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jueves, 8 de junio de 2017

Los Caballeros De La Llanura (Zane Grey)

Los Caballeros De La Llanura
Zane Grey

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El coronel Lee Ripple se hallaba sentado en el pórtico de su casa ranchera, situada en la zona oriental de Nuevo Méjico, frente al famoso paisaje en forma de abanico que se extendía entre las grandes escarpas pobladas de árboles, que se asomaban sobre las planicies verdes y grises y la ancha y ondulante llanura anterior, a través de la cual el Camino Viejo seguía el curso brillante del Cimarrón, hacia la purpúreas lejanía.
Era el paisaje más hermoso de todo Nuevo Méjico; y los tristes ojos azules del señor de tantas tierras y ganado lo observaron reposadamente antes de volverse en dirección al Oeste, donde el resplandor de la campiña abierta se ofrecía a su vista. Un millón de acres corrían y ondulaban a los lados de las pendientes plateadas, que a su vez, se elevaban en dirección a las montañas de negra base y nevadas cumbres.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII

Zane Grey
LOS CABALLEROS
DE LA LLANURA
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I
El coronel Lee Ripple se hallaba sentado en el pórtico de su casa ranchera, situada en la zona oriental de Nuevo Méjico, frente al famoso paisaje en forma de abanico que se extendía entre las grandes escarpas pobladas de árboles que se asomaban sobre las planicies verdes y grises y la ancha y ondulante llanura anterior, a través de la cual el Camino Viejo seguía el curso brillante del Cimarrón, hacia la purpúrea lejanía.
Era el paisaje más hermoso de todo Nuevo Méjico; y los tristes ojos azules del señor de tantas tierras y ganado lo observaron reposadamente antes de volverse en dirección al Oeste, donde el esplendor de la campiña abierta se ofrecía a su vista. Un millón de acres corrían y ondulaban a los lados de las pendientes plateadas, que a su vez, se elevaban en dirección a las montañas de negra base y nevadas cumbres.
—Bien, Cornel, le he oído perfectamente, pero no puedo tomar en serio sus palabras —dijo Britt el capataz del ranchero, que se hallaba sentado en las escaleras del pórtico.
—Pues debes tomarlas, Cap —replicó Ripple con lenta y grave dicción—. Otro ataque como éste para mi corazón, sería el último de mi vida.
—No puedo creerlo —contestó Britt obstinadamente, a pesar de la convicción que había en el tono y las palabras de su patrón.
—Lo sé bien, Cap. Creí que este segundo ataque terminaría con mi vida. Mi corazón se ha comportado de una manera extraña desde hace mucho tiempo. Pero aquel ataque que sufrí en San Antonio fue el primero que revistió gravedad. Consulté con un doctor, y me dijo que hiciera testamento y me preparara para lo peor. Aun cuando estaba muy asustado, no le obedecí, sino que fui a Nueva Orleáns en busca de Holly y la traje a casa sin decirle nada..., porque nada podía decirle.
—No es extraño, patrón. Habría sido un golpe muy duro para la chiquilla —contestó Britt al mismo tiempo que movía la delgada cabeza que parecía la de un halcón—. La envió usted a la escuela cuando apenas tenía ocho años. Y solamente ha ido a verla media docena de veces durante los nueve años que ha permanecido ausente. Y cuando la traía usted aquí, al rancho de don Carlos, el único hogar que ella ha conocido..., el decirle entonces que se hallaba usted, a punto de morir..., ¡ah, habría sido excesivamente cruel!
—Es cierto —respondió el coronel amargamente al mismo tiempo que extendía las manos en un gesto de desesperación—. Aquella mañana, cuando la encontré y le dije que había ido para traerla a casa, se sentía tan feliz, tan contenta, que no me atreví a matar su alegría... Pero ahora, Britt, será preciso decírselo inmediatamente.
—¿Por qué, patrón? Ya sabe usted lo desconcertante que es la vida. ¡Cuántas sorpresas nos reserva! ¿Quién sabe? Es posible que todavía viva usted mucho tiempo.
—Sí. Es posible, pero no es probable. Y quiero que Holly pueda hacer su elección en tanto que yo esté vivo.
—¿Me permite usted, Cornel, preguntarle a qué elección se refiere?
—Sobre si querrá continuar viviendo aquí o marchar a San Antonio, con la familia de su madre.
—Holly jamás abandonará el rancho de don Carlos —dijo Britt con rapidez.
—¿Te lo ha dicho ella? —preguntó Ripple vehementemente.
—No. Pero no tendría inconveniente en apostar cualquier cosa. Holly se ha entusiasmado con el rancho desde el mismo momento de su llegada. Patrón, actualmente es como un pájaro en libertad. Y todo la entusiasma, particularmente los caballos. Está loca por los caballos.
Todavía no se ha sentado en ninguna silla de montar. Piénselo, Lee Ripple. Es una chiquilla de diecisiete años, nieta del gran don Carlos, el más grande de todos los criadores de caballos..., y todavía no ha montado ninguno.
—Lo sé..., lo sé, Cap. Siempre me he propuesto hacer que Holly tuviera todo lo que el Oeste pudiera ofrecer. Pero ante todo, quise que adquiriera una ilustración. Los años han transcurrido..., ¡y a mi hija le gustan los caballos!... ¿Qué te ha dicho?
—La muchacha tiene la misma sangre de usted, la sangre de los Valverde. Me preguntó cuántos caballos tenemos. Y cuando le dije que alrededor de cuatrocientos, que yo supiera, lanzó unos gritos de alegría y juró que los montaría todos... ¡El Señor se apiade de mí! ¡Cuánto trabajo voy a tener! Pero, de todos modos, quiero enseñarla a cabalgar. No quiero que sean nuestros jinetes quienes se encarguen de hacerlo.
—Britt, me llenas de esperanza —replicó el coronel, emocionado, al mismo tiempo que se recostaba en el respaldo de la amplia mecedora—. Siempre deseé tener un hijo. Pero no por ello he querido menos a Holly... Si continuara viviendo aquí y aprendiera a dirigir este rancho, con tu experta cooperación, y se casase algún día con uno de esos rudos jinetes...
—¡Dios mío, patrón! —exclamó acaloradamente Britt. —¿Para qué habría usted enviado a Holly a una escuela a que la enseñasen a ser una señora distinguida, si finalmente hubiera de casarse con uno de esos toscos trabajadores?
—Cap, ¿podría Holly hacer algo mejor? Quiero decir, en el caso de que el afortunado vaquero pertenezca a la raza que tú y yo conocemos tan bien. ¡Que no sea un tejano! Holly es medio española, y sabes que los tejanos no olvidan nunca El Álamo... Debe ser un hombre de buena familia y que tenga un poco de ilustración. En cuanto al resto, no me preocupa mucho.
Holly podría sacar buen partido de cualquier vaquero que ocupase su puesto en el desarrollo de nuestro Oeste... Esos vaqueros son la sal de la tierra. Sin ellos, nunca se habría desarrollado este negocio de la cría de ganado que progresa a saltos gigantescos y que está destinado a pacificar esta región de la frontera. Tú lo sabes, Britt, mejor que yo. Has dirigido durante cinco años consecutivos a esos demonios de jinetes, duros para cabalgar, duros para beber, duros para disparar. Y los has apreciado.
—Es posible que no los haya apreciado tanto como debería haberlo hecho —replicó Britt lamentándose—. Pero, Cornel, se me enfría la sangre al pensar que Holly se pueda quedar sola en este enorme rancho.
—¡Fría! Tu sangre debería correr con más rapidez y calor al pensarlo. Será una cosa maravillosa. Holly parece española, aunque sea americana. Tiene la belleza de su madre, pero mi inteligencia. No abrigo ningún temor por ella, Britt... ¡Si le pidiera quedarse aquí...! En tanto que tú estuvieras a su lado para aleccionarla, para vigilarla, para ayudarla a dirigir el rancho... Holly no estaría sola... No me espanta ese riesgo.
—Pero a mí sí, patrón —declaró dramáticamente Britt. —Casi desearía que no la hubiera usted traído a casa.
—¡No digas tonterías, viejo! Mi hija te ha querido durante toda su vida.
Fuiste tú quien le puso el apodo de Holly. Tú la montaste sobre tus rodillas y la ayudaste a aprender a caminar. No podrás abandonarla ahora. Tendrás que ocupar mi puesto a su lado, como padre de ella.
—Cornel, haré todo lo que pueda..., pero, francamente, no me agrada la perspectiva de ver a esa muchacha tan guapa convertirse poco a poco en una hermosa mujer en un lugar como éste...
El coronel hizo un gesto rápido y violento, como si un impulso originado por la indignación hubiera sido dominado por la voluntad.
—Tampoco a mí. Eso es algo de lo cual hasta ahora no me he ocupado, pero de lo que será preciso que hablemos. La razón es muy sencilla: mira hacia el Sur, viejo amigo. Tienes ante ti el panorama más hermoso de todo el mundo. Kit Carson se sentó en este mismo sitio para contemplarlo, y así lo dijo. Lucien Maxwell hizo lo mismo, y tú conoces bien su orgullo y la vanidad que puso en sus posesiones españolas y en la belleza de sus sesenta millas cuadradas de ranchos. St. Vrain intentó comprar este rancho a don Carlos. Chisum, Murphy, la Exersall Company y aquella otra asociación inglesa, la que compró el rancho de las tres X...
Ninguno de esos reyes del ganado puede tener bajo su mirada lo más hermoso del Oeste, como lo tengo yo. Ninguno de ellos tiene unas tierras de pastos como éstas... Mira hacia el Camino Viejo y el Cimarrón. Pacíficos, solitarios, grandiosos, ¿eh? Los kiowas y los comanches son amigos míos. Mira los búfalos... Y ahora mira hacia el Este, Britt. No hay campiña como ésta en toda la anchura de Nuevo Méjico. Mira el ganado. ¿Recuerdas cuando vinimos aquí por primera vez? Parece que fue hace mucho tiempo, pero solamente han transcurrido siete años desde entonces, siete años. Hace siete añosfueron un paraíso comparados con los años de la guerra y con muchos años anteriores. Tú conoces mi historia, Britt, sabes cómo vine aquí en 1855, con una caravana que se dirigía a Santa Fe, cómo conquisté a Carlota Valverde y la llevé conmigo a Texas. El viejo don Carlos la repudió, y no la perdonó por espacio de muchos años... Mira mis cabezas de ganado, que parecen puntear la llanura; semejan búfalos. Cincuenta mil reses, según tú mismo me has dicho, y medio millar de caballos. Podría vender diez mil cabezas, veinte mil cabezas, y ser rico... ¿Qué es lo que te asusta de esta época, Britt?
—Todavía no ha dicho usted todo lo que tenía que decir. Continúe.
—¡Oh! Sé a qué te refieres... Pero, escucha, Cap. La guerra terminó hace mucho tiempo.
Texas se ha repuesto, y su ganado ha construido este imperio. Exactamente lo mismo que los buscadores de oro tuvieron su época, exactamente del mismo modo la han tenido los trajineros. Las caravanas pasan por allí constantemente, Britt, y las que se dirigen a lo largo del Camino Viejo están formadas por innumerables colonizadores. Un nuevo día comienza a alborear: el día del Oeste próspero y pacífico.
—Exactamente. Pero un día pueden suceder muchas cosas, Cornel. Las creencias de usted tienen por fundamento sus esperanzas... Este año le parece hermoso, Cornel, porque lo mismo los hombres blancos que los amarillos, los proscritos que los ladrones, los buenos y los malos de las llanuras, todos son amigos suyos. Del mismo modo que la casa de don Carlos estuvo siempre abierta para todos, lo ha estado la de usted... Pero he de decirle que tanto para usted, si continúa viviendo, como para los demás que aquí residimos, todavía no han llegado los tiempos más duros, los peores y más sanguinarios.
—Kit Carson lo dijo hace años, pero no lo creí.
—Sí, Kit lo juró en este mismo sitio en que me encuentro ahora... Cornel, me parece que los hombres como usted y Maxwell y Chisum saben mucho más acerca de vacas que de las demás cosas. Pero somos los hombres como Carson y como yo los que tenemos una visión del futuro.
—Britt, me inclino ante esa visión —replicó solemnemente Ripple—. Siempre he tenido algún temor, pero siempre he procurado arrojar de mí esos temores. Concedamos, pues, que los peores tiempos de la frontera están por llegar aún. Dime cuáles serán esos tiempos y cuáles sus efectos.
—Es tan fácil decirlo ahora como en la época en que . Carson lo predijo. Pero ha tardado mucho tiempo en cumplirse la profecía...
Comencemos con los búfalos. La caza de búfalos, para aprovechar sus pieles, ha comenzado.
Nosotros, los tejanos viejos, siempre temimos que sucediera. Eso significa el principio de una guerra contra los indios, como jamás se vio otra en esta frontera. Los amigos de usted, los utes, los kiowas, los comanches, los cheyennes, los arapahoes, los pawnees, todas las tribus se pondrán en pie de guerra. Y eso anuncia unos años terribles de contienda sangrienta, pues los colonizadores han llegado en grandes cantidades al Oeste. Texas sufrirá lo peor de la batalla, porque los búfalos en su camino del Sur al Norte y del Norte al Sur, recorren la mayoría de las llanuras tejanas. Los cazadores de pieles se concentrarán en el Panhandle, o bajo el Llano Estacado, o entre el Brazos y el Río Grande. Y los indios de las llanuras lucharán hasta la muerte en defensa de su carne, puesto que viven exclusivamente de los búfalos. Será una lucha a muerte entre los cazadores de búfalos y las tribus indias. El ejército yanqui no podrá reducir a los hombres rojos. ¡No lo conseguiría en un millón de años! Recuerde las campañas de Custer. He oído que Carson y Buff Belmet y otros vigías han aconsejado a los militares que no se enfrenten con los indios. Pero cometerán el error de no hacer caso, y serán sacrificados... Los colonizadores de que habla usted, tampoco podrán dominar a los indios. Y si los cazadores de búfalos no consiguen tampoco dominarlos, el Oeste se convertirá muy pronto en un lugar muy poco saludable.
—Sí, lo comprendo, Britt. De todos modos, yo diría que los cazadores de búfalos quebrantarán la fuerza de las tribus aliadas y las expulsarán de la llanura.
—Yo también lo creo. Cuando este movimiento de cazadores de pieles se haga más intenso, habrá aquí muchos millares de cazadores. Y todos serán hombres astutos, duros para la lucha, y estarán cargados con rifles de gran calibre y dispondrán de grandes carros de municiones. Supongo que ellos podrían derrotar a los indios. Pero la lucha habrá de ser muy empeñada, puesto que todas las probabilidades no están en contra de los indios.
—Estamos de acuerdo. Nosotros ya no existiremos en ese período del futuro en que la fuerza de los hombres de piel roja habrá desaparecido. ¿Qué catástrofe predices a continuación?
—Nada menos que el apogeo de la época de los ladrones.
—¡Ladrones de ganado! —exclamó desdeñosamente el coronel—. Siempre los hemos tenido, Britt. En Texas, antes de la guerra civil, se realizaban muchos robos de ganados. Los mejicanos y los indios se apoderaban de las reses. Y los robos por parte de los hombres blancos adquirieron mayor importancia. Tú sufriste las consecuencias cuando hacías las conducciones de manadas a Dodge y a Abilene. Pero ¿qué importancia tuvo todo ello?
Apenas un poco más que la que puede revestir la apropiación de reses, sin marcar, que suele ocurrir con frecuencia en todos los ranchos. Aquí mismo perdemos cierta cantidad de reses continuamente, según dicen los muchachos, pero ni siquiera una décima..., ni una centésima parte de la cantidad que nace anualmente.
—Es cierto, Cornel, en lo que a usted respecta —asintió el capataz—. Escuche, patrón, y le diré lo que pienso. Durante el año pasado llegaron a Nuevo Méjico muchísimos forasteros de mirada fría y de expresión dura. Es posible que no lo haya visto usted, que no lo haya comprendido, pero yo he hablado con hombres que lo han visto y a quienes no ha agradado la situación. Jesse Chisum es uno de ellos. Ese viejo tejano, con su ganado marcado por lo que llaman campanilla, entiende mucho de todo lo que se refiere a ganadería. Si fuera usted a San Marcos, a Fort Unión, a Summer, o al Pecos, camino de Roswell y Lincoln, lo comprendería perfectamente. Wyoming, Nebraska, Kansas occidental, Colorado oriental y, naturalmente, Texas, envían continuamente muchos jinetes en esta dirección. Jinetes que no indican nombres, que no hacen preguntas y que no tratan amablemente a los occidentales curiosos. Es posible que alguno de éstos sea lo que usted llamó <<la sal de la tierra»: vaquero; pero la mayoría de ellos son hombres malos. Es decir, ladrones de ganado, cuatreros, bandidos, desesperados, los legítimos hombres malos y los legítimos fanfarrones, los proscritos, sin contar la escoria que procede del Este y de las derrotadas filas de los rebeldes del Sur.
—No soy tan ciego como supones, Britt —protestó el coronel Ripple—. Me he dado cuenta de algo de lo que has dicho. Por tanto, comprendo perfectamente lo que puede esperarse de ese movimiento que se ha producido en dirección al Oeste.
—Es más importante de lo que podría esperarse. Nuevo Méjico es un terreno tan bravío como el Texas del oeste del Pecos. No hay ley, no siendo la ley que impone el revólver de seis tiros. Tiene una mala reputación. Observe usted, Cornel, que la mayoría de los colonizadores viajan continuamente. Nuevo Méjico será el último de los estados fronteros en las grandes llanuras que se pacificará. Y esto a pesar de que posee las tierras de pastos más fértiles de todo el Oeste... Bien, he aquí lo que sucederá: ganaderos como usted y Chisum, que siguen los pasos de Maxwell y Saint Vrain, se harán ricos en ganado y poderosos. Dentro de tres años el hierro de Ripple estará impreso en los flancos de ochenta mil vacas. ¡Piénselo! Y eso sin contar las reses que venda usted. Esto dará ocasión a un despertar de robos de ganado como jamás se ha conocido ni podría soñarse en todas las llanuras. Será inevitable. Durará diez años, o acaso más. Usted ha visto las compras de reses que ha hecho el Gobierno a los indios con el fin de distribuirlas en los puestos militares, y millares de otras compras que habrán de hacerse en las circunstancias actuales. Eso facilitará a los ladrones un mercado en que vender sus robos, y los ganaderos no podrán detenerlos hasta que haya pasado mucho tiempo. A continuación, tenemos los ferrocarriles. No es muy difícil enviar manadas a Dodge, bien sea desde aquí, o desde Las Ánimas. Cuanto más larga sea la distancia, tanto más segura será la venta... Y esto es todo, Ripple, expuesto en breves palabras.
—¡El cielo me ayude! ¡Tienes razón! —exclamó emocionado el ranchero—. ¡Apogeo de la época de robos! Britt, con tu acostumbrada perspicacia, has visto claramente el dudoso porvenir que espera a los ganaderos que operan en gran escala... ¡Perfectamente! Si has sido capaz de verlo con tanta claridad, serás igualmente capaz de hacer frente a esa situación tan pronto como se produzca. Yo jamás lo había previsto y no lo veré jamás. Pero Holly habrá de vivir esa época..., acaso todavía soltera. Y eso me llena de espanto... Britt, tú has sido batidor tejano y conductor de manadas, ocupaciones que te hacen apto para enfrentarte con esa calaña de hombres en las épocas malas. Siempre has sido un genio para organizar y dirigir a los vaqueros... ¿De qué modo te propones hacer frente a esa situación?
—Declaro que no lo sé —contestó Britt al mismo tiempo que lanzaba una seca carcajada.
Era algo en que había meditada detenidamente durante muchas cabalgadas solitarias a lo largo de la llanura y durante muchas horas en la oscuridad del dormitorio mientras el viento gemía en los cedros del exterior.
Britt contempló pensativamente las grises y verdosas extensiones que se dirigían hacia la lejana y serpenteante cinta de plata que recorría las llanuras y se fundían en la lejana oscuridad azul, y comprendió que el panorama era hermoso y siempre sedante y fortalecedor para los amantes del campo abierto. Siempre solía mirar hacia la parte meridional cuando la occidental había despertado en él, como en aquel momento, algunas preocupaciones. Le seducía la campiña cubierta de cedros desde la cual se abría aquel incomparable paisaje, y del mismo modo le atraían también los grandes y escarpados muros de montaña que se ensanchaban y elevaban; y las mesetas solitarias y los arroyos arenosos, y los oscuros desfiladeros, y toda aquella silvestre y accidentada belleza que, finalmente, se suavizaba y se fundía en la vasta pradera azul. Mas aun si aquel panorama del Nuevo Méjico oriental no hubiera sido profundamente inspirador y grato para él, Britt lo habría amado como homenaje a Holly Ripple.
Cuando volvió a mirar con los ojos de la imaginación lo que podría llamarse imperio del ganado, no obstante, se vio acuciado por opuestos sentimientos de orgullo, de satisfacción, de desaliento y, sobre todo, por una impresión de fatalidad que parecía flotar sobre la sublime extensión de la llanura. Aquellas montañas aisladoras podían atemperar los vientos invernales y dejar caer hacia las tierras de pasto unos arroyos inagotables, y proteger las ricas hierbas que eran tan alimenticias para las reses. Pero ni ellas ni las más fuertes paredes de rocas podrían evitar jamás que se acercasen los parásitos de la llanura. Aquella escena tenía para un ganadero una belleza íntima y pastoral, totalmente distinta a la bravía belleza del Sur. Un centenar de millares de reses punteaba los interminables campos. Una carretera serpenteante y amarillenta llevaba a San Marcos y trazaba un círculo verde de follaje, entre el cual brillaban, bajo el sol de la tarde, las casas blancas y grises de la ciudad. Más allá, a varias leguas de distancia, se destacaba la mancha oscura de Fort Unión. Lincoln era solamente un diminuto puntito en la lejanía. Más en dirección al Norte, el rojo punto que señalaba el lugar en que se encontraba Santa Fe, brillaba claramente a una distancia de un centenar de millas. Con su color y su leyenda de tres siglos de ocupación, tenía fuerza suficiente para cubrir aquella dilatada extensión con el espíritu lánguido y soñoliento de los españoles.
Pero todo aquello poseía solamente un encanto momentáneo para Britt. Con sus ojos de halcón estaba viendo las realidades de aquel mismo día. San Marcos perdería el soñoliento matiz que lo caracterizaba. Las tabernas, los salones de baile y los garitos de juego vibrarían muy pronto con el alborozo y la algazara que se provocaba el día de paga de los vaqueros.
Unas muchachas medio desnudas, de rostros lindos, ojos sombríos y risas profundas acecharían a los jinetes de las praderas cuando llegase el momento de sus infrecuentes visitas a la ciudad. Jugadores de rostros pálidos y labios finos, con sus chaquetas de paño burdo y sus sombreros de anchas alas y planas copas, barajarían las cartas con una maravillosa destreza de sus largas manos, delgadas y blancas. Y unos grupos de jinetes de ropas oscuras y montados en oscuros caballos, marchando en cerrada formación, con un aspecto nada amistoso, cruzarían la ancha calle. El rugido de los revólveres de seis tiros se haría muy pronto en exceso vulgar para que pudiera provocar interés, excepto en los casos en que los habitantes de la ciudad salieran a ver a algún pistolero obligado a disparar contra cualquier vaquero borracho y sediento de notoriedad, o cuando las chispas y el plomo de las armas de los asesinos profesionales se utilizasen para provocar alguna lucha cara a cara.
Britt veía la cruda fibra de la ciudad de Hays, de Dodge y de Abilene, aun cuando en una escala más pequeña, pero con igual falta de ley. Podría no haber otro Wild Bill Hichkok, contra cuya estrella prendida en el chaleco tantos desesperados y tantos proscritos habían disparado vanamente y demasiado tarde. Pero seguramente conquistarían fama los emuladores de Buck Duane, King Fisher, Wess Hardin y Ben Thomson, los afamados e infames exponentes del arte de manejar las armas. Y quizá pudiera surgir alguno que pretendiera empequeñecer las hazañas de cualquiera de los hombres de este cuarteto. Y, finalmente, Britt veía con sarcástico y triste humor unas sombras flojas y oscuras de hombre, terriblemente sugestivas, que se agitaban pendientes de las ramas de los algodoneros, bajo la luz de la luna.
—Bien, Cornel —dijo al fin—. Me parece que solamente hay una manera de oponerse a lo que se aproxima. Y este modo consiste en recorrer toda la región para reunir el equipo de vaqueros más duro, más osado y fuerte que sea posible formar.
—Britt, los vaqueros que componen el equipo que tú diriges están muy lejos de ser corderitos. Podría darte los nombres de media docena que son indeseables. Pero ninguno de ellos podría pertenecer a una cuadrilla de ladrones de las que esperas que broten en estos terrenos... No acabo de comprender lo que quieres decir con esa palabra de osados.
—Sé muy bien lo que he querido decir y la idea me seduce. Lo he pensado muchísimas veces. Quiero jinetes tan duros y tan bravíos, que no puedan conservarse en ningún empleo por mucho tiempo. En realidad, Cornel, jamás he encontrado a ningún vaquero con el cual no me hubiera sido posible medirme la cara en el caso de que hubiese sido necesario. Mi proyecto consiste en escoger mis hombres... Tengo algunos nombres en la imaginación en este momento. En escoger, digo, mis hombres y hacer que —su trabajo sea tan atractivo, que jamás se muestren dispuestos a abandonarme. Es cierto que habré de tener unas preocupaciones y unos contratiempos verdaderamente infernales. Pero no me importa nada.
—Estoy de acuerdo contigo en que sabes manejar las vacas y a los hombres. Tu idea es magnífica. Solamente hay un inconveniente: mi hija. Piensa en esa jovencita, hermosa como una rosa que no se haya terminado de abrir, inocente, llena de fuego y de alegría; piensa en ella como señora del equipo más osado, duro y bravío que jamás se haya congregado en todo el Oeste... ¡Dios mío, Britt, piénsalo!
—Lo he pensado. Y habría sido preferible para nosotros, y también para Holly, que no tuviera nueve años de estudios. Pero eso ya no tiene remedio. Si tiene usted interés en que Holly viva aquí su vida y mantenga la gran casa y la tradición de los Ripple, el único modo de conseguirlo es el que le he indicado.
—¿Te arriesgarías a hacerlo si Holly fuera hija tuya? —preguntó el ranchero roncamente.
—¡Claro que sí! Holly no es una mujer vulgar. Sabrá hacer frente a las circunstancias...
—¿Dirigir la ganadería y la casa de usted?... ¡Por Júpiter! ¡Claro que lo haría!
—Ella será quien decida —dijo, vibrante de emoción, el coronel Ripple—. Le diremos la verdad y le permitiremos que elija ella misma. He estado y estoy entre la espada y la pared.
Quiera que Holly viva aquí. Pero si prefiere vivir en San Antonio o en Nueva Orleáns, no le dejaré adivinar mi desencanto y mi decepción.
—Patrón, estoy seguro de que Holly jamás le producirá ninguna decepción. Creo, viendo lo acalorado y preocupado que está usted, que lo mejor que podríamos hacer sería llamarla y decidir ahora mismo la cuestión. Pero la situación se hace tan difícil para mí, que antes preferiría tener que enfrentarme con una cuadrilla de jinetes comanches.
—¡Holly! —gritó el coronel con voz sonora.
Como no salió ninguna respuesta de la casa, Britt se levantó para ir en busca de la muchacha. Todas las habitaciones de la parte delantera de la hermosa finca española se abrían al arqueado pórtico. Britt cruzó el ancho vestíbulo para dirigirse al patio, donde sus espuelas repicaron musicalmente sobre las piedras. Pero la muchacha no se hallaba cerca de la soleada fuente, ni entre las rosas, ni en la hamaca, situada bajo el espeso dosel de las parras. Britt entró en el salón y se detuvo un momento en la penumbra. Entonces llegó hasta él, y procedente del pórtico, una voz alegre de contralto. Britt salió lentamente.
Holly se encontraba junto a la silla de su padre. Y Britt sufrió un nuevo acceso de emoción, igual al que la muchacha había despertado en él cuando la vio llegar de Nueva Orleáns. Experimentó un extraño anhelo de volver a ser joven, de convertirse en el arrogante y varonil tipo que fue atractivo, listo, rico, hábil...
—¡Buenos días, Holly! —saludó lentamente—. Estaba buscándote.
—¡Demonio de hombre de ojos y de nariz de halcón!¿Qué disparates has estado metiendo a papá en la cabeza?
Britt rió. Holly Ripple tenía una expresión de majestad. En ella se reflejaba claramente la aristocracia de su ascendencia española. Sus grandes ojos oscuros y su piel, exquisitamente pálida, procedían de los Valverdes castellanos. Pero Britt sólo necesitaba oírla para saber que era americana, que era hija de Lee Ripple y que pertenecía al Oeste.
—Chiquilla, ha sido tu papá quien ha estado metiéndome cosas en la cabeza —replicó Britt; y volvió a instalarse en su cómodo asiento.
—Los dos parecéis unos búhos —dijo la muchacha al mismo tiempo que se sentaba en el brazo de la mecedora de su padre.
—Holly, querida, es justo que sepas inmediatamente en qué situación se ha producido tu vuelta al hogar —contestó el coronel.
—¿Situación grave? preguntó Holly con una sonrisa que expresaba su curiosidad.
—Lo es, ciertamente. Ayúdame, Britt.
—Bien, muchacha; creo que no hay nada lo suficientemente grave para producirte inquietud —empezó Britt con tacto y mirando rectamente a los provocadores ojos que le observaban—. Ahora estás en el Oeste. Hace tres días que llegaste. Y es justo que te digamos las dificultades que actualmente existen.
—¡Ah, comprendo! —replicó Holly con seriedad—. Muy bien. Decídmelo. Cuando salí del rancho de don Carlos era solamente una chiquilla; y he regresado hecha una mujer.
—Holly, mira hacia allá —dijo su padre al mismo tiempo que señalaba las tierras de pasto situadas a sus pies—. Todas aquellas manchitas negras que ves son reses. Hay millares de reses. Todas son mías. Lo único que me sirve para conocerlas es la marca ondulada que llevan señalada desde los lomos a las ancas. ¡Una onda! ... Los tiempos están cambiando. Esperamos que se produzcan los años de vida más desordenada que esta sección del Oeste haya conocido jamás. Cuando vinimos de Santone en la diligencia viste indios, soldados, vaqueros, colonizadores, hombres toscos y rudos por todas partes. Viste también millones de búfalos, y reses y caballos casi en la misma cantidad, En resumen, viajaste a través de Texas y viste lo que es la vida bravía... Pero nada de todo aquello, hija mía, podría compararse con lo que verás aquí, en Nuevo Méjico, durante los próximos diez años... si decides quedarte.
—¿Si decido... quedarme? —repitió ella con curiosa entonación.
—Sí. Porque deseo que seas tú quien decida respecto a esa cuestión —continuó el coronel rápidamente—. Cuatreros (éste es el nombre que se da a los ladrones de caballos), ladrones de reses y una multitud de hombres duros de diferentes calañas y tipos llegarán a Nuevo Méjico.
Y se producirán luchas, Holly... Ahora mismo, por ejemplo, supón que yo pudiera ser muerto a tiros. ¿Qué...?
—¡Oh, papá! —exclamó ella, conmovida.
—Hija mía, la probabilidad es muy remota, pero podría producirse. ¿Qué sucedería si yo fuese asesinado por los ladrones? ¿Qué harías tú en tal caso?
—Papá, entonces yo ahorcaría a todos los ladrones que hubiera en Nuevo Méjico —exclamó la muchacha apasionadamente.
Britt observó la mirada que el ranchero dirigió a su hija. Holly Ripple había contestado al sutil llamamiento del espíritu tejano.
—Perfectamente —continuó Ripple en tono un poco ronco—. Ahora pongamos otro ejemplo. Supongamos que no fuera acometido a tiros y asesinado, sino que desapareciera de otra manera... Supongamos que muriera... Escucha, Holly, eso también podría suceder. Sería una cosa natural. Estoy envejeciendo y he trabajado mucho durante mi vida... Bien, supongamos que sucediera... ¿Querrías en tal caso quedarte a vivir aquí, en el rancho de don Carlos?
—Sí, papá —contestó con tranquilidad la muchacha.
—Pero escucha, criatura, tendrás riquezas. Podrías... podrías, ir a vivir con la familia de tu madre. Yo no tengo parientes cercanos, pero los de tu madre te acogerían con agrado...
Holly, ha llegado la ocasión de que decidas por ti misma.
—Tomé una decisión... hace mucho tiempo. Odio las ciudades. No me agradan las multitudes... ni los parientes. Estuve prisionera, o poco menos, en una escuela. Ahora soy libre..., ¡libre! ... Allí fui desgraciada. Me gusta este lugar.., Papá, no lo abandonaré jamás.
Britt vio que las, largas pestañas de la joven se cerraban sobre sus ojos llenos de lágrimas. Ripple se inclinó para besar el brillante cabello oscuro de su hija. El curtido rostro del padre tornóse pálido y su mandíbula tembló. Britt se volvió para mirar valle abajo. Holly había visto y comprendido a través del intento de su padre por disfrazar la verdad.
—Entonces... ¿ésa es tu decisión... Holly? —preguntó a continuación el ranchero.
—Papá, no me ha sido preciso escoger en este momento. Lo tenía decidido. Esto es solamente... mi hogar. ¡Mi Oeste! jamás olvidé nada de él.
—Estoy avergonzado, querida hija —dijo con emoción el coronel—. Debería haber sabido que serías igual que Carlota. Creí que podrías... Bueno, no importa eso, desde el momento en que hemos visto que no es posible... Holly, en los días venideros aprenderás a dirigir mi rancho, a mantener la casa abierta para todo el mundo. Nunca hice salir a nadie del rancho de don Carlos. Los indios, los proscritos, los vagabundos, los viajeros..., todos han sido siempre bien acogidos aquí. Por lo mismo, ninguna mano blanca ni... roja se ha alzado jamás contra mí.
Cuando llegue la ocasión, Holly, ¿tendrás la mano abierta como yo para todos?
—Lo haré papá.
Ripple la oprimió en un estrecho abrazo, y a continuación se volvió con el rostro contraído y la mirada radiante hacia su capataz.
—Britt, viejo rebelde, ya conoces a mi hija. Y doy las gracias a Dios porque tengo la seguridad de que, cuando yo desaparezca, tú te cuidarás de ella... Oye, Holly, nuestra conversación seria ha concluido.
—Todavía no, papá —murmuró ella—. Ha llegado mi turno. Quiero hacerte algunas preguntas.
—¡Ah! Pregúntame lo que desees, hija mía —contestó Ripple, alegre; pero Britt pudo ver fácilmente su turbación.
—Papá, apenas conozco algunas palabras de español —dijo Holly dulcemente, con los ojos bajos—. En la escuela me prohibieron aprenderlo. No lo comprendí perfectamente hasta que regresé a mi hogar. Los mejicanos me hablan en español. El saloncito que tan bien recuerdo ha sido reformado y amueblado de nuevo. Lo mismo ha sucedido con las habitaciones que me has destinado. Todo es en ellas nuevo, hermoso, costoso. Pero no tiene en absoluto nada de carácter ni de estilo español.
—Holly, es una cosa fácil de comprender —contestó el padre sinceramente—. He querido que fueras americana. Por esa te he tenido en la escuela tantos años. Si te hubiera traído aquí, si hubieses vivido en un ambiente español durante todo este tiempo habrías sido íntegramente una Valverde. Tu madre me merece un gran respeto. Lo sabes bien. Pero he querido que te educases como una verdadera americana en lo que respecta a ilustración, idioma y espíritu.
—Papá, ¿tenías alguna objeción que hacer a don Carlos Valverde? —preguntó Holly mirándole de manera llena de orgullo. Había en ella algo apasionado y ajeno que jamás podría ser totalmente anulado. Y Britt, que la quería como si fuera hija suya, se alegró de que así fuera.
—No. Profesé una gran estimación a don Carlos y a todas las antiguas familias españolas.
Tanto Kit Carson como Lucien Maxwell se casaron con mujeres de estirpe española.
Estabas avergonzado de mi... madre? —Absolutamente no, hija mía. He estado orgulloso de su belleza y de sus cualidades.
—¿La quisiste?
—Holly, creo que puedo decir que sí, sinceramente. Pero, querida, cuando conocí a Carlota era un joven tejano alborotado, un muchacho que se enamoraba de todos los rostros hermosos que veía. Es duro tener que confesar que cuando me enamoré de tu madre no fui noblemente en busca de don Carlos para pedirle su mano. Sabía demasiado bien que don Carlos se hubiera enojado y me habría desairado. Carlota apenas tenía entonces más de quince años, y... me fugué con ella. Pero nos casamos en San Antonio. A medida que aumentó mi amor por tu madre lamenté haber sido la causa de la separación que se operé entre Carlota y don Carlos. Ella era su única hija. Al cabo de los años don Carlos la perdonó. Tú naciste poco después. Luego, comenzaron los años felices de nuestras vidas. Don Carlos legó a Carlota este rancho. Después de la guerra traje una manada de ganado de Texas, y desde entonces no he dejado de prosperar.
A Britt le agradó la sincera confesión del coronel, y este agrado se incrementó cuando vio las reacciones de Holly.
Si en la imaginación de la muchacha hubiera habido alguna duda torturadora, aquella duda habría sido extirpada en aquel momento y para siempre. Holly abrazó a su padre.
—Muchas gracias, papá —murmuró—. Ahora todo está claro..., todo está arreglado, con excepción de una cosa que he de decirte: no debes volver a asustarme nunca.
El momento era de una dulzura extraordinaria, y Britt estimó que tenía un gran alcance.
¡Está bien todo lo que termina bien! Aquel regreso de Holly al hogar había estado cargado de desánimos y de temores. Holly era un factor desconocido. Pero en aquel momento el viejo ranchero revivió en la fe que había puesto constantemente en la muchacha a quien él mismo había dado el nombre que tenia.
—Nunca te he dicho, chiquilla, de qué modo comencé a llamarte Holly —le explicó, al mismo tiempo que la muchacha se enderezaba nuevamente, con los ojos llenos de lágrimas, y le dirigía una sonrisa—. Tuve una novia hace mucho tiempo. Y éste era el nombre de mi novia.
—¿Novia?... Cappy, así me llamabas cuando era pequeñita. Estoy terriblemente celosa.
¿Cómo era tu novia? ¿Te... fugaste con ella, como papá con mi madre? Haz el favor de decírmelo.
Algún día te lo diré —contestó Britt en tanto que se levantaba y ponía cariñosamente una mano sobre la brillante cabecita—. Coronel, he visto algunos días tan felices como éste hace muchísimo tiempo. Pero no han sido muchos. Estoy seguro de que permanecerá usted mucho tiempo junto a nosotros. ¡Cómo se regocijará usted, cómo se divertirá enseñando a esta muchacha de ojos tan hermosos a manejar los caballos, a disparar y a enlazar reses, a dirigir las cuadrillas de vaqueros, a ser la señora de esta gran casa y a hacer honor al nombre de usted! Y yo... Bien, yo continuaré empeñado en mi propósito de realizar mis proyectos.
—¿Proyectos? ¿Qué proyectos, Cappy? —preguntó la muchacha—. Comenzaste a hablar con tristeza. Luego lo hiciste con verdadera vehemencia. Después has terminado con esa mirada de halcón y anunciado que tienes unos proyectos. En el caso de que haya de ser la señora del rancho de don Carlos, habré de ser tu patrona. ¡Oh, qué armónicamente viviremos!
... Pero dime lo que has anunciado. ¿Se incluye en tus proyectos la organización de una fiesta para celebrar mi regreso?
—Eso es cosa mía, Holly —le interrumpió su padre—. Voy a organizar una fiesta de tal magnitud, que jamás se habrá visto nada parecido en todo Nuevo Méjico. Y desde ahora en adelante, en el aniversario de tal fecha, deberás repetirla.
—¡Oh, qué encanto! —exclamó Holly, embelesada—. ¡Mi primera fiesta!
—Britt, llama a tus cuadrillas bravías dijo el coronel alegremente—. Trae a tus jinetes, tus batidores, tus vaqueros, tus proscritos, tus desesperados, tus pistoleros, tus asesinos. ¡El rancho de don Carlos florecerá y revivirá todos los años!
—¿Cuadrillas bravías?... ¡Vaqueros, desesperados, asesinos! —repitió Holly desconcertada; y sus grandes ojos brillaron como dos estrellas oscuras y resplandecientes.
—Holly, uno de los proyectos de Britt consiste en rodearte de los hombres más bravíos y peligrosos que jamás se hayan congregado en un rancho del Oeste —anunció el coronel —¡Oh! ¿Por qué?
—Con la intención de salvaras, a ti y a tu ganado, cuando lleguen los malos tiempos —añadió Britt.
—¡Es maravilloso! ... ¡El rancho de don Carlos! ¡La cuadrilla de Holly Ripple! Papá, creo que me enamoraré de todos y cada uno de sus hombres. Ése es el castigo que te espera por haberme atiborrado de libros y de enseñanzas. ¡Nueve años eternos! ¡Y nací en las llanuras! ... Cappy Britt, desde hoy en adelante te llamarás el viejo Ojo de Halcón y necesitarás utilizar con mucha frecuencia tu aguda vista. ¡Reúne a tu cuadrilla de vaqueros salvajes!
Britt recorrió lentamente el florido sendero que conducía al dormitorio de los trabajadores. Una vaga tristeza había sucedido a su anterior optimismo. Acababa de comprender lo que el destino reservaba a Holly Ripple. Quería que la muchacha disfrutase de la infantil libertad que hasta entonces le había sido negada, que cabalgase y riese mientras su padre se encontraba a su lado y los días se consumiesen con el luminoso esplendor del verano de Nuevo Méjico. Pues la sombra que se dibujaba en el horizonte se erguiría muy pronto sobre unos grupos compactos de jinetes, extraños, silenciosos, formidables. Y entonces desaparecería la tranquila serenidad del rancho de don Carlos.


II
Después de dos rápidos años plagados de acontecimientos, Cap Britt se hallaba con su caballo en la alta pendiente situada sobre la boca del Paso de la Muerte, y, con una amarga y dolorida angustia del corazón, hubo de reconocer que habían llegado los malos tiempos anunciados en su profecía.
«Comenzaron a llegar casi después que murió el coronel», murmuró sombríamente.
«De un modo lento, pero seguro... Creo que no me precipité al reunir mi equipo de hombres valerosos.»
Britt dirigió una mirada a través de las ocho millas de llanura gris y ondulante y hacia la larga pendiente del rancho de don Carlos, que se erguía como un pintoresco fuerte, rojo y verde, en la alta división situada entre los dos grandes valles. Holly Ripple se hallaba en el pórtico, indudablemente, en aquel mismo instante, mirándole a través de los gemelos. Habían sido aquellos potentes gemelos los que le revelaron lo crítico de la situación. Cap tenía una caballada compuesta de varios centenares de animales en el Paso de la Muerte, entre la cual se encontraba una cantidad de los caballos de la raza más pura. Y el día anterior Britt había enviado allá a tres de sus jinetes para que le informasen respecto a la situación de los animales. Los jinetes no habían regresado. El hecho de que los jinetes pasaran una noche o varas noches, fuera de la casa y durmiendo al aire libre no era cuestión que pudiera preocupar al capataz. Pero aquella misma mañana Britt había inspeccionado el terreno a través de los gemelos de campaña y vio que había uno de aquellos grupos compactos de jinetes que ya no era raro ver en aquellas llanuras. Los jinetes desaparecieron en las alturas. Si no eran cuatreros, eran ladrones de reses, lo que venía a ser lo mismo. Holly Ripple no se había inquietado mucho por las crecientes pérdidas de ganado vacuno, mas sí indignado terriblemente al ver que le arrebataban algunos de sus caballos de raza. El equipo de vaqueros de Britt se encontraba repartido por diversos lugares de la campiña en la que sus miembros se entregaban a diversos trabajos. Cuando el capataz descendió a los terrenos llanos por orden de Holly, supuso que encontraría a algunos de los vaqueros en White Pool; por lo menos a Stinger, Beef Talman y Jim, que deberían haberse encontrado allí; pero no estaban. Por esta causa, Britt subió a lo alto de la montaña.
Dobe Cabin, en una arboleda poblada de tiemblos verdes y blancos, se encontraba ante Britt, en la boca del ancho desfiladero. Una cerca muy sólida de troncos se extendía desde una hasta otra pendiente. El grupo de jinetes desconocidos que había despertada los recelos y las sospechas del capataz había dejado el ancho portillo abierto. Al cabo de unos momentos Britt vio unas espesas nubes de polvo que se elevaban en lo alto del retorcido pasto, y un momento más tarde descubrió un grupo de caballos que avanzaban al trote. Britt esperé hasta que cierta cantidad de los jinetes, vestidos de oscuras ropas, fue fácilmente visible. Y después consideró que la guerra en los terrenos de Ripple había tenido su principio en aquel momento.
«Bien, si ha de empezar, ¿qué inconveniente hay en que sea ahora mismo?», se dijo sombríamente al mismo tiempo que comenzaba a descender la pendiente. Al llegar a la cerca se apeó del caballo y, cerrando el enorme portillo, esperó el desarrollo de los acontecimientos con atenta vigilancia y la imaginación en plena actividad. Britt recorrió con la mirada el campo que lo rodeaba, en un intento por descubrir algunos de sus jinetes. Sabía que había de necesitarlos al cabo de muy poco tiempo. Los caballos y las reses pastaban a sus pies, y en la parte inferior de la meseta unos cuantos búfalos peludos habían hecho un alto en su camino desde el Sur. Britt meditó detenidamente respecto a la conveniencia de tender una emboscada a los jinetes que se aproximaban, o de hacerles frente de modo descubierto. En el primer caso tenía la seguridad de que corría el riesgo de morir acribillado a tiros en su encuentro contra ocho o diez malhechores; pero en el segundo tenía ciertas probabilidades de que el valor y el ingenio pudieran serle de utilidad. La cuestión de permitir que aquellos jinetes se marchasen sin oponerse a su presencia ni a sus designios no se le ocurrió al viejo batidor tejano.
Dobe Cabin fue el hogar de un colonizador que había sido asesinado por los utes. Una delgada corriente de agua corría perezosamente hacia El Paso; los tiemblos estaban vestidos con un fresco verdor primaveral, y todas sus hojas se agitaban débilmente bajo el tranquilo soplo del aire; los antílopes de lomos blancos se asomaban al borde del barranco; los patos silvestres corrían en torno a un solitario banco de madera. Britt recordó la leyenda de El Paso de la Muerte, que se refería al asesinato de varios españoles por los apaches, hacía un siglo o acaso algo más. La matanza debía de haber tenido lugar durante el transcurso de una hermosa mañana, soleada y serena de Nuevo Méjico, parecida a aquélla. Y Britt tenía la sospecha de que aquellos antiguos días de los viejos y desaparecidos padres españoles habrían parecido pacíficos en comparación con los que se avecinaban.
Britt oyó el seco golpetear de unos cascos sin hierro sobre las rocas, más allá de la arboleda de tiemblos. Luego, unas manchas blancas o pardas, y grises o negras, pudieron verse a través de las rocas. Al cabo de muy poco tiempo aparecieron unos caballos que avanzaban lentamente entre los delgados troncos de los árboles. Algunos de ellos se acercaron al arroyuelo para beber, mientras los otros salían de la arboleda al trote y recibían directamente los rayos del sol. El que iba delante de todos tenía las orejas tiesas y se detuvo al mismo tiempo que lanzaba unos sonoros resoplidos. Los que llegaron tras él le obligaron a reanudar la marcha. Inmediatamente los hombres que componían la banda, al ver a Britt, se retiraron a un lado y se agruparon a la izquierda. Los que se habían separado de ellos se unieron prontamente al grupo principal.
El capataz trepé a la alta cerca y se sentó en la parte superior del tronco más próximo al portillo. Unos agudos relinchos de los animales debieron de dar a conocer a los jinetes que su avance había sido detenido. Britt conté hasta dos docenas de animales, o acaso más, que habían sido seleccionados por unos hombres que, sin duda, entendían de caballos. Tales caballos eran todos jóvenes y estaban señalados por los signos distintivos del caballo de raza y por el hecho de que todos aparecían sin marcar.
«¡Maldita sea mi suerte!», gruñó Britt. «¡Otra sorpresa! Perdemos una nueva cantidad de caballos que no hemos tenido tiempo de herrar. Eso es todo. Si tuviera doble número de vaqueros que el que tengo, aún no serían suficientes para marcar todos los caballos y todas las reses que nos pertenecen.»
Los caballos se detuvieron al llegar a la cerca, mantuvieron las cabezas erguidas durante unos momentos, y luego comenzaron a pastar siguiendo la dirección de la pendiente.
Britt vio a los jinetes antes que éstos a él. Tenía ocho ante sí, y pensó que todavía habrían de unirse al grupo algunos más. Las voces llegaron claramente hasta él.
—Bill, las cosas presentan mal aspecto.
—El portillo está cerrado.
—Mira aquel hombre.
—¿Quién diablos es?
Después de una corta pausa, uno de los jinetes contestó: —Es Cap Britt, el capataz del equipo de Ripple. Britt reconoció aquella áspera voz como la perteneciente a Mugg Dillon, uno de sus vaqueros.
—Vete delante —ordenó imperativamente uno de los hombres que componían el grupo—.
Mira qué hay en aquella cabaña.
Dillon corrió hasta cruzar el grupo de tiemblas y se acercó a la abierta puerta de la cabaña. Miró a su interior y dijo roncamente:
—Aquí no hay nadie.
Entonces los jinetes se adelantaron y se detuvieron de un modo que resultó muy elocuente para el tejano, y en su formación llegaron hasta un centenar de pasos del portillo.
Dillon avanzó tras ellos. La aguda mirada de Britt percibió muchos detalles significativos.
Aquellos hombres montaban unos espléndidos caballos negros o bayos e iban fuertemente armados. Componían una cuadrilla que Britt no conocía como perteneciente a aquellos terrenos. Quienesquiera y lo que quiera que fuesen, seguramente eran recién llegados. Britt necesitó solamente una mirada para identificar a aquellos ágiles y tranquilos jinetes, todos ellos montados al modo característico de los vaqueros, tipos fornidos, de rostro pétreo, que eran propios de los ladrones de reses y de caballos.
—¡Oye Dillon! —dijo el jefe de la cuadrilla, un hombre cetrino cuyas facciones apenas podían verse en la sombra que proyectaba su ancho sombrero. El jinete llamado avanzó hasta situarse al frente del grupo—. Ven y preséntame a tu patrón.
—No es fácil hacerlo —dijo una voz seca que brotó de entre el grupo—. Ese hombre era un batidor tejano.
El jefe de la expedición adelantó su caballo hasta llegar a cincuenta pasos del portillo.
Dillon se colocó a su lado. Desde aquella distancia Britt pudo ver en el cetrino rostro del vaquero la expresión del compromiso en que se encontraba y del que parecía no haber salido.
Britt jamás había visto a aquel hombre, Bill. Tenía unos hombros anchos y una larga cabellera que le caía sobre el grueso cuello. El capataz pudo apreciar claramente la rapacidad que se asociaba a sus ojos.
—Dillon, ¿es ése tu jefe? —preguntó roncamente y sin mirar al vaquero.
—Sí.
—Buenos días, Britt.
—Buenos días tengáis —contestó secamente Britt.
—¿Está usted disfrutando, contemplando el paisaje? —contestó sarcásticamente Bill.
—No tiene nada de particular; por lo menos, en la parte que está delante de mí.
—Me parece que nos ha cerrado usted el portillo.
—El portillo es nuestro.
—Puede usted abrirlo inmediatamente.
El capataz exhaló una risa corta y seca.
—¿Qué se propone usted hacer, Britt? —preguntó el cuatrero.
—Vi que venía un grupo de caballos y no quería que salieran del cercado.
—¿Caballos de usted?... ¿Cómo podría demostrarlo? Están sin marcar.
—Reconozco que no podría demostrarlo. Pero los hombres de mi equipo conocen bien todos nuestros caballos, y están a punto de llegar.
—No digas mentiras —replicó Bill al mismo tiempo que tendía la mirada a lo largo de la llanura—. Solamente hay un jinete a la vista.
—Mugg, ¿dónde has dejado a Stinger y a Brazos Keene? —preguntó Britt fríamente.
—Patrón, Stinger ha quedado muy atrás, muerto. Y la última vez que vi a Brazos iba corriendo a toda velocidad en dirección al Paso —replicó el vaquero apresuradamente.
Dillon era el último vaquero contratado por Britt para que formase parte del equipo de Ripple y constituía una incógnita dudosa. Pero Britt sabía que la realidad de su situación sería definida al cabo de pocos instantes.
—Mugg, ¿cómo vienes en compañía de este grupo de jinetes? —preguntó lentamente el capataz.
—Yo..., el... patrón; tenía... que venir —replicó Dillon con desconcierto. Todavía no tenía la suficiente experiencia en aquel juego para encararse fríamente con una muerte que le amenazaba desde ambos lados. Britt conoció en el acto su culpabilidad.
—¡Bah! —exclamó el jinete desdeñosamente; y con un potente golpe de su enguantada mano arrojó a Dillon de la silla. El vaquero cayó al suelo, perdió el sombrero y saltó como un lobo acorralado. Su caballo se alejó arrastrando la brida—. Britt, ahórrame el trabajo de perforar a este cobarde cachorro.
—Mugg, debería matarte a tiros por haberme traicionado —dijo Britt, pensativo—. Pero ésos son los caballos de la señorita Holly... y algunos de los que más aprecia. ¿Cuál es la actitud de Jim y de Brazos respecto a esa cuestión?
—Britt —replicó el jinete—. No tengo inconveniente en manifestarle que Brazos disparó un tiro contra Dillon y que le hirió, como podrá usted ver si le mira de cerca.
—Vaquero, espolea tu caballo y márchate —ordenó Britt desdeñosamente tras de haber comprobado la veracidad de la afirmación del jinete. Dillon se inclinó para recoger el sombrero.
—Me parece muy bien —dijo Bill lacónicamente—. Pero antes ábreme el portillo.
Dillon no tenía posibilidad de elegir, sino que estaba forzado a cumplir lo que se le ordenaba; y, del mismo modo, tampoco Britt podía optar; solamente podía continuar sentado sobre la cerca y admitir aquella humillante imposición. Había conseguido dominarse, aun cuando un insólito fuego ardía bajo su piel. Britt sabía bien cuál era su deber. Su vida valía más para Holly Ripple que la de aquel insolente ladrón y la de todos los hombres de su cuadrilla.
—Aquel jinete viene a toda prisa —dijo el cuatrero después que Dillon hubo abierto el portillo.
Britt no se volvió; pero concibió una inquietante sospecha. Ciertamente, ninguno de los jinetes de su equipo se aproximaría a solas a aquel temible grupo.
Al pensarlo, Britt se volvió con tanta rapidez, que estuvo a punto de caer de lo alto del poste. Su repentino temor estaba justificado. Apenas a doscientos pasos de distancia se hallaba un caballo negro de patas finas sobre cuya silla cabalgaba Holly Ripple. «¡Dios mío!
», murmuró el capataz. Después, poniéndose las manos a modo de bocina ante la boca, gritó estentóreamente:
—¡Holly, vuelve atrás! ¡Son ladrones de caballos! Holly no le oyó, o no quiso hacer caso de sus palabras, puesto que se acercó a toda marcha.
—Britt, no eres muy amable; pero te perdono la ofensa —observó secamente Bill.
En lo que pareció solamente un instante de cortísima duración, un instante cargado de interés y de dudas para Britt, el veloz caballo negro se detuvo de repente ante el portillo y despidió ante sí una gran cantidad de guijarros. Britt había visto a su joven señorita en muchas ocasiones bajo un aspecto encantador, pero nunca como aquél. La muchacha había carecido del tiempo necesario para ponerse las ropas de amazona, y sin embargo, iba sentada a horcajadas, como podía observarse por los «chaparejos» negros y bordados en plata. Una delgada chaquetilla, cerrada hasta el cuello, destacaba más la delicada esbeltez de sus formas, del mismo modo que las manchas rojas de sus mejillas realzaban la singular blancura de su hermoso rostro. Sus magníficos ojos, tan negros corno las alas de un cuervo, miraron de modo luminoso a los desconocidos hombres. Aquél era el primer contacto directo de la nieta de don Carlos con la chusma de las llanuras.
—¡Alto, Stonewall! ¡Alto! —gritó al fogoso caballo, al mismo tiempo que le apretaba los ijares con las espuelas—. Britt, ¿es un... atraco? —preguntó con voz ahogada.
—Por lo menos, estos caballeros discuten nuestra propiedad sobre esos caballos —dijo lentamente el capataz con una mansedumbre que estaba muy lejos de sentir.
Desde el interior de la cerca, Holly se acercó al jefe de los ladrones.
—Dillon, ¡cierra la puerta! —ordenó y el vaquero la cerró con no menos temor que cuando la abrió—. Soy Holly Ripple.
Bill se quitó torpemente el sombrero, con lo que descubrió una cabeza delgada cubierta de cabello oscuro, entre el que se destacaban algunos mechones grises, un rostro cetrino que, si no hubiera sido por su expresión de temor y su curiosa sonrisa, podría haber parecido la imagen del Mal tallada en bronce.
—Buenos días, señora del rancho de don Carlos. Me alegro mucho de conocerla —contestó. Parecía estar ofuscado, no por el orgullo que se reflejaba en aquella cabecita regia ni por la imperiosa voz de contralto, sino por el profundo encanto que poseía aquella descendiente de los señores de la casa.
—¿Quién es usted? —preguntó ella.
—Bill Heaver, para servir a usted, señorita.
—¿Qué es usted?
—Soy un poco de todo lo que se puede ser en estas llanuras —contestó Bill al mismo tiempo que sonreía torpemente. Se había impresionado momentáneamente por la valentía de la muchacha; pero esta impresión había desaparecido ya.
—¿Iba usted a llevarse esos caballos?
—Me parece que sí.
—Son míos.
—No podrá usted demostrarlo, señora. Todos están sin marcar.
—Sí, puedo probarlo. Por lo menos podría demostrar que algunos de ellos son míos... He montado a ese ruano. Conozco a ese bayo... Ese abahío tiene dos años. Hay una cicatriz en su flanco izquierdo, una quemadura producida cuando los vaqueros intentaron marcarle y yo los detuve... A ese pinto lo he bautizado con el nombre de Brocha. La mayoría de esos caballos han estado en los encerraderos del rancho. Los conozco. Jamás olvido un caballo cuando he tenido ocasión de mirarlo de cerca.
—Bien, señora; eso no importa. Ninguno de ellos está marcado. Y esto es lo que distingue a los caballos que son propiedad de alguien.
Heaver volvió a ponerse el sombrero, con lo que escondió sus elocuentes ojos de vampiro. Pero Britt sorprendió antes en ellos el nacimiento de un cálido resplandor que parecía una chispa. El jinete había sucumbido a los encantos de Holly. Aquello constituía una historia vieja y bien conocida de Britt, aun cuando el tal hombre era el primer malhechor que se detenía ante Holly. Britt se llevó una mano en dirección al revólver. En el caso de que se viera obligado a tomar resoluciones extremas, mataría a Heaver y a algún otro de los amenazadores componentes de la banda, con lo que confiaba en que podría intimidar al resto.
Todos los jinetes se habían aproximado para rodear a los protagonistas de la escena y formar un semicírculo ante el portillo. Allí fue donde Britt descubrió la presencia de dos nuevos jinetes, uno de los cuales, que se había rezagado un poco, le pareció que tenía un aspecto notable que le señalaba como diferente a aquellos terribles hombres. Pero Britt tuvo sólo el tiempo justo para dirigirle una mirada, puesto que Heaver estaba dirigiendo su caballo hacia el de Holly. ¿Qué se proponía hacer el miserable? Holly no había advertido ningún peligro en la situación. Expresó el enojo que el producía aquel premeditado latrocinio de sus caballos, pero no otra emoción diferente. Britt apreció con gran pesadumbre, que la muchacha todavía no había experimentado ningún temor. No obstante, la situación era deplorable y podría fácilmente conducir a una catástrofe; por lo pronto, el dominarla estaba ya fuera de los medios de Britt. En el caso de que Heaver se enojase y respondiese a los impulsos de su ira, Britt debería correr un riesgo desesperado; y, en consecuencia, hizo todo lo posible por mantenerse frío y fuerte para poder obrar con serenidad cuando las circunstancias lo requirieran.
—De modo que usted es la famosa Holly Ripple? —preguntó Heaver, cambiando el tono de su voz hasta darle una expresión de intimidad personal. Holly advirtió ese cambio, y ya empezaba a recular con su caballo cuando el forajido extendió un largo brazo y asió la brida por un lugar próximo al bocado—.. Deténgase, mi altiva señorita. ¿No sería conveniente que fuera usted conmigo a la cabaña, donde podríamos tener una pequeña conversación privada acerca de los caballos?
—¡Insolente rufián! ¡Suelte la brida! —Holly acompañó sus irritadas palabras con un restallido del látigo. Las tiras de cuero cayeron sobre la desnuda muñeca de Heaver, que soltó unas maldiciones y retiró la mano de la brida.
—¡Bruja mestiza! Voy a...
—¡Imbécil! ¡Ten cuidado con Britt! —le interrumpió la voz fría y seca de uno de sus subordinados.
—¡Que se vaya al infierno! Vigílale tú, Covell. Tan pronto como se mueva, dispárale un tiro.
Antes de que Holly pudiera ponerse fuera de su alcance, el forajido la agarró de un brazo tan fuertemente, que casi la desmontó. El color desapareció del rostro de la joven.
Repentinamente, Holly comprendió la realidad de la brutal afrenta, el verdadero peligro, y no hizo ningún intento por libertarse.
—¿Qué se propone usted? —preguntó con incrédula sorpresa.
—Por menos de dos perras gordas sería capaz de llevarte conmigo a las montañas —contestó Heaver roncamente.
—¡No... se atrevería usted! —tartamudeó Holly, que había perdido la serenidad.
—¡Claro que me atrevería...! Pero te soltaría pronto... ¡Después de unas escenas de amor!
Esa carita orgullosa estaría enrojecida por el roce de nuestra barba. ¡Ja, ja...! ¡Vamos a la cabaña!
—¡No! —gritó ella.
Un poderoso tirón arrancó a Holly de la silla en dirección a la grupa de Heaver, pero uno de los pies de la muchacha no se desestribó.
—! Britt, detenlo! —exclamó Holly, mientras luchaba frenéticamente. Los caballos comenzaron a alborotarse.
De un solo salto, Britt recorrió el espacio que le separaba de Dillon y se apoderó del revólver que el vaquero llevaba en la funda.
—¡Abre el portillo! —silbó; y con los dos revólveres fuertemente empuñados, se volvió para aprovechar la única oportunidad que se le presentaba. Heaver continuaba agarrado a la brida y sujetando a la muchacha. El caballo negro comenzaba a retroceder y el del forajido se encabritaba. Heaver se encontraba en aquel momento en una situación desventajosa, puesto que intentaba sujetar a la muchacha y acercarse a su caballo con el fin de que pudiera sacar el pie del estribo. La levantisca actitud de los caballos y la furiosa lucha de Holly por libertarse impidieron que Britt disparase inmediatamente. No se atrevió a hacerlo por dos razones: por miedo a herir a Holly, y por el temor de que, en el caso de que matase a Heaver en tanto que la muchacha estuviera agarrada por él, pudiera caer o ser arrastrada por el caballo.
Repentinamente, el pie de Holly salió del estribo. El jinete tiró de ella, evidentemente olvidado del arma que Britt le asestaba. Pero como Britt tenía tres caballos entre sí y Covell, se encontraba momentáneamente protegido del ataque que contra él pudiera hacer aquel jinete.
—¡Alto!
La imperativa orden detuvo a Heaver. Y distrajo por un momento a Britt de su mortal propósito. Luego, detrás de Britt y a uno de sus lados, un caballo se encabritó y golpeó el terreno con sus cascos de hierro. Antes de que el caballo hiciera alto, su jinete saltó limpiamente y se detuvo ante Heaver y sus hombres. Las rodajas de sus espuelas produjeron un sonido vibrante y metálico. Aquel miembro de la banda de Heaver era el extraño recién llegado que Britt había observado se quedaba al fondo.
—¡Frayne! —exclamó el jinete, con una inflexión de voz que no carecía de significado para Britt. Britt conocía bien a los hombres. Por espacio de veinte años había oído y observado a los personajes más desesperados de la frontera en situaciones críticas para ellos.
—¡Suéltala! —fue la orden transmitida con fría y seca palabra.
—¿Co... mo? —tartamudeó el jefe de los bandidos mientras su rostro se encendía en una llamarada.
—¡Obedéceme, Heaver!
La esbelta figura de Frayne se estremeció perceptiblemente; pero mucho más significativo que este estremecimiento fue el temblor de sus manos, que descendieron ostentosamente hasta llegar a los dos revólveres azules que llevaba colgados sobre las caderas.
—¡Dios mío! ... ¿Qué te sucede? ¿Qué es esto? —gritó ásperamente Heaver; y su rostro se cubrió de una terrosa palidez. El bandido abandonó a Holly en el suelo y soltó la brida. Holly recogió presurosamente la de su caballo y lo arrastró a través del portillo, donde volvió a montarlo.
Heaver se inclinó hacia delante y se echó el sombrero hacia la nuca con nerviosas manos, con lo que mostró su duro rostro cubierto de sudor.
—¡Frayne! ¿Me has hecho traición?
—¿Qué necesidad hay que hablemos más? —preguntó el otro burlonamente.
—Hay necesidad de que hablemos —continuó el bandido roncamente; su voz perdió el temblor que la dominaba como consecuencia de la intensificación de su enojo—. Ésta es la segunda vez que te pones en contra mía. Reconozco que puedes tener razón para hacerlo, por lo menos en esta ocasión; pero sólo intentaba asustar a la muchacha.
—¡Embustero!
—Bien; podría haberla abrazado y besado hasta obligarla a tragarse su orgullo y sus altaneras palabras... ¿Qué tienes tú que ver con todo ello? Ya he visto antes de ahora que eres muy sensible para las mujeres. Te has enamorado de Holly Ripple, ¿eh?, de esa brujita mestiza y guapa de ojos negros.
—¡Cállate, perro sarnoso! La señorita Ripple es una dama, que es algo que tú no puedes comprender. Déjala fuera de esta cuestión.
—¡Demonios encendidos! ... Frayne, la dejaré porque tú me lo pides, ya que te interesas tanto por las mujeres. La dejaré marchar. Pero tendrás que terminar de decirme palabras ofensivas, o habremos terminado para siempre.
—Heaver, eres muy torpe. Cuando te llamé lo que te llamé, ya habíamos terminado para siempre.
—¡Ah! ¿Sí? Perfectamente. Es una gran suerte para mí —replicó el forajido.
—Todavía no te has librado de mí.
La incertidumbre cesó para Heaver. De nuevo cambió de actitud, no de modo superficial, sino de la manera que le forzaba a hacerlo la repentina comprensión de que la lucha era irremediable y de que un algo siniestro había en los platillos de la balanza.
Volviéndose hacia Tovell, le maldijo rotundamente.
—¡... ... ...! Todo esto sucede por tu costumbre de admitir a hombres de esta clase de lobos solitarios. Ya te lo advertí... ¡Y ahora, eres... ... ...! ¡Si no eres un cobarde, acércate!
Britt retiró del enfurecido Heaver la mirada, para dirigirla hacia el hombre que tan inesperadamente se le había enfrentado. Y comprendió repentinamente la dirección que tomaban los acontecimientos. Aquel Frayne era tan inevitable como su destino. Aun cuando estaba acostumbrado a conocer personajes decididos y valientes, se sintió por completo asombrado al ver la terrible presencia del joven. Entre las hordas de occidentales, de desesperados y de proscritos, siempre le habría sido posible reconocerle como un hombre excepcional en el que se compendiaba y resumía el bravío espíritu que imperaba en la frontera. Sus labios estaban contraídos por un mohín de desprecio, sus blancos dientes resplandecían, sus ojos eran como chispas de fuego gris. Todas sus facciones se combinaban para expresar una aterradora fuerza. Y Britt había visto aquella fuerza encarnada en más de uno de los implacables e indomeñables matadores con quienes se había encontrado en el curso de su vida.
—Frayne, comprendo... —dijo ahogadamente el jefe de los bandidos, con una arrebatada cólera—. Pero, ¿por qué pretendes imponerte a mí?
—No quiero tratar a hombres de tu especie —replicó lentamente Frayne—. Has mentido, del mismo modo que mentiste en la otra cuestión... No me gustó el modo como engatusaste a Dillon para obligarle a traicionar a sus compañeros. Vinimos aquí para robar una recua de caballos sin marcar. Pero eso no era bastante para ti.!Cuando el azar puso a la señorita Ripple en tu camino, despertó el puerco que hay en tu interior... La ofendiste, la arrebataste de su caballo..., la habrías llevado contigo... dejando a tus hombres que luchasen contra este tejano.
Habrías convertido a tus hombres en cómplices de un delito que ningún occidental perdona jamás. Habrías arrojado sobre mí ese estigma... Ahora, Bill Heaver, ¿me he expresado con claridad?
—Con... comple...ta clari...dad, Frayne —respondió altaneramente Heaver. E hizo una larga inspiración de aire que produjo un agudo silbido. Luego, su sangre, su brazo y su voz se elevaron simultáneamente—. ¡Covell! ¡Matadlo, hombres!
La vista de Britt no fue lo suficientemente rápida para observar cómo Frayne desenfundaba sus armas. Pero allí estaban las enormes armas azules, vomitando rojas vaharadas de humo. Luego se produjeron unos estampidos, que casi se fundieron en uno solo. El arma de Covell estaba desenfundada y el hombre tenía medio extendido el brazo cuando se produjo la explosión. Pero su rostro carecía de expresión, y Covell se tambaleó e inclinó hacia atrás cunado sonó el disparo. Heaver se dobló en la silla al encabritarse su caballo, que lo desensilló y lo despidió pesadamente al suelo. Covell cayó también. Ninguno de los dos hombres movió ni un sólo músculo. Ambos habían muerto antes de llegar a tierra.
Los otros caballos eran difíciles de dominar. Unos brazos de hierro tiraron de sus cabezas. Frayne apuntaba a los jinetes con sus revólveres. Es posible que la actitud de los caballos favoreciese a Frayne en su propósito de intimidar a aquellos hombres. Ninguno de ellos desenfundó arma alguna. Cuando los caballos hubieron sido dominados, Britt se colocó junto a Frayne con sus dos revólveres dispuestos para disparar.
—Vosotros, marchaos. ¡Pronto! —gritó Britt, aprovechando la favorable coyuntura.
El arma izquierda de Frayne se dirigió expresivamente hacia la puerta. Los jinetes espolearon como un solo hombre a sus caballos, corrieron al llegar ante el aterrado Dillon y se alejaron en dirección a San Marcos.
—Coge tu caballo, Mugg —gritó Britt—. Este terreno no será saludable para ti de ahora en adelante. Has salido con bien de este trance. Llévate la pistola.
Mientras Dillon saltaba para montar su caballo, Britt corrió hacia el portillo, donde Holly permanecía rígida junto a su silla. La blancura de mármol de su rostro, el desvaneciente temor que se reflejaba en sus ojos y las palpitaciones de su corazón dieron fe de la tensión en que se había encontrado hasta un momento antes.
—Holly, todo ha concluido dijo fervientemente Britt al mismo tiempo que tomaba entre las suyas la enguantada mano que temblaba sobre la rodilla de la joven—. ¡Animate! Hemos tenido mucha suerte. Es muy probable que no te reprenda cuando lleguemos a casa.
—Ha obligado... a los otros... a huir —dijo ella en tono ahogado, mientras levantaba la cabeza para recorrer con una mirada la ancha llanura.
—Yo diría que así ha sido —dijo lentamente Britt, que hablaba para aliviar la presión que le apretaba la garganta.
—Ese diablo... y el otro hombre, Covell... ¿han muerto?
—¡Muerto! No hay duda.
—Y ¿fue él quien los mató en favor mío?
—Lo hizo por ti y nada más que por ti... No volvamos a acordarnos de ello. Has demostrado que posees valor. No te desmayes ahora cuando todo ha concluido.
—Me ha salvado... solamente Dios sabe de qué —murmuró ella todavía atemorizada.
—Sí, así ha sido. No hay posibilidad de dudarlo. Yo no habría podido hacer nada si ese muchacho se hubiera puesto de parte de Heaver. Es seguro que habría matado a Heaver y quizás a alguno de sus hombres. Pero yo también habría encontrado la muerte muy pronto. Y de este modo, te habrías encontrado a su merced... Holly, sea esto, ¡por amor de Dios!, una lección para ti.
—Es preciso que hable con él..., que le dé las gracias... Ve a buscarlo, Britt. Concédeme unos instantes. Y luego tráelo a mi lado.
Britt se oponía algunas veces a los deseos de Holly cuando la muchacha se encontraba tranquila y con ánimo alegre; pero jamás cuando se mostraba imperativa ni cuando se hallaba espoleada por la emoción. Naturalmente, en aquel instante se encontraba dolorosamente sobresaltada. Y aún cuando a Britt no le agradaba la petición de. Holly, dudó unos momentos sin saber qué hacer. Como parecía que no había posibilidad de elección, se limitó a hacer lo que se le ordenaba y cruzó rápidamente el terreno que le separaba del lado interior del cercado.
Encontró a Frayne inclinado sobre la cerca, con un pie apoyado en el machón más bajo.
Estaba liando un cigarrillo. Britt se dio cuenta de la firmeza de sus movimientos. Frayne se había echado el sombrero hacia atrás. Tenía el rostro extraordinariamente atractivo, pero esto no sorprendió a Britt tanto como la ausencia de toda emoción en su cara, tras haber tenido un altercado con la muerte. Era el suyo un rostro desconcertante, liso, sin arrugas, como una imagen severa fundida en bronce. Frayne tenía todas las características del vaquero jinete de las llanuras, hasta el bonito sombrero, el cinturón, las botas y el traje, que si no hubiera sido por su tono oscuro y su severidad, habrían hecho del hombre un caballero elegante.
—¿Tiene usted una cerilla, Tex? —preguntó cortésmente. El tono de su voz no era el de un meridional. Britt no habría supuesto jamás que aquel hombre hubiera nacido en el Occidente. Sin embargo, el Oeste había hecho de él lo que era. Britt no había visto nunca otro hombre igual a él.
—Sí. Aquí la tienes —contestó el tejano al mismo tiempo que le entregaba unas cerillas.
—Apenas he tenido necesidad de usted en aquella insignificante cuestión —dijo al mismo tiempo que encendía un cigarrillo—. Pero, de todos modos, muchas gracias.
—Llegaste muy oportunamente —gruñó emocionado Britt—. La situación era muy complicada para mí... ¿No me viste tomando posiciones para meter un tiro en la cabeza de Heaver?
—Sí. Y temí que pudiera usted herir a la señorita Ripple. Este temor me hizo intervenir más pronto de lo que pensaba. Era curioso el observar a Heaver. Y era más extraño todavía el ver su comportamiento hacia una mujer.
—Así lo comprendí. Y te oí —replicó Britt—. Pero tus razones no me importan. Lo que me interesa es el resultado. No puede negarse que me has salvado de resultar herido por lo menos, y que has librado a Holly Ripple de algo peor que la muerte... Me parece inútil darte gracias, Frayne.
—No lo intente. No vale la pena.
—La joven quiere dártelas. Hazme el favor de entrar.
—Gracias, Britt, pero preferiría no hacerlo.
Holly, después de haber traspuesto la cerca y de salir al terreno cubierto de hierba, pasó tan cerca de él, que habría sido imposible que no oyera las frías palabras del muchacho. Dio la vuelta al llegar al portillo y continuó avanzando en dirección a los hombres. El rubor iba desapareciendo de su rostro. Frayne se separó de la cerca y quitándose el sombrero, inclinó la cabeza.
—¿Me permite que le pregunte su nombre? —preguntó Holly aparentando serenidad, aun cuando Britt observó que su habitual tranquilidad parecía haberse evaporado.
—Frayne, Renn Frayne —contestó él. Se mostraba cortés pero frío. La inconmensurable distancia que había entre ambos, entre Holly Ripple y un proscrito de las llanuras, podría haber sido imperceptible para Heaver, pero no para aquel hombre.
—Señor Frayne, le estoy muy agradecida por su... por su oportuna intervención.
—No vale la pena, señorita Ripple —contestó él en tanto que arrojaba el cigarrillo al suelo. Después de aquella primera mirada, no volvió a mirarla directamente—. No quiero que me dé las gracias. Sólo conseguirá con ello disgustarse un poco más... al tener que volver a recordar y ver a esos hombres muertos. Váyase en seguida.
—Ha sido horroroso, mas ya me he repuesto... Darle las gracias me parece absolutamente insuficiente en este caso. ¿No querría usted aceptar algo más material?
—¿Por qué? —replicó él, y sus sorprendentes ojos grises, claros como el cristal, y tan carentes de alma como él, volvieron a clavar en ella una mirada.
—Evidentemente parece usted conceder muy poco valor al servicio que me ha prestado —afirmó ella, en quien la altanería volvía a renacer.
—Y ¿quiere usted recompensarme por haber matado a tiros a una pareja de cerdos?
—Dificulta usted el cumplimiento de mis obligaciones, señor Frayne... Pero no quiero recompensarle. ¿Aceptaría usted algún dinero?
—No.
Holly se despojó de un guante para quitarse un magnífico anillo de hechura española que llevaba en el dedo, y se lo presentó con una sonrisa cautivadora.
—¿No querrá usted aceptar esto?
—Muchas gracias. No lo necesito.
—¿Aceptaría usted uno de mis caballos de pura raza? —insistió ella, esperanzada.
—Señorita Holly Ripple —dijo Frayne con la misma expresión que si hubiera recibido un picotazo doloroso—, soy Renn Frayne, pistolero, proscrito, cuatrero. Me he convertido en ladrón de caballos. No poseo ni un solo dólar que sea mío, ni un lecho en que dormir, ni un amigo en todo el mundo. Pero no puedo aceptar pagos ni recompensas por lo que he hecho.
No podría usted recompensarme por el favor que le he prestado, del mismo modo que no podría comprarlo, por lo menos a mí.
—Perdóneme. No había comprendido —replicó ella con disgusto—. Pero... no conocía hombres de la clase de usted. ¿Cómo podría saber que un desesperado..., y todo eso que usted ha dicho de sí mismo..., pudiera ser... un caballero? Es usted un caballero de las llanuras, señor.
Y se dirigió suplicante a Britt—. ¿Qué podría hacer, Cappy? Este hombre me ha colocado en circunstancias de eterno agradecimiento.
—Creo, muchacha, que tendrás que dejar las cosas en el estado en que se hallan —contestó Britt.
—Señorita Ripple, soy un hombre tosco y vulgar, pero creo no haber interpretado mal a usted —dijo Frayne—. Si se cree obligada a hacer algo por mí... Pero antes de todo: ¿no tiene usted el sentido necesario para no cabalgar a solas por estas llanuras?
—Hago... lo que me parece conveniente —replicó Holly.
—En ese caso debería usted recibir una lección. He recorrido todas las llanuras bravías.
Y ésta es la peor de todas. Es usted una tontuela de cabeza dura.
—¿Cómo se atreve usted?...
—Me gusta llamar al pan pan, y al vino vino, señorita Ripple —afirmó él—. Es posible que sea útil para usted el oír la verdad. Es usted una señorita excesivamente mimada y halagada.
Si Heaver se hubiera apoderado de usted y la hubiese llevado a las montañas, como él mismo y otros muchos hombres de su calaña han hecho en otras ocasiones con otras mujeres, entonces habría comprendido usted pronto que la sangre, la riqueza y el orgullo serían cosas completamente inútiles. Se hubiera usted convertido en una esclava. Heaver la habría obligado a lavarle los pies.
—¡Señor!... Le ruego no me obligue a lamentar el favor que me ha hecho.
—No me importa nada. Pero, ¿no tiene usted padre que la sujete y domine?
Mi padre murió... y también mi madre.
—A pesar de sí misma, a pesar de su altanería, Holly se vio forzada a contestarle.
—Es fácil ver que no tiene usted esposo. Pero seguramente un novio...
—¡No! —Un rojo rubor cubrió el rostro de Holly.
—Entonces no hay motivos para asombrarse. Si yo fuera su padre, señorita Holly, la azotaría para obligarla a adquirir un poco de sentido común. Y si fuera su novio, le daría una buena paliza.
El espíritu de Holly pareció sufrir un choque. Sus grandes ojos se abrieron como dos abismos en medio de la noche. Y la joven miró fijamente, con muda fascinación, a aquel desconocido con quien había contraído una deuda tan grande, y quien, todo en el espacio de una sola hora, se atrevía a reprenderla como nadie lo había hecho.
—Además, es usted una chiquilla —continuó Frayne, lo mismo que si se hubiera sorprendido al apreciar la contrición de ella—. Bien, voy a decirle cómo podría recompensarme: prométame por su honor que jamás volverá a recorrer estas llanuras sin ir acompañada de unos hombres que la protejan y defiendan. Y, en cuanto a mí, eso significaría una buena acción frente a las muchas malas que me acusan.
—Se lo... prometo —replicó ella con voz trémula.
—Muchas gracias, señorita Ripple. Sinceramente, no creía que lo hiciera...
Estrechémonos la mano para sellar la promesa... Ahora, estamos en paz.
—¿Tiene usted confianza en mí? —preguntó ella, sorprendida—. ¿Cree que cumpliré mi promesa?
El joven observó detenidamente el hermoso rostro, sin prestar atención a sus encantos e insensible al señuelo de su feminidad, como podría haberlo hecho una persona que tuviere el convencimiento absoluto de obtenerlo para sí.
—Jamás quebrantará usted su solemne palabra —dijo con firmeza Frayne, al mismo tiempo que se volvía hacia Britt—. Llévela a casa, Tex. ¿Mandará usted aquí a algunos muchachos para sepultar a esos muertos?
—Lo haré, Frayne; creo que debes registrarlos.
—No seré yo quien lo haga. Y no quiero que se me olvide decirle que su muchacho, Stinger, puede estar todavía vivo.
—Si Brazos Keene consiguió librarse de Heaver, debe de estar volviendo en este momento con Stinger. Los vaqueros no suelen ser por regla general tan valientes como Brazos...
—Brazos Keene... ¿Dónde he oído ese nombre? Consiguió salvarse, Britt, créame. Todos estaban disparando contra él. Es una piedrecita de la enorme roca vieja de Texas. Preste atención a ese muchacho, Britt.
—Espere..., hágame el favor de esperar —gritó Holly al ver que Frayne se volvía en busca de su caballo.
—Creí que habíamos saldado nuestra cuenta —dijo él dubitativamente.
—Todavía no. Tengo algo más que pedirle.
Britt lanzó una sorda maldición en voz baja. Casi, pero no demasiado tarde, la muchacha había recobrado la dulzura de su carácter lo que le hacía estremecerse y. temblar.
Para no ser arrastrado por el encanto de aquellos ojos de aterciopelada negrura, de brillante elocuencia y de un alma fuerte y apasionada, un hombre necesitaría estar clavado en tierra lo mismo que las enormes rocas de la montaña.
—Digámonos adiós, señorita —dijo Frayne.
—¿No tiene usted dinero, ni lecho, ni amigos en todo el mundo?
—Ya se lo dije. No es una amabilidad el recordármelo.
—¿Qué va usted a hacer?
—Lo mismo que muchísimas veces antes de ahora: continuar cabalgando.
—¡No en busca de los hombres de Heaver!
—No.
—¿Continuará usted corriendo de un lado para otro hasta que el hastío y la soledad le obliguen a unirse a otros hombres como ellos?
—La verdad es amarga, señorita Ripple.
—Renn Frayne, usted no es hombre de esa clase.
—No lo fui antiguamente, pero ahora lo soy.
—¡No lo es usted!
—¿Puedo preguntar por qué? —preguntó él, fatigado.
—Porque en usted hay algo noble; porque ha matado usted por salvar a una mujer.
—Bien, siempre recordaré las fantasías de Holly Ripple acerca de mí —replicó él con una borrosa sonrisa.—. Querría usted trabajar para mí? —preguntó ella.
—¡Señorita... Ripple!exclamó Frayne, que al fin, salía de su indiferencia.
—¿Quiere usted trabajar como caballista para mí?
—¡Está usted loca, señorita! —exclamó él incrédulamente—. ¿Me pide usted... a mí..., a Renn Frayne..., que trabaje para usted?
—Sí..., Britt, no me mires como un idiota asombrado. Dile que le necesito, y explícale por qué.
—Oye, Frayne estalló el tejano—, no es mala idea. Tengo un equipo de hombres tan bravíos como los que más puedan serlo. Esos hombres, bajo tu dirección, podrían desempeñar un gran papel durante los años venideros.
—¡Hombre de Dios! Esta muchacha le ha vuelto loco.
—Es posible. Pero ese no es el caso. Sé que es esto lo que ha querido decir; vuelve la espalda a cuadrillas como la de Heaver, y ayuda al equipo del rancho de don Carlos.
Frayne se estremeció y esta ligera reacción denunció la realidad de su estado de ánimo.
Su descarada arrogancia referente a su irremediable mala fama, se borró.
—¡Dios mío! ¿Es eso lo que me pide usted? —preguntó roncamente al mismo tiempo que levantaba una mano, como si con ello quisiera hacer una advertencia a Holly.
—Eso es lo que le suplico.
—¡Pero yo soy un ladrón!
—Sí. Y le duele serlo —exclamó ella, dolorida.
—esta es tu ocasión, Frayne —dijo Britt, finalmente inspirado—. He conocido a muchísimos hombres malos que se han vuelto buenos. Estas cosas suceden con frecuencia en el Oeste. ¿Te sientes con valor para intentarlo?
—Señorita Ripple, sería un embustero si le negase... lo mucho que me ha sorprendido su oferta. Pero... ¡es increíble! Soy nuevo en estas llanuras, pero el Panhandle, Kansas, todas las campiñas del Norte, me gritarían reprobatoriamente si la escuchase.
No me importa lo que haya sido usted —continuó ella apasionadamente—. Lo que me importa es lo que sea usted ahora. Esas campiñas están lejos, muy lejos. Olvídelas. Entierre aquel pasado. ¡Y luche por mi rancho, por mi ganado, por mis caballos, por mí!
Como un hombre borracho Frayne se tambaleó y apoyó en la cerca. Britt comprendió que se hallaba en la situación más compleja y conmovedora de toda su vida. Aun cuando aquel hombre hubiera sido rematadamente malo, no podría continuar siéndolo.
—Jamás le haré una pregunta —continuó Holly—. Sólo quiero que me haga una promesa.
—¿Cuál?
—Que durante todo el tiempo que esté usted a mi lado..., y espero que sea para siempre..., esa... esa deshonestidad que usted ha confesado será como si jamás hubiera existido... ¿Me lo promete usted?
—te doy mi palabra... Pero ¿cómo podrá usted tener confianza en mí?
—Le he hecho una promesa. Usted dijo que jamás la quebrantaría. ¿Puedo hacer menos que confiar en usted, Frayne? He aquí mi mano.
Frayne se inclinó rendido flora estrechar la desnuda mano que se le ofrecía.
Holly bajó la mirada hacia su inclinada cabeza. Britt había visto muchas luces y muchas sombras en aquellos espléndidos ojos españoles; pero ningunas tan dulces, tan extrañas, tan místicamente hermosas como las que brillaron en ellos en aquel instante. Había sido necesaria la presencia de un proscrito de las llanuras para llegar hasta el oculto corazón de Holly. Por espacio de dos años consecutivos Britt había observado las diversas oscilaciones de la muchacha por los vaqueros del rancho de don Carlos. Holly era la hija americana de Lee Ripple, pero sus caprichos e inclinaciones fueron siempre netamente españoles. Britt suspiró al hallarse en presencia de lo inevitable; mas su amor por Holly le hacía sentirse tolerante.
Frayne levantó el rostro, frío y sereno, sin sombra ya de emoción y soltó la mano de la muchacha.
—Llévela a la casa, Britt. Los seguiré —dijo tranquilamente; y se dirigió hacia el caballo que se hallaba pastando la jugosa hierba.


