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jueves, 8 de junio de 2017

La Montaña Del Trueno (Zane Grey)

La Montaña Del Trueno
Zane Grey

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Una cálida lluvia primaveral derretía las profundas nieves de la montaña llamada de Dientes de Sierra, y la corriente de agua rebasaba el lecho del río Salmón.
La corriente obligó a huir a una colonia de castores, uno de los cuales, quedó rezagada de los demás, y se perdió. La castora llegó finalmente a un estrecho valle en el que la corriente se extendía sobre la amplia extensión rocosa en la cual brotaban algunos pinos aislados, álamos y sauces.
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI

Zane Grey
LA MONTAÑA DEL TRUENO
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I
Una cálida lluvia primaveral derretía las profundas nieves de la montaña llamada de Dientes de Sierra, y la corriente de agua rebasaba el lecho del río Salmón.
La corriente obligó a huir a una colonia de castores, uno de los cuales, una hembra lisiada que tenía un cachorro, quedó rezagada de los demás y los perdió. La castora llegó finalmente a un estrecho valle en el que la corriente se extendía sobre una amplia extensión rocosa en la cual brotaban algunos pinos aislados, álamos y sauces.
La vieja madre se detuvo con su cachorro junto a la desembocadura de un arroyuelo que derramaba sus aguas en el valle. En un recodo que ofrecía condiciones de seguridad, al pie de la montaña., comenzó a trabajar activamente. Mientras el cachorrillo jugaba y chapoteaba de un lado para otro, la castora se afanó diligentemente cortando y transportando ramas, arrastrando peñuelas y aplastando barro entre ellas hasta que consiguió cruzar el arroyo y construir una represa. Un lago tranquilo se extendió tras la barrera.
Una tarde, cuando los últimos resplandores del sol brillaban, intensos y rojos, sobre la alberca, y el silencio del desierto se extendía como un manto sobre el valle, la castora observó que un extraño temblor llenaba de rizadas ondulaciones la plácida superficie de su lago, aunque no llegaba agua del arroyo y ni un soplo de viento alteraba la calma tranquila del fugar. La castora vio que los temblores cruzaban el lago de lado a lado, aspiró el aire aromado de pinos y escuchó con esa atención que es propia de los seres que habitan en la soledad.
Desde lo alto de la escarpada montaña, de la oscura sombra purpúrea, llegó un rumor sordo, de trueno que parecía un rugido que brotase de las entrañas del gran macizo.
La vieja castora no esperó a oírlo nuevamente. Abandonó con su cachorro las inmediaciones del lago tembloroso y, dirigiéndose hacia la corriente principal de agua, se alejó del valle.
Los últimos indios sheepeater comenzaron a clavar estacas para la instalación de su campamento en el rocoso repliegue de la montaña, junto a la represa abandonada por el castor.
Eran fugitivos, proscritos por diversas tribus, y se habían agrupado para defenderse mutuamente; eran cincuenta y uno en total, guerreros, mujeres y niños, e iban bajo el mando de Tomanmo.
Mientras los hombres plantaban los alojamientos, las cansadas mujeres desempaquetaron las escasas subsistencia y los pocos objetos que transportaban. Los chiquillos, agotados por las largas caminatas, se sentaron en el suelo silenciosos y con sombríos ojos.
Tomanmo examinó el valle a que fue conducido por Nariz Taladrada, uno de los miembros de su banda. El recorrido hasta llegar a aquel lugar había sido largo y penoso; las últimas millas de caminata fueron hechas sobre un terreno rocoso. Los soldados no podrían encontrarlos. Era un buen refugio. Los alces y los ciervos, tan mansos como las vacas, pastaban bajo los pinos; unas cabras blancas brillaban en los riscos altivos de la parte sur de la montaña; las ovejas montaraces se silueteaban ante el cielo y observaban a los invasores de su soledad.
—Nos esconderemos aquí y descansaremos. Es un buen sitio —dijo Tomanmo a su banda.
Y envió a los cazadores en busca de carne fresca.
Cuando el jefe se hubo sentado, se encontró enfrente a la escarpadura norteña del valle.
Le sorprendió de una manera singular y la contempló con sus ojos de halcón habituados a las alturas. Desnuda de vegetación y muy empinada, esta escarpadura se abría hacia el Sur y se inclinaba sesgadamente desde el borde de la meseta rocosa, a varios centenares de metros de distancia. Lo que primeramente atrajo la atención Tomanmo fue la circunstancia de que no hubiera huellas, ni siquiera una sola pisada, marcadas sobre la lisa superficie de la pendiente, que se extendía largamente antes de que su morada continuidad fuese rota por una delgada hilera de árboles, los cuales apuntaban hacia el cielo como unas espadas empenachadas. En aquel lugar, el color verde y la lisa superficie se convertían en una serie de estribaciones desprovistas de arbolado que subían y bajaban prodigiosamente hasta llegar al horizonte, donde la nieve las cubría de blanco. Estas montañas eran por lo general precipitosas y brillantes, y en los lugares en que no se hallaban cubiertas de nieve estaban también desnudas de árboles. Pero la interminable falda sur de la montaña más próxima no tenía una superficie rocosa, no tenía férreas costillas de granito rojo, no brotaba de ella la curva de un risco.
Tomanmo movió de un lado a otro la oscura y enjuta cabeza.
En aquel momento Nariz Taladrada se aproximó a su jefe con un puñado de tierra y de guijos húmedos entre los que resplandecían unos puntitos brillantes.
—jUghh! —dijo—. ¡Oro!
—¡Malo! Los hombres blancos vendrán —murmuró el jefe.
—Sí, más adelante, cuando los sheepeaters se hayan ido —asintió Nariz Taladrada. El día, solemne y tranquilo, avanzaba. Los puntiagudos albergues de piel de alce y los refugios para los cazadores; las columnas ascendentes de humo azul; la actividad de las mujeres de cabello negro y lustroso, vestidas con ropas de vivos colores que parecían relampaguear bajo el sol; los cazadores, que arrastraban las reses muertas sobre las piedras; los harapientos chiquillos de mejillas fláccidas que dormían sobre el suelo..., todo indicaba que la instalación del campamento había de ser permanente. Muy pronto comenzaron los pucheros a exhalar vaho, las fragantes viandas se asaron sobre el carbón enrojecido por el fuego, y tortas y panes se cocieron sobre piedras calientes y llanas.
El grupo se entregó a los placeres de la comida y de la fiesta al anochecer. Solamente Tomanmo no compartió aquel espíritu de bienestar después de las largas penalidades, y en tanto que comía, observó los cambiantes colores de la empinada escarpadura, el oscureciente color purpúreo de su base, el agrisamiento del oro de las cumbres cubiertas de nieve.
Terminó el crepúsculo y llegó la silenciosa noche con su cielo de terciopelo negro cuajado de estrellas. Las hogueras se amortiguaron y extendieron unos resplandores rojos sobre los rostros macilentos de los durmientes. Pero Tomanmo no durmió. Caminó continuamente de un lado para otro, escuchando siempre, como un caudillo que esperase oír las voces de sus dioses. Un sordo rumor de agua corriente rompía el silencio, y el agudo aullido de un lobo, allá lejos en el valle, lo hizo más intenso.
El oído de Tomanmo, tan sutil como el de un ciervo para la percepción de los murmullos y los crujidos de los lugares desiertos, percibió también otros sonidos. Tomanmo buscó al dormido Nariz Taladrada y le despertó por medio de un golpe dado con uno de sus pies calzados con abarcas de piel de gamo.
—¡Ughh! —exclamó el valiente mientras se sentaba.
—Ven —le dijo el jefe; y lo condujo al exterior del círculo que formaban los dormidos salvajes y los fuegos moribundos—. Escucha.
Al otro lado del valle, lejos del murmullo de la corriente y del cantar de los pinos, cerca de la escarpada montaña, Tomanmo ordenó a su batidor que aguzase el oído.
Durante cierto tiempo no se oyó nada. El valle parecía muerto. Las montañas dormían.
Las estrellas vigilaban. La vida de la Naturaleza reposaba envuelta en las tinieblas. Luego se produjo el ruido de unas piedrecitas que rodasen por la pendiente, un débil susurro de arena que se deslizase, la extraña respiración de un algo indefinible; silencio; y después, de nuevo, en la lejanía, el chocar de /unas piedras rodantes, un gemido, como si un monstruo subterráneo intentase respirar entre las entrañas de la tierra; y, finalmente, profundo y lejano, el distante retumbar de un trueno.
—¿Oíste? —preguntó el jefe en tanto que señalaba la mole brillante.
Los sombríos ojos de Nariz Taladrada dirigieron una mirada hacia las estrellas. Aun cuando no contestó, Tomanmo tuvo la seguridad de que sus sensibles oídos no le habían engañado.
—Es la voz del Gran Espíritu —dijo solemnemente—. Tomanmo ha sido advertido. Esta montaña se mueve... Nos iremos mañana, cuando brille el sol.
Años más tarde, mucho tiempo después de que Tomanmo partiese a reunirse con sus antepasados, tres aventureros buscadores de oro, tres hermanos llamados Emerson, llegaron al valle, procedentes del Sur, y en las últimas horas de la tarde descargaron sus burros e instalaron su campamento.
—No hay duda de que éste es el sitio —dijo el mayor, Sam—. El viejo Nariz Taladrada me dio indicaciones precisas.
—Bueno; yo espero que no lo sea —replicó Jake, el segundo hermano, mientras reía corta y tristemente.
—¿Por qué?
—¡Diablos! ¡Mira a tu alrededor!
Sam lo había hecho ávidamente. El ancho valle, cerrado por la áspera, roja y verde escarpa del sur y por la inaccesible y prodigiosa montaña rocosa del norte, había atraído su atención. Pero Sam estaba pensando solamente en el aislamiento, en la posibilidad de hallar un buen yacimiento y de trabajar en él sin tener que compartirlo con otros buscadores de oro o de verse amenazado por ladrones. El lienzo de montaña rocoso y accidentado del lado este, donde la corriente se rompía en cascadas al caer sobre el valle, tenía un aspecto fascinante para Sam Emerson. Aquellas colinas debían de encerrar núcleos de cuarzo aurífero.
—Jake, no han sido estériles mis esfuerzos por ayudar a aquel pobre injun —replicó Sam con satisfacción—. Éste es exactamente el valle.
—Tú y yo no hemos apreciado las cosas del mismo modo ni siquiera cuando éramos niños. Para mí —explicó Jake, resignado —esto es un desierto infernal. El salir de él será todavía más difícil que lo ha sido el entrar. Y ¡cuidado si nos ha costado trabajo!
—Haré un camino —contestó su hermano alegremente—, si eso os todo lo que deseas.
—No, eso no es todo —replicó Jake, irritado por la imperturbabilidad de su hermano—. No es ni siquiera una parte. Estamos en un desierto espantoso y sombrío. El sol entra tarde y se marcha pronto. Debe de ser más caliente que el infierno en verano y más frío que Groenlandia en invierno. Está excesivamente aislado para que podamos recibir subsistencias. Es demasiado solitario. Ya sé que a ti y a nuestro hermano, el cazador presente, os agrada la soledad. Pero a mí me gusta vivir entre gente. Me satisface poder entrar en una taberna y jugar un poco de vez en cuando.
—Ese último inconveniente, Jake, es probable que se remedie muy pronto. Es posible que dentro de poco tiempo veas este valle lleno de mineros bullidores y que surja en él, de la noche a la mañana, una ciudad minera, como brota un hongo.
—No duraría mucho. Apostaría cualquier cosa... Mira aquella montaña. Quinientos pies de légamo y de piedras agitados como si alguien estuviera removiéndolos y hundiendo todo en ellos. ¡No hay hierba, ni matas, ni árboles! Esa cumbre está viva, Sam, y cualquier día en que haya humedad se deslizará y sepultará este valle.
Sam se sintió impresionado y levantó la mirada hacia la siniestra altura de la montaña.
Tuvo que inclinar atrás la cabeza para poder ver la cumbre cubierta de nieve.
—Tiene un aspecto extraño, es cierto —dijo—. Pero supongo que estará ahí desde hace tanto tiempo como cualquiera de las demás montañas.
Jalee se volvió hacia el más pequeño de los hermanos, Lee, que estaba recostado en su rifle y miraba en torno suyo con sus ojos pardos y penetrantes. Era un joven robusto, que tenía el liviano aspecto de un jinete.
—Oye, Kalispel —dijo agriamente Jake— no eres muy inclinado a hablar generalmente.
¿Estás de acuerdo con Sam en lo que respecta a este desierto del diablo?
—Es muy bueno, Jake.
—¡Ah! ¿Por qué? Creí que tu opinión coincidiría con la mía, si se tiene en cuenta tu afición a los caballos, a las mujeres y a todas esas cosas que aquí no pueden encontrarse.
Me gusta, Sam. Ya sabes que no tengo afición a buscar filones ni a cavar. ¡Es un trabajo de todos los diablos, muy poco apropiado para un vaquero! Pero me agradan la soledad y la belleza de este valle. Es un paraíso para la caza. Apostaría cualquier cosa a que hoy he visto ya más de un millar de alces. Y ciervos, y osos y cabras y carneros... ¡Hasta he visto pumas en pleno día! Yo cazaré animales mientras vosotros cazáis oro.
—¡Hum! ... Sam, ¿qué opinas de ese modo que ha tenido Kal de pasarse a tu bando?
—Todo prueba que he tenido razón al apartar a Lee de aquel condenado rancho de Montana —replicó el mayor de los hermanos enérgicamente—. Me encuentro contento de haber conseguido que no tenga que inquietarse por aquel descarado sheriff ni, por lo que sabemos, de otros varios caballeros montados... Id a buscar leña y agua, en tanto que desempaqueto nuestro equipaje.
Lee Emerson, familiarmente apodado «Kalispel», que era el nombre del primer equipo para el cual había trabajado en Montana, rió al oír a sus locuaces hermanos, y, dejando a un lado el rifle, cogió un cubo y se dirigió a la corriente de agua. El arroyo tenía un hermoso color verde oscuro y estaba algo revuelto por la corriente provocada por el agua de la nieve derretida. En algunos lugares corría con rapidez y en otros se demoraba y formaba balsas entre los huecos creados nor unos peñascos grandes. Kalispel observó que un gran salmón de negro lomo se elevaba hasta la superficie; esta visión hizo que creciese la admiración que en él había provocado el encanto del valle que tanto le había intrigado. En aquella corriente debería haber también, con toda seguridad, truchas. Pisando sobre una elevación de arena, se inclinó y llenó el cubo con agua tan fría como la nieve. Después de haberlo pensado rápidamente, Kalispel volvió a inclinarse y cogió un puñado de arena húmeda. Vio que entre ella brillaban unas pepitas de oro.
—¡Demonios! —exclamó—. ¡Qué cosa más fácil! ... Sam va a volverse loco de alegría. Le dejaré que lo descubra él... Creo que será mejor... El buscar oro es mucho más agradable que cuidar ganados. Reconozco que ya estaba harto del rancho.
Y regresó todo pensativo al lugar en que habían acampado. Le parecía que su llegada al valle silvestre estaba unida a un vago augurio. Jake llegó tambaleante bajo una enorme carga de leña. Sam había extendido los víveres sobre una lona embreada y estaba esperando la llegada del agua para preparar la cochura.
—Tenemos raciones para una semana, sin contar la carne —dijo—. Si conseguimos encontrar un filón, dos de nosotros tendremos que ir a Salmón en busca de comida.
—¡Ah! Y si no lo encontramos, moriremos de hambre —replicó Jake festivamente.
Sam no contestó, y el silencio se hizo entre los componentes del grupo. Kalispel realizó algunas labores necesarias para la instalación del campamento y, finalmente, desenrolló su lona y su manta junto al tronco de un árbol caído. Encontró entre sus ropas una pastilla de jabón y una toalla que parecía un saco vacío de carbón; se encaminó hacia el arroyo, se lavó alegremente con el agua helada y se sentó para esperar la cena.
El aspecto del valle cambiaba a cada hora. Las sombras comenzaban a inundar los extremos más lejanos. Kalispel vio un oso negro que corría a lo largo de las orillas del arroyo y que, finalmente, daba vuelta y se introducía entre las sombras del desfiladero. Una manada de ciervos descendió de la escarpadura del sur. Las águilas se cernían sobre los picachos iluminados por el sol. El tercio superior de la vertiente norteña tenía un brillo dorado, y en la nevada cumbre se iluminaba un rosado reflejo. Aquel lugar tenía para Kalispel un encanto que no pudo definir en aquellos momentos. Cuanto más lo contemplaba, más cosas y más aspectos descubría que en los primeros momentos no había podido advertir. Los formidables lienzos de montaña parecían contener una severa y ceñuda expresión. Los extremos superiores, blancos y negros, de las montañas se erguían sobre los desfiladeros. Una tonalidad purpúrea envolvía las cumbres en el lugar en que el valle se dirigía hacia el Este. Kalispel había creído en los primeros momentos que el, valle se bifurcaba en aquel lugar y que uno de sus ramales descendía después de abandonar el arrecife mientras que el otro continuaba a lo largo del estrecho valle, que daba vuelta y se introducía en el desfiladero. Era una región muy extensa la que abarcaba su vista, e increíblemente quebrada en las alturas. El oro se desvaneció en la vertiente norteña y el ambiente cambió totalmente, como por arte de magia. Los acerados blan— cos y negros ascendían y abandonaban el valle, cual si huyeran de su astuto enemigo. Y la noche estaba próxima a llegar.
Kalispel pensó que allí podría hallarse una soledad suficiente, aun para él. No se entregaba frecuentemente a los recuerdos del pasado, mas lo hizo en aquellos instantes. Era indudable que sus hermanos, Sam y Jake lo habían encontrado en el momento crítico. De otro modo, el rancho de Montana en que había trabajado junto a los rudos vaqueros habría visto su fin; sus disparatados extravíos, sus dificultades, resueltas a tiros, sus errores, que, de haber continuado, le habrían convertido en un proscrito, todo esto era atribuido por él a circunstancias de las que no se creía responsable. Lo que Kalispel habíaanhelado siempre era poseer un pequeño rancho con ganados y caballos propios, con una esposa que cuidase de él, disponer de la ocasión de realizar lo que sabía que podía realizar y para lo que poseía aptitudes suficientes. Pero jamás pudo ahorrar ni un solo dólar. Los diversos intentos que hizo por apoderarse de una punta de ganado provocaron cuestiones a las cuales solamente pudo responder con una pistola. Y de sus. relaciones con las mujeres a quienes había tratado, solamente surgieron complicaciones y disgustos.
Sus reflexiones fueron interrumpidas por el sordo rumor de un trueno.
—¡Cómo! ¿En los principios de la primavera? —murmuró mientras levantaba la mirada, sorprendido. El cielo estaba claro y frío, y comenzaban a nacer en él las primeras pálidas estrellas—. Eso ha debido de ser un alud. Ya me había parecido que esos «dientes de sierra»
podrían partir cualquier cosa...
Y regresó al campamento, junto al resplandeciente fuego. Jake estaba encendiendo la pipa con un ascua enrojecida. Sam tenía inclinado el rostro, rojo y barbado, mientras realizaba una labor.
—¿Habéis oído ese trueno, muchachos?, —preguntó Kalispel.
—¡Claro que sí! —respondió Jake—. Sam dice que no ha sido un trueno.
—Entonces, ¿un deslizamiento de tierras en cualquier parte?
—No ha sido un trueno ni un deslizamiento —contestó Sam—. Mi amigo Nariz Taladrada me dijo que conoceríamos el lugar cuando nos hallásemos en un valle situado al pie de una montaña muy alta y de rostro blanco que habla. Creo que la hemos encontrado.
—¿A qué atribuyes ese rugido? —preguntó, intrigado, Kalispel.
—¡Que el, diablo me lleve si sé a qué atribuirlo! Debe de haber sido un temblor de tierra.
—¡No! —dijo Jake—. Ha sido un deslizamiento de tierras, no sé dónde. Esas cumbres deben de estar llenas de declives desnudos como ésos... Me horroriza el pensarlo. ¿No os acordáis de algunas de las empinadas pendientes de Lemhi? ¿Y de aquel cañón de «Trail Creek»?
—Bueno, y todo eso, ¿qué nos importa que sea de éste o del otro modo... mientras haya oro aquí?
—Eso me conviene. Cuantos más peligros haya, tanto mejor para mí —contestó Kalispel.
Y se dirigió hacia su yacija.
Escuchó durante unos instantes, mas el ruido estruendoso no se repitió. Y se durmió.
Cuando despertó ya era de día y un rosado resplandor se elevaba sobre las cumbres. Sus hermanos estaban trabajando en el campamento. El vibrante bramido de un alce hizo que Kalispel se sentase, totalmente despierto.
—Kal, levántate, y vete a desbravar ese toro —dijo Jake—. El valle está completamente lleno de caza. Visto de día, parece una cosa del todo diferente.
—Toma, echa un vistazo a este caldero —le gritó Sam sonoramente.
Kalispel se puso en pie y se calzó; luego se estiró perezosamente. Sam, impaciente al ver su calma, le colocó el caldero bajo los ojos. Kalispel vio que contenía una delgada capa de arena y de oro, por mitades.
—¡Demonios! ¡Parece proceder de una vena! —contestó Kal sin gran entusiasmo.
—No es una cosa como para volverse loco de alegría —replicó Sam mientras abandonaba el caldero—, pero si podemos hallar la vena de la cual procede seremos ricos. Entonces podrás poseer el rancho que tu corazón desea, y un millar de caballos, y más de diez mil cabezas de ganado antes de que el año termine.
—¡Rico! —exclamó Kal incrédulamente.
—Tendremos más de un millón... ¡Ah, demonios! Tengo el presentimiento de que esta vez hemos hallado el filón. Pero, aun cuando no nos fuera posible hallarlo, de todos modos hay mucho oro a lo largo del banco...
—¿No estás diciendo tonterías, Sam?
—Kal, ha estado dando vueltas de un lado para otro desde el amanecer —dijo Jake.
—Lo malo sería que mi buena suerte se oscureciera y que se presentara algún otro buscador de oro por estos lugares —murmuró Sam sobriamente—. Es cosa que ha sucedido en muchas ocasiones.
—¿Qué importaría que sucediera, Sam, si nosotros descubrimos antes el filón? —preguntó Kalispel.
—¡Mucho! ¡Muchísimo! Si no pudiéramos hallar el filón, podríamos reunir una fortuna trabajando a lo largo de este desierto..., si tuviéramos tiempo para conseguirlo. —Oye, Sam, ¿tienes confianza en aquel diablo de Nariz Taladrada? —añadió Jake en tanto que se rascaba la peluda barbilla.
—¡Claro que sí! ¡No se lo diría a nadie! Pero no nos preocupemos. ¡Tenemos motivos para cantar y estar contentos! ¡Vamos a comer! Y luego nos pondremos a trabajar. Vamos a trasladar nuestra campamento hasta más allá de esas rocas. Al otro lado del arroyo hay un lugar abrigado y muy conveniente. Kal, tú irás en busca de carne y la colgarás a la sombra.
Después podrás explorar un poco el terreno. Examina la salida del valle. Y tú, Jake, llena la gamella de arena de ese banco que se extiende a lo largo del arroyo. Yo cogeré un pico e iré en busca del filón.
A Kalispel le resultó imposible no contagiarse del impetuoso entusiasmo de Sam. Sam era un buscador nato de oro. ¡Siempre había soñado con un tesoro áureo que brotaba bajo la luz del arco iris! Y siempre había sido pobre. Jamás había descubierto filón alguno, aun cuando en más de una ocasión había tenido la fortuna al alcance de la mano. La posibilidad que se presentaba en aquellos mementos ante él moriría, probablemente, como todas las interiores. Sin embargo, Kalispel se sintió arrastrado impetuosamente por el entusiasmo de su hermano. Kalispel no tenía en las venas la fiebre del oro. No se entregaba a esperanzas infundadas. Como vaquero, había sido el más pobre de todos los aventureros del rancho Montana. Pero experimentó el placer del encanto, del sueño, del ímpetu que debería de conceder a la vida el encuentro de una veta de oro.
Cuando el campamento hubo sido trasladado a otro lugar más abrigado y agradable, Kalispel cogió el rifle y se dirigió hacia las partes más silvestres del valle. Por el momento no vio caza de ninguna clase. La mañana primaveral era fresca, clara, fría. Una fina cana de hielo brillaba sobre la superficie de los charcos tranquilos; unos rojos capullos brotaban en las masas de sauces. Kalispel observó la ausencia completa de caza ligera y de aves. Los primeros seres vivos que vio fueron los burros de Sam. A continuación vio una manada de alces en la altura de la escarpa sur. Continuó avanzando a lo largo del arroyo, sin embargo, en dirección a la región más abrupta del valle. Resultó ser un alto banco, bien poblado de árboles, que se unía a una empinada montaña en la que los árboles blancos descendían hasta llegar al nivel de los otros. Inmediatamente observó una masa moviente de objetos grises. Un reducido grupo de ciervos y cervatillos salió de entre la enramada y se detuvo a mirar curiosamente, con las largas orejas erectas. Cuando Kalispel se aproximó a ellos, los animalitos comenzaron a alejarse a saltos, unos saltos que producían la impresión de ser realizados por medio de muelles. Un momento después Kalispel vio un gamo, al que mató de un disparo. Era excesivamente pesado para que pudiera transportarlo al campamento; el cazador lo descuartizó y lo llevó en piezas.
AI pasar de un lado para otro del banco de arena, con el fin de seguir el camino más corto para dirigirse al campamento, vio muchos venados. El terreno estaba marcado de huellas de pezuñas. Vio, también, dormidas de los animales en los lugares herbosos, y los huesos de dos pumas, unos de ellos viejos y los otros relativamente frescos. También había huellas del paso de pumas en donde el terreno era blando. Las marcas de los animales de caza se dirigían hacia el agua; pero Kalispel no se dio cuenta de que cruzaban el arroyo. El problema de la carne, que constituía el principal alimento para los cazadores y para los buscadores de oro de las montañas, parecía estar resuelto para un período indefinido.
Después de haber cumplido su tarea como cazador, al lavarse las ensangrentadas manos, Kalispel observó de nuevo la frialdad del agua y descendió en dirección al valle. El sol resplandecía en lo alto del cielo y prestaba brillantez a los diversos colores de la escarpa y de las cumbres. En uno de los lados, el valle era árido y desnudo; en el otro, florecían las manchas de las arboledas, extensiones verdes de terreno y los grises desfiladeros.
Continuó descendiendo, siguiendo el recodo, hasta llegar al lugar en que el valle se encajonaba en un cañón de taludes rojos. Podría haber entrado en el desfiladero y avanzar hasta cierta distancia por su interior, en el caso de que hubiera estado dispuesto a vadear, mas prefirió no hacerlo, ya que no le agradó la idea de sumergirse hasta el cuello en el agua helada de la nieve derretida. Retrocedió y se detuvo en un lugar soleado, rodeado defragante salvia, donde se tumbó en el suelo, como había acostumbrado vivir frecuentemente en el rancho de ganados. Le agradaba vivir en la intimidad de las altas montañas. Las monótonas extensiones purpúreas de los ranchos de Montana le habían aburrido.
—¡De... monios! —se dijo—. Me agradaría quedarme a vivir en esta región. La alameda que hay junto al río Salmón me ha entusiasmado.
Y se entregó a las delicias de un ensueño, ensueño fortalecido por la firme confianza de su hermano Sam en la fortuna que les esperaba.
Kalispel marcó el lugar. Le había inspirado la idea de pasar en él unas horas ociosas y de ensueños felices, cosas que hasta entonces le habían sido desconocidas. Estaba situado al pie del recodo del valle, donde florecía una masa de salvia al pie de un lienzo de montaña muy alto. El melodioso rumor del agua ascendía hasta él; el cálido sol brillaba, reflejado por los riscos; una dulce y quieta languidez impregnaba el lugar; la dulcedumbre de la salvia era casi embriagadora; la soledad era completa; y al otro lado del desfiladero se elevaba una vertiente quebrada, que tenía tantas facetas como la misma montaña. Largas cadenas de taludes, ásperos y estrechos desfiladeros, vertientes herbosas cubiertas de abetos, enormes secciones de riscos y peñascos rotos que se asomaban sobre el abismo, y masas de pinos blancos, parecían ascender incansablemente hacia el cielo azul. Aquella maravillosa montaña habría fascinado a Kalispel aun cuando no hubiera habido en ella ni un solo signo de vida.
Pero la investigación, el paciente ejercicio de mirarla sostenidamente producían la recompensa de hacer que las horas pareciesen segundos. En los primeros momentos, la amplia extensión había parecido hallarse desprovista de vida; antes de que el sol poniente le obligase a regresar a su campamento. Kalispel había visto alces, ciervos, osos, cabras, pumas. Y el ver a un puma a la luz del sol era cosa infrecuente.
Halló desierto el campamento. Sin duda alguna, ni Sam ni Jake habían estado en él desde la mañana. Era un buen augurio. Kalispel se puso a realizar diversos trabajos relacionados con la instalación definitiva del campamento, y se detuvo de vez en cuando para reír al comprobar que estaba silbando involuntariamente. Colocó en orden diversos objetos, y, mientras lo hacía, se interrumpió en varias ocasiones para preparar la masa de las galletas, labor que jamás había sabido realizar. Pero, a modo de compensación, le agradaba manejar el hacha, arte que había aprendido durante los días de su infancia en los bosques del Missouri.
Entre tanto, las coloreadas luces del valle habían sucumbido bajo la desvaneciente luz de la tarde. Kalispel comenzó a impacientarse por la ausencia de sus hermanos. Unos momentos más tarde, Jake apareció a cierta distancia, en las proximidades del arroyo. Parecía hallarse muy cansado. Kalispel gritó y agitó una mano en el aire. Jake respondió con ademán cansado. Cuando se hubo aproximado, Kalispel vio que su aspecto era horrible. Era el hombre más sucio, lleno de barro, mojado y desharrapado que Kalispel había visto en toda su vida.
Llevaba bajo el brazo el cuenco para el oro, y en la mano izquierda un algo pequeño y pesado envuelto en un pañuelo de colores.
—¡Diablos, Jake! —exclamó Kalispel, indeciso entre reír o gritar. Después, cuando Jake llegó tambaleándose al campamento, Kalispel vio que en sus ojos había una expresión de contento.
—Mira, mira esto, muchacho —dijo con fatiga Jake mientras ponía en manos de su hermano el pañuelo de hierbas.
El contenido era blando, húmedo, pesado, duro. Kalispel supo lo que era sin necesidad de que se lo dijeran, y enmudeció repentinamente. Jake cayó arrodillado junto a su fardo y comenzó a hurgar en él.
—¿Dónde está mi balanza?... ¡Dios mío! ... ¡Tengo que tenerla!... ¡Ah!... Kalispel, acércate y trae ese oro... Kalispel hizo lo que su hermano le ordenaba, y cuando del delgado chorro de pepitas y de granos cayó en el platillo, se dio cuenta de que las manos le temblaban y de que su corazón latía apresuradamente. Hubo necesidad de llenar tres veces el platillo de la balanza para pesar todo el oro.
—Diez onzas... y algo más —dijo Jake con expresión de júbilo, mientras respiraba jadeante—. A dieciocho dólares la onza... ¡Ciento ochenta dólares! ... A pesar de que, como me ordenó Sam, sólo llené el cuenco una sola vez en cada una de las barras de arena.
—¡Cielos! —exclamó incrédulamente Kalispel. Y cogió varios de los granos, algunos de los cuales eran tan grandes como guisantes. Todos eran lisos, por efecto, sin duda, de la acción del agua y de las piedrecitas. La mayoría del oro era como una arena fina, y se escapaba de entre las manos de Kalispel en un chorro dorado. Kalispel se sentó de repente y clavó la mirada en su hermano.
—¡Chico, somos ricos! ¡Ricos! ¡Hemos hecho nuestra fortuna! ¡Sam ha acertado por completo esta vez!... ¡Dios mío! ... ¡Si madre pudiera vivir ahora! ... ¡Hemos sido siempre tan pobres! ...
—Jake, es... es difícil creerlo... —replicó Kalispel opresivamente—. ¡Pero es cierto! ¡Oro!
Y ¿has recogido todo eso en un solo día?
—Podría haber doblado..., triplicado, esas diez onzas. Pero Sam quería que explorase todas las barras de arena. Y así lo hice. En todas ellas hay oro. Algunas contienen mas que las restantes... Muchas de ellas estaban cuajadas de oro...
—¡Diablos! Me alegro mucho por Sam... y por ti, Jake... Y reconozco que un poco por mí...
—Lee, debes de estar reventando de alegría por ti —contestó Jake con voz bronca y áspera—. Tu rancho de ganado está ya a la vista.
Repentinamente, Kalispel se puso en pie y lanzó al aire un grito de vaquero, tan potente como jamás había brotado de sus pulmones:
—¡Hurra!
La estentórea voz rodó a lo largo del valle y de los altos lienzos de montaña, que la devolvieron con un eco de sonido profundo y grave. También fue contestada por otra voz que sonó lejos, en dirección del arroyo.
—¿Has oído eso? —preguntó Kalispel.
—Sí. Ha sido Sam... Y allá viene.
—¡Diablos! ¿Está borracho puesto que viene tambaleándose?
—Lo que sucede es que Sam trae una carga muy grande.
—No puede ser leña. Es demasiado pequeña.
—No... Es blanca... Y tan seguro como que has nacido..., es una roca.
—¡Una roca! ¿Para qué diablos puede necesitar Sam una roca? Y, además, no había llevado la palanca... ¡Jake!
—Bueno; estoy tan agotado que no puedo tenerme en pie —declaró Jake mientras se sentaba cansadamente.
Kalispel le miró sorprendido. Mil pensamientos contradictorios se agolpaban en su imaginación. Sam se aproximó decidido, mas eran fácilmente apreciables los efectos de los esfuerzos físicos que había realizado. Llegó al campamento, dejó caer su pesada carga en el suelo, ante sus hermanos, y jadeante les dijo:
—Mirad... eso.
Kalispel vio una losa gruesa de cuarzo blanco, brillantemente veteada y rodeada de oro.
Le pareció el más hermoso de todos los objetos inanimados que jamás había visto. No pudo hablar. Jake pronunció unas palabras ahogadas e incoherentes.
Sam se enjugó el sudor del rostro, en el cual aparecía una expresión de emoción. Aun cuando había logrado calmarse, sus ojos tenían un brillo singular.
—He ido directamente... a la veta... como el hierro va al imán —dijo con palabras frías y lentamente pronunciadas—. Hay más de quinientos dólares... en ese trozo... Y un millón de dólares más... en el lugar en que lo recogí...


II
La excitación se apoderó del campamento de los Emerson. Sam se entregó, hasta cierto punto, a la misma incontenible alegría de sus hermanos. Jake declaró que se alegraba de que no hubiera whisky en los fardos. Hablaron y gritaron mientras preparaban la cena y la tomaban. Jake no acertó a decidir en qué emplearía su parte en el negocio. Lee había escogido va su rancho, sus ganados, sus caballos, y llegó a la conclusión de que un ganadero rico, joven y de no mal aspecto podría, probablemente, encontrar una esposa.
Un trueno débil llegó rodando desde la oscuridad.
—¿Habéis oído? Es el viejo de la montaña, que murmura que todavía no tenemos el oro —exclamó Sam. Una amenaza pareció inmovilizar momentáneamente a los tres hermanos. La impresión pasó, y con su desaparición renacieron la alegría, la infantil confianza en un porvenir risueño..
—Escuchadme, muchachos —dijo Sam con seriedad—. Hemos encontrado oro. Acaso no sea preciso que os recuerde que la mayoría de los buscadores que encuentran un filón de oro rico jamás recogen los frutos de su descubrimiento.
—¿Por qué diablos no? —rugió Jake, estupefacto, con el rostro iluminado en rojo por el resplandor del fuego.
—Es un hecho demostrado; eso es todo. Los buscadores de oro no son hombres de negocios. Suelen ser, por regla general, imprevisores, descuidados e ignorantes. Y todo lo pierden.
—Nosotros no perderemos nada —declaró agresivo Jake, aun cuando anteriormente había sido el más pesimista de los tres. La fiebre del oro había prendido en su cerebro. Kalispel continuó mirándole en silencio; una angustiosa sensación le oprimía el pecho.
—Si pudiéramos vender la veta por cien mil dólares, sería sensato que lo hiciéramos —dijo Sam, meditabundo.
—¡No, diablos! —replicó Jake en tanto que dirigía a Kalispel una mirada solicitando su apoyo.
—Cien mil dólares es mucho dinero, pero... —murmuró Kalispel luchando con sus propios sentimientos.
—Ahora mismo tomaremos una sociedad —continuó solemnemente Sam—. Es decir, una sociedad para explotar esa veta de cuarzo. Eso nos dejará en libertad para que podamos hacer la petición de los placeres. Necesitamos que se nos concedan los tres placeres más ricos, antes de la invasión.
—¿Invasión? —preguntó Jake.
—Naturalmente. Habrá una invasión de buscadores en este valle el día en que ese trozo de cuarzo sea visto en Challis, en Boise o en Salmón.
—Es fácil suponerlo —declaró Jake.
—Sam, ¿qué necesidad hay de que se entere nadie de la existencia de esa vena de cuarzo? —preguntó Lee.
—Habrá necesidad de una máquina de diez toneladas para explotar esa mina.
—¡Diez toneladas! —exclamó Kalispel—. ¿Cómo diablos podría traerse aquí una máquina tan grande? —A lomos de mulas. Puede hacerse. Debe hacerse...
Y ahora comprenderéis por qué debemos vender la mina, o, por lo menos, una mitad...
No tenemos dinero.
—¿Por qué no mantenemos en secreto la mina de cuarzo mientras trabajamos para nosotros solos en los placeres? —preguntó Kalispel—. Entonces, podremos vender lo preciso para disponer del capital necesario para explotar la mina.
—Es una buena idea —reconoció Jake.
—Es posible que sea una buena idea, pero no sería un buen negocio. Para guardar en secreto la existencia de esa mina, tendríamos que arriesgarlo todo. Y lo arriesgaríamos porque, más pronto o más tarde, mientras estuviésemos explotando los placeres llegarían otros mineros. El rancho de Bitter Root y el de Lemhi están llenos de mineros.
—Bueno; que vengan —declaró Kalispel—. Sabemos bien lo que hemos de hacer entonces, y cómo habremos de defender lo que nos pertenece. Y mientras tanto, podremos continuar recogiendo oro y guardando nuestro secreto. Luego, cuando nos veamos forzados a descubrirlo, lo haremos. Y la situación será entonces la misma que ahora, precisamente.
Jake se mostró de acuerdo con Kalispel, y ambos discutieron con Sam. Pero Sam se defendió obstinadamente; por fin, por respeto a su experiencia y a sus superiores conocimientos, le permitieron que se encargase de ultimar los detalles referentes al modo como habían de proceder. A continuación, discutieron algunos otros aspectos del asunto. Sam expuso, finalmente, el proyecto que había elaborado. Él se quedaría en el valle, defendiendo la mina de cuarzo mientras trabajaba en los placeres situados a lo largo del arroyo. Jake y Kalispel se encargarían de buscar el mejor camino posible a través de las montañas, e irían a Boise, donde mostrarían su hallazgo a los hombres más importantes de la región en lo que se refería a minería, y aceptarían una proposición para formar una compañía, en la que cederían la mitad de las utilidades de la mina por una cantidad no menor de cien mil dólares. La sociedad constituida de este modo debería encargarse de comprar la maquinaria necesaria, transportarla y explotar la mina. Si no fuera posible llegar a un acuerdo ventajoso en Boise, ambos se dirigirían a Challis y Salmón. Sam dijo que podría subsistir con los abastecimientos de que disponía durante un mes, para lo que habría de hacer el consumo más reducido que le fuese posible, y que sería necesario que uno de sus hermanos regresase antes de que hubiese transcurrido dicho plazo, con el fin de que se pudiera atender a la reposición de los víveres.
Todo quedó acordado y decidido antes de acostarse, lo que hicieron a una alta hora de la noche.
Kalispel tardó mucho tiempo en dormirse. Miles de pensamientos llenaban su imaginación. Le parecía que la desgraciada estrella bajo la cual había vivido hasta entonces comenzaba a brillar de una manera maravillosa. Y mientras descansaba pensaba, la vieja montaña continuaba lanzando su débil trueno de advertencia.
A la mañana siguiente, conduciendo tres asnos ligeramente cargados, Kalispel y Jake se dirigieron a la parte alta del valle para iniciar el cumplimiento de su importante misión. Sam los acompañé hasta su vena de cuarzo aurífero, que estaba situada al extremo de una masa de rocas sobresalientes, en el extremo del banco en que éste comenzaba a fundirse con la montaña. Jake, a quien no agradaba aquella separación, caminó sobriamente sin volver la cabeza. Kalispel se volvió a llegar a un recodo del arroyo para hacer una señal de despedida; pero Sam los había olvidado ya. Tenía el busto, cubierto de una camisa roja, inclinado sobre el lugar en que se hallaba su terreno portador del precioso oro.
Jake había sido encargado de descubrir un camino que pudiera ser utilizado, más tarde, para el paso de una caravana de mulas fuertemente cargadas. Por esta razón, decidió avanzar junto al curso del agua. Pronto descubrieron que el valle no se encajonaba en los desfiladeros, sino que torcía hacia el Sur y ascendía hasta un paso difícil entre las cumbres de unas montañas pobladas de árboles. Continuaron siguiendo el arroyo, y hacia mediodía llegaron a la vertiente, desde la que descendía un rastro de alces bajo el saliente de los altos, riscos.
Conducía a un ancho valle a través del cual corría el brazo central del río Salmón. Era una corriente de agua rápida, ancha, de escasa profundidad. La cruzaron con dificultad, y descubrieron que la lucha contra la frialdad del agua y contra las resbaladizas peñas era muy dura y agotadora. Acamparon en la orilla opuesta, donde un rugiente fuego, las ropas secas y una comida caliente desvanecieron el desaliento que les había producido el comienzo de su dudosa jornada.
Al día siguiente, caminaron en zigzag por eI declive de una montaña cubierta de hierba gruesa y blanca, y que tenía un aspecto pintoresco al hallarse poblada en algunos lugares por abetos negros. Los alces y los ciervos apenas se tomaban la molestia de apartarse a su paso. Al llegar a la parte más elevada de la ancha extensión, hallaron muchos obstáculos para dirigirse al camino de suave pendiente que conducía al Sudoeste. Jake había calculado mal, y se vio obligado a retroceder, lo que hizo con más cuidado estudiando con detenimiento la desconcertante masa de agudos picachos y de negros desfiladeros. Finalmente, llegaron al otro lado de la montaña, desde cuya espalada, antes del amanecer, Jake selañó a su hermano el valle de Salmón, la ciudad de Challis, las montañas de Lemhi y, al Sur, la ondulada y gris extensión que se convertía a lo lejos en una llanura purpúrea.
Tardaron tres días en hallar el camino que pudiera conducirlos a Challis. Los dos hermanos acamparon en los alrededores de. la pequeña ciudad. Después de la cena, Jake hizo algunas investigaciones y, con gran desaliento, averiguó que no saldría diligencia alguna para Boise hasta el sábado, que los víveres que necesitaban debían ser transportados desde Salmón, que se hallaba a sesenta millas al sur del río. Jake estuvo cabisbajo durante todo el tiempo que per— manecieron alrededor de la hoguera que habían encendido en el campamento.
Finalmente, expuso a su hermano lo que le estaba preocupando.
—Lee, no me gusta que hayamos dejado a Sam solo en aquel hoyo del diablo. Y no podremos ir a Boise, hacer las negociaciones y regresar junto a Sam en el plazo de un mes.
Por esto, voy a decirte lo que creo que debemos hacer. Yo iré solo a Boise... No, no te preocupes. No perderé el cuarzo, y puedes tener la seguridad de que nadie sabrá lo que llevo, ni de dónde procede. Creo que no necesito más que muy pocos dólares hasta que haya llegado a un acuerdo... De modo que puedes quedarte con este dinero. Irás a Salmón, donde comprarás otros tres asnos y todas las subsistencias que puedas cargaren ellos, y regresarás al lado de Sam... ¿Qué te parece mi idea?
—Es una gran idea —replicó Lee—. Cuando pueda llegar a Salmón, ya habrá transcurrido una semana. Necesitará dos días para hacer provisión. Y con seis burros muy cargados, y suponiendo que el recorrido de los caminos que hemos descubierto y el de las pendientes, y...
Jake, aun con muy buena suerte, no podrá reunirme con Sam ni en dos semanas.
—No, no podrás. Pongamos un mes. Y entonces, habrás realizado el trabajo más penoso de toda tu vida... Bien; queda convenido... Ya han desaparecido muchas de mis preocupaciones.
En las últimas horas de la tarde del segundo día, Kalispel, camino del río, llegó hasta un sitio donde el Salmón trazaba una ancha curva en la queda corriente era lenta. Los centenares de acres de tierra comprendidos en el círculo del río constituían el rancho que había visto desde la cumbre de la montaña. Desde aquel lejano punto de observación le había sido posible observar diversas alamedas, los anchos campos pardos y verdes, la hilera de árboles que bordeaba el río, la abrigada vivienda de troncos situada en la pradera, al pie de la colina. Pero visto desde distancia más corta el rancho le pareció el más hermoso de cuantos había conocido. El terreno era fértil. Kalispel tuvo que cruzar varios arroyuelos para llegar a la vivienda. En cada uno de los lados del río nacía una interminable extensión de tierra de pasto.
Kalispel se entusiasmó con la idea de convertirse en poseedor de aquel rancho.
Un colono, llamado Olsen, vivía allí con su reducida familia. Lee comió con él, y habló fingiendo indiferencia.
—He estado buscando oro —explicó—. Pero no me importa mucho, no lo aprecio... Me agradaría más trabajar en un rancho. ¿No tiene usted trabajo para un buen vaquero?
—¡Hum! Tengo más trabajo del que puedo hacer. Sin embargo, no puedo pagar jornales... En realidad, me agradaría vender el rancho.
—Eso es muy interesante. ¿Cuánto querría usted por él?
—Me disgustaría que me lo pagasen en dinero verdadero —replicó el hombre concisamente.
—;Sí? Bien; si tuviera la suerte de encontrar oro, vendría a negociar con usted.
Al día siguiente, cansado y con los pies doloridos Kalispel fue a Salmón... Había estado en la ciudad en diversas ocasiones y le agradaba» mucho. Había sido una ciudad minera por espacio de varios años. y había conocido épocas de esplendor, de abundancia y de riqueza. Aun en los malos tiempos, Salmón era una ciudad atrafagada que servía de punto de distribución y de abastecimiento para las ciudades de la región de Montana y las del Oeste, hasta Idaho y Boise. Salmón se parecía a otros centros mineros en lo que se relacionaba con su calle mayor, ancha y larga, pero fuera de esta calle recordó a Lee las aldeas de Missouri.
Encontró pasto para sus asnos, e hizo un trato para adquirir otros tres más y una silla de carga. Luego, se dirigió a la calle Mayor, donde había una casa de huéspedes que ya había frecuentado anteriormente. Cuando vio que sus antiguos conocidos no lo reconocían, llegó a la conclusión de que debía de estar desfigurado con su barba, las ropas rotas y sucias, con su aspecto de vagabundo. Lo más que pudo hacer aquella noche fue afeitarse, y lavarse, lo cual cambió de manera notable su presencia. De todos modos, comprendió que sería sensato intentar hacer el trato más ventajoso que fuese posible en sus adquisiciones, de manera que le sobrase dinero para vestirse nuevamente. Sus zapatos carecían de suelas, y sus pantalones estaban llenos de rotos. y desgarrones. Recordó a una muchacha a quien había conocido durante una estancia anterior en Salmón —¿cómo se llamaba? —y pensó que no podría presentarse ante ella con aquella apariencia de espantapájaros.
Kalispel se puso la chaqueta, y tuvo que quitársela inmediatamente, puesto que había metido uno de los brazos por un agujero en lugar de hacerlo en la manga. Esto constituyó otro doloroso recuerdo de su pobreza. No le importaba su aspecto, ni tampoco su comodidad, cuando se hallaba en el rancho o en los bosques; pero en la ciudad y entre personas, no le placía su pobreza. Apagó la lámpara y salió de la habitación.
A la luz amarillenta de la lámpara del vestíbulo vio dos figuras que se hallaban en lo alto de la escalera: una mujer, una joven, que se hallaba de espaldas a él, y unhombre que había comenzado a descender y que tenía la cabeza vuelta hacia atrás.
—No, no, por favor! ¡No me dejes sola! Yo... —la mujer estaba suplicando con una voz que habría obligado a Kalispel a prestar atención, si la hermosa cabeza, graciosa y morena, no lo hubiera hecho ya.
—No te sucederá nada, Sydney —replicó el hombre mientras reía—. Ahora estás en el Oeste, y es preciso que aprendas a defenderte, a cuidarte de ti misma. Tengo que hablar con unos mineros... ¡Vete a la cama!
Y bajó apresuradamente la desvencijada escalera. La muchacha se volvió parcialmente cuando Kalispel pasó a su lado, y el joven pudo ver un rostro pálido, de armonioso perfil, tan seductor entre la pálida luz, que le impulsó a detenerse y a mirarla. Pero supo abstenerse de hacerlo y descendió despacio, aun cuando no consiguió matar el deseo de volver a mirar al padre de la mujer. Un fuerte olor de ron llegó hasta él. Había una cantina unida a la casa de huéspedes, pero no se comunicaba con ninguna de las puertas del vestíbulo. Kalispel siguió al hombre al exterior, donde, en la esquina de la calle, bajo las luces, amarillas, se unió a varios otros de aspecto ordinario que, evidentemente, estaban esperándole.
Kalispel se aproximó a ellos.
—Oigan, amigos —dijo alegremente—: soy forastero. ¿Dónde podría comer?
—Me parece que te he visto antes de ahora —contestó uno de ellos, un hombre de ojos agudos y rostro duro, que no dejó de apreciar nada de cuanto había en el aspecto de Kalispel, ni siquiera la pistola, que colgaba de su cinto.
—¿Si? De todos modos, soy forastero y tengo hambre —replicó Kalispel en tanto que, a su vez, inspeccionaba con curiosidad al otro.
—Allí hay un buen comedor, unas cuantas puertas más abajo, joven —dijo el hombre a quien Kalispel deseaba ver más detenidamente. Era de una edad un poco más avanzada que la mediana, y tenía un rostro agraciado y poblado de arrugas y unos ojos en los que se reflejaban los estragos del tiempo. No era de robusta constitución, y tenía aspecto de forastero.
—Gracias. ¿Quiere usted acompañarme a tomar un bocado? —le dijo Kalispel.
—Ya he cenado.
—¡Oye, vaquero! ¿Quieres marcharte? —dijo uno de los hombres que componían el trío.
Tenía el rostro delgado y cetrino, un largo y caído bigote y unos ojos que parecían arder bajo la sombra que proyectaba el ala del sombrero.
Esto fue suficiente para encender la chispa que siempre estaba latente en el espíritu de Lee.
—Sí, claro que me iré... cuando haya terminado —replicó secamente.
—¿No eres tú ese Kalispel que era vaquero en Montana? —preguntó el hombre que había hablado primero, mientras obligaba a enmudecer por medio de un gesto a su acompañante, el de rostro estrecho.
—Sí, yo soy ese mozo... Kalispel Emerson...
—No he querido ofenderte —se apresuré a decir el otro—. Lo que sucede es que tenemos que hablar de negocios con el señor Blair; aquí presente, y disponemos de poco tiempo.
Kalispel no se tomó la molestia de contestar. Fijó la mirada en el forastero, al que le parecía que en aquel diálogo debía de haber algo fuera de lugar, aun cuando no acertaba a comprender qué sería.
—Perdóneme, señor Blair, si me permito darle el mismo consejo que hace unos momentos dio usted a su hija: está usted ahora en el Oeste, y es preciso que aprenda a cuidarse de sí mismo.
Y, después de pronunciar estas intencionadas palabras, Kalispel dio media vuelta y comenzó a alejarse a lo largo de la calle.
—«¡Diablos!» —se dijo—. Son capaces de quitarle hasta los calcetines a ese cándido... Y en cuanto al hombre de mandíbula lobuna..., ¿dónde lo he visto antes?... Creo que es un jugador... Bueno; todo eso no es asunto mío. Ya tengo mis dificultades propias. Pero aquella muchacha... aquélla...»
Kalispel entré en el comedor dispuesto a aplacar su hambre, que era atormentadora.
Hacía tanto tiempo que no tomaba una comida abundante, que se sentía tan hambriento como un oso, Su rápida mirada se posó sobre los hombres que ocupaban el local, ninguno de los cuales era vaquero. Una antigua costumbre le forzaba a buscarlos siempre, en cualquier lugar que se hallase. Al cabo de unos momentos comenzó a hablar con un minero y olvidó el incidente del señor Blair. Unos minutos más tarde estaba devorando los sabrosos alimentos que tenía ante sí.
Después, Kalispel, influido por el ambiente que le rodeaba salió para recorrer la ciudad.
¡Cuántas noches se había alejado del rancho para buscar compensaciones a la monótona existencia del vaquero! Pero una voz interior le advirtió que debía dar la importancia de la misión que había de cumplir. ¡Nada de tirar de la oreja a Jorge, ni una sola gota de alcohol!
Este recuerdo frenó su apetencia. De todos modos, se propuso echar un vistazo por diferentes lugares y con este fin se dirigió a diversas cantinas, garitos de juego y salones de baile.
Finalmente entró en el salón del «Águila Extendida», un establecimiento mixto situado en las afueras de la población, junto a la orilla del río. El lugar estaba muy animado, y cuando Kalispel penetré en el salón de baile, que parecía un granero charramente decorado, lleno de humo y del ruido de la música y de los bailadores, volvió a su imaginación un pensamiento que había experimentado muchas veces; sería muy satisfactorio para él poder anclar en algún sitio, echar raíces. Le agradaba aquel género de diversiones, se dijo, y le agradaría más si no tuviera el inconveniente de las bebidas, de las peleas, de algo peor que parece esperar a un vaquero solitario cuando hace infrecuentes visitas a las ciudades.
Al final de uno de los bailes vio que una joven se des prendía de los brazos de un corpulento bailarín y que comenzaba a caminar hacia el lugar en que él se hallaba. Kalispel había observado que, no siendo él, no había ni un solo joven en el salón. La muchacha no debía de tener, más de dieciséis años. Era bajita, linda y caminaba como un pajarito; tenía el cabello rubio, y, ciertamente, no estaba adecuadamente vestida para una noche tan fría como aquélla. Se aproximó a Kalispel y le preguntó dón— de se habían visto anteriormente.
—¡Dios lo sabe, chiquilla! Soy una especie de piedra rodante del río...
—¿No eres uno de esos hombres sin trabajo que quieren comenzar a trabajar en las minas? —pregunto rápidamente la muchacha—. Yo diría que eres un vaquero que ha perdido su ocupación.
—Has acertado, pequeña. ¡Qué lista eres, demonios! Conoces bien el «género».
—Ponte el sombrero, a menos de que quieras que bailemos. No estoy acostumbrada a hablar con hombres que tengan la cabeza descubierta —replicó la joven mientras clavaba en él la mirada escrutadora de sus ojos azules.
—Me gustaría bailar contigo; pero estoy demasiado harapiento...
—No importa. ¡Vamos!
—Además, no tengo dinero para invitarte a beber.
—No quiero beber. No puedo soportar mucha bebida. Me molestan esos mineros de pies grandes y borrachos de ron, que me manosean y me molestan... Y me parece que me has sido simpático, vaquero.
—¡Diablos, muchacha! También tú me has resultado simpática —replicó Kalispel mientras el recuerdo de su continuada soledad surgía de nuevo en él.
Estaba la muchacha a punto de poner una mano sobre el brazo de él, cuando un hombre de rostro pálido y ojos sombríos se acercó a ellos e hizo un gesto autoritario con el que alejó a la chiquilla.
—Joven, perdóneme —dijo fríamente—. Nugget está muy solicitada.
—¿Nugget? —preguntó despacio Kalispel.
—Sí, Nugget. Nadie conoce su verdadero nombre.
—¡Ah! ¿Qué le parecería si yo interpretase este acto de usted como una ofensa?
El «Águila Extendida» tiene abiertas las puertas para todo el mundo.
—Cierto. Pero no acoge cordialmente a los vagabundos.
—Se engaña usted, señor, de una manera peligrosa —replicó acalorado Kalispel; la amargura que la vida solitaria había creado en él, se trocó repentinamente en amenaza—. Si hubiera intentado bailar con su Nugget (y ella misma me lo pidió), ahora sería usted el que estaría bailando para evitar que unos trozos de plomo calientes le agujerearan los, pies en este mismo instante.
Y, después de haber pronunciado estas palabras, Kalispel salió del iluminado salón y se introdujo entre las sombras de la noche fría y oscura. La hora era avanzada, y en las calles no había tanta gente como anteriormente. Kalispel caminó por el centro de la calle en dirección a su alojamiento. Una sensación antigua y familiar le asaltó, una especie de debilitamiento, de desfallecimiento gradual que siempre había sido, en el pasado, precursor de una entrega absoluta en brazos de la bebida y de un período de olvido. Pero todo esto tenía que ser rechazado en aquellas circunstancias. Su situación había cambiado. Kalispel se hallaba ante las puertas de la fortuna y de la felicidad. En aquel claro y apasionado momento entrevió su porvenir, que era como un cuadro hermoso, dorado, de color de rosa.
Llegó a la taberna. Muchos hombres entraban en el atestado local o salían de él.
Atravesó el ruidoso vestíbulo y comenzó a subir las desvencijadas escaleras. La lámpara ardía brillantemente en el descansillo del segundo piso. Al volverse en dirección a su puerta, el joven oyó una voz baja y agitada.
—¡Salga..., salga inmediatamente!
Kalispel se detuvo. Era la voz de la muchacha a quien su padre había llamado Sydney.
Una voz masculina, silbante y rápida, contestó a la de la joven:
—¡Chist! Si gritas, podrán oímos. Escucha...
—¡No! ¡Salga de mi habitación! —gritó ella. Su voz estaba impregnada de indignación y de temor.
Kalispel vio que la puerta se hallaba entreabierta. Dic dos rápidos pasos, la asió con sus forzudas manos y la abrió violentamente. Pudo ver a un hombre alto que comenzó a retroceder al darse cuenta de la súbita intrusión, y a una joven de rostro pálido, con los ojos distendidos por el temor, que se disponía a saltar de su lecho. Estaba vestida con una larga bata de noche, y con una de las manos sujetaba el borde le una manta ante el pecho. Una lamparita se hallaba encendida en la mesita próxima a la cabecera del lecho; en el suelo, había un libro abierto.
Perdón, señorita —dijo Kalispel concisamente—. ¿He oído a usted ordenar a alguien que saliese de su habitación?
—Sí, lo ha oído usted —respondió ella con acritud.
—Me he equivocado. He entrado por error en una habitación que no es la mía —dijo el hombre, mientras reía de una manera que demostraba que no concedía mucha importancia al intruso, mas que le importunaba y preocupaba la intrusión. Para llegar al exterior tenía que apartar a Kalispel, que se hallaba a la puerta.
—¡No ha sido un error! —dijo acaloradamente la joven—. Entró en mi habitación. Pregunté si era papá. Me vio... en la cama..., leyendo... Le ordené que saliera... ¡Dos veces! Pero, en lugar de salir, se... se acercó a mí.
—¡Bah! ¡Tonterías! —dijo el hombre con voz ronca. La acusación de la muchacha lo había desconcertado, y se volvió hacia Kalispel. Era un hombre robusto, de ojos descarados y de mandíbula prominente y afeitada—. Es una forastera gazmoña y se ha asustado estúpidamente al ver que abría su puerta en lugar de la mía.
—¡Ah! ¿Y por qué no salió inmediatamente cuando vio a la señorita acostada? —le preguntó Kalispel.
—Ya iba a hacerlo.
—Oiga, oí que ella se lo ordenaba dos veces.
—¡Eh, joven! ¿Acaso cree que puede interrogarme, usted...?
—No. Ya no le preguntaré nada —le interrumpió Kalispel—. Pero voy a darle una tunda.
Un golpe rápido, descargado con el puño izquierdo, obligó al hombre a perder el equilibrio y a tambalearse. Podría haber recobrado una posición firme, mas Kalispel saltó contra él y le descargó un terrible golpe en la prominente mandíbula. El repentino aporreo lo lanzó contra la barandilla de la escalera, que se rompió con un estruendoso ruido. El hombre cayó por el hueco al piso inferior. El estrépito que acompañé la caída atrajo a una multitud de hombres, que penetraron en el lugar con gran ruido de pisadas y de voces.
—¡Señorita, cierre la puerta! —gritó Kalispel, y sacó la pistola. No esperaba complicaciones provocadas por el ofendido Romeo, pero su experiencia le decía que debía desconfiar de aquellos incidentes que tan frecuentemente le sucedían sin que él tuviera culpa.
—¡Es Borden! —articuló una áspera voz—. Está muerto... o le falta muy poco.
—Tiene ensangrentada la parte posterior de la cabeza —dijo otro hombre—. Deben de haberlo golpeado con un hacha. Acaso haya sido un atraco. La banda de Casper está en la ciudad. Borden tenía mucho dinero en su poder. Yo lo vi. Vamos a registrarlo, jefe.
Levantad la lámpara... No... No ha sido un atraco. Tiene el dinero y el reloj.
Y tampoco está muerto. Ya comienza a volver en si. Kalispel avanzó hasta el borde de la escalera.
—¡Eh! ¡Oigan! —gritó.
Se produjo un silencio profundo.
—¿Qué quieres? —preguntó una voz.
—¿Quién es ese hombre?
—¿Qué hombre?
—Ese a quien he golpeado suavemente en la mandíbula.
—¡Ja! Debe de haber sido un golpe demasiado suave, forastero.
—Bueno, ¡decídmelo de una vez! ¿Quién y qué es ese hombre?
—Se llama Cliff Borden. Y es muy conocido aquí. Es uno de los propietarios del «Águila Extendida». Compra participaciones en minas, y...
—Se mete de rondón en las habitaciones de las señoritas —le interrumpió burlonamente Kalispel—. Y no quiere salir cuando se lo ordenan... Oigan, caballeros de Salmón: llévense al señor Borden de esta casa, y cuando recobre el conocimiento díganle que lo mejor que podrá hacer es no presentarse ante mí.
—Y ¿quién diablos eres tú, jovencito? —preguntó el malhumorado jefe de la partida.
—Me llamo Emerson, y procedo de Kalispel.
Un murmullo siguió a estas palabras, murmullo que se convirtió en voces claras y precisas cuando los hombres procedieron a sacar a Borden de la casa.
Después de unos instantes Kalispel volvió a enfundar la pistola y permaneció irresoluto.
¿No debería informar a la joven que el incidente había concluido? Al ver que la puerta estaba todavía entreabierta, se decidió, y llamó por medio de unos golpecitos.
—¿Quién es? preguntó una voz desde el interior.
—Soy yo, señorita Blair.
La puerta se abrió del todo. Kalisnel se había propuesto únicamente manifestar a la señorita que todo marchaba bien, pero al verla perdió la cabeza. Se había puesto la joven una bata, el efecto de la cual sirvió para aumentar el valor de una belleza que Kalispel sólo había podido apreciar defectuosamente a primera vista.
—¡Oh!... ¿Está... está muerto? —preguntó la joven tartamudeando y con los ojos, azules y grandes, fijos en Kalispel.
—¡Dios mío, no, señorita! —exclamó Kalispel apresuradamente—. No hice más que golpearlo. Lamento que cayera al piso de abajo. Dicen que tenía la cara completamente ensangrentada. No sienta ningún temor por él, señorita. No tiene mucho daño.
No me ha comprendido usted. No temí nada por él. Ni siquiera me importaría... que...
que lo hubiera matado usted.
—¡Demonios! —exclamó Kalispel abriendo mucho los ojos. Un rubor se extendió sobre las pálidas mejillas de la joven. Tenía el rostro más hermoso que Kalispel había visto en toda su vida. Y Kalispel comprobó en aquel instante que algo terrible le sucedía a su corazón.
—Le doy muchas gracias por haberme salvado de... de... no sé de qué —dijo la joven con voz trémula.
—Es probable que no habría sucedido nada grave —replicó Kalispel débilmente—. Pudo suceder que Borden se confundiera en realidad de puerta... y que, después de haber entrado..., perdiera la cabeza..., lo que no habría sido cosa de extrañar...
—Es usted muy generoso para con él, y... y... —dijo ella; y repentinamente, se interrumpió y enrojeció—. Pero debo decirle que me ha estado siguiendo hoy. Me habló dos veces. Sabía que ésta era mi habitación.
—Entonces... rectifico mis suposiciones —contestó Kalispel—. Lo más conveniente para el señor Borden será procurar que yo no le eche la vista encima mañana.
—Oí lo que dijo usted a esos hombres que le dijeran.
—¿Si? Lo siento mucho. No fue una conversación agradable para una joven recién llegada al Oeste.
—Soy una recién llegada, es cierto —respondió ella casi apasionadamente—. Soy una... una pardilla, y... ya odio este Oeste.
—Lamento que ésos sean sus sentimientos, señorita —replicó Kalispel sinceramente—. El Oeste es muy duro al principio para los recién llegados, lo sé. Vine de Missouri hace años...
Pero terminará usted por quererlo... ¡Oh! Estoy impidiéndola acostarse. Sólo quería decirle que todo marcha bien.
—No por completo —dijo ella—. Mi puerta no tiene cerradura. Por eso estaba leyendo en espera de que llegara mi padre. Su habitación está inmediata a la mía. Papá suele regresar siempre muy tarde. Y cuando llega...
Y se interrumpió, evidentemente arrastrada por el curso de sus pensamientos, en el momento en que iba a decir algo desfavorable para su padre.
—No tema nada. No importa la hora a que venga su padre. Cierre la puerta por completo, y atránquela poniendo una silla apoyada en la manivela. Mi habitación está exactamente en lo alto de las escaleras. Y, habiendo sido vaquero, duermo siempre con un ojo abierto. Podría oír a un ratoncillo que se deslizase hasta este rellano.
—Muchas gracias —contestó ella con timidez—. Mañana nos veremos... ¡Buenas noches, señor Kalispel!
Kalispel le dio las buenas noches y entró en su habitación. Encendió, la lámpara, se sentó sobre el lecho y permaneció absorto durante tanto tiempo, que al final no tenía ni la más remota idea del lugar en que se hallaba ni de lo que estaba haciendo.
Alrededor de la media noche oyó veces en el vestíbulo del piso bajo. Kalispel abrió la puerta con sigilo. Blair había sido, evidentemente, acompañado hasta el hostal por sus amigos del Oeste, que no le abandonaban. Kalispel lo oyó subir vacilantemente las rotas escaleras y respirar con fatiga, abrir y cerrar una puerta. Kalispel se desnudó y se acostó.
Se levantó muy temprano a la mañana siguiente. Fue el primero en presentarse en el comedor. Desde allí se dirigió al establecimiento más importante de la ciudad, donde presentó su lista de provisiones y dijo Que deseaba que los artículos que comprendía fueran empaquetados de manera que pudieran resistir una dura marcha a través de las montañas. A continuación fue a la dehesa que ya conocía, mas la caminata resulté infructuosa, puesto que el propietario se hallaba en la ciudad. Kalispel regresó.
Se dijo a sí mismo que anteriormente había visto el brillo del sol, los aterciopelados y perlados capullos que se abrían en los sauces, muchas y muchas mañanas brillantes de primavera en las que sobre las cumbres se encendía una luz transparente, rosada y fría; pero ninguna mañana, ni ninguna de las cosas que vio habían sido jamás tan hermosas y tan prometedoras como aquéllas.
—Debe de ser porque las ilumina el reflejo del oro de la mina de Sam —murmuró, aun cuando sabía que no era cierto.
A la puerta de la taberna encontró a Blair, que estaba hablando con el propietario y con otro hombre.
—Ahí viene su amigo Kalispel —dijo el primero.
—¿Kalispel?... Vi a ese joven anoche —contestó Blair—. ¿Cómo está usted, señor? Parece ser que tengo motivos para estarle agradecido por un favor que prestó anoche a mi hija...
—¡Buenos días...! No, no fue nada, señor Blair —replicó Kalispel—. Un bergante, llamado Borden, estuvo ayer molestando a su hija durante todo el día. Y anoche, se coló de rondón en su habitación. Tuve la suerte de llegar en aquel momento y oí que le ordenaba que saliera.
Pero el bergante no salió y tuve que intervenir en la cuestión.
—¡Ja, ja! —rió el propietario—. Y ¿quién va a pagar los desperfectos de mi escalera?
—¡No seré yo quien lo haga! Obligue usted a Borden a que los pague— contestó Kalispel.
—Yo no tengo inconveniente en pagar la reparación —exclamó apresuradamente Blair—.
Le estoy muy agradecido, joven. Permítame que insista en manifestárselo. Sydney, mi hija, me ha contado todo lo sucedido. Su versión es muy diferente de la de usted. Está muy preocupada toda la mañana. Teme que termine usted peleándose.
—Su hija, señor Blair, no experimenté ningún temor por Borden anoche. Hasta creo que se habría alegrado si yo lo hubiese matado.
—Naturalmente... Pero ahora le preocupa la idea... y a mí., también... la idea de que usted y Borden...
—No es muy probable, señor Blair —le interrumpió Kalispel—. Conozco bien a los hombres de la calaña de Borden.
El propietario intervino en la conversación.
—Bien, joven; con todos los respetos debidos a su valor, quiero advertirle que es posible que el suceso tenga consecuencias. No es necesario que le recomiende tener siempre bien despierta la atención.
Y tras este mordaz discurso dio media vuelta y se introdujo en la taberna con su acompañante.
—Ahí viene mi hija —dijo Blair.
Kalispel vio al volverse, con una extraña sensación de temor y de embeleso, la graciosa y esbelta figura de una joven que se hallaba ya casi a su lado. No la reconoció en el primer momento. Mas el tímido saludo que ella le dirigió, el rubor que cubrió su rostro, la manera corno introdujo una mano bajo el brazo de Blair, todo ello pareció establecer la seguridad de que la joven era la hija de Blair.
Kalispel se quitó con cierto embarazo el andrajoso sombrero.
—Buenos días, señorita. Espero que habrá dormido bien... —dijo.
—No muy bien —contestó ella.
A la brillante luz de la mañana, Kalispel descubrió que el cabello de la joven era de un color castaño dorado, que los ojos, que él había imaginado que serían oscuros, como el cabello, tenían una tonalidad violeta. Parecía más alta y vestida con el atavío de calle; de todos modos, Kalispel acertó a unir su imagen a la de la hermosa criatura de la noche anterior.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó Blair.
—Emerson, Lee Emerson. Me llaman Kalispel porque he trabajado en el rancho de Montana.
—Le ruego que me perdone la curiosidad, Emerson... Pero en esta ciudad está extendida la creencia de que usted es... ¿Cómo me dijeron?... ¡Ah, sí! ... Un mal hombre... Anoche, uno de esos hombres que estaban conmigo... Pritchard se llama... Pritchard le despidió a usted...
—¡Pritchard! —le interrumpió Kalispel—. Sabía que le había visto en alguna parte. Señor Blair, ese hombre es un jugador, un hombre de malos antecedentes. Tenga cuidado con él y sus compañeros. No beba con ellos, ni juegue, ni haga tratos de ninguna clase.
—Gracias. Reconozco que soy un poco incauto. Pero debe de haber alguna razón para que Pritchard diga que usted es un hombre malo.
—Sí, soy un hombre malo —reconoció fríamente Kalispel—. Pero eso no es una razón para que no pueda prestar algunos buenos servicios a los recién llegados al Oeste.
—¿Me permite que le pregunte qué es un hombre malo? dijo Sydney Blair mientras ponía la mirada de sus ojos violeta en los de Kalispel.
—Cuando se dice de alguno que es hombre malo, no se le hace objeto de una cortesía precisamente —respondió Kalispel mientras volvía la mirada hacia otro lado para huir de la de Sydney.
—No lo desconciertes, Sydney —dijo Blair—. Oiga, Emerson, llevo sobre mí cierta cantidad importante de dinero. ¿Cree usted que está segura de esta forma?
—Yo diría que no. Si piensa usted permanecer aquí después del anochecer, yo le aconsejaría que depositara el dinero en algún Banco. Y pronto.
—Gracias. Eso es hablar con claridad. Voy a hacerle otra consulta. Vengo al Oeste para terminar un trato respecto a unas minas con un hombre de Boise llamado Leavitt. Encontré en el ómnibus a Pritchard, que venía de Bannock. Le dije el objeto de mi viaje. Y Pritchard me desanimó. Él y sus compañeros intentan persuadirme de que intervenga en negocios de minería aquí. ¿Qué opina usted de eso?
—Que, en la mayoría de los casos, podría decirse que es un robo en despoblado.
Naturalmente, hay algunos asuntos de minería que resultan beneficiosos. Pero si yo fuera usted no me arriesgaría de ningún modo.
—Emerson, voy a depositar el dinero en el Banco ahora mismo. Después me agradaría poder volver a hablar con usted.
—Muy bien, señor Blair. Estaré en la ciudad por todo el día de hoy y probablemente durante casi todo el día de mañana —le dijo Kalispel en tanto que Blair se dirigía presurosamente hacia el Banco.
—También a mí me agradaría hablar con usted —dijo tímidamente la joven con su habitual sencillez—. Somos forasteros y comienzo a comprobar que tenemos una gran inexperiencia... ¿No querrá usted venir conmigo a algún sitio en que podamos charlar? No, en el hostal, no. ¿Le parece bien en el restaurante? Es la hora del almuerzo y todavía no me he desayunado...
—¿Se atreve usted a invitarme a que la acompañe a almorzar... aun después de que he reconocido que soy un hombre malo? —preguntó Kalispel en tanto que dirigía una sonrisa a la joven.
—Sí. ¿Por qué no? No, me ha parecido usted tan... tan malo... —replicó ella devolviéndole la sonrisa.
—Pero es que... seguramente tengo un aspecto... deshonroso —protestó Kalispel, mientras con un gesto invitaba a la muchacha a que observase lo desharrapado de su vestimenta.
—Todavía no he visto ningún hombre vestido de etiqueta en el Oeste —contestó ella con coquetería, y dirigió la mirada al cinturón de Kalispel, poblado de cartuchos, y a la pistola—.
¿Acaso se refiere usted... a esto? —continuó—. Sí, es un poco estremecedor... Venga, venga.
No me importa cuál sea la fama que tenga usted. Sé que no hay razón alguna para que..., para que... deba avergonzarme de... de...
—¿Cómo lo sabe usted, señorita Blair? —preguntó gravemente Kalispel.
—Yo... Usted... Bien, es el modo que tiene usted de mirarme y...
—Señorita Blair, he sido un vaquero de verdad turbulento; pero eso no quiere decir que no tenga derecho a mirarla directamente a los ojos.
—Entonces, lo demás, ¿qué importa?
—Pero el mío es el punto de vista de un hombre del Oeste —continuó Kalispel sobriamente, dispuesto a revelar los secretos de su conciencia a la muchacha—. Para un vaquero de estos tiempos, el robar un poco de ganado, el frecuentar los garitos de juego y los salones de baile y el trato con las mujeres que en ellos viven, el beber con exceso y el andar a tiros.... todo eso forma parte del trabajo cotidiano.
—Es usted muy sincero al manifestármelo —dijo ella mientras empalidecía—. Lamento mucho haberle forzado a hacerlo. Pero, si he de vivir en este terrible y hermoso Oeste, tengo que conocer cómo se vive en él. Tengo que reunirme con gentes, que ver cosas... Y me siento tan sola, tan sola..., y usted es la única persona que he encontrado con la que haya experimentado el deseo de hablar... ¿No quiere venir?
Y así fue como Kalispel se encontró unos momentos más tarde sentado a una mesa, en un rincón del comedor, frente a la hermosa muchacha de los ojos violeta. Kalispel aceptó lo que consideraba que era un milagro e intentó batallar contra sus sentimientos y sensaciones para hacerse digno de la confianza que ella había depositado en un desconocido y poder ayudarla en sus dificultades. El encargar el almuerzo a la camarera requirió el empleo de cierto tiempo y le ayudó a recobrar la tranquilidad, después de lo cual se encaró con la joven que tenía frente a él.
—Me llamo Sydney Blair —comenzó a decir ella impulsivamente—. Acaso no quiera usted creerlo, mas solamente tengo diecinueve años. Procedemos de Ohío. A causa de cierta sociedad que ha dado un resultado muy poco satisfactorio, y también por razones de salud, mi padre decidió vender sus negocios y venir al Oeste. Yo soy la única hija que tiene. Mi madre está muerta. Y he tenido un... un... Bien, sucedió algo que me hizo desear abandonar Ohio para siempre.
Cuando se interrumpió, casi sollozando, Kalispel observó que una débil coloración cubría sus mejillas y se desvanecía inmediatamente.
—Todo eso sale ganando el Oeste, señorita Blair —replicó galantemente Kalispel al ver que ella dudaba—. Aquí vienen gentes de todas partes... para comenzar de nuevo su vida, para hacer del Oeste lo que un día ha de ser... Comprendo que se sienta usted solitaria, que tenga la nostalgia de su tierra, que esté atemorizada. Es muy duro el Oeste... para las jóvenes... y especialmente si, como usted, son hermosas. Pero aprenderá usted a convivir con lo que ahora le parece duro y crudo... Lo aceptará, se adaptará a ello y, más adelante, terminará por amarlo... Y creo que hablo en nombre de todos los habitantes del Oeste cuando digo que no puedo lamentar que haya venido usted.
—No es todo esto lo que me importa ahora: mi comodidad, el adaptarme a nuevas personas y a condiciones nuevas... Todo eso llegará. Lo que me preocupa ahora es mi padre.
Ha reaccionado de una manera extraña a las influencias del Oeste, de las que nada conocíamos. Bebe, juega, se hace amigo de todos los hombres que encuentra, me deja sola por las noches, como usted sabe... Y comienzo a estar atormentada de tanto pensar lo que debo hacer.
—¡Ah, ah! Y por eso deseaba usted hablar con alguien —replicó Kalispel amablemente—.
Bien; eso es lo que les sucede a todos los que vienen aquí por primera vez. En su caso, señorita Blair, sólo tiene usted que hacer dos cosas para impedir que su padre vaya de patitas al infierno.
—¡Oh! ¿Cuáles son? —preguntó Sydney con ansiedad.
—En primer lugar, debe usted hacerse cargo del dinero y conservarlo en su poder.
—Sí. Ya lo había pensado. Puedo hacerlo... ¿Cuál es la otra?
—Dejarle que vaya a trabajar duramente en lo que se le antoje.
—Está entusiasmado con la busca de oro. Está loco por ello. Hábleme usted de esa cuestión.
Kalispel no se vio obligado a inventar nada ni a referir hechos que solamente conociera por haberlos oído para enterar a la joven de lo que le interesaba. Pintó gráficamente un cuadro de las fatigas y de los fracasos de millares de buscadores de oro y de la buena suerte de uno entre ellos, de la dureza de su vida, de los rigores de los lugares en que trabajaban. Y a pesar de que se atuvo estrictamente a la realidad, al final de su perorata vio que tenía ante sí unos ojos radiantes, brillantes, llenos de interés y de anhelo.
—¡Oh, cómo me agradaría todo eso! —exclamó Sydney con entusiasmo.
Kalispel extendió ante ella las manos abiertas, como si con ello pretendiera indicar que esta misma era la actitud de todos los desconocedores de la cuestión y que se consideraba incapaz de convencerlos de su error. Y en aquel momento una interrogación relampagueó en su cerebro: ¿Por qué no inducir a Blair y a su hija a que fueran con él a las montañas y compartieran con él y sus hermanos la maravillosa suerte que les había acompañado? Este pensamiento obligó a Kalispel a enmudecer. Pudo conseguir acabar el almuerzo, pero su primitiva sinceridad y su sencillez le abandonaron. Afortunadamente, la joven estaba tan entusiasmada con la idea de dedicarse a la busca de yacimientos de oro, que apenas se dio cuenta de que su acompañante se había hundido en una reflexiva reserva.
Cuando, unos momentos más tarde, se encontraron nuevamente en la calle, Kalispel se mordió la lengua para reprimir un nuevo desbordamiento de elocuencia, y Sydney continuó charlando volublemente, como si la hora transcurrida en mutua compañía los hubiera hecho amigos.
A mitad de camino encontraron a Blair.
—¿Dónde habéis estado, Sydney? —preguntó. En su rostro y en sus ademanes se reflejaba la agitación que lo embargaba.
—El señor Emerson me ha acompañado a almorzar —contestó la joven alegremente—.
Hemos tenido... Pero, papá, ¿qué te sucede?
—Emerson, le están buscando a usted por toda la ciudad —declaró Blair apresuradamente.
—! Ah! —exclamó Kalispel. Su astuta mirada sorprendió un grupo de hombres, situados en círculo, ante la taberna. El círculo se abrió un momento para permitir el paso a Borden y a otro hombre de sombrero ancho que llevaba una estrella prendida en el chaleco. Kalispel lo reconoció y lo maldijo.
—Blair, lleve a su hija al interior... ¡Pronto! —ordenó, secamente.
Y, caminando calle arriba, se encaró con el grupo.


