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jueves, 8 de junio de 2017

La Colina Del Caballo Salvaje (Zane Grey)

La Colina Del Caballo Salvaje
Zane Grey

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Zane Grey
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Zane Grey

LA COLINA DEL CABALLO SALVAJE
HORSE HEAVEN HILL

© 1959 by Zane Grey Inc.
Traducción de ORTA MANZANO
Cubierta de ENRIQUE
© EDITORIAL MOLINO, 1973 Apartado de Correos 25 Calabria, 166 — Barcelona (15)
ISBN 84-272-1063-9
Depósito Legal, B. 16,275-1973
Número de Registro, 4.686-72
Impreso en España Printed in Spain
A. G. PONSA. — Gonzalo Pons, 23 — Hospitalet (Barcelona)

1

AQUEL SECTOR septentrional del estado de Washington, en cuanto concernía al terreno del rancho, se extendía por una comarca salvaje, al margen de la civilización; las ondulantes llanuras de salvia, azules como el cielo, terminaban en una montaña llamada «Colina del Cielo del Caballo»;
Vista desde la casa del rancho Wade, desde un otero que dominaba la pequeña ciudad, la abierta campiña se desplegaba como un abanico al norte y al oeste.
Allá lejos, en la soleada distancia, manchitas negras y nubes de polvo suministraban indicios de jinetes. Podrían estar conduciendo ganado, pero, teniendo en cuenta la ausencia de cualquier ganado en el amplio terreno cercano, esto se hacía dudoso para ojos experimentados. Además era la comarca de los caballos salvajes.
La «Colina del Cielo del Caballo» estaba asentada en la Reserva de los indios Clespelem. Los salvajes potros mostrencas, más salvajes que los ciervos, eran propiedad de los indios. Miles de estos caballos habían vagabundeado^ por la llana extensión de salvia sin ser molestados durante años. Por lo general grupos de cien o menos, bajo la guía de un semental, corrían juntos, bajando de las montañas en otoño y volviendo a ellas el verano siguiente cuando la primavera se acaba y la tierra baja se seca. Raramente cazan los indios estos caballos salvajes, excepto en contadas ocasiones para atrapar uno de los hermosos sementales.
Eran tan libres como las ondulantes llanuras. Sus dominios se extendían más allá de las montañas hasta el impetuoso Oregón. Pastaban y se tumbaban y corrían y se peleaban y parían sus potros en paz, y vivían la vida de águilas.
Pero llegó el momento en que esta tranquila existencia fue rudamente rota. Abe Wade, ranchero en este sector, atraído por la fuerte demanda de ganado, juntó la mayor parte de sus existencias y las vendió. Este hecho insólito dejó a sus cowboys más tiempo libre del que era bueno para ellos. Huid Branding, últimamente en los pastos de Wyoming forjó un plan con el joven Pieri Wade, el hijo mimado del ranchero que llevaba a toda la comunidad por las orejas. Con un seleccionado equipo de cowboys, todos endurecidos jinetes, y un grupo de indios Clespelem, persiguieron y capturaron tres mil caballos salvajes, y, mediante un truco llamado «formar cola», que era simplemente atar la cola de un caballo a la cabeza de otro, condujeron toda la reata al ferrocarril y la embarcaron para Montana para que fueran sacrificados y sirviesen de alimento a las gallinas. Blanding les pagó a los Clespelem un dólar a cada uno por su ayuda durante la conducción; le dio al joven Wade mil y repartió una suma parecida entre los cowboys. Como pronto trascendió el hecho de que había recibido tres dólares por cabeza de ganado resultó claro que había reunido una gran suma de dinero para un cowboy.
El resumen de esta singular noticia llegó a conocimiento de Lark Burrell el mismo día en que llegó a Wadestown, donde iba a vivir con los Wade.
Lark era prima segunda de Marigold Wade, quien se había impuesto a su padre para ofrecer un hogar a su huérfana pariente. Lark tenía dieciocho años. La mayor parte de su vida la había pasado en Idaho, muy al sur, en los grandes pastizales de una comarca desierta, todavía sin vallar. Burrell, su padre, había poseído una gran franja de tierra allí, un terreno salvaje que nadie, excepto Lark, consideraba de valor alguno. Él le dejó una desvencijada cabaña, una hermosa corriente de agua, unas pocas cabezas de ganado y una manada de mostrencos salvajes. Lark habla venido realmente por su amor a los caballos salvajes. Había sido educada entre ellos. Ella misma era como un potro sin domar. Pero, por mucho que lo deseara, no podía vivir más tiempo en el improductivo rancho con solo un viejo vaquero. Así cuando los Wade la llamaron, se sintió agradecida y aceptó el hogar ofrecido, sintiendo en su corazón que algún día volvería a Idaho.
A Lark le habían asignado una habitación que se abría sobre la comarca llana con la oscura montaña de extraño nombre perfilándose en el horizonte. Inmediatamente este paisaje la conmovió. No era árida ni bastante grande como para parecerse a su país; sin embargo le encantaba. Y pronto llegó la hora en que, sentada junto a la ventana, se sintió oprimida por la noticia que había oído en el piso bajo. ¡Tres mil caballos salvajes vendidos como alimento para gallinas!
La sacudida experimentada por Lark era algo que no podría comprender la mayoría de la gente. La sonora carcajada de Marigold había estallado al decir:
—Mirad la cara de la muchacha.
Lark había volado a su habitación y allí se aventuró a mirarse en el espejo. Era un rostro tormentoso, revelador, lo que vio. Se apartó y, abatida en el asiento junto a la ventana, trató de darse cuenta de lo que significaba aquella cosa aterradora. Tres mil caballos salvajes vendidos como alimento para gallinas repetía Lark, hasta que su mente comprendió el significado.
Luego le brotaron las lágrimas de tal modo, que no podía ver las llanuras ni la atrayente montaña.
Pero pronto las lágrimas se secaron. Repentinamente odió a su guapo primo, Ellery Wade, quien la había besado y se había alegrado tanto con su llegada. En la cena, después que hubo sacado el único vestido bonito que tenía y se lo hubo puesto, llegó el disgusto. Ellery había irrumpido ante su familia salvajemente exaltado, los bolsillos repletos de dinero hada el cual atrajo la atención mediante vociferantes palabras y violentos ademanes. Precisamente entonces fue cuando Lark adivinó que era un niño mimado, el único hijo varón de la familia. Marigold había chillado a la vista del dinero y alargó súbitamente sus codiciosas manos blancas para apoderarse de él. El señor Wade, después de su sorpresa, había demostrado interés y satisfacción. La madre del muchacho había parecido quedar estupefacta.
Nada podía haber sido peor para Lark, después de su entrada en este nuevo hogar, que oír contar tal brutalidad. Se daba cuenta de que su punto de vista resultaría forzado y ridículo ante esta gente de la ciudad. La mayor parte de los rancheros odiaban los caballos salvajes porque pastaban en sus pastizales y bebían agua que podían haber servido a sus ovejas y terneras. El dinero estaba en el fondo de eso.
Las meditaciones de Lark fueron interrumpidas por un golpe en su puerta.
—Entre —balbuceó, secándose los ojos.
Marigold entró. Se había cambiado de vestido. Lark casi abrió la boca de asombro. Marigold era alta, una perfecta rubia, y el apretado y ancho cinturón de su bata de amplia falda hacía resaltar su hermoso cuerpo.
—¿Puedo entrar y hablar contigo? —preguntó Marigold suavemente. Tenía lánguidos ojos de un azul brillante.
—Me alegra que hayas venido —replicó Lark.
Entonces su prima se sentó junto a ella.
—Me gusta este asiento —dijo—. Solía ser el mío, bueno, toda la habitación, antes de que papá reparase la casa. Bueno, tenemos que conocernos.
—Haré todo lo que pueda —replicó Lark sonriendo. Marigold parecía amistosa y buena—. Antes que nada, prima, me gustaría saber qué se espera de mí.-
—¡Cielos! Nada, excepto que te encuentres como en tu propio hogar.
—¡Pero tengo que trabajar en algo.
—Podrías ayudar a mamá. Y cuidarte de tu habitación, Lark, ¿sabes coser?
—Sí, desde luego.
—¿Cómo estás de ropas?
—No tengo nada que merezca la pena excepto este vestido —respondió Lark sencillamente.
—Pobre muchacha. Bueno, este no vale nada, viejo y descolorido. Tengo un montón de vestidos y te los daré para que te los arregles, si los quieres. Y, además, necesitas algo nuevo.
—Eres muy buena, Marigold.
—Iremos pronto a la ciudad —dijo Marigold alegremente—. Puedes comprar algunas cosas. Lark, ¿qué acostumbrabas hacer allí en Idaho?
—Vida de rancho. Trabajo, Caballos. Ganado.
—¿Algunos cowboys?
—No. Tengo un viejo que ha estado con nosotros durante muchos años y se cuida del rancho.
—¿Muy lejos de una ciudad?
—Sí. Una marcha de todo un día a caballo.
—¿Alguna vida social?
—No mucha. No hay vecinos. He estado en unos pocos bailes y casamientos, bautizos, cosas así.
—Bueno, en tu pueblo habría una sala de baile, ¿no?
—No. Empleábamos el grupo escolar. Tengo también libros, pero no los últimos aparecidos. Desde que mi padre murió, soy pobre.
—¿Has tenido amigos...? Pretendientes, quiero decir.
—A veces, los domingos. Y no de mi elección —contestó Lark sobriamente.
—Has vivido realmente aislada. Lark, ¿sabes que no eres mal parecida?
—Espero no serlo.
—Apuesto algo a que cuando estés bien vestida llamaras la atención. Tienes que cambiarte el peinado, echarte los cabellos para arriba.
—Prima, mis cabellos son ingobernables... y no muy largos.
—Ya veo. No se tarda tanto en domarlos. Puedes hacerlo. Tienes un cabello precioso, Lark. Me encanta este rizo. Y un cabello tan sedoso y oscuro con reflejos rojos... El dice que eres guapa.
—¿Quién es El?
—Mi hermano, Ellery. No sirve para nada. El único? varón, ya sabes. Mimado. No le permitas que te moleste, Lark. Pero, aparte él, papá y mamá son humanos normales... casi. Mamá es fácil de sobrellevar, pero papá nos grita a veces por culpa del dinero. Esto pasa cuando está corto de él. Últimamente vendió un tren de ganado y está repleto de dinero. De modo que será una buena ocasión para que yo le diga que tenemos que ir de compras a la ciudad. Vamos abajo y se lo decimos ahora mismo.
Lark, excitada y nerviosa, aunque algo sorprendida por la forma de pensar de su prima, bajó corriendo la escalera; detrás de Marigold. El señor Wade estaba fumando en una butaca ante un fuego sin llamas en la abierta (parrilla. Era un hombre bien conservado, de algo más de cincuenta años, con agudos ojos azules y una leonada barba rociada de gris. Estaba claro de donde había sacado Marigold sus herfrio3 sus rasgos.
Se mostró amable y simpático y, cuando ella se acercó! a su butaca, le tomó la mano y la miró con ojos pensativos y penetrantes.
—Tu padre y yo estuvimos juntos una vez en el negocio del ganado, hace anos, antes de que tú hubieras nacido.
A él le gustaban los campos sin vallar y a mí me atraían los asentamientos. Vi a tu madre una vez poco después de su casamiento.— Era una guapa mujer de ojos oscuros. Debes procurar adaptarte aquí y hacer de esta casa tu hogar. Reconozco que no será fácil al principio.
—Me gustaría trabajar, señor Wade. ¿No podría darme trabajo en su almacén?
—¡Bueno!-El señor Wade parecía sorprendido—. No es una mala idea... si mamá y Mari...
—Mamá no querría ni oír hablar de eso —interrumpió Marigold.
—'Hija, no hay nada como trabajo e «independencia» —replicó su padre suavemente—. Tal vez tu prima está acostumbrada a trabajar. ¿Qué hay de eso, Lark?
—Me temo que lo estoy —dijo Lark francamente y extendió las manos. Eran unas manos morenas y bien formadas, pero en la palma se veían callos.
—Pero, querida, difícilmente podríamos permitirte que hicieras aquí trabajos de rancho.
—¿Puedo tener un caballo? —preguntó Lark ávidamente.
—Creo que te gustaban los caballos, especialmente los salvajes. Sí, puedes escoger.
—Me gustan los caballos salvajes, señor Wade. Los he capturado y también los he domado.
—¿Todo eso lo has hecho tú sola? —exclamó Marigold incrédulamente.
—Sí. Atrapar un potro salvaje no es nada. Pero domarlo cuesta mucho.
—¿Cuántos años tienes, Lark?
—No estoy segura. Creo que diecinueve.
—¿Diecinueve y nunca has tenido novio? —preguntó Marigold petulantemente. Podría ser porque día no compartía la simpática actitud de su padre.
—De eso último sí estoy segura, prima —replicó Lark con sólo una nota de frialdad.
—Muchacha, tú y yo seguiremos hablando algún día —interrumpió el ranchero—. Por ahora acomódate aquí y procura pasarlo lo mejor que puedas. Busca algún trabajo, de forma que no estés siempre tan aburrida como lo está Mari. Ayuda en la casa, lee y cabalga cuanto quieras. Hablaré con mamá para fijarte una asignación...
—Oye, le has gustado a papá —dijo Marigold cuando estuvieron de nuevo en el piso superior—. No acostumbra a mostrarse amable con las muchachas.
—Estoy segura de que yo también lo quiero —replicó Lark fervientemente—. No sabes lo que es estar sin padre. Una vez pensé que nunca, nunca me sobrepondría a eso.
—Pero, di, muchacha. ¿No has tenido a nadie que te quiera?
—A nadie, excepto a Jake, mi viejo ayudante en el rancho.
—Lark, ¿nunca has tenido novio? Ahora de verdad.
—No lo he tenido, Marigold —protestó Lark sonrojándose-No lo he tenido. Lo juro...

2

AL MEDIODÍA siguiente llegaron a la polvorienta ciudad, que se jactaba de tener un gran almacén de mercancías, varias tabernas, un hotel y un pequeño restaurante. Lark estaba intrigada y encantada por la variedad de materiales y mercancías que se ofrecían en el almacén. Mucho más de lo que ella hubiese visto hasta entonces.
Mientras estaban examinando y discutiendo acerca de los colores y variedades de los artículos, Lark se dio cuenta por el rabillo del ojo de que una presencia masculina emergía del pasillo.
—Aquí estás. Me ha costado mucho tiempo encontrarte —dijo alguien con voz agradable y profunda.
—Hola, Stan, me alegra que hayas venido —replicó Marigold—. Lark, me gustaría presentarte a mi prometido, Stanley Weston. Stan, mi prima, Lark Burrell, de Idaho. Ha venido a vivir con nosotros.
—Señorita Burrell, encantado de conocerla —respondió Weston, con una leve inclinación.
—Me alegra conocerle, señor —dijo Lark tímidamente, mirando aquellos serios ojos negros.
—Marigold, tengo que ir a ver mi caballo, pero las encontraré luego y las acompañaré a casa —dijo Weston, volviéndose a Marigold.
—Espléndido. Estaremos listas a las cuatro.
Weston se inclinó de nuevo y se marchó con largas zancadas.
Un poco antes de las cuatro estaban las dos muchachas cargando sus compras en el carretón con ayuda del dependiente cuando Lark vio al prometido de Marigold. Cuando se adelantó al encuentro del carretón, levantando el sombrero, Lark retuvo un inexplicable estremecimiento. A la luz del sol, descubierta la cabeza, él parecía singularmente agradable. Era ancho de hombros y de un peso más que mediano. Él sonrió:
—Mari, por una vez estás lista a tiempo.
—No quiero darle a papá motivo para que se enfade. Mira todo lo que hemos comprado. Vamos —dijo ella, agarrando las riendas cuando subió al carretón.
La vuelta fue rápida, pues los caballos estaban descansados e iban a favor de su querencia. Marigold se ocupaba de conducir mientras Weston le preguntaba a Lark acerca de su vida en Idaho. Lark se vio contestando sus amistosas preguntas con facilidad, y se sintió triste cuando llegaron al rancho.
La cena esa noche en casa de los Wade fue otra prueba para Lark, aunque no tan mala como la del día anterior. Marigold estaba de buen humor, lo que el señor Wade hizo notar que era fácil de comprender. También él estaba de buen humor y le hizo a Lark preguntas cargadas de broma. Ellery, quien estaba sentado junto a Lark la molestaba al tratar de tomarle la mano. Pero fue el pensamiento de Stanley lo que hizo que la cena le pareciera demasiado larga a la muchacha.
Después de cenar, Lark, que se había detenido un momento en el pasillo, corrió a su habitación y cerró la puerta. Se sentó mirando vagamente las compras extendidas sobre la cama.
Pensaba en su conversación con Stanley, en la vuelta al rancho, en lo amable que él había sido, y llegó a darse cuenta de una sensación excitantemente dulce, infinitamente remota, de calor y agrado que la llenaba. Era debido a la forma en que él la miraba cuando ella estuvo hablando de la doma de potros, de las cabalgadas a lo largo del río Salmón. Tenía algo que ver también con su proximidad a ella, cuando los indomables cabellos de la muchacha se agitaron ante la cara de él. Descubrió que le agradaba el recuerdo de ambos incidentes y se sintió incómoda por ello.
Después de la primera llamarada de consternación, Lark arrojó el tema de su mente. Hacía adivinado que le sucederían en este nuevo hogar cosas difíciles de comprender. Sería alzada hasta el cielo y luego dejada caer. Estaría confundida, perpleja, molesta, furiosa, desgraciada. Estaría celosa, envidiosa, miserable, y todo porque era una muchacha y no podía evitarlo. Forzosamente se sentiría complacida con la familia y los amigos de Marigold, pero también disgustada. El señor Stanley Weston, el prometido de su prima, Ja había complacido, eso era indudable, y Lark decidió seriamente tratar de olvidarlo.

3

A LA mañana siguiente, Lark esperó que la llamasen para el desayuno. Por lo general se levantaba a la misma hora que el pájaro por quien su padre le había puesto el nombre, la alondra. Le pareció que había pasado mucho tiempo hasta la hora del desayuno, pero al fin oyó una campana. Encontró a Marigold envuelta en una brillante bata azul, que realzaba su rubia belleza.
—Hola, Lark. Me olvidé hablarte de la hora del desayuno —dijo—. No hay hora. Papá y El se marchan temprano para el almacén. Mamá raras veces está abajo y yo nunca lo estoy. La cocinera te servirá en cualquier momento.
—Parece como si hubiera estado allá arriba durante horas —contestó Lark—. No he dormido muy bien. He oído ruidos de caballos más de una vez.
—Vamos abajo... Stan se marchó esta noche furioso. Yo fui a la ciudad. Regresé tarde.
Se desayunaron solas con gran alivio de Lark.
—Oye, Lark, por el amor del cielo, tira ese vestido gris, ¿quieres? Es espantoso.
—De acuerdo, lo haré... luego. Marigold, ¿puedo ver los caballos y cabalgar esta mañana?
—Naturalmente. Tal vez vaya contigo. Al fin y al cabo, ¿qué tengo que hacer? No, no puedo... Pero no me necesitas. Ponte tu traje de montar y ve a la cuadra. Hurd no estará allí, estaba borracho anoche... Pero algunos de los muchachos estarán allí. Diles de mi parte que puedes disponer de cualquier caballo. De modo que escoge el qué quieras#
—¡Oh, gracias, prima! Será magnífico —exclamó Lark, entusiasmada ante la perspectiva—. ¿Y por dónde cabalgaré?
—Hay unos mil kilómetros de llanura a espaldas del rancho, más o menos —sonrió Marigold—. Lark, me alegra que esto te haga feliz. Tenemos caballos y terreno bastante, Dios lo sabe. Y, ¿necesito prevenirte contra los cowboys?
—No lo creo. Supongo que todos los cowboys son parecidos.
—Lo son, y no tienen nada de bueno, excepto... bueno, hasta luego, Lark. No pases de la «Colina del Cielo del Caballo».
Lark corrió escaleras arriba y pronto, con un placer que le causaba un suave asombro, se vio con el traje de montar puesto; Sonrió ante su imagen en el gran espejo. Una vez más era un muchacho, con sus pantalones vaqueros, espuelas, blusa y todo lo demás, incluso un abollado y viejo sombrero que se encasquetó sobre sus ondulados cabellos. Luego, con los guantes en la mano, descendió por un lado de la escalera procurando no desgarrar la alfombra con sus largas espuelas y, tras deslizarse por la puerta trasera, con gran regocijo del cocinero, tomó la senda que conducía a la cuadra.
La había visto desde lejos y ahora, al acercarse a ella, comprendió lo que significa un gran rancho, sus cuadras y corales, los cobertizos y graneros, con extensos pastizales atrás, moteados de caballos. Por primera vez desde que había abandonado su hogar, Lark se sintió segura de sí misma y realmente feliz. No mostró en lo más mínimo excitación ni sorpresa a Ja vista de un rancho del oeste. Se deleitaba con los bienamados sonidos y olores.
La cuadra principal era algo enorme, con un ancho corredor en medio de numerosos pesebres a cada lado Un pasillo en cuesta subía hasta el nivel del suelo. Tres cowboys estaban sentados allí permitiéndose el lujo de entretenerse jugando a los dados. Llevaban el acostumbrado traje de montar, tosco y raído y, sin embargo, al examinarlos más de cerca, no se parecían a los cowboys de las cercanías de Batchford.
—‹¿Eh, niño, qué quieres? —preguntó uno de ellos con indiferencia, después de lanzarle una mirada.
—Quiero un caballo —replicó Lark.
—¿Seguro? —contestó el cowboy mientras se inclinaba sobre los dados que su compañero estaba arrojando—. ¿Qué vas a hacer con un caballo?
—Cabalgar.
—¿Tienes pasta?
—¿Pasta? No, no tengo.
—Bueno, lárgate entonces —le dijo él recogiendo los dados.
Lark se sentó en la ancha entrada sintiendo que la decepción que preveía inconscientemente se estaba revelando ahora. Los miraba sin que ellos la molestaran, puesto que evidentemente su interrogador la había olvidado. El que había hablado estaba destocado, un muchacho bien afeitado y de rostro agradable, bien parecido ciertamente. El segundo era pelirrojo y algo rudo. El tercero era el más viejo, casi de treinta años, lo que significaba una edad madura para un cowboy. Tenía rasgos impresionantemente hermosos. Tenía los ojos bajos rodeados de moradas ojeras. Sus labios y la barbilla estaban perfectamente esculpidos.
—Maldito sea, Hurd. ¡Afortunado en los dados y afortunado con las mujeres! —se lamentó el cowboy sentado junto a él.
—No es suerte; es que soy listo —replicó d otro tirando los dados.
En este momento Lark aguzó los oídos, más interesada aún. Éste debía de ser Hurd Blanding, el cowboy asociado con Ellery Wade en la conducción de los caballos salvajes. También Marigold lo había mencionado.
—No seguirías siendo tan listo si Stan Weston llegase a saber algo de ti —fue la significativa réplica. Después de lo cual Blandíng le arrojo los dados al otro.
—¡Cállate! Si sueltas otro chiste parecido, te...
Se dio cuenta entonces de la presencia de Lark y cortó la frase.
—¿Quién diablos es ese, Coil? —preguntó, dándole un codazo al cowboy destocado y señalando a Lark.
—Un muchacho que entró aquí pidiendo un caballo...! ¿Eh, no te dije que te largaras?
—Reconozco que lo hizo —replicó Lark, casi riendo' nerviosamente tal como estaba sentada, los codos apoyado en las rodillas, las manos en el ala del sombrero. ¡Cuánto deseaba que se prolongara el inocente engaño!
Blandíng buscó con la mirada en torno extendiendo una mano con el manifiesto propósito de encontrar algo para arrojárselo a Lark. En ese momento su aspecto justificaba la intuición de la muchacha... él tenía un rostro malvado, a pesar de su innegable belleza. Encontró un pedazo de leña que arrojó contra Lark acompañando›la acción con un seco:
—¡Lárgate!
El proyectil golpeó a Lark en el pie derecho; sólo de refilón, pero le dolió. Se puso en pie.
—Seguro que mi prima Marigold tiene un magnífico equipo de cowboys —dijo despreciativamente.
El movimiento de Lark y el cambio de tono de su voz fueron seguidos por un confuso silencio. Ni siquiera cuando se alejó y ellos pudieron verla claramente podían aceptar que era una muchacha.-
Blandíng fue el primero en recobrarse. Alzó su elevada estatura y se quitó el sombrero.
—Señorita, puede usted echarle Ja culpa a su traje de montar —dijo con una persuasiva sonrisa—. Quisimos darle una pequeña broma al ver que se parecía a un muchacho! Pero yo había reconocido todo el tiempo quién era.
Los demás cowboys se pusieron en pie de un salto y, para no verse rebasado, el afectado joven llamado Coil por sus compañeros avanzó y dijo:
—Lo siento muchísimo, señorita Burrell —se excusó. Y el pelirrojo inclinó la cabeza y sonrió tímidamente, como para confirmar las palabras de su compañero.
—¡Todos ustedes son unos mentirosos! —repuso Lark fríamente—. No me reconocieron en absoluto.
—Bueno, el «Rojo» y yo no le tiramos ningún leño, a pesar de todo —contestó Coil significativamente.
—Fue sólo una broma, señorita Lark —protestó Hurd, no inquieto en absoluto—. Y no le hice daño.
—Una broma no fue —protestó Lark con indignación—. Casi me deja lisiada. —Y exageró la cojera al caminar.
—Tal vez no sea usted tan dura como parece —comentó Blandíng humorísticamente—. Apostaría algo a que ese traje de montar ha sufrido más de un batacazo.
Lark tuvo que reconocer que Blanding tenía buenos ojos. No se preocupó en mirar cómo eran.
—¿Puedo conseguir un caballo o debo volver junto a Marigold y decirle que he sido agredida?
—Oiga, señorita Burrell, de cualquier modo no sea demasiado dura en cuanto a mí y a Rojo —pidió Coil en tono de súplica—. Por mi parte le pido perdón. Seguro que la señorita Wade nos despediría a los dos.
El énfasis con que pronunció la palabra dos, que, significativamente descartaba a Blanding, no pasó inadvertido a Lark. Había en eso algo de temor que estimuló los pensamientos de la muchacha.
—Entonces, en ese caso, creeré que usted estaba sólo bromeando —repuso Lark bondadosamente.
—Gracias, señorita. Puede usted montar el caballo que quiera —comenzó Coil, radiante, pero Blanding los apartó a él y a Rojo.
—Aquí soy el jefe. Bueno, señorita Lark, ¿qué clase de caballo quiere?
—Cualquiera que sirva —contestó Lark lentamente cuando los dos enfadados cowboys salían de la cuadra. Coil miró atrás a Blanding con un ceño que le desfiguraba su joven rostro.
—¿Sabe usted montar? —preguntó Blanding con tono lisonjero. Se acercó a ella, bajando la mirada hacia la muchacha. Era un soberbio ejemplar varonil y lo sabía.
—Sí, un poco.
—Parece usted buena jinete. Apostaría algo a que ha tomado parte en rodeos.
—No. Sólo he llevado un rancho.
—Venga. Déle un vistazo al caballo de Mari... de la señorita Wade —dijo Blanding, y rodeó con sus dedos el codo de Lark dirigiéndola a un pesebre. Podría no haber significado nada esta acción e incluso podría haber sido una muestra de estimación. Mantuvo la mano allí mientras le mostraba la favorita de su prima, una yegua baya calzada de blanco en los cuatro remos.— Continuaron hasta el próximo pesebre, y al otro, a lo largo de la línea de aquel costado de la cuadra. Lark había estado acostumbrada toda su vida a buenos caballos. Estos hermosos animales del señor Wade no necesitaban en absoluto la elocuencia de Blanding. Pero él quería hablar. Quería impresionar a Lark.
Al otro lado del pasillo, en el primer pesebre estaba un caballo careto en blanco que intentaba sacar la cabeza entre las barras y relinchaba. Llamó la atención de Lark.
—Éste es «Chaps» —continuó explicando Blanding—, Procede de Oregón y yo diría que en ese estado saben lo que es la cría de caballos.
—Son todos maravillosos —jadeó Lark entusiasmada—. Ensílleme a «Chaps».
—Ya sabía yo que escogería a éste. Es usted una espléndida conocedora, señorita Lark... Y, ¿no me va a permitir que la acompañe en el paseo? —Le apretó el brazo y la mantuvo de forma que ella quedó muy junto a él mientras la miraba fijamente con su forma dominante y audaz. Esto resultaba nuevo para Lark, aunque ya había sido importunada por cowboys, lo que a la vez la excitaba y la repelía. Pero acordándose del consejo de Marigold, Lark conservó su presencia de ánimo—. Me parece que quiero ver cuál es su aspecto —continuó él fríamente, y le quitó el sombrero.
—¿Parezco ahora un muchacho? —preguntó Lark.
—Vamos, muchacha, resulta condenadamente cruel esto de esconder sus cabellos y su rostro —estalló él, inclinándose más hacia abajo—, bajo un engañoso y viejo sombrero como ése.
—¿Por qué? —respondió Lark provocativamente.
—Porque usted es espantosamente guapa.
—Gracias. Pero eso no quiere decir nada. Devuélvame mi viejo sombrero.
Claramente, Blanding no necesitaba mucho tiempo o buenas oportunidades para insinuarse a una muchacha. Lark, tal vez debido a alguna vaga y sutil relación que adivinaba entre su prima y este cowboy, no había reaccionado inmediatamente de acuerdo con su forma de ser. Probablemente su aparente laxitud lo había engañado; o, más probablemente, Blanding no era de la clase de hombres que necesitan que lo animen... Pero, cuando él, deliberadamente, se inclinó un poco más hacia abajo, ella se sintió segura de sus sospechas y lo apartó con una mano nada suave. Luego le arrebató el sombrero.
—¡Mantén tus patas fuera de mí, cowboy! —dijo en un tono que sólo un loco de remate no habría comprendido.
—¡Cómo! ¿Cómo? —tartamudeó él completamente sorprendido.
—¡Es lo que acabo de decirle! Señor Blanding, si usted puede conseguir algo de las muchachas de los alrededores, eso no quiere decir que lo obtenga de una campesina del sur de Idaho.
Lark adivinó más por la repentina visión de la ruborizada cara del hombre de lo que hubiera comprendido por cualquier otra circunstancia.
—Oiga, ¿le ha estado calentando los cascos con historias Marigold? —preguntó él recobrándose. Esta pregunta aclaraba la posición de él, lo que le causó a Lark un sentimiento de desprecio más acusado. Tal vez era posible... Rechazó el pensamiento.
—No. Mi prima no lo ha mencionado a usted, si es eso lo que quiere decir —replicó altaneramente.
—Oh... Bueno, yo, fíjese, me pareció como si alguien la hubiese prevenido contra mí —murmuró torpemente,: buscando una salida. No tenía sentido de la vergüenza.
—No era necesario. Cualquier muchacha decente puede imaginarse qué clase de persona es usted en cinco minutos, ¡En menos tiempo si está sola con usted!
—Oiga, Lark...
—¿Qué derecho tiene usted a llamarme Lark? —lo interrumpió—. ¡Soy la señorita Burrell para usted o para cualquier otro cowboy!
—Muy bien, señorita Burrell —dijo, forzado a reconocer algo pasmoso—. Pero yo no intenté hacerle daño.
—Yo...
—[No, no lo hizo! —replicó Lark despreciativamente—. Me arrojó un leño...
—Yo no sabía que.usted era una muchacha.
—Vamos. Lo cogí en una mentira... Me arroja un leño y dos minutos después me besa.
—De cualquier modo, ¿qué es un beso? —preguntó Blanding en tono conciliador.
—Es mucho para algunas muchachas.
—Tal vez lo sea, pero no lo creo.
—Bueno, de cualquier modo para mí es un insulto. Se lo diré a Marigold.
Esto fue un impensado disparo casual que dio en la diana. Por primera vez la consternación y la alarma apareció en las móviles facciones del hambre,
—Por favor, señorita Burrell, no haga eso —suplicó, repentinamente sincero. Y Ja sinceridad lo hizo atrayente—. ¿No puede usted perdonarme? Tiene usted una cara tan bonita. Y los labios tan rojos... Al verlos así de pronto, sin estar preparado... bueno... perdí la cabeza. Tengo formada una extraña idea en cuanto a las muchachas. Tal vez esto fue un flechazo...
—Tal vez no —dijo lentamente Lark, respondiéndole a Blanding mientras lo miraba rectamente a la cara.
—¿No cree usted en el amor a primera vista?
—Desde, luego, en el caso de cowboys con cualquier muchacha. Pero, señor Blanding, necesito un caballo. No puedo estar aquí todo el día escuchándolo a usted.
—Pero no sé lo diga a ella, por favor. Me despediría.
—Supongo que usted opina que esa sería una calamidad para el rancho Wade, ¿no?
—Para mí, lo sería. ¿Se lo dirá usted?
—A menos que cambie de opinión, desde luego se lo diré —replicó Lark vehementemente—. No está mejorando usted su caso con esta charla. ¿Qué dase de hombre es usted, en definitiva? Estoy acostumbrada a cowboys que hacen lo que se les manda. Es un curioso rancho éste.
Lark comprendía que estaba exagerando un poco la verdad, si se atenía a su propia experiencia, pero aquello era lógico. Vio que por fin había sometido a Blanding. Éste sacó el caballo de la cuadra. Entonces Lark se olvidó de todo lo demás. «Chaps» era una belleza, un mostrenco color crema con manchas blancas y, si no tenía orna vena de sangre salvaje, estaba muy equivocada. Evidentemente no le tenía simpatía a Blanding.
—Déjeme, yo me encargaré de él. Usted traiga una rienda y una silla... ¡Hola, «Chaps»...!

4

STANLEY Weston vivía solo con su padre, inválido en sus últimos años. Había sido uno de los colonizadores pioneros de aquel sector de Washington, habiéndose trasladado allí desde Pensilvania cuando era joven.
No era de extrañar que el anciano amase el rancho de la «Colina de Salvias» y que su gran esperanza fuese que Stanley siguiese gobernándola. El sitió era hermoso, además de tener muchos recuerdos queridos para el pionero. La casa del rancho se alzaba en una loma de salvia que se iba alzando gradualmente y que arrancaba de una altura llamada «Colina de Salvia». Había en ella más pinos que salvias. Los macizos maderos con los cuales había sido construida la casa procedían de aquella colina. Un cierto número de manantiales se unían para formar un hermoso pozo de agua fría y clara que no era pequeña ventaja para el valor del rancho. En los primeros tiempos, Weston había adquirido millares de hectáreas, que ahora eran valiosas. Poseía cinco amplios bosques; había centenares de caballos en los inmensos pastos que había cercado, y el ganado estaba formado por un número incalculable de cabezas. Weston poseía también trigales al sur de Wadestown.
Stanley solió a caballo de Wadestown a primeras horas de la noche. Una discusión con Marigold, en modo alguno la primera, lo había dejado más pensativo y triste que de costumbre. Esos choques se multiplicaban en los últimos tiempos. Le había llamado la atención a Marigold, y no por primera vez, sobre algo que él creía que no debía haber hecho y se pelearon. Se prometió que no volvería a ocurrir. Luego sus pensamientos volvieron hacia la prima de Mari» gold, la muchacha de Idaho que se llamaba Lark. «Un nombre que le sienta bien», pensó.
El aire era frío y cortante. Aflojó un poco la marcha para que el viento no lo azotara con tanta fuerza. La «Colina de Salvias» se alzaba oscura contra el cielo estrellado.
A uno y otro lado de la carretera se extendía la tierra casi plana, turbia y monótona, espectral bajo las estrellas y fragante de salvia.
Pronto Stanley llegó al serpenteante camino entre las bajas lomas, desde las cuales sólo había una corta distancia cuesta arriba hasta la casa del rancho.
Era lo bastante temprano aún para que su padre se encontrase en la sala de estar, extendidas las manos sobre un brillante fuego. Tenía una noble cabeza de copiosos cabellos y un rostro gris y arrugado. Era fácil ver de dónde había sacado Stanley su estatura.
—¡Hola, hijo, no calculaba verte en casa esta noche! —saludó el ranchero a Stanley cuando éste entró.
—Me alegra de haber llegado, créeme —le respondió Stanley, deseoso de acercarse al fuego—. Hace frío. Me encontré con Marigold en la ciudad. Estaba con ella una prima suya, una muchacha llamada Burrell, de Idaho. He regresado con ellas.
—Burrell. Me acuerdo de él. Fue compañero de Wade hace muchos años. Un verdadero tipo de la vieja escuela. Se casó con una muchacha que tenía un poco de sangre india. ¿Cómo es la joven?
—Bonita. Tímida. Resulta un poco extraña, comparada con las muchachas de aquí. No creo que dure mucho tiempo en casa de los Wade.
—Vaya. ¿Cómo es que ha venido a parar aquí?
—Por lo que he oído, parece que es huérfana y vivía en un rancho ruinoso junto al río Salmón, en Idaho. ¿Conoces tú esa parte, papá?
—Un gran país, hijo. Todavía sin colonizar, creo.
—Me gustaría verlo... Los Wade le han ofrecido un hogar y aquí está ella. Es todo lo que sé.
—¿Se parece a las jovencitas de la ciudad? —preguntó Weston intencionadamente.
—¿Qué quieres decir, papá? —preguntó a su vez Stanley brillándole los ojos.
—Bueno, esas a las que tanto 'les gusta coquetear, dar carrete a los muchachos y cosas por el estilo.
Stanley se rió cordialmente de las palabras de su padre. Las jóvenes mujeres modernas eran una de las cosas incomprensibles para la generación del anciano. No dejaban de estar de acuerdo sobre el tema, aunque Stanley, por ser universitario, trataba de mostrar una mente ancha y liberad.
—No, papá. Lark no se parece lo más mínimo a esas jovencitas de la ciudad como tú dices.
—¿Lark? ¿Así se llama?
—Sí. No podría explicarte por qué, pero es un nombre que le sienta bien.
—Desde luego me gusta más que el de Marigold. Éste es un nombre estúpido —gruñó Weston—. Supongo que traerás a Lark a verme. Me siento ahora solo con más frecuencia que antes. Quizá eso me convendría. Me gustaría enterarme de cosas del país del río Salmón.
—La traeré con mucho gusto, papá —dijo Stanley, sorprendido—. Estoy seguro de que a ella le gustará venir. Pero hace mucho tiempo que no me pides ver a Marigold.
Stanley habló con inconsciente resentimiento y casi para sí mismo. El anciano se mantuvo silencioso. Se volvió hacia el fuego. Stanley suspiró.
—Papá, a ti no te gusta Marigold. Lo sé, y eso me preocupa.
—Bueno, hijo, ¿es que te gusta a ti? —preguntó el ranchero con la brusca franqueza que era habitual en él.
La pregunta le chocó a Stanley y le trajo el recuerde de mal humor con que acababa de separarse de Marigold.
—Papá, es natural que le guste a uno la muchacha con la que va a casarse.
—Sí, me lo imagino. He dicho una tontería.
—Papá, hablemos claro. Pongamos las cartas sobre la mesa. Poco a poco le has ido tomando antipatía a Marigold. Antes te gustaba.
El ranchero acercó su sillón al fuego y abrió las grandes manos al calor como era su costumbre.
—Por un par de troncos, Stan. Pues sí, me gustaba Mari. Antes de que fueses a la universidad y ella creciera. Tu madre todavía estaba viva. Quería a Mari. Pero todo parece haber cambiado, hijo. No digo que Mari no merezca que la quieras. No es eso. Pero, si te empeñas en saberlo, te diré que no puedo soportar el cambio que se ha producido en ella últimamente.
—¿Qué quieres decir, papá? —preguntó Stanley con tono grave.
—Bueno, creo que tú lo sabes, hijo.
—Sí, yo lo sé, pero, ¿y tú?
—Hijo, puedo ver lo que la muchacha piensa, que no es gran cosa, puedo ver cómo se comporta y oír lo que dice... y lo que se dice de ella.
—¿Has oído chismes sobre Marigold?
—Creo que sí, hijo.
—¡Esas entremetidas amigas tuyas...! Papá, no quiero enfadarme. Pero ellas no comprenden a Marigold y tú no la comprendes tampoco. ¡Cuántas veces he tratado de hacértelo comprender! Los tiempos cambian. Hoy día muchas mujeres van a la universidad y se hacen más independientes.
Stanley habló con reconcentrada pasión y esperaba que habría una gran pausa antes de la respuesta. Pero ésta le llegó tan rápida como un rayo.
—Stan —dijo el ranchero—, mi consejo es que te cases con ella lo antes posible. La vida de matrimonio y la maternidad son cosas naturales para las mujeres desde hace mucho tiempo. Los noviazgos tan largos no convienen. Es un peligro. No estoy censurando a las muchachas, Stan; estoy censurando a los tiempos. Y si yo fuese tú, le pondría ese freno a Mari.
—Papá, tengo que confesarte algo —respondió Stanley un poco avergonzado—. Esta noche he peleado con Marigold precisamente por ese motivo. Le dije que debíamos casarnos en junio. Se negó, diciendo que no podría ser hasta jimio del próximo año. Discutí con ella, traté de convencerla. No sirvió de nada. Quiere conservar su libertad durante algún tiempo. Naturalmente eso me sulfuró. Nos acaloramos bastante. Y me vine á casa antes de que se apaciguara la tormenta.
—Vaya. Bueno, ¿qué vas a hacer?
—No lo sé, papá.
—Hum. ¿Sigues queriendo a Mari?
—¡Quererla! Nunca se me ha ocurrido otra cosa —replicó Stanley, asustado por el pensamiento y desconcertado a la vez.
—El amor cambia, hijo. Y en algunos casos no siempre dura. No veo que Mari te quiera muchísimo. Si te quisiese, no tendría tanto interés en conservar su preciosa libertad. Querría tenerte a ti. Querría venir cuanto antes y poner una vez más en esta casa un toque de mujer para que yo me viese rodeado de niños antes de morir.
—Tienes razón, papá, «lo reconozco. También yo he pensado eso, aunque me esforzaba en no verlo. ¿Qué puedo hacer?
—Me alegro de que me lo digas —respondió el anciano—. Como padre e hijo, nos hemos compenetrado mejor de lo que es corriente en estos días. Cuando te envié a la universidad, temía que te aficionases a las ciudades y que quizá las prefirieras. Pero no ha sido así. Sigue gustándote el viejo rancho. Eso me hace feliz. Ya no puedo pedir nada más excepto que traigas una esposa a casa.
—Papá, también yo he sido feliz hasta hace poco —replicó Stanley con Ja misma seriedad—. Me gusta el campo. Vivir en una ciudad no iría conmigo. Hay mucho que hacer en este rancho. Pero llevo semanas sin saber qué pensar. No sirve de nada mentir. Es por culpa de Marigold.
—¡Vaya! Una mujer puede convertir la vida de un hombre en un infierno —comentó su padre ceñudamente, moviendo la hirsuta cabeza—. Escucha, hijo. Para ti puede resultar difícil comprenderlo, pero no para mí. Si estás convencido de que Mari es buena y leal, concédele el beneficio de la duda y más tiempo. Pórtate bien con ella. Nada de reproches ni de peleas.
—Gracias, papá. Lo pensaré —respondió Stanley sobriamente.
—No desperdicies el tiempo, Stan. La vida es corta... Creo que ahora voy a acostarme. Me alegro de que hayas confiado en mí. Buenas noches, hijo.
Stanley permaneció sentado allí mucho tiempo después que su padre se marchó y hasta que el fuego quedó convertido en una capa de carbones ardientes. El viento gemía fuera y los coyotes aullaban. En aquellas horas de soledad, Stanley pensó que estaba ya cansado de indecisiones, de esperar contra toda esperanza.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Stanley se alejó a caballo del rancho y se dirigió hacia las lomas de poniente. Su costumbre era cabalgar hasta los pinares, atar su caballo allí y estudiar el campo con sus anteojos.
Pero esta intención se vio frustrada por un jinete que bajaba por la senda hacia la cual se dirigía Stanley. Vio que se habían dado cuenta de su presencia tan pronto como sus penetrantes ojos avistaron un caballo. El jinete acababa de dar la vuelta a la loma y parecía un muchacho destocado cabalgando en el mostrenco color crema de Marigold. Stanley pensó que aquello era extraño, porque Marigold no permitiría desde luego que ningún muchacho montase aquel caballo. Quizá tenía la culpa Hurd Blanding.
El jinete miró, se detuvo, se encasquetó luego un sombrero y le hizo dar media vuelta al mostrenco como para marcharse precipitadamente. La distancia era de más de cien metros, pero Stanley reconoció aquella cabeza brillante y rizada antes de que estuviera cubierta.
—¡Deténgase, Lark! —gritó penetrantemente.
Aquello la hizo pararse, y Stanley, espoleando a su caballo, cubrió rápidamente la distancia que los separaba.
—¡Bueno, quién se iba a imaginar, Lark Burrell, que iba a estar usted por aquí! —exclamó Stanley con sorpresa y complacencia.
Su rápida mirada recorrió a la muchacha desde el abollado y viejo sombrero hasta sus botas altas y largas espuelas. Parecía estar perfectamente encajada en el paisaje.
—Buenos días, señor Weston —replicó ella.
—¿No me reconoció? Iba a marcharse.
—Sí, me da vergüenza decir que lo reconocí y que iba a echar a correr.
—¿Por qué, por el amor de Dios?
—Estaba segura de que usted no me conocería con esta facha... Y, bueno, la verdad es que no tengo forma de disculparme, si no es diciendo que estaba asustada.
—Y tiene motivos para estarlo —replicó él con seriedad—. No debería ir por aquí sola. En estas colinas hay indios y forajidos. Tampoco le convendría encontrarse con alguno de nuestros cowboys.
—No tiene importancia. No podrían alcanzarme.
—Desde luego, «Chaps» es rápido. Pero, ¿sabe usted montar?
—Un poco —contestó ella.
—Veo que «Chaps» está bastante acalorado. ¿Por qué no dejarlo descansar?
—Sí, estaba a punto de ponerlo al paso cuando usted apareció.
—Ande, Lark, bájese y descansaremos nosotros también mientras lo hacen los caballos.
—En realidad, debería regresar ya —repuso ella, pero lo cierto es que parecía impelida a quedarse.
—Vamos, falta todavía mucho tiempo hasta el almuerzo.
¿Y qué importa, además? —instó él bastante seriamente.
—Está bien —accedió ella y balanceó una pierna y se apeó en un solo movimiento.
Luego, ya en pie, parecía diferente, más alta, más esbelta, pero una muchacha sin género de dudas.
Stanley desmontó, agarró las riendas de su caballo y sugirió:
—Vamos a los pinos. Sólo hay una cuestecita. Le gustará a usted la vista.
—¡Es precioso! —murmuró la muchacha cuando llegaron—. ¡Todo tan gris, tan solitario, tan monótono!
—Lark, ha comprendido usted el secreto de su fascinación —replicó Stanley alegremente—. ¡El gris infinito, la soledad, la eterna monotonía! ¡Oh, no me ha decepcionado usted!
Ella le lanzó una mirada rápida y sorprendida, lo bastante para él se preguntase qué podrían expresar aquellos ojos en un momento de amor o de pasión. Aquella muchacha tenía profundidad y sentimiento.
—Veo que hay por allí caballos salvajes —dijo ella.
—¿Los ve usted? ¿En dónde? No consigo ver ninguno. Debe de tener usted ojos de águila.
—Puede que esté equivocada. Déjeme sus anteojos.
Mientras los ajustaba y los enfilaba luego hada la gris extensión, Stanley clavaba sus miradas insatisfechas en la rizada y armoniosa cabeza, en las claras mejillas morenas, en la redondez del cuello y de los hombros, en las manos y muñecas atezadas y fuertes. Era asombrosamente atractiva.
—Sí, lo que yo pensaba. Caballos salvajes. Muchísimos.
—Lark, a usted le gustan 'los caballos salvajes —afirmó él, no preguntó.
—Más que nada. En mi país hay muchísimos. ¡Oh, cómo me gustaría que estos caballos salvajes pudiesen ir a las praderas junto al río Salmón! Allí serían libres.
—Le doy la razón, Lark. Ha oído usted hablar de la conducción que hicieron recientemente. Hurd Blanding y El Wade se encargaron de eso. Sobornaron a los indios Clespelem. Es algo que revuelve el estómago. ¡Tres dólares por cabeza para comida de las gallinas!

