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jueves, 8 de junio de 2017

Los Caminantes Del Desierto (Zane Grey)

Los Caminantes Del Desierto
Zane Grey

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Esta es la novela de las grandes soledades, de los montes desnudos y las llanuras arenosas donde los proscritos buscan refugio. El protagonista creyó encontrar en el vasto e inhóspito escenario un alivio a sus terribles remordimientos. La lucha en el silencio y la fiereza del páramo robustecen sus músculos, pero no traen a su alma el sosiego. Si oye la íntima llamada del deber que lo aparta del yermo, el viejo Dismukes, otro curtido caminante que quiso volver a la civilización, se siente como un extraño entre los hombres.
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Zane Grey describe las amarguras, las esperanzas, las trágicas vacilaciones de quienes han querido medir sus fuerzas con las temperaturas tórridas y los crueles vientos de la soledad, y refleja con igual maestría la lucha física de los personajes de su novela y las terribles borrascas que se desatan en sus corazones.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
El Autor
notes
.
Zane Grey

Los caminantes del desierto

.


TÍTULO original: The Wanderer Of The Wasteland
Zane Grey, 1923
I


ADÁN Larey contempló con mirada dura y sorprendida la silenciosa corriente del río de bermejas aguas por el que pensaba dirigirse al desierto.
El río Colorado no inspiraba seguridad ni confianza. Con fuerza silenciosa rebasaba sus bancos de arena como si pretendiera engullirlos; fangoso y espeso, deslizábase con mil revueltas y enorme caudal desde el Estado de Arizona hacia la costa de California. Majestuoso y rutilante bajo el cálido cielo, dejaba las márgenes verdes de álamos y sauces para dirigirse al Sur, hacia la desnuda y abrupta altiplanicie, hacia las rojas rampas del ignorado y tenebroso desierto.
Adán precipitóse hacia la orilla y echó su equipaje en una lancha, volviéndose después con la misma presteza para contemplar la polvorienta ciudad de Ehrenberg, con sus casas de adobe, adormecida ahora bajo el tórrido sol de mediodía. No despertaría de aquella somnolencia hasta el regreso de los cansados cavadores de oro, la llegada de la diligencia o la del vapor. Un indio talludo, de tez morena y cabello desgreñado, inmóvil junto a la tapia, contemplábale estúpidamente.
Entonces Adán, abatido, estalló en sollozos que desgarraban su pecho, impidiéndole hablar con coherencia.
—¡Guerd... ya no es... mi hermano! —exclamó balbuciente, con un dejo de humillación y de amor traicionado en la voz.
—¡Y... y ella... nunca más... nunca más pensaré en ella!
Y haciendo un esfuerzo para dominar su turbación, dirigióse de nuevo a la lancha. Adán Larey aparentaba ser un muchacho de unos dieciocho años; su rostro era moreno, limpio y de bellas líneas; su estatura alta, erguida; sus hombros, anchos.
Al desamarrar la lancha le invadió una singular emoción; el aspecto del río le fascinaba. Si antes fue la bebida lo que le impulsó a la temeraria hazaña, ahora una extraía atracción parecía exaltar en él el deseo de aventurarse en las regiones selváticas. Pero aún había más. No quería volverse a ver dominado por su hermano Guerd, que, egoísta, se lo había quitado todo sin darle nunca nada. Guerd lamentaría acaso su marcha. Al pensar en esta posibilidad, Adán sintió remordimiento. La costumbre de dejarse influir durante largos años y la fuerza del cariño concebido en la infancia, le hicieron vacilar. Mas, a poco, surgió de nuevo la ola del resentimiento. Ante sí tenía el río Colorado deslizándose hacia el Sudoeste, el camino para entrar en los ilimitados espacios de las regiones desiertas, con sus misterios, sus aventuras, sus yacimientos de oro y, sobre todo, su tentadora libertad.
—¡Me iré! —exclamó apasionadamente y, de un empujón, puso la lancha a flote para saltar dentro al mismo tiempo.
La embarcación movióse con lentitud hasta penetrar en la corriente, donde, como cogida por una fuerza invisible, empezó a deslizarse río abajo. Adán tuvo la sensación de que la irresistible corriente de aquel misterioso río se apoderaba de su corazón. No era posible retroceder en aquel camino, no había brazo humano ni remo con suficiente fuerza para vencer su resistencia. ¡Fue una amarga revelación! ¡Con cuánta rapidez desapareció la ciudad de adobe y el sombrío piel roja junto a la tapia! Dejaba atrás la, ciudad de Ehrenberg, un hermano que era su único pariente y un amor que fue una decepción.
—He acabada para siempre con Guerd —murmuró el joven, volviendo hacia el poblados sus ojos secos y duros—. Culpa suya fue. Madre me lo advirtió... ¡Ah, si ella viviese aún tendría yo hogar!... No estaría aquí, en el bochorno de estas tierras áridas y estériles... entre hombres que más bien parecen lobos y... mujeres que...
No acabó el pensamiento; sacó de su equipaje un frasco que brilló al sol y, blandiéndolo con aire de desafío hacia la última cabaña de Ehrenberg, bebió su contenido. Luego tiró el frasco con violento ademán de repugnancia. No 1e gustaba la bebida fuerte. La botella produjo un ruido sordo sobre el agua y se hundió. Adán cogió los remos y empezó a remar río abajo vigorosamente.
Durante su amargo soliloquio, el muchacho recordó el pasado... la vieja e inolvidable casa en el Este, la triste cara de su madre, que le había amado como nunca amó a su hermano Guerd... La muerte del padre, acaecida siendo aún Adán muy niño, estaba rodeada de impenetrable misterio. Cuando murió la madre, dejó toda su fortuna a Adán, pero éste la repartió con Guerd.
Aquel linera fue el principio de la mala vida. Despertó los sentimientos perversos en Guerd, que se gastó alegremente la parte que Adán le cediera, convirtiéndose en baldón de la familia. Importunó a su hermano con sus insistentes ruegos de que dejara los estudios y se fuese en busca de aventuras embarcándose con él para doblar el cabo Cuernos e ir a California y a los yacimientos de oro.
El anhelo de estar al lado del hermano querido y la sed innata de aventuras hizo que Adán cediera. Impuso, sin embargo, una condición: la de ir por tierra hacia California, cruzando el continente. En varios puntos del camino Guerd se juntó con malas compañías, entre las cuales parecía hallarse muy a gusto. En Tucson empezó la fácil e incierta vida del jugador, arrastrando también a su hermano. En Ehrenberg, Guerd descubrió que podía vivir a sus anchas en la agitada vida nocturna de la ciudad minera, alejada de la civilización, donde encontró fácilmente amigos de su ralea y la gloria de unos ojos negros que primero sonrieron a Adán.
El fuerte sol de aquel mes de junio caía a plomo sobre el desierto de Colorado y el caudal de sus rojas aguas. El muchacho remaba, con todas sus fuerzas para huir con la mayor velocidad, pero el aguardiente que había bebido y el intenso calor le rindieron pronto; un poco ebrio y exhausto, se dejó caer en el fondo de la lancha, que avanzaba ahora a merced de la corriente.
Era el Colorado el más extraño de los ríos. Muchos habían sido sus nombres, mas ninguno tan adecuado y duradero como el que indicaba su color, que no era ni encarnada ni escarlata, ni tenía determinada sombra de rojo, aunque rajo era su matiz. ¡Parecía sangre de la que hubiese huido la vida! Con sus fuentes en las enormes alturas, alimentado por las nieves, los ventisqueros y los innumerables riachuelos y lagunas, el Colorado lanzábase impetuoso por entre las paredes de los tenebrosas cañones y, luego, desbravado, liso, mas siempre tremendo e insaciable, avanzaba por el desierto con su carga de arena y aluvión. Era silencioso; parecía deslizarse mansamente, pero seguía siendo aterrador.
La lancha que conducía a Adán Larey semejaba una nave sin gobierno en las corrientes oceánicas. Daba vuelta tras vuelta, como si cada metro de superficie formase un remolino, yendo a parar tan pronto a una como a otra orilla. Las tórridas horas de la tarde transcurrían lentamente. El sol era una llama viva en un cielo sin nubes. Bandadas de grullas y de alcaravanes volaban sobre las verdes praderas de la tierra baja, y los buharros del desierto bajaban del cielo rojizo. La lancha seguía a la deriva. Antes de que anocheciese, entró en un remanso y se detuvo por fin en la espesura de las ramas de sauces que pendían sobre el agua.
El muchacho se despertó al alba, sereno ya, pero dolorido y sediento. La rosada faja del horizonte Este anuncióle la llegada de un nuevo día, emocionándole, a pesar de encontrarse mal. Bañóse el febril rostro en las arenosas aguas y bebió también para calmar la sed. Después abrió el equipaje para sacaría comida que había tenido el buen acuerdo de llevarse.
Cuando se hubo desayunado, cogió los remos y guió la lancha hacia el centro del río. Estaba decidido a remar hasta que el calor del sol fuese demasiado fuerte, para descansar entonces en algún lugar sombrío de 1a orilla. Poco a poco el ejercicio y la fresca brisa de la mañana, aromada con los mil perfumes de las flores de la tierra baja, iban atenuando los efectos del, alcohol y, con ellos, el malestar. Contempló el ancho río con nuevos ánimos, sintiendo ensancharse su corazón de un modo singular y aprestándose a saborear aquella selvatiquez y la maravilla de la libertad tal como la había soñado siempre.
Salió el sol y Adán sintió en el rostro y en las manos su cálido contacto. El muchacho empezó a sudar y esta reacción le devolvió el bienestar físico. De cuando en cuando veía garzas y otras aves zancudas de color gris, que desconocía. El hechizo del río o del desierto cerníase sobre ellas, silenciosas en la extraña quietud de la región. El silencio cubríalo todo, el agua, los sauces, la tierra y las aves, cual inmensa sábana invisible.
—¡Es el silencio del desierto! —se dijo asombrado.
Al levantar los remos no se oía realmente ruido alguno.
Y este hecho le sobrecogió por su significación, produciéndole, no obstante, una repentina alegría, inusitada en él. La suave brisa llevábalo con su cálido aliento el aroma de las inundadas tierras bajas. El sol, aunque calentaba, le hizo bien, pues el joven amaba el sol tanto como odiaba el frío.
—Tal vez el que Guerd haya insistido en que vengamos al Oeste será para mi bien —soliloquió, resurgiendo en él el optimismo de la juventud—. Como dicen los mejicanos: ¿Quién sabe?
Llevó la lancha a la, orilla y la empujó sobre la arena, para comer y descansar a la sombra de los arbustos que crecían allí. Después de comer se echó a dormir, pero cayó en profundas meditaciones. ¡Su hermano Guerd! Recordó los días de su infancia y sintió muy profunda la herida en su corazón. Aquella unión tan bella y fraternal estaba rota parca siempre. La pérdida era irreparable. Adán sabía que cada hora le separaba más del hermano falso. Hundió el! rostro en, la hierba y, en la soledad del desierto, se asomó al abismo de su alma.
—Quiera luchar... quiero olvidar —murmuró.
A poco pensó en el futuro. ¿Dónde ir? Río abajo había dos lugares, Picacho, un campamento de minas de oro, y Yuma, pequeña ciudad! comercial de la frontera, y acerca de los dos había oído extraños y emocionantes relatos. En aquel momento invadióle el deseo de correr aventuras y la tristeza por la desaparición de su anhelo de llevar una vida útil y próspera. Al fin se durmió.
Al despertar, notó que estaba sudando y que el calor era grande. La altura del sol, que caía oblicuamente sobre los arbustos abajo los cuales se cobijaba, dióle a entender que había dormido muchas horas. Cuando se incorporó advirtió un débil ruido en los cercanos sauces. Aquellos animales invisibles despertaron en el joven interés y precaución. Atravesando las áridas comarcan del Estado de Arizona había oído hablar de indios malos, de hombres blancos criminales y de las fieras y reptiles del desierto. La probable proximidad del peligro le fortaleció para los inevitables encuentros que había de tener en aquellas regiones inhóspitas.
Salió del sombreado cobijo para ver el río y el valle, abrumado de una inmensa, soledad, distinto en cierto modo tras las abreves horas; de reflexión y de sueño. El río parecía más rojo, las montañas estaban veladas de un vaho bermejo, y el cielo y la tierra, bañados en la luz del sol poniente.
El joven se dirigió al río, botó la lancha subiendo a ella de un salto y se puso a remar. Los fuertes golpes de remo, ayudados por la corriente, dieron a la embarcación una gran velocidad. Poco a poco iba desapareciendo el color sonrosado del cielo, las nubes tornáronse grises, y el azul del firmamento aumentó en intensidad y surgió una estrella pálida. Tras el crepúsculo vino la noche con su aire fresco y el muchacho remó con redobladas fuerzas. Una tras otra, primero, y luego rápidamente, iban desapareciendo las estrellas. Adán sintió la emoción del viaje nocturno; barruntaba que en alguna parte le aguardaba algún peligro. Por la noche el río parecía más vasto, más veloz, más sombrío, reinando en torno un silencio sepulcral. La quietud era tan enorme que Adán se impresionó creyendo que no era natural.
Al intensificarse la claridad estelar, destacábase la quebrada en fa montaña, donde el río dejaba la llanura y cambiaba de carácter. Las orillas dejaban de ser bancos de arena de suave pendiente, la margen era cada vez más alta, y tras ella surgían las montañas. Adán se volvía de vez en cuando y, apoyándose sobre los remos inactivos, dejaba la lancha a la deriva para escuchar. En aquellos momentos de inactividad sintió escalofríos era imposible no sentir miedo, mas a pesar del temor a los peligros incógnitos estaba emocionado. En la clara oscuridad de la noche podía ver a varios metros de distancia, pero el peligro que le obsesionaba parecía más bien hallarse en las alejadas sombras, tras los recodos del río. ¡Cuán siniestramente, silencioso, cuán incomprensible era todo aquello! El hallarse solo sobre un río como aquél, tan vasto, tan extraño, bajo la grandiosa, bóveda celeste cuajada de estrellas, le dio una lección incalculable en sus efectos.
Llegó la hora en que un algo invisible pasó como blanca sombra por el firmamento, apagando el brillo de las estrellas y rebajando la intensidad del azul. La límpida pureza del cielo sufrió un cambio y se oscureció rápidamente. Adán saludó con alegría el débil y creciente claror que apareció en el horizonte. Las pálidas estrellas desvaneciéronse. Las montañas destacaban más altas y más claras sus siluetas y a lo largo de la pronunciada línea surgió un débil color rosa, heraldo del astro rey. Aumentó el color en intensidad, difundiéndose al tornarse la grisácea luz del alba rosada y amarilla. Las sombras levantáronse de la cuenca del río y nuevamente fue el día.
—¡Siempre pasé durmiendo esta gran hora! —exclamó el muchacho, que sentíase animado como nunca. Dejó ir la lancha otra vez a la deriva, mientras se desayunaba sin prisa. Al cabo de un rato advirtió en el Sudoeste una columna de humo y, habiendo descansado, lleno de nuevo valor, volvió a manejar los remos con fuerza para llegar rápidamente al campamento.
—¡Picacho! —exclamó, recordando lo que había oído contar acerca de sus minas de oro—. ¿Qué haré?... Trabajaré, sea en lo que fuere.
Llevaba Adán en el cinturón muy bien escondida una suma considerable de dinero, el resto de la fortuna que le dejara su madre, y deseaba hacerla durar el mayor tiempo posible.
No tardó en alcanzar el embarcadero, junto al cual, hundido en el fango, había un vaporcito de ruedas tal como Adán los había visto en el río Ohio. En la proa estaba sentado un hombre viejo con luengas barbas grises y rostro curtido y lleno de arrugas. Estaba pescando con caña. El banco de arena de la orilla subía gradualmente hacia la linde ele profundo verdor, en cuyo centro parecía haber un pradecillo. En él veíase una grácil muchacha mejicana, vestida de negro con una rosa roja en el pecho.
Adán llevó la lancha a tierra, cogió su equipaje y se dirigió hacia el pescador de caña, al que saludó cortésmente preguntándole si aquel lugar era Picacho.
—Buenos días —fue la respuesta—. Sí, éste es el campamento de minas de oro; actualmente parece una colmena por la animación.
—Qué, ¿se pesca algo? —preguntó el joven, mostrando interés.
—Sí, cogí uno anteayer —repuso el anciano, complacido.
—¿De qué clase? —continuó Adán.
—¡Qué me aspen si la sé, pero era bueno de comer! —contestó el pescador de caña, riendo—. ¿De dónde viene usted?
—Del Este.
—Así lo he presumido. Ninguno del Oeste se atrevería a navegar en el Colorado en tiempo de avenidas como ahora. Supongo que llegaría usted al río en Ehrenberg. Bueno, pues ha tenido usted suerte. ¿Viene a buscar oro?
—No. Preferiría trabajar. ¿Encontraré algo aquí?
—Hijo mío, si es usted tan recto como parece, puede obtener un buen empleo. Pero un muchacho tan fuerte podría hacerse rico en las minas de oro, con tal de no beber.
—¿Hay sitio aquí para comer y dormir?
—En el mismo campamento, dos millas cañón arriba, no es fácil hallar acomodo. Pero aquí hay una familia mejicana con la que vivía un forastero que acaba de morir y lo han enterrado hoy. Podría usted ocupar su cuarto. Es una casa de adobe, la primera que se encuentra. Pregúnteselo a Margarita, que está allí; ella le informará.
Adán se dirigió hacia la muchacha y, cuando llegó a su lado, echó al suelo su equipaje.
—Buenos días, señor. —La suave y clara voz de la mejicana armonizaba con su cara morena llena de picardía, enmarcada por un pelo tan negro como el azabache e iluminada por dos ojos grandes y negros como la noche.
Adán no hablaba español con la fluidez de los mejicanos, pero se hacía entender. Correspondió al saludo de la joven, pero vaciló en preguntar lo que deseaba. Sintióse un poco aturdido ante aquellos ojazos negros, pues le recordaban otros que deseaba olvidar. Sin embargo, experimentó un estremecimiento de placer ante el bello rostro de la niña, que le sonreía. Las mujeres sonreían siempre a Adán. Margarita, muchacha de unos diecisiete años, hacíalo con los ojos entornados, que resultaban más provocativos aún, volviéndose un poco de lado con gracioso movimiento. La vacilación de Adán fue consecuencia de su repentina emoción ante la proximidad de algo muy femenino y atrayente... de algo que antes le había causado una herida. Pero la emoción pasó pronto. Acababa de cruzar osadamente el umbral de una vida nueva y libre.
II


A la pregunta del joven contestó Margarita con un tímido Sí, señor y la misma sutil sonrisa que tanto le emocionara. Después, Adán cogió su equipaje y la siguió.
La muchacha le condujo por un sendero que corría entre sauces y mezquites y que desembocaba en una plaza en la que había varias casas de adobe.
Margarita se detuvo en la primera y llamó a su madre. Ésta parecía muy indolente, descuidando sobre todo su indumentaria. Saludó a Adán en inglés, mas cuando el joven empezó trabajosamente a practicar con ella sus conocimientos de español, su rostro iluminóse con una sonrisa tan franca que la hacía muy simpática. El cuartito al que llevó a Adán era oscuro, poco ventilado, sin la menor condición higiénica. Adán así lo dijo. La mujer protestó con elocuencia, Margarita expresó su decepción con una rápida mirada. Entonces le llevaron afuera, hacia un grupo de mezquites de ramas bajas, entre los que había una casita de adobe que sólo constaba de dos habitaciones, una llena de trastos viejos y madera, y la otra, vacía, con una galería que daba sobre el río. El suelo era de arena blanquísima, y Adán aceptó sin vacilar el precio exigido por ella, con satisfacción de la señora y alegría de Margarita. Adán miraba a ésta con cierta desconfianza, aunque en el fondo se sentía halagado por la simpatía que parecía inspirar a la hermosa muchacha. Era Adán un extraño en país extraño, con el corazón dolorido y ávido de afecto. Mientras abría su equipaje y sacaba el contenido las dos mujeres trajeron un banco largo y bajo, un cubo con agua y una palangana, todo el mobiliario de la habitación. Le dijeron que comería en familia y que lo cuidarían muy bien. Al marcharse, el pelo de Margarita se enganchó de una de las ramas bajas de los mezquites; el joven la alcanzó de un salto y la ayudó a soltarse. Margarita corrió después tras de su madre.
—¡Qué ojos! —exclamó Adán. De pronto recordó a su hermano Guerd y dijo:
—Me alegro de que no esté aquí.
Margarita fue causa de este pensamiento. Guerd era un endiablado tenorio, irresistible para las mujeres. Adán se dedicó de nuevo a su tarea, apagado un poco su primer entusiasmo.
Colgó su escasa indumentaria en la pared, hizo su lecho de mantas sobre la suave y blanca arena y luego inspeccionó su nuevo hogar con singular placer.
Después salió, encontrando al viejo pescador de caña sentado en el mismo sitio. El joven subió a bordo y acerc6se a él.
—¿Qué? ¿Ha picado alguno? —preguntó.
—Creo haber notado algo ahora mismo —repuso el pescador.
Era éste un hombre de unos cincuenta años, delgado, casi seco, de rostro atezado y lleno de arrugas y barba gris.
—¿Quiere fumar? —dijo Adán, ofreciéndole uno de sus cigarros puros.
—¡Válgame Dios! —exclamó el viejo con ojos brillantes—. ¡Hace un siglo que no he fumado, un puro!... joven, es usted muy simpático. ¿Cómo se llama?
Adán le dijo su nombre y le contó que venía del Este y que había sido hasta entonces un novato.
Yo me llamo Merryvale —repuso el otro—. Vine aquí, al Oeste, hace cosa de veintiocho años, cuando tenía más o menos las suyos. Usted tendrá unos veinte, ¿verdad?
—No. Sólo tengo dieciocho... Entonces habrá usted conocido aquellos tiempos del cuarenta y nueve...
—Sí, aunque vine unos años más tarde, aún vi la locura del oro.
—Y... ¿ha descubierto usted alguna mina de oro? —preguntó Adán ávidamente.
—Hijo mío, he sido buscador de oro durante veinte años. He hecho y he perdido más de una fortuna. ¡La bebida, el juego y las mujeres se lo llevaron todo!... Y ahora soy un pobre viejo que sólo sirve para vigilante nocturno en un lugar como Picacho.
—¡Cuánto lo siento! —dijo Adán con sinceridad—. Apuesto a que ha visto usted grandes cosas de aquel tiempo maravilloso. ¿Quiere contarme algo? Estoy un poco desconcertado acerca de todo lo que se relaciona con los buscadores de oro.
Merryvale asintió con simpatía. Estudió después a Adán con ojos penetrantes y astutos, a pesar de toda su bondad. Entonces el joven le contó con franqueza el porqué de su venida al Oeste y sus planes. Merryvale escuchó atentamente, moviendo de vez en cuando la cabeza.
—Hijo mío, me disgusta ver venir jóvenes como usted a estos campamentos, de minas —dijo después.
—¿Por qué? Yo sé valerme por mí mismo y me gustan las tareas que exigen toda la virilidad de un hombre. Llegaré a encariñarme con estas regiones desiertas.
—Bien, hijo mío, no debería desanimarle —contestó Merryvale—. Y tampoco está bien que crea que porque yo me perdí y porque he visto tantos jóvenes perderse, le va a pasar a usted lo mismo... pero el caso es que si estos campamentos mineros son lugares tremendos para los hombres avezadas, ¿qué no serán para un joven inexperto como usted?
Y a continuación empezó a hablar como un hombre cuyos recuerdos son todo un tesoro de historia y de aventuras. El año 1864 se descubrió el oro en Picacho, y en 1872 se erigió la fábrica cerca del río, trayéndose el mineral de oro de las minas, varias millas cañón arriba, por medio del ferrocarril de vía estrecha. La maquinaria y todo lo necesario para tan importante empresa, junto con todas las provisiones, procedían de San Francisco de California, desde donde los vapores, dando la vuelta por la península, entraban en el golfo de California. En la desembocadura del Colorado, vapores más pequeños hacíanse cargo de las mercancías y las llevaban a Picacho, a Yuma y hasta a Ehrenberg. En caravana de carromatos, proseguían después al interior. En aquella época, 1878, la mina de Picacho daba buen rendimiento y trabajaban en ella unos quinientos o seiscientos hombres. El campamento estaba siempre lleno de aventureros, jugadores y algunas mujeres malas cuya capacidad para crear disturbios estaba en razón inversa de su número.
—Aquí abajo, en el embarcadero y en la fábrica, suele haber siempre tranquilidad —continuó Merryvale—. No hay muchos hombres, y los salones de juego están todos en el campamento, en donde se reúne la gente todas las noches. Como éste de aquí, conozco todos los campamentos de minas de oro de California, y nunca he visto que el oro extraído beneficie a ningún minero... De modo que, hijo mío, permítame aconsejarle que beba poco, juegue menos y se mantenga alejado de las mujeres.
—Merryvale —repuso Adán—, creo que soy más novato aún de lo que aparento. Seguramente no me creerá si le digo que no he bebido hasta que hace pocos meses me encaminé al Oeste. No me sienta bien, me mareo con facilidad.
—Hijo mío, es usted un joven fuerte, de buen aspecto, y ninguna mujer dejará de mirarle —observó Merryvale—. En este país, las mujeres son causa de la mayor parte de los sinsabores. Por más que, bien mirado, en todas partes pasa lo mismo. Pero aquí, donde los hombres son fuertes y fieros y hay pocas mujeres, la lucha se encona y corre muchas, veces la sangre.
—En mis tribulaciones, poco tienen que ver las mujeres —repuso Adán—. Recientemente tuve un asunto un tanto serio, pero... lo corté antes de que llegara la cosa más adelante.
—¡Válgame Dios! Será usted un cordero entre lobos, Adán —exclamó Merryvale—. Voy a decirle cómo andan las cosas aquí para los hombres nobles y honrados, aunque sea una vergüenza tener que confesarlo. Todo hombre que quiere prosperar en el Oeste, y mucho más en el desierto, tiene que adaptarse a las normas que rigen aquí. Ha de trabajar, ha de resistirlo todo, tiene que luchar con los hombres y saber tratar a las mujeres por lo que aquí son. No diré que sean normas muy recomendables, pero, siguiéndolas, los hombres han logrado sobrevivir en un país duro en tiempos difíciles.
—La supervivencia del más apto —murmuró el joven.
—Usted lo ha dicho hijo mío. Ésa es la ley del desierto, para los humanos y para todo. Nunca se sabe lo que puede dar de sí un hambre hasta que se le pone a prueba. Entre mil, sólo uno puede resistir esta vida. Eso depende, en primer lugar, de su inteligencia, y en segundo, de su fortaleza física. Pero volviendo a Picacho, no temería par usted si supiese afrontarla como es debido.
—¿Cómo?
—¡Ojalá pudiera decirlo exactamente, hijo mío! —repuso Merryvale con gran seriedad—. ¿No podría usted volverse antes de seguir adelante?
—No. Aquí continuaré, a pesar de todo. Allá, en mi casa, he tenido mis esperanzas, mis sueños, pero aquello acabó para siempre. No tengo más pariente que mi hermano, con el que no... congenio. No era mi deseo venir al Oeste; pero una vez aquí, me parece ser como un pájaro a quien han abierto la jaula. Este grande y terrible desierto será mi salvación... o me perderá.
—Bien, bien, hijo mío, tiene usted carácter —observó el viejo—. En otro tiempo acaso mis consejos podrían ser sospechosos, pero ahora que soy ya viejo, puede usted confiar en mí. —Hizo una pausa respirando hondo, como si lo que fuera a decir expresase en cierto modo la fe en sí mismo y su buena voluntad hacia un extraño—: Sea usted un hombre como corresponde a su cuerpo. No huya del trabajo, ni de la diversión, ni de la lucha. Coma, beba y diviértase, pero no viva sólo para eso. Ayude a los demás, sea generoso con el oro que gane. Ponga a un lado la tercera parte de sus ganancias para jugar y procure perderlo. No se emborrache nunca. No le será posible alejarse de las mujeres, malas o buenas, y el único procedimiento con ellas es ser noble, bondadoso y justo.
—Noble... bondadoso..., justo —musitó Adán.
—Eso es. Y ahora que me acuerdo... necesito cordón nuevo para mi caña de pescar —dijo Merryvale levantándose—. Iremos juntas al almacén y después le llevaré a la fábrica.
Al pasar por la casita de adobe donde había tomado alojamiento, Adán preguntó a su compañero el nombre de la familia.
—Arellano... Juan Arellano vive ahí —repuso Merryvale—. El mejor de los mejicanos que he conocido. Es el capataz de los mejicanos empleados en la fábrica. Su mujer es buena también..., pero esa loca de Margarita.
Merryvale movió su cana cabeza, pero no terminó la frase. La insinuación despertó la curiosidad de Adán. Poco después Merryvale llamó su atención sobre un grupo de cabañas y casuchas y una casa de piedra que sobresalía de entre las demás. En los lugares sombreados jugueteaban chiquillos rubios y morenos en fa arena. Hombres ociosos formaban grupos junta a la casa de piedra, que era el almacén. Al entrar en él sorprendióle a Adán verlo tan bien surtido de toda clase de mercancías, hasta que recordó lo que Merryvale le había contado sobre los transportes desde San Francisco. Más tarde, su compañero le llevó al enorme edificio de piedra y hierro que el joven había visto desde el río. Al aproximarse advirtió el ruido del escape de vapor, el estruendo de la pesada maquinaria y un sonido que debía de ser el del movimiento y el crujido del mineral, mezclado con el del agua.
Merryvale encontró pronto al encargado, un hombre de mediana estatura, de anchos hombros, rostro sin afeitar y ojos duros. Llevaba una camisa de franela roja, mojada de sudor; un revólver al cinto, pantalones de cuero que escondíanse en botas altas hasta la rodilla. Era todo un rudo minero.
—Mac, chóquela con este joven amigo mío —dijo Merryvale—. Está buscando empleo.
Bien venido —replicó el otro alargando la manaza y examinando rápidamente al forastero—. ¿Sabe usted de cuentas?
—Sí —contestó Adán—, pero yo quiero, trabajar.
—Muy bien. Me ayudará en la oficina y, además, le daré trabajo afuera. Venga mañana... —y después de pronunciar tan sencilla promesa, se alejó apresuradamente.
—Este Mac no se toma ni tiempo para comer —explicó Merryvale.
A Adán le dio risa lo ocurrido. Había sido recomendado por un hombre que no le conocía a otro cuyo nombre ignoraba, el cual tampoco 1e había preguntado el suyo, y ni siquiera se había hablado de sueldo. Le gustó aquella sencillez. Allí el hombre era lo que aparentaba.
Merryvale se marchó también a sus asuntos dejando a Adán solo, contemplando el maravilloso panorama que el río Colorado ofrecía desde aquella elevación. Mas, de pronto, al recordar a Margarita se disgustó, no porque le molestara que la hermosa joven se hubiese fijado en él, sino porque sentía vagamente que no le convenía una emoción profunda si deseaba prepararse para la vida agreste de aquel desierto.
—Lo que une pasa es que, como estoy ocioso, pienso demasiado —se dijo.
El joven anhelaba la acción; necesitaba trabajar, cazar, explorar, hasta cavar para hallar oro, si fuese preciso, todo lo que implicase frecuente mutación de escenario y actividad muscular... Estas cosas que tanto necesitaba su cuerpo, pedíaselas ahora también el alma.
III


EL capataz Arellano causó excelente impresión en Adán y se sintió atraído hacia él por una gran simpatía. Después de cenar, Arellano le invitó a ir al campamento y al oírlo Margarita expresó su deseo de que la llevasen a ella. Arellano se echó a reír, y habló con tal locuacidad que el joven no pudo entenderle. Comprendió, sin embargo,; que un tren minero vacío iba a salir para el campamento y que no regresaría hasta la mañana siguiente. También advirtió que la muchacha no se avenía con Arellano, el cual sólo era su padrastro. Parecían estar a punto de reñir, mas la madre intervino con su voz suave y simpática, y el hombre se aplacó como por encanto, aunque la muchacha seguía furiosa. ¡Con qué rapidez habían palidecido! En sus ojos negros ardía una peligrosa llama. Cuando dirigió la mirada a Adán sufrió éste una emoción nueva.
—Y el gracioso señor, ¿no querrá llevar a Margarita al baile? —tradujo Adán las miradas y elocuentes palabras de la joven.
Él comprendió que, con su azoramiento y vacilación, estaba haciendo un mal papel ante Margarita. Vio la rara belleza de sus grandes ojos negros y luminosos, ni velados ni tímidos ahora, sino muy abiertos, osados, fulgurantes, como si el asunto fuera de gran importancia para ella. Arellano, puso la mano en el brazo de Adán.
—No, señor —dijo—. Otro día llevará usted a Margarita.
—Con... con mucho gusto —balbuceó Adán.
Los labios bermejos de la joven frunciéronse en un rictus de despecho y, con una mirada maravillosa de fuego y pasión, se marchó.
Arellano llevó a Adán hacia la calle, sin soltarle.
—Muchacho —dijo hablando en inglés—, esa chica... no es de mi sangre. Es una gata montesa..., mucha sangre india... siempre hecha una pólvora.
Nunca como en aquellos últimos momentos se dio cuenta Adán de su excesiva juventud. La sola posibilidad de que él pudiera ir al baile con una mujer como Margarita le dejó sin aliento.
—Es usted muy alto, pero joven... como un potro —continuó el mejicano—. Es usted «tierno de pies»1, como dicen los jugadores..., pero, seguramente, pronto los tendrá callosos en Picacho.
—Bien, amigo Arellano, deseo que eso suceda cuanto antes, porque buena falta me está haciendo —declaró Adán, hallando cierto alivio en su afirmación.
Subieron al terraplén donde estaba el tren minero, en el que había ya obreros en todos los vagones. Tras breve espera, que le pareció a Adán eterna, el tren se puso en marcha. El! cañón por donde corría la vía era muy tortuoso. El joven vio bastantes túneles perforando la roca bermeja, y a lo largo de la roía, aquí y allá, agujeros en las paredes. Arellano le explico que se trataba de trabajos de los buscadores de oro. Al cabo de cinco millas, el tren se detuvo y los obreros empezaron a gritar alegremente.
El! mejicano llevó a su joven amigo por un sendero largo, estrecho y muy pino, y los demás siguieron en fila india. Cuando llegaron otra vez a un lugar llano, Arellano gritó:
—¡Picacho!
Seguramente no se refería a la altiplanicie, con sus míseras chozas y cabañas y los bajos edificios de adobes, sino a la montaña que dominaba la llanura y que por sus altos picos, llevaba el nombre de Picacho.
Adán dirigió la mirada al Oeste, a la puesta del sol. La montaña, destacándose de un modo soberbio sobre las colinas y lomas que la circundaban, formaba una masa oscura enmarcada por la aureola de la luz solar. Desde la alta cumbre, de fragoso aspecto, salía un haz de áureos rayos a través de una quebrada en la cima. Con el sol oculto, excepto por aquella abertura, había, sin embargo, un maravilloso efecto de puesta de sol. Un vaho bermejo con matices azules llenaba los cañones y el espacio. El Picacho aparecía grandioso en aquel: aspecto, elevándose hacia el cielo con un nimbo dorado, altísimo, inaccesible, enorme roca maciza tallada por los siglos.
Arellano se rió de Adán y continuó su camino, Los mejicanos, al, pasar junto a éste, hablaban en voz baja, y algunos de los blancos dirigíanle bromas al verle contemplar absorto el panorama. Un irlandés pequeño se le quedó mirando con la boca abierta y dijo después a su camarada:
—¡Caracoles! irse está viendo un mosquito en la cumbre del Picacho!... ¿Qué diablos le pasa, joven amigo? Venga con nosotros a echar un trago.
Pasó la multitud y se quedó solo Arellano, entreteniéndose en liar un cigarrillo.
Adán no estaba preparado para aquel grandioso espectáculo de la Naturaleza. Sentíase como ratoncillo circundado de colosales e innumerables fragmentos de rocas revueltas, quebradas, fragosas, con agudas aristas, destacándose en la vivísima luz del sol poniente. La altiplanicie era un desierto de quebradas líneas limitado por un semicírculo de lomas. Las colinas de la izquierda tenían cimas de color bermejo y perdíanse en una región de mil picos. Las lomas de la derecha eran de púrpura pura, fría, sin destellos cálidos, y terminaban en vaga lontananza. Entre las lomas de ambos lados, a gran distancia del río Colorado, erguíase, plenamente visible ahora, la montaña que Adán había vislumbrado desde abajo. Podía contemplar su maravillosa inmensidad agrandada más aún por la transparencia del ambiente; su ilimitado horizonte parecióle una ilusión, e increíbles sus vagas distancias purpúreas. Claramente percibía los cañones con su vaho de color aberenjenado; las rocas desnudas de la montaña revelaban la árida naturaleza del, desierto. Sobre toda la vasta región cerníase la terrible aridez de un mundo muerto, bello e imponente, con sus matices de rosa y topacio, que eran sólo una burla para el enamorado de la vida.
Sobre el hombro de Adán cayó una mano.
—Vamos, amigo; vamos a ver el juego y las mujeres —le dijo Arellano.
Llevó a Adán al edificio grande, pero pobremente construido y por dentro mal alumbrado, lleno de humo y de ruido. La atracción del local consistía sin duda en un bar rudimentario, varias mesas de juego y algunas mujeres de aspecto equívoco que bebían con algunos hombres. De una habitación contigua salía una música discordante. Aunque decepcionado, en cierto modo, la escena le interesó bastante a Adán, porque era la primera vez que veía un salón de juego, el infierno de las selváticas: fronteras del Oeste.
Resultó que a Arellano le gustaba beber y reír, charlar un rato y hacer de vez en cuando algunas jugadas atrevidas en las mesas de juego. Adán rehusó seguirle por aquel terreno y se negó a beber todas las veces que pudo. Ambuló por el salón, viendo que todo el mundo se mostraba alegre y complacido. El joven se esforzó en no fijarse en ninguna de las mujeres, pero todas ellas le miraban. La habitación de donde salía la música era un lugar cubierto tan sólo por una gran lona; el suelo era de madera y se bailaba sobre él.
Yendo de un lado a otro, volvió Adán finalmente a las mesas de juego, y estuvo absorto en una de ellas contemplando una partida de poker que, según le explicó otro mirón, parecía no tener fin. Después el joven continuó dando vueltas sin objeto alguno y, a poco, advirtió una riña entre algunos mejicanos. Muy sorprendido, se dio cuenta de que se trataba de Arellano. Todos estaban un poco ebrios y hablaban y gesticulaban alocadamente. De pronto, uno de ellos sacó una navaja y se precipitó sobre Arellano. Adán vio el movimiento y la hoja rutilante antes de poder fijarse en el hombre. El grupo se quedó silencioso ante la navaja abierta.
Como una centella saltó Adán sobre el atacante y le asió por la muñeca derecha con tal fuerza que el hombre dio un grito estentóreo. Con rápida sacudida, hizo que el mejicano perdiera el equilibrio, y entonces, reuniendo todas sus fuerzas, le volteó por el aire, haciendo caer a algunos de los circundantes, y soltándolo después. El mejicano fue por encima de las mesas a caer junto a la pared, incapaz de levantarse a causa del aturdimiento. Arellano y sus amigos felicitaron a Adán por su hazaña.
—Ahora sí que somos amigos de verdad. Hemos de celebrar esto con una copa —dijo Arellano.
Aunque nadie lo sospechara, Adán necesitaba realmente confortarse, por lo que aceptó el ofrecimiento.
—El señor es sólo un muchacho, pero ¡vaya un brazo que tiene! —dijo Arellano tocándole los bíceps con mano nerviosa—. Cuando el señor sea hombre, será un gigante invencible.
Vencido el miedo con el efecto del licor, Adán tuvo la sensación de que acaba de hacer una tontería. Bebió otra copa. Sus sensaciones empezaron a cambiar y, con ellas, el aspecto de todas las cosas presentes.
Yendo solo, no hubiera podido hallar la estrecha senda por la que se bajaba al cañón, más Arellano le guió. Caminar por el suelo arenoso se hacía muy difícil, y el joven comenzó a sudar. Poco tardaron en disiparse los efectos del fuerte licor. Le entró curiosidad por saber la causa de la disputa y se lo preguntó a Arellano. Éste le dijo que se había visto obligado aquel día a despedir a su compatriota.
—Perseguía a Margarita —añadió el mejicano— y le eché de casa, ¡Las mujeres!... A ellas nada les importa lo que sea un hombre... ¡Tenga usted cuidado con Margarita! Esa chica tiene más amoríos que semanas el año.
Durante el resto del largo camino los dos hombres guardaron silencio, y el joven sólo advirtió su gran cansancio cuando llegó a casa y se acostó. A través de la ventana veía las siluetas de los mezquites y una estrella solitaria. Al principio, la noche le pareció absolutamente silenciosa, mas al cabo, después de aguzar el oído, percibió ruido de ratones o de ardillas en la pared de adobe. El ruido le confortó, en cierto modo, y cuando uno de los animalitos deslizóse sobre la manta por su pecho, perdió la sensación de absoluta soledad.
—Ya he empezado a vivirla —murmuró, refiriéndose a la solitaria vida a que se creía destinado.
La quietud, las tinieblas y la soledad despertaron en él profundas reflexiones. Lo que le alarmaba era advertir los rápidos cambios que se operaban en él. Si mudaba de parecer a cada momento, estando tan pronto mustio y cabizbajo a causa de los recuerdos que no lograba desterrar, como extrañamente exaltado por las bellezas de una región selvática y desierta, o por una puesta de sol, y después vacilante en sus decisiones a causa de unas ojazos negros, o arremetiendo furiosamente contra un mejicano... Si se dejaba llevar así de sus impulsos, era seguro que le esperaba un porvenir poco alentador.
Mas, ¿era posible ser de otro modo? Al dirigirse la pregunta le pareció como si sus instintos más nobles, las esperanzas y los sueños que no querían desvanecerse en él, entrasen en contienda con nueva fuerza, y experimentó un algo salvaje que nunca había sentido, una extraña emoción ignorada hasta entonces.
—¡Sí, sí, me alegro! —exclamó, como si quisiera confiar su secreto a la noche—. ¡Me alegro de haberme separado de Guerd! ¡Maldito sea él y su ruindad...! ¡Estoy contento de hallarme solo, de haber venido a este desierto; contento de que esa chica me mire con ojos de enamorada! ¡Quisiera abrazarla, besar, y vive Dios que lo haré en cuanto se presente la ocasión!... Ese salón del infierno me disgustó, y el! brillo de la navaja del mejicano me dejó frío de miedo. Pero cuando le tuve cogido, cuando sentí mi fuerza, su debilidad..., cuando advertí que podía romperle los huesos, asustado y todo, surgió en mí algo extraño, una furia desconocida que aún me dura... Estoy cambiando. Ésta es una vida distinta y es preciso tomar las cosas como vengan, y tomarlas de frente.
A la mañana siguiente Adán fue a ocupar su nuevo empleo, descubriendo que consistía en copiar en limpio las anotaciones en lápiz de Mac Kay, y después llevar cuenta exacta de las manipulaciones del mineral aurífero.
Pasaron varios días hasta que el joven pudo poner al corriente aquel trabajo. Entonces Mac Kay, fiel a su palabra, dijo que le daría entre horas el! trabajo de un hombre. La tarea que Mac Kay encomendó a Adán fue nada menos que mantener el fuego bajo las enormes calderas.
Como combustible empleábase la leña y, consumiéndose ésta rápidamente, el! trabajo de alimentar el fuego no era fácil. Además, si el horno despedía calor, el sol quemaba todavía más. Adán sudó hasta que pudo exprimir su camisa de tan calada como se puso.
La misma noche se convenció de que Mac Kay estaba gastándole una broma. Arellano así se lo confesó, y también Margarita estaba en el secreto. Mac Kay disponía de muchos obreros para labor tan dura pero quería curar al novato de su manía de ocupar los puestos de los hombres como le había pedido. La broma era de buena ley y divertía a Adán, el cual se propuso demostrar que no cedía ante las dificultades.
Con gran sorpresa de Mac Kay, presentóse el joven a la tarde siguiente para continuar haciendo de fogonero.
—Pero... ¿no le bastó con lo de ayer? —preguntó.
—Tengo resistencia para más.
Muy complacido, advirtió el joven en la expresión del encargado una muestra palpable del respeto que le infundía su resolución. En una semana tuvo Adán al día sus trabajos de la oficina, y se dedicaba todas las tardes a la caldera. Nadie sospechó que sufría, aunque todos vieron que iba perdiendo carnes y que estaba muy fatigado. Por otra parte, sabíale a gloria la dulce recepción que Margarita le hacía todas las noches, aunque el joven procuraba rechazar tales demostraciones. Una vez puso su manita sobre el brazo quemado de Adán y éste se estremeció al suave contacto. Se dijo que todas las mujeres eran tiernas con los hombres que podían realizar grandes cosas, y que cuanto más grande era la hazaña o la lucha, más amaban al hombre que la llevaba a cabo.
A la mañana siguiente Mac Kay puso a Adán en un sitio de trabajo forzado con el mineral, lugar que antes ocupaba un hombre verdaderamente hercúleo. Mantenía Mac Kay su buen humor, pero en su fuero interno estaba molesto, porque aquel bisoño de piernas largas era para él urna nuez muy dura de cascar. El padre de Adán había sido un hambre de gran estatura y enorme fuerza, y el muchacho había oído decir muchas veces que, probablemente, llegaría a parecerse a su progenitor. Aún, estaba muy lejos de ello, pero, por lo pronto, aceptaba el puesto de un hombre y se mantenía en él. Si la tarea anterior había sido ardua, ésta era penosa y dura. Aprendió a conocer lo que significaba trabajar, y también supo que sólo había una cosa respetable para el hombre común: la voluntad y la fuerza para resistir. Adán tenía dieciocho años y estaba muy lejos de haber alcanzado el completo desarrollo. Este hecho, que debía ser evidente para sus compañeros, no era, sin embargo, tenido en cuenta.
Así transcurrieron varias semanas. Mac Kay, a medida que aumentaba su admiración y amistad por Adán, distanciábase gradualmente de la broma, y un día en que fanfarronamente le retó a tumbar una vagoneta de mineral con la que forcejeaban en vano dos mejicanos y Adán la tumbó con un solo esfuerzo de sus poderosos brazos, haciendo caer las toneladas del mineral en el túnel de fundición, Mac Kay se declaró vencido y estrechó la mano del muchacho.
De este modo se hizo Adán en poco tiempo con buenos amigos que cambiaron el color y la dirección de su vida. Merryvale le enseñó la historia y las leyendas de la frontera. Mac Kay abrióle los ojos acerca del valor del trabajo para la salud del alma y del cuerpo. Arellano representaba el calor de la amistad espontánea demostrando lo que podía estar oculto en todos los hombres. Margarita seguía siendo una incógnita en el desarrollo moral de Adán. Sus relaciones desenvolvíanse casi siempre a la vista de la mujer de Arellano o de éste mismo. Algunas tardes, a la hora de la puesta del sol, los dos se sentaban en la arena de la orilla del río. El encanto de ella aumentaba más cada día. De pronto, acaeció lo inesperado. La maquinaria de la fábrica se detuvo porque se rompió una pieza pequeña, pero imprescindible, y era preciso esperar que llegase otra de San Francisco.
Adán volvió, pues, a depender de sus propios recursos. No sabía qué hacer. Arellano le aconsejó que fuese a lavar oro, y que tuviese precaución cuando subiese a Picacho, porque el mejicano a quien tan rudamente había tratado, era cabecilla de una banda con la que sería preferible no tropezarse. Así, parecía que todas las cosas conspiraban para forzar a Adán a la compañía de Margarita, la cual a todas horas le esperaba, mirándole, con sus ojos aterciopelados.
IV


A1 transcurrir así, lenta y pausadamente, los días, a semejanza del maravilloso río que dominaba aquel valle del desierto, sucedió de pronto que el joven soñador se despertó, dándose cuenta del peligro que significaba para él aquella muchacha de ojos misteriosos y suaves.
Comprendiólo una tarde, a fa puesta del sol, cuando paseaba con ella por la orilla del río, admirando las policromas bellezas del desierto y de sus montes. Adán, atraído más que nunca por la simpática joven, trataba de explicarle algo, de sus pesares, de lo muy solo que se consideraba en el mundo.
Entonces llegó el despertar. No hablaba ello muy en favor de Margarita, pero revelaba que era una criatura de corazón. Hallarse de pronto envuelto en la llama devastadora de un estrecho abrazo de aquella naturaleza ardiente, fue al mismo tiempo para Adán una revelación y una catástrofe. Invadióle una sensación extraña, advirtió que se le aceleraba el pulso y cuando, a su vez, abrazó a Margarita, mostró algo más que la fugaz llamarada de una pasión juvenil; ardióle el rostro y de sus ojos brotaron cálidas lágrimas. Sintió un agudo anhelo de algo desconocido, un agradecimiento que sólo se expresaba en la violencia de su abrazo, una influencia más profunda y de mayor alcance que lo representado por aquel momento.
Adán separó a Margarita un poco y, sosteniéndola, la contempló con mirada ávida. El rostro de ella expresaba dulzura, sus ojos brillaban, negros y profundos como la noche, con una luz que jamás el joven había visto en otras mujeres.
—Margarita..., ¿me quieres? —preguntó, y aunque su voz era la de un muchacho, su aspecto revelaba al hombre.
—¡Oh..., sí! —murmuró Margarita.
—¡Margarita! —exclamó Adán con forzada risa—, yo... debo de quererte también, porque siento..., no sé lo que siento.
Inclinóse sobre ella poniendo la boca en sus labios, y aquellos ardientes besos, los primeros que recibiera de una mujer, le revelaron el peligro. Soltó a la muchacha por un deber de consideración que ella no supo comprender; y en el suave reproche de sus ojos, en la pequeña mano que no quiso soltar la suya, ocultábase otra amenaza para los principios del joven.
Adán, mostrándose alegre, trató con mucho tacto de hallar el modo de resistir a la tentación.
—¡Qué nos pueden ver! —dijo.
—¿Qué importa?
—Pero, niña, hemos de... hemos de reflexionar.
—La mujer no reflexiona cuando tiene el amor en el corazón y en los labios.
La respuesta le parecía a Adán un reproche, porque advirtió en ella la verdad de fa vida, más que la de aquella muchacha que obedecía al impulso de fuerzas desconocidas e indomables. No era el peligro del amor que le ofrecía lo que retuvo al joven, sino el darse vagamente cuenta de que su alma se hallaba dispuesta a ir hacia ella.
De pronto, Margarita cambió de humor. Parecíase a las gatas que, tras ser acariciadas por una mano suave, se enfurecen de pronto por la menor contrariedad.
—¿Cree el señor que me quiere? —preguntó con voz aguada, poniéndose pálida.
—Sí..., así lo he dicho, Margarita. La quiero —apresuróse a afirmar Adán.
—Tal vez... no sea más que una vil mentira.
Acaso Adán se hubiera enojado por aquella insultante insinuación si no hubiese estado seguro de sí mismo. ¡Qué diablillo parecía la muchacha con aquellos ojos centelleantes! Quizá no era mujer a la que él debiera hacer el amor, pero ya era tarde. Por otra parte, no le pesaba; sólo se hallaba aturdido y deseaba reflexionar.
—Si el señor se burla de mí ..., Margarita le arrancará el corazón.
—Margarita, yo no me burlo —replicó Adán muy serio, aunque interiormente emocionado ante la ardiente pasión de una mujer ajena a su raza—. Dios sabe que me alegro de... de su amor. ¿Cómo he podido ofenderla? ¿Qué quiere de mí?
—Jure que me quiere —exigió ella imperiosamente. Adán respondió a esto con la arrogancia salvaje que le caracterizaba cada vez más; y la risa y el atrevimiento de sus labios ocultaron sus verdaderos sentimientos. No se consideraba como barro moldeable. Bajo su suavidad había un pedernal del que brotaban chispas al choque de la pasión de Margarita.
Después de mostrarse provocativa y seductora, después de revelarse furiosa como una reina salvaje, Margarita volvió a cambiar, aparentando orgullo y frialdad, como una mujer ultrajada que es preciso volver a conquistar a fuerza de tiernas palabras. Si en la última parte de su paseo la joven dio prueba de otra súbita transformación, Adán hizo como si no lo advirtiera. Al llegar a la puerta de la casa, donde estaba sentada la madre de ella, Adán dejó a Margarita allí y se marchó otra vez a la orilla del río. Cuando se sintió libre y seguro, dio un gran respiro de alivio.
—¡Ya está! ¡Me he atrevido!... ¿De modo que arrancarme el corazón?... ¡Y he tenido que jurar que la quiero!... ¡Vaya con la fierecilla!... Pero, no, no; es una mujer asombrosa, adorable a pesar de sus uñas de felino. ¿Qué diría Guerd de una mujer así...? La cosa se complica. Heme aquí un muchacho de dieciocho años que creyó tener buenos principios, y ahora soy el amante de una morena que vale un Potosí. ¡Parece increíble!
El joven se paseó durante varias horas por la orilla del río, ensimismado en profunda introspección, atento, sin embargo, a la noche, a las estrellas, a los montes circundantes y al silencioso y rutilante río.
Al acostumbrarse a la soledad y a las tinieblas, despertóse en él! un vago sentimiento de afinidad con la Naturaleza. Acaso le faltaría el éxito, tal vez los hombres le hicieran traición, pero las silenciosas y solitarias noches y el firmamento con sus estrellas, serían siempre sus maestros, como lo fueron de los hombres sabios de los desiertos de Arabia.
Por último se despertó reflexionando sobre su nueva situación y se fue a acostar, esperando olvidar en el sueño la complejidad de las circunstancias y de sus encontradas emociones. Mas no podía desterrar el recuerdo de los cálidos besos. Adán vio a Margarita como era: una hija sencilla del desierto, respondiendo, como los indios, a sus impulsos salvajes, absolutamente inconsciente de haber faltado al decoro femenino. ¿Era mala o buena? ¿Cómo podía ser mala si no conocía otra moral que la del desierto? Así Adán reflexionó, conjeturó, maldijo su ignorancia y lamentó su debilidad, diciéndose, sin embargo, siempre, que quería a Margarita y que se sentía atraído hacia ella. La única conclusión a que llegó en su perplejidad fue que, por deber para con Margarita, era preciso vivir de acuerdo con sus propios buenos principios.
A la mañana siguiente, como todas las mañanas, Adán se despertó con renovadas fuerzas, muy animado y lleno de dulces esperanzas. Un nuevo día era para él una emoción. La maravillosa sequedad del aire, los colores que daban a la tierra el aspecto de un país encantador, eran en sí suficientes motivos para que la vida le pareciese digna de vivirse. Por las mañanas siempre se sentía Adán un poco niño.
El arrepentimiento de Margarita por su caprichoso humor del día anterior se tradujo en una acción práctica la preparación de un desayuno extraordinariamente bueno para Adán. Éste tenía siempre apetito y las buenas comidas eran poco frecuentes. Le encantaron las atenciones de la joven y la animó con palabras cariñosas, aunque no lo hizo delante de la madre ni de Arellano, pues la aprobación de la primera era muy sospechosa, y el segundo desaprobaba sus relaciones con Margarita demasiado misteriosamente.
Cuando pocas horas después llegó el vaporcito, Adán se halló entre los que esperaban en el desembarcadero. Encontró a Mae Kay, que bajaba del buque en compañía de un hombre y dos mujeres, una de las cuales era muy joven. El encargado mostrábase radiante por primera vez en muchos días. Las piezas de reparación para la maquinaria habían llegado por fin. Mae Kay presentó en seguida sus amigos a Adán, y el encargado, siempre atareadísimo, rogó al joven que los acompañase. Eran gentes muy simpáticas, y como la muchacha era hermosa y rubia, tipo pocas veces visto en aquella región, la tarea de cicerone encantó a Adán. Les hizo ver todos los detalles del pueblecito e insistió en que sería muy interesante que viesen la fábrica. ¡Cuán lejos le pareció en aquellos instantes la época en que, estando en su casa, frecuentaba diariamente la compañía de muchachas tan lindas como aquella señorita rubia! Ésta era alegre e inteligente, aunque un poco tímida en el fondo.
Le invitaron a comer con la madre y la hija a bordo del vapor, y de este modo el tiempo transcurrió velozmente, llegando la hora de la salida del buque sin que Adán se diera cuenta. Cuando se despidió de la muchacha, leyó en sus ojos lo que también había en su mente: que nunca más volverían a encontrarse. El último pensamiento de Adán fue alegrarse de que su hermano no la vería en Ehrenberg.
Algunos de los trabajadores de Mac Kay estaban retirando las mercancías desembarcadas. Entre ellos hallábase Regan, un irlandés de baja estatura que en varias ocasiones habíase burlado de Adán. Al verlo ahora hizo una seña a Mac Kay diciendo:
—Mac, la verdad es que este chico es un diablo con las mujeres.
Mac Kay se echó a reír estrepitosamente y miró más allá del sitio en que estaba el joven, cono sino se riese sólo de él, sino también de otra persona que hubiese allí. Adán volvióse rápidamente y vio a Margarita, con expresión de reina de tragedia, clavándole sus ojos de fuego. Luego, con uno de sus rápidos movimientos, ágil y graciosa, aunque de un modo violento, la joven dio media vuelta y huyó.
—¡Dios mío, qué he hecho! —murmuró Adán cuando comprendió la significación de la mirada de Margarita. Había olvidado hasta la existencia de la muchacha mientras acompañaba a sus nuevos amigos, y seguramente ella le había seguido, adivinando además sus pensamientos. Se dirigió por un atajo a su cabaña y la vio de pronto entre unos mezquites.
Al verle, Margarita se precipitó sobre él sin que Adán pudiese evitar el encuentro. Echando maldiciones en su idioma nativo, le pegó y le arañó el rostro como un gato furioso.
Adán la empujó hacia atrás, pero ella volvió a asaltarle y, furioso, él a su vez la cogió por los hombros, sacudiéndola, hasta ver que estaba haciéndole daño. Sin soltarla del todo, la mantuvo a distancia y la miró intensamente a los ojos, en los que leía tal pasión que, a pesar de su cólera, no pudo menos de sentirse admirado.
—¡Margarita! —exclamó—. ¿Eres acaso una fiera?...
—¡Te odio! —replicó ella, interrumpiéndole.
Aquella exclamación hecha con voz aguda, el agitado vaivén de su pecho, el temblor de todo su esbelto cuerpo, demostraban una intensidad pasional tan grande que el muchacho se quedó asombrado. Tan pequeña, tan débil e inteligente como era y, sin embargo, ¡qué apasionada!
¿Qué haría, pues, si hubiese motivo fundado para enfadarse?
—No, no, Margarita, no digas eso. Nada he hecho para que me odies. Me explicaré.
Margarita repitió su apasionada exclamación y Adán vio que tanto valía querer cambiarla como empeñarse en mover una montaña. Entonces, dijo él resentido:
—Muy bien, pues si eres tan tonta y tan voluble, me alegro que me odies.
Y soltándola, se marchó sin volverla a mirar. Ya en su casita, recogió el fusil que había preparado y se fue hacia el camino del río. Allí se metió entre los sauces y álamos, en busca de alguna pieza de caza.
A una milla de distancia del pueblo, en la desembocadura de un afluente, ahora seco, se detuvo el joven para admirar algunos árboles de gran belleza. Uno de ellos era de una especie que no conocía: un ejemplar muy bello en su clase y medía unos diez metros. El tronco era ancho en la base y dividíase a poca altura en numerosos brazos que, a su vez, multiplicábanse en centenares de ramas y ramitas, todas muy redondas y llenas de púas. El tronco, los brazos, las ramas, las ramitas, todo el árbol de arriba abajo, era de un brillante y suave color verde, tan liso coso si estuviese pulimentado, pero sin una sola hoja. Adán contempló aquel árbol extraño y desconocido, comprendiendo poco a poco su naturaleza, su exquisito color, la gracia de sus esbeltas líneas, y de nuevo aumentó su admiración por el desierto.
De pronto oyó un grito y, al volverse, vio a Margarita, que venía corriendo hacia él, con el pelo suelto y algunas manchas de sangre en el rostro; llevaba roto el vestido.
—¡Margarita! —exclamó Adán, yendo a su encuentro—. ¿Qué sucede?
La muchacha venía sin aliento y no nudo hablar en seguida.
—Félix... está escondido... allí, en la senda —dijo por fin, jadeante—. Lo he espiado.
—¿Félix? ¿Aquel mejicano que se precipitó navaja en mano sobre tu padre? ¿Aquél que zarandeé en el campamento?
—Sí —repuso Margarita.
—Bueno, ¿y qué?... ¿Por qué se esconde Félix en la senda?
—Ha jurado vengarse. Quiere matarte.
—¡Ah!... ¿Conque ésas tenemos? —dijo Adán, y expresó su sorpresa silbando—. Entonces... ¿tú has venido para avisarme?
La joven asintió con un movimiento de cabeza y al mismo tiempo apoyóse en él, cansada y maltrecha.
—Eres muy buena, Margarita —le dijo el joven, y la llevó a la sombra de un árbol. Con su pañuelo le quitó la sangre de los arañazos de la cara—. Te estoy muy agradecido, niña, y no olvidaré lo que acabas de hacer.
Pero ¿por qué arrostraste el sol y las matas espinosas para avisarme?
—Ahora ya sabes lo que hay y puedes matar a Félix antes de que él te mate a ti —repuso Margarita; su respuesta hubiera podido parecer sencilla y cándida a no ser por su terrible significado.
Adán se echó a reír. No era la primera vez que la vida del desierto se le presentaba así, en toda su ferocidad. Sin embargo, no creyó que fuera un deber suyo acechar ahora a aquel mejicano que quería prepararle una emboscada. Dejó de pensar en su enemigo para saborear la dulzura de la presencia de Margarita, cuya fragancia le embriagaba como si fuese vino generoso.
—¡Pero, niña..., si hace poco me arañaste..., me dijiste que me odiabas...! —dijo con suave reproche.
—¡No, no, no!... Yo te quiero —exclamó Margarita arrojándose en sus brazos, mostrando ahora el mismo fuego apasionado en su amor que antes en su odio.
Y esta vez fue Adán quien buscó sus labios rojos, besándolos una y otra vez, sintiendo de nuevo la extraña emoción que en vano tratara de explicarse. Serenándose, llevó a la joven a otro lugar más sombrío donde poder sentarse reclinados en el tronco de un árbol frondoso. Margarita apoyó la cabeza sobre el hombro de él y lloró silenciosamente. Mientras, Adán admiraba la belleza de aquella flor del desierto, que tan singular contraste formaba con la mente rudimentaria y estancada de la joven.
—¡Dios mío! —murmuró Adán. Algo indefinido, algo grande formábase en él. La miraba, le daba lástima, la amaba, la deseaba, pero no eran éstos los sentimientos de grandeza que vagamente comprendía su alma. No podía determinar las causas de su sensación, pero ésta relacionábase con la vida, con la belleza, con la pasión y el alma de la joven que tenía a su lado; era una especie de reverencia hacia algo de ella que no lograba entender.
Margarita se serenó pronto, y adoptó una actitud tan tímida, modesta y pensativa, que Adán no podía creer que fuese la misma muchacha. Sin embargo, cuidó de no despertar en ella los sentimientos dormidos.
—Margarita, ¿cuál es el nombre de ese árbol tan hermoso? —preguntó, señalando aquel que tanto había llamado su atención.
—Palo verde2.
Le interesó informarse más detalladamente acerca de las plantas del desierto que hasta entonces le eran desconocidas. Con este fin hizo pregunta tras pregunta a la joven y le asombró el gran conocimiento que tenía de la flora silvestre.
Poco después Margarita enseñó a Adán un árbol semejante a humo, tan azul grisaceo era su color, destacándose suave y vaporoso contra el cielo, como una gran columna, o como una seta gigantesca. ¡Qué árbol más extraño y qué flores tan azules tenía! Al examinarlo de cerca, sorprendióse el joven de que todas las ramas y ramitas estuviesen cubiertas de espinas. Era un árbol hermoso, pero desagradable y cruel, que a alguna distancia parecía una voluta de humo.
—Es el palo crísti3 —murmuró Margarita, haciendo la señal de la Santa Cruz. Contó a Adán que aquél era el árbol del que sacaron la corona de espinas para la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo.
Con la puesta del sol terminaron unas horas muy felices y provechosas para Adán. No había olvidado la amenaza que significaba para él la sed de venganza de aquel sujeto que se llamaba Félix, pero creyó más prudente alejar de sí los sinsabores todo el tiempo que fuese posible. Él y Margarita llegaron a Picacho sin ver al mejicano. Sin embargo, Arellano había visto rondar a Félix por los alrededores y advirtió a Adán claramente el peligro que corría. Merryvale, a su vez, murmuró algunas palabras al oído del joven, aconsejándole que no esperase encontrar casualmente al sujeto, sino que fuese directamente en su busca.
No necesitaba Adán que le instasen mucho a la acción. Después de cenar se dirigió en compañía de Arellano, en un carro, de provisiones, al campamento.
La sala estaba en plena locura cuando llegaron. Las luces vagas, los gritos discordantes, el fuerte olor del alcohol, el aspecto rudo de los jugadores, todo influyó para excitar más aún a Adán, y después de beber unas cuantas copas estaba dispuesto a todo. Sin embargo, no hallaron a Félix.
Luego el joven, aunque no ebrio, todavía bajo la influencia del ron que había bebido, emprendió el regreso a su cabaña. El camino era largo y, a causa de la arena, muy pesado en el andar. Al llegar al pueblo, estaba en plena posesión de sus facultades mentales, pero ardíale la sangre debido al ejercicio y a la emoción de la probable lucha. De aquí que cuando Margarita entró quedamente en su estancia, abrazándole frenética, murmurando palabras apasionadas en su oído, no tuvo ni la voluntad ni el deseo de resistir aquella dulce tentación.
V


LLEGÓ la hora del alba y Adán abrió pesadamente los ojos. Disgustábale despertarse, pero no le era posible detener el curso de las horas. Algo había sucedido aquella noche que le incapacitaba para volver a ser el mismo. Con aguda punzada y una sensación de haber perdido algo irremisiblemente, Adán dióse cuenta de que había muerto en él una parte de su juventud, pero había perdido también algo que era demasiado sutil, demasiado profundo para que pudiera adivinarlo, relacionado con la dulzura y la pureza que había heredado de su madre y con las enseñanzas de ésta. Era precisamente lo que le había separado de su hermano Guerd, manteniéndole alejado de la baja vulgaridad de sus camaradas. No obstante, la selvatiquez de aquel primitivo Oeste había acabado con todo.
Con amargura vio Adán llegar el nuevo día. No podía hacer más que resignarse a su suerte. La alegría de vivir, la gloria de su juventud casta y para, todo lo que le había hecho ser distinto de los demás muchachos, faltábale ahora en aquella fría y gris mañana de la realidad. No comprendía la severidad con que juzgaba sus propios actos. Su espíritu sufría una indecible torpeza, un oscuro remordimiento.
De pronto recordó a Margarita y todo cambió al instante. Como una cálida ola surgió el recuerdo de ella, de su extraña dulzura, de su astucia al esperar su regreso a una hora muy avanzada de la noche, de su adherente flexibilidad, de su incoherencia que no necesitaba explicación, de lo inevitable del silencio nocturno, de la desvergonzada, insistente e imperiosa demanda de su presencia por parte de él.
Saltó del lecho para interrumpir sus divagaciones con la acción. Para él la salida del sol era gloriosa; el valle, hermoso; el desierto, selvático y libre; la tierra, una inmensa región que explorar, y la Naturaleza, aunque insaciable e inexorable, pródiga en compensaciones. Había apurado una copa de dulce miel que contenía una sola gota de amargo veneno. La vida henchía su pecho. Hubiera querido ser indio. Al ponerse en marcha recordó palabras que su madre le dijera años antes: «Hijo mío, tú tornas las cosas demasiado en serio, sientes demasiado intensamente los momentos corrientes de la vida». Ahora la comprendía al fin; no subía distinguir las cosas pequeñas de las grandes. Pero ¿había algo que fuese realmente pequeño?
El saludo matutino de Margarita fue a la vez una alegría y una sorpresa. Su sonrisa, la luz de sus ojos aterciopelados, hubieran hecho feliz a cualquier hombre. Pero había en ella algo sutil aquella mañana que chocó a Adán, dándole la impresión indefinida de que él representaba para Margarita ahora algo menos que el día anterior.
El agudo silbido de la sirena del vapor interrumpió sus meditaciones. Los desocupados, dirigiéronse al desembarcadero, y cuando llegó a su vez Adán, 1o halló tan lleno de hombres, todos al parecer más interesados que ordinariamente en algo relacionado con el vapor. Deslizándose por entre los mezquites, el joven se puso en primer término.
Un hombre de elevada estatura, vestido de negro, atravesaba la pasadera. Su altura, su manera de andar, eran familiares para el joven. Había visto antes aquel chaleco bordado con flores, muy visible la estrella de plata, y también aquel rostro tostado, afeitado, con su ancha mandíbula inferior y las arrugas de la frente.
—¡Collishaw! —exclamó Adán, aturdido.
Reconoció en el hombre a un sujeto que había conocido en Ehrenberg, un sheriff jugador, especie de matón, al que su hermano Guerd habíase ligado. Al dirigir la vista a la persona que iba detrás de Collishaw, aceleróse el latir de su corazón. Tratábase de un joven alto, fornido, de buen aspecto, y Adán hubiéralo reconocido entre miles. Se le anudó la garganta. ¡Era su hermano Guerd!
Éste alzó los ojos, escudriñando las personas que estaban en el desembarcadero.
—¡Hola, Adán! —exclamó con risa dura; luego hizo una seña a Collishaw, diciendo—: ¡Ahí está! ¡Ya lo hemos encontrado!
Adán se metió por entre los mezquites y, sin cuidarse de las agudas espinas, se alejó, no deteniéndose hasta hallarse a regular distancia.
¡Qué difícil era extinguir por completo aquel amor fraternal! Representaba casi toda su vida, todos los recuerdos de su casa, de su infancia. Su misma fortaleza probaba cuán leal había sido en él. ¡Qué cálida y hermosa era aquella emoción reavivada de pronto! Arrancada de cuajo, aún retoñaba en lo más hondo de su ser. En su huída para estar solo, Adán había cedido al asombro, a la vergüenza y a la furia que surgiera en él al comprender el alcance de su alegría ante la súbita aparición de aquel hermano suyo que le odiaba. Durante años su amor fraternal luchó contra la lenta comprensión de que su hermano le aborrecía. No pudo probarlo, pero lo sintió instintivamente. Adán no temía a su hermano, ni tenía motivo alguno para temer su presencia, excepto aquella ternura de que se avergonzaba. Cuando hubiese vencido su sentimentalidad se enfrentaría con ellos para demostrar a Guerd y a Collishaw de qué madera estaba hecho. ¡Dinero! Ése, ése era el motivo de la llegada de Guerd, y tal vez el deseo de seguir dominándole.
—¡Ya le enseñaré yo! —dijo el joven resueltamente, al ponerse en pie para regresar.
No sabía exactamente lo que iba a hacer; sólo estaba seguro de que su paciencia habíase agotado. Regresó al pueblo, dando un gran rodeo. Al doblar un recodo del cañón se halló de pronto ante un grupo de obreros, mejicanos casi todos. Estaba bajo una pasadera de madera que se había construído sobre el cañón, muy estrecho en aquel punto, y todos parecían mirar a lo alto, Naturalmente, Adán hizo lo mismo.
Así, sin una palabra de aviso, contempló el rostro contorsionado y horrible de un hombre pendiente de una cuerda por el cuello. La escena dio a Adán una sacudida tremenda.
—Eso es obra de Collishaw —murmuró, recordando vagamente lo que se contaba de la mano dura de aquel sheriff en los actos de justicia—. ¡Qué país tan tremendo!
Frente al almacén del pueblo encontró el joven a Merryvale y le dijo que le diera detalles de la ejecución del mejicano.
—El caso es que tampoco yo sé gran cosa —respondió el viejo vigilante, rascándose la cabeza—. Parece que, río abajo, han matado y robado a un minero. Ese Collishaw es un sheriff f con todas las agravantes, y cumple siempre la ley a su manera. No creo que haya ninguna ley en tal sentido. Bueno, el caso es que él y sus auxiliares dicen que han seguido las huellas de los asesinos hasta Picacho, y que aquí han identificado a uno, un mejicano, naturalmente, como siempre. Arellano lo defendió, diciendo que era inocente, y a fe que fue acalorada la discusión. Juraría que Collishaw estuvo a punto de «sacar» su revólver, mas Arellano, con un buen acuerdo, no insistió, como hubiera hecho cualquiera que no estuviese loco. El mejicano juró por todos los santos y por la Virgen que era inocente y que podía probarlo, pero no le dejaron continuar; la cuerda ahogó sus palabras... No sé, Adán, no sé; creo que hubiera valido la pena de esperar un poco para darle a ese desgraciado la oportunidad de salvarse. Pero Collishaw vino aquí con la idea de ahorcar a alguien y no iba a dejarlo para más tarde.
—Le conozco, Merryvale, y no me extraña su proceder —repuso Adán amargamente.
—Uno, de los que han venido es un joven de buen ver. Juraría que es su hermano. ¿Es así?
—Sí, lo ha acertado usted.
—Bueno, parece que no se alegre usted mucho de su venida... Hijo mío, cuidado con lo que dice a ese Collishaw. No dudo que no sea justiciero, tal como él ve la justicia, pero en mis buenos tiempos los sheriffs no eran así. Busca siempre el aplauso de la multitud... Ha preguntado por usted. Mire, allí viene.
El sheriff se acercó con varios hombres y se detuvo junto al almacén. Era un hombre de aspecto imponente, dominante, de rostro repulsivo. Sus ojos movíanse rápidamente en todas direcciones y estaba acostumbrado a ver a los hombres antes de que éstos le viesen a él.
Adán sabía que Collishaw le había visto y, de acuerdo con la resolución que había tomado, se dirigió hacia el sheriff:
—Collishaw, me han dicho que me andaba usted buscando —dijo.
—¡Hola, Larey! Sí, preguntaba por usted —repuso Collishaw.
—¿Qué me quiere?
El sheriff llevó a Adán un poco aparte para que los demás no pudieran oírle.
—Se trata de esa pequeña deuda de juego con Guerd —dijo en voz baja.
—Oiga usted, Collishaw, ¿es que me amenaza con una de esas faenitas como la que acaba de hacer con el pobre mejicano? —preguntó Adán, sarcástico, señalando con la mano hacia el cañón.
Seguramente Collishaw estaba hecho a prueba de sorpresas; sin embargo, la respuesta del joven le hizo erguirse y abandonar su aire secreto y confidencial.
—No, no puedo arrestarle por una deuda de juego —dijo bruscamente—, pero si le voy a obligar a que pague.
—¡Cómo no lo cobre en el infierno! —replicó Adán. ¿Qué le importa a usted eso? Si por aquel juego, Guerd le debe dinero, yo no tengo la culpa. No pagué porque sorprendí a Guerd haciendo trampa. No soy jugador, pero me apuesto veinte monedas de oro contra ese chaleco de fantasía que usted lleva, a que Guerd no cobrará jamás un céntimo de esa pretendida deuda.
Dicho lo cual, Adán dio media vuelta y se marchó hacia el río. Cerca de él encontró a Arellano. El capataz, siempre tan jovial, estaba ahora pálido y huraño. Con gran sorpresa del muchacho, el mejicano, no quiso hablar de la ejecución, pero no se mostró tan callado acerca de Guerd Larey.
—¿Quién sabe, señor? —concluyó—. Acaso sea lo que mejor pueda sucederle. Margarita es una mala persona. Pero usted es amigo mío y tengo la obligación de decírselo... Ya lo sabe, si quiere conservar a Margarita, vigile a su hermano.
Adán quedó asombrado y, sin responder a Arellano, se marchó. Costóle algún tiempo comprender el aviso del mejicano. De momento, sólo vio el hecho de que Guerd había visto a Margarita y que la muchacha le gustó. ¡Era inevitable, además! Adán no recordaba ninguna muchacha a la que él hubiese admirado o querido que Guerd no se la quitase. Los chicos del pueblo tomaban aquello a chunga, en lo cual les acompañaba el propio Adán, dado su fondo de bondad. ¡Todas eran para Guerd! Adán, recordaba la época en que se sentía feliz cediéndoselo todo a su hermano. Mas aquí, en el desierto, donde empezaba a comprender la significación de la lucha del hombre por la vida y por lo que poseía, la cosa cambiaba de aspecto. Además, había ido demasiado lejos en sus relaciones con Margarita, aunque fuese lamentable recordarlo. La joven le pertenecía, y sus normas eran tales que se creyó en el deber de corresponder a la muchacha con su afecto y su protección leal. Margarita tenía tan sólo diecisiete años, y era indudable que Guerd lograría fascinarla si él no la apartaba de su camino.
—Pero... ¿si le gustase Guerd..., si lo desease como me desea a mí? —murmuró Adán, respondiendo a una súbita inspiración.
Sin embargo, repudió tal posibilidad; aunque su inteligencia la admitía, no podía dudar de Margarita; para eso, sentía con demasiada intensidad. ¡Hacía tan poco que ella le había abierto los ojos a la vida, a la vida tal como es, no como se sueña...!
Adán halló a la mujer de Arellano sola en casa.
—¿Dónde está Margarita?
—Margarita está allí —repuso la madre, dirigiendo una mirada significativa hacia el río.
Adán vio, en efecto, a Margarita sentada en la orilla a unos veinte pasos del desembarcadero, y a su lado estaba Guerd. El lugar se hallaba protegido por la sombra de un árbol y un poco alejado del camino del pueblo. Margarita estaba sentada sobre la rueda de un carro deshecho, y Guerd, de pie, a su lado. Ninguno de los dos advirtió la llegada del joven.
—Señorita, bastó una mirada de sus ojos negros como la noche para que en mi pecho brotara la llama del amor —decía con pasión Guerd—. Veo en usted una verdadera princesa española, una flor del desierto, hermosa como la luna y las estrellas. Yo...
De pronto la pareja vio ante sí a Adán, el cual estaba muy emocionado; mas, a pesar del tumulto que había en su pecho, se mantuvo sereno y frío. La radiante alegría de Margarita trocóse en expresión de sorpresa.
—¡Caramba! ¡Si es Adán! —exclamó su compañero—. ¡Vamos, hombre! ¡Te veo muy cambiado!
—Guerd... —empezó Adán, y no pudo seguir. Era para él una tremenda prueba enfrentarse con su hermano, con el ser a quien, después de su madre, había querido más en el mundo, por quien había sentido una verdadera idolatría, comprendiendo tarde que, a pesar de su arrogante figura, a pesar de su rostro varonilmente hermoso, Guerd tenía el alma negra y falsa.
—Adán, ¿no quieres estrechar mi mano? —preguntó Guerd tendiéndole la diestra.
—No —repuso Adán con gravedad.
—Como quieras... Como puedes ver, me hallo en una compañía muy agradable.
—Así es, en efecto —contestó el joven amargamente, mirando de soslayo a Margarita, la cual se había ya repuesto de la sorpresa y le miraba con astuta y femenina curiosidad—. Guerd —continuó Adán—, acabo de ver a Collishaw; ha tenido la osadía de reclamar aquella deuda de juego. He venido para decirte que no la pagaré, puesto que hiciste trampa.
—¡Vaya si pagarás! —observó Guerd, sonriente.
—¡No pagaré! —repitió Adán con firmeza.
—Muchacho, me pagarás la deuda o te la cobraré a viva fuerza —declaró Guerd, frunciendo el ceño como si advirtiese cierto cambio en la actitud de su hermano, antes tan dócil.
—Ni de ese modo ni de ninguno cobrarás un céntimo.
—Pero... oye, hombre, si no te hice trampa, ¡palabra! —protestó Guerd, negando como último argumento para salirse con la suya.
—¡Mientes! —exclamó Adán rápidamente—. Tú sabes muy bien que me la hiciste... Mira, Guerd, no discutamos más. Ya te dije en Ehrenberg, después de la jugarreta que me hiciste con aquella muchacha, que habíamos acabado para siempre.
Guerd pareció darse cuenta, no sin maravillarse y lamentarlo al mismo tiempo, de que ahora tenía que habérselas con un hombre. Adán vio la sorpresa en el rostro de su hermano y le emocionó el saberse más fuerte que él. Nunca había estado muy seguro de llegar a serlo.
—¡Maldición! —gritó Guerd, desasiéndose de Margarita, a la que hasta entonces había tenido enlazada por el talle, e irguiéndose cuan alto era—. Estoy ya harto de tu puritanismo. Lo que quiero es el dinero, y nada más. Si no me pagas, te arrancaré la ropa hasta encontrar el sitio donde lo tienes oculto. ¿Te has enterado? Adán se echó a reír burlonamente.
—Te diré lo que a Collisbaw... ¡Cómo no cobres en el infierno...!
Guerd Larey masculló unas blasfemias; la sorpresa no le dejaba hablar; tenía el rostro congestionado por el furor creciente que sentía.
—Cuando termine de hablar con esta muchacha me repetirás eso —pudo decir al fin.
—Cuando quieras —contestó Adán mordazmente—. Pero ahora seguiré hablando, porque me da la gana... Las cosas han cambiado, Guerd... No te daré más dinero, no seguiré soportando tus exigencias. Siempre me has dominado. Me odias. Ahora lo sé. En la infancia me robabas los juguetes, los vestidos, los compañeros de juego... Más tarde me quitaste todas las amigas; luego el dinero, por último... ¡hasta a una mujer despreciable! ¡Eres un embustero, un falso...! ¡Te has rodeado aquí con gente de tu calaña y vas a ir directamente al infierno!
La palidez del rostro de Guerd revelaba su cólera, pero sabía dominar sus pasiones mejor que Adán. Tenía más años que su hermano y la diferencia de edad era notable en aquel momento.
—¿Has venido aquí para decirme todo eso? —preguntó.
—No. He venido por Margarita.
—¿Por Margarita? —repitió Guerd, asombrado—. ¿Se llama así esta muchacha? Oye, tú, Adán, ¿pretendes gastarme ahora una de tus bromas? ¿Vas a hacer de samaritano socorriendo, a las muchachas en peligro?... Más de una vez nos hemos visto separados en ese terreno...
—Estamos separados para siempre —le interrumpió Adán, y volviéndose hacia la joven, dijo—: Margarita, quiero que...
—Aquí tú nada tienes que hacer, ¿oyes? —le interrumpió a su vez Guerd, acaloradamente—. ¿Qué te importa a ti esa mejicana? No toleraré tu intromisión. Vete (le aquí y déjanos en paz.
—Sí me importa —repuso Adán, y vacilando un poco, añadió—: Esta muchacha me pertenece.
—¡Cómo! —exclamó el hermano mayor, incrédulo, mirando alternativamente a Adán y a Margarita. De pronto, una sonrisa iluminó su rostro—. Muchacho, ¿quieres decir que eres amigo de esta chica?
—Sí, de esta señorita.
—¿Le has hecho el amor? —El rostro de Guerd mostró una alegría que el joven no lograba comprender.
—Sí.
El hermano disimuló, haciendo un esfuerzo, su endiablada complacencia. Aunque su sorpresa era profunda, no era el sentimiento dominante en él. Miraba a uno y a otro; no había comprendido aún que el momento era trágico para Adán; desconocía hasta dónde habían llegado aquellos amores. Adán se sintió desfallecer. ¡Qué humillación si tuviese que revelar su secreto!
—Adán, en asuntos del corazón, cuando dos caballeros admiran la misma mujer, siempre ha de ser ella quien decida —dijo Guerd burlonamente, inclinándose con gallardía ante Margarita.
—¡Pero... si sólo la conoces desde hace un momento! —protestó Adán débilmente—. ¿Cómo te atreves a ponerla en trance de elegir? Es un insulto para ella.
—Eso, que lo decida Margarita —repuso Guerd—. Las mujeres cambian de parecer. Es algo que aún no sabes. —Y al volverse de nuevo hacia la joven, toda su persona parecía irradiar seducción. Guerd conocía su ascendiente sobre las mujeres y se valió de todas sus artes para agradar—. Margarita, Adán y yo somos hermanos. Siempre nos enamoramos de la misma mujer. Elija usted entre los dos. Adán la sometería a su yugo. Yo... la dejaría libre como un pájaro.
Y se inclinó sobre ella, murmurando palabras apasionadas a su oído, poniendo la mano en su brazo, suave, pero dominador. La escena le pareció a Adán una pesadilla. ¿Era cierto lo que veían sus ojos? Margarita parecía otra. Mostrábase tímida, seductora, con los ojos entornados, brillando en ellos el mismo fuego con que le había favorecido antes a él.
—Margarita, ¿quieres venir conmigo? —exclamó Adán, decidido a acabar de una vez.
—No —repuso ella suavemente.
—¡Te lo suplico..., ven! —imploró el joven.
La muchacha volvió la cabeza negativamente. Sonreía con dulzura, un poca burlona. Irradiaba su rostro un e extraño destello, como el cálido matiz del ópalo. Parecía tener más edad, estar más segura de sí misma y más sumergida en la obsesión pasional que Adán advirtiera tantas veces en ella. La joven no podía comprender lo que Adán consideraba un deber suyo; ella sólo se amaba a sí misma, a su lindo rostro, y a su hermoso cuerpo. Enorgullecíase de su poder sobre los hombres. Y aquel otro joven, no conquistado, le parecía más fuerte y más difícil de retener; bajo su mano dominadora ella se retorcía, luchando emocionada... Sí, sí, él era el elegido. Tal fue el pensamiento que Adán leyó en Margarita en aquel instante, y si la había amado, lo cual ponía en duda, aquel amor acababa de morir. Sólo sentía una gran compasión por la desdichada muchacha. Pensó que, de los tres, sólo él era leal, sólo él comprendía la verdad.
—Margarita, ¿has olvidado lo de anoche? —preguntó el joven Adán.
—¡Bah, señor...!, ¡está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello!
El joven se volvió bruscamente, marchándose sin decir nada. Abrióse camino por entre la espesura de cactos, sin reparar en las espinas. Cuando llegó a su cabaña tenía sangre en las manos y en el rostro, pero el dolor de los rasguños no era nada comparado con el que sentía en el alma. Se dejó caer en el lecho.
—¡Otra vez! —murmuró—. Otra vez lo mismo. Siempre Guerd..., sólo que esta vez es peor... No, no, lo prefiero. Yo... no la conocía. Arellano me lo dijo; ése sí que la conoce. Y yo soñé..., ¡soñé tantas cosas locas...! No, no la he querido nunca... No es su pérdida lo que me duele. ¡Es Guerd! ¡Siempre Guerd!... «¡Está ya tan lejos! ¡Quién se acuerda de ello!» ¿Todas las mujeres son iguales? No puedo creerlo, nunca lo creeré. ¡Siempre recordaré a mi madre!
VI