III
Mientras Borden se apartaba a un lado, su frente se alteró de modo manifiesto. La multitud se dividió tras los dos hombres en dos grupos, el mayor de los cuales se detuvo en el arroyo, mientras los que componían el más pequeño se situaban junto a las paredes del edificio. Estos significativos movimientos produjeron cierto efecto en el ánimo del sheriff. Su enorme cuerpo pareció menos formidable. Aflojó el paso y terminó por detenerse;
—¡Eh! ¿Cómo te va, Kalispel? —gritó con voz potente.
—No muy bien, Lowrie —replicó Lee mordazmente en tanto que se detenía a quince pasos del sheriff—. Corren malos tiempos.
—Estás detenido.
—¡Eh, diablos! ¿Se ha vuelto usted loco en la vejez? —contestó Lee burlonamente—. No me detuvo usted en Montana. ¿Cómo podría detenerme en Idaho?
—He jurado mi cargo esta mañana.
—¡Bah! No me engañará usted. No puede haber sido nombrado para sustituir a Boise.
—¡Hum! He sido delegado por los ciudadanos de Salmón. Y te detengo para conducirte a Montana.
—¿Por qué? ¿Por haber arrojado a ese puerco y truhán de Borden de la habitación de una señorita respetable la noche pasada? ¡De una habitación en la que se había metido sin ningún derecho! ... Me precio de conocer a los ciudadanos de Salmón y sé bien que no son capaces de apoyar a Borden ni a usted.
—No. La cuestión es mucho más antigua.
—¡Cómo! —exclamó Kalispel súbitamente encolerizado—. ¡Dígalo pronto, para que todos estos hombres puedan oírlo! Tengo muchos amigos en esta ciudad.
—Bien, pues se trata de... de robo de ganados —dijo roncamente Lowrie. Y en el mismo instante en que lo dijo se dio cuenta de que estaba pisando un terreno resbaladizo y peligroso.
Kalispel saltó como si hubiera sido aguijoneado. Su rostro adquirió una coloración roja y se tornó blanco inmediatamente.
—Lo hice, lo reconozco. Y estoy orgulloso de ello. Pero, ¿qué clase de robo de ganado fue, Hank Lowrie? Ayudé a robar ganado de la manada de los que antes habían robado ganado de la mía. Pero ¡si los robos de esa clase son tan antiguos como los ranchos! No son más que un cambio de algunas cabezas...
—Y después de haber hecho esos cambios, originaste derramamientos de sangre, ¿no es cierto? —preguntó Lowrie sarcásticamente, mientras sus diminutos ajillos se movían como la aguja de una brújula.
—Porque me forzaron a hacerlo, ¡maldito! Y usted lo sabe. El condenado capataz de su piojoso Rancho K me persiguió durante todo el día. Estaba borracho como una cuba y enfurecido. Y yo tenía que encontrarme alguna vez con él. Y fue una pelea leal. Y hay muchos vaqueros muy decentes en Montana que me felicitaron por ello... Y si dejé Montana fue para evitar que mis compañeros tuvieran que pelear por culpa mía...
—Sí, ésa es tu historia, pero...
—Es cierta —le interrumpió Kalispel con creciente indignación—. Y usted... ¡es un embustero!
Borden se metió en la discusión. Avanzó nervioso un par de pasos y estalló furiosamente:
—Lowrie, ¿va usted a detener a ese vaquero mendigante?
—¡Claro que sí! —contestó con aspereza Lowrie.
—¡Cuénteselo a su abuela! —gritó Kalispel desdeñosamente.
—¡Ponga las esposas a ese camorrista! —exclamó a grandes voces Borden. Tenía una expresión más antipática que nunca en el rostro, como consecuencia de la incontenible rabia que le asaltaba.
—¡Cállese! —farfulló Lowrie con voz en la que se reflejaba algo más que la exasperación.
Las dudas se habían apoderado de él.
—¿Ponerme hierros en las muñecas? ¡Ja, ja, ja! ¡Es gracioso! ... ¿Quién? ¿Ustedes, tontos del demonio? ¿Hasta dónde van a llegar con sus amenazas para amedrentarme?
—Emerson, quedas detenido. Si te entregas pacíficamente, te conduciré sin esposas. Nos iremos en la diligencia de mediodía. Y mañana estarás bajo el techo de la cárcel de Montana.
Kalispel pensó que había calibrado a aquel hombre exactamente. Pero, poco a poco, llegó a la suposición de que podría equivocarse, y que Lowrie, acuciado por Borden y por el deseo de no hacer mal papel ante él y los demás hombres, podría intentar cumplir su amenaza.
Pareció amedrentarse durante un momento, mas en seguida se estiró y quedó completamente inmóvil, con excepción de la mano derecha, situada a uno de sus costados, que temblaba ligeramente.
—Lowrie, mucho antes de mañana estará usted bajo el césped... si lleva adelante su intento.
¡Cómo! ¿Es que me amenazas? —profirió con ira el policía.
—No. Me limito a hacerle una advertencia.
Lowrie adelantó un pie.
—¡Cuidado! —gritó agudamente Kalispel. Luego,, cuando el otro hombre se detenía, como si hubiera sido petrificado, Kalispel continuó fríamente—: Si hubiera usted movido una mano en lugar del pie, hoy habría sido el último día de su vida.
—¡Hola! —resopló el sheriff—. ¿Dispararías... contra mí?
¡Lo mataría!
El rostro de Lowrie se cubrió de lividez. Su actitud daba a entender que en su interior cundía el desaliento. Era evidente que no había esperado resistencia de ninguna clase, y mucho menos una amenaza de muerte que inmovilizaba curiosamente a los espectadores.
Transcurrió un momento lleno de ansiedad. Luego, Kalispel separó la mano de la funda del arma, —Habría disparado en el acto, Lowrie. Usted es exactamente lo que le llaman en Montana: un sheriff cobarde hasta el tuétano. Váyase de Salmón. Si no lo hace usted y vuelvo a encontrarlo otra vez, lo mejor que podrá hacer será sacar en seguida la pistola... o lo acribillaré a tiros.
—No quiero competir a tiros con un asesino —replicó ásperamente Lowrie.
—¿No? Entonces, ¿qué diablos de sheriff es usted para estos tiempos? ¡Váyase!
Lowrie giró, como si lo hiciera sobre sin eje, y comenzó a caminar rápidamente calle abajo. Borden se retiró unos pasos, con el deseo de esconderse entre la multitud.
—¡Eh, oiga! ¡Espere! —gritó Kalispel.
Borden volvió el rostro, un rostro distorsionado por un furor impotente.
—¿No le dieron anoche un recado mío? —preguntó Kalispel.
—No —contestó Borden roncamente.
—Le envié un mensaje... Éste: procure que yo no vuelva a verle.
—Emerson, añade usted las amenazas a las ofensas... —afirmó encolerizado Borden; sus ojos pálidos parecían relampaguear—. Anoche me acometió usted por algo de lo que no tenía la culpa... Fue un error. Abrí equivocadamente una puerta... Un accidente mal interpretado por una joven recién llegada, que comenzó a gritar y se asustó...
—¡Accidente, diablos! ¡Error! —gritó Kalispel con fuerza, para que pudieran oírlo tanto Borden como los hombres que rodeaban a ambos—. Ayer siguió usted a la joven durante todo el día. Ella misma me lo ha dicho. Y después, por la noche, se metió en su habitación. Y no quiso usted salir hasta que oí las voces de la joven y entré para expulsarle. ¡Debería haberle matado a tiros! ¡Dios mío! ¿Qué dirían los honrados pioneros, qué pensarían de nosotros si permitiéramos que en el Oeste se cometieran actos de esa naturaleza?... No he podido aprender en los ranchos palabras suficientemente despreciativas para indicar lo que es usted.
De modo que no intentaré expresarlo. Pero aléjese de mí. Tan pronto como se me presente ocasión, ¡dispararé contra usted!
Borden se abrió paso a empujones y desapareció. Kalispel continuó inmóvil sobre el bordillo de la acera mientras paseaba una mirada sobre los rostros que se hallaban vueltos hacia él. Vio que Blair y su hija se encontraban a la puerta de un establecimiento situado tras él. El pálido rostro y los oscuros ojos de la muchacha, curiosa y temerosamente dilatados, le demostraron que la joven había oído y visto lo sucedido en su encuentro con Borden y con Lowrie. La situación había sido bastante mala para él; no había necesidad de que el hecho de que la joven hubiera sido espectadora de lo sucedido la agravase aún más. Kalispel experimentó un sentimiento de tristeza. ¡Qué miserable era la puerca suerte que le acosaba!
¿Qué opinión tan desfavorable habría formado aquella joven respecto a él? En aquel momento, cuando su desánimo era más grande, volvió la vista hacia la puerta. Blair salía a la calle con su hija. La muchacha le estaba mirando todavía, como fascinada, y al sorprender su mirada le dirigió una sonrisa desvanecida. Ambos cruzaron la calle para entrar en su alojamiento. Aquella sonrisa fue una esperanza para Kalispel, que permaneció en el mismo lugar en que se hallaba hasta que los componentes del grupo de espectadores se hubieron dispersado. Luego, comenzó a caminar con una idea fija y una firme resolución: terminar pronto de hacer sus compras, empaquetar lo adquirido y abandonar la ciudad antes de la puesta del sol.
Encontró que los tres asnos adicionales que había encargado habían sido adquiridos; pero las albardas debían ser reparadas, y la reparación no quedaría concluida hasta el día siguiente. La circunstancia de que el hombre de quien Kalispel adquirió los tres asnos le ofreciese prestarle un caballo y una silla para realizar el viaje de regreso al yacimiento de oro, le hizo ver con más alegría la perspectiva de la jornada. Un caballo fuerte y de paso sosegado podría caminar por todos los lugares por donde lo hicieran unos asnos cargados. Kalispel aceptó la oferta agradecido. Y una hora más tarde se hallaba apretando la cincha del caballo bayo que había escogido.
La indignación que se había apoderado de Kalispel comenzó a desvanecerse gradualmente. Tenía algunos momentos de melancolía y de tristeza cuando se acordaba de Sydney Blair, pero en todas las ocasiones en que le sucedía se decía a sí mismo que no debía soñar y que debía darse por satisfecho habiendo sido capaz de prestar un servicio a la más hermosa y más cariñosa de cuantas mujeres había conocido.
—¡Demonios! —se decía suspirando—. Si la hubiera visto un par de veces más, habría sido como tenerla todo el día a mi lado... De todos modos... Bueno, creo que le debo algo a Borden. No debería matarle, después del favor que me ha hecho...
Kalispel contempló las naves que eran las nubes y que proyectaban sus sombras sobre las faldas de las montañas; se sentó en un tronco de árbol derribado mientras las cortinas del crepúsculo caían sobre el valle; paseó por las orillas del río y escuchó la vaga melodía de la corriente de agua al estrellarse contra las rocas. Su estado de ánimo no era completamente el normal, puesto que todas estas cosas despertaban en él una nueva y penetrante melancolía.
Finalmente, decidió regresar a la ciudad, sin abandonar su precavida y cauta vigilancia.
Sus provisiones estaban preparadas para la entrega. Al abandonar el almacén, Kalispel paseó lentamente a lo largo de la calle, hasta llegar al «Águila Extendida», y regresó por la acera opuesta. Era un acto que había realizado en circunstancias similares, el acto propio de un hombre como él; pero en aquella ocasión no le produjo ninguna satisfacción. Para Sydney Blair podría presentarse su hazaña como el acto propio de un bravucón. Kalispel se hallaba acometido del anhelante deseo de volver a verla nuevamente y del temor de volverla a ver.
Encontró a varios conocidos y amigos suyos, de los cuales sólo uno o dos intentaron ocultar el disgusto que el encuentro les producía. Pero, contrariamente, la mayoría de ellos se alegraron al verle y le acogieron con gran cordialidad. Kalispel pensaba que no había jugado una mala pasada a Salmón. Lowrie había abandonado la ciudad, y la ausencia de Borden era evidente.
Kalispel entró sosegadamente en la casa de huéspedes y comenzó a subir la escalera.
Un rayo de luz salía de la habitación de la señorita Blair, cuya puerta estaba abierta. El sonido de la voz de la joven le produjo un efecto muy vivo. Oyó que estaba hablando con su padre.
Entró en su habitación, cerró la puerta con suavidad y permaneció durante unos momentos inmóvil en la oscuridad, preso de una inexplicable angustia. Y luego encendió la lámpara. Al volverse, vio que había un objeto blanco al pie de la puerta, casi exactamente bajo el dintel. Miró el objeto con insistencia. Era un sobre. Lo recogió y descubrió que estaba abierto y que carecía de dirección. Un débil perfume le llegó, y al reconocerlo experimenté una rápida y enérgica vibración de todo su organismo. Extrajo del interior del sobre, con manos temblorosas y torpes, la hoja doblada que contenía y la desplegó bajo la luz de la lámpara. La hoja estaba cubierta de una escritura fina, graciosa, uniforme:
«Apreciado señor Kalispel:
»Mi padre y yo hemos visto y oído todo lo sucedido. Si no hubiera sido usted la persona directamente complicada en la cuestión, la escena habría resultado regocijante para nosotros.
Pero yo estaba aterrorizada. Creí que iba usted a entablar batalla con aquellos hombres, y me sentí acometida simultáneamente de un odio hacia aquel sheriff de ojos saltones y pomposo, y de temor por usted. Hasta que llegué a mi habitación y me tranquilicé no comprendí que no había mucho peligro para usted. También me di cuenta entonces de que había visto que el rostro del otro caballero estaba pálido, lo que me produjo una especie de viva satisfacción.
»De todos modos, el objeto de esta carta es manifestarle que no creí ni una sola palabra de las que el sheriff pronunció, y... rogarle que tenga la bondad de no abandonar la ciudad sin entrevistarse de nuevo con nosotros. Me siento directamente responsable de que Borden haya incitado al sheriff a perseguirle a usted. Por esta causa me alegra mucho que el sheriff fracasase en su propósito de detenerle. Quiero rogarle, a pesar de este sentimiento levantisco que ha brotado en mí, que procure evitar encontrarse con cualquiera de esos dos hombres.
Hágalo en obsequio mío.
»¿No querría usted cenar con nosotros esta noche? De este modo, podría hablar con mi padre acerca de minas de oro.
»Soy su afectísima Sydney Blair.» Kalispel se dejó caer sobre el lecho, quedó sentado, y leyó otra vez la carta. No podía dudar de las palabras escritas tan firmemente, y tan lisonjeramente, que tenía bajo la vista.
—¡No creyó a aquel embustero! —murmuró extasiado—. ¡Tiene confianza en mí! ...
Quiere volver a verme... Me quiere... ¡Bah, estoy completamente loco! ... Sydney es una verdadera señorita, demasiado sensible y amable para permitir que yo me aleje de ella con un sentimiento de vergüenza y de oprobio... Y, ¡por Belcebú!, me alegro mucho de que así sea...
Kalispel dedicó unos instantes a lavarse la cara y a peinarse, y luego, olvidando alegremente sus desgarradas ropas, con la cabeza descubierta, se acercó a la puerta de la señorita Blair y llamó con los nudillos.
—Aquí está —dijo su padre—. Entre, entre, Emerson. Kalispel abrió la puerta y se inclinó.
—¡Buenas noche! —dijo—. Me alegrará mucho el cenar con ustedes.
La señorita Blair había cambiado el vestido verde de calle por otro blanco, y estaba tan hermosa, que Kalispel enrojeció y experimentó la sensación de que la sangre circulaba violentamente por sus venas y le producía un dolor en el corazón.
—¡Oh, ya ha venido usted! —exclamó la joven con alegría en tanto que el rubor teñía con viveza sus mejillas—. ¡Buenas noches! Temí... temí que se hubiera usted marchado a toda prisa... detrás del sheriff.
—No. No me encuentro dispuesto a correr... Lo cierto es que, en realidad, he olvidado a Lowrie —dijo lentamente Kalispel, que había comenzado a serenarse y a sentirse más dueño de sí mismo; estaba satisfecho de que los acontecimientos se hubieran desarrollado de un modo que contribuía a glorificarle—. He estado inspeccionando mis burros y probando un nuevo caballo de silla.
—Esperadme abajo, Sydney, bajaré en seguida a reunirme con ustedes —dijo Blair.
—Naturalmente, los caballos son antiguos conocidos suyos —dijo la joven mientras ambos comenzaban a bajar las escaleras.
—Es cierto. ¿Cabalga usted, señorita Blair?
—Sí. Pero no creo que pudiera ganar ningún premio como amazona —respondió ella riendo—, Me agradarían mucho los caballos si tuviera ocasión de familiarizarme con ellos.
Acaso se me presente esa ocasión aquí, en el Oeste.
—No le agradaría montar un caballo por espacio de días y más días a través de aquellas montañas silvestres? ¡Hogueras en el campamento por las noches! ¡No encontrar ni un alma, ni siquiera un indio, en todo el camino! ¡Ver alces y ciervos y osos tan mansos que se detienen para ver a quienes pasan junto a ellos! ¡Doscientas millas, la mayoría en esas hermosas montañas..., y llegar a un valle que es como un sueño..., donde se puede coger el oro a puñados...!
La joven se volvió, bajo la luz amarillenta que brotaba de la taberna, para mirarle.
—¡Cielos! ¡No me atormente! —exclamó, impresionada Pero, no; no me engaña usted. Está hablando con seriedad... ¡Oh, me volvería loca de alegría! Blair llegó junto a ellos antes de que Kalispel pudiera hallar una respuesta a las sorprendentes afirmaciones de Sydney.
—Emerson, creo que cuanto menos hablemos de la batahola de hoy será tanto mejor —sugirió Blair—. Por esta causa, lo único que diré es que me satisfizo mucho. Y acaso no sea desagradable para usted el saber que por lo menos una docena de personas me han hablado de esa cuestión... y todas a favor de usted. Lowrie tiene predilección por los ganaderos de Morman y se inclina en favor suyo, según me han manifestado. Y a Borde)) no se le quiere bien en Salmón.
—¡Ah! Bien, declaro que sería muy difícil conseguir disgustarme en este momento —replicó Kalispel mientras lanzaba una carcajada.
Entraron en el restaurante, que se hallaba lleno de concurrentes y donde un minero les cedió su mesa. Kalispel inspeccionó a todos los hombres que se hallaban en el establecimiento antes de seguir a Blair hasta sus asientos. Sydney se disponía a ocupar la silla que daba frente a la estancia, cuando Kalispel la interrumpió con un gesto.
—Perdóneme, señorita —dijo ceremonioso—. Creo que sería preferible que me permitiera usted ocupar ese asiento. Es probable que no sea una cosa muy de acuerdo con los dictados de la etiqueta, pero es muy importante, Comprenda usted... Hay algunos pobres diablos que no pueden sentarse de espaldas a una puerta.
—¡Oh! ¿Sí? —contestó ella inexpresivamente; y comprendió de pronto. El color abandonó su rostro, y cuando tomó la silla que él le entregaba, tenía los ojos bajos.
—Blair, quiero pagar esta cena —dijo Kalispel—. Esta vez me toca a mí.
—Le desafío a que intente hacerla —replicó Blair.
—¡Demonios! ¡Qué afortunado es usted! No me agradaría jugarme con usted un saco lleno de pepitas de oro.
—Espero que algún día tendrá usted la ocasión de hacerlo —declaró alegremente Blair—.
Sydney ha estado desvariando a causa de lo que usted le ha dicho.
—¿Sí? No me pareció que le entusiasmaran mucho mis palabras.
—Kalispel Emerson, ¡eso no es cierto! —exclamó la joven mientras le miraba con perplejidad.
—Bueno, lo que he querido decir es que así me lo pareció —contestó Kalispel, vacilante—.
Ahí viene nuestra camarera. Encarguemos lo que deseemos. Para mí, ésta va a ser una comida que no olvidaré; jamás... Y no a causa de lo que haya de comer.
Un momento más tarde, después de haber encargado lo que deseaban, se hallaron en libertad para hablar.
Emerson, ¿qué diablos ha estado usted metiendo a mi hija en la cabeza? —le interrogó Blair.
Kalispel se inclinó, apoyó un codo sobre la mesa y dirigió una mirada a Sydney. Ella sostuvo la mirada, y una escena muda, que él había proyectado que fuese molesta para la muchacha, se desarrolló con las miradas del hombre y la mujer, en la cual una mágica corriente parecía haber brotado de no se sabía qué ignoradas fuentes. Y esto decidió a Kalispel a intentar convertir en una realidad lo que sólo había sido un sueño loco y fervientemente acariciado.
—Blair —comenzó a decir mientras se volvía en dirección a él—, dos caballos con sillas de montar le costarán alrededor de cincuenta dólares. Y con otros cien dólares tendrá suficiente para adquirir provisiones, camas, una tienda de campaña para la señorita Sydney y otras cosas, sin contar ropas de viaje, escopetas ni otros objetos. Pongamos, cuanto más, un desembolso de unos doscientos dólares.
—¿Sí?...? Verdaderamente, es usted un joven muy precipitado. ¿Qué se. propone usted?
—¿No arriesgaría usted esa cantidad a cambio de la oportunidad de hallar un yacimiento de oro donde le será posible recuperar sus doscientos dólares en un solo día?
—Emerson, ¿habla usted en serio?
—Jamás he hablado en toda mi vida con mayor seriedad. Esto es muy serio... para mí. Recuerde que he dicho en un solo día.
Blair se volvió hacia su hija.
—Sidney, ¿nos está resultando nuestro nuevo amigo del Oeste lo mismo que los demás?
—No, papá. Es honrado —respondió la muchacha con apresurada sinceridad. Sus ojos brillantes no necesitaban aquella cálida y fascinada expresión para completar el desfallecimiento de Kalispel.
—No he querido ofenderle, Kalispel. Estaba bromeando. De todos modos —dijo Blair—, algún día le tomaré la palabra y seguiré el consejo de Sidney.
—Gracias, Blair... Pero... Señorita Sidney, ¿ha aconsejado usted a su padre que se fíe de mí? —preguntó ansiosamente Kalispel mientras volvía a hallar fija en sus ojos la elocuente mirada de la joven.
—Sí.
—¿Confía usted... en mí?
—¿Confío en usted.
—Pero... ¡soy un desconocido para ustedes! Y he reconocido que soy un hombre malo.
Ya ha tenido usted pruebas de mi... de mi «irregular» vida en el rancho.
—¿Intenta usted rebajar la... la...?
—No. Lo que deseo es tener la seguridad. Reconozco que su opinión es una cosa muy halagadora para mí.
—Ahora estoy ya en el Oeste —replicó ella. Sus ojos brillaban con intensidad.
—Sin duda quiere usted decir que debe rebajarse al nivel nuestro, al de los occidentales.
Es cierto... Pero si ha dicho usted sinceramente lo que ha dicho..., si cree que soy digno de contar con la amistad de... ¡Bueno! Puedo hacer que en el camino de usted y de su padre se presente algo maravilloso.
—Tengo confianza en usted... e iré con usted —afirmó ella palideciendo de nuevo.
—¡Eso hace que ésta sea la hora más hermosa de toda mi vida! —declaró Kalispel seriamente y, sin embargo, radiante de felicidad—. Ahora, escuchen —y se inclinó sobre la mesa para susurrar—: No hace muchos días, mis dos hermanos y yo encontramos oro en un valle de las montañas de «Dientes de Sierra». Es un filón muy rico. Habrá por lo menos un millón de dólares en polvo de oro, y no puede calcularse cuánto valdrá el filón de cuarzo... Hemos dejado allá a Sam. Mi hermano Jake ha ido a Boise para vender una participación en nuestra mina de cuarzo. Pedimos por esta participación cien mil dólares. Yo he venido para adquirir provisiones. Hemos tomado el acuerdo de mantener en secreto el descubrimiento del terreno aurífero durante tanto tiempo como nos sea posible. No será durante mucho tiempo. Esas cosas se saben en seguida. Habrá en aquellos terrenos la mayor invasión de gente que Idaho haya visto jamás. Pero tendremos tiempo de amasar una buena fdrtuna antes de que llegue esa invasión.
—¡Palabra! —exclamó Blair, incrédulo—. ¡Habla usted como un libro! ¡Maravillosamente!
¡No es extraño que haya encandilado a mi pobre Sidney!
—Blair, ¿sería usted capaz de marchar allá conmigo? —preguntó Kalispel.
—¿Si sería...? ¿Quiere decir que si sería capaz de aprovechar una oportunidad como la que me ha pintado... mediante el desembolso de unos pocos centenares de dólares?
—Eso es lo que he querido decir.
—Y ¿no intenta usted venderme una participación... ni pedirme dinero para los gastos de explotación?
—No. Ni me propongo, tampoco, machacarles la cabeza y robarles el dinero, que es exactamente lo que Pritchard y sus compinches harían si no pudieran despojarlos de otro modo.
—Entonces, ¿por qué ofrece usted a unos desconocidos una ocasión tan maravillosa como la que nos ha pintado? —preguntó Blair gravemente.
—Porque hay mucho más oro del que nosotros podríamos recoger en toda nuestra vida...
y porque la idea de hacerlo me seduce.
—¿Se ha enamorado usted de mi hija?
—¡Oh, papá...! —exclamó sofocada Sidney. Un repentino rubor borró la palidez de su rostro—. ¡Eres un hombre terrible! —Intentó esconder entre las manos las arreboladas mejillas y añadió—: ¡Por favor, Kalispel..., no haga caso de su atrevimiento!
A Kalispel le dolió el azoramiento de la muchacha y su desconcierto, pero este tormento fue muy pequeño comparado con el que le producían sus propias emociones. Había tendido un lazo para sí mismo. Y quiso que la entrevista y su oferta tuviesen como base de garantía su sinceridad y su honradez.
—Blair, dice usted que soy hombre rudo y tosco... —replicó con extraña e intensa agitación—. Reconozco que es cierto... Pero no lo he sabido hasta este mismo instante... De todos modos, eso no tiene gran importancia para usted y la señorita Sidney.
—¡Infiernos!, como dicen ustedes, los occidentales —exclamó con sinceridad Blair—. No es necesario que se excuse usted por ello. Dios sabe que estoy acostumbrado a ver cómo los hombres se enamoran de Sidney. En nuestro camino hasta esta ciudad, ha recibido tres proposiciones matrimoniales. ¿Le parece una cosa demasiado repentina? Una de estas peticiones se produjo en la misma diligencia en que viajábamos. La hizo un hombre tan grande como una montaña y que tenía una voz que parecía el mugido de un toro. Era un ranchero.
Pero era honrado y francote... A usted le habría agradado conocerlo... Entonces comprendí que Sidney habría de construir una fuente de disturbios en el Oeste.
—Todas las mujeres lo son —contestó Kalispel—. Pero la señorita Sidney causará estragos dondequiera que vaya.
—¿Es una galantería de vaquero? —preguntó la joven mientras levantaba la cabeza para mirarle directamente.
—Por lo menos, he intentado que lo sea.
—Oigan, jóvenes —los interrumpió alegremente Blair. —En primer lugar, Kalispel me ha quitado el resuello con su extraña oferta. Luego, Sidney carga sobre mí la terrible responsabilidad de tenerla en los ruanos...
—Papá, no está bien que digas eso —protestó Sidney.
—Bien, ¿dónde estábamos? Sidney: acabamos de oír una magnífica proposición que puede acarrearnos una fortuna. ¡Una proposición sin trampa! Pero la situación, perfectamente natural y acaso desgraciada en que se encuentra Emerson, ¿tiene mucha importancia para ti?
—Me sorprende... y lamento que pueda ser cierto...aun cuando, naturalmente, no puede serlo —replicó Sidney, vacilante, y con la mirada dirigida hacia el suelo—. Pero, de todos modos, papá, si tienes tanto interés en encontrar oro..., no tiene ninguna importancia.
—¡Muy bien! Sidney, eres una mujer de pura raza... ¡Iremos! Kalispel, estrechémonos la mano para sellar el pacto.
—Espere, tengo algo más que decir —respondió Kalispe profundamente conmovido—. Voy a contarles mi historia. Nací en una granja de Missouri. Mi madre murió cuando yo era muy pequeño. Mi padre volvió a casarse. No fui feliz después de esta boda. Cuando tenía catorce años, huí de mi casa. Me uní a los que viajaban en una caravana de carros. En Laramie, Wyoming, tuve una reyerta y abandoné la caravana. Estaba acostumbrado de toda mi vida a los caballos y, naturalmente, me hice vaquero. Corrí por todo Wyoming como componente de los grupos de vaqueros más duros. Fui después a Montana, donde sucedió lo mismo. Mi rapidez para manejar la pistola, mi propensión a crearme dificultosas situaciones, especialmente cuando había alguna mujer de por medio, me valieron una reputación que me gustaría borrar... Ese desfile de rancho en rancho duró diez años. Ahora, tengo veintisiete. Mis hermanos, Sam y Jake, habían andado buscando oro en. Montana, y me persuadieron a que abandonase los ranchos. Y me fui con ellos, y después de muchos meses de trabajo descorazonador, encontramos ese filón de las montañas... No veo que pueda proporcionarnos otra cosa que una buena fortuna para cada uno de nosotros. Bien, cuando haya recogido la mía, compraré un rancho. Ya lo tengo elegido. Está en un hermoso valle de Salmón, donde el río forma un recodo. Tiene alamedas y largas hileras de árboles y unas laderas grandes y bajas donde el ganado puede pastar y, en resumen, es el rancho más hermoso que hay en todo el Oeste. Me instalaré en él y conseguiré borrar este nombre de Kalispel... Eso es todo lo que tenía que contar. Quería que lo supieran ustedes.
—Emerson, le agradezco mucho su sinceridad y su confianza —dijo cordialmente Blair—.
No lo ha dicho usted, pero adivino que no es tan negro como los demás le han pintado... Aquí está mi mano.
Sidney presentó la suya sin vacilación. Kalispel sólo pudo oprimir entre las suyas la manecita blanca y suave de la muchacha. No tenía en aquel momento mucha confianza en sus palabras.
—También le doy las gracias —dijo dulcemente Sidney—. Estoy segura de comprender su deseo de decirnos lo que nos ha dicho. Este Oeste debe de ser una región violenta y bravía.
Pero aun cuando usted hubiera sido aún más indómito que cuanto nos ha indicado..., eso no tendría ninguna importancia para mi. Lo que me importa es lo que usted es ahora. El corazón de Kalispel se esponjó por el contacto de la manecita y por el significado de las palabras. El porvenir le parecía estar cargado de promesas encantadas. Después de los años duros, estériles, tormentosos, se presentaba ante él aquella esperanza por la que todos los hombres podrían luchar y trabajar.
—Creo que no tenemos mucha hambre —terminó Kalispel—. Volvamos al hotel y hagamos un proyecto. Es en absoluto preciso que mantengamos secreto el propósito de ustedes de viajar conmigo. Si se supiera, provocaría muchas sospechas. Pritchard y sus hombres nos seguirán. Será conveniente que me permiten ustedes adquirir todo lo necesario para la partida, con excepción, quizá, de ropas para la señorita Sidney.
—¡No! No las comprará usted —contestó riendo la señorita Blair—. Pero puede hacerme algunas indicaciones acerca de las botas, el sombrero, los guantes, los zahones... ¡Oh, qué divertido es todo esto! ... Papá, te recuerdo que esta aventura... me la debes a mí.
Kalispel se volvió frecuentemente en su silla para mirar la serpenteante carretera que corría junto al río. Algunos acontecimientos sucedidos el día anterior en Salmón le convencieron de que Pritchard y sus hombres habían averiguado, como quiera que hubiese sido, que los Blair habrían de viajar con él. Pero ya se hallaban al final de la segunda jornada, y no se veían aún huellas de los hombres.
Blair marchaba rezagado, tras él, cambiando con frecuencia de postura en su silla. Era un hombre bastante voluminoso y no estaba acostumbrado a montar a caballo. De vez en cuando se apeaba para viajar a pie. Sidney iba en cabeza y conducía los burros. El viaje constituía ya un verdadero triunfo para ella. —Joven, fuerte, flexible y radiantemente gozosa en su aventura, hacía juego y fantasía de lo que en realidad era duro trabajo. Sólo con su aparición, el mundo se había transformado para Lee. Con un sombrero ligero, el cabello trenzado cayéndole sobre la espalda, una banda roja, blusa de piel de ante, guanteletes listados, zahones y botas altas, como las jóvenes del Oeste, para Kalispel era un objeto digno de adoración.
Si acaso, conducía a los burros, que iban excesivamente cargados, con demasiada ligereza. Mas Kalispel, después de haber expuesto una advertencia sobre una insignificancia no se atrevió a hacer nuevas. indicaciones. Sidney podría hacer lo que le pareciera más conveniente... con tal que no pusiera a los burros en trance de caer al río o creara ningún peligro para ella o para su vida.
Aquel mismo día, antes de la puesta del sol, llegaron al lugar en que el valle se ensanchaba y donde se hallaba el rancho que Kalispel había decidido que sería suyo en un tiempo futuro. Quería conocer la opinión de Sydney sobre el lugar, y, con el fin de conocerla, se abstuvo, hablar de esta cuestión. Sin embargo, antes de que ella se hubiese apeado, algo que dijo o algo que hizo, movió a Kalispel a transgredir su intención.
—Mire, señorita, aquel rancho, pues —¿,quién sabe?—, es posible que algún día sea usted la dueña y señora de él... —dijo despacio, con fría audacia, aun cuando sin atreverse a mirarla a los ojos.
Ella le oyó, contuvo el aliento y luego, un poco demasiado tarde para que pudiera parecer sincera, emitió una argentina y repiqueteante carcajada que perturbó y desconcertó a Kalispel hasta que reflexionó que la reprimenda era merecida.
Durante todas las operaciones necesarias para el acampamiento, Sydney se mostró tan activa como en la noche precedente, pero no dio respuesta alguna a las observaciones de Kalispel, quien observó que la muchacha llevaba la cabeza altivamente erguida. Kalispel se preguntó qué haría la joven cuando, más pronto o más tarde, sucediera algo que la atemorizase. Seguramente llegaría esta ocasión. La muchacha apenas podía sospechar lo que los días sucesivos le reservaban.
El sol se ocultó envuelto en dorados resplandores aquella tarde. Kalispel no podría haber imaginado un crepúsculo mejor calculado para acrecentar la natural belleza de aquel impresionante recodo del río y de las suaves pendientes de las laderas plateadas que se elevaban hasta las doradas cumbres. Una manada de ciervos salió de entre la arboleda y se detuvo en un terreno cubierto de piedras; un enjambre de patos inició un vuelo rápido sobre el agua resplandeciente. Kalispel llamó la atención de la joven sobre la presencia de los animales montaraces, que arito contribuían a la belleza del cuadro. Si la joven se dignó mirar, no hizo comentario alguno. Después de cenar, se alejó y desapareció a lo largo de la orilla del río. Kalispel tuvo la satisfacción de pensar que la joven debería haber estado ciega para no apreciar al extraordinaria gloria del crepúsculo.
Las nubes, dilatándose y moviéndose lentamente, extendieron un dosel de rosado fuego sobre la escena. Y el valle se llenó de una vaga luz, viva y violácea, que parecía más un encantamiento que una realidad. Diamantes de rosas brillaban entre los sauces, y el serpenteante río se deslizaba suavemente, cantando y murmurando, reflejando las llamas del cielo y la desvaneciente púrpura de las vertientes.
La oscuridad cayó sobre el valle, mientras, en las cumbres de blancas cimas, continuaba brillante la luz dorada. El mugido de las reses? el enojado rebuznar de un burro, el balido de los corderos rompían el silencio e impedían que el vacío extendiese su manto sobre el valle.
Kalispel plantó la tienda de campaña de Sydney y desenrolló en el interior las mantas; luego fue a renovar su amistad con el colono. Averiguó que podía seguir un camino más corto que el que conocía hacia la bifurcación y evitar el recorrido de muchas millas siguiendo una senda que corría entre los cerros, al lado occidental del Salmón, y el de unas treinta millas más siguiendo un nuevo camino que descendía desde las alturas hasta un valle denominado «el Abra». Desde este punto la senda seguía descendiendo en dirección al abra de Camus. El colono aseguró a Kalispel que no tendría dificultad alguna para seguir el camino que conducía a este lugar. El valle se encajonaba acá y allá y se convertía en una sucesión de cañones, que podían ser atravesados vadeando el río.
Cuando Kalispel regresó al campamento el fuego estaba casi apagado y los Blair no se hallaban presentes, por lo que pensó que se habrían acostado. Desenrolló sus propias mantas y se dispuso a dormir en un lugar muy próximo al camino, con el fin de tener la seguridad de que en el caso de que se aproximasen algunos jinetes se despertaría.
Se levantó al amanecer, preparó los caballos y los animales de carga, y el desayuno estuvo dispuesto cuando el sol asomó su disco rolo por encima de los altos peñascos de la lejanía. Blair se levantó aterido y dolorido, aunque refunfuñando alegremente, y jadeó ante el frío del agua.
—¡Diablos, vaya una mañana! —exclamó mientras se pasaba vigorosamente una toalla por el rostro y las manos—. ¡Esto no es agua! ¡Es hielo! ¿Ha llamado usted a Sydney?
—Creo que debo aventurarme a hacerlo —respondió Kalispel ansiosamente; y, dirigiéndose hacia el frente de la pequeña tienda gritó con fuerza—: ¡Señorita Blair...! ¡Venga!
—No hubo respuesta. Después de esperar unos instantes, Kalispel gritó de nuevo, con más energía que anteriormente—: ¡Señorita Sydney! —Tampoco obtuvo respuesta, y volvió a vocear—: ¡Eh, Sydney! —Y como el resultado fuera tan negativo como el anterior, gritó bravamente—:
¡Eh, Syd!
Después de unos momentos de embarazoso silencio sonó una voz clara, fría, como de persona que estuviese plenamente despierta.
—Señor Emerson, ¿me llamaba usted?
—Creo que... que sí —contestó atropelladamente Kalispel.
—¿Qué desea usted?
—Pues... Lo que sucede es que... que ya es mucho más tarde de la hora de levantarse. El desayuno ya está preparado: tortas de trigo moreno, muy buenas, y jalea de plátano. Hay un poco de agua caliente, que traeré a su tienda... Y los caballos están esperando.
—Ah! ¿Eso es todo? —preguntó ella indiferentemente.
—Bueno, no es todo exactamente —respondió con lentitud Kalispel—. Estoy deseando ver a usted de nuevo con ese precioso vestido de cowboy. Como Kalispel suponía, estas palabras obligaron a Sydney a enmudecer. Kalispel terminó su desayuno antes que Blair hubiera medio consumido el suyo, y estaba ensillando los caballos cuando Sydney apareció. La muchacha le saludó de un modo ceremonioso, pero el saludo que dirigió a su padre fue verboso y alegre. Kalispel continuó su trabajo sin alterarse, contento de que la mañana prometiese ser espléndida. Sydney no se aproximó a él.
Volvió cuidadosamente el rostro hacia otra dirección cada vez que se vio obligada a acercarse a él; mas cuando se hallaba alejada, le miraba insistentemente y observaba todos sus movimientos. En menos de una hora, Kalispel había vuelto a empaquetar todos los pertrechos y se hallaba dispuesto a reemprender la jornada.
Blair tuvo que subir a una piedra para montar en el caballo. Sydney se encaramó por sí mismo a la silla, flexible y ágilmente. Entonces, Kalispel aprovechó la ocasión de aproximarse a ella.
—¿Ha apretado usted la cincha? —preguntó con indiferencia.
—¡Oh, lo he olvidado! Me apearé y lo haré.
—¿No le dije que comprobase si la cincha estaba prieta antes de montar?
—Sí, creo que me lo dijo usted, señor Emerson replicó Sydney secamente mientras bajaba hacia él una mirada fría.
—Bien, entonces, ¿por qué no lo hizo? Verdaderamente, no me importa que la silla se vuelque y usted caiga al suelo... Pero a usted le molesta que la tomen por un novato en estas, cuestiones. Y es probable que en cualquier momento encontremos otras personas en el camino.
—No se inquiete por eso.
—¿Quiere hacerme el favor de mover la pierna para que pueda apretar la cincha?... Estaba completamente floja. ¿No sabe usted lo listos que son los caballos? Suelen hinchar la barriga cuando se los ensilla... ¡Ea! Creo que ahora está bien.
Kalispel llevó la mano hasta el borrón de la silla, la que sacudió con fuerza, según suelen hacer los caballistas; luego la dejó apoyada en el mismo lugar y levantó la vista al rostro de la joven.
—.¿Se divierte usted mucho?
—Mucho. Gracias replicó ella volviendo la cara.
—¿Querría usted que nuestro viaje durase muchos días? —No estoy cansada del viaje...
todavía —contestó ella con indiferencia.
—Sydney...
—¿No tenía usted prisa por emprender la marcha? —preguntó Sydney fríamente.
—Se ha enfadado usted por aquellas tontas palabras que le dije. Le ruego que me perdone.
—Se engaña usted por completo, señor Emerson.
—Dígame, Sydney —imploró Kalispel—: ¿No le agrada este lugar? ¿No podría ser convertido en un rancho maravilloso..., en un hermoso hogar?
Ella se volvió para mirarle rectamente a los ojos.
—No me ha entusiasmado —contestó—. Hemos visto lugares más bonitos, a lo largo del río.
—¡Ah! —exclamó Kalispel amargamente decepcionado. Y se encaminó hacia su cabalgadura.
Kalispel halló muy pronto ante sí la serpenteante carretera, el brillante río, la hendidura del valle. La prudente costumbre de mirar hacia atrás le tranquilizó. Transcurrieron sin incidentes dos horas de viaje. Según las indicaciones, muy pronto llegarían al sitio en que debían abandonar la carretera y seguir la senda que conducía a el «Abra». Kalispel había descubierto la boca, cubierta de verdes sauces, de una barranca, y se sintió satisfecho de poder abandonar el río. Mas al volver nuevamente la mirada, descubrió tres jinetes que avanzaban, no muy lejos de ellos, con unos animales de carga.
Kalispel marchaba en cabeza. Refrenó su caballo y dejó que los burros pasasen ante él.
Blair llegó a su lado, y más tarde, la reacia Sidney.
—Marchemos lentamente hoy, ¿eh? No corramos mucho como hicimos ayer —murmuró Kalispel.
—Usted nos ha dirigido —contestó la muchacha—. Yo me he limitado a seguirle a su paso.
—Bien, ahora, puede usted ir delante, pues, si la vista no me engaña, se me ha presentado una complicación —replicó Kalispel.
—Una complicación... ¿Qué quiere decir? —preguntó Sydney con rapidez.
—¡Emerson! Allá vienen tres jinetes... ¿Nos vienen siguiendo? —preguntó Blair ansiosamente.
Los tres jinetes se acercaban al trote. La manera de sentarse en la silla, su porte y su aspecto general dijeron a los ojos experimentados de Kalispel que eran tres occidentales.
Unos momentos más tarde, el joven reconocía al que marchaba en cabeza, y no tuvo dudas respecto a la identidad de los otros dos hombres.
—Exactamente lo que había supuesto que sucedería —murmuró Kalispel con enojo.
—Quiénes son, Kalispel? —le preguntó precipitadamente Blair.
—Pritchard y sus compinches.
—¡Oh! —exclamó Sydney.
—Blair, siga adelante con su hija hasta que yo los alcance.
—No quiero hacerlo, Emerson —replicó Blair nerviosamente—. Tengo que permanecer al lado de usted... ¿Cree que intentarán alguna violencia?... Sidney, sigue avanzando.
—¡No lo haré! —declaró Sydney.
—Blair, ponga su caballo de través en el camino... ¡Pronto! —ordenó Kalispel apresuradamente.
Blair bajó de la silla y atravesó el caballo en el camino. Los tres jinetes que se aproximaban comenzaron a aminorar la velocidad de sus cabalgaduras, primero hasta el límite de un trote; después, al de un paseo. Y finalmente se detuvieron ante Kalispel. El rostro delgado y gris de Pritchard no necesitaba más que su expresión para confirmar, sin palabras, las sospechas de Kalispel.