III
La vida de escolar de Holly Ripple, en Nueva Orleáns, desde el noveno hasta el decimosexto año de su vida, había sido una vida de comodidades, de lujo, aunque de restricciones; de modo que cuando se vio lanzada a la llanura más bravía de toda la frontera, para convertirse prontamente en la única señora del rancho de don Carlos, con sus grandes manadas de ganado y yeguadas, se vio en la necesidad de echar mano del orgullo y del espíritu inherentes a su naturaleza.
Britt la había ilustrado, incesante y fielmente, durante los años pasados. A la muchacha no le interesaba el ganado, pero como quería mucho a los caballos, Britt la había enseñado a cabalgarlos al modo de los indios, y a conocerlos. De este modo Holly adquirió una fortaleza física, una habilidad, una resistencia para el cansancio y un valor que habían ocasionado a su capataz muchos disgustos y ansiedades. Pero Britt no podía realizar milagros, y la dura vida de la llanura no había podido anular la dulce femineidad de Holly. Acaso el prudente coronel habría, intentado hacer lo mismo.
Naturalmente, Holly había visto muchas de las durezas y de las maldades de las llanuras. Curiosa, interesada, atraída por todo, no había sido posible contenerla. El viejo camino de caravanas que iba desde Santa Fe hasta Misisipí cruzaba sus tierras. Un pueblecito mejicano, cuyos habitantes eran empleados de Holly, se cobijaba pintorescamente bajo la gran casa ranchera. Una sucursal de la «Compañía Comercial de Horn» se hallaba establecida allí donde los tramperos iban a vender y los pieles rojas a comprar y cambiar. Los pelotones de dragones se detenían allí en su camino cuando viajaban escoltando caravanas. Las caravanas pasaban continuamente desde la primavera hasta el invierno, y siempre acampaban en los algodonales que florecían a lo largo del arroyo. Las caravanas que provenían de Texas siempre obtenían algún provecho del rancho de don Carlos.
En el espacio de dos años, ante los voraces ojos de Holly, se había desarrollado la intensa vida característica del Occidente. Medio centenar de vaqueros llegó y se fue. Más de un vaquero levantisco o borracho había mordido el polvo o clavado las espuelas en la tierra de la llanura de Holly. La lucha era lo característico de sus vidas. Holly había presenciado el principio y el fin de muchísimas fanfarronadas. En muchas ocasiones había puesto fin a diversas peleas. Y en más de una ocasión se había tropezado involuntariamente con hombres que colgaban ahorcados de los árboles. Había presenciado una refriega entre soldados y salvajes; había visto llegar diligencias cuyos conductores iban ensangrentados, y en el interior de las cuales iban pasajeros vivos junto a los muertos, y había estado presente, aquella misma primavera, cuando un ganadero y un cuatrero contendieron fatalmente a tiros en las calles de San Marcos.
Pero el terrible y bravío espíritu de la frontera jamás había conmovido a Holly Ripple tan intensamente como en aquella brillante mañana de mayo en que un proscrito mató a dos compañeros suyos para salvarla.
Holly se alejó con una impresión de horror en todo su ser del lugar en que la escena se había desarrollado. Presenció el encuentro sin perder el valor. Todas las palabras y todos los actos se grabaron indeleblemente en su conciencia. El enojo al observar el atrevimiento de aquellos ladrones de caballos se había convertido en furor contra el director de la banda, y finalmente en un temor como jamás había conocido otro igual. En el caso de que Holly hubiera podido salvar las vidas de Heaver y Covell levantando una mano, no lo habría hecho.
El Este, que le había dado el ser, se impuso aquel día a Holly. Después, el orgullo la sostuvo en tanto que respondía al irresistible e incomprensible impulso que la obligaba a persuadir a aquel lobo solitario, a aquel proscrito, a que se convirtiera en uno de sus jinetes.
Al dirigirse de nuevo hacia su hogar en compañía de Britt, el intenso encanto de aquel impulso se desvaneció. Y luego, el horroroso recuerdo de lo que la había amenazado, así como el de la sangre y de las muertes que le sucedieron, se convirtieron en una sensación de repugnancia y de horror. Solamente su interés por aquel hombre extraño que la había salvado, impidió que Holly se comportase del modo como lo habría hecho alguna de sus compañeras de estudios de Nueva Orleáns, que solían desmayarse a la vista de la sangre.
—Holly, estás completamente lívida —dijo solícito Britt, después de haber recorrido un trecho—. Y no te mantienes en la silla con la firmeza acostumbrada.
—Me encuentro enferma, Cappy. Acércate a mí... Pero pronto me repondré.
—Es seguro. Aprieta los dientes, y continúa cabalgando, Holly.
—Espero que no me reñirás... por haberme marchado sola. Tenías razón.
—No. No te reñiré. Pero espero que lo sucedido sea una lección para ti.
—Lo será. Jamás volveré a ser tan testaruda. Se lo he prometido a él. ¡Oh, se mostró insultante, implacable! Pero no vulgar.
—Holly, nuestro nuevo trabajador parece ser muchísimas cosas..., una de las cuales es...
un relámpago. ¡Dios mío! ¡Qué manera más rápida de obrar! ... Holly, he visto desenfundar el revólver a algunos de los grandes luchadores tejanos. Frayne podría haberlos vencido hoy a todos. No dejo de preguntarme quién es y qué será ese muchacho.
Holly permaneció en silencio. No quería saberlo. Frayne le repugnaba tanto como la fascinaba. ¿Qué la había obligado a hacer una oferta tan impremeditada y atrevida? ¿Lo lamentaba ya? ¿Había obrado obedeciendo a impulsos de piedad y de gratitud? Finalmente, se volvió en la silla para ver si Frayne los seguía. ¡No se veía ningún jinete en toda la herbosa extensión! Holly se sintió tranquilizada. Sería posible que el proscrito no los siguiera. Y más tarde este pensamiento le provocó un vago y molesto temor a que aquel hombre no cumpliera su palabra. Un instante después Holly se censuraba a sí misma por haber dudado de él. Frayne no mentiría. La vergüenza rozó las opuestas emociones de Holly. ¡Cuán frío, implacable, indiferente y ofensivo era el proscrito! Ningún hombre se había atrevido hasta entonces a reñirla. Holly continuó cabalgando sin darse cuenta de que aquella sensación de disgusto que experimentaba comenzaba gradualmente a convertirse en algo más fuerte.
—Cappy, ¿hice mal? —preguntó al fin.
—¿Cómo, muchacha?
—Al ofrecerle trabajo..., al confiar en él.
—No sabría qué decirte. Al principio me quedé asombrado. Pero ahora comienzo a pensar de diferente modo. Si Brazos y Cherokee y los meridionales simpatizan con Frayne, yo diría que esta adquisición podría ser muy valiosa para el rancho de don Carlos.
—Tú ¿no tendrías inconveniente en confiar en él?
—Parece una cosa irrazonable; pero estoy seguro de que no tendría ningún inconveniente —replicó Britt, pensativo.
—¿Ya? —preguntó ella.
Britt volvió la cabeza para recorrer con la mirada la ondulante extensión. Y como no contestase inmediatamente, Holly percibió en sí una inquietud a la que se mezclaban el consuelo y la aflicción.
—Allá está, coronando una pendiente —contestó al fin Britt—. No le vi en el primer momento. Deberíamos haber sabido que ese hombre...
Pero Holly no oyó ninguna palabra más de las que Britt pronunció lentamente, sino que quedó de repente sorda e insensible a todos los estímulos exteriores. Sus temores y conjeturas se desvanecieron en un remolino de sobresaltadora y alegre certeza, de lo cual se avergonzó inmediatamente. Holly, consternada y con el corazón estremecido, intentó refugiarse en el pensamiento de que aquel día había sido el más excitante y emocionante de toda su vida. Pero una inquietud, una impresión de inestable debilidad continuó apoderándose de ella.
—Holly, allí viene una caravana —dijo Britt con vehemencia mientras señalaba el ancho algodonal, desde el cual se elevaban columnas de humo azul—. Es la primera que viene de Las Animas esta temporada. Debe ser la de Buff Belmet, y seguramente trae muchísimas cosas para nosotros.
—Sí, ciertamente, y ya era hora de que viniera. Vamos a recibirle —replicó ya animada Holly.
El sol de la tarde brillaba sobre la amplia extensión de un modo que jamás dejaba de amedrentar y deleitar a Holly. Arriba, en la pendiente cubierta de gris, sobre la colina vestida de verde, relampagueaba el rojo de la vieja mansión. Holly parecía estar viendo a don Carlos allá en los altivos días de los monarcas españoles. Era suyo aquel hogar indestructible, adornado de enredaderas y manchado por el tiempo, un monumento a la amistad que unía a don Carlos con los indios, y del mismo modo, a su padre. Ningún enemigo había ensombrecido jamás aquella abierta puerta. Ningún hombre de ninguna clase fue arrojado de la casa. Holly había mantenido la tradición de su padre y de su abuelo. Y esperaba poder hacerlo todavía en los días tormentosos que habían de llegar.
Los caballos lanzados al galope llegaron a la zona cubierta de algodoneros y, más tarde, al ancho arroyo que corría sobre lisas rocas. En el amplio semicírculo del otro lado, la caravana se detuvo para acampar. i Cómo seducían a Holly los carros de anchas ruedas, de forma de barco y cubiertos de lona! No solamente representaban los precursores del imperio occidental, sino que parecían ser puentes que uniesen las praderas con la civilización. Había veintenas de aquellos vehículos de largas varas. Unos robustos bueyes se alejaban pastando hacia los terrenos descubiertos, las mulas levantaban el polvo en muchos lugares al revolcarse por el suelo; un centenar de caballos se agachaba hacia la hierba, en tanto que otros muchos eran desenganchados. Ardía una docena de hogueras rojas. Unos hombres de camisas encarnadas se destacaban entre una muchedumbre de otros, todos los cuales se hallaban atareados como hormigas. El campamento aparecía inundado de color, rumoroso de actividad.
Era una escena que Holly jamás se había cansado de observar.
Cuando Britt y Holly llegaron junto al primer grupo, varios hombres se adelantaron para recibirlos. Holly reconoció a un trajinero, barbado y fuerte, que dirigió una alegre sonrisa a Britt, y luego el magnífico Buff Belmet, espía y hombre de las llanuras, amigo de su padre y famoso a lo largo de la frontera, que había comenzado a conducir a la edad de diez años uno de aquellos carros enormes. Belmet había perdido a su padre, su madre, su hermano y a la novia de su infancia en su primer viaje a través de las llanuras. A los veinte, era un conocido luchador contra los indios. Y, entonces, a los treinta, tenía el rostro severo y poblado de arrugas, los ojos grises penetrantes y medio cerrados, y el magnífico equilibrio de los hombres de la frontera para quienes todo ha sucedido, excepto la muerte. Los saludos fueron los usuales entre amigos que hubieran estado separados durante largo tiempo.
—¿Continúa todavía soltera y sin compromiso, señorita Holly? —preguntó Jones.
—Por lo menos, todavía estoy soltera —replicó riendo Holly.
—Qué les sucede a todos esos jóvenes rancheros y trabajadores de estos terrenos?
—Tom, la dificultad está en que hay demasiados para escoger —dijo lentamente Britt—.
¿Cuántos carros traes este viaje?
—Salí de Las Animas con treinta y ocho —contestó Belmet—. Y se unieron a nosotros durante el camino otros veinte más. Y ha sido conveniente, puesto que, de otro modo, habríamos tenido más de una refriega con algunos de los kiowas del Camino Seco.
—Ya he visto los adornos que traes —contestó Britt al mismo tiempo que señalaba las flechas emplumadas que sobresalían de las maderas de los carros—. Mira, mira,, Holly.
—Les había visto hace tiempo —replicó ella con ojos dilatados.
—¿Has traído mis provisiones, Buff? —preguntó el capataz.
Seis carros, Cap. Los dejaré aquí para que los descarguen tus muchachos, y los recogeré cuando regrese de Santa Fe.
—Muy bien. Los necesitamos. Y la señorita Holly se ha preocupado mucho acerca de...
—Oye, Cappy, no hieras mi vanidad —le interrumpió alegremente Holly—. Aun cuando hubieran venido todas las lindas cosas que anhelaba, jamás volveré a ser presumida.
—Me parece, señorita Holly, que no se encuentra usted tan jovial como habitualmente —dijo Jones.
—No es extraño, Tom. Ha pasado un gran susto hoy. Y, créeme, yo también he sufrido otro —contestó Britt con seriedad.
—Amigos, yo he sufrido un susto por cada señal de éstas que veis —afirmó Belmet al mismo tiempo que ponía el dedo bajo las marcas que tenía en las sienes.
—Este Nuevo Méjico comenzó a hacerse un terreno peligroso al pasado año —dijo Jones moviendo lentamente la cabeza—. Buff estará de acuerdo conmigo; estoy seguro. Se aproximan tiempos muy malos.
—Yo preferiría no tener que verme obligado a dar otro susto hoy a la señorita Holly —replicó el trajinero.
—Os voy a contar lo sucedido —dijo Britt—. Tú sabes, Belmet, que donde menos se espera salta la liebre, y que las tormentas se presentan en el momento que menos puede suponerse.
Lo sucedido hoy habría sido completamente desgraciado para nosotros si no hubiéramos tenido la suerte que tuvimos.
Y refirió brevemente la historia de los acontecimientos, sin mencionar el nombre de Frayne.
—Señorita Holly, ¿no va usted a convertirse pronto en una mujer hecha y derecha? —preguntó Jones reprobatoriamente—. Estas llanuras ya no constituyen un lugar seguro para albergar a una joven.
—Creo haberlo comprobado hoy mismo.
Belmet movió nuevamente la cabeza con severa dignidad.
—Los acontecimientos se precipitan, Cap. Se lo anuncié hace varios años al coronel Rippler. Éste es un terreno demasiado amplio y bravío. Hay demasiadas manadas de ganado.
En los días de Maxwell apenas podía vender una sola res. Pero ha llegado una época nueva.
Ahora el trabajo resulta muy fácil para los ladrones, que disponen de un buen mercado para las reses de que se apoderan. Todas las cuadrillas de bandidos afluirán a Nuevo Méjico.
—Ya lo había pensado, y me dispongo a hacer frente a la situación con una banda de represores creada por mí.
—Así proceden los tejanos, Cap. Estoy seguro de que darás un buen escarmiento a los ladrones que pretendan apoderarse de tus reses.
—Buff, ¿has visto por aquí a un hombre que se llama Frayne... Renn Frayne, o has oído hablar de él?
—¿Frayne? Le conozco. Y no es probable que lo olvide jamás. Yo estaba en Abilene hace algunos años cuando Frayne hizo huir al pistolero tejano Wes Hardin.
—¡No es posible! —exclamó Britt, incrédulo.
—Es difícil de creer, y ésa es la causa de que el suceso no sea más conocido. Pero yo lo presencié. Frayne atemorizó a Hardin, lo obligó a desenfundar el revólver, y lo habría matado, también.
—Me sorprende esa noticia. ¿Quién es ese Frayne, Buff?
—No sé quién es; pero puedo decirte lo que es.
—Adelante. A la señorita. Holly y a mí nos interesa muchísimo. Los disparos de hoy han sido precisamente a cargo de Frayne.
—¿Es posible?... Conocí a Frayne poco tiempo después de la guerra. Era un joven licencioso, pendenciero y muy aficionado a las armas. Era vaquero. Y se convirtió en uno de los hombres que se inclinan con demasiada facilidad al empleo de los revólveres. Había oído hablar de él con frecuencia, y no volví a verle nuevamente hasta que nos hallamos otra vez en Abilene. Entonces estaba considerado como uno de los pistoleros más hábiles. Y, según sabes, es posible contar con los dedos de una mano a los que logran fama en esa especialidad.
Veamos: eso sucedió hace tres años. Después de esto, mató al capataz de Strickland y se entregó a la mala vida.
—¿Se convirtió en un malhechor?
—No. Según oí decir, sucedió precisamente lo contrario. Strickland goza de mucha autoridad en Kansas. Y el que lo mató, naturalmente, se veía comprometido a causa de la existencia de las cárceles y de los sheriffs.
—¿Lo mismo que Chisum?
—Yo no compararía a Chisum con Strickland, no siendo en lo que se refiere al dominio que ejercían sobre los hombres.
—¿Cuál era tu opinión respecto a Frayne?
—La mía era muy diferente a la de la mayoría de los jóvenes a quienes he conocido en el Camino Viejo. La mayoría de ellos, jóvenes de buenas familias, solían durar muy poco tiempo. Los ingleses, de los que había muchísimos, y de los que continúan viniendo muchísimos, desaparecían muy pronto. No se adaptaban al ambiente. Pero Frayne tenía la naturaleza dura, propia de los vaqueros tejanos. Y pudo sobrevivir a la catástrofe. Me alegra el saber que te ha prestado un servicio.
—¿Es Frayne un proscrito?
—Supongo que lo era en Kansas, y probablemente en Nebraska, Wyoming y Colorado.
Pero aquí, en Nuevo Méjico, yo no diría que sea un proscrito. Puesto que, como sabes, aquí no hay todavía leyes.
—Bien, el pasado verano inauguramos la ley que los ladrones de ganado y los cuatreros temen más que a un revólver: la cuerda —declaró con energía Britt.
—Cap, ¿no has pensado en que Frayne podría constituir por sí solo todo un equipo de jinetes... en el caso de que pudieras convencerle de que trabajara para ti? —preguntó Belmet, pensativo—. Supongo que no te sería posible conseguirlo, desde luego. La señorita Holly no querría que hubiera en su rancho un hombre como Frayne.
—¿Cree usted que no querría? —preguntó Holly al mismo tiempo que hacía un esfuerzo para ocultar su nervioso desconcierto—. Lo pensé bien antes de pedírselo.
—¡Bien! Se está usted poniendo a la altura de las necesidades de esta campiña —declaró el trajinero—. Son necesarios los hombres de esa clase para oponerse a los hombres de igual calaña que vienen a esta frontera.
—Le hemos convencido, Buff —añadió Britt con satisfacción—. Y desde que te vi el verano pasado, he añadido a Brazos Keene, Cherokee Jack, Tex y Max Southard, y otras dos o tres nueces duras de cascar, a nuestro equipo. Ahora, con la adición de Frayne, es seguro que este equipo superará a todos los que hasta ahora se hayan conocido. Te agradeceré que extiendas la noticia a lo largo de todo el Camino Seco.
—Puedes estar seguro de que lo haré —replicó solemnemente Belmet Y lo haré con mucha energía además... Señorita Holly, lo siento mucho por usted. Pero creo que es el único modo que existe de oponerse a esta invasión de cuatreros.
—Britt, sé bien que fuiste batidor tejano y conductor de manadas; pero ¿podrás manejar a un equipo tan bravío como ése? —preguntó el hombre barbudo.
—Creo que será lo más difícil de cuanto haya podido hacer en toda mi vida, pero lo haré, Es posible que luchen entre sí repetidas veces a causa de la señorita. Holly —declaró enigmáticamente Jones.
—Bien, eso es cosa de ella —contestó Britt riendo.
—Caballeros, es posible que la cuestión les divierta mucho a ustedes, pero no es muy divertida para mí —advirtió Holly De todos modos, gracias por la advertencia. Acompáñennos ustedes a cenar. Nos agradará conocer las últimas noticias.
—¡Señorita Holly! —dijo en tono de queja el espantado Belmet—. Es usted muy amable...
¿Ha visto de qué modo vamos vestidos?
—No importa. Vengan a cenar tal y como están, Belmet. A las seis en punto.
—Puede estar segura de que iremos, señorita Holly... Casi me olvidaba de decírselo: ha venido con nosotros un hombre que dice que la conoce. Es tejano. No recuerdo su nombre. Oí hablar de el a las mujeres que vienen en la caravana. Todas ellas hablaron y murmuraron. Es un meridional rico y guapo, un admirador suyo, de cuando se encontraba en la escuela de Nueva Orleáns... Viene a visitarla y no sé a qué más. Eso es lo que se dice.
—No tengo amigos personales, ni siquiera conocidos en el Sur —replicó Holly, pensativa.
—Según se dice entre las mujeres de la caravana, ese caballero es algo más que una amistad particular —continuó Belmet—. No puse mucho interés en lo que se decía. Pero sabiendo cuántos son los aventureros que acosan a usted, supuse que debía manifestárselo.
—Así es. Muchas gracias, Belmet... Espero que vayan ustedes a cenar con nosotros.
Hasta luego.
Cuando Holly se encontraba a mitad de camino de la casa, Britt la alcanzó.
—Me parece, muchacha, que estás muy cansada. Descansa durante un par de horas y procura olvidar todo lo que te preocupe.
—Quisiera poder hacerlo. Hoy me parece haber visto una nube en el horizonte...
—Ya sabes que las nubes vienen y se van... Veo que algunos de los vaqueros llegan a la casa. Y también nuestro nuevo hombre. Holly, me alegro mucho de que Belmet haya concedido a Frayne una reputación mejor que la que él mismo se concedía.
—Yo también me alegro, De todos modos, no es una reputación muy buena.
—Tienes razón, Holly. Y recuerda que Buff no sabe nada respecto a Frayne en lo que se relaciona con los últimos años transcurridos. De todo ello he deducido que Frayne ha seguido decididamente el mal camino. Siempre suceden las cosas de ese modo. Pero es posible que no tengan consecuencias. El Oeste es muy grande y en los tiempos que corremos no es posible separar el mal del bien. Podemos permitirnos el lujo de ser indulgentes.
—¿Querrás hacer el favor de invitar a Frayne a cenar con nosotros?
El descanso, el sueño y la imagen que Holly vio reflejada en su espejo le devolvieron el equilibrio y la tranquilidad; pero no borraron de su imaginación la impresión sombría que la catástrofe reciente le había producido.
—Precisamente iba a proponértelo. Procuremos por todos los medios que la primera impresión que le produzcamos sea muy buena... ¿Quieres que le invite a sentarse a tu lado?
—Sí. Me agradaría mucho... Britt, estoy muy preocupada por Brazos.
—No creo que tengas motivos para estarlo. Ese joven llegará muy pronto.
—¡Pero Stinger está muerto o herido!
—Eso nos han dicho. De todos modos, Brazos lo traerá consigo... Ahora, Holly, pequeña, déjame que me encargue de esas cuestiones. En el caso de que no me sea posible descubrir a Brazos con los gemelos, ordenaré a varios vaqueros que vayan a buscarlos... Vete a dormir durante un rato, olvida todas estas preocupaciones, y después ponte más linda que durante toda tu vida.
—¡Cappy! ... ¿Por qué tan excepcionalmente... linda?— preguntó con curiosidad Holly al mismo tiempo que sonreía.
—Porque ese Frayne es un hombre tan frío como un pez muerto —declaró resentido el tejano—. Te miró una vez, y podría decirse que no te vio. Y eso es todo lo que miró.
Ciertamente no se ha mostrado muy atento —observó Holly a la vez que se daba cuenta de que el ritmo de su cansado pulso se apresuraba—. Pero acababa de matar en aquel momento a dos de sus propios camaradas.
—Eso es cosa que carece de importancia para Renn Frayne. Supuse que sería uno de esos occidentales que apenas suelen hacer caso de las mujeres. Suele encontrarse de vez en cuando algún hombre de ese tipo. No recuerdo haberte visto mostrarte jamás tan amable con ningún hombre. Y el demonio del vaquero, no solamente no te vio, sino que, además, te vituperó. Fue una cosa que me desconcertó.
—Probablemente nos conviene que así sea. Tú me has mimado en exceso contestó ella, pensativa; y se alejó en silencio en dirección a los encerraderos.
El gran comedor se hallaba exactamente en el mismo estado que en los días del coronel Ripple, cuando los pieles rojas y los hombres blancos, de alta o baja categoría, se congregaban en torno a su mesa. La mano pródiga y rica de don Carlos se evidenciaba en el sólido y oscuro moblaje, en el suelo pulido, con sus gastadas alfombras, en la enorme chimenea de piedra labrada, en las paredes cubiertas de viejas armas españolas, en los pintados frisos, en el artesonado de las vigas que cruzaban el techo de la habitación de parte a parte.
Todos los invitados se levantaron cuando Holly entró en la estancia. Todos los asientos estaban ocupados, a excepción del asiento de honor, el que se hallaba a la derecha de la joven.
—Siéntense, amigos —dijo Holly, repitiendo las acostumbradas palabras de su padre—.
Coman, beban y alégrense.
Belmet ocupaba el asiento inmediato al que Holly había reservado para Frayne. Su ausencia dolió a la muchacha como una afrenta, a pesar de que comprendía que el estado de ánimo del hombre que tan recientemente había derramado la sangre de dos de sus compañeros no debía de ser el más apropiado para agasajos y fiestas. Conchita Velázquez y las mujeres mejicanas al servicio de Holly se sentaron a su izquierda. Britt se instaló frente a ella, al otro extremo de la larga mesa, y los asientos intermedios fueron ocupados por los invitados y por otras personas que se aprovecharon de la tradicional hospitalidad de los Ripple. Entre los trajineros barbudos y de oscuros trajes y los conductores, se sentaba un joven que se destacaba más a causa de la diferencia de su atavío, por lo que atrajo inmediatamente la atención de Holly. Holly le reconoció y correspondió a su ceremoniosa y artificiosa inclinación de cabeza. El desconcierto y cierto enojo acompañaron al reconocimiento. Aquel hombre rubio, cuyas facciones hermosas, frías y firmes indicaban que debía tener alrededor de treinta años y cuya larga chaqueta negra, el florido chaleco y el largo cabello le señalaban como a uno de los jugadores de la época, no era otro que Malcolm Lascelles, de Luisiana, a quien Holly había conocido en Nueva Orleáns durante su último año de estudios. Fue una sorpresa para ella el encontrarlo sentado a su mesa y recordar con su presencia la infantil indiscreción de la joven.
Le había conocido por accidente, y más tarde, aburrida de su soledad y ansiosa de libertad, de aventuras y de amor, había cometido la tontería de salir del internado subrepticiamente una y otra vez para reunirse con él. Al saber que Lascelles era un aventurero y un jugador, Holly lamentó su locura y puso fin a la amistad que los unía. Lascelles la había molestado persistentemente con sus intentos por reanudar la antigua amistad, con lo que la colocó en una posición antipática con sus maestras. Para Holly, esto no había carecido de ventajas, puesto que decidió escribir a su padre relatándole lo que sucedía, y su padre se apresuró a llevarla a su lado. Holly no había vuelto a tener noticias de Lascelles y casi había olvidado el incidente. Mas Lascelles se había presentado nuevamente, ante su propia mesa, envejecido a causa de los estragos que los años de aventuras le habían producido, con ojos hambrientos, que parecían indicar que no había cesado de buscarla durante todo el tiempo transcurrido y que intentaba hacerle recordar las anteriores relaciones. Holly se vio acometida por el desaliento. Ella misma tenía la culpa de todo. Como quiera que hubiera pensado antiguamente, ¿cómo podría suponerse que hubiera podido estar enamorada de Lascelles?
La cena, que fue abundante y sabrosa, estuvo atendida por una gran cantidad de las sirvientas mejicanas de Holly, vestidas con los típicos trajes de su país. La mesa se llenó de perfumadas viandas, de vaporosas verduras, de brillantes frutos. En los primeros momentos los miembros de la caravana se encontraban demasiado hambrientos y alegres para que pudieran entregarse a comentarios regocijantes. Mas cuando el vino fue servido todos se desquitaron cumplidamente de su silencio anterior.
Durante la siguiente hora. Holly conoció todas las noticias referentes a las ciudades del Misisipí, desde los centros ganaderos de Kansas hasta los campamentos y los puestos militares de la llanura y los fuertes. La información no careció de noticias referentes a ataques indios contra las vanguardias de los cazadores de búfalos, los progresos de la construcción del ferrocarril, el aumento del tránsito rodado hacia el Oeste, la reanudación de la costumbre de hacerse acompañar de soldados las caravanas que procedentes de Las Ánimas se dirigían al Sur, de los ataques contra las diligencias, todo lo cual indicaba el rápido desarrollo de una creciente actividad en la frontera. Y lo más agradable de todo fue la novedad del aumento de precio de la carne de ganado vacuno, y de la incrementación de los mercados, debido al avance del ferrocarril de Santa Fe en dirección al Oeste.
—Los malos tiempos para los constructores del ferrocarril están a punto de terminar —dijo Belmet—. Durante el pasado mes de diciembre las obras traspusieron la frontera del Colorado. La obra se ha realizado dentro de los diez años de plazo concedidos a los constructores. Las vías llegarán hasta La Junta el año 1873, probablemente, y a Ratón durante el .año siguiente.
—esas son noticias muy buenas —exclamó Britt—. Cuando el ferrocarril de Santa Fe cruce Nuevo Méjico, quiero que tengamos setenta mil cabezas de ganado aquí.
—Creo, Cap, que no sería difícil criarlas en estos maravillosos terrenos —contestó el trajinero—. Pero el conservarlas durante el tiempo suficiente para poder venderlas..., ¡eso va a .ser lo difícil!
Cuando la cena terminó y Holly se hallaba en pie junto a Britt despidiéndose de Belmet, Lascelles se presentó ante ella. Visto con ojos más maduros que anteriormente, no parecía conservar ni siquiera un rescoldo de su antigua prestancia juvenil. Sin embargo, conservaba un resto de la clásica gracia meridional.
—Volvemos a encontrarnos, Holly Ripple —dijo Lascelles al mismo tiempo que se inclinaba galantemente—. He soñado con este instante durante mucho tiempo. ¿Puedo saludarte como antiguo amigo? Has cambiado mucho. Ya no eres la muchacha a quien tan bien conocí en la escuela de madame Brault, de Nueva Orleáns; eras una muchacha linda, y hoy eres una mujer hermosa.
Holly no le ofreció la mano y se limitó a corresponder a su mirada.
—Me acuerdo de usted, señor Lascelles dijo—. ¿No se ha perdido usted? ¿Qué hace usted lejos de los bulevares de Nueva Orleáns? ¿Por qué se encuentra en la frontera?
—Nunca he cesado de buscarte, Holly —replicó él con osadía—. Sólo tú me has traído al Oeste.
—¿Sí? Lo siento mucho. Sin duda ha concedido usted una importancia excesiva a un inocente coqueteo de una joven colegiala. Siempre será usted bien recibido a la mesa de mi padre, naturalmente; pero no experimento deseos de reanudar la antigua amistad.
—Holly, me agradaría conocer al caballero —replicó Britt con fría entonación.
—Señor Lascelles, le presento al viejo compañero de mi padre, y capataz mío: el capitán Britt.
Holly se dirigió hacia la puerta en compañía de Belmet.
—Esa advertencia habría sido suficiente para perforar la piel del imprudente caballero, si no la tuviera tan espesa —observó el trajinero.
Holly salió al pórtico con él. El último grupo de invitados se retiraba presurosamente por las sendas. Brillaban las estrellas; las ranas primaverales entonaban su quejoso llanto en los lagos; un viento fresco, procedente de la montaña, obligó a Holly a rodearse los desnudos hombros con el chal. La joven se despidió del viajero y entró en el salón para apagar la lámpara. Unos troncos de cedro ardían enrojecidos en la chimenea. Holly pensó de nuevo en Frayne. Al cabo de unos momentos Britt entró en la estancia, con los ojos excepcionalmente brillantes.—Oye, Holly, ¿tienes tú la culpa de que ese jugador haya venido aquí? —preguntó.
—Eso dice él.
—¿Tiene algún derecho sobre ti?
—Absolutamente ninguno.
—Oí lo que le dijiste. Y no necesité oír más. Pero ese condenado hombre me molestó con sus impertinencias. Es posible que me esté haciendo demasiado intolerante en mi vejez...
¡Maldición! ¡Soy el único padre que tienes! —Lo eres, ciertamente, Cappy, y te quiero mucho.
No te preocupes por ese señor Lascelles.
—Ha intentado darme a entender que entre tú y él había algo... Sin duda, es un hombre demasiado atrevido o demasiado torpe. Le dije que ya había cenado en el rancho de don Carlos y que se fuera. Si no me equivoco, es seguro que volverás a tener nuevamente recuerdos de aquel coqueteo infantil.
—Cappy, ¿quieres decir que ese hombre se aprovechará de aquella falta mía de discreción para... para...? —Eso es exactamente lo que quiero decir —contestó Britt, viendo que Holly dudaba—. El demonio del tonto cree que estás... o estabas perdidamente enamorada de él. Supongo que pretende sacar partido de ello. Es un aventurero al que ha abandonado la buena suerte. Había traído su maleta y me vi obligado a concederle una habitación. Es otro ejemplo de la famosa hospitalidad de tu padre para todo el mundo. No puedo arrojarlo de la casa.
—No, es cierto... Pero su presencia podría resultar molesta para todos nosotros. No quiero volver a verle.
—¿Quieres decirme cómo podrás evitar el encontrarte con él, en el caso de que se quede aquí? ¿Recuerdas a aquel oficial del ejército que tanto te molestó con sus asiduidades?
—Podrías intentar poner en práctica el mismo remedio que en aquella ocasión —dijo Holly, al mismo tiempo que exhalaba una pequeña carcajada.
—¡Brazos! ... Holly, no tengo inconveniente en manifestarte que cuando te aburres de algún hombre que suponías te agradaba... sueles demostrar que posees sangre española. No sería conveniente que hiciéramos indicaciones a Brazos acerca de este jugador.
—¿Ha regresado Brazos? —preguntó rápidamente Holly.
—Sí, antes de la cena. Venía tan furioso como una gallina mojada porque tuve que colocar a Stinger sobre el caballo y recorrer diez millas a pie. ¡Cuánto le molesta a ese muchacho el andar!
—¡Oh!... ¡Stinger! ¿Está...?
—Está ligeramente herido, pero no hay que preocuparse por ello... Sucedió que Frayne vio que Brazos se aproximaba y traía a Stinger. Frayne dijo que sabía curar las heridas de bala y que la que tenía Stinger no revestía gravedad ninguna en el caso de que fuese vendada convenientemente; y lo hizo al instante. Y muy bien, por cierto. Me he reído mucho viendo a esos vaqueros. Brazos dijo: «Estoy más cansado que un perro vagabundo, y no me importa un pepino que Stinger se queje o no. Lo que voy a hacer es dar un disgusto a Mugg Dillon...» Y entonces Stinger levantó la mirada hacia Frayne y le preguntó temerosamente: ¿Quién diablos eres tú, desconocido?» y Frayne contestó tranquilamente: «Renn Frayne»... El dormitorio quedó tan silencioso como una iglesia. Todos los vaqueros habían oído hablar de é1. Los vaqueros son una gente muy pintoresca. Jamás dejan de hablar abundantemente cuando encuentran jinetes o van a algún lugar. Y jamás olvidan lo que oyen, y se lo repiten unos a otros. Algunos de nuestros vaqueros ha estadio en el Panhandle. Uno de ellos, Jackson, es de Texas. Todos ellos han oído hablar de Frayne y todos han hablado de él, lo mismo que de todos los hombres malos de estos terrenos. Es una cuestión que me preocupa.
—¿Dijiste al señor Frayne que yo le había invitado a cenar?
—Sí, Holly. Y se negó de un modo seco y cortés. Me quedé sorprendido y le dije que cuando tú invitabas a alguien, lo mismo que tu padre hacía antes que tú, y lo mismo que don Carlos hizo antes que él..., entonces las personas invitadas se alegraban muchísimo. Y Frayne me contestó: «Dé gracias en mi nombre a la señorita Ripple y dígale que agradezco mucho el honor que me hace, pero que no deseo ir.»
—Britt, ¿es Frayne un criminal con buenos instintos?
—No es ningún criminal en el sentido en que tú lo dices. Ningún hombre que lo sea podría mirarte directamente a los ojos del modo que Frayne lo hizo... Y tengo la seguridad de que ese joven no se avergonzaba de venir.
—Entonces, ¿no habrá querido venir porque unos momentos antes había matado a dos de sus camaradas? —No. Frayne no concede a esas muertes más importancia que a la de dos conejos. Será preciso que te prepares para enfrentarte con circunstancias parecidas. He aquí un proscrito que podríamos decir que te ha caído en gracia. Y ese proscrito se limita a darte con la badila en los nudillos. Sin embargo, supongo que eso no tiene gran importancia para ti, no siendo por esa absurda y antigua costumbre de tu padre y porque crees que todos los hombres deben inclinarse a tu paso.
—No es una pretensión absurda, Britt —protestó fogosamente Holly.
—Sé razonable, muchacha. ¿Qué— importancia pueden tener una tradicional costumbre hospitalaria española, o el placer de un gran colonizador, para un hombre que si consigue vivir es a fuerza de una constante vigilancia?
—.¿Vivir? No te comprendo.
—Renn Frayne es un hombre perseguido. Quizá por los representantes de la ley, pero principalmente por hombres que quieren vengar la muerte de parientes o amigos. O por auténticos bandidos a quienes ha sacado ventaja. O por los fanfarrones o los vaqueros bravíos a quienes agradaría conquistar fama de haberlo matado.
—¡Oh! ... Frayne es verdaderamente digno de lástima —murmuró Holly.
—Mírale las manos en la primera ocasión que se te presente. Las tiene tan cuidadas como las tuyas, Holly. Tengo la seguridad de que Frayne jamás parte leña ni abre agujeros con el fin de poder manejar las armas con la rapidez de un relámpago.
—Entonces es posible perdonar su descortesía —terminó Holly; y se despidió de su capataz.
Holly se encontraba en su habitación a la hora del desayuno cuando oyó un paso tintineante y conocido que sonaba sobre la senda. Esperaba que llegase Britt, pero aquellos pasos eran más rápidos y enérgicos que los del viejo tejano.
—¡Buenos días, Cap! —saludó alguien con voz perezosa y resonante—. ¿Cómo está nuestra señora del rancho?
—¡Buenos días, Brazos! —contestó Britt, que, evidentemente, había llegado primero—.
Todavía no la he visto esta mañana. Se ha retrasado. Pero el día de ayer fue abrumador para ella.
—¿Quién es ese hombre tan elegante y de tipo de jugador con quien me he cruzado?
—Se llama Lascelles. Es de Nueva Orleáns. Llegó ayer con la caravana. Conoció a Holly cuando estaba en la escuela. Holly ha confesado que coqueteó un poquito con él antes de descubrir que era jugador. Y después de esto, él la persiguió continuadamente. Anoche pude ver con claridad que el caballero pretendía obtener partido de su antigua amistad.
—¡Caramba! ¿Qué me dice usted? —dijo lentamente Brazos.
—Pues... ¡lo que digo! —contestó disgustado Britt—. ¡Maldición! ¡Nunca sabemos lo que puede suceder! Lascelles fue en busca de su equipaje. Y me vi obligado a proporcionarle una habitación. En el caso de que decida quedarse por aquí, su presencia resultará muy molesta para Holly.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Holly le dijo claramente que no quería renovar la extinguida amistad.
—¡Ah! Holly no se muerde la lengua... ¿Qué piensa usted hacer respecto a esa cuestión?
—Pienso sugerir a Lascelles la conveniencia de que se vaya con la caravana.
—A Holly no le agradará. Esa actitud no responde a la hospitalidad de los Ripple.
—Pero el muy fresco podría, en este caso, pretender quedarse a vivir aquí. Es una cosa que ya ha sucedido en varias ocasiones.
—Es cierto. Pero si a Holly no le agrada la presencia de ese hombre, el forastero no podrá quedarse aquí por mucho tiempo.
—Lo sé. Lo que tú querrías sería entablar con él una partida de cartas, ¿verdad? Y luego, tendríamos necesidad de colocar otra lápida en la colina... Brazos, eres un verdadero demonio.
—Oiga, oiga, patrón, ¿ha olvidado usted aquella pequeña conversación que tuvimos cuando me convenció a que me quedara a trabajar para usted?
—No, Brazos. Pero no quiero disgustar a Holly. Ayer estuvo muy animada. El derramamiento de sangre le disgustó muchísimo... Además, ¡maldición!, no quiero que adquieras en estos terrenos un nombre peor que el que tienes. Te aprecio mucho, Brazos.
—¿Es cierto? Nadie se ha dado cuenta de ello todavía. Bien, todavía podemos tener alguna esperanza de que yo llegue a apreciarle, Cap.
Holly terminó presurosamente de tomar el café, cruzó el saloncito y se dirigió hacia la puerta. Britt estaba sentado en las escaleras del nórtico, con la cabeza levantada hacia su alto compañero. Brazos Keene era el más joven, el más bravío, el más indomable y, sin embargo, el más fascinador y más estimable de todos los vaqueros de Holly. Su figura de jinete, esbelta y grácil, no desmerecía cubierta con el desgarrado traje y las brillantes pieles; su rostro, liso y tostado por el sol, de limpio perfil como el de un camafeo; sus ojos azules, medio cerrados y retadores; su espeso cabello rubio, todo proclamaba la alegría de su juventud, y ejercía un atractivo irresistible, sin ofrecer muestras de lo alborotado de su ánimo y de que el joven estaba constituido por una mezcla de fuego, hielo y acero.
—Buenos días, tejanos. Entrad —dijo Holly invitadora y alegremente.
—¡Buenos días, señora! —saludó perezosamente Brazos al mismo tiempo que se quitaba el sombrero.
—¿Cómo estás, Holly? —preguntó descubierto y levantándose Britt.
—He pasado una mala noche; pero me encuentro muy bien esta mañana.
—Me alegro mucho. Te acostaste tan tarde, que..., bueno; no puedo perder más tiempo.
Aquí están los carros, Holly. Uno de ellos está completamente cargado de cosas para ti. Juan ha dicho: «i Cómo se conoce que llega la primavera! ...» Hay cajas, saquitos, paquetes, y no sé qué más. ¿Dónde quieres que coloquen los muchachos todas las cosas?
—En el patio. Haz que abran las cajas, Britt.
—Todo estará dispuesto antes de una hora —contestó Britt, al mismo tiempo que bajaba las escaleras—. Adiós, Holly... —y en aquel momento miró a Brazos, como si repentinamente se le hubiera ocurrido algo que decirle—. Oye, vaquero, no dejes de bajar en seguida.
—¡Ah! Oiga, patrón, tengo que informarle de algo —dijo en tono de queja Brazos.
—Bueno, termina pronto y no dejes de ir a ayudarnos —replicó secamente Britt.
—Entre, Brazos. No quiero ver a ese caballero del paletó que anda dando vueltas de un lado para otro.
—¿Ese caballero de la cara pálida?... Britt me ha hablado de él —dijo Brazos; y siguiéndola hasta la habitación, se acercó a la mesa y cogió a la muchacha de una mano—.
Holly, ¿no ha estado usted nunca enamorada de él?, —No. Creo que no lo he estado jamás. Pero cuando le conocí estaba ansiosa de tener compañía..., compañía masculina, lo confieso. Además, estaba enfadada con mis profesoras.
Conocí a ese Lascelles, y yo era entonces una muchacha un poco alocada. Fue una aventurilla para mí. Coqueteé con él... un poco.
—¿Nunca le permitió que la besase, Holly?
—¡No, Dios mío! Ni le permití que retuviera mi mano entre las: suyas durante tanto rato como lo está haciendo usted. Brazos, prométame que no promoverá usted una disputa.
La imperturbabilidad de Brazos era solamente superficial. Holly percibió la violenta palpitación de sus manos y la llama azul que brillaba en sus ojos.
Prométamelo —repitió Holly imperiosamente.
—¿Por qué he de prometerlo, señora?
—Porque usted representa para mí mucho más que cualquiera otro de mis vaqueros.
—Su palabra es la única ley que respeto... Holly, ¿se interesa usted por mí de algún modo?
—Sí, señor —contestó ella sonriendo, mientras intentaba suavemente retirar la mano que él continuaba oprimiendo.
—Cuando vine por primera vez a este rancho simpatizó usted muchísimo conmigo. Y eso me hizo seguir el buen camino. Cabalgó usted a mi lado muchas más veces que junto a cualquiera otro de sus caballistas. ¡Dios mío, qué celosos estaban todos! Y eso contribuyó a que mis esperanzas y mis ambiciones aumentasen.
—¿Esperanzas? ¿De qué, vaquero?
—De que me quisiera usted..., de que se casase conmigo algún día —contestó Brazos con una dulce sinceridad que conmovió a Holly y la llenó de contrición.
—Brazos, le aprecio muchísimo. Estoy orgullosa de haberle hecho seguir el buen camino.
Pero... no le quiero.
—¡Ah! ... Aquella noche, en el Fandango..., el pasado verano..., usted me permitió que la besase.
—No, Brazos.
—Pero, señora, no armó usted ningún alboroto por ello. Y no se alejó usted corriendo...
ni me abofeteó.
—Brazos, hágame el favor de ser sincero. Me besó usted, es cierto, no por la fuerza, sino por sorpresa.
—¡Dios mío, qué extrañas son las mujeres! ... Holly, ¿qué me dice usted acerca de aquella noche, en el cochecillo, cuando le pasé el brazo por la cintura al dirigirnos hasta su casa desde San Marcos?
—Sí, es cierto. Lo hizo usted. Fui demasiado incauta, Brazos, y, además, tenía mucho frío.
—Entonces ¿nada de eso tuvo importancia para usted? —dijo Brazos, emocionado—. ¿.Ni siquiera en los primeros momentos?
—Brazos, le he pedido que sea sincero y honesto —replicó con vehemencia Holly—. Por esta causa, yo también he de serlo... Jamás he podido comprenderme a mí misma.
Experimenté un sentimiento... dulce y romántico por usted. Es cierto. Pero no fue diferente al que había experimentada en otras ocasiones. No duró mucho tiempo. Y después, he vuelto a experimentarlo. Por ejemplo, por aquel joven oficial del ejército que llegó a nuestra casa herido y a quien cuidamos y atendimos. Tampoco duró. Soy un poquito voluble, Brazos. Debe de ser una consecuencia de mi sangre española. Pero, en realidad, le quiero mucho, Brazos..., como hermana. Y quiero que sea usted un hermano mío. Soy una mujer solitaria.
—Exactamente. Pero no quiero ser hermano de usted —replicó él obstinadamente—.
Quiero ser su marido. Usted necesita un marido, Holly, puesto que jamás abandonará el rancho de don Carlos. Debería casarse con un vaquero. Su papá lo habría deseado. Y valgo tanto como cualquiera de esos caballeros que aquí puedan llegar, y soy mejor que la mayoría de ellos... Si se casara usted conmigo... terminaría por quererme de verdad. Y yo no le pediría a usted hasta entonces, que fuera mi... mi verdadera esposa. Yo podría atenderla y defenderla, Holly.
—Querido Brazos, no comprende usted la situación. No le quiero de ese modo. Jamás podré quererle de ese modo... ¡Todavía no tiene diecinueve años! Y yo los tengo... Casi podría ser! su madre. Solamente es usted un chiquillo.
—¡Un chiquillo! ... Holly, soy tan viejo como Britt, en lo que se refiere a las cuestiones de estas llanuras. Y estas llanuras son el hogar de usted. Y si es capaz de creerme,, o de creer a Tex o a Britt, o a Buff Belmet, estos terrenos se van a hacer peligrosos dentro de muy poco tiempo. Holly, no hay ni un solo hombre en nuestro equipo que no sea capaz de dar sus ojos para salvarla de lo que Frayne la ha salvado. Frayne es un muchacho de muy buena presencia, educado, y fue algo importante antes de ahora, como cualquiera puede observar fácilmente.
Buff Belmet conoce bien la frontera. Es justo que reconozcamos que el equipo de caballistas ha simpatizado inmediatamente con Frayne. Todos le tememos, es cierto, pero en el caso de que él simpatice con nosotros lo mismo que nosotros hemos simpatizado con él, bien, podremos decir que habrá caído de pie en estas latitudes.
—Espero, Brazos, que Frayne y todos sus compañeros sean tan leales y tan galantes como usted —contestó Holly, emocionada—. Entonces podría tener el equipo que Britt ha soñado. Y también el rancho de don Carlos será para mí el hogar que mi papá quería que fuese.


