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jueves, 8 de junio de 2017

La Caravana Perdida (Zane Grey)

La Caravana Perdida
Zane Grey

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La banda de forajidos y salvajes de Latch se escondió en el desfiladero de Spider Wehb, en espera de los exploradores kiowas que habían salido para adquirir noticias de las caravanas que se acercaban.
Era una noche de verano. El desfiladero de Tela de Araña estaba situado en la primera cadena de montañas que se elevaban desde las grandes llanuras. Aquel lugar constituía el refugio en que se ocultó Satana, un fiero y sanguinario jefe de los kiowas. Satana y Latch habían formado una sociedad como consecuencia de la extraña relación que entre ellos se estableció cuando atacaron conjunta y accidentalmente una misma caravana.
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XV
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XVIII
XIX
XX

Zane Grey
LA CARAVANA PERDIDA
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I
La banda de forajidos y salvajes de Latch se escondió en el desfiladero de Spider Wehb, en espera de los exploradores kiowas que habían salido para adquirir noticias de las caravanas que se acercaban.
Era una noche de verano. El desfiladero de Tela de Araña estaba situado en la primera cadena de montañas que se elevaban desde las grandes llanuras. Aquel lugar constituía el refugio en que se ocultó Satana, un fiero y sanguinario jefe de los kiowas. Satana y Latch habían formado una sociedad como consecuencia de la extraña relación que entre ellos se estableció cuando atacaron conjunta y accidentalmente una misma caravana.
La altitud hacía que la lluvia que caía fuese fría. Grandes hogueras ardían bajo los altos algodoneros y brillaban en los rostros de bronce de los salvajes. Un muro colosal de rocas se elevaba en la parte posterior del campamento hasta tanta altura, que su borde no podía ser percibido en la oscuridad de la noche. A1 otro lado del desfiladero, el muro, oscuramente distinguible, tenía un borde accidentado, agudo como un filo de una lanza. Los murciégalos volaban en la oscuridad y lanzaban sus gritos lúgubres. Las voces de los hombres, el ruido de cascos de caballos y el sonido que producía el agua al caer, se mezclaban al incesante zumbido de los insectos. Las hogueras ardían de lleno o reducidas a rescoldos, según la cantidad de combustible de que los hombres que las cuidaban podían disponer. Los kiowas estaban sentados en círculo o formando grupos, silenciosos, estoicos, con sus oscuros rostros y ojos inescrutables en los que se reflejaba la impasibilidad de su destino.
Satana, el jefe, se hallaba sentado con los hombres blancos cerca de Latch. Parecía ser de pequeña estatura, y tenía los hombros y la espalda cubiertos por una manta. Su negro y lustroso cabello estaba peinado con raya en medio; una de las trenzas asomaba por el cierre de la manta. Su rostro expresaba una tremenda energía. Era agudo, de forma de cuña, de ancha frente y afilada barbilla. No podía verse ninguna de sus rasgos en la oscuridad, y, sin embargo, se adivinaba que tal rostro pertenecía a un indio maduro que tenía una historia llena de maldad y de sangre. E.1 resplandor del fuego se reflejaba en sus ojos de basilisco, negros, fríos, en cuyo parecía arder una nueva hoguera.
Por razón de su color y de sus ropajes, Satana constituía la figura más impresionante del grupo. Pero en la banda de Latch figuraban hombres de aspecto tan sorprendente como el de cualesquiera otros que pudieran ser hallados en torno a una hoguera en el oeste del Misisipí al principio de la guerra civil.
En el hermoso rostro moreno de Stephen Latch se marcaban los estragos de un período de vida desenfrenada. Representaba alrededor de treinta años y era hijo de un plantador de Luisiana que se había arruinado en los comienzos de la guerra. A Latch no se 1e había concedido cargo alguno, en el Ejército Confederado, y, amargamente eliminado, luchó contra el oficial que le había desplazado. Con las manos tintas en sangre y con el corazón lleno del odio de los rebeldes del Norte, inició su propia batalla contra los meridionales. La que en los primeros momentos fue solamente una lucha de guerrilla; degeneró muy pronto en acción de malhechores de la frontera.
Por el norte de Texas se extendieron los desertores, los vagos, los parásitos que habían de vivir fuera del amplio tráfico de las llanuras constituido por los precursores que viajaban hacia el Oeste, los transportistas que conducían abastecimientos para los fuertes y los puestos militares de Nuevo Méjico y Colorado, y los buscadores de oro que se dirigían a California.
Los forajidos y los proscritos se habían repartido desde el Norte y el Oeste, así como la canalla de las ciudades, los hombres que huían para no tener que alistarse en los ejércitos, una horda de individuos sin freno, sin nombre, sin esperanzas y sin designios.
Latch había formado su banda con hombres de estas especies. Sus dotes para el mando, que podían haber sido útiles para la Confederación, encontraron voz y acción en aquella jefatura. Sabía entender de seguidores en la cual pudiera confiar para la plasmación del género implacable de vida de aventura y de maldad que había decidido seguir.
Sin embargo, a pesar de la astucia de Latch, a-pesar de su perspicacia y de su mano de hierro, la banda aumentaba sin su consentimiento, dejando una huella roja y sangrienta a lo largo del camino que conducía desde el gran río hasta las montañas. El alcohol y el oro eran unos enemigos duros de vencer, y el juego conducía inevitablemente al derramamiento de sangre. Tres hombres, los nombres de los cuales ni siquiera conocía, fueron muertos por su propia pistola, y luchas y contiendas eran acontecimientos que ocurrían todos los días. La implantación de una inteligente disciplina había sido su principal propósito, y la sagacidad en cuanto al reparto de los botines una de sus principales aspiraciones. Había en su cuadrilla hombres tan fuertes como él, y mucho más feroces e inquietos. Con todos ellos había desarrollado un juego de largo alcance, sabedor siempre de que podría matar a aquellos con cuya lealtad no le fuese posible contar.
Y llegó su afortunada unión con Satana. Los kiowas, bajo la dirección de su jefe, eran implacables para los cazadores de búfalos, los soldados y las caravanas. Satana era un hombre con quien las negociaciones resultaban difíciles, pero los regalos, y especialmente el aguardiente, consiguieron atraerle; había sido el último hombre de su banda que se decidió a unirse a los blancos. Siendo descendiente de una familia del Sur que había sido rica y altiva, a Latch le irritó el verse despreciado por un salvaje a causa de la traición que cometía contra sus propias gentes. Pero Satana le era necesario para el cumplimiento de un terrible proyecto.
Latch podría servirse de los kiowas para su realización, y sacrificarlos cuando lo hubiera conseguido. Su gran arma era el ron., del cual poseía varios carros que había robado a una gran caravana y escondido en el desfiladero de Tela de Araña. Solamente Leighton, su lugarteniente, que era pariente lejano suyo y que provenía del Sur, y otros dos hombres, sabían dónde estaban ocultos los barriles de alcohol. Latch comprendía que le costaría mucho trabajo seguir manteniendo el secreto, y proyectaba esconder el ron en algún otro lugar, con la ayuda de uno o dos hambres en quienes pudiera confiar por completo.
—Stephen, queremos un poco de whisky —dijo Leighton.
Latch llegó a la conclusión de que debía poner las cartas boca arriba, resultase lo que resultase de esta acción. Y se volvió hacia Leighton para verle mejor a la luz del fuego. No necesitaba haberlo hecho, puesto que conocía desde hacía muchos años cómo era aquel fuerte rostro. Pero, al hacerlo en aquel instante, experimentó una ligera impresión de temor.
—Lee, soy el jefe de esta banda —replicó Latch, calmoso—. No me parece prudente que inflamemos ahora a los indios. Si alguno de vosotros bebiera, lo descubrirían pronto.
—No habrá necesidad de que lo sepan —dijo hoscamente Leighton.
—Los kiowas pueden oler el alcohol a tanta distancia como tú a una mofeta.
—Lo pondremos a votación.
—¿Quién lo hará? —preguntó severamente Latch.—Algunos de nosotros.
—Puedes decirme ahora mismo quiénes son los que te apoyan —prosiguió Latch—.
Arreglemos esta cuestión inmediatamente.
—Sprall, Waldron, Mandrove, Creik y Texas, por no citar más que a algunos —replicó el joven con agresividad. Era un hombre suelto de lengua, aun cuando desconfiase tanto de sus partidarios como de los de Latch. Varios de los hombres de su grupo se movieron con desasosiego, y uno de ellos pareció tener intención de hablar. La súbita intensidad de la expresión de Satana puso de manifiesto la circunstancia de que entendía el lenguaje de los hombres blancos.
—Muy bien. Voy a contestarles, así como a ti, Lee —declaró Latch con violencia—. Soy yo quien manda en esta banda, y no quiero más desobediencias. Tendréis que ateneros a mis órdenes y a mis reglas, a marcharos.
—Podríamos formar una nueva banda —dijo el pariente de Latch con energía.
—Podéis hacerlo, si os separáis de la mía ahora mismo. Si no, tendréis que hacer lo que yo os ordene —replicó, con voz potente, el jefe—. Y os agradeceré que toméis una decisión rápida.
Latch no estaba tan seguro de su situación como parecía dectucirse de sus palabras, pero había llegado el momento de comprobar su fortaleza y deseaba hacerlo de una mi riera que no dejase lugar a la duda. Aquellos hombres eran muy difíciles de dirigir cuando se hallaban en estado de sobriedad. Eran duros, descuidados, inquietos, ligeros de pies y manos.
Cuando se hallasen bajo la influencia de la botella, sería imposible manejarlos. Latch había hecho su sugerencia aun cuando sabía que si Leighton y sus compinches se apoderasen del alcohol. Satana y sus indios los seguirían. La situación era crítica, pero no peor que lo había sido anteriormente.
—¿Qué decís, compañeros? —preguntó Leighton. Sprall, un hombre pequeño, flaco, aun cuando fuerte; un malhechor tan dañino como el veneno de una víbora del desierto, miró de reojo a Latch y Leighton.
—Lo que yo quiero es ron. Y no me importa ni un comino lo que haya que hacer para obtenerlo.
Waldron, un hombre que había confesado ser desfalcador de bancos y fugitivo de Nueva York, permaneció fiel • a la expresión de debilidad de su rostro.
—Eso es cosa tuya y de Latch.
Mandrove era un desertor rebelde; era joven y tenía un rostro cetrino, un bigote de color de arena y una mirada huidiza.
—Estoy de parte de Leighton —dijo.
Latch esperaba contar con la adhesión, manifestada a regañadientes, de Crek, que fue empleado de su padre en las plantaciones que había poseído. Era un esclavizador, y desde otros puntos de vista distintos a su voluminoso aspecto, parecía haber nacido para serlo.
—¡Whisky! —fue su tajante respuesta.
Quedaba solamente por conocer la opinión de uno de los partidarios que Leighton había nombrado, seguramente el más importante de todos. Era un pistolero de la región de Río Grande; respondía al nombre de Texas, y parecía tan bravío y duro como aquella frontera meridional.
—¡Sería capaz de matar a tiros a mi propio padre si me tuviera sediento ni un solo momento más! —contestó.
—Gracias por vuestras rápidas manifestaciones —replicó, Latch, forzadamente—. Podéis ensillar los caballos y largaros de aquí.
—Stephen, sé dónde tienes escondido el licor —dijo Leighton mientras una sombra oscura enrojecía su rostro.—Sí, Y, ¡por todos los diablos! , mantendrás la boca cerrada acerca de esa cuestión —exclamó secamente Latch. Las miradas de los dos parientes se cruzaron, y con su cruce se originó el que pareció ser el momento culminante de la situación. Latch se conocía bien, cosa que no le sucedía a Leighton, que parecía moverse instigado por una fuerza superior a sí mismo.
—No he dicho que vaya a revelarlo —continuó Leighton—; pero lo sé.
—Déjame que te diga unas palabras, joven —comenzó diciendo Keetch, «el Viejo», con voz profunda y persuasiva—. Hace veinte años que estoy en esta frontera. He visto venir y marcharse a muchos hombres. He pertenecido a las cuadrillas más duras que ha habido, desde el Brazos hasta el Platte. Y todos los que lucharon entre sí, no duraron mucho. Claro es que a nadie le importa lo que tú quieras hacer de tu vida, pero te digo que es una insensatez el despreciarla y destrozarla. Y si vosotros y todos los piel-rojas os emborrachaseis..., ¡bueno!, el infierno sería una reunión de corderos y palomitas comparado con esta banda... El jefe tiene la cabeza bien asentada sobre los hombros, y creo que todos debemos escucharle.
—¡Demonios encendidos! ¡Ya estamos escuchándole! ¿Qué otra cosa podemos hacer, aquí, encerrados en este agujero? No hay dinero; no hay bebida, no se puede jugar... ¡Ya estoy harto de esto! —exclamó Leighton, irritado—. ¡Necesito acción... y no me importa ni un pepino la clase que sea Leighton, puedes conseguir la clase de acción que desees —dijo la última adquisición de la cuadrilla.
Este individuo, un mozalbete que aún no había llegado a los veinte años, había seguido a Latch a su salida del Fuerte Dodge, varias semanas antes, y sin hacer pregunta alguna y sin decir más que su nombre era Lester Cornwall, se había adherido al jefe. Más tarde, Latch recordó que había visto al muchacho en uno de los garitos de juego. Su rostro era tan agradable como el de una muchacha, y su cabello tenla un brillo intermedio entre el del oro y el de la plata. Y guapo, tan guapo como una muchacha hermosa podría ser, si no fuera por su expresión de suprema crueldad. Podría haber sida un hijo del bien y del mal.
—¿Qué?-resopló Leighton, como un toro que se dispusiera para la acometida.
Cornwall se puso en pie con un sencillo movimiento y metió significativamente una mano en el interior del chaleco. La luz de la hoguera se reflejó en sus ojos descoloridos.
—Pistolas, a puños —dijo lentamente, con su acento de hombre de Carolina.
Leighton se enderezó mientras lanzaba un juramento y sacaba la pistola de la funda.
Latch era el que se hallaba más próximo a él, pero fue Keetch quien agarró a Leighton de la mano y la mantuvo inmóvil hasta que otro de ellos le obligó a bajarla.
—¿Qué es, lo que te he dicho hace un momento? —preguntó Keetch agresivamente—.
Ahora has tenido la prueba de que tenía razón al decirlo.
—¡No quiero que ese niño de cara pálida...
—Bien, alguien tenía que demostrártelo —le interrumpió fríamente Keetch—. Y la cosa está muy clara para todos nosotros..., si no lo está también para ti.
Latch tuvo durante un momento esperanzas de que Leighton, arrebatado por la rabia, saltase contra Keetch y recibiera un tiro. Luego, llamó la atención a los dos beligerantes para que depusieran su actitud. Leighton no se dignó contestar, pero se serenó y volvió a sentarse contra el leño.
—Coronel, creo que no soy el único que está harto de la charlatanería de Leighton —contestó fríamente el joven mientras se volvía de espaldas y se aproximaba al fuego.» Latch experimentó una punzada al oír el título que se le había concedido en su vida privada, mas el derecho al uso del cual le fue negado oficialmente al advenimiento de la guerra. Aquel joven le conocía o había oído hablar de él. Latch apreció en el mozalbete una extraña lealtad, así como un notable desprecio por la vida. Y esto le conmovió como nada le había conmovido jamás.
—Escuchadme, hombres —comenzó diciendo con elocuente vehemencia—. Keetch tiene razón. Si luchamos entre nosotros mismos, estamos perdidos. Luchemos para los demás de nuestra banda, no contra los demás. Garantizo que haré la fortuna de todos los que me sean fieles. Pero mi palabra ha de ser ley. No hemos tenido disciplina, no hemos tenido propósitos, ni proyectos, ni ejecución... Hemos sido solamente una banda de rufianes de la frontera. Mi intención consiste en organizar la banda más grande y poderosa que jamás se Nava conocido en la frontera. Y todos seremos ricos.
—Hablas muy bien, Stephen —dijo Leighton con curioso desprecio—. Pero jamás realizas nada. ¿Cuál es ese maravilloso proyecto tuyo que ha de labrar nuestras fortunas?
—Hacer una guerra organizada contra las caravanas que cruzan las llanuras —declaró el jefe con aspereza—, lo mismo contra las que se dirigen al Oeste cargadas con abastecimientos de municiones, subsistencias, oro v mercancías del Gobierno, que contra las de los comerciantes que regresan con cargamentos de pieles. Es preciso que Satana nos ayude para conseguirlo. Este indio inteligente ha comprendido la grandeza del propósito, y dirige a quinientos indios de Kiowa, la mitad de los cuales se encuentra aquí, con nosotros.
—Sí, es una gran idea —dijo despacio Keetch, «el Viejo»—. Y no echéis en olvido, vosotros los del Sur, que nueve de cada diez de esas caravanas son yanquis.
—Sí, ayudaremos a la Confederación que nos ha proscrito y se ha apoderado de nuestras cosechas —añadió Latch con amargura.
—¿Cuál es tu proyecto? —preguntó Leighton, irritado en extremo.
—Escuchad: de ahora en adelante, serán muy pocas las caravanas que dispongan de una escolta militar, ya que casi todos los soldados de los fuertes han sido llevados a la guerra. Las caravanas que no se agrupen en gran número para protegerse mutuamente, serán presa fácil para nosotros. Escogeremos siempre pequeñas caravanas, nunca mayores de cincuenta carros. Utilizaremos nuestro ron para encender a los kiowas v lanzarlos contra los malditos comerciantes yanquis. Haremos que Satana mate a todos los hombres... y a las mujeres también, de las caravanas que ataquemos. No recurriremos jamás al procedimiento de dispersar los bueyes o los caballos, o de quemar los carros. Nos apoderaremos hasta de lo más insignificante de cada caravana, de modo que no quede ni el más pequeño vestigio de ella, como si se hubiera desvanecido en las llaneras.
¡Caravanas perdidas!... Esto es todo. Jamás podremos ser descubiertos aquí, o, por lo menos, no podremos ser descubiertos por los hombres blancos. Satana dice que podremos traer los carros hasta lo alto del desfiladero v de jarlos caer en él, donde nunca serán hallados. Los indios se apoderarán del ganado, que será su paga. Y para nosotros quedará el contenido de los carros. El mes pasado salió de Independencia una caravana que, solamente en oro, llevaba más de cien mil dólares.
Podemos permitirnos el lujo de trabajar lenta y cuidadosamente cuando se trata de apoderase de tesoros de tal importancia. Pero cualquier caravana nos producirá muchas ganancias, tanto en abastecimientos como en dinero... Y éste es mi proyecto, Lee, explicado a la ligera. Más tarde podremos discutir los detalles. Pero es preciso que constituyamos una banda unida y sujeta a una estricta dirección... Ahora, todos vosotros podéis hablar.
—Estoy de acuerdo contigo —contestó cordialmente Leighton.
—Los muertos no abren el pico, ¿verdad? —murmuró Keetch—. De modo que ése es tu proyecto... Es una gran idea. Pero no me gusta el asesinato en masa.
—Ni a mí. Podríamos atacar una caravana en la que hubiera mujeres v niños... ¡No importa! Los kiowas se encargarán del trabajo más repugnante. Nosotros no lo veremos.
Mas para que adquiramos fortaleza mientras el Norte y el Sur están en guerra, es preciso que sigamos ese plan y que nos atengamos a él. Voy a pasar lista. Contestad si o no.
Entre el grupo que Leighton había designado como compuesto por hombres que eran de su misma opinión, sólo Waldron, el fugitivo del Norte, contestó negativamente a Latch.
—No me importa lo que pueda ir contra tus principios —añadió secamente Late—. O estás de acuerdo con nosotros, o te separas de la banda.
—No puedo elegir —replicó sombrío Waldron, como si en realidad se hallara amenazado de muerte inmediata—. Me someto a tu jefatura.
Mano Negra y Negro Jack, proscritos que habían hallado en la banda de Latch un puerto de refugio, manifestaron breve y enérgicamente su aceptación. Lobo Solitario, un vaquero de Texas cuyo pasado era desconocido, inclinó el rostro delgado y cetrino y dejó que el silencio diera su respuesta. Agustín, el vaquero mejicano, respondió suavemente en su lengua natal:
—Sí, señor.
Keetch, «el Viejo», habló con el jefe acerca de las posibles consecuencias de asesinato de mujeres y niños.—¿No podríamos evitarlos? Eso está contra las leyes de la frontera... Hay muchísimas caravanas en las que sólo van hombres.
Latch había meditado anteriormente sobre esta cuestión y llegó a la conclusión de que era imposible averiguar previamente, cuándo había mujeres o niños en una caravana. Aun los propios transportistas y comerciantes llevaban con-sigo algunas veces: a familias de colonizadores.
—Keetch, tendremos que cerrar los ojos —concluyó Latch.
—Perfectamente. Me someto. Pero quiero añadir una palabra: a la larga, eso nos destruirá a nosotros. ¿Qué opinas tú, Cornwall? —preguntó Lach a la más joven y reciente de las adquisiciones de su banda.—Lo que usted diga, coronel —contestó el joven con impaciencia. Su perfil limpio y puro se destacó ante el fuego cuando volvió la cabeza para responder. Nuevamente se sintió sorprendido Latch al apreciar la falta de sentimientos del muchacho. La lucha, el robo, el asesinato, la muerte..., todo esto carecía de significado para él. Y, sin embargo, parecía un joven pacífico, inteligente, soñador. Latch desechó con un estremecimiento una serie de pensamientos de la que debería deshacerse para siempre.— Queda convenido. La banda de Latch —dijo fuertemente en tanto que expulsaba un largo aliento. Nadie podría haber comprendido en aquel momento lo que para el porvenir significaba aquel acuerdo.
—Trece —exclamó Keetch—. ¿No tomaremos nuevos miembros? Alguno de nosotros morirá en algún ataque. Y, por razón de la misma naturaleza de nuestro trabajo en esta frontera, otros hombres nos atacarán...
—Somos suficientes por ahora. Cuanto más pequeña sea nuestra banda, tanto mayores serán los beneficios para cada uno. No me agrada la idea de que se nos unan los desechos de otras bandas. Es preciso que mantengamos en secreto nuestra guarida.
—Me parece muy razonable. Pero no será una cosa fácil de conseguir-continuó Keetch, pensativo—. Tengo una idea, Latch. ¿Recuerdas que allá abajo, a un día de camino, en el lugar en que se abre este desfiladero, hay una pradera? Es el valle más maravilloso de los que he visto en toda mi vida. Es probable que algún día vayan a residir en ella algunos colonizadores. Podríamos instalarnos allá, guardar y criar ganado vacuno y caballar... Sería un rancho que nos serviría de cortina de humo.
—¡Es una gran idea! —reconoció Latch—. Pero ese valle ¿no está demasiado cerca de este escondite?
—¡Cerca!... ¿No representa la marcha de un día entero a caballo y la más, penosa que has conocido? Tú mismo lo has dicho. Es lo mismo si está a cien millas o solamente a cuarenta... ¡Y difícil! ¡Jamás he visto marcas en esa ruta. Terrenos pantanosos en los que no se producen huellas, agua sobre un fondo de roca dura por espacio de muchas millas, y luego una confusión de piedras... Ni siquiera un apache sería capaz de descubrir nuestro paradero. No, Latch, no podremos tener miedo a que se nos descubra, ni siquiera a que se nos siga hasta el condenado Paso del Diablo, como lo llamó Agustín.
—¡Paso del Diablo! Muy bien, ése será su nombre. Pensaremos todos acerca de tu idea de establecernos como rancheros en el valle —contestó Lach—. Es posible que, más adelante, esa tierra sea de gran i valor.
—Es el mejor terreno para pastos y plantas que hay en la vertiente del oeste de las llanuras.
—¿Terreno? ¿Lo llamas terreno?
—¡Claro! Hay más de cien mil acres de tierras tan llanas como un lago. Y un millón más de acres cubiertos de pastos y árboles. Los búfalos se detienen allá en su paso hacia el Norte o hacia el Sur. Era el terreno de caza favorito de los cheyennes y los arapahoes, hasta que Satana los expulsó.
—«El terreno de Latch» —replicó el jefe soñadoramente—. Y creía que había terminado para siempre con la tierra..., no siendo con los seis pies que necesitaré para dormir algún día, más pronto o más tarde...
—Bueno, tenemos que madurar esa idea —añadió Keetch—. Siempre he sentido el anhelo de instalarme en algún sitio y dedicarme a la agricultura. Cuando la guerra termine, si llega a concluir, la gente se marchará hacia el Oeste. Y es seguro que el Sur se arruinará, tanto si gana como si pierde.
—Sí-repitió Latch como un eco, lleno de amargura.
—¡Ugggh! —exclamó el jefe kiowa interrumpiéndole, mientras levantaba la cabeza. Tres salvajes habían entrado silenciosamente y llegaron hasta el círculo de hombres. Uno de ellos habló con voz gutural. Un ligero ruido de cascos de caballos llegó desde la arboleda. Luego, unos jinetes delgados se aproximaron a la luz de las hogueras del campamento. Los cuerpos bronceados y mojados resplandecieron ante el fuego.
Satana fue el única de los kiowas presentes que no pareció alterarse y que continuó en actitud estoica. Todos los salvajes que se hallaban próximos al fuego y los que componían las otras grupas se fueron acercando despacio a medida que los tres exploradores se dirigían a su jefe. Latch había vista muchos indios en sus días de estancia en la frontera, pero el paso, el porte y la postura de aquellas exploradores apenas necesitaban acompañarse de palabras para expresar que eran portadores de noticias de la mayor importancia para todos los presentes.
El orador del tría era conocido de Latch. Era un joven llamado Ojo de Halcón; su habilidad como jinete y como seguidor de huellas no tenía par. Fue él quien descubrió a los arapahoes cuando intentaban tender una emboscada a los kiowas. Sus trenzas, negras y lustrosas le caían sobre las morenos hombros; sus ojos brillaban con penetrante intensidad.