IV
—¡Hola Kalispel! —dijo el jugador fríamente mientras, para demostrar su tranquilidad, encendía con calma un cigarrillo—. ¿Es usted guía de viajeros, además de otras muchas cosas?
—Ahora recuerdo quién es usted, Pritchard —replicó Kalispel—. Jugué con usted cierto día en Butte. Y mi compañero vio que usted hacía fullerías con las cartas.
—Se engaña usted en la identificación —contestó el otro en tanto que despedía una bocanada de humo. Evidentemente, pensaba que era el dueño de la situación. Sus compañeros se agitaban nerviosos en las sillas—. Y no es que quiera rechazar los elogios a mi juego. En estos días, si un jugador no sabe manejar bien las cartas, es como un cordero entre una manada de lobos... ¿Acaso quiere usted detenernos?
—Sé que me vienen siguiendo.
—Se engaña de nuevo. Haskell y Selby, mis compañeros, van a Challis conmigo.
—¡Es usted un embustero, Pritchard!
—Bueno, no tengo ganas de discutir con usted, Kalispel. Si nos permite pasar, continuaremos nuestro camino sin ocuparnos en otros asuntos que los nuestros.
Kalispel pensó que sería conveniente para él permitir que el trío continuase adelante.
Pritchard parecía dispuesto a evitar una reyerta, pero no podía dudarse de que deseaba espiar a los Blair.
—Pueden continuar su camino, usted y sus dos compinches, Pritchad. Y no cometan el error de volver a caminar detrás de mí dijo secamente Kalispel en tanto que se apartaba para permitir el paso a los animales de carga y los caballos.
—Blair —gritó Pritchard mientras reemprendía la marcha—: se arrepentirá de haber cambiado nuestro trato por lo que ese vaquero le haya propuesto.
—Muy bien, Pritchard —respondió Blair—. No podría ser mucho peor que lo que me esperaba con ustedes. Y además eso es cosa solamente mía.
—De todos modos, nosotros no andábamos tras apoderarnos de su hija. Cualquier día se levantará usted y descubrirá que ha desaparecido.
Kalispel no era hombre que pudiera pasar en silencio una burla de la naturaleza de aquélla. Y llegó a la conclusión de que el silbido de una bala próximo al oído del jugador sería mucho más eficaz para el porvenir que cualquier amenaza verbal. Por esta causa desenfundó rápidamente la pistola y disparó un tiro a la alta cona del sombrero de Pritchard. El tiro hizo que el sombrero cayese al suelo. Los caballos se encabritaron. El hombre que se hallaba más alejado de Pritchard gritó:
—¡Corre, tonto del demonio! ¡Ese loco es veneno puro!
Pritchard no miró atrás, ni se volvió para recoger el sombrero. Espoleó a su caballo y se lanzó tras sus fugitivos compañeros, quienes habían obligado a correr a los animales de carga.
Kalispel se guardó la pistola y se adelantó para recoger el sombrero del jugador. El proyectil había abierto un corte a lo largo de la copa. Volvió y lo colocó sobre el borrén de la silla de Blair.
—Vea usted que no intenté hacer ningún daño al jugador —dijo Pero debería haberle atravesado una pierna. Reconozco que me enfurecí tanto, que... Blair, nos han venido siguiendo; es tan seguro como que hemos nacido. Pero no han pensado todavía que pronto nos meteremos entre los huecos de las montañas. Lo descubrirán, de todos modos, y si encontraran nuestras huellas..., entonces sí que habría complicaciones más graves. Créame, estoy animado a deshacer el trato que he hecho con usted. Si tuviera el dinero, le pagaría lo que...
—Oiga, amigo Kalispel —le interrumpió rápidamente Blait—, este incidente no me ha agradado, pero comienzo a tener... corazonadas, como usted dice. Si Sydney y yo hemos de tener que acostumbrarnos a estos dulces procedimientos de las gentes del Oeste, en tal caso, creo que es una suerte que le tengamos a usted por compañero. Eso es todo.
—Ha hablado usted muy bien y con mucha razón. Pero vea el rostro de Sydney.
El hermoso rostro de la joven no estaba aún libre de la expresión de espanto que habían marcado en él el encuentro y su desenlace por medio de la súbita actitud de Kalispel.
—Un poco pálido en lo que se refiere a las mejillas —contestó Blair riendo—. Es cierto.
Pero hace tres días solamente, una escena de esta naturaleza habría hecho que Sydney se desmayase. Sydney se está portando muy bien.
—Sí, es lo mismo que pienso. Pero lo que me importa principalmente es su manera de pensar... —se acercó al caballo de Sydney y levantó la mirada en dirección a la joven—.
Señorita, para ser una recién llegada a estas regiones, debo reconocer que se ha portado usted de un modo maravilloso. La admiro muchísimo... Pero si tiene usted ni siquiera la más ligera duda respecto a mí, no quiero que continuemos adelante ni que realicemos lo que hemos acordado. Le ruego que sea completamente sincera.
—¿Dudar... de usted? —preguntó ella trémulamente.
—Sí. Usted ha oído lo que ha dicho ese hombre. Reconozco que lo que he tratado con usted y con su padre, la proposición que les he hecho, todo, puede tener un aspecto sospechoso y turbio. No es demasiado tarde para que pueda usted volver atrás. Cuando hayamos entrado en parajes más desiertos y abruptos, no podrá encontrar el camino de vuelta.
—No quiero volver atrás. Ya le he dicho que confío en usted.
—Sí, pero no estoy muy seguro de que sea cierto. Apenas me ha hablado usted esta mañana.
La sinceridad y la ingenuidad de Kalispel fueron la causa de que la gravedad de la joven se rompiese, de que comenzase a deshacerse su seriedad. Por lo menos, Sydney enrojeció y sonrió.
—Al fin y al cabo, estoy obligada a obedecer a papá —dijo—. Y papá parece tener confianza en usted.
—Es muy halagador. Sí. Pero su papá no tiene ni la más ligera sombra de probabilidades de ver los yacimientos de oro en tanto que usted no tenga completa confianza en mí también.
—Eso es mucho pedir, señor Kalispel.
—¿Qué piensa usted de mí?
preguntó obstinadamente Kalispel.
—Pues... si me obliga... le diré que usted es un demonio... y un conquistador...
—¡Oh..., señorita Sydney...! —exclamó Kalispel con espanto.
—Y muy desvergonzado..., vanidoso..., y un cocinero detestable..., un ser dominante... y ¡un sanguinario hombre del Oeste...!
—Bueno, el trato queda deshecho —la interrumpió Kalispel mientras levantaba las manos en alto.
—Pero pongo voluntariamente y confiadamente mi honor y mi vida en manos de usted —concluyó Sydney cambiando, el gesto de broma por otro de seriedad.
Kalispel sintió que la sangre caliente le causaba un escozor en el cuello y el rostro, curtidos por el viento y el sol. Había pedido, inconscientemente, la respuesta que ella le había dado, mas cuando la hubo logrado, le pareció que, una vez más, se había extralimitado.
—Sydney, tenía que saberlo —replicó apresuradamente—. Yo soy el único de quien podía dudarse... Y creo que no merezco su afecto, aunque juro que si soy digno de su confianza...
De modo que ahora, si dice usted que continuemos adelante... Bien, continuemos, se convertía en una quebrada impresionante cercada de riscos coloreados entre los cuales el agua se remansaba y formaba lagos a veces, o se transformaba en rápidas cascadas espumeantes.
Diversos arroyos que se cruzaban, se destacaban blancos entre las orillas e intensificaban el caudal del Camus; amplias grietas hendían los altivos muros de piedra hasta la altura en que negreaban los troncos de los pinos; había grandes cavernas, formadas por el viento y el agua; en los bancales herbosos y cubiertos de helechos se detuvieron unas cabras blancas para observar el avance de los intrusos.
Por razones incomprensibles para Kalispel, Sydney cabalgó directamente tras él durante la mayor parte del recorrido por el cañón y le atosigó con innumerables preguntas. Y en muchos lugares, donde la corriente rugía en una cascada, o donde la sombra, los pinos o las flores invitaban al descanso, o donde se abría una hermosa cañada, solía decirle:
—Detengámonos aquí. Es un lugar demasiado hermoso para que lo abandonemos tan pronto.
Y Kalispel contestaba:
—Espolee a su caballo, señorita. No hemos venido de excursión.
—Pero si alguno de los sitios por los que pasamos me satisficiese mucho, ¿no se detendría usted?
—Creo que sí... si lograse usted convencerme de que le es posible sentir agrado por alguien... Por algo, he querido decir.
Sydney replicó enigmáticamente:
—¡Oh!
El viaje era muy molesto para Blair. La silla le molestaba tanto, que hacía a pie la mayor parte del recorrido. El camino subía y bajaba interminablemente y era abrupto y en ocasiones peligroso.
Antes de la puesta del sol los muros bronceados del cañón, con sus festones de pinos, se ensancharon y formaron un desfiladero más amplio, desde el que llegaba un bajo y tétrico murmullo.
—¿Ha oído usted eso? —preguntó Kalispel volviéndose hacia Sydney.
—¿Cree usted que soy sorda? ¡Oh, ese ruido me pone carne de gallina!
—Es el rugido del río en el lugar en que se bifurca.
Y, ¡diablos!, temo mucho que la nieve derretida lo haya hecho crecer.
—¿Tendremos que atravesarlo a nado con los caballos? —¡Demonios! Me gustaría que pudiéramos hacerlo. Pero el peligro está en que probablemente habrá más de tres o cuatro pies de agua veloz que corra sobre piedras resbaladizas. Y si el caballo se cayese con usted..., ¡adiós para siempre!
—¡Cielos!... Creí que le agradaría tenerme durante cierto tiempo al lado de usted.
—No la comprendo, Sydney —replicó Kalispel—. Pero debo decirle que me gustaría retenerla junto a mí para siempre.
—¿Sí? Y ¿es usted el hombre tan maravillosamente valeroso para con los hombres?...
¡Qué hermoso es el río! ... ¡Qué ancho, qué verde, qué rápido...! ¿Nos atreveremos a vadearlo?
—Tendremos que hacerlo. Pero no aquí —contestó Kalispel mientras inspeccionaba con rápida mirada el cañón. El abra del Camus se extendía ancha y poco profunda, sobre amarillentos arrecifes, y al agua afluía al río. En aquel punto la bifurcación era tan ancha como dos veces la del Salmón y ofrecía un encantador y formidable aspecto al deslizarse por entre un recodo de oscuros peñascos lisos, para seguir, verdosa y rápida, en dirección a una colosal montaña de color bronceado y desembocar en un paso lejano y purpúreo. El paisaje tenía una grandeza y una tosquedad que hacía más imponente aún la salida a la cordillera de «Dientes de Sierra».
Vadearon el Camus y treparon a las alturas de un bancal cubierto de artemisa, desde el cual se disfrutaba una vista de las anchas escarpaduras, lisas y herbosas, del lado izquierdo, que se convertían gradualmente en montañas cubiertas de reflejos dorados que completaban la grandiosidad de la espléndida escena selvática.
—Voy a acampar aquí —manifestó Sydney mientras desmontaba.
—¿Sola? —preguntó su guía sonriendo.
—Pero... ¡si ya es la hora del crepúsculo! Hemos llegado muy lejos. Papá está dispuesto a descansar. Y..., ¡oh!, le he engañado... Estoy a punto de morir de cansancio.
—Supongo que un par de millas más no la matarán.
Kalispel, ¿no tiene usted corazón?
—Es cierto que lo he tenido hasta hace poco tiempo. Vamos, vamos, vuelva a subir al caballo.
—¿No le agradan los lugares hermosos? ¡Oh, cómo me ha decepcionado usted! ¿No querrá acampar aquí... para complacerme?
—Bien, si lo pide usted con tanta insistencia... tendré que ceder. El caso es —continué Kalispel lentamente —que, de todos modos, habríamos acampado aquí. Pero quería obligarla a que me lo suplicase...
—¿Es cierto...? ¿Me habré engañado al confiar en usted?
—¡Quién sabe? —terminó Kalispel ariscamente.
—¡Váyase! —le ordenó ella—. Yo misma me cuidaré de atender a mi caballo.
Con gran sorpresa y para su secreta alegría, la muchacha no solamente desensillé su caballo, sino que además lo trabó. Debía de haber observado anteriormente cómo realizaba esta labor Kalispel, puesto que la llevó a cabo con ligereza. Regañé un poco a su padre y le ordenó que fuese en busca de leña. Después intentó ayudar a Kalispel en diversas tareas.
—¡Infiernos! ¡Apártese de mí! —gritó con suavidad Kalispel—. ¿Cómo quiere usted que haga pronto la cena?
Pero deseo ayudarle —protestó ella.
—Conforme, pero lo que hace es estorbarme terriblemente.
—¡Cómo! No soy tan desmañada como para todo eso.
I—¡Diablos! No, no es usted tan desgraciada... en lo que se refiere a su aspecto físico.
—¡Qué tontería! Ya debería estar usted acostumbrado a mi aspecto... Por favor, Kalispel..., ¡permítame aprender! ¡Me entusiasma su modo de hacer la masa para las galletas!
Y se dejó caer de rodillas al lado del joven, se recogió las mangas de la blusa, con lo que quedaron al descubierto los torneados y fuertes brazos, y metió ambas manos en la vasija.
—¡Saque usted las suyas! —dijo inmediatamente.
—Lo haría, pero no puedo. Las tengo sujetas. Ella rió con tuerza.
—¡Jamás vi hombre parecido! ... Lo que está haciendo es sujetarme las manos.
—Es cierto... ¡Diablos! Sydney, si desea usted que no la quiera... no debe hacer estas cosas.
Tenemos que comer, muchacho. Y tengo que aprender a cocinar comidas campestres.
Y... a preparar comidas de rancho.
¿Sí? Si yo tuviera un poco más de... nervio... —Kalispel, no se apure. Es usted la persona más nerviosa que he conocido en toda mi vida.
—¿Con los hombres y las pistolas, quiere usted decir?
—Quiero decir, con las muchachas inocentes, confiadas y desvalidas. La prueba está a la vista. ¡No, apriete la masa! Todavía me está apretando las manos.
Kalispel se rindió y retiró las harinosas manos de la vasija.
—Usted, ¿se niega ab-so-lu-ta-men-te a que la quiera? —preguntó severo.
—Me niego ab-so-lu-ta-men-te —replicó ella imitando la expresión de él.
—Bueno, cueza usted las galletas... y busque otro modo de asesinarme —dijo Kalispel mientras se ponía en pie. La cena estuvo tarde aquella noche. Ni Kalispel ni Blair parecieron darse cuenta de que las galletas estaban quemadas y pastosas. Kalispel comió varias heroicamente.
El ancho cañón, con sus pétreos muros altísimos, era un lugar impresionante. Los Blair estuvieron sentados durante más de una hora junto a la hoguera.
—Aquí comienzan ustedes a recibir una primera impresión de cómo es verdaderamente el Oeste bravío dijo Kalispel—. Pero la soledad y ese otro sentimiento extraño que no tiene nombre no son tan fuertes aquí como en mi valle. La voz del agua es diferente. Los lobos aúllan en las vertientes. Y, además, ¡los truenos de las viejas montañas...!
—¡Truenos! ¿Cómo puede tronar una montaña? ¿Es un volcán? —preguntó Sydney, que estaba profundamente interesada.
—No sé cómo puede tronar, pero el caso es que lo hace. Y hace que uno tiemble cuando el trueno lo despierta en el centro de la noche. Es la montaña del lado norte del valle. Es dos veces tan alta y tan imponente como esa que tenemos delante. Todo su frente se compone de un muro casi vertical de una milla de altura, de varios colores y tan estéril como puede serlo la tierra azotada por los vientos. Es una inclinación terrible compuesta de lodo blando, de grava, de greda. Parece como si estuviese viva y gruñese.
—¡Huy! Todo eso me parece un poco fantástico —declaré Sydney.
—Usted lo ha dicho: es fantástico.
A la mañana siguiente Kalispel preparó de nuevo los equipajes bajo la luz gris del alba, y muy pronto reemprendieron la marcha. La senda que conducía hacia lo alto, desde el río, no estaba tan definida como la que habían seguido anteriormente. En algunos lugares en que el suelo era de naturaleza rocosa, desaparecía por completo. Mas el viaje fue bastante fácil y los desniveles no muy grandes, por lo que la pequeña caravana pudo caminar a unas tres millas por hora.
Kalispel llamó pronto la atención de los Blair acerca de una tremenda vertiente de roca árida que se hallaba al otro lado del río. Era un talud tan alto, que el borde superior, del que se había desprendido la enorme masa de pizarra y roca, no podía ser localizado desde abajo. Caminos trazados por el paso de los alces, de los ciervos y de los osos lo dividían. Terminaba no muchos metros más abajo, donde se convertía en una rápida corriente blanca de agua que se remansaba a poca distancia. Si un caballo hubiera sido llevado a aquel lugar, no podría escalar la inclinada pendiente, resbalaría hasta llegar al agua, y sería arrastrado por la rapidez de la corriente.
Se introdujeron en el río. El agua fría roció el rostro de Kalispel. Sydney no había apreciado que hubiera verdadero peligro. Y su caballo resbaló repentinamente. El agua le llegó hasta la parte alta de la silla. Sydney gritó e hizo intención de arrojarse de la montura.
¡Quieta! —vociferó Kalispel. El animal se incorporó—. Hágalo caminar un poco a favor de la corriente.
—¡Creí que... iba a sumergirme! —dijo ella mientras volvía el pálido rostro en dirección al joven.
—¡Se ha portado usted muy bien! ... Ya no nos queda mucho para llegar a la orilla... Voy a ayudarla.
Espoleó a su caballo, que se conducía de un modo casi igual al de Sydney, y llegó con su montura hasta cerca de la zona peligrosa, que se hallaba un poco abajo, en dirección de la corriente. Kalispel volvió a espolear al caballo para acercarse al de ella.
¡Déme la mano! —gritó en tanto que se estiraba para poder asirla. Y lo hizo exactamente en el momento preciso, puesto que el caballo de Sydney resbaló, cayó y rodó por el fondo. Su propia montura trabajaba afanosamente, resbalaba, se sumergía y resoplaba furiosamente. El peso de Sydney era muy grande por efecto de la rapidez de la corriente, que, además, la obligaba a meter la cabeza bajo el agua. Kalispel la elevó como pudo, la agarró de la blusa, y habría conseguido colocarla de través sobre su silla, mas el caballo resbaló en aquel instante.
Kalispel levantó una pierna y se desmontó. Estuvo a punto de caer con el caballo. Después, con las botas tocando en el fondo del río, elevó la cabeza de Sydney por encima del agua, e inclinando la espalda contra la corriente, utilizó la fuerza de su curso para elevarse y para ser arrastrado mientras se dirigía hacia la orilla. Como resultado de un cálculo exacto y de un esfuerzo prodigioso, logró llegar hasta el punto en que la profundidad era muy pequeña, en un lugar muy próximo al en que se formaba el rabión..
Cogió a la muchacha en los brazos y tambaleándose sobre las resbaladizas piedras, llegó hasta la orilla y la depositó sobre un montón de pinochas. No se había desvanecido ni sufrido daño alguno.
Kalispel se irguió para mirar río arriba y ver en qué situación se hallaba Blair. Con gran consuelo pudo ver que el gran caballo estaba vadeando el remanso. Los otros dos caballos, descargados del peso de los jinetes, se hallaban haciendo lo mismo. Los burros estaban ya en la orilla.
—Hemos tenido suerte! —exclamó Kalispel mientras se arrodillaba junto a la joven—. ¡De buena nos hemos librado, Sydney...! ¿Cómo se encuentra usted?
—¡Helada..., tiesa de frío! —murmuró Sydney.
—¡No es de extraño! ¡Caramba! ¿No estaba fría el agua? Voy a encender una hoguera en un momento... Supongo que no habrá sufrido ningún daño...
El rostro de la joven estaba completamente blanco; en sus grandes ojos violeta comenzó a borrarse la expresión de terror.
—¡Usted... me ha salvado... la vida!
dijo con admiración y gratitud.
—Sydney, los dos hemos estado muy cerca del rápido... Y si hubiéramos llegado a él, éste habría sido nuestro último día.
La joven sonrió débilmente y se aproximó a él.
—Lamento mucho haber dicho... lo que dije anoche... Ya sabe usted... que me refiero... a lo que le dije que no quería que hiciera... ¡No es cierto!
A la mañana siguiente, Kalispel descubrió el camino que debían seguir; el que él y Jake habían recorrido cuando abandonaron la montaña acompañados de sus asnos. Y se alegró. Un vago temor le había acometido hasta aquel momento. Pero todo marchaba ya bien. Todo lo que tenía que hacer era avanzar lentamente, de acuerdo con la fortaleza de los Blair; y al cabo de cuatro o cinco días estaría de nuevo junto a Sam, en el dorado valle. No temía que su hermano, hombre de corazón bondadoso, se enfadase por la presencia de Blair y Sydney. Sam tenía razón, no obstante, al intentar emplear un mes, o más, si era posible, en demarcar minas y en extraer oro antes de que se produjese la invasión del valle. Pues, posteriormente, la invasión sería inevitable.
Kalispel no perdió el tiempo importunando a Sydney con motivo de la felicidad que le había producido la tímida confesión de la muchacha. Las palabras de Sydney habían sido suficientes para elevarle al séptimo cielo. Parecía ser una mujer de infinita variedad de estados de ánimo, el último de los cuales, a partir del episodio del río, era el de timidez y reserva. Ya no le atormentaba, ni le hacía observaciones ambiguas, ni le miraba con ojos preñados de adoración. Por otra parte, el tremendo esfuerzo que representaba la larga cabalgada comenzaba a fatigarla. Aquella noche, en lo alto de la colina herbosa y azotada de los vientos, después de una extenuadora ascensión, dijo:
—Ayúdeme a desmontar, Kalispel.
El viaje del día siguiente fue muy cómodo, a causa de que siguieron una senda que bordeaba las pendientes y rodeaba las baldías montañas. Kalispel descubrió que estaban viajando a una velocidad superior a la que había supuesto. Los caballos avanzaban vez y media más que él y su hermano cuando hicieron el mismo recorrido a pie.
Hacia la mitad de la tarde del tercer día Kalispel pudo asegurarse de que se encontraban casi sobre la vertiente de una montaña desde la cúspide de la cual podía verse el valle de Sam.
Había soñado mucho durante aquel último día, de modo que las horas le parecieron minutos. Un millar de veces había vuelto la cabeza para cerciorarse de que la graciosa figura de Sydney era una realidad, que aquel pensativo rostro de ojos oscuros y retadores se hallaba tras él para alegrarle con su visión. Y en la mayoría de estas ocasiones se había visto recompensado con una sonrisa, el relámpago de una mirada, el movimiento de saludo de una mano enguantada, con algo dulce y hermoso que acrecentaba sus sueños. El amor, la fortuna, la felicidad se hallaban a su alcance. Y al pensarlo, solía mirar en torno suyo; mirar la vasta extensión de dentadas cúspides o de cumbres selvosas; o, abajo, las ásperas quebradas; o las vertientes coloreadas y desnudas tan características de la región; o, en lo alto, los erguidos y solitarios picos en que las inmóviles cabras guardaban vigilia... Y esto le producía la impresión de que lo que le había salvado era su continuada reversión a la Naturaleza, a la silenciosa soledad de las cumbres y a las alturas y las profundidades de las rocas que pregonaban su eternidad, al indefinido e infinito aliento de todo aquello que le había inculcado fe.
Cuando le quedaba una corta distancia por recorrer antes de llegar a la cumbre se detuvo para permitir a Sydney que lo alcanzase. Los asnos pasaron hacia lo alto y se perdieron de vista. A su izquierda se erguía la mole bronceada de un picacho, y a la derecha se elevaba la enorme superficie inclinada de un lienzo de montaña.
—¡Oh, qué horrible y qué agreste es esto! ... Pero, ¡qué hermoso! —dijo jadeando Sydney al llegar junto a él—. Kal, siento impulsos de abrazarte..., quizá... por haberme traído aquí..., por ofrecerme... este magnífico espectáculo.
—¿Kal? —preguntó Kalispel con arrobamiento.
—Sí, Kal —replicó ella alegremente.
—Permítame que le diga algo muy importante —suplicó él.
—Bueno, en los últimos tiempos ha sido usted muy bueno... para usted —dijo Sydney, al parecer condescendiente; pero la expresión de sus ojos era más elocuente y más cálida que sus palabras.
—Sydney, dentro de unos instantes, podremos ver mi valle. Y éste será el momento más feliz de toda mi vida.
—Muchacho, ¿por qué tanta palidez y tanta solemnidad? ¡No será tampoco, ciertamente, el día más desgraciado de la mía!
Y le tendió la enguantada mano.
Continuaron avanzando.
—Percibo olor a humo —dijo Sydney.
—Yo también —contestó sorprendido Kalispel—. Y es muy extraño.
Los caballos pisaron la cumbre. Kalispel lanzó una ávida mirada hacia el valle gris y rocoso, el plateado arroyo serpenteante, la desnuda pendiente que se lanzaba hacia abajo.
¿Qué era todo aquello que destellaba y se agitaba? ¡Tiendas blancas! ¡Columnas de humo azul se elevaban! ¡Hombres que vadeaban el arroyo...!
—¡Dios mío! —exclamó con el corazón angustiado Kalispel.
—¡Oh! ¡Su valle está lleno de gente! —se lamenté Sydney con desaliento.


V
Kalispel miró fijamente hacia abajo, hacia el valle, bajo la terrible y acongojadora impresión de que el espectáculo que presenciaba representaba una invasión de mineros.
Mucho antes de que Jake hubiera podido llegar a Boise y regresar, los yacimientos habían sido descubiertos.
—¡Humo! ¡Tiendas! ¡Hombres que se introducen en el arroyo! ¿Qué significa todo esto?
—exclamó Blair con sorpresa y consternación.
—¡Mirad! ¡Una reata de caballerías de carga está llegando al valle! —exclamó Sydney.
—¡Maldita suerte! —se lamentó Kalispel con amarga desesperación. Su aguda mirada descubrió un camino muy bien definido que procedía del Sur. Unas mulas pesadamente cargadas se movían a lo largo de aquel camino, con los enormes fardos, oscilantes por Ia marcha, que parecían contener picos y palas. Unos hombres iban tras ellas, con el paso rápido de quienes hubieran descubierto un tesoro. Kalispel se volvió, al fin, hacia sus acompañantes.
—¡Quisiera morir en este mismo instante! —dijo roncamente—. Nuestro yacimiento ha sido descubierto... y la invasión ha comenzado.
—¡Oh, Kalispel, no... no sea tan... tan tremebundo! —le requirió Sydney—. , Sabemos que no ha sido por culpa de usted.
—¡Muchacho! Si lo que nos ha dicho es cierto... y, ¡vaya si lo parece! ..., creo que habrá oro bastante para todos —añadió Blair con varonil decisión que anulaba su decepción.
—¡Apresurémonos a bajar! —replicó Kalispel. Pero de todos modos, estaba inconsolable.
Adivinaba que se había producido un acontecimiento cuyo alcance no podía apreciar. Sam le informaría.
Espoleó su caballo y se lanzó en seguimiento de los burros. Los Blair le siguieron.
Mientras descendía, Kalispel inspeccionó con la mirada lo que tenía ante si, con el fin de apreciar el valor y el significado de toda aquella actividad. Las tiendas tenían un color blanco o gris bajo la luz del atardecer. Estaban dispuestas en dos largas hileras, en medio de las cuales quedaba un espacio abierto. Este espacio era una calle. Ya había sido trazada una ciudad. Una mirada más detenida le hizo descubrir nuevos hechos acongojadores. A lo largo del arroyo, hasta el punto que la vista podía alcanzar, aparecían instalados muchos campamentos. Esto significaba que se habían hecho muchas denuncias de placeres. Todo el terreno que encerraba oro no podía haber sido denunciado aún, pero, sin duda, les mejores yacimientos estaban acotados ya.
El descenso a través del paso le pareció a Kalispel interminable, y no volvió la cabeza ni una sola vez para mirar a Sydney. Apresuró la marcha de los burros, hasta alcanzar un trote peligroso para sus cargas, y finalmente consiguió llegar con ellos al final de la pendiente, en un lugar próximo al arroyo, donde las bestias comenzaron a pacer la verde hierba. Kalispel desmonté. Como quiera que fuera y lo que quiera que hubiese de encontrar, debía hacerle frente a pie. El recuerdo de la riquísima mina de cuarzo de Sam no mitigó la amargura de sus sospechas.
Mientras arrojaba al suelo su silla, un murmullo sordo y que ya le era familiar le obligó a enderezarse sobresaltado. La vieja montaña había gruñido agoreramente.
—¿Ha oído, Blair? —preguntó a sus seguidores cuan, do llegaron junto a él.
—¿Oh? ¿Qué?
—¡Oh, yo lo he oído! ¡El trueno! —exclamó Sydney. Estaba nerviosa, y tenía los ojos en extremo abiertos y el rostro descolorido por efecto de la fatiga. Estiró los brazos para que Kalispel la ayudase a apearse, y cuando él llegó junto a ella de un salto, la joven estuvo a punto de caer entre los de él.
—¡Pobre muchacha! —dijo Kalispel con voz ronca. —Siéntese y descanse. Blair, vigile los burros mientras voy a averiguar lo que sucede.
Kalispel bajó rápidamente por la rocosa inclinación hasta llegar al campamento más cercano. Lechos enrollables, fardos, cocinillas portátiles, picos y palas, montones de leña, todo género de utensilios para la vida en un campamento, se hallaban alineados junto al arroyo. De los dos mineros más próximos, uno de ellos estaba inclinado sobre una roca de la corriente, y el otro, un hombre alto, barbudo, sucio y mojado, un joven que había visto a Kalispel, se adelantó un poco para salir a su encuentro.
—Hola, forastero. Veo que has encontrado un nuevo camino para llegar aquí —dijo alegremente.
—Es el camino que seguí para salir de aquí hace dos semanas —replicó Kalispel secamente.
—Estabas aquí... hace ya dos semanas? —preguntó el otro hombre con incredulidad.
—Sí. Yo y mis dos hermanos.
—Bien, pues es una lástima que no te quedases. Es posible que uno de vosotros tenga la culpa de que la noticia del descubrimiento de un yacimiento de oro se extendiera por Challis hace una semana.
—No ha sido por culpa mía. Fui con mi hermano a comprar provisiones. Es posible que mi hermano se emborrachase y dijese entonces lo que debía haber estado secreto.
—Ran Leavitt fue el primero en saberlo, y una multitud de mineros salimos de estampía detrás de él. Leavitt nos adelanté a todos, y llegó el primero. ¡Bonanza! Ha encontrado una veta riquísima de oro, El resto de nosotros trabaja en los placeres. Y, créeme, forastero, no has ganado nada viniendo.
—De modo que ¿no conoces a mi hermano, Sam Emerson?
—No. Por lo menos, de nombre.
—Sam fue el que descubrió esa vena de cuarzo, y Jake y yo llevamos con nosotros un terrón que valdría unos quinientos dólares.
—¿Eh? Oye, desconocido, ¿te has vuelto loco, o estás borracho?
—Nada de eso. Pero tengo una condenada curiosidad por saber lo que ha sucedido —replicó Kalispel.
—¡Bill, ven aquí! —gritó al otro minero. Al oír su llamada, el otro minero, que era alto, barbudo y fuerte y llevaba una camisa encarnada, se aproximé a ellos—. Escucha lo que dice este hombre, Bill. Dice que su hermano descubrió un yacimiento de oro aquí, hace dos semanas, y que él y otro hermano suyo se llevaron consigo un pedrusco de cuarzo que valdría quinientos dólares.
—¡Es cierto! ¿No conocéis a mi hermano, Sam Emerson? —afirmó con energía Kalispel—.
Lo dejamos aquí, instalado junto al yacimiento.
—¿Sam Emerson? No, no lo conozco. Y ya no tiene nada que ver con la mina de cuarzo.
puesto que Leavitt la ha estacado. Fue el primero en llegar aquí, con Selback y los hombres de su equipo. Me parece que te expones a tener un disgusto, joven, si te atreves a hablarles de ese derecho sobre este terreno.
Kalispel dio súbitamente la vuelta y corrió en dirección al lugar en que estaba situada la mina de cuarzo de Sam. Cuando estuvo cerca de ella, redujo la velocidad para recobrar el aliento e inspeccionar las características del terreno. En primer lugar, tuvo dificultad para encontrar el borde sobresaliente que nacía al pie de la desnuda pendiente. Parecía hallarse oculto por tiendas y por un gran montón de troncos de árbol, que estaban destinados evidentemente, a formar parte de una cabaña en construcción. Kalispel oyó los golpes de un hacha. Llegó al final de la calle que se formaba entre las dos líneas de tiendas, y allí ovó ruido de maderas y gritos de hombres, que llegaban desde detrás de él, de la parte del arroyo. La ciudad formada de tiendas estaba desierta, excepto en aquel lugar, donde pudo apreciar que había muchos hombres dedicados a la tarea de construir la barraca.
Un momento más tarde Kalispel se encontraba en el punto en que Sam había hecho su descubrimiento. No miró dos veces al borde sobresaliente. Un hombre alto, que tenía un rifle sobre las rodillas, estaba sentado al fondo.
—¿Es usted Rand Leavitt? —gritó Kalispel con voz vibrante mientras pasaba al interior de la tienda y se encaraba con el guardián.
El hombre se puso rápidamente en pie. Estaba sin chaqueta y sin sombrero, era joven, tenía la cabeza de forma puntiaguda y el rostro cetrino, y sus ojos hundidos expresaban el sobresalto.
—No, desconocido. Me llamo Selback. El jefe está en la ciudad —replicó—. Y ¿quién diablos eres tú, que te metes aquí como un toro en un corral?
Kalispel no se apresuró a responder, sino que estudio rápidamente la actitud de aquel centinela, Selback. Había un algo frío, furtivo, calculador y desconfiado en el brillo de sus ojos, pero nada que hiciera suponer que pudiera haber sospechado quién fuese Kalispel.
—Soy Kalispel Emerson, el hermano de Sam... ¿Dónde está Sam?
—¡Yo qué sé...! No conozco a tu hermano... ni tampoco a ti.
—¿Estás seguro de no haber visto a Sam Emerson? —gritó agudamente Kalispel. Los constructores habían interrumpido su trabajo y descendido al suelo.
—Hay por aquí muchísimos mineros de los que ni siquiera he oído nunca el nombre.
—Conozcas o no su nombre, es seguro que viste a Sam cuando viniste al valle, porque Sam estaba en esta pertenencia. Fue él quien descubrió el cuarzo. Yo estaba con él cuando lo encontró. Y también estaba Jake, mi otro hermano.
—¡Por todos los diablos! ¡Tienes la locura del oro! —declaró el guarda mientras reía malhumorado. No hubo en sus palabras sinceridad ni regocijo. No pareció decirlas con convencimiento.
—¡Por Belcebú! —gritó Kalispel—. Esto presenta un aspecto muy extraño.
—¡Y tú también lo tienes, desconocido! —replicó Selback, probablemente engañado por la punzante —exclamación de Kalispel—. Lo que debes hacer es marcharte pronto... o Leavitt te expulsará a la carrera del valle del Trueno.
—Los Emerson no corremos jamás.
—Bien, entonces, vete al paso; pero hazlo en seguida —le ordenó el guarda en tanto que hacía un movimiento para descolgarse el rifle.
—¡Quieto! —le interrumpió Kalispel.
Pero Selback no hizo caso de la orden. El cañón del rifle continuó moviéndose hasta que, bajo el cetrino rostro del hombre, quedó apuntando a Kalispel. Kalispel sacó la pistola y disparó con rapidez. La cabeza del guarda se inclinó, y, después de vacilar, Selback cayó sobre el arma ruidosamente.
En las rocas sonaron unos rápidos pasos. Kalispel se volvió para enfrentarse con un hombre que gritó al entrar en la tienda y que se detuvo ante la humeante arma de Kalispel.
—¡Ponte junto a esos hombres, con las manos en alto! ¡Pronto! —le ordenó Kalispel mietras movía el arma en dirección a él. Conocía a aquel hombre. Era Leavitt, que se puso en el acto junto a los tres mineros, aun cuando no levantó las, manos.
—Ves que estoy desarmado dijo fríamente—. ¿Qué pretendes? —Y dirigió una mirada desde Kalispel al hombre que se hallaba en el suelo, y luego nuevamente a Kalispel.
—Tú eres Rand Leavitt —afirmó Kalispel al confirmar la identidad del astuto cabecilla, osado y pleno de recursos. Leavitt no había cumplido los cuarenta años, era de elevada estatura, y su rostro pálido, frío y duro, denotaba inteligencia.
—Sí, soy Leavitt. ¿Qué significa este atraco?
—Pues... tu guarda, Selback, no lo comprendió, como puedes ver —contestó sarcásticamente Kalispel. —Si eres un bandido, apodérate de los mineros. Tenemos una vena de cuarzo. Todavía no tenemos oro. He mandado a comprar un bocarte.
—¡No soy bandido... y tú lo sabes muy bien! —¿Cómo demonio3 puedo saber quién eres y qué eres? —preguntó Leavitt con incontenido enojo—. ¿Por qué habrías de matar a Selback.,. si no fueras un atracador?
—Porque el condenado tonto intentó disparar contra mí, después de haberle avisado.
—¿Quién eres?
Kalispel no contestó. Estaba apoyado en la pared de la tienda. Varios mineros, conducidos por los dos a quienes había interrogado primeramente, llegaron al lugar de la escena, sin duda, atraídos por el ruido del disparo. Kalispel hizo un esfuerzo por sobreponerse a su ira y a su decepción. Por muchos que fueran sus derechos sobre el yacimiento, no serían reconocidos jamás. Era ya demasiado tarde. Tenía que decidir si debería o no matar a aquel hombre, a Leavitt.
—Jefe, dijo que se llama Kalispel Emerson —explicó uno de los mineros apresuradamente—. Y que es hermano de Sam Emerson, de quien jura que descubrió la veta de cuarzo.
—Sam Emerson —gritó Leavitt con voz profunda y potente—. ¿Dónde diablos estaba, pues? Encontré este yacimiento, abierto, ciertamente, con el oro brillando bajo el sol; a su lado había picos y palas, y pertrechos de campamento... ¡Pero no vi ningún minero!
—¡Mientes! —gritó furioso Kalispel.
—No, no miento —replicó con ira Leavitt—. No había ningún minero por estos alrededores.
¡Lo juro! Lo habría podido demostrar si Selback estuviera vivo.
—¡Mataste a mi hermano y te apoderaste de su yacimiento!
—Me he apoderado del yacimiento, es cierto, y tenía un perfecto derecho a hacerlo. Hacía mucho tiempo que nadie trabajaba en él... Pero cuando me acusas de haber hecho desaparecer a tu hermano, procedes como un embustero... o estás loco de pies a cabeza.
Tenía las manos firmes y el rostro pálido; el fuego que ardía en sus ojos, y su voz y su actitud de firmeza llevaron la convicción, si no a Kalispel, a los componentes del grupo de mineros, que engrosaba continuamente.
—Leavitt, me parece que voy a perforarte.
—En este caso matarás a un hombre inocente —replicó Leavitt—. No te amenazo como dices que te amenazó Selback. No tendrías otra justificación para matarme que tu sospecha, que es completamente injusta... Y estos mineros te lincharían.
Kalispel había puesto a Leavitt en una situación de prueba, pero Leavitt no se había rendido. Si era culpable, como Kalispel suponía, era también un hombre muy astuto, de rápidos recursos, demasiado fuerte para descubrirse a Kalispel o para perder su prestigio entre la multitud. Además, había aún una remota posibilidad de que Sam hubiera abandonado el valle o hubiera encontrado un fin trágico e inexplicable. Kalispel comprendió que no era omnipotente. En la tortura de su amargo desengaño y de su irritación, cabía en lo posible que se hubiera equivocado al enjuiciar a Selback. No se dedicó a forzar los acontecimientos y perder para siempre cualquier probabilidad de reclamar la propiedad de la mina. Jake regresaría pronto con pruebas de que había sido Sam quien descubrió la mina y desenterrado el cuarzo aurífero.
—Leavitt, voy a abandonarte... porque hombres de tu calaña se cuelgan solos. Pero te acuso —declaró amargamente Kalispel —ante esta multitud. Eres un malvado; mataste a mi hermano y te apoderaste de su propiedad. Requiero a todos los presentes para que sean testigos de que me propongo luchar en contra tuya y de mi intención de hacer todo lo posible por demostrar la verdad de mis acusaciones.
Kalispel salió de la tienda y se separó del grupo de boquiabiertos mineros. Era suficientemente perspicaz para comprender que, aun en aquel momento, los sentimientos de los mineros se hallaban divididos. Dio media vuelta, enfundó la pistola y ya se dirigía hacia el lugar en que había dejado los asnos, cuando se acordó de Sydney. Aun en aquel momento de amargura y de desesperación le pareció que no podía presentarse ante ella con las manos ensangrentadas, con el temor de que los mineros, y principalmente Leavitt, la convencieran de que era un asesino. ¡Era cierto! Su precipitado acto le había convertido en un proscrito. Tomó una dirección opuesta a la anterior, pasó al otro lado del riachuelo, se escondió lejos del valle, en un bosquecillo de abetos, y se tendió en el suelo, como un cervatillo mortalmente herido que quisiera morir en la soledad.
Mucho tiempo después de que comenzase a reinar la oscuridad regresó al lugar en que había dejado a los asnos y los Blair. Solamente encontró sus propios fardos. Los Blair y sus efectos y caballerías habían desaparecido. Kalispel se alegró. Buscó entre uno de sus fardos un frasco de whisky y, habiéndolo encontrado, intentó matar la fría y angustiosa pesadumbre que lo atormentaba y borrar la insoportable pérdida del hermano, de la fortuna y del amor.
Cuando Kalispel recobró la conciencia que le permitió recordar, había nacido un nuevo día, que no pudo saber si sería el segundo o el tercero después de su llegada. El sol le había ampollado el rostro como consecuencia de una permanencia sin protección bajo él. Enfermo, agitado, en un horrible estado mental, bebió las últimas gotas de alcohol que le quedaban.
Y luego miró a su alrededor. Los fardos estaban intactos, la silla en el suelo, el lecho sin desenvolver. El caballo y los asnos habían desaparecido del banco herboso. Aquel lugar era tan bueno para él como cualquier otro, pensó, y después de una inspección del banco llegó a la conclusión de que no podía aspirar a mas. Se hallaba lejos del yacimiento, próximo a la base de la división de la vertiente, a una media milla del campamento de Leavitt, que estaba instalado donde la gran pendiente desnuda comenzaba a elevarse. La nueva senda que corría al lado del río se unía con la que Kalispel había seguido para llegar al lugar en que decidió acampar. El joven extendió su lienzo encerado sobre un espacio situado entre dos enormes peñascos y comenzó a trasladar sus pertenencias. Tras él, ascendiendo en una suave pendiente, había una gran cantidad de ramas y troncos de pinos. No podía comer, tenía una sed muy intensa y, decidido a buscar el descanso en el agotamiento físico, comenzó a llevar sucesivamente hasta el lugar escogido grandes troncos de árboles, hasta que consiguió formar un gran montón. Luego, cansado, mojado, acalorado, se tumbó e importunó a su corazón y a su conciencia con una desesperada pregunta: «¿Qué era lo que había sucedido y qué debería hacer?» El ruido de unos pasos le hizo sentarse y apoyarse en una peña. Blair se hallaba ante él.
—¿Cómo se encuentra usted, Kalispel? —le preguntó de un modo que no estaba exento de amabilidad.
—Buenos días, Blair... O ¿debo decir buenas tardes?... Si estuviera muerto, estaría mejor que ahora —contestó Kalispel.
—¡No diga esas cosas, muchacho! No es propio de usted. Es preciso que se anime, que intente desechar esa terrible cólera que se ha apoderado de usted... y esa embriaguez posterior.
—Blair, ¿acaso estoy todavía borracho... o es que me está usted hablando con amabilidad? —preguntó Kalispel.
—Así es como le hablo, muchacho, y lo hago con sinceridad —continuó el padre de Sydney mientras se sentaba junto al joven.
—Bien, si hay algo que pueda obligarme a quedar agradecido..., muchas gracias.
—Escuche, vaquero. He vivido mucho, he visto mucho de la vida, y puedo decir que la vida es igual en el Este que en el Oeste cuando llegan las desgracias, las pérdidas y el dolor.
Si un joven ha tenido en alguna ocasión que enfrentarse con unas circunstancias difíciles, ese joven es usted. Pero ha procedido de la manera alocada e irreflexiva propia del Oeste, y esto le ha perdido. Leavitt tiene una gran influencia entre los mineros. Le han elegido como juez de campo, lo que, según tengo entendido, significa que es él quien ha de decidir sobre las denuncias de terrenos y minas y sobre la aplicación de las reglas establecidas» en las minerías.
El haberle acusado ha perjudicado a usted más, aparentemente, que el haber matado a Selback. Por lo que he podido apreciar, Selback era un hombre duro, dominante, muy poco apreciado. Luego, para hacer la situación más grave, nuestros amigos Pritchard, Selby y Haskell llegaron ayer por la mañana. Se hicieron pronto amigos de Leavit. Los he oído, especialmente a Pritchard, denunciar a usted como Kalispel Emerson, conocido pistolero de Montana, un hombre malo en todos sus aspectos.
—¡Muy interesante... y muy próximo a —la verdad, lo reconozco! —contestó Kalispel; el frío de su alma le cortaba la voz—. Y supongo que usted habrá venido para insinuarme que debo marcharme...
—¡No! —afirmó —enérgicamente Blair—. Es posible que lo hubiera intentado hace un par de días; pero no ahora. Algo ha cambiado en mí. Quiero quedarme... Estoy completamente convencido de su honradez, Kalispel. Creo que a usted y sus hermanos les han robado lo que era suyo. Es probable que yo sea el único hombre del campamento que lo crea. Siempre he ido contra la corriente y he estado en toda ocasión dispuesto a defender a la parte más débil...
¡Por Belcebú! Estoy dispuesto a quedarme y a descubrir la verdad.
—Yo también me quedaré —respondió Kalispel amargamente—. Blair, haga el favor de informarme: ¿cuánto tiempo he estado aquí?
—Este es el tercer día.
—Dónde fueron usted y Sydney? ¿Qué hicieron ustedes?
—Cuando usted nos abandonó, oímos el griterío v el tiro y seguimos a los mineros que iban al campamento. Allí encontramos a Leavitt. Se mostró muy amable y muy servicial y nos preguntó si queríamos cenar. Se prendó de Sydney..., como es natural. Nos cedió una tienda, mandó a buscar nuestros bagajes y nos instaló regaladamente. Ayer le compré mi terreno.
Dicen que es uno de los mejores. He pagado el pie de superficie a veinte dólares, y he comprado cien. Todas las concesiones han sido divididas en parcelas de una misma dimensión... Y he estado separando el oro de la arena. He obtenido dos onzas de oro hoy...
hasta que me cansé terriblemente. Es el trabajo más fatigoso que jamás he emprendido; pero es divertido. A Sydney le entusiasma. Leavitt le ha enseñado a realizarlo.
—Bueno, de todos modos eso no aumenta sus probabilidades de vivir mucho tiempo —murmuró sombríamente Kalispel—. Ya es un infierno bastante grande el tener que perderla, sin tener en cuenta...
—Kalispel —le interrumpió apresuradamente Blair—, estuvimos aquí ayer. Sydney quería verle. Estaba impaciente. La vi en varias ocasiones mirando hacia este lugar... Vinimos, y usted estaba tumbado ahí, completamente borracho... No era agradable el verle. Sydney se horrorizó. Y luego se disgustó. Yo quería que ella se quedara, que me ayudara a hacer algo en beneficio de usted; pero no quiso hacerlo... Voy a manifestarle lo que me dijo, porque supongo que será agradable para usted: «Papá, he estimado a este vaquero, a Kalispel... Pero ¡éste no es él! O si lo es, estoy desilusionada... ¡Hacerme protestas de amor... y después, en cuanto se ha separado de mí..., entregarse a su terrible afición a matar... y a beber de ese modo...! ¡Estar ahí tumbado como una bestia saturada de alcohol...! No me quiere.»
—¡Dios mío! —gimió Kalispel inclinando la cabeza. Era la última, la más amarga de las gotas de la copa de su amargura.
—Kalispel, eso es más duro que la pérdida de su mina. Yo no comparto la desilusión de Sydney. Es joven, y éste es su segundo desengaño. Y el más profundo, con toda seguridad.
Conozco bien el temperamento de los Blair; sé que no conseguirá sobreponerse pronto a este golpe, que no olvidará con facilidad... Ahora, muchacho, unas palabras mas para terminar esta dolorosa conversación: la adversidad puede abatirnos o revelar lo que hay latente en nuestro interior: el inextinguible espíritu de hombría. No se trata ahora del yalor físico de usted, puesto que se halla fuera de toda duda. Es cuestión de saber si va usted a sucumbir al placer de la bebida... y a ese degradante estado en que le hallamos a usted.
—¡Blair, por favor, no diga nada más! —replicó Kalispel roncamente—. Dígame sólo una cosa: ¿por qué me habla de este modo?
—Porque le estimo, y porque creo que se encuentra en una situación comprometida. Y, además, porque conozco por experiencia el horror de la botella.
—¿Ha sido usted bebedor?
—Sí, lo he sido. Y jamás me sentí libre de su influencia. Kalispel recordó lo que Sydney le había manifestado acerca de esta debilidad de su padre.
—Ah! Y por eso es por lo que... De todos modos, el alcohol no me había puesto jamás en este estado... Blair, usted debe de tener alguna otra razón para esta conversación tan sincera y cariñosa.
—Sí. He sentido un súbito aborrecimiento por Leavitt.
—¿Por qué?
—No lo sé, no siendo por lo que me lo ha revelado... Y fue una mirada que dirigió a Sydney cuando ella no lo veía. Si yo hubiera sido un hombre del temperamento de usted, Kalispel, me habría encolerizado y lo habría matado. Esto indica cuál es la naturaleza de mi carácter. Pero cuando vuelvo la vista hacia atrás y repaso mi vida, encuentro que nunca, o en contadas ocasiones, ha sido injusto mi desprecio por algún hombre. Ni he depositado mi fe equivocadamente. Es un don...
—Bien, piensa usted lo mismo que yo respecto a Leavitt. Y, sin embargo, no tengo ni la más ligera prueba de que mi opinión sea justa.
—Leavitt tiene una personalidad muy fuerte —declaró Blair—. Es posible que posea una naturaleza de dos caras, como otros muchos hombres; si es un malvado, jamás conseguirá engañarme. Pero podría engañar a Sydney. Sydney cree que es guapo, bien educado, fascinante, el occidental más seductor que ha conocido.
—Reconozco que es una cosa fácil de ver, pero difícil de tragar...
—Leavitt, como le he dicho, se ha prendado de ella. Es posible que el despecho haga que ella se incline hacia él. Las mujeres son en ocasiones débiles e incomprensibles. Acaso sea una cuestión de autodefensa... Y esta circunstancia me preocupa. He intentado comunicar a Sydney mis sospechas, pero me obligó a enmudecer inmediatamente.
—Bueno, Blair, no le hable de ese hombre. Eso sólo produciría un efecto contrario al que se propone. Sí, las mujeres son incomprensibles y débiles en muchas ocasiones. Pero en otras, son extrañamente fuertes también. Yo clasificaría a Sydney entre las últimas. Y si verdaderamente ha sentido alguna inclinación hacia mí no concibo que pueda inclinarse hacia Leavitt, lo mismo si soy que si no soy un pistolero y un bestia..., lo mismo con desprecio que sin él.
—Ya no piensa en usted. Me lo ha dicho. Y esto significa mucho más de lo que ha confesado.
—; Dios mío! ¡Deje ya de torturarme!
—Lo siento mucho —contestó apresuradamente Blair en tanto que se levantaba—. Pero Sydney es mi hija... Y ha sido la novia de usted... ¡No, no me mire de ese modo! Conozco a Sydney mucho mejor que usted... No es posible olvidar una circunstancia: estamos unidos por una causa común. El Oeste es un infierno. No puedo volver atrás. Tengo que hacer frente a lo que suceda. Y tengo miedo... Le he tomado afecto, Kalispel, y hasta ahora creí que podría confiar en usted.
—¡Puede...! ¡Dios me ayude! —gritó Kalispel. El padre de la mujer a quien quería había invocado lo mejor que en su interior había, lo que parecía que había sido por completo destruido. Pero... por amor a ella estaba decidido a realizar un milagro.
—¡Duro, muchacho! Y esto es todo —le manifestó afablemente Blair.Pero... ¿cómo, Blair? —exclamó Kalispel, ansioso. —De ahora en adelante seré solamente un proscrito. Las opiniones de todos los mineros, sino sus manos, estarán en contra mía. Leavit hará todo lo posible porque así sea: me ha robado nuestra mina. Y procurará proceder con una astucia infernal.
—Sí. Pero este campamento se desarrollará como una seta de la noche a la mañana —declaró con calor Blair—. Dentro de un mes habrá aquí millares de personas que ya han comenzado a llegar incesantemente. Ayer llegaron doce brigadas con sus herramientas. Los viejos dicen que en la Montaña del Trueno se va a producir la irrupción de buscadores de oro más grande que se ha conocido en Idaho... Una ciudad compuesta de tiendas de campaña, una serrería para maderas, un pueblo hecho de casas de madera y lleno de mineros, jugadores, aventureros, comerciantes, mujeres, cargadores, transportistas..., y todo, envuelto en oro.
Dicen que va a ser un lío, una confusión horrible. ¡Es una cosa hermosa de pensar! Me agrada mucho esta perspectiva, pero temo por mi hija... Bien, mientras tanto, usted se abate y se descorazona. ¡Busque usted oro también! Deje de beber y no utilice la pistola más que cuando haya de hacerlo en legítima defensa. Espere hasta que regrese su hermano Jake. Es posible que Jake pueda arrojar alguna lu sobre el origen de esta invasión. Y durante todo ese tiempo podrá usted trabajar para encontrar pruebas de la culpabilidad de Leavitt. Pero... ése no debe ser su principal objetivo.
—Pues ¿cuál ha de ser, Blair? —preguntó Kalispel, que estaba vivamente emocionado a pesar de su angustia.
—¡Sydney! Volver a ganar su confianza y admiración. Demostrarle que es usted un hombre. Que es capaz, de aceptar un golpe adverso tan duro como éste y, sin embargo, continuar labrando su fortuna. Que ninguna derrota tiene fuerza bastante para impedir que continúe usted luchando por conquistarla y por conseguir el rancho en que ha puesto sus ilusiones.¡— Me está usted mostrando la manera de sacar fuerzas de flaqueza! —contestó Kalispel—.
No es difícil de comprender por qué Sydney es una muchacha maravillosa, Blair. Usted es su padre... Jugaré las cartas que me ha indicado usted. Y, lo mismo si gano que si pierdo, deberé a ustedes, a usted y a Sydney, la lección más grande de toda mi vida... Ahora váyase. Tengo que trabajar y que reflexionar detenidamente.
Los actos de Kalispel, en contraste con su inactividad de los días anteriores, demostraron claramente cuál era la intensidad del impulso que le acuciaba. El interés que por sus acciones demostraron los mineros que trabajaban en aquella sección del arroyo proclamó que Kalispel era un individuo de los más interesantes de cuantos se hallaban en el campamento de la Montada del Trueno. Kalispel se bañó en el agua fría del río; llevó agua hasta el lugar en que se había instalado; se afeitó el hirsuto rostro; quemó las desgarradas y harapientas ropas, y se vistió el nuevo equipo que había comprado; puso en orden su instalación, y después preparó la cena, todo con una prisa febril y a la vista de sus vecinos.
Y creyó que todos se habrían sorprendido mucho más si hubieran podido leer sus pensamientos. Le parecía que se hallaba bajo los efectos de un caos vertiginoso de conciencia, de una corriente indeclinable de ideas, proyectos, esperanzas, temores, deducciones, cálculos, de razonamientos intuitivos y de fantasías desechadas. Y de un deseo de combatir contra Leavitt, a quien odiaba. Pensaba que cualquier esfuerzo que realizase por anular este deseo sería un esfuerzo perdido. Leavitt era responsable de la desaparición de Sam; probablemente también de su muerte. Kalispel tendría que rescatar la mina de cuarzo de las manos del astuto y hábil ladrón y matarle después. O le mataría de todos modos. Lo que necesitaba era adquirir pruebas de su culpabilidad. Ésta era la más imperativa de sus necesidades.
Finalmente apreció la prudencia y la sensatez que encerraban los razonados consejos de Blair. Lo que debía hacer era borrar aquella inmerecida reputación de que era objeto, aquella fama de hombre siempre dispuesto a hacer el mal y a disparar sin vacilaciones. ¿Cómo emprender una tarea tan dificultosa...? Ésta era la cuestión vital. Kalispel comenzó a devanarse los sesos. Mucho más tarde del crepúsculo continuaba paseando de un lado para otro, al pie de la montada negra y siniestra y bajo las estrellas, meditando sobre su problema.
Por fin recordó los primeros años de su vida de cowboy en los ranchos de Wyoming, donde había sido popular entre todas las personas con quienes se puso en contacto. Beber, jugar, concurrir a los salones de baile, el inevitable disparo de las pistolas: esto era la causa de sus desdichas. El hombre que cometiera dos veces este mismo error jamás podría hallar la solución de los terribles problemas que amenazaban a Kalispel. A medianoche oyó el débil ruido de la montaña, que pareció anunciarle el paso del tiempo, la brevedad de la vida, el hecho de que la Naturaleza revisaba sus libros secretos..., que aquél era el día en que exigiría el saldo .de las cuentas pendientes.
Llegó la mañana. Kalispel despertó decidido a hacer que la resolución tomada en el estado rojo-blanco de una cólera apasionada pudiese ser conservada a través del tedio y de la amargura de sucesivos estados de ánimo. Estuvo en todo a la altura de su propósito. Levantó muros de piedra; cortó maderas; lavó y secó sus mantas; construyó una cocinilla campestre; y con sus actitudes y su actividad se hizo visible para sus yecinos que habían decidido convertir el lugar en una residencia permanente.
Tenía provisiones para un mes, mas ni un solo dólar. Le dolió profundamente la idea de tener que trabajar en un yacimiento pobre, cuando por derecho propio era acreedor a uno de los mejores. Sin embargo, se acomodó a las exigencias de sus proyectos. Cuando se hubo decidido pensó que todavía debería de haber disponibles cientos y cientos de yacimientos más ricos. Pero ¿dónde? En algún lugar de aquel valle del tesoro, se dijo. La milla de camino retorcido que ascendía por la montaña no dejaba jamás de mostrar la presencia de nuevas caravanas de mineros que llegaban al valle. Los buscadores, los mineros, los aventureros, llegaban. Kalispel tenía tantas probabilidades favorables como cualquiera de ellos.
Unos minutos más tarde, cuando se hallaba profundizando el hueco arenisco de la cocina, su mirada sorprendió un relámpago amarillo.
—¡Infiernos! —se dijo mientras se arrodillaba.
El relámpago amarillo se produjo cuando partía con la pala una piedra terrosa de oro.
La sangre le afluyó al corazón y pareció estancarse en el; un zumbido apagado le ensordeció.
Y luego, con manos ansiosas, con manos que parecieron convertirse en garras, cogió un puñado de pepitas, algunas grandes, la mayoría pequeñas, de superficie áspera y opaca; pero...
¡oro, oro, oro;


VI
L a ciudad de la Montaña del Trueno crecía como por arte de magia.
Poco tiempo antes el valle había sido un lugar de soledad, de incultura, de silencio solamente rotos por el chillido de las águilas en las alturas, el mugido de los alces en las vertientes y el extraño ronquido, como un trueno distante que brotaba de la profundidad de la tierra.
El viejo castor, obedeciendo los impulsos de la Naturaleza, había tornado consigo a su cachorro y abandonado el valle. Los indios, habitantes de lo agreste, en contacto con los elementos, oyeron la voz misteriosa del Gran Espíritu y huyeron también.
Pero llegó el hombre blanco. El imán que le atraía era el oro. Y ninguna voz, ningún aviso, ningún espíritu, nada podría alejarle de allí.
De Challis y Salmón, de Boise y Bellair, de Washington v Montana, desde el Sur, a través de los negros desiertos de lava, desde todas partes, los hombres que habían oído aquella llamada de sirena, encantada e irresistible, llegaban continuamente: buscadores, ingenieros, empresarios, seguidos de los aventureros, los jugadores, las mujeres de ojos de lince, los vendedores de bebidas, los explotadores de diversiones, hasta que el río del Trueno se llenó del zumbido de una multitud osada, feliz, codiciosa y despreocupada.
Brotaron tiendas como hierbas blancas, y las barracas y las enozas las siguieron. Dos carpinteros emprendedores transportaron una sierra y ganaron más dinero que los cavadores de oro. Como hierbajos bajo la guadaña, los algodoneros, los pinos, los abetos y las píceas fueron derribados convertidos en vigas y en tableros cepillados, volvieron a erigirse nuevamente, casi con tanta rapidez como hablan sido derribados. Desde el alba hasta la noche, resonó en el valle el incesante golpeteo de los martillos. La soledad que atrajo a los indios se había desvanecido en el estruendo de un campo de oro, y la belleza murió en la implacable destrucción, horrible y repugnante, de la Naturaleza, por obra de los hombres blancos.
Antes de que hubieran transcurrido seis semanas desde su descubrimiento, la mina de Leavitt se hallaba en funcionamiento y rendía una gran cantidad del precioso metal. Un bocarte desmontado de diez toneladas había sido transportado por medio de carros, hasta cien millas de distancia del río del Trueno. Desde allí, el mejor transportista de Idaho, un tal Juan Uriquides, había llevado el bocarte a través de peligrosos pasos hasta el valle, a lomo de mulas. Recibió diez centavos por cada libra de peso de su cargamento, con lo que quedó establecido un precio para el transporte de todas las mercancías y provisiones que hubieran de ser llevadas en lo sucesivo.
El arroyo de la montaña, que había sido de agua cristalina, corría sucio y fangoso; las cabras de largos cuernos que vigilaban desde los altivos picachos, abandonaron sus guaridas y los lugares que frecuentaba para huir del ruido y del humo; los ciervos y los alces se trasladaron al otro lado de la vertiente.
Todos los terrenos situados a lo largo de dos millas del arroyo habían sido acotados. En lo alto de los declives y en el fondo de las hondonadas, los mineros excavaban la tierra. Día y noche la larga calle de la Ciudad del Trueno se llenaba de ruidos y algarabía. A lo largo de la ancha calle, almacenes, tiendas, restaurantes, tabernas, garitos de juego, hospederías, salones de baile tentaban a los habitantes, y todos y cada uno de ellos estaba lleno de clientes. La Ciudad del Trueno, en su temprano florecimiento era rica. El ambiente era el de una vida alegre, insensible, activa y despreocupada, bajo la cual ardía la liebre del oro. No había zánganos en aquella colmena. Una inquieta tensión agitaba a todos, como si todos y cada uno de los que la componían supieran que la Ciudad del Trueno no podría durar y que debían recoger su cosecha mientras brillase el sol.
Llegó el día en que la Ciudad del Trueno adquirió la dignidad de una asamblea de mineros, durante la cual, según es costumbre en los campos de minería progresivos, fueron nombrados un juez, un sheriff y un registrador. El deber del primero consistía en presidir todas las reuniones de los mineros; el segundo debía mantener el orden y la Ley; el último estaba encargado de registrar todas las denuncias de terrenos. Todas las peticiones estaban numeradas. La de Leavitt era el número uno, y todas las demás, hacia lo alto o hacia lo bajo, del valle, fueron numeradas consecuentemente.
Rand Leavitt era el juez; Hank Lowrie el sheriff, y Cliff Borden el registrador.
Un día de los primeros del verano, Kalispel Emerson se hallaba sentado a la puerta de la pequeña choza que había levantado entre dos peñascos que le habían servido de albergue.
Tenía un doble motivo para ocupar aquel favorito asiento durante sus horas de holganza; el primero de ellos era la esperanza de ver llegar, algún día, a su hermano Jake; el segundo, que desde aquel lugar podía tender la vista hacia la parte interior del valle y contemplar la vivienda de los Blair, que estaba situada al lado del terreno aurífero de Blair. Las chozas y las barracas se extendían a lo largo de las orillas del arroyo y sobre el banco, pero la de los Blair se destacaba entre todas por razón de la amarillez de sus troncos y por su presuntuosidad.
Tenía un ancho pórtico en el lado que miraba al Este, y en él pasaba muchas horas Sydney trabajando o descansando.
Kalispel la observaba a una distancia acaso de un cuarto de kilómetro, y sabía que ella sabía que él la observaba. Los mineros jóvenes que pasaban junto a su vivienda se detenían siempre para hablar con ella unos momentos, y Rand Leavitt solía visitarla con cierta frecuencia, en especial los domingos por la tarde. Pero Kalispel nunca se halló lo suficientemente cerca de la joven para que pudiera apreciar la expresión de sus ojos. Le parecían dos abismos negros en un rostro pálido que el sol no curtía.
Dos meses habían transcurrido, mientras Kalispel continuaba entregado a su agotador trabajo de cavar en busca de oro y a su indeclinable propósito de realizar la hercúlea tarea que se había impuesto. El primer trabajo había sido mucho más productivo y satisfactorio aún que los mismos sueños que había alimentado antes de su pérdida. En cada lugar en que clavaba el pico encontraba oro en cierta cantidad, y Kalispel tenía ya tantos saquitos de polvo y pepitas escondidos, que estaba temeroso de contarlos. Pero en sus reflexiones llegaba a la conclusión de que, sin dudas de ningún género, su sueño de adquirir un rancho podría ser realizado, y que si su estrella continuaba brillando durante todo el verano y el otoño, sería rico. Y esto no le emocionaba mucho, sino sólo cuando pensaba melancólicamente en lo que podría haber sucedido...
Su apasionada devoción por el ideal que Blair le presentó no había resultado completamente infructuosa; pero Kalispel había descubierto que el destruir un mal nombre que sus enemigos se empeñaban en mantener, resultaba una tarea punto menos que de imposible realización. Su única esperanza, que le inspiraba y fortalecía, se fundaba en la seguridad de que Sydney le observaba desde lejos.
En el fondo de su conciencia se hallaba siempre presente la idea de que todavía era Kalispel Emerson, y que, algún día tendría que hacer frente a Rand Leavitt. Esto parecía inevitable. Los celos habían incrementado lo que a su parecer era una severa pasión por la justicia. Las asiduidades de Rand Leavitt para Sydney eran inconfundibles, y si la joven no había correspondido a ellas, por lo menos las había aceptado. Las hablillas del campamento decían que Leavitt se casaría con Sydney.
Los trabajadores honrados del campamento se hallaban demasiado ocupados por sus tareas para que pudieran cuidarse de lo que hacían los demás. Las tabernas y los garitos de juego constituían una prueba objetiva de que los mineros eran ricos hoy y pobres mañana. Tan prodigiosamente como ganaban el dinero lo gastaban pródiga mente. Pero esta circunstancia no era aplicable a Kalispel... No bebía, no jugaba, no gastaba; se le consideraba pobre, como uno de los muchos trabajadores desgraciados. Además, su pretensión fue divulgada, y su absurda alegación del descubrimiento de la mina y de su despojo sirvió como tema de burlas y chanzas a los mineros que no lo conocían.
La Ciudad del Trueno, entre tanto, fue invadida por aventureros y por mineros que trabajaban en las excavaciones solamente como un pretexto para cometer furtivamente toda clase de robos. Kalispel había sido observado por los ojos fríos y calculadores de tales maleantes, y en más de una ocasión su mano se había posado impacientemente sobre la culata de su pistola. Pero si alguien había alimentado alguna sospecha respecto a él, no tuvieron ocasión de comprobar que fuese justificada, puesto que Kalispel era tan astuto como ellos, y no descuidaba ni un solo momento su vigilancia.
Una tarde Kalispel formó un proyecto que podría incrementar sus ganancias; y este proyecto consistía en cazar, con el fin de aumentar la provisión de carne de los mineros. Los ciervos habían sido expulsados del valle. Eran muy pocos los cazadores buenos, y la mayoría de los trabajadores no disponía de tiempo para cazar. Sin embargo, estaban necesitados de carne, puesto que los precios: del mercado eran normalmente altos. Kalispel creyó que con su proyecto podría obtener varios resultados: ofrecer la impresión de que estaba necesitado de dinero; adquirir la amistad de muchos mineros y ganarse su confianza, y esconder los motivos secretos que le impelían a averiguar la verdad con relación a la culpabilidad de Leavitt. A medida que transcurrían las semanas, Kalispel se hallaba más seguro de ella.
Leavitt podría ser otro Henry Plummer o Alden. Guich. Hasta aquel momento no había habido aún asesinatos de mineros, mas el hallazgo y el robo de polvo aurífero que .estuviera escondido y los atracos nocturnos por hombres enmascarados crecieron tanto en número, que crearon una situación de la que se hacía preciso ocuparse.
Mientras se hallaba entregado a estas consideraciones, el valle se vio invadido de un resplandor dorado y luminoso, último reflejo del enrojecimiento de las cumbres por la luz del sol poniente. Y en aquel momento apareció Sydney Blair en el pórtico de su casa, se inclinó sobre la barandilla, y miró a lo lejos. Este acto se había convertido en una costumbre de la joven; Kalispel lo esperaba siempre. Iba vestida con algo que parecía de un color azul pálido.
Kalispel se puso en pie para pasear de un lado para otro, y al fin se detuvo en un lugar en el que ella había de verle necesariamente. Siempre estaba solo. Y ella debía de saber que el corazón de Kalispel latía solamente por ella..., que la degradación era una cosa imposible ya para él. Pero, ¿lo sabría en realidad? Y si lo sabía, ¿cuáles eran sus pensamientos?
Kalispel hablaba con cierta frecuencia con Blair; la situación de ambos se había invertido, en cierto modo. Quien solicitaba consejos y orientaciones era Kalispel. Finalmente, Blair no había realizado tan buen negocio como había supuesto. El banco se había agotado. Y el cavar entre las rocas de la orilla en busca de pepitas de cuarzo no resultaba productivo.
Blair había comenzado a beber y a jugar, moderadamente, como hacían los mineros de la clase: alta, lo que había provocado un cambio, aun cuando no fuese muy profundo, en su personalidad. Por esta razón, Kalispel: decidió que había llegado la ocasión de salir de su tranquilo y vigilante aislamiento.
Y descendió hasta la orilla del río, al lugar en que Hadley y Jones, dos mineros progresivos, mantenían una especie de casa de comidas para ocho compañeros suyos. Kalispel llegó a la hora de la cena. No mantenía relaciones, de intima amistad con aquellos hombres, pero sabía que, en el transcurso de las semanas habían olvidado mucho de lo que las hablillas las murmuraciones habían hecho llegar a su conocimiento.
—Jones, he tenido una idea —dijo Kalispel—. ¿Cómo estáis de carne?
—¿De carne? ¡Por todos los diablos! Nos cuesta más cara que el tocino y el jamón.
—¿Qué sucederá cuando comience a caer la nieve?
—Si la carne resultase más difícil de adquirir que ahora, volaríamos este chamizo. No creas que es mentira.
—He pensado en dedicarme a la caza. Así tendré carne para vender. ¿A cómo pagaríais la libra de carne de venado fresca?
—Es una buena idea, Emerson. ¿Hablas en serio?
Completamente en serio. Tengo que vivir... Soy un mal minero, pero un buen cazador.
¿Pagaríais la carne a diez centavos la libra hasta el otoño, y más cara cuando caiga la nieve?
¡Claro que sí! Y compraremos cien libras semanales por ahora; y el doble cuando llegue el invierno.
—¡De acuerdo! Por mi parte no hay dificultad en cumplir el compromiso. Tengo un caballo y burros.
—Kalispel —dijo Hadley, el joven compañero de Jones—, nos harás un gran favor con ello. La falta de carne . es un inconveniente muy grande para este negocio. Y lo mismo sucede en toda la población.
—Veré, también, si me es posible traeros más parroquianos. Y si puedo conseguirlo no cambiaré mi ocupación por ninguno de vuestros yacimientos.
—No tendrías muchas probabilidades de que yo aceptase un trato de esa naturaleza —exclamó alegremente un minero—. Mira esto.
Kalispel avanzó un paso y se inclinó; en las manos del minero había una pepita de oro, lisa y brillante, que pesaría más de tres onzas.
—¡Diablos! ¡Es la más grande que he visto! —dijo Kalispel, mientras la devolvía a su propietario.
—Pues no tiene importancia si la comparamos con la que un minero ha vendido a Leavitt. Trescientos dólares le pagaron por ella. Y puedes tener la seguridad de que si Leavitt pagó tanto por ella, es porque vale muchísimo más.
—Sí; y nuestro avaricioso juez se ha apoderado de la denuncia de Woodbury —añadió otro minero.
—No sabía nada —contestó Kalispel sosegadamente—. Ya sabéis que no me intereso mucho por conocer cómo nuestro juez Leavitt adquiere tierras, oro, denuncias y vetas de cuarzo.
—¡Ja, ja! Verás cómo ha sucedido. Leavitt es el que ha de decidir sobre la adjudicación de terrenos y placeres, según sabes. Y se ha quedado con la mayor parte del terreno elegido por Woodbury, porque este hombre, cuando salió de su pertenencia, iba alegre, satisfecho, lleno de contento. Como es natural, los mineros que asistieron a la reunión favorecieron a Leavitt y derrotaron a Woodbury. Hay muchas murmuraciones... Se dice que Leavitt, Borden, Lowrie y unos cuantos más están jugando suciamente.
Kalispel se alejó de ellos y comenzó a caminar por el sendero descendente, mientras reflexionaba sobre lo que había oído. Se detuvo en algunos terrenos de mineros a quienes conocía y obtuvo varias demandas de carne, además del agradecimiento de los hombres por su ofrecimiento.
Ya era casi completa la oscuridad, pero el magnífico resplandor postrero del crepúsculo se reflejaba en el valle, al que bañaba de una luz suave y rosada. El día había sido cálido, y el soporífero calido comenzaba a ceder por efecto del aire fresco que bajaba de las alturas.
Había varios cansinos que conducían a la ciudad, y aquél por el que caminaba Kalispel pasaba junto a la casa de los Blair. El joven no dio un rodeo para evitar pasar por allí, como hacía en otras ocasiones.
Blair estaba fumando, sentado en el pórtico de su casa. Kalispel oyó voces, y al reconocer que una de las personas que hablaban era Sydney, sintió que un algo le oprimía la garganta.
—¡Hola, Blair! —dijo lentamente Kalispel mientras se detenía—. ¿Ha encontrado polvo estos días?
¿Yo? Estaba meditando acerca de una vida malgastada —respondió Blair fríamente.
Sydney salió de la parte posterior del pórtico y se acodó en la barandilla. Iba vestida de blanco. Kalispel se inclinó y la saludó.
—Buenas noches —contestó Sydney, con perfecta compostura.
La rápida mirada de Kalispel le sirvió para apreciar que en el hermoso rostro de la joven se reflejaba la inquietud, y que sus ojos negros se habían clavado momentáneamente en él. Luego, para ocultar la emoción que el ver a la muchacha le había producido, se volvió de nuevo hacia Blair.
—Kalispel, el único polvo que puede encontrarse en este terreno, es el que arrastra el viento que procede de los caminos —dijo con disgusto Blair.
—¿Ya está cribado ese polvo?
—¡Ja! Mi vecino, Dick Swan, un viejo minero, dice que el banco que había delante de mi casa, había sido puesto por los hombres...
—Papá, no debes decir cosas que no puedan demostrarse —le interrumpió rápidamente Sydney—. Y mucho menos a un enemigo de Rand Leavitt.
—¡Oh! ¿De qué puede servirme? Es cierto —contestó con hastío Blair—. Tendré que adquirir otro terreno, u otro banco de arena... ¿Cómo marchan las cosas para usted, Kalispel?
Nunca le he visto tan animado como ahora. ¿Sigue encontrando oro entre las rocas?
—No mucho. Es un trabajo que me molesta tanto como el que hacía antiguamente en Wyoming: cavar en la tierra para plantar postes para las cercas. Blair, voy a decirle por qué he venido a verle: voy a salir a cazar para vender carne fresca a los mineros. ¿Le agradaría a usted que se la proporcionase también?
—¿Carne fresca? ¡Claro que sí! Estamos viviendo de productos envasados... Pero pregunte a Sydney. Es ella quien hace las compras.
—¿Qué opina usted, señorita Blair? —preguntó Kalispel con naturalidad—. ¿No le agradaría un poco de costilla de venado de vez en cuando?
—¡Ah! ¿De modo que intenta usted sacar un provecho honrado de su única habilidad?
preguntó ella, con una voz fría que irritó y engañó a Kalispel. ¿Por qué no podría ser más cortés?
—Matar, quiere usted decir —replicó Kalispel con voz tan fría y tan indiferente como la de ella—. Creo que estoy perdiendo la práctica en el manejo de las armas de fuego. Y, más pronto o más tarde, supongo que tendré que utilizarlas contra Borden, o Lowrie..., o Leavitt.
La joven se estremeció un poco al oírle, pero su única respuesta fue una indefinible mirada de sus ojos, que se habían ensombrecido y profundizado. Luego, dio media vuelta y se alejó de la barandilla.
Blair rió con una risa que no carecía de amargura. —Sydney está muy enojadiza estos días. No es extraño. Pero traiga usted la carne.
—Gracias, Blair. —Y después, Kalispel se aproximó a él para susurrar—: Si algún día se encuentra usted decidido a hacer algo en su defensa... no deje de ir a buscarme.
Blair le miró ansiosamente.
—Me daría vergüenza hacerlo, muchacho, después de mi reconvención de hace unas semanas.
—¡Bah! Eso no importa ahora. No hablemos de ello. ¿Van mal las cosas?
Blair, después de dirigir una mirada hacia la puerta, respondió en voz baja:
—He perdido mucho dinero en el juego.
—¡Ah! —Kalispel hizo un gesto de enojo—. ¿Pritchard?
—Pritchard me ha ganado la mayor parte del dinero. Pero también los demás... Comencé ganando en los primeros momentos. ¡Si hubiera tenido la prudencia de abandonarlos entonces...! Ahora tengo que continuar jugando para desquitarme.
—Jamás lo conseguirá, Blair. Siga mi consejo: no juegue más con ellos. Le arrancaran el pellejo.
—¿El pellejo? ¿Insinúa usted que juegan con trampas?
—Pero, ¡hombre de Dios!, ¿no lo sabe usted?
—No, no lo sabía. Pero, ¡por Belcebú!, los vigilaré la próxima vez que juguemos—. Blair aparecía obstinado, sombrío, determinado.
Kalispel había visto muchas veces que se operaban cambios parecidos en hombres fuertes, cordiales. La bebida era su causa. El joven formó un concepto equivocado de Blair; porque sabía que eran muchos los hombres del Este que no podían hacer frente a las durezas y adversidades del Oeste. No podía censurársele, pensó Kalispel.
—Bien —dijo con rapidez—. Yo los vigilaré con usted.
—¡Alto, Emerson! —exclamó Blair, levantándose—. Usted no tiene necesidad de meterse en esos garitos de juego por culpa mía, ¿verdad?
—Creo que tendré que hacerlo. El hecho de que Sidney me abandone no es una razón para que yo le abandone a usted.
—Pero escuche, hijo —replicó Blair, acongojado—: cuando vuelva a esos lugares, volverá a utilizar su pistola.
—Es posible que sí, y es posible que no —replicó Kalispel—. ¿Se sobresaltaría usted si lo hiciera?
—¡De ningún modo! —contestó Blair—. Estaba pensando en... Pero eso no importa. De todos modos, le agradezco mucho su amistad. Y, ¡rayos y truenos!, creo que ha sido usted calumniado injustamente. Todos se han equivocado respecto a usted... y lo digo también acerca de mi propia hija.
Oprimió con fuerza la mano de Kalispel, encaminándose repentinamente hacia el porche, y se volvió para decir:
—Le avisaré cuando vaya nuevamente a tirar de la oreja a Jorge.
—¡Muy bien! Yo también tomaré parte en la partida —afirmó Kalispel. Sus últimas palabras habían sido inspiradas por la presencia de Sydney, que había vuelto a acodarse en la barandilla.
—Padre, ¿te ha estado persuadiendo a jugar? —preguntó Sydney.
—¡No, diablos! —contestó Blair con aspereza—. Lo que ha hecho es intentar obligarme a abandonar el juego. Ese joven es el único amigo que tenemos. Todavía no has comprendido al Oeste. No has valorado suficientemente a ese vaquero. Has permitido que tus remilgos y ese cargante Leavitt...
Kalispel no pudo oír más. Le habría agradado conocer la réplica de Sydney a los reproches finales de su padre. El joven encontró que la sangre corría a través de sus venas con una impetuosidad desacostumbrada, y que una sensación de angustia le oprimía la garganta. Él era el único culpable de que los Blair se hallasen en una situación tan desgraciada. ¿Cuál sería su desenlace?
Y bajó a la ciudad. Era la hora de la cena en la Ciudad del Trueno. Sin embargo, no por ello perdió su aspecto de actividad. Las luces amarillas de la calle principal ardían brillantemente. La calle estaba atestada de figuras que iban y venían; la música y las carcajadas rivalizaban con el zumbido de las conversaciones. Las tabernas se hallaban llenas de bebedores, de haraganes, de hombres que compraban y vendían propiedades, de jugadores en busca de presas, de aventureros de todas clases.
Kalispel comenzó a hacer una ronda de visitas a todas las tiendas, tabernas y diversiones de la calle. Cenó en el tercer lugar en que entró, un restaurante con pretensiones, recientemente inaugurado. Se hallaban presentes varias mujeres, no del tipo de las profesionales del baile, y una de ellas, joven, hermosa, ricamente ataviada, manifestó interés por Kalispel, y le hizo una seña con esa libertad que es propia de los campamentos de minería. El joven se despojó del sombrero y se aproximó a la mesa.
—Creo, señoras, que se hallan ustedes perdidas en esta Ciudad del Trueno —dijo con su seductora sonrisa.
—No habríamos querido dejar de conocerla por nada del mundo —contestó la hermosa joven. Las otras dos sonrieron en señal de confirmación; Kalispel se sintió satisfecho de ser objeto de sus miradas. El hombre que las acompañaba, evidentemente no era un minero. Dijo que eran viajeros, que procedían de California y que no habían podido resistir a la encantadora atracción de ver una invasión de buscadores de oro.
—¿Le ha gustado a usted el viaje? —preguntó a la más joven de las mujeres.
—Ha sido terrible... pero maravilloso —respondió ella con entusiasmo—. Hemos cabalgado, caminado a pie, nos hemos extraviado, cabalgamos de nuevo...
—Y ahora que están ustedes aquí..., ¿qué?
—Me agradaría quedarme —respondió sinceramente la mujer.
—Con toda seguridad, sería usted una atracción para la Ciudad del Trueno —dijo en tono admirativo Kalispel—. ¡No sería extraño que encontrase esposo inmediatamente! Ahora bien; si acaso ha venido usted a buscarlo, yo...
Las mujeres le interrumpieron con sus alegres carcajadas.
—¡Es deliciosa la espontaneidad... y la sencillez de los naturales del Oeste! —exclamó la mujer hermosa—. Sin embargo, usted no tiene el mismo aspecto que los demás mineros.
—No soy minero —replicó Kalispel en el tono de voz más frío e indolente que le fue posible, mientras se divertía con el incidente—. Me llamo Kalispel Emerson. He sido vaquero. Y lamento mucho tener que decir, señora, que ahora soy... un malhechor..
—¿De verdad? ¡Qué interesante...! De modo que ¿acabo de recibir una proposición matrimonial de un malhechor? ¿No será usted uno de esos hombres que el señor Leavitt dijo que tendrían que marcharse de la Ciudad del Trueno... o serían ahorcados?
—Declaro que no, señora —contestó Kalispel, atiesándose, y se separó de su lado, con evidente disgusto de las cuatro personas. No podía evitar el oír siempre el nombre de Leavitt. A cualquier lado que fuese, el nombre de Leavitt sonaba en todas las conversaciones.
Kalispel continuó su paseo a través de la calle, y a cada momento que transcurría adquirió más la seguridad de que no eran precisos grandes esfuerzos para encender el antiguo espíritu de fuego. Acaso la única circunstancia que podría salvar a Leavitt, Borden y Lowrie de tener que enfrentarse prontamente con él, sería un deslizamiento de la montaña, que enterrase el campo de oro. En el salón del «Ojo Muerto» se encontró con Lowrie, a quien vio antes de que éste le viese a él.
—¡Hola, Lowrie! —dijo con descuidada indiferencia, no exenta de hostilidad—.
¿Continúa usted persiguiendo a los vaqueros de Montana?
—¡Hola, Kalispel! replicó el otro, huraño—. No. no los persigo... mientras no alteren la paz y la tranquilidad.
—Bien, usted sabe que no bebo ni juego en la actualidad.
—¿A qué te dedicas? Te encuentro muy elegante y muy formal. Y muy próspero también, —Sí, tengo algo de todo eso. Estoy entreteniendo el tiempo en espera de que llegue mi hermano. Luego, nos dedicaremos a buscar a mi otro hermano, Sam, que fue el que descubrió estos yacimientos de oro.
—Eso he oído decir, Kalispel —dijo el sheriff reflexivamente—. No tiene aspecto de loco; pero esas palabras si que parecen propias de un demente.
—Lowrie, usted conoce perfectamente que no me atrevería a hacer esta afirmación si no fuera del todo cierta —replicó Kalispel, y dio media vuelta y salió a la calle, que estaba llena de gente.
Vio cómo se jugaba en diversos garitos. Luego entró en es antro de Bull Mecklin, que tenía fama de ser el más depravado de cuantos existían en todo el campamento minero. Varios jugadores le invitaron a unirse a ellos. Kalispel contestó sonriente que no le agradaba ganar dinero a nadie. Como quiera que no jugaba ni se aproximaba al mostrador en que servían las bebidas, atrajo la atención del propietario, un hombre de cabeza grande y de cuello grueso, a quien se aplicaba con propiedad su sobrenombre de «Toro». El propietario preguntó a Kalispel qué deseaba y qué hacía en aquel lugar.
—Estoy buscando a un hombre —respondió Kalispel significativamente.
El propietario le dejó. Algunos de los que se hallaban en el antro le reconoció, y el joven oyó que alguien murmuraba:
—Es Kalispel, el pistolero borracho de Montana.
La Ciudad del Trueno era el escenario en que se verificaba la más grande irrupción de mineros de todo Idaho, como consecuencia de los ricos descubrimientos de filones auríferos.
Estaba llena de personajes sin escrúpulos y sin educación, la mayoría de los cuales rio eran honrados; pero en la ciudad no vivía la amenaza constante que Kalispel había conocido en las ciudades ganaderas de Wyoming y Montana. En la Ciudad del Trueno, Kalispel era objeto de la curiosidad, una persona que debía ser dejada a solas, una figura siniestra y de la que se debía desconfiar. En los otros lugares, en Montana y Wyoming, Kalispal habría hallado en cualquier taberna o garito de juego algún joven entrometido a quien no le gustase la manera como llevaba la pistola o su aspecto. La Ciudad del Trueno era una ciudad nueva; se haría más turbulenta en el caso de que se continuase encontrando oro.
Por último, Kalispel entró en el establecimiento más presuntuoso de la calle, que había sido recientemente construido y aun no tenía nombre. Ocupaba el mayor edificio de la ciudad minera y tenía un aspecto como de establo en el exterior, que contrastaba con la llamativa decoración interior.
Música, voces alegres, júbilo vocinglero, sonido de oro y choque de vasos, el arrastrar de toscos calzados, todo ello se unía y formaba un ruidoso estruendo. Kalispel se sorprendió de hallar en el local a la joven a quien había visto en el «Águila Extendida», en Salmón.
—¡Hola, Pepita de Oro! —dijo alegremente a modo de saludo—. ¿Qué haces tan lejos de Salmón? ¿Has abandonado al «Águila Extendida»?
—Oye, ¿estaba borracha cuando te encontré..., dondequiera que haya sido? —preguntó la joven con desdén.
—No, no lo estabas. ¿Por qué lo dices? No es muy agradable para mí.
—Lo digo porque me sorprende que haya podido olvidarme de un buen mozo como tú.
¿Cómo te llamas?
—Kalispel Emerson —respondió él. Y refirió el incidente a que dio lugar su encuentro.
—¡Ah, sí, ahora lo recuerdo! Pero no pareces el mismo..., excepto por los ojos... Debes de ser rico, ¿no es cierto...? Vas muy compuesto, tienes las mejillas sonrosadas, los ojos alegres... Oye, muchacho, creo que sería preferible que me dejases en paz.
—¿No me aprecias, Pepita?
—Si no te apreciase, ¿por qué habría de insinuarte que me dejases?
—Vamos a bailar. Reconozco que estoy muy torpe ahora, pero antes lo hacía muy bien.
Se unieron a los grupos que giraban rápidamente al compás de la música, y no habían avanzado sino solamente unos pasos cuando la joven dijo:
—Estarás torpe para el baile, como dices, Kalispel, pero bailas. muy bien... ¡Dios mío!
¡Qué consuelo y qué alegría es el poder bailar libre de todos esos patanes borrachos, sin afeitar y sucios!
—Pepita, en Salmón me pareciste una muchacha demasiado linda para que te vieses dedicada a esta vida de salón, de baile.
La muchacha levantó la mirada hacia su rostro, pero no contestó.
—¿Quién fue a buscarte allá para traerte? —continué Kalispel.
—He venido con el equipo de Borden.
—¿Borden? ¡Ah, sí! Era el propietario del «Águila Extendida». ¿Tiene algún socio para este negocio?
—¿Acaso quieres sonsacarme...?
—Así parece. Pero escúchame... y después haz lo que mejor te parezca.
Kalispel relató, mientras continuaban bailando, la parte que a él y sus hermanos les correspondía en el descubrimiento de los yacimientos de oro en el valle, y refirió que él y Jake habían salido juntos del lugar; que, al regresar solo, Sam había desaparecido, la mina había sido robada y que él había disparado contra Selback y acusado a Leavitt.
—¿De modo que tú eres aquel hombre...? —dijo excitada la muchacha—. ¿Eres aquel hombre? Sí, pareces un hombre capaz de todo eso... Bien, continúa, y hazme el amor. Eso hará que Rand Leavitt se enfurezca.
—¡Ah! ¿Está enamorado de ti?
—Yo no diría que esté enamorado, precisamente. Ni tampoco es mi novio. Tiene razones particulares para no serlo del todo. No tengo inconveniente en decirte que es el socio de Borden en este salón, también a escondidas.
—Muchas gracias, Pepita. Una pregunta más; pero si no quieres contestarme, por lo menos espero que no te molestarás... ¿Tiene ese hombre, Borden, la culpa de que estés aquí?
—No. No puedo decir exactamente que tenga la culpa él. Tengo que ganarme la vida...
Pero Borden es un esclavizador. Pregunta a las otras muchachas.
—Pepita, ¿quieres que seamos amigos?
—¿Quieres decir que deseas ser mi novio? —La amargura que vibraba en la voz de Pepita de Oro provocó un estremecimiento en la sensible naturaleza de Kalispel.
—No, no aspiro a esa clase de amistad. Puedo ser un amigo mejor que todo eso...
Reconozco que me gustaría ser tu novio y hacerte el amor, si no tuyiera el corazón destrozado. Eres muy linda y muy simpática. Te aprecio.
—Y tú un hombre muy raro. Pero, de todos modos, también te aprecio. Seamos amigos.
Sin embargo, no puedo prometerte que no llegue a enamorarme de ti.
—No me importa correr ese riesgo, Pepita.
—Arriesgas más de lo que supones, Kalispel. Tu amistad podrá hacer suponer a los demás que me haces el amor. Y si lo supusieran, Borden se enfadaría muchísimo. Y también Leavitt.
—No importaría. Soy yo quien ha hecho la oferta.
—No acierto a comprenderte. ¿Qué es lo que te propones?
—¿No he confiado en ti..., no he sido sincero contigo?
—Es cierto —contesté ella con admiración—. Tengo una idea de que... Kalispel, estoy a tu lado, para bien o para mal... Es muy agradable bailar contigo. Estás limpio y arreglado.
—Permaneceré contigo toda la noche. Arrojaremos las bebidas al suelo...
Verdaderamente, es delicioso bailar contigo, Pepita.


