaba contemplar a los indios montando sus mustangos, holgazaneando en el porche y dentro del puesto durante horas antes de concluir sus tratos con Belmont, y alejarse acto seguido. Por fin había visto varios bravos y squaws pintorescos. Pero Natasha, a pesar de su desaliño, era la única belleza del contorno. Vivía en una de las chozas situadas a espaldas del promontorio, y pasaba con frecuencia gran parte de su tiempo libre en el puesto.
Era sorprendente cuántos indios iban y venían durante el mediodía. Paul casi siempre distinguía a uno o dos jinetes en la línea del horizonte. Y había más de una docena de poneys atados a la barandilla, o inmóviles, con las bridas bajas. Los pellejos de oveja y cabra, las pieles de los coyotes, las bolsas de lana y las mantas eran los principales artículos del trueque. El hecho de que alguna squaw entrase en el puesto con alguna mercancía y se marchasen sin dejarla, fortaleció la creencia de Paul, referente a que el comerciante sólo se aprovechaba de las gangas. A Paul no le gustaba la mujer a la que Belmont daba el nombre de Hermana, ni había podido definir a su entera satisfacción la condición de la misma en el puesto. Era una especie de cocinera, ama de gobierno y dependienta, y jamás estaba ociosa. Era una mujer robusta, de menos de cuarenta años, de ojos negros y facciones duras, y parecía ser una persona vigilante, reprimida y de fuertes pasiones.
Paul la estuvo contemplando en tanto ella atendía a una media docena de indias y, aunque no pudo entender una sola palabra del lenguaje empleado, dedujo lo hablado por su aspecto, su tono de voz, su deliberación y su cuidado al pesar el azúcar o al vender un cuchillo, así como por los ojos oscuros de sus clientes. Los indios dependían ya de los blancos, habiéndose convertido en una raza dominada. Desde el principio, Paul lo adivinó, lo cual despertó su piedad y aumentó su antagonismo.
Mientras Paul estaba sentado en el porche, tomando el sol, meditando y utilizando sus ojos, saltó Natasha, chupando una barrita de caramelo.
¡Qué maravillosamente negro era su cabello... liso y suave! Sus pupilas armonizaban con él. Su tez era también oscura, del color del bronce, con un leve matiz rojo. La joven lucía una sarta de cuentas coloreadas en torno a la cabeza y el cabello atado detrás con una trenza corta, unida por una cinta blanca. Paul trató de adivinar su edad: unos dieciséis años. Las muchachas indias maduraban temprano, y Natasha estaba ya plenamente desarrollada antes de finalizar la adolescencia, a diferencia de las mujeres blancas.
El interés de Paul se acrecentó al darse cuenta de que, a pesar de ser una chiquilla tímida y salvaje, le estaba observando discretamente. Y cuando estuvo seguro de que sus miradas se dirigían una y otra vez a él, tuvo que admitir que Natasha poseía ya una de las tendencias más desconcertantes de las jóvenes de la raza blanca.
La llegada de Wess Kintell con Belmont en un atestado carromato puso fin al ligero flirteo de Paul. Asimismo, según observó, dio al traste con el buen humor de Natasha. Cuando Belmont saltó al suelo, la muchacha huyó con un gran revoloteo de faldas. Paul se preguntó por qué habría cambiado su expresión de modo tan repentino, y por qué había huido a la sola vista del conocido comerciante.
—Aquí estamos, Manning —tronó Belmont, entregándole al joven unos documentos—. Todo solucionado, el dinero entregado y firmado el recibo. Cuando usted firme en la línea de puntitos, el trato quedará cerrado y estaremos a punto de ganar un millón.
—Gracias. Si sólo falta mi firma es como si tuviéramos ya el millón en el bolsillo —rió Paul.
—Babbit posee ochenta mil cabezas de ganado; Miller y su hermano otro tanto; el equipo de Cartwright maneja cincuenta mil... y todos se hallan en comarcas iguales o peores que la nuestra. Kintell estaba equivocado en lo del precio. ¡Las reses de dos años se pagan a treinta y ocho dólares! ¡Manning, en esto tenemos un millón de ganancia!
—Ah, jefe, aquí tienes el correo de Kansas City —intervino Kintell, con su indolente sonrisa—. Cartas, periódicos y revistas... Un verdadero cargamento que te hará olvidar que eres un vaquero de una pradera solitaria.
—Tal vez sí —asintió Paul, contemplando con interés dos gruesos sobres dirigidos a él con clara y pulida escritura de su hermana Anne.
Había también una formidable serie de cartas, de sus padres, de abogados, banqueros y empleados. Paul casi había olvidado que poseía una granja de mil acres, con enormes elevadores para el grano, un almacén inmenso, una casa de apartamentos y otras propiedades.
—Wess, ¿sabes redactar cartas comerciales, escribir a máquina, sumar columnas de muchas cifras y ejecutar otros secretariales? —preguntó Paul calmosamente.
—Diantre, jefe, te juro que apenas si sé poner mi nombre. Y en cuanto a los números, soy capaz de sumar una columna cien veces con cien resultados distintos.
—Entonces, ¿cómo demonios quieres ser mi mano derecha? —protestó Paul, deseando poner a Wess en un brete.
—Oh, yo sé cuidar caballos, enlazar una res por el cuello... y disparar con rapidez —declaró el vaquero, sombríamente—. Supongo que es cuanto necesito aquí.
—Estaba bromeando, Wess... ¿Compraste los libros?
—Vaya, y el librero por poco se muere. Me dijo que sólo tenía algunos de los de tu lista, pero que ya enviará los demás.
—Está bien. Vamos a abrir mis maletas y veré si después puedo moverme en mi habitación.
Necesitaron hacer cuatro viajes para descargar el carro, y en el último, cuando Paul se tambaleaba por el corredor detrás del también muy cargado vaquero, vio a Louise Belmont en el umbral del otro extremo del pasillo. La joven le sonrió a Wess. Y cuando éste hubo entrado en el cuarto de Paul, también le sonrió a éste.
—Por lo visto, piensa usted quedarse aquí mucho tiempo.
—¿Por tantas cosas, verdad? —jadeó Paul, dejando junto a su puerta tres bultos. Luego añadió—. Sí, en efecto.
—Me... alegro —declaró ella, con vacilación.
—Gracias. Lo... lo mismo digo —replicó Paul con tono reprimido.
Era imposible esquivar aquellos bellos ojos. Paul, por tanto, decidió contemplarlos atrevidamente, con la libertad que antes no se había permitido. Deseaba ver la alegría que la joven le había manifestado, como una lucecita en sus pupilas, que disipaba las sombras que un instante antes velaban aquellos ojos. Paul sintió un extraño choque en su interior, no tanto por el encanto de aquellas pupilas sino por la sutil intimación de que su presencia en el puesto por tiempo indefinido pudiera causar tal transformación.
—Esto es tan terrible... lo odio —la joven trató de contenerse.
Paul, instantáneamente, comprendió que la muchacha ya no era una niña, que no tenía miedo ni era tímida, sino apasionadamente cándida. Pero la sorpresa del joven, su vacilación, su mirada penetrante, que sin duda la obligó a pensar en él como en un joven, un forastero, diferente, simpático y atrayente, puso un vivo carmín en el rostro de Louise.
Paul deseaba decirle que tal vez su presencia tornaría la existencia de la muchacha un poco menos solitaria, menos odiosa... que tenía libros, revistas y música. Pero algo se lo impidió. Aquel momento no era el más adecuado para cortesías. No sabía para qué era adecuado, pero ciertamente no para sentimentalismos.
La joven entreabrió los labios, bajó la mirada y se alejó, en tanto sus mejillas recobraban su palidez habitual.
Paul debía mostrar una expresión extraña en su rostro al entrar en su habitación, ya que Wess, después de mirarle astutamente elevó las manos hacia el bajo techo.
—Amigo, yo no te dije que hicieras gimnasia —sonrió Paul al observar el gesto de Wess.
—Creo que no, compañero —gruñó el vaquero, sentándose en medio del equipaje.
—Está bien. ¿Qué te pasa?
—¿Puedo hablar con franqueza?
—Wess, nunca has de tener miedo de decir lo que sientas. Y puedes apostar tu vida a que si no me gusta, te lo confesaré también francamente.
Paul cerró la puerta.
—Entonces, no te enfades, Paul —expresó el vaquero—. Los dos nos hemos metido en esto, y somos nosotros quienes debemos seguir adelante... He... he visto cómo te miraba esa damita y el efecto que ella te producía a ti hace un instante.
—De acuerdo. Tiene unos ojos extraños, que me atraen una enormidad. Aunque no sé en qué sentido —replicó Paul, riendo.
Wess hizo un gesto significativo, señalando al lugar aproximado donde se hallaba la habitación de Louise.
—Como un melocotón, ¿eh?
—¿Quién? Ah, ¿la damita que me ha mirado? Sí, pensándolo bien, sí lo es.
—Amigo, creo que tú y yo somos un par de predestinados —observó Wess, bajando la voz y meneando la cabeza.
—¿Predestinados? —repitió Paul—. No te entiendo, chico.
Sin embargo, lo entendía muy bien.
—Yo me vi cautivado tan pronto como vi a esa muchacha —confesó el vaquero, ignorando el significado de las palabras de Paul—. El otro día se me acercó con la lista de cosas que yo debía comprar para ella en Wagontongue, y me insinuó que yo debía obstaculizar el trato ganadero, aunque sin delatarla ante Belmont. Me quedé estupefacto.
—¡Canastos! —exclamó Paul, atónito—. En cambio, hace un momento me aseguró que estaba encantada de que hubiésemos venido al puesto.
—Correcto, yo mismo lo oí. Y es natural, ya que, puesto que yo no he puesto obstáculos al trato, ella no tiene más remedio que alegrarse de tenernos aquí.
Paul asintió pensativamente. La reacción de Paul, sin duda, era similar a la suya.
—Paul, nunca había contemplado unos ojos tan extraños en toda mi vida —declaró el joven vaquero—. ¡Son bellísimos! Casi lastiman...
—A mí me producen la misma sensación —asintió Paul.
—Esa chica sufre de algo más que del corazón. Si no es más que una chiquilla... a pesar de su tipo. Está el pequeñín, ¿sabes? O, lo siento muchísimo y me da mucha pena. ¿Y quieres saber por qué? Porque es una criatura que se ha casado con ese bruto... No, no es por eso. Es a causa de sus ojos. Es una situación muy rara, Paul, no lo olvides. Ese Belmont es más retorcido que la cola del diablo. Le he visto pellizcar a esa joven india, esa tan bonita, y barbillearla. La india le silbó como una víbora. Además, no puedo imaginar quién es esa Hermana. Por supuesto, no es hermana de Belmont. Y odia a la chica. Estoy seguro de ello.
—Wess, por mi parte estoy seguro de que Louise odia a Belmont, como si fuera veneno —observó Paul.
—¿Por qué no? Es natural. Esa chica no es de su clase, ni la Hermana. Bien, éste es tu trato, jefe. ¿Dónde nos hemos metido?
—No lo sé. Pero me alegro —murmuró Paul, con tono convencido—. Si esa pobre muchacha se alegra de que yo esté aquí... también yo.
—¿Sí? —gruñó Wess, con una elocuente mirada—. Amigo, seguro que te divertiste mucho con la última muchacha con la que te enredaste... y ni siquiera estaba casada.
—No me refiero a esto... y bien lo sabes —replicó Paul, enojado—. ¿Quieres que abandone y huya de Aguas Amargas?
—Jefe, no conoces a tu mano derecha... que soy yo —declaró el vaquero, burlonamente.
—Está bien. Por ahora, dejemos esto. ¿Dónde vamos a colocar este barril?
—Entre los cedros hay una tienda plantada con suelo de madera. Estará todo bien hasta el otoño.
—Entonces, empieza a moverte. Veamos... Costará un poco hacer habitable esta habitación. Wess, tu jefe es un poco comodón.
—¡Cáscaras! ¿Te has fijado en que este cuarto a veces está bajo el agua?
—Belmont me contó que durante las inundaciones de verano suele anegarse un poco, pero que lo remediará antes de que vuelva a suceder.
—Hum... No podemos arriesgarnos. Construiré unas estanterías para colocar tus objetos. Y necesitarás un cajón para guardar la leña. En julio, las noches pueden ser frías. ¿Qué más?
—Los estantes irán aquí. Y quiero una mesa bajo la ventana...
—Para sentarse frente a ella y poder mirar hacia fuera, ¿eh? —preguntó Wess secamente.
—No, sino para poder escribir, cabezota —contestó Paul—. Necesito una lámpara con una buena pantalla... probablemente habrá que enviar a buscarla. Pide o compra varias mantas nuevas para el suelo. Quiero un espejo donde pueda verme. Contémplate en éste por favor.
—¡Santo cielo! Con una vez tengo bastante. Ninguna chica se atrevería a salir de casa después de mirarse en este pedazo de cristal.
—¿No puedes pensar más que en chicas?
—Seguro, son estupendas. Vaya, con mirarme unas cuantas veces en este espejo me quitaría toda la vanidad. Me recuerda aquellos espejos curvados de Coney Island. Oh, sí, yo estuve en el Este, viajando con el equipo del rancho Ciento Uno. Fue un viaje memorable.
Paul apenas escuchaba al locuaz vaquero. Por el momento, estaba ocupado en estudiar las etiquetas coloradas de dos maletas nuevas, muy pesadas. La había olvidado. Habían sido preparadas en Kansas City cinco meses antes y no, no había vuelto a abrirlas. Paul las colocó cuidadosamente sobre la cama.
—Sí. Ya me he preguntado antes qué contendrían estas maletas —observó Wess—. Y a juzgar por el modo como las has movido... Se trata de huevos, vajilla o dinamita, ¿verdad?
—Dinamita, amigo.
—Vaya, deja de bromear.
—Wess, había olvidado lo que metí en esas maletas. Pero ahora recuerdo que ahí dentro hay todo un surtido de cosas que encantarían a cualquier damita. ¡Y el precio hay que calcularlo en una cifra de cuatro números! ¿Qué haremos con todo eso?
—Diantre, compañero, esto es fácil de remediar —afirmó el vaquero—. Regálaselo a otra chica.
—Wess, me sorprende tu profunda filosofía. Ya la había observado antes. Entonces, tu teoría es que, en caso de muerte o pérdida, digamos por traición, de una novia, hay que buscar otra.
—¡Ciertamente, y pronto! —vociferó Wess, convencido del aserto.
Paul lanzó un juramento en voz baja y envió a su amigo en busca de madera y herramientas. Wess acababa de tocar sus fibras más sentimentales. Y no obstante, Paul logró echarse a reír. El tejano era gracioso, único, un tipo muy notable. Paul le apreciaba, comprendiendo que su ayuda le resultaría muy valiosa. El joven sentóse en la cama y con mano vacilante tocó la etiqueta roja de las dos asas más cercanas. Una emoción melancólica asaltó la memoria del afecto, del amor apasionado, que había empleado tan mal cuando decidió escoger los regalos que encerraban aquellas dos maletas. Sin embargo, ahora ya podía pensar en ellos sin amargura. Sí, algo había sucedido. Incluso llegaría el instante en que podría considerar aquella triste experiencia de su vida con cierta tolerancia.
Wess resultó ser un carpintero de primera clase, un hombre muy hábil con toda clase de herramientas. A media tarde estaban terminados los estantes, clavados en las paredes, se hallaba ya en su lugar el cajón para la leña, y el cuarto acababa de ser barrido y aseado completamente. Paul tuvo que comprar unas mantas nuevas. Belmont no se mostró interesado en prestárselas. Pero proporcionó una mesa, una lámpara conveniente, otro espejo mejor, y toallas. Paul decidió no encalar el techo ni las paredes, sino que adquirió en la tienda una colección de cestillos, pañuelos y adornos con cuentas de colorines, de artesanía india, y otros artículos que darían color y atractivo al cuarto.
Sin embargo, hubo discusiones respecto a los últimos objetos adquiridos.
—Te diré una cosa, amigo. No tienes el menor gusto —se quejó Wess.
—Oye, compañero —replicó Paul—, he perdido más gusto del que tú jamás tendrás. Pero supongo que si no atranco este cuerno, tú siempre estarás en él. Por lo tanto, adelante, decorador de interiores. Disponlo todo como gustes.
—¿Decorador de interiores? ¡Ja, ja! Ésta sí que es buena. Seguro que he pintado mi propio interior con diecisiete matices de rojo. Aunque no más, amiguito. La última borrachera tuya me curó para siempre. Ahora pertenezco a la guarnición del agua, lo mismo que tú, ¿verdad?
—¿La guarnición del agua? ¿Te refieres a Aguas Amargas?
—Sí, a Aguas Amargas —declaró Wess, como si acabara de esquivar un gran golpe—. ¡Demonio! No podemos quedarnos aquí. Esto es barato, ahorraremos la pasta, y cuando tengamos diez mil cabezas, las venderemos y podremos instalar un rancho decente. Buscaremos un par de chicas, y ya estaremos tranquilos toda la vida. ¿Qué tal, amigo?
—Estupendo, particularmente lo último —repuso Paul, con una sonrisa dudosa—. Me gustaría pensar que todo será así... Pero mira, Wess, mira esto.
Paul sacó de una de las maletas la fotografía de la muchacha culpable de su soledad en Aguas Amargas.
—¡Diablos! Supongo que no irás a colocar esa foto a la vista.
—Sí, Wess, es el medio más seguro. Lo pondré sobre la mesa.
—Déjame que la vea... —el vaquero cogió la fotografía y la estudió atentamente. Después, meneó la cabeza, en tanto que el resentimiento daba paso a la admiración—. Muchacho, si un hombre pudiera sujetar a una mujer como ésta, y lograr que le amara... vaya, supongo que sería muy feliz.
—Wess, trata de meter esa idea en las jóvenes de hoy día.
—No bromeo. Lo digo en serio. Caramba, es una preciosidad. Y los hombres somos tan pobres diablos... Paul...
—¿Qué hacen los dos, gritando tanto? —preguntó de pronto una voz suave, procedente del corredor—. ¡Oh, qué bonito ha quedado esto!
Louise se hallaba en el umbral, con sus enormes ojos, tan trastornadores, al menos para Paul.
—Entre —la invitó él, preguntándose si habría escuchado la frase de Wess referente a las mujeres.
—Hola, señora —gruñó el vaquero, dejando la foto en la cama, donde quedó exponiendo el rostro que le había inspirado su lenguaje homérico.
—¡Oh, qué joven tan encantadora! —exclamó Louise, reparando en el retrato—. ¿Puedo verlo?
Paul le entregó la foto con emociones contradictorias en su ánimo.
Hubo un momento de silencio.
—¿Su hermana? —preguntó la muchacha.
—No. Mi hermana se llama Anne... y su foto está en otra maleta.
—¡Qué bonita! Jamás había visto a una mujer tan hermosa. ¿Quién es? —preguntó la chica directamente, mientras sus pupilas escrutaban el rostro de Paul.
El joven no solía quedarse mudo a menudo. De pronto, experimentó un súbito y extraño rubor. Wess alivió la situación con una carcajada muy poco humorística.
—Oh, sólo es una antigua pasión del jefe —rezongó.
Pero su mirada gris contenía una expresión singularmente atrevida. El vaquero no deseaba que la joven tuviera dudas al respecto.
—Sí, exacto, se trata de una vieja pasión —corroboró Paul, recuperando el habla—. Sí, señora Belmont, no hace mucho estuve prometido a esa muchacha.
—Por favor, no me llame así —le reprochó Louise—. Ya le dije a su amigo que no quería ser llamada «señora».
—Sí, jefe me lo dijo, pero me olvidé.
—¿Cómo debo dirigirme, pues, a usted? —quiso saber Paul.
—Louise... o Louie. Prefiero esto último —manifestó ella con sencillez.
—Entiendo.
—De modo que usted estuvo prometido a esa joven, ¿eh? —continuó Louise, estudiando la foto—. Yo hubiese pensado que un hombre no podría jamás abandonar a una mujer como ésta.
—Fue ella quien me dio el despido —confesó Paul con sinceridad.
Se alegraba de haberlo confesado.
—¿Le despidió a usted? ¿Le dejó? —preguntó Louise, con incredulidad.
—Resulta difícil de creer, ¿verdad? —se rió Paul—. Abandonar, darle la patada a un tipo tan guapo como yo, graduado en la universidad, de buena familia... y rico.
—Oh, Louise, ella no sabía que era rico —intervino el vaquero.
—Yo no entiendo a los hombres —tartamudeó la joven muchacha.
—Señora... Perdón, Louise, yo soy bastante simple —afirmó Paul—. Wess es un completo diablo. Especialmente con las mujeres. Pero en lo que a mí respecta, tal vez no posea las cualidades que atan a las mujeres... —se interrumpió con una carcajada forzada*
—Oh... ¿cómo pudo esa chica...? —exclamó Louise, dejando caer el retrato encima de la cama—. De modo que era por eso...
—¿El qué? —quiso saber Paul con curiosidad, consciente de que la reacción de la muchacha era halagadora para él.
—Lo que... lo que leí en sus ojos.
—¿Y qué leyó?
—Que alguien había lastimado su amor propio.
—Sí, me quedé tristemente lastimado —admitió Paul—. Fue mala cosa. Pero gracias al vaquero, aquí presente, me he convertido en un hombre más prudente, más juicioso, también más triste. Seguramente, mejor. Antes no era más que un tonto, un asno, ciertamente sin atractivos para una mujer amante de la sociedad, los viajes, los vestidos y las joyas.
—Probablemente tuvo usted suerte con perderla de vista —opinó Louise solemnemente. Luego, añadió con un tinte de melancolía—: Usted y yo podríamos ser muy buenos amigos.
—Gracias, me encantaría, y estoy seguro de ello. Pero, ¿por qué...?
—Porque también la vida se ha mostrado muy dura conmigo —le interrumpió ella, con amargura.
—Lo siento, Louise. Claro que lo sospechaba. Y se refiere a un caso como el mío, ¿cierto?
—No —replicó la joven en voz baja—, nunca he amado a nadie... aparte naturalmente de mi hijo... pero esto es diferente... Mas cuando yo... —calló bruscamente, como si sus pensamientos no pudiesen expresarse con palabras.
—¿Se refiere... a Belmont? —inquirió Paul, casi con ferocidad—. ¿Por qué usted no...?
De repente, se vieron interrumpidos por Wess que se les aproximó, dejando el cajón donde estaba colocando leña, para enfrentarse con ambos, con unos ojos grises que destellaban fuego.
—No habléis tan alto, chicos. Louise, Paul y yo deseamos quedarnos aquí. Sabemos lo terriblemente sola que usted se encuentra, y queremos conocerla a fondo y... En fin, ¿quiere que seamos buenos amigos?
—Oh, sí, sí —susurró ella, con voz quebrada—. Todo ha sido diferente desde que llegaron. Oh, no sé, pero...
—Está bien —la atajó el vaquero—. Entonces, confíe en nosotros. Y opino que no tiene por qué preocuparse innecesariamente, estando nosotros a su lado.
—Louise, tiene razón —asintió Paul con fuerza, avergonzado de no haber expresado él tal afirmación.
—Oh, no puedo contárselo todo —murmuró la joven nerviosamente.
Parecía una bestezuela sensitiva cogida en una disimulada trampa.
Paul le cogió una mano. Tan pronto como cedió a este impulso se arrepintió, aunque se sintió hondamente afectado al notar la presión de la mano de la joven y al observar su rubor y las lágrimas de sus ojos, todo lo cual pregonaba la necesidad de afecto y simpatía que experimentaba.
—No me atrevo a decir demasiado —se apresuró ella a rectificar—. No recuerdo a mis padres. Viví con una tía en Peoria, donde fui a la escuela. Mi tía falleció y tuve que buscar trabajo. Belmont solía visitar a la gente con la que yo vivía. Tenía una granja cerca de la ciudad. Eran unas personas muy raras. Y Belmont tenía sobre ellas cierto dominio aunque ignoro la causa. Me llevó a Utah consigo, me prometió trabajo y un hogar... todo. Yo no era más que una chiquilla. De esto hace dos... casi tres años. Vivimos en un rancho cerca de Lund, un sitio perdido en la región de los cañones. Belmont me tenía allí estrechamente vigilada, custodiada por esa mujer a la que él llama Hermana... y se casó conmigo muy poco antes de venir a Aguas Amargas.
—¿Cómo pudo casarse Belmont con usted sin su consentimiento? —se extrañó Paul.
—Yo... Oh, Belmont me tenía aterrada.
—La obligó —preguntó Wess, con semblante tenso— a adoptar alguna religión, ¿verdad?
—No.
—¿A qué gente conocía usted?
—Oh, a muy poca, aunque naturalmente veíamos a alguna... y nos enterábamos de noticias... Pero jamás tuvimos amistades.
—Hum... ¿Esa Hermana siempre ha estado con él?
—Sí.
—¿Es su verdadera hermana?
—Él lo dice.
—¿Qué tal le sentó la presencia de usted en el rancho a esa mujer?
—Me odió a primera vista. Y se mostró cruel conmigo. Llegó a pegarme, hasta que Belmont la sorprendió. Entonces, se pelearon a menudo, pero ella cambió desde que vinimos aquí. Ahora me deja en libertad.
—¿En libertad? Hum... Yo la he atrapado vigilándola celosamente —afirmó Wess—. Por lo tanto, ¿a qué se refiere al decir que la deja en libertad?
—Me hace usted demasiadas preguntas... Y yo hablo demasiado. Por un lado, antes me impedía acercarme a ningún chico o a ningún hombre, en ausencia de Belmont. Ahora, en este aspecto, poseo una libertad absoluta. Sé que ella desea que me vean los hombres.
—¿Y Belmont?
—Apenas me presta atención... durante el día —prosiguió la muchacha con mirada sombría—. Trabaja desde muy temprano hasta muy tarde, como ya habrán observado. Y me deja sola, salvo...
—¿No la ama ese individuo? —preguntó el vaquero acto seguido.
—¡Amarme! —exclamó ella burlonamente—. Sólo ama al dinero y a la bebida.
Wess se volvió hacia Paul con su característico gesto:
—Amigo, ya la has oído. Es peor de lo que temíamos. Y si me preguntas qué te impulsó a venir a Aguas Amargas, ahora ya puedo contestarte.
Paul no contestó. Sin saber por qué, aceptaba la implicación insinuada por el vaquero. También estaba avergonzado al comprender que Louise debía creer que su amigo estaba más preocupado por ella que él. Al menos, en apariencia. Sin embargo, el vaquero se dejaba guiar por unas emociones más primitivas. No había captado la delicadeza ni el peligro de la situación. No pensaba en ello. Paul se compadecía profundamente de la muchacha, más de lo que creía él mismo, pero su inteligencia le impulsaba a proceder con cautela. Belmont era un déspota que anhelaba aherrojar a cuantos estaban a su alcance. Además, Paul intuía un peligro en el tejano. Éste era una entidad desconocida, un producto salvaje de las praderas, a quien ni la edad ni la ley podían restringir.
—Su llegada fue la respuesta a mis plegarias —murmuró Louise, mirando a Paul con unos ojos elocuentes y suplicantes que ningún hombre hubiese podido resistir. De pronto, Paul observó que la sombra de pesar había desaparecido de aquellas bellas pupilas—. Recé para que ocurriese algo. De no haber sido por Tommy... oh, no sé qué habría hecho, incluso...
—¡Cállese! —le gritó Paul, volviendo a cogerle una mano—. ¿Qué iba a decir? Estamos aquí, si esto significa algo para usted. Y nos quedaremos. Prométame que jamás volverá a considerar tal idea.
La joven sacudió tristemente la cabeza. —No puedo prometérselo, pero tal vez ustedes me darán una nueva esperanza... ¡Oh, sí pueden! —retiró la mano para ofrecérsela al vaquero—. Gracias, Wess: Lo comprende usted todo maravillosamente. Ya no me siento perdida ni aislada.
Se deslizó fuera del cuarto, pálida aún, pero con un brillo radiante en su mirada, dejando a Wess y Paul contemplándola impotentemente.
—¡Por los cuernos retorcidos de Satanás! —exclamó el tejano, sentándose sobre el cajón de la leña—. ¿Ya te ha ocurrido, amigo?
—¿El qué?
—¿Ya te has enamorado de ella?
—¡No seas necio!
—Lo que significa que no sea hombre. Oye, jefe, piensa en esa joven y en su hijito si quieres que siga siendo amigo tuyo. Yo ya sabía que ese Belmont era un bicho y un canalla.
—Lo sé, Wess. Belmont es todo lo que has dicho. Pero no podemos intervenir. Le odie o no, ella es su esposa. Y nosotros no tenemos el menor derecho legal o moral para intervenir. Además, ¿estás seguro de que nos ha contado la verdad?
—Paul, ¿no conoces la verdad cuando la ves en los ojos de una mujer?
—Sí, pero...
—¿Y no has visto cómo el infierno desaparecía de su triste mirada? —continuó el tejano implacablemente.
—Realmente, no sé...
—¿Y no te has fijado en el nuevo resplandor de sus pupilas? ¿Algo parecido al estallido del amanecer? ¿Luz, esperanza, vida? ¿No lo has visto, amigo?
Wess no albergaba esperanzas, porque toda la situación era desesperada. Sin embargo, dentro del pecho de Paul alentaba el anhelo de ayudar a aquella desvalida jovencita.
—Bien, supongo que ahora sí puedes poner ese retrato a la vista —gruñó el vaquero, cogiendo la foto y colocándola sobre la mesa. Luego, como la posición no le convenció, la clavó en la pared, junto al espejo.
—¡Aquí! Cada vez que la mires la compararás con esa otra jovencita... que pronto será toda una mujer, y te amará tanto como odia a Belmont.
—Wess, no eres más que un tonto romántico —explotó Paul—. Toda esta idea es pura idiotez... aunque si no lo fuese tanto... Bueno, estoy seguro de que jamás ocurrirá lo que estás suponiendo.
Wess vaciló al llegar a la puerta.
—Paul, eres un chico muy listo según en qué cosas, pero en otras eres un retrasado mental.
Y tras esta declaración, salió al corredor.
Capítulo III

PAUL Manning no captó realmente la cualidad cruda y elemental de su nueva existencia hasta estar asomado a la cerca de un corral y ver a unos indios en medio de un grupo de mustangos.
—He visto animales peores —observó Wess que estaba dentro del corral, lazo en mano—. Jefe, ¿vas a atrapar un caballo tú mismo o lo dejas para mí?
—Probaré una vez —contestó Paul, procediendo a elegir el caballo de mejor apariencia.
—De acuerdo. Veremos qué tal lo haces, amigo —sonrió el vaquero, con poca cortesía. Luego, desenrolló la cuerda, haciendo un lazo de un metro—. Apartaos, indios, y dejad sitio.
La horda de mustangos, una docena en total, se agrupó contra la cerca del corral, contemplando al vaquero con mirada inquieta. Wess se les acercó tranquilamente. No volteó la cuerda, sino que le dio al lazo un gentil impulso. El lazo se abatió sobre la cabeza del ruano que Paul acababa de elegir, e instantáneamente se produjo una estampida. Wess presionó la cuerda sobre su rodilla y consiguió detener al mustango. Luego, lentamente, logró atraerlo hacia sí, hasta poder cogerle por la cabeza. Llevándolo fuera del corral, Wess lo embridó y ensillo prestamente.
—Vamos, jefe, ahora puedes mostrar tus habilidades —gritó el vaquero alegremente—. Veamos si conoces a los caballos.
Paul no supo si Wess se burlaba de él. Pero ya que estaba metido en aquel asunto, y sin importarle realmente lo que sucediese, bajó de lo alto de la cerca y montó el ruano. No era exactamente un novato y no tenía miedo alguno. El mustango no arrancó suspicazmente.
—Húndele las espuelas y agárrate con fuerza —le gritó Wess, que por alguna razón desconocida parecía que estaba a punto de reventar de risa.
El ruano dio un salto. Agachó la cabeza y empezó a sumergirse sobre aquel terreno blando, hundiéndose casi hasta los ijares. Probablemente, habría desensillado a Paul a la primera corcoveta a no ser por el obstáculo del barro. El segundo brinco envió a Paul muy arriba y cuando la silla volvió a subir a su encuentro con un terrible sacudimiento, Paul salió volando por el aire, dio medio salto mortal y aterrizó casi de cabeza, quedando de espaldas sobre el suelo fangoso. El golpe no le hizo daño. Volvió a levantarse, y vio que el lodo rojizo se le había pegado generosamente por todo su atavío en grandes pellas, y que sus botas nuevas tenían adheridas gran parte del barro del orbe entero, aumentando su peso en gran manera. No se sorprendió al ver que Wess tenía el rostro tan encendido como la grana.
—Vaya, jefe, no has estado mucho tiempo a caballo, pero has sabido caer muy bien —rió el vaquero.
—De acuerdo, sé escoger bien los caballos, por lo visto —le siguió Paul la broma—. Atrapa a ese pícaro otra vez y le montaré o moriré en la empresa.
Los indios rodearon al ruano y Paul montó de nuevo, aunque siguiendo varios consejos dados por su amigo. Por fin, y aunque con ciertas dificultades, consiguió sostenerse en la silla. Luego, Paul lanzó un juramento y le ordenó a Wess que le eligieran un caballo menos feroz, sobre el que poder cabalgar un novato como él. A su debido tiempo, los dos acabaron por estar montados a salvo y salieron de allí cabalgando, guiados por un indio. Una vez en la ladera del acantilado, los mustangos dejaron de hundirse en el lodo.
—Paul, me alegré cuando volviste a montar a ese pillastre de ruano después de haberte tirado al suelo —dijo Wess—. Belmont y Hermana te estaban contemplando. Y he visto a Louise atisbando atentamente por una ventana.
—¿De veras? —preguntó Paul con rapidez, mirando hacia atrás. Sin embargo, el puesto no estaba ya a la vista.
—Louise siempre está pendiente de cuanto haces —continuó el tejano, significativamente.
—Y tú, cuando no la estás observando, sólo hablas de ella —replicó Paul, con irritación.
—Seguro, ¿qué he de hacer, si no? —murmuró Wess con frialdad—. Creo que tú y yo aún no nos entendemos muy bien.
Paul no quiso proseguir la discusión. Lo cierto era que no era sincero ni con Wess ni consigo mismo. No le habría importado confesar que la posibilidad de ser contemplado constantemente por Louise era algo que le producía un secreto placer.
Estaban a mediados de abril y en los sitios soleados la escarcha ya se había fundido, dejando húmeda la tierra de color rojizo. Paul se había burlado un poco de aquel defecto de la región en primavera, pero su ligereza inexperimentada no duró mucho. Había querido recorrer la región junto con Wess, a pesar de las protestas de su compañero. Anhelaba desafiar al desierto, pero esta presunción, hija de la inexperiencia, no duró mucho. Se obstinó en recorrer la comarca con Kintell a pesar de las protestas de su socio. Pero Paul poseía un gran instinto de lo que necesitaba su ánimo. Quería desafiar al desierto y Mesa Negra, en sus peores momentos. Deseaba vivir al aire libre en todas las condiciones atmosféricas de la región, de día y de noche, aceptar todos los peligros, retarlos, padecer la dura existencia del país alto, y aprender todo lo que pudiese al respecto. Paul se había fortalecido a sí mismo. Frente a todos los hombres blancos veía reflejado el profundo carácter de aquel temible desierto.
Desde la altura que no tardaron en remontar, la magnífica extensión de terreno árido infundió a Paul una exaltación ajena a su espíritu. ¡Era una tierra libre, abierta, salvaje! En las edades pasadas, sus antepasados habían contemplado también extensiones semejantes. Y tan pronto lo comprendió, sintió acelerarse la sangre en sus venas. Después, Paul, se dio cuenta de que el cortante viento no respetaba su chaqueta de cuero, forrada de lana. Empezó a temblar, y ante la idea de lo que podía ser aquel viento en invierno le acometió un momentáneo desaliento.
—La idea de recorrer esta región tal vez no sorprenda mucho al principio —rezongó Wess—, pero te asombrará con el tiempo. El capataz que conozca su trabajo siempre vigilará el rastro de su ganado. Esta tarea no nos resultará difícil, a pesar del terreno y las molestias consiguientes. Creo que si contratamos a dos o tres jinetes indios, que apenas nos costarán nada, podrán ayudarnos. Belmont no es un verdadero ganadero. No sé qué demonio es, pero me apuesto cualquier cosa a que no es ganadero. Nosotros necesitamos conocer este territorio, especialmente la cuenca a la que me llevó Belmont. La mayor parte del ganado está allí. Es un buen sitio para las reses, aunque muy escarpado para un jinete. Hay muchas hondonadas y algunos cañones grandes. Uno de éstos conduce directamente a la cuenca y desciende hacia las escarpaduras del Pequeño Colorado. Yo no lo vi, fue Belmont quien me lo contó. Y desde el borde de la meseta hay unos mil doscientos metros hasta el río. Un bonito lugar para extraviar el ganado... y perderse uno mismo. Pronto lo verás. ¿Has traído los prismáticos? ¡Estupendo! Diantre, cuando pienso que un par de prismáticos me hubiesen salvado hace unos años...
Cabalgaron, con el indio algo adelantado. Éste parecía no poder hacer andar a su cabalgadura. Jinete y caballo trotaban atrás y adelante, formando un conjunto semisalvaje muy ajustado al paisaje, sin parecer darse cuenta de las ráfagas de viento. La artemisa, bastante escuálida, crecía muy cerca, de color gris, aunque purpúrea en lontananza, junto con una hierba blanquecina que cubría el terreno rocoso. Aisladamente, se elevaban diversos peñascos, y a veces se veía un arrecife medio desmoronado, y más lejos, las ruinas diseminadas de rojizos despeñaderos, todo lo cual conducía la mirada a las difuminadas líneas de los cañones, con sus muros borrosos, y a las distantes mesetas.
Poco después, el viento frío enturbió la visión de Paul, por lo que éste agachó la cabeza, tratando de proteger sus ojos. Tenía los pies helados y se dio cuenta de lo inadecuados que resultaban sus guantes.
—Bien, ya estamos al borde de la cuenca —anunció el vaquero en su momento dado—. Seguro que jamás lo hubieses descubierto, así como tampoco el cañón que desciende, debido a ese color pardo tan uniforme. Echa una mirada, jefe. Es un inmenso panorama, tan grande como el que más. Belmont me dijo que era sólo una cuenca de poca hondura. Está loco. Es un valle, según mis cálculos de unos cincuenta kilómetros por treinta.
Advertido y aconsejado de esta manera, Paul cogió los prismáticos que le entregaba Wess. Lo que vio era tan diferente de lo previsto, que exclamó con excitación:
—¡Oh, qué maravilla!
—Seguro... como paisaje —accedió Wess, más bien complacido—. Ahora, jefe, echa otro vistazo sin los prismáticos, y después con ellos. Verás qué diferencia.
El valle le pareció un valle poco profundo y de dimensiones limitadas, a pesar de haberle Wess asegurado que esto no era más que una ilusión errónea. Lo que primero le chocó fue aquel colorido gris universal, que en lontananza se trocaba en púrpura. Su mirada errante percibió una hondonada ovalada asentada en la vasta meseta, con muchísimos puntitos diseminados por doquier, marcada por unos hilos irregulares, todos los cuales se dirigían hacia una portalada negruzca del extremo más lejano.
Cuando Paul se llevó de nuevo los prismáticos a los ojos, cambió su concepción del paisaje. La ladera que se abría a sus pies era larga y llegaba hasta muy lejos; el suelo gris del valle se extendía casi interminablemente; los puntitos eran las reses que pastaban, y las líneas irregulares no eran más que barrancos de distintas profundidades y anchuras; la portalada negruzca del extremo más lejano era la amplia boca de un cañón.
Devolvió los prismáticos a Wess sin pronunciar una palabra. Era como si tuviese un nudo en la garganta. Los paisajes eran lo más importante del mundo, después de la vida humana. Quizá lo fuesen más aún, porque ellos habían propagado la vida, sosteniéndola y sustentándola durante el curso de las edades. Todo cuanto le ocurría a la gente, el nacimiento, el crecimiento, las dificultades, el éxito o el fracaso, el amor, la pasión, la alegría, la tristeza, el pesar y la muerte... todo esto se veía vitalmente afectado por el lugar de la tierra en que vivía. En Paul se inició al instante un nuevo respeto hacia la tierra.
—Jefe, ve tú por el lado derecho —le aconsejó el vaquero, paseando su mirada por la ladera gris—. Baja hasta el fondo del valle y después explóralo por ese lado hasta que te sientas fatigado. Luego, regresa. Yo iré por el lado izquierdo y enviaré al indio hacia el centro.
—De acuerdo. Pero, ¿qué hago?
—Nada, excepto observarlo todo —replicó Wess, riendo—. Cuando volvamos a reunimos cambiaremos impresiones... y veré qué tal vaquero puedes llegar a ser.
Abandonado a sí mismo, Paul cabalgó por el reborde hasta hallar un sitio adecuado para el descenso, y entonces espoleó el mustango hacia abajo. Era más agreste de lo que suponía. En algunos sitios tuvo que desmontar, y finalmente decidió guiar al poney llevándolo de la brida. Cuando llegó a una especie de rellano y miró hacia atrás, quedó asombrado de la altura.
Volvió a montar y, manteniéndose siempre al borde de la resguardada ladera, siguió cabalgando. Paul no tardó mucho en darse cuenta de que el lugar le gustaba. Por un lado, el viento no le azotaba ya el rostro. Las rocas, las matas de salvia, la hierba blancuzca, formaban una intimidad desconocida en lo alto. El joven comenzó a sentirse aislado de todo. El sol le calentaba la espalda, y en el aire había una fragancia exuberante, a pesar de la humedad del terreno; los conejos huían en todas direcciones al paso del mustango: los coyotes y los zorros se dibujaban un momento sobre la ladera rocosa para desvanecerse al siguiente; las diminutas aves grises saltaban de un arbusto a otro, exhalando unas notas apesadumbradas.
Paul se olvidó de sus compañeros. Cabalgó infatigablemente, hasta llegar a una cañada, la primera en aquella parte del valle. Era una especie de barranco áspero, estrecho, de muros pedregosos, lleno de maleza, y desmontó para explorarla a pie. No tardó en perderse en aquel sitio, el más solitario y pacífico de cuantos conocía. El barranco torcía una y otra vez, pero no era largo. Pronto se convirtió en un desfiladero poco hondo, que quedaba en declive con la meseta de arriba. Volvió sobre sus pasos, e hizo alto para descansar en la zona más profunda de la cañada.
Divisó un lagarto bellísimo, con manchas brillantes y ojillos relucientes, que tomaba el sol sobre una piedra, y cuando lo tocó con una ramita, el bicho se escurrió perezosamente. Acababa de salir de su sueño invernal. Vio más conejos, un gato moteado que decidió era montés, un halcón del color de la piedra, que planeaba a gran altura, un montón de maleza y detritus donde algún animal debía de tener su madriguera, los restos de una hoguera junto a la cual habrían acampado los indios, y un trío de buitres, de grandes alas y cuello gris, que se elevaron con gran batir de alas, abandonando la carroña de una vaca. Paul fue a investigar aquellos restos. Los buitres no podían haberse llevado consigo un cuarto trasero de la res. Encontró rastros de mustango. ¿Indios? Paul sintióse excitado ante su primer contacto personal con la obra de los cuatreros.
Mientras cabalgaba, se metió por entre el ganado que pacía y de pronto, como un chiquillo, sintió que se encontraba en su elemento, llegando a creer que ya era un vaquero. Descubrió que meditaba mejor que nunca. Estaba solo, tenía para sí todo el tiempo que desease, y el ambiente, tan solitario y tranquilo, parecía profundamente provocativo. Recorrió muchos kilómetros, a veces distraídamente, aunque casi siempre bien enterado de cuanto ocurría a su alrededor.
El sol, situado ya a Occidente, le comunicó que la tarde estaba ya bastante avanzada. Tenía hambre. La próxima vez se llevaría unos bocadillos consigo. Dando media vuelta, trató de seguir las huellas de poneys entrevistas y le encantó ver que lo conseguía.
Durante su excursión, más de una vez pasó por su mente la imagen de Louise, hasta que finalmente pensó en ella abiertamente. No era fácil olvidarse de la joven, oh, no, no era posible estar ciego a la mirada de aquellos ojos cuando le contemplaban. Paul tampoco podía mostrarse indiferente. Su situación le afectaba en varios sentidos. Lo que tenía que hacer por ella parecía fuera de su alcance. La joven, en Aguas Amargas, era como un símbolo de la tragedia del lugar: era una muchacha, eso sí, una muchacha de labios dulces, cara preciosa, y unos ojos maravillosos que parecían acosarle. En los últimos días no le abandonaba la alucinación, inspirada por Wess, de que los ojos color topacio de Louise habían perdido la oscura sombra de irresistible dolor. Como era un romancero sentimental, quizá se imaginaba esta transformación, y deseaba asegurarse de la misma. Luego, se maldijo por tener tales ideas.
—Es muy propio de mí —murmuró en voz alta— albergar el pensamiento de que esa chica es feliz sólo por mi presencia en el puesto. No, no debo engañarme... Claro que ella así lo afirmó. Y si fuese cierto... ¿qué puedo hacer?
Paul no se atrevió a analizar tal posibilidad, ni la causa de ella. Y se dedicó a otras conjeturas menos lacerantes. Wess Kintell estaba enamorándose de la joven, lo cual era otro problema. Paul intuía que el vaquero había sido un bribón con las muchachas, y si esta vez estaba verdaderamente enamorado, la situación podía complicarse. Paul pensaba que la jovencita también podía enamorarse de Wess, aunque casi estaba seguro de que no sería así. Con una especie de conflicto interno, penoso y dulce a la par, casi estaba seguro de que Louise se sentía atraída hacia él. ¡Pero cuán doloroso sería esto para ella! Fuesen cuales fuesen las razones por las que se había casado con Belmont, seguía siendo su esposa y la madre de su hijo. Parecía una jugarreta del destino añadir nuevos trastornos a la situación, más frustraciones, más dolor sobre aquella juvenil cabecita.
Mucho antes de que Paul llegara al sendero para emprender el ascenso, Paul divisó a Wess y al indio silueteados contra el cielo. Y cuando hubo coronado la ladera para reunirse con ellos sobre el reborde, el sol se había ocultado entre sombras tristes y siniestras, por las estribaciones occidentales del desierto. Paul se dio cuenta de nuevo de que el viento era cortante, y del dolor de sus huesos y sus músculos. El indio galopaba en su mustango, al frente del grupo. Wess puso el suyo al trote y Paul tuvo que seguirle al mismo ritmo, a pesar del creciente dolor de su costado y de las molestias nuevas y difíciles de soportar para él.
Cuando por fin llegaron al borde más alejado de la meseta, a Paul Manning no le resultó demasiado pronto. El crepúsculo se había asentado sobre el valle de Aguas Amargas La balsa relucía pálidamente, helada bajo el oscuro acantilado, y arriba se elevaba la agreste y torturada meseta, en entronizada majestad. La atrevida franja del reborde rocoso en la corona de la montaña reflejaba los últimos rayos del sol poniente. El guía indio entonó un quejumbroso canto durante el descenso, siendo contestado por unos perros tan salvajes como coyotes. El olor del humo de los troncos de cedro saludó a Paul, y junto con la luminosidad de las luces, el joven sintió la bienvenida seguridad de que nunca anteriormente había apreciado debidamente el calor, el descanso y la comida.
En el corral. Paul dejó su caballo y torpemente le quitó la silla, la manta y la brida. El crepúsculo cedía ya el paso a las tinieblas.
De la cabaña de Louise que, amalgamada con otras, formaba el puesto comercial, surgía un amplio cono de luz, y Paul la vio en el umbral, una figura delgada y blanquecina contra el fondo oscuro.
—Oh, ya ha regresado —susurró ella—. Empezaba a inquietarme. ¿Qué tal su primer recorrido por la comarca?
—Maravilloso —replicó él con entusiasmo.
—Pero está cojeando... ¡Y su voz suena tan débil!
—Sí, es cierto, pero ha sido magnífico.
—¿Se ha lastimado esta mañana, cuando el mustango lo arrojó al suelo?
—Sólo lastimó mis sentimientos. Caí en el barro.
—Ese vaquero, Wess, es formidable. Y le ha gastado algunos trucos a usted.
—Ya lo he visto. Ese canalla... ¿Está lista la cena?
—Casi. Debe estar hambriento. Iré a buscar un poco de agua caliente.
—No se moleste.
Pero la joven ya había desaparecido. Paul anduvo hasta la esquina del puesto y empezó a patalear para arrancar de sus botas el pegajoso barro. No fue tarea fácil, ya que estaba adherido como con cola. Mientras pataleaba, Louise apareció con un cubo de agua.
—Parece usted un mulo —se echó a reír ella—. Señor Manning, ha de aprender a tener paciencia con el adobe... y con todo lo de aquí.
—Sí, y en mi vida tuve paciencia alguna —reconoció Paul.
La muchacha penetró en el corredor que enlazaba las distintas secciones de la casa y entró en la habitación del joven. Luego, no tardó en estar el fuego encendido. Paul le dio las gracias cuando ella salió del cuarto. En la chimenea ardía alegremente un buen fuego. ¿Quién lo había encendido? Paul no necesitó preguntarlo. Tras quitarse las botas se acercó al hogar. Tenía las manos doloridas y los pies como dos bloques de hielo. Estando allí, agradecido al estupendo calor, comprendió que nunca en su vida había apreciado el fuego en todo su valor. Frío, cojo y cansado, Paul experimentó un sentimiento súbito que le hizo olvidar su fatiga.
Antes de haberse lavado y vestido por completo resonó la campana de la cena. Cuando se presentó en la vasta cocina, Wess estaba haciéndole a Belmont un relato de la primera exploración de Paul, mientras Louise, con los ojos muy abiertos, escuchaba atentamente. Paul sólo tuvo que oír el final, para comprender que su amigo era un buen narrador. Las exageraciones del vaquero debían haber sido hechas en beneficio de la joven.
—No es extraño que apenas pueda tenerse en pie —exclamó ella.
—Manning, le felicito —sonrió Belmont. Luego añadió—: Pero si no se acostumbra a este clima duro y a las largas cabalgadas no tardará en desmoronarse.
—¿Qué embustes les ha contado ese maldito vaquero? —preguntó Paul fríamente—. Ha sido una excursión magnífica. Me gustan los espacios abiertos. Bien, celebré mi iniciación como vaquero encontrando una vaca muerta, muerta de un tiro. ¡Faltaba todo el cuarto trasero! Sí, me sentí muy intrigado.
Belmont lanzó un juramento.
—Pues a mí no me intriga en absoluto. Esa vaca hubiese valido cuarenta dólares el próximo otoño.
—¿Cosa de los indios? —se interesó Wess.
—No lo creo. De los cuatreros del otro lado del río.
—Cuatreros... Vaya, como en los viejos tiempos —gruñó el tejano—. Belmont, yo soy capaz de rastrear un sapo sobre las rocas más peladas.
—¿De veras? Sí, usted tiene madera de vaquero. Pero no rastree a los cuatreros sin una orden —replicó Belmont.
Mientras tenía lugar esta conversación, Gersha, la india, colocó la cena encima de la mesa. La mujer a la que Belmont llamaba Hermana no cenó con ellos. Estuvo siempre sentada ante su mesa o atareada en el fogón, destacando su sombría figura, vigilante y callada. Paul no logró ignorar su presencia en ningún momento.
Empezó la cena, y para Paul no significó la menor diferencia con otras, salvo que estaba más hambriento. Las alabanzas de Belmont respecto al arte de su cocinera no eran exageradas. Paul no permitió, por su parte, que sus dolores ni sus preocupaciones influyesen lo más mínimo en su apetito. Aquella noche devoró los alimentos con algo más de hambre, experimentando la virtuosa sensación de habérselos ganado. Sin embargo, le fue imposible no sentirse extraño en aquel ambiente, a la sombra de algo que parecía inminente. Aparentemente, Belmont no experimentaba lo mismo. Probablemente, era un hombre de dos caras, aunque parecía sincero y satisfecho. La joven presentía lo trágico de la situación, y la mujer el enigma. Si Belmont tenía conciencia de todo ello, no lo demostró. Paul pensaba que el comerciante era demasiado atrevido, demasiado duro para preocuparse por los sentimientos femeninos. Las mujeres eran útiles, quizá necesarias para su establecimiento, pero Paul no acertó a ver en él la menor sombra de sentimiento.
Louise fue la primera en abandonar la mesa, cosa que hizo sin disculparse. Luego, Belmont salió de la cocina con paso firme, para ir a la tienda. Y por fin, Wess apartó de sí el plato.
—Amigo, apenas te conozco —exclamó con admiración—. ¡Vaya apetito! ¿Dónde has puesto tanta comida? ¡Si debes estar reventando!
—Wess, jamás había estado tan hambriento y nunca me había parecido tan sabrosa una cena —confesó el joven, en voz bastante alta para que le oyese Hermana.
Después de cenar Paul se sintió terriblemente cansado, y tras disculparse, se marchó a la cama.