—Keetch, ten cuidado de no perder ni una sala palabra de lo que diga-recomendó Latch.
—Está reventando de ganas de comunicar sus noticias. Y crea que por mi parte no he estado en balde cautivo de los kiowas —respondió Keetch.
El delgado guerrero hablaba como si estuviera pronunciando un discurso, con lentos y complicados ademanes que parecían expresar distancias y lugares. Latch se emocionó al comprender su significado, y recordó su infancia, en si cual había sentido gran apetencia por los cuentos bravíos de guerras salvajes en las fronteras de Texas. En aquellos momentos se hallaba a punto de comenzar una guerra, más nueva y más sangrienta, en la cual se unían la astuta inteligencia de los hombres blancos y la ferocidad de los salvajes. Los jóvenes del tiempo futuro ¿conocerían su nombre? —Stephen Latch— y la historia de la extraña desaparición de las caravanas de las praderas? Este pensamiento le espantaba. Al enfrentarse con los resultados concretos de sus madurados planes, sufrió los primeros remordimientos.
Amargado, arruinado como estaba, y aun cuando fuese un rebelde vengativo, entrevió vagamente el horror de sus maquinaciones.
Al final del largo discurso de Ojo de Halcón, Satana emitió un largo «¡Ugggh!» que no necesitaba traducción.
—Latch —exclamó ruidosamente Keetch—, ha habido muchas cosas de las que ha dicho ese condenado pielroja que no he podido entender. Pero la importante del caso es que una caravana compuesta por cincuenta y tres carros, sin escolta de soldados, salió hace tres días de Fuerte Dodge hacia el cruce de Cimarrón y desde allí a Camino Seco y al fuerte de la Unión.
—¡Ah! ¿Cuál es ese Camino Seco? —preguntó Latch.—Es un atajo de unas doscientas millas. Lo he recorrido varias veces. Viaja muy paca gente por él. Solamente lo recorren los viejos transportistas y lOs hombres de las llanuras. El agua lo borra en algunos casos, y resulta difícil hallarlo. El alimento escasea allí. Sólo es posible hallar, algunas, veces, búfalos.
Ha habido muchas batallas sangrientas a lo largo de ese camino. Point of Rocks, es el lugar predilecto de los piel-rojas para atacar a los trajinantes.
—¿A qué distancia? —siguió preguntando Latch, mientras se humedecía lOs labios.
—A dos días de camino. Un camino penoso.
—¿Estaremos desde nuestro valle más cerca de Point of Rocks que desde aquí? —preguntó Lach. Su voz comenzó a recobrar firmeza. ¿De qué valían ya los temores olas vacilaciones? La suerte estaba echada.
—No. Llegaremos hasta ese camina yendo por este lado de Camp Nichols, un puesta de vigilancia del ejército, actualmente abandonada. El Cimarrón corre entre Colorado y Nuevo Méjico. Es el terreno más inculta y silvestre que conozco... Parece como si estuviera hecha de encargo para este propósito.
Latch se volvió para dirigirse a Satana.
—Jefe, iremos cuando salga el sol.
—Bien —contestó el kiowa. Su rostro relampagueó mientras se ponía en pie.
—Tendremos una gran fiesta mañana —concluyó Latch.—Diles cómo han de luchar.
—¡Ugggn! El jefe blanco ¿nos dará ron?-Sí. Mucha bebida.
Después de esto Satana parloteó con sus indios y todos ellos abandonaron la banda de Latch para dirigirse a sus propios campamento,,,, —¡Dios mío! ¡Creo que van a danzar! —exclamó Keetch.
—Entonces, ¡adiós suelo! —murmuró alguien.—¿Serías capaz de dormir, si no fuera par su holgorio? —preguntó Latch, como si se dirigiera a sí mismo la pregunta.
—Creo que tendré algunas pesadillas después de que el maldito asunto haya concluido, si... —replicó Keetch, mientras reía con aspereza—. ¡Diablos! Tenemos que acostumbrarnos a todo... Latch, ¿cómo vamos a desarrollar ese ataque?
Necesito tiempo para pensarlo.
—No sería una mala idea para todos nosotros el que Mandrove, nuestro compañero, elevara alguna plegaria... como hacen los piel-rojas. ¡Ja, ja!
—Keetch, ¿estás loco? —preguntó con severidad Latch.
—¿Yo? ¡No! Creo que soy el que tiene la cabeza más firme de todo este grupo. ¿No sabes que Mandrove fue predicador antes de convertirse en un forajido?
—No, lo sabía. ¿Es cierto, Mandrove?
El rebelde desertor asintió por medio de una inclinación de cabeza. Luego, dijo:
—Me obligaron a ingresar en el ejército.
—¿No te agrada la guerra?
—El matar estaba contra los principios de mi religión.
—¡Ah! Me dijiste que habías desertado... para unirte a la banda de Latch. ¡Has hecho una mala elección! Ahora tendrás que pelear, necesariamente. Pero no quiero obligarte a cumplir tu palabra.
—Estamos embarcados en el mismo barco, Latch —replicó significativamente Mandrove— . Y ya soy un... un asesino.
—¡A la desgracia le agrada tener compañía! Si fracasaste como predicador y como soldado, es de esperar que no te suceda lo mismo como forajido.
Una alegría burda y soez siguió a las palabras del jefe.
—Hombres, aquí es donde borramos nuestro pasado... los que tenemos un pasado que recordar. Se nos ha negado una existencia honrada —declaró Latch—: Y tenemos que vivir nuestras vidas, como quiera que sean. Pero no seamos una cuadrilla de malhechores vulgares y traidores.
¡Estamos unidos! Y cuando la guerra haya concluido...
—Seremos ricos y podremos asentarnos, —le interrumpió Keetch, burlonamente al ver que el jefe vacilaba—. Latch, eres una clase de: forajido de la frontera nueva para mí, Pero que el demonio cargue conmigo si no te aprecio: Y esto no quiere decir que tu proyecto sea imposible. Vale la pena de intentar realizarlo... Pero, antes de nada, tratemos de resolver las dificultades del asunto que tenemos entre manos.
—Tienes razón..., aunque necesito tiempo para meditar. Hasta ahora únicamente, he proyectado lo que os he dicho. Vayamos a ese Camino Seco. Tú mismo elegirás, Keetch, el lugar en que hemos de atacar a la caravana. Enviaremos exploradores que nos informen de su situación. Luego, cuando todo esté dispuesto, entregaremos ron a los kiowas. ¡Sólo lo necesario para inflamarlos!
—¡No olvides algunos tragos para nosotros! —dijo Leighton secamente.
—Me adhiero a la propuesta-declaró Keetch.—Suma y sigue —añadió Latch con dureza—.
Nos levantaremos a la hora del alba, Lee, tan pronto como haya luz suficiente, llamaremos a dos hombres con un caballo de carga e iremos en busca del ron. Recordad que todo el éxito de nuestra empresa depende de que conservemos intactos los barriles de ron hasta el momento oportuno...
—Nos atendremos a esas instrucciones, coronel —aseguró Cornwall mientras Latch daba vuelta y se dirigía hacia el lienzo oscuro de la montaña.
Encontró el hueco en que había dejado su silla y su fardo, preparó el camastro, y muy pronto estuvo preparado para descansar, si no para dormir.
A través, de la niebla de la lluvia, el fuego del campamento brillaba débilmente, cruzado y obstruido por unas formas espectrales y movientes. La banda del Latch permanecía agrupada, hablando, en voz baja. Ambos bandos parecían haber anulado sus diferencias acuciados por la comunidad de intereses de aquellos instantes. Latch observó a sus componentes. ¡Cuán negros y siniestros eran! El odio que le había conducido a dar aquel desdichado paso no podía cegarle totalmente a la luz de la verdad. Su inteligencia marchaba al mismo ritmo que su imaginación.
En aquella hora, aun cuando jamás lo hubiera hecho antes y hubiese de volver a hacerlo en lo futuro, vio la verdad desnuda. Tan infalible como su ruina, tan infalible era su muerte. Locos y vanos eran los desvaríos de un hombre derrotado, fracasado..., aquellos proyectos y esperanzas de riquezas, de venganzas, de servir de alguna utilidad a la nación que le había arrojado de si... Todo lo vio en aquel momento en que ya era demasiado tarde. La muerte, sin embargo, no era nada. Hasta podría acogerla alegremente. Pero la muerte era una cosa insignificante en comparación a lo que se le ofrecía. El alma pareció dolerle. Y, no obstante, tuvo la espantosa fortaleza necesaria para resignarse con su suerte, para rechazar lo mejor que en él había, para matar la conciencia, la bondad, el recuerdo del hogar, y hasta el pensamiento del breve y desesperado amor que había contribuido a conducirle al estado de degradación en que se hallaba.
¡Qué extraña era que en aquella hora de desolación se acordase de Cynthia Bowden!
Pero no, no era extraño. ¿No era esa hora en que todo debía desfilar ante su torturada vista...
por última vez? ¡Y Cynthia llegó a ella y no se alejó! Aquella delicada cabecita con su corona de rojizo cabello, aquellos ojos altivos, aquellos labios rojos que se habían rendido ante los suyos..., todo volvió a él para obligarle a estremecerse y temblar en el interior de la cueva.
Todas sus desgracias databan del desatino de aquel año único en la Universidad del Norte.
¿Por qué había seguido la senda de los jóvenes alocados de la Universidad? ¿Por qué se había entregado al torbellino de una vida que había dado a sus envidiosos rivales y al enojado hermano de Cynthia armas con que rendirle y humillarle a los ojos de ella? Si no hubiera sido por aquello, ¿estaría él en tales momentos hundido en un refugio de kiowa, como compañero del más sanguinario y cruel de todos los caudillos indios, colocado por sí mismo a la cabeza de una cuadrilla de bandidos de la frontera? ¡No! Era fácil rehacer en sentido inverso los pasos que le llevaron a tal hora de amargura. Y su alma, amargada y apasionada, se sublevó.
Los fuegos del campamento se amortiguaron gradualmente y extinguieron. El desfiladero quedó tan oscuro como una caverna. Apenas podía verse la silueta de los árboles.
Un viento suspirante y lastimera gemía entre sus ramas acompañado del sordo murmullo del arroyo, que era por sí mismo un ruido solitario.
Más tarde, el aullido agudo de un animal silvestre en la altura del borde opuesto, perforó el silencio.
Este aullido pareció definir el carácter del desfiladero de Tela de Araña, el más silvestre e inaccesible de todos los lugares conocidos por los kiowas. Aquel refugio parecía haber sido formado por el mismo demonio para realizar el sueño de algún bandido. Cuando el sol brillase de nuevo, acaso la enfermiza cobardía se borrase de la imaginación de Latch, quine entonces podría volver a ser el mismo que fue cuando entró por primera vez en aquel fantástico, hermoso y purpúreo orificio de las rocas.
Las horas continuaron pasando con la suficiente clemencia para tranquilizar un espíritu, y Latch se durmió. Cuando despertó a la luz gris del amanecer, se dio cuenta de cierta agitación que provenía de la arboleda. ¿Dónde estaba él?
La combadura de una roca se extendía sobre su cabeza. ¡Una cueva había sido su guarida! Una penumbra opaca y gris inundaba el espacio. Latch recordó repentinamente el lugar, la hora, el significado de todo ello, y un odio terrible contra el alba, contra el nuevo día se extendió por su alma.


II
S obre este estado de ánimo cayó con dureza la voz aguda de Lester Cornwall.
—¡...días, coronel!
—No puede decirse exactamente que haya de ser un buen día, Lester —contestó Latch mientras retiraba las mantas y se sentaba en el camastro—. Me parece que está brotando el alba gris de un día funesto.
—Funesto si Leighton se sale con la suya, coronel —replicó el joven en voz más baja—. No tengo confianza en ese hombre.
—¿Has oído algo? —preguntó Latch, en tanto se ponía presurosamente las botas.
La oposición de algo o de alguien de quien desconfiase, le endurecía y estimulaba para emprender la lucha.
—Baste decir que estoy al lado de usted —contestó intencionadamente Cornwall.
—Gracias, Lester. Espero que los acontecimientos justificarán tu confianza... ¿Te ha ordenado Leighton que vinieras:?
—No. Ni le ha gustado que me metiera en esa cuestión... Anoche hice intención de ser el primero en levantarme, y así ha sido. Leighton está con Sprall y ese pistolero de Texas. Están ensillando un caballo de carga.
—Y todo eso, ¿qué tiene que ver contigo?
—Eso es lo que él me preguntó. Le dije que iba a venir a llamarle a usted. Leighton cree que usted me ha incluido en el grupo de los que han de ir en busca del ron... No, no me justifico, coronel. Lléveme usted, o déjeme aquí. Me da lo mismo.
—Cornwall, tengo la impresión de que tanto si peleamos contra los indios como si hacemos amistad con ellos, lo mismo si asesinamos a los componentes de una caravana que si nos portamos honradamente, igual si vamos al infierno que si no vamos, a ti todo te da lo mismo.
—Siempre estaré a su lado, coronel.
Latch supuso que el joven proscrito había respondido a cierta inclinación nacida ante la inevitable disensión de la banda. Había un algo indiferente y temerario en él que atraía a Latch.
—He aquí mi mano, Cornwall —dijo Latch—. Supongo que habrás observado que jamás se la he ofrecido a Leighton ni a ningún otro miembro de la banda.
A la fría luz grisácea del amanecer, el joven oprimió, como con una garra de acero la mano del otro hombre. Latch creyó encontrarse más allá de esos afectos que se llaman amistad y confianza. Y, sin embargo, se preguntó cuál sería el efecto que un período de vida selvática produciría en él. Había en su fondo ciertas profundidades que aun no habían sido sondeadas. Y en aquel momento la voz áspera de Leighton rompió el apretón de manos. Latch se puso el cinturón que. le servía de cartuchera y, después de haber examinado el revólver de seis tiros, lo colocó en su funda.
Unas figuras borrosas se movían en la penumbra. Latch, con Cornwall al lado, las siguió a un paso que muy pronto acortó la distancia que separaba a unos de otros. Se mantuvieron cerca de los muros y se movieron de uno a otrolado para rehuir las rocas y los árboles que obstruían su marcha. Los ruidos del campamento quedaron atrás. El alba gris se había aclarado casi imperceptiblemente.
—Nunca he sabido encontrar los sitios que me propongo —gruñó Leighton.
—Si yo supiera dónde está escondida la ginebra, puedes tener la seguridad de que no lo olvidaría jamás —replicó Sprall, en tanto que reía rudamente.
—¡Quietos! —ordenó Latch con voz autoritaria y baja—. No quiero que los indios sepan dónde tenemos escondido el alcohol.
—¡Diablos! Lo podrían averiguar pronto si se lo propusieran —contestó Leighton.
—Quizá sí, en el caso de que tuvieran tiempo. Pero hay más de diez mil grietas y agujeros en las rocas del desfiladero de Tela de Araña. Es el lugar más endemoniado que he conocido en toda mi vida.
Cruzaron un arroyuelo tembloroso y continuaron a paso de tortuga. Latch conocía una serie de signos especiales que le servían para indicar el escondrijo. Y estos signos eran unas resquebrajaduras de forma peculiar que se formaban en el borde y que apenas eran perceptibles. Entró en la maraña de árboles y rocas y llegó, caminando sobre una hierba alta en la que no podían marcarse las huellas de las pisadas, hasta situarse cerca de una grieta de la enorme peña.
—Sprall, quédate aquí con los caballos —ordenó Latch.
El forajido protestó en voz baja. Latch se aproximó más a la grieta, que era estrecha y oscura. Después de medir cierta cantidad de Pasos, halló el lugar que buscaba. Palpando llegó a descubrir unos pequeños agujeros en eI lado izquierdo del lienzo de montaña, y entonces supo que había acertado. Era ya completamente de día y había suficiente luz para ver el muro lleno de cavernas en el que sel destacaban orificios de todos los tamaños imaginables.
—Deberíamos haber traído a Keetch —dijo Latch—. Venid; dejadme que me suba a vuestros hombros. Pondré un pie en el de cada uno de vosotros. Ya está!
Latch llegó hasta un saliente que había sobre su cabeza y se encaramó sobre él trabajosamente. La ancha entrada de una cueva, invisible desde abajo, se abría en el muro.
Atrás, a una distancia de pocos pies de la entrada, la caverna estaba llena de barriles de ron.
La carga de tres carros completos. Latch lo recordaba bien a causa de los días de duro trabajo que habían sido precisos para llevar los barriles hasta el escondrijo.
—Arrojadme la cuerda —gritó. Y luego levantó uno de los barriles y lo llevó hasta el borde del saliente. Cuando hubo recogido la cuerda, ató con ella el barril y lo bajó; después, repitió la operación con un nuevo barril; los hombres de abajo habían olvidado por completo que Latch necesitaba de su ayuda para descender, y se habían dedicado a trasladar y cargar los barriles sobre los caballos; Latch tuvo que descender del mejor modo que le fue posible, lo que no pudo conseguir sin recibir varios rasguños y caer a tierra ruidosamente.
Ya había sido cargado uno de los barriles sobre uno de los caballos y dos de los hombres estaban levantando el otro cuando Latch llegó junto a ellos.
—¡Humm! —exclamó el tejano que se había encargado de asegurar las cuerdas—.
¡Aguardiente y delirium tremens para esos malditos piel-rojas!
—Uno de los barriles es para nosotros —declaró Leigton con satisfacción.
Latch pensó que sería prudente contener la lengua. Mas pronto o más tarde habría de chocar violentamente con su lugarteniente. Una oscura certidumbre tomó cuerpo en su imaginación. Siguió tras sus hombres, siempre conocedor de que Cornwall, en constante vigilancia, no le perdía de vista, ni a los demás. La lluvia había cesado, pero la hierba y los árboles estaban mojados y el agua resbalaba de la cumbre. Las nubes comenzaban a alejarse en dirección al Este. Evidentemente, el día sería favorable al viaje. Latch pensó en la agotadora jornada que le esperaba, y se sentía agradecido por todo lo que pu. diera hacerla menos pesada.
Durante su ausencia, los caballos habían sido recogidos y agrupados. Los veinte, o acaso más, que: pertenecían a su banda se distinguían grandemente de los centenares de mesteños, flacos y huesudos, de los indios. Keetch, un buen cocinero de campaña, estaba entregando el desayuno a los hombres que no habían acompañado a Latch. Al ver los caballos cargados con los barriles de ron, todos ellos gritaron alegremente. El ron constituía una obsesión para aquellos, proscritos. Acaso contuviera el olvido que Latch anhelaba, así como el espíritu d-e los actos malvados.
El campamento de los kiowas zumbaba como una colmena: más de doscientos cincuenta salvajes medio desnudos, atracándose de carne antes de lanzarse a cometer fe-chorías, constituían un cuadro sin igual entre los que Latch había visto. ¿Cuál sería el aspecto de la banda de Satana cuando atacase a una caravana, o, principalmente, cuando celebrase su triunfo sobre los blancos? Habiendo cerrado inconscientemente los ojos, Latch tropezó. Entre las bulliciosas aclamaciones de sus hombres, se sentó y comenzó a tomar el desayuno.
—Latch, nuestros compañeros, los piel-rojas, se preparan para iniciar la marcha —gritó Keetch—. Nos va a resultar muy difícil seguir hoy su paso.
—Cargad aprisa y sigámosles —replicó Latch.
Media hora más tarde Latch se puso en contacto con sus hombres tras las huellas de la banda de Satana. Exactamente en aquel momento el sol surgió tras el borde oriental y transformó el desfiladero, al que convirtió de un oscuro lugar lleno de niebla gris, en un magnífico valle de iridiscencias de oro y plata. Los mechones de las nubes se elevaron coma en alas de un fuego perlino. La blanca cascada caía des-de una res-quebrajada melladura del borde, se detenía, volvía a caer, tornaba a detenerse, se convertía en abanicos de encaje; los grandes robles, los nogal-es y los algodoneros, llenos de follaje, dejaban caer sartas de diamantes y rubíes y parecían festoneados de, arco iris; las altas hierbas, de un color verde esmeralda, se extendían por todas partes en que hubiera tierra, y la hiedra trepaba por los muros del desfiladero; ciervos con largas orejas erectas huían en dirección al arbolado; y sobre todo ello se elevaba el rumor del agua, los cantos de un número infinito de pájaros, entre los cuales destacaba la voz dorada de los sinsontes.
Latch pensó que era un sueño horrible la circunstancia de que a través de tanta belleza y tanto esplendor de la Naturaleza estuviera él corriendo sobre su caballo para arrojar muerte y sangre sobre unas inocentes personas de su propio color. ¿Debería empaparse el cerebro en ron para realizar su negro proyecto? Adivinó que tendría que fortificarse continuamente para defenderse del recuerdo de su hermoso pasado de niño y adolescente. No había sido creado para llevar a cabo propósitos tan horrendos como los que había concebido. Debía recibir la fuerza de su pasado, del amor fracasado, de las frustradas esperanzas, del veneno que corría por sus venas. Y a todo esto llama con desesperada cólera.
El desfiladero de Tela de Araña descendía entre dos muros de montaña, que se estrechaban continuamente. A ambos lados, miríadas de grietas partían los muros y les daban el aspecto de rejas colosales en las que se alternasen las barras y los espacios. Abajo, en la lejanía, estaban cubiertos de follaje. Era singular el contraste que existía entre la parte inferior del desfiladero y la superior, donde las paredes eran más verticales y en muchos lugares sin la más ligera resquebrajadura. La pared del Este era más baja y perpendicular en sus cuatrocientos pies de altura. Keetch había dicho que había lugares en que los carros podrían ser conducidos hasta el mismo borde del abismo. Esto constituyó para Latch el germen de una idea. ¿Por qué no llevar todos los carros que robasen hasta aquel borde, bajar las mercancías con cuerdas y arrojar los carros al fondo del desfiladero, donde jamás pudieran ser descubiertos por los trajineros o los exploradores? El pensamiento era absorbente.
El último piel-roja y su desgarbado caballo se desvanecieron en el tramo final de la pendiente que conducía al exterior del desfiladero. Keetch, seguido de las bestias de carga, se aproximaba lentamente a la entrada del! paso.
Latch cerraba la marcha, tras los individuos que componían su cuadrilla. Dirigió una mirada a su alrededor, una mirada que constituyó el acto consciente de un hombre qua no quisiera abandonar la paz y la soledad de aquel extraordinario desfiladero. No estaba seguro de volver a él. La parte más ancha y alta del desfiladero no podia ser vista desde el lugar en que se hallaba: solamente podía ver desde allí los declives, que parecían oponerse a que se violasen sus secretos. Más a la derecha del viajero, se abría la más profunda y oscura de las hendeduras que existían en todo el lienzo de montaña; y sobre ella caía un hilo de agua. Un águila se elevó sobre la tierra. Enormes peñas caídas de las cumbres yacían en el fondo del desfiladero, rodeadas de grandes árboles, algunos de los cuales apenas llegaban a tener la altura de las grandes piedras. La suave y fresca humedad de la mañana, el glorioso esplendor de los árboles, las rocas, las enramadas, las manchas de hierba, las melodías de innumerables pájaros, la presencia de los patos silvestres, de los ciervos; de los conejos, las golondrinas que revoloteaban como una lluvia de chispas aceradas, las ondulaciones del agua del serpenteante arroyo y el lejano rumor del torrente..., todo esto acometió a Latch, se metió en su interior. Y Latch creyó advertir que eran el último resto de bondad que podría absorber en su vida.
¡Qué locura era el amar aquel desfiladero..., el querer poseerlo él solo..., el haberlo elegido como un refugio! Y, sin embargo, Latch todavía amaba y deseaba. La perversidad de su naturaleza le dominaba allí.
Luego continuó avanzando a través de la vereda retorcida y cubierta de verdor que se dirigía hacia los saucedales y finalmente hacia la cañada. Allí todas las huellas se desvanecían, se borraban. Y aquella cañada debería ser el camina por el que habían de viajar por espacio de muchas millas llenas de dificultades. Una arista de una escarpa parecía inclinarse sobre Latch; cuando se volvió, se encontraba en el paso en que los costados estaban separados uno de otro por una distancia de apenas cuarenta pies.
El arroyo corría sobre roca lisa, en la que no dejaban huellas los cascos de los caballos.
En algunos lugares había un poco de corriente, y en otros, un poco elevados, el agua formaba diminutas cascadas rumorosas y blancas. La tierra, las piedras y las pequeñas rocas habían sido, evidentemente, arrastradas por el agua de las crecidas. Los algodoneros y los sauces orillaban la corriente, excepto en los lugares en que los costados de la cabaña se estrechaban.
En algunas ocasiones Latch podía ver hasta una distancia de un centenar de yardas y observar la larga hilera de jinetes repantigados en sus sillas. Los únicos ruidos eran los que producía el agua. Latch había sido en su infancia un ardiente pescador de caña, y se absorbió en la con-templación de las truchas y otros peces más pequeños que podían verse en los lugares: más profundos del arroyo. A veces, obtuvo la recompensa de ver el relámpago de algún pez plateado con manchas rojas, y, de cuando en cuando, alguna trucha brillante. Y pensó cuán maravilloso sería el cazar o el pescar, cuando le placería hacerlo durante los largos períodos en que le fuera necesario esconderse en aquella especie de fortaleza.
Algunas inclinaciones del lecho del arroyo obligaron a los jinetes a desmontar para vadear cuidadosamente aquellas zonas en que un caballo podría romperse fácilmente una pata. Y mientras se entretenía mirando la corriente del arroyo —o cualquier otra cosa que alejase de su imaginación— el pensamiento de la hazaña que hacía necesario aquel viaje—, las millas del desfiladero fueron quedando atrás, el volumen del agua comenzó a disminuir mis-teriosamente y los muros se aproximaron más uno a otro, hasta que solamente una estrecha faja de cielo azul pudo ser vista a través de la abertura situada a una altura de trescientos pies.