VII
La vista de la demanda presentada por Jake Emerson contra la Compañía Minera de Leavitt fue fijada para la misma noche del día en que Jake, imagen debilitada, macilenta y espectral del hombre que lo había abandonado dos meses antes, llegó al valle. Fue muy significativo para Kalispel que el juez Leavitt, furioso al serle presentada la demanda, apresurase la vista de la causa.
La ley de los campos de minería era que, en el caso de que surgiese una disputa en cuanto a la propiedad de un yacimiento aurífero, el juicio debía celebrarse ante el juez y en presencia de los restantes mineros, todos los cuales oirían los testimonios y votarían después.
La parte litigiosa que obtuviera la mayoría de votos sería considerada como propietaria del yacimiento.
El salón de baile de Borden, que era el local mas amplio del yalle, fue designado para la celebración de juicio, que era el primero que se celebraba.
Aun cuando no se dispuso de mucho tiempo para difundir la noticia, el juicio atrajo a una gran multitud. Kalispel había pedido personalmente a muchos mineros que concurriesen a la vista. Comprendía que Jake no tenía muchas probabilidades de obtener un fallo favorable, pero su propósito era establecer una controversia en cuanto a los derechos de propiedad de Leavitt.
Un millar, o acaso más, de mineros se reunió en la calle ante el salón de Borden. Menos de un centenar de entre ellos fue admitido en el local, lo que aumentó la curiosidad creciente que el juicio había provocado.
—Amigos —dijo uno de los hombres—, hay sitio para más de trescientos o cuatrocientos hombres en el salón, si nos apretamos un poco...
—Todos tenemos derecho a votar —dijo otro.
—¡Callad, inocentes! —exclamó una voz fría entre las sombras—. La sentencia está decidida de antemano.
Esta voz pertenecía a Kalispel, que había permanecido en el exterior para ver cuántos mineros llegaban y cuáles eran sus comentarios. Luego, Kalispel aporreó la puerta, y fue admitido en el local. Solamente tuvo que dirigir una mirada a, su alrededor para comprender que entre los presentes había muy pocos amigos suyos. Blair le había prometido asistir, pero no pudo hallarlo en el local. Lowrie, el sheriff, y los dos agentes del orden, completamente armados, se hallaban instalados en el lugar más visible, ante la plataforma de la orquesta, donde, ante una mesa, se sentaban el juez y su escribano.
Leavitt, pálido y severo, se puso en pie y descargó unos golpes sobre la mesa.
—Señores —comenzó diciendo con voz potente, que salió por las abiertas ventanas y llegó hasta los grupos detenidos en la calle—, el juicio que vamos a celebrar es el provocado por Jake Emerson, demandante, contra la Compañía Minera de Leavitt, demandado. La propiedad en litigio es una veta de cuarzo, la denunciada con el número uno... Oigamos las declaraciones de Emerson.
Cuando el juez se hubo sentado, Jake se adelantó. Su presencia provocó la seguridad de dos circunstancias: primera, que había soportado una enfermedad casi mortal y las privaciones y los sufrimientos que acompañan a los que vagabundean por las regiones desiertas; segunda, que sus ojos: su rostro palido, sus pasos firmes y seguros, denotaban que era una persona absolutamente segura de la justicia desu causa. Se detuvo ante el tablado y tras lanzar una prolongada y firme mirada a Leavitt, se volvió hacia el salón.
—Vosotros, los hombres que os halláis presentes —comenzó con sonora voz—, todos sois mineros como yo. Y si sois justos y respetáis la regla que dice: «Haced con los demás lo que desearíais que los demás hicieran con vosotros», yo no podría aspirar a más que a ser juzgado por vosotros.
«Llegué a Idaho hace casi un año, procedente de Montana, en compañía de mi hermano mayor, Sam, y del pequeño, Lee, que se halla entre vosotros. Sam y yo habíamos estado buscando terrenos auríferos por espacio de varios años, y conocíamos: de cabo a rabo todo lo referente a minería. Nuestro hermano menor, Lee. era vaquero. Se entregó a la vida turbulenta de los ranchos, y, al pasar por los más duros de los equipos de trabajadores de este género, ganó el sobrenombre de Kalispel Emerson y los calificativos de pistolero, hombre malo y ladrón de ganados. Es posible que merezca el primero, puesto que el hecho de que continúe viviendo hoy lo demuestra; pero los restantes nombres son inmerecidos. El hecho de que Sam y yo creyéramos en la honradez de nuestro hermano fue causa de que lo lleváramos junto a nosotros a Idaho.
»Investigamos en el Lehmi antes de llegar a los Dientes de Sierra. Fue el día dos del mes de abril, según he calculado después, cuando llegamos a la pendiente sur de este valle...
Puedo probar, mineros, que estuvimos aquí aun cuando no me sea posible demostrar en qué fecha. Puesto que he regresado hoy mismo, tan cansado que caí rendido apenas llegué, resulta evidente que no me ha sido posible ver lo que voy a enumerar... Algunos de vosotros, mineros, recordaréis haber visto huellas de una represa de castores en el lugar más lejano del arroyo, en donde comienza a formarse el recodo... Allí había unos círculos de arena. Estos círculos habían sido trazados por los indios que acamparon aquí hace varios años... Y había también, un pino que se extendía sobre la cuenca, en la loma, un pino que tenía el tronco tan doblado en la base, que se podía poner el pie sobre él...
—Ese pino fue utilizado por mí para hacer tablones para mi barraca —le interrumpió un minero—. Lo corté yo mismo.
—¡Silencio! —ordenó el juez Leavitt mientras aporreaba la mesa—. Y tú, Emerson, limítate a hablar de tu pretendido derecho sobre la mina. No podemos perder tiempo en esas tonterías.
—La primera noche que acampamos aquí, oímos el trueno de la montaña —continuó Jake— . Y al día siguiente hallamos oro. Yo: mismo recogí un centenar, o más, de gamellas de polvo y de pepitas en el arroyo. Y antes de la puesta del sol llegó Sam tambaleándose por el peso de un terrón de cuarzo en el que había venas de oro. Había descubierto un lugar en el que había una gran cantidad de cuarzo.
»Formamos rápidamente un proyecto: Sam se quedaría aquí para guardar nuestra pertenencia. Lee y yo iríamos a otros, lugares. Yo llevaría conmigo el terrón de cuarzo para demostrar la verdad de mis afirmaciones, y vendería la mitad del producto del yacimiento por cien mil dólares. Lee debería comprar provisiones y traerlas al valle... Partimos, y caminamos por el paso que se halla en el lado este del valle, cruzamos la bifurcación central y a Challis. Allí, como quiera que llegamos a la conclusión de que las negociaciones que deberíamos hacer nos; obligarían a emplear varios días, mientras am podría tener necesidad de las provisiones, Lee y yo decidimos separarnos. Lee fue a Salmón, donde debería aprovisionarse para regresar al valle por el mismo camino que habíamos seguido, y yo continué hacia Boise para realizar las gestiones.
»Pero, amigos, jamás llegué a Boise. Ni siquiera llegue a salir de Challis... Debimos de ser vigilados, y alguien sospechó lo que sucedía. Es posible que algunos de los aventureros, buscadores de oro con ojos de águila, me viera descargar los burros. Todo lo que pude hacer fue coger el: terrón do cuarzo y llevarlo a mi habitación para esconderlo debajo de la cama...
Bien, aquella noche bebí algunas copas. Pero no me emborraché, ni muchísimo menos, sino que estuve en posesión de todas mis facultades. Y cuando fui aparreado por la espalda y caí, pude ver, » antes de perder el conocimiento, al hombre que me golpeó. Era joven, tenía le cabeza redonda, el cabello corto, ojos profundos como agujeros hechos con una barrena...
—; Señores! —gritó con voz sonora Kalispel—, esa descripción corresponde exactamente a Selback, el hombre a quien maté de un tiro el día de mi llegada. Se hallaba: de guardia en la mina, e intentó disparar contra mí.
Leavitt aporreó la mesa, furioso.
—¡Una interrupción más y el juicio quedará terminado! —gritó a grandes voces.
—Bien, amigos —continuó Jake—; cuando recobré el conocimiento me hallaba en una choza miserable y en estado de gravedad. Un viejo amigo, llamado Wilson, se compadeció de mi y me llevó allá. He estado como loco por espacio de varias semanas. No es preciso acercarse mucho para ver el lugar en que fui golpeado —Jake se inclinó un poco y mostró las cicatrices, desnudas y lívidas, que tenía sobre una de las sienes—. Y transcurrieron muchos días antes de que pudiera encontrarme lo suficientemente fuerte para emprender el regreso. Según me dijo Wilson, al día siguiente al de mi accidente, Leavitt y Selback liaron el petate y partieron en dirección desconocida. Otros hombres, de los que se sabía que eran amigos de Leavitt, partieron también al día siguiente con mulas cargadas de provisiones y herramientas de minería. Y esto dio origen a la marcha precipitada de mucha gente... El resto, todos lo conocéis. Y pongo a Dios por testigo de que es cierto cuanto he dicho.
Emerson terminó en medio de un profundo silencio, y Leavitt se puso en pie. Tenía el duro rostro blanco a consecuencia del esfuerzo realizado para reprimir una emoción que podría ser de cólera. A Kalispel le pareció que era cólera... y algo más. Leavitt no tenía temor de perder la vida. La amenaza de Jake Emerson fue apreciada por todos. Y, además, Leavitt había observado por segunda vez la fría mirada de Kalispel.
—Señores yo represento a la Compañía Minera Leavitt —comenzó diciendo mientras carraspeaba—. Y soy el único hombre que está vivo de los dos que encontraron abierta la mina de cuarzo... Pero rechazo las acusaciones que las declaraciones de Emerson arrojan sobre mí.
Es cierto que llegó a Challis. Se emborrachó. Y cuando estuvo borracho habló y promovió un alboroto en una taberna. Todo esto lo he sabido mucho tiempo después de que comenzase la invasión de este valle. Selback me indicó la conveniencia de que viniéramos. No sé cómo llegó a conocerlo. De todos modos, eso no tiene importancia, puesto que cuando llegamos aquí encontramos la mina abierta. El terreno habla sido removido, y la veta de oro brillaba a la luz del sol. Pero no había minero alguno. Había, sin duda, estado aquí unos días antes, mas se había marchado. ¡Marchado, señores! Lo buscamos y lo buscamos, y no conseguimos hallar más huellas suyas que las escasas herramientas y el equipo campestre que había abandonado.
Yo tenía un perfecto derecho a tomar posesión del terreno, y así lo hice. Ésta es mi declaración. Esto es todo. Ahora, todos votaréis como os parezca más justo.
Los mineros fueron arrojando silenciosamente sus votos en el sombrero que Leavitt les presentó. Cuando el contenido del sombrero hubo sido volcado sobre la mesa, Leavitt dijo:
—No puedo tomar parte en el cómputo de los votos. Emerson, te invito a sentarte junto al escribano para contarlos.
Al cabo de unos momentos, Borden declaró de manera impresionante:
—Compañía Minera Leavitt, sesenta y seis votos. Emerson, veintidós.
Kalispel dirigió la mirada hacia Leavitt. A pesar de su acostumbrada inalterabilidad, Leavitt demostraba hallarse bajo el imperio de su enojo y que el furor incrementaba la violencia de sus restantes movimientos.
—¡Dame esos veintidós nombres! —rugió con el rostro lívido y arrancando los papeles de manos de Borden; su expresión, en tanto que los repasaba, parecía no encerrar nada bueno para los votantes.
Un minero gritó a través de la ventana:
—Leavitt, sesenta y seis. Kalispel, veintidós.
Los potentes «¡Hurra!» no ahogaron los gritos de burla. No había habido unanimidad en el veredicto. Leavitt no podría dejar de percibir aquellas voces de discordia.
Jake Emerson se aproximó a los tres oficiales que se hallaban en el tablado.
—Han ganado ustedes, como sabían que ganarían —gritó con su sonora voz—. Pero no han oído la —última palabra respecto a esta cuestión.
Kalispel se puso de un salto junto a su hermano. —Leavitt, esa última palabra sonará cuando regrese Sam... o cuando hallemos su cuerpo.
Jake Emerson encontró una zona oscura, y comenzó a trabajar en ella. Se había convertido en un hombre silencioso, taciturno, sombrío, derrotado, que meditaba una venganza. Kalispel se dedicó a la caza y a portar carne de alces y ciervos desde los terrenos pantanosos y las cumbres. El cumplimiento de los compromisos que había con traído le empleaba la mitad del tiempo de que disponía. El resto, lo utilizaba trabajando en su yacimiento, que todavía seguía produciendo oro. Se hallaba obsesionado por la idea de que el filón no podía agotarse prontamente, y que en el interior del terreno que había acotado debía hallar un depósito de pepitas auríferas más grande y más importante que el primero. Las pepitas que había encontrado hasta entonces parecían haber sido derretidas primitivamente, como consecuencias de una acción volcánica.
En los días centrales del verano la invasión de la Ciudad del Trueno llegó a su apogeo.
Los garitos de juego, las tabernas, los salones de baile recogían unas saneadas cosechas de dinero. Varias aventuras en que se produjeron disparos de armas de fuego y un encuentro fatal con Lowrie y un minero embriagado, fueron indicios que auguraron un porvenir cargado de inquietudes para los buscadores de oro.
Kalispel celebró el día primero de agosto recogiendo una gamella llena de pepitas de oro en un boquete cuya profundidad no llegaba a cubrirle la cintura. No dijo nada a Jake, a pesar de lo ansioso que estaba por ayudar a su malhumorado hermano. No quería, en modo alguno, que los mineros o los ladrones supieran que había encontrado un filón. Por otra parte, Jake se dedicaba afanosamente desde hacía cierto tiempo a buscar el cuerpo de Sam, que decía que había visto en un sueño.
Dos o tres veces por semana, Kalispel bajaba a la ciudad a la hora del anochecer y cultivaba su interesante y peligrosa amistad con Pepita de Oro, u observaba las vicisitudes del juego de Blair.
Finalmente, la ocasión que Kalispel deseaba se produjo cuando ralló a Blair enzarzado en una partida de póquer con Pritchard, Selby y otros dos hombres a quienes no conocía. Blair estaba ganando, lo que era desacostumbrado y se hacía evidente a todos por su radiante expresión y por la frecuencia con que pedía nuevas bebidas. Pritchard estaba perdiendo, pero esta circunstancia no podía ser averiguada sí se miraba su rostro pálido y frío, o sus impenetrables ojos, Kalispel comprendió que la voluble fortuna le había vuelto la espalda; las apuestas eran fuertes, y el jugador tendría que recurrir a la utilización de artimañas para desquitarse. Las monedas, los billetes y pequeños saquitos llenos de polvo de oro constituían los valores que se depositaban sobre la mesa para cubrir las posturas.
Kalispel observó el juego desde un punto de vista conveniente, detrás de Pritchard y donde no podía ser visto por éste. Parecía cierto que el compinche de Pritchard conocía la presencia de Kalispel, mas esta circunstancia no produjo consecuencias.
Por último, la corriente del juego se mostró contraria a Blair, que comenzó a perder el montón de oro que tenía ante sí; se hallaba bajo los efectos del alcohol y apenas era capaz de distinguir una carta de otra. El otro, un joven gigantesco y de aguda mirada, comenzaba a concebir sospechas. Entonces se produjo una jugada en la cual las apuestas alcanzaron un volumen extraordinario, aun antes de haberse repartido más de dos cartas. Pritchard era el que las repartía, y aquélla era su ocasión. Mientras se repartían las restantes cartas, Kalispel avanzó un paso más con descuidada indiferencia. Sólo una mirada tan rápida como la suya podía apreciar la hábil artimaña del jugador. En el instante preciso, el joven apoyó con fuerza el cañón de su pistola en un costado de Pritchard.
—Pritchard, si mueves un solo dedo tendrás un disgusto —gritó Kalispel con una voz que hizo que el silencio se produjese en el salón.
—¿Qué diab...? ¿Quién...? —exclamó Pritchard en tono ahogado, en tanto que la lividez cubría su rostro.
—Ya lo sabes... Blair, vuélvale la mano. hacia arriba..., la izquierda.
Blair hizo lo que se le ordenaba, lleno de confusión y de sorpresa, v descubrió, escondidos entre la palma grande y blanca de la mano de Pritchard, dos ases, el de espadas y el de diamantes. Selby lanzó una maldición en voz baja. El minero joven se puso en pie de un salto mientras balbuceaba una indignada imprecación.
—Tengan calma todos —advirtió Kalispel —o me veré obligado a perforar la mollera de este tramposo... Ahora vuelva las cartas que se había dado a sí mismo.
En aquellas cinco cartas había dos ases...
—¡Sólo cuatro ases! —dijo lentamente Kalispel —Pritch, uno de los dos que tenía sobre la mesa correspondía a otro jugador.
—¡...... ¡— maldijo el gigante joven, dominado por el furor, en tanto que arrojaba sus cartas al rostro del tramposo—. ¡Haremos que te arrojen de la ciudad por esta martingala!
Selby, que se hallaba al otro lado de la mesa, completamente inmóvil, se estiró y se llevó una mano al cinturón. Logró desenfundar la pistola, pero antes de que consiguiera llevarla hasta la altura de la mesa, Kalispel disparó un tiro que le atravesó el brazo. Selby gritó, dominado por la ira y por el dolor, y la pistola cayó al suelo. El garito se llenó de voces, de ruido de las sillas al ser arrastradas y del estruendo de las recias botas de quienes corrían.
Selby pareció desvanecerse y cayó de bruces sobre, la mesa.
—¡Apartadlo de ahí! —ordenó Kalispel, a quien le parecía que el desvanecimento del herido era fingido.
El minero forzudo le dio un empujón, y Selby —cayó al suelo, con lo que se puso de manifiesto que no fingía. El acto siguiente del joven gigante consistió en inclinarse sobre la mesa y embestir a Pritchard con un rápido golpe que lo arrojó a una distancia de diez pies de su silla. Luego saltó sobre el postrado minero, lo cogió con sus poderosas manos y lo arrastró por el suelo, donde dejó un surco impreso en el serrín. Y a continuación expulsó a Pritchard del local.
—¡Corre, Pritchard, o te acribillaré a tiros! —rugió el minero—. ¡Ya comenzamos a hartarnos de jugadores, ladrones, usurpadores y demás gentuza en esta ciudad!
Regresó junto a la mesa y presentó la mano extendida a Kalispel, que no pudo estrecharla porque aun tenía en la suya la pistola.
—Tú no me conoces, Emerson, pero yo te conozco —declaró el minero con voz firme—.
Me llamo Jeffries. Gracias por tu intervención. Soy partidario tuyo. Y hay otros muchos que piensan lo mismo que yo.
—Muchas gracias, Kal —añadió, pálido y tembloroso, Blair—. Debería haber seguido sus consejos.
—¡Maldición! —profirió Jeffries—. ¿No es posible jugar un poco al póquer en esta ciudad sin que lo monden a uno a fuerza de trampas?
Kalispel hizo una indicación a Blair, y ambos se separaron de los grupos. Cuando hubieron llegado al exterior, Kalispel se unió a Blair y los dos caminaron juntos y presurosos calle abajo. Kalispel censuré abiertamente a su acompañante.
—¡Se arruinará usted... si no lo matan antes a tiros! —terminó diciendo apasionadamente— . Y entonces quedaría Sydney a merced de Leavitt. Y yo me vería obligado a matarlo y a marcharse de la ciudad...
Hallaron a Sydney en el pórtico, bajo la luz de la luna, con el propio hombre a quien Kalispel había mencionado. Cualquiera que fuese un mediano observador podría apreciar claramente que el aventurero había estado haciendo el amor a la joven. Kalispel experimentó la sensación de que unos impulsos asesinos se apoderaban de todo su ser.
—Leavitt, lo mejor que puede usted hacer es irse inmediatamente a la ciudad —dijo Blair— . Kalispel acaba de disparar contra otro hombre. La escena ha sucedido en el garito de juego de usted.
—¡¡Oh, papá! —exclamó Sydney mientras Leavitt, abandonándola precipitadamente, caminaba hasta el final del pórtico y comenzaba a dar vueltas por detrás de la cabaña.
Blair se sentó en las escaleras y se enjugó el sudoroso rostro. Kalispel se hallaba inmóvil, en un lugar iluminado por la luz de la luna, mirando fijamente a la joven.
—¡Usted... usted... es un demonio! —gritó Sydney con voz baja y ahogada.
—¿Se refiere usted a mí... o a su papá? —preguntó despacio Kalispel.
—¡A usted, a usted! Y papá es tan malo como usted..., pero, además, un cobarde.
—Si se refiere usted a mí... Bueno, es preciso que haya demonios como yo para que sea posible salvar a los vejestorios testarudos como su padre.
—Papá, ¿qué... qué has hecho ahora?
¡Nada! Estaba jugando a las cartas. Comencé ganando. Luego perdí. Ese jugador, Pritchard, hizo trampas. Kal descubrió sus habilidades. Y el compañero de juego de Pritchard, Selby, sacó Ja pistola. Y Kal disparó. Eso es todo.
—¿Le ha... le ha... matado? —murmuró horrorizada Sydney.
—¡No, no! Lo que hizo fue herirle en un brazo y obligarle a soltar la pistola. ¡Habría sido muy conveniente cale hubiera matado a ese mamarracho! ... Y, ahora que lo recuerdo. Kal...
¿Quién debería haber cobrado las apuestas de la última jugada?
Kalispel levanto las manos, abiertas, como para indicar a Sydney que su padre era incurable.
—Hija, me ha parecido ver que Leavitt te estaba haciendo el amor —continuó Blair.
—¿Sí? Bien, en el caso de que así fuera, puedes tener la seguridad de que yo le había autorizado —replicó ella.
—¡No lo permitiré! —gritó enojado Blair—. Leavitt no es lo que parece.
—Desgraciadamente, eso mismo puede aplicarse a la mayoría de los hombres —contestó con amargura Sydney—. He podido comprobar que es cierto... por lo menos en lo que respecta a dos.
—Sydney Blair, jamás he sido un hombre de dos caras —exclamó con enojo Kalispel—. Si lo fuera, podría decir a usted algo acerca de Leavitt que la obligaría a despreciarle.
—Rand Leavitt es un hombre guapo, generoso y espléndido —replicó ella con viveza—, y estoy examinando su oferta de matrimonio.
—Bueno, vida mía —dijo lentamente Kalispel, con frialdad y dureza—, examine todo lo que quiera. Pero jamás se casará usted con él.
—¡No tenga el cinismo de llamarme eso...! ¡Yo no soy su vida! Y ¿por qué tiene usted...
el descaro de decir que no me casaré con él?
—¿Ve usted este juguetito pequeño y bonito que brilla a la luz de la luna? —preguntó Kalispel mientras arrojaba a lo alto su pistola y la recogía nuevamente.
—¡Oh! ¡Usted es un monstruo... o está loco!
—¡Claro que sí! ¡Buenas noches..., vida mía!
El día siguiente fue sábado, un sábado, bochornoso de verano. En el cielo se veía una neblina azulada, y el aire tenía un vago aroma otoñal. Kalispel encontró a Pepita en la calle.
Vestida con ropas ordinarias, sin los vestidos superficiales y atractivos del salón de baile, tenía una figurita linda y graciosa. Kalispel no necesitó que se le invitase dos veces a acompañarla a la tienda de Reed.
Como si el destino lo hubiera dispuesto así, Leavitt y Sydney aparecieron en la misma calle, cerca de ellos.
—¡Mira! ¡Ahí viene mi secreto admirador con la hija de Blair! —dijo riendo Pepita—. ¡Qué pintoresca es la vida! ... Kalispel, ¿conoces a esa joven?
—Sí, la conozco —contestó Kalispel.
—¡Es guapísima! ¡Qué vergonzoso sería que se enamorase de ese hipócrita!
—.Pepita, cuando pasemos junto a ellos, ¿te atreverás a hablar a Leavitt?
—¿Por qué no he de atreverme?... Acaso eso sirva para que la joven comience a ver con claridad.
Cuando se hallaba a una distancia de alrededor de veinte pasos, Sydney levantó la mirada para observar a Kalispel y su acompañante. El rubor cubrió su rostro repentinamente, mas se desvaneció con rapidez y lo dejó muy pálido. Los trágicos ojos de la muchacha se clavaron con fijeza en la pareja. Kalispel, sorprendido por la reacción de la joven, no pudo mirar a Leavitt.
—¡Hoja, Rand! —exclamó Pepita con la más inocente e ingenua candidez.
Las dos parejas se cruzaron. Nugget se volvió hacia su acompañante.
—¡Caramba!... ¡Leavitt se va a enojar mucho! ... ¿No viste cómo enrojeció la muchacha?... Pero, Kalispel..., ¡si estás tan blanco como un papel!
—¿Lo estoy? Bien, por dentro me siento amarillo.
—¿Te avergüenzas de que te vean conmigo?
—; No, no, de ningún modo! Me alegro mucho... No lo olvides, Pepita, ésa es Ja mujer que me ha destrozado el corazón.
—¡Oh! ¡La hija de Blair! —murmuró ella, excitada—. ¡Oh Kalispel, es encantadora! ¡Pobre amigo mío! ¡Ahora te comprendo y te aprecio más que nunca! Eres fiel a esa muchacha, aun cuando ella pase desdeñosamente a tu lado cuando os encontráis en la calle... Y Leavitt, ese truhán despreciable, se pasea con ella presumiendo de elegante. ., y luego, por la noche, entra en el salón de baile por la puerta posterior e intenta hacerme el amor... ¡Que el, infierno me trague si no se lo digo a esa mujer —Pepita con eso le harías un gran favor —replicó esperanzado Kalispel.
—O no conozco a las mujeres, o esa joven tuvo motivos más que sobrados para inflamarse, como una casa en fuego, cuando te vio... Kalispel, te aseguro que la hija de Blair está enamorada de ti.
—No aventures palabras tan importantes con tanto descuido, Pepita.
—¡Me juego la cabeza! —continué ella vehementemente—. ¿Te ha querido en algún tiempo?
—Creo que sí. Un poco.
—Ese poco se ha convertido en un mucho ahora. ¡No hay nada como los celos para descubrir el corazón de una mujer! Nos ha visto..., ha creído que estás enamorado. de esa rubita del salón de baile... ¡Y ha puesto de manifiesto la verdad de sus sentimientos!
—¡No... no! Es lo peor que podía suceder. Ahora Sydney querrá a Leavitt mucho más.
—Escucha, tonto —murmuró la joven de una manera perversa—. Si así fuera, yo podría decir a esa mujer algo que mataría su amor inmediatamente. Y si no fuera así, podré decirte...
a ti... algo que hará que le mates a él pronto...
—¡Pepita! —exclamó Kalispel.
—Nada más por ahora. Ya hemos llegado a la tienda. No te desanimes, muchacho... Di a Dick que esta noche nos veremos después de la cena.


VIII
Kalispel estaba rascando y estirando una piel de alce cuando su amigo, Dick Sloan, apareció ante él.
—¡Hola, Dick! ¿No estás lavando oro a la luz del sol? —Éste fue el saludo de Kalispel.
—No me importa el oro —replicó el joven mientras se dejaba caer en el suelo.
Fue entonces cuando Kalispel alzó hacia él la mirada. Dick era un joven rubio, de rostro sincero y noble; tenía veintidós años, había llegado poco tiempo antes a la Ciudad del Trueno y simpatizó muy pronto con Kalispel. Un campo de minería no era el mejor lugar del mundo para un hombre de su naturaleza.
—¿Has tenido alguna pelotera con Pepita? —preguntó Kalispel intuitivamente.
—No es eso exactamente. Pero... me ha... despedido —contestó, con rostro compungido, Dick.
—¿Te ha «despedido»? ¡Qué diablillo más voluble es! Me ha dicho en varias ocasiones que te quería.
—Y yo lo creía también.
—¿Estuviste anoche con ella?
—Sí. Fuimos a pasear al otro lado del puente. La encontré cambiada... Un poco: fría y preocupada... No me permitió que la tocase. Parecía que olía a alcohol. Es una cosa que me disgusta mucho, y la reprendí con energía. Pero ella acogió mi reprimenda con tanta tranquilidad, que me desconcertó. Luego, me dijo: «Dick, mi jefe dice que obstaculizas mi trabajo. Me obligas a perder mucho tiempo. Y no bebes ni juegas. La casa no gana nada con tu presencia. Por esta causa, tengo que renunciar a volver a verte.»
—¡Demonios! No me parece una actitud muy propia de Pepita de Oro... Y ¿qué contestaste tú a eso, Dick?
—Le dije que jugaría y bebería. Mi terreno es muy prometedor, Kalispel. Nunca se sabe nada definitivo sobre yacimientos y placeres... Mi vecino, un minero viejo, dice que me: haré rico. Por eso puedo permitirme el lujo de consumir una parte del tiempo de Pepita.
—¡Ah! Y ¿qué contestó Pepita?
—Ni siquiera quiso escucharme. En primer lugar, quiso hablarme con razonamientos, y viendo que era inútil, me acometió rabiosamente. Entonces contesté que todo era en balde...; que la quería y que deseaba casarme con ella y apartarla de ese corrompido salón de baile.
—¡Diablos! ¿Es cierto? Dick, estás loco... Y todo por mi culpa... ¿Cómo recibió Pepita tu proposición?
—Se mostró sorprendida —contestó Sloan—. Estábamos ya de regreso y llegábamos exactamente al puente. Se detuvo, se apoyó en el barandal, comenzó a llorar... Yo estaba también a punto de llorar. ¡Me pareció tan linda, tan desgraciada a la luz de la luna...! Pero se repuso muy pronto y continuamos paseando. «Gracias por tu oferta, Dick. Lo siento mucho, mas no puedo aceptar...» Le pregunté por qué no podía, y contestó que no me quería. Dije que antes me había querido. Reconoció que era cierto y me dio un beso. Continué atosigándola durante todo el camino. Finalmente, se echó a reír, con una risa que me pareció burlona, y dijo: «¡Pobre muchacho! Creo que estoy enamorada de Cliff Borden...» Y se separó de mí.
—¡Soy un mal amigo! —exclamó Kalispel.
—Borden dirige el salón en que Pepita trabaja, ¿verdad? —continuó Sloan.
—Sí. Y Rand Leavitt es su oculto consocio.
—¿Crees que Pepita me ha dicho la verdad? ¡No puedo creerlo!
—No. Diría que no —declaró con vehemencia Kalispel, en tanto que arrojaba el cuchillo al suelo—. Pepita es una muchacha tan digna, tan limpia, tan clara como el oro a que debe su nombre. Y no importa nada que sea una bailadora. Eso constituye su trabajo, su desgracia... Te ha despedido, Dick, porque eres un muchacho serio y quería evitarte compromisos y molestias con Borden.
—Kalispel, yo creo que habló muy seriamente.
—Lo mejor será que la olvides, muchacho, y que vuelvas a tu trabajo en busca de oro.
—Pero... ¡no me es posible olvidarla! —protestó atribulado Dick—. ¡La quiero!... Oye, ¿no has, querido tú de este modo a alguna mujer... y te ha sido imposible olvidarla?
—Sí, Dick me ha sucedido... y me sucede.
—Entonces, debes comprenderlo, Kalispel. Tengo que encontrar un medio de arreglar las cosas. Si comenzara a abusar de las botellas y a tirar de la oreja a Jorge, Pepita vería que no hay consuelo para mí... y se mostraría más cariñosa.
—¡No seas tan loco como para intentarlo, Dick! —rugió furioso Kalispel. Le parecía experimentar la sensación de que él mismo había sido atrapado con idéntico cepo.
—He tomado esa resolución y la pondré en práctica..., a menos que encuentres otro modo de solucionar la cuestión —replicó sencillamente Sloan—. Pepita tiene mucha confianza en ti, te aprecia mucho. Yo esperaba que: acaso pudieras obligarla a cambiar de modo de pensar acerca de mí. No pido mucho. Pero... ¡no puedo vivir sin verla!
—Muy bien. Haré que vuelva a entrevistarse contigo —decidió Kalispel, aguijoneado por sus atormentadoras emociones, que se hallaban en pugna unas con otras—.
Vuelve a tu trabajo. Iré en busca de Pepita y la llevaré esta noche al puente... aunque haya de arrastrarla. Después de la cena.
Sloan se puso en pie y se abalanzó hacia él, radiante de alegría, presto a estallar en demostraciones de regocijo y agradecimiento.
—¡Cállate! —gritó Kalispel—. ¡Y vete pronto... sino quieres que me arrepienta!
Sloan se alejó a grandes pasos, y Kalispel reanudé su trabajo. Pero su mano no se detenía ociosamente en muchas ocasiones y su atormentada imaginación meditaba sobre el misterio, la extrañeza, el terror y la gloria del amor. Kalispel sabía bien lo que significaba el ansia de labios de una mujer. Sabía, y se despreciaba al reconocerlo, que los besos de Sydney le enloquecerían, aun cuando tuviera que compartirlos con otro hombre. Pero su suerte era mucho más amarga, puesto que Sydney le despreciaba con toda seguridad. La muchacha no podría por menos que suponer que se hallaba en amoríos con Pepita, la joven del salón de baile.
Acaso el rumbo de estos pensamientos, estuviera más relacionado con la impotente cólera del propio Kalispel que con el trance en que se hallaba el pobre Dick. Como quiera que fuese, sirvió para ponerle en uno de sus inquietos estados de ánimo, peligrosos y fríos, que le obligó a abandonar su cabaña a la hora del crepúsculo y a caminar rapidamente senda abajo.
Cuando pasaba ante la vivienda de los Blair, Sydney salía al pórtico con un plato o una cacerola entre las manos. Llevaba un mandil de carranclán azul, con las mangas enrolladas hasta los codos, y parecía arrobada. Kalispel se hallaba en un estado de ánimo sobre el que no podía ejercer dominio de ninguna clase. Decidió enfrentarse con ella y obligarla a enfurecerse, a disgustarse, a lo que fuese, costase lo que costase. El desgraciado amor de Sloan, tan impulsivo y destructor, había despertado el suyo.
Kalispel se aproximé al pórtico, con gran sorpresa de Sydney. Jamás había hecho nada parecido. Los ojos violeta de la joven se dilataron y parecieron buscar en el rostro de él síntomas de embriaguez.
—¿Dónde está su papá? —preguntó Kalispel.
—No lo se. Se fue enfadado.
—¿Cómo marchan las cosas?
—No podrían ir peor... Pero, puesto que papá está ausente..., tenga la bondad...
—Tenga la bondad de largarse, ¿eh? ¡Hum! He venido con la esperanza de que me invite usted a cenar. Sydney rió desdeñosamente.
—Son ilusiones que se hace usted, señor Emerson.
—¿Espera usted cenar sola esta noche?
—Sí. Papá no vendrá. Y no me importa... ¡Oh, cómo me molesta el rumbo que siguen los acontecimientos! —Dígame lo que sea, Sydney.
—No. Usted puede ser amigo de papá, o así lo cree él al menos. Pero, ciertamente, no es amigo mío.
—¿Va a venir esta noche Leavitt?
—Me gustaría decirle una mentira..., pero no, no vendrá.
—Y de ¿estará usted sola hasta muy tarde?
—Sí.
—¡No me gusta ni tanto así! —declaró Kalispel violentamente.
—¿No le gusta? ¡Como si fuera una cosa que pudiera importarle! —replicó ella; y su risita desdeñosa y burlona volvió a dolerle.
Bien, escoja lo que quiera —dijo Kalispel con destemplanza—: o me permite usted que vuelva más tarde, o arrastraré a su padre fuera del garito y le propinaré una paliza para que tenga que permanecer en cama durante una temporada.
—¡No es posible que diga la verdad... eso último! —protestó ella.
—Pues así es.
—¿Se atrevería usted a hacer algún daño a papá?
—¿Hacerle algún daño? ¿No está haciendo daño a usted, más y más? ¿No se está desprendiendo de usted cada día un poco más? ¿No la deja a usted sola, aunque sabe que ese medroso y engatusador de Leavitt...?
—Sí —le interrumpió ella apresuradamente—. Pero eso no justifica el empleo. de la violencia. Su amabilidad está fuera de lugar, señor Emerson. Usted no es mi paladín.
—No lo soy con su consentimiento, bien puedo verlo. Pero lo soy, de todos modos.
—¿Lo es... a pesar de mi desprecio por usted?
—A pesar de su desprecio... Tengo unas cartas muy malas, Sydney. De la vida, de la suerte, de ese embustero de Leavitt..., de usted. Pero, aun cuando todo ello me haya hundido a una gran profundidad, todavía soy un hombre. Y voy a armar muy pronto un alboroto de todos los diablos en estos terrenos.
—¿En defensa mía, sir Galahad?
—i No, Sydney, esas palabras no son dignas de usted! exclamó Kalispel en tono reprobatorio—. Desprécieme todo cuanto quiera, pero no se denigre a sí misma.
—Declaro sinceramente que me parece usted la persona más sorprendente que jamás he conocido. Me es por completo imposible acertar a comprenderle.
—Sí, eso sucede porque soy sincero y honrado. Y usted es insidiosa y engañosa. Usted es... mujer. No juega con limpieza... Pero... veo que, como siempre, hemos comenzado a disputar. Me voy. Elija lo que quiera. ¿Volveré luego, o...?
—Muy bien. Vuelva luego. Prefiero cualquier cosa, hasta su presencia, a tener que ver maltratado y dolorido a mi pobre y descarriado padre.
—¡No, no tiene usted derecho a decir cosas incisivas y burlonas! ¡De ningún modo! ...
Bueno, volveré... a menos que pueda convencer a su papá de que venga él contestó Kalispel; y bajó de un salto las escaleras y se alejó. Iba requemado por los desdenes de la joven y enojado por su propia impotencia. Sin embargo, al recordar aquella última mirada, sus nervios se estremecieron. Si Sydney le odiaba con tanta intensidad, ¿por qué le había mirado de aquella manera? No parecía sino que una parte de su personalidad se hallase en conflicto con al otra.
Mas, cualquiera que fuera la complejidad de los sentimientos de la muchacha, lo cierto era que el efecto que ello producía en Kalispel no servía sino para acrecentar lo sombrío de su estado. Sintió que la antigua ola pantanosa que le había dominado volvía a presentarse ante él: la necesidad de ahogar sus aflicciones en la bebida. Como no podía emplear este recurso, cesó de continuar maldiciendo a la tristeza y el enojo. Él era solamente Kalispel Emerson, un hombre maltratado por la suerte, y no tenía poder para impedir lo que era inevitable.
Entró en el pequeño establecimiento del chino e invirtió cierto tiempo en consumir una taza de café y unas galletas. Luego, a las seis y media de la tarde, se encaminó sombríamente hacia el salón de baile de Borden. Era la hora en que muy pocos de los millares de habitantes que componían la Ciudad del Trueno se encontraban en la calle; sin embargo, estaban los suficientes para hacer que Kalispel caminase por el centro del arroyo para evitar los encuentres con la abigarrada multitud. Las luces amarillas arrojaban sobre la noche su resplandor; sonaba, no se sabía dónde, una música ruidosa; el salón de baile despedía un incesante zumbido; el humo del tabaco y el polvo del serrín impregnaban el aire caliginoso y veraniego.
Kalispel olfateó acontecimientos. No le era posible rechazar la agorera violencia del tiempo y del lugar, ni el fuego que ardía en su espíritu. La resistencia y la sujeción parecían haberse agotado en él.
«Bien, así es como suceden las cosas», murmuró para sí. «En este momento no me sería posible dar ni un solo paso para evitar un encuentro con Leavitt o Borden.» El edificio destinado a salón de baile ocupaba una considerable extensión y solamente tenía un piso de altura; la cocina, el comedor y otras dependencias se hallaban en la planta baja. Kalispel se asomó a la puerta del comedor, en el que media docena de muchachas se encontraban cenando. Pepita no se hallaba entre ellas.
—Buenas noches, jóvenes. ¿Dónde está Pepita, la muchacha del cabello dorado?
—Acaba de levantarse de la mesa —contestó una de ellas—. Está al otro lado del vestíbulo; en la última habitación de la derecha. Pero no recibe a caballeros en su «camerino». —En las últimas palabras hubo una expresión de burla.
Kalispel dio gracias a la joven, mas no contestó de otro modo. Cruzó el vestíbulo, que era estrecho y oscuro, y cuando hubo llegado a su final, se detuvo y llamó con los nudillos a una puerta.
—¿Quién es? —oyó que le preguntaban.
—Soy yo, Pepita.
—Sí, ya lo he oído. Pero, ¿quién es «yo»?
—Kalispel.
La puertecita giró sobre sus goznes y se abrió para permitir al joven la entrada en una estancia bien amueblada e iluminada. Pepita le acogió amablemente, con alegría.
—¡Hola, vaquero! —le dijo jovialmente, mientras cerraba la puerta. Y después, al observarle con más detención, añadió:—. ¿Qué te sucede, Kalispel? ¡Oh, pareces...!
Kalispel la asió con fuerza, la aproximó a sí violentamente, y la miró con fijeza al rostro.
—¡Por menos de un pitillo... sería capaz de retorcerte ese cuello tan blanco que tienes!
—¡Kalispel! ¡Kalispel! ¡Estás borracho! —exclamó sobresaltada, la muchacha.
Pepita, has visto demasiados hombres borrachos para que puedas equivocarte ahora respecto a mí. Estoy despejado. Y tan furioso como despejado.
—¡Furioso! ¿Conmigo?... —tartamudeó la joven mientras le agarraba los brazos con las manos.
—Sí. ¡Contigo! ¡Me ha pasado por la cabeza la idea de darte una paliza, sacarte de este agujero del infierno, y prenderle fuego por los cuatro costados!
—¡Oh, amigo..., no tendrás intención de... de maltratarme...! ¿Verdad? —gritó Pepita—.
¿Qué he hecho yo?
—¡Has jugado una mala partida a mi amigo!
—¿A Dick...? No, no es cierto. He jugado con limpieza. ¡Pobre muchacho! Quería casarse conmigo...
—Está loco por ti.
—Dick me olvidara.
—Creo que no podrá. Si creyera que pudiera olvidarte, yo no habría venido a buscarte. No vengo por conveniencia propia.
—¿A buscarme...?
Sí, a buscarte... y a hacerte los cargos —contestó Kalispel, mientras la sacudía de modo violento—. Pepita, vas a destrozar el corazón de ese muchacho.
—Kal... No... no me hagas daño —suplicó ella con acento infantil—. No puedo soportar que me maltraten. Por eso me marché de mi casa... Ahógame..., mátame... si crees que lo merezco; pero no...
—¿Quieres a ese muchacho?
—¡No! No le quiero más de lo que te quiero a ti —protestó ella.
No es eso lo que quiero decir. Yo soy tu hermano mayor.
—¡Oh, ya lo se:
—Bien, él te quiere horrorosamente... Pepita, no mientas. ¿Le quieres?
—¡Le... quiero... muchísimo...! —dijo Pepita, sollozando—. Pero no quiero... que tenga desazones con esos hombres...
—Está destrozado ahora. Y tenemos que salvarlo. Vístete. Vamos a ir a buscarlo.
—¿Dónde está?
—Nos espera en el puente.
—Tráelo aquí..., a mi habitación. No tengo energía... para ir contigo.
Kalispel soltó a la joven, que se dejó caer sobre el lecho, débil y pálida, con los grandes ojos azules trágicamente en él.
Kalispel corrió hacia la calle y ya había casi llegado hasta ella cuando recordó que el caminar tan apresurada y descuidadamente era peligroso para un hombre que tenía enemigos.
Recobró su habitual vigilancia, cruzó la calle y llegó al puente. Dick surgió de entre la oscuridad.
—¡Ya sabía yo, compañero, que no querría venir! —dijo con abatimiento.
—¡Ven conmigo, idiota! Todo va bien. Y si vuelves a abrir la boca te daré in puñetazo —gruñó Kalispel.
Unos minutos más tarde los dos amigos entraban en la habitación de Pepita y cerraban la puerta. La joven no se había movido desde la partida de Kalispel; pero un ligero cambio se había operado en ella.
—Pepita... —comenzó a decir Sloan roncamente.
—¡No me llames Pepita! Mi nombre es Ruth —contestó la joven en tanto que se levantaba y se enfrentaba con él.
—Muy bien..., Ruth —dijo esperanzadamente el joven.
Ambos olvidaron a Kalispel. Estaban inmóviles, uno frente a tro, tensos por la incertidumbre de la situación, intentando sondearse recíprocamente en las almas. Fue la muchacha quien se movió la primera. Sloan la cogió en los brazos y la apretó contra su pecho.
—¡Oh, Dick! ¡Te quiero... te quiero... por tu deseo... de casarte conmigo! —murmuró con fatiga.
—¡Querida! ¡Sólo hay una manera de salvarme!
—¡No! ¡No me obligues a...!
—¡Bésame! —pidió él, envalentonado por las palabras de la joven.
Pepita rodeó con los brazos el cuello de Dick y apretó los labios contra los suyos.
Kalispel vio que de los párpados cerrados de la joven brotaban lágrimas. Y unos momentos después, Pepita se hallaba mirando a Dick, transfigurada, todo lo hermosa que una mujer puede ser.
—¡Loco! ... ¡Oh! ¿Por qué me quieres? —susurró la muchacha.
—Te quiero. No sé más.
—¿No podrías dejar de quererme?
—¡Jamás!
—Borden se va a poner como una fiera —murmuró ella temblando.
—¿Eres suya?
—Él cree que sí. Kalispel tendría que matarlo. Y eso... Basta. Oye, ¿quieres abandonar este lugar?
—Querría, si me atreviera a intentarlo.
—¡Di que lo harás! O, si no, te llevaré a otro sitio... en este mismo instante.
—Sí. Iré...
—¡Di que te casarás conmigo!
—Si... no hay... otra solución...
—Pep... ¡Ruth! , querida; vas a salir de aquí ahora mismo. Prepara tus cosas. Yo te ayudaré a empaquetarlas. Podrás disponer de mi tienda. Es muy confortable. Tiene suelo de madera. Puedes trabajar como ama de casa para mí mientras yo voy en busca de oro... para ti.
Dormiré en la tienda de mi vecino. Y luego, cuando llegue el primer sacerdote a estos lugares, nos casará... Voy a hacer aquí mi fortuna. Y, después, nos iremos a otro sitio. Mis padres han muerto. No tengo a nadie de quien cuidar... Tú serás mi esposa.
Kalispel salió y cerró la puerta con suavidad.
—¡Por todos los diablos! ¡He aquí una buena nota para Kalispel —murmuró.
Una vez que estuvo en la calle se lanzó en busca de Blair. Finalmente consiguió hallarlo en el más despreciado antro de juego de la localidad. Se hallaba bajo el influjo de la bebida y en el estado de júbilo que le producían las ganancias. Blair era un mal jugador por muchas razones, pero su principal defecto consistía en que perdía pronto la cabeza cuando la Fortuna le sonreía. Kalispel inspeccionó con la mirada el local, y luego se aproximó a la mesa, se inclinó y susurró unas palabras junto al oído de Blair.
—¡Váyase a casa en el mismo instante en que comience a perder! ¡La situación es difícil!
—¿Eh? ¡Ah, sil... Muy bien... muy bien —respondió Blair, comenzando a comprender lentamente.
Kalispel salió. «No me conviene quedarme esta noche en la ciudad», se dijo, mientras caminaba por entre la ruidosa multitud. Era como un hombre que pudiera ver en la oscuridad y mirar a todos los lugares al mismo tiempo. La atmósfera de la ciudad del oro parecía cargada de fatalidad para él. Era una ciudad para todos aquellos buscadores de oro y parásitos. El regocijo, la alegría, las canciones, las guitarras, el discordante chirrido de los violines, el jovial y suave murmullo del interior de los establecimientos de diversión, el grosero estruendo de la calle..., todo esto escondía la verdad de que solamente a un paso de aquella vida se ocultaban la derrota, la ruina, la muerte.
Kalispel lo percibía, y percibía también su íntima relación con todo ello. Había arrastrado a los Blair al vértice de aquel remolino, y le parecía muy difícil que él mismo pudiera impedir un trágico fin para el padre. En cuanto a Sydney, Kalispel se encontraba en un estado de profunda desesperación. Al principio hablase comportado con tanta firmeza, con tanta fortaleza, tan equilibrada y tan admirablemente... Pero ¿quién podría comprender a una mujer? Sydney era capaz de todo.
Cuando Kalispel salía de la ciudad, la luna surgía por encima de la negra cima de la Montaña del Trueno. Tenía un tono anaranjado, un poco fantástico y amenazador. La masa oscura de la montaña estaba envuelta en sombras, erguida corno siempre, amenazadora como siempre, esperando... Y en aquel momento un profundo rugido brotó con estruendo de las profundidades subterráneas.
«¡Ruge y truena, vieja!», murmuró ásperamente Kalispel. «¡No me engañarás! ¡Jamás podrás enterrarnos a mi oro y a mí!»
Sydney no se hallaba a la vista cuando subió la escalera del pórtico de Blair. Kalispel encendió un cigarrillo y paseó de un lado para otro golpeando el suelo con los pies para que la joven pudiera oír el ruido de sus pasos. La puerta estaba abierta; una débil luz brillaba en la habitación; pero Sydney no salió. Kalispel se hallaba a punto de llamarla cuando oyó un ruido de pasos tras sí. Se volvió y vio a Sydney, que aparecía a la luz de, la luna, procedente del sendero. El corazón del joven comenzó a latir con violencia. La muchacha ascendió despacio hasta el pórtico y se recostó con aire cansado en una de las columnas. Kalispel se aproximó a ella.
—¿La ha perseguido alguien? —preguntó ansiosamente—. ¿No sabe usted todavía que no debe en absoluto aproximarse al campo de minería después del anochecer?
Sydney no contestó. Kalispel se acercó más para escrutar su rostro. La luna brillaba tras ella, de modo que todo lo que el joven pudo ver en la sombra fue los dos ojos que lo electrizaban.
—¿De dónde viene usted? —preguntó.
—Le seguí a usted —respondió ella, tan rápidamente, que su voz tembló.
—¿Adónde?
—A la ciudad. No le he perdido de vista ni un solo momento.
—¡Maldición! Es muy halagador para mí, Sydney; pero no lo comprendo.
—Puede llamarlo halagador si le parece conveniente.
—¿Dónde fue usted siguiéndome?
—Al salón de baile de Borden.
—¿Y qué más?
—Y entré detrás de usted.
¡Dios mío...! Sydney... ¿qué locura es esa?... Aquel antro... ¡Y entró en él!
—Sí, es cierto, una locura provocada por varias cosas..., la única de las cuales deseo informar a usted que es de las que mas decidida estaba a averiguar.
—¡Ah! ¡Estoy asombrado! ¿Y qué?
—Entré en el comedor —continuó atropelladamente Sydney—. ¡Aquellas muchachas...!
Pregunté adónde había ido Kalispel Emerson. Parecieron extrañarse... Pero una de ellas se echó a reír y dijo: «Ha ido a la habitación de Pepita de Oro. Al otro lado del vestíbulo, la última puerta de la derecha..
—Y, luego... ¿qué? —tartamudeó Kalispel.
—Salí corriendo. Cuando me hallaba en la calle pensé que mi esfuerzo no había sido vano. Y entré en... en todos los garitos de juego para preguntar por mi padre.
No lo han visto esta noche en ninguno de ellos. ¡Oh! ¡Estoy tan... tan atemorizada!
—No tiene motivos para estarlo... por lo que a él se refiere. Lo encontré en casa de Flannigan. Estaba ganando mucho dinero. Le dije que abandonara el juego tan pronto como comenzase a perder. Le dije que la situación es difícil..., lo que no es ninguna mentira, y creo que vendrá muy pronto.
La joven murmuró unas palabras de consuelo. Luego, ambos guardaron silencio.
Kalispel arrojó al suelo su cigarrillo con un ademán lento e indeciso que denunció la pugna de sus atormentadores pensamientos. La amarillenta luna, la montaña negra, los cuadros blancos de las tiendas, el débil susurro del arroyo y el lejano zumbido de la vida de la ciudad..., todo le parecía irreal a Kalispel, irreal como los objetos que se recuerdan en un sueño.
Mas al mirar de nuevo a la muchacha, comprendió que todo era real, tan real y tan intenso, que su conciencia se contrajo al percibir lo que era un hecho evidente: la convicción de Sydney en cuanto a la desvergüenza de él.
Esta seguridad no conmovió muy profundamente a Kalispel, puesto que sabía que era inocente y que podría demostrarlo; lo que le hacía vacilar era la razón que ella podría tener para intentar comprobar su supuesta culpabilidad.
—Señorita Blair, el que me haya seguido usted me parece una cosa muy extraña —dijo lentamente mientras intentaba ocultar su agitación y ganar tiempo. Ella _ misma se denunciaría.
—Sí, lo era... para mi... mucho más de lo que usted podría soñar. Pero este Oeste es muy extraño. Este descarnado campamento..., esos cazadores de oro..., todo es muy extraño. Y todo eso junto me ha trastornado.
—¿Por qué lo hizo usted?
—No se lo diría, si no quisiera libertarme de un algo muy vergonzoso... Cuando le encontré a usted en la calle con aquella... aquella... muchacha llamada Pepita, me sentí tan conturbada y avergonzada, que comprendí que no había perdido todavía por completo la fe en usted..., que en mi corazón había aún un sentimiento de cariño... Y aun cuando usted dijo a la muchacha que hablara familiarmente con Rand Leavitt..., aun después de que él me hubo manifestado que era la novia de usted..., aun entonces seguí sin desconfiar de usted por completo. ¡Oh, era un sentimiento muy difícil de matar! Quise tener la seguridad de mi razón, y por eso le seguí esta noche.
En el éxtasis de Kalispel se encendió, al oír el nombre de Leavitt, un enojo que sofocó todas las restantes y dulces emociones.
—¿De modo que Leavitt le dijo a usted que Pepita es mi novia?
—Sí.
—¿Y esto confirmó sus sospechas?
—Eso me reveló que soy una tonta. De todos modos, quise averiguarlo por mí misma.
—Y ¿cree usted que insinué a Pepita que hablase familiarmente con Leavitt?
—Así me lo: explicó, él... y lo creí.
—Bien, por una sola vez ha acertado usted —replicó fríamente Kalispel—. En efecto, yo le dije que hablase con él con acento de intimidad.
—¡Qué acto mas despreciable! —exclamó ella acaloradamente—. Leavitt es un caballero y se sintió ofendido.
—¡Ah! Y ¿tiene usted la seguridad de que Leavitt tiene tanto de caballero (mucho más que nosotros, los desgraciados mineros) corno para no interesarse de ningún modo por Pepita?
—Sí. La tengo. Y todavía más: estoy segura de que es un caballero tan decente, que no sería capaz de venir a mí si hubiera estado con ella... como ha hecho usted.
—Y todos los sentimientos de aprecio y amistad que usted haya podido experimentar hacia mí ¿han muerto y desaparecido ya?
—Sí..., ¡gracias a Dios! Usted posee una extraña mezcla de caballerosidad y ruindad. No sabe lo que es ni lo que significa el honor. No posee una moral. Me salvó usted de las manos de un rufián. Me hizo el amor, y me salvó del río cuando estaba a punto de ahogarme. A continuación mata usted a un hombre inocente y se convierte en un pelele borracho. Por último, parece usted haberse transformado..., pero sólo aparentemente. Por lo menos, su aspecto ha sufrido un gran cambio al cambiar de ropas. ¡Ya no más prendas desgarradas y sucias,ya no más greñas despeinadas! De este modo ganó usted la confianza de mi padre.
Gana usted también amigos entre los mineros. Se ocupa usted en el trabajo más duro de todos: proveer de carne a todos esos locos que serían capaces de dejarse morir de hambre antes que renunciar al oro... Y durante todo ese tiempo, no hay duda, iba usted una y otra vez a la habitación... de esa desgraciada Pepita. Y, lo que es peor de todo, se atreve a venir junto a mí con los besos de ella todavía en los labios.
En esta indignada explicación de la mujer, Kalispel pudo sorprender las causas ocultas de su actitud: los celos.
—Sydney, ¿cómo sabe usted que Pepita no es tan buena como el mismísimo oro que le ha prestado su nombre?
Sydney abrió la boca.
—¿Imagina usted que yo también estoy loca? —preguntó incrédulamente.
—¿No es posible... no es posible que un hombre entre en la habitación de Pepita sin que usted suponga algo injusto y equivocado?
—¡No! —replicó ella violentamente.
—¿Y si yo le dijera a usted que esa muchacha necesitaba un hermano y que yo intenté serlo? ¿Si dijera que huyó de su casa cuando era solamente una chiquilla, y que tuvo que dedicarse a esa profesión que ejerce en un salón de baile con el objeto de ganarse la vida...?
¿Si le dijera que alguien tenía que salvarla de la ruina..., de morir alcoholizada o por la violencia... de hombres como ese brutal Borden... y Leavitt...? Sydney respondió con burlona sorpresa:
—Creería que es usted un embustero monumental. —Bien, lo pintoresco del caso... es que puedo demostrarlo.
—Kalispel, a usted le faltan muchas cosas, y una de ellas es inteligencia. ¿No comprende que es muy imprudente el declarar que Leavitt es...? ¡Oh, no quiero repetirlo!
—¡Claro que sé lo que me falta! —replicó Kalispel en un tono que denunciaba que su furor comenzaba a acrecentarse de nuevo—. Una cosa de las que me faltan es sentido común. Y por esta falta amé y continué queriendo a una joven que carecía de los más grandes atributos: amor, fe... Pero, cualesquiera que hayan sido mis sentimientos para con usted, Sydney Blair, todos están tan muertos como los suyos, para conmigo. Y tan fríos como cenizas antiguas.
Disipado su enojo, Sydney se alejó de él y se llegó hasta la barandilla del pórtico.
Kalispel dirigió hacia ella la mirada y la fijó en su pálido rostro.
—De todos modos puedo demostrar mi inocencia —continuó Kalispel—. Y puedo hacerlo de dos modos.
—¿Cómo podrá demostrarla? —susurró ella, como si no pudiera contener las palabras.
—Pues... creo que... éste es el modo más conveniente... para mi —replicó roncamente Kalispel. Y asió a la muchacha y la oprimió entre sus potentes brazos.
Sydney luché con energía, pero se hallaba tan fuertemente sujeta, que apenas le fue posible moverse. Kalispel se inclinó para besarla, y, como ella desviase el rostro de un lado para otro, los labios del joven rozaron sus mejillas, sus cerrados ojos, su cabello...
—¿Cómo se atreve usted...? —gritó Sydney con fiero enojo y un naciente temor—.
¡Suélteme! ... ¡Pagará usted muy caro... por esto...!
Kalispel logró poner sus labios sobre los de la joven y terminar con su resistencia y sus gritos. Repentinamente, Sydney pareció desplomarse sobre el pecho del hombre. Y Kalispel la besó con la fiera pasión de su inocencia, con la angustia de su renunciación, con la loca sed que le producía lo que sabía que estaba perdido para él...
Cuando hubo soltado a la muchacha, Sydney se dejó caer sobre el banco, abatida y fatigada.
—¡Oiga! —dijo él, roncamente—. Ésa es... mi prueba... No podría ser tan villano... ...como para hacer lo que he hecho... si fuera lo que... lo que usted me llamó... Y jamás la perdonaré, Sydney Blair.
Kalispel se enderezó. En aquel momento llegó Blair, resoplando y tambaleándose, y comenzó a subir la escalera.
—Viene usted tarde... y otra vez borracho, amigo —observó Kalispel, mientras daba unos pasos en dirección a él.
—¿Es usted... Emerson...? No, no estoy borracho... ¿Dónde está Syd?
—Aquí, papá —gritó la joven, levantándose—. ¡Oh, qué pálido estés!
—Blair, ¿de dónde proviene esa sangre? —preguntó Kalispel, mientras ponía un dedo sobre el rojo manchón que se deslizaba por el rostro de Blair.
—Les gané... todo el oro —respondió resollando Blair—. ¡Montones de sacos de oro! ... Y venía de prisa a casa con todos ellos..., salí de la ciudad..., llegué al campo..., oí unos pasos detrás..., hombres..., tres hombres... me golpearon... y huyeron con el oro...
—¡Ah! Bueno, esta herida no le matará, y acaso sea una buena lección para usted.
Sydney, debe usted lavarla y vendarla.
—¡Papá, yo sabía que esto habría de suceder! —tartamudeó Sydney.
—Ahora me parece que lo que necesito es darle un poco de gusto al dedo —dijo Kalispel.
Y empezó a alejarse del pórtico.
—¡Vuelva! —le grité la joven acremente.
Kalispel no volvió siquiera la cabeza, aun cuando la voz de Sydney era como un cable que lo arrastraba.
—¡No, no vaya! ¡Kalispel!
Kalispel continuó caminando firme y resuelto y envuelto en la fantástica luz de la lana.