A la mañana siguiente, despertóse envarado y dolorido. Cuando, cojeó hacia la cocina, estaban ya todos sentados a la mesa, y les sonrió dando los buenos días. Dejó su mochila al lado de Louise.
—¿Será tan bondadosa como para prepararme un almuerzo? Hoy no quiero morirme de hambre.
—Naturalmente —accedió la joven, complacida al parecer con tal petición.
Belmont pareció dispuesto a seguir las bromas de Wess referentes al estado de Paul.
—Que se diviertan, amigos —les deseó el joven con naturalidad—. Ahora tengo un empleo que será beneficioso para mi alma. Mis pobres músculos y mis débiles huesos no cuentan.
Paul lo creía sinceramente, aunque para Louise debieron sus palabras tener un significado especial, ya que bajó la vista.
—No es posible predecir —observó el vaquero— lo que una región influye en un hombre.
—Sí, y esta comarca le convertirá a usted en un hombre —afirmó el comerciante.
Se estaba Paul poniendo la chaqueta cuando Louise le entregó la mochila.
—Gracias. ¡Diantre, vaya almuerzo! —exclamó el joven sorprendido—. ¿Se ha enfadado Hermana?
—Oh, no... se muestra muy agradable... cosa rara en ella —repuso Louise.
—Tenga ojo con esa dama misteriosa. Bien, me largo. Deséeme suerte.
—Buena suerte —le despidió la joven, con la sombra de una sonrisa.
Paul adivinó que no era fácil colorear aquellas pálidas mejillas y este pensamiento le dejó deprimido.
Cojeó por encima de las losas del exterior. La mañana era brillante, acerada, cruda, con cierta humedad en el aire frío. Cuando dejó atrás la plataforma de losas, hundió los pies en un barro rojizo. Y al llegar al corral estaba ya sudando, y las piernas parecían no querer obedecerle. Pero el dolor había desaparecido. Wess y dos indios se hallaban ya en el corral en medio de un grupo de mustangos fangosos.
Ya en la silla, Paul miró hacia el puesto y divisó a Louise que agitaba su mano desde la ventana de su habitación, sosteniendo al pequeñín, al que hacía agitar también su diminuto brazo en su dirección. Esto le imbuyó una sensación particularmente extraña respecto al misterio de la situación de Aguas Amargas. Ocasionalmente, desde su cuarto, Paul oía llorar al bebé, pero Louise casi nunca lo llevaba al puesto. Que Belmont tuviese o no cierto interés por su hijo era un misterio más entre los que se anidaban a la sombra de Aguas Amargas. Eventualmente, diciéndose que debía interrogar más a Louise respecto al niño, Paul se dedicó a sus tareas.
Así empezó el día para el joven vaquero, con la tediosa ascensión por entre el lodo y la desagradable perspectiva de hacer frente al viento. Aquella mañana, Wess estuvo menos hablador. Y pronto estuvieron en el reborde izquierdo de la cuenca, junto con los indios. Paul inició el descenso, y en aquella soledad gris y silenciosa, volvió a experimentar el mismo humor del día anterior.
Se encaminó al centro del valle y no tardó en descubrir que, a pesar de las apariencias vistas desde el acantilado, el suelo no era regular. Los hilos y las líneas percibidos desde arriba eran arroyos secos y barrancos bordeados por sauces, el principal de los cuales tenía agua corriente. Paul lo siguió durante varios kilómetros, hasta que se perdió en la inmensidad gris del desierto. Las laderas circundantes estaban muy alejadas. A mediodía llegó a una elevación del terreno, en torno a la cual discurría un riachuelo. No era ni una colina, ni un altozano ni siquiera una prominencia, sino una especie de terraza de tierra y rocas en medio del valle. Su cima era herbosa, con grandes rocas desnudas y algunos árboles de poca altura y de una especie que desconocía. Saltó al suelo para desentumecer las piernas y anduvo, consciente de un solitario placer en aquel lugar aislado. Desde la cima pudo distinguir ganado por todas partes, contándolo hasta no poder discernir qué puntos eran reses y cuáles rocas o arbustos. La mayor parte del ganado se hallaba al oeste de la elevación, en una depresión de una legua de longitud, invisible desde el reborde, incluso con los prismáticos. Paul halló un lugar seco para sentarse, soleado y de cara al oeste del valle, y allí procedió a consumir su almuerzo. Fue una hora de paz y quietud. Paul se preguntó cuántas horas semejantes componían la existencia de un vaquero. Al menos, estaría solo gran parte del día, y esta idea le resultó, desde el primer momento, como un eficaz confortante.
Paul le dio a la elevación el nombre de «Colina Soledad» y, dejándole con gran pesar, comprendió que volvería allí innumerables veces. En aquellos espacios abiertos había algo mayor que el objetivo perseguido por él en primera instancia. ¿Qué era? No podía definir con el regreso, y hasta que volvió a sentirse fatigado, cada vez más dolorido, la enorme extensión de hierba, rocas y artemisa le proporcionó un intenso placer. Al fin, mucho antes de llegar a la falda de la ladera, se vio obligado a saltar al suelo y andar un buen trecho. Luego, volvió a montar y cabalgó hasta que el dolor le resultó intolerable. Así, cabalgando y caminando, inclinado sobre el arzón o guiando al mustango por las riendas, volvió a la cuesta, que intentó a pie. Entonces aprendió lo que era un corazón jadeante, unas piernas de plomo y unos pulmones a punto de estallar. Sudoroso, llegó al reborde y tras montar a caballo, cabalgó descendiendo hacia Aguas Amargas.
Horas más tarde, la vista del rojizo agujero, brillando como un terrible cenagal, a la luz del atardecer, despertó en Paul una tremenda revulsión. Por fin llegó al empedrado del puesto, jamás lo bastante pronto para él, y se quitó el barro de sus botas con un palo. Al pasar por delante de la habitación Louise, la joven abrió la puerta y salió con un cubo de agua humeante.
Paul sonrió y murmuró unas palabras de agradecimiento.
—¡Pobre! Tiene el rostro ceniciento.
Aunque Paul hubiese podido contestar, no se habría atrevido a confesar hasta qué punto la solicitud de la muchacha aliviaba sus pesares.
Pero la miró y vio que ella retiraba la mano que acababa de extender.
—¿Puedo ayudarle en algo? —le preguntó ella.
—No, gracias —susurró Paul, meneando la cabeza y penetrando en su apartamento.
La suave, casi ávida mirada de la joven le había estremecido. Mientras se despojaba de la pesada chaqueta y de las botas observó la limpieza y buena disposición del cuarto, los visillos de encaje en la ventana, el arreglo de algunos adornos y cuadritos de las paredes, el alegre fuego de troncos de cedro... todo lo cual pregonaba la idea y la mano de una mujer. Se tumbó en la cama, tapándose con una sábana. Y al rendirse a las sensaciones de su cuerpo ardiente y dolorido, se quedó dormido. Sin embargo, no tardó en despertarse acuciado por el hambre. Se levantó, se calzó las zapatillas y se afeitó. El agua caliente le picó en la cara. De nuevo observó que el agua áspera de Aguas Amargas se negaba a disolver el jabón.
En la gran estancia del puesto, Hermana se hallaba discutiendo con un indio bravo cuyo enjuto rostro y talle desgarbado, especialmente sus gastados mocasines, traicionaban su pobreza. Belmont pesaba lana con el obvio cuidado y la estricta precisión de la que ya desconfiaba Paul.
Aquel día los parroquianos habían entrado mucho barro en la tienda cubriendo el suelo y rellenando las grietas del mismo. Más de una docena de squaw y bravos se hallaban allí por la tienda fangosa charlando en tono bajo y aguardando nada. Era la hora del crepúsculo y el terreno rojizo parecía un campo de barro arado. La carretera que era sólo un camino que surgía del desierto, era el único pedazo de tierra sólido. Paul ya sabía que aquellas zonas de adobe rojo, aparentemente muy firmes, no eran más que ilusorias. Y que tornaban la vida miserable tanto para los hombres como para las bestias.
Observó a una india que venía del manantial, cargada con una olla de barro cocido llena de agua. Se hundía en el barro hasta los tobillos y a cada paso levantaba grandes pellas de lodo de hasta treinta centímetros de diámetro. Luego, dio media vuelta, hacia el sendero que conducía a las chozas indias. Paul vio también cómo los indios abandonaban el puesto. El viento debía formar parte de sus vidas. Parecían, lentos, flemáticos, indiferentes, estoicos. Un pequeño rebaño de ovejas vadeó el riachuelo en dirección al manantial. Algunas estaban a punto de tener crías. Iban caminando cansinamente, balando compasivamente, y detrás ladraban los perros encargados de su custodia. El pastorcillo indio tenía más dificultad en sortear el barro que en vigilar a las ovejas. La vida era muy simple en Aguas Amargas. Nieve, hielo, lluvias, barro... todo era lo mismo.
A la mañana siguiente, Paul tuvo que hacer un esfuerzo para levantarse y vestirse. Su animación al desayunarse no engañó ni a Louise ni a Wess, las cuales le aconsejaron que descansara todo el día.
—No quiero verme abatido por el mustango y un poco de barro —objetó.
El día era frío y tétrico, con nubes bajas y una llovizna muy fina, con viento cortante del Norte. Sin embargo, el frío no era suficiente para helar el barro. Paul descubrió que la penetrante llovizna parecía una serie de cuchillas de hielo. Se preguntó tristemente por qué en el desierto todo tenía que ser peor que en otras partes. Wess estuvo cerca de él hasta que Paul dio rienda suelta a su irritación. Luego, desapareció.
En la cuenca, Paul se quedó al borde de la ladera. Sin el brillo del sol la oscuridad resultaba fúnebre. Cabalgó muchos kilómetros hacia la ladera norte. No estaba el ganado a la vista. Paul cabalgó hasta quedar agotado. Una pared rocosa resquebrajada en secciones, le invitó a guarecerse. Ató el mustango al amparo del acantilado y se entregó a la tarea de encender fuego. Parecía imposible. Lo intentó repetidas veces. Todo estaba mojado, las ramas, las hojas y la hierba, y sus manos estaban tan entumecidas que apenas podía rascar las cerillas. Pero siguió probando hasta que su condición se hizo tan seria que comprendió que era imperioso encender un buen fuego. Incluso era posible, si no conseguía calentarse junto a una hoguera, que al no poder cabalgar por efecto del frío, pereciese allí mismo antes de que Wess lo encontrase. Al fin, descubrió un montón de paja y ramitas, que una rata del desierto debió construir como madriguera. Al llegar casi a la última cerilla, jadeando y temblando, con las manos como dos pedazos de hielo, consiguió encender la fogata. La vista de las llamas le pareció una revelación, aunque no fue nada comparado con el calor que poco después acarició su cuerpo. Un hombre tenía que salir al aire libre para enfrentarse con tan elementales sensaciones.
La lección de Paul en aquel día incluyó el descubrimiento de la belleza, la gloria, la importancia bienhechora del fuego.
Pasó varias horas en aquel rincón, que al principio le pareció sombrío y triste, si bien gradualmente se fue trocando en algo muy distinto, hasta llegar a pensar que aquel roquedal poseía una gran intimidad, un significado bajo el resplandor del fuego. Almorzó y cuando llegó el momento, le apenó irse de allí. La vuelta le resultó cruel, y era ya muy tarde cuando llegó a Aguas Amargas, agotado física y mentalmente.
Al día siguiente, la batalla fue más dura. Paul estaba dispuesto a desafiar, con su carne desentrenada y su espíritu indomable, al barro infernal, al viento cortante, a las distancias casi infinitas, al duro asiento de la silla de montar. Y el cansancio fue irresistible. Abatido, dolorido, cabalgó interminablemente en su afán de conquistar al desierto.
Llegó el crepúsculo y le pareció sentir que el dolor de sus huesos, el entumecimiento de sus músculos, habían subsistido. Al darse cuenta experimentó unos instantes de exaltación. El negocio ganadero no valía nada, y su antigua vacilación volvía a anidar en su espíritu. A medida que los días transcurrieron, el sol llegaba más alto, el viento era más cálido, y el lodo abandonaba su presa a regañadientes. Su dominación anual había concluido.
—Amigo, ha sido todo un ejercicio de entrenamiento —declaró Wess—. Y si no eres ya todo un vaquero, yo soy un zopenco.
—Wess, muchas veces he sido un cobarde —admitió el joven.
—Diantre, lo que para mí cuenta es la forma cómo has tratado de vencer al desierto aferrándote a ello.
Belmont también intervino en la conversación.
—Manning, no comprendo a qué viene tanto interés por su parte en luchar contra ese tiempo frío, lluvioso, fangoso. Claro que ahora nadie podrá llamarle novato.
Fue la mirada reluciente de Louise la que le recompensó de su victoria y del cambio conseguido en su personalidad. Y sin embargo, le dio muchas vueltas en su cerebro a la idea de que no había nada íntimo en aquella mirada. Al mismo tiempo, se sintió sumamente complacido con la seguridad de que la joven estaba orgullosa de él. De todos modos, se obligó a pensar que entre los dos no había más que la desdicha y desesperación de la muchacha y su afán de obtener la ayuda de un hombre joven como él.
Aquel mismo mes, una tarde hubo una cantidad desusada de indios en el porche del puesto, aprovechándose evidentemente de la disminución de los días fríos y lluviosos.
Por la noche, el enorme almacén, semejante a un granero pobremente iluminado y casi tenebroso con sus sombras y las voces susurradas de los indios, siempre le resultaba a Paul un lugar fascinante. Sentóse sobre uno de los mostradores y empezó a escuchar palabras indias, decidido a apuntarlas en su libro de notas. Wess se paseaba arriba y abajo del local, fumando un cigarrillo y, aparentemente, sin prestar atención a cuanto le rodeaba. Aquella sección del puesto la habían construido hacía muchos años. Paul trataba de imaginarse los sucesos ocurridos antes allí. Natasha, la joven india, entró en el establecimiento junto con su gorda madre, y mientras ésta efectuaba unas compras, la chica dio varias vueltas por la estancia, relucientes sus oscuras pupilas. Le gustaban los hombres blancos, de lo cual no existía la menor duda, salvo en el caso de Belmont. Wess, que en vano intentaba conquistar a la muchacha, desde hacía varias semanas, le compró una bolsita de caramelos e intentó entrar en conversación con ella. Pero una risita y un «No, señor», fue todo lo que consiguió.
—Oye, beldad mejicana, conmigo no hables en mejicano —se enfadó el joven vaquero.
—Wess, no tienes razón —declaró Paul.
—¿En qué?
—En querer conquistar a esa bella chica con tanta rapidez.
—¿Y qué hay de malo en ello?
—Que es demasiado obvia tu intención. Tendrías que mostrarte más sutil.
—Enséñame, pues, cómo lo harías tú.
Pero Paul sólo había bromeado. Estaba seguro de que Natasha no hablaría más con él que con el vaquero, si bien creía en un abordamiento deferente y amistoso a cualquier mujer, en oposición a un comienzo demasiado atrevido y claro. Tras dejar el mostrador se acercó a la muchacha india, que estaba sentada al lado de la estufa, masticando un caramelo. La enorme lámpara, situada casi directamente encima de su cabeza, arrojaba un círculo de luz amarillenta a su alrededor.
—Natasha, quiero aprender el lenguaje indio —comenzó a manifestar Paul con su sonrisa más simpática y la voz más acariciante que pudo encontrar. Añadió—: ¿Fuiste a la escuela nacional?
—Sí —replicó la joven tímidamente.
—¿Cuánto tiempo?
—Diez años.
—¿Tanto? ¡Caramba! —exclamó Paul complacido, con su inesperado éxito y mirando asombrado a la india—. Deberías de hablar muy bien el inglés. ¿Sabes leer y escribir?
—Sé leer... aunque no escribo muy bien —confesó ella con una risita.
—¿Te gustaba ir a la escuela?
—Sí, hasta que fui mayor.
Cogiendo un cajón Paul sentóse junto a la muchacha, contemplándola con una atención libre de disimulos, que hubiese podido ser mal interpretada por ojos extraños.
—Cuéntamelo todo, Natasha —pidió con avidez.
Paul miraba fijamente aquel rostro oscuro e impasible, y aquellas pupilas negras de la chica cuya educación, aparentemente, se hallaba a la par de la de una joven blanca de su misma edad.
—Natasha, ¿qué edad tienes?
—Dieciséis años.
—¿Y fuiste diez a la escuela?
—Casi.
—Bien, continúa, cuéntamelo todo.
—Sí, señor —asintió ella.
—Como sabrás probablemente —continuó Paul sonriendo—, soy socio de Belmont en el negocio ganadero. Pero pienso escribir libros sobre el desierto, los indios y la gente blanca que vive allí. Te pagaré bien si me hablas de ti misma, de la escuela, de tu pueblo y de todo lo demás. ¿Quieres?
—Sí, señor, aunque no aceptaré ni un céntimo de su dinero.
En aquel instante, la atención de Paul se vio destruida por una ruda mano que se apoyó en su hombro y una voz familiar. Paul levantó la mirad, encontrando a Wess a su lado y, destacándose bajo la luz de la lámpara, a Louise, con pupilas llameantes.
—Le estaba diciendo a Louise que tú habías ganado la apuesta, logrando que Natasha hablase contigo en inglés —gruñó el vaquero.
Paul se puso de pie, exteriormente frío y retraído, incluyendo a Louise en su respuesta.
—Sí, he ganado. No ha sido difícil, aunque muy sorprendente. Me he llevado el mayor asombro de toda mi vida.
Louise inclinó la cabeza, como aceptando la explicación de Paul sobre su interés por la joven india, pero sus ojos traicionaron su gesto. Dio media vuelta sin hablar y desapareció por las fúnebres sombras del puesto.
—De acuerdo, indiecita —dijo Wess, llevándose consigo a su amigo.
—No la viste venir, ¿eh? —le preguntó susurrando—. Estuve a punto de tropezar por mi afán de avisarte.
—¿Avisarme? ¿Para qué? —se extrañó Paul, admirado.
—Avisarte de la —llegada de Louise, para que no te sorprendiese hablando con Natasha. ¿No te fijaste en sus ojos cuando diste tu pequeña explicación? Claro que sus pupilas no lograron reflejar sus verdaderos sentimientos.
—Wess, yo no estaba flirteando con Natasha —protestó Paul.
—No trates de engañarme. Esa pequeña india tiene clase, y tú estás encaprichado por ella lo mismo que yo.
—Estás loco.
—Me empiezo a preguntar si Aguas Amargas también se ha apoderado de mí —declaró el vaquero con pesimismo—. Tú estás chiflado, aunque no sé por qué. Belmont también lo está por la ambición de hacerse rico rápidamente y largarse a otra parte. Hermana está loca por asesinar a Louise o dejarla entregada al furor de Belmont. Y Louise está loca por ti.
—Wess, a veces se me ocurre la idea de aplastarte la mandíbula de un puñetazo —le amenazó Paul, agotada su paciencia.
—Adelante, jefe. De todos modos, ten en cuenta que yo tengo unos dedos que forman un puño bastante fuerte.
—¿Soy yo acaso un alcornoque?
—¿Qué es eso?
—Un retrasado mental, con el cerebro de un niño, un ser cuya mentalidad no está plenamente desarrollada.
—Referente a las mujeres eres un alcornoque perfecto. Seguro, Paul.
—¿Por qué? ¿Porque una mujer se burló de mí?
—No, sino porque eres tan denso. Dios mío, me gustaría que fueses de otro modo. Sin embargo, éste es el motivo de que todas las mujeres se vuelvan majaretas por ti. Por esa expresión quejumbrosa de tus ojos. Pareces un chiquillo extraviado, Paul.
—¿De veras? Tal vez lo sea —replicó el joven, riendo a pesar de su irritación—. Pero esto no explica por qué Natasha se ha dejado prender en mi hechizo, como seguramente dirías tú.
—Exactamente. Y acepta este consejo: si alguna vez la encuentras en un sendero solitario, en tinieblas... ¡buenas noches!
—Está bien, mi fiel e irreprochable guardián, estoy advertido y prevenido. Y ahora, hablemos de Louise. ¿Por qué soy un retrasado mental referente a ella?
—¿No sabes acaso reconocer a una mujer celosa?
—Wess, me he fijado en la expresión de sus ojos. Pero, ¿cómo estás tan seguro? Al fin y al cabo, sabe muy poco de mí...
—Pues lo está —afirmó Wess con fuerza—. Apostaría en ello mi vida. Cuando te ha visto conversando con Natasha se ha parado en seco, muy sorprendida. Luego, sus pupilas han empezado a llamear. Y cuando ha dado media vuelta, marchándose con la majestad de una reina, he visto cómo su cara se ponía tan roja como una amapola.
Las palabras de su amigo aumentaron la culpabilidad de Paul, aunque teñida con una secreta sensación de placer.
—Wess, tal vez Louise sólo estaba avergonzada por mí —objetó el joven.
—Tal vez, aunque también de sí misma. Acepta mis palabras, amigo. Esa chica jamás conoció a un hombre de tu clase, al menos de mayor. Es como un barril de pólvora esperando la chispa. Sí, se ha enamorado de ti. Cuando una mujer odia a un hombre que se comporta mal con ella, está propensa a amar a otro, especialmente si ese otro es guapo y comprensivo. Además, la vida en este agujero tan sórdido y solitario no debe resultarle muy agradable. Por tanto, no te engañes y métete todo eso en la cabeza.
Paul se rindió al espíritu cáustico del consejo del vaquero y salió del porche. La noche, muy oscura, casi mística, con el viento que sollozaba amargamente, parecía extenderse hasta las cimas del acantilado. Los coyotes dejaban oír sus ladridos feroces. Por la parte del manantial todo era penumbra impenetrable y silencio. La meseta elevaba su corona a las estrellas. Paul intuyó la fuerza, la inevitabilidad del desierto, aunque sin que ello penetrase en su alma. Sólo se sentía trastornado. Al cabo de un momento volvió a entrar en el local, y pasando por el corredor, se dirigió a su iluminada habitación. Allí, de espaldas al fuego, que evidentemente acababa de eliminar, se hallaba una joven esbelta, cuyos ojos chispeantes eran como un imán: Louise.
Paul avanzó lentamente.
—Gracias, Louise, me mima demasiado —sonrió complacido.
La joven no contestó. Parecía considerablemente agitada. Paul trató de pronunciar unas frases banales.
—Esta tarde... me ha defraudado usted. Pensé que se hallaba por encima de ciertas cosas —expresó ella en voz baja, con menos reproche que tristeza.
—Lo siento. Pero, ¿cómo la he defraudado? —repuso Paul con simpatía.
Los ojos de la muchacha eran unos enormes abismos estrellados que parecían abarcar toda la iniquidad del hombre.
—¿Le estaba haciendo el amor a esa pequeña india?
El tono burlón de la acusación hizo que Paul se ruborizase. Si no estaba encolerizado, sí experimentaba cierta indignación junto con su culpa.
—Creo que está saltando a ciertas conclusiones erróneas, señora Belmont —replicó ásperamente—. Y aunque fuese cierto... si deseo enamorar a Natasha, ¿por qué he de abstenerme?
Ante su brutal respuesta, la joven vaciló y casi se tambaleó, como si él le hubiera asestado un golpe.
—Tiene razón. Supongo que he sido una tonta —murmuró desvalidamente.
Sin mirarle, inició la marcha. Paul no pudo resistir aquella mirada trágica. Vaciló, dividido entre la compasión y la indignación, sabiendo que debía dejarla salir del cuarto, aunque ansiando que se quedara. Le cogió una mano.
—Louise, no ha contestado a mi pregunta. ¿Por qué no he de enamorar a Natasha?
—Porque también ese vaquero... porque Belmont tontea con ella —susurró Louise apasionadamente.
Sus pupilas chispearon con tanto fuego que la revelación disimulada en sus palabras sólo le hizo pensar a Paul en la belleza de la joven.
—Y porque pensaba que usted... se hallaba por encima de tales cosas —terminó con amargura—. Su llegada aquí me procuró la única felicidad desde que vine a este horrible país... Usted me pareció muy diferente a él. Como un hombre al que se podía respetar...
—Louise, su insinuación es injusta —la interrumpió Paul rápidamente—. ¿Cómo habría podido yo comprender sus sentimientos? Wess apostó conmigo a que yo no era capaz de hacer que Natasha hablase inglés conmigo, y gané la apuesta. La chiquilla se interesó al instante por mis preguntas. Y yo me interesé, a mi vez, por ella. Pero no porque se trate de una linda salvaje. Fue por lo que dijo de la escuela... Y a mi vez le conté que soy escritor, y que le pagaría algún dinero si me contaba su historia.
La joven se volvió hacia él, evidentemente aliviada.
—Paul... perdóneme, por favor —le suplicó con voz trémula—. Fue tan duro para mí pensar... Ya sé que me he mostrado muy poco razonable, pero no pude impedirlo... después de las esperanzas que su llegada despertó en mí.
Lo que Paul vio en la expresión de Louise le arrancó a Paul una promesa.
—Yo... la ayudaré si puedo.
—Oh, claro que puede... —gritó ella, animada súbitamente.
—Ahora... váyase —susurró él, al ver que la joven vacilaba, no por falta de coraje, sino al fallarle la voz.
Ella obedeció y Paul se hundió en la silla que estaba delante del hogar. La muchacha acababa de proclamar lo que sentía por él, abierta, valerosamente, sin la menor sensación de culpa ni vacilación. Parecía ser toda alma, una de aquellas extrañas naturalezas que han de amar o morir. Paul acababa de comprender lo mucho que ella le necesitaba. No mendigaba cariño a cambio del suyo, si bien tal deseo debía hallarse retraído en las reconditeces de su interior.
Paul estuvo sentado largo tiempo, hasta que el fuego se trocó en unas mortecinas brasas, olvidado de su cansancio ante la revelación de Louise.
Durante toda la noche continuó en la misma postura, atormentando su cerebro con los pensamientos de lo que podía hacer para librar a la muchacha de su desdicha. Sí, él estaba en Aguas Amargas. Y una joven se había enamorado de él. Fuese cual fuese el resultado, estaba obligado a llegar hasta el final. Y debía proteger a Louise además de ayudarla. Ignoraba cómo conseguiría cumplir su promesa sin enamorarse de ella. De todos modos, tenía que lograrlo. La mañana encontró a Paul pensando todavía. Sin embargo, trataba de convencerse de que sólo obraba movido por la piedad, por su virilidad, sus sentimientos caballerescos.
Cuando los primeros resplandores del amanecer se filtraron por la ventana, el sueño le venció sin haber resuelto todavía su problema.
Capítulo IV

—POR mi parte prefiero el barro —declaró Belmont, mirando hacia el desierto.
Paul meditó tan rara respuesta. Para él, la mañana prometía un día bellísimamente soleado, sugiriendo la llegada efectiva de la primavera. El sol aún no iluminaba Meseta Negra, pero en el desierto un resplandor dorado y rojizo ahuyentaba el color gris de los riscos y los enormes paredones. Los grandes picos blanqueados que dominaban la región se veían con suma claridad aquella mañana, por primera vez desde la llegada de Paul. Muy lejos, al otro lado del Desierto Pintado y en el vasto valle del Pequeño Colorado empezaba la prominencia y elevación de la oscura tierra árida, que terminaba en la borrosa masa de las montañas Picos Gemelos, con sus conos nevados llegando casi hasta el cielo azul.
—Diantre, yo soy de Texas, y puedo asegurar que aquello no es un país dejado de la mano de Dios como éste —repuso Wess, contestando a Belmont.
—¿Qué dices tú, Doetin? —interrogó Belmont a un viejo indio que estaba con ellos en el porche.
Su rostro bronceado parecía una máscara de pergamino arrugado. Era delgado y de pelo gris, aunque su cuerpo estaba muy erecto, y su mirada se asemejaba a la del gavilán. Era el primer indio que veía Paul con ojos claros, en vez de oscuros; su matiz era indistinto, tal vez como el pedernal. El desierto era el sitio donde los hombres, las aves y los animales tenían los ojos más maravillosos. Doetin miró a su alrededor y replicó con un gesto resuelto, diciendo:
—Viento.
—Ya... —rezongó Belmont con disgusto—. Vamos adentro, amigo.
Y condujo al indio hacia el local.
—Vaya broma —comentó Paul riendo—. Belmont prefiere el barro... Wess, por este lugar deben de aprovechar el viento. El mes pasado sufrí más vendavales que en toda mi vida.
—Pues ten en cuenta que todavía no ha soplado en serio —observó Wess mientras encendía un pitillo.
—Oh, perdóname.
—Todos los jinetes conocen el viento —continuó el vaquero—. Y Belmont lo odia. Yo me he enfrentado con vendavales en las llanuras de Texas y en el Panhandle, y en la pradera de Nebraska en invierno, donde sopla de veras. Pero ahora supongo que aún ignoraba lo que es el viento.
—Vamos, me estás poniendo la carne de gallina.
—Amigo, el viento no es tan malo en sí mismo. Es lo que transporta. Frío, lluvia, nieve, polvo y arena. Y de todo esto, ¡que Dios me libre de la arena!
—Arena... ¿Te refieres a las ráfagas de arena?
—Exactamente —asintió Wess—. Crowther, el granjero nacional que vive aquí, me contó que estos bosques son el lugar más favorecido por el viento. Supongo, no obstante, que los vendavales no son tan fieros como los ciclones de Kansas. Pero llevan mucha arena y polvo. Por aquí hay más de ciento cincuenta kilómetros de arena, arcilla y grava, donde no crece nada, ni siquiera cizaña, y cuando el viento barre este terreno el resultado debe de ser muy duro, créeme. Lo peor de todo, no obstante, es que Aguas Amargas tiene el fragor de las tormentas de arena.
—Todo entra en nuestro trabajo cotidiano, Wess —replicó Paul.
—¿Sí? Bien, entonces será mejor que nos quedemos en casa y tonteemos con las chicas.
—¿Qué chicas?
—Tú con Louise y yo con Natasha. Paul, a veces me pregunto si tu madre llegó a conocerte —sonrió el vaquero.
—¡Oh, al diablo, Wess! —gritó Paul airadamente—. Admito que no soy muy inteligente, y ciertamente no tengo una mente perversa.
Wess cambió de tema sutilmente.
—Sólo bromeaba. No, Paul, no eres perverso, y yo hablo demasiado. Aguas Amargas me está sacando de quicio. Será mejor que vaya a ensillar los caballos.
Paul regresó a su habitación. No tardó en escuchar los pasos de Louise en el corredor. Cuando la joven apareció en el umbral con el almuerzo, Paul sintió renovarse en su interior una batalla mucho peor que la de los elementos. Al levantar la vista, vio con sorpresa que en las últimas semanas la muchacha había mejorado visiblemente. Las mejillas, antes enjutas y hundidas, estaban más redondeadas y, por tanto, más bellas; los ojos color topacio brillaban con luces y sombras suaves; y en la sonrisa que le dirigió había casi como el fantasma de una animación nueva y agradable.
—Bien, estoy mejor servido que lo estaría en el mejor hotel de Chicago o Nueva York —comentó él, galantemente.
—¿De veras? Sin embargo, todos esos hoteles tienen un amplio servicio de camareras —repuso ella con acento inocente.
—Oh, sí, pero las chicas no son tan bonitas.
—No se burle de mí —repuso ella, ruborizándose.
Parecía una chiquilla voluntariosa, a pesar de su figura ya de mujer adulta y de su larga cabellera. El hecho de haber sido forzada al matrimonio y la maternidad hacía que su falta de madurez resultara más trágica para Paul.
—No está usted muy acostumbrada a la adulación masculina —observó él, con cierto esfuerzo a través de su acento de ligereza.
Louise volvióse hacia él, apasionadamente, una verdadera mujer.
—¿Qué cabe esperar en un lugar como éste y con hombres como Belmont o sus compinches? —preguntó con tono irónico—. ¿Qué cabe esperar sino aburrimiento, odio, y unos tipos que siempre buscan algo cuando te dirigen la palabra?
—Por favor, perdóneme... no pretendía burlarme de usted, y me afirmo en lo que dije antes —dijo Paul, contrito.
Bruscamente, el humor de ella volvió a cambiar.
—Yo debo excusarme, Paul... pero no es fácil dejar de ser suspicaz... incluso ante usted.
—Lo entiendo —asintió el joven. Entonces, se vio asaltado por una idea—. Dijo usted que la vida aquí la aburría...
—Debería estar avergonzada por ello... pero hay tan poco que hacer... Claro que tengo a Tommy... pero no necesita muchos cuidados y, además, está Gersha que me ayuda a cuidarle... Y Hermana no me permitiría hacer nada del puesto, excepto servirle a usted las comidas y limpiar su habitación.
—Bien, entonces, tal vez empiece a escribir pronto. No me gusta usar la pluma ni el lápiz. Y mis cuartillas hay que pasarlas a máquina. ¿No podría aprender a escribir a máquina? Tengo una.
—No necesito aprender —le rectificó ella—. Mi tía solía dictarme. Sólo necesito un poco de práctica. Oh, sería estupendo.
—Naturalmente, le pagaría...
—Oh, no.
—¿Por qué?
—Porque no podría aceptar su dinero. Trabajar para usted ya sería bastante recompensa.
—Tonterías. Bien, si no quiere mi dinero entonces... yo no...
—¡Por favor!
Era tan magnética su mirada y tan apremiante su súplica que Paul sonrió.
—¿No se opondrá Belmont?
—En tal caso no me importaría —exclamó la muchacha con salvajismo—. Pero no creo que Belmont deje que se le escape algún dinero por nada de este mundo.
—¿Quiere decir que se quedaría con todo lo que usted ganase?
—Seguro.
—Bien, entonces esto lo soluciona todo.
—Oh, no, Paul. A mí me encantaría trabajar para usted. En fin... hable con él... y reduzca mi sueldo todo lo que pueda.
Aunque, bien a su pesar, se sentía un poco inquieto por su propia resolución, Paul regresó a la tienda y, acercándose a Belmont, que se hallaba en el mostrador conversando con Hermana, le espetó:
—Belmont, tengo que empezar a escribir mis obras o me retrasaré tanto que ya jamás estaré al corriente. Y mi trabajo tiene que hacerse a máquina. ¿Qué le parece si Louise trabajase para mí?
—Por mi parte, encantado, Manning —asintió el comerciante—. Tiene muy poco que hacer. Hermana no la deja guisar, y yo no quiero que esté en la tienda. La pobre se aburre junto a su ventana, y el niño se pasa gran parte del día durmiendo. Sí, Louise tiene mucho tiempo libre. Es una excelente idea. ¿Cuál será su sueldo?
—Oh, no mucho.
—¿Diez dólares semanales?
—Bien, es posible.
—Trato hecho. Que trabaje para usted.
La muchacha aguardaba a Paul al final del corredor, con mirada expectante.
—Tiene usted el ceño fruncido —observó ella al verle.
—¿De veras? Pues no es por su trabajo. Esto ya está arreglado.
—Lo sabía desde el principio. ¿Qué ha dicho?
—Que el bebé se pasa el día durmiendo.
De repente, el rostro de la joven volvió a ponerse rígido, como marchito, y Paul experimentó el vivo deseo de tenerla entre sus brazos.
—Como si a él le importase... —gimió Louise amargamente—. Cuando Tommy estuvo tan enfermo, apenas si entró a verle. Fue Hermana la que sugirió que podía ser el agua, y obtuvo leche de los indios... —la joven volvió a animarse—. Pero, afortunadamente, Tommy está mucho mejor.
—Precisamente, he estado pensando en él. Apenas le saca usted del cuarto y casi nunca le oigo llorar.
—No suelo sacarlo fuera mientras hace frío... todavía está débil, y Belmont, por algún motivo, no quiere verle en el puesto. De todos modos, Tommy ya está bien. Y es un niño muy bueno, que casi casi nunca llora ni se queja.
El nuevo resplandor de sus pupilas había alejado de ellas el cansancio y el odio.
—Me alegro —replicó Paul, aliviado—. Louise, ¿medita usted mucho, sentada junto a su ventana?
—¿También se lo ha dicho Belmont?
—Sí.
—Oh, sí, paso muchas horas al lado de la ventana —admitió ella, levantando de nuevo los ojos y dejándole ver a Paul aquel destello y la profundidad que tanto le sobresaltaban—. Aunque yo no lo llamaría meditar.
—¿Qué hace entonces?
—Mirarle a usted.
—¿No tiene otra cosa que hacer? —inquirió él, casi asustado, por tanta inocencia.
—Nada en absoluto que ahuyente mi aburrimiento —replicó la joven, llevándose una mano al pecho.
—Louise... ¿se da cuenta de lo que dice? —susurró él, con voz ronca.
—Perfectamente. Y me resulta tan consolador poder decírselo...
—Oh, qué chiquilla...
—No, Paul, se acabó la chiquilla —le interrumpió ella.
—¿Pero no comprende que no está bien hablar... de... de...?
—¿Hablar? —repitió ella, como en un tartamudeo—. No, yo sé que no hay ningún lazo que me ate a Belmont. ¿No lo comprende? Usted se ha mostrado amable, bueno, y en usted hay algo... ¡Oh, tenga paciencia conmigo!
—Tendría que reñirle... —contestó Paul. Casi estaba temblando—. Pero no puedo, Louise. Oh, si es posible que un hombre duro de mollera la comprenda a usted... yo soy ese hombre. Aunque ignoro lo que usted anhela.
—Sólo estar a su lado... verle de vez en cuando.
Súbitamente, cogiéndole por la chaqueta, la muchacha apoyó un momento una mejilla contra el hombro de Paul. Luego, se apartó con brusquedad y huyó de la estancia.
Transcurrió largo tiempo antes de que Paul se sobrepusiera a la emoción que le había asaltado. El crepúsculo reinaba ya sobre el día. El cuarto se había enfriado. Paul encendió un buen fuego en la chimenea y estuvo contemplando las llamas. Luego, encendió la lámpara. Las ovejas balaban lastimeramente junto a las chozas de los indios, y del desierto llegaban los ladridos de los coyotes. El viento gemía en torno al puesto silencioso. Paul experimentó la sensación de que Aguas Amargas y la sombra de Meseta Negra se abatían sobre él con su presa fatal e intangible.
Capítulo V