AQUELLA noche despertóse Adán de pronto, sin causa aparente. La noche era como todas las del desierto, oscura y fresca; reinaba el mismo silencio ininterrumpido de siempre. A pesar de escuchar atentamente, no percibió el más ligero rumor, ni siquiera el del viento en los arbustos. Sin embargo, siguió reflexionando sobre las causas de su desvelo, hasta que le pareció que desde la impenetrable muralla del silencio llegaba vagamente una voz, un grito. ¿Acaso Margarita, en sueños o despierta, le estaba llamando? La frecuencia con que acostumbraba tener semejantes inspiraciones había convencido al joven de que poseía una facultad extraña.
Cuando Adán se despertó más tarde a media mañana, las irrealidades de la noche se dispersaron lo mismo que sus sombras. Levantóse fuerte, ágil, animado, ávido de inmediata acción. Aquel día era domingo y, por consiguiente, otro día de inútil espera y peligroso ensimismamiento. Sin embargo, el joven se prometió no ocultarse de Guerd ni de Collishaw, pues le importaba poco lo que pudiesen hacer o decir. Iría al campamento de Picacho, donde jugaría y bebería con los demás. Recordó las palabras de Merryvale, sus sabios consejos acerca de la vida en aquellas regiones selváticas. En cuanto a Margarita, lo único que deseaba era volver a verla, contemplar otra vez sus oscuros ojos y dar así por terminadas para siempre sus relaciones con ella.
Después de desayunarse se dirigió al río. Por Merryvale supo que Collishaw, Guerd y los demás de la partida del sheriff habían encontrado alojamiento en varias casas y que se habían dirigido temprano al campamento de la mina. Merryvale, como siempre, no ocultó sus pensamientos.
—Su hermano de usted dijo que iban a limpiar el campamento. No creo que se refiera a los mejicanos, sino al oro y al whisky. Hágame caso, Adán, no vaya hoy allí.
Mas esta vez el joven no escuchó los consejos del viejo, pues sentía gran impaciencia por llegar al lugar de las diversiones, que le harían olvidar. Sólo el deseo de ver antes a Margarita le retuvo. Recorrió varias veces el camino del río al pueblo, hasta que por fin vio que Arellano y su mujer, con trajes domingueros, disponíanse a ir a misa. La joven no iba con ellos.
Adán esperó unos minutos con la esperanza de ver salir a Margarita; sin comprender por qué, deseaba que ella fuese a misa como todos los domingos. Por fin acercóse a la casa y entró.
—¡Margarita! —llamó.
No obtuvo respuesta alguna. Sólo cuando insistió por segunda y tercera vez apareció la joven, casi arrastrando los pies, macilenta, como jamás la había visto Adán.
—¿Qué... quieres? —balbuceó.
El aspecto de ella y el tono de su voz le sacaron de su habitual dulzura. De un salto se puso a su lado, la cogió por los hombros y la llevó hacia la luz que entraba por la puerta. Los gritos de miedo de la joven sobrecogieron a Adán por lo que, significaban. Rápidamente, la soltó, y entonces ella levantó los brazos como si quisiera defenderse.
—¿Tienes miedo de que te haga daño? ¿Creías que te iba a matar? —le: preguntó en tono duro—. Te has equivocado, porque no he venido más que a verte por última vez.
Ella dejó caer los brazos y alzó el rostro.
—Más alto, que te vea bien —ordenó Adán alargando la mano temblorosa.
No le fue posible tocarla. Margarita le miraba y en sus ojos se veía que no negaba nada, que no sentía ninguna vergüenza. Algo más leyó Adán en aquel rostro, algo que recordaría para siempre: la certeza de su fragilidad, el valor de un ser primitivo, que sólo temía a la muerte, anhelando, sin embargo, los golpes brutales como prueba de un amor despechado, y también el despertar de la conciencia ante la patente honradez y fidelidad de aquel hombre. La emoción del joven aumentó al comprender que si Margarita se viese ahora de nuevo en el caso de elegir, otra sería su decisión. Pero era demasiado, tarde.
—Adiós, señorita —dijo muy finamente, inclinándose burlón, y andando hacia atrás, salvó el umbral. Allí se detuvo un instante mientras el rostro pálido de ella, con su mirada de trágica desesperación, iba desvaneciéndose.
Adán marchó con paso rápido cañón arriba, luchando por dominar el torbellino de pensamientos que hervía en su cerebro. Poco tardó en alcanzar a Regan, el irlandés, el cual se le acercó.
—Hola, Wansfeld, viejo amigo —le dijo—, no vaya tan aprisa.
—¿Wansfeld? ¿Por qué me llama así? —le dijo el joven, pues el nombre le sonaba extraño.
—¿No es ése su nombre?
—No.
—Bueno, perdóneme. ¿Quiere echar un trago?
Regan extrajo del pantalón un frasco y se lo entregó a Adán. Después de beber echaron a andar juntos, costándole a Regan con sus piernas cortas, un gran esfuerzo seguir el paso de su amigo. El irlandés mostróse charlatán y simpático. Cuando se quedaba sin aliento, deteníase para echar un trago y ofrecer otro a Adán. En circunstancias ordinarias éste hubiérase mareado pronto con aquel licor fuente, pero ahora sólo le causó mayor ardor en la sangre.
—Wansfeld, es usted el muchacho más simpático que he visto en estos contornos malditos —exclamó una vez Regan.
—Gracias por el favor, amigo. Pero tenga la bondad de no llamarme Wansfeld. Me llamo Adán.
—¿Adán? —dijo el irlandés—. ¡Qué nombre tan raro! Adán y Eva, ¿verdad? Ya le vi con esa chiquilla de ojazos negros... ¡Vaya un bocado! ¡Los hay que tienen suerte!
Terminaron el contenido de la botella y continuaron su camino. Regan demostraba cada vez más simpatía por Adán y le propuso una excursión por el desierto, en busca de algún rico yacimiento de oro.
—Usted sería un excelente buscador de oro, además de buen compañero —dijo—. Allí afuera, en el desierto, el hombre es libre y dichoso. Conociéndolo, no hay nada como el desierto, camarada. Allí se respira bien y se vive. Tal vez tendríamos la suerte de topar con la mina de oro perdida de Pegleg Smith.
—¿Quién era Pegleg Smith, si se puede saber, y qué mina de oro perdió? —preguntó Adán.
Y mientras recorrían fatigosamente el abrupto camino del cañón, buscando las escasas sombras para eludir los tórridos rayos del sol, Adán escuchó por segunda vez la historia de la famosa mina de oro.
Regan la contó de un modo distinto, exagerando los detalles, como suelen hacer los mineros. Sin embargo, era una narración emocionante para cualquiera que, como Adán, se sintiese poseído por el espíritu aventurero. El joven aún no sentía la atracción del oro, pero en cambio empezaba a apoderarse de él la fiebre del desierto.
Llegaron al campamento cerca del mediodía, comieron en el parador de un chino y luego, entrando en el gran salón de recreos, Adán se vio pronto separado de Regan. El aguardiente corría como agua y en todas las mesas oíase el ruido sordo de los saquitos de oro en polvo e el metálico de las monedas de oro. Adán bebió una copa, y esto le incitó a tomar otra. Después siguió bebiendo deliberadamente, para ahogar la voz de su conciencia, hasta hallarse en un estado de ánimo de peligrosa audacia. Para el fuego interno que le consumía, el aguardiente sólo era un nuevo combustible.
Recorrió todo el salón, abriéndose paso a codazos, hasta que por fin vio a su hermano Guerd. Entonces tembló, movido por la pasión que le había llevado allí.
Guerd estaba sentado a una mesa, jugando con Collishaw, Mac Kay y otros hombres de Picacho a los que Adán conocía muy bien. Tenía su hermano mal aspecto, a causa de los efectos del alcohol y de la mala suerte que le perseguía. Cuando levantó la vista y vio a Adán, se levantó de la silla, yendo en derechura hacia él con la actitud de un hombre arrogante y decidido.
—Dame dinero —ordenó Guerd. Adán se echo a reír.
—Vete a trabajar. No tienes suficiente habilidad para manejar las cartas haciendo trampas —repuso el joven irónicamente.
Movido por la cólera, Guerd pegó a Adán una bofetada, pero con la moderada fuerza con que un hermano mayor castiga una impertinencia del menor. Adán devolvió el golpe con rapidez y dureza, haciendo tambalear a Guerd, que cayó contra la mesa y fue sostenido por Collishaw.
El juego y el ruido cesaron como por encanto. La gente se echó atrás, dejando a Adán en el centro de un gran círculo, frente a su hermano, que seguía apoyándose en Collishaw. Guerd jadeaba; su rostro estaba pálido excepto en el lugar donde le hirió el puño de hierro de Adán. Mac Kay puso en orden la mesa y se apartó. La furia y la sorpresa de Guerd pasaron para dar lugar a una pasión más fuerte, más terrible. Se separó de Collishaw irguiéndose cuan alto era, revelando su rostro la terrible mirada del hombre que ha esperado largos años el momento de la venganza.
—¡Te has atrevido a pegarme! Me la pagarás... Te lo aseguro... Voy a romperte la cara —exclamó con voz glacial.
—Aquí te espero... ven —le contestó Adán, enardecido.
En aquel momento Regan, rompió el círculo y se acercó, tambaleando, a Adán.
—Duro con ellos, Wansfeld —gritó farfullando, ebrio—. Estoy a tu lado... Vamos a pegarles a todos... ¡malditos...! Un minero alargó el brazo y se llevó a Regan, arrastrándolo.
Guerd Larey dio un puñetazo sobre la mesa. Tenía el rostro radiante de alegría diabólica, como si el genio del odio acabara de inspirarle una injuria feroz contra su hermano. Su mirada sobrecogió a Adán, porque claramente vio en sus ojos el alma de Caín.
—Conque ése es tu juego, ¿eh? —exclamó Guerd con voz clara y pasional—. Quieres buscarme pelea y tomar por pretexto la deuda que tienes conmigo, ¿verdad? Pero, a mí no me engañas. Tú quieres vengarte porque te he birlado la novia.
—¡Cállate! ¿No te causa rubor que todos conozcan tu indecencia? —gritó fuera de sí Adán.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Escuchad al puritano... al buen hijo de su mamita...
—¡Guerd Larey, si... si hablas de mi madre, te arrancaré la lengua!
Estaban los dos muy cerca, separados sólo por la mesa, frente a frente, como Caín y Abel... La amarga y antigua historia quedaba claramente revelada en el rostro de odio del uno y en la expresión angustiosa del otro. Guerd acababa de descubrir el modo de torturar a su hermano y ensañábase con él.
—¡Y se habla de las tentaciones de San Antonio! —gritó Guerd con acerada burla—. ¡Para caída, la de Adán Larey... el santito... el de las misas... el que era demasiado inocente, demasiado puro para rozar siquiera la mano de una mujer!... ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!... Lucharemos, Adán; sí, hombre, te complaceré, ya que te empeñas en que te zurren... pero antes déjame contar a mis amigos lo hipócrita que eres... ¡Caballeros, he aquí el inmaculado san Adán, cuya Eva fue una muchachita mejicana!
No hubo exclamación alguna. Todos guardaban silencio. La escena era nueva para aquella gente; una diversión para los jugadores y mineros y sus pintadas consortes. Guerd se detuvo para tomar aliento, reuniendo fuerzas para dar el golpe supremo. Todo su rostro era una llama de odio y de rencor largo tiempo contenidos.
Adán tenía ahora la prueba del odio que había adivinado antes. El horror le cerraba la boca, pero la furia iba apoderándose de él, pronta a estallar con destructora violencia.
—¡Ella misma me lo dijo! —continuó Guerd, y sus palabras eran como pistoletazos—. A mí no me impone silencio tu cara de hipócrita y embustero. ¡Ella misma me lo dijo...! Tú, Adán Larey, con tus pensamientos elevados y tus ideas de pureza... te ensuciaste en el fango. ¡Fuiste el esclavo de una puerca mejicana que te engañó, que se rió de ti, que te dejó como quien tira una cosa inútil! ¡Vive Dios!, mi alegría no tendría limites si... si tu madre pudiese saber...
El rápido movimiento de la mano de Collishaw apartó el brazo fratricida de Adán y la bala se incrustó en la pared de enfrente. Collishaw forcejeó con el joven... que se vio apartado, tomando parte en el cuerpo a cuerpo el mismo Guerd, para salvarse de los disparos. Fue una lucha breve, terrible; volvió a oírse la detonación de la pistola y Guerd Larey, dando un grito de angustia, se apartó de Adán, cayendo sobre la mesa. Su mirada, consciente, llena de terror, se fijaba en su hermano. En la blanca camisa ensanchábase una mancha de sangre. Poco a poco iba apagándose el odio que aún brillaba en sus ojos.
Collishaw se inclinó sobre él y después se irguió, exclamando con voz dura y metálica:
—¡Muerto, Dios mío!... ¡Adán Larey, la horca te aguarda! El horror iba paralizando a Adán, mas al oír la terrible exclamación del sheriff, reaccionó. De un salto se acercó a Collishaw y le asestó con todas sus fuerzas un golpe con la culata de la pistola en pleno rostro. El sheriff se desplomó como herido por un rayo. Adán, pistola en mano, se precipitó sobre el círculo de espectadores, que le abrieron paso, y huyó por la puerta.
El terror dio alas a sus pies. En pocos instantes se halló fuera del campamento; siguió avanzando cuesta arriba y, cuando no pudo seguir corriendo, trepó a gatas por la pendiente.
Desde la cima de la primera ladera miró atrás, temeroso. Vio, en efecto, a sus perseguidores que subían por la pendiente, yendo delante un hombre alto, vestido de negro, sin nada en la cabeza y que movía los brazos con fieros ademanes. Adán creyó que aquel hombre era Collishaw.
De nuevo emprendió la ascensión de la montaña. Picacho quedaba a la derecha, como una fortaleza colosal de roca bermeja y fantásticas líneas. La subida, que tan corta parecía, era cada vez más larga y más pina. Cada sombra era un engaño, cada espacio de ladera iluminada por el sol ocultaba la verdad de su distancia. El sudor corríale por todo el cuerpo. Sentía que el calor le asfixiaba, que el corazón parecía a punto de estallar. Un fuerte dolor punzante en el costado impedíale respirar hondo. Los oídos le zumbaban de un modo extraño.
Por fin alcanzó el término de la ladera, al pie de una pared casi perpendicular; era preciso valerse de los pies y de las manos para subirla en zigzag. Antes de emprender la ascensión, descansó breves minutos y, luego, con la voluntad que le caracterizaba, púsose a escalar la escabrosa altura, animarlo por el invencible espíritu de huir.
Desde arriba pudo orientarse convenientemente y emprender el descenso hacia el otro lado.
—Aquí no pueden seguirme —murmuró con voz ronca, mirando atrás—, y allí abajo me apartaré del camino de todos.
Después del breve momento de reflexión, volvió a ser víctima del miedo y de la desesperación de la huída. Había logrado escapar; sus perseguidores no podían verle ahora; podía esconderse cuando quisiera porque el descenso era tortuoso; sin embargo, a pesar de tan favorables hechos, no se creía aún a salvo. Bajó velozmente la abrupta cuesta, resbalando en algunos sitios, saltando en otros de roca en roca. A veces la abundancia de piedras pequeñas y de cantos rodados hacía el avance muy lento y penoso. Otras veces tropezaba con rocas desiguales, de ángulos agudos, y resbaladizas como si estuviesen mojadas. En cierto momento tropezó, cayendo sobre un grupo de cactos y clavándose innumerables espinas en las manos. A duras penas, y apretando los dientes a causa del dolor, pudo librarse de ellas. Algunas se quebraron y tuvo que arrancarlas de la mano valiéndose de los dientes.
Era preciso alcanzar a todo trance un camino ancho y blanco que desde arriba había vislumbrado, antes de que llegara la noche, y cada vez temía más no lograrlo. La ladera de rocas resbaladizas y cactos espinosos parecía no tener fin, y tan dura era la prueba para él, que lo olvidó todo. Cuando al cabo pudo alcanzar el camino, donde cayó exhausto y maltrecho, le pareció haberse librado de un infierno.
Tras breve descanso, sentóse en una roca y miró en derredor suyo. Sobre el mundo caía una luz maravillosa, el halo final de la puesta del sol. Picacho estaba nimbado por una corona de oro. Todas las cimas bajas de las colinas hallábanse envueltas en sombras purpúreas. Hacia el Sur, un ancho camino, gris y desolado, desembocaba en una altiplanicie sin fin, lisa y oscura, teniendo por fondo las lejanas montañas. Aquella silenciosa e inanimada carretera era la puerta del inmenso desierto. Adán sintió que el ánimo le flaqueaba. La grandeza de aquel desierto, del que sólo veía parte, parecía hecha a propósito para vislumbrar el misterio y la enormidad del espacio. La maravillosa luz daba mayor tamaño a los cactos y a las rocas, y las sierras, los altos picos, las distancias, todo tenía un aspecto irreal. Adán comprendió que había realizado una gran hazaña escalando por un lado y bajando por el otro las fragosas laderas de una montaña de rocas afiladas como cuchillos. Mas, ¿con qué fin? Había en la enloquecedora luz del Oeste, en las purpúreas sombras del Este, en la tremenda opresión que causaban el espacio y el silencio, la soledad y la desolación, un algo inexplicable que repudiaba, burlador, aquella sensación física de una proeza.
De pronto, como herido por un rayo, recordó su pasión, su crimen, su terror y la huída. Alzó el rostro hacia las montañas; pero su aspecto era ahora tan frío, tan imponente, que aumentaba la sensación de soledad y desesperación.
—¡Dios mío! —murmuró—. ¿Qué será de mí? No tengo a nadie..., ni amigos..., ni esperanza... ¡Oh, Guerd, ese hermano mío! ¡Su sangre ha caído sobre mí...! ¡Fue él quien destrozó mi vida, quien ahora me ha convertido en asesino!... ¡Maldito sea!
Se dejó caer de bruces sobre la roca, con el corazón angustiado. Sus gritos de dolor parecían débiles gemidos que se perdían en la inmensidad del desierto y del cielo. La creciente oscuridad, la fría y negra grandeza del gran pico, el aullido quejumbroso del lobo del desierto, la enorme soledad y el silencio, todo parecía probar la indiferencia inexorable de la Naturaleza ante la desesperación del ser humano. Su esperanza, sus oraciones, su fragilidad, su caída, su angustia, no eran nada para el desierto, que subsistía inescrutable a través de millones de años; ni para el limitado espacio celeste, con su azul frío y sus glaciales ojos estelares. Pero un espíritu más ilimitado e inescrutable alentaba sobre el universo y la inmensidad del desierto, un espíritu que animó el alma del hombre maltrecho mandándole levantarse, aceptar el peso de sus tribulaciones y recorrer los duros caminos del mundo.
La desesperación, el orgullo, el temor a la muerte y aquel extraño anhelo de vida hicieron levantar a Adán, empujándole por el camino del desierto. Durante una milla fue tambaleándose, encorvado como un anciano, cegado por las lágrimas, sacudido por los sollozos, abatido bajo el peso de sus culpas; mas, aun así, aquel algo que era más fuerte en él —el instinto de sobrevivir— hizo que anduviera por el lado pedregoso del camino para que sus huellas no quedasen enarcadas en el polvo.
Y así continuó la marcha, serenándose gradualmente hasta ser otra vez un fugitivo al que sólo importaba la dirección del camino y las cosas que veía. A su alrededor todo era oscuridad, menos en la parte Oeste; en esta dirección perfilábase el horizonte sin fin en sus agudas líneas de abruptas montañas, destacándose sobre el fondo del cielo azul pálido. Recorrió milla tras milla con renovadas fuerzas e invencible voluntad. Nunca miraba hacia arriba, hacia el cielo; deteníase con frecuencia para volverse y escuchar. Temía estos momentos, mas tan sólo percibía la débil brisa del viento.
La mañana llegó inopinadamente con la grisácea y fría aurora del desierto. Delgadas columnas de humo a una milla de distancia advirtiéronle que estaba cerca de Yuma. Los campos de pastos con el ganado y una choza de indio indicáronle que estaba aproximándose a una parte habitada y que, más tarde o más temprano, le verían. Era preciso, pues, esconderse para descansar ocultamente durante el día y continuar la huída por la noche. A lo largo de la linde izquierda del camino vio un bosque de sauces, señal de que había llegado a las tierras bajas contiguas al río. Adán se adentró en él como un ciervo herido. Avenas sentía ni hambre ni sed, porque todo lo sobrepujaba el dolor físico del maltrecho cuerpo. En un rincón oculto y sombreado se dejó caer al fin, buscando en el sueño bienhechor el olvido de sus penas y el descanso de, sus doloridos miembros.
VII


DURANTE el pesado sueño medio se despertó Adán algunas veces, a causa del extremado calor y de los dolores que sentía en todo el cuerpo.
Reinaba va el crepúsculo cuando se desveló por completo, entumecido, con una sensación roedora en la boca del estómago, con la garganta y la boca secas. Arrastrándose salió de entre los arbustos hacia la abertura por la que había entrado en el bosque. Antes de atreverse a salir a la carretera estuvo breves momentos escudriñando atentamente. No vio a nadie..., no oyó ningún ruido que pudiera alarmarle. Al darse cuenta del alivio que le proporcionaba la ausencia del peligro, recordó con amargura que era un fugitivo.
Ya en la carretera, echó a andar rápidamente hacia las luces. Pasó por algunas chozas de sucio aspecto, de las que salían extrañas voces, probablemente de indios. Al cabo de un cuarto de milla llegó a la cuenca del río, donde la carretera formaba pendiente y alcanzaba los alrededores de Yuma. La mayoría de las luces veíanse en la orilla opuesta, que pertenecía al Estado de Arizona. El joven encontró varios mejicanos e indios, los cuales no se fijaron en él, lo que le animó a bajar con ellos hasta la embarcación que cruzaba el río. Aparentando tranquilidad, subió a bordo y, llegado que hubo a la orilla opuesta, desembarcó como todos. Dirigióse a un lugar algo apartado del río y se lavó las manos y el rostro, bebiendo hasta saciar la sed. Tenía las manos hinchadas y entumecidas por las heridas de las espinas, y, sólo podía moverlas con dificultad.
Después fue en busca de un lugar donde comer y encontró, a poco, una taberna servida por un chino. Allí se mezcló entre los parroquianos de diversas razas y comió sin ser importunado por nadie.
Terminado que hubo, pensó en las gestiones que había de hacer. Necesitaba un fusil, municiones, cantimplora, un burro y todo lo demás para completar su avío; sin embargo, se dijo que no era prudente comprarlo después del oscurecer, y determinó dar sólo una vuelta para orientarse.
Un paseo corto lo llevó a una ancha calle, vagamente iluminada por las luces de las tabernas y los almacenes. Protegido por las sombras de un rincón, se detuvo para observar la multitud de hombres que pasaban: blancos de trajes rotos, botas sucias, rostros barbudos, y mejicanos con sus grandes sombreros, chaquetas bordadas y pantalones ajustados.
A poco se atrevió Adán a salir del rincón y se paseó por la calle, llena de animación, mucho mayor en aquella hora que en cualquiera de Picacho, porque Yuma era una ciudad muy, importante. Sentía el joven una soledad indefinible que le empujaba hacia un fin ignorado, haciéndole desear huir de sí mismo.
Al ver desde lejos a un hombre alto, vestido con chaqueta larga y negra, Adán se sobresaltó. Dicha prenda le recordó la de Collishaw, y por miedo a que lo fuese, entró en un callejón lateral sumido en la penumbra. Oyó el piafar de caballos en los establos y percibió varios carros, por lo que dedujo que se hallaba en un corral y que allí encontraría seguro refugio. Se acercó a uno de los carros y viendo que estaba repleto de heno, se subió a él y se echó en la muelle cama improvisada. Durante largo tiempo estuvo pensando en su suerte y en los graves riesgos que acaso correría al día siguiente, hasta que al fin se durmió. No obstante, al llegar el alba y despertarse fresco y descansado, no le pareció la situación tan peligrosa. El sol ascendía con su rojo esplendor, prometiendo el día ser caluroso. Como era muy temprano encontró muy pocas personas, con lo que aumentó su valor. Sin dificultad dio nuevamente con la taberna donde había comido el día anterior. Mandóse servir un abundante desayuno, no porque tuviera hambre, sino porque barruntaba que tal vez se vería obligado a pasar muchas horas sin poder comer.
Después salió a la calle para buscar un almacén en que comprar el equipo que necesitaba. Se acercó a la parte comercial de la ciudad por una calle muy pina que llevaba a lo que parecía ser la parte más alta de Yuma.
Entró en un almacén y explicó al encargado lo que deseaba; mientras éste salió para traer el burro que pedía Adán, vio éste de pronto a Félix, el mejicano, quien, al advertir la presencia de Adán, salió disparado calle abajo seguido de sus asombrados compañeros. Adán se dijo que era preciso huir inmediatamente, pero no sin el equipo, por lo que dio prisa al encargado del almacén, que acababa de volver. Mientras escogían lo más adecuado para el caso, Adán echaba de cuando en cuando una mirada a la calle, y una de las veces vio la alta figura de Collishaw, con una venda en la cara.
La sorpresa y el horror le tuvieron paralizado durante un momento, invadiéndole un frío terrible seguido de una oleada de calor que le devolvió el movimiento. Corriendo como un gamo salió por la puerta trasera, saltó cuantos obstáculos halló en el patio, y también la cerca, que daba a un callejón, y, de éste llegó a una calle. Encaminóse con la misma celeridad hacia el río, ciego para todo menos para el terreno que pisaba. En pocos minutos llegó al río, saltando a la primera lancha que encontró. Un enérgico empujón con el remo hizo penetrar la embarcación a gran distancia en el río, e inmediatamente se puso a remar con todas sus fuerzas, tardando poco en alcanzar la orilla opuesta. Nadie le había seguido, ni siquiera se habían fijado en él. Al saltar a la orilla del río perteneciente al Estado de California y corriendo en dirección Norte, advirtió que tenía enfrente un solitario pico de montaña que dominaba el desierto. El polvo del camino le llegaba a los tobillos, haciéndole muy penoso el andar y mezclándose con el sudor de sus manos y su rostro. Sin embargo, avanzó con paso rápido por la tortuosa senda; las frecuentes revueltas eran para él a la vez un alivio y una tortura. El breñal le ocultaba de sus perseguidores, mas al mismo tiempo impedíale verlos. Estaba obsesionado por un fuerte y apasionado anhelo de huir. Cuando volvía la mirada hacia atrás, pensaba en Collishaw, en la persecución de éste; cuando miraba al frente pensaba en la senda, en el polvo, en el breñal, dentro del que hubiera querido esconderse, y en los tremendos esfuerzos corporales que aún le esperaban.
Poco a poco iba ascendiendo, dejando la zona del breñal. Llegó al terreno pedregoso, desprovisto de toda vegetación y que subía gradualmente. No podía ver la llanura del desierto, porque la solitaria montaña del agudo pico, brillando con colores rojos y oscuros, erguíase frente a él.
El joven experimentó cierta satisfacción porque sus pasos no dejaban huellas en el terreno pedregoso. Seguro ya de que se hallaba más o menos a salvo de sus perseguidores, puso más atención en las consecuencias de su huída. No menospreciaba en modo alguno el peligro de aventurarse por el desierto sin alimento y, sobre todo, sin agua. Ya le molestaba la sed. Y así reflexionando sobre la gravedad de su situación, llegó al final de la amplia ladera donde empezaba la ancha meseta del desierto. Desde allí miró atrás.
Al principio sólo vio nubes de polvo en el terreno bajó, cubierto de breñas; mas a poco percibió en los claros varios jinetes que avanzaban a paso raudo ladera arriba. Otra vez se le heló la sangre en las venas para volver a correr en seguida como fuego líquido.
—¡Collishaw y sus esbirros! —exclamó jadeante—. ¡Han descubierto mis huellas! ¡Me persiguen: a caballo! Tan terrible fue su impresión, que el joven echó a correr hacia el desierto sin reparar en nada. Trataba ante todo de poner mayor distancia entre él y sus perseguidores, haciendo lo posible porque perdiesen su rastro. Después pensaba gastar sus fuerzas con más prudencia. Ante él extendíase el ancho desierto de fina y brillante grava, desprovisto de toda vegetación durante varios centenares de metros, apareciendo luego manchas de un arbusto seco y bajo llamado sarcobato, y aquí y allá, aisladas, ocatillas. Desde alguna distancia, las matas parecían adquirir suficiente altura para ofrecer oculto abrigo, jadeante, sudando, Adán recorrió otra milla, al cabo de la cual advirtió que el carácter del desierto cambiaba.
Después de traspasar la zona de vegetación, aminoró la marcha para tomar aliento. Extendíase ante él una vasta planicie caliginosa, volviéndose más y más oscura en lontananza. A su derecha estaba el pico solitario, y a la izquierda, una línea blanca y ondulante como un mar de suaves olas. Al principio no sabía lo que era, mas al fin comprendió que era arena, dunas de arena sucesivas, hasta desvanecerse sus ondulaciones en el horizonte.
También descubrió, al volver la mirada hacia el camino recorrido, que en realidad contemplaba una enorme ladera de gradual inclinación. Claramente percibió la línea por donde había entrado en el desierto y, al seguir la marcha, volviase con frecuencia, temeroso de ver aparecer a sus enemigos. Una fuerte brisa soplaba ahora de frente, dificultando su avance y llenándole los ojos de fina arena y polvo. A pesar del esfuerzo corporal que realizaba, a pesar de su creciente cansancio y de su sed, iba dándose poco apoco cuenta del enorme espacio que el desierto abría ante él. Parecía como si todo allí fuera ilimitado. No le infundía temor; al contrario, le confortaba hallarse perdido en aquella inmensidad, pero algo intangible trataba de adquirir forma en su mente. Pesaba sobre él el viento, el cielo cobrizo, el blanco sol, y sus pies parecían pegarse al suelo. Ardíale la cabeza, sudaba cada vez menos y resecábasele la piel. La sed se le hacía inaguantable, su saliva era pastosa y escasa. Al tragar tenía que hacer esfuerzos, la garganta le dolía. Para mitigar un poco, la sensación desagradable de la sed, se metió dos guijas en la boca.
La reflexión le obligó al fin a detenerse. Si la muerte le perseguía inexorablemente en la persona de Collishaw, también le esperaba en el desierto si se alejaba demasiado del río salvador. La muerte por sed era preferible a la de la horca, mas Adán no estaba dispuesto a morir. Él, que había amado la vida, pegábase a ella con más fuerza ahora que el pecado de Caín pesaba sobre su alma. Sin embargo, el sol era cada vez más fuerte; el calor parecía elevarse de la tierra y bajar del cielo, causando en él un efecto muy extraño. Había advertido el joven cierta dificultad avanzando en línea recta, y al principio lo atribuyó a su instinto de caminar en zigzag pasa trasponer la zona de arbustos. Al ponerse de nuevo en marcha, dirigióse hacia la Montaña Chocolate y el río.
Parecía estar cerca. Veía con claridad el desierto y la ancha ladera con su verdeante vegetación subiendo gradualmente. En algún lugar, entre él y aquella montaña, estaba el río. Agudizó la vista. ¡Con qué extraña precisión fundíase la línea de una colina en la de otra! Y, sin embargo, entre ambas había mucha distancia, aunque invisible. Cuanto más estudiaba las ondulaciones del terreno, más lejos le parecía la meta, más le confundía la transparencia del aire y los vagos matices de las lejanas cimas.
—Esto no puede ser —dijo jadeante, al detenerse de nuevo—. Me hablaron de este desierto, pero no presté gran atención y ahora no lo recuerdo... Sólo sé que hace un calor terrible y que esto no puede continuar así.
En aquel instante vio Adán a lo lejos nubes de polvo y un grupo de jinetes.
Le sobrecogió el pánico. Echó a correr en dirección contraria a sus perseguidores, con la cabeza baja, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, con un esfuerzo violento, furioso, atolondrado, como animal que huye. Y sin saber a dónde, sin reflexionar, corrió hasta caer exhausto.
Boca abajo sobre la arena, estuvo jadeante, con agudos dolores en el costado, latiéndole con rápido martilleo el corazón, hasta que, poco a poco, pasó la crisis y, aunque dolorido, sediento, aturdido, pudo levantarse y continuar la marcha.
—Me he salvado —murmuró—. Ahora... el río..., el río.
El miedo a Collishaw había desaparecido y el joven no podía reparar en nada que no fuese el calor y la sed, además del desierto, tan grande, tan extraño, tan amenazador. No le alarmó el que su piel ya no estuviese húmeda de sudor, pero le llamó grandemente la atención.
El aire levantaba nubes de polvo y le obstruía la vista. De pronto sus pies tropezaron con las dunas y, como a través de un velo, vio la enorme superficie ondulada del mar de arena. Se dirigió a la derecha para evitarlas, luchando contra el viento, que era cada vez más fuerte. El aire hízose más diáfano, permitiéndole ver que estaba rodeado de dunas y que a la derecha, en la dirección que creyó equivocada, erguíase la Montaña Chocolate. Encaminóse, pues, hacia allí y de nuevo las nubes de arena le obstruyeron la vista. Sin darse cuenta, habíase metido en aquella infausta región de las dunas, de donde era preciso salir. El desierto rocoso y llano no podía estar lejos. Continuó caminando y, por fin, le pareció que la dirección no era buena. Dio, pues, otra vez la vuelta y, al hacerlo, un viento más fuerte, ahora de espaldas, elevó grandes nubes de arena hasta que todo quedó envuelto en niebla amarilla, opaca, a través de la cual el sol adquiría extraños matices. Adán no se atrevió a descansar esperando que pasase el temporal de arena; era preciso caminar, avanzar siempre, a pesar de que el suelo blando dificultaba la marcha.
Al cabo de un rato descubrió que en la harte baja, entre las dunas, envolvíale la arena de tal modo que le era preciso cubrirse el rostro con su pañuelo, mientras que en las cimas de las dunas el aire era más claro y podía respirar mejor. Así, instintivamente, buscaba las hartes altas, y de este modo se perdió en un mundo de dunas de extrañas formas, amarillo entre la niebla o blanco bajo la tórrida luz del sol. Amainó el viento, desapareció la niebla de arena y entonces el joven vio que se hallaba perdido en un océano, sin sendas ni señales en ningún sitio. Por todas partes alzábanse las caprichosas conformaciones de las dunas.
Adán siguió ascendiendo, debilitándose cada vez más. El calor produjo un extraño efecto en la circulación de su sangre, y la arena acabó con la fuerza de sus piernas. Su situación era grave, mas a pesar de comprender el horror de ella, le abandonaba cierta violencia de oposición, que sólo estaba ahora en su voluntad. Temía Adán más la reacción instintiva, la fuerza de la inercia que aumentaba en él. Merryvale habíale contado que un hombre perdido en el desierto podía morir de sed en un solo día, pero no le había hecho caso, o por lo menos no creía que aquello pudiese sucederle a él. Con todo comprendió que de no cambiar de un modo u otro la situación el sol y la arena le aniquilarían. Así cuando desde la cima de una duna vio una gran hondonada a algunas millas de distancia, en la cual crecían mezquites que se destacaban con negro perfil sobre la blancura de la arena, descendió para dirigirse allí. Tras penosa marcha alcanzó el lugar, tan exhausto, que se dejó caer bajo un mezquite de mucha sombra.
Allí cubrirse el rostro con el pañuelo y se tapó la cabeza con la chaqueta, dispuesto a descansar y a esperar. Fue el suyo un acto prudente. Adán advirtió en seguida, por contraste, la enorme fuerza del sol en el desierto. Gradualmente, el barrenante dolor de cabeza cedía, haciéndose más débil; también el corazón amenguaba su loco batir, y al cabo de un rato sólo le quedaba un vago dolor, cierta dificultad al respirar y la sed, que ya no era tan insoportable.
De vez en vez se quitaba el pañuelo para mirar en derredor suyo. El sol declinaba. Cuando desapareciese, el viento amainaría por completo, y entonces podría tratar de hallar la salida de las dunas. Apoyando la cabeza contra el tronco del árbol se dispuso a dormir, y tan grande era su cansancio y tan bien se hallaba echado, que se durmió instantáneamente.
Cuando se despertó, encontróse mejor, aunque medio sofocado. El descanso le había hecho bien. Su cuerpo seguía maltrecho, pero los agudos dolores habían desaparecido. No parecía tener la boca tan seca ni la lengua tan hinchada como antes; sin embargo, seguía sediento.
Súbitamente recordó que la chaqueta y el pañuelo le cubrían la cabeza y los tiró de golpe, quedando sorprendido ante una luz como jamás había visto: una argentada llanura irreal salpicada de sombras negras, una tracería estelar de laberínticas corrientes sobre un medio tan singular, tan bello e intangible como un sueño.
—¡Dios mío! ¿Vivo o estoy muerto? —murmuró sobrecogido, y su voz le probó que no había entrado aún en el olvido del más allá.
Era de noche. La luna había salido. Las estrellas brillaban rutilantes. El cielo era una bóveda de profundo azul. Y la sobrenatural belleza que tanto le había impresionado no era sino el escultural mundo de las dunas bajo la magnificencia y el esplendor de los cielos.
Lo que sobre todo advirtió Adán fue la opresión del silencio. Sus primeros pasos fueron penosos; tambaleándose avanzó, hasta que al cabo volvió a adquirir el dominio sobre sus doloridos miembros. El aire frío del desierto le confortó, y si no hubiese sido por la sed implacable, de nada hubiérase quejado, dadas las circunstancias.
Un sentido de la dirección que nada tenía que ver con su inteligencia, le obligó a dirigirse hacia el Este. Y así estuvo andando durante horas en el mar de arena, hasta subir a una duna más elevada, desde la cual pudo contemplar el desierto y, en lontananza, la sierra montañosa. Creyó reconocer, al mirar hacia el Sur, el solitario pico que erguíase como centinela a la puerta de entrada del desierto. Entonces estuvo seguro de la dirección. Allá, hacia el Este, se hallaba el río, y ante sí tenía las largas y frescas horas de la noche para alcanzarlo.
Desde la elevada duna dirigió la mirada atrás, sobre el plateado mar de arena, y tan maravilloso aspecto se ofreció a sus ojos que, a pesar de su apurada situación, se sintió profundamente conmovido. El argentado disco de la luna pendía bajo, sobre las vastas ondulaciones del desierto, misterioso en su tenebrosa soledad. Una indecible tristeza le invadió. Aquel páramo y él parecían identificarse. ¡Qué extraño era sentir en lo más hondo de su ser el deseo de no alejarse del desierto! La vida no podía sostenerse en aquel sepulcro. Mas no era la vida lo que su alma anhelaba..., sólo la paz. Y la paz habitaba en aquella soledad arenosa.
El alba gris halló a Adán muchas millas más cerca de la montaña; sin embargo, aún estaba lejos, y el joven sintió renacer sus temores. ¡Había tanta distancia en todas las direcciones!
Cuando el llameante disco del sol apareció en el horizonte, el desierto sufrió un maravilloso cambio. El Señor del Día acababa de llegar y aquél era su imperio. Rojo era el matiz de su autoridad, esmaltado con los colores brillantes de sus rayos, que se extendían sobre las sierras y el páramo. Al transponer el astro gigante la línea del horizonte, el desierto pareció estallar en llamas.
Un solo momento dedicó Adán a la maravillosa salida del astro rey. Aquel instante despertó en él la sensación de la gravedad de su huída. Porque al primer contacto de los rayos del sol sobre su rostro y sus manos, la piel empezó a quemarle como si de pronto se agravara una que madura que la noche hubiese calmado.
—Es necesaria llegar al río —murmuró—, y pronto..., si no, nunca llegaré.
Continuó caminando mientras el sol ascendía.
En aquella parte empezó a aumentar la vegetación del desierto. Adán marchó a través de ella, sin cuidarse de las espinas ni de lo duro del suelo.
Experimentaba un sutil cambio en su espíritu; mas como esta sensación parecía alejarse de su pensamiento, no pudo comprenderla. Disminuyó su valor. Cada vez cedían más la voluntad y la inteligencia a las sensaciones físicas. Cada vez sentía más la necesidad de apresurarse, y aunque la razón le advertía el peligro de tal locura, no tuvo suficiente fuerza para resistir su impulso. Aceleró la marcha, y caminaba tambaleándose. Como si el rocoso y arenoso suelo fuese un horno ardiente subía el calor de la tierra, y desde lo alto parecía caer como plomo derretido.
La piel del joven estaba seca como el polvo y empezó a avellanarse, pero no se abrió. El dolor le provenía ahora de la quemazón de la carne bajo la piel. Adán sentía que se le secaba la sangre. En la cara y en el cuello notaba la sensación de mil alfilerazos. El calor atravesaba sus ropas, y las suelas de sus botas parecían carbones encendidos. Sin embargo, Adán prosiguió tenazmente su camino. De su pecho salía, con la jadeante respiración, un leve silbido. Lo más intolerable era la sed..., el amargo gusto astringente de la escasa saliva, que volvíase pastosa; el dolor agudo en la lengua hinchada, y la sensación abrasadora en la garganta.
Por fin llegó a la base de una loma rocosa que desde hacía horas burlábase de sus esfuerzos por alcanzarla. Obstruía 1_a vista de la falda de la montaña, y entre ésta y la loma debía de correr el río. La esperanza le animó a subirla. A medio camino se detuvo para descansar, y desde aquel punto gozó de una ilimitada visión del desierto. Ante él parecían extenderse millares de páramos gris verdoso. ¡Qué terrible desolación! ¡Por todas partes el inexorable sarcasmo de las falsas distancias! ¡Un mundo abrasado por el sol, en el que no podía vivir el hombre!
Continuó subiendo hacia la cima. Un rutilante vacío abrióse ante él. La montaña con sus colores nardo-oscuros no estaba muy lejos y, desde la altura en que se hallaba el joven, podía ver toda la extensión de la llanura grisverdosa del desierto, entre la loma y la montaña. Miró fijamente. No había río alguno.
—¿Dónde..., dónde está el río? —dijo jadeante, desconfiando de lo que sus ojos veían.
Mas el maravilloso río Colorado, aquel extraño no de rojas aguas tan amado por los caminantes del desierto, no estaba allí ni en parte alguna. Seguramente doblaba en algún sitio para correr tras aquella infranqueable montaña.
—¡Dios... me ha abandonado! —gritó Adán en su desesperación, y se dejó caer sobre la roca.
Mas ésta, ardorosa como hierro candente, no toleraba el contacto ni aun en un momento de suprema amargura. Adán sintió la quemazón y se levantó para continuar avanzando tambaleándose; cayó de pronto por la pendiente y se deslizó hasta el nivel de la llanura, donde, con loco afán, echó a correr.
Era preciso correr hacia el río... para beber, para bañarse en sus frescas aguas, que bajaban de los lagos y manantiales helados del Norte. La idea del agua le obsesionaba agradablemente, confortándole, animándole a continuar. El recuerdo del gran río sugirióle la escena, y ya le veía correr, silencioso e imponente. Todos los ríos, riachuelos y lagos que el joven había conocido, amontonábanse ahora ante su mirada introspectiva, y era dulce el recuerdo del pasado. Recordó la cañada cerca de su viejo hogar; el agua verdosa y clara llena de pececillos dorados; recordó sus frecuentes correrías bajo los bancos de sauces donde las violetas escondíanse tras piedras musgosas, y cómo sus profundos remansos hallábanse lindados por bancos de fragante hierba de hermoso verdor; cómo el helecho inclinábase sobre sus aguas en graciosas líneas, y las liliáceas de blancos y áureos cálices, y las verdes ranas durmientes sobre las anchas hojas. Recordó el abrevadero del camino de la escuela, donde en los tiempos felices de su infancia tantas veces bebiera, haciendo saltar el agua sobre su hermano Guerd... ¡Guerd, que odiaba el agua, y a quien era preciso obligar a lavarse cuando los dos eran pequeños! Y el viejo pozo en el rancho de Madden, con sus piedras llenas de musgo y liquen, con su cubo de roble, mojado, oscuro, verde también, que subía retozón desbordando agua cristalina, fría... ¡Qué bien lo recordaba! Su padre habíala llamado agua de granito, y el nombre le cuadraba, porque fluía por entre profundas cavernas graníticas. Recordó también la fuente del huerto, el agua dulce y suave que su madre tantas veces le mandará traer y cómo, camino de casa, inclinado bajo el peso del enorme cubo, saltaba el agua sobre sus pies desnudos.
Así continuó Adán como enajenado, sin meta fija, porque más y más obsesionábanle los recuerdos de las aguas.
¡Aquel inolvidable tiempo de su juventud, cuando tanto amaba el agua, nadando en ella como un pato, zambulléndose como las tortugas..., cuán lejos estaba ahora! ¿Dónde estaría Guerd? Un agudo dolor, como si una hoja de acero penetrara en su corazón, fue la única respuesta.
De pronto, algo azul y claro que parecía moverse en el suelo del desierto despertó a Adán de sus agradables ensueños. Era un lago de aguas azules, rutilante, exquisitamente claro, bordeado de fresco verdor. Se precipitó hacia él. El lago brillaba; disminuyó ensombreciéndose y desapareció. El joven se detuvo y, frotándose los ojos, miró fijamente hacia el lugar; después se volvió, y detrás de él vio una ancha faja azul, interrumpida de cuando en cuando por arbustos verdeantes. Parecía otro lago, pero más grande, más azul, más claro, con delicadas ondulaciones, como si una suave brisa rizase su cristalina superficie. Las verdes orillas reflejábanse maravillosamente en el espejo azulado. Adán se quedó boquiabierto. ¿Es que había atravesado un lago? ¿No había cruzado una llanura desierta para llegar al sitio en que se hallaba? Casi se vio impelido a volver atrás. Pero no, aquel lago debió de ser un engaño del desierto, una locura de sus ojos. Se inclinó y el lago parecía elevarse sobre! él. Entonces retrocedió unos pasos y desapareció la visión. ¡La magia del desierto! ¡Una burla de la Naturaleza! ¡Horrible alucinación para el hombre perdido que enloquece de sed!
—¡El espejismo! —murmuró roncamente—. ¡Agua azul! ¡Ah! ¡Ah...! ¡Mentira, mentira..., no me dejaré engañar!
Sin embargo, faltábale ya la clara percepción de las cosas, el espejismo del desierto, le engañó. Todos los objetos adquirían un matiz caliginoso, teñido por el rojo sangriento de sus inyectados ojos Las sombras, los cactos, los arbustos y las rocas seguían inmóviles. Sólo el ilusorio y etéreo espejismo brillaba como obra de magia y movíase ante Adán en el calor bochornoso del abrasado desierto.
Llegó un momento en que Adán se precipitaba sobre los espejismos, que flotaban azules, serenos y místicos en la engañadora atmósfera, hasta que la esperanza y la desesperación le llevaron al borde de la locura, que no tardaría en sobrevenir.
Y entonces, al ir tambaleando hacia esta laguna de verde orilla o hacia aquel lago azul, bebiendo y bañándose mentalmente en sus frescas aguas, empezó a oír el acariciador sonido de la lluvia, el rumor de las olas, el estruendo de las cascadas, las suaves corrientes de agua murmurando su dulce melodía... y empezó a caminar en círculo.
VIII


AL volver en sí, Adán advirtió que se hallaba echado bajo un árbol en cuyas ramas había extendida una lona, seguramente con objeto de darle sombra. El día estaba declinando.
La cabeza ya no le dolía, ni tenía la lengua hinchada; hasta el hervor de la sangre habíasele apaciguado, y su piel era húmeda al tacto.
Percibió el rudo acento de un hombre que vociferaba a animales, al parecer burros. Aunque le seguía doliendo el cuerpo, Adán pudo incorporarse tras breve esfuerzo. En todas partes vio cajas forradas de cuero, alforjas, utensilios de minero y otros varios objetos, amén de tres grandes cantimploras cubiertas de lona, aún rezumando. Sobre las ascuas de una fogata hervía una cazuela de hierro negro. Un poco más lejos hallábase un hombre, vuelto de espalda, dando al parecer escogidos trozos de comida a cinco burros ansiosos.
—¡Malcriados..., eso es lo que sois... todos! —exclamaba en aquel instante, y la bondad de su voz desmentía su rudeza—. ¡Caramba, otros burros peores he tenido que no han hecho lo que vosotros!
Volvióse, y advirtió que Adán le estaba mirando.
—¡Hola! ¡Ya nos hemos despertado! —observó con interés manifiesto.
Adán hallábase ante un hombre extraordinario. No tendría más de un metro y cuarenta centímetros de estatura, y la desmesurada distancia de hombro a hombro dábale el aspecto de ser tan ancho como alto. No era gordo; su corpulenta humanidad estaba constituida por músculos y nervios, revelando notable fuerza. Su polvorienta indumentaria parecía un irregular tablero de ajedrez por los muchos remiendos. Su cabeza era grande; su cabellera, enmarañada y blanca en los aladares, Tenía el rostro moreno, tostado como el de un indio, y llevaba descuidada barba gris. Sus ojos, grandes, oscuros, inquietos, parecían los de un buey. La expresión era de serena tranquilidad; tenía la impasibilidad del bronce.
Adán preguntó en voz baja y ronca:
—¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
—Joven, yo me llamo Dismukes, y en cuanto a estar, está usted a noventa millas de cualquier parte... y vivo, que es más de lo que me hubiese atrevido a decir ayer.
Las palabras de Dismukes despertáronle el recuerdo de su huída a través del desierto encendido. Adán se recostó lentamente sobre la manta que le servía de lecho. El otro se sentó sobre una de las cajas forradas de cuero, mirando fijamente al joven.
—¿Estoy bien ahora? —murmuró Adán.
—Sí, pero por poco no lo cuenta —repuso el otro.
—¿Hablaba usted algo de ayer? Dígame lo que pasó. Dismukes revolvió los bolsillos de su chaleco remendado y sacó una pipa corta, que llenó de tabaco. Era curioso que tuviera que apretarlo con el meñique porque los demás dedos resultaban demasiado gruesos para el hueco de la pipa jamás había visto Adán manos tan callosas y tan enormes.
—Anteayer le encontré, no ayer —explicó Dismukes, después de dar algunas chupadas—. Es decir, mi burra Jinny, que es la que tiene mejor vista de los cinco. Cuando la vi enderezar las orejas, me puse a escudriñar la llanura y, al cabo de un buen rato, descubrí a usted dando tumbos en círculo. Ya he visto a otros hombres hacer lo mismo. A veces corría usted, a veces se dejaba caer y avanzaba a gatas, para levantarse después tambaleando. Me vi obligado a atarle porque estaba usted delirando. Y en cuanto al aspecto, creía que había llegado su última hora..., la lengua le salía un palmo de la boca y estaba negra. Le eché una buena rociada de agua encima y luego le traje a este sitio, donde hay árboles y agua. No podía usted hablar, pero yo sabía que clamaba por agua. Le di de vez en cuando alguna cucharada y cada cinco minutos le iba rociando con la cantimplora grande. No me alejé de su lado en toda la noche; recobraba usted las fuerzas muy poco a poco. Aun ayer no hubiera dado un centavo por su vida. Hoy, en cambio, advertí en seguida una mejoría notable y pude darle un poco de comida semisólida.
Ahora estoy convencido de que se pondrá pronto bueno. Está usted terriblemente flaco. Me gustaría saber cuánto pesaba usted antes. Tiene usted aspecto de haber sido un muchacho corpulento.
—Así era —murmuró Adán—. Pesaba unos ochenta kilos.
—Me lo figuro. Ahora no pesará más de cincuenta; ha perdido usted lo menos treinta kilos... Sí, sí, no crea que exagero, porque ha de saber que el cuerpo se compone de una gran parte de agua, y en este desierto y en verano la gente se seca como la pólvora y arde como ella.
—¡Treinta kilos! —exclamó Adán, incrédulo; mas cuando contempló sus manos arrugadas creyó la incomprensible verdad—. Entonces no me queda más que la piel y los huesos...
—Sobre todo, huesos. Pero son fuertes y recios, y si vuelve usted a hacer carne será un hombre formidable. Me alegra de que sus huesos no se hayan calcinado en este desierto, donde tantos he visto durante los últimos diez años.
—¡Me ha salvado usted la vida! —exclamó Adán con súbito arranque.
—No hay que dudarlo, muchacho —repuso el otro—. Una hora más, y hubiera muerto.
—Gracias..., pero ¡qué Dios me perdone!..., ojalá no me hubiese salvado —murmuró Adán, contrito. Dismukes contempló al joven con mirada extraña.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó.
Adán no respondió en seguida, convencido de que no podía revelar su nombre verdadero. De pronto acudió a sus labios el que le diera Regan, el locuaz irlandés.
—Wansfeld —dijo.
Dismukes desvió la mirada; había adivinado la mentira.
—Bien, en este país no importa cómo se llama un hombre —dijo—. Pero todo ha de tener un nombre, sea el que fuera.
—¿Es usted explorador minero?
—Sí, pero soy más todavía buscador de oro. No malgasto el tiempo en denunciar minas para vender los placeres. Hace años emprendí la marcha en busca de una fortuna de oro. Me fijé como límite la suma de quinientos mil dólares. Ya poseo una tercera parte, colocada en varios Bancos.
—¿Y qué va usted a hacer cuando tenga esa suma? —preguntó Adán, emocionado.
—Gozaré de la vida. No tengo parientes, no dependo de nadie. Veré el mundo —contestó el minero con voz sonora.
Su rostro expresaba una maravillosa pasión y su enorme cuerpo tembló ligeramente. Adán se dijo que el tal Dismukes era, al parecer, tan singular de carácter como de aspecto. Advirtió lo extraordinario de aquel hombre, su inteligencia, su inflexible voluntad y fiero espíritu. Mas al mismo tiempo invadióle también una sensación de piedad cuyo motivo no podía comprender. ¡Qué extraños eran algunos hombres!
El buscador de oro vióse en aquel momento obligado a alejar los burros del campamento, y luego atendió a la fogata y a la cena. Poco después llevó a Adán una cacerola de humeante contenido.
—Coma esto despacio y a cucharadas —le dijo—. No olvide nunca que un hombre medio muerto de hambre y de sed puede matarse rápidamente cometiendo excesos.
Mientras comía se puso el sol, y el calor cedió ante la llegada de las sombras. El joven notó que su debilidad era mayor de lo que había supuesto, pues el permanecer sentado durante la cena había agotado sus fuerzas. Volvió a echarse sobre las mantas, no para dormir, sino para reflexionar acerca de su situación, mas no tardó en dormirse. Al despertarse empezaba a nacer el nuevo día. Encontróse Adán muy mejorado, quedándole sólo una extraña sensación a causa de su delgadez y poco peso, lo que advertía, sobre todo, cuando levantaba la mano. Dismukes estaba ya de pie, y a pocos pasos se hallaban los burros, como si no se hubiesen movido en toda la noche. El joven se levantó para desperezarse, muy satisfecho de encontrarse tan bien.
El minero expresó su alegría al ver que el muchacho había recobrado tan pronto las fuerzas.
—Muy bien —exclamó—. Casi podría usted montar un burro, pero como va a hacer tanto calor como ayer, creo que es preferible no arriesgarse.
—¿Cómo sabe usted que el día va a ser caluroso?
—Lo nota en la atmósfera y, sobre todo, en aquella calígine plomiza que pesa sobre la montaña.
A Adán el aire le parecía fresco, pero advirtió claramente la bruma sobre la montaña. Más al Este, por donde el sol despuntaba, no se veía la niebla.
La observación de Dismukes sobre el burro desconcertó a Adán, haciéndole creer que el bondadoso minero trataba de llevárselo consigo. Pero esto era imposible; él había huído para ocultarse en el desierto y, muerto o vivo, éste había de darle refugio. Sentía el joven una gran gratitud hacia Dismukes y hubiera querido contarle sus tribulaciones, pero no pudo, no se atrevió a revelar su secreto. Ayudó al minero a hacer el sencilla desayuno, y después, en las tareas del campamento, mostrándose animado y alegre, preguntando sin cesar sobre las cosas que ignoraba. El día fue, en efecto, bochornoso, tanto que, a pesar de las sombras de los escasos árboles, hombres y bestias sufrieron grandemente. Adán durmió casi todo el día, despertándose muy animado. Dismukes le autorizó entonces para coger cuanto apeteciera y, más tarde, mientras aquél fumaba y el joven descansaba ante la fogata, llegó inopinadamente la oportunidad de la revelación.
—Wansfeld —afirmó Dismukes—, mañana me acompañará usted a Yuma.
Sus palabras sobresaltaron a Adán, que bajó la cabeza.
—¡No, no! Gracias..., no quiero..., no puedo ir —dijo temblando.
—Muchacho, cuénteme lo que puede decirme o cállese, como quiera. Sólo le advierto que puede usted confiar en mi lealtad.
La bondad que revelaban aquellas sencillas palabras acabó con la poca voluntad de Adán.
—No puedo volver..., soy un proscrito... He de ocultarme... aquí, en el desierto —exclamó, cubriéndose el rostro con las manos.
—¿Por eso ha venido aquí?
—Sí, por eso.
—Pero ¡hijo de Dios!, si ha venido usted sin víveres, sin agua, sin un burro en que montar... En todos los días de mi vida en el desierta he visto nada semejante. Sólo un milagro le ha salvado: los ojos de Jinny. Debe usted su vida a una burra de largas orejas. Jinny tiene una vista como las ovejas montañesas. Ella fue quien le vio... a algunas millas de distancia. Pero no volverá usted a tener tanta suerte. No puede usted vivir en el desierto sin las cosas mas necesarias... ¿Cómo le he encontrado aquí solo y sin nada?
—No tuve tiempo. Me fue preciso huir —exclamó Adán con voz lastimera.
—¿Qué iba usted a hacer? No tema decírmelo. El desierto es el sitio adecuado para guardar secretos; es un lugar solitario donde los hombres aprenden a leer en el alma. No tiene usted aspecto de..., pero no importa, dígamelo todo sin más preámbulo. Acaso podré ayudarle...
—Nadie... puede ayudarme —dijo con desesperación el muchacho.
—Eso no es verdad —replicó rápidamente Dismukes, con acento de profunda convicción—. Alguien podrá ayudarle... y acaso sea yo.
Adán se sintió vencido por completo.
—He... cometido... una cosa horrible.
—¡Muchacho, no diga que fue un crimen..., no me lo diga! —repuso el minero con gravedad.
—¡Dios mío! ¡Sí, cometí un crimen! —sollozó Adán estremeciéndose—. Pero juro..., juro que soy inocente. Lo juro, créame. Me vi impulsado a ello por terribles males sufridos, por el odio, por la provocación... Si hubiese aguantado más tiempo, todos me hubieran tildado de miserable cobarde. Además, estaba medio borracho.
—Bien, bien —observó Dismukes moviendo la cabeza—. Mala cosa es, pero le creo y no hace falta que me diga más. ¡Vaya, la vida es un infierno! ¡Yo también he sido joven!... De modo que ahora tiene usted que ocultarse de los hombres, vivir en la soledad, formar parte de los que somos caminantes del desierto, ¿no es eso?
—Sí, es preciso que me oculte. Y deseo vivir... necesito vivir para sufrir y expiar mis culpas.
—Muchacho, ¿cree en Dios?
—No lo sé. Creo que sí —contestó Adán levantando la cabeza—. Mi madre era muy religiosa; no así mi padre...
—Lo decía porque si cree usted en Dios, su caso no es tan desesperado. Sin embargo, algunos hombres, unos pocos entre los muchos caminantes, hallan a Dios en el desierto. Tal vez usted también... ¿Puede decirme lo que desea hacer?
—Irme solo... al lugar más solitario... para vivir allí años... siempre —exclamó Adán con vehemencia.
—¿Solo? Así vivo Yo. Comprendo lo que debe usted sentir y sé lo que necesita. ¿Va a buscar oro?
—¡No, no!
—¿Tiene usted dinero?
—Sí. Más de lo que necesitaré. Me gustaría tirarlo todo... o dárselo a usted, pero... era de mi madre. Le prometí no malgastarlo...
—Muchacho, no deseo su dinero —le interrumpió Dismukes—. Se lo he preguntado porque necesita usted un avío. Puede usted confiar en cualquier indio para que se lo compre en algún puesto de traficante. Pero no revele jamás a ningún blanco que usted lleva dinero encima. Es muy duro tener que confesarlo, pero es justo: los indios son honrados; los blancos pocas veces.
—¡Da asco el afán de los hombres por el dinero! —exclamó Adán con acento de amargura.
—Y ahora vamos a la parte práctica —continuó Dismukes—. Para llegar a Yuma sólo necesito víveres para dos días. Sé que en el camino encontraré, además, un manantial. Puedo darle, pues, uno de mis grandes recipientes de agua y la burra Jinny, la que le salvó la vida. Es muy traviesa, pero un animal excelente. Y cociéndome bastante pan, puedo darle además mi horno. De modo que, considerándolo bien, puedo proveerle de un avío que bastará para que llegue a un cañón que hay aquí, hacia el Oeste, en donde vive una tribu de indios. Son buenos, los conozco. Puede usted quedarse con ellos hasta que pase el tiempo caluroso. No hay miedo de que tropiece con ningún blanco.
—No está bien que me ceda todo su equipo —protestó Adán.
—No se lo doy todo. Le doy sólo un burro y mis provisiones.
—¿No correrá usted ningún riesgo teniendo tan solo víveres para dos días?
—Mire, Wansfeld, aquí en el desierto toda empresa es arriesgada —repuso Dismukes gravemente—. Es preciso que lo tenga siempre presente. Pero yo tengo la seguridad de la experiencia; sólo los accidentes y las circunstancias imprevistas constituyen para mí un riesgo. Soy lo que se dice una «rata del desierto».
—Es usted muy bondadoso —dijo el joven, emocionado—; ayudar de este modo a un extraño...
—No, hijo mío; cederle parte de mi equipo no es ayudarle —declaró el minero—. Lo hago porque deseo que me traten de igual modo. Cuando hablé de ayudarle, me referí a otra cosa.
—¿Qué es? Bien sabe Dios que necesito ayuda. Le quedaré muy reconocido y haré lo que me diga —contestó Adán.
—Es usted un muchacho, aunque tenga la talla de un hombre o más. Tiene usted la mentalidad de un niño. ¡Es una verdadera lástima que tenga que jugar al escondite! —El minero, conmovido, se paseó un rato en él espacio libre entre la fogata y los árboles—. Wansfeld —dijo poco después, encarándose con el joven—, si fuese usted un hombre no haría lo que voy a hacer. Pero es usted aún un niño, como quien dice, y ha tenido usted mala suerte. Haré, pues, con usted una excepción si está decidido a llevar a cabo sus proyectos. Nunca he hablado del desierto, de sus secretos, de lo que a mí me ha enseñado; pero a usted le diré lo que es, cómo puede salvarle, cómo el ser caminante del desierto da fortaleza, libertad, dicha... si uno es sincero y tiene suficiente grandeza para la empresa.
—Dismukes, le juro que soy sincero. ¡Dios me oye! Procuraré tener esa grandeza de alma o moriré en la demanda —declaró con voz apasionada Adán.
El minero clavó sus ojos en los del joven, como si quisiera penetrar en lo más recóndito de su alma.
—Wansfeld, si logra usted vivir en el desierto, será tan grande como él —dijo solemnemente, como si pronunciara una bendición.
Adán advirtió, por las últimas palabras de Dismukes que éste iba a contarle los muchos secretos de aquel páramo maravilloso, pero que, al parecer, no estaba en disposición de hacerlo en aquel momento. Con expresión pensativa y pasos bruscos y breves, volvió a dar vueltas por e campamento. A Adán le llamó la atención su aspecto, que era casi tan ridículo como el de sus burros, pero al mismo tiempo daba la impresión de una singular tristeza. Lo largos años de soledad habían encorvado los hombros di aquel hombre del desierto. Adán adivinó, con una sensación de gratitud, que la imagen de Dismukes, tal come ahora la veía, quedaría grabada para siempre en su memo ría como un símbolo de la verdadera bondad humana.
Cuando una hora más tarde, va completamente de noche, el minero se sentó al lado del joven, éste notó que la faltaba la pipa y que estaba singularmente emocionado.
—Wansfeld —empezó con voz honda y baja—, me costó muchos años aprender a vivir en el desierto. Tenía yo entonces la fuerza y la vitalidad de diez hombres. Muchas veces, durante aquellos años desesperados, estuve a punto de morir... de sed, de hambre, de algún agua envenenada, de enfermedad, o en algún ataque de bandidos, pero, sobre todo, a causa de la soledad. Si entonces hubiese encontrado un hombre avezado como lo soy yo ahora, me hubiera podido ahorrar momentos infernales de angustia. Encontré hombres que hubiesen podido ayudarme, pero pasaron por mi lado sin decir nada. El desierto hace callados y reservados a los hombres. Que cada cual halle su camino, que se salve como pueda... ésa es la ley no escrita en estos parajes y de todos los desiertos del mundo. Yo la infrinjo porque deseo hacer por usted lo que hubiese querido que otros hicieran conmigo. Y porque veo algo en usted...
Dismukes se detuvo para respirar profundamente. A la vacilante luz de la hoguera parecía un gigante agachado, al que ninguna fuerza podría mover, y poseído por inextinguible voluntad.
—Los hombres se arrastran por el desierto como hormigas cuyos nidos han sido destruidos y se ven separadas unas de otras —continuó Dismukes—. Todos sienten la atracción del desierto. Cada cual tiene sus ideas acerca de por qué el desierto le llama. Mi motivo era el oro, sigue siéndolo, a fin de poder algún día ver el mundo, viajar como hombre rico y libre. Otro querrá esconderse, o tratará de olvidar; a algunos les moverá el deseo de aventuras, o el odio al mundo, o el amor de una mujer. Después tenemos la clase de los hombres malos, los ladrones, los asesinos. Son muchos. Hay también gran número de hombres y algunas mujeres que entran en el desierto por azar y en él se quedan para vagar de un lado a otro, sin rumbo, o para morir. Pero de todos ellos, si se quedan en el desierto, pocos sobreviven; o mueren o los asesinan. El Gran Desierto Americano es un espacio muy vasto y está cubierto de muchas tumbas sin señales y de huesos calcinados. He visto tantos... tantos...
Dismukes se detuvo de nuevo, exhalando un profundo suspiro.
—Estaba hablando de lo que los hombres creen que significa el desierto para ellos. En mi caso dije que era el oro, y en el de otros, el silencio o la soledad. Pero nadie es verídico; la verdadera causa de por qué nos retienes el desierto se halla más profunda. Yo la siento pero no tengo suficiente inteligencia para explicarla. Sin embargo, lo que sé es que la vida en este páramo es terrible. Las plantas, los reptiles, las bestias, los pájaros, los hombres, todos tienen que luchar para vivir en tremenda desproporción con lo que es preciso luchar en parajes fértiles. Pronto lo sabrá usted, y si es observador y sabe pensar, acaso comprenda el porqué.
»El desierto no es sitio donde el blanco pueda vivir. El oasis está indicado para los indios, los cuales perduran allí, pero tampoco prosperan. Yo respeto a los indios. A usted le conviene vivir algún tiempo entre ellos... Bueno, pero lo que sobre todo deseo que sepa es lo siguiente:
La pausa que hizo el narrador fue impresionante. Dismukes alzó una de sus manazas, semejantes a garras monstruosas, haciendo un fuerte y expresivo ademán.
—Cuando el desierto llama a los hombres, la mayoría de las veces los convierte en bestias. Descienden a tan bajo nivel para poder vivir. Les enseña la eterna lucha del ambiente que los rodea. Un hombre de mala índole que sobreviva en el desierto se convierte en algo peor que una fiera... Llega a ser un buitre, una hiena... Pero también hay hombres a los que el desierto hace a semejanza suya... fieros, rudos y terribles, como el calor, como la tempestad, como el alud, pero en otro sentido más grande... Los hace inmensos obligándolos a una lucha eterna por sobrevivir... No tengo palabras para explicar su grandeza. Lo que tales hombres han vivido, su paciencia, los sufrimientos, las fatigas que han pasado, las luchas con los otros hombres y con todo lo que constituye el desierto, los peligros y torturas que han arrostrado, la terrible soledad, que es lo más espantoso que se puede concebir y contra la cual hay que luchar como contra nada ni contra nadie, física y mentalmente... todo esto está fuera de la comprensión ordinaria. Pero yo lo sé. He encontrado unos pocos hombres que son así, y si lo divino puede hallarse en el ser humano, esos hombres lo tienen. La razón debe de consistir en que, al conformarse con el desierto esos pocos hombres, lo espiritual se desarrolla en ellos al mismo tiempo que lo físico. Quiero decir que no olvidaron nunca, que jamás retrocedieron al instinto animal, que no permitieron que la dura y fiera lucha por sobrevivir en el desierto aniquilase su alma. El espíritu resultó más fuerte que el cuerpo. Eso he visto en tales hombres, aunque nunca he podido lograr lo mismo. Para ello se necesita ser inteligente, y mi educación sólo fue elemental. Aunque he estudiado durante todos los años que estoy en el desierto y jamás me he dado por vencido en la lucha, no soy lo suficiente grande para subir hasta donde alcanza mi deseo. Le digo todo esto, Wansfeld, porque acaso sea su salvación. ¡Nunca darse por vencido! ¡Ése ha de ser su lema! Será preciso luchar para vivir, pero hay que adaptar esa lucha a la propia mentalidad y a la propia alma. Así expiará usted su crimen, sea cual fuere. Recuérdelo: el secreto está en no romper nunca el nexo con el pasado... con los recuerdos, salvar su razón pensando siempre en ellos y aplicarla a todo lo que encuentre en el desierto.
Levantándose de su asiento, Dismukes hizo un ademán con el que indicó el espacio ilimitado.
—Y el objeto de mi charla... de mi esperanza de haber hecho por usted lo que quisiera hubiesen hecho por mí, es que si puede usted luchar y pensar al mismo tiempo como un hombre que sinceramente se arrepiente de sus pecados... acaso ahí fuera, en la soledad y en el silencio, hallará usted a Dios.
Dicho lo cual, se alejó de pronto del campamento para perderse en las tinieblas, y la resonancia de sus palabras finales pareció vagar como débil eco en la quietud de la noche.
Las frases de Dismukes habíanse grabado hondamente en la exquisita sensibilidad de Adán. El minero había encontrado un terreno abonado para plantar la simiente de su filosofía, hecha a fuerza de dura lucha en el desierto. El efecto fue tan grande que Adán, profundamente emocionado, alejó de su pensamiento el odioso recuerdo que había vuelto a obsesionarle. El joven se quedó con la mirada fija en el oscuro lugar por donde Dismukes desapareciera. Algo grande acababa de suceder. ¿Era acaso el minero un fanático, un caminante religioso de los páramos, que creyó que Adán era un discípulo propicio, o un hombre que hizo un sermón porque se le ofreció la oportunidad? ¡No! Dismukes tenía fe en sus palabras, y éstas nacieron de las lecciones de vida que recibiera en el desierto. Sus motivos eran los mismos ahora que cuando se arriesgó a seguir a Adán para salvarle de una muerte segura. La profunda convicción de Adán, su creciente gratitud, hiciéronle concebir de pronto la determinación de convertirse en un hombre de la grandeza que Dismukes había descrito, de luchar en el desierto, de recordar y pensar como nadie lo había hecho aún. Era cuanto, al parecer, le quedaba. Eso y el arrepentimiento y la expiación. Ser fiel a sí mismo hasta lo último, a pesar de su horrible y fatal error.
—¡Oh, Guerd, hermano mío! —exclamó, estremeciéndose al oír aquel nombre—. Dondequiera que estés en espíritu... ¡escúchame...! ¡Yo me elevaré por encima del odio y de la venganza! ¡Recordaré nuestra infancia... cómo te quería! Expiaré mi crimen. Jamás olvidaré... Lucharé y recordaré para salvar mi alma... y ¡rogaré por la tuya!... ¡Escucha y perdóname..., tú que me expulsaste a estos páramos!
IX