IX
Llegó septiembre con sus mañanas escarchadas y sus crepúsculos: de púrpura. Kalispel destinaba a la caza menos tiempo que anteriormente, aun cuando la carne se pagaba a un precio casi tan alto como el oro. Era inevitable que Jake hubiese decaído. Después de haber perdido la esperanza de hallar el cuerpo de Sam o pruebas de que hubiese abandonado el valle, Jake pareció encontrarse al borde de la desesperación y a punto de echar a perder todas las posibilidades: de los: dos hermanos. Al cabo, Kalispel decidió desesperadamente poner su confianza en él, con lo que se operó un gran cambio en el desalentado minero, quien se mostró sumiso y dispuesto a trabajar con entusiasmo en la tarea de acumular leña para el invierno, lo que sería de gran utilidad cuando la nieve comenzara a caer.
Los acontecimientos se habían multiplicado. Kalispel no volvió a vigilar el pórtico ansiosamente con la esperanza de ver aparecer a Sydney, y cuando la veía por casualidad, experimentaba una angustia muy dolorosa. Blair había permanecido durante cierto tiempo, en cama como consecuencia de su herida, que le provocó una alta fiebre. Y Kalispel pensaba que era una cosa conveniente. Kalispel enviaba a su hermano a la residencia de los. Blair con carne y leña, y le ordenó, además, que hiciese cuantos trabajos y necesidades le permitiese Sydney.
Los mineros que disponían de terrenos de mediocre rendimiento trabajaban como castores para recoger cuanto oro les fuese posible y ausentarse antes de que el invierno cerrase el valle.
Todo esto había incrementado el interés de las pequeñas cuadrillas de bandidos que operaban en el campamento. Kalispel no había sido capaz de descubrir a los asaltantes de Blair y llegó a la conclusión de que operaban bajo la dirección de un cabecilla hábil y competente. Cuando no se encontraba cazando, Kalispel rondaba la ciudad día y noche y se convirtió en un hombre vigilante y sombrío que llamó la atención de la población.
Una mañana, Kalispel recibió la visita de un minero que le llevaba la petición de una entrevista por encargo de Masters, el nuevo sheriff. Kalispel creyó era una cosa que debía haber esperado que se produjese, y contestó al mensajero que iría a ver al sheriff. Un poco más tarde, Masters llegó cachazudamente. Kalispel no había visto nunca al tal hombre tan de cerca. Era alto, delgado, iba en mangas de camisa, no aparecía ninguna estrella prendida en la pechera, y cojeaba al andar. Se tocaba con un enorme sombrero negro que, visto desde cierta distancia, le ocultaba la parte superior del rostro, y llevaba una pistola en el lugar más destacado y más conveniente. Los ojos inquisitivos de Kalispel le dijeron que llevaba otra en el chaleco.
¡Hola, joven! —dijo lentamente el sheriff con acento tejano—. Le estoy muy agradecido por haberse prestado a recibirme.
—j Buenos días tenga usted! —replicó Kalispel, mientras sostenía la mirada de los grises ojos del otro hombre. Un vistazo dirigido a ellos y al rostro arrugado y sereno del sheriff reveló a Kalispel que no tenía ante sí a un hombre de la calidad de Lowrie—. Me ha sorprendido usted. Un sheriff no suele pedir que se le reciba.
—Está obligado a hacerlo si desea entrevistarse con un joven como usted.
¡Oh! Me parece una expresión muy amistosa, Masters.
—Me agradaría ser amigo de todos. No me gusta esta ocupación, Kalispel; pero desde que aquella peña me partió una pierna, no puedo realizar trabajos duros. Otro hombre está trabajando en mi terreno, a cambio de que nos repartimos las ganancias. Y los mineros me han elegido. Hubo cierta oposición por parte de los grandes, pero no han podido impedir que se me eligiese.
—Ha sido una suerte para la Ciudad del. Trueno —contestó pensativamente Kalispel. Le agradaba aquel hombre—. ¿Quiénes fueron los grandes?
—¿Quiénes diría usted que fueron? Usted está aquí desde mucho tiempo antes que yo.
—Masters, soy un hombre que no se muerde la lengua. Borden y Leavitt, con los hombres que los respaldan, son los que mandan en este campamento. Y si ellos no querían que fuese usted el elegido, no acierto a comprender cómo demonios pudo usted, conseguirlo.
—Su hombre de confianza era Lowrie, como sabe. Y cuando usted lo obligó a abandonar la ciudad, quisieron poner en su lugar a Haskell. ¿Le conoce usted?
Kalispel murmuró una respuesta afirmativa y desfavorable.
—Bien, mis amigos recorrieron los campos y consiguieron formar una oposición. Y así fui nombrado sheriff en la reunión, como ya debe usted saber si estuvo en la votación.
—No, lo lamento, pero no pude asistir. Me habría agradado mucho.
—Joven, ¿por qué obligó usted a Lowrie a marcharse del campamento? —preguntó Masters intencionadamente.
—¿Por qué necesita usted saberlo, sheriff? —No le hago a usted ningún cargo por ello.
Acuciado de este modo, Kalispel contó al sheriff los detalles de su conocimiento con Lowrie.
—¿Y lo habría matado usted si hubiera continuado rondando por aquí?
—¡Con toda seguridad! Su intento de encarcelar a mi amigo Dick Sloan, sin ninguna razón no siendo porque Dick se llevó a esa joven, a Pepita, y la sacó de entre las garras de Borden... Bueno, eso me hartó para siempre.
¿Que tiene usted que ver con esa cuestión de que Dick se llevase a la joven?
—Tengo mucho que ver con ello! Los dos se quieren. Ella es una buena mujer. Y Sloan se propone casarse con ella.
—Eso presenta la cuestión de un modo diferente a como la conocía. Me alegro de que lo haya dicho usted... Joven, no tengo inconveniente en decirle que me es usted simpático. Soy de Texas, y esto explica por qué. Hay muchos mineros, la mayoría que le odian, pero el resto le aprecia a usted. Yo soy de los del resto. Usted y yo tenemos que hacer buenas migas.
—¡Dios mío! ¡Yo, amigo de un sheriff! f! ¡Qué cosa más!
—Hay sheriffs y sheriffs. No es preciso que le diga que Lowrie era un «fantasmón». En Texas no habría durado ni un solo día. Bueno, aparte que me ha parecido usted simpático, tengo buenas, razones, para desear no tener choques con usted.
—Yo mismo puedo aducir una de ellas, Masters —replicó cordialmente Kalispel—. Yo: tampoco quiero chocar con usted. ,Por qué no me. dice alguna de sus razones?
—Mire, joven, le diré una de ellas, y si usted esta de acuerdo con ella, le expondrá las restantes.
—¡Venga esa razón, tejano! ¡Me está resultando usted muy simpático! —exclamó sinceramente Kalispel.
—He hecho en dos ocasiones la misma vida de frontera que usted mismo, y en las dos con unos equipos: de vaqueros, más duros y crueles que los que usted ha conocido. Cuando tenía la edad que usted tiene, me uní a McNelly y sus rancheros tejanos. Más tarde trabajé con gentes que manejaban la pistola de un modo tan admirable como King Fisher, Wes Hardin y otros varios de la misma clase... Bien, el resultado de toda esta charla acerca de: mí mismo (y conste que no: me agrada hablar nunca de mí) es que creo que si usted y yo tuviésemos un encuentro, lo más seguro sería que no llevase yo la peor parte en él.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó Kalispel. La curiosidad le dominaba.
—Es una cosa razonable. Y, además, le vi cuando disparó contra Selby —dijo con satisfacción el tejano.
—Masters, tenga la seguridad de que no deseo que pongamos a prueba nuestras habilidades con la pistola. Y como prueba de ello, aquí está mi mano.
—Y aquí está la mía, joven —replicó el sheriff.
—Muy bien. Por esta vez, he tenido suerte. Ahora, dígame otra de sus razones para no desear verme pudriendo tierra.
—No me agrada Leavitt.
Kalispel hizo uno de sus apasionados y rápidos gestos.
—¡Ah...! Continúe. Es usted el sheriff más interesante que he encontrado en toda mi vida.
—Otra, es: que tampoco me gusta Borden.
—¡Ah!
—Y tampoco me gusta el rumor que se ha extendido por aquí.
—¿Qué rumor? —le interrogó fieramente Kalispel.
—Se dice que usted es uno de esos bandidos que están atracando a los mineros.
Kalispel lanzó una violenta maldición.
—.....! ¡Masters! Ésta es la última gota. ¿Y por qué me lo dice usted... si desea que sea un ciudadano respetuoso de las leyes y pacífico?
—Siéntese, siéntese, joven. Se ha exaltado demasiado —replicó el tejano, de aquel modo lento y tranquilo que era característico de él—. Escuche: desde el: mismo momento que comencé a hablar con usted, adquirí la seguridad de que se le calumniaba, que se contaban muchas mentiras y fantasías acerca de usted. Ya lo sospechaba antes de venir, pero no estaba seguro... Dígame la verdad, la verdad completa, sobre lo que se rumorea en el campamento acerca de la propiedad de los Emerson y del fraude de Leavitt. Cuento con su palabra de honor, joven. Éste es un momento muy importante en su vida. Es usted joven y no tonto. No bebe, no juega..., lo que me ha sorprendido mucho... Ahora dígame todo lo sucedido exactamente.
Con lo cual, Kalispel, conmovido hasta lo más profundo de su ser, contó con todo género de detalles y ateniéndose exclusivamente a la verdad de los, hechos su descubrimiento del valle, del placer y la mina de oro y todos los acontecimientos subsiguientes hasta la llegada de Jake y la celebración del juicio.
El tejano asintió meditabundo, mientras se acariciaba el largo y caído bigote.
—Le creo, joven —dijo por fin—. Leavitt se ha apoderado de lo que es de ustedes. Pero es tan posible que el hermano de ustedes, Sam, se fuera del valle... como eme no lo hiciera... Es preciso reconocerlo. Y la verdad de lo sucedido respecto a esta circunstancia, es cosa que jamás podrá averiguarse... Pero no puede decirse nada en definitiva. No sabemos lo que puede ocurrir.
—Eso solamente es lo que me obliga a abstenerme le acometer a Leavitt.
—Bueno, creo qué ahora tengo ya una idea exacta de la situación. Ya conozco la de Kalispel Emerson, por lo menos... ¿Cómo y por qué trajo usted aquí a Blair y a su hija? He oído hablar también de esta cuestión... y nunca en favor de usted.
—Los conocí en .Salmón. Pritchard y su cuadrilla habían olido el dinero. Y Borden persiguió a la muchacha. Se introdujo en su habitación, y yo lo arrojé de ella. Y por esta causa hice amistad con los Blair. Se entusiasmaron ante la posibilidad de venir conmigo en busca de oro. Y los traje en mi compañía... y me enamoré perdidamente de Sydney, la muchacha, durante el viaje. Al llegar aquí me sorprendí tanto al ver que el valle había sido invadido por los buscadores de oro, me enfurecí de tal modo, que perdí los estribos. Maté a Selback y me emborraché. Cuando me repuse, Leavitt haba empleado sus artimañas con los Blair, había destrozado mis posibilidades de volver a obtener la confianza de Sydney...
—¿De modo que ésa es la historia...? Y la muchacha, ¿le quería?
—Sí, me quería. Creo que, con el tiempo, habría llegado a quererme mucho más... —contestó Kalispel con tristeza—. Pero las cosas han marchado de mal en peor para mí. Leavitt es el que disfruta de la confianza de la joven. Y hasta es posible que sea tan loca que se case, con él, a menos que...A menos, de que usted desenmascare por completo a Leavitt— le interrumpió lentamente Masters—. Hasta ahora, tiene en su favor el hecho de que no ha hecho nada en contra de él.
—¡No ha sido por falta de ganas!
—Espere, espere, joven... Creo que tengo una buena idea. Sería conveniente que jugáramos una comedia para engañar a la ciudad. Durante cierto tiempo, usted y yo seremos enemigos declarados, aparentemente, siempre dispuestos a acometernos a tiros tan pronto como nos veamos. Pero no lo haremos jamás. Yo le proporcionaré algunos saquitos de polvo de oro, y usted comenzará a pregonar por todas partes, fingiendo estar borracho, que ha encontrado un yacimiento muy rico... Haga todo lo que pueda servirle de pretexto para enseñar el oro y alardear de hombre afortunado en sis búsquedas. Entonces, los bandidos le seguirán para robarle, creyéndole borracho. Pero será usted quien los detenga. Y de este modo, podremos descubrirlos.
—¡Ah! Serán muchos más los culpables que lo que usted pueda suponer. Masters, estoy dispuesto a ayudarle.
—¡Muy bien! Subiré por aquí esta misma tarde, después del anochecer... Dígame cuál es la cabaña de los Blair. Entraré a verlos al pasar por allí.
Kalispel lo hizo, y volvió a experimentar la sensación de que le clavaban una hoja en el corazón a ver a Sydney en el pórtico.
—Allá está Sydney ahora... Seguramente habrá visto que está usted aquí.
—No importa; les diré que he venido a verle con el fin de intentar convencerle de que se convierta en un joven juicioso y honrado, pero que todo ha resultado inútil. Añadiré que usted me ha colmado de maldiciones y de amenazas, que ha prometido matarme tan pronto como vuelva a verme, que no hay posibilidad de regeneración para usted...
—¡Ah! —gimió Kalispel, acobardado.
—Estoy seguro, joven, de que lo diré de un modo tan dramático, que obligaré a la joven a derramar lágrimas por usted.
—Muy bien, sheriff... Si consiguiera usted arrancarle lágrimas, sería capaz de hacer cualquier sacrificio por usted... Y ya que va a visitar a diferentes personas, no se olvide de Dick Sloan y Pepita. Son dos jóvenes a quienes querrá inmediatamente... Los encontrará al otro lado del puente...
Al día siguiente, Kalispel llevó a su hermano Jake consigo hasta la vertiente del lado sur de la montaña y recogió la carne de dos alces. Una manada de varios centenares de cabezas había llegado a aquel lugar, que era, indudablemente, su punto de estancia invernal.
—Jake, tengo una gran idea —anunció Kalispel.
—Las ideas son grandes cuando son grandes —replicó su hermano de manera muy poco comprometedora.
—Cuando lleguen los fríos y tengan fuerza suficiente para helar la carne, vendremos y mataremos un centenar de estos animales y los llevaremos a la explanada alta del valle. Los colgaremos, de aquellos altos sauces, y tendremos carne para vender durante todo el invierno.
Jake no expresó entusiasmo por este proyecto. Sin embargo, cuando Kalispel le hubo revelado la estratagema que Masters había ideado como medio para desenmascarar a los bandidos y, posiblemente, para descubrir algo más importante, se mostró muy interesado en el proyecto.
Aquella misma noche, Kalispel bajó a la tienda de Sloan. Antes de que hubiera subido los escalones que se hallaban ante la entrada, oyó la profunda y agradable voz de Dick y la risa argentina de Pepita. Ambos sonidos vibraron gratamente en los oídos de Kalispel.
—¡Eh! —gritó—. ¡Me he invitado a cenar con vosotros!
—¡Entra, entra, salvavidas! —respondió alegremente Dick.
—¡Oh, es Kal! —articuló una voz atiplada y llena de entusiasmo. Y Kalispel se vio muy pronto acometido, abrazado y besado por lo que parecía ser un muchachito hermoso, menudo, de rostro sonrosado y dorado cabello, que estaba vestido con unos pantalones azules—. ¿Dónde has andado durante tanto tiempo?
—He estado maquinando un asesinato, muchachos —respondió Kalispel, con una voz y una sonrisa que demostraban que estaba bromeando.
—Hemos oído decir algo... Yo iba a ir a verte esta noche; pero ese condenado sheriff nuevo, vino a visitarnos ayer por la tarde. Se ha mostrado muy simpático conmigo y con Ruth, pero cuando hablamos de ti, movió condenatoriamente su cabezota de búho.
—Nos resultó muy desagradable solamente por eso, Kal —añadió Pepita, que se encontraba con la cabeza apoyada en el pecho de él y levantó los ojos para mirarle al rostro—.
¿Han conseguido esos malvados ponerle en contra tuya?
—,Sí... ¡Maldición...! ¡Qué aspecto más admirable tenéis! —dijo Kalispel variando de tema y observando el maravilloso cambio que se había operado en la muchacha. Su rostro había perdido la palidez; las huecas mejillas se habían redondeado; sus rojos labios, que antiguamente parecían trazar una mueca de amargura, tenían una expresión de dulzura; los azules ojos, ya no eran ventanas del dolor. Era una mujer feliz. Le pareció increíble, mas Kalispel tuvo que aceptar la verdad que le brindó su escrutinio—. Siempre has sido linda, Pepita, pero, ¡diablos!, ahora eres hermosa.
—No, ya no soy Pepita, ni siquiera para ti. Soy Ruth.
—Perfectamente, eres Ruth. ¡Demonios! Si hubiera sospechado que ibas a ser tan hermosa y tan feliz, te habría atrapado para mí.
—¡Kal! —exclamó alarmada la muchacha.
—De verdad que te quiero muchísimo, Ruth.
—¡Eh, eh! ¡Deja de hacer el amor a mi novia! —le ordenó alegremente Dick—. Ya es bastante lo que te quiere..., quizá demasiado. Y no estamos casados todavía.
—Siempre... le querré, Dick —dijo con calor la joven.
—No tengáis temor de que se me destroce de nuevo el corazón —exclamó conmovido Kalispel.
—Kalispel, ¿cómo marchan tus relaciones con Sydney? —preguntó Ruth mientras le observaba de la manera que suelen hacerlo las mujeres.
—No sostenemos relaciones de ningún género.
—Tendré que ir a visitar a esa muchacha —declaró Ruth, en un tono que parecía contener una amenaza para la señorita Sydney.
—La he visto con Leavitt —afirmó gravemente Dick—. No me parece bien.
—Está muy mal —añadió, con indignación Ruth—. ¿No habrá alguien que le diga la verdad acerca de Rand Leavitt?
—Debernos ser uno de nosotros quien lo haga. Nadie sino tú, yo y Kal sabemos la verdad. Y el decirle lo que en realidad es Leavitt puede resultar, si ella lo cree, condenadamente peligroso para nosotros. Leavitt y Borden son como uña y carne.
—No os preocupéis, por eso, amigos. Sydney lo descubrirá por sí misma algún día, probablemente demasiado tarde —respondió sombrío Kalispel.
—Kal, Cliff ha venido a verme dos veces hallándose ausente Dick —dijo Ruth.
—¡Ah...! ¿Y qué te dijo?
—La primera vez se mostró muy amable y quiso convencerme a fuerza de razones.
Quería que volviera al salón de baile y me hizo unas ofertas exageradas. Pareció hacerle mucha impresión el cambio que he experimentado; e intentó hacerme el amor. Se rió cuando le dije que Dick y yo no vivíamos juntos. Y se puso triste cuando supo que vamos a casarnos.
Se marchó enojado y diciendo que volvería pronto a verme. Anteayer vino de nuevo. Se comportó de una manera muy diferente y me amenazó. Le grité todos los insultos que conozco y le eché de aquí. Pero estoy preocupada, Kalispel.
—¿Qué haremos? —preguntó Dick ansiosamente—. Si mi placer no estuviera produciéndome tanto oro, Ruth y yo nos marcharíamos. Pero eso sería tanto como arrojar por la ventana el dinero que puede servirnos para comenzar nuestra vida más adelante.
—Creo que lo mejor será que me dejéis encargarme de arreglar la cuestión —contestó Kalispel.
—En ese caso, no tendríamos motivos para inquietarnos —declaró Ruth—. Esta Ciudad del Trueno no es el campamento más terrible que he conocido; pero es falsa y ruin. No puedo soportar a sus hombres. Ni Dick tampoco. Ni podemos luchar contra ellos. Tú puedes hacerlo, Kal. Y yo, que nunca había rezado desde que era pequeñita, doy continuamente gracias a Dios por tu ayuda. Eso es. todo. Habla con Dick mientras preparo la cena.
Kalispel salió acompañado de Sloan, y ambos pasearon de un lado para otro.
—Ruth ha visto a través de Masters —dijo Sloan—. Tenemos la seguridad de que no es tan enemigo tuyo como finge ser.
—Dick, ese tejano es un hombre en el que se puede tener confianza, Yo diría que no es enemigo mío... Pero guardaos esta opinión para ti y para Pep... Ruth. La verdad es que Masters quiere que yo simule estar borracho y que vaya por ahí enseñando unos saquitos de oro... que él mismo me ha entregado... y que provoque a algunos de esos bandidos para que me atraquen.
—¡Es estupendo! —exclamó sorprendido e interesado Dick—. ¿Te arriesgarás a hacerlo?
—Me ha parecido una cosa muy conveniente.
—Apostaría cualquier cosa a que esos ladronzuelos no se atreven a intentar atracarte.
Quienquiera que sean, ya sean mineros, placeadores o buscadores, te conocen, y...
—De todos modos, el intentarlo no puede resultar perjudicial, para nosotros.
—Puede ser perjudicial para ti en lo que se refiere a Sydney Blair.
—No puedo estar respecto a ella en peor situación que ahora.
—Ruth parece suponer que tienes ciertas posibilidades ahora de recobrar su amistad. No las malogres al convertirte en un rufián.
—Me ha interesado la proposición. Sydney se va a llevar cualquier día el mayor desengaño de toda su vida.
—No debes permitir que se case con ese ladrón de Leavitt, Kal —declaró apasionadamente Dick—. ¡Aunque no la quieras! Y si yo fuera un hombre que supiera manejar la pistola como tú, créeme, me lanzaría contra Leavitt.
—Ten cuidado con lo que hablas —le aconsejó Kalispel—. Ruth sabe y habla demasiado.
Posee valor. Pero Borden y Leavitt tienen este campamento en un puño... y podrían perjudicarte. Y si yo los matara antes de descubrirlos, dos terceras partes de los habitantes de la ciudad se sublevarían y me ahorcarían. Y entonces, además, perdería la posibilidad, de averiguar si verdaderamente Leavitt mató a Sam.
—¡Claro que lo mató! —gritó Dick—. Ruth me lo ha dicho. jura que es cierto.
—¿Qué dices?
—Ni más ni menos que la verdad. Ruth lo sabe a ciencia cierta, aunque no puede probarlo.
—¿Cómo es posible que lo sepa con tanta seguridad y no pueda probarlo?
—Dice que es un poco como resultado de lo que ha oído y un poco como resultado de lo que «siente».
—Todo eso no serviría de mucho ante un tribunal de justicia.
—Debemos creerla. Masters la creería también. Pero nadie más pondría confianza en lo que dijera una muchacha de un salón de baile. Y esto es lo malo de la cuestión.
Kalispel reconoció que era cierto. Leavitt tenía a su lado a muchos mineros de Boise, que obtenían beneficios de la mina de cuarzo. El apoderarse de la mina por la fuerza, parecía una tarea de imposible realización. Y el hacerlo por otros procedimientos no dejaba casi lugar a la esperanza. Kalispel comprendía que no estaba lejano el día en que debería abandonar, pues, por completo esta esperanza. Y en tales circunstancias, lo único que anhelaba era provocar un encuentro corto y azaroso con Rand Leavitt.
Aquella noche, Kalispel comenzó su fingida ronda de jarana y holgorio. Entró tambaleándose en todas las tabernas de la calle, oliendo a ron, invitando a todos los vagos a beber con él, mas haciéndolo de modo que no pudiera embriagarle. Exhibió por todas partes un grueso saco de pepitas de oro. Los jugadores le hicieron muchas invitaciones para que se uniera a sus partidas.
—¡Hum! ¡No tengo timo... para jugar! —replicaba—. ¡Lo que quiero... es beber... v a fuerza de tiros a toda la ciudad...! Soy un hombre malo..., lo soy..., y ando buscando quien quiera verse la cara conmigo... Voy a dejar seco... a ese «gachó» del salón de baile... y piojoso ladrón... de minas...
En todos los lugares a que concurrió causó una verdadera sensación. La noticia voló de boca en boca: —¡Kalispel Emerson está hecho una furia!
Los rumores se apaciguaban un poco cuando entraba en algún local, con el rostro blanco, tambaleante, alborotado, con un saco de oro en la mano izquierda; las sillas eran arrastradas por el suelo, o caían, o las abandonaban los jugadores; los atestados bares y las cantinas se convertían en un mar de rostros; la muchedumbre se abría para permitirle el paso, y volvía a cerrarse de nuevo para seguirle por la calle. Kalispel interrumpió el baile en el salón y apagó las luces a fuerza de tiros. Finalmente, vacilando haciendo eses por el centro de la calle, y cantando una canción de bebedores que había aprendido en los ranchos, se encaminó hacia las afueras de la población. Pero la estratagema no produjo ningún fruto aquella noche.
Cuando llegó a su cabaña, Kalispel estaba cansado y disgustado.
A la mañana siguiente vio cómo el sol asomaba tras el borde de la montaña.
Los estados de ánimo de Kalispel podían despertar con él al nacer el día o seguirle en su camino y apoderarse de él durante la jornada; pero jamás eran duraderos. Cuando aquella mañana se encontró en completa soledad, sus mórbidos pensamientos comenzaron a abandonarle, a desprenderse de él como escamas de un pez. El trabajo de trepar a las, alturas, el olor de los pinos y de los abetos, la estancia entre los dorados riscos, el melancólico gorjeo de los pájaros que se dirigían hacia el sur, y le tenue canción de los insectos que parecían plañir la muerte del verano, el color y la soledad de las mesetas, la libertad de las alturas, la vida silvestre que se extendía ante su mirada, todo esto y las múltiples fases de la Naturaleza, más y más gozosa de contemplar a medida que pasaban los días, comenzó a suavizar los efectos de la derrota, de la aflicción y de la sordidez del gris campamento que se extendía allá abajo.
El valle era ya un espantoso manchón en la Naturaleza, una colmena cuadriculada de abejas afanosas, una prueba de cómo los hombres destrozan la Naturaleza en su locura por el oro.
Desde el lugar en que se hallaba, Kalispel podía ver la totalidad de la pendiente de la montaña que se inclinaba sobre el campamento minero. Con su gran extensión, empequeñecía la del valle. No miraba jamás aquella inclinación de tierra, de varias millas de extensión, desnuda, blanda, sin que se viera acometido del temor que creaba su amedrentador aspecto.
El bajo zumbido que parecía un trueno y que brotaba inesperadamente, con variables frecuencias, el rostro sombrío del declive, su superficie desnuda, moviente, lívida..., todo esto, para la mirada de un montañero, estaba cargado de amenazas.
Pero en las restantes direcciones el panorama era hermoco; un mar de rocas, dentado, hendido, erizado de picachos, escarchado, que despertaba el recuerdo de las profundidades de los cañones y el bramido de los, arroyos que corrían por su fondo.
Kalispel condujo los cargados burros hasta el borde de la cuenca en que trabajaba, y atándolos, comenzó su acecho.


X
Aquella noche, a las altas horas, al resplandor vacilante de la hoguera de Kalispel, Blair parecía un hombre que tuviera miedo hasta de su misma sombra.
—Oiga, Blair, es muy peligroso venir a buscarme a hurtadillas —le advirtió Kalispel—. En medio de la oscuridad, no me es posible tener la seguridad de que quienes se aproximan sean amigos míos. Y el Señor sabe bien que el número de mis enemigos se multiplica constante.
—No lo... había pensado. Perdóneme..., Kal... —jadeó Blair, mientras se dejaba caer sobre un asiento. No estaba bebido, pero resultaba evidente que se hallaba bajo los efectos de una gran depresión moral—. Leavitt y Sydney me han sermoneado... mucho durante los últimos tiempos... flan convertido mi vida en un infierno. No quería que me vieran venir... aquí... y esperé hasta que fuera de noche.
—Hace ya bastante tiempo que es de noche —replicó Kalispel mientras escrutaba en el rostro macilento de su colocutor—. He venido muy tarde. He tenido que traer mucha carne...
Bien, ¿qué es lo que le aflige?
—Estoy arruinado.
—¡Eso no es nada! Yo he estado arruinado muchísimas veces.
—Usted es joven, y a usted no hay nada ni nadie que le importe un pepino.
—Es cierto. Pero puede usted hacer lo mismo que yo. Apresurarse, y comenzar de nuevo.
—No puedo. Esto de buscar y extraer oro estaba muy bien para mí cuando obtenía cierto provecho y no tenía que trabajar mucho. Pero soy hombre acabado. Y el juego..., el juego es mucho peor. ¡Soy un idiota! Tenía veinte mil dólares cuando llegamos aquí. ¡Todos han volado!
—¡Cómo...! ¡Veinte mil dólares! ¡Dios mío! ¿Ha jugado y se ha bebido toda esa cantidad?
—No, no, de ningún modo. Compré dos parcelas de terreno, como usted sabe. Y luego escondí diez mil dólares en mi vivienda..., el resto lo empleé en vivir y en mi...
—¡Ah! Eso es diferente —le interrumpió Kalispel—. Si tiene usted diez mil dólares no puede decir que está arruinado.
—No los tengo. ¡Me los han robado...! Los tenía guardados en una cartera de cuero grande que escondí entre la grieta de dos maderos, en lo alto, donde creí que nadie podría encontrarlos. Pero hubo alguien que los encontró. Sydney salió y dejó abierta la puerta de la cabaña. Fue a la ciudad con Leavitt. Esto sucedió la noche en que usted se emborrachó y fue armando alborotos por todo el campamento.
—Sí, creo que me excedí un poco en mi entusiasmo —afirmó lentamente Kalispel—. Si Sidney bajó a la ciudad, es de suponer que me viera.
—¿Le vio...? Supongo que sí. Tuvo una trifulca con Leavitt. Y. después, se enfadó mucho conmigo. Hasta me pareció que estaba más enojada por lo que usted hizo que por la pérdida de nuestro dinero.
—¡Hum! —exclamó Kalispel—. Me parece que se equivoca usted, Blair.
—Siempre me he equivocado —replicó, en tono lastimero Blair—. Pero todavía tengo oídos. Y todavía puedo oír. Y oí que Sydney se enfurecía con Leavitt... a cuenta de usted.
Evidentemente, Leavitt haba estado hablando mal de usted, y ella, mujer al fin, le acometió fieramente cuando vio que lo, que había dicho resultaba cierto. Más tarde hizo lo mismo conmigo. Yo no tengo tacto. Me siento muy quisquilloso desde hace una temporada. Y cuando le dije: «Si tanto pareces apreciar a Kalispel, ¿.por qué diablos has permitido que no se acuerde de ti?», creí que iba a arrancarme el cabello.
¡Soy un imbécil! —murmuró Kalispel, completamente estupefacto.
Sydney terminó asegurando que le desprecia... Que si vuelvo a hablar con usted me abandonará..., y que para ella usted ha muerto.
Kalispel se hundió en un profundo mutismo. Su conciencia no le permitía más que formularse esta interrogación: «Pero ¿es tanto lo que le importo?»
—Mas, volviendo a la cuestión del dinero —continuó Blair—, le diré que no me atreví a manifestar a Sydney que Leavitt no era ajeno el robo. Claro que no tengo ninguna prueba material en que apoyarme, Kalispel, y que debía avergonzarme..., pero, de todos modos, ¡que los diablos me lleven si no creo que él pudo ser el ladrón! Nadie más estuvo aquel día allí..., por lo menos dentro de la vivienda.
—Bien, hay también por lo menos otros dos hombres más en el campamento que piensan lo mismo que usted: Jake y yo —declaró Kalispel—. Pero no podemos asegurar nada en definitiva, Blair.
—Es posible. Estoy averiguando muchas cosas... Leavitt sólo tiene una participación de una cuarta parte en los rendimientos de la mina de cuarzo. Ha tenido que entregar el resto a los mineros de Boise para que respalden la explotación con su capital. Ha dicho a Sydney que han invertido alrededor de trescientos mil dólares en el neocio. Y últimamente han llegado a una zona en que la mina produce granito sólido... El ingeniero que estuvo dijo que debajo del granito encontrarán de nuevo cuarzo, pero que para ello será necesario traer un martinete de cien toneladas. El gasto es grandísimo. Leavitt no cree que esté justificado un gasto tan importante, que la mina no lo vale. Y declaró también a mi hija que cuando llegue la primavera se marchará de la Ciudad del Trueno, y que quiere llevarse a Sydney y casarse con ella... Todo lo cual ha pedido a Sydney que lo mantenga en el más riguroso secreto.
—Todo eso es muy extraño, desde el principio hasta el fin —murmuré Kalispel, como si estuviera solo—. Pero Leavitt es un embustero completo.
—¿Por qué ha de querer que todo se mantenga en secreto? Eso de que la mina de oro se ha convertido en mina de granito será muy pronto conocido de todos.
—Sin duda, cree que todos los trabajadores de la mina son mudos. Es posible que Leavitt tenga otros proyectos y otros intereses: por ejemplo, ¿sabe usted que es, socio de Borden en ese negocio del salón de baile?
—Eso es nuevo para mí. Completamente nuevo. Me pregunto qué dirá Sydney cuando lo sepa.
—No querrá creerlo, puesto que está loca por ese hombre.
—La encuentro muy extraña desde hace unos días. Sospecho que el venir aquí ha sido una catástrofe para ella, lo mismo que para mí.
—Blair, si eso no es todavía cierto por completo, lo, será muy pronto..., a menos de que yo encuentre alguna razón satisfactoria para matar a Leavitt.
—Y yo diría que es verdad.
—¡Hum! ¡Si pudiera obligarle a una lucha cara a cara ante testigos..., sería hermoso! Lo intentaré la primera vez que lo encuentre. Pero, si no puede rehuir el encuentro, es seguro, que intentará rehuir la pelea... Y, compréndalo usted, si le mato, como quiera que sea, los hombres de su cuadrilla me colgarán de un árbol.
—Es un lío sin solución. Yo he fracasado; mi hija se deja arrastrar por la corriente, usted recupera sus antiguos hábitos. . Y si intenta usted solucionar el problema, conseguirá que lo maten a tiros o lo ahorquen... Y entonces no tendremos ni un solo amigo.
—Siempre podrá contar usted con Leavitt —replicó Kalispel con una sarcástica expresión fingida.
—¡No he caído aún tan bajo como para aceptar la protección de ese hombre!
—¡Caramba, hombre! Le ha vendido a usted unas propiedades que no valen nada, preparadas .para engañarle, a precios enormes... Pídale dinero prestado.
—Ya me había dicho usted eso, mismo. ¿Quiere decir que escondió entre la arena un poco de polvo de oro con el fin de hacerme creer que era un depósito natura?
—Es un truco muy viejo entre los buscadores de oro y los granujas.
—Ha habido otras muchas propiedades que comenzaron a producir oro del mismo modo, y todas ellas fueron adquiridas por hombres que no vinieron en los primeros momentos de la invasión.
—Lo que fortalece mi suposición.
—Entonces... no hay posibilidad de reparación —dijo Blair con decisión.
—No hay mas reparación que por medio de la sangre —replicó Kalispel.
Blair se puso en pie y comenzó a alejarse, encorvado y trabajosamente, como un hombre que estuviera abrumado por un gran peso.
—Comunique a Sydney que iré a verles muy pronto —le dijo Kalispel—. Y... no se sorprendan por nada de lo que suceda.
—Será mejor que no vaya. Sydney es capaz de... Pero, ¿qué quiere usted decir?
—Espere y lo sabrá. Y Blair, si tiene usted un poco de cordura, intente meditar sobre la situación y pensar un poco.
Blair se alejé, farfullando para sí mismo. Kalispel se puso inmediatamente a desasearse y a adquirir un aspecto de borracho tan perfecto como le fue posible, en armonía con el papel que se proponía desempeñar. Quería obtener el mejor partido posible de él, y pensó que en el caso de que consiguiera ver a Sydney, el suceso constituiría una verdadera aventura.
«¡Demonios!», se dijo, mientras se ponía en camino. «Me he visto tantas veces de este modo en realidad, que el fingirlo ahora me resulta muy fácil. ¡Sydney no podrá dudar ni un solo instante!»
El pórtico de la cabaña de los Blair se hallaba a oscuras y la puerta estaba cerrada.
Kalispel descubrió una rendija por la que se filtraba un rayito de luz, y comenzó a subir las escaleras a trompicones, resoplando ruidosamente, y se dejó caer contra la puerta.
—¡Por aquí... solía haber... una puerta...! —gruñó.
Después de palpar y manosear, llamó ruidosamente con los nudillos. La puerta se abrió con rapidez suficiente para que Kalispel pudiera comprender que Sydney le había oído antes de que llamara. Sydney tenía el aspecto de una reina ofendida, que era, al mismo tiempo, de curiosidad. Kalispel la aparté a un lado y entró atropelladamente. La habitación estaba radiante con la lámpara y el fuego, muy agradable y muy vistosa. Blair se quedé mirando con asombro al intruso.
—¡Hola... Blair! —dijo Kalispel al mismo tiempo quo se sonaba la nariz tímidamente ¿Dónde está esa... esa hermosa hija... de usted?
—Es ella:ha abierto la puerta —respondió Blair;y, repentinamente, volvió el rostro para ocultar una sonrisa.
—¡Ah! ¿Es... usted, Sydney? —dijo: Kalispel volviéndose hacia la muchacha.
—¡Váyase de aquí! —le! ordenó ella, enojada, disgustada, con expresión de aflicción.
—Tengo que decirle que... ya no volveré a beber... más..., que voy a ser dife...
diferente... y que quiero volver a ser amigo suyo.
No lo será usted!
—¡Eh, Syd, sea razo... razonable! —suplicó Kalispel en tanto que dirigía hacia ella, con intención de asirla, sus temblonas manos. Ella huyó de él, como si toda su persona estuviera contaminada—. Antes... antes... me quería usted mucho.
—Sí, lo lamento mucho, y me avergüenzo más de ello —respondió Sydney acaloradamente. Sin embargo, Kalispel la fascinaba.
Kalispel se aventuró a producir una dramática y súbita transformación.
—Oiga, joven... Esas hablillas que corren por ahí... ¿No está usted permitiendo que Rand:
¿Leavitt la obsequie con exceso?...
—Eso es cosa que no le importa a usted, señor Emerson... Pero sí, lo permito.
—Yo diría que debería usted: estar avergonzada de ello.
—Pues no lo: estoy. ¿Por qué habría de estarlo? Rand Leavitt es.... Bien, todo lo que no es usted.
¡Usted lo ha dicho, señorita, y tiene razón! Ja, ja! Siendo, como soy, un hombre malo, no soy lo suficiente ruin para hacerle el amor a usted... y marcharme, tan pronto como me separase de usted, a hacer lo mismo con las muchachas de los salones de baile —exclamó Kalispel apasionadamente, olvidándose del papel que estaba desempeñando. Pero todo lo que ella percibió fue el contenido de sus palabras, no la forma como eran pronunciadas.
—¡Oh, embustero!... ¡Váyase! No permitiré que siga ofendiéndole en mi propia casa.
—Y voy a mataría —siseó Kalispel.
—Es posible que quiera hacerlo —replicó ella bravamente, aun cuando pudo apreciarse con claridad que temblaba—. Ya no le tengo tanto miedo como antiguamente. ¡Usted no es más que un fanfarrón! Y si lo que he oído decir es cierto, va usted a ser detenido antes de que pueda intentar cometer esa hazaña.
Y estas palabras desalentaron a Kalispel. Resultaba inútil el fingir ante aquella muchacha. Se hacía preciso presentarse tal y cómo se era..., o se ponía uno en situación ridícula. Kalispel se secó el rostro, se arregló el despeinado cabello y, abandonando con rapidez su fingida actitud, se • transfiguró y le dirigió una mirada que ningún hombre borracho habría podido dirigir a nadie.
—Señorita Blair —dijo con voz vibrante como una campana, en tanto que se inclinaba burlonamente ante ella—; debo estar agradecido a la estratagema que había ideado, ya que me ha servido para averiguar lo que piensa usted de mí. Estoy tan decepcionado de usted, como usted de mí. Creía que era usted una señorita encantadora, demasiado prudente para permitir que se la pusiera en ridículo, y lo suficientemente leal para volver al lado de sus amigos. Pero al fin y al cabo, veo que no es más que una mujer corriente y ordinaria. Ha sido una presa fácil para ese bellaco de Leavitt. Tendría usted merecido que le permitiera correr tras usted y arruinar su vida, como ha arruinado la de su padre. Y es posible que lo permita... Y en lo que se refiere a ofensas..., ¡tome esto como pago por las que me ha dirigido!
Y la abofeteó en el rostro; no duramente, pero tampoco con suavidad. La joven abrió la boca consternada, retrocedió, se llevó la mano a la marca roja que en su mejilla había brotado, y abrió los ojos con sorpresa, furor e incrédula confusión.
Kalispel salió de la estancia, cerró la puerta con un fuerte golpe. Jamás, en ningún instante de toda su vida, se había dejado arrastrar por la ira como en aquel momento.
—¡Oh, papá..., no... no estaba borracho! —exclamó arrebatadamente Sydney—. ¡No estaba borracho! Y, sin embargo, me ha golpeado... ¡No lo comprendo! ¡En todo esto hay algo...
malo, terriblemente malo! ¡Oh, sus ojos! ¡Matará a Rand! ¡Sí, lo matará! Lo he visto en sus ojos... ¿Qué puedo hacer para...?
—Me parece, hija mía, que nada puedes hacer —oyó Kalispel que decía Blair—. Y lo que no debes hacer es salvar la podrida vida a ese malvado de Leavitt. ¡Al menos, de las manos de Kalispel! Por mi parte, yo no movería ni un solo dedo para evitar su muerte.
—¡Oh, sería horroroso..., si luego lo ahorcaran!
Kalispel terminó de bajar las escaleras, y ya no pudo oír más. Lo que había oído era suficiente para apagar su furor, como una tormenta apaga una bujía, y continuó caminando al aire libre...
Permaneció sentado durante cierto tiempo apoyado en un tronco de árbol, rodeado de oscuridad. La conclusión a que llegó con sus meditaciones fue que la sorprendente reacción de Sydney ante las afirmaciones de él estaba compuesta por el temor de que Kalispel matase a Leavitt y el temor a que él mismo fuese ahorcado como consecuencia de este acto. Kalispel se lamentó de haber obrado tan impulsivamente. Sus celos y su hábito de intentar incitar a la muchacha para que pudiera ver la verdad de su situación, le obligaban siempre a obrar de una manera equivocada. Su último arrebato de locura le sumió en una negra desesperación.
Sydney todavía le guardaba algún cariño, o se sentía, por lo menos, envuelta en lo que él hiciera o responsable de ello en cierto modo.
Finalmente, recordando la comedia ideada por Masters, el joven se dirigió a la ciudad.
Las luces y los ruidos familiares, el ambiente descarnado de la calle, el olor a ron, el humo, el polvo de serrín, los mineros de voces espesas, barbudos y toscos, los fulleros de ojos de águila, todo le pareció a Kalispel triste aquella noche. Había resuelto no excederse en el desarrollo de su papel, mas, con toda probabilidad, se había quedado corto. De todos modos, creía que debía de haber creado la impresión de que se lanzaba, pistola en mano, en persecución de algún hombre. Lo cual, se dijo después de reflexionar, era cierto. Tenía interés en «verse las caras» con Borden, principalmente, y estaba seguro de que tendría que recurrir a procedimientos extremados para conseguir que el tal hombre se prestase a la lucha. En lo que se refería a Leavitt... Leavitt estaba protegido por la influencia que Sydney ejercía sobre Kalispel. Sydney le coaccionaba. Su absurdo temor a incrementar el disgusto que la muchacha experimentaba por él, acaso le condujera a seguir permitiendo que Leavitt viviera, o a ser él mismo la víctima de los disparos.
Cuando menos por lo que se refería a aquella noche, Kalispel renuncié a su propósito y dio vueltas y más vueltas en la imaginación al creciente proyecto de intentar obrar de una manera menos perceptible para los demás, pero que condujera a los mismos fines. Volvió a su cabaña, se quitó las botas y se puso los toscos zapatos que él mismo se había confeccionado, regresó a la cabaña de los Blair, y se detuvo al pie de una de las ventanas iluminadas para escuchar. Alguien se movía en el interior, pero, evidentemente, los Blair no tenían compañía.
Kalispel decidió poner en práctica un proyecto que había meditado largamente: seguir a Leavitt incansablemente, como un indio que buscase la ocasión de satisfacer un deseo de venganza. Sabía que siempre había alguien de guardia en la mina de cuarzo, una de cuyas entradas se hallaba situada a un paso de la residencia de los Blair. Si la ocasión lo requiriese, Kalispel podría reducir al guardián; pero, ante todo, necesitaba obrar con prudencia hasta el momento en que pudiera adquirir la certeza de que Leavitt, como sospechaba,seguía las huellas de Henry Plummer, que había sido el más famoso de todos los jefes de una ciudad minera de la frontera, y que durante todo el tiempo que duró su jefatura fue, al mismo tiempo, el inspirador y director de la cuadrilla más inclemente y sanguinaria de cuantas jamás ha podido haber en las ciudades de este género.
Kalispel se confesó que era el más obstinado de todos los vaqueros y que nunca se cansaría de seguir una pista en el caso de que encontrase las más ligeras señales de lo que.
buscaba. En aquel caso, lo único que hasta entonces había podido hallar era el brillo encubierto y duro de la mirada de Leavitt.
Y se encamino, sobre las peñascos diseminados, hacia el borde de la desnuda ladera.
Una vez más, le acometió el pensamiento de lo que todos los habitantes, enloquecidos por la fiebre del oro, de la Ciudad del Trueno, parecían ignorar: la amenazadora actividad de aquella vasta montaña. La ciudad estaba situada precisamente a su pie. La cabaña de Kalispel, y otras muchas, se hallaban instaladas cerca del arroyo, en dirección al Oeste, y estaban fuera del alcance del posible y terrible deslizamiento de tierras. El hecho que más claramente se ofreció a la observación de Kalispel era que, en el caso de que la Montaña del Trueno se deslizase, cuando lo hiciese, la Ciudad del Trueno quedaría totalmente destruida y el Valle del Trueno se convertiría en un lago. El débil ruido de la tierra que se deslizaba, el débil sonido de las piedrecitas que rodaban por la pendiente, que siempre podían ser oídos en las horas de silencio, daban fe de la inestabilidad de la montaña y encerraban unas advertencias de catástrofe.
Las luces que brillaban en la oscuridad señalaban la situación de la mina, pero la fragua, los edificios inmediatos y la vivienda de Leavitt no pudieron ser vistos por Kalispel hasta que se encontró junto a ellos. No estaba realizando un trabajo desconocido para él. Muchas de las labores propias de un vaquero tenían que ser realizadas por la noche, de modo que, en su ejercicio, Kalispel había aprendido a ver en la oscuridad, como les gatos. Además, había sido un fugitivo en más de una ocasión. Y muchas veces habíase visto obligado a seguir las huellas de los ganados robados en medio de las sombras de la noche. Era una cosa conocida de él aquella inactiva vigilancia, aquella manera de escrutar la oscuridad, de escuchar con oídos de cervatillo. Y en aquellos momentos la labor se convertía en una profunda pasión suscitada por las sospechas e incrementada por los celos.
Avanzó paso a paso, lentamente, hasta que se detuvo junto a una empalizada con alambre de espino que rodeaba la propiedad de Leavitt. No pudo ver las luces que le habían atraído. Siguiendo la barrera, Kalispel dio vuelta al llegar a una esquina. Enormes montones de peñascos, extraídos de la mina, le ofrecieron protección y encubrimiento para acercarse a la cabaña. Finalmente, cruzó la cerca y se encontró en terreno descubierto. La gran cabaña de Leavitt se hallaba a uno de los costados, y arrojaba a través de las puertas y ventanas brillantes resplandores de luz. Unas pisadas lentas sonaban en el pórtico; llegaban voces desde el interior; la negra sombra de un hombre interceptó la luz.
Kalispel se ocultó tras un peñasco para escuchar, para observar y meditar sobre lo que debería hacer más tarde. No podía distinguir lo que se decía en la cabaña. Necesitaría, para conseguirlo, aproximarse a una de las ventanas. Era una acción que parecía imposible de realizar, puesto que el guardián rondaba por el espacio comprendido entre la puerta y el terreno emplazado ante la mina.
Kalispel vigiló durante largo tiempo, en cuyo transcurso el guardián abandonó dos veces el pórtico para pasar entre Kalispel y la cerca. No habría sido difícil para él sorprenderle y derribarle, pero no había necesidad de hacerlo por el momento, ya que no: le proporcionaría ninguna ventaja, y, contrariamente, serviría para que Leavitt supiera que se le vigilaba.
Esperó hasta que el guardián pasó ante él por tercera vez, y Kalispel salió de su escondite: y se arrastró a través del terreno despejado. Era una labor difícil que envolvía un riesgo diferente al de otra que pudiera realizarse estando de pie, preparado para hacer frente a cualquier eventualidad. De todos modos, sabía que no podía ser visto más que en el caso de que se tropezase en él fortuitamente. Había terminado precisamente de cruzar el espacio descubierto, cuando una de esas circunstancias que regulan el destino dispuso que el guardián se alejase del pórtico. Kalispel se inmovilizó y se aplastó contra la tierra. con la respiración contenida y la mano dispuesta, sobre la culata de la pistola. El guardián estaba fumando y hablando para sí. Pasó a una distancia de diez pies de donde Kalispel se encontraba y continuó la caminata hasta el lugar en que terminaba su ronda. Kalispel se arrastró hasta la cabaña y llegó hasta un punto situado bajo la ventana iluminada. Cuando hubo traspuesto el rayo de luz, se puso lenta y cautamente en pie y experimentó una sensación de alivio.
La voz de Leavitt llegó hasta él.
—Mac —ordenó—: di a Leslie que no se acerque al pórtico Unos pasos ruidosos sonaron a continuación de esta orden.
—Cliff, no me gusta ese hombre, Masters. ¡Que se vayan al infierno todos los tejanos! —continué Leavitt mientras aperreaba la mesa con los puños cerrados.
Kalispel se estremeció. ¡Leavitt y Borden juntos en la cabaña...!
—Bueno, de todos modos, hay que reconocer que se ha lanzado contra ese condenado pistolero entrometido —replicó Borden.
—¡Bah! ¿Se ha lanzado de verdad contra él? —contestó Leavitt—. A Masters le sucede lo que a los demás: que tiene miedo.
—Los mineros aseguran que Masters es un hombre entero y fuerte, de la vieja escuela tejana.
—Tanto más a mi favor. Si no tiene miedo, ¿por qué no encarcela a Emerson?
—Se lo he preguntado —contestó irritado Borden—. Y me dijo: «Hay que reconocer que no tengo motivos todavía para hacerlo.» Yo opuse: «Entonces, ¿qué opina usted del jaleo que armó la otra noche en mi salón de baile?» Y replicó: «Borden, si detuviera a Emerson por una falta como ésa, no podría tenerlo encarcelado para siempre, y cuando lo pusiera en libertad, es seguro que le mataría a usted.»
—Es posible, y no lo es. Ese vaquero infernal nos tiene acoquinados a todos. Fue él quien se llevó a Pepita. Y yo diría que lo ha hecho tanto por satisfacción propia, como por satisfacer a su amigo, a Sloan. ¿Has vuelto a ver a Pepita?
—Sí. No hay modo de convencerla. Es muy irritable y terca esa muchacha. Cuando no está bebida, no hay modo de convencerla.
—Bueno, déjala en paz. Ya estoy harto —afirmó en tono áspero Leavitt—. Sydney me ha dicho dos o tres cosas muy extrañas últimamente. Ha oído murmuraciones. O es posible que Emerson haya convencido a Blair de algo... Y Blair no quiere ni siquiera verme.
¡Tanto mejor! No tienes necesidad de cargar con él, lo mismo si te llevas que si no te llevas a la muchacha. Yo apostaría a que ya no hay posibilidad de exprimirle absolutamente nada más.
—Lo mejor será que olvidemos a Pepita —continuó diciendo Leavitt evasivamente—. Te he dicho que estoy harto. Y si te dieras cuenta de que ahora eres un hombre acomodado, te sucedería lo mismo.
—¡Demonios! Lo cierto, Rand, es que no sabía que estaba enamorado de esa criatura. Y es posible que no lo haya estado hasta que se marchó. Pero ¡si la vieras ahora...! Está infinitamente más guapa que esa mujer orgullosa de ojos violeta que te ha trastornado. Y, sea como sea, voy a obligarla a volver al salón de baile.
—¡Oye, oye! No me parece conveniente. No olvides que soy propietario, a medias contigo, del salón de baile. No puedo quejarme de los beneficios que produce. Pero no quiero que hagas más presión sobre Pepita para obligarla a volver.
—¡He de conseguir que vuelva! —insistió Borden.
—¿Cómo?
—He discurrido el medio de lograrlo.
—No. corras riesgos, Borden. No tienes que entendértelas con un hombre al que puedas eliminar sin peligro. Podrías, desde luego, deshacerte de Emerson sin correr riesgos; pero si hicieras: lo mismo con Sloan, los mineros se indignarían. Se han comportado de una manera razonable en lo que se refiere a los atracos. Si mataras a algunos hombres..., ¡ten cuidado con lo que haces!
—No acepto tus consejos —replicó hoscamente Borden.
—¿Por qué no? ¿No sabes que soy más listo que tú? Y te digo, ¡maldita sea tu condenada estupidez!, que Emerson te matará. Lowrie me dijo que habíais chocado hace tiempo y que si conseguiste salvarte fue gracias a Sydney. El vaquero estaba loco Por ella. Y ella no miraba con malos ojos al muchacho, créeme... ¿.Por Qué no quieres escucharme?
—¡Cuídate de tus asuntos! Yo me cuidaré de los míos.
—Comprendo. Ya veo que no formamos una pareja tan buena como creí que formaríamos.
—Leavitt, perdóname la crudeza —contestó, el otro acaloradamente—. Pero es preciso decir las cosas por completo, o no decir nada. Y he tenido confidencias de que eres el ;efe de la cuadrilla de atracadores, y...
—¡No hables tan alto, imbécil del demonio! —le interrumpió Leavitt con una voz que era como el tintineo de un metal frío—. Ya me habías insinuado eso mismo anteriormente. ¡No vuelvas a hacerlo!
—Bueno, ya están las cartas boca arriba —respondió Borden insolentemente—. Eres muy listo, pero no lo sabes todo. Tu mano derecha, ese hombre a quien llamas Charlie March, tiene una lengua muy suelta cuando bebe con exceso. Y se lo ha dicho a Sadie, y Sadie me lo ha dicho a mí.
Siguió un silencio embarazoso. Kalispel oyó el golpear de un lapicero, o algún otro.
objeto duro, sobre la mesa.
—¿Qué ha dicho? —preguntó fríamente Leavitt.
—Que tu veta de cuarzo se ha agotado; que estás enfadado porque tus compañeros han obtenido la mayor parte del oro; que ese proyecto de comprar un martinete de cien toneladas es un engaño; que te propones arramblar todo lo que puedas en la primavera y marcharte...
—Todo lo cual es cierto, Borden. Estos yacimientos estarán agotados muy pronto. Y...
comencé muy mal; los principios: fueron comprometedores para mí. Lo lamento, porque todavía quedará mucho oro en los placeres, y porque es muy probable que pueda hallarse alguna nueva veta de cuarzo.
—Gracias —replicó Borden con aspereza.
En aquel momento, Kalispel oyó que los hombres hablaban mientras paseaban de arriba abajo por el camino que él podía seguir para marcharse.
—Borden, estás patinando sobre una capa de hielo muy delgada, más delgada que la de cualquier otro hombre del campamento. Te lo digo una vez más: no confíes en ese Masters.
Deja en paz a Pepita. Procura no interponerte en el camino de Emerson.
Parecía ser que el turno de permanecer silencioso había llegado para Borden. En la quietud subsiguiente, Kalispel tuvo que luchar contra algo demasiado fuerte para que pudiera ser reprimido; era un fiero impulso de enfrentarse con Borden y Leavitt. Tuvo que dominarse y desecharlo por la antigua razón de que no poseía pruebas suficientes para asegurarse la impunidad y obtener la salvación de las iras de los mineros, sobre quienes Leavitt ejercía un gran influjo.
—¿Y si yo no siguiera tus consejos? —preguntó Borden.
—Entonces, nos separaremos. Amistosamente, claro es. Tendrás que pagarme lo que sea justo por mi participación en tu negocio del salón de baile.
—Muy bien. Lo pensaré —concluyó Borden. Y comenzó a alejarse con rapidez. Kalispel oyó cómo sus pesadas botas hacían que rechinase la grava. Luego se oyó el arrastrar de los pies de Leavitt y el reposado ir y venir de un hombre que caminase hundido en sus pensamientos. Esto continuó hasta el momento en que alguien más entró en la caballa: era el hombre que había salido para hablar con el guardián.
—Mac, cierra la puerta —ordenó Leavitt.
—¿Qué sucede, jefe? —preguntó el otro mientras cumplía lo que se le había mandado—.
Borden ha salido jurando como un loco, Y tú estás completamente pálido.
—March ha hablado demasiado. Se le ha ido la lengua.
—¡Qué me... dices! —exclamó Mac con un sibilante susurro.
—Nunca he tenido confianza en Charlie cuando la combinación del vino y las mujeres y se apodera de él.
—Ha estado como loco por esa muchacha, Sadie.
—Y le ha confiado muchas cosas que ella ha dicho luego a Borden. No podemos arriesgarnos más, Mac.
—¡No, demonios!
—¿Dónde puede estar ahora?
—Con la muchacha, con toda seguridad.
—Muy bien. Tú y Struthers iréis al establecimiento de Borden, y os quedaréis junto a la puerta posterior. Escondeos junto a la puerta. Ya sabéis que es un sitio muy oscuro. Cuando salga... ¡le dais, lo que se ha buscado! ¡Y robadle! ¿Sabes...? Todo el mundo conoce que es mi mano derecha.
Comprendido, jefe. No es una mala idea —replicó el otro con áspera voz. Y salió de la cabaña y comenzó a caminar con paso seguro.
Kalispel se recostó, sudando y temblando, en la pared de la cabaña: ya sabía todo lo que le interesaba. ¡Qué sencillo y qué claro era todo! Pero ¿qué hacer? Tuvo que batallar contra la tentación que le inducía a apoderarse de Leavitt y Borden para entregarlos a Masters. La idea no era realizable. Súbitamente, pensó que podría interceptar a los hombres de Leavitt antes de que cumplieran lo que se les había ordenado; o, mejor todavía, correr en busca de Charlie March Si pudiera convencer a March del complot que se había tramado contra él, ganaría un aliado muy valioso. Kalispel decidió intentarlo.
La tarea de salir sin que se le, viese del lugar en que se hallaba presentaba muchas dificultades. El guardián permanecía continuamente junto a la caballa. Y un nuevo guardián que acudió a relevarle, no, le ofreció mejores ocasiones hasta el momento en que, Leavitt lo llamó al interior de la vivienda Entonces, Kalispel se encontró indeciso entre dos propósitos: el de alejarse de allí y el de escuchar lo que Leavitt dijera. Decidió rápidamente realizar el primero, y se alejó en la oscuridad.
Una vez llegado a la ruidosa y brillante calle, caminó con rapidez hacia la parte baja de la ciudad. El estruendo de la Ciudad del Trueno se hallaba en pleno apogeo. Era ese siniestro ruido bullanguero que acompaña a las diversiones y a los trabajos de los mineros en, un campamento lleno de prosperidad.
Una multitud de desacostumbradas proporciones estaba detenida ante el establecimiento de Borden. Kalispel no había visto nunca tantas personas agrupadas en aquella actitud tan significativa; muchos hombres, sombríos juntaban las cabezas y hablaban en voz baja, rodeados de esa atmósfera que habla de desgracias.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Kalispel a los hombres más próximos.
—Han matado a tiros, a un hombre cuando salía de esa jaula —contesté uno de ellos.
—¿Lo, han matado?
—Sí, y le han robado, también.
—¿Quién era?
—Nadie parece conocerle.
Kalispel se mezcló a la multitud y no tardó en averiguar cuál era el estado de ánimo de los hombres que la componían.
—Amigos: esto de los atracos está llegando demasiado lejos —dijo uno de ellos.
—El primer asesinato debería ser el último —añadió el otro.
—¡Rayos y truenos! Si esto continúa así, no se va a poder salir después del anochecer.
—En la Ciudad del Trueno no pasa nada. Yo estuve en Bannock y en Alder Creek, y ¡aquello, sí que fue tremendo! La cuadrilla de Plummer maté a más de cien mineros antes de que la descubriesen.
—Lo que necesitamos aquí es un buen vigilante. Masters salió del edificio, en compañía de varios hombres.
—Sheriff, ¿lo han identificado? —preguntó un espectador.
—Sí, es Charlie March, capataz de la mina de Leavitt.
—¡March! ¡Leavitt se va a enfurecer como un condenado!
—Leavitt no debe de saber que March era un torbellino para las mujeres y el alcohol.
Masters se adelanté por uno de los lugares menos llenos de gente, donde encontró a Kalispel.
—¡Eh, vaquero! —gritó con voz más enérgica y más dura que la habitual—. ¿Estaba usted por aquí cuando se cometió este asesinato?
—He llegado hace un momento, sheriff —contestó Kalispel de modo poco amistoso. No le parecía conveniente que la atención se concentrase sobre él en aquellas circunstancias.
—He oído decir que usted anda siempre por donde hay baile, peleas... y atracos.
Kalispel se sorprendió y desconcertó al oír esta cáustica observación, y se encontró incapaz de interpretarla o aceptarla como amistosa.
—Bien, sheriff —replicó mordazmente—. Cuando suelo hallarme en alguno de esos casos...
generalmente el hombre que cae muerto es el que debe caer.