EL sol cálido, el cielo azul, la impresión real de la primavera en el ambiente, los juegos retozones de las ovejas y los corderos en el corral y los bufidos de los mustangos... todo esto podía ser responsable de la exaltación de Paul, pero éste tenía la secreta sospecha de que había algo más.
Era muy satisfactorio caminar sobre el terreno seco, trepar a la silla de montar sin los terribles dolores y punzadas y hacer frente a todo un día de cabalgada sin ningún temor. Paul se hallaba ya bien entrenado a montar, y empezaba a creer que un día no muy lejano llegaría a ser un jinete excelente.
También observó que Louise había construido un pequeño recinto hecho con tablas de madera en el porche situado delante de la cabaña que constituía su vivienda, anexa al puesto, donde el pequeñín jugaba todas las mañanas. Estaba delgado y no parecía muy fuerte, pero correteaba y parloteaba consigo mismo, muy contento y ufano, en tanto Louise no le perdía de vista ni un instante. Paul apenas veía a Belmont cerca del chiquillo.
Un día, Wess divisó a diversas reses extraviadas junto a Aguas Amargas.
—Eh, fíjate —exclamó—. Nuestras vaguadas se han secado.
—¿No era de esperar?
—Seguro. Mas no tan pronto. Esto hará que el ganado venga hacia aquí. La hierba no es ya tan buena en este extremo de la cuenca. Tengo una idea, jefe. Podemos construir un embalse en un lugar adecuado, para que contenga cierta cantidad de agua. Si Belmont hubiese sido un ganadero auténtico ya lo habría hecho.
—De acuerdo. ¿Cuándo empezamos?
—Oh, ya veremos. Según los pronósticos, tendremos un verdadero infierno de arena en junio, luego vendrá el sol que fríe vivo a los lagartos sobre las piedras y en agosto las terribles tronadas y las tormentas con aparatosos relámpagos... y las inundaciones. Vaya, si hay que creer a los indios, los cañones bajan llenos, y seguramente tú no querrás hallarte dentro de uno de ellos por entonces.
—Buen lugar, amigo... ¡Vaya desierto!
—Con todo, no es el infierno, camarada. Paul, tú me has arrastrado hasta aquí en aras de la amistad. Y esto preocupa mucho.
—Wess, no soy más que un pobre tonto.
—Un pobre tonto puede hacer mucho mal. Pero yo te aseguro que tu nombre es Paul Testarudo Manning.
—Mi nombre es «lodo».
—Naturalmente, tocante a las mujeres —gruñó el vaquero astutamente—. Igual que les ocurre a todos los hombres.
Cuando llegaron a la meseta, Wess efectuó la observación de que los picos blanquecinos, tan claros y atrevidos después del amanecer se veían oscurecidos por la bruma.
—¿Qué color es éste, jefe? Demasiado gris para ser humo.
—Parecen nubes.
—Hum... Te diré lo que es. ¡Polvo, por un trueno del diablo! Polvo al otro lado del Desierto Pintado.
—Entiendo. Los viejos piel roja conocían esta clase de viento. Bien, vaquero, vete a ver a Natasha, o da vueltas por aquí, si es tu capricho.
—¿Y tú qué harás?
—¿Yo? Cabalgaré por la comarca, como de costumbre, y te presentaré mi informe al regreso.
—Sí, lo mismo que la damisela que tenía una taberna en el Oeste. No, esto será terrible y hoy pienso ir contigo, y te aseguro que no tardaremos mucho tiempo en volver.
—¡No en tu vida! —exclamó Paul con vehemencia—. Wess, me gustaría verme atrapado en una tormenta.
—Lo cual es natural, incluso para un hombre. Pero no en una tormenta de arena.
—Quiero probarlo todo.
—Amigo, estás muy animado. Y ello me alegra, porque durante un par de semanas me pareciste un verdadero novato. De todos modos, jefe, deberías de demostrar mejor sentido común.
Detuvieron las monturas, según costumbre, en lo alto de la meseta. Aquel día, el paisaje le pareció a Paul indescriptiblemente diferente. No soplaba viento, lo cual ya formaba un contraste. El aire, muy quieto, estaba embalsamado. La enorme cuenca casi brillaba con destellos blancos bajo el resplandeciente sol; todas las cimas de alrededor se destacaban muy bien delineadas y escarpadas; el gran muro del cañón hacia el Norte se elevaba con su franja dorada y su cúspide negra; Kishlipi, al Este, presentaba sus laderas monteadas, cubiertas de cedros, mejor que nunca; y al Oeste, la majestuosa línea errante de las Montañas Eco se alargaba durante muchas leguas detrás de Meseta Negra.
—¡Oh, qué maravilla! —se extasió Paul.
—Amigo, estoy dispuesto a admitir que esta mañana todo es estupendo —gruñó el vaquero—, pero estamos muy lejos de Aguas Amargas. Además, el día es muy soleado.
—Bien, hasta luego —se despidió Paul, espoleando a su mustango hacia la pendiente.
Pero Wess no se movió.
—¡Maldito novato! ¡Cabezota! Si yo fuese el jefe, te despediría —refunfuñó el vaquero, con el semblante coloreado, y espoleando su caballo tras el de Paul.
«Sí, soy muy testarudo —reconoció Paul, resentido—. Pero deseo que ocurran cosas... aunque sean terribles. Y Wess siempre quiere ahorrarme las molestias.»
Durante varias horas y muchos kilómetros no ocurrió nada. El suelo ondulado de la cuenca presentaba un aspecto familiar e interesante. Era como si respirase la primavera. Paul encontró reses extraviadas que se abrían paso por la cañada que rodeaban a Soledad. Se encaminaban hacia la vaguada. Wess, a la izquierda, no perdía de vista a Paul.
La primera intuición del joven respecto a un cambio de aquellas condiciones perfectas la tuvo al no divisar su sombra en el suelo. Entonces, le sorprendió descubrir que el sol había palidecido de manera considerable, perdido todo su resplandor, no siendo más que un círculo redondo asomado entre nubes poco espesas. Una segunda mirada a lo alto le comunicó la noticia de que las nubes estaban muy bajas, de color gris, y corrían velozmente desde el Sur. Refrenó a su montura y tendió la vista por el valle en busca de Wess. Por fin localizó al tejano en lo alto de un promontorio, inmóvil, contemplando el cielo atentamente. Paul fue en su busca.
—Caramba, jefe, ¿qué quieres hacer? —inquirió el joven vaquero—. ¿Seguir rondando por aquí o marcharnos a casita?
—Creo que será mejor largarnos de aquí. Siento haberme comportado como un terco —reconoció Paul.
—Las nubes están altas y empiezan a soplar las rachas de viento huracanado —afirmó el vaquero. Lo mejor será echar a correr.
Tras estas palabras, Wess puso su mustango a un trote brioso y Paul le siguió. Calculó que se hallaban a unos diez o doce kilómetros del acantilado, y otros tantos al menos desde allí hasta Aguas Amargas. Su montura trotaba con seguridad, lo que le permitió al joven avizorar el cielo, cada vez más oscuro.
En el valle no soplaba ni el menor soplo de viento. El silencio resultaba ominoso y opresivo. Todavía hacía calor, pero evidentemente provenía del suelo. Paul experimentó una gran propensión a toser y sentir picazón en la nariz, lo que le dio a entender que estaba inhalando un polvillo invisible. Después lo olió. Gradualmente, la bóveda celeste fue adquiriendo un color gris, llegando a formar una masa humosa y compacta, a cuyo través el sol se dejaba ver ligeramente rojizo. Las nubes de polvo comenzaron a teñirse de amarillo. Y como por arte de magia el magnífico valle se transformó en un lugar casi gris, extraño, tenebroso, con cierto aspecto casi indefinible. El ganado se agrupaba formando rebaños, callado, inquieto.
Al llegar a un terreno más regular el vaquero espoleó a su cabalgadura al galope. Paul le imitó y a este paso cubrieron rápidamente una gran distancia.
—Andaremos para ahorrarles tantos esfuerzos a los mustangos en la cuesta —dijo Wess al pie de la ladera—. Tal vez después tengamos que cabalgar como demonios.
Paul se hallaba demasiado admirado por los cambios atmosféricos para experimentar ninguna preocupación. Sin embargo, su ensimismamiento fue cediendo el paso a una creciente excitación. Cada vez que hacía alto para recobrar el aliento, volvía la vista atrás, hacia la cuenca y a las extrañas nubes en forma de seta que atravesaban el cielo, así como el extraño sol. Los colores se iban fortaleciendo, en todos sus matices. Otra escalada en zig zag condujo a Paul al pie de la última ascensión. Aquel tramo final añadió mayor espectacularidad al panorama.
—Todavía... no hemos visto nada —jadeó Wess—. Espera a llegar a la cima... entonces podrás apretar los dientes.
Finalmente, llegaron a la cumbre del acantilado, Paul bañado en sudor y falto de aliento. Allí volvió la mirada hacia el Sur. Lo que divisó lo dejó atónito de temor y admiración. Al otro extremo del desierto, un muro amarillento, cuya altura llegaba hasta el firmamento, parecía avanzar hacia ellos. Era delgado por el Oeste y más grueso en el otro lado.
—Amigo, esto sí que es una buena vista —exclamó el vaquero—. ¡Arena colorada! Como un telón pintado. ¡Fíjate! Avanza hacia el extremo más alejado de la cuenca. ¡Diantre! Y aún hablan de los fuegos en las praderas... ¿Una tormenta? Yo diría que son todas las tormentas del mundo reunidas. Mira ese sol tan raro... Paul, esta vista es estupenda, pero tenemos que apresurarnos en nuestra marcha.
—¡Oh, no es maravilloso!
—Aún nos quedan más de diez kilómetros que recorrer por terreno escarpado y pedregoso. Y si este viento no va a ciento cincuenta kilómetros por hora, me comeré mi sombrero.
—¡Pero mira, Wess, qué magnificencia, qué cosa tan extraña! ¡Vale la pena haber subido aquí!
Paul sólo experimentaba el éxtasis del artista que ha aguardado muchos años para contemplar un fenómeno sublime de la naturaleza. Tenía los ojos muy abiertos como para forzar la visión. Paseaba su mirada por todo el reborde de Meseta Negra y el desierto, tan claro, de abajo volviéndola luego hacia el colosal muro amarillento, elevándola hasta la bóveda oscurecida por entre la que surgía un pálido sol color magenta, y luego la abatía hacia la cuenca, en cuyo extremo más alejado se arremolinaban las bajas nubes de polvo amarillo, púrpura y rojo. La tempestad se movía por aquella zona como las nubes de un tornado, y en pocos instantes cubrieron la mitad del valle. Kishlipi había desaparecido. La marcha del muro amarillo se tragó altozanos y mesetas, las escarpaduras de los cañones, las dunas de arcilla, y se enroscó sobre la artemisa. Su efecto más siniestro y estupendo parecía elevado hacia donde la parte superior del mundo formaba una feroz galerna que se curvaba en nubes enormes, finas y carbonizadas mucho más allá del desierto.
—¡Escucha, amigo! ¡Vaya estruendo! —chilló el vaquero.
Los oídos de Paul se llenaron de un bajo rumor que fue en aumento mientras escuchaba. Era una terrible advertencia. Sin embargo, el joven se mostraba reacio a marcharse de allí. A cada segundo cambiaba el espectáculo. Lo más maravilloso era que él se hallase en el centro de una atmósfera sosegada, espesa que, mientras la estudiaba, iba elevándose y ensanchándose, para terminar cambiando de lugar y aspecto. Un momento más tarde, divisó una franja de dos kilómetros de longitud, de color amarillento, teñida débilmente de rojo, gris y blanco, descendiendo sobre el reborde distante hacia el valle, para luego rodar y bajar y extenderse como el humo de un volcán, Y el vasto muro, que se iba aproximando, desgarrado por el vacío en sus cimientos, trocó su parte frontal en una tempestad aterradora de corrientes de viento cargadas de polvo, salvajemente roturadas, veteadas y estriadas, con sus estribaciones iluminadas, que saltaban a través del sol velado de púrpura. Y el sordo estruendo aumentó hasta llegar a un trueno horrísono.
—¡Monta y a correr! —le gritó Wess—. ¡De lo contrario, nos atrapará en seguida!
Paul saltó sobre su montura y la espoleó detrás del vaquero. El mustango era veloz y de patas ligeras. El estruendo y la excitación de la carrera se unían para obligarle a volar por la meseta. Los dos caballos mantuvieron veloz ritmo perseguidos por la tormenta. Paul miraba hacia atrás, de vez en cuando, emocionado hasta lo más profundo de su alma. El muro amarillento, alto hasta el cielo, tan sólido y recto como una pared de piedra, se hallaba escasamente a dos kilómetros de distancia, barriendo el paisaje a su paso con terrible y majestuosa indiferencia. Era una carrera entre los elementos y los animales conducidos por el hombre. Pero directamente al frente se hallaba el escarpado cinturón de la meseta, todo rocas y esquistos, vaguadas y riscos, terrenos sobre el cual resultaba peligroso galopar a caballo. Wess continuaba espoleando locamente a su montura, y Paul le imitaba detrás. Perdieron porque se vieron obligados a desviarse de la ruta recta. Y el trueno estalló casi a sus pies. Paul sintió la granizada de los guijarros en su espalda, lo cual le obligó a inclinarse sobre la silla. Le voló el sombrero y, planeando como un milano, no volvió a verlo jamás. Wess iba mirando hacia atrás con las mandíbulas apretadas. Por fin, el temor se inmiscuyó entre el tumulto de emociones de Paul. ¿Por qué Wess no hacía alto para buscar refugio al amparo de un refugio rocoso? Estaban atrapados. Los esbeltos juníperos se combaban sobre el suelo, las apelotonadas hierbas convertidas en bolas independientes corrían alocadamente hacia delante, y la gravilla volaba por encima del terreno, dificultando progresivamente la marcha de sus cansados caballos.
Paul, temiendo por sus ojos, no miraba ya hacia atrás. Bruscamente, el muro estuvo sobre él, empujando al mustango hacia delante. Por un momento, corrió impulsado por el vendaval, medio enterrado en los remolinos de polvo, por delante del sólido muro. Entonces, la sensación más fuerte de Paul fue el olor a polvo que se aferró a sus fosas nasales, y acto seguido, el intolerable estruendo de la tormenta.
El mustango de Paul cayó, arrojándole a él al suelo. El joven aterrizó con un golpe sordo, y todo se le tornó negro.
El movimiento, el dolor, las sensaciones vagas precedieron a una voz que retornó el conocimiento a Paul. Era un grito de Louise, muy próximo, aunque ahogado. Paul sintió cómo la muchacha lo sostenía. Sus pies chocaron contra algo duro. El ruido dentro de sus oídos se fue debilitando. Resonó un portazo. Luego, se encontró tendido en un lecho.
—Louise, no se ponga así. No está muerto —expresó la voz de Wess.
—¡Oh, este corte... con tanta sangre! —exclamó la joven con angustia—. ¡Y tiene el color de la muerte!
—Póngale una mano en el corazón.
Una mano pequeña se deslizó dentro de la camisa de Paul palpándole el pecho hasta hallar el corazón, y allí estuvo un segundo, presionando temblorosamente.
—Late... ¡Está vivo!
—Creo que sí. Se cayó del caballo... yendo detrás de mí, pero no pienso que esté malherido. Lo llevé detrás de una roca hasta que hubo pasado lo peor de la tormenta. Metí un dedo en ese corte. No es muy profundo. Temí que se hubiese roto el gaznate o la espalda. Pero todo está bien. Le limpié la sangre mientras vertía un poco de whisky en su garganta.
Wess se marchó y Paul estuvo a punto de abrir los ojos para asegurarle a Louise que había recobrado el conocimiento y que sus dolores eran ya mínimos. Pero la muchacha se inclinó hacia él, respirando un amor y una ternura desconocidos para Paul.
—¡Querido... oh, querido! Si hubieras muerto... —sollozó ella, besando las mejillas y la boca del herido, y apretando su desencajado semblante contra su pecho.
Al cabo de un instante, se incorporó. Paul oyó el sonido del agua al caer dentro de una palangana. Poco después, la muchacha le lavó la cara. En el corredor sonaron unos pasos rápidos y pesados. Se abrió la puerta.
—¿Ya ha vuelto en sí? —preguntó Belmont.
—Aún no —repuso Louise.
—Déjame verle.
Belmont colocó un tosco dedo sobre la herida de la sien del joven, lo cual hizo que Paul parpadease, decidiendo abrir los ojos cuanto antes.
—Mal sitio, pero no es una herida profunda. Wess, ¿qué opinas?
—Igual. Sólo fue un golpe... Sosténgale la cabeza, mientras le hago tragar un poco de licor.
Paul abrió los ojos.
—No para mí, Wess —rechazó débilmente—. No lo necesito.
—Canastos, me alegro mucho de que hayas vuelto en ti, jefe.
—¿Está usted bien? —inquirió Louise, inclinándose sobre él—. ¿Puede levantar la cabeza para que le ponga esta almohada debajo?
—Manning, me alegro mucho —gruñó Belmont, claramente aliviado—. Wess pensaba que podía estar malherido.
—No es nada. Sólo un golpe en la cabeza —replicó Paul, incorporándose ligeramente mareado—. Louise, por favor, déme el espejo.
—Jefe, la herida está muy alta y no te estropeará tu bello físico.
—Wess, eso me asusta menos que tener machacada mi materia gris. Bien, como de costumbre, he tenido suerte. Louise, véndeme, por favor. Encontrará todo lo necesario en mi estuche de piel.
Belmont dirigióse a la puerta.
—He dejado un parroquiano a medio atender. En realidad, no ha sido nada, Manning. Así se acostumbrará a los accidentes.
—¿Es una tormenta de arena?
—¿Lo qué, estas pequeñas ráfagas de polvo? ¡Ja, ja!
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Paul, medrosamente.
—Belmont, ahí fuera se estaba muy mal —gruñó Wess, agriamente.
—Sin embargo, antes de que los remolinos nos alcanzasen, el espectáculo fue maravilloso. Pero —añadió Paul—, bromas aparte, ¿no es ésta la verdadera vida?
—Sí, claro, en forma de tempestad de polvo —admitió el comerciante riendo—. Pero cuando sopla el viento y arrastra la arena... entonces, hay que buscar refugio lo antes posible.
—Crea que lo buscaré —declaró Paul, mientras Belmont cruzaba el umbral.
Louise se mostró mucho menos hábil que gentil al vendar la herida de Paul; sin embargo, terminó la operación a satisfacción de aquél. El contacto de Louise era una caricia. Y la joven se demoró en la cura hasta que el vaquero refunfuñó:
—Louise, ¿qué haría usted si algún día trajese a Paul a casa herido de veras, o con una pierna rota?
—Oh, Dios mío... —gimió la muchacha—. ¡Jamás...! Perdonen, pero nunca me había mostrado tan torpe y lenta.
—Seguro, lo comprendo. Para una mujer, todo depende de quién es el hombre para el que trabaja. Apuesto cualquier cosa a que si fuese Paul quien me hubiese traído hasta aquí herido, usted no se habría mostrado tan lenta ni tan...
—¡Largo, vaquero del diablo! —gritó ella, enfurecida.
—Oh, Louise, lo dije en broma —replicó el joven, contrito—. De todos modos, me marcharé.
—Paul... ese tipo es terrible —se quejó Louise, casi llorando.
—Sí, Wess resulta a veces un poco insoportable —admitió el herido.
—Bien, me quedaré con usted. Tiéndase y descanse. ¿Le duele la cabeza?
—Un poco —asintió Paul, permitiéndole a ella ponerle cómodo—. Louise, también me duele la conciencia.
—¿La conciencia? No creía que tuviese usted una cosa tan inconveniente. ¿Qué ha hecho ahora?
—Cuando Wess me trajo aquí y me dejó en cama yo no estaba inconsciente.
—¿No? Pues lo parecía.
—Bien, no lo estaba. Cuando Wess fue a buscar el whisky yo estuve a punto de abrir los ojos... sólo que no lo hice.
—Oh... maldito bribón... ¿Quiso hacernos creer que estaba muerto sólo por... por... por ver si...?
—Louise, no pude seguir adelante, a causa de usted.
—Gracias. ¿Qué hice yo?
—¿No se acuerda?
—No tengo la menor idea —afirmó ella, pero aunque sus ojos se encontraron con sinceridad con los de Paul, un fuerte rubor tiñó sus mejillas.
—Entonces, no se lo diré.
—Paul, me hallaba fuera de mí... Pero, fuese lo que fuese que hiciera yo... no estoy avergonzada de ello.
Capítulo VI

PAUL se despertó tarde por la noche. La cabeza le zumbaba con un dolor sordo, y no logró conciliar de nuevo el sueño. Además, el viento cargado de polvo tampoco inducía al reposo.
Le pareció que por encima y lejos del puesto sonaba un estruendo continuo, bajo, apenas discernible. Sin embargo, tras la esquina del puesto, la cabaña y el patio, el viento soplaba con intermitencias, con una fuerza y un sonido nuevos para él. De repente, resonaba una ráfaga cargada de guijarros y polvo, que chocaban contra las paredes de la casa. Luego, se producía una pausa, que terminaba con un lamento, y un rumor como el susurro de seda contra la ventana, y por fin se oía un ruido sibilante. En el aire planeaba una amenaza, con el murmullo del desierto, duro e inevitable.
Después, unas pasadas de caballo y las ruedas de un carromato distrajeron a Paul de su melancólico ensimismamiento. El ruido procedía de la parte del río y cesó poco después. Paul escuchó unos débiles pasos, aparentemente delante del puesto, y una vez un crujido bien distinto, como si alguien acabase de dejar algo en el suelo. Tras una pausa oyó el rumor del carro que se alejaba por donde había venido. Fue entonces, cuando Paul pensó que sucedía algo desacostumbrado. Los viajeros nunca, o muy raras veces, pasaban de noche tan tarde. Tal vez, alguien procedente del cañón y la línea de Utah había visitado a Belmont a las dos de la madrugada. Sin saber por qué, aquello le intrigó y añadió otro aspecto a la singular complejidad de Aguas Amargas.
Todavía reflexionaba sobre ello cuando fue a desayunarse a la mañana siguiente.
—¿Cómo se encuentra? —le preguntó Louise solícitamente, después de darle los buenos días.
Belmont, con sus modales rudos, también se interesó por él.
—No demasiado mal, aparte del cansancio de la galopada —replicó Paul.
—Será mejor que hoy holgazanee —le aconsejó el comerciante, en un tono que era más una orden que una sugerencia.
—¿Por qué?
—Hay ráfagas de polvo. Hay muy mala visibilidad.
—Yo opino lo mismo, jefe —agregó Wess.
—De acuerdo, hoy estoy bajo de forma. Pasaré el día tratando de poner en orden mis escritos.
—Lo que he leído me ha gustado mucho —afirmó Louise tímidamente.
—De pronto. Paul se acordó de la pregunta que tanto le había intrigado aquella noche, y al formularla miró fijamente a Belmont.
—¿Quién fue su visitante de anoche?
—¿Qué? —se sobresaltó imperceptiblemente el comerciante.
Paul repitió la pregunta, añadiendo:
—Oí cómo venía y se marchaba un carromato.
—Pues yo no oí nada —repuso Belmont—. Seguramente, alguien que estaría de paso.
Acto seguido, Paul dedicó toda su atención al plato hasta el final del desayuno. Acababa de pillar a su anfitrión en una mentira. Ello no le importaba demasiado a Paul, mas sin saber por qué lo archivó en su memoria. Más tarde, cuando entró en su habitación junto con Wess, le preguntó si había oído el carromato.
—Seguro. Y no fue la primera vez —replicó el vaquero con un bufido—. Créeme, jefe, este sitio es muy extraño. Ya sabes que tengo la tienda a un tiro de piedra del camino. Pues bien, la próxima vez que me despierte de madrugada, me pondré los calcetines y saldré a investigar.
—Sí, por favor. ¿Cuál será el negocio de ese tipo?
—No lo sé... aunque tal vez no sea asunto nuestro —reflexionó Wess—. De todos modos, ese hombre me intriga, jefe. Por ejemplo, yo sé que les vende whisky a los indios.
—Creía que en las reservas esto era ilegal.
—Claro, va contra la ley en todas partes. Pero precisamente ayer vi a un par de indios que salían del puesto, con unas bolsas de papel, que parecían llenas de botellas.
—¿No podríamos hacer algo?
—No a menos que pudiésemos demostrar lo que hace... y además, ¿no perjudicaría esto a Louise? Por tanto por Louise como por nuestro ganado. ¿Entendido, jefe?
—Sí, tenemos que quedarnos —asintió Paul.
—Y, créeme, estamos metidos en una trampa. Sí, a mí gusta esa jovencita, y no de la forma que suelen gustarme las mujeres. Bien, traté de sonsacarla respecto a Belmont, pero no quiso hablar. Y está asustada por lo poco que dijo. Me aprecia mucho, aunque no de la misma forma que a ti. Y me ha formulado miles de preguntas respecto a ti. Le conté todo lo que sé... Oh, Louise ha cambiado mucho. Ya no hay en sus ojos la expresión de tristeza de los primeros días.
—Sí, es cierto, gracias a Dios —exclamó Paul con fervor.
—Perdona, jefe, que me muestre tan serio. ¿Sabes que Louise está enamorada de ti?
—Eso temo —asintió Paul a regañadientes.
—Si se tratase de un caso ordinario, jefe no tendría que importarnos. Pero Louise se ha enamorado terriblemente... ¡terriblemente! Seguro que es un primer amor. ¿Qué piensas hacer?
—¡No lo sé!
—Me lo figuraba. Y, por otra parte, sé que aquí sucede algo, que ocurrirá algo.
—Wess, ¿puedes explicarte mejor?
—No, diantre, no puedo. Pero cada vez que tomo un sorbo de esta agua alcalina o contemplo el manantial de Aguas Amargas, tengo la extraña sensación de que ocurre algo... Además, un hombre está hecho de lo que come y bebe. ¿Sabías que Belmont no bebe nunca de esa agua?
—No.
—Pues así es. Belmont bebe vermut, ginebra y cerveza, y también licores fuertes. He aquí otra cosa rara en ese individuo.
—¡Eh, vaqueros! —gritó Louise desde fuera—. Belmont quiere verles en la tienda.
—Bien, ahora vamos —replicó Paul.
—Yo le asearé la habitación —se ofreció la joven.
Hallaron al comerciante en su despachito, un cubículo situado más allá del mostrador.
—Manning, tengo la oportunidad de adquirir doscientas cabezas de ganado. Reses mezcladas. A veinte dólares uno. ¿Le interesa cerrar el trato a diez dólares por res? De lo contrario, sufrirá muchas confusiones y tendrá demasiado trabajo. Yo conduciría la manada hacia la cuenca, junto con la nuestra. Y ustedes tendrían que marcarlas. ¿Qué tal?
—Que la oferta es atractiva y a bajo precio. ¿Qué opinas, Wess?
—¿Cómo consiguió una manada tan barata? —quiso saber el vaquero.
—Mi amigo, el que vive al otro lado del Colorado, necesita dinero con urgencia. Si condujese su ganado hacia el ferrocarril del Norte, le costaría tiempo y pérdida de reses.
—Ajá... Bien, el trato parece excelente.
—¿Hecho, Manning? —preguntó el comerciante.
—Hecho, Belmont.
—Magnífico. Es usted un socio estupendo. Hoy mismo haré que un jinete indio vaya a concertar la compra. Sin embargo, no hay gran prisa respecto al pago. No necesitaré el dinero hasta que yo vaya a Wagontongue.
—¿Qué diría de una cuenta, Belmont? —inquirió el vaquero—. ¿Aquí o allí?
—En ambos sitios. Ya me interesaré por la de ustedes. Y podrán trasladarla aquí, si quieren. El ganado tendrá que bajar a abrevar a Aguas Amargas. Desde el río el trayecto es largo, con sólo un par de vaguadas en medio.
—¿Por dónde cruzarán?
—No sé. Probablemente, por el Cruce de los Padres. ¿Por qué?
—¿No será mejor hacerles cruzar por el transbordador de Lee?
—Claro, sería más seguro. Pero se halla a varios días de marcha del camino —replicó el comerciante con brusquedad.
Evidentemente, habiendo cerrado el trato quería terminar la entrevista.
—No lo sabía —manifestó el vaquero con frialdad—. No he cabalgado mucho por esa región de cañones. Pero tengo ciertos conocimientos de la misma gracias a nuestro granjero nacional. No es posible hacer descender el ganado por la meseta Paria, ya que en este caso tendrían que venir por el valle House Rock. ¿Y por qué habría que llevar el ganado hacia el Cruce de los Padres cuando podrían vadear a nado a bastantes kilómetros más hacia aquí?
—Wess, no hay nadie por aquí que conozca las sendas de los cañones. De todas maneras, no sé exactamente por dónde cruzarán las reses. Además, no hay forma de saber cómo bajará el río en esta época del año. En fin, todo esto no debe preocuparnos, mientras el ganado llegue en buena forma.
—Seguro que no. Sin embargo, si a usted no le molesta, iré con ese jinete indio y le ayudaré a conducir la manada.
—Ya. Y... otra cosa. ¿Tan amigo suyo es ese tipo que le vende el ganado a mitad de precio?
—Wess es usted un preguntón —se ofendió Belmont, enrojeciendo.
—Seguro. Soy el capataz de Manning, y si él concierta un trato, yo tengo la obligación de enterarme de todos los detalles.
—Ciertamente. Pero sus insinuaciones me ofenden. Le aconsejo que se limite a cabalgar por la región, si quiere conservar su empleo.
—Comprendo. Gracias, Belmont —masculló el vaquero con tono seco y una nota crispada en su voz—. No quería ofenderle.
Paul, pensativamente, siguió al vaquero afuera de la tienda, y luego por el corredor. Louise estaba quitando el polvo del cuarto de Paul. Wess salió al exterior y Paul se reunió con él.
—¿Qué sabes de todo esto? —preguntó el vaquero, muy brillantes sus pupilas, con unas chispitas que oscilaban como la aguja de una brújula.
—Belmont me desconcierta —contestó Paul dubitativamente—. Me molesta como una llaga en el pulgar.
—Jefe, yo habría rechazado ese trato a no ser por una cosa. No es conveniente mezclar una manada de Belmont con la que tenéis en sociedad. Esta clase de cosas ya las he visto antes y siempre resultan fastidiosas, aunque ambos socios sean honrados. Y que me cuelguen si ese comerciante lo es, ni siquiera en un trato ganadero. ¿No opinas lo mismo?
—Belmont no me inspira ninguna confianza. Pero tengo la sospecha de que si rechazáramos su proposición, todo sería peor para nosotros.
—Doscientas cabezas... ¡Más de dos mil pavos que tendrás que entregarle! No me gusta, Paul. Y que me maten si dejo que ese tipo nos robe el dinero. Créeme, voy a convertirme en su sombra.

El polvo soplaba a veces en ráfagas rojas, amarillas y grises, sumamente molestas para el rostro. Sobre la meseta colgaba una bruma caliginosa. Y en el valle, entre el mismo y la Meseta Negra diversas zonas variaban con los remolinos de polvo. El viento, sin embargo, aflojaba.
Paul dejó a Wess y volvió a su habitación que, gracias a Louise, era el lugar más confortable del puesto. No había conseguido echar una ojeada dentro del apartamento de la joven, pero hubiese jurado que estaba limpio y aseado, a pesar del polvo y la arena.
Sentóse ante la mesa. Era el primer día desde que empezara a recorrer la comarca a caballo que se quedaba en casa. No tardó mucho en observar que su presencia obraba un efecto benéfico en la muchacha. No sólo contó las veces en que ella penetró en el cuarto, sino que incluso llegó a hacerlo constantemente.
—Louise —díjole él por fin con una amable sonrisa—, ¿no tiene ya más excusas para entrar?
—Oh... ¿le molesto? Perdóneme si no le dejo escribir —replicó ella, confusa.
—¿Le gustaría sentarse en el brazo de la butaca y ver cómo escribo?
—Bromea usted.
—Oh, en mis rodillas. Esto me inspiraría.
—Creo que es usted horrible —enrojeció la joven—. ¡Pero me gustaría! —confesó huyendo de la habitación.
Paul, sintiéndolo mucho, no volvió a verse molestado en todo el día.

Al día siguiente, Paul y Wess desafiaron de nuevo las rachas de polvo. Por algún motivo ignorado, los jinetes indios, contratados e instruidos por Belmont, no habían aparecido últimamente. Wess lo achacó a manejos subversivos del propio comerciante. Paul opinó que ello se debía únicamente a la pereza de los indios y a su aversión a salir de sus tiendas cuando soplaba el viento.
—Desde aquí, el tiempo no parece tan malo —exclamó Wess, cuando hicieron alto en el reborde de la meseta.
—Supongo que a partir de ahora tendremos que cabalgar siempre juntos —sugirió Paul—. No creo que hubiese sido tan afortunado cuando me caí del caballo de haber estado solo.
—Amigo, a veces muestras destellos de inteligencia humana. Precisamente, iba a comunicarte que no pienso volver a dejarte solo nunca más por estas regiones. No sabemos con qué diablos tropezaremos a partir de ahora.
Paul llevó al vaquero a la elevación que había bautizado como Colina Soledad, y Wess expresó su admiración con diversas exclamaciones.
—Es un lugar maravilloso para soñar y vigilar —concluyó.
Descansaron, almorzaron, conversaron y estudiaron aquella parte más compleja y escarpada del valle. Wess manifestó más de una vez su sorpresa por haber hallado un sitio tan diferente, y un territorio más idóneo para el ganado, aunque más duro para los jinetes.
—Ahora que pienso en ello —observó Paul—, en mi última excursión iba casi doble número de reses que ahora.
—Es raro, ¿verdad?
—Supongo que estarán pastando cerca de Aguas Amargas. Pero, ¿dónde?
—¡Regístrame! Creo que entre aquí y el puesto hemos divisado unas quinientas cabezas.
—Sí. Y habrá la mitad a la vista desde aquí. ¿Dónde están las otras dos o trescientas?
—¡Ja, ja, ja! —se echó a reír el vaquero.
—¿Qué te pasa, tonto, para reírte ante una pregunta tan justa?
—Nada, me encuentro perfectamente bien. Ha sido una idea graciosa que se me ha ocurrido.
—Está bien. Pero cuando tengas algo de qué reírte, dímelo también y reiremos juntos.
Paul había adquirido ya el hábito de estudiar los puntos distantes a simple vista y aplicar después los prismáticos a sus ojos a fin de adiestrarlos debidamente. De esta forma fue como divisó una columna de humo que surgía junto a una entalladura rocosa que descendía hacia el cañón. La estudió algún tiempo antes de pasarle los prismáticos a Wess.
—Humo... Asciende desde el extremo del cañón, allí donde éste se abre. ¿Qué opinas?
—¡Maldito si lo sé! Se halla a unos veinticinco kilómetros de distancia. Vaya, se trata de lo más interesante que hemos visto por aquí.
—¿Por qué? Con toda seguridad, se trata de una fogata india.
—Sí... con toda seguridad. Pero dime una cosa: ¿hay nada seguro en esta región y en nuestro trato con Belmont? Tal vez sea una fogata india... o tal vez no. Yo he vivido mucho tiempo entre los indios y ordinariamente no construyen unos fuegos tan grandes. No malgastan la leña como los blancos. Y tampoco es ésta una localidad para fuegos de señales. Caramba, me siento tan curioso como una comadre vieja.
—Me estás interesando, vaquero. Y vamos a ver qué es esto.
—Imposible. No desde aquí. Además, está demasiado lejos. Jefe, estaba pensando... ¿Qué excusa podemos dar por pasar una noche fuera del puesto?
—¿Esta noche?
—No, no tenemos comida ni mantas... ni bebida. Otra noche, cuando lo tengamos bien planeado.
—¿Excusa? ¿Necesitamos alguna? Nos quedamos al raso, y nada más.
—Te apuesto mi revólver a que si se lo comunicamos esta noche a Belmont se opondrá fuertemente a la idea.
—¿Crees que Belmont objetará ante un campamento nocturno? —preguntó Paul con incredulidad.
—Tengo esa idea.
—Pues me parece absurda.
—Quizá. Yo siempre tengo ideas extrañas. Bien, supongamos que esta noche, a la hora de cenar, le explicas a Louise que deseamos acampar fuera una noche.
—De acuerdo, Wess —asintió Paul. De repente, se puso meditabundo.
Por la tarde decayó el viento y cuando los jinetes se detuvieron en lo alto de la meseta, el polvo no les azotaba ya el rostro. Sin embargo, el crepúsculo tenía la insinuación del polvillo en el aire, ya que todo el Oeste, desde el horizonte al cenit, era como un velo púrpura, centrado por un disco rojizo oscuro. Descubrieron que Belmont se había ido hacia el Norte y no había regresado todavía. Su ausencia se manifestaba doblemente por la encubierta vigilancia de Hermana y la marcada alegría de Louise.
A la mañana siguiente, no obstante, a la hora del desayuno, Paul tuvo la oportunidad de poner a prueba la actitud del comerciante ante su deseo de pasar la noche lejos de Aguas Amargas.
—He descubierto un paraje magnífico y muy vasto en la cuenca —le manifestó a Louise, como sin hacer caso de Belmont—. Es una especie de prominencia del suelo. Con árboles, rocas, hierba y artemisa... en fin, un lugar delicioso y muy bello. Pero se halla tan lejos de aquí que sólo podemos permanecer allí un par de horas antes de vernos obligados a regresar. Por lo tanto, me gustaría llevarme un poco de comida y unas mantas y pasar una noche allí.
—Sí, se divertiría usted, y le encantaría pasar una noche al aire libre —accedió Louise.
Pero inmediatamente, la joven comprendió que tal aventura mantendría a Paul alejado del puesto y su sonrisa se desvaneció.
Wess le pegó un puntapié a su amigo por debajo de la mesa.
—¿Qué es esto de acampar fuera? —preguntó Belmont con un gruñido.
Paul le contó, con menos fluidez, lo referente a la proyectada excursión nocturna, ya que sabía que el comerciante no había perdido una palabra de su interesante relato.
—No, es una tontería —se opuso Belmont—. Otra idiotez de novato.
—Belmont, ¿cómo podemos conocer todo este territorio sin pasar una noche al menos al aire libre? —intervino Wess, como pidiendo información.
—Los indios se cuidarán de eso. A propósito, hoy podrán descansar los dos todo el día. Espero que llegue el ganado nuevo antes de anochecer. A Wess le gustará contarlo antes que sea llevado al monte.
Más tarde, en la habitación de Paul, el vaquero expresó su parecer.
—Ese hombre tiene algún motivo para no permitirnos pasar una noche acampados. Y estoy seguro que tiene algo que ver con el humo que hemos visto.
Paul no tuvo tiempo de contestar, ya que en aquel instante apareció una Louise pálida y con los ojos casi desorbitados.
—Wess, le he oído —interrumpió con voz tensa y baja.
—¿Sí? Bien, no importa, Louise. No tiene nada que ver con usted.
—Wess, al decir este hombre se refería usted a Belmont, ¿verdad?
—Exactamente.
—Y usted implicó algún motivo poderoso y oculto para su oposición a dejarles pasar la noche fuera, ¿no es así?
—Louise, no sé con exactitud cuál es su motivo, pero su actitud no es normal. Sé que se opondrá a nuestro proyecto con todas sus fuerzas.
—Louise, a mí también me parece muy extraño —se inmiscuyó Paul.
—Oh, lo sé. No quiero que me interpreten mal. He venido a manifestarles que pienso que Belmont se ha portado muy mal con ustedes. Y en su lugar, yo pasaría la noche al raso, a pesar de todo.
—Lo cual es precisamente lo que haremos —afirmó Wess—. Louise, usted es una chica muy decente y sincera. Pero ha de cuidar que Belmont no sepa que está en contra suya.
—No me importa ya que se entere.
—Louise, tiene usted nervio... ¿Cuánto tiempo piensa estar aquí?
—¡Hasta que alguien me lleve consigo! —replicó ella con uno de sus usuales estallidos de pasión, dando media vuelta para marcharse.
Paul casi saltó hacia ella, pálido el semblante, pero la muchacha dejó la estancia. Wess maldijo en voz baja.
Con un gesto que expresaba su futilidad, Paul volvió a sentarse en la butaca.
—Esto ya lo sabía —suspiró el vaquero—. Y opino que dejaría en seguida a Belmont si supiese a dónde ir, y no fuese por el niño. Sí, esta chica merece todos mis respetos... y bien, si tú no te la llevas lo haré yo.
—Para mí es imposible huir con la esposa de otro individuo.
—¿Esposa? ¡Y un cuerno! Las circunstancias alteran los casos, amigo, y ésta es una de estas ocasiones. ¡Sí, éste es un caso muy especial!