IV
En las últimas horas de una tarde de los primeros días del mes de junio, Britt se dirigió en actitud cansada a través del valle hacia la Cuenca de los Algodoneros, donde esperaba encontrar a un tercer grupo de sus vaqueros. Durante semanas interminables los hombres de su equipo, separados unos de otros por grandes distancias, se habían dedicado a la tarea de marcar reses. Aquel día Britt había estado en White Pool, desde donde fue a Ute Flat. Había recibido informes lo bastante inquietantes en aquellos lugares, y ya se hallaba suficientemente cansado sin necesidad de añadir las molestias que le originaba aquella cabalgada a través de la Cuenca.
Sin embargo, a pesar de la creciente carga que representaban las responsabilidades de Britt, su sensibilidad no se mostraba indiferente a las bellezas del panorama que le rodeaba.
Desde donde se hallaba podía ver un amplio semicírculo de terreno en donde su aguda vista distinguía manadas de reses, tan espesas y tan cerradas como los matorrales de salvia. Lejos, en dirección a San Marcos, un grupo de jinetes se dirigía a la pequeña ciudad. Podrían ser vaqueros, ciertamente, pero Britt se inclinaba a suponer que no lo eran. Abajo, al pie de la verde pendiente, una diligencia avanzaba provocando una nube de polvo que se elevaba a sus espaldas. Aquella noche se esperaba en el puesto comercial, situado al pie del rancho de don Carlos, la llegada de la diligencia, y su conductor. Bill McClellan, no permitía que creciese la hierba bajo los cascos de sus seis caballos. El recorrido desde Santa Fe a Las Ánimas se había hecho más peligroso que anteriormente durante aquellos tiempos.
Pero había un aspecto diferente en la conciencia de Britt; y este aspecto era el renacimiento del placer, y aun de la exaltación que le producían la belleza y lo abrupto del paisaje que le rodeaba. Holly Rippler era la causa de que despertase tal sentimiento en el corazón de su antiguo batidor tejano que había dormido la mitad de sus noches sobre la dura tierra por espacio de más de veinte años. La muchacha cabalgaba a su lado casi todos los días, y era imposible no ver el Oeste a través de sus luminosos y vivaces ojos.
La llanura parecía ilimitada. El rancho de don Carlos era solamente una manchita roja en el verde límite oriental. Los tejados y los árboles de San Marcos resplandecían con un brillo dorado bajo la luz del crepúsculo. La Cuenca estaba dividida por una cinta brillante.
Todo el resto, mas allá de la llanura, estaba constituido por vastas extensiones de ondulante terreno, por valles y elevaciones que conducían a las mesetas cubiertas de lilas, a las rosadas laderas y a las montañas oscuras y purpúreas.
Un ligero enrojecimiento del crepúsculo bañaba el valle con su moribundo fuego cuando Britt se encaminaba a través del cinturón de algodoneros hacia el campamento.
Evidentemente, los vaqueros habían terminado el trabajo de aquel día. Una pequeña manada de vacas y terneras se encaminaba hacia la llanura. A lo largo de la orilla del arroyo pastaban varias veintenas de caballos, que constituían la «remuda» de Jim. Todos ellos estaban ocultos hasta la altura del vientre por la lujuriante hierba y por las flores. El cocinero mejicano, José, se hallaba inclinado sobre el fuego del campamento y sobre los vaharientos peroles. Los vaqueros estiraban sus fatigados miembros, con las espaldas apoyadas en los fardos. Algunos jinetes disperso se aproximaban desde otros lugares.
Britt se apeó para saludar a Jim, el vaquero que se hallaba de guardia. Jim era alto, de espaldas curvadas; tenía un bigote parduzco y una edad difícil de adivinar. Su rostro, manchado de polvo, tenía marcadas las huellas de sus sudorosos dedos.
—¡Hola, patrón! Llega usted a tiempo para la cena.
—Necesito comer un poco, es cierto..., y un poco de agua...
—Se ve que está usted sediento. Aquí tiene una bebida fresca... ¿Viene usted desde la llanura de Ute Flat?
—Sí, y de White Pool.
—Entonces es de suponer que no regresará al rancho esta noche.
—Debo hacerlo. Pero comeré un poco y descansaré durante algún tiempo... El día ha sido muy caluroso.
—¡Hum! Yo diría que ha sido horrorosamente caluroso, patrón.
Durante el intervalo que transcurrió hasta el momento de la cena, Britt caminó un poquito para desentumecerse las cansadas piernas, mientras los vaqueros se estiraban lánguidamente. Todos estaban cansados. Algunos de ellos se acercaron, desnudos de cintura para arriba, al arroyo. Otros importunaron a José para que les proporcionase agua caliente.
—Skylark, si estoy tan negro como tú, bien puedo decir que soy un verdadero moro —dijo uno de ellos.
—Estás más negro que yo, Laigs; pero el lavarte no te hará quedar más guapo —contestó el otro.
—¡Venid a cenar! —gritó José.
Al cabo de unos momentos Britt se hallaba sentado en medio del equipo de Jim y comiendo tan afanosamente como cualquiera de los más cansados trabajadores que le rodeaban. Britt echó de menos en aquel grupo a Brazos Keene y Mugg, Dillon. A este último, naturalmente, no había esperado verlo. Pero ¿dónde estaba Brazos? Skylark, con el rostro enrojecido como el fuego, se puso en pie con una sartén en la mano. Laigs Mason, el pequeño clown de piernas arqueadas de aquel equipo, se hallaba sentado sobre un fardo y realizaba grandes esfuerzos por juntar las rodillas lo suficientemente para poder sostener sobre ellas una cacerola; el nebraskiano, Flinty, tenía el duro rostro inclinado sobre la cena. Tennesee, el meridional de cabeza rojiza y rostro cetrino, se hallaba apoyado sobre una rodilla para comer; Santone, el vaquero de ojos saltones, ayudaba a José.
Durante cierto tiempo sólo rompieron el silencio el sonido de la grasa salpicando en la amplia sartén y el chirrido de la carne fresca al freírse. Las sombras del crepúsculo que descendían de las colinas se extendía sobre el terreno, y muy poco después los coyotes iniciaron su coro de ladridos. Las vacas y las terneras mugieron. La noche solitaria comenzó a tenderse por doquier.
Britt no fue, ni mucho menos, el primero en terminar la cena.
—Bueno —dijo al fin—; la cena ha sido muy buena. José es el mejor cocinero del equipo...
¿Me daréis alguno de vosotros un cigarrillo?
—Patrón, ¿cómo marchan las cosas en White Pool y Ute Flat? —preguntó Jim, al mismo tiempo que se sentaba. Uno a uno, los vaqueros se congregaron en torno a Britt y encendieron unos cigarrillos.
—Bien y mal. Han nacido muchísimos terneros y hay una gran actividad, como contrapeso.
—¿Actividad? —preguntó Jim.
—Eso es lo que he dicho.
—¡Ah! ¿Sucede lo mismo en Ute Flat? ¿Hay movimiento de ganado y mucho cuero quemado que no lo ha sido por el equipo de vaqueros de Rippler?
—Exactamente, Jim... No me parece que tengas mucha ansiedad por informarme de lo que aquí sucede.
—La tengo, patrón, no hay duda; pero las noticias que me han llegado no son buenas.
—¿Dónde está Brazos? preguntó rápidamente Britt.
—Debía haber venido antes del anochecer —replicó evasivo Jim.
—Dime pronto lo que debes decirme —ordenó secamente el capataz.
—Laigs, ¿quieres relatar al patrón lo que sucede?
—Voy a decírselo, Cap —contestó el vaquero de piernas arqueadas mientras se enderezaba—. Anteayer, Brazos y yo encontramos un grupo de ladrones de ganado que llevaban unas reses con nuestra marca. Esto sucedió en la cabeza del bosque de algodoneros, a unas quince o veinte millas de aquí. Brazos obró con sorprendente rapidez, por lo que supuse que había previsto el acontecimiento. Bien, los ladrones eran cuatro, y uno de ellos Mugg Dillon. Preparamos nuestros rifles. Pero los ladrones nos vieron y se encaminaron a toda prisa en dirección a San Marcos. Al cabo de poco tiempo, viendo que no los seguíamos, redujeron la marcha. Retrocedimos. Brazos avanzó a cada momento con más lentitud, hasta que finalmente se detuvo y anunció: «Laigs, voy a esperar aquí hasta que sea de noche, y entonces iré a la ciudad.» Bueno, todos conocéis a Brazos. Lo único que yo dije fue que quería ir con él. Me replicó: «No. Vuelve al campamento para informar a Jim. Y si el jefe fuera por allí, dile que he ido siguiendo a Dillon, pero que no permita que la señorita Holly lo sepa.»
—Maldito sea el tal vaquero!
—Es inútil maldecir a Brazos —afirmó Jim—. Brazos y Stinger tienen ojeriza a Dillon. No sé qué es lo que puede haberles enojado tanto, aparte la traición que ese hombre nos ha hecho.
—Stinger jamás me ha dicho nada —dijo Britt—. Jamás me ha sido posible averiguar nada por medio de él.
—Mis suposiciones nacieron de unas palabras que Frayne pronunció.
—¿Frayne?
—Sí. Cree que Brazos y Stinger son enemigos de Dillon porque fueron ellos quienes le trajeron aquí confiando en que no cometería más deslealtades.
—Bien... ¿Otro robo de caballos?
—No. Supongo que debió ser un robo de vacas; pero Frayne no pensaba del mismo modo.
¿Cuándo te dijo todo eso Frayne?
—Hace varias semanas, al cabo de poco tiempo de comenzar a trabajar con nosotros.
Britt meditó unos momentos acerca de los riesgos que podrían haber acechado a Brazos mientras perseguía a Dillon. Finalmente, expresó la preocupación que le atosigaba:
—Si Brazos no viniera esta noche, id algunos de vosotros a buscarle.
—Patrón —afirmó fríamente Laigs Mason—: si hubiera usted visto a Brazos, no se preocuparía por él. Conozco bien a ese muchacho. Es el hombre más valiente de todos estos terrenos; pero cuando emprende una acción no suele hacerlo en condiciones de inferioridad.
—Muy bien, Jim, ¿qué más? —continuó Britt con gesto huraño.
—Estamos aquí desde hace diecisiete días y hemos puesto nuestra marca a una gran cantidad de terneras —contestó complaciente Jim—. Casi hemos marcado todas las que hay en esta cuenca. Pero hemos tenido ayuda, lo que no ha dejado de preocuparme. El equipo Sewall McCoy ha estado por estos alrededores hasta hace muy pocos días. Hemos averiguado que se hallaban marcando terneras cuyas madres tenían en los flancos la marca de Ripple. Hemos visto más de un centenar de reses que tenían una «M» recientemente marcada. Mis compañeros han tenido un interés particular en no traer aquí ninguna res que no fuera nuestra.
El equipó de McCoy no rodeó una manada, como nosotros solemos hacer. Esos hombres se limitaron a marchar de un lado para otro y a marcar todas las reses que encontraban en su camino. Sí, es posible que haya entre las que hemos recogido algunas terneras que no sean nuestras; pero serán muy pocas... Y por decirlo en pocas palabras y con claridad, no me gusta ese ganadero que se llama McCoy ni su equipo.
—¿Sewall McCoy? ¿De modo que anda por estos alrededores? Jim, ¿cuántas reses tiene en estos terrenos?
—No podría decirlo. Pero estoy seguro de que no serán más de cinco mil cabezas.
—Bueno, mientras andéis por aquí, podréis contar las reses que haya con la marca de McCoy o con alguna otra. Nosotros tenemos demasiadas vacas y muy pocas terneras. Voy a recomendar que se venda una gran cantidad de vacas a los compradores del Gobierno y que llevemos esas reses al ferrocarril.
—Es buena idea, patrón; con eso podremos hacer un cálculo de lo que se compra y de lo que se envía. Contando las nacidas este año, actualmente tenemos alrededor de sesenta mil cabezas.
—¡Rayos y truenos! —dijo desdeñosamente Brit podremos manejarlas. Podríamos vender a los puestos militares, a los puestos de reserva y a los mercados orientales una y otra vez sin que por eso se redujera sensiblemente nuestra vacada.
—Es cierto. Pero hay alguien que nos ayuda a conseguir esa reducción —observó de manera impresionante Jim—. Los ladrones se llevaron una gran cantidad de cabezas hacia Purgatorio la semana pasada, y puede usted tener la seguridad de que la mayoría de aquellas reses pertenecen a la señorita Holly.
—Así es —corroboró el vaquero mientras exhalaba una bocanada de humo.
—No es muy grave, pero... ¡Diablo! ¿Quién anda ahí?
—¿Quién viene?
—Es Brazos. Conozco el trote de su caballo —afirmó Laigs Mason.
Me alegraré mucho de que sea —replicó Britt mientras dirigía la mirada hacia la creciente oscuridad. Al cabo de un momento, la negra silueta de un caballo se destacó ante el color gris del fondo. Jim arrojó unas cuantas ramas a la hoguera, que resplandeció más brillantemente. El jinete llegó muy pronto al círculo de luz.
—¿Quién viene? —gritó Jim.
—Brazos —ésta fue la ronca respuesta.
Luego, a la luz que la hoguera despedía, Britt reconoció a su vaquero favorito. Laigs Mason fue el único que se movió, poniéndose en pie. Brazos se apeó, y con unos cuantos violentos tirones, aflojó la cincha del caballo; después, con un potente movimiento del brazo, dio un golpe al animal en las ancas, y el caballo se alejó entre la oscuridad.
—Compañero, ¿estás bien? —preguntó Laigs. En aquel momento parecía brotar de Brazos algo inamistoso y a lo que semejaba peligroso hacer frente. Brazos arrojó el sombrero a Mason y permaneció descubierto junto al fuego, sobre el cual extendió las morenas manos, que temblaban ligeramente. Su rubio cabello brillaba como la melena de un león. Tenía el rostro cubierto de un grisáceo color, entre el cual los pedernales de sus brillantes ojos resplandecían al mirar a sus compañeras.
—¡Ah! ... ¿De modo que está usted aquí, Cap? —dijo con voz opaca.
—Hola, Brazos! —contestó el capataz.
Laigs se aproximó y puso con cautela una mano sobre el brazo de su amigo.¡Eh, oye...!
¡Suéltame! —exclamó Brazos.
—Creí que tenías el ala lastimada. Espero que no la tengas rota.
—Es un disparo. No tiene importancia. Pero me duele más que un dedo quemado.
—Estás muy alicaído, compañero. ¿No tienes hambre?
—No lo sé, Laigs. Pero no he comido nada desde que nos separamos.
Britt hizo una concisa pregunta:
—¿Quieres un poco de whisky, Brazos?
—No tomo ni una sola gota de alcohol —contestó el vaquero, enojada.
—¿Tres días? ¡Diablos! —exclamó Laigs cariñosamente—. Debes estar muerto de hambre.
—No puedo comer, compañero.
—Pero, Brazos..., ¡es preciso que lo intentes! ... Voy a buscar un poco de sopa y unas galletas.
—¿Tiene alguno de vosotros un cigarrillo liado? —preguntó Brazos roncamente.
—Toma, vaquero. Acabo de hacerlo contestó Skylark—. Cógelo.
Skylark arrojó el cigarrillo diestramente, pero el nervioso Brazos no pudo recogerlo en el aire. Se inclinó, lo recogió al mismo tiempo que una ramita medio quemada, con la cual lo encendió y arrojó unas bocanadas de humo. Luego se sentó sobre un fardo y pareció descansar al aspirar con avidez el aire fresco de la noche. Nadie le habló. Laigs le llevó un plato y una taza sin hablar. El vaquero dio varias chupadas más al cigarrillo y lo tiró violentamente al suelo. Después continuó sentado, inmóvil durante unos momentos con la mirada fija en el fuego. Al cabo de un instante, pareció recordar la comida y la bebida que tenía en las manos. Mas al principio debieron de parecerle insípidas y repelentes, puesto que hubo de realizar un esfuerzo por tragarlas. Sin embargo, el hambre le dominó, y Brazos comió ávidamente lo que Laigs le había llevado.
—Brazos, ¿me dejas que te vea el brazo? —preguntó Mason.
—Trae un poco de agua caliente. Tendrás que humedecer la manga para poder despegarla. La sangre se ha secado.
El corazón de Britt latió presurosamente al observar a aquel levantisco joven. No obstante, en aquel momento, el desaliento predominó sobre sus restantes impresiones. Brazos no era una incógnita: sus actos podrían siempre ser previstos con bastante exactitud. Britt se puso en pie para sumergirse en la oscuridad con el fin de pensar lo que habría de decir a Brazos. Y recordó la última discusión que había sostenido con Holly en relación con el comportamiento que debía observarse con aquellos vaqueros y el trato que debía otorgárseles.
Britt creía que había llegado la ocasión propicia para poner a prueba su proyecto. Al volver junto a la hoguera del campamento encontró a Brazos desnudo de cintura para arriba; su torso blanco, esbelto y fuerte brillaba con claridad a la rojiza luz de la hoguera. En la parte superior del brazo izquierdo tenía el feo orificio producido por una bala. Britt se inclinó para examinarlo desde cerca. La herida era solamente superficial.
—Tiene el mismo aspecto que un latigazo, patrón —dijo Mason con la firmeza propia de un perito—. Carece de importancia.
Brazos continuaba sentado, indiferente al dolor, en el caso de que lo experimentara, y tenía la vista clavada en el fuego. Britt se sentó en el mismo lugar Que lo había hecho anteriormente. Skylark parecía ser la única persona que abrigaba alguna curiosidad, aun cuando no lo expresó verbalmente. Como siempre, Britt se sintió atraído por las conversaciones y los actos de los vaqueros, que eran los hombres occidentales a quienes más admiraba. Creía que éstos, los vaqueros, mucho más que los tramperos, los comerciantes, los buscadores de oro, los trajineros, los soldados y los colonizadores debían recibir los laureles y la gloria de ser los constructores del imperio. Juntamente con los cazadores de búfalos, que habían ido a combatir contra los indios para obligarlos a abandonar las llanuras, aquellos vaqueros, con sus manadas numerosas de ganado, serían los verdaderos y los grandes libertadores del Oeste.
—Bueno, Brazos, creo que no te perjudicaría el hablar un poco —dijo lentamente Britt tras un largo silencio.
—Cap, ahora que estoy de nuevo junto a mis compañeros, no es fácil decir lo que tenía en el pensamiento —contestó Brazos sobriamente.
—Lo comprendo. Pero voy a irme muy pronto, y creo que debéis decírmelo. ¿Le ha dicho Laigs que voy a abandonar mi empleo?
—No.
—Jim, ¿te lo ha dicho a ti?
El alto vaquero negó con un movimiento de cabeza al mismo tiempo que se quitaba el cigarrillo de los labios.
—Laigs ha hablado muchísimo, pero no nos ha dicho nada de eso.
Brazos se volvió hacia el compañero que le estaba vendando el brazo.
—¡Eres...!
—Compañero, son muchas las ocasiones en que te has marchado y has vuelto. Por eso creí que no valía la pena de decir nada de esa cuestión —explicó Mason.
—¡Maldición! Siempre he tenido costumbre de trabajar junto a compañeros en los que se podía confiar por completo —dijo Brazos quejosa y amargamente.
—¿Por qué te marchas, Brazos? —preguntó Britt.
—Porque sabía que si no me marchaba por mi voluntad, me despediría usted.
—Te engañas, vaquero. No te despediría, por muy grave que fuera lo que hubieras hecho.
—¿Qué quiere usted decir? preguntó Brazos rápidamente mientras, por primera vez, retiraba del fuego la mirada y se volvía para dirigirla hacia Britt.
—Lo que has oído, Brazos.
—Pero no lo comprendo.
—Desde que saliste de la casa para hacer este rodeo, la señorita Holly no ha dejado de atosigarme. La he convencido de que tenemos el equipo de jinetes más grande y valeroso que jamás haya podido reunir ningún ranchero. Pero lo difícil de la situación ha consistido en dominar a esos caballistas, en hacer que se llevasen bien unos con otros, el conseguir que no hayan quebrantado la lealtad que deben observar hacia Holly... Brazos y todos los demás, escuchad: la señorita Holly ha decidido librarme de esa gran responsabilidad.
Todos los vaqueros se irguieron, se quitaron los cigarrillos de las bocas y miraron fijamente a Britt. En el rostro severo y pálido de Brazos se expresó una muda interrogación.
—Podéis tener la seguridad, muchachos, de que la señorita Holly tiene un gran proyecto.
Ha visto perfectamente los malos tiempos que nos esperan. Sabe muy bien que su porvenir depende del equino de caballistas que ha reunido. Todos sabéis que podría vender sus propiedades por más de un millón, dejar estas llanuras en que la vida es tan penosa, y vivir en otro lugar rodeada de lujos, comodidades y diversiones. Pero no lo hará. Es hija de Ripple y quiere realizar el sueño de su padre: la constitución de un gran reino ganadero. Para realizarlo, debe reunir un equipo como este del que vosotros formáis parte. Supongo..., no, estoy seguro de que la señorita Holly os estima muchísimo a todos vosotros, tanto colectiva como individualmente. El pasado reprobable que algunos tenéis no la preocupa. Pues bien: todos y cada uno de vosotros sabréis si sois dignos o no de su aprecio y de su estimación. Pero lo que a ella le interesa en la actualidad no es vuestro pasado, sino vuestra lealtad con ella.
—¿Qué quiere decir... al hablar de lealtad? —preguntó roncamente Brazos.
—Es posible que lo que voy a deciros sirva para explicároslo. Yo os he llamado «Los jinetes camorristas». De este modo llamó el coronel Ripple a los hombres que componían su equipo. Pero a la señorita Holly no le agrada ese nombre. Y os llama «Los caballeros de la llanura»... Supongo que no habrá entre vosotros ninguno tan ignorante que no sepa lo que es un caballero... Bueno, lealtad significa que debéis permanecer a su lado en malos tiempos, luchar por salvar su rancho y su ganadería, y si fuera necesario... morir por ella.
—¡Dios mío! —exclamó Brazos con la misma entonación que si lo dijera para sí mismo.
—La señorita Holly es el jefe de este equipo y todos estáis en deuda con ella —continuó Britt—. No puedo permitir que os vayáis ninguno de vosotros. Y ella no lo querría. A la señorita Holly no le importa lo que hagáis o dejéis de hacer, mientras le seáis fieles y leales.
—Cap, eso ¿significa que no debemos robarle... y que no debemos permitir que ningún compañero la traicione? —preguntó Brazos con creciente enojo.
—Has dado exactamente en el clavo, Brazos.
—Cap, ¡yo lo he hecho! —exclamó Brazos en tono dolorido.
—¿Qué es lo que has hecho, vaquero loco? —preguntó retadoramente Cap—. ¡No me digas que has robado algo a la señorita Holly Ripple!
—¡Yo! ¡No, Dios mío! Pero Dillon lo hizo y yo lo descubrí. Le obligué a jurar que no lo volvería a hacer. Confié en él. Le vigilé. ¡No dije nada a nadie! Y el... maldito cerdo me engañó «a mí».
—Díselo a la señorita Holly. Ella lo olvidará, Brazos.
—Pero eso no fue un acto leal.
—No fue un acto de; lealtad hacia ella; pero sí con Dillon. Toma nota de mis palabras, vaquero: la señorita Holly te perdonará. Pero díselo tú mismo.
—Me duele tener que dar disgustos a nadie. Sin embargo, lo haré.
—¡Bien! —exclamó Britt con alegre consuelo. De este modo tuvo la seguridad de que Brazos rectificaría su decisión de separarse del equipo. Los vaqueros volvieron a instalarse con más comodidad. Laigs Mason terminó la tarea de vendarle y ayudé a Brazos a recobrar su habitual animación. La conversación languideció nuevamente. ¡Cuánto se había hablado, y con cuánta excitación, sin pronunciar ni una sola palabra acerca de la suerte de Mugg Dillon!
Jim ordenó a los vaqueros mejicanos que vigilasen la «remuda». Los ruidosos coyotes se aventuraron a aproximarse al campamento, donde gruñeron y se pelearon por alcanzar los huesos que José había arrojado. Los lobos aullaban en la lejanía y el mugido de las vacas daba fe del implacable estrago que se realizaba. La noche, negra y estrellada, se profundizó. Britt pensó que debería ponerse en camino en dirección al rancho. No obstante, le agradaba entretenerse cerca de la hoguera del campamento, entre aquellos jóvenes de rostro duro. Entre tanto, observaba a Brazos e intentaba adivinar sus pensamientos.
—Lo olvidaba, Jim —dijo repentinamente Britt—. Terminad vuestro trabajo esta misma semana y regresad a la casa. Éstas son mis órdenes para todos los hombres del equipo.
—Lo suponía —replicó Jim—. El próximo miércoles es el aniversario de la gran fiesta nocturna que el coronel Ripple organizó hace tres años en honor de la señorita Holly. No hemos oído decir nada, pero suponíamos que se celebraría una nueva fiesta. Ésta será la tercera.
—Va a ser más importante que ninguna de las anteriores —aseguró Britt a Jim—. Algunos de vosotros acudisteis a la del año pasado. Bien, esta vez la señorita Holly obsequiará con una cena a sus caballistas antes de la fiesta.
—¿Es cierto? —exclamó Jim.
—¡Oye! —gritó Laigs Mason con repentina vehemencia mientras agitaba un dedo ante el rostro de Brazos—. Te lo he dicho antes. Ahora es preciso que no pierdas esa gran fiesta.
—No perderé nada —gruñó Brazos—. No hay duda de que me despido del equipo. Pero voy a pedir a la señorita Holly que vuelva a admitirme a su servicio. Es seguro que no querrá que exista el equipo si yo no pertenezco a él.
—¡Ja, ja...! Eres el vaquero más vanidoso de todos estos contornos.
Britt se puso en pie y se unió al coro de risas que rompió la tirantez de la situación y restableció de nuevo la alegría imperante. El capataz aprovechó esta favorable circunstancia.
—Que vaya alguno en busca de mi caballo. Tengo que marcharme a toda prisa.
—Patrón, ¿quiere que envíe a algún hombre con usted? —¿Quieres venir, Brazos?
—No. Todavía no.
—Entonces, no necesito compañía, Bill.
Al cabo de un momento, mientras montaba su caballo, que Santone había llevado conducido de la brida. Britt miró fijamente a su vaquero herido.
—Oye Brazos, supongo que debo pensar que esa herida de bala que tienes cerca del hombro la recibiste... por puro accidente —dijo con lentitud.
—Cap, jamás suceden las cosas de ese modo —replicó el vaquero.
—Entonces, ¿cómo ha sido? —pero la pregunta de Britt no tuvo contestación. Brazos se estiró por completo. Britt le dirigió una pregunta más directa—: ¿Disparó contra ti Mugg Dillon?
—¡No, diablos...! Ese hombre ni siquiera llegó a sacar el revólver —replicó Brazos, y se alejó de la hoguera del campamento.
Brit ya sabía lo que deseaba. La mirada que Jim le dirigió corroboró su impresión en la seca respuesta de Brazos. El corazón de Britt se llenó de frío y angustia. Dillon había sido un buen caballista y un buen compañero, excepto cuando se hallaba bajo los efectos de la bebida, esta y las malas compañías habían sido causa de su perdición. ¡Era una historia demasiado vulgar en las llanuras! Britt suspiró profundamente.
—¡Adiós, muchachos! —dijo—. No dejéis de vigilar constantemente, y llegad a la casa con tiempo.
Y se perdió entre la noche oscura, solitaria y melancólica.
Fue una mala suerte para Holly Ripple —y Britt creía que todo cuanto afectase a Holly le afectaba también con una intensidad mucho mayor —el tener en aquellos momentos en su casa a una caravana que se dirigía hacia el Este, un pelotón de dragones del ejército, dos tribus de negociantes indios y una cuadrilla de tramperos, todos los cuales llegaron al rancho de don Carlos en los finales de semana precedentes a la fiesta.
Esto habría constituido en cualquier tiempo un engorro y una molestia; pero el hecho de que llegaran al mismo tiempo los vaqueros de Holly, después de haber pasado un mes a campo raso, hizo que la situación resultase ingobernable.
Los hermanos Horn, comerciantes, siempre habían disputado el derecho de los Ripple sobre las tierras en que estaba situado su establecimiento. Holly ponía enérgicos reparos a la taberna y al garito de juego que aquellos hombres sostenían, pero no quería obligarles a que lo abandonaran, ni meterse en sus negocios, porque el tener cerca el almacén y el establecimiento comercial de los hermanos representaba una ventaja para ella. Las caravanas y las diligencias solían detenerse muchas noches en el puesto comercial. Britt había aconsejado siempre a Holly que sacase el mejor partido posible de esta circunstancia. Pero hasta aquel momento sólo se habían producido pequeños alborotos y camorras. La situación era diferente aquellos días, y Britt estaba preocupado por ella. Sus tres equipos habían llegado a última hora del viernes y los tres habían pedido que se les pagaran sus salarios. Britt disponía del dinero necesario, pero temía hacerlo. Encontrándose próxima la celebración de la fiesta anual de Holly, toda su atención se centraba en la tarea de conseguir que revistiese el mayor esplendor posible.
El sábado por la mañana Britt tomó el desayuno y celebró una conferencia con Holly, después de la cual, fortalecido por las tajantes instrucciones de la muchacha, y hallándose en posesión del dinero preciso para pagara sus caballeros, todo lo cual intentaba reservarse para sí mismo, en el caso que le fuera posible, se dirigió resueltamente hacia el enorme dormitorio.
El dormitorio era una amplia edificación de adobe, que poseía cocina y almacén en la parte posterior, y en la delantera una sola estancia que tenía la misma anchura de la casa. Contenía alrededor de veinte camastros, instalados en ringleras de tres, uno sobre otro, junto a la pared, y era muy espaciosa y confortable. En el centro de la pared posterior había una enorme chimenea. De una de las vigas colgaba una lámpara grande, bajo la cual aparecía una mesa enorme.
Cuando Britt entró, toda la habitación pareció lanzarse ruidosamente sobre él. Mantas rojas y una infinita variedad de coloreados ropajes de vaquero, y una veintena de rostros curtidos, recién afeitados y limpios, fueron a su encuentro. Su entrada, como consecuencia interrumpió la confusa babel de voces que sonaban.
—¡Buenos días, amigos! —dijo alegremente, y dirigió la vista a su alrededor, fingiendo indiferencia. Los vaqueros se inmovilizaron, de pie, o sentados, por todas partes. Brazos, como de costumbre, fue el centro de la atención de todos, y en aquella ocasión se encontró sentado en el suelo, con las piernas cruzadas a la manera de un indio. Beef Talman se inclinó sobre su mesa; Stinger, pálido y con los ojos brillantes, se sentó sobre un camastro y movió las piernas; Cherokee, el indio, se apoyó en la pétrea repisa de la chimenea; Handsome Gaine se instaló a horcajadas en una silla.
Antes de que Britt hubiera podido observar a la mitad de su equipo, Brazos, de su inimitable manera, atrajo la atención de todos.
—Cap, ¿qué demonios pensaría usted de un vaquero que arroja el sombrero al suelo, cuelga las espuelas de la percha, abre las patas y lleva dos grandes revólveres colgados sobre los muslos, a muy baja altura?
Brazos no acostumbraba pronunciar discursos tan largos. Un diablillo azul parecía saltar en sus ojos. Britt necesitó oírle y dirigir una rápida mirada a su rostro descarado para saber que Brazos se encontraba en su estado de ánimo más feliz y más alegre.
—Supongo que un vaquero que lo hiciera sería una cosa muy fuera de lo corriente —contestó Britt riendo—. Yo diría que sería un tejano. ¿Por qué lo dices, Brazos?
—Ahí está el maldito hombre —contestó Brazos, señalando con un dedo.
Renn Frayne estaba sentado en una silla que había inclinado hasta apoyarla en el asiento situado al pie de la ventana. Se hallaba en mangas de camisa, y, excepcionalmente, una ligera sonrisa concedía cierto atractivo a sus leoninas facciones. Todo el equipo, con excepción de Brazos, había cobrado gran afecto a aquel proscrito. Frayne era vaquero desde hacía muchos años; poseía todas las cualidades que los vaqueros admiran o envidian, o luchan por poseer, y su creciente renombre pesaba ligeramente sobre él. Britt sorprendió un guiño en sus ojos grises y medio cerrados, y pensó nuevamente que Frayne era mucho más de lo que de sí mismo decía: un lobo solitario de las llanuras. Le agradaba aquel joven de cabello rubio y le comprendía.
—Brazos —comenzó diciendo fríamente—; el modo como has hecho la pregunta a Britt, ha parecido amistoso para mí. Pero no lo es en realidad. Ha sido una ofensa. Siempre estás haciéndome objeto de burlas y desprecios. Sin duda te irrita mi presencia.
—Es cierto, Frayne —contestó Brazos al mismo tiempo que enrojecía como una colegiala.
Frayne había, al fin, respondido a sus fanfarronas provocaciones.
—Muy bien. Por lo menos, eres sincero. Y me alegro de que lo seas. Siempre andas hablando de poner las cartas boca arriba y no sé qué más. ¿Por qué te irrita mi presencia? ¿No podrá ser solamente porque tenga costumbre de llevar dos revólveres, porque sea Renn Frayne y porque tenga ganas, como cualquier vaquero vulgar que sea rápido para desenfundar y disparar, de poner a prueba mis habilidades como tirador? Si así fuera, me avergonzaría de ti. Y no lo creo. Eres un vaquero levantisco y alocado, Brazos, pero lo eres sinceramente, legítimamente. Te aprecio. Jamás te he ofendido ni he herido tus sentimientos; sé que eres un poco, quizá demasiado, quisquilloso. Te ruega que digas lo que tengas que decir. ¿Qué tienes contra mí?
—Pues, Frayne, ya que me obligas a declararlo, te diré que... absolutamente nada —replicó Brazos con un gesto de desdén para sí mismo—. Reconozco que soy un hombre intratable e insociable.
Britt tuvo la seguridad de que solamente él comprendía las razones de la antipatía de Brazos por Frayne, y que Brazos había mentido. El evidente interés que Holly Ripple experimentaba por el más popular de todos sus vaqueros era la causa de aquel resentimiento.
Frayne, naturalmente, no lo sospechaba, y Brazos suponía que su secreto era ignorado. Britt acogió con agrado la escena que se desarrollaba; esperaba que contribuiría a despejar la atmósfera.
—Brazos, nada puede ser menos deseable para este equipo que un desorganizado —continuó diciendo Frayne con vehemencia—. Jamás has sido un hombre de esa clase. He conducido ganados por espacio de más de diez años, y conozco muy bien a los vaqueros. Y te digo que nunca volverá a reunirse en todo el Oeste un equipo de caballistas como el que Britt ha logrado formar para la señorita Ripple. Llegará un día en que estarás orgulloso de pertenecer a él. Yo estoy orgulloso de ser uno de los hombres que componen este equipo.
Somos más viejos que tú, Brazos, tenemos más experiencia, y podemos prever los acontecimientos. Un infierno de sangre va a desatarse en estos terrenos. Algunos de nosotros detendremos pedazos de plomo con el pecho. Pero nuestro equipo no debe desorganizarse a causa de unas luchas internas. ¿No lo comprendes?
—Lo veo con más claridad que antes —respondió Brazos; la llama azul de sus ojos se posó en Frayne, como si quisiera perforar la fría máscara de aquel hombre—. Es cierto, no debemos luchar entre nosotros... Frayne, quiero sincerarme ante todo el equipo. Te nido perdón por haberte molestado. Pero es preciso que no interpretes torcidamente mis bromas y mis pullas. Jamás he tenido deseos de pelear contigo, de emprender una lucha a tiros. ¡No, Frayne...! Y aquí está mi mano. ¿Quieres estrecharla?
La silla de Frayne cayó al suelo cuando el vaquero se puso con rapidez en pie para acercarse a Brazos, que se aproximaba a él. La reunión de los dos pistoleros y vaqueros tuvo para Britt un significado más importante que el de una simple reconciliación de dos elementos discordantes del equipo. El esfuerzo que hizo el otro vaquero para buscar una razón con que responder a la fría resistencia que Frayne opuso al ser ofendido, con que recibir sus elocuentes peticiones de armonía, dio motivo a profundas meditaciones de Britt. Brazos tenía la aguda intuición y la perspicacia de un enamorado. ¿Por qué causas había de mostrarse Renn Frayne, uno de los duros hombres de las llanuras, tan ansioso para lograr que el gran equipo de vaqueros de Holly Ripple se mantuviera unido e intacto? Puesto que Frayne jamás miraba a Holly, ni la hablaba no siendo para responder a sus preguntas; puesto que nunca se había sentado a su famosa mesa ni estado en la casa de ella; puesto que su indiferencia se había hecho tan marcada, que llegó a provocar comentarios entre sus compañeros, resultaba evidente que su posición era, sencillamente, la propia de un verdadero hombre.
Brazos..., Frayne —exclamó alegremente Britt; algo había eliminado la grieta que existió en el equipo—; me alegro mucho de veros estrechar la mano. Y estoy seguro de que todo el equipo se alegra tanto como yo.
Patrón, dénos algunos pesos para que podamos beber a la salud de nuestros compañeros y a la de todo un equipo que ya no podrá ser desunido por nadie —dijo desde un rincón oscuro algún vaquero a quien Britt no pudo ver. La voz parecía la de Rebel McNulty, el joven hermano del famoso capitán de batidores tejanos.
—¡Eso es hablar bien y oportunamente!
—¡Páguenos los salarios de un mes antes de que nos vayamos de este lugar!
—¡Britt, estamos completamente arruinados!
—¡Ande, Britt, sea buen compañero! ¡Todos necesitamos comprarnos botas y pantalones!
El clamor continuó creciendo hasta que Britt levantó ambas manos para solicitar silencio.
—Tengo aquí el dinero, muchachos; pero...
Esta afirmación constituyó un error, como Britt pudo comprender al observar el alboroto que provocó. Sin embargo, acertó a contener a todos los vaqueros y se mantuvo firme hasta el momento en que los gritos cesaron.
—¡Esperad! Brazos, Frayne, Jim, decidid vosotros.; ¿sería conveniente que os entregara vuestros sueldos precisamente cuatro días antes de la fiesta de la señorita Holly?
—Creo que sí, Cap —contestó tímidamente Brazos.
—No —declaró Frayne.
—No quiero, patrón, que esta traílla de perros me dediquen un coro de ladridos; pero, ¡maldición!, yo no les pagaría hasta después de la fiesta —añadió con vehemencia Jim.
Pero estos pocos hombres, más sesudos y experimentados que los demás, pudieron hacer muy poco frente a los jóvenes de sangre ardiente que deseaban gastar, comprar, beber, jugar. Britt, obligado a sucumbir, en contra de su opinión, aproximó una silla a la mesa y sacó de los bolsillos unos fajos de billetes y un puñado de sonoras monedas de oro.
—¡Escuchad, cabezas de chorlitos! —gritó—. La señorita Holly me obligó a traer este dinero. Yo no quería pagaros hasta la semana próxima. Pero la señorita Ripple insistió: «¡Paga a mis vaqueros, pero diles que si alguno de ellos viniera borracho a mi fiesta, jamás volvería a hablarle...!» Ya lo sabéis. Ésa es la clase de jefe que tenéis. ¿Queréis ahora vuestro dinero?
—¿Quién va a emborracharse? preguntó el incorregible Brazos con su cautivadora sonrisa.
—Poneos, pues, en fila, y arreglemos la cuestión —añadió Britt, al mismo tiempo que daba un manotazo sobre el tablero de la mesa—. Con los dos meses que voy a abonaros, podréis pagaros todo lo que os debáis unos a otros.
Brazos fue el primero en cobrar y, con la alegre expresión de un chicuelo pícaro, se dirigió hacia la puerta.
—¡Oye, Brazos! —gritó Laigs Masons—. Me debes diez pesos.
—¡Persíguele, Laigs! —dijo Britt, mientras entregaba al vaquero su dinero.
Fue digno de advertirse el hecho de los hermanos Tex y Mex Southard, vaqueros mestizos; pidieron solamente «cinco pesos» cada uno. Y el delgado Cherokee, con una sonrisa que iluminó el bronce de su rostro, dijo: —Yo querer diez dólar.
Cuando todos ellos hubieron salido, alborotados como chiquillos que abandonasen las escuelas, Britt descubrió que Frayne se hallaba inclinado sobre la rodilla de la pierna, cuyo pie tenía apoyado en el asiento situado al pie de la ventana. Estaba observando la marcha de los vaqueros, que descendían por la pendiente que conducía al pueblo.
—Frayne, ven por tu dinero —dijo Britt—. ¿Cuál es tu sueldo?
—La señorita Ripple no habló de sueldo —replicó Frayne, al mismo tiempo que se volvía—. Se limitó a pedirme que trabajase para ella como caballista, y yo accedí.
—Así fue. Sin duda lo olvidé. Estoy seguro de que ese olvido la disgustará. Pero no se lo diré... ¿Cuánto, Frayne? Pago cuarenta dólares a los vaqueros. Jim cobra más y me parece justo que cobres tanto como él, puesto que eres mayor que los demás.
—¿Por qué no dejamos esa cuestión del sueldo?
—¿Cómo? —preguntó Britt, desconcertado al observar que pudiera haber un vaquero que no quisiera cobrar su sueldo.
—Tengo mucho dinero —añadió Frayne con voz fría y rostro impasible—. Mis necesidades son muy pequeñas; he terminado con las cartas y la bebida. De este modo, no me importan nada los sueldos, al menos por ahora.
—A la señorita Holly no le agradaría... —declaró Britt. —No se lo diga usted.
—¡Pero Frayne...! Oye, supongo que no te propondrás huir de nosotros...
—He dado mi palabra.
—Perdóname, lo había olvidado... Pero no es una cosa normal... Haz lo que quieras, Frayne. Declaro que no te comprendo. Sin embargo, he pensado mucho en ti... Has hecho muy bien en encararte con Brazos. Diste exactamente en el clavo. Me gustaría poder conocerte mejor.
Bien, ¿por qué no lo intenta?... Tengo una idea, Britt. Esos vaqueros harán algún disparate. Algunos de ellos estarán borrachos cuando llegue la fiesta de la señorita Ripple. Yo no pienso asistir, pero me cuidaré de hacer que únicamente vayan a la reunión los que estén serenos. Voy a pedir a Cherry que me ayude. El día de la fiesta cazaremos a todos los vaqueros que se hallen borrachos o estén bebiendo y los arrojaremos al arroyo. El agua viene ahora tan fría como el hielo. Luego los ataremos a sus camastros.
—¡Es una gran idea, Frayne! —dijo Britt—. Es una idea estupenda. Resultará muy eficaz...
y la señorita Holly se divertirá mucho cuando lo sepa... Pero ¿qué es eso de que no irás a la fiesta?
—Preferiría no ir, Britt.
—¿Por qué diablos no quieres ir?
—Oiga, viejo: ¿será preciso que se lo diga? No soy un vaquero amigo de fanfarronadas.
Soy un hombre que tiene enemigos, uno de los cuales es Sewall McCoy, el ranchero. Ese hombre me convirtió en un proscrito. Y es el ganadero más malvado que jamás he conocido.
—¿Qué demonios dices? —preguntó Britt, profundamente sorprendido—. Esa noticia es muy interesante. Pero ¿qué tiene que ver con tu asistencia a la fiesta de la señorita Ripple?
—Es posible que McCoy asista a ella. Están invitadas todas las personas de estos contornos, como usted sabe. O también sería posible que se presentara en la reunión algún otro de mis enemigos.
—¡Ah! Y en ese caso ¿te verías obligado a desenfundar y disparar tu revólver?
—Lo haría. Aun ante la mesa de la señorita Ripple.
—Muy bien. Correremos el riesgo. Irás a la fiesta. No quiero ver enojada a Holly.
—No diga tonterías, Britt! —exclamó Frayne, que había comenzado a perder la indiferencia—. ¿Qué diablos puede importar a la señorita Holly mi presencia?
—Te aseguro que le importa. Tu actitud hacia ella le ha resultado muy dolorosa.
—¿Cómo lo sabe usted?
—Lo supe antes de que ella misma me lo dijera.
Presumida españolita! —exclamó Frayne acaloradamente—. Britt, ¿está usted seguro de que comprende a su patrona? He oído hablar mucho acerca de ella y de sus asuntos. No me engañe, viejo amigo. La señorita Ripple es tan buena como el oro, tan orgullosa como su madre, tan noble como el coronel debió de ser. Quiere que todos sus vaqueros la adoren y se inclinen ante ella. Pues no lo haré. Me parece que ha hecho de mí una especie de héroe. Pero no soy ningún héroe, ni un vaquero sentimental al que puedan hacerse guiños. He olvidado lo que fui, pero jamás olvidaré lo que soy. ¿Está claro, Britt?
—Tan claro como si estuviera impreso —replicó el capataz—. Has pintado a Holly exactamente del modo que era. Pero ha cambiado mucho últimamente, aun cuando no me atreva a asegurar que lo haya hecho de una manera permanente y definitiva. Y tampoco juraría que ese cambio se te deba a ti. Sin embargo, es seguro que estás relacionado con una parte de él... Y te recuerdo, Frayne, que en lo que se refiere a su respeto y al mío por ti, tu pasado no tiene importancia. Te recuerdo también que estamos en Nuevo Méjico, en el año setenta y cuatro, y que el infierno amenaza presentarse aquí muy pronto; hombres, hombres es lo que necesitamos. Y lo que Holly Ripple necesitará, más pronto o más tarde, es un hombre.
Holly tiene la sangre del Oeste. Si vives unos cuantos años más, hasta que esa bravía frontera se apacigüe, y si eres leal con Holly, lo que significa que habrás de volver la espalda a tu pasado, tendrás tantas probabilidades con ella como Brazos o cualquier otro vaquero. Y Holly Ripple habrá necesariamente de escoger entre los vaqueros al compañero de su vida.
Frayne se volvió, con el rostro un poco pálido, y se inclinó para encender un cigarrillo.
—¿Por qué dice usted todas esas cosas, viejo amigo? preguntó con voz un poco ronca.
—Porque me intereso mucho por la felicidad de Holly. Desde que vino de la escuela ha tenido una docena de enamoramientos fugaces, como las señoritas mejicanas. Pero ninguno de esos enamoramientos ha durado. Los sentimientos que experimenta por ti son diferentes.
Es posible que Holly se encuentre un poco espoleada por tu indiferencia. En el caso de que entiendas a las mujeres un poco, podrás comprenderlo perfectamente.
—Ningún hombre puede comprender a ninguna mujer. Sin embargo, es posible que tenga usted razón. Es posible que Holly sea lo suficientemente joven y lo bastante tonta para sentirse dolida. Lo dudo. Pero, sin tener en cuenta cuáles puedan ser sus sentimientos, lo cierto es que soy un proscrito, un pistolero con un sangriento haber que se hará más sangriento antes de que la ley haya llegado hasta el Oeste. Las probabilidades de que yo viva hasta tales tiempos son muy escasas... ¿Comprende usted las razones de mi actitud, Britt?
—Sí. Y creo que son justas —replicó hoscamente Britt—. De todos modos, asistirás a la fiesta de Holly... o por lo menos a la comida con que obsequiará a su equipo.
Muy bien, Britt. Si así lo desea... iré.


V
Durante los últimos años los tramperos solían bajar de las montañas una o dos veces cada primavera, en unión de los indios, para vender las pieles.
Horns Post había visto los días en que millares de tramperos llegaban hasta el lugar para comerciar. Pero la gloria de los tramperos se había desvanecido hacía mucho tiempo. La abigarrada multitud que visitó el rancho de don Carlos aquel sábado de los primeros días del mes de junio, estaba compuesta solamente por una veintena de hombres blancos y un centenar de hombres rojos. Los tramperos formaban un grupo de seres barbudos, rollizos; y los indios formaban un conjunto hambriento y silencioso; los castores habían huido casi por completo de los arroyos de la montaña.
Britt simpatizaba con los hombres rojos. Parecía prever el esplendor de los días de Carson, cuando el Oriente pedía sombreros y más sombreros de castor y enriquecía a los cazadores de pieles. Los indios jamás agotaban ningún recurso natural. Pero los tramperos blancos eran la vanguardia de aquel ejército de avarientos aventureros que debería empobrecer los arroyos y las montañas.
El campamento de los indios era un edificio largo y chato de adobes, resquebrajado y medio arruinado, que se hallaba junto al camino de media milla de anchura que conducía a Horns Post. Jacos y perros, mujeres con sus pieles coloreadas, valientes tumbados en sus policromas mantas, unas cuantas tiendas de pieles pintadas, fardos y pieles y hogueras..., todo esto ofreció al batidor tejano una borrosa visión de lo que había sido el pasado. Al pie del pueblo, en el amplio recodo del arroyo, los grupos grises de los carros, las parejas de bueyes y caballos, el movimiento de los fornidos tronquistas, todo esto armonizaba con el concepto que Britt había formado del pasado esplendor de la era de los tramperos. Los días de las caravanas también desaparecían. Al cabo de pocos años más, cuando los rieles de acero llegasen hasta Santa Fe, los grandes barcos blancos de las llanuras habrían desaparecido.
En su camino hacia el puesto comercial, Britt encontró a un ex sargento del Ejército que le saludó como a un antiguo conocido. Britt creía recordar aquel rojizo rostro de irlandés, pero no pudo identificar al hombre. Hablaron. El sargento pertenecía al IV Regimiento de Caballería del general Mackenzie, que se dirigía hacia Fort Union y otros puntos de Méjico meridional y de Texas. Marchaban a lo largo de los caminos con la esperanza y el temor de que al cabo de muy poco tiempo se encontrasen en la necesidad de emprender algunas duras campañas contra los indios.
—¿Habéis viajado hacia el Oeste, a lo largo del Camino Viejo? —preguntó Britt, que estaba ansioso por aumentar la información que poseía respecto a los acontecimientos actuales.
—Sí, venimos de Fort Lyon —contestó el sargento.
—¿Hay mucho movimiento de ganado?
—Más que durante el verano pasado. Las Ánimas me ha recordado a Dodge.
—Bien. Venga a cenar con nosotros y hablaremos de esa cuestión.
Antes de que Britt hubiera avanzado mucho más, se aproximó a él un hombre cuyo aspecto indicaba que no se hallaba desde hacía mucho tiempo en el Oeste, y cuyo rostro, macilento y triste, refería la vulgar historia de muchos recién llegados.
—¿Es usted el capitán Britt, el capataz del rancho de Ripple?
—Sí. Soy Britt. ¿En qué puedo servirle?
—Me llamo Taylor, Lee Taylor. Provengo del Sur. La señorita Ripple debe de acordarse de mí. Conoció a mi hermana. Yo solía visitarlas con frecuencia cuando se hallaban en la escuela.
—¡Ah! ¿Viene usted de Santa Fe? —preguntó Britt con indiferencia en tanto que observaba al joven. Estaba muy acostumbrado a conocer a los hombres por su rostro, e inmediatamente reaccionó de modo desfavorable hacia el que tenía ante sí.
—Sí. Vengo de El Paso.
—¿A caballo, con una caravana o en la diligencia? —He venido en la diligencia.
—Es un viaje muy duro, ¿verdad? ¿Qué quiere usted de mí? ¿Necesita empleo como caballista?
—No. Querría que me prestase algún dinero. No me agradaría visitar a la señorita Ripple vestido con estos andrajos. Recibiré pronto dinero de mi casa.
—Bien. Preguntaré a la señorita Holly acerca de usted. Y si le conoce, entonces, claro es, le ayudaré... Entre y conocerá a los hombres de mi equipo.
Britt condujo a Taylor a la cantina de Horns Post. A primera vista, le pareció que todos sus vaqueros se encontraban en aquel punto ante el tosco mostrador. Brazos se aproximó a él, sorprendido de verle entrar, y curioso por su compañero.
—¡Dios mío, patrón! ¿Se ha perdido usted?
—Oye, Brazos, ¿no puedo tomar una copita de vez en cuando?... Te presento a Lee Taylor, del Sur, que dice que conoce a la señorita Holly... Taylor, este joven es Brazos Keene.
Britt expresaba mucho más con una sola mirada que con palabras. No experimentó ningún remordimiento al abandonar al desconocido junto a Brazos. En el caso de que Taylor fuera un hombre sin tacha, lo que ciertamente no parecía ser, Brazos lo apreciaría con rapidez.
Britt comenzaba a cansarse de los desconocidos que se aprovechaban de la generosa hospitalidad de Holly. Lascelles se encontraba todavía en la casa ranchera, con gran disgusto de Holly y con enconado e inútil enojo por parte de Britt.
—¡Maldición! ¡Otro viejo galanteador de nuestra señora! —dijo el endemoniado Brazos—.
Venga, señor Taylor, venga a reunirse con el equipo... Cap, ¿quiere usted invitarme a una copa?
—Te invitaré y tomaré otra.
—¡Diablos! Compañeros, el mundo se vuelve patas arriba. Aquí tenéis al patrón, ¡y está sediento!
—Jamás lo habría sospechado —declaró Skylark con una expresiva sonrisa.
—Compañeros, os presentó a Lee Taylor, natural del Sur —anunció Britt, satisfecho de entregar al desconocido a la acogida de sus vaqueros. Y se colocó entre ellos, divertido al observar la agudeza de Skylark. Ciertamente, se sentía culpable bajo muchos aspectos. Frayne siempre había tenido la virtud de excitarle, de sacarle de sus casillas, de sobresaltarle; y aquel coloquio del dormitorio pesaba enormemente sobre la conciencia de Britt. Sus sentimientos se habían sobrepuesto a su juicio, cosa que raramente sucedía, y jamás cuando se trataba de asuntos relacionados con Holly. Britt necesitaba verdaderamente animarse. Por lo que se refería a Frayne, estaba satisfecho de que la conversación se hubiera celebrado, porque esta conversación había aclarado un poco más la actitud y la personalidad de aquel fascinante y complejo proscrito. Pero sería posible que todo ello no fuera el producto de una apresurada e imperdonable exposición de sus propias conjeturas. Su amor y su interés por Holly le conducían con frecuencia a expresarse de un modo excesivamente impulsivo. Por otra ,parte, cuando se abrumaba a sí mismo a fuerza de reproches, oyó, para animarle nuevamente, ciertas palabras de Holly. Si Britt hubiera sido más frío y más calculador, aquellas palabras podrían haber expresado de manera más indiscreta la actitud de la señorita Ripple. De todos modos, Britt temía que Holly experimentase por aquel indolente Renn Frayne una simpatía mucho mayor de lo que sería conveniente para su felicidad. Vista la actitud de Frayne, que Britt no vacilaba en reconocer que era noble y leal, un alocado y desesperado encariñamiento por parte de Holly produciría efectos deplorables.
Britt consumió una copa de una bebida seca y fuerte y pidió otra. Estas bebidas le estimularon hasta el punto de borrar la opresión de disgusto que pesaba sobre él.
Cuando Britt se separaba del alegre Brazos y se volvía para salir del local, encontró a Ride-Em Jack, el negro del equipo, que se hallaba acompañado de Bluegrass y Trinidad, otros dos de sus vaqueros.
—Patrón, le estábamos buscando —declaró Jack. Trinidad, el hombre de cabellos rojos, y Bluegrass, el vaquero de ojos de águila, saludaron a Britt regocijadamente y ambos comenzaron a hablar con rapidez.
—No tenéis necesidad de atracarme de este modo —dijo Britt mientras sacaba de un bolsillo un rollo de billetes—. Venid conmigo.
—Patrón, déme todo eso —exclamó Jack con avarienta expresión en el negro rostro y en los codiciosos ojos—. Este diablo de Jorge Washington Jefferson Jackson no podría conservar el dinero más de diez minutos.
—Me parece, Ride Ern, que tienes un poco de sentido común encerrado en esa velluda cabeza —declaró Britt—. ¿Acabas de llegar?
—En este mismo momento. Y tengo muchas noticias.
—¿Malas noticias?
—Sí. Creo que sí. Me parece... que son muy malas para la señorita. Holly.
—¿Caballos?
—Sí, señor.
—Bien, infórmame en el dormitorio dentro de media hora.
Britt salió del lugar reposadamente y deteniéndose con frecuencia para observar la desacostumbrada escena que se desarrollaba ante sus ojos. Acaso uno de los lugares más interesantes de toda la frontera fuera un centro comercial durante un día lleno de animación.
Los salones de baile, los garitos de juego y las tabernas estaban más impregnados del crudo dramatismo y del bravío carácter de la época; pero el emporio comercial encarnaba la vida la animación, la atmósfera y los negocios del Oeste. Los pesos mejicanos y los dólares de plata americanos tintineaban en los mostradores, y los cartuchos de monedas de oro fluían a los bolsillos de piel de los tramperos. Salvajes pintados, delgados, medio desnudos y adornados de plumas se sentaban y haraganeaban en torno a las grandes mesas de una estancia en espera de vender sus fardos de pieles. Una docena de tramperos blancos voceaban como subastadores en medio de la multitud. Los hermanos Horn eran buenos compradores. Sabían bien que aquellos tramperos, ansiosos, desesperados, sabiendo que su época había pasado, discutían acaloradamente en defensa de un dinero que le permitiera vivir. Gruesas mujeres indias y jóvenes delgadas, con su cabello negro y brillante como el carbón tendido a lo largo de las espaldas, manoseaban las telas y miraban anhelantes las coloreadas barras de caramelos. Sobre los mostradores se apilaban las mercancías hasta gran altura; los estantes se curvaban bajo el peso de innumerables vasijas. El olor del tabaco se mezclaba al de las pieles secas. Un enjambre de moscas zumbaba en el aire cálido.
Últimamente, Britt había contraído un hábito de morosidad. Britt lo sabía y hasta sospechaba que, en cierto modo, lo había adquirido deliberadamente. Le molestaba el pensar..., el tener que cuidarse de hechos y de cifras. Si se hubiera encontrado solo ante aquel equipo de vaqueros fogosos; si en sus manos no hubiera tenido la responsabilidad del porvenir de Holly, podría haberse regocijado al apreciar la proximidad que se cernía sobre el negocio del ganado.
De nuevo en el dormitorio anotó los pagos que había hecho a sus hombres y luego estudió cuidadosamente los detalles de las dos manadas de ganado que pensaba aconsejar a Holly que vendiese después de su fiesta. La elevación del precio de la carne no tenía precedentes y poseía dos aspectos, uno de los cuales era de gran importancia.
Al cabo de un momento Renn Frayne entró reposadamente en la estancia, con la frente fruncida y los ojos relampagueantes.
—¡Hola, vaquero! ¿Dónde has estado? —preguntó Britt mientras cerraba el libro de cuentas.
—¿No me ha visto usted seguirle? —contestó lacónicamente el vaquero.
—No, no te he visto.
—Cap, está usted preocupado.
—¡Sí, diablos!
—No es extraño. Por causa de la señorita Ripple, claro es. Un viejo batidor tejano como usted no sería capaz: de guiñar un ojo a causa del ganado, de los ladrones o de un equipo levantisco.
—Exactamente. La causa de mi preocupación es Holly... ¡Bendita sea! ... Soy el único papá que tiene... ¿Qué has visto en el puesto comercial?
—Mucha animación. La animación crece cuando llega la noche. Ese lugar me recuerda a Dodge y a Hays City. Pero es más pacífico.
—De modo que conoces a Hays, ¿eh? ¿No te encontraste jamás con. Wild Bill?
—Vi a Bill matar a cinco vaqueros en un grupo, de lado a lado de la calle, sin sufrir ni un solo arañazo. Pero los vaqueros estaban borrachos y, además, eran muy atolondrados.
—Antiguamente fui en muchas ocasiones hasta Texas. ¡Aquellos sí que eran días buenos!
Dodge se me antojó la peor de todas las ciudades que he conocido... Bien, todo parece ahora impregnarse del ambiente del Oeste. Muy pronto creeremos que nos encontramos en Kansas.
Jack me ha dicho que tiene malas noticias para mí. Espero que venga de un momento a otro.
—Britt, ¿cree usted que ha sido conveniente llamar a todos sus vaqueros de estas llanuras?
—No. Han sido órdenes de la señorita Holly.
—Esa determinación le ya a resultar muy cara.
—No estoy tan seguro como tú, Frayne. Todos los que residen hasta una distancia de un centenar de millas de este lugar, se encontrarán aquí esta noche. Todo el mundo está invitado a la fiesta, según sabes. Así lo hacía el coronel Ripple.
La entrada de Ride-Em Jack los interrumpió. El .ir a pie no parecía el medio de locomoción más adecuado para tal vaquero, que tenía el negro y brillante rostro cubierto de sudor.
—Aquí estoy, patrón.
—Siéntate y dime lo que tengas que decirme.
—Sí, señor. —Y se volvió dubitativamente y miró a Frayne—. ¿Cómo estás, Marsh Frayne?
—Di lo que hayas de decir, Jack. Es posible que pueda ayudar a Cap a sobrellevar las malas noticias.
—Patrón, los caballos han desaparecido.
Britt lanzó unas maldiciones en voz baja, aun cuando no esperaba nada menos importante que lo sucedido. No era lo más grave de todo la pérdida de una veintena de caballos de la más pura raza, sino la comprobación de que el cerco se estrechaba en torno al rancho de don Carlos. Desde el fracasado ataque de Heaver, todos los caballos de la raza de los Ripple habían sido conducidos a los pastos y a —los encerraderos. Aquel grupo de los muchos que quedaban en la llanura había sido abandonado en Cedar Draw, un lugar escondido y remoto.
—Los hemos seguido por espacio de tres días, y no hemos podido continuar haciéndolo —prosiguió el negro.
—Naturalmente, se los habrán llevado los cuatreros, ¿no es cierto?
—Sí, señor. Los caballos nunca se han marchado por sí mismos. Los ladrones montaban unos caballos herrados. Blue y Trinidad no han podido ponerse de acuerdo respecto a cuántos eran. He descubierto las huellas de las herraduras, y tengo la seguridad de que uno de los caballos era pequeñito y llevaba a lomos a un hombre muy pesado.—¿Qué dirección siguieron, Jack?
—Hacia el Sur. Pudimos seguir sus huellas hasta muy cerca de Siete Ríos. Entonces, pensamos que lo mejor que podíamos hacer sería volver a estos terrenos.
j Ja! Yo diría que no tomasteis una decisión muy acertada —comentó Britt irónicamente—. Frayne, ¿conoces la región de los Siete Ríos, cerca del Pecos?
—No. Solamente de oídas.
—Es la región de Chisum, el viejo réprobo. Es el jefe de los ganaderos del Oeste. Y un ladrón de ganados, además. Se ríe y no vacila en reconocerlo. Frayne, supongo que Chisum tiene puesta su marca en más de cien mil cabezas de ganado.
—¡No es posible! —exclamó incrédulamente Frayne.
—No debes dudarlo, Marsh Frayne —afirmó el negro—. He trabajado para Chisum, y lo sé.
—Bueno, Jack, espero que eso sea todo lo malo que tengas que comunicarme.
—Lo es y no lo es, señor. Todavía no le he dicho casi nada... En el primer campamento que hicimos en el camino de regreso, nos topamos con el equipo de Chisum. Nos asustamos mucho, patrón, pero aquellos hombres se mostraron muy amables con nosotros. Eran unos doce jinetes, patrón, los mejores caballistas de Chisum. Los conozco. He trabajado con ellos.
Russ Slaughter es el jefe del equipo. Era el único hombre de todo el grupo que no procedía de Texas... Pues bien: Russ dijo que habían abandonado a Chisum porque iban a emprender un negocio de ganado por cuenta propia. Russ me dijo: «Jack, ¿por qué has de trabajar por treinta dólares al mes, cuando podrías ganar más de ciento...?» Yo pregunté a Russ de qué modo. Y me contestó que hay más de medio millón de cabezas de ganado en esta región en que no existe ley de ninguna clase. Las reses se pagan a cuarenta dólares por cabeza en la estación del ferrocarril, y los compradores de carne para el Gobierno no hacen preguntas de ninguna clase... Russ habló y habló hasta no poder más. Nosotros no quisimos unirnos a ellos, y yo me encontré un poco desconcertado.
—Es natural que así fuera, Jack. ¿Cómo saliste de la situación?
—Pues le dije a Russ: «Sabes que he vuelto una hoja nueva y que no quiero abandonar el camino que ahora sigo. La señorita Ripple ha sido muy buena para mí y quiero continuar a su servicio...» Blue y Trinidad hablar ron como un solo hombre. ¡Vaya si hablaron! Y dijeron:
«No estamos dispuestos a renunciar a nuestro empleo hasta que la señorita Ripple haya encontrado un esposo...» Russ puso una cara muy fea y pronunció palabras muy desagradables, que no quiero repetir. Solamente puedo decir que nos replicó: «Entonces, si todos sois como sois, y la señorita es tan caprichosa, todos vosotros tenéis ciertas probabilidades de haceros cargo de ese millón.»
—Qué contestaron a eso Blue y Trinidad? —preguntó Frayne.
—Tú conoces a Blue, Marsh Frayne. Ese muchacho de Kentucky se puso muy pálido, pero no dijo ni una sola palabra. Russ había estado echando tientos a la botella, y como quiera que fuese, no conocía bien a Blue. Yo me asusté mucho, porque me pareció que Blue estaba dispuesto a liarse a tiros con él. Pero Trinidad se puso más rojo que un tomate y exclamó:
«¿Qué diablos dices? ¿Por qué no vas al rancho de don Carlos e intentas tú mismo hacerlo, Russ Slaughter...?» Y Russ se rió de un modo amenazador. «¿Por qué no? —preguntó—. Si los negros y los injuns y los proscritos agradan a Holly Ripple, entonces no hay motivos para que un vaquero blanco no pueda probar su suerte. Iremos a visitaros el día de la fiesta»... Entonces todos se marcharon al galope y Blue tuvo que hacer grandes esfuerzos durante mucho tiempo para evitar que Trinidad disparase contra Slaughter. Y nos vinimos a casa. Eso es todo, patrón.
—Jack, no digas nada de esto a nadie —le ordenó autoritariamente Britt—. Ve en busca de Bluegrass y Trinidad y diles que he dado orden de que no cuenten nada de lo sucedido a sus compañeros.
—Sí, señor. Voy corriendo —contestó el negro, y salió a toda velocidad.
—Qué piensas de todo esto, Frayne? —preguntó Britt, mirando fijamente al proscrito.
—No llueve; pero cae el agua a cántaros.
—Es seguro que el equipo de Slaughter vendrá a la fiesta, tan seguro como que tú y yo estamos aquí en este momento. Esos hombres utilizarán la reunión como un pretexto para observar el modo como guardamos y vigilamos nuestro ganado. No creo que pueda suceder nada más grave para nosotros que el hecho de que esos hombres se hayan separado del equipo de Chisum. Recuerdo que Maxwell confesó al coronel Ripple la causa de que vendiera todas sus posesiones. Sabía lo que había de sobrevenir.
—Britt, ¿no ha comprendido usted la importancia que encierra el informe de ese negro? —preguntó ansiosamente Frayne.
¡Sí, demonios! —replicó Britt, acalorado—. Te refieres a esas palabras acerca de Holly.
Las había oído antes de ahora. No olvides, Frayne, que esos caballistas envilecidos tienen una imaginación malvada y unas bocas malvadas también. ¡Si Holly pudiera casarse...! Esto pondría fin a todas esas imbéciles murmuraciones y a la presencia de los galanteadores...
Slaughter vendrá a la fiesta y tendrá la osadía de galantear a Holly. No tenemos que preocuparnos por esa cuestión. Holly sabe hacerse respetar y defenderse a sí misma. Pero si Blue o Trinidad se emborrachasen, sería posible que repitieran lo que Russ dijo acerca de Holly. Y si Brazos lo oyera... ¡Brazos dispararía sin vacilar contra Russ!
—¿Por qué Brazos —preguntó Frayne con fría indiferencia—. ¿Por qué no Blue, o cualquier otro? Britt miró fijamente a Frayne y levantó ambas manos. Recorrió a largos pasos la estancia por espacio de varios minutos, en tanto que Frayne se apoyaba en el marco de la puerta y miraba hacia el exterior.
—Frayne, me agradaría conocer tu opinión sobre este asunto —dijo el capataz al cabo de unos momentos—. Después de la fiesta de Holly proyecto conducir todo nuestro ganado a este lado del arroyo de Cottonwood, y mantenerlo durante cierto tiempo en ese mismo lugar, donde pueda ser visto desde el rancho. Luego, separar una manada, tan grande como pueda ser conducida con seguridad hasta Las Ánimas, y repetir la operación en el próximo otoño.
—Eso es lo que yo aconsejaría que se hiciera. Pero no podemos traer todas las reses de Ripple junto al arroyo. Por otra parte, si reuniéramos todo el ganado y colocáramos a su alrededor una guardia nocturna, podríamos reducir la importancia de los robos, o terminar completamente con ellos. Y, además, diría que cuantas más reses venda ahora la señorita Ripple, tantas menos perderá.
—Es cierto. Pienso aconsejarla en ese sentido... Ahora, Renn, necesito tu ayuda. Nuestra dificultad consiste en sujetar a todos esos vaqueros. ¿Podremos conseguirlo? ¿Qué efecto producirá sobre ellos la actitud de Russ Slaughter, que se ha separado de Chisum?
—Es posible que las circunstancias sean que haya de pagar usted los efectos de haber contratado para formar su equipo a los hombres más duros de todas estas llanuras. Estos vaqueros son casi todos muy duros y algunos de ellos tan malos como Slaughter. Yo diría que en circunstancias corrientes este equipo se disolvería al presentarse un caso como el actual. Y, naturalmente, sufriría usted una pérdida enorme; acaso encontrase la ruina. Ha sucedido muchas veces antes de ahora.
—Lo sabía. Es necesario que hagamos que este caso sea diferente.
—Hay ciertas posibilidades de que la señorita Ripple influya sobre el ánimo de esos vaqueros de modo tal, que ni el mismo infierno pueda forzarlos a cambiar de actitud. Usted conoce a los vaqueros. Diga a la señorita Ripple que les doble los sueldos y les conceda libertad. Haga un llamamiento al honor de estos hombres. Sé que es una proposición pintoresca, Britt, pero le aconsejo que la lleve a la práctica. Si esos hombres pueden comprender que la señorita Ripple confía en todos y en cada uno de ellos para derrotar a los cuatreros y salvar su rancho..., entonces podría decirse que la batalla estaba ganada.
Britt junté ambas manos y produjo un sonido parecido a un disparo de pistola.
Renn, ¿podrías tener preparado para la noche de la fiesta un discurso dirigido a los vaqueros? —preguntó Britt. El proscrito hizo un gesto negativo.
—Quiero decir, sin que lo sepa la señorita Holly —continuó con vehemencia Britt—. Holly está preparando un discurso también. Como es natural, Holly consultará anteriormente conmigo, y acaso con Brazos, aunque si él lo supiera, sería capaz de morirse del susto. Pero tú puedes pronunciar un discurso, Renn, y te suplico que lo hagas. Prepara una sorpresa para Holly y para todo el equipo. Mi agradecimiento sería inmenso.
—Está usted en lo cierto, patrón —accedió Frayne, con su desconcertante sonrisa—. Haré lo que me pide, Britt. Voy a arrancar la piel a esos vaqueros.
El domingo fue un día de soledad para Britt, quien se comparó a sí mismo con una vieja gallina que hubiera perdido a la mayoría de las aves que componían su pollada.
Frayne, Tex y Mex Southard, Santone, Ride-Em, Jack y Cherry se hallaban cerca cuando José los llamó para la comida. Pero los hombres que componían el resto del equipo habían sucumbido al alcohol o a los juegos de azar, o, según Santone, a ambas debilidades de los vaqueros. Britt no tuvo ocasión de consultar a Holly acerca de su proyecto de conducir una gran manada de reses al ferrocarril. Holly se hallaba absorta en los detalles de su próxima fiesta y del baile, y especialmente con el discurso que pretendía dirigir a los vaqueros, para preparar el cual se hallaba repasando sus libros, y los papeles y la correspondencia de su padre.
Britt obtuvo información de los pasos de sus vaqueros por medio Santone y Jack, que recorrían continuamente el camino que separaba el dormitorio y los encerraderos de la calle mejicana, con sus grupos de hombres en torno al establecimiento de Horn. Hasta aquel momento nada desagradable había sucedido. Los vaqueros estaban gastando alegre y próvidamente los dos meses de salario que les pagaron.
El lunes, la caravana que se dirigía hacia el Oeste se puso en marcha con sus carros medio cargados. La partida de sesenta vehículos aclaró las filas de la multitud. Pero antes que el día hubiera avanzado mucho, la vanguardia de los visitantes comenzó a llegar al rancho de don Carlos. El martes, que era la fecha fijada para la gran fiesta, la casa ranchera estaba llena de invitados procedentes de todos los lugares inmediatos. San Marcos, Cimarrón, Ratón y Lincoln estaban representados tan numerosamente, que podría decirse que aquellas ciudades de las fronteras habían quedado deshabitadas. Sewall McCoy llegó a la cabeza de su contingente de vaqueros. Llegaron también varios grupos de hombres de rostros duros y astutos ojos, que lo hacían por propia iniciativa.
Hacia mediodía, Britt pensó que había llegado la ocasión de poner en práctica el trato propuesto contra los vaqueros que se hallasen bajo la influencia del licor. Resultó que. Frayne y Cherokee no necesitaron ayuda de ninguna clase. Skylark, que se había serenado maravillosamente el lunes, y Talman, Stinger y Jim quisieron tomar parte en el acto de arrojar al arroyo a los que se encontrasen ebrios. Cherry y Santone engancharon un carro muy grande y se dirigieron al pueblo, donde Frayne y Britt se hallaban preparados para recibirlos.
Bluegrass y Trinidad fueron sacados de los locales en que se hallaban y puestos en el carro.
Lo mismo sucedió con Rebel y Handsome Gaines quienes tomaron cómicamente la situación como un paseo que se celebrara en su honor. Flinty y Tennessee tuvieron que ser atados de pies y manos, procedimiento que produjo un coro espantoso de maldiciones y palabrotas. Los triunfadores vaqueros encargados de hacerlo se dirigieron con el carro hacia el dormitorio, seguidos de la multitud.
Brazos Keene y su fiel amigo Laigs habían estado muertos para el mundo por espacio de varias horas. Ambos fueron rudamente despertados y arrebatados de sus camas.
—¿Qué demonios queréis, hombres? gritó Brazos furiosamente. Sus asaltantes le ataron rápidamente y le condujeron hacia el exterior del mismo modo que conducían a los toros después de haberles echado el lazo—. Patrón, ¿qué va usted a hacer?
—Te has olvidado de la fiesta de esta noche, Brazos.
—No. No me había olvidado —protestó Brazos—. Yo y Laigs vinimos muy pronto anoche.
—De todos modos, estás demasiado tembloroso para que puedas formar parte de este equipo de hombres tranquilos... ¡Al carro con él, muchachos!
—¡...! —rugió Brazos—. Tendré que matar a alguien por esto que hacen conmigo.
Laigs Mason se mostró mucho más tranquilo.
—¿Qué sucede? —preguntó estúpidamente mientras miraba a sus captores—. ¿Por qué demonios gritaba tanto Brazos?
—Sal, Mason. Vamos a llevarte a dar un paseo en un carro.
—¡Maldición! —exclamó Laigs, tambaleándose entre Britt y Frayne—. Sois muy complacientes..., amigos míos... Brazos, nunca se ha agasajado tanto a los vaqueros.
—¡Ja, ja! —gritó frenéticamente Brazos—. Muy pronto despertarás, Laigs Mason... Todo ha sido por culpa tuya. ¿No quería yo que viniéramos a casa?... Solamente quería tomar una copita más...
—¡Aprieta, Cherry! —ordenó Britt, mientras se sentaba en el asiento instalado junto al del conductor—. Vamos hasta aquella piedra plana que hay junto al arroyo... ¡Corre, como un demonio! ... Frayne, cuida con tus compañeros de que no se arrojen del carro.
Cherokee emprendió la marcha a gran velocidad sobre el terreno cubierto de gruesas piedras sueltas. Si a los vaqueros había algo que les molestase era precisamente el ser baqueteados. Todos ellos saltaron y se golpearon. Cuando alguno intentaba ponerse en pie o arrojarse del carro, era prontamente lanzado hacia atrás— por Frayne y sus aliados. Aquella carrera en dirección al arroyo fue muy penosa aun para los vaqueros que se hallaban serenos y en condiciones de sostenerse. Cherry se dirigió hasta una barra de tierra cubierta de piedras que se hallaba junto a un ancho remanso que tenía una profundidad de alrededor de tres pies.
—Brazos el primero —ordenó Britt.
Sacaron del carro al vaquero de pelo de estopa, y lo arrojaron al agua. Brazos se hundió y a continuación saltó con increíble rapidez.
—¡Agggh! —resopló. Y la impresión fue tan grande, que al intentar enderezarse volvió a hundirse nuevamente. Salió tambaleante y haciendo eses, estremeciéndose como un perro mojado, y tan sereno como en el momento de su vida en que más lo hubiera estado—. ¡Anda Laigs! Acepta tu merecido —gritó al mismo tiempo que saltaba sobre el banco de arena.
Cuando hubieron sacado a Laigs del carro y lo depositaron sobre las piedras. Laigs se sentó y miró fijamente a sus captores con una mirada que parecía indicar que había recobrado una parte de su raciocinio.
—Qué sucede, muchachos?
—Agarradle y balanceadle —gritó Frayne. Britt, Santone y Skylark agarraron también al vaquero, uno de cada brazo o cada pierna, lo columpiaron de este modo una, dos, tres veces, y lo soltaron. Laigs era pequeño y ligero. Fue a parar muy lejos y cayó con un terrible estrépito.
Cuando emergió, arrojando agua por la boca, su grito ahogado fue repetido por los implacables castigadores. El agua debía de estar tan fría como el hielo. Laigs se apresuró a salir velozmente. Cuando llegó a la orilla estaba sereno y tan colérico como una gallina mojada.
—¡Voy a sacar los hígados a alguno! —amenazó al mismo tiempo que se estremecía.
Ofrecía un espectáculo tan ridículo, que los vaqueros no pudieron evitar reír sonoramente.
—Quitadle las armas —dijo Frayne, mientras arrastraban al inerte Bluegrass.
—Frayne, ¿cómo tomará este acto Blue? —preguntó dudoso Britt—. Ya sabes que es de Kentucky.
—Lo único seguro es que se mojará —declaró Frayne con amargo humor—. ¡Al agua con él, muchachos!
Bluegrass cruzó el espacio como si fuera un saco lleno de plomo, y se hundió del mismo modo. Pero como no saliera en seguida del agua, Britt gritó frenéticamente a Brazos y Laigs para pedirles que le sacaran del arroyo.
—Oiga, no me metería de nuevo en el agua, ni siquiera por salvar a usted la vida, patrón —declaró el tejano lentamente, en tanto que trepaba al carro.
—¡Laigs! ¡Saca a Blue del agua! ¡Aprisa!
Mason se arrojó obediente al agua, sacó a Bluegrass y lo tumbó sobre la arena, donde presentó alarmantes síntomas de inconsciencia.
—No le sucede nada —declaró Frayne—. Yo me cuidaré de él. Comienza a volver en sí.
¡Arrojad al agua a los demás!
—¡Plash! ¡Plash! ¡Plash! Los restantes vaqueros fueron cayendo sucesivamente al agua; y al mismo tiempo que sus gritos de sorpresa, sonó la infernal algarabía que produjeron Skylark y sus ayudantes.
Britt se olvidó de vigilar a Brazos y Laigs. Pero, al cabo de un momento, ambos hicieron acto de presencia. Brazos subió al carro, fustigó a los caballos y los obligó a correr a toda velocidad por la pendiente arriba.
—¡Espérenos, patrón! —gritó Brazos desde su asiento.
—Volveremos pronto con otra carga.
—¡Alto! —gritó Britt con voz estentórea.
—¡Váyase al infierno, Capy, con sus bautizadores! —gritó alegremente Laigs—.
¡Volveremos pronto!
—Brazos se ha vengado de nosotros —dijo Britt—. Tendremos que regresar andando.
—Yo creo que volverá —opinó Frayne—. Habremos de esperar hasta que Blue termine de recobrar el conocimiento.
—Brazos volverá muy pronto. ¿No viste el diablillo que bailaba en sus ojos?
Resultó que Bluegrass debió abrir la boca cuando se hallaba bajo el agua, y quedó medio ahogado. Frayne lo puso boca abajo, le agitó y le golpeó, hasta que dio síntomas de retorno a la vida. Sus pálidas facciones se cubrieron de una rojiza tonalidad y abrió los ojos.
—Ahora te encuentras perfectamente bien, Blue —dijo Britt, tranquilizador—. ¿Estás sereno?
—Creo que sí... ¿Quién supuso que necesitaba un baño?
—Todos lo creímos. Los primeros en recibirlo fueron Brazos y Laigs. Mira a Trinidad y el resto de tus compañeros.
Pero Blue no se rió. Y se enderezó estremeciéndose.
—¿De quién ha sido esta idea?
—Mía —contestó Britt, temeroso de la reacción de aquel kentuckiano de sangre ardiente.
—Es un embustero, Blue —dijo Frayne, riendo—. La idea es mía —añadió—. La he visto poner en práctica muchas veces... Olvidaste que todos debíamos estar serenos esta noche para asistir a la fiesta de la señorita Holly. Temí que algunos de vosotros no lo estuvierais. Y por eso os metimos en el agua.
—A ti te hago responsable de todo, Frayne.
—Me parece bien. Pero no seas atolondrado, Blue —replicó con calma el proscrito—. ¿No sabes aceptar una broma?
—¡Diablos! ¿A esto lo llamas una broma? Estoy helado. Soy un saco de huesos helados.
Cogeré una pulmonía y moriré.
—Lo que necesitas es un poco de masaje y dormir. Luego te encontrarás perfectamente.
—Te exigiré responsabilidades por esto —amenazó Bluegrass obstinadamente.
Britt obligó a enmudecer a los vaqueros, que se disponían a protestar en unión de Blue.
Comprendía que Frayne se había mostrado digno de la ocasión.
—Blue, eso sería corresponder indignamente al favor que te he hecho.
—¡Favor! ... ¿Qué favor, señor?
—El de serenarte. Y el de salvar el buen nombre que tienes y el afecto que te profesa la señorita Ripple. En el caso de que te enfades, me veré obligado a arrancarte un brazo a tiros..., o a hacer algo peor, si te empeñas. Esto haría que la señorita Ripple se indispusiera en contra mía. Todo lo que he hecho ha sido en beneficio de ella, en favor tuyo y por todos nosotros.
—No me importa ni un pepino —gritó Blue con el rostro completamente enrojecido. Pero sí que le importaba—. Tendrás que demostrarme que eres capaz de vencerme revólver en mano.
—Blue, te hemos quitado las pistolas, y puedes tener la seguridad de que no te las devolveremos —afirmó Britt.
—Acepta tu merecido, muchacho.
—¿Tiraste también a Brazos al agua?
—Así ha sido.
—Y ¿cuál ha sido su actitud?
—Dijo a gritos que nos mataría. Pero se ha apoderado del carro y se ha marchado con él, por lo que tendremos que regresar a pie hasta la casa.
Bluegrass miró a su compañero Trinidad y a los demás vaqueros, que tiritaban de frío, y comenzó a hacer visajes.
—¡Maldición! ¿Tengo yo el mismo aspecto que ellos?
—El tuyo es mucho peor. Has estado tumbado en el barro. Debes permitirme que te lo sacuda.
—Muy bien..., Frayne, me resigno. Pero, ¡por Júpiter!, he de jugarte una mala pasada.
—Será bien recibida, Blue —contestó Frayne cordialmente—. Sabía que eras un buen compañero... Muchachos, es necesario que todos hagáis caso de mis palabras. Si no nos unimos apretadamente en nuestro equipo como hermanos, como hombres que se hallen de espaldas a la pared, la señorita Ripple será robada y arruinada. Y entonces el remordimiento no nos abandonará jamás.
Skylark gritó desde la ladera:
¡Brazos viene a toda velocidad!
Todos los vaqueros, excepto Frayne y Blue, corrieron presurosos tras Britt cuesta arriba. A lo lejos se veía el carro, que avanzaba a toda la velocidad que sus caballos eran capaces, saltando y dejando tras sí una espesa nube de polvo.
—¿Qué demonios traerá ese demonio de vaquero? —preguntó Britt con gran curiosidad.
—¡Apuesto diez duros a que lo sé!
—Mirad cómo salta el carro!
—Muchachos, podéis tener la certeza de que Brazos ha preparado algo sorprendente.
—Ese hombre siempre ríe el último.
Con gran sorpresa por parte de Britt, los caballos no cayeron y el carromato no se partió en astillas. Brazos se aproximó gritando, con el rostro enrojecido; redujo la velocidad y detuvo los caballos. Luego saltó a tierra. Los espectadores no tardaron en congregarse junto a la parte posterior del vehículo. Britt vio que Laigs Mason estaba montado a horcajadas sobre un hombre vestido de negro. Había, además, otro hombre en el carro. Brazos lo agarró de los tacones, tiró de él y lo dejó caer al suelo como si fuera un saco de patatas. Este personaje era Lee Taylor, en cuyo rostro se reflejaba claramente su viciosa naturaleza.
—Ahora le toca a usted, caballero —cantó Brazos, y con una notable muestra de fortaleza levantó en vilo a Taylor sobre su cabeza, lanzó un grito indio y lo arrojó al agua. Como quiera que fuera el estado del meridional en el momento de caer al agua, lo cierto fue que cuando surgió de ella y se dirigió vacilante hacia la orilla no se hallaba bajo otra influencia que la de una excesiva cantidad de agua fría.
Con el rostro lívido, temblando como un azogado, calado y despeinado. Taylor se encaró con Britt:
—¿As_ te es el modo... como per... mite usted... a los... ru...fianes de sus... vaqueros que tra...ten a un ca...ballero?
—Ha sido una broma, Taylor. Por otra parte, lo necesitaba usted —replicó secamente Britt.
—Oiga, ¿quién es un rufián y quién es un caballero? —preguntó Brazos amenazadoramente. La diabólica expresión de broma que había en su rostro se desvaneció.
Britt empujó rápidamente a Taylor hacia atrás—. Trae al otro, Laigs —gritó Brazos.
Britt se giró a tiempo de ver al jugador, Malcolm Lascelles, levantarse torpemente del suelo del carro. Su paletó y su florido chaleco estaban manchados. Su ancho sombrero de copa plana no era visible.
—Baje del carro, señor Lascelles —le invitó Brazos sarcásticamente.
Lascelles saltó a tierra, y demostró al hacerlo que no se hallaba perfectamente sereno.
—Britt, ¿qué significa este ultraje? —preguntó.
—No lo sé, Lascelles. Hemos obsequiado a Brazos y a Mason con un baño. Nos robaron el carro y se marcharon. No sé por qué está usted aquí, pero puedo afirmar que no es por orden mía.
—! Repito que esto es un ultraje terrible! —gritó iracundo Lascelles—. Estos piojosos vaqueros borrachos...
—Tenga cuidado con lo que dice, Lascelles —le interrumpió Britt—. Se lo advierto.
—Pero esta región es libre. Y un hombre tiene derecho a disfrutar de su libertad.
—Es cierto. Pero aquí no hay ninguna ley. Y si un hombre no se pone a la altura de las circunstancias que imperan en la frontera, se expone a perder, no solamente la libertad, sino también la vida.
¡Es usted igual que esos miserables! —chilló iracundo Lascelles—. Soy el huésped de la señorita Ripple..., un antiguo amigo suyo... ¡Y ustedes se atreven a ofenderme!
Brazos se aproximó a él.
—Patrón, me parece que todo esto es cosa mía —dijo fríamente.
—Lo es, Brazos. Ahora estás sereno. No pierdas la cabeza.
Laigs Mason se acercó rápido a Brazos. Su rostro vulgar expresaba una indeclinable e inabatible fidelidad hacia, su compañero.
—No te ablandes, Brazos. Este jugador fullero apesta a ron.
—Cállate. Soy yo quien ha de hablar aquí —replicó Brazos; y a continuación clavó la mirada de sus ojos de pedernal en el jugador—. Lascelles mi propósito era arrojar a usted al agua en unión de su amigo, el caballero del Sur —dijo—. No tengo costumbre de explicar mis actos a ningún hombre que me indigne. Pero voy a hacerlo con usted. La señorita Holly nos ha pedido a todos que estuviéramos hoy serenos. Por eso Frayne y Britt concibieron la idea de los baños. Ha sido una gran idea..., y... que el infierno me trague... si permito que usted se presente borracho en la fiesta de la señorita Ripple.
—No estoy borracho —protestó Lascelles.
—Entonces, además de borracho, es usted un embustero. Está borracho desde hace una semana. En este mismo momento, como ha dicho Laigs, tiene un olor apestoso a ron. Y mi idea consistía en obsequiarle con un baño frío. ¿Está usted dispuesto a aceptarlo?
—¡No, maldito granuja! ¡No se atreva a ponerme la mano encima!
—¡Ah...! Bien, mi idea comienza a desarrollarse un poco —replicó Brazos con la fría insolencia que Britt había aprendido a calibrar exactamente—. Recuerdo en este momento que ha despojado usted a Laigs del sueldo de medio mes.
—No es cierto. Mi juego es siempre correcto —declaró Lascelles con firmeza, aun cuando palideció ligeramente. Sin duda, había permanecido en la frontera durante el tiempo suficiente para saber la pena que se aplicaba a los jugadores tramposos.
—¿Qué dices tú, Laigs?
No podría jurarlo, compañero. No puedo decir que lo haya visto, porque tengo muy mala vista —reconoció francamente Mason—. Pero Sky le vio hacer trampas, y Ride Em también.
El pequeño negro movió los ojos hasta el punto de no vérsele sino el blanco de ellos.
No quería hablar. Recordaba la actitud de los meridionales con respecto a los hombres de su raza. Pero, además, era un hombre sincero y noble.
—Brazos, no puedo decir hasta dónde llegan las habilidades del señor Lascelles con las cartas. Pero le he visto hacer cosas que el mismo Laigs hace cuando está sereno.
—¿Qué tiene que decir ahora, Lascelles?
—Usted es tejano. ¿Dará más crédito a un negro que a un hombre blanco?
—¡Podría apostarse la vida a que así es... cuando conozco al negro! Jack no es embustero. Los vaqueros no mienten jamás... cuando hablan con seriedad.
—¡Es usted tan malvado como ellos! —replicó Lascelles dando paso a una irritación que acaso nacía de la circunstancia de que no había interpretado correctamente la frialdad del vaquero—. Ésta es la última paja. Concede usted más valor a la palabra de un negro que a la mía. Lo mataré. Y recomendaré a la señorita Ripple que le despida a usted.
—Muy bien. Creo que llegará usted lejos, especialmente con esta primera fanfarronada —gritó Brazos. Y luego, con increíble rapidez, descargó un terrible golpe en el rostro de Lascelles. El jugador cayó de espaldas al agua. Todo, con excepción de su cabeza, se hundió.
En contraste con los otros hombres que anteriormente habían sido inmersos en la fría corriente, los movimientos de Lascelles fueron pausados y lentos. Cuando salió a la orilla, con la mano derecha bajo el paletó, todos los vaqueros, con excepción de Laigs, se separaron de Brazos. Britt saltó instintivamente. Todos vieron que la blanca y delgada mano de Lascelles se cerraba en torno a algo que solamente podía ser un revólver. Los jugadores no suelen llevar el revólver pendiente sobre los muslos, pero siempre tienen alguno escondido en las mangas, o en el interior de la chaqueta, que sea fácil de agarrar. Y ante él se encontraban Brazos y Laigs desarmados.
—¡Cuidado! —advirtió Britt al mismo tiempo que se llevaba una mano hacia la cadera en busca del arma que había dejado sobre la mesa del dormitorio. El momento fue terrible. ¡Una tormenta había estallado en medio de un cielo azul y sereno!
—¡No dispare, Lascelles!
Hasta el enloquecido jugador se paralizó al oír la voz de Frayne. Britt se libró repentinamente de una terrible opresión, y el sudor comenzó a brotar de su fría piel. Y antes de volverse supo lo que debía esperar. Frayne se hallaba apoyado en el carro con un revólver dispuesto para disparar.
—¡Suéltalo! ... ¡Sal del agua!
Lascelles sacó torpemente la mano del interior de su chaqueta, y con el rostro lívido y repulsivo, abandonó el agua.
—¡Vienen caballos! —gritó Brazos.
Sobre la blanda arena de la orilla un grupo de jinetes se había detenido muy cerca, sin que los tensos espectadores o protagonistas del drama los oyeran.
—¡Russ Slaughter! —añadió Bluegrass.
Britt dejó de mirar a Frayne y Lascelles. Por lo menos diez, o acaso más jinetes, precedidos de un jefe de rostro cetrino, surgían en aquel momento del algodonal. Otros varios jinetes avanzaban por la ladera conduciendo una reata de mulas de carga. Slaughter, a la cabeza de sus seguidores, se encaminó con calma en dirección a la orilla, a suficiente distancia para poder apreciar la situación. Luego; en tanto que Frayne descendía del carro, Slaughter se detuvo tan bruscamente, que sus compañeros chocaron con él. Del mismo modo que muchísimos caballistas de las llanuras, Slaughter tenía el rostro de ave de rapiña. Habría sido imposible determinar sus razones, pero con el fin de no dejarse sorprender por los acontecimientos, Britt lo calificó mentalmente de enemigo. Frayne lo consideró del mismo modo.
—Perdonen que nos hayamos dirigido hacia ustedes —dijo lentamente Slaughter—. Vimos el carro cuando cruzábamos por el terreno alto... ¡Hola, Blue! ... ¡Hombre! Ahí está mi vaquero negro, Jack..., y también Trinidad, que está más mojado que una rata ahogada...
Supongo que usted debe de ser Britt, el capataz del equipo de Ripple.
—Sí, soy Britt; pero perdóneme que no le atienda ahora.
—¿Quién eres tú, caballista? —preguntó Frayne.
—Creí que todo el mundo habría oído hablar de Russ Slaughter y que lo conocería de vista.
—Nunca oí hablar de ti —replicó Frayne secamente.
—¿Quieres hacer el favor de cerrar la boca hasta que haya terminado con este fullero?
—Es una cosa que no me importa absolutamente nada, pero no me gusta el modo que tienes de hablar... Supongo que debes ser el compañero de este saco de carbón, Frayne, ¿eh?
—Si no te gusta mi modo de hablar, puedes cerrar también los oídos —dijo intencionadamente Frayne con la seguridad y la serenidad de un hombre que no conociera el miedo.
—¿Sí? —replicó Slaughter con insolencia. Sus ojos, rojos y continuamente movientes percibieron con rapidez el hecho de que, con excepción de Frayne, ninguna de las personas de aquel grupo poseía armas de ninguna clase.
—Lascelles, hemos descubierto tu juego en el rancho de don Carlos —dijo Frayne—. Si tus trucos de jugador fullero no fueran suficientes, tu cinismo al aprovecharte de la hospitalidad de los Ripple y utilizarla para apretar el cerco en torno a la señorita Holly, lo sería. Manda a buscar tu maleta, y márchate. Eso es todo.
—Ah! Oiga, Lascelles —añadió Brazos apasionadamente—. Ha visto usted que yo no tenía revólver. Y si no hubiera sido por Frayne, habría disparado contra mí... Bien, fullero bravucón; no deje de echar mano a la pistola en la primera ocasión en que nos encontremos.
—Lascelles, creo que la cosa está bastante clara —añadió enérgicamente Britt, deseoso de apoyar la expulsión con su autoridad—. Le aconsejo Que se marche pronto.
Lascelles agitó las manos en un gesto de desesperado furor y de impotente derrota.
Después, comenzó a alejarse, de espaldas a Frayne, que todavía tenía en la mano el revólver.
—Deténgase —gritó Slaughter. Luego, se dirigió a Frayne y a Britt—. Si han terminado ustedes, supongo que no tendrán inconveniente en que hable con el señor Lascelles.
—Este es un pueblo libre —contestó el capataz de modo muy poco cordial.
—¿Quién es usted, desconocido? —preguntó el vaquero de Chisum clavando la mirada en Lascelles.
—Me llamo Lascelles. Soy de Luisiana.
—¿Jugador?
—Juego a las cartas por placer.
—Ese hombre, Frayne, le ha llamado fullero.
—Es un embustero... No es cierto. Los vaqueros han perdido y no han aceptado las pérdidas de buena gana.
—¿Qué es eso de que intenta usted acosar a la señorita Ripple? —preguntó Slaughter, riendo ruidosamente.
—Otra tontería más —contestó Lascelles—. Soy un invitado en el rancho de don Carlos.
Todos los que viven en el Oeste conocen bien cómo presumen los Ripple de tener su casa abierta para los que a ella llegan y de acoger bien a todo el mundo. ¡Quédese usted en esta casa tanto tiempo como lo desee! Jamás ha sido expulsado nadie por la puerta de los Ripple...
Eso sería suficiente, pero conocí a Holly Ripple en Nueva Orleáns... Fuimos novios. Su padre la trajo a vivir en el rancho. Finalmente, he venido yo para intentar reanudar nuestro afecto. Y estos envidiosos...—¡Cállese, maldito embustero! —exclamó Brazos imperativamente y con el rostro enrojecido por el furor.
—¡Por Júpiter, eso es muy interesante! —comentó Slaughter—. He oído hablar muchísimo acerca de esa señorita. ¿Está encaprichada por usted, Lascelles?
—Sí, lo estaba.
—¿Qué entiende usted que significa esa afirmación de que está encaprichada por usted? —continuó Slaughter, descubriendo con el tono y con la expresión la maldad de sus propósitos.
La ardiente y muda súplica que Brazos hizo a Frayne, fue causa de que Lascelles se volviera repentinamente y observara en la actitud de Frayne una amenaza que la llegada de Slaughter y sus acompañantes impidió que se cumpliera.
—Cuando un caballero besa a una mujer, no lo dice jamás —contestó.
—¡Ja, ja, ja!... ¡Dígalo de todos modos, Lascelles!
¡No, diablos! ... Vale más que tenga la lengua quieta. Frayne se había separado un paso o dos con el revólver asestado hacia el mismo punto que dirigía la mirada. El arma se movió primeramente, y luego se inmovilizó.
—¡Una sola palabra más acerca de Holly Ripple y le arrancaré los dientes a tiros! —tronó Frayne.
Lascelles, creo que los dientes le son muy necesarios —afirmó Slaughter con tanta frialdad como si no vibrase en la atmósfera un ambiente de catástrofe—. Puede usted reservar todo eso... para decírmelo privadamente... ¿No le agradaría unirse a mi equipo? Somos libres. Tenemos mucho dinero y realizamos grandes negocios comprando y vendiendo ganado.
—Me uniré a ustedes —contestó con voz ahogada Lascelles.
—Queda usted admitido. Venga con nosotros. Envíe en busca de su maleta y acampe con mi equipo esta noche —añadió Slaughter mientras hacía una seña a sus hombres y daba vuelta al caballo. Después se volvió en la silla—. Britt, esta noche nos veremos en el «Fandango»— añadió festivamente.
El capataz se alegró mucho de no tener en aquel momento un revólver.
—Frayne, volveremos a encontrarnos —gritó Slaughter desde la pendiente.
El primer acto de Brazos, cuando se vio libre de la opresión de aquel momento, consistió en dar un puntapié en las posaderas al meridional.
—Taylor, salga de ahí. Váyase con esos hombres. Y ¡que Dios le ayude si volvemos a encontrarnos!
El atemorizado joven, con el rostro lívido y derramando agua por todos los maltrechos atavíos que vestía, corrió presuroso cuesta arriba y desapareció en dirección al pueblo.
—Brazos! ¡Estás completamente loco! —dijo enfadado Britt.
—¿Quién diablos no lo está?... ¿Loco? Estoy tan condenadamente loco, que sería capaz de morder clavos. ¡Mirad a Laigs! Está escupiendo fuego, pero ni siquiera puede hablar.
Mirad a Frayne. Tiene el rostro completamente pálido, ¡por Júpiter! Mírese a sí mismo, patrón. Está usted verde. Y todo porque nos hemos dejado sorprender desarmados. ¡No tenemos armas! ... Cap, si volviera usted en alguna ocasión a quitarme el revólver, por cualquier razón que fuese, le sacaría las tripas.
—Perdóname, Brazos. Serénate. Acaso sea preferible que no tuviéramos nuestro armamento. ¿Qué tienes tú que decir, Renn?
—Britt, hace muchos años que no he aguantado tanto como ahora —replicó el proscrito mientras respiraba con fatiga—. Lo único que tengo que decir es esto: no volvamos jamás a permitir que se nos sorprenda desarmados.
—Patrón, —Patrón, ha expuesto usted al equipo a una catástrofe —afirmó Mason—. Todos lo sabemos.
—No hay necesidad de. poner el asunto a votación —le interrumpió roncamente Britt—.
¡La culpa es mía! Soy un viejo batidor, pero me convierto en cera entre las manos de esa chiquilla. Sin embargo, ya sabéis que no es una mujer cobarde. Tiene mucho valor. Lo único que teme es que alguno de vosotros, sus vaqueros, sea muerto a tiros.
—Así es. ¡Bendito sea su corazón! —exclamó Brazos.
—Pero, de todos modos, lo más probable es que seamos atacados. Y yo quiero tener conmigo mis armas y la ocasión de defenderme.
—Después de esto, muchachos, me parece que no vais a separaros un solo momento de vuestros arsenales —dijo Britt con tristeza.
—¡Hurra! —gritó Laigs Mason.
—Sin embargo, no por eso debéis dejar de utilizar la inteligencia —concluyó Britt.
Brazos se volvió hacia Frayne y le tendió los largos brazos y una mano temblorosa. De su infantil rostro desaparecieron el furor y la amargura que lo dominaban, dando paso a una cálida y cordial sonrisa.
—¡Choca la mano, Renn!
El proscrito cumplió lo que se le pedía y enrojeció un poco.
—Me has salvado la vida. Ese jugador me habría matado. Vi la muerte reflejada en sus ojos.
—Así me pareció —contestó Renn mientras Brazos le oprimía la mano entre las suyas—.
La situación ha sido muy violenta. Me pareció que tendría que matar a Lascelles. Slaughter es un mal hombre, y enemigo nuestro.
—No te ha comprendido, Renn —continuó Brazos—. Pero yo te comprendí perfectamente. Y estaba muriéndome de ganas por colocarme a tu lado.
Britt colocó una mano sobre las que los hombres tenían unidas.
—Eso os hará amigos.
—Compañeros, si Renn acepta mi amistad —replicó Brazos.
—Brazos, yo diría que es una cuestión que me satisface muchísimo. Pero... —Los ojos, grises y penetrantes, de Frayne, hermosos y alegres, aunque llenos de duda, clavaron una mirada sobre Brazos, con el propósito de leer lo que hubiera en su imaginación.
—No hay peros... Por lo menos, no hay más peros —terminó Brazos.
—Frayne, no lo dudes. Brazos es un tejano noble y verdadero —afirmó Britt con vehemente ansiedad—. Acepta la amistad que te ofrece y que podrá salvar el equipo.
—Frayne, jamás he tenido nada en contra tuya..., pero... pero... —y al llegar a este punto Brazos dudó y enrojeció como una chiquilla.
—¡Pero! ¿Lo ves, Brazos? —replicó Frayne—. Sé muy bien cuál es ese pero, vaquero loco.
Acepto tu palabra... No te descubras delante de este grupo de cabezas duras.
—Voy a hacerlo, Renn —replicó Brazos recobrando la fría tranquilidad que le caracterizaba. Había un algo conmovedor en su actitud—. Jamás he tenido absolutamente nada contra ti..., nada..., como no sea esto: en primer lugar, temí que la señorita Holly te apreciase más que a mí. Y ahora, sé que así ha sido.
—¡Brazos! ¡Eres un necio sentimental! exclamó Frayne. Su enojo se mezclaba a otros sentimientos más fuertes. Un desacostumbrado tinte rojizo cubrió la tostada piel de su rostro—.
Te engañas..., pero comprendo cuánto ha debido de costarte hacer esa confesión... Seré amigo tuyo para toda la vida, vaquero.
—Laigs, ojos de mochuelo —exclamó Brazos roncamente, quizás con el fin de ocultar su emoción—: estrecha la mano .a nuestro nuevo compañero Renn Frayne.