XI
La temperatura fresca cedió el puesto a un período de calor que, según Jake, se traduciría, más pronta o más tarde, en una serie de tormentas equinocciales. La matanza de grandes cantidades de ciervos para almacenar la carne no era aconsejable hasta que el frío volviera a reinar.
Los buscadores de oro, derrotados y decepcionados, aprovecharon la templanza de la temperatura para abandonar el valle. La retorcida senda no estuvo jamás desierta. Siempre caminaban por ella animales cargados y hombres que partían de aquel El Dorado que no había tenido esplendor para ellos.
Kalispel pudo rotar que, sin embargo, ninguno de los parásitos abandonaba el valle.
Todos permanecían en él y continuaban actuando como voraces sanguijuelas sobre la decreciente masa de mineros. En la Ciudad del Trueno podía, en consecuencia, predecirse que aumentaría la actividad de quienes hacían su presa de los trabajadores.
Blair manifestó a Kalispel que había intentado devolver a Leavitt los terrenos que le había comprado a cambio de lo suficiente para poder adquirir lo que fuese necesario para que él y Sydney pudieran salir del valle.
Kalispel no hizo comentarios.—¿Cómo anda usted de provisiones? —preguntó Blair, visiblemente forzado.
—Puedo proporcionarle harina, tocino, café, sal, algunos productos en lata..., pero no azúcar —contestó Kalispel.
—Vamos, a llevar algo de eso a mi caballa. ¡Aquello es un infierno!—. continuó desesperadamente Blair—. He jurado morir de hambre antes: que probar ni un solo bocado de algo que provenga de Leavitt. Y Sydney jura que me abandonará si obtengo algún alimento de usted.
—¡Ah! Y ¿qué piensa hacer?
—Me dijo una vez que se iría con Leavitt. Y otra vez afirmó que trabajará en el salón de baile.
—¡Fanfarronadas! Vamos a verla.
Prepararon algunas provisiones y las condujeron a la cabaña de Blair. Sydney permaneció silenciosa en el pórtico mientras observaba cómo descargaban las provisiones y las conducían al interior. Había adelgazado; su lozanía se marchitaba; y sus ojos, oscuros y grandes, parecían aún más maravillosos al llenarse de orgullo y desdén. Kalispel notó que el corazón se le estremecía. Si Sydney le hubiera querido de veras, aun cuando solamente hubiera sido un poco, él podría haber olvidado sus incomprensibles relaciones con Leavitt.
—Sydney, ¿quiere usted marcharse de aquí? —preguntó Kalispel bruscamente, enajenado, como siempre, por su presencia.
—Sí.
—Yo podría obtener dinero en alguna parte.
—; En alguna parte! —repitió ella, desdeñosa.
—Sí, jugando. o pidiéndolo prestado a Pepita, o hasta atracando a algún minero —afirmó apasionadamente Kalispel impulsado por el deseo de fortalecer el desgraciado concepto en que ella le tenía.
Ella le miró horrorizada y sorprendida. Su intuición femenil había descubierto cierta falta de sinceridad en él; un algo desconcertante e inexplicable que la repelía al mismo tiempo que la fascinaba.
—¡Dios mío, señorita! Y aun entonces, no tendría tantos motivos como tiene usted para pedir ser perdonado —añadió Kalispel burlonamente.
—¿Es así?
—Así es. Pero, una vez más, Sydney, y por última vez...
Por amor a su padre, por el bienestar de usted, por su honor..., más que por su vida..., abandone a ese hombre, a Leavitt.
—¿Por qué? —preguntó ella como si le invitase a continuar.
—Porque no es lo que parece.
—¿Lo es usted?
—No. Pero la cuestión no es ésa. He perdido todo el influjo que podía ejercer sobre usted.
—Todos los hombres son embusteros.
—¡Humo! Yo no, señorita Blair. Puedo mentir para molestar a usted, o para evitar ofenderla en alguna ocasión, pero no sería capaz de decir una mentira ni aun para salvar mi vida.
—Mintió usted acerca de aquella Pepita —replicó ella con una dignación que podría haber sido denunciatoria de celos si no lo hubiera sido de desaliento—. Usted la rescató del salón de baile para su amigo, es cierto. ¡Qué nobleza! ¡Qué caballerosidad! ... Sí. Pero el compartirla con...
—¡Cállese! Si no cierra esa boca de gata, yo podría..., o, usted podría decir algo que ningún hombre perdonaría jamás.
—Abusa usted de la palabra: perdonar —continuó ella furiosamente—. ¡Cómo, vaquero estúpido, vanidoso...!
—Eso no importa nada ahora. Una sola palabra acerca de Leavitt: ¿si o no?
—¡No! —grito Sydney con violencia—. Y si viene usted esta noche un poco antes de las ocho... y se esconde por ahí..., ¡le verá besarme!
—¡Sydney! ¡No me diga que le: ha permitido!
—Todavía no se lo he permitido. Pero lo haré esta noche. Así terminará esta farsa. Por muy brutal que sea usted, no será capaz de matarlo cuando esté en mis brazos.
—¡Vendré! Estaré aquí! —murmuró tembloroso Kalispel—. Y si permite usted que ese villano... ¡Dios le ayude! ... ¡Y Dios me ayude!
Mucho antes de la hora anunciada, Kalispel se escondió entre las sombras que proyectaba la alta peña en que se apoyaba uno de los costados de la cabaña de Blair. Se recostó en la peña, dolorido, desesperado, mientras: su feen Sydney batallaba contra su desaliento, jamás había creído que ella pudiera dar un paso irrevocable. Y que llegase hasta tan lejos como le había amenazado... ¡sería horroroso! Leavitt era un ladrón, un bandido, uno de los más grandes delincuentes de la frontera. Kalispel había podido observar una parte de la magnética atracción que ejercían sobre ellas los hombres complejos, de doble naturaleza, en que se combinaban la fuerza física y la virilidad con una atractiva y untuosa personalidad. No suponía que él mismo fuera un hombre de otra clase. Kalispel se había enamorado frecuentemente, una o dos veces, con tanta intensidad, que creyó que jamás podría recobrarse.
Y no sólo se había recobrado, sino que había vivido para caer más enamorado que nunca._ esta vez de Sydney Blair. El amorío se había desenvuelto de una manera muy desgraciada, y lo que más le dolía a Kalispel no era que la mujer no le hubiera hecho objeto de un afecto profundo —ya que en medio de todo, le había estimado—, sino que se mostrara dispuesta a creer lo peor que de él pudiera decirse, o a aceptar las más ligeras acusaciones, en contra suya. Aun cuando Sydney hubiera sido la mujer más hermosa y más amable del mundo— y Kalispel creía que ya no era posible concederle esos atributos—, no la habría aceptado si ella no hubiera tenido una fe ciega en él.
Blair salió temprano de la cabaña, murmurando, según costumbre, y desapareció en la oscuridad. Las chotacabras volaban por las alturas mientras lanzaban unos melancólicos gritos. Un lobo aullaba en las cumbres. Y el arroyo murmuraba como si estuviera cansado de su interminable labor. Grupos de mineros, recorrían el sendero camino de la ciudad, para beber y bailar. Kalispel se asombró al ver que no experimentaba ningún deseo de ir con ellos.
No sentía ya la necesidad, de esta clase de diversiones. No era viejo, no se sentía viejo, y sin embargo, algo, había cambiado en él y le parecía como si estuviera abrumado por el peso de la experiencia. Había algo que le estaba esperando, algo que no era como nada que pudiera recordar. Pero era similar a aquella misteriosa e imponente montaña que esperaba la llegada de la gran hora de su existencia, y de su disolución. Kalispel conocía bien la brevedad de la vida.
Había visto muchos accidentes. La muerte podría estar acechándole en aquel mismo instante.
Lo único que pedía para sí mismo era lo que entre los de su clase se llamaba sin final justo, nivelado. Para aquellos a quienes deseaba servir, pedía mucho más: tiempo, ocasión, suerte. Aquella Ciudad! del Trueno estaba minada por el engaño y la intriga y por el mal, que descargaban sus golpes sobre los corazones de las personas que Kalispel amaba.
Su sensible oído percibió el ruido de unos pasos que sonaban en el sendero. Sonaban como los pasos de un hombre formidable a quien fuera muy difícil obligar a desviarse. Y se dirigían rectamente a la cabaña de Blair.
Kalispel se inclinó, y pudo ver que una figura alta subía al pórtico. ¡Leavitt! El joven volvió a hundirse entre las sombras. El momento se aproximaba. El alocado furor que obligó a su sangre a fluir con mayor presteza no fue lo bastante intenso; para ahogar la enfermiza repulsión que se albergaba en su alma.
—¡Hola, Sydney! —dijo Leavitt en voz baja y ansiosa mientras llamaba a la puerta.
¡Rand! ... ¿Ya has venido? Tarde, como siempre... —contestó Sydney—. Son más de las, ocho.
Kalispel abrió la boca asombrado. La respuesta de Sydney no le pareció sincera. Pero se corrigió al decirse que, ¿qué conocía él acerca de las muchas facetas de una mujer?
—Lo siento, mucho —repuso Leavitt respirando fatigosamente—. He tenido que esperar hasta que mi hambre se fue a cenar, para esconder un poco más de oro. Ya lo ves: me estoy haciendo avaro. Quiero tener mucho oro... para que tú me ayudes a gastarlo.
Sydney rió... con una risa muy curiosa en la que faltaba alegría.
—¡No, entres! Hace más fresco ahí fuera... ¡Quieto, Rand!... Ya estoy cansada de tener que hacer frente a tus libertades.
—Pues... ¡no lo hagas! ¡No te dejaré en paz hasta que me, permitas...! —dijo con el ardor propio de un enamorado.
Kalispel veía la parte superior de sus cuerpos silueteados en negro ante el halo de luz amarilla que salía por la puerta. Leavitt había puesto los brazos en torno a la cintura de la joven. Se alejaron de la luz, y aparecieron inmediatamente tras la barandilla del pórtico, uno al lado del otro, con los rostros indistintos en la oscuridad.
—Siempre estás hablando de oro —dijo ella—. Si algún día me enamorase de ti... tendría celos de tu oro.
—¿Algún día?... ¿No me quieres ahora?
—Creo que no..., del modo que tú deseas. Y ya que hablamos de oro, recuerdo que mi padre dijo que le habías ofrecido hoy prestarle un poco.
—Sí. Y se negó a aceptarlo. Tu padre ha cambiado respecto a mí de una manera incomprensible. Tendré que volver a comprarle sus propiedades para ayudarle de algún modo... Y me alegraré mucho de hacerlo. Deploro que esos placeros hayan dejado de producir oro. Pero parecían tan buenos como los demás.
—Gracias, Rand —murmuró ella, agradecida ¿Dónde esconder tu oro? ¿No tienes miedo de que te lo roben?
Lo escondo bajo el suelo de mi cabaña. Uno de los tableros es levantable... Y encaja tan perfectamente, que nadie puede sospechar nada. Bajo ese tablero, hay un espacio hueco...
¿Ves? Tengo confianza en ti. Eres la única persona en quien confío.
—¡Tenga cuidado de que no le robe sus riquezas, Sir! —replicó ella. Y luego, con voz más grave, continuó—: Papá creyó que tenía un lugar muy seguro para su dinero. Pero, de todos modos, se lo habría jugado.
Emerson le robó ese dinero —declaró Leavitt.
Ya me lo habías dicho otras veces. Creo que sería muy comprometido decírselo... a él. Y ¿por qué crees que fue él quien lo robó?
—Porque se le ha visto últimamente en varias ocasiones con mucho oro. Todos sabemos que casi nunca busca oro en las minas o en los placeres... Y se susurra que es uno de los bandidos que nos están esquilando, a los mineros, cada día más.
—Entonces guarda lo mejor que puedas tu oro.
—Casi nunca salgo de mi cabaña, excepto para venir a verte. Y además, tengo guardianes que patrullan constantemente... Tengo más miedo a un deslizamiento de tierras que a los ladrones.
—Rand, ¿no temes a Kalispel Emerson?
—No. Pero ¿por qué he de arriesgarme a luchar a tiros con un vaquero? —replicó él fríamente—. Me sorprende tu pregunta.
—Papá dice que tú y Borden tenéis un miedo terrible a ese muchacho.
—No es cierto; por lo menos en lo que a mí respecta. Ha proferido amenazas contra mí, lo sé. Pero luchando con Emerson no tengo nada que ganar y sí mucho que perder: tú.
—¿Acaso te olvidas de vuestro código occidental del honor? Según tengo entendido, cuando un hombre tiene un enemigo que le acusa de algo..., está obligado a ir en busca suya...
Y si no lo hace se le señala como un cobarde.
—Es cierto. Pero— no tiene aplicación a mi caso. Yo soy un hombre de negocios y tengo un buen porvenir. Kalispel Emerson es un vaquero salvaje, un jugador, un borracho, un bravucón orgulloso de las hazañas que ha realizado con su pistola..., y si no lo matan cualquier día a tiros, morirá ahorcado.
—Comprendo. Pero todavía queda... la cuestión de hombre a hombre, la cuestión personal.
—Sydney, ¿es posible que desees que me enfrente con ese pistolero en una lucha callejera? —preguntó Leavitt con gran interés, sincero... o fingido.
—No. Desprecio las peleas. El derramamiento de sangre me pone enferma. Si continúa, tendré que irme a mi tierra... Pero, de todos modos, soy mujer y, como mujer, curiosa., —Ciertamente, eres mujer y... hermosa —replicó él apasionadamente mientras la rodeaba con los brazos—. Sydney, ¡no sabes qué hambriento estoy de ti!
—Entonces eres un caníbal, además —replicó ella riendo.
Querida, ¡ésta es —la primera vez que me has permitido abrazarte! —exclamó él arrebatadamente.
—¡Ah, sí, es cierto! ¡No deberías habérmelo dicho!—. Y se separó de él. Repentinamente, Rand se envalentonó, la rodeó de nuevo con los brazos y la oprimió contra su pecho.
Sydney, ¿no me quieres? —imploró.
—Creo que... no —replicó ella con desprecio—. Tengo miedo a que me fascines... Pero tendrás que esperar:.. ¡Oh!
Leavitt la había besado. Kalispel oyó el chasquido que produjeron los labios del hombre. Luego, durante un momento, el pálido rostro de Sydney se destacó ante el fondo oscuro del pecho del hombre. Y la joven se retiró.
Kalispel salió de su escondite, tambaleándose como un borracho, dio vuelta a la cabaña para encaminarse al otro lado, y se dirigió hacia el terreno despejado.
—¡Anca, trágate eso, Kalispel! —murmuró sombrío—. ¡Todo ha concluido... y no ha sido tan duro como suponía! ¡Dios! ¡Qué mujeres...! Son como serpientes... Y, sin embargo, en el fondo de su corazón, solamente tiene desprecio para él...
Súbitamente, en el calor y el odio de su desesperación relampagueó una idea que cambió al instante la naturaleza de sus sentimientos. Recordó cuán extrañamente había seducido Sydney a Leavitt para obligarle a declarar el secreto del lugar en que escondía su oro.
¿Cuáles— podrían haber sido las razones que obligaron a la joven a hacerlo, cuando sabía que Kalispel estaba cerca de ella, escondido entre las sombras? ¿Astucia de mujer? Como quiera que fuese, Kalispel reaccionó sin dudas ni vacilaciones.
Y corrió— a través de la pendiente, en dirección a la cerca que cerraba la posesión de Leavitt. Al llegar a ella se detuvo un instante para recobrar el aliento, para escuchar, para observar al vigilante. No se oía ningún ruido, nada parecía moverse. Pasó por entre los peñascos y avanzó furtivamente hacia el punto más— lejano de la cabaña. Una luz brillaba en el interior de la habitación de Leavitt. La puerta estaba cerrada. El ruido de unos pasos atrajo su atención. Los pasos se acercaban. Inmediatamente apareció una forma negra, que se fue haciendo más negra poco a poco y adquirió la forma de un hombre. El hombre pasó junto a la cerca. Cuando se hubo alejado de su vista, Kalispel cruzó el espacio descubierto y se escondió tras el rincón de la cerca. Sacó la pistola y se preparó para poner en ejecución su proyetco. En el caso de que cometiera alguna torpeza, se vería obligado a matar al guardián; pero no quería hacerlo más que en el caso de que se viera forzado a ello.
El guardián dio la vuelta en aquel momento. Pasó ante la esquina, a una distancia de una yarda de Kalispel. Kalispel dio un paso silenciosamente y golpeó al hombre en la cabeza con la culata de la pistola. El hombre cayó al suelo como un leño; su rifle produjo un ruido repiqueteado al chocar con las piedras. Kalispel se arrodilló y dio vuelta al cuerpo del guardián, con intención de amordazarle y atarle las manos. Pero el guardián no tenía pañuelo, y Kalispel no quiso atarle con el suyo, para evitar dejar tras sí una pista que le denunciase. Se, levantó, corrió al pórtico y empujó la puerta. ¡Estaba cerrada, asegurada con llave, o con cerrojo! Escuchó durante un momento más, enfundó la pistola y corrió hacia la ventana. Un momento más tarde la había forzado y se hallaba entrando por ella en la habitación.
Levantó la lámpara en alto y lanzó una rápida y ansiosa mirada en tomo suyo para inspeccionar la parte más baja de los maderos que formaban las paredes. En algunos lugares el madero estaba oculto .por el camastro, el banco, el cofre o la mesa. Kalispel separó el lecho de la pared y palpó con escrupuloso cuidado los maderos, en busca de una juntura. Lo hizo todo alrededor de la estancia. Cada uno de los maderos tenía la longitud total de la pared. Tras la mesa, bajo una cortina de lona ante la cual Leavitt colgaba las ropas, Kalispel encontró lo que buscaba.
Sus sensibles dedos se detuvieron al hallar una ligera juntura, apenas perceptible. Unos cuatro pies más a la izquierda había otra igual. Kalispel tiró fuertemente del madero, lo retiró y descubrió un hueco situado bajo él.
Y después, cuando estaba arrodillado en el suelo e inclinado sobre la abertura, lo primero con que tropezaron los dedos de Kalispel! fue una gran cartera de cuero. La tocó, y comprendió que estaba llena de monedas. Kalispel apenas pudo contener un grito de alegría.
¡La cartera de Leavitt!
La cartera era demasiado: grande para que Kalispel pudiera trasportarla en un bolsillo.
Lo que hizo fue coger rápidamente una manta del camastro. La extendió junto a la abertura del: suelo y volcó en ella la cartera. Luego fue sacando del interior del hueco bolsas y más bolsas de oro, de diversos tamaños: unas, de lona; otras, de cuero. No se interrumpió hasta que hubo preparado un montón que habría podido llenar un cesto grande frutas. a ¿Dónde —pensó con amarga ironía: «¿habrá podido encontrar tanto oro?» Retorció las puntas de la manta y la condujo hacia la ventana. Al llegar allí, miró al exterior. ¡Todo tranquilo! Tuvo que hacer un gran esfuerzo para pasar la pesada carga al exterior y depositarla en el suelo, Luego salió él mismo.
Cuando se hubo cargado el improvisado envoltorio a la espalda, calculó que contendría más de cien libras de oro. Sintió impulsos de gritar triunfalmente; pero jamás había estado tan vigilante de sus actos, jamás había procedido con tanta prudencia. Cruzó, caminando sobre la hierba y las piedras, el espacio abierto y se dirigió a la senda. El guardián continuaba caído en suelo, en la misma postura que anteriormente. Kalispel pasó junto a él y llegó a los peñascos.
Dio vuelta hacia la izquierda y llegó muy pronto a la base de la pendiente.
—¡Demonios! —murmuró mientras se detenía y colocaba la carga sobre una peña para poder descansar—. Aun cuando no hubiéramos hallado jamás la mina cale nos robó Leavitt, habría sido capaz de convertirme en ladrón, por una sola vez, para saldar las cuentas con ese ladrón de dos caras.
De todas las notables proezas que Kalispel había realizado, ninguna le produjo tanto contento y tanta satisfacción como aquélla. Estaba a salvo, no podría sospecharse jamás de él, y nada había más seguro que su posibilidad de esconder el oro robado donde no pudiera ser encontrado, y que, unido al que ya poseía, constituía una fortuna. Y recordó sus antiguos sueños de una juventud llena de interés, de aventuras, de osadas proezas, y el: en que huyó de su casa para buscar la olla llena de oro que estaría escondida al pie de los rayos extremos: del arco iris. Había desenterrado la olla, pero el rostro jubiloso del arco iris se había desvanecido.
Continuó caminando en cortas etapas, escuchando cada vez que se ponía en marcha, mirando hacia delante para adquirir la certeza de su dirección y de su seguridad. Finalmente, logró llegar a su cabaña, acalorado y sudoroso, con el corazón palpitante y las venas hinchadas, agotado por el esfuerzo y la agitación, pero lleno de una satisfacción que le compensaba de la irrevocable pérdida de Sydney.
Cuando el momento llegase, Kalispel devolvería a Blair su dinero y dirigiría a Sydney algunas palabras cáusticas referentes al lugar en que lo había encontrado. Y sería posible que se identificase una parte del oro que los mineros habían perdido y que, por esta causa, les pudiera ser devuelto. Luego diría a Jake que trazase algún proyecto para resolver su vida, y lo mismo a Dick y a Pepita. Finalmente, se cuidaría de sí mismo. Mas el recuerdo del rancho que proyectaba comprar, y que sería seguramente suyo si no perdía la vida, no despertó en él la antigua alegría.
Mientras, se entregaba a estos revueltos pensamientos, Kalispel ocultó su tesoro y se aseguró de que el escondite no podría ser descubierto sino después de una larga y difícil búsqueda.
Era ya una hora avanzada de la noche. Kalispel aprovechó esta circunstancia para quemar la manta.
—Supongo —se dijo —que mi magnánima amiga Sydney llegará a la conclusión de que soy un ladrón. ¡Dios mío! Si ese hombre la importa siquiera un poco..., qué disgusto va a tener! Pero —añadió dubitativamente una vez más—, ¿por qué le indujo a que revelase dónde tenía escondido el oro, si sabía que yo estaba a un paso de ellos?
Se acostó sin despertar a Jake, que dormía como un tronco, y permaneció turbado, con los ojos abiertos, hasta que llegó el alba gris.
Aquel día, Kalispel permaneció en el campamento, inquieto y vigilante, trabajando en pequeñas tareas y esperando ver llegar en cualquier momento a un grupo de mineros con Leavitt a la cabeza. Su Winchester estaba cargado a la puerta de la cabaña; el joven llevaba un arma más en el cinturón. Se sentía capaz de obligar a huir aun a una cuadrilla entera de hombres decididos.
Mas llegó la tarde sin que se produjera ningún acontecimiento. Después, cuando vio a Leavitt en el pórtico de Sydney, hablando con ella sin más excitación que de ordinario, concluyó que el robo del oro no había sido descubierto todavía. Kalispel meditó sobre este asombroso aspecto de la situación. No había duda de que aquel guardián sabía de qué modo había llegado Charlie March a su prematuro fin. Debió de recobrar la conciencia antes de que se supiera que había sido agredido, y entonces, por espíritu de conservación, decidiría que sería conveniente para él tener la boca cerrada. Kalispel recordó que había dejado la habitación de Leavitt tal y como la encontró, con excepción de lo referente al apoderamiento de la manta. Esta pérdida podría también no haber sido advertida aún.
Leavitt prolongó durante mucho tiempo la visita a la joven a quien galanteaba, demasiado tiempo, en efecto, para un hombre que supiera que había perdido una fortuna, Y esto ofreció a Kalispel una prueba indudable de que Leavitt ignoraba todavía su gran pérdida.
—¡Demonios! —murmuró alegremente Kalispel—. Mi suerte ha cambiado. Quiero aprovecharla hasta el límite extremo.
Alrededor de la media tarde, Kalispel, que estaba observándolos, vio que Leavitt se levantaba y se disponía a partir. Parecía ser, bien que el quería que Sydney le acompañase a la ciudad, o que Sydney deseaba que él se quedase en la casa. Como quiera que fuese, se detuvieron unos momentos en lo alto de la escalera, a la vista de Kalispel, y a quien ambos debieron de reconocer con toda seguridad; finalmente, Leavitt partió con lentitud. Kalispel vio que comenzaba a caminar rectamente por la senda que conducía a la ciudad, en lugar de seguir la que llevaba a su cabaña.
Jake tenía unas dotes de observación superiores a las que su hermano le atribuía.
—Kalispel, hoy estás como sobre ascuas. ¿Cuándo vas a matarlo?
—¡Hum!... Dime, Jake, ¿estás loco? ¿Cómo diablos supones?
—Nada. He estado observando y observando, mientras tú observabas a Leavitt, que estaba en compañía de tu amor... Y no daría ni una perra chica por la vida de Leavitt.
—¡Demonios! ¿Soy un hombre tan arrebatado?... Bueno, Jake, he de reconocer que los celos son muy amargos y una cosa nueva para mí.
—¿Ha añadido Leavitt la afrenta al robo? —preguntó Jake con fieros ojos.
—Ha contribuido mucho a indisponerme con Sydney, pero creo que la mayor parte de la culpa es mía. Yo soy el responsable de que los Blair vinieran aquí, lo que ha constituido su ruina. Blair se ha entregado al alcohol, y Sydney odia a los hombres que beben. Y, además, está harta de esta mezcla de Oeste bravío y de Kalispel Emerson.
—No es un trago dulce, lo reconozco —gruñó Jake—. Pero, ¡infiernos!, ¿acaso esa mujer no tiene recursos para nada? Si es tan inexperta como parece, no te servirá para nada. Cuando compres tu rancho necesitarás una mujer más despabilada, más hábil, que sepa guisar, barrer, ordeñar, cuidar de la pollada de chiquillos y...
—.¡Eh! ¡Alto! —le interrumpió Kalispel con el rostro enrojecido—. ¿Me has tomado por un mormón? —¿Todavía tienes la ilusión de comprar aquel rancho?
—¿Ilusión? ¡Más que nunca! Si no tuviera que cuidarme aquí de dos parejas... me marcharía muy pronto.
—Pero, Kal, no podrás comprar aquel rancho de Salmón a crédito.
—Tengo ahorrado lo suficiente para pagarlo al contado. Olvide decírtelo.
—¡Ah, eso es diferente! —replicó Jake con alegría—. Me ofrezco para trabajar como vaquero, lechero, labrador o cualquier otra cosa que necesites... a cambio de alojamiento nada más, Kal. Ya estoy harto de esta fiebre del oro. Sam ha muerto. Estoy seguro. Y no quiero andar más de un lado para otro en busca de yacimientos de oro sin él.
—Me sucede lo mismo, Jake —replicó Kalispel—. Irás conmigo. Pero no te daré trabajo y jornales: serás mi socio... ¡Diablos, cómo me alegra el pensarlo! Te lo agradezco mucho, Jake, y tengo la seguridad...
—¿Quién es aquél, que sube las escaleras de Blair? —le interrumpió Jake.
Kalispell giró como si lo hiciera sobre un pivote. Una figura vestida con una especie de mono azul subía al pórtico de los Blair. Al brillo del sol que aún resplandecía próximo al crepúsculo, Kalispel pudo ver el reflejo de unos cabellos dorados. Y comprobó que aquel hombre no era un hombre.
—Pepita! ¡Es Pepita! ¡Me había jurado que lo haría! exclamó Kalispel.
—¿Que haría...? ¿Qué? Y ¿quién es Pepita?
—Es la novia de Dick Sloan, y va a visitar a Sydney Blair. Me parece muy pintoresco.
Eso es todo.
—¡Están sucediendo muchas cosas muy pintorescas! ... Kal, ¿sabes que se murmura por ahí que tú podrías decir muchas cosas acerca de los atracos?
—¿Yo podría...? ¡Dios mío! Sí, es cierto, podría y lo haré cuando llegue el momento oportuno —replicó Kalispel; y lo hizo de un modo que obligó a Jake a mirarle despavorido y a reanudar sus trabajos para no hablar más de aquella cuestión.
Kalispel concentró la mirada sobre el hogar de los Blair. Vio que Pepita permanecía durante varios minutos ante la puerta antes de ser recibida. Si Pepita había decidido dar a conocer a Sydney algunos hechos reveladores, sería preciso emplear nada menos que la fuerza para impedir que realizase su propósito. Kalispel reconocía que Sydney estaba amenazada de pasar situaciones peligrosas. Pepita sería capaz de convencer a una imagen de madera de la culpabilidad de Leavitt, en el caso de que se lo propusiera. Probablemente, se interesaba más por demostrar la inocencia y la honradez de Kalispel. Sin embargo, en el proceso de explicar todo esto, no podría evitar el aludir a Leavitt y a sus acciones.
Pepita no salía. Los minutos transcurrían lentamente. La visita era muy larga. De una manera un poco extraña, Kalispel experimentó en aquellos momentos mayor simpatía por Pepita que por Sydney, y al cabo de una hora, cuando la visita hubo concluido, era en ella en quien pensaba, no en la otra.
Finalmente, Pepita salió, bajó las escaleras y se alejó corriendo graciosamente, con el cabello brillante bajo el sol del anochecer. No tomó la senda, sino que desapareció entre las tiendas que se extendían a lo. largo del arroyo.
Apenas había desaparecido de la vista, cuando Sydney apareció en el pórtico, avanzó dubitativamente hasta la barandilla y se apoyó en ella, como si necesitase un soporte. Durante unos momentos pareció cohibida y amedrentada. Luego, levantó la vista hacia la cabaña de Kalispel.
Kalispel, que estaba sentado a la puerta de su vivienda, la vio perfectamente. Ella agitó en el aire su pañuelito de muselina, lo inmovilizó y lo agitó de nuevo. A continuación, hizo una seña de llamada a Kalispel, una seña de apremio, de súplica. El gesto implorante que siguió a aquéllos, fue hecho con los brazos.
—¡Hum, señorita! ¡A mí, no! —murmuró Kalispel mientras experimentaba la sensación de que el corazón se le llenaba de una especie de frío—. ¡No..., después de lo de anoche!
Puedes pisotearme..., escupirme..., ofenderme..., pero, ¡por Dios!, diste anoche a aquel!
hombre lo que tanto he anhelado y jamás he tenido... ¡Hemos terminado!
Sydney se inclinó sobre la barandilla. Era evidente que intentaba envalentonarse, concentrar fuerzas para decidirse a ir en busca de él. Cuando hubo llegado hasta el pilarote del pórtico, se apoyó en él y miró a Kalispel, en una actitud! que expresaba claramente su angustia y su debilidad. Por fin renunció a su propósito y entró en la cabaña.
Kalispel pareció alegrarse de verla desaparecer. El sol se había puesto, aun cuando todavía despedía unos rayos en forma de abanico que se elevaban al cenit e iluminaban el valle. Las nubes purpúreas, deshechas y doradas estaban orilladas de fuego. Y durante unos momentos más el maravilloso color tiñó las cumbres de la montaña. Después, se desvaneció, y el hermoso resplandor pareció imitar lo que había sucedido en el interior del corazón de Kalispel.
¡Que Sydney le hubiera hecho señales, que le hubiera llamado, que agitase los brazos...!
Esto era tan increíble como la indiferencia de él ante sus llamadas. ¡Demasiado tarde!
Kalispel lo comprendía. Y no era porque ella le hubiera negado lo que deseaba, sino porque haba concedido a otro tan ligeramente lo que para él era sagrado. Kalispel habría sido capaz de matar hombres, de mover montañas por conseguirlo.
La oscuridad comenzó a endoselar el valle. Jake llamó a Kalispel para cenar. Kalispel entró temblando, agitándose como si pretendiera desprenderse de unos grilletes. Comió sin la habitual apetencia. Jake habló del proyecto de adquirir el rancho, a cada momento con más entusiasmo, sin que Kalispel le oyera apenas. Y entonces sonó un tímido golpe en la puerta.
—Alguien ha llamado —murmuró Jake.
Kalispel volvió la mirada hacia la puerta. Una nueva llamada, más débil que la anterior, le hizo ponerse en pie, con fuego en el corazón y frío en el exterior. Abrió la puerta despacio, y la ancha franja de luz de la lámpara dio de lleno a Sydney. Kalispel percibió los signos de su violenta perturbación y de su angustia antes de que pudiera apreciar una vez más la belleza de aquella mujer.
—Pase —dijo Kalispel; y la joven entré. Kalispel señaló a Jake, que se había quedado mirando asombrado, como si viera una aparición sobrenatural—. Mi hermano Jake... La señorita Blair...
—Me alegro mucho de conocerla, señorita —exclamo Jake.
Sydney se inclinó. Luego, sus ojos, grandes y oscuros, se posaron sobre Kalispel.
—Tengo que hablar con usted a solas.
—Jake, ¿quieres hacer el favor de dejarnos? —dijo suavemente Kalispel, y lo dijo en la actitud de un hombre que preparase sus armas para la batalla. Jake salió. Kalispel dio vuelta a la llave de la mecha para que la lámpara iluminase más—. Sydney, parece que está usted muy cansada. Siéntese.
Sydney no hizo movimiento alguno para aceptar la silla que se le ofrecía.
—?,Por qué no fue usted?
—Necesita usted preguntarlo? —replicó él.
—¿Me vio usted agitar el pañuelo y hacerle señales... y estirar los brazos hacia arriba como una mujer que se estuviera ahogando?
—Sí, la vi. Y estaba seguro de que evitaría algunos sinsabores para usted... y el infierno para mí no respondiendo a su llamada.
—Entonces... ¡estuvo usted anoche allí! —afirmé ella trágicamente, y, dejándose caer en el camastro, se cubrió el rostro con las manos—. ¡Oh, estaba loca!, —¡Claro que lo estaba usted! —convino Kalispel—. Sí, estuve allá..., y cuando vi que él la besaba..., algo estalló en mí. Y entonces me marché.
—De momento... me subyugó —murmuró ella mientras descubría avergonzada el rostro—.
Y me olvidé de usted... Creí..., creía que estaba enamorada de él... Y prometí... prometí casarme... con él.
La risa de Kalispel no fue agria; pero la sostuvo.
¡Ah! Y cuando Pepita terminé de informar a usted, el señor Leavitt no le pareció ya una adquisición tan buena como antes, verdad?
—¡.Lo odio!
—Bien, Sydney; eso le sirve para recobrar un poco el respeto que he sentido por usted.
Me parece que se rinde usted demasiado pronto. Unas cuantas palabras de amor, un abrazo o dos, unos besos..., esto ha sido suficiente para destruir la repugnancia de una mujer tan orgullosa como usted. Pero no hay mal en todo ello. Y si dice usted que lo desprecia..., eso pone fin al asunto.
—Fin al asunto; pero no a mi vergüenza.
—Ese sentimiento desaparecerá, Sydney. Recuerdo que sucedió lo mismo cuando yo la aporreé y la besé tan escandalosamente.
—No. Me enfurecí, pero no me avergoncé.
—Bueno, no podemos hacer nada respecto a ese sentimiento. Recuerdo que cuando era un chiquillo aprendí a soltar ternos; y cada vez que decía alguna palabrota, mi madre me lavaba la boca con jabón. Puede usted intentar hacer lo mismo. Por ahí debo de tener un cantero...
—¡No se burle! —suplicó ella.
—Perfectamente —contestó él, severo—. Y ahora lo que quiere usted es que yo mate a Leavitt, ¿eh?
—¡Oh, no, Kalispel, no! gritó Sydney—. No me importa lo que haya hecho..., lo que sea ese hombre... Pero sería terrible el matarlo. ¡Y usted mismo no podría escapar para siempre al castigo!
—¡Hum! ¿Le importaría a usted mucho? —exclamó él, incapaz de contener aquella burla.
—Sí, me importaría —replicó ella sencillamente, mirándole con ojos insondables.
—Bueno, eso no tenemos para qué tenerlo en cuenta. Casi desde el primer momento en que vi a Leavitt y leí en sus ojos que había matado a mi hermano, he estado deseando matarlo.
Y ahora voy a hacerlo.
—«La venganza me pertenece», dijo el Señor. «Yo os compensaré» —citó Sydney solemnemente.
—¡Hermosas palabras, Sydney! Pero... Bien, ¿qué le ha dicho Pepita?
Sydney lanzó un grito de aflicción y volvió a cubrirse el rostro con las manos.
—No importa que le duela —añadió él, un tanto aplacado—. Creo que lo adivino.
j Ya se lo diré! —gritó ella con acritud—. ¡Se lo diría aunque me costase la vida!
Como Kalispel no contestase, ella continué:
—Llegó a mi casa. Se detuvo a la puerta. Y dijo: «Tengo algo que decirle.» Y yo pregunté que cómo se atrevía a dirigirse a mí. «Deploro que sea usted como es», continuó—.
«Me pregunto cuándo se decidirá Kalispel a pararle los pies.» Me sorprendí. Y ella permaneció ante la puerta, fría y pálida, con sus ojos azules, con su hermoso rostro... Es la mujer más guapa que he visto en toda mi vida.
»Luego entró y cerró la puerta.
»—Ha tratado usted a Kalispel de una manera deplorable —prosiguió—. Y aquí estoy yo para pedirle cuentas por ello. Kalispel era un vaquero bravío, un hombre malo, como dicen en el Sur. Por las razones que fuere, tuvo que defender su vida, su nombre, o a alguien que se hallase en necesidad de un amigo, hasta que se hizo conocido... Es lo que en el Oeste se llama un pistolero, un matador. Pero, de todos modos, es más digno, más bueno, un hombre más fiel precisamente por ello. El Oeste tiene que poseer hombres de esta naturaleza. ¿No lo sé bien?
¡A cuántos vagos, borrachos, ladrones, aventureros, jugadores..., a cuántos derrotados he visto matar a tiros en las calles, o arrastrados hasta ellas desde los dancings! Sí. Y he visto, también, a hombres buenos, como Kalispel, ir descendiendo, descendiendo... ¡Mala suerte! Es preciso, señorita, que se meta usted en la cabeza que Kalispel Emerson es un hombre mejor que su padre, mejor que su hermano..., si es que tiene usted alguno. Ha sido tan decente, tan leal..., tan fiel para con usted, que ha podido bailar conmigo, ser amigo mío, sin decir jamás una palabra que a usted no le hubiera alegrado oír. ¡Y le quise por eso! ... Me llevó un amigo suyo para que lo conociera, y ese amigo es también decente y leal, Dick Sloan se enamoró de mí. Y yo me porté muy mal con él. Hice todo lo que pude por conseguir que me despreciase.
No lo logré... Y entonces Kal fue a buscarme, me arrebató del salón de baile de Borden... y me asusté muchísimo, porque creí que iba a pegarme..., que es una cosa que no puedo soportar... Dick quería casarse conmigo, y Kal me obligó a aceptar su petición, a hacer la promesa... Ahora estoy viviendo en la tienda de Dick... ¡Y podría ser su hermana! Nos casaremos tan pronto como sea posible. Soy libre. Y sería... feliz... si pudiera... olvidar.
La voz ronca de Sydney se desvaneció. El silencio reinó en la estancia durante breves momentos.
—Me fascinó —continuó Sydney—. Y entonces todo cambió. El desdén, la ansiedad, la amabilidad..., todo desapareció.
»—Vamos a hablar ahora de su enamorado, Leavitt —continué mientras me dirigía una mirada terrible—. Quiero ser breve hablando de él... y del resto de esta cuestión. Rand Leavitt es un hombre de dos caras. Y una de sus caras, la que yo conozco, es una cara de perro. Sé que mató al hermano de Kalispel y que se apoderó de su propiedad. Pero no puedo probarlo.
Vendió al padre de usted dos placeres que nada valían; esto puedo demostrarlo. Si, como he oído decir, su padre ha sido robado, quien lo hizo fue uno de los hombres de Leavitt. Pero ese aspecto de Leavitt es el menos vil de los suyos. Durante todo el tiempo en que ha estado haciéndole el amor a usted, ha estado, también, intentando apoderarse de mí. ¡No, no me mire de ese modo! También podría probarlo, en el caso de que usted necesitase pruebas. Cualquiera de las muchachas del salón de baile de Borden podría confirmar mi declaración... Leavitt ha representado el papel de enamorado galante para usted. Calumnió al pobre Kal, y le habló a usted de matrimonio. A mí me mostró el peor de sus aspectos, el de la bestia. Hay muchas cosas que usted no podría comprender aun cuando se las refiriese. Me martirizó cuando no pudo conseguir nada de mí.
Ha maltratado también a otras mujeres. Le agrada maltratar a las mujeres.
Sydney jadeaba, asfixiada, y durante unos instantes no le fue posible continuar.
—Vio que estaba abatida —continué Sydney—. «Podría decir más, señorita Blair —prosiguió—; pero creo que, a menos que esté usted loca, ya he dicho bastante. Rand Leavitt es un hombre de la clase que he descrito...» Y me abandonó sin decir ni una palabra más.
Kalispel paseaba de un lado para otro en el reducido espacio de la cabaña, e intentaba ocultar el rostro a las miradas de su visitante. Adivinaba que la. parte mas dolorosa de aquella entrevista no había llegado aún.
—Y ya le he dicho... todo —dijo la muchacha en tono de abatimiento.
—Sí. Y ha sido doloroso para usted.
—¿Podrá usted... perdonarme?
Kalispel permaneció silencioso y mirando con fijeza los rescoldos del fuego. El viento gemía bajo las aleros y aullaba roncamente en el interior de la chimenea.
—He sido una mujer egoísta, orgullosa, engreída —continuó ella humildemente—. Y una inexperta. Me encanta la belleza de estos lugares bravíos. Pero desprecio lo rudo, lo crudo, los afanes, la sangre... ¡Creí que jamás podría soportarlo! Ahora comprendo que jamás podré...
¡Perdóneme!
—Creo que... Todo, excepto lo de anoche... Eso no podré olvidarlo... Es posible que con el tiempo...
—Kalispel, no me conozco a mí misma. Soy débil... o tonta..., o las dos cosas.
¡Estaba celosa de esa muchacha de Pepita! Me despreciaba por ello..., pero lo hacia. Y ayer me enfadé con usted. Quise ofenderle, enloquecerle a fuerza de celos. Yo le había: querido...
Y creía que usted maté ese amor... Y, al fin, todo lo que hice fue... dar palabra de casamiento... a Rand Leavitt.
—Hay una cosa que no puedo comprender, Sydney —dijo Kalispel—, ¿Por qué, sabiendo que yo los estaba oyendo, obligó usted a Leavitt a que le dijera el lugar en que escondía su oro? Eso quiere decir que usted no creía que Leavitt fuera un ladrón.
El rostro de Sydney enrojeció.
—No lo sé, Kalispel. Fue sólo una parte de mi locura. Es posible que fuera una idea inspirada por el deseo de comprobar si usted era un bandido. Quería creer lo peor acerca de usted. ,Puede comprenderlo? O acaso fuera únicamente que deseaba demostrarle lo mucho que me quería Leavitt, puesto que me manifestaba dónde guardaba su tesoro... ¡Oh, no sé lo que fue! ¡Fue una locura tan sólo!
—Creo... comprender, Sydney —dijo lentamente—. Sydney, ¿,qué va usted a hacer? —preguntó luego con el acento de un hombre que hubiese sido de repente libertado.
—¿Hay algo... para usted... y para mí...? —tartamudeó ella.
—¡Absolutamente nada! —estalló él con los labios resecos—. Soy un pistolero, un matón...
Me propongo matar a Leavitt y a Borden antes de marchar de aquí... Usted es una señorita que está muy por encima de mí, una señorita demasiado refinada para este maldito Oeste... Mi nombre me seguirá dondequiera que vaya. Si usted... se casase conmigo sería la esposa de un explorador de regiones casi inhabitadas. Tendría usted que sembrar heno, que cocer pan, que cortar la cabeza a los patos, que ordeñar las vacas... y, como dijo Jake, que cuidar de una nidada de mocosuelos... Ya ve usted que no es una perspectiva muy agradable.
—Lo sería si yo fuera una mujer entera —replicó ella levantándose y mirándole a los ojos de una manera tan elocuente, que le hizo encogerse. Después se dirigió hacia la puerta.
—¡Espere! La acompaña é hasta su casa, Sydney —replicó apresuradamente Kalispel. Y se lanzó tras ella.
La noche era oscura y ventosa. El aire cálido olía a tormenta. Kalispel precedió a la joven por entre los peñascos, y en una ocasión tuvo que cogerla de la mane. Ella se asió fuertemente durante un momento y luego la soltó. Llegaron hasta el pórtico de la muchacha sin que ninguno de los dos, volviera a hablar. Ella comenzó a subir, se volvió hacia él; tenía el rostro pálido y los ojos brillantes.
—Ninguna mujer podrá quererle del modo que le quiere esa muchacha —habló—. Ninguna otra mujer podría tener tantos motivos para ello... Ha sido una revelación para mí.
¡Exagera usted, Sydney! Pepita está agradecida, naturalmente, pero...
—¡Está entusiasmada con usted! —le interrumpió Sydney—. Y de esta lección tengo mucho que aprender...
—Me alegra mucho que haya podido usted ver lo buena y cordial que es esa mujer.
¡Jamás fue mala —¡Usted la salvó, gracias a Dios! —contestó Sydney con profunda emoción—. Buenas noches, Kalispel.
Kalispel se despidió de ella, y comenzó a caminar pensativamente por entre las peñas, mientras la negra montaña lanzaba la sorda amenaza de su trueno.