Desde aquel punto la luz comenzó a disminuir, y llegó un momento en que los dos costados estuvieron tan próximos, que sólo la penumbra, extraña y pálida, imperó en el desfiladero. Más tarde desapareció todo el verdor de la vegetación, y únicamente las rígidas rocas sombrías sojuzgaron al pardo caudal de agua. Tierras y piedras desprendidas de la altura habían cerrado el espacio en muchas ocasiones, para ser arrastradas finalmente por la corriente de agua. Grandes moles de granito obstruían algunos lugares, por lo que resultaba difícil el paso de los caballos. A ratos se hizo preciso descargarlos.
El desfiladero de Tela de Araña se estrechó por fin tanto que Latch pudo tocar ambos costados solamente con extender los brazos. Luego llegó el agua profunda, donde por espacio de largas extensiones los caballos tuvieron que nadar y también los jinetes, en algunos casos.
El caballo de Latch era buen nadador; si no hubiera sido así, Latch se habría hallado ante un obstáculo muy grave, puesto que no era un nadador muy práctico. La corriente le arrastró en diversas ocasiones y le golpeó contra las rocas. Fue en aquellos difíciles pasos, cortos por fortuna, donde la banda de forajidos tropezó con mayores dificultades. Si el agua no hubiera estado tan baja, la subida habría sido imposible.
Esta parte del viaje pareció interminable. Los hombres tenían que mantener secas sus municiones y, como quiera que algunos, Latch entre ellos, llevaban cartucheras de cinturón, la tarea se hizo en extremo difícil. Mas, al fin, mucho después del mediodía, llegaron al Paso del Diablo y entraron en el desfiladero inferior, que se ensanchaba y descendía rápidamente.
El sol los acogió allí de nuevo, y Latch experimentó una gran alegría al volver a ver sus rayos dorados y el azul del cielo.
A la hora del crepúsculo los forajidos llegaron hasta un punto en que el desfiladero se abría y desembocaba en un valle como Latch no había jamás visto otro parecido. Los indios habían comenzado a instalarse bajo las abiertas ramas de los árboles. Las hogueras enviaban hacia la altura columnas de humo. Los caballos mesteños pastaban reunidos en grupos. Lejos de la magnífica extensión, unas sombras negras se erguían ante la luz del anochecer.
—Bueno, jefe; allí está tu terreno —le dijo sonoramente Keetch—. Mira : allá está el rancho.
—¡Búfalos! —exclamó Latch, al ver que unos indios se entregaban a la caza.
—Exactamente. Esta noche tendremos solomillo para cena —replicó el proscrito alegremente.
Latch se sentó sobre su caballo y miró la lejanía. No podía ver toda la extensión de aquel campo, pero estaba seguro de que contenía millares de acres. Desde el lugar en que el paso se abría, los riscos se extendían en una línea ondulante que trazaba una curva y que se hacía más baja gradualmente hasta llegar a fundirse con la lisa pradera. Masas de algodoneros moteaban el ancho campo y una larga e irregular línea verde, espesa y oscura, señalaba el curso del arroyo a través del rancho. Había, también, algunos cerros aislados, muchos de ellos rodeados de grandes castaños y otros con un solo árbol, sin duda para distinguirse de sus compañeros. Los rayos dorados del sol embaldosaban los prados y los pasadizos.
—No es extraño que los hombres rojos odien a los hombres blancos —reflexionó Latch—.
Quieren robarles esto...
—Coronel, éste es su rancho —dijo el joven Cornwall.— Y desde este mismo momento, quiero solicitar el puesto de capataz.
—Desde este mismo instante es tuyo, Lester —declaró Latch con un calor y un sentimiento que por el momento le hicieron olvidar cuán vanos eran sus sueños. Sabía que los kiowa le cambiarían aquel rancho por pistolas, por chucherías, por ron, y que luego lucharían para ayudarle a conservar su propiedad.
—Tú lo dijiste, Keetch? —añadió—. «El Rancho de Latch“.
Antes de que se hubiera hecho completamente de noche, los cazadores regresaron al campamento con cama de búfalo. El aire se llenó muy pronto del apetitoso aroma de la carne asada, ese manjar tan anhelado en las llanuras. Latch comió de modo voraz, y después de la comida se separó de los miembros de su banda. La larga y agotadora marcha y el conflicto de sus sentimientos y emociones le habían fatigado. Muy pronto buscó descanso bajo el algodonero en que había tenido la precaución de colocar su silla, su cama, y su carga de barriles de ron.
Sus hombres parecían integrar un grupo mixto, compuesto de miembros alegres o sombríos. Latch pudo observar que el corrillo de los partidarios de Leighton pertenecía a esta última categoría. Los guerreros de Satana celebraron una larga y ruidosa cena. Latch oyó que Leighton decía:
—Esos malditos piel-rojas son capaces de comerse cinco búfalos.
En aquel lugar, que casi era una pradera, bajo el cielo descubierto, Latch perdió la impresión de seguridad y aislamiento que le había producido el desfiladero de Tela de Araña.
El terreno estaba situado inmediatamente a la llanura, era alto, sin que en él hubiera ningún declive visible, y tenía las características que son propias de las praderas. Unas manadas de lobos perseguían a sus futuras presas en la distancia mientras ladraban salvajemente como podencos que hubieran enloquecido. Más próximas, otras manadas de coyotes hacían más amedrentadora la noche con sus lastimeros aullidos. No obstante, Latch durmió profundamente y despertó bajo las blancas estrellas del alba reposado y con renovados ánimos.
Era el momento de romper el alba cuando Keetch llamó a los hombres para que acudieran a tomar el desayuno.
—Llenaos, cerdos, y guardaos en los bolsillos lo que no podáis comer. El ejercicio va a ser duro hoy, y no habrá comida cuando haya concluido.
Latch deseaba que los kiowas marchasen a lo largo de aquel maravilloso terreno para que le fuera posible apreciar su extensión y sus características. Pero los indios to-maron directamente hacia el Norte, traspusieron la altura del cerro y se desplegaron, con lo que el espectáculo que ofrecieron, lleno de vida, movimiento y color fue asombroso. Latch miró desde la altura el terreno que tanto le había obsesionado. Parecía tener una forma triangular, con la parte más ancha en dirección opuesta, a una distancia de cuarenta o cincuenta millas, según calculó el observador. Hacia el final del terreno la arboleda escaseaba, y en el espacio abierto podían verse grandes manadas de búfalos. Latch escogió aquella parte superior del terreno para sí mismo, puesto que comprendió que, más adelante, llegarian colonizadores inteligentes que se instalasen en aquel fértil campo. Desde su punto de observación el escenario era extraordinariamente hermoso: era una vasta extensión de terreno plateado, cubierto en ciertos lugares por las manchas de los árboles. Solamente la oscura y accidentada abertura de la escarpa occidental ofrecía indicios de la escabrosidad que en aquella dirección había.
Latch se apresuró para unirse a Satana.
—Jefe, quiero comprar tierras —dijo señalando con una mano el terreno que le interesaba.
—¡Ugggh! ¿Qué ofreces por ella? —contestó el astuto kiowa.
—Mucho. Tú deberías ser amigo mío y mantener alejados a los cheyennes, los arapahoes, los comanches y los apaches.
—Bien, Satana matará montones de hombres rojos. ¿Cuánto ofreces?
—¿Qué pides?
El trato de Latch con el salvaje se basaba sobre la entrega a Satana de todos los bueyes y caballos que fuesen capturados en el proyectado ataque a la caravana. Esto pareció satisfactorio al indio.
—Mucha harina, muchas judías, mucho tabaco, mucho café —comenzó diciendo Satana.
—Sí.
—Y carros.
—No. Los carros serán destruidos. Los arrojaremos al precipicio.
—Pistolas, pólvora, balas.
—Sí... Por partes iguales: la mitad para mí, la mitad para ti.
—¡Ugggh! ¡Bueno! ¿Aguardiente?
—Mucho para Satana. Muy poco para los valientes indios. Es una cosa mala. Enloquece a los kiowas.
—Satana acepta. Mantendré mi promesa.
Latch estrechó la mano delgada y musculosa, que el indio le tendió, y pensó que Satana, salvaje, traicionero y enemigo mortal de los hombres blancos, correspondería en toda ocasión con un trato igual al que se le otorgara. Una sensación de compromiso ineludible acometió a Latch. Había escogido aquel escondrijo, aquel pliegue de las montañas para descansar oculto en él hasta que éste o aquel atraco fuera olvidado en la historia de la frontera, hasta que se hubiera perdido su recuerdo, al cabo de varias semanas cuajadas de accidentes ocurridos a los viajeros que se dirigiesen hacia el Oeste. Había llegado a un acuerdo y realizado un trato por el que obtendría la concesión de aquellas tierras, los recursos de las cuales explotaría paulatinamente, en las que construiría cercas y riegos, de modo que cuando la guerra concluyese le fuera posible disponer de un hogar propio. ¡Hogar! Y maldijo aquellos sueños irrazonables. Mucho antes de que la guerra terminase sería muy probable que con su cuerpo interceptase el recorrido de una bala, o que fuese colgado de algún algodonero. Su trato, sus proyectos, su trabajo, lo que quiera que fuese, no eran otra cosa que sueños vanos. Y, sin embargo, persistió en ellos. Le parecía que había una personalidad desconocida en él, una personalidad inextinguible, la personalidad de un hombre que po-seyera una terrible y secreta cólera. La sentía agitarse, hervir, crecer, como un volcán pasa de la inercia al despertar de la erupción.
Los kiowas conocían bien la región. Marchaban en línea. recta, como una bandada de cuervos, sobre las alturas y las depresiones del terreno. Algún lobo solitario, flaco y viejo, seguidor de la manada, los observaba desde alguna eminencia. Los halcones se elevaban sobre los terrenos pantanosos, donde entre la escasa vegetación pudieran albergarse topos y conejos. Latch no se cansaba de contemplar las grises extensiones de tierras, la interminable y monótona llanura cubierta de verdor. En todo ello halló algún parecido con lo que había pensado, con lo que estaba en su imaginación. Y de nuevo se vio asaltado por el pensamiento de que, a menos de que se convirtiera en un delincuente vulgar, un rufián dedicado al robo, al juego y a la francachela, podía esperar que aquellos magníficos sueños se convirtieran en realidades. ¿Por qué habría de preocuparse en aquellos momentos de lo que él era entonces, de lo que sería el día de mañana? El hecho era que, a pesar de esta amarga burla, de este desprecio y de esta conformidad, los sueños continuaban viviendo. Y concluyó que era mejor vivir con ellos que dominado por un ansia de sangre y de oro. Por lo menos le servirían para prolongar el período que habría de conducirle a su inevitable envilecimiento.
La larga hilera de jinetes indios se alargó hasta alcanzar una longitud de varias millas.
¡Qué grandes viajeros eran...! Sus caballos salvajes continuaban marchando incansablemente.
La banda de Latch fue quedándose rezagada. Los caballos más cargados se detuvieron hacia mediodía. Leighton había sucedido a Keetch como conductor del contingente blanco. Iba a cierta distancia de sus compañeros, agitándose en la silla de vez en cuando, absorto en sus pensamientos. En realidad, todos los hombres avanzaban separados unos de otros. Pero Cornwall no se distanció mucho de Latch.
Continuaron cabalgando de este modo durante toda la tarde, hora tras hora, a través de las elevaciones y las depresiones de las tierras altas, donde las millas de terreno que se veían delante eran iguales a las que habían quedado atrás. La aguda mirada de Latch no pudo descubrir una huella ni una senda. Los búfalos no frecuentaban aquellas laderas. Latch veía en algunas ocasiones las distantes Montañas Rocosas, que se elevaban con sus cumbres purpúreas sobre las tierras grises. A la hora del crepúsculo, la hilera de indios pareció desviarse de su recto camino hacia el Norte y giró. un poco hacia el Oeste. Latch observó entonces que habían salido del anillo de un promontorio.
Leighton y Keetch esperaron a que los alcanzaran sus seguidores. Latch fue el último en unirse al grupo, todos cuyos componentes estaban mirando con intención lo que había ante ellos y a sus pies. Latch supuso, al observar la rigidez de su atención, que esperaban ver algo excepcional. Keetch señaló con un dedo y habló.
Latch se acercó hasta el borde de la meseta. Sus esperanzas se vieron colmadas. Las Grandes Llanuras estaban ante él, allá, abajo, grises y verdes, estériles y arboladas, sumergidas en una oscura neblina.
—Bien, jefe, ya estamos aquí... —dijo Keetch colocándose a su lado—. ¿Verdad que esto es asombroso?...
¿Ve aquella línea tortuosa? Es el Camino Seco. No diré que sea una línea trazada con cráneos y huesos secos, pero veremos mas de uno si seguimos esa ruta... No estoy seguro, mas me parece que aquella cinta azul que se ve al fondo es el Cimarrón. Nuestra caravana debe de estar al otro lado del río. El Camino Seco comienza en el Cruce del Cimarrón. Como ya he dicho, es un atajo que nos evitará el recorrido de más de trescientas millas, pero es un mal camino. Tiene un poco de hierba y muy poca agua, y es preciso conocer muy bien el terreno si se quiere encontrarlas. Aún recuerdo algunos de los puntos de acampamiento: Sand Creeks es el primero. Hay además, aunque no en este mismo orden, otros que se llaman Willow Bar, Round Mount y Point of Rocks. Creo que desde aquí debería verse Point of Rocks, pero no consigo descubrirlo.
—Tengo unos gemelos de campaña en mi fardo.—Ya los utilizaremos mañana.
—¿Van a bajar los kiowas hasta el Camino?
—Creo que van en busca de agua. Allá acamparemos, y esperaremos hasta que los vigías hayan descubierto la caravana. Por lo que he oído decir, Ojo de Halcón hará señales de humo pasado mariana. Eso significará que la caravana se acerca y que acampará a corta distancia aquella noche.
—Bueno, continuemos descendiendo. Estoy muy cansado —replicó Latch.
El acampado fue una operación que asqueó aquella noche a Latch. Si no hubiera poseído aún un poco de agua del desfiladero de. Tela de Araña en su cantimplora, habría tenido que acostarse sediento. Sus hombres rezongaron pidiendo ron. Los kiowas encendieron pequeñas hogueras con huesos de búfalos y bailaron a su alrededor en actitudes guerreras. Sus gritos, roncos y sordos, perturbaron el sueño de Latch.
Latch permaneció durante el día siguiente en el campamento y fue de acá para allá en busca de la pequeña cantidad de sombra que le era posible hallar. Los kiowas se desperdigaron: algunos de ellos se dirigieron a las faldas de la montaña y otros a las llanuras para cazar. Los partidarios de Leighton se reunieron para jugarse las esperadas ganancias del ataque a la caravana utilizando, piedrecitas como fichas de juego, y durante toda el (lía mal-dijeron, gruñeron y rieron. Algunos de los hombres de Latch se dedicaron a dormir. La presencia de Cornwall, joven indiferente, incomprensible y observador, intimidó a los jugadores. Latch descubrió en él un algo singular. El joven se acercó diversas veces al jefe, ,pero no habló sino en contadas ocasiones.
—Coronel, esos hombres se están jugando el contenido de la caravana —dijo una de las veces.
—Son ambiciosos... y confiados. Es posible que algunos de ellos mueran en el ataque.
—Son un grupo muy raro. Pero creo que todos tenemos algo raro. Lo digo precisamente porque me gusta esta vida. Pero no lo que ellos hacen.
—Entonces, ¿por qué, Lester? —preguntó con curiosidad Latch.
—No lo sé..., a menos de que sea por el encanto...
—...de la sangre y la muerte a la vuelta de cada esquina. Creo que te comprendo.
También me ha apresado a mí. Pero esto no significa una alegría sin límites, una liberación de todas las trabas!... ¿Qué piensas respecto a los compinches de Leighton?
—Ese pistolero de Texas me fascinó. Es el único de toda la pandilla en quien confío —contestó Cornwall—. No había mucho. Cuando Leighton le dijo algo despectivo, como si lo hubiera dicho Lobo Solitario, el otro pistolero de Texas, pareció poner cara de disgusto...
Creo que Leighton se proponía hacer que Texas riñese con Lobo Solitario, sólo para darse el gusto de ver cuál de ellos mataba al otro... Waldron es un hombre sombrío, atormentado por su mala conciencia, pero que! se excita ante la perspectiva de obtener oro. Mandrove podrá haber sido predicador, pero ahora es un perfecto miserable. Quiere asaltar la caravana para conseguir dinero. Sospecho que no para jugarlo, sino para huir con ello. Creik, el maldito negro, quiere esclavos a quienes poder martirizar. Sprall tiene la comezón de la lucha. Es un hombre que me produce asco. ¡Sería capaz de matarlo ahora mismo! Y Leighton... ¿Qué cree usted que! es lo que más desea?
—Únicamente lo sabe Dios. Acaso ser jefe de esta banda...
—No. Sólo es enemigo de usted. No querría aceptar la responsabilidad de dirigir la banda. Estoy seguro de que no tiene grandes apetencias de mando y de poder. Leighton es un hombre de esos que viven solamente para las mujeres.
—¿Eh? —preguntó Latch al oír estas palabras, que le arrancaron de su ensimismamiento.
—He estudiado a Leighton, lo he observado, le he escuchado... Si es pariente suyo, debe usted conocer acerca de él algo que...
—No. Muy poco. Somos parientes lejanos nada más. Creo que primos terceros... Me parece que he oído hablar alga acerca de sus aventuras amorosas... hace años. Lo he olvidado... De todos modos, no me importa lo que sea o haya sido.
Transcurrieron el día y la noche. Latch experimentó un vago malestar a causa de la tensión de sus nervios. Cuando se levantó, se sentía como un tigre encadenado. Cornwall, siempre activo, impaciente y curioso, fue el primero en informarle que los vigías de Satana estaban haciendo señales de humo desde diversos puntos lejanos. Habían visto la caravana.
Fue un momento de gran trascendencia. Latch no comprendió hasta aquel mismo instante que todavía podía hacer una elección. ¿Debería llevar adelante el trato a que había llegado con Satana, o, por el contrario, debería abandonarlo y huir a través de las llanuras a cualquier parte? Y con una fría indignación, poseído de un furor incontenible decidió afrontar las consecuencias.
El campamento semejó una turba dirigida por los demonios. Satana destacó unos jinetes, evidentemente con la intención de que le aportasen noticias de sus vigías. No quiso permitir a ningún blanco, ni siquiera a Latch, que subiese a la colina. No permitió que se encendiesen hogueras para cocinar. Los salvajes se habían reunido en una docena de círculos y bailaban sus danzas de guerra. Los hombres de la banda de Latch se acercaron a el ansiosamente para pedirle alcohol, y se enojaron y pusieron más hoscos al serles negado. Todos parecían tener ojos como los de los lobos, con excepción de los de Cornwall, que parecían de hielo. El propio Latch se vio obligado a reprimir una tentación de entregarse al estimulante de la bebida, y comenzó a hacer proyectos para el ataque, para lo cual trazó diversos mapas sobre el suelo, en los que procuró acumular cuantos detalles le fue posible. Satana, que le observaba, murmuró algunas veces un «¡Ugggh!» aprobatorio, o negó repetidas veces por medio de un movimiento de cabeza.
—Jefe, el viejo pajarraco indio tiene la cabeza bien firme sobre los hombros; no lo desoigas. Lo que pretende insinuar es que no podremos terminar de proyectar el ataque hasta que sepamos con seguridad dónde ha de acampar la caravana, a menos de que lo haga en terreno descubierto, lo que, naturalmente, intentarían por todos los medios los viejos trajineros o los guías.
—¿Qué sería lo más favorable para nosotros? —preguntó Latch.
—Yo preferiría que acampasen en un lugar rodeado de enramada o en algún terreno pantanoso con arbolado —contestó el hombre de la frontera pensativamente—. A los piel-rojas, tú lo sabes, no hay modo de hacerlos retroceder, especialmente cuando han bebido un poco de ron... Y hace falta una cantidad muy pequeña de alcohol para enfurecerlos. Dejemos que los kiowas lleven la parte más arriesgada del ataque, y mantengámonos cerca de ellos en algún lugar escondida. En caso de que el ataque se realice en terreno despejado, lo más probable es que caigan también algunos de nuestros hombres. Tendremos que sufrir las consecuencias... • —Lo comprendo perfectamente... Bien, di a Satana que tan pronto como hayamos localizado la caravana ultimaremos los detalles del ataque. El deberá indicarnos la hora en que habremos, de llevarlo a cabo.
—¡Hum! —contestó Keetch; y conversó con el jefe indio durante unos momentos. Luego se volvió hacia Latch—. Satana quiere saber cuándo beberán el «agua de fuego».
—¿Cuál es tu opinión, Keetch?
—¡Demonios! Dales el ron esta noche. Tenemos más de veinte galones, y una dedalada de esa bebida convertirá en un diablo a cualquier salvaje que no esté habituado a los alcoholes.
Los vigías de los kiowas llegaron antes de la puesta del sol e informaron que la caravana se encontraba en el Camino Seco, frente al campamento de Satana y no muy lejos de él. Muy poco después de haber anochecido, los vigías apostados en el Sur llegaron también para decir que cincuenta y tres carros habían acampado.
—En Tanners Swale —afirmó Keetch, después de haber escuchado los informes—. Es un lugar pantanoso, y está situado fuera del camino. Hay muchos arbustos, mucha enramada y muchos zarzales. Unos desmontes muy altos a los lados del terreno, y no lejos de su centro...
¡Esos demonios de novatos...! ¿Quién demonios será el jefe de esa caravana?... Supongo que creerán que allí estarán bien escondidos... ¡Dios mío! Es como si las circunstancias hubiesen sido creadas a medida de nuestros deseos.
Latch permaneció erguido, tieso como un alambre, con un extraño zumbido en los oídos. Un sudor frío le corría por todo el cuerpo.
—Keetch, pregunta a Satana cuál es la mejor hora para el ataque —dijo Latch con una voz que le pareció que brotaba desde muy lejos de sí.
Satana le entendió e hizo un gesto imperativo.
—En la oscuridad..., antes de que llegue el día.
—Queda convenido... Keetch, dile que seguiremos a sus valientes y que lucharemos con ellos... No hay que perdonar a ningún hombre... o mujer... o niño... No se debe prender fuego a los carros ni disparar contra el ganado.
El intérprete transmitió estas explicaciones al jefe indio.—¡Bien! —murmuró.
—Ahora, compañeros, no podemos ser cobardes y permitir que los indios hagan el trabajo más peligroso. Pero, de todos modos, ordeno que nos mantengamos en retaguardia, ocultos, y sin disparar hasta que veamos un hombre... Esto es todo. Id a buscar los barriles de ron. Cornwall, trae las tazas que están en mis alforjas.
—¡Ugggh!
—¡Vamos pronto, Keetch!
—¿Cuánto hemos de darles de esos veinte galones, jefe?
Inmediatamente, a la débil luz de los despojos de búfalo con que habían hecho una hoguera, Latch presenció una escena que jamás podría olvidar. A cada uno de sus hombres, después de haber apartado la cantidad necesaria para los indios, les concedió una taza de café llena de ron. Luego, el alcohol de uno de los barriles fue vertido en varios cubos, desde los cuales era fácil llenar las tacitas que se repartieron a los indios. Silenciosamente, con ojos en los que parecía arder una llama opaca, los indios se fueron presentando a recibir su porción.
Muchos de los jóvenes salvajes tosieron al beber, como si, en realidad, hubieran bebido fuego. Sus cuerpos saltaron. Después de la bebida se entregaron a las danzas guerreras. Pero aquella noche no produjeron ruido alguno, y sus fantasmales pasos y sus saltos parecieron más siniestros.
El segundo barril de diez galones fue destapado, y Latch permitió a sus hombres que bebiesen nuevamente. ¡Qué bebida más violenta era! ¡Cómo abrasaba las entrañas? ¡Cómo mataba los desfallecimientos sentimentales! Aquel modo de beber semejó la realización de una ceremonia, una ceremonia que mataba el silencio y despertaba la alegría. Los ansiosos hombres de la banda de Latch miraron envidiosos a los esbeltos salvajes, jóvenes, erguidos, altivos, fieros, ignorantes de que sus valientes almas habían sido condenadas por los traidores blancos.


III
El carro de viaje de Bowden había llamado poderosamente la atención durante todo el recorrido que hizo desde Independencia.
Lo habían construido Tullt y Compañía, especialmente para John Bowden; y, como Pike Anderson, el hombre de las llanuras, había dicho, «era una cosa intermedia entre un barco y un carro». No tenía la Darte delantera y la posterior a escuadra con los costados, ni éstos eran rectos. Las dos primeras terminaban casi en punta, corno los extremos de la proa y la popa de un barco, y los últimos se torcían y trazaban una ligera curva. Era grande, pesado, fuerte, estaba colocado sobre unas anchas ruedas, y sorprendió a los trajineros por la facilidad con que podía ser arrastrado.
En la parte delantera tenía pintada en letras rojas ante fondo verde la siguiente inscripción: «Tullt y Cía. Número 1 A.»
Este carro llamó la atención por primera vez en Council Grove. Bowden parcela hallarse muy satisfecho, pues el carro había sido construido con arreglo a los planes trazados por él. Durante todo el recorrido de la caravana, el carro de Bowden marchó en cabeza. Al cruzar las praderas, el vehículo, sobresaliendo de la alta hierba, semejaba un barco en el mar.
El fuerte Dodge era una parada importante en el camino. Bowden esperaba que allí le fuese entregada la escolta de soldados que le había sido prometida en el fuerte Leavenworth.
Pero la petición de más soldados para que luchasen en los frentes de la Guerra Civil impidió que el coronel Bradley pudiera complacerle.
—Será mejor que espere usted hasta que me sea posible facilitarle una escolta —dijo el militar concisamente—. Los indios se muestran más osados desde que comenzó la guerra: ha habido algunas reyertas de importancia en los últimos tiempos.
—¿Cuánto tiempo tendría que esperar? —preguntó Bowden.
—De tres a seis semanas.