Paul halló sumamente difícil escribir aquel día. La sincera exclamación de Louise le atormentaba, y la declaración de Wess había acabado de trastornar su equilibrio. En conjunto, todo ello ponía una nueva luz a la situación, una luz de desesperación. Paul comprendía que Louise no podría soportar eternamente su posición degradante en Aguas Amargas. Y acabaría por dar algunos pasos que sólo la conducirían a una situación más trágica todavía. Belmont no le concedería jamás el divorcio, además pertenecía a esa clase de hombres que siempre se muestran brutales y violentos con las mujeres. Y estaba el bebé, que formaba parte de su propia tragedia, tanto como Louise. Por fin, a Paul le resultó imposible seguir trabajando. Y al dejarlo, descubrió que se hallaba de un mal humor inexplicable.
Como su depósito de leña estaba agotado, Paul salió en dirección al amontonamiento de troncos de cedro que había acarreado cerca del puesto y empezó a trabajar con la sierra. Era la labor más agotadora de cuantas había emprendido, y trabajó con denuedo y rabia.
Louise le encontró allí.
—Paul Manning, ¿qué hace? —le gritó.
—Aserrando madera... sin quejarme.
—¿Quiere acaso matarse?
—No, que yo sepa... aunque no me importaría —repuso el joven, apoyándose en el serrucho.
—¿No ha oído la campana de la cena?
—No, pero no quiero comer.
—Oh, Paul, ¿qué le ocurre últimamente?
—No lo sé. Tal vez aquel golpe en la cabeza me volvió loco.
—Tonterías... Si apenas fue nada. Pero usted está cambiando, extraño... ¿Está enfadado conmigo?
—Ciertamente —asintió Paul, tratando de mirarla tranquilamente sin gran éxito.
Aunque Louise no hubiese sido una criatura tan encantadora, su preocupación por él y su anhelo de verse ayudada por el joven habrían derrotado cualquier intento de severidad.
—¿Por qué? ¿Qué le he hecho?
—Usted nos dijo a Wess y a mí que se quedaría en Aguas Amargas hasta que alguien se la llevara lejos de aquí.
—Si pudiese irme con alguien... sería con usted.
La voz de la muchacha era baja y de repente estuvo llena de amargura, y Paul sintióse por el momento asaltado por una atormentadora emoción que no supo descifrar.
—Pues no parece que esté usted muriéndose aquí —le replicó Paul, tratando de ocultar su agitación—. Está ganando en hermosura... Oh, sí, Louise, es usted muy bella.
—Paul, sé que está bromeando.
—Es la verdad —afirmó el joven, meneando la cabeza—, lo cual no ayuda en nada. Si usted fuese... fea, todo cambiaría. ¡Ojalá lo fuese!
—Es usted muy amable, Paul —se burló ella—. Pero ¿por qué?
—Porque entonces no la querría Belmont.
La joven enrojeció hasta la raíz del cabello.
—Ya no me quiere... como antes —contestó ella, con voz quebrada.
El humor de Louise mejoró de repente.
—¿Quiere saber que me gustaría más que nada? —preguntó con un destello dorado en sus pupilas.
—Casi temo que me lo cuente.
—Tiene razón. ¡Una vez vi una foto en una revista de modas! Oh, me gustaría llevar aquel vestido... y que usted me llevase a un baile.
—¿A un baile? Ya dije que es usted una chiquilla... ¿Sabe bailar, Louise?
—Oh, sí. Claro que no he bailado desde que iba a la escuela. Ya hace tanto tiempo... Pero aún sabría bailar. Yo tenía unos pies alados.
—¿Comprende que usted me está deliberada, descaradamente, haciéndome el amor?
—Nada de eso —le atajó ella con firmeza.
—Muy bien, si no es así... continúe. Pero no respondo de las consecuencias.
—¿Usted? Oh, Paul Manning, si huye usted de mí como de la peste. Vaya, ahí llega el ganado nuevo. Paul, no me gusta nada su nuevo trato con Belmont.
—Tampoco a mí... ni a Wess —asintió Paul, contemplando la manada que se aproximaba al puesto—. Aunque todavía no he pagado.
—Mañana, a esta hora, ya lo habrá hecho —pronosticó la joven—. Le oí decirle a Hermana que aceptaría un cheque suyo y se iría a cobrarlo a Wagontongue.
—¿A Wagontongue? Caramba, eso nos dará a Wess y a mí la oportunidad de estar fuera una noche. ¡Mire! Wess está trepando por la cerca del corral. Iré con él y echaré un vistazo a mi última tontería.
Antes de que Paul llegase al lado del vaquero, una fila de ganado de dos y tres en fondo le impidió el camino y no pudo cruzar hasta el corral. Encaramado en un peñasco, intentó realizar un recuento de las reses. Pero cuando se espesaron más perdió la cuenta y abandonó su intención. Como los animales que iban en cabeza aflojaban la marcha, tardaron más de una hora en descender hacia la balsa. Tres jinetes les cerraban el paso por retaguardia, el último de los cuales, un individuo bajito y gordo, cubierto de polvo, hizo alto ante un grito de Wess. En el mismo momento, Paul cruzó el sendero para reunirse con aquél. Evidentemente, se habían ya intercambiado los saludos pertinentes.
—Calkins, éste es mi ayudante, Montana Slim —mintió Wess, lacónicamente, indicando a Paul—. Llevamos aquí una semana.
—¿Qué tal? —saludó el otro, mirando atentamente a Paul—. ¿Dónde está Belmont?
—Creo que en vanguardia.
—¿Y el socio de Belmont?
—Por ahí... ¿Qué tal la conducción de hoy, Calkins? El ganado parece un poco mustio, abatido.
—Las reses llevan andando sin descansar desde ayer —contestó el otro vaquero.
—¡Diablo! —exclamó Wess—. ¿Cómo cruzasteis el río?
—A nado —repuso Calkins brevemente, y continuó cabalgando.
—¿Perdisteis muchas cabezas? —insistió Wess, siguiéndole.
—No, ninguna —replicó el otro sin volverse.
Paul contempló a Wess inquisitivamente, sobresaltándose, ante la feroz expresión de su amigo. Al momento, éste prorrumpió en otro estallido de profanaciones que superaba a todo cuanto a este respecto había oído Paul. La retahíla de juramentos acabó con la falta de resuello por parte de Wess. Luego, su rostro se aquietó y el joven guardó silencio.
—¿Ha sido esto para edificación mía? —inquirió Paul.
—Seguro, si quieres una educación —asintió Wess, y tras encender un cigarrillo, bajó la vista—. Sube aquí, chico.
—¿Cuántas reses en la manada, Wess?
—Según mi cuenta, doscientas sesenta y nueve. Creo que no me he descontado, jefe. Dos mil seiscientos noventa pesos, simonleones, pavos, dólares o cualquier otra moneda americana.
—¿Es esto lo que le debo a Belmont?
—Según el trato, sí... Amigo, ¿no te parece graciosa esa manada?
—No. No veo en ella nada que me obligue a reír.
—¿No te parece rara?
—No.
—Por lo tanto, te parece familiar, ¿verdad?
—Pues sí... parece nuestro ganado. Pero todas las reses se asemejan entre sí.
—Yo juraría que esta manada se parece muchísimo a la nuestra. Oye, chico, y métete esto dentro de la cabeza: las reses que acabo de contar proceden de nuestra manada.
—¿Qué? —exclamó Paul asombrado.
—Las han robado de nuestra manada —prosiguió Wess, con voz tensa—. Las han robado y es el propio Belmont quien las ha conducido hasta aquí. Y tú vas a pagarle parte de tu propio ganado... por segunda vez.
—Amigo, o estás bebido o te has vuelto loco.
—Tengo la cabeza muy despejada, jefe. Aunque puedes apostar a que ahora tal vez sí me vuelva loco. Escucha. Ya tuve un presentimiento cuando cerraste el trato. Yo no me dejé engañar por la oferta de Belmont. Demasiado barata. Y empecé a reflexionar. Y cuando me enseñaste la columna de humo en la cuenca, reflexioné más todavía. Sí, señor, llegó el ganado, tal como has visto. Hice el recuento, y mientras tanto me pareció reconocer algunas reses. Las marcas no significan nada, porque supusimos que Belmont las había adquirido de un ganadero cuya marca estaba ya en parte de nuestra manada. Sin embargo, no estuve seguro hasta avistar un novillo muy grande, sin pelo en la cabeza, y con el cuerno izquierdo totalmente roto. Lo reconocí. Seguro. Y entonces lo comprendí todo. Por esto fingí estar mochales cuando hablé con Calkins. Quería obligarle a mentir y lo conseguí. Conque nadando por el río... Jefe, estas reses llevan meses sin mojarse los flancos. Lo que me extraña es que Belmont y su equipo sean tan tontos. Cualquier vaquero idiota podría descubrirles. Supongo que se imagina que yo soy un imbécil. Y también piensa que tú no eres más que un novato, y en cuanto a lo demás, a Belmont todo le importa un pimiento.
Paul no había jurado nunca mucho, pero al final de una retahíla casi interminable, juzgó que no lo había hecho muy mal, según la respuesta de Wess.
—¡Exactamente! —aprobó el vaquero, frotándose las manos—. ¡De todos los tratos sucios, perversos y abyectos que he visto en mi puerca existencia, éste es el peor! Y estoy tan loco que lo veo todo rojo. Por menos de dos centavos enviaría una bala al vientre de Belmont y otra al de ese Calkins.
—Calma, vaquero. Por el momento, te interesa tener a tu lado a un hombre frío como yo —le amansó Paul, con una carcajada corta y fría—. Bien, nos la han jugado. Y si alguna vez estuve enojado, ya no me acuerdo ante mi estado de ánimo actual. Lo importante es saber qué vamos a hacer.
—Que me aspen si lo sé.
—Tenemos que pensar en Louise. No quiero dejarla sola aquí con ese demonio negro.
—¡Llévatela lejos de aquí! —exclamó Wess.
Ante estas palabras de su amigo, Paul recordó toda la amargura y el enorme terror demostrado por Louise poco antes.
—No, Wess, con esto sólo lograría hacerla desgraciada, cuando no algo peor. Además, a pesar de lo que dijo, estoy seguro de que no se iría de aquí tan pronto, sólo por su tonta declaración, formulada en un momento de ira. Por otra parte, tenemos al niño... el hijo de Belmont. Tengo la intuición de que aquí hay algo más... algo que todavía no sabemos. Y recuerda, compañero, que yo vine aquí para solucionar mis problemas.
—¡Ja, ja! Pues no lo parece —se mofó el vaquero.
—Wess, si no sabes meditar algo más, me decepcionarás. ¿Qué significa para mí un trato inicuo? ¿Qué significa este empleo para ti? Ah, Aguas Amargas, este sitio tan ponzoñoso sí significa mucho para mí. Jamás me habría quedado aquí tanto tiempo, a no ser por Louise. Esa chica me presta fuerzas. Empiezo a deslizarme hacia las profundidades de la vida. Y si me acuerdo de ella, vuelvo a la superficie. Wess, es difícil de explicar. Pero tengo un presentimiento. Todo lo que me ocurrió el invierno pasado, aquella época tan miserable, y a lo que me ha conducido la localización de Aguas Amargas, mi desesperada resolución de cambiar mi vida gracias a su poderosa influencia, y esa chica, de ojos garzos y magníficos... oh, sí, de nada sirve negarlo, Wess, todo eso, toda esa extraña mescolanza de sucesos y lugares, me han venido al encuentro de una manera obligada, ineludible. Y deseo hallar el camino más acertado o moriré en la empresa.
—Paul, lo siento —se arrepintió Wess, palideciendo perceptiblemente—. Pero si tú te muestras profundo, yo más aún. Y ni siquiera sospechas de qué profundidades me sacaste. Yo sí. Yo lo sé. Actualmente, aún estaría en la cárcel de no haber sido por ti. Y la cárcel no es buen sitio para un pájaro como yo. Y has vuelto a salvarme. Bien, esto es todo. Me alegro de que me hayas hablado con tanta seriedad. Incluso te respeto más ahora. Lo único que me extraña era tu deseo de sufrir en este maldito agujero. Bien, ahora ya lo sé. Y te admiro por ello. Creo que eres todo un hombre. Claro que esa chica lo complica todo terriblemente. Conmigo se porta muy bien, con mucha amabilidad. Me hace sentirme como un hermano suyo. Y te adora, aunque ello tenga que reportarle más desdichas que alegrías. Es así, nada más. Y a mí me parece de perlas, ya que sé que tú también la quieres. No, no puedes dejar de amarla. Y aunque ignoro de qué forma ocurrirán las cosas, estoy seguro de que al final, ella, tú y yo saldremos de una vez para siempre de este maldito agujero infernal.
Capítulo VII

UNA hora de reflexión en el desierto dejó final y definitivamente decidido a Paul Manning respecto al curso de acción a seguir curso de acción que excitadamente expuso acto seguido a su amigo Wess.
La declaración homérica del vaquero respecto a su inalterable resolución de permanecer a su lado y al de Louise le confirmó en dicha resolución.
Junto al desprecio que Paul sentía hacia el comerciante se añadía un odio frío, engendrado sin duda por sus sentimientos por Louise. Además, se veía poseído por un furor creciente ante los trucos de aquel individuo. Paul le advirtió a Wess que se fingiese un vaquero locuaz, de poca inteligencia, con gran propensión a hacer bromas y chistes, pero mostrándose mientras tanto como un espía osado y astuto, a fin de llegar a conocer todos y cada uno de los detalles del poco claro negocio de Belmont y de su vida doméstica.
—Bien, jefe, seguro que obtendremos toda la verdad respecto a ese hombre —asintió Wess—, aunque dudo que podamos acusarle de nada ante un tribunal. De manera, que ya puedes disponerte a sufrir la pérdida de algún dinero.
Paul no pregonó sus sentimientos sobre este punto. Su problema consistía en proyectar algún plan que librase a Louise de su esclavitud. El joven había llegado al extremo de querer liberar a la muchacha a toda costa. Sus sentimientos hacia Louise eran ya tan profundos que ni siquiera trataba de analizarlos, si bien todavía parecía negar ante su conciencia que la amaba. Pensaba en ella —y su imagen siempre estaba presente en su mente— sólo para hacerle recobrar la felicidad y la libertad, pero lo que se hallaba latente detrás de estas ideas no se atrevía a profundizarlo aún. No comprendía por qué se mostraba tan reacio al respecto, siendo ésta una de las cosas extrañas que sin saber cómo formaban parte del ambiente inescrutable y sombrío que rodeaba a Aguas Amargas.
El día era cálido, brillante, maravilloso. El desierto resplandecía por todas partes. Al Norte se elevaban las espirales rojas. Meseta Negra formaba el primer plano del paisaje, y la arena y las dunas de arcilla del Sur llameaban como un mosaico de colores. Pero Paul no encontró la paz en aquel panorama.
A su regreso, Louise le saludó desde el umbral de su apartamento. Llevaba un abriguito y estaba anudando una cinta en su cabeza. Tenía el semblante grave.
—Hola. Supongo que no se irá a Wagontongue —dijo Paul.
—No. Belmont me dejará en la escuela nacional. Tommy no se encuentra muy bien. Apenas come, y aunque se muestra animado, estoy preocupada por él.
—Lo... lo siento. Supongo que... que habrá un médico en Walibu.
—Sí, con tal que esté en casa...
—¿Puedo ayudarla en algo? ¿Cómo volverá?
—Seguramente en un carromato indio. Paul, quería decirle que ahora podrá aprovechar la ocasión de efectuar la excursión nocturna.
—La aprovecharé. ¿Cuánto tardará en volver Belmont?
—Nunca me lo dice. Pero trama algo. Por favor, vigile. Tengo el presentimiento de que regresará de Walibu y cruzará el río hacia Utah antes de ir a Wagontongue.
—Gracias, Louise. Esto significa que estará fuera varios días... Pero usted sólo tardará un par de días a lo sumo en volver, ¿verdad?
—A menos que Tommy se ponga peor o sople la arena. A veces, el tiempo es terrible en Walibu.
—Bien, entonces, adiós y buena suerte.
—¡Oh, Paul! —su voz se quebró irremediablemente.
La joven iba a añadir algo más, pero, de repente, dio media vuelta y entró de nuevo en su apartamento. Paul recorrió el corredor hacia el puesto. En la tienda había una docena de indios, y varios más en el porche, entre los cuales Wess se movía ostentosamente. Belmont conferenciaba con Calkins, y con otro individuo, evidentemente uno de sus jinetes. Y la omnipresente Hermana se hallaba, como de costumbre, tras el mostrador, menos taciturna y ensimismada que de usual.
—Ah, aquí viene Manning —dijo Belmont, al ver a Paul—. Socio, estréchele la mano a mi amigo de Utah, Dave Ealkins.
El ganadero de Utah parpadeó muy sorprendido, sin tratar de ocultar su asombro.
—Encantado, señor Manning. Entonces —añadió, volviéndose hacia Belmont—, ¿a qué vino la broma de aquel vaquero? ¿Trataba de sonsacarme algo?
—¿Cómo? —preguntó el comerciante muy interesado.
Paul dejó que Calkins relatase el incidente de su encuentro con Wess, y cómo éste le había presentado bajo el nombre de Montaña Slim, y el propietario del puesto pareció ofendido y colérico.
—Ese vaquero es un canalla, Manning, y temo que tendrá que despedirle.
—Oh, Wess es un poco tonto —replicó el joven, soltando la carcajada—. No le haga caso, Belmont. Nunca hace nada en serio. Es una especie de payaso del ganado. Siempre bromea y trata de engañar a la gente. A veces, he de tener mucha paciencia con él. No, no le haga ningún caso.
Belmont pareció apaciguarse, pero el ganadero de Utah no se dejó impresionar tan fácilmente por las palabras de Paul.
—Tonto o no, contó todos los novillos, sin errar en ninguno. Doscientos sesenta y nueve. A pesar de que iban muy apretujados.
—Manning, ¿le importaría entregarme ahora un cheque por el valor de su parte? —inquirió Belmont.
—No por toda —replicó el joven, que ya estaba preparado para tal contingencia—. ¿Qué le parece la mitad, y el resto cuando lleguen los envíos monetarios desde Kansas City?
—Lo necesito todo —afirmó el comerciante con tosquedad.
—Lo siento, pero me es imposible. ¿Tendré que recordarle que no fui yo quien propuso el trato? En realidad, ni siquiera me mostré demasiado propicio a cerrarlo.
—Pues a mí me pareció bastante ávido de hacerlo. ¿Le ha estado acaso aconsejando ese Kintell?
—No, ciertamente. Y deseo hacer honor a todo el trato. Pero tendrá que darme algún tiempo. En los negocios ganaderos no suele pagarse al contado.
—Yo sí.
—Muy bien, entonces tómelo o déjelo. Como guste —replicó Paul con voz helada.
Acto seguido salió al porche. Pero antes tuvo tiempo de escuchar el juramento de Belmont y una observación de Calkins:
—Coge lo que puedas. Y te aseguro que ese vaquero no es ningún tonto. Quiso sonsacarme algo.
En aquel momento, intervino Hermana para decir algo que Paul no logró oír. Al cabo de un instante, el comerciante salió del puesto.
—De acuerdo, Manning, accedo a su proposición —manifestó melifluamente—. Pero estoy apurado, ya que he de hacer frente a varias facturas. Bien, ¿puede entregarme el cheque ahora?
—Naturalmente —accedió el joven.
—¡Bravo! Puede darme también un pagaré por el resto. Louise se lleva el niño a Walibu y tenemos prisa.
Paul no perdió tiempo en firmar el cheque.
—Será mejor —aconsejó luego Belmont— que usted y Kintell monten ahora a caballo y conduzcan esa manada hacia la meseta, antes de que se diseminen demasiado las reses. Y vigílenlas estrechamente. Podrían derivar hacia el río.
La opinión de Wess ante esta sugerencia no fue expresada hasta que él y Paul se hallaron en la ladera de la meseta, contemplando el ganado diseminado que pastaba hacia la cuenca.
—Vaya, esas reses conocen esos parajes tan bien como nosotros.
—Wess, desmontemos entre esas rocas y juguemos a tirar el cuchillo. Ya sabes que tengo que entrenarme. Luego, iremos a buscar la comida y las mantas.
—De acuerdo. Tiraremos el cuchillo.
Paul escogió un sitio resguardado del viento, desde donde podía obtenerse una excelente vista de Aguas Amargas y los tres caminos que conducían allí. Sin embargo, Paul no se acordó del juego propuesto, ya que su atención se hallaba concentrada en el blanco camino sinuoso que se dirigía, a través del desierto, a Walibu. No tuvo que aguardar mucho. El carromato de Belmont, con los caballos a trote rápido, se alejó poco después del puesto, no tardando en remontar el promontorio.
—Ahí va ese coyote —gruñó Wess—. ¿A qué vendrá tanta prisa? Ciertamente, no a su amor por el pequeño, pobre criatura... Parece todo huesos y piel.
—Louise dijo que tenía el presentimiento de que Belmont regresaría por aquí y se marcharía por la senda de Méjico hasta Utah, antes de dirigirse a Wagontongue.
—Hum... el muy canalla —musitó Wess—. Bien, vamos a tirar el cuchillo, si te parece.
En realidad, el vaquero le dio una buena lección a Paul sobre el arte de arrojar el cuchillo al estilo mejicano.
—Caramba, eres muy hábil —alabó el joven—. Si en todo lo eres tanto... Creo que no me gustaría jugar al póquer contigo.
—Tampoco me gustaría a mí robarte el dinero, camarada. Para mí no hay ningún juego difícil, excepto el del amor.
Volvieron a jugar y a vigilar durante horas, hasta que los agudos ojos de Wess descubrieron una nubecilla de polvo en el camino de Walibu. Belmont regresaba con más premura que se había marchado. No estuvo largo tiempo en el puesto, y poco después varios jinetes salieron del porche hacia el Norte. Paul los escrutó con sus prismáticos.
—Belmont y otros tres —expresó lacónicamente, pasándole los prismáticos a Wess.
El vaquero no hizo el menor comentario, pero en sus ojos brilló una mirada rara.
—Amigo, quédate por aquí mientras yo bajo en busca de comida y unas mantas.
—¿No quieres que te ayude?
—No, puedo hacerlo solito. Las cantimploras ya están llenas en mi tienda. Cogeré dos mantas. Lo que me preocupa es la forma de pasar inadvertido bajo la vigilancia de Hermana.
Cabalgó rápidamente ladera abajo y desapareció por el patio trasero del puesto. Paul se dispuso a aguardar su regreso. La perspectiva de una aventura y poder encontrar la prueba concluyente de la culpabilidad de Belmont añadía más celo a su proyecto. Y Paul lo necesitaba. Un humor negro se estaba introduciendo en su mente como un liquen. Se recostó contra una roca y halló un placer soñador, así como un pesar melancólico, en el pensamiento evocador de Louise. El ruido de unos cascos de caballo sacó al joven de su ensueño, sorprendiéndose al ver que Wess regresaba con tanta rapidez.
—Caramba, esa muchacha es una joya —comentó al desmontar—. Hallé tu mochila y tu bolsa sobre la cama, todo lleno de comida.
—¡Louise!
—Naturalmente. Bien, ve a buscar tu mustango mientras yo desenrollo estas mantas.
Contento de poder entrar en acción, Paul abandonó su morbosa abstracción y corrió en busca del caballo. Al cabo de unos momentos, los dos amigos se hallaban camino de la meseta. La conducción del ganado les demoró bastante, pero antes de media tarde se hallaban ya en la cuenca, y el crepúsculo les encontró en la ladera norte, en un lugar a nivel de Colina Soledad. El sitio donde Wess decidió acampar era herboso y resguardado, a la entrada de un cañón lateral.
—Vamos, desmonta —ordenó el vaquero—. Saca todas las cosas y traba el caballo. Un conejo no iría mal para la cena, ¿verdad? Bien, enciende una fogata mientras yo mato a un par de conejos.
Paul atendió a las tareas señaladas con placer lento y metódico. Al amparo de aquellas rocas amarillentas, el paraje resultaba salvaje, seco, solitario, silencioso; el sol se hallaba ya en su ocaso, tiñendo Occidente de rojo y púrpura; el quebrado valle poseía un aspecto rubicundo; y el humo de la hoguera olía como las hojas otoñales al quemarse.
Oyó un disparo, y otro poco después. Cuando ya la noche se iba apoderando de la tierra, Wess volvió con dos conejos.
—¿Sólo dos disparos? —sonrió Paul.
—¿Cuántos supones que necesito? —replicó Wess.
—Nunca te he visto disparar, amigo.
—Tampoco los cuatreros. Oh, sí, no puedo arrojarlos de mi pensamiento. Bueno, tendremos conejo asado en menos de un periquete, y si no están sabrosos, es que no entiendo de cocina. Vaya, enséñame qué ha preparado Louise.
Paul abrió su mochila y lo primero que vio fue un sobre blanco. Con un verdadero sobresalto, lo cogió, divisando su nombre escrito con la caligrafía menuda y clara de la muchacha. No estaba muy familiarizado con la misma, pero sólo podía proceder de ella.
—¡Diablo!
—¿Qué pasa?
—Una nota de Louise.
—¡Una esquela de amor! Como mujer que es, ha escogido este momento en que está ausente, para declararte la profundidad de sus sentimientos.
—Wess, eres un maldito bribón —le recriminó Paul.
—Un maldito nada —replicó el vaquero, siempre terco en aquel extremo—. Louise es tan buena como el oro. Y tú eres un buen tipo, aunque de lenta comprensión con las mujeres. Creo que los dos no tardaréis en estar unidos. Naturalmente, esto no ocurrirá hasta que ella sea libre, lo cual espero que suceda pronto. Es decir, que lo consigamos pronto.
—¿Qué lo consigamos? Wess, ¿cómo diablos podríamos lograrlo?
—Aún no lo sé. Pero tiene que haber algún medio. La fuga, el divorcio, una muerte repentina... todo esto siempre va en favor de los amantes.
—La muerte repentina para mí o Louise no sería una solución. ¡Además, muy poco feliz!
—No, chico, no. Me refería a la muerte súbita de Belmont. Paul, ese hombre no ama a Louise. Pasa casi todo el tiempo con Hermana. Y empiezo a sospechar que Louise no le permite entrar en su apartamento. Claro que esto lo sabré tan pronto como las noches sean más calurosas. Tengo la idea de que tú podrías comprarle a Louise.
—¿Comprársela? —repitió el joven, con un respingo.
—Sí, diantre. Es una idea, créeme. Estos tratos todavía se hacen en estas regiones.
—Es posible... asintió Paul, escuetamente, metiéndose en el bolsillo la carta, aun por abrir, de Louise.
—Bien, muchacho, ayúdame a despellejar este par de conejos.
Cuando Wess hubo asado los dos roedores, era ya noche cerrada. Los había ensartado en unas ramitas descortezadas, dándoles vueltas incansablemente sobre el fuego.
—Creo que ya están —anunció, entregándole uno a Paul—. Ahora, amigo, ponle sal y pimienta al tuyo. Y con una galleta, seguro que estarán suculentos.
—Huelen de manera deliciosa. Wess, aquí hay una docena de galletas, con carne fría, pastel y pastelillos. Esto en la mochila, porque todavía no he abierto la bolsa.
—¿Pastel? ¿Pastel de manzanas? ¡Esa chica es formidable! Amigo, creo que nos lo acabaremos todo, aunque sea poco a poco. ¿No es algo grande esta clase de vida? Ya estaría muerto, en un manicomio o en la cárcel, a no ser por esta existencia al aire libre. Casi podríamos olvidarnos de los problemas de Louise, de ese ladrón de ganado y del agujero de Aguas Amargas.
Después de aquella deleitosa cena, Paul arrojó una brazada de hierbas y leña al fuego, y bajo el resplandor de las llamas procedió a leer la nota de Louise.

Querido Paul:
Estabas ya fuera (perdona que te tutee, ya que siempre lo hago en mi corazón) cuando podía decírtelo, y ahora te estoy viendo trepar por la ladera, de esa forma en que lo haces cuando estás preocupado.
Tommy está enfermo, y voy a llevarle al médico de la escuela india. Jamás ha sido un niño fuerte y sano, como ya sabes. Y ahora parece decaer. Esto me desgarra el corazón. Aguas Amargas no es un lugar conveniente para un niño... para ningún niño en realidad.
Quería comunicarte que es probable que los compinches de Belmont te hayan robado parte de tu ganado, en favor suyo, a fin de sacarte más dinero. No le pagues ni un dólar. Sea cual sea el trato concertado, no lo mantengas. Belmont ha imaginado un plan para estafarte. Se marcha a Utah pensando que yo no lo sé.
Me mataría si supiese que te estoy revelando todo esto. Pero no puedo disimular ni callar ya más. Te amo, Paul, y no consiento que vuelvan a estafarte. No recuperarás jamás el dinero de ese negocio. Me gustaría tener valor para persuadirte a que te marcharas y me dejases aquí... ya que jamás hallarás la felicidad en este rincón. Pero no lo tengo. Tu voz, tus pasos, vere... todo esto es lo único que me mantiene viva. De no ser por ti, querido, y por Tommy, nada podría impedir que me arrojase a la balsa de Aguas Amargas... de ese manantial helado que tanto me atrae desde el día que lo vi por vez primera.
Tú has sufrido mucho, Paul. Lo leí en tus ojos cuando llegaste. Y este lugar tan horrible se ha adueñado de ti, igual que de mí. Pero no te sientas desdichado, porque yo no puedo dejar de amarte. Hace años, cuando leía novelas y aún soñaba despierta, siempre había en mis sueños alguien como tú. Pero no tienes por qué preocuparte por eso. Yo no te pido nada. Aunque si llegase a verme libre de la esclavitud de Belmont... pasaría a ser para siempre tu esclava.

Louise.

Paul leyó la nota dos veces y dejó caer la cabeza en un estallido de pasión, furor y pesar.
—¿Qué te ocurre? —inquirió Wess—. Supongo que no habrá nada malo en la carta de Louise.
—Léela.
El vaquero se arrodilló sobre una rodilla y puso el papel bajo sus ojos, ante el resplandor de las brasas. Cuando Paul volvió a levantar la cabeza vio que Wess reflexionaba en silencio. Ninguno de los dos habló. De repente, Wess se internó en las tinieblas, y el manto negro de la noche rodeó a Paul. La fogata se convirtió en un montón de brasas blancas, en cuyo centro el joven distinguió dos ojos color topacio, tan tristes, tan elocuentes, tan ansiosos, que tuvo que esconderlos bajo otra brazada de leña. El fuego volvió a crepitar y resplandeció, iluminando sus alrededores en un amplio círculo. Al fin, Paul extendió sus mantas sobre la hierba y se dispuso a descansar, aunque no a dormir. Cuando finalmente se rindió al sueño, Wess aún no había regresado.
El amanecer halló a Paul cabalgando detrás del vaquero por la ladera norte, abriéndose paso gradualmente hacia la hondonada formada por la cuenca. El ganado se hallaba diseminado por todo el valle, aunque no con tanta densidad como Paul recordaba de su primera visión de la comarca. Wess ascendió hasta el acantilado, donde, en un terreno relativamente regular, pudieron llevar sus monturas a un brioso trote.
La magnificencia de la escena casi apartó de la mente de Paul el objeto de aquel recorrido de cincuenta kilómetros. Se acercaban a las proximidades del gran cañón. Al frente, y a lo largo de toda la cuenca, se extendía un terreno salvaje y agreste que se estrechaba hasta formar una brecha, más allá de la cual sólo había el desierto. Aquella especie de entrada era de roca maltratada por el tiempo, y descendía por entre unos muros amarillentos, rojizos y negruzcos. A la izquierda de la hondonada, una grieta irregular del desierto, conducía hacia el Desierto Pintado, señalando el reborde del cañón; y a la derecha, la pradera ondulada llegaba hasta la base de la enorme montaña, gris, coronada de negro y blanco, que constituía la pared norte del gran cañón. Paul adivinó que el Colorado extendía su amplio golfo más allá de aquella pradera. En aquel desierto existía una inmensidad, una amplitud, una manifestación de edad en su eternidad gris, que sólo estaba acentuada por los rebordes y las quebradas. Al volver la mirada hacia el Sur, Kishlipi apareció como una sombra purpúrea contra los negros conos de lava que relucían al sol y contrastaban con los conos de arcilla, de matices violáceos, malva, heliotropo y azul. Más allá, se veían trechos de arena, y aún más lejos la inmensidad del desierto, con la calina arrojada por el ardiente sol.
El objetivo de Wess era el último nivel de la cuenca, bajo el portalón rojo, donde anteriormente viera Paul la columna de humo. Para sorpresa de ambos, no tardaron en llegar a un rastro de ganado amplio y reciente.
El vaquero detuvo su cabalgadura.
—Vaya, jefe, esto está tan claro como que en tu rostro hay una nariz.
Siguió el rastro con la vista hacia el reborde y luego a la pradera. Aquel rastro hizo que Paul ardiera de furor. La perfidia de Belmont estaba tan clara como el rastro del ganado.
—Bien, no necesitamos ir más lejos —decidió Wess—. Seguiremos este rastro y veremos dónde conduce.
Durante toda la tarde, el rastro les llevó hacia el nordeste en línea recta, descendiendo gradualmente hacia la depresión de la llanura, hasta no lograr divisar más que la punta de Meseta Negra. Los dos amigos llegaron hasta las cenizas de una hoguera, donde habían acampado los conductores, y Wess decidió que sería buen sitio para pasar la noche. En aquel paraje crecían en abundancia la artemisa y hierba, en contraste con la aridez de las partes más elevadas de la pradera.
Paul Manning experimentó la frialdad de la noche en el desierto, sin ninguna protección, y oyó los ladridos de los coyotes. A la mañana siguiente, Wess tuvo que andar varios kilómetros para recuperar los mustangos.
—El tiempo se anuncia malo —declaró—. Y si sopla el viento, nos veremos en un apuro.
—Te apuesto dos a uno a que este rastro no tardará en conducirnos de nuevo a Aguas Amargas.
—Hum... —gruñó el vaquero.
El sol no ascendió de manera tan normal como siempre, sino que diversas nubes deshilachadas, colas de yegua las llamaba Wess Kintell, recorrían el pálido cielo.
Antes de dos horas de marcha, el rastro del ganado casi dio media vuelta, formando un ángulo recto sobre sí hacia el centro del Meseta Negra. Los conductores de la manada habían dejado el puente y el vado a sus espaldas.
—Ya lo sabía, pero quería asegurarme —declaró Wess—, se encaminaban fuera de la pradera, camino abajo, hacia el norte de Aguas Amargas.
—Entonces, podríamos volver al puesto —observó Paul, pensando en Louise.
—Sí, de nada servirá aferramos a ese rastro. De todos modos, hace ya dos días que quedó marcado. Y si acaso sopla el viento, podremos resguardarnos mejor debajo de la meseta.
El vendaval empezó a soplar del Sur, creciendo gradualmente en intensidad. Wess emprendió un trote rápido. Estudiaba constantemente la parte sur y el cielo, que a cada instante iba cambiando de aspecto. Paul añadió otra mitad al número de kilómetros que juzgaba faltaban para llegar a Meseta Negra. Tal vez unos quince kilómetros al frente, la llanura plana presentaba una escarpadura rocosa, con muros arruinados y rebordes, hasta convertirse en una meseta con picos aislados y brechas que asemejaban las reses perdidas de una manada. Los jinetes, mientras tanto, no dejaban de subir gradual y constantemente. Las ráfagas de polvo barrían el suelo, y las columnas arremolinadas se elevaban por encima de la aridez de la meseta. Hacia el Sur, la oscuridad no permitía distinguir absolutamente nada.
—Wess, si no podemos volver al puesto esta noche, no me importa —expresó Paul—. Me estoy divirtiendo mucho con esta excursión.
—Amigo, si nos extraviamos en esta meseta y nos pilla una tormenta de arena, se habrá acabado tu diversión. Y no bromeo.
—No podemos extraviamos mientras distingamos el camino. Aguas Amargas está allí, debajo del extremo de la meseta.
—Seguro. Pero, ¿y si dejamos de ver?
—Los mustangos conocen el camino, ¿verdad?
—Lo ignoro. La mayoría de caballos saben hallar el camino de su establo. Pero tal vez esos jamelgos indios no. Vaya, por allí se está espesando... ¡Maldita suerte!
Una hora más tarde la excitación se trocó en preocupación. De la vaga y opaca oscuridad del Sur surgió de repente un muro como de piedra roja. La bruma gris era ya polvo. Peor aún, arena. Arena que poseía movilidad propia y espesor, sino transparencia; el muro rojizo parecía estacionado y sólido. Se extendía de Oeste a Este y era como si el desierto se hubiese volatilizado. Naturalmente, se movía, pero era imposible percibir tal movimiento.
—Corramos hacia las rocas —gritó Wess, espoleando a su caballo para ponerlo al galope.
Paul le siguió. Luego, el vaquero aumentó la marcha casi hasta mía estampida, que no tardó en convertirse en una alocada carrera. Los mustangos huían ante el intuido peligro. Paul aún no se había recuperado del temor de su caída anterior y del polvo azotándole el semblante. Fue una carrera de diez kilómetros, que llevó a los jinetes por entre las rocas.
—¡Busca un refugio apropiado! —gritó Wess.
Continuaron galopando, por el lado del repecho en busca de un escondrijo. El vaquero iba desechando los lugares elegidos por Paul. El viento parecía llevar hasta sus oídos un rumor cantarino.
—¡Carape! Necesitamos refugiarnos lo antes posible y no veo ningún agujero... —se quejó Wess, contemplando ansiosamente el muro rojizo que se hallaba casi encima de la meseta—. Ah, aquí hay unas piedras un poco inclinadas. Bien, ata a tu caballo. Y cuando la arena te azote, ponte el pañuelo en la cara y la chaqueta por encima de la cabeza.
La roca donde se había guarecido Paul estaba más elevada que su cabeza, pero aunque podía romper la furia del viento, no le proporcionaba una gran protección. Un enorme pedrusco le permitió asegurar a su montura. Hecho lo cual, Paul se quitó la chaqueta y salió al exterior a fin de contemplar la tormenta que se avecinaba.
No se parecía en nada a una tempestad de polvo. Ni la belleza ni la magnificencia señalaban su aproximación. Era más bien algo terrorífico. Parecía tragarse la tierra entera, en lugar de pasar por encima. Sólo cuando Paul trató de calcular su velocidad contemplando de qué forma la tormenta devoraba las rocas y la artemisa tuvo una percepción de su terrible velocidad.
A medida que la tempestad se aproximaba, era más espantoso su aspecto. Visto de cerca, el muro de arena estaba estriado de rojo, amarillo y negro, levantando grandes columnas. El estruendo era mayor que cualquier ruido percibido por Paul hasta entonces. El polvo y la gravilla azotaban su semblante. Rápidamente, corrió a refugiarse, se tapó el rostro y se sentó a esperar el final de la tormenta.
Un estrépito horrísono, una tremenda conmoción del aire, y una negrura amedrentadora se abatieron sobre él. Paul aguardaba con curiosidad, temiendo que ocurriese algo, sin saber qué. Nada transpiró inmediatamente, salvo el crepitar de la arena que se escurría por encima de la roca. Su chaqueta no tardó en combarse, llena de arena y pesando mucho más. Paul sentía cómo la arena descendía de su chaqueta a pequeños regatos, por sus piernas y su espalda. Sentía el espacio existente entre la espalda y la piedra lleno de arena. Llegó un momento en que tuvo que sacudir la prenda a fin de quitarse peso de encima. También tuvo que vaciar de arena sus bolsillos. Finalmente, cuando le faltó el aire para respirar, se vio obligado a levantar el pañuelo que cubría la cara.
La escasa luz reinante se filtraba a través de una atmósfera amarillenta. Arriba y a su alrededor, las ráfagas de aire parecían gemir, sin fuerza alguna. En una aspiración, los ojos y los pulmones del joven se llenaron de arena y polvillo. Volviendo a colocarse el pañuelo apresuradamente sobre el rostro, se frotó los ojos por encima de la tela a fin de quitarse la arena que le cegaba y escocía. Al fin, las lágrimas brotaron copiosamente, llevándose los granos de arena. Mientras tanto, no dejaba de toser y estornudar, esforzándose por aspirar aquel aire tan pesado. Le dolía el pecho. Y no lograba en ningún momento inhalar suficiente oxígeno.
Entonces, Paul comprendió la triste realidad y un sudor frío comenzó a manar de todos sus poros. A cada momento crecía el peligro de quedar enterrado. Aunque medio ahogado a través del pañuelo de seda, conseguía aspirar el aire suficiente para seguir con vida. El olor a sequedad de la tierra se imponía a su olfato, hasta el punto de no poder oler. Lo empezaron a escocer los ojos de nuevo, y los partidos labios tenían un sabor salado debido a las partículas.
Estas sensaciones se veían aumentadas por el viento, hasta que a Paul le resultaron insoportables. En un tiempo que a él le pareció relativamente breve la arena se amontonó a tal altura, que de continuar al mismo ritmo no habría tardado en enterrarle vivo. Por eso, no tuvo más remedio que escarbar con las manos a fin de conservar un respiradero.
Aquel estado de cosas prosiguió hasta que Paul comenzó a sufrir terriblemente. Varias veces estuvo al borde del colapso. Pero luchó contra el mismo con todas sus fuerzas y todo su instinto de conservación para continuar consciente. Y cuando empezó a dar muestras de agotamiento, la tormenta comenzó a aflojar.
No sabía si había llegado la noche o si la opaca oscuridad procedía de los remolinos de arena. Pero el estruendo se había alejado, dejando tan sólo unas quejas intermitentes. Se quitó el pañuelo y la chaqueta. Luego, forcejeó consigo mismo para ponerse de pie, ya que tenía entumecidos todos los músculos. Contra la horrible penumbra, la roca y el caballo se destacaban visiblemente en negro.
—Eh, Paul, ¿dónde estás? —oyó la voz de Wess, desde las sombras.
El joven contestó, y el vaquero no tardó en aparecer tambaleándose.
—¡Un infierno!, ¿eh, camarada? Una vez creí que liaba ya el petate. Debe de ser de noche.
—¡Dios mío! Ha sido terrible, Wess —replicó Paul, con voz ronca—. ¿Qué haremos ahora?
—Quedarnos aquí. Si saliésemos fuera, sería el final para los pequeños Paul y Wess.
—¿Volverá a recrudecerse la tormenta?
—Seguro, aunque no de forma tan terrible, hasta el amanecer. He traído algo de comida y agua. Lávate los ojos y echa un trago. Luego, come un poco. Yo desataré las mantas. Tal vez consigas dormir un poco. Yo vigilaré los caballos.
—Despiértame, para tomar mi turno.
Cuando tuvo los ojos menos irritados, Paul sintióse mucho mejor. Sin embargo, no sintió alivio alguno para la opresión y quemazón de sus pulmones. Comió y bebió. Mientras tanto, la tormenta continuaba atronando el espacio, salvo a intervalos en que soplaba furiosamente el vendaval, en cuyos momentos Paul tenía que cubrirse de nuevo la cabeza, y jadear en busca de aire.
Wess hizo una hoguera de artemisa y leña. ¡Qué espectrales parecían las rocas negruzcas al resplandor de las llamas! Nada parecía real. Las finas partículas de arena formaban una neblina rojiza—, de vez en cuando, una galerna parecía burlarse con agudas notas de los seres humanos indefensos atrapados en su demoníaco abrazo. Paul durmió y después tomó su turno de guardia, y volvió a dormir, en tanto la espantosa noche iba transcurriendo.
El amanecer fue la cosa más extraña que Paul había visto en aquellos parajes desde su llegada.
No hubo color gris, ni cielo, ni horizonte. Y sin embargo apareció por Oriente una claridad de tono azafrán. Entonces, con esto que en cualquier otro lugar hubiese sido el alba, se levantó el viento. Wess insistió en que ambos diesen buena cuenta del resto de los alimentos antes de que quedasen impregnados con arena, y ver reducida su ración de agua. Todavía tenían llena la gran cantimplora y quedaba como una pinta en las demás. El vaquero afirmó que no necesitaría comida, pero que la bebida era imperiosa. Extendió las mantas muy tirantes desde un ángulo de la roca donde estaba refugiado Paul hasta el suelo, y aseguró sus esquinas con piedras. Dentro de aquella tienda improvisada se retiraron ambos, cerrándola lo más herméticamente posible.
Les sirvió de protección hasta que la furiosa galerna, soplando por entre los intersticios de la roca, casi sólida con su carga de arena, desgarró las mantas. Entonces, se vieron obligados a meterse bajo las chaquetas y respirar a través de sus pañuelos. Durante todo el día se produjeron intervalos negros y amarillos, lo que significaba otros grados de intensidad de la tormenta, hasta el punto de que Paul perdió el sentido del tiempo. Muchas veces experimentó una sensación de tenaza en la garganta, y llegó a pensar seriamente que aquel montón de arena se convertiría en su tumba. Pero siempre, en el punto culminante de la tempestad, se producía un momento de calma, y el joven se recobraba de sus padecimientos. Peleó contra el sueño como si fuese una bestia salvaje. Ceder al cansancio y dejar de jadear para respirar habría sido gozar de un éxtasis. Por fin, oyó la voz de su amigo.
—Se está levantando. He visto al sol iluminar con fuego la pradera. Y en las nubes se ha producido una grieta. Pero no podemos confiar en que aclare por completo hasta mañana. Esta noche podremos seguramente abandonar esta meseta.
Paul arrojó a un lado su chaqueta. Todo él estaba cubierto por una capa oscura. El gemir del viento era como un toque de difuntos. Tambaleándose, se puso de pie para desentumecer sus músculos.
—Tenemos que ir en busca de los caballos y abrevarlos, de lo contrario no servirán para nada —opinó el vaquero—. Yo ya le puse las cinchas al tuyo. Una de las mantas ha desaparecido. Vamos, camarada. Y mantente pegado a mí. Una vez fuera de la meseta ya no podemos extraviarnos.
—¿Cómo sabes cuál es la dirección acertada? —quiso saber Paul, poniéndose la chaqueta.
—Directamente enfrente de estas rocas. No podemos pasar por alto la gran hondonada existente entre Meseta Negra y esta otra meseta. Y si mañana sigue soplando fuertemente el viento, bajo la meseta hallaremos mejor protección.
Cuando Paul estaba ya cabalgando detrás de Wess al amparo del muro rocoso se vio enfrentado a un viento pesado, muy cargado de granos de arena, que cortaban como finas cuchillas.
Los caballos no necesitaban ser espoleados, y se mantenían a un trote ligero, que los jinetes tenían que refrenar a veces. Paul inclinó la cabeza, de modo que el ala del sombrero protegiese sus ojos. Podía divisar la tierra gris, las pálidas rocas y un objeto negro que era el caballo de Wess. Éste le gritó en una ocasión que procurase mantener al viento contra su mejilla derecha.
Continuaron cabalgando, confiando en las monturas. A un hombre le habría sido imposible ver un hoyo o el borde de un precipicio. Las rocas, no obstante, relucían contra la penumbra con una tonalidad grisácea, lo cual permitía esquivarlas a tiempo. Poco después, el vendaval fue cesando, y Paul estuvo seguro de que ya no llevaba tanta carga arenosa. De todos modos, aun resultaba difícil contender con el polvo.
Transcurrieron unas dos horas antes de que los mustangos cambiaran el paso.
—Estamos descendiendo —avisó Wess—. Tantea el terreno. Tal vez bajemos hasta el infierno, aunque espero salir pronto de esta meseta.
—Ve despacio, pues tengo que desmontar.
Paul bajó del caballo trabajosamente.
—De acuerdo, estoy contigo.
Conduciendo los mustangos por la brida, ambos amigos fueron descendiendo por la ladera, regular en algunos trechos y más abrupta en otros. Su conformación de tierra blanda, con algunos pedruscos ocasionales, le chocó a Paul, el cual la encontró idéntica de configuración con la que ascendía más arriba de Aguas Amargas. Seguramente, se hallaban a unos cincuenta o sesenta kilómetros al norte del puesto. La penumbra se iba espesando y cada paso parecía tener delante el vacío. Pero ambos jóvenes continuaron avanzando, confiándose más, a medida que nada ocurría.
—Camarada, esto cambia —gruñó Wess.
—¿Cómo? —se sobresaltó Paul.
—Me refiero a la ladera, tonto. ¿No la notas?
Pocos instantes más tarde, los cascos del mustango de Wess resonaron sobre terreno duro.
—Ja, ja, hemos llegado al camino, Paul. Vamos, estamos ya en la buena senda. Hemos salido de esa maldita meseta. Esto es formidable. Anímate, chico. Ahora, todo irá bien.
El ánimo de Paul se elevó tan rápidamente que se olvidó de todos sus dolores. El temor de extraviarse en la tormenta de arena había eliminado en él toda esperanza y todo su valor. Ya estaban por fin en el camino. Y el efecto de la pesadilla se esfumó en el cerebro de Paul. Volvió a montar a caballo.
—Aquí abajo el viento sopla con más ímpetu —comentó el vaquero—. Estoy casi ciego.
Paul abrió los labios para contestar y una ráfaga de viento cargado de polvo le llenó la boca. Escupió coléricamente. ¡Qué cosa tan diabólica era aquel persistente viento del desierto!
—Cierra los ojos —le aconsejó Wess—. Haría falta un ciclón para que esos animales se desviasen del buen camino.
Paul observó que cuando el viento soplaba con ahínco, su mustango aflojaba el paso hasta una andadura, y cuando reinaba la calma, el animal reemprendía el trote.
Se estaba cansando. Y la primera excitación empezaba a desvanecerse. Las ráfagas de viento le obligaban a tambalearse sobre la silla. Al fin, al divisar unos peñascos al frente, exclamó débilmente.
—Wess... descansemos... o me caeré de la silla.
—¿Sí? Bien, supongo que tú piensas que yo voy bien montado, muy erguido y compuesto, ¿verdad? Caramba, si estaba esperando a que te quejaras.
Hallaron una roca inclinada, con una especie de tejadillo. Paul se tumbó en el suelo con una sensación desconocida para él: la sensación dulce de la falta de acción, del descanso. Y mientras Wess estaba aún pregonando su buena suerte, Paul se quedó dormido.