5

—¡POR FAVOR, señor Weston, háblele usted a Marigold para que influya en su hermano y en ese cowboy Blanding y no vuelvan a llevarse caballos salvajes! —suplicó la muchacha.
Stanley, quien se había tendido en el suelo, se incorporó y abrió los ojos. Comprendió que debía utilizarlos sin tratar de pensar.
—No dejaré de hacerlo, Lark, pero me temo que sea inútil.
—Gracias. Ya sé que a la gente de aquí debo parecerle muy rara, señor Weston.
—¿Qué te parece, Lark, si dejásemos de tratarnos con tanta ceremonia? Llámame Stan o Stanley, como quieras. ¿Lo harás?
—Lo haré, si así lo deseas y si a Marigold no le importa —repuso ella tímidamente.
Stanley se echó a reír con fuerza y no sin una punta de amargura.
—No sabes lo que estás diciendo. Mi novia llama a otros hombres, viejos amigos, con nombres como cariño y corazón. Desde luego no es que eso signifique nada, pero...
—Yo no había querido decir nada de eso.
—Ya has dicho, bastante. No te preocupes de Marigold.
—Me temo que no tengo más remedio que preocuparme. No he conocido a ninguna pareja de novios. Pero... pero vosotros dos sois... sois...
—Muy raros, Lark. Eso es —afirmó gravemente—. Pero, escucha. Llevamos más de cinco años prometidos. La universidad cambió a Marigold. Quizá también me cambió a mí, pero no puedo notarlo... Gracias a Dios, puedo hablar sinceramente con una muchacha;
Tuvo como recompensa la visión de un rostro delicioso y sorprendido que inmediatamente apartó los ojos de su mirada abrasadora.
—No te inquietes, Lark —continuó él con serenidad—. Sólo quería que supieses que las cosas no van muy bien entre Marigold y yo.
—Pero ella... ella te quiere —replicó Lark solemnemente.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho ella quizá?
—¡Oh, no, hemos hablado muy poco! Pero debe quererte.
—¿Por qué? —preguntó Stanley lacónicamente.
Por lo visto, aquella era una pregunta espinosa para Lark.
—Porque estáis prometidos y... y todo lo demás.
—Amiguita del río Salmón, escucha. El hecho de estar prometida no parece afectar a Marigold lo más mínimo. Ella...
Stanley pensó que sería mejor que refrenase su impetuosidad. Pero, ¡qué alivio era desahogarse!
—Eso es que estás un poco enfadado con Marigold —continuó Lark suavemente—. Y ya se sabe lo que ocurre cuando pasa eso. Marigold es una muchacha alegre, feliz, despreocupada y guapa. Tienes mucha suerte, Stanley. Ella debe quererte.
—Muy bien. Es posible. De cualquier modo, eres lo bastante buena para defenderla —replicó Stanley, esforzándose en apartar sus pensamientos de Marigold—. Háblame de ti. Desde luego, tienes novio. Las muchachas que viven en la estacada siempre lo tienen.
—¡Oh, Dios mío, no! Y, ¿qué quieres decir con eso de «estacada? Parece que suena feo eso.
—Quiero decir los sitios lejos de las ciudades. Lark, no trates de irte por la tangente. Es decir, no mientas. Esta es una cosa muy seria. ¿Tienes novio?
—No, Stanley. Nunca he tenido un admirador que papá hubiese permitido como novio ni que yo haya querido tener después que papá murió.
—Ya comprendo. ¿Y qué has hecho con el rancho, el ganado y la casa?
—Me he limitado a dejarlo. No podría haberlo vendido ni aun en el caso de encontrar comprador.
—¿Por qué no?
—Porque cuento con volver allí algún día, si no puedo abrirme camino aquí.
—Espero que te lo abrirás. Ahora voy a hablarte de mi padre.
Cuando Stanley acabo su charla, más bien elocuente, sobre su padre, vio lágrimas en los ojos de Lark. Aquel fue el punto culminante de aquella aventura mañanera. No hizo el menor esfuerzo por atenuar o controlar la dulce y cálida oleada de emoción que lo iba asaltando.
—Papá quiere conocerte. Le conté las pocas cosas que me dijo de ti Marigold. Conoció a tu padre. Recuerda a tu madre. Lark, ¿tienes sangre india?
—Un poco, por parte de mi abuela... Me encantaría conocer a tu padre.
—Bueno. Pronto arreglaremos eso. Has de saber que papá lleva bastante tiempo muy mal de salud. Pero algunos días está bien.
—La vida es muy triste. Recuerdo cómo mi padre se fue apagando lentamente ante mis propios ojos. ¡Y qué diferencia una vez que murió! —Quedaron silenciosos unos momentos—. Tengo que irme. Ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? —dijo Lark.
—Para mí, ha sido un tiempo muy corto. ¿Quieres que vuelva contigo o nos separamos aquí?
—¡Oh, no, no me acompañes! Estaré de vuelta en un momento.
—Muy bien, Lark. Te veré cabalgar desde aquí. Tengo los anteojos, recuérdalo. Por tanto, muéstrate muy bonita.
Ella se levantó y se puso el sombrero y luego los guantes. No era baja, como él se había creído. Le llegaba más arriba del hombro.
—Adiós... Stanley —se despidió, volviendo a mostrarse tímida—; Me alegro de haberte encontrado por aquí.
—Ha sido muy agradable. Yo vengo aquí casi todos los días... Lark, ¿crees que podrías venir mañana o al día siguiente?
—Creo... creo que podré —dijo ella apresuradamente y se marchó.
Stanley la miró encorvarse en la silla y galopar por el camino, poniendo luego a la carrera al mostrenco hasta convertirse a los pocos minutos en un punto que desapareció rápidamente entre las salvias. Cuando se hubo ido, él se tendió sobre las agujas de pino y entre el verdor de las ramas se quedó mirando el azul del cielo.
Una sensación de estar flotando, de haber detenido sus pensamientos, algo que había acostumbrado a sentir en la ladera solitaria y que durante años estuvo lejos de él, volvía sutil e inconscientemente, revelándose de nuevo. Era algo que tenía que ver con su niñez, tan lejana, algo que no era un recuerdo de acontecimientos, sino un estado vago, dulce y soñador de los sentidos.
Al final, se sentó. Los anteojos estaban a sus pies. ¿Los había puesto allí hacía sólo unos momentos o un gran rato? No había forma de decido, pero creía que había sido un gran rato. Y, si no era Lark Burrell la que había producido directamente ese encantamiento, su simplicidad, aquella cosa intangible y casi infantil de la muchacha y que él no podía definir era seguramente lo que estaba en el origen de todo. Sentía una absurda gratitud. Al mismo tiempo reconocía y calibraba una desgraciada carga mental que pesaba desde hacía meses sobre su espíritu. Liberarse de aquella un rato, aunque no se diese cuenta hasta después, haber sentido aquel viejo encantamiento juvenil era algo a lo cual se debía estar agradecido.
Pero, ¿qué habían captado sus sentidos durante aquel intervalo? Sólo las blancas nubes navegando por el cielo azul, el temblor y el susurro del follaje de los pinos, la protección de los árboles de negras copas y negras.ramas, el calor del sol en su rostro y el espesor de la hierba bajo sus hombros, el olor fresco y punzante de los pinos y de las salvias, esto y cosas físicas que podría seguir nombrando indefinidamente era todo 'lo que había ocupado su espíritu. Pero sentirlas de nuevo como antiguamente, sentir su dulzura y su belleza, su relación con el pasado remoto, eso era lo que lo encantaba tanto. Precisamente de esa forma había quedado establecida una relación entre Lark Burrell y los queridos sueños de su infancia. Marigold Wade nunca había suscitado recuerdos que incluyesen a su madre o sus días de ir descalzo, sus ratos de mirar su propia imagen en charcos hondos y tranquilos, sus horas en las laderas de salvia azotadas por el viento.
«Veo lo que va a pasar. Si vuelvo a encontrarme con esa muchacha...», pensó, y se detuvo porque no había ningún si. Se encontraría con ella. Si ella no volvía a la llanura, él iría en su busca. Marigold lo había azuzado muchas veces: «¿Por qué no procuras divertirte, como hago yo? Bastante tiempo estaremos casados». A menudo, él se había preguntado qué haría ella si él aceptase su desafío. Pero aquello no era cosa que lo tentase.
Una vez salvada la cuesta, dejó que el caballo corriese a su gusto. De ese modo, la distancia de varios kilómetros desapareció en una confusión de salvia. Llegó a casa a tiempo para almorzar.
—Stan, ¿qué hace aquí ese cowboy Blanding? —fueron las primeras palabras con que lo saludó su padre.
—No sé. ¿Está aquí?
—Seguro. Se presentó a primeras horas de la mañana y todavía no se ha marchado.
—¿Venía solo?
—Traía a dos o tres individuos.
—Quizá quiere pasar una partida de caballos salvajes por la finca.
—No me extrañarla. Si es eso lo que quiere, se lo prohibirás.
—Desde luego, papá. Pero, ¿qué tienes contra Hurd Blanding? Parece que se lleva bien con los Wade.
—No me hace ni chispa de gracia —gruñó el anciano.
Stanley se encaminó pensativamente al barracón que era un edificio largo, de un piso, con muchas habitaciones y situado frente a los graneros. Estaban allí los caballos con las cabezas levantadas, delante de la barandilla, y había un carretón en un sitio donde no era fácil verlo. Resultó ser uno de los carretones de los Wade, el de Marigold precisamente, el que había utilizado para traer a Lark y a él mismo de regreso de la ciudad. O Blanding se había apropiado del vehículo por un rato, como los cowboys tenían costumbre de hacer, o Marigold se lo había prestado. Como quiera que fuese, aquello a Stanley no le hacía grada. Estaba cansado de un montón de cosas.
Entró en el comedor donde una docena de cowboys o más estaban comiendo ante una larga mesa. Varios de aquellos hombres, además de Blanding, no pertenecían al rancho Weston. Habiendo sido aleccionado por su padre, Stanley nunca se había mostrado excesivamente amistoso con sus hombres. Era campechano y amable, pero insistía en que se respetase la disciplina y no le gustaba que los cowboys bebieran. Su capataz, Howard, se había propasado en los últimos tiempos después de repetidas advertencias, y Stanley pensó que esta podría ser una ocasión favorable para hablarle claro, especialmente si estaba concertando algún trato con Blanding.
—Hola, muchachos —replicó Stanley, contestando al saludo de los hombres—. ¿Qué pasa?
Siguió un arrastrar de botas. Howard tosió más bien con cierto embarazo y contestó:
—Blanding quiere que le echen una mano para conducir una partida de caballos salvajes.
Stanley alzó una pesada bota hasta el filo del banco y apoyó un codo en una rodilla mientras miraba fríamente al guapo Blanding. Nada más ver a aquel cowboy, Stanley se había dado cuenta de que le hervía la sangre.
—Hola, Blanding. ¿Vinieron ustedes a caballo?
—No, vinimos en carretón —contestó d cowboy con desenvoltura.
—¿Ha robado usted el carretón? —continuó Stanley, aprovechando una oportunidad como aquélla.
La lacónica seguridad de Blanding sufrió un revés. La pregunta sonó como un golpe. Un oscuro rubor le bañó la cara limpia y atezada y, al retirarse, la dejó blanca.
—No, señor Weston, no he robado el carretón —replicó—. Me lo prestó Marigold.
—¡Marigold! ¿Qué justificación tiene que un trabajador llame por su nombre de pila a la señorita Wade?
Un relámpago saltó a —los grises ojos, duros y fríos, de Blanding. En ellos la pasión que se revelaba era algo más que el mal humor por la afrenta recibida. Allí había un fondo de resentimiento, aparte la patente herida de su vanidad.
—¿Qué le importa a usted eso? —contestó Blanding insolentemente.
No mostraba el menor miedo físico; por tanto, algo había en su mente que le daba un aplomo dominador.
—Blanding, no estoy seguro todavía, o se lo diría a usted —declaró Stanley—. Pero —le diré esto. Lárguese de mi rancho. ¿Lo entiende claro?
El cowboy se puso en pie de un salto derribando atrás el banquillo y sobresanando a dos de los hombres. Se le encrespó el cabello como una melena. Sus ojos eran fuego acerado.
—¡Maldito sea, sí está claro! Pero no está claro por qué me insulta usted delante de su gente —replicó Blanding con calor.
—Tómelo como quiera.
—Está bien, Weston. Supongo que está usted picado conmigo a causa de Marigold Wade...
—¡Cierre la boca! —interrumpió Stanley, colocando la bota en el suelo con un golpetazo y dando largas zanca— das que lo llevaron a distancia desde la cual podría alcanzar al cowboy.
Stanley sabía muy bien que iba a golpearlo y una contención mayor parecía imposible. El control de la violencia física era algo que le habían imbuido a lo largo de los años, pero la oleada de su cólera era algo nuevo e inesperado.
—Me parece que no, Weston —flameó Blanding, en quien la pasión tenía ahora el mando—. No puede usted convertirme en un guiñapo y menos en su propio patio.
—Continúe, entonces —lo invitó Stanley despreciativamente—. Ponga en claro que ni siquiera tiene el más mínimo instinto de caballero.
—Weston —jadeó Blanding frunciendo los labios con desdén—, no tiene usted talla para insultarme.
—No estamos de acuerdo, Blanding.
Entonces, el cowboy, fiel a su vanidad y a su odio, acercó una cara azufrada a Stanley.
—¡Confiese que lo que está es celoso!
La verdad de aquel desafío la captó Stanley más que.nada por el fogoso tono de triunfo que sonaba en la voz de Blanding; Era peor de lo que había temido. Titubeó un instante. Luego la lealtad y la hombría, y los celos que Blanding había notado con demasiada claridad, se unieron en un único y tremendo impulso. Stanley se lanzó sobre d cowboy y lo derribó al suelo, donde cayó con un golpe sordo. Blanding se quedó tendido e inmóvil. Luego, repentinamente, el comedor fue un puro estrépito.
—Sáquenlo —tronó Stanley.
Los camaradas de Blanding, con la ayuda de otros, cumplimentaron rápidamente la orden. Luego, cuando los hombres volvieron a reunirse y cerraron la puerta, Stanley abordó a Howard:
—¿Qué hay de esa conducción de caballos?
—Nada para sulfurarse, jefe —contestó el capataz nerviosamente—. Blanding quería que yo y algunos de nuestra cuadrilla le echásemos una mano. Parece que está de acuerdo con el joven Wade.
—¿Ha dado usted su conformidad a Blanding para esa conducción?
—Sí, señor.
—¿Sin pedirme permiso?
—Contaba con que usted lo daría. Al fin y al cabo, es quitar de la finca un estorbo.
—Howard, lo que estorba en mi finca lo sé yo. Se suponía que usted trabajaba para mí. Ahora recoja sus cosas y lárguese.
—¿Me despide usted? —balbuceó el capataz, incrédulo y consternado.
—Sí. Y a cualquiera que haya consentido en ir con Blanding.
—Ninguno de los muchachos había consentido. Se lo pidió a varios, y estaban discutiendo sobre lo que iba a pagar.
—Está bien, entonces. Dejaremos la cosa así. Diré que le bajen a usted el cheque.
Stanley se dirigió a la casa, pensando ceñudamente en el selecto material que había suministrado al chismorreo de Wadestown. Una pelea siempre le hacía reír, recordando sus viejos tiempos de jugador de rugby. No lamentaba su violencia. Aquel presuntuoso tenorio había encontrado su merecido. Blanding sólo era un tosco cowboy sin ingenio, tacto ni ningún otro asomo de finos sentimientos. ¡Qué loca había sido Marigold! Stanley, a pesar de estar amargado y de considerar inevitable lo que tendría que ocurrir al final, seguía siendo leal. Marigold sólo había jugado Con el cowboy, coqueteado con él, engatusándolo para divertirse.
—Se pondrá furiosa —masculló alegremente.
Más tarde, en la sala de estar, su padre, a quien no se le escapaba ningún detalle, comentó:
—Hijo, saliste hace un rato encapotado como un cielo de tormenta. Ahora vienes silbando y resplandeciente. ¿Qué ha ocurrido?
—Me he desahogado, papá —rió Stanley.
—Vaya, ya era hora. ¿Prohibiste la conducción de ganado salvaje?
—Desde luego, por lo menos por do que se refiere a nuestros pastos y a la finca.
—¿Y qué más?
—Bueno, he despedido a Howard.
—Vaya, hijo, me asombra. Estás despertando. Ese borrachín debió ser despedido hace tiempo. ¿Algo más?
—Sí, papá. Le he dado un buen mamporro a Hurd Blanding.
—¡No me digas!
El manifiesto placer del anciano obró poderosamente sobre Stanley, incitándolo a contar los detalles del encuentro.
Pero el relato sólo sirvió para inflamar más a su padre contra Marigold.
—Te ha hundido, hijo. Es culpa de ella —dijo, furioso.
—No tiene importancia, papá.
—Pero esta misma noche eso va a ser la hablilla de toda la ciudad.
—Me lo imagino. Pero un chisme más o menos no es peor que los chismorreos de costumbre.
—¿Le echaste cuenta a Blanding? —preguntó el viejo ranchero ceñudamente—. Debía de estar borracho o loco para hablar de esa manera de una mujer delante de un grupo de hombres, a menos que...
—Papá, Blanding no estaba mintiendo —replicó Stanley— Probablemente yo tenía motivos para sentir celos de él. Yo lo sabía. Y estaba celoso, aunque parece que los celos se me han ido por ensalmo. Lo que no sé es hasta qué punto tengo verdaderos motivos. Creo que no muchos. Él es un imbécil presuntuoso. Cree ser lo que los cowboys llaman un matador de mujeres. Me imagino que las mujeres lo han estropeado. Es enormemente guapo. Pero sé que Marigold sólo ha coqueteado con él, como ha coqueteado con otros.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó rudamente el viejo Weston.
—Vamos, papá, no podría imaginarme otra cosa —replicó Stanley, sintiendo un calor repentino bajo el cuello.
—Ya veo. Bueno, eres joven e igual que tu madre. A ella Je era imposible pensar mal de nadie. Me figuro que ese es un rasgo bonito en la naturaleza humana. Pero, hijo, si yo lo hubiese tenido, es seguro que me lo habría arrancado.

6

LAS CONSECUENCIAS del choque de Stanley con Blanding y Howard se pusieron de manifiesto a la mañana siguiente, cuando Stanley salió a buscar su caballo. Morgan, un viejo trabajador del rancho que llevaba años con los Weston, dijo que tres de los cowboys se habían marchado y se habían ido con Howard.
—Buen viaje, Hank —contestó Stanley—. Teníamos ya demasiada gente en la cuadrilla.
—Sí, puede ser. Desde luego, teníamos demasiados corderitos.
—No es eso lo que me sorprende, sino el hecho de que
Howard haya sido lo bastante fuerte para llevarse con él a esos muchachos, especialmente a Price.
—Stan, no es por influencia de Howard, sino de Hurd Blanding. Ese individuo parece que tiene algo en la manga y, desde luego, no es porque sea un genio en los negocios.
—¿Blanding? ¡Oh, ahora está en el candelero porque ha sacado unos cuartos de esa conducción de caballos salvajes!
—Puede que sea eso, pero no estoy tan seguro. Desde luego, lo mejor que podías hacer era darle una lección a Blanding y despedir a Howard.
Stanley empezó su paseo con menos alegría y esperanzas que las que sintiera antes de encontrarse con Morgan. No le gustaba aquella sugerencia de posibles acontecimientos que fueran tomando forma sin él saberlo. Pero aquello era innegable. No había sido el tipo de jefe que hurga en las vidas de sus cowboys. Había procurado no interferir deliberadamente en el trato del capataz con la cuadrilla. Había unas once mil cabezas de ganado que llevaban la marca a fuego de Weston, número no demasiado grande para un pasto tan inmenso, pero, de cualquier forma, un rebaño bastante grande. El padre de Stanley había aconsejado resistir hasta el otoño, a pesar de que Wade y otros rancheros vendían a causa del alza sin precedentes de diez centavos por libra. El viejo Weston rara vez se equivocaba y predecía que el precio se pondría aún más alto.
A mitad de camino hada la solitaria colina, Stanley, recordando el propósito y la esperanza de aquel paseo, alejó de su mente aquellos problemas y pensó en Lark Burrell. ¿Vendría? Y tuvo que reírse de su vivo deseo de ver de nuevo a aquella prima de Marigold.
Llegó a la colina a buena hora y después de dejar su caballo, uno blanco esta vez, descansando en el claro, se dirigió al sitio que en lo sucesivo iba a ser su refugio favorito. Trató de olvidar a Marigold y renovar el agradable estado de ánimo del día anterior. Pero no tuvo éxito. Lark no vino.
Stanley aguardó varias horas, mucho más tiempo del necesario. Su decepción era tan aguda como lo había sido su esperanza. Se preguntaba qué habría retenido a Lark. Volvería a intentarlo a la mañana siguiente. Durante el regreso al rancho, pensó si debía cabalgar a la ciudad, pero se decidió en contra. No estaba de muy buen humor.
Pero antes de llegar a casa se encontró con uno de los vagones camperos de los Weston y a varios cowboys, uno de los cuales, Landy Elm, iba a caballo.
—¿Cómo estás, Landy? Cabalgaré un rato contigo.
Le era simpático aquel cowboy, hijo de un granjero, y que había ido a la escuela con Stanley. Landy era un joven gigante rubio, magnífico jinete, individuo trabajador y sobrio que recientemente se había casado con una muchacha de Wadestown.
—Estoy muy bien, Stan —contestó Elm y siguió cabalgando con Stanley delante del vagón.
—No te vi ayer en el barracón —comentó Stanley.
—No. Estuve en la ciudad buscando grano.
—¿Te enteraste de algo?
—Desde luego, Stan. Anoche no se hablaba de otra cosa en la ciudad.
—¿De qué?
—Del jaleo que tuviste. Howard, Ross y Bell estaban echando sapos y culebras por la boca. Al principio Sam Price estaba con ellos, pero no había bebido. Y me enteré de que los dejó y se fue a casa.
—¿Viste a Blanding?
—Sí. Estaba en la estación. Había perdido un diente postizo o algo por el estilo y parecía muy amargado. La noticia que circulaba era que a Blanding le había dado una coz un caballo.
Stanley se echó a reír.
—Yo soy el caballo, Landy.
—¡Diablos, ya me lo imaginaba!
A continuación, Stanley relató brevemente lo que había ocurrido en el barracón.
—¡Vaya! Eso es muy diferente de lo que se dice por la ciudad —declaró Elm—. Hablan de una fuerte disputa sobre la conducción por Blanding de caballos salvajes, pero nada se dice de que le pegaras. Howard jura y perjura que se marchó por propia voluntad y que se llevó a tres de nuestra cuadrilla. Trataban de inducirme a que me fuera con ellos. Y aseguraban que sacarían de nuestros pastos todos ¡los caballos salvajes.
—Supongo que no habrá ninguna ley que pueda impedírselo.
—Ninguna ley escrita, pero te aseguro, Stan, que no me haría ninguna gracia consentir eso.
—Landy, ¿crees que podrías llevar nuestra cuadrilla?
—Yo diría que sí —replicó el cowboy ansiosamente.
—Muy bien, encárgate de las faenas de Howard.
—¡Diablos! Stan, ¿quieres decir que voy a ser el capataz?
—Sí. Ven a casa esta noche y hablaremos de eso con mi padre. Creo que le parecerá bien. A propósito, ¿viste a alguno de los Wade?
—Desde luego. Anoche vi a El en la estación. Lo saludé. Stan, no creo que tenga mucho que ver con lo que ha pasado en nuestra cuadrilla. Se deja llevar por Blanding, o se dejaba. Hay el rumor de que han discutido por la cuestión del reparto de ganancias en lo de los caballos salvajes. Y ayer tarde vi también a Marigold en el salón de baile.
—Naturalmente no estaría sola, ¿verdad?
—No, no lo estaba. Ella... bueno... había un montón de gente, mira, y no me fijé bien —replicó Elm apresuradamente.-
Stanley no preguntó más detalles, porque si Elm hubiese declarado francamente que Blanding estaba en el grupo, no podría habérselo dicho con más claridad.
A Stanley le pareció que las horas siguientes eran largas y estaban cargadas de algo expectante y desagradable. Incluso su siesta fue perturbada por un sueño en el que Lark Burrell lo salvaba de una catástrofe cuya naturaleza no veía él muy claramente.
Al día siguiente llegó a la cita mucho antes de que fuese hora de que apareciese Lark. ¡Con qué avidez escrutó la gris inmensidad de salvia! ¡Ningún jinete, ninguna manchita en movimiento sobre el horizonte! Tras lo cual recurrió a los anteojos. Instantáneamente captó la figura de un caballo de color claro a unos siete u ocho kilómetros de distancia. Un extraño tumulto de súbito alivio, de delicia y de miedo lo asaltó.
«Stan, estás un poco bajo de forma», pensó. Pero no servía de nada acusarse de un raro estado de ánimo. Mientra venía aquí pudo estar de mal humor. Pero no ahora. Se sentía excitado como hacía años que Marigold no lo excitaba. ¡Con qué fuerza deseaba ver de nuevo a esta muchacha de Idaho! Aquello le preocupaba y luego, cuando lo pensó con serenidad, comprendió el porqué de su miedo y fue sincero consigo mismo. El día que se le presentaba no sólo podría explicarle mucho de lo que le había ocurrido, sino que le revelaría grandes rasgos del futuro.
Stanley miró por los anteojos viendo cómo el mostrenco de color crema se iba haciendo mayor y su jinete iba tomando forma. Desde luego sabía correr. Stanley prescindió de los anteojos. A tres kilómetros podía distinguir claramente caballo y jinete. Transcurrieron unos minutos más, un tiempo extrañamente tedioso para Stanley a pesar de la rápida aproximación del mostrenco. A menos de un kilómetro percibió una mancha de color rojo aleteando en el cuello, ondeando al viento lo mismo que los cabellos de Lark. Llevaba puesta una bufanda roja. Había también en ella otro color, y no oscuro, como en la ocasión anterior. «Chaps» iba lanzado a la carrera, tendido, ágil y hermoso.
El caballo de Lark alzó la cabeza interrumpiendo su marcha maravillosa porque lo estaban refrenando. Se puso al galope corto, luego a medio galope, luego al trote, que estaba aflojando cuando Lark lo torció para empezar a subir la cuesta en dirección al caballo blanco. Faltaban todavía unos doscientos metros cuando Lark puso el mostrenco al paso. Le permitía mordisquear la hierba como estaba haciendo el caballo de Stanley. Pero cada paso acercaba más y más a la muchacha. Stanley se apoyaba en el pino, aguardando. Ella lo vio. Lo saludó agitando la mano. Pero él no movió la mano a su vez. Estaba allí como transfigurado, aunque anhelaba bajar corriendo la colina para salirle al encuentro. Por último, ella alcanzó al caballo blanco y allí desmontó, unos cincuenta pasos por debajo de la ladera del bosque. Aflojó la cincha, dio unas palmaditas al mostrenco, se demoró hasta que por lo visto ya no había nada más en que entretenerse. Entonces subió la cuesta. Iba destocada y tampoco llevaba en la mano el viejo sombrero. Un nuevo suéter gris, abotonado hasta la ondeante bufanda roja, moldeaba sus formas con sorprendente ventaja.
—Hala, Stanley —gritó alegremente—. ¿Te has convertido en otro pino?
—¡Hola, Lark! —contestó él, y su voz sonora con su nota rica y profunda hizo de pronto que el rostro de la muchacha hiciese juego con el color de la bufanda.
Un rubor así no recordaba Stanley haberlo visto nunca. Era como una gran oleada escarlata.
Quizás eso le ayudó a Stanley a contenerse lo mismo que un tumultuoso momento antes se habían contenido los ojos de ella, pero hasta que se le acercó no se dio él cuenta de la verdad. Entonces su reacción fue rápida. Fue como si se hubiera liberado de emociones que lo ataban y hubiese reencontrado su propio yo. Ella vacilaba, confusa, sin aliento, pero inconfundiblemente alegre, y le alargó una mano desenguantada.
Stanley la tomó y la retuvo mientras la miraba de arriba abajo, tan llena de vida y de encanto.
—Ayer estuve esperando aquí toda la mañana. No viniste —dijo con tono de reproche.
—¡Oh... no pude! Lo siento, Stanley. Yo...
—¿Por qué no pudiste?
—Yo... fue a causa... de Marigold —empezó a decir Lark titubeando y acabó así.
—¿Le dijiste que me.encontraste el otro día?
—Stanley, esa era mi intención, pero... pero no lo hice —dijo, avergonzada—. Fui a su habitación adrede... para decírselo. Pero estaba enfadada... en cierto modo no parecía la misma... y no se lo dije, y esta mañana todavía no estaba levantada —vaciló un momento y luego, como si quisiera ser sincera consigo misma, añadió—: Pero, de cualquier modo, creo que no se lo habría dicho... ¿Debí decírselo, Stanley?
—No, si eso te embaraza. No te quiebres la cabeza por tan poca cosa, Lark. Yo se lo diré.
—Bueno, entonces está bien —replicó ella resplandeciente—. Stanley, ¿es necesario... retener mi.mano todo este tiempo?
—Muy necesario —dijo él fríamente—. Vamos, sentémonos.
—También tú pareces distinto esta mañana —respondió la muchacha retirando su mano y mirándolo dubitativamente.
—¿Estoy enfadado?
—No es eso. Pero no hablas ni tienes el mismo aspecto que el otro día.
—Eso puede ser verdad, Lark. Quizá hoy soy más verdaderamente como soy en realidad.
—Todavía no lo sé, pero te prefiero de la otra manera, ra. ¿No vas a cabalgar conmigo?
—Claro que sí, ahora mismo. Pero antes quiero que nos sentemos aquí y hablemos.
Ella lo siguió no de muy buena gana, pero su reluctancia y el hecho de que a pesar de eso no pudiera oponerse resultaban inexpresablemente dulces para Stanley. Se sentaron sobre las fragantes agujas de pino, donde el sol, pasando a través del follaje, derramaba oro y sombra en tomo de ellos.
—Ahí están tus anteojos —dijo ella, al verlos—. ¿Los olvidaste?
—Sí, los olvidé el otro día.
—¿Los usaste esta mañana?
—Sí. Te descubrí exactamente en medio de la llanura.
Por eso creo que los necesitaré para verte venir de nuevo.
—¿Voy a... venir de nuevo?
—¿No vendrás?
—Stanley, ¿me estás pidiendo... que venga a reunirme de nuevo aquí contigo... sola?
—¿Pidiéndote? Seguro que sí. Lark, el otro día me hiciste sentirme como un muchacho. Fui tan feliz como no lo era desde hacía años.
—¡Qué... qué manera tan rara de hablar...! ¡Oh, me alegro, si hice eso! Pero, Stanley, no... no te comprendo.
—Lark, yo mismo no me comprendo. Pero eso es una mentira. Me comprendo muy bien... Lark, dime todas las cosas que te han pasado.
—¡Cielo santo! No podría —replicó ella, riendo—. Aunque me gustaría... no me atrevo a tanto.
—Bueno, ya veo que tendré que hacerte preguntas.
—¿Debo contestar?
—Indudablemente —dijo él, y se apoyó en los codos para poder conseguir una visión mejor del rostro de la muchacha.-
Ella estaba sentada mirando la llanura, presentándole a él solamente el perfil.
—¿Te agrada Marigold?
—Creo que la quiero.
—¿Crees que la seguirás queriendo?
—Si quiero a alguien, es para siempre —replicó ella.
—Perdona, Lark. Alguien tiene una suerte maravillosa... ¿Has calado ya a Marigold?
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, tan sorprendida como escandalizada.
Una inspiración perversa, que él no podría explicar, impulsaba a Stanley a seguir.
—Bueno, estoy conforme contigo en que Marigold es guapa, generosa, dulce, desconcertante, feliz, alegre y toda esa dase de cosas. Pero, ¿no has descubierto todavía que es casquivana y caprichosa?
—No he descubierto eso —respondió Lark con firmeza.
—¿No has descubierto que es coqueta? —continuó Stanley, tan frío como siempre, aunque aquel interrogatorio encendía un fuego profundo en su interior.
Con todo, interrogar a esta muchacha era un suplicio lleno de encanto.
—¡Stanley! ¿No te da vergüenza?
—Bueno, sí... (pero, ¿lo has descubierto?
—Si lo hubiese descubierto, no te lo diría —«respondió Lark con las mejillas encendidas.
—Está bien. ¿Has descubierto que es extravagante?
—Sí, es verdad. Pero no tiene nada de egoísta. Compró para mí la misma dase de vestidos que ella lleva y, Stanley, vale más que hablemos claro —añadió como si la empujaran—. No eres el mismo hoy. Te pareces más bien a los demás muchachos... Oh, por favor, no te enfades. Sé... sé que no lo eres. Únicamente dije que pareces más... un poco... Pero no te burles de mí.
—Nada más lejos de mi ánimo que burlarme, señorita Burrell. Estoy seguro de que te sacaré algún día.
—¿Con Marigold?
—No. Sola.
—¿Adonde?
—Bueno, primero a un baile. El sábado por la noche. Está bastante bien hasta las once. Luego te llevaré a casa.— La expresión de Lark traicionaba a la vez entusiasmo y espanto.
—Marigold me llevó con ella anoche —refirió Lark—. Oh, fue excitante. Me habría gustado si hubiese podido comprender algo.
—¿Bailaste? —preguntó Stanley sombríamente.
—Lo intenté. Marigold me dio algunas lecciones en casa. Me sentía tan ligera, que podría haber volado. Era fácil llevar el compás con da música. Pero no era agradable sentirse... estrujada.
—Ya me lo imaginaba. ¿Quién te estrujó?
—Primero Ellery Wade, y con la mayor frescura. Se echó a reír cuando protesté. Por eso... pues dejé de bailar con él. Se lo dije a Marigold. Ella le riñó.
—'Lark, ya estamos poniendo algo en claro. Empecemos con El Wade. Desde luego, en casa habrá intentado propasarse, ¿no?
—¿Te refieres a que si ha querido...?
—Exactamente.
—Pues sí. Y me desagrada tanto más cuanto que su madre piensa que.él es perfecto. Yo lo destesto.
—¿Con quién más bailaste?
—Con Charlie Fairchild. Es simpático.
—Charlie es un buen muchacho. ¿Con quién más, Lark?
—Con el señor Barnes. Es muy alegre. No bailé muy bien con él.
—'Barnes es una buena persona. ¿Alguien más?
—Coil Bruce. Lo conocí en el rancho, la misma mañana que vine aquí a caballo. Es una de los cowboys. Me agradó.
—¿Te agradó? ¿Hasta qué punto?
—¿Eres mi hermano mayor para hacerme tantas preguntas?
—Claro que no lo soy. Bueno, Bruce es un tipo regular, tengo que reconocerlo. Un muchacho limpio y educido. ¿Quién más, señora?
—Un joven llamado Trumbell. Alto, guapo. ¡Oh, sabe bailar muy bien!
—No será Vic Trumbell, ¿eh? —preguntó Stanley, frunciendo el ceño.
—Sí, lo llamaban Vic.
—Vaya. ¿Y qué tal Vic?
—Bueno, me apretaba demasiado, hasta que dije: «Oiga, señor Trumbell, si quiere que baile, tendrá que dejarme respirar». Se echó a reír, pero después se comportó bien. Nunca he encontrado un hombre tan maravillosamente locuaz.
—Escucha, Lark, Vic no te conviene. No va contigo. Le diré algo a Marigold por haberte expuesto de esa manera.
—Pero, ¿por qué, Stanley? Él... él pidió venir a verme y dije que lo pensaría.
—Ni hablar de eso. Alguien debe tener cuidado de ti, y si Marigold no quiere hacerlo lo haré yo. ¿Me oyes, mi pequeña alondra de Idaho?
—Te oigo, sí —replicó ella, turbada, lanzándole una rápida mirada de soslayo con sus oscuros ojos.
—¿Quieres que te diga por qué Vic Trumbell no te conviene? —preguntó Stanley, algo fríamente.
—No. Pero, Stanley, ¿qué voy a hacer cuando Marigold me presente a... a...?
—Contra eso no puedes hacer nada. Pero puedes estar en guardia... Lark, ¿tenían algo de beber?
—Sí;
Stanley vaciló. Le desagradaba seguir haciendo preguntas por el bien de Lark y, extrañamente, por el suyo también.
—Lark, ¿bebiste? —preguntó con la lengua pesada.
—Stanley, ¿es necesario que preguntes eso?
—Tenía que hacerlo... Lark, prométeme que no beberás nunca.
—No necesito prometer eso. Nunca he bebido y nunca beberé.
—De cualquier forma, prométemelo. Es algo que me interesa mucho. Te lo explicaré algún día. Tú no eres más que una... una muchachita. Y todo esto es tan nuevo...
—Bueno, desde luego te lo prometo —dijo ella tímidamente.
Él le agarró una mano y la apretó sin mirar a la muchacha. Luego, aunque aflojó el apretón, no soltó la mano»
El rostro de Lark tenía el aspecto soñador, vagamente turbado, de una muchacha que se deja arrastrar por un río encantado cuyo peligro estuviese oculto, pero que fuera bastante fuerte con su corriente impetuosa y murmura* doras
—Ahora vas a terminar de confesarme todas tus peripecias. ¿Qué más ha ocurrido? Quiero decir cosas que te hayan turbado.
Stanley parecía dispuesto a descubrir todo lo que le hubiese pasado a Lark.
—Stanley, lo peor ocurrió hace tres mañanas, el día de mi primer paseo a caballo —empezó a decir ella con creciente franqueza. Necesitaba confiar en él—. Llevaba estos pantalones vaqueros y mi blusa y mi sombrero viejo. Tú recuerdas. Bueno, en el granero me encontré con tres cowboys que estaban jugando a los dados. Uno de ellos, Coil Bruce, me vio y me tomó por un muchacho. Dije que quería un caballo. No me echaron cuenta. Yo disfrutaba viendo su equivocación hasta que la manera que tenían de hablar me hizo salir. El mayor de los tres, Hurd Blanding, me tomó por un chiquillo descarado y me tiró un trozo de leña. Me dio en el pie y me lastimó. Entonces estallé. Tendrías que haber visto la cara de aquellos cowboys... Pero Blanding era muy tuno. No se mostró sorprendido. Trató de hacerme creer que todo el tiempo se había dado cuenta de que yo era una muchacha. Despachó a los otros dos y me acompañó a la cuadra para ver los caballos. Aun antes de hablar con aquel cowboy, lo odiaba. Porque fue uno de los que vendió caballos salvajes para alimento de gallinas. Pero no lo dejé traslucir. Quería ver qué se proponía decir y hacer. Me agarró por el brazo. Fue como si me hubieran quemado, pero todavía no dije nada...
La expresión en el rostro de Stanley hizo que Lark titubeara. Pero su «¡continúa!» fue tan urgente, que ella prosiguió:
—Cuando vi a «Chaps», me olvidé por completo del señor Blanding. Pero rápidamente hube de ponerme en guardia. Me arrancó el sombrero. Siguió acercándose cada vez más. Tenía uno ojos grandes, bonitos, duros. De pronto se inclinó sobre mí. Stanley, ¡el muy loco quería besarme...! Le di un empujón y le dije que no me pusiese las manos encima... Eso... eso es todo. Seguramente se quedó sorprendido, pero todavía quiso insistir. Yo misma ensillé a «Chaps» y cabalgué hasta aquí, donde te hallé.
—¿Cuándo has vuelto a ver a Blanding? —preguntó Stanley, haciendo un esfuerzo para dominarse.
—No he vuelto a verlo desde entonces. ¿Lo conoces tú, Stanley?
—Un poco.
—No es un cowboy corriente, ¿verdad? He oído decir que vino de Washington a California. ¿Es cierto eso?
—Así creo, Lark —respondió Stanley de mala gana.
La muchacha estaba mirándolo fijamente con ojos penetrantes.
—Bueno, ¿por qué no me dices que no tenga tratos con Hurd Blanding? —preguntó Lark casi como quien no quiere la cosa.
No importaba lo clara que fuese; aquí hablaba la sutil feminidad de una mujer. Él simplemente no podía contestar aquello y tuvo el temor débil y malsano de que ella comprendiese el porqué. Eso rompió la magia del momento. Le soltó la mano, asombrado por el hecho de haberla retenido tanto tiempo y más que asombrado de que ella le hubiese permitido aquel privilegio.
—No necesitarías decírmelo, porque yo obraría así por mi cuenta —añadió ella.
—Lark, ¿puedo decirte algo? —preguntó él con emoción,
—Desde luego, creo... creo que sí. Preferiría que me dijeses cosas a que me hicieras preguntas.
—Eres una muchacha maravillosa.
—¿Es esa tu maña, Stanley? —replicó ella, medio irritada, medio dolorida—. Estos muchachos todos tienen tretas, me advirtió Marigold.
—No, Lark no tengo ninguna maña. Creo que tampoco tengo carácter para eso —contestó él sintiendo un repentino abatimiento.
—¡Oh, ya te he ofendido! —exclamó ella instantáneamente—. No quería decir eso, Stanley. Sabía que no tienes mafias. Confío en ti. Quiero que me ayudes en esta nueva vida que he emprendido. Si no lo haces... fracasaré.
—Gracias, Lark. Eso está mejor —dijo él, y la oleada de abatimiento desapareció—. Entonces, ¿no me pones en el mismo grupo que a Blanding, Trumbell y Ellery Wade?
Ella soltó una aguda risita de irrisión.
—Creo que eres maravilloso.
—¿Lo crees? Entonces, si tú crees que soy maravilloso y yo creo que eres maravillosa, todo es realmente muy maravilloso, ¿no es así?
La profundidad del sentimiento en la voz de Stanley se imponía a la trivialidad de sus palabras.
—Sí —susurró ella, agachando la cabeza—. Pero, por favor, no hablemos más de nosotros. Me... me pone nerviosa. Y todavía no te he contado nada.
—Tai vez no. Pero sigue adelante.
—Stanley, me he enterado de muchas cosas. No me gusta mucho hablar, aunque mi presencia en el baile pudiera no indicar eso. Pero tengo oídos. Y lo que quería decirte se refiere a otra conducción de caballos salvajes. Quizá tú también has oído hablar de eso.
—No mucho. Una simple mención.
—Bueno, pues, como me imaginaba, ese Blanding, que está a la cabeza de todo, es un individuo bastante listo. Ha conseguido que los indios se pongan a su lado. He oído que Ellery Wade le decía a su padre que Blanding lo había engañado. Se han peleado. El señor Wade ha prohibido que cualquiera de sus cowboys tome parte en la conducción. Blanding ha renunciado a su empleo en el rancho Wade. Tiene la intención de hacer un negocio de esa captura de caballos salvajes para ser sacrificados. ¡Oh, es algo que me pone furiosa...; Pues bien, Blanding está encontrando dificultades para conseguir jinetes. Por eso les ha pedido a algunos muchachos de la ciudad que lo ayuden. Irán también muchas muchachas. Harán vida de campamento, cabalgarán y será todo como en una excursión. Me imagino que Marigold estará deseando ir. Al principio pensé que yo no podría, pero se me ha ocurrido una idea... —se interrumpió bruscamente, luego preguntó—: ¿Irás tú, Stanley?
—¿Ir? ¿Que si iré? Lark, tu perspicacia es nula —dijo Stanley.
—¿Qué es eso? —preguntó Lark, atónita.:
—Quiero decir que no comprendes. Tienes una linda cabecita, toda brillante de preciosos rizos, pero me temo que está vacía.
—Desearía que hablases con sensatez —declaró Lark impacientemente.-
—Lark, me encantaría ir. No se me ocurre nada que pudiese gustarme tanto.
—Pero, Stanley, tú no querrás ayudar a Blanding, ¿verdad? —exclamó ella escandalizada.
—¡ Ah!, entonces no quieres que yo vaya, ¿eh?-preguntó Stanley fingiendo.
—Sí. Si no vas..., diré que estoy enferma. Pero si vas y ayudas a Blanding, me pondré enferma. Me romperá el corazón, Stanley... ¿No lo ves? Tú eres la única ayuda que tengo aquí en este país terrible.
—Choca la mano por eso —replicó Stanley, alargando una mano de repente.
—¿Por qué?
—Por eso de que soy tu única ayuda.
—¡Oh...!
Se estrecharon las manos. Stanley no supo qué descubrió ella en los ojos de él, pero en los de la muchacha, antes de que parpadeasen y rehuyeron sus miradas, vio valor, fe y un anhelo oscuro e inconsciente.
-Ahora, cabalguemos —susurró ella, zafándose del apretón de manos. Cabalgaron hasta la cresta de la boscosa colina, desde
la cual Stanley le mostró el rancho de la Colina de Salvia, y luego bajaron por la otra ladera. Corrieron entre las salvias.
La acompañó hasta la mitad del camino a casa y por último retuvo a su caballo para despedirse.
—¿Hasta mañana por la mañana? —preguntó él.
Ella buscó su mirada implorantemente, con perplejidad, obligada de pronto a pensar de nuevo.
—Stanley.
—¿Qué hay, Lark?
—Quisiera venir, Stanley, pero no creo que esté jugando limpio con Marigold.
Por un momento o dos, Stanley no replicó. Luego dijo lentamente.
—Tienes razón, Lark. Iré a visitarte mañana al anochecer.
Ella no tuvo palabras para él. Sus oscuros y brillantes ojos se dilataron con súbita desconfianza. Entonces, Stanley, remordiéndole la conciencia, pero su alegría acallando pronto aquel remordimiento, espoleó a su caballo y cabalgó de vuelta a casa. Al momento volvió la mirada y encontró que ella aún seguía sentada inmóvil en su silla mirándolo. La saludó agitando el brazo, siguió cabalgando y, cuando volvió a mirar, vio un puntúo negro moviéndose entre las salvias.
Stanley fue a la mañana siguiente bien temprano a casa de los Wade y preguntó por Marigold. Un sutil cambio en ella y un inesperado beso de bienvenida lo hicieron titubear, pero no lo apartaron de su propósito.
—Marigold, voy a sacar a Lark esta noche —dijo inmediatamente.
—¿De verdad? Es muy amable por tu parte, Stan —replicó ella, con mirada pensativa—. Es una niña agradabilísima... ¿La has visto últimamente?
—Me encontré con ella en la llanura el primer día que salió a dar un paseo a caballo. No debería haber ido sola. Entonces le pedí que viniese otra vez y me encontré con ella.
—¿Estás haciendo de hermano mayor o...?
—Sí —interrumpió Stanley con una risa fría—. Alguien tiene que ayudar a Lark a acomodarse a esta nueva vida, y muy bien puedo ser yo.
—Tú sabes que yo preferiría que lo hicieras tú a que lo hiciera Ellery o cualquier otro muchacho de los que conozco. Pero, Stan... —sus ojos se oscurecieron reflexivamente—. Lark no es más que una niña. Podría enamorarse terriblemente de ti.
—¡Correré ese riesgo! —exclamó él amargamente—. Marigold, tengo otra cosa que confesarte. ¿Has oído hablar de mi pelea con Blanding?
—¡ Pelea! —palideció decididamente y pareció sorprendida—. No... Así pues, eso fue lo que ocurrió... Stan, ¿por qué fue?
Stanley le narró brevemente la historia de su choque con el cowboy, acentuando el modo especial lo relativo a la conducción de caballos salvajes.
—¿Y él te dijo que yo le presté mi vagón? ¡Se apoderó de él! —exclamó Marigold irritadamente.
—No lo creí... como no creí lo que dio a entender de que coqueteabas con él.
—No deberías, Stan... Sin embargo es verdad —replicó, sosteniendo la mirada bravamente, pero ruborizándose.
—¿Qué hiciste, Marigold? Siempre supe que eras una coqueta, incluso desde nuestros días escolares. Pero seguramente...
—Empezó... como empiezan esas cosas —dijo ella francamente—. Hurd es un guapo demonio. He tonteado un poco con él... Lo he besado. Pero nada más, Stan.
—¿Nada más? Me parece que has ido muy lejos —replicó él fríamente, asombrado de no sentirse ofendido— Marigold, ¿cómo llegaste tan lejos?
—Él me gustaba. Me fascina —reconoció ella.
Stanley dio unos pasos por la sala de estar, miró por la ventana y cerró la puerta, terminando por situarse de nuevo frente a la muchacha.
—Siempre jugaste limpio —continuó él, tratando de mantenerse tranquilo—. Algunas muchachas me habrían mentido... Si la cosa ha ido tan lejos, ¿quieres que rompamos nuestro compromiso?
—¡Stanley! —exclamó ella, y de pronto lo aferró—.No querrás romper conmigo, ¿verdad?
—Si lo deseas, sí.
—Pero es que no lo deseo —repuso ella apresuradamente.
Parecía rara, impetuosa, no la antigua Marigold en absoluto. Con todo, hacía mucho tiempo desde que había habido en ellos cualquier intercambio profundo de sentimientos.
—Marigold, no quisiera darte calabazas —dijo gravemente—. Llevamos mucho tiempo prometidos. Apenas me puedo acordar de un tiempo en que no estuviera sobreentendido que teníamos que casamos. Todos nuestros amigos, parientes, familiares, lo ven ya como algo hecho... ¿Tengo razón al pedirte que te cases conmigo pronto o al menos, si no quieres, que pongas fin a estas cosas que estás haciendo?
—Stanley, eres el mejor... ¡Oh, estoy avergonzada!
—murmuró incoherentemente y le lanzó los brazos alrededor del cuello—. Te quiero, te quiero más que a nadie. Pero no quiero atarme todavía, vivir allí en la llanura, tener hijos... Por favor, no me obligues.
—No te obligaré, no insistiré siquiera —replicó él, más sorprendido que nunca por el inesperado calor y por la agitación que veía en ella—. Sin embargo...
Ella le cerró los 'labios con un beso.
—Dame más tiempo, querido.
—'¡Tiempo...! Marigold, si te obligará, ¿te casarías conmigo pronto?
—Sí.
—¿Cuándo?
—¡Mañana...! Pero, Stan, si quieres... conseguir lo mejor que hay en mí... conservar mi amor... no me empujes —replicó ella penetrantemente y ocultó su rostro en el pecho del hombre.
Stanley la sostuvo, dándose cuenta de la existencia de emociones en conflicto. No podía comprenderla, y en el desconcierto del momento sólo supo contestar que nunca la empujaría.
—Esperemos en cualquier caso hasta el otoño. No sé qué es lo que quiero —dijo ella, y se separó suavemente—. Sólo que no puedo resistir la imposición. ¿Lo soportarás de este modo durante algún tiempo?
—Sí. Pero no creo que sea prudente.
—¿Cómo se puede amar y ser prudente...? Stan, eres maravilloso. Me gustaría ser más... Ahora tengo que marcharme antes de ponerme a gritar.
Lo besó y huyó. Stanley se acercó a la ventana y miró más allá del rancho, al campo abierto. El hecho de que Marigold pareciera quererlo, un poco como antiguamente, lo conmovía de modo profundo y lo ablandaba. Pero eso sólo venía a aumentar su turbación. Se daba cuenta de que algo dulce y bello que había entrado últimamente en su vida tendría ahora que desvanecerse y dejarlo frío. Pero no era así. Un calor rebelde permanecía en su corazón.