VI
Holly se había encerrado en su habitación para descansar por espacio de una hora después de los largos y fatigosos trabajos de preparación para su fiesta. Aquel día se cumplía el tercer aniversario del acontecimiento puesto en práctica por su padre con ocasión de la fecha de su cumpleaños. Holly tenía ya veinte años, era maravillosamente feliz por innumerables causas; desgraciada solamente por una.
A la puerta de su estancia sonó una llamada a la que siguió la voz familiar de Britt.
—Holly, no te inquietes. Recuerda que me ordenaste que viniera a informarte.
—Sí, Cappy... ¡Oh, espero...!
Todo va bien. Los vaqueros están serenos, alegres y felices como un grupo de potrancas, y se encuentran impacientes.
—¿Todos ellos? —preguntó ansiosamente Holly.
—Señora, eso se refiere a todos y cada uno de los hombres del equipo.
—Gracias a Dios... ¿Y tú, Cappy?
—Lo mismo. Pero tienes que agradecérselo en gran parte a Renn —afirmó el capataz.
—¿A Renn? —preguntó Holly.
—He dicho a Renn. Ése es el nombre de Frayne, como sabes contestó Britt con seco humor.
Holly vaciló durante un momento y se dio cuenta de que su respiración se entrecortaba y de que el calor sofocaba sus mejillas.
—¿Qué he de agradecer a Renn?
—Te lo diré en otra ocasión. Adiós, señorita... Espero que no llegarás con retraso.
Holly oyó el sonido vibrante de los pasos del capataz ante el saloncito, y más tarde en la senda. Holly se sentó en el lecho, soñadoramente conmovida, conocedora de que la hora del acontecimiento se aproximaba, y luego se levantó para mirar a través de los cristales. El sol tocaba ya el alto lienzo de montaña del Oeste. El esplendor del panorama y la gloria del color arrobaron a Holly. La llanura se extendía ondulantemente a partir del rancho de don Carlos; era un mundo silvestre y purpúreo, tan amplio, que las motas del ganado, las hebras de las carreteras y las sendas, las manchas de los ranchos y de las distantes ciudades, parecían perderse en la inmensidad del espacio. El sol derramaba haces de oro sobre las blancas cumbres. Unas anchas y dispersas nubes, como islas rosadas en un mar dorado, se cernían en el horizonte. Todas las sombras que proyectaban las moles de las montañas tenían un oscuro color purpúreo. Y mientras Holly lo miraba, le parecía que la pantalla purpúrea se tendía sobre el incendio dorado de la hierba, suavizándose, desarrollándose, cambiando con mágica rapidez. Holly pensó que el crepúsculo más hermoso de todo el año se había producido el día de su cumpleaños, como si quisiera hacer honor a su fiesta y recordarle la incomparable belleza de Nuevo Méjico. Al pie de la casa ranchera, el pueblecito mejicano, la ancha llanura que se extendía entre él y el arroyuelo bordeado de algodoneros, se bañaba en el resplandor de las tonalidades crepusculares, brillaban y resplandecían bajo la belleza del día más colorido de todo el año en aquel terreno. En el pueblo el día era festivo. Los campamentos de los vaqueros, los campamentos de los rancheros y los toldos de una caravana brillaban radiantemente dorados; los caballos pastaban por todas partes; lejos, más allá del arroyuelo, las manchas oscuras de los campamentos de los proscritos y de los desconocidos, significativamente separados de los demás, atestiguaban el atrayente poder de la invitación que la señorita Ripple había dirigido a todos.
Cuando el padre de Holly instituyó aquella serie de agasajos anuales, que era sencillamente un gran festival en el que se encarnaban los principios de la hospitalidad que por espacio de tantos años había practicado, las condiciones de la vida en aquellos terrenos eran muy diferentes. El único inconveniente, según reconocía Holly, era la presencia de muchas personas indeseables que llegaban atraídas por la curiosidad o por otros motivos inarmónicos con la cortesía que hacía posible que se encontrasen presentes en las fiestas. Algún día, aun cuando a Holly le dolía el solo pensamiento, se vería obligada a alterar la práctica hospitalaria de su padre. Britt, apoyado por Clements, Doane, Haywood, y otros rancheros experimentados en la vida de la frontera, era el autor de aquel cambio radical en los pensamientos de Holly. Holly jamás había soñado, hasta hacía muy poco tiempo, que en alguna ocasión pudiera mostrarse contraria a los deseos de su padre. Otro factor decisivo era la molestia, por no decir el verdadero disgusto, que en el ánimo de Holly creaban los cazadores de fortunas, como Lascelles y aquel inútil hermano de una compañera de colegio, Lee Taylor, los cuales la habían virtualmente convertido en una prisionera de su propio hogar. Además, había otras personas, casi todas del Oeste, especialmente Sewall MacCoy, a quien Britt llamaba el ranchero rival de Holly, que insistentemente prodigaban sus satisfactorias, pero muy mal recibidas atenciones desde su llegada al rancho.
Holly rechazó cuantos pensamientos se referían a tales personas, así, como las dudas que abrigaba acerca de aquella fiesta de su cumpleaños. Luego pensó en Renn Frayne y esto le produjo una impresión diferente. Britt le había designado con su nombre de pila.. ¡Renn! A Holly le agradaba el sonido de este nombre. Y recordó que en los últimos días había alejado de la imaginación a su propietario. Pero en aquel momento pareció rendirse a la picaresca insinuación de Britt. Frayne había cautivado, en cierto modo, a todos aquellos alocados vaqueros. Holly se separó de la ventana y paseó de un lado para otro. En la cercana percha colgaba el exquisito vestido, con sus suaves pliegues de encaje español, que había de ponerse inmediatamente. ¿Le agradaría a Renn Frayne verla vestida con aquel traje? ¡No! ... ¿La vería él? El orgullo de Holly había padecido mucho a consecuencia de la indiferencia de Frayne. Y cuanto mayor era la frialdad del vaquero hacia ella, tanto más fascinada se encontraba Holly.
Holly sufrió un repentino ataque de sinceridad. Era inútil que intentase continuar mintiéndose a sí misma. ¿La admiraría Frayne cuando estuviera vestida con su hermoso vestido? ¿Le pediría que bailase con él? Holly se sorprendió al comprobar que para ella el éxito de aquella fiesta, preparada durante tanto tiempo y tan cuidadosamente, dependía solamente de la reacción de un proscrito cuya fama se había extendido gradualmente por todas las llanuras orientales. La joven temió por espacio de varias semanas que aquella actitud respecto a Frayne fuese efectiva y descorazonadamente transcendental. Después, no hacía mucho tiempo, surgió un hecho que empeoró la cosa, un cambio cuyos recuerdos la avergonzaban tanto como en el momento que se produjo. Cierto día, cuando se dirigía hacia Horns Post, Holly había hallado a Frayne, evidentemente haciendo objeto de sus atenciones a la señorita Velázquez. Había muchas muchachas muy lindas en el pueblo, pero Conchita era, indiscutiblemente, la más hermosa de todas, la más seductora y atrayente. Todos los vaqueros, hasta el propio Brazos, habían corrido tras: ella; y la opinión de Holly era que aquella muchacha de ojos oscuros, como la mayoría de las mujeres de su tipo voluptuoso y de voz dulce, no era absolutamente inconquistable. Holly había censurado a Brazos su galanteo a Conchita. Mas le había parecido mucho más extraño, más doloroso y vergonzoso el hallar a Renn Frayne cortejando a la joven. Holly regresó a su casa furiosa consigo misma, pensando por momentos que amaba a Frayne y que lo odiaba.
«Pero Conchita es muy hermosa —murmuró Holly para sí misma, en un intento por ser justa con Frayne, del mismo modo que lo había sido con los demás vaqueros—. Es una mujer verdaderamente seductora. Si yo fuera hombre, enloquecería por ella... Pero Frayne... ¡Oh!, no debería...), Holly no se atrevió a continuar desarrollando este pensamiento porque comprendió que en el caso de que lo hiciera, llegaría a la comprobación de que Frayne podría haber encontrado a Conchita tan atractiva corno les parecería a los demás vaqueros. Y ésta era una consecuencia de la que Holly deseaba huir; no es que no poseyera la suficiente bondad femenina para comprender y perdonar a Frayne, sino que al hacerlo descubriría para ella misma el misterio y creciente alboroto que se había producido en su corazón.
—¿Quién sabe? Mi fiesta de esta noche podría enseñarme muchas cosas —monologó Holly, como resumen de sus pensamientos—. Tantas, que es posible que jamás vuelva a realizar otra reunión.»
Al cabo de un momento abrió la puerta para que entrase su doncella Rosita, y llamó a Ann Doane, que, en unión de su padre, era huésped del rancho. Ann era una muchacha rolliza, de diecisiete años, mejillas rosadas y ojos azules: una verdadera hija de la frontera. En el agradable ajetreo que siguió, el perturbador pensamiento introspectivo que la atormentaba volvió a turbar la imaginación de Holly.
—Ann, ¿cuántos de tus pretendientes vendrán esta noche a la fiesta? —preguntó Holly con picardía.
—¡Dios mío! Todos ellos, Holly —exclamó Ann riendo agitadamente—. Estoy por completo asustada.
—¿Por qué? Deberías estar muy satisfecha.
—Holly, te diré algo si me prometes guardar el secreto.
—Te lo prometo, claro es.
—He aquí mi secreto, Holly... ¡Oh, es horroroso confesarlo! Anoche, anoche... prometí a Skylark casarme con él.
—¿Cómo?... ¿A mi vaquero Skylark? —exclamó regocijada Holly.
—Solamente hay un Skylark... y ése es mi prometido.
—¡Ann! ... ¡Es magnífico! ¡Cuánto me alegro de saberlo! Te felicito. Skylark es uno de mis... mis vaqueros más juiciosos.
—Creo, Holly, que no es tan juicioso como supones —replicó Ann prudentemente—.
Skylark tiene defectos. No me avergüenzan sus malos hábitos. Estoy segura de que le corregiré... Lo que me preocupa es que comencé a coquetear con él antes de haber terminado de hacerlo con otros muchachos.
—¡Dios mío! Eso es horrible, Ann. ¿Te refieres a algunos de mis vaqueros? ¿Quizá a Brazos?
—¿Ese demonio de pelo de estopa? No. Brazos nunca ha hecho más que tocarme la barbilla y decirme que si alguna vez me encontraba sola y aburrida iría a verme. Esos otros muchachos a quienes me refiero son vecinos nuestros... Y, bueno, no puede decirse que hagan buenas migas con el equipo Ripple. Es posible que se origine una pelea, pero te juro que haré todo lo posible por impedir que se produzca esta noche en tu fiesta. Holly, jamás me lo perdonaría si no pusiera todo mi empeño en evitarlo.
—Ann, nosotras, las mujeres, hemos de perdonar mucho, ¿no es cierto? —suspiró Holly—.
El año pasado hubo tres peleas en mi fiesta... Una de las cuales terminó a tiros delante de mi casa.
—Sí, lo recuerdo. Pero no es extraño. Sam Price no fue herido de gravedad. Y, verdaderamente, merecía un buen castigo. Tú has estado ausente de estos terrenos durante mucho tiempo. Esto es el Oeste, Holly; mi papá dice que muy pronto se convertirá en un Oeste mucho más infernal de como ha sido hasta ahora.
—También lo dice Britt —contestó Holly riendo—. Intento prepararme para la guerra. Pero me molesta la idea de tener que hacerlo.
—Esta misma noche habrá una pelea por causa tuya, si no me engaño —declaró la muchacha occidental—. Holly, nunca me has parecido tan... tan hermosa. Los hombres van a enloquecer al verte.
—¿Lo crees, Ann? —murmuró Holly, intrigada al oír aquella excitante afirmación.
—Lo sé. Holly, tienes ya un año más, eres diferente a como eras, más..., más..., ¡oh, no puedo decírtelo!
—¡Ann! Supongo que te refieres a este vestido. No me atrevo a mirarme al espejo...
Llevo los hombros y los brazos desnudos. ¡Oh, me parece que estoy completamente desnuda!
Es un vestido indecente, Ann.
—No diría yo tanto como eso —afirmó sinceramente la otra muchacha—. Cierto que es muy escotado... Holly Ripple, eres una verdadera señora.
—Ann, si así es..., si es cierto lo que dices..., terminaré por perder el valor —tartamudeó Holly—. Encargué este vestido en Santa Fe y no me lo he probado nunca. Tenía miedo de sentir tentaciones de hacer que lo reformasen aquí. Me pondré el vestido que llevé el año pasado.
—¡Holly! Es posible que encuentres algo extraño en ti cuando te mires al espejo; pero no debes cambiarte de ropa. Debes conservar la que tienes puesta... Rosita, ¿qué dice usted? ¿No está hermosa la señorita?
Rosita hizo una apasionada y halagadora afirmación, sin insinuar lo que Holly temía.
—Sí que lo es. La señorita está muy hermosa. ¿Y su vestido? ¡Qué bonita, qué guapa!
Cuando un poco más tarde Holly contempló su imagen en el espejo, no pudo reprimir un grito de sorpresa. A ésta, siguió otra emoción, una emoción que intentó rechazar antes de que la dominase por completo, antes de que llegase a abrigar la impresión de que no podía presentarse en la fiesta vestida con aquel traje. Holly experimentó más vanidad juvenil que miedo, más orgullo femenino que vergüenza, y aplacó la vocecita que sonaba en su conciencia y la atormentaba, puesto que sabía que su padre jamás habría aprobado aquel traje a la española. En aquel momento admiré su regia cabecita con el hermoso cabello negro tan artística y cuidadosamente peinado. La excitación había prestado a su rostro una palidez de perla. Holly apenas reconoció aquellos oscuros y turbulentos ojos, aquellos abismos indicadores del apasionamiento y de la angustia de su corazón.
Durante unos momentos interminables continué mirando la imagen que el espejo reflejaba, dividida entre dos impulsos diferentes y opuestos, con una fuerte inclinación hacia lo que en ella existía de mujer americana, que era lo que su padre había fomentado y desarrollado. Mas, al fin, venció el latido y el impulso de su sangre española. El pensamiento dominante en el tumulto de emociones de Holly fue que Benn Frayne debía verla vestida de aquel modo, costase aquella locura lo que costase. Inmediatamente, el rápido fuego que cubrió de un color escarlata su cuello y su rostro, la quemó con la amarga y terrible verdad de que quería a aquel proscrito. Un instante más tarde estaba tan pálida como el mármol, aunque fiel al orgullo castellano de la raza de los Valverde y al indomable espíritu de su padre.
Holly volvió a mirarse nuevamente, con ojos que no estaban velados por un vergonzoso secreto.
Su cabello lustroso, trenzado en un moño flojo que reposaba sobre la parte posterior del, cuello y que estaba sostenido por una enorme peineta cuajada de piedras preciosas, parecía casi demasiado pesado para una cabeza tan pequeña. Holly había obrado acertadamente al escoger aquel vestido español de encaje negro si se proponía, tanto como conquistar a un hombre, honrar a sus antecesores.
Cuando solamente faltaban muy pocos minutos para la hora en que debía hacer su aparición en el salón para reunirse con los vaqueros, Britt volvió a llamar a la puerta.
—Holly, ¿vas a venir? preguntó ansiosamente—. Los muchachos se hallan impacientes como un grupo de caballos.
—Ya estoy preparada, Cappy. Entra —contestó Holly alegremente, mientras indicaba a Rosita que abriese la puerta. Britt apareció, vestido con un traje oscuro nuevo y flamante—.
¿Qué tal me encuentras, viejo amigo?
A Britt se le desorbitaron y dilataron los ojos para dar paso a una sonrisa que satisfizo la insaciable vanidad de Holly. El primer esfuerzo que Britt hizo por hablar resultó un fracaso.
Después pudo decir:
—¡Dios mío...! Muchacha, no solamente me haces ser joven de nuevo, sino que además destrozas mi pobre y gastado corazón.
—¡Ah! ¡Cappy! ¿Destrozar? ¿Por qué?
—Creo que de alegría y de amor... Pareces otra, Holly. ¡Ya no eres una chiquilla!
—Muchas gracias. Si te agrado a ti, también les gustaré a ellos... ¿Están todos allí? Tengo mucha curiosidad y... y no sé qué más.
—Holly, no vas a conocer a los hombres de tu equipo. Todos han estado ensayando hasta ahora mismo.
—¿Ensayando? —preguntó Holly con vehemencia.
—Así es. Con mi ayuda y la de Frayne. Pero había olvidado... que no debía decirlo... O mucho me engaño, o al verlos dirías que esos hombres están acostumbrados toda su vida a vestir con elegancia y a comer con cubiertos de plata.
—¡Qué simpáticos! —exclamó Holly. Era propio de aquel inimitable Brazos el inspirar a sus compañeros una actitud de frío desparpajo que nadie podía perturbar—. Vuelve junto a ellos, Cappy; quiero hacer una entrada verdaderamente sensacional en el salón... ¡Oh, me siento lo mismo que una colegiala!
—¡Pero pareces una emperadora! —replicó Britt, al mismo tiempo que salía.
Al abrirse la puerta dio paso a una barahúnda de ruidos, sonar de pasos, voces y alegres risas. Holly oyó la melodía de una bandurria, los sonidos melosos de una guitarra. La cena para la multitud de los concurrentes había de ser servida simultáneamente con la que se ofrecía a los vaqueros; para la primera, en el comedor y en el patio; para los segundos, en el salón.
«¿Qué se me olvida? —se preguntó Holly—. ¡Oh, las notas! ...»
Cuando Holly entró en el salón, brillantemente iluminado y coloreado, y se encontró ante aquel grupo de hombres de rostros atentos que se hallaban en pie, recibió de ellos, o de alguna fuente inexplicable, una poderosa emoción que venció por completo los estallidos de sus nervios. Avanzando hasta la cabecera de la mesa, se mantuvo durante un momento tras el respaldo de la, silla y dirigió unas sonrisas a los ansiosos rostros que tenía ante sí. Frayne se encontraba a su derecha y Brazos a la izquierda. El lugar de Britt se hallaba situado al pie de la mesa. ¡Diecinueve en total! Holly los contó con ojos que no veían muy claro.
—Buenas noches, caballeros —dijo—. Si mi padre estuviera aquí en este momento, ésta sería la hora más feliz de toda mi vida. Sin embargo, soy muy feliz.
Frayne se adelantó para retirar la silla de Holly y mientras ella la ocupaba el vaquero se inclinó galantemente.
—Señorita Ripple, ¿me permite decir que ninguna dama más hermosa de los días del rey Arturo se sentó para hacer honor a sus caballeros?
—¡Frayne! —la sorpresa y la delicia de Holly reprimieron la confusión que amenazaba su equilibrio. Y aun cuando enrojeció, no dio más pruebas de su turbación—. ¡Caballeros ingleses! ¿Por qué no alegres caballeros españoles?
Brazos oyó a Frayne y no quiso que nadie fuera más galante que él.
—Holly, está usted guapísima. Me hace usted desear la muerte porque no puedo tenerla, y continuar viviendo solamente para verla.
—¡Aduladores! Habría conocido que eran ustedes vaqueros aunque hubieran sido unos desconocidos y yo estuviera ciega —contestó Holly mientras pugnaba por reprimir la risa. Y miró nuevamente los brillantes rostros que tenía ante sí. Todos sus vaqueros se encontraban allí, todos aquellos a quienes ella quería inexplicablemente: el sombrío Cherokee; el negro de ojos inquietos, Jack; el establero Santone, y los mestizos meridionales; sus caballeros al mismo tiempo que los vaqueros de su propio color. Holly sintió que una innominada fortaleza de acero se tendía en torno suyo para protegerla. La última de la familia de los Ripple no tenía familia. Aquellos hombres eran todo lo que poseía, los caballistas que cruzaban sus terrenos, los hombres bravíos de todas las llanuras bravías, y en aquel momento Holly llamó a todos.
La larga mesa, con su blanca mantelería y su servicio de plata, con su carga de frutos y de alimentos, satisfizo la crítica mirada de Holly. Cuando los invitados se hubieron sentado, se produjo la señal para que las doncellitas mejicanas, vestidas con sus batas multicolores entrasen siendo portadoras de los humeantes platos. Holly deseaba que la alegría y la felicidad se adueñaran de aquellos vaqueros suyos tan acostumbrados a las privaciones y a las durezas bajo climas de todas clases. Su deseo se cumplía. Había en la estancia una ausencia de cohibición y la fría y despreocupada audacia de los vaqueros, a quienes se había indicado que se instalasen como en su propia casa, hacía que todos ellos se hallasen contentos en presencia de su señora. Sus ropas pertenecían a una infinita variedad de aspectos, pero todas eran nuevas. Frayne, lo mismo que Britt, vestía un traje oscuro, camisa y cuello blanco, que destacaba más su carácter de oriental. Holly no le había mirado todavía directamente al rostro.
Brazos, siempre sorprendentemente guapo, se había superado a sí mismo aquella noche.
Llevaba puesta una nueva blusa azul con un ancho cuello, en torno al cual se había anudado graciosamente un pañuelo rojo. Era el único que no tenía chaqueta en lugar de la cual llevaba un chaleco de piel de ante con ribetes y galones. Lo tenía abierto, y el lado izquierdo le abultaba ostensiblemente. Holly concibió al instante una sospecha.
—Brazos, ¿que tienes en el bolsillo? —preguntó.
—Ah, señora! —y miró al otro lado de la mesa, en dirección a Frayne—. ¿Qué os había dicho, ganapanes? No puede hacerse.
—¿Qué es lo que no puede hacerse? —preguntó Holly.
—Engañar a usted.
—¿Tienes... una botella o un revólver escondidos bajo el chaleco?
—¿Qué supone usted, señorita Holly Ripple? —preguntó Brazos al mismo tiempo que clavaba en ella el fuego azul de su mirada.
—Espero que sea un revólver —se apresuró a contestar Holly.
—¿No sabe usted que lo es?
—Sí... Pero yo lo había prohibido.
—Bien, no soy el único que lo tiene.
Su mirada hizo que la de Holly se dirigiese a Frayne, quien se retiró ambas solapas de la chaqueta y descubrió las culatas blancas de dos revólveres, uno a cada lado.
—Son órdenes de Britt, señorita Ripple.
—¡Oh! ¿Estáis todos armados?
—Sí.
Brazos se inclinó para hablar en voz baja.
—Holly, de ahora en adelante dormiremos con toda nuestra artillería. Es una gran idea.
—¿De quién?
—Primero, de Frayne, porque siempre se ha negado a separarse de sus armas, y porque si no las hubiera llevado hoy, a estas horas estaría usted presidiendo un entierro en lugar de una gran fiesta.
—¡Brazos!
Pero el vaquero se limitó a sonreír con su habitual y desesperante frialdad, por lo que Holly dirigió una suplicante mirada a Frayne.
—No tiene usted motivos para preocuparse, criatura —contestó Frayne sonriendo.
—¿Me llama usted criatura? —preguntó coléricamente Holly—. Hoy cumplo veinte años.
Y soy vuestro jefe.
—Concedido. Pero, a pesar de todo... —replicó Frayne con una inflexión de voz que lo mismo podría significar que la réplica de Holly demostraba que en realidad era una criatura, o que él la considerase como una adorable mujercita. Esta última interpretación hizo que el rostro de Holly se cubriese de rubor y que su cólera desapareciese. Aquellos vaqueros no tenían enmienda. Holly hizo una señal de llamada imperiosa a Britt. El capataz acudió rá— pidamente y se inclinó ante ella.
—Cappy, los dos caballeros que están sentados a mi lado me han llamado criatura —le dijo.
—¡Oh! ¿Es cierto? —contestó Britt sin saber con seguridad si debería reír o adoptar una grave actitud—. En cierto modo, no tendría inconveniente en apoyarlos.
Eres una criatura. Pero no esta noche. Esta noche eres, sin duda de ninguna clase, la mujer más seductora que existe en todo el mundo.
—Muchas gracias... Britt, he descubierto que Brazos lleva un revólver bajo el chaleco.
Después, Frayne me ha mostrado las culatas de otros dos que lleva escondidos debajo de la chaqueta. ¿Están todos los vaqueros armados del mismo modo?
—Lo están, ciertamente.
—Pero eso está en contradicción con mis órdenes.
—Lo sé, muchacha. Te pido perdón.
—¿Por qué no has obedecido mi mandato?
Britt se puso más serio de lo que habitualmente solía estarlo.
—¿No quieres tener confianza en mí para decidir lo que debe hacerse, y permitirme que te explique las razones que he tenido para hacerlo en otra ocasión?
—Dímelo ahora.
—Esta mañana sucedió algo que demostró cuán frecuentemente un vaquero y batidor viejo, como yo, puede equivocarse —replicó Britt con rapidez—. Frayne tuvo la idea de que esta mañana... Bueno, de que serenásemos a algunos de los vaqueros, que lo necesitaban. Su proyecto consistía en llevarlos hasta el arroyuelo y darles un baño. Todos nosotros dejamos las armas en casa, con excepción de Frayne. Nos divertimos mucho al arrojar al agua a los adormilados vaqueros. ¿Despertaron pronto? ¡Ya lo creo! Me habría gustado que estuvieras presente, Holly... Pues bien, uno de esos muchachos de cabezota roja tomó la cosa demasiado en serio. Primero se enojó y después se puso hecho una furia. Mientras estábamos buscando a Blue... ¡Ah! No tengo más remedio que descubrirle... Ese vaquero y su compañero saltaron al carro, se alejaron a toda velocidad y...
—Ese vaquero era Brazos Keene, acompañado de su sombra, Laigs Mason observó Holly. Lo había comprendido al ver el severo rostro de Brazos.
—Yo no lo he dicho... Como quiera que fuese, lo que hicieren fue llevar hasta el arroyo a Taylor y Lascelles, los cuales se hallaban bajo los efectos del alcohol. Brazos arrojó... ¡Oh, Dios mío! Vuelvo a descubrirlo... Brazos arrojó a Taylor al agua. Pero Lascelles se enojó de una manera terrible. No estaba borracho. Reconozco que ese jugador tramposo no se emborracha jamás. Se enfadó muchísimo por lo que creía que era un ultraje e hizo que Brazos se enfadase también. Y a mí me entristeció mucho oírle hablar de esos pretendidos derechos que dice que tiene sobre ti. Para abreviar te diré que Brazos lo arrojó también al agua y que Lascelles salió del arroyo con un rostro que parecía de hielo y con una mano escondida bajo la chaqueta donde llevaba un revólver. Había visto que Brazos y Mason no tenían ningún arma.
Todos nos separamos a ambos lados; todos, excepto Laigs, que permaneció junto a Brazos...
Señorita Holly, si fue tan claro para nosotros que Lascelles se proponía matar a Brazos, ¿cuáles cree que fueron las impresiones de Brazos?... Pero Frayne detuvo el intento que Lascelles hizo por disparar.
Britt, que evidentemente se había dejado arrastrar por la fogosidad durante este relato, se detuvo un instante y Holly se volvió en dirección a Frayne. Holly habría hablado en aquel instante, pero no lo hizo al observar una expresión de cansancio o de enojo que se dibujaba en el rostro del proscrito. ¡Britt tenía que satisfacer la curiosidad de la joven patrona del rancho!
Tenía que decir lo que los hombres no solían decir fuera del círculo que ellos mismos componían.
—Exactamente en aquel momento llegó junto a nosotros Russ Slaughter, acompañado de su equino de vaqueros. Eran alrededor de catorce hombres, todos duros y malvados. Russ mostró mucha curiosidad, y si su curiosidad era amistosa, entonces es que tengo la cabeza completamente desequilibrada. Pero Frayne le obligó a callar, y dijo a Lascelles que nada tenía que hacer en el rancho de don Carlos. Jack y Skylark atestiguaron que Lascelles era un jugador fullero que había hecho trampas para ganar a un vaquero borracho... Frayne dijo a Lascelles que se marchase... Y entonces Slaughter se metió en la cuestión y comenzó a hacer preguntas a Lascelles. No me agradó aquella actitud, porque comprendí claramente lo que había en la puerca imaginación de Slaughter. Todos vimos con claridad lo que se proponía.
Lascelles, el muy cerdo, citó tu nombre y aquel antiguo noviazgo. Y es seguro que habría insinuado algo peor, si Frayne no hubiera jurado arrancarle los dientes a tiros en el caso de que continuase hablando..., lo cual atemorizó a Slaughter que ofreció a Lascelles un puesto en su cuadrilla. Y Lascelles aceptó en el acto. Esto es todo, Holly. Tenía intención de decírtelo mañana por la mañana.
No esperes en ninguna ocasión por temor a herir mis sentimientos —contestó serenamente Holly, que había pasado del calor al frío durante todo el relato—. Muchas gracias, Cappy. Vuelve a tu asiento.
Holly se encontró interiormente estremecida. A excepción de Brazos, y, acaso Laigs Mason, que se hallaba sentado junto a él, y de Frayne, ninguno de los vaqueros había prestado aparentemente atención al diálogo. Todos ellos se hallaban absortos en la comida más abundante y sabrosa de toda su vida. Holly los observó durante un momento mientras se esforzaba por reprimir sus emociones.
—Señora, no permita que el recuerdo de lo sucedido nuble su fiesta —suplicó Brazos vehementemente—. No tuvo importancia. Claro es, podría haber sido muy malo... para mí, si Frayne no hubiera estado junto a nosotros. Pero estaba.
La energía que Brazos puso en esta afirmación demostraba la seguridad que tenía de que en Frayne existía un algo providencial y oportuno. Holly se dio cuenta rápidamente de que en la voz y en la expresión de Brazos no había la hostilidad que anteriormente demostraba en toda ocasión contra el proscrito. Y esta seguridad desvaneció el frío terror y la confusión que anidaba en el alma de ella. Holly puso impulsivamente una mano sobre la de Frayne, que se había posado momentáneamente encima de la mesa.
—Otra vez... ¿Frayne? —dijo sin mostrar ninguna agitación—. Mi deuda contigo ha aumentado.
—Señorita Holly, no valore con exceso esas cosas —replicó Frayne amablemente, mientras oprimía con fuerza la mano de la muchacha y suavizaba la expresión de su rostro—.
El de usted es un trabajo muy duro para una muchacha huérfana que ha pasado la mitad de su vida en una escuela. Es usted muy amable, muy buena. Yo quiero que hoy que cumple el vigésimo aniversario de su vida abra los ojos plenamente a la violencia de la existencia en esta llanura. Escuche a Britt. Permítale que nos conceda libertad de acción.
Holly se sintió tan extrañamente conmovida por el efusivo apretón de sus manos, que apenas pudo entender el significado de las palabras de Frayne, y se limitó a inclinar la cabeza en prueba de agradecimiento. Luego se entregó a la suculenta comida, y forzando su imaginación a que se concentrase en el discurso que proyectaba pronunciar, pudo sobreponerse a la turbación que el sencillo contacto de la mano de Renn Frayne le produjo.
Evidentemente, los vaqueros habían ayunado con el fin de prepararse para aquella cena; o, no siendo así, poseían un apetito prodigioso. Laigs Mason era un hombre pequeñito, pero engulló tanta comida, que Holly temió que estallase.¡— Eh, compañero, que vas a reventar! murmuró Brazos.
—Oye, no me he servido más que dos o tres veces de cada plato —replicó Laigs reprobatoriamente—. Todavía no he comido casi nada.
Pero solamente se mantenían conversaciones ligeras y cortas. Los vaqueros no tenían costumbre de hablar mucho, ni siquiera en sus dormitorios, durante la hora de la comida. No obstante, al fin, hasta el propio Laigs se dio por satisfecho. El vino fue servido, y todos los circunstantes miraron a Holly.
Holly se puso en pie, segura, al fin, de sí misma, y gozosa de que hubiera llegado e] momento culminante de la fiesta. El silencio se hizo en la estancia. Pero desde el exterior llegaba el incesante zumbido de las voces y de la música, de pasos constantes que sonaban en el pórtico y en el patio. Una risa áspera y ronca precedió a una canción de amor española.
Holly se tomó el tiempo preciso para que su mirada pudiera descansar sobre todos y cada uno de los rostros que rodeaban la mesa. Y cuando recibió la penetrante mirada de Frayne, le pareció que era traspasada por algo al mismo tiempo dulce y fuerte. Esto la animó a serenarse.
—Caballeros occidentales, vaqueros míos ((De todos modos, me habría dirigido a vosotros esta noche, como he hecho en dos ocasiones anteriores, y como mi padre acostumbró hacer durante todos los años en que tuvo caballistas a su servicio. Pero esta noche mi propósito es de mucho más alcance que el de repetir la conocida expresión de hospitalidad de los Ripple. Quiero haceros un llamamiento y una súplica. Quiero efectuar un cambio de orientación en la dirección del rancho de don Carlos. Quiero haceros ver claramente la certidumbre del peligro de pérdida, del grave peligro de ruina que Britt me ha hecho comprender. Y principalmente quiero destacar el espléndido papel que casi sin daros cuenta estáis desarrollando en el progreso del Oeste. Y deciros, asimismo, la maravillosa labor que estáis realizando en favor de la última de los Ripple.
»A pesar de lo que diga Britt, lo sé bien, vaqueros: nací entre ellos. Regresé de la escuela con ojos ansiosos de verlos, con la inteligencia preparada para conocer y para comprender sus vidas extrañas, duras, solitarias, violentas; con el corazón dispuesto a perdonar, a tolerar, a experimentar compasión. Mi padre llamaba a los vaqueros: «Camorristas de la silla». Era un nombre feliz. Pues los vaqueros son todo lo que ese nombre significa: bravíos, duros, osados, matachines con frecuencia, muchos de ellos inútiles no siendo para cabalgar, para echar el lazo, y, sin embargo, siempre fieles a ese espíritu que en ellos se ha desarrollado. El Oeste necesitaba vaqueros. El imperio del ganado, que ahora se está formando, jamás podría concretarse sin vuestra ayuda, sin la ayuda de los hombres duros para cabalgar, para beber, para pelear. Mi padre no llegó suficientemente lejos con sus alabanzas.
Yo tengo la suerte de poder hacerlo esta noche.
»Pero, antes, permitidme que me refiera al pasado de este glorioso Oeste, que recuerde la historia de estas llanuras. Vosotros, los vaqueros de la «Pradera solitaria», quienes habéis soportado interminables horas de guardia en la oscuridad de la noche, bajo las blancas estrellas, bajo la lluvia y la arena y la tormenta, entre el amargo frío y el calor abrasador del verano; quienes habéis cabalgado desde Río Grande hasta las Montañas Negras, desde el gran río de esta última y magnífica región del ganado; quienes habéis dormido nueve de cada diez noches en el duro suelo de la llanura o del desierto o de las tierras altas o de las mesetas; quienes conocéis el Oeste como nadie sino los indios lo conocen; vosotros... acaso no conozcáis por completo el Oeste. Conocéis, ciertamente, su encanto, pero no pensáis en su historia; conocéis su crueldad, pero no habéis pensado en su destino. Y el haceros ver esto esta noche, su pasado y su porvenir, su grandeza y vuestra propia grandeza, es el objeto principal del discurso que os dirijo.
»Ese Camino Viejo que cruza las tierras de mi rancho es para vosotros solamente una anchura de media milla de terreno, llena de accidentes y de zanjas y hondonadas; un camino tan malo, que preferís apartaros de él y cabalgar fuera de sus márgenes; tan yermo y seco y tan terrible, que os resistís a permitir que vuestro caballo camine sobre él. Bien, amigos míos: ese Camino Viejo enlaza tres civilizaciones con esta áspera y primitiva extensión de terreno.
Es la arteria principal del Oeste. Sobre él han trabajado y derramado su sangre los hombres por espacio de trescientos años.
»El amor de los hombres blancos por el oro, las ganancias, la fuerza y la aventura han sido la causa de la creación del Camino Viejo. Los españoles fueron los primeros que pusieron las plantas sobre tierras americanas. Eran unos intrépidos conquistadores. Alvar Núñez de Vaca... A vosotros, los vaqueros, si sabéis español, debe agradaros ese nombre, que en nuestra lengua significa: «Cabeza de Vaca»1. Estoy segura de que Laigs Mason llamará a alguno de vosotros, de ahora en adelante, «Alvar Núñez». En 1528 Alvar Núñez partió de Florida acompañado de muchos hombres; pero antes de que hubiera llegado un poco lejos, su compañía quedó reducida a tres hombres solamente. Y éstos estuvieron perdidos por espacio de ocho años antes de hallar hombres de su propia raza en la frontera mejicana... Fueron los primeros hombres blancos que vieron lo que llamaron «la vaca gibosa», que no era otro animal que nuestra antigua peste, el bisonte americano...
»El español Mendoza, gobernador de Méjico, intrigado por las historias referentes a cantidades fabulosas de oro, envió unos hombres para que comprobaran las alegaciones de Núñez de Vaca. Núñez y sus acompañantes habían hallado algunos pueblos en las inmediaciones de Río Grande, pero exageraron su importancia y los denominaron «las siete ciudades de Cibolo», el Eldorado de los españoles. Coronado fue enviado con trescientos españoles, todos ellos de alta graduación, y ochocientos indios. Estos hombres cabalgaron, murieron de hambre o de sed, lucharon contra los salvajes, pero no encontraron el Cibolo.
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1 Aun que así se crea en muchos lugares de América del Norte, Núñez de Vaca no ha significado nunca, claro es, Cabeza de Vaca. El error tiene su origen en la omisión de. parte del nombre del intrépido conquistador, que se llamaba: Alvar Núñez Cabeza de Vaca. N. del T Coronado fue el primero que vio el Gran Cañón del Colorado. Y fue el que dejó allí los primeros caballos que jamás hayan vagabundeado por las Grandes Llanuras.
»Después llegaron los frailes españoles, los maravillosos Padres que no perseguían el oro ni las riquezas, sino que su religión tuviese entrada en las imaginaciones de los salvajes.
En 1591 De Soto llegó en dirección norte hasta los pueblos de Zuni. En 1598 cuatrocientos españoles, al mando de Oñate, salieron de Méjico con muchos carros y millares de reses. Fue Oñate quien creó nuestra Santa Fe en 1609. Estos hombres iniciaron los primeros días de existencia del Camino Viejo. Los españoles deseaban permanecer solos, pero deseaban al mismo tiempo tener un mercado en el que poder comprar y vender. En 1690 los francocanadienses, los cazadores de pieles, comenzaron a introducirse en Nuevo Méjico. Con los tramperos marcharon hacia el Oeste, seguidos de sus mulas de carga, abrumadas bajo el peso del whisky las escopetas, las cuentas de cristal, los objetos brillantes, destinados a comerciar con los indios; el camino de Santa Fe se hizo conocido del mundo. Ése es nuestro Camino Viejo, el situado allá abajo, que sigue su marcha junto al Cimarrón y el Cottonwood. El mercado de pieles se extendió. Los tramperos se hicieron amigos de los indios. Jamás hubo luchas entre ellos. Los americanos comenzaron a mezclarse con los franceses. La era del comercio de pieles duró cerca de cien años... Amigos míos: es seguro que esta noche estarán presentes en mi fiesta varios tramperos. Preguntad a alguno de esos hombres de cabeza blanca cómo era ese negocio cuando él lo adopté como profesión en los tiempos de su infancia.
Aquélla debió de ser una vida libre, hermosa. A mí me encantaba el sentarme junto a Kit Carson, en mis días de niña, y escuchar las historias que me refería. Pero Carson solamente sabía de aquellos magníficos tiempos a través de los relatos de los viejos tramperos que habían conocido una parte de la época de esplendor. Cuando Carson, siendo un niño, corrió al Oeste, las llanuras estaban negras por la presencia de millones de búfalos y de millares de caballos salvajes.
»Comenzaron a escasear los cazadores y llegaron los hombres del 1849, los buscadores de oro, que cruzaron las llanuras en dirección a California. Esos hombres, lo mismo que nuestro Gobierno, incurrieron en la hostilidad de los pawnees, los utes, los comanches, los arapahoes, los apaches, de todas las tribus indias occidentales. Y los cueros cabelludos de los hombres blancos se secaron al sol en las chozas de los indios.
»Luego llegaron los trajineros y los días de las caravanas. ¡Las caravanas! ¡Esos carros grandes, cubiertos de lona blanca...! Las caravanas llevaron abastecimientos a los fuertes, a Santa Fe, a Taos, a Las Vegas. Pero Santa Fe fue su principal destino.
»La mayoría de los que os halláis aquí habéis visto a Buff Belmet, el explorador y conductor de caravanas, que hace el recorrido que separa Las Ánimas del final del ferrocarril que se está construyendo. ¡Pensad, vaqueros míos, en ese camino de acero! A vosotros se os debe. No habría sido posible construir una línea hasta Santa Fe si no existiera el ganado. Los rieles continúan avanzando. Durante la próxima primavera llegarán a Ratón. Dentro de pocos años arribarán a Santa Fe. Y eso significará el fin del Camino Viejo.
»Buff Belmet me ha contado su historia, que es maravillosa. En el año 1855, cuando tenía once años, abandonó Independencia con una caravana, en unión de su padre y de su madre. Antes de llegar a la mitad de camino de Dodge, ya había perdido a su madre, y, Buff dirigía uno de los grandes navíos de las praderas. El encanto y la aventura de las caravanas hicieron de Buff un explorador, un escucha. Su padre fue asesinado, lo mismo que sus amigos y camaradas. Buff resultó herido un número incontable de veces; pero llevó una vida llena de emociones y encantos.
»Siguiendo a los trajineros, con sus caravanas de una milla de longitud, llegaron los colonizadores, los agricultores. El final de la guerra civil derramó sobre estas tierras una horda de meridionales arruinados, de rebeldes, de desterrados del Este, de fugitivos, de vagabundos, de criminales, de aventureros... Y el día de los bandidos está próximo a llegar.
»Después, vaqueros míos..., ¡las manadas de reses! Todos conocéis la historia. Todos conocéis el incomparable heroísmo de los conductores de ganado de Texas, los que convirtieron el estado natal de mi padre en un imperio. Centenares de millares de reses han venido desde Río Grande..., manada tras manada..., caminando diez millas cada día, sobre la hierba, o las rocas, o la arena, combatiendo contra los indios y los ladrones, luchando contra el calor y la sequía, soportando las tormentas del verano o las heladas ventiscas, siempre adelante, adelante, adelante, adelante, adelante... ¡Oh, mis amigos vaqueros, creed la verdad, de tales días! Fueron grandes. Britt fue conductor. Frayne ha recorrido el Camino de Chisholm. Ellos podrán deciros lo que yo no puedo.
»1867, 68, 69, 70, 71, 72, 73... y este año 1874 de Nuestro Señor... y tenemos un millón de reses pastando desde el Cimarrón hasta el Pecos. ¡No hay ley! Los ladrones se llevan reses todos los días... y vienen muchos ladrones más. Hay equipos de vaqueros que hacen traición a sus patronos: están en connivencia con los ladrones. Muchos de tales vaqueros han dejado de trabajar para dedicarse al provechoso latrocinio. Compradores de reses naturales del Oeste se reúnen con los vaqueros en las estaciones del ferrocarril... y no hacen preguntas. Hay oficiales deshonestos en algunos puestos del Estado que compran carne para los depósitos. Pagan cinco o diez dólares por cabeza... y tampoco hacen preguntas.
¿Cuánto suponéis que el Gobierno paga por cada res que adquiere?
»Y de este modo llegamos a los días del ladrón. El ladrón florece en todos los terrenos; pero a cada día que pasa se hace más osado, más libre, más sanguinario, más rico... y, en consecuencia, durará más tiempo en estas tierras de Nuevo Méjico. Ésta es la profecía de Britt. También fue la de mi padre. Y es la mía.
»Para terminar, vaqueros míos, os diré que ésta es la situación actual a lo largo del Camino Viejo. Para hacerle frente, Britt ha reunido el equipo más temerario que es posible reunir en el Oeste. Procedéis de todos los puntos, excepto de otros más profundamente internados en el Oeste. Dudo que haya uno solo entre vosotros que no sea capaz de marcar una nueva muesca en el cañón de su revólver. Me repugna el pensamiento de que todos seáis culpables. Algunos de vosotros sois..., creéis que sois... unos irresistibles conquistadores de mujeres. No es preciso que me lo digan. Mi estado de ánimo en relación con vosotros no es fácil de definir. En cierto modo, creo que... que os amo a todos y cada uno de vosotros. Mi abuelo construyó esta casa. Tenía más de un centenar de vaqueros en su hacienda. Mi padre quería a sus «Camorristas de la silla».
»Desde esta noche en adelante sois tan libres como los lobos que viven en las montañas. No habrá freno para vosotros. Podréis beber, jugar, luchar, matar..., si debéis hacerlo. Vuestros sueldos serán doblados, y los que de vosotros vivan y se hallen a mi lado cuando haya concluido esta guerra contra los bandidos, recibirán una participación en mis negocios... o la ayuda precisa para que emprendáis por vuestra cuenta otro negocio propio...
Únicamente os pido..., os ruego... que no os desunáis, que no os aprovechéis indebidamente de esta libertad. Haced un esfuerzo por comprender la importancia que vuestra presencia tiene para este amplio e incomprensible desplazamiento hacia el Oeste. El rancho de don Carlos es sólo una motita en la infinidad de estos terrenos. Intentad adquirir el orgullo de vuestra importancia. ¡Oh, sé bien que lo que sois lo sois a causa del género de vida prevalente en la frontera! Es posible que hayáis sido malos, pero no debéis ser censurados por ello. No podríais ser buenos, mansos, dulces..., no podríais poseer esas cualidades que las mujeres desean que posean los hombres... y hacer que estas llanuras fuesen una zona más habitable.
Otros equipos, menos importantes que el que vosotros componéis, seguirán vuestro ejemplo...
Y, de este modo, creo que ganaréis... el nombre que... os he otorgado...»
La voz de Holly se desvaneció. Holly se sentó en medio de un profundo silencio. Con gran sorpresa por su parte, los vaqueros continuaban sentados, inmóviles como imágenes de piedra. Luego, Brazos saltó y lanzó un grito que resonó y vibró en las vigas del techo, y los demás vaqueros le imitaron. Durante unos cuantos momentos, el estruendo que reinó fue verdaderamente infernal.
Cuando el ruido se aplacó, Britt se puso en pie y descargó unos ligeros golpes sobre el tablero de la mesa. Todos los rostros se volvieron instantáneamente hacia él.
—Señorita Holly y caballeros —comenzó diciendo con aquella lenta enunciación característica que solía presagiar un algo hostil en cuanto a palabras o a intención; y sus hombres quedaron subyugados por la mirada de aquellos ojos brillantes y pestañeantes—: tenemos con nosotros esta noche a un joven que es por sí solo toda una categoría... En un equipo que se compone de tantos hombres, y en el que no hay ninguno que no sea un gran jinete, un gran enlazador y un gran pistolero, ese hombre se destaca claramente, no tan sólo por esas cualidades, sino por otras muchas, además, entre las cuales descuella su facilidad para discursear. Se sabe de él que ha conseguido convencer a fuerza de palabras a vaqueros sordomudos. Conozco el caso sucedido en Texas al lograr convencer a fuerza de palabras a un sheriff a que no lo detuviera... Y para eso, señores, ¡hace falta hablar muy bien! ... ¡Solamente Dios sabe los estragos que este hombre habrá causado entre las mujeres con su lengua de plata...! Bien; estoy contento de que me corresponda el honor de presentaras a ese modelo entre los caballistas de la llanura, el de prepararos, sin duda, para oír un discurso como jamás se ha pronunciado otro y jamás volverá a pronunciarse... Amigos..., va a hablaros... ¿ Brazos Keene!
Una corta y alegre algarabía se produjo en la estancia. Holly la incrementó aún más con su dulce expresión de alegría.
Holly suponía que todas las personas presentes, con excepción de ella misma, habían acariciado la misma idea que Britt y Frayne tenían en la imaginación. Ciertamente, el propio Brazos fue el vaquero más sorprendido de todos los que jamás se hayan metido, inadvertidamente o de cualquier otro modo, en una embarazosa situación. Evidentemente, jamás había pronunciado un discurso de aquel género en toda su vida. Su rostro se puso primero tan rojo como una cereza, y, después, tan blanco como una hoja de papel. Su cuerpo se estremeció más violentamente que si alguien le hubiera disparado un tiro por la espalda.
—¡Dios mío! —murmuró en tono ahogado mientras hacía unos exagerados visajes y fijaba angustiadamente los ojos en Holly—. Cap: ¿ha querido usted decir... «yo»?
—Sí, ciertamente, Brazos —contestó Holly dirigiéndole una alegre sonrisa.
—¡No! —gimió el vaquero volviéndose hacia su fiel compañero. Pero antes de que Laigs pudiera traicionarle, lo cual se adivinaba fácilmente viendo la demoníaca sonrisa que iluminaba su rostro, los otros vaqueros gritaron con la originalidad cáustica y cruda y con el ingenio que era característico en ellos.
—¡Vamos, compañero! ¡Vamos, guapetón de cabellos rizados de las llanuras!
—Brazos, ¿quién oyó jamás que tuvieras miedo a hablar?
—Eres el orador de este equipo, vaquero. —Esperamos que mejores de un modo extraordinario el discurso de Washington en Gettysburg.
—Coge tu caballo y echa a correr, vaquero.
—Brazos, no te olvides de quién eres.
—¡Ah, eres un gran señor!
—Brazos, es preciso que te animes, porque Conchita ha venido esta noche; y esa señorita de ojos negros está muriéndose por tus pedazos.
Estas palabras pronunciadas por Skylark, acabaron de anonadar a Brazos, cuya expresión era la de un vaquero inocente contra el que se hubiera tramado un turbio complot.
Se hicieron otras muchas observaciones cáusticas, y, luego, Laigs Mason expresó su opinión.
—Compañero, el honor del equipo está en juego. ¿Quién habría podido pensar que Brazos Keene hubiera perdido el valor? Bueno, si no puedes hablar, canta «El jinete de la pradera solitaria».
Brazos continuaba gimiendo angustiosamente, y en su desesperación hizo una súplica a Holly.
—Esto es un complot de mala fe —dijo con gesto hosco—. Oiga, Holly, ¿estaba usted de acuerdo con todos mis compañeros?
—No, Brazos —replicó ella sinceramente—. Soy en absoluto inocente. Pero ahora estoy regocijada del todo. Demuestra a tus compañeros quién eres, Brazos.
—¡Dios se apiade de ahora en adelante de este equipo! —replicó Brazos en el mismo tono que si fuera el destino.