XII
Había habido humillación, remordimiento y desprecio de sí misma en la capitulación de Sydney, quien, como un péndulo, había saltado hasta el extremo opuesto. Con esta actitud había estado a punto de matar algo hermoso y maravilloso en el interior de Kalispel, algo que ya comenzaba a luchar por elevarse y vivir nuevamente. Bajo el cielo oscuro y amenazador, al soportar la amargura de su fracaso. Kalispel había de descubrir que el amor no muere fácilmente. El suyo había sobrevivido, y el joven se sentía contento por ello, ya que odiaba el odio. Sydney todavía experimentaba algún afecto por él, hasta cierto punto; el suficiente afecto para que pudiera tener derecho a pedir su olvido y su sumisión.
Pero al examinar las vacilaciones de Sydney, Kalispel comprobó que no era él un hombre que pudiera hacerla feliz. Una disparatada esperanza le agitó hasta la medula: la de coger a Sydney y su propio oro y llevarla al lugar en que siempre había vivido, donde el recuerdo de las hazañas de él y sus fechorías con la pistola no pudiera llegar jamás. Este proyecto, no obstante, era indefendible. Kalispel pertenecía al Oeste. Él y su proyecto eran incompatibles. Lo mejor que podía hacer en beneficio de Sydney, sería dominar su amor por ella, renunciar a su belleza, —permitirle que encontrara un compañero mejor y más en consonancia con su vida. Lo consiguió, pero fue la victoria más amarga de su vida.
Y no le llevó la paz. La larga lucha había puesto sus nervios en tensión. Lo que parecía restarle era una necesidad de anular aquellas dulces emociones que le habían debilitado y volver a la torva y dura pasión que le obsesionaba antes de su desastre.
Jake regresó tarde a la cabaña, y encontró a Kalispel cavilando.
—¡Hola! —saludó—. He querido que dispusieras de mucho tiempo para hablar con tu enamorada.
—Hemos tenido más de lo necesario —replicó hoscamente Kalispel.
—Es deliciosa esa criatura. Y está loca por ti, Kalispel..., o soy un tonto de remate.
—Eres un tonto de remate, Jake.
—Mejor será que cambiemos de tema, para que no haya disgustos... Hay muchas murmuraciones por allá abajo.
—¿Qué se dice?
—Parece ser que Masters y Leavitt se han declarado la guerra, o poco menos. Ya sabes que a Leavitt le ha disgustado mucho la elección de Masters. Bien, ahora parece ser que se pretende nombrar un comité de vigilancia. Masters quiere que sea elegido por los mineros, con él, naturalmente, a la cabeza, y Leavitt sostiene que tiene poderes suficientes para nombrar por sí mismo a los componentes del comité.
—¡Uf! Eso representará un lío de todos los diablos; Jake, no digas nada a nadie de lo que voy a decirte: Leavitt es el jefe de los bandidos.
—¡Rayos y truenos...! ¿Es posible...? Sí, todo lo creo posible de ese hombre. ¿Estás seguro, Kal?
Completamente seguro.
—¿Podrás demostrarlo?
—Podría demostrarlo a unos hombres honrados y justos. No a los partidarios de Leavitt.
—Y, claro, ésa es la dificultad. Escucha: si Leavitt organiza una cuadrilla de vigilantes para perseguir y ahorcar a sus propios malhechores..., eso representaría un verdadero barullo.
—O algo mucho peor: me ahorcarían.
—Quisiera que lo hubieras pensado... hace mucho tiempo —declaró Jake, pensativo—. ¿Qué vamos a hacer?
—Dejar correr los acontecimientos y ver lo que resulta de ellos. Pero puede decirse desde ahora mismo que, si esas noticias que me traes no son solamente producto de hablillas, vamos a tener mucho jaleo y mucha inquietud.
—No hay duda.
—Estoy al extremo de mi cuerda...
—Eso es bueno. Lo que hace falta es que no estés al extremo de la suya.
—¿Cómo está el tiempo? —preguntó Kalispel, mientras se quitaba las botas.
—Hay un poco de niebla. Lloverá, un poco más pronto o más tarde. Y luego tendremos frío muy intenso y llegará el invierno.
Kalispel permaneció despierto durante mucho tiempo y no se durmió hasta la mañana.
Al levantarse se afeitó y tomó un desayuno retrasado, que Jake amenazó con no mantener caliente durante más tiempo. Kalispel no habló apenas aquella mañana. A través del hueco de la puerta vio que la tormenta estaba lejos todavía. Cogió la cartera de Blair, la envolvió en una arpillera y salió.
—Vigila con cuidado —dijo a Jake—. De ahora en adelante, uno de nosotros dos, debe estar en casa todo el día.
Eran cerca de las doce de la mañana. La puerta de la cocina de los Blair se hallaba abierta. El padre y la hija estaban comiendo.
—¡Buenos días! Perdónenme, pero éste es un asunto muy delicado... —dijo Kalispel, mientras entraba y cerraba la puerta.
El saludo de Blair fue lleno de cordialidad y de curiosidad. Sydney había estado llorando. Su sonrisa era implorante y evocadora.
—¿Puedo tener confianza en usted... ahora? —preguntó Kalispel a Sydney, recalcando mucho la última palabra.
Sydney consiguió, por medio de un esfuerzo, borrar su expresión de dignidad ultrajada.
Kalispel desenvolvió la arpillera y puso la cartera sobre la mesa.
—¿Puedo encargar a usted que se cuide de esto? —preguntó Kalispel.
Blair saltó por efecto de la excitación.
—¡Por todos los infiernos! ¡Mi cartera! Déjeme tocarla..., déjeme mirarla.
—No, yo lo haré —declaró Sidney después de lanzar una exclamación y mientras arrebataba la cartera de manos de Blair—. Sí —añadió cuando la hubo abierto—, todo el dinero parece estar aquí... ¡Oh, qué contenta estoy...! Kalispel, ¿dónde ha conseguido usted esta cartera?
¿Dónde supone usted que la habré encontrado? —preguntó intencionadamente Kalispel.
—No... no... no quise decir nada... ¿Dónde?
—Se la he robado a Leavitt.
El asombro de Blair se manifestó por medio de pródigas maldiciones.
—Sydney, no es probable que Leavitt sospeche de usted o registre su casa —dijo Kalispel— . Pero, de todos modos, esconda la cartera en su cama, o entre sus ropas. Y no lo olvide jamás: vaya empaquetando sus pertenencias y prepárese para abandonar el valle con alguno de esos transportistas tan pronto como haya pasado la tormenta. No le aconsejo que lo haga hasta entonces. Podría usted ser sorprendida por ella... Y es seguro que no resultaría una cosa muy divertida.
—¡Empaquetar! ¿Va usted a marcharse también? —preguntó ella trémulamente.
—No, a menos de que me persigan y me vea obligado a hacerlo.
—¡Oh! —exclamó Sydney mientras cerraba los ojos—. Vuelva otra vez para que pueda darle gracias.
—Kal, he visto que lleva usted dos pistolas —dijo Blair con los ojos completamente abiertos—. Sin duda es que debe ir a alguna reunión amistosa...
—Son un motivo decorativo. Eso es todo, Blair. ¡Hasta la vista! —respondió con calma Kalispel. Y abrió la puerta cautelosamente, vio que la costa estaba despejada y salió Cuando llegó a la entrada de la ciudad, le pareció que se hallaba ante Laramie, o Medicine Bow, o Butte, o Kalispel. No era un estado de ánimo muy agradable ni muy venturoso. La Ciudad del Trueno no presentaba el aspecto que debería presentar como consecuencia de la pérdida de la mitad de su población, ya que la calle principal estaba tan llena de gente, tan ruidosa y tan activa como siempre. Pero el hecho era que por lo menos la mitad de los mineros se habían decidido a tomar precauciones contra la posibilidad de ser sorprendidos por la inminente tormenta cuando se hallasen trabajando al aire libre, en sus placeres o en sus excavaciones.
Kalispel no tenía ningún propósito fijo en aquellos momentos, sino era el deseo de tener confirmación de los hechos referentes a la controversia Masters-Leavitt. Si la controversia se convertía en una disputa y en una oposición, las circunstancias podrían ser favorables para Kalispel. Entró en un establecimiento tras otro. El negocio de compra, el de venta, el transporte, la comida, la bebida, el juego, las murmuraciones, todo se producía con la intensidad habitual. Kalispel obtuvo su acostumbrada cosecha de saludos y de esquiveces. A lo lejos vio a Haskell y a Selby, que todavía llevaba el brazo en cabestrillo, y que se encontraban ante el salón del «Ojo Muerto». Ambos cruzaron al otro lado de la calle, con el evidente propósito de permitirle pasar.
Finalmente, Kalispel consiguió hallar a Masters, que salía de su oficina en unión de Borden.
—¡Caray! Precisamente el hombre a quien ando buscando —exclamó el sheriff.
—Bien, si me busca para detenerme, tendrá usted que ir en mejor compañía —replicó secamente Kalispel.
La rigidez: de Borden se rompió; su rostro cetrino se cubrió de lividez, su mandíbula se proyectó hacia delante, los ojos se le dilataron, soltó una imprecación y comenzó a caminar a pasos rápidos calle arriba. Kalispel se volvió para verle alejarse.
—¿Cargado con doble batería, eh? —dijo lentamente Masters—. ¿Quiere entrar en mi despacho para que hablemos un poco?
Kalispel le siguió hasta el interior del chamizo, sin molestarse en contestar. La estancia contenía una tosca mesa atestada de papelotes, dos cajones, que hacían el papel de asientos, una escopeta estropeada y un rifle.
—No es preciso que le advierta que las paredes oyen —dijo secamente Masters, mientras observaba con su mirada de águila al visitante—. Nuestro /proyecto para descubrir a los bandidos no ha dado resultado, ¿eh?
—Todavía no. Y debo decirle que me propongo abandonar esta cuestión —replicó Kalispel.
—Me parece bien. Podría haber resultado muy embarazosa para mí.
—Masters, no necesito andar con estratagemas para saber quiénes son los bandidos —declaró Kalispel—. ¿Quiere usted conocer quién es su jefe?
—Emerson, no tengo tanto interés en averiguarlo como antes respondió el sheriff.
—¿Se le han enfriado los pies —preguntó sarcásticamente Kalispel.
—No. Siempre tengo los pies calientes, y siempre muy firmes en tierra. Pero soy cauto, Emerson. Quiero descubrir más cosas antes de obrar.
—Más cosas... ¿Acerca de qué o de quién? —Supongo que usted podría ilustrarme, Emerson.
—Yo también lo creo. Pero hasta ahora me parece como si estuviera haciendo un solitario...
—Quiere usted decir que debo enseñarle mis cartas?
—¿Qué debo pronunciarme a favor de Kalispel Emerson o en contra suya?
—Exactamente.
—Bien, lo haré. Algún día le demostrará que la amistad de usted me es agradable, aunque con ello conquiste definitivamente le enemistad de Borden y Leavitt. Son los hombres que me han traído aquí.
—¡Sinceras manifestaciones, propias de un tejano! —contestó Kalispel—. Es seguro que habrá oído usted esas malvadas insinuaciones que se hacen de que soy un bandido.
—Sí. Y me han pedido que le encarcele.
—Supongo que si nos vieran juntos en la ciudad, eso sería suficiente para que las hablillas quedasen desmentidas.
—Sí, y para que naciesen otras hablillas más graves. Pero iré con usted.
—Muy bien. ¿Qué me dice de esa cuestión de los vigilantes?
—Que es la cuestión más enojosa de todas las que hasta ahora se me han presentado.
Propuse —declaró el tejano, mientras se atusaba el bigote —que se eligiera un comité de vigilancia. El juez Leavitt se me adelantó y nombró él mismo a sus componentes.
—¡Ah! ¿Ya lo ha hecho?
—Esta misma mañana.
—¿Cuántos?
—No lo sé. No lo ha dicho. Borden, a quien he sondeado hace unos momentos, tampoco lo sabe. Y no le importa ni un pepino. Ha reñido con Leavitt.
—Siga el consejo que voy a darle, Masters —replicó imperativamente Kalispel—. Nombre usted otro comité de vigilancia compuesto de mineros a quienes conozca. Y hágalo pronto.
—No lo había pensado, joven. Se me ha adelantado usted. ¿Qué es lo que se propone?
—Masters, todavía no puedo decirle todo lo que sé.
—Bueno. de todos modos, ha expresado usted una cosa con bastante claridad— declaró gravemente el sheriff—. Si no puedo tener confianza en el comité de vigilancia de Leavitt, tampoco puedo tener confianza en el juez Rand Leavitt.
—Interprételó como quiera —respondió Kalispel fríamente—. Ahora vamos afuera para que haga usted ostentación de nuestra amistad.
—Lo haré con muchísimo gusto, hijo.
Salieron juntos, y ya se hallaba Kalispel a punto de preceder a Masters a lo largo de la calle, cuando un joven minero, calzado con fuertes botazas, se detuvo ante ellos.
—¡Ah..., Emerson..., al fin... le encuentro...! —dijo jadeante.
Tenía lívido el rostro y sudaba. Kalispel reconoció en él a uno de los amigos de Sloan, y presintió una desgracia.
—¿Qué sucede?
—Sloan... Lo han apaleado... y apuñalado... Está... muy mal... Estoy... muy preocupado...
Pepita me ha enviado... He corrido... todo el camino... hasta su cabaña..., Kalispel... Vamos.
—¡Maldición! —Kalispel se lanzó hacia delante como si le hubieran dado de latigazos—.
Masters... Haga investigaciones.
Tuvieron casi que correr para ponerse al nivel del joven minero, cuya incoherente lengua se movía con tanta rapidez como sus piernas.
—Recobre el aliento primero... y hable después —le sugirió, bruscamente, el tejano.
Cuando hubieron llegado al puentecillo que cruzaba el arroyo, el minero se había recobrado lo suficiente para poder hacerse entender.
—He aquí... lo que me han explicado —dijo—. Sloan tenía un nuevo terreno... allá, entre los setos. Comenzó a trabajar en él... y esta mañana, cuando llegó allá, vio que tres hombres se habían apoderado de su pertenencia. Hubo una discusión, que se convirtió en pelea. Sloan fue herido muy gravemente. Se arrastró hasta que fue auxiliado. Lo llevaron a su casa..., hicieron todo lo posible por él... Pero... la herida del pulmón es suficiente para que muera...
—¡Ah! —exclamó Kalispel como si le hubieran puesto un gran peso sobre el pecho.
—¿Reconoció Sloan a sus atacantes? —preguntó el hombre práctico que era Masters.
—No he oído nada de eso.
Subieron a lo largo de la senda que corría entre la hilera de tiendas y cabañas y el río.
Un grupo de mineros se había formado ante la puerta de Sloan.
—Entre, Emerson —dijo el sheriff—. Yo hablaré en tanto con esos hombres.
Kalispel entró. Además de Pepita y Sloan, que estaba en el lecho, había otras dos personas presentes: un vecino minero, a quien Kalispel conocía de vista y una mujer de rostro severo, que debía de ser su esposa.
—¡Kal! ¡Cuánto has tardado! —exclamó Pepita—. Dick ha preguntado por ti muchas veces.
Y se está debilitando mucho...
—Lo siento —murmuró Kalispel, sin atreverse a volverse para mirarla en aquel momento—.
Me encontraba en la ciudad.
Y se acercó al lecho. Sloan estaba vestido y descalzo Su rostro infantil tenía un color lívido. Kalispel había visto la sombra de la muerte un número suficiente de veces para que pudiera conocerla instantáneamente. Mas, aun cuando se hallaba preparado para lo peor, la presencia de la fatalidad, la compasión que le producía, todo hizo que se estremeciese de frío hasta el tuétano.
—Compañero —murmuré débilmente Dick—. Ruth... te dirá...
Kalispel tomó entre las suyas una mano, húmeda y laxa del joven.
—Dick, me destroza el corazón el verte de esta manera —replicó roncamente—. Pero no pierdas la esperanza. Todavía puedes reponerte.
Los ojos, de un azul singularmente intenso, de Dick, parecían producir una especie de fuego, que no nacía para sí mismo.
—Kal..., ¿sería mucho pedir... que... te cuidaras... de Ruth?
—No lo sería.
—No tiene.., ningún amigo más... Tú la salvaste...
—Me cuidaré de ella, Dick.
Kalispel estrechó la fría mano de su amigo.
—Gracias..., compañero... —dijo Sloan, más claramente y con apasionada gratitud—. Eso hacía que la agresión...
—No hables. Contéstame sólo a esto: ¿has dicho a Ruth todo lo que sabes?
—Sí —contestó Sloan, que pareció animarse al acercar débilmente una mano a la muchacha. Ella la aprisionó entre las suyas y la oprimió contra el pecho—. Ruth..., ese terrible temor... ha desaparecido... Kal se cuidará de ti... Y algún día...
—Dick, yo jamás habría vuelto allí —le interrumpió ella dulcemente—. No debes hablar tanto. Podría presentársete otra hemorragia... Descansa y no estés pesimista. Mientras hay vida, hay esperanza.
Dick sonrió débilmente y cerró los ojos con cansancio. Un hilito de sangre apareció en la comisura de sus labios. Ruth se la limpié. Dick permanecía inmóvil, respirando despacio.
Después de unos momentos, Ruth le soltó la mano y se puso en pie. Kalispel comprendió que el joven había perdido el conocimiento. Luego, alejó del lugar a la muchacha.
En aquel momento entró Masters y se aproximé al lecho mientras movía la cabeza. Luego se volvió y susurró:
—No podemos hacer nada. ¿Le ha declarado algo, Kalispel?
—Ha hecho una declaración a Ruth. Masters, llévese a toda esa gente afuera y déjeme a solas con ella.
Cuando el tejano hubo cumplido lo que se le pedía, Kalispel se volvió hacia Ruth.
Estaba pálida pero sosegada, y, fuera de una expresión de dolor en los ojos, ninguna otra señal denunciaba sus emociones. Cuando Kalispel bajó la cabeza para mirarla al rostro, ella se agarró de manera inconsciente al fundón de una de las pistolas.
—Pero... Ruth, ¿tienes ánimos para hablar ahora? —preguntó él con ansiedad.
—Sí.
—Quién crees tú que se oculta en el fondo de esta cuestión?
—Borden.
—¿Por qué?
—Ha venido aquí dos días. La última vez tuve que pelearme con él para evitar que me arrastrase consigo. Le di de puntapiés, le mordí y grité. Salió y fue a ver a los vecinos que me habían oído. Cuando le oí mentir. Salí también y dije la verdad. .Le llamé... no sé qué, delante de todos ellos. Y él se marchó, blanco de ira... Só que está tras los que han realizado el ataque contra el pobre Dick.
—Sin embargo, podría no estar.
—Lo presiento. Una mujer no se equivoca nunca cuando siente una cosa así.
—Yo también lo creo. Pero, Ruth, necesitamos hechos, no sentimientos. Los mineros están de muy mal talante ahora... ¿Sabes que Leavitt ha organizado una banda de vigilancia bajo su propia dirección?
—No, no lo había oído.
—Es cierto. Y es una mala noticia. Yo sabía que Borden y él han roto. Pero, de todos modos, es seguro que se pondrá de parte de Borden. Debemos poseer hechos.
—Kalispel, poseo los hechos en lo que se refiere a los atacantes de Dick; pero nó puedo relacionarlos con Borden.
—¡Ah! Bien, dime ahora lo que sepas.
—Dick salió temprano esta mañana —comenzó diciendo Pepita, rápida e inteligentemente —para trabajar en su nuevo terreno. Había contratado a Presby, un minero vecino, para que trabajase este terreno, y ambos se repartirían el producto. Ya está casi agotado. El terreno de Dick se hallaba al otro lado del valle, muy arriba, entre las rocas y los setos. He estado allí. Es muy difícil llegar a aquel lugar... Bueno, no sé cuánto tiempo hace, es posible que unas dos horas, vinieron unos hombres, que trajeron a Dick, sucio y ensangrentado, con un aspecto terrible. Le habían apuñalado en la espalda y aporreado en la cabeza. Mientras intentábamos curarle lo mejor que nos era posible, hablamos... Dick había descubierto que alguien se había apoderado de su nuevo terreno. Se encontraban en él tres hombres, uno de los cuales estaba cavando. Dick le había visto anteriormente, pero no lo conocía. Los tres parecieron mostrarse muy amistosos con él en los primeros momentos, como si supieran de antemano que Dick no habría de protestar contra el despojo. Pero, como quiera que Dick había trabajado en aquel terreno día tras día, no se mostró de acuerdo con ellos. Discutieron y finalmente Dick se indignó y saltó al hoyo para expulsar al hombre. Comenzaron a pelear, y los otros dos hombres se unieron a la reyerta. En medio de la refriega uno de ellos grité: a ¡No dispares, que podrías herir a Mac!» De modo que uno de ellos, el que estaba en el hoyo, se llama Mac. Dijo que tenía una barba roja muy cerrada y un parche ensangrentado puesto sobre una herida reciente encima de una oreja. Uno de los dos que estaba arriba dio una puñalada a Dick en la espalda. La hoja lo atravesó de parte a parte. Luego le golpearon en la cabeza. Cuando Dick recobró el conocimento, hallábase solo. No puede dudarse de que creyeron que estaba muerto.
Dick se arrastró como nudo, hasta que los mineros le oyeron, le recogieron y lo trajeron a casa. Y esto es todo.
—¿Le robaron algo?
—¡Oh, lo he olvidado! Sí, el reloj, la pistola, el dinero..., todo lo que tenía. Le dejaron los bolsillos vueltos del revés.
—¡Muy ingenioso! Para hacer ver que el motivo de todo fue el robo, ¿eh? Ruth, ese hombre que se llama Mac es uno de los guardianes de confianza de Leavitt. Y yo le hice la herida que tiene en la cabeza. ¿Por qué diablos no lo maté... cuando estuve a p unto de hacerlo?
—¡Déjale, Kal! —suplicó ella—. ¡Déjalos a todos!
—añadió dejando repentinamente de ser la muchacha fría, tranquila que había relatado la historia de Dick. Sus ojos se tornaron más oscuros, más extrañamente azules. Sus nerviosas manos asieron las solapas del chaleco de Kalispel.
¿Me lo pides tú, Ruth? —preguntó él sorprendido.
—Sí, te lo imploro.
—¡Creí que me conocerías mejor!
—Te conozco bien. Pero ya es demasiado tarde para salvar a Dick. Y aun cuando eres Kalispel Emerson, podrían matarte.
—Es cierto. Pero es la única forma de hacer frente a esta situación. Si me comportase como un cobarde, tendría muchas más probabilidades de que terminaran conmigo. Y, además, Borden intentaría apoderarse de ti.
—¡No lo conseguiría mientras estuvie...ra viva! —replicó ella fieramente.
—¡Ah! Con eso mismo reconoces la debilidad de tu razonamiento para pedirme que deje en paz a esos cerdos. ¿No lo comprendes, chiquilla?
—Podríamos abandonar la Ciudad del Trueno tan pronto... como... —tartamudeó—. Kal, ¿no puedes tú también comprender algo...?
—Comprendo muchas cosas, Ruth. Y lo más importante de todo, para mí, es comenzar a combatir contra esa gente, Borden y Leavitt son dos cobardes, y los hombres que los siguen no son mucho más valientes que ellos: disparan en la oscuridad y apuñalan por la espalda.
Voy a extirpar a algunos de ellos y a amedrentar a todos los demás. Y todo ello, unido a las pruebas que poseo, servirá para abrir los ojos a los mineros. Masters está a nuestro lado. Es un tejano muy ladino, que sabe bien dónde está el verdadero malhechor.
—¡Oh, Kal...! Pero... ¿y si...? —tartamudeó ella mientras sollozaba; y después de haber dirigido una terrible mirada al rostro del joven, se abatió de nuevo, llorando estremecida.
Kalispel la sostuvo, súbitamente turbado por el recuerdo de lo que Sydney le había afirmado respecto a ella. Era una cosa apenas creíble. Sin embargo..., Ruth se retiró de él. Con gran sorpresa y admiración, Kalispel pudo comprobar que todas las huellas de su debilidad se habían desvanecido. Era una mujer de diferente calibre a Sydney Blair, no estaba hecha de la misma materia.
—Tú sabes mejor que yo lo que ha de hacerse, Kal —dijo Ruth con serenidad—. No soy yo quien debe intentar detener tu mano... Vete... y no te preocupes por mí.
—¡Así se habla, Ruth! —replicó Kalispel én un intento por ocultar sus propias emociones— . Mira a Dick; parece que está en un estado de inconsciencia... Y así es, aun cuando no se recobrara jamás... Ruth, no te preocupes tampoco por mí.
—¡No querría estar en el pellejo de Borden! —contestó ella quedamente, y se acercó al lecho de Dick. Kalispel salió despacio, volviendo la cabeza para mirar a Ruth. Cuando llegó a la puerta, Kalispel se había repuesto totalmente, había recobrado su personalidad. Masters se hallaba en el exterior hablando con la pareja. La multitud, con excepción de unos pequeños grupos, se había dispersado.
—Entren ustedes en la casa y quédense con Ruth —dijo Kalispel al matrimonio—. Masters, venga conmigo. Cuando hubieron cruzado el puente y llegado a la calle principal el tejano rompió el tenso silencio que habían guardado hasta entonces.
—Joven, ¿se propone usted jugar solo la partida? —Así es.
—Bueno, supongo que podré apoyarle un poco —contestó el otro intencionadamente.
—Masters, me alegraré muchísimo de saber que me apoya usted en este asunto dijo Kalispel, emocionado, mientras oprimía con agradecimiento el brazo del sheriff—. Pero si me meto en situaciones peligrosas y le arrastro a ellas, entonces, ¿quién va a quedar para defender a nuestros amigos? Y, créame usted, si yo desapareciera, lo necesitarán mucho.
—Emerson, usted supone que hay algo parecido a una banda como la de Henry Plummer.
No hay tal cosa. Ni borden ni Leavitt son hombres de la categoría de Plummer. Y el resto de la cuadrilla está compuesto de fanfarrones.
—Es lo mismo que pienso. Pero esa cuadrilla podría ser más numerosa de lo que suponemos.
—No importa. Cuando no tengan directores, esos hombres se consumirán como el papel de estraza puesto sobre un rescoldo. He calibrado bien a todos los hombres de este campamento. Usted es el único hombre del cual declaro que podría inspirarme temor. Y no fue porque le tuviera miedo por lo que le he ofrecido ayudarle, ¿eh?
—Muy bien. Ése es el trago estimulante que necesitaba. Lo único que me inspira algún temor es la posibilidad de que disparen contra mí desde una puerta o una ventana.
—No es muy probable que suceda si yo camino siempre detrás de usted. Y, al mismo tiempo, servirá para demostrar a los de esa cuadrilla qué hay algo amenazador en el ambiente.
Se habían detenido al llegar a Una esquina para concluir su conversación.
—Busque a un hombre fuerte, con barba roja y cerrada, que tiene un parche ensangrentado sobre una oreja... E infórmeme si lo encuentra. El parche ha de tenerlo sobre la oreja derecha.
—Seguramente debe habérselo puesto usted mismo —dedujo el astuto sheriff.
—Le llaman Mac —añadió Kalispel—. No puedo hacerle más descripciones de él. Pero es seguro que lo reconocerá tan pronto como le eche la vista encima.
En la ciudad no encontraron indicios de que la noticia del asesinato de Dick se hubiera divulgado. Pero los mineros que hablaron y los que caminaban en dirección a sus lugares de trabajo, así como los habitantes de la Ciudad del Trueno, no tardaron mucho en darse cuenta de que Masters y Kalispel andaban al acecho a lo largo de la calle.
—¡Eh! —gritó un observador, excitado—. Parece ser que el sheriff Masters ha detenido a ese pistolero.
—A mí no me lo parece —replicó otro.
Ambos entraron en el salón del «Ojo Muerto». Estaba lleno de humo, de ruido y de conversaciones.
—Oigan todos —gritó Kalispel con voz aguda; y cuando el rumor hubo cesado y todos los rostros se volvieron hacia 61, continuó—: Estoy buscando con mucho interés a un hombre de barba roja y cerrada, que tiene un parche sobre la oreja derecha, donde recibió un golpe recientemente. Responde al nombre de Mac.
Todos los hombres que se hallaban presentes, aun los mismos jugadores, miraron a sus vecinos. Y uno de los camareros del servicio del bar puso un vaso sobre el mostrador con un nervioso y ruidoso movimiento.
—Ninguno de los que aquí están se llama de ese modo —dijo.
Kalispel salió y, al salir, oyó el murmullo de conversaciones que se elevaba a sus espaldas.
—Esto me recuerda mis tiempos de Texas —dijo el sheriff.
—¿Qué es lo que se lo recuerda?
—Usted mismo, muchacho.
Kalispel se limitó a dirigir una rápida mirada al interior de las tiendas. Siguió su peregrinación por el salón del «Polvo Dorado», por el «Alce», por el «Bonanza», por el «Trueno» y por todos los lugares de esparcimiento situados en el lado derecho de la calle, en los cuales interrumpió la alegría y sembró el silencio y la consternación. No encontró al hombre a quien buscaba. Una nutrida multitud le seguía a cierta distancia, y el ambiente de toda la calle parecía haber cambiado como por arte de magia.
—Bueno, Kalispel! —dijo el tejano mientras cruzaban la calle por el extremo este de la ciudad—, nadie supone ya que se encuentre usted detenido.
—Seguramente que todos están haciendo cábalas y conjeturas.
—Ninguno de esos hombres será capaz de enfrentarse con usted para una lucha cara a cara.
—No, no lo parece, Masters.
—Me parece que tendrá usted que ir en busca suya. Y cuando se está fuera de una cabaña atrincherada, a merced de los disparos de las pistolas y de los rifles, resulta muy peligroso...
Como ranchero, conozco bien esta situación.
Hallábanse al final de la calle, en el lado izquierdo, y pasaban ante la herrería, unas tiendas cerradas y un almacén de mercancías. Hasta donde la vista de Kalispel podía llegar, observaba que muchos hombres miraban en dirección suya y que no pocos de ellos estaban hablando en el centro de la calle. En el «Salón Rojo» la embajada de Kalispel provocó la protesta de uno de los hombres que en él se hallaban.
—,Para que buscas a Mace —Mac y sus compinches asaltaron una propiedad de Dick Sloan.
—Eso no es decir para qué lo buscas —replicó la voz malhumorada.
—Sloan se está muriendo.
Kalispel avanzó hasta el grupo que se hallaba junto al mostrador y ordenó a sus componentes que se separasen. Su aguda mirada no pudo hallar entre ellos a ningún hombre con barba roja y cerrada. Salió del local percibiendo claramente que dejaba tras sí un ambiente de hostilidad. De nuevo en la calle continuó investigando en los lugares en que solían reunirse los mineros. Frente al salón del «Ojo Muerto» Kalispel vio a un hombre alto y barbudo, que caminaba de una manera que parecía solicitar la atención del joven. Kalispel lo reconoció como a un amigo, un vecino de Blair.
—¿Por qué mira usted con tanta insistencia a ese hombre? —preguntó Masters.
El minero continuó caminando sin aflojar el paso y sin dar muestras de que hubiera reconocido a Kalispel. Mas, al pasar a su lado, dijo en voz baja:
—A ese hombre le han dado el soplo... Salón del «Ojo Muerto» ...
Kalispel se detuvo.
—¿Ha oído? preguntó Masters—. Creo que ahora debo apartarme de usted, Kalispel.
Se hallaban a una distancia de alrededor de un centenar de pasos, o acaso un poco más, del salón del «Ojo. Muerto». Cuando el tejano se hubo alejado un poco } volvió el rostro para mirar, pareció como si Kalispel hiciera una señal para ordenar a todos los hombres que se hallaban ante él que se detuvieran. Varios comentarios llegaron hasta los perceptivos oídos de Kalispel.
¡Mirad! Masters se ha alejado —dijo uno de los hombres.
—Seguramente que no está borracho esta vez.
—¿A quién busca?
—Está vigilando el «Ojo Muerto».
—Caballeros, va a comenzar el baile.
Para aquellos espectadores el escenario resultaba adecuado para la representación del drama callejero que era habitual en los lugares de la frontera. Pero en la Ciudad del Trueno había habido muy pocos de estos duelos.
Kalispel se puso las manos a modo de bocina ante la boca y gritó:
—Que alguien diga a Sneed que obligue a Mac y sus compinches a salir a la calle... o los echaré yo a tiros.
Un hombre vociferó algo desde la puerta del «Ojo Muerto». Si Sneed no obedecía sus órdenes, Kalispel lo interpretaría como un acto de hostilidad contra él. Sin embargo, contaba con la circunstancia de que el código de los hombres del Oeste ordenaba que sus disputas se ventilasen al aire libre, sin riesgo para los espectadores.
Bill Sneed apareció y abrió totalmente las puertas de su establecimiento.
—¡Salid! —ordenó—. ¡No quiero ampararon!
Dos hombres de rostro lívido salieron, seguidos de un tercero cuyo sombrero, inclinado sobre el rostro, no podía ocultar por completo la delatora barba roja. El primero se introdujo con la rapidez de un alce entre la multitud. Los otros se lanzaron a correr por la calle y se desviaron hacia la izquierda.
—¡Alto! —gritó Kalispel, y disparó contra el que corría delante. El proyectil rebotó en el polvo ante el corredor y se perdió silbando. Pero había herido al hombre, puesto que éste disminuyó su carrera. El individuo lanzó un alarido de dolor y de miedo. El segundo disparo de Kalispel, dirigido bajo, hizo que el hombre cayese en medio de la calle. Un nuevo grito de dolor se escapó de su garganta. Intentó ponerse en pie, con la torpeza de un polluelo perniquebrado, pero otra vez cayó, sin dejar de gritar. Y entonces, mientras Kalispel avanzaba por la calle, el hombre pudo erguirse sobre las caderas, sacó la pistola y comenzó a disparar con rapidez. Las balas rompieron los cristales y rebotaron contra las maderas situadas detrás de Kalispel. Muchos de los que presenciaban la escena corrieron a ponerse fuera del alcance de los proyectiles. Kalispel se detuvo en seco y disparó con intención de matar. Su adversario se retorció y, cayendo pesadamente, abandonó la pistola. Kalispel saltó nuevamente hacia su postrado adversario, y se alegró al descubrir que todavía estaba con vida. El segundo disparo le había herido en la parte alta del pecho, de donde brotaba un hilo de sangre.
—¡Hola, Mac! —dijo sombríamente Kalispel, en tanto que se inclinaba sobre él con la humeante pistola en la mano. El sombrero negro había caído entre el polvo, y Kalispel no necesitó mucho tiempo para reconocer a su hombre—. Masters, venga en seguida y traiga alguien con usted —dijo Kalispel al sheriff. Luego puso la mirada sobre el ladrón de propiedades—. Sloan te señaló, Mac.
—¿Ha... muerto?... —preguntó Mac con voz ronca.
—Supongo que en estos momentos ya estará muerto. Masters llegó apresuradamente acompañado de dos mineros.
—Te han roto un ala, ¿eh?... ¡Hágalo cantar, Kal! ordenó a gritos.
—Me parece, Mac, que no podremos saldar la cuenta pendiente si no te agujeren de nuevo —añadió Kalispel despacio, mientras apuntaba con la pistola al corazón del hombre que se hallaba en el suelo—. ¡Habla... o te perforaré otra vez!
—¡Por amor de Dios, Emerson...! Yo no apuñalé a Sloan... No lo aporreé, tampoco... Yo había ido para secuestrarlo..., para que Borden... pudiera apoderarse... de Pepita.


XIII
Por toda la ciudad se extendió como un reguero de pólvora la noticia de que Macabeo, uno de los guardianes de Leavitt, había confesado que Borden le obligó a eliminar al joven Sloan. El rumor corrió con tanta rapidez como las piernas de los hombres pudieron moverse y sus lenguas agitarse. Los motivos del crimen —acechar y matar a un minero joven y honrado, con el fin de poder arrastrar a su novia al antro que era el salón de baile y a una vida de vicio y alcohol —inflamaron el ánimo de la población hasta un grado peligroso.
Kalispel recorría continuamente la calle vigilante, y era el blanco de todas las miradas.
La corriente se le mostraba favorable. Según el código de la frontera, Borden no tenía más remedio que enfrentarse con él.
Faltaban aún varias horas para el crepúsculo. El recorrido de Kalispel sólo llegaba a la parte baja de la ciudad, exactamente hasta el punto en que se hallaba a cubierto de los disparos de rifle que pudieran hacerse desde la residencia de Borden. Borden había sido encontrado e informado de la confesión de Macabeo y de que un hombre le esperaba en la calle.
Hacia media tarde todas las ocupaciones, con excepción de la de beber, fueron suspendidas. Todo el mundo deseaba presenciar el encuentro entre Kalispel y Borden. Si había alguna excepción en el sentir general, la constituían Leavitt y los hombres que trabajaban en su mina. Todos ellos habían sido informados. Más tarde corrió la noticia, que fue extendida por los propios mensajeros que la llevaron, de que Leavitt se había negado a proteger a Bor den de las iras de Kalispel.
—Decid a ese secuestrador de muchachas que salga a la calle y que obtenga su merecido —había sido la respuesta indignada de Leavitt y que Leavitt no se disgustaba ante la idea de aceptar para sí la mitad que era propiedad de su socio. La parte baja de la calle aparecía solitaria, exceptuando por la presencia de Kalispel, quien ya paseaba de un lado para otro o se detenía amenazadoramente. La multitud, bebiendo más y más, se entregó gradualmente a los sentimientos populares tan fáciles de provocar en hombres de la naturaleza de aquéllos y a tales horas. La situación de Kalispel se elevó a la dignidad propia de un hombre caballeroso y admirable, en tanto que Borden fue calificado de traficante en mujeres.
El vecino de Dick Sloan, el joven minero, salió de entre la multitud y se dirigió presuroso hacia Kalispel.
—Vale más que te alejes y me dejes libertad de movimientos —le advirtió Kalispel, sombrío.
Pero el joven continuó aproximándose descuidadamente.
—Emerson, todo ha concluido —dijo entonces, con rostro pálido y severo—. Sloan ha muerto sin recobrar el conocimiento.
—No me sorprende. Ya lo esperaba... Y, ¿cuál es, el estado de ánimo de Ruth?
Se ha resignado ante lo inevitable. Ha venido conmigo. Te hemos estado buscando.
—Ve con ella y llévatela a su casa.
—Iré con ella, desde luego, pero no lograré obligarla a abandonar la calle —declaró el joven—. ¡Quiere verlo! —Extended por todas partes la noticia de que Sloan ha muerto.
—Ya lo hemos hecho... Todos están a tu lado, Kal.
No fue preciso mucho tiempo para que la muerte del campeón y aspirante a esposo de Pepita fuese conocida de todos. Corrió de boca en boca. Y fue la última chispa la que provocó una explosión sin precedentes. Las maldiciones y las imprecaciones aumentaron, y lo mismo sucedió con el número de los que se aproximaron a Kalispel.
—¡Estamos a tu lado, joven de Montana! —gritó un minero.
—¡Mátalo, Kal!
—¡Acorrala a ese perro sucios —¡Si quieres que te lo arrojemos por una ventana..., dínoslo!
Todos estos gritos, lanzados con voz potente, sirvieron para desatar el ánimo de la multitud. Los hombres dirigían unas palabras a voz en cuello a Kalispel y luego entraban en las tabernas a tomar nuevas bebidas. El hecho de que Borden no se presentara empezaba a cansar a los mineros. El buen humor descarnado de muchos de ellos comenzó a cambiar sutilmente. A cada momento fueron acercándose más y más a Kalispel y formaron un denso círculo tras él. Y, gradualmente, todos ellos le fueron encaminando hacia el salón de Borden.
Este edificio, el más grande de la población, era el último de la calle y presentaba, nor primera vez, un aspecto solitario. Las puertas y las ventanas parecían ojos vacíos y oscuros. Estaba aislado y aparentemente desierto.
La impaciente multitud, sedienta de sangre, trocó su vociferante admiración por Kalispel, en una siniestra llamada a Borden.
—¡Sal, Borden!
—¡Oye, puerco! ¡Mac ha graznado y Sloan ha muerto! ¡Sal!
—¡Borden, todos queremos verte!
—¡Ha llegado tu única ocasión, Borden!
—¡Ha concluido para ti la Ciudad del Trueno!
—¡Sal como un hombre, so...!
—¡Queremos ver la luz del día a través de tu pellejo! ¡Ja, ja!
—¡Sal, Borden, si no quieres que te echemos de la ciudad!
Un minero de voz de trueno vociferó:
—¡Vamos a asfixiarle con humo!
Un clamor sirvió para manifestar el estado de ánimo de la multitud:
¡Vamos a abrasarlo!
Tras interrumpirse para recobrar alientos, la voz estentórea del minero se extendió por el aire:
Borden, sal a luchar.., o te lincharemos!
El grito: «¡Vamos a lincharle!» fue repetido y llevado por el viento a todas partes mientras Masters salía a la calle para encararse con la muchedumbre. Levantó las manos para imponer silencio y apaciguarlos.
—¡Tranquilidad, hombres! —gritó autoritariamente—. Dadle tiempo a Emerson... ¡No queremos linchamientos! Y el fuego podría destruir la ciudad... Os garantizo que iré en busca de Borden para obligarlo a salir.
Una voz aguda se elevó sobre el rugido general:
¡Muy bien, sheriff! Pero no queremos detenciones. ¡Queremos ver a Borden muerto a tiros... o ahorcado!
Masters apresuró el paso en dirección a Kalispel.
—Esas gentes están de muy mal talante —dijo—. Podrían prender fuego a la casa de Borden... y eso sería peor que el infierno. Estas cabañas arderían como yesca... Emerson, debe permitirme que vaya en busca de Borden.
—Está escondido ahí dentro —le advirtió Kalispel—. Podría disparar contra usted.
—Correré ese riesgo. Y si consigo verle le convenceré de que esta multitud está dispuesta a quemarle vivo o a ahorcarle. Y le prometeré protegerle, aun en el caso de que le matara a usted. Eso servirá para obligarle a salir. Es la única posibilidad que le resta de salvación...
—¿Y si le acometiera a usted con un rifle? —preguntó sombríamente Kalispel.
—Bien, si es tan traidor como para hacerlo, entonces seré yo mismo quien le ajuste las cuentas —replicó el tejano.
—No me gusta la proposición, Masters. Es una cosa muy de agradecer, desde luego, pero podría servir para indisponerle a usted con Leavitt. Y Leavitt es fuerte... No sabemos cuánta será su verdadera fortaleza...
—¡Que se vaya al diablo Leavitt! ¡Primero, uno; luego, el otro! ... ¿Entro?
—¡Adelante! Y muchas gracias, viejo amigo.
Masters se separó de él y sacó de un bolsillo un pañuelo blanco que comenzó a agitar.
La multitud aulló de manera tanto animadora como ridiculizadora. No tenía una plena confianza en la tentativa del sheriff. Había cerca de doscientos metros desde el lugar en que se hallaba Kalispel hasta el salón de baile. Masters retardó el ritmo de sus pasos. Cuando llegó a mitad del camino, voceó y continuó avanzando. Tenía valor, pero indudablemente supuso que Borden podría verle y utilizar cualquier recurso para evitar su encuentro con Kalispel. Masters se enderezó entonces, como si le pareciera que la ansiedad fuera menos insoportable que el peligro, y agitó de nuevo el pañuelo. Y al llegar a menos de un centenar de pasos del salón, Borden apareció súbitamente en la puerta apuntándole con un rifle.
—¡Alto! —gritó.
Masters bajó con violencia su banderín de petición de tregua. Su clara voz llegó hasta Kalispel.
—Está usted borracho... o loco? ¡Baje el rifle! La multitud que nos observa le quemaría vivo o le ahorcaría si...
—¿Qué quiere usted? —gritó Borden con estridencia, mientras bajaba el arma. Masters continuó avanzando y hablando con rapidez, pero Kalispel no pudo entender lo que decía.
Masters se acercó hasta a treinta pasos de Borden, que todavía esgrimía el arma amenazadoramente. Kalispel pensó que lo más conveniente para el tejano sería detenerse donde se hallaba y transmitir desde allí el mensaje a Borden. La actitud de Masters no perdió dignidad, mas sus pocos gestos dieron a entender claramente que exponía de manera enérgica un frío ultimátum. Luego, giró sobre los tacones, y, siguiendo la línea de la izquierda, caminó con rapidez en dirección a los grupos.
Kalispel no perdió de vista el rifle y se propuso buscar refugio junto a la pared en el caso de que lo viera comenzar a elevarse. No quería correr peligros en condiciones de desigualdad con un puerco de la magnitud de Borden. La multitud parecía presa de la ansiedad mientras esperaba observando a los dos principales protagonistas de la escena. En medio de aquel opresivo silencio, el minero de pulmones privilegiados lanzó un grito áspero:
—¡Escoge lo que quieras, Borden!
Y el aullido unánime que brotó de la multitud proclamó que los términos de la elección eran éstos: arrojar al suelo el rifle de largo alcance y salir a luchar como un hombre, o utilizar el arma y ser colgado por el cuello. Y, ciertamente, Borden lo comprendió, pues aún no había cesado el eco de aquel grito unánime cuando levantó el rifle en alto para arrojarlo al suelo. El ruido metálico de su contacto con las piedras llegó claramente a los oídos de todos.
El cetrino rostro de Borden parecía despedir un fulgor singular, aun visto a aquella distancia.
—¡Oye, Emerson, ya viene! ¡Apostamos a que acertarás a hacerle un agujerito en el medio!—, gritó el gracioso que estaba entre la multitud.
Borden sacó dos pistolas y, agachando la cabeza, como un toro que se preparase para acometer, saltó fuera del quicio de la puerta.
—¡Desparramaos todos! —gritó el minero de voz de clarín—. ¡El baile va a comenzar!
Kalispel comenzó a avanzar mientras sacaba su pistola del fundón. Borden llegó al centro de la calle, y, como un hombre que fuese empujado desde detrás por una fuerza irresistible, se adelantó balanceándose. Estiró el brazo izquierdo y disparó. La bala silbó en los oídos de Kalispel, chocó oblicuamente en las piedras del suelo, rebotó y arrancó un agudo alarido de alguna persona de la multitud. Los gritos y el rápido arrastrar de pies atestiguaron que la muchedumbre se abría en su centro y se separaba hacia ambos lados de la calle.
Kalispel continuó adelantándose con rapidez. Borden se detuvo. Su pistola despedía llamaradas rojas y estampidos. Otro proyectil silbó amenazadoramente cerca del cuerpo de Kalispel, cayó entre el polvo detrás de él y se perdió en el fondo de la calle. De nuevo avanzó un poco más Borden, y otra vez sonó su pistola. Sonó tres veces consecutivas: ¡bang, bang, bang!, con lo que la pistola de la mano izquierda quedó descargada. Borden la arrojó al suelo y esgrimió la que llevaba en la mano derecha.
Kalispel se detuvo para ponerse de costado ante su adversario, a quien apuntó con el arma. La distancia que separaba a ambos contendientes era menor de cien metros. Kalispel apuntó fríamente y oprimió el gatillo.
Todo el mundo oyó el súbito estampido de la detonación. Luego se produjo el suave ruido que produce un cuerpo duro al chocar con otro blando, como si el proyectil estuviera penetrando en la carne. El avance de Borden se interrumpió, del mismo modo que si su camino estuviese obstruido por un carnero que acometiese. Exhaló un grito ahogado, pero se agitó como la cuerda de un látigo y comenzó a disparar. Kalispel decidió que no era ocasión de disparar a ciegas, sino de apuntar fría y calculadamente, y encañonó a su blanco mientras el primero y el segundo proyectil de Borden pasaban silbando junto a él, uno por cada lado.
Kalispel disparó al fin. Y Borden fue derribado al instante al suelo, como si hubiera sido golpeado por un puño de gigante. Saltó de modo enloquecido, como la verde vara de un sauce que fuese soltada repentinamente, y disparó. Pero había algo en la postura de Kalispel, en su inmovilidad de estatua, en su calma terrible y siniestra, que se abrió paso en el caótico cerebro de Borden, quien intentó imitar la conducta de su adversario. Dobló una rodilla, apoyó el codo en le otra, y, sosteniendo el arma con firmeza, apuntó cuidadosa y detenidamente.
La multitud contuvo el aliento. Una mujer lanzó un alarido como si no pudiera soportar la serenidad que tanto nombre había dado a Kalispel.
El silencio fue roto por el retumbante estallido de su pistola. La rigidez de Borden se rompió. Su arma cayó al suelo. Y, simultáneamente, él mismo pareció ser golpeado y empujado hacia un lado por una fuerza invisible. Con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, de espaldas a la multitud, hizo un esfuerzo por enderezarse; pero inmediatamente cayó de cara contra el polvo y quedó inmóvil.
Solo en el centro de la calle, frente a la multitud, que apenas parecía respirar, Kalispel se inclinó sobre su postrado enemigo para verle morir. Era una de las prerrogativas de los que contendían pistola en mano: el presenciar la muerte de su enemigo, prerrogativa que debía su origen a la necesidad y el incentivo de adquirir la seguridad de su muerte. En el caso de Kalispel fue más bien una dura prueba en la que la crueldad cedió el paso al remordimiento.
Borden, tras su última convulsión, conservó aún la conciencia.
—¡Pepita! —intentó decir. Fue su último pensamiento, un pensamiento que parecía totalmente ajeno al duro motivo que le había llevado a aquel trance. Acaso fuera una revelación de amor.
—Yo me cuidaré de ella —respondió Kalispel.
Y Borden murió con algo que parecía como un consuelo reflejado en la lividez del rostro.
Kalispel se apresuró a caminar calle abajo para esquivar a la multitud que se acercaba.
Salió de la población y llegó hasta el recodo del arroyo y, más arriba, hasta la pendiente cubierta de salvia a la que había ido con tanta frecuencia. Le parecía casi una acción física el tener que borrar a Borden de su conciencia. Más tarde se interesó únicamente por el vértigo que sentía en su corazón y en su imaginación por la batalla que debía librar para volver a la normalidad, por el primitivo instinto de conservación que se definía en estas palabras: matar o ser matado. Tenía que tomar una determinación, allí y pronto, puesto que debía cuidarse de Ruth. Y el primer pensamiento de ella fue el nombre, Pepita de Oro haba muerto con Borden.
Era más tarde de la hora del crepúsculo, que había sido rojo y dorado, tranquilo y triste.
La crueldad del hombre, con sus amores, sus odios y su avaricia, no llegaba allí. El arroyo continuaba murmurando sin cuidarse de las insignificantes vidas de los hombres, y los grandes lienzos de las montañas se arrugaban de una manera que parecía cavilosa. Arriba, en la alfombrada cumbre, un lobo lanzó su aullido de soledad. Las sombras avanzaban y se teñían de púrpura. La Naturaleza había sido siempre una panacea para los dolores de Kalispel, lo mismo en los momentos en que necesitó reponerse de su vida licenciosa de vaquero como cuando le fue preciso curarse de la herida que había sufrido recientemente en el corazón; y en aquel momento, para evitar la repetición de una cruel reversión a la sed de sangre.
Se hizo oscuro. Kalispel no podía detenerse por más tiempo. Un aire frío y estremecedor surgía del abismo. Las chotacabras y los murciélagos comenzaban a agitarse.
Kalispel abandonó la extensión cubierta de fragante salvia y, volviendo sobre sus pasos, cruzó el puente en dirección a la tienda de Sloan. Varios mineros, entre ellos Barnes, el cariñoso compañero de Sloan, le informaron que habían enterrado a Dick en el terreno de su mina, en el profundo hoyo en que había buscado el oro y encontrado una tumba.
—Barnes, voy a llevarme a la muchacha a mi cabaña dijo Kalispel—. Las propiedades y las herramientas de Sloan son tuyas... Y jamás olvidaré tu amistad con él... y tu amabilidad para ella.
—¡Ah! Eso no es nada —replicó Barnes torpemente. Para él, como para los demás, la presencia de Kalispel era, por el momento, amedrentadora.
Kalispel entró en la tienda. El interior estaba demasiado oscuro para que pudieran distinguirse los objetos.
—¡Ruth! —gritó—. ¿Dónde estás?
—¡Kal! —respondió ella alegremente mientras golpeaba el suelo con los pies. Kalispel pudo distinguir su forma pálida entre las sombras. Un momento más tarde, ella estaba junto a él, con la cabeza apoyada en su pecho.
—¿Eh?... No tiembles, criatura —dijo Kalispel dulcemente en tanto que la sostenía entre los brazos—. ¡Anímate! Has visto muchos accidentes adversos, aunque nunca te hayan afectado tan directamente... Barnes me ha dicho que han enterrado a Dick hace unos momentos... Creo que es lo mejor que podía hacerse... para acabar pronto con esta situación.
—Sí. Yo les dije que lo hicieran —replicó ella.
—¿No puedes tenerte en pie? —preguntó él al descubrir que tenía que sostenerla.
—Me tiemblan... las piernas.
—Pero Ruth... Tú eres la prenda en juego... Ésta es la vida de los buscadores de oro; ya lo sabías. Verdaderamente, es horrible que hayas perdido a Dick..., pero ya no tiene remedio... y debes animarte.
—¡Kal, estoy muy apenada por el pobre Dick! —murmuró ella; y se asió súbita y fuertemente a él—. Pero ha sido... tu pelea con Borden... lo que me ha afectado...
—Pero, no te obligó Barnes a abandonar la calle en que reñimos?
—No; me quedé allí. Me pareció estar poseída por millares de demonios mientras esperabas a Borden... ¡Oh, cómo deseaba que lo matases! Y sabía que lo harías... El pensamiento me deleitaba. La multitud estaba a tu favor, y esto me emocionaba... Pero cuando Borden salió, como un toro enfurecido..., entonces me sentí anonadada. Y comprendí repentinamente... que él podría matarte... Y estuve a punto de morir de terror... Lo vi todo... y luego perdí el conocimiento.
—¡Ah! —exclamó Kalispel, extrañamente emocionado por las punzantes palabras y por las manos que se agarraban a él. Era sólo una niña aquella muchacha de un salón de baile, y él era su único amigo—. Ruth —dijo al fin—, voy a llevarte a mi cabaña.
—¡Kal! ... Me alegro mucho..., pero no puedo andar, —Yo te llevaré.
La levantó en vilo y la instaló lo mejor que pudo sobre sus espaldas; luego comenzó a caminar en dirección a la puerta.
—Barnes —dijo al minero, que estaba esperando—, ¿querrás hacerme el favor de decir a tu esposa que empaquete todas las ropas y los objetos de Ruth y los lleve a mi cabaña?
—Lo haré con mucho gusto —respondió el otro. Kalispel tomó la senda que corría a lo largo del arroyo. La oscuridad se había intensificado, mas pudo ver la débil blancura de la senda que se retorcía al avanzar entre las cabañas y los matorrales. Acá y acullá unas lámparas arrojaban a través de las puertas una luz amarillenta, y unas hogueras se estremecían v silueteaban las corpulentas figuras de los mineros que estaban cenando.
—Kal, ahora ya puedo caminar —dijo Ruth después de avanzar un gran trecho.
—Podrías tropezar en la oscuridad y caer.
—¡Qué fuerte eres! Pero yo peso mucho; debes de estar cansado.
—Al principio me pareciste como un puñadito de paja. Pero reconozco que ahora no me pareces tan ligera. De todos modos, puedo continuar llevándote.
Cuando Kalispel pasó ante la cabaña de los Blair, al hallarse casi al pie de su pórtico, vio una luz y oyó la voz de contralto de Sydney. ¡Qué extraño le parecía el pasar cerca de Sydney a aquella hora, en medio la oscuridad, con una mujer en los brazos..., una mujer cuya vida y cuya felicidad dependían, desde aquel momento, de él mismo! Y aumentó la presión que ejercía sobre la débil figurita que conducía. Y fue incapaz por el momento de desenmarañar el laberinto de sus pensamientos o de comprender sus pugnantes emociones.
Pasaron ante la última cabaña. Allá, a lo lejos, llameaba una hoguera ante la vivienda de Jake y Kalispel. Kalispel había podido ir apreciando que la cabeza de Ruth se había deslizado de su hombro paulatinamente y se aproximaba cada vez más a su rostro hasta que la mejilla de la joven se apoyó en el cuello de él. Estaba cálida y húmeda. Ruth lloraba.
Jake se encontraba animando el fuego en el exterior de la cabaña. Oyó los pasos de Kalispel y se enderezó para dirigir la mirada hacia la oscuridad.—¡Soy yo, Jake!
—¡Ah! ... Me alegro mucho, hijo. He visto tu encuentro con Borden. ¡Siempre el mismo Kalispel Montana!... ¡Me ha entusiasmado! ¡Eh! ¿Qué es eso que traes? —Qué supones que será? ¿Un saco de harina?
—¡Dios mío! ¡Una mujer! ¡Eres el hombre más sorprendente que existe!
—Cállate y enciende la luz de la cabaña.
Jake tiró muchas cosas al suelo en su apresuramiento por cumplir la orden. Luego contempló con ojos bovinos y llenos de asombro a la joven de pálido rostro y cabello dorado que Kalispel había depositado sobre el camastro. Ruth se sentó.
—No soy una inválida —dijo con una sonrisa borrosa—. ¡Hola, Jake! Tu hermano me ha traído a cuestas.
—Ya lo veo —respondió Jake mientras sonreía. La imagen de Ruth se abría paso rápidamente hasta el corazón de los hombres—. Supongo que eres la muchacha...
—Ruth —dijo Kalispel interrumpiéndole secamente—. Jake, pon una lona en el exterior de la cabaña y saca tu camastro. Tú y yo vamos a dormir juntos.
—¿De modo que nuestra familia ha aumentado para siempre? —preguntó Jake, resplandeciente de felicidad.
—Es cierto; nuestra familia ha aumentado permanentemente —respondió Kalispel con lentitud—. Apresúrate, y prepara la cena antes que nada.
Cuando Jake hubo salido silbando, Kalispel regresó al lado de la joven y comprendió de manera indudable que estaba comprometido y destinado... no sabía a qué ni por qué. Vio que del rostro de Ruth desaparecía un repentino rubor y cómo destacaba el tono azulado die sus ojos. Jamás había visto una luz tan atractiva, tan ansiosa en ninguna mirada humana.
—Kalispel, vamos a arreglar ahora mismo esa cuestión —dijo ella.
—¿Arreglar? ¿Qué hemos de arreglar? —preguntó Kalispel con extrañeza.
—Esta situación.
—¡Diablos, criatura!
—No me llames criatura. Soy una mujer, Kal.
—¿De qué edad? —preguntó Kalispel, luchando por aplazar la conversación sobre el tema planteado.
—Tengo dieciocho años..., pero los años no dicen nada.
—¿Tan vieja...? ¿Aspiras a derrotar a Matusalén?... Y ¿cuál es la cuestión que hemos de arreglar? ¿El haber ido a buscarte y el haberte traído a mi cabaña? ¿Qué otra cosa podría haber hecho? La circunstancia de que Borden haya ido a reunirse con los demonios no es razón suficiente para creer que ahora puedas hallarte segura viviendo sola.
—No. Oí lo que prometiste a Dick.
—¿Qué?
—Dijiste: «Yo me cuidaré de ella, Dick...» ¿Qué quisiste decir con eso?
—Quise decir... lo que dije —declaró Kalispel bruscamente, como si sospechara que se hubiera puesto en duda la sinceridad de sus palabras.
—¿Serás mi amigo..., mi hermano..., como lo era Dick? —No. Confieso que no es eso lo que quise decir.
—¿Entonces, ¿qué?
—¿No se proponía Dick casarse contigo?
—Sí.
—Pues bien; eso mismo es lo que quise decir.
—¿Casarte... tú... conmigo? —exclamó ella.
—¡Claro que sí! ¿Por qué clase de hombre me has tomado?
—¡Eres el más maravilloso de todos!... Pero, Kal, tú estás enamorado de Sydney Blair.
—Reconozco que lo estuve. Más cuando ella se atrevió a invitarme a que fuese a verla en brazos de Leavitt... y acepté su reto... Bien, todo murió en el acto.
—¡Oh, Kal!... Ella no quiso..., no pudo hacer tal cosa...
—¿Vaya si pudo hacerla, diablos! —gritó Kalispel con fiero enojo—. ¡Lo hizo! ¡Vi cómo la besaba Leavitt!
—¡Oh, debió de ser obligada a hacerlo!
—¡No me importa un comino si lo fue o no lo fue! —declaró Kalispel amargamente—. Me dolió. Y me enseñó mucho... Te quedaré agradecido, Ruth, si no me obligas a recordarlo de nuevo.
—Perdóname. No lo volveré a hacer... Pero, Kal, ¿crees que Dick pedía que te casaras conmigo?
—¡Claro que sí! ¿De qué otro modo podría un hombre cuidarse de ti?
—Entonces... muy bien —replicó ella con peligrosa dulzura—. No me casaré contigo.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero. Y esto es todo —replicó ella mientras volvía en otra dirección el turbado rostro.
—¡Ah! Seguramente es que no soy digno de Sydney Blair, ni de ti tampoco. No soy un hombre guapo y honrado como Dick.
—¡Kal Emerson! gritó la joven mientras se volvía hacia él y le miraba con ojos llenos de ira.
Claro! ¡Kal Emerson! Un hombre malo..., un rudo vaquero... Un ladrón de ganados...
Un pistolero... Un hombre desesperado, un bandido del que absolutamente ninguna mujer querría ser la esposa —exclamó Kalispel con sincero desdén para sí mismo. Este sentimiento era, sin duda, una regurgitación parcial del repugnante estado de ánimo provocado por la fatal lucha a tiros.
—¡No mientas de ese modo acerca de ti mismo! —replicó ella—. Eres del Oeste... y eres un hombre admirable. Kal Emerson, no quiero que te rebajes de ese modo ante mí.
—Mi promesa a Dick no importa ahora. De todos modos te habría pedido que te casaras conmigo.
—¡Oh, Kal!... ¡No me lo pidas! ... ¡Dios sabe cuán doloroso es el tener que negarme!...
—Bien. ¿Por qué no quieres?
—¡Porque te quiero! —exclamó ella apasionadamente.
—¡Ruth!... ¿Quieres decir que me quieres como querías a Dick?
—No. A Dick no lo quise.
—Pero, criatura, ¿cómo diablos es posible que me quieras? ¡Ah, solamente gratitud...! Y ahora estás terriblemente trastornada.
—No preguntes a ninguna mujer, buena o mala, cómo es posible que quiera, cómo ha comenzado a querer. Es una cosa que no puede explicarse. Sucede... y nada más.
—Bueno en este caso..., si es, cierto lo que dices..., todo ello constituye una razón más para que seas mi esposa.
—No lo es.
—Nos estamos desviando del camino recto, Ruth —dijo él con calma—. Cuando pensé casarme contigo no lo hice solamente por obtener una esposa, una mujer. Fue porque experimentaba un piadoso sentimiento por ti, por la criatura a quien la vida ha maltratado con tanta crueldad. Y no quise decir que cuidaría de ti como cuidaría de mi propia hermana. Pero cuando dices que me quieres, me haces pensar y recordar. Siempre he deseado poseer un verdadero hogar, con una esposa que me atienda, con unos hijos...
—¡Chist! —dijo ella sollozando y poniendo los dedos sobre la boca de Kalispel—. Te quiero, Kal... Te quiero como jamás he querido a nadie, ni siquiera a mi madre. Viviré contigo, te seré fiel hasta mi último aliento, me desollaré los dedos trabajando para ti, pero no me casaré contigo.
Kalispel cogió una de las manos de la joven entre las suyas y la besó. Ninguno de los dos habló durante unos instantes.
—Te estoy acongojando, Ruth —dijo él resuelto—. Pero aún he de decirte unas palabras más: si no quieres casarte conmigo, no podrás ser mi verdadera esposa. ¿Comprendes, querida?
—Sí, comprendo —murmuré ella, apretándose contra él.
—Y, de todos modos, cumpliré la promesa que hice a Dick. Y sé que, de todos modos, también —continuó él con vehemencia —serás mi salvación... No pienses en esas cosas ahora, Ruth... Tenemos otras muchas en qué pensar... Tenemos que hacer muchos proyectos... Y tengo muchísimo que hacer antes de abandonar este lugar.
—¡Leavitt! —exclamó ella volviendo los ojos para que él no pudiera verlos.
—Sí. Me propongo matar a Leavitt.
—Kal, no soy yo quien... quien debe detenerte. No debo hacer nada en beneficio de él...
¡Pero... hoy!... ¿Podría soportarlo nuevamente?
—No te preocupes. Es posible que Masters se encargue de arreglar esa cuestión con él.
Jake abrió la puerta poco más de un centímetro.
—¡Eh, Romeo y Julieta! ¿Quieren que les sirva la cena en el lujoso comedor, o prefieren tomarla en la terraza?


XIV
La tormenta equinoccial, que durante tanto tiempo estuvo en suspenso, estalló aquella noche.
Jake se puso en pie para reforzar el cabo de su improvisado refugio.
—Ove, Kal, ¿cae agua en tu sitio? —preguntó.
—j Hum, hum! —contestó Kalispel medio dormido.
Está cayendo agua por todas partes —gruñó Jake—. La tormenta ha reventado, y me parece que va a ser de las buenas. Casi podríamos levantarnos y prepararnos para que nos arrastre la corriente.
—¿Qué hora es?
—Una hora cualquiera cerca de la madrugada, pero no sé cuál... ¡Diablos! ¡Rayos y truenos! Querría no haber venido nunca a este lugar tan peligroso.
—Lo mismo pienso —replicó Kalispel mientras se incorporaba para quedar sentado. Una luz blanco azulada inundó el valle de resplandores fantásticos— y un repiqueteante trueno rasgó el silencio de los cielos. Y antes de que el retumbante estampido de los ecos hubiera muerto, otro relámpago se arrastró por la negra altura y un espantoso rugido, como el ruido de unas montañas que se derribasen, ensordeció a Kalispel. Muy pronto comenzaron a disminuir los intervalos entre los relámpagos, que se convirtieron en un solo y continuo resplandor, y los truenos se mezclaron insistentemente. La lluvia caía a torrentes.
Kalispel y Jake se acurrucaron junto a la pared de la cabaña y cubriéndose a sí mismos y cubriendo las mantas con un lienzo alquitranado, consiguieron librarse de los efectos de la lluvia. A. la hora del alba, la violencia de la tormenta amainó y la lluvia comenzó a amortiguarse. La mañana nació triste y gris.
El arroyo rebombaba. Kalispel se inclinó para verlo. A lo largo de su curso, hasta el punto a que alcanzaba su vista, los mineros intentaban salvar piedras, canalillos, herramientas, cajas de la furiosa corriente amarillenta. El arroyo estaba cubierto de agua desde una hasta la otra orilla y crecía rápidamente. Muchos de los placeres serían destruidos. Aun aquellos terrenos que se encontraban en los puntos altos no podrían ser trabajados, porque habían sido inundados.
La Ciudad del Trueno continuaría atronando con su ruido, pero no con su trabajo. Las tabernas y los salones de baile y los garitos de juego recogerían una buena cosecha.
Como siempre, Kalispel lanzó una mirada de inspección a la desnuda pendiente.
Aquella mañana presentaba un aspecto más arrugado que nunca. Delgados arroyos de agua formaban unos lechos de barro y de fango. La montaña ofrecía una vista muy desagradable.
Arriba, en lo alto, la cumbre estaba oscurecida por una densa nube gris. Kalispel pensó que debería de estar nevando en aquellas alturas. Y concibió la idea de que sería conveniente prepararse para abandonar el valle tan pronto como concluyese la tormenta. Volvió a la cabaña: Jake soplaba sobre una hoguera que se negaba a encenderse en el interior del refugio.
—Creo que sería conveniente recoger nuestros caballos y burros —dijo a Jake pensativamente.
—Sí, y darles su pienso antes de que comience a nevar.
—Así es. Bueno, vamos a preparar el desayuno lo antes posible —contestó Kalispel, alegre por la idea de haber tomado aquella decisión definitiva. Había algo que parecía tirar de él, Que intentaba sujetarle y retenerle: una amarga y fría pasión a la que era difícil renunciar—.
Luego bajarás a la ciudad y comprarás un saco de grano, dos alforjas... Quiero que sean muy fuertes, y... Veamos... Creo que... Bueno, yo mismo bajaré a la tienda.
—No sería preferible, Kal, que te quedaras aquí y me permitieras bajar a hacer esas compras? —preguntó Jake con aspereza—. Tienes ahí a la muchacha, y nuestra cabaña es de una construcción muy fuerte. Con los dos rifles de que disponemos, podrías defenderla...
—¡Demonios! —exclamó Kalispel—. ¡Es claro que podría! Pero después de lo de ayer, ¿supones que Leavitt va a bajar en busca de mí para obligarme a agitar el polvo de la Ciudad del Trueno?
—El barro, querrás decir, hijo —replicó Jake—. Lo que pienso, Kal, es que cuando discurres lo haces muy acertadamente. Pero ayer pasaste un día de infierno, y hoy no estás en condiciones de discurrir. Creo que Leavitt se oculta y se propone algo al organizar esa cuadrilla de vigilantes.
—¡Ah! Bien, ya lo pensará —replicó Kalispel entre dientes—. Y ahora estoy pensando que me conviene ver pronto a Masters.
—Yo le diré que suba a buscarte —replicó apresuradamente Jake mientras dirigía una mirada especulativa a su hermano—. Cuando hayamos comido, bajará a hacer todas esas cosas que hay que hacer. Y, mientras, vete empaquetando chismes... La tormenta se desvanecerá hoy, y dentro de un par de días podremos estar ya en camino.
Unos momentos más tarde, Kalispel llamaba a la puerta de la cabaña.
—¡Adelante! —dijo Ruth.
Kalispel entró y la encontró todavía en cama, con la manta roja tapándola hasta la barbilla.
—¿No se avergüenza usted, señorita, de dormir hasta tan tarde? —fue el saludo que Kalispel le dirigió mientras se aproximaba para contemplarla con una extraña sensación de propietario.
—¿Es tarde? —preguntó ella mientras levantaba la mirada hacia él y sonreía.
No. Estaba bromeando. ¿Quieres que te traiga un balde de agua caliente? Y, después, ¿un poco de arroz, tocino y café?... No, no es preciso que te levantes. Hace un día muy antipático. ¿Has oído la tormenta?
—¿Tormenta? No, no he oído nada.
—¡Muerta para el mundo! ¡Demonios! Si no oíste la tormenta, tampoco habrás oído las maldiciones de Jake. Cuando despertó estaba en un charco... Muy bien. Iré a buscar las cosas.
Me parece que voy a tener que irme acostumbrando a hacer de doncella tuya.
—Debería ser al contrario.
—Oye, ¿qué diablos es todo eso?
—Mi equipaje. Barnes me lo trajo anoche.
—Señora, necesitaría usted para transportarlo una reata entera de bestias de carga...
—¡Demonios! Solamente tenemos seis burros, Ruth.
—Quemaremos todos mis vestidos del salón de baile.
—Todos, excepto aquel vestidito azul que tenías puesto cuando te vi por primera vez en Salmón. ¡Me encandilaste con él, chiquilla!
—También lo quemaremos, querido.
Kalispel se retiró a toda prisa y regresó al cabo de un momento con una cacerola de agua caliente y el desayuno de la joven colocado sobre una caja.
Ruth se sentó con el entusiasmo de un niño:
—¡Kalispel Emerson, mi doncella y mi cocinero! —exclamó—. ¿Quién lo creería? Coloca la caja allí, y ponme la cazuela sobre el regazo. Y dame aquel saquito... ¡Oh, no te vayas, Kalispel..., a menos de que tengas mucho que hacer!
—Tengo mucho que hacer —replicó Kalispel torpemente; y salió. Se había visto sorprendido por algo nuevo y muy dulce en la intimidad de aquel momento, en la belleza de la muchacha, en los azules ojos de la joven, que se llenaban de alegría por la presencia de él. Vio que en todo esto se encerraba un problema contra el que tendría que luchar en el porvenir.
Pero desechó todos los pensamientos perturbadores y se entregó al trabajo.
Jake regresó y le informó de que la casa de Masters había sido afectada por la inundación, como las de todos los que tenían tiendas y chozas instaladas en lugares próximos a la traidora pendiente porque se deslizaba el barro. Masters iría a visitarle aquel mismo día.
Pero pasaron las horas sin que el sheriff apareciese. Finalmente, Jake reunió todos los animales en el cercado, y, al verlos, Kalispel comenzó a tener visiones del largo y serpeante camino que conducía a Salmón. Y, entonces, recordó de repente el rancho que tan ardientemente había deseado. Y con un sentimiento de gozo, observó que ya tenía el oro necesario para comprar, para mejorar y para dotar de ganado a una docena de ranchos. Ruth debería ser su esposa. Decidió no molestarla por el momento; pero cuando llegasen a Challis, insistiría en que se casasen, aun cuando sólo fuese de nombre. Era la única manera de que podría estar en condiciones de protegerla eficazmente y acallar para siempre las habladurías y los chismorreos.
Había continuado lloviendo hasta mediodía, cuando las nubes se abrieron y descubrieron una zona de cielo azul y un rayo de sol. Ruth salió de la cabaña «para estirar las piernas», según dijo, paseó de un lada para otro por entre las peñas y descendió hasta el arroyo, que se había convertido en un torrente. Volvió para decir que los mineros estaban alejándose de sus terrenos. Y de repente, el sol brilló con fuerza, como un feliz augurio para el porvenir, y arrancó unos gloriosos destellos de oro del cabello de Ruth.
—¡Oh, allí está la señorita Blair... mirándonos! —exclamó Ruth. Y enrojeció y entró en la cabaña.
Kalispel no miró en dirección a la cabaña de los Blair. Toda su piedad era para Ruth; mas, de todos modos, si Sydney estaba dolida, como parecía estarlo, Kalispel experimentó una tristeza y una pena incontenibles por ella.
Kalispel había escondido sus saquitos de oro en polvo y en pepitas bajo la piedra plana que estaba en la parte anterior de la chimenea. Bajo ella había una roca hueca, cuya abertura había descubierto el joven accidentalmente y que no podía ser vista con facilidad. Por el momento, no quería que Jake ni Ruth supieran nada acerca de su tesoro.
Aquella noche, mientras Ruth dormía y Jake trabajaba en el exterior, Kalispel empaquetó el oro en dos alforjas que escondió bajo el montón de leña que se hallaba en un rincón de la cabaña.
Cuando, al fin, fue a acostarse, Jake observó con gran satisfacción:
—Comienza a hacer un viento frío.
Las estrellas brillaban, muy blancas, y un viento helado descendía de las alturas. Antes de acostarse, Kalispel decidió que sería una actitud juiciosa la que condujese a evitar contratiempos con. Leavitt. En el caso de que le sucediera algo, Ruth se quedaría sola.
Cuando analizó esta posibilidad descubrió que la vida se había convertido en una cosa singular e incomprensiblemente dulce. Y esto tenía necesariamente que incitar a la reflexión a un vaquero joven cuyo corazón estaba destrozado.
El día alboreó helado y brillante. Los mineros se mostraban activos, y dos reatas de caballerías cargadas pasaron por el camino mientras Jake preparaba los desayunos.
—Ya comienzan a marcharse —dijo Jake—. Y yo tendré todas las sillas de carga y los arneses preparados hoy.
—Me parece, hermano, que no tienes mucha prisa por sacudirte el polvo de oro de la Ciudad del Trueno —replicó Kalispel.
—Kal, una de mis suposiciones ha resultado cierta.
—¿Cuál?
—Bueno; en realidad, son dos suposiciones o dos corazonadas.
—¡Siempre andas a vueltas con tus corazonadas!
—¡Eh, oye, oye! Recuérdame alguna que no haya resultado cierta.
—Si me obligas a pensar en ellas, Jake... No, no recuerdo ninguna que no se haya realizado... ¡Ah, sí! Te equivocaste en lo que supiste respecto a la Montaña del Trueno.
—¿Equivocarme? ¿Cómo es eso?
—Pues... que siempre dijiste que la Montaña del Trueno se deslizaría hacia el valle, y...
—Bien, reconozco que no es cierto que lo haya hecho aún —reconoció Jake a regañadientes.
Ruth salió e interrumpió la sombría conversación. Iba ataviada con un vestido de lana verde y, con un poquito de color en las mejillas, componía un cuadro del cual le fue difícil a Kalispel apartar la mirada. La joven extendió las manecitas en dirección al fuego.¡— Oh, hace frío! —dijo alegremente—. No veo que ustedes dos, caballeros, hayan adelantado mucho en la preparación del desayuno.
—¡Nos hemos levantado ahora mismo, señorita! replicó Jake, quien comenzaba a querer a Ruth, y se deleitaba sirviéndola.
—Ruth, ¿te agrada el tiempo frío? —preguntó pensativamente Kalispel.
—¡Me encanta! Soy de Wisconsin, como sabes.
—¡Hum! Lo ignoraba. Y ¿sabes montar a caballo? —continué Kalispel en tanto que contemplaba su airosa figura.
—¿Qué si sé montar a caballo? Escucha, escucha a tu hermano, Jake. ¿Saben nadar los patos?
—Pero, oye, criatura, ¿cuándo y cómo has montado tú a caballo? —preguntó Kalispel, sorprendido.
—Te vas a asombrar, Kal, al saber que he sido antiguamente vaquera...
—¡No!
—¡De verdad, Kalispel!
—¡No lo creería jamás! —replicó Kalispel, radiante—. ¿Dónde y cuánto?
—Mi papá se trasladó a Wyoming cuando yo tenía doce años. Compró —continuó Ruth súbitamente transformada —un rancho cerca de Chadron...
—¡Chadron!... ¡Eso está cerca de Cheyenne, Ruth! He estado allí varias veces.
—Debe de haber sido antes de mi estancia —prosiguió ella, mientras Jake parecía beberse materialmente sus palabras—. Salí de allí sólo hace tres años. A papá le fue bien durante cierto tiempo... hasta que los ladrones de ganado le arruinaron. jamás logró reponerse de aquellas pérdidas, que terminaron por matarle... Yo me quedé al cuidado de una madrastra, y..., bien: tenía dieciséis años cuando fui al salón de baile de Borden...
La súbita transición de Kalispel, del contento a la amargura, le obligó a enmudecer.
—No pongas ese gesto tan... terrible —dijo ella—. Yo tenía que trabajar... ó morirme de hambre..., y Borden me mintió acerca del trabajo... Pero ahora todo eso ha terminado, Kalispel... Sé que he sido una molestia para ti durante todo este tiempo... Te he llenado de preocupaciones, has tenido que pelear por mí... Pero comprende, si te es posible hacerlo, lo muy bueno que has sido para mi..., la bendición que has representado para mí... Y, Kal, cuando nos hayamos alejado de este manicomio, podremos olvidar... Y entonces podré recompensarte...
—¡Vámonos pronto! —replicó Kalispel en uno de sus arrebatos de súbita animación—. Esta misma noche, o mañana por la mañana... Jake, ¡date prisa con el desayuno! Y luego prepara las cosas para la marcha. Pon los objetos de Ruth en las bolsas de lona. Y usted, señorita, tenga la bondad de ponerse sus pantalones azules. No olvide un chaleco de lana, guantes y botas... La jornada va a ser dura durante un par de días. Tan pronto como haya tornado un bocado, voy a ir en busca de Masters. Ha sido muy bueno para conmigo... y si no lo hubiera sido, no iría a verle... Quiero despedirme de él. Y supongo que no me queda nada más que hacer aquí, que ya podré marcharme...
—¿Lo supones? —preguntó Ruth mientras una duda alboreaba en su imaginación—. ¿No estás seguro?
—¡Demonios! Nunca se puede estar seguro de nada, no siendo de la muerte.
—Prométeme que no irás en busca de Leavitt.
—Conforme; eso es fácil. Lo prometo...
Pero si lo encontrase...
Destrózalo, y ven en seguida a decírmelo —le interrumpió fríamente Jake—. Y entonces podrás ver que la preparación de lo necesario para el viaje ha terminado... Poco tiempo más tarde, Kalispel salió para hacer su última visita a la Ciudad del Trueno. En la cabaña de Blair, dos enfardadodres se ocupaban en preparar y pesar fardos. Los burros, todavía sin ensillar, estaban ante el pórtico. Blair saludó cordial y alegremente a Kalispel.
—¡Nos vamos hoy!
Y Kalispel contestó con la misma alegría.
—¡También nosotros! Espero que nos encontraremos en el camino.
Sydney se presentó con su atavío de viaje, con el cual tanto había seducido a Kalispel.
El joven sufrió dos emociones contrarias: una de consuelo; otra de pesadumbre. Aquellos ojos, oscuros y orgullosos, no estaban destinados a brillar para él. Le vieron pasar, altivos y escrutadores, como siempre. Pero la joven no hizo movimiento alguno.
El sol acababa de mostrarse brillantemente sobre los picachos de la montaña e inundaba de luz el valle. Unas delgadas capas de hielo resplandecían sobre los charcos; el blanco rocío brillaba, como diamantes, en los tejados de las cabañas; unas columnas de humo azul se elevaban y retorcían en el aire; y el henchido arroyo bramaba en su rápida y ruidosa carrera hacia el desfiladero.
En las cumbres y en las partes altas de los bancos, los mineros habían vuelto a su trabajo de cavar, de poner barrenos, de cribar arenas. Mas a lo largo de dos millas de placeres inundados y de minas situadas al nivel del arroyo, muchos hombres permanecían inactivos.
Por esta causa, la calle principal de la Ciudad del Trueno presentaba el espectáculo de un día de circo en una población pequeña.
Kalispel esperaba poder pasar inadvertido de la multitud. y así fue hasta cierto punto.
Encontró a Masters en su medio destruida vivienda, sombrío y meditabundo.
Hola, Kal! —dijo con la lentitud que le caracterizaba, mientras clavaba la mirada de sus grises ojillos en su visitante—. Parece que está usted muy tranquilo para que pueda parecer un hombre que acaba de añadir una muesca más a su pistola.
—Estoy tranquilo y bien. Me voy hoy mismo, Masters.
—Bien. ¿Le dio su hermano mi encargo?
—Todo lo que me dijo fue que usted subiría a verme.
—Nada de eso. Le dije que no iría... y que se apresurase usted a desaparecer de aquí con toda rapidez.
—No me dijo nada de eso el maldito... ¿Qué sucede, viejo?
—Reconozco que no sé todo lo que sucede en este terreno de minería. pero lo poco que conozco es más que suficiente...
—¡Ah! ... Bueno, si es suficiente para un viejo tejano como usted, ha de serlo mucho mas para Kal Emerson. Dígamelo.
—Leavitt se ha apoderado de las propiedades de Borden, por su participación en esos negocios y por las deudas que tenían pendientes, según afirma. Mis demostraciones de amistad hacia usted parecen haber enfurecido al juez. Me ha enviado un recado muy atento pidiéndome que dimita mi cargo y que le devuelva mi insignia.
—¡Demonios! ¿Se ha atrevido a tanto...? Masters, supongo que usted no pensará obedecerle.
—Ordinariamente, en circunstancias normales, no lo haría. Pero yo no busqué este cargo: fueron mis amigos quienes me lo concedieron. Y ahora la mayoría de ellos se han marchado.
No me sería posible, Kal, reunir una docena de hombres que quisieran respaldarme para emprender una acción contra Leavitt, o para enfrentarme con él. Así que, ¿qué puedo hacer?
—Muy poco, en realidad —replicó concisamente Kalispel—. Pero usted no permitirá que Leavitt se le imponga con amenazas...
—¡Ningún hombre se ha impuesto jamás por medio de amenazas a un ranchero tejano! —exclamó pausadamente Masters—. Estoy dispuesto a dimitir, a preparar mi equipaje y a aprestarme para la marcha... Y entonces visitaré a Leavitt para dejarle mi tarjeta de despedida.
—¿Su tarjeta?... ¡Ah! Comprendo! —replicó Kalispel con voz fría—. ¡Por todos los diablos!
Me gustaría hacerlo yo mismo; pero prometí a Ruth no buscar a Leavitt.
—Es justo que cumpla usted su palabra. La muchacha lo merece, Kal. Y es una de las mujeres más lindas que he visto desde que salí de Santone...
—Por mi parte estaría mucho más tranquilo sabiendo que presentaría usted mis respetos a Leavitt... Escuche lo que he venido a decirle: Leavitt es el jefe de esa cuadrilla de bandidos y la dirige con bastante habilidad.
—Emerson, ¿está usted seguro? —preguntó el tejano inclinándose hacia delante como un halcón que se dispusiese al ataque.
—¡Sí, demonios! —murmuró Kalispel—. Estuve al pie de la ventana de Leavitt y le oí delatarse a sí mismo. Fui yo quien hizo la herida a Macabeo encima de la oreja. Macabeo, Struthrs, Leslie... He aquí la mano derecha de Leavitt. Y es fácil comprender que Macabeo solamente obró por inducción de Borden en el asesinato de Sloan. Leavitt sabe manejar a los hombres de ese calibre. Y es, además, un ladrón vulgar, solapado, un asesino por mano ajena, un empalagoso engañador de mujeres.
—Y no olvide que es el director de los vigilantes de la Ciudad del Trueno.
—Masters, ¿ha sido capaz do llegar hasta ese punto?
—Los rumores se espesan más a cada momento. Ya no sé lo que es verdad ni lo que es mentira. Pero sería capaz de apostar cualquier cosa a que Leavitt ha llevado a la práctica esa idea. No se le ha visto en la ciudad desde que usted mató a Borden. Nadie sabe lo que sucede, y todo el mundo está haciendo cábalas... Pero, para mí, todo se ha aclarado después de oír lo que me ha dicho usted.
—¡Bien! Acepte mi sugerencia. Si Leavitt ha organizado ese comité de vigilancia, puede apostar hasta el último céntimo a que los hombres que lo componen son los que forman su cuadrilla de atracadores.
—¡Exactamente! ¡Es una manera ingeniosa de alejar sospechas! Creo que no hemos apreciado en su justa medida a ese hombre, a Leavitt... Y, ahora, Kalispel, mi consejo es que se apresure a salir de esta madriguera a toda velocidad.
Kalispel se puso en pie mientras reía fríamente y se enderezaba el cinturón.
—Gracias. Mi consejo— para usted es el mismo.
—Le seguiré un poco calle arriba.
A Kalispel no le agradó la ansiedad que se reflejaba en el semblante y en la voz del tejano. Sin duda había algo en el viento... En el mismo instante en que Kalispel salió, se sorprendió al ver que la calle, que unos momentos antes estaba ruidosa y animada, se encontraba silenciosa y desierta, con excepción de uno de sus extremos, el inferior, donde, extendido desde el salón de baile de Borden hasta el salón de la «Última Oportunidad», había un cordón compuesto de cinco hombres enmascarados y armados de rifles.
Kalispel soltó unas maldiciones en tanto que la sangre se le agolpaba tumultuosamente en las venas. ¡Los vigilantes! No podía ver la parte superior de la calle a causa de que ésta formaba un ligero recodo. Sus pensamientos se centraron en esta pregunta: «¿Estaría la presencia de aquellos vigilantes relacionada con su visita a la población?» Decidió cortar el camino y —cruzar por la primera callejuela que encontrase a su paso, para dirigirse hacia la senda que conducía al riachuelo. Una vez que estuviera de regreso en su cabaña, él y Jake podrían contener a un número razonable de atacantes.
No había ninguna callejuela por allí. Debería pasar a través de alguna taberna o de una tienda para salir por su parte posterior. Al otro lado de la calle, muchos rostros se asomaban a las puertas. Todos sabían en la ciudad que...
—¡Manos arriba, Emerson! La voz áspera y fatal, de timbre nervioso, parecía transmitir una amenaza de muerte instantánea. Kalispel había oído aquel timbre de voz en otras ocasiones. Se detuvo en el acto, y levantó las manos sobre la cabeza.
—¡Ya están arriba! —contestó, mientras se maldecía por su exceso de confianza.
—¡No las bajes! —Unos pasos cautos y duros sonaron al mismo tiempo que la voz.
—Regístrale, Dan.
Unas manos rudas le arrebataron las pistolas del cinturón. Oyó el sonido de un gatillo al ser levantado y luego sintió el duro contacto del cañón de una pistola que se apoyaba en su espalda.
—¡En marcha!
Kalispel caminó por el centro de la calle, seguido de sus captores. Y oyó el cerrar de puertas, el rumor de unas voces, gritos y arrastrar de pies. Al dar vuelta al ligero recodo de la calle, vio a su final, otros cinco vigilantes enmascarados que prestaban guardia. Una fría cólera se apoderó en el mismo instante de Kalispel; los ojos se le nublaron. ¡Estaba en poder de los vigilantes! Esto significaba que se hallaba en poder de Leavitt. Instantáneamente comprendió la gravedad de su situación. Había estado en otras parecidas con anterioridad; pero nunca, en ninguna tan peligrosa como aquélla. Una sensación de inutilidad y de desesperanza se apoderó de él. Leavitt había fraguado un complot para capturarle y ejecutarle.
Probablemente habría descubierto la pérdida del dinero de Blair y de su oro, y habría relacionado a Kalispel con su desaparición. O, posiblemente, Sydney le habría hecho traición.
Kalispel recordó de repente a Ruth, y en el mismo instante la vida adquirió valor y significado para 61. Un súbito acometimiento de ánimos desvaneció sus temores. Saldría de aquella situación. Debería haber un modo de lograrlo.
—¿Cuál es vuestra jugada, jefe? —preguntó.
—Una jugada leal, Emerson, en la que no hay cartas para ti le contestaron.
Kalispel fue obligado a marchar calle arriba, donde, al final, los cinco vigilantes enmascarados abrieron el camino en dirección a la vivienda y la mina de Leavitt, juzgando por el creciente rumor de voces y el ruido de las pistolas, toda la Ciudad del Trueno debía de seguir a la comitiva. A Kalispel le pareció una caminata muy larga, y tuvo que recurrir a todo su valor y serenidad para ahogar emociones y sentimientos que pudieran denunciar su intención de aprovechar la primera ocasión favorable que se le presentase.
—¡Alto! —ordenó el captor de Kalispel, cuando el grupo hubo llegado a una distancia de veinte pasos de la cabaña de Leavitt.
—Estoy cansado de llevar las manos en alto —dijo Kalispel, quejoso, cuando se detuvo. Y comenzó a bajarlas lentamente.
Los cinco vigilantes que habían abierto la marcha se situaron a un lado. Kalispel oyó que los otros se detenían detrás de 61. Y, desde lejos, llegaba el creciente rumor de la multitud que los seguía.
—Capitán Leavitt —dijo el captor de Kalispel—. Aquí está su hombre La puerta de la cabaña estaba del todo abierta. Una mesa y unas sillas habían sido colocadas en el pórtico. Dos mineros salieron, seguidos inmediatamente de Leavitt. Tenía el rostro pálido y severo. Su iracunda mirada cayó sobre Kalispel, que estaba inmóvil en el centro del espacio abierto, y luego se dirigió hacia los vigilantes y a la muchedumbre que se aproximaba. Luego volvió a posarse en Kalispel.
—Leavitt, ¿,qué significa este secuestro? —preguntó Kalispel con fuerte voz. Lo mismo podría no haber pronunciado ni una sola palabra, si se hubiera juzgado por la atención que Leavitt le prestó.
—Dejad que la gente se acerque lo bastante para que pueda oír el proceso —ordenó Leavitt.
El arrastrarse de muchos pies sonó detrás de Kalispel, se detuvo, y se extendió en un semicírculo, hasta que el prisionero pudo ver a las personas que se hallaban a sus costados.
Aquella mirada de través le sirvió también para ver un cadalso recientemente erigido. Kalispel soportó la conmoción que le produjo, pues al comprender con un estremecimiento de horror que aquel instrumento de la justicia de la frontera había sido levantado para él, se convirtió en un hombre de hierro. Leavitt no podría ahorcarle jamás.
—Ya es suficiente. Que nadie se acerque más —gritó Leavitt. Y al momento pareció fijar su enojada mirada sobre un hombre cuyos pasos podían oírse—. Eso va también por usted, Masters.
—Bien, pero yo creo que soy el sheriff de la Ciudad del Trueno —dijo Masters con voz fría y lenta de tejano. Esta voz llenó de esperanzas el corazón de Kalispel. Era un apoyo para él.
—Sí. ¡Y es usted un sheriff condenadamente inútil! —replicó Leavitt—. Un sheriff que ante toda la ciudad hace ostentación de su amistad con este proscrito.
—Leavitt, yo siempre respondo de mis actos. Y por eso estoy aquí. Podremos no estar de acuerdo en lo que respecta al estado legal de Emerson. Y si este asunto va a ser ventilado por medio de un proceso, como parece serlo, tendrá usted que someterlo al juicio de la opinión pública.
—Ciertamente. No hay nada secreto en este juicio. Emerson se encuentra ante los vigilantes de la Ciudad del Trueno.
—Conforme; en ese caso, alguien ha de representarle, y yo quiero que éste sea mi último deber oficial, después de lo cual, dimitiré mi cargo.
Muy bien. Aceptamos su representación de Emerson y su dimisión.
Masters se aproximó despacio hasta un punto en que podía ser visto por Kalispel. La vista del frío tejano inundó el alma sombría de Kalispel de gratitud. Cualesquiera que fuesen los propósitos de Masters, parecían insospechables para todos los que allá se encontraban, excepto para Kalispel, que comprendió el valor de aquel hombre y su intención de favorecerle. Pero cómo habría de realizarlo..., esto era lo insospechable.
El tejano se dirigió hacia Kalispel con pasos lentos y descuidados.
—¿Le parezco aceptable para representarle, Kalispel? —preguntó—. Me parece un procedimiento arbitrario el que pretenden seguir. Pero si esos vigilantes quieren enjuiciarle, aquí estoy para intentar que lo hagan de una manera justa.
—Gracias, Masters replicó Kalispel. Las palabras del tejano habían sido muy elocuentes, pero insignificantes si se las comparaba con la portentosa energía y la expresión de sus grises ojillos. Kalispel leyó rápidamente el contenido de aquella mirada. No podría sospecharse que el juicio que hubiera de realizarse fuese justo. El acto de Masters era sencillamente una estratagema para aproximarse a Kalispel cada vez más hasta que, cuando llegase el momento culminante de la situación, se encontrase lo bastante próximo a él para que Kalispel pudiera saltar y arrebatar a Masters sus dos enormes pistolas y abrirse camino a tiros, hacia la muerte o hacia la libertad. Leavitt, en su reprimida cólera, valdría tanto como un muerto en aquel momento.
—Juez, antes de que se hagan cargos contra el prisionero, ¿puedo preguntar en qué derechos se apoya usted para este enjuiciamiento? —preguntó Masters con lentitud.
—Soy el capitán de estos vigilantes —replicó secamente Leavitt.
—Bien, eso no puede justificarse con ninguna Ley. No ha sido usted elegido. Se ha nombrado a sí mismo..
—Pero fui elegido juez de este campo de minería —replicó Leavitt con tranquilidad—. Si conoce usted algo de las leyes de los campos mineros, sabrá que gozo de absoluta autoridad.
—Sí, con toda seguridad en lo que se refiere a la adjudicación de terrenos, a pleitos, a ventas, cambios y cosas parecidas; pero no para hacer detenciones y levantar cadalsos, que son cosas de mi incumbencia.
—Masters, no nos venga con sutilezas sobre cosas insignificantes —declaró Leavitt con fría determinación —Emerson está sometido a juicio, y yo soy el juez.
—Y ¿lo enjuicia usted por luchar a tiros?
—No hay ninguna Ley en la frontera contra los duelos legales.
—Entonces, ¿cuál es el delito de Emerson? —demandó Masters perspicazmente.
El juez Leavitt se sentó a su mesa y ordenó varios papeles antes de responder:
—Emerson es un bandido.
Masters giró y dio un largo paso en dirección a Kalispel.
—¿Ha oído usted eso? —le preguntó.
—No soy sordo, Masters.
—Bien, y ¿qué tiene usted que responder?
—Que Leavitt es un maldito embustero.
Masters se volvió nuevamente hacia el pórtico. Kalispel experimentó la sensación de que se había convertido en un tigre dispuesto a saltar. El tejano se detuvo un poco a su izquierda, a una distancia que representaba un buen salto, y sus negras pistolas se hallaban a plena vista y tan fáciles de ser cogidas como si. Kalispel las tuviera pendientes de su propio cinturón.
—juez, he oído su acusación, y he oído la negativa de Emerson. Y no pretendo ofenderle al decir que la palabra de él vale tanto como la de usted ante un tribunal. Será preciso que nos presente usted pruebas de lo que ha dicho—.
—Eso es lo que me propongo hacer —replicó Leavitt con voz potente—. ¡Quietos todos los del público! ¡Estamos constituidos en tribunal...! Jones, avance un paso.
El más bajo de los dos hombres Que habían salido de la cabaña en compañía de Leavitt se adelantó en dirección a los vigilantes. Parecía ser un minero de edad mediana.
—Exponga usted su declaración ante el prisionero —le ordenó Leavitt.
—Me ha robado —contestó Jones con voz retumbante—. Fue una noche, hace dos semanas, a las seis. Yo regresaba de mi mina en la oscuridad. Desde dentro de una de las tiendas abandonadas de la vertiente salió un hombre y me puso la pistola a la espalda. Me pidió que le diera mi oro. Yo tenía dos saquitos, uno de oro y otro de pepitas. Y se los di.
—¿Reconoció usted a Emerson? —preguntó el juez.
—No, es decir, no pude reconocerle por su cuerpo. Pero oí su voz. La había oído frecuentemente.
Masters se volvió para dar un nuevo paso hacia Kalispel.
—¿Qué tiene usted que decir a eso?
—Sheriff, que es otra puerca mentira. Y Jones —continuó Kalispel agresivamente —jamás se atrevería a volver a mirarme si supiera que yo habría de salir de este juicio con vida.
—Matthews, adelántese —ordenó el juez al segundo hombre, que era alto, de rostro pálido y menos categórico—. Exponga sus acusaciones contra el prisionero.
—Emerson me atracó, juez —dijo Matthews—. Fue el sábado pasado por la noche, hacia las ocho y media. Sucedió en la ciudad. Y salió de entre las sombras, junto a la tienda de Spence. Tenía un velo sobre la cara, pero se le resbaló hacia abajo cuando me estaba registrando. Y pude reconocerle con facilidad. Me quitó el oro, el reloj y las pistolas.
—Matthews, dice usted que todo esto sucedió el pasado sábado a más de las ocho y media y que reconoció a Emerson perfectamente, ¿no es así? —preguntó el juez.
—Sí, señor.
Leavitt hizo un movimiento con la mano para ordenar al testigo que se retirase, y se dirigió de nuevo al sheriff.
—Masters, todo esto me parece convincente. No hay duda, del juicio, de que Emerson es culpable de estos atracos y también de agresiones... Voy a poner la cuestión a votación.
—No tiene necesidad de ordenar a sus vigilantes que voten todavía —replicó sarcásticamente Masters—. El juicio no ha concluido aún.
Y giró por tercera vez para avanzar un poco hacia Kalispel.
—Kalispel, ¿ha oído usted?
—Sí.
—Y ¿puedo suponer que esto es una mentira más? —Lo es, con toda seguridad.
—Bien, a mí me había parecido una cosa amañada... —replicó el tejano—. Y si pudiera usted recordar con exactitud dónde se hallaba el pasado sábado a las ocho y media, aceptaré sin vacilar su declaración.
—Estaba... —comenzó a decir Kalispel. Y repentinamente recordó que a la hora en cuestión Sydney Blair se hallaba a solas con él en su cabaña.
—Bien, hable alto y diga las cosas con claridad para que pueda oírlas todo el público —dijo impaciente Masters.
Kalispel exhaló una fuerte risotada. A Leavitt y a sus vigilantes no les importaba mucho que demostrase o no su inocencia. Y, dentro de un momento, él podría dar un salto para apoderarse de las pistolas de Masters...
—Lo siento mucho, viejo —dijo con voz clara—. Reconozco que no me es posible recordarlo.
—¡Ya está! —gritó Leavitt extendiendo una temblorosa mano—. ¡Se ha condenado con sus propias palabras!
La multitud se agitó; unos pies se arrastraron nerviosamente sobre el suelo, y se produjeron sibilantes murmullos. Y Kalispel se transfiguró al ver que Sydney Blair corría hacia Leavitt.
—¡Rand Leavitt! —grito con tanta fuerza, que su grito llegó a los oídos de todos los que integraban la multitud—: Tu instrumento, Matthews, no ha condenado a Emerson, sino que se ha condenado a sí mismo como embustero... y a ti mismo como embustero mayor...
—¿Cómo? —silbó Leavitt, levantándose e inclinándose a continuación con el rostro cubierto de una tonalidad purpúrea. La sorpresa había perforado la armadura de su fingida indiferencia.
—Es absolutamente imposible que Kalispel Emerson robase a Matthews el pasado sábado, poco después de las ocho y media —exclamó Sydney con voz vibrante y— llena de justificado enojo.
—Y ¿por qué no? —gritó Leavitt, furioso.
—¡Porque estaba— conmigo... en su cabaña!
Fue en aquel momento cuando el amante celoso se sobrepuso al juez.
—¿En su cabaña..., a solas?
—Sí, a solas.
—Sydney Blair, ¡tú! ¡Mi prometida! ¿Qué...? ¿Por qué estabas allí?
Porque fui a decirle lo muy villano que eres. A decirle que había roto mi compromiso contigo... A pedirle que me perdonase y que aceptase de nuevo mi amistad. La transformación que estas rápidas y agresivas palabras produjeron en Leavitt fue penosa de contemplar. El suave caballero de dulces ademanes, el jefe de los mineros en quien muchos tenían confianza, el juez frío y severo se eclipsó. Y un demonio dominado por una creciente indignación saltó del pórtico.
—¡Oye, mujer! —gritó con voz estridente mientras señalaba con un dedo tembloroso al cadalso—. ¡Verás a tu amante ahorcado!
Éste fue el momento en que Kalispel juzgó apropiado para saltar contra Masters, apoderarse de sus pistolas, matar al enloquecido Leavitt y disparar contra sus captores. Pero Sydney estaba situada entre ambos. Después de los disparos de Kalispel se producirían otros, un tumulto incontenible, un pandemónium. No quiso arriesgarse a exponerla a peligros.
Masters se aproximó más a él. Había tiempo. Podía esperar.
—¡Hombres! ¡Apoderaos de él! —gritó Leavitt—. ¡Por Judas, que lo ahorcaremos!
La respuesta fue un penetrante grito de mujer, que Kalispel no pudo saber si procedería de la garganta de Sydney o de otra. Y en el mismo instante la sólida tierra tembló bajo sus pies.
—¡Fuego del infierno! —gritó agudamente uno de los vigilantes, que pareció enloquecer de repente—. ¡La montaña, la montaña! ¡Corred si queréis salvar vuestras vidas!