7

ERAN LAS primeras horas de la tarde del sábado, y Lark se apresuró a volver a casa de su correría. Había visto a Hurd Blanding en la calle y no quería tropezarse con él. Una vez fuera del barrio comercial de Wadestown, le quedaba kilómetro y medio de paseo por una carretera orlada % de árboles hasta llegar al rancho Wade. La última parte era cuesta arriba, en una pendiente bastante pronunciada que ninguno de los Wade recorría nunca a pie. Pero a Lark le gustaba andar, si podía estar sola.
El día era hermoso, soleado y cálido, con un atisbo de mayo en el aire. Aquella mañana, ella había echado de menos, su paseo a caballo, tanto que eso venía a añadirse considerablemente a su conciencia de culpabilidad. Pero, por mucho que a Lark le gustase pasear a caballo, no era sólo eso lo que había hecho de la mañana algo brillante y fatal. Dejar de ver a Stanley Weston le había producido un dolor que era revelador y espantoso. Luchaba contra el mal pensamiento de que se había enamorado de él. Se decía a sí misma que sólo era la enorme excitación y la perplejidad causada por los acontecimientos ocurridos durante la semana que había pasado desde su llegada al rancho Wade. Pensar que iba a ver de nuevo a Stanley, aquel mismo día, y que iba a salir con él la hacía sentirse mareada y temerosa. Había cierto alivio en el pensamiento de que probablemente él no se presentaría.
Al entrar en el patio, Lark vio un vagón que al parecer acababa de llegar, porque el polvo se alzaba en brillantes manchones entre los árboles. Era un vagón nuevo y brillante, idéntico al que había visto en el pueblo utilizar a Blanding.
Lark apretó el paso bajo los árboles hacia la entrada lateral en la gran casa. La sala de estar se encontraba vacía. No parecía haber nadie por allí. Cuando Lark entró en el vestíbulo, oyó un débil sonido, un roce y luego algo como un jadeo. Al segundo siguiente, miró a la biblioteca. Hurd Blanding estaba allí, su hermosa cabeza de halcón indinada sobre Marigold, los brazos de ella alrededor de su cuello.
Lark se deslizó escalera arriba sin hacer ruido hasta la puerta de su habitación, que consiguió abrir y cerrar, echando la llave, silenciosamente. Dejó caer su paquete y se quitó el gorrito, sintiéndose débil y paralizada por el choque su— I indo. La escena que había presenciado involuntariamente I explicaba lo que había de desconcertante en su prima. Lark se sentía petrificada, horrorizada. Era verdad que había llegado a querer a Marigold. Comprendía ahora muchas cosas: la jactancia de los cowboys, las alusiones, el relacionar el nombre de Marigold con el de Blanding, la especie de intimidad disimulada que Lark había observado entre ellos en dos ocasiones.
Luego, de pronto, se acordó de Stanley, de que él quería a Marigold y estaba prometido para casarse con ella. Lark se retorcía y ardía al pensar en eso.
La pena siguió de cerca a su furia y a su desprecio. Lloró, y después que el paroxismo hubo cesado, se levantó para caminar de un lado a otro por Ja habitación. Comprendía que estaba en un apuro terrible. Amaba a Stanley. En el tumulto de la última hora, se había confesado la cosa a sí misma, cambiándola de sueño en fuerte verdad. Sabía que Stanley amaba a Marigold y que quería casarse con ella. ¿No le había contado su prima risueñamente cómo Stanley había suplicado, insistido, reñido para que se casase con él en junio? Pero Marigold se había negado.
«Estoy divirtiéndome mucho», habían sido las palabras con que Marigold había puesto fin a la confidencia. ¡Divertido! Lark se sentía obsesionada por el cuadro de Marigold estrujada entre los brazos de Blanding. ¿Qué significaba aquello?? Lark veía cuán tenue era su conocimiento del^ amor y de la vida. Y este mundo nuevo era un enigma. Trató de traspasar el misterio.
—Blanding es malo —susurró Lark para sí misma—. Yo lo notaba. Pero Marigold... no es más que una mucha— cha vanidosa y loca que está llevando las cosas demasiado lejos... ¡Oh, Dios mío, no sé qué hacer para ayudar al pobre Stanley!
Lark tuvo largas horas de emociones contradictorias, de interrogatorio de sí misma y de grave consideración de
Marigold y de los amigos de ésta, del aprieto de Stanley y del aprieto de ella misma. El resultado fue la decisión de que debía sobreponerse con objeto de ayudar a su prima y Stanley. A Lark le habría resultado difícil guardar su secreto si a Stanley le hubiesen ido bien las cosas. Pero él estaba en peligro de que le destrozasen el corazón y lo convirtiesen en un desgraciado. No tenía la menor idea de cómo iba a salvar a Marigold, pero sabía que podría hacer algo por Stanley.
Lark, ahora que tenía la espalda pegada a la pared y que estaba luchando por otra persona, sentía una fuerte presencia de espíritu con la que había afrontado los muchos problemas espinosos de su vida en el rancho de Idaho. Habían sido problemas para un hombre y habían requerido nervios fríos e inteligencia. Se hizo dueña de su ánimo. Juntó la vieja Lark a su pecho y la sostuvo allí.
Decidir una cuestión difícil significaba para Lark tanto como actuar. El día estaba ya terminando, como podía notarlo por el poniente rojizo y oscurecido. Marigold estaría vistiéndose. Lark abrió la puerta de su cuarto y bajó al vestíbulo hasta la habitación de su prima. Llamó.
—'Espera hasta mañana, mamá. No quiero hoy más discusiones contigo —contestó Marigold con voz lánguida.
—Soy Lark. Por favor, ¿puedo entrar?
—¡Ah, eres tú! Claro que puedes.
Lark entró y encontró a Marigold medio vestida encima de la cama, y su habitación en un desorden lleno de colorido.
—Creí que era mamá, Lark. Ha estado dándome la lata sobre Hurd Blanding, que estuvo aquí, y no quería oírla más —Tras lo cual Marigold alzó la vista-Pero, Lark, estás muy pálida. ¿Te sientes bien?
—Marigold, cuando entré esta tarde, os vi a ti y al señor Blanding —dijo Lark quedamente.
—¡Ah, eras tú! Me pareció haber oído a alguien. Menos mal... ¿Qué viste, Lark?
—Te tenía... te tenía estrujada en los brazos.
Estrujada es la palabra. Entonces, ¡por eso tienes ese aspecto tan raro...?
Marigold sonrió con un frío y divertido regocijo. Tenía la abierta, cándida cara de un ángel, sin una sombra en sus azules. Miró derechamente a Lark sin sorpresa o vergüenza.;'
—Fue un choque para mí, Marigold —dijo Lark seriamente.
—Ya lo veo. Bueno, no tenía por qué haberlo sido. Él acababa de regresar de la ciudad. Había tomado un par de copas de más y comprado un nuevo vagón, ya que había tenido otro gran pedido de caballos salvajes. Por tanto estaba excitado. Me asió y me besó. Ya ha sucedido antes. Yo no podía evitarlo. No podía pararlo.
—Marigold, tenías los brazos alrededor de su cuello.
—De verdad? Tienes buena vista, Lark —replicó Marigold con una sonrisa no tan espontánea—. Él los puso allí.
Lark aguardó un momento, consciente de su desesperación.
—¿Eso es todo, Marigold?
—Eso es todo lo que él 'hizo.
—Quiero decir si es eso todo lo que tienes que decir tú.
—¿Cómo? Desde luego. ¿Qué más puedo decir? Siento que te haya escandalizado. Pero no significa nada, querida. Sólo es preciso que no se lo digas a Stanley. Él no comprendería. No le tiene simpatía alguna a Hurd.
—No se lo diré a Stanley —prometió Lark, tan quedamente como había comenzado la conversación—. Pero te diré a ti algo, prima. El señor Blanding intentó hacer lo mismo conmigo.
—¿Que él qué? —estalló Marigold, con un fuego azul brillándole en los ojos que un momento antes habían estado tan lánguidos e inocentes.
Lark procedió entonces a comunicarle a Marigold todos los detalles de su primer encuentro con Blanding. Durante el relato, sólo captó un fugaz vislumbre del rostro de Marigold antes de que lo apartara, pero fue suficiente para ver una oscura oleada de rubor.
—Me alegro... me alegro de que no cayeras con él, Lark —replicó Marigold después de lo que pareció una larga pausa—. Son todos iguales... estos tipos. No es de extrañar que una muchacha... Te agradezco mucho que me lo hayas dicho. Le haré pasar al señor Blanding un mal momento, créeme.
—Se lo dije también a Stanley.
—¿Se lo dijiste? ¡Cielos! ¿Qué dijo él, Lark? Es un hombre caballeresco, siempre al lado de la pobre muchacha sin protección. Es un milagro que no saliese de nuevo en busca de Hurd y le diese una verdadera paliza.
Luego, Marigold hizo una cosa extraña. Arrojó una zapatilla tras otra alcanzando la cabecera de la cama. Exclamó:
—¡El muy mentiroso! Me dijo... me alegro de que Stanley le pegara.
—¿Qué quieres decir, Marigold? ¿Es que Stanley...? —preguntó Lark, demasiado asombrada para acabar su pregunta.
—Sí, y se lo tenía bien merecido —respondió Marigold vehementemente.
Luego le contó a Lark todo lo ocurrido. Por lo visto, el relato apaciguó su sentimiento, pues acabó la historia con uno de sus usuales comentarios frívolos. Luego le dio amablemente una palmadita a Lark en el hombro.
—Eres una buena muchacha, Lark —dijo—. Me alegro de que Stan te saque esta noche. En cualquier caso, puedo confiar en él. Y tú también.
—Gracias, Marigold —contestó Lark, repentinamente aliviada.
—Está bien, cariño. Y ahora vete, o no terminaré nunca de vestirme.
Lark se marchó, aliviada al ver que Marigold le daba tan poca importancia a aquella invitación. Marigold estaba engolfada en sus propios pensamientos demasiado profundamente para interesarse por los asuntos de Lark.
Había oscurecido. Entraba el aire fresco de la noche. Lark se sentó un momento junto a la ventana abierta dejando que la brisa abanicara su acalorado rostro. La llanura de salvia aparecía solitaria e invitadora. Lark se acordó de su hogar y de lo agradable que habría resultado entonces la soledad. Cerró la ventana, bajó la celosía y, encendiendo la lámpara, afrontó, consternada, en el espejo la imagen de aquella extraña muchacha de mejillas escarlatas y ojos encendidos. ¿Dónde estaba Lark Burrell? Debía de estar soñando.
Acababa justamente de vestirse cuando Marigold llamó alegremente.
—Hay un hombre abajo que dice que esta noche te va a sacar a bailar, ¡Date prisa!
Ellery entró en tromba en el vestíbulo.
—¡Venga, hermana, vámonos!
—Está bien, te veré en el baile, Stan.
Salió con su hermano. La puerta se cerró de golpe. Lark oyó la risa ligera de Ellery mientras ella bajaba la escalera.
El señor Wade habló desdé la sala de estar.
—Entra, Lark y deja que te admiremos.
Lark obedeció y se sintió complacida por el saludo admirativo del señor Wade. El escrutinio de la señora Wade no fue tan amistoso.
—Tienes buen aspecto —dijo más bien regañonamente—. Espero que sabrás apreciar la amabilidad de Stanley al proporcionarte la diversión de esta noche.
—Claro que lo aprecio —respondió Lark, segura de que nadie, sino ella, podía saber hasta qué.punto.
Stanley estaba a la puerta de la sala de estar y cuando Lark se volvió hacia él, lo hizo con el tiempo justo para ver pasar por su rostro una expresión bastante extraña. Luego la condujo por el vestíbulo y la sacó al porche.
La ayudó a entrar en el carretón y dio la vuelta para empuñar las riendas. Al momento estaban en marcha.
Pronto llegaron a la ciudad y ataron el caballo junto a otros muchos vagones frente a la escuela, donde se celebraban los bailes. Se oían compases de música y exclama— dones de alegría flotando en el fresco aire nocturno.
Cuando entraron, Lark se fijó en una larga mesa que había en uno de los costados, cargada de comida, con sillas junto a las demás paredes.
—Ya estamos —dijo Stan—. ¿Bailamos un rato o prefieres comer primero?
—¡Oh, bailemos ahora y comamos después! —respondió ella.
Se daba buena cuenta de la batería de ojos que la apuntaban. Estaba muy lejos de sentir la indiferencia que fingía. La situación la llenaba de un júbilo inexplicable que, en cuanto lo pensó, sufrió un eclipse instantáneo. ¿Qué pasaría si pudieran ver que estaba locamente enamorada de Stanley Weston, novio de la generosa prima que tan bien se había portado con ella? Pero Lark, a pesar de sus tormentos, mantenía en alto su orgullo y algo más.
—¿Ves a algún individuo con el que prefirieses estar antes que conmigo? —preguntó Stan como quien no quiere la cosa.
—A ninguno... todavía. Pero no los he visto a todos —replicó, imitándolo.
Lark estaba descubriendo una fuente hasta entonces desconocida de refugio femenino.
—Bueno, si lo descubres, mantenlo en secreto o habrá aquí un asesinato. Hola, ahí viene Marigold.
Lark vio que Marigold se acercaba. Le parecía que no había ninguna que pudiera compararse con su prima. La clara belleza de Marigold brillaba radiante bajo las luces. Estaba sonriendo. Tenía los ojos oscurecidos por la excitación.
—¡Hola, Lark y Stan! —dijo alegremente—. ¿Queréis reuniros con nosotros? Tenemos una mesa en d rincón. He reservado dos sitios.
—Gracias, Marigold —respondió Stanley—. Creo que antes bailaremos un poco. ¿Qué te parece, Lark?
—Realmente preferiría bailar, a menos que Marigold insista —se apresuró a contestar Lark.
—Muy bien... pero, Stan, ¿qué hay de los demás bailes? Esos muchachos están ansiosos por bailar con Lark.
—¿Quién,, por ejemplo?
—¡Oh, Vic y en realidad todos ellos!
—¿Está Vic contigo?
—Sí.
—Marigold, te pedí que no salieses con Vic Trumbell —dijo Stanley fríamente.
—Ya sé que lo hiciste. Pero todavía no eres mi marido.
—Ya lo he observado... Gracias, pero me niego a intercambiar bailes con tu pareja. No monopolizaré en absoluto a Lark, seguro; por tanto, no te preocupes por su diversión í
—¿Te veré en casa más tarde? —preguntó Marigold. Se mostraba suave, casi juguetona, pero aquello no engañaba a Lark. Su prima había recibido una repentina y sorprendente intimación, y aquello le había llegado mientras estaba mirado a su novio.
—Eso depende de cuando vayas a casa. No voy a tener fuera a Lark hasta muy tarde, desde luego nunca después de medianoche.
—Bueno, entonces hasta el ¡lunes. Desde luego vendrás con nosotros a la excursión de los caballos salvajes, ¿no?
—Sí, gracias, me gustará ir. ¿Cuáles son los detalles: cuándo, cómo y dónde?
—Papá nos dejará utilizar el vagón de las herramientas. Necesitarás tu equipo campero y tu caballo. Saldremos del rancho a alguna hora del lunes, lo bastante pronto para llegar hasta la fuente Brazon y acampar allí.
—Muy bien. Pero, ¿podré verte antes?
—Sí. Hasta ahora... Lark, que te diviertas mucho, pero no te creas todo lo que veas.
—No me lo creeré, prima.
Marigold se alejó deslizándose con su vestido azul, una atractiva figura llena de gracia y distinción. Stanley se volvió hacia Lark.
—Stanley —dijo Lark en voz baja—, Marigold está ofendida.
—¿Ofendida? ¿Por qué?
—Por traerme tú aquí.
—De ningún modo. Marigold no es celosa... ¿Y por qué había de sentirse ofendida, considerando que ella está con Vic Trumbell?
—No tiene derecho a estar con él, pero no se trata de eso... ¿No estás tú también ofendido, Stanley?
Él no podía mentirle a aquellos ojos tan serios.
—Sí, lo estoy. Ella ha contrariado deliberadamente mis deseos. Mira, Lark, ese Trumbell tiene la peor reputación de Wadestown.
—¡Oh, Stanley!, ¿por qué sale Marigold con él?
—Supongo que porque él es alegre y divertido, una persona que habla por los codos. Un bailarín maravilloso, como tú sabes. A las muchachas, o a muchas de ellas, les gustan individuos como Trumbell y Blanding. Yo sólo estoy medio vivo, dice Marigold.
—Es una ventaja que pueda pensar por mi cuenta, Stanley. Para mí, desde luego estás muy vivo —repuso Lark.
—Gracias, Lark. Eso es importante. Bueno, bailemos y sintámonos felices.
Hablaba alegremente, aunque había un asomo de amargura en su voz. Lark estaba dolida por el trato que Marigold le daba a Stanley. Refrenó una viva respuesta y concentró su atención en el baile hasta que decidieron comer.
Lark no había experimentado todavía un placer auténtico en ninguna de las comidas en que había tomado parte desde su llegada a Wadestown. Se había dado cuenta de lo mucho que ignoraba de la etiqueta de esta gente, y a pesar del aliento que le daba Marigold, todavía se sentía incómoda en la mesa. Pero con Stanley se olvidó de su cortedad y se sintió feliz estando allí sentada mientras él le iba acercando platos.
—Stanley, tengo hambre, después de todo —dijo alegremente.
—Claro que tendrás. No sería halagador para mí que hubieses perdido el apetito.
—Tú mismo te alabas.
Luego, la música ahogó todo intento de proseguir la charla. Una cosa curiosa en aquella música era para Lark el hecho de que no le dejaba tener quietos los pies. La mayor parte de los reunidos en las mesas se lanzaban en confusión al centro de la sala. Lark los miraba fascinada. El rítmico movimiento, las caras brillantes, la música, ora ruidosa y explosiva y luego lánguida y arrastrada, las parpadeantes velas y el suave deslizarse de tantos pies, todo aquello representaba para Lark algo que su pasada experiencia no podía interpretar. Todos eran gente joven. Vivían en Wadestown o en sus proximidades. Tenían padres, hermanas, hermanos. Iban al instituto y trabajaban y descansaban en los ratos de ocio.
Durante algún tiempo, Stanley, dándose cuenta de la gravedad y de la expresión pensativa de Lark, la dejó mirar y reflexionar tranquilamente hasta que la música empezó de nuevo. Entonces bailó con ella, se mostró por turnos ingenioso y divertido y luego silencioso. Durante este intervalo, ¿la apretó alguna vez con un poco más de fuerza? Lark no podía estar segura de nada. Durante el baile se dejaba llevar como una pluma. El final pareció una interrupción brusca.
—Lark, no voy a acaparar todos los bailes —anunció Stanley—. Hay algunos muchachos agradables que están mirándote con anhelo. ¿Que te parece si te comprometo algunos bailes con ellos?
—Como quieras, pero preferiría bailar contigo.
—Hay que atenerse a las reglas. Yo podré bailar una vez con Marigold y despido a su pareja. Vamos, hay que decidirse.
La hora siguiente pasó para Lark con rapidez y agrado. Tuvo tres nuevas parejas, jóvenes agradables y alegres que no la ponían confusa y sólo pensaban en entretenerla. Durante esos bailes, nunca perdió el rastro de Stanley, aunque él sólo bailó una vez y para eso el final de un número, con Marigold.
Lark y su pareja pasaron junto a ellos.
—Lark, tienes un aspecto decididamente radiante —declaró Marigold—. ¿Cómo te sientes?
—¡Oh, estoy disfrutando mucho!
—Me alegro, Lark —dijo Marigold amablemente—. Le habría pedido a Stan hace mucho tiempo que te trajese aquí si hubiese pensado que iba a hacerlo. Pero a él no le gustan mucho estas diversiones. No puedo conseguir que venga aquí nunca.
—No creo que me lo hayas pedido con mucho empeño, Mari Wade —replicó Stanley con buen humor.
—¿Todavía sigues pensando en irte a casa después del próximo baile, Stan? —preguntó Marigold.
—Sí.
—Pero es muy temprano. No te lleves a Lark a casa tan pronto. Ella está empezando a salir del cascarón.
—Eso es Lark quien tiene que decidirlo —aceptó Stanley.
—Estaré dispuesta a irme a casa... después de bailar uno más.
Aquel último baile le pareció a Lark una especie de adiós. No podía apartar de su mente el melancólico presentimiento de que aquella manera especial de ser feliz no era para ella. Y hacia el final del baile fue quedándose más y más pesada en brazos de Stanley.
—Detengámonos, Stanley. Sácame fuera, al aire libre —suplicó.
Stanley recogió los abrigos sin perder tiempo y salieron apresuradamente.
—¿Qué te pasa? —preguntó, solícito.
—No lo sé. Me parece que de pronto me he venido abajo. Ahora me siento mejor —contestó ella.
—Estaba aquello muy cerrado. Pero abróchate bien el abrigo y tápate el cuello. Podrías resfriarte. Conduciré despacio.
Lark tuvo poco que decir durante el regreso al rancho y por su parte Stanley no hizo ningún esfuerzo por mantener una conversación. No llego hasta la casa. Deteniéndose a la sombra de los grandes árboles bañados por la luna, se volvió hacia Lark, el rostro serio, desaparecido todo su buen humor.
—Ha sido maravilloso, Lark. Bailar contigo era... bueno, no importa. Pero la conciencia me remuerde.
—¿A causa... a causa de Marigold? —tartamudeó Lark.
—En absoluto —contestó él rápidamente—. La conducta de Marigold me permite gran libertad. No estaba pensando en ella, sino en ti.
—Stanley, ¿por qué había de remorderte la conciencia... por mí?
—A ti parece gustarte esto, Lark. La excitación, el baile, la música...
—Sí, me ha gustado. Pero sólo esta noche, Stanley. No otras veces. Sólo soy humana. Esta noche, contigo, me he dejado ir. Eras celestial.
—Lark, eras la muchacha más bonita, más dulce, más encantadora que he sacado nunca en toda mi vida.
—¡Oh, Stanley!
Se despidió de él dándole con voz trémula las buenas noches, entró en la casa y subió a su habitación. El convencimiento de que amaba a Stanley y de que él amaba a Marigold la hizo sollozar antes de dormirse.

8

«LA COLINA del Cielo del Caballo» era una montaña de dos picos redondeados cuyas amplias laderas meridionales de un verde grisáceo convergían en un anfiteatro que se desparramaba en la nivelada llanura. Todo el frente sur de la montaña parecía ser un tazón en forma de pezuña de caballo que apuntase hacia el campo abierto. Los dos picos, separados por varios kilómetros, descendían en lomos de escasa altura hasta desaparecer en el suelo del valle.
Todo en la comarca, con sus grises y verdes y púrpuras, indicaba la influencia de la altitud, de una capa de nieve en invierno, de arroyos* cantarines en el verano. Una distancia hasta el sur de más de ciento cincuenta kilómetros y seiscientos metros menos de altitud habrían despojado a aquel lugar salvaje de su verdeante frescor. Como los extensos pastos que había abajo, gran parte de los cuales estaba siendo ahora arada para convertirlos en campos de trigo, habría sido una comarca seca, yerma, polvorienta. La nieve todavía continuaba en vetas en los altos barrancos, amortiguando los cálidos vientos que soplaban de poniente.
El campamento de jinetes de Blanding estaba situado en la parte de dentro del pico del oeste. Marigold Wade y su pandilla estaban también en la parte de dentro, pero a kilómetro y medio o más, arriba de la curva, donde las rocas empezaban a sobresalir de la cuesta y los pinos se alzaban en grupos majestuosos. Un arroyo claro y rápido, con un matiz de humo debido a la nieve fundida que arrastraba, corría a lo largo del borde, serpenteando por los sitios llanos y luego derrumbándose sobre costillas de piedra y precipitándose entre montones de cascajo y de vez en cuando deteniéndose en profundas hondonadas azules.
Lark Burrell había acampado en muchos sitios, pero nunca en uno tan encantador y lleno de colorido como éste. Su pequeña tienda de campaña, cuyo emplazamiento había elegido ella misma, se alzaba en la suave cuesta apartada irnos cincuenta metros o algo más del apiñado grupo de los demás. Estaba al borde de una diminuta loma cuya parte de atrás parecía apoyarse en una inmensa roca cubierta de liquen gris. Un manantial borboteante brotaba bajo el verde musgo y se derramaba en un pequeñísimo, arroyuelo. Las violetas alzaban azules rostros desde el musgo, y la salvia crecía casi hasta el borde del agua. Al otro lado del arroyo se erguía un poderoso pino de extendidas ramas, espeso follaje y de una perfecta simetría geométrica. Más allá, otros pinos se alzaban por las estribaciones de la cuesta. Bajo la morada temporal de Lark se agrupaban más árboles que iban disminuyendo en tamaño y número al acercarse al terreno a más bajo nivel. Mucho más abajo del pico empezaba la extensión de bosquecillos y malezas.
Habían tardado dos días en montar el campamento y poner todo lo más cómodo posible. Marigold había presentado una sorpresa a sus amigos, excepto Lark, quien estaba en el secreto de que Ja mayor parte de su idea y toda su ejecución habían emanado de Stanley Weston. El equipo se había transportado en un vagón; los miembros del grupo habían ido a caballo; el vagón de la impedimenta y los caballos de silla de repuesto no habían llegado aún, pero a aquella hora, media tarde del segundo día, eran visibles en el horizonte. Los agudos y ejercitados ojos de Lark habían sido los primeros en hacer aquel bien deseado descubrimiento. Todos habían dormido al aire libre la primera noche, una multitud alegre y ruidosa que al amanecer había sufrido agudamente a causa del frío. También habían pasado mucha hambre y aclamaron con gritos de júbilo el acercamiento del vagón de la impedimenta.
Lark había pasado horas felices aquel día a pesar de intermitentes sufrimientos y de un retomo de terrible desesperación; había pensado resignadamente que ambos dolores eran meros síntomas de amor. Pero no podía sentirse profundamente feliz al aire libre.
Stanley había colaborado materialmente a la selección del grupo. Ellery era la única nota falsa, decía Marigold. No hizo, sin embargo, ningún comentario sobre las muchachas, Doris McKean y Evelyn Grange, que eran amigas íntimas. Lark no podía menos que sentir simpatía por ellas. Con las otras dos muchachas, Lark aún no había trabado conocimiento. Charlie Fairchild y Coil Bruce formaban parte del grupo, y el nuevo capataz de Stanley, Landy Elm, era el cuarto y último. Así pues, considerando la alegre multitud y el sutil cambio de Marigold y especialmente la presencia confortadora de Stanley, el pesar de Lark por haber venido había empezado a disiparse. Desde luego, cuando se iniciara la persecución y captura de los caballos salvajes, iba a sentir desconfianza de sí misma. Pero aquello, según las últimas noticias, tardaría aún algún tiempo. Marigold los había empujado a todos con su impaciencia para estar allí días antes de la gran conducción. Nadie se opuso; en realidad, consideraban la aventura como una excursión.
Lark estaba sentada en la herbosa orilla por encima del sitio donde el manantial vertía su claro contenido en el riachuelo, que justamente allí formaba la curva de un meandro. Distinguió truchas en el agua profunda: formas sombrías y ondulantes que ella conocía muy bien. Aquello era una delicia más y justamente todo lo que se necesitaba para hacer de aquel un sitio perfecto, por lo menos en lo referente a atributos físicos.
—.¡Oh, Dios mío! —suspiró Lark—. Todos los pensamientos que tengo, sean buenos o malos, giran en tomo de él.
Era inútil reprenderse. No podía controlar su corazón. Aquel órgano misterioso había desarrollado desordenadas y ultrajantes reacciones por su cuenta.
El negro bulto del vagón de la impedimenta se iba haciendo cada vez mayor en la llanura, y una larga hilera de caballos asumía una forma y un color más vivos. Los agudos ojos de Lark calcularon la distancia y el avance. Los caballos llegarían al campamento aproximadamente dentro de una hora, antes de la anochecida.
Largas sombras se extendían sobre las salvias y empezaban a tomar un color púrpura. La llanura se disolvía en una neblinosa oscuridad. Detrás de Lark, hacia poniente, sobre la ladera boscosa y en cuesta, ardía el oro puro del ocaso, todavía demasiado brillante para sus ojos. Pero podía satisfacer su anhelo completamente en el vasto tazón que se estrechaba hacia el anfiteatro y que iba espesándose y haciéndose más rico en árboles y en azuladas sombras entre los picachos en forma de cúpula. Lark estaba acostumbrada a la desnuda, fuerte y desértica vastedad de su Idaho meridional; arrugado, sublime, arrebatador, pero sin una dulzura cálida e íntima; careciendo de fragancia, de color y de belleza fascinadora como esto. Allí los pinos estaban lejos de su vivienda; sólo podía ver las manchas de negrura en las montañas. Hizo comparaciones. Aquí no había ningún río verde de bordes blanquecinos como su amado Salmón. Por otra parte, en Idaho no había gloriosas llanuras de salvia con un fuego opalino a la caída de la tarde como el que la maravillaba aquí.
La luz en fuga alzó una repentina brillantez, un ambiente dorado y púrpura tan espeso y delicioso, que parecía el humo etéreo de un incendio celestial. Era la irradiación postrera del ocaso. Lark seguía sentada allí absorta.— Por unos momentos, la invisible capa ardió sobre la loma y luego empezó a cambiar lentamente. Se fue desvaneciendo.
Y se extinguió como un espíritu exquisito de la naturaleza que se alejara de la vida. Siguieron frías luces de un gris oscuro, avanzando desde poniente.