Cuando despertó vio la luz del día por primera vez en muchas horas. Era por la mañana, no muy resplandeciente, pero sí ya muy distante de aquel continuo infierno de ráfagas amarillentas y rojizas. Distinguió con claridad diversos trechos del paisaje formados por acantilados y bosquecillos de cedros.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Wess, dándole otra sacudida.
—Muerto. ¿Y tú?
—Lo mismo. Pero seguiremos viviendo, amigo.
—Estaré bien, tan pronto como me incorpore... ¡Oh...! ¡Ay! No sé dónde me duele más.
—Aún no ha terminado todo, ni mucho menos —declaró Wess, derrengado y renqueando. Tenía el rostro cubierto de polvo, y la arena resbalaba por entre su cabello—. Si puedes montar, será mejor que nos larguemos de aquí.
Paul estuvo andando hasta que pudo montar, erguido en la silla, y tras enjugarse los ojos con el pañuelo, anunció:
—Creo que puedo llegar hasta Aguas Amargas.
El vaquero, cosa extraña, ni se mostró locuaz ni dicharachero. Los caballos también se hallaban fatigados aún. Hacia el Norte, el camino aparecía despejado durante muchos kilómetros, salvo algunos remolinos de polvo. Encima de Mesa Negra se veía un cielo azul, aunque en la dirección opuesta una nube de polvo oscurecía el paisaje. Mesa Negra se hallaba envuelta por una especie de niebla gris.
Una corriente de aire constante parecía ser absorbida hacia lo alto a través del profundo paso existente entre la Mesa y la meseta. A intervalos frecuentes, una racha de viento azotaba a los jinetes con un torbellino de arena amarilla. Después, se alejaba como aullando. Luego, una capa gris de polvo corrió sobre el camino, haciendo rodar inmensas bolas de hierba arrancadas de cuajo, y esparciendo gravilla en todas direcciones. Nubes que rodaban, se formaban y fingían mil figuras, oscurecían el paso, girando y arremolinándose, para desaparecer rápidamente. Entre esas formaciones nubosas, los dos jinetes respiraban profundamente, preparándose para la siguiente. Las horas y los kilómetros transcurrían lentamente.
Paul estaba seguro, no obstante, de poder escalar la Mesa. Era como una idea fija. Las anteriores semanas de duras cabalgadas habían fortalecido su resistencia. Odiaba la fiereza del viento; odiaba las leguas de camino por recorrer y recorridas, el polvo, la arena, los guijarros, la ladera de Mesa Negra; pero en su interior sentía nacer algo que ya no era odio. Reconocía la fuerza de la naturaleza contra el ánimo y la fortaleza del hombre. Adivinaba que éste había sabido, desde tiempo inmemorial desarrollar tales fuerzas, y que al final siempre salía victorioso. Las cosas inanimadas, las cosas físicas, no podían matar el espíritu.
A medida que pasaban las horas, las ráfagas del vendaval eran menos frecuentes, lo cual permitió que el aire aclarase. Por tanto, las condiciones favorecían ya a los dos jinetes. Sin embargo, cuando soplaba una racha de viento era sumamente violenta, llevando capas de polvo y arena. No obstante, las podían resistir porque pasaban rápidamente.
—Amigo —profirió Wess tras un prolongado silencio—, acabo de divisar el puesto fugazmente. Ya hemos llegado.
Fue entonces cuando los fatigados ojos de Paul reconocieron los parajes que rodeaban a Aguas Amargas. El reborde de roca negruzca, la austera inclinación de la meseta, el paso con el tortuoso sendero... todo parecía surgir del fin del mundo. Por encima del acantilado rojizo y del reborde negruzco planeaba una siniestra nube de un matiz sombrío, del que surgían como unas colas enroscadas y largas, y capas de arena, sólidas y móviles en medio del polvo gris que acarreaban. Lamían el puesto como lenguas de fuego, aplastaban los cedros, desgarraban el suelo, convirtiéndolo en furiosos torbellinos, oscurecían el paso, y envolvían a los dos jinetes con un sordo estruendo y un color amarillo, para ascender después más arriba del acantilado.
Cuando Paul penetró cojeando en el patio del puesto, donde la arena dejó de azotar impunemente su rostro, el joven comprendió al primitivo hombre de las cavernas, al morador de las cuevas, en su agujero, como un nido de avispas en la pared, al indio en sus chozas.
Ya que cuando el hombre descendió de los árboles para andar erguido, tuvo ya que ser un verdadero hombre.
Meseta Negra, pese a sus rasgos repelentes, cerraba el paso al viento, a la arena, al calor y al frío.
Capítulo VIII

A LA tormenta de arena sucedió otro día color gris acero.
En los sitios soleados y abrigados, como en la pared exterior del corredor del extremo del puesto donde se hallaba la habitación de Paul, donde el desierto con sus rocas relucientes y los diablos del polvo amarillo no podían divisarse, era posible estar cómodo.
Paul no podía caminar erguido y aún menos montar a caballo. Wess tampoco cabalgó aquel día, y aconsejó a su camarada un descanso de varios días.
Louise no había regresado de Walibu, y Paul supuso que la tormenta la habría retrasado.
La mañana del quinto día, muy temprano, las rudas aunque reacias, sacudidas de Wess despertaron a Paul, arrancándole de un profundo sueño.
—Oh... oh... ahora comprendo qué fácil ha de ser cometer un asesinato —rezongó el joven.
—Tal vez yo no —gruñó el vaquero con una mirada tenebrosa—. Ya es tarde. Belmont y Louise regresaron anoche, ya tarde. Ella llevaba el niño... y... Oh, pero esto no es lo peor.
—¿De veras? —Paul estaba ya completamente despejado, sintiendo un extraño escalofrío en sus venas—. ¿Qué pasa?—Me levanté al oír un carromato, y quise asegurarme de lo que se trataba. Belmont venía del Norte, con el caballo atado detrás. Y a la hora del desayuno dijo que había venido de Wagontongue. Habló mucho. Como hace siempre que hay algo en el aire. Bien, no dejé que supiese que yo estaba al tanto de la verdad... y que ahora sé también que es un redomado embustero.
—No estuvo en Wagontongue —aseveró Paul—. ¿De qué le sirve, entonces, mentir? Tal vez cambió de idea a causa de la tormenta.
—Amigo, ese tipo sólo me lo imagino como un canalla. Créeme, sus intereses se hallan al norte del río.
—Hace tiempo que lo sospecho. Y Louise fortaleció mis sospechas. Wess él...
Paul sintió de repente unos terribles dolores, que le impidieron hablar, como si se ahogase.
—¿Qué decías? —le apremió Wess.
Lentamente, Paul desvió el rostro.
—Vamos, habla —le urgió el vaquero.
—¿Estuvo en el aposento de Louise? —inquirió al fin Paul, con cierta vergüenza.
—No. Condujo el carro hasta delante del puesto. Lo oí entrar en la tienda. Creo que entonces estaba solo. Yo me hallaba escondido entre los árboles. Poco después oí unas voces. Procedían del cuarto de Hermana. Ya sabes que ésta da a este pasillo, pero por el otro lado, y no está conectado a esta parte del edificio. Bien, Belmont entró allí... y allí se quedó.
Paul dio media vuelta en el lecho como si una brasa ardiente hubiera rozado su cuerpo.
—¡Dios mío! Entonces... ¿Hermana es también su esposa?
—Ya me lo había figurado. Por estas regiones, esto se ve con frecuencia, sea legal o no...
—Louise debe de saberlo.
—Eso me parece a mí. Aunque no es posible afirmarlo con seguridad. Ambos sabemos que oculta muchas cosas. Belmont es capaz de todo. No es ninguna gallina, joven. Seguro que tiene unos cincuenta y cinco años. Y Hermana pasa de los cuarenta, seguro. Bien, el caso se pone peor. Y sin embargo, todo empieza a dar la razón a nuestras sospechas y suposiciones.
—Tenemos que enfrentar a Belmont con su culpa —exclamó Paul.
—Ya... pero antes tenemos que demostrarla. Chist, calla que viene Louise.
La joven entró con una bandeja en sus manos. Sonreía, pero Paul acertó a divisar unas profundas ojeras de cansancio, como resultado de los días pasados.
—Buenos días —saludó ella animosamente—. Traigo el desayuno para mi jinete —y dejó la bandeja sobre las rodillas del joven—. Fruta, cereales, tostadas, una chuleta de cordero y cacao. ¿Qué tal, para estar en Aguas Amargas? Esta uva la cogí en la escuela.
—Louise, ¿cómo está Tommy? —se interesó Paul.
—Mucho mejor —replicó ella, con evidente alivio en sus oscuras pupilas—. El primer día estuve terriblemente inquieta, particularmente durante la larga travesía hasta Walibu, pero tuvimos la suerte de hallar allí al doctor. Y nos dijo que Tommy no padecía nada grave, aunque he de cambiarle la dieta, darle alimentos más sólidos. Bien, compré varios comestibles en el establecimiento nacional, y el doctor también recetó algunas medicinas. Oh, sí, me siento mucho más tranquila.
—Me alegro mucho. Yo también estaba preocupado por ese pequeño.
Louise le dirigió al joven una mirada inquisitiva.
—Oh, se lo aprecio mucho... Aunque me parece algo extraño que usted... se preocupe por el hijo de John Belmont.
—Louise, yo no asocio a Tommy con Belmont... ni tampoco a... a ti.
La joven se ruborizó al darse cuenta de que él acababa de tutearla, pero al instante recordó que ella, en su nota, era quien había iniciado el tuteo. Y lo aceptó como algo normal a partir de entonces.
—Tal vez yo debiera... —su voz se tornó grave—. Pero Belmont se ocupa tan poco del niño... y se parecen tanto... Bien, creo que trato de no pensar en ello en absoluto.
—Louise, ¿sabes algo de las relaciones entre Hermana y Belmont? —preguntó Paul con cierta brusquedad.
—Oh, ya has descubierto que él... —balbució la joven, pudorosamente.
—Wess asegura que Belmont entró anoche en el cuarto de Hermana y que no volvió a salir. Claro que Wess puede estar equivocado. Les oyó hablar, pero esto no demuestra nada.
—¿Demostrar qué?
—Que Hermana puede estar casada con él lo mismo que tú.
—¿Qué... qué quieres decir? —inquirió ella, súbitamente sobresaltada, muy dilatadas las pupilas.
—Quiero decir que por estos parajes no es infrecuente que un hombre tenga más de una esposa... aunque ello sea ilegal y la iglesia no lo apruebe.
De pronto el antiguo temor volvió a asomarse a los ojos de la muchacha. Paul adivinó que ella sabía mucho más de lo que admitía.
—No sé nada de eso —negó Louise apresuradamente—. Pero si quieres saber lo que es Hermana, yo te lo diré. Aunque...
—No quiero que te excites por ello —la interrumpió Paul suavemente—. Ni hay necesidad de que te preocupes por nuestras conjeturas.
—Ojalá te lo pudiese contar... todo. Pero no puedo hasta...
—¿Hasta cuándo? —la atajó Paul.
Las mejillas de la joven eran dos manchas rojas, y su voz subió de tono.
—Tú eres hombre culto; tienes que imaginártelo, Paul Manning.
Y antes de que el joven pudiese detenerla, huyó de la estancia. Paul miró a su camarada.
—Bien, ¿a qué esperas? —se burló Wess.
—¿A qué espero? ¿A qué demonios te refieres?
—Sabes muy bien a qué me refiero, maldito idiota. ¿Cuándo vas a confesarle el amor que sientes por ella?
—¿Cuántas veces he de decirte que te ocupes de tus propios asuntos, entrometido? —barbotó Paul furiosamente.
—Amigo, esto es asunto mío. Y si no tomas la iniciativa, lo haré yo.
—Wess, si te atreves a pronunciar ante ella una sola palabra... te mataré, tan seguro como que me llamo Paul Manning.
—Pues seré pronto un cadáver, si no actúas de prisa —respondió el vaquero, burlonamente. De repente, su humor se ensombreció—. Tengo que mostrarte algo más que no te gustará tanto. ¿Puedes salir de esa condenada cama?
—Bueno, estoy entumecido y cansado, pero creo que podré. ¿Se trata de Louise?
—No. Volveré en seguida.
Paul, preguntándose de qué podía tratarse, terminó de engullir su desayuno. Wess regresó en su busca y los dos se dirigieron a los corrales. El vaquero no se mostró comunicativo.
Meseta Negra se alzaba osadamente y de manera ominosa bajo un cielo raso y resplandeciente. Las rocas negras de la altura brillaban como después de llover. Por todas partes, las consecuencias de la tormenta eran palpables en las diminutas dumas de arena dejadas por el viento. En otra ocasión, volarían de allí y el contorno del paisaje volvería a cambiar.
Wess condujo a Paul hasta detrás del acantilado, al espacio protegido existente entre allí y la meseta, donde se alzaban las chozas de los indios. Paul ya había pasado por allí, si bien jamás había entrado en ninguna. Wess hizo alto a la entrada de la segunda, un enorme montón de adobes pegoteado a un armazón de postes. La puerta era un rectángulo de ramas de cedro desbastadas, de donde colgaba una manta. Unos perros amarillos, de aspecto amenazador, gruñeron y ladraron a los visitantes. A la llamada de Wess surgió un indio arrugado, que apartó la manta a un lado para dejarles pasar. Paul siguió al vaquero al interior.
El espacio redondo de la choza recibía luz gracias a un agujero de regular tamaño del techo, que la rápida inspección de Paul descubrió, se trataba de una especie de cúpula de ramas de cedro, con barro aplastada para mantenerlos unidos. Había un fuego medio consumido de leños de cedro directamente debajo del agujero, por donde se escapaba el humo. Éste, o la cualidad del aire, le escoció al joven en los ojos. Los dos niños de pelo muy negro pegados a las faldas de una india de rostro agradable, a la que Paul reconoció como madre de Natasha, estaban un poco asustados.
La muchacha le saludó.
Un indio joven, de ojos de halcón, con la piel oscura y transparente como el bronce, se levantó de su asiento, que era un simple cajón, para dirigirle la palabra al vaquero. Entonces, Paul concentró su atención en los camastros con pieles de oveja adosados a la pared. Y, particularmente, en el más cercano, cubierto con una manta, donde yacía Natasha. Entonces, Paul comprendió el mutismo y el humor sombrío de Wess. Se apresuró a arrodillarse al lado de la muchacha.
—Natasha, estás enferma... —dijo con solicitud, inclinándose para escrutar su rostro.
La joven estaba muy cambiada. Su rostro no mostraba ya su pasado resplandor. Estaba delgado y pálido. Y sus ojos oscuros y grandes no brillaban con la suave coquetería de otras veces.
—Ya me siento mejor —replicó espaciando las palabras y con voz débil.
—Natasha, ¿qué te ocurre?
—Amigo mío, es la tuberculosis —le explicó Wess.
La enfermedad de Natasha inspiró más lástima y desesperación a Paul que si se hubiese tratado de una joven blanca. La habían robado de la herencia india, inculcándole el lenguaje, los deseos y los hábitos del hombre blanco, para terminar siendo víctima de la enfermedad de la raza blanca.
—Natasha, ¿qué es lo que puedo hacer por ti? —inquirió Paul.
—No lo sé. Wess dijo que sí podías ayudarme.
Los ojos de la enferma buscaron los del vaquero en confirmación de sus palabras.
—Seguro, Natasha. Nos ocuparemos de ti.
—Natasha, tiene que verte un médico, y necesitas un cuidado adecuado, ropas limpias, buenos alimentos, leche pura... ¿Me permites que yo lo disponga todo?
La muchacha asintió con la sombra de una sonrisa de gratitud.
—Natasha, cuando hayas recuperado la salud tendrás que irte lejos de Aguas Amargas —continuó Paul—. ¿Adónde podrías ir? ¿Qué podrías hacer?
—Hombre blanco, ésta es la última vez que hablaré en tu lengua —replicó ella—. Para mí no hay otra cosa que las chozas de mi pueblo. Pero deseo adentrarme en los cañones de esta región.
—De acuerdo, yo te ayudaré. ¿Tienes algún familiar con quien ir a vivir?
—Taddy, que ves aquí, quiere que me case con él. Su gente vive bajo las grandes montañas. Allí, el país es muy agreste. ¡Sin senderos! ¡Sin comerciantes! Creo que me gustará ir.
—¿Taddy? —repitió Paul, dando media vuelta para examinar al indio bravo—. ¿Eres tú?
—Sí —replicó el muchacho, con voz gutural.
—¿Por qué quieres casarte con Natasha?
—Jugamos juntos, fuimos juntos a la escuela... y crecimos juntos.
—¿Tienes trabajo?
—No tengo trabajo. Mal año.
—¿Tienes ovejas, cabras, caballos?
—Soy pobre. Mi gente es pobre. Pero nos cuidaremos de Natasha.
—Te emplearé como jinete mío hasta que Natasha se haya curado.
Wess palmeó la espalda del joven bravo.
—Vaya, Taddy, te convertiremos en un buen vaquero.
—Natasha, ¿quieres a Taddy? —le preguntó Paul, volviéndose a la muchacha.
—Antes, ya fuimos novios.
—Está bien. Escucha, mientras Taddy trabaje y tú te estás curando, Wess y yo te compraremos un rebaño de ovejas y cabras, algunos poneys, sillas de montar, mantas, equipo campestre, vestidos, comida, y todo lo que necesitéis para empezar. Luego cuando ya estés fuerte otra vez podrás irte con él. A los cañones solitarios de que has hablado... Y lo siento de veras, Natasha. Me encantará, sin embargo, ayudaros a ti y a Taddy. Y saber que volvéis a ser felices, en medio de las grandes praderas de artemisa...
—No te olvidaré, Paul Manning —contestó ella, enigmáticamente.
Sus oscuros ojos estaban arrasados en lágrimas, Paul se incorporó, sabiendo que ésta era su recompensa, y se sintió satisfecho.
Wess, aún arrodillado, comenzó a formular preguntas a la joven india, pero ésta no le contestó. Cuando Paul se despidió de ella, viendo que no respondía al saludo, comprendió que ya había utilizado por última vez aquel lenguaje extraño que anteriormente le habían obligado a aprender.
—Bien, ¿a qué tanta prisa? —inquirió el vaquero, uniéndose a Paul en el exterior.
—Quiero decirle algo a Belmont ahora que tengo la sangre ardiente.
—De acuerdo, vamos para allá —gruñó Wess, fríamente.
Paul llegó a toda marcha al puesto. Allí había algunos indios, como de costumbre, así como el granjero nacional de la escuela del gobierno y otro blanco.
Belmont estaba atendiendo a una india; Hermana se hallaba tras el mostrador como un perro policía, y en aquel momento Louise apareció por el corredor.
—Belmont, estoy enojado y tengo que sacarme la espina del pecho —anunció Paul, con voz más tajante que sus palabras.
—¿De veras? ¿Respecto a qué? —repuso el comerciante, precavido y lentamente mirando al intruso con ojos calculadores y malignos.
—De nuestro último trato le debo a usted mil trescientos cuarenta y cinco dólares.
—Correcto —replicó Belmont, rápidamente.
—Bien, pues no puedo pagárselos por ahora. Sí, lo tengo en dinero contante, pero lo necesito para una buena obra, y usted tendrá que esperar.
—Manning, sus buenos propósitos pueden ser excelentes, pero a mí no me atañen. Y para mí, el nuestro es buen negocio. Es como si me hubiera dado una patada.
—Pues aguántela y maldito sea —replicó Paul—. Sé que usted puede esperar y no siento la menor compasión al obligarle a ello.
El comerciante dejó entrever su extrañeza y cierto resentimiento, aunque supo contenerse de manera admirable.
—Natasha está enferma —continuó Paul—, y se marcha... con su gente. Y yo voy a ayudarles, a ella y a Taddy.
—¿Qué? —exclamó Belmont, con furor creciente—. ¡Mil trescientos cuarenta y cinco dólares por una bribona de piel roja!
—Ésta es la suma exacta. Y es bien poco por todo lo que ha sufrido. Usted no lo entiende, Belmont, porque los indios son como basura bajo sus pies. Pero a mí me complace demostrarles a todos esos indios que todos los hombres blancos no son unos canallas.
—Oh, usted quiere demostrar muchas cosas, Manning —repuso Belmont con sarcasmo, lívido el rostro y su venosa garganta en tensión—. ¡Pero esos mismos indios pensarán que es usted el canalla!
Capítulo IX

LA primavera fue cambiándose imperceptiblemente en verano. La arena dejó de azotar el rostro. Del desierto empezaron a elevarse la calina. Y a mediodía, el cielo adquirió un tono cobrizo. Paul se enteró entonces de la sensación ardorosa del sol a través del sombrero. Se adelgazó, se le bronceó la tez y cada día fue haciéndose más fuerte y resistente.
Aguas Amargas entró en otra de sus fases del desierto. Y junto con todo esto, se produjo un cambio insidioso en Belmont y su suerte.
Después de un día tórrido, la noche resultaba agradablemente fresca. Paul estaba tumbado en su cama, despierto, escuchando, como había hecho otras muchas noches, los pesados pasos del comerciante. Los días tranquilos habían sido muy escasos. La naturaleza humana, como el desierto, había vuelto a recobrar su humor tenebroso, encubierto.
Unos pasos fuera obligaron a Paul a incorporarse, estremeciéndose. Los pasos pasaron por delante del aposento de Louise, y penetraron en el corredor. Su puerta se abrió. Y Paul, a la escasa claridad del dormitorio, reconoció la elevada figura del vaquero.
—Estoy despierto, Wess, ¿qué pasa?
—Ponte algo y sal pronto —replicó Wess en un susurro.
Wess se quedó a la puerta, a la escucha. Paul apenas necesitó más de un minuto para estar a su lado. Salieron juntos. Una lima evanescente flotaba de manera extraña sobre la oscura mesa. La noche derivaba ya hacia las horas de la madrugada. Wess condujo a su amigo fuera del enlosado, hacia el terreno blando, donde los pasos no hacían el menor ruido. Al llegar a cierto punto lejos del puesto, susurró:
—Llevo algún tiempo levantado. Se trata de otro de los misteriosos carromatos que vienen del otro lado del río. Y estaba a punto de acercarme allí cuando he visto a un indio. Esto no era extraño, pero ese individuo iba hacia mi tienda. Era Taddy.
—¿Taddy? —repitió Paul, asombrado—. ¿Qué quiere? Supongo que Natasha no...
—Está bien. Ahora, los dos se hallan en el Segi. Pero aquí está Taddy. Que hable él.
El delgado indio salió de debajo de las sombras de un cedro, junto a la tienda del vaquero. Llevaba un látigo en la mano.
—Hola, jefe.
—Hola, Taddy. ¿Qué te trae por aquí?
—He encontrado a un indio... Shagonie, en el lago Rojo. Venía del otro lado de la meseta. Los indios han dicho a Shagonie que los hombres blancos quieren ayuda para conducir el ganado. Y pagar mucho. Indios no ir. Conocen a los hombres blancos. El mismo que viene con nuevo ganado venderá a Belmont. Pero no es rebaño nuevo. Es el ganado del jefe.
—¡Los mismos hombres blancos! —estalló Paul, con indignación.
—Sí, jefe. El mismo Calkins —replicó el impasible indio.
—Wess, quieren volver a robarnos. ¡Qué caradura!
—Yo más bien lo llamaría canalla.
—Nosotros debemos ser dos atontados... para ellos, claro. ¿Piensa Belmont que volverá a salirle bien el truco?
—Supongo que es demasiado escurridizo. Si Calkins realiza otra conducción, será a través del río. Y pensándolo bien, camarada, ayer mismo me preguntaba si nuestra manada no se había clareado un poco por la parte de Solitude. Hace varios días que no cabalgamos por allá. Y no podemos tener continuamente toda la manada a la vista.
—¿Tenías el presentimiento de que Calkins volvía a rondar nuestro ganado?
—Sí, tuve ese presentimiento, y ahora lo sé de cierto.
—Taddy, ¿cuándo encontraste a Shagonie? —preguntó Paul, volviéndose hacia el indio.
—Ayer, junto al lago Rojo.
—No habrás estado cabalgando continuamente desde ayer, ¿verdad?
—Yo cabalgo toda la noche.
—Amigo, Taddy podría efectuar ese recorrido en seis horas.
—Bien... ¿Y cuándo vio Shagonie a Calkins?
—Dos días y ayer... tres. Prometieron encontrarse con Calkins. Pero no irán. Esto decir Shagonie.
—Taddy, ¿quiénes y qué son esos cuatreros?
—Shagonie preguntar. Indios conocer. Hombres blancos de muy lejos al otro lado del río.
—Bien, Taddy, estupendo —intervino el vaquero—. ¿Dónde está tu caballo?
El indio indicó un lugar lejano, pasado el puesto, en el lado sur de la meseta.
—Taddy no debe ser visto de Belmont. Le daremos algo de comida y se marchará.
Wess penetró en su tienda saliendo casi al momento con una cantimplora y una bolsa.
—Toma esta bolsa, Taddy. Pero después de beber, deja aquí la cantimplora.
—Adiós, Taddy. Y ten por seguro que te agradezco mucho tu aviso —dijo Paul, estrechando la mano del joven indio.
—Nosotros no olvidamos favores —replicó Taddy, y silenciosamente dejó que las sombras le tragaran.
—¡Nosotros no olvidamos favores! —repitió Paul, admirado.
—Seguro. Uno puede confiar en esos indios. Han sido tantas veces engañados y estafados por Belmont y sus compinches que apenas creen que haya hombres blancos decentes. Pero si entregan su amistad a uno, jamás la desmienten.
—Wess, estamos luchando contra algo maligno y malvado —comentó Paul—. Y no comprendo por qué aún no lo veo todo rojo.
—Porque, por un lado, piensas en Louise, y por otro, de nada serviría. Estás aprendiendo mucho, camarada.
—Pero no podemos permitir que Belmont se salga con la suya.
—Yo diría que no. Vuelve a la cama y procura dormir un poco. Nos desayunaremos como de costumbre y pediremos el almuerzo. Tú le dirás a Louise que regresaremos tarde, o tal vez nos quedaremos fuera toda la noche. Y no te olvides de coger la pistola.

Antes del amanecer del día siguientes los jinetes llegaron a una abertura rocosa en el reborde norte de la cuenca. Hicieron alto a la vista de un barranco poco profundo donde crecía la hierba en profusión. Mientras Paul descansaba después de la fatigosa cabalgada bajo un ardiente sol. Wess sacó los prismáticos de la mochila y se situó entre las rocas para efectuar un reconocimiento.
Paul apenas había descansado, cuando el vaquero volvió a su lado, con el semblante duro y la expresión severa.
—Taddy dijo la verdad —afirmó—. He localizado al primer vistazo la gran manada. Y no he tardado en descubrir el equipo de cuatreros. Vamos, amigo.
Condujo al asombrado Paul por entre los enormes peñascos, hacia una especie de atalaya desde la cual se dominaba una buena vista de aquel extremo de la cuenca. Paul se arrastró detrás de Wess hasta llegar a una posición ventajosa.
—Ten cuidado en no enseñar demasiado el hocico —le previno el vaquero—. En línea recta los tenemos bastante cerca. Y los caballos poseen una vista muy aguda, por si acaso no la tienen esos cuatreros. Bien, echa una ojeada. Fíjate en que estamos a menos de un kilómetro de aquel lugar donde hallamos el rastro de ganado saliendo del cañón. Pero como no tenemos alas para volar, tendremos que dar un rodeo por el reborde rocoso para llegar hasta allí.
—Veo el ganado en aquel ribazo —asintió Paul excitadamente—. Y también humo.
—Es del campamento. Ahora, mira con los prismáticos.
Paul tuvo que registrar gran parte del paisaje hasta localizar el humo, y cuando lo hizo dio rienda suelta en forma audible a sus sentimientos.
En un nicho del reborde rocoso, a espaldas del ribazo, divisó una fuerte fogata, con un hombre que evidentemente se hallaba muy ocupado cocinando, diversos paquetes y mantas enrolladas a su alrededor, y a dos hombres montados a caballo.
—Sí, es cierto, allí están —jadeó—. Ya no necesito los prismáticos para localizarlos. Wess, ¿qué haremos?
—Diantre, iremos a saludar atentamente a esa pequeña partida —gruñó el vaquero—. Dame otra vez los prismáticos. Quiero ver de qué manera podemos arrastrarnos hasta allí disimuladamente.
—¿Esta noche? El sol se pone ya. Mucho antes de llegar allí será de noche.
—Bien, podríamos aguardar hasta mañana —al cabo de un prolongado escrutinio del campamento y del terreno circundante, Wess añadió—: Amigo, esto será muy sencillo. Rodeamos el reborde por detrás, y saldremos por la entrada de la quebrada por donde ellos cabalgan. Luego, descenderemos. Estarán comiendo. Y como estará oscuro, podremos llegar hasta ellos sin que se den cuenta.
—¡Esta noche!
—Seguro. Ahora mismo. Y vamos de prisa, a fin de poder aprovechar la luz que queda.
—Está bien, pero dime antes qué he de hacer.
—Seguirme y no hacer ruido. Nada más.
—¿Los arrastrarás?
—Puedes jurarlo.
—¿Y si hay lucha?
—No lo creo, amigo. Pero ya te prevendré, por si acaso se trata de tipos duros. En cuyo caso, agacha el coco y saca el revólver.
Volvieron a sus caballos y los condujeron por el barranco. El sol se había ya ocultado tras el horizonte cuando llegaron a un pequeño altozano. Montando de nuevo, cabalgaron por aquella elevación.
Paul divisaba ya la quebrada, por donde el promontorio descendía hacia la cuenca, y la línea abrupta del cañón. El cielo, por Occidente, estaba teñido de un color rojizo. La luz diurna todavía se mostraba reacia a desaparecer. Y estaba sucumbiendo ante la noche cuando Wess localizó la entrada de la quebrada.
—Es por aquí —susurró, desmontando—. Aquí hay rastros del ganado. Bien, atemos los mustangos a este roble. Y quítate las espuelas. Esto será un poco duro para los animales, sin agua ni hierba.
Paul se hallaba en un estado de expectación y vigilancia, pero al comenzar a descender por la quebrada detrás del indolente, aunque astuto, vaquero, sus nervios se pusieron en tensión y su pulso latió con más fuerza. De vez en cuando, Wess se detenía a escuchar, o se volvía para ver dónde se hallaba Paul.
—Pisa suave —le aconsejó en una ocasión, susurrando—: ¡pies torpes! Esto no es una excursión dominguera.
Tras este epíteto poco halagador, Paul comenzó a poner un pie delante del otro como si temiera tropezar con un barril de dinamita. Pero no volvió a hacer ruido.
La quebrada se convirtió en un cañón poco profundo, con las paredes resquebrajadas. Pronto, hubo tanta oscuridad que Wess empezó a tantear el camino. Sin embargo, parecía tener ojos de mochuelo. Aquella larga caminata aumentó la excitación de Paul. Tenía mucho tiempo para meditar, para prepararse, pero sus sensaciones eran mucho más agudas que en momentos normales. El negro abismo que se abría a sus pies, el silencio, el seguro vaquero, la incertidumbre de la aventura, todo ello trabajaba sobre la imaginación de Paul. No deseaba matar a un hombre, aunque tal vez se viese forzado a ello en defensa propia. Recordaba que Calkins también llevaba un revólver en el cinto. Si intentaba «sacar» a indicación de Wess, seguramente recibiría una bala. La quebrada se estrechaba hasta formar un cañón. Luego, el muro de la izquierda daba acceso a un espacio tenebroso. Wess se mantenía pegado al muro derecho, donde, debido a las rocas, la marcha resultaba más difícil.
De repente, el avance de Paul se vio obstaculizado por el vaquero.
—Allí está el ribazo que hemos divisado, desde arriba —señaló—. Y tal vez como me imaginé, el campamento está muy cerca. Pero, ¿dónde está la fogata?
—Llevamos una hora de camino —susurró Paul en respuesta—. Tal vez se haya apagado.
—Calla, si no llevamos andando ni un cuarto de hora. De todos modos, debo admitir que el rastro está cada vez más caliente.
Continuaron avanzando cautelosamente. Paul jamás habíase visto rodeado por tan gran silencio. El lugar parecía muerto. Y esto ponía sus nervios en tensión. La mano de hierro del vaquero volvió a detenerle.
—¡Quieto! Oigo los mugidos de las vacas. Hemos avanzado más de lo que suponía.
Rodearon una angularidad rocosa, y se sobresaltaron al contemplar la brillante hoguera del campamento a unos cien metros de distancia. Las llamaradas arrojaban un resplandor rojizo sobre el risco que había al frente. Por delante y detrás del fuego pasaban las oscuras sombras de los cuatreros.
—¡Diablo! —exclamó Wess, sumamente aturdido—. Allí están. ¡Y por aquí todo está raso y despejado! ¿Qué hacemos?
—Podríamos retroceder y abalanzarnos sobre ellos desde el risco.
—No me gusta esta idea. Creo que lo mejor será arrastrarnos. Distingo unas rocas por allá... Y algunas bastante grandes para ocultar a un hombre. Si al menos estuvieron en fila... Jefe, espera aquí un poco.
—No pienso quedarme atrás.
—¡Hum...!
—Voy contigo... a menos que creas que voy a molestarte. No me engañes, por favor.
—Bien, amigo, me alegro de que vengas conmigo. Todo esto me asusta un poco. Bueno, en realidad, trataba solamente de ocuparme de tu seguridad. Bien, vamos. Tenemos que movernos como ratones.
Agachándose mucho, Wess comenzó a avanzar lentamente hacia delante, hasta llegar a una roca de tamaño más que regular. Luego, se puso a gatas. Paul le siguió, observando con extrañeza que de su caluroso cuerpo brotaba un sudor frío.
Al joven le pareció que había transcurrido mucho hasta que llegó a situarse tras los talones de su amigo. Éste estaba parado detrás de la roca, atisbando. Paul oyó voces y después una carcajada. Luego, Wess se aplastó sobre el suelo y fue abriéndose paso como un gusano hacia la derecha. Paul encontró que aquella imitación de una lombriz era bastante divertida, a pesar de lo molesto de la postura. El vaquero volvió a girar, en línea directa con otra roca, la primera de varias que iban aproximándose al campamento. Tenía una paciencia infinita. Se arrastró unos metros, se detuvo a descansar y a atisbar. Paul apenas respiraba.
El terreno era blando debido a la espesa hierba, lo cual tornaba el arrastre mucho más fácil. Sin embargo, Paul no por ello dejaba de jadear. Y temía que sus jadeos resultasen audibles. Probablemente, Wess los oyó ya que se detuvo hasta que la respiración del joven fue más sosegada. Las voces sonaban ya más altas, más distinguibles. Paul se dio cuenta del risco sombrío, de la prominencia iluminada por las estrellas a su izquierda y de los mugidos del ganado. Wess continuó arrastrándose sin detenerse ya hasta haber alcanzado su objetivo.
Paul atisbó por detrás del peñasco.
El campamento con su fogata se hallaba a menos de ochenta metros, y era una suerte que en medio de tal distancia hubiese una roca mayor que las demás. Manifiestamente, Wess la vio al momento, ya que torció hacia el lugar donde estaba Paul. Tras una cuidadosa inspección del terreno, el vaquero aplicó sus labios al oído de su amigo.
—¡Será como robarle un caramelo a un niño! Cuando yo salte y grite, tú imítame. No te apartes de mi lado, a menos de un par de metros, y si disparan arrójate al suelo.
Sin otras palabras, el vaquero salvó el último trecho en la misma forma. Paul mantuvo su rostro casi pegado a los talones de Wess. Tenía la boca seca y le costaba tragar, como si tuviese la garganta contraída. La luz de la hoguera vacilaba y arrojaba movibles sombras contra el muro del risco. Cuando Paul empezaba a pensar que ya no le era posible avanzar un centímetro más. Wess se detuvo. Habían llegado a la roca. Era alta y ancha. Detrás de la misma, Wess se incorporó prestamente, y volvió hacia su amigo su cara oscura y reluciente por el reflejo de las llamas. Cuando la sacó, su pistola lanzó un leve destello. Paul se irguió trabajosamente y también sacó su revólver. Estaba tan cerca de la fogata, que el joven olía el olor del humo, el café y el jamón.
—¡Ja, ja! —rasgó una potente carcajada el silencio de la noche—. No me importa que Belmont lo descubra.
La mano derecha de Wess se posó rápidamente sobre en el brazo de Paul, acción sin duda inducida por las palabras del cuatrero.
—Ya dije que yo no me comprometía a nada en esta faena —replicó otro.
Paul estuvo seguro de que no era Calkins.
—Bloom tiene razón —intervino un tercero, que indudablemente era el jefe del trío—. Si conseguimos llevar este rebaño al otro lado del río, todo irá bien. Podremos venderlo y Belmont no podrá mover ni un solo dedo. No se atreverá a promover jaleo.
—Pero su nuevo socio... ¿cómo se llama, Mantón?
—No. Manning. Ni siquiera sabe que vive en la tierra. Se preocupa demasiado de su salud para molestarse en nuestros pequeños negocios. Además, Hermana afirma que está enamorado de la chica.
—¡Ja, ja! Entonces, podríamos obligar a Belmont a comprar por segunda vez otro rebaño del ganado de su socio.
—Naturalmente. Pero no es preciso. Belmont empieza a ponerse molesto. Su negocio no le da tanto como antes. Los indios no tratan ya tanto con él.
—Oh, seguro que Belmont aún hace bastante dinero.
—Sí, pero no como al principio. No durará mucho en Aguas Amargas. Allí no ha durado nunca ningún comerciante.
—Entonces, si éste es el último golpe, es preferible que sea bueno. Mañana podríamos apoderarnos de otras cincuenta cabezas.
—No. Ya tenemos más ganado del que podemos conducir convenientemente. Y nos espera una travesía larga, calurosa y seca. Una vez crucemos el río, podremos tomarnos el tiempo que nos haga falta... Eh... no, no me gustan nada los ojos de ese vaquero.
—¿Ese tonto? Vaya, jefe, si tampoco sabe el terreno que pisa.
—Tal vez no. Pero cuando Belmont me contó que era de Texas me subió el corazón a la boca. Casi todos los vaqueros de Texas son unos tipos endiablados.
—Un momento... escuchad a mi caballo —intercaló uno de los cuatreros, en un tono de voz diferente.
—Bueno, husmea el jamón.
—Bloom, será mejor que lo desensilles y lo trabes —aconsejó Calkins.
Durante el diálogo, Wess estaba atisbando por detrás de la roca mientras Paul se contentaba con escuchar tan interesante información. Pero en aquel momento, el joven no pudo resistir la tentación de echar una ojeada.
Calkins estaba sentado y comiendo. Otro del terceto estaba arrojando hierbajos a la hoguera, la cual resplandecía brillantemente, por lo que el círculo podía distinguirse con toda claridad.
El tercer hombre estaba vuelto de espaldas a sus camaradas, mirando los dos caballos ensillados.
Wess le propinó un codazo al joven. Luego, saltó hacia delante, gritando con voz estentórea:
—¡Manos arriba!
Al tiempo de correr, su pistola vomitó plomo y fuego.
Paul, con el arma en la mano, también corrió hacia la luz, colocándose al lado de su amigo.
—¡Manos arriba, Calkins! —ordenó Wess, secamente—. La próxima vez te acertaré de pleno.
El jefe levantó las manos a la altura de la cabeza, mirando con un furor apenas controlado a su captor.
—Bloom, ¿qué te dije del tejano? Aquí está —exclamó Calkins con sarcasmo.
El llamado Bloom, un jinete de alta estatura y facciones duras bajo el ala del sombrero, maldijo en voz alta. El tercer cuatrero, de cara redonda, volvióse, mostrando un rostro ceniciento al resplandor de la hoguera.
—¿Atrapados con las manos en la masa, eh? —preguntó Wess ferozmente—. ¡Malditos cuatreros! Os hemos oído charlar. De modo que pensabais engañar a Belmont. Claro que tenéis razón. Él no os hará nada. Seré yo quien lo haga.
—Bien, nos has cogido, Texas —rezongó Calkins con frialdad—. ¿Qué vas a hacer?
—Ataros y llevaros a Aguas Amargas.
—Más te valdría conocer mejor a Belmont... —comenzó a gruñir Calkins.
De pronto, el cuatrero dio un salto de lado, para sacar el revólver. Wess disparó una fracción de segundo antes de que lo hiciese el otro. Paul oyó el rasgueo de las balas al penetrar en la carne. Le aterró ver que Wess caía, como abatido por una maza. Calkins se tambaleó y se arqueó mientras volvía a disparar, esta vez contra Paul. El proyectil pasó muy cerca del rostro del joven. Luego, Calkins cayó al suelo convertido en un guiñapo humano, muy cerca de la fogata.
Los otros dos cuatreros se apresuraron a correr hacia los caballos, saltando y huyendo a toda marcha.
—¡Quietos! —gritó Paul, preso súbitamente de una terrible cólera.
Pero los dos jinetes continuaron galopando, espoleando a sus monturas.
Paul vació el revólver, disparando contra ambos. Uno de los fugitivos lanzó un grito desgarrador. Luego, los dos se desvanecieron en la oscuridad. Frenéticamente, Paul corrió hacia Wess, al que vio ya de pie con la pistola apuntando al caído Calkins. Tenía la mano derecha cubriéndose el hombro. Y por entre sus dedos fluía la sangre.
—¡Wess, estás herido! ¡Dios mío... esto es terrible! —gimió Paul.
—Claro que estoy herido. Y antes hubiese debido volverme loco —gruñó el vaquero, acercándose a Calkins.
Paul fue con él, acordándose, a pesar de su excitación, de cargar de nuevo su revólver. Calkins estaba vivo y con conocimiento.
—Ahora hablarás, ¡maldita sea!, o vuelvo a taladrar tu asqueroso pellejo —barbotó el vaquero, sin dejar de apuntar al caído.
—No dispare... por favor... hablaré —afirmó Calkins roncamente.
—Belmont te contrató para que efectuases el primer robo de ganado, ¿verdad?
—Sí.
—Y esta vez pensabais estafarle a él...
—Sí.
—¿Quién es Belmont?
—Muchas cosas.
—Diablo, esto es mucho decir, pero tú ya sabes a qué me refiero.
—Es un ranchero y comerciante de Utah. Pero riñó con unos rancheros y... bien, salió de allí.
—Hum... ¿Cuándo fue esto?
—Poco antes de llegar a Aguas Amargas y establecerme en dicho punto.
—¿Es Hermana su verdadera esposa?
—No... no lo sé.
—¿Y la chica?
—Lo supongo. Esto se rumorea en Lund. Pero nadie sabe si...
—Entonces, ¿qué pinta Hermana? —intervino Paul, al ver que Calkins callaba.
—Tiene algún dominio sobre él... pero no sé de qué se trata. Texas, te agradeceré que me des un poco de whisky. Estoy muy mal herido... Hay un frasco en aquella bolsa.
—Tráelo, Paul —ordenó Wess, cogiendo la pistola del caído—. ¿Dónde te he dado?
—Aquí abajo... en el centro. Tengo frío y estoy envarado... ¡Oh, de prisa, por favor!
Paul encontró el frasco y ayudó al herido a beber. La mancha sanguinolenta de la camisa de Calkins no auguraba nada bueno.
—Amigo, no te ocupes de él. Ven aquí y véndame este agujero del hombro.
—Wess, ¿te sientes muy mal? —inquirió solícitamente el joven, temblándole las manos al sentir el contacto de la sangre cálida y espesa.
Luego, desgarró la camisa del vaquero por el hombro derecho.
—Me duele como mil demonios. Aunque ahora ya no sangra... Puedo mover el brazo... Veamos el hueso... Diantre, creo que también está bien. Si la bala salió por detrás...
—Claro que sí, Wess.
—Bravo... Entonces, sólo tenemos que luchar contra el envenenamiento de la sangre... Por allí hay agua caliente, jefe. Lava los dos agujeros y véndalos.
Los quejidos de Calkins despertaron la piedad de Paul, pero no parecieron conmover al vaquero.
—¿Crees... que se morirá? —preguntó el joven en voz baja, mientras se ocupaba de las heridas de su amigo.
—Supongo que sí... lo cual nos dará muchas más molestias —replicó el tejano—. Podríamos justificarnos ante las autoridades, pero no con Belmont.
—No tenemos que justificarnos con él —protestó Paul—. Es él quien tiene que rendirnos cuentas a nosotros.
—Bueno, camarada, creo que lo mejor será no decir ni palabra respecto a todo esto, a menos que ese tipo Bloom y su compinche se vayan de la lengua. Lo cual no es probable.
—Porque podrían acusarse a sí mismos, claro.
—Exactamente... ¡Huy! Jefe, tal vez seas un buen escritor, pero eres muy mal médico. Ese agujero de la espalda está en carne viva y me duele mucho.
—Lo siento, casi he terminado. Luego, será mejor que hagamos algo por Calkins.
—Temo que no podemos hacer ya nada por él. Pero, Paul, te aseguro que tuve que disparar. Sacó contra nosotros, y de no haberle estropeado la puntería, tal vez nos habría matado a los dos.
Cuando Paul examinó la herida del cuatrero, se convenció de la certeza de las palabras de Wess. La bala había penetrado por debajo del esternón, y probablemente se había alojado en la espina dorsal. Calkins no podía moverse. Su verborrea se tornó incoherente hasta quedar sin sentido. Paul le colocó una bolsa bajo la nuca y una manta encima.
—Creo que lo mejor será comer un poco. Este guiso de ternera huele muy bien, y de nada servirá morirnos de hambre —observó el vaquero.
Paul reavivó la hoguera y trató de esforzarse en comer, pero ya no tenía apetito.
—Jefe, estoy un poco mareado y será mejor que duerma —dijo luego Wess—. Necesito estar descansado para la cabalgada de mañana por la mañana.
—Supongo que no estarás seriamente herido —se asustó Paul.
—Creo que no. Pero he sangrado como un cerdo. Y he de tener cuidado. Quedas nombrado vigilante nocturno, amigo.
Poco después, Paul se dio cuenta del increíble hecho de hallarse solo en un lugar solitario, con un vaquero herido, que dormía y roncaba, y un cuatrero moribundo.
El joven no tenía sueño. Comenzó a pasearse por delante del fuego, al que añadió ocasionalmente algunos troncos y ramajes, echó un par de ojeadas a Calkins y se inclinó en diversas ocasiones sobre Wess como la madre que vigila a su hijo, y escuchó atentamente los rumores nocturnos.
Fue esta facultad anormalmente sensitiva de Paul la que por fin le hizo oír un grito real o imaginario. El grito se repitió varias veces, y cada vez parecía atravesarle el alma. Mientras estaba atento y temblando, se convenció gradualmente de que ningún pájaro ni animal salvaje había proferido tal sonido, de que ningún ruido de la naturaleza podría haberle afectado tan agudamente. Y al instante, por primera vez en largas horas, se acordó de Louise.
¿Podía el espíritu de la joven haberle llamado? Había leído que a los enamorados suelen ocurrirle cosas semejantes, por extrañas que parezcan. ¿Estaría Louise despierta, tendida en la oscuridad de su aposento, con aquel poder de adivinación propio de las mujeres, que les permite a veces ver a través de las paredes y las tinieblas? ¿No era probable que la muchacha hubiese chillado de angustia al comprender que Belmont hacía su situación intolerable? En la oscuridad, en la soledad, Paul intuyó que esto era lo ocurrido, y toda su fortaleza, sus esperanzas, su confianza en el amor y el idealismo, parecieron marchitarse de consuno. Aguas Amargas mantenía a todas sus víctimas en un realismo desnudo y espantoso.
Paul reconoció algo crucial en aquella hora. E incapaz de definir qué era, trató de captar los detalles físicos y espirituales de su forzada vigilia.
El resplandor del fuego se reflejaba en el rostro delgado y cetrino de Wess, duro y severo con la rigidez del dolor, y en el semblante contraído de Calkins, tan sugeridor de la estampa de la muerte que Paul temía aproximársele.
Por el risco danzaba una sombra rojiza y amenazadora. El ganado, sin protección, mugía a intervalos, descendiendo lentamente hacia la cuenca. Los coyotes aullaban melancólicamente en las tinieblas, sobre los ribazos rocosos, lanzando al aire sus agudas, tristes y salvajes notas. De entre la hierba y los matorrales, surgía el coro de los insectos. Y Paul estaba proyectado sobre todo aquel paisaje, solo con la grave responsabilidad que pesaba sobre su ánimo, como copartícipe en la muerte de un ladrón de ganado, y al final de sus reservas de energía y resistencia.
Pero esta inspección de las cosas visibles no le condujo a parte alguna. Era del pensamiento, del sentimiento, de la pasión, con sus ayudas místicas y su extensión sin límites, de lo que no podía escapar.
En aquel lugar solitario, las profundas realidades de la vida en el desierto de Aguas Amargas caían con fuerza aplastante sobre sus sueños, su esperanza, su amor, su fe, sobre todo aquello en que creía.
Desde aquella hora de medianoche comprendió que existía una lucha terrible entre las cosas tal como eran y aquéllas en que él soñaba. Era una batalla entre el romántico nato y el realista forzado. No debía volver a escribir respecto a la naturaleza humana hasta haber ganado la batalla. Si se había extraviado por el materialismo de su época, por la némesis de los hechos reales colocados en su camino, por el fracaso del amor y el honor, y la brutal infidelidad obligada en Louise, por su vano esfuerzo por demostrar que la amistad podía salvar a un ser como Wess Kintell, no debía volver a escribir de nuevo y estaba obligado a abandonar una carrera que antes le había ofrecido tan halagüeñas perspectivas.
¡Qué tonto había sido durante su vida anterior! El recuerdo de Amy penetró en su cerebro con asombrosa significancia. Su carácter casquivano le había ocasionado su primer padecimiento real que, comparado con el de ahora, parecía una efímera llamarada de juventud. La joven se desvanecía, como un fantasma del pasado, y él comprendía que lo que experimentaba en estos momentos era algo mucho más fuerte, indomable. Y ¿qué decir de las fuerzas que se habían juntado en su piedad, su amor, su pasión por Louise Belmont?
Paul fue paseando lentamente hasta el ribazo que se elevaba al borde del cañón. A lo lejos, sobre una elevada meseta, una luna de luz irreal cambiaba el aspecto del desierto. Allí pasó una hora llena de amargura. Pero ni los terribles acontecimientos del presente, ni los irrevocables que seguirían a éstos, lograrían matar todo aquello que significaba algo en su existencia. Al fin, Paul decidió que no podía creer en el fatalismo, en la predestinación, en el ateísmo, en todos aquellos grilletes del alma y la mente libres.
—¡Todo esto está en mí! —proclamó Paul en voz alta, dirigiéndose al cielo tachonado de estrellas, con su negrura interminable, a la magnificencia del negro horizonte, al sombrío abismo que bostezaba a sus pies, respirando eternidad.
Se sintió extrañamente fortalecido y confortado, aunque al mismo tiempo tenía una conciencia más clara de ser solamente un ente finito, un átomo de la humanidad, un hombre atrapado en su rincón de la tierra, envuelto fatalmente en la tragedia de una joven y su hijo de corta edad.
Cuando regresó al campamento, la hoguera no era más que un montón de tizones medio consumidos. Halló a Wess incorporado.
—Hola. Iba a llamarte.
—Estaba en lo alto del precipicio. Wess, ¿te encuentras bien?
—¿No notas que hace frío?
—Yo no lo tengo.
—Bueno, será mejor que avives el fuego. Y echa una ojeada a Calkins.
Paul recogió varias brazadas de artemisa seca y las arrojó a la fogata, y cuando ésta ardió brillantemente, se acercó a Calkins con cierta renuencia. El cuatrero tenía el rostro en la sombra, pero su vista alarmó a Paul. Se inclinó rápidamente y observó que el cuerpo estaba ya frío y rígido. El joven se levantó, retrocediendo prestamente.
—Hum... —exclamó el vaquero al saber la noticia—. Ya sabía que estaba muerto.
—Sí, desde hace varias horas. ¡Pobre diablo! Pero nosotros ya no podemos hacer nada.
—Sí, echarle una lona encima. Diantre, ya es de madrugada y hemos de mantener el fuego encendido hasta entonces.
Estuvieron conversando el resto de la noche. El amanecer les permitió distinguir el ganado de nuevo en la cuenca, dirigiéndose lentamente hacia el Oeste, y mugiendo, en demanda de agua. Obviamente, a Wess le dolía el hombro herido, pero ayudó a Paul a preparar de prisa el desayuno.
—Es un fastidio lo de Calkins —comentó el vaquero—. Lo más prudente será dejarle aquí. Sus compinches no volverán. Y si los indios vienen a este campamento, se llevarán todo lo que encuentren y no dirán nada. ¿Qué opinas, jefe?
—Habrá que enterrarle, y procuraremos disimular su tumba para que no despierte sospechas.
—De acuerdo, esto es de sentido común. Tal vez también sea preferible contárselo a Belmont. Seguro que él no lo irá propalando por ahí.
—Pero ¿cómo se lo diremos? ¿Qué excusa...?
—Contaremos que sorprendimos a Calkins robando nuestro ganado, y que disparamos para ahuyentarle. Yo le maté en defensa propia. Y tú lo has visto, ésta es la verdad. Además, él verá cómo tengo dos agujeros en mi cuerpo para probarlo.
—De todos modos, estamos seguros respecto a nuestra responsabilidad. Pero la reacción de Belmont... el efecto sobre Louise... Esto es lo que me inquieta.
—Amigo, seguro que has de estar preocupado por ella —asintió Wess con acento sombrío.
Paul cavó un hoyo y envolvió el cadáver en una lona antes de enterrarlo. Mientras tanto, el caballo trabado de Calkins llegó al campamento. Wess buscó una brida y se la puso.
—Debe de haber agua en ese cañón de ahí abajo —dijo el vaquero de Texas—. Allí hay un balde, jefe. Yo conduciré el caballo y tú llevarás el agua. Llenaremos la cantimplora y daremos el resto a nuestros mustangos.
Cuando el sol naciente iluminaba ya las estribaciones del Este, Paul y Wess llegaron a la entrada de la quebrada. Hallaron a los mustangos inquietos por aquella noche inactiva. Tras haber cambiado una de las sillas para el nuevo caballo, y abrevado a todos los animales, emprendieron el viaje de retorno.
Alternativamente, los mustangos fueron trotando y al paso todo el día bajo un sol de infierno. A mediodía, Wess comenzó a dar señales de cansancio, pero no se encorvó sobre la silla hasta hallarse en la meseta que dominaba al puesto. Allí, Paul tuvo que sostenerlo hasta el final.
El último trecho de la travesía fue el más difícil para el cuerpo y la mente del joven. Wess estaba en mala forma, sin energías, y el aspecto de Aguas Amargas nunca había resultado tan repelente a los ojos de Paul, concentrándose en el manantial la esencia de todo lo más odioso y terrible del desierto.
Las rocas oscuras de Mesa Negra relucían con un tono gris, sugiriendo el amargo invierno que las había desgajado de los acantilados, el promontorio verdoso, con sus múltiples regatos de agua y la enorme balsa, como un ojo maligno, rodeado por las siniestras fajas de álcali; las resquebrajadas laderas, los riscos pelados, los rellanos amplios, extrañamente iluminados por el sol, las últimas dunas de arena dejadas por la tormenta, los senderos como cintos de bronce caliente, los remolinos de polvo que giraban en columnas amarillas, los velos caliginosos de humo y calor, y finalmente el puesto comercial, achaparrado, rudo, tosco, como alimentando interiormente su secreto y sus agravios, sus misterios, su existencia oscura y tenebrosa, todo ello parecía eslabonar las vidas de sus habitantes con el trágico poder de Aguas Amargas.