Bowden declaró a su sobrina Cynthia:
—En realidad, me siento más seguro en la pradera que en esos campamentos. ¡Uf, esa multitud de hombres tan diferentes y tan curiosos...! Y todos miran mi carro como si quisieran perforar con sus ojos de barrena el falso fondo bajo el cual he escondido el oro... ¡Tu oro, Cynthia!
—Pero es terriblemente arriesgado, tío —replicó la joven con gran seriedad—. ¡Llevar oro a lo largo de un camino peligroso hasta California, donde se dice comúnmente que hay oro hasta en los árboles...! Mi padre sería capaz de salir de su tumba si lo supiera.
—Estamos en tiempos de guerra, querida; y conozco a los yanquis lo suficiente para afirmar que será muy larga. No podemos cambiar todo este oro por papel moneda, ya que probablemente los+ billetes serán depreciados. El oro es seguro, conservará siempre su valor, y voy a...
—¡Cuidado, tío! le interrumpió Cynthia.
Pike Anderson, el explorador a Quien Bowden había contratado en Independencia, llegó con un compañero.
—Jefe, éste es Jeff Stover, y quiere ir en nuestra compañía hasta el fuerte de la Unión.
—No hay ningún inconveniente por mi parte. Y me alegro mucho de que venga un hombre más con nosotros —contestó Bowden mientras estrechaba la mano al recién llegado, cuyo rostro abierto y resuelto le agradó.
—Voy con mi familia y dos conductores —añadió Stover—. Venimos de Missouri, y debemos encontrar una caravana de Texas en el cruce de Cimarrón.
—Eso es muy interesante —afirmó Bowden—. ¿Es grande esa caravana?
—Se compone de sesenta carros. Van en ella algunos hombres que conocen bien las llanuras, y otros que luchan contra los injuns. Creo que sería conveniente para usted que se uniese a nosotros. Supongo que Blaisdal y Cy Hunt seguirán el Camino Seco.
—¿Qué camino es ése?
—Es un atajo que economiza-el recorrido de trescientas millas entre el Cimarrón y río Canadiense. Mal camino. Mal terreno para acampar. Agua muy escasa y difícil de hallar. Y, además, campo de operaciones preferido de los kiowas y comanches, que se dedican a dispersar el ganado. Pero con Blaisdal y Cy como conductores no hay peligro de ninguna clase.
—¿Qué opina usted de ese atajo del Camino Seco? —preguntó Bowden a Anderson.
—¡Nada favorable!-estalló Anderson ansiosamente, mientras sus ojillos azules se contraían y su poblada barbilla temblaba—. Es un atajo muy importante, cierto. Y si hemos de encontrarnos con la caravana de Blaisdal, y si esa caravana se compone de sesenta carros, creo que vale la pena de que aceptemos el riesgo...
—Stover, ¿está usted seguro de que sus datos son ciertos?
—Completamente seguro. La caravana de Texas debe llegar al Cimarrón el día 9 de este mes. Si se pone usted en marcha mañana, podrá llegar al Cimarrón un día antes.
—Y, entonces, si la caravana de Blaisdal no se presentase al cabo de uno o dos días, ¿podríamos cruzar solos el Camino Seco, o volver atrás?
—Cierto, pero no tiene usted por qué pensar en volver atrás, señor Bowden.
—¡Iremos! —declaró resueltamente Bowden—. No puedo soportar estos campamentos llenos de asquerosos indios, de mejicanos de ojos saltones, de granujas obscenos y otras gentuzas.
—Me atrevo a sugerir, señor Bowden, que es posible que encuentre usted más piel-rojas y más canalla por aquellos terrenos que en estos campamentos —replicó Anderson, sarcástico.
—Pero ¿no podemos correr un riesgo razonable? —preguntó Bowden con impaciencia.
—Sí..., si me permite usted que sea yo quien indique lo que se razonable y lo que no lo es. Pero esto no es razonable. Es temerario.
—¿Ha estado usted en ese Camino Seco?
—Una sola vez... en los primeros días de la primavera, que es la época más favorable. Y preferiría dar la vuelta por el camino viejo.
—¿Tiene usted miedo de los indios y de los ladrones?
Anderson clavé una mirada de sus ojos azules sobre su jefe y se dispuso a replicar adecuadamente. Pero lo pensó mejor, quizá, a causa de la presencia de la sobrina de Bowden, que los escuchaba con los ojos completamente ensanchados y la boca entreabierta.
—No, por lo que a mí mismo respecta —contestó Anderson—. No tengo pariente alguno, y, bien o mal, voy viviendo. Que llegue para mí una situación comprometida que pueda o no salir de ella..., me es lo mismo. Pero usted, señor Bowden, lleva mujeres y niños en su caravana. Y a esta hermosa sobrinita suya... No me gustaría ver su dorada cabecita toda ensangrentada precisamente en el lugar en que ahora brilla su cabello.
—Pero ¡hombre de Dios! ¡Basta ya de esa clase de charla! Desde que llegué a Independencia no he oído hablar más que de indios de ataques, de carros incendiados, de hombres escalpados, de mujeres robadas y sometidas a cautividad..., y todavía no hemos visto ni siquiera un indio hostil.
—Bueno, si se toma usted la molestia de dar la vuelta, verá dos ahora mismo, aquí, en Dodge —replicó Anderson.
Bowden se volvió. Dos delgados jinetes indios se hallaban próximos a él. Tenían el cabello negro, y largo, rostros jóvenes, cuyas facciones eran muy agudas, y escasas vestimentas, de piel de ante, raídas y sucias por el uso. Uno de ellos estaba desnudo hasta la cintura. Aparentemente, ninguno de ellos tenía armas. Sus caballos, unos mesteños salvajes, estaban atados.
—¡Ja! ¿Dice usted que son hostiles esos chiquillos indios? —preguntó desdeñosamente Bowden.
—Son kiowas. Y todos los kiowas de las llanuras son hostiles a los blancos —replicó con aplomo el hombre de la frontera.
—Anderson, ¿quiere usted continuar dirigiendo la marcha de mi caravana?
—Sí, señor. No he pensado abandonarla. Pero creí que estaba obligado a decir lo que he dicho. Por lo menos, permítame que le aconseje que deje a la señorita Bowden aquí hasta que pueda continuar el viaje en una caravana que lleve, de soldados.
—¡Oh! ¿Por qué, señor Anderson? —preguntó atribulada la joven.
—Porque en otro lugar, no sé exactamente dónde, hay un joven occidental y elegante que la espera a usted y con el cual no quiero que deje de reunirse —dijo lentamente Anderson.
—Pero, ciertamente, nada de eso es verdad —replicó la joven mientras por su rostro se extendía un rubor que acrecentaba su belleza.
—Pues debería serlo. Y, lo mismo si le agrada a usted que si no le agrada, lo más probable es que jamás puede usted conocer a ese joven si se decide a correr el riesgo que quiero evitar.
—Tío John, esperemos hasta que venga una caravana que nos ofrezca seguridad —dijo la joven, convencida por la exaltación y la, firmeza del conductor.
—¡Qué tontería! Piensa que podremos llegar a California tres semanas antes...
—Es posible que lo consigan. Así lo espero. Haré todo lo que pueda por ayudarlos-concluyó Anderson. Y se alejó en unión de Stover. Cuando pasaron junto a los dos kiowas, ambos los miraron detenidamente, aunque de un modo que pareció pasar inadvertido. Sin embargo, Bowden observó que tan pronto como los dos hombres hubieron desaparecido, los indios se dirigieron de manera aparentemente descuidada y fortuita tras ellos.
La caravana de Bowden llegó al Cruce del Cimarrón a la hora del anochecer del día 9.
No se veía luz alguna a ningún lado del ancho cinturón de agua y arena.
La noche fue calurosa, sofocante. Los relámpagos brillaban sobre las lejanas colinas del Sur. Un opresivo silencio y una triste melancolía reinaban en la vasta llanura.
Por primera vez Bowden experimentó una extraña sensación, un pavoroso estremecimiento.
Instalaron el campamento, como usualmente, colocando los, carros de dos en dos en forma de círculo, en el que dejaron una abertura para que el ganado pudiera entrar y salir.
Todos los bueyes y caballos fueron conducidos a pastar bajo guardia. Los viajeros habían llevado consigo grandes haces de leña procedentes del campamento anterior. Un fuego alentador, las voces profundas. de los hombres, el parlotear de los chiquillos, el color, el movimiento y la vida interrumpieron la soledad y el silencio del! Cimarrón.
—Creo que Blaisdal y Hunt deberán llegar con toda seguridad mañana o pasado —decía una y otra vez con voz firme Stover, como si intentara convencerse, de que así debía ser.
Bowden observó que Pike Anderson había abandonado su habitual expresión y se había convertido en un hombre triste, silencioso, que atendía a innumerables trabajos. Los trajineros y los colonizadores que cruzaban por primera vez las Grandes Llanuras, estaban alegres y joviales. Los experimentados tenían poco que decir. Después de la cena los primeros prepararon sus pipas y se instalaron cómodamente para fumar y charlar junto a las hogueras.
—¡Apagad todos los fuegos!-ordenó, seco, Anderson—. Necesito veinte hombres... para que hagan guardia voluntariamente. Es preciso que traigamos todos los animales al interior del círculo.
—¿Por qué demonios? —preguntó un agricultor de Illinois.
Loas demás permanecieron silenciosos.
—Si no quieren prestarse voluntariamente, tendré que escogerlos... Smith y Hall; Stover y Dietrich; Wallin y Bowden —continuó Anderson hasta que hubo nombrado diez parejas—: vayan de dos en dos y hagan guardia en el exterior. No fumen. Vigilen y escuchen... Serán relevados a medianoche.
Bowden se separé del fuego y se dirigió hacia su carro. Cynthia estaba instalada en el alto asiento y parecía hallarse fascinada al contemplar el espacio vacío y oscuro que se extendía más allá del río.
—¿Qué piensas, Cynthia? —preguntó Bowden, sorprendido y enojado—. Ese antipático de Anderson me ha ordenado que haga guardia hasta medianoche.
—Tío John, no debes zafarte del cumplimiento de tu parte de obligaciones —contestó gravemente la joven.
—¡Zafarme! ... No lo había pensado siquiera...—replicó irritado Bowden—. Pero el hecho de que ese Anderson lo crea necesario, me encoleriza.
—¡Qué poco conocemos de las costumbres del Oeste! Tío, durante todo el viaje he sufrido una sensación extraña... Y esta noche se ha apoderado de mí por completo.
—¿Qué es?
—No lo sé. Pero me parece que hay algo allá... Cuando era pequeñita tenía miedo de las sombras..., de las cosas que vivían en la oscuridad... Y ese temor ha vuelto a mí esta noche...
¡Qué soledad y qué quietud más terribles hay... fuera del campamento!
—Te has puesto nerviosa, criatura, al oír las palabras de ese avinagrado hombre de las llanuras.
—Es posible... Pero, querido tío, ya no soy una niña, excepto en lo que se refiere a estos incomprensibles temores... Tengo ya veinticuatro años.
—Acuéstate, Cynthia —le aconsejó su tío.
—Todavía, no. ¡Oh! ¡Estoy tan excitada y emocionada por esta maravillosa aventura...! —exclamó—. Hoy es la primera ocasión de mi vida en que no me sería posible disfrutar del sueño.
Bowden dirigió una mirada a su hermoso rostro, a sus ojos violados en los que se reflejaba la luz de las hogueras, a la onda de su dorada cabellera que enmarcaba la ancha frente... Y, de monto, le acometió el pensamiento de que él era responsable de la presencia de su sobrina en aquel terreno bravío e inseguro. Y se alejó de ella, mordido por una preocupación que comenzaba a alterar su tranquilidad.
La caravana de Blaisdal, no apareció al día siguiente, que era el día 10. A la mañana siguiente Anderson envió a dos hombres, provistos de unos gemelos, de campo, para que hicieran observaciones desde una cumbre situada a diez millas de distancia en dirección al Sur. El día fue tedioso, cálido, agotador para los que quedaron esperando. Los jinetes regresaron al anochecer. Smith, el más viejo de los dos, residía desde hacía varios años en la frontera.
—Nada se acerca por aquel camino del Sur. Desde la altura se ven cuarenta millas de carretera.— Éste fue su informe.
—Anderson masculló un juramento que, juzgando por la mirada de indignación que dirigió a Stover al mismo tiempo, debía estar dedicado a él.
—¡Ah! —murmuró—. Es lo que yo esperaba.
—Entonces, ¿no, han visto ustedes nada? —preguntó, incrédulo, Bowden. Pareció dolerle aquel inesperado informe.
—No. no he dicho eso —contestó el explorador. Anderson dio un largo paso, que le colocó ante Bowden, y dejó caer una mano sobre la rodilla de Smith.
—¿Qué visteis?
—Pues... En primer lugar vi dos jinetes injuns que se encaminaban hacia el Sur.
—Jinetes!
—Exactamente. Eran dos injuns que cruzaban el campo en dirección al Sur... Los observé hasta que se perdieron de vista. Pike, ya sabe cómo corren esos endemoniados, con el cuerpo tendido en el caballo, cuando van a algún sitio...
—Y ¿eso fuel todo?
—NO. Vi, también, lo que me pareció que era humo que se elevaba desde una cumbre.
—¡Humo!
—Humo, sí. Muy lejos... A cuarenta, o acaso a cincuenta millas más allá de donde vi por última vez a los jinetes injuns.
—; Humo! —exclamó Bowden con fanfarronería—. Y eso, ¿qué importa?
Ningún occidental le prestó atención.
—¿Qué clase de humo? preguntó Anderson, áspero.
—Pues... de que provenía de una hoguera..., estoy seguro —replicó Smith mientras lanzaba una carcajada.
—¿Era una columna de, humo uniforme... como la de una hoguera de campamento? —prosiguió Anderson.
—¡No! Eran unas humaredas amarillas, pocas y muy distanciadas... Pero, Pike, no pude verlas claramente ni aun con la ayuda de los gemelos. Y sin los gemelos no me era posible verlas.
—¿Quieres decir que podría ser polvo, no humo?
—No estoy seguro. Pero, si quiere hacer caso de mis palabras, yo no me haría.
Anderson se encaró bruscamente con el jefe de la caravana.
—Bowden, ya le recomendé que no siguiera el Camino Seco.
—Sí, no es la primera vez que me lo dice, Anderson. No ha hecho usted otra cosa que repetirlo desde que llegamos al fuerte Dodge.
—Aquello fue solamente una advertencia. Lo que hago ahora, es aconsejarle y prevenirle —replicó Anderson significativamente.
—¿Quiere usted que volvamos atrás? —preguntó malhumorado Bowden.
—Sí.
—¿Por qué? ¿Porque Smith ha visto una pareja de indios y cree que vio humo? —preguntó burlonamente Bowden.
—Por eso mismo —replicó Anderson en tono diferente al anterior.
—No me agrada su proposición —continuó Bowden—. Seguiremos el Camino Seco.
Dos días de viaje a través de la seca y ondulante pradera, durante los cuales las cumbres grises del Oeste se hicieron un poco más perceptibles, bastaron para convencer a Bowden de que no habían exagerado quienes le expusieron los rigores, de aquel atajo.
Anderson no pudo hallar agua en la segunda parada. Al día siguiente continuaron la marcha con los caballos y los bueyes abrumados. El sol brillaba con fuerza. No había brisa sino en las cercanías desnudas de los terrenos pantanosos; el polvo se levantaba corno por arte de magia. Ningún ser viviente, ni siquiera una lagartija o un cuervo, apareció ante la escrutadora mirada de Bowden. El calor se levantaba en brillantes velos desde los hierbajos grises. Unos riscos envueltos en niebla, a veces azules, se destacaban vagamente en el horizonte y parecían constituir un obstáculo para el avance de la caravana. Unos esqueletos resecos de ganado y búfalos señalaban la incierta senda, que parecía extenderse sobre toda la amplitud de la llanura.
Antes de: la puesta del sol, Anderson, que marchaba en cabeza para reconocer el terreno, encontró un poco en unas: grietas de las rocas. Había bebida suficiente para todos los hombres y los animales; Bowden reconoció que hasta aquel momento no había apreciado en todo su valor el agua.
Los cansados trajinantes se detuvieron, durmieron, hicieron guardia por turnos, dispersaron y engancharon las caballerías para continuar la expedición. Los campos sucedían a más campos, todos escasos de agua y de hierba, aun cuando hubo la cantidad suficiente para mantener a los animales. Skull Rock, la Roca de la Calavera, así llamada porque tenía una calavera de búfalo en la piedra, resulté hallarse seca. En el caso de que los viajeros no encontrasen agua al día siguiente, después de una de las jornadas más duras, en Tanner Swale, se hallarían al borde de una catástrofe.
Sin embargo, después de una noche bastante fresca, el ganado se puso en marcha sin grandes apuros. Anderson caminó con cierta velocidad durante las primeras horas de la mañana, aflojó luego el paso, y a mediodía se detuvo en unión de sus acompañantes para descansar. Durante dos días enteros había sido un hombre silencioso y taciturno que jamás habló excepto para dar alguna orden. Mientras conducía el carro número 1-A de la caravana, se le había visto a menudo mirando con fijeza hacia la escarpada montaña que se erguía ante él como un muro. El camino correría, probablemente, a lo largo de su base, lo mismo que podría suceder que se desviara hacia el Oeste.
El mediodía los encontró entregados al descanso. Cuando Anderson estaba dando la orden de marcha, Smith se acercó a él todo presuroso:
—Pike, tengo seguridad de haber visto señales de humo —dijo en voz baja.
—Bueno. ¿Y qué? Yo las he estado viendo durante toda la mañana. Díselo... a... Slover.
Bowden oyó este cambio de palabras, que dejó pasar sin hacer comentarios. Pero a su obcecada testarudez sucedía el temor. Después, cuando se dirigió a su guía, no recibió respuesta de ninguna clase.
Los bueyes y los caballos se arrastraron cansadamente a través de millas de terreno. Al llegar la media tarde, la caravana se hallaba a cinco millas de Tanner Swale y acaso a la mitad de la distancia de la falda de montaña que se extendía paralelamente al camino. El risco, visto a corta distancia, era una colina amarilla y escarpada con un borde cortado en torno a la cumbre.
Los carros crujían, las ruedas rechinaban, los caballos se esforzaban, los conductores azotaban indolentemente a las caballerías con los látigos.
—¡Ah! ¡Ahí están! —gritó de repente Anderson con voz en que había un tono sarcástico.
—¿Quiénes? ¿Dónde? preguntó a gritos Bowden mientras saltaba de su alto asiento.
Anderson detuvo su pareja de bueyes. Con el látigo que tenía en la mano señaló a la cima le la montaña.
—¡Oh tío! ¿Qué es? —preguntó Cynthia al tiempo que salía por la abertura de la cortina de lona del carro.
—No veo nada —dijo broncamente Bowden.
Anderson continuó apuntando hasta que los carros que marchaban más próximos al` suyo se detuvieron a su lado. Y entonces, saltó al suelo.
Smith, Hall, Dietrich, Walling Hones y otros conductores le miraron con curiosidad. El oscuro rostro de Anderson había perdido un poco de su color bronceado.
¿Dónde está ese... Stover? —preguntó.
—Se ha rezagado. No está animado como en los primeros momentos —respondió alguien.
—¿Qué ves, Anderson?
—¿Por qué nos detienes?
Smith contestó a tales interrogaciones con un violento sobresalto y voz aguda:
—¡Por todos los diablos! ¡Mirad aquella hilera de injuns! ... La siento en mi propia carne.
Todos miraron en la dirección que indicaba el rígido brazo de Smith. Cynthia Bowden exhaló un grito de terror. Su tío miró con los ojos desorbitados y abriendo la boca. Los restantes conductores profirieron diversas exclamaciones de miedo, de inquietud, de enojo o de sorpresa, según sus temperamentos.
Las personas que tenían mejor vista pudieron discernir una larga línea de puntitos oscuros que se movían silueteados ante el pálido azul del cielo. ¡Caballos mesteños!
¡Que pequeñitos parecían! ¡Jinetes! ¡Eran indios, y se movían a un paso tan lento como el de un caracol! Haciendo un verdadero esfuerzo con los ojos, Bowden pudo ver los jinetes salvajes y los caballos de largas crines. Y quedó mudo por el estupor. ¡Jinetes indios! Se sorprendió tanto, que no alcanzó a comprender en los primeros momentos el significado de aquella aparición. ¡Qué línea! Se extendía a lo largo del horizonte, sobre la meseta, hasta donde la vista alcanzaba; y no era éste su final... Todos se movían en la misma dirección que la caravana.
—¡Volvamos atrás! —gritó Bowden involuntariamente.
—Es demasiado tarde, jefe —replicó Anderson con lo que casi parecía una triste, satisfacción—. Si ese grupo nos rodea en la pradera descubierta estamos perdidos.
—¿Son... hostiles? —tartamudeó Bowden.
—¡Ja, ja, ja! —rió broncamente el guía.
—Señor Bowden, todos los indios de las llanuras son hostiles... cuando su grupo es más numeroso que el de los blancos —dijo Smith.
—¿Más numerosos? —replicó Bowden.
Los últimos carros se acercaron con ruido sordo para detenerse junto a la ancha línea de los anteriores. Stover llegó con dos compañeros.
—¡Ja! —exclamó Anderson, mientras daba a Stover un golpe, en el pecho—. ¿Has visto a los injuns?
—¡Sí, demonios! —gritó Stover—. Sin duda, es que estamos: dejando huellas en el camino.
—¿Dónde?
En todo, el camino.
—Creí que conocías a los injuns.
—¡Claro, que los conozco!
—Entonces... deberías conocer también que si ese grupo nos rodease en la pradera descubierta, nos. mataría a todos nosotros.
—Si podemos volver a cruzar al otro lado del Cimarrón, podremos...
—¡Estás loco... o borracho! —replicó irritado Anderson.
—Basta de discusiones ordenó Bowden—. ¿Qué puede hacerse para salvar la situación?
—Solamente una cosa: llegar hasta Tanners Swale —contestó sencillamente Anderson—.
Está a unas cinco millas de distancia. Allí encontraremos agua y un lugar cubierto. Podremos detenernos allá. Creo que tenemos tiempo, de llegar.
—Anderson, yo vuelvo atrás con mis hombres —dijo Stover con los labios: y la boca secos—. ¿Quiere alguno de ustedes...?
—Tú..., ¿qué?... —gritó Anderson saltando como si lo hubieran aguijoneado.
—Me vuelvo: atrás. Vamos, Bill..., Zeke —contestó Stover en tanto qué iniciaba un paso en la dirección que había indicado.
Anderson le tiró de un brazo y le obligó a girar como un trompo.
¡Tú nos metiste en este lío! Y ¿supones que puedes marchar así, como así?
—Eso es 10 que he dicho.
—Stover, despiertas mi curiosidad —replicó con calma Anderson—. No estoy completamente seguro de que seas lo que dices que eres.
¡Sea lo que sea voy a volver atrás! ¡Ve y que te escalpen!
—No, no vas a volver atrás.
—¡Vaya que si! ¡Por todos, los demonios!
—No darás ni un solo paso... Y si conocieras el Oeste no lo habrías dicho. O eres un compinche renegado de esos indios.
—¡Infiernos! —resopló Stover, que palideció repentinamente—. ¡Déjame!
—¡No te dejaré! —replicó el guía en voz baja y enérgica.
—¡Apártate de mi camino!
—Hacednos sitio, compañeros —ordenó Anderson.
El círculo se abrió y dejó en su centro un ancho espacio para los dos hombres. Bowden profirió una débil protesta. Algunos de los, trajineros vocearon:
—¡No es el mejor momento para luchar entre nosotros,...!
—¡Te voy a machacar, Anderson! —gritó Stover, mientras encogía repentinamente el brazo derecho. Este movimiento espoleó al guía a la acción, que fue demasiado rápida para que los ojos pudieran verla en detalle. Un chorro rojo y el bramido de una pistola acompañaron a su actividad. El movimiento de Stover en busca de su pistola cesó con tanta rapidez como se produjo su caída hacia delante.
—¡Ya está! —exclamó Anderson con ojos llenos de furor y de fuego, en tanto que gritaba para saltar contra los dos boyeros de Stover—. Traed en seguida vuestros carros junto a los demás. ¡Aprisa! O de otro modo...
Los dos hombres se encaminaron hacia atrás sin decir ni una palabra, y saltaron al interior de sus carros.
—Regístrale, Smith —ordenó Anderson—. Los demás, emprended la marcha. Tenemos tiempo para llegar a Swale.
Bowden se dirigió tambaleándose a su carro, donde encontró a Cyinthia asustada, con el rostro cubierto por las manos.
—¡Oh, tío! ... ¡Ha sido... horroroso! —gimió. Cynthia, ¿lo... has visto? —preguntó Bowden con voz ronca.
—No pude... evitarlo.
—¡Malditos sean esos duros hombres del Oeste!... Espero, muchacha, que veremos cosas peores... ¡Anímate! ... Tenemos que defendernos.
Subió al carro, y condujo a su sobrina a la parte cubierta por las lonas. Cynthia dejó caer las manos, con lo que descubrió su rostro, pálido pero sereno.
—Deberíamos haber escuchado a Anderson —dijo gravemente mientras fijaba la mirada en su tío.
El carro dio un vaivén y se puso en marcha. Anderson había vuelto a hacerse cargo de su asiento y de su látigo. Delante de él y a su lado marchaban otros carros. Unos ásperos gritos y unas iracundas maldiciones dieron fe de la prisa de los conductores. El camino era iduro y ligeramente pendiente. Muy pronto, todos los carros estuvieron en marcha, inclinados hacia un lado. Bowden miró al exterior. La montaña gris se elevaba ante el azul del cielo.