9

ANTES DE que se impusiera la oscuridad, el vagón de la impedimenta entró en el campamento, escoltado por cierto número de caballos de silla al cuidado de dos jinetes. Fueron recibidos con sonoros gritos de los allí acampados. Pero cuando Lark corrió a reunirse con ellos se sintió inclinada a creer más bien que la aclamación era mayormente para el vagón de la impedimenta.
—Jeff, estamos muertos de hambre —gritó Marigold al viejo cocinero que llevaba muchos años al servicio de los Wade.
—¡Hurra! ¡Aquí está la comida!
—¡No más emparedados rancios, o¿ más encurtidos!
—Ahora bizcochos calientes y buena salsa picante. ¡Alegrémonos, muchachos!
—Oiga, señorita Mari —preguntó Jeff cuando pudo meter una palabra—. ¿Qué clase de gente es ésta?
—Estamos todos muertos de hambre —gritó alguien.
—Bueno, yo echaré algo de comer —replicó d cocinero—. Me alegro de que haya un fuego encendido.
Apareció uno de los cowboys arrojando fuera del vagón morrales para los caballos. Fue como una señal para que Lark echase a correr.
—Lléneme uno —le gritó al cowboy—. Daré de comer a mí caballo y lo trabaré.
«Chaps» no se dejó alcanzar hasta que Lark se le acercó con el morral. Entonces se convirtió en un preso muy complaciente. Lark se enfadó por el modo que tenía de subir el morral, porque cada vez que lo hacía derramaba parte del grano.
—Agacha la cabeza, caballo loco —ordenó ella—. Deja descansar el morral en el suelo. Así. Estoy viendo que tendré que enseñarte un montón de cosas.
Le trabó las manos con una suave cuerda de algodón y se quedó junto a él hasta que hubo acabado con el grano. Coil Bruce y los demás cowboys estaban cuidando de los restantes caballos;
—Me imagino que esto no es nuevo para usted, ¿verdad? —le dijo Coil agradablemente a Lark.
En varias ocasiones había manifestado que se daba mucha cuenta de la presencia de la muchacha.
—¿Qué? ¿La compañía de los caballos? ^preguntó Lark con una sonrisa.
Le gustaba la cara de aquel muchacho.
—Sí, a los caballos me refiero. He estado viendo cómo le ponía usted la traba.
—Tengo un rancho lleno de caballos.
—¿Salvajes o domados?
—Algunos están domados. Pero siempre están de correría con las manadas salvajes.
—¿Hay caballos salvajes en su comarca, señorita Lark? —preguntó él con creciente interés.
—Manadas y manadas. Miles de caballos salvajes —replicó ella.
—Permítame darle un consejo —dijo él en voz más baja para que los demás cowboys no pudiesen oírlo—.— Guárdeselo para usted. Hurd Blanding se ha dedicado al negocio de cazar caballos salvajes para el mercado.
—¿Fuera de Washington? —preguntó Lark, sorprendida.
—En cualquier parte. Su intención es hacer mucho dinero. Los cowboys han intentado eso antes que Blanding, pero no en tan gran escala. Era bastante fácil atrapar caballos salvajes, si había muchos. Pero la dificultad estaba en trasladarlos. Es toda una tarea llevar una manada de caballos salvajes, corto estoy seguro que usted sabe muy bien. Pero Blanding dio con el truco de la coleada y ahora desde luego puede conducida.
—Ya he oído hablar de eso de la coleada. Si conozco los caballos salvajes, creo que es un truco tan mezquino, que parece imposible que se le haya podido ocurrir a un cowboy —replicó Lark apasionadamente.
—Mezquino no es la palabra, señorita Lark. Es odioso. Estuve con Blanding en esa conducción que llevó a cabo hace algún tiempo. ¡No lo haré más! Me enfadé con Blanding por eso. La forma como hacen el truco es ésta: atan un par de caballos, desde luego después de tenerlos atrapados, y los juntan uno a otro; después atan la cabeza de uno a la cola de otro.
—¿Cómo de cerca?
—Bueno, en eso no se fijan mucho. La idea es hacer que la cosa funcione. No se preocupan de si un caballo cocea o arrastra al otro, mientras se mantengan juntos y se muevan rápidamente. Señorita Lark, va a pasar usted un mal rato.
—¿Cómo lo sabe?
—Me imagino que le gustan a usted los caballos salvajes. ¿No es así?
—Sí. El mal rato lo estoy pasando ya.
—Tampoco a Landy Elm le hace ninguna gracia el truco —continuó Bruce confidencialmente—. Le he oído decir que nunca permitirá que Blanding opere en los pastos de la «Colina de las Salvias». La próxima vez, Blanding recibirá algo más que un puñetazo en la mandíbula que le dio Stanley Weston...
Un rumor cortó las palabras de Bruce. Marigold se había acercado por detrás. Traía de las riendas un caballo negro.
—¿Qué es lo que está usted diciendo, Coil? —preguntó, casi secamente.
—Nada de particular, señorita Wade. Estaba... estaba simplemente charlando...
—Ya lo oí. Estaba usted diciendo: «La próxima vez,
Blanding recibirá algo más que un puñetazo en la mandíbula que le dio Stanley Weston». Explíquese, por favor.
Bruce se recobró repentinamente de su confusión y se quedó mirándola.
—Eso es lo que dije, sí. Estábamos hablando de caballos salvajes. Le contaba a la señorita Lark que Landy Elm no permitirá que Blanding opere en los pastos de la «Colina de las Salvias». Y luego seguí diciendo eso de que Blanding va a recibir algo más que un puñetazo en la boca.
—Ya está bien, Coil. Pero estoy segura de que podría encontrar usted chismes más interesantes para la señorita Burrell —replicó Marigold lacónicamente—. Haga el favor de cuidar de mi caballo. Pero no deje que nadie lo trabe.
Lark corrió detrás de Marigold y le pasó una mano por el brazo.
—No te enfades con Coil, prima. Ha sido culpa mía.
—No estoy enfadada con él —le contestó Marigold-› Blanding habla demasiado. Es lo que estoy descubriendo ahora. Pero no importa... Stan no debería haberle pegado. Eso da origen a chismorreos... Me temo que está adquiriendo mucho espíritu de pelea. Siempre tuvo la costumbre de aporrear a alguien. Y siempre tenían que sacar entre cuatro a la pobre víctima.
Cuando se acercaron al fuego del campamento, vieron a Stanley que les salía al encuentro con un hacha en la mano. Era una figura esbelta y soberbia con sus ropas camperas y sus botas.
—¿Sois felices las dos? —preguntó, descansando sobre el hacha y bajando la mirada hasta ellas.
—Lark lo es —replicó Marigold mientras, todavía con Lark colgada de su brazo, se acercó más a Stanley—. Quisiera hablar contigo, Stanley. Oí cómo Coil le contaba a Lark tu pelea con Hurd Blanding. Le dije a Coil que se callara.
—Bueno, ¿y qué? Ya te lo conté —dijo Stanley, sus hermosos ojos oscuros perdiendo de pronto su luz jovial, clavados en los de Marigold.
—Sí, pero eso ha dado origen a un montón de estúpidas habladurías.
—¿Desde cuándo te preocupas de las habladurías?
—preguntó Stanley heladamente.
—Ya estás otra vez —replicó Marigold furiosa—. En otras palabras, si no me hubiese mostrado amistosa con Blanding...
—No empecemos otra vez con lo mismo, Marigold —interrumpió Stanley—. Y esto, desde luego, debe aburrir a Lark, si es que no la molesta.
Lark sintió cómo Marigold se ponía rígida, aunque no replicaba ya. Volviendo la espalda, se alejó, dejando a Lark, turbada y compungida delante de Stanley.
—¡Oh, Stanley, lo siento por ella! —susurró—. Ahora comprende... a dónde la ha llevado su terquedad.
—También yo lo siento, Lark. Pero lo que más temo... Corre ahora. Ahí vienen los muchachos.
En aquel momento Jeff lanzó un grito estentóreo:
—¡Damiselas y caballeros, ha llegado la hora del reparto!
Hubo vigorosas apreturas puntuadas por gritos de muchachas y alegres voces de muchachos. Lark se tomó su tiempo para llegar allí. Dos brillantes faroles derramaban un círculo de luz en el centro del campamento, marcando los dominios de Jeff. Un amplio toldo de lona se había alzado en el lugar, y en el centro estaba una larga mesa con bancos de igual longitud a cada lado. En los extremos se habían dispuesto unos asientos, la cabecera para Marigold y los pies para Stanley. Las muchachas se sentaban a un lado y los muchachos al otro.
—¿Dónde es mi sitio? —preguntó Lark cuando llegó.
—Cualquier sitio es bueno —contestó alguien.
—Aquí cabes —ofreció otra voz.
—Aquí, Lark, a mi lado —gritó Evdyn Grange, quien estaba sentada junto al extremo del banco—. Si te caes, lo harás sobre el regazo de Stan.
Stanley acababa de acomodarse en su asiento cuando
Lark se colocó en el banco. Alguien llamó a Marigold.
—¡Eh, Marigold! —gritó una de las muchachas—. La mesa está servida.
—Ya voy —respondió Marigold desde su tienda.
Y al momento apareció en el círculo de luz y se acomodó a la cabecera de la mesa. No mostraba señales de exagerada excitación, excepto quizá el oscuro brillo de los ojos.
—No andéis con ceremonias, muchachos. Servios lo que queráis.
Y eso es lo que hicieron. Lark, acostumbrada a ir de excursión por los pastos con poca comida, se maravilló de aquel banquete opíparo. Después de eso, la conversación fue fragmentaria. Aquélla era la primera comida verdadera que hacían en dos días.
Una hora más tarde, un importante fuego de campamento, situado bajo los pinos donde Stanley había colocado su tienda, atraía a todos hacia su calor alegre y crujiente, porque el aire se había ido haciendo cada vez más frío. El viento que llegaba desde las alturas traía como un filo agudo de nieve. Las muchachas aparecieron con abrigos y suéters.
—Eh, vosotras!-gritó Stanley a alguien que estaba trayendo sillas campestres—. Nada de sillas alrededor de mi fuego. Os sentáis todas en un tronco o en una de esas rocas que he dispuesto tan generosamente.
—Esto es maravilloso —comentó Doris McKean, una bonita y esbelta muchacha de cabello rubio—. Marigold ha estado espléndida al proporcionarnos esta fiesta.
—Desde luego. Pero nos vamos a morir de frío, si nos alejamos del fuego —repuso otra.
—Tenemos un millón de mantas. Podéis recoger las que queráis en la tienda almacén —dijo Marigold.
Estaban sentados o en pie, alrededor del fuego, todos disfrutando alegremente del calor, cuando llegó el joven capataz de Stanley.
—Está apretando el frío —comentó, extendiendo sus delgadas manos rojizas sobre los ardientes leños—. No me extrañarla que nos nevara.
—¿Has cenado? —preguntó Stanley.
—Creo que por lo menos dos veces.
—¿Qué noticias hay del otro campamento?
—Muchas noticias —replicó Elm—. Llegamos allí antes de que empezara la operación. Blanding tiene veinte cowboys y toda una tribu de indios. Ha de darles de comer y se va a arruinar con el hambre que tienen. Ahora están construyendo empalizadas para el cercado. Más de cuatro kilómetros. Están cortando toda la leña del país.
—¿Dónde va a hacer el cercado, Landy?
—No muy lejos, ahí mismo. El propósito de Blanding, según he oído decir, es que la conducción dure varios días. Mandará a los indios hacia el este a unos sesenta kilómetros y echarán a los caballos salvajes hacia este valle. No van a perseguirlos ni a asustarlos. Simplemente hacer que se vayan moviendo poco a poco, día tras día. Luego, cuando tenga una gran manada entre esas dos lomas, los conducirá valle arriba hacia el desfiladero. Allí estará dispuesto el cercado. Es un cercado natural, en forma de triángulo con sólo un sitio donde tendrán que construir una valla.
—He estado allí pescando. Paredes rocosas. Un arroyo que baja por allí. Espesa maleza en una de las cuestas —dijo Stanley.
—Creo que es eso. Por mi parte no he estado nunca allí. Debe de ser una especie de trampa. Blanding espera reunir allí unos cinco mil caballos.
—¡Oh, está mal de la cabeza! —exclamó Stanley incrédulamente—. Hay muchos caballos, desde luego. Peto no podría manejar ese número.
—Parece increíble —corroboró Elm.
—Landy, ¿ha ido mi hermano al campamento de Blanding? —intervino Marigold.
—Sí. Llegó hoy a caballo, según he oído decir.
—Pero yo creía que El había roto con Blanding.
—Deben de haber hecho las paces. Eran como carne y uña. Desde luego Ellery se rió mucho cuando Blanding me ordenó que saliese de su campamento.
—¿Qué hiciste entonces, Landy? —preguntó Stanley, con creciente interés.
—Bueno, le dije que el terreno de pastos era libre y que podía irse al cuerno.,
—Eso es tirarle al león de los bigotes en su cubil. ¿Qué pasó entonces?
—No me hace ninguna gracia contártelo, patrón-confesó Landy con una risotada.
—Sigue. Queremos enterarnos.
—Desde luego... Lamento decirte que Blanding me apuntó con un revólver y me obligó a irme.
—¡No me digas!
—Tengo que decirlo. Ellery y algunos otros discutieron con Blanding. Pero se veía que él estaba enfadado. Y la pagué yo.
—¿Algo más?
—Sí. Me había montado en mi caballo y me marchaba ya cuando él gritó: «Dile a Weston que no quiero ver por aquí a ningún macho de su pandilla, pero que si sus hembras no se divierten bastante en su campamento, desde luego pueden venir por aquí... Esas fueron sus palabras exactas, jefe. La sangre se me subió a la cara.
Se siguió un pesado silencio. Lark notó cómo Stanley se enrigidecía y se volvía luego de espaldas al fuego.
—Landy, ¿apoyó mi hermano eso? —preguntó Marigold furiosamente.
—No, no lo hizo. Lo oí con toda claridad. Gritó: «¡Hurd, esa no es forma de hablar. Te olvidas de que es la reunión de mi hermana, no de Weston!» «No, no me olvido de nada», le contestó Blanding. «Si no te gusta así, ya sabes lo que puedes hacer». Ellery estaba soltando maldiciones cuando me alejé y ya no pude oír nada.
—Stanley, ese cowboy loco se está mostrando de lo más desagradable —habló Evelyn Grange con desprecio.
Fueron emitidas otras opiniones bastante frías, pero Stanley permaneció silencioso.
—Muchachas, Hurd debía de estar... borracho —intervino Marigold, temblándole la voz—. No hay otra disculpa. Lo siento. Es culpa mía. Francamente... he sido... he sido demasiado buena con Blanding.
—No te preocupes, Marigold —dijo Dorís McKean—.
No te pongas nerviosa por eso. No puedes hacer nada.-
No se habló más sobre el tema. Gradualmente la tensión fue aflojando y al poco tiempo la alegría volvía a reinar alrededor del fuego de campamento. Lark fue la primera en retirarse.
—Buenas noches a todo, el mundo —gritó.
Hubo algunas respuestas alegres a las que Lark contestó con el mismo tono diciendo:
—Acostarse pronto y levantarse temprano, ya sabéis.
—Yo no podría acostarme tan temprano —rió una de las muchachas.
—Lark, te escoltaré hasta tu domicilio de lona —se brindó Stanley.
Se reunió con ella y caminaron en silencio hasta que se alejaron del círculo de luz del fuego de campamento y él habló:
—Lark, nuestra venida aquí ha sido un error. Se lo dije así a Marigold. Pero estaba empeñada en venir.
—Stanley, yo no me marcharía ahora. Debes quedarte —comentó Lark.
—Podría surgir una pelea.
—No, si nos mantenemos siempre lejos de... del campamento de Blanding.
—Tal vez. Siento que El Wade volviera con Blanding. Malgasté el tiempo hablándole. Es tan débil como él agua.
Llegaron a la tienda de Lark.
—¿Quieres que te traiga otra manta? —le preguntó Stanley.
—No, gracias. Estaré acurrucada y calentita.
—¿Tienes velas?
—¿Yo? Stanley, te olvidas de que soy una vaquera de Idaho.
—No me olvido de nada tuyo. Pero no eres eso.
—Difícilmente podría serlo —replicó Lark con una risita ahogada—. Sólo poseo una vaca.
No parecía que él tuviese nada que hacer ni que decir, pero se demoraba. Bajo la luz de las estrellas, su rostro tenía un aire de tristeza.
—Stanley, te sientes desgraciado —dijo ella impulsivamente.
La emoción gobernaba siempre a Lark. Puso una mano encima de la de él.
—Niña, ¿podrías esperar que me mostrase extasiado? —preguntó, clavando' en ella unos ojos penetrantes.
—Pero tú... tú deberías llevarte bien con Marigold —tartamudeó Lark con valor no tan grande como su compasión—. Todo se arreglará.
—¿Seguro?
—¡Stanley!
—No se arreglará —dijo él amargamente—. ¡Oh, Lark, o eres estúpida... o es que no quieres darte cuenta de las cosas!
—Estúpida, seguramente. Pero no lo otro... si eso quiere decir que no soy sincera.
—No digo que no seas sincera. A lo que me refiero es a que no estás diciéndome todo lo que podrías decirme*
Lark tembló con el miedo de adivinar a dónde quería él ir a parar, y estaba a punto de cambiar el tema cuando él le soltó la mano y, agarrándola por los hombros, se agachó mientras la sacudía.
—¿No sabes que Marigold me está engañando? —preguntó—. Me dijo que había coqueteado con Blanding..., pero no me lo dijo todo.
—¡Cómo... Stanley...!
—¿No sabes que está demasiado... demasiado ligada a ese maldito Blanding...? ¡Uf! Me pone enfermo... me asquea expresar así mis pensamientos en voz alta. Pero, ¿no sabes eso?
—¿'Por qué motivo me lo preguntas a mí?
—Porque tú eres diferente. Tú no perteneces a esta pandilla. Tú puedes ver con imparcialidad a Marigold Wade.
—Stanley, si yo pudiera... y hubiese algo... algo que te hiriese... nunca te lo diría.
—Bueno, Lark Burrell, yo podría soportar que fueses un poco menos como eres... si eso me sirviera de algo. Pero tú la defiendes. Es lo propio de las mujeres.
—Calla, Stanley, estás diciendo cosas de las que te arrepentirás —susurró Lark cuando él la soltó—. Marigold ha hablado valientemente, ¿no es así? Dijo que era ella la que tenía 'la culpa. ¡Oh, es leal!
—Sí. Y si ella no te engaña a ti en algo, entonces me engaña a mí.
—Stanley, no debes pensar así —imploró Lark—. Marigold sólo ha sido irreflexiva, vanidosa, lo bastante indiscreta para tener que lamentarlo. Todas esas muchachas están locas por Blanding. Las he oído hablar. Él es guapo y, en cierto modo, dominante. Por tanto, no te muestres duro con Marigold.
—No me importa mostrarme duro. Pero me desagrada la idea de ser suspicaz, injusto. Lo que me molesta es que Blanding se burle de mí. Tengo motivos para estar celoso de él. Dios sabe que los tengo.
—No es más que un fanfarrón. ¿Qué te importa lo que él diga?
Estaba aplacándolo, haciendo que se avergonzase, fortificando su fe»
—Ella debe de ser... buena... o una muchacha como tú no podría quererla —estalló él roncamente—. Tú no podrías. Y tú puedes, ¿no es verdad, Lark?
—Sí, la quiero —replicó Lark, sintiendo que los labios se le apretaban, aunque aquello no era una mentira.
Sin embargo, se lo preguntaba a sí misma.
—Escucha —empezó él rápidamente, pasándose una mano por los cabellos—. La otra noche tuve una pelea con Marigold sobre su conducta. Se quedó muy sorprendida y en cierto modo fascinada, ya me comprendes, hasta que llegamos a casa, y entonces se enfadó. Empezó a increparme. Tuvimos la peor agarrada que hayamos tenido nunca. Pero ni siquiera entonces se lo dije todo. Probablemente se habría puesto furiosa. Pero, así y todo, cuando le pedí que no tuviese más atenciones con Blanding, poco faltó para que se me echase a reír en las narices. Mira, habíamos llegado a una especie de acuerdo. Me miró a los ojos y se echó a reír. Me marché entonces y cerré furioso, dando un portazo. Pero el caso es que cedí... y ahora es peor.
—Stanley —susurró Lark, obligada ahora a pensar en cómo ella misma estaba cediendo—. Si hubiese algo... grave... Marigold te lo habría dicho... Créeme, Stanley. Ella es ese tipo de muchacha.
—¡Lark, qué maravillosa eres! —exclamó él, retorciéndole las manos—. No puedes imaginarte en qué lío estoy metido. Casi estás convenciéndome.
Hizo como si fuera a besarla; luego, refrenándose a tiempo, se alejó en la oscuridad.
Lark entró tambaleándose en su tienda y, de rodillas, afianzó las telas con dedos embotados. Cuando se metió en la cama y se echó las mantas encima, no era en modo alguno demasiado temprano.
Yacía allí jadeando. Tenía el corazón tan oprimido, que le costaba trabajo respirar. El manifiesto interés de Stanley era suficiente para arrebatarle a Lark cualquier vestigio de fuerza. Había quedado reducida a una temblorosa y pequeña masa de nervios. ¿Qué habría sucedido si Stanley hubiese llegado a olvidarse verdaderamente de sí mismo y la hubiese besado? ¡Ya no podía responder de sí misma! Toda ella era un anhelo asombroso e ingobernable. Había pasado el tiempo en que podría haberse puesto furiosa. Y más tarde o más temprano él lo haría. Ella lo comprendía así. A Lark no le era posible controlarse. El deseo de ahorrarle a él penas y de ser leal con Marigold había hecho que se acercase a la falsedad. Porque en el fondo de tu corazón se daba cuenta ahora de que habla algo terriblemente equivocado. Stanley la había dejado sin asidero alguno al confiar en ella tan apasionadamente. ¿Por qué se lo había dicho precisamente a ella?
Lark pensó en la conveniencia de regresar a su rancho de Idaho. Eso podría salvarla de la catástrofe, pero no a Stanley ni a Marigold. ¿Y si pudiera mantener su secreto? ¿Qué importaría entonces lo que sufriese? Pero, ¿podría mantenerlo? Ya no tenía fe en sí misma. Por otra parte, fuera de su orgullo, ¿qué importancia tendría que se traicionase? Era mucho mejor para ella seguir aquí todo el tiempo posible o hasta que ya no hubiese necesidad alguna de ella, y entonces volver a casa. La soledad del rancho del río Salmón acudió a su recuerdo como una oleada apaciguadora. Sí, regresaría. Y mientras tanto, con aquello en la mente, debía ganar algún dinero.
Esta decisión distrajo a Lark de su conflicto. Aspectos nuevos y menos pesados de la situación la ocuparon. Aquella conducción de caballos salvajes ejercía en ella una odiosa fascinación. Debajo del deseo de presenciarlo había una curiosa y expectante esperanza de verlo fracasar. Quería recorrer a caballo toda la comarca y sacar deducciones y conclusiones por sí misma.
El viento sacudía su pequeña tienda, trayendo de nuevo la sensación del campo abierto y salvaje. Esta comarca de Washington tenía su encanto. El enorme pino que extendía sus ramas sobre ella le cantaba en tonos que k resultaban familiares desde la infancia.
Era ya tarde, y el aire, que tenía libre acceso a su vivienda de lona, resultaba penetrantemente frío. Era una ventaja haberse provisto de numerosas mantas. Mientras alcanzaba las de repuesto y las extendía sobre su cama, oyó otro sonido familiar y salvaje. ¡El aullido de un coyote1. Luego una respuesta. El lamento, el ladrido y el gemido la excitaron profundamente con un estremecimiento.
Se quedó escuchando un largo rato, y una vez más, lejos, los coyotes volvieron a aullar. Luego, cuando estaba a punto de quedarse dormida, desde la lona que dominaba su tienda surgió el salvaje y profundo lamento de un lobo de la pradera. Aquello la sobresaltó. Eso se parecía aún más al hogar. Y flotó sobre ella la vieja idea familiar e infantil de que ella misma era un lobo solitario.

10

LARK se levantó con el primer rubor del alba. Esas tempranas horas valían la pena de algún sacrificio de comodidad y de sueño.
Los hombres parecían estar en movimiento. Los cowboys estaban cortando leña para el fuego del vagón de la impedimenta; el silbido de Jeff sonaba desafinado; los caballos acudían con su molesta traba; Stanley estaba por el momento engolfado en la tarea de soplar —las ascuas de la noche hasta sacar llamas. No se veía a ningún miembro femenino de la reunión.
Lark se había puesto el atuendo de montar que utilizaba en Idaho, sin importarle los comentarios que eso pudiera suscitar. No se sentía cómoda con el tipo de vestimenta de amazona adoptado por Marigold y sus invitadas. Además, se había puesto una blusa de piel de cabra, adornada con perlas y bordados, y brillante por un largo servicio.
El agua de su cubo estaba sólidamente helada o por lo menos tan dura que no podía partirla.
—¡Vaya! Estamos casi en mayo y es todavía invierno —dijo Lark—. Allá junto al Salmón hace ahora muy buen tiempo.
Lark llenó su palangana en la fuente y aquella agua le pareció más fría que hielo derretido. No tardó mucho tiempo en sus abluciones. Luego, con dedos entumecidos, corrió hacia el fuego.
—Stanley, viejo pionero —fue el alegre saludo de Lark cuando se agachó para deshelarse los dedos agarrotados.
—¡Tú, cosa bonita! —declaró Stanley entusiásticamente.
—Stanley, ¿me estás tomando el pelo?
—Nada de eso —replicó él al mismo tiempo que, enfáticamente, enarbolaba una vara—. Lark, esta dase de vida te sienta muy bien. Estás radiante, créeme. Las demás muchachas no pueden compararse contigo.
—Gracias, Stanley. Pero vas a hacer que me turbe —le contestó Lark, sintiéndose intrépida en su independencia recién ganada—. ¿Qué voy a hacer si en el último momento de la noche... me asustas, y la primera cosa que me dices por la mañana me halaga?
—¡Sólo Dios lo sabe! —masculló Stanley sombríamente—. Pero no tengo más remedio que confesarte que estoy loco por ti.
Se incorporó para recoger más leña, dejando a Lark en el mismo estado preciso que cuando aquel último momento de la noche antes. Pronto volvió a estar serena. Pensó que comprendía a aquel hombre. Calentó sobre el fuego sus guantes de cabritilla.
Al regreso de Stanley con una brazada de leña, Lark k comunicó que tenía la intención de dar un paseo por el lugar.
—¿Qué quieres decir con el lugar? —gruñó—. ¿Alrededor del campamento?
—No por toda la región.
—No vas a hacer nada de eso —dijo él enfáticamente.
—Sí, voy a hacerlo. Tú sabes que me gusta montar a caballo; Y no me imagino que Marigold y sus amigas quieran ir tan lejos. Quiero ver el país desde lo alto, ¡Ver los caballos salvajes! ¿Te trajiste los anteojos?
Él asintió y depositó la leña a un lado.
—Te los pediré prestados. Después quiero ver la construcción de esa valla, y la trampa, y todo.
—Pero, Lark, no puedes ir tú sola.
—¿Por qué no puedo? —preguntó ella beligerantemente.
—No hagas preguntas tontas.
—Bien que cabalgo sola por los pastos.
. —Eso es diferente. Esto es un terreno salvaje.
—Claro que lo es. Lo bastante salvaje para merodeadores. ¡Son los que me han tenido arruinada durante años!
—¡Merodeadores! ¡Nunca me has hablado de eso! —barbotó Stanley—. Lark, no querrás decirme que cabalgabas tú sola por sitios donde hay forajidos.
—Tenía que hacerlo. Y me han perseguido más de una vez, Stanley. Siempre llevaba un rifle en la silla.
—¿Sabes disparar? —preguntó él dubitativamente.
—Creo que podría ganarte —replicó ella.
—No tendrías que ser muy buena para eso, ¿Y un arma pequeña, un revólver?
—Sé manejarlo.
—Bueno, te dejaré uno y una canana. Podremos cortarla para que te esté bien. Pero, Lark, no estoy dispuesto a dejarte cabalgar sola, ni aun llevando un arma.
—Entonces, tendrás que venir conmigo —contestó ella gravemente, mirando el fuego.
No importaba, porque ya no confiaba en sí misma de ningún modo.
Él dejó escapar una corta risa:
—Eso sería perfectamente delicioso. Pero, por desgracia, no puedo hacerlo. Tengo que hacer mi papel de vez en cuando. ¿Qué crees que supondrían Marigold y sus amigas, por no decir los cowboys, si tú y yo cabalgásemos juntos todos los días los dos solos? Se echarían a reír y pensarían... no sé qué. Dirían que me había encaprichado de ti... cosa que probablemente no sería errónea.
—Muy bien, Stanley. Tendrás que decir que venga alguien conmigo —repuso Lark alegremente.
—¿Uno de esos cowboys?
—Supongo que sí. Coil Bruce es agradable. Y Landy me resulta muy simpático.
—¡Ah, conque esas tenemos!, ¿eh? Hum. Lark, los dos son buenos muchachos. No temería confiar en ellos. Pero lo malo es que se enamorarían de ti en solo un día. No estoy tan seguro de que Coil no esté enamorado ya.-
—¿Qué tiene eso de malo?
—Lark, creo que tienes un diablillo en alguna parte.
—Así lo espero. Desde luego no quiero ser un ángel perfecto.
—No hay gran peligro de eso —dijo él secamente.
—Stanley, si vas a cuidarte de mí, como afirmaste el sábado por la noche, tendrás que correr algunos riesgos.
—Ponga el riesgo el tiempo pretérito, señorita Burrell —replicó él con tono nada incierto.
—¡Oh!, ¿te he ofendido?
—Estoy perfectamente furioso contigo —declaró él, alejándose a zancadas.
Pero Lark no creyó eso. Se puso los guantes y se apresuró a ir al vagón de la impedimenta, donde pidió un morral y grano. Había visto lo bastante al curtido Jeff para comprender que serían amigos.
—‘Buenos días, señorita Lark. Se ha levantado usted muy temprano. ¿Para qué quiere grano? No puede usted comer cebada. ¿No preferiría café?
—Jeff, quiero dar de comer a mi caballo, por supuesto.
—¿Va a buscarlo usted y a darle de comer además? —preguntó Jeff, expresando con su arrugada cara un asombro real o fingido.
—Sí. Lo trabé anoche.— Soy muy capaz de amarrarlo, si se pone juguetón.
—Bueno, no estoy muy bien de la vista. No me había fijado en la ropa que tiene usted puesta. Creo que, como es usted tan bonita, no le he visto más que la cara. Señorita Lark, puede usted pedir todo lo que quiera en este vagón, de día o de noche, tarde o temprano.
Lark no necesitaba que le dijeran que se había hecho"1 de un amigo. Según el relato de Marigold, el viejo Jeff era un cocinero maravilloso, pero maniático y de costumbres muy metódicas. Llegar tarde a una comida era un pecado imperdonable. Pedir comida en cualquier otro momento era todavía peor.
—Gracias, Jeff —replicó Lark—. Ya sabía yo que nos entenderíamos
—Válgame el cielo, lo que quisiera es tener cuarenta años menos —contestó él.
Con el morral y el grano, Lark fue en busca de «Chaps». Lo encontró a los pocos momentos entre los caballos errantes. Cuando lo llamó, levantó la cabeza, pero no quiso acudir. Lark se acercó más y lo intentó de nuevo. Pero hasta que otros caballos, especialmente el negro de Stanley, empezaron a acercarse a Lark, «Chaps» no mostró ningún interés. Finalmente, vio el morral y entonces acudió a saltos, tan rápidamente como se lo permitía la traba.
—Nada más que por eso, le daré de comer primero a Blackie —dijo Lark, amarrando el morral al caballo de Stanley.
Luego corrió a buscar otro morral. Esta vez se encontró con Coil Bruce, quien la miró de un modo que le hizo recordar la profecía de Stanley. La saludó y eligió un morral nuevo y limpio que llenó él mismo.
—Es demasiado grano —protestó Lark.
—Bonita mañana para dar un paseo a caballo, señorita Lark —dijo él, y no se trataba de un comentario indiferente.
—¿Verdad que sí?
Y habiéndole recogido el talego, se alejó hacia donde «Chaps» trataba de meter el hocico en el morral de «Blackie». Esta vez, Lark hizo que «Chaps» lo siguiera hasta su tienda antes de darle el pienso. Luego le quitó la traba. La muchacha tenía su silla, la manta, la brida, las espuelas y otras cosas apiladas al lado de su tienda, tapadas con un impermeable. Agarró ahora un cepillo y una bruza que empezó a utilizar sobre «Chaps». La crin y la cola estaban llenas de espigas. Mientras trabajaba, le hablaba, siguiendo una costumbre que había adquirido desde niña, cuando sus únicos compañeros eran animales.
—Lark, aquí tienes el revólver y la canana —dijo Stanley, acercándose—, No he cortado la canana. Ya ves, como nunca te he rodeado con el brazo, no sé lo delgada que eres.
—No tan delgada, Stanley —replicó ella, volviéndose.
—Déjame ver —dijo él, y le pasó la canana alrededor de la cintura.
Tiró y casi la derribó sobre él.
—Perfectamente, él último agujero servirá. Yo diría que eres delgada. Puedo abarcarte la cintura entre las manos.— Ahora cortaré por aquí y haré un adorno en la punta, así... Ya está. La canana está medio llena de cartuchos, como puedes ver, y el revólver está cargado. ¿Estás segura de que sabes manejar un revólver?
—Algunos, sí. Este parece más bien un juguete. ¡Qué lindo y qué ligero! No lo siento en absoluto. Si es de simple efecto, lo manejo perfectamente.
—No, es de doble efecto. De carga automática. Mira. —Y abrió el cilindro, extrajo —las balas, de las que había cinco, volvió a poner el cañón y explicó su uso—. Ahora déjame ver cómo lo haces.
Ella recogió el arma. Él continuó:
—Es muy fácil, Lark. Cuando vuelvas a cargarlo, mantón el martillo sobre la recámara vacía. Oye, he visto que Coil ya te estaba haciendo carantoñas.
—¡Dios mío, qué vista tienes! Me dijo que era una mañana deliciosa para dar un paseo a caballo.
—Bueno, lamento echarle por tierra sus esperanzas. Esta mañana vamos a pasear juntos tú y yo.
—Muy bien, jefe. Estoy deseando salir.
—Ni una siquiera de las demás muchachas se ha levantado todavía.
—Le pediré ayuda a Jeff —replicó Lark, riendo gozosamente.
—Oye, es una idea espléndida, Lark. Hazlo ahora mismo.
Lark aguardó el momento oportuno y; caminando junto a Jeff cuando éste volvía con dos cubos de agua, Je propuso un juego que hizo asomar una sonrisa al rostro del cocinero. Poco después, el fresco silencio de la salida del sol quedó asesinado por un tremendo alboroto. Jeff y dos cowboys estaban aporreando enormes cacerolas.
Stanley juntó las manos en forma de bocina. Luego se puso a gritar a pleno pulmón:
—¡Fuego! ¡Los indios!
La tienda de Marigold tuvo una sacudida. Una deliciosa: cabeza enmarañada se asomó entre las telas.
—¿Qué demonios estás haciendo? —gritó.
—Ha salido el sol —vociferó Stanley—. Todo el mundo afuera. Hay agua caliente. El desayuno dentro de quince minutos.
—Stan, nunca habrías tenido valor para hacer tú eso —declaró Marigold—. Me apuesto un millón a que la idea se le ha ocurrido a" mi primita.
Otras cabezas desordenadas aparecieron por otras tiendas.
—¿Oh, dónde están? —jadeó Doris McKean.
Durante la media hora siguiente, una a una fueron apareciendo los miembros femeninos, dirigiéndose en línea recta hada el fuego, y Marigold fue la última.
—¿Qué ocurrencia es ésta? —chilló mientras se abotonaba un abrigo rojo—. No son más que las siete.
—Lark y yo fuimos los primeros en levantarnos y se nos ocurrió hacer que os levantarais todas pronto —declaró Stanley.
—Ya me lo imaginaba. Lark la inspiración y tú la ejecución. Bueno, picaruela —dijo Marigold, pellizcando la mejilla de Lark—. Buenos días, prima. Miradla, muchachas. ¿Visteis alguna vez una criatura más apropiada para hacer perder el equilibrio...?
—¡Todos a la mesa del banquete! —tronó Jeff.
Una hora más tarde, el grupo estaba montado a caballo y cabalgaba cuesta arriba por la ladera.
La mañana, ahora que el sol había templado el frío, era como para vigorizar al más flemático. Una gloriosa brillantez empapaba la atmósfera. Resplandecía sobre la salvia. Hacía relucir el frío y puro blanco de la nieve en las altas grietas. Un gris acerado luchaba con el boscaje negro y verde en las lomas.
Los ojos de Lark, habituados a la visión en el desierto, descubrieron pronto una larga, oscura y desigual línea de árboles y arbustos cortados que se extendía de un lado a otro del valle en una diagonal que avanzaba hacia el otro pico. Era la empalizada construida por los cazadores de caballos salvajes. Arrancaba desde el campamento de Blanding e iba a perderse más allá de la punta opuesta en el interior de la llanura. Los caballos salvajes que bajasen por la pradera serían metidos hacia aquella valla.
—Están talando al otro lado de aquel punto —explicó Stanley—. No es un recorrido muy largo. Quieren llegar con la empalizada varios kilómetros más allá.
Se hicieron diversos comentarios. Lark no tenía nada que decir, pero sus sentimientos estaban en ebullición. Sus agudos ojos habían descubierto una fila de jinetes que iba arrastrando maleza a lo ancho de la llanura y detrás de ellos, lejos, en el fondo gris, una multitud de diminutas manchas que ella sabía que eran caballos salvajes. Alguien le preguntó a Landy si la primera conducción que había hecho Blanding había sido por este lado de la montaña, y la respuesta fue negativa. Lark se había imaginado por su cuenta que así tenía que ser.
Cabalgaron cinco kilómetros o menos por la loma que iba subiendo gradualmente y desde la cual la vista ganaba en profundidad y en grandeza. Muy al norte, más allá de la cuesta de la Colina del Cielo del Caballo, se mostraba la oscura línea ondulante de otra extensión de montañas; Montañas Caldera, las llamó Landy, y se extendían al otro lado del gran río.
—Me figuro que aquel hoyo que hay allí abajo es la trampa de Blanding —dijo Landy Elm.
—Lo es. ¡Caramba! La naturaleza y el diablo se han puesto de acuerdo con el señor Blanding —declaró Stanley.
—Landy, haga el favor de explicar esa trampa —sugirió Marigold, nerviosa e impaciente—. No se adonde mirar.
—Mire donde el valle empieza a converger en el fondo —dijo Elm, apuntando a lo lejos—. Ahí está el engaño de este lugar. Ve usted cómo el lomo que hay a cada lado va corriendo lentamente para juntarse aquí en el desfiladero. Al mismo tiempo, las laderas se van haciendo más abruptas. No se puede subir por ellas. Los caballos, que van corriendo rápidos y asustados, ni siquiera lo intentarán. Se meterán en el desfiladero. Allí es donde las laderas casi se juntan. Es una ancha puerta. Como el cuello de la botella abriéndose hacia dentro. Bueno, todos ustedes ven aquel gran agujero amurallado por tres partes y con un banco de maleza en la cuarta pared. Allí Blanding levantará una empalizada en la abertura, dejando espacio para las puertas. Empujarán los caballos ahí dentro y los encerrarán. Hay abundancia de hierba y de agua. Blanding puede tomarse todo el tiempo que quiera para amarrarlos y atarlos por las colas.
—Eso está claro como la luz del día, Landy —comentó Stanley—. Pero quedan ochenta kilómetros hasta los corrales desde donde los caballos han de cargarse en los trenes de mercancía.
—Después de tenerlos atados por las colas, lo demás no tiene importancia. Los llevarán al ferrocarril en menos de un día. Ya lo han hecho otra vez.
—¿Caballos salvajes? ¡Atados por la cola y la cabeza!
—Desde luego es una sucia faena. Pero puede hacerse.
Lark se adelantó un poco para ver mejor. Aquella plana extensión, en forma de cometa, allá abajo, consistente en unas veinte hectáreas de terreno herboso, regado por un arroyuelo que entraba en blanca cascada por la cola misma, tenía en torno altas paredes inaccesibles que rodeaban casi más de tres cuartas partes de su circunferencia. El límite restante, que era una brecha en la pared, podía ser cercado con poco trabajo por muchas manos. La puerta es lo que le parecía a Lark el único problema. Debía tener espado suficiente para la irrupción de caballos salvajes. El sitio desde luego era una trampa diabólica.
—Bajemos —sugirió alguien—. Es un sitio muy bonito el de ahí abajo.
Ningún otro miembro del grupo había manifestado esa cualidad del cercado que estaba abajo; y ahora aquello impresionó de repente a Lark, aumentando así la emoción que sentía.
No había camino, pero el descenso parecía ser gradual y la distancia no era larga. Los jinetes se colocaron en fila india para seguir a Landy Elm. Lark, horrorizada por el pensamiento de poner el pie en lo que pronto se convertiría en una trampa de caballos salvajes llenos de bravura y nobleza, fue la última en moverse. Por eso fue la última en descubrir que la protuberancia de la cuesta del lomo tapaba una barricada hecha por la mano del hombre bajo la línea de maleza donde ella había calculado que Blanding taparía la brecha. Habían cortado árboles muy jóvenes y los habían apilado en espeso montón a lo largo del borde del cercado, en aquella parte débil. Lark cabalgó hasta el extremo, cerca de donde el arroyo se precipitaba cantarinamente sobre los amontonados peñascos. Era perfectamente natural para ella pensar en los modos y maneras como podrían escaparse los caballos salvajes. No podían subir ni por la cascada ni por ninguna de las paredes. La valla no era más que una delgada barrera en lo relativo a auténtica estabilidad. Pero todo lo que se necesitaba para disuadir a caballos salvajes era simplemente algo que ellos no creyesen que podrían superar. Un caballo desesperado podría intentar saltar la valla, que en muchos sitios tenía pinchos y picas suficientes para herirlos con crueldad si no para matarlos en el acto. Árboles enteros habían sido bajados por la cuesta y en muchos casos servían como puntales en que afianzar árboles jóvenes, ramas y ligeros arbustos.
La abertura por la cual el grupo de Marigold había penetrado en la trampa no tenía puerta aún, pero ya había en el suelo pilas de palos desbastados dispuestos para el uso.
—¿Qué dirías si le diésemos un empujón a esa valla cuando la pandilla de Blanding haya metido los caballos dentro? —sugirió Stanley.
—No me haría ninguna gracia hacerlo —replicó Marigold.
Sus amigas, una a una o en grupos, no se mostraron de su opinión y estuvieron gastándole bromas hasta que ella gritó:
—¡Basta ya, por favor! Si pensáis así, vendremos... Lark, ¿qué crees tú?
—No me parece bien —replicó Lark simplemente.
—Os diré lo que vamos a hacer —sugirió Stanley—. Esta noche, alrededor del fuego de campamento, discutiremos los méritos y deméritos relativos de los caballos salvajes.
—¡Muy bien, Stanley! —aprobó Marigold, riéndose.
—Creo que es una buena idea —declaró Evelyn Grange.
—¿Qué sabemos sobre caballos salvajes?
—Eso es. No sabemos nada. Pero los cowboys, y seguramente Lark, saben muchas cosas sobre ellos —contestó Stanley—. Y a nosotros nos toca aprender.
Subieron a sus monturas y discutieron. Lark bajó de nuevo al fondo. Estaba consciente de sentirse repelida, pero a la vez fascinada, por aquel proyecto de Blanding. Estaba completamente de parte de los caballos salvajes. Esta segunda vez agachó ojos escrutadores y fotográficos sobre aquella valla de maleza sin otra intención que la amarga curiosidad. Pero el acto se realizó. Envió destellantes pensamientos por su cerebro. Parte de Ja maleza y de la leña estaba verde; la mayoría estaba seca; había sido amontonada a lo ancho y a lo alto; su longitud era de unos doscientos metros y ardería como yesca. ¿Y si a alguien que amase a los caballos salvajes se le ocurriese prender fuego a la valla?
La idea ni sorprendió ni escandalizó a Lark Burrell. Se limitó a relampaguear en su mente. Le dio vueltas una y otra vez. Deseaba que en el grupo hubiese un cowboy que quisiera hacer precisamente aquello. ¡Casi podría amarlo! Podría con toda seguridad si no hubiese dado todo el amor de que era capaz a Stanley Weston. Se preguntó si éste querría hacerlo.
La idea no sólo permaneció en Lark, sino que fue creciendo. Mejor era dejar que Blanding hiciera la conducción y luego, a últimas horas de la noche, cuando los cansados jinetes estuviesen todos hundidos en el sueño, prender fuego a la maleza. Sería más aconsejable aún abrir la valla para que, en caso de que no ardiera, los caballos pudiesen escapar. Luego, mientras los obreros de Blanding trabajaban en la reconstrucción, los caballos tendrían varios días para alejarse. No era difícil que dos incendios así, frustrasen la captura de los caballos salvajes.
Alguien le gritó a Lark que viniese. El grupo estaba descendiendo por el valle. Lark siguió, poniendo al paso a «Chaps», con evidente sorpresa de éste, ya que mordió el bocado. Ahora la muchacha concentró su atención en la faja de terreno que corría por el costado de la izquierda. Había quizá unos cinco kilómetros desde el campamento de Marigold al lugar de la trampa. Esa distancia no representaba ningún obstáculo para un jinete que desease recorrerla al amparo de la oscuridad. Incluso una muchacha decidida podría hacer aquello.
¿Una muchacha? En este punto, Lark se sorprendió a sí misma con un jadeo. ¿Qué estaba pensando? Aquella pendiente de pensamiento sólo era repetición de una antigua costumbre suya: soñar lo que le gustaría hacer. Muchas habían sido las imposibles hazañas de sus sueños. Se rió de sí misma. ¿Qué pensaría Marigold, o Stanley, si pudiesen adivinar en qué dirección trabajaba su mente? Era imposible prever la opinión de su prima, pero Stanley la llamaría pequeña forajida.
—«Chaps», yo podría hacerlo. Podríamos —susurró—. ¡Cómo me gustaría dejar a ese Blanding sin su comida para las gallinas!
El caballo alzó la cabeza a un roce de las espuelas más bien que a las palabras de Lark y arrancó en ondulante galope corto. La muchacha alcanzó pronto a la partida, que cabalgaba en parejas y grupos. Lark siguió adelante, lo cual fue una señal para que los demás iniciasen la carrera. Por lo menos Marigold lanzó un silbido estridente al que reaccionaron sus amigas. El terreno era llano y, a pesar de la abundancia de salvia, resultaba un piso suave para un caballo bien calzado. Lark se dejó alcanzar. Marigold tenía un aspecto maravilloso a caballo, pero no era una vaquera en la silla.
—¡Vamos, prima de Idaho! —gritó Marigold desafiantemente.
Entonces Lark puso a «Chaps» a la carrera. Pasó a Marigold y a las demás muchachas como si hubiesen estado atadas. Stanley era quien la seguía más de cerca, pero también iba perdiendo terreno. Los cowboys y otros jinetes se quedaron atrás con las muchachas, sin duda disfrutando de la carrera. Con una marcha regular, Lark venció ampliamente a Stanley en una carrera de cinco kilómetros hasta la parte más larga de la valla de Blanding.
Stanley llegó como un huracán, teniendo que trabajar duramente para contener a su fogoso caballo negro.
—Oye, Lark, ha sido espléndido. Te felicito —declaró.
—¿Por qué?
—Por el modo como has dejado atrás a todo el mundo. Marigold cree que sabe montar en rodeos. Me cuesta mucho trabajo convencerla para que no tome parte en ellos.
—Marigold monta bien para ser una muchacha que no ha montado mucho —dijo Lark, pensando hacer un cumplido#
—¡Ja, ja! ¡Espera a que le diga eso!
Los demás llegaron casi inmediatamente y cuando Marigold, sonrosada y hermosa, con el rubio cabello ondeando al aire, detuvo su montura, Stanley prorrumpió:
—Marigold, veo que tú también corres. Escucha esto. Lark dice que montas bien para ser una muchacha que no ha montado mucho.
Los ojos de Marigold se pusieron grandes y redondos mientras sus amigas reían, encantadas.
—Prima, tú sabes lo que quiero decir —se apresuró a explicar Lark—. Para una muchacha que no ha tenido que recorrer los pastos como yo.
—Lark Burrell, no hace falta que me presentes excusas —gritó Marigold—. Yo creía montar bien. Pero, ¡délos!, no puedo compararme contigo. Lark, eres sencillamente maravillosa sobre un caballo. Casi me caí de asombro al verte. ¡Y cómo has hecho correr a «Chaps»...! Stanley, ¿no te ha sorprendido?
—En absoluto. Ya he recorrido antes con Lark —contestó él, riendo.
—Coil y Landy, ustedes son cowboys —continuó Marigold, ansiosa de granjear encomios para Lark—. ¿Qué piensan de Lark?
Coil estaba visiblemente confundido.
—Yo... yo, desde luego, pienso que la señorita Lark es una muchacha maravillosa... quiero... quiero decir que monta muy bien.
Pero Landy dijo con voz arrastrada, chispeándole los agudos ojos castaños:
—No puede negarse que sabe montar. Podría contratarla.
Stanley atajó con fría cordialidad:
—Puede que yo le ofrezca empleo algún día.
Marigold lanzó una rápida y brillante mirada a Stanley, quien por lo visto no la captó o no vio en ella ningún sentido.
—¿Adonde vamos ahora? —preguntó una de las muchachas.
—Vamos adelante —instó Marigold.
Lark consiguió quedarse de nuevo atrás, donde Coil Bruce se reunió con ella y le preguntó:
—¿Puedo acompañarla?