Sólo Louise acertó a ver la llegada de los jinetes, y cómo Paul ayudaba a su amigo a descender del caballo delante de su tienda, donde le ayudó a entrar.
Antes de quitarle al vaquero las botas y la chaqueta, Paul divisó la figura de Louise recortada en la entrada, tan encantadora como antes, pero no igual.
—¡Oh, Paul! He visto cómo sostenías a Wess en la silla, cómo le ayudabas a bajar... ¡Sangre! ¿Qué ha sucedido?
—Amigo... yo se lo contaré —jadeó el vaquero—. Tú cuídate de los caballos... y explícale a Belmont... lo que hemos acordado.
Paul tuvo que hacer acopio de todo su valor, de toda su fuerza, para poder resistir impasiblemente el terror fugitivo que se retrataba en las pupilas color topacio de los ojos de su amada.
La saludó con una triste sonrisa, llamándola cariñosamente por su diminutivo.
Ni siquiera para salvarle la vida a Belmont habría dejado de besarla en tal momento.
Ya fuera de la tienda, cogió las bridas de los caballos para conducirlos al corral; y no todos sus pasos extenuados, su expresión sombría, el abatimiento de sus ojos, y la inclinación de su cabeza, así como la respiración jadeante y pesada de su pecho procedían de los últimos esfuerzos de su última galopada.
Capítulo X

EL comerciante fue al momento a visitar a Wess, mostrando muy poco rastro del furor que exhibió al enterarse de la traición de Calkins.
—Wess, ¿está malherido? —preguntó con cierta amabilidad.
—No lo sé. Aunque supongo que sí.
—Déjeme ver la herida.
Paul le quitó la venda incrustada de sangre, dejando al descubierto la herida inflamada.
—Bien, una herida limpia. Sin ningún roto astillado siquiera. Pero necesita un médico. Iré a Walibu y lo traeré en seguida.
—Muchas gracias, Belmont.
—Usted me ha hecho un buen servicio. Calkins siempre fue un traidor, pero no conmigo. Bien, escuchen ambos. Mantengan el ataque y todo lo ocurrido bajo su sombrero. Bloom y Spraull también mantendrán cerrado el pico. Ya me conocen.
—De acuerdo, Belmont. Esto me parece estupendo. Pero nosotros enterramos a Calkins allí mismo donde cayó, dejando en el campamento todas sus cosas. Más pronto o más tarde, los indios o los blancos lo encontrarán todo y...
—Dejen eso a mi cuidado. ¿Dónde se halla el campamento?
—¿Conoce el extremo final de la cuenca?
—Palmo a palmo. Y un atajo.
—Bien, hay un ribazo en la parte norte, donde se abre un cañón. El campamento se halla a la vista de la pared rojiza de ese cañón. No puede equivocarse.
—Iré allá mañana. Nada más. Incidente concluido. ¿Entendido?
—Entendido Belmont. Y a menos que nos veamos acusados, guardaremos silencio —replicó Paul con gravedad.
—De acuerdo, Belmont, pero no consigo este súbito interés suyo —observó el vaquero con manifiesto sarcasmo.
—No quiero que se sepa esta nueva —gruñó el comerciante.
—Hum... Bien, mi jefe y yo ya lo hemos olvidado por completo. Yo estaba limpiando mi pistola y se me disparó de forma accidental. ¿No es así?
—Exacto, esto es lo que tiene que decirle al doctor. Nosotros podríamos cuidarle esta herida, pero si se infectase y llamáramos entonces al médico, la historia resultaría algo rara. Podría excitar su curiosidad.
—Y nosotros no queremos ninguna curiosidad en nuestros negocios, claro.
El comerciante salió y mientras Paul se sentaba al borde del camastro de Wess, se oyeron los cascos de unos caballos.
—Amigo, ese tipo no quiere aclararse en absoluto —comentó el vaquero finalmente.
—Seguro. Está jugando con nosotros, Wess.
—Sí, aunque es posible que si este asunto fuese a los tribunales, ganáramos nosotros. Claro que esto no nos interesa.
—¿Por qué no, si conseguimos pruebas de que él les vende whisky a los indios? Entonces, le tendríamos bajo nuestros pies.
—Cabeza de chorlito, jamás lograremos tener nada contra él, al menos no lo suficiente para meterle en la cárcel eternamente. Y si lo intentásemos, se descubriría que tú y Louise os amáis, y él la mataría centímetro a centímetro.
—Entonces, ¿de qué nos servirá averiguar algo más? —preguntó Paul, desesperado.
—Tal vez nos ayudará a quitárnoslo de encima —declaró Wess pensativamente—. Claro que si realmente está casado con Louise, y la quiere más que a Hermana... entonces, seguro que estamos en un mal paso.
—Wess, ignoro cómo es posible que el amor que yo siento por Louise y ella por mí pueda sentirlo también un rufián de su calaña.
—Oh, chico, estás mucho peor que yo. ¡Anímate! Cuando he dicho que estábamos en un mal paso no quise decir que estemos listos. Nunca lo estaremos, muchacho. ¡Louise te ama! y esto lo soluciona todo.
—¿Tú crees? —inquirió Paul, con gran tensión en su voz—. ¿Cuánto tiempo crees que ella podrá resistirlo? ¿No te fijaste en la expresión de sus ojos?
—Si todo lo demás falla —repuso el vaquero animadamente, siempre hay medio de arreglarlo.
—No, Wess... con una muerte ya es bastante... demasiado. Esto ya no es el viejo Oeste. Si tú matases a Belmont, te colgarían... y esto destrozaría el corazón de Louise.
—Pero, amigo, ya has visto el infierno en sus pupilas... Y esto ha despertado otro infierno en mi corazón.
—Matar a Belmont sólo serviría para empeorar el asunto —replicó Paul, obstinadamente—. ¿Y «el niño? ¿Que podría decirle de su padre?
—Paul, algún día serás tú el verdadero padre de esa criatura. Recuerda mis palabras.
—Nunca de ese modo —exclamó Paul—. Wess, tienes que alejar esa idea de tu cabeza.
—Bien, tú eres el jefe —asintió el vaquero con resignación—, pero no estoy muy seguro de que estés hablando con inteligencia.
La noche era calurosa y callada. Los grillos dejaban oír su eterno cric-cric bajo los cedros. La estrella vespertina brillaba encima del reborde oscuro de Mesa Negra. Paul recordó con toda la fuerza de su memoria su vigilia nocturna en el desierto, sobre el negro y solemne cañón, lo cual sirvió para ahondar aún más su conflicto. Le parecía estar sacudido por un choque violento que le hubiese puesto boca abajo. La convulsión pasó, dejándole decidido a pelear a cada hora, a cada momento en favor de Louise, y a sufrir una verdadera agonía en el intento.
A continuación se dirigió a la cocina. Hermana estaba sentada a la mesa, comiendo con la india llamada Gersha.
—Lamento llegar tarde, Hermana —disculpóse el joven animadamente, sentándose a su lado—. Para mí, una taza de café y una galleta.
La mujer le ordenó a Gersha que le sirviese.
—Wess se ha herido por accidente —continuó Paul—, y me costó Dios y ayuda traerlo a casa.
—¿Es grave?
—No, pero perdió mucha sangre y la larga cabalgada acabó de fastidiarle.
Paul comía y bebía lentamente, cavilando diversas conjeturas para encontrar el motivo del rostro macilento y la expresión sombría de Hermana. Y relacionó estos cambios con el experimentado por Louise. De pronto, en su mente se forjó una idea: ¿no podría convertir a esa mujer en una aliada? ¿No podría despertar sus celos para que traicionase a Belmont, ayudando a la muchacha a librarse de él, al ver que la muchacha usurpaba su lugar?
—¿Está usted enferma, Hermana? —le preguntó solícitamente.
—No.
—Pues tiene mal semblante. Como si hubiera perdido usted a su único amigo.
—Yo no tengo amigos —replicó ella con amargura—. Me han arrojado de mi pueblo y de mi iglesia.
—¡De veras! —exclamó Paul, dándole un salto el corazón al ver que acababa de lograr que la mujer abandonase su reserva—. Lamento oírselo decir. No, no parece ser usted muy feliz en Aguas Amargas.
—¿Feliz... en este Getsemaní?
—¿Su unión con Belmont la ha arruinado acaso? —inquirió Paul, y al ver que la mujer parecía aturdida, prosiguió—: Sé por qué Belmont abandonó Utah.
—¿Quién... se lo... dijo? —tartamudeó Hermana.
—Calkins.
—¿Estaba borracho?
—Creo que no. Me pareció que no le era muy leal a Belmont.
—¿Qué más le contó? —preguntó la mujer, impulsada irresistiblemente por el miedo y la curiosidad.
—Que Belmont juró desembarazarse de usted... que nunca la quiso, y que en principio no había intentado casarse con usted.
—Nunca... nunca me quiso... —susurró ella, con el semblante encendido por la cólera.
El joven creyó justificado añadir lo que Calkins había dicho en realidad. Entre él y Belmont existía ya una guerra.
—Habló de la chica... Afirmó que Belmont está loco por Louise... Pero que no sabía cómo dejarla a usted...
—Conque ésta es la verdad... ¡Y lo sabe Calkins... y todos los demás!
—Hermana, espero que respete usted mis confidencias. Vacilé mucho antes de repetirle a usted esas palabras. Pero me pareció tan abatida... Y Wess y yo somos sus amigos. Conocemos sus relaciones con Belmont.
La mujer se puso de pie, blanca como el papel.
—¿Qué quiere decir? No tengo nada que ocultar. Belmont lo arrojará de aquí... por una sospecha tan vil.
Paul no necesitó seguir hablando. La mujer acababa de reaccionar ante su propia conciencia de una sospecha que repudiaba. Cruzó las manos, haciendo crujir todos sus huesos. Temblaba de pies a cabeza. Era la viva imagen del destronamiento de la fe, si no del amor, en una naturaleza frustrada. Y habría despertado la compasión de un hombre más endurecido que Paul. Con el rostro ceniciento, y trastabillando como una persona herida mortalmente, la mujer se dispuso a salir de la cocina.
—Piénselo bien, Hermana —la aconsejó Paul—. Hay algo más que todo esto. Yo no temo enfrentarme a Belmont. Pero, ¿la ayudaría esto a usted... o a mí?
—¡No... no! ¡Dios me ha abandonado! ¡Pero que el destino se ensañe contra John Belmont!
Paul se levantó y asió las manos de la mujer cuando estaba en la puerta.
—¡Yo soy su amigo! ¡Sea usted amiga mía!
Acto seguido, Paul se dispuso a apurar su taza de café. Gersha le sirvió otra. Paul trató de ahuyentar sus preocupaciones probando otra vez que la india comprendía muy poco el inglés. Su agitación dio lugar a un sentimiento más fuerte, que intentó reprimir. ¿Habría ido demasiado lejos? ¿Había obrado movido por un impulso o una inspiración? ¿Cedería Hermana a sus apasionados celos, o se limitaría a sufrir ante esas revelaciones?
Paul llegó a la conclusión de que la mujer callaría por el momento, hallando en el secreto el núcleo de una revuelta contra su posición, y una confabulación para apartar de allí a Louise.
El largo corredor estaba tan negro como un túnel. Ya había caído la noche. Louise se había olvidado de encender la lámpara de Paul, cosa que jamás le ocurría, lo cual era otro detalle de su trastorno. El joven pasó en dirección a su habitación y, al salir del pasillo subió con toda naturalidad al porche de la muchacha. Su aposento estaba a oscuras. Paul llamó a la puerta. Los pasos de la joven le parecieron demasiado lentos y susurró:
—¡Louise!
—Estoy aquí —contestó ella apresuradamente—. Oh, Paul, no vayas a decirme que Wess está peor...
El joven atravesó el umbral y la muchacha chocó con él. De pronto, sin poder contenerse, Paul la estrechó entre sus brazos.
—Wess aún está en cama, pero se encuentra mejor. Belmont ha ido en busca del médico.
Ella no contestó ni hizo el menor movimiento. Paul oyó un leve jadeo al atraerla hacia su pecho. La sostuvo apretada contra su corazón, juntando ambas mejillas, y esperó unos instantes para conseguir dominarse y saber qué haría ella.
Louise no se mostró envarada, aunque tampoco correspondió al abrazo. Pese a ello, Paul aguardó, como un hombre poseso, y al fin experimentó la satisfacción de sentir que la mejilla de la joven irradiaba cierto calor, y el pecho se movía con más rapidez.
Louise dejó escapar un suspiro.
—Louise —exclamó entonces Paul—, querida, me alegro tanto de volver a verte... Y es tan agradable sentirte junto a mí... Oh, qué infierno de viaje... Bien, ya te lo contaré en otra ocasión. Pero cuanto más sufro, cuanto debo padecer, tanto más dulce es volver a tu lado. Sí, tenía que hacer esto que estoy haciendo. No podía ocultar ya más mis sentimientos. Louise... ¿puedo... puedo besarte?
—No... —murmuró ella dulcemente.
—Entonces, ¿no me quieres?
—¿Quererte? ¡Oh, Dios mío!
Con sus fuertes manos, Paul levantó la barbilla de Louise y buscó sus labios en la oscuridad, y la besó tiernamente, reprimiendo con ello la furiosa pasión que latía en su alma. Aquel beso pareció vivificarla a ella, como una corriente de fuego. Instintivamente, se llenó de vida y luz.
Sin embargo, forcejeó con su amado.
—No, no, por favor, no debes... no debes... ¡Oh, Paul! ¡Basta! ¡Basta! Tengo que decirte algo... Yo... y él...
—No me digas nada —la interrumpió Paul, en un susurro tan apasionado y ávido como el de ella—. Te amo, Louise. Y no quiero saber nada de lo sucedido. A mí no me importa en absoluto todo lo ocurrido. Nada importa, mientras tú me ames, me quieras, y estés decidida a irte conmigo algún día. Él no puede cambiarte ni degradarte, ni rebajar tu hermosura, en absoluto. No en mis días... Pero ¡así Dios me ayude!, si tú te desprecias a ti misma... si enfermas o te debilitas... si permites que tu fuerza física desaparezca por culpa de esa inmunda bestia... ¡le mataré!
—¡Calla! —gritó ella agudamente—. Oh, he sido una cobarde... ¡Oh, Paul mío, no lo sabía!... ¡No tienes que matar a Belmont! ¡Te colgarían! Seré fuerte, seré valerosa. Lo resistiré todo. Pero... no soy más que una débil mujer. Belmont me ama. Y mi indiferencia sólo ha servido para acrecentar su amor, su deseo. Y esto es terrible. Pero prométeme, júrame... que no harás, nada, nada.
—Está bien... no haré nada —afirmó Paul con voz ronca—. De todos modos, Louise, tú no eres la verdadera esposa de Belmont. Y con esta idea debemos de fortalecernos. Piensa en el futuro. ¡En un hogar conmigo! Te resarciré de todo cuanto has sufrido. No sucumbas a pensamientos morbosos, al frenesí de ser libre, ni a matarte a ti misma. Ya que para ti, para nosotros dos, llegará la libertad. Lo sé, lo siento.
—Paul, haré tal como dices. Viviré por ti. Y él no podrá jamás arrebatarme esa chispa vital de mi cuerpo.
Silenciosamente, él la estrechó contra su pecho, sin apenas respirar, buscando su espíritu, su amor, sus besos, la fuerza que él necesitaba.
—Vamos, iremos a ver a Wess. Quiero comunicarte a ti, y también a él, lo que le he dicho a Hermana.

Al cabo de cinco días, la fiebre abandonó el cuerpo del vaquero, el cual pudo ya levantarse de la cama, débil pero curado. Sin embargo, el extraño humor que se había posesionado de él no cambió.
Durante este período de ansiedad, Paul le dejó solo muchas horas, y Louise compartió sus cuidados con el joven. Entre ambos, y bajo las instrucciones del médico, evitaron una grave y larga enfermedad al vaquero.
Paul esperaba que Wess volviese pronto a ser el mismo de antes pero, excepto alguna sonrisa dedicada a Louise de cuando en cuanto, el tejano se mostraba muy retraído. Paul le importunaba para que abandonase aquella actitud, le dio varios sermones amistosos y, finalmente, le atacó con cierto humorismo. Sin embargo, todo esto no logró penetrar la coraza tras la que se escudaba Wess.
—Dime, ¿qué diablos te pasa? —le preguntó Paul, ya exasperado.
—Aguas Amargas —repuso escuetamente el vaquero.
—¿Aguas Amargas?
—Se ha apoderado de mí, de Louise, de Hermana y de Belmont. Y también de ti, al menos en parte.
—Vaya, Wess... —balbució Paul.
—Y estoy pensando en sacudirme esta capa de polvo rojo de mis botas.
Paul no supo qué contestar y salió de la tienda.
Estaba estupefacto. Wess estaba harto de aquel amargo, maligno y envenenado agujero de polvo, viento y calor. Paul no se lo podía reprochar, ni jamás hubiese podido suplicarle que se quedara a su lado para ayudarle. Pero estaba aturdido y sufrió otra triste desilusión. Creía comprender el punto de vista de su amigo; al menos, sabía qué efecto podía ejercer una herida peligrosa sobre la mente de un vaquero. Mas lo que tanto le dolía era descubrir que apreciaba singularmente a aquel terco tejano y que podía perderle. Si había tenido alguna obligación hacia él, Wess ya se la había pagado sobradamente.
Ensillando un mustango, Paul salió hacia la meseta, como primera excursión en muchos días. El ganado se hallaba esparcido por todo el desierto adyacente al puesto, y hacia el extremo oeste de la cuenta. Los animales no padecían apenas los rigores del verano.
Paul cabalgó en torno a la manada, rodeó a las reses desbandadas, contó el número cotidianamente creciente de terneras y novillos, y hasta donde se lo permitió su bisoña experiencia, ejecutó todos los deberes del buen vaquero.
Al atardecer, galopó por la ladera bajo la cumbre abrupta de Mesa Negra, descendiendo hacia Aguas Amargas, odiando aquel paraje como nunca hasta entonces, considerándolo como un maligno pulpo, cuyos ojos amenazadores eran el puesto y la balsa, y los cañones y quebradas que se alejaban de aquel centro, los tentáculos prensores que servían al monstruo para atraer a sus inocentes víctimas.
Pese a tener la mente sombría cuando penetró en el patio, su humor cambió exteriormente como por arte de magia. Louise oyó su silbido, su paso ligero, su voz animosa. Su sonrisa, la caricia de su mano al pasar frente al aposento de la joven, eran las seguridades de un amor eterno, y todo ello sirvió para ahuyentar de su cerebro las preocupaciones de aquel solitario día. Paul consideraba esto igual que lo había considerado antes. Y ello le tornó más fuerte, más furioso, más indomable, al tiempo que casi aplastaba su corazón con el fallo patético de su ventura. ¡Como si fuese omnisciente! Louise vivía sólo por su amor, y él sentía sobre sus hombros una causa más pesada, no más noble. Y por esto iba su impaciencia en aumento, deseando encontrar una solución al problema que estaba anidando en su corazón.
Así, el verano se trocó en una hoguera. Belmont se quejaba de que los indios no abandonaban sus chozas o sus refugios contra el sol. Los viejos brujos afirmaban que jamás habían sufrido un verano tan agotador. Todo esto repercutió en los negocios del comerciante, si bien la cosa mejoraba por la noche.
Belmont bebía mucho y sus modales cordiales padecieron un eclipse.
Wess volvió a recorrer los contornos. Aunque no lo decía en voz alta, era evidente que prefería cabalgar solo. Paul no se lo impidió, ya que por su parte también prefería la soledad.
A menudo, divisaba al vaquero silueteado contra un acantilado, o sentado inmóvil sobre un mustango al borde la meseta, contemplando tristemente a Aguas Amargas. ¿Qué pasaba entonces por su mente? Esta idea atormentaba a Paul.
Sabía que Wess amaba a Louise y creía que se trataba de un afecto fraternal, nacido de la dulzura de la joven y de su estado indefenso. Pero al fin y al cabo, Wess era humano, un jinete solitario, un hombre con fuego y pasiones; y tal vez fuese cierto que se le estaba destrozando el corazón. Paul acabó por experimentar un mínimo destello de celos hacia su leal amigo. Y luchó para alegrarse de que Louise sintiese un gran aprecio por el vaquero. Pero al mismo tiempo, cavilaba profundamente. ¿Habría olvidado el tejano sus temerarios planes para salvar a Louise? No obstante, Paul no sacaba jamás a relucir este tema ante Wess, seguro de que éste le daría una respuesta llegado el momento.
A mediados de verano, cuando se aproximaba ya la temporada de lluvias, Paul adoptó la costumbre de salir por las mañanas temprano, y hacia media tarde. Avezado como ya estaba a la vida al aire libre y a la dureza del desierto, encontraba las horas del mediodía, en que el ardiente sol caía de plano, completamente insoportables.
En aquel período de tiempo, día tras día, y de manera creciente, el hoyo rojizo donde se hallaba el manantial de Aguas Amargas se iba convirtiendo en un horno, sobre el cual se acumulaban unas nubes opacas, y los velos caliginosos se levantaban como cortinas de humo transparente, al tiempo que el polvo infernal barría el desierto.
Paul no podía evitar la carga enervante y fatigosa de aquella temporada, pero, tras aprender de los indios y consolado por la certeza de que Louise hacía lo mismo, dormía durante las horas más agobiantes del día.
Aquel sueño, sin embargo, no habría sido posible de no haber pasado despierto más de la mitad de la noche. Paul se convirtió en un espía, en un merodeador de la oscuridad, en un investigador insaciable, en busca de la verdad nocturna del comerciante. Llegó a calzar mocasines, una camisa de paño, un cinto con aplicaciones de plata, y un pañuelo al cuello. Se pintaba la cara de color oscuro, y de esta manera, si alguna vez hubiese tropezado con Belmont o uno de sus cómplices, le habrían confundido con un indio.
También practicaba con la pistola, «sacando» y disparando velozmente, durante sus excursiones diarias. Wess, que también espiaba por su cuenta, se burlaba del disfraz de su amigo y de sus actividades nocturnas.
Una noche, bien pasadas las doce, el ruido del inevitable carromato llevó a Paul a los cedros que bordeaban el camino. Allí se encontró con Wess, también alertado de igual forma.
—¡Jugando al piel roja y llevando pistola! —se burló el vaquero—. ¿Te has vuelto mochales?
—Sé muy bien lo que hago —replicó Paul con impaciencia—. Claro que a lo mejor sí estoy loco. Pero me encuentro ya harto de esperar a que suceda algo. Ninguno de nuestros planes ha dado resultado. Sabemos que Belmont es un canalla, pero no podemos demostrarlo. ¿Qué debemos hacer?
—Paul, no te excites, por favor —le calmó el vaquero—. Las cosas todavía no han cambiado bastante para que podamos actuar. Pero se está acercando el gran momento no temas. Claro que tú podrías llevarte de aquí a Louise y...
—Seguro... si ella accediera. Pero, ¿y el niño?
—Lleváoslo también.
—¡Con este calor! El pequeño vuelve a estar enfermito, y con este sol no duraría ni un solo día. Además, ¿y Belmont? Nos seguiría y como tiene el derecho legal...
—Entonces, tendrías que matarlo —replicó escuetamente el vaquero.
—Y después me colgarían. Y ¿qué sería de Louise?
—No estaría peor que ahora —afirmó Wess, implacable.
—Bien, qué quieres, pues, que ¿haga? —preguntó Paul con amargura.
—Déjame desafiarle con mi pistola, nada más —gruñó el tejano.
—Ya te he dicho una y mil veces que ¡no! No habrá ningún tiroteo mientras yo pueda decir la última palabra —objetó fieramente Paul.
—Bien, de este modo, tendremos que esperar... —fue la réplica final del vaquero, tras lo cual se internó en las tinieblas.
Paul le vio ir desesperadamente, comprendiendo al propio tiempo que Wess le había obligado a reconocer que su paciencia casi llegaba al límite.
Sus oídos captaron el ruido del carromato que se aproximaba, y de repente el joven se vio asaltado por una idea. ¿Por qué no trepar al tejado del puesto y escuchar desde allí? Tal vez de esta forma descubriría el motivo de las misteriosas visitas nocturnas.
Se deslizó al amparo de los cedros, y llegó a la esquina del puesto, a espaldas de su habitación. El ascenso resultaría sumamente fácil, aparte del peligro de hacer algún ruido.
La ventana abierta de Louise no estaba lejos del cedro por el que el joven esperaba subir al tejado. Tal vez la despertase, pero esto no le preocupaba, ya que Louise no solía chillar nunca.
Cautelosamente comenzó a trepar por el árbol, aunque el ascenso le costó mucho más de lo que había calculado. No sólo crujían las ramas del cedro, sino que con los pies desgajó una porción mínima de la tierra que formaba el tejado, la cual se deslizó con un rumor que a los excitados oídos de Paul pareció poder despertar a todos los durmientes en una legua a la redonda. Por la parte delantera del puesto se oían voces, y luego un leve crujido. Al mirar hacia abajo distinguió una cara pálida por entre la negrura de la ventana de Louise.
—Louise, soy yo —susurró muy bajo.
—¡Paul! —sorprendióse ella, temerosamente.
—Sí... ¡chist!, no tan alto.
—¿Qué demonios haces ahí?
—El carromato ha vuelto... No te preocupes.
—¡El carromato!... ¡Oh, ten cuidado! Belmont podría...
Paul, arrastrándose de nuevo, ahuyentó de sí aquella dulce y querida voz. El tejado parecía tan sólido como la tierra de abajo, y los hierbajos crecían allí lo suficientemente altos para ocultarle si permanecía tendido. Además, podía avanzar sin hacer el menor ruido.
Por tanto, atrevidamente y decidido a lanzarse a la aventura, continuó arrastrándose por el ala del tejadillo principal del puesto. El mismo tenía una pendiente pronunciada, subiendo hasta una especie de cúpula. Al llegar a lo alto, divisó el enlosado piso delante del puesto y oyó voces quedas y pasos amortiguados. Paul no vaciló en descender por la pendiente del tejado, arrastrándose sin ruido y cautelosamente, hasta situarse a menos de un metro del borde. Estaba sumamente envalentonado. Incorporándose sobre sus manos para atisbar por entre los hierbajos, distinguió una pequeña carreta, en la que se hallaban dos hombres.
—No quiero tanto —decía Belmont, casi con tono normal.
—Tómalo o déjalo —replicó el otro—. No deseo efectuar este largo trayecto a menudo. Además, es arriesgado. Algún tipo del gobierno puede preguntarse por qué llevo tanto whisky a un puesto tan avanzado del desierto. Por aquí hay muy pocos colonos blancos.
—¿Y qué? No pueden acusarte por esto.
—Tal vez no. Pero no deja de ser arriesgado. Si encontrasen aquí tanto licor, no dejarían de husmear constantemente por los alrededores.
—¿Ha hablado alguien?
—Bloom Burton anunció que abandonaba la región de Aguas Amargas.
—Ya. ¿Y... has visto a Calkins?
—No. Por lo visto, tiene algún negocio propio... según me contó Bloom.
—Seguro —asintió el comerciante con un gruñido—. Bien. Me quedaré con todo. Déjalo en el porche.
Paul vio cómo los dos hombres sacaban los cajones de la carreta, y uno de ellos depositaba la carga en el porche, chocando claramente contra el techo. La sangre le hervía al joven en las venas. Belmont sólo podía querer tener tanto whisky almacenado por un motivo: vendérselo a los indios, a pesar de las órdenes gubernamentales en contra.
—¡Cuidado, chico! —murmuró Belmont, directamente debajo de donde Paul estaba semiarrodillado.
—Lo siento, creo que he desprendido polvo del tejado con este golpe.
—¡Qué diablos dices! —murmuró el comerciante, extrañado.
Al cabo de unos momentos de expectación para Paul, Belmont añadió en otro tono:
—Bill... ven aquí y escucha.
En el silencio que siguió, los oídos de Paul captaron un rumor sedoso.
—Bill, ¿oyes algo?
—Sí, cae polvo del tejado.
—¿Polvo? Estás loco. No hay polvo allí arriba. Es... arena. ¡Está cayendo un hilillo de arena!
—Es efecto del golpe que yo he dado con... —se disculpó Bill.
—Esto jamás había ocurrido —musitó el comerciante.
De pronto, Paul se dio cuenta del peligro que estaba corriendo. Oía distintamente el rumor de la arenilla al escurrirse hacia el porche por debajo de su cuerpo. Era él, y no el descuido de Bill con el cajón de licor, quien la había desalojado. Además, el joven detectó un estremecimiento del tejadillo del porche bajo su peso, hecho que en su excitación se le había escapado por completo.
—¡Bill, allí arriba hay alguien! —susurró el comerciante.
—Oh, John, tú eres el loco y no yo.
Unos pasos cautelosos que se movían bajo el tejado helaron la sangre de Paul en sus venas. La lengua le quedó pegada al paladar. Empezó a temblar con tanta violencia que aumentó la caída de arena. Al instante siguiente, la oscura mole del comerciante se recortó contra la negrura de la noche. Y vio a Paul con la misma claridad que el joven a él.
—¡Dios mío, tenía razón! ¡Es un indio! —exclamó Belmont excitadamente.
Hizo un gesto rápido para sacar el revólver, pero éste no apareció. Belmont se dejó caer en el porche.
—¿Dónde está mi revólver? ¡Pronto, dame uno!
Su rugido de rabia y sus pesados pasos sirvieron para que Paul saliera de su estupor. Dando media vuelta, se arrastró velozmente hacia lo alto del tejadillo. Apenas llegado allí, las tinieblas se vieron iluminadas por un disparo, y una bala pasó casi rozando una de sus orejas. Paul dio un salto, se dejó deslizar por la pendiente, y corrió por la parte llana del tejado hasta su extremo, donde saltó atrevidamente hacia la parte empedrada de abajo. Al instante, corrió apresuradamente hacia su habitación. Cerró la puerta suavemente y colocó la aldaba. Luego, temblando como una hoja de álamo, y jadeando pesadamente, sentóse en la cama y procedió a quitarse el disfraz.
Éste y la rapidez de su huida le habían salvado. Su oído todavía le zumbaba por el ruido de la detonación. La bala le había casi rozado la oreja, pero no había sangre en ella. La frialdad del terror desapareció siendo reemplazada por un ardiente frenesí. ¡Por qué poco había escapado de la muerte! Belmont había tirado a matar. Y en aquellos momentos de espera, de jadeos y de temor, el joven descubrió lo que era el resurgir del hombre primitivo de las cavernas para dominar sus instintos con el poder más elemental.
En el corredor resonaron unos pasos apresurados. Y el tabaleo a la puerta con un instrumento de metal: ¡el revólver!, precedió a la ronca voz de Belmont.
—Manning, ¿está usted aquí?
La pregunta, la sibilante duda de la expresión, le dijo a Paul que el comerciante albergaba grandes sospechas, esperando casi no obtener respuesta.
—Claro que estoy aquí —contestó Paul—. Me ha despertado un disparo. He oído correr a alguien... ¿Qué demontres pasa?
—Un ladrón indio. Estaba arriba... le vi y disparé. ¿No ha pasado por aquí, por delante de esta puerta? —añadió el astuto Belmont, cuya inteligencia casi siempre estaba despierta.
—No lo sé. Me pareció que estaba fuera. Le oí correr...
Belmont se marchó. Paul fue hacia su ventana abierta, a tiempo de ver cómo el comerciante llamaba a la puerta del aposento de Louise.
—¿Sí? —gritó la muchacha.
—¿Estás despierta?
—No hace mucho. Oí un tiro. Y también me di cuenta de unas carreras...
—Entonces, ha logrado escapar. Pensé haberle herido.
Y tras esta conclusión, Belmont se alejó hacia el porche.
—Eh, amigo, ¿qué sucede? —preguntó la voz de Wess, desde las sombras.
—¿Es usted, Wess? —preguntó Belmont, claramente irritado.
—Seguro. Habría llegado antes pero se me clavó un cactus en un pie.
—Disparé contra un indio que merodeaba por aquí. Creo que ha huido.
—No me diga... Vaya lugar bonito para vivir éste de Aguas Amargas.
—Es un buen sitio para largarse —replicó Belmont, significativamente.
—Exacto. Pero me pregunto si ese merodeador indio no será el tipo de la carreta.
La inspiración del vaquero procedía del ruido del pesado vehículo al ponerse en marcha por el sendero. Paul observó que Belmont hacía un gesto apasionado. Estuvo un momento callado y quieto como un halcón, escuchando el rumor de las ruedas de la carreta que se alejaba.
—Belmont, creo que ese fulano ha pasado cerca de mi tienda —continuó Wess con tono de curiosidad—. Sí, se arrastró por allí. ¿Qué es lo que pasa?
—Sé tanto como usted —repuso el comerciante tercamente—. Con toda seguridad, se trata de dos carromatos.
—Hum... El que se ha ido hacia el norte, vino del mismo sitio —objetó el vaquero.
—Kintell, parece usted muy interesado en lo que ocurre en este lugar —manifestó Belmont con acento helado.
—Seguro, porque todo este lugar me parece muy raro.
—¿Raro? ¿Qué quiere decir?
—Bueno, es un lugar infernal. Un agujero endiablado. Con una agua infecta, envenenada. Y un lugar donde nadie duerme, y donde suceden cosas muy extrañas por la noche.
—Kintell, usted y Manning son tan extraños como todo lo demás de Aguas Amargas.
—¿Sí?
—¡Y estoy harto de sus insinuaciones!
—Belmont, quien está harto de usted soy yo —replicó el tejano violentamente—. Y puede apostar su vida a que este hartazgo no se debe a las aguas alcalinas del manantial.
—Está bien, queda despedido.
—Usted no puede despedirme, Belmont.
—Haré que lo eche Manning.
—¡Y un cuerno! —se burló el tejano, alejándose por entre la oscuridad—. Se parece usted a una vieja dama que conserva abierta una taberna en pleno Oeste ¡Ja, ja, ja!
Capítulo XI

EL desierto de Aguas Amargas, de rocas y tierra ennegrecida por el sol, retenía el calor durante el otoño. Cada día sucesivo era más seco, más cálido, más feroz que el anterior. El maíz, los melones, el heno de las huertas indias se quemaban hasta arrugarse y marchitarse como si fuesen de cuero. El ganado enflaquecía hasta morir. Los seres humanos habían llegado al límite de resistencia de la mente y el cuerpo.
Wess cabalgaba solo por la comarca. Durante la parte del día que estaba en el puesto, presentaba el aspecto de un joven macilento, demacrado, de mirada penetrante. Comía en su tienda un alimento escaso como el de un indio pobre. Cuando hablaba lo hacía de forma aguda y breve. Al fin, Louise acabó por no dirigirle la palabra.
Paul también se mostraba abatido. Lo comprendía, pero no conseguía sobreponerse a las implacables fuerzas debilitadoras de aquel lugar, del tiempo, del terrible final que parecía inminente. La disputa de Belmont con él respecto a su negativa a despedir a Wess sirvió para ensanchar considerablemente el abismo ya existente entre ambos. Aparentemente, esto agradó al comerciante, el cual también forjaba ciertos planes. Su pensamiento, turbio y profundo, se asemejaba a los malos augurios del terreno. El cambio sutil, casi impalpable, de las últimas semanas, era ya casi palpable. Belmont se hallaba bajo los efectos de una enorme tensión, cuyo final no sospechaba. Su avaricia, su lascivia y el amor hacia la bebida parecían haberse unido en él para desintegrar la influencia de Aguas Amargas.
De todos ellos, Hermana era la que expresaba de manera más acusada el efecto del calor y la terrible situación. Jamás salía del almacén o de su habitación. Apenas hablaba, y cuando lo hacía siempre era a la joven india. En cualquier momento del día o de la noche aparecía su pálido rostro en la ventana. Se hallaba siempre al acecho con aquellos ojos que Paul tanto temía y en los que jamás volvería a confiar. El odio dominaba aquella alma tenebrosa, odio hacia Louise, hacia sus nuevos y fieles amigos... y amor hacia Belmont, que era también odio. Vigilaba lo que al final adivinó Paul: con la esperanza de descubrir alguna acción que pudiese interpretarse como deshonor en Louise.
Por todos estos poderosos motivos, Paul dejó de mostrar sus pequeñas atenciones hacia Louise, y así se acabaron aquellos preciosos momentos de intercambio amoroso que hasta entonces la habían sostenido maravillosamente, alimentando su belleza.
Louise no lo entendía, y sus grandes ojos miraban a Paul con reproche, en tanto el joven se sentía impotente para tranquilizarla. La escribió una larga carta, pero no se atrevió a entregársela ni de día ni de noche. Belmont había ordenado que Gersha se cuidase de la habitación del joven, impidiendo asimismo que Louise mecanografiase los manuscritos del autor. El comerciante objetó, ante las protestas apasionadas de la muchacha, que no podía dejarla trabajar con aquel intenso calor.
Finalmente, totalmente desesperada, Louise fue en busca de Wess, el cual, por primera vez, le falló. El vaquero también temía la astuta vigilancia de Hermana. Y Paul, tan al acecho como aquélla, vio a la chica y al vaquero juntos, y la forma en que aquél la despedía. También se fijó en el desconsuelo de ella ante esta actitud del tejano. Wess le había hablado con dureza; como el lobo en una trampa, había mordido aquello que le hería. Más que los detalles inexplicables de todo aquel miserable asunto, la inexplicable afrenta de Wess a Louise torturó y aturdió a Paul. Éste confiaba en el vaquero y al ver que Louise importunaba a Wess se había sentido asaltado por la desesperanza y el desasosiego. Sí, Wess le había fallado. Todo el asunto era enloquecedor. Su compasión hacia Louise le dolía hasta dejarle insensible. Sin embargo, se sentía también impulsado por aquel inalterable sentido del honor que le obligaba a rechazar toda idea de violencia, a pesar de atraerle tentadoramente. Su cólera hacia Wess, hacia sí mismo, hacia la vigilante Hermana, hacia el implacable y malvado Belmont, no conocía límites. Anhelaba presentarse a Louise y suplicarle que huyese con él, pero al mismo tiempo, un lazo inexplicable, que no acertaba a comprender, le impedía adoptar tal medida.
El niño también mostraba los efectos del terrible calor. Paul apenas le veía, pero sus febriles sollozos durante el día atestiguaban sus sufrimientos. Paul se preguntaba a menudo si los consuelos de Louise calmaban al niño o sólo servían para que llorasen el hijo y la madre a la par. Por la delgadez de las piernecitas y los bracitos del pequeño, y las manchas de su piel, Paul se daba cuenta de que Tommy estaba muy desmejorado. Si el calor duraba mucho tiempo, representaría el final para él... tal vez para todos, añadió Paul para sí.
La noche era siempre bien recibida. Paul se tumbaba en su hamaca, en tanto su sangre iba perdiendo intensidad, y el cerebro su presión, que era como una faja de acero en torno a la frente. La noche era callada, cálida, melancólica. Las estrellas brillaban en la bóveda celeste. Fuera, un indio entonaba un cántico. Todo estaba tan silencioso, que el débil susurro del agua en el manantial llegaba hasta los oídos del joven.
Los pasos lentos y suaves de Wess, paseándose bajo los cedros, también resultaban muy significativos. El extraño vaquero al que no le gustaba andar, jamás dejaba de pasearse durante aquellas calurosas noches.
De pronto, otros pasos interrumpieron la placidez de la noche, y la modorra en que había caído el joven. ¡Belmont!
Salió del corredor y recorrió el senderito empedrado del puesto. Su paso le pareció a Paul el de un hombre a quien sería peligroso encontrar en un sendero estrecho, sin que ninguno de los dos pudiese retroceder. Belmont avanzaría... apartando brutalmente a un lado tanto a un amigo como a un enemigo. Paul oía a menudo aquellos pasos, y lo mismo que en esta ocasión, siempre parecían aplastarle el corazón. Belmont se plantó ante la puerta del aposento de Louise. Trató de abrir pero la joven se había encerrado por dentro.
El corazón de Paul comenzó a palpitar con mayor fuerza. Y su fatigado cuerpo contestó a tal actividad. Sin embargo, volvió a hundirse lentamente en su hamaca.
—Louise... —llamó el comerciante con voz baja pero decidida.
No hubo respuesta. Tabaleó sobre la puerta y maldijo varias veces.
—¡Louise!
Ante aquella nueva llamada, los pasos del vaquero bajo los cedros dejaron de oírse. Sin duda, también lo estaba oyendo todo desde las sombras.
—¿Qué quieres? —inquirió Louise.
—Entrar.
—No puedes. Ya te lo he dicho mil veces que no debes hacerlo.
—¿Te encuentras mal?
—No.
—Entonces, déjame entrar —pidió Belmont con impaciencia. Al no obtener respuesta, aporreó la puerta—. ¡Abre!
—¡No! —repuso Louise con determinación.
En su voz no había debilidad ni temor.
—¡Maldita gata! ¡No quiero aguantar ni un momento más esta situación!
—Belmont, eres muy torpe, de lo contrario me conocerías mejor.
—Louise, romperé la puerta... la hundiré.
—Hazlo. Pero entonces te mataré... o me mataré.
Paul no pudo oír los gruñidos de sorpresa del comerciante.
—Esto es un farol... No tienes pistola.
—Tengo una.
—¿De dónde la sacaste?
—Me la dio Paul.
—¡Otra vez ese condenado entrometido! Escucha, Hermana ha insinuado cosas que no me gustan, ni he querido atender. Si no pones cuidado, Hermana me pondrá algunas ideas en la cabeza y entonces...
—¡Esto es imposible! ¡Los animales no piensan ni pueden albergar ideas en el cerebro!
—¡Fuego del infierno! ¿Qué te pasa? —estalló Belmont furiosamente.
—No podrás conseguirme nunca más, John Belmont, esto es lo que me pasa.
—¡No consentiré que me trates así! —exclamó Belmont.
Pero a pesar de sus palabras, estaba impresionado.
—¡Tendrás que consentirlo!
—Pero, ¿por qué? Louise, ¿no hemos discutido bastante? Ya sabes que te quiero —prosiguió el comerciante en voz más baja, ansiosa y ronca, traicionando el deseo que experimentaba en su corazón—. Me portaré mejor contigo a partir de ahora. Oh, sí, he acabado por amarte apasionadamente.
—¿Amarme? ¡Bah! ¡Vete con Hermana! —gritó la muchacha con sarcasmo.
Belmont guardó silencio unos instantes.
—¡He terminado con ella! —afirmó después—. Cierto, voy a librarme de su presencia. Y esta vez haré legal mi promesa.
—¿De veras? Conociendo como conozco a esa mujer, sé que tendrás que hacer todo lo contrario.
—¿Son éstas tus razones? —preguntó el comerciante, volviendo a demostrar aquella fuerza de voluntad que no conocía obstáculos.
—Una de ellas. La otra es que... ¡te odio, bestia salvaje!
Belmont exhaló un juramento de rabia y dolor, y aporreó la puerta de manera convulsiva con sus fuertes manos. Por muy duro que fuese su pellejo, tal afirmación por parte de su esposa, el desprecio que entrañaba aquel vulgar epíteto, atravesó al comerciante hasta lo más profundo de su ser.
—¡Louise, por Dios santo, vuelve en ti! —imploró, con voz tan distinta de la suya normal, que Paul intuyó su enorme tortura.
Era ridículo que aquel comerciante, aquel vendedor de ron, con sus amoríos, pudiera ser víctima de un amor tan profundo y persuasivo. Sin embargo, Paul conocía la triste verdad de ello y glorificaba la desdicha del hombre.
—¡Nunca! Ya estoy harta, John Belmont —gritó Louise apasionadamente—. ¡Te odio! Te odiaba en Utah por lo que me hiciste y le hiciste a Tommy. Pero aquí, en Aguas Amargas, me has llenado de algo peor que el odio... ¡Si te acercas a mí te mataré ¡Y si fallo y llegas a tocarme... me mataré!
Belmont se apartó de la puerta tambaleándose, hacia el sendero, respirando pesadamente. No estaba aún en las proximidades del corredor cuando Hermana le llamó desde la ventana.
—Lo he oído todo —jadeó.
—¡Cállate! No me atosigues tú ahora, mujer —replicó Belmont roncamente.
—¡Atosigarte! ¡Invoco contra ti la maldición del infierno... a menos que eches de aquí a esa zorra!
—Hermana, te prevengo...
—¡Tonto! Ella ama a un joven. Por esto te impide entrar en...
—¡Bruja! —rugió el comerciante—. ¡Toma!
Paul oyó un fuerte bofetón, luego arrastrar de sillas y un golpe sordo. Después... silencio mortal.
El joven escritor esperó un momento, respirando pesadamente, en suspense; luego, salió del puesto para concentrarse en la realización de las violentas pasiones que se agitaban y habían ya estallado en Aguas Amargas.