VII
El modo como Brazos abandonó la silla y se irguió cuan alto era, fue tan notable como gracioso. Parecía como si hubiera habido una cuerda que le rodease el cuello y que pasase sobre una de las vigas del techo, y de la cual hubiese tirado alguno de aquellos sonrientes y burlones vaqueros que se regocijaban al ver su angustia. Brazos se puso en pie tan enérgicamente como si hubiera querido desprenderse de modo repentino de una goma que lo pegase al asiento.
Una vez puesto en pie, miró a su anfitriona y luego a las alegres y expectantes camaradas. Holly supuso que no vio claramente a ninguno de ellos. Los ojos de Brazos parecían redondos, estaban llenos de espanto.
Se inclinó ante Holly y después hizo otra inclinación más brusca dirigida a sus compañeros.
—Señora... nuestra... —comenzó diciendo roncamente—, y vosotros..., compañeros..., vosotros..., nosotros..., yo..., todos vosotros unidos..., yo unido a todos... en esta horrible ocasión... ¡Quiero decir solemne ocasión! ..., en honor de... vosotros..., nosotros..., mi...
En tanto que Brazos luchaba desesperadamente para encontrar nuevas palabras, debajo de la mesa sonó una especie de trueno retumbante y sonoro. Holly no necesitó que le dijesen que Laigs había dado a Brazos un enérgico puntapié en la espinilla, y estuvo a punto de ahogarse intentando contener la risa. El aliento de Brazos se extinguió. Su expresión de temor y de disgusto se convirtió en otra de sufrimiento físico y de agudo dolor.
—¡Ay! —gritó.
—¡Por amor de Dios, compañero, serénate! —exclamó Laigs en un estallido de lealtad. El cariño que profesaba a Brazos y el orgullo que ponía en ser amigo suyo se habían impuesto aun a la afición que el vaquero profesaba a las bromas.
Su inoportunidad hizo que Brazos reaccionase con energía.
—¡Ay! —gimió nuevamente Brazos—. ¿Por qué has elegido mi pierna mala para lastimarme?
Luego, se enderezó de nuevo para mirar a todos de manera diferente a como lo hizo anteriormente. Holly tuvo la seguridad de que Brazos recobraría la presencia de ánimo.
—Las diversiones son siempre diversiones, compañeros, y hoy las habéis tenido a mi costa. Pero yo sabía ya que la señorita Holly nos obsequiaba con esta cena con la intención de ofrecernos algo más que un motivo de regocijo... Debe de haber tenido que estudiar muchísimo para aprender todo eso que nos ha dicho acerca de los españoles y de los que vinieron después que ellos... En cuanto a mí, compañeros, el Camino Viejo tendrá desde ahora en adelante un significado diferente al que ha tenido; y el trabajar como caballista en estas llanuras será un trabajo al que concederé una gran importancia. Y el pertenecer al equipo de caballistas de Holly Ripple me parecerá una cosa tan próxima al cielo como ninguna otra de este mundo.
»Compañeros: mi familia pertenece a una rama tejana de gran abolengo. Jamás he tenido mucha ilustración..., todos sabéis lo difícil que resulta para mí escribir mi nombre..., y huí de casa porque en ella no servía para nada. Desde entonces he hecho todo lo que un vaquero puede hacer, excepto morir. Pero, ¡Dios lo sabe!, jamás desde mi huida hasta este mismo momento he tenido ni un solo pensamiento de respeto para mi ascendencia. Ese respeto ha surgido en este instante en la espesura de mi cabeza, en gracia a que nuestra señora nos ha hablado de un modo tan convincente y dulce. Y sus palabras me han llegado a lo vivo, compañeros. Dios sabe que somos un grupo de hombres ignorantes, excepto en lo que se refiere a Frayne, y, acaso, a Skylark, quienes muestran en ocasiones poseer una inteligencia humana. Pero el descubrir, y especialmente el descubrirlo por medio de Holly Ripple, descendiente de un gran meridional, y del gran Valverde, que somos como las llanuras nos han hecho, y que somos lo que ella necesita..., bueno, eso, compañeros, no hay palabras que puedan expresarlo, o por lo menos, no las hay en el diccionario ni que puedan decir lo muy edificante y consolador que es para nosotros.
»Y por eso, compañeros, Brazos Keene presenta ante vosotros sus cartas como jamás lo hizo en ningún juego. Compañeros míos, los días de Texas Panhandle han muerto. Desde entonces no he tenido ninguno de aquellos compañeros a mi lado, con excepción de Laigs.
Todos sabéis del modo que ha acogido a Renn Frayne... Bien, en esto estáis comprendidos todos. ¡Compañeros míos! Cuando un tejano convierte a un negro en compañero suyo, algo importante ha sucedido. No tengo prejuicios de raza ni ningún sentimiento similar. Todos tenemos que cumplir una misión igual, estamos unidos por una causa común... Jamás he pertenecido a ningún equipo en el que no haya habido algún desorganizador o un cuatrero o dos, ni algún camorrista que continuamente estuviese lanzando provocaciones para poner a prueba nuestro valor.
»Por tanto, si en alguna ocasión he sido alguna de estas cosas, no volveré a serlo jamás.
Todos conocéis vuestros sentimientos internos y vuestros pensamientos. Todos comprendéis la maravillosa oferta que la señorita Holly nos ha hecho. Y ninguno de vosotros es tan ignorante que no pueda ver cuáles son los deberes de un vaquero con el Oeste. Pero si alguno de vosotros, o dos de vosotros, o tres, hiciese traición a la señorita Holly y malograse su equipo..., él o ellos, quienesquiera que sean, tendrán que verse las caras conmigo... y con mi compañero Laigs..., y es seguro que también con nuestro nuevo compañero, Renn Frayne.»
Entre gritos, voces y aplausos, Brazos volvió a sentarse, pálido y lleno de ansiedad.
Cuando el estruendo se hubo amortiguado, Holly se inclinó junto a Brazos.
—¡Oh, Brazos! —murmuró emocionada—. Sabía que podía confiar en ti. Has hablado maravillosamente.
Holly se dio cuenta de repente de que Frayne le había tocado la mano. Se volvió, rápida y anhelante.
—Puedo hablar? —preguntó Frayne sonriendo.
—¡Oh..., me entusiasmará oírte!
Frayne se puso en pie, con el rostro que mostraba una expresión de ansiedad, con ojos severos y escrutadores. Nadie podía esperar una nota festiva de aquel proscrito. El vaquero se inclinó ante Holly.
—Señorita Ripple, nuestra graciosa y hermosa patrona, nuestra señora, como Brazos ha dicho sinceramente: en nombre de todos nosotros, le doy gracias por su hospitalidad y principalmente por su magnífico y generoso espíritu.
Luego se inclinó para pasear la mirada sobre los rostros ansiosos y tensos que se veían a ambos lados de la mesa, desde el del absorto Britt al de Brazos.
—El resto de mis observaciones va a ser dirigido a todos vosotros, como hechas de hombre a hombre: a usted viejo Britt, batidor tejano y podenco de los caminos; a ti, Jack, jinete de rostro negro; a ti, Cherry, el muchacho indio; a vosotros, los mestizos; a todos y cada uno de vosotros, los vaqueros camorristas. Si algo de lo que voy a deciros os escociese, rascaos, sonreíd y decid que os gusta.
»Pero antes de que comience a exponeros las observaciones que en cualquiera otra ocasión y cualquier otro lugar podrían ofender vuestros sentimientos, quiero hablaros un poco acerca de mí mismo. Soy oriental y he permanecido en la frontera por espacio de catorce años, desde que cumplí los veinte. Han sido atribuidas muchas ignominias al nombre de Renn Frayne, que es el mío. Pero la que me convirtió en fugitivo de la justicia, era falsa. En mis días de niño y de joven, odié las ciudades, las multitudes, el trabajo. Amaba la aventura. El Oeste me atrajo. Llegué a Independencia en 1860, fui, en primer lugar, cazador de búfalos y luego salté de ocupación en ocupación. Maté a un jugador fullero en un barco... y esto me puso en el camino para el que muchos hombres han sido desgraciadamente destinados; fui soldado durante cierto tiempo en el curso de la guerra civil. Maté a un oficial en uno de los puestos del Ejército, a causa de una mujer, y deserté para esconderme con los tramperos en las montañas. Después de la guerra me hice vaquero y recorrí las llanuras occidentales por espacio de varios años. El Panhandle, Nebraska, Wyoming, el Colorado occidental, pero principalmente Kansas... Llegó una ocasión en que ya no pude cabalgar a través de Old Dodge, ni entrar en Hays City o Abilene o Newton sin aspirar inmediatamente el olor de la pólvora de mi propio revólver. Finalmente, maté a Sutherland, un gran ganadero. Fue la muerte más justificada de todas las que produje. Sutherland era uno de esos ganaderos que trataban de dos modos: uno, abierto y honrado; otro, oculto y malvado. Hay muchos reyes de ganado de esta naturaleza. Aquí, en Nuevo Méjico, hay dos de ellos en estos momentos. Sutherland tenía muchos amigos poderosos que lanzaron contra mí a los pistoleros, los sheriffs de dos caras y los rudos vaqueros para que me eliminasen del mundo de los vivos. Me convertí en un proscrito y se puso precio a mi cabeza. Cuando alguien expuso clara y rotundamente la conducta de Sutherland y su malvada actuación, los que me habían sentenciado se olvidaron de retirar el precio que a mi cabeza habían puesto. Jamás ha sido retirado, y en el caso de que hubiera vuelto a Kansas, habría tenido necesidad de abrirme camino a fuerza de tiros. Eso es lo que sucede a los hombres perseguidos y que tienen habilidad para manejar las armas... Por último, he operado con algunas cuadrillas duras, ninguna de las cuales podría decirse que fuera menos peligrosa que la de Heaver... ¡Ladrón de ganado! Estoy obligado a reconocerlo.
Pero, compañeros míos, todos conocéis cuáles son las normas por que se rige el mercado de ganado en esta región. Es difícil establecer la línea que separa el marcar reses de robarlas. El apoderarse de las reses que uno encuentra en su camino ha sido una costumbre universal. El rodear una manada de reses, que no sea propiedad de uno, llevarla lejos de la llanura, venderla por una cuarta parte de su valor, eso es robar. Como débil defensa de todos los que de este modo hemos pecado, solamente puedo decir que la fácil costumbre y el hecho sostenido de que todos los ganaderos han aceptado pequeñas pérdidas ocasionadas de este modo, ha constituido la causa de que estas depredaciones hayan podido realizarse. Los vaqueros no han tenido una ocasión clara de ser honrados.
»Pero el robar caballos..., eso es otra cuestión. Un ranchero suele soportar la pérdida de ganado, pero levanta un verdadero infierno cuando pierde caballos. Mi único pecado, el que me avergüenza confesar, ha sido el de haberme puesto de acuerdo con Heaver para robar un par de veintenas de caballos de raza de la señorita Ripple. Britt impidió que el robo se realizase. Jamás me he sentido honrado desde el momento en que Heaver me desengañó acerca de esa cuestión. No me dijo que veníamos en busca de caballos, y caballos estábamos robando casi antes de que me fuera posible comprenderlo. Entonces sentí asco, repugnancia por él... Bueno, obtuvo lo que merecía por aquel engaño, y tal acto constituyó el principio y el fin de mi carrera como ladrón de caballos.
»Cuando me uní a vuestro equipo prometí a la señorita Ripple ser honrado. Y cumpliré esta promesa... Muchachos, me pregunto si podréis comprenderlo cuando os diga que desde entonces duermo todas las noches, que ya no oigo que suenen pasos tras de mí, que sé con absoluta seguridad que jamás colgaré del cuello de la rama de algún algodonero... No tardará muchos años en aplicarse mucho más la cuerda que la pistola... para la ejecución de cuatreros.
»En nuestro caso, no tendría razón, ni sentido, ni utilidad que nosotros robáramos a nuestra patrona. Somos un equipo afortunado. Los malvados caballistas de Chisum nos han dejado perplejos: me refiero a Russ Slaughter y su cuadrilla. Esos hombres han tomado las cosas de mala manera y podrían llegar muy lejos..., salvo en el caso de que tropezasen con nuestra posición. Slaughter no sabe que ha estado a punto de tener un escarmiento hoy mismo. Si hubiera conseguido hacer que Lascelles abriera su puerca boca una vez más..., entonces, compañeros, tendríamos que contender contra dos hombres menos. Todos sabéis, tan bien como yo, que Slaughter abandonó a Chisum porque vio que durante los próximos años podría ganar muchísimo dinero. Jack nos ha dicho que Chisum es un patrono muy duro.
Paga muy poco y explota con exceso a sus hombres. Por esta causa los induce a cometer robos. Excluyendo que no tiene la vida asegurada, el proyecto de Slaughter y su decisión son explicables. Él y los hombres de su cuadrilla ganarán mucho más dinero si trabajan por cuenta propia. O ¿debería decir por cuenta de sus propios revólveres? Y en esto estriba la dificultad.
Las armas hacen que la vida sea incierta. Las armas en manos de Brazos Keene, de Laigs Mason, de Cherokee, de Max Southard... o de alguno de los hombres del equipo de Ripple, sin olvidar a nuestro capataz, el batidor tejano..., ni a vuestro humilde servidor, que os habla en estos momentos..., las armas en nuestras manos hacen que la vida sea incierta e insegura; todo lo cual quiere decir que si la cuadrilla de Slaughter comienza a robar en estos terrenos, no durará mucho tiempo.
»Pero, caballeros, a mi modo de ver esto no es tan importante como lo que Britt llamó «el robo interior». Generalmente, se suele hallar inclinado a respetar a un grupo de hombres valientes que trabaja abiertamente y roba ganado y lucha cara a cara. Es del grupo que tiene una ayuda interior del que quiero hablares. Todos sabéis lo que quiero decir: un gran ganadero aparentemente honrado, mezclado a todo lo que se está haciendo en estas llanuras, pero coaligado en secreto con una o— dos cuadrillas de bandidos y con algunos otros malhechores en su propio equipo. Esto es lo que arruinó el negocio de ganado en Kansas, cuando el ganado era abundante y barato. Sutherland era un hombre de esta naturaleza. Y, amigos míos, tan seguro como que ahora estoy en pie ante vosotros, esa clase de robo y esa clase de ladrones se desarrollarán muy pronto en estos terrenos, si no han comenzado a desarrollarse ya... ¿Lo sabéis, amigos míos? Es posible que ya hayan brotado junto a nosotros.
»Pues bien: con un conductor de esta naturaleza, con sus grandes propiedades, con sus extensos negocios, con su influencia y sus vaqueros deshonestos, eso es lo que debemos esperar y lo que hemos de prepararnos para combatir. Alguien se dirigirá a vosotros, vaqueros, para haceros proposiciones muy sugestivas. Ese gran hombre necesitará un espía, un explorador o dos, aun en el campo del rancho de don Carlos. Ése es el caso de Dillon, que era un hombre dócil, ignorante y deshonesto. Era un condenado tonto. Según he oído decir, se trataba de un vaquero muy agradable, muy divertido, que prestaba hasta su último dólar, que siempre estaba dispuesto a hacer las guardias de los demás, o a cuidarlos cuando se hallaban enfermos... ; pero que cuando se hallaba bajo la influencia del alcohol era como un perro cobarde, dócil y fácil de manejar. Engañó a Brazos, porque Brazos tiene un corazón sensible y quiere a todo el mundo... Compañeros aquel acuerdo imbécil de Mugg Dillon con nuestros enemigos le costó la vida. Y he de deciros que si entre vosotros hay un hombre para quien la vida actual no sea dulce, lo mejor que podrá hacer será marcharse pronto, o cultivar un agudo y apasionado deseo de vivir. De otro modo, el rancho de don Carlos constituiría su última morada.
»Ahora, compañeros, una palabra final. La perspectiva que se presenta ante nosotros en estas llanuras es infernal. Algunos de nosotros..., quizá la mitad de nosotros, encontraremos la muerte. Pero, de todos modos, esta perspectiva me seduce a causa del derecho y de la razón, cosas de las que no he hecho caso durante mucho tiempo —y porque una muchacha buena, occidental de raza pura, se niega a dejar incumplidos los deseos de su padre y a abandonar su rancho y a sus vaqueros. Nosotros no podemos abandonarla. Sería demasiado canallesco.
»Compañeros, de ahora en adelante seremos como una manada de lobos solitarios.
Recorreremos estas llanuras conjuntamente. Ya no seremos buenos amigos de todos, inclinados a hablar y a beber con los vaqueros de otros equipos o con desconocidos.
Volveremos a reanudar los viejos hábitos de los vaqueros. Y siempre deberá haber uno de nosotros o dos, que se encarguen de impedir que los demás beban con exceso; ahora, caballeros, hacedme el favor de poneros en pie.
Cuando la voz sonora de Frayne se interrumpió, los vaqueros se pusieron silenciosamente en pie, la mayoría de ellos con el rostro pálido y todos con una expresión severa. Los fríos y crudos hechos y los argumentos de Frayne habían sido muy elocuentes para todos.
—Britt me ha pedido que haga un brindis —continuó Frayne.—. Brindemos... por Holly Ripple y sus «Caballeros de la Llanura».
Cuando Holly se separó de sus vaqueros para dirigirse a su habitación, con los oídos cubiertos por las manos fingiendo no querer escuchar el tronitoso aplauso de los muchachos, supo que era una mujer engañosa, porque debería haber puesto apretadamente las blancas manos sobre su tumultuoso y exaltado corazón.
Antes de que Frayne hubiera terminado su discurso, Holly supo que le quería. Y huyó porque tenía necesidad de encontrarse a solas durante algunos momentos, si no quería enloquecer. Sola y cerrada en su habitación, tras las cortinas corridas, paseé rápidamente de un lado para otro, presa de un tormento que era un embeleso. Ya sabía quién y qué era Frayne.
¿Habría revelado el vaquero su ignominia en beneficio de ella, tanto como por impresionar a sus compañeros? Era un hombre aún más notable de cuanto ella había soñado. ¡Tan frío y tan duro, como una roca! Lo mismo que Némesis, se había encarado con aquellos camorristas y bravíos vaqueros con el fin de convencerlos de la ley inevitable del derecho, de lo muy grandes que podían hacerse con su lealtad hacia ella, con su caballerosa amistad entre ellos mismos, cumpliendo un deber, sin recompensa y sin cantos, para con el imperio que comenzaba a formarse.
Holly no quiso ocultarse nada, por lo que decidió arrojar sus dudas y la inconstancia de sus estados de ánimo a los cuatro vientos. Quería a Renn Frayne y su felicidad dependía de que pudiera conquistar su amor. No le habría importado mucho que Frayne fuese de verdad un bandido. Holly había de ser su esposa. Pero no era malo, no lo era en el sentido que había temido. Holly le creía, le quería, y su corazón se angustiaba y se llenaba de amargura al recordar su pasada indiferencia. Frayne había matado a un hombre por culpa de una mujer. En aquel momento Holly aprendió cómo eran los horribles dolores de los celos. Pero Frayne no debía de ser más que un muchacho cuando sucedió aquello.
«¡Oh! ¿Qué he de hacer? —murmuró frenéticamente—. ¡No tengo madre, ni amigas!...
Tengo veinte años..., mi fiesta..., están aquí todos los habitantes de esta llanura...; debo salir, reunirme con ellos..., sonreír..., hablar..., bailar..., ser... Holly Ripple... cuando estoy tan terriblemente enamorada que moriré si...... si él...».
Mas cuando pasaba ante el espejo y sorprendió en él su imagen, un instinto fuerte, profundo y femenil se agitó en ella. Holly se sentó en el lecho para meditar sobre la posible catástrofe, del mismo modo que lo había hecho para meditar sobre el porvenir el día de la muerte de su padre. Desde una desconocida profundidad de su ser parecía brotar una fuente de fortaleza. Unos momentos más tarde aparentaba una completa tranquilidad. Había luchado contra sí misma, y la lucha había sido más terrible que la librada contra la soledad de su ánimo, su energía y su fogosidad. Debería cambiarlos o tendría que sufrir horriblemente por su causa. Y como no parecía muy probable que pudiera cambiar su naturaleza, aceptó los sufrimientos. Éste sería su destino. Renn Frayne sería difícil de conquistar. Holly decidió anular su vanidad; sin embargo, como todo es justo en el amor, debería utilizar su belleza, aun cuando tuviera que rebajarse a utilizar los despreciables procedimientos de Conchita Velázquez. Todos aquellos solitarios hombres de la frontera estaban hambrientos de mujer.
Aquella misma noche sus propios vaqueros la rodearían corno una manada de lobos. ¿Por qué no podría Renn Frayne ser más humano? Holly necesitaba muy poco para ser feliz. Su protección, su presencia, sus besos... Y comprendió que los anhelaba ardientemente. Eran unas vagas fantasías, sí; pero vistas en aquel momento, ¡cuán diferentes, cuán dulces y aterradoras!
«Ha dicho que soy una occidental de raza..., una mujer amable..., una mujer que se ha negado a ser cobarde —monologó Holly mientras se levantaba, indomable y exaltada—.
Perfectamente, Renn. Eso constituye mi estrella y mi áncora. Jamás soñaste que en aquel momento... ganabas una amiga..., una novia..., una esposa.»
Holly corrió al exterior para alcanzar a Britt y a un vaquero que resultó ser Skylark. Y con su ayuda, se decidió a emprender la tarea que le esperaba: saludar a sus invitados. Muy pronto fueron alcanzados por los Doane, y Ann, uniéndose alegremente a Skylark, continué con ellos.
El comedor y el salón fueron despojados de todo el moblaje, con excepción de las luces y los decorados, para preparar el baile. Una gran cantidad de desconocidos y forasteros, de indios y mejicanos, eran atendidos en el patio. En el exterior, ante el pórtico y delante de la casa, había grupos de hombres que no se mezclaban con los demás. Holly ordenó a Britt que los invitase a pasar a través del vestíbulo principal para ir al patio, donde serían atendidos.
Bandada tras bandada de muchachas mejicanas, guapas, vistosas, vestidas con ropas de colores brillantes, desfilaban de un lado para otro, con los ojos ensombrecidos y atrayentes, en espera de que comenzase a sonar la música. Había vaqueros por todas partes. Holly había contratado a todos los músicos del valle, que eran muy pocos, y por esta causa se habría encontrado escasa de intérpretes si no hubiera podido recurrir a los guitarristas mejicanos. Las dos grandes habitaciones podrían acomodar a más de un centenar de bailadores, y el patio en forma de L, enlosado de piedras blancas, otro número igual. Se hallaban presentes siete muchachas americanas, además de Ann y dos mujeres indias y jóvenes, decididamente lindas.
Lar mujeres, no obstante, se hallaban en la proporción de una por cada diez hombres, todos los cuales se mostraban ávidamente deseosos de bailar.
—¡Cuántas personas nos hemos reunido aquí esta moché! exclamó emocionada Holly.
—Hay una multitud grandísima. Somos más de quinientas personas, contando a los indios —contestó Britt.
—Oiga, patrón, ¿ha mirado usted delante de la casa? —preguntó Skylark.
—Sí, pero me había olvidado de los que están allí.
—Hay casi doble número de personas que el año pasado.
—¡Oh, qué encanto! —exclamó gozosa Holly—. ¡Si todo marchase bien!
—Muchacha, tú has hecho lo que estaba de tu parte. Deja el resto para nosotros. Voy a ocupar mi puesto en la puerta principal. Y algunos de los vaqueros prestarán servicio en la posterior. No entrará aquí ningún borracho camorrista ni ningún hombre armado.
Un griterío que casi era un aullido, y un rítmico golpeteo que sonaron en el comedor, hicieron que Holly se dirigiera hacia la puerta con sus acompañantes. Los vaqueros estaban alineados en círculo en torno al negrito Jack, que se entregaba a una increíble actividad y unos movimientos absurdos. Uno, de los violinistas parecía intentar serrar violentamente su instrumento. El tumulto cesó al presentarse Holly.
—Jack, ¿qué diablos estabas haciendo? —preguntó Holly con tanto interés como curiosidad.
—Señita... Ripple... —resopló el vaquero negro en tanto que se secaba las perlas de sudor que rodaban por su bullante cuerpo—. Me han povocao... estos malditos blancos. Me dijeron...
a mí, que soy negro..., que no sabría bailar, y estaba demostrando que sé.
—Muy bien, demuéstramelo. Quiero ser el juez —contestó Holly.
—¡Oid compañeros! —gritó alarmado Laigs Mason—. Ride-Em Jack es el negro más saltarín y bailador que jamás haya venido de Texas. Retirad la apuesta.
—No podéis retirarla. Laigs, no quiero perder mi dinero... Venid todos aquí. Oiga, señor violinista. Quiero bailar más aprisa.
Con la música y el compás que con los pies llevaban los vaqueros, Jack se entregó a los movimientos más violentos que es posible imaginarse. Holly observó que a pesar de lo pintoresco y risible de su actitud, el negro tenía una notable habilidad para llevar el compás, no sólo con el tableteo de los pies, sino con todo el cuerpo, aun con el girar de los ojos.
Música, palmadas, pataleo y los gritos de los vaqueros, todo esto aumentó en intensidad, volumen y rapidez. De repente, Laigs Mason, que evidentemente era incapaz de soportar el espectáculo ni de resistir a su atracción, se puso a bailar junto al negro. Laigs era tan pequeño de estatura y tan cómico como Jack, y tenía las piernas tan arqueadas como él. Sin duda, se proponía sobrepasar al negro en sus habilidades. Pero estaba muy lejos de ser un maestro tan consumado como su compañero. Por último, la rapidez y la furia del baile precipitaron a Laigs al suelo, entre un tumulto que Holly temió que levantase el tejado. Este estrépito proclamó que Jack era vencedor.
—Has ganado, Jack —dijo Holly cuando pudo hacerse oír—. Eres un bailarín maravilloso...
Mason, ¿puedo preguntarte qué estabas haciendo?
—¡Ah, señorita Ripple! —protestó Laigs—. Yo también estaba bailando.
—Y lo has hecho muy bien, ciertamente. Acaso Brazos o Frayne querrían ponerse a prueba contigo. En ese caso, yo apostaría en tu favor.
—No es muy probable —replicó Brazos—. Solamente sé bailar con mujeres.
Frayne sonrió e hizo un gesto que proclamaba su oposición a entablar una competición con Mason.
—Venga el dinero, caballeros —dijo Jack—. Estoy recogiendo la apuesta... Dos monedas de cada uno de los malditos que aquí están.
—Buscaos compañeras, muchachos. El baile va a comenzar dentro de diez minutos —anunció Holly—. Quiero pedir que alguno de vosotros sea el primero en bailar conmigo.
Brazos se precipitó hacia Holly, a la cabeza de un grupo de vehementes vaqueros. Holly huyó, en tanto que Britt y Skylark obstruían el paso a través de la puerta. Holly había llegado anteriormente a una decisión respecto a la primera persona con quien habría de bailar. Su repentina huida nacía de un deseo de divertirse, quizá de un poco de coquetería y, seguramente, cuando llegó el momento ansiado, de una extraña falta de valor. Y corrió de un lado para otro anunciando el baile y enviando grupos de hombres y mujeres hacia las grandes habitaciones. Cuando regresó al comedor, una veintena de hombres, o acaso más estaban esperándola con los ojos encendidos y los pies impacientes.
Holly cruzó la habitación una vez más dueña de sus sentimientos y del rancho de don Carlos. Vio que su elegido, Renn Frayne, se encontraba evidentemente entregado a una agradable conversación con Conchita Velázquez. Pero también se hallaba presente en el grupo, Brazos, y sería posible que Holly se hubiese engañado. No obstante, el ver a Frayne, un poco menos frío y menos serio que de costumbre, en unión de la guapa señorita mejicana, que jamás había tenido un aspecto más atrayente, con el vívido contraste que ofrecían sus brazos y su espalda, tan blancos, con los oscuros ojos y la negrura del cabello, dio a Holly la impresión de que Conchita constituía un temible enemigo. Holly se acercó directamente a Frayne.
—Renn, ¿quieres bailar el primer baile conmigo?
La reserva y el equilibro de Frayne se deshicieron. El joven, sorprendido, desconcertado, enrojeció y tartamudeó:
—¡Cómo!... ¿Yo?... Lo... siento mucho... He comprometido a Conchita...
Holly le miró directamente a los grises ojos.
—¿No sabías que yo vendría a pedírtelo?
—¡Señorita Ripple! ... No..., no lo había soñado jamás... ¿Por qué habría de soñarlo?... Le ruego que me perdone.
Holly le volvió la espalda. Brazos se encontraba a su lado, con la fría y audaz sonrisa de siempre. Había acudido en auxilio de ella.
—Señora, no me había equivocado al juzgar a esos hombres —dijo lentamente—. He esperado por usted. De todos modos, no me parece muy halagador al ser plato de segunda mesa.
Holly hizo una señal a los muchachos y se dejó caer entre los brazos del vaquero, que comenzó a bailar furiosamente con ella. Todos los vaqueros sabían valsar, pero Brazos era el que mejor lo hacía de todos los jóvenes que habían bailado con ella. Y el repentino placer del momento comenzó a disolverse en el cálido dolor de los celos, que Holly no pudo dominar.
—Siempre eres fiel, Brazos —murmuró.
—¡Claro que si! Soy el único de todos los que componen el equipo que la quiere a usted de modo intenso, que es eternamente fiel, que sería capaz de morir por...
—Brazos, ¿dijiste fiel? Es exactamente lo mismo que yo había dicho. Recuerda que te llamé el fiel Brazos de siempre.
—Bien, y yo sería capaz de morir por usted, ¿no es cierto?
—Estoy por completo segura de que lo harías. Pero el serme «fiel»... ¡Oh!, eso es del todo diferente, vaquero.
—Y también es cierto, Holly. Pero usted jamás me ha dado ni siquiera la más pequeña esperanza.
—¿De qué?
—De casarse conmigo.
—I Brazos! ... Primero tendría que amarte... No me aprietes tanto. Si quieres abrazarme tan estrechamente, espera hasta... hasta que la sala esté llena de bailadores.
Bueno, esperaré, pero lo haré —replicó Brazos respirando trabajosamente.
—Entonces te aseguro que no volveré a bailar contigo.
—Soy el mejor bailador.
—Sí lo eres. Pero no me importa.
—Mire a Frayne —dijo Brazos alegremente—. Dice que no ha bailado desde hace dos años. Y en seguida se nota que es cierto. Pero a Conchita no parece importarle mucho. Está completamente pegada a él... Mire, Holly.
—Muchas gracias. No quiero mirar —replicó Holly soñadoramente—. Soy muy feliz en este momento... ¿Está Renn Frayne abrazando con mucha fuerza a Conchita?
—Si él no la abraza, por lo menos no puede negarse que ella le abraza... Holly, esa mejicana anda detrás de Renn.
—No hay duda. ¿Es una cosa desacostumbrada en Conchita?
—No. Pero Renn es muy tímido para las mujeres. Es un muchacho muy decente, Holly.
—Me alegro mucho de saberlo —murmuró Holly.
—Conchita hará andar de coronilla a Renn dentro de muy poco tiempo.
—¿Tienes celos, Brazos?
—¡Diablos, Holly! ¡No diga tonterías! Conchita no me importa ni siquiera un pepino. Lo que me importa es Renn.
—Brazos, te estás volviendo muy caballeroso desde hace una temporada. ¿Qué quieres que haga yo?
—Pues... creo que podría usted hacer alguna advertencia a Renn.
—Es imposible, vaquero.
—Entonces, ¡maldición! ... Conchita acabará por apoderarse de Frayne.
—¡Y tú la perderás —¡Oiga!... ¡Esos malditos músicos han dejado de tocar! ¡Diablos, qué corto ha sido este baile! Pero muy bueno. Lo malo ha sido que usted me ha obligado a olvidarme de apretarla...
¿Me dará usted otra ocasión?
—Esta noche no, Brazos.
—¡Oh Dios mío! Holly, está usted muy guapa esta noche, y me ha hecho perder la cabeza.
—Eso sucede porque no tienes la cabeza muy fuerte, Brazos.
Espere. No puedo decir absolutamente nada cuando todos los vaqueros se dedican a acosarla a usted —susurró Brazos al mismo tiempo que la detenía—. Escuche: ahora es cuando Brazos va a revelar la verdad de su juego... Ese compañero mío, Frayne, está tan enamorado de usted, que no me parece natural que así sea.
—¡Brazos! —exclamó ella con un desmayo interior.
—¡Eh!... No me agarre usted de esa manera, aun cuando se haya emocionado tanto... Y perdóneme, Holly... Veo perfectamente lo que hay en el interior de Renn. Todo lo que hace es sólo por disimular. Esa actitud fría y altanera la ha adoptado porque tiene miedo a que usted comprenda que la quiere más que cualquiera de nosotros... Ahora, señora, haga usted su juego.
—¡Qué tonterías!
Brazos, con un enojo que casi apagó las demoníacas llamas de sus ojos, entregó a Holly a uno de sus camaradas, sin tener idea de a quién fue al que lo hizo. Holly bailó ofuscada, con la mejilla apoyada en el ancho hombro del caballero acompañante, que resultó ser Tennessee, el enigma de sus vaqueros, a quien y de quien menos conocía. Después de concluido el baile aquél, Tennesse dejó a la muchacha en brazos de Bluegrass. Holly sólo se había recobrado parcialmente en aquellos momentos. Brazos era un diablillo, evidentemente, pero no habría dicho a Holly lo que le había dicho, sino en el caso de que él mismo lo creyese sinceramente.
Por lo tanto, no podía deducirse que había adivinado el secreto de Holly. La magnanimidad y la generosidad de Brazos eran tan grandes como algunas otras de sus virtudes. Sin duda, intentaba compensar a Frayne por el injusto aborrecimiento que anteriormente le había profesado. Pero se engañaba. Frayne no quería a Holly. Ni siquiera podría decirse que la apreciase. Holly luchó contra el éxtasis de su rebelde corazón con las armas de sus propias convicciones.
El baile continuó. Holly correspondió cumplidamente a las atenciones de sus vaqueros, y bailó con todos los que lo solicitaron. Frayne habría podido aprovecharse de dos oportunidades que se le presentaron, pero no lo hizo. Una vez Holly sorprendió su mirada en el momento en que Renn creía no ser visto y la luz que en ella brillé fue tan elocuente, que Holly se negó a aceptar su significado.
Las habitaciones estaban llenas de vaqueros, de rancheros, de desconocidos. En cierta ocasión Sewall McCoy se acercó a Holly. Era un ganadero alto, de anchas espaldas y fuertes hombros, de alrededor de cuarenta años, poseedor de un rudo atractivo, de fuertes mejillas, con los duros ojos y los delgados labios característicos de tantos y tantos rancheros. A Holly no le agradaba McCoy, pero como Britt había sugerido que hablara con él e hiciese todo lo posible por arrastrarle al exterior de la casa, la joven se mostró propicia a concederle un baile.
McCoy bailaba muy bien, si se tiene en cuenta que era un hombre muy voluminoso, pero alardeó en exceso de la ocasión que se le había presentado. Holly conocía el medio de aplacar a aquellos hombres de las llanuras, por lo que pudo evitar que McCoy la estrechase excesivamente entre los brazos. McCoy era un hombre de cierta ilustración, de grandes medios y de influencia, que ya había hecho proposiciones matrimoniales a Holly en dos ocasiones. Holly estaba acostumbrada a recibir ofertas matrimoniales con frecuencia, ofertas que generalmente brotaban en los primeros momentos de conversación con algunos de los rancheros vecinos. Éste era el modo como solía procederse en el Occidente, donde no había tiempo para noviazgos. Las largas distancias que separaban a unos vecinos de otros hacían que la vida social fuese imposible; una vez al año las gentes de la llanura se reunían, y no volvían a verse hasta el año siguiente.
—Señorita Holly, tenía mucha impaciencia por verla a usted —comenzó diciendo McCoy.
—¿Sí? ¿Por qué causa?
—Por varias causas diferentes, todas importantes y estrechamente relacionadas unas con otras. ¿Recuerda usted la oferta que le hice el año pasado?
—Oferta? Creo que la he olvidado.
—No es muy halagador para mí... Le pedí que se casara conmigo.
—¡Ah! ¿Eso es? Le ruego que me perdone, señor McCoy. Creí que aquella cuestión había concluido.
—Sin duda. Pero repito nuevamente la oferta, por tercera y última vez. Se dice que a la tercera va la vencida... ¿Qué tiene que responderme, Holly?
—Mi respuesta es la misma: muchas gracias por el honor que me hace usted..., pero no.
—¿Por qué no? —preguntó el ranchero con cierta arrogancia.
—La principal razón de que una mujer rechace a un hombre es siempre que no le quiere.
—Holly, hay otras razones que anulan la que usted ha dicho.
—Es posible. Y ¿cuáles son?
—La vida en esta región está cambiando. Actualmente posee usted treinta mil cabezas de ganado.
—Cincuenta mil, señor McCoy —le corrigió Holly, y en aquel mismo momento su intuición de mujer le hizo colocar a aquel ganadero en el mismo plano que a Sutherland.
—¿Tantas? Bueno, su capataz Britt, no ha sido nunca muy hábil para contar ni para hacer cálculos. Pero eso no importa. Estos terrenos serán durante mucho tiempo una región infestada de ladrones de reses y de caballos. El equipo de usted tiene muy mala fama. Ese hombre, Frayne, es un proscrito... y un conocido pistolero. Britt lo escogió entre una banda de...
Se equivoca nuevamente, señor McCoy. Fui yo quien lo escogió.
¿Usted? Me sorprende... Cuando los robos de ganado comiencen a intensificarse se sospechará de Frayne y de algunos otros de los desacreditados vaqueros de su equipo. Yo soy el vecino más próximo de usted. Nuestro ganado se cría juntamente, por lo menos la mayoría de mis diez mil cabezas...
—Señor McCoy, tiene usted poco más de cinco mil cabezas marcadas en estos terrenos.
—Es cierto. Muchas de mis reses no han sido marcadas todavía —añadió con disgusto McCoy—. He estado escaso de caballistas. Pero ahora he conseguido reunir el mejor equipo de toda la región. Si usted y yo nos uniéramos constituiríamos una verdadera fortaleza contra cualquier conglomerado de ladrones. Y mi equipo daría al de usted un nombre respetable.
Dominaríamos esta llanura. Esos hombres de Chisum... son unos desvergonzados. Slaughter tiene algo escondido en la manga. Me ha hecho una proposición que no quiero tener en cuenta hasta que usted me haya dado una respuesta.
—Me está usted amenazando —replicó Holly; y cesó instantáneamente de bailar en el mismo lugar en que se encontraban, que resultó ser exactamente ante un hueco en que Britt y Frayne permanecían en pie hablando con Doane.
—De ningún modo —protestó McCoy desconcertado y desasosegado—. Me he limitado a hablar razonadamente... ¿Cuál es su respuesta?
—¡No!
—Muy bien. Lo lamentará usted.
—¡Jamás! —replicó Holly fogosamente, con voz tan potente que llegó hasta sus hombres —. Señor McCoy, respaldaré y apoyaré a mi desacreditado equipo, como usted lo ha llamado, hasta el extremo límite. Únase a Russ Slaughter, según me ha amenazado; ese hombre tiene una fama muy sospechosa... Tan sospechosa como la insinuación de usted de que algunos de mis hombres no son honrados... Señor McCoy, me duele que haya usted sobornado, o pretendido sobornar, a mis hombres. Con ello me fuerza usted a romper por primera vez las leyes de la hospitalidad de mi padre... Hágame el favor de salir de mi casa.
Aturdido, con el duro rostro teñido de una coloración gris, McCoy dirigió a Holly una mirada amenazadora y comenzó a caminar, como un toro acosado, entre los bailadores. La música se interrumpió. Holly se volvió en dirección a Britt, exteriormente tranquila, pero interiormente irritada, puso las manos sobre las de su capataz, mas dirigió una mirada al rostro impenetrable de Frayne.
¡Dios mío, Holly! —exclamó Britt—. Te hemos oído. ¿Qué sentimiento se .ha apoderado de ti y te ha hecho arrojar de tu casa a McCoy de ese modo?
La indignación.
—No hay duda. No es preciso que nos lo digas. Nunca he visto a nadie tan pálido como tú lo estás ahora. Y ¡qué ojos tienes, muchacha!
—¿Puedo hablar delante del señor Doane? —Ciertamente. Es amigo mío, del mismo modo que lo fue de tu pobre papá.
—Renn, el señor McCoy os ha calumniado —dijo Holly con una indignación que la hizo mostrarse irreflexiva. Frayne no contestó—. Intentó reforzar su oferta de matrimonio alegando que tú y otros hombres de mi equipo sois unos malvados. Me insinuó que mis vaqueros serían acusados en el caso de que se produjera una sucesión de robos de reses. Añadió que la unión de su equipo y el mío concederla al mío respetabilidad.
—¿Qué hablasteis acerca de Russ Slaughter? —preguntó Britt ansiosamente.
—McCoy me dijo que meditaría la conveniencia de unirse con Slaughter... en el caso de que me negase a aceptar su oferta.
Britt se frotó la barbilla con ademán serio en tanto que ponía sucesivamente la mirada sobre Frayne y Doane.
—¡Oh, perdí la paciencia! —exclamó Holly, que comenzaba a ver que la situación encerraba cierta gravedad.
—Muchacha, estoy seguro de que no podría haber contestado a McCoy mejor que tú lo has hecho; ni tampoco podría haberlo hecho nuestro amigo Frayne..., a menos que hubiera desenfundado el revólver... Renn, ayúdame, ¿quieres hacerme el favor? Holly está sobresaltada.
—Señorita Ripple, no es posible hacer frente a la situación mejor que usted —replicó Frayne tanto con respeto como con admiración—. Pero díganos, ¿cómo consiguió usted que ese ganadero de mandíbulas cuadradas se descubriese?
—No lo sé. No hice nada... Déjenme pensar... Olía a whisky. Intentó apretarme demasiado. Comenzó inmediatamente a repetir su oferta de matrimonio. Estaba excitado...
—Lo comprendo —afirmó Britt sonriendo despectivo.
—Doane, no digas nada a nadie.
Pero piensa mucho sobre lo sucedido. E intensifica la vigilancia en tus terrenos... Holly, te dejo con Renn.
El ser abandonada de aquel modo junto a Frayne podría haber resultado muy inquietante para Holly aun cuando no se hubiera encontrado tan profundamente alterada como lo estaba. Por otra parte, Frayne quería traspasarla con la mirada.
—Tal el padre, tal la hija. ¡Si hubiera podido conocerle... y trabajar para él hace años! ...
Señorita Holly, es fácil comprender por qué es usted lo que es y cómo es.
Estas palabras de halago parecían teñidas de un tinte impersonal. Pero cualquier alabanza procedente de aquel hombre, con la admirable alusión al padre que Holly tanto había adorado, habría sido suficiente para conmoverla en aquel momento. Un vals español, soñador y seductor, brotó repentinamente de las guitarras. Holly tiró de Frayne hacia el centro del salón.
—Éste es nuestro baile —dijo al mismo tiempo que se dejaba caer en sus brazos. Frayne no podía ver el rostro de la muchacha, que se apoyaba en el pecho de él, ni su corazón, que era mucho más expresivo que el mismo rostro. A Holly no le perturbó la idea de que Frayne pudiera percibir sus palpitaciones. Tampoco le importó mucho averiguar si Frayne bailaba bien o mal. Lo único que Holly experimentaba era la irresistible dulzura de la situación. Más pronto o más tarde, ésta comenzó a perder el dominio que ejercía sobre su imaginación, y Holly recurrió a la sutileza y al encanto que se había propuesto poner en juego para atraer a aquel hombre.
—¿Te diviertes ahora?
—Ahora sí.
—¿No te divertiste con Conchita?
—Ella se divirtió más que yo.
—¿La llevabas tan apretada... como a mí me llevas ahora?
—Perdóneme, señorita Holly. No me había dado cuenta... Sí, creo que sí. Conchita tiene un modo de bailar, que le hace a uno perder los pies y la cabeza.
—Y yo, ¿no lo tengo, señor?
—No hay duda, por lo menos para esos muchachos que en lugar de sesos tienen serrín en la cabeza.
—Pero para ti, ¿no?
—No.
—Si no hubiera sido por tu único cumplido... de hace unos momentos..., mi fiesta de cumpleaños habría constituido una desilusión para mí.
—¿Por qué dice usted esas tonterías?... Sea sincera, Holly, o deténgase.
Holly permaneció inmóvil durante unos momentos, entre las parejas que giraban velozmente a su alrededor; y entonces, demasiado pronto, el vals terminó.
—Está usted pálida..., acaso mareada —dijo Frayne solícitamente al mismo tiempo que la soltaba—. Es mucho más de medianoche. Ha bailado usted sin parar.
—Este baile será el último para mí. ¡Y he tenido que pedirlo! ... Tú no me lo habrías pedido. ¡Solamente tú...!
—Santone tampoco la ha sacado a bailar. Ni Mason. Ni Jack. Ni los meridionales. ¿Por qué insiste usted en esperar de mí más que de ellos?
—Vamos a salir durante unos momentos —contestó Holly y le condujo en dirección al patio. Había muchísimos bailadores y espectadores ante el ancho pórtico, y cada banco tenía su pareja; pero en el extremo inferior, donde el patio se abría sobre el jardín, se encontraba el lugar solitario que Holly deseaba.
—¿Está vallado este jardín? —preguntó Frayne mirando hacia la oscuridad de la enramada.
—Sí. Solamente se puede entrar en él por el patio. ¿Por qué?
—Señorita Holly, ¿no ha pensado usted que algunos de sus invitados son ladrones, o proscritos, o cuatreros? Está usted rodeada por hombres que odian a sus vaqueros..., que no se detendrían ante nada... Me sorprende mucho su valor... o su ceguera. No sé cuál de las dos cosas será cierta. Estas palabras encierran un espléndido elogio para usted. Pero, por mi parte, desapruebo esta hospitalidad, tan generosa y tan abierta para todos, que podrá acarrearle disgustos, o algo peor. Sin embargo, usted parece no verlo. Es usted una gran señora en estas llanuras. No obstante, opino que el reír, el hablar, el bailar, el... el coquetear en estas circunstancias es una imprudencia.
—Renn, quiero ser feliz —explicó Holly con vehemencia.
Continuaron paseando en silencio, y se introdujeron en el jardín para pasear por una senda aromada de rosas e iluminada por la pálida luz de la luna. Sus lentos pasos no produjeron ruido. Al llegar a una curva del sendero, Holly oyó una voz conocida y se detuvo.
Sobre esta voz sonaba la sensual melodía de un canto de amor español que alguien entonaba en la lejanía:
—¿.Qué ha hecho la pequeña Conchita a su señor, que ya no está amable..., que ya no tiene besos ni abrazos para ella esta noche?... ¡No!
Holly habría reconocido aquella quejosa voz sin necesidad de descubrirse, y se volvió para alejarse, cuando Frayne la detuvo.
—¡Alto! —murmuró a su oído—. Me gustaría oír algo más.
—Pero ¡Renn!... —susurró Holly reprobatoriamente.
—No es discreto... escuchar.
—Lo sé. Pero ¿no le agradaría hacerlo?
El ¡No! de Holly fue un milagro de sinceridad y de verdad, y la habría espoleado para alejarse si Frayne no le hubiera puesto un brazo en torno a la cintura, con lo que la imposibilitó de moverse. Entonces oyó la voz de Brazos que decía:
—Conchita, no eres buena. Eres igual que todas las demás mujeres.
—¡Ah, no, señor! Piensas mal de Conchita, sin saber que su corazón late sólo por el guapísimo Brazos.
—Estoy seguro de que esta noche permitiste a Frayne que te abrazase y te besase.
—¿Frayne?... ¿Ese señor tan frío, que no habla español, y que baila con tanta tiesura?...
Sí, señor. Abrazó a Conchita, pero lo hizo sin saberlo; y nunca pensó en besarla.
—Eres una gatita de ojos negros. ¡No digas mentiras! —Conchita no miente...
—¡Ven aquí! —replicó enérgicamente Brazos. Un bajo y suave murmullo concluyó en una audible sucesión de besos—. ¡Maldición, Conchita! Si no tuvieras costumbre de guiñar el ojo y de hacer arrumacos a todos los vaqueros de esta llanura, me parece que terminaría por casarme contigo.
Aquí cesó el coloquio. Frayne soltó a Holly y del brazo la transportó silenciosamente senda abajo, sin abandonarla hasta haber recorrido cierta distancia. Luego la condujo hacia la entrada del patio, arqueada y cubierta de enredadera.
—Es peligroso cometer estas indiscreciones con Brazos —observó. Su rigidez y su tensión desaparecieron. Su rostro cambió de expresión, como por arte de magia, convulsionado por la risa—. ¡Diablos! ¡Cómo me gustaría poder... decírselo al equipo!
—No lo hagas —aconsejó Holly lentamente.
—No lo haré. Pero, Holly, ¿no ha sido una cosa... deliciosa? ¿No es pintoresco que ese diablo de Brazos tenga celos de mí?... Sí, no tengo inconveniente en declarar que esa muchacha ha utilizado los mismos procedimientos conmigo y que me dijo las mismas cosas que a él. Rozó su mejilla con la mía, rozó mis labios con los suyos, me rozó los ojos con el cabello... y parecía que estaba derritiéndose entre mis brazos.
—¡Pero tú la abrazaste! —exclamó Holly con la imprudencia propia de una colegiala.
—¡Dios mío! ¡Claro que sí! Soy hombre. Y esa criatura mejicana es devastadora. ¡Pero no volverá a suceder! He terminado con ella. ¡Demonio de brujita! Es tan demoníaca como el propio Brazos... Holly, ¿no estuvo usted a punto de estallar...?
—Sí, pero no de alegría.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Renn cambiando de entonación.
—Renn, estaba celosa.
—¡No! ¡No es cierto!
—Lo es.
—Pero solamente porque... Brazos es su vaquero favorito, lo sé... ¿Es bastante para que pueda usted tener celos de esa linda mejicanita?
—No, por lo que a Brazos se refiere —replicó Holly con una significativa intención que no fue percibida por Frayne. Frayne suspiró aliviado. ¿Qué había oscurecido su cerebro tan repentinamente? Holly lo comprendió. Frayne conocía a Brazos mejor que ella, y su perplejidad, su consternación provenían, sin duda, de la imposibilidad de decírselo a ella. Britt la había informado en cierta ocasión de que los vaqueros no tenían moral, afirmación demasiado rotunda que Holly no aceptó. Holly se disgustó y luchó obstinadamente contra el razonamiento de que Frayne consideraba la inocencia de ella como una cosa sagrada—.
Lléveme dentro —dijo, agotada tanto por el esfuerzo físico como por el mental.
Las estrellas brillaban nítidas sobre ella. ¡Aquellas palabras de amor de la mejicanita...!
La música zumbaba y latía y la gran casa estaba llena de un tumulto de ruidos y de alegría.
Holly ya no podía aguantar más. Se cogió al brazo de Frayne y cruzó las alegres habitaciones profusamente iluminadas para dirigirse hacia su propia estancia, la cual abrió.
—Buenas noches, caballero —dijo dulcemente mientras le tendía la mano.
—Holly, quisiera disculparme...
—¿Por qué?... ¿Por no haber querido bailar conmigo?
—No. Por esa absurda incomprensión... acerca de sus celos.
Holly sonrió como otorgándole su perdón, y dirigió a Frayne una corta y fugaz mirada antes de cerrar la puerta.


VIII
Holly despertó tarde y permaneció tumbada, pensando. El sol se filtraba a través de las enredaderas y caía sobre su ventana, en la que ponía unas sombras que semejaban encajes, al mismo tiempo que dejaba caer unos brillantes lunares de luz sobre su lecho. A la luz del día, Holly no pudo dar crédito a los pensamientos y sentimientos que la habían agitado durante la noche anterior. Parecía imposible que pudiera creerse algunos de ellos. ¿Qué había hecho Holly..., qué había dicho? ¡Nada, comparado con lo que estaba determinada a hacer! ¿Sería capaz de cultivar las artes de atracción y seducción que eran propias de Conchita Velázquez?
Y pasó de una vaga e insatisfactoria revista de su conducta durante la noche a una contemplación imparcial de la fiesta de su cumpleaños. Indudablemente, la fiesta había constituido un gran éxito. No se habían originado peleas, por lo menos, que ella supiera. Pero Holly nunca sabía más de la mitad de lo que sucedía. La sombría afirmación de Frayne de que la suntuosa y alegre fiesta se había desarrollado sobre un polvorín, había constituido una advertencia que no debía ser desechada en el porvenir. ¡Cuán fácilmente podría haberse convertido su casa en el escenario de una sangrienta contienda, tan sangrienta como jamás hubiera habido ninguna entre vaqueros!
Cuando llegase su próximo cumpleaños, Holly quebrantaría la tradición establecida por su padre hasta el extremo de que sólo permitiría la entrada en la casa a las personas que hubieran sido invitadas previamente. También sería prudente prescindir de los desconocidos.
Lascelles y Taylor habían forzado virtualmente a Holly a permanecer prisionera en su.
habitación. Los días buenos y tranquilos de la hospitalidad meridional y del ambiente español habían desaparecido para siempre. La era del colonizador y del ranchero comenzaba.
Holly se sentó en el lecho para tomar el desayuno y escuchó las conversaciones de las criadas mejicanas, que afirmaban que su fiesta había sido un acontecimiento. Muchos de los invitados se habían ausentado a primera hora de la mañana. Y algunos de ellos ni siquiera habían dormido. Residían a treinta, cuarenta, sesenta y hasta a un centenar de millas de distancia, lo que significaba que habrían de realizar largas caminatas y de acampar en lugares oscuros antes de llegar a su residencia. Esta característica de las llanuras era una circunstancia deplorable para Holly, que había visitado San Marcos, pero que no conocía las ciudades situadas más al Oeste, como Lincoln, Fort Summer, Fort Unión, Santa Fe, Taos y Las Vegas.
Britt no daba su asentimiento a que Holly viajase en las diligencias.
«Mi fiesta ha pasado ya... Es posible que sea la última —se dijo Holly mientras abandonaba el lecho—. Y ahora, ¿qué? No tengo nada que hacer. Hay muchas cosas que debería hacer... Una de ellas, la que no puedo... la que no puedo hacer... Pero ¡debo hacerla!»
Había mirado a través de las ventanas hacia los herbosos terrenos de pasto, la ancha y gris extensión del bosquecillo de algodoneros, y los encerraderos. Aquel lugar no estaba nunca solitario, pero aquella mañana poseía una actividad todavía mayor que la del día anterior y se hallaba saturado de caballos, indios, jinetes, carros y cochecitos que se ponían en movimiento. La escena que se desarrollaba ante el dormitorio de los vaqueros decidió a Holly a descender inmediatamente. Había más de un centenar de vaqueros, a pie o a caballo, lo que excitó su curiosidad. Sus muchachos debían de hallarse a punto de acometer alguna empresa.
Dudó un momento, presa de un pensamiento inquietante, pero como la reunión parecía tener un aire amistoso, Holly se puso apresuradamente su equipo de amazona y, con la fusta en la mano, corrió hacia el exterior. No se detuvo a pensar sobre las causas de su inquietud, de su ansiedad, ni a preguntarse por qué razón el aire parecía más cargado que nunca del aroma de la salvia. No se preguntó las causas de la desacostumbrada precipitación de su sangre, de aquella sensación de juventud, de vida y felicidad, de la alegría impaciente que la excitaba.
Los pensamientos de Holly, mientras recorría rápidamente la senda, eran rebeldes, y es seguro que Britt no podría contenerla una vez más.
Cuando Holly surgió de detrás de los árboles vio caballistas montados y vaqueros a pie, que formaban más allá de los dormitorios. Reconoció a algunos de sus propios muchachos, que se hallaban situados en el extremo más alejado del nórtico del dormitorio. Como estaban vueltos de espaldas a ella, no pudieron verla. Holly llegó hasta la puerta, que estaba abierta, y de la cual provenía una voz muy conocida.
—Oiga, Cap, no me diga nada —dijo Brazos roncamente.
—Pero he de decírtelo. Frayne aconseja que vigilemos a Talman —replicó Britt con voz aguda.
Holly descargó unos golpes sobre la puerta con el mango de la fusta.
—¿Puedo entrar?
—Eres tú, Holly?... Sí, entra, puesto que has venido. Me alegro mucho de que José haya limpiado este lugar que siempre está tan revuelto.
Holly entró y se dirigió a Britt, quien, aquella vez, no se alegró como habitualmente al verla. Brazos se dejó caer al suelo desde la mesa en que se hallaba sentado, para aproximarse a ella. Pero su rostro surcado de preocupaciones se iluminé con la sonrisa que siempre guardaba para la muchacha.
—¡Buenos días, señora! Está usted guapísima después del «fandango» de anoche.
—Brazos, lamento mucho no poder devolverte el cumplido.
Britt preguntó con voz nerviosa, si no agresiva.
—Holly, ¿qué diablos vienes a hacer aquí?
Ella rió sonoramente al oírle.
—¿A quién hablas?... ¿Qué sucede?
—Pues que ese Slaughter ha enviado un aviso diciendo que en su cuadrilla tenían un caballo que ninguno de tus vaqueros sería capaz de cabalgar. Me parece que ese aviso va a retrasar por ahora el trabajo de tu equipo.
—Espero que desaprobarás la actitud de mis hombres. ¿Han oído hablar de Jack?
—Es seguro que no, Holly, puesto que de otro modo no podrían estar tan esperanzados.
—Va a ser una cosa demasiado buena para que nos la perdamos —afirmó Brazos—.
Vamos a vencer a aquellos hombres y a ganarles hasta el último dólar de los que tengan.
—Britt, ¿qué es aquello que le oí decir a Brazos cuando llegué a la puerta?
—¿Qué?... Sería cosa sin importancia. Lo he olvidado contestó fríamente el tejano; pero no pudo engañar a Holly.
—¿Querrás decírmelo tú, Brazos?
—¡Claro que sí! Yo le diría todo lo que recordase. Pero jamás puedo recordar lo que he dicho anteriormente, de modo que me resulta mucho más difícil acordarme de lo que pueda haber dicho Britt.
—Llamad a Frayne —ordenó secamente Holly. Todos la miraron fijamente.
—¿Me habéis oído? Llamadle, o iré yo misma a buscarle.
Britt se aproximó a la puerta y dio un grito a Frayne. Brazos dirigió una inquisitiva y fría mirada a Holly. Holly correspondió con una sonrisa, no tan fría como la anterior, sino con un significado que Brazos debió de comprender. En el pórtico sonaron unos rápidos y firmes pasos.
—Entra. La señorita Holly está aquí y ha mandado que te llamemos —dijo Britt.
Frayne entró con el sombrero en la mano y la misma indescifrable expresión que tanto desconcertaba a Holly, y se inclinó sin decir una palabra.
—Buenos días, Renn... Britt acaba de decirme una mentira. Y Brazos ha perdido la memoria. Antes de hacerte algunas preguntas, he de decirte algo que quiero que ellos oigan también... De ahora en adelante soy la dueña de este rancho. Britt sigue tratándome como a la niña a quien acostumbraba columpiar sobre sus rodillas. Cree que es mi papá y que todavía no he crecido. Brazos es un hombre ingenuo que supone que es tan fácil engañarme como...
como a Conchita, por ejemplo. Ambos intentan evitar que todo lo que sea desagradable o importante llegue a mis oídos. No quiero tolerarlo por más tiempo... ¿Me he expresado con claridad?
—Ciertamente. No hay duda, señorita Holly —contestó—. El tiempo demostrará que Talman es una buena persona. Me disgustaría mucho el encontrar un nuevo Dillon en nuestro equipo.
—A mí también. Ahora, muchachos, volved a ocuparos en esa carrera. Quiero quedarme y contemplar el espectáculo desde la ventana. También me agradaría apostar.
—Bien, me gustaría ganarle esta apuesta —replicó Brazos cambiando como por arte de magia—. ¿Tiene usted dinero en ese bolso que lleva? No me, gusta abrir créditos cuando se trata de hacer apuestas.
—Brazos, ¿no tienes confianza en mí?
—La tengo, pero no sé si...
Britt sacó de debajo de la chaqueta una cartera muy abultada.
—¿Cuánto quieres apostar en favor de Jack?
—Quinientos dólares. Y le daré la mitad si gana.
Brazos reprimió un grito de triunfo, y en lugar de manifestar su regocijo por medio de voces, comenzó a danzar agitadamente.
—No hay duda, señora, de que es usted una gran dama —declaró repentinamente—.
Vamos a unir nuestras apuestas... Jack sería capaz de cabalgar por ese dinero a un murciélago que saliera del infierno. No podemos perder... Ahora, he aquí cómo surgió la cuestión con ese equipo de Slaughter. Fueron ellos quienes la comenzaron. Nosotros, ni siquiera los animamos.
Pero consiguieron interesarnos muy pronto. Supongo que deben poseer algún caballo salvaje, verdaderamente infernal, y creen que les servirá para limpiarnos de dinero. Muy bien. Verá usted lo que vamos a hacer para ganar la apuesta. En primer lugar, apostaremos por Laigs, que, sin duda de ningún género, será derribado en seguida por el caballo. Después, apostaremos por Blue, pero muy poco dinero. Esto será para encandilarlos, ¿comprende?...
Después, me enfadaré mucho, o fingiré enfadarme, y montaré yo mismo el endiablado caballo. Será solamente para engañarlos, puesto que yo apenas sé cabalgar. Naturalmente, perderemos también esta apuesta; y entonces sacaremos nuestros fajos de billetes y apostaremos hasta el último peso que tengamos en favor de Ride-Em Jack. Será como un robo en despoblado, verdaderamente, y todos los hombres de esa cuadrilla terminarán por experimentar impulsos homicidas.
—¿Qué le parece mi idea?
—Me parece muy buena, Brazos —replicó Holly, animada por el rostro juvenil, los relampagueantes ojos azules y los movientes labios que expresaban tal alegría.
—Conforme, ya que Slaughter se atrevió a hacer ese desafío, la idea de Brazos me parece muy buena —dijo lentamente Britt.
—Es una gran idea —declaró con sinceridad Frayne. —Me agrada poder disponer de esta ocasión de observar detenidamente a los hombres de esa cuadrilla.
—Lo mismo digo. ¡Adelante!
—Señorita Holly, desde la ventana podrá usted ver muy bien —dijo Frayne cuando Britt y Brazos se dirigían al exterior—. ¿Querrá usted hacerme el favor de atrancar la puerta cuando yo la haya cerrado?
—¡Renn! ¿Tienes miedo a que me secuestren? —exclamó Holly festivamente.
—¡De ningún modo! Pero esos hombres la verán. Y son hombres duros, curiosos e insolentes.
—¡Oh! No quieres que se me moleste, ¿verdad?
—Eso es decir las cosas con mucha suavidad.
—Yo también soy curiosa. Quiero ver a ese Russ Slaughter.
—No tiene mucho que ver. Yo diría que es un lobo grande y pardo, que acaba de venir de sus guaridas invernales, desgarrado y feo, con ojos hambrientos.
—¡Qué excitante! Entonces, saldré.
—Es usted mujer, lo que quiere decir que es incomprensible e incorregible —replicó Frayne, que comenzaba a encerrarse de nuevo en la concha de su frialdad—. No es extraño que Britt encanezca tan rápidamente. No quiere usted escuchar los consejos prudentes. Es usted un diablillo rebelde. Salga. Slaughter la ofenderá, sino con las palabras, con las miradas. Y entonces lo mataré.
—¡Renn! ¡No seas tan... tan impulsivo! —tartamudeó Holly—. Lo dije solamente por sulfurarte. Me quedaré dentro de casa... y atrancaré la puerta.
Un grito procedente del exterior atrajo la atención de Holly, que aproximó una silla ala ventana y se sentó. Una multitud de vaqueros, de indios y mejicanos se encontraba a corta distancia del dormitorio. El grupo se abrió, al mismo tiempo que profería gritos estridentes, para dejar paso a un feo caballo, sobre el cual iba precariamente sentado Laigs Mason.
Ningún caballo corriente podría hacer que Laigs pareciese un novato en el arte de la equitación. El caballo era oscuro de color, peludo, con ojos fogosos y nariz vaharosa; estaba compuesto de una bola deforme sostenida por cuatro patas y que saltaba como si se hallara sobre unos potentes muelles. Holly jamás había visto animal tan rápido y tan violento. Al cabo de un instante Laigs Mason inició un corto vuelo y cayó pesadamente a tierra, lo que motivó grandes gritos de alegría, puntuados por ,voces y risas. Cuando el caballo se hubo librado de su carga, cesó de girar. Cuando permanecía quieto, era ciertamente un caballo capaz de atraer la atención de cualquier vaquero presuntuoso. Era voluminoso, ancho, musculoso, y tenía una cabeza fea y unos ojos indómitos.
Holly pudo ver que a continuación se efectuaban nuevas apuestas y que el kentuckiano se situaba sobre la catapulta de la «remuda» de Slaughter. Blue era un buen jinete, pero solamente permaneció sobre el caballo por espacio de cinco saltos antes de ser arrojado a tierra. Se lastimó y se enojó muchísimo, lo que demostró por su grito, casi inaudible en el tumulto, y por el puño que disparé en dirección a Brazos.
Holly se regocijó viendo que llegaba el turno de Brazos. Desde la noche anterior Brazos había caído de su pedestal, pero Holly todavía le quería como a un vaquero terrible, fogoso, verdadero, característico de su época. Saltó de arriba abajo como una pulga sobre una plancha caliente, abrió los brazos, se arrancó los cabellos y demostró el enojo que la derrota le produciría. Cuando el barullo se hubo apaciguado un poco, gritó:
—¡Apostad todos, compañeros! Estoy seguro de que dominaré a ese maldito caballo... o moriré intentándolo. Pero éste no es un caballo corriente. Russ Slaughter nos ha cazado. Ha utilizado una estratagema muy sucia. Este caballo es un caballo de circo... Traedlo aquí...;
¡Ah! ¡Bestia de mandíbula de acero, tragafuegos, soplahumos..., ahora vas a ser dominado!
Brazos no era sólo un magnífico actor, sino también, según Britt, el digno rival de cualquier jinete que jamás hubiera cabalgado a la perfección; igual a todos, con excepción de Ride-Em, que era por sí mismo el compendio de la perfección.
La tremebunda exhibición que Brazos había anunciado arrogantemente no se realizó.
Brazos no demostró poseer habilidad de ninguna clase, y fue el vaquero que hizo un papel más deslucido. No obstante, Holly pudo darse cuenta de que Brazos había tenido cuidado de escoger un lugar blando y herboso para caer del caballo. Cuando se levantó, demostró con su expresión y con su tacto que había sufrido una sorpresa muy grande.
—¡Maldición! Eso no es un caballo —se lamenté—. No hay ningún jinete de patas largas que sea capaz de sostenerse sobre él.
—Ni ningún jinete de patas cortas de los de tu equipo —dijo burlonamente un jinete, notable por el modo que tenía de sentarse en la silla, por su rostro afilado y por el color de su barba.
—Respondemos a tu desafío, Slaughter —continuó Brazos a voz en grito—. Somos malos jinetes y tenemos malos caballos, pero tenemos muchísimos billetes de los grandes.
Concertemos una apuesta en proporción de dos a uno, y no tendremos inconveniente en continuar jugándonos el dinero; pero hemos de jugarnos todo lo que tenemos, o nada.
Slaughter concibió cierta sospecha, pero el clamor de sus hombres anuló sus objeciones, o lo que sus gestos y sus voces quisieran dar a entender. Todos los hombres de su equipo se apresuraron a aceptar las apuestas ofrecidas por los vaqueros de Ripple. Slaughter no pudo contenerse ante la vista de tanto dinero, por lo que se apeó del caballo y se abrió paso a codazos para dirigirse hacia Britt, que, rodeado de muchísimos hombres, recogía el importe de las apuestas. El tiempo que se necesitó para recoger todas las cantidades indicó la importancia de la última prueba que había de realizarse. La operación terminó, al fin.
Slaughter y la mayoría de los vaqueros visitantes volvieron a instalarse en sus sillas, con los rostros cubiertos por la ansiedad y la expectación.
—¿Estás satisfecho, Slaughter? —preguntó Brazos a gritos—. ¿Quieres apostar algo más?
—Todo el dinero que teníamos está en juego, Keene; y tú jamás llegarás a olerlo.
—¡Vaquero! Quita esa silla —gritó Brazos al caballista que estaba encargado del fogoso caballo.
—Oye, no le pongáis otra silla —objetó Slaughter, viendo que su jinete le miraba dubitativamente.
—No necesitamos sillas de ninguna clase —anunció Brazos fanfarronamente. Y un instante más tarde el caballo mesteño había sido desensillado—. ¡Derribadle! Necesitamos que esté en tierra —ordenó Brazos.
—¿Qué os proponéis? —preguntó con agresividad Slaughter.
—Derribar el caballo —repitió Brazos secamente —Nuestro compañero quiere montarlo cuando esté en tierra. Si no puede cabalgarlo, vosotros ganaréis.
Siguiendo estas instrucciones, dos de los vaqueros de Slaughter enlazaron el caballo, tiraron de él y lo obligaron a caer de costado. Brazos agarró prontamente la brida, que uno de ellos mantenía en la mano, y se arrodilló sobre la cabeza del caballo.
—¡Soltad las cuerdas! —gritó Brazos—. Muy bien, Jack, ven corriendo.
El pequeño negro de piernas arqueadas apareció de repente, como si hubiera brotado de la tierra.
—Aquí estoy —anunció; y se dirigió hacia el postrado caballo. Un instante después, había pasado las piernas sobre el cuerpo del animal—. Dame la brida, Brazos. Me molesta tener que hacer esto...
Jack pareció como si pretendiera envolver al caballo con su cuerpo, y se tumbó planamente sobre él, casi en contacto con el terreno. Brazos también se curvó, evidentemente con la intención de ver. De improviso saltó y retrocedió al mismo tiempo que lanzaba un grito salvaje. Instantáneamente, con un horrible relincho, el caballo se levantó con rapidez y produjo un retumbante sonido de cascos. El cuerpo de Jack parecía una mancha sobre él, como si estuviera adherido a su lomo. Holly había visto a Jack realizar aquel mismo acto en otra ocasión, aunque no tan claramente como entonces. Había clavado los dientes en la nariz del animal, lo que imposibilitaba al caballo de mover al cabeza. Y cuando ambos se alzaron juntos, el caballo tenía la cabeza levantada, retorcida, vuelta hacia atrás, con el negrito sobre su cuello, como si fuera una sanguijuela.
—¡Cuidado! —gritó Brazos saltando hacia un lado, mientras la enloquecida bestia comenzaba a agitarse furiosamente.
Los jinetes y quienes se encontraban a pie se dispersaron como una bandada de codornices. El enorme caballo, enloquecido ante el ataque de que era objeto, saltó y volvió a saltar por el espacio situado ante el dormitorio, entre un estruendo que hacía que la barahúnda anterior pareciese insignificante. El inteligente animal tardó muy poco tiempo en comprender que el bajar la cabeza para saltar era un acto de imposible realización. Pateó como un demonio, repartió a su alrededor piedras y polvo, y finalmente hizo una corbeta de costado. El ángulo en que tenía la cabeza con relación al cuerpo, le forzaba a correr trazando un círculo, de modo que al cabo de muy cocos instantes volvió a hallarse en el mismo sitio que había iniciado la carrera. Y exactamente delante de quienes por él habían apostado, abandonó la lucha del mismo modo que podría haberlo hecho cualquier caballo vulgar. Jack aflojó la presa que había hecho, y deslizándose desde lo alto del animal, abandonó la brida. Su sonrisa descubrió la boca en toda su anchura, y la blancura de sus enormes dientes.
—¿Qué tal os ha paresío, compañeros? —gritó.
Con gran sorpresa por parte de Holly, sus vaqueros no rompieron en un pandemónium infernal, como solían hacer generalmente. Brazos se aproximó en la actitud de un jefe indio hacia su jinete negro. Los otros vaqueros se reunieron en torno a Britt. Slaughter y sus hombres se encontraban desconcertados y aturdidos.
—¡Ven aquí, negro! —gritó Slaughter.
En lugar de cumplir la orden recibida, Jack contestó:
—¿Qué quiere usté, patrón?
—¿Cómo te las has arreglado para cabalgar ese caballo?
—Eso é cosa mía, y no le importa a nadie.
El vaquero que se había encargado nuevamente del furibundo caballo, dijo:
—Tiene la nariz cubierta de sangre. Ese negro le ha mordido..., le ha clavado los dientes.
—¡Demonios! ¿Acaso no lo veo? —exclamó. roncamente Slaughter—. Jack, antiguamente trabajaste para mí. ¿Por qué no nos enseñaste entonces esa estratagema?
—Patrón, en su equipo yo era solamente un negro.
—¡Ah! Bien, para este equipo serás dentro de no mucho tiempo un negro... muerto.
—E sierto. Todo hemo de morir... y alguno hombres colgaos del cuello —declaró Jack sarcásticamente, al mismo tiempo que se introducía en el grupo de sus compañeros.
—Acepta tu merecido, Slaughter —gritó una voz que surgía del grupo que rodeaba a Britt; y el tono de tal voz hizo que Holly se sobresaltase.
Brazos se adelantó unos pasos para situarse entre Slaughter y Britt y sus compañeros.
—¡Ja, ja, ja! ... Slaughter, nosotros, los hombres del equipo de Ripple, no tenemos caballos ni jinetes, ni nada... ¡Narices, no tenemos! ... Ha venido usted a hacer una apuesta de mala fe, ¿verdad? Bien, la ha hecho y la ha perdido.
—Es cierto. Hemos perdido. Y no protesto, Keene. Pero quiero que sepas que no he obrado de mala fe, ni fui yo el autor de esa idea.
—No importa quién haya sido. Lo cierto es que algunos billetes de los grandes han venido a parar a nuestros bolsillos.
—Eso es para nosotros como calderilla. Hay muchísimos más en el sitio donde vi yo ese dinero —contestó Slaughter; pero cuando se volvió hacia sus hombres, no tenía la expresión ni el acento tan fanfarrones—. ¡Vámonos a toda prisa de aquí!
Fue claramente visible que Slaughter, cuando giró para alejarse con sus hombres, se desvió ligeramente hacia la izquierda; y cuando se halló ante la ventana del dormitorio tras la cual se encontraba sentada Holly, se detuvo para encender un cigarrillo. Cuando levantó la cabeza hacia lo alto para mirar a Holly, la muchacha comprendió que el acto de encender el cigarrillo constituía sólo un pretexto. Slaughter no se hallaba lo bastante lejos de la ventana para que la expresión de sus ojos no fuera claramente perceptible. Holly hubo de cruzar involuntariamente su mirada con la de él, sin poder impedirlo.
—¡Buenos días, muchacha! —saludó Slaughter—. Usted podría conseguir que yo no me uniera a McCoy.
Holly se retiró de la ventana, asombrada al oír la declaración del rufián, cuyo sentido interpretó al recordar la expresión de su mirada. Y se indignó al comprobar que habían llegado unos tiempos en los que no se hallaba a cubierto de ofensas ni aun encontrándose en su propio rancho y muy cerca de sus vaqueros. Mas al oír el ruido de unos pasos en el pórtico, desechó estas molestas sensaciones. Cuando hubo sonado una dura llamada a la puerta, levantó la barra que la cerraba. Frayne y Brazos se hallaban ante ella en la misma actitud que si fueran sus jueces.
—Holly, ¿la ha visto ese hombre? —preguntó Brazos.
—Sí. Estaba sentada a la ventana. Todos ellos me vieron.
—¿Por qué no se escondió cuando le vio acercarse?
—No tengo costumbre de esconderme, Brazos.
—Sería muy conveniente que aprendiera a hacerlo —dijo en tono de queja Brazos—. Yo no estaba mirando hacia acá en aquel momento. Me hallaba demasiado ocupado recogiendo mi dinero de manos de Britt. Pero mi compañero Renn dice que Slaughter le habló.
—Es cierto. Yo lo oí —confirmó Frayne serenamente.
—Sí. ¿Oíste lo que dijo? —preguntó Holly, riendo. No tenía la seguridad de poder engañar a Frayne. Había en la actitud de aquellos hombres un algo que amortiguó los latidos del corazón de Holly.
—Solamente una palabra: «McCoy»... Estaba muy lejos y habló en voz baja.
—No fue absolutamente nada, caballeros vengadores.
—Holly, usted me pidió que siempre le dijese la verdad! completa —replicó Frayne con severidad.
—Sí, claro es —asistió Holly. Sin embargo, no pudo menos de emocionarse al ver la rudeza juvenil de Brazos y la impetuosidad de Frayne. En el caso de que les dijera da verdad, los dos amigos llamarían a Slaughter, lo matarían y precipitarían una batalla que ella quería aplazar durante tanto tiempo como fuese posible, batalla que, no obstante, no podía ser aplazada indefinidamente.
—Holly, no nos mienta. No nos engañe a mí y a Renn... Sus mejores amigos en esta tierra de Dios —protestó Brazos.
—¡No! —exclamó Holly—. Ya os lo diré algún día. Cuando regreséis de Las Animas, después de haber llevado el ganado.
—Es probable que sea preferible que así suceda —afirmó secamente Frayne—. Si nos lo dijera usted ahora, sería posible que no pudiéramos conducir el ganado a la estación.
—¡Renn!
—Renn ha oído que Slaughter mencionaba a McCoy. ¿Qué dijo de él? —añadió el insistente Brazos.
—Solamente puedo deciros que Slaughter está definitivamente decidido a unirse a McCoy.
—¿Qué te dije, compañero? —dijo sibilantemente Brazos al mismo tiempo que hacía un gesto con el que fingía desenfundar el revólver.
Frayne continuó dirigiendo a Holly miradas de duda y de censura y teñidas de algún otro carácter desconcertante que la muchacha prefirió no analizar.
No muchos días después de este acontecimiento, que fue el mayor acontecimiento de todo el año, el herboso triángulo situado al pie del rancho de Holly brillaba con reflejos rojos y blancos a causa de la presencia de tres mil quinientos novillos que se hallaban dispuestos para ser conducidos al ferrocarril.
Eran las primeras horas de la mañana; el sol era muy cálido, y toda la extensión estaba surcada de praderas florecientes, de algodoneros y de arbustos de espeso follaje.
Brazos acababa de despedirse de Holly con la actitud fría y desenfadada del Brazos de siempre, pero un poco más fuerte en lo que se refería a ansiedad y emoción. Cuando se separó de Holly, ésta estaba triste y pensativa. Y Holly presintió que algún día Brazos partiría para no regresar jamás.
Britt, activo y ansioso, llegó acompañado de Frayne para recibir instrucciones definitivas.
—Bien, ya se han puesto en marcha, Holly, y lo único que te queda por hacer es agitar el pañuelo desde la ventana.
—Frayne, ¿a quién escogiste para que acompañase a Brazos? Naturalmente, Brazos no iría nunca sin llevar consigo a Laigs —dijo Holly.
—Han ido con él Santone, los meridionales, Jack y Cherokee. Ocho en total —replicó Frayne—. No somos bastantes para una labor tan difícil. Pero es preciso que usted no se quede sin la debida protección.
—¿Quiénes irán en el carro?
—Iremos todos, por turno.
—¿No lleváis «remuda»?
—Solamente algunos caballos suplementarios, que nosotros mismos conduciremos.
—De ese modo no será preciso que vayáis tantos hombres... ¿Cuántas reses lleváis, Britt?
—Tres mil quinientas sesenta y dos. Brazos contó menos. Pero Frayne y yo contamos la misma cantidad. Holly anotó el número en un cuadernito.
—Toma el correo, Frayne, y los diversos pedidos, para que adquiráis abastecimientos, lo que Podréis hacer cuando dispongáis del tiempo suficiente.
—¿Qué instrucciones nos da usted acerca de la venta? —preguntó Frayne ansiosamente.
—Las mismas que Britt. ¿No os las ha dado él?
—Sí. Pero me agradaría volver a oírlas. Este trabajo es nuevo para mí.
Aceptad la mejor oferta que obtengáis.
—Claro, pero habrá de ser superior a cuarenta dólares por cabeza —aclaró Britt.
—¿Cuál es la mejor cantidad que podremos aceptar en el caso de que los precios bajen?
—Frayne, quiero deshacerme de una parte del ganado. No es preciso que lo digáis a nadie. Defender un precio alto, pero si os vierais obligados a hacerlo, podríais aceptar cualquier oferta.
—Muy bien. ¿Ha dado usted instrucciones escritas para el depósito de los cheques, para enviarlos al Este o para traerlos aquí?
—No. Habréis de cobrar en dinero. Y vigilad bien cuando regreséis.
—¡Dinero! —exclamó Frayne, espantado—. Britt no me lo había dicho.
—Quería que Holly aceptase la responsabilidad de la orden —explicó Britt—. No estoy de acuerdo, pero Holly es quien manda.
—¡Por favor..., señorita Holly! —exclamó Frayne, casi suplicante.
—¡Por favor...! ¿Qué?
—No arroje usted esta carga sobre mí... ¡Piénselo! Haga un pequeño cálculo.
Concediendo que experimentemos algunas pérdidas, de cualquier modo que sea, aun contando con que los ladrones de ganado se apoderen de algunas reses, habremos de cobrar por lo menos unos ciento mil cuarenta mil dólares.
—Y ¿qué? Necesitamos dinero. Britt reconoce que ésta es la mejor ocasión. Es posible que las condiciones de viaje empeoren en lo sucesivo. Cuando volvamos a vender haremos depósitos en los bancos.
—Holly, ¿me confiará usted... a mí... todo ese dinero? —preguntó Frayne roncamente.
—Claro que sí; te lo confiaré —contestó Holly sencillamente; la mirada gris y dolorida de Frayne resultaba difícil de sostener..
—Muchas gracias... Pero no debería hacerlo... Eso representa una fortuna. ¿Cómo sabe usted que no la robaré... y huiré con ella?
—Renn, el conocerte vale más que toda esa fortuna —contestó ella.
Pero Renn no comprendió el verdadero significado de aquellas palabras.
—¿Cómo sabe usted que los mestizos y Cherry no me asesinarán?
—No los ofendas, Frayne. Pero no es preciso que lo sepan. Díselo a Brazos.
Frayne se volvió hacia Britt can labios temblorosos.
—Óigame, viejo, ¿puede usted comprenderlo? Por menos de un pitoche..., si se tratase de cualquier otra persona que no fuese Holly Ripple... ¡No...! Yo no aceptaría esos riesgos.
—¿Qué riesgo?
—El riesgo de pérdida. Sea razonable, criatura. Si, por cualquier circunstancia, se me perdiera ese dinero..., usted... usted no volvería jamás a confiar en mí.
—Sí, confiaría —contestó Holly con calma, al mismo tiempo que cogía su pañuelo y se dirigía hacia la puerta. Por fin había conseguido obligar a aquel hombre a revelar una parte de sus sentimientos. Y el resultado había sido tan dulce, tan hermoso, que Holly no se atrevió a prolongar la entrevista.
Los dos hombres la siguieron hasta el pórtico. La confianza que Holly depositaba en Renn significaba mucho. Holly había proyectado descargar aquella responsabilidad sobre él, con el fin de ver del modo que reaccionaba, la manera que cumplía el encargo que se le hacía.
Sin embargo, la joven no había llegado a esperar ni a soñar que a Frayne le importase tan profundamente la fe que ella ponía en él. Sería preciso esperar hasta encontrarse sola con el fin de meditar detenidamente sobre lo que esta circunstancia significaba. La certidumbre de que Frayne abrigaba por ella algo más que indiferencia, hizo que Holly se sintiese más fuerte y más tranquila. Salió hasta el exterior del pórtico, y agitó el rojo pañuelo bajo la luz del sol.
Apenas había comenzado a moverlo en el aire cuando una nube de humo blanco se destacó ante el verdor, al pie del vértice del triángulo, humo que fue seguido por el sonido de un disparo.
—Ya están lejos —declaró Britt, tranquilizado—. Veo a Brazos corriendo como un condenado... ¡Corre, Frayne! ¡Cógelos! ¡Cógelos...! Esa es la voz habitual en el Camino Viejo.
Holly bajó el pañuelo y se lo puso en torno al cuello. Y le pareció conveniente hacerlo, porque tenía las mejillas de un, rojo subido y le ardían. Extendió la mano y dirigió una sonrisa a Frayne, sin tener la seguridad de nada, excepto... que la separación era dolorosa.
¡Adiós, Renn!... Buena suerte... No te olvides... del rancho de don Carlos.
¡No me olvidará! —replicó tan sombríamente, que Holly no acertó a comprender si se refería al riesgo que correría su dinero, al riesgo de su confianza, o al riesgo de una terrible consecuencia para él, que seguramente no era el peligro de muerte—. Pero no se preocupe usted por nosotros. Volveremos sanos y salvos... Cúidese de sí misma. No se aleje de la casa, no se oculte a la vista de los vaqueros... ¡Adiós!