11

—ESCUCHA, STAN. ¿Qué te importa si él la pretende? —preguntó Marigold.
Stanley, con gran pesar por su parte, había expresado en voz alta sus pensamientos sobre las sospechas que tenía de que-Coil Bruce, el engreído vaquero, estuviese cortejando a Lark. Marigold había enfilado sobre él la batería de dos penetrantes ojos azules. No le quedaba más remedio que afrontarlos. Había de parecer inocente aunque no lo fuera en absoluto. Y aquella situación, que poco a poco se iba haciendo más difícil por días desde hacía algún tiempo, estaba rompiendo los nervios de Stanley.
—Sería una buena cosa que la pretendiese, con tal que Lark se enamorase de él —prosiguió Marigold.
Habló encomiásticamente de la familia de Coil y del porvenir del muchacho.
—¡ Tonterías! —estalló Stanley—. Coil puede ser lo que vosotras, las mujeres, llamáis un buen partido. Pero no para Lark Burrell.
—¿Por qué no para ella? —preguntó su novia con curiosidad.
—Él... yo... ¡qué demonios...! ¿Considerarías tú a Coil un buen partido para ti como marido? ¡Cielos! No sabes lo que estás diciendo, Stan.
—Lark es tan buena como tú o como cualquiera de tus amigas —protestó Stanley, y tuvo en la punta de la lengua que era mucho mejor.
—Si te refieres a inocencia y todas esas zarandajas, lo es —replicó Marigold despreciativamente—. Pero Lark es una muchacha criada en el campo y sería la esposa apropiada para alguien como Coil.
No estar de acuerdo con Marigold era demostrar poco tacto, pero resultaba imposible, por lo que Stanley guardó silencio.
—Stan, ¿estás enamorándote de esta... joven diosa de pantalones vaqueros? —preguntó Marigold, con acento incrédulo.
—No —contestó Stanley, seguro de decir la verdad, porque la catástrofe no estaba en tiempo presente; había ocurrido ya.
—Bueno, pues hablas de una manera muy curiosa —comentó Marigold seriamente-¿ Si fueses como cualquiera de los otros hombres que conozco, pensaría que eres un mentiroso. Como quiera que sea, todo lo que puedo decir es que te muestras más bien romántico y absurdamente sentimental respecto a mi prima.
—Ya lo sé. Tú y tus queridas amigas sois mujeres de un solo propósito —replicó Stanley con sarcasmo—. ¡La búsqueda del placer! Pero, gracias a Dios, tengo en la cabeza algo más que eso. No se te ha ocurrido pensar que Lark está más sola aquí de lo que pudiera estarlo en Idaho, donde no había nadie. No puede adaptarse a tu pandilla. No sabe cómo hacerlo. Por otra parte, no deberías dejarla expuesta a los avances de los cowboys.
—O sea, que te has convertido en un campeón de la doncellez sin mancha, ¿no? —inquirió Marigold satíricamente.
—Siempre lo fui. Pero no puedo decir que me permitas ejercitar mucho mi anticuada rareza.
—Stanley, las cosas se están poniendo mal entre nosotros —contestó ella punzantemente.
—No es de extrañar. Has querido seguir tu propio camino.
—Eso no significa que sea tan malo.
—No, Marigold. Pero sería mejor que prestases un poco de atención a mis sentimientos.
Quedó reducida al silencio, lo que era un estado insólito en Marigold Wade.
—Adelántate tú, querida. Quiero hablar un poco con Coil y Lark —dijo Stanley.
—Muy bien, cariño. Pero recuerda lo que te he dicho: Te expones a equivocarte —le lanzó ella, y picó espuelas.
Stanley aguardó a que Lark se acercara. Coil la había dejado adelantarse por la cuesta que llevaba al campamento. Stanley tenía el propósito de sermonear a Lark, pero una mirada al rostro preocupado de la muchacha lo ablandó al mismo tiempo que lo asustó. No quería que Lark le notase que estaba celoso. Desde luego, si le reñía, era seguro que la pondría nerviosa.
De regreso en el campamento, Stanley dio su caballo a uno de los cowboys y se fue a su tienda, donde se tendió en estado de exasperación, furioso contra Marigold, furioso contra Lark, furioso contra él mismo. Durante una hora, permaneció sumido en aquella rabia impotente. Era la hora que tenía que llegar y no le quedó otro recurso sino rendirse a ella.
Uno de los resultados fue el ver claro en sí mismo. Estaba diez mil veces más enamorado de Lark Burrell de lo que hubiera estado nunca de Marigold Wade. Comprendía que habría sucumbido a esta pasión incluso si Marigold no le hubiese faltado al respeto y destruido la delicada fábrica del amor. Era un amor que aún persistía en él, pero, ¡qué pálido fantasma de lo que había sido en tiempos! Era la costumbre de años, algo mezclado con el recuerdo de días escolares, con viejos lazos de amistades y parentescos. Seguía la lástima, la caballerosidad, un sentimiento sincero de responsabilidad, un anhelo de salvar lo que pudiera salvarse. Pero esto último parecía ya inútil. Estaba a punto de renunciar al intento. Marigold era un enigma. Ella se atenía a la letra del compromiso, si no al espíritu; afirmaba que su amor no había cambiado, pero en la noche de la última pelea, una vez más había aplazado el casamiento indefinidamente. Luchaban con armas desiguales. Stanley se había mostrado durante mucho tiempo comprensivo, confiado, esperanzado, paciente. Aquello casi había acabado. Ella había recorrido toda la gama de especiosos argumentos; había echado mano del ridículo, del resentimiento, del orgullo ultrajado, de la cólera y, por último, de las lágrimas. Pero éstas no habían cerrado la brecha.
Tal era la situación. Un melancólico espectáculo. ¿Continuaría esto después del casamiento, si es que Marigold cumplía su palabra? Si iba a ser así, mejor que no la cumpliera. Pero él no se sentía liberado. Quería ver más allá, confiar en Marigold, con la esperanza de que el matrimonio y la maternidad la transformasen.
Pero el estado de su corazón, eso era otro cantar. Él no tenía ningún control sobre aquello. Lark Burrell era el ideal de sus sueños desde la adolescencia a la virilidad. Era la clase de muchacha que le gustaría llevarle a su padre. Pero aquello no podría ser nunca, ni siquiera si Marigold le fallara. Lark, la niña sencilla, solitaria y hambrienta de cariño, se iría con el primer muchacho lo bastante audaz para cortejarla de un modo decente. A Stanley le gustaría retorcer el cuello a Coil Bruce; sin embargo, le agradaba que fuese Coil quien la conquistase. Pero, ¿la había conquistado ya? En los ojos de Lark había un brillo extraño, punzante, violento, burlón. Nunca podía estarse seguro de lo que pensaba una muchacha. Stanley reflexionó. Acorralaría a Lark y pondría todo en claro. Pero, si no era Coil, inevitablemente el problema volvería a presentarse con mayor gravedad con otro hombre.
Mucho después de la hora del almuerzo, Stanley salió de su tienda fortificado en un solo propósito: que debía seguir adelante.
La tarde era calurosa, y la sombra de los pinos, muy deseable. Marigold estaba dormida en su hamaca, dejando al descubierto un pie y un tobillo francamente lindos. Dos de las otras muchachas estaban tumbadas sobre mantas tendidas en el suelo. Jeff silbaba alrededor de su vagón ideando mejoras para el campamento. Coil y Landy estaban herrando un caballo y no parecían disfrutar mucho con la faena. No se veía a nadie más.
Stanley se dispuso a dar un largo paseo a pie cuesta arriba. Había logrado sobreponerse a su cólera y creía que una hora de soledad en las alturas le serviría para afrontar su amargo problema.
Una vez que perdió de vista el campamento, se olvidó de todo. Los pinos, la maleza, los cactus y la salvia, las rocas, las claras y verdes alturas moteadas de blancas manchas, la infinita y gris extensión abajo tejían su encanto en torno de él.
A tres kilómetros largos cuesta arriba se halló en un terreno abrupto. Era al otro lado de la loma, frente a levante. Las rocas habían rodado desde la cumbre de la montaña en gran profusión. Los pinos habían aumentado de número y de tamaño, ya habían aparecido los abetos rojos. La salvia había disminuido.
Estaba a punto de sentarse a la sombra, descansar y pensar, cuando un ruido lo sobresaltó. Escuchó. Desde el otro lado de una roca protuberante llegaban breves sollozos entrecortados. ¿Estaría oyendo bien? Aquella alta roca saliente estaba a varios metros de distancia. Había una muchacha allí detrás. Stanley adivinó que no podía ser otra sino Lark.
Su primer pensamiento fue marcharse tan silenciosamente como había llegado, pero se sintió incapaz de hacerlo. AI cabo de un momento de silencio, los sollozos estallaron en paroxismo. Hicieron que a Stanley se le encogiese el corazón. ¿Qué le pasaba a la muchacha?
Avanzó más allá del ángulo de la roca y se deslizó entre ésta y el follaje de un abeto hasta llegar a un pequeño claro aislado, medio a la sombra, medio al sol. En el centro estaba tendida boca abajo Lark. Arrancaba hierbas con las manos. El abrigo casi le tapaba la oscura cabeza, cuyos revueltos rizos temblaban a una con el temblor de su esbelta forma.
—¡Lark! —llamó con voz espesa.
Ella se enrigideció y se quedó absolutamente quieta.
—Lark... niña... ¿qué pasa?
De pronto, ella saltó como un muelle de acero que se suelta y se quedó tendida de espaldas. Todo el dolor y la pasión de la vida ponían convulso aquel rostro.
—¡Tu!
—Sí, soy yo, Lark —dijo él roncamente.
—¿Me has... seguido? —jadeó ella.
—¡No!
—¡Sí, sí, me has seguido!
—¡Lark, te juro que no! —protestó él.
—Te has venido arrastrando... detrás de mí... aquí... cuando estoy sola.
—Ha sido una casualidad —contestó Stanley, dejándose caer apresuradamente sobre una rodilla—. Quería estar solo. Y llegué detrás de esta roca, caminando, y oí algo. Eras tú, sollozando. Sólo entonces te descubrí.
—Entonces... ¿por qué no... por qué no te fuiste? —gimió ella.
—¿Cómo podía hacerlo, Lark? ¿Iba a dejarte sola aquí?
—No has hecho más... que poner las cosas peor.
Las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos y cayeron por sus mojadas y enrojecidas mejillas. Le temblaban los labios. Era evidente que toda la fuerza de su cuerpo y de su voluntad la había abandonado. Yacía boca arriba, la cabeza ligeramente levantada sobre el abrigo, que se había arrugado bajo el peso.
Stanley sacó su pañuelo y le secó la cara mojada de lágrimas.
—Pensarás... pensarás que soy una niña.— —Si lo pensara, no importaría —replicó él lacónicamente, comprendiendo lo inevitable de aquella escena.
Ni un solo momento cesó ella en su respiración corta y jadeante..
—Nada... nada importa —gritó salvajemente y prorrumpió de nuevo en llanto, echándose el abrigo sobre la cara.
—Vas a asfixiarte —protestó él.
—No me importa. Tu... tú vete. — —De ninguna manera. ¿Qué te pasa, Lark?
—Vete. ¡Te digo que no... que no puedo resistirte aquí!
—Lo siento. Tendrás que. resignarte.
—Stanley se sentó, apoyando la espalda en la roca. Le retiró el abrigo de la cara y, agarrándola por las muñecas, tiró tanto de ella, que los hombros de la muchacha descansaron sobre él. No era eso lo que había querido hacer. Pero refrenó un deseo frenético de besarle los mojados ojos y los encendidos labios.
—Stanley... si dices otra... otra palabra... gritaré... te pegaré —amenazó, cerrando los puños contra el pecho.
—Haz lo que quieras. Pero primero dime de qué se trata. Después, tal vez no quieras hacer eso.
—Quiero... quiero irme a casa.
—¿Volver a Idaho?
—Sí.
Sollozó convulsivamente entre los brazos de Stanley, aferrándose a él.
—Lark, ¿es que te estás enamorando?
—¿Cómo... cómo puedo estarme enamorando... si... si me he enamorado ya?
—¡Ah, ahora comprendo! —respondió Stanley débilmente, con una enorme e irreprimible emoción—. ¿Cuándo te enamoraste?
—Hace... hace varias semanas —Se zafó de sus brazos Jo bastante para sentarse en la hierba junto a él, reposando todavía la cabeza en su hombro—. Préstame tu pañuelo— Se lo tomó y se secó los ojos—. No sirve de nada mentir. Tenía que pasar esto. Era inevitable.
—Lark, eres una muchacha muy rara. ¿Debo entender que no puedes estar enamorándote de Coil porque ya te has enamorado?
—¡Coil! ¿Qué tiene que ver él con esto?
A Stanley le costaba trabajo replicar algo, decirlo con palabras claras.
—Pero... ¿no es... Coil?
—¡No, no, no! ¡Bruto, tonto...!
Se interrumpió apasionadamente.
—Entonces... ¿quién es... quién es ese hombre afortunado?
Stanley presentía que el cielo azul iba a caer sobre su cabeza. Ella permaneció silenciosa unos largos instantes mientras él aguardaba sin respirar. Aún sentía en el hombro apoyada la cabeza de la muchacha, no pudiendo ver de ésta más que una parte de la cara.
—Eres tú, Stanley —dijo ella simplemente sin nada de la agitación que hasta entonces había reinado en sus palabras.
—¡Yo! ¿Dios mío, Lark, qué estás diciendo? —jadeó él.
Lark se movió un poco para mirarlo y le puso una mano en una rodilla.
—Stanley, ¿puedes mirarme a los ojos y decir que no trataste de que me enamorase de ti?
—Lark, con todas mis fuerzas procuré no hacerlo —declaró él con profundo sentimiento—. ¡Estoy... estoy comprometido con Marigold! ¿Qué vas a pensar de mí? ¿Cómo crees que soy?
—Creo que eres todo lo que hay de bueno, de noble y de maravilloso —replicó ella—. Pero quería saber... Es una cosa que ha ocurrido... Pero, Stanley, nunca conocí a un hombre como tú. Me sentí subyugada. Después de todo, es mejor que haya sido así. De lo contrario, una mucha-
cha tan tonta como soy, podría haberme enamorado de un hombre indigno. Aunque no creo que lo hubiera hecho.
—Lark; no sé qué decir —afirmó Stanley tontamente.
—No te apures ni estés triste. Sé que esto no cambia nada la situación. Vas a casarte con mi prima. Ahora se trata de salvarla a ella... ¡Oh, Stanley, tienes que hacerla consentir, en cuanto regresemos...! Por lo que a mí se refiere... me siento como si me hubiera librado de un peso terrible. Después de todo, no era nada vergonzoso. No me daría miedo de decírselo a Marigold. Pero la condenación de este secreto en el fondo de mi corazón me volvía loca... Es gracioso, ahora me alegro de que me hayas encontrado aquí.
—Si eso te ha servido de algo, también yo me alegro —replicó Stanley con compostura, apretando aún más el férreo dominio que tenía de sí mismo.
Cuando vino hasta aquí, se imaginaba que todo iba a ser como un alud; ahora, en cambio...
—Pero, niña, ¿qué vas a hacer ahora?
—Ya lo tenía pensado de antes —contestó ella—. Tengo que trabajar para ganar algún dinero. Luego regresaré a mi rancho del río Salmón.
—¿Para mucho tiempo?
—Para siempre —repuso ella en voz baja.
Stanley apartó la mirada. Para un hombre convencido de que correspondía al amor maravilloso de aquella criatura en igual medida, lo natural podía parecer estrecharla en sus brazos y decírselo. No era el recuerdo de Marigold lo que lo sujetaba. Ni siquiera el —honor de un hombre que ha dado su palabra. Era la sencillez de esta muchacha que podía confesar su amor sin avergonzarse y a la cual, pasase lo que pasase, nunca debía hacérsele nada que la pudiera avergonzar. Ella le elevaba el alma. Lo incitaba. ¿ amarla más allá del cebo de la posesión física.
—Volver a Idaho —murmuró él, y los pensamientos estallaron en su mente como un racimo de estrellas fugaces—. Pero no necesitas irte pronto.
—Quizá no tan pronto. Ahora es soportable. ¡Si pudiese ayudar a Marigold! Y tengo que ganar dinero, Stanley.
—¿Para arreglar tu rancho? ¿Para hacerlo productivo?
—¡Oh, Dios mío, no! Eso costaría miles de dólares —respondió ella vivamente—. Quiero decir lo bastante para ir tirando. Para comprar víveres, semillas, un arado, herramientas, arreglar el techo de la vieja casita... Sí, hay bastantes cosas que hacer. Pero no hará falta mucho dinero.
—¿Cuánto?
—Bastará con doscientos dólares; ¿Crees que podré ganar eso antes del próximo invierno? Le escribiré a mi viejo encargado diciéndole que volveré hacia el otoño.
—Seguro. Podrás ganar esa cantidad fácilmente —contestó Stanley con voz tranquila mientras en su fuero interno sentía ganas de gritar y de arrancarse los cabellos.
—¿Podrías ayudarme a conseguir un empleo?
—Sí. Te conseguiré uno, si me das un poco de tiempo —dijo él, formando planes descabellados en su imaginación.
El empleo que pensaba era el de dueña y señora del rancho de la Colina de la Salvia. Porque ahora comprendía que nunca podría casarse con Marigold.
—Has sido tan amable, tan bueno, Stanley... Me temo que eso explica... un poco... lo ocurrido.
—Háblame de ese rancho tuyo. Descríbemelo, el rancho, los pastizales y todo. ¿Quieres?
—Bueno, escucha, entonces —contestó ella melancólicamente, una vez más turbios y tristes los ojos.
Cuando acabó la descripción, hubo unos momentos de silencio.
—Estoy seguro de que me gustaría ese sitio —murmuró Stanley, y en su mente abrazó la decisión de ir a Idaho en cuanto se te presentase la oportunidad.
Cayó entre ellos un cierto embarazo. Por parte de Stanley, aquel silencio era bien acogido. Si Lark lo rompía ahora o, con su increíble sencillez, volvía a hablar del amor que le tenía, Stanley no podría responder de las consecuencias. No pensaría en lo que Lark pudiese decir o hacer. Ella nunca se había acostumbrado a considerarse a sí misma una criatura femenina.
—Vámonos —sugirió Stanley.
—Preferiría quedarme aquí sola.
—Ni lo pienses siquiera. Es un sitio que está muy lejos del campamento. Imagínate, por ejemplo, que a Blanding se le ocurriese venir por aquí. Imagínate que se apeara de su caballo y se dirigiese hacia ti. Tú sabes que él sería muy capaz, Lark.
—No hace falta que me lo digas.
—Bueno, ¿qué ibas a hacer entonces? ^-preguntó Stanley, seguro de la reacción de la muchacha, pero deseando oírsela expresar.
—Lo mantendría a raya con esto —dijo ella fieramente, sacando de un bolsillo de sus pantalones vaqueros el revólver que él le había dado.
—Vaya. Conque lo llevas encima, ¿eh?
—Sí. La canana pesaba mucho y además... prefiero que no se vea que llevo el revólver.
—Perfectamente. Me parece muy bien. Pero continuaré con la pregunta. Imagínate que Blanding no te hace caso y quiere ponerte las manos encima. ¿Qué ibas a hacer?
—Dispararle —contestó ella con un relámpago sombrío en los ojos.
—¿Lo matarías?
—¡Oh, no! Lo heriría en un brazo o en una pierna.
—¡Lark! —Stanley pensó que aquella muchacha era innegablemente electrizante y creyó que desde luego tenía suficiente espíritu para hacer lo que decía—. Pero, ¿sabes disparar tan bien como para eso?
—Creo que sí.
—Vamos a ver —propuso él, poniéndose en pie de un salto—. Te pondré mi sombrero como blanco.
Dio unos pasos detrás de la roca, saliendo a un terreno más abierto y, después de encontrar un tocón apropiado, a unos veinte pasos de distancia, colocó el sombrero encima.
—Ahí. Te desafío a que le des —declaró.
—¿Eso? —preguntó ella con desprecio—. A eso le doy con los ojos cerrados.
—No me sentiré satisfecho hasta que me demuestres que sabes disparar lo bastante bien para defenderte tú sola. Si sabes, dejaré de sentirme tan preocupado por esas solitarias correrías tuyas.
—Pero, ¿qué objeto tiene desperdiciar cartuchos? Cuestan caros —replicó ella.
—Lark, ahora te estás volviendo atrás. Me apuesto algo a que de cinco disparos no le das a ese sombrero ni una sola vez.
—¿Qué te apuestas? —contestó ella, espoleada por lo ridículo del desafío.
—Cualquier cosa. Te doy a elegir. Si no me estás tomando el pelo, se te presenta una buena oportunidad para ganar algún dinero.
—¡Oh, no podría apostar dinero, sería una mala señal! El señor Wade me entrega una cantidad semanal para mis gastos, pero la estoy ahorrando.
—No me haría ninguna gracia quedarme con tu dinero. Pero arriesgaré el mío. ¿Qué te quieres apostar contra, digamos, los doscientos dólares que tanto necesitas para tu rancho?
—¡Doscientos dólares...! ¿Estás mal de la cabeza?
—Desde luego. Es un estado delicioso... ¿Qué puedes jugarte a tu habilidad con un revólver?
—No tengo nada. Tú lo sabes. Tú lo único que estás haciendo es eso mismo de que me acusas a mí: tomándome el pelo.
—De verdad que no —replicó él alegremente—. ¿Quieres jugarte un beso?
Ella había estado ansiosa y con los ojos muy abiertos, un poco incrédula, y ahora se ruborizó.
—No seas tonto, Stanley.
—¡Tonto! Me gustaría que supieras lo lejos que estoy de sentirme tonto en estos momentos... Seguramente puedes arriesgar un beso, si eres tan buena tiradora. Un beso es un beso, tú lo sabes. ¡No, tú no lo sabes!
—Nunca he besado a ningún hombre, excepto a papá. Pero no me importaría besarte... si no fuese por Marigold. Tú sabes que a ella no le gustaría. Y desde luego tendrías que decírselo.
—¿Te imaginas que Marigold me lo cuenta todo? —preguntó él burlonamente.
—Esa es la cuestión.
—¡Ah, haces una distinción entre Marigold y tú y yo! Gracias, Lark... Bueno, ¿te lo apuesto o no?
—Es un robo a mano armada, Stanley —repuso ella, sonriéndole.
—¿Sí? Veo que todavía tienes mi bufanda. La incluiré en el trato.
—Esto no es más que un truco tuyo para regalarme dinero —protestó ella.
—No. Tengo grandes posibilidades de ganarme un beso.,. Lark, tienes los labios más rojos y más dulces del mundo, como cerezas maduras.
Su buen humor influyó en ella, como él había adivinado que pasaría. Era una niña primitiva de una tierra libre y lo quería. De nuevo le vino el recuerdo avasallador de aquel hecho inconmensurable.
—No tienes ni una posibilidad entre ciento —dijo ella—. A menos que este revólver no funcione bien.
Dio vueltas en sus manos al arma azul y brillante.
—Funciona perfectamente.
—Muy bien. Dile adiós a tu dinero —replicó ella fríamente al mismo tiempo que levantaba el arma.
Valía la pena ver el modo cómo apuntaba. Guando apretó por primera vez el gatillo, el martillo dio en la única cámara vacía. Luego disparó cinco veces en sucesión tan rápida, que Stanley apenas pudo distinguir las explosiones consecutivas.
Pensó que había notado un movimiento en el sombrero, pero éste no se cayó del tocón.
—He ganado, Lark —gritó como un chiquillo.
—¿Que has ganado? Vamos a ver..
Stanley corrió a recoger el sombrero. Con gran asombro por su parte, vio dos agujeros en la copa y tres en la ancha cinta.
—¡Demonios! Me has destrozado mi sombrero nuevo —exclamó, corriendo de vuelta para enseñárselo.
—Te atreviste a apostar conmigo, Stanley Weston... Veamos. Cinco, perfectamente. Creí que había fallado el último disparo. ¿Ves este agujero junto al borde? Bajé un poquitín el arma.
—Tengo que reconocer que sabes tirar, Lark —declaró él con excitada admiración—. Sinceramente, creía que estabas hablando de memoria. Y me has agujereado el sombrero. Me lo tengo bien merecido. Lark, puedes ir sola a donde quieras y cuando quieras si llevas ese revólver. Espero que Blanding se encuentre contigo y reciba una buena lección, el muy...
—No deseo volverlo a ver. Es una persona desagradable.
—Lark, ¿dónde y cómo aprendiste a tirar de esa manera?
—Me enseñó mi encargado. Llegué a hacerlo tan bien, que podía cazar liebres desde mi caballo. Nuestra granja estaba plagada de liebres. Teníamos que combatirlas. Pero, en los últimos años, no podíamos permitimos el lujo de cazarlas... Ésa es otra de las razones de que el rancho se viniera abajo.
—Bueno, has ganado la apuesta. Te pagaré cuando volvamos a la ciudad. Y, si te soy sincero, Lark, me alegro mucho de perder la bufanda y doscientos dólares, pero siento terriblemente perder lo que te apostaste.
Ella se guardó el arma en el bolsillo y dio unos pasos hacia él. Estaba pálida. Sus oscuros ojos brillaban con una hermosa luz solemne y triste. Había contenido el aliento.
Luego la sangre volvió ardientemente a sus mejillas y a sus pómulos.
—Si tanto importa eso... para ti, pagaré lo mismo que si 'hubiera perdido —dijo ella.
Ése era el castigo de Stanley. Había jugado con fuego. Había puesto en un brete a la inocencia. Y se merecía la consternación que se apoderó de él.
—¡Oh, no sería justo..., Lark! —tartamudeó/tratando de echarse a reír, sintiendo profundamente su cercanía.
—Será una especie de adiós, Stanley —replicó ella con seriedad.
Quería besarlo. Las muestras eran casi irresistibles.
—Espera entonces, Lark, hasta que llegue el momento del adiós —dijo él torpemente, y se apartó temblando por el esfuerzo que tuvo que hacer para contenerse.
—No querría llamarte fulero, como dice Marigold —replicó Lark sentenciosamente—, pero creo que no te interesa tan terriblemente ese beso.
—No adelantes el juicio, por favor.-repuso Stanley con fingida desenvoltura— No me olvidaré de que tengo tu palabra.
Empezó a andar hacia el campamento, abriéndose camino a través de malezas y árboles, sobre piedras y entre ellas, con Lark caminando a su altura. Ella sabía andar tan bien como montar a caballo. No tuvieron muchas cosas que decirse durante aquella caminata. Stanley casi iba huyendo de la tentación. A cada momento se sentía consciente de la presencia de Lark.
No se equivocó en sus cálculos y vino a salir en un punto de la cuesta justamente por encima de la tienda de Lark. Su esperanza había sido la de que Lark y él podrían regresar al campamento sin ser vistos. En vano.
—Stanley, los inocentes siempre quedan atrapados —comento Lark con sutileza, y su risa lo hizo estremecer. Des— pues de todo, no era ella tan ingenua—. Mi primo nos está viendo.
—Me alegro-replicó Stanley salvajemente.