Bowden vio la larga hilera de indios a caballo. ¿Qué era aquella aventura en la que tan insensatamente se había metido? A su imaginación volvieron historias de atrocidades cometidas por los indios, lo que le llenó de temores y remordimientos. Había tenido necesidad de ver personalmente a los injuns en actitud hostil para creer en su existencia... El carro saltaba sobre las desigualdades del terreno. El polvo formaba unas nubes amarillas. Más adelante, lejos, en la pradera estéril, una mancha oscura de arbolado señalaba el fin del campo descubierto. Una abertura se marcaba entre dos escollos. El promontorio gris se elevaba a mayor altura.
El sol había adquirido una extraña y siniestra tonalidad roja. El carro de Bowden había llegado a la ansiada depresión del terreno. Los restantes cincuenta y tres carros fueron instalados en círculo, de dos en dos, en la parte en que la arboleda era más cerrada. Unos taludes que llegaban hasta la altura de las copas de los árboles rodeaban el campamento. Un arroyuelo corría por el centro de la ovalada hondonada. Los bueyes y los caballos, fueron dejados en libertad. La hierba y las bardagueras crecían en abundancia. A causa de un pliegue que se formaba en la ,quebrada inferior, el ganado no podría ser obligado a dirigirse hacia la abertura, por lo que resultaba imposible que se ocasionase una desbandada. Un grupo de hombres decididos y. bien armados podría resistir el ataque ordinario de los indios. A lo largo del tiempo, en aquella quebrada habían resonado muchas veces el estruendo de las armas de los trajineros y los gritos de guerra de los salvajes.
La semioscuridad que siguió al crepúsculo estuvo iluminada por un profundo resplandor rojizo.
Guisad, comed y bebed.— Ésta había sido la orden de Anderson—, pues mañana moriréis... ¡Ja, ja...! Es muy probable que estemos todos demasiado ocupados cuando amanezca..., si es que llegamos a ver la luz de un día más.
Algunas hogueras ardieron brillantemente, y hombres y mujeres se movieron en silencio junto a ellas. Los chiquillos, reunidos en un grupo, con los ojos desorbitados y silenciosos, observaban todos los movimientos de los hombres. Bowden se sentó sobre un tronco de árbol derribado y hundió la cabeza entre las manos. Cynthia ayudó a quienes trabajaban cerca de la hoguera más cercana a su carro. Antes de que llegara la oscuridad, volvieron los tres exploradores.
—No se ve un solo signo ni se oye un solo ruido de esos injuns —dijo uno de ellos.
—Creo que no nos han visto —añadió otro.
Smith, que fue el último en llegar, había estado ausente del campamento desde que la caravana llegó a la hondonada. Su rostro, bajo la barba inafeitada por espacio de varios días, tenía una coloración gris. En sus ojos había un brillo extraño.
—Vámonos de aquí; hablemos en otro sitio, compañeros —murmuró roncamente.
Los que le oyeron se dirigieron como un solo hombre hacia el lugar en que Smith se había sentado sobre un tronco.
—No es: conveniente que dejemos aquí a las mujeres y a los niños —dijo: mientras carraspeaba y paseaba: la mirada por el semicírculo de sus oyentes—. He estado aquí otras veces... Conozco bien este terreno... He traspuesto aquella cuesta. Al otro lado hay una hondonada igual a ésta. Allí dirigían los piel-rojas: a los ganados, que ponían en fuga. Pero no pueden llegar hasta allá los carros... He oído a esos diablos antes de verlos. Tuve que arrastrarme hasta la altura, escondido entre las matas... Aquí tiene usted: sus gemelos, señor Bowden. ¡Me alegro mucho de haberlos llevado...! Bien, creo que habré: visto unos, trescientos caballos. Y allá abajo, lo que me pareció que debía ser un millar de injuns.
Algunos de ellos estaban bailando danzas guerreras. Pero más abajo y más lejos, donde había visto a la mayoría de los injuns..., había otros indios los kiowas. Y esto me ha parecido muy extraño. ¿Qué diablos estaban haciendo allá esos kiowas? Esto es lo que me pregunté... Y entonces me acordé de los gemelos. Lo primero que vi fue unos hombres blancos... Y ¿suponéis, compañeros, lo que estaban haciendo: aquellos blancos?
Nadie aventuró una opinión. Anderson ordenó a Smith que pusiera fin a la ansiedad: de los oyentes.
Bueno, los blancos estaban dando alcohol a los kiowas —aclaró, de modo impresionante, Smith.
—¿Cómo sabes que era alcohol? —preguntó roncamente Anderson—. ¿No podría ser sopa?
—Sí. Lo pensé. Pero la sopa no hace saltar, danzar y rebrincar como demonios a los kiowas.
¡Unos renegados, blancos que emborrachan a los: kiowas! —exclamó Anderson, en tanto que se secaba el sudor que le brotaba de la frente—. No es: la primera vez que se hace.
—Pike, ¿no supones que todo eso significa que el ataque contra nosotros se producirá muy pronto? —preguntó Smith—. Los injuns esperan generalmente hasta un momento antes del amanecer.
—En el, fondo de todo esto está la mano de un hombre blanco —contestó meditativo Anderson—. La luna está en período de plenitud y saldrá dentro de unos momentos. Tan pronto como aparezca, aquella cumbre tendrá casi: tanta luz como si fuera de día; será el momento en que estalle el infierno.
—Anderson, también nosotros podremos hacer que estallen otros infiernos —dijo un hombre lleno de ánimo—. Tenemos tres carros cargados de rifles y municiones, y...
—¿Quién los, tiene? —preguntó el guía.
—Nosotros... Kelly, Washburn y yo. No quisimos decir a Bowden que los traíamos cuando nos unimos a esta expedición en Council Grove.
—Eso parece muy conveniente en el primer momento, pero no lo es tanto como aparenta.
Podría servirnos para rechazar a un grupo de injuns que se lanzase al ataque, o también a un grupo de forajidos blancos, en el caso: de que luchasen del modo que es costumbre entre los hombres de la frontera. Pero unos piel-rojas que estén medio embriagados nos derrotarán. Se arrastrarán como culebras entre la hierba... Es, preciso matarlos: para que se detengan.
—Los rifles que traemos son de cámara turnante, del tipo Colt. Disparan siete tiros, en dos minutos.
—¡Bien! Entregad a cada hombre dos rifles y muchas municiones. Llevad a las mujeres y los niños al interior de los carros. Luego, todos nosotros, en grupos de dos hombres, nos extenderemos por todo el círculo, debajo de los carros, nos tumbaremos en el suelo y esperaremos. Vamos a luchar por nuestras vidas, compañeros. Nuestra única esperanza descansa en la posibilidad de mantener a los indios fuera de nuestro círculo. Pensad en los pequeñuelos y en sus madres. No podemos predecir lo que puede suceder... Hemos de hacer que prospere la única posibilidad que tenemos de salvarnos, contra mil...


IV
Unos momentos después de que Anderson pronunciara las últimas palabras, la luna apareció tras la escarpada elevación y el escenario cambió como por arte de magia.
Era una luna grande y plena, implacable, en cierto modo, en su frío brillo. El círculo de cerros cubiertos de lomas sobresalía sobre las alturas inmediatas, como un conjunto de arcos de plata, y las tiendas de campaña brillaban tanto como ellos. Las sombras de los árboles-caían especialmente sobre los breves claros del terreno, cubiertos de hierba, y sobre el arroyo.
Gradualmente, todos! los sonidos cesaron en el interior del círculo. Los viajeros, del todo vigilantes y en guardia, estaban tumbados tras la hilera exterior de ruedas de los carros que componían el primer círculo. La noche era cálida. Hacia el Este, al otro lado de las llanuras, se agrupaban-en el horizonte unas nubes oscuras, y unos pálidos relámpagos brillaban a intervalos. Los caballos y los bueyes, que habían pastado anteriormente, ya no rompían el silencio. No sonaba el susurro de las hojas de los árboles. El canto de los insectos murió también. La Naturaleza parecía haberse encerrado en un silencio y una impaciencia anunciadores de tragedia.
Antes de que Anderson hubiera terminado de instalar a todos sus hombres por parejas a lo largo del círculo, Bowden se acercó a él indeciso y malhumorado.
—Guía, si nos salva usted a mi sobrina y a mí, si nos hace sobrevivir a los peligros de esta noche, le recompensaré generosamente.
—Bowden, sus ofertas no me tientan en este momento..., como no sean ofertas que hayan de cumplirse en el cielo —replicó el guía, enojado.
—Hay un doble fondo en mi carro... y está lleno de oro —susurró Bowden.
—¡Oro! —exclamó Anderson, sorprendido al apreciar la torpeza de aquel hombre del Este.
—Sí, una fortuna. Le pagaré...
—¡Váyase al infierno con su oro, Bowden! —le interrumpió despiadadamente Anderson—.
El oro no sirve para comprar nada allá arriba.
Más tarde, cuando todos los hombres estuvieron instalados en sus respectivas posiciones, Anderson y Smith se situaron bajo el gran carro de Tullt y Compañía, número 1-A., de Bowden. Su propietario había decidido permanecer en la segunda línea, bajo el oro que tan precioso era para él y tan inútil le resultaba en aquel lugar. De los cincuenta y tres hombres que componían la expedición, uno tenía que quedar forzosamente sin compañe-r; y éste fue Bowden, ya fuese por accidente o por designio.
—Hay algunos hombres que resultan muy pintorescos —murmuró Smith al oído de Anderson.
—¡Sí! Tan pintorescos como la muerte —replicó el guía—. Cuanto antes les arrebaten el cuero cabelludo, tanto, más me gustará... Bowden nos ha metido en todas estas complicaciones. Pero, ¡demonios encendidos!, sentiría mucho que le sucediera lo mismo a su guapísima sobrina.
—¡Qué lástima! Es muy «hermosa. Pero puede ser...
—¡Calla! ¡Escucha!
Siguió un largo silencio.
—¿Qué te parece haber oído, guía? —preguntó al fin Smith en voz baja.
—Ruido de piedras que se deslizan.
—Creo que ya es la hora que habíamos supuesto. Hace alrededor de media hora que salió la luna.
—Más de media hora. Y me está desconcertando un poco esta emboscada... No responde a lo acostumbrado en las emboscadas indias.
—Pike, ¿no crees que sería conveniente que me arrastrase hasta ahí atrás y advirtiese a Bowden que se esté quieto? Está moviéndose de un lado para otro.
—Sí, lo veo. Y es probable que alguno de esos kiowas de mirada de águila lo vea también. Déjale, Smith.
—Ahora soy yo quien oye algo —murmuró Smith—. Escucha, ¿es un búho?
Desde el otro lado de la hondonada llegó el-de un búho.
—¡Auuuh! Está muy bien hecho... si se trata de un kiowa. Algunos de estos injuns de la pradera imitan perfectamente los gritos de cualquier animal... ¡Ah! ¿Has oído? Allá, a ese lado... Smith, puedes tener la seguridad de que hay, por lo menos, dos: búhos de esa clase por estos alrededores.
—¿Búhos injuns?
—¡Claro que sí!
—¿No sería conveniente que avisase a los hombres? La mayoría de ellos no serían capaces de distinguir un búho de un canario.
—No sé si sería de alguna utilidad. Creo que todos ellos lucharán como fieras, excepto ese Bowden. Aunque también podría hacerlo si se enfureciese...
Se hizo un nuevo silencio entre los dos hombres de la frontera. Cuando un suave crujido de hierba seca o el lejano rodar de una piedrecita o cualquier otro sonido identificable o distinto, que podría ser solamente producto de su imaginación, se dejaba oír, Smith daba un codazo a su compañero, o Anderson se lo daba a Smith.
Entre tanto, la luna continuaba su ascenso en el cielo y el brillo de su luz plateada se intensificaba. En ningún sitio de las Grandes Llanuras podría la soledad ser mayor que en aquel Tanners Swale, tan raramente visitado. La gran sombra negra que se extendía bajo la peña parecía el puerto en que se alojaban los demonios para acechar al buscador de oro, al trampero, al explorador, al trajinero, o alguna de las almas aventureras que se arriesgaban a cruzar el Oeste.
—Querría que comenzara ya el jaleo —murmuró nerviosamente Smith. No podía estar quieto ni guardar silencio.
Anderson, sin embargo, conservó toda su serenidad y sangre fría. Había pasado por muchos peligros y muchas situaciones difíciles en otras ocasiones, en la mayoría de las cuales había salido bien librado. Pero la opresión de su: corazón, el lacerante dolor frío que sentía en el tuétano, la reconocida, sombría e indescriptible proximidad de lo que estaba a punto de suceder..., todas éstas eran unas sensaciones distintas a las que anteriormente había experimentado. Lo sabía. Estaba preparado para hacerle frente. Sentía una amarga y triste ferocidad. Otros hombres mejores y más valientes que él habían mordido el polvo de las sendas de aquellas llanuras.
—Anderson, ¿no te gustaría poder pisotear las tripas al renegado que debe ser el jefe de este ataque? —preguntó Smith, como si el antojo hubiera brotado de él de una manera ; incontenible.
Lo haría con gusto... Debe de ser un rebelde. Estamos en tiempos de guerra, Smith. Y el noventa por ciento de las caravanas se componen de hombres del Norte.
Smith dio a su compañero un rápido codazo.—¡Mira!
Y señaló una dirección, a través de una abertura de los árboles. Sobre el blanco borde de la enorme roca, silueteada ante el cielo se veía una forma esbelta.
—¡Un injun! Pero no malgastes la pólvora. Está más lela de lo que parece.
—Veo otro... Se adelanta... ¡Allá...! Desciende... Desaparece de la vista...
—Sí... Bueno, no tardará mucho en comenzar la función.
—Creo que lo mejor que podremos hacer es mirar con atención... hacia el suelo.
—¡Auuuh...! Y hacia las ramas de los árboles, también. Pero esa luna tan clara dibuja muchas sombras negras.
Un instante más tarde Anderson oyó un ligero ruidito en el exterior del círculo, hacia su derecha. Allí había un pequeño seto que protegía, no solamente a los viajeros, sino también a los atacantes. Se componía de hierbas, matorrales, ramas, y se hacía más indistinto a causa del brillo de la luna y de las oscuras sombras que sobre él caían. También bajo los carros había lugares en sombra y lugares iluminados; el que los dos trajineros ocupaban, era de los primeros. Bowden, como una hiena enjaulada, se arrastraba sobre las manos y los pies bajo su carro.
Anderson oyó un sonido ligero y huidizo. Se tendió hundiendo el vientre en tierra, y preparó el rifle. Súbitamente, un relámpago rojo brotó de entre las sombras. ¡Pum! El estampido le ensordeció unos instantes. Pero, tan rápido como el pensamiento apuntó con su rifle un metro más allá de donde el relámpago había brotado, y disparó. Luego se tendió de nuevo sobre la ligera depresión del terreno en que se encontraba. Al mismo tiempo que hacía este movimiento, sonó un grito mortal. Bowden comenzó a vacilar y corretear debajo de su carro como un pavo herido. Un grito de angustia y de terror brotó del interior del vehículo. Bowden cesó en sus violentas convulsiones. Luego se oyó un extraño ruido de tacones sobre la llanta de la rueda. El ruido ascendió, y se detuvo.
Siguieron unos momentos terribles. Los dos guías esperaban que se produciría una descarga de rifles, un coro de repugnantes gritos de guerra. Pero el silencio fue completo.
Smith, tumbado sobre el costado izquierdo, se aproximó a su compañero hasta llegar a tocarle.
—¡Dios! mío...! Bowden ha debido ser el primero.—¡Baja la cabeza! —murmuró con enojo Anderson.
—¡Escucha!
Un ruido había llegado hasta los sensibles oídos del guía, que creyó que provenía desde las proximidades del lugar a que había disparado. Le pareció el contacto convulsivo de algo contra la tierra. Casi había reconocido su naturaleza, cuando una profunda boqueada seguida de un ruido que conocía bien —la lucha de la muerte en una garganta— le convenció de que su bala había cortado el hilo de la vida de uno de los asaltantes.
Anderson tenía la completa seguridad de que aquel insoportable silencio no podría durar. La caravana de Bowden estaba indudablemente cercada, rodeada de un círculo de salvajes respaldados y dirigidas por algún hombre blanco que se ocultaba en la retaguardia.
Sin embargo, el silencio continuó imperando. Qué era lo que retenía a las hordas salvajes y les impedía lanzarse a su arremetida?
—¡Pum, pum, pum! Unos disparos desde el exterior abrieron la batalla que Anderson esperaba. Oyó el silbido y el choque de los proyectiles de plomo. Uno de ellos le pasó cerca de la cabeza, otros se estrellaron bajo el carro. Luego se oyó el silbido de las flechas y el peculiar y tembloroso sonido que produjeron al clavarse en las maderas. ¡Pum, pum, pum!
Estos disparos, procedentes del interior del bosquecillo, indicaban que quien los producía se hallaba a cubierto. Se veían halos de luz, pero no los fogonazos rojos de los cañones.
Anderson cesó de disparar.
—...disparando bajo —murmuró Smith—. Este último me ha despellejado una oreja... ¡Ah!
¡Allá van los Colts!
Una descarga estalló en el otro lado del círculo, con la cual se entremezclaron otros disparos aislados. La batalla había comenzado. Anderson (vio y olió la pólvora quemada. A uno de sus lados, uno de los defensores se descubrió: unas rojas llamaradas se proyectaron hacia la sombra. Desde lo alto del risco descendió una prolongada gritería, un inconfundible pregón de guerra indio, espantoso, penetrante, de maravillosa potencia. El griterío inflamó a Anderson hasta tal punto, que estuvo tentado a salir al exterior y matar, matar, matar y apresurar el horrible final que presentía. Pero apretó los dientes y disparó bajo, detrás de un resplandor rojo. Desde su izquierda, más allá de su acompañante, llegó entonces el ruido de los disparos de las pistolas y los rifles y un grito hondo que no podía proceder de la garganta de un hombre blanco. Luego sonó el ruido de unos mosquetes, y la agitación se aquietó.
Más tarde, Anderson oyó el estrépito que se promovía en la zona que defendían Dietrich y Walling. Comenzó con un tiro aislado, seguido de otro, después por varios más; finalmente, por un conjunto de disparos muy nutrido. Los temores de Anderson se vieron de este modo confirmados. La caravana estaba cercada y había sido atacada desde cuatro puntos diferentes.
—¡Quítame esa flecha del hombro! —murmuró Smith. En el lado derecho..., junto al cuello... ¡Ese piel-roja...!
Anderson abandonó el rifle y teniendo cuidado de mantenerse tumbado extendió los brazos para buscar a su camarada. Tenía, en efecto, una flecha profundamente clavada.
Cuando Anderson se la arrancó, Smith lanzó un gemido.
—Voy a vendarte la herida —murmuró Anderson mientras buscaba a tientas su bufanda.
—¡Sí! ¡Cuanto más pronto, mejor!
—Estás sangrando como un cerdo herido.
Anderson pasó la bufanda bajo el brazo de Smith y por el interior de su chaqueta.
Luego, la estiró y la anudó prietamente sobre el hombro.
—¡Puf...! Creo que esta otra flecha ha debido de arrancarme un poco de cuero cabelludo... Bueno, todo eso menos habrá para el indio que quiera escalparme.
—¡Mátale!-susurró Smith—. Se acerca a ti...
—¡Ahí está!
Anderson disparó la pistola contra el atrevido salvaje que, al producirse el crujido, pareció detenerse, curvarse, y cayó a tierra. Y nuevamente se tumbó Anderson sobre la ligera depresión del terreno y buscó a tientas su rifle. En el mismo momento se dio cuenta de que la batalla se había generalizado y se producía en todo el círculo.
Si antes de aquellos instantes no lo hubiera sabido, Anderson habría podido enterarse en aquel momento de que poseía una claridad de juicio que no se había enturbiado. Su situación era favorable en la actualidad; a causa de la depresión del terreno, de las anchas llantas de las ruedas del carro y del leño de diez pulgadas que había tenido la precaución de colocar ante sí, no corría un riesgo muy grande de ser herido. Y antes] de que hubiera llegado su última hora, tendría ocasión de dar buena cuenta de una gran cantidad de aquellos demonios. Smith estaba parcialmente protegido del mismo modo. Pero Smith era joven, y no muy versado en las artes guerreras de los indios. El terror y la furia le dominaban alternativamente. Al comprenderlo, y a modo de advertencia, Anderson colocó una de sus manos, duras y morenas, sobre la espalda de su compañero y lo apretó contra tierra. Una vez esto hecho, volvió a ocuparse nuevamente en la refriega.
Relámpagos, rojos resplandores, negras figuras que se escurrían a través de las manchas de luz, el incesante golpear del plomo contra las ruedas, los cubos y los cuerpos de los carros, todo atestiguaba el incremento de la pelea hasta tal punto que se veía que la inevitable arremetida era inminente. ¡Qué sabía y qué demoníacamente había aleccionado algún renegado blanco a aquellos osados kiowas! Seguramente, en el interior de todos ellos ardía un deseo de acometer, de lanzarse al asalto, de matar a tiros y a hachazos, de escapar: de gozarse en la sangre derramada. Parecía que tardaba mucho en llegar todo esto, y, sin embargo, la pelea había comenzado solamente unos minutos antes.
Anderson no malgastaba los disparos. A medida que los salvajes se envalentonaban, a medida que su fuerza se hacia más numerosa, esperaba más y más hasta que alguno de ellos salía hasta un lugar iluminado por la luna, o se lanzaba agazapado hasta situarse detrás de un árbol, o se arrastraba para poder disparar desde corta distancia contra los defensores. Y entonces disparaba sobre seguro contra los órganos más importantes del salvaje. Para ha-cerio, utilizaba unas veces el rifle que empleaba contra los búfalos, y otras el revólver Colt de siete tiros. Y siempre tenía el segundo Colt cargado y las dos pistolas preparadas para utilizarlas cuando fuera preciso. Si aquellos kiowas se mantenían alejados durante algún tiempo más, y si sus compañeros se entregaban al mismo procedimiento que Anderson, habría ciertas probabilidades de rechazar el ataque de los salvajes. Los indios no habían resistido nunca un fuego sostenido largo. Pero parecía haber más de un millar de demonios rojos.
Anderson derribaba indios y más indios ante las ruedas de su carro. Smith producía una baja por cada dos disparos. Los rifles de Anderson quemaban. Se retiró un poco para recargarlos, y cogió el segundo Colt.
Súbitamente, Smith lanzó un grito tan profundo y horrible, que Anderson lo oyó: a pesar del estruendo de los disparos. Se arrastró hacia atrás, soltó el rifle y extendió un brazo para tocar a su compañero. Pero no levantó el rostro de la hierba. Cuando tocó a Smith, percibió un ligero temblor que agitó a la vigorosa forma. Anderson llevó la mano a la cara de su compañero, y la apoyó sobre su cabeza y sobre su cabello, que estaba húmedo, con algo caliente y espeso., Anderson retiró la mano en seguida y se la limpió en la hierba. Durante un momento, aun cuando fuera un hombre duro de la frontera, se acobardó ante la presencia de lo desconocido que se había apoderado de Smith y que parecía destinado a apoderarse muy pronto de él. Pero fue sólo un instante. El inextinguible aborrecimiento de un occidental inundó, como una onda, todo su ser, y la fría repulsión se extinguió. Agarró de nuevo el rifle, furioso y temerario y dirigió la mirada hacia la humosa noche manchada de puntitos de fuego.
Vio que una cabeza oscura asomaba desde detrás de un árbol. Debería de pertenecer al kiowa que había matado a Smith. Rápido como un relámpago, Anderson lo apuntó con su rifle de matar búfalos, y disparó. El humo le cegó momentáneamente, mas le fue posible oír un chasquido semejante al que produciría un melón que fuese abierto de un golpe contra el árbol. Un momento más tarde, cuando el humo comenzó a desvanecerse, pudo ver, que había una forma arrebajada al pie del árbol y el brillo de un rifle a la luz de la luna.
Anderson concentró todas esas facultades en la tarea de descubrir lo que le amenazaba.
Unas lenguas de fuego brotaron de entre las sombras, por los matorrales. Pero no pudo ver ni un solo resplandor rojo que brotase desde debajo de alguno de los carros que estaban a su derecha o a su izquierda. Sus compañeros, los que le habían ayudado a contener la violencia del ataque en aquel lado, estaban todos muertos o habían sido obligados a retirarse.
Un sordo matraqueo, un tableteo persistente y casi ininterrumpido, llenaba la hondonada. Debería de provenir, cuando menos, de cuatro veces cincuenta rifles. Y rodeaba, incuestionablemente, el círculo de carros. El guía esperaba que vería de un momento a otro un carro incendiado; pero esto no sucedió. Continuó disparando con cuidado contra los lugares en que brotaban relámpagos. Menos cauto que anteriormente, cansado por el esfuerzo, pero no desalentado, Anderson prosiguió la lucha.
Llegó un momento en que no le fue posible oír. Luego recordó haber experimentado una sensación igual a la que le habría podido producir un golpe de la cabeza contra el camastro del carro. Se sentía ligero, anormal. Le era posible ver, y podía apreciar perfectamente que había comenzado una nueva fase de la lucha. Unas formas oscuras cruzaban los lugares iluminados, con demasiada rapidez para que pudiera disparar contra ellas. Los kiowas corrían, se deslizaban como flechas a lo largo de aquel lado del círculo. Los vio avanzar con increíble ligereza y disparar debajo de los carros al mismo tiempo que co-rrían. Anderson sabía que en aquellos momentos estaban gritando, pero no podía oír ni un solo sonido. ¡Qué extraño era el silencio que se encerraba entre sus muros! Su facultad de oír había desaparecido. Luego percibió que una sangre cálida le resbalaba por el cuello.
Los demonios corrían de un lado para otro, salían a las zonas de luz, se hundían en las sombras. Anderson maldijo lo deficiente de su puntería. Tenía las manos torpes y lentas. Mas disparó con tanta rapidez como, pudo apuntar y cargar la embarazosa arma de fuego.