ESPERANDO que regresara Dismukes, Adán permaneció durante largo rato despierto; mas como aquél no volviera, por fin le venció el sueño. La voz del minero 1e despertó. El sol ya estaba tiñendo de rojo la sierra del Este y el paisaje aparecía fresco y lleno de color a la luz de la mañana. Lo único que le quedaba a Adán de sus pasados sufrimientos era un hambre atroz. Dismukes, disponiéndose a calmársela, le aconsejó que no comiera demasiado.
—Y ahora, Wansfeld, es preciso que aprenda lo que son burros —dijo después—. Este animal es la parte más importante de su equipaje. El desierto seguiría siendo un páramo desconocido para el hombre blanco, si no hubiese sido por estos feos y perezosos animales. Siempre que se enfade usted con uno de ellos y sienta el deseo de matarlo por sus fechorías, recuerde que sin él nada puede hacer en el desierto.
»Casi todos los burros se parecen. Suelen permanecer cerca del campamento, como ha visto usted a los míos, con la esperanza de poder robar algo si no se les da lo que quieren. Llegan a comerse hasta el papel, y el que envuelve el jamón o el tocino es un bocado delicioso para ellos. Uno tuve que se comió mi blusa. No sienten nunca nostalgia, y parecen; satisfechos en los lugares más desolados. Tuve un burro que era feliz a su modo en el Valle de la Muerte, y no puede haber peor infierno que ese valle. Los burros raras veces corresponden al afecto; resisten impasiblemente el peor trato; siempre son pacientes. Por regla general es fácil cogerlos, mas para eso tienen que conocerle a uno. Para que se detengan hay que tomarles la delantera. Los burros jóvenes son fáciles de domesticar, y siguen a los ya domados. No se les puede guiar como a los caballos; es necesario arrearlos siempre. Sólo he tenido uno que se dejase guiar. No lo olvidé. Tienen estos animales la más maravillosa resistencia; nunca tropiezan, nunca se caen, y se mantienen cómo quien dice del aire. Cuando se los suelta, pacen un rato y luego se detienen, permaneciendo inmóviles como rocas durante horas y horas, cual si se abstrajesen en profunda meditación. Por la mañana, al emprender el viaje, los burros están frescos y caminan bien. Mas por la tarde, cuando empiezan a fatigarse, recurren a sus tretas. Se tumban en el suelo, se revuelcan para quitarse la carga, o la restregar contra las rocas y los árboles. También suelen agruparse para enredar las cargas. Cuando un burro intenta tumbarse, acostumbra encorvar la espalda y mover la cola. Es muy difícil hacerles cruzar los ríos. Tienen horror al agua. ¿Verdad que resulta extraño? Pues así es. Me he visto muchas veces obligado a llevarlos a cuestas para pasar una corriente. En cambio, suben y bajan por las sendas más pinas y peligrosas sin miedo alguno. Saben bajar, deslizándose, pronunciadas pendientes en las que el hombre no puede sostenerse. Los burros poseen más paciencia y otras buenas cualidades que cualquier otro animal, y también más astucia. Cuando varios se acostumbran a su mutua compañía va no se separan, sin reparar en el sexo. Por las noches rebuznan... un sonido muy desagradable hasta que uno se acostumbra. Recuérdelo cuando cualquier noche se despierte usted a causa de un formidable ruido... Bueno, creo que ya le he dicho bastante para que sepa lo que es el burro del desierto. No lo olvide, Wansfeld, porque sufriría las consecuencias.
—Lo recordaré todo —repuso Adán con convicción.
—No lo dudo —observó el minero—, pero la cuestión es que lo recuerde a tiempo. No puedo decirle cuándo un burro va a hacer alguna de las suyas; sólo le doy detalles de lo que acostumbra hacer. Es necesario que lo demás lo aprenda por sí mismo estudiándolos. Un hombre podría pasarse la vida estudiando a este cuadrúpedo y aún le quedaría mucho que aprender. Muchos buscadores de oro pasan el tiempo volviendo a cazar a sus burros y precisamente esto es lo que más vidas ha costado en el desierto. Habiéndolo escogido para vivir en él, debe usted aprender las costumbres de los burros, porque son los camellos de nuestro Sahara.
Dicho lo cual, y agotados al parecer, por el momento, sus conocimientos, el minero se dedicó a elegir las cosas de su equipo que pensaba entregar a Adán. Cuando al fin acabó la tarea, se fue a despertar a la burra Jinny, llevándola al campamento. En el acto siguiéronla los demás.
—Fíjese cómo la cargo y luego puede usted ensayarse —dijo.
Adán estuvo muy atento mientras el minero colocaba las viejas pieles y mantas sobre los lomos de Jinny, poniendo encima las alforjas, que cinchó cuidadosamente. Todo era relativamente fácil hasta llegar a atar la carga con varias cuerdas. Sin embargo, después de ver cómo Dismukes lo había realizado con tres burros, Adán creyó poder demostrar que había aprendido algo. Con tal fin empezó a cargar a Jinny, lo que efectuó con bastante suerte hasta llegar el momento de atar la carga con las cuerdas, cosa más difícil de lo que a primera vista parecía. Tras algunos esfuerzos lo logró también. Durante la operación Jinny estuvo quieta, con una oreja enderezada y la otra baja, como si la cosa no fuera con ella.
—Lleve usted mismo el recipiente del agua —le dijo Dismukes conduciéndole fuera del grupo de árboles y señalando al Este—. ¿Ve la base de aquella loma larga y aguda?... Muy bien, pues hasta allí hay cincuenta millas. Por aquel sitio hay un gran cañón en el que vive una tribu de indios buenos. Permanezca entre ellos una regular temporada, hasta aprender bien los secretos del desierto. Y ahora veamos cómo puede llegar hasta allí.
Vaya siempre despacio. Descanse con frecuencia a la sombra de grupos de árboles como éste. Sobre todo, al mediodía le conviene descansar un buen rato. Mientras sude usted no corre peligro, pero si se le seca la piel busque la sombra y beba. Hay varios manantiales a lo largo de la base de esa sierra a la que llaman Montañas Chocolate. Con ojos alerta, no podrá usted menos de reparar en los lunares de arbustos verdes que hallará de vez en cuando. Allí encontrará agua. No olvide nunca que el agua es algo vital en el desierto.
Adán asintió gravemente a las palabras de Dismukes, dándose cuenta de que sólo al pensar en la sed se le secaba la garganta y volvía el recuerdo de lo que había sufrido.
—Le encarezco que vaya despacio. Más vale que se tome dos o tres días para llegar al cañón. No perdiendo de vista esta sierra, tiene que encontrarlo a la fuerza.
El minero volvióse después hacia el lado contrario, señalando con la mano el vasto espacio desértico.
—Fíjese bien en lo que voy a decirle y observe atentamente la configuración del terreno. Detrás de nosotros está la Montaña Chocolate. Esa sierra corre casi hacia el Sudeste.
Aquel monte negro y brillante, aislado, es el Piloto. Está cerca de Yuma, como seguramente recordará. Frente a nosotros, a pocas millas, hay una extensión de dunas que corren paralelas a la Montaña Chocolate. ¿Ve usted por encima de ellas una sierra de color gris y de extrañas formas?
—Sí la veo bien. Parecen nubes misteriosas —repuso Adán.
—Pues es la Montaña de la Superstición. Corren extrañas historias acerca de ella. La mayoría de los buscadores de oro tienen miedo de ir allí, aunque se dice que en ella ha de estar la mina de oro perdida de Pegleg Smith. Los indios creen que está poblada de fantasmas. Y todo el que conozca este desierto le dirá que la Montaña de la Superstición varía en cierto modo sus formas. Y esto es verdad, porque esa montaña está constituida casi totalmente por enormes dunas a las que el viento hace cambiar. Soy uno de los que creen que Pegleg Smith descubrió un yacimiento de oro allí. Pero no hay agua, y por eso nadie puede hacerse con el tesoro... Bueno, continuemos. Esa sierra alta y purpúrea que se ve detrás de la Montaña de la Superstición está al otra lado de la frontera, en Méjico... Ahora mire hacia la derecha de la Montaña de la Superstición, hacia el Noroeste. ¿Ve como baja el desierto en suave declive hacia un valle que parece un lago? Es el sumidero de Saltón, cuyo nivel es más bajo que el del mar. Cruzarlo en esta estación sería suicidarse. Parece oscuro y pequeño, pero en realidad es un desierto aparte. Hace muchos años el Colorado se desbordó una vez y llenó aquel enorme sumidero. Cuando el río volvió a su cauce, quedó Salton hecho un lago de agua dulce, pero pronto se evaporó... Ahora mire por encima del valle, allí enfrente. Aquel abrupto pico es el San Jacinto, y aquel otro más al Norte, el San Gorgonio... Están a doscientas millas de aquí. Detrás de ellos está el desierto Mohave, un páramo inmenso, colosal, que abarca también el Valle de la Muerte, cerrado por altísimas montañas. Ahora, volviendo al valle de este lado, vea usted allí la sierra de los Álamos, que baja hasta unirse a la Montaña Chocolate. Un poco antes, en la Montaña Chocolate, hay una mella. ¿La ve? ¿Sí? Pues allí sale el cañón de que le hablé. Algún día subirá usted al desfiladero para escalar las Montañas Guckwalla y desde su cima verá al Norte el Mohave y al Este el Colorado, todo un inmenso y desnudo desierto que hiere los ojos... Y... bueno, creo que he hecho lo que he podido en su favor.
Adán no se atrevió a hablar en aquel momento. La extensión del desierto, revelada en su verdadero alcance, parecíale una amenaza y le hizo temblar. Sin embargo, el aspecto de la Montaña de la Superstición antojábasele fascinador, y el resto de la vasta extensión, indeciblemente sublime, atraíale con sus promesas misteriosas.
—Jamás olvidaré su bondad —dijo por fin, volviéndose a Dismukes.
El minero le estrechó la mano con un fuerte apretón.
—No hay que mencionar la bondad. He cumplido un deber, nada más. Pero no olvide nada de lo que le he dicho.
—No, no lo olvidaré —contestó Adán—. ¿Me permitirá que le pague... el burro y el equipo?
Adán hizo la pregunta con cierra vacilación, porque desconocía las costumbres del desierto y no se atrevía a ofrecer lo que pudiera constituir una ofensa.
—¿De verdad tiene usted mucho dinero? —preguntó Dismukes roncamente.
—Sí, hasta demasiado.
—Pues aceptaré lo que vale la burra y la comida, pero nada más.
Y dijo una suma que le pareció a Adán muy pequeña. Al cobrarla, el minero puso el dinero cuidadosamente en un grasiento saquito de piel de gano.
—Wansfeld, acaso volvamos a encontrarnos —dijo, despidiéndose—. Buena suerte y... adiós.
—Adiós —repuso Adán, incapaz de decir otra cosa. Dismukes empujó a sus cuatros burros y se encaminó en dirección al Sur. Los animales trotaban moviendo sus cargas de un lado a otro, y Dismukes avanzó a buen paso. Parecía a Adán la encarnación de la fuerza viril, aunque había algo de ridículo en la manera de andar de un hombre casi cuadrado como él. El minero no se volvió. Adán dio, a su vez, una manotada en el lomo de Jinny, dirigiéndose al Oeste. Al principio avanzó con cierta lentitud, mas tardó poco en advertir que estaba fuerte, y entonces avivó el paso.
En su viaje recordó constantemente las lecciones recibidas del minero. Descansó con frecuencia; al mediodía hizo un alto de dos horas, cuidó solícitamente de la burra para que no le hiciera ninguna jugarreta, y así anduvo dos días, cada vez más fuerte, hasta que, ya en las proximidades de las dos sierras, halló un manantial que manaba de un cañón estrechísimo, donde decidió pernoctar antes de continuar la marcha hacia el cañón de los indios de que le hablara Dismukes.
Dio de beber a Jinny antes de quitarle los paquetes. El lugar era adecuado, aunque carecía de leña para hacer fuego. Adán descargó paquetes, mantas y pieles, lo cubrió todo con el mayor cuidado y luego se dirigió hacia la quebrada en busca de troncos secos. Tuvo que buscar mucho tiempo, porque todo era verde en aquellos lugares favorecidos por el agua. En un rincón de la pared rocosa halló por fin arbustos secos; a falta de otra cosa, reunió con gran esfuerzo un haz de ramas secas y emprendió el regreso al campamento.
Desde bastante distancia aún, creyó ver humo, y se dijo que era el efecto de la calígine en las copas de los árboles. Pero, a poco, percibió el olor a humo y, aunque lo atribuyó a un engaño óptico, apresuró el paso. Grande fue su alarma cuando vio que, en efecto, en su campamento o cerca de él elevábase una delgada columna de humo. La única explicación que halló el joven fue que algún buscador de oro había llegado al mismo sitio y había hecho una fogata. Echó a correr y, a medida que avanzaba, se alarmó más.
Cuando volvió el recodo de la espesura tras la cual estaba su campamento, vio en efecto un fuego que estaba a punto de apagarse. No había ningún minero, ni señal de su equipo ni de la burra Jinny.
—¿Qué... ha pasados? —balbuceó Adán, dejando caer confundido el haz de leña, adivinando la desgracia.
—¿Dónde... dónde están mis cosas? —exclamó.
El fuego que se extinguía no era sino los restos de su equipo. Las llamas lo habían consumido todo: mantas, cajas, sacos. Cerca de los restos chamuscados de la lona había algunos utensilios ennegrecidos. Sólo entonces comprendió Adán el alcance de la catástrofe. Se había quedado sin víveres; el fuego los había consumido todos.
X


TRANSCURRIERON algunos instantes, hasta que Adán salió de su aturdimiento y pudo discernir la causa del desastre, relacionado con la desaparición de Jinny.
Estudiando las huellas alrededor del campamento se convenció de que Jinny tenía la culpa de todo. Desparramados por el suelo y fuera del alcance del fuego, había muchos fósforos. El endiablado animal, aprovechando la ausencia de su amo, debió de quitar la lona que cubría el conjunto de víveres y provisiones y al buscar entre los paquetes algo en que hincar el diente, debió de morder la caja de fósforos, encendiéndose éstos.
—¡Dios mío, no lo recordé todo! —exclamó Adán, refiriéndose a los sabios consejos que le diera Dismukes. Vencido por la desesperación se dejó caer al suelo y dio rienda suelta a su dolor.
—Me echaré aquí y me dejaré morir —murmuró.
Mas no le fue posible permanecer siquiera un momento inactivo, como si estuviese poseído por un diablillo que no quisiera admitir la idea del vencimiento o de la muerte. Su espíritu parecía sacudirle, obligándole a levantarse y secarse las lágrimas.
—¿Por qué no podré renegar como un hombre para desahogarme, tratando luego de averiguar qué se puede hacer? —se preguntó, un poco más animado.
Jinny había desaparecido sin dejar rastro. Cuando Adán perdió toda esperanza de hallar a la burra, faltaba poco para la puesta del sol, y era preciso decidir acerca de su destino.
—¡Nada!... Tengo que llegar al campamento de los indios —declaró al fin.
Decidió partir inmediatamente, aprovechando la frescura de la noche para realizar la caminata. Además, podía avanzar a lo largo de los muros de la montaña y sí no perdería el camino. Esta idea le animó. Volviendo al campamento, recogió todos los fósforos intactos y los guardó con los que llevaba encima. Vio que el saquito de sal sólo estaba quemado en parte, y lo guardó también.
La hermosa puesta de sol, el lento avanzar del crepúsculo y la cercana noche nada significaban para el joven. Avanzaba invariablemente, aumentando su cansancio en el transcurso de las horas. De cuando en cuando descansaba; algunas veces le parecía que dormía a pesar de seguir andando. Su somnolencia,, tuvo un brusco fin al meterse de pronto en un arbusto espinoso. Ya muy avanzada la noche, salió la luna, inundando el desierto con su pálida luz. Cuando a los primeros albores del nuevo día descubrió el fin de la loma rocosa, tuvo un momento de alegría. Al doblar la aguda pared, vióse frente a un profundo cañón lleno de palmas y otros árboles verdeantes. Percibió también el cauce de blanca arena de un riachuelo y el brillo de la estrecha faja de agua. A lo lejos se veían los techos de algunas cabañas.
—¡He llegado! He aquí el cañón donde viven los indios de que Dismukes me habló —dijo Adán, orgulloso de su hazaña.
La desolación del desierto aumentaba la belleza y frescura del cañón, que, además, parecía muy oculto. Pocos caminantes sospecharían su existencia al atravesar el valle, porque era preciso doblar la baja loma de la montaña antes de verlo.
Con paso más vivo que antes, descendió Adán la ladera del cañón. Tratábase de una pendiente de ascensión gradual, muy pronunciada en su parte inferior, y el fondo era bastante más profundo de lo que a primera vista parecía. Por fin llegó al ancho lecho de piedras y rocas blancas diseminadas profundamente, llevadas allí por alguna fuerte avenida. En el centro corría una débil corriente de agua, de gusto ligeramente alcalino, según juzgó el joven por la blancura de las márgenes. Siguiendo el curso del cauce, alcanzó la zona de la verdeante vegetación. Continuó Adán andando otra milla sin llegar al grupo de las palmeras.
—¿Es que... no llegaré nunca? —se preguntó jadeante. A poco alcanzó una senda muy definida que se alejaba del riachuelo, y le llevó a un pequeño llano cubierto de sauces y álamos, todos exuberantes en su fresco verdor, destacándose entre ellos altísimas palmeras cuyas copas mecíanse suavemente. El polvo de la senda no señalaba huella alguna, lo que pareció muy extraño a Adán. De pronto penetró en el calvero en que estaban las cabañas vislumbradas desde abajo. Con un grito de alegría quiso precipitarse hacia la primera, pero le bastó una sola mirada para ver que las cabañas estaban deshabitadas. Desalentado, examinó, sin embargo, una cabaña tras otra. Halló en ellas ollas, jarrones grandes de barro para agua, lechos de hojas de palmera, pero no vio ningún indio ni señales de que la tribu hubiese vivido allí hacía poco.
—¡No hay nadie! ¡Todos se han marchado! —murmuró roncamente—. Ahora me moriré de hambre.
A pesar de su desesperación advertíase en su voz una nota de dureza, de indiferencia, nacida de su gran fatiga. No le era posible mantener los ojos por más tiempo abiertos y se tumbó a dormir sin reparar en el sitio. Cuando se despertó, estaba saliendo el sol del nuevo día. Entumecidos sus miembros, con un agudo dolor en el estómago y muy abatido de ánimos, Adán se halló en una situación comprometida. Renqueando bajó al riachuelo, en cuyas aguas bañóse el rostro y calmó su sed. Después se quitó las botas y vio que tenía los pies llagados; decidió ir descalzo, tanto para economizar el calzado como para que las llagas se curasen al contacto con el aire.
—Mi salvación está en vivir aquí hasta que vuelvan los indios —se dijo, haciendo un poderoso esfuerzo para vencer los tristes presagios—. Hay agua y árboles en abundancia. Se trata, pues, de un oasis al que acudirán toda suerte de animales... Es preciso comer.
Poseía una buena navaja y un par de cordones de cuero para zapatos. Con esto y unos cuantos palos de sauce empezó a construir trampas, guiado por el espíritu inventivo de la necesidad. De niño había sido muy hábil construyendo trampas. ¡Cómo lo recordaba! Él era quien hacía las trampas para su hermano Guerd, al cual le gustaba cazar con ellas, pero era demasiado vago para hacerlas. Los ágiles dedos de Adán moviéronse lentamente al recordar aquella época dichosa de su vida. ¡A qué extremos velase a veces reducido el hombre! La habilidad de su juguetona infancia había de servirle en las horas terribles de la necesidad. Entonces recordó que también sabía hacer hondas, y esto le inspiró la idea de hacerse una. Llevaba una fuerte cinta de goma con que sujetaba su cartera. Al sacarla del bolsillo se emocionó. Dejando las trampas empezadas, se dedicó con afán a construir una honda, para lo cual cortó un trozo de piel de la parte superior de la cartera y utilizó sus tirantes para sacar un cordel con que unir las gomas. Al deshacer los tirantes, advirtió que había en ellos goma suficiente para confeccionar otra honda.
Terminado que hubo el arma arrojadiza, la contempló con satisfacción. No dudaba de que con un poco de práctica volvería a tener la buena puntería que le había caracterizado de niño. Después continuó la construcción de las trampas.
Así transcurrió rápidamente aquel día, y al final de él, el joven se hizo una buena cama de hojas de palmera de uno de estos árboles. Cuando se echó a dormir experimentó la vaga e inexplicable sensación de que precisamente lo muy extraño de las circunstancias le era familiar, pero la sensación desapareció rápidamente y no le fue posible comprenderla. Estaba muy cansado y tenía mucho sueño, mas el hambre le mantuvo despierto.
El silencio y las negruras de la noche aumentaban su malestar, y el miedo a lo; ignorado persistió hasta el momento de quedarse por fin dormido.
Aún no había salido el sol cuando a Adán le despertó el hambre, que le roía el estómago. Rápidamente salió de la cabaña para buscarse el sustento. No vio la salida del sol ni el despertar de la Naturaleza. El instinto de la caza le dominaba por completo. Cerca del riachuelo vio palomas y otras aves, entre ellas una codorniz, pero, debido a su excitación y poca práctica, no logró dar muerte a ninguna. Siguió a las aves de un sitio a otro, recorriendo todo el oasis, hasta que las perdió de vista. Colocó sus dos trampas poniendo como cebo un poco de fruta de cacto, y después examinó todos los rincones y todas las rendijas de las rocas. Vio correr lagartijas, serpientes de cascabel, ratas, ardillas, y le sorprendió la rapidez de sus movimientos. Hubiera podido coger una serpiente, pero le repugnó la idea de comerla. El día transcurrió aún más rápidamente que el anterior, y cuando se hizo de noche, estaba tan cansado que no se aguantaba derecho y el ratoncillo roedor del hambre era cada vez más fuerte. Apenas se había tumbado en su lecho de hojarasca quedóse dormido.
Al día siguiente tuvo más y mejores ocasiones para asegurarse carne, pero tornó a fracasar por su apresuramiento y poco tino. Las lecciones que recibió fueron muy duras y le enseñaron la necesidad de perfeccionarse. Aquel día vio a un halcón bajar rápidamente del cielo y elevarse de nuevo con una rata entre las garras. También vio a un alcaudón volar casi a ras de suelo y de pronto elevarse con un lagarto en el pico. Estas acciones revelaron a Adán la perfección que poseían los cazadores del desierto. Ellos no fallaban.
Durante las horas de mayor calor, en que los animales descansaban, practicó el joven sus toscas armas, y tanto se enardeció con la lucha para vencer su torpeza, que la noche le sorprendió aún en el ejercicio.
A la mañana siguiente, cuando salió el sol, descubrió una banda de codornices que, bajando de la ladera, se posó entre los sauces, a orillas del riachuelo. Adán, arrastrándose a gatas, sin hacer ruido, se acercó, con la honda dispuesta para el ataque. Avanzaba sin aliento, latíale el corazón con fuerza, y el solo pensamiento de la comida le hizo salivar y su estómago se contrajo con espasmos violentos. Las notas quejumbrosas de las codornices le guiaban y pronto las vio a través de un hueco entre los arbustos. Las aves estaban picoteando en la arena húmeda de la orilla. Esperó hasta ver varias reunidas en un montón y entonces disparó la gruesa piedra con que cargó la honda. Tuvo la suerte de matar una codorniz, otra quedó malherida, y huyeron despavoridas las demás. Adán se precipitó sobre la codorniz herida y la mató rápidamente, cogiendo luego la otra.
—¡Las he cogido! ¡Las he cogido! —exclamó alegremente al sentir el contacto de los cuerpos aún calientes. Fue para él un momento de singular emoción. Sin aliento, sudoroso, temblando, parecía haber vuelto al triunfo del niño cazador; pero había algo más, porque su agitación era en parte debida a la reacción física: el hambre era su causa.
Rápidamente desplumó a las dos codornices y las limpió, lavándolas después en el riachuelo. Hecho esto, regreso corriendo a su campamento para encender un buen fuego en que sazonar la caza. El hambre le obligó a precipitar las operaciones; ni encendió un buen fuego ni asó las aves debidamente. La sal que había recogido de entre las cenizas del anterior campamento halló ahora su aplicación, y el joven no tardó en contemplar melancólicamente los huesos limpios de las dos codornices.
Poco tardó en descubrir que aquella libra de carne no había hecho más que aumentar el hambre. Tina hora después volvió a emprender la caza.
Volaron las horas, terminó el día, llegó la noche y, tras ella, el nuevo día. El éxito coronó nuevamente sus esfuerzos. Aquel día se dio un banquete a costa de las palomas silvestres. Y después, día tras día, fue diezmando la bandada de codornices y de palomas, hasta que las pocas que quedaron mostráronse más cautas y, por fin, desaparecieron por completo. Adán se dedicó a la caza de otras aves; éstas diéronse pronto cuenta del peligro que era para ellas aquel hombre, y llegó un día en que raro era el páparo que se aproximaba al oasis.
Adán ensayó, pues, su astucia en las ardillas y las ratas de diversas clases, viviendo a su costa durante varios días. Mas al fin, tornáronse tan cautas que se vio obligado a buscar sus madrigueras excavando la tierra. Por último, desaparecieron también. En tal coyuntura presentáronse dos burros en el oasis, dos animales en extremo salvajes, y el joven no pudo cazarlos a pesar de todos los esfuerzos que puso en ello. Por fin, desesperado, se precipitó sobre ellos navaja en mano, persiguiéndolos enardecido, mas inútilmente. Se cayó, exhausto, debilitado, y permaneció echado así hasta la mañana siguiente.
Los dolores que le causaba el hambre eran ahora enloquecedores. Después de algunos días sin comer, cedió el dolor gradualmente. El alivio que Adán experimentaba le obligó a pensar de nuevo en la caza y tuvo la suerte de coger un conejo. Ganó fuerzas, pero volvió la angustia del hambre roedora.
Luego perdió la cuenta del transcurrir de los días; cada uno le quitaba un poco de vida y de valor. Disminuía gradualmente su agresividad, y llegó el momento en que dio en comer culebras y todo bicho viviente que pudiera matar con su maza.
Al fin desapareció también el dolor de estómago y, con él, el hambre; entonces vio Adán el verdadero peligro que corría. Había disminuído su deseo de matar y, con la cesación de su actividad, tornó a un estado mental que le permitió recordar todo lo que había hecho en el oasis y también presentir el inevitable fin que le aguardaba. Cada mañana arrastraba su cansado cuerpo hacia el riachuelo para beber, y luego dedicábase cada vez con menos fuerzas a buscar alimentos. Mascó hojas y cortezas de árboles, comió las habas de los mezquites y las frutas de los cactos. Tras cierto número de horas, cuanto más tiempo pasaba sin comer, menos le importaba la caza y hasta la vida. Pero cuando de vez en cuando lograba cazar algo que comer, el instinto de vivir renacía y, con él, la sensación del hambre. Llegó a comprender que la muerte por inanición sería la más fácil y menos dolorosa. Hubiérase alegrado de morir pronto a no ser por el pensamiento que siempre surgía tras la resignación: había jurado luchar. Esto le hizo seguir viviendo.
Su cuerpo ya no era sino un esqueleto cubierto de piel. Esta volvióse tostada y se arrugó como pergamino quebradizo. Las huesudas manos no le parecían suyas, y cuando se inclinaba sobre el agua para beber, veía reflejada en la superficie lisa una máscara momificada, con ojos horrorosos.
Al alba, cuando despertaba, predominaban en él sus antiguos instintos e iba muy animado en busca de comida. Pero si el éxito se alejaba demasiado, su ánimo volvía a decaer y las restantes horas del día las pasaba echado al sol o a la sombra, pues nada le importaba ya, soñando mientras moría lentamente.
Observando así cierto mediodía el incesante ir y venir de las abejas libando, de flor en flor, advirtió de pronto la significación de su tarea y dedujo que en alguna parte del oasis debía de haber una colmena de miel. La idea le dio nuevas fuerzas. Observó las abejas con más atención, fijándose en la dirección que volaban, y al cabo de una hora logró descubrir la colmena en un viejo tronco de álamo. Recogió leña y la puso alrededor del tronco; el fuego y el humo obligó a las abejas a huir del lugar. Adán tardó después todo el día en abatir el árbol para poder alcanzar la miel, de la que encontró muchas libras.
Su inteligencia le avisó entonces contra el peligro de darse un atracón de miel, lo que le hubiera causado la muerte. ¡Qué horribles esfuerzos tuvo que hacer para comer lentamente! Sin embargo, tuvo valor para no seguir corriendo a pesar de que hubiera querido devorarla toda de una vez. Guardó el resto en las ollas abandonadas por los indios.
Aquella noche y todo el día siguiente experimentó fuertes dolores a causa de la miel que comiera. El renovado ejercicio de los órganos internos, que habían dejado de funcionar, le produjo convulsiones y se revolcó por el suelo como, si le hubiesen, envenenado. Mas la vida era tenaz, y pronto se curó de las consecuencias del empacho. Después, mientras duraba la miel, iba ganando poco a poco fuerzas para volver a la caza de carne. Sin embargo, el oasis fértil y exuberante carecía ahora de animales, y era en esto igual al desierto que lo circundaba.
Habiendo recobrado un poco las fuerzas, revivió en él también la esperanza. En los momentos de engañadora alegría sentía lástima de sí mismo, de su espíritu, que se negaba a morir. Su ser físico habíase resignado hacía tiempo, mas el alma aprestábase, siempre de nuevo invencible, a fa lucha. ¡Qué extrañas eran las fluctuaciones de sus estados anímicos! Su inteligencia le advirtió que la vista de un animal le haría descender instantáneamente al nivel de una fiera o de un salvaje sediento de sangre.
¡Qué poco necesitaba el cuerpo humano para seguir viviendo! Adán subsistió largas semanas comiendo sólo la miel, y tanto recobró las fuerzas que, cuando aquélla se acabó, los dolores del hambre volvieron centuplicados. Adán se convirtió en un espectro moviente a cuya aguda vista no escapaba ni siquiera un insecto. El hambre se había ahora enseñoreado de él con todos sus horrores.
Morirse de hambre no es nada, pero comer de cuando en cuando mientras se va uno muriendo de hambre es peor que el peor infierno. Apretábase más y más el cinturón, hasta que su talle era ya tan delgado que pudo ceñirlo con sus delgadas y grandes manos. Siempre que sus dolores estaban a punto de calmarse, como una fiera que se tranquiliza, encontraba Adán una rata, o un lagarto, o una culebrita, como si fuera una burla de la muerte, que jugaba con él como un gato juega con un ratón; y al día siguiente los horribles dolores del hambre volvían a morderle las entrañas.
Así recorrió mil veces, hecho una sombra de su antiguo ser, los trillados caminos y sendas del oasis, pensando que no tardaría en sucumbir, calcinándose después sus huesos en el horno del desierto. Por las angustias insoportables que pasaba, medía Adán lo inhóspito del páramo, y todos sus pensamientos relacionábanse de algún modo con sus torturas o con su ser físico en lucha por la existencia. Y de su cerebro no quiso desvanecerse la idea de que ningún poder era tan grande, tan inextinguible como el del hombre que lucha por su vida. Así continuó viviendo, arrastrando, una triste existencia, mientras transcurrían interminables los tórridos días del desierto.
Una mañana, enormes nubes, blancas como vellón, con sombras grises en los bordes, ocultaron el sol, matizando de singular modo la luz Genital. Generalmente, las nubes que se formaban en el desierto agrupábanse en derredor de los picos de las montañas sin alejarse de allí, pero las de ahora cruzaban por encima del páramo prometiendo lluvia bienhechora. Fresca brisa mecía las hojas de los árboles y arbustos.
Adán estaba dando, como todos los días, la vuelta al oasis, arrastrando pesadamente los pies como si llevara zapatos de plomo. Escudriñando todos los rincones en busca de alimento, oyó de pronto un agudo silbido. Emocionado y sorprendido, se detuvo, pues parecíale haber oído también el relincho de un caballo. Había percibido muchas veces el rebuzno de burros salvajes. Mas, durante el intenso silencia que siguió, sólo logró oír los acelerados latidos de su corazón. Gradualmente desvanecióse su esperanza, tan nueva y tan extraña. ¡Otra burla del recuerdo! O tal vez había sido el ruido del viento al penetrar en una grieta de alguna roca.
Apartando las ramas de los sauces al avanzar, atravesó la espesura para llegar al claro donde corría el riachuelo. Consistía éste ahora en un solo hilo de agua, a causa de la pertinaz sequía, pero era clara y cristalina. Estaba el joven a punto de ir hacia la roca donde solía arrodillarse para beber, cuando otro ruido le obligó a detener sus pasos. Había oído un penetrante silbido, algo sorprendente, porque denotaba vida.
De pronto percibió una enorme serpiente de cascabel con la cabeza erguida y vibrantes sus cascabeles. La culebra acababa de cambiar su fea piel por otra hermosa, reluciente, de un bello gris con manchas negras. No mostraba tener miedo. La aplastada y triangular cabeza, con sus ojos verdes como gemas mortíferas, erguíase un pie sobre las anillas que formaba su grueso cuerpo.
El instinto, cazador de Adán experimentó una viva sacudida. Dejó caer la honda como arma inútil contra una serpiente de tal! tamaño. Sus ojos temblaban como la punta vibrante de la aguja del compás cuando trató de no perder de vista a la culebra y buscar al mismo tiempo una piedra o un palo con que atacar a la presa. Una oleada de sangre le inundó la piel, provocando abundante sudor; el corazón le empezó a latir con inusitada violencia, y tan pronto se sentía animado por una gran agitación como paralizado por el temor de que la culebra pudiera huir de pronto, perdiéndose para él aquella cantidad de carne.
Sin dejar de mirar a la culebra, se inclinó, recogiendo una gran piedra del suelo, la cual lanzó fieramente contra el animal. El golpe arrancó un trozo de piel a la serpiente, con salida de, abundante sangre, pero al punto se desenroscó.
Adán pudo, apreciar entonces su tamaño. Tratábase de una culebra gruesa y larga, y la vista de la sangre enardeció más aún al joven. Casi se tornó fiera. Un instinto salvaje le impelía a echarse sobre su presa y matarla con dientes y uñas, pero la razón impedíale descender tan bajo. Lanzó sobre ella piedra tras piedra sin acertar nunca. El animal empezó a arrastrarse por la arena, y su herida no impidió que el avance fuese rápido. Adán trató de cocer tras ella, mas tan débil estaba que le costó un enorme esfuerzo anticiparse a la serpiente para que ésta volviese hacia el riachuelo. Las piedras no le servían de nada, porque no acertaba a dar en el blanco, y cada vez que se inclinaba para recogerlas del suelo, se mareaba de tal modo que apenas podía volver a ponerse derecho.
—Un palo... necesito, un palo —dijo jadeante, ronco, y viendo uno al borde del riachuelo, fue a buscarlo. Esto dio tiempo a la culebra para ganar terreno en la huída. Adán regresó corriendo, blandiendo de un modo alocado el arma, y no pudiendo sostener el equilibrio cayó de bruces. Al instante volvió a levantarse y, corriendo de nuevo, alcanzó a la culebra en el momento oportuno para evitar que desapareciera por entre la espesura.
Alzó el garrote. No era fácil herir al animal en medio de las piedras, y el palo era de madera podrida, por lo que se rompió al primer golpe. Con el cabo que le quedó pudo dar a la serpiente un golpe que retardó su huída.
Adán dio un grito estentóreo. Algo acababa de romperse en él, quedando tan sólo el instinto de matar y el feroz deseo de vivir. No había ya ninguna diferencia entre el hombre y la bestia. Enardecido y alocado corrió tras la culebra lisiada. La caza habíale trastornado por completo. Estaba muriéndose de hambre y olía la fresca sangre de la carne salvadora. La acción le enardeció y el olor penetrante enloquecióle aún más. Ya no estaba lejos de agarrar con sus propias manos aquella serpiente mortífera.
Más de nuevo tropezó, cayendo cuan largo era en la arena, muy cerca de la cabeza del animal. Y a dos pies del rostro de Adán se detuvo la culebra para enroscarse.
El joven trató de incorporarse apoyándose sobre las manos, pero no tenía fuerzas. Al mismo tiempo desapareció la locura de matar para comer. Se dio cuenta del peligro que corría. Le mordería la culebra. Adán tuvo una rápida visión de lo justo del castigo, vio los extraños y fríos ojos verdes del animal, tuvo un momento la sensación de la belleza y del fiero espíritu de aquel reptil del desierto. Después le invadió el terror, helándosele la sangre en las venas; al mismo tiempo que le aturdió el miedo, oscurecióse su razón. Ahora sólo era un animal temeroso, fascinado por otro y presintiendo la muerte por instinto. Y al sobrevenir el colapso, cayendo Adán pesadamente sobre la arena, la culebra hirióle en el rostro como si su boca fuese un hierro candente. Adán perdió entonces el sentido.
XI


CUANDO Adán recobró el conocimiento creyó estar soñando.
Sin embargo, un dolor punzante en el rostro parecióle lo bastante real para desvanecer la ilusión. El lugar donde se hallaba echado era sombrío o la debilidad de sus ojos le ciaba tal impresión. Poco tardó en descubrir que estaba en una de las cabañas cubiertas de hojas de palmeras.
—¡Alguien me ha traído aquí! —exclamó sorprendido. Y con la sorpresa y el dolor que sentía en todo el cuerpo, volvió el recuerdo. En su cerebro se formó un torbellino de ideas. El horror de la proximidad de la serpiente de cascabel, el olor de la sangre, la agresiva actitud del reptil, todo volvió, embargándole el miedo. Luego, se serenó. ¿Qué le había sucedido? Su mano parecíale insensible, apenas podía llevarla al rostro; el contacto de vendas húmedas le reveló que había sido salvado por alguien. Probablemente habrían regresado los indios, y entonces recordó el relincho del caballo que creyó percibir.
—¡Estoy salvado! —murmuró.
La emoción que experimentó fue tan violenta que casi volvió a perder el conocimiento; cerró los ojos y estuvo así durante largo rato, vagando el pensamiento entre sombras indefinibles.
Después oyó voces... algunas muy quedas; otras, de un acento profundo, gutural. ¡Eran de indios! ¡Qué salvación tan milagrosa!
—Aún no había llegado mi hora de morir... no estaba preparado... —murmuró.
Los descendentes rayos del sol le advirtieron que era la hora del atardecer. En el rincón de la cabaña había ollas y sacos que antes no estaban allí, y en el suelo veíase una manta india.
Una sombra cruzó los rayos del sol y una muchacha india entró en la cabaña. Su tez era oscura, y su pelo, negro como el azabache. Al advertir que Adán estaba mirándola con ojos muy abiertos, la joven dio un grito y salió corriendo. Afuera oyóse un rápido murmullo de varias voces. A poco entró un hombre alto, un indio vestido con harapientas ropas de blanco. Era viejo; su oscura faz de bronce parecía una máscara arrugada.
—¿Cómo estar? —preguntó, inclinándose sobre Adán y mirándole con ojos penetrantes.
—Muy bien —contestó el joven, tratando de sonreír al advertir que el anciano indio era bondadoso.
—¿Muchacho blanco desear excavar oro... perderse... no tener comida... mucho enfermo vientre? —preguntó el indio poniendo una mano sobre el abdomen hundido de Adán.
—Eso mismo —repuso éste.
—¡Ah! Yo ser Charley Yim... gran hombre de medicina. Yo curar muchacho blanco. Mordedura serpiente no ser peligrosa... Muchacho blanco mucho enfermo... no haber comido mucho tiempo.
—Eso es, Charley Yim —respondió Adán.
—¡Ah!
Al parecer, esta exclamación del indio significaba «Muy bien». El anciano se dirigió a la puerta, que estaba bloqueada por varios indios de rostros oscuros y pelo negro. Señaló a uno de ellos. Adán vio que era la muchacha que antes había entrado y que ahora se acercaba con timidez. El joven tuvo la impresión de que era ella la que le había salvado.
—Charley Yim, ¿quién me encontró..., quién me salvó de la serpiente?
El viejo indio entendió muy bien a Adán. Rió entre dientes y señaló a la muchacha, pronunciando un nombre que sonaba como Oella,,.
—¿Cuándo? ¿Cuánto tiempo hace, cuántos días? —preguntó.
Charley Yim levantó tres dedos y al mismo tiempo despachó a los demás de la cabaña, saliendo tras ellos. Adán se quedó solo con sus confusos pensamientos. No tenía fuerza alguna, y la breve entrevista, con su agitación y el obligado esfuerzo para hablar, le llevó al borde de la inconsciencia. Navegaba en un agitado mar de vagas ideas. Cuando pasó el estado de aturdimiento, el joven notó un dolor sordo en la cabeza y su cuerpo le parecía un saco vacío, aplastado.
Desvaneciéronse los últimos rayos del sol y las sombras de la noche invadieron la cabaña. Un fragante olor de humo de madera y otro familiar y, sin embargo, indefinible, fue causa de que la boca se le hiciera agua y mil alfilerazos le hurgaran el estómago. En la semioscuridad penetró una india en la cabaña y se arrodilló a su lado. Adán distinguió el rostro de la muchacha llamada Oella. Ésta le cubrió con una manta y le obligó con mucha suavidad a levantar un poco la cabeza. El esfuerzo le produjo tanto dolor que se le nubló fa vista y todo parecía dar vueltas en derredor suyo. La india le sostuvo, poniéndele algo, caliente y húmedo entre los labios. Trataba de darle de comer con una cuchara de Dalo. La comida no fe sabía a nada y el tragar le causaba dolor en la garganta. Mas después de tomar algunas cucharadas, el calor y la sensación de humedad le resultó agradable. Despertóse nuevamente el hambre y con avidez tragó el alimento que la india le daba.
Con la misma suavidad le ayudó a recostar la cabeza sobre la especie de almohada, cubriéndole luego con la manta. Una extraña sensación de plenitud invadió a Adán, causándole modorra, y a poco se quedó dormido.
Al día siguiente despertó con las torturas del hambre renovadas, y su dolor era tan agudo que se le antojaba indeseable la vida. Las horas transcurrieron lentas, eternas, pero el día siguiente no fue va tan insoportable, y después, gradualmente fue mejorando, iniciándose la lenta convalecencia.
Los indios que habían recogido a Adán eran una rama de la tribu de los Coahuila. Charley Yim, uno de los notables de la tribu, guardaba sentimientos amistosos hacia los blancos; de espíritu nómada, iba con los suyos de oasis en oasis. Conocía a Dismukes, y contó a Adán que el minero y él habían encontrado oro en aquel cañón. La familia de Charley Yim consistía en varias squaws, algunos hombres jóvenes, dos muchachas, de la que Oella era la menor, y una turba de chiquillos salvajes como ratas del desierto.
Adán supo por el indio que a la entrada superior del cañón había un bosque de mezquites cuyos frutos comestibles, especie de habas, eran muy apreciados por los indios. Sus mujeres convertían las habas en harina machacándolas. La abundancia de sauces, hierba y buen agua aran otros motivos por los cuales Charley Yim pasaba largas temporadas en aquel remoto cañón. No aparentaba ser pobre, porque tenía buenos caballos, burros, herramientas y otros utensilios en abundancia.
Adán estuvo tanto tiempo débil y dependiente de Oella que, cuando se puso bien y recobró sus antiguas fuerzas, le resultó difícil prescindir del amable servicio de la muchacha india; ésta, además, parecía considerar como cosa natural el continuar sirviéndole. El evidente placer que esto causaba a la joven, su fina sensibilidad, hacían imposible que Adán la ofendiera rechazándola. Mostrábase Oella tímida y reservada, poco inclinada a hablar, manteniendo ante él la sencillez, casi la humildad, de un inferior para su amo. Al conocerla mejor, su oscuro e impasible rostro resultaba atractivo, sobre todo sus grandes ojos negros, inescrutables y suaves como las noches del desierto. A veces, cuando Oella creía que Adán no la miraba, fijaba en él sus ojos, cuya luz complacía al joven, mas le causaba al mismo tiempo cierta turbación, recordándole lo que le había profetizado una anciana tía suya, que dijo: "Adán, hijo mío, las mujeres te querrán siempre." Sin embargo, Adán se dijo con tristeza que la profecía no se había cumplido y que seguramente sería infundada su presunción acerca de los sentimientos de Oella.
No obstante, cara no caer en la taciturnidad del deserto, era preciso hablar con alguien, y empezó a enseñar su idioma a la india, aprendiendo al mismo tiempo el de ella. La muchacha aprendía con facilidad y pronunciaba las palabras inglesas con más soltura que él las indias. Además, Oella aprendía rápidamente cuanto él le enseñaba. Como es natural, intentaba Adán introducir ciertas costumbres entre los indios. Éstos eran descuidados y sucios; en el caso de Oella, Adán la cambió. La linda hija del desierto tenía vanidades instintivas que desarrolló el trato con el joven.
Un día, cuando el verano estaba acabándose y Adán ya se hallaba bien, aunque todavía delgado, el viejo jefe indio le dijo:
—Hombre blanco mucho fuerte ahora. ¿Marcharse?
—No, Charley Yim; quiero quedarme aquí —repuso Adán.
—¡Ah! —dijo el indio asintiendo.
—Quisiera vivir aquí..., trabajar con los indios. No tengo hogar ni familia. Quisiera cazar para los indios.
—Mucha caza —replicó Charley Yim señalando con un ademán las montañas.
—Charley Yim tomará dinero del hambre blanco y enviará su gente a comprar un fusil, municiones, vestidos, harina, tocino..., muchas cosas que el hombre blanco necesita.
—¡Ah! —El indio levantó cuatro dedos señalando al Oeste, con lo que indicaba que la factoría más próxima estaba a cuatro días de distancia.
—Charley Yim no hablar a nadie de mí.
El indio aceptó gravemente el dinero que Adán le dio, estrechando la mano del joven en promesa de silencio.
Los indios jóvenes se marcharon a caballo a la factoría, que se hallaba al otro lado del río, _v tardaron dos semanas en volver. Para celebrar su regreso, Adán indicó fa conveniencia de dar un banquete, encargándose él de cocer el pan y de preparar el tocino. Oella ocupó por derecho propio el sitio de honor junto a Adán, y su habitual timidez no le impidió comer con gran apetito. En esta ocasión Adán logró también que se acercase a él la chiquillería; ésta no supo resistir la atracción de las golosinas.
Un reluciente fusil, un «Winchester», fue el blanco de las miradas envidiosas de todos los indios. Cuando Adán lo empuñó saliendo afuera para ejercitarse en el tiro, toda la familia le siguió con el intenso interés de los pueblos primitivos, que se maravillan ante las armas de los blancos. Sólo los pequeños escapáronse al principio al oír el estampido de las detonaciones, mas también se acostumbraron pronto, perdiendo entonces el miedo. Cuando Adán hacía un blanco algo difícil, Oella mostrábase orgullosa, mientras las demás sólo expresaban admiración.
Así transcurrieron rápidamente los días de vida sencilla, devolviendo cada uno a Adán un poco de sus fuerzas. La harina y el tocino aumentaron rápidamente el peso que había perdido, y en cuanto al arroz y las, frutas secas, tanto gustaban al joven, que temió no tardaría mucho en tener que enviar por más; tal era el uso que hacía de estos alimentos. Recordó entonces la opinión de Dismukes respecto al valor de su dinero.
En los primeros días del otoño empezó Adán a cazar. Charley Yim le llevó al desierto, escalando una loma para otear desde ella la caza. Señaló después hacia una ancha ladera en la que Adán veía la monótona belleza de la artemisa gris, interrumpida en algunos sitios por los cactos. El indio cogió el sombrero del joven, lo engalanó con dos grandes pañuelos, uno rojo y otro azul, y lo puso así sobre un palo alto. Luego empezó a escudriñar atentamente, con sus ojos de halcón, la ancha ladera y Adán le imitó, lleno de emoción y curiosidad.
—¡Ah! —dijo Charley Yim, y su oscura mano apretó la de Adán.
A lo lejos! parecían moverse unos puntos grises, mas el joven tardó mucho tiempo en distinguir la especie de animales de que se trataba.
—¡Son antílopes! —exclamó por fin Adán, sorprendido.
¿Era posible que aquellos animales selváticos fueran realmente tan curiosos que no pudieran resistir la tentación de aproximarse para ver de cerca el sombrero adornado de vivos colores? En efecto, acercábanse alerta, gráciles, con sus bien formadas cabezas, sus largas orejas y sus ancas blancas. El antílope guía no se detuvo ni una sola vez; pero algunos de los que le seguían deteníanse de cuando en cuando, vacilando; retrocedían un poco para volver inmediatamente a avanzar. Al ver a los animales acercarse tan confiados, al contemplar el bello espectáculo de la curiosa manada de esbeltos cuerpos, Adán estuvo a punto de disparar el arma para asustarlos y que huyeran.
—¡Vaya un cazador! —murmuró—. Pero esto es un vil asesinato... ¿Por qué le será necesario al hombre comer carne?
El indio permanecía impasible a su lado, pero alerta, con el instinto de su raza, tal vez más cercano a las necesidades de la vida humana.
El guía se aproximó a cincuenta pasos de distancia, yendo tras él varios antílopes más, cuando de pronto el indio dio la señal, silbando. Los animales se quedaron rígidos como estatuas. Entonces Adán disparó. Cavó el guía y el antílope más próximo a él; los otros volvieron grupas y huyeron raudas. Adán quedóse con la boca abierta admirando la veloz carrera de los animales en fuga.
—¡Ah! —exclamó el jefe indio, lleno de admiración.
—¡Hombre blanco gran cazador! ¡Un tiro... dos machos! ¡Hombre blanco tener ojos de águila!
De este modo, un tiro afortunado que mató a dos antílopes habiendo Adán apuntado sólo a uno, le inició en las cacearías del desierto y le dio el sobrenombre de El Águila. Así empezó fa educación de Adán en la vida del desierto; el joven supo apreciar la buena fortuna que había tenido al depararle la suerte un maestro tan excelente. El jefe de los Coahuila había nacido en aquellos parajes, en ellos había vivido los sesenta años que contaría a la sazón. Como cazador, tenía la vista de las cabras monteses, el oído de un ciervo, el olfato de un lobo. Toda su vida había comido carne de caza y le agradaba con pasión. Adán empezó, pues a ver 1a existencia en el desierto con los sentidos, la larga experiencia y la suma habilidad! de Charley Yim. Abrióse ante sus ojos variada en su abundancia, infinitamente extraña y maravillosa en su ferocidad y cautela para salvar a las especies. Aprendió el joven a ver como los indios, teniendo sobre éstos la ventaja de su mentalidad para analizar y sopesar los hechos y las cosas. Mas el conocimiento llegó de un modo lento, doloroso, a fuerza de sufrir, a pesar de que el tiempo transcurría velozmente debido a las emociones del aprendizaje.
Durante aquellos maravillosos días otoñales aprendió Adán que el antílope podía pasarse mucho tiempo sin beber, que su extraordinaria ligereza le permitía librarse de los lobos y de los felinos del desierto, que a causa de sus saltones ojos podía ver en todas direcciones, que su color era el gris protector de la artemisa de llanos y laderas.
Aprendió que el lagarto podía variar su color como el camaleón, confundiéndose con la roca en que tomaba el sol, y que podía cruzar la arena tan velozmente que era casi imposible percibirlo.
Aprendió que el lobo gris del desierto era el rey de los lobos, que vivía en la alta montaña y que bajaba a los llanos, donde, por su maravillosa fuerza y celeridad, cazaba y mataba a sus presas abiertamente.
Aprendió que el coyote era comedor de carroña, de conejos, de ratas, de huevecillos de aves, de frutos del mezquite, de cualquier cosa que encontrase... que era una fiera gris, huidiza, astuta, tan cobarde como bravo el lobo, tan capaz de vivir sin agua como el antílope, y acondicionado para vivir en el desierto como ningún otro animal.
Aprendió que la liebre sobrevivía a todo por el desarrollo anormal de sus orejas y piernas, extraordinariamente grandes las primeras para recoger los ruidos por leves que fuesen, y largas y fuertes las últimas para facilitar la fácil y rápida fuga.
Aprendió que el conejo de los álamos vive en las espesuras, cerca de agujeros en que ocultarse, y que su enorme fecundidad salva a su especie de la extinción.
Aprendió todo cuanto hay que aprender sobre las hormigas del desierto, las ratas, las zarigüeyas, el sapo cornudo, los lagartos, las serpientes, las arañas, las abejas, los abejorros..., cómo viven y de que viven; cuán maravillosamente la Naturaleza habíalos dotado para aquel ambiente, cada cual perfecto, cada cual en su sitio, cada cual fiero, cada cual bastándose a sí mismo, cada cual cumpliendo el misterioso destino de sacrificar su vida individual en aras de la conservación de la especie. ¡Qué cruel era la Naturaleza con el individuo! ¡Qué solícita con la especie!
Aprendió que la misma fiera vida del desierto manifestábase en las plantas, las cuales, mediante espinas, savia venenosa, ramas sin hojas, raíces profundas, órganos que captaban y almacenaban el agua, defendíanse de los animales del desierto y resistían el tórrido sol y la pertinaz sequía. Quedaba fuera de la humana comprensión el que un cacto pudiese desarrollar sus ramas en forma redonda y recta, para estar menos expuestos al sol, y que un árbol crease hojas que nunca presentaban su ancha superficie a los rayos solares.
Así transcurrieron las meses y llegó el invierno; cubriéronse de alba nieve los lejanos picos del San Jacinto y San Gorgonio; quedábase el anciano indio entre los suyos mientras Adán escalaba las montañas en busca de caza, porque ya sus fuerzas no le permitían seguir al joven en sus correrías.
Pocos eran los días en que Adán no salía a la hora del alba hacia las alturas, escalando la bronceada ladera, ágil y seguro como una cabra, atravesando después las lomas desnudas y los profundos barrancos en que crecía el liquen y flores extrañas, pálidas, hasta llegar a la cima desde la cual podía contemplar, a través de la inmensa llanura soleada, la gloria del monte solitario que se llamaba Picacho y que despertaba amargas memorias en él. La contemplación de Picacho significaba para Adán una plegaria y, sin embargo, cada vez que lo veía, parecía que una hoja cortante le atravesaba el corazón. Recordaba entonces su antiguo hogar, su hermano, su madre, los días de juegos infantiles, llenos de esperanza y amor, su viaje hacia el Oeste, su caída, su crimen y su ruina. Sólo en las alturas forzaba Adán la memoria, para que fuese cada vez más viva y más torturadora. Eran las horas que dedicaba al remordimiento, para sufrir y para castigarse. Fustigaba su alma con amargos pensamientos para no olvidar nunca. Había vuelto a ser sano, y fuerte, habíase desarrollado de un modo tan vital que era preciso usar esa misma fuerza para pagar su deuda.
Mas también había horas alegres para Adán. Era joven, la sangre corría roja y viva por sus venas y la actividad enardecíale más y más. Recorrer las altas rocas con paso rápido y seguro era para él algo espléndido. Hallarse libre y solo era para Adán el colmo de sus deseos. Enlazaba la hora presente con el remoto pasado, que no podía comprender y que, sin embargo, le encantaba. Le enorgullecía que los indios le llamasen El Águila, porque observar a las águilas en su majestuoso vuelo había llegado a ser en él una pasión. Momentos hubo en que anheló cambiar su vida por la de un águila, hallar su pareja, formar un nido en lo más elevado de las rocas y vivir allí, en la paz augusta, rodeado de azul sobre el páramo solitario.
En las alturas tuvo el joven nuevamente la extraña sensación inexplicable, ilusiva, que experimentara en cierta hora solitaria, con el desierto a sus pies. Dismukes habíale contado cómo el desierto ejercía su atracción sobre los hombres, que cada uno de ellos tenía sus ideas particulares acerca del motivo y ninguno sabía discernir la verdadera y única causa.
Tras el invierno volvió la primavera, y luego el verano; la vasta hondonada del desierto resplandecía con la sonrosada luz de la aurora, en las horas blancas de la luna llena, y quemaba tórridamente al mediodía. Los vahos temblorosos del calor cerníanse como nubes sobre la depresión del Saltón; la pálida línea ondulante de las Montañas de la Superstición cambiaba misteriosamente todos los días; las nubes de niebla que llegaban al Pacífico avanzaban sobre las lomas estrellándose contra los altos picos. El tiempo nada significa en el desierto, aunque trabaja paciente e incesantemente en sus detalles infinitos. El desierto es parte de la eternidad. Sus momentos no eran sino los meses, que se convertían en años de la vida de Adán. De nuevo vio el San Jacinto y el San Gorgonio coronados de nieve que se destacaban contra el azul del cielo.
Un día Charley Yim enseñó a Adán un hueco en la arena y la grava de un barranco donde Dismukes encontró una bolsa de oro. El joven comprendió que había sido el indio quien llevó al minero a aquel lugar.
—Hombre blanco loco por el oro —dijo el indio—. No ser feliz por haber poco oro. Querer mucho oro... gran tonto.
Así comprendía Charley Yim a Dismukes. Evidentemente, hubo alguna causa justa por la que trajo al minero a aquel barranco oculto, pero no la explicó. Y también el llevar a Adán al mismo sitio tenía cierta significación. Adán había recompensado a Charley y a su familia de mil maneras por haberle salvado y socorrido.
—Charley Yim enseñar al Águila mucho oro —dijo el indio, y lo llevó a otro barranco que desembocaba en el cañón. En la arena del cauce seco encontró Adán oro en abundancia, pero el descubrimiento no le volvió loco, le emocionó un poco nada más. Adán adivinó en el rostro oscuro e impasible de su guía algo del desprecio que siente el indio por el frenesí del blanco por el oro.
Luego, el jefe indio explicó al joven, en su idioma, que el indio pagaba siempre su deuda a amigos y enemigos, devolviendo bien por bien y mal por mal... y que había hombres blancos a los que podía confiar el secreto de los tesoros del desierto.
Llegó un día en que algo pareció estimular el espíritu nómada de Charley Yim, y con su familia y Adán empezó a recorrer el desierto en busca de otros lugares. Esta vida era del agrado de Adán, porque sabía que Charley Yim no frecuentaba las sendas de los hombres blancos.
Ningún tiempo transcurrió tan rápidamente como los días y las noches en los nuevos y extraños lugares del desierto. Adán contaba los años por el ir y venir de la nieve en los altos picos y del verdor en los álamos.
Cuando regresaron por fin al oasis del solitario cañón en la Montaña Chocolate, parecíale al joven que volvía a su hogar. Amaba el escenario de sus torturas. Cada piedra, cada árbol era para él un amigo y parecía darle la bienvenida Allí también había pasado los largos meses de angustia moral. En esta roca había estado sentado un día entero con su desesperanzado dolor; bajo aquella palmera habíase paseado hora tras hora durante muchos días angustiosos, poseído por los remordimientos.
Sobre todo, encantábale volver a subir a las alturas para contemplar la línea ondulante del río Colorado y estremecerse cada vez que vislumbraba Picacho. Su configuración no cambiaba. ¿Acaso, lo había esperado? Elevábase allí, en medio del color liliáceo del desierto, colosal, dominante, inmutable y perenne, como el pecado que él había cometido a su sombra.
En algún lugar de aquel pico enorme estaba la tumba de su hermano.
—Un día volveré allí —murmuró Adán, y sus palabras parecían el nacimiento de una idea largo tiempo en germen. Picacho le obsesionaba, le atraía; era el sitio que había dado color gris a su vida. De pronto surgió ante él la imagen de Margarita. ¡Pobre y frágil criatura! No había sido sino el instrumento de su destino. No la inculpaba, hacía mucho tiempo que la había perdonado, y, sin embargo, su recuerdo le hacía daño. ¿No había hablado con ligereza de lo que para él debía ser algo sagrado? «¡Bah...! ¡Está ya tan lejos! ¿Quién se acuerda de ello?» Un ser sin fe, sin alma. Adán no podía olvidar jamás. No podía ver un palo verde sin sentir inmediatamente una punzada en el corazón.
A la hora de la puesta del sol, el día del regreso al oasis, se aproximó a Adán el jefe indio, sombrío, grave, pero con un dejo de bondad en su austero aspecto. Habló el idioma de su tribu.
—Hombre blanca, tú eres de la raza de las águilas. Tu corazón es el de los indios. Toma a mi hija Oella por esposa. El golpe largo tiempo temido había descendido al fin. Adán había tratado de pagar su deuda, pero no te era posible hacerlo enteramente.
—No, jefe, el hombre blanco no puede esposar a Oella, tiene sangre en las manos... han puesto precio a su cabeza. Algún día... le ahorcarán por su crimen. No puede ser falso con la muchacha india que le salvó la vida.
Acaso el indio esperaba la respuesta, mas su rostro inescrutable no reveló ningún sentimiento. Hizo uno de sus lentos e inexpresivos ademanes..., alzó la mano señalando hacia el desierto. Era preciso que Adán se fuese.
El joven dejó caer la cabeza. Aquel decreto era irrevocable y, además, justo. Mientras arreglaba su equipaje para una larga jornada, el crepúsculo invadió el campamento de los indios. Cuando a la sombra de las palmas Adán se vio frente a Oella, se dio cuenta de que la joven lo sabía todo. ¿Era aquélla la muchacha india que había sido tan tímida, tan extraña? No, ahora era una mujer hecha y derecha, cuyos magníficos ojos de azabache penetrábanle hasta el alma en busca de la verdad. ¡Qué ciego había estado! Todo en ella hablaba del amor de una mujer.
—Oella —dijo Adán, lleno de emoción—, tu padre me ha ordenado que me vaya. Soy un proscrito. Me buscan. Si te hiciera mi esposa, la vergüenza y las tribulaciones serían el pago de tu bondad.
—Quédate. Oella no tiene miedo. Nos ocultaremos en los cañones —dijo la joven.
—No. He cometida un crimen. Hay sangre en mis manos. Oella, yo no soy falso. No quiero engañarte.
—Tómame, soy tuya —exclamó la india, y su apasionada voz hirió a Adán en lo más hondo. La muchacha estaba dispuesta a compartir con él las penas de los solitarios caminantes del desierto.
—¡Adiós, Oella, noble corazón! —dijo roncamente, y se alejó a grandes pasos, guiando a su burro hacia la solitaria y melancólica noche del desierto.
XII


EL segundo encuentro de Adán y Dismukes sucedió en Tecopah, un campamento minero en el desierto Mohave. El campamento hallábase situado en un valle pintoresco, en el que una exuberante vegetación señalaba el curso de un río, y las arenosas orillas de éste alcanzaban las oscuras y rocosas laderas que subían hasta la tenebrosa sierra.
Era en el mes de marzo, la estación más policroma del Mohave, cuando Adán llegó a Tecopah, en cuyas afueras se detuvo sobre un banco herboso. Nacía en aquel lugar un pequeño manantial que bajaba alegre hacia el río. El agua del manantial era potable y muy celebrada como tal entre los caminantes del desierto, que acudían desde lejos a beberla. Apenas instalado, las orejas avisadoras de su burro le indicaron que se aproximaba alguien; Adán levantó la cabeza y vio venir hacia él una figura muy familiar. Sorprendido, se frotó los ojos. ¿Era aquella extraña figura el hombre de quien conservaba tan imperecedero recuerdo? Sí; aquel hombre cuadrado, grotesco, era Dismukes. Su traje remendado a semejanza de un tablero de ajedrez y sus botas amarillentas de arcilla y álcali parecían idénticas a las que llevaba el día memorable en que Adán le viera por primera vez.
Dismukes llevó sus burros hacia el borde del banco en que acampaba Adán, seguramente para acampar él también allí, mas cuando vio al joven, vaciló y llamando a los burros con brusca voz, dio la vuelta para marcharse.
—¡Hola, Dismukes! —gritó Adán—. Véngase aquí, que hay sitio para los dos.
El minero se detuvo y, volviéndose, preguntó:
—¿Me conoce usted?
—Sí, le conozco, Dismukes —repuso Adán ofreciéndole la mano.
—Pues... no lo entiendo —dijo el minero estrechándosela.
Parecía no haber pasado por él el tiempo; acaso tan sólo su desaliñada barba era un poco más gris. Con sus grandes ojos saltones contempló curiosamente a Adán.
—Fíjese bien. Vea si puede reconocer a un hombre de quien fue usted amigo un día —replicó Adán.
El instante estaba lleno de una penosa y melancólica alusión a la mutación del tiempo. También embargaba a Adán una extraña emoción de alegría. Aquél era el hombre bondadoso que le salvó de una muerte segura y puso en su mente la idea de conquistar el desierto.
Dismukes mostrábase perplejo y un poco avergonzado. Su penetrante mirada era la de un hombre que había sido amigo de muchos y no podía recordar.
—Pues... me doy por vencido. No le conozco.
—Soy Wansfeld —dijo Adán.
Dismukes se le quedó mirando fijamente; cambió la expresión de su rostro, pero no porque le hubiera reconocido.
—¡Wansfeld! ¡Wansfeld! —exclamó—. Conozco ese nombre... ¡Ya lo creo! Lo he oído muchas veces en todo el desierto Mohave... Me alegro mucho de encontrarle ahora..., pero es la primera vez que le veo a usted.
Lo acerbo del encuentro para Adán llegó a su punto máximo cuando Dismukes no pudo reconocerle. Era la última y definitiva prueba del cambio que se había operado en él. Los años pasados en el desierto habían transformado al joven Adán Larey en el hombre llamado Wansfeld. Por primera vez en su vida se sintió absolutamente seguro; nunca le reconocerían, jamás podrían prenderle por el crimen cometido. Parecía renacer en aquel momento.
—Dígame, Dismukes, ¿cuánto le falta para reunir aquellos quinientos mil dólares? —preguntó sonriendo Adán, divirtiéndose ahora con la ignorancia del minero.
—¡Demonio! ¿Cómo sabe usted eso? —exclamó Dismukes.
—Usted mismo me lo dijo.
—Es un caso raro, Wansfeld. O estoy borracho o usted sabe leer los pensamientos de los demás. Viniendo hacia este sitio pensaba en los quinientos mil, pero jamás hablé a nadie de ello, excepto a un muchacho... que ya murió.
—¿Qué me cuenta de aquella burra que se llamaba Jinny... y que solía robar las provisiones? —preguntó Adán lentamente.
—¡Jinny! —exclamó Dismukes, cada vez más sorprendido, estremeciéndose—. Jamás la olvidaré. Se la di a un muchacho que se perdió en el desierto, y luego el animal volvió..., me siguió hasta llegar a Yuma... Pero ¿cómo conoce usted a Jinny? Hombre de Dios, ¿quién es usted?
—Dismukes..., soy aquel muchacho a quien usted salvó... cerca de la Montaña Chocolate..., a noventa millas de Yuma... Recuerde. Jinny me vio caminando en círculo... Usted me salvó, me lió la burra y provisiones, me dijo cómo me había de comportar en el desierto..., me envió usted al cañón de los indios. Aquel muchacho era yo..., ahora soy... Wansfeld.
El minero miróle más fijamente, hasta que por fin encontró la semejanza que buscaba.
—¡Dios mío! ¡Ahora le reconozco! —exclamó satisfecho, y puso sus callosas manos sobre Adán con indecible alegría—. Creía que se había usted muerto en el desierto. El regreso de Jinny así me lo decía... ¡Pero vive usted! Usted... aquel muchacho tan delgado y alto..., con los ojos llenos de angustia... Nunca los olvidé... ¡Y ahora es usted Wansfeld!
—Sí, amigo mío. La vida en el desierto es muy extraña —contestó Adán—. Pero descargue esos burros y acampe aquí conmigo. Vamos a comer y a charlar.
Mientras los dos hombres comían su frugal colación, hablaron, acostumbrándose poco a poco a una situación que rompía el silencio habitual del desierto. Había en cada uno de ellos una inconsciente deferencia hacia el otro; Wansfeld veía en Dismukes a su salvador, al maestro que le inspiró el deseo de escalar las alturas del ennoblecimiento humano, y Dismukes encontraba en Wansfeld el desarrollo de sus ideas, el divino espíritu del hombre que se eleva por encima de la bestia feroz del desierto, que sólo piensa en su propia conservación.
—Wansfeld, ¿lleva usted cuenta del tiempo? —preguntó Dismukes sacando de un bolsillo la corta y vieja pipa que Adán recordaba, tan bien.
—No. Para mí los días se convirtieron en semanas y las semanas en años, nada más —repuso Adán.
—Tampoco yo llevo cuenta. ¿Qué es el tiempo en el desierto? Nada... Eso sí, vuela... vuela que es un gusto. Creo que deben haber pasado algunos años desde que le vi cerca del Colorado. Veamos: tres veces he ido a Yuma...; una, a Riverside...; dos a San Diego... Seis viajes, y todos para poner mi dinero en los Bancos. Seis años, pues, y aún creo que me quedo corto.
—Dismukes, he visto la nieve en las montañas ocho veces. Hace ocho años, amigo mío, que Jinny alzó sus largas orejas y me salvó. ¡Qué poca cosa es la vida en el desierto!
—¡Ocho años! —repitió Dismukes moviendo la cabeza—. Parece imposible... Bueno, bueno, el tiempo vuela... Wansfeld, usted aún es joven, aunque veo que el pelo le empieza a blanquear por las sienes. Ya no puede usted sentir miedo por aquel... crimen de que me habló. Nadie le reconocería ahora.
—No siento ya ese miedo. Me temo a mí mismo, Dismukes. Si volviese hacia la civilización, podría olvidarlo.
—¡Ah, sí, sí! —suspiró Dismukes—. Ya entiendo... Me gustaría saber qué sentiré cuando llegue la hora de dejar el desierto...
—¿Tardará usted aún mucho?
—No se sabe nunca. Puede que mañana descubra el filón soñado. Siempre creo que será mañana. Esto es lo que nos retiene en el desierto.
Era, en efecto, un soñador aquel hombre, a quien Adán comprendía ahora mejor que antes, salvo en lo concerniente a su tenaz obsesión de reunir determinada suma en oro. Parecía éste el único lunar en un carácter que, de otro modo, sería grande. En cambio, la constancia con que perseguía aquel fin era tan enorme como inexplicable.
—Dismukes, cuando nos encontramos hace años tenía usted 1a tercera parte de la cantidad que deseaba reunir. ¿Cuánto tiene ahora?
—Más de la mitad, Wansfeld, y todo está en los Bancos muy bien guardado —fue su orgullosa respuesta.
—¡Doscientos cincuenta mil dólares en oro! Amigo mío, eso es un capital más que suficiente. Váyase ya y realice su sueño... Váyase antes de que sea tarde.
—Ya lo he pensado. Muchas veces, encontrándome enfermo y cansado de este maldito calor y soledad, surgió tentadora la idea... Mas no, nunca haré eso. Para mí es como si aún no tuviera un dólar.
—¡Cuidado, Dismukes! —exclamó Adán con voz grave—. Así parece que sea el afán de amontonar oro lo que le impulsa, no lo que pueda alcanzar con él.
—¡Ah! ¿Quién sabe?, como dicen los mejicanos... Wansfeld, ¿ha descubierto usted ya la maldición..., o la bendición... del desierto..., lo que nos convierte en caminantes de este páramo?
—No, aún no lo he descubierto. A veces me parece estar ya cerca de lograrlo... Sé que es algo muy grande y que debe de estar relacionado con el mismo comienzo de la humanidad. Algún día lo sabré.
Dismukes continuó fumando en silencio, un poco pensativo y triste. Su fortaleza y su persistencia parecían las mismas que ocho años antes y, sin embargo, Adán creyó advertir una sutil diferencia imposible de definir. Los últimos destellos áureos desaparecieron de las cimas de la montaña, las nubes tornáronse grises, el crepúsculo invadió el campamento. Del otro lado del río llegaron las notas discordantes de Tecopah despertándose a la orgía nocturna de los campos mineros.
—¿Cómo está usted aquí? —preguntó a poco Dismukes.
—Para mí, Tecopah no es más que este manantial.
—Lo mismo me pasa a mí. Me voy a aprovisionar abundantemente de agua. Acampé aquí hace un año y, cuando me fui, guardé una de mis cantimploras durante tanto tiempo que el agua se echó a perder... Hallé huellas de oro en la sierra de Kingston, pero se me acabaron las provisiones y tuve que cejar en mi empeño. Ahora quiero volver, y luego iré a las Montañas Funeral. Debe de haber oro allí, pero es mal sitio para un minero. ¿Conoce usted aquella región?
—No he pasado de la vertiente sur de esas sierras. —Es mala, pero la otra parte..., bueno, allí está el Valle de la Muerte. Esa hondonada en verano es un verdadero horno, peor que el infierno. La he cruzado muchas veces y en todas las épocas del año, salvo en el mes de julio al, mediodía. Eso no lo hará nadie. He visto marcar el termómetro cincuenta grados a medianoche, y cuando además sopla el Horno, como allí se le llama, no se puede dormir... Sin embargo, aunque parezca extraño, la fascinación del desierto es más fuerte en el Valle de la Muerte que en ningún otro sitio.
—Lo comprendo —repuso Adán, pensativo—. Debe de ser tan sublime como la muerte y la desolación..., la terrible soledad, la veneración que inspira la tierra desnuda. Pienso ir allí.
—Me lo he supuesto. Voy a dibujarle un mapa de ese valle con las sendas que he recorrido y los manantiales que he encontrado. Conozco esa región mejor que ningún blanco. La parte baja de la ladera del Funeral es de greda, bórax, álcali y salitre, y cuando el día es caluroso y sopla el viento arrastrando el polvillo de esas substancias... ¡Dios mío, sólo el pensarlo da escalofríos! Pero usted querrá verlo personalmente y luego volverá más de una vez.
—¿Por dónde le parece mejor entrar en el valle?
—Creo que lo mejor es seguir el curso del río Amargosa. Sus aguas son malas, pero más vale agua mala que ninguna. Entre por los montes Panamints y vuelva a cruzarlo por el arroyo Hornos. Le señalaré bien la ruta en el plano. Hay más agua mala que buena en el valle, y alguna es hasta arsenical. Encontré los esqueletos de seis hombres junto a un manantial de aguas arsenicales. Supongo que llegarían allí en un momento de sed abrasadora y bebieron hasta quedar ahítos. Su muerte debió de ser rápida. Creo que soy el único que conoce su tragedia, que, por lo demás, no es cosa rara para mí... i He visto tantos esqueletos por estos desiertos! Supongo, amigo Wansfeld, que usted también habrá encontrado esqueletos o cadáveres momificados, ¿verdad?
—Sí, he enterrado los restos de más de un pobre diablo —repuso Adán.
—¿Conviene enterrarlos? Yo no lo he hecho nunca, a fin de que su presencia sirva de aviso a otros. Sólo un loco se atrevería a beber el agua junto a la cual hay un esqueleto... Bien volviendo al Valle de la Muerte, lo mejor es entrar siguiendo el curso del Amargosa; es muy sinuoso, pero seguro. Además siempre se hallan en sus orillas árboles aislados y un poco de hierba. En su camino hacia el valle encontrará con seguridad mucha gente, acaso también esos ladrones y bandidos que pululan en la sierra Panamints. Por lo que he oído, Wansfeld, paréceme que el encuentro con usted significaría para algunos de ellos un mal rato, así como una suerte para los mineros, ¿verdad?
—En efecto, no me escabullo ni mucho menos al encontrar en mi camino gente de esa calaña —replicó Adán ásperamente.
—Me lo figuraba —dijo Dismukes con igual aspereza. Bueno, pues la última vez que estuve allí... (veamos... sí, era en el mes de septiembre, con un calor espantoso) encontré a una pareja la mar de rara, en un barranco que hasta entonces no había yo recorrido. Tampoco vi señales de que otro buscador de oro hubiese entrada allí... Una pareja muy rara..., un hombre y una mujer que vivían en una choza construí da bajo una abrupta ladera de roca resquebrajada. Era un verdadero suicidio vivir allí, y así se lo dije. A cada momento se oía el ruido de alguna piedra que caía o el resquebrajarse de las rocas, como si toda la montaña fuese a venirse abajo. La mujer tenía un miedo cerval a su marido, y éste era una especie de hiena y lobo con piel humana. No me fue posible hacer nada por la pobre mujer, y tampoco pude enterarme de más de lo que le cuento, que no es mucho que digamos. Pero, eso sí, Wansfeld, esa mujer no es una cualquiera..., se ve que es de buen origen y que ha sido muy hermosa. Tiene la cara más triste que he visto en todos los días de mi vida. Dos cosas sentí al verla...: que no viviría va mucho tiempo y que su marido la odiaba con un odio feroz, inextinguible... He visto mucha gente extraña, he tropezado con situaciones muy singulares, pero la de esa pareja es el colmo... Me gustaría que fuese usted a verla. Supongo que aún estarán los dos allí, si es que viven. El hombre ha escogido un lugar muy oculto y está en trato con los shoshone, que le llevan cada mes provisiones.
—Iré. Pero, Dismukes, ¿por qué desea usted que vaya? —preguntó Adán con curiosidad.
—¡Caramba...! Usted! no puede ignorar lo que significa su nombre para los hombres que viven en el desierto —contestó Dismukes con voz forzada y bajando los ojos.
—No lo sé —dijo Adán—, siempre he vivido solo. Naturalmente, he estado en factorías y en campos mineros. He trabajado en uno de éstos y he conducido algunas caravanas a través del desierto Mohave. He estado, pues, entre hombres, pero nunca supe que mi nombre significase algo para ellos.
—Algunas de sus hazañas corren de boca en boca y son el tema obligado de las charlas alrededor de las fogatas. ¡Wansfeld! Ahora recuerdo que me dijo usted llamarse así. Permítame decirle —añadió el minero, un poco vacilante— que veo en usted el hombre que yo hubiera querido ser.
—¡Oh, no, Dismukes! —protestó Adán—. Usted es un hombre sincero, industrioso y, ahora, hasta rico, casi a punto de disfrutar el premio de sus largos años de dura labor. Su vida tiene un objeto... Y... yo sólo soy un caminante del desierto.
—¡Ah! En esto precisamente está su grandeza —exclamó el minero, con ojos llameantes—. Yo soy un hombre egoísta, un basurero de los montes en busca de oro. Mi pasión me ha hecho pasar junto a hombres y mujeres sin conmoverme, a pesar de que necesitaban ayuda. Yo sólo voy tras la riqueza, la quimera de mis sueños; pero usted..., usted es Wansfeld el justiciero..., y en la soledad y el silencio del desierto ha encontrado a Dios... Ya se lo dije que lo encontraría. He conocido a otros hombres que les ha pasado lo mismo.
—¡No, no, no! —repuso Adán—. Se equivoca usted, no creo haber encontrado a Dios aún... No tengo religión, no tengo creencia alguna... Estoy sin la menor esperanza en el desierto. La Naturaleza es inexorable, indiferente. El desierto no es sino uno de sus muchos campos. El hombre no tiene ningún derecho aquí. No, Dismukes, no he encontrado a Dios.
—¡Ya lo creo que sí, sólo que no lo sabe! —repitió Dismukes gravemente, volviendo al mismo tiempo a llenar su pipa—. El caso es que no era mi intención hablar de todo esto. Cuando de tarde en tarde encuentro a alguien por el desierto, generalmente no tengo ganas de hablar y me limito a hacer las preguntas del caso, pero con usted la cosa varía. Usted me obliga a pensar. Y, amigo Wansfeld, a veces bullen millones de pensamientos en mi cerebro pugnando porque les dé libre curso. Es el desierto. El hombre tiene que luchar con el desierto, valiéndose de su inteligencia, porque, de lo contrario, dejará de ser hombre para convertirse en bestia. Aunque hablo poco, siempre pienso.
—A mí me pasa lo mismo —observó Adán—. Pero creo que el hombre debe hablar cuando se ofrece la ocasión. Yo hablo con mis burros o conmigo mismo sólo para oír de cuando en cuando mi voz.
—¡Ah, ah! —exclamó Dismukes dando un profundo suspiro y asintiendo con un movimiento de su desgreñada cabeza; las palabras de Adán habían herido una cuerda sensible en su corazón.
—¿Ha buscado usted oro aquí? —preguntó Adán.
—No. Estuve aquí poco después del descubrimiento de la mina y muchas veces desde entonces, pero siempre fue el agua mi objeto único. Prefiero morir antes de buscar oro entre esa manada de fieras. Podré ser un lobo del desierto, pero soy solitario.
—Esos son coyotes; y usted, el lobo gris. Tengo por costumbre comparar con los animales del desierto a toda persona que encuentro.
—Tiene usted razón en eso. El desierto pone un sello definitivo en el hombre. Y usted, Wansfeld, tiene la mirada de águila. Pero, la verdad, el desierto no es lugar para seres humanos, y no creo que la Naturaleza haya previsto el caso. Las fieras y las plantas se reproducen aquí, aunque con una lucha tremenda para sobrevivir, pero el hombre ni vive ni se reproduce.
—Pues, ¿y los indios, que están viviendo aquí durante centenares de años?
—¿Qué significa un millar de indios? ¿Y qué son esos siglos comparándolos con los millones de años que cuenta de existencia el desierto? Nada, en absoluto. Mire, Wansfeld, allá abajo, a la depresión de Saltón, irán hombres, así como a otros sitios donde el suelo puede ser productivo, y construirán diques y canalizarán las aguas. Tal: vez algunos tontos llegarán hasta a desviar el Colorado para que vierta sus aguas sobre el páramo. Lo convertirán en verde prado y ricos pastos. Y, tras los diques y canales, surgirán ciudades y cruzarán los ferrocarriles el desierto. Todos serán ricos y se enorgullecerán de haberla conquistado, pero ¡pobres tontos, qué mal lo conocen! Sólo el que haya vivido aquí como nosotros sabe cómo es. Pasarán los años y las generaciones, acaso centenares y miles de años de labor fructífera, mas todo eso no será sino un grano de tiempo en las interminables arenas de la eternidad. El trabajo del desierto se habrá retrasado un poco, pero es inexorable y labora con infinita paciencia. El sol seguirá abrasando, las heladas resquebrajando, los aludes derrumbándose, la lluvia destruyéndolo todo. Lentamente la costra de la tierra se elevará para formar montañas se irán desmenuzando, átomo por átomo, hasta convertirse en arenas del desierto. Y los vientos... ¡seguirán soplando sin cesar! ¿Quién podrá luchar contra los vientos del desierto? Arrancan la arena y la elevan, enterrándolo todo. Los hombres morirán, desaparecerán sus ciudades y el desierto volverá a reinar como señor absoluto, porque así lo quiere Dios.
—Entonces, ¿Dios y la Naturaleza son para usted 1o mismo? —preguntó Adán.
—Sí, el haber dormido durante veinte años en el desierto con el firmamento por techo me ha enseñado eso. ¿Le sucede a usted lo mismo?
—No. Estoy conforme con todo lo que ha dicho usted del desierto y de la Naturaleza, pero no puedo comprender que la Naturaleza sea Dios. La Naturaleza es cruel, inexorable, inevitable, no deja lugar a la esperanza. Dios debe ser la inmortalidad.
—Wansfeld, hay algo divino en algunos hombres, no en todos ni en muchos. De manera que ¿cómo eso divino puede ser Dios? La inmortalidad de que usted habla... es sólo su vida proyectada en otra.
—¿Quiere usted decir que si no tengo hijos no seré inmortal?
—Eso mismo.
—Pero... ¿y mi alma? —preguntó Adán con voz solemne.
Dismukes bajó la cabeza.
—No sé, no sé. He profundizado mucho, pero no puedo llegar más hondo. Nunca he podido encontrar mi alma... Acaso al encontrarla descubriría también a Dios. No sé... Pero usted, Wansfeld, ¿no recuerda que le dije que tenía usted espíritu y mentalidad suficientes para hallar a Dios en el desierto? ¿Lo encontró?
Adán movió la cabeza.
—No estoy más cerca de Él que de usted, Dismukes, aunque piense de distinto modo sobre la vida y la muerte. He luchado por vivir en el desierto, pera he luchado mucho más por formar mi espíritu. Parece que la Naturaleza siempre me hiere con su terrible maza. He pasado infinitas horas estudiando el desierto y aún me quedan muchas más, pero hasta ahora siempre he visto lo que usted, su extraña ferocidad, su fiero propósito. No es, pues, sorprendente que, como usted dijo, el desierto ponga su sello sobre los hombres.
—¡Ah! ¡Y sobre la mujer también! Vea, si no, ese diablo con faldas que tiene una casa en Tecopah. ¿La ha vista usted?
—No, pero he oído hablar de ella. En Agujas encontré a la mujer de un minero, un tal Clark, que fue asesinado aquí, en Tecopah.
—No sé nada de ese Clark, pero no dudo que sea verdad lo que cuenta su mujer. Es cosa corriente aquí eso de matar y robar a los mineros. Hay una pandilla en i Panamints que no vive de otra cosa.
—Tengo curiosidad por ver a esa mujer de Tccopah.
—A propósito de esa mujer, que es tuerta —dijo Dismukes—, recuerdo que cerca de Salton encontré a un tuerto. Tenía una terrible cicatriz en el ojo derecho. Era un tejano que buscaba a un hombre. Me dijeron que había sido sheriff en Ehrenberg. Se vuelve loco por ahorcar a los malhechores. Claro que no le pregunté cómo había perdido el ojo, pero me dijo que estaba buscando al autor de aquella deformidad porque deseaba matarlo. Está loco...
—¿Recuerda usted... su nombre? —preguntó Adán, balbuceando a causa de la emoción que el fantasma del pasado provocó en él.
—No soy fuerte en recordar nombres —respondió Dismukes, rascándose la cabeza—. Veamos, se llama..., se llama..., Coon..., Collis..., sí, ya lo tengo, Collishaw es su nombre. Su nombre es difícil de recordar, pero su persona no se olvida nunca... Bueno, Wansfeld, ya he hablado bastante rato, me voy a dormir.
Mientras Adán permanecía junto al fuego, inmóvil, silencioso, con los ojos fijos en las llamas, reflexionando dolorosamente sobre lo que acababa de oír, Dismukes preparó su lecho y se tumbó en él, cayendo en seguida en profundo sueño.
Adán sintió el deseo de coger sus trastos y buscar en el desierto un sitio más solitario y quieto, donde poder pensar sin ser molestado por nadie. Aunque su conciencia jamás se había dormido respecto al tenebroso pasado, poco a poco iba olvidando la parte de Collishaw, y ahora la recordaba con punzante amargura. Él fue quien, con un golpe de su revólver, causó aquella deformidad en el rostro de Collishaw, dejándolo tuerto. El tejano, con la fatalidad característica en su raza, no tenía desde entonces más objeto en la vida que buscar al causante de su desgracia. Tal vez ése era su único motivo de venganza; pero ¿y Guerd? ¿No había jurado el sheriff en aquel momento doloroso que ahorcaría a Adán? Y de nuevo revivió éste los amargos momentos, la tragedia de su vida, que en vano tratara de olvidar. A pesar de lo vasto que era el desierto, a Adán le parecía pequeño en aquel instante, porque lo recorría aquel inexorable sanguinario tejano para matarlo a él. El pasado no había muerto. El presente y el futuro no podían ser consagrados enteramente a la expiación. Un espectro, extraño y grotesco como el árbol yuca, surgía en la noche del desierto. La muerte pisaba las huellas de Adán. El odio de los hombres era una cosa incomprensible. Algunos sacrificarían el trabajo, la salud, el amor, el hogar, la misma vida, sólo por poder matar a un rival o a un enemigo. Adán recordó que Collishaw le odiaba a él y quería a Guerd. Además Collishaw tenía aquel fiero instinto de matar hombres, un defecto mental que le obligaba a desembarazarse del obsesionante fantasma de su última víctima matando nuevamente. Mezclado a este estado morboso había cierto afán de notoriedad.
—Un día nos encontraremos —se dijo Adán—. Pero... no me reconocerá.
Mas el consuelo de esta seguridad no le duró mucho tiempo. Él sí que lo reconocería, lo cual parecía encerrar algo fatal e inevitable. «Cuando encuentre a Collishaw le diré quién soy... y luego lo mataré». Era la voz del desierto que hablaba en él. La Naturaleza no enseña a los hombres a perdonar las amenazas, a esperar a ser atacados. El instinto se sobrepone a la inteligencia y a los sentimientos humanitarios. En la eterna lucha por la vida, el hombre que logra sobrevivir en el desierto tiene fatalmente algo de la terrible naturaleza del cacto cholla con sus espinas formidables, de la tenacidad de la raíz del mezquite y de la crueldad del halcón. Era la ley. Obligaba al hombre a atacar siempre primero.
Cuando Adán tendió sus cansados miembros sobre la manta que le servía de lecho, siguió pensando en el pasado y en el Destino. No podía dormir como Dismukes, aunque había recorrido más camino. Pesaba sobre él una gran tristeza. Al principio habíase alegrado de encontrar a Dismukes, pero ahora lo sentía. Parecía que de pronto había quedado roto el velo de su tranquilidad. Los años no habían cambiado la naturaleza de su crimen, pero habían suavizado gradual y casi imperceptiblemente sus remordimientos. Al encontrarse con Dismukes, había descubierto que el tiempo, los ocho largos años, que ahora parecían sólo ocho días, habían pasado en balde y que el espectro del pasado volvía a resurgir con la misma intensidad de antes, ahondando el estigma de Caín en su cerebro. Sufrió de nuevo los atroces remordimientos de los días en que desde las altas cimas de la Montaña Chocolate contemplaba esa otra cima purpúrea... ¡Picacho!, el monumento que velaba la tumba de su hermano. «Algún día volveré», murmuró Adán como si contestara a una llamada misteriosa.
XIII