IX
En los tiempos en que Britt era capitán de batidores tejanos, las duras cabalgadas, las situaciones peligrosas y desconcertantes, los criminales a quienes se debía detener o matar, la recuperación del ganado robado, el esclarecmiento de asesinatos misteriosos, la protección a los colonizadores con el fin de impedir que los mejicanos ladrones o los astutos comanches les robasen..., todo esto estaba a la orden del día y era aceptado como un acto natural de las condiciones de la vida de la época.
Pero Britt no tenía en aquellos tiempos a su cargo una mujercita hermosa y voluntariosa, a quien quería como si fuera hija suya, y que no tenía parientes ni esposo, ni nadie que la cuidase y atendiese, no siendo él mismo. Esto era abrumador para Britt. En las cinco semanas transcurridas desde la partida de Frayne y los vaqueros en dirección al Oeste con la numerosa manada de reses, habían sucedido en la llanura una serie de cosas suficientes para mantenerle despierto todas las noches, sin necesidad de que se presentaran las diversos peligros que Holly había corrido. Holly tenía costumbre de cabalgar a solas y alejarse de la casa, a pesar de las órdenes, las protestas y las súplicas que se le hacían. Había ocasiones en que la muchacha se encontraba caprichosa, extraña, y se negaba a ser escoltada. En tales ocasiones Britt se veía obligado a vigilarla o a ordenar que lo hiciera alguno de los vaqueros y a confiar en la providencia. La llegada del período canicular, corto y cálido, puso fin a los solitarios paseos de Holly, lo que satisfizo plenamente a Britt. Cuando llegasen días más frescos, Frayne y Brazos estarían de regreso, y después no tardarían mucho en presentarse las heladas y la nieve. Los cuatreros solían mostrarse inactivos durante el invierno; entonces no había movimiento de ganados; y la paz y el descanso durarían hasta la llegada de la primavera.
«¡Por todos los diablos! —murmuró para sí mismo Britt—. Voy a revolver el cielo y la tierra para ver si puedo conseguir que entonces Holly se haya casado.»
Britt pronunció este monólogo en el dormitorio colectivo, cuando se hallaba sentado ante la mesa y repasaba el rudo mapa que había sujetado con unas chinches al tablero. El dibujo, que había sido trazado por el propio capataz, no constituía una obra de arte, pero era preciso en su representación del terreno, hasta una distancia de cincuenta millas más allá del rancho de don Carlos. La llanura estaba cubierta de flores y de alta hierba, y negreaba por la presencia del ganado. Los arroyos habían corrido llenos de agua hasta los últimos calurosos días, y con la perspectiva de las tormentas veraniegas, las fuentes, los pozos y riachuelos no se secarían durante el resto de la temporada. Para Britt todo ello representaba un aspecto bueno y uno malo; el último consistía en la circunstancia de que mucho ganado pastaría en la altura de las pendientes y en los desfiladeros. La actividad de los ladrones aumentaba de día en día.
Pequeñas manadas de reses eran conducidas de continuo a Santa Fe, a Las Vegas y a los Fuertes. Aquel apoderamiento de diversas marcas no tenía una gran importancia para la ganadería de Ripple; pero continuaría incrementándose y al cabo de varios años adquiriría una importancia mucho mayor. Y esto sucedería sin necesidad de que se realizase un gran rodeo de millares de reses sin marcar. Una de aquellas cuadrillas de ladrones estaba apropiándose de becerros y terneras, cuyo número formaba ya una manada de cierta consideración. Los vaqueros habían sorprendido ya diversos pequeños conjuntos de reses jóvenes cuando eran conducidas hacia las montañas del Sur. Russ Slaughter y su cuadrilla, habían desaparecido, al menos en apariencia, pero se sabía con certeza que se encontraban en aquellos terrenos.
Hallándose acompañado solamente de, nueve caballistas, Britt velase dificultado para poder seguir la pista al, ganado desaparecido. En el valle se alojaban hasta treinta trail cabezas de ganado que se encontraban entre El Paso y la Cabeza de Cottonwood. Más allá de este punto, medio millón de reses manchaban la ancha extensión, y entre ellas muchas más de las que Britt sabía que llevaban la marca de Ripple. Era una situación sin precedentes, que proporcionaba buenas ganancias a los ladrones y a los ganaderos faltos de escrúpulos.
«Bien, veamos —dijo Britt, al mismo tiempo que se inclinaba sobre su mapa—. Skylark, Stinger y Gaines están en White Pool. Jim, Blue y Flinty en Cedar Flat. Talman y Trinidad en no sé qué lugar de la Cuenca de los Algodoneros. Rebel está solo... No hay nadie conmigo, y ahí fuera, hay más de treinta mil cornilargos que deben ser atendidos. ¡Es un compromiso de todos los diablos!»
Britt había enviado a Talman y a Trinidad hacia las fuentes del Cottonwood con un propósito premeditado. El lugar estaba situado entre los ásperos breñales a través de los cuales el camino de Ute conducía hacia el Norte. Talman fue insistentemente vigilado, con resultado nulo. Britt sólo había observado una cosa: la discreta intimidad de Talman con Trinidad desde la marcha de los demás vaqueros, y la preocupación habitualmente alegre, de Trinidad. A medida que pasaban los días y las semanas, Britt se convencía más y más de que sucedía algo anormal. El infatigable y astuto Rebel había sido encargado de vigilar a Talman.
Estos diversos grupos de vaqueros estaban ausentes desde hacía más de una semana, y con excepción de los tres últimamente nombrados, ya deberían haber regresado al rancho.
Britt decidió salir en su busca a la mañana siguiente, en el caso de que ninguno de ellos hubiera llegado.
Más tarde, mientras paseaba en el pórtico de un lado para otro, con las manos cruzadas a la espalda, Holly apareció ante él, graciosa y esbelta, con su vestido impecablemente blanco.
Sus mejillas carecían de color y sus ojos estaban sombríos.
—Cappy, he visto varios jinetes a través de mis gemelos. Estaban al otro lado del Cottonwood, a unas cinco millas de distancia. Eran tres jinetes que llevaban dos bestias de carga.
—Deben de ser Skylark y sus compañeros —replicó Britt alegremente—. Es hora de que regresen.
—Hace cuatro días que debería haber vuelto Frayne —dijo ella meditabunda.
—¿Qué importan cuatro días? Lo mismo podría llegar con cuatro semanas de retraso.
Supongo que habrá tenido que esperar por el dinero... Holly, ¿estás preocupada por esa cuestión?
¿Qué me importa el dinero? —exclamó ella, impaciente.
—Holly, después de lo que le dijiste a Frayne..., no podrías dudar de él... ¡Son solamente cuatro días!
—¿Dudar de él?... No me ofendas, Cappy... Estoy preocupada porque podría haber habido alguna reyerta. Brazos lucharía tan pronto como se presentase ocasión, tú lo sabes.
—Todo es posible, muchacha, todo es posible. Pero no es muy probable que haya sucedido lo que sospechas. Te repito que Frayne no tardará mucho en llegar.
—¡Oh! Espero que así sea... He estado mirando el camino del Cimarrón, hasta que los ojos se me cansaron. Ni un solo carro..., ni un caballo, ni un jinete han pasado por espacio de varios interminables días... Es un camino muy solitario... Cappy, ¿vendrás conmigo a la casa después que hayas hablado con Skylark?
Britt aseguró que lo haría, y casi se aprovechó del estado de ánimo de Holly para hacer una pregunta que durante mucho tiempo le había preocupado. Pero Holly no tenía aspecto de ser feliz. El antiguo espíritu caprichoso y alegre, parecía haberla abandonado. Britt observó a Holly con recelo. Cualquier situación, salvo las que se refiriesen al corazón, podría ser dominada por ella con la inteligencia y el valor propios de los Ripple. Pero si se trataba de amor...
Al cabo de una hora llegó. Skylark acompañado de. Stinger y Gaines; el polvo blanco cubría casi por completo a jinetes y caballos, y se desprendía de ellos a medida que caminaban. Manchados y sudorosos, con ojos que les relumbraban, los jinetes fueron calurosamente recibidos por el antiguo batidor.
—¡Llegáis como flores de mayo, muchachos! ¡Diablos, qué solo me encontraba! No me importaría ni un pepino que tuvierais malas noticias... ¡Me alegro tanto de volver a veros...!
Es posible que nosotros no nos alegremos —contestó Skylark inclinándose hacia un lado—. ¿Hay noticias? —Ninguna. No hay nadie en casa.
—¿Cómo está la señorita Holly? La he visto cuando llegábamos a lo alto de la cuesta.
—Está muy bien. Pero también está cansada de hallarse sola.
—Apéate, Sky —dijo Stinger—. Vamos a cuidarnos de los caballos.
Skylark bajó del cansado y polvoriento caballo, y saltó hasta el pórtico, donde arrojó los guantes, el sombrero, el pañuelo, la camisa y el cinturón, que dejó amontonados junto al banco de lavar.
—Estamos sin cigarros —dijo trágicamente el vaquero.
—¡Ah! Eso que tienes en la cara, ¿es suciedad o humo de pólvora?
—Probablemente, las dos cosas. He tenido que manejar el Winchester esta mañana a toda prisa.
—Lavaos las caras. Voy a ir al almacén para buscaros los atavíos.
Britt caminó despacio a través de la pradera en dirección al almacén. Las pocas observaciones que Skylark había hecho no eran tranquilizadoras. El pueblecito mejicano parecía dormir su siesta meridiana. Dos caballos polvorientos se hallaban amarrados al hierro.
Britt encontró a unos hombres desconocidos que le dirigieron un gruñido a modo de saludo, y continuó andando. Britt hizo las adquisiciones necesarias, y regresó calmosamente al dormitorio de los vaqueros.
Stinger y Gaines se estaban bañando como natos en un estanque. Skylark se hallaba en el interior del dormitorio, poniéndose una camisa limpia. Su rostro tostado, libre de suciedad y de barba, parecía un poco más afilado que de costumbre. El vaquero gritó con alegría cuando Britt puso el paquete de tabaco sobre la mesa.
—Un vaquero sin cigarrillos es exactamente como aquella comedia que leí, en la que el personaje principal no aparecía: ¡absolutamente nada! —Un momento más tarde estaba exhalando grandes bocanadas de humo—. Patrón, hemos recogido cerca de cuatro mil cabezas de ganado en los desfiladeros y las hemos llevado a What.
—¡Cómo! ¡No serán nuestras! No me digas que vosotros— habéis comenzado a robar las reses de otros ganaderos.
—Sabía que habría de sorprenderse usted, Cap. También nosotros nos sorprendimos.
Estoy seguro de que no tenernos ni la más remota idea de la cantidad de reses que poseemos.
Todas llevaban la larga marca ondulada de los Ripple. Y había muchísimas terneras que no pudimos contar.
—No lo comprendo. ¿Cómo podrías explicar eso, Sky?
—Por muchísimas razones. La mía es que no tenemos suficiente número de caballistas para vigilarlas. Stinger conoce esta región mucho mejor que cualquiera de nosotros. Dice que un tanto por ciento de nuestras reses han sido dirigidas por alguien hacia los desfiladeros del Sur. Supongo que Stinger tiene razón, pero, ¡demonios!, me molesta tener que reconocerlo.
—¡Ah! Stinger se equivoca muy raramente, Sky —replicó Britt, pensativo.
—Si es así, eso quiere decir que se realizará una gran conducción de reses desde esos cañones antes de que caiga la nieve.
—¿Adónde?
—Hacia el Sur.
—¿Hacia qué parte del Sur?
—Hacia Siete Ríos, lo más probable, o en dirección al Pecos.
—Junto al Paso de la Muerte?
—No, patrón. Al oeste del Paso. ¿Conoce usted aquellos pequeños desfiladeros que hay al sur de Whi te Pool? Estaban llenos de ganado nuestro. Nuestro, y de nadie más. Nos apoderamos de todo él. Recomiendo que el equipo regrese pronto y lleve esas reses cerca de Cottonwood, donde hay agua abundante.
—Muy bien, lo haremos. Continúa. ¿Quién se las llevó, Sky?
—¿Me lo pregunta usted?
—¡Claro que sí!
—¡Hum! Mejor sería que me lo dijera.
—Y ¿qué más? Lo que me has dicho no guarda relación con las manchas de humo de pólvora que tenías en la casa.
—Nos encontramos en una situación muy pintoresca. O, más exactamente, se encontró en ella Old Wasp Stinger. Esta mañana, a la hora del amanecer, cuando la manada se ponía en marcha, Stinger nos llevó en dirección a un arroyuelo que desemboca en el White Pool.
Stinger no nos dijo mucho, pero nos dio a entender bastante. Cuando llegamos a la arboleda, se apeó del caballo; Handsome y yo no quisimos hacerlo. Hacía mucho calor en aquella espesura. Finalmente, nos cansamos y nos detuvimos. «¿Por qué diablos nos has traído aquí, Stinger?» —preguntó Gaines. Y yo juré que estaba medio muerto de fatiga. Amigos, ayer dispararon contra mí nuevamente en este sitio, y estuve a punto de resultar herido de gravedad. ¡Mirad!» Se quitó la camisa y nos mostró un verdugón que tenía en un costado. «¿Faltó mucho para...? ¡Ja! Faltó muy poco...» No quisimos hacer comentarios y continuamos caminando hasta llegar a terreno descubierto. Allá había sido construida una nueva cabaña bajo el risco al pie del cual brota el manantial. Vimos humo y unos caballos ensillados.
Stinger no había tenido muchas precauciones al conducirnos allí, puesto que el grupo de hombres estaba observándonos y abrió fuego contra nosotros. Corrimos en busca de refugio, y nuestros agresores recogieron sus caballos y se pusieron en marcha. Stinger tenia un rifle y yo llevaba el mío. En el grupo había seis o siete hombres, todos los cuales portaban unos fardos ligeros detrás de la silla, lo cual es muy significativo. Stinger jura que mató a uno de los hombres, y que debió caer de la silla. Pero yo estaba demasiado ocupado en disparar plomo para que pudiera detenerme a observar el efecto de sus disparos. Disparé alrededor de diez balas contra ellos, a una distancia de alrededor de cuatrocientas yardas. Y vi que uno de los hombres que estaban disparando contra nosotros, dejaba caer el revólver y se doblaba sobre el caballo. Estoy seguro de haber herido a otro, además. De todos modos, consiguieron huir.
—¿Cruzasteis el terreno descubierto para ver si Stinger había, efectivamente, matado a uno de ellos?
—No. Stinger quería hacerlo, pero Handsone y yo nos opusimos.
—¿A qué cuadrilla pertenecían aquellas hombres, Sky?
—Stinger afirma que a la de Heaver. Dice que los conocía. Estaban trabajando en este lado de la llanura. La labor que ha realizado Stinger ha resultado muy buena. Si no hubiera sido por él podríamos haber perdido esa manada de ganado. La mayoría de las reses son de cuernos cortos, vacas y terneras, y toros mansos... Patrón, aconsejo que, tan pronto como vengan mis compañeros, se recoja esa manada y se la conduzca a las proximidades del arroyo.
—Mañana, o posiblemente pasado mañana... Bien, ¿qué más, Sky?
—¿Qué quiere usted para unos pocos días de cabalgata, viejo amigo?
—Espero que eso sea todo.
—Querría que lo fuese. Cuando nos hallábamos a mitad de camino vimos tres caballistas que llegaban a una elevación del terreno y que se detenían allí para observarnos. Resultaron ser Joe Doane y dos de los jinetes de su padre. Joe me dio la colilla de su cigarrillo, que era todo el tabaco que poseía. Doane ha perdido veinte caballos, los mejores que tenía, entre los que está el roano que tiene la marca de Ripple. La señorita Holly regaló ese caballo a Ann.
Joe dijo que habían seguido las huellas de tales caballos por espacio de tres días, hasta que se vieron obligados a interrumpir la persecución porque se encontraban a punto de morir de hambre. Siguieron el camino de Dobe Cabin, Cimarrón abajo. Los ladrones cruzaron el río y continuaron por el Camino Viejo.
—¿Cuántos eran los cuatreros? —preguntó Britt mientras movía la cabeza de un lado para otro.
—Joe no pudo averiguarlo. Dice que encontró huellas de cuatro caballos herrados...
Ahora, patrón, ¿no sería gracioso que esa cuadrilla se encontrase con Brazos y Frayne en su camino de regreso?
—¿Gracioso? ¡Tan gracioso como la muerte! —Cherokee podría ver a esa cuadrilla y los caballos antes de que los hombres vieran a nuestros compañeros. Y una recua de caballos despertaría sus sospechas. Es posible que suceda lo que he dicho.
—Brazos comenzaría inmediatamente a echar llamas por los ojos.
En aquel momento llegó el delgado Stinger, desnudo de cintura para arriba, con uno de los costados marcado por un feo verdugón.
—Stinger, ¿quién te ha marcado? —preguntó festivamente Britt.
—Patrón, supongo que algún vaquero ha debido tomarme por un caballo salvaje... Es posible que usted crea que este verdugón no me duele, ¿verdad? Pues me duele... más que un divieso.
José asomó el cetrino y sonriente rostro por detrás de la puerta.
—Ya está la comida preparada, vaqueros —dijo.
Esta llamada provocó un alocado grito de los dos vaqueros e hizo que Gaines entrase rápidamente mientras se limpiaba el rostro, jabonoso y brillante, con una toalla.
Jim, Blue y Flinty llegaron de Cedar Flat en las primeras horas de la tarde del día siguiente.
Aquella sección de la llanura se encontraba muy lejos del rancho de don Carlos y constituía una sucesión de accidentados bancos que nacía al pie de las colinas, a unas sesenta millas de distancia. Era muy frecuentada por ganaderos y por ganados durante la época de pastos de primavera y verano. La nieve comenzaba a caer en aquel lugar en el otoño. Jim informó que alrededor de cien mil cabezas de ganados mezclados se encontraban en las proximidades de Cedar Flats, la mayor parte de las cuales llevaban la famosa marca de Chisum o la de la campanilla. Había en aquella manada más reses de Ripple que las que habrían sido suficientes para llenar de contento a Jim.
¡La actividad de los ladrones había sido difícil de descubrir y más todavía de perseguir.
Los muchachos del rancho de don Carlos habían encontrado media docena de equipos de vaqueros, tres de los cuales se negaron a aclarar qué relación los unía a aquellos terrenos.
No obstante, los informes de Jim se refirieron a otras actividades que proporcionaron pasto a las reflexiones de Britt. San Marcos había comenzado a experimentar desde hacía más de un año el influjo de los nuevos colonizadores, los ganaderos, y los parásitos que de ellos vivían, pero aquel verano había visto cómo el adormilado pueblecito mejicano se desarrollaba de un modo que, al mismo tiempo resultaba satisfactorio y descorazonador para. el capataz de Ripple.
Los hermanos Horn habían instalado un nuevo puesto comercial en el pueblo, lo que, según decía Jim, era sólo un pretexto para añadir una nueva cantina y un nuevo garito de juego a la larga lista de los ya existentes. Tiendas nuevas, un hotel, una compañía minera e innumerables residentes, tanto mejicanos como americanos, se habían instalado en el pueblo desde la última visita de Britt. Se decía que McCoy tenía una participación en varios de los nuevos negocios que se desarrollaban en San Marcos. El propio McCoy afirmaba que iba a unir sus negocios a los de Chisum, pero Britt sabía que esto constituía únicamente una fanfarronada de McCoy, una fanfarronada estúpida, puesto que se sabía por todo el mundo que el ganadero de la marca de la campanilla era lo que se llamaba un lobo solitario.
Russ Slaughter y su equipo de los Siete Ríos habían, aparentemente desaparecido de la vista; y ésta era de todas, la noticia más significativa para Britt. Slaughter se había separado de Chisum para trabajar como agente libre y encontrarse en el puesto más favorable de las pingües rebatiñas de ganado que habrían de asolar el Nuevo Méjico central y el oriental.
—Supongo que Slaughter ha ido hacia las montañas del Norte, en dirección al rancho de McCoy —aventuró Britt—. Hay allí algunas guaridas muy convenientes para él, y aquel lugar se hallará a un día de distancia del camino del Norte que conduce a los fuertes y los terrenos reservados para los indios.
—Es bastante lo que ha dicho usted reconoció Jim—. Pero, patrón, que el diablo se me lleve si creo que eso es tan interesante como lo que se dice acerca del Nuevo Méjico central.
La región del Peces, desde Siete Ríos hasta Roswell y Lincoln y el Oeste, se ha volcado sobre el Pecos, y cuando el ferrocarril llegue hasta Santa Fe, tendremos más de un millón de cabezas de ganado a nuestra izquierda.
—Tanto mejor.
—Es cierto, excepto que esas reses atraerán a las más temibles cuadrillas de ladrones de todas partes.
—Rebel debe llegar muy pronto —replicó Britt.
—Adónde lo mandó usted?
—A ningún sitio en particular. Supongo que habrá ido siguiendo las huellas de Talman y Trinidad.
—Cap, hay una región muy próspera entre la cuenca del Cottonwood y las colinas de Ute. Clements tiene allí veinte mil cabezas de ganado; Haywood, alrededor de ocho y Doane, unas cinco mil. O es posible que tenga otras tantas como los demás.
—Bien, contando con que nosotros perdamos allí entre seis y diez mil reses, esos hombres, los ladrones, tendrán una gran cantidad para escoger. Esta llanura es muy grande y resulta muy difícil vigilarla en toda su extensión. Jim, la sangre se me enciende al pensarlo.
Haremos todo lo que podamos por la seguridad de nuestras reses. Un centenar de jinetes no sería suficiente para impedir los robos. El ganado se ha multiplicado mucho y con mucha rapidez. Y los precios están subiendo de una manera que no tiene precedentes... Cap, deberíamos hacer lo mismo que Chisum.
—No. Ése es el punto de vista de los vaqueros, Jim —contestó seriamente Britt—. Es posible que Chisum se quede todas las reses que encuentre en su camino. Y es posible que lo hagan también los demás ganaderos cuando llegue la ocasión. Pero nosotros no podemos engañar a la señorita Holly, y la señorita Holly no querría poseer ni siquiera un ternero que no fuese completamente suyo.
—¡Yupi! —gritó con estridente voz Blue desde el pórtico.
Britt salió rápidamente en compañía de Jim. Una nube de polvo que se elevaba en la carretera ocultaba solamente una recua de caballos que eran conducidos desde el Paso en dirección al pueblo. Flinty salió al pórtico para reunirse con los demás, y Britt expresó su convicción de que Frayne y Brazos llegaban al rancho con los caballos que los cuatreros habían robado a Doane.
—I Qué suerte más grande! —exclamó Britt—. ¡Diablos, los ojos se me llenan de lágrimas!
¿Cuántos hay, Blue?
—Debe de haber dos docenas, o acaso más. Y aquél es verdaderamente el grupo de nuestros mejores caballistas. Allí está el carro, Britt, que viene del Paso.
—Skylark se va a alegrar muchísimo... Bien, bien, espero que Frayne llegue sano y salvo.
—Todo el equipo está llegando a la casa casi al mismo tiempo —observó Jim con satisfacción—. Si Rebel viniera también...
Britt se dio cuenta de la omisión de los nombres de Talman y Trinidad, que le pareció significativa y le produjo una dolorosa angustia. Se hallaba muy encariñado con todos y cada uno de los miembros de aquel magnífico equipo de vaqueros, el más notable de cuantos había conocido.
Stinger apareció a la puerta del dormitorio, medio vestido y pestañeando repetidamente.
—¿Cuál es la causa de toda esa algazara?
—Que vuelve todo el equipo, y supongo que con los caballos de Doane.
—¿Qué dije? ¿No acerté en mis suposiciones?... Voy a terminar de vestirme.
Britt encontró en la situación nuevos motivos de reflexión. Apenas le era posible ocultar su alegría, su interés o su impaciencia. ¡Cuán satisfactorio, era que regresasen sus hombres, el volver a ver a Brazos y a Frayne, el percibir el consuelo de Holly! ¿Volverían con ellos todos los vaqueros, sanos y salvos? Sin embargo, acertó a contener la impaciencia mientras esperaba la llegada de aquellos hombres. Finalmente, cuando Britt hubo salido para recibir a Frayne, sintió que en ningún otro instante de su vida se había alegrado tanto de volver a ver a un hombre. Britt se preguntó con un remordimiento de conciencia si involuntariamente habría abrigado alguna duda respecto a Frayne. Con los ojos hundidos, sin afeitar, serio, y duro de expresión, Frayne parecía la encarnación de cuanto de inamistoso había en el Oeste.
—Hola, Cap —dijo al mismo tiempo que se inclinaba para estrechar la ansiosa mano de Britt. .
—Me alegro mucho de verte. ¿Ha marchado todo bien?
—Ahora que estoy aquí... puedo decir que sí —contestó Frayne con su fría risa.
—¿Qué hay del dinero?
—Aquí lo tengo —respondió Frayne mientras palmoteaba sobre las alforjas que colgaban de la perilla de su silla de montar en lugar del sitio acostumbrado, detrás del borren—. Es decir, todo, con excepción de unos pocos dólares que he dado a los muchachos.
—¿Cuánto has cobrado?
—Cuarenta y dos dólares por cada res.
—¡Demonio de hombre! ¡Eso es magnífico! ... Pero, oye, no gastes ni un solo minuto más hablando conmigo. Vete al piso alto, donde está Holly, y líbrate del dinero.
—Britt, llévelo usted por mí. Estoy muy fatigado. Y...
—No, señor. Holly diría... Bueno, eso no importa. Pero quiere verte, Renn. ¡Cómo me agradaría estar en tu pellejo! Holly se sorprenderá al verte.
—Nos ha visto venir, Cap —replicó Frayne—. Debió de estar mirando con los gemelos.
Cherry la vio agitar el pañuelo antes de que cruzásemos el Cimarrón.
—Holly no ha cesado de mirar con los gemelos durante los diez últimos días. Date prisa.
—Pero, Cap...
—¡No hay peros! ¡Vete! La muchacha ha estado muy preocupada; no ha podido comer ni dormir —continuó Britt mintiendo desvergonzadamente.
—¿Se ha preocupado?... ¡Dios mío! ... ¿Por miedo a que hubiera huido con el capital?
—¡No, diablos! ... Eres tan estúpido como Brazos... A Holly no le importaba el dinero ni siquiera un pepino. Lo que sucedía es que te echaba de menos.
Sin decir una palabra más, Frayne volvió el caballo en dirección a la retorcida carretera que conducía a lo alto de la verde colina. No podría haber estado más pensativo ni más preocupado, ni siquiera en el caso de que se hubiera visto obligado a informar de la pérdida de aquella importante cantidad de dinero.
A Britt no le remordió la conciencia, y rió burlonamente en su interior cuando dirigió la atención a los jinetes que se aproximaban. Los vaqueros habían conducido. la recua de caballos a un encerradero. Skylark, Blue, Flinty y Gaines, todos a pie, escoltaban a los que iban montados en su camino hacia el dormitorio. Stinger se había levantado para recibirlos.
La cariñosa mirada de Britt echó muy pronto de menos a una figura familiar muy querida.
—¿Dónde está Brazos? —gritó cuando los vaqueros se hallaban todavía a cierta distancia.
—Viene conduciendo el carro. Llegará pronto —contestó a voces Laigs Mason.
Britt regresó a su silla del pórtico. Todo marchaba bien. El equipo había regresado a la casa. Aquella sombra purpúrea y oscura que se cernía sobre los terrenos situados al pie de la colina podría ser olvidada por el momento. El capataz observó cómo los vaqueros desmontaban y libraban a los caballos del peso de las sillas. Tex Southard parecía ser el único incapacitado para hacerlo. Skylark tomó de la brida a su caballo, mientras Blue le ayudaba a dirigirse hacia el dormitorio. Tex, decididamente, cojeaba.
—Supongo que ha debido de caerte un caballo encima de la pierna —dijo Britt secamente.
—Patrón, tengo plomo en la pierna. Tendrá usted que sacármelo —contestó el vaquero.
—¿Está herido alguno más de vosotros?
—Mason tiene una rozadura de bala. Si lo hubiera usted oído gritar y aullar, habría creído que estaba a punto de morir —dijo Blue.
Britt se abstuvo de hacer más preguntas por el momento y distrajo su impaciencia escuchando y observando. Todos los muchachos se reunieron cerca de él en un grupo que expresó su alegría por medio de gritos, los más sonoros de los cuales fueron los de los vaqueros que habían permanecido en la casa. Todos estaban alegres. Mason miró a Britt cuando éste cruzaba el pórtico, y le mostró Una sucia mano en cuyo dorso había una especie de sangriento costurón.
—Esto es lo que me ha pasado por no sacar a tiempo el revólver —refunfuñó del mismo modo que si Britt fuera el responsable de lo sucedido.
—Bien, ésa es tu mano izquierda.
—¿Sí? Y ¿cómo voy a jugar ahora a las cartas? —Cap, Laigs quiere decir que ahora no podrá barajar —dijo Blue.
—Laigs, ¿cuándo detuviste tú y Tex con vuestra carne esas balas? —preguntó el capataz.
—Ayer por la mañana. Supongo que sería por accidente.
—Sí, una especie de accidente... para el hombre que hizo los disparos.
Durante la siguiente media hora, mientras Britt se hallaba en el interior de la casa esperando a Frayne y Brazos, oyó muchas noticias interesantes, pero absolutamente ninguna relacionada con el rescate de los caballos de Doane y de la lucha que, evidentemente, se había producido entre los vaqueros y los ladrones.
La construcción del ferrocarril se había reducido durante la primavera y el verano a causa de la falta de dinero. Pero los rieles habían comenzado a avanzar de nuevo hacia el Oeste y se hallaban próximos a Las Ánimas. Los ingenieros constructores esperaban llegar a Trinidad antes de que se presentase el invierno. Los trenes corrían regularmente entre Las Ánimas y Kansas City. Un tren había sido detenido durante un día entero cerca de Dodge por una manada de búfalos. Otro había sido recientemente detenido por los bandidos. Frank y Jese James habían sido acusados de este último delito, pero, según dijeron los empleados del ferrocarril, no podían estar complicados en el atraco, porque habían sido vistos en el oeste de Kansas en el momento que el ataque se produjo, cerca de Newton. Esto fortaleció los rumores de que otra fuerte cuadrilla de proscritos operaba en el Oeste. Los embarques de ganado habían sido muy abundantes y el precio de las reses, entregadas en la estación, se esperaba que aumentase. Los vaqueros se habían cruzado con una larga caravana entre el Cimarrón y los ríos Purgatorio. Laigs Mason había ganado un centenar de dólares en una partida de póquer, noticia que los vaqueros que regresaban consideraban que era la más importante e impresionante de todas.
Al cabo de unos momentos el hueco de la entrada enmarcó el rostro y la figura sorprendentes de Brazos Keene. A diferencia de sus compañeros, Brazos se había tomado aquella mañana el trabajo de afeitarse y de ponerse una camisa y un pañuelo limpios. Parecía un guapo diablillo de Satán.
—¡Buenos días! Está usted muy solo. Eso demuestra que no nos aprecia ni se cuida de nosotros cuando estamos aquí Éste fue el saludo que dirigió a Britt—. Compañeros, he bebido un vaso tan grande como esto... y ¿quién diréis que estaba esperándome con impaciencia?
¡Connie!
¡Cuánto se alegró al verme! Todos os habríais muerto de envidia si la hubierais visto.
—¡Ah! ¡Con lo mucho que yo te aprecio! —dijo reprobatoriamente Larry—. Me dejaste guiar el carro durante todo el día, hasta que llegamos cerca de casa. Y entonces te ofreciste a relevarme... sólo con el fin de quedarte retrasado para poder saludar a solas a las muchachas y beber con ellas. ¡Maldito Brazos! No sé cómo demonios tienes valor para hacerme esas jugarretas.
Brazos comenzó a bailar en medio de la estancia; sus pies calzados con las botas se movieron con rapidez, sus espuelas tintinearon y sus rubios cabellos oscilaron al compás con todo su cuerpo.
—¡Otra vez en casa! —dijo Brazos cuando hubo terminado de bailar—. Un viaje afortunado..., buen descanso, buena comida y, para final, esa esclava mía de ojos negros. ¡Ah, qué dura es la vida de los vaqueros!
Britt pensó que los rasgos característicos y maravillosos de los vaqueros tejanos, así como de todos los caballistas del Oeste, se compendiaban en aquel ágil muchacho de diecinueve años, de cabello rubio y ojos azules. Pero Britt sabía también que el mirarle y el escucharle era como abrir las puertas a la decepción. Brazos jamás era como parecía.
Superficialmente, era frívolo, descuidado, un joven bravío, atolondrado, tan duro como el pedernal, que vivía únicamente para el momento presente, sin conciencia y sin responsabilidad. Todo esto era cierto en lo que se refería a Brazos, pero sólo en lo relativo a la parte externa de él. En resumen, había que suponer que Brazos era un joven con muchos aspectos diferentes, o un actor incomparable, o ambas cosas a la vez.
—¿Qué tienes que decirme, Brazos? —preguntó Britt en el primer momento que se le presentó ocasión de hablar.
—¿Acerca de qué, patrón? —preguntó con calma Brazos.
—Tendrás que darme un informe, ¿no es cierto?¡— Que el diablo me lleve si sé gué es lo que quiere usted! —replicó quejosamente Brazos—. De todos modos, Frayne era el jefe de nuestro pelotón.
—Habéis venido con los caballos de Doane.
—Sí. No sabíamos de quiénes eran hasta que vi aquel ruano que tiene una marca ondulada en un flanco. Había visto a la señorita Holly en él y recordé que se lo había regalado a Ann Doane... Y de este modo llegué a formar una conclusión en las profundidades de mi torpe cabeza.
—Muy bien. Bueno, explícame lo que sucedió.
—Patrón, ahora no estoy en disposición de hablar —replicó Brazos, evasivo.
—Laigs, ¿quieres decírmelo tú? —continuó Britt secamente.
—Soy un vaquero, patrón, y me cuesta mucho trabajo hablar. Además, estoy cansado y herido, y no diría ni una palabra siquiera por un millón.
—¿Un millón de qué? —preguntó Britt, convencido de que podría obligar a Laigs a rectificar su exagerada afirmación —De pesos contestó Laigs secamente.
Entonces, Britt llamó con voz tonante.
—¡Jack!
—Sí, señó. Aquí etá.
El pequeño negro de piernas arqueadas se acercó a Britt con incertidumbre y agitación, pero sus ojos giraron de tal modo que sólo se le veía lo blanco, haciendo juego con sus dientes.
—¿Tú también estás entontecido, Jack?
—Creo que sí, señó. Estoy tan entontecío como Laigs.
—Bueno, toma diez pesos.
—¡Patrón! ¿Para mí? —preguntó Jack, sonriendo evasivamente.
—Sí, si quieres rectificar esa afirmación de que estás entontecido.
—Sí, señó. No etoy entontecío. De ningún moo... Vea usted, patrón. Etaba apoyando a Laigs.
—¡Eh! —gritó Laigs, que salía repentinamente de su estupefacción—. ¡Oye, maldito comecaballos negro! Déjame a mí... Patrón, yo también rectifico mi actitud. Le diré todo lo que quiera si me da los diez...
—Cállate, Laigs —le interrumpió Britt—. Todos habéis de permanecer callados mientras jack me comunica su informe. Las cosas presentan muy mal aspecto para un equipo cuando el patrón tiene que pagar para que se le informe. Acércate, Jack.
—¿Qué quiere, usté, señó?
—Dime cómo sucedió el hecho de que os apoderaseis de los caballos de Doane y regresaseis con ellos.
—Verá, señó, cómo sucedió —comenzó diciendo vehementemente Jack—. Ayé po la mañana, poco ante de mediodía, íbamo cabargando cuando Cherry vio porvo delante de nosotro, y no guió allá. Cuando vimo el porvo tóos comensamos a halé apuesta sobre lo que aquello sería, patrón. En ete viaje hemo vito muchas cosas antes de que las cosas no vieran a nosotro. Cherry apostó a que era una recua de caballo que se asecaba. Cherry ganó la apuesta y Frayne nos dijo que esperásemos. No tardó mucho tiempo cuando vimo los jinetes detrá de aquella recua. Bueno, entonces Frayne no dijo que no econdiéramo ente los arbuto detrá de la carretera hata que llegaron lo jinete. Ante de na, cuando lo caballo etaban cerca de Brazos vio ese ruano que lleva nuetra marca y entonse todos supimos que se había cometido un robo de caballo. Pero, señó, cuando Frayne se puso delante de nosotro y de los hombre, éstos se sorprendieron mucho. No paresían tené cara de bueno amigos y el jefe gritaba y etaba sacando el revorve cuando Frayne lo derribó de su caballo. Los otro jinete comensaron a huir, disparando hacia atrás, y nosotro corrimo tra ellos quemando pólvora... Bueno, señó, la cosa terminó muy pronto. Laigs y Tex etaban heridos. Ni siguieran tenían való, ni cosa que valiera la pena. Cogimos las arma y la silla, lo cargamos en el carro, rodeamos lo caballo roban y vinimos para acá... Eso e tóo, señó.
—¡Diez: pesos por una historia como ésa! —gritó indignado Laigs Mason—. Yo la habría contando mucho mejor por menos dinero.
En aquel momento Britt oyó el ruido que un caballo producía en el exterior, y muy pronto encontró a Frayne que estaba desensillando el suyo. El proscrito mostraba una preocupada actitud. Abandonó la silla y la brida en tierra, y cuando se volvió, Britt se encontró ante un rostro contraído y unos ojos llenos de sorpresa, de los cuales se había eclipsado su característica y penetrante mirada.
—¿Qué hay, Renn? —preguntó Britt, sonriendo.
—No me dirija sonrisas, gato del demonio —gimió Frayne.
—¿Hay algo que marche mal para ti?
—¡Mal! Todo el mundo está trastornado... Estoy loco, Britt..., desconcertado, apabullado... ¡Solamente queda una cosa para mí: marcharme y buscar la manera de que me maten!
—Renn, ¿has bebido mucho?
—Todavía no. Pero lo haré muy pronto.—¡No digas tonterías! Dime lo que ha sucedido...
Yo estaba completamente seguro de que Holly se alegraría mucho cuando te viese. Siento mucho que no haya sido así. Pero ya sabes que no soy más que un viejo tonto... —Se alegró mucho... al verme —murmuró Frayne roncamente y con expresión de hallarse ofuscado.
—¡Ah! ... Entonces, ¿qué es lo que no marchó bien? —continuó Britt, apaciguando y conduciendo al dócil Frayne hacia el otro extremo del pórtico. Britt se sentía en cierto modo culpable, y sin embargo estaba satisfecho hasta cierto punto.
—¿Qué?... ¡Hombre de Dios! No hubo nada que marchase bien.
—No lo comprendo, Renn. Será mejor que me lo digas. ¿Qué dijo Holly? —preguntó con energía Britt.
—Estaba a la puerta... cuando yo me acerqué —contestó Frayne impulsivamente—.
Pero cuando me apeé con las talegas, había desaparecido. Entré... y la encontré... pálida..., tan blanca como..., y le dije: «Señorita Holly, aquí estoy con el dinero..., mucho más dinero del que habíamos supuesto...» Dejé los talegos en la mesa, y ella hizo un gesto de desprecio...
como si aquel dinero..., por cuidar el cual he estado a punto de volverme loco..., no tuviera ninguna importancia. ¡Absolutamente ninguna! Y esto, y la expresión que tenía..., me sobresaltó... Me agarró de la chaqueta... «Renn, ¿has vuelto sano y salvo?», murmuró. No sé lo que contesté, pero recuerdo que le aseguré que estaba bien..., que todo había ido bien.
Holly cerró los ojos. Vi que bajo sus párpados, fuertemente cerrados, brotaban unas lágrimas.
Se apoyó en mí toda temblorosa, abrió los ojos. Ya no había lágrimas en ellos. Brillaban como unas estrellas negras... en la profundidad de un pozo... ¡Qué hermosos! ... Me obsesionarán y me impedirán dormir... durante todas las noches del resto de mi vida... Y luego, Cap... Holly...
Holly me besó... ¡No en las mejillas...! En los labios..., en estos labios quemados por el sol y manchados por el tabaco.
—¿Sí? Y entonces ¿qué hiciste tú? —preguntó Britt sensiblemente mientras Frayne se recostaba «en la pared. Aquél era el momento. El proscrito, frío y duro, no se reveló en aquel instante. Estaba traicionando a su propia personalidad. Un dolor terrible y profundo cambió la impresión de sus ojos.
—¿Hacer?... Me separé de ella... y huí —susurró con voz ronca.
—¿Correr? ¿Huir?... ¿Tú, Renn Frayne? ¡Bien, bien!
—Brit, es usted un viejo sin alma.
—Holly te quiere —afirmó Britt sosegadamente, seguro de Holly, seguro de sí mismo.
—¡Dios mío!... ¡No me lo diga!
—Es cierto, Renn. Lo descubrí cuando te, marchaste. Éste es el final de los muchos coqueteos de Holly con los vaqueros. Esta vez... la pobrecilla... ha encontrado su merecido.
Holly está atrapada... Renn, por amor de Dios...
—No es preciso que me diga más, Britt —le interrumpió Frayne al mismo tiempo que se separaba de la pared, con el rostro pálido y abrumado—. ¿Supone usted que soy una de esas rocas... o un trozo de madera muerta?... ¡Adoro a Holly Ripple!... Y esto es cierto casi desde el mismo momento en que me pidió que me quedase en el rancho de don Carlos... Y todo esto estaba bien... hasta ahora... ¡Hasta ahora! ... ¡Dios mío! ¿Quién podría haber previsto que esa muchacha inocente, hermosa y buena se enamoraría de mí? ¡De mí! ... Britt, tengo que marcharme y buscar el modo de morir.
—¡Ah! —exclamó Britt burlonamente—. Ése sería un modo apropiado de corresponder a las atenciones de Holly..., a su amabilidad, a su generosidad..., a su fe y a su amor... La dejarías, como recompensa, el corazón destrozado... y nos dejarías a todos, aquí, en peor situación que nunca. No puedes hacerlo, Renn Frayne.
—Sí, sería una cobardía —exclamó Frayne con pasión—. Pero ¿qué otra cosa podría hacer?... Cap, Holly podría... podría...
—Es probable, y no lo es, Renn. Holly no solamente podría..., ¡lo haría! Y entonces...
¿qué?
—Me arrodillaría delante de ella.
—Me parecería muy apropiado... Frayne, estás cansado y abrumado. Entremos en la casa.
—Espere, Cap. Retiro mi afirmación... acerca de buscar el modo de que me maten. El Señor sabe que puedo conseguirlo cualquier día que lo desee. Me quedaré y ayudaré a ustedes a resolver esta guerra contra los ladrones. Pero no debo acercarme a Holly. Y usted debe prometerme que no me descubrirá.
—Lo prometo, Renn —replicó Britt, hablando de nuevo lenta y secamente. La felicidad contraía las fibras sensibles de su corazón. Unos momentos antes el temor se había apoderado de él. Britt estimaba y respetaba a Frayne, y mucho más por su debilidad, por su aflicción, por lo que sin duda debía de ser honor. El porvenir no presentaba un aspecto tan lúgubre para Holly como antiguamente.