Inmediatamente, concibió el proyecto de saltar al exterior, al terreno abierto y machacar a porrazos a algunos de aquellos escurridizos demonios que a cada momento corrían más cerca de los carros. Salían de las sombras repentinamente hasta la luz de la luna, y desaparecían con la misma rapidez. La mayoría de tan ligeros indios estaban armados con arcos y flechas.
Anderson notó el golpe de una flecha al clavarse en su ropa. Percibió que los crecientes relámpagos rojos provenían de entre las hierbas y los matorrales, desde un lugar muy próximo al suelo, y que las veloces líneas de salvajes se encontraban detrás de la línea de fuego. ¡Si hubiera podido comprenderlo antes...! Su aturdimiento continuaba. La línea que vomitaba fuego se hallaba a cada momento más cerca del círculo; las tufaradas de humo y pólvora quemada casi llegaban a las ruedas de los vehículos. Los indios estaban subiendo a los carros.
Había un número suficiente ellos para que pudieran formar una línea compacta de ataque y dejar tras de sí otra cantidad de salvajes que continuasen corriendo, disparando y gritando. El fin parecía acercarse. Anderson intentó concentrar sus nubladas facultades para enfrentarse con él. Solamente pensaba en matar, matar, matar más y más de aquellos implacables enemigos que continuaban aproximándose. Anderson vació su Colt, lo abandonó y cogió las pistolas de seis tiros, que también descargó. Le restaba un rifle de siete disparos cargado.
Mientras estaba disparando, sintió en su carne, no supo dónde, el desgarro producido por un, trozo de plomo caliente. Pero ni su voluntad ni su fortaleza decayeron.
Dio vuelta a la pesada arma, la asió por el caliente cañón para utilizarla como porra, y salió de debajo del carro. Se puso en pie de un salto, se acercó a las oscuras figuras que se levantaban y descargó golpes contra sus brillantes cráneos. Pero le pareció haber rebotado violentamente contra un muro. La brillante luz de la luna cambió extrañamente. ¿Dónde estaba su rifle, su porra? ¡Aquellas manos sin nervios, sin músculos...! ¿Cómo? La luz de la luna se extinguía... Todo se tornaba negro... ¡La noche!
Cynthia Bowden se ocultó bajo el lecho del carro de Bowden. Había tenido una violenta discusión con su tío. Anderson y sus hombres esperaban un ataque de los indios.
Cynthia se sintió avergonzada y disgustada al ver que Bowden hacía una oferta de oro a Anderson. Bowden había estado bebiendo durante todo el tiempo del contenido de una botijuela que tenía en el carro, pero el alcohol no le produjo ni un ficticio valor. Era cobarde; aquellos hombres del Oeste lo habían comprendido.
—«¡Váyase al infierno con su oro. Bowden!», le había dicho con desprecio el guía. Y en aquel momento Bowden se encontraba debajo del carro, bebiendo, maldiciendo y afirmando que iba a uncir los bueyes y a volverse atrás. Finalmente, unas, severas palabras le obligaron a enmudecer.
Cynthia estaba tumbada, con la cabeza cerca de la parte final y posterior del carro, y escuchaba con el corazón violentamente agitado. El silencio parecía afirmarse. Las negras sombras de las ramas de los árboles impedían que la luz de la luna llegase hasta el toldo del carro. Desde debajo del camastro, Cynthia veía la abertura posterior del vehículo, que Bowden se había olvidado de cerrar. Las puntas del ramaje parecían plateadas; la cubierta del carro inmediata o se hallaba casi sobre la cabeza de la joven. ¿Qué sería de ella si todos los hombres fueran asesinados por los atacantes? Podría suceder... Anderson había dicho que era posible. A Cynthia le había agradado aquel tosco y rústico hijo de las llanuras a quien admiraba, y en cuya imaginación podía leer. Cynthia sabía bien lo que podría ser de ella en el caso de que fuese reducida a cautividad. ¡Era horrible! Se quitaría la vida... Había una pistola en el carro... Pero ¿podría cometer lo que su religión consideraba un pecado? Cynthia vaciló, y se entregó a la oración y la esperanza.
¡Todo silencioso en el exterior! ¡Qué ominoso, qué terrible, qué odioso era aquel silencio! No podía resignarse a estar tumbada esperando no sabía qué. Bowden iba y venía debajo del carro. Acaso estuviese pensando en el doble fondo que contenía oro. ¡Imbécil! ¿No era capaz de apreciar la inminencia de un algo terrible?
La delicada sensibilidad de Cynthia percibió diversas sensaciones: el olor a humo, lejano; el débil murmurar de los hombres que hacían guardia; el chirridito de una piedra al rodar; el .salpicar de un pez en el río, y unos vagos e indefinidos sonidos que no acertó a identificar. Todas estas sensaciones gravitaban como una pesada manta sobre su pecho y concedían una concreción tangible a la atmósfera. Algo horroroso se acercaba. Lo que Anderson había podido pronosticar gracias a su conocimiento del Oeste, ella podía sentirlo gracias a su femenina sensibilidad.
Y de este modo todas sus sobrecargadas potencias estaban preparadas para percibir un súbito estampido, que sonó casi debajo de su carro; luego, un segundo disparo y un grito angustioso y reprimido de Bowden. Involuntariamente, dejó que se le escapase un agudo grito. Después, permaneció quieta, inmovilizada por el horror, escuchando el ruido que producían las botas de su tío al chocar contra las ruedas.
Un áspero y bronco murmullo que no fue lo suficientemente débil para que Cynthia dejase de comprender su triste significado, llegó desde debajo del carro más próximo. Cynthia se retorció las manos con desesperación. Su corazón pareció hincharse y comenzar a trabajar atropelladamente. La sangre se le enfrió y retardó su carrera a través de las venas. ¿Qué podría hacer ella? ¿Por qué había emprendido aquel loco viaje? Y en el fondo de su conciencia relampagueó el pensamiento del cual había podido ser la causa; fue un inútil remordimiento, que solamente su actual desgracia y aflicción podrían arrancar de ella. Pero si hubiera escuchado a Stephen cuando volvió a ella, avergonzado de su culpa, mas lo suficientemente varonil para confesarla y reconocerla, para suplicar que se fugase con él, que confiase en él... En aquel momento de peligro, Cynthia vio a su hermano, bajo una luz tan desfavorable como la que él le había impuesto para ver a Stephen Latch. ¡Si hubiera escuchado la voz del amor, en lugar de escuchar la de los celos y del orgullo...! ¿Habían transcurrido solamente dos años desde el día en que maltratara a Latch, obligándole a alejarse de ella? Y Cynthia Bowden, mujer hermosa y rica heredera, yacía en aquel instante tumbada, lejos de su hogar y de sus galanteadores, desdichada, atormentada por el temor, en un carro rodeado por salvajes sedientos de sangre... ¡Era inconcebible e insoportable! Pero las, manos que se clavaban en su pecho proclamaban que era cierto.
Pensó que debería gritar para romper el insoportable silencio. Mas cuando se mordía los labios para reprimir el grito, otro grito se elevó en la quietud de la noche, uno tan fantástico, tan salvaje, tan penetrante y agudo, que se hinchó y sostuvo su tremenda nota de amenaza, que pareció coagularle la sangre y helarla hasta el tuétano.
Lejos, sonaron unos tiros. Los disparos se acercaron, se hicieron más claros, hasta que Cynthia comprendió que sonaban cerca, en torno a ella. El ataque había comenzado. La opinión de Anderson quedaba confirmada, así como sus acusaciones contra Stover y Bowden, sobre quienes recaía la responsabilidad de la matanza. Pues ¿cómo podría un puñado de hombres blancos sostenerse indefinidamente contra centenares de salvajes? Cynthia oyó cómo crecía el ruido de los disparos, cómo aumentaban el silbido de las balas y el tembloroso golpeteo de algo contra los costados del vehículo. Oyó que la lona del carro se rasgaba. Unos proyectiles extraños la atravesaban. Haciendo un esfuerzo para hacer frente a la terrible situación que se avecinaba, Cynthia decidió que debía apoderarse de la pistola de su tío y tenerla preparada para destruirse cuando la última esperanza se desvaneciese. Se arrastró fuera del camastro y se arrodilló. Había casi tanta luz como durante el día en el interior. Las rendijas de la lona dejaban que penetrase el resplandor de la luna. La joven vio una flecha india que asomaba bajo uno de los aros de madera. Esto la espoleó para activar alocadamente la búsqueda de la pistola. No pudo hallarla, y el continuo golpetear de las flechas y de los proyectiles de las armas de fuego contra la lona y los costados del carro le obligaron a ocultarse nuevamente bajo el camastro, donde la protección era mayor. Y con los ojos cerrados y las manos apretadas contra los oídos, se estiró.
Luego siguió un horrible período de creciente terror. Careciendo de los medios de suicidarse, Cynthia tenía sólo la esperanza de que una flecha clemente o alguna bala la encontrasen en su camino. Después, una súbita calma de desesperanza se apoderó de ella. ¿De qué le servía el torturarse de aquel modo? Salió de su escondrijo y se sentó sobre el camastro, con la esperanza de que alguna bala perdida la encontrase. Pero ni uno solo de aquellos objetos sibilantes la tocó.
Repentinamente, las explosiones de los fusiles se ahogaron en una ola de sonido tan súbita, tan inesperada, tan terrible, que Cynthia se dejó caer de espaldas, como si efectivamente hubiese sido alcanzada por algún proyectil. No era un sonido que se pareciese a ninguno de los que hasta entonces había conocido. Pero surgía de gargantas..., de gargantas de hombres, de seres humanos de aquellos terribles salvajes. Era la mezcla de centenares de gritos, todos diferentes, todos emitidos en el tono más alto, todos produciendo la misma nota.
Debía de ser el grito de guerra de los indios. Cynthia reconoció en él el grito vengador de una tribu que había sido robada, engañada, asesinada. Ésta era la causa de que la caravana de Bowden, como las de otros hombres débiles, hubiera de desaparecer; los hombres que las componían debían morir para pagar las «hazañas» de los hombres blancos que anteriormente cruzaron las llanuras dejando tras de sí la destrucción y la ruina.
Cynthia tuvo la fortaleza de mirar a través de la abertura posterior de la lona del carro.
El círculo trazado por los carros de blancas lonas parecía tan claro como de día. Unas formas ágiles, delgadas, oscuras, volaban de un lado para otro, acá, allá, por todas partes. ¡Salvajes!
Se agarró a los bastidores para reprimir la tentación de abrir por completo la salida. Y durante cierto tiempo permaneció tan paralizada por un nuevo y mortal temor, que solamente pudo mirar con ojos asombrados.
Las rojas explosiones y las tufaradas de humo borraban una parte del plateado círculo, y, luego, como si se hubieran desvanecido allí, reaparecían en otro lugar, en el punto más lejano, al otro extremo de la línea de carros, para surgir nuevamente en otro sitio. Los estampidos y los estallidos ya no eran incesantes. Cynthia pudo ver que en toda la extensión de la línea defensiva interior, acá y allá, surgían salvajes y oscuras formas. Algunas corrían hacia el exterior, otras iban de un lado para otro. Cuatro o cinco arrastraron un algo pesado y que parecía resistirse con tesón desde debajo del segundo carro a partir del de Bowden. Unos gritos horribles perforaron sus oídos. Vio a la luz de la luna el rostro de un hombre blanco.
Los demonios lo tiraron al suelo, se inclinaron sobre su postrado cuerpo con hachas. Y luego se apretaron en un cerrado grupo, escondiendo la desdichada víctima de la mirada de Cynthia, se agitaron y lucharon sobre ella, saltaron súbitamente y se alejaron agitando los brazos.
Cynthia vio todo al mismo tiempo, como un muchacho en un circo, pero dominada por una emoción completamente diferente. Estaba presenciando una fiera matanza. No podía moverse, ni siquiera cerrar los ojos. A cada instante que transcurría, aumentaba el número de las figuras que se movían en el interior del círculo. Otros hombres blancos fueron arrastrados ante su horrorizada mirada, asesinados, despojados y abandonados desnudos. Los rifles escupían a cada vez menos cantidad de llamas rojas. La batalla comenzó a cambiar de nuevo.
Los hombres de Bowden, los que todavía estaban vivos, fueron arrancados de sus lugares de lucha, arrastrados hacia terreno despejado, donde se defendían entablando una lucha a mano limpia de unos pocos contra muchos.
Desde debajo del carro inmediato al suyo, en la línea exterior, había brotado un fuego continuado. Aún continuaban brillando hebras de humo de entre las ruedas. Luego, a través del estrecho espacio que separaba los vehículos, vio que salía hacía el espacio descubierto, un gigante que blanda un objeto brillante contra unos salvajes que semejaron brotar de la tierra.
Los gritos y los disparos no ahogaron el ruido de los golpes. La vista fatigada y esforzada de la joven, sus aturdidas facultades no habían perdido la facultad de reconocer. El gigante era Anderson, que acometía a un grupo de salvajes con el furor de un perro rodeado de lobos.
Luego, cesó en sus gigantescos esfuerzos, vaciló y desapareció bajo la caterva de salvajes.
Repentinamente, las manos de Cynthia fueron arrancadas de la lona del carro. Estaban abiertas, extendidas, vacías... En la .abertura habían aparecido unos brazos delgados y unos hombros desnudos y morenos, una cabeza pequeña y negra. La luz de la luna cayó sobre todo ello y sobre un rostro bárbaro, de bronce, cruel, de afiladas facciones: el rostro de un salvaje.
La mirada del, indio la recorrió de alto abajo, se fijó en ella... Eran unos ojos tan negros como el carbón, en los que ardía una llama terrorífica.
Aquellos globos infernales y el atezado rostro se nublaron y desvanecieron. Cynthia perdió el conocimiento.
Cuando recobró el uso de los sentidos oyó y sintió el familiar traqueteo del carro en movimiento. Abrió los ojos, y reanudó la cadena de su pensamiento. ¿Dónde estaba? ¿Qué había sucedido? ¿Por qué estaba postrada, como si sobre su pecho gravitase una pesada carga? La luz penetraba a través de la lona. ¡El día había nacido! A través de los rotos y los agujeros de la tela, podía ver el azul del cielo. Vio que había una flecha india clavadaen uno de los soportes del arco. ¡Ah! Todo relampagueó en su memoria vivamente. Los ojos se le cerraron, como si fueran de plomo. ¡La caravana! ¡La noche, bañada por la luz de la luna, tranquila y amenazadora! ¡La horrible espera! ¡El asesinato de su tío, que inició el ataque de los salvajes! La quietud se convirtió en algarabía infernal... y en matanza; todo ello volvía a su memoria con elocuente y violenta claridad. ¡Pero ella había escapado a la matanza! Se sentía viva, viva. Y abrió los ojos, para poner a prueba esta extraña idea. Estaba tumbada en su camastro, con los pies y las manos atados sólidamente, con un trapo sujeto sobre la boca.
¡Cautiva! ¡Mucho peor que muerta! Pero las voces que procedían del exterior, que eran la del conductor y la de otro hombre, pronto borraron su recuerdo y la consecuente desesperación.
Seguramente lo que hablaban aquellas personas no era la jerga de los indios. No, no lo era. Y Cynthia escuchó y sintió que su atribulado corazón se abría a una irrazonada esperanza.
—Sprall, me duele tener que reconocerlo, pero el jefe, una vez que hubo madurado su propósito, ha proyectado y ejecutado un gran ataque. .
Estas palabras eran pronunciadas, indiscutiblemente, por un americano de cierta educación; su acento reposado y lento denotaba que el americano era un hombre del Oeste.
—Sí, seguramente tiene talento, compañero Leighton —replicó el hombre llamado Sprall—.
Pero atribuyo todo el mérito a Satana... ¡Es un demonio sanguinario! No hemos podido salir del trance sin sufrir arañazos, como atestigua mi propia herida. Tendré que estar ocioso durante varias semanas... ¡Maldita suerte!
—No hemos salido mal librados animé burlonamente Leighton.
—¿A qué llamas salir bien librados? Waldron muerto... Y me pregunto cómo ese ladrón de bancos se puso con su corazón de gallina delante de una bala... El negro Jack, muerto.
Keetch, lisiado. Crek, con una mano atravesada... Agustine tiene una flecha clavada en un muslo. Cornwall, está herido... Y se envanece de ello. ¡Es un muchacho muy raro! Y Mandrove, malherido, pero vivo. Y Mano Negra con una herida de bala... Veamos: eso deja solamente al jefe, a ti y a nuestros rivales, Texas y Lobo Solitario sin heridas... En resumen, creo que nuestra banda ha sufrido un rudo golpe.
—Es poco si se tiene en cuenta lo que hemos conquistado —replicó el otro—. Ha sido una gran presa. Tres carros cargados de rifles y municiones. ¡Ha sido una suerte! Harina, tocino, judías, azúcar, café, tabaco... Todo ello, sin fin... Ferretería, muebles, camas... Y todo eso en menos de una tercera parte de los carros.
—¿Ron?
—Hasta ahora, no, lo que también es una suerte.
—¿Dinero?
—Una gran cantidad de billetes, monedas de oro y de plata... Todo ello en los bolsillos de los viajeros. Pero todavía no han sido registrados los equipajes.
—¿Será repartido el dinero —Sí. Por partes iguales.
—¡Hum! Bien, hay que reconocer que el jefe es un hombre en quien se puede tener confianza. Ahora iremos a escondernos en el desfiladero de Tela de Araña, a vivir, a engordar, a jugar y luchar hasta que este «golpe» se haya olvidado.
—¡Olvidado! Jamás se volverá a oír hablar de ello. Ha sido solamente que se ha perdido una caravana.—Las cosas se descubren de una manera muy rara, aun los asesinatos. Pero, de todos modos, ha sido un buen «trabajo». Ni siquiera hemos dejado un trozo de tela, ni una astilla en Tanners Swale... La idea del jefe de llevarnos todo, hasta los muertos, demuestra que tiene una cabeza que sabe discurrir. Naturalmente, los injuns se llevan siempre sus muertos y heridos. Ha habido una gran cantidad de muertos en el ataque: sesenta y seis kiowas y todos los que componían la caravana.
—No todos han muerto, Sprall —replicó Leighton con acento burlón Llevamos una señorita en este carro.
—Sí. Y, ¡por todos los diablos!, es la única torpeza de este ataque. Si el jefe lo descubre será capaz de matarte —dijo severamente Sprall—. Y a mí, también, aun cuando no tengo nada que ver con esa cuestión, no siendo que lo he averiguado.
—Ya no lo descubrirá —contestó roncamente Leighton—. Tuve miedo a que lo viera, allá, en Tanner s Swale, cuando me negué a cargar kiowas muertos.—Pero, ¡hombre de Dios! ¿No has perdido la cabeza? —protestó Sprall en tono de sorpresa—. Si he comprendido bien lo que el jefe nos dijo, quiere que llevemos todos los carros con lo que contienen hasta el borde del desfiladero de Tela de Araña. Keetch dijo que ni los injuns ni los kiowas saben cómo ir allí, ni cómo entrar en el fondo del desfiladero. Bien, todo lo que llevamos será bajado allá con cuerdas. Los caballos y los bueyes serán entregados a Satana por su participación en el asunto... Y los carros se ocultarán donde jamás podrán ser encontrados... Por esto, ¿quieres decirme cómo demonios te las vas a arreglar para esconder a esa joven? Tendrá que comer y que beber... Y tan pronto como le quites la mordaza comenzará a gritar. Eso hará que los injuns conozcan su existencia. Te digo, Leighton, que es una idea descabellada. He oído decir que siempre has sido aficionado a las mujeres. Bueno, yo también lo soy. Pero no en un caso como éste, ni en ninguno de nuestros ataque... La os den del jefe es que se mate hasta la última persona de la caravana, para que ni un solo viviente pueda contar a nadie lo sucedido.
No me importa un pepino por lo que a él se refiere! —replicó Legihton con enfado—. Si descubre que tengo a esta joven juraré quemo sabía que estuviera viva en el carro.
—¡Uf! Tú mataste a aquel kiowa que iba a escalparla. Hay manchas de sangre en la lona y en la escalera. ¿Y si te hubiera visto algún otro kiowa?
—La he salvado la vida —contestó Leighton, como si no hubiera comprendido lo que su compañero pretendía indicarle.
Solamente para... lo que sea, y matarla después —contestó el otro en tono no exento de desdén—. Leighton, me he puesto de acuerdo contigo y estoy dispuesto a seguirle porque no aprecio a nuestro jefe. Pero tu afición a las mujeres no te permitirá convertirte en jefe de hombres, por lo menos en esta parte de la frontera... Voy a darte un, consejo: ten cuidado con lo que haces. No me refiero ahora al jefe. El jefe te mataría, desde luego... Me refiero a mi partida particular, a los hombres que conmigo se han unido a ti. No querrán tolerar esta abierta deslealtad tuya.
—¿Y si los mantuviéramos ahora desconocedores de esto.,. y compartiéramos la muchacha... después...?
—¡No! Eso serviría para que la banda se dividiese. Lo mismo si te gusta como si no, Texas te dispararía mi tiro cuando se lo indicaras. ¡Dios mío! Ese Texas puede ser el hombre más despiadado cuando se trata de combatir, pero no olvides que fue predicador. No querría tolerarlo. Waldron ha muerto. Creik, el maldito negrero, seguramente aceptaría tu proposición. Pero, después, quedo yo; y yo no quiero... ¡No lo olvides!
—Entonces... no me importa. De todos modos, continuaré con ella solo —declaró Leighton en un inmotivado arrebato de cólera.
—Bueno, me parece muy bien —dijo Sprall mientras reía groseramente— porque entonces morirás tú solo.


V
El alba rompió lenta y extrañamente sobre Tanners Swale como si la Naturaleza se mostrase reacia a iluminar de nuevo el escenario en que la caravana se había perdido.
Ningún reflejo rojo se difundió por el Este. La niebla y el humo persistieron a baja altura, como una cortina, y las sombras no se disiparon. Aquel risco gris parecía arrugarse reprobador sobre la monótona melancolía de la pradera y del ondulante camino que cruzaba la arenosa extensión.
Pero la escena que se desarrollaba aquella mañana estaba llena de vida y actividad. La banda de Latch y los salvajes de Satana se retiraban con su botín. Latch se hallaba sentado sobre su caballo, al borde de la pendiente, y vigilaba atentamente y enviaba de vez en cuando alguna orden a sus hombres por medio de su ayudante Cornwall. Pero nunca bajó a la hondonada. Satana, sí; estaba en la hondonada, a horcajadas sobre su caballo, en el centro más lleno de actividad. Hacía mucho tiempo que habían cesado los gritos de los salvajes. En aquella hora los muchos muertos que habían tenido servían de contrapeso a la exaltación que les produjo el triunfo.
El ron no fue fiel a Latch. El ron había adormecido las lenguas y la sensibilidad de sus hombres, del mismo modo que había ejercido su tremendo poder sobre los salvajes kiowas.
Pero de nada le sirvió a él personalmente. Latch arrojó con mano temblorosa la cantimplora vacía al fondo de la barranca. Desde la puesta de sol del día anterior había recurrido al ron en un vano intento por matar algo que había en su interior y que parecía poseer tantas vidas como un dragón con cabezas de hidra. Pero parecía, sin embargo, que el ardiente alcohol sólo le había servido para aumentar sus percepciones, para intensificar su sensibilidad y sus pensamientos. Se había visto forzado á ver en la oscuridad con ojos de gato. Sus oídos adquirieron una tremenda figura de percepción. ¡Gritos de angustia! Estos gritos resonarían en sus oídos para siempre. Desde aquel primer clamor de miedo procedente de una mujer que oyó después del primer disparo, hasta el llanto de un chiquillo en las horas del amanecer, Latch parecía haber oído todos los ruidos, todos los sonidos. Y él mismo había gritado a la noche, a las implacables estrellas, a sus demonios rojos que él no era lo suficientemente demoníaco para realizar la obra que su cerebro concibió. Y, no obstante, tuvo que resistir la dura prueba hasta el final. Este tormento, era la causa de que hubiese obligado a sus hombres a unirse a los kiowas para tomar parte junto a ellos en la batalla. Esta tortura era lo que le había encadenado a los calientes fusiles durante la parte más dura del ataque. Mas la pelea había concluido. La muerte había rondado solamente bajo la luz de la luna. Y siempre, hasta la consumación de los tiempos, los espectros rondarían por aquella hondonada cuando la luna saliese. El alba había nacido ya. La vida habría de continuar hasta...
Latch observó el abrumador trabajo a que se dedicaban los indios y sus hombres. Los bueyes y los caballos habían sido llevados hasta la parte alta. Uno a uno, los carros cubiertos de toldos blancos fueron arrastrados por parejas de animales para deshacer el círculo. Los matones kiowas desfilaban al borde de la hondonada en sus caballos. Latch observó como los muertos y los heridos eran cargados en los carros. Satana había pagado un precio sangriento por aquel ataque.
El joven Cornwall subió la pendiente para transmitir un último informe y recibir las últimas órdenes. Iba silbando. Su hermoso rostro no reflejaba cansancio ni remordimiento.
Latch se maravilló al verlo. ¿Qué le faltaba a aquel joven? ¿Habría tenido una madre, una hermana, un hermano...? ¿Qué era lo que había anulado su alma? Llevaba el brazo izquierdo envuelto en un cabestrillo ensangrentado.
—Coronel, estamos preparados para la marcha —anunció fríamente—. Hemos registrado toda la hondonada. No se ha encontrado nada más.
—¿Cuántos valientes ha perdido Satana? —preguntó Latch.
—Sesenta y nueve, según nuestra cuenta. Algunos de los heridos morirán también. Ha sido un lance muy sangriento.
—¿Cuántos... blancos? —preguntó Latch roncamente.
—No los hemos contado.
—¿Hay... algún... herido?
—Lo había.
Latch volvió la cabeza hacia la parte baldía, muerta, gris de la pradera. El Camino Seco subía y bajaba serpenteante hasta desaparecer entre la neblina. ¿Volvería en lo sucesivo alguna otra caravana a aventurarse a seguir aquel atajo? Sin duda habría innumerables centi-nelas para advertir a los viajeros...