Detrás de Paul resonaron los pasos de Wess Kintell. El joven dio media vuelta, divisando la elevada figura del vaquero entre las sombras de la oscuridad. Los dos se alejaron de la tienda del tejano.
—Chico, ¿oíste la bofetada? —murmuró Wess, profundamente estremecido.
—Naturalmente.
—Bien, no se lo reprocho mucho —afirmó el vaquero—. Esa mujer es una verdadera bruja. Aunque debe de tener algunos derechos.
—Para poder mandar sobre Belmont... y de qué modo —asintió Paul.
—Seguro. Todo esto es demasiado para mi pobre cabeza. Amigo, ¿oíste a Louise?
—¿Crees que, de no haberla oído, estaría como estoy? Wess, esa chica tiene redaños.
—Seguro que los tiene. Esto ya ha ocurrido antes... más de una vez. Por Dios santo, que empiezo a sentir la sospecha de que Louise no le ha permitido entrar en su habitación desde que ambos llegamos aquí.
De repente, una luz pareció encenderse en la mente de Paul. Cogió el brazo de su amigo excitadamente.
—Wess, ¿recuerdas lo que él ha dicho, respecto a «hacer su promesa legal ahora»?
—Sí, pero no he sacado de ello nada en claro. Naturalmente, puede significar que...
—Exacto. Ya te acordarás de lo que dijo Calkins. Que en Lund se rumoreaba que Louise era la esposa de Belmont, pero que nadie lo sabía realmente. Y él tampoco sabía si Hermana lo era.
—Lo cual quiere decir...
—Que no puede estar casado legalmente con ambas. Es posible que Hermana era su esposa auténtica, y que nunca haya estado casado legalmente con Louise.
—Pero, amigo, en tal caso, ella no le habría permitido jamás...
—Wess, estás subestimando a Belmont. Tiene amigos e influencias en toda esta región, y alguien pudo acceder a sus ideas... Sí, no debió resultarle muy difícil falsificar una ceremonia de boda y hasta una licencia de matrimonio, imaginándose que Louise nunca llegaría a saber, ni siquiera a sospechar la verdad. O que no se había divorciado de Hermana antes de casarse con Louise.
—Y ella lo descubrió... y por esto le odia tanto. Paul, de buena gana mataría a ese bastardo... ¡Ahora mismo y con mis manos! —declaró Wess.
Pero Paul le asió fuertemente el brazo con una mano de acero.
—Aguarda... No... —en el pecho del joven empezaba a anidar una gran esperanza—. ¿No comprendes lo que esto significa? Si podemos demostrar que Hermana es su verdadera esposa, Belmont no podrá alegar ninguna pretensión sobre Louise... ni el niño. Su matrimonio con Louise quedará invalidado. Podremos protegerla legalmente. Wess, te irás a Utah... ahora, esta misma noche, y descubrirás toda la verdad.
—Amiguito, has dado en el clavo. Seguro —asintió el vaquero—, y no sé cómo no se me ocurrió antes. Pero nunca es tarde... Buscaré a ese tipo, Bloom, y a su compinche. Y haré que me digan toda la verdad. Los hombres de su calaña siempre se van de la lengua cuando hay dinero por medio. Y si tengo que lisiarles de un disparo, obligándoles a desgañitarse, también lo haré. Paul, tendrás que darme dinero. Muchos billetes verdes. Tal vez los necesite.
—Aquí está mi cartera. Coge lo que quieras. Wess, ésta es nuestra gran ocasión. Y cuento contigo.
—No temas. Ja, ja... Lo conseguiré, amigo Paul, desde el principio, olí algo raro. Y seré un imbécil si no descubro toda la verdad de lo ocurrido.
—¡Entonces... lárgate al momento!
—Ahora mismo. Y recuerda que debes vigilar a Belmont noche y día. Mantenle apartado de Louise, de manera absoluta. ¿Entendido?
—No te preocupes. Lo haré, Wess.
—¡Y si te ves obligado a matarle...! Bueno, supongo que esto sólo has de hacerlo en última instancia. No te alejes mucho del puesto hasta que yo vuelva. Y vigila a Louise estrechamente. Tal vez las cosas empiecen a solucionarse.

Al alba gris, Paul todavía se estaba paseando por entre los cedros. Aunque parecía haber desprendido una gran carga de sus hombros, no podía librarse de la incertidumbre que experimentaba respecto al inevitable conflicto que se avecinaba. Era, no obstante, una bendición escuchar al pájaro burlón, sentir la frescura del aire del desierto, contemplar la maravillosa belleza del cielo antes de salir el sol. La naturaleza era incansable e inevitable. No se preocupaba por las almas ni por los sentimientos de los seres humanos. Se limitaba a atender a sus propios fines, que eran inescrutables. El amanecer glorioso, la hechicera visión del terreno, de todo lo terrenal, la melancolía, el color, el silencio y la paz, que parecían proceder de la eternidad... Era con todo esto que la naturaleza parecía mofarse de los mortales. Paul no perdía su inquietud, su incertidumbre, pero no dejaba de sentirse atraído hacia la grandeza de la naturaleza que le rodeaba.
Aquella hora fue breve. Antes de que el sol iluminase Mesa Negra, el cielo y la atmósfera, y el terreno sembrado de rocas, presagiaron otro día más tórrido e implacable que el anterior. El hombre podía resistir el calor y la sequedad, con sus inagotables recursos, pero no siempre las pasiones devastadoras que él mismo engendra tan despiadadamente.
Paul rehusó incluso a los indios. Su desayuno consistió únicamente en una manzana y un bizcocho, alimento pobre y sin gusto, que aún vióse forzado a tragar. Vagó por el desierto, donde no había la menor sombra. No podía soportar largo tiempo el calor, pero tampoco podía permanecer puertas adentro.
Bebió en el manantial. Era un agua clara y fresca, que saciaba la sed y sostenía la vida. ¡El fermento de Aguas Amargas! El insidioso líquido a cuyo través el desierto permeaba la sangre, los tejidos y el cerebro de los seres vivos, para fabricar su misteriosa alquimia de la maldad. Paul contempló el maligno ojo de la balsa, que parecía observarle desde sus transparentes profundidades. Sin embargo, aquel día el agua carecía de su sabor amargo. Y Paul se maravilló por ello.
Le chocó de modo tan especial que el hecho se grabó en su mente.
A la hora de cenar le dirigió a Belmont una pregunta tan sincera, tan desprovista de malicia, que el comerciante no acusó en el primer instante reacción alguna.
—Belmont, ¿el manantial de Aguas Amargas siempre tiene el mismo gusto?
El comerciante se sobresaltó, haciendo un mohín que Paul no habría observado de no mirarle tan fijamente.
—¿Cómo?... ¿Por qué lo pregunta? —repuso Belmont, levantando la mirada del plato.
Sus pupilas poseían una cualidad penetrante. Y Paul experimentó un choque inexplicable.
—¿Por qué? Bueno, no hace mucho estuve bebiendo en el manantial —explicó, con tono casual—. Y el agua no me pareció tan amarga. Era casi buena.
—Hum... —gruñó el comerciante, volviendo a posar la mirada en su plato—. También yo lo he notado alguna vez. Supongo que el aporte mineral es más flojo en esta estación, antes de la llegada de las lluvias.
—¿Qué mineral?
—Alguno salino. ¿No ha visto las señales blancas del alcalí en los bordes del manantial?
—Sí, parece escarcha —asintió Paul brevemente, bajando también la mirada hacia su plato.
No volvió a hablar durante la cena, que procuró engullir apresuradamente.
Una vez en su habitación, el joven dio rienda suelta a sus pensamientos. Había recibido una intimación extraña y asombrosa respecto a Aguas Amargas. Y la rastreó hasta la mirada astuta de Belmont. Y de no haber estado a la merced de una imaginación vivaz y morbosa, aquella mirada le habría parecido reflejar el mismo color gris y maligno de las aguas del manantial.
Paul no consiguió despojarse de tal impresión. Cuanto más reflexionaba en el asunto, más seguro estaba de que la malignidad de Aguas Amargas se hallaba directamente relacionada con la maldad de Belmont. ¡Qué asombroso era el hecho de que el agua del manantial no tuviese siempre la misma cualidad amarga! ¿Por qué no? Paul recordaba lo que le habían contado con respecto a los Navajos, los Hopis, que vivían de aquel agua. Todavía la utilizaban por necesidad, pero menos que antes. Paul había observado que ya no la bebían. Compraban gaseosas y cerveza abiertamente en el almacén del puesto, y también licor en secreto. Por tanto, a Belmont le beneficiaba grandemente que el aporte del mineral fuese siempre potente en el manantial. Respecto al comerciante, Paul siempre se mostraba altamente suspicaz. Y se preguntó si no era posible que Belmont ayudase a la naturaleza en aquella dispensa particular de los minerales terrestres. La idea fue como un relámpago en el cerebro del joven, como una claridad cegadora. No pudo ahuyentarla de sí. La sospecha no disminuía, ya que sabía que Belmont era capaz de cualquier villanía.
Sin duda, la esperanza de Paul apadrinaba tal idea. Y comenzó a desear ardientemente lograr una prueba definitiva de la maldad del comerciante.
Paul buscó entre sus efectos un par de frascos pequeños. Luego, los vació de su contenido y los lavó cuidadosamente. En cualquier caso, siempre sería interesante el análisis de las aguas del manantial.

Cuando salió de su cuarto, era casi de noche. En el horizonte, hacia el oeste, aún se veía un resplandor rojizo. Las estrellas brillaban débilmente en el cielo oscuro. Sobre el desierto aún flotaban los velos de la calina. Al mirar hacia el aposento de Louise, Paul observó que su puerta estaba cerrada y atrancada. La joven no la abría ni en medio del más espantoso calor. En la ventana brillaba una luz. Paul se dirigió hacia la parte trasera del puesto y descendió por entre las chozas de los indios hacia el manantial.
Al aproximarse a la balsa, varios animales salvajes, posiblemente zorros y coyotes, se alejaron por entre las tinieblas. El ganado se abrevaba en el riachuelo que discurría más abajo de la balsa. Paul fue directamente a la roca, donde se arrodilló para beber. El agua no tenía mal gusto... sólo resultaba ligeramente alcalina. Y toda el agua del desierto era igual.
Acto seguido, Paul procedió —a llenar uno de los dos frascos. Luego, anduvo por el borde de la balsa hasta encontrar un lugar desde donde vigilar sin ser visto. El oscuro acantilado por donde se escurría el agua dominaba el paisaje. Hacia allí era imposible distinguir ningún objeto móvil. Pero, cruzando el riachuelo hacia el norte. Paul calculó que mirando hacia el sur y el horizonte muy bajo en aquella dirección, podía divisar a cualquiera que viniese por allí. Después, buscó un asiento cómodo, por encima del nivel de la balsa y se dispuso a esperar.
Sabía que estaba apostando en una probabilidad entre mil. En realidad, estaba sirviendo a las órdenes de uno de los presentimientos de Wess. La sensación encubierta de que algo iba a revelarse ante sus ojos le daba fuerzas y ánimos para la espera. Y empezó a atender a la tarea con todo el poder de la aguda percepción sensorial que el desierto había desarrollado en él.
Las reses se apartaban del riachuelo, siendo reemplazadas por otras. Paul no podía verlas porque el fondo existente más allá del arroyuelo era negro. Sin embargo, cuando se acercaban las mujeres indias, pisando suavemente sobre la plataforma rocosa, Paul las veía ahora bien destacadas contra el cielo pálido del sur. Llenaban los tanques de gasolina con agua y volvían a desaparecer en la penumbra.
A medida que la noche transcurría, la colina se despejaba, permitiendo que las estrellas brillasen con más fulgor. Su débil resplandor se reflejaba en la balsa del manantial. De la meseta soplaba una fresca brisa que azotaba la frente del joven. Bajo el acantilado, las sombras eran impenetrables. El extraño sabor del agua procedía de allí, y el sonido resultaba misterioso. La sensación que Paul experimentaba de misterio y melancolía en Aguas Amargas se intensificó durante aquella vigilia solitaria. En realidad, todas las características del desierto se habían intensificado ante sus sentidos. Los tristes aullidos de los distantes coyotes actuaban intensamente sobre los sensitivos oídos del escritor. ¡Eran los gritos salvajes, torturadores, solitarios y agudos del desierto! El reborde de la meseta se adelantaba osadamente y oscuro por todo el camino de Walibu, y su cántico parecía un lamento. Un perro indio ladró contra los coyotes. Pero poco después, todos los sonidos cesaron, excepto el murmullo del agua y el crujido de las hojas.
La inmensidad del desierto se abatía sobre el ánimo del joven. No parecía existir la menor diferencia entre aquel lugar y el salvajismo donde bostezaban los cañones.
La noche y el silencio se conjugaban en la meseta y en el acantilado. Pero en Paul agitaban ciertos recuerdos, tristes pesadumbres. En el hombre había algo, una fuerza interior que aquel mundo árido de roca y arena no podía matar.
A última hora, cuando estaba a punto de abandonar ya su vigilia nocturna, el silencio se vio roto por el rumor de pasos. Procedían de la dirección del puesto. Se acercaba un individuo corpulento, que llevaba botas pesadas. Por fin, el ojo rojo de un cigarro brilló en la oscuridad. Paul reconoció al instante el porte del comerciante. Éste andaba como siempre taconeando con fuerza. Sin embargo, no lo hacía con la misma decisión de otras veces. Si era posible que Belmont deambulara, esto era lo que hacía.
Paul se acurrucó contra la roca, sintiéndose de pronto rabioso y expectante.
De repente, una figura elevada se recortó en silueta contra el pálido cielo del sur.
Paul reconoció la figura, y una estremecedora pasión ahuyentó la frialdad de sus nervios y sus venas. La balsa se hallaba a unos veinte metros de distancia. Cuando Belmont llegó a la plataforma rocosa, Paul logró discernir su cuerpo hasta las rodillas. Estuvo allí un momento, con la cabeza ladeada como un venado a la escucha, y luego Paul oyó el crujido del papel. Luego, un leve chapoteo en el agua volvió a romper el silencio. Belmont acababa de arrojar algo dentro de la balsa. ¡Otra vez! Paul vio cómo Belmont movía el brazo con una bolsa de papel en la mano. Hubo otro chapoteo, esta vez en el centro de la balsa.
Se trataba de un objeto duro. Paul no se movió, rígido exteriormente, con todos sus órganos vitales palpitantes, y un sudor frío perlaba la frente, mientras el comerciante arrojaba otros once objetos diferentes en distintas partes de la balsa y el manantial. Acto seguido, se oyó el sonido de una bolsa de papel al ser convertida en una bola. Belmont se la metió en un bolsillo. Le dio una chupada a su cigarro, que de nuevo mostró la punta enrojecida. Tras expeler una espesa bocanada de humo, Belmont dio media vuelta y desapareció en la oscuridad, en dirección al puesto.
Paul continuaba agazapado, en tanto el sudor frío se veía reemplazado por otro ardiente. Su presentimiento había sido plenamente acertado. Belmont envenenaba las aguas del manantial. No podía existir otra explicación para aquella expedición nocturna. Empleaba algún mineral o producto químico que, sin duda, era soluble en el agua. Y los efectos duraban hasta que la sustancia se disolvía por completo, lo cual podía tardar varios días o varias semanas.
Paul profirió una maldición en voz baja.
—¡Debía romperle una pierna, con la bolsa en sus manos! Wess lo habría hecho. Belmont debe efectuar esta mala faena a menudo.
Con inseguridad, Paul regresó a su habitación, donde estuvo tumbado en la cama y despierto largas horas.

A la mañana siguiente, tras desayunarse, descendió hacia el manantial, según era su costumbre, y tras asegurarse de que nadie le observaba, se inclinó para beber un sorbo de agua. Volvía a tener el gusto salado y nauseabundo de siempre. La escupió asqueado. A continuación llenó el otro frasco. Al momento se incorporó y estuvo unos instantes contemplando muy interesado el agua de la balsa. Parecía exactamente igual que antes. En el reborde se veía, asimismo, la escarcha alcalina que demostraba la presencia del mineral.
Sin embargo, el joven no logró distinguir ningún objeto ni masa rocosa o salina entre el verdor de las profundidades de la balsa.
Capítulo XII

EL día era cálido. Paul permaneció casi constantemente en su habitación, reflexionando, cavilando y haciendo y deshaciendo planes en su mente, para utilizar lo que sabía, y lo que esperaba que Wess habría descubierto en Utah. Creía que un análisis de los dos frascos llenos con agua del manantial demostraría la culpabilidad de Belmont. Pero esto tardaría tiempo. Los expertos gubernamentales eran lentos y dilatorios. En cualquier caso, si el comerciante comprendía que era probable que lo acusaran como cuatrero y envenenador de las aguas de los indios, podía llevarse a Louise y ocultarse entre las tierras salvajes de Utah. Paul dudaba de la prudencia de denunciar a Belmont exclusivamente por tales actos.
Mientras tanto, debía aguardar el retorno de Wess. Se tumbó en la cama vestido. Durmió a ratos, despertando cada vez bañado en sudor. Luego, salió y anduvo bajo las estrellas hasta que se sintió fatigado. La noche parecía misteriosa y prometedora con sus susurros. Paul no dudaba del ominoso presagio del desierto. ¡Si al menos lograse contenerse!
A la mañana siguiente despertóse tarde. El día ya daba señales de ser semejante a sus predecesores. Se trataba del período temprano de calor común a aquella región. No dudaría. Paul se sentía mucho más capaz de resistir el calor que la soledad y su incertidumbre. Evitó el contacto directo con Belmont y Louise, y estuvo siempre a solas, aunque sin dejar de vigilar atentamente el aposento de la joven. Durante casi todo el tiempo; los demás estuvieron también dentro del puesto, de modo que tuvo poca necesidad de una mayor vigilancia.

Habían transcurrido tres días y el calor era más agobiante todavía. A la quinta mañana, Paul se vio obligado a salir al aire libre. Caminó varios kilómetros. Al volver, pasó dando un rodeo al puesto en dirección al ala que ocupaba. Pero la puerta abierta del almacén de lanas, invitaba a obtener un respiro del sol y entró allí.
Era una estancia vasta y alargada, enlosada de manera irregular, con cajones llenos de lana de distintas clases a lo largo y alto de las paredes. Olía fuertemente a oveja, Paul se sentó sobre una bala de lana, cerca de la puerta. Luego, procedió a abanicarse con el sombrero. Y contempló el rojizo valle, con su calina de calor, con sus velos de humo y sus nubes de polvo.
—¡Un lugar olvidado de Dios y solitario!... —murmuró el joven—. Ésta es la maldición de Aguas Amargas. Si al menos regresase Wess... ¿Cuánto tendré que esperar aún? Otro día como el pasado y...
Sobre el piso duro del exterior resonaron unos pasos rápidos y suaves que habría reconocido entre mil. ¡Louise! Le había visto y no tenía escape. Se puso erguido como un abeto inclinado.
Al cabo de un instante, la joven estaba en el umbral, con el sol iluminando su cabello broncíneo, pálida como un cadáver, y con unas ropas harto livianas.
—¡Paul!
Avanzó hacia él, el cual recordó algo que había leído respecto a un ejército desfilando con sus banderas desplegadas. Estaba magnífica. Ya no quería huir de allí. El corazón de Paul comprendía que se trataba de un momento vital, aunque su cerebro le adivinara de qué forma.
—¡Louise! —contestó, como el hombre culpable que anhela el perdón.
La joven fue a parar directamente a sus brazos y le miró. Todo era glorioso en la vida, humano en ella, y terrible en Aguas Amargas, y todo brillaba en sus pupilas.
—¿No me amas ya? —murmuró la joven, tristemente.
—¡Oh, Louise... niña!
De haber sido él de piedra, la muchacha le habría conmovido; de haber sido madera muerta, habría avivado sus sentimientos.
—¿No me amas? —repitió ella.
Tenía las manos ardientes, y a él le quemaban la piel a través de la camisa.
—¿Amarte? ¿Cómo puedes dudarlo?
—Has sido tan... cruel.
—Por miedo a Hermana. Nos vigila, quiere destruirte.
Louise se aferró a él, como si sus dos cuerpos fuesen uno solo.
—Paul... pensé que podría soportarlo... pero al ver que me rehuías... ¡Oh!, temí que me despreciases... Me negué a Belmont... No volveré a ser suya. Moriría antes. Oh, querido, soy tuya... sólo soy tuya. ¡Por favor, sácame de este infierno... antes de que sea demasiado tarde!
—Lo haré... Louise... —tartamudeó Paul.
Sólo entonces, ella le soltó de los brazos, para rodearle el cuello con los suyos, en tanto las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Sus labios eran dulces a pesar del fuego que contenían, y Paul se encontró en las alturas de la bendición, del olvido, de los sueños y el hechizo, de las esperanzas eternas del amor. De pronto, una voz penetró hasta la conciencia de su ser.
—¡Allí! —gritó una voz de mujer, mortal en su triunfo—. ¡Es una desvergonzada magdalena! ¡Ha entrado en este almacén para arrojarse en brazos de su amante!
Violento y trastornado hasta un límite insospechado, Belmont apartó a Hermana de su paso, y avanzó con lentitud y pesadez.
Paul apartó también a Louise de su lado y la sostuvo cogida de un brazo, en tanto ella temblaba convulsivamente. Después del choque, de la sorpresa, la primera sensación del joven fue de profundo alivio.
—Manning... ¿Qué significa esto? ¡Estás besando a mi mujer! —exclamó el comerciante, con voz ronca y falto de aliento.
—Supongo que es obvio —replicó el joven escritor con frialdad.
Lo que más temía, el secreto, había dejado de serlo.
—¿Estás jugando con Louise? ¿Flirteas con ella?
—No, se trata de algo más profundo.
Hermana soltó una carcajada que no tenía nada de femenino. Luego, se colocó al lado de Belmont, como un cerebro más potente en aquellos momentos, poseída por los mil demonios del odio, traicionando su excitación ante las pruebas que ella había estado acumulando. Era ella, y no el ofuscado comerciante, quien estaba helando de terror el corazón de Paul.
—¿La amas? —le preguntó Belmont con incrédulo asombro.
—Sí, la amo, Belmont.
El comerciante esbozó un rápido ademán, como para alejar de sí un hecho extraordinario y perturbador, aún no aceptado plenamente.
—¿Has venido en su busca, te has encontrado con ella en este almacén... para no ser molestados? ¿La has atraído aquí para engañarla con tus promesas de amor?
—No, nos hemos encontrado por casualidad —repuso Paul apresuradamente, notando una sacudida en el cuerpo que abrazaba—. Estuve andando por el desierto. Tenía calor, me sentía mareado, y entré aquí para resguardarme del sol.
—¿Y cómo está ella aquí?
—Belmont, no seas tonto —intervino Hermana.
Una magulladura descolorida, muy cerca de uno de sus ojos y en contraste con su habitual palidez, mostraba el lugar donde Belmont la había abofeteado y las muecas convulsivas de su rostro lo convertían en algo odioso a la vista.
—Se han encontrado aquí a propósito. Pero, ¿y qué si ha sido por casualidad? ¿No los has visto uno en brazos del otro, besándose sin siquiera oírnos?
La inexorable lógica y pasión de la mujer pareció penetrar en la escasa inteligencia de Belmont, el cual abandonó su postura indolente para vibrar visiblemente. Pero Louise cortó en seco su exclamación.
—Nuestro encuentro no ha sido casual ni preparado de antemano —afirmó con una calma extraña en aquellos momentos de tensión—. He visto a Paul entrar aquí y le he seguido.
—Está bien, Louise. Pero, ¿por qué lo has seguido?
—Porque tal ha sido mi voluntad. Paul llevaba varios días evitando verme... Y yo tenía que hablar con él.
—Hum... ¿y por qué, muchacha? —estalló Belmont.
Hermana no había logrado destruir la fe en Louise. Ávidamente, deseaba refutar las acusaciones de la mujer, enterándose de algo que explicase el hecho de haber hallado a Louise en brazos de Paul.
—¡Porque le amo!
—¿Tú... amas... a ese entrometido? —se asombró el comerciante.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Le amo! —asintió ella apasionadamente, como si acabaran de poner en duda su honor y su feminidad. Y la pequeña cabecita bronceada se reclinó sobre el hombre del ser amado—. Le adoro. Vivo por y para él. Y es él quien me sostiene con vida.
Con un tirón que desgarró la blusa por el hombro, Belmont la apartó de Paul, atrayéndola hacia sí, como un saco vacío, muy cerca de sus ojos. La muchacha no se resistió. No se encogió, ni tembló. Belmont no tenía ya poder para aterrorizarla ni intimidarla, como si sólo fuese ella una bala de lana de su propiedad.
—¿Le amas? ¡Dilo otra vez!
Era la desesperación de la fe perdida.
—Sí, le amo.
—Entonces... ¿era cierto? —murmuró Belmont, con voz llena de pasión.
—¿Qué?
—Que por esto te has portado de modo diferente desde que él llegó.
—Sí, John Belmont —le interrumpió Hermana—. Ya te lo dije. ¡No es más que una zorra!
—¡Habla! —tronó el comerciante—. Es por esto que tú...
—Sí. Yo hubiese perdido todas las esperanzas, aceptando tus mentiras sobre mí y el pequeño... o no ser por él.
—¿No me... no me amaste nunca? —inquirió el comerciante enjugando las gotas de sudor de su frente.
—¿Dije nunca que te amase, John Belmont? Siempre te temí, siempre te desprecié. Sólo vine aquí por Tommy... ¿A dónde, si no, podía ir? ¿Y ahora me lo preguntas? ¡Dios del cielo, qué inhumano eres! ¡Suéltame, que tu contacto me repugna!
La gran fuerza de su espíritu, la magnífica verdad de su aborrecimiento quebrantaron la presa de Belmont en ella, como si se tratase del único sostén ya debilitado del comerciante. La fiereza del gesto la hizo girar sobre sí misma y habría caído, a no ser por la intervención de Paul. Éste la cogió, la aseguró, y luego, cogidos de la mano ambos jóvenes contemplaron al comerciante enloquecido en su eclipse de todo lo que es cordura. Por un momento, la convulsión muscular de Belmont era la de un hombre colgado de un árbol. Su rostro se le tornó azul. Una energía tremenda poseyó su pecho, y de entre sus labios se escaparon unos ruidos sibilantes. La crisis pasó con la misma rapidez con que había sobrevenido. Luego, Paul comprendió que el comerciante sólo estaba afectado por el desdén de Louise, por el odio palpable de que ella se hallaba poseída, por el innegable hecho de su pérdida. No tardaría en recobrarse de su estupor, y en estar dominado por la bestia salvaje que anidaba en su interior y era fácil que se convirtiese en un feroz asesino. Paul buscó con la vista un arma con que defender a la joven y tal vez salvar su propia existencia. Y mientras tanto, no dejó ni un instante de estar poseído por el mayor de los asombros.
—¡Manning es... tu amante! —afirmó Belmont, mirando a la muchacha con pupilas dilatadas por el furor.
—¡No! —objetó Louise—. Tú no comprendes el honor, ni su amor hacia mí, ni sus consideraciones.
Belmont gritó de nuevo, estremecido bajo la penetrante cualidad de estas palabras, bajo su justicia, bajo la desnudez odiosa de lo que él denominaba amor.
—Belmont —intervino Paul con voz helada—, usted acaba de insultarla. ¿No tiene, acaso, sentido de la decencia?
—¡Miente, Belmont! —gritó Hermana salvajemente, al leer en el semblante del comerciante el fracaso de todos sus esfuerzos—. Los dos mienten... ¡Mira esa carita de muñeca! ¡Fíjate en esos ojos angelicales, tan orgullosos, tan claros! Y sin embargo, jamás han dejado de mirar a Paul Manning con clara lujuria.
—Ten cuidado, mujer, no sea a ti a quien mate —la previno el comerciante.
—¡Es a ella a la que tienes que matar! —exclamó Hermana—. Yo he sacrificado mi dinero, mi hogar, todo... todo por ti, y tú me mentiste... Me prometiste deshacerte de ella... Jamás has querido escucharme... Bien, escúchame ahora. ¡Los dos son amantes! Te han estado engañando... Yo le vi a él entrar en su aposento... ¡y no salir hasta el amanecer! ¡Una y otra vez!
—¡Oh, maldita bruja! —susurró Louise horrorizada.
—De modo que hemos llegado a esto —afirmó el comerciante, con una calma que presagiaba una catástrofe y avanzando hasta situarse delante de Paul.
—Belmont, no es verdad —gritó el joven, saliendo de su estupefacción—. Esta mujer es una malvada. Odia a Louise. ¡Ante Dios, juro que miente!
No era posible hacer perder a Hermana su expresión de triunfo. Los celos, el terror de todas las emociones, se habían apoderado de la mente de Belmont. Las pupilas de Hermana brillaban de gozo. Ella no estaba loca, era sólo una mujer que deseaba librarse de su rival.
—Belmont, su abrazo de hace un momento, que tú mismo has contemplado desde la puerta, no era nada comparado con lo que puedo contarte. Yo he escuchado bajo la ventana abierta... sus gritos de amor, sus besos, sus promesas...
Belmont se plantó ante el joven, como un gigante de ojos bovinos y semblante contraído, en alto su poderoso puño.
—¡Embustero! —gritó, pegando en la mesa con toda su fuerza.
Un choque aturdidor y una luz cegadora precedieron al trastabilleo de Paul, que cayó con tal fuerza que se habría matado de haber golpeado su cabeza contra el suelo en lugar de hacerlo contra una bala de lana.
Permaneció allí en postura sedante casi inconsciente y aturdido. Su vista parecía surgir de una negrura que había oscurecido a un millar de estrellas. Vio al comerciante con el pelo erizado como la melena de un león, goteando saliva de entre sus dientes amarillentos, con las piernas plantadas sobre el suelo y muy separadas, blandiendo ambos puños. Dentro de Paul Manning, en aquel instante, desaparecieron todos los instintos, salvo el de matar.
—¡Te aplastaré! —rugió el comerciante—. ¡Te moleré a golpes hasta matarte!
Hermana se asió a su poderoso brazo a fin de apartarlo a un lado.
—¡Déjale! Si a alguien tienes que matar... ¡es a ella!
Belmont la arrojó lejos de sí con un frenesí que pregonaba que lo mismo con que amenazaba a Paul podía recaer sobre ella. La mujer cayó pesadamente sobre un cajón, donde quedóse gimiendo.
Fue Louise la que avanzó para impedir el paso de Belmont. Chilló al tiempo que le empujaba hacia atrás con una energía increíble.
—¡No vuelvas a pegarle a Paul... o te mataré!
Su voz, de acento terrible, galvanizó los pensamientos de Paul. La muerte flotaba en el aire. Se hallaba dentro de aquel tórrido almacén. La muerte era la solución. Y de repente, Paul sintióse dueño de sí, con una energía fija e inmutable. Por sus ardientes venas pareció correr hielo, hasta la médula de sus huesos. Y trató de reunir todas sus fuerzas para un tremendo esfuerzo muscular. Saltaría, cogería el pesado gancho de hierro que colgaba a su alcance, y destrozaría el cráneo de aquel diablo degenerado.
Pero unos pasos fuera, una sombra en el umbral impidieron la acción de Paul.
—¿Qué diablos pasa aquí?
—¡Wess! ¡Gracias a Dios que has llegado! —exclamó Louise, desmayadamente.
La pregunta del vaquero, como su entrada, cambió la tensión de la situación. Era como si la muerte que cuatro seres desesperados habían decretado, acabara de surgir del cálido infierno del exterior. Wess no necesitaba preguntar nada. Su mirada que relucía como la punta de una daga, asimiló la escena en un instante. Luego, dio varios pasos hacia el interior del almacén. Belmont retrocedió instintivamente de aquella figura amenazadora, pasando su mirada desde el revólver de la cadera, al rostro de halcón.
—Quieto, Kintell... no se mezcle en esto —advirtió el comerciante, enfurecido.
—¡Al diablo con sus consejos! Bien, escupa su historia pronto o...
El vaquero no tuvo necesidad de terminar su amenaza.
—Hermana me trajo aquí. Y encontramos a Louise en los brazos de Manning. Son amantes.
—Seguro. Pero Paul no es el amante de Louise, como no lo soy yo, Belmont.
Paul se había ya incorporado, sintiendo el sabor de la sangre en su boca. Luego, señaló a Hermana con el gesto.
—Hermana, has estado diciendo una mentira tras otra —la acusó.
—Hum... Amigo, escupe ahora tú tu historia —ordenó el tejano.
—He dicho la verdad. Ya la conoces. Belmont habría creído en la inocentada de Louise, a no ser por la intervención de Hermana.
—¿Y cuál es la mentira que ésta ha dicho?
—Kintell —intervino Belmont roncamente—. Hermana vio a Manning entrar en el aposento de Louise noche tras noche.
—¡Esto es una asquerosa mentira! —estalló el vaquero.
A continuación, sacó el revólver y apartándose del comerciante, se enfrentó con la mujer, y con su mano izquierda la asió por la garganta, obligándola o ponerse de rodillas.
—¡Habla, maldita bruja! ¡Habla, o te agujereo tu estúpida cabeza!
—¡No... no me mates! —suplicó ella, abyecta en su terror.
Se habría dejado caer al suelo a no ser por la poderosa mano del vaquero.
—Hermana, desmiente lo que has dicho... y de prisa —le ordenó el tejano, con helada pasión.
—¡Me... ahogas! —jadeó ella—. Sí, he mentido... ¡así Dios me perdone! ¡No, no vi nunca a Manning entrar en el aposento de Louise! Nunca vi nada... hasta ahora aquí.
Wess soltó a Hermana con un fuerte empujón, y enfundando el revólver, gruñó despreciativamente:
—¿Lo ha oído, Belmont? Supongo que sí. Vamos, ahora ya sabe la verdad.
La respuesta del comerciante, como su furor, fue dirigida a la desdichada mujer.
—Todo terminó entre tú y yo —afirmó con voz tan negra como una nube de tormenta—. Espero que hoy llegue aquí Shade. Bien, cuando se vaya, tú te irás con él.
Al oír esta sentencia, cuyo significado debía ser terrible, Hermana se aterró tanto que incluso despertó la compasión en el corazón de Louise.
—Medítalo, Belmont —le suplicó—. Hermana lo ha abandonado todo por ti. Debe significar algo en tu vida... y ahora la necesitarás a tu lado.
—Belmont, creo que pasaré algún rato hablando con usted —continuó Wess—. Aparte de su perversidad para con esas pobres mujeres, usted es un hombre indigno. Aún no sé cuáles han sido todas sus hazañas al otro lado del río. Pero Calkins me contó que usted había huido de Utah. Y que por esto vino a este desierto. Usted ha estafado a los indios. Usted es un canalla. Peor aún, ya que les vende ron a los navajos. Y créame, comerciante, en este desierto éste es un crimen punible.
—Bah, vaquero, esto es pura palabrería. Y no puede demostrar ni una sola de sus afirmaciones —le interrumpió Belmont.
—¿No, eh? —replicó el tejano—. Puedo demostrarlo todo. Vimos sacar el licor de aquella carreta y escuchamos la conversación la otra noche. Y en el tejado, usted disparó contra Paul, no contra un indio. Yo sé dónde esconde usted el whisky. Más aún, sabemos que es usted un cuatrero. Contrató a Calkins y a los demás para robar su propio ganado. Doscientas sesenta cabezas de ganado, que usted volvió a venderle a Paul. Claro que esto no creo que pudiéramos demostrarlo.
—¡Maldito sea usted, Kintell! —exclamó el comerciante. Pero su rostro estaba ceniciento y su voz era débil—. No me asusta. No me ha visto nunca vender licor a los indios ni puede probar lo del ganado. Además, usted mató a Calkins. Yo escondí el cadáver y usted jamás podría encontrarlo. Si planea alguna acción contra mí, yo le acusaré de asesinato.
—Sí, y también sabemos cómo envenena el manantial —añadió Paul, apresuradamente—. Yo le vi hacerlo... y recogí muestras de agua para demostrarlo.
—Todo mentiras, mentiras... no podéis probar nada, y lo sabéis ambos —gritó Belmont, volviendo el color a su rostro.
Sin embargo, seguía con la mirada clavada en la amenazadora figura del vaquero, con las manos como garras al costado, los ojos del color del acero.
Paul decidió intentar una última mediación.
—Belmont, ¿qué acepta a cambio de Louise y el niño? —preguntó.
—¿Qué me da? —inquirió lentamente el comerciante, altamente sorprendido.
—Mi parte de ganado y todo el dinero que tengo en el banco de Wagontongue... unos diez mil dólares.
—Hum... compra a Louise muy barata. Oiga, maldito escritorzuelo, usted no tiene dinero bastante para comprarla. Y yo no la vendería por todo el ganado ni todo el oro del mundo.
—Ella le odia. No volverá jamás a ser su esposa. Además, usted no puede reclamarla legalmente.
—¿Cómo? —preguntó el comerciante, genuinamente asombrado—. ¿De dónde diablos ha sacado usted semejante idea?
Fueron interrumpidos por la llegada de un individuo de elevada estatura, en la puerta trasera. Llevaba una chaqueta al brazo. Tenía la figura cubierta de polvo, y la frente perlada de sudor. Sus prisas y la expresión de su semblante, así como la agudeza de sus pupilas azules pregonaban la importancia de su llegada.
—Hola, Belmont —saludó el recién llegado.
—Hola, Shade —replicó el comerciante.
—Ya veo que llego en medio de la trifulca —observó Shade, evaluando a los actores del drama con la mirada—. Pero tengo grandes noticias. Tal vez le ayuden un poco.
—¡Noticias! —repitió Belmont, iluminándosele las facciones.
Shade sacó de la chaqueta un sobre grande, que entregó al comerciante sin más ceremonias.
—He logrado que le repongan en su puesto —afirmó con autoridad—. Puede usted volver a Utah.
Las manazas de Belmont temblaban cuando rompió el sobre después de leer la dirección. Sus ojos bovinos se clavaron en Louise, como si no hubiese nadie más presente en el almacén.
De repente, vibró con nueva fuerza, con renovada pasión.
—Louise, volverás a Utah conmigo.
—¡Nunca... viva! —susurró la muchacha, volviendo a desmayarse.
Belmont la cogió, sosteniéndola con el brazo.
—Manning, nuestro sociedad ha terminado —decidió—. Mañana lo zanjaré todo con usted, cuando regrese de Black Canyon.
Cuando se volvió para salir, Wess habló en un tono diferente.
—¡Suéltela! —ordenó el vaquero, apuntando con su revólver al estómago de Belmont.
—¡Quieto! —gritó Belmont roncamente, dejando que la muchacha se deslizase al suelo como un saco vacío. Su encendido semblante se tornó pálido de nuevo y sus ojos parecieron salirse de sus órbitas—. Aparte el revólver. Podría dispararse.
—¡Sería mejor para usted! —rezongó Wess, retrocediendo mas sin dejar de apuntar al comerciante—. Belmont, he estado jugando con usted. Quería oírle hablar. Bien, supongo que su amigo de Utah acaba de traerle una buena noticia. Ahora, escuche las malas. Yo he estado en Utah. He visto a Bloom y le obligué a hablar. Le cogí el número, amigo.
—¿Bloom? —repitió el comerciante, hundiéndosele el pecho.
—Sí, Bloom. Paul tenía razón... usted no puede reclamar legalmente a Louise, porque... no es su mujer.
—¡Mientes, redomado vaquero! ¡No puedes demostrar nada de lo que dices! —jadeó Belmont, trastabillando como alcanzado por un golpe mortal.
—¿De veras? —inquirió el vaquero con una calma mortal—. Bien, Bloom habló... y habló mucho. Usted no está casado con Louise, porque Hermana es su verdadera esposa, y un hombre no puede tener más de una a la vez.. aunque por aquí todavía haya algunos individuos que crean lo contrario. Y ahora, salga de aquí. Sus maldades se han acabado... al menos respecto a Louise.
Con el rostro contraído, Belmont dio media vuelta y, apoyándose en Shade, salió del almacén. Hermana, abatida, estupefacta, les siguió, volviéndose un instante para mirar hacia los demás temerosamente.
—Wess... has llegado a tiempo para salvarme de Dios sabe qué. Yo le habría matado... o él a mí... Me hallaba ya al final de la cuerda —confesó Paul, débilmente.
—Bueno, matándole no se habría perdido mucho. Pero, oye, ¿qué te ha ocurrido? Tienes el labio hinchado... ¿te encuentras bien?
—Sí... Oh, pobre niña, ya vuelve en sí.
De pronto, Wess volvió a ser el mismo de antaño, el tejano frío y de modales sueltos, de voz suave y helada.
—Salgamos de aquí.
Juntos, ayudaron a la pobre muchacha a ponerse de pie. Luego, llevándola casi en volandas, Paul la condujo hacia su aposento. En la puerta, Louise volvió a vacilar, y cogiéndola en brazos, el joven la dejó suavemente sobre la cama.
Aunque ocupado en reanimar a la muchacha, Paul se dio cuenta de que era la primera vez que entraba en aquella habitación. El interior del aposento estaba limpio y hasta resultaba coquetón, con visillos plisados en la ventana y muebles blancos, limpios de polvo. En un rincón, Tommy les estaba contemplando desde su cunita.
Con agua procedente de la cocinita situada al fondo del aposento, Paul procedió a bañar la frente dorada de la joven con una mano que temblaba a pesar suyo. Paul se arrodilló a su lado, casi transfigurado y mudo, asomándose a sus ojos todo su miedo y todo su amor.
—Oye, Louise —dijo Wess con voz profunda—, no temas. Estamos aquí, y todo saldrá bien.
—Oh, Paul... tienes un aspecto tan terrible... Y te sangra la boca.
La muchacha hizo un esfuerzo para levantarse, pero Paul se lo impidió.
—No es nada —aseguró luego—. Ahora, todo va bien. Pero debes descansar. Wess y yo vigilaremos fuera. Cuando te encuentres mejor, te lo contaremos todo. Y por encima de todo, recuerda que Belmont no podrá llevarte consigo. ¡Jamás volverá a interponerse entre nosotros!
Con un profundo suspiro de alivio, la muchacha volvió a tenderse en la cama, con los ojos muy abiertos, sin temor alguno.
Paul la dejó, tranquila y reposando, y se unió a Wess que iba ya camino del caluroso desierto. Eligieron un lugar umbrío, bajo un cedro que crecía no muy lejos del puesto, a fin de no perder de vista el aposento de Louise, y se sentaron para charlar. Paul ardía de curiosidad.
—¿Qué descubriste, Wess? Sé que han sido muchas cosas, a juzgar por la expresión de Belmont cuando le acusaste.
—Bueno, lo que descubrí puede valer mucho o nada —replicó el vaquero, secándose el sudor de la frente y alisándose hacia atrás el húmedo pelo, con torpe mano—. Hallé a Bloom en un rancho, cerca de Pink Cliff. Y sí, lo vomitó todo... después de amenazarle con dejarle cojo de un disparo. Me aseguró que Hermana estaba casada con Belmont con toda seguridad, aunque ignora dónde o cuándo se celebró la ceremonia. Por lo que sabe, jamás ha habido divorcio. Aunque por esta región, nadie presta mucha atención a este detalle.
—¿Por qué salió Belmont de Utah?
—En parte por esto. Luego, estuvo mezclado en un negocio de oro... de minas... vendió una serie de acciones que sus socios creían que no valían nada... En fin, iban a meterle en la cárcel... y Belmont prefirió huir. Luego, descubrieron plata en la mina y retiraron la acusación. Esto es lo que Shade ha venido a comunicarle.
—Seguramente, habrá algo más.
—Sí, en efecto. A Belmont le preocupaba que indagasen más en torno a sus actividades, sobre todo respecto a su vida conyugal... y por el humor en que se encontraban sus socios, le habrían colgado al menor fallo.
—Wess, ese tipo tiene una suerte endemoniada además de ser muy astuto. Pero esta vez no se saldrá con la suya —afirmó Paul—. Sabe que hemos descubierto la verdad de sus relaciones con Hermana. Esta vez no creo que se atreva a enfrentarse con nosotros.
—No estoy tan seguro —murmuró el vaquero—. Sí, perdió el color cuando le espeté que Bloom había hablado, pero es muy listo ese Belmont. Todavía tratará de hacer algo.
—Lo sé. Pero nosotros no corremos riesgos. Mañana por la mañana quiero que vayas a Meseta Negra, y que desde allí vigiles cuando Belmont salga hacia Black Canyon. Yo tendré caballos ensillados y a punto. Y tan pronto como regreses, nos marcharemos hacia la frontera de Utah.
—¡A Utah! —se asombró el tejano—. Pero, jefe, es allí donde él irá...
—Seguro. Pero cuando lo medite bien, aunque sospeche adónde hemos ido, no nos seguirá. Sabe de sobra que podríamos probar que está casado con Hermana. No, opino que nos concederá un amplio margen.
—Amigo, ya lo entiendo. De acuerdo —aprobó el vaquero, palmeándose un muslo—. Esta vez, tal vez sí hayamos terminado con John Belmont.
Se vieron interrumpidos por una voz desde el aposento de Louise.
—¡Paul, Paul! ¿Dónde estás? Oh, estás aquí...
Louise se hallaba en el porche, un poco pálida e insegura, pero más repuesta y más encantadora que nunca.
El joven se puso en pie y avanzó hacia ella.
—¿Estás bien? Tendrías que descansar más y resguardarte de este calor.
—Paul, ya soy una persona mayor —afirmó ella, esbozando una sonrisa—. Fue una tontería desmayarme en medio de aquella discusión. Pero ahora ya me encuentro bien.
El joven la cogió de los brazos.
—Louise... yo... nosotros estamos ya enterados de lo de Belmont y Hermana. Wess lo descubrió en Utah, pero ¿por qué no me lo contaste tú antes?
Louise abatió al suelo la mirada.
—Paul, estaba asustada... y avergonzada. Oh, yo no era más que una chiquilla —vaciló—. Él juró que Hermana no significaba nada para él, que sólo eran socios en el negocio, y que ella le había adelantado dinero para comprar el ganado y el puesto... Oh, qué tonta fui. Pero estaba sola y me sentía tan desdichada... Además, durante una temporada, Belmont se portó bien conmigo. Luego, una noche, después de llegar a Aguas Amargas, oí cómo disputaban, y ella le reprochó todo lo ocurrido. Cuando le dijo que me había mentido... Belmont juró que Hermana no era su mujer, aunque pude ver en sus pupilas que me estaba mintiendo... Bien, en cuanto a mí concernía aquello fue el final de nuestras relaciones —la joven tendió la mirada por la vasta expansión del desierto—. Yo quería... oh, sí, deseaba contártelo todo, particularmente cuando supe que te mostrabas retraído conmigo, que tu sentido del honor te impedía demostrarme tu amor. Pero fui cobarde... y temí que me odiases por haber dejado que esta situación durase tanto tiempo. Luego, estaba Tommy... No podía confesar que era un hijo sin apellidos... y que yo... —se interrumpió, sollozando.
Paul la sacudió gentilmente.
—Tonta, tontuela, chiquilla... ¡amada mía! ¿No comprendes que Tommy tiene apellidos? ¿Que la culpa no es tuya sino de Belmont? —Paul estaba profundamente emocionado—. Ningún tribunal del mundo le negaría los apellidos en estas circunstancias. Tú has obrado de manera honorable, no tienes nada de qué avergonzarte... Pero todo esto ya se ha terminado. Mañana por la mañana, tan pronto como Belmont se haya marchado, nosotros también abandonaremos este maldito puesto, este desolado paraje de Aguas Amargas. ¡Amargas, sí! Y tú y Tommy no volveréis nunca a sufrir por culpa de ese canalla.
La respuesta de la joven fue inclinarse hacia él, con las mejillas bañadas en lágrimas.
—¡Oh, Paul, qué bueno eres!
—No es que sea bueno, es que te quiero mucho, y esto lo significa todo.
Paul mantenía cogida a la muchacha por el talle, sintiéndola temblar entre sus brazos, como una florecilla recién arrancada del tallo, consciente de experimentar una exaltación que no había conocido hasta entonces, que parecía trascender todos los oscuros humores que le había asaltado desde su llegada a Aguas Amargas.
Finalmente, el joven escritor se dio cuenta de que el vaquero se hallaba a su lado.
—Jovencitos, por ahora dejaos de esas tonterías del amor. Y opino que por el momento, lo mejor es que cada uno entre en su habitación, y procure descansar, a fin de estar bien preparados para lo que pueda ocurrir. Mañana será un gran día... para todos nosotros, os lo aseguro.
Capítulo XIII