12

LARK iba soltando una risita cuando entró en su tienda. Tenía un sentido bien desarrollado del humor. Allí estaba Marigold sentada muy tiesa en su hamaca, mirándolos.
—No sé si decirte buenas noches o buena suerte.
Stanley se detuvo para dedicarle a Lark el testimonio de una creciente admiración.
—Así es que, además de otras muchas cosas, dominas también la ironía. Muy bien, entonces di buenas noches. La tormenta descargará sobre mí, si no interpreto mal la expresión de Marigold.
Cubrió la distancia que lo separaba del sitio donde Marigold y sus ruidosos invitados estaban reunidos. Se callaron cuando él llegó. El hermoso rostro de Marigold tenía un arrebol muy natural que le sentaba bien, y sus ojos, un brillo diabólico.
—Mira esto —dijo él, poniéndose su sombrero entre los ojos de Marigold y la luz—. ¿Ves los agujeros?
—¿Qué son? —preguntó Marigold heladamente.
—Balazos. Me aposté con Lark que ella no sabía tirar. Pero sabe, puedes creerme. Perdí mi apuesta y mi sombrero nuevo.
—¿Es eso todo lo que perdiste? —preguntó Marigold con frío sarcasmo.
Sus duros y brillantes ojos azules se clavaron en él como si su novio estuviera revelando algo que a ella le resultaba desconocido.
—Bueno, sí, creo que es toda la pérdida... material que he sufrido —replicó Stanley con idéntica frialdad.
—¿Te olvidaste de que prometiste sacarnos a dar un paseo a caballo esta tarde?-preguntó Marigold?
—Sí, me olvidé. Lo siento, Marigold —contestó él contritamente, porque era cierto que había hecho aquella promesa—. Pero todavía podemos ir.
—Es demasiado tarde. Casi la hora de cenar. Has estado fuera horas y horas.
Marigold estaba furiosa y muy probablemente algo más que eso. Stanley replicó:
—Es verdad. Bueno, salí a dar una larga caminata. Al regreso me encontré con Lark. Realmente no me di cuenta de cómo pasaba el tiempo.
Marigold hizo un ademán elocuente hacia sus amigas, que estaban sentadas o recostadas alrededor.
—Muchachas, ¿habéis oído esto? Tendremos que felicitar a Lark. Cualquier muchacha que consiga que mi futuro marido pierda la noción del tiempo se lleva el premio, creedme*
—Oye, no hables de Lark en ese tono de chanza cuando en realidad quieres decir otra cosa —reprendió Stanley secamente—. Fue culpa mía, y lo siento. Me olvidé de la cita. Presento mis excusas... Sin embargo, me gustaría recordarte que estabas profundamente dormida cuando salí de mi tienda.
Las muchachas salvaron la situación para Stanley fingiendo no captar ningún significado en la actitud de Marigold. Gastaron bromas sobre eso hasta que Marigold, siempre dúctil y buena perdedora, les siguió la corriente. Nunca volvió a mencionarle a él lo ocurrido. Además, se mostró tan cariñosa y alegre con Lark, que Stanley se reprochó haber imaginado que estaba celosa. Marigold era difícil de entender. Caminaba con el viento. Su defecto principal eran los estallidos de mal humor.
Aquella noche, un jinete de la cuadrilla de Blanding visitó el campamento y estuvo cantando canciones de cowboy para Marigold y su grupo. Stanley las había oído muchas veces, pero disfrutó de ellas más que nunca a causa de placer no disimulado de Lark. ¡Qué raro en una muchacha que había vivido toda su vida en los pastos no haber escuchado nunca canciones de cowboys! Así era Lark.
Stanley se fue a la cama mientras otros se quedaban levantados, riendo alrededor del fuego de campamento. El día había sido mucho más agotador que si hubiese estado trabajando en alguna labor manual. Una vez tendido cómodamente entre sus mantas, se dedicó a repasar los episodios que habían culminado en la insólita revelación de Lark. Quería irse acercando a eso gradualmente, para poder resistir lo glorioso de aquella provocativa verdad. Pero mucho antes de llegar a su encuentro con Lark se quedó dormido.
Stanley se despertó con un sobresalto. Alguien estaba dando golpecitos en su tienda, muy cerca de su cabeza.
—Weston, despierte —dijo una voz baja y ronca.
—¿Qué pasa? Estoy despierto —contestó Stanley, levantando la cabeza.
—Será mejor que se levante y vea lo que ocurre por aquí cerca —continuó la voz, más aguda y más presurosa.
—'¿Cómo? ¿Quién es usted? —preguntó Stanley.
Oyó sólo unas pisadas rápidas y fuertes que se iban alejando, Stanley se sentó y masculló unas maldiciones en voz baja. No había reconocido aquella voz, pero sospechaba que quienquiera que fuese la había desfigurado. Ya eso de por sí era ominoso. Además, su sentido era de advertencia. Stanley se preguntó qué podría estar ocurriendo en el campamento como para impulsar a alguien, probablemente uno de sus cowboys, a despertarlo a altas horas de la noche.
El resultado de sus pensamientos fue que se vistió rápidamente. Se puso su pesado chaquetón forrado de piel de oveja y salió. A juzgar por la luna, era más de medianoche. Estaba todo tan claro como si fuese de día. Stanley miró en la dirección que habían tomado las pisadas, que era hacia el vagón de la impedimenta. Los hombres tenían allí una tienda junto al corral de los caballos. Jeff dormía debajo de su vagón. ¿Había sido uno de aquellos hombres el merodeador de medianoche? Stanley dio unos pasos sobre el terreno blanqueado por la luna.
—¿Eh, quién me llamó? —preguntó en voz alta.
No obtuvo respuesta. Aquello le desagradó. Si su visitante pertenecía a este campamento, desde luego debía estar despierto y, si se negaba a contestar, el motivo sólo podía ser que deseaba ocultar su identidad. Stanley no repitió la pregunta. Se volvió.
El fuego principal del campamento había ardido hasta convertirse en una cama de ascuas de un rojo oscuro que todavía seguían emitiendo calor. El aire era penetrantemente frío. Stanley se agachó para calentarse las manos, que se puso luego encima de las orejas. Allí arrodillado, miraba en torno extrañada y ansiosamente, empezando a arrepentirse de haberse levantado. Nada ocurría en el campamento. No había nadie en pie. El silencio era profundo. Pero realmente valía la pena la molestia y la incomodidad de levantarse y salir a ver la fría y brillante belleza del paraje bajo la luna. Los pinos estaban suspirando suavemente, la loma brillaba plateada y negra, el valle se desvanecía a lo lejos con un lúgubre resplandor.
De pronto, Stanley sintió una punzante sospecha. Apenas era un pensamiento. Debía de ser algo de telepatía. El hecho sobre el cual le había advertido aquel importuno nocturno tenía algo que ver con Marigold. En el mismo momento en que aquella sospecha se reveló con claridad en la mente de Stanley, la rechazó con enfado. Una sospecha así era indigna de él. Pero no podía arrancársela. Esta vez no desaparecía por más que él hiciese; continuaba.
Por lo menos, podría comprobar muy fácilmente si Marigold estaba en su tienda. Desde luego estaría. Se acercó quedamente a ver si las telas de la tienda estaban cerradas y amarradas con el palo de nudos que mantenía una abertura para la ventilación.
La tienda de Marigold tenía una visera, y ésta arrojaba sombra sobre la abertura. Se acercó para mirar mejor.
Las telas estaban abiertas de par en par. El palo yacía tirado en el suelo. Presa de consternación, llamó. Ninguna respuesta. Marigold no estaba en la tienda.
Stanley retrocedió, acercó un brazo de leña al fuego y se puso en cuclillas junto a los rojos carbones. Pero aquella acción sólo fue instintiva. Ya no sentía frío. Su intención era estar sentado allí un tiempo razonable bajo el supuesto de que no pasaba nada raro. Sabía que no era así, pero tenía la intención de obrar como si lo fuese.
Quienquiera que lo hubiese despertado, indudablemente, sabía que Marigold no se había acostado o bien que había salido después de retirarse los demás. Aquello sulfuraba a Stanley. La advertencia se la habían hecho por su bien y procedía de alguien que lo conocía, que lo estimaba y que no quería que lo relacionase con algo que pudiera avergonzarlo.
Transcurrió media hora. Era ya cerca de la una. Parecía inconcebible que hubiese habido un tiempo, años atrás, en que Marigold pudiera quedarse mirando la luna durante horas sin ver nada de lo que la rodeaba. Era muy capaz de cualquier cosa. Quizá él se estaba angustiando innecesariamente porque ella podía haber sentido frío y haberse ido con cualquiera otra de las muchachas. Era una cosa que había pasado en otras ocasiones. Dos recelos impedían su natural deseo de proceder a su búsqueda, el primero que ella podría adivinar su desconfianza, y el segundo el temor de que él podría tener razón en sus sospechas.
Así pues, no quedaba otra cosa que hacer, sino seguir sentado y aguardar. Volver a la cama con aquella incertidumbre era algo en lo que ni siquiera cabía pensar. El tiempo pasaba. Los minutos parecían alargarse. La excitación, gradualmente, fue cediendo y haciéndole sentir el frío.
Y no le importaba poner leña nueva que diese llamas y traicionara su vela.
La luna oblicuaba desde el cénit. Orión descendía hacia poniente. Stanley se negaba a hacer conjeturas sobre! la hora. Se inclinó sobre los moribundos carbones, helado! hasta los huesos y sintiéndose desgraciado como nunca lo había sido en su vida. Sin embargo, continuaba la ansiosa vigilia. De vez en cuando, débiles rumores llegaban a sus oídos acechantes.
Por último, oyó un paso. No pudo localizarlo. Luego— siguió un crujido de lonas, muy bajo, pero inconfundible. El destello de la luz de una vela brilló un segundo en la tienda de Marigold, luego se apagó. Stanley tembló con algo más que frío. ¿Debería acostarse y dejar pasar aquello o debería hablarle? Luego, la cólera se apoderó de él. Sin más miramientos, se puso en pie de un salto y dio unas zancadas rápidas hasta la tienda de Marigold, bajó las telas, cerradas ahora, y llamó:
—Marigold, ¿dónde has estado?
Un insoportable momento de incertidumbre mantuvo rígido a Stanley. Repitió en voz más alta el nombre de su novia.
—¡Oh, eres tú, Stan? —contestó ella con voz de sorpresa, desconocida para Stanley.
—Sí —replicó él.
—Me has asustado.
—Llevo aquí horas esperándote. ¿Dónde has estado?
—¿Horas? Pero si sólo he estado unos momentos fuera.
Su voz perdió aquella nota tan poco natural.
Stanley consultó las estrellas.
—Son más de las dos. Estoy levantado desde antes de la medianoche. No estabas en tu tienda.
—¿De verdad? ¿Por qué todo ese solícito interés tan repentino? —preguntó burlonamente.
Marigold volvía a ser ella misma.
—Un hombre golpeó en mi tienda y me despertó —replicó Stanley, hablando en voz baja—. Contesté. Entonces dijo: «Será mejor que se levante y vea lo que ocurre por aquí cerca».
Stanley percibió claramente un sonido silbante que no se diferenciaba mucho de un siseo. Luego la voz fría de Marigold, de alto timbre ahora, cayó sobre los palpitantes oídos de Stanley.
—Los cowboys tenían una botella. Los oí antes de salir.
Me tenían despierta.
—¿Por qué te levantaste y saliste?
—No podía dormir. Quería salir y pasear. Es lo que hice.
—¿Mirando la luna? —preguntó Stanley despreciativamente.
—Sí, miré la luna. Era encantador.
—¿La miraste sola?
—Stanley, ¿te importaría irte al infierno?
—Esta noche he pasado en él dos horas.
—Bueno, te lo tienes muy merecido. Para algo estuviste en el cielo toda la tarde... ¿No crees que tengo motivos para estar despierta, para caminar sola bajo la luna con mis pesares?
—Desde luego. Pero no por culpa mía —replicó Stanley amargamente,
—Supongo que fue culpa mía el que le hicieras el amor a Lark.
—Eso no es verdad. No hice nada de eso.
—¡Bah! Cualquiera, por tonto que fuese, podía vérselo a ella en la cara. La muchacha está loca por ti.
—Y por eso te levantaste a medianoche —afirmó Stanley fogosamente—. Marigold, creo que eres una embustera.
—Eso está clarísimo... Gracias, señor Weston. No me importa un comino lo que pienses.
—Eso está clarísimo... Marigold, creo que fuiste a encontrarte con Blanding.
Aquella ardiente y explosiva acusación pareció estallar en Stanley contra su voluntad. Por lo menos él no la había admitido en su ser consciente.
—«¡Sucio perro que eres! —replicó ella con temo melodioso y vibrante.
Si le hubiese lanzado aquella vulgar exclamación con fiera cólera, como de honor ultrajado, él podría haberse^ arrepentido de sus palabras celosas y precipitadas.— Tal como fue, se quedó rígidamente erguido, igual que si le hubiesen dado una bofetada, y se alejó silenciosamente.
Stanley volvió a la cama, helado por fuera y llameante por dentro. El final había llegado entre él y Marigold, si realmente era ella culpable. La conocía lo bastante bien para llegar a esa conclusión. Si no lo era, formaría un gran alboroto, lo arrastraría implacablemente por el polvo, Horaria como una magdalena y luego haría las paces. El proceso se había convertido en algo rutinario, pero siempre daba resultado con él. Marigold era bella, y en momentos de angustia, cuando algo vital pendía en la balanza, no dejaba de saber explotar aquella belleza, con irrefrenables estallidos de lágrimas, reproches, promesas, caricias y besos apasionados, con todas las carantoñas del amor. Si ensayaba eso de nuevo, podría encontrarlo inflexible. Pero Marigold lo comprendería. Era demasiado lista para cometer ese error.
Stanley se hundió en un sueño intranquilo, soñó con cosas horribles, deshilvanadas, irreconocibles, y se despertó tarde, lamentando ver de nuevo la luz del día. El sol estaba alto y la blanca escarcha refulgía como diamantes al derretirse.
Marigold, para cambiar, se levantó antes que cualquiera otra de las muchachas, excepto Lark. Se acercó a Stanley, que estaba en pie junto al fuego de campamento. Estaba espléndida, regiamente helada. Sus ojos eran como diamantes azules.
—Alarga la mano —dijo imperiosamente, sin el menor asomo de saludo.
Stanley, demasiado atónito para decirle buenos días, obedeció la orden. Y al instante siguiente algo refulgió en su palma como una gota de rocío iluminada por el sol. Era el anillo de pedida que le había dado a Marigold.
—¡Toma! Debí dártelo hace días —dijo ella fríamente—. Cuando me ofreciste mi libertad... Pero estaba bajo dos fuertes influencias: una la de que realmente te apreciaba, y la otra, que mi padre me importunaba para que salvase su fortuna casándome con el dinero de los Weston.
—¿Qué... qué es esto? —tartamudeó Stanley, sintiendo a la vez una punzada y un brinco en el corazón—. ¡Mi anillo...! ¿Quieres decir... que esto es el final?
—Sí, querido, la separación de los caminos —continuó ella—. Anoche, mientras tú pensaba que yo estaba haciendo alguna porquería con Blanding, en realidad andaba de un sitio a otro, tratando de llegar a una decisión. Tú te habías enamorado de Lark y ella, pobre niña, estaba loca por ti. Y yo había sido lo bastante indiscreta para permitir que un cowboy engreído me comprometiera. Era un bonito jaleo. Pero lo resolví, y cuando volví a mi tienda fui recompensada con tu insulto.
—Lo siento, Marigold. Perdóname. Pero, si eres justa, tendrás que reconocer que yo tenía motivos para... para...
—Sí. Pero fuiste demasiado lejos, Stanley. Y ya estoy harta. Y vas a venir conmigo para ver cómo le digo a Blanding las verdades del barquero.
Se mostraba helada, soberbia e inescrutable. Stanley no podía calcular las profundidades de aquella mujer. Pero era imposible dudar de su pasión. Sus fulgurantes ojos se detuvieron un segundo en los de él y luego se alejó.
—Stanley se quedó allí como una estatua hasta que Lark se le acercó apresuradamente.
—¡Oh!, ¿qué pasa, Stanley? —preguntó, implorante—. Mari parece que está furiosa.
Por toda respuesta, Stanley alargó la mano abierta con el refulgente brillante.
—¡Oh! —exclamó Lark, dilatándosele los ojos y encogiéndose toda ella—. ¿Marigold ha... ha roto vuestro compromiso?
—Me ha dejado frío, Lark. Aquí estoy de una pieza —contestó Stanley pesadamente.
—¡Por mi... por mi culpa...! ¡Porque... porque...! —jadeó la muchacha apasionadamente.
—No lo creo. Anoche me levanté tarde. Marigold no estaba en su tienda. Cuando volvió, la acusé de que había estado viéndose con Blanding. Me llamó sucio perro y esta mañana me devolvió mi anillo. No lo comprendo.
—¡Oh! No eres un... no eres eso —gritó Lark ardientemente—. Ella se reunía con él, si no anoche, otras veces. Lo sé. Coil me lo contó... ¡Oh, Stanley, esto es espantoso!
—Sí, y todavía hay más —.replicó Stanley con voz incolora—. Marigold ha dicho que va a llevarme con ella para que oiga cómo le dice a Blanding cuatro verdades.
Lark se quedó mirándolo con pena infinita y se retiró a su tienda. Stanley se guardó el anillo y se sentó junto al fuego, vuelto de espalda a las tiendas. Se anunció, el desayuno. Cuando estaban todos sentados, excepto Marigold, ésta apareció, acercándose desde el sitio donde los cowboys estaban ensillando los caballos.
—Amigos, no quiero estropear la fiesta —anunció Marigold—, pero voy a pediros a todos que me veáis hacer un trabajito desagradable. Vamos a ir a caballo a visitar al señor Blanding... Después de eso no habrá ningún motivo para que no podamos pasarlo maravillosamente.
Su voz, como trozo de hielo tintineando contra cristales, apenas necesitaba la confirmación de su bello rostro desdeñoso para demostrarle a todos que se preparaba algo grave. El desayuno no fue la acostumbrada comida alegre y desde luego no duró mucho tiempo. Inmediatamente después, Marigold pidió a sus invitados y a los cowboys que montaran y ella se puso a la cabeza hacia el valle. Una vez allí, hizo que su caballo tomara un trote corto y se dirigió al campamento de Blanding.
La mañana era clara y brillante, con una dorada capa de escarcha sobre las salvias. Stanley iba con el grupo que seguía más de cerca a Marigold. El paseo no carecía de excitación. Para Stanley, era algo más que eso. Si no se equivocaba en sus cálculos, el señor Blanding iba a pasar un mal momento. Stanley sabía lo que significaba incurrir en la cólera de Marigold Wade.
Llegaron pronto al campamento de los conductores de caballos salvajes. Parecía ser un pequeño asentamiento de tiendas de campaña, pero los indios y los cowboys estaban visiblemente fuera. A los gritos de Coil, aparecieron varios hombres, el último de los cuales era Blanding. Al ver la fila de la pandilla de Marigold, se sobresaltó y su guapo rostro tuvo una roja llamarada y luego palideció. Pero se adelantó sin vacilar, una figura soberbia con botas altas y cinto y un revólver colgado de la cadera.
—¿Qué quiere usted, Weston? —preguntó secamente al detenerse ante los caballos.
—Blanding, no soy yo el que hago esta visita —replicó Stanley, tan secamente como el otro.
—Bueno, entonces, ¿quién diablos...? —gruñó.
La alta voz de Marigold lo interrumpió:
—Soy yo la que estoy haciendo la visita, señor Blanding He traído aquí mi reunión para decirle a usted algo.
—¿Ah, sí? —exclamó Blanding resentidamente.
Pero estaba sorprendido y disgustado.
—Mi propósito es corregir una impresión que ellos pueden haber sacado y poner a usted en su sitio —continuó Marigold, y su desprecio era como un latigazo—. Señor Blanding, le hice a usted el honor de dejarle imaginarse que estaba enamorada de usted. Coqueteé con usted; bailé y di paseos a caballo con usted... Hasta ayer no descubrí el verdadero motivo de por qué Stanley Weston le dio un puñetazo, lo dejó sin sentido y ordenó que lo sacasen a usted de su barracón. Debió haberlo azotado con una fusta, porque lo que dio usted a entender era una canallesca mentira... Para vergüenza y disgusto mío, confieso que permití que usted me besara. Pero eso fue todo... Creo que es usted un despreciable bribón y no me gustaría limpiar en sus fondillos el polvo de mis botas.
Habiendo hecho aquella acusación, Marigold aguardó unos momentos a ver si el azufrado Blanding tenía alguna réplica que hacerte;, luego dio la vuelta a su caballo y se alejó picando espuelas. Los demás parecieron incapaces de reaccionar rápidamente, fascinados por el espectáculo de la maligna pasión de un hombre. Fue como si una máscara se hubiese quitado del guapo rostro de Blanding, dejando al descubierto algo horrible. Lark fue la primera en recobrarse y se alejó veloz como el viento. Stanley fue el último en dar la vuelta a su caballo. Maravillado por Marigold, excitado por la forma audaz como se había atrevido a afrontar a Blanding, Stanley, pensativamente, siguió a los demás de regreso al campamento.
Allí reinaba la excitación, a juzgar por las acciones de los cowboys. Pero Stanley abordó al cocinero.
—Jeff, ¿quién me llamó anoche?
—¿Te llamaron? ¿Te despertaron?
—Exactamente.
—Que me aspen si lo sé. Vamos a preguntarles a los muchachos.
Stanley llevó a cabo el interrogatorio con palabras contundentes. Los cowboys expresaron sorpresa y negaron tener el menor conocimiento de aquello. Cada uno de ellos afrontó a Stanley con franqueza y ojos limpios.
—Bueno, alguien lp hizo y me tuvo rondando durante horas.
—Quizá se acercó uno de los jinetes de Blanding —sugirió Jeff—. Han estado muy atareados por allí. Probablemente han estado trajinando toda la noche para poder salir antes del alba. La conducción de los caballos salvajes está en marcha,
—¿Cómo? ¿Hoy?
—Seguro.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Nadie. Tengo ojos en la cara. Mira la llanura.
A la clara y brillante luz del sol, Stanley podía ver al otro lado del valle. A muchos kilómetros de distancia, más allá de los límites de la valla, nubes de polvo y oscuras filas negras en movimiento atestiguaban la aproximación de caballos salvajes.
—¿Qué te parece, Landy? —preguntó.
—Creo que Blanding mintió sobre el día en que iba a empezar —replicó Elm—. Y los caballos se han movido más aprisa de lo calculado.
—Los indios debieron de empezar ayer —dijo Jeff—. Esta mañana, cuando me levanté, al hacerse de día, vi que los jinetes de Blanding pasaban por aquí cerca. Por tanto, la conducción está en marcha.
—Para mí nunca será demasiado pronto —declaró Stanley—. Pero, ¿entrará hoy el grueso de los caballos?
—Si no lo hacen, los arrinconarán hacia el Oregón. Luego los empujarán hacia aquí.
—Parece como si estuvieran cercándolos —replicó Stanley, poniéndose las manos sobre los ojos a modo de visera.
—No son muchos, desde luego —comentó Landy Elm—. Me figuro que la pandilla de Blanding se ha extendido más allá del final del la valla. Impedirán que los caballos pasen de largo. Luego, cuando los indios bajen detrás del grueso de los animales, Blanding cerrará.
—¡La conducción está en marcha! —gritó Stanley.
Se sintió aliviado ante la perspectiva de acción y movimiento—. ¡Lark! ¡Lark! ¿Vas a perderte esto?
—¿Perderme qué? Stanley, qué rara te suena la voz —respondió Lark, saliendo de su tienda.
—¿Tú crees? No es de extrañar, Lark, ha empezado la conducción de caballos salvajes.
—¿Cómo? —gritó ella frenéticamente.
. —Seguro. Mira el polvo y las negras filas que se ven al fondo de la llanura. Llama a las demás.
Luego se acercó al fuego de campamento y, vigorosamente, dio un empujón al tronco donde había estado sentado la noche antes y una patada a las ascuas todavía ardientes. No se sentía ya ni sentimental ni malhumorado. En alguna parte de su fuero interno parecía haber un voltaje de alta tensión.
Cuando consiguió que el fuego echase llamas, se dirigió a su tienda a buscar los anteojos. Con éstos corrió hacia la roca al otro lado del arroyo, trepó arriba y dio un vistazo al neblinoso y moteado horizonte.
Como por arte de magia, la llanura de salvia se había convertido en una. escena de color y movimiento extraordinarios. Sobre la salvia gris, flotaban bajas nubes de polvo. De en medio de estas nubes salían disparados negros objetos: caballos salvajes, las crines y las colas al viento. Había demasiada distancia para calcular el número, pero eran muchos animales. Una manada aparecía de vez en cuando desde un manto de polvo para desaparecer luego en otro. Stanley deseaba averiguar si los caballos se acercaban en dirección a él. Pero de esto no podía estar seguro. Había un incesante movimiento a lo largo de un ancho frente.
—¡Oh, déjame mirar! —gritó una voz ansiosa.
Lark venía corriendo. Estaba destocada. Su ondeante cabello brillaba al sol. Las mejillas y los labios relucían, rojos. Parecía un esbelto muchacho de miembros redondeados con sus pantalones vaqueros y su chaquetilla. Subió a la roca con la agilidad de una ardilla.
—Bueno, Lark —dijo él, alargándole los anteojos-^, a mediodía este valle estará todo negro de caballos salvajes.
—Ya veo, ya veo —gritó ella antes de recoger los anteojos.
Después de mirar con ellos un largo rato, dijo:
—¡Asustados! Aún no están de estampida... Hay jinetes a la izquierda. ¡Oh, los diablos! Es como lanzar caballos hada un precipicio. Stanley, ¿no podemos hacer algo?.-preguntó, implorante—. ¡Sólo tú y yo! El resto de esta pandilla no movería un dedo.
—Exacto —se rió Stanley—. Me temo que tú y yo somos casi lo mismo de incapaces por lo que se refiere a hacer algo. Es un pasto libre. Cierto que los caballos son salvajes, pero están en la reserva india y realmente pertenecen a los indios. Blanding les paga un dólar por cabeza. Es una transacción comercial. Los rancheros, de eso estoy seguro, excepto papá y yo, están deseando dejar los pastos despejados de caballos salvajes. Por tanto, ¿qué podemos hacer?
—Ya lo veo. No puedes hacer nada si eso es todo lo que te importa —replicó ella.
—¡Importarme! Mira, Lark, no me gusta tu tono. Me importa. Pero es ridículo sólo pensar en que se pueda detener a Blanding.
—Podrías comprar a esos jinetes. Tú eres rico. No puede importarte dinero más o menos, a juzgar por la forma que tienes de jugártelo.
—Lark, eres un poquitín irrazonable —protestó Stanley, molesto a pesar de lo bien que la comprendía—. Si compro a esos jinetes ahora, harán la conducción más tarde.
—Tú no quieres a los caballos salvajes.
—Sí los quiero.
—Entonces podrías dispararle a Blanding —dijo la muchacha sin acalorarse ni parecer agitada lo más mínimo.
Tenía las manos firmes sobre los anteojos.
—¿Yo? Ni pensarlo.
—Podrías buscarle pelea. Blanding lleva revólver. Pero no sabría qué hacer con él frente a un hombre de verdad. Podrías provocarlo y dispararle. ¡Oh, no quiero decir matarlo, a menos que fuera en legítima defensa! Pero podrías tirarle a una pierna o algo por el estilo.
—¡Vaya, Lark, tienes un espíritu muy caritativo! —comentó él, asombrado y divertido a la vez.
—Si yo fuera un nombre, lo haría —declaró ella.
—Lark, admiro tu coraje —replicó Stanley seriamente—. Pero esto podría producir mucho jaleo. Tienes que hacerte a la idea. Los caballos salvajes no son ningún bien. Comen la hierba y beben el agua que debería servir para nuestro ganado. Sus días están contados, Lark.
—¡Oh, tú crees que soy una tontita, lo sé! —exclamó ella—. Pero no lo soy. Los caballos salvajes tienen derecho a vivir, por lo menos en pastos libres como éstos. Stanley, si supieses algo de ranchos, habrías visto que por aquí no hay ninguna hierba. Esos caballos comen ramitas y hojas
de árboles. Viven de la salvia y de la maleza. No hacen ningún daño.
—Bueno, eso sí que está bien, Lark Burrell —replicó Stanley, ofendido—. ¡Si yo supiera algo de ranchos!
—Yo diría que no eras más que un principiante.
—Todavía mejor. Gracias. Ayer debiste de estar mintiéndome.
—Una lástima que no lo estuviera —declaró ella.
—Haré que me pidas perdón por haberme llamado principiante.
—No te lo habría llamado si no fuese por ese espectáculo —tartamudeó ella, bajando los anteojos—. Estoy furiosa, Stanley. Anoche me sentía enferma. Pero ahora estoy loca. Quisiera romper cosas.
—Haz el favor de no echarme a mí la culpa, Lark —le dijo él gravemente.
—¡Oh, si tú me estimases un poco, pondrías fin a todo eso!
—No podría ponerle fin, por mucho que te estimase —protestó Stanley, perdiendo la paciencia con aquella extraña criatura.
—¡Eso no es verdad! —gritó Lark despreciativamente y luego bajó de la piedra y corrió hacia el fuego.
Stanley recogió sus anteojos abandonados. El desprecio de la muchacha le tocaba en un punto sensible. Podría resistir el desprecio de cualquier mujer, menos de Lark. Y de este modo empezó a formarse en su conciencia el núcleo de un deseo de hacer inútil todo el trabajo de Blanding.
Siguió a Lark hasta el fuego y encontró allí a Marigold, insólitamente guapa con sus grandes ojos hundidos y la cara blanca en la que destacaban los rojos labios con sorprendente contraste. Su dorado cabello ardía a la brillante luz. Stanley, admirando de mala gana su belleza y su gracia, se dijo a sí mismo que era una mujer que a cualquier hombre le dolería abandonar.
—Pongámonos en marcha —sugirió Stanley al grupo.
—¿Qué prisa hay? —atajó Marigold.
—Podríamos perdernos algo —contestó Evelyn.
—Os perderéis el almuerzo, si os precipitáis. Hemos de estar todo el día fuera, y Jeff se ocupará de desmontar todo y de recogernos,
Stanley abordó a Marigold cuando ésta entraba en su tienda sosteniendo en alto la tela. La caliente luz del sol se filtraba a través de la lona sobre su dorado caballo.
—Marigold, en el fondo de tu corazón sabes que no se me puede echar la culpa de lo que ha pasado —dijo.
—A los hombres no se les puede echar la culpa de nada —repuso ella burlonamente—. ¿Tienes algo más que decir?
—No. Acepto las calabazas —contestó él roncamente.
Ella le lanzó una mirada apasionada que fue como un relámpago azul.
—Me pregunto... Está bien, Stan. Dale el anillo a Lark.
Stanley dio media vuelta, crispada fuertemente una mano. Marigold sabía guardar sus propios secretos, pero había adivinado el de él. La risa baja, aflautada e insidiosa persistía en sus oídos.
Un poco más tarde, cuando se encaminaba hada los caballos, se tropezó con Lark, quien llevaba su montura de la rienda. Lo traspasó con ojos oscuros y trágicos.
—¡Oh, Stanley, no me habla! ¡Ni siquiera me ha mirado!

13

LOS COWBOYS condujeron los caballos ensillados para que los montasen las muchachas. Como de costumbre, Marigold fue la última. Mientras le gritaban alegremente para que se diese prisa, con toda calma, permanecía ante la puerta de su tienda mirando más allá del campamento. Lark estaba montada en su caballo sobre una elevación del terreno, mirando el valle. Stanley paseó la mirada de Marigold a Lark y de pronto algo duro y amargo se disolvió en su alma. Era libre. Marigold lo había librado de algo que se habría convertido en un vínculo insoportable. Las razones de aquella mujer habían sido indudablemente generosas, aparte sus propios motivos.
Landy Elm estaba de pie en sus estribos, señalando con un largo brazo la llanura de salvias.
—Vienen los caballos salvajes.
Stanley saltó a su silla.
—¡Listos todos, vámonos! —gritó.
Lark arrancó como un rayo. El resto de los jinetes se puso en movimiento y cabalgó loma abajo hacia la llanura.
—Landy, vigila a esa muchacha —ordenó Stanley, señalando a Lark.
—Está bien, patrón. Procuraré no perderla de vista —contestó Elm, picando espuelas.
—Corta por donde puedas. Nosotros seguiremos —gritó Stanley.
En lo hondo de la llanura había una masa negra y amarilla en el horizonte. Parecía el humo de un incendio de la maleza que se fuera extendiendo con llamas bajas. Cuando Stanley llegó al terreno llano del valle, no vio más que nubes lóbregas.
Lark no avanzaba en línea recta en la dirección que Stanley había elegido para la marcha. Se encaminaba a la punta de la loma opuesta, muy a la izquierda. Landy había puesto su caballo al galope, pero no conseguía disminuir la distancia entre él y Lark.
—¡Vamos! —gritó Marigold.
—¡Cuidado con los hoyos! —avisó Stanley, y picó espuelas a su caballo negro.
Arrancaron de forma tranquila. Stanley no tenía ningún deseo de iniciar una carrera, y los cowboys tampoco se esforzaban. Las muchachas, con los demás jóvenes, llevaban un trote alegre. Marigold destacaba en cabeza. En su caballo blanco y con la chaquetilla roja, formaba un cuadro hermoso y lleno de colorido contra el fondo de las salvias. Stanley masculló otro ceñudo adiós a su antigua novia.
Había una distancia de seis a siete kilómetros por aquel llano hasta la loma opuesta. Marigold y sus amigos iban en orden cerrado, con Stanley y los cowboys formando la retaguardia. Lark y Landy Elm aparecían oscuramente silueteados contra el cielo sobre la cresta de la loma. Se habían detenido y estaban mirando. La cuesta era gradual y resultaba fácil para los caballos. Stanley paseó la mirada por la ladera de la loma, observando que gradualmente se iba haciendo más empinada, más abrupta, más alta hasta formar una pared que ningún caballo podría superar.
—Muy astuto esto —comentó el cowboy.
—¿De qué se trata? —preguntó Stanley, interesado.
Llevaban los caballos al paso mientras seguían el pie de la cuesta.
—Esta conducción. El sitio es pintiparado para una trampa. Debería darnos vergüenza que un estúpido cowboy que ni siquiera es cowboy de verdad se nos haya adelantado con esta combinación.
—Desde luego —asintió Coil Bruce—. Es algo que me quema la sangre.
—Los indios están con Blanding, muchachos —dijo Stanley—. No olvidéis eso.
—¿Va usted a dejar que Blanding le despeje los pastos de la «Colina de las Salvias»? —preguntó Coil con curiosidad.
—No hay ninguna ley que se lo impida, pero puede que tome mis medidas.
Subieron hasta la cresta de la loma desde la cual se dominaba una vista maravillosa. Aquel punto estaba a más de treinta metros por encima de la llanura, como un promontorio que emergiese en el mar. La altura en cuestión y, en realidad, todo lo largo de la loma, hablan tapado a los
espectadores una amplia y profunda bahía excavada en el flanco de la montaña, pero distinta del entrante de la trampa por el hecho de no tener paredes abruptas. En toda aquella gris extensión y a lo lejos de la llanura, hacia la izquierda, a unos siete u ocho kilómetros de distancia, rodaba una larga e interrumpida línea de nubes de polvo en movimiento y de negras manchas.
—Patrón, seguramente están de estampida —gritó Landy al acercarse Stanley.
—Ya lo veo. Es un espectáculo. ¿Qué vamos a hacer, Landy? Podemos quedarnos anclados aquí, si esperamos demasiado. Le dije a Lark que fuese en línea recta, para que no desembocásemos lejos de la trampa. Ese es nuestro objetivo, si queremos admirar lo más vistoso de la conducción.
—Fui por donde se presentaba mejor el terreno —replicó Lark—. Podemos subir a caballo la loma o bajar por la falda.
—Muy bien. Entonces sólo hay que decidir cuánto tiempo vamos a estar aquí. ¿Tú qué dices, Landy?
—Creo que no hace falta que nos demos prisa —contestó el capataz oteando el llano—. Todos esos caballos salvajes van corriendo hacia poniente. Y seguirán en línea recta hasta que aquel puñado de jinetes los espanten por el costado más lejano. Apelotonarán los caballos y luego la empalizada los obligará a volver valle arriba,
—Marigold, ¿qué opinas tú? —preguntó Stanley.
—¡Cielos! Escuchad a Stanley, muchachas —replicó Marigold—. Me concede la capacidad de tener un pensamiento.
—Vamos, ¿no puede una de vosotras expresar una opinión?
—Es una vista maravillosa, Stanley.
—Yo diría que lo es. Landy se acercó a Stanley.
—Patrón, recordarás que el otro día la pandilla de Blanding no tenía puerta para su trampa.
—Así es. Pero ayer dispusieron de tiempo para construir una.
—Sería un circo si no lo hicieran.
Stanley desmontó y se adelantó sobre las rocas. Al hacer esto, tuvo un vislumbre del rostro de Lark. Aquello cambió bruscamente la dirección de sus pensamientos. Ella era una hija de la naturaleza. Un poco mística en cierto sentido, y apasionadamente aficionada a los caballos, en realidad a todos los animales. Esta conducción sería una prueba dolorosa para ella. Y, si ya la conducción en sí la hacía sentirse desgraciada, ¿qué no sería con el espectáculo que le ofrecería al día siguiente aquella trampa? En ese aspecto, Stanley se imaginaba que todas las muchachas se pondrían enfermas. Inmediatamente se tornó de nuevo pensativo. De cualquier modo, ¡al diablo aquel guapo Blanding!
Con aquel cambio en sus sentimientos, examinaba la escena que tenía enfrente. La interrumpida fila de caballos debía de ser de una longitud de diez a doce kilómetros, por lo que podía columbrar. Quizá se extendía más allá del límite de la vista. Había probablemente millares de caballos. Los indios habían estado acosándolos por aquel flanco de la montaña durante días y días.
Mientras Stanley miraba, lentamente toda la masa iba acercándose y ensanchándose, hasta que pudo apreciar que el movimiento no se había hecho todavía rápido, aunque se le evidenció que los caballos salvajes estaban asustados, como había dicho Lark. Estaba sentado en la roca y así permaneció durante media hora larga, consciente de que los otros estaban detrás, pero con su atención concentrada en la maniobra.
Manadas de caballos emergían entre las nubes de polvo, sólo para ser tragadas por otras.
—¿Oís eso? —gritó Lark agudamente—. ¡Disparos! Han empezado a disparar. Ahora meterán los caballos.
—Jefe, la señorita Lark tiene razón —gritó Elm—, La gran conducción ha empezado.
Stanley escuchó hasta que pudo oír el débil eco de armas de fuego. En la silenciosa mañana, los escopetazos podían escucharse desde varios kilómetros. Se puso en pie.
—No tardará ya —gritó un cowboy.
Verdaderamente, la escena se estaba transformando. El extremo interior de la masa neblinosa se adelgazó cerca de la curva de una cuesta a kilómetro y medio a la derecha de Stanley. Aparecieron allí pequeñas y desperdigadas manadas de caballos. Siguiendo la fila con los ojos, vio la hinchazón de la nube de polvo, agrandada en el centro. Mientras miraba, el hueco entre la línea en movimiento y él final de la valla de la trampa se iba estrechando y cerrando. Los caballos salvajes estaban dentro.
Resultó entonces fascinante para Stanley ver el comportamiento de aquel salvaje ejército bañado en polvo. En algunos sitios, una negra y ondulante línea de caballos iba a la cabeza de la masa. Los disparos sonaban menos apagados y lejanos. A la derecha, caballos extraviados avanzaban en tropel hacia la colina, sé detenían a mirar, corrían de nuevo, daban media vuelta y retrocedían. Esos se escaparían de la conducción, porque parecía que los jinetes estaban ahora maniobrando desde los extremos hacia el centro. La larga loma sobre la cual estaban los espectadores y el final de la valla se cuidarían de las alas de aquella masa vertiginosa. Un vivo viento se —había levantado y venía desde los caballos a los espectadores. Eso era lo que alzaba nubes de polvo que tomaban formas de hongo. El tronar de las escopetas se hizo más claro por momentos y luego empezó a convertirse extrañamente en otro sonido: un rugido bajo y continuado.
—Oye, jefe, será mejor que nos vayamos —dijo Landy—. La señorita Lark se ha lanzado por la cuesta.
—Vamos —gritó Marigold.
Duras pezuñas golpeaban las rocas detrás de Stanley. Los caballos se pusieron en movimiento y en los oídos de Stanley sonaron alegres disparos. Todavía se demoró un poco. Pronto la tormenta de polvo, en forma de cuchillo, empezó a barrer el valle desde el punto opuesto al que ocupaba el ranchero. La línea de caballos no era ya una línea seguida, sino manchas de color y surtidores de polvo, unos alzándose, otros en movimiento. El estruendo de los cascos se hacía más claro, pero, como la masa principal de caballos estaba todavía a tres kilómetros de Stanley y se precipitaba hacia la valla, él esperaba que aquel sonido disminuyese, lo que ocurrió al poco tiempo.
Stanley volvió a montarse. Sus compañeros se habían perdido ya de vista en la maleza de la ladera. Lanzó una mirada más desde su observatorio estremeciéndose ante el colorido, el movimiento y el estruendo que iba apagándose. Cada vez los disgustaba más aquello. Carne de caballo para alimento de gallinas1. No hacía falta que Lark Burrell influyese para que sintiera repugnancia. Aquello no era un trabajo honrado, un verdadero deporte, no era más que codicia. Comprendió que se estaba poniendo de mal humor.
Dirigió su caballo por la ladera siguiendo el rastro de los que lo precedían. Si era Lark la que se habla puesto a la cabeza, como sin duda había ocurrido, aquello demostraba su pericia de jinete. Por fin consiguió ver la montura color crema de la muchacha. Estaba a medio camino de la cabecera de la trampa.
Stanley lanzó una mirada a la llanura que se extendía detrás de él y a la derecha. Por encima del punto que acababa de abandonar, una nube de polvo ancha y flotante se movía hacia la valla de enfrente. El obstáculo haría girar más tarde o más temprano a los caballos salvajes y tendrían que avanzar valle arriba y entrar por el pico de la trampa,
—Espero que el muy canalla se rompa la crisma —masculló Stanley y siguió cabalgando
Alcanzó a Doris y a Evelyn, quienes trataban de abrirse paso entre la maleza.
—Seguidme, muchachas —aconsejó Stanley al pasar junto a ellas—. Yo iré abriendo camino.
Pronto, Stanley y sus seguidores llegaron a un terreno sobre el cual podían galopar, y alcanzaron a Marigold y á su grupo, que los estaban esperando. Pero Lark y Landy Elm habían desmontado para atar sus caballos e ir a pie hasta la punta que estaba por encima de la puerta de la trampa.
—¿Cuándo se almuerza? —preguntó alguien.
—A cualquier hora —contestó Stanley—. Landy ha dejado aquí los bocadillos y las bebidas.
—Vamos, muchachas. No permitamos que mi prima nos meta en más líos —dijo Marigold—. Ya me he roto los pantalones y no me importa lo que pueda pensar.
Stanley descabalgó y se dirigió a unirse con Lark y Landy. La muchacha estaba sentada en una piedra desde donde se veía la puerta de la trampa. Landy estaba en pie y, cuando se acercó Stanley, le habló:
—Patrón, está llorando —susurró.
—Quiere mucho a los caballos salvajes y esto la tiene descompuesta.
—Me imaginaba que era por eso. Pero, si se siente tan mal ahora, ¿qué va a hacer cuando vea la hondonada llena de relinchos y quejidos, de caballos que se matan a coces, que se rompen las patas en las rocas, que se desgarran el vientre en las piedras?
—No sé, Landy. Si la cosa es tal como la pintas, también yo me pondré enfermo.
—Me sorprendería que las muchachas pudieran resistirlo.
—Todavía no se lo imaginan —Miró atrás y vio que ellas almorzaban—. Lark, ¿no quieres comer un poco?
—No podría tragar un bocado —contestó ella sombríamente.
Stanley pensó que convendría dejarla sola. Hasta entonces sólo se había sentido malhumorado a rachas, pero ahora lo estaba de una manera fija.
—Landy, ve a buscarme un bocadillo y un sorbo de agua —dijo Stanley, buscándose un asiento.
Cuando el capataz volvió, Stanley expresó su esperanza de que la estampida ocurriese tarde.
—¿Por qué, patrón?
—Porque, si Blanding consiguiese atrapar ahora todos los caballos, empezaría la faena de atarlos por las colas, cosa que no quisiera ver.
—Calculo que empezarán tan pronto como amanezca mañana,
—Blanding todavía no ha metido los caballos en la trampa —dijo Stanley gravemente.
Landy le lanzó una mirada pensativa y se alejo para reunirse con los demás.
Stanley continuó rumiando sus ideas. Los caballos no estaban apresados aún. Incluso cuando lo estuvieran, podrían escapar, podría ayudárseles a recobrar la libertad.
¡Eso es!
—Stanley, haz el favor de venir aquí —le pidió Lark.
Se apresuró a acercarse a ella. Lark no estaba ya llorando, aunque eran visibles las huellas de sus lágrimas. Se la notaba abatida, desalentada.
—¿Qué pasa, Lark?
—No querría tener a nadie a mi lado, pero... pero me hace falta.
—¿Qué te ocurre, niña?
—No soy una niña, soy una mujer, una mujer terrible.
—Sí, eres muy terrible —dijo él, tratando de bromear.
—Stanley, esta conducción de caballos salvajes me ha destrozado —continuó ella en voz baja y volviéndose para ver si había alguien cerca—. Pero lo de Marigold, lo de Marigold ya ha sido el colmo. Me ha mirado una sola vez. Con unos ojos... Casi me caí del caballo. ¡Oh, cómo me odia!
—No es eso, Lark —trató de consolarla Stanley—, Ella está de mal humor y tú estás trastornada.
—¡Trastornada! Tengo el corazón destrozado. De buena gana me arrojaría desde este peñasco. Sigue a mi lado, por favor. Es duro esperar. ¡Si por lo menos viniesen de una vez los caballos! Pero entonces me pondré furiosa, querré matar a ese Blanding.
—Me quedaré, Lark —contestó él suavemente, anhelando acercarse a ella y decirle que pronto, cuando él se sobrepusiera a su furia y a su dolor, cuando hubiese transcurrido un plazo prudencial, tenía la intención de preguntarle si querría quedarse a su lado para siempre.
Los momentos iban pasando. El grupo de excursionistas que estaba atrás se divertía; el viento refrescaba, llegando cargado de un olor mixto de polvo, salvia y caballos; abajo, en el ancho extremo del triángulo, una capa amarillenta y remolineante que abarcaba toda la anchura del valle parecía haberse detenido como el filo de una nube sobre la cresta de una montaña. Stanley había perdido el hilo de sus pensamientos. Su mirada iba de la cabeza de Lark al fondo del valle. Le era preciso obrar de un modo tal que ella nunca creyese que se había interpuesto entre él y Marigold.
—Tendría que echarse todas las culpas a sí mismo.
Al cabo de un rato, Stanley se dio cuenta de que los cowboys que estaban detrás de él hacían comentarios sobre 3 la maniobra que estaba llevándose a cabo con los caballos salvajes. Volvieron a oírse escopetazos.
Lark se puso en pie nerviosamente y se apartó del borde de la pared cortada a pico. En aquel punto la distancia hasta el fondo parecía ser poco mayor de diez metros. Enloquecidos caballos salvajes trataban de subir. Stanley cambió de posición y se apartó varios metros de Lark. Entonces las demás muchachas acudieron en tropel, excitadas y curiosas.
—¡Mirad! ¡Parece como si fueran todos los caballos del Oeste! —exclamó Doris, quien no se apartaba de Marigold.
Los caballos se acercaban a la carrera levantando menos polvo al entrar en el valle, debido a la rica capa de hierba y salvia que cubría el suelo. Un estruendo bajo y profundo llenaba los oídos de Stanley. Conjeturó que era una tremenda manada. La posible brutalidad de la conducción lo tenía mudo, mientras todos los demás, excepto Lark no dejaban de hacer comentarios.
Los animales avanzaban. El flanco izquierdo se había metido en el riachuelo y grandes salpicaduras de agua brillaban al sol. En el centro de la línea de avance, en forma de V, una sólida masa se iba acercando a una velocidad vertiginosa. El guía era un caballo blanco al que fácilmente se podía distinguir como semental por su cuello en cresta.
Sus seguidores se abrían camino entre el polvo. A la derecha, un flanco de esbeltos caballitos avanzaba girando como una rueda. Los huecos estaban cerrados por oscuros caballos que corrían salvajemente; y ahora, el valle cada vez más estrecho presentaba un frente ininterrumpido y el retumbo se cambiaba en un trueno prolongado.
—Patrón, creo que este no es sitio seguro para las muchachas —vociferó Landy.
—Bifes que retrocedan —contestó Stanley, dándole la razón.
Luego llamó a Lark. Si lo oyó, no lo demostró. Tenía la cara blanca y sus ojos lanzaban relámpagos sobre la manada. Stanley se quedó acompañándola, compartiendo su riesgo si no la intensidad de sus emociones.
Pero el espectáculo era grandioso. Stanley sintió el punzante arrepentimiento de no haber destruido la valla en el extremo más alejado de la trampa. Con su caballo podría haber abierto una ancha brecha. Pero ya ni su arrepentimiento ni sus maldiciones podrían interrumpir aquella carrera.
Todavía quedaba más de medio kilómetro. El estruendo era tan ensordecedor, que no se oían los disparos. La cortina de polvo se levantaba más alta que el sol, que iba ya de caída. La luz del día disminuía visiblemente.
Nadie podía calcular la profundidad de aquel ejército de caballos. La primera línea mostraba unos cuantos centenares. Pero en la profundidad podía haber mil, dos mil, y en ese caso la confusión sería tanto más terrible. Mucho mejor que aquellas salvajes criaturas cayesen por un precipicio. Sería misericordioso en comparación con la suerte que les aguardaba.
Cincuenta metros antes de llegar a la puerta, el semental guía dio un brinco para echarse a un lado, en un ataqué de supremo terror ante la trampa. Los caballos que lo seguían, rozándole la grupa, hicieron lo mismo. Se desperdigaron ante la inundación viva que avanzaba. El semental, sin disminuir su velocidad, corrió ¡hacia la izquierda. Pero la masa de aquel flanco se cerró antes de que pudiera dar una docena de saltos. Sobresalió su delgado hocico. Stanley llegó a oír el terrible relincho que traspasó el trueno de los cascos.
El semental saltó hacia las rocas, dio un brinco maravilloso, resbaló y lo intentó de nuevo, agarrándose en precario equilibrio, saltó por tercera vez, se quedó corto y cayó de espaldas. Se rompió el lomo y se quedó tendido con las cuatro patas batiendo el aire. Uno de los cowboys lo remató.
Sus seguidores más inmediatos se precipitaron aquí y allá, pero a la larga fueron empujados hacia la trampa fatal lo mismo que toda la marea de caballos.
Stanley no miraba ya aquello. Sus ojos fascinados se clavaban en la abertura que apenas era bastante ancha para que pudiesen cruzarla treinta caballos en fila. Luego ocurrió lo que se esperaba. Se apelotonaron en la puerta y los dos o tres caballos delanteros fueron empujados como una catapulta; Siguió un espectáculo de horror.
Stanley gritó hacia el grupo de indios y cowboys que se movían a las órdenes de Blanding:
—¡Oiga, Blanding, haga el favor de rematar a esos pobres animales desventurados y cojos! —vociferó, enfurecido, señalando el montón de caballos que se debatían impotentes.
Blanding levantó la mirada, y el movimiento de su cabeza no pudo ser más significativo.
—Eso es asunto nuestro —gritó.
—Un asunto bastante sucio —replicó Stanley.
—Eso a usted no le importa.
—Sí me importa. Si no mata a esos caballos, lo haré yo. En aquel momento, Ellery Wade empezó a discutir con
Blanding, quien le contestó de mala manera. No obstante, Ellery gritó:
—¡Stan, pensamos matar todos los lisiados!
—Pues hacedlo, entonces.
Blanding les ordenó a sus hombres que cruzasen la puerta, evidentemente para realizar lo que Stanley habla pedido. Luego cabalgó hasta el pie de la pared de rocas, probablemente para hacerse oír mejor. Stanley avanzó hasta el borde y así no quedaban muy separados. Oyó cómo los demás componentes de su grupo se apiñaban detrás de él.
—Oiga, Weston, quizá no sepa usted que no se le invitó a ver esta conducción —dijo Blanding sarcásticamente.-
—Nunca creí que se me hubiese invitado —restalló Stanley.
—Puede estar seguro de que no lo fue. Cuando invité a Marigold no lo incluí a usted. ¿Lo entiende?
—Sí, lo entiendo.
—Entonces, no se meta en mis asuntos. Estos caballos me pertenecen.
—Blanding, nadie le discute eso. No tengo la menor intención de entremeterme. Pero esto es un espectáculo bochornoso. Si tuviese usted algún sentimiento decente, pondría fin a la agonía de esos pobres animales a toda prisa.
Desde detrás, Lark se había ido acercando más y más a Stanley.
—¿No comprendes que ese hombre es malo? Preferiría dispararte a ti antes que a los caballos —susurró fieramente.
Stanley, apartó la mirada de la cara que abajo estaba vuelta hacia arriba. Una nota de desesperación sonaba en la voz de Lark. Ella era allí el factor desconocido, imprevisible.
—¡Hola, muchacha de Idaho! ¿Qué le parece mi conducción? —preguntó Blanding burlonamente.
Lark miró abajo, sin otra respuesta que esa. Era bastante, pensó Stanley, para confirmar su propia convicción sobre aquella muchacha. Era peligrosa.
—Ya Marigold me ha hablado de las grandes manadas de caballos salvajes que hay junto al río Salmón —continuó Blanding—. Seguramente haré una conducción ¡por allí.
Marigold se adelantó con las mejillas arreboladas.
—¡Calle usted de una vez! Este final de su maldita conducción es diabólico —restalló.
—Vamos, Marigold, te estás volviendo muy delicada —chanceó él, arrastrando la voz—. No hablabas así hace una semana.
Marigold tuvo un ademán apasionado.
—Muchachas, es un bandido... Vámonos de aquí.
Afortunadamente, unos disparos distrajeron la atención de Stanley en aquel momento. Los jinetes habían empezado a rematar los caballos lisiados.
—Tened cuidado —gritó Blanding—. No vayáis a espantar a la manada.
Verdaderamente había peligro de otra estampida. Los tres jinetes se apartaron del extremo más alejado de la trampa, disparando a los caballos lisiados que tenían más cerca. Stanley se fijó en un desgraciado animal que avanzaba cojeando, arrastrando las entrañas por el suelo. Era una bonita yegua de larga crin, casi a punto de parir. Se alegró cuando un balazo la hizo caer de rodillas y otro puso fin a su existencia. Stanley esperó sólo el tiempo necesario para ver que Lark se había montado ya en «Chaps» y cabalgaba hacia el extremo superior de la trampa. Los demás estaban apretando sus cinchas. Siguió de cerca a la muchacha.
Cuando cabalgaban alrededor del vallado, Stanley bajó la mirada. El tiroteo había empujado a los caballos salvajes hacia la punta de la trampa, donde se apelotonaban en espesa formación, todas las caras vueltas hacía los jinetes. Stanley fue el último en cruzar el riachuelo por la parte de arriba y empezar a subir por la cuesta de enfrente.— Hizo un examen a fondo de la fatal valla de maleza, y su mente se aferró a una decisión audaz que excluía todo lo demás, hasta tal punto que cuando vio a Lark cabalgando muy por delante, no se preocupó de ella. Abajo, lejos en el suelo del valle, vio a los indios y a los jinetes dirigiéndose a su campamento. Pero tampoco pensó en ellos, mientras el pulso le latía muy aprisa.
Había oscurecido ya cuando Stanley llegó al campamento. Mientras desensillaba a «Blackie», sonó la llamada para la cena. No hubo una alegre respuesta. Las muchachas del grupo de Marigold estaban agotadas por el paseo y la excitación. A Marigold misma se la veía pálida y silenciosa. Stanley trató deliberadamente de captar sus miradas, pero no lo consiguió.
Él no hizo nada por acercarse al fuego del campamento después de la cena, y observó que Lark tampoco lo hacía. Stanley fue a su tienda y se tumbó sin desnudarse. Estaba decidido. Tenía la intención de escabullirse a altas horas de la noche y hacer que los caballos salvajes pudieran escapar de la trampa. Si no podía abrir la puerta, haría un agujero en la valla. Esta idea había arraigado en él motivada al principio por la pena de Lark. Pero, una vez que adoptó la resolución, empezó a reaccionar por su cuenta a favor de aquel propósito. No pensaba dormir.
Mientras yacía allí tendido, las muchachas y muchachos que estaban fuera hablaban y reían alrededor del fuego de campamento. Las sombras se agitaban sobre la tienda de Stanley. Poco a poco fue sintiendo frío y echándose mantas encima. Marigold y sus invitados permanecieron allí largo tiempo, bebiendo café y charlando. Antes de que se acostaran, Stanley se quedó dormido.
A alguna hora de la noche, se despertó, probablemente por el frío. Todo estaba en silencio. La gente se había acostado. Miró el reloj y se asombró al ver que era más de la una. Se levantó y salió con mucho cuidado.
La luna estaba alta. Las estrellas brillaban. Como un indio, se deslizó sin hacer ruido, cruzó el arroyo y se dirigió a la cuesta, caminando por la senda que abrieron los caballos en sus dos viajes a la trampa. Aquella tarde había tenido buen cuidado de ir tomando nota mentalmente de cómo bajar hasta allí. Sería una larga caminata, pero prefería hacer el recorrido a pie. A pesar de eso, procuraba no darse prisa y mantener alerta los ojos y los oídos.
Al principio sintió frió, pero después que hubo andado un rato, entró en calor. La luna se hundió, dejando que las estrellas lucieran más brillantes. El sabor de esta aventura le recordaba viejos episodios juveniles y algo de la excitación y el calor de días antiguos retornó a él. ¿Qué diría Lark? Se quedaría asombrada. Lo recompensaría con algo más que el único beso que le había prometido.
Los coyotes aullaban en el valle; de vez en cuando, su oído registraba algún rumor, pero, cuando se detenía a escuchar, cesaba; el viento le soplaba en la cara y le parecía oler humo. ¿De dónde podía proceder aquello? Quizá Blanding había dejado a algunos indios en retaguardia para vigilar la trampa y estos habían encendido fuego. Lo comprobaría cuando llegase más allá de la prominencia de la cuesta. Si veía un fuego, le daría la vuelta y seguiría subiendo, luego bajaría detrás de la trampa y haría una brecha en la valla de maleza. No había miedo de que los agudos ojos de los caballos salvajes no la descubrieran
De pronto, otro sonido lo hizo pararse en seco. Era como el viento entre los árboles o el murmullo de la corriente de un río, muy lejos. Pero ni había viento ni había río. Escuchó. Muy por delante de él se alzó un rumor repentino e intermitente que fue haciéndose más fuerte por momentos. Los caballos debían de estar moviéndose. Corrió ; con rapidez por la senda y dio la vuelta al ancho lomo de la colina. Allí se puso al paso hasta que por fin, al coronar Ja cuesta casi encima de la trampa, se detuvo.
Turbiamente, podía distinguir el fondo del valle. Era gris donde crecía la salvia, negro en las paredes de roca y en los barrancos. El ruido le pareció como de un corrimiento de tierra blanda y cascajo, de chasquidos y crujidos de maleza pisoteada. Luego siguió el estruendo sordo e inconfundible de centenares de cascos. Los caballos salvajes debían de estar en movimiento. Stanley bajó más aprisa.— Cuando se detuvo de nuevo, no estaba lejos de la trampa. El estruendo parecía irse apartando de él. Como no había viento, aquello no podría ocurrir si los animales estuvieran corriendo alrededor del cercado.
De improviso, comprendió que los caballos salvajes estaban moviéndose colina arriba. El corazón le dio un salto. Habían logrado abrir brecha. Temblando de excitación, saltó arriba de un peñasco. A la luz de las estrellas, distinguió una negra corriente que subía la cuesta. No estaba cerca, pero podía distinguir la cinta oscura y móvil contra el fondo grisáceo. El rumor de duros cascos sobre k piedra corroboró sus sospechas. Tenía ganas de ponerse a gritar como un indio. El sordo estruendo continuaba, se hinchó ensordecedoramente y luego, poco a poco, fue bajando de volumen hasta convertirse en un murmullo suave que terminó extinguiéndose. La negra sombra sobre el fondo gris había desaparecido al otro lado de la loma.
—¿Qué puedes decirme de esto? —se susurró Stanley a sí mismo, sentándose por efecto del asombro—. ¡Se han marchado! ¡Han huido!
En aquel instante, una luz apareció abajo en la negra sombra que había al pie de la cuesta. Stanley la contempló con ojos asombrados. Aumentó de tamaño hasta convertirse en una llamarada. Vio un montón de maleza. De pronto se alzó todo un incendio. El follaje de pinos secos ardía como cohetes. A la brillante luz, distinguió la larga y oscura valla. ¡Alguien le había prendido fuego! Transfigurado, Stanley miraba. ¿Quién podía haber hecho eso? Sólo una persona, ¡Lark! Las llamas crepitaban fieramente; el círculo efe luz se ensanchaba. Stanley distinguió una ancha brecha en la valla por donde se habían escapado los caballos. Vio también que la trampa, en toda la extensión que podía avistar, estaba vacía, excepto alguna que otra mancha negra aquí y allá, probablemente caballos muertos.
A los pocos momentos, el fuego había cobrado tanta fuerza, que todo el cercado se hizo visible. La puerta cerrada, las paredes a pico, la cascada en la sombra, todo estaba iluminado.
—¡Demonios! ¡Qué muchacha! —exultó en voz baja—. Lo ha hecho por fin.
Luego sus oídos, aguzados por la excitación, percibieron el golpeteo de unos cascos. Se bajó de la roca. Lark, o quienquiera que fuese, cabalgaba senda arriba. El incendio iluminaba la colina. Stanley no tardó en distinguir un caballo con un jinete. Se quedó agazapado detrás de la roca. Podía no ser Lark. Luego reconoció el caballo. Era «Chaps», todo dorado por la luz del incendio. Y aquella forma oscura y esbelta, a horcajadas sobre el animal, no podía ser otra que Lark. Stanley salió a la senda y le gritó.