—Di a Keetch que emprenda la marcha cuando no quede ni un solo vestigio de lo sucedido anoche. Ni un trapo —ordenó Latch—, ni una cápsula, ni una mancha de sangre, ni una huella de bota o de calzado indio...
—Sí, señor. Ya lo han borrado muy bien.
—Repasa tú mismo el terreno —terminó Latch.
—Muy bien, coronel. No quedará ni una sola señal...
Los bueyes subían la larga pendiente gris tirando de los pesados carros. Unas largas hileras de indios marchaban a su lado, como guerreros que asistieran a un desfile funerario.
Más lejos, en cabeza, un cortejo de carros tirados por caballos abrían el camino hacia lo alto de la pendiente. También estos carros conducían muertos y heridos, pero no se oían, lamentaciones. Latch los siguió en retaguardia, lejos, con los heridos que se hallaban en condiciones de montar a caballo.
No había carretera, ni siquiera una senda. Los carros zigzagueaban al subir una pendiente en las que anchas zonas de terreno estéril y gris se alternaban con manchas de hierba verde. Los antílopes y los ciervos se detuvieron para mirar el desfile de la extraña cabalgata.
Las manchas verdes y la verde línea ondulante que señalaba Tanners Swale desaparecieron muy pronto bajo la sombra del carro. Una larga extensión gris se perdía en la lejanía; la pradera quedaba atrás, y comenzaban los terrenos altos. Unas peñas purpúreas se elevaban en el horizonte, y una ligera hilera de árboles comenzaba a poblar, los bordes superiores.
Keetch, con el explorador de los kiowas, Ojo de Halcón, abría la marcha, y dos millas atrás la cerraba Latch. Lester Cornwall se había rezagado para acompañar a su jefe. Sus compañeros eran unos doce kiowas o acaso alguno más, que se curvaban sobre los caballos, llevaban las cabezas inclinadas o iban tumbados. Componían un grupo silencioso de hombres desnudos, ensangrentados, sucios. Acá y allá, algún jinete ayudaba a otro a sostenerse sobre su cabalgadura. Avanzaban lentamente. a causa del tedioso movimiento de los bueyes que iban en cabeza. El sol se hizo cálido; la pradera se desvanecía en la colina; el ondulante borde de las elevaciones inició un descenso y dejó al descubierto cumbres oscuras y picachos purpúreos, rocas afiladas y masas de arbolado.
A mediodía, la banda de Latch había subido la escarpa y caminaba sobre terrenos llanos o que descendían suavemente. Para Latch, acaso para todos los malhechores, aun para los kiowas, aquella atrayente extensión quebrada era un tentador puerto de descanso, en el cual la fresca sombra y el agua corriente prometían la mitigación de la asfixia y de los dolores, donde tanto los asesinos blancos como los rojos podrían esconderse y vivir en soledad.
Lester Cornwall se dirigía en algunas ocasiones a su jefe, que cabalgaba en silencio, con el cetrino rostro inclinado.
—Coronel, tengo que informarle que sospecho de Leighton —dijo el joven en cierta ocasión con estudiada calma.
En la tercera ocasión que estas palabras llegaron a sus oídos, Latch, que estaba absorto, comprendió su significado.
—Leighton... —dijo, levantando la cabeza—. ¿Qué sospechas de Leighton?
—Va conduciendo un gran carro de viaje, una especie de vehículo en forma de barco. Es nuevo. Tiene escritas unas letras grandes y rojas en su parte delantera : «Tullt y Compañía.
Número 1 A.»
—¿Tullt y Compañía? Los conozco. Tienen el establecimiento más grande de los de su género en Independencia. ¡Una gran empresa! Son abastecedores, constructores, transportistas, comerciantes en pieles...
—Creo que Leighton lleva en el carro algo que quiere esconder —continuó Cornwall.
—¿Por qué lo supones? —preguntó Latch, que comenzaba a interesarse por la revelación de Cornwall. Aquel muchacho acertaba siempre. Tenía en cuenta todos los detalles, estudiaba los hechos, pensaba en el porvenir. Sin duda, había olvidado el pasado.
—No sé exactamente por qué... Sprall, esa serpiente de cascabel, ese desesperado..., está sentado en el asiento del conductor, y Leighton va a su lado. Los he observado en diferentes ocasiones esta mañana. Iban con las cabezas muy juntas. Y hablan demasiado.
—¿Qué llevan en su carro?
—No lo sé. Es un carro muy grande, va completamente cargado y tiene un toldo redondo... ¡Mire! Leighton lleva el vehículo a media distancia entre nuestros hombres y los indios. Ha mantenido esa posición durante todo el camino.
—Es posible que Leighton y Sprall sospechen que haya ron en el carro.
—Lo averiguaré y le informaré antes de que anochezca, coronel —contestó Cornwall. Y espoleó su caballo y se alejó.
Latch quedó a solas con los silenciosos heridos. La momentánea curiosidad que Cornwall le había suscitado no persistió por mucho tiempo en su conciencia, que tenía unas cuestiones muy importantes que meditar. Latch se sorprendió varias veces mirando hacia atrás. ¿Qué esperaba ver en aquella solitaria y gris extensión? No lo sabía, mas era cierto que volvía la cabeza frecuentemente. Más allá de la línea quebrada del horizonte, sobre la larga planicie situada al pie de la elevación del terreno, al pie de la escarpa, parecía haber algo terrible, intangible, tremendo que no podría ser borrado, cambiado ni olvidado. ¡Tanner`s Swale! Era una mancha negra..., la mancha que marcaba el final de su pasado y el principio de su porvenir. Latch comprendió que no estaba dotado para la jefatura de que se había apropiado. Su inteligencia, su habilidad como director, su fuerza de voluntad, su capacidad para el mando estaban poderosamente mermadas por su imaginación, por su tendencia a entregarse a emociones profundas y dolorosas. Entre estas fuerzas se encontraría eternamente martirizado por un temor al fracaso, a la traición, a la muerte, a un horrible remordimiento que le impediría dormir...
Ante él, a gran distancia, los blancos carros se diseminaban por la gris extensión en una línea quebrada y desigual; algunas veces aumentaba por momentos. Más tarde, la extensa línea, con su policroma escolta, avanzó a un paso más lento por entre los oteros. Las horas y las millas iban quedando atrás lentamente. El sol poniente perdió la fuerza de su calor unas manchas verdes de bardagueras y algodoneros aparecieron acá y allá, y unas masas de árboles se destacaron vagamente en la lejanía. Las altas peñas de las montañas permanecían siempre alejadas, siempre distantes, al parecer inalcanzables.
Latch dejó por fin de volver la vista atrás. Su banda no dejaba muchas huellas sobre el terreno. Las lluvias del verano deberían llegar pronto, y cualquier tormenta borraría para siempre las señales que las ruedas de los carros o los cascos de las caballerías hubiesen dejado desde Tanners Swale.
Antes de que el rojo sol se hubiera escondido tras las negras montañas occidentales, Latch que se había quedado muy atrás, corrió en dirección a una altura rodeada de cedros, donde descubrió que la caravana se había detenido para acampar.
Latch pensó que si hubiera visto aquel lugar antes de sufrir la anulación de su sensibilidad para la belleza, acaso el campo que veía hubiese rivalizado en su estimación con el Campo de Latch. Había un amplio círculo formado por balas montañas que se asentaba entre unas elevaciones claramente pobladas de árboles. Un arroyo dividía el plano valle y brillaba rutilante bajo el sol poniente. Algunos algodoneros aislados, como ovejas desca-rriadas de un rebaño, descendían desde el núcleo principal de la arboleda. Los antílopes y los ciervos huyeron hacia los bosquecillos. Aquel era, sin duda, uno de los frescos lugares solamente conocidos por los indios.
Keetch había conducido el grupo más pequeño de carros al otro lado del arroyo, cerca de la arboleda. Los algodoneros y los castaños daban aspecto de parque al lugar. Satana y sus muchos seguidores eligieron el otro lado del arroyo, la extensión más grande y más despejada para su campamento. Con sus muertos y sus heridos, a los que debían atender, deseaban obtener el mayor aislamiento para entregarse a su cuidado. Probablemente enterrarían allí a los muertos. Latch había ordenado a Keetch que realizase un servicio similar con los blancos.
Los cadáveres habían sido previamente envueltos en mantas y cargados en dos carros. Pero el tener que transportarlos a través de las calurosas colinas era una cuestión muy desagradable y peligrosa.
Latch se separó de los kiowas y se encaminó hacia el terreno circular para cruzar el arroyo por la parte superior. Después de la larga y agotadora jornada ¡qué placenteros eran la sombra y el verdor y aquella sensación de alejamiento de las implacables y esteriles praderas!
Se detuvo un instante, se quitó el sombrero para permitir que la fresca brisa le abanicase la sudorosa frente, y vio el campamento de Keetch a través de los árboles. Los indios habían desenganchado los caballos, que estaban revolcándose en los lugares más polvorientos. Una columna de humo azul comenzaba a elevarse entre los algodoneros.
quel cam
A
pamento parecía exactamente igual a cualquiera otro de los que diariamente instalaban las caravanas de los viajeros. ¡Pero no lo era! ¡No podía serlo!
Finalmente, Latch continuó avanzando con lentitud. Le repugnaba la idea de tener que enfrentarse con sus hombres, con su responsabilidad, con lo irrevocable. Pero tenía que dar órdenes. Leighton podría sorprender en él algún síntoma de debilidad y aprovecharlo para conspirar contra él. ¡Leighton! ¡Aquel hombre del Sur enardecía los nervios de Latch!
Continuó avanzando entre los árboles, y muy pronto vio un carro en forma de barco que estaba separado de Ios restantes. Había sido llevado al pie de un gran castaño situado a cierta distancia del campamento. Bajo el castaño inmediato había una cabaña hecha de leños, antiguamente construida, con tejado de adobe y parcialmente derribado.
Cuando Latch pasó, oyó voces que sonaban al otro lado del gran carro. La de Leighton, de tono agudo, era siempre inconfundible.
—Oye, ¿qué demonios andas fisgando por aquí? —preguntó Leighton a alguien.
La respuesta fue ininteligible para Latch, pero su tono juvenil, frío, provocador. Este tono pertenecía a Cornwall. Y entonces recordó Latch. Tuvo que resistir un impulso que le forzaba a aproximarse; pero, de todos modos, pudo ver que la salida posterior del carro estaba orientada hacia la cabaña de leños. La aguda mirada de Latch observó a continuación que en la parte delantera del carro había un letrero: «Tullt y Compañía. Número 1 A.» ¡Qué extraña sensación le acometió! ¡Una sensación ilusoria y desagradable! Acaso fuese el color rojo del letrero... Siguió hacia el campamento. Desmontó, arrojó al suelo la silla y las bridas, y dejó el caballo en libertad.
La escena que se desarrollaba en el campamento no estaba llena de la alegría y del ajetreo que son comunes a los que viajan por las llanuras cuando llega el final de un día fatigoso. Los hombres se movían de un lado para otro y trabajaban con aire cansado y en silencio. Latch se acercó a Keetch.
—¿Qué tal os va?
—Ha sido un día muy duro, jefe —respondió Keetch—. Y el instalar un campamento no es una fiesta para los heridos... ¡Que el infierno me lleve si puedo sostenerme ni un instante más!
¿No podrían ayudarnos Leighton y Cornwall? Ninguno de los dos está herido.
—Sí. Y yo también os ayudaré.
—Nuestros compañeros los piel-rojas, estarán más libres mañana, supongo... —continuó Keetch.
—Creo que enterrarán aquí a sus muertos.
—¡Claro! Y nosotros deberíamos hacer lo mismo. Pero no podemos hacerlo... si quieres que hagamos las cosas perfectamente.
—¿Hemos de esperar? —preguntó Latch.
—Sí... Pero... ¿a quién le agradará. conducir uno de esos carros llenos de cadáveres bancos... de hombres, de mujeres, de niños... todos escalpados?
—Yo lo haría, si fuera necesario.
—Me alegro de que así sea. Se lo diré a los hombres de la banda... ¿Te parece conveniente que obliguemos a Leighton a que conduzca otro...? Se ha encariñado con ese carro grande de Tullt, y cree que es suyo.
—Yo me encargaré de...
—Coronel —le interrumpió en aquel momento una voz fuerte y sonora, intencionadamente fuerte y sonora para que todos los presentes pudieran oírla.
—¡Cornwall! —exclamó Latch, mientras se volvía hacia él.
—Leighton tiene una joven en su carro.
El jefe abrió la boca con asombro. Cornwall estaba tan sereno como siempre; pero sus ojos parecían despedir unas llamas azules.
Keetch se adelantó fatigado.
—¡Una joven! —tronó.
—Lester, ¿qué dices? —preguntó Latch.
—Leighton ha tenido una joven en su carro. Le he visto llevarla a la cabaña de leños.
—¿Una joven! ... Viva?
—Sí. E ilesa, a juzgar por el modo cómo la he visto patalear y defenderse.
—¡Por todos los diablos! —exclamó Keetch—. Ya me había parecido que Leighton se comportaba de una manera muy extraña.
—¿Dónde la ha... cogido? —preguntó roncamente Latch que en su interior comenzaba a sentirse furioso.
—En Tanners Swale, naturalmente. Debe de ser una a quien no encontraron los kiowas...
He podido verla. Me había escondido detrás de la cabaña, y pude mirarla. Esto sucedió la primera vez que usted se acercó allí... Sprall estaba con Leighton. Había desenganchado los bueyes...
—¡Sprall!
—Sí. Todo el día ha viajado junto a Leighton. Bien, vi que Leighton arrastraba a la muchacha fuera del carro. Le había tapado la boca con una mano. El vestido de la joven está completamente desgarrado sobre los hombros. Tiene una cabellera clara y brillante muy bonita. Coronel, es una joven guapísima.
Como un león acorralado, Latch miró a los siete hombres de su banda que aún podían sostenerse en pie y que se habían agrupado detrás de Keetch. El hombre a quien Latch buscaba no estaba presente. Sin embargo, en aquel preciso instante salió de entre dos carros y se acercó. Había llegado corriendo. En su moreno rostro y en sus ojos saltones se dibujaba la inquietud. Pero se proponía no darlo a conocer.
—¡Sprall! —rugió Latch.
—Aquí estoy, jefe... He estado atendiendo los caballos de Leighton.
—¿Has viajado todo el día con Leighton?
—Sí. Tenía que viajar en algún carro, puesto que no puedo montar a caballo.
—Tú sabías que Leighton tenía una muchacha escondida en su carro —afirmó el jefe con voz que parecía como un trozo de acero que golpease sobre un pedernal.
Sprall no estaba preparado para oír aquella revelación. Se estremeció. Su rápida mirada furtiva se posó sucesivamente sobre Latch y Keetch, luego sobre los hombres que se hallaban tras él, y finalmente sobre Lester Cornwall. Entonces se enfureció visiblemente. Y este súbito enfurecimiento le traicionó. Su serenidad y sus hábiles recursos podrían haberle salvado si hubiera tenido ante sí a un hombre menos fuerte que Latch.
—Jefe, he estado durante todo el día intentando hacer ver a Leighton que está loco —dijo Sprall ronca y precipitadamente—. Pero ese hombre tiene la manía de las mujeres. No he podido persuadirle a que dé a esa joven un golpe en la cabeza... No ha hecho más que hablarme le lo muy hermosa que es... Y...
—¿Cómo ha ido a parar esa mujer a su carro?
—Cuando la lucha estaba a punto de concluir, Leighton la salvó de ser escalpada por un injun. Leighton lo mató de un tiro. Todo esto sucedió a la entrada de ese carro grande de Tullt. Yo tuve la desgracia de verlo. La muchacha había perdido el conocimiento. Pero Leighton la levantó la cara para verla a la luz de la luna. Que la tierra me trague si no gritó más que un kiowa... Volvió a llevarla al carro, y la ató. Y juró que me mataría en el caso de que le descubriese.
—Sprall, yo te mataré por no haberle descubierto —aulló Latch. Y, tan rápido como un relámpago, disparó un tiro que atravesó el corazón a Sprall. Sprall cayó sin emitir ni un solo sonido; las puntas de sus botas se clavaron en tierra durante un momento. Latch miró con terrible expresión el cadáver y luego a los hombres de su banda.— Esto mismo sucederá a todos los que quebranten mis órdenes —añadió con fría y terrible cólera.
—Jefe, yo estaré siempre a tu lado —afirmó Keetch, en voz fuerte. Pero fue el único miembro de la banda que habló. Latch miró particularmente a Texas, el pistolero, el más peligroso de los partidarios de Leighton. Este individuo acertó a ocultar sus sentimientos, si es que tenía alguno, y conservó su habitual compostura. Latch enfundó la pistola y salió del corro que formaban sus hombres.
Cuando estuvo más allá de los carros, volvió la mirada hacia atrás. Algunos hombres le seguían; entre los que marchaban en cabeza, reconoció a Keetch y Cornwall.
Había cierta distancia hasta el grupo de árboles en que Leighton había instalado su carro, demasiada distancia, quizá, si el hombre estaba hundido en sus pensamientos para que oyera el ruido del disparo. De todos modos, Leighton no se encontraba en las proximidades del carro o de la cabaña.
Latch apresuré el paso, aun cuando tuvo la precaución de avanzar de modo que siempre hubiera algunos arbustos o matorrales entre él y el punto a que se dirigía. Su cólera anhelaba saciarse en una solución... Sin embargo, los pensamientos se amontonaban en su imaginación.
La suerte le había dotado de una magnífica ocasión de demostrar cómo se proponía dirigir a su banda, y de deshacerse, al mismo tiempo, de Leighton. ¡Una joven! ¡De cabello claro y brillante! ¡Una joven hermosa! ¿Qué diablos podría hacer de ella? Y en aquel punto, su conciencia encontró un obstáculo. No había respuesta.
Al salir del poblado algodonal, procuró continuar caminando de modo que el gran carro estuviese siempre entre él y la cabaña. Comprobó que Keetch y los otros hombres le seguían a respetuosa distancia. Esto le agradó. Demostraba que se le temía, cierta curiosidad acerca de Leighton y su presa, y que no tenían ningún propósito de entremezclarse en la cuestión.
Latch dio vuelta en torno al carro para enfrentarse con la abierta puerta de la maltrecha cabaña. Al aproximarse, sacó la pistola, con intención de utilizarla en el caso de que Leighton se presentase ante él. Y entonces llegó hasta sus oídos una voz de mujer. Latch llegó de un salto al lado de la puerta.
—¡Oh, Dios mío, ten piedad de mí!
Aquella voz excitó las cuerdas sensibles del corazón de Latch. Pero solamente pensó en aquella angustiosa, baja y doliente imploración Y dio un paso hacia la puerta.
Los últimos rayos del sol brillaban en el interior de la cabaña. Y a esta luz, Latch vio que Leighton oprimía a una mujer entre sus brazos. El brazo desnudo de la joven colgaba inerte. La mujer tenía la ropa completamente destrozada. Su largo cabello le caía alborotadamente, despeinado y revuelto. Y el hombre tenía su asquerosa boca pegada a la de ella.
Latch apuntó con la pistola.
—¡Maldito seas, Leighton! ¡Suelta a esa mujer!
Tan obsesionado estaba Leighton, que cuando la orden pareció llegar hasta su conciencia, respondió muy lentamente a la violenta interrupción. Cuando apartó la boca de los labios de la mujer para mirar a Latch su expresión de apasionamiento se convirtió en otra de intenso furor. Pero no tuvo tiempo para hablar. Latch disparó a boca de jarro. La gruesa bala hizo a Leighton girar en redondo, de modo que cayó en dirección a la puerta. La muchacha cayó a su vez desvanecida contra la pared.
Latch pudo llegar hasta ella con tiempo suficiente para impedir que diera contra el suelo. Con la mano en que aún sostenía la pistola, intentó subirle el vestido para cubrir su casi completa desnudez.
Pero no descuidó su vigilancia. Al oír ruido de pasos y unos murmullos, giró y vio a Keetch y Cornwall, que miraban desde la puerta mientras los demás intentaban hacerlo por encima de sus cabezas. Leighton estaba caído de espaldas, con el rostro sangriento y destrozado.
—Keetch, arrástralo afuera ordenó Latch severamente—. Lester, guarda la puerta. No permitas acercarse a nadie.
—Bueno, jefe, creo que nuestra banda está un poco diezmada —dijo regocijado Keetch, mientras trasponía el umbral y agarraba con fuerza el cuerpo de Leighton. Al arrastrarle al exterior, Cornwall se recostó en el quicio de la puerta con una pistola en cada mano.
—No se acerquen más, caballeros —dijo lentamente. Y quien le hubiera oído, aun cuando no entendiera sus palabras, habría comprendido que encerraban una amenaza de muerte.
Latch enfundó la pistola, pero ni siquiera después de haberlo hecho consiguió arreglar las ropas de la muchacha de modo que la cubrieran. Creyó que habría perdido la conciencia, pero con gran sorpresa por su parte, la joven se movió..., se levantó vacilante y se apoyó en la pared.
—Creí que se había desvanecido, señorita —dijo Latch.
—¡Otro... hombre blanco! —murmuró ella de manera apenas audible—. ¡Oh! ¡Usted mató...
a ese animal... para... apoderarse de mí!
—No soy todo lo malo que hay que ser para hacerlo —replicó Latch con amargura, mientras soltaba a la joven.
La muchacha hizo una aspiración y se dobló contra la pared.
—Usted... usted no quiere... matarme... como me dijo... ese hombre...
—He matado a Leighton por haber desobedecido mis órdenes —respondió Latch.
—Entonces... usted... ¿me ha salvado? —gritó ella.
La pregunta obligó a Latch a comprender lo monstruoso de la situación. Por su propia orden todas las personas que componían la caravana debían morir. Y él mismo había derramado sangre de su propia banda por aquella muchacha; pero si mantenía su palabra, él mismo debería matarla también. E inmediatamente descubrió que estaba mirándola atentamente, inspeccionándola. Se hallaba recostada en la pared, con el rostro apoyado en ella, y el cabello le caía en cascadas sobre la espalda, formando ondas. Y este brillo del cabello le produjo el frío de una hoja de acero que penetrase en su costado. ¿Conocía acaso aquel cabello? La muchacha era joven. El noble contorno de sus hombros y de su cuello, el de sus blancas mejillas, todo pareció confirmar la valoración que Latch había hecho de su belleza. El horror comenzó a inundarle al comprenderlo.
—Sí, creo que la he salvado... por ahora —contestó pesando sus palabras.
El temblor recorrió el cuerpo de la joven, temblor que terminó en una súbita rigidez. Y comenzó a volverse como si lo hiciera obedeciendo a un puño de gigante. Y al volverse sólo un poco, hizo un movimiento con los brazos y se descubrió el rostro. Tan blanco como el papel lo tenía, y sus ojos se ensancharon... y su boca comenzó a abrirse tras los dedos temblorosos.
—¡Dios mío! ... ¿Estoy loco?... ¿Quién es usted?— preguntó enloquecido Latch.
—¡Stephen! ... ¡ Tú, tú! ¡Oh! ... ¡Que hayas sido tú quien me haya salvado...!
Se dejó caer sobre las rodillas y se agarró a él con manos nerviosas.
—¡No! ... ¡No es posible! ... ¡No! ¡Eso sería... demasiado... demasiado horrible!
—Sí, lo es, Cynthia —murmuró él.
Latch estaba a punto de desplomarse... Temblaba como un perlático. Sus manos cogieron a Cynthia con el fin de levantarla, pero no le fue posible hacerlo. Y aquella terrible agonía, agonía del espíritu, justificaba su anterior tortura.
—He rezado por obtener una muerte piadosa —susurró ella—. Mi fe en Dios... casi se rompió... Pero que hayas sido tú... ¡tú! , quien haya venido a salvarme...—¡Oh, Dios mío, perdóname! ¡Oh, Stephen, perdóname!
—¡Ah! ... ¡No te arrodilles... ante mí, Cynthia! ¿No comprendes cuán horroroso...?
—Sí, fue horroroso... Pero ya estoy salvada. ¡Por ti! Te he encontrado en este páramo de decapitados... ¿Qué otra persona podría haberme salvado? Yo... yo misma quise realizar este loco viaje... Sin duda hubo algo que me alucinó.
—¡Ponte en pie, por favor! —suplicó él roncamente.— Cynthia...
—¡No! Mi sitio está aquí, a tus pies.
—¡Dios mío! ¡Estás loca, mujer!
Latch puso una mano sobre las temblorosas de Cynthia e hizo un esfuerzo para obligarle a incorporarse; pero ella se resistió a su mandato. La mujer se apretaba contra él y levantaba hacia el rostro del hombre el suyo suplicante, en el cual un resplandor de gratitud y de amor había borrado el terror.
—No intentes interrumpirme... ¡Tengo que decírtelo! —continuó ella, con apasionamiento— . Te he querido... Te he querido siempre, aun en el momento en que te abandoné.
Latch olvidó dónde se encontraba, lo que significaba aquella cabaña, olvidó que su lugarteniente se hallaba a la puerta. Olvidó a los canallas de su banda que estaban con el cuerpo de Leighton en el exterior.
Los ojos elocuentes de la mujer, sus manos Que se agarraban a él, su increíble confesión, todo ello transformó al hombre como si se hubiera operado un milagro. Tornaba de nuevo la hora pasada en que esperó que sus sueños se hiciesen realidad. Y levantó a la mujer suavemente para oprimirla contra su pecho.
—Cynthia, entonces ¿es cierto que me has querido? ¿Me querías cuando me abandonaste?... ¿Tu hermano...?
—¡Sí, sí! ...Oh, si hubiera podido saberlo entonces...! —tartamudeó Cynthia—. Pero Howard descubrió tu amorío.., con aquella mujer... y me lo dijo... Resultó cierto, y... ¡Me dolió tan horrorosamente! ... Habría sido capaz de matarte entonces.