X
Uno a uno, todos los vaqueros que habían regresado fueron en busca de sus camastros, después que José hubo satisfecho su hambre. Y Brazos, por su parte, hizo unas afirmaciones amenazadoras respecto a lo que sucedería a quien se atreviera a turbar su reposo. Skylark mostró una notable ansiedad por emprender el recorrido de veinte millas que le separaban de la casa de Doane, con el fin de informar a éste de la recuperación de sus caballos. Esta explicación no engañó a nadie, aun cuando Laigs fue el único en hacer un comentario audible:
—¡Diablos! Me agradaría ir contigo para ver cómo recibe Doane la noticia.
Britt, temeroso y tembloroso, y sin embargo feliz interiormente, se dirigió a la casa ranchera para ver a Holly. Encontró en ella otro perfecto ejemplo de la incomprensión de las mujeres. Era la misma Holly de siempre. Al observarlo, Britt se quedó tan desconcertado como satisfecho. Frayne se había convertido en la más vivificante medicina de Holly. Con toda seguridad, Holly jamás habría imaginado que Frayne hubiera referido a Britt lo relacionado con el beso y la fuga del vaquero. Y Britt llegó a la conclusión de que aquel momento sería muy inoportuno para romper la promesa que había hecho a Frayne. Como quiera que fuera, de un modo maravilloso, Holly había recobrado su antigua fogosidad, su alegría y su aire de misterio, además de un algo dulcemente perturbador en aquellos momentos que estuvo a solas con Frayne. Por lo tanto, todo presentaba un buen cariz.
—¿Has guardado el dinero? —preguntó Britt al recordar los acostumbrados descuidos de Holly acerca de tales cosas. Ambos conocían un lugar escondido, donde el padre de Holly, y anteriormente los Valverde, escondían el oro y los valores.
—Sí. Lo he contado. ¡Qué hazaña! Creo que recordarás que dijimos a Frayne que procurase cobrar en billetes pequeños.
—¿Cuánto?
—¡Cerca de ciento veinticinco mil dólares!
—Ese dinero tendrá que durarnos mucho tiempo, querida. No podemos correr el riesgo de hacer nuevas conducciones de ganado.
—Pero tú proyectabas hacerlas —protestó Holly.
—Es cierto. Pero desde el regreso de los vaqueros he cambiado de opinión.
—¿Por qué?
—A causa de las informaciones que he recibido. A Brazos no le agrada la idea, y Frayne ni siquiera querría oír hablar de ella.
—¿No querría? No comprendo por qué.
—Me parece un poco extraño tratándose de Renn. Supongo que es que no quiere volver a dejarte —contestó Britt con indiferencia y fingiendo no darse cuenta del rubor que cubría el rostro de Holly. Aquel amorío sentimental se desarrollaba de modo satisfactorio para él, pero Britt comprendía que no debía exagerar el papel que había de representar. Lo que debería hacer era que la naturaleza siguiera su curso espontáneamente durante cierto tiempo.
—Holly, ¿recuerdas aquel caballo ruano que regalaste a Ann Doane? —preguntó Britt.
—¿Frisk? Sí, ciertamente. Le quería mucho. Pero Ann se encaprichó por él. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque Frisk fue robado por los cuatreras en unión de otros caballos de Doane. Y, ¡oh, qué maravilla!, nuestro equipo los ha recuperado todos.
—¿Hoy? —preguntó Holly.
—Sí. ¿En qué otra ocasión podría haber sido? Ha sido una gran suerte. No he conseguida que Brazos me dijera mucho, ni que Frayne me dijera absolutamente nada. Por esa causa, supongo que ninguno de los dos ha concedido mucha importancia al hecho.
—¡Cap Britt! No intentes utilizar conmigo tus conocidas artimañas evasivas. Lo sabes bien. Si esos diablos míos hubieran capturado a unos ladrones de caballos, los habrían ahorcado.
—Exactamente. Éstos no son tiempos de andarse con contemplaciones, sino de tomar resoluciones radicales. Pero sé con absoluta seguridad que no capturaron a esa cuadrilla de cuatreros.
—Bien. Me alegro. Compadezco a los pobres proscritos que se ven forzados a robar.
—Yo no los compadezco tanto como tú, chiquilla —di jo con calma Britt—. Y si no poseyeras el equipo más peligroso de toda esta frontera, también perderías muy pronto la compasión.
—¡Oh, aquellos días de mi infancia! ¡Aquellos días largos, ociosos, atrayentes de las caravanas, de las fiestas interminables, de los fandangos, de los sombreros, y de los chaparagos...! —Jamás volverán, muchacha. Pero siempre tendrás mejicanos. Supongo que, por lo menos, habrán de pasar cinco años aún cuando quizá sea demasiado poco tiempo, hasta el momento en que podamos tener paz en la llanura... y el ruido y las voces de los chiquillos en esta casa grande.
—¡Oh, sí..., cuán romántico! —observó Holly sin pestañear—. Acaso Brazos y Skylark..., o posiblemente Frayne..., puedan proporcionarte esas alegrías de la vida... Y, puesto que de ellos hablamos, Cappy, ¿están en casa todos los hombres?
—No.
—¿Quiénes faltan?
—Talman, Trinidad y Rebel.
—¡Oh...! Eso no es muy satisfactorio, ¿verdad?
—Podría serlo. Quiero conceder a Talman el beneficio de la duda. La cuenca de Cottonwood está muy lejos, y es una región muy grande. El camino es muy largo. Pero Rebel debería haber regresado ya.
—¿Está trabajando él solo?
—Sí. Le encargué de una misión singular.
—¡Vigilar a Talman...! Yo diría que a los muchachos les disgustaría espiarse unos a otros.
—Y así es, efectivamente.
—¿Cómo podría alguno de mis hombres hacerme traición?
—Frayne lo explica a su modo. Y yo diría casi lo mismo: un vaquero se encuentra con desconocidos, o con vaqueros que no pertenecen a nuestro equipo; unas cuantas copas de bebida, un poco de persuasión..., un grueso fajo de billetes que cambia de mano... Lo más extraño de todo es que se sabe de vaqueros que no poseen malas cualidades y que lo han hecho. Y los hombres de la otra clase son fáciles de conquistar. Slaughter y McCoy lo saben tan bien como yo. Esa pareja de granujas pagaría grandes cantidades por corromper a algunos de nuestros vaqueros... En el caso de que sea cierto que quieran lanzarse al mal camino.
—¿Hay alguna duda respecto a que así haya sucedido?
—No. Pero no es posible demostrarlo. Sería preciso realizar una labor muy inteligente y penosa para conseguirlo, a menos de que esos hombres procedan con descuido o con excesiva audacia. En tanto que vendan el ganado a los compradores de su misma calaña, podrán continuar robando indefinidamente en estos terrenos sin ser sorprendidos.
» —Britt, no creo que ningún ganadero, especialmente en mi rancho, pueda jamás atraerse a Brazos o a Frayne.
—Creo —contestó Britt pensativamente al oír la punzante observación que a Holly dictaba su intuición de mujer —que hay mucho de cierto en lo que dices.
—De todos modos, en el caso de que sucediera, no me lo digas —concluyó Holly.
Aquella noche, durante la cena, Britt preguntó a Frayne:
—¿Qué es eso que decís acerca de los muchachos de James?
—Estaban en Las Ánimas —contestó Frayne—. No lo sabía todo el mundo. Pero los rumores rodaban de boca en boca. Encontré a Jesse y hablé con él. Lo conocí hace muchos años. Quería que me uniese a su equipo.
—¡Ah...! ¿Qué hacía tan lejos de sus terrenos?
—Había estado con Frank en California. Pasaron a través del rancho de don Carlos, y cenaron una noche a la mesa de Holly, que no supo quiénes eran. Cole Younger y otros hombres de su cuadrilla se reunieron con ellos en Las Ánimas. Se habían diseminado después del robo que realizaron en la feria de Kansas City el pasado mes de septiembre. Muy poco tiempo antes de esto, en no sé qué punto de Missouri, Jesse James mató a tres hombres. El propio Jesse me dijo que entre él y Frank dieron muerte a seis hombres al final de una partida de juego de cartas en California.
—¡Nueve hombres!
—Eso no representa nada para la pandilla de James. De cualquier modo que se los considere, son unos bandidos. ¡Ladrones de trenes, ladrones de bancos...! Operan en gran escala... Jesse debe de tener más de veinte individuos en su cuadrilla. Pero viajan en pequeños grupos.
—Oye, Renn, ¿son esos compinches de James unos verdaderos maestros en el manejo del revólver? preguntó Brazos, que hasta aquel momento se había limitado a escuchar en silencio.
—Ninguno de ellos tendría probabilidades de salir bien librado si luchase contigo en condiciones leales. Pero no son lo que llamamos pistoleros. Son, sencillamente, ladrones y nada más que ladrones.
—¡Demonios! Estuve junto a Jesse James en aquella taberna... y no lo supe.
—Ha sido una suerte —exclamó Laigs Mason—. Si lo hubieras sabido, inmediatamente lo habrías provocado a reñir contigo.
—Oye, habla con respeto a la verdad. No he provocado a nadie a reñir conmigo en toda mi vida.
—Frayne, ¿te preguntó James qué hacíais? —preguntó Britt.
—No. Le dije que nos habíamos metido en un negocio de ganados. Y me contestó que Nuevo Méjico tenía la campiña más hermosa que había visto. Pero que la cría del ganado se hacía demasiado lenta, de un modo en exceso cauto para él.
—¡Ja, ja! —rió ruidosamente uno de los vaqueros.
—¡Demasiado lenta y cauta! —murmuró despectivamente Mason.
—Se engaña —añadió Jack con seriedad—. Yo trabajé con un ladrón de Banco base tiempo. Robamo la caja del Banco, y no agotamos pa llevarla a la pradera. Luego, trabajamos muchísimo durante do día _para abrir aquella caja de hierro. Y resultó que no tenía dentro ná má que papele.
Un tumulto de risas siguió al relato lacónico del negro y a las causas de que considerase los robos a los Bancos como negocio improductivo.
—¡Maldito sea el...!
.
—¡Escuchad! —interrumpió repentinamente el Cherokee al mismo tiempo que levantaba una mano y que su rostro se cubría de seriedad. José, que se hallaba inclinado sobre el horno, se detuvo en el acto. En la habitación reinó el silencio.
—Cherry, ¿qué has oído? —preguntó con vehemencia Brazos.
—¡Un caballo que corre como un demonio!
—No hay duda. Es cierto— reconoció Brazos. Y levantó el ensombrecido rostro.
—¡Estaos quietos! —ordenó Britt—. Todos tenemos un oído tan fino como el de los conejos... ¿Qué nos importa que corra un caballo con la velocidad de un demonio?
Estas palabras aquietaron al grupo. Las puertas se hallaban abiertas. La cálida noche de verano estaba en calma y solamente sonaban en la lejanía los dulces sones de una guitarra y de una canción. En tanto— que escuchaba, Britt observó los rostros de todos sus hombres.
Brazos había oído. Los mestizos hicieron un gesto de acuerdo. Santone lanzó una mirada rápida a Cherry. Y después, todos los demás, casi como un solo hombre, ofrecieron pruebas de su maravilloso oído de indios. Un segundo más tarde Britt percibió el ruido rítmico que producían los cascos de un caballo que corría a toda velocidad sobre la dura carretera. No había nada en aquel sonido que pudiera hacer que los vaqueros se hallasen en situación tensa y expectante. Pero lo hizo. Acaso serían las circunstancias, el lugar..., aquel algo especial que flotaba en el ambiente. Algunos de los muchachos continuaron comiendo; y, sin embargo, todos permanecieron quietos.
—Ese hombre viene en busca de cigarrillos —exclamó Mason.
—Es posible que quiera sentir un poco de frío en una noche tan caliente como ésta —declaró su compañero.
—José, tírame una galleta caliente.
Éstas y otras observaciones semejantes llegaron a oídos de Britt. En el exterior, en la carretera, el furioso galope de un caballo se convirtió en una marcha más lenta. A poco, pareció sufrir un resbalón que hizo saltar alrededor del caballo una lluvia de piedras. Crujido de cuero, tintinear de espuelas, el ruido de unan botas duras contra el suelo... y unos pasos en el pórtico...
—¡Rebel! —exclamó Brazos—. 1Y el fuego está apagado!
Unos rápidos pasos resonaron a través del dormitorio y llegaron hasta la puerta del comedor. Un jinete entró. Britt reconoció a Rebel, mas solamente a causa de su inconfundible pequeña estatura y por sus ademanes. El polvo y la espuma le cubrían. En los zahones llevaba adheridas ramitas de arbustos. El aroma de la llanura lo rodeaba. En su rostro gris y negro relampagueaban dos ojos terribles.
—Brazos..., Santone..., ¡todos habéis vuelto! —dijo con voz ronca y ahogada.
¡Hola, Rebel; Sí, todos hemos vuelto —replicó Brazos fríamente.
—Has corrido mucho, ¿eh? —preguntó Britt, al mismo tiempo que se levantaba.
Patrón, no podría tener... peores noticias... Compañeros; terminad la cena. Dejadme...
recobrar el aliento... ¡Agua, y un poco de comida! ... No, no quiero whisky. Estoy...
perfectamente bien...
—Tómalo con calma, compañero. Voy a desensillar tu caballo y a llevarlo a la cuadra —contestó Brazos. Y apenas se habló una sola palabra más entre ellos, y ninguna dirigida a Rebel, hasta que, unos minutos más tarde, todos se hubieron reunido en el dormitorio.
—Cerrad las puertas y las ventanas —conminó secamente Rebel—. No quiero que alguien, aparte vosotros, oiga lo que voy a decir.
—Toma un cigarrillo, Rebel —dijo Mason, ofreciéndole uno—. Y siéntate, vaquero. Estás temblando lo mismo que una cerca de alambre entre el viento de noviembre.
Rebel aceptó el cigarrillo y después de haberse sentado en la mesa exhaló varias bocanadas de humo.
—Capitán Britt... y compañeros... Lamento mucho tener que comunicaros que... Talman y Trinidad nos han hecho traición —comenzó diciendo Rebel con voz áspera y dura.
La silenciosa quietud que siguió a estas palabras fue rota por el golpear de un puño cerrado contra la palma de una mano. La primera traición bajo el «nuevo régimen», desde que Holly Ripple hizo todo lo posible por unir a todos los hombres de su equipo en una caballerosa lealtad, llenó de gravedad los rostros y silenció las lenguas de los vaqueros. El corazón de Britt latió aceleradamente. Había esperado_ contra toda esperanza. Y una rabia sorda, que ardía como un fuego lento en su interior, se convirtió de repente en llama abrasadora.
—Muy bien... Sloan —dijo trabajosamente el capataz—. Todos sabemos que hacer delaciones te repugna tanto como a nosotros nos repugna oírlas. Pero, considerados como equipo, estamos en una situación peligrosa.
—Mi viaje ha durado diez días, y en ese tiempo hemos perdido unas tres mil reses, cálculo aproximado hecho a larga distancia cuando miraba a través de los gemelos. Lo que significa, con toda seguridad, que también otros ganaderos han sido robados.
—¡Tres mil cabezas! —exclamó Britt, estupefacto. Hable: en voz baja, Cap —aconsejó Frayne—. Sloan, no eres hombre habituado a exagerar. Pero...
—Frayne, no exagero, sino lo contrario.
—Rebel, no hay duda de que estás loco o borracho —afirmó Brazos con fiera energía, aunque en voz baja. Sus ojos brillaron como dos llamas azules—. ¿Te han herido en la cabeza?
—¡Por favor, Rebel...! —dijo reprobatoriamente Laigs, que habría corroborado todo lo que Brazos dijese, fuese lo que fuese.
Es tan cierto como el Evangelio, compañeros! Estoy tan cansado y tan... rematadamente loco..., que a todos os veo dobles... De todos modos, todos sabéis bien que éste Ben Sloan tiene buenos ojos. Y éstos ojos han visto cuatro conducciones de ganado, de la misma importancia todas ellas, aproximadamente, y con cinco caballistas cada una. ¡Siempre diferentes caballistas! Tres de tales conducciones marchaban entre el Oeste y el Sur, en dirección a Fort Summner, Roswell, Lincoln o Santa Fe, o quizá Las Vegas. La última expedición, con unas mil cabezas, creo que emprenderá el camino mañana por la mañana.
—Esas expediciones ¿partieron de la Cuenca del Cottonwood? —preguntó Britt.
—Tres de ellas. La última manada ha debido de ser recogida en lugar próximo .al rancho, porque he visto que el ganado se dirigía hacia el Oeste, al otro lado del Cottonwood.
—¡Ah! ¿Entre la arboleda?
—Sí. Y también por su borde. No habrá desde allí más de treinta millas de distancia hasta donde usted está sentado.
—Pero, Sloan, ¿cómo podría ser posible todo eso? —preguntó Britt, que estaba absolutamente sorprendido.
—No lo sé. Es posible que me engañe. Pero voy a decirle por qué lo creo. En primer lugar, Talman, tiene uno gemelos de campaña.
—¿Cómo lo sabes?
—Los he visto. Y le he visto utilizándolos desde la cima de Gray Hill.
— De dónde los ha sacado?
—Pregúnteme otra cosa. No lo sé. Usted envió a Taima, y a Trinidad a la Cuenca, delante de todos nosotros. Yo debía seguirlos un día más tarde. Pero, patrón, no lo hice porque si lo hubiera hecho me habrían visto. No fuero] a la Cuenca. Y al verlo, supuse que harían lo que han hecho. Por esta causa, me fui desde aquí a las montañas, comencé a descender cuando estuve en ellas. En las primeras horas de la segunda mañana vi que brotaba humo de entre los cedros de Gray Hill. Y esto fue lo que m, puso en guardia. Pero tardé dos días en descubrir a lo que allí habían acampado; eran Talman y Trinidad. Un de ellos se alejó de aquel lugar a caballo en tres ocasiones. Dos grupos diferentes de caballistas llegaron al pie de la colina a la hora del crepúsculo de dos días. Taimal es listo. Quería averiguar cuándo y adónde había enviad, usted a sus vaqueros. Sin duda, había visto partir a Skylark con sus hombres y a Jim con los suyos. No quiero olvida que Talman tenía dos procedimientos de hacer señales uno de ellos, con un pedazo de espejo; el otro, por medio de columnas de humo, como los indios.
—¿Qué diablos dices? —preguntó Britt, afligido a saberse superado por un vaquero al que en ningún momento consideró inteligente.
—Cabalgué durante toda la noche y me detuve en lo alto de una loma de la Cuenca.
Permanecí allí por espacio de dos días, y desde allí vi las conducciones de ganado,, Tuve que abandonar aquel lugar en que no había agua Por esta causa, me puse en marcha antes de la caída d la noche, retrocedí y me instalé en una altura próxima a rancho de McCoy. Desde allí veía Gray Hill, pero a demasiada distancia para que me fuera posible distinguí absolutamente nada. Estuve tumbado durante todo el día Esto sucedió ayer. Esta mañana, antes de que naciera el día, retrocedí unas diez millas, hasta un punto desde el cual me era posible vigilar Gray Hill. Más señales de humo.
Alrededor de mediodía vi unas nubes de polvo que surgían de entre los algodoneros. Vi cómo se elevaban por espacio de horas y más horas. Y vi también una manada que cruzaba el riachuelo y se dirigía hacia el oeste de Gray Hill. Cuatro caballistas. Vi el ganado hasta que se perdió de vista. Y a la hora del anochecer vi a Talman y Trinidad que descendían para reunirse con los cuatro caballistas. ¡Demonios! Reconocí perfectamente sus caballos, especialmente el de carga, que tiene el pelo de un color gris, como de tierra. Observé que se perdían de vista por la elevación que hay junto al barranco. Y entonces vine a casa a toda prisa; y si mi caballo no está muerto a estas horas, le faltará muy poco...
—No, no podrían ser peores —monologó Britt; su tristeza se sobrepuso momentáneamente a la indignación.
—Reb, ha sido un trabajo la mar de difícil, pero lo has realizado de un modo formidable —. Éste fue el elogioso tributo de Brazos.
—Descanse con tranquilidad para que pueda meditar patrón —dijo amablemente Jim.
—Sloan, terminemos esta cuestión. ¿Cuál es tu opinión? —añadió Britt.
—Bien, yo diría que todo ha terminado_ menos la función de fuegos artificiales... Hay unos pastos muy buenos en las cercanías del barranco. Es un lugar bastante escondido, y se halla muy próximo al camino que conduce a los grandes depósitos. Allá es adonde se conduce la manada. Se ha calculado bien, con el fin de poder llegar con las reses antes de que comience a nevar. Quienquiera que sea el que venda esas reses a los compradores que roban al Gobierno, obtendrá un precio de diez dólares por cabeza, o acaso algo más. ¡Hum! ¡Qué redada!... Supongo que Talman y Trinidad no irán más allá de donde han acampado. Es probable que se hallen camino de casa. Pero supongo que la marcha será muy lenta y difícil en aquella cumbre. Deben de estar cansados y hambrientos. Es posible, también, que necesiten continuar tratando de negocios antes de regresar... De todos modos, creo que también es posible que no permanezcan en el campamento durante toda la noche y que a estas horas se hallen camino de nuestro rancho. Pero no me parece probable.
—Cap, Talman se ha vendido por mucho dinero a los ladrones de reses y ha conseguido la ayuda de Trinidad —dijo Brazos con firme entereza.
—Todo está ahora tan claro como si estuviera impreso, Britt —añadió Frayne—. La misión de Talman consiste en continuar junto a nosotros para espiar en favor de quien le haya sobornado con el fin de informar a los ladrones continuamente del lugar en que se halla nuestro ganado... j Es ingenioso! Sin duda, hay un hombre de inteligencia detrás de todo esto... Sloan, te felicito por el trabajo más notable de investigación que haya llegado a mis oídos.
—¡Oh, todo ha sido cuestión de suerte...! De desgracia, por haber sido el hombre que ha tenido que delatar a unos compañeros.
—¡No digas esas cosas! —replicó enérgicamente Britt—. El deber y el honor nos exigen trabajar en favor de este equipo. Has realizado una labor magnífica... ¿Quién está detrás de todo esto?
—No lo sé, patrón —reconoció Rebel—. Pero me parece que no es una cuestión de mucha importancia en estos momentos, porque tengo la seguridad de que lo averiguaremos muy pronto.
—¡Ah! Esas palabras nos llevan de nuevo al terreno de la realidad —comentó Britt con tristeza—. Sloan, ¿quieres encargarte de resolver la cuestión?
—¿Me lo pide o me lo ordena, señor?
—Lo dejo a tu decisión.
—Creo que debo hacerlo... Muy bien. Déme seis hombres y caballos frescos. Nos iremos muy pronto y subiremos a las cumbres por el mismo camino que seguí cuando vine; y llegaremos al barranco antes del amanecer. Sé exactamente dónde debemos acampar.
Dejaremos los caballos detrás de nosotros y continuaremos a pie, con el fin de sorprender a nuestros enemigos.
—Hombres: necesito voluntarios; pero me reservo el derecho de —no aceptar la ayuda de ninguno de los que querría que se quedaran aquí —anunció Britt.
—Yo —dijo fríamente Brazos, con la cabeza inclinada. El, el vaquero que había padecido recientemente la traición de un amigo, a quien había matado a causa de aquella traición, se comprometía para tomar parte en una empresa siniestra en la que había una responsabilidad fatal igual a la anterior.
—Y yo —gruñó Laigs Mason.
—Yo también iré —dijo Frayne.
—No, Frayne. Tú te quedarás aquí —replicó Britt—. Yo también quiero ir, por lo que preferiría que te encargases de la protección del rancho.
—Yo también gritó Tennessee.
—No objetó Britt.
—Me gustaría, sí serió —dijo Ride-Em Jack—. Ese hombe Talman, me dio una patá una ves, y no me he vengao de é.
—Ya sois tres. ¡Vamos, continuad! —dijo Britt.
—Yo —contestó Santone.
—Bueno, no tengo muchas ganas de ir; pero supongo que no tendré más remedio que hacerlo —confesó Jim en tanto que movía de uno a otro lado la delgada cabeza.
—Quedas dispensado de ir, Jim —declaró Britt—. ¡Vamos, muchachos! Necesito otros dos más.
Cherokee mostró una reluctante disposición a tomar parte . en la empresa, pero Britt no lo aceptó, lo mismo que a Blue. Luego, Tex y Max Southard, lentos e impasibles, como siempre, completaron el número de seis que Sloan había pedido.
—Id una pareja de vosotros a preparar unos caballos frescos —ordenó Britt—. ¿Qué más, Rebel?
—Rifles, bolsas de agua, comida... Es posible que hayamos de realizar una persecución...
—Cap, ¿qué haremos en el caso de que Talman y Trinidad se presenten mañana? —preguntó Frayne.
—Eso es precisamente lo que estaba pensando... Lo más probable sería que sospechasen algo... Bueno, los atáis, y esperad nuestro regreso.
—Será preciso conseguir que la señorita Ripple no se entere, claro es.
—¡Sí, diablos! Por eso, en el caso de que vengan esos hombres, tened mucho cuidado con lo que hacéis o decís. Holly está muy preocupada por esos vaqueros.
—Britt, sería condenadamente comprometido para nosotros que Talman y Trinidad vinieran. —dijo Frayne, pensativo.
—No adelantemos acontecimientos desagradables.
Una hora más tarde, ocho jinetes montados en caballos grises y negros, vestidos con ropas oscuras y fuertemente armados, se alejaban silenciosamente del rancho de don Carlos en dirección a las colinas del Norte.
Abajo, en la llanura, la noche era cálida y tranquila. Las estrellas brillaban límpidamente. Sloan conducía la sencilla fila al trote, hasta que llegó a una suave pendiente, donde puso el caballo al paso. La circunstancia de que ningún jinete fumase ni hablase atestiguaba la naturaleza de su nocturna aventura.
Una vez llegados a lo alto de la pendiente, Britt comprobó que el aire era fresco y que la gruesa chaqueta que llevaba le resultaba útil. Sloan volvió muy pronto hacia el Oeste y continuó en dirección a las barracas que se abrían al pie de la montaña. Los jinetes pasaron de un terreno cubierto de salvia hasta otro cuajado de cedros, y por último a una escasa vegetación de pinos que descendían desde la espesura superior. Los venados ocuparon el puesto del ganado, y los coyotes y los lobos rompieron alocadamente el silencio.
Al cabo de una hora más de dificultoso cabalgar, tan dificultoso como el que más lo fuera de cuantos Britt conocía, Sloan dejó el oscuro camino de ciervos y continuó descendiendo. A la luz de las estrellas, Britt pudo ver que su reloj marcaba la una. El guía conocía bien el camino y lo recorría sin apresuramientos. A Britt le pareció observar que cuanto más corría el tiempo, tanto más tristes y severos estaban sus hombres.
La luna se elevó tardíamente, y oscureció la luz de las estrellas incrementando el fantástico aspecto del solitario terreno. Era una luna de un pálido color amarillento, mal formada, y muy baja en el cielo. Unos cedros achaparrados y cubiertos de hojas, que extendían sus ramas amarillentas, aumentaban todavía más lo espectral del escenario.
Finalmente, Sloan salió de la espesura y llegó hasta una abertura que se formaba en la extensión de la vasta ladera. Unos cortes afilados de las pendientes, punteados de negro, descendían lentamente, con lomos y costados ennegrecidos, hacia el ancho vacío que era la llanura del ganado. El espectáculo nocturno le pareció a Britt magnífico. Se encontraba en la meseta, entre montañas y depresiones. La ancha campiña se curvaba en torno a aquel rincón y formaba un semicírculo cerrado por las Montañas Rocosas. Sloan se detuvo para permitir que sus compañeros se reuniesen alrededor suyo.
—¿Cuánto falta para el amanecer?
—Vamos a verlo. Mi reloj marca las dos y media. Supongo que todavía tardaremos hora y media en poder ver bien.
—Tenemos tiempo. El campamento está todavía un poco lejos. Pero este aire podría transportar el sonido de un casco sobre una roca hasta una distancia muy larga. ¿Qué decís?
—Creo que es preferible prevenir que deplorar —contestó Britt—. Apeaos, amigos.
—Dejad aquí todo, con excepción de los rifles... y las cuerdas —murmuró Sloan mientras ataba sólidamente su caballo a un roble joven—. Quitaos los zahones y las espuelas.
Un momento más tarde todos sus seguidores estaban dispuestos; sus oscuros rostros se destacaban entre la pálida luz de la luna.
—Escuchadme, compañeros: conozco perfectamente el lugar en que acampará ese equipo. Habremos de ir sin prisa..., y con (cautela. Ahora, patrón, ¿qué haremos cuando nos encontremos con esos hombres?
—Echarles el alto. Si muestran inclinación a luchar, bien... Eso será mejor para nosotros.
Pero...
—Pero necesitamos encontrar al que está detrás de esta cuestión —le interrumpió Sloan amenazadoramente—. No habríamos conseguido mucho si no lo averiguásemos.
—Tienes razón por completo, Rebel. Será preciso que obliguemos a hablar a alguno de ellos.
—Sí, siempre que no sean Talman ni Trinidad —dijo Brazos.
—Britt, ¿quiere usted que me encargue yo de continuar dirigiendo la expedición? —preguntó roncamente Sloan.
—Sí. Hasta el fin.
—Muy bien. Seguidme todos. Haced lo que yo haga. Cuando grite, corred todos conmigo. Echadles el alto. No disparéis sino en el caso de que los veáis echar mano a las armas. Eso es todo.
Con un rifle en una mano y una cuerda recogida en la otra, Sloan avanzó hasta salir de la vegetación de cedros. Escogió rápidamente el camino, caminó de modo furtivo, y después de haber avanzado un centenar de pasos, o acaso algo más, se detuvo para escuchar. Un momento más tarde reanudó la marcha. Britt iba el último en la fila. Tenía dificultades para respirar. La altitud le impedía hacerlo con facilidad. Grupo tras grupo de cedros oscuros quedaban atrás, y los matorrales, que susurraban a impulsos de la suave y fresca brisa, y también los laberínticos conjuntos de las agudas peñas. Otra hebra brillante de agua avanzaba sinuosamente hacia la parte baja. Más allá, una suave pendiente corría hacia la altura, donde a un centenar de metros terminaba la espesa vegetación de árboles. Un terreno ligeramente pantanoso se extendía bajo la oscuridad. Sloan se detuvo al llegar al punto en que los árboles terminaban para esperar a sus compañeros. Los hombres se tocaron unos a otros, y se miraron, pero ninguno habló. Todos oían el ganado, que se hallaba en la parte baja de aquel terreno.
Cuando Sloan se puso de nuevo en marcha, su paso adquirió la cautela propia del indio.
Se detenía cada vez que recorría varios metros. La luna brillaba caprichosamente a través de las extendidas ramas de los árboles y arrojaba sombras profundas. Una vaca mugió en un lugar impreciso. Un lobo aulló. Nuevamente se agruparon detrás de Sloan sus seguidores.
Sloan se llevó una mano a la nariz. Los demás inclinaron la cabeza. Todos habían percibido el olor del humo, o el de una hoguera de campamento apagada.
Después de esto, Sloan avanzó aún con más precaución que anteriormente. La luna se ocultó tras una cumbre. Esto permitió a los hombres comprender que la hora oscura que precedía el alba, había casi pasado. Sloan anduvo aun más lentamente, se detuvo con más frecuencia, esperó durante más tiempo, hasta que la oscuridad cedió el paso a una luz grisácea y tenue.
Britt oyó unos caballos que mordisqueaban la hierba, y al cabo de un momento vio un grupo de ellos en la ladera gris. Las aves comenzaron a cantar. El ladrido de los coyotes llegaba desde el terreno inferior. El día se acercaba y, por este motivo, el astuto Sloan mostró más cautela que en ningún otro momento. Si alguno de sus hombres pisaba y tronchaba alguna ramita, lo que sucedió algunas veces, se detenía durante mucho tiempo. Por último, cuando las piedras y los árboles pudieron ser distinguidos claramente, se inclinó para caminar agachado. Este método de marcha constituyó un descanso para Britt, para quien el desacostumbrado esfuerzo había resultado excesivo. Todos avanzaron inclinados, apoyando las manos en el suelo. Al cabo de unos momentos, Britt sintió que una mano se posaba en su espalda. Levantó la cabeza y vio que Santone se había agazapado un poco delante de él. Britt descubrió un hermoso claro a sus pies, de donde se elevaba el humo de una hoguera apagada, y donde había unas formas envueltas en mantas sobre el terreno, ,y en torno suyo varias alforjas y bultos.
Britt vio que Sloan abandonaba la cuerda, cogía el rifle con las dos manos y se arrodillaba lentamente. Sus seguidores le imitaron. Britt percibió el frío sudor que le brotaba de todo el cuerpo. Cambió el rifle a la mano izquierda y desenfundó el revólver.
En aquel momento, uno de los hombres que se hallaban tumbados se agitó, arrojó a su lado la manta y se sentó bostezando.
Rebel saltó hacia delante para lanzar aquella voz rebelde que le había hecho famoso, y gritó estentóreamente:
—¡Manos arriba!
El más lejano de aquellos siete hombres saltó aún adormilado para disparar con gran rapidez y huir a saltos. Una descarga de disparos le contestó. Britt lo vio vacilar y caer.
Otro de los hombres, sin hacer caso de las órdenes ni de los disparos, se libró también de la manta con los revólveres vomitando llamaradas rojas. Fue acribillado por las balas antes de que pudiera llegar a arrodillarse. Un tercero, ágil y rápido, escapó al primer fuego y cometió el error de volverse antes de llegar a cubierto. Su revólver vomitó llamas mientras los rifles disparaban, y el hombre cayó al suelo como un sapo mojado.¡— Manos arriba! —gritó nuevamente Rebel mientras avanzaba con el rifle apretado contra la cadera.
De los que quedaban en el campamento, uno de ellos parecía hallarse paralizado, con las manos temblorosas; otro, se había sentado y tenía las manos a mayor altura que la cabeza; un tercero parecía hallarse estupefacto, y el cuarto estaba apoyado sobre un codo, medio escondido debajo de la manta. Pero su postura, su rostro y su expresión le parecieron a Britt amenazadores.
—¡Eh, tú! ¡Arriba las manos! —gritó Brazos al mismo tiempo que avanzaba.
—¡Ten cuidado, compañero! ¡Aquél tiene un revólver! —dijo a grandes voces Laigs, saltando y disparando a la vez.. Y se lanzó a la embestida delante de Brazos, exactamente en el mismo momento en que el cuatrero disparaba a través de la manta. Mason se tambaleó por efecto del impacto de una pesada bala, y disparó tres veces contra el hombre, hasta dejarlo aplastado contra el terreno.
Dios mío! ... Laigs, ¿estás herido? —exclamó Brazos angustiosamente.
—¡Ah!... No es nada —replicó el vaquero con voz ronca; y volvió el rifle contra los tres hombres que restaban.
—¿Estás seguro de no encontrarte herido? He oído que la bala chocaba contra tu cuerpo.
—Ni siquiera me ha tocado, Brazos... ¡Eh, tú, levanta las manos! ... ¡Que me muera ahora mismo si ese hombre no es el compañero Talman! ... ¡Hola Talman! ... Me parece que te hemos descubierto, ¿eh?
Britt se adelantó con el humeante revólver. Había estado en acción. El ladrón de ganado que quedaba no era otro que Lascelles, el jugador fullero de Luisiana, que miraba con aire consternado a sus caídos compañeros. Brazos saltó y lanzó un grito frenético al reconocer al jugador. Otro de los hombres era Talman, que se encontraba arrodillado, el rostro lívido, petrificado por el horror. El tercero era un joven vaquero de labios pálidos y mandíbula delgada, que había comprendido el peligro en que se hallaba.
—Jack, quítales las armas —gritó Sloan con rostro feroz y expresión terrible. En aquella refriega había detenido una bala con el cuerpo.
—Hay alguien más herido? —preguntó ansioso Britt. Tex Southard estaba sentado en una piedra, con la cabeza inclinada. Mex, con las manos manchadas de sangre, pasaba los dedos por la espalda de su hermano.
—Tex está herido, pero no de importancia —replicó.
—¿Quién era Trinidad? —preguntó Brazos.
—Creo que es el primero que huyó —contestó Britt—.
Vete a verlo, pero con precaución, Brazos.
El vaquero se separó hasta cierta distancia de la roca, y con el rifle medio levantado, la rodeó, alerta y amenazador, para mirar ante sí. Comenzó a andar corno un cazador que hubiera visto la caza, se enderezó y luego continuó yendo despacio hacia delante, hasta que se detuvo y bajó la mirada al suelo. En esta postura permaneció durante un largo momento.
—¡Muerto! —gritó con entonación dramática. Pero continuó mirando. Luego, con voz estrangulada, dijo—: ¡Maldito cobarde y tonto! ¡Ya has muerto!
Brazos volvió atrás con el cabello encrespado como una onda rojiza, con los ojos contraídos.
—Jack, Stone, registrad a esos hombres... y atadles los brazos a la espalda —ordenó Sloan.
La orden fue cumplida por unas ágiles manos. Brazos golpeó con la culata del rifle los diversos objetos que se amontonaban sobre una roca, entre los cuales destacaba un enorme fajo de billetes que había sido encontrado en los bolsillos de Talman.
—Billetes de a cien dólares —murmuró Brazos en un tono y con ademanes muy significativos. Luego, como una sorprendente culebra de cabeza dorada, saltó para enfrentarse con Talman—. Si hubieras tenido coraje como Trinidad, no te verías obligado a agitarte colgado de una cuerda.
—¡Colgado! —exclamó horrorizado Talman; su rostro, cubierto de sudor, parecía un semblante de cera caliente. En su profundo egoísmo, o su vanidad, o loca ceguera, el vaquero no había contado con un fracaso—. ¡Por amor de Dios..., Brazos!
El inexorable vaquero le volvió la espalda y se inclinó sobre Mason, que estaba sentado sobre una alforja, con el cuerpo contraído.
—Laigs, ¿tienes la seguridad de no estar gravemente herido?
—No estoy... herido... Daos prisa a celebrar esta fiesta... de corbatas.
Santone, descuidadamente y con la mano izquierda, arrojó con toda exactitud! el lazo a la cabeza de Lascelles y tiró de él fuertemente. Luego lanzó el otro extremo de la cuerda con la misma precisión, y lo pasó sobre una rama que se hallaba a diez pies de altura. El jugador, evidentemente ofuscado, abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Tirad de la cuerda, vaqueros! ... —gritó Sloan agriamente al mismo tiempo que se ponía al lado de San— tone. Brazos lo hizo con la misma rapidez que él, y Mex Southard abandonó a su hermano para participar en laoperación. Un concertado tirón cortó la horrible blasfemia de Lascelles y la convirtió en un gruñido ahogado. Lascelles comenzó a ascender en el acto.
—¡De prisa!
Britt vio que los vaqueros sostenían y ataban la cuerda en un abrir y cerrar de ojos, y se dio vuelta para no ver el grotesco pataleo del hombre que colgaba. Pero no le fue posible apartar la mirada de Mason. Este estaba inclinado hacia atrás con las ensangrentadas manos apretadas contra el abdomen, y miraba de soslayo a Lascelles.
—¡Oh, mi querido jugador fullero! ... ¿Acaso quieres barajar los pies como si fueran cartas?... ¡Intenta marcharte de ahí ahora! ¡Ja, ja! ... ¡Patalea! ... ¡Saca la lengua! ¡Pareces la sota de bastos preparándose para ir al infierno! ... ¡Vete al infierno, Lascelles!
Entre tanto, los restantes vaqueros no permanecían ociosos. La desagradable tarea debía ser realizada rápidamente. Jack arrojó el lazo a la cabeza de Talman y sonrió al hacerlo.
—Talman, estoy seguro de que eres un pataleador maravilloso —gritó—. Pero ya no darás más patadas a ningún negro en esta tierra verde.
Talman se agitaba bajo la cuerda que colgaba tirante de otra rama. Su voz se había interrumpido; solamente brotaban de sus labios unas boqueadas inarticuladas. Se hallaba a seis pies de altura del suelo. Y Britt dio media vuelta y se alejó de él. Exactamente en aquel momento salió el sol, brillante y rojo, sobre el muro oriental, e inundó el terreno con una luz carmesí. Las sombras de las víctimas, que se retorcían desesperadamente, bailaban sobre las rocas iluminadas por el sol.
Rebel Sloan se enfrentó con el pálido tercer miembro de aquel trío y señaló implacablemente a los ahorcados.
—Ladrón, ¿los ves?
La respuesta fue una incoherente afirmación.
—¿Quieres salvar el pescuezo?
—¡Dios todopoderoso!... Sí, sí... Dame la ocasión...
—¿Hablarás?
—Diré... todo... todo... —murmuró ronca y ansiosamente, con los ojos, oscuros y horribles, iluminados por la esperanza.
—Patrón, venga aquí —dijo Sloan.
Britt sacó presurosamente el lápiz y el cuaderno de uno de los bolsillos y corrió hacia Sloan. Mazos se unió inmediatamente a ellos.
—¡Vigilad esas cuerdas, vaqueros! —gritó Sloan. El movimiento y la agitación del follaje situado sobre ellos atestiguaba la violencia de los hombres ahorcados—. ¿Cómo te llamas?
—Jeff Saunders.
—Bien, Saunders: éste es Britt, el capataz de Holly Ripple. Puedes tener fe en todo lo que él diga.
—Si... si hablo..., ¿me dejará usted en libertad?
—Sí, a condición de que tus informaciones sean exactas y de que jures abandonar esta región.
—Sé lo suficiente, señor, y lo juro... y me alegro muchísimo de...
—¿Para quién trabajas?
—Para Sewall McCoy.
—¿Desde hace cuánto tiempo?
—Desde hace dos años. Vine a Nuevo Méjico con su equipo.
—¿Está McCoy detrás de este asunto tan feo en que se han complicado algunos de mis vaqueros?
—Sí. Están McCoy y Slaughter —contestó Saunders haciendo esfuerzos por hablar rápidamente—. Ambos han unido sus equipos. Slaughter permanecía oculto. Tiene cuarenta hombres, sin contar a ese Lascelles. Están situados en las fuentes de Aspen, en las colinas.
—¿Cuáles son sus proyectos?
—Apoderarse en diversas ocasiones de unas cantidades no muy grandes de reses, durante este otoño. Y luego realizar una gran operación en la próxima primavera. McCoy tiene compradores por todas partes. Cuando el ferrocarril llegue hasta aquí, se propone embarcar cien mil cabezas de ganado antes de que la ley haga su aparición.
—¿Cuántas reses tiene en su manada?
—Cinco mil. Todos son cornilargos de Texas. Se propone conservar esa manada tal como está en la actualidad, añadiendo unas cuantas terneras marcadas.
—¿A quién roba reses en la actualidad?
—A todos los ganaderos. Pero se concentra especialmente en la ganadería de Ripple.
—¿Roba también a Chisum?
—No, me parece que McCoy tiene miedo al ganado que lleva la marca de la campanilla.
—¿Por qué?
—No lo sé. Es posible que sea porque Chisum no intervendrá mientras continúe operando lejos de los terrenos de Siete Ríos.
—¿De qué medios se valió McCoy para sobornar a Talman y Trinidad?
—Del dinero. Talman se proponía marcharse de esta región antes de la llegada del invierno. Trinidad estaba enfadado porque Talman no repartió equitativamente con él el dinero que había cobrado. Por eso acamparon con nosotros anoche. Trinidad se negaba a regresar al rancho de ustedes. Y maldijo e insultó a Talman con violencia.
—Muy bien, Saunders. Esto es suficiente. Firma aquí... Desatadle las manos.
Cuando la firma del vaquero quedó estampada en el cuaderno de Britt, Sloan dejó en libertad a Saunders.
—Coge tu silla y tus cosas. Recoge tu revólver. Monta tu caballo, y cabalga en línea recta hasta tan lejos como puedas. Es posible que tu buena suerte no dure mucho tiempo.
Un grito angustioso obligó a Britt a volverse como si lo hiciera sobre un pivote. Brazos estaba arrodillado junto a Mason, que había caído de la alforja al suelo y que se hallaba sentado, apoyado en ella, con el rostro lívido.
¡Laigs!
La angustia vibraba en aquel grito. Las manos nerviosas de Brazos se dirigieron a la ensangrentada camisa de Mason.
—Estoy... bien, compañeros —dijo débilmente el vaquero herido—. Hemos terminado con esa cuadrilla... que vinimos a buscar... Es gracioso el modo como todos esos traidores demostraron su cobardía... Es una lástima lo sucedido con Trinidad... Me alegro de que haya...
—Viejo amigo, me has engañado —exclamó Brazos temerosamente.
—Es la... última vez —contestó Laigs mientras la sombra de una sonrisa pretendía asomarse a su rostro.
—¡Compañeros, venid aquí! —tartamudeó Brazos en una súplica de ayuda, aun cuando acaso percibía instintivamente que ya no había posibilidad de ayuda de ninguna clase. Y abrió la húmeda camisa de Mason. En el centro del pecho, exactamente bajo el esternón, se dibujaba un orificio rojo y feo. Solamente un poco de sangre espumosa brotaba al exterior. Brazos llevó la mano a la espalda de Mason—. ¡Oh! ... ¡Dios mío! —gritó aterrorizado; y cuando retiré la mano, la tenía cubierta de sangre—. ¡Laigs! 1 Te pusiste delante... de mí! La apasionada protesta de Brazos, protesta de remordimiento y de pena, se extinguió en un sollozo.
—Bueno, compañero... Tú habrías hecho lo mismo por mí... Lo que sucedió... es que no fui... suficientemente rápido. Debería haber disparado primero... y gritado. Britt se inclinó para examinar la herida de Mason. Un grueso proyectil del calibre 45 había atravesado al muchacho. Sus momentos estaban contados.
—Laigs, no tienes mucho tiempo... ¿Hay algo...?
—No sé lo que será de... mi familia. Pero no importa... Dadme un cigarro.
Todos se reunieron en torno a Mason, y uno de ellos le entregó un cigarrillo encendido.
Mason soplé con dificultad, pero serenamente. No podía inhalar.
—Juguemos una partida de cartas.
Santone poseía una baraja grasienta, que comenzó a mezclar, y entregó cartas a Laigs, Jack, Max y a sí mismo.
—¡Maldición! Siempre he sido afortunado —dijo Mason—. Dame dos cartas... ¿Qué apostamos, Jack?
—Te voy a ganar todo el dinero, Laigs. Tengo la seguridad de...
—Levanta las cartas... Vosotros no tenéis jugada, ¿verdad? Mira, vagabundo del demonio, tengo tres ases.
—Es una buena jugada, Laigs. Me ganas.
—Deberías haberlo supuesto, Jack... Te toca dar a ti, Max. Date prisa... Está anocheciendo con mucha rapidez. Pero el sol brillaba dorado y resplandeciente y bañaba el campo de luz esplendorosa. Una suave brisa agitaba las copas de los árboles. En la lejanía graznó un cuervo. El ganado mugía. Sobre la dorada alfombra de hierba en que los vaqueros estaban arrodillados se agitaban las siniestras sombras de los ahorcados, que jamás permanecían quietas...
Laigs recogió las cartas con dedos firmes. Brazos permanecía arrodillado detrás de él, para sostenerle.
—¡Qué gracioso es esto!dijo Mason débilmente—.Estas cartas... se borran... Compañeros, no puedo ver... Dejó caer las cartas sobre la hierba, y su cabeza se inclinó hacia atrás, hasta tocar con el cuerpo de Brazos.
—Compañero, canta... «La pradera... solitaria».
Todo el organismo de Brazos pareció temblar. Brazos levantó el atribulado rostro hacia los rayos del sol y cerró los ojos. Los convulsivos temblores cesaron al instante. Las facciones de su rostro brillaron con una severa, triste y hermosa luz. Brazos era el cantor del equipo.
Tenía una voz clara y limpia de tenor. Y esta vez surgió y se elevó dulce y penetrantemente.
Brazos cantó:
—«¡Oh, no me enterréis en la pradera solitaria!...» Las palabras brotaron apagada y tristemente de los labios descoloridos de un muchacho que reposaba en su lecho de muerte al terminar el día. Había luchado presa del dolor hasta que en su frente comenzaron a nacer las sombras de la muerte. Pensaba en su hogar y en sus seres queridos mientras los vaqueros se congregaban en torno para verlo morir. «¡Oh, no me enterréis...!» Y su voz se quebró en este momento. Pero los demás no hicimos caso de la súplica del moribundo. En una tumba somera de seis pies por tres lo enterramos allá, en la pradera solitaria donde brillan las gotas del rocío...
Britt se aproximó silenciosamente al cantor para pedirle que callase. Laigs había muerto.


XI
El año 1874, según habían predicho Buff Belmet y otros hombres de la frontera, introdujo en Nuevo Méjico central y oriental la era más sangrienta que jamás se ha conocido en el Oeste.
Había dos razones para ello: las grandes extensiones de terreno cubierto de pastos, que atraían a los ganaderos emprendedores de la sexta decena del siglo a criar reses en los ilimitados acres antiguamente poseídos por los españoles; y en segundo lugar, la completa ausencia de ley en toda la anchura del territorio. Los cuatreros y ladrones de ganado, los forajidos los desesperados, los bravos vaqueros, los aventureros..., todos afluyeron hacia Nuevo Méjico. Durante cierto período, desde 1874 hasta 1879, Nuevo Méjico albergó a desesperados y hombres viciosos en cantidad mayor que la que jamás se haya reunido en cualquier otro lugar o cualquier otra época de la colonización de aquellos terrenos situados al oeste de Kansas y Texas.
El rancho de don Carlos se encontraba situado en la entrada del paso a través del cual se retorcía el Viejo Camino de Santa Fe y comenzaba a elevarse hacia las Grandes llanuras. El pueblecito mejicano había albergado, en una u otra ocasión, a todos los personajes occidentales, buenos o malos, que habían seguido aquel camino. En la primavera de 1875
Holly Ripple puso fin a la famosa hospitalidad que su puerta brindaba a todos los viajeros.
Los días del esplendor español, antiguos, ociosos, cantarines, pasaron, y los nuevos días fueron duros, inciertos, inquietos, crudos y estuvieron cuajados de incertidumbre y de ansiedad.
Seis meses se habían hundido en el pasado, meses de tranquilidad para Britt y su equipo, durante los cuales los hombres cabalgaron menos que durante el verano y sus enemigos estuvieron recluidos en sus guaridas, como topos, en espera de que comenzasen a soplar nuevamente los vientos cálidos. No se había producido ningún nuevo robo de ganado desde los últimos ataques del otoño anterior. Pero el descubrimiento de una cuadrilla de ladrones de tal clase, descubrimiento hecho por Rebel Sloan, provocó las conversaciones y las preocupaciones en todo el ancho campo y fue suficiente para sembrar la inquietud y romper la paz del contingente de los Ripple.
Britt había convocado en San Marcos, con el fin de celebrar una conferencia, a una gran cantidad de ganaderos residentes dentro de un radio de cien millas a partir del rancho de don Carlos. Doane, Halstead, Clements, sus vecinos; más próximos, y Bill Wood, los hermanos Sedgwick, recién llegados a la comarca, y Hardy Wilson..., todos estos ganaderos se habían reunido con Britt, que les expuso al desnudo los hechos inquietantes y las amenazas que para ellos encerraba la unión de McCoy con Slaughter. El resultado de la conferencia fue de grandes alcances, pero muy diferentes a los que Britt había, proyectado y esperado. En opinión de Britt, uno de tales rancheros, no otro que Bill Wood, se pronunció acerca de la conferencia y de su finalidad de tal modo, que el resultado que Britt anhelaba —un frente lleno de fortaleza contra los ladrones—, quedó destruido. Habría sido preferible que Britt hubiera guardado su opinión, así como las declaraciones de Saunders, para sí mismo y para los hombres de su equipo. McCoy tenía más fuerza en aquellas latitudes que cuanto Britt había supuesto. Y tenía también amigos poderosos que no eran amigos de los tejanos. Dominaba a los, rancheros que poseían pequeñas ganaderías y se hallaban escasos de medios económicos para desenvolverse. Por otra parte, había adquirido la costumbre de ir frecuentemente al pueblo, de jugar y ide beber, y en tales ocasiones se hacía hombre peligroso. Además, dirigió veladas amenazas contra Britt y sus diversos vaqueros de mala reputación, y unió a su equipo a un pistolero recién llegado de la frontera de Kansas, un tal Jeff Rankin, cuya reputación como matador de hombres llegó con él y no necesitaba ser proclamada por McCoy. Pero el fanfarrón de McCoy no se abstuvo de baladronear de poseer un hombre que podía emparejarse con Renn Frayne.
Después de aquel error Britt mantuvo la boca cerrada y a sus hombres alejados de San Marcos. Sin haber terminado todavía la guerra que en el valle del Pecos sostenían dos enconadas facciones, y con la guerra campesina de Lincoln en su insipiencia, Britt vio cuán fácilmente podría ser envuelto en alguna de ellas, o tener que habérselas con otra guerra particular.
Britt hablaba frecuentemente con Jim y Frayne acerca del modo de hacer frente al porvenir. De todos modos, sucediera lo que sucediera, tenían una guerra entre las manos.
Doane y los rancheros de su vecindad temían aliarse abiertamente contra McCoy. Pero todos ellos poseían muy poco ganado, si se comparaba con la cantidad que se criaba en el rancho de don Carlos, y sabían que, en el caso de que se mantuvieran en posición de neutralidad, sus pérdidas serían muy escasas.
El capataz y sus confidentes, especialmente Frayne, concibieron un proyecto que a Britt le pareció formidable. No harían más conducciones de ganado a la estación de ferrocarril durante un período indefinido, sino que concentrarían todas sus reses en las treinta millas de terreno que se desenvolvían entre la cuenca de Cottonwood y las colinas. No verían partir el equipo en pequeños grupos que realizasen excursiones aisladas. Cabalgarían unidos todos los vaqueros y vigilarían el terreno conjuntamente los dieciséis hombres fuertes que montaban los caballos más veloces. Irían siempre bien armados, y siempre serían los primeros en disparar.
Frayne era el genio inspirador de aquella bien meditada defensa. No creía que Slaughter y McCoy pudieran terminar el verano con vida en el caso de que se decidieran a recomenzar su actividad como ladrones de ganado. Frayne se mostró reservado en lo que se refería a Jeff Rankin, el pistolero importado por McCoy, evidentemente con la intención de que matase a Frayne y a Brazos. Sin embargo, resultaba claro para Britt que Frayne conocía anticipadamente el resultado de un encuentro entre él mismo con los desesperados de McCoy. Lo más elocuente para Britt había sido el constante ejercicio Que Frayne practicaba incansablemente con el rifle y el revólver. La última caravana, llegada poco antes de que el pasado invierno hiciera acto de presencia, había llevado al rancho un gran cargamento de armas y municiones que Britt encargó para ponerse en condiciones de hacer frente a los peligros que le amenazaban. El equipo de Ripple recibió nuevos rifles Winchester del calibre 44 y revólveres del nuevo modelo de 1871, del calibre 45. Y Britt indicó a Frayne que todos los hombres hicieran constantes ejercicios de tiro, especialmente con los rifles. Todos ellos se convirtieron en tiradores formidables. La práctica de disparar contra los coyotes y los conejos desde caballos lanzados a plena carrera se convirtió en un motivo de diversión y de rivalidad, en lugar de constituir un trabajo. Brazos aventajaba a todos con el revólver de seis tiros, pero Jack se emparejaba con el kentuckiano Blue, que había sido cazador de ardillas en su infancia, en su superioridad con el rifle. Los caballistas de McCoy debían de poseer muy pocas armas largas, y el ejercicio con ellas, o aun en los revólveres, no era frecuentemente practicado puesto que las municiones costaban muchísimo dinero y Slaughter y McCoy no podían o no querían soportar el gasto que su adquisición representaba. Era éste un detalle que ninguno de ambos apreciaba debidamente ni en todo su valor. McCoy había empleado centenares de dólares en corromper y sobornar a los vaqueros del equipo de Ripple, pero, probablemente, no había .empleado jamás ni un solo centavo en hacer de los suyos unos tiradores de infalible puntería.
Las murmuraciones que corrieron aquella primavera eran que los caballistas de Britt, cuyo equipo estaba compuesto de tejanos y de mestizos bravíos, y dirigido por un proscrito que había matado a muchos hombres, temían frecuentar las viejas tabernas y los garitos de juego. Las hablillas de San Marcos eran transmitidas por las diligencias y por los jinetes o por otros medios desconocidos que no podían ser identificados. Toda la llanura hervía. Pero la situación en que se había colocado Chisum, que se encontraba próximo a declarar la guerra a los ladrones de ganado, la entrada en la guerra de Lincoln de las facciones de Murphy-McSween, la llegada constante de extranjeros y el inminente arribo de la línea del ferrocarril quitaron importancia en las murmuraciones públicas a las dificultades de Holly Ripple, que no pudieron, por esta causa, ocupar el primer lugar en las conversaciones.
La muerte de Laigs Mason cambió por completo a Brazos Keene. Brazos estuvo afligido por espacio de varios meses, pero aun cuando este sentimiento se desvaneció, su alegría demoníaca, infantil y amante de diversiones se había borrado, aparentemente para siempre. Brazos bebió mucho y se dejó arrastrar por aquel espíritu apasionado, fiero, indómito e indomable que hasta entonces sólo hiciera su aparición en él de modo infrecuente y fugaz.
Sin embargo, en nada más dejó de ser el que hasta entonces había sido.
El trágico fin de Talman y Trinidad, así como el de Mason, habían obrado la misma influencia y causado los mismos estragos en las despreocupadas imaginaciones de los restantes vaqueros. La fatal indiferencia que hasta entonces los había caracterizado desapareció casi absolutamente. Todos jugaron, bebieron y se hicieron jugarretas, pero todos estaban cambiados. La camaradería los unió con más fuerza que anteriormente. La fe de Holly Ripple, la tristeza de Brazos Keene, el recuerdo de Laigs Mason, el ejemplo de Renn Frayne..., todo esto se apoderó de manera inescrutable e imborrable de sus primitivas mentes. Y lo mejor de todo fue que, a pesar de la adversidad de las circunstancias, Holly Ripple era feliz. Ahogando la voz de su conciencia, Britt se alegró mucho de ello. A medida que se aproximaba el vigésimo primer aniversario del nacimiento de Holly, la muchacha se hacía más hermosa, más mujer, aun cuando todavía pudiera entregarse a sus arrebatos infantiles y a las caprichosas efusiones de su terquedad. Durante aquellos meses de invierno, cuando se hallaba casi continuamente confinada a vivir entre las paredes de la casa, había perdido el color tostado de la piel y un poco de la fortaleza que las continuas cabalgadas del verano le imprimieron, con lo que su tez recobró una perlina blancura y sus ojos el intenso brillo que habían caracterizado a su madre, la mujer española.
Holly Ripple era feliz. Y Britt sabía que se lo debía a él, pues le había revelado el secreto de Frayne.
Britt meditaba algunas veces acerca de la traición que había hecho a Frayne. Cuando tenía una hora libre, solía sentarse junto al fuego, y frecuentemente veía los gloriosos ojos de Holly, extasiados y encandilados, en el corazón de los encendidos leños. Frayne lo sabría algún día y le bendeciría. Britt había obrado con lealtad, puesto que guardó el secreto durante tanto tiempo como le fue posible, hasta el momento en que vio que las penas estaban destrozando el corazón de Holly. Semanas y meses de extraño alejamiento de Frayne, su fría y severa esquivez, su inexplicable reacción ante aquel beso de gratitud que ella le había dado..., todo esto había terminado por empalidecer las mejillas de la joven, por obligarla a encerrarse avergonzada en su reclusión, y habría terminado por aniquilarla si no hubiera surgido la revelación del capataz.
El día de Nochebuena Britt había encontrado a Holly a solas, llorando ante la encendida chimenea, presa del recuerdo de su padre y terriblemente desesperada y desesperanzada en lo relacionado con el porvenir.
—Holly, chiquilla, tengo un regalo de Navidad para ti —dijo Britt tomando las manos de ella entre las suyas.
—¡Oh, Cappy, no quiero regalos!
—¿Ni siquiera aceptarías algo procedente de mí, de Brazos o de los muchachos? Sois muy cariñosos..., muy amables al acordaros de mí..., pero no puedo ocuparme...
—¿No querías nada procedente de Renn?
Un ligero estremecimiento recorrió el cuerpo de Holly. Y los ojos, que se hallaban inclinados hacia el fuego, levantaron rápidamente la mirada.
—¿De Renn? —murmuró Holly.
—Así es.
—¿Me ha enviado...?
—No, no te envía nada directamente. El obsequio llega a través de mí.
—Entonces... no lo quiero —replicó ella, malhumorada.
—Bueno, de todos modos, podrías oír lo que tenga que decirte respecto a él, ¿no es cierto? —continuó Britt persuasivamente, con el corazón lleno de ansiedad, al mismo tiempo que hacía un esfuerzo por hallar el valor necesario para hacer la importante y peligrosa revelación.
—Si eso te agrada, Cappy querido...
—Voy a tomar esta silla para sentarme a tu lado...
—¡Hermoso fuego! El cedro arde muy bien, Holly. Y en el exterior está nevando copiosamente y poniéndose todo más oscuro que el as de espadas... Todos los muchachos están en casa, tan cómodos y satisfechos como un gusano en un leño y examinando los obsequios que les han hecho... Todos, con excepción de Frayne. Frayne está cerca del fuego, más solitario que nunca, con unos ojos a los que no es posible mirar.
—¡Triste! ¡Solo! ... Podría estar aquí... conmigo —exclamó Holly apasionadamente.
—Es cierto, podría. Pero si todavía le aprecias, sé paciente.
—¿Apreciarle todavía?... ¡Me está matando! —murmuró ella con voz opaca.
—Holly, es probable que nuestro amigo esté recordando su juventud..., un hogar bueno..., una madre amante..., una hermana guapa. Es seguro que ha tenido todo eso... Muchacha, comprendo la batalla que se libra en el espíritu de Frayne.
Holly no respondió, mas sus manos estrujaron las de Britt y su cabeza se recliné en el hombro del viejo.
—Escucha, muchacha, ¿recuerdas aquel día del pasado verano en que Frayne regresó de Las Ánimas?
—¿Recordarlo? ¡Me obsesiona!
—Aquel día le besaste, —¡0h! —Holly lanzó un grito ahogado—. ¿Cómo lo sabes?
—Renn me lo dijo.
—¡Oh! ¡Tenía de él un concepto mejor...!
—Espera. Yo andaba al acecho. Renn descendió, y yo lo observé escondido. Renn no era Renn, no era el mismo. Estaba aturdido. Era como un hombre que se encontrase entre el éxtasis y la desesperación. Reconozco que me aproveché de su debilidad. Y lo sondeé. Y lo atormenté hasta que me dijo que le habías besado. Renn interpretó mal aquel beso, Holly.
Supuso que era debido a tu agradecimiento por su actuación. Pero, de todos modos, el beso lo trastornó. Y cuando lo maldije y vituperé por su indiferencia hacia ti..., entonces creí que iba a matarme a golpes. Tenía una expresión terrible en los ojos. Y en aquel momento todo se reveló con la impetuosidad de un torrente. ¿Quererte? Decirlo sería como no decir nada. ¡Te adoraba! ¡Ah! Todo ello estaba escrito en su pálido rostro, en sus ojos ardientes. Y luego dijo:
—«Ahora no tengo más remedio que marcharme en busca de la muerte.»
Holly, apoyada en el pecho de Britt, con el rostro lívido y escondido, lloraba incoherentemente.
—¡Cappy! ... ¡Querido! ... Yo... ¡Oh! ....Si mientes..., tu mentira me matará...
—Es tan cierto como el Evangelio, Holly. Frayne me obligó a jurar que no te diría nada.
Y he guardado el secreto hasta ahora. Ahora te pido que seas mujer. Todo se solucionará satisfactoriamente. Ese joven, Frayne, pertenece a una buena familia. Tiene buenos sentimientos y... ¡honor! Concédele el tiempo necesario, chiquilla. Tiempo para que se encuentre a sí mismo. Tiempo para que descubra que es un hombre digno de ti. Aquel día me dijo que si lo hubieras vuelto a besar habría caído arrodillado a tus pies. Por esta causa es preciso que sufras durante todo el tiempo que sea preciso, por muy largo que sea. Y recuerda que siempre podrás ponerle término en el momento en que lo consideres necesario. ¡Sé feliz, Holly Ripple... y espera!
Britt se hallaba ausente una mañana de mayo. Se había dirigido a la montaña de Gray con el fin de hacer un reconocimiento del terreno, a través de sus gemelos de campaña, en beneficio de su equipo.
La mañana era una de aquellas exquisitas mañanas características de Nuevo Méjico, tan brillantes y hermosas, que hasta un viejo y acérrimo tejano se veía obligado a admirar. Los diamantes del rocío brillaban en las matas de salvia, y las hojas de la hierba parecían espadas de cristal. El aire tenía un aroma estimulante, y era tan frío como el hielo, aunque el sol lucía en todo su: esplendor. Los árboles proyectaban sobre Britt y su caballo unas largas y grotescas sombras sobre la ondulante pradera. Había un verde frescor en los algodoneros que se extendían a lo largo del arroyo. La llanura estaba llena de los puntitos negros y rojos del ganado. Las pendientes se elevaban, amarillentas y grises, hacia las difusas cumbres oscuras.
A lo lejos, las negras arboledas bordeaban las cimas de las montañas en que brillaba el blanco cegador de la nieve. Pero aquélla era la campiña que fascinaba a Britt: el salto de la tierra, que los ganaderos denominaban la extensión, el terreno llano y las accidentadas pendientes, las zonas pantanosas y los barrancos, la purpúrea infinidad que en la lejanía difusa se convertía en oscuridad.
Britt había dejado en el rancho a Frayne, Jim, Tennesse y Flinty, Handsome Gaines y Rebel Sloan, todos ellos agradablemente entregados a la tarea de vigilar a la vacada que se dirigía hacia el Oeste. Los restantes vaqueros se encontraban al otro extremo de la vacada y tenían un observador en la cima de la montaña de Gray.
Inquietantes noticias habían dado lugar a que se hiciese la vigilancia en los primeros días de la temporada. El conductor de una diligencia que hacía el recorrido de Santa Fe a Las Ánimas había recordado a Britt con sus informaciones que existía una antigua enemistad entre los equipos de McCoy y Ripple.
McCoy con algunos de sus hombres, principalmente Rankin, se había acercado a .Doane, el ranchero, en la taberna de Blade, de San Marcos, y lo había matado a tiros a causa de unas pretendidas afirmaciones del ranchero que perjudicaban la reputación de ganadero honrado que McCoy alardeaba de poseer. «Decid a Britt que haré lo mismo con él si viene a San Marcos», había anunciado ruidosamente McCoy cuando se hallaba en pie, con el humeante revólver en la mano, ante los espectadores de su acción. Y el conductor de la diligencia repitió otra observación de origen desconocido, según la cual en el caso de que Renn Frayne no se quitase del cuello las cintas de los delantales de Holly Ripple y fuese a la ciudad, como un hombre, para enfrentarse con Jeff Rankin, ésta le obligaría a hacerlo en el propio pórtico del dormitorio de los vaqueros de Ripple.
De este modo, el primer fuego de revólver de la temporada, dirigido contra un ranchero indefenso, marcó un tanto en contra de la facción de McCoy y Slaughter. Los vaqueros casi se vieron forzados a atar a Skylark para retenerlo en el rancho. Brazos desenfundó el revólver con increíble rapidez. Los restantes vaqueros, habitualmente ruidosos, agraviados y volubles, recibieron en silencio las noticias.
Britt cambió el trotecillo de su caballo por una marcha veloz cuando inició el recorrido del camino que se desenvolvía a lo largo del abrigo de la pendiente. Iba en todo momento vigilante, y en tanto que avanzaba, su imaginación trabajaba activamente. Las noticias de San Marcos databan de tres días. Habiendo descendido la cuadrilla de Russ Slaughter de las montañas, como una manada de lobos famélicos, desde mucho tiempo antes, y encontrándose en la ciudad la facción de McCoy, podía esperarse, con la misma seguridad con que se espera que la noche siga al día, que se produjera algún ataque de rapiña contra el ganado. Britt estaba casi tan deseoso como sus vaqueros de que se originara un ataque de este género. El fracaso de las tentativas de Britt por conseguir que otros ganaderos se uniesen a él para emprender una acción de defensa común, les había dolido, y las burlas de los caballistas de la sociedad Slaughter-McCoy les resultaban ofensivas. Durante toda su carrera de batidor tejano, de conductor de manadas por el camino de Chisholm o de capataz de equipos bravos, Britt jamás se había encontrado en presencia de una crisis como aquella que le amenazaba. En el equipo de Ripple, que dirigía, figuraban algunos de los más osados vaqueros que Texas diera, y esto, sin tener en cuenta a Frayne, el pistolero proscrito. Brazos Keene era el único generalmente conocido en todos los terrenos de Nuevo Méjico, aun cuando la hazaña de Rebel Sloan durante el precedente otoño le hubiera producido renombre y notoriedad. Pero, en realidad, el fogoso equipo de Britt no había sido aún sometido a prueba. El camino que Britt seguía se bifurcaba al llegar a Sage Creek. El capataz tomó el ramal de la izquierda, que conducía hacia las alturas, lo siguió hasta arribar a una eminencia que se hundía a continuación en una profunda depresión, y desde allí comenzó a ascender a Gray Hill. Britt avanzó por espacio de dos millas de terreno cubierto de salvia y despejado antes de llegar al repecho que deseaba.
Como quiera que no había estado anteriormente en aquel lugar, no tenía la seguridad respecto al camino que recorría. Finalmente, pudo descubrir el mojón que buscaba: una enorme roca aislada y resquebrajada. Y desde allí subió a los terrenos poblados de cedros de Gray Hill.
Aquella eminencia era la más alta de las cumbres inferiores y se hallaba aislada, hasta cierto punto; su parte superior, cubierta de verdor, se destacaba vigorosamente ante la campiña llana que nacía a su pie. Había sido un punto de reunión predilecto de los apaches cuando acechaban las caravanas que recorrían el Camino Viejo, que era claramente visible como una retorcida cinta de plata sobre la tierra ondulante y herbosa. Britt entró en la arboleda de cedros achaparrados. En cuanto lo hubo hecho, su caballo enderezó las orejas y relinchó. Britt vio muy pronto un caballo mesteño, flaco, que supuso sería el de jack.
Desmontó, ató su caballo, y continuó marchando a pie. La arboleda de cedros desembocaba en un terreno cubierto de espesos matorrales, al final del cual encontró Britt al negro.
—Le he vilo vení, patrón.
—¡Hola, Ride-Em Jack! Creo que ni siquiera un conejo podría llegar hasta cerca de ti en este lugar.
—No podría, señó. No podría.
—¿Qué hay de nuevo?
—Mucha cosa mala, señó patrón. Mucha cosa —replicó Jack en tanto que volvía y giraba los grandes, bovinos ojos. Llevaba unos gemelos de campaña sujetos a una correa que le colgaba del cuello y pasaba tras él. Tenía uno de los nuevos Winchester del 44 y su viejo Colt, así como otro nuevo. Y su cinturón estaba lleno de cartuchos. Britt pensó que aquel vaquero negro no tenía el aspecto de una persona a quien fuese deseable encontrar a solas en lo alto de una solitaria montaña; no siendo en el caso de que el encuentro fuese amistoso.
—¡Ah! Bueno, Jack. Déjame recobrar el aliento antes de que me cortes la respiración —contestó Britt.
—Descanse, patrón. Puede apoyá la cabesa en mi chaqueta. No le explicaré náa hasta que esté preparao para oírme.
Aquella elevación era el punto más alto desde el cual Britt había observado la extensión. El panorama era ciertamente grandioso. Podía verse, más allá de las tierras altas, una gran inmensidad de terreno en dirección Sur y Este, lo que producía el efecto de convertir el valle en una figura de tres picos de forma parecida a la del as de bastos. A la derecha del capataz, se desenvolvía el terreno de Maxwell, que tenía una extensión de millón y medio de acres. La Cuenca de los Algodoneros semejaba un tazón moteado, desde el cual corría la hebra plateada de un arroyo rodeado de verdor. Las treinta millas de terreno de Ripple parecían como el hueco de la palma de la mano de aquella infinidad. Pero la ganadería parecía demasiado numerosa para tal espacio.
La perspectiva de aquel cercano valle —que desde abajo semejaba interminable —se distorsionaba y reducía en magnitud por la magnificencia y la enorme extensión de los campos de Nuevo Méjico en dirección al Sur. El día era claro y brillante, por lo que la visibilidad resultaba perfecta. Britt vio las áridas grietas que corrían hacia el Sur, terreno yermo que anunciaba el término del Llano Estacado, la región de los Siete Ríos, las grises márgenes del Pecos, y más allá, en torno a las Montañas de la Sangre de Cristo, el enorme muro blanco que semejaban las Rocosas y se elevaba al Sur de Las Vegas. Entonces Britt pudo comprender claramente por qué Nuevo Méjico podía alimentar tantas reses y ocultar a tantos ladrones de ganado y cuatreros. Y se hizo a sí mismo la promesa de llevar a Holly hasta aquella altura para que pudiera explicarse las razones que movieron a su padre a abandonar Texas para instalarse en Nuevo Méjico. La faja de tierra de Texas visible desde allí se encontraba desierta y brillaba muy lejos, más allá de las negras y dentadas cumbres. A Britt le resultaba molesta la idea de traicionar a su región; pero aquel fértil terreno, aquellos valles, aquellas colinas y aquellas llanuras tenían una riqueza y una belleza que no podía negarse.
El capataz retiró la mirada a regañadientes de aquel glorioso espectáculo que se le ofrecía, y la dirigió hacia abajo, hacia la zona de diez millas de anchura que se extendía entre las montañas y el arroyo. El ganado era abundante en aquel lugar y disminuía en cantidad a medida que el terreno corría en dirección a la Cuenca, donde, entre la niebla gris, marcaba una línea negra en torno al verdor:
—Bueno, Jack, desembucha —dijo, al fin, Britt.
—Lo haré, patrón, con toa seguridá antes de que se vaya usté de esta cumbre.
Britt lanzó una rápida mirada a su negro acompañante. Jack había hablado con indiferencia, aun cuando con convicción. En aquel momento dirigía los gemelos hacia un punto en que el Cottonwood se desviaba en dirección a las montañas. Britt vio en aquel lugar unas nubes de polvo.
—Estoy aquí desde hace tre día, sin moverme ni un solo momento. El primé día, llegaron tré caballista de San Marco y se detuvieron al llegó a aquella pendiente. Y etuvieron mirando y observando hasta que el só se ocultó... El segundo día, llegaron otra vé los mismos hombres, y eta ves corrieron dié millas a lo largo del río, hasta que lo perdí de vista. Patrón, eran ecuchas que iban en busca de jinetes. Y etoy seguro de que los han visto ayá, donde nuestro ganao etá pastando.
—¡Ah! ¿Y qué has visto esta mañana, Jack? —preguntó ásperamente el capataz, al ver que el negro se interrumpía.
—Hay dié caballista que etán ayá abajo, en el recodo, rodeando una manáa mu grande de nuestras reses.
—¿Qué diablos dices? Dónde?
—Coja lo gemelo, patrón... Busque el recodo del arroyo. Y despué, mire hasia acá, hasia ese terreno verde en que ha vito usté que se levanta el polvo... Vea la mancha negra del lao isquierdo del terreno... Hay allí un picacho bajo...
—¡Ya los veo, Jack! ¡Por Júpiter! —le interrumpió Britt—. ¡Qué descaro!
El círculo de visión de los gemelos le mostró sucesivamente la larga hilera verde de los algodoneros, los charcos grandes y brillantes de la cuenca, las grises rocas, los terrenos ondulantes y herbosos, y las oquedades, y después unos jinetes, divididos en parejas, que dirigían unas reses hacia el encerradero natural, en el que ya se había reunido una buena cantidad de ganado. Britt lanzó un juramento en voz baja, y movió los gemelos para recorrer de nuevo con ellos los mismos terrenos que ya había visto, con el fin de hacer un recuento.
Los ladrones estaban trabajando por parejas. Parecían no hacerlo apresuradamente, sino con calma y osadía. El capataz pudo contar hasta cuatro parejas que hacían el rodeo. La distancia a que se encontraban de él era menos de diez millas.
—Me pareció que dijiste que eran diez caballistas —dijo a Jack—. Solamente he conseguido ver a ocho.
—Hay do centinelas, patrón. Uno de ello etá en aquella pequeña elevación, y el otro a una milla de distancia de aquel picacho alto. Aquel hombre etá preocupando ahora a Brazos;
puede unté aposté hasta su último dólar a que es sierto.
Britt permaneció en silencio hasta que descubrió a ambos centinelas, los cuales estaban montados en sus caballos de un modo tal, que podría parecer que se hallaban en cualquier actitud menos en la de unos espías tensos y vigilantes. Todas las operaciones se realizaban de una manera lenta, que producía la impresión de que respondían a un proyecto bien estudiado.
—¿Dónde está Brazos?
—A mitá de camino entre el recodo del río y el sitio donde se encuentra el caballista má lejano. Etán escondíos en aquella arboleda de algodonero. Han acampan allá durante etos tre días. Yo vengo ante de la salía del só, y vuelvo despué de la puesta del sé.
—Jack, ¿se encuentran todos los muchachos juntos en aquel lugar?
—Sí. Se han reuno allí.
—Brazos..., Skylark..., Santone..., Blue..., Tex..., Cherry..., Mex? —murmuró Britt significativamente—. Y están esperando para ver cuántas reses recojen esos ladrones y para ver adónde las llevan.
—Patrón; pero no los darán tiempo a cansé a los caballo. He oído el proyecto de Brazos.
No pasará mucho tiempo hasta que sus caballos estén agotados por completo... Y los de Brazos han descansao tre día seguíos... Patrón, si ese grupo de ladrones no se dispersa como si fuerauna manada de patos, esos hombre van a pasé unos ratos muy malos.
—No se dispersarán, Jack... Pero si yo fuera Brazos, me lanzaría contra ellos muy pronto.
Sin embargo, supongo que acaso sea preferible permitirlos que se reúnan para iniciar la conducción de las reses. ¿Qué camino seguirán?
—Hemo hecho mucha apuesta la otra noche sobre eso. Yo desía que vendrán hasta debajo de esta cumbre, como hiso la cuadrilla de McCoy el pasao otoño.
—Creo que tienes razón, Jack, si juzgamos por la disposición del terreno. Hay tierras bajas durante todo el camino hasta la montaña... ¡Por Júpiter! Eso los traería aquí mismo.
Patrón, si eso ladrone crusan el barranco, encontrarán el. fuego de infierno al llegó arriba. Porque Ride-Em Jack etará allí. ¡Seguro que etará!
Coge los gemelos, Jack, y mira a lo lejos y más cerca.
—No hay náa en el lao de San Marco —contestó el negro inmediatamente. E hizo una descripción de lo que había observado desde el Cottonwood hasta el punto más lejano del Este. Pero cuando hubo inspeccionado el Oeste, tardó tanto en comenzar a hablar, que Britt abrigó sospechas y preocupaciones.
—Patrón, veo jinete que vienen del arroyo, muy lejo...
Más allá del sentinela... Ahora, los he perdío de vista... No me paresen otro ladrone más. ¡No, serió! Veo tre de ello... Ahora deben de haberse metío en una hondonáa... ¡Oiga...! Patrón, veo a Brazos con su caballo blanco. ¡Tan seguro como que Dió nos hiso y que etamos aquí...! Van otro do caballista con él... Cherry. Conosco su caballo... Va detrás de él... Patrón, muy pronto habrá sangre... Brazos es listo. Quiere acorneté a lo ladrone desde el Sú y desde el Oeste... Y los ladrone tendrán que vení hasia las montaña, patrón. Y aquí etamos nosotro esperando, con las arma y muchas munisione...
—Es cierto, Jack, los acontecimientos se aproximan —reconoció Britt.
Era excitante el observar desde aquella elevación, el saber que sucedería lo que los ladrones no suponían que pudiera suceder, el esperar el momento del ataque y de la huida.
Britt sabía que el encuentro habría de resultar fatal para los bandidos.
—He perdío de vista otra ves a Brazos —continuó el negro, que no había cesado de mirar a través de los gemelos—. ¡Maldisión! Patrón, deberíamo tené un telescopio... No puede habé mucha distansia desde donde vi a Brazos hasta el sitio en que etá el sentinela de la montaña...
Ya lo tengo, patrón. Brazos se ha apeao del caballo. Etá avansando a rastras hasta donde etá aquel hombre... ¡Cuánto me gustaría ahora podé etá junto a él...! Los otro muchacho deben de está sosteniendo el caballo de Brazos, dispuestos para echá a corvé tan pronto como comiensen a soná los disparo... Brazos etará entonces otra vé sobre la silla, con má rapidé que los rayo... Su disparo será la serial... ¡Y la fiesta empesará!
—¡Dame los gemelos, negro sanguinario! No, cógelos otra vez. No puedo ver con claridad... Tengo los ojos empañados. Infórmame de todo lo que veas, Jack. Quiero saber lo que sucede.
—Bueno, patrón; pero si vienen en eta dirección, es seguro que también lo verá usté.
Jack dirigió nuevamente los gemelos hacia el lugar en que se producía la escena que había indicado.
—Los caballista que hasían el rodeo se han reunío otra ves, señó. Ya tienen todo lo que querían. ¡Ja! No son muy ansioso, no. Pero deben de habé reunío más que quinienta rese...
Patrón: aquel sentinela lejano se dirige al grupo de sus compañero... Ese Brazos tiene costumbre de no hacer náa hasta el momento presiso... Así es Brazos... Todavía no hay señale... ¡Ah, patrón, veo humo blanco!
Britt vio la pequeña humareda que brotó entre el verdor.
Ese primer sentinela cae del caballo... —informó Jack a Britt con toda su sangre fría—.
Se arrastra en dirección al risco... Los ladrones se agrupan repentinamente... Se dirigen al arroyo... Pero no van rectamente hacia donde etán nuetros hombres... ¡Mala suerte! Continúan corriendo, patrón. ¡Ah! El equipo se reúne... Los rifles humean... Veo cae a un jinete...
Vuelven hasia Oeste. Pero Brazos y dé compañero los cortan el paso... Patrón, vienen hasia aquí... Se están dispersando... Veo a Santone en su caballo, que va al Este... Otro jinete va serca de él. Debe de sé Stinger... Patrón, los ladrones se juntan al lao de las reses que han robao... ¡Ja, ja, ja! No podrán recoger más vacas ya... Es una carrera hasta las montaña, señó; lo mejó que podrían basé esos ladrones, blanco sería juntó las mano y resá... Porque todo ha terminao..., menos los fuego artifisiale...
—¿Hay más disparos, Jack? No veo humo —exclamó ansiosamente Britt al mismo tiempo que hacía un esfuerzo para ver mejor.
—No hay disparo... Etán muy separao uno de otro... ¡Mire! Los ladrones se vuelven a reuní al pie de la pendiente... Ya no los veo... Ese terreno pantanoso los hará vení hasia acá, patrón. Nuestro muchacho etán crusándolo. Alguno de ellos etán a este lao... Los veo a ambos laos, patrón... Todo resulta como Brazos había previso... Patrón, ha llegao la hora de que nosotro volvamo atrá para ayudé a nuestro compañeros.
—¡Guíame, Jack! Y no corras demasiado.
Britt cogió el rifle y se puso en marcha tras el negro. A través de la maleza y bajo los árboles, más allá de donde se hallaban los caballos, bajando la pendiente de modo sesgado, corrieron hasta llegar a la depresión que se marcaba entre el dorso de Gray Hill y la montaña inmediata.
—Patrón, éste e el mejó sitio para vé. Etamos mejó aquí que allá, arriba —dijo el negro al mismo tiempo que se detenía.
—Sí..., en el caso de que continúen corriendo hacia aquí —replicó ahogadamente Britt.
—Es el único camino que pueden segui. Tienen serraos tóos los demá. Tienen que vení hasia aquella carretera... La ve? Por allí es por donde la cuadrilla de McCoy se Ilevó nuestro ganado el pasan otoño. Hay una cuesta fásil de subí. Toas las demá pendiente etán muy inclinadas.
—Busca un sitio para nosotros, Jack.
Los dos compañeros se situaron al cabo de unos momentos en la parte baja de un cerro de pequeña elevación, desde donde podían perfectamente tender una emboscada y disponían de un punto de observación que les permitía ver una parte de la campiña, que se cerraba en forma de abanico al fondo. Britt pudo ver sin el auxilio de los gemelos las nubes de polvo que levantaban los caballos en su carrera. Había cuatro jinetes a cada lado de la zona pantanosa, y otros varios más entre unos y otros.
—Patrón, esos ladrone tienen que salí de ese terreno —dijo Jack, que estaba mirando con los gemelos—. Es demasiao fangoso. Tiene que hasé mucho esfuerzo para corré. Nuestros compañeros ganan terreno, patrón. Y toda vía no se han desplegao... ¡Mire! ... ¡Allá vienen!
¡El polvo vuela! Los veo seguí la diresión del camino... Bueno, ahora veremo, aunque me parese que Brazos y sus tré compañero se pararán al llegá a este lao... ¡Vaya una carrera má condená, patrón! ... Y todavía tienen que corre otras sinco milla.
—No hay tanta distancia, Jack. Ahora puedo ver perfectamente. ¡Por Júpiter! ¡Las cosas presentan mal cariz para esa cuadrilla! Uno, dos, tres, cuatro... ¿Cuántos hay, Jack?
—Creo que nueve. Pero se etán separando uno de otros... ¡Cada uno irá por donde quiera!
Jack se retiró de los ojos los gemelos y los limpió con el pañuelo. Britt observó atentamente el desarrollo de la carrera. Le parecía apreciar que la distancia que separaba a Santone, a quien reconoció por su caballo gris, del último de los fugitivos no debía de ser mayor de alrededor de un cuarto de milla. Todos los caballos iban corriendo, pero aparentemente no a toda la velocidad de que eran capaces. En el caso de que los ladrones tuvieran rifles, podrían detener a sus perseguidores y escapar. Si no... Britt sentíase muy impaciente sin tener seguridad a este respecto. Había tomado parte en muchísimas carreras como aquélla en las cuales el desprecio general de la mayoría de los jinetes por los rifles había sellado su destino.
—Patrón, á posible que me haya equivocao al calculé que había sinco millas... Nunca he sabio apreciar distansias... Es posible que sólo etén a dos milla... Y ahora vienen corriendo a travé de esa extensión de hierba... Brazos corta el terreno. Los demá le siguen... Van detrás del grupo de Santone. Pero serca... Vuelven a separarse, patrón. Y los ladrone siguen corriendo en fila... ¡Por todos lo diablo! Eso es como perseguir conejos... ¡Hurra! ... Brazos se ha lanzado a toda carrera. Su caballo blanco corre como el viento. ¡No hay quien pueda competí con él, patrón! ... Y mire a Santone. No quiere quedase atrás. Ninguno de ello se ha rezagao... Patrón, la distansia se acorta con rapidé. Veo el brillo de los rifles... Patrón, ¡los ladrone etán disparando! ... ¡Seis revólver, patrón! ¡Ja, ja! Solamente veo un rifle en sus manos... ¡Oh, qué tonto son los blanco malvaos! Patrón, estoy sudando como un condenao.
Veo que la bala rebotan delante de los caballos de nuestros compañeros. A unos doscientos metros, supongo... ¡Ya se acercan, patrón! ¿Oye uté cómo suenan lo disparo? ¡Diablo, no comprendo cómo Brazos puede desafiar ese fuego! ¡Ah! Los rifles de nuestros compañero han comensao a habla... ¡Hurra! Ese último ladrón... ¡Lo han asertao! Etá herío... ¡Abajo! Un caballo se encabrita... ¡Otro ladrón abajo! ... ¡Otro! ¡Ja, ja, ja! ¡Claro, querían robar el ganao de Ripple...! ¡Dos caballo a tierra! ¡Otro tre saltando, con las silla vasías! ... ¡Patrón, patrón!
¿Oye silbá las balas? ¿Ve cómo cae ese ladrón que iba en cabesa?
—No te canses inútilmente, Jack —le dijo con severidad su jefe—. Dentro de unos momentos, te verás precisado a correr para adelantarte a ellos. Dos de ellos van muy delante de los demás. Ya han llegado a la pendiente.
—¿Ve esté cómo golpean a lo caballo?... Patrón, podrían huir por allá abajo, pero nunca por aquí arriba.
Jack abandonó los gemelos y se introdujo en la maleza. Britt oyó el golpeteo de sus duras botas contra la tierra. El negro cerraría la única vía de escape.
Dos de los ladrones iban muy delante de los demás, lejos del alcance de los rifles. Los dos que marchaban tras ellos martirizaban a sus caballos con el fin de forzarlos a correr para que aumentase la distancia que los separaba de sus incansables perseguidores. Brazos marchaba a la cabeza de éstos, e iba recargando el rifle. Santone lo seguía a corta distancia, y de su rifle brotaban nubecitas de humo azulado. Los restantes jinetes, diseminados a la derecha, disparaban a intervalos. Repentinamente, el último de los jinetes giró de modo inesperado, se salió del camino y varió de dirección en un intento desesperado por separarse más de Brazos.
Entonces, comenzó la caza del hombre más emocionante que Britt había visto. Brazos se adelantó para cortar la retirada al ladrón antes de que llegase al recodo de la pendiente, que se hallaba a una distancia de pocos centenares de metros. El fugitivo, aguijoneando desesperadamente a su caballo, ganaba terreno. Pero había de recorrer aún mucho más. Y Brazos había reducido la velocidad de su avance. Acaso quisiera cargar por completo su rifle.
Ciertamente, no determiné acercarse más al fugitivo, cuyos proyectiles levantaban polvo al caer a tierra detrás de él. Haciendo un magnífico esfuerzo, el fugitivo pasó ante Brazos al llegar al terreno plano. Pero el malvado no había tenido en cuenta una circunstancia con la cual había contado Brazos. Al encontrarse ante un terreno liso y sin accidentes, el ladrón no podía tener esperanza alguna de salvar la vida. Estaba recargando el arma. Cuando todavía se hallaba a doscientos metros. Brazos se decidió a arrostrar el riesgo que los disparos representaban para él. El caballo blanco se lanzó a la carrera y comenzó a reducir la distancia como por arte de magia. Brazos inclinó la cabeza sobre el rifle. Una nubecita de humo azul..., otra..., luna más! El ladrón saltó de la silla, quedó con un pie introducido en el estribo y fue arrastrado por el aterrorizado caballo. Al fin, el pie salió del cepo que el estribo representaba, y el hombre rodó por la tierra cubierta de alta salvia. Brazos connuó corriendo.
La mirada de Britt se dirigió de nuevo hacia el barranco, a tiempo de ver al ladrón caer del caballo. El hombre se agitaba como un polluelo herido. Consiguió apoyar una rodilla en tierra, enderezarse un poco y apuntar el revólver contra sus implacables perseguidores. Aun cuando su arma vomitaba fuego, los perseguidores continuaron avanzando y lo arrollaron.
De este modo, quedaron solamente dos fugitivos, más allá del barranco, que todavía seguían martirizando a sus caballos. Cuando Santone se detuvo un poco en su carrera, porque el camino era demasiado empinado para que un caballo pudiera subirlo a plena marcha, los ladrones hicieron lo mismo. Uno de ellos continuó disparando hacia atrás, y entregó uno de los revólveres a su compañero, que procedió a cargarlo. Los seguidores de Santone lo alcanzaron. El sonoro y penetrante grito de Brazos llegó a ellos desde la llanura. Brazos puso el caballo al galope hasta que alcanzó la pendiente.
En aquel momento, Britt cogió los gemelos. En aquel —instante duro y amargo no experimentó piedad de ninguna clase por los malvados. Se hallaban a unos cuatrocientos o quinientos metros de distancia, bajo él. La senda ascendía al llegar al extremo más lejano del barranco. jack debía de hallarse oculto en alguna parte de la zona superior.
Britt enfocó los gemelos sobre los ladrones, que parecieron saltar hacia él, hasta tal punto, que creyó que podría tocarlos. El más alto, un hombre cetrino, de rostro delgado, que llevaba la cabeza descubierta, era un rufiána quien había visto en la cuadrilla de Slaughter. El bandido se llevó hacia atrás el húmedo cabello con una mano ensangrentada en la que todavía llevaba un revólver, miró a lo alto de la pendiente y habló a su compañero, que le entregó otro revólver. El malhechor preparó y montó el arma lentamente y disparó en dirección a la parte baja del terreno. El polvo se agitó ante los caballos de los vaqueros, que se apresuraron a desplegarse y lanzaron unos roncos gritos. Britt no reconoció al segundo bandido. Era un hombre maduro de rostro ceniciento, que apenas podía verse bajo el ala del ancho sombrero.
Ambos aguijonearon a los dos caballos cubiertos de polvo y espuma, y lograron alcanzar de nuevo el camino. Unos estentóreos gritos brotaron de las gargantas de los perseguidores. Britt pudo ver con claridad la prominente mandíbula del hombre que iba descubierto y la cabeza de halcón del otro. Y entonces, el momentáneo silencio fue roto por la voz del negro.
—¡Deteneos..., canallas blancos!
La aguda mirada de Britt, cuyos ojos estaban materialmente pegados a los cristales de los gemelos, pudo ver que los ladrones daban la vuelta con terrible rapidez. Hubo algo que reprimió su violencia. Algo que parecía viento agitó las altas hierbas situadas detrás de ellos y levantó polvo del suelo. Luego dos disparos de Winchester sonaron casi simultáneamente. Los ladrones cayeron al mismo tiempo, uno sobre otro. Y a los fatigados caballos se les doblaron las patas. Britt observó que había sido testigo de un espectáculo extraordinario: el de ver que dos proyectiles rebotaban en las hierbas y en el suelo tras haber pasado a través de los cuerpos de dos hombres y antes de que hubiera oído el ruido de los disparos. Sorprendido, Britt vio al pequeño negro salir de su escondite y dirigirse hacia los dos hombres, sin duda con el fin de reconocer a sus víctimas.