14

LA APRETADA y cálida opresión en el pecho de Lark se había aflojado cuando los últimos disparos de los jinetes de Blanding le dieron la seguridad de que todos los lisiados caballos salvajes habían llegado al fin de sus sufrimientos.
Se alejó de aquella punta sin mirar atrás a ver si la seguía el resto de la pandilla de Marigold. Como faltaba poco para la puesta de sol, no se entretendrían mucho. Pero ella cabalgó a lo largo de la pared izquierda de Ja trampa, cruzó el arroyo, dio la vuelta a «Chaps» en la cuesta y pasó muy cerca de la valla de maleza. Había un gran peñasco que marcaba el centro de aquella valla y donde los muñones de varios árboles espinosos asomaban por la parte de fuera. Con una cuerda en el pomo de su silla podría halar de aquellos árboles sin gran dificultad. Así conseguiría abrir una brecha de unos doce metros de anchura. Lo bastante grande si no disponía de más tiempo. Pero quería que los caballos se escapasen antes de prender fuego al resto de la valla.
Al volver por la senda que los caballos habían abierto al primer día, los experimentados ojos de Lark se fueron fijando en la disposición del terreno, de las rocas y de los árboles, con objeto de poder encontrar el camino a la ida y a la vuelta en la oscuridad.
En la cresta de la loma, adonde llegó pronto, marcó el punto en que se iniciaba la senda y luego no se preocupó más de aquello. No miró atrás ni una sola vez.
Los indios de Blanding cabalgaban abajo, en el terreno llano, en cansados caballos que los conducían hada su campamento. Blanding y sus jinetes blancos iban en retaguardia.
No habían dejado ningún centinela. Probablemente no tenían temor alguno de que los caballos salvajes pudieran abrir brecha en aquella trampa segura. Pero a Lark no le habría importado tampoco que hubiesen puesto vigilantes. Después de los largos días de trabajo agotador realizado por aquellos hombres, éstos querrían dormir. Y en el peor de los casos, si no lograba abrir una brecha en la valla, siempre podría prenderle fuego. Una vez iniciado, la maleza y las ramas secas arderían como yesca. Los operarios de Blanding, aunque estuvieran en el lugar, no podrían apagar el incendio.
El disgusto de Lark fue aplacándose con la perspectiva de la libertad de los caballos y sólo quedó d mal humor. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. Las consecuencias de que averiguaran su culpabilidad la tenía sin cuidado.
La puesta de sol la sorprendió en la cresta de la loma; el ocaso tenía un siniestro color carmesí a tono con aquel día de sangre y destrucción. La salvia se pintaba de púrpura. Si los caballos lograban escaparse por aquella parte de la montaña, sería muy difícil que pudieran alcanzarlos.
Los cowboys, con Coil Bruce a la cabeza, alcanzaron a Lark poco antes de llegar al campamento.
—Desagradable, ¿verdad? —preguntó Coil.
—Mucho —asintió ella.
No sentía ganas de hablar, pero comprendió que llamaría menos la atención si se mostraba lo más natural y cortés posible. Entonces vio el lazo que Bruce llevaba colgado de la silla. Necesitaría una cosa así.
—Me encargaré de su caballo —se brindó Bruce cuando Lark descabalgó.
—Gracias, no hace falta. Yo me cuidaré de él.
Lark tuvo buen cuidado de observar donde ponía Bruce su lazo, con objeto de poder localizarlo después. El problema era qué iba a hacer con «Chaps». Si lo trataba como de costumbre y luego lo dejaba suelto, no le sería fácil encontrarlo. Después de quitarle la silla, lo dejó beber y lo ató al árbol que había detrás de su tienda. A «Chaps» no le hizo gracia. Lo aplacó con un morral de avena.
Oscureció. Marigold y sus amigas llegaron, cansadas, pero ruidosas. Lark no vio a Stanley. Sin duda estaba tan disgustado, que no quería volver al campamento.
La llamada de Jeff para la cena hizo acudir a muchachos y muchachas. Stanley salió de su tienda. Todos parecían —j estar muertos de hambre, menos Stanley, que apenas probó ’.S la comida y se retiró pronto. Y no fue él quien encendió el fuego del campamento como era su costumbre. Desapareció.. Lark no volvió a verlo. Pero vio cómo los cowboys comían con Jeff junto al vagón de la impedimenta y tuvo buen cuidado de contarlos e identificar a Bruce. Luego, desde su tienda, se deslizó en la oscuridad, localizó el sitio donde Bruce había dejado su silla y se apoderó del lazo tan codiciado.
«Chaps» había comido toda su cebada y expresaba deseos de más o de que lo soltaran. Lark no quería que la viesen retirar más grano. Ni quería dejar al caballo vagando por el campamento. Por eso amparándose en la oscuridad, volvió a ensillarlo y a ponerle las riendas, y lo condujo loma arriba hasta cierta distancia y lo ató a un árbol. «Chaps» estaba bien educado. Aquello, evidentemente, le parecía natural, pues significaba que Lark tenia el propósito de montarlo de nuevo. Ella lo acompañó un rato, acariciándolo, y luego se apresuró a volver al campamento.
Un gran fuego ardía brillantemente. Lark no se unió al corro que rodeaba la hoguera. Se sentó en su cama, dejando descorridas las telas de la tienda y miró. Stanley no estaba entre el grupo. Sin duda se había acostado y estaba ahora tendido, muerto de pena, tratando de resolver su problema. Lark dio rienda libre a sus conjeturas.
Se echó una manta por encima. Si no hubiese sido por «Chaps», se habría acostado para permanecer despierta durante horas. Pero aguardó pacientemente hasta que el corro que rodeaba el fuego de campamento fue disolviéndose. Entonces Lark salió con mucho sigilo y se dirigió cuesta arriba. En pocos momentos llegó a donde nadie podría verla y respiró a sus anchas.
«Chaps» gimió al acercarse ella, lo que hizo que Lark avivara el paso. No estaba aún fuera del alcance de los penetrantes ojos de los cowboys. Vaciló antes de montar. Tenía guantes, cerillas y lazo, pero se había olvidado del sombrero. Montó por fin y condujo a «Chaps» cuesta arriba.
La noche era oscura, silenciosa y fría. La luna no saldría hasta varias horas después. El valle abajo parecía un negro agujero envuelto en silencio. Hacia la izquierda parpadeaban los fuegos de campamento de la cuadrilla de Blanding. Estarían celebrando el botín del día. No estarían tan alegres por la mañana.
«Chaps» encontró la senda. Era blanda y herbosa y no producía ruido alguno al pisarla los cascos. Lark recordó que al llegar abajo, cerca de la trampa, tendría que desmontar y andar con cuidado para no hacer ningún ruido.
Mientras avanzaba, el estado de fría reflexión, alternando con la incertidumbre que la poseía, fue dando pasos gradualmente a un nuevo sentimiento. Terminó por alborear en ella la idea de que podría caer en manos de Blanding. Pero tendrían que alcanzarla antes sus jinetes. La posibilidad parecía remota. Blanding podría enviar a unos cuantos
hombres para que estuviesen toda la noche cerca de la trampa, aunque Lark consideraba aquello dudoso. Pero si así ocurría, tales hombres tendrían que acampar indudablemente fuera de la puerta, y esto los tendría a cerca de medio kilómetro de distancia del objetivo de Lark. En el caso de una sorpresa, Lark pensaba ceñudamente que podría abrirse camino a tiros. No le importaría en absoluto disparar contra Blanding. Su padre no había sido hombre que vacilase nunca en emplear un arma de fuego. Pero matar a un hombre, excepto en defensa de su vida o de su honor, era impensable. Lark sentía muchas dudas sobre la posibilidad de utilizar un arma en la oscuridad contra hombres en movimiento. Pero tenía que seguir adelante, con peligro o sin él, y no se dejaría apresar.
Después de cabalgar unos tres kilómetros, puso a «Chaps» al paso y poco después llegaba al oscuro peñasco que señalaba el sitio donde tenía que empezar a descender. Todo estaba gris y lúgubre en el desfiladero. Ni un solo fuego. Tenía que aguzar los oídos para percibir algún rumor de los caballos. Por lo visto, estaban descansando. Lark, diciéndose que su empresa se vía favorecida por la fortuna siguió cabalgando muy lentamente.
Por fin llegó todo lo lejos que necesitaba ir, si quería ahora seguir avanzando a pie para efectuar un reconocimiento y ver si Blanding había enviado o no un hombre de guardia. Pero, después de todo, ¿de qué le serviría saber si había centinelas o no? En cualquier caso, tenía el propósito de dar libertad a los caballos. Se pondría en lo peor y obraría en el supuesto de que los hombres de Blanding estaban allí.
Desmontó y se alejó un poco de «Chaps» para escuchar. Primero oyó el lento despeñarse del agua, luego las carreras y el rumor de cascos de caballos inquietos. Estaba a unos cien metros por encima de la valla, a la altura justa del centro, donde pensaba abrir la brecha. Luego oyó el ulular de una lechuza y después el, aullido de los coyotes. Habían entrado en la trampa, al olor de los caballos muertos.
Lark volvió junto a «Chaps» y, agarrándolo por la brida, deslizó la mano casi hasta el bocado y lo condujo con muchas precauciones, sólo unos cuantos pasos lentos cada vez. Pronto llegó al sitio donde sería fácil aplastar maleza, romper una rama o hacer rodar una piedra. Se agachó y palpó el suelo hasta convencerse de que no produciría ningún sonido que pudiera oírse a muchos metros a la redonda. Malgastó un tiempo precioso en hacer eso. Lo comprendió por fin cuando ató el lazo a los árboles con objeto de halar de ellos y abrir la valla. El ruido entonces sería inevitable. Pero no importaría tanto, porque podría tirar de los árboles en menos de tres minutos y marcharse luego. Pero se había olvidado de que tenía también que prender fuego.
Mientras trabajaba muy cuidadosamente, daba vueltas a todas aquellas cosas en la cabeza. Y el resultado fue que elaboró un plan mejor y más seguro.
La espesura en la que penetró pronto era sombría y muy tortuosa. Renuevos de pinos y matorrales espinosos y sin hojas la rodeaban. El suelo estaba espeso de agujas de pino. Aquel sitio ardería magníficamente; en realidad, toda la densa cuesta por encima de la valla se alzaría en llamas. No había ningún bosquecillo cerca, era algo que había notado antes de lanzarse a la arriesgada aventura. Los cazadores de caballos salvajes tendrían que caminar bastante para conseguir material con que rehacer la valla.
Finalmente, Lark se agachó cerca de la alta línea de maleza y árboles apilados. Una senda despejada, abierta por los jinetes, le ofreció a Lark espacio abierto a donde poder arrastrar las anchas copas de los árboles que había seleccionado. Se aseguró de que eran los mismos. Luego, habiendo pasado detrás de ellos, juntó brazadas de agujas de pino y trozos de leña seca que amontonó contra la valla.
Hecho eso, estaba dispuesta. Pero aguardó más tiempo escuchando. Durante aquel intervalo notó que jadeaba; tenía la cara bañada en sudor frío, sentía un hormigueo y un temblor en todos sus miembros. La alarmaban los ruidos. Los caballos salvajes estaban inquietos. La olían a ella u olían a «Chaps». Los oía moverse al otro lado de la valla. ¿Cómo podría estar segura de que aquel ruido no era de pasos de hombres?
El momento había llegado. Con manos firmes, Lark ató un extremo del lazo alrededor del primer árbol que había elegido. Luego acercó a «Chaps», ató el otro extremo al arzón de la silla y azuzó al caballo. Éste dio un tirón, la cuerda se tensó. El árbol se agitó, crujiendo las ramas. El corazón de Lark dio un brinco, la lengua se le pegó al cielo de la boca. Oía resoplar a los caballos salvajes al otro lado de la valla. Sentían curiosidad. Vio oscuras cabezas erguidas contra el fondo grisáceo. «Chaps» parecía estar clavado en tierra. Ella lo azuzó de nuevo y lo golpeó con el guante. El animal agachó la cabeza, hincó las patas y, tirando con fuerza, aflojó al árbol con un chasquido y consiguió moverlo. El segundo árbol se enganchó, pero también empezó a moverse, y el vigoroso caballo tiró de ambos a la vez.
Lark dio un salto y voló atrás. No tenía las manos firmes cuando desató la cuerda. Una gris abertura se abrió en la negra y sólida pared de la valla. Lark acercó el caballo a aquella abertura y lo ató al tercer árbol. Éste era ancho y frondoso, pero salió más fácilmente. Su retirada dejó una puerta lo bastante amplia para que pasasen dos vagones uno al costado del otro. Con aquello bastaba. Dentro, los caballos salvajes empezaban a acercarse,'resoplando. De pronto un animal gris con el blanco de los ojos muy visible, salió disparado por la abertura.
Lark tuvo que dar un salto para que no la atropellara. Entonces «Chaps» avanzó y tiró de ella. Salieron más caballos. Cuando logró tener bajo control al asustado «Chaps» un río de caballos salvajes iba derramándose por la brecha. No hacían mucho ruido, pero incluso aquello contribuía a aumentar el espanto de Lark. Ni aplastaban la maleza, por la simple razón de que la gran masa de caballos no había iniciado aún su movimiento. Pero Lark oía un rápido pisotear de cascos a todo lo largo de la valla dentro de la trampa hasta llegar a la cola de la misma. No se precipitarían por la brecha. Iban saliendo con regularidad, a la carrera, resoplando, pero no locos de terror, Aquella corriente oscura y deslizante parecía algo fantasmagórico.
Mirando extasiada, Lark, en la intensidad de sus sentimientos, se olvidó por unos instantes de su propio peligro. Pero instintivamente ya estaba lista para montar y huir.
La visión de los caballos salvajes, saliendo cada vez apretados y más rápidos, derramándose como aceite, llevó a Lark a una cima de delicia. Les había abierto un camino y sentía ganas de ponerse a gritar. El olor a polvo, a salvia y a caballos la embriagaba. Los sonidos resbaladizos de los cuerpos que se rozaban unos con otros, el golpeteo de los cascos y el chasquido del cascajo confirmaban el movimiento de la columna a sus ojos enturbiados por la emoción. ¡Oh, seguir adelante, seguid adelante! ¡Circulad, dejad sitio para los que vienen detrás! ¡Daos prisa, vosotros, los negros y los grises, los castaños y los tordos! ¡Libertad! ¡La amplia llanura está abierta para vosotros, el seguro cielo de vuestra colina, el pasto distante! ¡Enderezad y bajad vuestros hocicos, esbeltos, ondulantes y queridos caballos salvajes! ¡Corred, corred, corred!
Parecían haber oído el grito interior de Lark. Iban ganando velocidad por momentos, espesaban la columna, salían en un chorro cada vez más grueso. Lark apartó su caballo de aquella corriente que se ensanchaba. Parecía que el polvo iba a ahogarla. La brecha se recortaba, grisácea, y a través de ella formas negras, como espíritus, salían disparadas incesantemente. Luego el alud y la hinchazón pasaron junto a ella, cuesta arriba, alejándose en ondas y haciéndose más tenues por momentos.
Lark salió de su éxtasis. La brecha que había abierto no dejaba ya ver sombras fantasmales a través del polvo. Los caballos salvajes habían acudido a su silenciosa llamada. Se habían derramado en una larga hilera ondulante. Habían desaparecido. Desde lo alto de la cuesta bajaba el último estrépito sordo y profundo.
Ahora sólo quedaba una cosa por hacer. Corrió a prender fuego a la leña que había apilado. ¡Qué llamarada se levantó! Puso al descubierto el gran hueco de la valla, neblinosa ahora por el polvo amarillento. Lark se montó en «Chaps» y lo espoleó cuesta arriba hasta apartarlo del círculo de luz cada vez más ancho. Temerosamente, miró atrás. La valla de maleza estaba crujiendo; las llamas se alzaban' rojas y lamientes, las chispas flotaban altísimas. Podía ver el interior de la trampa. Completamente vacía, excepto las manchas negras de los caballos muertos que moteaban la gris extensión. Ningún sonido salvo el crepitar de la madera, el rugir creciente de las llamas. Llegó a la altura del primer lomo, donde había abandonado la senda. Todo parecía estar bien. El corazón no se le encogía. Parecía demasiado grande, demasiado tumultuoso para su pecho.
¡Lo hizo por fin! ¡Consumó la hazaña! Su alegría se había impuesto a los temores, a la prolongada incertidumbre que ahora terminaba dejándole una sensación de debilidad ¡Qué terrible incendio a sus espaldas! Alumbraba todo el desfiladero, haría que el valle tuviese la misma claridad que en pleno día. Debía darse prisa, pero al mismo tiempo pensaba que debía ir despacio. Le quitaría la silla a «Chaps» en las afueras del campamento y se la llevaría a su tienda. Estaría acostada cuando llegase la alarma. De pronto hizo un descubrimiento. No llevaba el lazo. Lo había perdido. Recordaba haberlo enrollado y haberlo colgado del pomo de la silla, pero no lo amarró. No se atrevía a volver. Pero, ¿y si lo encontraban y lo reconocían? Ella no podía permitir que le echaran a Bruce la culpa de su acción.
Entre estremecimientos de calor y de frío, con la cabeza dándole vueltas, Lark siguió cabalgando por la senda. Pronto pasaría junto a la gran roca que estaba en una esquina y se alejaría de la luz. Porque la valla era ahora como una larga y roja antorcha. También la cuesta estaba envuelta en llamas.
De pronto «Chaps» reculó y cayó con estrépito. Resopló. Lark vio una forma alta y oscura que se deslizaba desde la sombra hasta plantarse en medio de la senda. Le pareció que el corazón le iba a estallar y que enviaba una caliente oleada de sangre por todo su cuerpo. Echó mano al revólver.
—Lark, soy Stanley. No te asustes —habló una voz baja y clara.
Ella reconoció el timbre. |
—¡Oh, Stanley! —jadeó, y luego casi se desmayó.
Él puso una mano tranquilizadora en el tembloroso caballo.
—«Chaps», viejo muchacho. Ponte en pie. ¿No me has conocido?
—Yo.../no te he conocido... hasta que hablaste —tartamudeó Lark—, ¡Oh, Dios mío, qué susto!
—Lark Burrell, has organizado un infierno —dijo él, acercándosele.
—¿Tú crees? —preguntó ella casi salvajemente.
—Seguro. Pero no debemos hablar aquí en la senda. Alguien podría ver el fuego y venir corriendo.
Le recogió la rienda y, conduciendo a «Chaps», se apartó de la senda dirigiéndose cuesta arriba. Los enormes peñascos y los grandes pinos apaciguaron el temor que Lark había empezado a sentir de nuevo. ¡Qué suerte para ella que hubiese sido Stanley quien la hubiese encontrado! Él se mostraba lacónico, frío, enfadado. Ella lo miraba preguntándose qué palabras iría a oír ahora de él. Aquello no importaba. Desde luego no la traicionaría. En cualquier caso, los caballos salvajes estaban libres.
Casi al llegar a la cresta de Ja loma, Stanley se detuvo.
—Bájate —dijo.
Ella obedeció. Con, manos rápidas, él quitó la silla y las riendas. Una palmada bastó para que «Chaps» se alejase. Lark observó entonces que la luna había salido detrás de la montaña.
—Más tarde vendré a recoger tu silla, cuando podamos hacerlo sin arriesgarnos —dijo Stanley—. Y ahora, incorregible locuela, ¿qué has hecho?
—¿Qué crees tú? —preguntó Lark como bromeando.
Si quería mostrarse así, allá él.
—Creo que has sido lo bastante idiota como para prender fuego a la valla de Blanding.
—Me juzgas mal, Stanley. He sido lo bastante «hombre» para hacer salir a esos caballos salvajes y luego he prendido fuego a la valla.
—Pero, ¿qué has hecho, muchacha? Te has buscado una ruina —declaró, extendiendo ampliamente las manos.
Estaba angustiado.
—¿Ruina? ¿Cómo puede arruinarse una muchacha que no es nadie, que no tiene nada, ni siquiera un nombre? —le preguntó ella.
—Te equivocas. Tienes un nombre. Un buen nombre»
—Bueno, si me delatas, desde luego pasará eso —dijo ella.
—¿Delatarte? ¡Cielo santo, Lark!, ¿cómo puede ocurrírsete semejante cosa?
—¿Cómo me descubrirán y me arruinarán, a menos que me delates tú? Pero estoy diciendo una ruindad, Stanley. La cabeza me da vueltas. Sé que nunca me traicionarás.
—-Alguien lo descubrirá. Hemos de correr nuestra suerte.
—¿Nuestra suerte? —repitió ella, asombrándose de que quisiera hacer causa común.
—Eso es lo que he dicho, señorita Burrell.
—¿Estás enfadado, Stanley?
—¿Enfadado? Estoy que echo chispas. Debería darte unos azotes en el culo.
Aquella idea debía haber resultado graciosa, pero no lo era. Él tenía un aspecto impresionante, tan alto, tan fuerte y tan fiero; de vez en cuando, al moverse, la luz de la luna que atravesaba el follaje del pino, brillaba blanca en su rostro. Ardían sus ojos al posarse en la muchacha. Esto aceleró el corazón de ella de otro modo, y bastante había trabajado ya aquel imprevisible órgano de su cuerpo.
—No soy una niña a la que se pueda dar unos azotes —consiguió decir.
—Sí lo eres. Ahora cuéntame todo lo que has hecho desde que nos alejamos de la trampa esta tarde. Así podré juzgar las esperanzas que nos quedan de libramos.
Ella le contó todo lo esencial.
—¡Robaste el lazo de Bruce y lo perdiste! —exclamó él.
—Así es.
—Bueno, tengo que encontrarlo. Tú quédate aquí —ordenó Stanley bruscamente.
—No puedes ir. —Alargó una mano y lo agarró por el brazo—. No dejaré que te arriesgues a tanto. Supón que Blanding ve el fuego y viene a caballo hasta aquí.
—Tienes razón. Sería peligroso. Pero van a encontrar esa cuerda.
—Quizá no. Creo que la dejé caer entre la valla y la espesura. Seguramente se habrá quemado.
—Lark, si encuentran esa cuerda, acusarán a Bruce o a alguno de nuestros cowboys. Es un asunto grave. Habrá riña.
—Yo puedo impedir eso.
—¿Cómo? —preguntó él, inclinándose sobre ella y agarrándole la mano que le había sujetado el brazo.
—Lo confesaré todo.
—¡Lark, no harás semejante cosa!
—Lo haré. ¿Qué importa? Blanding no puede hacerme nada. Pedir que me detengan. Me apuesto algo a que no tardaría en conseguir que cualquier sheriff me dejase en libertad.
—Pero a mí sí me importa. No debes hacer eso. Prométemelo.
La zarandeó con fuerza. El rebelde espíritu de Lark había tenido que contender con demasiadas cosas en los últimos días. Y el aspecto de Stanley era peor que su violencia, y la confesión de que aquello le importaba era más impresionante que nada de lo ocurrido.
—Te lo... te lo prometo, Stanley.
—Muy bien. Eso ya es algo. Ahora vas a mantener un silencio absoluto acerca de esto. No importa lo que ocurra ni quién venga a nuestro campamento. ¿Me oyes?
—Guardaré silencio —replicó ella, pensando en el aspecto tan maravilloso que tenía Stanley dominándola con su estatura.
La miraba de arriba abajo de un modo arrebatador. Estaba terriblemente preocupado por el lío en que ella sola se había metido.
De pronto, Stanley la tomó en sus brazos y la puso de puntillas junto a él hasta quedar los dos apretados el uno contra el otro. Tan atónita se sintió Lark, que se hundió en el cuerpo del hombre. La cabeza reposaba en el brazo izquierdo de Stanley, quien la tenía ceñida por el cuello. Con el otro brazo la apretaba por la cintura, con tanta fuerza que Lark no podía respirar bien.
—¿Qué haces, Stanley?
—¿Que qué hago? —preguntó él, desaparecida ya de su voz hasta la última nota de dureza.
—¿Qué quieres decir?
—No lo sé todavía. Pero eres una muchacha maravillosa. Una verdadera muchacha del oeste, como era mi madre. Como mi abuela, quien recorrió la ruta del Oregón antes de cumplir los dieciocho años.
—Gracias, Stanley. Eso es bonito, pero no es motivo para hacer esto —protestó ella.
No podía moverse. Y comprendió repentinamente que tampoco quería.
—Bueno, hay más. Tienes un alma y un corazón incomparables. Tienes brío, Lark. Y, para colmo, eres maravillosa.
—Por favor, suéltame.
—No mucho.
—Pero esto no está bien, no es leal por tu parte.-
—¿No? ¿No es bonito? —insistió él tentadoramente;
—Si lo es... no deberías decirlo.
Él se acercó más y la dobló de forma que la luna brilló sobre el rostro de la muchacha. Los penetrantes ojos del hombre la iban despojando de la poca fuerza que le quedaba.
—Me dejaste a deber un beso, ¿te acuerdas?
—Sí, pero, Stanley, no es posible que lo quieras ahora.
—He de tenerlo ahora. Ahora es cuando lo deseo. Tú ganaste la apuesta, pero prometiste que me lo darías. Y ha de ser un beso de verdad, con pleno consentimiento. No uno de tus roces en la mejilla, como veo que besas a Marigold. ¿Me pagarás ahora?
—No tendré más remedio que hacerlo... si te empeñas —tartamudeó ella.
—Lark, no me empeño. Te pido que pagues tu deuda, como yo tengo el propósito de pagar la mía.
Agachó la cabeza. Lark tuvo un fugaz presentimiento de la inminencia de un desastre. Alzó la cara, juntó sus labios con los de él. Algo le recorrió el cuerpo como un ramalazo: una conmoción, un dulzor, un relámpago. Ella quería pagarle lealmente, incluso con generosidad, pero sus labios se aferraron a los labios del hombre. Los párpados se le cayeron involuntariamente, la brillante luna desapareció, creyó estar flotando.
Fue Stanley el que se separó haciéndola volver a la vida real.
—Ya está —murmuró ella tímidamente—. Ahora, déjame ir.
—¿Después de esto? ¡Nunca! —replicó él salvajemente. Y luego la besó—. ¡Lark, encanto!
—Stanley, ¿estás loco? —exclamó ella, tratando de zafarse.
—Completamente loco. Gloriosamente loco... Loco con el néctar del amor... Lark, bésame otra vez.
—¡Oh, Stanley, déjame ir! —gimió ella, despertando de improviso.
La respuesta de él fue besarle de nuevo los labios, y luego las mejillas, los ojos, la frente, el cabello y una vez más la boca. Cuando se detuvo, Lark inició una lucha apasionada. Le volvieron las fuerzas. Peleó con él mientras su vergüenza, su desprecio y su miedo hallaban desahogo.
—¿tres otro Blanding? ¿Cómo te atreves, Stanley?
¡Oh, yo creía que eras mejor...! ¡Aprovecharse de... mi debilidad por ti...! ¡Eres un cobarde!
—Escucha —interrumpió él, apretándola con más fuerza, tanto que ella no se podía mover ni respirar. Era tan espantosamente vigoroso...
—Espera, me estás lastimando —jadeó ella débilmente—. Vas a romperme algo... No puedo... no puedo res— F pirar.
—Está bien, entonces. ¿Dejarás de luchar? —replicó él, aflojando su abrazo.
—Sí. Pero, ¡oh!
—Lark, te quiero —dijo él con tierna pasión—. Di que me quieres.
—¡No, no! No lo diré. No te quiero. Te odio.
—Pero, querida, ¿tan malo es que yo te quiera, cuando tu eres la muchacha más linda y más dulce del mundo?
Aquella amorosa alabanza fue para Lark como una puñalada.
—¡Oh, tú no me quieres! Has perdido la cabeza. El día de hoy... esta noche... no es de extrañar. Te perdono, Stanley. Pero déjame ir, te lo ruego.
—¿Es que no puede entrar esto en tu oscura y linda cabecita? Te quiero. Te he querido desde el primer día que te vi. ¿Qué me dices ahora?
—Te digo que es una locura —exclamó Lark.
Resistirle, tratar de pensar en Marigold, le resultaba horrible.
—Bueno, si los dos estamos locos, ¿qué importancia tiene? Bésame otra vez, querida —dijo con alegre ternura, M inclinándose lentamente como para hacer Je ver su intención, para obligarla a someterse.
Sí Ja besaba de nuevo de esa manera, estaba conquistada. Así lo hizo y Lark entonces se quebró.
—¡Oh, Dios mío, ayúdame! Te quiero... ¡Oh, Stanley, no más! Te lo suplico, misericordia, ten mise...
No podía rechazarlo. Y otra Lark Burrell, que había estado golpeándole en la conciencia, se alzó en ella triunfante, extáticamente, para ceñirlo a él por el cuello y darle los besos que Ja otra Lark había negado. Luego se hundió fláccida y débil.
—¿Cómo, Lark? Perdóname, cariño, me he precipitado un poco —exclamó él con gran preocupación—. Ven, siéntate aquí en una roca. Lo siento, querida. Tenía miedo de que si no empezaba como un rayo y te tenía sujeta, te escaparías para siempre.
La ayudó a sentarse en una piedra plana bajo el pino y allí Lark se apoyó en su hombro, rendida y entregada, muy lastimeramente feliz y llena de desconcierto.
—Ahora eres tú, Stanley, el que has organizado un infierno —dijo ella a los pocos momentos.
—¿Yo? No lo creo. He organizado un cielo. Por lo menos, en él es donde estoy.
—¿Cómo puedes ser tan despiadado? ¿Todos los hombres son así? Estoy empezando a creer en algunas de las cosas que dicen esas muchachas... Si tú de verdad y sinceramente me quieres, ¡oh, es demasiado maravilloso y terrible para creerlo!, entonces habrá dos corazones destrozados.
—¿De quiénes?
—El de Marigold y el mío... ¡Qué desgraciada culpable soy! Stanley, ¿cómo llegaste a quererme?
—'Muy sencillo. A cualquiera le habría pasado lo mismo. Le pasa a Marigold, a pesar de ser tan celosa. Y, querida, te has olvidado de que soy libre.
—¡Oh, Stanley! Pero no podemos permitimos eso, no podemos queremos.
—¿Qué quiere usted decir, señorita Burrell? —preguntó él altivamente—. Esa es una afirmación muy rara. Tendré que hacerle comprender que mis intenciones son enteramente honorables.
—¡Oh...! Tú... yo... Stanley —vaciló ella, indefensa, sintiendo latir la sangre cálidamente en las sienes.
—Sé lo que quieres decir, querida —rió él.
—¿Es honorable hacerme ceder cuando tú... tú sabes que Marigold puede reconciliarse contigo? —pregunto ella gravemente.
—Perfectamente honorable, cariño. Marigold rompió el compromiso. Pero me veo obligado a reconocer que la nuestra sería una prisa un poco indecorosa. Quiero decir que podemos aguardar hasta que regresemos a la ciudad. Pero, tenlo en cuenta, Lark. Sé razonable. Esta noche me escabullí para hacer exactamente el mismo trabajo que tú has realizado.
—¡Stanley! —exclamó ella, poniéndose en pie de un salto para mirarle a la cara a la luz de la luna—. ¿Quieres decir para liberar los caballos salvajes?
—Exactamente.
—¡Oh, Dios te bendiga...! Eso acaba conmigo.
Y le echó los brazos alrededor del cuello. Aquella había sido la última posibilidad de resistirle y que ahora desaparecía. Ahora tendría que adorarlo. Nada más, nadie más le importaba. Ya había bastado con amarlo, con formar el plan de irse a casa y llevarse soñando el resto de la vida, fiel a él, pero, puesto que había ocurrido lo increíble, puesto que también él había pasado del aprecio al amor, podía hacer con ella lo que quisiera.
Stanley la apartó suavemente y se puso en pie.
—Oigo gritos —susurró—.— Escucha.
En ella se despertaron nuevamente los temores. Sí, oía gritos de hombres.
—¿Oyes eso, Lark? No puedo decir de dónde vienen. Pero será mejor que aplacemos nuestras cosas hasta un momento más propicio. Ven.
Sin decir otra palabra, se encaminó al sitio donde estaban los avíos de montar de la muchacha y, poniendo el sudadero y las bridas sobre la silla, se echó luego la carga al hombro y empezó a caminar. Lark, mareada y débil, corrió tras él y le agarró la mano libre. Él la cerró sobre la suya tranquilizadoramente. Bajaron la cuesta hasta llegar a las tiendas brillantes de luz de luna. Él hizo un alto para escuchar.
—No hay nadie aquí —susurró a los pocos momentos—. Esos gritos procedían de los hombres de Blanding. Déjalos que griten. Y ahora, Lark, ¿estás bien?
—Creo que sí —susurró ella.
—Entonces, vete. Yo te seguiré con la silla —continuó él—. No hagas ruido. Ve por detrás de los árboles y de las rocas. Cuélate en tu tienda y acuéstate. Mañana pórtate como de costumbre. Y, si ocurre algo, tú no sabes nada. ¿Comprendido?
—Sí. Buenas noches —murmuró ella.
—Buenas noches, querida Lark —contestó él.
Luego la muchacha echó a correr.