CUANDO Adán se despertó vio que Dismukes ya se había levantado y que estaba haciendo el desayuno.
—Voy a continuar hoy mi viaje —anunció el minero—. ¿Qué se propone usted hacer?
—Me quedaré en Tecopah todo el tiempo que me sea posible resistir —repuso Adán.
—¡Hum! Entonces no tardará en marcharse, a no ser que se haya propuesto hacer algo semejante a lo que hizo en los Placeres Donner, allá abajo, en las Montañas de la Providencia.
—Amigo Dismukes, ¿qué sabe usted de eso? —preguntó el joven.
—Nada, lo que me han contado... Dígame, Wansfeld, ¿usted busca oro?
—Alguna vez, cuando tropiezo con mineral aurífero, me entretenga en lavarlo, pero eso sucede pocas veces.
—¿Trabaja usted?
—Sí, he trabajado bastante, en las minas, en el río, en Agujas, guiando caravanas y otras tareas semejantes. Por cierto que no gané casi nada en esas faenas.
—¿Cómo vive usted, pues? —preguntó Dismukes, con gran curiosidad.
—¡Oh!, las cosas me van bastante bien para que mis huesos se mantengan cubiertos de carne.
—No es carne lo que usted tiene, sino músculos, y de acero. Wansfeld, usted es el hombre de mejor constitución que he visto en el desierto. La mayoría se seca hasta formar nada más que piel y huesos... ¿Me permites que le dé algún dinero... que se lo preste?
—¡Dinero! ¿Conque por eso mostraba tanta curiosidad? —respondió Adán—. Muchas gracias, amigo mío, por el ofrecimiento, pero no necesito dinero. Como seguramente recordará, tenía dinero cuando nos vimos por primera vez. Mientras viví con los indios Coahuila gasté unos mil dólares; ahora me quedan unos nueve mil.
—¡Caray! Y... ¿lo lleva usted siempre encima?
—Sí. ¿Dónde quería usted que lo guardase?
—Wansfeld, el día menos pensado le matará alguna de esos asesinos de que le hablé.
—No será si yo le veo primero. Amigo mío, no se preocupe por mi seguridad. No tengo aspecto de estar enfermo.
—¡Hum! No sé, pero, de todos modos, ahora que va usted hacia aquella peligrosa región, permítame aconsejarle que sea prudente. Que no le vea nadie ese dinero. A mí me han detenido otras veces para robarme.
—Pero... ¿no defiende usted su oro?
Imposible. Me prepararon emboscadas, era preciso levantar las manos, como me lo exigieron... Me han dicho que es usted muy práctico, y rápido en el manejo del revólver...
—Dismukes, parece que ha oído usted hablar mucho de mí...
—...pero ¿no sacó usted el arma sobre Mackue? —continuó Dismukes, con vivo fuego en sus ojos saltones.
—En efecto..., no lo hice.
—¡Mató usted a Mackue sólo con las manos! —exclamó Dismukes—. Wansfeld, ¿quiere contarme cómo fue? —Prefiero no hacerlo, Dismukes. Hay cosas que me gusta olvidarlas.
—Está bien, pero para mí aquella hazaña suya significó mucho —contestó el minero—. Mackue se portó cochinamente conmigo. Después le encontré en Riverside y allí me volvió a amenazar. Era un ladrón y un asesino. Creo que arreaba emboscadas a los mineros. Mackue era como muchos hombres que se quedan en el desierto... descendió al nivel de las bestias. Yo le odiaba... Mi informador, un desconocido, me dijo que no quedó un hueso entero en el cuerpo de Mackue... Wansfeld, si hizo usted eso con Mackue, estamos en paz. ¿Lo hizo?
—Sí.
Dismukes se frotó las manazas y sus ojos saltones se dilataron. Un fiero gesto contorció su duro rostro un instante.
—¿Por qué lo mató usted?
—Porque, de lo contrario, me hubiese matado él a mí. —¿Le buscó usted con la intención de matarlo?
—No... Un año antes de aquello estuve en Goffs. Alguien me llevó a una tienda en donde encontré una mujer moribunda. No pude hacer nada por ella. La mujer acusó a Mackue diciendo que tenía la culpa de que se encontrara allí. Desde entonces estuve alerta por si veía a Mackue.
—Me quedé maravillado cuando me lo contaron —dijo Dismukes—. Me emocioné profundamente. Dios sabe que las luchas abundan en el desierto lo mismo que la muerte, que se ve aquí en todas partes. Es la vida del desierto. Pero esa hazaña me conmovió. Me hubiera gustado hacerla... Wansfeld, fíjese en lo maravilloso de los encuentros entre hombres en el desierto y... también entre hombres y mujeres. Las cosas aquí son distintas de las de la civilización. Recuerde nuestro encuentro providencial aquella vez, y el de ahora. Nos volveremos a encontrar... Está escrito en las arenas...
—Dismukes, el desierto es vastísimo. A veces no se encuentra a nadie durante muchos meses de camino... y pasan años sin encontrar a una mujer. Mas cuando uno los encuentra la vida parece más intensa, porque la agranda el desierto.
—Wansfeld, deseo que vaya usted al Valle de la Muerte —declaró Dismukes, con calor—. Los ojos de aquella mujer me persiguen. Algo terrible debe de suceder allí. Ese hombre que vive con ella, si no está loco, es peor que un gorila... Wansfeld, daría cualquier cosa por verle a usted tratar a ese demonio como a Mackue.
—¿Quién sabe?, como suele usted decir —repuso Adán—. Haga ahora ese mapa de los caminos al Valle de la Muerte. Aquí tengo un pequeño cuaderno y un lápiz.
Era curioso ver al minero manejar el lápiz con sus callosas manos. Le costó bastante tiempo tirar unas cuantas líneas, hacer unas pocas señales y escribir algunos nombres en el cuaderno. Mas cuando le llegó el turno de explicar los caminos, las sendas, los manantiales, los valles, las montañas... ¡con cuánta elocuencia se expresaba! Todo aquel país estaba dibujado en su mente como si hubiera sido el cóndor de los desiertos, que lo contempla desde las alturas.
—Ya conoce usted el camino y los alrededores —concluyó Dismukes—. Yo pronto estaré en la Montaña Funeral. Vea, aquí está el riachuelo Hornos, donde penetra en el Valle de la Muerte. Si lo cruza por este sitio llegará usted a las colinas de greda amarilla que están a la derecha. Es un infierno aquella región de colinas, completamente desprovista de vegetación. Creo que hay oro allí y en algún sitio de aquéllos me encontrará.
Parecía convenido que Dismukes y Adán se habían de encontrar en un lugar vagamente indicado, en una época más vaga aún. El desierto no conoce límites. El tiempo, las distancias, los lugares, todo se calcula en relación con la adaptación de los hombres al desierto.
—Bueno, se va haciendo tarde —dijo Dismukes mirando al sol—. Voy a hacer los preparativos para marcharme.
Mientras Adán se dedicó a ordenar el campamento, Dismukes fue en busca de sus burros de carga, con los que volvió a poco. Adán le ayudó entonces a cargarlos.
—Wansfeld, hasta que volvamos a encontrarnos —dijo el minero estrechando su mano.
—Todos los caminos se cruzan en el desierto. Le deseo buena suerte en lo del oro.
—Algún día llegará... Adiós —repuso Dismukes, y se alejó con paso resuelto, precedido por los burros.
Adán se quedó solo, entregado a sus pensamientos. Cuando perdió a Dismukes de vista sentóse sobre una piedra, contemplando largo rato a un lagarto que se soleaba en otra. Era un chuckwalla, un reptil largo, delgado, de color verde bronceado, cubierto con manchas de vivos colores y con ojos relucientes como gemas. Adán pasaba mucho tiempo observando a los seres vivos del desierto o escuchando el silencio. Había descubierto que el observar las cosas atentamente trae consigo una recompensa... a veces, una acción extraña, o un fenómeno de la Naturaleza, o un pensamiento nuevo.
Más tarde se encaminó al fondo del valle, donde estaba la fundición del mineral aurífero. Los trabajadores eran muy buscados y les pagaban altos jornales, por lo que en seguida ofrecieron empleo a Adán. Éste contestó que lo pensaría. Mas a no ser que descubriese algún objeto determinado en Tecopah, Adán no pensaba en trocar su libertad ni por todo el oro que molían allí. La fábrica, con todo lo que la rodeaba, le causaba opresión.
XIV


POR fin llegó la hora de que Adán, una hermosa mañana del mes de abril, sacase sus burros al desierto para dirigirse hacia el río Amargosa. No volvió la mirada atrás. Tecopah no se olvidaría tan pronto de Wansfeld, pensó Adán frunciendo el ceño.
El desierto le llamaba con su lenguaje peculiar. Si Adán Larey, o Wansfeld, el caminante del desierto (nombre con el cual a veces se identificaba hasta olvidar el suyo verdadero), tenía algún hogar, se hallaba en las grandes soledades de los espacios abiertos, bajo la ardiente luz del sol o el estrellado firmamento nocturno.
Aún era muy de mañana, mas los rayos del sol, surgiendo por encima de las negras escarpaduras del Este, quemaban, y el día prometía ser caluroso. El calor había ido tomando incremento día tras día, y ahora, poco después de la salida del sol, elevábase del suelo del desierto un cálido vaho. Pero ni el tiempo más bochornoso le asustaba ya a Adán; ahora el calor de una mañana como aquélla le resultaba agradable. Habíase detenido en un mismo lugar durante tanto tiempo, sin la acostumbrada acción de las caminatas, que ahora, al sentir el agradable cosquilleo del sudor en todo el cuerpo, experimentó cierto relajamiento de los músculos, una especie de aviso, digámoslo así, para que ordenara su gran acopio de fuerza y resistencia. Las grises laderas que se veían en lontananza no le asustaban. Su paso era el de un avezado montañés, y sus burros tenían que trotar para poder seguirle de cerca.
Y al responder su cuerpo gradualmente, a la dureza del desierto, la mente de Adán desembarazábase también, poco a poco, de su humor fiero e inexorable, del estado morboso que como liquen se había adherido a él. El aire seco y suave del desierto parecía penetrar en un cerebro, echando de allí los miasmas y las sombras tenebrosas. Era libre. Estaba solo. Se bastaba a sí mismo. El desierto le atraía. Desde muy lejos, tras aquella pavorosa sierra de negras rocas de la Montaña Funeral, algo extraño, dulce y emocionante clamaba esperando su llegada. La dura lucha en el desierto había despertado en Adán el anhelo de encontrar lo inalcanzable. Había vencido hasta entonces todos los obstáculos físicos, y también conquistaría el Valle de la Muerte. Lo veía en toda su espantosa desolación; examinaría todos sus misterios; retiraría hasta el límite de su resistencia las más terribles amenazas de aquel fatídico lugar, único en la tierra.
Por la tarde llegó a la cima de una enorme ladera y pudo contemplar el valle del río Amargosa, el cual tenía el aspecto amargo y desolado que sugería su nombre español. La superficie del estrecho y tortuoso río brillaba argentina a la luz del sol. En las guijarrosas estribaciones de la ladera, y junto a los bancos de arena, crecían mezquites y otros arbustos.
Adán bajó hacia el valle. El sol estaba ya declinando y empezó a trasponer las serradas crestas de la montaña. Al llegar al río, que por lo exiguo de su cauce más parecía riachuelo, los burros se abrevaron, pero sin gana. Adán contempló con interés las aguas del Amargosa. El agua no era agradable al paladar, mas calmaba la sed y era inofensiva.
El solitario caminante se dispuso a establecer su campamento, trabajo que desde hacía largos años habíase convertido para él en segunda naturaleza y que consideraba siempre agradable. Hizo una fogata de ramas secas de mezquite; después fregó su pesada sartén con la arena del río y la engrasó. Esta sartén le servía también de jofaina y de gamella para lavar la arena aurífera. Después la llenó a partes iguales de harina y agua, mezclándola bien. Cuando la torta había adquirido ya suficiente consistencia, advirtió un ruido en un arbusto próximo; al volverse vio desaparecer un conejo, y como la oportunidad de poder comer carne fresca era rara en el desierto, cogió el fusil para cazarlo. Tuvo, en efecto, la suerte de cogerlo y, a poco, volvió al campamento con el botín.
Al llegar vio que uno de sus burros había hecho de las suyas. Aprovechando su ausencia, habíase acercado a la sartén y estaba comiéndose la torta sin apartarla del fuego. Aunque Adán acudió rápidamente, no pudo salvar nada, contentándose con aplicar un buen puntapié al travieso animal, que se quedó luego dormido, derecho, con las orejas gachas.
Adán volvió a prepararse otra cena: asó el conejo. Mientras comía, el sol ocultóse tras los altos picos y, con la llegada del crepúsculo, desapareció también el calor. Adán se paseó arriba y abajo durante el solitario crepúsculo. Los burros pacían en la vecindad del río. Un silencio infinito envolvió la soledad. Ésta era tan inmensa que sólo hombres del temple de Adán podían resistirla. Era para él a la vez una bendición y una maldición, mas ahora su fuerza era consoladora. Parecíale identificarse con el desierto y sus elementos.
—¡Soledad, silencio y tiempo! —soliloquió—. Esto es lo que lo cura todo..., las inquietudes mentales..., las angustias del alma. ¡Ah, bien me consta...! Jamás olvidaré. ¡Pero qué distinto modo de recordar!... Ése, ése debe ser el secreto del poder del desierto sobre los hombres.
El desierto es la mansión de la soledad y del silencio, es como el comienzo de la creación; es como la eternidad del tiempo.
Por lo que tardaba en curar la profunda herida de su alma, llegó Adán a reflexionar sobre la relación del tiempo y la transformación. El recuerdo seguía siendo tan agudo como antes, mas en él habíase operado un cambio..., un cambio que sólo llegó a vislumbrar tras largos meses de lucha. El encuentro con Dismukes había vuelto a abrir la herida apenas restañada, y, sin embargo, el dolor no era va el mismo, ¡Habían transcurrido ocho años! Era imposible darse cuenta de la obra del tiempo hasta verse frente a la comprobación. Adán no veía ningún puerto sereno y claro para su espíritu errante mas parecía advertir corno si el futuro le guardase una inefable y divina promesa. Sus pasos no le habían llevado las puertas del infierno. Había sido impulsado a recorrer las desnudas arenas del desierto, a soportar las tempestades, el máximo calor y el mayor frío; todo lo había sufrido y he aquí que el tiempo se encargó de aligerar la pesada carga desvaneciendo el pasado suavizando el dolor y cambiando el alma.
El momento era de elevación espiritual.
—¡Conozco mi tarea! —exclamó Adán mirando el firmamento—. ¡Oh, estrellas serenas, inexorables, inspiradoras! ¡Enseñadme a realizarla como realizáis la vuestra!
Continuaría como había empezado, luchando con el desierto y su esterilidad, su calor infernal, su maléfico influjo, caminando por el páramo, que era su hogar; y llevaría la corporal proeza aún más lejos aplicándose a tareas más duras, templando su alma en un crisol de llama más intensa, más blanca aún. Si el desierto era capaz de desarrollar en el hombre energía invencible y fortaleza, él las alcanzaría. Si en el ser humano cabía lo divino, una misteriosa afinidad con el ser todopoderoso que vagamente intuía en la oscuridad que le rodeaba, lo aprendería a conocer con conciencia agrandada capaz de abarcarlo todo.
Aún se acostó aquella noche en las cálidas arenas del desierto con dos caracteres: un hombre alerta, fuerte y sagaz como el salvaje, en armonía con la naturaleza de los elementos que le rodeaban, y un místico sutil, absorto y reflexivo alternativamente, que empezaba a adivinar los secretos existentes más allá del tenebroso desierto, débilmente iluminado por la luz estelar.
Adán vio el Valle de la Muerte por primera vez una mañana muy temprano, al doblar la última curva de un profundísimo cañón por el que descendiera.
Se quedó sobrecogido de asombro. —¡Qué desolación! —exclamó.
Le pareció (al desvanecerse la terrible impresión del primer instante), que, en un relámpago de cárdena luz, surgía todo lo que había vivido en el desierto; que en aquel valle horrendo se acumulaba toda la desolación, todo el silencio, todo lo malo que había visto en su errante caminar.
Recordó el origen del nombre del Valle de la Muerte. En el año 1849, cuando la locura del oro de California invadió como una furia todo el mundo, setenta mormones buscadores de oro penetraron en aquel valle limitado por bermejas paredes y cuyo blanco suelo reflejaba ahora los primeros rayos del sol. Sesenta y ocho de aquellos mormones perecieron en él; los dos que lograron escapar con vida dieron a aquella hondonada, que estaba más de cien metros bajo el nivel del mar, el nombre de El Valle de la Muerte. Muchos fueron los caminantes del desierto, buscadores de oro y emigrantes que en él hallaron la muerte por el horrible calor que reinaba allí, por los vientos cargados de emanaciones venenosas, por los traidores aludes que resbalaban por las paredes roqueñas, o por el terrible frío que sobrevenía en las tenebrosas noches de invierno; y así, poco a poco, el funesto nombre de la hondonada corrió de boca en boca.
A un lado del valle alzábanse las serradas cimas de la Montaña Funeral; en el otro erguíase el rojo y tétrico Panamints. El río Hornos, la cálida corriente que bajaba de las tórridas laderas; la Pradera de las Cenizas, el suelo del valle gris e inanimado como el Mar Muerto; la Silla del Diablo, colosal asiento esculpido por los elementos en la roja pared de la montaña, desde donde el rey de la muerte vigilaba sobre sus adiados... Adán recordó de pronto todos esos nombres de aciaga significación, que oyera de boca de los aventureros y buscadores de oro.
El Valle de la Muerte tenía unas setenta millas de largo por siete a doce de ancho, pero ningún minero concordaba con los demás sobre estas dimensiones, aunque todos afirmaban a una que aquella era un infierno. La Muerte era el guardián del valle y los espectros iban allí do ronda.
La riqueza mineral era la irresistible atracción que obligaba a los hombres a retar a la muerte. ¡La sed de oro! El mismo Dismukes había afirmado que allí se encontrarían filones del áureo metal, y Dismukes era un hombre práctico y razonable. Muchas leyendas de fabulosos tesoros corrían de boca en boca por los campos mineros. Las bermejas rocas de formidable, aspecto contenían gemas en sus inasequibles fortalezas: ópalos, turquesas y granates; había riscos de mármol y muros de ónice. El suelo de la hondonada era una blanca costra que en muchas millas de extensión formaba capas de sal y de bórax. Lechos de sosa, yeso, salitre y azufre abundaban en los más vastos campos de otros minerales. Era un valle en que la Naturaleza había sido pródiga de sus tesoros, pero guardándolos con mano terrible. Pocos manantiales y riachuelos vertían sus aguas en aquella hondonada de origen volcánico, y todos estaban fuertemente impregnados de los minerales disueltos; ninguno era potable, muchos tenían gusto a ácido y azufre, algunos eran calientes, y unos cuantos mortalmente venenosos. Durante los meses de verano el calor subía en ocasiones hasta sesenta grados centígrados. Los vientos tórridos de las noches secaban la piel y la sangre en las venas. Y a veces el aire llevaba consigo la muerte invisible en forma de gases o polvos venenosos. En el invierno sobrevenían cambios rápidos de temperatura, bajando los vientos glaciales sobre tal o cual buscador de oro que se había dormido sobre el cálido suelo. Con frecuencia precipitábanse por las pinas laderas enormes aludes, y las lluvias copiosas, torrenciales, esparcían la destrucción, por doquier.
El mapa dibujado por Dismukes orientó a Adán y, muy animado, dejó el cañón para cruzar el valle. Poco tardó en alcanzar la parte baja de éste, donde la arena desaparecía y el suelo era de costras duras de sal, desigual a causa de los hoyos y pequeñas elevaciones que había en el camino. Adán, al ver que sus burros mostrábanse ya inquietos apenas empezado el día, se dijo que el camino era, en efecto, muy penoso. En algunos sitios la costra de sal era bastante dura, en otros chirriaba bajo las pisadas, rompiéndose y dejando ver la masa blanquecina y amarillenta que había debajo. A 1o lejos percibió Adán una deslumbrante llanura blanca que parecía un campo de hielo. Avanzaba cautelosamente detrás de los burros. Éstos caminaban de mala gana y, como avezados animales que eran, tanteaban el terreno antes de aventurarse en él. Adán advirtió el enorme calor que caía como plomo líquido sobre él, y el reflejo del sol en el blanco suelo le cegaba. Otros días de más calor había sentido menos opresión que ahora. Empezó a notar la misma sensación que tuvo cuando bajó a la hondonada de Salton, a inferior nivel del mar también. Parecía debida a la mayor presión de la atmósfera, que aumentaba la de la sangre.
Por fin detuviéronse los burros y Adán fue delante para probar la resistencia de la capa de sal endurecida. Ésta cedía en algunos sitios, produciendo en otros un ruido cavernoso, como si debajo del suelo del valle hubiese una enorme oquedad. Con palabras animadoras logró que los animales se pusieran nuevamente en marcha, y esta vez, y aunque sus patas hundíanse más que antes y tropezaban en sitios donde la capa era fangosa, los dos burros avanzaban más aprisa, como si se diesen cuenta de que era preciso cruzar aquel peligroso lugar del valle con la mayor rapidez. Sin embargo, el avance era lento a causa del mal camino y la marcha aminoró aún más cuando llegaron a la región cruzada por innumerables pequeñas corrientes de aguas cáusticas y ácidas.
Por fin advirtió el cansado viajero que el suelo empezaba a ascender lentamente y que había vencido la peor parte del valle. La arena de las laderas mezclábase con la costra de sal, hasta que la sustituyó por completo. Adán, cuando llegó allí, dio un suspiro de alivio. Habíale preocupado más la suerte de los dos burros que la suya propia.
El calor era ahora ya tan grande que Adán podía figurarse lo que sería aquel valle en los meses de julio y agosto. Una extraña bruma envolvía las montañas y alejaba los objetos, y sobre el fondo del valle levantábanse céfiros visibles a causa de la enorme reverberación de los rayos solares. Cuando alcanzó por fin la ladera que subía a las bases de las montañas rojas, detuvo los burros para que descansasen. Sediento como estaba, bebió tanta agua como jamás bebiera de una vez en los largos años pasados en el desierto. Estaba empapado de sudor, le escocían los ojos y ardíanle los pies dentro de las botas.
Mientras descansaba, consultó el mapa y vio que era preciso subir la ladera en dirección al Oeste para ganar el promontorio de roca negra que era su meta. Y viendo, a través del vaho de calor, que la montaña parecía estar muy lejos, se dijo que era preciso ponerse en seguida en camino. Sin embargo, volvió la mirada a la Montaña Funeral, por la cual había venido y que ahora elevábase sobre el valle con magnífico y aterrador aspecto.
Se levantó de la roca en que habíase sentado y dirigió sus pasos al Oeste, obligando a los burros a ir delante. Calculaba la distancia que le separaba del promontorio en unas tres millas, y deseaba recorrerlas antes de que sobreviniera la noche, que estaba próxima. Sin embargo, aquél no era el desierto conocido, sino el Valle de la Muerte, y en él nadie había acertado aún a calcular bien las distancias a causa del halo caliginoso que lo envolvía todo convirtiéndolo en irreal. Recorrió las tres millas en una hora, mas al cabo de ella, aún estaba tan distante como antes. Sólo después de otra hora y media llegó a la pared oscura, en el punto donde la distancia dejaba ver la roca de un cañón.
Detúvose Adán como si acabase de llegar a la puerta de lo desconocido. El sol iba desapareciendo tras las montañas, que se elevaban ahora perpendicularmente sobre él, formando con su maciza roca un mundo inasequible cuyas serradas crestas parecían alcanzar el cielo. Maravillosas sombras invadían el valle, de color rojo y azul en la parte inferior, y sonrosadas, áureas, en las alturas; el cañón estaba lleno del halo del sol poniente.
En el mapa de Dismukes estaba señalado aquel cañón, como también un manantial de agua potable que había a su entrada, y asimismo el lugar de la choza bajo la larga pendiente de roca quebradiza en la que vivía aquella extraña pareja. Adán decidió no acercarse a la choza hasta el día siguiente, acampando en la entrada del cañón durante la noche.
Encontróse muy cansado cuando terminó de cenar; notaba una gran opresión. El día había sido breve, pero las distancias recorridas, muy largas. A pesar del cansancio y de la somnolencia, cuando se acostó no dejó de advertir que aquel lugar no se parecía en nada a ninguno de los muchos que había recorrido en el desierto. El silencio era profundísimo; parecía como si jamás ruido alguno hubiera sonado allí. Abajo todo eran tinieblas y sombras, elevándose las negras paredes hacia el firmamento estrellado y azul índigo. El valle parecía animado; aspiraba invisible y silenciosamente. En efecto, allí estaba despierto un ser poderoso en el negro vacío. Adán no podía creer que ningún hombre ni mujer pudiesen vivir en aquel paraje. Dismukes había soñado. ¿No le habían dicho muchas veces los mineros que en el Valle de la Muerte ninguna mujer blanca podía vivir? Él sólo hacía un día que estaba allí y, sin embargo, creyó comprender por qué aquel lugar era fatal para las mujeres. No era por el calor, ni por los vientos cargados de venenos, ni por ningún cataclismo de la Naturaleza, porque éstos podían soportarlos las mujeres tan bien como los hombres. Lo que la mujer no podía resistir eran los aspectos terribles y sublimes, bellos y horrorosos. Lo que en Adán había de femenino se estremeció ante aquella soledad que parecía propia de un mundo muerto. Antojábase que él era el último de su raza en el postrer momento de su existencia, el más fuerte, vencido también por fin, y que desde mañana la tierra seria para siempre estéril... Así el cansado cerebro de Adán sustituyó poco a poco la realidad por los sueños.
Despertóse un poco más tarde de lo acostumbrado. Sobre la cima de la montaña elevábase el sol, un disco de fuego, enorme, rojo, rodeado por una ancha faja de fuego amarillento. Parecíale aquella salida del sol extrañamente más próxima a la tierra y a él que ninguna otra de las que viera en su vida. El valle estaba quieto, vacío, con un vacío que hacía parecer todos los objetos pequeños y lejanos.
Después de desayunarse buscó Adán sus burros. El barranco en el que se hallaba no era en realidad un cañón, sino el punto de convergencia de dos enormes laderas. Más allá del ángulo del cañón vislumbró un campo ascendente de anchura progresiva, sembrado de rocas, arena y arbustos, por cuyo centro veíase el cauce seco de un riachuelo.
El ruido de una enorme piedra que caía por una pendiente estremeció a Adán. Recordó lo que Dismukes le había contado acerca de la peligrosa situación de la choza donde el hombre y la mujer vivían bajo la sombra de la montaña desintegrada.
Con el deseo de poner fin a sus dudas ascendió por la inmensa ladera, absolutamente desprovista de vegetación, sembrada por millones de rocas de todos los tamaños. A poco vislumbró una choza rudimentaria, mas al verla se dijo que no podía ser la que, buscaba. No esperaba hallarla tan cerca del Valle de la Muerte, pues sólo distaba de éste un cuarto de milla, y no estaba a más de treinta metros sobre la parte inferior de la hondonada, lo que significaba que aquella mísera choza hallábase en realidad en el valle y a un nivel más bajo que el del mar.
Continuó subiendo. La pendiente no era muy pronunciada. La ausencia de señales de vida confirmó a Adán su duda de que allí viviese alguien. De pronto notó las Huellas de las pisadas de un hombre en la arena y arrodillóse para estudiarlas.
—Son de ayer —murmuró, levantándose con la seguridad de que Dismukes no había soñado.
Aproximóse a la choza. Una ancha faja de rocas de gran tamaño guarnecía la parte posterior, el borde del talud, el principio de la base de la ladera de la montaña que se deshacía en millones de trozos. Aquella faja tenía forma de abanico, haciéndose pina en la parte superior. La ladera parecía la corriente de un ventisquero; era un alud de rocas que iba deslizándose pulgada a pulgada desde hacía siglos. La base curvada del abanico tenía varias millas de extensión y, a distancia, parecía redonda y simétrica de línea. Conducía a un estupendo remate de montaña color rojizo, tan agrietado y aserrado que parecía una verdadera urdimbre de innumerables piedras de mil, diversas formas a modo de enorme mosaico construído allí por manos gigantescas y ahora quebrado y a punto de derrumbarse. Sobre la masa de granito hecho añicos había otra pendiente de quebradas rocas sostenidas allí como por milagro, dando la impresión de que iban a derrumbarse de un momento a otro. El frío y el calor eran las causas de aquel fenómeno de la Naturaleza, que escribía así una página de la historia del tiempo. ¡Qué aspecto más siniestro tenía el rojizo tono de las rocas! La montaña de piedra inestable erguíase oscura y terrible aun en la plena luz del mediodía; los rayos solares no arrancaban ningún reflejo de sus mil facetas. ¿Qué era lo que mantenía unida a aquella colosal masa de roca? ¿A qué esperaba para derrumbarse? ¡Sólo podía ser el tiempo y la ley del desierto! Estando Adán contemplando la montaña soltóse una piedra, que bajó rodando y saldando. Ésa era la historia de la montaña. Trozo a trozo, roca a roca, la enorme masa iba desintegrándose, bajando hacia el valle. Bloques de doble tamaño que la choza, pesando miles de toneladas, habían ido rodando al valle. En cualquier instante podría precipitarse un bloque y escoger el camino en que estaba la choza. Algún día toda la pendiente de rocas movedizas se deslizaría en tremendo alud.
—El hombre que obliga a una mujer a vivir aquí, o está loco o quiere que muera de una manera horrorosa —pensó Adán.
Rápidamente se acercó a la choza, que era de construcción ligera. A un lado había sillas de montar, alforjas y algunas cajas; en todas partes se veían latas de conserva vacías; una pila de troncos de mezquites recién cortados estaban frente a una abertura que, al parecer, era la puerta; en la arena había piedras y cacharros ennegrecidos junto a una fogata apagada.
—¡Hola los de dentro! —exclamó Adán desde la entrada, pero no obtuvo respuesta.
Llamó repetidas veces, hasta que advirtió, por fin, movimiento en el interior y una voz femenina le contestó:
—¡Elliot!... ¿Has vuelto?
La voz sonaba trémula y como sintiendo el alivio de un gran temor.
—Soy un desconocido —repuso Adán.
—¡Oh! —A la exclamación siguieron unos pasos. Una mujer vestida de gris apareció en la puerta..., una mujer de proporciones nobles y delicadas. Su rostro era blanco; sus ojos, de mirada profunda y triste—. ¡Oh!... ¿Quién es usted?
—Señora, me llamo Wansfeld; soy amigo de Dismukes, el buscador de oro que estuvo aquí. He cruzado el Valle de la Muerte y me he permitido visitarla.
—¿Dismukes? ¿Aquel minero atlético y de baja estatura? —preguntó ella rápidamente, con los ojos dilatados—. Le recuerdo. Era bueno, pero... ¿Y es usted amigo suyo? —Sí, señora, estoy a las órdenes de usted.
—¡Gracias a Dios! —exclamó ella de pronto, apoyándose contra la pared—. Estoy angustiada. He pasado sola toda la noche. Mi marido salió ayer y sólo, se llevó una cantimplora. Dijo que estaría de vuelta a la hora de la cena..., pero no... vino... Temo que le haya sucedido algo.
—Muchas cosas pasan en el desierto —dijo Adán—. Voy a buscar a su marido. He visto sus huellas en la arena.
—Una vez ya se perdió y estuvo ausente dos días. En otra ocasión se desmayó a causa del calor o de algo que hay aquí en la atmósfera.
—Entonces... ¿usted ha estado aquí sola ya otras veces? —inquirió al advertir el dolor que revelaba su voz.
—Muchas..., muchas... noches solitarias —respondió la mujer—. Me ha dejado sola... con frecuencia... a propósito... para que mi alma se torture en la negra noche... Y aquellas piedras que ruedan por la pendiente cuando el silencio es más profundo y... de pronto se apagó el brillo de sus ojos, como si se diera cuenta de que estaba revelando un secreto vergonzoso a un extraño.
—Señora..., ¿su marido está bien de la cabeza? —preguntó Adán.
La mujer vaciló dando la impresión de que deseaba se tomase a su marido por loco, pero sin atreverse a decirlo.
—Los hombres hacen cosas muy extrañas en el desierto —continuó Adán—. Permítame preguntarle si tiene usted aquí agua y comida.
—Sí, tenemos lo suficiente de todo. Sólo que Elliot me obliga a cocinar y yo no sé. Así es que mis guisos son malos; pero él come poco, y ya menos.
—¿Quiere usted decirme por qué ha construído la choza aquí, donde, más tarde o más temprano, los bloques errantes la destruirán?
Una sombra de tragedia pasó por los grandes ojos azules, en los que Adán descubrió de pronto una singular belleza.
—Yo... Él... Este sitio está cerca del manantial. Elliot no vio..., no quiso comprender el peligro —balbuceó ella. Estaba mintiendo, pero no sabía mentir. Los delicados labios suavemente curvados, acusando siempre un rictus de amargura, no estaban hechos para la falsedad.
—Acaso logre yo hacerle ver el peligro —replicó Adán—. Voy a buscarlo. Seguramente ha perdido el camino. El calor aún no es fuerte para ser peligroso. Mi campamento está alli abajo. Hoy volveré con su marido, o a más tardar, mañana.
Ella murmuró incoherentes palabras de agradecimiento. Adán se dio nuevamente cuenta de la mirada fija, penetrante, de la mujer. Inclinándose brevemente, se alejó en busca del marido, no tardando en hallar de nuevo sus huellas.
Para los ojos avezados de Adán era un juego de niños seguir huellas tan claras; así, pues, le fue fácil seguirlas hasta el fondo mismo del Valle de la Muerte. Al cabo de una hora vio que las huellas eran más pronunciadas, como si el hombre hubiese avanzado con dificultad, y además indicaban un paso tambaleante. En varios sitios advirtió señales de que el hombre se había caído. Veíanse en la arena las huellas de sus manos y un curso suave que debió de producirlo la cantimplora al ser arrastrada. Después llegó a un lugar donde las señales en la arena indicaban una caída y que el hombre había continuado avanzando a gatas.
—Esto será lo de siempre —murmuró Adán—. Seguramente le hallaré muerto o a punto de morir... Acaso sea mejor para su infeliz mujer... Quisiera saber...
Continuó la marcha escudriñando atentamente el desierto, y al fin vislumbró una cosa que se movía. ¡Era una enorme tortuga terrestre arrastrándose por el valle! Pero no, no era una tortuga, sino un hombre que se arrastraba sobre las manos y las rodillas.
XV


ADÁN avanzó con pasos de gigante hacia el hombre que, desarrapado y sucio, caminaba a gatas por la arena arrastrando una cantimplora.
—¡Párese, buen hombre! —ordenó Adán, casi gritando.
El hombre se detuvo, mas sin alzar la cabeza. Adán se inclinó para observarlo mejor.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
—¡Uf! —profirió el desgraciado, y por más veces que Adán repitió la pregunta, no obtuvo otra respuesta.
Por fin se decidió a ayudarle a levantarse, y de este modo trató de regresar hacia la choza. El hombre, que a causa del calor y de la sed había perdido el equilibrio, esforzábase por apartarse de la línea recta; quería a la fuerza describir círculos, como les pasa a todos los que sucumben en el desierto.
El sol caía a plomo sobre ellos, aumentando con sus potentes rayos la angustia del desgraciado. Adán se dijo que así no llegaría nunca a la choza y, decidido, se lo echó al hombro. El peso no era mucho, mas el hombre no se estaba quieto; forcejeaba para bajar; entonces Adán le echó al suelo, le dio un buen golpe en la sien, haciéndole perder la conciencia, y así, con el cuerpo inanimado, pudo continuar la marcha. Esta no era pesada al principio, mas después de recorrer regular distancia empezó a advertir el cansancio. Llegó un momento en que el peso muerto del desgraciado, la arena resbaladiza y el sol tórrido le obligaron a hacer un alto para descansar. Dejó al inconsciente en tierra y descansó para recobrar el aliento y las fuerzas. Luego lo volvió a coger y continuó el camino.
A partir de aquel momento avanzó con mayor lentitud y descansó con más frecuencia, debilitándose perceptiblemente. Entre tanto, transcurrían las horas y, cuando al fin llegó a la boca del cañón, el sol había desaparecido y purpúreas sombras invadían el valle. Al alcanzar el campo llano donde estaban los bloques erráticos, todo lo veía rojo, y en sus músculos parecía que le pinchaban millones de agujas. Llegaba al límite de sus fuerzas cuando alcanzó la choza, y ya se le había nublado la vista cuando dejó al desgraciado junto a la choza y oyó las lamentaciones de la mujer.
—¡Oh! —gimió—. ¡Está muerto!
Adán movió la cabeza negativamente. En la voz de ella advirtió piedad, temor y hasta miedo, pero ni un dejo siquiera de cariño.
—¡Ah! Entonces lo ha salvado usted..., está herido..., respira fatigosamente...
Mientras Adán jadeaba, incapaz de hablar, la mujer atendió a su marido.
—Ya otra vez, cuando regresó, cayó en un sopor igual, pero no tan profundo. ¿Qué puede ser?
—Aire... envenenado —dijo jadeante Adán.
—¡Oh, terrible Valle de la Muerte! —exclamó ella. Adán empezó a ver mejor, reparando en que la mujer llevaba un traje blanco, un vestido limpio y elegante que causó en él extraños recuerdos.
—¿Lo ha salvada usted? —preguntó ella, con agitada respiración.
—Lo encontré... muy lejos..., en el valle...; andaba a gatas —dijo, Adán, jadeando aún—. Tuve que cargármelo al hombro.
—¡Lo ha traído usted llevándolo encima! —exclamó la mujer, incrédula. De pronto abrió los ojos, en los, que se advertía una viva llama—. ¡Ahora comprendo por qué estaba usted tan pálido, por qué se cayó al llegar!... ¡Qué fuerte es usted! Mi marido se hubiera muerto en el valle sin su ayuda. Le doy las gracias de todo corazón.
Y le alargó la blanca mano, estrechando la de Adán con elocuente gratitud.
—Vaya a buscar agua..., báñele la cabeza —dijo el joven—. ¿Tiene usted amoníaco o whisky?
Y mientras él se levantaba trabajosamente, la mujer entró corriendo en la choza. Adán sentíase débil y mareado, le dolía todo el cuerpo. A poco regresó la mujer, trayendo una jofaina con agua, toalla y una cajita que, al parecer, contenía medicinas. Adán la ayudó a reanimar a su marido; mas aunque en parte lo lograron, no pudieron hacer que volviese en sí.
—Ayúdeme a llevarlo dentro —rogó Adán, por último. En el interior era tan grande la oscuridad que apenas se veía.
—¿Tiene usted luz? —preguntó Adán.
—No.
—Voy a buscar una vela. Mientras traslado aquí mi campamento, no se aparte de su lado. Puede usted cambiarle la ropa interior, si es que tiene muda. No tardaré en regresar. Haré una buena fogata y prepararé un poco de cena para nosotros dos.
Cuando Adán transportó por fin su campamento, era ya noche cerrada. Después de abrir su equipo junto a la choza, lo primero que hizo fue encender una vela y llevársela a la mujer.
—Señora, aquí tiene usted luz —dijo llamándola, sin entrar.
Ella salió silenciosamente de la oscuridad; la blancura de su traje le daba aspecto de fantasma, y sus ojos brillaron extrañamente, como en el rostro de una mujer tras un sueño trágico. Al coger la vela, su mano rozó la de Adán.
—Muchas gracias —dijo, pero no me llame señora. Me llamo Magdalena Virey.
—Procuraré recordarlo... ¿Ha vuelto en sí su marido?
—No. Parece haber caído en profundo sopor. ¿No quiere entrar a verlo?
Adán la siguió advirtiendo que la mujer se fijaba en su estatura. La choza no había sido construida para un hombre de su talla.
—¡Qué alto es usted! —murmuró ella.
Aunque la luz de la vela no era intensa, con su ayuda pudo Adán contemplar el rostro del hombre a quien había salvado. Parecióle la cara de Lucifer, cuyas infernales pasiones dulcificaba el sueño. Fuese quien fuese, veíase claramente que tenía el corazón destrozado y deshecha su vida.
—Duerme —dijo Adán—. No es ni síncope ni sopor; está sencillamente agotado. Será mejor no despertarle.
—¿Lo oree usted así? —preguntó ella con un suspiro de alivio.
—No estoy seguro. Acaso quedándose usted un rato más a su lado sabrá a qué atenerse... Voy a hacer la cena y luego la llamaré.
Fallóle a Adán aquella vez su habitual destreza en las tareas de campamento; sin embargo, no tardó en disponer la cena. Después echó un montón de arbustos sobre el fuego para iluminar el sitio.
—Señora Virey —dijo llamándola desde la puerta—, venga a cenar.
¿Cuándo la llama de sus fogatas había iluminado una visión como la presente, salvo en sueños? Alta, vestida de blanco, esbelta y graciosa, con el continente de una mujer de alcurnia y un tristísimo rostro de Virgen... ¡Qué extraño espectáculo verla sentada cabe el fuego de su campamento en el Valle de la Muerte!
Adán acercó un bulto de su equipo para que lo utilizara como asiento, y le sirvió la cena, lo cual hizo con una satisfacción no del todo inconsciente. Conocía mejor que todos los hombres del desierto las señales del hambre, y comprendió fácilmente que aquella mujer estaba falta de alimento. Su modo de comer recordó a Adán amargamente los días en que él mismo se moría de hambre. Aquella mujer sentada al cálido reflejo de la fogata, revelaba claramente su exquisita alma, su noble espíritu, pero la propia preservación era el primer instinto y la primera ley de la naturaleza humana o de toda naturaleza.
—¡Cuánto tiempo hace que no he comido tan bien! —exclamó ella, al fin—. ¡Y qué bien me ha sabido todo...! Señor, es usted un cocinero estupendo.
—Muchas gracias —repuso Adán muy satisfecho.
—¿Se regala usted siempre así?
—No. He de confesar que esta noche me he excedido un poco. Comprenda usted!... Son tan raras las ocasiones en que puedo servir a una mujer...
Magdalena apoyó los codos en las rodillas y el mentón en las manos, contemplándole con gran interés. En la noche sus ojos parecían muy grandes, sobrenaturalmente lúcidos y trágicos. Eran los ojos de una mujer que aún conservaba alguna fe en la humanidad. Adán comprendió que hasta entonces no le había mirado como a un hombre, y que el tono de su voz le había llamado la atención.
—¿Fue aquel minero, Dis..., Dis...?
—Dismukes —añadió Adán.
—Eso es. ¿Fue él quien le envió a usted aquí? ¿Es usted también buscador de oro?
—No. El oro me importa poco. —¡Ah...! Entonces... ¿qué es usted?
—Nada más que un caminante. «Wansfeld el Caminante», me llaman.
—¿Le llaman? ¿Quiénes?
—Pues... supongo que los otros caminantes. Los hombres que recorren los desiertos, unos para buscar oro, otros para encontrar el olvido, la paz, o la soledad...; algunos para ocultarse. Son pocos en total, pero al cabo de los años parecen muchos.
—Por aquí han pasado varios, pero como usted, ninguno —repuso ella gravemente, sin dejar de mirarle—. ¿Por qué ha venido usted?
—Hace muchos años quedó destrozada mi vida —contestó Adán, lentamente—, y entonces determiné luchar con el desierto. En todo el tiempo que llevo en él, lo que más me ha consolado es el no pasar junto a alguien que necesitase ayuda sin prestársela. El desierto conoce extraños visitantes. La vida es aquí desnuda como en aquellas laderas... Dismukes es amigo mío, me salvó de la muerte. Es un hombre que conoce estos páramos. Me relató la presencia de usted en este valle. Me dijo que ninguna mujer blanca podía vivir en el! Valle de la Muerte... Reflexioné..., preguntándome si no podría al menos aconsejarle que se alejara de aquí y... por eso he venido.
La gravedad de Adán afectó profundamente a Magdalena. —Señor, sus bondadosas palabras confortan a un corazón solitario —dijo—, ;pero no puedo volver. Es demasiado tarde.
—Nunca es tarde... Señora Virey, no deseo importunarla con mis consejos. Conozco demasiado bien la necesidad y la significación de la paz. Pero el hecho de que usted, mujer de alcurnia, sin duda, pero de delicada salud, se halle en este paraje me esfuerza a hablar. No olvide que estamos en el Valle de la Muerte y que ahora no es más que abril. Cuando llegue el verano no podrá usted resistir el calor. No sé por qué se halla usted aquí, ni trato de saberlo. Pero no puede usted permanecer en este sitio. Sería un milagro que su esposo hallase oro en estas montañas. Seguramente ya lo habrá comprobado por sí mismo.
—Virey no busca oro —dijo, la mujer.
—Pero ¿sabe que aquí no puede vivir ninguna mujer blanca en verano? ¡Si hasta los indios se alejan cuando llega el calor!
—Lo sabe. Allá arriba, en la montaña, vive ahora una tribu de los shoshone. Ellos nos traen las provisiones y le han advertido los peligros que corremos.
Adán no podía preguntar más, y, sin embargo, le era imposible substraerse al absorbente interés que le inspiraba el destino de aquella mujer. Estando con la cabeza baja, contemplando el fuego, que iba apagándose lentamente, advirtió que ella le miraba.
—Wansfeld, usted debe de tener un gran corazón..., como un niño —dijo ella, a poco—. Ha sido para mí una suerte encontrar un hombre como usted. Su bondad, su interés suavizan mis amargas dudas sobre los hombres. Nos desconocemos por completo. Mas algo hay en este desierto que abrevia el tiempo..., que me impulsa a confiarme... al hombre que ha venido a este horrendo valle para servirme... Mi marido, Virey, sabe que el Valle de la Muerte es un verdadero infierno. Yo también lo sé. Por eso me ha traído aquí..., por eso he venido yo.
—¿Es posible? —murmuró Adán, mirándola con incredulidad.
Dismukes le había preparado para contemplar una tragedia; el desierto le había mostrado muchas oscuras y extrañas calamidades, desgracias y misterios: estaba convencido de que nada podía cogerle ya de sorpresa. Pero que aquella mujer de ojos tristes y voz suave, en la que todo hablaba de una vida de refinamiento y educación, absolutamente alejada de la salvaje aspereza del desierto, le revelase al mismo tiempo la idea del asesinato y del suicidio, era demasiado para Adán.
Sin embargo, al mirarla vio la enorme fuerza de voluntad, de espíritu y de algo más que emanaba de ella, y comprendió que había dicho la verdad. Había él encontrado otras mujeres en el desierto, y todas habían sido misterios para él, pero ¡qué enorme distancia entre Margarita Arellano y Magdalena Virey!
—¿Es que su marido no quiere sacarla de aquí? —preguntó Adán lentamente.
—No.
—Yo... tengo un modo especial de hacer entrar en razón a los hombres... Y si...
—Es inútil, Hemos recorrido tres mil millas para llegar al Valle de la Muerte. Hace años leyó Virey algo sobre este valle, y luego se informó más detalladamente. Virey tenía razones para buscar este infierno. Cruzamos las montañas, sierra tras sierra, y aquí estamos... El infierno de que nos habla la Biblia, ni aun en lo más profundo puede ser peor que el Valle de la Muerte.
—¿Me permitirá usted que le saque de aquí... por lo menos del desierto? —preguntó Adán con vehemencia.
—Nuevamente agradezco su buena voluntad —repuso Magdalena—. Pero... no puede ser. Usted no lo comprende..., es imposible comprenderlo, y yo no puedo explicarlo.
—Es verdad, algunas cosas son inexplicables... Pero supongo que me permitirá trasladar la choza a mayor altura, donde el aire es más sano y hay buena agua.
—¡Pero si no es un campamento agradable y sano lo que Virey..., lo que buscamos! —respondió ella con amargura.
—Entonces déjeme trasladar la choza al otro lado del cauce seco, porque allí no hay peligro de que la aplaste una roca. Este sitio es terrible, toda la ladera parece que se mueve y constantemente bajan rodando piedras pequeñas y grandes.
—Bien lo sé; ¡cuántas veces he oído de noche el fatídico estruendo! —exclamó Magdalena, temblorosa—. Odio esas rocas. Parecen seres animados. Las gentes que viven como yo he vivido antes nada saben de los elementos. Yo no temía al desierto... ni al Valle de la Muerte. Hasta los reté. Reí con desprecio ante la idea de que un valle selvático, una corriente marina, un Sodoma, pudiese ser peor que el caos de mi alma. Pero... no sabía... Soy humana, soy mujer... Una mujer está destinada a dar hijos y nada más... Supe con horror que tenía miedo a la oscuridad..., me aterré de sentir ese miedo. Esas piedras que bajan rodando me ponen nerviosa. Las espero; siempre estoy escuchando para oír el ruido. Y me pongo a rezar... Además, el silencio... llega a ser horrendo para mí. Es insoportable el silencio. Y lo peor de todo es la soledad... ¡Oh, este valle abandonado de la mano de Dios me volverá loca!
Adán comprendió que a pesar de la enorme voluntad de aquella mujer, a pesar del secreto que sellaba sus labios, acababa de ser traicionada por su propia voz que, libertada por la compasión de él, expresó el horror de su alma.
—Es verdad. Es una terrible verdad —repuso Adán—, y como es usted mujer, esas sensaciones se harán cada vez más intensas... Por favor, déjeme trasladar la choza, sacarla de esta zona de peligro.
—¡No! ¡Ni un centímetro siquiera! —exclamó ella con ojos llameantes, como si de pronto se hallara ante una tentación.
Después ocultó el rostro entre sus manos. Hízose un largo silencio. Adán la observaba advirtiendo que, poco a poco, calmábase su agitación. Al fin volvió a alzar el rostro, aparentemente serena.
—Acaso he dicho demasiado. Mas no importa, era preciso revelarle algo, porque usted vino aquí para ayudar a una desconocida. A nadie más he dicho una sola palabra de mis verdaderos sentimientos. Mi marido me vigila como un halcón, pero aún no conoce mis terrores. Si le habla le agradeceré, si es que se queda usted aquí hasta entonces, que no mencione nada de lo que acabo de decir.
—Señora Virey, yo permaneceré aquí todo el tiempo que esté usted —dijo Adán con sencillez.
La sencillez de la afirmación, unida al elocuente hecho de su presencia allí, con su fuerza y sus conocimientos, dispuesto a servirla a pesar de su amarga negativa, pareció herir de nuevo lo más hondo, lo más femenino en ella. Desde el principio de la vida humana siempre ha habido un hombre al lado de la mujer para protegerla. Sutilmente, las palabras de Adán dejaron traslucir que Magdalena Virey estaba absolutamente sola, que en espíritu, ya que no con el cuerpo, estaba luchando con el tétrico valle; y también con alguna terrible relación que su marido tenía con ella.
—Señor... ¿Se quedará usted aquí... sólo porque pueda existir la posibilidad de ayudarme? —preguntó ella en voz baja.
—Sí.
—A Virey no le gustará.
—No estoy muy seguro, pero me parece que me importará muy poco lo que le guste a él.
—Si se muestra usted bueno conmigo, acaso le eche de aquí —continuó ella con agitación.
—Siendo su esposo, podrá evitar que me muestre bondadoso con usted, pero echarme de aquí... ya es otra cosa...
—¿Y si yo le rogara que se fuese?
—Si ése es el mayor beneficio que puedo hacerle... me iré. Pero... ¿desea usted rogármelo?
—Yo... no sé. Quizá me obligue... no, no él, sino mi orgullo —dijo ella con desesperación—.
¡Oh, no sé lo que digo! El solo eco de una voz bondadosa me acobarda. ¡Dios mío, si la gente supiera el poder de la bondad!... Yo nunca lo supe hasta ahora. Este desierto lleno de horrores nos enseña la verdad de la vida... Un día tuve un mundo a mis pies... y ahora me emociona la compasión de un extraño.
—No le importe su orgullo —dijo Adán lentamente—. Yo lo comprendo. En mí hay mucho de femenino. Sea lo que fuere lo que la trajo aquí, lo que la retiene en este valle, nada me importa. Y aunque lo supiese, ¿qué puede importarle a usted? Si no quiere que me quede para defenderla, para vigilar a su marido, permítame quedarme por mí mismo.
Magdalena levantóse y le miró penetrándole hasta lo más hondo. Estaba emocionada.
—Señor, habla usted noblemente —repuso con labios temblorosos—. Pero no le entiendo. ¿Quedarse aquí..., donde estoy yo..., por sí mismo? Haga el favor de explicarse.
—También yo soporto mi cruz. Algún día fue mucho más pesada que la suya. Por eso comprendo ahora lo que usted siente. He sufrido la soledad..., la insoportable soledad del desierto, el silencio, el calor. Pero mi cruz aún pesa sobre mi alma. Si yo lograra ayudar a su marido, que va por el mal camino, cegado por no sé qué pasión; si yo pudiera detenerlo, cambiarlo, eso haría menos pesada mi cruz. Si yo pudiese ahorrarle a usted el dolor, la sed, el hambre o los terrores..., haría más por mí que por usted... Nos hallamos en el Valle de la Muerte. Usted no quiere salir de aquí. Estamos a más de cien metros bajo el nivel del mar. Al llegar el estío, cuando soplan los vientos de fuego a medianoche... sobreviene la locura o la muerte.
—Quédese... caballero —dijo ella con falsa alegría—. ¿Quién dijo que ya no existía caballerosidad...? ¡Quédese! Y sepa esto: no temo a los hombres; desprecio a fa muerte..., pero ¡oh!, lo femenino en mí, me asusta el dolor; sufro horriblemente antes de ser herida. Echo de menos muchos lujos inolvidables. Odio la suciedad y la miseria. Y, por último, siento un terror mortal ante la idea de volverme loca. Evíteme esto y rogaré por usted siempre... en este mundo y en el otro... Buenas noches.
—Buenas noches —contestó Adán.
La mujer se alejó rápidamente y Adán quedó junto al rescoldo de la fogata. Pronto se dio cuenta de que le invadía una gran fatiga mental y física, y, echando sus mantas sobre la arena, se acostó, estirando los cansados miembros, sin mirar siquiera una vez las estrellas.
El nuevo día llegó cuando parecía que Adán no había hecho más que cerrar los ojos. El color rosáceo de la aurora rivalizaba con el azul del firmamento, y un tinte áureo coronaba las crestas de las sierras al Este, las cuales podía ver Adán a través de la abertura en forma de V que daba sobre el valle.
Lo primero que hizo fue dirigirse al manantial para examinarlo. El agua salía de un agujero en la roca, y a pocos metros de distancia desaparecía en la sedienta arena. El color del agua, aunque oscuro, invitaba a beberla, y la suave melodía del chorro aumentaba el encanto de la fuente. Adán era experto en el conocimiento de las aguas, como todos los caminantes del desierto. Antes de probar aquélla sabía que, a pesar de su aspecto prometedor, no era completamente buena. No tenía mal gusto, mas Dismukes había dicho del manantial que se podía beber, pero que, no habiendo pasado suficiente tiempo en aquel lugar, ignoraba si a la larga no serían perjudiciales sus efectos. Adán advirtió en seguida que a él, curtido morador del desierto, no le sería dañina, que podría beberla sin consecuencias desagradables, pero que no le sucedería otro tanto a aquella delicada mujer perdida en el Valle de la Muerte con un idiota o loco por marido.
Hallábase el manantial a unos doscientos metros de la choza, fuera del alcance de las peligrosas rocas. Adán decidió, pues, establecer allí mismo su campamento, e inmediatamente, procedió a construirse un abrigo de ramas y hierba contra el sol. Depositó allí sus provisiones y enseres y volvió a la choza para preparar el desayuno.
Lentamente iba realizando la tarea que otros días y en otros lugares requería tan sólo breves momentos. Quería dar tiempo a que los de la choza se despertasen, cuando de pronto oyó una voz:
—Buenos días, caballero Wansfeld —dijo Magdalena Vires con su melodiosa voz de contralto, en la que se advertía un dejo de amargura y burla.
La voz causó a Adán cierta emoción; parecía traerle un eco de su lejano pasado. Volviéndose, vio a la mujer, vestida con un traje gris, que tan bien sentaba a su esbelta figura, pero que tan impropio, era de aquel lugar. Destacábase Magdalena Vires de un modo inarmónico sobre el fondo de la burda choza y la agreste ladera. Venía ella de un gran mundo, siendo una delicada chispa de un pedernal sólido, de pura sangre, a la que unos años antes el desierto hubiera podido salvar.
—Buenos días, señora —respondió Adán—. ¿Cómo se encuentra usted? ¿Se ha despertado su marido?
—He dormido muy bien, mejor que otras noches, y creo saber por qué... Virey se ha despertado, ha vuelto en sí y pide agua, pero está débil y me gustaría que usted le viese.
—Le veré luego.
—¿Cómo se encuentra usted después del violento esfuerzo que realizó ayer? —preguntó ella.
—Un poco cansado aún —contestó Adán sonriendo—, pero pronto Me repondré. Creo que el aire del valle me hizo daño, me duelen los pulmones... Me parece que será más cómodo para usted que tomemos el desayuno en la cocina. El sol es muy fuerte.
—Donde usted quiera... ¿De modo que... piensa usted encargarse de las tareas del campamento..., a pesar de que...?
—Sí, señora. Siempre llevo la contra a las mujeres —repuso Adán—, y eso sucede una vez cada dos o tres años. ¡Son tan raras aquí las ocasiones que tengo de ver a una mujer! ...
—Anoche no supe lo que decía y lamento haberme mostrado ingrata. Le estoy muy reconocida por lo que ha hecho y gustosa acepto sus ofrecimientos —dijo Magdalena gravemente.
—No vale la pena... ¿Quiere ayudarme a llevar el desayuno dentro?
Adán no desconocía los frecuentes momentos de irrealidad del desierto, pero sentado ante aquella mujer fascinadora, cuyo traje despedía un sutil perfume, cuyo rostro ensombrecido y hermoso resaltaba como un camafeo sobre la pared pardusca de la choza, le resultó difícil convencerse de que no estaba soñando.
—¿Debo obligar a Virey a que coma? —preguntó ella, a poco.
—Según... En el desierto, después de un trance así, solemos proceder con mucha cautela en cuestión de comida.
—¿Quiere usted examinarlo ahora?
La siguió a la otra habitación, separada de la cocina por una lona. Era mayor y tenía una abertura a modo de ventana. Adán echó una ojeada en derredor suyo y vio dos camas estrechas, hechas burdamente de troncos y hierba. Virey descansaba en la cama más alejada de la puerta. Su rostro pálido, sin afeitar, estaba surcado por terribles arrugas, que Adán no sabía si eran consecuencia del colapso sufrido en el valle o si va existían antes. Inclinábase, sin embargo, a creer que el rostro de Virey era la expresión de su alma torturada. Seguramente había sido un hombre hermoso. Sus ojos eran negros y grandes, su nariz recta, y su boca delatábale a pesar de que estaba medio escondida bajo el bigote. Adán, muy sensible a la significación del momento, tuvo la impresión de que Magdalena Vírey tomaba su ojeada como si estuviera estudiándola a ella en lugar de a su marido. ¡Qué singulares eran las mujeres! ¿Qué podría importarle la opinión que él formara de Virey? Adán sabía que tenía poderosas prevenciones contra aquel hombre, y se abstuvo de todo juicio acerbo hasta verle cara a cara. Durante muchos años había Adán contemplado frente a frente el desierto. El aspecto exterior de las cosas ya no le engañaba. Así como el cacto revelaba su naturaleza cruel, y la florecilla del desierto germinaba en su perecedera, pero imperativa demostración de belleza y de vida, y las arenas fluctuantes del desierto revelaban los designios destructores del universo, así el rostro de cualquier hombre era la imagen del alma. Adán se echó instintivamente atrás ante el horror que leyó en la faz de Virev.
—¿Sufre usted? —le preguntó.
—Sí —dijo Virey con voz ronca, poniendo al mismo tiempo una mano sobre el pecho.
—Sí, ahí debe de dolerle —afirmó Adán—. Ha respirado usted aire ponzoñoso en el valle. Actúa como el éter... Estése muy quieto durante algún tiempo. Yo cumpliré entre tanto los deberes del campamento.
—Gracias —murmuró Virey.
La mujer siguió a Adán hacia el exterior y, luego, le contempló, con gravedad, de un modo inconsciente, con la cara muy cerca y en pleno sol. Se le ocurrió al joven pensar que la diferencia entre las florecillas del desierto y el rostro de una mujer bella era sólo de emoción. ¡Cuánto mejor era la breve hora de florecimiento de la inconsciente flor malgastando su fragancia en el aire del desierto!
—¿Verdad que está muy enfermo? —preguntó ella.
—No. Pero recobra las fuerzas con lentitud. Es preciso tener el corazón muy sano y excelentes pulmones para poder luchar ventajosamente contra los muchos peligros que hay en este país. Sin embargo, Virey saldrá bien de este trance.
—Entonces, usted... nunca se da por vencido, ¿verdad?
—Ahora que usted lo dice, recuerdo que, en efecto, jamás admito la derrota —repuso Adán.
—Un temple así es digno de mejor causa. Aquí está usted destinado a fracasar.
—Bueno..., no soy infalible, es cierto, pero... nunca se sabe lo que va a pasar. El hecho de que esté aquí es una prueba de que se ha realizado algo casi imposible. No podré hacer que el Valle de la Muerte sea habitable para usted, pero puedo aminorar sus durezas y peligros. ¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí?
—Varios meses. A mí me parecen años.
—¿Quién la trajo? ¿Cómo han venido?
—Tuvimos varios guías. Los últimos fueron los indios shoshone, que nos acompañaron para cruzar las montañas, dejándonos aquí. Yo iba montada a caballo. Virey hizo el último trecho a pie hasta llegar al Valle de la Muerte, del, que ya no saldremos. Soltamos el caballo y los burros y no los hemos vuelto a ver.
—¿Vienen los shoshones aquí periódicamente?
—Sí. Virey hizo trato con ellos para que viniesen cada luna llena. Hemos tenido hasta ahora más provisiones de las que necesitábamos. Lo malo es que, si bien Virey tiene ganas de comer, yo no tengo habilidad para preparar las comidas. El resultado es que casi nos morimos de hambre.
—Bien, ahora me encargaré yo de esas cosas. Usted cuidará de su marido, y procure no olvidarse tampoco de sí misma. Es lo menos que puede usted hacer. De todos modos, aun yendo muy bien las cosas, le esperan grandes sufrimientos. Usted ha sufrido ya, pero no físicamente; aún no sabe lo que es eso. Si logra usted sobrevivir, el endurecimiento le curará de todas sus penas. No creo que le pase lo mismo a Virey, porque ha retrocedido. La mayoría de los hombres, al vivir en el desierto, siguen la línea de la menor resistencia. Y permítame decirle que hay dolores causados por el hambre, por la sed, por los sufrimientos, que son bendiciones disfrazadas. Aprenderá usted a conocer lo que es el descanso, el sueño y la soledad. La gente que vive como usted ha vivido, está desequilibrada. ¿Qué sabe ella de la vida abrazada a la tierra? Y toda otra vida es falsa. Las ciudades, el hacinamiento de hombres y mujeres, las riquezas, el lujo, la pobreza, todo eso no estaba en el plan de la Naturaleza... Señora Virey, si hay algo que pueda calmar su alma, ese algo será el desierto.
—¡Ah, caballero Wansfeld! ¿De manera que, además de caballerosidad, posee usted una filosofía propia? —repuso Magdalena, con débil acento de burla—. ¡Cambie usted mi alma si puede, caminante del desierto! Soy mujer, y la mujer es el símbolo de la mutación. Enséñeme a guisar, a trabajar, a hacerme fuerte, a resistir, a duchar, a mirar impávida esos negros montes de donde procede su fortaleza... Aquí estoy, en el Valle de la Muerte, del que nunca saldré. Mis huesos se mezclarán a la arena de este desierto y se convertirán en polvo... Pero mi alma, ¡ah!, ese abismo negro de duda, de angustia, de terror, de odio..., cámbielo usted si puede.
Aquellas trágicas y elocuentes palabras encadenaron a Adán al Valle de la Muerte como si fuesen eslabones de acero, y de este modo empezó su prolongada estancia en el terrible lugar.
Las actividades corporales le eran necesarias a Adán, habían llegado a ser en él una segunda naturaleza. Así, también ahora proyectó otro abrigo contra el sol, una especie de galería junto a la choza, un hogar de piedra, una mesa, varios asientos, una pared baja para contener las arenas que empujaba el viento, y una muralla detrás de la choza, entre ésta y la movediza ladera. Terminadas estas tareas, aún le quedaría la exploración del valle. Hacíase preciso contar siempre con un gran fondo de reserva en calidad de trabajo y ejercicio para cuando viniesen los días de fuego del mes de agosto, durante los cuales era preciso holgar y tener fuerza física y mente clara para resistir la tremenda prueba.
Los días transcurrieron rápidamente. La señora Virey mostrábase menos grave y melancólica, y ni una sola vez hablaba con amargura. A1 cabo de cinco días apareció por fin Virey, curado de su dolencia. Adán estaba, muy cerca de la choza, trabajando. Vio que Virey miraba en torno suyo, advirtiendo las mejoras, y que dijo algo a su mujer sobre ellas. Acercándose con paso lento y cara macilenta, se dirigió a Adán:
—¿Espera usted cobrar por trabajar aquí?
—No —repuso Adán secamente.
—¿Cómo es eso?
—Porque cuando los hombres están avezados a la vida del desierto, como yo, echan una mano donde es necesario. Y no sucede con frecuencia.
—¡Pero si yo no quería que se hiciese nada aquí!
—Lo sé, y se lo perdono porque desconoce usted las necesidades del desierto.
—Hablar de, perdón es una ofensa para mí.
Adán se irguió, dejando de trabajar en el muro que estaba levantando, y clavó los ojos en Virey. La esposa de éste estaba un poco alejada, pero no fuera del alcance de la vista de Adán, el cual creyó percibir un destello de burla en sus ensombrecidos ojos. La duda que expresaba su rostro se transmitió a Adán, y el joven se dio cuenta de que iba a sufrir una inevitable decepción si aún mantenía la esperanza de trabar amistad con Virey.
—A todos nos han de perdonar alguna vez —dijo Adán con firmeza—. Yo tenga que perdonarle por su ignorancia de las cosas del desierto. Ha elegido usted este lugar para construir una choza y resulta que se trata del sitio más peligroso que he visto hasta ahora. En cualquier momento puede desprenderse una de esas rocas y matarle. También puede empezar a rodar toda la ladera de una vez, porque es un alud detenido.
—A nadie le importa donde yo acampo —replicó Virey.
—¿Advirtió usted el peligro?
—Me es indiferente el peligro.
—Pero no está usted solo. Trae consigo a una mujer. Aparentemente, Virey había hablado, sin meditar las palabras y mirando a Adán sin verle. De pronto su vaga mirada animóse, cobrando interés.
—¿Es usted minero? —preguntó.
—No. A veces lavo un poco de oro por entretenerme y porque lo encuentro casualmente.
—Entonces no es usted ni minero, ni cazador, ni guía.
—He sido algo de todo eso, pero no me cuadra ninguno de esos nombres.
—Podría usted ser uno de esos bandidos que infestan esas montarías.
—En efecto, pero no lo soy —repuso Adán secamente. En 1o más hondo sintió Adán arder su cólera, mas procuró dominarse. Estaba dispuesto a mostrarse bondadoso y condescendiente con aquel desgraciado. Pero hubiera querido que no estuviera allí aquella mujer con la burlona duda en sus ojos.
—Es usted un hombre educado —exclamó Virey, irónico.
—Puede usted afirmar que estoy especialmente educado en las cosas del desierto.
—¿Y las cosas de las mujeres... son misterios para usted? —preguntó Virey, con desdén. Su pregunta parecía un sarcasmo salido de un inconmensurable abismo de pasión.
—En efecto, no son para mí —observó Adán—. He vivido una vida muy solitaria y pocas mujeres se han cruzado en mi camino.
—No sabe usted la suerte que ha tenido... si dice la verdad.
—No mentiría a ningún hombre —respondió Adán ásperamente.
—¡Bah!... Todos los hombres son embusteros, y las mujeres tienen la culpa... Usted está entreteniéndose aquí, en mi campo, haciendo ver que trabaja...
—Lo niego en absoluto. Alzar estas piedras es trabajar, y si no, levante usted algunas con este calor... Y el llevarle a usted! a cuestas durante diez millas a través del Valle de la Muerte... ¿es acaso fingir que se trabaja?
—¡Fue usted quien me salvó la vida! —exclamó Virey con vehemencia—. Pues no puedo agradecérselo..., no me ha hecho usted ningún favor.
—No quiero su agradecimiento. Sólo lo mencioné por el esfuerzo que me costó.
—Como hombre bien nacido le doy las gracias, cumpliendo así con la cortesía a que me obliga mi pasado. Pero ya que me ha impuesto usted una deuda de gratitud por un servicio que no he pedido, ¿por qué sigue usted aquí?
—Deseo ayudar a su mujer.
—¡Ah!, eso es ser franco. La franqueza es algo que realmente le agradezco. Sin embargo, le ruego me perdone si pongo en duda la naturaleza idealista de sus motivos para ayudarla.
Adán reflexionó, sin responder sobre las palabras que acababa de oír. Le llamaba más la atención la cáustica amargura de las frases de Virey, que su significado. Mas cuando vio de nuevo el destello en los ojos de Magdalena, comprendió de pronto lo que revelaba la velada insinuación de Virey, y que la actitud más conveniente para el orgullo de ella sería una fría serenidad.
—Vaya, vaya a ayudarla —continuó Virey—. Le felicito sinceramente. Mi encantadora esposa va está de por sí bastante desamparada. Yo no lo he sabido bien hasta vernos aquí, dependiendo de nuestros propios recursos. Ni siquiera sabe guisar patatas!... Y en cuanto a cocer pan en esas miserables estufas negras, si comiese usted un poco del que ella hace, estoy seguro de que no me fastidiarían mucho tiempo sus atenciones para con mi mujer.
—Bueno..., yo le enseñaré.
Esta respuesta tan práctica y sencilla irritó a Virey sobremanera. Parecía querer insultarle y no sabía cómo empezar.
—¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? —preguntó, cediendo a una repentina, curiosidad.
—Wansfeld —contestó, Adán.
—¿Wansfeld? —repitió Virey, como si el nombre le recordara algo. Su rostro reveló de pronto curiosidad y cierta emoción—. ¿Wansifeld?... He oído ese nombre. ¿Es usted el que llaman en el desierto «Wansfeld el Caminante»?
—Sí, señor, el mismo.
—Oí a un minero hablar de usted —continuó Virey, muy animado—. Fue en un campamento, cerca de una mina de oro..., no sé exactamente dónde. El minero contó que le había visto a usted matar a un hombre... Mackin... no, no, Mackue... ¿Es verdad?
—En efecto, siento confesarlo. Maté a Mackue... o, mejor dicho, fui el medio de que se valió el desierto para darle la muerte que le correspondía.
Virey estaba completamente cambiado, emocionándose más y más.
—Esa hazaña me ha obsesionado, no sé por qué —dijo—. No he oído nunca nada semejante... Aquel minero contó que se enfrentó usted con Mackue en la calle de un pueblo minero, creo que ante un salón de juego o una fonda. Gritó usted a Mackue como un demonio y el hombre se puso amarillo como la cera. Sacó él rápidamente su revólver y empezó a disparar, pero usted parecía estar protegido por una nueva fuerza superior, porque ninguna bala daba en el blanco, o si le lió, como si tal cosa. Usted se echó sobre él y su revólver salió por un lado y su sombrero por otro... Luego... ¡luego lo mató usted con sus manos! ¿Es verdad?
Adán asintió de mala gana. El hecho, contado de aquel modo por Virey, no era agradable. Además estaba allí la mujer, mirándole fijamente, blanco el rostro y trágicos los ojos.
—¡Dios mío! ¡Mató usted a Mackue con las manos desnudas, valiéndose sólo de su fuerza!... No me había fijado en sus manos... Ahora las veo... ¿De modo que Mackue era enemigo de usted?
—No. Era la primera vez que le veía —contestó Adán. Virey lió lentamente un— paso atrás, como si por instinto quisiera eludir un peligro. Sus labios temblaron ligeramente.
—Entonces... ¿por qué lo mató?
—Porque maltrató a tina mujer.
Adán, al contestar, se volvió un poco de lado. No quería que sus ojos revelasen la idea que el recuerdo y la extraña reacción de Virey habían despertado de pronto en él. Sin embargo, advirtió que éste respiraba anhelante y retrocedía otro paso. Luego, se hizo el silencio. Adán contempló la ilimitada ladera, los millones de rocas, todas descansando aparentemente sueltas en sus cavidades, dispuestas a lanzarse en todo momento.
—De manera que... fue por eso —dijo Virey haciendo un gran esfuerzo—. Muchas veces me he preguntado por el motivo... Ahora ya lo comprendo, cosas del Oeste selvático. ¡Quién había de decir que llegaría a conocerle! Gracias por habérmelo confirmado. Me parece natural que no sea agradable para usted el recordarlo.
—Me da náuseas el recuerdo, pero no siento haberlo hecho —repuso Adán.
—Sí, ya lo comprendo. El hambre del desierto... inexorable... inhumano...
—¿Inhumano? —exclamó Adán, cediendo, al fin a la ola de indignación. Tras el rostro pálido, contorcido, de Virey, vio una conciencia tumultuosa, una alma aterrada en aquel momento—. Virey, usted y yo parece que nunca hemos de estar de acuerdo acerca del significado de las palabras... Le rompí a Mackue brazos, costillas, piernas, y mientras las rompía le dije lo bestia, inhumano que había sido... desgraciando a una mujer, maltratándola, abandonándola a ella y a su hijito... dejándolos morir. Le dije que los había vista morir y, luego, le retorcí el cuello... No, no; el inhumano fue Mackue, no yo.
Virey volvióse, tambaleándose un poco, y su blanca mano, fina como la de una mujer, buscó el apoyo de la pared hasta llegar a la, choza, en la que desapreció.
—Siento, señora, que saliese a relucir esta historia dijo Adán enfrentándose a ella con desgana.
Mas Magdalena Virey volvió a sorprenderle de nuevo.
Temía encontrarla horrorizada, a punto de desmayarse, echándose atrás como si él fuera un monstruo sanguinario, y la vio casi serena, manifestándose tan sólo su emoción en la blancura marmórea de su rostro y en sus ojos.
—¡Maravillosa hazaña! No la conocía —dijo, y el cálido tremor de su voz emocionó a Adán—. ¿Qué mujer no se gozaría en su relato?... ¡Wansfeld el Caminante! ¡Debería llamársele a usted Wansfeld el Caballero del Desierto!... No me miré así. ¿No sabe usted que la más grande hazaña de esta tierra es la del hombre que lucha por el honor, o el amor, ó la felicidad, o la vida de una mujer?... Yo soy mujer. Son muchos los hombres que me han amado. Pero ninguno de ellos pensó en mí..., ningún hombre ha oído aún la suave melodía que halla eco en mi alma... ¡nadie ha luchado todavía para salvarme a mí...! Amigo mío, me atrevo a hablar como usted, con la desnudez del desierto. Acabo de observar a mi marido... he escuchado las frases reveladoras del modo de ser de él, completamente nuevo para mí. También le he estudiado a usted... he oído sus palabras. Por eso me atrevo a decirle... que, si viene a luchar por mi causa, añadiré a mi vida de emociones y angustias una aflicción que hará pequeñas todas las demás... el despertar de mi ceguera... el descubrimiento de mi alma... ¡tal vez su salvación! ¡El premio de la angustia... una dicha que llega demasiado tarde!
XVI