XII
El asesinato de Doane abrió los ojos de Holly al verdadero estado de los asuntos en aquella región. No el derecho, sino la fuerza: ésta era la ley de los hombres faltos de escrúpulos. Y su más fiel exponente, el arma de seis tiros. Si su padre hubiera vivido en aquel período, podría haberse hallado tan desamparado ante la cruel realidad como lo había estado Doane. Britt censuraba a Doane por haber hablado demasiado. Después de su muerte se puso en claro que la entera ganadería de Doane había desaparecido de aquellas zonas, y que sus hijos quedaban en la pobreza. Holly mandó llamarlos. Llegaron cierto día en un carro en que habían cargado todas sus pertenencias, y con los pocos caballos que les restaban.:roe se instaló con los vaqueros, que le recibieron cordialmente. El joven Doane no desmerecía en el conjunto que formaban los hombres del equipo de Ripple. Ann se alojó en la gran casa ranchera para vivir junto a Holly.
Todos los vaqueros, especialmente Skylark, aprobaron estas disposiciones, y Britt vaciló. Fue el único que lo hizo. Las razones de tales dudas, supuso Holly, eran que a Britt le resultaría desde entonces más difícil que anteriormente el mantener a Holly ignorante de lo que sucediese. Ann Doane era más joven que Holly Ripple. Pero parecía más vieja. Había nacido en un carro de las praderas cuando cruzaba la llanura; solamente recibió la instrucción que su madre le había proporcionado en su infancia; era vulgar, fuerte, tenía las mejillas rosadas y podía montar a caballo y arreglar el lazo con la agilidad de un vaquero. Sus callosas manos, de dedos morenos y fuertes, tenían la habilidad y la destreza propias de la hija de un colonizador. Y era tan entera de carácter como de físico. Era sincera, alegre, sencilla, de gran corazón, y buena conocedora de la vida de aquellas llanuras. Era occidental.
Muy poco tiempo después de la llegada de Ann, Skylark expresó los deseos de su corazón. Quería casarse con ella inmediatamente. Ann también lo quería, aun cuando creía que debía esperar a que hubiera transcurrido más tiempo de la muerte de su padre. Había cerca de la casa una cabaña de leños que podría ser arreglada convenientemente para el matrimonio.
—Verá usted cuál es nuestro modo de pensar —dijo suplicante el alto vaquero a Holly—: Ann y yo podríamos disfrutar de vuestra compañía en tanto que nos sea posible.
—¿Qué quieres decir, demonio persuasivo? —preguntó Holly, dudosa.
—¡Que estoy expuesto a morir cualquier día con el cuerpo lleno de plomo! —contestó secamente Skylark.
—¿Oh, es horroroso! ¡Vaya un argumento para apresurar una boda! ... ¡No te sucederá nada de lo que dices!
—Señorita, algunos de nosotros, los vaqueros, sufriremos esa pena el próximo verano...
Y podría ser yo uno de ellos —dijo Skylark con la fría firmeza propia de los hombres de su clase y que siempre acallaba las protestas de Holly.
—Sky, cásate con Ann cuando ella diga —contestó Holly—. Haré todo lo que me sea posible por conseguir que vuestra vida de casados comience del modo más halagador.
Al oír estas palabras Skylark echó a correr y lanzó un alegre grito. Evidentemente, estaba seguro de convencer a Ann. Ann le indicó una fecha, no muy distante del día en que se hallaban. Y a continuación, como es natural, se absorbió en la preparación de los importantes detalles que habrían de convertir una cabaña desnuda y vacía en un hogar habitable y grato.
Holly se sintió atraída por el encanto de tal ocupación; y su ayuda y sus dádivas fueron tan importantes que Ann protestó.
—Holly, te agradezco mucho tus atenciones y tus esfuerzos —dijo—. Pero no puedo admitirte absolutamente nada más. Guarda algo de todo ello para ti misma.
—¡Para mí! ¡Qué tontería! —contestó Holly con el rostro cubierto de rubor.
—Sí. Tú te casarás sin tardar mucho tiempo.
—Ann, lo primero que hace falta para que una mujer se case es que algún hombre se lo pida —respondió festivamente Holly.
—¡Holly Ripple! No es posible que estés hablando en serio. Y, deberías hacerlo... Esa cuestión del matrimonio es una cosa muy importante en estas tierras.
—He hablado en serio, Ann.
—¿Eso sí que es una tontería! Todos los vecinos de estos contornos saben que no existe ni un solo muchacho que no te haya cortejado. ¿No lo hizo, también, mi novio?
—¿Te refieres a Skylark? No. Verdaderamente, no. Sky me aprecia. E intentó...
—No finjas. El propio Sky me lo ha dicho —la interrumpió Ann del modo suplicante y firme que era costumbre en ella—. Y me parece muy bien. No me sería posible tener celos de ti por esa causa. Todos los muchachos te quieren... Holly, ¿no corresponderás jamás al amor de uno de ellos?
—Espero que sí, querida.
—Será preciso que lo hagas. Una joven no puede vivir soltera en esta región. No es conveniente para ella el hacerlo. Y no es justo que lo haga... ¡Esos pobres hombres, solitarios, hambrientos de amor...! Todos ellos quieren y necesitan el amor de una mujer. Y recuerda, Holly, que, sin contarnos a ti ni a mí, solamente hay cinco mujeres blancas que se hallen solteras en el este de Nuevo Méjico. Y centenares de vaqueros... Ni siquiera los suficientes para realizar todo el trabajo que es preciso.
—Ann, presentas las cosas de un modo siniestro. ¡Pobres muchachos!
—¿Qué me dices de Brazos, Holly? ¡Es todo un hombre! ... He estado terriblemente enamorada de él.
—Es maravilloso. Le... le aprecio, Ann. Pero el aprecio no es suficiente.
—He oído hablar muchísimo acerca de ese Renn Frayne —continuó Ann complacientemente—. Todo el mundo dice que está, también, terriblemente enamorado de ti.
¿Es cierto, Holly?
—Nunca me lo... ha dicho —tartamudeó Holly, que experimentaba deseos de que la tierra se abriese y la tragase. Sin embargo, sabía perfectamente que aquella muchacha occidental, sincera y buena, solamente se proponía obrar en su favor.
—Le ¿aprecias tú, también?
—Sí. Mucho.
—Es un hombre verdadero, Holly; no un vaquero irreflexivo y alocado. ¡Y tiene un aspecto maravilloso! Acaso un poco triste, es cierto. Creo que no podría resistirme si me hiciera el amor sinceramente, lo mismo existiendo que si no existiese Skylark. Las hazañas que ha realizado con el revólver, buenas o malas, no me harían vacilar. Papá me contó todo lo que se dice acerca de él... Holly, en estas tierras no se puede ser demasiado exigente. Si has de vivir en el Oeste, será preciso que aceptes el Oeste tal y como es. Conozco a los occidentales.
La mayoría de ellos, en ésta o en aquella época de su vida, no han sido siempre tan honrados como ahora. Mi propio papá comenzó robando terneras cuando llegó aquí. Y, sin embargo, mató a tiros a otro hombre que robó algunas de las suyas. Y Sky ha confesado que ha cometido algunos actos no muy honrados... Holly, eres joven, rica y hermosa; pero, ¿adónde te lleva todo eso?
—A ninguna parte, Ann.
—Bien, yo diría que es una verdadera lástima. Voy a hablar con algunos de tus vaqueros.
—¡No te atrevas a hacerlo, Ann Doane!
—Tengo algo que decir a ese hombre guapo, a Renn.
—¡Oh Ann! ... ¡Por favor, no lo hagas! —exclamó Holly de modo que expresaba una actitud de ánimo contraria a sus palabras.
—¡Holly! ¡Estoy segura de que debes de quererle muchísimo! —replicó significativamente Ann—. En ese caso, procuraré apartarme de Frayne... Pero es preciso que se haga algo en tu favor. Me alegro mucho de haber venido a vivir al rancho de don Carlos.
Holly huyó como pudo de su amiga, pero aquella conversación con la joven occidental, unida a los preparativos que se realizaban para la boda y al acondicionamiento y amueblamiento de la cabañita, despertaron a Holly a la comprensión de su triste y deplorable situación. La muchacha llegó a apreciar que era aquello mismo lo que deseaba que se hiciese para ella. Y no era precisamente que ansiase casarse; lo que ansiaba era ser la esposa de Renn Frayne. Había soñado con él durante todo el invierno, fue feliz al saber que Frayne la quería de manera indudable, y esperaba que todo se resolvería favorablemente un día que no era fácil suponer cuál podía ser. Pero, de todos modos, en aquellas circunstancias, los acontecimientos agitaron su perezosa sangre. Si hubiera podido ocupar el lugar de Ann Doane, a condición de que el novio fuese Renn Frayne, habría dado dinero, joyas, todas sus encajes españoles, su rancho y su ganado solamente a cambio de aquella agradable cabañita de troncos.
El día de la boda de Ann Doane llegó muy pronto. Holly encontró altamente estimulantes los preparativos para la ceremonia, el interés, la excitación, la compañía de la joven. La ceremonia se celebró en el salón de los padres con un Padre del pueblo como oficiante. Holly obsequió a los recién casados con una fiesta, a la cual sólo pudieron acudir algunos, muy pocos, de los vaqueros. Britt se mostró evasivo y huraño. ¡Trastornos en la campaña!
Pero, de todos modos, el acontecimiento estuvo lleno de encantos y de felicidad para Ann y Skylark. Cuando todos se marcharon y Holly se quedó a solas, el vacío y la soledad que imperaron le parecieron insoportables.
Aquella noche los vaqueros atronaron el espacio en torno al hogar de los recién casados. El estruendo no cesó hasta el amanecer. Pero a la mañana siguiente Skylark volvió a recorrer las llanuras, jinete en su caballo, y Ann se entregó afanosamente a las múltiples tareas propias del hogar. Holly sentíase desolada y muy alejada de la sencilla felicidad de la pareja occidental.
Holly pensó que su mejor defensa consistiría en un intento por revivir la ambición que le acometió durante el verano anterior: hacerse cargo del trabajo de su padre y aprender a realizarlo perfectamente; no ser únicamente la dueña del rancho de don Carlos, sino la digna hija de un sencillo ganadero. Britt no la había ayudado al cumplimiento de este Iaudable deseo, ni tampoco Frayne. Hasta el propio Brazos, vaquero más rudamente sincero que ningún otro, se mostraba evasivo respecto a esta cuestión. Todos ellos habían intentado apartarla de los detalles angustiosos y molestos de la vida de los criadores de ganados. Holly se rebelaba contra todo ello, y especialmente contra la verdad que se vio forzada a confesarse: que había sido hasta entonces demasiado dócil, demasiado aristocrática, blanda e infantil para que pudiera erguirse ante los rudos golpes de la frontera.
Pero Holly no estaba dispuesta a permitir que la indecisión la torturase durante mucho tiempo. Su espíritu se rebeló no contra la época, no contra la jugarreta que el Destino y el amor le habían hecho, sino contra lo que en ella se albergaba y que no era occidental. Debía conocerlo, debía luchar contra ello, debía vencerlo. Por esa causa exageró las profecías que Buff Belmet y Britt hicieron, y se fortaleció para hacer frente a lo invisible. Pero era precisamente aquella invisibilidad lo que torturaba a Holly, que poseía imaginación, aun cuando estuviese ignorante de las tendencias, posibilidades y complejidades propias de la existencia en las llanuras. Y ¿cómo podría ser de otro modo si su capataz, sus vaqueros y hasta el mismo hombre a quien adoraba le volvían la espalda y ninguno se prestaba a mostrarle las cosas que deseaba conocer? Holly perdonaba a todos ellos, que eran, indudablemente, los verdaderos caballeros de las llanuras. No obstante, tomó una resolución: la de ser en lo sucesivo menos reina y más mujer.
Holly salió al exterior, inundado de brillo primaveral de sol. Cabalgó, paseó... Britt la reprendió, y Holly obedeció. Brazos le dirigió unos juramentos, y Holly los escuchó. Frayne la miró de su modo habitual, y Holly sonrió. El viento le azotaba las blancas mejillas; el viento la ahogaba; el frío penetraba a través de su delgada chaquetilla. Holly permanecía largas horas junto a Ann y aprendía a cocinar, a cocer, a coser. Hizo amistad con Conchita, y de este modo tuvo conocimiento de las hablillas y murmuraciones de aquellas tierras.
Frecuentó el puesto comercial, donde habló con comerciantes, con soldados, con indios, con mejicanos, con desconocidos..., con todos aquellos a quienes encontraba. Fue frecuentemente al cobertizo de los vaqueros, y los vaqueros comenzaron a esperar anhelosamente su visita.
Todos ellos demostraron claramente su solicitud y su afecto. No comprendieron, pero percibieron y vieron el cambio que en ella se operaba. Sin embargo, entre todos ellos, Ride-Em Jack fue el único que no se hizo el sordo a sus preguntas, el único que no la engañó. El negro era tan simple como un niño, y no podía mentir. Holly comprendió por qué Britt, Brazos o Jim se aproximaban a ella siempre que la hallaban hablando con Jack. Todos ellos estaban unidos contra ella. Todos serían capaces de morir por ella, pero se resistían a atemorizarla o a hacer que sus mejillas palideciesen al conocer la verdad.
Pero Holly llegó muy pronto a la conclusión de que ninguno de ellos, ni siquiera Frayne, ni siquiera todos ellos juntos y de acuerdo podrían competir con ella. Era mujer y sus potencias intuitivas sobrepasaban la astucia de los hombres.
Aparentemente, la muerte de Doane fue el acontecimiento precursor, el heraldo de otros que habrían de producirse muy pronto. Holly sospeché fundadamente que en Gray Hill se había librado una batalla. Cherokee había sido herido de gravedad en aquel lugar; pero no guardó cama. Los disparos y las heridas de arma de fuego carecían de importancia para el indio, que permaneció en la casa en silencio, caviloso como un enigma para Holly, quien solamente pudo llegar a suponer que profesaba el credo de los salvajes: ojo por ojo. Britt fue a la casa ranchera en contadas ocasiones durante aquellos días de la primavera. Estaba preocupado, con el ceño continuamente fruncido, y se ponía una máscara de alegría siempre que veía a Holly. Brazos comenzó a beber abundantemente, mas al fin, ante las súplicas de Holly, prometió dejar de hacerlo y cumplió su promesa. Frayne pasaba muy raramente alguna noche alejado del rancho. El ganado, por lo menos treinta mil cabezas, o acaso más, lo que constituía dos terceras partes de la vacada de Ripple, podía ser visto en el valle desde la cumbre de la montaña. Brazos, acompañado de los mestizos, Jack, Flinty y Stinger, cabalgaba constantemente y hasta muy tarde; regresaba en muchas ocasiones cuando ya era oscuro y con frecuencia permanecía ausente durante toda la noche. Pero no se produjeron nuevas y prolongadas ausencias de los vaqueros fuera del rancho. Jim Gaines, Tennessee, Doane, Rebel y Frayne patrullaron por la parte baja del triángulo de terreno que conducía al paso. Holly los veía con frecuencia con ayuda de sus gemelos, cabalgando a veces y a menudo vigilando, vigilando desde alguna eminencia. Cuando dejó de ver a Tennessee por espacio de varios días, abrigó ciertas dudas; pero decidió guardarlas para sí sola... Tennessee no venía nunca. Y Holly descubrió con certeza que Stinger tenía una pierna lastimada, lo que, al ser preguntado, atribuyó a cierta caída. Pero los perspicaces ojos de la joven descubrieron un agujero de bala en sus chaparreras.
Hubo ciertos síntomas alarmantes que aumentaron a medida que los días se hicieron más cálidos y largos. Mex Southard regresó en cierta ocasión solo y gravemente herido. Había sangrado abundante y peligrosamente. Cuando Holly lo vio, dos días más tarde, había comenzado a recobrarse. La muchacha ni siquiera intentó obligarle a hablar. Un día más tarde, cuando el equipo regresó, Flinty estaba ausente de sus filas.
—¿Estoy perdiendo mi ganado? —preguntó Holly a Brazos fingiendo indiferencia.
—No —respondió el vaquero con su lenta enunciación y su fría sonrisa—. Pero eso es casi lo único que no está perdiendo usted.
—Brazos, sabes que antes quiero perder mi ganado que a mis vaqueros.
—¡Ah! ¿Qué importa un vaquero de vez en cuando?
Ann constituía la fuente más copiosa de información para Holly. Ann no era una de esas mujeres occidentales reservadas, sino que apreciaba la conversación y frecuentaba las hablillas, y solía entretenerse en los comercios o en el puesto mercantil, o junto al coche-diligencia a su llegada al pueblo. Las noticias de otros lugares no interesaban a Holly, y en el caso de que le hubieran interesado habrían representado un aumento de la carga de preocupaciones que sobre ella pesaba. La guerra campesina de Lincoln continuaba desarrollándose y amenazaba envolver en su torbellino al Oeste de Nuevo Méjico. Chisum no estaba mezclado en la contienda, pero las diversas cuadrillas de desesperados que se habían adherido a ella le robaban el ganado, por lo que Chisum declaró la guerra a muerte a los bandidos. Éstos habían comenzado a operar entre Santa Fe y Las Animas.
Tales noticias eran interesantes, pero no tan deseables como las referentes a la organización de los ganaderos, dirigida por Sewall McCoy, para defenderse de los ataques de los depredadores. A Holly, que compartía respecto a McCoy la opinión de Britt, le parecía que la noticia carecía de fundamento y que probablemente era tan sólo un rumor inautorizado.
Pero la muchacha occidental sostenía un punto de vista diferente.
—Papá estaba interesado en esa organización; formaba parte de ella —dijo—. Y papá sabía bien, lo mismo que todos los rancheros, que hay un negro a la cabeza del movimiento. Existen muchas bandas de ladrones muy conocidas, y debe de haber, además, otras solamente conocidas de los ganaderos. Es indudable que existe una muy numerosa. Las sospechas que papá abrigaba cerca de McCoy le costaron la vida. No debería haber hablado tanto corno lo hizo.
Pero papá siempre estaba hablando, y cuando tomaba un par de copas se desataba por completo. La gente dice que McCoy no es el dirigente de esa cuadrilla secreta, porque si lo fuera no habría disparado contra papá del modo que lo hizo. Pero lo será cualquier otro... Y eso es lo que más complica la situación; todos los ganaderos sospechan unos de otros y tienen miedo a declararlo. Es seguro que arrojen la responsabilidad sobre algún pobre vaquero, según dice Skylark. Y ese pobre vaquero podría pertenecer al equipo de Ripple.
—¡Oh, Ann, es imposible! —exclamó espantada Holly.
—Conforme, pero Talman y Trinidad demostraron ser unos rufianes, ¿no es cierto? Y antes que ellos Dillon hizo lo mismo. No hay ningún otro equipo de vaqueros en toda esta región que posea unos antecedentes tan malos. Sky está preocupado. Y dice que Britt se pasa las noches en vela.
—Pero eso debe de suceder a causa de la lucha que han empeñado para defender mi ganado —protestó Holly.
—Es posible. Pero no completo... ¿Qué representan unas cuantas reses? Tus vaqueros ni siquiera saben cuántas tienes. No pueden contarlas. Tienen demasiadas cabezas de ganado para los tiempos que corren.
—Es cierto. Vendería la mitad de mi ganadería, o algo más, si pudiera llevar las reses a la estación del ferrocarril. Pero Britt no se atreve a retirar caballistas de aquí para que hagan la conducción. ¡Es una situación horrible, Ann!
—No te sobresaltes, Holly —replicó la joven—. Nosotras, las mujeres, es preciso que nos habituemos a hacerle frente, a sufrirla. Y necesitamos que los hombres no adivinen cuáles son nuestros sentimientos. Skylark piensa del mismo modo. «Cómo demonios podrán. Frayne o Brazos —me ha dicho —ir en busca de ese asesino, de Rankin, sabiendo ambos que si alguno de ellos resultase herido, Holly moriría de dolor?»
—¿Quién es Rankin?
—Jeff Rankin procede de las malas ciudades ganaderas de Kansas. Le vi el día en que McCoy mató a papá; es un hombre de rostro tostado y tiene unos ojillos iguales a los de una comadreja. Se siente una especie de malestar cuando te mira... Siempre me acordaré de él, porque dijo a McCoy que esperase y concediese a papá los beneficios de la duda. Pero McCoy estaba furioso y deseoso de matar a alguien, quienquiera que fuera.
—¡Es horrible! ... Ese Rankin... ¿quién es —Un bandido, pero peor que todos los demás. Dicen que ha matado a más de una docena de hombres. No es un pistolero tranquilo, firme, sobrio, como los verdaderos pistoleros, sino un desesperado repelente, camorrista, sediento de sangre, que desenfunda el arma con gran rapidez y tiene una puntería muy certera.—¿Por qué ha salido a la luz su nombre y de qué modo se halla relacionado con Brazos... y Frayne?
—Porque dicen que Frayne y Rankin chocaron hace tiempo en Kansas..., que Frayne mató al compañero de Rankin... De todos modos, en toda la ciudad se habla de que Rankin está buscando a Frayne.
—¿Sí? Y ¿qué relación guarda todo eso con Brazos? —preguntó Holly extrañamente turbada por una picazón hormigueante y cálida, totalmente desconocida hasta aquel momento, que recorría sus venas.
—Sky dice que Brazos no tiene nada que ver con la cuestión. Pero Brazos participará en cualquier lucha de vaqueros que se produzca. Y desde que murió Laigs Mason, Brazos se ha unido estrechamente a Frayne... Esta cuestión ha de tener malas consecuencias.
—¡Oh, querida! ... Y... ¿no podrían evitarse esas cosas tan horribles?
—Cuando tenía doce años, mi madre me dijo que mi papá había ofendido, no sé de qué modo, a cierto hombre. Y aquel hombre desafió a papá a que saliese a luchar con él. Mi madre no quiso permitir que papá lo hiciera, y ésa fue la causa de que papá perdiera la amistad y el respeto de sus amigos y vecinos; hasta que se vio obligado a marcharse de allí. Esto sucedió en un fuerte de Kansas, donde papá trabajó durante la guerra. Nos trasladamos más al Oeste, y desde entonces he conocido más profundamente la vida de la frontera, donde se estima a los hombres por lo que en realidad son.
—Si un hombre es desafiado por otro... para luchar..., ya sea o no de modo justificado..., ¿debe responder al reto so pena de ser motejado de cobarde?
—Así es, Holly. Y es injusto, a mi modo de ver. Porque un malhechor puede forzar a un hombre bueno a reñir con él. Creo que se tiene en cuenta el aspecto mora! de la cuestión.
Todo hombre ha de defenderse con el revólver, y si no sabe o no puede hacerlo, no pertenece al Oeste. Y esto se aplica a todos los occidentales. Pero se aplica más principalmente a los que han matado a otros hombres. Es una especie de horrible curiosidad lo que acompaña a estos desafíos: en lo que se refiere a los luchadores, por ver cuál de los dos desenfunda más pronto el arma; en lo referente a la multitud que presencia el duelo, por ver cuál de los dos muere antes.
Holly despertó en un extraño estado de ánimo. No era una depresión ni el efecto producido por un sueño atormentador. Nunca se había hallado hasta entonces bajo el peso de una sensación tan inexplicable, aun cuando en muchas ocasiones había sido vícima de lo que los vaqueros llamaban»corazonadas». Lo que la atormentaba era un fuerte temor, el temor de una inevitable fatalidad, que no acertaba a separar de sí.
Mayo, con su viento y su polvo, con el derretimiento de las nieves, había dado paso al mes de junio. La dorada luz que filtrándose a través del follaje caía sobre la ventana, anunciaba la proximidad del verano. Holly se levantó y se puso las ropas de cabalgar. Hacía varios días que no había montado a caballo, y la razón de ello era que Britt no quería permitirle que se alejase de la casa y recorriese la campiña. Pero Holly llegó a la conclusión de que correr de un lado para otro sin abandonar el sendero de la pradera sería preferible a no montar. Sus criadas mejicanas se mostraban tan serviciales y amables como siempre. Rosita había ido al pueblo la noche anterior y charló incansablemente acerca de los acontecimientos vulgares. Después del desayuno, según acostumbraba hacer, Holly salió al pórtico con los gemelos para observar la campiña.
Lejos, a lo largo del Cottonwood, vio un grupo de jóvenes que se acercaba. Aquel grupo debía de estar integrado por Brazos y los restantes miembros del equipo a quienes Britt había encargado recientemente que recorriesen las llanuras. ¡No había tantos caballistas como de costumbre! El grupo conducía ante sí cierta cantidad de caballos sin ensillar, con toda probabilidad la»remuda». Holly pudo divisar el bulto de unos fardos. Las nubes de polvo impedían que el trayecto fuese recorrido con rapidez. Por aquellos días los vaqueros siempre tenían mucha prisa.
Britt esperaba el regreso de Brazos desde algún tiempo antes, y no pudo ocultar a Holly su impaciencia. En realidad, Britt no había ido a verla durante las cuarenta y ocho horas anteriores, omisión que estaba muy lejos de ser tranquilizadora. Frayne se había tornado más esquivo para ella que nunca.
Holly reflexionó sobre estas circunstancias mientras movía los gemelos, retiraba la vista de los jinetes y la dirigía a la anchurosa extensión que se desarrollaba entre las montañas y el arroyo. En el campo negreaban las manchas del ganado. Los algodoneros se encontraban en pleno florecimiento y se destacaban con su verde y hermoso color ante la tonalidad gris del fondo.
Repentinamente, el círculo de visión de Holly se llenó de un grupo de jinetes, que se hallaba escasamente a una milla de distancia de los encerraderos. Holly miró y volvió a mirar, asaltada de súbito por la sorpresa y el temor. Aquellos jinetes no eran vaqueros. No tenían el aire descuidado, libre, gracioso que era característico de sus caballistas.
»No sé quiénes podrán ser», monologó Holly; y pensó en las cuadrillas de bandidos que se sabía cabalgaban frecuentemente por los terrenos abiertos. La joven había visto más de un grupo de tal clase. Aquellos jinetes le produjeron la impresión de que eran rancheros y ganaderos que se dirigían al puesto comercial con algún fin, o al pueblo, o posiblemente al rancho de ella. Abandonó los gemelos en el pórtico y se lanzó cuesta abajo, en busca de Britt.
Mientras tanto, en su imaginación pasaron suposiciones de terribles contingencias.
Holly llegó al último encerradero de la vereda. Allí oyó unas voces broncas de hombres, pero no pudo entender sus palabras. La enorme cuadra se elevaba sobre la cerca.
Holly se detuvo con la mano apretada contra el corazón. No consideraba que lo que sucedía diese motivo de alarma, mas así aconteció. ¿Qué circunstancias podrían presentarse en el caso de que los jinetes que había visto no se hubiesen dirigido al puesto comercial? ¿Dónde estaban sus caballistas? ¿Qué habría sido de Frayne? Y la respuesta a tales preguntas era que todos debían hallarse en aquel lugar.
Y miró desde una esquina del encerradero para ver el ancho patio. ¡Una veintena de caballos ensillados! ¡Hombres reunidos en círculo en la vereda oblicua que conducía a la ancha puerta! Unas formas oscuras se delineaban ante el fondo inundado de luz de sol. Holly vio que entre ellas había mujeres.
Holly volvió atrás para correr hacia el abierto portillo del encerradero. Siguió la cerca formada por maderos desnudos en dirección al granero, más allá de los caballos, más allá del grupo de jinetes, hasta tan lejos como pudo llegar. Y al llegar allí se detuvo para mirar por entre las rendijas de las maderas. Las grandes puertas habían sido corridas para que quedasen completamente abiertas.
Britt, con la cabeza descubierta, con el rostro turbado y sombrío, paseaba ante la entrada del granero. Frayne ocupaba el centro del patio. La congoja arrugaba sus severas y pálidas facciones. Sus ojos parecían dos espacios huecos que mirasen, por sobre la cabeza de Britt, hacia la casa ranchera. Holly observó con creciente temor que tras él se encontraban unos ganaderos de rostro severo. Pero cuando dirigió la mirada hacia otro lado y vio a Sewall McCoy, con sus prominentes carrillos y su rostro inclinado, que se hallaba ante algunos de los vaqueros, el pánico se apoderó de ella con incontenible fuerza.
—¡...ofensa! —maldecía enojado Britt—. Es cierto. Clements. Os habéis dejado engañar por ese astuto hombre, —Eso habremos de verlo —declaró Clements, un ganadero canoso y de toscas facciones—.
Lo único cierto es que todos nosotros estamos engañados por alguien. A Hayward le disgustaba este asunto tanto como a mí. Pero teníamos que organizarnos... McCoy tiene pruebas de que tres de tus vaqueros eran unos malvados. Dillon, Talman y otro vaquero llamado Trinidad. No puedes negarlo, Britt.
—¡No, diablos! No puedo negarlo, porque era cierto —replicó Britt escupiendo las palabras como si tuviese en la boca unas cenizas calientes—. Y ya están muertos, ¿no es cierto? Bien, ¿quién castigó tal delito, quién les dio su merecido? ¡Mis propios hombres! Y fueron los últimos vaqueros deshonestos que ha habido en mi equipo.
—Eso es lo que tú crees, Britt —añadió Hayward, un ranchero alto, cetrino, de ojos agudos—. Pero estuviste engañado en tres ocasiones, y puedes estarlo una vez más. McCoy jura que puede probarlo.
—Te daremos las pruebas tan pronto como venga Slaughter —dijo McCoy con voz profunda y dándose importancia, una importancia agresiva—. Tanto él como su equipo, deberían hallarse ya aquí.
—¡Por Satanás, no le será fácil probarlo! —dijo Britt de modo silbante—. Escuchadme, Hayward, y tú, Spencer, y tú, Clements: ¿no veis que esto podría originar una guerra en estas tierras?
—No, no lo veo —protestó impertinentemente Hayward—. No queremos dejarnos arrastrar a ese lío de la guerra de Lincoln.
—Es cierto; armarás un lío excesivamente tuyo, no hay duda.
—Para haber sido batidor tejano, no tiene mucho sentido común, Britt —declaró Spencer, un hombre bajo, robusto y barbudo—. ¿No quiso Ripple que reunieses el equipo de caballistas más duro y más arriscado de todos estos contornos?
—Sí, así fue.
—Bien, ¿no lo has conseguido?
—¡Puedes apostar la vida a que también es cierto! —replicó Britt—. Y por esa causa te digo que McCoy patina sobre una capa de hielo muy delgada. Y si tú lo apoyas en este ofensivo asunto, tú... y él...
Britt. Ese hombre es un proscrito —le interrumpió coléricamente Hayward.
—Lo fue, sí. Pero no aquí. No lo fue en Nuevo Méjico. Es tan honrado como yo... y muchísimo más noble y honrado que cualquiera de vosotros.
—Britt, ¿nos diriges un insulto o... una amenaza? —preguntó Hayward.
¡Ambas cosas!
Clements y Spencer se agitaron con inquietud. La pasión y la cólera de Britt los había impresionado. Hayward parecía ser el director del trío.
—Hombres —gritó insolentemente McCoy—: estáis perdiendo el tiempo y el aliento. Esa cuestión es cosa de Frayne.
Estas palabras escocieron a Britt como el azote de un látigo.
—¡No hay duda..., miserable embustero! Empleas dos procedimientos diferentes para conseguir un fin, dos maneras de deshacerte del hombre a quien odias..., ¡del hombre a quien temes! Te has unido a ese maldito pistolero, Rankin, para animarle a que provoque a Frayne.
Y si ese proyecto fracasa..., y es tan seguro que fracasará como que hemos de morir..., entonces, arrojarás el hacha de tu odio contra él. ¡Acusar a Frayne de robar el ganado de Holly Ripple...! ¡Dios todopoderoso! ¡No quisiera estar en tu pellejo, McCoy!
McCoy enrojeció y se enfureció ante las palabras del tejano.
—Britt, eres un incurable charlatán. Pero el asunto que nos ha traído aquí es cosa de Frayne, y de nadie más. Queremos ofrecerle la ocasión de elegir: podrá enfrentarse a Rankin, que es aquél que le está esperando en el puesto comercial, y, si lo matase, hacer frente a nuestras pruebas de que es un ladrón de ganados. O podrá montar su caballo y abandonar esta región.
—¡Renn Frayne no se marchará jamás de aquí! —replicó Britt, pálido y con resuelta firmeza. Y se volvió hacia Frayne.
—Cap —dijo Frayne con calma—, he sabido siempre que, al fin, habría de enfrentarme con Rankin. Lo haré ahora mismo. Después...
A las emociones que Holly experimentaba sucedió un terror que la dominó. Y la joven se deslizó por el hueco que se abría entre dos maderos y corrió a través de la oblicua senda. El grito de Ann y las excitadas voces de los vaqueros dieron alas a sus pies. Frayne se volvió repentinamente para verla. A la palidez de su rostro se unió un tono rojo vivo y fuerte.
—¡Renn! —gritó Holly apasionadamente. Y le rodeó el cuello con los brazos. Una especie de locura la poseía. Fue como si la angustia de la pérdida se apoderase de ella, aun cuando en aquel instante apretaba con mortal pasión contra su cuerpo el de él—. ¡Renn! ¡No debes ir...!
¡Te quiero...! ¡Moriría si... si...! ¡Vamos! ¡Llévame lejos de este terrible Oeste...! ¡Iría al fin del mundo... contigo!
Frayne la apretó contra sí, aproximó la cabeza de ella a su pecho y se inclinó sobre la mujer.
—¡Pobre niña...! ¡Oh, Holly, he intentado evitarte esto...!
Su expresión, su súbito y fuerte abrazo, el violento palpitar de su corazón, sus tiernas y lastimeras palabras..., todo esto pareció traspasar el ser entero de Holly y llegar hasta la profundidad de su alma. ¡Frayne era suyo! Le quería. Y él la quería. En un enajenamiento que llegó hasta la pérdida de la conciencia, Holly se estremeció entre los brazos de Frayne. Una terrible tormenta parecía estar formándose en su interior, un vertiginoso remolino de pensamientos que el amor impidió que estallase. Y luego oyó la voz de Frayne, como si llegase hasta ella desde muy lejos.
—Caballeros, no quiero enfrentarme con Rankin. En cuanto a las acusaciones de McCoy, declaro que soy inocente. Pido que se me juzgue con imparcialidad.
Las aturdidas facultades de Holly despertaron súbitamente, como una nube henchida por el rayo. La vergüenza que experimenté se mezcló a un amargo sabor de sangre caliente.
Aquél era el momento culminante a que había sido arrastrada cruelmente a través de días y noches interminables.
—¡Oh, Renn! —exclamó al separarse de él—. ¿Qué he hecho?


XIII
Britt salió de su estupefacción y se aproximó a ellos. Verdaderamente, ¿qué había hecho Holly? ¡Salvar o perder a Frayne! Pero, como la maravillosa mujer de generoso corazón que era, había proclamado ante todo el mundo lo mucho que para ella significaba Frayne.
—Holly, ésta es una cuestión de hombres —dijo Britt con voz ronca a su lado—. Permite que...
Holly le interrumpió con un rápido movimiento de la mano.
—¡Perdóname, Renn! —le dijo, mirándole suplicante—. Estaba fuera de mí... Ahora lo comprendo... Te suplico que no permitas que yo... o mi amor... se te opongan lo más mínimo... Confío en ti, tengo fe en ti... Te «conozco»... Enfréntate con esos hombres... como si jamás me hubieras visto.
—Holly —respondió él con voz ahogada cuando se serenó su ánimo. Por aquella mujer habría sido capaz de hacer traición a la valentía que es propia del Oeste y aceptar un estigma sin vergüenza y sin amargura. Pero no habría podido decir ni una sola palabra acerca de la pasión que lo consumía.
Holly, todavía agarrada a la mano de Frayne, se volvió hacia los boquiabiertos ganaderos. Britt la miró asombrado. Su hermosura y su abolengo no habían brillado nunca con tanto esplendor como en aquel momento. En su rostro, blanco y altivo, los ojos resplandecían, tan grandes, tan negros, tan magníficos, que, más que humanos, parecían dos llamas de un espíritu más fuerte que el terror y la muerte.
—Hayward y todos ustedes, escuchen: Renn Frayne ha sido acosado durante mucho tiempo por hombres de la clase de ese Rankin. Y esos hombres hicieron de él un proscrito.
Dudo que en alguna ocasión haya sido realmente malo. Pero eso no me importaría, porque «ahora es honrado». Le quiero, y voy a casarme con él. Meditad bien sobre vuestra enemistad en un momento como el presente. El rancho de don Carlos se alza o se derrumba al mismo tiempo que este hombre. Sewall McCoy es un perro despreciable. Quiso casarse conmigo, y me amenazó con unirse a Slaughter «si» me negaba a aceptarle como esposo. Esta amañada acusación contra Frayne no está inspirada solamente por los celos y la venganza, sino también por el temor. McCoy teme a Frayne. Y esto sucede así, caballeros, porque Sewall McCoy es el factor desconocido de este misterio de la llanura. Sewall McCoy es el ganadero poderoso y ladrón de reses.
—¡Perra asquerosa, mestiza despreciable! —estalló McCoy con incontenible furor.
—¡Silencio! —gritó Britt, saltando y deteniéndose agresivo ante él—. ¡Una palabra más... y te mataré!... Tú mismo has provocado esta situación. Ahora, ¡por Satanás!, acepta las consecuencias.
—¡Basta, Britt! ¡Basta! —dijo a grandes voces Clements, que estaba sorprendido al ver el inesperado curso de los acontecimientos—. Todos hemos de jugar nuestras cartas en esta partida... Señorita Ripple, utiliza usted unas palabras muy fuertes. Podemos comprender que cuando las pronunció se hallaba en un estado de ánimo perturbado, es cierto... Pero no siendo en el caso de que se hallase fuera de si por efecto de la cólera cuando las pronunció..., no siendo en tal caso..., habremos de requerirla para que demuestre...
—Clements —le interrumpió Holly—, están ustedes cazados en la rampa, irremediablemente cazados en los cepos de ese miserable ladrón que contrata a pobres vaqueros para que roben por él y para él... ¿Creen ustedes que «yo» habría de mentir? Señor Clements, no tengo ni la menor duda de que antes de que haya transcurrido una hora se verán ustedes sometidos a la dura prueba de explicar satisfactoriamente «sus» relaciones con Sewall McCoy.
—Lo harán, Holly. Eso basta —dijo Britt, que se encontraba nervioso por efecto de la duración de la prolongada escena—. Vete a casa... Ann, acompaña a Holly. Llévala a casa.
Ann se adelantó disgustada en tanto que Holly se volvía en dirección a Frayne.
—Renn, espero que irás a la casa muy pronto —dijo fríamente al mismo tiempo que ponía en él la mirada de sus ojos altivos. Frayne no pudo responder. Luego, cuando Ann acompañaba a Holly hacia la puerta del granero, ambas se dieron de manos a boca con un alto vaquero.
—¡Brazos! —exclamó Holly con sorpresa y alegría—. ¿Dónde estabas?
—Aquí —respondió Brazos.
—¿Desde cuándo? ¿Has...?
Britt se aproximó para observar detenidamente a Brazos, y no se sorprendió al ver que Holly vacilaba.
—Vine delante del equipo. Vi a usted. Y la seguí. He permanecido aquí mismo durante todo el tiempo.
—¡Oh, cuánto... me alegro! —contestó Holly presurosamente y tartamudeando.
¿Interpretó la lividez que cubría el rostro de Brazos y la expresión terrible de sus ojos como manifestaciones de un reproche inexpresable por medio de palabras? Britt no interpretó del mismo modo el talante de Brazos. Había habido, sin duda, situaciones apuradas y comprometidas en la llanura, y lo más probable sería que se produjera alguna otra igualmente peligrosa en el rancho. Y condujo a Holly, en unión de las otras muchachas que eran mejicanas, lejos del lugar de la escena.
—Renn, yo iré contigo— dijo Brazos lentamente—. Tengo ganas de verte perforar a ése..., a esa cucaracha de ojos saltones.
—Tú te quedarás aquí —le ordenó Frayne—. No dejes que salga de este granero ni siquiera un solo hombre.
—Yo me encargaré de esa misión —dijo sombríamente Clements—. Creo que me agradará mucho el ver regresar a Frayne. De otro modo, jamás podríamos descubrir quién es ese sospechoso cuatrero. ¡Ja, ja!
—Ya es bastante, Clements —gritó Brazos—. Va a pasar usted unos ratos infernales para tragarse las palabras que ha pronunciado. Se ha engañado al adoptar una posición, y muy pronto va a poder comprobarlo.
Britt se vio precisado a correr para seguir las rápidas zancadas de Frayne. Y mientras corría al lado del proscrito, daba vueltas imaginativamente a algunas cosas que quería decir.
—Reno, ¿es verdaderamente peligroso ese Rankin? —Es un hombre despreciable. Una culebra. Peligroso si puede obrar por sorpresa. Eso es todo.
Llegaron al pueblo. Frayne aminoró la rapidez de la marcha y continuó caminando por el centro del arroyo. Un mejicano cubierto por su ancho sombrero de paja pasó junto a ellos conduciendo dos cubos de agua que llevaba colgados de un palo extendido sobre ambos hombros. Varios indios haraganeaban en las inmediaciones del puesto comercial. Dos caballos polvorientos se hallaban atados a la barra situada frente a la entrada de la taberna. En cuanto al resto, la ancha calle estaba desierta. Britt vio los dibujos mejicanos, toscos y torpes, que decoraban las fachadas de adobe.
Frayne se preparó ante las sucias puertas de madera, luego las abrió con un vigoroso impulso y saltó al interior del establecimiento. Britt entró con la misma rapidez que él y se desvió hacia un lado. El enorme salón olía a ron agriado. La perspicaz mirada de Britt descubrió que había en la estancia cuatro hombres, además del que conocía con el nombre de Rankin. ¡Un hombre despreciable! ¡Una culebra! Rankin se hallaba apoyado de espaldas en el mostrador, con los brazos extendidos sobre el borde, postura en que jamás se habría arriesgado a colocarse ningún gran pistolero que esperase un encuentro con algún enemigo.
Britt lo vio ponerse rígido en tal posición. Un ancho sombrero ensombrecía sus ojos, circunstancia contraria a Frayne en el caso de que éste necesitase leer en ellos las intenciones de su adversario. Pero Frayne no lo necesitaba. Britt sabía que en el mismo instante en que Rankin moviese uno de los brazos, Frayne ya estaría desenfundando el arma.
El único movimiento que se produjo en el salón fue el rápido deslizarse del camarero que se hallaba tras el mostrador, quien corrió hacia el extremo más lejano del establecimiento.
—Rankin —dijo Frayne con fría entonación.
—¡Hola! ¿Quién eres? —contestó ásperamente el otro.
—Ya me conoces. Soy Frayne.
—¡Ah, Frayne, ¿eh?... Bien, casi había creído que no volvería a verte jamás. En realidad, no te esperaba mucho... ¿Quieres beber conmigo una botella de vino?
—No.
—Comprendo. He oído decir que juraste abandonar la bebida... ¿Has tomado ya la resolución de alejarte para siempre del rancho de don Carlos?
—No.
—¿Piensas quedarte?
—Sí.
—¿No te invitó Hayward a abandonar esta región?
—Sí.
—Y ¿no te dijo McCoy lo que le encargué que te dijera con el fin de que te marchases a toda prisa? —Sí. Y por eso estoy aquí.
—Frayne, te doy tiempo hasta la caída de la tarde para que dejes estos terrenos —gritó estridentemente Rankin. La cólera había sustituido en él a la sorpresa. Pero no podía observarse ningún síntoma de temor en el hombre. Observaba atentamente los movimientos de su adversario, y su cuerpo se atirantaba. Su mano derecha empezó a estremecerse.
—¿Salí de Dodge después de matar a tu compañero, el ladrón? —preguntó insultantemente Frayne.
Rankin no era cobarde, pero su expresión demostró que había comprendido que se hallaba en una situación desventajosa y que tendría que enfrentarse con Frayne a solas. Sin embargo, aceptó el riesgo. Y se puso rígido repentinamente. Britt vio que su sombrero se elevaba un poco sobre los amenazadores y opacos ojos. Con la rapidez de la luz, todo su cuerpo se contrajo para lanzarse a la acción.
Frayne desenfundó el arma con demasiada rapidez para que Britt pudiera verlo. Pero Britt sí vio el rojo resplandor, el reventón... y oyó el estampido.
La terrible violencia de Rankin experimentó una repentina interrupción. Rankin cayó flojamente hacia el mostrador y su cabeza se inclinó en dirección al pecho, con lo que el sombrero le ocultó el rostro. Y su mano se separó del medio desenfundado revólver. Un gemido angustioso salió de su boca. Y de este modo quedó convertido en una figura encogida y desprovista de su siniestra amenaza.
Britt no se mostró locuaz durante el camino de regreso al granero. Ni permitió que el áspero gusto del enojo o el sentimiento, más fuerte, del alborozo o del consuelo interrumpiese el perfecto funcionamiento de su «máquina de pensar». La situación requería el empleo de algo más, mucho más de lo que un hombre solo podría darle. Por otra parte, no se hallaba en un estado de ánimo alegre. Sabía que Brazos se entregaría a ciegas a la violencia. McCoy no tenía ni la más ligera probabilidad de salir con vida de su empeño. Evidentemente, lo más importante de todo sería demostrar con pruebas la inocencia de Frayne y la culpabilidad de McCoy ante los obsesionados ganaderos, y después, evitar que todos se entregasen a una batalla enconada, lo que parecía difícil de conseguir, ya que McCoy tenía junto a sí a cierta cantidad de vaqueros, además de la media docena que acompañaba a los ganaderos. Britt recordó que los cuatro vaqueros que quedaban a Holly eran Jim, Skylark, Stinger y Gaines.
¿Qué habría sido de Joe Doane y Rebel?
—Frayne, ¿crees que McCoy podrá demostrar la verdad de las acusaciones que ha hecho contra ti?
—¡Nunca! Su carta de triunfo es Russ Slaughter, y tengo el presentimiento de que Russ Slaughter no llegará jamás aquí.
—¡Brazos!
—Sí. Esconde algo en la bocamanga.
—¡Mira!... ¡Allá, en el sendero!... Frayne, ahí viene el equipo. Sin duda, ésa es la causa de que Brazos se muestre tan reservado.
—Es muy probable. Sigamos adelante. Los del equipo traen mulas de carga y fardos... Es probable que inicien pronto una pelea.
Britt trotó detrás de Frayne. Cortaron por un atajo que conducía al granero, y llegaron hasta la cerca, a un punto cercano a la puerta. Las posiciones de los miembros de los diversos grupos apenas se habían alterado. McCoy se encontraba sentado hoscamente, separado de sus vaqueros. Los ganaderos interrumpieron su conversación al ver llegar a Frayne. Britt murmuró al oído de Jim:
—Vuelve en seguida, y preparaos todos para lo que pueda suceder.
—¡Aquí estás, compañero! —gritó Brazos con penetrante y vigorosa voz de tenor—. Estos honrados ganaderos no esperaban que volvieses. Pero yo sabía que vendrías.
McCoy se puso en pie, con el rostro lívido, y comenzó a dar muestras de que en su interior se operaba un creciente cambio. Brazos habría sido desconcertante, aun para un hombre honrado.
—Frayne, ¿vienes de enfrentarte con él? —preguntó McCoy roncamente.
La respuesta que obtuvo de Frayne fue una mirada penetrante y sostenida. Pero Britt pensó que sería oportuno ofrecer otra contestación.
—McCoy, ¿es ese pistolero de ojos saltones el mejor de todos tus tiradores?
—¿Muerto? —preguntó roncamente McCoy.
—Con el corazón atravesado de un tiro. ¡Demonios, ni siquiera tuvo tiempo de desenfundar su arma!
Brazos reaccionó al oírlo con una sonora carcajada. Brazos dominaba a todos los grupos en la posición en que se hallaba, y aun a Britt y Frayne. Llevaba el revólver colgado a baja altura, y tenía otro más guardado en el bolsillo posterior del pantalón. Britt creyó advertir que Brazos olía a pólvora quemada y observó que tenía el cinturón medio vacío de balas. El característico color rojo se había borrado de su rostro y su palidez daba más vigor a las rojas manchas de sangre que se veían bajo su revuelta cabellera.
Clements tosió nerviosamente y se adelantó un paso.
—McCoy, repite tu acusación contra Frayne y preséntanos las pruebas. Esta cuestión comenzaría a tener un aspecto extraño en el caso de que no lo hicieras.
—¿Extraña, eh? —replicó desdeñosamente McCoy—. Podéis creer que es tan extraña como os parezca conveniente. Ya os dije que Slaughter tenía las pruebas.
—Pero tú nos dijiste que sabías cuáles eran esas pruebas —protestó vacilante Clements.
—¿Quieres dejar de atormentarme, y esperar hasta que Slaughter llegue aquí? —gritó McCoy.
Brazos saltó hasta situarse delante de ellos con un revólver en cada mano.
—Bien, aquí viene Slaughter... ¡Nadie mueva ni siquiera un dedo! Vosotros, los vaqueros de McCoy; os advierto que tengo ojos en el cogote... Me parece que alguien va a tener más de un disgusto.
Britt vio que el equipo de Brazos daba vuelta al llegar al patio del granero. Jack iba a pie conduciendo una bestia de carga sobre la que iba lo que parecía un hombre, atravesado sobre la silla, con los pies y las manos colgantes. Santone, Cherokee, Tex y Max Southard marchaban detrás del negrito. Y si Britt había visto en alguna ocasión un cuarteto del que no pudiera dudarse que acababa de tomar parte en una contienda, el tal cuarteto era aquél.
Negros, rotos, sucios, manchados de sangre, parecían una banda de piratas. Tras ellos venía Bluegrass, con el rostro como una blanca salpicadura y tambaleante sobre la silla.
Cuando el cortejo llegó a la senda que conducía a la puerta del granero, la sobresaltada mirada de Britt pudo confirmar la primera impresión recibida respecto al objeto que se hallaba sobre la silla de Jack. Era un hombre muerto, cuya sangre goteaba de las inertes manos que tocaban el suelo.
—Reuníos todos, compañeros —dijo Brazos—. Y venid aquí. Jack acerca ese jamelgo.
El negro cumplió la orden. Britt miró de un modo excitado y horrorizado. No podía mover la cabeza del muerto, puesto que colgaba hacia el otro costado del caballo; pero sabía quién era.
—¡Bájalo de ahí, Jack! —ordenó Brazos.
El negro agarró al muerto por las caderas y lo levantó, con lo que el cuerpo se deslizó de la silla y cayó repentinamente al suelo del granero. La sangre salpicó en todas direcciones.
Cuando el caballo se hubo apartado, Britt confirmé sus suposiciones respecto a la identidad del cadáver. Russ Slaughter presentaba un aspecto horrible.
—Mirad todos vosotros —siguió diciendo el implacable vaquero—. Pero no os acerquéis.
Miradle todos, vaqueros y ganaderos, para que sepáis qué es lo que les sucede a los ladrones de ganados... ¡Ved! ¡Ha estirado una cuerda de cáñamo! Este caballero ladrón fue herido primero, luego colgado vivo y después rellenado de plomo.
En el horrorizado silencio que siguió a esas palabras y que inmovilizó a los espectadores, Brazos saltó sobre el muerto para encararse con el lívido McCoy y sus diversos e inexpresivos vaqueros.
—Mire McCoy: aquí está Russ Slaughter —continuó Brazos con voz en que se incrementaba el timbre de frío acero—. Russ tenía las pruebas. Sí, es cierto, ¡las tenía! i Pero...
son las pruebas de las malas acciones de usted!, ¡de sus malvados tratos con él! Russ debía de ser un hombre que no confiaba en usted ni en su memoria. Y anotaba los novillos..., las terneras..., hasta los dólares. Todas estas anotaciones las hacía en un librito... «¡Y tengo ese libro en mi poder!»
En su furiosa sangre fría, Brazos tenía una expresión terrible. En su rostro de limpios perfiles se reflejaba la ira de un dios vengador.
—Y eso es todo lo que se refiere a usted, McCoy —silbó Brazos—. ¡He aquí esto por su ofensa a Holly Ripple! —Un rojo resplandor brotó de un revólver. McCoy lanzó un grito horroroso y se llevó frenéticamente las manos al abdomen—. ¡Y tome esto otro por su antiguo odio y sus malas pasadas a mi compañero Renn Frayne! —El segundo revólver vomitó fuego.
McCoy se desplomó tras la nube de humo. Brazos saltó sobre él para encararse con los vaqueros de McCoy, con ambos revólveres, todavía humeantes, en las manos—. ¡Marchaos!
¡Pronto! Y si volvéis a encontraros en alguna ocasión con un vaquero del equipo de Ripple, ¡desenfundad inmediatamente las armas!
Y los obligó a salir del granero.
—Vigiladlos, compañeros. Si volviesen la cabeza... ¡disparad contra ellos!
Brazos giré rápidamente para situarse ante los ganaderos, de los cuales Clements era el más tembloroso. La actitud de Brazos terminó de acobardarle.
—¡Clements... tu alma negra! No puedo tener seguridad respecto a lo malvado que puedas ser. Pero tu nombre está en el libro de Slaughter. Tú le comprabas ganado. ¿Cómo lo explicas?
—Ganado sin marcar, Keene..., ¡lo juro por Dios! —dijo angustiosamente el ganadero, cuyo rostro había adquirido un color ceniciento bajo la poblada barba.
—¡Mientes! Lo veo en tus ojos. Los hombres honrados no tienen nada que temer. Pero tú no eres honrado. Sabías perfectamente que McCoy era un malvado.
—¡No..., juro que no... lo sabía!
—¡Sabías bien lo que era Slaughter...! ¡Decláralo antes de que te atraviese con una bala!
—Sí... sí... Lo sabía.
—Y ¿le compraste reses de la ganadería de Ripple? —Cerré los ojos... Todas fueron terneras sin marcar..., erales...
—¡Ah!... Bueno, voy a clavarte un trozo de plomo en el cuerpo... Pero si no hubieras sido tan ruin con las palabras que dirigiste a la señorita Ripple, acaso te habría dejado libre y sin daño...
—¡Oh Dios mío...! ¡Brazos!
El revólver de Brazos cortó la desesperada y conmovedora súplica.
—¡Marchaos pronto, ganaderos honrados, antes de que me deje llevar de la indignación!
¡Ahora mismo! Conocemos las andanzas de McCoy. Tenemos pruebas escritas de sus fechorías. Tenemos la confesión de Saunders... Y llevaos esos muertos para enterrarlos... si no preferís que los arrojemos a los lobos y las aves de rapiña.
Media hora más tarde Brazos se colocó al lado de un brioso caballo que Santona haba conducido al patio. Un pequeño fardo y una cantimplora se hallaban significativamente atados a la silla. Brazos montó con su lenta e inimitable gracia.
—¡Quieto, Bounce, o te daré de palos! —gritó al mismo tiempo que con poderoso brazo obligaba al caballo a inclinarse—. ¡Hasta la vista, Jim, Rebel... y todos vosotros!
Los vaqueros murmuraron unas palabras de despedida con las que parecieron expresar su opinión de que ni sancionaban ni aprobaban la actitud de Brazos. En su aquiescencia hubo algo de la fría indiferencia de Brazos. Los vaqueros han de rodar por el mundo. Y todos se inclinaron ante el destino y la grandeza de su compañero.
Britt y Frayne se acercaron más a él.
—Brazos, no tienes motivos para marcharte —dijo roncamente Britt.
—Compañero, el hombre confesó su culpabilidad, protestó Frayne—. Hayward, Spencer...
Todos lo oímos.
Brazos encendió el cigarrillo y después de haber arrojado la cerilla miró fijamente a sus amigos con la habitual enigmática sonrisa dibujada en el rostro. Sus maravillosos ojos perdieron la característica dureza azul, que se desvaneció tras una sombra de lo que— pudo ser dolor.
—Creo que estoy cansado del rancho de don Carlos —dijo con su habitual lentitud—. Me esperan los novillos del Pecos y de Texas.
Britt permaneció silencioso, porque no podía hablar, en tanto que Frayne miraba firmemente a su— amigo con muda aflicción. En su mirada parecía reflejarse lo que debía de ser una confusa comprensión.
—Compañero, hazme un favor —continuó diciendo Brazos al mismo tiempo que se inclinaba para poner una mano sobre el hombro de Frayne—. Si tú... y Holly tuvierais un hijo, ponedle el nombre de Brazos.
Y después, con un repiqueteo de espuelas y un resonar de cascos, se alejó con la rapidez del viento. Los hombres le vieron cruzar la carretera y correr a lo largo de la gris extensión en dirección al paso y hacia el largo y solitario camino de Texas2.
Pasaron los días. Junio desapareció y llegó el caliente mes de julio. La fama de los vaqueros de Holly Ripple se extendió hasta muy lejos. Las dos facciones que contendían en la guerra campesina de Lincoln hacían esfuerzos por ganarla. Un mes de paz había llevado nuevamente a los vaqueros a los antiguos días de ociosidad. Cabalgaron, hicieron apuestas, jugaron y vigilaron el ganado, se gozaron en su bien ganada y querida independencia y en el respeto y la soledad de las llanuras.
Llegó el cumpleaños de Holly y el acontecimiento de aquel año consistió en la celebración de su boda. Solamente fueron invitados al acto los vaqueros y los amigos y vecinos más próximos.
Britt, que se atribuía la gloria del— feliz y grande acontecimiento, se separó de los vaqueros y subió a la casa ranchera, donde halló a Holly radiante y realizando los últimos preparativos, dispuesta a entregarse en manos de Ann y de Conchita.
—¡Oh Cappy, las muchachas ven a vestirme ahora mismo! —exclamó—. ¿Crees que le gustaré a Renn? Nosotras mismas hemos hecho los vestidos... El querido y anciano padre agustino está aquí. Renn jura que quiere casarse conmigo dos veces; la segunda, por un sacerdote americano. Quiere estar absolutamente seguro de mí.
En aquel momento llegó Ride-Em Jack, que iba resoplando y llamó sonoramente a la puerta.
—¿Qué quieres, Jack? —preguntó Britt.
—¿Quién es?... ¡Oh, es Jack! ¡Pobrecillo! ¿Por qué estás tan cansado? —preguntó Holly.
—Señita Ripple: Etoy terriblemente trite. Lo siento mucho... Sí, e sierto —dijo Jack solemnemente.
—¿Triste? ¿De qué?
—Porque soy portaor de terribles notisia.
—¡Habla pronto, Jack, por favor! No es ésta la ocasión más apropiada para atribular a la señorita Holly —protestó enojado Britt. El negro hablaba con absoluta seriedad, y con toda probabilidad era portador de malas noticias, como había anunciado, aun cuando posiblemente podrían ser aplazadas para otro momento.
—Taigo un encago del señó Renn.
—¡Renn! ¡Por el amor de Dios, Jack! —exclamó Holly excitada—.¿Qué sucede?
—Dise que lo siente mucho, pero que no puede casase con uté hoy.
—¡Oh, Dios mío!... Britt, Ann, ¿habéis oído a Jack? ¡Cielos! ¿Cuál es la causa? ¡Oh, 2 El simpatiquísimo personaje llamado Brazos Keene figura como protagonista principal en otra deliciosa novela de Zane Grey titulada Sombreros gemelos.
nunca, nunca podré estar segura de Renn! Se marchará, me abandonará...
—¡No digas tonterías, Holly! —la interrumpió Britt—. No exageres en tus suposiciones. Es posible que no suceda nada importante. Pero! si hace poco menos de una hora que vi a Renn y estaba tan loco de entusiasmo, que ni siquiera se enteraba de la presencia de sus compañeros!
Loco, Holly, loco por ti. ¡Jamás he visto a un hombre tan feliz!
—¿Loco?... ¿Feliz?... Entonces... ¿cómo es posible...?
Jack, ¡cabeza negra!, ¿por qué no puede Frayne casarse hoy?
—Poque señita, han venlo ladrone a llevase el ganao. Santone vino hase un momento. Y nos lo dijo. Allá en Gray Hill. ¡Diablo! Nunca he vito tan enfadao al señó Renn. Lansó mucha maldisione. Dijo: «¡Fuego del infierno! ¿No pueden dejame e pas un día pa que pueda casame?»
—Pero, Jack... Supongo que no se habrá marchado —dijo afligida Holly.
—Sí, señita. Cogió er caballo y se marchó. Y tóo el equipo iba con él. Y tóos iban vestidos de toa gala. Y yo voy a dame mucha prisa pa ve si puedo alcansalo.
—¿Dijo cuando... volverá? —preguntó débilmente Holly.
—Me dijo que dijera a uté que no lo sabe con seguriá.
Q
uisá mañana, quisá no. Holly se entregó a un desatado furor..., el primer ataque de ira que Britt le había conocido. En los primeros momentos se quedó tan muda, que solamente pudo arrojar cosas al suelo. Pero muy pronto comenzó a gritar:
—¡Oh, maldito ganado! ¿Qué me importan las vacas?... ¡El día de mi boda! ... Y Renn me deja para perseguir a los ladrones... ¡Al infierno mi ganado! ... ¡Quiero casarme, quiero mi esposo!
—Señita, se me olvidaba —dijo el negro—. Dise que no deje uté de agita el pañuelo en la ventana, como suele hase. Pero tendá uté que dase prisa, poque muy pronto se perderá de vita.
¡No, no lo haré! ¿Despedirme agitando el pañuelo... cuando me ha abandonado para seguir a unas desgraciadas vacas? ¡Oh, Britt, debe de ser muy grave lo que sucede! ... ¡Un ataque muy importante! De otro modo, Renn no me abandonaría en estos momentos...
¿Dónde está mi pañuelo? Ann, Conchita... ¡Mi pañuelo, tontas!
Holly corrió de un lado para otro en busca de la prenda, llorando, retorciéndose las manos, exaltada por una mezcla de violentas emociones. Al cabo de un momento arrebató el encendido pañuelo de manos de Ann y corrió en dirección al pórtico. Britt corrió tras ella. Al llegar a aquel lugar, Holly saltó a la senda, con los brazos colgantes, con los hermosos ojos desmesuradamente abiertos.
La llanura estaba desierta. Pero en la propia senda, a una distancia menor de cien metros, Holly vio una comitiva de vaqueros, con Frayne a la cabeza. Renn tenía una expresión de hombre inexpresablemente feliz.
Holly lanzó un grito y retrocedió hasta llegar de nuevo al pórtico, donde se dejó caer repentinamente y quedó sentada sobre uno de los escalones. El pañuelo cayó al suelo. Un relámpago de alegría iluminó su rostro y se retiró prontamente de él. Britt se sintió como embrujado por aquellos ojos negros y dilatados. Holly parecía una chiquilla salvajemente trágica.
—¡Hola, Holly! —gritó Frayne al acercarse a ella—. ¿Qué... te parecemos? ¿Cómo nos encuentras? Llegamos demasiado pronto, pero no podíamos esperar.
—¡Es... un ardid! —dijo Holly.
—¿Ardid? No. Verdaderamente, no. Este casamiento es el más importante..., el más hermoso..., el más glorioso...
—¡Satanás! —gritó Holly.
—¿Cómo? —preguntó Renn sin comprender.
—¡Pérfido, miserable!
Todo lo que Renn acertó a hacer fue mirarla fijamente. La sonrisa desapareció de su rostro.
—¡Villano!
Frayne apeló a Britt en muda consternación. Pero, por primera vez, el capataz permaneció igualmente mudo. Experimentaba un irresistible deseo de imitar a Jack, que estaba revolcándose en la hierba. Todos los demás vaqueros comenzaban a dar pruebas de una terrible e ingobernable agitación.
—¡Vaquero! No encuentro nada más horrible que llamarte... ¡«Vaquero»! —exclamó Holly.
—Pero, querida, ¿qué he hecho? —preguntó el aturdido Frayne al mismo tiempo que se sentaba junto a ella.
—¡No me llames querida! ¡Te odio! ¡Jamás me casaré contigo!... ¡Mira! ¡Mira a tus compañeros de conspiración!
Frayne los miró y se sintió aún más desconcertado que anteriormente. Sus compañeros, los vaqueros, sin cuidarse de sus mejores ropas, tan cepilladas y escrupulosamente planchadas, se agitaban sobre la hierba y rodaban por ella, al mismo tiempo que daban rienda suelta a unos crecientes gritos de irreprimible alborozo.
Holly, no sé lo que habrá sucedido..., pero puedo jurarte, sea lo que sea, que soy inocente —declaró Frayne.
—¡Inocente! ¡Y eres tú mismo quien envió a ese sonriente demonio negro para que me dijera que hoy no podías casarte!... ¡Ladrones! ... ¡Tenías que marcharte! ... No podrías regresar... ni hoy ni acaso mañana...—¡Oh, ah! ¿Cómo fuiste capaz de hacerlo?... ¡Qué broma más horrible! ¿No sabéis distinguir los vaqueros lo que es gracioso de lo que es cruel?...
¡Tengo el corazón destrozado I Nunca... nunca me casaré contigo.
—¡Holly! ¿No te he dicho que no lo sabía? También yo he sido víctima de la broma. Creí que verdaderamente sucedía algo grave... Pero estaba loco... Querida, no arrojes los, pecados de los vaqueros sobre mi cabeza.
—¡Oh Frayne! Te advierto... que no mientas. Esas mentiras empeorarían, la situación.
—Holly, puedo demostrarlo —declaró Frayne mientras se ponía en pie de un salto y daba al agitado Jack un sonoro puntapié—. ¡Granuja negro! ¡Ven aquí! Arrodíllate ydi a la señorita Holly lo que haya sucedido... o te mataré a palos.
Y arrastró al convulso negro hasta ponerlo a los pies de Holly; ella le miró atentamente, con la boca entreabierta y los ojos llenos de sobresalto.
—Santa Holly... ¡Die, mío! ... Yo sabía que toas las culpa caerían sobre mí... Pero Brazos me obligó a haselo.
—¿Brazos? —preguntó Holly como si se hubiera quedado aturdida por la revelación.
—Sí, señorita; Brazos. Ese diablo de pelo encarnado. Él lo hizo ante de marchase, señita Holly. El organisó la broma..., nos, comprometió a toos..., nos hizo jurá... y me dijo que yo era el único que podía engañó a usté. Lo siento mucho, lo siento, señita Holly.
—¡Ponte en pie, Jack! —contestó Holly—. Te perdono. Pero si te perdono es porque sé que Brazos te atrapé en una de sus infernales jugarretas.
—Mucha grasia, señita Holly. Juro que nunca má volveré a gata esa bromas, nunca má.
Jack, ¿no tienes corazón? —continué Holly, vencida por la curiosidad—. ¿No has estado nunca a punto de casarte?
—Sí, señita. He estao una ves muy serca; horrosamente serca de una catástrofe así. Sí, e verdá. Pero el buen Dió que favorese a los pobes negos y vela por su felisidá, me salvó.
Aquella buja huyó con un nego de cuello tan lago como el de un ganso, que al cabo de poco tiempo se hico malo. Y la mujé se llevó setenta dólare de mi dinero.
—Te comprendo, Jack —dijo Holly—. Muchachos, id al salón y decid a Rosita que os cepille las ropas.
Y todos entraron en la casa atropelladamente, como un grupo de chiquillos que abandonasen la escuela, contentos de haber salido tan bien librados del aprieto.
—¡Benditos sean! —murmuró Holly—. He estado muy a punto de no poder contenerme y descubrirme.
—¿Cómo? ¡No me digas que no estabas furiosa!
—Lo estuve... en los primeros momentos. Estuve ciega de rabia e indignación. Pero cuando comprendí lo sucedido y vi su regocijo... entonces solamente tuve deseos de gritar.
—Y, efectivamente, gritaste, Holly —contestó Frayne al mismo tiempo que inclinaba la cabeza con gravedad—. Y me has llamado algunas cosas horrorosas. ¿No es cierto, Cappy?
—Yo diría que es cierto.
—¡Y estabas encantado de verlo, viejo réprobo! Renn, cuando se es vaquero una vez, se es vaquero siempre.
Como si siquiera corroborar esta extraña afirmación, Ride-Em Jack apareció en la puerta, erguida la redonda y negra cabeza, girando y volviendo a girar los ojos.
—Señita Ripple, eso podría susedé cualquié día. Sí, podría. Poque yo y Santo hemo vito eta mañana unos ladrones. Y no hemos querío desí naá al señó Frayne.
—Cappy, ¡arroja cualquier cosa a ese monstruo negro! Britt cumplió alegremente la orden.
—¡Diablos! Me parece que esta noche van a volveros locos.
—Me tienen completamente amedrentado, Britt —reconoció Frayne.
—No me importará mucho lo que puedan hacer... «después» —murmuró Holly.
—Después ¿de qué? —preguntó Renn dulcemente viendo que Holly se interrumpía. Pero ella no contestó—. Holly, me consideraría mucho más feliz si sustituyeras con otras algunas de las palabras que antes me dirigiste.
—¡Renn! —susurró Holly.
—No basta.
—¡Querido!
—No está mal... Pero vuelve a probar.
—¡Queridísimo!
Frayne pareció quedar subyugado por la dulce coquetería de Holly, bajo la cual alentaba una apasionada ternura. Solamente acertó a besarla.
Holly se puso en pie de un salto.
—¡Dentro de muy poco tiempo te llamaré esposo! —dijo alegremente, al mismo tiempo que lanzaba una jovial carcajada y corría al interior de la casa.
Frayne se enderezó junto a Britt para mirar el campo. Al viejo capataz no le habría importado dar expresión en aquel instante a la realidad de sus sentimientos. Pero supo que Holly estaba, al fin, segura y protegida. Britt conocía bien el Oeste y a los occidentales. Aún habría de haber, por espacio de varios años, ladrones de ganados y malhechores de rostros duros y miradas aviesas que irían y vendrían. Dudaba de que existiera uno que pudiera compararse con Renn Frayne. Y pensó durante un momento en aquel vaquero de corazón grande y ojos de fuego que se había alejado hacia las solitarias y melancólicas praderas de Texas. La lealtad de Britt atribuía a Brazos todas las cualidades de grandeza que imperaba en las llanuras. Pero en el mismo instante recordó con dolor a aquellos vaqueros, fundidos en el mismo heroico molde, que llenaban de alegría la casa de Holly Ripple, que siempre estaban dispuestos a montar a caballo para perseguir a los malhechores, siempre dispuestos a morir en tumbas anónimas en la vasta extensión de la pradera solitaria.

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