15

STANLEY depositó la silla en tierra y se sentó a observar y escuchar.
Vio la oscura forma de Lark deslizarse entre los manchones de luna para desaparecer al fin alrededor de su tienda. Estaba a salvo. Luego examinó otros aspectos del problema. Después de una larga espera, oyó gritos agudos y distantes. ¡Coyotes! Eso podía ser lo que había escuchado con anterioridad. Pero también Lark lo había oído.
Detrás de él, el cielo se mostraba encendido. Era el reflejo de la maleza que ardía. Largas columnas de humo se alzaban sobre los pinos. Estuvo mirando hasta que creyó notar una disminución en el resplandor. Pero quizá esto era debido a las nubes que oscurecían la luna. De cualquier modo, un velo de oscuridad cayó sobre la cresta de la loma.
Aprovechando eso, Stanley se echó su carga al hombro M bajó la cuesta. Apoyó la silla contra un pico cerca de la tienda de Lark y luego, dando un rodeo, cruzó el arroyo para acercarse a su tienda desde un ángulo diferente. Antes de entrar, escuchó una vez más. La noche estaba silenciosa.1 Podía oír a uno de los cowboys que roncaba. En algún sitio cerca había un caballo, y el viento había empezado a gemir. El délo era de un rojo sombrío más allá de la loma.
Por último entró en su tienda, ató las telas y se dejó caer en la cama, más agotado que si hubiese hecho un duró recorrido a caballo. Pero hacía demasiado frío y se dio prisa en desnudarse y meterse en la cama, donde estuvo un rato dando diente con diente.
¡Qué día y qué noche! La preocupación nublaba su felicidad. Nunca podía haber una alegría completa. Los besos de Lark todavía le duraban en los labios, y él no habría cambiado nada. ¡Qué enloquecedoramente dulce había sido atormentarla, trabajar sus sentimientos! Le remordía la conciencia, pero habría hecho lo mismo una y otra vez. Era Marigold sin duda quien tenía la culpa de que él sintiera mía mayor necesidad de amor y confianza. ¡Qué chismorreos iba a haber ahora en Wadestown! ¡Stanley Weston detenido!
Y una terrible complicación de acontecimientos subsiguientes, cualquiera que éstos fuesen.
Era la segunda noche en que había perdido mucho sueño. La naturaleza se sublevó y lo sumió en profunda modorra. Y cuando se despertó, después de lo que pareció sólo un momento, había sobre su tienda una inundación de dorada luz del sol. Pero todavía sentía pereza de empezar la jornada. Era un mal presagio. Stanley estaba absolutamente seguro de que tendría que asumir la responsabilidad por Ja pérdida de aquellos caballos salvajes.
Jeff estaba silbando fuera y, como siempre, haciendo numerosos e innecesarios ruidos con cacerolas, cubos, ollas y todo lo que se le ponía a mano. A primeras horas de la mañana, cuando todo el mundo deseaba dormir, le gustaba hacer más estrépito. Los caballos estaban relinchando. Alguien manejaba un hacha vigorosa y zumbante. Era ya hora de que Stanley se levantara. ¡Qué maravilloso sería mirar a Lark a la cara esta mañana a la clara luz del día! El pensamiento le sacó rápidamente de la cama.
El sol acababa de asomarse sobre la extensión de salvia de levante: un glorioso estallido todo rosa. El aire picante olía a leña quemada. Aquello no podía proceder del fuego de Jeff. En lo alto de la colina flotaban hilachas de humo, pero no las habría notado si no hubiese sabido lo del incendio de la noche antes.
Cuando se acercó a Jeff a pedirle un poco de agua caliente, oyó que Coil Bruce gritaba:
—¡Eh, Red, has cogido mi lazo?
—'No, cabeza de chorlito. ¿Para qué quiero yo tu lazo? —contestó Red tercamente.
Entonces Coil se dirigió a Landy de la misma manera sin conseguir, otra cosa que una carcajada.
—Alguien me ha quitado el lazo de la silla —gritó Bruce y sé acercó a preguntar a Jeff.
Éste hizo uso de un reservado, pero prolífico, repertorio de juramentos. Stanley podría haber hecho lo mismo y anatematizado a Bruce por abrigar la idea de que sus camaradas habían podido substraerle el lazo.
Silenciosamente, Stanley se apartó con su cacerola de agua caliente y, con toda calma, se dedicó a afeitarse. Se hizo un corte y aquello no mejoró su estado de ánimo. Después de terminar sus abluciones, se puso a encender el fuego de campamento sin dejar de lanzar miradas de soslayo a la tienda de Lark. Pero ésta no apareció con prontitud. Marigold salió cantando. Iba toda de azul. Sus cabellos captaban hermosamente la luz del sol.
—¡Buenos días! —le gritó alegremente a Stanley al mismo tiempo que se acercaba al fuego.
—Buenos días, Marigold.
Se lo quedó mirando.
—Oye, cabeza loca. Stan, ¿es que has tratado de cortarte el cuello?
—No. No me ha dado tan fuerte. Estaba afeitándome^ y se me fue la navaja.
—¡Ah, no ha sido más que eso! Llegué a tener la esperanza de que te hubieses arrepentido.
—¡Cáspita! —masculló Stanley—. ¿Se puede aguantar una cosa así?
La llegada de las amigas de Marigold al fuego de campamento puso fin a aquellas bromas, para gran alivio de Stanley.
Lark hizo entonces su aparición. Una mirada a la muchacha tranquilizó a Stanley sobre su estado; casi llegó a creer que lo de la noche anterior había sido un sueño. Ella no lo miró en absoluto y durante el desayuno estuvieron muy distanciados.
—¿Adonde vamos hoy? —'preguntó una de las muchacha, insaciablemente.
—¿Quién quiere ver los caballos salvajes amarrados, atados por la cola y conducidos? —preguntó.Marigold.
Todas, excepto Lark, dieron ansiosas respuestas afirmativas. Marigold se dio cuenta de la omisión.
—Bueno, monada, ¿no vienes tú? —preguntó.
—Con lo de ayer tuve bastante —replicó Lark con compostura.
—¿Y tú, Stan?
—Ni hablar de eso —espetó Stanley.
—Vosotros dos, tiernos amadores... de los caballos salvajes, podéis quedaros hoy en el campamento —dijo Marigold con un asomo de ironía.
—Gracias —contestó Stanley secamente.
Marigold cambió de tema. Hubo muchas bromas alegres durante el desayuno. Stanley procuró intervenir, pero estaba muy lejos de sentirse regocijado. Lark resplandecía visiblemente ante el claro deseo de Marigold de corregir su frialdad del día antes. De este modo, en conjunto, el desayuno transcurrió plácidamente.
—Patrón, ¿cuándo quieres los' caballos? —preguntó Landy.
—No hay prisa, Landy —contestó Stanley, esquivando la rápida mirada de Marigold.
Se fue a su tienda. Más tarde procuró encontrarse con Lark justamente cuando ella le daba la vuelta al corral de los caballos, después de haber atendido a «Chaps». Tenía color en las mejillas. Sólo sus ojos, de pronto como los de una gacela sorprendida, frenaron la intención de Stanley de bromear un poco.
—Te veo llena de animación esta mañana.
—¡Oh, Stanley, ella ha vuelto a mostrarse cariñosa conmigo! —contestó Lark con seriedad.
—¿Ella? ¿Quién?
—Marigold, desde luego. Creo que estaba arrepentida. ¡Oh, es imposible no quererla!
—Sabe congraciarse con la gente, eso desde luego —replicó Stanley, riendo—. ¿Te diste cuenta de su intencionado comentario sobre que éramos tiernos amadores... de caballos salvajes?
—¡Que si me di! Hizo una larga pausa después de «amadores». Tenía un risueño diablillo en los ojos. Stanley, algo ha cambiado a Marigold.
—Hum. Nunca es la misma dos días seguidos. Acostumbraba a hacerme carantoñas un día y a tirarme de los pelos al siguiente.
—A mí me parece que sospechó de... de nosotros... y luego se sobrepuso a sus sospechas. Eso duele terriblemente... cuando los dos somos traidores.
—Mira, si nosotros somos traidores, ¿qué fue ella? —preguntó Stanley, recalcando la frase.
Lark se puso toda escarlata.
—No importa lo que ella fuera, ahora...
La aguda voz de Landy Elm sobresaltó a Lark, al interrumpir la conversación.
—Oye, Stan, ¿dónde estás?
—Aquí. ¿Qué quieres?
¡Mira! Hurd Blanding está en la loma. Viene hada acá.
—Lark, va a haber jaleo —susurró Stanley apresurada^ mente-\ Mejor que te quedes en tu tienda.
—De ningún modo —replicó Lark, llameándole los ojos.
—Entonces, no hables.
Se separaron. Lark caminó apresuradamente hacia su tienda. Stanley retrocedió un poco para poder mirar desde lo alto de las rocas. Efectivamente, allí venía Blanding bajando por la loma. Estaba solo y no parecía traer mucha prisa.
—Me pregunto qué querrá —masculló Stanley.
—Probablemente se siente muy satisfecho después de haber atrapado tantos caballos —contestó Elm.
Todos los hombres, excepto Bruce, expresaron sus opiniones, ninguna de ellas halagadora para el cazador de caballos salvajes, y Bruce tenía un aspecto sombrío. Stanley tomó nota mentalmente de que le gustaría saber por qué Bruce tenía la cara tan descompuesta.
Blanding iba bajando por la senda que estaba encima de la tienda de Lark. Indudablemente pasaría junto a la tienda y entraría en el campamento desde aquel ángulo. Por ello Stanley se apresuró a acercarse al fuego donde se estaban calentando Marigold, Doris, Evelyn y la joven Fairchild.
—Marigold, ¿tienes alguna idea de por qué Blanding viene a nuestro campamento? —preguntó Stanley.
—¡Cómo! —exclamó Marigold, desconcertada.
—Ahí viene —declaró Stanley con cierto aire ceñudo. Marigold giró para ver acercarse al jinete. Por un instante, quedó claramente perpleja,, luego se recobró para expresar sólo una sorpresa que era auténtica ¿
—Me pregunto qué querrá decir eso de presentarse él aquí. Debe de ser algo grave —dijo, como pensando en voz alta.
Stanley vio a Lark, que acababa de sentarse en una silla campestre a la puerta de su tienda.
Blanding detuvo su caballo junto al arroyo frente a la tienda de Lark. Tenía una figura soberbia en su alta montura. Le habló a Lark, pero en voz tan baja, que Stanley no pudo oír lo que decía. Ella lo miró fijamente, sin replicar. En aquel momento Stanley percibió algo profundo y hostil en la mirada de Lark.
Blanding se echó a reír ruidosamente, con un sonido duro y acerado. Hizo que su caballo saltase el arroyo y se dirigió no hacia el fuego de campamento, sino hacia Bruce y los demás cowboys que se habían acercado con curiosidad.
Stanley sabía desde luego que Blanding no había cabalgado para hacer una cordial visita mañanera. Pero, ¿por qué venía sólo? Stanley miró la cresta de la colina y confirmó sus sospechas. En lo alto de la cuesta, casi invisibles todavía, se vislumbraban las cabezas de hombres y caballos. ¿Qué juego se traía Blanding? Tiró de la rienda y apoyó un codo en el pomo de la silla. Llevaba un revólver al cinto.
Al parecer, no se había fijado en Stanley y en el grupo que estaba junto al fuego.
—¿Alguno de vosotros ha perdido un lazo? —preguntó fríamente, sin ningún saludo.
—Yo —contestó, Coil Bruce, adelantándose.
—¿Es éste? —continuó Blanding, desenganchando un
lazo del pomo de su silla.
—No, ese está demasiado sucio. El mío era nuevo —replicó Bruce—. De todos modos, muy agradecido.
Stanley se figuraba lo que iba a ocurrir y los nervios se le tensaron mientras revolvía rápidos pensamientos sobre cómo afrontar la situación. Se adelantó unos cuantos pasos.
—Échale una mirada, de todas formas —dijo Blanding, arrojándole la cuerda.
Bruce la recogió, la examinó y tuvo un sobresalto.
—Desde luego, es mi lazo, Blanding —dijo asombrado-Reconocería entre miles el nudo que le hago aquí en la punta. Pero, ¿cómo diablos se ha quemado de esta forma?
—A mí, que me registren —replicó Blanding lacónicamente—. Quizá se te cayó ayer y...
—De ninguna manera-interrumpió, atónito, Bruce—. Esta cuerda estaba ayer en mi silla cuando se la quité al caballo por la noche. La eché de menos esta mañana. Muchachos, ¿no he estado preguntando por mi lazo?
—Desde luego —corroboró Landy.
—Seguro, todos te oímos-intervino Jeff.
—¿Jurarías que estaba en tu silla anoche? —insistió Blanding, todavía frío y lento, como si el asunto no tuviera importancia.
—Claro que sí —declaró Bruce.
—Entonces, lo usaste anoche —espetó Blanding, como si dejase al descubierto una batería.
—¿Cómo? No he hecho nada de eso. No he salido del campamento. Alguien habrá robado...
No fue ninguna interrupción lo que detuvo el acalorado discurso de Bruce. De pronto pareció haber tropezado con un pensamiento que le impedía hablar.
—Escuchad, muchachos —tronó Blanding con voz apasionada—. Esta cuerda de Bruce se utilizó anoche para apartar árboles de la valla de la trampa.
—¡Ésa es una maldita mentira! —estalló Bruce fieramente—. Si alguien la utilizó, serías tú, que la cogiste de mi silla.
—¡Un cuerno! Ya me lo dirás ante los tribunales —amenazó Blanding.
—Blanding, has estado rondando nuestro campamento por la noche. Te he visto —gritó Bruce con la cara roja.
—¡Ja, ja! No era para robar cuerdas, angelito.
Stanley dio una sola zancada que fue como un salto.
—Coil, ¿es cierto lo que dices? ¿De verdad viste a Blanding alrededor de nuestro campamento, después de oscurecer?
—Seguro que lo vi. Puedo jurarlo.
Blanding se volvió con una mueca de odio en su guapo rostro. Estaba pálido y sus ojos eran como acero fundido.
—Weston, usted está detrás de esto —dijo con voz rasposa.
—¿Detrás de qué?
¡Vamos, usted lo sabe demasiado bien! El complot para arruinar mi conducción. Esta cuerda de Bruce se utilizó para retirar árboles de nuestra valla. La abrieron. ¡Todos los caballos se escaparon! El... que utilizó esta cuerda la perdió. ¡Y así se descubre todo!
—¿De eso se trata? —preguntó Stanley sarcásticamente—. Bueno, si tiene usted que desahogarse, hágalo sin palabrotas. Hay señoritas aquí.
—Diré todas las palabrotas que me dé la gana, Weston. No crea que se va a salir con la suya. Alguien de esta pandilla me ha arrebatado diez mil dólares. Puedo probarlo. Y, ¡vive Dios!, que voy a exigir hasta el último céntimo.
Dicho esto, dio media vuelta en la silla y, poniéndose las manos alrededor de la boca a guisa de bocina, gritó penetrantemente:
—¡Eh, Howard, trae aquí a la gente!
Un disparo de respuesta precedió al rápido acercamiento de los jinetes.
—Hurd, esto es un ultraje —estalló Marigold.
—Puede usted pensar lo que quiera —replicó Blanding—. 'Pero si tiene un poco de sentido común y sabe lo que le conviene, no se meterá en esto.
Por primera vez en la vida, Stanley vio que Marigold se quedaba no sólo callada, sino asustada. Stanley no la miró más. La lástima aplacó por un momento su furia. Al instante siguiente, tensaba los nervios para poder afrontar aquella turba de duros jinetes que se adentraban al galope en el campamento. Los caballos enviaron salpicaduras de agua y de fango al cruzar el arroyo. Las muchachas gritaron y retrocedieron corriendo, excepto Lark, quien estaba como pegada al suelo, habiéndose acercado minutos antes. Aquellos jinetes, quince o más, algunos atezados indios con harapientas ropas de blancos, se alinearon detrás de Blanding. Ellery Wade fue el último en llegar, con la cara purpúrea. Detuvo su caballo y movió un puño hacia Stanley.
—Vas a pagar esto, Stan Weston —vociferó furiosamente—. Tú estás detrás de toda esta faena... ¡Nuestros caballos desaparecidos! ¡La valla quemada...! ¡Con todos los dólares que he invertido en esta conducción! ¡Si no te ahorcan, no será, porque yo te defienda!
—¡El, por el amor de Dios, no seas idiota! —chilló Marigold.
—Atrás, Wade —ordenó Blanding—. Aquí soy yo el que hablo... Weston, le tenemos en nuestras manos. Diga que va a pagar diez mil dólares, si quiere que lo dejemos tranquilo.
Stanley se le echó a reír despreciativamente en la cara. Sin embargo, aquella risa no era más que furia y un farol, porque el asunto desde luego no era para reírse. Pero, ¿qué podía probar Blanding? ¿Qué carta tenía en la manga? ¿Y si por casualidad podía complicar a Lark en aquella grave situación?
—¿Se niega usted? —preguntó Blanding ásperamente.
En este momento, Howard se interpuso, con expresión de maligno desquite:
—¡No podrá usted escapar, Weston!
—¡Bah, no digan tonterías! —replicó Stanley despreciativamente—. ¿Creen ustedes que un tribunal...?
—No habrá necesidad de ir a ningún tribunal —interrumpió Blanding fieramente, haciéndole una señal con el brazo a Howard para que se quedase callado.
—Bueno, no tengo nada que ver con el asunto.
—Muy bien. Quizá esto tenga algo que ver —espetó Blanding.
Y de pronto se sacó del bolsillo una bufanda. La vistosa bufanda que Stanley le había dado a Lark. El corazón del ranchero se encogió. Blanding le paseó ante los ojos la bufanda.
—Ayer, esta bufanda estaba alrededor del cuello de Lark Burrell.
—Seguro. Se la presté yo. Me la devolvió cuando volvimos del paseo a caballo —repuso Stanley fríamente.
—¿Es de usted, entonces?
—Sí.
—.Muchachos, todos lo habéis oído. Reconoce que esta bufanda es suya.
—Claro que lo hemos oído —comentó Howard con una ronca risotada.
Blanding desplegó la bufanda con manos temblorosas.
—¡Aja)á! Stan, viejo zorro, ¿qué tenemos aquí? Mire. Dos quemaduras en esta bufanda que fe dio usted a su pequeña Lark, dos agujeritos de chispas. Uno de mis indios la encontró en un arbusto verde que sólo había ardido en parte. La encontró esta mañana, a menos de seis metros de donde empezaba mi valla de broza.
La intensidad de su pasión irradiaba de él como el calor de un horno. Tenía que revelar algo más que eso. Stanley se lo imaginaba con desagradable seguridad.
—¿Qué dice usted ahora? —preguntó Blanding.
—No tengo nada que decir; lo ha dicho usted todo —replicó Stanley calmosamente, mirando a su acusador y midiendo la distancia que había entre ellos.
Estaba dispuesto a cualquier tipo de acción, con revólver o sin él.
—¡Vaya! —rugió Blanding con hostil alegría—. ¡Habéis oído eso, muchachos? También lo reconoce.
—¡Maldito sea, Stan Weston! Tendrás que arreglar cuentas conmigo —gritó Ellery Wade con gozosa furia.
—Siga usted, patrón —añadió Howard, sus amarillos ojos cada vez más saltones.
—Weston, ¿pagará usted por su pequeña broma? —le preguntó Blanding, enronqueciéndosele la voz.
—Ni un solo dólar.
—Le advierto que lo va a pagar muy caro, de cualquier forma.
—Déjese de fanfarronerías.
—Le arrancaré el pellejo.
—¿Qué está usted diciendo? ¡Pobre imbécil fatuo, petimetre asesino de caballos, baje de ahí y le pondré la cara como nueva!
Blanding no aceptó la invitación.
—Vamos a amarrarlo y a matarlo a fustazos —tronó.
—Tiene usted bastante gentuza a sus órdenes para hacer eso, pero más de uno saldrá con los huesos rotos.
—Hurd, está usted perdiendo el tiempo —gritó Howard irritado—. Déjese de asombrar a las mujeres. Dígale las cosas claras, o lo haré yo.
—Weston, tenemos muchas cosas contra usted —avisó Blanding.
—¿Sí?
—Encontramos huellas de unas botitas allá abajo, huellas hechas anoche, según los indios.
—¿Seguro? —preguntó Stanley con frío desdén.
—Seguro. Huellas de las botas de Lark Burrell.
—¿Cómo se puede saber eso?
—Son huellas de botas de cowboy. Botas del número más pequeño.
—¿Qué tiene que ver eso con la señorita Burrell?
—Es la única capaz de hacer una cosa así.
—¿Quién le ha dicho a usted eso? —se indignó Stanley.
—Nada menos que Marigold Wade, la señorita que va a casarse con usted... posiblemente. Si no cambia de parecer.
—¿Cuándo se lo dijo a usted? —preguntó Stanley con voz helada.
—¡Hurd, por el amor de Dios, fíjese en lo que hace! —gritó Marigold furiosamente.
—Hace tres noches —contestó Blanding, sin atender aquella petición.
—¿Dónde?
—No muy lejos de este campamento. Allí junto al último pino grande, para ser exacto.
Stanley sentía una terrible rabia. Casi había llegado al límite de su paciencia. El ominoso frente de los compinches de Blanding reforzado por el revólver que Stanley temía que iba a sacar de un momento a otro daban visos de verosimilitud a la inevitable e inminente matanza.
—Blanding, recuerdo ahora cómo pudo dejar la señorita Burrell esas huellas —dijo Stanley, procurando presentar una explicación plausible—. Cabalgamos ayer de regreso y al pasar junto a la trampa de los caballos a ella se le cayó un guante y se bajó a recogerlo. A «Chaps» no le gustaba estar tan cerca de la valla. Se puso nervioso. Yo estaba a punto de volver para ayudarla cuando ella consiguió dominar el caballo. Entonces, antes de volver a montarse, le apretó la cincha. Eso explica esas huellas.
—Ande, dígale también lo demás, Hurd —rió Howard—. Lo de los indios que lo vieron con esa muchachita.
—Va a tener que dar muchas explicaciones a la señorita Marigold Wade.
Stanley dio un paso adelante y luego otro como quien no quiere la cosa.
—Blanding, he cambiado de parecer, con objeto de poner fin a esta escena tan desagradable. Si se va usted inmediatamente y no dice una palabra más, accederé a sus demandas.
—Muy bien —aprobó Blanding, aunque no del todo satisfecho-¿Howard, cierre el pico.
—Ni hablar de eso. No me callaré a menos que usted prometa darme la mitad de ese dinero.
—¡Está usted loco! —gritó Blanding enfurecido.
—Allá va, entonces. Weston, uno de nuestros indios, Nesspelly, que habla muy bien el inglés, lo vio a usted abrazando a esa muchacha Burrell...
Stanley se lanzó contra él como una flecha. Dio un salto y descargó un golpe terrible en el abdomen de Howard, haciéndolo caer del caballo.
Se agachó hacia el caído, pero éste se puso a gritar salvajemente. Blanding sacó su revólver. Stanley, más rápido, lo agarró por la muñeca.
—¡Suelte ese arma! Le partiré el brazo.
El caballo retrocedió, asustado. Los cowboys se apartaron lanzando ahogadas exclamaciones, las muchachas chillaron.
—Weston, tiene usted la culpa de todo —gritó Blanding.
Stanley estaba empeñado en desarmarlo. Pero la cincha se rompió. Y el tremendo esfuerzo de Stanley arrancó a Blanding del caballo. Éste partió a galope dando coces contra la silla que le colgaba de un costado. Stanley se zafó de Blanding al caer ambos al suelo y con maravillosa rapidez le asestó un puñetazo en la barbilla. Blanding se aprovechó de eso para zafarse de Stanley.
Los dos eran rápidos; Stanley estaba en pie, pero Blanding se había incorporado lo suficiente para apoyarse en su mano izquierda. Su derecha empuñaba el arma.
—¡Maldito seas, Weston! —masculló con voz cortante y helada—. Te aseguro que nunca más volverás a pegarle a nadie.
—¡Cuidado, Stan! ¡Va a disparar! —gritó Landy Elm, elevando su voz penetrante por encima del tumulto.
De pronto, todos permanecieron callados. Blanding obraba con fría deliberación. Su inteligencia había comprendido que aquello era legítima defensa. Se le adelantó la blanca y poderosa mandíbula, se le erizaron los cabellos. Sus ojos tenían un aspecto diabólico. Trataba de afirmar el arma, enfilando ahora el cuerpo de Stanley. Pero antes de que apretase el gatillo se oyó la seca crepitación de un disparo.
Blanding gritó como un animal salvaje en la agonía.— El impacto de una bala le hizo dar media vuelta al mismo tiempo que su revólver caía trazando una parábola. Pudo incorporarse con el brazo derecho caído como el ala de un polluelo.
—¡Quieto, Blanding, o va a ser usted quien no lo cuente! —gritó Lark, quien con pasos rápidos pasó junto a Stanley y apartó el revólver de un puntapié.
Luego se agachó velozmente y lo recogió con la mano izquierda. En la derecha, apuntando al suelo, había un revólver que aún humeaba.
La escena sufrió un cambio repentino.

16

HORAS MÁS tarde, el campamento bullía de actividad.
La gente desmontaba las tiendas, empaquetaba cosas, daba de comer a los caballos que habían recibido una ración especial antes de iniciar el largo viaje de regreso.
Por el momento, Stanley estaba ayudando a Lark, quien se había puesto de rodillas procurando cerrar una maleta demasiado llena.
—Eres el hombre más torpe del mundo —se quejaba ella, no del todo segura de que la torpeza de Stanley no fuese un simple pretexto para acariciarle las manos.
—Cariño, estoy nervioso —se disculpaba él—. Ten en cuenta que, a no ser por ti, a estas horas probablemente estaría ya frío con un balazo en el corazón.
—¡No lo recuerdes! —exclamó Lark, estremeciéndose—. Anda, suéltame. Enrolla mi colchón y yo me encargaré de esta maleta.
Él empezó a recoger la ropa de la cama y le pidió a ella que le acercase un ovillo de cuerda. Lark se lo dio y continuó su tarea.
—Querida, necesitaremos más mantas que éstas —dijo él con la misma naturalidad que si estuviese hablando de la hierba.
—¿Cómo?
Lark sintió un estremecimiento cosquilleante que la recorría desde los pies a la cabeza. Luego se quedó de pronto quieta como una estatua con sólo los ojos en movimiento, dilatados y abiertos de par en par.
—Es que yo soy muy friolero —explicó él francamente, muy atareado con sus cuerdas—. ¿Hace tanto frío en Idaho como aquí, por las noches y al amanecer?
—No... no... tanto... en... primavera —^tartamudeó ella.
—Cuando bajemos, iremos acampando, ya lo sabes.
—¿Iremos? —susurró ella.
—Eso es lo que he dicho, angelito. Parece que la vida de campamento te ha atontado un poco. ¡Claro que iremos!
—Stanley, estás loco —reprochó ella.-
—¿Cuándo crees que estarás lista para empezar la marcha? —preguntó él calmosamente.
—¡Qué pregunta! Volveré a Wadestown al mismo tiempo que las demás.
—Yo no he dicho nada de Wadestown. No estaba hablando de eso.
—¿De qué, entonces?
—Me refiero al viaje de nuestra luna de miel.
Las manos de Lark parecieron convertirse en pedazos de trapo, la maleta se le cayó de cualquier forma y se encontró sin fuerzas para levantarla. Stanley prosiguió:
—¿Qué le pasa ahora, señorita Burrell?
Ella hizo un esfuerzo por serenarse y, todavía de rodillas, con una distancia de menos de un metro entre uno y otro, alzó la mirada hasta él, resuelta, a pesar del terrorífico tumulto reinante en su interior, a comprender aquella extraña charla de él o a ponerle fin.
—Stanley, ¿qué estabas diciendo de luna de miel? —le preguntó, sintiendo que el corazón se le subía a la boca.
—Te preguntaba que cuándo estarás preparada para la nuestra.
—¡La nuestra!
—Claro. La nuestra. La de nosotros, la tuya y la mía.
—¿Es que... es que te vas... te vas a casar conmigo?
—Si me aceptas, sí. Bueno, me aceptes o no.
—Stanley Weston, ¿vas a renunciar a Marigold... la novia de cuando eras muchacho... simplemente porque te has enamorado de mí?
—Lo habría hecho sin vacilar, querida. Pero afortunadamente no fue necesario. Ella me dio calabazas primero.
—¡Oh, pero se sentirá muy apenada!
Él se metió una mano en un bolsillo de la chaqueta, sacó algo y se lo alargó para que lo viera. Allí en la palma estaba una delgada sortija de oro con un refulgente brillante. Ella se quedó mirando. Comprendió que no bromeaba. Estaba otra vez pálido y sus oscuros ojos aparecían serios y graves.
—¿Es que tú crees que Marigold hablaba en serio? —preguntó Lark incrédulamente.
—Claro que hablaba en serio, pero, aunque así no fuera...
—¡Oh, he sufrido todas las torturas del infierno! —exclamó Lark desgarradoramente.
—¿Porqué?
—Porque aquella vez, cuando me besabas, yo estaba segura de que Marigold se volvería atrás. Y sin embargo... me era imposible rechazarte. ¡Qué Vergüenza!
—Lark, perdóname. Tienes que perdonarme muchas cosas. Por ejemplo, tú querías trabajar en Wadestown, ahorrar dinero y volver a tu rancho de Idaho, arreglarlo y reanudar tu antigua vida. ¿No*era eso lo que querías?
—Sí. Ése era mi plan.
—Bueno, yo te quiero y tengo mis planes también. No necesitarás trabajar para nadie. Sólo para mí. Quererme, respetarme y obedecerme. ¿Lo harás?
—Lo haré.
—¡Maravilloso! —se dispuso a abrazarla, pero se contuvo—. Habrá chismorreos de lo lindo en Wadestown. Pero no importa. Nos casaremos y nos iremos a Idaho a pasar la luna de miel.
—¿Cuándo?
—Mañana, si no más pronto.
A Lark le dio vueltas la cabeza.
—¡Oh, Stanley! ¿Tan pronto?;
—Es la única forma de evitar una serie de malos ratos, si no algo peor. Ya puedes imaginarte lo que hablará Marigold en cuanto estemos de regreso. Ya conoces a El Wade y a su avinagrada mamá. ¿Te ibas a pasar todo el día encerrada en tu habitación?
—Stanley, si la felicidad no me mata, consentiré que sea mañana.

Las demás tareas propias de desmontar el campamento pasaron para Lark como un sueño. Después de todo, no consiguió cerrar aquella maleta. Stanley tuvo que encontrarle las cosas que había olvidado, y Coil Bruce le dio los guantes y una espuela.
Marigold fue la primera en marcharse con cuatro de sus amigas. Las dos restantes y Lark irían con Stanley. Detrás seguiría el vagón de la impedimenta y los caballos de repuesto a cargo de los cowboys.
Pronto salieron a la llanura de salvia. Stanley se desvió de la carretera para no tener que pasar junto al campamento de Blanding, donde había signos de actividad. Vieron a lo lejos una larga fila de indios a caballo cabalgando hacia poniente.
Lark iba tan sumida en «su encantamiento, que apenas captó el significado de aquellos jinetes.
Llegaron a Wadestown al cabo de tres horas y alcanzaron a Marigold al entrar en la ciudad. Stanley se colocó junto a su ex novia.
—Vamos a pararnos a comprar unas cosas —anunció Marigold alegremente—. ¿Queréis acompañarnos?
Lark rehusó risueña, pero las otras dos muchachas se apearon con entusiasmo.
Se separaron con mucho cariño y Lark le dijo luego a Stanley:
—Tú la sigues apreciando, ¿verdad?
—Un afecto como el que nos hemos tenido no puede desaparecer de la noche a la mañana —contestó él.
—No sabes lo que me alegra oírte decir eso. No podría sentirme feliz del todo, si fuese de otra manera. Te aseguro...
—Lark, déjame que te hable de cosas serias —interrumpió él-% Escucha, preciosa...
—Stan, ¿le hablabas a Marigold con todos esos bonitos nombres que empleas conmigo? —preguntó Lark un poco celosa.
—De ninguna manera, Lark. Ahora que lo recuerdo, nunca le dije preciosa, y desde luego nunca lo que te voy a decir ahora: ¡Corazón mío! ¿Qué te parece? Bueno, escucha. No le hables a nadie de nuestro plan. Naturalmente, a mi padre se lo diré. Se sentirá encantado. Pero no permitas que Marigold te haga preguntas. Claro que puedes decirle que me tienes mucha simpatía —sonrió—. Bajaré a la ciudad mañana muy temprano, buscaré al párroco y luego iré a recogerte; estaré allí a eso de las diez. Tú debes tener todas tus cosas preparadas. Marigold estará durmiendo, por tanto podrás escabullirte con tus maletas sin llamar la atención dé nadie. Eso es todo. No me fallarás, ¿verdad?
—Puedes estar tranquilo, Stanley.
—¿Serás buena?.
—Muy buena.
—Bueno, despídeme con una palabra dulce, la palabra más maravillosa que se te pueda ocurrir. Ten en cuenta que voy a estar casi veinticuatro horas sin verte. ¡Dila, Lark!
—Querido —susurró ella tímidamente.
—Eso está bien, pero esperaba que dijeses «esposo». ¡Ya te lo haré decir mañana! Hasta pronto.
Se alejó al galope en medio de una nube de polvo, dejando a Lark tan perpleja como si estuviese viviendo un sueño.
Aquel estado de ánimo no abandonó a Lark hasta que sonó el gong anunciando la comida, y entonces la invadió el temor. Lark tardó algún tiempo en hacerse fuerte para acostumbrarse a la idea de que nuevamente iba a verse frente a la familia Wade. Pero no ocurrió nada de lo que temía. Por supuesto, Ellery Wade no estaba presente. Marigold se mostraba de magnífico humor. Cierto que aún no había dicho nada a sus padres.
Terminada la comida, Marigold subió la escalera del brazo de Lark.
—Entraré contigo unos momentos en tu habitación. Tengo que pedirte consejo.
Entraron y Marigold tuvo buen cuidado de cerrar la puerta. Luego empezó a hablar:
—Lark, la noticia de la ruptura de mi compromiso sólo se la he dado hasta ahora a mis amigas. No me he atrevido a decírselo aún a papá y a mamá. Tal vez lo haga mañana. Siempre será demasiado pronto, porque mamá se pondrá furiosa. Ella aprecia a Stan.
—Prima, ¿no estás cometiendo un terrible error?
—No. Stan y yo nunca habríamos sido verdaderamente felices —replicó Marigold con sinceridad—. Además, yo estaba más comprometida con Blanding de lo que te hice creer. Lark, eres muy buena. Dime, estás enamorada de Stan, ¿verdad?
—Le tengo... le tengo muchísima simpatía —contestó Lark, bajando la mirada.
—¡Hombre feliz! Lark, déjame que te diga que sé que te quiere como nunca me quiso a mí. Podréis ser muy felices.
Y nada malo pasará por lo que ha ocurrido. Mira, esta mañana, durante el viaje de regreso, me detuve en el campamento de Blanding. Tiene un agujero en el brazo, pero ningún hueso roto. Habían llamado a un médico. Le han mandado descanso. Estaba furioso por la pérdida de los caballos, pero pude convencerlo para que no dijese que tú le habías disparado.
—Siento haber tenido que hacerlo —contestó Lark—. Pero me pareció que iba a matar a Stanley.
—Lo habría matado sin duda, y se habría buscado un buen jaleo. Hiciste muy bien, Lark. En realidad, nos salvaste a todos, más de lo que pudieras imaginarte.
—Eso es un consuelo —dijo Lark, respirando hondamente-¡Ojalá no hiciesen más esas conducciones horribles de caballos salvajes!
—Me gustan los caballos, pero no tanto como a ti. Para ti es una agonía. Te aconsejo que empieces a despreocuparte de eso. Blanding dejará esas faenas en cuanto recupere los caballos perdidos.
—No sabes qué alegría me das. Entonces, ¿no bajará a mis pastos a cazar mis caballos salvajes?
—No, él no lo hará —declaró Marigold—. Pero lo hará algún otro, Lark. Tienes que irte haciendo a esa idea, tienes que resignarte. Y ahora debo correr a vestirme. No volveremos a hablar de nada de esto. Bésame, Lark.
A la mañana siguiente a las diez, Lark entró en el carretón de Stanley y abandonó la casa sin que nadie se diera cuenta.
—Ya se lo he contado todo a papá —la voz de Stanley estaba ronca de felicidad—. Se ha puesto tan contento, que cree que eso le alargará la vida. Te acogerá con los brazos abiertos cuando regresemos.
A las diez y media, ya ella no era Lark Burrell, sino una recién casada. Se sentía inconmensurablemente alejada de su antigua personalidad; era un ser nuevo, transformado, gozoso, lleno de gratitud ante el futuro alegrísimo.
El primer regalo de Stanley consistió en dos anillos, uno el de boda y el otro un anillo de brillantes. Luego compraron una inmensa carga de todas las cosas imaginables para el rancho y las enviaron por delante en un vagón llevado por un conductor de confianza. A últimas horas de la tarde, con su propio equipo para acampar, comida, sillas y equipaje en un vagón ligero, iniciaron alegremente su viaje de bodas. Iba a durar por lo menos dos semanas, y Lark deseaba que fuese lo más largo posible, aunque por otra parte estaba ansiosa de ver su rancho.
El último campamento lo montaron a la puesta del sol junto a un riachuelo no lejos del pueblecito distante unos cuarenta kilómetros del rancho de Lark. Stanley estaba encantado con el paisaje.
A la mañana siguiente, se levantaron antes de la salida del sol. La tarde anterior habían alcanzado y rebasado el gran vagón de las herramientas. Cuando llegaron a irnos diez kilómetros del hogar de Lark, Stanley detuvo los caballos.
—Lark, esto es grandioso. Mucho mejor que el viejo Washington. Mira, vamos a tener dos casas, una aquí y otra en la Colina de la Salvia, y pasaremos los inviernos aquí, y los veranos allí.
—¡Oh, oh! —'fue todo lo que Lark pudo decir.
—¿Qué es ese largo río brillante que corre entre las tierras rojas?
—Es mi río Salmón —contestó Lark orgullosamente.
—Escucha lo que te digo, Lark, esté es un país maravilloso, nunca me lo explicaste bien. Aquí hay Color. No es la infinita monotonía de la llanura gris, sino que hay verdes, rojos, negros, blancos, púrpuras, todos los colores.
Poco después, Stanley veía ya de cerca el solitario hogar de su esposa. Lark no había exagerado el estado ruinoso de todas las dependencias del rancho.
Cuando se acercaron a Ja casa, Jake, el viejo encargado, emergió por la puerta principal. A Lark le pareció el mismo viejo bajito, arrugado, de ojos limpios y francos que siempre había sido. Aquello le extrañó, porque había temido encontrar todo cambiado.
—¡Jake, Jake! —gritó, y no pudo verlo porque de pronto se le enturbiaron los ojos de lágrimas—. ¡He vuelto a casa! Te hemos traído un montón de cosas... ¡y aquí está mi marido!
El anciano se recostó en la pared de troncos como si hubiera perdido el equilibrio.
—¡Dios bendito, pero si es mi Lark!
Lark corría frenéticamente por el lugar, tan frenética que Stanley, para poder seguirla, tuvo que recurrir a las carreras que en tiempos lo hicieron famoso como jugador de rugby.
Los gatitos estaban allí, sólo que más crecidos; su madre ronroneaba orgullosamente dando la bienvenida a Lark; «Tom», el viejo gato, se rozaba contra sus piernas. Las gallinas, los cerdos, la vaca y las terneras, los caballos, todos estaban allí, pero parecían más hambrientos que nunca. El perro lobo se precipitó a recibir a Lark, pero a Stanley lo aceptó de mala gana.
Fuera, en el pastizal las liebres eran más numerosas que nunca; los coyotes vigilaban desde las crestas de las lomas; el ganado extraviado moteaba la verde extensión. Y por todas partes se veían manadas de caballos salvajes. Lark les lanzó besos con las manos.-
—Tendrás aquí unas cuatrocientas hectáreas, ¿no? —preguntó su marido pensativamente.
—Tendremos —replicó Lark con prontitud—. Lo que es mío es tuyo.
—Lo mismo te digo. Lark, ¿llegan tus pastos al otro lado del río Salmón? Yo diría que no.
—Mis tierras forman un triángulo entre los dos riachuelos y el río. El lado más ancho es el que está junto al río.
—Podríamos cercar.
¿Cercar el terreno? No me gustaría. Odio las vallas.
—Ya me he dado cuenta. Incendiaste una no hace mucho. Muy bien, cerquemos únicamente los pastos. Regaremos.' Construiremos. Plantaremos. Y para empezar pondremos cinco mil cabezas de ganado en el pastizal.
—¡Oh, Aladino! —exclamó ella, balanceándose—. ¡Y pensar que estuve a punto de no ir a Wadestown!
De este modo cabalgaron y caminaron, cogidos de la mano, de aquí a allá y de allá a aquí, hasta que la llegada del gran vagón a últimas horas de la tarde los hizo volver a la carrera para ver cómo acogía Jake aquel maná inesperado.
Jake no decepcionó ni siquiera a la entusiástica Lark, aunque se expresó con tacos un poco fuertes. Pero era un hombre práctico. Empezó a poner en orden el cobertizo de las herramientas. Y Stanley se quitó la chaqueta y se dedicó a ayudarlo. Lark limpió la sala de estar. El día había transcurrido como por arte de magia.
Después que oscureció, Lark y Stanley se sentaron junto a la gran chimenea de piedra donde comerciantes, tramperos, cazadores, indios y pioneros se habían sentado en otros tiempos.
El viento gemía con su vieja nota hueca y salvaje bajo, los aleros. Era una música indeciblemente dulce y conmovedora para Lark; la había oído desde niña.
—¡Caramba, esto sí que es viento! —comentó Stanley—, EJ primer viento del desierto para mí.
—Puedes oír el río también —dijo Lark—. Ahora está muy crecido.
—Mañana nos acercaremos a verlo.
Permanecieron en el rancho diez días sin darse cuenta de cómo pasaba el tiempo. Y cuando tuvieron que marcharse, a Lark le encantó ver cómo Stanley se alejaba de allí de muy mala gana.
Se detuvieron largo rato en la divisoria de aguas, mirando atrás. Los caballos blancos brillaban como relámpagos entre el verdor. Los riachuelos y el río absorbían la luz. ¡Qué tierra tan serena y tan solitaria, tan virgen! El pastizal de la montaña sobresalía en el desierto, púrpura donde las colinas bajaban hasta el terreno llano, luego listado de rojo y de gris, luego un serpenteante zigzag negro y al final el blancor puro de los picachos contra el azul del cielo.

FIN

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