A la hora de la puesta del sol Adán preparó la cena para los esposos Virey, comiendo él cuando ellos hubieron terminado. Virey charlaba animadamente; hasta bromeó por ser la primera comida buena que hacía en el desierto. Su mujer también mostró mucha serenidad al hablar, haciéndola a veces con sutil ingenio, como si nunca hubiese dejado entrever la tragedia que estaba viviendo. Era el modo que tenían los dos de ocultar la verdad y sus sentimientos cuando querían. En cambio, Adán guardó silencio.
Ya por fin solo, paseándose bajo las sombras de la altísima puerta sobre el valle, se ensimismó en un torbellino de pensamientos que gradualmente se ordenaron como por influjo de la solemne claridad estelar y del expresivo silencio. Había tropezado casualmente con la más extraña y fatal de todas las situaciones que conociera durante su larga vida en el desierto. ¿Pero era debido a la casualidad? No, porque había cruzado el páramo en línea recta como una flecha, para encontrar a aquella interesante mujer que iba a amarle y a aquel hombre despreciable a quien mataría. Tal pareció ser la fatalidad del destino que murmuraba en sus oídos, se revelaba en las estrellas acusadoras y ocultábase en las densas sombras. No lograba comprenderlo. ¿Hacía cuatro días que estaba en el Valle de la Muerte o cuatro meses? ¿O acaso caminaba en los sueños, víctima de una pesadilla? El desierto, siempre fiel, le contestó. Aquello no era sino el flujo y reflujo de las pasiones humanas, las fuerzas discordantes entre el hombre y la mujer, una pequeñez, una maldición, un terror y, sin embargo, la alegría de la vida. El Valle de la Muerte estaba a sus pies cual enorme boca abierta, tenebroso e inmutable, terrible en su solemne soledad, en su silencio, en su desolación milenaria. De nada podía Adán dudar allí. Sus pensamientos parecían casi elevarse sobre el error humano. Un espíritu hablaba por él.
Virey había arrastrado a su mujer a aquel agujero infernal del mundo para que compartiera su miseria, para aislarla de: los hombres, para ocultar su soberana belleza, para gozarse en su soledad, para vengar un agravio, para sentir su necesidad de posesión, su terrible amor trocado en odio; para contemplar la lenta tortura de su marchitamiento en el horrible valle, para maldecirla en vida, para consumirse sin cesar en el tormento de que el alma de ella jamás sería suya, para llevarla a la muerte y para morir con ella.
El Valle de la Muerte parecía el escenario para aquella tragedia, y una tumba apropiada para sus actores. ¡Lo peor de la Naturaleza aparejándose con lo más oscuro de la humanidad! Qué lástima que Virey no pudiera comprender su propia pequeñez, que él no era sino un vil gusano en la úlcera poblada del mundo, que en los grandes espacios abiertos, donde el sol caía a plomo, efectuábase una limpieza feroz.
En cambio, Magdalena Virey era para él un misterio indescifrable. ¿Qué había hecho para merecer el odio de su marido? Ella nunca le había amado, esto estaba tan firme en la mente de Adán como la estrella polar en el firmamento. Tampoco había amado a otro hombre, por lo menos no con la pasión y el espíritu de que era capaz su femineidad exquisita. Adán así lo adivinó con la intensa sensibilidad que el destino: había despertado en él. Hubiera percibido la corriente pasional de cualquier mujer. Mas tan inevitable como la misma vida, tenía la misteriosa certeza de que Magdalena Virey había inferido un terrible agravio a su esposo. ¿Cuál? Adán había repudiado todo interés por saber lo que pudiera haberles impulsado al Valle de la Muerte, y hasta aquel momento no se permitió ofenderla a ella ni con la sombra de una duda. Sin embargo, hallábase sumido en un mar de confusiones. Su corazón desbordaba de inefable piedad. Nunca podría amar a Magdalena Virey como hombre, mas no cono hermano estaba deseando cambiarla, salvarla. ¿Qué más había que valiera la pena de vivir si no eso, excepto: las ensoñaciones en las alturas y el caminar por las solitarias sendas? A causa de su propia angustia poseía Adán una extraña afinidad con todo ser atribulado, especialmente con la mujer, y por eso vio la tragedia de Magdalena Virey en toda su terrible grandeza. Y no sólo veía su muerte. La muerte nada era en una región donde la Parca reinaba. Por ella Adán odiaba el dolor físico, las violentas pulsaciones de las arterias, la férrea y candente presión en las sienes, el peso enorme del aire abrasador, el lento consumirse de la carne y de la sangre. Pero lo que sobre todo odiaba era la muerte de su espíritu viviendo aún su cuerpo.
De pronto interrumpió el curso de sus pensamientos. ¿No se hallaba ante una personalidad fuera del alcance de su comprensión? ¿Qué sabía él de tan extraña mujer? Nada, pero lo adivinaba todo. Era hermosa, magnética, callada y altiva, magnífica como una poderosa llama. Era mordaz porque el conocimiento del mundo, la fragilidad de la mujer y la doblez del hombre habían sida para ella una página constantemente abierta. Había vivido a la vista de un emporio atestado, en lugares de exhibición donde vegetaban hombres y mujeres que no conocían la tierra más que como un lugar para tumbas. Estaba amargada porque había apurado la amargura hasta las heces. Mas la repentina efusión que: la obligó a salir de su reserva, revelaba un corazón de oro. Adán constituyóse en juez omnisciente, responsable sólo ante su propia conciencia. ¡Pasara lo que pasara, él correspondía a la fidelidad de aquella mujer!
No la habían llevado por fuerza a aquel desierto de la desolación. Fue porque quiso. ¿Inspirábale el Valle de la Muerte y su terrible fama el miedo que otros podrían sentir? Acompañando con voluntad propia a su marido, habíale seguido, a aquel lugar, despreciándole profundamente, siendo infinitamente brava cuando él era cobarde; desdeñosa y magnífica, aceptaba cualquier castigo que pudiese satisfacer al hombre vil. Adán comprendió que Magdalena obedecía también en esto a una extraña y propia necesidad. ¡Qué le impusiera Virey, ciego, débil y egoísta, las torturase de los réprobos! Ella las aceptaba. Pero Magdalena pagaba así, al mismo tiempo, una deuda contraída consigo misma. La idea que al fin tuvo Adán de la mujer fue que la vida y los hombres habíanse portado terriblemente con ella; que en su juventud, al principio de su apasionada rebeldía, había quebrantado la egoísta ley de los maridos; que al llegar los: años de madurez, con la tempestad, la derrota y la desilusión de la mujer habíase elevado a sublime altura para ser fiel consigo misma; y burlándose del hombre que pudo menospreciarla hasta el punto de atreverse a creer que podría convertirla en esclava, humilde y llorosa, afrontó el desierto a su lado. Había visto trocarse el amor, que no era amor genuino, en odio terrible. Había adivinado los motivos ocultos de él y le dejó gozar su infernal y secreta alegría, dando la bienvenida al Valle de la Muerte.
Adán se maravilló del inextinguible espíritu, de la sublime audacia de aquella mujer. Y vacilaba en apartar aquel espíritu de su soberana indiferencia. Mas su vacilación era débil. ¡Qué maravillosa experiencia sería incorporar a Magdalena Virey al instinto, la lucha, la naturaleza del desierto! Con su inteligencia, si él sabía enseñárselo, Magdalena comprendería la lección en un día.
Por último recordó Adán la inolvidable insinuación de Magdalena, «la angustia suprema» y lo que él podría llegar a significar para ella. Sólo cabía una interpretación de la frase: el amor. La idea le emocionó, más bien por piedad, posesionándose de su imaginación. Sí, ese amor podría sobrevenir. El desierto aproximaba los bordes de los abismos en un solo día llenándolos de arena. Era aquél un lugar de violencia. Los elementos no aguardaban allí ni tiempo ni circunstancias. Las pocas mujeres que Adán conociera en el desierto, habíanle amado. Hasta la tuerta de Tecopah, aquella monstruosa y sexual deformidad de mujer, a quien había dejado arrastrándose en la arena a sus pies, avergonzada al fin ante un montón de hombres viles, asombrados, habíase despertado a la extraña locura del amor. Pero él no había deseado a ninguna mujer desde aquel amargo momento de su juventud en que Margarita, la de los ojos aterciopelados, dijo, refiriéndose al amar tan dulce y nueva que él sentía. «¡Bah, señor... está ya tan lejos...!» ¿Quién se acuerda de ello?
Y menos que a ninguna deseaba Adán a Magdalena Virey. «¡Si fuésemos los dos jóvenes! ¡O si ella no hubiese nunca...!», pensó. No, no, era un sueño imposible. La suerte estaba echada. Él protegería a Magdalena Virey y le enseñaría los secretos del desierto, la fortaleza del páramo arenoso y de las colinas solitarias, haciéndole comprender que la victoria de la vida consistía en no ceder jamás. También lucharía por ella. Con toda la gran variedad de medios que había aprendido, lucharía por ella para vencer la soledad y desolación del Valle de la Muerte; sus horrores, tan enemigos de la vida creadora de la mujer; el calor, la sed, el hambre, el aire envenenado, los vientos abrasadores, las tempestades, las tormentas, los destructores aludes. Y si fuese necesario, con la misma naturalidad pondría sus manos justicieras e inexorablemente fuertes sobre el hombre que la indujo a afrontar tal destino.
Cuando a la mañana siguiente, al salir el sol, Adán se presentó en el campamento de los Virey, saludóle la señora, transformada aparentemente en otra mujer. Vestía un sencillo traje de montar, cuyo desgaste era testimonio de las rudas cabalgadas a través de las montañas. ¡Qué diferencia tan notable ofrecía su aspecto! Parecía menos alta y resaltaban más las graciosas líneas de su cuerpo delicado. Llevaba el cabello en dos trenzas sueltas. Cuando el sol hubiese bronceado la blancura de su rostro y de sus manos, Magdalena Virey estaría realmente transformada.
Adán trató de no mirarla con tanta fijeza, pero fue inútil.
—Buenos días —dijo, ella con alegre sonrisa.
—Señora... yo... casi no la reconocí —balbuceó Adán.
—Muchas gracias, me siento muy halagada, pues es la primera vez que se ha fijado usted en mí. Ya está desechada mi vanidad femenina... ¿Empiezo bien, hombre del desierta?... Nada de faldas que me impidan andar. Nada de velos para proteger mi rostro. Deseo trabajar, ayudar, aprender. Si la locura ha de ser mi sino, que sea la locura de aprender, que fue lo que en esta región abandonada de la mano de Dios le convirtió a usted en el hombre que es. Caballero Wansfeld, ya he arrojado el guante.
—Muy bien —repuso Adán sobriamente.
—Ahora —dijo ella— ansío trabajar. Si cometo faltas, tenga paciencia. Si soy, estúpida, hágamelo ver. Y si me desmayo por el calor o me caigo en el camino, recuerde que es mi pobre cuerpo quien flaquea, no mi voluntad.
Así, ante el gran interés de ella, Adán halló que la aburrida tarea de mezclar y amasar la harina con el agua y de cocer el pan, era un placer y una lección para él, más que un trabajo.
—¡Ah, qué importantes son las cosas domésticas! dijo Magdalena—. Un poeta ha dicho que «vivimos demasiado mundanamente...» Me gustaría saber si se refiere a esto. Rehuímos las cosas sencillas o nunca acabamos de aprenderlas. Recuerdo la granja de mi abuelo, los campos arados, el trigo amarillo, el grano verde, los pollitos en la huerta, los ratoncitos en el granero, el olor del heno de la rica y roja tierra... Wansfeld, hace muchos, muchos años que no he pensado en ellos ni una vez tan sólo. Algo en usted, quizá el modo de elaborar ese pan como una buena vieja campesina, me hizo recordar... ¡Oh, sin cuántas cosas excelentes me habré pasado sin saberlo!
—A todos nos sucede igual. Eso no se puede remediar, pero hay compensaciones, y nunca es tarde.
—Es usted un niño, a pesar de toda su grandeza y estatura. Tiene usted una ingenuidad completamente infantil.
—Ésa es una de las pocas cosas mías que bendigo... Ahora veamos cómo mezcla y amasa usted esta segunda fuente de harina.
Era realmente curioso verla arrodillada, con los brazos remangados, las bellas manos blancas de harina y el rostro que se le empezaba a arrebolar. Adán quería reír viendo que no lograba mezclar la masa, pero al mismo tiempo causábale tristeza la seriedad con que Magdalena se afanaba, resultando inútiles sus esfuerzos.
Por fin terminaron de hacer la comida y Magdalena llevó a Virey su parte. Después regresó para comer con Adán.
—Yo fregaré los platos —anunció ella luego.
—No —protestó Adán.
Estalló la disputa, que terminó con un compromiso. Y de la discusión dedujo Adán que, si bien podría dominarla en las cosas pequeñas, en los grandes conflictos de las voluntades, sería ella la vencedora. Acababa de dar Adán un paso más en su propia y lenta educación: había una diferencia constitucional entre el hombre y la mujer.
Cuando Adán volvió a empezar su trabajo alrededor de la choza para mejorar su situación, la señora Virey le ayudó en todo lo que él quiso permitirle, lo cual, llegando el mediodía, acabó con sus pocas fuerzas. Su rostro estaba sonrosado por la influencia del sol y sus manos revelaban los efectos de la dura labor.
—No debe usted excederse —aconsejó Adán—. Descanse, duerma durante las horas del mediodía.
Retiróse Magdalena a la choza y no volvió a aparecer hasta media tarde. Entre tanto Adán había continuado su labor, tratando al mismo tiempo de no perder de vista a Virey, que caminaba sin objeto determinado por el camino lleno de rocas. Advirtió que vigilaba la choza, y al ver a su mujer salir de nuevo, quedóse inmóvil como la roca en que se apoyaba.
—¡Oh, qué bien he dormido! —exclamó Magdalena—. ¿Es el trabajo lo que hace dormir así?
—En efecto, es el trabajo.
—¡Ah! Veo a mi noble esposo inmóvil, sonriendo como Mefistófeles... ¿Qué hace ahí parado?
—No sé; acaso esté vigilándola. Ha estado dando vueltas por ahí desde hace horas.
—¡Pobre hombre! —dijo Magdalena, compasiva e irónica—. ¿Vigilarme a mí? ¡Qué pérdida de tiempo tan precioso... y tan fútil! Es una costumbre que contrajo hace algunos años. Wansfeld, lléveme allá abajo, a la abertura que da sobre el valle.
—¿Le digo a Virey que venga también? —preguntó Adán, con ligera vacilación.
—No. Que me vigile o queme siga, o que haga lo que le dé la gana. Estoy en el Valle de la Muerte. Ha sido su más acariciado proyecto el enterrarme aquí. No saldré de este sitio hasta que él me saque... lo cual no hará nunca. Por lo demás, él no es nada para mí. Estamos tan separados como los polos.
Adán llevó a Magdalena a la base de la montaña para doblar la parte de la abertura, y así se hallaron repentina e inopinadamente ante el valle abierto a sus pies. Él no la miró, porque antes de hacerlo deseaba esperar un rato. La suave y breve exclamación de ella y el modo de cogerle la mano revelaron la emoción que acababa de experimentar.
Ante el horror que inspiraba la terrible desolación de aquel valle nefasto, Magdalena exclamó al cabo de un instante:
—¡Dios mío!... ¡Ésa será mi tumba!
—Todos vamos a parar a la tumba —repuso él solemnemente—. ¿Dónde habrá otra tan grande, tan solitaria, tan llena de paz? Vamos a andar ahora un poco, hasta el borde de aquel risco; allí nos sentaremos mientras se pone el sol.
Desde aquel espléndido punto de vista pudieron abarcar con mayor amplitud el valle llegando a ver hasta las estribaciones occidentales de la sierra del Panamint, donde el sol abrasador empezaba a cambiar de color a causa de los altísimos picos negros. Una ancha sombra alargábase a través del valle, subiendo poco a poco la amarillenta ladera hasta la Montaña Funeral. La sombra trocóse de un modo maravilloso en púrpura y, al palidecer lentamente el resplandor de la luz, el calor purpúreo hacíase más profundo cada vez.
El día del desierto había terminado, y las sombras comenzaban a descender. El momento era sereno y triste. Poco tenía que ver con el destino de los hambres, nada, excepto que por inescrutables designios de Dios o por un accidente de evolución el hombre se halló casualmente preso allí donde la Naturaleza jamás quiso que estuviera. El Valle de la Muerte era sólo una escarpada grieta de la tierra, en la que unos hombres caminaban alocadamente perdidos, y otros buscaban con locura y pasión áureos tesoros... Transformáronse las misteriosas luces. Un ancho y pálido resplandor surgió por encima de las sierras occidentales, extendiéndose por todo el horizonte. Sólo en la parte Sur quedaba un vestigio de color rojo, muy débil. La atmósfera estaba solamente inmóvil.
—Magdalena Virey —dijo Adán—. Lo que ve usted parece la muerte..., acaso lo sea..., pero es la paz. ¿No da esto descanso a su alma atribulada? Aquí una mujer no puede ser sino ella misma tal cual es.
Y Magdalena Virey, cuyas palabras eran siempre un torrente de elocuencia, guardaba silencio. Adán la contempló mirándola a los ojos ensombrecidos, y lo que vio en ellos le dio miedo. El abismo que se veía a través de aquellas hermosas e indefensas ventanas de su alma, era como el árido valle de abajo, pero iluminado, vibrante de pensamientos, de esperanza, de vida. El Valle de la Muerte era una parte moribunda de la tierra, que con el tiempo se parecería a los cráteres de la luna, mas el espíritu de aquella mujer parecía eterno. Si su alma había sido un sepulcro blanqueado, ahora estaba en vías de transfigurarse. Adán experimentó una singular exaltación, una alegría incomprensible, algo así como el presentimiento de que la extraña comunión actual entre el despertar de aquella mujer y las terribles lecciones de su propia vida, estaba creando para él un interés lejano, desconcertante, pero grande en su inspiración.
Bajo el débil claro, del crepúsculo, 1_a condujo otra vez al campamento, alegrándose de que aún no le fuera posible hablar. El contacto de su mano al separarse era más elocuente que las palabras.
Al día siguiente dominó Adán su natural agresividad, guiada ahora por una serenidad imperturbable que nada podía intimidar. Con firme voluntad se acercó a Virey, hablándole bondadosamente del Valle de la Muerte, de la naturaleza peligrosa del sitio elegido por campamento, del calor abrasador del verano, del horror de los vientos ígneos de medianoche, de la posibilidad de que se secara el manantial. Virey mostróse primero frío, luego impaciente, después intolerable y por fin se puso furioso. Al principio hizo como si no oyera la persuación del joven; después trató de alejarse para no oír; luego rebatió cuanto Adán había dicho y, por fin, colérico, empezó a maldecirle. Adán persistió en sus razones, hasta que Virey huyó del campamento.
Magdalena oyó parte de la discusión. Al parecer, el proyecto de Adán para cambiar las disposiciones de su marido la divirtió. Cuando Virey volvió a la hora de la cena, alegróse de poder comer, más cuando Adán lanzó de nuevo sus argumentos; la señora Virey no reveló el menor asomo de burla. Escuchó atentamente mientras Adán decía a su marido por qué era preciso que la sacara a ella del valle antes de llegar el verano. Virey se portó como si fuera de piedra. Pero no atraía él el interés de Magdalena, sino algo de Adán que la obligó a escuchar, contemplándole pensativamente.
De este modo empezó para Adán la época más singular de todas sus experiencias en el desierto. Se entregó de todo corazón a la tarea de instruir a Magdalena y cambiar la voluntad de Virey. Después de enseñarle todos los quehaceres y deberes del campamento, la llevó consigo para que aprendiera a escalar las alturas, a conocer las capas donde podía haber oro, a lavar arena aurífera en gamella, a distinguir las rocas por sus denominaciones y la escasa vegetación por sus pocas especies, a no dejarse engañar por la ilusión de las distancias y de los colores, a contemplar la puesta del sol y el mundo sideral, tareas en las que se ocupaban todos los días. Aunque el trabajo era muy duro para su débil cuerpo y sus delicadas manos, la obligaba a llegar al límite. Poco a poco iba Magdalena venciendo el dolor físico, la quemazón del sol; aprendió la bendición que es poder comer cuando se siente hambre verdadera, y dormir cuando el sueño significa el descanso.
Durante aquellos días Adán atacó a Virev constantemente, y cuando éste empezó a ausentarse continuó sus ataques durante las comidas. Adán no desesperaba de llegar a obligarle a alejarse del valle con su esposa; aquel hombre era débil en todas las cosas, pero en lo referente a su venganza mostrábase fuerte y obstinado. Mas cuando un día llegaron los indios y Virey les encargó una enorme lista de provisiones, Adán expresó un terrible pensamiento: «Bueno, siempre me quedará el remedio de matarlo».
Todos sus disgustos y desesperaciones con aquella alma vil, desaparecían en presencia de Magdalena Virey. Adán tenía la impresión de que el desierto estaba cambiándola física y moralmente. Sus manos y su cara estaban ya tostadas por el sol, y las delicadas líneas de su cuerpo habían empezado a redondearse, a ganar en fuerza. Si no hubiese sido por sus ojos sombríos y el permanente rictus de tristeza y burla de su boca, hubiérasela tomado por una muchacha de veinte años. Adán habíase figurado al principio que Magdalena debía de tener treinta años, mas con el transcurso del tiempo cambió de parecer. Mirarla para adivinar su edad era como contemplar los numerosos espejismos del desierto. Sólo podía tenerse la absoluta certeza del magnífico resultado de su inflexible voluntad, de su gran espíritu y su sincera alegría. Con el genio y la intuición femeninos habíase acogido al único solaz que le quedabas: la posibilidad de aprender la lección que Adán recibiera del desierto. Y lo que a él le había costado años, ella lo aprendió o lo adivinó en unos días. Tenía una inteligencia maravillosa.
Una vez, mientras descansaban sentados en un promontorio sobre el valle, Adán le hablaba, mas ella no le oía. Sus ojos reflejaban la maravilla y la inmensidad del páramo. Y cuando, tras largo rato de silencio,, volvió él a hablar, interrumpiendo su ensimismamiento, ella se sorprendió. Adán olvidó lo que iba a decir y le preguntó en qué había estado pensando.
—¡Qué extraño! —murmuró Magdalena—. No pensaba en nada. Olvidé donde estaba. Su voz parecía venir de muy lejos.
—Ya le había hablado antes, pero usted no me oía —repuso Adán—. Parecía estar usted... no sé cómo decirlo... en una actitud observadora, acaso...
—¿Observadora? Sí, eso es. Aunque no lo recuerdo bien. Era un estado muy extraño en Magdalena Virey. Debe cultivarlo... ¿Pero qué clase de estado era?... Wansfeld, ¿sería la felicidad?
Hizo la pregunta en voz baja, muy seriamente, aunque con una leve sonrisa.
—Para mí siempre es una dicha poder observar desde las alturas. ¿Es cierto que tiene usted algunos instantes de felicidad?
—Sí, muchos, gracias a usted, amigo mío. Pero son momentos de felicidad consciente... Esto de ahora ha sido distinto. Le repito, Wansfeld, que no pensaba absolutamente en nada. Miraba... observaba... ¡Oh, qué ilusoria es esa imagen!
—Trate de recordarlo —sugirió Adán, con gran interés.
—Ya lo hago; pero el encanto ha quedado roto.
—Pues bien, voy a ver si logro explicarle algo —dijo Adán—. Dismukes y yo hablamos una vez largamente sobre el desierto. ¿Por qué fascina a tantos hombres? ¿Cuál es la causa? Dismukes no se cree un, gran pensador, pero realmente lo es. Conoce el desierto. Para mí es un gran hombre. Los dos convinimos en que la idea comúnmente aceptada como verdad sobre la atracción del desierto, es falsa. Los hombres buscan en él oro, soledad u olvido. Algunos caminan por el gusto de caminar. Otros tratan de esconderse del mundo. Los criminales buscan refugia en el desierto. Además, también los viajeros que lo atraviesan hablan de sus encantos. Todos tienen distintas razones. Soledad, paz, silencio, belleza, maravilla, sublimidad... mil motivos... En efecto, todo eso demuestra el extraño atractivo del desierto. Pero nadie profundiza lo suficiente.
—¿Acaso ha descubierto usted el secreto? —preguntó con ansia Magdalena.
—No, aún no —repuso Adán un poco triste—. Me huye. Es como hallar el agua que finge el espejismo.
—Es como el secreto del corazón de una mujer, Wansfeld.
—Pues siendo así, dígamelo.
—¡Ah, ninguna mujer revela ese secreto!
—¿Ha llegado usted ya a amar el desierto?
—Me dirige usted muchas veces esa pregunta —repuso ella con perplejidad—. No lo sé. Lo reverencio, lo terno, me emociona..., pero amarlo..., no puedo decir que lo ame. Aún no. El amor surge lentamente, y en mí, muy raras veces... Quise a mi madre... Una vez me encariñé con un caballo.
—¿Ha amado usted a los hombres? —preguntó Adán.
—¡No! —exclamó Magdalena con súbita pasión y ojos centelleantes—. ¿Supone usted eso de mí?... Tenía yo dieciocho años cuando... cuando me casaron con Virey. Le despreciaba. Llegué a odiarlo... No, Wansfeld, yo nunca he amado realmente a ningún hombre. Una vez... me volví loca...
—Algún día —dijo Adán— le contaré cómo enloquecí yo..., cómo arruiné mi vida.
—¿Usted arruinar su vida? ¡Wansfeld, usted es un hombre! ¡A veces creo que es usted un dios del desierto! .,. Pero, dígame, ¿qué fue lo que arruinó su vida?
—Ahora, no. Ahora me interesa... su aparente incapacidad de amar.
—¡Incapacidad! ¡Qué poco me conoce! ¡Si soy una pasional, una masa vibrante de nervios exquisitamente delicados y sensibles, un hirviente raudal de sangre cálida! Soy un corazón vacío, profundo y terrible como este valle, hambriento de amor como el valle lo está de lluvia o rocío. Soy una ilimitada emoción palpitante, que fluye y refluye como el mar. Soy toda amor.
—Y yo... un estúpido ignorante —exclamó Adán.
—Usted maneja a veces el bisturí de un modo inexorable. Escuche, Wansfeld... Tengo una hija..., una linda muchacha. Tiene catorce años... y es dulce como, el almíbar. ¡Ah! Antes de que naciera no la amaba..., no deseaba que viniese. ¡Pero después!... Wansfeld, el amor maternal es divino. Pero el mío aún más que eso. Todo... todo mi corazón se volcó sobre Ruth... ¡Amor! ¡Oh,. Dios mío! ¿Hay acaso algún hombre que conozca las torturas del amor?... ¡Yo las conozco! ¡Tuve que abandonarla... tuve que separarme de ella... y no la volveré a ver nunca... nunca más!
Magdalena se inclinó, cubriéndose el rostro con las manos, y todo su frágil cuerpo estremecióse de sollozos.
—¡Perdón! —murmuró Adán roncamente, aturdido. Fue lo único que pudo decir durante un rato. Estaba confuso. Jamás se la había figurado como madre. Sin embargo, se atrevió a decir después—: Me alegro saberlo. Debió decírmelo. Soy su amigo, traté de ser su... hermano. Cuéntemelo, Magdalena, eso la aliviará. Creo comprender... algo, muy poco. Me parecía usted una mujer muy joven... y es usted madre. Prometí hace tiempo no sorprenderme de nada y siempre hay nuevas sorpresas para mí. ¡La vida está llena de ellas!... ¿Y su hijita se llama Ruth? ¿Ruth Virev? ¡Qué nombre tan bonito!
Adán continuó hablando, lleno de contrición, odiándose a sé mismo, tratando de demostrar su simpatía, su compasión. Acaso sus palabras la sosegaron, porque a poco se irguió, echó atrás el pelo, y volvió hacia él su rostro inundado de lágrimas. ¡Qué cambiado, qué bello! Sus ojos ocultaban una gran emoción, mas algo de ella pudo vislumbrar Adán.
—Wansfeld, tengo treinta y ocho años cumplidos —dijo Magdalena.
—¡No! ¡Imposible! ¡No puedo creerlo! —exclamó Adán.
—Es la verdad.
—Bueno, bueno. Pero, hablando de edad... a ver si adivina la mía. Apuesto a que ni siquiera se aproxima tampoco.
Magdalena le examinó gravemente y, al mirarle, serenóse más y más.
—Es usted una esfinge masculina. Esos terribles surcos desde la mejilla a la mandíbula... hablan de angustias, pero no de años. En cambio, su cabello es gris en las sienes. Wansfeld..., tiene usted treinta y siete..., tal vez cuarenta años.
—¡Magdalena Virey! —exclamó Adán, asustado—. ¿Tan viejo parezco? ¡Adiós, juventud desvanecida...! Sólo tengo veintiséis años.
Ahora le tocó a ella asombrarse.
—Vale más que nos dediquemos a otros problemas que los del amor y la edad. Son traicioneros... Venga, vámonos al campamento.
XVII


LLEGÓ la hora de que Magdalena Virey conmoviese a Adán hasta lo más profundo de su ser.
—Wansfeld —dijo con rara y maravillosa vibración en la voz—, amo el silencio, la soledad, lo sereno..., hasta lo trágico de este valle de sombras. Es un lugar que jamás se hará popular entre los hombres y al que vendrán pocas mujeres. La Naturaleza lo ha separado del resto del mundo para unos pocos caminantes del desierto, hombres como usted, almas invencibles que saben resistirlo todo y luchar, como usted dice, para buscar y para hallar... Y también, seguramente, para almas extraviadas como la mía. La mayoría de los hombres y todas las mujeres que permanezcan aquí han de hallar la muerte en este valle. Pero la muerte existe de todos modos en la vida. Aquí, en las solitarias noches del desierto, he estudiado mi alma y sufriría cualquier angustia y dolor por cambiarla, porque fuese tan elevada, tan clara, tan noble como la blanca cima de aquella montaña.
De un modo misterioso e inescrutable, la influencia del desierto había obrado en Magdalena Virey. Por otra parte, habíanla atacado las fuerzas destructoras de lo físico. Fue como si durante la noche un viento invisible hubiera pasado sobre una flor marchitándola. Adán lo advirtió con disgusto. Mas ella se echó a reír al saberlo, pero su risa estaba exenta del dejo burlón de antes. Había en su hilaridad urca nota de triunfo que sonaba cual campana argentina. Como siempre, Adán no lograba comprender la sutileza de aquel carácter femenino. Ella le escuchaba con manifiesto placer cuando le instaba a comprender los peligros que corría en aquel lugar, pero, inexorable consigo misma, rehusaba siempre marcharse del Valle de la Muerte.
—Supongamos que yo cargase un día los burros y la cogiese a usted en brazos, sacándola a viva fuerza de aquí. ¿Qué diría? —inquirió con testarudez Adán.
—Creo que me gustaría que me cogiese usted en brazos —repuso Magdalena con suave risa—, pero, si lo hiciera, no podría hacer ya nada más...
—¿Cómo? No da entiendo.
—Porque yo, ejercería la prerrogativa de lo eternamente femenino mandando al tiempo que se detuviera en aquel mismo instante.
Al decirlo, su rostro tenía una dulzura y un encanto que debía ser del otros días más felices.
—¿Qué el tiempo se detuviese? —dijo Adán pensativamente—. Magdalena, no 1o, entiendo.
—Así parece. A veces tampoco me entiendo yo a mí misma. Usted nunca quiere ver en mí la mujer que ha sido galanteada, amada y mimada por los hombres.
—No, no, eso sí lo comprendo, pero no me importa ese aspecto. Acaso, eso haría que...
—¡Ah!, tal vez no le merecería respeto entonces —le interrumpió ella—. Es verdad... Pero Wansfeld, si yo le hubiese encontrado a usted cuando tenía dieciocho años, no habría sido galanteada, ni amada, ni mimada por los hombres... ¿Tampoco entiende esto?
Hacía tiempo que Adán no maldecía su torpeza en comprender las cosas. Su carácter sencillo era antagónico del alma compleja de ella. Después de sentir la alegría de vencer fa amargura y lo, desesperación de Magdalena después de ver que había logrado fortalecer su resistencia física contra los embates del clima, hasta que los calurosos días de junio empezaron a debilitarla, había tratado de que consintiese en abandonar el valle, en huir de la muerte segura. Mas todos sus argumentos y súplicas, todas sus amenazas los paraba ella con sutil femineidad en el ademán, o en la mirada, o en sus contestaciones, dejándole aturdido y sin saber qué pensar.
Llegó el tiempo en que sólo muy temprano, por la mañana, o muy avanzada la tarde les fue posible ir a su sitio habitual, cerca de la abertura que daba sobre él valle, para escalar los promontorios y el sol había comenzado a asumir su fiera autoridad durante la mayor parte de las horas del día.
Una mañana, antes de la salida del sol, y contra! el parecer de Adán, los dos habían subido a un punto muy alto, desde el cual ella gustaba de contemplar el advenimiento del astro, rey. Era un lugar de penosa ascensión, demasiado difícil para la mujer por el calor excesivo de la época. Sin embargo, obligó a Adán a llevarla y tuvo la fuerza necesaria para llegar.
Vieron el oriente luminoso, rosáceo, etéreo y bello aumentando por momentos su luz con el estriado resplandor que procedía del áureo foco, tras las oscuras y escarpadas crestas de la Montaña Funeral. Vieron aparecer el sol, cambiando el alba luminosa en día de fantástica luz. Un solo momento y la gloria, la belleza eran como si nunca hubiesen existido. La luz sobre el Valle de la Muerte era demasiado fiera en aquella altura para que la mirada del hombre pudiera resistirla.
Al emprender el regreso era preciso pasar por una loma estrecha donde la abundancia de piedras sueltas dificultaba el avance. Adán recomendó a su amiga que anduviera con cuidado, ofreciéndole el apoyo de su brazo; mas ella rechazó la ayuda y echó a andar resueltamente tras él. Al llegar a una pequeña pendiente resbaló, arrastrando consigo una gran cantidad de rocas sueltas. No dio ningún grito. Adán echó a correr a grandes zancadas tras ella y pudo cogerla en el preciso momento en que iba a caer por la peligrosa ladera, comienzo de un precipicio. La sostuvo en vilo, como si se tratase de un niño. Teniéndola así en brazos, Adán trató de alejarse del pequeño alud de piedras, y a poco llegó a la parte sólida del camino, donde iba a dejarla nuevamente en el suelo.
—¡Tiempo..., detente! —exclamó Magdalena de pronto, con dulce voz.
Adán se detuvo, como si estuviera encadenado al sitio, contemplando a la mujer que descansaba en sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho. En el tostado rostro, antes tan pálido, floreció una sonrisa. Sus grandes ojos, muy abiertos, cara al cielo, parecían reflejar el color profundamente oscuro de éste y algo del misterio de su luz. Adán vio en ellos la maravilla de una gran reverencia hacía él y la sombra de inefables pensamientos.
—¡Déjeme en el suelo! —rogó Magdalena.
—¿Por qué ha dicho usted «Tiempo..., detente»? —preguntó Adán, al cumplir su ruego.
—Ya le dije a usted que las palabras de mis poetas predilectos se me presentan muy vivamente aquí. A veces cito algunos de sus versos, eso es todo.
—Comprendo. Todo lo que he leído hace muchos años, antes de conocer el desierto, lo recuerdo también a veces como si acabara de leerlo o como si tuviese las páginas delante... ¿Pero fue eso, realmente?... ¿Por qué ha dicho usted «Tiempo..., detente» cuando la sostenía en mis brazos?
—¡Qué niño es usted! —murmuró ella, y sus ojos le contemplaron con alegría—. Dígame con franqueza si no hubiese sido hermoso que en aquel instante el tiempo se hubiera detenido, para que la vida no siguiera, para que el mundo dejara de existir, para que cesasen pensamientos y recuerdos.
—Sí, es verdad —repuso Adán—, pero no más hermoso que este momento en que la veo así. Cuando pone usted esa cara me da esperanzas...
—¿De qué? —preguntó ella, dulcemente.
—Por usted misma.
—Wansfeld, es usted el único hombre que, teniéndome en brazos, puede estar ciego e insensible para la naturaleza de la mujer... Escúcheme. Me ha hecho usted el honor de decirme que poseo nobles sentimientos y pensamientos elevados. Espero que sea así. Sé que usted me ha inspirado muchos de ellos. Sé que este Valle de la Muerte me ha cambiado el alma..., pero, Wansfield, soy mujer, y una mujer es algo más que sus elevados y nobles pensamientos..., que sus errabundas inspiraciones. Una mujer es un ser con sensibilidad... Cuando dije «Tiempo..., detente», fui falsa con la mujer que usted idealiza en mí. Miles de pensamientos, emociones, recuerdos, deseos, cuitas, vanidades, motivaron aquellas palabras de las que ahora usted me ha hecho avergonzar. Mas, para excusarme siquiera un poco, permítame decirle que para mí habría sido hermoso que aquel instante en que usted me tomó en sus brazos, se hubiera eternizado.
—¿Quiere usted decir que... que se sentía usted segura, protegida? —preguntó, emocionado, Adán.
—Sí, eso e infinitamente más. Wansfeld, el destino de la mujer quiere que el único lugar seguro, dichoso y deseado en la vida sea el que le brinda los brazos del hombre a quien ama. Un verdadero hombre, fuerte y cariñoso para ella, sólo para ella. Es una cosa terrible en las mujeres la necesidad de ser amadas. Cuando era niña sentí ya esa necesidad; siendo muchacha y mujer, se convirtió en pasión. Echando la mirada atrás, gracias a la revelación que debo a este Valle de la Muerte, veo ahora que la necesidad de amor, la pasión de ser amada, es el instinto más fuerte de la mujer. Afirmo que es un instinto. Ninguna mujer puede cambiarlo, como, tampoco puede cambiar la estructura de su mano. ¡Pobres mujeres! La educación, la libertad de que gozamos, las carreras que podemos emprender, todo ello nos hace estar ciegas para nuestra verdadera naturaleza. Lo que para la mujer significa vida, verdadera vida, es un hombre, el hombre elegido. De otro modo, lo mejor de ella muere... Ese instinto... que me avergüenza, lo confieso, no ha sido jamás satisfecho en mí, a pesar de todos los hombres que me han amado. Cuando usted me cogió, salvándome tal vez de lastimarme, cuando me hallaba en sus fuertes brazos, deseé con vehemencia que aquel instante fuese eterno, que sólo me viese usted a mí, que me amase a mí sobre todas las cosas.
Al detenerse, con sus finas manos sobre el agitado pecho, sus ojos parecían buscar una misteriosa luz en lontananza. Adán la contemplaba aturdido, fascinado. En tales momentos le enseñaba ella tanto del misterio de la vida como él habíale enseñado de la naturaleza del desierto.
—Ahora ya ha pasado la oportunidad —continuó Magdalena—, porque usted no la advirtió. Ahora puedo considerarlo serenamente. Amigo Wansfeld, siento una inmensa compasión por las mujeres. Me tengo lástima a mí misma, a pesar de que mi cerebro no está ofuscado. Yo puedo dominar mis actos, aunque no mis instintos ni mis emociones. Pero soy mujer, soy, hembra, y poca diferencia hay entre una hembra humana y las de los animales del desierto de que usted me ha hablado, contándome sus esfuerzos, sus luchas por sobrevivir... ¡Ah, no es extraño que luchen por el macho de un modo terrible! Es una cosa muy triste desde el punto de vista de la mujer. Esa gran masa de mujeres que no "saben razonar sus instintos e ignoran la fuente de sus emociones, son mucho más felices. Los excesivos conocimientos son perjudiciales para nosotras. Tal vez sea porque nuestra educación es equivocada. Yo me siento más feliz por las grandes lecciones de vida que usted me ha dado, haciéndome conocer las cosas del desierto. Ahora puedo contemplarme compasivamente, sin desprecio. No soy responsable de lo que la vida me ha hecho ser. No existen mujeres malas, pero si no se las ama están perdidas... Lo que hay de divino en la vida humana se ve bien únicamente en mujeres perdidas como yo.
—Magdalena Virey —protestó Adán—, no comprendo su ideología..., pero si de ella se deduce que es usted una mujer perdida, no quiero comprenderla.
—He sido una mujer perdida —le interrumpió Magdalena con fuerte y melodiosa voz—. Fui orgullosa y desprecié a mi marido, cuyo corazón y cuya vida he destrozado. Desdeñé el castigo, el ostracismo que él inventó para mí. Pero, de todos modos, estaba perdida. Perdida por lo que respecta a la felicidad, a la esperanza, al arrepentimiento, a la elevación espiritual. El Valle de la Muerte será mi tumba, pero para mí habrá una resurrección... Ha sido usted, Wansfeld, quien me ha salvado. Tiene usted ese poder, lo ha sacado de sus luchas, de sus angustias en el desierto. Ese poder está fuera del alcance de las riquezas y del honor. Es la chispa divina de usted, que busca y halla su semejanza en los desgraciados que cruzan su errante camino.
Adán, enmudecido, sólo pudo ofrecerle la mano, y, en silencio, la llevó por la senda.
La misma noche, Adán se despertó a causa del fuerte viento que empezó a soplar del valle, neutralizando, la brisa fresca que bajaba todas las noches de las montañas.
El aire que soplaba era caliente, como nunca lo había advertido Adán durante las noches. El hecho le preocupo grandemente. Se dijo que debía de ser el heraldo de los nocturnos vientos de fuego que aumentaban la terrible fama del Valle de la Muerte, y se prometió atender el fatídico aviso. A la mañana siguiente volvería a hablar a Virey. Pronto podría ser demasiado tarde para Magdalena. Ésta no quería salir del valle sin su marido, oponiéndose a todo lo que Adán le decía, rogándole, en cambio, que se quedase para protegerla. Por lo demás, había puesto a su marido fuera del alcance de Adán, cuya indignación no encontraba coyuntura para relacionarse con Virey.
El cálido viento, después de convertirse durarte breve rato en un huracán que producía estruendos misteriosos, jamás escuchados por el joven, amainó rápidamente. Adán no pudo seguir durmiendo. Silenciosamente contempló el firmamento, meditando una vez más sobre el extraño caso de Magdalena Virey.
De pronto fue interrumpido el silencio de la noche por otro estruendo, el de una roca que se precipitaba ladera abajo, saltando, volviendo a caer, rompiendo los arbustos a su paso, hasta apagarse su ruido al llegar a la parte arenosa. Apenas —habíase hecho el silencio, cuando siguió el ruido de otra roca al desprenderse, esta vez mayor, porque, a—1 parecer, arrastraba infinidad de piedras pequeñas. Adán se incorporo para escuchar con más atención. Otra roca de regular tamaño empotróse en la arena. Percibió claramente el silbido del aire producido por la velocidad de la roca al pasar por el espacio entre su campamento y el de los Virey. ¿Habría caído aquella roca sobre la choza?
El joven levantóse apresuradamente, se puso las botas y anduvo unos pasos. La noche era clara, a pesar de no haber luna.
El estruendo de las piedras pequeñas y, luego, el desprendimiento de un trozo grande de roca convencieron a Adán de que uno de los burros debía de andar suelto por la ladera o que un jaguar había bajado para rondar el campamento.
Corriendo hacia la choza, se acercó por la parte más alejada de la peligrosa ladera y llamó a través de la pared de arbustos:
—¡Señora Virey... señora!
—¿Qué desea usted, Wansfeld? —fue la inmediata respuesta, porque Magdalena estaba muy despierta.
—¿Ha oído usted cómo se desprenden las rocas?
—Sí, las oí ya cuando empezó a silbar aquel viento extraño, y hace poco, otra vez.
—Será mejor que usted y su marido se levanten, cojan unas mantas y vengan conmigo a un sitio donde no hay peligro. Creo que hay un burro o un jaguar en la pendiente. Ya sabe usted lo sueltas que están esas piedras y rocas, precipitándose al menor impulso. Yo iré a espantar al animal.
—Wansfeld, se equivoca usted —fue la fría e irónica respuesta de Magdalena, que volvió a emplear el tuno desdeñoso que tanto disgustaba a Adán—. No debe insultar al burro, y mucho menos al jaguar.
—¿Quién es, pues? —preguntó Adán, sorprendido.
—Otra clase de animal.
A no ser por la sutil burla que se advertía en su voz, Adán hubiese creído que la señora Virey estaba loca o que respondía soñando.
—¡Señora, por favor...!
—Wansfeld, se trata de un coyote rastrero —exclamó ella dando un grito, y luego se echó a reír.
Adán no sabía qué decir ni qué pensar.
—¿Un coyote? —dijo.
—Sí. Mi marido. Es Virey. Descubrió que las piedras que ruedan casualmente de noche me espantan, y ahora sube a la ladera y las empuja él... Ya ha visto usted que ha faltado poco para que una cayera sobre esta choza... ¡Oh, lo ha hecho ya muchas veces!
Un instante estuvo Adán con el oído pegado a la pared de la choza, como petrificado. Luego saltó, corriendo furiosamente hacia la ladera.
En la suave claridad de la noche logró percibir con nitidez algo que se movía en la pendiente. Un objeto que estaba derecho. En efecto, no era ni burro ni pantera. Adán hizo una profunda inspiración para dar el grito que debía mover hasta las piedras de su asiento.
—¡Hiena! —gritó con fuerza estentórea. Como un trueno esparcióse el alarido por la ladera. Baja o te romperé la crisma.
Mas sólo tuvo por respuesta el eco que se repetía con hueca voz, hasta que sonó el último, dejando tras de sí un silencio más profundo que antes.
Adán pasó el resto de la noche paseándose furiosamente por entre las sombras anaranjadas, luchando por dominar la fiera pasión de violencia que por fin acababa de romper todas las barreras. Hubiera matado en aquellos momentos a Virey con menos remordimientos que si fuese un reptil venenoso. Mas parecía como si un espíritu se pegase a su sombra mientras recorría infatigablemente el pequeño llano, contemplando las montañas y la débil luz de las estrellas.
Por fin se dirigió el joven hacia la abertura entre las elevadas montañas que daba sobre el valle. Por encima de la Montaña Funeral advertíase una luz, y a poleo apareció una gloriosa estrella, proyectada allí como por arte de magia sobre el negro borde del mundo. La estrella de la mañana enviaba su luz al Valle de fa Muerte. No era un sueño, no era una ilusión, no era efecto del espejismo del desierto. Como la Estrella de Belén atrayendo a los Reyes Magos hacia Oriente, parecía señalar a Adán una senda luminosa a través del valle, lleno de vagas y misteriosas sombras. ¿Cuál podría ser la significación de tan maravillosa luz? ¿Era aquella estrella rodeada de una aureola liliácea sólo otro mundo iluminado por el sol? Adán alzó el apenado rostro hacia la nueva luz y luchó con los bajos instintos de su naturaleza. Magdalena Virey velaba con él en aquella solitaria ronda. Era su angustia y su dolor lo que iba venciendo en Adán la pasión primitiva. ¿No fracasaría ante Magdalena si matase a aquel hombre? La brutalidad de Virey no era para él el punto capital en disputa.
—No, no lo mataré... todavía.
Así Adán calmó la terrible pugna que libraba su alma. Cuando volvió al campamento había salido ya el sol, enviando sus tórridos rayos sobre aquel desolado mundo. El aire era quieto, denso; ningún viento soplaba. Ningún ruido interrumpía la quietud. Magdalena hallábase sentada sobre el banco de piedra, bajo el abrigo de matas, esperándole. Se levantó al acercarse el joven. Jamás la había visto Adán como aquella mañana, sonriéndole una bienvenida que era tan genuina como su misma presencia, mas mirándole con inquietud y labios temblorosos, llena de miedo. Adán la comprendió al momento. No le temía a él, sino a lo que él pudiera hacer.
—¿Ha vuelto Virey? —preguntó el joven.
—Sí, acaba de regresar. Está dentro, acostándose.
—Deseo verlo... deseo quitarme de encima una deuda —repuso Adán.
—Espere, Adán —exclamó ella, asiéndole del brazo al avanzar el joven hacia la choza.
Una mirada a la mujer bastó para que Adán se detuviera; luego, se sentó lentamente en el banco de piedra, a su lado, y bajó la cabeza. La piedad que sentía por los demás nunca le había hecho sufrir momentos tan acerbos, y, sin embargo, admiró a Magdalena con honda emoción. Ella acercóse, apoyándose en él, y el temblor de su cuerpo le reveló que necesitaba protección. La mujer puso una mano temblorosa sobre el hombro del joven.
—Amigo... hermano —murmuró—, si lo matase usted... sería inútil todo el bien que usted me ha hecho.
—Un día me dijo usted que el meto más grande del hombre era luchar por la felicidad... por la vida de una mujer —repuso el joven.
—Es verdad. ¿Y no ha luchado usted por mi felicidad y por mi vida también? Sin usted, hace tiempo que hubiera muerta. Y en cuanto a la felicidad, la he encontrado en mi lucha, en mi trabajo, en mi esfuerzo por elevarme a la misma altura que usted!... más felicidad de la que merezco... de la que jamás esperé obtener... Pero, si ahora matase usted a Virey... todo, todo habría sido en vano.
—¿Por qué?
—Porque yo le he arruinado, le he destrozado la vida —replicó Magdalena en voz baja y profunda—. En nuestro mundo era un caballero, un hombre de negocios, feliz y libre de cuidados. Cuando me encontró a mí, cambió su vida. Me adoró. No era culpa suya que yo no pudiera amarle. Yo le odiaba porque me obligaron a casarme con él. Durante años fui su ídolo. Luego... vino el golpe, su desesperación, su angustia. Le enloquecí. Hay una línea muy tenue entre un gran amor y un gran odio.
—Y... ¿cuál fue la causa de su ruina? —preguntó el joven.
—Adán, la confesión será una prueba más dura que cualquiera otra de mi vida. Porque... porque es usted el hombre que yo debí haber encontrado hace años... ¿Me comprende? Y... yo, que anhelo su estimación... su... ¡Oh, permita que lo calle...! Yo, que necesito su fe en mí, su extraña e incomprensible fe; yo, que acaricio en mi pecho esas bellas esperanzas que usted ha despertado en mí... he de confesar mi vergüenza para salvar la inútil vida de mi marido.
—No. No quiero que usted se humille por salvarle a él. Le doy mi palabra: jamás mataré a Virey, a no ser que le hiciese a usted un daño corporal.
—¡Ah! El caso es que ya me lo ha hecho. Me ha pegado... ¡Wansfeld, no se precipite! Escúcheme. Más tarde o más temprano, Virey volverá a hacerme daño. Le obsesiona la idea de verme sufrir. Por eso ha permitido que nosotros vagáramos por estos lugares. Con su mezquina alma espera que usted y yo nos enamoremos..., con la esperanza de que... si yo caía otra vez... sufriese aún más... Y fuese mayor su sed de venganza... Pero no, yo me he elevado, estoy para siempre fuera de su alcance... nunca podrá desgarrarme su malsana alegría... a no ser que usted lo mate... lo cual mancharía sus manos con su sangre... y volvería a hundir mi alma en el oscuro abismo de que usted la salvó.
—Magdalena, juro que jamás mataré a Virey a no ser que él la maltrate a usted —declaró Adán con vehemencia.
—No pido más —murmuró ella con apasionado agradecimiento—. ¡Dios mío, cómo le he temido a usted... y, sin embargo, su fiera mirada me ilusionó...! Escúcheme, amigo, hermano, hombre que debió haber sido mi amante... corro hacia mi rebajamiento. Mataré a la hembra en mí y continuaré mi expiación. Dominaré los instintos de la mujer, sacrificaré un posible paraíso, puesto que aún soy joven y la vida es bella.
Rodeóle el cuello con un brazo, atrayéndole sobre su agitado pecho. Los sollozos que turbaron su corazón penetraron muy hondo en Adán, hasta el mismo centro de su vida.
—Mi hija Ruth no es hija de Virey —continuó en voz baja pero clara, como el sonido de una campana—. Tenía yo entonces sólo diecinueve años... me habían enloquecido... me forzaron a ello. Creí estar enamorada de verdad, pero sólo fue uno de esos momentos de locura que arruinan a tantas mujeres... Durante años guardé el secreto, mas por fin no me fue posible seguirlo manteniendo. En la verdadera cumbre de la bondad de Virev para mí, en el colmo de su adoración por mí y maravilloso amor por Ruth, le dije la verdad. Era preciso... El golpe mató su alma. Sólo siguió vivienda para hacerme sufrir. La espada que mantenía suspendida constantemente sobre mi cabeza era la amenaza de contárselo todo a Ruth, lo cual yo no hubiera podido resistir; mil muertes hubiéranme sido preferibles... Y así, en el frenesí de nuestras cuitas, emprendimos la marcha hacia el desierto. Mi padre y Ruth nos siguieron... se reunieron con nosotros en Sacramento. Virey odiaba a Ruth con la misma vehemencia con que antes la adoraba. No podía exponerme a que estuviese cerca de ella durante uno de sus terribles momentos de ira. Mandé a mi padre y a Ruth al sur de California, a cualquier sitio donde quisieran vivir. Ruth no sabía que yo me separaba para siempre de ella. Pero ¡oh, Dios mío!, yo sí que lo sabía... Entonces, desesperada, desafié a Virey a que hiciera lo peor. Yo le había destruido y estaba dispuesta a pagar hasta con la última gota de sangre de mi amargado corazón. Llegamos al Valle de la Muerte, como ya le he referido, porque el terror y la desolación de este lugar pareciéronle a Virey lo más semejante a un infierno en la tierra. Aquí empezó a hacerme sufrir: suciedad, miseria, hambre, dolor... ¡Oh, cómo recuerdo ahora el horror de aquellos meses...! Mas hasta el Valle de la Muerte le defraudó en su venganza. Llegó usted, Wansfeld, y ahora... por fin... creo en Dios.
Adán la abrazó, estrechando el tembloroso cuerpo. Por fin había confesado su secreto, conmoviéndole hasta lo más hondo de su ser la interminable angustia de la mujer. Era una conmoción de amarga duda. Si Magdalena Virey había al fin encontrado la fe en Dios, había hallado más que él, aunque le llamara el instrumento de su salvación. Una fiera y terrible cólera ardió en él por el mal que le habían hecho a ella. Como un león anhelaba levantarse para vengarla. La sangre, la muerte, podían únicamente igualar el mal. Mas en medio de su impotente furia una serena voz apelaba a su conciencia... Ella habíase sentido miserable y ahora tenía paz en el alma; había estado perdida y ahora se hallaba salvada. No era posible olvidarlo. Era el punto en que su salvaje pasión se detenía. Era preciso sobre la maravilla de aquella mujer y lo que la había transformado. Era preciso recordar sus palabras anhelantes, las palabras que le llegaron a él al alma, y pensar a solas si el amor que ella le había insinuado era una terrible verdad. No podía ser verdad en aquel instante, y, sin embargo, el temblor de su frágil cuerpo comunicábase al suyo, y en el tumulto de sensaciones, Adán sintió nacer en él una sensación muerta durante largos años, muerta desde aquel día en que Margarita Arellano echara atrás la cabeza para exclamar: «¡Bah!, señor, ¿quién se acuerda de eso?... ¡Está ya tan lejos!»
El recuerdo surgió en Adán, obligándole a decir en voz alta su propio secreto, con cuya revelación podría compartir la vergüenza y los remordimientos de Magdalena Virey.
—Le contaré mi historia —dijo, y las palabras abrieron de nuevo las heridas de su corazón. Con voz ronca empezó a relatar, deteniéndose muchas veces, respirando fatigosamente, con la frente inundada de sudor. ¿Qué valía aquella vida..., aquellos años engañosos que había pasado en el desierto en busca de olvido? Su dolor era tan intenso como el día de la huída. Habló a Magdalena de su infancia, de su amor por Guerd, el hermano mayor, de su vida en el viejo hogar, de cómo todo, hasta la inocente amistad de las muchachas, era para Guerd y nada, nada para él. Al avanzar en su relato, Magdalena olvidó sus propias angustias. El temblor de su cuerpo trocóse en intensa rigidez. Inexorablemente, como ella había descubierto su gran secreto, Adán confesó sus propias pequeñas miserias, el loco amor que le inspiró el encanto de una veleidosa muchacha mejicana, su caída y las palabras de ella que 1e desilusionaron.
—Señor, ¿quién se acuerda de eso?... «¡Está ya tan lejos!» —repitió Magdalena con su bien modulada voz, indignándose—. ¡Oh, que una muchacha diga esas cosas!... Y, dígame, Adán, ella, esa Margarita, ¿Ha sido la única mujer que amó usted, la única que fue suya?
—Sí.
—¿Y ella fue la causa de su infortunio? —¡En efecto, pobre desgraciada!
—¡Maldita! —exclamó Magdalena con cólera—. ¿Y usted sólo tenía entonces dieciocho arios? ¡Cómo la odio!... ¿Y quién fue el hombre que ganó aquel corazón inconstante?
—Mi... hermano.
—¡Oh, no, no! —exclamó ella—. ¡El muchacho a quien tanto quería usted... su hermano! ¡Oh, no puede ser!
—Sí, mi hermano... Y... Magdalena... Jo maté. Con un grito ahogado Magdalena abrazó a Adán, rodeándole con sus delicados brazos, como si quisiera protegerlo, poniendo su rostro sobre su pecho, inclinándose sobre él como una madre sobre su hijo.
—¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Qué horror!... ¡Su hermano!... ¡Y yo creía que mi secreto, mi pecado, mi cruz, eran tan terribles! ¡Mi corazón sangra por usted, Wansfeld... pobre y desgraciado caminante!
XVIII


POR fin llegó, tras el junio tórrido, el terrible mes de julio, durante el cual ningún hombre de sano juicio se atrevería a cruzar el Valle de la Muerte mientras el sol envía sus rayos fundentes a la horrible hondonada.
Durante todas las horas, hasta las de la oscuridad, las pinas y abruptas laderas de los Panamints reflejaban siniestros matices rojos. Y el valle mismo era un maremágnum de sombras y ondulantes velos de calor, cual humo transparente. Más allá del vasto y extraño valle, alzábanse las parduscas y amarillentas laderas de la Montaña Funeral, elevándose hasta los bronceados almenares y subiendo hasta las liliáceas y purpúreas cimas y los altos picos, de vagos contornos en el halo plomizo: que oscurecía el cielo. El sol parecía ocupar todo el firmamento, cual llama ilimitada, con un punto central de fuego líquido irresistible para la humana vista.
Adán vióse obligado a limitar sus actividades. No sufría mucho por el calor, pero dábase cuenta de su poder debilitante. Muy temprano por la mañana, y durante la primera hora de la noche, preparaba comidas sencillas, las cuales, al avanzar el día, ofrecían cada vez menos aliciente a sus compañeros y a él mismo. Durante las horas meridianas, mientras duraba el terrible calor, descansaba a la sombra, sofocado y oprimido, en una especie de sopor.
Las noches eran las únicas horas de alivio del inmenso e inexorable resplandor solar. La mayor parte de las horas nocturnas las pasaba Adán echado, sin dormir, o caminando en la oscuridad, o sentado en la tenebrosa quietud, esperando no sabía qué, con terror progresivo.
Cuando sobrevino el apogeo del calor estival, Virey cambió física y mentalmente. Tornóse delgado, caminaba con los hombros caídos, inclinado hacia delante. Sacaba un poco la lengua y estaba siempre anheloso. Cada día comía y dormía menos que el anterior. No obedecía en nada a Adán y no tomaba ninguna precaución. Habría sufrido menos y sus fuerzas hubieran sido mayores si hubiese evitado el exponerse al sol. Mas el hombre gozábase en resistir las pruebas que implicaba la terrible naturaleza del Valle de la Muerte.
Y si Virey había llevado alguna vez una máscara en sus relaciones con Adán, ahora prescindía de ella. Es más, aparentaba ignorar a Adán, no ya con indiferencia o desprecio, como antes solía hacer, sino como si en realidad no se diera cuenta de su presencia. Cuando alguna vez deseaba Adán que Virey le escuchase, deseo que disminuía de hora en hora, érale preciso detenerlo a viva fuerza. Virey se entregaba completamente a su obsesión. El odio le poseía en cuerpo y alma.
Muchas veces, cuando Adán se ausentaba del campamento, Virey subía a la ladera en ruinas para hacer rodar alguna roca. Tenía verdadera locura por hacerlo. Mas cuando el joven regresaba al campamento, bajaba en seguida, exhausto y sudoroso, porque seguía embargándole el miedo. En vano había Adán argüido, suplicado, amenazado; en vano habían sido sus gritos de desprecio y sus maldiciones. Sin embargo, Virey sentía un gran terror a las enormes manos de Adán. Algo en ellas le fascinaba. Cuando uno de sus puños movíase amenazador junto a su rostro, el hombre solía retirarse, mustio, a la choza. Por todos los medios a su alcance, mantenía ante Magdalena Virey el espectáculo de su ruina y la prueba de que ésta era causada por ella. Los aciagos días de verano convirtiéronlo rápidamente en un espectro de su antiguo ser, un hombre desaliñado y sucio presentábase a las horas de comer y se quedaba allí taciturno, macilento, llevándose de tarde en tarde un poco de comida a la boca y contemplando a su mujer con mirada acusadora.
Cuando hablaba era para recordarle las frescas y quietas habitaciones de su casa señorial, del exquisito servicio de porcelana china, de la rica mantelería de la mesa, de bocados exquisitos, de copas talladas llenas de bebidas refrescantes, mencionando en seguida el horrible calor, la suciedad y la mala, comida que tenía que sufrir en el Valle de la Muerte. Cuando al presentarse ante ella hecho un esqueleto, sudoroso, con la cara sucia y las manos ensangrentadas por las heridas que se infería al mover las rocas, ella se echaba atrás, horrorizada, Virey experimentaba un gozo insano. Parecía gritar: «Mujer, contempla tu obra».
Mas si para él era un gozo verla así horrorizarse, todavía complacíase más en seguir paso a paso el inevitable destino de Magdalena. Verla, era tener una prueba palpable de que aquel terrible valle no era lugar en el que una mujer pudiera vivir. Como un gato que juega con el ratón, Virey vigilaba a su mujer. Como Mefistófeles alegrándose de poseer el alma de una mujer perdida, Virey seguía las lentas manifestaciones de la pérdida de fuerzas en su esposa. Quería sacarle hasta la última gota de sangre del corazón y que aún conservase suficiente vida para seguir sufriendo. Su más terrible amargura parecía consistir en que no había podido lograr esconderla totalmente y para siempre de los hombres. Habíase refugiado en el lugar más desolado del mundo para gozar de su venganza y, sin embargo, había aparecido otro hombre, y, como todos, dispuesto a sacrificar la vida por ella. Virey retorcíase al recordar esta circunstancia, sobre la que no tenía ninguna influencia. Era en realidad la única verdad que lograba discernir de toda la situación. La tragedia terrible de su odio era que no era odio lo que sentía, sino amor apasionado. Como un caníbal, hubiera querido comerse crudo el cuerpo de su mujer, no por hambre, sino por su pasión de consumirla, incorporándola a sí mismo para que fuese para siempre suya. Nunca se 1e ocurría pensar en el alma, en, la mente, en el espíritu de su mujer, y así, jamás comprendió que ésta escapase a su venganza, ni el desdén burlón de ella.
Mas en su obtuso e infernal cerebro debió de penetrar en cierto modo la idea de que era incapaz de torturarla como deseaba. Llegó el día en que dejó de aparecer delante de ella hecho un guiñapo, de acusarla, de recordar le el pasado en contraste con el presente; dejó sus refinamientos de crueldad. Aquel momento marcó otro cambio en Virey, un descenso a mayor bajeza. Retrocedió al estado del salvaje en la demostración de su odio, y lo hizo de un modo absolutamente primitivo.
A los alertados ojos de Adán no se escapó ningún detalle, y el lento hervir de su sangre no era del todo debido al calor tórrido del Valle de la Muerte. Sus grandes manos, tan hábiles e inexorables, parecían encadenadas. Mil veces había murmurado, en el silencio de la noche y en las horas de quietud del día, a las rocas que lo envolvían y a fa invisible presencia que siempre caminaban a su lado:
—¿Hasta cuándo he de resistirlo? ¿Hasta cuándo?
Una tarde, al despertarse del sopor de la siesta habitual, oyó un grito de Magdalena. El grito le alarmó, porque ella nunca había gritado hasta entonces. Corriendo se dirigió al campamento.
La halló echada junto al banco de piedra, desmayada, con el rostro amarillo como la cera y grandes ojeras. Adán sintió que el corazón le latía aceleradamente.
Al arrodillarse para prestarle ayuda, vio de pronto una enorme y peluda araña saliendo de un pliegue del traje gris de Magdalena. Era una tarántula, la más fea y horrorosa de las arañas. Adán se la quitó del vestido y la mató con el tacón de su bota.
Luego buscó una jofaina y mojó con un pañuelo cara y cabeza de la desmayada, para que volviera en sí. Tardó algún rato en recobrar el conocimiento; parecía despertar de una gran pesadilla y no reconoció por el pronto a Adán.
—Magdalena, la tarántula ya está muerta —dijo el joven—. Ya no puede hacerle daño... Despierte, Magdalena.
—¡Oh! —exclamó ella—. ¿Es usted? —Y se abrazó a él, mientras Adán la levantaba dulcemente, sentándola en el banco—. ¿De modo que me desmayé? Esa araña tan horrible... ¡qué asco! ¿Dónde está?
—Muerta. La he cubierto de arena.
—¿Me hubiera podido morder?
—No, a no ser que la hubiese cogido con la mano. Lentamente se serenó Magdalena, reclinándose en el asiento. Gotas de sudor le corrían por la frente, tenía el pelo húmedo y le temblaban los labios.
—Tengo un gran horror a los ratones, a los bichos, a las serpientes, a todo lo que se arrastra por el suelo —explicó a poco—. No logro dominarlo. Es una herencia de mi madre... Virey lo ha descubierto al fin.
—¿Virey?... ¿Qué quiere usted decir? —preguntó Adán.
—En la choza.
Adán se levantó precipitadamente, mas al instante se vio detenido por Magdalena, que le miró con ojos graves, melancólicos.
Adán se echó a reír con sarcasmo.
—¡No!... No puedo enfadarme. Ya no soy el hombre de antes. Este dichoso valle, el calor y usted... no sé lo que han hecho de mí... Pero voy a decirle algo... nada podrá impedir que le dé una paliza a Virey, para que nunca más vuelva a hacer lo que ha hecho.
—¿De modo que tanto influyó en usted? Pues eso es lo único grande que he hecho en mi vida... Wanfeld, ya le he dicho que Virey me amenazó con pegarle a usted un tiro. Más de una vez ha querido hacerlo, pero siempre en el último instante le acometió el miedo. Sin embargo, es posible que realice su amenaza.
—Ojalá lo intentara —respondió Adán y, soltándose de ella, se encaminó a la choza.
—¡Virey, salga usted! —exclamó, sin obtener respuesta. Volvió a repetir la orden y aún guardó Virey silencio. Esperando un momento más, Adán tornó a hablar, con voz fría y decidida—. Virey, no quiero desordenar esa habitación donde están las cosas de su mujer, de manera que salga usted en seguida.
Adán percibió una jadeante y rápida respiración; luego apareció Virey en la puerta de la choza. El joven no hubiera podido decir a qué se parecía el rostro contorsionado de aquel hombre. Llevaba en la mano una pistola.
—Cuidado con poner... sus manos ensangrentadas... sobre mí —dijo Virey, jadeante.
Adán se acercó más, deteniéndose a seis pies de su enemigo.
—¿De modo que también tiene usted su pistolita? —preguntó lentamente. Habíale sido preciso dominar la fiera pasión que latía en él, porque de lo contrario no hubiera respondido de sus actos—. ¿Qué va usted a hacer con ese juguete?
—Si da usted un paso... le mataré —fue la ronca respuesta.
—Virey, voy a darle una formidable paliza —declaró con voz monótona el joven—. Pero antes he de hablar. Tengo mil cosas que decirle.
—¡Maldición sobre usted! —repuso Virey, empezando a temblar de emoción—. Salga usted de este campamento, aléjese del valle o...
—Virey... ¿está usted loco? —preguntó Adán.
Era necesario no entrar en discusión con aquel hombre, era preciso zurrarle pronto, o pasaría algo aún peor. ¡Qué difícil era despertar la conciencia de aquel miserable!
—No, no estoy loco —gritó Virey, furioso.
—Pues, si no está loco, esta hazaña de la tarántula ha sido monstruosa, canallesca, infernal... ¡Hombre de Dios! ¿No comprende usted lo cobarde que es? ¡Torturarla como si fuese usted un hereje, un salvaje! ¡A una mujer tan delicada! Virey, si no está usted loco, es el bruto más grande que he visto hasta ahora. Ha caído más bajo que esos hombres convertidos en bestias en el desierto. Usted...
—Si soy una bestia, es gracias a mi delicada esposa —exclamó Virey con amarga pasión—. ¿Delicada? ¡Ah, ah! ¡El último amante de Magdalena Virey no ve lo fuerte que es ella... fuerte como el acero...! Sermoneador hipócrita... salga de aquí o le mataré!
—¡Dispare ya, maldito! —gritó Adán y con un salto tan potente como su voz, se precipitó sobre Virey.
El rostro de éste cubrióse de mortal palidez. Levantó la pistola. Adán la empujó hacia arriba en el mismo momento en que salía el disparo. La pólvora le quemó la frente, pero la bala le pasó por encima. Otro golpe envió la pistola lejos de los dos. Entonces Adán agarró a Virey por el cuello y lo llevó arrastrando hacia el banco donde estaba Magdalena, pálida, con los ojos muy abiertos. De un impulso lo arrojó al suelo y, antes de que pudiera levantarse, lo maniató. Después desenterró la araña muerta.
—¡Ah, aquí está su araña! —exclamó, refregando la velluda tarántula por el rostro de Virey. Éste se retorcía lanzando gritos—. ¡Muy bien! ¿Abre usted la boca? Ahora veremos... Anda, cómetela y maldito seas, cobarde y se metió el bicho asqueroso en la boca, lográndolo sólo a medias, pues Virey la cerró rápidamente. Adán le frotó el resto de la araña otra vez por el rostro.
—Ahora levántese —ordenó y, poniéndose también derecho, le dio un puntapié. Adán, al dar libertad a sus sentimientos con la acción, estaba ahora seguro de sí mismo. No mataría a Virey. Sabría dominarse a pesar de su enorme fuerza.
Virey, escupiendo, blasfemando, jadeante, se puso en pie poseído al fin por el espíritu de la lucha. Se precipitó sobre Adán, quien de un poderoso puñetazo lo envió nuevamente al suelo, pero sin aturdirle. Virey volvió a levantarse, lívido, ensangrentado, y de nuevo se arrojó sobre el joven. La furia le daba fuerzas y en aquel instante no temía a nadie. Golpeó violentamente con los puños cerrados el pecho de Adán, clavándole después las uñas. Adán le asestó algunos golpes a mano abierta, produciendo un ruido como el golpeteo de una tabla. Cuando Virey quedó exhausto, el joven le hundió con toda la fuerza el puño en el rostro. El hombre de la ciudad cavó pesadamente al suelo. A poco se incorporó, arrastrándose; halló una piedra, la agarró y, dando un grito, se puso de pie, lanzando el proyectil, que el joven esquivó hábilmente. Alocado Virey, buscó más piedras, tirándoselas una tras otra a su contrincante, que cogió también una y se la arrojó, a su vez, al pecho con violencia. Ya no gritaba Virey; poseíale por completo la furia. Recogiendo del suelo un gran trozo de roca lo alzó por encima de su cabeza, precipitándose sobre el joven con intención de matarlo. No tenía miedo, pero estaba loco y no comprendía que su enemigo jugaba con él. Con el ímpetu de su furia hubiera podido matar tal vez a un hombre más débil que Adán, pero ante éste hallábase impotente para realizar su empeño. El joven le arrancó la piedra y, agarrándole con una mano, empezó a pegarle con la otra en el rostro, en el pecho, en la espalda, con violencia reprimida. Por fin, exhausto y sin fuerzas ya para atacar, Virey se dejó caer al suelo. Adán lo llevó arrastrando a la choza y lo dejó allí, postrado, gimiendo, convertido en un ser miserable que comprendía su derrota.
Lo más difícil después fue para Adán presentarse ante Magdalena. Mas al instante de hacerlo, vio que su ignorancia acerca de las mujeres era infinita.
—La bala... cuando disparó... ¿le ha tocado? —preguntó ella, con sus ojos intensos, profundos, llenos de una luz maravillosa.
—No... pasó por encima —dijo jadeante el joven, dejándose caer sobre el banco.
—He recogido el arma. Temí que pudiera encontrarla. Más vale que la guarde usted ahora —dijo Magdalena, y se la deslizó en uno de sus bolsillos.
—¡Qué espectáculo tan desagradable para usted! —exclamó Adán, recobrando el aliento.
—Era terrible... daba miedo... al principio —repuso ella—. Mas después que desapareció la pistola y usted quería obligarle a comerse la araña... ¡qué asco!... Luego, no me disgustó... Wansfeld, ha sido la primera vez en muchos años que he estado asombrada. Le admiré... En cuanto a usted... al verle tan sereno, tan dominador, parando sus golpes... pegándole cuando quería... despertó algo terrible en mí. Nunca he tenido esa sensación hasta ahora. Yo era otra mujer. Vi cómo corría la sangre, oí los golpes, las respiraciones jadeantes, hasta percibí el olor a sudor, porque estaba muy cerca de ustedes... y todo ello me inflamó, me hizo vibrar con salvaje excitación... casi diría con alegría... Bien sabe Dios, Wansfeld, que todos tenemos en el pecho instintos ocultos.
—¡Con tal que le haya servido a él de lección! —suspiró Adán.
—Entonces el castigo estaría bien aplicado —repuso Magdalena—, pero lo dudo, lo dudo mucho. Olvidémoslo... ¿Quiere usted ayudarme a buscar una cosa que dejé caer en la arena? Se me cayó de las manos cuando me desmayé. Se trata de una cajita de marfil en la que hay una miniatura muy valiosa para mí. El último y el mejor de todos mis tesoros.
Adán revolvió la arena alrededor del banco de piedra y tardó poco en encontrar el tesoro perdido. ¡Con qué apasionado y elocuente grito de alegría lo cogió ella!
—Mire —exclamó con maravilloso temblor en su voz, enseñando a Adán el estuche abierto.
El joven vio la miniatura de un rostro de muchacha, ovalado, puro como una flor, con hermosos rizos color oro oscuro y magníficos ojos. En éstos reconoció a la madre de la muchachita. Su fuego, aunque no el color, y su altanero mirar eran los mismos que los de Magdalena Virey.
—Un rostro muy dulce y adorable —dijo Adán.
—¡Mi Ruth! —murmuró Magdalena—. ¡Mi hija... mi única hija... a la que abandoné para salvar su dicha!... ¡Oh, ironía de la vida! ¡Qué tenga yo un corazón tan grande para amar!... ¡Qué yo sea madre de una niña tan perfecta!...
XIX