XV
Todos los espectadores se quedaron mirando. La vasta extensión de la ladera ondulaba como un mar. Arriba, una colina entera comenzó a deslizarse.
—¡Un alud!
—¡La Montaña del Trueno!
Todos estos gritos angustiosos fueron ahogados por el alarido conjunto de la multitud.
Y ése, a su vez, fue ahogado por el terrible trueno que provenía, de lo que inconfundiblemente era el rugido de una masa montañosa en movimiento.
El terror agarrotó a Kalispel; mas cuando vio que Sydney se tambaleaba y caía, salió de su momentáneo estado de parálisis para cogerla entre los brazos y volverla de espalda al espantoso espectáculo.
Los vigilantes se habían puesto en franca huida, con el resto de la multitud. Masters pasó junto a Kalispel voceando unas palabras que no podían ser oídas. Leavitt había salido del pórtico de la cabaña para mirar hacia lo alto y ver eI lento y ondulante movimiento progresivo de secciones de la ladera, de peñas y montículos. La tierra parecía hallarse sacudida hasta lo más profundo de las entrañas. Un trueno que no era un trueno inundaba el aire.
Leavitt pareció de súbito privado de los sentidos. Dio unos pasos presurosos siguiendo a la multitud, y repentinamente giró y se lanzó en dirección contraria. No parecía estar poseído del impulso de huida que a todos dominaba. Saltó al llegar al pórtico, y entró en la cabaña.
Lo que había sido rugido y trueno murió en un estallido, como si la tierra se hubiera abierto. Un gran deslizamiento cayó sobre el martinete de Leavitt, sobre el taller; aplastó, machacó, trituró, cubrió las aberturas, lo borró como por arte de magia. De la espesa masa de barro rodante surgieron unas enormes bolas de tierra seca que se deshicieron como puñados de polvo.
El taller había desaparecido, y con él desapareció el estallido aniquilador. Unos ásperos gritos humanos, pronunciados lejos, llegaron a los oídos de Kalispel. Se recostó en un peñasco, manteniendo todavía a la joven entre los brazos; Sydney comenzaba a recobrar el conocimiento. Masters se hallaba a su lado y, mientras le oprimía un brazo, gritaba algo que Kalispel no pudo entender. El espectáculo los fascinaba. Y cuando Leavitt reapareció a la puerta de su cabaña con el aspecto de un hombre privado de los sentidos, ambos se inmovilizaron como si hubieran echado raíces.
La locura de Leavitt, sus manos temblorosas, sus gritos, su voz, daban a entender claramente que algo había desaparecido, ¡desaparecido, desaparecido! Kalispel comprendió que hasta aquel trágico momento de la catástrofe no había conocido la pérdida de su oro.
Su pálido rostro desapareció tras la oscuridad de la abierta puerta. Y en aquel instante, como un rugido y un temblor, la masa de tierra que avanzaba descendió sobre la cabaña. El techo se derrumbó, y la tierra cayó sobre el edificio como el agua sobre un barco hundido.
Leavitt apareció a la puerta, y fue derribado por una viga que cayó sobre él. Cayó al suelo, con la cabeza fuera de la puerta. Y allí comenzó a retorcerse y a luchar por libertarse como un animal cogido en un cepo; irguió un poco el cuerpo, y agitó los brazos. En cada mano llevaba un saquito de oro. Su rostro era solamente como un manchón gris; su lucha, terrible.
El aluvión de fango llenó la cabaña y comenzó a salir por la puerta, sobre Leavitt.
Leavitt continuó luchando. Lo mismo que si fuera una catarata, la tierra caía sobre el derribado techo y dejaba una abertura en forma de abanico, que se cerraba lentamente y en el vértice de la cual podía verse al hombre predestinado a morir. Luego se produjo un zumbido, una nube de polvo..., y la cabaña desapareció por completo.
Como si se burlase de la pequeñez del hombre, la Naturaleza parecía cumplir su amenaza, a la cual habían escapado el prudente castor viejo y los salvajes. Ningún ruido anterior había jamás igualado aquel tronitoso desmoronamiento de la montaña que rendía su masa, su fuerza y su estabilidad a las fuerzas de la gravitación. Durante siglos enteros sus entrañas habían producido gemidos amenazadores. Ya la hora del cumplimiento de la amenaza había llegado.
La vertiente era un mar ondulante hasta su final. Arriba, lejos, los árboles se inclinaban, caían, se agitaban, se amontonaban y se arrastraban. Las cavidades de la tierra se llenaban, los sotos se movían con la tierra en su avance, las lomas se levantaban como olas y caían arrugadas y deshechas. Majestuosa y aterradora, la cara milenaria de la montaña se movía hacia abajo. Gradualmente, el movimiento comenzó a disminuir y, al mismo compás, el rugido del trueno se desvanecía. Los gritos de los hombres podían ser oídos ya. Una vez más, el murmullo del arroyo llegó hasta el valle.
Blair se aproximó a Kalispel y Sydney, que ya se había recobrado de su desvanecimiento.
—¡Dios mío, Kal! ¿No es horroroso? —tartamudeó Blair mientras abrazaba a su hija.
—Ha sucedido en el momento justo para mí —replicó ásperamente Kalispel—. Prepare sus efectos, y váyase, Blair.
Masters apareció y se aproximé al borde de la pendiente, que había avanzado cierta distancia. Se detuvo durante unos momentos para contemplarla.
Sydney cogió a Kalispel de una mano.
—¡Mira...! El lugar... en que caí... ha sido cubierto por el deslizamiento... —murmuró al mismo tiempo que dirigía al joven una mirada que Kalispel no pudo olvidar jamás.
Masters levantó una mano y gritó a la muchedumbre:
—El movimiento de tierra avanza a tres pies por minuto... La Ciudad del Trueno está sentenciada... Corred y decid a todos que cojan su oro, alimentos y mantas, y que huyan de aquí.
Kalispel corrió hacia su cabaña, deteniéndose una y otra vez para volver la mirada hacia el extraordinario espectáculo. Era tan grande y tan extraño como había sido su liberación. A cada paso que daba alejándose de la pendiente que se deslizaba, variaba su aspecto; cuanto más se alejaba de ella, tanto más podía comprobarlo. ¡Tres pies por minuto! No tardaría mucho tiempo en llegar el usurpador deslizamiento al límite de la ciudad. Los mineros corrían, como hormigas rojas, en todas direcciones.
El sombrío rostro de Jake se aclaró al ver a Kalispel.
¡Ya era hora de que volvieras! ¿No te dije que tenía un presentimiento?
¡Deja eso ahora! ... ¿Dónde está Ruth?
—¡Pobrecilla! ¡Tiene un susto de muerte! —replicó Jake, mientras indicaba con un ademán que la muchacha estaba en el interior de la cabaña.
Ruth se hallaba tumbada en el camastro, con el rostro cubierto. Kalispel pudo ver la agitada palpitación de su pecho.
—Ruth —dijo, mientras se sentaba junto a ella y le apartaba del rostro las manos y el pañuelo—. ¡Aquí estoy!
Ruth se sentó rápidamente, le oprimió entre sus brazos y el terror se desvaneció de sus ojos mientras le besaba desatadamente, inconsciente de todo..., excepto del retorno de Kalispel, —¡Eh..., chiquilla..., basta ya! —dijo secamente; pero las manos que le oprimían y los labios que le besaban le producían un delicioso placer.
—Vi que los vigilantes te llevaban a casa de Leavitt —murmuró ella—. Jake me obligó a volver aquí. Juró que no te pasaría nada... Pero..., ¡oh!, he estado a punto de enloquecer.
Nunca vi el peligro tan cerca como ahora —replicó Kalispel, respirando dificultosamente; e hizo una seña a Jake para que se acercase. Luego conté los terribles acontecimientos de aquella mañana.
—Kal, debe de haber un Dios —dijo Ruth solemnemente cuando Kalispel concluyó.
—¡Jamás volveré a dudarlo! —replicó Kalispel con fervor.
No permanecieron mucho tiempo en la cabaña. Cuando se hallaron de nuevo en el exterior, contemplaron absortos la incomparable escena. Cabañas y tiendas rodaban deshechas al pie de la montaña moviente, que producía ruidos claramente perceptibles a pesar de la distancia; el siniestro e inexorable deslizamiento se acercaba a la ciudad.
Mas si el espectáculo de allá abajo era fascinante, el de lo alto de la meseta lo era mucho más. El movimiento era arriba mucho más perceptible; era monstruoso. Sobre la extensión que se abría tras el hueco de la ciudad, se veía un bosque en movimiento, que de ordinario se hallaba fuera del alcance de la vista. Con los pinos y los abetos desarraigados, una sección de la parte llana llegó a la pendiente y comenzó a caer con terrible y lenta precisión. En el extremo lejano de la ciudad, donde el valle se estrechaba para formar el desfiladero, el deslizamiento había hecho mayores progresos. El enorme salón de baile de Borden estaba destinado a una inminente aniquilación.
—¡Oh! Espero que las muchachas se habrán puesto a salvo —dijo Ruth.
—No temas. Han dispuesto de mucho tiempo para hacerlo. Es de suponer que hayan tenido la serenidad suficiente para coger sus ropas y algunas provisiones. Sería terrible que no lo hubieran hecho.
—Kal, el deslizamiento va a borrar completamente la maldita Ciudad del Trueno y formará un lago en el lugar en que ahora nos hallamos —declaró Jake—. ¡Ah, no! Jamás he tenido un presentimiento que... ¡Nunca! Bien, ¿cuál es el presentimiento que te atormenta ahora? —preguntó Kalispel.
—Ya te lo diré cuando tenga uno que... ¡Ah! ¿Has oído ese estrépito? ¡El salón de baile de Borden ha llegado a su tumba! ... ¿No es un espectáculo extraño? No parece real, muchachos.
—Jake, apresura el empaquetado, y la carga —le ordenó Kalispel, recordando la única solución para su problema—. Es preciso que nos adelantemos a la multitud.
—Creo que el éxodo no comenzará hasta mañana —contestó Jake—. La mayoría de esos cazadores de oro se quedará hasta el último momento.
—Ponte ropa de abrigo y zahones, Ruth. El viaje será penoso cuando lleguemos al paso.
Pero espero que lo cruzaremos antes del anochecer y que podremos acampar bajo la línea de la nieve.
—¡Oíd! ¡Oíd el trueno! —gritó Ruth, con ojos brillantes de excitación, con el cabello flotando al viento.
Terminaron de cargar las caballerías y durante unos instantes interrumpieron la labor para observar de nuevo el sorprendente fenómeno. Los Blair pasaron cerca de ellos, tras los conductores y una reata de bestias de carga. A lo lejos, al otro lado del arroyo, podía verse a los mineros, reunidos en grupos, que trasladaban sus efectos a los lugares altos. Uno de los edificios derruidos se incendié y envió hacia lo alto unas llamas inquietas y grandes masas de humo amarillo. El chirrido de los peñascos continuó produciéndose, así como el estrépito de los muros al derrumbarse, el golpeteo de los árboles y el griterío de los hombres.
Kalispel escogió el mejor de los burros para cargarlo con las alforjas en que transportaba su oro. Sobre todo ello instalé los efectos de su camastro. Luego mantuvo el animal siempre al alcance de la mano. La amargura de aquellos momentos no pudo impedir que en el fondo de su corazón brotase un cántico alegre. Ruth salió ataviada para el viaje, y cuando Kalispel la vio creyó que no había temor alguno de que el recuerdo de la figura de Sydney Blair, vestida con sus ropas de ruta, le atormentase nuevamente. En aquellos momentos Jake había terminado de cargar los dos últimos burros.
—Si cargas también mi caballo, Jake, iré andando. Creo que puede transportar perfectamente nuestro equipo.
—¡Oh. mirad! —exclamó Ruth.
Una milla de la vertiente de la montaña había avanzado hacia la larga hilera de edificios del lado norte de la calle principal. ¡Tres pies por minuto! Sin embargo, parecía ser una marea creciente, pues el quebranto y la aniquilación, el aplastamiento y el rodar, la destrucción y la demolición de tiendas, cabañas, chozas, almacenes y tabernas producían la impresión de un avance muy rápido de la ruina y del estrago. El deslizamiento parecía implacable. Había esperado durante mucho tiempo sin dejar de advertir continua y fielmente a la efímera ciudad; y en aquel momento cumplía su amenaza.
¡Nuevamente el trueno! La tierra tembló bajo los pies de Kalispel, y Ruth se acercó a él con los brazos extendidos y los labios entreabiertos. Sólo vio una enorme masa de tierra que se había deslizado desde la altura y derramado sobre la parte inferior como lava que cayese sobre un arroyo de lento curso. Las rocas parecieron surgir del fango en movimiento, rodaron, fueron sepultadas de nuevo, reaparecieron una vez más, se deslizaron y adquirieron ímpetu hasta que se lanzaron contra las peñas del banco y reventaron corno si estallasen, o continuaron descendiendo hasta chocar contra la tierra que rodeaba las casas. La mitad de la ciudad parecía viva, se retorcía y se perdía en la vorágine del turbión, mientras la otra mitad esperaba temerosamente la llegada del cataclismo.
—Ruth, sube a tu caballo —ordenó Kalispel, apartando la mirada de aquel espectáculo—.
Jake, vamos a ponernos en marcha. Ya es tarde...
Y observó a la muchacha deseoso de comprobar, aun en la angustia del momento, si era tan buena amazona como había proclamado. Ruth no pensó en ello. Saltó v se sentó en la silla con una gracia liviana y una facilidad que solamente podían provenir de una larga practica.
Kalispel sintió al mirarla que aquella actitud parecía acrecentar su valor y le proporcionaba un nuevo encanto que hasta entonces él no había podido apreciar.
—Bien, has ganado,»Juana Calamitosa». En marcha —dijo el joven. Y entonces desató su burro y, rifle en mano, se encaminó hacia el sendero.
Desde el recodo del arroyo, donde la senda tomaba una nueva dirección, Kalispel vio por última vez la Ciudad del Trueno y el cataclismo que la estaba aniquilando, El que Ruth no volviese la mirada hacia atrás, le pareció extraño. Kalispel continuó volviéndose, aun cuando ya nada podía ver. Pero todavía oía las detonaciones. A lo lejos, en la misma senda, una reata de bestias cargadas caminaba en zigzag hacia la parte alta del paso.
El arroyo, lleno de agua en toda la anchura de su lecho, de un color amarillento, corría presurosamente como si presintiese la hora en que no podría huir del valle. Y el sol, en el occidente, había comenzado a dorar las blancas nubes suspendidas sobre el lienzo occidental de la montaña.
Kalispel se maravilló de su liberación. Había habido un momento en que se encontró vencido, en el que rogó únicamente por conseguir que en sus manos hubiera un par de pistolas. Acuella proyectada venganza no estaba destinada a ser realizada por él. Un poder más alto había saldado su cuenta con Leavitt.
El camino se hizo a cada momento más empinado y comenzó su curso en zigzag. Jake, siempre buen conductor, facilitaba de vez en cuando un descanso a los burros. Kalispel marchaba tras el caballo de Ruth. La joven no hablaba ni volvía la cabeza. Kalispel esperaba con impaciencia el momento en que desde la altura del paso vería el teatro de su vida.
El aire se tornaba frío y tenía una aliento de nieve. Jake continuaba avanzando, con la espalda curvada. Los burros de largas orejas marchaban tras él. Kalispel no solté ni un solo momento el ronzal de su burro, lo que el animal parecía considerar desaprobatoriamente.
Jenn y no comprendía el valor de la carga que le abrumaba. Ni el mismo Kalispel lograba convencerse a sí mismo de que era cierto...
El melodioso ruido del arroyo dejó de zumbar en los oídos de Kalispel y murió gradualmente. Un viento frío susurraba entre los arbustos y los matorrales. El graznido de un ave de presa sonó en la altura. Y el ruido acompasado de los cascos de las caballerías continuaba produciéndose.
Finalmente, Jake se detuvo en el primer llano del paso, donde unas manchas de nieve salpicaban el verdor. Su rudo rostro, casi tan rojo como su camisa, se volvió hacia el valle.
Entreabrió la boca, aguzó la vista y levantó un brazo en mudo saludo a algo aterrador.
Ruth debió de verle, debió de comprenderle, pero inclinó la cabeza hacia el cuello del caballo y no volvió la cabeza. Kalispel había entreabierto la boca para llamarla, para que compartiese con él la última visión inolvidable de la Ciudad del Trueno. Mas comprendió en el acto. Ruth tenía la fortaleza suficiente para no mirar atrás. Había dicho adiós para siempre a aquel sórdido campo de minería y a la vida que en él había llevado, y no quería que la imponente belleza de la escena ni las terribles convulsiones de la Naturaleza quedasen grabadas en su memoria.
Pero Kalispel volvió la cabeza para mirar, y lo que vio le impresionó.
El amplio valle se extendía a sus pies, bajo rayos oblicuos y velos de dorada luz, y por su centro corría un brillante arroyo de fuego que se convertía en un lago ancho, de forma de escudo.
El punto más adelantado del movimiento de tierras había llegado hasta el arroyo. La parte superior de unas casas medio sumergidas, como barcos que se hundiesen, asomaba sobre la superficie del agua. Unos hombres, diminutos como hormigas, se afanaban a lo largo de las orillas. Kalispel buscó en vano lo que había sido la grande ciudad de muros blancos y grises, la ancha calle con su corriente de vida infatigable.
El caos reinaba en el valle, hermoso bajo los tonos amarillentos del crepúsculo, terrible por la acción de las fuerzas destructivas y ciegas de la tierra y de las rocas.
Kalispel tuvo que mirar una y otra vez, que reajustar su perspectiva para comprender claramente lo que veía. Y cuando Jake y Ruth continuaron avanzando a lo largo del camino y el sol se hundía tras el muro occidental, tenía pintada en la memoria la grandeza de aquella invasión del valle por la montaña.
A su derecha, arriba, en la lejanía, destellaba la severa, lisa y brillante inclinación de roca sólida de la cual se había desprendido la montaña de tierra. A través de los siglos, este propósito había sido anunciado por un bajo zumbido. La mitad inferior, se había deslizado; y la mitad superior, como el espectador podía apreciar fácilmente, comenzaba a seguirla. Una ancha faja de tierra oscura resbalaba por la desnuda roca. Pero esta lisa superficie se hacía gradualmente más áspera en dirección a la parte inferior, y en su sección central estaba poblada de peñas, de espliego y de bosquecillos. Allí era donde comenzaba la caótica evidencia de la devastadora fuerza del elemento tierra cuando abandonaba sus confines. El lento curso de su avance tenía una estremecedora solemnidad. Pasa a paso, formando grietas y combas, hinchándose y elevándose, hundiéndose, la enorme masa resbalaba inconteniblemente hacia abajo, siempre hacia abajo, haciéndose más fuerte y más arrolladora hasta caer en los bancales, que se habían adelantado, como lentas olas del mar para borrar la ciudad.
Lo que restaba de la Ciudad del Trueno estaba amenazado por el deslizamiento, o era empujado hacia delante por la masa que avanzaba en dirección al resplandeciente lago.
Aquellas largas extensiones de ruinas fascinaban a Kalispel. Desde donde se encontraba, podía ver todo el panorama, como un águila cuando se eleva contra el viento con las alas, completamente extendidas. Desde abajo, Kalispel no había podido captar del todo aquel monstruoso disolverse de una montaña y la destrucción de las viviendas de millares de hombres. Cada una de las fases de su austero movimiento contenía la inimitable fuerza que había sentenciado a Leavitt. Al ver el espectáculo desde aquel punto de observación, Kalispel experimentó la extraña sensación de que el deslizamiento había estado esperando a Leavitt.
Más allá de todo esto y sobre todo ello, todo brillaba con su aterradora, horrible y sublime belleza. El rostro triangular de la montaña, el rostro de roca, resplandecía con el oro del crepúsculo; y la oscura tierra se enriquecía con tonalidades de violeta y púrpura; las masas de tierra rodantes reflejaban las tintas del sol como ondas del mar en cuyas crestas ardiese el oro del sol; las casas inclinadas, espectros de edificios en que se habían albergado la alegría, la avaricia y el odio, se agitaban bajo unas cortinas de luz rosada, mientras otras parecían flotar sobre el lago, como barcazas grises que rodasen sobre el agua estremecida.
La montaña y el valle habían existido, lado a lado, aquélla elevándose majestuosamente sobre ésta, por espacio de incontables siglos. Y luego, una tarde cubierta de luz que tenía reflejos ambarinos, la montaña había comenzado a moverse, y el valle se llenó de ruinas y de agua.
La muerte había acechado allí. Y solamente unos pasos más allá, la multitud de intrépidos mineros, impertérritos por el cataclismo, se había instalado en el banco alto para ver el final de la catástrofe, para quedarse en el mismo lugar con el fin de conquistar el precioso oro, o para caminar por la larga senda, vencidos, mas no desesperanzados.
Kalispel se retiró de su punto de observación y, profundamente agradecido, turbado y deprimido, condujo su asno a lo alto del paso, hacia la nieve. La senda había sido abierta y recorrida por los que habían caminado delante de él. Y en la pendiente que descendía al otro lado, el blanco manto se adelgazaba y borraba. Cuando comenzó a oscurecer, Kalispel se dirigió hacia un bosquecillo de álamos temblorosos donde brillaba un alegre fuego y donde Jake silbaba mientras trabajaba. Ruth estaba sentada ante el fuego, con el rostro enrojecido y hermoso, sin huellas de dolor, con las manos desnudas extendidas hacia las llamas.
—¡Ya estamos en la loma! —dijo Kalispel mientras bajaba la vista hacia la joven que se hallaba bajo su protección. Y no quiso decir solamente que ya habían traspuesto la parte del paso cubierto de nieve, sino mucho más.
El recodo Central constituyó el inmediato problema que se presentó a Kalispel. En el caso de que hubiera sido afectado por la crecida, habría muchos mineros acampados junto al vado. Kalispel deseaba evitar encuentros. El río no le preocupaba por sí mismo. No le importaba esperar hasta que la corriente decreciese; o podría construir una balsa y transportar en ella su cargamento. Ruth se hallaba en su elemento cuando montaba a caballo, y este sorprendente hecho produjo una gran satisfacción a Kalispel.
El descenso fue fácil para los burros y para los hombres. Llegaron al vado de recodo Central por la tarde del tercer día de su salida del valle. El río estaba crecido, pero no tanto como para arredrar a los mineros que abandonaban el valle. Kalispel ordenó que se acampase allí, y comenzó a construir una balsa.
—¿Para qué diablos necesitas una balsa? —preguntó burlonamente Jake, —No te metas en camisa de once varas, hermano. La estoy construyendo, como ves, y esto es todo.
—Pero ¿para qué es?
—Para trasportar al otro lado sin peligro las galas de Ruth.
—¡Las he quemado, Kalispel! —exclamó Ruth.
—¡Ah! Entonces utilizaré la balsa para pasar las mías. No me gusta que mis ropas y mi cama se mojen.
La mañana inmediata demostró la prudencia de su previsión. Jake se sumergió en el agua helada, y uno de los burros cayó rodando entre la rápida corriente. Kalispel arrastró su improvisada balsa hasta varios centenares de yardas río arriba, y cruzó la corriente sin ningún tropiezo. Ruth manejó su caballo con la habilidad de un vaquero.
—¡Hurra, hurra! —gritó Kalispel, incapaz de reprimir su exhuberante alegría.


XVI
Kalispel hizo alto a mediodía, en un bosquecillo de algodoneros, a la orilla del río Salmón, cerca de Challis.
Quería pasar lejos de aquella congestionada ciudad, pero envió a Jake en busca de algunas provisiones necesarias y de algo que no quiso decir a Ruth hasta que Jake estuvo fuera del alcance de su vista.
—Oye, chiquilla —comenzó a decir vacilante mientras notaba que las mejillas se le cubrían de rubor—: Jake ha ido en busca de... del sacerdote.
—De... ¿qué? —preguntó rápidamente Ruth enderezándose.
Estaban sentados, descansando a la sombra de los algodoneros, a cierta distancia de la carretera y ocultos a la vista de los transeúntes por una cortina de sauces. Era un lugar muy agradable, hojas doradas y verdes se agitaban sobre ellos y alfombraban el suelo; el cielo era azul y estaba surcado de blancas nubes; el calor era suave, el río de color ambarino se deslizaba exhalando su cántico sonoro, profundo, murmurador... Todo esto envalentonó a Kalispel para acometer su delicada empresa.
—He avisado al sacerdote —replicó tras una pausa—. Lamento mucho que te disgustes por ello, pero..., ¡bien!, es una cosa terriblemente importante.
—Kal Emerson. ¿te empeñas en cumplir la promesa que hiciste a Dick?
—Había olvidado por completo la promesa; pero no he olvidado que quiero que seas mi esposa.
—No lo seré —declaró Ruth.
—¡Lo serás! —contestó él.
—Una mujer tiene que jurar que... amará, honrará y obedecerá a su esposo, ¿no es cierto?, antes de su unión.
—Creo que así es. Pero puedes suprimir lo de la obediencia, si lo deseas.
—¡Sabes muy bien que cualquier deseo tuyo es como un mandato para mí! —contestó ella apasionadamente.
—No lo sabía, Ruth..., pero me parece muy bien. Mi deseo es que seas mi esposa.
—¿Por qué? —preguntó ella palideciendo.
—Por muchísimos razones, la más importante de las cuales es que deseo cuidarte debidamente y hacerte feliz.
—Pero... ¡para eso no es preciso que te cases conmigo! Seré más feliz que en toda mi vida... solamente estando a tu lado, trabajando para ti.
—Es posible que pudieras serlo. Y, por mi parte, me parecería muy bien... —replicó Kalispel—. Lo malo es que nuestra historia sería conocida... Y, ¡bueno!, no quiero que las cosas sucedan de ese modo.
—¡Soy capaz de arrojarme al río! —dijo Ruth en tono trágico—. Es una cosa que siempre me ha seducido. Esas hoyas verdes me han fascinado siempre.
Ruth se puso en pie, con el rostro pálido, con los oscuros ojos llenos de dolor; pero en el fondo de ellos había un algo rebelde que convenció a Kalispel de que no sería capaz de cumplir su amenaza.
—No lo harías, Ruth —replicó. Sin embargo, extendió la mano y asió a la joven por una de las perneras del pantalón.
—Lo preferiría antes que hacerte desgraciado —aseguró ella.
—Pero, ¡tonta!, si no te casaras conmigo..., entonces sería cuando me harías desgraciado...
—Creí... que... creí que ya habíamos resuelto esa cuestión —tartamudeé ella mientras sollozaba.—¡Si gritas... te azotaré! —declaró Kalispel amenazadoramente.
—¡Había olvidado todo aquello..., era feliz!
—¡Ah! Y ahora ¿eres desgraciada sólo porque estoy decidido a convertirte en la señora Lee Emerson?... ¡Diablos! ¡No es una cosa muy halagadora para mi vanidad!
—Kal, yo no soy como las demás mujeres... Por ejemplo, como Sydney Blair.
—Sí. Tú eres muchísimo más guapa.
—¡Oh! ... Sí... ¡Oh!... Si nos hubiéramos conocido cuando tenía dieciséis años... —sollozó Ruth. Y se abatió.
Kalispel estuvo a punto de cogerla entre los brazos. Seguramente lo deseaba y le atormentaba la idea de realizarlo; pero se abstuvo por temor a angustiar más a la muchacha.
Después de unos instantes, cuando Ruth se rehizo un poco, Kalispel dijo:
—Ruth, es solamente por guardar las apariencias... Ya te la había dicho... No serás verdaderamente mi esposa... Por lo tanto, no tendrás de qué avergonzarte. Y de ese modo yo podré cuidarme de ti... y tú podrás cuidarme...
—Muy bien. Me casaré contigo —replicó ella en tono conciso y desmayado.
Kalispel 1.a dejó a solas y se paseó bajo los algodoneros mientras pensaba que hasta aquel momento no se había comprendido a sí mismo por completo. De todos modos, se sintió satisfecho y confortado por la decisión de la joven. En aquel momento oyó el ruido de unos cascos y el rechinar de los guijarros bajo unas ruedas. El vehículo resultó ser un carro ligero, de muelles, que se encaminó hacia el bosquecillo de algodoneros. Kalispel vio muy pronto al conductor, que era un sacerdote; el otro ocupante del carruaje era Jake.
—Kal, he traído al párroco Weeks —anunció Jake tan pronto como el vehículo se detuvo—.
Le he encargado que nos trajera las provisiones que he comprado. Y me ha ofrecido vendernos barato el caballo y el coche. Creo que tiene motivos para alegrarse de que Ruth y tú hayáis decidido casaras...
—Buenos días, reverendo. Soy Lee Emerson, a quien algunos llaman Kalispel, y me alegro mucho de conocerle —dijo Kalispel mientras ofrecía su mano al hombre de cabellos grises, ojos azules y rostro cetrino, para ayudarle a descender.
—El gusto es mío, Emerson. He oído hablar de usted, y me satisface poder estrechar su buena mano diestra.
—Vamos a buscar a la muchacha.
Ruth se levantó del tronco en que se hallaba sentada. No podía apreciarse en su expresión huella alguna de angustia o de dolor, y recibió a los tres hombres con una sonrisa alegre y brava. Kalispel pensó que sus temores eran infundados.
—Ruth, te presento al reverendo Weeks —anunció Kalispel.
—He prometido casarme con él —dijo Ruth inmediatamente, levantando los turbados y hermosos ojos—. Voy a hacerlo..., pero no debería.
—¡Caramba! Por qué no... si le quiere usted?
—¡Oh, sí le quiero! Pero he sido una mujer de salón de baile.. y jamás podré borrar el mal nombre que esa profesión me valió.
—Bien, supongamos que lo haya sido usted —contestó el sacerdote lentamente—. Pero eso no importa nada si él la quiere—. Y se volvió hacia Kalispel.
—Sí, la quiero —le interrumpió apasionadamente Kalispel—. Señor sacerdote: la encontré en un salón de baile, pero eso no significa que sea mala. Y voy a casarme con ella y a hacerla feliz. Ella tiene miedo a hacerme desgraciado..., pero es mucho mejor que yo. Tiene más conocimientos y más estudios que yo... Si pudiera usted conseguir que pensara sobre esta cuestión con un poco de sentido común, me haría un favor que agradecería eternamente.
—I Ah! Comprendo —replicó el sacerdote, profundamente conmovido—. Querida joven: ésta es una cuestión de amor, y solamente de amor. Emerson ha demostrado el suyo —continuó mientras tomaba entre las suyas una manecita de Ruth—. Usted me ha hablado también del suyo. Como padre le aconsejo, y como sacerdote le suplico, que se case con este joven... Soy del Oeste, Ruth. Y conozco cuáles han sido los principios de esta región... Las mujeres escasean en la frontera. Unas cuantas mujeres precursoras, acompañadas de sus hijas, y el resto son solamente una horda de indias, de aventureras... y de bailarinas. Los hombres del Oeste deben escoger sus esposas entre estas mujeres. Y lo han hecho por espacio de muchos años, lo hacen ahora, continuarán haciéndolo... El hombre debe tener mujer. Este glorioso Oeste nuestro es una tierra dura, que necesita mujeres fuertes. Y las mujeres malas, si es que alguna ha habido, se han tornado buenas y fuertes. Y son ellas las que están haciendo y poblando el Oeste. ¿Quién recordará en el transcurso de los años, cuando esta ancha tierra sea próspera y rica, y tenga muchos ranchos y muchas ciudades, que las abuelas de aquella generación hayan sido..., digamos, por ejemplo, señoritas de salón de baile? Y si esta circunstancia fuese recordada, ¿quién podría injuriar por ello a las mujeres de alma fuerte que han sido las madres del Oeste?
El sacerdote Weeks casó a Kalispel y Ruth bajo las hojas doradas de los algodoneros, mientras Jake sonreía felizmente junto a ellos. Y cuando Kalispel se inclinó sobre Ruth para ver cómo firmaba el certificado de matrimonio, se sorprendió al descubrir que jamás había conocido su apellido.
Kalispel compró la posesión de Olsen, con gran entusiasmo por su parte y gran insatisfacción por parte del insatisfecho ranchero.
Un tardío otoño cayó sobre el valle del río Salmón y añadió el encanto de sus días apacibles, dorados y brumosos a] esplendor de las oscuras vertientes y a la plata del cantarín río.
Mientras Jake recorría el Valle de Lemhi en busca de caballos y ganado, Kalispel dirigía la erección de una dependencia suplementaria a la cabaña de troncos de Olsen.
Carpinteros y constructores de la ciudad aserraron y pulieron los troncos de pino que los indios transportaron desde los bosques, y cepillaron, cortaron y martillearon hasta que lograron terminar un gran salón provisto de un hogar, con dos habitaciones muy bien ventiladas a sus lados. Kalispel no abandonó nunca el rancho, sino que transmitió sus órdenes, como consecuencia de las cuales llegaron varios carros cargados de muebles. Y cuando agotó los recursos de Salmón, envió a varios comisionados a Boise para que adquiriesen los lujos que deseaba para Ruth. Cuadros, cortinas, lámparas, alfombras, tejidos, todo lo que había averiguado a través de sus conversaciones que era amado por las dueñas de casa; todo esto, y mucho más, llegó antes de que el techo hubiera sido construido, con gran consternación y embelesamiento de Ruth.
—¡Oh, Kal! Si comienzas a contraer deudas, estaremos arruinados antes de comenzar a trabajar —se lamentó Ruth.
—Nada de deudas —respondió él misteriosamente.
—Kal, no es posible que me dijeses mentiras —replicó ella, implorante—. ¡No sería posible que me mintieras...!
—No recuerdo haberte engañado jamás —respondió Kalispel—. ¿Acerca de qué?
—Juraste... juraste que jamás habías sido... ¡Oh, perdóname! ..., un... un... ladrón.
—Sí, claro que lo juré. Jamás he tomado nada en mi vida... que no me perteneciese por completo.
—Entonces, Kal..., ¡encontraste oro allá arriba..., te hiciste rico... y lo has guardado en secreto...!
—Es posible que haya algo de cierto en lo que dices —respondió con indiferencia Kalispel. Y se alejó de Ruth para rehuir la posibilidad de revelar su secreto, el secreto de sacos y más sacos de oro tan cuidadosamente escondidos por él mismo en la profundidad de un rincón de la nueva casa.
Kalispel ideó muchas sorpresas para el inagotable desconcierto de Ruth. Cuando llegó Smoky, el caballito de silla más lindo y hermoso de todo el valle, con una silla mejicana plateada y unas riendas bonísimas, Ruth lloró y se entusiasmó con el caballo y siguió a Kalispel con una mirada que puso en su garganta un extraño nudo y aceleró al ritmo de los latidos de su corazón. ¿De dónde nacía aquel intenso deseo de Kalispel de ver la luz de la alegría reflejada en los azules ojos de Ruth? ¿De dónde provenía aquella decisión de compensarla por cuanto había sufrido, de llenar su presente con una alegría que matase el pasado?
No obstante, cuando una joven pareja de indios de Lemhi hizo su aparición —el hombre fuerte Que había de ayudar a Jake en sus muchas ocupaciones y la mujer hogareña y bien dispuesta que debía trabajar en la casa—, Ruth se irguió corno una leona ofendida. Kalispel le presté oídos indiferentes, si no sordos.
¡No seas terca! ¡Hay demasiado trabajo en una casa tan grande como ésta para una mujer tan pequeña como tú! —decidió finalmente.
—No soy pequeña... O por lo menos, si soy pequeña, también soy fuerte.
—¡Claro! Pero no quiero hacer de mi esposa una esclava. No, no lo serás mientras yo sea rico.
—¡Rico! ... ¡Condenado! ... ¡Oh, perdóname! ... Me propongo no volver a decir palabras fuertes... Pero no me importa que seas rico o no, ¡misterioso vaquero! ... Quiero ganarme el pan que coma.
—Estoy comenzando a descubrir, Ruth, que vales más que un tesoro de oro y perlas.
—¡Comienzas...! ¡Oh, Kal, qué descuidado eres en el hablar! Recuerda que soy solamente una pobre vagabunda perdida... Y si hubiera supuesto alguna vez que tú... Pero, ¡déjame guisar, trabajar y coser para ti!
—Bien, creo que esas cosas me agradarán un poco... Pero no —respondió lentamente Kalispel —que recojas heno, o que recojas patatas, o que ordeñes las vacas, o que vayas en busca de leña, o que friegues los suelos o que hagas algunos de los cientos de trabajos que la esposa de Olsen tenía que hacer. ¿Sabe usted, señora Emerson?
—Sí, lo sé —respondió ella con ojos que brillaban emocionados tras las abundantes lágrimas.
Hacia mediados de noviembre las hojas se desprendieron de los algodoneros y los sauces; la hierba había amarilleado y aparecía agostada; el cielo estaba generalmente cubierto de una tonalidad gris, y el viento quejumbroso y el débil gemido de los cuervos indicaba la inminente llegada del invierno.
Jake había obtenido un centenar de cabezas de ganado y cincuenta caballos, que fueron dejados en libertad en los pastos del río. Todo lo necesario había llegado ya. Jake y el indio cortaban leña cuando las demás faenas del campo les dejaban tiempo libre para hacerlo.
Durante aquellas semanas, memorables y satisfactorias, Kalispel no visitó Salmón ni Challis. Sus pensamientos estaban completamente consagrados a su granja y a un algo nuevo que había llegado a su vida.
No obstante, oía innumerables relatos de Jake, quien jamás dejaba de llevar las últimas noticias a su regreso de la ciudad. Además, mineros y viajeros que se detenían a veces en la granja le daban a conocer los últimos acontecimientos. En los últimos tiempos la corriente de mineros procedentes de la Ciudad del Trueno había disminuido considerablemente, hasta componerse tan sólo de algunos hombres aislados y perdidos.
Quinientos buscadores de oro, que no se daban por vencidos, se habían quedado atrás para pasar el invierno en el aniquilado campamento. La Montaña del Trueno se había deslizado y formado una especie de represa de quinientos pies de profundidad en el punto más bajo del valle. Cien pies de agua cubrían la calle, larga y ancha, donde la francachela imperaba día y noche. Y el lago se extendía a lo largo de dos millas, manchado acá y allá por casas de madera que flotaban, destruidas y arruinadas, hasta que se detenían en lugares en Que la corriente era poco profunda. Pero el oro estaba todavía allí. Y en la primavera, el martinete de cien toneladas sería transportado hasta los yacimientos.
La noticia de que Masters se quedó en la ciudad hasta mucho tiempo después de la marcha de sus amigos, fue de gran interés para Kalispel. Y cierto día el sheriff, en un garito instalado en una tienda de campaña, había contendido con dos mineros, llamados Jones y Matthews, a los cuales había matado en el encuentro que sostuvieron. Uno de aquellos hombres, cuando se hallaba moribundo, confesó que había matado a Sam Emerson por instigación de Leavitt.
Los vigilantes de Leavitt se habían quitado las máscaras el mismo día en que el deslizamiento de tierras salvó a Kalispel, y resultaron ser unos desconocidos para los mineros, quienes jamás habían oído hablar de ellos.
Kalispel preguntó frecuentemente por Blair y su hija, pero parecían haberse desvanecido. El recuerdo de la joven de cabellos oscuros y ojos de color violeta había comenzado a dulcificarse para Kalispel, quien ya no experimentaba ningún remordimiento ni pesar.
Y, más tarde, cierto día, una mancha negra cubrió el cielo y oscureció los picachos de la montaña, y la nieve comenzó a caer. Grandes copos plumosos, blancos, flotaron sobre las cubiertas cumbres, cayeron sobre los ranchos, las viviendas, los cobertizos, las verjas, y lo cubrieron todo, con excepción del río. Tres pies de nieve cayeron durante aquella primera tormenta de invierno, y cuando se hubo despejado, la columna de mercurio del termómetro descendió bajo cero.
Kalispel vio aquella mañana, a. través de la ventana, un mundo hermoso y blanco.
—¡Demonios! —rezongó—. Siempre he aborrecido el invierno. Las ventiscas no eran una cosa como para echarla a broma en el rancho de Wyoming.
—A mí me entusiasma el invierno —replicó Ruth alegremente—. Saldré a pasear todos los días por la nieve.
—Sal siempre que lo desees, pero no conmigo, querida —dijo Kalispel. Y la cariñosa palabra, pronunciada inconscientemente, reprimió el entusiasmo de Ruth y abrió para Kalispel un ancho campo de meditaciones, como muchas veces sucedía, a pesar del disfavor con que él las acogía.
—¡Acorralados, cercados por la nieve, como una pareja de jabalíes de Missouri!
¡Acorralados, aislados para todo el invierno, tú y yo, solos, Ruth...! ¡Ah, qué suerte más hermosa para Kalispel Emerson...! Un saloncito agradable, cómodo, brillante; un hogar abierto, montones y más montones de leña que quemar... ¡Es una mala suerte para un vaquero despreciado y nunca comprendido!
—Sí, es lo que he pensado —replicó Ruth con gazmoñería, mientras le miraba expresivamente.
—¡Claro! Me alegro de que lo hayas pensado también. ¡Y mucha comida almacenada...! —prosiguió diciendo lentamente Kalispel—. ¡Oh! Dos ciervos colgados en el cobertizo, y un millar de libras de carne de alce... Y la bodega llena de alimentos... Leche, manteca y queso...
Y no tener que mover ni un dedo para conseguirlo... Y, además, este saloncito. ¡Libros y libros, y revistas a montones...! ¡Unas lámparas bonitas y brillantes, y unos sillones...! ¡Ah!
Las largas veladas del invierno, cuando el viento aúlla, cuando la nieve cae a montones..., y estar entre todas estas cosas, junto a una mujer a la que ningún hombre podría cansarse de mirar...
—¡Ah! ¡De modo que, al fin, te has dado cuenta de todo eso! —exclamó Ruth con alegría; mas no se atrevió a levantar la mirada hacia él.
Kalispel la había contemplado muchas veces en los últimos tiempos, aun cuando nunca lo hizo con el interés y la complacencia que aquella blanca mañana en que se vio obligado a aceptar la realidad de la presencia del invierno.
—¡Noviembre, diciembre, enero, febrero, marzo, abril, mayo...! —exclamó.
—¡Oh! Los meses largos, ¿eh? preguntó ella provocativamente.
—Sí. Los meses largos... y tú y yo a solas...
—Kal, ¿no es esa perspectiva muy... muy...? —preguntó ella, con ojos turbados e incapaz de encontrar la palabra que buscaba.
Ruth había mejorado notablemente durante las semanas del otoño. Los huecos de sus mejillas y de su cuello estaban llenos, y se había fortalecido tanto, que su aspecto no era ya débil ni frágil. Las sombras que antiguamente habían oscurecido sus ojos se desvanecieron, y en su rostro no aparecía aquella expresión de dolor. El contento de Kalispel al ver aquella transformación dio lugar a que comprendiera que su amor por ella se había intensificado.
Desde hacía mucho tiempo notaba que cuando se hallaba en su presencia se operaba en ella un sentimiento profundamente significativo. Todos los pensamientos de los días atrafagados y felices de la existencia de Ruth parecían ser para él. Vivía para él. Y el amor de Kalispel, nacido insensiblemente aquel atardecer en la cabaña de Sloan, había sido incrementado por la dulzura de carácter de Ruth, por el brillo de su cabello, por su imborrable sonrisa, por el progreso de su hermosura y de su salud, por el desarrollo cotidiano de su alma valiente y leal.
Kalispel guardó el secreto para sí, durante días y noches, deleitándose al pensar que era maravilloso, al pensar en la transformación que en él había operado.
Jugaba con su felicidad, y parecía abrazarla estrechamente y oprimirla contra su pecho.
Mas llegó un tiempo en que Kalispel creyó que no podría mantener en secreto su amor.
Y, en consecuencia, decidió recurrir a sus fantasías de antiguo vaquero para proyectar su capitulación.
Aquella noche había estado desacostumbradamente tranquilo y sin responder a las importunidades de la pensativa Ruth. Mas cuando llegó la hora de acostarse pareció recobrar su acostumbrada alegría.
—¡Demonios...! Ruth... ¿No te parece sentir que el frío se apodera de ti? —preguntó, mientras se levantaba para cubrir con cenizas el rojo fuego de la chimenea—. Si no hubiera estado echando continuamente leña y más leña...
—Estábamos a quince grados bajo cero esta mañana —declaró Ruth.
—Entonces, no es extraño... ¿No tienes frío en la cama, Ruth? —preguntó Kalispel solícitamente al volverse de espaldas.
—Tengo muchísimo frío —replicó ella francamente, mientras lanzaba una carcajada.
—Me sucede lo mismo por la mañana —afirmó pensativo Kalispel—. Si estuviéramos juntos no tendríamos tanto frío.
Ella emitió una pequeña risita. Kalispel continuó extendiendo las cenizas sobre el fuego. No quiso mirarla en aquel momento, porque sabía que cuando lo hiciera, moriría su secreto. Y como quiera que ella no hablase, Kalispel creyó que se había aventurado excesivamente en sus pasos.
—Claro, como comprenderás, ya no duermo con chaparreras y espuelas, como hacía antes —se atrevió a añadir.
—Kal —murmuro ella—. ¿Lo dices... en... en serio?
—Creo que sí... He pensado repentinamente que los matrimonios duermen juntos en invierno... O así me lo han dicho. No me parece una mala idea, Ruth.
Se produjo un largo silencio, que, al fin, fue roto por ella.
—Entonces..., muy bien.
Y Kalispel exhalé una risa de alegría.
—¿Qué hay de... de gracioso en ello? —preguntó ella, resentida.
Kalispel abandonó el atizador y se encaré con ella. Vio que estaba agitada y ruborizada.
—Oye, ¿no te he hablado nunca de mis amoríos?
—No. Y no quiero saber nada acerca de ellos —replicó Ruth fingiendo desdén.
—Muy bien. Entonces, no te molestaré contándote detalles —continuó él—. Pero he creído en muchas ocasiones que estaba enamorado. ¡Qué cosa más extraña! Tuve varias peleas por esta causa, y estuve a punto de ser herido en más de una ocasión, y... Bueno, todo eso no importa nada. Pero cuando encontré a Sydney Blair, me enamoré repentinamente. ¡Diablos!
Estaba loco de amor. Y también tuve suerte en aquel amorío. Salvé a Sydney de manos de Borden y de morir ahogada, y cuando llegamos a la Montaña del Trueno y Sidney fue más cariñosa para mí y la besé aquella noche...
—¡No quiero saber nada más, Kalispel! —gritó Ruth.
El rubor desapareció de su rostro, que se cubrió de lividez. Sus ojos se oscurecieron con una sombra que Kalispel no podía soportar.
Dio un paso largo, llegó hasta ella, la levantó de la silla y besó sus pesarosos ojos, sus mejillas, sus labios. Después de esto, se sentó en ella, a quien estrechó entre los brazos y oprimió contra su pecho. En aquel momento, su secreto, su fantasía, sus tormentos, su extraña necesidad de observar, de esperar y de meditar sobre el hecho maravilloso de su amor, todo se borró.
—Escucha, Ruth: jamás he estado enamorado, ni siquiera en aquellos días de ranchero...
Eran solamente ganas de jugar, de divertirme. En el caso de Sydney las cosas fueron algo diferentes; pero tampoco hubo verdadero amor. Sydney me engañó. Pero aquella noche en que Sloan yacía próximo a morir, cuando te negaste a decir que te casarías conmigo... Aquella noche perdí el corazón de una vez y para siempre. No lo supe hasta después. Y tan pronto como lo supe, mi amor comenzó a aumentar, a crecer al ver tu maravilloso comportamiento, al ver que también me querías, al saber que tú eras mi novia, y que eras mejor y más leal por lo mucho que habías padecido... Y, Ruth, no te cambiaría por Sydney Blair, ni por una docena de mujeres como ella, aun cuando fuera un mormón y pudiera vivir con todas ellas a un tiempo. Y ahora, cuando estás bien y eres feliz, no querría que las cosas hubieran sucedido de otra manera. No sé cómo explicarlo, pero sé como lo siento... Y te quiero extraordinariamente, con un amor salvador que me hará siempre digno de él, y...
La presión de unos dulces labios sobre los suyos puso fin a la peroración. Ruth le rodeó el cuello con los brazos y le apretó contra sí.
—¡Oh, Kal, oh, Kal...! ¡Cuánto he suspirado y esperado...! Pero siempre lo he sabido...
Siempre he sabido que esto sucedería... Y esto es lo que me ha salvado..., lo que me ha cambiado..., lo que me ha elevado..., lo que me ha hecho feliz... ¡Siempre lo he sabido!
—Eres una mujer maravillosa! —murmuró Kalispel incrédulamente. Y oprimiéndola como si no quisiera desasirse jamás de ella, contempló el ópalo de las ascuas mortecinas, mientras el éxtasis de sus pensamientos se hacía demasiado profundo para que pudiera permitirle articular palabras.
En el exterior, el viento invernal lanzaba sus lamentos bajo los aleros; las ramas de un algodonero arañaban el tejado; el río murmuraba melancólicamente su canción, y un lobo aullaba para expresar su soledad y su hambre...
Todos estos sonidos pertenecían al pasado de Kalispel, un pasado henchido de soledad y de turbulencias que, como los días duros, no volvería más.

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