CUANDO Paul se despertó, el sol penetraba a raudales por la ventana. De pronto se dio cuenta, con un gran sobresalto, que era ya muy tarde. Había proyectado no dormir más que unas horas a fin de estar de guardia cuando Wess saliera en dirección a Meseta Negra, pero se había quedado dormido. Se levantó prontamente y se vistió, sin afeitarse siquiera. Tenía los labios hinchados, pero por el momento no hizo nada.
No había nadie en la tienda de Wess. En el establo, Paul vio que faltaban los caballos de Belmont y del vaquero. No había tiempo que perder. Corrió al aposento de Louise, que parecía extrañamente silencioso, casi como abandonado.
Llamó a la puerta.
—Louise, ¿estás despierta?
—¿Que pasa, Paul? —la voz de la joven sonó extrañamente sofocada.
—¿Estás vestida y a punto? ¡Belmont se ha marchado!
—¿Lista... para qué?
—Para irnos de aquí. Tienes que estar dispuesta para cuando vuelva Wess. ¿Recuerdas todo cuanto te dije anoche?
—Paul, yo... yo... no puedo marcharme.
El joven aporreó la puerta frenéticamente.
—¿Qué te ocurre? ¿No puedo entrar? ¿Qué pasa?
—No puedes entrar. No estoy vestida.
—Ponte una bata y asómate a la ventana. He de hablar contigo.
—No, Paul, no puedo... Todo ha terminado. No puedo irme contigo.
Paul estaba ya preparado para esta respuesta.
—¿Has vuelto a ver a Belmont? —preguntó.
—No, es que... es imposible. Ayer perdí la cabeza. Por el bienestar de Tommy... por el de todos nosotros... he de quedarme.
—Estás mintiendo. Déjame entrar o derribaré la puerta —gritó Paul, furibundo.
Al fin, la llave giró en la cerradura y en el umbral apareció Louise. Estaba completamente vestida. Tenía el rostro pálido y demacrado, y sus ojos parecían dos negros abismos.
Rudamente, Paul le cogió los brazos.
—Dime, ¿qué te ha dicho? ¿Qué te ha hecho?
La joven forcejeó para librarse.
—Por favor, Paul... suéltame. Ya te he dicho que Belmont no ha estado aquí —su voz sonaba fría, mortal—. Ayer perdí la cabeza. Ahora, en cambio, sé que nuestro sueño es imposible. Tú y Wess tenéis que marcharos de aquí antes de que ocurra una tragedia.
—Si no me dices toda la verdad... la descubriré y juro que le mataré.
Estas palabras lograron abatir la coraza de la joven.
—¡Oh, no, Paul, no, por favor!
Su voz estaba teñida de terror.
—¿Qué hay de tu amor, de tus besos, de lo que le dijiste a Belmont, implorándome, suplicándome... para que te sacase de este infierno, antes de que fuese demasiado tarde?
—No, Paul, no, por favor —Louise estaba sollozando amargamente—. Suéltame... Déjame tranquila...
Logró zafarse de él, y penetró en la habitación, cerrando la puerta. Paul, con el corazón pesado como el plomo, la oyó llorar violentamente.
Aturdido, estupefacto, salió del porche tambaleándose, hacia el ardiente sol. Sin reparar en el implacable calor, se quedó allí, cegado, aplastado, enfermo.
De repente, oyó unos pasos a sus espaldas. Dio media vuelta y miró en todas direcciones. No había nadie, sólo el bosquecillo de cedros, susurrando bajo la leve brisa que soplaba desde la meseta. Corrió hacia la tienda de Wess. Una rápida ojeada a su interior le convenció de que seguía vacía. De pronto, oyó el resonar de unos cascos de caballo hacia el establo. Al salir de entre los cedros, divisó una alta figura montada que desaparecía por el camino que rodeaba la parte sur de la meseta, en medio de una nube de polvo rojizo.
—¡Wess! ¡Wess! ¡Vuelve! —gritó.
Pero el tejano se había marchado.
Durante un instante, continuó allí con el cerebro confuso y ofuscado, sin lograr comprender lo que pasaba. Luego, a la luz se hizo en su interior. Wess había regresado a tiempo de escuchar su conversación con Louise. Fiel a su carácter, el tejano había adivinado lo ocurrido, y ahora se hallaba ya camino que Black Canyon para tener una cita fatal con el comerciante.

Black Canyon era como una hendidura en el centro de la elevada meseta, y en su extremo superior, a unos quince kilómetros al oeste, había una pequeña colonia de indios, con los que el comerciante realizaba muy buenos negocios. A menudo, visitaba aquella parte del cañón, siempre solo. El sendero era áspero y peligroso. Paul había atravesado parte del mismo. ¡Qué fácil resultaba para un caballo despavorido dar un paso en falso al borde del precipicio! Belmont, impulsado por su codicia, había ido una vez más a Black Canyon con el fin de cobrar las deudas, tal vez para disponer de su última consignación de licor para los indios, o para sacrificar su ganado, vendiéndolo a un comerciante blanco afincado allí. Fuese cual fuese su motivo, era la equivocación que muchos hombres cometan al menos una vez en la vida.
En aquel momento, finalizó la inquietud de Paul. Su mente estaba ya tan diáfana como el cristal. Rápidamente, corrió a su habitación en busca del revólver. Ceñirlo al cinto le causó una extraña excitación que, aunque le agradó, no dejó de sorprenderle. ¿Dónde estaba ya el temeroso, el vacilante Paul Manning de antaño? En aquel momento sabía ya cuál sería el curso de acción a seguir. Debía llegar a Black Canyon antes que su amigo. No podía permitir que el tejano se sacrificase por una causa que, en realidad, sólo era suya.
Mientras el mustango iba devorando la distancia que le separaba de la ladera oeste de la meseta, Paul meditaba el plan del vaquero, que ya intuía con toda claridad. Wess seguiría el sendero del lado sur y tomaría el atajo que pasaba por el extremo inferior de Mesa Negra, hacia el reborde oriental de Black Canyon, y trataría de interceptar a Belmont a lo largo de la senda que bordeaba el precipicio. A fin de adelantarse al vaquero, Paul tenía que trepar hasta la cumbre de la meseta, por la ladera occidental, y galopar directamente hacia Black Canyon. Por aquella parte no había senderos ni veredas, pero Paul había vislumbrado varias cañadas a través de los negros acantilados, una de las cuales había seguido en sus anteriores excursiones yendo a caballo.
En tanto iba galopando, le pareció como si la propia naturaleza presagiase un cambio en el aspecto de Aguas Amargas. Meseta Negra no mostraba aquella mañana el tinte rojizo del amanecer. Por oriente reinaba una gran oscuridad. Ningún tono cobrizo empañaba el azul del cielo. Hacia el norte, los picos rosados de las Segi se elevaban entre nubes, tan densas como tinta púrpura. Zigzagueaban los relámpagos y el trueno rodaba por el espacio, a lo largo de las quebradas y las estribaciones montañosas. La tormenta flotaba en la atmósfera sulfúrea de la comarca. Sin embargo, la calina seguía elevándose de las rocas grises y el terreno rojizo, y a la distancia, sus velos brumosos ocultaban la vista del desierto. La tierra completamente abrasada por todos sus alrededores no menguaba su ardor.
Media hora de galopada intensa condujo a Paul a la entrada de la cañada. Sin vacilar se internó por su polvoriento fondo. Al principio, la marcha resultó fácil, más de lo esperado, pero gradualmente el fondo se tornó más agreste, lleno de rocas y matorrales. Bajo el intenso calor, caballo y jinete quedaron empapados de sudor. El ruano resbalaba a menudo, tropezando con las piedras sueltas, casi perdiendo pie, pero cada vez se recuperó cautelosamente, continuando la marcha. Paul se maravillaba de la agilidad y resistencia del animal, animándole con amistosas palabras.
Dos veces se hallaron bloqueados ante unos acantilados al parecer inexpugnables, pero en ambas ocasiones Paul logró encontrar un resquicio, hasta que finalmente, agotado tanto como su montura, y cubiertos ambos de sudor, llegaron a lo alto de la meseta.
Ya allí, mientras el mustango descansaba brevemente, Paul oteó en la distancia hasta descubrir Aguas Amargas, como un pequeño bosquecillo, con los edificios del puesto no muy lejano. Su mirada era de despedida. Tal vez era la última vez que contemplaba aquel rincón del desierto, con cuanto tenía para él de más valioso. Sin embargo, no le quedaba otra alternativa. Sus vacilaciones habían terminado al enfrentarse con John Belmont en la penumbra del almacén de lana.
El rostro descolorido de Louise, con sus ojos que parecían estar vaciando su alma en un olvido vano y temible; Belmont, como un buey, baja la testuz y rojos los ojos, a punto de embestir, y el vaquero, con el rostro gris, como una Némesis, conteniendo al comerciante... todo esto y el torturante conflicto debatido en su interior, habían sido los poderosos factores que le habían convertido en protagonista del trágico drama de Aguas Amargas.
Tristemente recordaba los inútiles días, aquellos días en que su cerebro parecía arderle, envenenando su sangre, en que había luchado contra la tentación de suplicarle a Louise que huyese con él... y después, la terrible urgencia de cerrar los ojos al oscuro propósito de Wess... y, por encima de todo, en los últimos instantes, a la necesidad de perseguir y matar él mismo al canalla de John Belmont.
Apreciaba a su amigo, como amaba a Louise. Y ambos afectos le habían salvado de sí mismo, y hasta de la dureza de las palabras y los actos que se habrían infligido mutuamente. Ahora sabía que seguiría a aquella joven de dulce mirada hasta los últimos confines de la tierra, y que el destino de ella también sería el suyo. No podía vacilar en hacer lo que era necesario, sin temor a las posibles consecuencias. Ya no estaba asustado de sí ni por sí, y en aquel momento comprendía que triunfaba de Aguas Amargas, cosa que siempre le había parecido imposible. Acto seguido, se dispuso a emprender la tarea ya inminente.
Como su nombre indicaba, Meseta Negra era tan llana como una tabla. Una gran extensión de salvia, punteada por los cedros, que se extendía hacia el este. Paul recorrió aquella extensión con la mirada del jinete que busca un caballo favorito que se ha extraviado. Aquél era el pastizal del ganado indio de verano. Paul no deseaba ser visto por ningún pastor, cazador o jinete. Para sus fines, necesitaba asegurarse de todas las perspectivas antes de proceder a tomar, decididamente, la resolución de avanzar.
—¡Que todo sea para bien! —murmuró, como dirigiendo sus palabras a las nubes tempestuosas y al rugido del trueno.
Antes de dar su espalda al sendero, los elementos se concertaron para protegerle. La naturaleza daba a entender su intento de disimular su rastro. Aguas Amargas ya estaba harto de John Belmont. Así reflexionaba Paul Manning, en tanto cabalgaba rápidamente por la meseta en dirección a un grupo de cedros. A su amparo, volvió a avizorar toda la meseta. Un halcón solitario volaba por encima de la salvia. Los conejos saltaban velozmente a su paso. Paul no divisó ningún otro ser vivo.
La singular impresión de estar solo en medio de la mayor soledad añadía una fuerza final a la convicción de que los dioses de la oportunidad, la justicia y la libertad eran sus aliados. Y con su exaltación se mezclaba otro sentimiento, demasiado vago, demasiado remoto en sus recuerdos, demasiado extraño para haberlo experimentado antes. Y sin embargo, le parecía familiar. Jamás había estado en lo alto de la meseta, si bien tenía la sensación de conocerla a fondo. Nunca había contemplado una extensión tan vasta, tan lisa de terreno. Y no obstante, tenía la vaga impresión de haber cabalgado ya por aquellas alturas.
El sol coloreó las nubes de oriente, y por entre las mismas vertió sus ardientes rayos, como metal fundido, sobre la abrasada tierra. Pronto, la salvia se vería envuelta en velos de calor. Paul se daba cuenta del calor que brotaba de todo su cuerpo, pero no le daba la menor importancia.
Al fin, el terreno liso se interrumpió en una línea oscura y tortuosa. Era el borde del cañón que buscaba. Instó a su caballo al galope, ya que era imperativo que no perdiera tiempo en llegar al tramo de sendero elegido.
Por fin, Paul se encontró entre los cedros enanos del borde de Black Canyon. Una grieta resquebrajada en la roca le miraba a sus pies. En aquel punto, el barranco era profundo, estrecho, áspero. Ningún verdor suavizaba el suelo reluciente y desnudo del fondo. Ocultando el caballo entre unos árboles, Paul comenzó al instante a descender a pie, casi en línea perpendicular. En otro momento ordinario, habría hallado aquel descenso sumamente fatigoso, casi imposible de realizar; pero en combinación con su agilidad actual, llegó al sendero, llevando en la mano una rama de cedro, arrancada al pasar.
Paul atisbó por el cañón, hacia su extremo inferior, donde a trechos, y durante larga distancia, pudo señalar la línea del sendero. Cañón arriba, la senda no tardaba en girar en una angularidad de la pared. Acto seguido, procedió a arrastrarse, inclinándose sobre el suelo para divisar las huellas del caballo de Belmont. La roca desnuda dejaba descubrir las marcas blancas de las herraduras, pero esto no le satisfizo. Las huellas estampadas sobre el polvo del sendero, algo más adelante, hizo hervir de nuevo la sangre en sus venas. Eran unas huellas recientes, que se encaminaban hacia el norte; indudablemente, pertenecían a «Ojo Rojo», el mustango alazán de Belmont.
El trueno intervino en las deducciones del joven, el cual levantó la mirada. El cielo se había encapotado por completo. Al borde del cielo, la mitad del sol había perdido ya su brillo. No tardaría mucho en quedar completamente escondido, quebrantándose así el hechizo del calor. Belmont había pasado por allí varias horas antes. Seguramente, ya habría concluido sus transacciones con los indios y estaría de regreso. La tormenta le obligaría a apresurarse. En la parte superior del cañón había varios tramos sumamente peligrosos. Paul se hallaba entre ellos. El menos arriesgado se hallaba a medio kilómetro de distancia. Como Belmont era natural del Oeste y tenía prisa, pasaría por allí. Pero desmontaría para conducir su caballo, dando un rodeo en torno a los demás sitios peligrosos. Una vez anochecido, o en medio del furor de la tormenta, sería imposible intentar nada.
Paul proyectaba interceptar al comerciante cuando pasara por el lugar más estrecho.
Al llegar a aquel punto experimentó una gran satisfacción. Sus recuerdos eran exactos. El barranco se estrechaba como encajonado entre altos muros, uno de los cuales tenía casi cien metros, y abajo no había más que el pavoroso vacío, que se abría justamente en tan peligroso rincón, donde la roca se inclinaba ominosamente hacia abajo. El sendero que daba la vuelta a aquel lugar era de roca sólida, de medio metro de anchura, y sumamente resbaladizo.
En los últimos meses, Paul había aprendido mucho referente a senderos y caballos. El animal más seguro y temerario podía asustarse y deslizarse por aquella senda. «Ojo Rojo» se encabritaría, buscando espacio. ¿Y después? Paul estaba sombrío, en su implacable decisión. Atisbo hacia abajo, para calcular las posibilidades que tenía un jinete de salvar la vida al caer por aquel precipicio. ¡Ninguna! Cualquier jinete, con el caballo encabritado, rodaría por las rocas y caería al abismo, aplastándose al llegar abajo. Sí, el lugar estaba bien elegido.
A continuación, buscó un lugar resguardado a varios metros de la esquina del muro, desde donde podía distinguir el tramo superior del cañón y parte del sendero. Existía la posibilidad de que apareciese un indio en dilección norte, y la más remota de encontrarse allí con el tejano antes de la llegada de Belmont. Pero Paul descontó ambas posibilidades. Según sus cálculos, había adelantado al vaquero en más de quince kilómetros, utilizando el atajo; y gracias a la inminente tormenta, no era probable que los indios apareciesen por aquel sendero. Sí, había llegado el momento más crucial e inevitable en la vida de cuatro personas.
Tan pronto como Paul se escondió, disponiéndose a esperar, sufrió el veneno de la inactividad, cayendo víctima de sus poderosos sentimientos.
—No debo fallar —murmuró en voz alta, contemplando con ensimismamiento la rama de cedro que asía tenazmente en su mano.
No era una maza ni una pesada porra. Era una fuerte rama, de un cedro, uno de esos árboles que proyectan unas ramas retorcidas de mil formas.
Una sombra pasó sobre él. La luz comenzó a desvanecerse, y el final del calor fue retirarse del fuego del infierno. A pesar de ello, las rocas ardían a través de sus ropas. Una nube oscura, como una manta, se había interpuesto entre él y el sol. El cambio del cielo y el cañón parecieron comunicarse al joven en su espera. Hacia el sur, la franja celeste parecía retroceder rápidamente al norte, la bóveda negra se tornaba púrpura, para volver a adquirir el matiz del ébano. Los relámpagos brillaban incesantemente, iluminando las densas tinieblas. El rugido del trueno era cada vez más próximo y potente.
Paul lo contemplaba todo con un torpe sopor. Las relucientes rocas habían perdido su brillo.
Gradualmente, el cielo quedó totalmente encapotado. Los relámpagos parecían incendiar las nubes, y el trueno rodaba por el espacio. El cañón fue hundiéndose cada vez más en la oscuridad, hasta hallarse bajo el hechizo de una tarde sin sol, evanescente.
De repente, Paul se puso rígido. Acababa de doblar la esquina del sendero un jinete. Los ojos de Paul se estrecharon para comprobar la familiaridad del paso y el tamaño.
Era Belmont.
Pronto, jinete y caballo, yendo al trote, salieron de la línea visual del joven. Ésta era la señal para salir fuera de su refugio. De nuevo, miró cañón abajo. El sendero estaba tan solitario como si ningún salvaje lo hubiese recorrido nunca, ni fuese a recorrerlo jamás.
Paul corrió hacia el sitio elegido de antemano.
El lugar había sido excavado por los vendavales y las lluvias, por los elementos del cañón, por los dioses que a través de las edades habían preparado aquel paraje para su emboscada. Paul se asomó por detrás del ángulo del muro. ¡Un paso para el sendero! Extrajo el revólver con la mano izquierda, musitando:
—Si hay una dificultad, la usaré. Pero no habrá ninguna.
Sabiendo que Belmont permitiría que «Ojo Rojo» aflojase el paso en los parajes más estrechos, Paul calculó que aquél tardaría unos quince minutos en llegar a aquel extremo del cañón. Y todas sus fuerzas cerebrales las concentró en aquel instante. Nunca había estado tan despierto, tan alerta.
La tormenta se hallaba casi encima. Un relámpago desgarró una negra nube. En el silencio que se produjo antes del estampido del trueno, Paul oyó el crepitar de la lluvia. Apenas caían unas gotas. Escuchó el gemido del viento entre los cedros de la meseta. El calor persistía a pesar de todo. Los relámpagos se sucedieron hasta que el cañón adoptó un aspecto sobrenatural. Una ráfaga de aire cálido barrió el sendero, dejando un olor sulfuroso. Los segundos se fueron convirtiendo muy lentamente en minutos. Paul estaba inmovilizando contra la ardiente roca, con el cuerpo en tensión, fríos los nervios, los oídos tan tensos como las cuerdas de un arpa.
Todas las características físicas del lugar y el tiempo parecían engrandecidas momentáneamente. El cañón se convirtió en un sepulcro. Los grotescos brazos de las ramas de los cedros del reborde de la meseta saludaban a la tormenta, y el espíritu maligno de Aguas Amargas parecía haberse materializado en aquella fúnebre hendidura. Partículas de polvo, chispas infinitesimales, relucían cuando brillaba el relámpago. Y el olor del azufre inundaba el olfato de Paul.
¡Clip-clop! ¡Clip-clop! ¡Clip-clop!
Las pisadas metálicas de un caballo herrado, nervioso y asustado, llegaron a los oídos del joven. Entonces, se apartó de la pared, enhiesto el brazo derecho, bien asida la rama de cedro.
¡Clip-clop! ¡Clip-clop! ¡Clip-clop!
El morro de un caballo, con las fauces dilatadas, dobló la última esquina del sendero. Paul se dispuso a atacar. De repente, impulsado por un motivo que de momento no consiguió comprender, se plantó en medio de la senda para enfrentarse con el comerciante.
El alazán, bufando sonoramente, se encabritó, la mirada asesina. Belmont lanzó una exclamación de espanto.
—¡Qué...! Vamos, «Rojo»... ¡Quieto un momento, muchacho!
El comerciante acababa de librarse por un pelo de la muerte, ya que el animal había resbalado al borde del abismo. No obstante, con un gran esfuerzo muscular, logró enderezarse sobre el sendero.
Entonces, Belmont divisó a Paul.
—Buenas tardes, Belmont. Me imaginé que le encontraría aquí.
El saludo de Paul resonó fuertemente en el cañón, teñido de un leve sarcasmo.
—¡Manning... tu! ¿Qué diablos...? —exclamó el comerciante.
—Sí... ¡qué diablos!
La mirada de Belmont se fijó en el revólver que Paul empuñaba con la mano izquierda, y en la rama que sostenía en la otra mano. Su rostro se tornó del color de la ceniza. Un relámpago confirmó un motivo para aquel extraño encuentro. Belmont no podía retroceder, ni hacer dar media vuelta a su caballo en un lugar tan estrecho. Sólo podía avanzar.
—¡Dios mío, muchacho...! —gritó roncamente.
—Si cree en Dios, ya es tarde para invocarle, Belmont.
—Oh, Manning, escuche... espere... Le cedo a Louise... Le devolveré el dinero de su ganado... Hagamos un trato.
Paul se sintió invadido por una helada calma. Comprendió que era el amo de la situación, y quiso jugar bien todas sus cartas.
—Seguro, Belmont. ¿Qué más me ofrece? ¡Que sea una gran oferta!
—Quieto, Manning... Me iré del puesto. Puede quedárselo. Y le enseñaré mi licencia de matrimonio con Hermana... No... no la quemé, como le dije a Louise Déjeme desmontar... iré delante de usted... ¡se lo juro!
—Sí, claro. ¿No sería yo un tonto si perdiese esta oportunidad? Bien, Belmont, allí donde va no tendrá muchas ocasiones de hacer tratos.
—Usted me tiene dominado... y no es justo.
—¿Justo? ¿Se ha comportado con justicia alguna vez en su vida? —la voz de Paul era desdeñosa—. No soy ningún pistolero, aunque haya estado practicando, y usted lo sabe. Pero tampoco lo es usted. Oh, con Wess no tendría usted la menor probabilidad de salir con vida. Dispararía antes de que usted moviese una mano. Pero yo voy a ofrecerle esa oportunidad.
Con un rápido ademán arrojó lejos de sí la rama y se pasó el revólver a la mano derecha. Luego, lo enfundó.
—Bien, Belmont, ésta es su ocasión. ¡Ahora... saque su revólver!
El comerciante intuyó la gravedad del momento. En sus pupilas brilló una luz mortal. En vez de intentar sacar el revólver, golpeó los flancos de su caballo, lanzando un grito estentóreo. Pero el asustado caballo, en lugar de avanzar para quitar a Paul del paso, obligándole a saltar hacia el precipicio, se encabritó relinchando de terror. La rodilla izquierda del bruto golpeó al joven en el hombro y lo proyectó hacia la pared. Al caer, vio a Belmont chocar contra un saliente de la pared, y saltó por encima de la silla de montar. El caballo cayó casi encima de él y resbaló peligrosamente, aunque logró afirmarse sobre sus patas traseras.
Paul se incorporó, con los pelos de punta ante la proximidad del peligro que acababa de correr. Miró a Belmont. El comerciante había chocado contra una arista rocosa y se iba deslizando hacia el abismo. Era incapaz de asirse a ningún apoyo. Una mancha sanguinolenta apareció en el lado derecho de su distorsionado semblante, en el sitio donde la arista de la roca le había cortado como un cuchillo. Pero conservaba el conocimiento. Fijó sus ojos malignos en Paul. Luego, sus piernas pasaron sobre el borde del abismo. Por un momento, pareció poder luchar contra su fatal destino, y la conciencia de su inevitable final trocó la expresión furiosa de sus pupilas en otra de intenso terror. Perdió todo punto de apoyo. Su cuerpo resbaló sobre la roca desnuda, y agitó ambas manos hacia lo alto.
Paul estaba aturdido. Escuchó, con todas sus fuerzas. Tras unos segundos interminables, sonó en el fondo un golpe un rumor sordo, un crujido y la caída de varias piedras.
—¡Belmont, el infierno está contigo! —gritó Paul, inclinándose sobre el abismo, estremecido de terror.
Un relámpago iluminó el cielo y el angosto cañón. En aquel mismo instante comenzaron a caer gruesas gotas de agua.
Antes de llegar a su anterior refugio, la tormenta estuvo sobre él. Los continuos relámpagos y los horrísonos truenos, que en el barranco resonaban ominosamente, parecían preludiar el fin del mundo.
Capítulo XIV

PAUL condujo su mustango a un brioso trote por entre la cortina de lluvia, a través del extremo inferior de Mesa Negra, hacia un sendero lateral que descendía por la ladera sur.
El joven se hallaba agotado, pero se sentía victorioso. Por dos veces había tenido la oportunidad de matar a John Belmont, y las dos veces había retirado la mano. Pero el destino había intervenido para salvarle, para impedir que se convirtiese en un asesino. Le había concedido al comerciante la oportunidad de defenderse, pero Belmont era un cobarde... y su propia cobardía había dado al traste con su existencia.
A pesar de tan terrible final, Paul no experimentaba ningún remordimiento. Sabía que la lluvia lo lavaría todo y borraría sus huellas y las de Wess en el Black Canyon. Tal vez nadie, salvo él, se enteraría del secreto que se escondía en aquel oscuro y peligroso sendero. Quizás ellos... sí, ellos solos lo sabrían... y tal vez este conocimiento fuese una tragedia para la pobre Louise. Pero absolutamente de nada servía adelantar los acontecimientos futuros.
La tormenta rugía con menos intensidad cuando Paul llegó al lindero del bosquecillo de cedros, detrás de Aguas Amargas. Aún llovía, pero en menor cantidad. Al oeste, las negras nubes permitían ya el paso de los últimos rayos del sol del atardecer, y un pálido arco iris, como el que rodea a veces a la luna, se estremecía con su promesa eterna de paz entre el cielo y la tierra. Luego, también se esfumó.
El joven desmontó y contempló con mirada anhelante cuanto le rodeaba antes de conducir su mustango al establo, para desensillarlo y llevarlo al corral. Observó que todavía no se hallaba allí el caballo del vaquero. Sonrió para sí ante la idea de que el tejano se extrañaría ante la ausencia del comerciante en el cañón. Luego, su sonrisa se desvaneció ante la idea de que si Wess llegaba muy tarde, podía sospechar que Belmont no regresaría a su debido tiempo. También existía la posibilidad de que los habitantes del puesto creyesen que el comerciante había decidido quedarse toda la noche entre los indios de Black Canyon, a causa del peligro que ofrecía aquel sendero bajo la tormenta. De todos modos, ya no le quedaba más remedio que esperar los acontecimientos.
El estrépito del agua llegó a los oídos de Paul cuando pasó por entre los cedros al salir del corral. Tuvo que vadear atrevidamente un torrente que borboteaba por detrás de la tienda de Wess, descendiendo hacia el puesto. De Mesa Negra bajaban mil riachuelos recién nacidos.
Se detuvo un momento a escuchar el murmullo del agua del torrente. ¡Qué extraño... y agradable! Aguas Amargas tenía la balsa inundada... y aquel era el sonido más placentero de todo el mundo.
—Bien, esto borrará todo vestigio de veneno —murmuró, deslizándose por entre los cedros hasta llegar al claro.
Ni en el puesto ni en el aposento de Louise había el menor vestigio de vida, como pudo observar al abrir cautelosamente la puerta.
Una vez dentro lanzó un suspiro de alivio, seguido por un respingo de extrañeza y consternación. En el suelo de su habitación había más de un palmo de agua fangosa, y las manchas de humedad señalaban la altura a que había llegado la inundación ¡Sus valiosos tesoros! Paul trató de salvar lo que no había quedado dañado. Mientras se afanaba, se dio cuenta con una extraña emoción, que todo aquello no tenía ya la menor importancia. Se había encontrado a sí en medio de la sangrienta crisis por la que acababa de pasar. Y podía contemplar el porvenir sin el menor temor.
Por suerte, la cama se hallaba más arriba de toda humedad y, tras cambiarse de ropa, se tendió en ella con un suspiro de cansancio. Casi al momento quedóse profundamente dormido.
Cuando despertó, el sol entraba a raudales en el cuarto. Olfateó el olor a humedad. En un cedro cantaba un pájaro burlón. Paul se sintió alegre, bullicioso. Se vistió con nerviosismo. Luego, se apresuró hacia la tienda de Wess.
El desierto aparecía lavado, cambiado, transfigurado. La arena ya se había secado.
Al ver que Wess se hallaba ausente, Paul, un poco inquieto, regresó al puesto. Había dormido hasta muy tarde. La cocina, el saloncito y la tienda estaban desiertos. Pero en el porche y en el empedrado delantero había varios indios, más que de costumbre. Los indios siempre conversaban con tono bajo y gutural, de modo que sus voces no significaban nada para el joven, así como tampoco sus sombríos semblantes, ni los grupos en que estaban reunidos. Atados al barandal, había varios mustangos.
Ante su gran alivio, divisó a Wess hablando con Shade y el granjero nacional. Un jinete indio, enfangado y mojado, estaba muy cerca de ellos, sujetando las riendas de un fatigado poney. Aquel indio aparecía pasivo e inescrutable, lo mismo que lo eran todos para Paul, pero en su expresión había algo más. El granjero nacional gesticulaba con amplios ademanes. Y el tejano escuchaba con la cabeza baja. Parecía grave y turbado. Paul no tuvo que mirar dos veces a su alrededor para comprender lo ocurrido.
Sin saber por qué, en aquel momento el joven no deseaba encararse con aquel grupo de hombres. Dio media vuelta y, tras pasar por su habitación, se dirigió al aposento de la muchacha. Golpeó a la puerta fuertemente.
—Louise, déjame entrar. Ha ocurrido algo grave. Belmont no ha regresado todavía.
Al cabo de un instante de silencio, la puerta se abrió. El pálido rostro de Louise continuaba revestido de la máscara que tanto destrozaba el enamorado corazón del joven. Ansiaba contarle de viva voz que todos sus padecimientos habían terminado, pero se contuvo mediante un gran esfuerzo.
—Sí, algo habrá ocurrido... si Belmont no ha vuelto —replicó ella, tristemente.
—No lo he preguntado, pero sé que no ha regresado. Ha llegado un indio empapado de agua y barro. Y también el granjero nacional, que está hablando con Shade y Wess. Shade estaba pálido y turbado, y he oído a Hermana llorar en su habitación.
Louise se llevó una temblorosa mano al pecho, como queriendo refrenar su corazón. Miró a Paul con pupilas dilatadas, más oscuras que nunca.
—¿Qué quieres decirme, Paul? —preguntó.
Unos pasos que resonaron en el porche silenciaron a Paul. Alguien estaba llamando a la puerta.
—Louise, ¿estás aquí? ¿Dónde anda ese bribón de amigo mío? —preguntó un gruñido muy familiar.
—¡Oh, es Wess! Entra.
El vaquero empujó la puerta. A Paul le pareció que sus ojos querían huir de sus cuencas. Wess entró con su acostumbrado andar lento, y se detuvo a encender un cigarrillo.
—Hola, amigos. Vaya buena mañana después de la tormenta —observó con su voz indolente tan característica en él. Lo ocurrido, no parecía haberle afectado en absoluto. Continuó—: Louise, tú también tienes un aspecto magnífico. ¡Diantre, de buena gana te besaría!
—Puedes hacerlo.
—Bueno, lo haré alguna vez, cuando Paul no vigile.
Su curtido rostro esbozó la sonrisa que Louise siempre le inspiraba cuando estaba de buen humor. En realidad, Paul jamás había visto tan hermosa a la muchacha. Y el vaquero también volvía a ser el simpático Wess de aquellos meses anteriores al período trágico, aparte de una luz más penetrante en sus ojos de halcón, al fijarse en Paul.
—Bueno, habla —estalló el escritor—. Belmont no ha vuelto aún. Hermana está llorando. ¿Por qué?
—Amigo, supongo que aquella proposición que le hice a Belmont no debí hacérsela.
—¿Por qué? —quiso saber Louise.
—Fue muy gracioso mi presentimiento. Ya sabéis que no pensaba permitir que Belmont nos molestase nunca más y... En fin, jovencita, opino que a partir de ahora vas a ser la mujer más dichosa de la tierra.
Louise palideció, y sus ojos adoptaron un matiz más oscuro todavía.
—Bueno, no quería daros la mala noticia a los dos juntos, pero puesto que no hay más remedio... —continuó el vaquero—. Al parecer, Belmont está... hum... incapacitado. Su caballo volvió anoche sin jinete.
—Ha muerto —afirmó Louise—. Lo supe tan pronto como te vi.
—Bueno, no es mala adivinanza, Louise. Belmont ha ido al infierno, a rendir cuentas.
Paul rodeó con un brazo los hombros de la muchacha.
—Entonces, todo ha terminado, Wess.
—Cuenta —suplicó Louise en voz baja.
—Por lo visto, Hermana se inquietó mucho anoche, al ver llegar solo a «Ojo Rojo» —explicó el vaquero—. Y esta mañana temprano envió a varios indios en busca de Belmont. Ese que se llama Kishli halló el rastro del caballo en el sendero de Black Canyon. Lo recorrió de un extremo a otro y al fin halló al comerciante entre las rocas del abismo con todos los huesos rotos. Kishli vio por donde «Ojo Rojo se había encabritado, haciendo volar a Belmont por los aires. Sí, es un sendero muy peligroso, como dice el granjero nacional. Y Belmont no debió pasar por allí en medio de aquella tormenta, y mucho menos con un mustango tan nervioso como «Ojo Rojo». Bien, supongo que Belmont deseaba llegar pronto al puesto... y, en cambio, ha conseguido llegar antes al infierno, ¡donde espero que se achicharrará debidamente!
Wess tenía su mirada fija en Paul. Éste le devolvió la mirada, y su extrañeza creció de punto. ¿Qué era lo que sabía el astuto vaquero? En fin, si algo sabía, no dio de ello el menor síntoma.
—Es extraño de qué modo ocurren a veces las cosas —comentó Paul, torpemente—. Bien, al menos estamos ya libres de él y sus amenazas.
—Paul, su muerte no me conmueve —gimió Louise—. No puedo... lamentar su trágico final.
Paul la ciñó con más fuerza, pero no contestó.
—Bien, amigo mío, y su joven enamorada, tampoco yo lo lamento. Y eso que tengo un corazón muy tierno —gruñó el tejano—. Todo ha terminado. Ahora, a olvidar lo ocurrido. ¿Entendido? ¿Cuáles son vuestros planes?
—Creo que lo mejor será irnos de aquí... lo antes posible —declaró Paul—. ¿Qué opinas tú, Louise?
La joven murmuró distraídamente una afirmación, y el vaquero continuó:
—Creo que podemos quedarnos con el carromato de Belmont para el trayecto, pero ¿qué piensas hacer del puesto, Louise? Tú y el niño tenéis derecho al mismo, así como a la mitad del ganado.
—Que se quede Hermana con todo lo que quiera —replicó la joven.
—Hum... No será así, si el pequeño Wess puede impedirlo. He hablado con Shade... y él comprará la mitad de las reses si Hermana no quiere hacerlo.
—Al menos, que se quede con el puesto —concedió Louise—. A pesar de lo que intentaba hacer conmigo, lo hizo sólo impulsada por su amor hacia Belmont. Creo que ya ha pagado un precio bastante alto ahora.
El vaquero abandonó el aposento para efectuar los preparativos de marcha. Una vez a solas, Louise miró a Paul a los ojos.
—Oh, Paul, me odio a mí misma por lo que hice ayer —tartamudeó—. Pero estaba frenética. La noche antes, Belmont se situó detrás de esta habitación y me aseguró que si no me iba con él, te mataría y también a Tommy. Añadió que nunca podríamos demostrar que estaba casado con Hermana porque el juzgado donde se llevó a cabo la ceremonia había ardido, desapareciendo todos los archivos. Afirmó también que había destruido el certificado de matrimonio, y que Hermana jamás declararía contra él... Oh, me sentí asustada, indefensa...
—Calla, chiquilla... —dijo Paul, colocando un dedo sobre los labios de la joven—. Ya todo ha concluido. A partir de ahora, Tommy y tú estáis bajo mi protección. Y nos casaremos tan pronto como lleguemos a Wagontongue... si tú quieres.
—¡Oh, Paul... si yo quiero!
La muchacha besó frenéticamente los labios de su amado.
—Podemos regresar a mi rancho —explicó él finalmente—. Lo venderemos todo. Mientras tanto, Wess buscará otro mejor, con árboles y agua... muy lejos de aquí. No, nos llevaremos a Wess con nosotros, esto será mejor —añadió, tras una breve meditación—. Quiero que mi hermana Anne conozca a un vaquero auténtico. Tal vez, regresemos todos juntos al Oeste y hallemos un buen rancho y...
—Oh, Paul, eres un soñador... pero me gustan tus locos sueños.
Abandonaron el puesto antes del mediodía, y ni siquiera Wess, que conducía el carromato, volvió la cabeza atrás para despedirse del puesto, de los cedros y del manantial de Aguas Amargas.
La mole de Meseta Negra se elevaba osadamente al frente, bañada en un resplandor amarillo que se trocaba en rojo. Los cedros que crecían en la base de la meseta apenas eran más que unos puntos diminutos a la distancia. Aguas Amargas se hallaba ya fuera de la vista, del vaquero, de Paul, de Louise y del pequeño Tommy que ella llevaba en brazos. Pronto no sería para todos ellos más que un lejano recuerdo, que no tardaría en desvanecerse por completo engullido por el prometedor porvenir.
notes

Notas
[1] Squaw: esposa india. (N. del T.)
[2] En español en el original.
[3] En inglés, respectivamente: rustle y rostler. Juego de palabras intraducible. (N. del T.)

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