EMPEZARON a soplar los vientos sofocantes que en el Valle de la Muerte sobrevenían a medianoche en el verano, abrasándolo todo.
No soplaban todas las noches, ni durante muchas noches seguidas, porque de lo contrario pronto se hubiera extinguido toda señal de vida en el infernal valle. Adán comprobó que los vientos cálidos que hasta entonces había conocido eran agradables comparados con aquellas furiosas ráfagas de fuego, que soplaban precisamente sobre su campamento y el de la choza con más violencia que en otros lugares.
El primero de agosto fue un día caluroso; el valle parecía despedir humo. Las cimas de las montañas eran invisibles, como si las cubriese densa niebla plomiza. Nada se movía, excepto los extraños velas y ondas de calor, y el terrible disco solar, que parecía ocupar todo el firmamento. Era uno de esos días en que si se tocaba tuna piedra expuesta al sol, se sufrían quemaduras como si fuese hierro candente. Era un día solemne, silencioso, tórrido, humeante de calor, mortal para toda manifestación de vida.
Mas al fin, la puesta del sol acabó con aquel rojo infierno y la oscuridad, más piadosa, envolvió el mundo. Al avanzar las horas, el aire hacías! más cálido, más denso, pesando sobre Adán como una gruesa manta. Era aquélla la noche más opresora y cálida que había conocido en su vida desértica. No pudo dormir, ni descansar, ni siquiera podía estar quieto. La opresión le atenazaba los pulmones. El lento paseo que dio para huir de las molestias del calor le hizo sudar copiosamente, y las gotas le quemaban al resbalar por la piel.
—¡Si soplase hoy aquel viento infernal! —murmuró, lleno de temor.
Presintió que las ráfagas de fuego no se harían esperar aquella noche y que serían más terribles que nunca. El enorme calor del día lo hacía prever así.
Una hora después notó Adán el primer soplo cálido de los terribles vientos, que empezaban con suave quejido, extraños y tristes, ganando poco a poco en fuerza hasta adquirir la del huracán con enorme estruendo. Adán tuvo de pronto la sensación de que se había abierto un horno y que las llamas y las chispas se vertían sobre, él. Parecíale una maravilla que pudiese aún respirar, que sobreviviese un instante a aquella ola de fuego. El viento y el estruendo llenaban los ámbitos, llevando consigo arena y el polvo de los álcalis del valle.
Ante aquellas olas de fuego, la tenacidad de la vida adquiría una nueva significación para Adán. La lucha por respirar era la lucha del moribundo por vivir. Mas Adán descubrió que podía vencer. El trabajo era mayor que abrirse camino a través de los más terribles temporales de arena o cruzar el tórrido desierto en busca del lejano manantial. Las terribles circunstancias aumentaban al mismo tiempo su resistencia, pero no era posible aguantar muchas noches seguidas la misma lucha. Adán comprendió ahora porque ningún ser humano podía sobrevivir mucho tiempo en el Valle de la Muerte.
—Ella no pasará de esta noche —murmuró el joven—. Mas si sobreviviese, mañana la llevaré lejos de aquí.
Y mientras avanzaba fatigosamente hacia el campamento de los Virey, la idea se afianzó en su cerebro. Ya antes había tenido el mismo pensamiento, pero ahora, a causa del horror de la noche, estaba más decidido a llevarlo a cabo. Si Magdalena mostrase la menor señal de decaimiento, habría llegado también para él la hora de poner fin a su propia resistencia.
La encontró echada sobre el banco, parecida a una sombra, tan blanca e inmóvil como la misma piedra en que descansaba. Adán se sentó a su lado y se inclinó para contemplar su macilento rostro. Sus ojos de insondable profundidad conmoviéronle como nunca. Le cogió la mano, reteniéndola en la suya hasta que se calmase un poco el viento y fuera posible hacerse entender. Por fin la ola de fuego pasó y el aire se hizo levemente más respirable.
—Magdalena, no puedo resistir más —dijo Adán.
—¿Se refiere a... estos vientos... infernales? —preguntó ella, con voz jadeante.
—No, a sus dolores. Hubiera podido resistir indefinidamente sus tormentos espirituales, pero no puedo verla sufrir esta lenta agonía. Su mano arde como el fuego... está seca. Es preciso que beba usted más agua...
—Amigo mío... ha terminado la lucha... la victoria es mía... Estoy a salvo de Virey... Él pudo poseer mi cuerpo... pobre y débil... pero quiso mi amor... mi alma, para matarlos. Nunca los tendrá ahora... Wansfeld, no pasaré de esta noche... me siento morir.
—No, no —exclamó roncamente Adán—. Es la impresión del terrible calor, de las ráfagas de fuego... el terror de la noche. Vivirá usted. El viento ya se acaba. Luche un poco más... y mañana... mañana, Magdalena, si Dios me ayuda, la sacaré de aquí.
Ella no protestó como otras veces; parecía que no le quedaba voluntad. Colocó en las manos de su amigo la cajita de marfil con la miniatura de su hija Ruth.
—Pero... si muero —dijo con débil voz—, quiero que tenga usted este retrato de Ruth. Tómelo, amigo mío, y guárdelo; contémplelo hasta que se sienta atraído por ella... Wansfeld, no quiero aturdirlo con místicas profecías, pero le digo solemnemente... con la clarividente fe de quien siente acercarse la muerte... que mi hija Ruth se cruzará en su camino... y que le amará. Recuerde bien lo que le digo. Lo veo... usted es aún un hombre joven; ella, una mujer en capullo. Los dos se encontrarán, tal vez en el mismo desierto... será como si yo misma le hubiera encontrado en mi juventud. Wansfeld, usted ha despertado mi corazón... salvó mi alma... me enseñó la paz... no sé cómo... ¡Ah, ya oigo otra vez el estruendo! ¡Se avecina otra ráfaga de fuego!... Pero ya lo he dicho todo... Wansfeld, vaya a buscar a Ruth... me encontrará a mí en ella... y... recuerde...
Su voz se había debilitado; no pudo seguir hablando al sobrevenir otra ráfaga de aire caliente cargado de arena y polvo. Adán bajó la cabeza, resistiendo los embates del viento. Magdalena quedó postrada, con los ojos cerrados las manos inertes. Así pasaron horas, hasta que al fin terminaron las terribles ráfagas. La sombra vacilante de un hombre entró en la choza; era Virey, que se retiraba. Adán permaneció con Magdalena hasta el alba, y cuando vino la luz grisácea del nuevo día, se levantó para preparar el equipaje y los burros, con objeto de alejarse con su amiga del fatídico valle. Su decisión había aumentado con el horror de la noche. Si Virey trataba de oponerse, acabaría definitivamente con él.
Adán echó otra mirada sobre la durmiente, y luego contempló el estuche de marfil.
—¡Su hija Ruth... para mí! —dijo lentamente—. ¡Qué extraño si nos encontrásemos! Si... Pero no, es imposible. Magdalena desvariaba al decirlo.
Llevó la cajita a su campamento, buscó entre sus cosas un pañuelo de seda y, rompiéndolo, envolvió en un trozo el precioso regalo depositándolo después dentro del cinturón que llevaba oculto y en el que guardaba su dinero.
—Y ahora, a prepararse para salir del Valle de la Muerte —exclamó con decisión.
Raras veces se alejaban sus burros del campamento, mas aquella mañana no los halló cerca del manantial ni tampoco en las mellas de los muros roqueños. Fue a buscarlos, encontrándolos al fin cerca de la ladera. Tras obligarlos a descender, y después de recorrer aproximadamente la mitad del camino de regreso, uno de los burros se detuvo de pronto, alzando las orejas. Algún movible objeto debía de llamar su atención, mas Adán, a pesar de mirar a todas partes, nada vio. Obligó a andar al burro, que a poco se detuvo de nuevo. Adán se detuvo también. La choza estaba a la vista, y, al escudriñar atentamente en aquella dirección, le pareció ver un objeto gris que se precipitaba por la ladera. Se frotó los ojos, lanzando exclamaciones de contrariedad. Temía que el calor le hubiese dañado la vista. Al volver a mirar percibió claramente un objeto gris que rodaba a gran velocidad entre él y la choza; pero no le fue posible determinar qué era. Obligó al burro a caminar, observando que el animal se portaba de un modo extraño. Vagamente recordó que aquel burro le había avisado va en otras ocasiones la inminencia de algún peligro. Se detuvo, pues, una vez más y escuchó con toda atención. En efecto, a poco oyó el ruido peculiar de un peñasco que rueda montaña abajo tropezando con las desigualdades del terreno. El misterio del objeto gris estaba descubierto. Virey hacía nuevamente de las suyas despeñando rocas.
El joven echó a correr, porque estaba a gran distancia de la choza, aunque la veía bien. No había persona alguna a la vista. Más de una vez advirtió que rebotaban trozos de roca cerca de la valla de arbustos que él había hecho, saltándola y elevando nubes de polvo. Adán apresuró el paso, corriendo velozmente. Llegó a un punto opuesto al borde, a modo de abanico, de la gran pendiente de piedras y rocas sueltas, y le pareció entrar en una zona de ruidos infernales. Además, el tamaño de las piedras que rodaban montaña abajo parecíale demasiado grande para ser real, y lo atribuyó a defecto de la visión, al terrible ruido del despeñamiento, al viento que al correr le llenaba los oídos.
De pronto un ruido ensordecedor le obligó a darse cuenta de la realidad y a detenerse. El alud había comenzado a ponerse en movimiento, deteniéndose un instante. Por todas partes rebotaban y rodaban piedras y rocas, elevándose nubes de polvo. Oyó el estruendo de un peñasco al pasar por detrás de é1, a poca distancia. Al mirar hacia la choza vio que una gran roca rebotaba del suelo, cayendo al parecer sobre aquélla. En„ efecto, un instante más tarde, la choza se derrumbó. El corazón de Adán dio un salto; el joven quedóse como clavado en el suelo. Luego vio salir una forma blanca del abrigo contra el sol. Adán dio un suspiro de alivio; era Magdalena, sana y salva aún. Verla y recobrar su agilidad fue instantáneo.
—¡Cruce! ¡Pronto! —gritó con todas las fuerzas de sus pulmones.
Midió la distancia entre él y la mujer. ¡Eran unos doscientos metros! Y las rocas pasaban raudas por aquel espacio.
Magdalena le oyó, blandiendo su blanca mano para rogarle que no se acercara, que se alejara de la zona peligrosa. Luego señaló ladera arriba. Adán giró en redondo. ¡Qué espectáculo! Las rocas bajaban en masa, saltaban, rebotando, al aire y volvían a caer con estruendo, arrancando y poniendo en movimiento de rotación más rocas. Muy arriba, en la fatídica pendiente, apareció Virey, trabajando con frenesí. No se trataba ya de asustar a su mujer; quería matarla. Su mente insana había descubierto el secreto de la ladera y dentro de pocos momentos habría puesto en movimiento el temido alud. Adán abrió la boca para dar un grito estentóreo, pero una gran piedra cayó a sus pies, advirtiéndole el peligro que él también corría. Vio venir hacia él en terrible carrera otras rocas y, saltando hacia uno u otro lado, sorteó el peligro. No temía por sí mismo, sino por Magdalena; un furor terrible contra Virey le dominó.
De pronto, un ruido infernal, un estruendo como si se rasgase la montaña... y la parte bala de la ladera empezó a descender. ¡El terrible alud había sobrevenido al fin! Adán dio un salto al escuchar el ruido ensordecedor; después subió a una gran roca que se había detenido cerca de él y desde allí pudo contemplar a Magdalena. ¡Era tarde para alcanzarla! Ella se puso frente al alud, con los brazos en alto, erguida, representando hasta el fin el magnífico espíritu de entereza que había sido forjador de su sino.
—¡Corra! ¡Corra! —fue el grito desesperado de Adán. Mas su voz se perdió en el estruendo del alud. Una nube de polvo y una masa enorme de rocas descendían majestuosamente, ocultando a los ojos de Adán la blanca figura de Magdalena Virey. Llegó la masa de piedras hasta el sitio donde él estaba, envolviéndolo por todos lados, y luego, con el estruendo de un mundo que se derrumba, la roca en que se hallaba fue alzada y arrastrada por el alud.
* * *
Cuando Adán volvió en sí, habían pasado pocos momentos, mas ya se hallaba fuera del radio de acción del alud. Oía vagamente el estruendo de las rocas; pequeñas piedras llegaban hasta sus pies; el eco del trueno retumbante apagábase poco a poco y el silencio que le sucedió fue terrible por el contraste. Al cesar la reacción del horror pasado, Adán se dio cuenta de que por un milagro se había salvado de la muerte. La enorme nube de polvo y arena le envolvía aún por completo, obligándole a respirar fatigosamente, como un hombre que se resistiera a ahogarse. Poco a poco fue posándose la arena, y el polvo ligero, llevado por el viento.
Adán se puso en pie, no sin trabajo. La enorme roca que había sido su salvación hallábase rodeada de un mar de peñascos y rocas pequeñas. No quedaban vestigios de la choza. Todo estaba cubierto de varios metros de roca y Magdalena yacía para siempre bajo las piedras. Adán se estremeció y, encorvándose, ponderó lo inevitable.
—¡Demasiado tarde, demasiado tarde! —fue la triste exclamación que envió al silencio. Aturdido, se dirigió al ingente sepulcro de Magdalena Virey y lloró ardientes lágrimas de contrición, sufriendo terriblemente.
De pronto recordó a Virey y se transformó; renació el odio. Escudriñó en todas direcciones, recorriendo parte de la ladera en busca del odiado enemigo, pero fue inútil. Virey había desaparecido.
—Debió de caer con el alud —murmuró Adán—. Estará enterrado bajo estas rocas. El mismo sepulcro los cobija a los dos... Se ha cumplido su voluntad.
Un poder más alto le había sustraído a la ira de Adán. Y el espíritu de Magdalena Virey, lo mismo que en la vida, habíase interpuesto con fines inescrutables entre Adán y la venganza.
XX


CUANDO Adán terminó de cargar su equipaje sobre los burros, el crepúsculo iba a adquiriendo matices rojos en las grandes hendiduras de la montaña. Después de llenar sus cántaros, emprendió el descenso al valle, precedido de los animales. No miró atrás. Sintió que la gris oscuridad iba cerrándose sobre el escenario de la tragedia.
Al llegar a la abertura sobre el valle, vio que en éste perduraba la luz crepuscular con más claridad. El intenso calor, el extraño reflejo de las arenas, la singular luz gris del valle, dijeron a Adán que los vientos de fuego soplarían antes de que pudiera llegar a su destino. Sin embargo, celebró tener que realizar algún esfuerzo físico, por grande que fuese, para poder olvidar.
Tan lento y gradual fue el cambio del crepúsculo a la oscuridad que no lo hubiese notado a no ser porque, frente a él, la serrada cima de la montaña iba desvaneciéndose. En el centro del valle no reinaba la oscuridad, sino un color de rayos de luna sobre mármol, una claridad vaga, opaca, que falseaba las distancias. Las montañas parecían muy lejanas; las estrellas, muy próximas. Uno de los burros mostrábase obstinado; quería apartarse de la dirección en que Adán le obligaba a andar; no quería cruzar el valle; el instinto le había enseñado la sabiduría de fa oposición. Más de un burro había salvado la vida de su amo rehusando obstinadamente caminar en dirección equivocada. Pero Adán, conociendo la meta, aunque bondadosamente, obligó al burro a ir por donde él quiso.
Al cabo de algunas horas, el color ceniza del fondo llano del valle empezó a cambiar de color y de configuración. La capa de sal, que lo cubría hízose desigual, con un color gris sucio, mas como pocos meses antes había debajo de ella el agua salitrosa, ahora, secada ésta a causa del tremendo calor del verano, todo sonaba a hueco. Más de una vez tuvo que auxiliar a sus burros para que saliesen de algún agujero en que se metían, y en una ocasión hasta tuvo que descargar uno por completo para poder extraerlo de una trampa. Llegó también el momento en que, además de ir delante para abrirse camino, tuvo que arrastrar a los burros con cuerdas.
El calor y la opresión aumentaron hacia medianoche; a poco empezó a soplar con suavidad el aire cálido. Adán sintió cierto cosquilleo en la piel y que se le secaba el sudor. Un inmenso y lastimero ulular acompañó al viento, como un alma en pena. Adán salió por fin de la zona de suelo desigual, para penetrar en el terreno liso y seco cubierto de capas de sal, sosa, bórax y álcalis, que crujían como seda bajo sus pisadas y las de los burros. Adán celebró el hecho de que el viento que se estaba levantando le diera de espalda. Continuó la marcha, con los burros otra vez delante, dirigiéndose en línea recta hacia las serradas cimas de vagos contornos.
Al aumentar el viento, Adán advirtió que el estruendo no era tan grande en pleno valle como entre las paredes de la montaña; limitábase a un sonido quejumbroso, ora fuerte, ora suave. En cambio, el calor era mucho más intenso, y lo irrespirable del aire, a causa del polvo salino que levantaba el viento, y el olor a gases venenosos dificultaban el avance.
Cuando la fuerza del viento trocóse en huracán, se vio Adán impulsado a marchar a mayor velocidad; a veces corría, caíase otras, y cuando el temporal de medianoche alcanzó su mayor potencia, cuando desapareció la luz de las estrellas y el perfil de la montaña se borró en la densa nube de polvo salino, Adán sintió como si le ardiese la sangre y se le quemase la carne, abriéndose a grietas; perdió la dirección y se cogió de los cabestros de los dos burros, sabiendo que el instinto de los animales era su mejor guía. Llegó un momento en que le desaparecieron los dolores, en que perdió la sensación del contacto físico con los burros. Estos fieles y pacientes animales continuaron arrastrando a su amo, que se caía con frecuencia y luchaba desesperadamente para poder respirar, tosiendo y escupiendo, a pesar de haberse tapado la boca con un pañuelo. Y cuando al fin amainó el temporal de fuego, Adán cayó exhausto, cegado y sin aliento. El cambio del aire lo salvó; quedóse quieto en el suelo hasta recobrar un poco las fuerzas; entonces advirtió también que los burros tiraban enérgicamente de las cuerdas con las que se había atado a ellos. Resoplaban, tratando de arrastrar a su amo, advirtiéndole el peligro que corría yaciendo así en el suelo. Espoleado de este modo, Adán hizo un esfuerzo para ponerse en pie, sintiendo como si alzara un enorme peso. A no ser por los burros, hubiera empezado a caminar en círculo.
Luego siguió un negro y terrible intervalo, durante el cual le pareció como si lo arrastrasen desnudo por la tierra, poblada de fantasmas; como hombre extraviado, más muerto que vivo, atado a los espectros de sus burros, para quienes se había anticipado la muerte. Los animales, tenaces en su persistencia por salir del nefasto lugar, seguían arrastrando a su amo, siempre monte arriba. Cuando llegó el alba con su suave luz grisácea, el Valle de la Muerte, cruzado al fin, quedaba muy atrás, y frente a él percibió Adán la mancha verde de un grupo de mezquites y álamos. Los burros corrían en derechura hacia el manantial a que les guiara desde lejos su infalible instinto. Él los siguió, quitándoles sus cargas, lo que acabó con el resto de sus fuerzas. Cediendo a un invencible deseo de paz y descanso, se dejó caer bajo los árboles protectores.
Cuando despertó, el sol ya empezaba a declinar. Adán levantóse y, por el entumecimiento de sus miembros y la gran sed que sentía, advirtió que el día había sido muy caluroso. Notaba además cierto desequilibrio mental y una gran opresión en los pulmones. El hambre no le molestaba; atribuyó su malestar al gran cansancio que sentía o a los gases venenosos que había respirado al cruzar el valle. Se dijo que era preciso alejarse aún más de él, alcanzar rápidamente mayores alturas, y, despreciando, la fatiga, cargó los burros y se puso nuevamente en camino, siguiendo el curso del arroyo.
Pronto sintió menos opresión en los pulmones y más libre la cabeza. El crepúsculo le sorprendió a pocas millas cañón arriba, donde la espesura de la hierba y la de los árboles marcaba el recodo del río Hornos hacia las colinas de la derecha, y donde convergían en él varios arroyos que bajaban de la montaña.
A orillas de uno de los arroyos, junto a un grupo de mezquites, estableció Adán su campamento, comiendo a la luz de la fogata una buena cena, pues con el cambio de atmósfera de había vuelto la sensación del hambre. Trató después de permanecer despierto para reflexionar sobre la situación, mas advirtió que no coordinaba bien sus ideas y que éstas parecían vagar por derroteros extraños. Cuando por fin descubrió que al mismo tiempo su mirada se dirigía inconscientemente hacia el Valle de la Muerte, exclamó asustado:
—No estoy aquí, sino allá abajo; no puedo olvidar el valle.
Deprimido y malhumorado, se envolvió en sus mantas para dormir, despertando al cabo de doce horas. Sintióse físicamente mejor, pero aún le duraba la confusión mental. Para distraerse se puso a trabajar, arreglando el campamento para una prolongada estancia, aunque al parecer no experimentaba ningún deseo de seguir en aquel lugar. La dura labor y el comer bien mejoraron su estado, pero costábale un gran esfuerzo pensar coordinadamente. Recordó que Dismukes debía de haber estado en alguna parte de aquella montaña, de acuerdo con el mapa que dibujó, pero aunque Adán dijo que por eso mismo se hallaba él allí, no logró concentrar sus pensamientos. Por las noches, al pasear una hora antes de acostarse, dirigíase, siempre inconscientemente, cañón abajo hacia el Valle de la Muerte, y por eso se dio cuenta de que lo que él atribuyera a distracción, era un síntoma mucho más grave.
El descubrimiento trajo consiga un choque que aceleró el proceso mental. ¿Qué le pasaba? Sentíase otra vez fuerte y ágil. ¿Por qué había, pues, perdido su antigua satisfacción en la vida solitaria? Y tras mucho meditar y observarse, adivinó al fin que le consumía el anhelo de volver al Valle de la Muerte.
—¿De modo que es eso? —murmuró consternado. Pero ¿por qué?
Entonces descubrió el misterio. El Valle de la Muerte le atraía. Todo lo que era, todo lo que contenía, todos los momentos vividos en él, parecían enviarle insidiosas y encantadoras voces de terrible y silenciosa sugestión. Las largas y purpúreas sombras del fatídico valle le envolvían aún; la muerte, la desolación, la horrible desnudez ele las retorcidas entrañas de la tierra, la morada de la soledad y del silencio, donde se desataban las furias de los vientos ígneos de medianoche; la tumba de Magdalena Virey... todo obsesionaba a Adán, llamándole con irresistible e insoportable fascinación.
—¡Otra vez al Valle de la Muerte! ¡Me volveré loco! —se dijo Adán.
Las fuerzas del desierto desequilibraban cada vez más su atribulado cerebro. Algunos lugares de la tierra son demasiado fuertes, demasiado inhumanos, demasiado terribles para los hombres, sean quienes fueren. Adán comprendió el peligro que corría y que lo peor de su caso era la indiferencia, que no tenía deseos de combatir. A no ser que sucediese algo grande, algo que le arrancara la obsesión de volver al lugar siniestro, volvería a ir a parar irremediablemente al valle de los terribles aludes, y allí enloquecería.
Y en el mismo momento en que se resignaba a su suerte, sin ánimos para contrarrestar la maléfica influencia, oyó un grito agudo que parecía venir de muy lejos. Escuchó atentamente. El aire estaba quieto. Aunque sólo era media mañana, el día presentábase cálido y seco. Cuando va Adán creía que había oído mal, sorprendióle de nuevo un débil y lejano grito. Parecía venir de la parte superior del cañón, más allá de donde éste torcía al orto.
Esta vez Adán no creyó haberse engañado y emprendió el camino cañón arriba. El viejo instinto del explorador volvió a renacer en él; la sangre le circulaba más aprisa. Había oído un grito lejano y era preciso averiguar sus causas. El aire estaba lleno de presagios.
Al doblar el recodo del cañón, vio que éste se ensanchaba en aquel sitio, y que en una pendiente, a la derecha, había un cauce seco. Emprendió la subida por él y, al llegar a la cima, se detuvo como aturdido.
Ante él extendíase un tremendo anfiteatro, un abismo amarillo, una laberíntica masa de rocas tan asombrosa que no quiso dar crédito a sus ojos.
A ambos lados la tierra estaba desnuda, con la desnudez de las rocas... Era aquélla una austera región de grandes laderas y declives: de canales, dunas y montículos:; de lomas en forma de cono y de abanico, todo de arcilla acanalada y desnuda, con una tracería de erosiones tan graciosa y fina como la nervadura de una hoja, mezclándose sus maravillosos colores en un mosaico de ámbar dorado, de amarillo áureo, de malva, de canela bronceado. Infinito era el número de superficies ya suaves, ya ondeadas o rayadas, todas ellas bajando en curvas de exquisitas líneas hacia los canales secos, bajo las dunas. En la base del círculo interior del anfiteatro, el color áureo, amarillo y bermejo era más fuerte, pera a lo largo de los amplios aleros, hacia el abismo, había matices maravillosamente vivos... y a la izquierda, un color gris oscuro muy bello, que contrastaba con el gris perla de la derecha. Entre los amplios bordes de la curva ascendían lomas color gris y heliotropo que topaban con fajas de verdor... el verde del mineral de cobre, semejante a los colores del mar cuando cabrillea en él la luz del sol, y el laberinto de trazos blancos que formaban las estrechas venas del bórax. Muy por encima del borde del anfiteatro, a lo largo de las murallas almenadas de las montañas, destacábase el cinturón en zigzag, color rojizo oxidado, desde el cual descendían las estrías y manchas ferruginosas tiñendo los matices inferiores. Por encima de todo aquel mundo policromo elevábanse los muros escuetos de las montañas, oscureciéndose con colores terrosos hasta las atrevidas rampas de los altísimos picos que, con su matiz pálido, contrastaban con el azul plomizo del cielo. Muy abajo y muy lejos, por entre la abertura del anfiteatro, veíase un vacío, una hondonada de purpúreo y horrendo aspecto, con estrías blancas como ríos plateados... el Valle de la Muerte.
Adán, con el pecho oprimido por sensaciones demasiado profundas para hallar la expresión, dejó de mirar el maravilloso conjunto para fijarse más en los detalles y, sobre todo, en lo que estaba a sus pies. En aquel mismo instante tornó a oír el grito.
Rápidamente corrió hacia donde venía el sonido. En el ápice de la gran curva, donde convergían todas las anfractuosidades de las desnudas laderas, encontró una senda que salía del anfiteatro y bajaba a un cauce. El polvo revelaba las huellas recientes de abarcas indias y de botas con suelas claveteadas, así como de agua vertida desde algún recipiente. Las huellas de las botas bajaban y las de las abarcas subían, y como estas últimas eran más recientes, Adán, después de un momento de duda, las siguió.
La pista cruzaba el cauce seco y se dirigía al Oeste, donde las paredes de la montaña empezaban a adquirir la forma de un cañón. Matas de artemisa y otros arbustos manchaban aquí y allá el terreno arenoso, y más lejos veíase la espesura de un bosque de mezquites. De repente, pensó Adán en Dismukes. Examinó cuidadosamente una de las impresiones de la bota claveteada y vio que no pertenecía a su amigo. Continuó avanzando con rapidez.
La pista le llevó al bosque de los mezquites, hacia un lugar pantanoso. A los pocos pasos más vio ante sí el cuerpo de un indio echado de bruces en el suelo, al borde de un pequeño arroyo. En su negra cabellera advertíanse manchas de sangre. Adán la volvió, dándose cuenta (le que estaba terriblemente malherido en la cabeza y de que jadeaba. Rápidamente recogió agua en su sombrero. Ya había oído aquella respiración fatigosa en otras ocasiones. Alzando un poco la cabeza del indio, le echó el agua por la boca, bañando luego la cara manchada de sangre.
El indio pertenecía a la tribu que llevaba a Virey las provisiones. Al parecer, estaba mortalmente herido. Era evidente que deseaba hablar, y de la incoherente mezcla de idiomas que emplean los indios en su conversación con los blancos, Adán recogió los significativos detalles de «mina de oro, bandidos, algo que da vueltas moliendo piedras como se muele maíz».
—¿El arrastre? —preguntó Adán.
El indio asintió indicando brevemente con la mano la pista que conducía hacia la amarillenta selvatiquez de la arcilla y haciendo otros ademanes que, con algunas frases incongruentes, dieron a entender a Adán que un hombre muy corpulento estaba atado al! antiquísimo molino español —el arrastre— moliendo cuarzo aurífero. Luego, el indio, con el último resto de fuerza, emitió un grita avisando e l peligro y expiró.
Adán incorporóse, poniéndose en pie con reprimidas exclamaciones de cólera.
—¡El arrastre!... Así me explicó Dismukes el modo de moler el mineral aurífero... Debe de andar por esta región; seguramente se halla en ese agujero amarillo... Los bandidos le habrán atacado, quitándoselo todo y obligándole encima a trabajar... Tal vez lo están torturando para que revele los sitios donde hay oro... y a este pobre indio lo han matado.
Por lo que el indígena le había podido contar, en breve volvería su agresor. Era, pues, preciso disponerse a la acción. Adán no dudaba ni un momento acerca de lo que le correspondía hacer. Escondióse tras una espesa mata cerca de la senda y allí esperó, embancado, dispuesto a lanzarse como una pantera sobre el bandido.
Poco tardó en aparecer un hombre alto, balanceando un palo de cuyos extremos pendían sendos cubos de agua que se movían al paso de aquél. Avanzaba indolentemente, fumando un cigarrillo. Frente a los arbustos se detuvo para examinar el sitio donde el indio había caído, mirando luego hacia el bosque, como si esperase ver un cuerpo echado en 1a senda.
—¡Ah! —exclamó con ronca voz, echando a andar de nuevo—. Ese maldito indio se ha arrastrado, casi muerto ya, al bosque. ¡Vaya, se ve que es difícil matar a algunos miserables!
Como un muelle que se suelta de pronto, saltó Adán de detrás del arbusto, y sus grandes manos se ciñeron rápidamente al cuello del bandido, impidiéndole pronunciar el grito de asombro.
—No tanto como tú crees —dijo Adán con ferocidad, y su cuerpo de gigante empezó a temblar por el tremendo esfuerzo que realizaba.
A mediodía soplaba un fuerte viento, levantando nubes de paleo amarillo, a través del cual no se veía el cielo. La furia de los elementos favoreció a Adán. El calar, el viento y la semioscuridad harían que la vigilancia de los bandidos no fuera grande. Adán quería sorprenderlos. Con gran sentimiento, no había hallado ningún arma en el cuerpo del primer bandido. Llevando el sombrero de éste echado sobre los ojos, y el palo con los cubos de agua sobre los hombros, creyó poder acercarse a los bandidos sin que se diesen inmediatamente cuenta del cambio.
Decidido, penetró ante el anfiteatro por la senda descubierta y empezó la fatigosa tarea de bajar por aquellas laderas y pendientes hacia el extraño y terrible abismo de sombras amarillas y estruendos y quejidos del viento, que soplaba allí con más furia que en la altiplanicie. Adán se sorprendió de la profundidad del abismo, cuyo fondo aún no había visto. La pista de las huellas era su guía. En algunos sitios halló las impresiones de las botas de Dismukes, tan familiares para el joven, y presintió que lo hallaría muerto o en una situación terrible.
Por fin llegó tan abajo, que el viento y el estruendo parecían estar encima de él, y en aquel sitio reinaba una extraña y amarillenta luz crepuscular.
Por la formación del terreno y la dirección de las lomas, que a su derecha tenían una extensión de cien metros y terminaban abruptamente, Adán presumió que pronto alcanzaría el cañón principal hacia donde le llevaba la senda. Antes de continuar el camino, prefirió orientarse, subiendo, a una de las lomas. Dejó los cubos de agua y, tras una fatigosa ascensión, después de vencer mil obstáculos, pudo por fin acercarse al borde del cañón próximo al lugar por donde había visto una débil columna de humo, claro indicio de que allí encontraría seres humanos.
Desde una pequeña eminencia de la loma, junto al borde del cañón, contempló en éste una hondonada circular, y lo que vio dióle el deseo de saltar desde la altura en medio, de los bandidos, tan grande era la furia que sentía.
Vio un cobertizo octogonal hecho de ramas y arbustos junto a la pared arcillosa de donde se extraía el mineral aurífero. Bajo él había un arrastre en movimiento. Adán había visto muchos de estos artefactos españoles, pero ninguno parecíase al que ahora tenía bajo sus miradas.
En el centro del octógono había una parte redonda más profunda y empedrada con piedras lisas. Una viga clavada en el suelo atravesaba el cobertizo. A esta viga perpendicular se unían varias vigas cruzadas, y, atadas a éstas con cadenas, grandes rocas redondas. Una pértiga larga como la lanza de un carro partía de la viga central a metro y medio del suelo. El artefacto funcionaba empujando la larga pértiga, con lo cual rodaban las vigas transversales con las rocas en la parte hundida del suelo y molían el mineral aurífero. Adán sabía que luego se extraía el oro de la piedra molida mediante el mercurio, que lo absorbía.
La fuerza motriz era a veces un caballo, pero más generalmente una mula. Mas en aquel arrastre la fuerza motriz la constituía un hombre. Un hombre corpulento, de anchos hombros, desnudo hasta la cintura. Estaba atado a la barra larga, y al empujarla dando vueltas; su cuerpo inclinábase mucho por el esfuerzo. El pecho del hércules estaba cubierto de abundante vello gris; como un buey cansino doblaba la cabeza, tambaleándose de un lado a otro. Al dar la vuelta se le veía la ancha espalda llena de estrías de sangre.
Un hombre flaco y moreno, con la cara de un vampiro, estaba casi en el círculo que describía la barra al dar la vuelta por el eje central. Tenía en la mano un ramo de mezquite con la punta espinosa, que usaba como látigo. Siempre que el hércules pasaba por su lado, lo manejaba cruelmente, aumentando las estrías de sangre en su espalda.
Había otros tres hombres maniobrando con palas y cestas para echar mineral al molino. Uno era de débil constitución, pero duro de cara. Otro llevaba una camisa roja y tenía el aspecto de verdadera rata del desierto: rostro villano, enjuto, delgado, pero fuerte y duro. El tercero tenía una cabeza pequeña, mondada como una bola, quijadas pronunciadas, rostro duro, sucio de sudor y polvo. Sus anchos hombros desnudos, revelaban que era joven.
El hércules encanecido, al que los cuatro bandidos obligaban a trabajar, martirizándolo, matándolo con aquella infernal tarea, era Dismukes, el viejo amigo y salvador de Adán.
Éste había visto bastante. Rápidamente desanduvo el camino, elaborando mientras tanto un plan de ataque. Al llegar al sitio donde dejara los dos cubos de agua, los recogió, y echándose el sombrero sobre los ojos, penetró resuelto en el cañón, dirigiéndose hacia el campamento de la mina de oro.
—Ahí viene Bill con el agua —gritó el hombre de la camisa roja.
Todos dejaron de trabajar. Dismukes miró también y luego se irguió.
—¡Por vida de...! Bill, maldición sobre ti —dijo otro bandido—. Casi nos hemos muerto de sed esperando el agua.
—Es que se habrá encontrado con otro indio.
Adán siguió andando, inclinándose un poco. Cuando traspuso la mampara tras la cual se hallaban las amas, dio un suspiro de alivio. El bandido de débil cuerpo y de rostro duro acababa de salir de debajo del molino. Era el único que había guardado silencio, mirando a Adán de hito en hito.
—Oye..., ¿eres tú, Bill? —preguntó con aspereza. El bandido flaco hizo sonar su látigo, diciendo:
—Esta dichosa polvareda nos está embromando... o no sé lo que pasa. Ése es demasiado alto para ser Bill... o estoy ciego.
—¡No es Bill! —exclamó el hombre pequeño, y echó a correr hacia el lugar donde guardaban las armas. Adán dejó los cubos en el suelo. En dos zancadas le cortó al hombrecillo el camino y le asestó un tremendo golpe en la cabeza, que produjo un ruido seco, lanzándole por el aire y yendo a dar pesadamente contra uno de los postes que sostenía el techo del molino, arrancándolo. El bandido quedó sin vida en tierra.
Volviéndose rápidamente, Adán sacó su pistola y se dispuso a echarse sobre los demás, que habían quedado boquiabiertos ante el sorprendente espectáculo.
—¡Demonio! ¿Quién es ése? —exclamó roncamente el de la camisa roja—. ¿Habéis vista cómo ha despachado a Robbins?
Dismukes dejó oír un grito estentóreo, un grito de jubiloso triunfo. Como un elefante encadenado, tiró de sus ataduras para libertarse, y, al ver que no lo lograba, exclamó:
—¡Ah, ladrones malditos, asesinos, ahora os llega vuestro turno! ¡Ahí tenéis a Wansfeld!
—¡Wansfeld! —exclamó el villano del rostro enjuto, volviéndose amarillo como la cera—. ¡Coged las palas... corramos por las armas!
El ladrón de la camisa roja blandió la pesada pala, precipitándose sobre Adán. Éste disparó dos veces su pistola hiriéndole en pleno pecho, mas aun así, el bandido pudo asestarlo un golpe con la pala antes de caer muerto a sus pies. Adán, rehaciéndose rápidamente del golpe, espero el ataque de los otros dos, que se echaron sobre él con violencia. Forcejeando entre sí, cayeron los tres al suelo, donde estuvieron revolcándose largo rato, hasta que Adán, agarrando a los dos bandidos por los hombros, se puso en pie, levantándolos a ellos al mismo tiempo. Después quiso estrellarlos uno contra otro, pero aunque chocaron con violencia, no logró su objeto. Los dos bandidos se echaron atrás y, repuestos de la pelea, empezaron a mantenerse a distancia de su contrincante, procurando descargarle puñetazo tras puñetazo. Adán, que los tenía acorralados en el molino, sin que pudiesen huir, no rehuyó los golpes; hallábase en plena efervescencia de lucha, la sangre le ardía y estaba dispuesto a no dejar escapar con vida a ninguno de los dos bandidos. Sus golpes sonaron recios. Los bandidos retrocedían más cada vez; de pronto, el del rostro enjuto quiso coger a Adán de costado, ;pero éste se dio cuenta y le asestó tan terrible puñetazo en el pecho que lo envió bajo las piedras del arrastre, donde quedó aturdido. Mientras encarábase con el último bandido, el más peligroso, Adán advirtió que Dismukes ponía el arrastre en movimiento y que el ladrón, cogido bajo las piedras, empezaba a dar gritos de terror.
—¡Estamos moliendo mineral, Wansfeld! —exclamó Dismukes, con salvaje risa—. ¡Venga más mineral, compadre!
El hércules dobló el cuerpo sobre la barra, haciéndola girar. Era un tremendo esfuerzo supremo. La sangre corría por sus: desnudas espaldas. Impulsó el artefacto hasta llegar a correr; su cara feroz y el enorme pecho agitado, con su pelambre gris, dábanle el aspecto de un gorila empeñado en una lucha mortal.
El último bandido se precipitó sobre Adán, bajando la cabeza. Ya no gritaba, no trataba de huir; hubiera dado su vida por matar a su enemigo.
—¡Más mineral, compadre Wansfeld! —seguía gritando Dismukes, cuando de debajo de las piedras salió un horrendo alarido de agonía.
De pronto Adán envió a su contrincante de un terrible golpe hacia el arrastre; en aquel momento pasó Disimukes en su vertiginosa carrera, y la parte sobresaliente de la barra cogió al bandido, que se vio elevado y lanzado con tremenda fuerza sobre la roca, y la barra, libre de su peso, le cascó la cabeza cama un melón maduro.
XXI


A la puesta del sol de aquel día trágico y movido, Adán y Dismukes hallábanse acampados más allá de la boca del amplio desfiladero que dividía la Sierra, Funeral.
Esa un campamento seco, pero los dos habíanse llevado abundantes provisiones de agua de un manantial purísimo que encontraron en el camino. En el llano crecían hierba y arbustos en abundancia.
Adán sentíase muy cansado y hubiera guardado silencio a no ser por su compañero, Dismukes parecía como si nunca le hubiesen robado, asaltado, atado al arrastre y lacerado cruelmente las espaldas. Estaba alegre, satisfecho, triunfante; sentíase joven.
Adán nunca había lograda comprender bien al forzudo minero, pero ahora resultábale más enigmático que nunca. Durante la lucha y después de ella y de su liberación, no mencionó para nada el hecho de que Adán le hubiese salvado la vida, siendo así que el joven daba tanta importancia a haber podido salvar a su antiguo salvador. Mas Dismukes parecía no pensar en ello. Lo único que le interesaba era el oro recogido, el oro que aquellos bandidos quisieron robarle..., los pesados sacos del áureo metal, cuya posesión terminaba de una vez para siempre su azaroso camino tras la fortuna. Cien veces había tratado aquella tarde de obligar a Adán a que aceptase la mitad del oro, la cuarta parte, algo siquiera. Adán rehusaba siempre.
—Pero ¡en nombre de Dios!, ¿por qué? —exclamó Dismukes al fin, furioso, girando sus ojos saltones—. Es oro. Casi todo lo extraje yo antes de que viniesen esas canallas. Es oro limpio, sin tacha. Usted merece parte de él. La mitad de lo que acabo de recoger me basta para completar la suma que he anhelado reunir, hasta me sobra... ¿Por qué, pues, hombre de Dios, no quiere usted tomar nada?
—Bueno, amigo mío, le voy a decir el grave motivo que me impide aceptar su oro: es demasiado pesado para llevarlo en mi equipo —repuso Adán, sonriendo al decirlo, porque era en realidad la única causa de no aceptar el ofrecimiento.
Dismukes se quedó mirándole un rato, con ojos muy asombrados y la boca abierta. Al parecer, le comprendía tan poco como Adán a él. Terminó por echar unos cuantos ternos, siguió gruñendo largo rato y después, resignándose, volvió a estar tan satisfecho como antes.
Adán, a pesar de su cansancio y de la tristeza que sentía, no pudo sustraerse al contagio de la alegría de su amigo. La gran tarea de Dismukes había terminado. Recibía el premio por su larga busca del Vellocino de Oro. Sus treinta y cinco años de caminar, de sufrir, habían acabado, y la vida sonreíale de pronto, encantadora y bula. Veía realizado el sueño de sus años juveniles, alcanzando la meta de la fortuna. Ahora, a descansar, a gozar de la vida, viajando cómodamente y divirtiéndose... a realizar todo lo que le había hecho esclavizarse. Maravilloso pasado..., hermoso porvenir.
Dismukes hallábase como alocado. Tan pronto entregábase a describir con elocuencia fascinadora lo que pensaba hacer, como hablaba de temas completamente extraños al asunto.
—Una vez —dijo— me encontré perdido en el desierto y me dispuse a morir. Fue la única vez que me perdí. Había ido caminando sin agua ni provisiones durante días y días, hasta que por fin una madrugada caí exhausto, convencido de que había llegado mi última hora. Estaba contento de morir..., tanto era mi desfallecimiento. Aún recuerdo el pálido aspecto de las estrellas..., la luz grisácea de la aurora..., el terrible silencio. Sí, sí, deseaba morir pronto... ¡Y de repente oí el canto de un gallo!
—¡Ah, vamos! Se dispuso usted a morir cerca de una hacienda. Resulta divertido —declaró Adán.
—¿Divertido? No, compadre Wansfeld, no hay nada divertido en eso de morir. Y en cuanto a la vida, jamás soñé que fuera tan gloriosa hasta que oí cantar aquel gallo. Voy a comprarme un rancho de terreno herboso y sombreado en cualquier parte del Este..., terreno con arroyos de agua cristalina y susurrante... y criaré allí miles de gallos para oírlos cantar.
—Creí que pensaba usted viajar.
—Naturalmente, pero algún día tendré que establecerme, me parece —repuso, pensativamente Dismukes.
—¿Se casará usted? —inquirió Adán, a quien se le antojó muy curioso imaginarse a Dismukes entre la civilización.
—¿Casarme?... ¿Con quién? —exclamó el minero, perplejo.
—Con una mujer, claro está.
—¡Dios mío! —murmuró Dismukes, a quien el pensamiento había aturdido— jamás pensé en eso. ¡Yo casarme con una mujer...! ¡Vaya una idea! ¡Si no me querrá ninguna...!
—Pues no es usted tan viejo, Dismukes, y además es rico. Cuando haya suavizado un poco su rudeza del desierto, hallará fácilmente una esposa. El mundo está lleno de buenas mujeres que necesitan marido.
—¿Habla usted en serio, Wansfeld? —preguntó el otro, todavía aturdido, pasándose la manaza por el cabello—. Jamás tuve novia..., ninguna muchacha me ha mirado nunca... cuando era joven. Y durante mis años de desierto pocas mujeres he visto, y aun esas pocas, nada fueron para mí.
—Pues cuando se encuentre usted más tarde entre un grupo de muchachas bonitas, coja una y dele un beso de mi parte —dijo Adán con triste sonrisa.
La broma de Adán abrió para Dismukes un panorama de aturdidora y fascinante perspectiva. El minero había envejecido en el desierto; los largos años que pasó en él fueron años de soledad, y ahora surgían dulces y evocadores los olvidados sueños y anhelos de su juventud. Adán le dejó entregado a su fantasía; esperando que así callara durante algún rato.
—Wansfeld —dijo Dismukes a poco, saltando a otro tema—, es preciso que se corte usted el pelo.
—Acaso tenga usted razón, pero me alegro de tener melena. De algo me sirvió cuando en aquella refriega recibí un golpe con la pala.
—Es verdad, por poco le ahorran el tenerse que cortar el cabello —repuso Dismukes con dura risa—. Le diré a quién me recuerda usted con su melena. Hace muchos años me encontré en el! desierto con un hombre alto, casi tanto como usted. Era muy buen compañero. Bien, pues tenía mucho pelo y lo llevaba siempre muy largo, cubriéndole las orejas. Por calor que hiciese, jamás quiso cortárselo. Un día descubrí el motivo. Encontramos un grupo de jinetes que dispararon sobre él, matándolo, y por poco me matan a mí también. Resultó que mi compañero era un ladrón de caballos y le habían cortado las orejas en una ocasión que le cogieron con las manos en la masa. Llevaba el pelo largo para ocultar la falta de orejas.
—Le aseguro, amigo Dismukes, si es que mi cabellera le preocupa, que tengo las orejas intactas —contestó Adán—. Si no las tuviera, seguramente seguiría usted moliendo mineral para aquellos bandidos.
Después de cenar y mientras los murciélagos volaban por encima del campamento con suave batir de alas y la fogata iba apagándose poco a poco, Dismukes continuó su alegre charla, volviendo siempre al mismo asunto del oro y de su porvenir.
—Compadre, quisiera que se viniese usted conmigo —dijo, señalando con su manaza el lejano Oeste—. Soy rico. Se han acabado los largos años de lucha y trabajos. Basta ya de tortas de maíz., de sed inaguantable, de tórrido calor y de ir en busca de más oro. Ahora, a gastarlo. Pondré todo lo que tengo en varios Bancos y empezaré a darme el gusto de extender cheques. En San Francisco me someteré a una cura para sacarme los álcalis del cuerpo. Luego, bien vestido, afeitado, adecentado, volveré a usar mi verdadero nombre y me lanzaré a 1—as aventuras. Me desquitaré de los años de comida dura y frugal. Comeré y beberé de lo mejor..., el mejor vino para mí..., paladearé el mejor, el más rancio y dulce de los vinos. Vino en copas de cristal... Llevaré seda encima del cuerpo y dormiré en lechos de pluma. Viajaré como un príncipe. Y mis propinas serán monedas de oro... Iré a mi ciudad natal; aún debe de vivir alguien de los míos. Los colmaré de bienes, serán ricos. No olvidaré los amigos de la juventud. Mi pueblo tendrá una iglesia o un parque, porque se lo regalaré yo. Veré ciudades y paisajes nuevos. ¡Nueva York! ¡Ah, si me gusta Nueva York, lo compraré! Veré todo lo que hay que ver, compraré todo lo que se pueda comprar. Estaré alegre, contento, gozaré... viviré, en una palabra. He de hacer las paces con los muchos arios perdidos. Pero nunca olvidaré al necesitado. Puedo gastar más de cien dólares diarios durante el resto de mi vida sin tocar mi capital. Cruzaré el Atlántico. ¡Londres! Ya conozco a los ingleses, porque encontré algunos en el Sur. Gente extraña, muy fría. Veré cómo viven. Recorreré toda Inglaterra. Luego, ¡a París! Nunca me emborraché, pera en París voy a emborracharme. Quiero ver esos maravillosos hoteles, teatros y tiendas. Quiero ver las hermosas actrices francesas. Quiero oír cantar a las prima donnas. Tiraré monedas de oro al escenario. Después haré una escapada a Montecarlo, y así seguiré viajando. Iré a Roma, la gran ciudad en donde están aún los tronos de los emperadores. Pasaré algunas horas en las ruinas del Coliseo. Y soñando con los días de los Césares... Viendo los gladiadores en la arena... pensaré en —usted, Wansfeld. Porque nunca hubo en la tierra un luchador tan grande como usted... Más tarde iré a Egipto, el país del sol y de la arena; veré el Sahara, aquel enorme desierto... Y así seguiré recorriendo el mundo, y cuando lo haya visto todo, volveré a mi patria para comprarme una gran hacienda con colinas cubiertas de bosques y valles con arroyos y riachuelos. Ha de estar cerca de alguna ciudad. Tendré coche, caballos y criados que me sirvan, una casa cómoda y lujosa... Tal vez... tal vez entre en mi vida alguna mujer... ¡Acaso tendré hijos! Ese pensamiento que usted me ha inspirado, me hace anhelar cosas desconocidas... Al fin y al cabo, todo hombre debiera tener un hijo. Ahora lo veo. ¡Cuántos errores cometemos! Pero ya soy rico, y no soy muy viejo para que no pueda apurar aún la copa de la vida hasta sus mismas hete s... Veo las luces, oigo las voces, las risas y la música; siento ya las acogedoras paredes de un hogar. ¡Un techo sobre mi cabeza! ¡Una cama suave y blanda!... Acaso, acaso, querido amigo, la dulce sonrisa de una mujer..., el contacto de una mano amante... ¡El beso de un niño dándome las buenas noches...! ¡Dios mío, cómo emociona pensar en la verdadera vida!
Caminando veinte millas diarias, descansando varias horas durante el tórrido calor del mediodía, los dos viajeros cruzaron el desierto Mohave. Para ellos, conquistadores de los terribles elementos y de la desolación del Valle de la Muerte, aquel ancho páramo ofrecía poco peligro. Sin embargo, a pesar de estar habituados a tremendas pruebas, no incurrieron en riesgos innecesarios.
Era el mes de septiembre, el final de un verano seco como ninguno. El cielo sin nubes, el reflejo del calor en las arenas y en las rocas, los aún ardientes rayos del, sol, no, eran para tomarlo a broma. El pequeño termómetro de Dismukes señalaba aún durante el día 50 grados a la sombra... cuando encontraban un sitio donde la hubiese. Algunos manantiales, que Dismukes conocía, aunque apartados de todas las sendas, resultaron estar secos, y los viajeros viéronse obligados a alejarse de la línea recta para proveerse del precioso líquido. En aquellas circunstancias hasta Dismukes y Adán sufrían cuando pasaban algunas horas sin poder beber. Una vez estuvieron un día entero sin agua, y a la caída de la tarde llegaron a un pozo del que se había adueñado un hombre que vendía el agua a mineros, caminantes y carreteros. Sus precios eran exorbitantes. Al venir a los dos viajeros, exhaustos y con evidentes seriales de atormentadora sed, dijo que el pozo estaba casi seco y no quería vender agua. Dismukes había informado a Adán de que aquel hombre le tenía mala voluntad. El joven se dirigió al pozo, quitó la tapa y vio que el nivel del agua estaba muy alto. Después, volvió a la pequeña cabaña ante la cual hallábase sentado el hombre, fusil en mano. Creyó que Adán iba a suplicar de nuevo, pero se equivocó. Con increíble rapidez le arrancó el fusil y lo rompió en dos. Luego puna sus grandes y fuertes manos sobre el hombre, que se retorcía, asustado.
—Amigo, tenéis mucha agua. Ese pozo es de agua viva. Podéis darnos toda la que necesitemos. Os la pagaremos bien. ¡Vamos!
Al mismo tiempo soltó una mano y la levantó apretando el puño. El propietario del pozo se volvió súbitamente servicial y los viajeros obtuvieron toda el agua que quisieron, después de lo cual se alejaron, para establecer el campamento lejos de aquel bribón.
Otro día Dismukes llevó al joven a una senda apartada para acortar camino, y llegaron a un lugar hondo que olía a moho. De la arena borbotaba alegremente un manantial de agua cristalina, ligeramente verdosa. Un sedimento blanquecino bordeaba el arroyuelo, que se perdía a poca distancia en la arena.
—¡Arsénico! —exclamó Adán.
—Sí, esto es arsénico y aquí es donde encontré muertos hace seis años todos los individuos de una caravana. El lugar en nada ha cambiado; acaso hay un poco más de arena traída por los vientos... ¡Ah, mire usted!
Dismukes tocó con la punta de la bota un objeto redondo que sobresalía de la arena. Era una calavera calcinada.
—Los hombres enloquecidos por la sed no se detienen a reflexionar y a leer las inconfundibles señales del agua y del sedimento en los bordes —dijo Adán con tristeza.
En silencio contemplaron los dos la blanca calavera. A pesar del horror que inspiraba, tenía cierta belleza. Un día bulleron en su interior pensamientos y emociones, y ahora...
Adán y Dismukes pasaron medio día junto al manantial de aguas arsenicales, sufriendo abrasadora e implacable sed bajo los tórridos rayos del sol, para erigir una tosca cruz de piedra advertidora del peligro: ¡Atención! ¡Peligro mortal! ¡Agua contiene arsénico! ¡Buena agua a cinco millas! ¡Seguid cauce seco!
Dismukes pareció profundamente satisfecho y un poco feliz por la tarea cumplida. Era el monumento que marcaba el término de sus experiencias en el desierto.
Al fin llegó el día en que Adán contempló como Dismukes alejábase con sus burros hacia las regiones civilizadas. Marchaba el antiguo buscador de oro con paso ágil y rápido, con el mismo paso con que había recorrido año tras año, durante tres decenios y medio, el desierto. Era el paso de un hombre que está seguro de no dejar nada tras de sí y que ve el porvenir lleno de risueñas aventuras. Estaba cansado del desierto. Éste le había dado las riquezas que anhelaba poseer y ahora dirigíase a lugares más alegres, más benignos, donde poder disfrutar del oro. Adán veíalo marchar con tristeza y, sin embargo, mezclábase a su tristeza cierta alegría y no poco temor. No comprendía cómo era posible que Dismukes se marchara para siempre. Adán tuvo sensaciones que no pudo analizar. La estentórea voz de Dismukes, sonora y espléndida, aún sonaba en sus oídos: «Adiós, compañero, estamos en paz... Adiós». Ahora comprendió Adán por qué un indio noble, no viciado por los blancos, reverenciaba las deudas que implicaban la vida. El pagar esa deuda era toda la unión y— hermandad que existía en el mundo. Si le era grato recordar que le habían salvado la vida, aún le causaba más satisfacción recordar que había salvado la vida de su salvador. Adán, profundamente emocionado, vio descender a Dismukes por la arenosa senda, tras sus incansables burros, hasta que su figura se perdió en la monotonía gris del solitario desierto, tan solemne, infinito y misterioso.
XXII


CUANDO llegó el mes de marzo, Adán hallábase caminando desde hacía una semana en dirección al Sur, por la altiplanicie del Yucea, en medio del desierto Mohave.
Éste había cambiado de aspecto. Atrás quedaban las sierras de las montañas con sus vetas rojas, los pórfidos purpúreos, los granitos maravillosamente blancos, las rocas verde azul cobrizo, los tonos amarillentos del azufre y los rojizos óxidos. El desierto tenía allí también su color, pero no tan vivo. Además era menos inhóspito para plantas y árboles. El suelo no era ya tan monótonamente gris.
Adán adoraba el grotesco árbol yuca. Era un árbol que daba sombra y madera para las fogatas, sin despertar los recuerdos agridulces del palo verde.
Adán caminaba lentamente y sin preocupación, aunque una mano invisible parecía llamarlo desde lejos. Tenía la impresión de que sus pasos de caminante del desierto eran de nuevo guiados, y que algo le aguardaba en las llanuras, hacia el río Colorado. Estaba completando un vasto círculo en el desierto recorrido en largos años, y no podía resistir a la llamada, a aquel deseo de caminar vagando hacia el lugar que dio color y dirección a su vida.
Durante las plateadas noches de luna del desierto, bajó las yucas de extrañas formas, el joven presintió claramente la lección que el destino le reservaba. Los años habíanle preparado. ¿Cuándo llegaría la prueba suprema? ¿Qué sería? Y en el solitario silencio parecían murmurarle que algún día volvería allá abajo para buscar la tumba de su hermano y hallar el inevitable castigo. En aquellos momentos, sus fuerzas físicas, su fiera y dura naturaleza, rechazaban tal idea, pero, no obstante, poco a poco, empezó a escuchar una voz nueva, más fuerte, distinta de su conciencia. Imaginábase poderla apartar con ademanes despectivos, ahogarla con sus luchas en el desierto, pero la maravillosa fuerza de sus tostadas manos no lograba domeñarla.
Un día, a la hora de la puesta del sol, caminaba por el desierto, liso y arenoso en aquella parte, doblando las estribaciones Oeste de la montaña de San Jacinto. Los primeros cactos bisagni que vio parecían saludarle como viejos amigos. Eran plantas pequeñas, de un pie de altura, esparcidas escasamente por la larga y rocosa ladera que llegaba a la base de la montaña. La parte superior de los cactos era sonrosada, como las rosas silvestres. Adán dirigía la vista por el desierto para ver hasta dónde crecían los bisagnis, cuando de pronto descubrió que uno de sus burros acababa a su vez de descubrir algo que se movía.
En dirección hacia él, pero a una regular distancia, venían dos hombres y dos burros, uno de los cuales parecía que llevaba un jinete. A poco, parecieron advertir la presencia de Adán, porque, de pronto, se detuvieron un instante, y cuando continuaron la marcha se desviaron ligeramente hacia la derecha. Adán, al observarlo, se apartó del camino en la misma dirección para pasar cerca de ellos. No tardó en ver que se trataba de dos hombreas de rudo aspecto; uno de ellos guiaba un burro de carga, y e1_ otro llevaba de la brida al segundo burro, sobre el cual iba una muchacha harapienta. Un rayo de sol le reveló el rostro de la muchacha. Ya muy cerca, Adán los saludó.
—Buenas tardes —respondieron los dos hombres, vacilando—. ¿Viene usted del interior?
—No. Vengo del Mohave —contestó Adán—. ¿Cómo está el agua? Supongo que vienen ustedes por el bosque de álamos.
—No. No hay agua allí —respondió con sequedad uno de los hombres—. Bajando por esa senda encontrará buena y abundante agua.
—Gracias. ¿Hacia dónde se dirigen ustedes?
—Hacia el río. Mi hija está enferma y añora la casa. Adán respondió al seco adiós de los hombres y continuó su camino. En aquel instante oyó un breve y seco «Cállate». Adán volvióse rápidamente, pudiendo ver que uno de los hombres sacudía rudamente a la muchacha y le hablaba en voz baja. Adán pensó que se trataba tan sólo de una reprensión del padre a su hija, pero algo le obligó a detenerse para observar cómo se alejaba el grupo.
—No sé... No me gusta el aspecto de esos dos hombres —murmuró enojado consigo mismo por su espíritu inquisitivo y por no haberlos sometido a un más detenido examen. Moviendo la cabeza, malhumorado, Adán continuó su marcha.
—Dicen que no hay agua en los álamos —murmuró—, cuando la cima de la montaña aún está blanca de nieve. O han mentido o no saben lo que dicen.
De nuevo volvióse para mirar en la dirección en que los desconocidos habían desaparecido. Ninguna prueba tenía Adán para que le pareciesen sospechosos, pero cada vez que continuaba la marcha, se detenía a poco y su deseo de volver era cada vez más fuerte. De pronto, tuvo la certeza de que era preciso volver sobre sus pasos.
Atando los burros a los arbustos, junto a la senda, desanduvo lo andado. Poco tardó en ver a través de la oscuridad una débil luz. Los dos hombres habían acampado a cinco millas de distancia del lugar del encuentro, pero desviándose del camino y escogiendo una pequeña hondonada. Cuando estuvo cerca del lugar vio que habían encendido una buena fogata y que estaban preparando la cena. La muchacha estaba sentada en desconsolada actitud. Ella vio a Adán antes que los hombres advirtieran su llegada. Adán la vio temblar y ponerse rápidamente en pie. De pronto, uno de los hombres se levantó, llevando la mano a la cintura.
—¿Quién va? —preguntó amenazador. Adán se detuvo dentro del círculo de luz.
—Soy yo. He perdido mi chaqueta, que debió caerse del burro. ¿La han encontrado ustedes por casualidad?
—No, no hemos encontrado ninguna chaqueta —repuso el hombre secamente, bajando al mismo tiempo la mano.
El otro estaba amasando harina y agua en una sartén. Adán avanzó con paso natural, pero sus ojos, ocultos bajo la ancha ala del sombrero, examinaron rápidamente el campamento.
—Creí que la habrían encontrado ustedes —dijo al llegar a la fogata—. Me costó hallar su campamento. Es extraño que se hayan apartado tanto de la senda para acampar.
—Extraño o no, a nadie le importa —replicó el hombre que estaba derecho, mirándole fijamente.
—Claro está —repuso Adán, con aparente buen humor. Estaba ya muy cerca del hombre, tan cerca que cualquier movimiento amenazador no podía ser peligroso para un hombre como; Adán. Miraba hacia la muchacha de ojos tristes y rostro pálido, que alzaba las manos hacia él.
—Creo que mejor será que siga usted buscando su chaqueta —dijo el hombre con voz significativa.
Un paso más y Adán se irguió sobre él, transformado de pronto. Era pie y medio más alto que aquel hombre, quien, aun advirtiendo el cambio que se había operado en Adán, era de lenta comprensión para actuar rápidamente.
—Dígame..., siento gran curiosidad por saber algo de la muchacha que va con ustedes —dijo Adán.
El hombre se sobresaltó.
—¡Ah!, ¿sí? —preguntó roncamente—. Pues bien, la gente curiosa se muere a veces con los zapatos puestos. Adán se apercibió para una rápida acción. Sin dejar de mirar a su contrincante, preguntó a la muchacha:
—Oye, pequeña, ¿qué te pasa? ¿Estás...?
—Cállate. Si hablas te cortaré la lengua —gritó el hombre, volviéndose con fiereza. Ningún padre habló jamás así a una hija y ninguna hija podía revelar tanto terror ante su padre.
—¡Muchacha, no tengas miedo..., ,habla! —exclamó Adán con voz potente.
—¡Oh, sálveme..., sálveme...! —dijo la niña, llorosa.
El hombre quiso con un reniego sacar su revólver, pero Adán le dio tan tremendo puñetazo que cayó sobre la hoguera, dio una vuelta hacia unos bultos y permaneció quieto. El otro, renegando, empezó a andar a gatas para coger su arma, que estaba en un cinto. Adán apartó el revólver de un puntapié y se precipitó sobre el hombre, que chilló agudamente. Adán le hundió el rostro en la arena y, poniéndole una rodilla en la nuca, le sujetó impidiéndole moverse.
—Muchacha, tráeme esa cuerda —dijo Adán señalándola.
Temblorosa, se aproximó la niña y se la entregó; al cabo de pocos momentos el hombre estaba sólidamente atado.
—Ahora, niña, dime qué es lo que ha ocurrido —dijo Adán levantándose.
—Éstos... me han robado..., me han separado de mi madre —murmuró la pequeña.
—¿De tu madre? ¿Dónde ha sido eso?
—En los álamos. Allí vivimos.
Adán llevó a la pequeña más cerca de la luz y en sus ojos tristes y su rostro demacrado vio que no temblaba sólo de temor. Estaba depauperada. Había pasado hambre. Nadie sabía ver esto tan rápidamente como él.
—¿Vives aquí cerca? ¿Entonces, el hombre mintió en lo del agua?
—¡Oh, sí... mintió!
—¿Quiénes son estos hombres?
—No sé. Acamparon junto al agua. Yo... estaba buscando leña. Uno de ellos, el que tú heriste, me cogió en brazos y se alejó conmigo. Me puso la mano sobre la boca para que no gritara, y luego vino el otro con los burros. Mi madre está enferma. No sabe lo que ha pasado. Estará ahora muy asustada... ¡Por favor, lléveme a casa!
—Sí, hija mía, te llevaré —respondió Adán—. No te preocupes. Vámonos. Sígueme de cerca.
Adán se alejó del campamento sin mirar más a los dos canallas, uno de los cuales gemía. La niña siguióle de cerca y pronto se hallaron nuevamente en la senda. Adán recordó entonces que la pequeña no llevaba zapatos.
—Te vas a lastimar con los cactos —dijo—, debías llevar tus zapatos.
—No tengo zapatos —contestó ella—. Y los cactos no me hacen daño, excepto el cholla. ¿Conoces el cholla? Hasta los indios creen que es malo.
—Vaya si lo conozco, pequeña. Deja que te lleve en brazos.
—No, puedo caminar.
La niña caminaba ahora a su lado con el paso ligero de los indios, y Adán advirtió que era más alta de lo que al principio creyera; casi le llegaba al codo. De pronto, la niña deslizó su mano en la de él, e instintivamente Adán la apretó, experimentando una gran emoción, como nunca la había sentido hasta entonces.
—Ha sido una suerte que pasases por aquí —dijo la niña.
—Sí —respondió Adán, despertando de sus ensueños—. Eran hombres malos... ¡y tanta alegría como tuve al principio al verlos! ¡Vivimos tan solas! Nadie viene a vernos más que los indios, pero vienen para pedir cosas, nunca para dárnoslas. Creí que esos blancos serían mineros y que me darían un poco de harina o café o algo que fuese del agrado de madre. ¡Tenemos tan poco que comer!
—¡Ah!, ¿sí? Bueno, pues yo traigo mucho. Tengo abundancia de harina, café, azúcar, tocino, leche condensada, frutas secas...
—¿Nos darás un poco? —preguntó la pequeña, con anhelo.
—Todo lo que quieras.
—Qué bueno eres, tan bueno como malos esos otros —exclamó ella, con un sollozo de alegría—. Madre se está muriendo de hambre vara que yo viva. El indio que solía traernos provisiones, hace mucho tiempo que no ha venido. Nadie ha venido, sólo esos bandidos.
Nuestras, provisiones termináronse poco a poco... Madre no quiso comer; decía que no le gustaba lo que yo guisaba... Y tenía que cernérmelo yo.
—¿No está levantada? —preguntó Adán roncamente.
—¡Oh, no...! ¡Mi madre está muriéndose de consunción! —fue la triste respuesta.
—¿Y tu padre? —preguntó Adán, tratando de ver el rostro de la niña.
—Murió hace dos años. Creo que son dos años porque por dos veces he visto la nieve en la cima de la montaña.
—¿Murió aquí, en el desierto?
—Sí, lo enterramos junto al arroyo donde tanto le gustaba sentarse.
—Dime: ¿por qué vinieron aquí tus padres?
—Mucho antes de que naciera yo estaban ya enfermos de pasar hambre —repuso la pequeña—. Cuando se casaron, mi padre estaba ya tuberculoso, y mamá se contagió después. Eso era en lowa. Iban a morir los dos, después de consultar muchos médicos y probar todas las medicinas. Entonces se dirigieron hacia el Oeste. Yo nací en no sé qué pueblo del Estado de transas. Papá no encontró mejoría hasta llegar a esta región, donde volvió a ponerse fuerte. Entonces llegó mi tío y halló oro en la montaña. Fue la causa de que papá se obsesionara con la idea de encontrarlo también para que yo un día fuese rica. Trabajó demasiado y se murió. Desde aquella fecha mamá se consume poco a poco.
—Es una historia muy triste, hija mía. El desierto está lleno de historias tristes... Pero tu tío... ¿qué fue de él? —Se marchó a buscar oro. Volvió varias veces; la última, cuando murió mi padre, y entonces dijo al marcharse que algún día volvería para buscarme y sacarme del desierto. Esa esperanza hace vivir a mi madre, pero yo no deseo que venga. Lo que quiero es que ella se ponga bien; nunca la abandonaría.
—Entonces... ¿has vivido siempre en el desierto?
—Sí. Mi madre dice que nunca he dormido bajo el techo de una verdadera casa.
—¿Qué edad tienes?
—Casi catorce años.
—¡Caramba! Creí que tendrías menos. Y dime, pequeña, ¿cómo has aprendido a hablar tan bien sin haber ido al colegio?
—Mi madre es maestra de escuela. Ella me enseñó.
—¿Cómo te llamas?
—Eugenia Linwood. Pero mis padres me llamaron siempre Genia. ¿Cómo te llamas tú?
—¿Yo? Pues... Wansfelds.
—Eres el hombre más alto que he visto. Creí que los indios yuma eran gigantes, pero tú los ganas. Mi pobre padre no era tan alto ni tan fuerte.
A poco, Adán vio sus dos burros y pudo reanudar la marcha. La senda empezó a formar una curva que circundaba la montaña y entró finalmente en una región de sombras. Adán oyó poco después el murmullo de la corriente de un riachuelo; luego vio a la pálida luz de las estrellas unas palmeras y, entre ellas, una choza de pobre aspecto.
—No diremos nada a mi madre de lo de los dos hombres malos —murmuró la niña—. Se asustaría.
—Muy bien, Genia —contestó Adán, dejándose llevar por la niña hacia la puerta de la choza, en cuyo interior reinaba la más profunda oscuridad.
—Mamá, ¿estás despierta? —llamó Genia.
—¡Oh, hija mía! ¿Dónde has estado? —exclamó una voz débil, pero con un dejo de alivio—. Me desperté cuando ya era de noche..., te llamé...
A esto siguió una tos que estremeció a Adán.
—Lo siento, mamá. Yo... encontré un hombre en la senda. El señor Wansfeld. Hablamos y ha venido conmigo. Trae un equipo completo y muchas cosas buenas de comer. Es muy distinto de los otros que han estado aquí... Nos va a ayudar.
—Señora, será para mí una felicidad poder ayudar a usted y a su hijita —dijo Adán con su voz profunda y bondadosa.
—Señor... Su voz me ha sorprendido —repuso la mujer, jadeante—. Es una voz que inspira confianza. El aspecto de los hombres, en este país tan cruel, a veces me engaña, pero jamás sus voces... Señor, si quiere usted ayudarnos en la extrema necesidad a que nos vemos reducidas... le prometo la gratitud de una mujer que se está muriendo... de una madre.
La oscuridad en la choza era intensa y Adán nada podía percibir. La niña le tocaba el brazo tímidamente, como suplicándole al ver que no contestaba en seguida.
—Puede usted... confiar en mí —dijo a poco—. Me llamo Wansfeld. Soy tan sólo un caminante del desierto. Si quiere, me quedaré aquí algún tiempo para cuidar de su hija hasta que venga su tío.
—Por fin Dios ha escuchado mis oraciones —exclamó la mujer, jadeando.
Adán descargó sus burros a cosa de diez metros de la choza, bajo un álamo de ancha copa, junto a la unión de dos riachuelos. Cumplió, las tareas del campamento con increíble rapidez. La niña salió de la choza, que parecía de construcción fuerte y sólida, para observarle. Adán no había visto nunca ojos tan famélicos como los de aquella niña.
—Sería muy divertido observarte cómo trabajas si no tuviese tanta hambre —dijo Genia.
—Pues si tan hambrienta estás, tienes que comer muy lentamente y muy poca cantidad.
—Lo sé, pero yo no he llegado a ese extremo. Aunque muy poco, algo he comido.
—¿De veras?
—No mentiría por nada del mundo —respondió, con la sinceridad de los indios.
Adán no había preparado nunca una cena tan excelente en tan poco tiempo. A pesar de su hambre, Genia insistió en que antes se sirviese a su madre. Cogió la vela encendida que Adán le dio y le precedió a la choza, siguiéndola él con la comida y la bebida que creyó más conveniente para una mujer tan débil y enferma. La choza constaba de dos habitaciones: la primera era una cocina bien equipada, la segunda contenía dos lechos de troncos y ramas y en uno de ellos yacía la sombra de una mujer cuyos ojos confirmaron las trágicas palabras que antes pronunciara la boca.
A pesar de la precaución con que Adán entró, su cabeza rozó el techo. Genia se echó a reír cuando dio contra una viga.
—Mamá, Wansfeld es el hombre más alto que he visto —exclamó—. No podría vivir en nuestra casita... Ahora siéntate, mamaíta... ¿Verdad que huele bien? Por fin ha venido el hada india.
—Genia, pon la vela de modo que vea yo el rostro del hombre bondadoso —dijo la mujer al incorporarse en el lecho con ayuda de su hija.
La muchacha cumplió el deseo de su madre. Nunca se había visto Adán objeto de tal escrutinio. Le pareció cosa misteriosa.
Señor, es usted un hombre como jamás he visto dijo al fin la mujer.
Adán comprendió claramente que la sinceridad, o lo que fuese, que creía advertir en él, era para ella mucho más importante que la comida que tanto necesitaba.
—Me alegro, de que tenga confianza en mí —dijo Adán—. Pero no se preocupe de nada. Trate ahora de comer algo.
—Mamá, hay mucho, mucho —dijo Genia con afán—. Esta vez sí que no puedes hacer de las tuyas. Aquí hay para las dos y mucho más. ¡Huele esta sopa! ¡Además hay arroz..., un riquísimo arroz, con azúcar y leche!
—Hija mía, si hay mucho, ve y come... Gracias, señor, puedo comer sola.
Adán siguió a Genia al campamento y poco después, al verla tan aturdida, tan encantada, sin saber qué comer primero, recordó con amargura su triste experiencia del hambre al principio de su carrera de caminante del desierto.
Más tarde, cuando, Genia y su madre dormían, Adán se paseo bajo los álamos, a lo largo del riachuelo, en cuyas aguas se reflejaba la luz de las estrellas. El lugar respiraba la fragancia de la primavera, de aguas frescas con la nieve de la montaña, de exuberante verdor y hermosas flores. Las ramas entonaron su dulce y melodioso canto, que tan raras veces podía escuchar Adán. Un suave céfiro murmuraba en las copas de las palmeras, y sobre ellas extendíase el firmamento con aterciopelado color azul, en el que rutilaban millones de estrellas.
En su alma penetró la paz y la tranquilidad. El destino habíale hecho representar muchos papeles en el desierto, algunos violentos, duros y amargos. Pero éste de ahora era distinto; ahora no se trataba de nada malo. La fragancia del ambiente era la de un verdadero oasis. Y en aquella silenciosa choza dormía una niña que pronto sería huérfana. Adán tenía, pues, ocasión de vivir una temporada en uno de los lugares más deliciosos del desierto. Sólo un caminante del desierto: podía apreciar la tranquilidad y la alegría que brindaba el contraste. Podría convertirse en protector de una niña desgraciada. Pero aunque tales pensamientos eran agradables y animadores, nada eran comparados con la bendición que dejaba caer sobre su cabeza una madre moribunda. Adán, al alzar el rostro al firmamento estrellado, a pesar de su alma apasionada e intensa, sólo podía adivinar débilmente la angustia que había pasado aquella madre, lo grande que era ahora su alivio. Sólo ella lo sabía. Sus oraciones habían sido escuchadas. Y Adán reflexionó profundamente sobre la significación de tales oraciones y la de sus propios y errantes pastos. Pareció sentir el suave palpitar de un gran corazón, el abrazo omnímodo de un espíritu invisible.
XXIII


A la luz del nuevo día vio Adán el oasis de álamos y palmeras tal como se lo había figurado por la noche. Estaba muy ocupado en las tareas del campamento cuando salió Genia, reluciente el dorado cabello por los primeros rayos del sol. La niña se fue directamente al agua para bañarse, y mientras jugueteaba alegremente parecía rodeada de un nimbo de Juventud y belleza. Mas luego, a la cruel luz del pleno sol, vio Adán que su rostro era demasiado delgado y macilento para ser lindo. Cuando a poco fue a saludar a Adán y a ofrecerle su ayuda, el joven pudo contemplar por primera vez sus ojos. Mirándolos, no vio el_ demacrado rostro. Como su hermosa cabellera, sus ojos tenían un tinte áureo que tiraba a ambarino. La expresión de su mirada revelaba un alma enérgica, pero inconsciente, de indecible tristeza, contemplando un mundo incomprensible que hubiera debido ser bello para ella y no lo era.
—Buenos días, Genia —dijo Adán con alegría—. Naturalmente, te permito que me ayudes. Hay mucho trabajo. Y después, cuando me hayas ayudado, jugaré contigo.
—Jugar... —murmuró la niña, que nunca había tenido un compañero de juegos.
Después del desayuno, Adán se puso a mejorar las condiciones del campamento, especialmente para ofrecer mayores comodidades a la enferma. Conocía las maravillosas facultades curativas del aire del desierto si se vivía en él conforme a la Naturaleza. Con sus propias lonas y otras que encontró allí formó una cortina que podía alzarse y bajarse según convenía, para resguardar de los rayos del sol la especie de galería cubierta que construyó junto a la choza. Después hizo dos camas a ambos lados de la galería, y en lugar de hojas de palmera utilizó espesas capas de artemisa fragante y otras hierbas. La señora Linwood, con ayuda de Genia, pudo salir de la choza para ocupar el delicioso rincón que Adán construyera para ella. En su pálida y hundida faz dibujóse una sonrisa de alegría al ver el], cambio. La galería era sombreada, fresca y fragante. Desde ella podía contemplar la unión de los dos riachuelos, el campamento con su fogata, donde entreteníanse Adán y Genia, y de noche vería apagarse lentamente el fuego. Veía también gran parte del oasis con sus hermosos álamos, oía el canto de los pájaros y el zumbido de las abejas, que abundaban allí. Su mirada alcanzaba también la ladera del monte, y por entre dos árboles surgia la cima de la alta montaña sobre la cual elevábase todas las mañanas el sol.
—Señora Linwood —dijo muy seriamente Adán—, dormir al aire libre es una de las cosas más maravillosas del mundo, Notará usted! la suave brisa de la noche, la oscuridad que cae lentamente, envolviéndola. Puede usted elevar la mirada para contemplar a través de las hojas el firmamento azul oscuro y las estrellas rutilantes. Huele usted! la arena seca, el agua fresca y las flores y plantas del desierto. Cada vez que respira, absorbe usted aire puro y fresco. El vivir al aire libre, de día y de noche, es el secreto de mi fuerza.
—¡Pobres de nosotros! Siempre temíamos el relente de la noche —suspiró la señora—. La vida nos da muchas lecciones... demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde —afirmó Adán.
Luego, reanudó su trabajo y pronto terminó aquel día, tras el que pasaron otros con la misma rapidez, y cada uno trajo consigo nueva esperanza de prolongar la vida de la enferma. Ésta mejoraba de un modo misterioso que más parecía mejora del espíritu que del cuerpo.
El aspecto macilento y la palidez de su rostro eran los mismos, mas el espíritu que revelaban sus ojos y el tono de su voz eran ahora de amor, de gratitud, de esperanza. Adán comprendió, después de mucho cavilar, que aquella mejoría era la expresión de la fe que la madre de Genia tenía en él. Se había asido con enorme tenacidad a la vida, aun muriéndose de hambre para que comiese su hija, mas ahora, que había llegado la ansiada ayuda, el exaltado espíritu triunfó sobre el cuerpo. La felicidad era en ella más grande que la destrucción de la fatal enfermedad. Pero si tal dominio sobre el cuerpo hubiese durado, habría sido algo sobrehumano. Llegó por fin el día en que la señora Linwood volvió a caer en el estado natural e inevitable en que la sumiera su terrible enfermedad.
Cuando acometíanla los accesos de tos, que cada día era peor, Adán sentía que, de poder orar al Dios en que ella tenía tanta fe, hubiérale suplicado que acabaran sus sufrimientos. Odiaba Adán la enfermedad misteriosa, oculta, la crueldad de la Naturaleza. Era una de las cosas que no le permitían aceptar como verdadero al Dios que la señora adoraba. ¿Por qué era la vida tan cruel? ¿Era la vida sólo una manifestación de la Naturaleza? La Naturaleza era cruel, esto lo sabía Adán. Mas si la vida era un infinito progreso hacia la inalcanzable perfección, hacia la mayor altura de la mente y del alma, ¿era la vida la expresión de Dios y estaba en eterno conflicto con la Naturaleza? Desesperadamente meditaba Adán sobre estas cuestiones, que no podía comprender. É1 mismo sabía resistir el dolor, comprendiendo que así mejoraba su carácter; pero sufrir como aquella mujer, ser devorado interiormente por millones de bacterias que destruían los tejidos y la sangre, era horrible. Cuando consideraba la cuestión desde el punto de vista de la Naturaleza, comprendía la enfermedad. Era cosa de los animales luchando por sobrevivir. Que sobreviviese el más apto. Así trabajaba la Naturaleza en su afán de seleccionar organismos fuertes. Mas cuando, trataba de comprender al Dios que aquella pobre mujer adoraba, no podía conformarse con la lenta agonía de ella. ¿Por qué? La eterna pregunta. Era una mujer buena, había vivido una vida de sacrificio, siempre fue excelente cristiana. Y, sin embargo, no le evitaban la horrible tortura que estaba sufriendo. ¿Por qué?
Un día, durante una hora en que la señora Linwood se hallaba más aliviada, llamó a Adán. Genia estaba ausente, jugando junto al agua, escuchando a las ajejas.
—¿Quiere usted quedarse aquí..., cuidarse de Genia... hasta que vuelva su tío? —preguntó la mujer en voz baja y jadeante.
—Ya se lo prometí antes. Pero no debe usted pedirme que la tenga aquí demasiado tiempo —repuso seriamente Adán—. Supongamos que su tío no volviese en uno o dos años.
—No he pensado en eso. ¿Qué cree usted que debe hacerse?
—Yo, por mi parte, me propongo estar aquí durante mucho tiempo, y si su tío no volviese, buscaría para Genia un hogar conveniente.
—Un hogar... para Genia... Wansfeld, ¿ha reflexionado usted que eso cuesta dinero? El viaje..., las cosas que le harán falta a la niña...
—Claro está que cuesta, pero no se preocupe usted. Tengo dinero y me encargaré de Genia. Encontraré para ella un hogar.
—¿Todo eso hará usted? —murmuró la mujer.
—Se lo prometo. Y ahora, señora Linwood, no se preocupe más. Todo irá muy bien.
—Todo está ya bien. No me preocupo —respondió la señora, con voz temblorosa—. Gracias a Dios, mi fe nunca flaqueo.
Adán no comprendió bien lo que ella quiso decir; mas al contemplarla, oyendo aún la extraña alegría que vibrara en su voz, empezó a sentir que, en algún modo, él representaba para ella una merced, el cumplimiento de algo que había suplicado.
—Escúcheme, Wansfeld —murmuró la señora Linwood, con nuevas fuerzas—. Hubiera debido decírselo antes... Genia no es pobre, no. ¡Es rica! Su padre encontró oro en la montaña. Se, mató trabajando para su hija. El oro está escondido en la choza, debajo del suelo..., donde estaba mi yacija... Hay muchos saquitos llenos... ¡Wansfeld, mi hija será rica!
—¡Caramba! Pues me alegro mucho —exclamó Adán.
—Sí, eso me sostiene..., ¡pero he pasado tantas preocupaciones! Mi marido esperaba de mí que sacase: a Genia del desierto... y no sabía cómo llevarme el oro. El tío de Gema (se llamaba Juan Sihaver) es una buena persona, la quiere mucho. Antes estaba entregado a la bebida, pero confío en que el desierto le habrá curado. Creo... que será un padre para mi hija.
—¿Sabe la existencia del oro de Genia?
—No, nunca se lo dijimos; mi marido no se fiaba de Juan en asuntos de dinero... Warrsfeld, si me promete usted que irá con Genia, cuando, venga su tío, para invertir el dinero hasta que sea mayor de edad... Sólo, me resta rogar a Dios por la felicidad de ella y podré morir en paz.
—Se lo prometo, liaré cuanto pueda —declaró Adán. La próxima vez que habló con Adán fue aquella misma noche. Las ranas croaban y un tardío sinsonte entonaba su melodioso canto. Mas los bellos sonidos no hacían sino aumentar el solemne silencio; del desierto.
—Wansfeld... ¿recuerda usted que una vez hablamos de Dios? —dijo la mujer en voz baja.
—Sí, lo recuerdo.
—¿Aún sigue usted en el mismo punto?
—Me parece que no he avanzado nada.
—¿Está usted seguro de comprenderse a sí mismo?
—¿Seguro? No, de ninguna manera. Cambio cada día.
—Wansfeld..., ¿cómo se explica ese algo que hay en usted, esa voluntad de afanarse aquí, esa hombría de bien a la que yo me confié, ese olvidarse de sí mismo?... ¿Cómo llama usted ese poder suyo que hizo cumplirse mi ruego, que nace que pueda morir tranquila..., que será la salvación de mi hija?
—¿Poder, hombría de bien? —repitió Adán como un eco, perplejo—. ¡Si lo que yo siento no es más que lástima por usted y por la pobre chica!
—¡Ah, sí, lástima!; es verdad, pero usted aún no se conoce a sí mismo... Wansfeld, hace un momento hubo una presencia junto a mi lecho..., poco, antes de llamarle. Algo que no era ni luz ni sombra, en substancia...., algo que no era ni vida ni muerte... Ahora ya se ha ido. Mas cuando yo esté muerta, ese algo irá a usted. Yo estaré con usted... de ese mismo modo... En alguna parte del desierto... una noche oscura y tranquila... verá usted su propia alma... una voz poderosa que vendrá de lo infinito y le dirá que todo muere menos el alma, que es inmortal... y que es Dios quien le inspira a usted lo que he dicho antes.
Cuando la voz, vibrante y fuerte, cesó, Adán inclinó la cabeza y dirigióse al desierto abierto, donde las sombras nocturnas le envolvieron. Toda la noche estuvo paseando, sufriendo las angustias de la duda sobre el misterio del universo.
Al día siguiente la madre de Genia murió.
Días más tarde, una mañana, antes de la salida del sol, Adán escaló la primera cima de la montaña buscando inspiración en las alturas. Estaba preocupado; Genia estaba desde hacía días muda, rígida, descorazonada. Adán velase otra vez ante un gran problema cuya solución no vislumbraba. Por eso había subido a las alturas. El cielo empezó a teñirse de rosa por oriente; el desierto tenía un maravilloso tono grisáceo, suave como el terciopelo. La ancha sierra de San Bernard no estaba envuelta en la bruma liliácea de la aurora, y la sierra opuesta alzábase con sus picos negros hacia el cielo, profundamente azul. A lo lejos, por el vasto valle, sobre el vago a perfil de las Montañas Chocolate, encontrábase un resplandor de oro y plata. La maravillosa luz iba intensificándose, mientras, abajo, las misteriosas sombras desvanecíanse. El sol salió como oro líquido inundando la vasta extensión del desierto.
La aparición del sol resolvió los problemas y dudas de Adán. De nada le había servido la bondad, la paciencia ni el razonamiento cariñoso para sacar a Genia de su muda desesperación ante la muerte de su madre. La influencia espiritual no podía salvarla. Pero Genia tenía otra madre, la Naturaleza, a la que Adán pensó ahora recurrir como última esperanza.
Bajó la ladera, dirigiéndose al oasis. Allí cerca de una tumba reciente, junto a otra antigua, se hallaba Genia, aterida y convulsa en su gran dolor.
—Tenía —exclamó ásperamente Adán para alarmarla, consiguiéndolo—. Me estoy poniendo malo. No haga bastante ejercicio. Acostumbraba caminar cada día muchas millas y es preciso empezar de nuevo.
—Pues vete —repuso, la niña.
—No puedo dejarte sola aquí —protestó el joven—. Podrían venir otros hombres malos. Lo siento de veras, pero es necesario, que vengas conmigo.
Sumisa, Genia obedeció, levantándose tras breve esfuerzo para seguirle; era una sombra de su antiguo ser, delgada, con los ojos hundidos y muy débil. Adán le ofreció la mana para cruzar el riachuelo, porque, de otra modo, se hubiese caído, y ella ya no le soltó. Así comenzaron el más extraño paseo dado en su vida. No fue largo, y antes de terminarlo se vio obligado a arrastrarla casi; al final, la llevó en brazos. Aquella noche sentíase la muchacha demasiado cansada para reparar en nada, cenando lo que Adán le dio, sin protestar, quedándose pronto dormida.
Después la sacó a paseo todos los días, mañana y tarde, inexorable en su determinación, aunque le dolía tener que mostrarse tan cruel con aquella pobre niña. A pesar de su bondad, no le ahorró ninguna caída, no evitó que sus pies tropezasen con guijarros y con las espinas de los cactos, que se asustase de las pinas laderas y de las numerosas llambrias que ora preciso atravesar en la montaña vecina. La Naturaleza era tan inexorable como Adán. Pronto la insensibilidad de Genia ante la comida fue como si nunca hubiese existido. Así, poco a poco, la obligó a olvidar sus penas, a volver otra vez a la vida normal; pero la transición costó muchas semanas. Más de una vez el corazón de Adán flaqueó, pero otras tantas veces recordó su deber de mostrarse inflexible. Había visto cómo educan a los niños los indios. Sabía que la zorra madre solía tirar al cachorro negro una y otra vez de la madriguera, porque la repugnaba, y así el pobre animal se convertía en un ser despreciado que pronto se alejaba del todo para sucumbir o vivir luchando. Mas si sobrevivía, si lograba vencer los grandes peligros del desierto, el hambre, la sed, los animales enemigos, era infinitamente superior a los cachorros mimados y cuidados. Adán esperaba que algo similar se operase en Genia para su salvación, si es que no sucumbía antes de la dura prueba; mas si había de morir, el joven consideraba que era mejor que muriese de la fatiga del trabajo, del esfuerzo superior para ella, que no llorando y gimiendo por la madre irremisiblemente perdida.
Una mañana, al terminar los trabajos de campamento, la echó de menos. Buscándola, la encontró echada de bruces sobre el herboso banco de la orilla del riachuelo, con los pies en alto. Extrañóse Adán de lo que podría estar haciendo; invadióle además la intranquilidad, porque más de una vez la niña había dicho que sería muy fácil y dulce tumbarse junto, al ría y dormir el sueño eterno sumergiendo la cabeza.
—Genia... ¿qué haces aquí? —preguntó con el corazón angustiado; mas el movimiento y la contestación de 9a niña le tranquilizaron.
—Fíjate... las abejas... las abejas que dan miel se están lavando en el agua. Al principio creí que bebían, pero no es así. Mira qué divertido es..., se están bañando.
Cuando Genia alzó los ojos, Adán se emocionó al ver el brillo de su mirada. La juventud había vencido por fin a la trágica tristeza, la voluntad! de vivir había renacido en ella, y Adán se sintió .muy feliz viendo que su férrea voluntad había logrado el milagro.
—Déjame ver eso —dijo, alegremente, dejándose caer sobre el herboso banco—. Genia, tienes razón al creer que las abejas son muy entretenidas, pero te equivocas respecto a lo que están haciendo. Lo que hacen es diluir la miel..., aunque, la verdad, no estoy muy seguro, pero no, porque algunas tienen la cabeza en dirección opuesta al agua, como si quisiesen andar para atrás... Es muy difícil entender a las abejas.
—¡Esta sí que es entretenido! —exclamó Genia, y se echó a reír.
Adán rió también; de buena gana hubiera dado un grito de victoria, porque nunca Genia había reído tan a gusto, revelando al mismo tiempo un amor, aún no despierto del todo, a la Naturaleza.
—Genia... ¿te gustaría saber algo de las abejas, de los pájaros, de las flores, de los árboles..., lo que hacen..., cómo crecen y se desarrollan?
—Me gustaría mucho saber todo eso —respondió ella con sencillez.
—Muy bien, me alegro. A mí también me gusta. He pasado tantos años en el desierto, que no hubiera podido vivir en él sin encariñarme con todo lo que vuela, se arrastra y crece.
—No eres tan viejo.
—Me complace que pienses, así. Ahora seremos buenos camaradas... Fíjate, Genia, en aquel tominejo... Mira cómo vuela a ras del agua. ¡Muy bien! ¿Qué está haciendo ahora? ¿Será ése su modo de beber agua?
Genia seguía embelesada los rápidos y graciosos movimientos del pájaro mosca, y Adán se alegraba cada vez más del éxito que había obtenido en su cruel estratagema con la niña, que ahora mostraba tanto interés por las cosas de la vida.
Una mañana, cuando Adán se levantó al salir el sol, miró por un claro entre los árboles y, a los lejos, ya en el desierto, vio un objeto amarillo. Al pronto creyó que se trataba de una ilusión óptica producida por el reflejo de los rayos solares, mas poco tardó en darse cuenta de que se trataba de un palo verde en flor. Había llegado la primavera del desierto; Adán habíase olvidado del transcurso del tiempo. Recuerdos amargos y dulces a la vez despertó en él aquel palo verde. Había regresado a la región del desierto que, aunque obsesionaba su memoria, era la que gustábale más.
Genia respondía lentamente al adiestramiento espartano a que Adán la sometía, mas al fin logró salvarla. Poco a poco mejoró el apetito de la niña hasta convertirse en hambre, y a partir de entonces creció y se desarrolló fuerte y lozana. Al mismo tiempo, y con idéntica naturalidad, aumentó su actividad intelectual. El cuerpo sano y vivo no puede albergar la morbosa pena. La acción es constructiva; el dolor, destructor.
Adán, entregándose enteramente a su tarea, no descuidó el desarrollo de la mente de Genia. E hizo dos descubrimientos: primero, que Genia escuchaba absorta cualquier narración que le refiriese, y segundo, que la mente de él parecía un tesoro inagotable de cuentos. Él, que había hablado con tan pocas personas en el desierto, recibía ahora viva y fácil inspiración de una niña.
Contó a Genia la hermosa leyenda india de Taquitch, tal como la oyó de labios de Oella, la muchacha de la tribu de los coahuila que le enseñara su idioma.
Cuándo hubo terminado, la joven exclamó:
—¡Oh, ya sé! Taquitch está aún en la montaña. En verano nos envía el relámpago y el trueno, y en invierno da suelta a los temporales. Y siempre, de día y de noche, hace rodar las piedras.
—Sí, Genia, allí está aún —repuso Adán.
—¿Por qué robaba a las muchachas indias? —preguntó, la niña, pensativa.
Genia hacía de cuando en cuando preguntas que Adán encontraba difícil contestar. Tenía la niña la sencillez de una india y la misma ignorancia de ésta respecto a la civilización de los blancos.
—Supongo que debía de enamorarse de ellas —contestó Adán lentamente.
—¿Enamorarse? ¿Qué es eso?
—¿No te ha dicho tu madre nunca por qué se casó con tu padre?
—No.
—¿Por qué crees tú que se casaron?
—Creo que les gustaba estar juntos!..., trabajar juntos..., ir juntos a los sitios, como, cuando vinieron al Oeste estando los, dos enfermos. Para ayudarse uno a otro.
—Exactamente. Pues bien, Genia, deseaban estar juntos siempre porque se amaban. Se casaron porque se habían enamorado antes. ¿No has visto nunca un, campamento de indios, aprendiendo algo de ellos?
—¡Oh!, sí, muchas tribus han estado aquí, pero no he visto a ningún indio enamorarse. Si un jefe deseaba una mujer se tomaba la muchacha que más le gustaba. Algunos jefes tenían muchas mujeres. Y si un bravo quería mujer, se la compraba.
—Es verdad, en ese caso no se puede hablar de enamoramiento —confesó Adán, riendo—. Pero, Genia, no creas que los indios no puedan enamorarse; se enamoran también.
—Creo haber visto pajaritos enamorados —contestó Genia, muy seriamente—. Los he observado cuando vienen aquí a beber por parejas. Se portan de un modo extraño, cuando menos uno de los dos. Pero siempre es el pájaro más bello quien se muestra enamorado. ¿Por qué?
—Genia, has de saber que el pájaro más bello es el macho, como si dijéramos el hombre, y se pavonea ante la hembra para que le quiera.
—¿Y por qué no hace ella lo mismo? —preguntó Genia—. No me parece bien; el amor es muy parcial, entonces.
—¡Niña, qué cosas dices! ¡El amor no es parcial! —declaró Adán, un poco aturdido.
—Sí, señor. Ella debía hacer también algo para impresionar al otro. Pero te voy a decir una cosa..., después de empezar la construcción del nido ya no se les ve enamorados a ninguno de los dos. Es una vergüenza, porque eso debía durar siempre. Recuerdo haber oído decir cosas a mi madre que yo no comprendía, pero ahora creo que quería decir que mi padre, después de casarse con ella, no era como antes.
Adán no pudo reprimir la risa oyendo hablar a la niña de la eterna cuestión en la vida de los seres humanos.
—Genia, me veo obligado a ser sincero contigo —repuso Adán—. Yo para ti he de ser —tu padre, hermano, amigo, todo; a veces quizá no cumpla enteramente mi cometido, pero jamás dejaré de ser sincero... En efecto, los hombres entre los humanos y los machos entre los animales se parecen un poco. Cuando desean algo parece que es preciso obtenerlo a todo trance. Cuando se enamoran, proceden de un modo raro, lo hacen todo: se pavonean, suplican, insisten, llegan a reñir, se muestran dulces como el almíbar, hasta luchan fieramente con tal de obtener a la mujer que quieren. Luego, vuelven otra vez a su ser normal, como antes. Tengo para mí, Genia, que todo los seres femeninos de la creación tienen derecho a exigir siempre la misma deferencia y el mismo cariño de que son objeto para obtener su amor. ¿No te parece?
—¡Ya la creo! Así lo exigiré yo..., pero ¿me enamoraré alguna vez?
—Naturalmente, cuando seas mayor.
—¿De ti? —preguntó la niña, pensativa.
—No, Genia, de mí no. ¡Yo soy demasiado viejo! —exclamó Adán—. Puedo ser tu padre.
—No eres viejo —repuso Genia con una decisión que no admitía duda—. Pero aunque lo fueses... siendo como eres, ¿qué diferencia habría?
—Siendo como soy... ¿qué quieres decir, Genia?
—Tan alto y tan fuerte. ¡Sabes hacer tantas corsas con tus manos! Y tu voz... siempre me tranquiliza. Cuando me acuesto, sabiendo que estás ahí, bajo los álamos, no tengo, miedo a la oscuridad... Y tus ojos son como los de un águila... ¡Oh, no te rías! He visto águilas. Aquí estuvo un indio que tenía dos. Me gustó mucho contemplarlas. Pero... sus ojos nunca tenían la mirada bondadosa que tienen los tuyos... Sí, creo que cuando sea mayor me enamoraré de ti.
—Bueno, hija mía, hasta entonces aún ha de transcurrir mucho tiempo —dijo Adán sonriendo—. Ahora volvamos a la historia natural. Hace poco mencionabas un pájaro al que diste el nombre de «corredor de caminos». Nosotros, los hombres del desierto, lo llamamos «gallo de los chaparrales» y, en realidad, se trata de un cuclillo. Su nombre de «corredor de caminos» le viene de su costumbre de correr a lo largo de los caminos delante de los hombres, pero aquí no hay caminos y por esa le hemos dado otro nombre. El cuclillo es el ave más maravillosa del desierto, y no es decir mucho. Dime tú lo que sepas de él.
—Pues 1o conozco muy bien —declaró Genia con viveza—. En aquel mezquite hay siempre uno; le veo todos los días muchas veces. Antes de tu llegada era muy manso, ahora creo que tiene miedo. Pero no tanto como al principio... Es un pájaro de bastante tamaño, con una cola larga compuesta de varias plumas. Es una cola muy curiosa, porque cuando anda la mueve de arriba abajo. Su plumaje tiene varios colores..., es gris, blanco y pardusco. También tiene algunos puntos rojizos... y unas plumas en la cabeza con las que puede formar corona cuando quiere. Cuando las levanta parecen de color de oro, con un rojo fuerte en la parte baja. Cuando le forman corona es señal de que está furioso, y da entonces unos picotazos que causan miedo... No le he visto bañarse, pero sé que se mete en el agua porque de cuando en cuando veo plumas suyas nadando en la superficie. No vuela mucho, es demasiado gandul para hacerlo, pero corre... ¡Dios mío, cómo corre! Le he visto perseguir a las lagartijas... Tú bien sabes cómo corren las lagartijas, tanto que apenas se las ve; pues el «corredor de caminos» o cuclillo, como tú dices, las alcanza a todas, no se le escapa ninguna. Si no matase a las lagartijas me sería mucho más simpático; pero así, no le quiero tanto como a las demás aves.
—Genia, has observado bien al cuclillo. No creí que supieses tanto. Sí, el «corredor de caminos» es un pequeño asesino, aunque no es peor que otros pájaros del desierto. Todos matan, todos son fieras, porque si no lo fuesen se morirían... Ahora te voy a contar otra cosa del cuclillo, algo que no sabes aún y que te sorprenderá. El cuclillo es capaz de atacar y matar a una culebra de cascabel, comiéndosela después.
—¡Imposible! Cuéntame cómo —exclamó Genia.
—He observado más de una lucha entre el cuclillo y ese reptil, y casi todas las ganó el ave. Pero no es eso lo más maravilloso de él. Te lo voy a contar. Yo no lo he visto, pero me lo ha dicho un amigo, un caminante del desierto, como yo, que no mentiría por nada del mundo. Pues bien, dice que vio a un «corredor del desierto» tropezar con una culebra de cascabel que dormía en la arena, junto a una mata de cacto cholla. Tú sabes que los conos muertos se caen, conservando sus espinas. El cuclillo no se precipitó sobre el reptil, sino que (¡oh ave maravillosa!) cogió los conos espinosos uno a uno y formó con ellos un círculo alrededor del reptil. Yo sé que la culebra teme al cacto, huye de él, ni siquiera lo utiliza para esconderse a su sombra... Después de proceder así, el cuclillo alzó el vuelo y se precipitó sobre el prisionero, despertándolo. El reptil trató de huir, pero dondequiera que se dirigía tropezaba con las espinas de cholla, recibiendo al —mismo tiempo los fuertes picotazos del cuclillo. Tú misma has dicho que son temibles. No te extrañe, pues, oír que el del cuento hizo trizas la piel del reptil y que éste, no pudiendo alcanzar al ave, terminase por sucumbir..., devorándolo entonces el gracioso pájaro...
—Me apuesto cualquier cosa a que eso es la pura verdad —exclamó Genia—. Un «corredor de caminos» puede hacerlo, no me cabe duda.
—Es muy probable, aunque parezca un tanto extraño. En: el desierto es precisamente donde ocurren cosas que en otros sitios son imposibles.
—¿Por qué se matan los pájaros y demás animales mutuamente? —preguntó la niña.
—Es la Naturaleza, Genia.
—La Naturaleza hubiera podido disponer las cosas mejor. ¿Por qué no se comen las personas mutuamente? Que se matan, ya lo sé. Y que se comen los animales, también; pero nada más, ¿verdad?
—Mira, Genia, hay gente..., los caníbales de la Polinesia, por ejemplo, que matan y se comen a las personas. Es horrible, pero es verdad. Dismukes, un amigo mío, me contó una vez que en la costa oeste del Estado de Sonora, en Méjico, tropezó con unos indios que son descendientes de los seri, caníbales en su tiempo, y que los de Sonora se dedican aún a veces a tan bárbara costumbre, sobre todo si pasan una época de hambre.
—¡Qué asco! Preferiría morir antes que hacer eso. ¿Y tú?
—También, hija mía, también.
Y así, durante las horas de ocio, que se prolongaron más y más al avanzar el caluroso verano, Adán procuró llevar a Genia hacia la Naturaleza, tratando siempre de enseñarle con sus observaciones la verdad, por fuerte que fuese, y de instruir y estimular sus facultades mentales. No era todo suave música de aves cantoras ni perfume de flores o esplendor de doradas auroras y policromas puestas de sol. La vida del desierto iba manifestándose con todas sus crueldades y le era difícil conciliar la matanza de los seres vivientes con el sentido de la miasma vida. Mas cuando veía un águila bajar rauda de las altas montañas, con las alas extendidas y el cuerpo oscuro hendiendo el aire, hablaba a Genia de la libertad de la solitaria reina de las aves, de la gracia de su vuelo y del noble espíritu de su vida.
Un caluroso día del mes de, junio hallábanse los dos en el cañón, descansando a la sombra de las palmeras susurrantes. Un riachuelo precipitábase por encima de piedras y rocas. De pronto Adán oyó, en medio del silencio del cañón, un zumbido agudo. Al fijarse más, dióse cuenta de que era una avispa de las tarántulas.
Llamó a Genia y los dos pusiéronse a observar a la avispa, que volaba a ras de suelo, dando vueltas sin alejarse. Tenía el fiero y hermoso insecto, de cuerpo dorado y alas azuladas, cuando menos dos pulgadas de largo.
—Está espiando a una tarántula. Fíjate bien en lo que hace —murmuró Adán.
De pronto la avispa se precipitó al suelo, al borde de una mata baja, entre unas hierbas que crecían allí. Al instante oyóse un gran zumbido de alas, como de una abeja presa en las garras de su enemigo, pero más fuerte y vibrante, viéndose mover las hojas de las hierbas. Una lucha a muerte efectuábase allí. Adán se acercó a gatas, rogando a Genia que hiciera lo mismo, y así pudieron ver el final de la lucha entre la avispa y la enorme y velluda tarántula.
—Ya está muerta la tarántula —dijo Adán—. Genia, antes miraba yo estas luchas del desierto sin fijarme mucho en su significación. Pero un día hice un descubrimiento. Había acampado en; estos lugares y vi a una avispa matar una tarántula. Entonces no sabía que la avispa era una hembra a punto de poner sus huevecillos. Pues bien vi cómo empujaba a la araña hasta encontrar un sitio que le pareció conveniente. Allí cavó un pequeño agujero, donde empujó a la tarántula, y se marchó volando. A mí me extrañó su proceder y, aunque de momento lo olvidé todo, cuando volví algún tiempo después al mismo sitio, por curiosidad busqué 1a tumba de la tarántula, que estaba junto a una piedra. ¿Qué crees que descubrí?
—¡Dímelo! —exclamó Genia, sin aliento.
—Pues la tarántula estaba casi comida por un montón de pequeñas avispas que más bien parecían gusanitos. Entonces lo comprendí todo. La avispa mató a la araña, puso huevecillos en su cuerpo, cavó una tumba y la enterró con ellos. Poco a poco los huevecillos se abrieron, saliendo las avispas pequeñas, que pudieron vivir gracias al cuerpo de la tarántula, y así fueron desarrollándose hasta salir de allí hechas unas avispas, como su madre.
XXIV


PASÓ el tiempo. Los días convertíanse en semanas y éstas en meses. El verano con sus horas de calor al mediodía, durante las cuales dormían los hombres y los animales, transcurrió rápidamente.
Adán recordaba de vez en vez a Dismukes, tratando de figurarse al viejo minero en su nuevo papel de viajero, de derrochador y buscador de alegrías. Sin embargo, el joven jamás daba por seguro que su viejo amigo hallase lo que buscaba.
Mas durante la mayor parte de las horas quietas del día, Adán se dedicaba a Genia. La niña cambiaba rápida mente, casi de día en día, aunque él no sabía decir ni cómo ni en qué.
Todas las mañanas, a la salida del sol, Genia se arrodillaba junto a la tumba de su madre, y con las manos enlazadas y la cabeza sobre el pecho, oraba en silencio, repitiendo todas las noches, en la dorada luz del crepúsculo, el piadoso canto.
—Genia, dime... ¿por qué te arrodillas allí ahora? —preguntó Adán una vez, no pudiendo reprimir la curiosidad—. Antes no lo hacías.
—Había olvidado mi promesa a mamá —repuso la niña—. Además... ¿podía orar deseando morir?
—No, eso es evidente. Sería difícil. No me creas curioso si te pregunto para qué rezas.
—Solía rezar antes «Con Dios me acuesto...», como me enseñó mi madre siendo yo chiquita, pero me formo yo misma mis oraciones. Suplico a Dios que admita a papá y a mamá en el cielo, que me haga buena y feliz para que cuando ellos me miren desde lo alto estén contentos. Pero también por ti y, luego, por todos los seres del mundo.
Lentamente, siempre inquietas, movíanse las encontradas emociones en el pecho de Adán.
—¿De modo que ruegas por mí, Genia...? Eres muy buena... Espero ser digno de ello... Pero... ¿por qué rezas?
Genia reflexionó un momento.
—Antes de morir mamá, porque así me lo enseñó ella. Después, sobre todo últimamente, lo hago porque me anima, porque me quita las penas... —y se, puso la mano sobre el corazón.
—Entonces, Genia, ¿tú crees en Dios..., en ese Dios que dicen responde a las oraciones?
—Sí. Y Dios no es un ser como Taquitch... o las figuras de animales o las rocas que adornan los indios. Mi Dios está en todas partes, a mi alrededor, en el aire, en las abejas zumbantes y en las hojas y aguas que murmuran. Lo siento en todas partes, y también en mí misma.
—Genia, di una oración que decíais tú y tu madre y que se cumplió —suplicó Adán gravemente.
—Suplicamos a Dios que hiciera venir a alguien. Sé que mi madre suplicaba que viniese alguien para que yo no estuviera tan sola..., para que no me muriese de hambre. Y yo rezaba para que viniese quien pudiera ayudarla a ella, para quitarle la pena que sentía por mí... Y viniste, tú.
Adán tuvo que guardar silencio. ¿Cómo iba a discutir con la niña? Por lo que a ella respectaba, la fe y los hechos eran indiscutibles. En cambio él, ¡qué poco sabía! Ni siquiera podía creer en la inspiración divina de sus pasos de caminante del desierto. Sin embargo, cambiaba. Presentía el futuro, percibía la desconocida atracción..., el presentimiento de una lucha cada vez más austera, el paso hacia su destino final. La ilusión que sentía, el fetiche fantasmagórico que perseguía, emulaba la eterna e inexplicable fe de su amigo Dismukes.
El cañón Andreas hallábase a bastante distancia del oasis, mas Genia y Adán, vistas ya las bellezas de selvática grandeza, volvieron a él una y otra vez, sin que pudiera detenerlos el calor estival ni la rutilante llanura llena del terrible cacto cholla.
Más aún: aquella extensión de terreno en que se multiplicaba el cacto, tenía para ellos cierto encanto por su belleza.
Adán no hubiera podido decir por qué le fascinaba tanto la cholla, y tampoco Genia (aun admitiendo que le gustaba contemplar los plateados conos y que sentía a veces el deseo de lastimarse las manos en las crueles espinas) podía explicarse su sensación.
—Mira, Genia —dijo Adán un día—, los indios yaqui del Estado de Sonora adoran la cholla tanto como odian a los mejicanos... Los mineros la odian, y yo también, pero... creo que soy un poco corno los yaquis. Muchas veces me pincho la mano con sus espinas sólo por el placer de sentir la herida quemante que deja. La cholla es tan terrible porque la espina no sale del sitio en que se clava, sino que, soltándose de su cono, se introduce más y más gracias a las invisibles y pequeñísimas saetas de que va provista.
—¡Si lo sabré yo! —exclamó Genia con énfasis—. Me he pasado horas y horas —tratando de arrancármelas de los pies y de las manos... Fíjate qué lindo brillo tiene la cholla. Su belleza es traidora, ¿verdad, Wanny?
—Hija, no me llames Wanny, por favor. Es un poco tonto... —protestó Adán.
—No es verdad, o cuando menos no lo es más que cuando me llamas hija, o niña. Voy a cumplir pronto quince años... Mis vestidos ya no me llegan...
—Pues... llámame Adán.
—No, porque no me gusta ese nombre. Y no te puedo llamar ni padre ni hermano.
—Pero ¿por qué no te gusta el nombre de Adán?
—He leído en la Biblia de mi madre algo de Adán y Eva. Me enojé cuando leí que el diablo se había apoderado de ella. Tampoco me gustaba Adán. No me gusta el nombre de Adán. Tú nunca has sido echado del Paraíso.
—De eso no estoy seguro, Genia —respondió Adán, con un dejo triste—. He sido muy malo, Genia, cuando fui joven.
—Si lo has sido o no nada me importa. Estoy segura de que a ti, aunque te tentaran para que desobedecieras al Señor, nunca lo conseguirían... ni por Eva con todas sus manzanas robadas...
—Está bien, llámame Wanny, si te place —replicó Adán apresurándose a cambiar de conversación.
Había momentos en que Genia, con su sencillez, su inocencia y la rectitud de sus razonamientos, causaba a Adán cierto embarazo.
El cañón Andreas tenía una entrada formada por altísimos riscos de piedra amarillenta que se abría cual enorme boca sobre el desierto. Un poco antes de la entrada al cañón, separado de él por un ancho llano, florecía el oasis más verdeante y hermoso del desierto. Enormes peñascos grises, cubiertos en parte por el liquen, formaban una infranqueable barrera que protegía al arroyo de claras y verdosas aguas contra la arena movediza del desierto. Más allá del río, en la ladera de suave pendiente, había un enorme bosque de mezquites, denso y espeso, impenetrable excepto para pájaros y otros animales. El color verde de sus hojas parecía dominado por el bronce del muérdago.
El verdadero oasis, sin embargo, lo constituía el bosquecillo de álamos, sicómoros o palmeras. ¡Qué verde tan brillante el de las hojas de los álamos, qué blancura tan suave la de la corteza de los sicómoros! Mas, a pesar de la umbría y frescura que sus copas brindaban, Genia y Adán preferían las altas y majestuosas palmeras, árboles maravillosos en suelo extranjero, pues los Padres españoles habíanlos plantado siglos antes en el Nuevo Continente.
—¡Qué bien se está aquí! —exclamaba Genia—. Escucha el murmullo de las palmeras.
—Genia —dijo Adán un día, interrumpiendo la alegría de la muchacha—, paréceme que tu tío tarda mucho en regresar.
—Espero que no venga nunca —repuso ella.
Adán se sorprendió ante la inopinada respuesta, mas en el fondo se sintió halagado.
—¿Por qué? —preguntó.
—¡Oh, nunca me ha gustado mucho y no quiero irme con él!
—Tu madre me dijo que era una buena persona y que te quería.
—Sí, tío Eduardo ha sido bueno y cariñoso conmigo... Casi me da vergüenza haberme expresado así —repuso Genia—. Pero le gustaba la bebida y... cuando bebía me besaba y... me ponía las manos encima. Me molestaba mucho.
—¿Le dijiste eso a tu madre alguna vez?
—Sí. Le pregunté por qué hacía eso. Ella me contestó que no me preocupara..., que me alejase de él cuando bebiese.
—Genia, tu tío hacía mal y tu madre hubiera debido decírtelo —declaró Adán con seriedad.
—¿Qué quieres decir? ¿Por qué hacía mal mi tío? Yo creía que era malo sólo porque me molestaba... —Algún día te lo diré... Ahora volvamos a lo de antes. Hablábamos de marcharnos. Como sabes, yo me iré contigo cuando venga tu tío.
—¿Es que tú deseas que llegue ese momento, Wanny? —preguntó Genia.
—Naturalmente, por tu bien. Vas creciendo y es preciso que vayas al colegio, que conozcas otras cosas que las del desierto.
—Tengo muchas, muchas ganas de marcharme —exclamó la niña—, y, sin embargo, creo que sentiré alejarme de aquí, donde últimamente he sido tan feliz.
—Me complace oír que deseas marcharte y también que has sido dichosa aquí, a mi lado, a pesar de que yo no soy más que un hombre viejo, un ente solitario, que no es precisamente la compañía adecuada para una niña. He hecho todo lo que he podido, pero ¡pobre de mí...!
—Cállate —exclamó Genia con calor, abrazándole con demostraciones de gran cariño—. Eres grande, Wanny... Tú eres como Taquitch... eres mi Taquitch con el rostro como el sol. Y yo te quiero mucho, mucho, como nunca he querido a nadie después de mi madre. Confío en que tío Eduardo no venga nunca para que estés siempre conmigo.
Adán se separó suavemente del impulsivo abrazo de Genia, mas a pesar de su embarazo y confusión, el proceder de la pequeña fue para él un consuelo. Por ser natural, espontáneo y sincero, le llegó al corazón.
—Genia, quiero que entiendas, bien las cosas —dijo gravemente—. Yo también te quiero, tanto como si fueses mi hermana. Y si tu tío no viniese, te sacaré de aquí, te buscaré un hogar; sin embargo, por mucho que me duela, no puedo ocuparme siempre de ti ni permanecer a tu lado.
—¿Por qué? —fue la rápida pregunta de la niña. Adán se había impuesto el decir siempre a Genia la verdad, así había ido formando su carácter y así era preciso continuar haciéndolo también ahora.
—Si te lo digo... ¿me prometes no hallar nunca de ello? —la interrogó con voz solemne.
—Jamás lo diré a nadie, lo prometo.
—Genia, yo soy un proscrito... un hombre fuera de la ley. Nunca más podré volver a las regiones civilizadas para vivir entre las gentes.
Y con breves palabras le contó la historia de su vida. Cuando hubo terminado, la niña se arrojó sollozando sobre su hecho. Para Adán el momento era de infinita dulzura y tristeza. Triste, porque había vuelto a ahondar en el abismo de su alma, y dulce, porque la sincera pena que mostraba la niña le lió la seguridad de que, a pesar de todo, había un ser humano que sentía por él cariño y simpatía.
—Pero Wanny, tú podrías ir allí, sufrir el castigo y luego volver libremente —dijo la pequeña, con voz entrecortada por los sollozos—. Entonces va nunca más tendrías que esconderte.
La ingenua y sencilla mente de la niña expresó una aturdidora verdad, una verdad terrible. Sus palabras sembraron en el alma de Adán la semilla de una gran conmoción y rebelión. Rebelóse en él algo contra la vergonzosa necesidad de esconderte, contra el temor y el horror al castigo que era una eterna burla a su virilidad. Si pudiera hallar la fortaleza de elevarse a la altura de la sabiduría de Genia — ¡divina filosofía de una niña! —no tendría que vivir oculto en el desierto, sino que podría correr libremente... sin apartarse de las gentes, sin miedo a ser descubierto. Mas, ¡ay!, ¿de dónde había de venir esa fortaleza? No podría esperarla de la naturaleza del desierto, que le había hecho tan fuerte, tan fiero, tan enérgico en la lucha por sobrevivir. Sólo podría venir de aquel espíritu al que la niña suplicaba junto a la tumba de su madre. Mas para él aquel espíritu manteníase alejado, tan ilusivo como los espectros de los muertos, fuera de su alcance, un médium invisible, si no un fantasma cuya existencia real parecía imposible frente a la vida y a la muerte, inevitables, fieras, inexorables, que revelaba el desierto. ¿Podría ser Dios la Naturaleza..., esa terrible fuerza, la luz, el fuego, el agua... ese latido que habla en las plantas, en los animales, en las rocas, en ese eterno morir para eternamente renacer... ese interminable progreso determinado desde el primer remolino de globos gaseosos del universo, a través de las edades, hasta la ínfima partícula que representa la Tierra, tan fija en su órbita circular, tan lastimosa en su presente y fugaz fertilidad? La respuesta era tan imposible como alcanzar las estrellas, tan desesperanzada como pensar en el vuelo de los años, tan misteriosa como saber la verdad sobre el origen y el fin del hombre.
Otra vez la nieve en el pico gris de la montaña. La nieve en las alturas significaba la llegada del invierno que aminoraba el calor, la proximidad de los vientos huracanados y, por lo tanto, el bienestar de las llanuras del desierto y los días que pasaban rápidos. En efecto, tan raudo era el paso de los días, que Adán, pronunciando las tristes y bien recordadas palabras «Tiempo... detente», apenas se había dado cuenta del curso del invierno cuando le sorprendió la llegada de la primavera. El tiempo no podía detenerse. Ni tampoco la juventud en capullo de Genia, y menos aún la fuerza lentamente creciente del tumulto en el alma de Adán.
Y más rápido aún que el pasado, transcurrió otro año. El tío de Genia no venía; Adán empezó a dudar de que viniese, y lentamente, con insidia, comenzó a abrigar la esperanza manifestada por Genia de que aquel pariente suyo no hiciera nunca su aparición en el oasis.
Al principio de aquella primavera Adán cruzó el valle para encaminarse al campamento de los indios abahuila a tres días de viaje, porque deseaba comprarles carne fresca. Halló a los cazadores en el campamento y, después de pasar un día allí, Adán se echó la compra al hombro y empezó el regreso.
Llegado que hubo a la encrucijada, descansó antes de proseguir, porque desde aquel punto podía contemplar una gran extensión del enorme desierto. Éste yacía ante él árido y monótono, desprovisto de vida y de animación.
Contemplando así el páramo, vio de pronto un punto que parecía moverse. A poco percibió a un minero con un par de burros. Venían del Sur, pero alejados de la senda principal, hacia la que, sin duda, se dirigían. Adán decidió esperar para charlar un rato con el minero; hacía años que no había hablado sino con Genia y con algunos pieles rojas. Después de observar un rato al que se acercaba, murmuró:
—¡Vaya un andarín formidable!
Siguió contemplándolo con más interés que antes y cuando, tras desaparecer brevemente por entre las ondulaciones del terreno, surgió al poco rato a menos de cien metros de distancia, Adán exclamó de nuevo:
—¡Formidable andarín, a fe!
De pronto, el paso singular del que venía sorprendió a Adán, causándole una gran emoción. El paso, su poca estatura, la enorme anchura de los hombros, la curiosa indumentaria del individuo, despertaron en Adán la idea de conocerlo; mas cuando le oyó gritar con voz natural y fuerte guiando los burros, Adán se puso en pie de un salto, aturdido y temblando. ¿Es que no veía bien? ¿Podría tratarse de un espejismo? No... no... aquellos burros eran reales... claramente se advertía su paso... y el hombre era de carne y hueso también, aunque a Adán 1e pareciese un fantasma del pasado.
—¡Dismukes! —gritó Adán roncamente.
El minero se detuvo para ver quién le llamaba. Adán se precipitó hacia él salvando los arbustos y piedras a grandes zancadas. No daba fe a sus ojos. Era preciso tocar a aquel hombre para creer en la realidad. Junto a él, jadeante, asombrado, se detuvo contemplando el conocido rostro, que ahora contenía algo oculto, algo que no sabía explicarse.
—¿Cómo está usted, Wansfeld? Ya me figuraba que tarde o temprano le volvería a encontrar.
Era su voz, no cabía duda. Reconoció a Adán. ¡Dismukes se hallaba otra vez en el desierto! En el asombro y la alegría del momento, Adán abrazó a su antiguo salvador como quien abraza un hermano largo tiempo ausente o al hijo pródigo vuelto a hallar. Luego le soltó, comprendiendo vagamente que a Dismukes no le sorprendía el encuentro como a él.
—¡Dismukes! Me ha dejado usted aturdido. No quise creer a mis ojos —declaró Adán, jadeante aún.
—Sí, yo soy, amigo Wansfeld —repuso Dismukes, con infinita tristeza en sus grandes ojos saltones.
—¿Otra vez en el desierto? ¡Usted! —exclamó el joven—. Entonces... es que debe de haber perdido su dinero... ha tenido usted mala suerte... algo debió de pasarle... no puede haber estado en las grandes ciudades que pensaba visitar...
—Sí, amigo mío, he viajado, he derrochado mi dinero y he vivido la vida que pensaba hacer " contestó el viejo buscador de oro.
Una gran emoción embargó a Adán. Su aguda mirada vio claramente la tristeza, el destello de tragedia en los ojos saltones de Dismukes. Parecía que no miraban las cosas cercanas, como si estuviesen fijos en un lejano horizonte. Mas había serenidad en ellos. El ancho rostro era más delgado; ya no conservaba el color sano, bronceado. La barba, un día espesa y vigorosa, era ahora escasa y cana. Todo el rostro expresaba resignación y paz. Los anchos hombros de Dismukes habían perdido su gallardía, estaban decaídos. Y lo más extraño de todo era que el minero llevaba el destrozado traje con que Adán le había visito muchos años antes. En efecto, claramente percibió las amarillentas manchas de la arcilla del Valle de la Muerte y aquellas más oscuras cuya vista diera escalofríos a Adán.
Entonces... ¿ha realizado usted todo lo que proyectó? —dijo el joven, vacilante—. Bien, bien... sentémonos, viejo camarada. Aquí mismo, en esta roca. Confieso que las piernas no me sostienen... La emoción... Creí que no volvería a verle en esta vida.
—Nadie puede vaticinar el futuro, Wansfeld. Es tonto preocuparse del porvenir...
—¡Ah! Yo... Pero no importa. Dismukes, no hace mucho que se halla usted otra vez en el desierto.
—Hace cosa de una semana. Me equipé en San Diego y crucé la senda de la montaña, pasando por El Campo. Hace unas tres semanas desembarqué en San Francisco, procedente del Japón.
—¿Tenía usted! estos vestidos ocultos en algún lugar? Yo los recuerdo bien.
—No. Los he llevado siempre conmigo estos tres últimos años.
—¿Tres años? ¿Tanto tiempo ha transcurrido, desde entonces?
—Sí, amigo, sí... tres años hace.
Adán se quedó un momento pensativo, contemplando la inmensidad del desierto.
—Dismukes, deseo que me cuente dónde ha ido, qué es lo que ha hecho... por qué ha vuelto —dijo Adán en tono de súplica.
El minero dio un hondo suspiro, moviendo la cana cabeza, pero sin dar muestras de emoción.
—Sí, se lo contaré —dijo a poco—. Tal vez así pueda usted ahorrarse algunas de mis experiencias.
Después guardó silencio, rememorando el pasado. Adán advirtió la diferencia entre el Dismukes de antes; y el de ahora, porque en otros tiempos el viejo minero gustaba de charlar mientras fumaba su negra pipa; en cambio ahora la palabra le era, al parecer, difícil y su pipa había desaparecido.
—Mirando atrás —dijo al fin—, me veo un poco loco. Usted recordará mi locura. Seguramente no se le habrá olvidado aquel día en que nos separamos en aquella reina de bórax del desierto de Mohave, donde había aquel joven que no sabía guiar las mulas... A propósito de esto, desde entonces no he pensado más en el asunto... ¿guió usted aquellas mulas?
—¡Vaya...! —contestó Adán, con acento feroz—. Durante tres meses, todos los días. ¿Recuerda usted! aquella mula gris que era un demonio de animal? Pues bien, no tardó en conocerme, hasta el extremo de que bastaba que cogiese el látigo para que viniese corriendo hacia mí, bajando la cabeza.
—Entonces... ¿ayudó usted al joven en sus cuitas?
—Eso hice. Y había mucho más de lo que nos dijo a nosotros dos. El viejo Carricks, su amigo, era un verdadero canalla. Habíase enamorado de la mujer del joven, una muchacha muy bella pero de poca salud. Carricks procuraba alejar al marido con pretexto de recados y viaje. A fe que nuestra llegada fue muy oportuna.
—¡Ah! Ya veo por dónde sopla el viento —declaró Dismukes, con satisfacción—. Wansfeld... ¿qué le hizo usted a ese canalla de Carricks?
—Siga usted con su historia, por favor —repuso Adán.
—¡Ah, muy bien, ya ha dicho usted bastante...! Pues al llegar a San Francisco me cambié por completo, como un ave cambia de plumaje. ¡Pobre de mí, creí que al cambiar exteriormente, cambiaba también mi mentalidad!... Primero fui a Denver y a San Luis, contemplé los progresos que había en esas dos ciudades sin experimentar ninguna sorpresa. Después me fui a mi pueblo, donde sufrí el primer disgusto. Todos los míos habían muerto, no encontré a nadie conocido, ni siquiera pude dar con la tumba de mi madre. El pueblo ya no es un pueblo, es una ciudad; mi vieja casita no existe ya; en su sitio, en un lugar donde yo me imaginaba un jardín umbrío, hay tres casas nuevas. Cuarenta años son muchos años. Y no mandé construir la iglesia ni ningún parque en mi pueblo, porque de todo tienen. Continué mi viaje.
»Fui a Chicago, Filadelfia, Nueva York. En Nueva York estuve bastante tiempo. Al principio me fascinaba, sentí verdadera curiosidad por verla bien; buscaba algo que yo mismo no supe definir, pero nunca lo vi. Vi los hoteles, los teatros, los salones de baile y de juego, y cosas peores; vi la ópera, los parques... los maravillosos almacenes y tiendas, todo, todo, Vi a las gentes precipitarse por las calles y las casas alocadamente, yendo de un lado a otro. Allí no hay descanso, no hay quietud ni paz. Trabé amistad con alunas personas; algunas buenas gentes, pero la mayoría malas. En algunos hoteles y salones llegaron a conocerme muy bien por el oro que derrochaba a manos llenas. Grandes hombres de negocios me buscaron, me llevaron a banquetes, me trataron muy bien... todo para que me interesase por sus negocios y les diese dinero. ¡Y las mujeres! Con ellas tuve la segunda decepción. Wansfeld, son como los espejismos del desierto.
»Hermosas mujeres, ataviadas de seda y de raso, adornadas de diamantes las gargantas y los brazos desnudos, me favorecieron con sus miradas, hablaron conmigo dulcemente... todo porque creían que yo tenía montones de oro. Nunca encontré una mujer que me quisiera a mí, que mostrase deseos de conocer mi vida y mis esperanzas. Ninguna que supiese entenderme... No encontraba, pues, la vida con que tanto había soñado. Nueva York es un verdadero infierno; no he visto cosa peor. La única alegría que tuve allí fue descubrir seres desgraciados y colmarlos de oro. La gran ciudad estaba llena de ellos y el dinero que di importa muchos miles y miles de dólares. Bien sabe Dios que aquello fue para mí una alegría. Ahora que veo las cosas mejor, tal vez si hubiese continuado por el mismo camino, haciendo bien a los pobres desvalidos, hubiera encontrado agradable la vida en Nueva York, pero por lo demás me era materialmente imposible vivir en la gran urbe. El escándalo durante el día y la vida agitada y ruidosa por la noche me molestaban horriblemente y casi caí enfermo de insomnio. Además siempre estaba deseando respirar aire fresco, porque la atmósfera de Nueva York está viciada. Durante las noches ni siquiera podía ver las estrellas. Figúrese lo que significa eso para un hombre acostumbrado a vivir en el desierto.
»Cuando me convencí de que no hallaba en Nueva York, la realización de mis sueños, decidí marcharme. Mi proyecto era continuar viajando, pero al mismo tiempo sentía una influencia extraña que no comprendí. El Oeste me llamaba, me mandaba regresar, y yo creí que no era sino el recuerdo del antiguo proyecto de crear en el centro de América una gran hacienda. Pero ya sabe usted que soy hombre que no se deja apartar fácilmente de su camino; habíame propuesto viajar, conocer el mundo y era preciso realizarlo. Tuve que vencer, no sin gran lucha, las sensaciones encontradas que se debatían: en mí antes de llegar a bordo del barco que me llevó a Londres. Y apenas sale el buque, me pongo enfermo, me amenaza el terrible mareo. Mire, Wansfeld, el mordisco de una serpiente de cascabel no me dio tantas náuseas como aquel mar gris verdoso, siempre agitado por los vientos. La travesía fue para mí una verdadera pesadilla...
»Desembarqué en Londres... Una ciudad aburrida, casi tan grande como nuestro Mohave y llena de gentes con ojos de peces a lasque, no entendía. Sin embargo, gustábame su calma, su lenta manera de proceder. Después me fui a París... París es una ciudad maravillosa, bella y rutilante a todas horas. Si mi destino hubiese sido vivir en una ciudad, hubiese escogido París. Pero me hallé perdido allí: ni sabía hablar francés, ni me fue posible aprender una sola palabra de tal idioma. De todos modos, lo vi todo... Wansfeld, si un hombre quiere conocer mujeres, pero verdaderas mujeres, que vaya a París. Se ve en ellas siempre algo encantador, tanto si se trata de la linda mujercita buena, amante de su hogar y de sus hijos, como de las rutilantes y fascinadoras actrices y artistas. No sé en qué consiste ese algo, pero sea como sea, me gustan todas las mujeres de Francia. Siempre están alegres y se sienten felices, siempre son sinceras, nunca se quejan. En fin... como ellas no hay otras.
»De París fui a Roma y allí me invadió una sensación particular. Miraba los templos en ruinas y los panoramas sin verlos, con la mente en mi país. La idea de viajar y de ver cosas llegó a serme de tal modo odiosa pare no me detuve en Egipto; y de la India y del Japón poco recuerdo ya, Cuando, por fin, me embarqué en un buque con rumbo a San Francisco, tampoco vi nada durante el camina por un motivo distinto, las lágrimas. Habíame forjado la ilusión de conocer el mundo, de vivir la vida viajando y héteme llorando como un niño porque iba acercándome a mi patria. ¡Pero era una sensación grandiosa!
»El Pacífico no es como el Atlántico. Es un mar vasto y enorme, pero quieto, con olas de suaves ondulaciones, como las dunas del desierto. No me mareé en aquella travesía. Es posible que el Pacífico tenga algo del desierto; sea como fuere, a mí me calmó. Al pasearme tranquilo por la cubierta o inclinarme sobre la borda, volvieron a renacer mis sueños, mis anhelos. Al llegar a San Francisco tomaría el tren para el oeste central, donde compraría una gran hacienda en que pasar tranquilamente el resto de mis días. La esperanza era muy bella y yo creí en ella firmemente. Aquel loco deseo de buscar en el torbellino del mundo la alegría de vivir... había sido una equivocación, era preciso desecharlo. Había sido tan sólo un sueño... un sueño de niño... para cuya realización había gastado los mejores años de mi vida. ¡Cuánta amargura me causo comprenderlo así... yo que nunca, nunca, admití la derrota! Sin embargo..., aún no era demasiado tarde... me quedaba el sueño de la granja verdeante... Amigo Wansfeld, no puede usted tener idea de lo grande que es él mundo... yo, que di la vuelta entera, me he dado cuenta. Aquel océano Pacífico sin límite, interminable, parecía eterno como el firmamento. Mas al fin, llegué a San Francisco...
Llegado a este punto, Dismukes se interrumpió con un hondo suspiro, mostrando gran decaimiento.
—Wansfeld —continuó a poco, tratando de serenarse—, cuando pisé el suelo nativo me pareció haber hallado por fin la felicidad. Hubiera besado de buena gana el fango del desembarcadero, tan contento estaba... Había llegado el momento del último viaje... pensaba comprar la hacienda... tener un hogar, amigos... tal vez una compañera dulce y un hijo. Sueño glorioso que al fin iba a realizarse.
»Mas, de pronto, algo extraño y terrible pareció cogerme... una mano fuerte como el huracán... ¡Me atraía el desierto! Durante muchos días y muchas noches recorrí las calles y los paseos de San Francisco, luchando desesperadamente. Fue la última y más dura lucha de mi existencia... Por un lado, el sueño de mi vida... la esperanza de un hogar... el premio de mi trabajo de cuarenta años. Por el otro, la atracción del desierto. La soledad, el silencio, los días calurosos, las noches estrelladas, el vasto espacio, libre y lleno de paz, el páramo gris, las montañas policromas, la salida del sol en todo su esplendor... ¡Ah, el desierto era mi hogar, yo formaba parte del silencio y de la desolación! Cuarenta años he pasado en el desierto buscando ciegamente el oro. No, no era oro lo que yo buscaba, no era riqueza. Eso era el sueño, aquel sueño que nació en mi juventud; pero el oro no me retuvo durante cuarenta años en el desierto; eso fue sólo al principio, 1o que me hizo penetrar en el páramo... Era preciso volver... no podía vivir más que en el desierto... ¡Cuarenta años! Mi juventud... toda mi vida... Ahora soy viejo... muy viejo... Terminaron todos mis sueros... ¡Oh, Dios mío... era preciso volver!
Adán estaba confundido, emocionado por lo que acababa de oír. No podía hablar. Coma una esfinge contempló la inmensa soledad del desierto, que ahora, a la luz de la revelación del viejo caminante, adquiría una grandeza terrible.
—Camarada, aprenda en la historia de mi vida —añadió Dismukes—. Aún es usted joven. Piense en los cuarenta años de infierno que ahora me obligan a ser parte del desierto, a no poderme apartar jamás de él. Recuerde con qué alegría emprendí mi viaje, tan lleno de dulces esperanzas; piense en las maravillosas ciudades, en los hermosos panoramas que he visto al dar la vuelta al mundo... para hallar, al fin, que para mí sólo era un espejismo.
—No puedo pensar, Dismukes —exclamó Adán—. Estoy aturdido. Tengo el corazón destrozado por la lástima que me produce su triste historia, la inexorable fatalidad de su destino... Dismukes, ¿para qué sirve la esperanza? ¿Por qué luchamos? ¿Dónde... dónde pueden hallar la alegría de vivir hombres como usted y yo?
Los grandes ojos de Dismukes fijáronse en Adán, fuertes con 1a paz del alma, revelando la victoria en su profundidad.
—Wansfeld, la alegría, la felicidad, lo que hace la vida agradable, está en cada uno. Nadie es capaz de encontrar, por mucho que busque, lo que no lleve en sí.
Luego, dirigió la mirada hacia el desierto, hacia las altas montañas cuyos picos se veían en lontananza.
—Yo me voy ahora al Valle de la Muerte —continuó diciendo lentamente—. No para buscar fortuna, sino para estar solo y quieto; allí podré pensar y dormir. Acaso de cuando en cuando me dedique a buscar un poco del precioso metal... para volver a tirar. ¡Oro! El hombre que ama el oro está perdido. La pasión del oro enloquece a los hombres... Bueno, ahora me marcho.
—¿Al Valle de la Muerte? ¡No, no! —murmuró Adán.
—Voy allí en derechura. Su llamada me ha perseguido por el mundo entero. No recuerdo ningún sitio del desierto que sea tan solitario, tan delicioso y tan libre. ¡Es tan distinto del ruidoso mundo de los hombres que aún suena en mi cabeza! Allí encontraré la paz, tal vez mi tumba. La vida es toda una esperanza de hallar algo. Yo me marcho para que se cumpla mi destino. Wansfeld, nunca sabremos lo que nos guía, lo que nos impulsa, pero ahora me siento feliz... Nuestros caminos se han cruzado por última vez... Adiós.
Estrechó fuertemente la mano de Adán y se dirigió sin vacilar hacia sus burros, obligándolos con un grito a ponerse en marcha. Adán abrió la boca para decir adiós a su amigo, pero no pudo pronunciar palabra. Inmóvil, vio cómo el viejo minero se alejaba hacia el Norte, hacia las terribles montañas que le atraían. Sentía el deseo casi irresistible de correr tras él para acompañarle, pero recordó que Dismukes buscaba la soledad. «¡Qué manera de andar!», volvió a decirse Adán. La infructuosa busca habíale dejado, por lo menos, su energía, su perseverancia. Dismukes era un hombre al que no, se podía detener. Adán le vio desaparecer poco a poco tras una colina e instantáneamente tuvo tina visión... el funesto valle, desnudo, blanco, horrible, la mansión del silencio y de la muerte... el fin del desierto y fa tumba de Dismukes.
XXV


UNA fresca y deliciosa mañana del meas de noviembre, Adán y Genia encamináronse hacia el cañón Andreas para pasar allí el día. Adán llevaba la comida, un rifle y un libro. Genia estaba tan alegre y contenta que apenas podía tener quietos sus pequeños pies, calzados con abarcas, sobre la arena. Adán, inconscientemente, gozaba de verla tan satisfecha.
En una de las laderas veíanse las huellas de un sendero indio que conducía a la cima de la montaña. Adán llamó la atención de la muchacha sobre aquel camino.
—Algún día subiremos por él —le dijo—, cuando llegue el momento de alejarse de estos lugares. Es un poco difícil de escalar, pero es el camino más corto para salir de aquí. Tendrás ocasión de contemplar el desierto desde la cima del jacinto; es un espectáculo maravilloso, y por él vale la pena de subir.
A sus palabras, la niña se puso pensativa. Cada vez hallábase Genia más y más fuera de la comprensión de Adán. En ocasiones mostrábase triste y soñadora, a veces cantaba y corría alegremente, aunque siempre revelaba inefable dulzura.
Más allá del oasis, ya bastante adentro del cañón, había una espesura de mezquites y arbustos en cuyo centro surgía un manantial de agua cristalina y caliente. El fondo del pequeño estanque era de arena blanca y limpia. En tiempos pasados los indios rodearon de piedras el manantial, y por un lado dábale sombra un alto álamo cuyas verdes hojas teñíanse ahora de ámbar y oro.
Genia no había estado aún en aquel sitio y al verlo se disipó su ensimismamiento; empezó a cantar como una alondra. Rápidamente se quitó las abarcas y, poniendo sus pies sobre las piedras, metió uno en el agua.
—¡Oh, qué caliente está! —exclamó con alegría—. ¡Qué bien! —y volvió a meter el pie.
—Mira, Genia, vas a quedarte aquí y te diviertes lo que quieras —dijo Adán—. Yo voy a hacer un poco de ejercicio subiendo la montaña. No sé a qué hora volveré... Si tarda, ahí tienes el almuerzo para que comas cuando gustes.
—Muy bien, Wanny —dijo al muchacho—. Pero creí que te gustaba más estar a mi lado.
Adán sentía deseos de estar solo. Érale preciso subir a las alturas para contemplar desde allí el desierto. Sentía que iba a sobrevenir otra crisis en la transformación de su alma. El encuentro con Dismukes habíale conmovido profundamente e iba a tener incalculables consecuencias.
Llegado que hubo a una altura conveniente, siguiendo siempre la senda de los indios, se acomodó en una roca a propósito y dejó vagar la mirada sobre el ilimitado abismo que yacía a sus pies. A poco tuvo la suerte de ver un cóndor. Sólo muy de tarde en tarde veía Adán aquella enorme y solitaria ave, la más solitaria entre todas, la reina de las águilas y de las azuladas alturas. Nunca la había visto tan de cerca. Era un ave muy grande, de color pizarroso y cabeza muy perfilada, con agudo pico; sus alas, de enorme envergadura, abríanse en aquel mismo momento, y el ave emprendió un majestuoso vuelo en espiral para elevarse.
Adán observó al ave forzando la vista, porque contemplar a las águilas y, entre ellas, a los cóndores, le gustaba. El pájaro elevábase cada vez más, hasta que sólo fue un punto en el cielo, y por fin desapareció por completo.
—Se desvaneció —suspiró Adán—. Mi vista no alcanza a tan alto; desde su invisible madriguera verá todo lo que pasa aquí abajo... verá los corderos en la montaña... me verá a mí en este sitio... a Genia, abajo... al conejo, ante su agujero... ¡Qué grande es la Naturaleza! Mas, ¿para qué pensar? ¿Para qué torturarme meditando en un misterio que nunca podré resolver?... Aprendo algo sólo para verme envuelto en un misterio mayor.
Adán había advertido que le eran necesarias las emociones, porque, de lo contrario, la influencia del desierto le aislaría para siempre en la vida física.
¿Por qué habíase visto obligado Dismukes a volver al desierto? ¿Qué atracción tenían los lugares silenciosos? ¿Cómo era posible que los hombres sacrificasen amigos, conocidos, hogar, amor, civilización, todo, por la soledad y la quietud de los vastos páramos? ¿Dónde radicaba la infinita fascinación de la desolación y 1a muerte? ¿Quién era capaz de descubrir el secreto del desierto?
Como llamas ardientes y vivas saltaban los pensamientos en el cerebro de Adán.
Los caminantes del desierto como Dismukes y él mismo no laboraban bajo la influencia de una fantasía, de una ceguera o de la ignorancia. No les impulsaba la sensación hacia una cosa ignorada. El desierto era un hecho real. También lo era la fascinación que ejercía. Adán comprendió vagamente que ni en los palacios ni en las chozas, ni en la riqueza ni en la pobreza, ni en la fama ni en la atracción, nada en absoluto podía ejercer la fascinadora atracción del desierto. El secreto debía buscarse, pues, en el efecto del desierto, en el influjo de los lugares solitarios, selváticos, desolados, sobre la mente de los humanos seres.
Recordó cuánto le había gustado a Dismukes viajar solo. Si en su gran corazón cabía el egoísmo, era el de disfrutar de los solitarios lugares sin compañía de nadie. Ni siquiera con Adán había compartido aquellos momentos de observar y escrutar en silencio. Siempre en una cima, en la ancha llanura, entre la artemisa y los arbustos, comulgando en esa extraña afinidad con el desierto. Adán sabía que Dismukes, después de un día de jornada, iba a cualquier eminencia para sentarse allí a ver y a escuchar, haciéndolo sin darse cuenta, sin pensar en ello. Era en él una costumbre. Cuando Adán llamaba su atención sobre hecho tan singular, Dismukes mostraba sorpresa. Y por lo que respecto a Adán, esa extraña facultad u obsesión, lo que fuese, era mucho más notable. Dismukes había sentido, o se había imaginado sentir la necesidad de buscar oro. Adán, en cambio, apenas hacía más que caminar por los senderos perdidos del vasto páramo.
¿Qué hizo durante las interminables horas que se pasó mirando desde un punto elevado el desierto? ¿Qué había sucedido en su mente, durante aquel tiempo al parecer perdido, sentado horas y más horas mirando la llanura grisácea y verdosa del yermo desierto, escuchando la soledad, o el suave viento, o el canto de un ave solitaria? Adán se perdió en reflexiones acerca del misterio, pero comprendió finalmente que, durante esas horas de soledad, había momentos en que era un hombre primitivo, y otros, un ser civilizado que tenía la facultad de pensar y comprendía al hombre pensador; la dificultad estaba en el otro ser que había en él. Era, pues, cierto que podía observar y sentir sin pensar nada. Tal debía ser el estado mental de los animales. Sólo que el suyo era un estado más elevado... un estado de intenso sentir, esperar y observar. Adán presintió que tal debía de ser el estado mental de un salvaje y que esos momentos traían consigo otros de fugaz y extraña emoción.
Fuera de toda comprensión quedaba la maravilla de la inescrutable Naturaleza. De algún modo había ella creado al hambre, mas éste nació con los instintos de otras edades. Lo maravilloso era que el hombre, con tales instintos ingénitos, hubiera podido llegar a crear la civilización. Algún espíritu infinito debía de hallarse tras de ello.
En la súbita iluminación de su mente vio Adán muchas cosas, que habían sido para él un misterio. Al cazar algún animal, ¿por qué se emocionaba tanto, por qué se le enardecía la sangre en tales momentos? ¡Qué alegría y qué gozo, correr tras la víctima! Muy extraña era, en efecto, su sed de matar animales cuando, tras de matarlos, sentía lástima. Más extraño era aún un hecho, que recordaba con emoción intensa, de sus días de hambre, cuando sentíase embargado por un salvaje deseo de perseguir aves, ratones, reptiles, que le era preciso matar con piedras. En todos sus años de vida en el desierto, nunca habíase desvanecido esa gozosa emoción de la caza. Era una reliquia de sus años muchachiles cuando, cruel, como todos los niños, había matado por matar, hasta que el aspecto sangriento de la víctima despertaba su conciencia. La conciencia debía de ser, pues, un factor esencial en el progreso de los seres humanos... la diferencia entre el salvaje y el hombre civilizado. Era terrible para Adán mirar sus manos tostadas por el sol y recordar lo que con ellas había hecho. Había matado hombres, en un inexorable espíritu de justicia, en defensa propia, pero siempre, tras el hecho consumado, vino el arrepentimiento, la sensación de lástima por la víctima. Había luchado con los hombres con terrible y alegre furor, con los ojos inyectados de sangre, con los nervios en tensión e insensible al dolor, con el gusto salobre del sudor de su semejante en los labios, para luego asombrarse de sí mismo, avergonzándose.
En la sangre de todos los seres humanos, más fuerte en unos que en otros, había, por lo tanto, un vestigio de los instintos primitivos que no desaparecía jamás. Y ése era el secreto del desierto. El paisaje solitario, desolado, la tierra desnuda, las montañas de roca viva, lo selvático del silencio y de la soledad, removían el sedimento instintivo de épocas primitivas. Los hombres observaban y escuchaban, sin pensar, en los páramos, sin saber por qué, pero, en realidad, era para sentir su fugaz transformación, a modo de trance, en naturaleza salvaje. Había muchos motivos por los cuales los hombres se convertían en caminantes del desierto: el amor al oro, la necesidad de olvidar, la pasión, los crímenes, la atracción de lo bello y de lo sublime, pero lo que los retenía, lo que los clavaba al inhóspito lugar era el instinto salvaje. Ése era el secreto de la fascinación del desierto. Magdalena Virev, resignada a su suerte en el terrible valle, no había hecho sino corresponder a la naturaleza que en ella palpitaba.
A través de sus reflexiones vio Adán el casi inconcebible progreso de la humanidad. Si el progreso no hubiese sido lento, la Naturaleza no le hubiera creado a él. Y parecía un bien que algo de lo primitivo, de lo selvático, quedara siempre en los instintos de la raza humana. Si de ella eliminárase lo primitivo, el progreso se detendría. La dulzura de los tiempos milenarios volvía con las horas de contemplación estática. La gloria de la salida del sol, la tristeza de su desaparición a la hora del crepúsculo, el murmullo del viento y de los ríos, la melodía de las aves canoras... 1a sensación mágica de todo esto volvía en tales momentos desde el lejano arrobamiento de los días primeros de la creación, desde la infancia de la raza. La Naturaleza era la madre de todos los seres humanos. Sin embargo, la maravilla, el esplendor de la vida, era el larguísimo proceso del hombre hacia la inalcanzable perfección, la magnífica victoria de la humanidad por medio de la dominación de los instintos originales. Y este hecho, que tan cierto le parecía, hizo preguntarse a Adán si el espíritu de esa vida maravillosa no sería Dios.
El sol estaba ya en la segunda mitad de su curso cuando Adán descendió por el sendero hacia la espesura de mezquites. Iba con paso lento a causa del esfuerzo mental realizado. Cuando llegó abajo, el sol bordeaba precisamente la rampa del cañón, inundándolo con sus áureos rayos. Adán creyó que Genia, cansada de esperarle, estaría durmiendo sobre la arena o, cuando menos, leyendo, y que así le sería fácil deslizarse hasta ella, sorprendiéndola. A menudo entreteníanse con tales juegos, ganando Genia las más veces.
Arrastrándose por el suelo con la ligereza de una pantera, avanzó por entre los arbustos, sin levantar la cabeza hasta hallarse dentro del calvero. Éste hallábase inundado de la áurea luz del sol poniente, y Genia, desnuda, estaba en la balsa que formaba el manantial, con agua hasta los tobillos. Como un ópalo, reflejaba su esbelto y blanco cuerpo el brillo del agua y los rayos del sol. Parecía maravillosamente transparente, porque la luz solar fingía atravesar su cuerpo, dándole un cálido tono rosa. Su cabello de áureos matices semejaba una llama viva. De sus torneados brazos extendidos caían gotas de agua cristalina, rutilando donde la blanca carne uníase a la línea de la piel tostada. La luz del sol iluminaba su bello rostro, de expresión pensativa, ajena por completo a aquella inspección. De pronto oyó una reprimida exclamación de Adán y vio que éste se hallaba allí, mirándola. Genia estalló en risa de sorpresa y de aturdimiento, y Adán, rompiendo el encanto de aquel instante, huyó corriendo.
XXVI


ADÁN no se detuvo hasta llegar al sitio donde el cañón abríase sobre el desierto, lleno de rocas sueltas en aquella parte.
El mundo en que se movía parecíale transformado, radiante en la última luz del día, con la gloria de un áureo esplendor. El corazón le latía apresuradamente y aspiraba de lleno la gloria de la vida que sintiera en aquel instante. Volvió el rostro hacia la suave y fragante brisa del desierto y luego hacia el sol poniente. Sentía un extraño gozo..., la fuerza incalculable del hombre natural.
El luminoso desierto extendíase ante él y en lontananza perfilábase la montaña tras la cual había otros valles, otras llanuras, otras montañas, y, tras ellos, el ancho mar, y cruzando éste, otras tierras. La vasta bóveda del firmamento, teñido de suave azul, animábase poco a poco con la gloria de sus luminares.
Adán sentíase parte de todo. Su éxtasis consistía en sentirse vivir. La Naturaleza nada le negaba, puesto que él era joven, fuerte, vibrante...
De pronto oyó el grito de Genia, llamándole. Sobresaltado volvióse hacia ella para contestar. La muchacha venía corriendo por el sendero. ¡Qué ligereza la suya, qué agilidad! El desierto habíale dado la libertad, la gracia, la flexibilidad de los seres selváticos. Como un cervatillo, salvó, saltando, las piedras y en su cabello reflejábase con destellos áureos la luz crepuscular. Al aproximarse a Adán, Genia se detuvo, jadeante, con las manos sobre el pecho.
—¡Ah! —exclamó casi sin aliento—. No podía encontrarte. ¿Por qué has venido hasta aquí, tan lejos?
—Hemos de darnos prisa a volver —dijo Adán— porque pronto será de noche. Ven.
Y con el mismo paso rápido y ligero, Genia avanzó a su lado.
—Wanny... tú te has acercado furtivamente... has tratado de asustarme... mientras me bañaba —dijo la muchacha, con suave reproche.
—Ha sido una casualidad, Genia —replicó Adán apresuradamente, sonrojándose—. Quise asustarte, es verdad, pero nunca me figuré... ¡Palabra! Te ruego creas que ha sido sin intención.
—¡Caramba, Wanny —contestó Genia sorprendida—, claro que te creo...! La cosa no tiene importancia. —Gracias. Me alegro de que lo tomes así. Siento haber sido tan estúpido.
—¡Qué gracioso eres! —exclamó la muchacha, echándose a reír—. No vale la pena de preocuparse... La cosa fue muy sencilla, Olvidé que se iba haciendo tarde, me encontraba a gusto en el agua y me estaba mirando al sol. Nunca me había visto así. He leído algo de las sirenas del mar y de las ninfas del bosque, y me parece que me figuré ser como ellas...
Adán maldijo interiormente el convencionalismo de que no sabía desembarazarse en ciertos momentos. Aquella hija de la Naturaleza habíale dado ya más de una lección provocadora de serias meditaciones, y ahora acababa de recibir otra. Genia no había vivido en el mundo civilizado ni conocía sus costumbres. Era como un cervatillo tímido y selvático; era una niña exuberante, soñadora. Genia sabía leer y escribir, había leído mucho y estaba lejos de ser ignorante, pero no había entendido la significación de la excusa de Adán. Éste volvió a conmoverse y aturdirse al ver que la dulce e inocente sonrisa con que le miraba en aquel momento no era distinta de su expresión cuando la sorprendió desnuda en el agua. A ella le extrañó la preocupación de él y rióse de su contrición. Y so risa, tan llena de vida, parecía barrer, como el viento del desierto, todas las sofisticaciones, hundiéndolas en el pasado de que habían surgido.
El sueño tardó aquella noche en cerrar los ojos de Adán y, a causa de ello, despertóse más tarde que de costumbre; la rosa de la aurora había florecido va.
En medio de sus abluciones, arrodillado junto al riachuelo, Adán se detuvo para mirar el sol naciente. ¿Había sido otras veces tan singularmente bello? Y en seguida reparó en la belleza de Genia. Era la más hermosa creación de la Naturaleza y la última de que él se había dado cuenta. Grandemente sorprendido de su descubrimiento, tornó a fijarse en ella. Estaba también arrodillada junto al agua, lavándose. Sí, era bella, muy bella. Parecía un hecho sencillo que él no hubiese visto hasta entonces. Le molestó su distracción.
—Wanny, hoy eres todo ojos —dijo Genia alegremente, viendo que la miraba—. ¿Qué tengo? ¿Por qué me miras tanto?
—Genia, vas creciendo mucho —repuso Adán.
—Bueno, eso lo hubieses podido saber hace tiempo si te hubieras fijado en lo que he tenido que hacer para alargarme este traje.
—¿Cuántos años tienes?
—Creo que cerca de diecisiete —dijo ella, con mirada soñadora.
—¡Caramba, pues eres ya toda una señorita! —exclamo Adán—. Y, por cierto, muy... —iba a decir «hermosa», pero se detuvo a tiempo.
—Me parece que sí, aunque no lo has dicho... A ver, extiende el brazo.
Adán obedeció, sorprendiéndose de que, al ponerse Genia debajo, su cabello casi le tocaba.
—Ya veas, si no fueses tan gigante —dijo Genia—, te llegaría al hombro.
—Genia... ¿no te gustaría dejar el desierto? —preguntó Adán, sin preámbulo.
—¡Oh, no! —repuso ella al instante—. Lo adoro. Y... ¡por favor, no me hagas pensar en las ciudades! Deseo poder correr siempre con la libertad que tengo aquí. Sería completamente feliz si no tuviese que remendar tantas veces estos trapos viejos... Wanny, si las posas siguen así, el día menos pensado el vestido se me caerá del cuerno y tendrás que verme siempre como ayer... ¡Oh, si no fuese por las espinas, sería gracioso!... —Y de nuevo desgranó su dulce risa en las oídos de Adán.
Más tarde, Adán la esperó en el sombrío paraje del cañón Taquitch, donde, desde la cima de una roca, contemplaba la lejana cascada.
La vio venir. El remendado traje de niña que llevaba ya no podía ocultar su precoz femineidad. Adán la contemplaba como un ser nuevo. La flexibilidad de su gracioso y bien tallado cuerpo, desde los veloces pies hasta el cabello rutilante, revelaba a gritos la verdad al solitario corazón de Adán. Éste vio en ella de pronto la realización de sus sueños. Las solitarias horas pasadas en las desoladas cimas, horas de espera y de contemplación, habían creado la imagen de una mujer, de una joven deslizándose en los áureos destellos del crepúsculo para desterrar eternamente su silencio y su soledad. Tantas veces habíalo soñado, que ahora creyó llegada la hora de la realización, infinitamente dulce para él, porque durante largos años había sufrido sed de belleza, adorándola siempre, pero en silenciosa y fatigante labor. La vio llegar, fresca como la espuma de la cascada, límpida como los vientos de las alturas, selvática como los cervatillos... ¡Juventud y alegría... belleza... vida!
Mas de pronto pareció sobrecogerle una intensa emoción casi de terror, de miedo a algo inconcebible en la naturaleza de ella. Una muchacha... una mujer... el misterio de todas las edades... la dadora de vida como el sol da calor... había venido hasta él, saliendo de las nubes o de las arenas del desierto, y lo inevitable de su venida era en cierto modo terrible.
Genia llegó a la gran roca en que Adán estaba sentado y, como una ardilla, trepó por la parte pina, para dejarse caer, jadeante, a su lado, apoyándose en sus rodillas.
—¡Oh, viejo Taquitch... aquí tienes otra joven india para robarla! —exclamó ella maliciosamente—. Mas antes de que me lleves contigo allá arriba... dame una zambullida en la cascada.
Toda su emoción y los pensamientos acumulados durante las últimas horas concentráronse en la mirada que fijó en ella.
Genia se echó a reír con risa argentina. Creyó que Adán estaba jugando, que hacía el papel de Taquitch, del dios de las alturas, y que la quería fascinar con sus penetrantes ojos.
—¡Mírame, oh Taquitch! —exclamó Genia, con pretendida solemnidad—. Soy Ula, la princesa de los coahuilas. He dejado la choza de mis padres. He visto brillar el sol en tu rostro, ¡oh dios de los relámpagos! ¡Y te amo, te amo con toda mi ardiente corazón de india! Iré contigo a los altos picos. Pero... no volverás a robar otra joven.
Adán apenas la oyó. Estaba embriagándose con su belleza, ahondando en la profundidad de sus ojos para buscar su alma.
—Wanny... ¿estás jugando? —preguntó Genia, trémula, al ver la intensa mirada de Adán, que su inocencia no comprendía.
Al mismo tiempo le estrechó la mano y Adán sintió una nueva emoción. Mirarla, contemplar su hermosura no era nada nuevo comparado con la sensación que producía el contacto de aquella carne suave y fresca, llena de vida y de calor. Del lento y penoso proceso mental surgió por fin la revelación: Adán se dio cuenta de que en él lo material iba sobreponiéndose al espíritu, y en tan desigual lucha comprendía el significado de la extraña sensación del peligro que implicaba la presencia de Genia. Radicaba el peligro en la sofisticación de su mente, no en la belleza de la muchacha. Él la deseaba de un modo natural, como se unían los pájaros de la selva. He ahí todo. Era como la sencillez de ella, inevitable como la misma vida y fiel con la Naturaleza. Mas un hecho tan sencillo tenía para él una enorme, una aturdida significación.
Rogando a Genia que descansara allí o que se divirtiese, Adán subió hacia el borde del cañón por encima de la cascada, y allí, entre las masas de rocas, se echó de bruces sobre el suelo.
No se atormentó mucho con la maravilla y el aturdimiento del hecho indubitable. Casi en seguida se dejó llevar por el convencionalismo acusador que le hizo ver lo vergonzoso de su deseo. Sin embargo, venció pronto el momento pasional, porque la acusación de su conciencia carecía del tono convincente de la verdad. Era su inocencia lo que se avergonzaba en él, el joven que cayó tan lamentablemente en aquellos aciagos días de Picacho, el que se incendió de pronto con la llama de la caballerosidad, del sentido del honor; el que se avergonzaba hasta de un daño inconsciente e imaginario a una muchacha. No era la filosofía del hombre del desierto comprendiendo claramente la Naturaleza y su inevitable conjunto.
—¡Paz... paz! —exclamó roncamente, como si quisiera desterrar un fantasma de su juventud—. ¡No soy una bestia... no soy un animal!
No, no lo era; era tan sólo un solitario caminante del desierto que había soñado muchas, muchas veces, ser novio, amante, marido de todas las mujeres hermosas del mundo, por su gran amor a la belleza, a la vida.
Y así, en sus sueños, la Naturaleza, como una pantera emboscada, habíase apoderado de él antes de que se diera cuenta. Ahora sí que deseaba a Genia, la deseaba con el intenso, y vehemente anhelo que falsamente había fingido ser amor y gloria a toda la naturaleza viviente. No era lo que había parecido; toda la ternura de hermano, el afecto paternal que Adán había sentido por Genia, eran emociones que desaparecían de pronto ante el dominante espíritu de la imperiosa llamada de la vida. Él era una criatura de atávicos instintos que el desierto había hecho más intensos. Ante la Naturaleza no era distinto del ave solitaria del desierto que buscaba su pareja. La ley de la Naturaleza no estaba equivocada, lo falso era el progreso de la civilización, que creó en él la rebelión contra tales instintos.
Cuando al fin logró desechar la vergüenza, justificando plenamente su hombría de bien frente a instintos sobre los que no tenía poder alguno, se aprestó a resistir la prueba.
Su vida en el desierto había sido un flujo y reflujo continuo de pasión y de lucha, y, al transcurrir los años, cada nuevo tumulto en el alma o en el corazón, cada nueva lucha contra los hombres o contra los elementos, había excedido en grandeza a la anterior. ¿No llegaría nunca el final? ¿Sería la presente prueba la última, la decisiva, ante la cual era preciso declararse vencido? ¡No, no, por todos los dioses, falsos o verdaderos, eso jamás sucedería! La instintiva reacción de Adán parecíase a la de un ser salvaje en cuyas venas hubiese sido inyectada alguna inmunización corriente de humanismo que golpease contra las temblorosas paredes arteriales para poner un dique a la inundación. Parecía un gigante atacado de fiebre.
En las puertas de su mente sonó una llamada: era la tentación. ¡La voz de la serpiente! Murmuraba al oído de Adán que él estaba solo en el desierto; que el amor le había hecho traición; que se le había negado la vida; que siendo un criminal, jamás olvidado por la justicia, nunca podría salir del páramo. Una muchacha huérfana de padre y madre, sin parientes ni conocidos, había sido confiada a él, él la había salvado. Sus afanes, la salud y el amor habíanla convertido en una belleza. Por todas las leves de la Naturaleza ella le pertenecía para alegarle la soledad y la tristeza de la vida en el desierto durante los grises años de su incierto porvenir. Inconscientemente, ella misma había dado pasos hacia su destino, tentándolo con su inocencia. Se convertiría en una mujer gloriosa... su dulce y fiera juventud correspondería a la labor en ella del desierto. ¿No eran todas las flores del desierto más vivas y más bellas? Genia sería suya de igual modo que el águila tenía su pareja, y jamás conocería otra vida. Ella sería la compensación de sus sufrimientos, la compañera de sus errantes pasos. ¡0h, la maravillosa luz de sus ojos oscuros, sus labios rojos, que pedían besos! ¿Qué le importaban a él el mundo y sus leyes? ¿Dónde estaba el Dios omnisapiente y omnipotente que se cuidaba de los desvalidos, de los desgraciados como él? La vida era la vida, y eso era lo importante. Era preciso vivirla, coger la preciosa joya antes de que fuese tarde. La vida podría ser eterna, pero no para él. No tardaría en llegar la hora en que la arena cubriría sus huesos calcinados, llenando las cuencas de sus ojos con que ahora admiraba la belleza del orbe. Genia era el regalo del Azar. ¡Una muchacha cuyo blanco cuerpo como un ópalo transparente, parecía filtrar los rayos del sol! ¡Una mujer!, el regalo supremo para, el hombre, la llama del amor y de la vida, lo más hermoso de todas las cosas breves, un sugestivo misterio para que el hombre lo acariciara, lo amara, lo retuviera siempre a su lado.
Y cuando ya la caída de Adán era inminente, cuando la catástrofe pendía sobre él como la enorme roca que amenazaba rodar desde la montaña al valle, su alma rebelóse contra la traidora tentación.
—¡No...! ¡No! —exclamó con fuerza—. No puede ser para mí.
Por fin, vio claro. El amor que había sentido siempre por Genia surgió de nuevo. Lo otro no era amor, por grande y natural que fuese su fuerza aterradora. Él era un proscrito y cualquier día podría prenderlo la justicia. Sería una locura atar aquella gozosa criatura a sus pasos errabundos, porque sólo podría resultar un eterno dolor para ella y un eterno remordimiento para él. Genia estaba tan llena de amor y de vida que hasta odiaba tener que dejar la soledad del desierto. Para ella, en su sencillez, él lo era todo. Mas aún era una niña, y cuando la colocase en un medio donde la juventud llamara a la juventud, donde hallase labor agradable, alegría, amor, él convertiríase en un recuerdo. Los besos de sus rojos labios no eran para él. La gloria de sus rutilantes rizos, la llama de sus ojos vivarachos, su aterciopelada carne de tonos áureos, eran creación de la Naturaleza, y ésta había de seguir sus inescrutables designios, su eterno progreso, dejándolo a él fuera. Su alegría por Genia debía quedar en el recuerdo de la joven cuando él volviese a hallarse solo en los desolados páramos. Ella le debería la vida y la felicidad. Niña, muchacha, mujer... tal vez algún olía esposa y madre, la alegría de un hombre feliz por la misma inevitable Naturaleza que le había torturado a él, y el recuerdo de ella sería el premio que Je acompañaría en las noches blancas bajo la solitaria luz estelar, porque él habría sido el creador de las sonrisas de ella y de los suyos. ¡Cuán: fiera y falsa había sido su lucha cuando, en realidad, él daría gustoso su vida para ahorrar a Genia un instante de dolor!
XXVII


CUANDO Adán regresó aquella tarde al campamento, con el cuerpo deshecho, pero tranquilo de mente, encontró allí a un viejo indio que le aguardaba. Genia había vuelto mucho antes y, sentada en la arena, mantenía una conversación difícil, pero animada, con el visitante.
Al ver aquel rostro curtido, (bronceado, cruzado por profundas arrugas, Adán sintió una punzada en el corazón. —¡Charley Yim! —exclamó, sorprendido pero contento.
—¿Cómo estar, Águila? —La voz profunda, el nombre familiar, aunque olvidado, la enjuta mano, dieron a Adán la certeza de que se trataba de su antiguo amigo.
—Charley Yim, el hombre blanco no ha olvidado a su amigo indio —repuso Adán.
—Águila no ser ya el mismo muchacho. Ser muy alto. Muchas lunas. Nieve en la montaña —dijo el indio, y una vaga sonrisa rompió las pétreas líneas de su rostro. Sus dedos tocaron el cabello blanco de los aladares de Adán.
—Ya no soy un muchacho, Charley Yim —replicó Adán—. El Águila tiene ahora plumas blancas.
Genia se echó a reír.
—¡Qué divertidos sois los dos viejos! Si sigo oyéndoos me creeré vieja también —dijo con protesta, escapándose. Charley Yim la siguió con mirada sombría y luego se volvió hacia Adán para interrogarle.
—¿La misma chica... hace tiempo estar aquí... hija del hombre enfermo? —preguntó, indicando con la mano la altura de la niña cuando la conoció, y se llevó ambas manos al pecho, para expresar que su padre había sufrido de los pulmones.
—Sí, Charley Yim. Era su padre. Su madre murió también —contestó Adán, señalando las dos tumbas.
—¡Uf! No vivir bien. No curar... Águila, hombre enfermo tener hermano... estar muerto. Yim encontrarlo. Buscar oro, no tener agua... morir... Yim encontrar muchos huesos.
Así supo Adán la trágica historia del tío de Genia. Charley Yim continuó explicándola con más detalles, pero con las mismas frases breves, en su propio idioma. Hacía algunos meses había encontrado el equipo del minero y un montón de trapos y huesos medio enterrados en la arena, en un valle al otro lado de las montañas Cottonwood. Reconoció el equipo del hombre como propiedad de Linwood, el enfermo que vivía en el oasis. Había conocido a los dos hermanos. Adán sabía que podía fiarse de la memoria del indio. El tío de Genia sufrió el fin de muchos buscadores de oro. La tragedia de siempre... la muerte por la sed. Al escuchar el relato del indio se estremeció, recordando que él mismo había estado a punto de perecer de la misma manera. Charley Yim traía algunas corsas que encontró junto al muerto y Adán las examinó. Una de ellas era una hebilla de plata, de cinturón, de forma rara, que seguramente reconocería Genia. Adán la llamó, entregándole el objeto.
—Genia, ¿conoces esto? —preguntó.
—Sí —contestó la muchacha, sorprendida—. Era de mi padre. Se la regaló a mi tío.
Adán asintió, diciendo al indio:
—Charley Yim, tenías razón.
—¡Oh, Wanny! —exclamó Genia, apenada.
—Sí, Genia —repuso Adán—. Ahora ya lo sabemos. Tu tío no volverá nunca.
Con la hebilla en la mano se dirigió la joven lentamente hacia las tumbas de sus padres.
Charley Yim montó su jaca para marcharse.
—Di, amigo, ¿qué hay de Oella? —preguntó Adán. El indio le contempló con mirada sombría, alzando luego la mano para ponerla sobre el corazón.
—Oella, muerta —contestó con voz profunda, dirigiendo después una mirada hacia la llanura infinita. Adán interpretó bien el ademán del indio. Oella había muerto descorazonada.
Y se quedó en la linde del oasis, aturdido, mientras su viejo amigo el indio disponíase a cruzar el valle para ir al campamento de los coahuila. La noticia de que la linda Oella, la india de rostro tranquilo y serena expresión en los ojos había muerto de amor, le conmovió profundamente. Ella le había amado a él, un hombre desconocido, de distinta raza, y cuando se marchó, la vida llegó a serle intolerable. Otro misterio de los páramos solitarios y monótonos. Adán volvió a estremecerse.
Cuando volvió un poco más tarde al lado de Genia, dijo a ésta, sencillamente:
—Tan pronto como halle los burros, nos prepararemos para emprender la marcha.
—¡No! —exclamó ella, con un relámpago en la mirada.
—Sí. Voy a llevarte de aquí para buscarte un hogar.
—¿De veras? —preguntó Genia con anhelo.
—Sí, Genia; ya sabemos que tu tío ha muerto. Ha llegado, pues, la hora. Partiremos a la salida del sol.
La muchacha olvidó instantáneamente sus sueños del día anterior, saltó al cuello de Adán y le besó con efusión, ciñéndose a él en su loca alegría.
—¡No hagas esto... qué niña eres, Genia! —dijo Adán roncamente, desasiéndose de ella.
Dolióle la alegría que la muchacha mostró al saber que iba a dejar el oasis que había sido su hogar durante tantos años. ¡Veleidades de la juventud! Ayer aún deseaba vivir eternamente en el mismo lugar y hoy no resistía a la atracción de la nueva vida en la ciudad. Mas, en realidad, era lo que Adán había esperado, lo que deseaba para ella. ¡Cuán bien había visto su porvenir! ¡Con cuánta exactitud había leído en su inocente corazón cuando tan desesperadamente reprimió sus propios egoístas deseos! ¡No era poco haberse vencido a sí mismo y ser la causa de la felicidad de una huérfana!
Los burros de Adán habíanse tornado grises durante los años de vagancia y bienestar que pasaron en el oasis, como los «corredores de caminos», gozaban de la proximidad del campamento, y Adán los halló hinchados y medio dormidos. Los hizo encaminarse hacia la sombra de los álamos, donde Genia, viendo la última y definitiva prueba de la próxima marcha, empezó a bailar alocadamente.
—Genia, ahorra tus fuerzas —la reconvino Adán—; tendrás que caminar durante algunos días, subir a pie la montaña hasta que yo pueda comprar otro burro; estos dos sólo podrán llevar la carga.
—¡Oh, Wanny, volaré! —exclamó la muchacha.
—¡Hum! Creo más bien que volarás cuando te vea el primer joven, guapo que encontremos... Una muchacha de tus años con esos harapos de hombre...
Genia se puso roja como la grana al oírle hablar de este modo.
—Pero..., Wanny..., tú no permitirás... que ningún joven me vea... así —suplicó Genia.
—¿Cómo podré evitarlo? Tú no quisiste hacerte vestidos, no te gustaba coser y ahora tocas las consecuencias. Encontraremos muchos jóvenes y... Genia, ayer dijiste que no te importaba nada como te viera yo.
—Pero... tú eres distinto. Tú eres mi padre, mi hermano, mi viejo Taquitch, todo todo...
—Gracias, Genia. Eso me consuela un poco.
La muchacha le miró de pronto atentamente, un poco pensativa.
—¡Wanny! ¡A ti te disgusta alejarte de aquí!
—Sí —repuso Adán con tristeza.
—Entonces, me quedaré... si tú me quieres para siempre —dijo Genia muy bajo, poniéndose pálida. Era aún una niña, mas estaba muy cerca de ser mujer.
—Mira, Genia, estoy triste porque nos vamos de aquí, pero al mismo tiempo, me alegro. Lo que más deseo es verte colocada en un hogar feliz, con un guardián que cuide de ti, y gente joven que te rodee, y que tengas cuanto quieras.
Genia mostrábase ahora serena, y Adán comprendió que la muchacha había reflexionado con más seriedad de la que él creíala capaz.
—Wanny, eres muy bueno y tu bondad hace imaginarte todo eso. ¿Cómo puedo tener un hogar feliz y todo cuanto desee, si soy pobre? Habré de trabajar para vivir y no te tendré a ti.
—¿Tú, pobre? ¡Ah, Genia Linwood, tengo para ti una bonita sorpresa! —exclamó Adán, al ver que la muchacha estaba a punto de llorar, cogiéndola de la mano.
La llevó a la choza y allí se puso a arrancar las tablas del suelo; después excavó la tierra y empezó a extraer un saquito de oro tras otro, dejándolos caer pesadamente al suelo, a los pies de la muchacha.
—Esto es oro, Genia, oro. Y todo es tuyo... eres rica. Tu padre lo ha reunido para ti. No sé cuánto valdrá, pero es una fortuna... ¿Qué dices ahora?
El éxtasis que Adán esperaba no se manifestó. Genia parecía satisfecha, pero no comprendía el verdadero alcance de su fortuna.
—¡Y tú nunca me dijiste nada! ¡Por vida de...! ¿De modo que soy rica?... Wanny, ¿quieres ser mi guardián?
—Lo seré hasta que te encuentre otro mejor —repuso Adán gravemente.
—¡Oh, no lo busques... así tendré todo lo que deseo! La última noche estrellada, la última salida del sol en el oasis, ya no eran sino bellos recuerdos para Adán y Genia.
Adán, guiando los burros por el viejo sendero indio, meditó sobre el inevitable fin de todas las corsas. Durante casi tres años había visto día tras día aquel sendero siempre había pensado en la lejana hora en que emprendería la subida con Genia. La hora había llegado. Genia, con el ligero andar de los indios, iba tras él, ora charlando como una cotorra, ora extrañamente silenciosa.
—Fíjate, Genia, qué gris y seco está el cañón —dijo Adán tratando de distraerla un poco—. No hay sino muy poca agua en aquel cauce y bien sabes que no llega siquiera al valle, puesto que la arena 1o absorbe..., y ahora mira hacia arriba, hacia aquellos picos... ¿Ves aquellas líneas blancas y aquellas otras oscuras? Pues lo uno es la nieve, y lo otro, bosques de pinos y de abetos.
En el borde de un bosque de pinos acamparon, antojándoseles a los habitantes del desierto dulce y balsámico el aire. El viento cantaba una distinta melodía en las copas de los pinos que en los mezquites del desierto. Adán descargó los burros y los dejó sueltos, seguro de que no se alejarían de la rica y sabrosa hierba. Genia, cansada de la larga ascensión, se dejó caer sobre los sacos.
Adán se felicitó por haber traído dos mantas más para Genia, porque ésta nunca había estado en regiones frías, y cuando se hizo de noche y se levantó el viento, fue preciso abrigarla mucho para que no tuviese frío. A Adán le gustaba el aire fresco y sentir el calor de la fogata junto a la cual hallábase echado.
A la mañana siguiente el cielo estaba encapotado y un aire glacial soplaba desde la montaña. Genia salió de entre sus mantas, hallándose por primera vez en un ambiente invernal. Cuando metió las manos en el agua, dio un grito, secándoselas rápidamente. Mas cuando vio que Adán se reía de ella, sacó fuerzas de flaqueza y procedió a hacer valerosamente sus abluciones en el agua helada.
Adán no tenía pensado ningún destino particular hacia dónde dirigirse. Prefería dejarse guiar por las circunstancias o por su viejo instinto de caminante, en lo cual hallaba extraña satisfacción.
Caminaron lentamente, cruzando las estribaciones del oeste de la Sierra Madre, donde hallaron senderos fáciles y buenos lugares para acampar. De vez en vez encontraban algunos indios. Al cabo de seis días de haber partido del oasis del desierto, dieron con un camino de herradura que los llevó, montaña abajo, a una hermosa región de suaves y verdeantes colinas y valles encantadores, donde crecían abundantes grupos de encinas y robles y había algún que otro rancho.
Así continuaron su viaje. El terreno era cada vez menos abrupto y algunos sitios tenían el aspecto de formar parte de extensas haciendas, un día hogar de Grandes de España. En las últimas horas de cierta tarde llegaron a la vista de Santa Isabel, Adán se desvió de la carretera real en busca de un sitio donde acampar y, al pasar la vaguada de dos colinas, llegó a un pequeño valle lleno de grupos de robles y con el suelo arado. Vio ganado caballar y vacuno y, por fin, una granja con un edificio bajo y pintoresco, construído de adobe y cubierto de vid, con ese estilo peculiar de las casas construidas en otro tiempo por los españoles cuando ocuparon aquella región. Adán dirigió sus pasos hacia la casa, muy escondida entre los robles y la vid que trepaba por ella, y a poco topó con una escena cuyo encanto alegraba raras veces los ojos de un caminante del desierto. En un lugar herboso, debajo de unos robles, había unos niños que cesaron en sus juegos al ver a Adán, corriendo uno de ellos hacia la puerta abierta de la casa. En todas partes veíanse palomos, conejos grises y patos. Una columna de humo azul subía lentamente de la chimenea.
Antes de que Adán llegara a la puerta salió de ella una mujer y, agarrado a su falda, un chiquillo. Tenía aspecto de mujer de ranchero que había realizado dura labor, y aparentaba unos cuarenta años. Sus facciones serias inspiraban, no obstante, confianza. Adán la miró atentamente, mas sin darlo a entender; deseaba informarse de las personas, ahora que había entrado en las regiones civilizadas, donde esperaba encontrar un hogar para Genia.
—Buenas tardes, señora —dijo—. ¿Me permite usted acampar aquí, cerca de los robles?
—Buenas tardes, señor —respondió la mujer—. Sea usted bien venido. Sin embargo, le advierto que se halla usted a una milla escasa de Santa Isabel, donde encontraría una buena fonda.
—Tiempo hay de ir allí mañana o pasado —repuso Adán—. El caso es, señora, que no estoy solo. Me acompaña una muchacha. Venimos del desierto y quisiera que... deseo antes comprar para ella vestidos adecuados.
La mujer se echó a reír con simpatía.
—¿Se trata acaso de su hija? —preguntó interesada.
—No, ni siquiera es parienta mía. 1o... conocí a su madre, que murió en el desierto.
—Pues bien, señor, le brindo mi casa por esta noche.
—Muchas gracias, pero no quisiera molestarla. El sitio de los robles es agradable; estaremos muy bien allí.
—¿Vienen de lejos? —preguntó la mujer, cuya mirada estudiaba a Adán.
—Sí, desde muy lejos, tratándose de Genia. Hemos tardado diez días en cruzar la montaña.
—¿Les gustaría huevos y leche para cenar?
—¡Señora, ya lo creo! —repuso Adán con efusión—. La pobre Genia, cansada de la comida que se puede tener en el desierto, se alegrará mucho.
—Iré a buscarlo, o mejor, se lo mandaré por mi hijo —respondió la granjera.
Adán regresó pensativo hacia el bosquecillo de robles donde había decidido acampar. La bondad de la mujer, la simpatía que se leía en sus ojos, le daban casi la seguridad de que era la persona a cuyo cuidado podría confiar la suerte de Genia. Era ahora su deber buscar ahincadamente tal persona, aunque Adán sabía que no era fácil hallarla. Por de pronto, pensó callarse que Genia poseía cierta fortuna, y asimismo habíaselo dicho a la muchacha.
Genia parecía cansada y muy contenta de estar sentada sobre la verde hierba.
—Estoy cansada, más tarde te ayudaré —dijo la muchacha—. ¿Verdad, Wanny, que el sitio es muy lindo? Me gusta estar sentada sobre la fresca hierba, cuya fragancia es tan agradable. ¿A quién has visto en la casa?
—A unos chiquillos y a una mujer muy simpática —repuso Adán, callándose lo de la leche y los huevos de la cena, para darle después una sorpresa.
Cuando la cena estuvo preparada y sólo faltaban la leche y los huevos, Adán fue a buscar más leña para la fogata. Poco tardó en regresar, con un enorme haz de leña al hombro, al campamento, y cuando llegó vio junto a la fogata a un muchacho simpático, alto, descubierto, en mangas de camisa, sosteniendo un enorme cazo de leche, tan lleno que rebosaba los bordes. En el brazo llevaba una red llena de huevos. Le costó hacer un esfuerzo de equilibrio para dejar los huevos en el suelo.
—Oye, tú, Juanito, ¿dónde pongo la leche? —exclamó el muchacho alegremente.
Adán quedó sorprendido al ver que Genia trataba de ocultarse detrás del equipaje; lo logró, excepto la cabeza, en la que llevaba una gorra vieja con la que tenía más apariencia de chico que nunca.
—No me llamo Juanito —respondió Genia vivamente. El muchacho se quedó perplejo, probablemente más por el tono de la voz de Genia que por lo que ésta dijera. Después se echó a reír. A Adán le gustó su franca risa.
—Pepito, pues... Ven a buscar la leche —repitió el muchacho.
Genia guardó silencio, mirándole fijamente por encima del equipaje.
—Oye, simplón —siguió el muchacho—, no puedo quedarme aquí toda la noche. Mi madre necesita el cazo... Pero ¿es que estás sordo, chico? ¡Oye, oye, simplón, que no te voy a comer!
—¿Cómo te atreves a llamarme simplón? —exclamó Genia con cólera.
—¡Qué me aspen si te entiendo! ¡Hay que oír al niño! Pues si no te das prisa verás lo que te diré en un minuto.
Genia quitóse rápidamente la gorra y se puso en pie. Así, con la cara descubierta, los ojos llameantes y los rizos, que no llevaba ningún muchacho, su aspecto era muy distinto.
—¡No soy un chico! ¡Soy una señorita! —declaró Genia, furiosa e indignada.
—¿Qué? —dijo jadeante el muchacho y, asombrado, dejó caer el cazo de la leche, apagando casi el fuego.
—¡Hola! ¿Qué pasa aquí? —preguntó Adán saliendo de entre los árboles.
—Yo... pues... se me cayó la leche que me mandó traer mi madre —repuso el chico, aturdido.
—Malo, malo... ¡Lástima!... ¿Cómo te llamas?
—Eugenio, señor. Eugenio Blair.
—Muy bien, Eugenio Blair. Yo me llamo Wansfeld y me complace conocerte —dijo Adán brindándole la mano—. Y ahora permite que te presente a la señorita Eugenia Linwood.
Lo único que hizo Genia en su primera presentación fue desaparecer lentamente detrás del equipaje. Adán gozó con la expresión del rostro de la muchacha. En cuanto al joven, que aparentaba tener unos veinte años, se mostraba aturdido y perplejo.
—Mucho gusto... en conocerla..., señorita... Linwood —balbuceó—. Haga el favor de perdonarme. Madre no me dijo que hubiese... una señorita aquí. Y usted... pues la tomé por un chico.
—Bien, bien, muchacho —le interrumpió bondadosamente Adán—. En efecto, Genia parece así un chico; yo mismo se lo he dicho.
—Si me lo permite... iré por más leche —respondió el joven y, cogiendo el cazo, se marchó apresuradamente.
—Bien, señorita Marisabidilla —exclamó Adán burlonamente, riéndose—, ¿qué te dije? ¿No te advertí que tardaríamos poco en encontrar algún joven simpático?
—¿Verdad que... no me ha visto toda? —preguntó Genia con trágica voz.
—¡Cómo! ¡Pero si cualquier chico con buenos ojos ve a través del equipaje! —declaró Adán.
—Me ha llamado simplón —exclamó de pronto Genia, muy resentida—. ¡Simplón!... El primer joven que he encontrado en mi vida.
—¿Y por qué no te había de llamar así? No hay ofensa en ello; además, tan pronto como descubrió su error, te pidió perdón.
—Le odio —dijo Genia—. Prefiero morir de hambre antes que comer nada de lo que traiga.
Y se marchó corriendo hacia el espeso seto para ocultarse.
Adán acababa de ver a Genia bajo un aspecto nuevo para él, lo cual le divirtió bastante, pero la vio desaparecer no sin cierto sentimiento, porque las reacciones femeninas le desconcertaban; no las entendía.
El joven Blair tardó poco en regresar con un cazo lleno de leche y con mucho más dominio sobre sí mismo. No viendo a Genia, se dio por advertido, volviendo a marcharse en seguida.
—¡Vente después de la cena! —exclamó Adán al ver que se iba.
—¡Muy bien! —respondió desde lejos el joven. Adán terminó de hacer la cena en breves momentos e invitó alegremente a Genia, la cual se acercó de mala gana, mirando constantemente en dirección a la casa. Adán le sirvió la cena en silencio, sin omitir varios excelentes huevos fritos y un buen vaso de leche. Genia olvidó o desdeñó magnánimamente sus anteriores palabras, comió con gran apetito y pidió más. Con todo, no era en aquel momento la alegre y frívola Genia de antes.
—¿Por qué le dijiste que volviese? —preguntó.
—Quiero hablar con él. ¿Tú no? —repuso Adán con aire inocente.
—¿Yo?... ¿Habiéndome llamado simplón?
—Genia, sé razonable. Son gentes muy simpáticas. Creo que acamparemos aquí dos o tres días. Así descansaremos y podré orientarme un poco.
—¡Orientarte!... ¿Y de mí... qué será? —preguntó Genia.
—Tú puedes cuidarte del campamento. Espero que el joven Blair olvidará tu brusquedad y te hará compañía. Genia miró a Adán con mirada furibunda; estaba a punto de echarse a llorar.
—No creí... que pudieras ser... tan cruel conmigo.
—¿Cómo? Genia, la verdad, casi me avergüenzo de ti. No ha pasado nada. El chico se equivocó y, oyéndote a ti, cualquiera se figuraría que ha sucedido una tragedia. Todo porque de pronto te has dado cuenta de que vas vestida de chico. Te está bien empleado; tú lo quisiste. Nunca te importó que yo te viera de cualquier modo.
—Ni me importa que me haya visto ni me pueda ver ése, para que lo sepas —declaró Genia enigmáticamente.
—Entonces... ¿qué sucede? —preguntó Adán, más curioso que nunca.
—Es por lo que me ha llamado —repuso Genia, toda confusa.
Adán la miró atentamente, intuyendo que la muchacha no le decía la verdad.
—Genia, ya sabes que me gusta la broma, pero ahora, en serio: desea que te muestres absolutamente natural con la familia Blair y con cualquiera que lleguemos a conocer.
Al parecer, Genia tomó muy en serio sus advertencias, porque cogió sus mantas y la lona, alejándose de la fogata, se preparó el lecho y se acostó.
Media hora más tarde presentóse el joven Blair y, al ruego de Adán, se acomodó junto al fuego.
—Supongo que aquí os dedicaréis a la ganadería —dijo Adán para empezar la conversación.
—Propiamente dicha, aún no, pero tenemos esperanzas. Madre y yo llevamos el rancho. Mi padre... está fuera.
—Parece buena tierra. Agua en abundancia y buena hierba para el ganado.
—La mejor tierra de todos las valles de por aquí —declaró con entusiasmo el joven—. La gente la va comprando. Hay otro valle muy cerca, de unos cien acres... ¡si yo pudiera tenerlo...! Pero no tengo suerte.
—Eso nunca se sabe, joven —repuso Adán—. ¿Dices que vienen muchos ganaderos a esta región?
—Sí. San Diego está aumentando rápidamente de población. La gente compra a los indios y a los mejicanos todos los terrenos que quieran venderles. Dentro de pocos años cualquier ranchero de estos valles será rico.
—¿Cuánto terreno tenéis?
—Madre compró esta pequeña hacienda... unos diez acres, y el valle, que tiene noventa. Pero mi padre... pues perdimos el valle. Sin embargo, nos ganamos la vida aquí.
Adán, a quien el muchacho y su madre habían sido muy simpáticos, adivinó que algo concerniente al padre de aquél era de recuerdo desagradable y amargo. Continuó haciendo otras preguntas acerca del rancho y, al cabo de media hora, se afirmó su simpatía por el joven.
—Pues para ser hijo de un ranchero tienes buena educación —observó al final.
—He ido al colegio hasta los dieciséis años. Vinimos de Vincennes, del Estado de Indiana. A mi padre le cogió la fiebre del oro. Madre y yo preferimos un modo más seguro de ganarnos la vida.
—Entonces, ¿te gusta la ganadería?
—Sí, mucho; me gustaría ser un verdadero ganadero. No sólo podría ganar dinero criando caballos y ganado vacuno en gran escala, sino disfrutar de la vida al aire libre, que me seduce. ¡Siempre! en el campo!... Bien es verdad que ahora ya me paso la vida al aire libre, pero, por mi madre y por los pequeños, me gustaría que las cosas fuesen mejor.
—Ya he visto a tus hermanitos y me han sido muy simpáticos. Cuéntame algo de ellos.
—Poco hay que decir. Son unos pequeños salvajes. Tomasín tiene tres años; Betty, cuatro, y Ralf, cinco. Ralf tenía pocos meses cuando vinimos aquí, al Oeste, y el viaje fue demasiado duro para él, por lo que quedó delicado. Ahora va mejorando poca a poco.
—Tenéis bastante familia. ¿Cómo vais a educar a los niños?
—Ese es precisamente nuestro problema. Madre y yo no podemos hacer otra cosa que ir pasando... Tal vez nos sea posible mandarlos al colegio de San Diego.
—¿Cuándo llegue vuestro barco?4
—Sí, siempre lo estoy esperando, par más que me gustaría que mi barco saliese antes, a fin de que pudiera volver con un buen cargamento.
—Es verdad; si espera uno que arribe su buque, a veces no llega nunca —dijo Adán.
—Supongo que ustedes se pondrán mañana temprano en marcha, ¿verdad? —preguntó Blair levantándose.
—Me parece que no nos marcharemos aún. Genia está cansada y a mí tampoco me vendría mal el reposo. Espero, pues, verte de nuevo.
—Muchas gracias. Buenas noches.
Cuando el joven se hubo marchado, Adán paseó un rato por la linde del bosquecillo de robles. A la luz de la fogata vio el brillo de los ojos de Genia. Había oído toda su conversación con el joven Blair. Adán sintió compasión por 1a muchacha. Hallábase ante una vida nueva y estaba aturdida. ¿Cómo podría ayudarla para que sufriese menos?
A la mañana siguiente, cuando volvió de un breve paseo, Adán vio que Genia estaba trabajando junto a la fogata. La niña le saludó con inusitada alegría; hacía un esfuerzo heroico para demostrar que encontraba la situación absolutamente natural. Fingió bien, pero Adán comprendió que la muchacha se veía al borde de grandes y trascendentales sucesos.
Después de desayunarse rogóle que le acompañase a casa de los Blair. Genia consintió, pero sus pasos eran tardos y carecían en cierto modo de su acostumbrada ligereza y gracia. Las niñas miraron a los forasteros con gran interés. Genia se acercó, ofreciendo columpiar a Betty, que se hallaba sentada en una especie de hamaca. Adán, viendo que la madre de los niños estaba a la puerta, se dirigió a ella.
—Buenos días, señora Blair —dijo—. Hemos venido para charlar un rato y conocer a sus pequeños.
Ella le saludó sonriendo, y salió del jardín frotándose las manos en el delantal.
—Dios sabe cuánto nos complace su visita. Eugenio ha ido a trabajar. ¿Quiere sentarse en este banco?
Al sentarse junto a Adán, la señora vio a Genia.
—¡Dios mío! ¿Es ésa la chica que va vestida de muchacho? Eugenio me contó lo estúpido que fié anoche... ¡Qué linda es! ¡Cómo le brilla el cabello!
—Sí, ésa es Genia; deseo que la conozca, y después, querida señora, acaso consienta usted en dar algunos consejos a este habitante del desierto.
Adán llamó a Genia y ésta acudió en seguida, mostrando, sin embargo, gran timidez. A pesar de sus harapos, Adán se sentía orgulloso de ella. La bondad de la señora calmó inmediatamente la ansiedad de la joven, y después de un rato de charla, Adán le rogó que volviese a jugar con los niños.
—¡No es de extrañar que Eugenio dejara caer el cazo! —exclamó la madre del muchacho.
—¿Por qué? —preguntó Adán, sorprendido.
—Esa muchacha es más que hermosa, es divina. Nunca he visto pelo igual. ¡Y qué ojos!...
—Es la influencia del desierto, señora. Allí la Naturaleza hace los colores, lo mismo que la vida, más intensos. —Y esta Genia (qué casualidad que sea tocaya de mi chico) ¿no es parienta de usted?
Adán refirió en breves palabras la historia de los padres de Genia y las circunstancias que le unieron a ella.
—¡Válgame Dios! ¡Pobre niña! ¿Y ahora está sin Negar, no tiene más amigo que usted?
—Nadie, señora. Es muy triste.
—¿Triste? Es mucho peor aún. Sin embargo, me parece, señor Wansfeld, que usted lo es todo para ella. Como madre, permítame decirle que ha realizado usted una hermosa acción dedicándole tres años de su vida.
—También fié conveniente para mí. Mucho más que todo cuanto hice antes —repuso Adán seriamente—. Y si pudiese, continuaría velando por ella. Pero Genia necesita un hogar, gente joven que la rodee, trabajo con que distraerse, es preciso que aprenda y que viva su vida. Yo... yo he de volver al desierto.
—¡Ah!, ¿sí? —exclamó la señora—. Mi marido decía lo mismo. También le atrajo el desierto... Lo vendió todo para tener dinero con que explotar sus yacimientos de oro. Volvió al desierto una _v otra vez... Ya nunca más regresará.
—Es verdad, el desierto atrae a los hombres, pero yo sacrificaría todo lo que significa el desierto para mí, por Genia... si no hubiera razones que lo impidiesen.
—¿Y busca usted ahora, una casa para ella?
—Sí.
—¿Dice usted que tiene buena educación?
—Su madre fue maestra de escuela y la educó bien.
—Entonces podría enseñar a mis hijos... Qué extraña es la vida, ¿verdad? También mi Betty puede quedarse huérfana.
—Ahora, una súplica, señora —dijo Adán—. ¿Quiere usted acompañar a Genia a la ciudad para ayudarla a comprar unos vestidos? Unos cuantos trajes sencillos y otras cosas que le harían falta. Yo no entiendo de eso, y Genia, muy poco. Es necesario que una mujer experta vaya con ella.
—La acompañaré muy gustosa —declaró la señora Blair—. Yo también tengo que ir a... —De pronto se dio un golpe en la frente—. ¡Tengo una idea mejor! En la tienda de Santa Isabel no hay gran cosa, pero un vecino mío que vive en la otra parte del valle y que se llama Hunt, tiene una nieta. Son de la ciudad. Antes ocupaban una gran posición. Su nieta tiene más edad que Genia, es más mujer, y hace días nos dijo que tenía un montón de vestidos que le venían estrechos y que deseaba deshacerse de ellos. Todos sus trajes son buenos, muy elegantes; no como los que se pueden comprar aquí... Voy a llevar en seguida a Genia.
La señora Blair se levantó, desatándose el delantal. Su rostro irradiaba bondad y satisfacción.
—Es usted muy buena —dijo Adán, muy agradecido—. Será mejor para Genia, porque la aterra el asunto de los trajes y tener que ir a la población... Puede usted —decir a la señorita Hunt que gustosamente pagaré...
—¡Cállese, por favor! No aceptaría su dinero. Es una mujer noble, de buena estirpe, como le he dicho. Y no se llama Hunt. No recuerdo su apellido, su nombre es Ruth...
¡Ruth! La inopinada mención de aquel nombre atravesó a Adán como una daga, dejándole una extraña, inexplicable sensación.
—Ahora mismo vuelvo —dijo la buena mujer, desapareciendo en la casa.
Adán llamó a Genia y le explicó lo que sucedía. La joven se puso muy contenta.
—¡Oh Wanny! Entonces, no tendré que ir a la ciudad..., no seré el hazmerreír de la gente... y podré vestirme como una señorita..., antes de que él vuelva a verme —exclamó, casi sin aliento.
—¿Él? ¿Y quién es él, Genia? —preguntó Adán maliciosamente.
Aunque la muchacha había vivido toda la vida en el desierto, era lo suficientemente femenina para darse cuenta del error cometido y sonrojarse con gracia.
A poco volvió al campamento, muy aliviado y complacido, descubriendo, sin embargo, que le asaltaban pensamientos poco agradables. Tumbóse a la bartola junto a los robles y, al mediodía, medio dormido, le espabiló la gritería de los chiquillos. Uno de ellos se aproximó al campamento, diciéndole:
—Oye, tú, dice mi mamá que vengas a comer con nosotros.
Adán se puso de pie de, un salto y acompañó al niño a casa de su madre. Vio, que la señora estaba en la cocina, y ya iba a dirigirse allí cuando, de pronto, una forma blanca se precipitó sobre él.
—¡Mírame! —dijo la forma blanca, en un rapto de entusiasmo, bailando ante sus asombrados ojos.
Era Genia vestida de blanco, con zapatos blancos y blanco el rostro, extrañamente transformada. Era una Genia que Adán no supo reconocer. Excepto su cabello y sus ojos, vivos como el corazón de la flor del magenta cacto, su estatura, su forma y sus movimientos, todo, había adquirido algo sutilmente femenino.
—¡Oh Wanny, tengo la mar de vestidos! —exclamó la muchacha, loca de alegría—. Y me he puesto éste para complacerte.
—¿Para complacerme? Hija mía, no sabes cómo me alegra todo eso —dijo, Adán, bendiciendo interiormente al ignorado espíritu que le inspiró el día en que la suerte y el porvenir de Genia dependieron de tan poco. ¡Qué victoria la suya, reflejada ahora en la luz del adorable rostro de Genia!
En aquel momento entró la señora Blair, y era fácil advertir que la alegría de los demás conmovíala.
—Me alegro de que en mi casa sea costumbre servir la comida al mediodía —dijo, colocando plato tras plato sobre la mesa—, de otro modo poco podría ofrecerles. Siéntense, hagan el favor. Vosotros, niños, tendréis que esperar. Ahora vendrá Eugenio.
Adán se halló sentado frente a Genia, la cual perdió de pronto la intensidad de su alegría, suavizándola. Adán la observaba atentamente, diciéndose que algo extraño le sucedía. Después entró el joven Blair, bien aseado y compuesto, y si algo insólito le ocurría a Genia, a Eugenio Blair ya le había sucedido antes.
—Vengan, sírvanse y coman —dijo la señora.
Adán se dispuso a hacerlo. ¡Qué comida tan feliz para él! Comió con la gula del hombre del desierto, largo tiempo sometido a la torta de harina y al tocino frito. Sin embargo, no dejó de escuchar atentamente lo que decía la señora Blair y de ver lo que hacían Eugenio y Genia. La madre también miraba con frecuencia a la joven pareja y, aparentemente, pensaba en cosas más importantes de lo que dejaba traslucir su conversación.
—Bueno, si han comido ustedes suficiente, vamos a llamar a los pequeños —dijo a poco.
Eugenio se levantó, solícito.
—Vámonos afuera —dijo, mirando de soslayo a Genia. Adán sentóse en un banco y, poco después, la señora se reunió a él. En su rostro se advertía que acababa de tomar una decisión.
—Señor Wansfeld —dijo—, si usted lo consiente, ofrezco a Genia que comparta nuestro hogar.
—¿Si lo consiento?... ¡Ya lo creo! —exclamó Adán—. Es usted muy buena, señora. No sé cómo agradecérselo..., es esto tan inesperado...
—Así sucede a veces —repuso ella—. En seguida simpaticé con Genia, y mi chico, también. Cuando volvimos de la casa Hunt, le pregunté si le parecía bien que Genia se quedase con nosotros. Somos pobres y ella es una más que alimentar y vestir, pero puede ayudar enseñando a los pequeños. Esto sería muy importante para nosotros. Me contestó mi hijo que le complacería mucho; así es que, después de reflexionar, he decidido ofrecerle nuestra casa. Dime, Genia, ¿quieres quedarte con nosotros?
—Yo... seré feliz aquí..., trabajaré —balbuceó la muchacha, emocionada.
—Pues ya está resuelto. Hija mía, procuraremos que seas feliz con nosotros —dijo la señora abrazando a Genia.
La felicidad que sentía Adán era tan intensa que casi le causaba dolor. Mas... ¿,era felicidad todo lo que sentía? ¿Qué significó la rápida mirada de Genia cuando la señora Blair dijo que el asunto estaba resuelto? Genia vio de pronto que la separaban para siempre del hombre que había sido para ella su salvador, su padre, su hermano, todo. Una rápida mirada, y la muchacha perdióse nuevamente en la idea de tener por fin un hogar. Adán vio que Eugenio la observaba mientras la abrazaba su madre. Y el corazón de Adán ensanchóse de pronto. ¡La juventud, para la juventud! ¡Maravillosa atracción! Por una feliz casualidad! del la vida, los pasos de la pobre huérfana habían sido guiados hacia una buena mujer y un hombre noble.
—Eugenio, llévatela y enséñale los caballos —dijo la señora, al ver la intensa emoción de Genia—. Me ha dicho que le gustan los caballos. Llévala a verlo todo. Hoy no hay que trabajar.
La señora Blair siguió hablando con Adán para conocer mejor a Genia, confiándole sus propios y prácticos planes. Después se marchó para cuidar de los pequeños, a los que había olvidado, en la agitación del momento.
Adán se quedó sentado en el banco, entregado a las más felices meditaciones. Los excelentes Blair no sabían que al ofrecer su hogar a Genia, debido a la bondad de sus corazones, habían alcanzado al mismo tiempo la prosperidad. Ellos eran pobres, pero Genia era rica. Estaban decididos a partir con la huérfana lo poca que tenían, sin pensar en si Genia podía partir algo con ellos. Adán decidió comprar los noventa acres de un valle y los cien del otro, y también caballos, ganado vacuno y todos los utensilios y aparatos necesarios para una buena hacienda. Genia, inocente y aturdida niña, había olvidado por completo que era rica. Al día siguiente, Adán tomaría el caballo de Eugenio e iría a Santa Isabel y a San Diego. Era preciso invertir bien el resto del oro de Genia, y encontrar un Banco serio y una persona de responsabilidad que pudiese cuidarse de sus intereses. A ella le parecería todo un cuento de hadas, y la señora Blair se quedaría asombrada y contenta. En cuanto al joven, ningún oro del mundo podría aumentar para él los encantos de Genia. Se amaban. Adán lo había visto en sus ojos. Eugenio dirigiría la maravillosa hacienda que tanto anhelara. Por primera vez comprendió Adán el valor del oro. Rendiría allí áureos frutos.
Soñando así el porvenir de Genia, sólo se dio vagamente cuenta de voces y pasos que se aproximaban, y, de pronto, se quedó de piedra, sufriendo intensa emoción, al ver ante sí un rostro conocido, el rostro que llevaba en la miniatura, el adorable rostro de Ruth Virey.
XXVIII


—LOS zorros tienes madrigueras...; los pájaros del aire, nidos —exclamó Adán con voz dolorida.
¿Era él quien yacía allí con el corazón transido y los ojos ardientes? Otra vez en el desierto, en el páramo, que era su único hogar. ¿De quién era aquel rostro que se perfilaba en las nubes, aquel otro que se dibujaba en las formas de la arena... y aquél que aparecía en los contornos de las policromas sierras?
Sus burros pacían detrás de la roca en que se apoyaba Adán, mirando desde el desfiladero altísimo de la Sierra Madre hacia el ilimitado vacío del desierto. ¿Qué sucedía? ¡Ah, había huido! Y por milésima vez vivió aquella semana, aquellos breves ocho días, con sus transportes de alegría o infinitas lamentaciones, durante los cuales halló un hogar para Genia, y la hija de Magdalena Virey turbó su alma.
Vagos y felices fueron los primeros días, durante los cuales compró los terrenos del valle y los pobló de ganado: vagos, por el lento crecimiento de un amor insoportable e inconsciente; felices, porque daba gloria ver la felicidad de Genia. Vivamente recordaba algunas escenas: cuando colocó en las finas manitas de la muchacha los documentos, los valores y el talonario del Banco, y con un ademán, como por arte mágico, realizó el cuento de Aladino; cuando anunció a una madre de rostro grave y pensativo que volvía a ser dueña del terreno llorado; cuando ante un joven de ojos vivos alzó el velo de un porvenir risueño.
Pero vaga y mística como un sueña turbado fue la concepción de aquel amor que creció como la llama del sol. Siempre que alzaba la mirada veía la adorable cara pálida, un rostro como el de Magdalena Virey, con toda su belleza, pero sin ninguna de sus pasiones; con todos sus encantos, pero sin ninguno de sus estragos, sino el florecimiento de la juventud, con ojos negros como la noche, enfrentándose con su destino. Y una voz tan dulce como la de su madre, pero, sin el dejo de burla, obsesionaba los sueños del hombre, repercutiendo en los vientos.
—¿Y usted es un hombre del desierto? —había dicho Ruth Virey.
—Sí..., un caminante del desierto.
—Hay un sitio al que deseo ir algún día..., cuando cumpla los veintiún años, cuando sea mayor de edad... Es el Valle de la Muerte. ¿Lo conoce? Mi abuelo dice que es una insensatez..., que estoy loca...
—Jamás debe usted ir al Valle de la Muerte. Es un lugar demasiado horrible para una mujer en su sensibilidad.
La horrenda hondonada blanca y sus desnudos muros rojos, los vientos de fuego de medianoche, las largas laderas con sus tumbas cubiertas por el alud, el tormento de su corazón, la tragedia que hubo de ocultar, lo mismo que su secreto; la miniatura que de quedaba en el bolsillo, todo ello atraía a Ruth con los hilos invisibles de la vida y del! destino.
Ella había ido muchas veces a verle bajo los robles, dejando a sus amigos para hablar con el hombre del desierto.
—Me han contado la historia de Genia —dijo, y sus ojos decían con elocuencia el elogio que callaba la boca—. ¿De modo que... su madre y su padre murieron en el desierto?... Dígame, hombre del desierto..., ¿qué aspecto tiene el Valle de la Muerte?
—Es la noche, el infierno..., la muerte y la desolación..., la tumba del desierto, amarilla, roja y gris..., un páramo solitario, muy solitario y silencioso.
—¡Pero a usted le gusta!... Genia dice que los indios le llaman Águila porque tiene usted los ojos del águila... Dígame..., cuénteme...
Y le obligó a hablar, y volvió una y otra vez. Vagamente, recordó otra escena:
—Le hablaré del desierto —y le contó parte de su propia historia, con palabras breves y duras.
—¡Ah! —exclamó ella—. Yo sería un hombre. Yo nunca huiría, jamás me ocultaría.
Burlonas palabras de una boca demasiado dulce para expresar burla. Tenía el espíritu, la valentía de su madre.
—Hombre del desierto, me encuentro muy sola —continuó Ruth—. Mi abuelo ha vuelto a marcharse corriendo tras una quimera. Sueña con minas de oro, con tierras, con haciendas de ganado... Ahora su locura es el agua. A todos escucha.
—¿Usted se siente solitaria? ¡Qué sabe usted de la soledad!
—Hay una soledad del alma.
—Pero es usted joven; vaya y ayude a Genia en sus planes para su futuro hogar.
—Genia y Eugenio, dos personas con una sola voz, un solo pensamiento. Sólo se ven a sí mismos. Da lástima invadir su paraíso... Yo no lo haré... ¡Oh, qué bello debe de ser el mundo para ellos!
—¿Y para usted no, Ruth?
—Bellos son estos paisajes, los valles verdeantes, las fuentes cristalinas, pero yo no puedo vivir del panorama. Reina aquí la alegría, pero no para mí... Perdí a mi madre y no puedo olvidarla. Se vio obligada a dejarme, a irse con él..., con mi padre, que me amó locamente de niña y me odiaba después. Para mí todo es misterioso. Mi madre se fue con mi padre al desierto; me dijo que mi padre estaba poseído de la locura por el oro, que ella tenía que pagar una deuda...
—¿No ha vuelto a saber de ellos?
—Nunca más... y ahora que ya soy una mujer, deseo ir algún día al Valle de la Muerte.
—¿Por qué? —preguntó Adán.
—Porque ellos se fueron allí.
—¡Pero si nadie puede vivir mucho tiempo en aquel horrible valle!
Buscaré, pues, sus tumbas.
—Ruth, no debe usted ir. ¿Qué provecho va a sacar del viaje? Ya sabe por mí lo inclemente de aquel lugar... Espere, tal vez algún día su madre... acaso sepa usted de ella...
—¡Oh hombre del desierto! Cuando, nos despedimos era yo niña y ahora soy mujer; han pasado seis años. Quiero saber, el misterio me obsesiona... ¡Mi madre me amaba tanto...! A veces no puedo soportar la vida... Mi abuelo me oculta en lugares alejados de las gentes. Sólo conocemos a pocas personas, y aun a éstas las aleja...
Wansfeld, yo estoy más sola que lo estuvo Genia. Ella es como un pájaro, y debió de vivir gozando del sol y de los vientos. Pero yo no soy una niña y me encuentro muy sola.
En sus profundos ojos leíase la turbación de su espíritu, un intenso anhelo de vida, una inquietud inexplicable. Inconscientemente, Ruth Virey deseaba ser amada. Hallábase en el umbral de la vida como una hoja movida por el viento.
—Hable conmigo, acompáñeme, hombre del desierto —dijo con ansia—. Usted ha sido Toquitch para Genia, sea Águila para mí. Sus ojos han visto el desierto donde descansa mi madre, donde acaso vague su espíritu. ¡Usted calma la turbación de mi alma, a su lado me siento comprendida!
Así se encontró Adán asediado por sentimientos encontrados. Magdalena Virey habíale predicho el futuro. En la oscura quietud de la noche, turbado por el insomnio, asaltado por los tormentos, fuéle revelado que Magdalena Virey, mediante la profundidad de su noble amor por él, había visto con mirada misteriosa el porvenir. Había animado el espíritu del desierto con su amor, y el espíritu había guiado los pasos errantes de Adán hacia su hija Ruth. ¿Era todo sólo un sueño del caminante? ¿Era sólo un nudo en 1a enredada madeja de su vida en el desierto? ¿O era el inescrutable designio de un poder al cual desdeñaba?
Fuere lo que fuese, el único gran amor de su vida le poseía con fuerza inexorable, llevando hacia la derrota sus principios, burlándose de sus duras pruebas. Había encontrado al fin su pareja. Era extraño que recordara ahora a Margarita Arellano y el loco amor de un día, estrella fugaz de un momento de aberración de los pecaminosos sentidos. Y recordó también la tentación de Genia, aquel fuerte aldabonazo de la Naturaleza en el desierto. Habíase elevado por encima de las dos. Ruth Virey era la mujer predestinada para él, la única. Podría conquistarla. La verdad le aceleró los latidos del corazón, le anudó la garganta. Ruth era la flor del trágico anhelo de ser amada que sentía su madre. Ruth agostábase en aquel anhelo, y no era posible negarle la vida. Magdalena Virey le había dado esa hija de sus angustias, habíale confiado la suerte de Ruth, había visto con mirada sobrehumana.
—¡Pero yo soy un criminal, un asesino! Cualquier día podrían ahorcarme delante de ella misma —murmuró, hundiendo el rostro en la hierba, clavando las uñas en la tierra—. Sin embargo, nadie me reconocería ahora... ¡Ah, si no fuese por ese desdichado Collishaw! Porque... ése... ése sí que me reconocería de nuevo... ¡Oh Dios, tú, de cuya existencia dudo... ayúdame!
La encontró otra vez. Al cabalgar por el valle a la hora de la puesta del sol, ella salió de entre los robles.
—Acabo de ver a Genia. ¡La amo tanto! Usted me habla de su dura y solitaria vida en el desierto, pero, en realidad, las campanas de la alegría han debido de sonar siempre en sus oídos. Usted es quien ha forjado la felicidad de Genia. ¿Qué otras acciones semejantes ha hecho usted en esos años de amarga vida de que me ha hablado?
—No muchas, Ruth..., tal vez ninguna.
—No lo creo. Voy conociéndole, hombre del desierto. Y quisiera que supiese usted como se me ensancha el corazón al oír a Genia contar lo que usted hizo por ella. Cada día me cuenta algo nuevo... Hoy me ha dicho que se iría usted pronto.
—Sí, Ruth, pronto me iré.
—¿Otra vez a las solitarias tierras?
—Sí, de nuevo a los campos interminables de arena, a los oscuros montes. Sí, son tierras solitarias —replicó Adán con tristeza.
—¿Y camina usted por sendas hasta encontrar a alguien, alguna mujer, un niño que esté enfermo o perdida, para detenerse a su lado y ayudarle?
Adán no contestó.
—Los indios le llaman Águila —continuó Ruth—. Tiene usted los ojos del desierto... ve usted las grandes distancias, pero ahora, aquí, no ve usted nada. ¿Por qué ha de malgastar su maravillosa fuerza, su juventud, caminando por el desierto en busca de gente desgraciada? Wansfeld, es usted grande... pero podría hacer mayor bien aquí... podría hallar más desgraciados aquí... Yo sé de uno cuyo corazón está destrozado y usted no lo ha visto, a pesar de unos ojos de águila.
—Escúcheme, atolondrada muchacha —repuso Adán, sintiéndose herido en lo más hondo—, yo no soy grande. Soy un hombre perdido. Voy al desierto porque para mí es el único hogar que existe... No debe usted pensar en mí. Fíjese en sí misma, ahonde en su propio corazón. Y témalo. Es usted una niña mimada, llena de deseos, soñadora, romántica, pero usted tiene inteligencia y voluntad; evite, pues, la inquietud, el descontento. Reverencie la memoria de su madre, pero no se aflija más. El pasado está muerto. Aprenda a luchar, es preciso que lo aprenda, porque no tiene usted aún el espíritu luchador; es usted débil. Le gusta la soledad, 1a tristeza, el anhelo. Deje de ser niña para ser mujer; es preciso que viva usted su vida. Soporte usted alegremente la suya y emprenda la ascensión... Trabaje para su abuelo, que necesita su ayuda. Ame a aquellos junto a los cuales el destino la ha colocado. Y luche contra los momentos de mal humor, de pensamientos egoístas, de recuerdos odiosos. Luche como un animal del desierto por su propia vida. Trabaje hasta hacerse llagas en sus bellas manos. Trabaje con el azadón, si no tiene otra cosa. Aprenda a amar las cosas que crecen, florecen y dan frutos. Ame a los animales... sobre todo a los pájaros, y aprenda de ellos... Ame a toda la Naturaleza para que si algún día encuentra usted al hombre, sepa amarlo. Eso es lo que significa ser mujer. Ahora es usted una niña hermosa, dulce, inútil y petulante. Deje de serlo para convertirse en una mujer verdadera.
Pálida, conmovida, con los ojos llenos de lágrimas y la voz trémula, Ruth contestó:
—¡Quédate, hombre del desierto, y haz que yo sea mujer!
Y sus ojos oscuros y tristes, sus dulces palabras, hiciéronle huir, huir cobardemente durante la noche. Había huido por ella, sin un adiós a Genia, sin despedirse, de nadie, al abrigo de la oscuridad, excluyéndose para siempre de sus vidas.
—Los zorros tienen madrigueras...; los pájaros del aire, nidos —exclamó Adán, para que lo oyera— el silencio que le escuchaba.
¿Era él quien yacía allí, con el corazón transido y los ojos asombrados? ¡Sí, otra vez el caminante del desierto, de regreso a las solitarias tierras! Aquel ilimitado espacio de roca y arena era su hogar. ¿No era aquello el rostro de Ruth que se perfilaba en las nubes? ¿No le perseguían sus ojos, llenos de tristeza y de reproche, desde las purpúreas distancias?
—¡Su hogar! Eran precisos todos los años de experiencia en el desierto para que comprendiera la significación del magnífico escenario. Sólo la vista del águila, los ojos del cóndor desde las supremas alturas del desierto (la más maravillosa y delicada creación de la Naturaleza), podían abarcar de una vez la enorme extensión de aquel tórrido y ardiente imperio de las tierras yermas. Sólo la mente del hombre, el pensamiento del ser humano, podía comprenderlo. Y para Adán era aquello hogar, y para sus penetrantes ojos, una cosa, un sitio, un mundo terriblemente real, hermoso y confortable a la vez; y contemplarlo eternamente parecía su destino, para que eternamente quedara grabado en su retina, en su memoria.
—He aquí mi hogar —gritó a los vientos, mientras silenciosas lágrimas bañaban sus ojos, hasta que los cerró para descansar.
Una extraña paz habíale invadido ante el desierto, tan bien comprendido por Adán. Un murmullo suave y quedo del viento en los riscos aquietaba sus sentidos para el despertar que había de venir. Oía a sus burros pacer detrás de él en la hierba. Desde las alturas, un águila manifestó con agudo silbido su libertad. Uno de los burros rebuznó dos veces seguidas, interrumpiendo el silencio con una nota discordante, y, sin embargo, Adán sonrió. Porque fue ayer... ¿O fue mucho antes?... ¿Qué había sucedido?
Cuando volvió a abrir los ojos, el desierto a sus pies y el firmamento sobre él estaban transformados. Declinaba el día. Los rayos del sol moraban ahora en las nubes y en el ancho espacio celeste. Argentinas hendeduras, fantásticos buques de púrpura en el cielo dorado, blancos haces de luz en forma de, abanico, luz aquietadora, profunda, suave y azul.
Y abajo, el espejo de la tierra, las sierras nimbadas por los rayos del sol, como joyas resplandecientes en la vasta extensión de arena, a la que descendían montañas de pórfido, rocas de bronce rojizo. Las blancas volutas de las nubes parecían reflejarse en el desierto, cruzando lentamente sobre el reluciente páramo; y el mosaico formado por las montañas y las llanuras reflejábase en el cielo. Arriba y abajo trabajaba la alquimia de la Naturaleza, siempre mudable y desvanecedora... el declinar del día, el transcurso de la vida.
XXIX


AL bajar por fin al desierto, Adán descubrió que sus pasos no eran errantes, y cuanto más se acercaba al cañón por el que se cruzaba a las Montañas Chocolate, más crecía su extraña ansiedad.
Durante muchos años, el campamento donde poco faltó para que muriera de hambre habíale atraído como un imán. Estaba cansado de medir el abismo que había en su alma, tratando de comprenderse a sí mismo. No lograba entenderse. Apenas acababa de resolver un misterio cuando se presentaba otro más profundo; tan pronto como ganaba una batalla en sus luchas anímicas, ya le esperaba otra prueba más dura. Sólo sabía ahora que aquel viejo campamento le atraía con insistencia. Algo le sucedería allí.
El viajar, las tareas del campamento por la mañana y por la noche, eran tan habituales en él que no podían interrumpir el curso de sus pensamientos. Y éstos, como sus pasos en el desierto, habían viajado en círculo. Estaba acercándose a los lugares donde comenzara a luchar. A cada paso acercábase más y más al terrible acto que tan amargamente había dado color y dirección a su vida en el desierto.
Cruzó la arenosa hondonada desde Sierra Macare a las Montañas Chocolate en cuatro días; encontró secos los manantiales de dos! de sus campamentos. Y el quinto día, por la tarde, cuando las sombras alargadas comenzaban a salir de las montañas para invadir el desierto, ascendió Adán par la ondulante y bien recortada ladera donde Charley Yim solía cazar con él, y contempló desde allí el oasis en que por poco se muere de hambre, salvándole Oella.
Lo que le llenó de alegría fue hallar el sitio tal como vivía en su memoria. ¡Qué bien lo recordaba todo, a pesar de que habían transcurrido...! ¿cuántos años?, ¿trece?, ¡no, no, catorce! Mas el tiempo había efectuado poco o ningún cambio en el oasis. La Naturaleza trabajaba lentamente en el desierto.
Los burros olfatearon el agua y bajaron con precipitación la ladera. Adán, tras respirar hondamente, lleno de alegría melancólica, descendió con lentitud al arenoso fondo del cañón, hacia el cauce blanco del riachuelo, en el que corría siempre el agua cristalina sobre los perlados guijarros. Todo parecía lo mismo que el día en que se marchó. Sólo en la espesura de las, palmeras encontró grandes cambios. Las chozas ya no existían y los calveros estaban cuajados de arbustos. Hacía muchos años que nadie habitaba el oasis.
Pausadamente escogió un sitio adecuado para acampar, trabajando con la agradable sensación de hacer una estancia permanente o, cuando menos, indefinida. De todos sus solitarios campamentos en el desierto, aquél era el más solitario. Lo llamó Oasis Perdido. Allí podía pasar semanas y meses soleándose al sol como las lagartijas, gozando su soledad, escuchando el silencio; podía escalar las alturas y desde ellas contemplar sonando su vasto mundo, viviendo otra vez los maravillosos momentos en que, inconscientemente, regresaba a la salvaje Naturaleza de otras edades.
Después de terminar la labor, acabado de cenar, cuando los últimos rayos del sol teñían el cielo con matices de rosa y rojo, Adán paseóse por los sauces del riachuelo hacia el banco de arena donde cayera al perseguir a la serpiente de cascabel que le mordió en el rostro. Y de un sitio familiar corrió a otro, sentándose al fin, a la suave luz del crepúsculo, bajo las: palmeras Oella 1e cuidara, devolviéndole las fuerzas y la vida. ¿Dónde estaría ahora aquella muchacha india, quieta, suave, de ojos sombríos, que se murió transido el corazón de un amor imposible? El crepúsculo parecía profético, las palmeras parecían hablar quedamente. El regreso de Adán era una mezcla de alegría y de tristeza.
Al día siguiente encalé las alturas donde aprendió a cazar los antílopes, donde conoció la alegría del indio al contemplar el panorama y escuchar los vientos. La ascensión le llenó de alegría y respiró hondamente el aire fresco. Pasó horas en una solitaria roca, como el águila en la montaña, deseando sentir de nuevo aquellos momentos de dulce y suave inconsciencia del salvaje. Mas cuando el sol poniente le obligó a descender, sintióse vagamente decepcionado; la vaga sensación de tranquilidad, de satisfacción, ese algo indefinible, le aludía aún.
Un algo invisible estaba llenando el ambiente a su alrededor, algo ahondaba en su alma.
¿Qué significaba aquella confusión de sus emociones? Su alma parecía hallarse trémula al borde de una gran lección, oculta durante muchos años, y que ahora parecía alborear en la gloria del firmamento, en la inmensidad de la tierra, en la significación del tiempo, en la insignificancia del hombre.
Turbado e inquieto, Adán se acostó. Al despertarse sabía que durante el sueño, durante la noche, había oído las palabras; quedas de la, madre de Genia y las vibrantes de Ruth Virey. «Yo estaré con usted en el desierto.» La señora Linwood quiso con ello demostrar 1a inmortalidad de fa vida, de Dios. Y Ruth: «Yo sería un hombre: nunca huiría, jamás me escondería.»
Y la queda vocecita de la conciencia convirtióse en clarín; Adán sentíase atormentado. Le había engañado la atracción de la soledad del desierto. No había descanso, no había paz. Sentíase impelido. Soñó que era un caminante obligado a recorrer las desnudas llanuras del desierto, y no era un sueño, sino una realidad.
Adán pasó aquel día en la alta montaña, creyendo que allí tal vez se aligeraría el peso de su conciencia, mas esperó en vano. Era un hombre civilizado y sólo en raros momentos podía volver al inconsciente olvido del salvaje. Su alma era un horno en llamas. Las alturas le fallaban. Un obsesionante murmullo alentaba en el viento y un espíritu invisible seguíale siempre. Y por fin, con lento ensanchar del corazón, con terror en el alma, enfrentóse con el Sur. ¡Cómo se le clavaba el recuerdo en el pecho! ¡Picacho! Allí, purpúreo contra el cielo, al parecer tan cerca, alzábase el serrado pico a cuya sombra estaba la tumba de su hermano. Y Adán profirió un grito terrible en dirección al lugar que irresistiblemente le atraía. Le llamaba y era preciso ir. Había caminado en círculo. Todos sus pasos llevábanle siempre hacia el lugar de su crimen. Desde el primer día hasta el último había ido caminando hacia el castigo. Ahora lo comprendía: ésa era la atracción, la meta, la cosa indefinida que flotaba en el ambiente.
Al comprenderlo así, sobrevino un momento de salvaje protesta de la fuerza física contra la mental. Luchó con la misma violencia con que había luchado contra la sed, el hambre, la soledad, los animales y los hombres salvajes de desierto. Como un ser acorralada recorrió la cima de la montaña, deteiniéndose tan sólo en sus habituales lugares de descanso, para sentarse allí, petrificado, o para echarse al suelo, retorciéndose y gritando en su tormento. A la caída de la tarde bajó la senda, exhausto y macilento, para volver a las inútiles tareas, para ingerir el alimento sin sabor y buscar el sueño imposible. Así transcurrieron tres días, hasta que se tronchó su pasión por la vida y su violenta fuerza.
Llegó una noche blanca durante la cual Adán sintió que el oasis y su ambiente representaban una escena inquietante. Un espíritu parecía acechar en las tinieblas..., un espíritu procedente del infinito espacio estelar, y la voz del espíritu murmuraba algo de vez en cuando, dirigiéndose a la conciencia de Adán. Loco o esclavo, lentamente lo conquistaba.
—¡Nunca me ocultaría! —Así había dicho Ruth Virey en un momento de desdén apasionado.
Era como su madre, un maravilloso temple de acero y, sin embargo, las mujeres parecían todo corazón. Superaban a los hombres en amor, en sacrificio, en llama viviente del alma, turbulenta e inextinguible como el fuego del sol.
—¡No me ocultaré más! —fue el grito que al fin arrancó de su pecho, y el eco le sorprendió como el murmullo silencioso de las sombras.
No podía seguir viviendo oculto. Era preciso librarse de su pecado, era preciso poder mirar libremente, aunque sólo fuese por un momento, frente a frente, a todos los hombres; ser libre para ser digno de amar a Ruth Virey, libre como el águila de su espíritu. No se ocultaría por más tiempo de los hombres, de su castigo. El amor de aquella muchacha de ojos negros y profundos había sido el acicate, pero sólo era parte pequeña en la lucha contra el miedo y la cobardía. Había otro poder que le impulsaba, como la aguja de la brújula va infaliblemente hacia su polo.
¿Era la fe que, moribunda, había puesto en Dios la madre de Genia?
Las tinieblas de su mente, la negrura del abismo de su alma, parecían a punto de iluminarse, mas aún se le escapaba la verdad. Sin embargo, ¿no comprendía él bien lo que constituía grandeza en los hombres? ¿Qué era ser grande? Las bestias del desierto, los pájaros del aire reconocíanle en la fuerza, en la rapidez, en la ferocidad, en la tenacidad de la vida. Los indios adoraban la grandeza por la cual suplicaban a sus dioses. Adoraban la estatura, la fuerza, la destreza de las manos, la ligereza de los pies y, sobre todo, la resistencia. Resistir el dolor, el calor, todas las durezas del desierto, todas las angustias de la vida; tales eran los símbolos de su grandeza.
Pero no podía ser sólo eso. La felicidad no era necesaria; el estoicismo de los indios no era esencial para la vida. Adán comprendía que había realizado maravillosas acciones, actos muy nobles, pero nada grande. Tal vez todas sus angustias sólo eran la preparación para la prueba suprema.
¡Lo ideal, lo espléndido, sería que de su juventud de estulticia, con su ciego amor por su hermano y su débil voluntad para oponerse a él; del amargo momento pasional y su fatal resultado, de la larga tortura de las durezas del desierto y sus luchas con almas tan salvajes como, la suya, de las terribles tinieblas tan llenas de remordimiento, surgiese el hombre que, avezado a la ferocidad del desierto para sobrevivir, usara esa fuerza para un fin noble y, elevándose por encima de su naturaleza, se sacrificara a la antigua ley bíblica —vida por vida —y, con fe en el ignorado futuro, entregara su espíritu al progreso de las edades!
—Daré mi vida por la de mi hermano —dijo por fin Adán con decisión—. Me entregaré para sufrir el castigo de mi crimen. ¡Pagaré con mi cuerpo para que se pueda salvar mi alma!
XXX


ADÁN cruzó lentamente el hermoso valle de los palo verdes y llegó por fin a la ancha ladera ondulada del desierto que bajaba hasta el río Colorado, tan bien recordada.
Con mirada tranquila y triste contempló el majestuoso río, de rojas y rápidas aguas, entre la selvatiquez de las montañas que nunca pudo olvidar.
Todo el día caminó tras sus fieles burros, a veces elevado sobre la orilla, desde la cual podía contemplar la sombría avenida rodando hacia el Sur, a veces entre las sendas bajas, sombreadas por los sauces de amplio follaje. Y aunque no dejaba de percibir el verdor de los árboles y el largo y serpenteante valle, lo que más tenía presente eran escenas de su infancia y de su antiguo hogar. El recuerdo avivó el amor que profesara a su hermano Guerd. En lo alto de la herbosa colina, junto a la vieja escuela del pueblo, parecíale estar otra vez, alocado, travieso, jugando, siempre dispuesto a obedecer los mandatos caprichosos de su ídolo.
En la tarde del tercer día dobló por debajo de los bermejos riscos, entrando en la hondonada de Picacho. La senda era vaga, todo estaba cubierto de hierbas y arbustos, y las huellas de ganado eran escasas. La ancha llanura de sauces y mezquites, con sus grupos de álamos, era más densa que nunca, más selvática, y no se veían sendas por ninguna parte. Adán avanzó lentamente, bordeando la espesura hasta llegar al banco de roca bronceada que bajara de la montaña en siglos remotos. Las ocatillas, con sus colores gris perla, verde suave y rojo escarlata, crecían del mismo modo que cuando arrancó allí una flor vara el cabello de azabache de Margarita. Saludó a las flores, porque pertenecían a su pasado.
Y allí mismo, muy juntos, estaban el palo verde y el árbol de la crucifixión, a cuya sombra Margarita le contara sus leyendas. Los años no habían operado en ellos ningún cambio perceptible. El árbol del humo y el árbol verde elevaban como antes su delicado y exquisito ramaje sin hojas hacia el azul, hermosos y suaves, ocultando a la vez la dura ley de su árida naturaleza.
Adán se detuvo un poco. Sus errantes pasos llegaban a su fin. Contempló la selvatiquez de las montañas de Arizona, en la orilla opuesta del río. Parecía conocer todos los picos. ¿Los había visto ayer o hacía va mucho tiempo?
Un momento más contempló la montaña, absorbiendo el color y la gloria de aquel paraje selvático, conmovido hasta lo más hondo de aquel su adiós a la soledad. Retrocedió para ser un instante, por última vez, el ser salvaje que sólo obraba por instinto. Luego, como respuesta a la llamada, sonora en sus oídos, atravesó con paso seguro y rápido la espesura en dirección al río.
Sus burros rozaban con el equipaje los espinosos mezquites para descender hacia los sauces. Donde antes hubo orilla abierta y libre, todo era verde. El dique ya no existía. El tráfico y el comercio habíanse alejado del embarcadero. Adán recordó que un buscador de oro le había dicho que el molino había sido trasladado desde el río a la misma mina, debajo del pico de la montaña. Y pensó que ahora el tráfico de Picacho debía de hacerse desde la ciudad de Yuma.
Guió sus burros por el arenoso sendero. Al vislumbrar, a través de los mezquites, una pared de adobe se le paralizó el corazón. La casa de Arellano era una ruina sin techumbre; las paredes estaban a punto de derrumbarse. La choza en que Adán había dormido estaba oculta entre los mezquites. Los postes de ocatilla estaban calcinados y ruinosos, y de la techumbre había desaparecido la paja que la cubriera. En cambio, el arenoso suelo era tan limpio y blanco como el día en que Adán extendiera allí sus mantas. ¡Catorce años habían transcurrido! En silencio se detuvo ante los recuerdos de un pasado que no podía cambiarse.
Regresó al llano. De las casas que esperaba encontrar no quedaban sino las paredes de piedra. Por encima de las copas de los árboles, ladera arriba, vio las ruinas del deshecho molino. La impresión de aquellas ruinas era algo irreal, fuera de lugar, mancillando la majestuosa ondulación de la ladera.
Su fino olfato percibió humo antes de que pudiera ver las volutas elevándose por entre el verdor. Pasó junto a algunas tumbas hechas de tierra. ¿Estaban allí antes? ¡Con qué fiero dolor latía su corazón! Rudas piedras marcaban las tumbas, y en una de ellas había una cruz, borrosa por el tiempo. Inclinóse Adán para leer la inscripción M. A. Y se irguió rápidamente.
Más abajo había algunas casas bajas y anchas, algunas de ellas nuevas, pero la mayoría las recordaba Adán. El almacén de la villa parecía el mismo de antes, y los hombres vagos que se hallaban ante él podían muy bien ser los que había allí catorce años antes. Mas los rostros le eran desconocidos.
Un anciano enjuto, muy encanecido, se destacó del grupo y se dirigió a Adán, apoyándose en un bastón.
—¡Hola, forastero, buenos días! ¿Viene usted del río? La voz del anciano despertó el recuerdo. ¡Merryvale! Lentamente subió la ola de emoción al pecho de Adán. Contempló atentamente aquel rostro gris y envejecido, con los ojos medio cerrados y las mejillas hundidas. Sí, aquél era el viejo Merryvale.
—¡Buenos días, amigo! —repuso Adán—. Sí, vengo de la parte del Colorado.
—Usted debe ser extraño en esta región, ¿verdad?
—Sí, pero... estuve aquí hace años.
—Comprendí que era usted forastero porque llega por el río. Los viajeros vienen ahora dando la vuelta por la montaña. Ya no vienen aquí mineros. La gloria y el apogeo de Picacho se fueron para no volver.
—¿Es que ya no trabaja el molino? —preguntó Adán con ansia.
—¡Ah, ah! Ese molino no molerá más mineral, ha dejado de trabajar hace ya cinco años. El oro de Picacho se acabó. Pero, eso sí, forastero, el molino cantó lo suyo mientras duró... De aquí se han sacado millones, muchos millones de oro.
—Conocí aquí a un hombre llamado Arellano. ¿Qué ha sido de él?
—¿Arellano? Sí, le recuerdo. Yo fui vigilante del molino y él era capataz. Su hija fue asesinada por un mejicano llamado Félix... Arellano se alejó de aquí hace cosa de diez años y no ha vuelto.
—Su hija... ¿Es aquélla su tumba..., allí..., la de la cruz de madera?
—Creo que sí, que es ésa la tumba de Margarita. Era una hermosa muchacha, pero loca por los hombres, y hay quien dice que no recibió sino su merecido.
Callóse Adán. No muy lejos, un mejicano oculto entre los árboles rompió el silencio con un canto español de entonación melodiosa.
—Conocí otro hombre aquí —siguió Adán, haciendo un esfuerzo—. Se llamaba Collishaw... ¿Qué ha sido de él?
—¿Collishaw? jamás lo olvidaré —declaró con energía el anciano—. Lo último que oí decir de él es que engañaba y robaba a los indios, y que aún buscaba a alguien para ahorcarlo... Era un sheriff tejano.
Se inclinó Adán súbitamente, poniendo su rostro a la altura de los ojos de Merryvale.
—¿No me reconoce usted?
—Si he de decir la verdad, no —declaró el anciano—. Estoy en el Oeste desde hace cincuenta años y no he visto a nadie semejante. Si le hubiese visto, le recordaría.
—Merryvale, ¿no recuerda usted a un muchacho que desembarcó un día de una lancha junto al sitio donde usted pescaba? ¿No recuerda que se: tomó usted mucho interés por él, que le contó las costumbres del Oeste... y le dijo que tenía que hacerse hombre?
—Sí, sí, recuerdo a ese joven —exclamó Merrivale, quien, aunque viejo, conservaba su memoria—. ¿Cómo sabe usted eso de aquel muchacho?
—Soy yo. Adán Larey.
Los ojos del viejo le contemplaron atentamente, reflejándose en su rostro las encontradas emociones y dudas por qué pasaba, hasta que al fin exclamó:
—¡Ahora te reconozco! ¡Eres Adán! Conocería tus ojos entre mil, fijándome bien. Ojos de águila, Adán, que una vez vistos no se olvidan jamás... ¡Y mirad en qué gigante se ha convertido el niño! Bien, bien, me rejuvenece verte, muchacho. Adán, yo nunca, nunca olvido a nadie... Vengan esos cinco.
Agitado, con voz trémula y manos temblorosas, cogió la diestra de Adán, casi abrazándolo, con el viejo rostro resplandeciente de alegría.
—Yo me alegro también de volverle a ver, amigo Merryvale, de saber que en tantos años no me ha olvidado usted.
—Muchacho, tú fuiste de los míos... ¿Pero quién te podría conocer ahora? Tienes el pelo blanco, Adán, y... veo el desierto en tu rostro.
—Mi viejo amigo, ¿ha oído usted hablar de Wansfeld?
—¿Wansfeld? ¿Te refieres a aquel caminante del desierto de que nos hablan los mineros, de quien se cuentan tantas hazañas? Claro que he oído hablar de él muchas, muchas veces.
—Yo soy Wansfeld —repuso Adán.
—¡Qué Dios me asista! ¿Tú Wansfeld?... ¡Tú, Adán, aquel muchacho bondadoso!... ¿No te dije entonces lo diablo de hombre que serías cuando fueses mayor?
Adán cogió a Merryvale para alejarlo de los grupos que iban acercándose.
—Viejo amigo, usted me inspiró la idea de ser Wansfeld... Y ahora, antes de revelarlo, antes de que declare, lléveme a... la tumba de mi hermano.
Merryvale se quedó mirándolo fijamente.
—¿Qué?
—La tumba... de mi hermano... Guerd —dijo, muy quedo, Adán.
—Pero, oye, tú... ¿crees que Guerd Larey está enterrado aquí?... ¿Por eso has vuelto?
Merryvale parecía presa del mayor asombro, emocionadísimo ante las palabras de su joven amigo.
—Amigo mío —dijo Adán serenamente—, he venido para ver su tumba..., para hacer la paz con él y con Dios... y para entregarme a la justicia.
—¡Entregarte... tú... a la... justicia! —dijo Merryvale, jadeante—. ¿Es que el desierto te ha vuelto loco?
—No. Estoy muy cuerdo —repuso con paciencia Adán—. Lo debo a mi conciencia... ¡Figúrese, catorce años de tormento! Cualquier castigo que pueda sufrir aquí, no será nada comparado con los largos años de suplicio... Es una felicidad para mí el entregarme.
La boca enjuta de Merryvale tembló cuando, tras el asombro y la duda, empezó a alborear la luz de la verdad. —Mas... ¿para qué quieres entregarte? —preguntó.
—Ya se lo he dicho. Mi conciencia... La necesidad; de no despreciarme a mí mismo... Para pagar una deuda.
—Quiero decir... ¿por qué?
—Querido amigo, veo que es usted un poco obtuso —replicó Adán—. Por mi crimen.
—¿Y cuál es, Adán Larey? —preguntó vivamente Merryvale.
—El crimen de Caín —contestó con tristeza Adán—. Vamos, amigo mío, lléveme a la tumba de mi hermano. Merryvale, pareció adquirir de pronto la agilidad y la elocuencia de la juventud.
—¡A la tumba de tu hermano! ¿La tumba de Guerd Larey? ¡Por vida de...! ¡Ojalá pudiera llevarte allí!... ¡Adán, tú estáis loco! El desierto te ha trastornado. ¡Bendito muchacho! Estás en un tremendo error. Tú no eres lo que crees ser. Te has escondido en el desierto durante catorce años, has pasado por los mayores tormentos..., te has convertido en Wansfeld..., todo..., ¡por nada! ¡Dios mío! Fíjate bien en esto... Adán: ¡tú no eres un asesino! Tu hermano no está muerto. Ni siquiera lo malheriste. ¡No, no...! ¡Guerd Larey vive..., vive!
FIN
El Autor


ZANE GREY (Zanesville, Ohio, 31 de enero de 1872 - Altadena, California, 23 de octubre de 1939) fue un escritor estadounidense que convirtió las novelas del Oeste en un género muy popular.
Su nombre auténtico era Pearl Zane Gray. Más adelante prescindiría de su primer nombre, y su familia cambiaría el apellido de "Gray" a "Grey". Se educó en su localidad natal, Zanesville, una ciudad fundada por su antepasado materno Ebenezer Zane. En la infancia se interesó por el béisbol, la pesca y la escritura. Estudió en la Universidad de Pensilvania, gracias a una beca de béisbol. Se graduó en odontología en 1896. Llegó a jugar en una liga menor de béisbol en Virgina Occidental.
Mientras ejercía como dentista, conoció, en una de sus excursiones a Lackawaxen, en Pensilvania, donde acudía con frecuencia para pescar en el río Delaware, a su futura esposa, Lina Roth, más conocida como "Dolly". Con su ayuda, y los recursos económicos que le proporcionaba la herencia familiar, empezó a dedicarse plenamente a la escritura. Publicó su primer relato en 1902. En 1905 contrajo matrimonio con "Dolly", y la joven pareja estableció su residencia en una granja de Lackawaxen. En tanto que su esposa permanecía en el hogar, encargándose de la carrera literaria del autor y educando a sus hijos, Grey pasaba a menudo largas temporadas fuera de casa, pescando, escribiendo y pasando el tiempo con numerosas amantes. Aunque `Dolly` llegó a conocer sus aventuras, mostró una actitud tolerante.
En 1918 los Grey se mudaron a Altadena, en California, un lugar que habían conocido durante su luna de miel. Al año siguiente, el autor adquirió en Millionaire`s Row (Mariposa Street) una gran mansión que había sido construida para el millonario Arthur Woodward. La casa destacaba por ser la primera en Altadena construida a prueba de fuego, ya que Woodward, que había perdido a amigos y familiares en el incendio del teatro Iroquois de Chicago, ordenó que fuera construida con cemento. El amor de Grey por Altadena se resume en una frase que es citada a menudo en la ciudad: "En Altadena, he encontrado aquellas cualidades que hacen que la vida valga la pena".
El interés de Zane Grey por el Lejano Oeste se inició en 1907, cuando llevó a cabo con un amigo una expedición para cazar pumas en Arizona.
notes

Notas a pie de página

1 Novato.
2 En español en el original. Nombre vulgar del cacto gigantesco.
3 Así en el original. Cierta especie de cacto.
4 Frase popular en los EE, UU., equivalente a hacer fortuna.

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