—Cynthia, ¿te dijeron que jamás volví a ver a aquella mujer... después de haberte conocido? —preguntó él gravemente.
—No, no me lo dijeron. ¿Es cierto?
—Absolutamente cierto.
—Pero oímos..., lo publicaron los periódicos..., tu desgracia..., tu expulsión del ejército..., tu duelo..., la muerte de Thorpe...
—Sí. Mi desgracia fue divulgada. Y aquí estoy... Pero, Cynthia: te he adorado. Desde el momento en que te vi por primera vez fui un hombre diferente... Debería haberte hablado de mi turbulencia en los años de Universidad y de todo lo relativo a aquellos amoríos. Es probable que lo hubiera hecho más adelante, pero entonces no tuve el valor suficiente. ¡A ti, a una mujer que llevaba siempre la cabeza tan orgullosamente erguida...! ¡No pude! Y además, solía hacer apuestas en cada ocasión que se me presentaba... Siempre he sido jugador. Y perdí.
—En ese caso, Howard mintió —exclamó ella.
—¿Mentir? ¡Claro que sí, Dios mío! Me debía millares de dólares. Deudas de juego... Y por eso incubó aquel complot para arruinarme. Me odiaba, lo mismo que me odiaba Thorpe.
Howard quería que Thorpe se casara contigo. Todo ello fue despreciable.
—Sí. Tanto en lo que se refiere a mí como en lo relacionado con ellos... Pero, ¡oh, Stephen! , yo tenía celos. ¡Estaba celosa de aquella mujer! No hay nada tan envilecedor como los celos. Me cegaron, me ofuscaron... Me hicieron creer que lo que era mi amor se había convertido en odio... Pero no era así. Estuve enferma, furiosa...
—¡Ah! Para averiguar lo que ahora has sabido demasiado tarde —exclamó Latch.
—Nunca es demasiado tarde, querido. No te alejes ahora de mí. Fui débil. Te abandoné.
He tenido que sufrir mucho para saberlo... Y aun después de haber descubierto lo que hiciste a Howard y de haber averiguado que mataste a Thorpe, me habría fugado contigo si hubieras ido a buscarme... Pero no fuiste.
Latch inclinó la cabeza sobre ella y la apretó más contra sí.
—Demasiado tarde —volvió a decir en un murmullo que apenas fue audible.
—No es demasiado tarde... más que en el caso de que ya no me quieras, de que me rechaces.
En la voz de la joven se reflejaba el temor..
Latch la soltó. Había vivido una hora demasiado larga. Si Leighton le hubiera hecho frente, habría habido un cambio en el desarrollo de la tragedia.
—¡Atrás! La ronca orden arrancó a Latch de la angustia del momento. Se volvió y vio a Cornwall apoyado en el quicio de la puerta, con las dos pistolas preparadas para disparar, con el rostro tan frío y tan brillante como si estuviera tallado en hielo.
—Cornwall, no querrás significar que dispararás contra nosotros solamente porque insistimos en nuestro deseo de ver al jefe...
Era la voz de Keetch, quejosa y bronca, que denunciaba que hasta él mismo estaba a punto de estallar.
—Avanzad un paso más y lo sabréis —replicó el joven.
—Pero, criatura, ¡te mataremos! —protestó Keetch.—Ya estarías muerto, si no hubiera sido por mí... Mano Negra, éste... te habría disparado un tiro por la espalda.
—¡Bah! No sois más que una pandilla de piojosos canallas.
—Lester, ¿qué quieren? preguntó Latch. No podría producir ningún beneficio el hecho de que Cornwall precipitase las circunstancias hasta que se originara una pelea. Por lo menos, hasta que fuesen conocidas las demandas de los hombres de la cuadrilla.
—Coronel, no lo sé y no me importa.
—Bien, espera —y Latch elevó el tono de la voz—. ¿Qué queréis, Keetch?
—Es una cuestión particular, Latch, y lo único que deseo es un poco de paz —gritó el viejo forajido—. Pero tus disparos contra Sprall y Leigton han soliviantado a la banda. ¿A quién vas a matar ahora?
—A quienquiera que se oponga a mis órdenes... ¿Ha muerto Leighton?
—No, pero ya puede considerársele como muerto... Y Mano Negra y Agustine se han pasado a la pandilla de Leighton.
—¿Y Lobo Solitario?
—Está a nuestro lado. Pero no queremos luchar. Y tienen unas peticiones que hacer...
—Perfectamente. Luego os oiré. Concededme cinco minutos más.
Cuando Latch se volvió para mirar a Cynthia, la encontró de cara a la pared. La dulzura del amor había huido de su rostro, que aparecía desencajado y lívido. Para poder descubrir sus ojos, le fue necesario emplear toda la fortaleza que le restaba.
—Cynthia, ya lo has oído: soy el jefe de la banda de Latch —dijo él con reprimida cólera.


VI
Ella repitió sus palabras con labios resecos.
—Sí-continuó Latch presurosamente—: huí después de matar a Thorpe. Y organicé en la frontera una banda de malhechores. En los primeros momentos constituimos unas guerrillas que lucharon con el Norte. Pero muy pronto nos dedicamos también al bandidaje. De esto al crimen, y finalmente al asesinato en masa...
—¡Oh, Dios mío! ... ¡La caravana de mi tío! —exclamó Cynthia, horrorizada—. Pero aquellos asesinos eran indios... Los vi correr y saltar..., los vi blandiendo hachas y llevando cueros cabelludos como trofeos...
—Sí, eran indios. ¡Mis indios! Yo soy su jefe, el instigador de la matanza.
—¡Tú!
—Si, yo... Stephen Latch, el hijo de una antigua familia del Sur..., con título académico..., agricultor arruinado... y antiguamente el amador de Cynthia Bowden... Ahora, unido a criminales y proscritos, el compañero de Satana, el más sanguinario de los jefes guerreros de las tribus indias... En una palabra: jefe de la banda de Latch. ¡A este extremo me has conducido tú!
—¡Yo!
—Exactamente. Con tu falta de fe, con tu desdén —replicó con amargura Latch—. Es probable que jamás hubiera sido nada importante que me hubiese limitado a ser un hombre más de los de mi clase en el Sur. Pero tú me empujaste al mal, tú introduciste el mal en mí.
—¡Preferiría que me hubiera matado aquel salvaje! —murmuró ella.
—¡Habría sido preferible, ciertamente! La ley de mi banda era no dejar alma viviente, no dejar huellas... Y lo más horrible de esta situación es que no puedo salvarte la vida.
—¡No quiero vivir!... ¡No quiero vivir... ya! —exclamó ella entrecortadamente—. Pero mi...
mi... No deberás permitir que esos hombres se apoderen de mí... y...
—Tendrían que matarme antes, Cynthia.
—Pero, Stephen; si la muerte es el edicto de tu banda... ¡mátame! ... Cuando veas que no hay esperanzas... Recibiré con agrado la muerte que venga de tus manos... Yo te he traído a esta degradación... Debería morir a tus manos... jura que me salvarás de este modo... si...
—¿Matarte? Cynthia, ¿cómo podría hacerlo...? No sabes lo que me pides.
—Pero es la única solución —suplicó ella, hundiendo de nuevo la cabeza en el pecho de él—. Stephen, dices que me amas todavía. Entonces, no puedes permitir que esos hombres me ofendan.
—¡No! —exclamó él irguiendo la cabeza—. No podría... ¡Lo prometo, Cynthia! ¡Oh, Dios mío, que hayamos llegado a esto! ... Te mataré en el acto... en el momento que vea que no hay esperanzas de salvarte.
—¡Gracias! —murmuró Cynthia—. ¡Oh, Stephen, tenía destrozado el corazón! ... Al fin, estoy dispuesta a morir... El haberte encontrado nuevamente, el descubrir todo el mal que te he causado, el confesarte mi falta de fe, mis remordimientos, mi amor, que nada puede cambiar..., ¡oh! , eso hace fácil el morir.
Durante linos momentos Latch la tuvo apretada contra sí; luego, cogió las pistolas, las enfundó y dijo mirando hacia la puerta:
—Lester, va puedes entrar.
El joven hizo una seña descuidamente con sus pistolas, cruzó el umbral de leños y entró en la cabaña. El primero en pasar tras él fue el delgado pistolero, Lobo Solitario. Los otros lo siguieron con toda rapidez.
Constituían una banda diezmada de hombres feroces, sanguinarios, lisiados, tristes y curiosos.
Lobo Solitario se volvió significativamente para colocarse a un lado de Latch. Cornwall se acercó del mismo modo conservando todavía las pistolas en las manos.
—Keetch, ¿estás conmigo o contra mí? —preguntó Latch.
—Jefe, estoy entre ti y los demás. No levantaría una mano contra ti ni contra ninguno de mis compañeros. Así soy yo.
—Muy bien. Eso me satisface. Esto quiere decir que estamos Cornwall, Lobo Solitario y yo contra los otros cinco. ¿Quién va a hablar en nombre de ellos?
—He sido elegido para hacerlo —replicó Keetch.
—Separaos de la puerta para que pueda veros mejor a todos —ordenó Latch mientras hacía un gesto enérgico.
Keetch colocó a los cinco hombres oblicuamente en el rincón opuesto a la puerta, de modo que la luz iluminaba los rostros de todos ellos. La imaginación de Latch había concebido rápidamente un propósito, que se propuso desarrollar. Le parecía advertir que se produciría un cambio de opinión; pero en el caso de que no lo consiguiera, se proponía volverse contra Cynthia y matarla antes de perder su influjo sobre los hombres. Podía ocultar este propósito. Sabía que era capaz de engañar a todos aquellos bandidos, aun al pistolero de Texas, hasta el momento en que la turbulenta imaginación de éste adivinase aquel designio.
—Bien, Keetch, dime ¿qué quieren estos hombres? —preguntó el jefe.
—Pues... han hablado y han celebrado una votación.—¿Acerca de qué?
—Dicen que no eres diferente a Leighton. Querías apoderarte de esa mujer, y tomaste nuestra ley como pretexto para matar a tus hombres. Ninguno de nosotros duda de que la matarás en el instante que te convenga hacerlo. Pero ellos, y me refiero a la mayoría de los presentes, dicen que tienen tantos derechos como tú. Quieren la muchacha... que sea repartida lo mismo que el dinero y el ron que había en la caravana.
—¿De modo que ésa es vuestra petición? —preguntó Latch dirigiéndose a los cinco forajidos de rostro sombrío y ojos ansiosos—. Bien, en condiciones ordinarias, me parecería una petición justa y razonable. Sin embargo, en este caso me es absolutamente imposible acceder a la demanda.
—¿Por qué? —preguntó ruidosamente Keetch—. Latch, no es preciso advertirte que te hallas en este momento sometido a juicio por la mayoría de tu banda.
—¿A juicio? ¿Por qué? —replicó Latch. Su juego consistía en ganar tiempo, en no precipitar las consecuencias, en poner en la lucha su inteligencia contra la ignorancia y la codicia de sus oponentes.
—Por haber matado a Sprall y a Leighton, que está agonizando.
—No tenéis derecho a someterme a juicio por esa causa —contestó enérgicamente Latch—.
He sido en absoluto fiel a mi palabra. Ésta es la ley de nuestra banda. Maté a Sprall porque él mismo reconoció que sabía que Leighton nos había hecho traición. Y disparé contra Leighton cuando lo vi, maltratando a esta joven. Pero no fue sólo por eso. Disparé contra él por el hecho de que la hubiera traído con nosotros, durante todo el camino... viva.
—¿Lo juras, Latch?
—Sí, lo juro. No he mirado a esta mujer hasta que Leighton quedó tendido en el suelo.
—Por lo que a eso se refiere, todos recordamos que Cornwall te dijo que era una joven muy hermosa. Todos lo oímos. Y todos tenemos ojos para verlo. Pero, de todos modos, acepto tu palabra, Latch... Ahora, vosotros, los hombres, votad: decid sí los que creáis al jefe; los que no lo creáis decid no. ¿Qué dices tú, Texas?
—Sí replicó el pistolero.
—No, señor —contestó en español el mejicano Augustine. Y Latch tomó nota mental de esta respuesta, que significaba la sentencia del vaquero para aquel mismo momento o para otro futuro.
—Sí —dijo Mandrove, el hombre que había conocido días mejores.
Creik y el otro dijeron simultáneamente:
—No.
—Bueno, jefe, contándome a mí, el resumen está equilibrado. Tres de nosotros te creemos, y los otros tres no. Esto equivale á una absolución, según las reglas de los tribunales... Y ahora queremos saber por qué no quieres renunciar a la muchacha o entregarla a tus hombres.
—Soy el jefe, y lo sé bien —replicó Laten lentamente—. Satana y yo somos los únicos responsables de aquel... aquel ataque de anoche. Sus indios estaban borrachos, y vosotros erais sencillamente unos instrumentos... Mis órdenes fueron que se matara a todos los de la caravana..., pero no puedo tolerar que se abuse de esta mujer... o de cualquiera otra.
—¿No crees que se te está poniendo demasiado tierno el corazón, jefe? —preguntó Creik mirándole de soslayo—. De todos modos, debería haber sido matada, lo mismo que las demás personas de la caravana.
—Eso es diferente, Creik —replicó con dificultad Latch mientras reprimía a duras penas su súbito y potente deseo de matar a aquel negrero.
—Compañeros claro que es diferente —interpuso Keetch—. Ya sabéis que a todos nos duele que las pobres mujeres y los niños sean escalpados por los indios... También sería asqueroso, aun para una banda de rufianes como nosotros, apoderarse de una mujer... por ese procedimiento.
—Estoy contra Latch, compañeros —dijo Texas—. Pero el matar a esta joven de ese modo, es cosa que no me agrada.
—¡Pongámoslo a votación!
gritó Creik.
Keetch, evidentemente satisfecho de lo que parecía un acto favorable al jefe, hizo lo que se le pedía. La votación resultó adversa a Latch.
—No necesitamos tu voto, Cornwall; pero nos gustaría conocer tu opinión.
—Jamás votaría por salvar el honor de una mujer —respondió el joven con una terrible llamarada en los ojos. Su tono y su mirada fueron tan inesperados, que impusieron el silencio.
Latch se aturdió. Se sintió traicionado por alguien en quien confiaba.
—Latch, esta vez has perdido —resumió Keetch.
—¿Puedo comprar la libertad de esta mujer? —preguntó el jefe—. Os daré todo el dinero, todos los efectos... y todo el ron que tengo en Tela de Araña para que os lo repartáis entre vosotros.
La acalorada discusión que siguió a estas manifestaciones terminó en una victoria para Latch. Su tentadora oferta convenció aun a los más reacios.
—Muy bien, jefe, has comprado su libertad —dijo Keetch, visiblemente satisfecho.
—¿Qué se entiende por»su libertad»? —preguntó otro.
—Pues... su cuerpo..., mientras esté viva —replicó otro de los hombres.
—Me refiero a su vida, también —gritó Latch.
La pasión rompió entonces sus ligaduras, y el presagio que encerraron las exclamaciones de enojo, las miradas siniestras y os agrios murmullos fue implacablemente amenazador para la cautiva.
—Latch, ¿has perdido la cabeza? —preguntó Keetch con voz quejumbrosa—. No puedes crear una ley para tu banda..., mandar a tus hombres a derramar sangre... y luego quebrantar la ley tú mismo.
—Si me dejaseis explicarme... —estalló Latch animándose a plantear la cuestión de una manera definitiva.
Pero Lobo Solitario le interrumpió con unas frías y sarcásticas palabras dirigidas a su rival, el pistolero de Texas.
—¡Tú no naciste en Texas!
El pistolero, que había permanecido durante cierto tiempo arrodillado con una pierna, según costumbre de los jinetes en algunas ocasiones, se puso lentamente en pie. Su delgado rostro se cubrió de un tono escarlata y, luego, de otro lívido.
—¿Qué diablos dices? —replicó fríamente; pero en sus ojos brilló una luz de mandad.
—Los diablos que he dicho. ¡Y nada más!
Keetch se apresuró a intervenir.
—Oíd, gallos de pelea, estamos en un tribunal, no en un lugar apropiado para que os liéis a tiros.—¡Cállate! —dijo Texas secamente.
—¡Quítate de en medio, carcamal! —añadió Lobo Solitario.
Keetch se retiró rápidamente. Los otros hombres que se hallaban con Texas en aquel lado de la habitación, se separaron. Mas ni Cornwall ni Latch se movieron. Latch apenas comprendió el significado de todo aquello, y a Cornwall no le importaba.
—Texas, te estoy llamando —siguió Lobo Solitario—. Tú eres de una región de negros donde las mujeres son basura. ¡No eres de Texas!
—Te había oído —replicó maliciosamente Texas-Y te digo que tendrás que tragarte esas palabras... i o tragarás plomo!
Ambos se midieron mutuamente con la mirada. La diferencia entre ellos no había nacido en aquel momento. Los dos habrían acogido con agrado cualquier pretexto que les diese ocasión para chocar. Ninguno de los dos respetaba nada en este mundo, excepto la rapidez en sacar y preparar las pistolas. Una anormal curiosidad se apoderó de ellos, que, al mismo tiempo, era como una monstruosa seguridad. Latch había previsto siempre aquel encuentro. Y en más de una ocasión lo había impedido. En aquel momento, Latch tenía la boca sellada y no quería hablar, porque tenía la seguridad de que Lobo terminaría con el más peligroso de todos sus enemigos. Con Texas muerto, o fuera de la banda, las probabilidades de triunfar serían a favor de Latch.
Probablemente, cada uno de los dos pistoleros vio en los ojos del otro el relámpago traicionero del pensamiento, que era el estímulo y el motivo para la acción. Una lucha convulsiva terminó en el simultáneo disparo de las pistolas. Latch vio que , entre el humo Lobo se tambaleaba, daba un paso hacia delante y caía de bruces. Cuando el humo se hubo disipado un poco, pudo verse a Texas con el rostro contra el suelo, la humeante pistola en una mano, y tan quieto como una piedra.
Keetch tosió con rudeza.
—¡Ah! ... Bueno, los dos lo estaban deseando... Y cualquier ocasión es buena por lo que a nosotros respecta... Las cosas no cambian por eso.
Latch no estaba de acuerdo con el razonamiento de Keetch. Muy pocos hombres se hallan dispuestos a morir de manera tan repentina. Pero los partidarios de Leighton, precisamente por esto, despertaban la curiosidad de Latch.
—Escuchadme todos —comenzó diciendo con voz potente Las circunstancias alteran muchas cosas. Me siento justificado de haber quebrantado mis propias le ves. ¡Me opongo a todos vosotros! Y lucharé hasta el último latido de mi corazón. Ni uno solo de nosotros quedará con vida después de esto. Y ahora, os pido que escuchéis mis razones, antes de que sea demasiado tarde.
—Bueno, jefe, habla —le interrumpió Keetch—. Nos parece razonable...
Antes de que Latch hubiera podido humedecerse los resecos labios para comenzar a hablar, Cynthia salió de detrás de él y se adelantó un paso para enfrentarse con sus oponentes.
Permaneció erguida, con la cabecita altiva. El sol caía sobre la ondulante masa de su cabellera y le arrancaba vivos destellos. En toda su actitud, en sus gestos se reflejaban una intensa emoción, el valor y la vehemencia.
—Permitidme que os refiera la historia, hombres —comenzó diciendo con una voz que inmovilizó a todos—. Soy Cynthia Bowden, sobrina de John Bowden, cuya caravana sacrificasteis anoche. Soy... su único superviviente. Tengo veintitrés años. Residía en Boston... Cuando tenía diecisiete años conocí a Stephen Latch, que estudiaba entonces su último curso en la Universidad. Era amigo de mi hermano, Howard Bowden, y visitaba con frecuencia mi casa. Stephen y yo experimentamos una recíproca atracción, y cuando regresó a su hogar, en Luisiana, nos interesábamos profundamente el uno por el otro. Y llegó un tiempo en que nos enamoramos definitivamente. Mi hermano era un jugador; Stephen le ganó una crecida cantidad..., más de lo que mi hermano podía pagar. Y cuando Howard descubrió el lazo que nos unía a Stephen y a mí encontró el modo de chasquear a Stephen, y se lo comunicó a mi padre. Exageró mucho al hablar de unas relaciones que Stephen había mantenido con una despreciable mujer. Mi hermano me inflamó de celos y de odio, tanto, que me burlé abiertamente de Stephen, lo ofendí, lo traicioné, lo conduje a la ruina... Y Stephen dio de latigazos a Howard en el vestíbulo del Hotel de Boston... La guerra civil estalló.
Stephen ofreció sus servicios, pidió un cargo de oficial en el Ejército Confederado. Entre tanto, yo había consentido las asiduidades de otro hombre del Sur, un amigo de Howard y rival de Stephen, llamado Thorpe. Había sido nombrado coronel del Ejército del Sur, y, en connivencia con Howard, y continuando su traición, consiguió que a Stephen le fuese negado el cargo que solicitaba. Se produjo un duelo. Stephen... mató a Thorpe. Y huyó : era un proscrito...
Se detuvo un momento como si quisiera recobrar fuerzas antes de continuar. Su voz comenzaba a decaer y a perder firmeza, pero su espíritu estaba tan firme como en el primer momento.
—Seguramente que todos ustedes conocen cómo organizó Stephen esta banda con el propósito de hacer una guerra de guerrillas contra los norteños..., cómo, luego, cayó en el robo..., cómo comenzó a cometer crímenes horribles... Debe de haber sido por merced de un designio de Dios por lo que he escapado a la muerte en aquella matanza, por lo que fui transportada con vida..., sin duda para que me encontrara cara a cara con Stephen Latch. Yo le abandoné, le engañé... Soy la causa de su degradación... Ante Dios debo ser responsable de que sea un proscrito..., un asesino..., un jefe de forajidos..., un compañero de los sanguinarios salvajes... Ésta es mi historia. Y ésta es la razón de que Stephen haya comprado mi libertad..., de que intente salvar mi vida... Pero estoy preparada para morir.
Se produjo una larga pausa, que Keetch rompió can dificultad.
—¡Por Dios! —exclamó dirigiéndose a los boquiabiertos hombres—. ¿Habéis oído nada parecido, compañeros...? Las circunstancias alteran muchas cosas... Y me inclino porque la dejemos con vida.
—¿Eh? ¿que se vaya y ponga a los soldados sobre nuestra pista? —preguntó Creik.
—Esa mujer no traicionará jamás a Latch.
—Si pudiera saber con seguridad que no lo haría, la permitiría que se marchase.
Éstos y parecidos comentarios demostraron de que modo la hermosura y la trágica elocuencia de Cynthia habían conmovido a los forajidos. Keetch se volvió hacia ella con cierta deferencia.
—Señorita, podríamos quebrantar nuestras leyes y dejarla en libertad.
—No..., no me importa vivir. Dios me ha abandonado...No estoy unida a mi familia... Mi tío ha sido asesinado...
—Es muy triste, ciertamente —la interrumpió con amabilidad Keetch—. Pero usted es joven, la vida es dulce... Latch no será siempre ladrón... ¿No le quiere usted todavía?
—Sí... Sí. Le quiero... Siempre le he querido... También él ha sido la causa de mi ruina —contestó ella tristemente.
—Entonces, puede casarse con Latch-continuó Keetch mientras se daba unas palmadas en las piernas—. Es el único modo de salvar su vida... ¿Lo hará usted?
—Sí —contestó ella, como si se sintiera conmovida por una increíble e irresistible posibilidad.
—No podrán ustedes volver nunca allá —declaró Keetch, señalando con la ancha mano hacia el Norte y el Este—. Será usted la esposa de un proscrito. Tendrá que vivir escondida en algún agujero del más solitario de los desfiladeros del Oeste... ¿Querrá usted hacer eso también?
—Sí... Si Stephen me quiere...
—¿Quererte? ¡Dios mío! —exclamó Latch apasionadamente al salir de su abstracción—.
Jamás se me había ocurrido tal idea... Cynthia, si quieres casarte conmigo... Seguramente que no seré siempre un...
Los labios se le cerraron ante la terrible expresión que a ellos acudía.
—Sí —murmuró ella como en un estado de deslumbramiento—. Dije... que te seguiría...
hasta el fin del mundo...
Keetch intervino de nuevo, y dijo mientras se frotaba alegremente las enormes manazas:
—Jefe, tú ganas. Y eres un perro afortunado... Compañeros, llevad afuera a esa pareja de gallos de pelea... Mandrove, creo que tú podrás encargarte..., ¿verdad?
—¿De asarlos? —preguntó el ex predicador.
—¡Claro! De casarlos de manera legal y firme.
—Puedo, ciertamente. Conservo aún mi Biblia —contestó soñadoramente Mandrove.
—¡Ja, ja...! ¡Buena suerte para el jefe! Vete a buscarla y trae algo en que puedas escribir un certificado de matrimonio. Si no tenemos en qué hacerlo, lo hallaremos, seguramente, en el equipo de Bowden.
Creik y Augustine habían arrastrado al exterior los cuerpos de ]os dos muertos, y hablaban especulativamente acerca del valor de los objetos que ambos pudieran poseer.— Quédate con lo que se vea, y resérvame lo que esté oculto decía el ex negrero.
—No, señor, usted mucho avariciosodeclaraba el vaquero, mitad en español, mitad en inglés.
Mandrove fue cojeando a cumplir el encargo que había recibido, y Cornwall, frío y extraño, salió hasta la puerta para mirar hacia el exterior. Aquella cuestión, tal y como se había desarrollado, no contaba con su aprobación. Keetch y Mano Negra se habían sentado para esperar. Latch se había acercado a Cynthia anhelante, pero temeroso de tomarle una mano entre las suyas. Cynthia parecía hallarse ofuscada y miraba fijamente al negro madero de la pared con ojos que nadie podría adivinar lo que expresaban. Transcurrían los minutos.
El humo salió lentamente por entre las rendijas del tejado. Keetch se levantó para extender tierra sobre los lugares manchados de sangre. Mano Negra pidió un cigarrillo.
—Lester, ¿quieres estar a mi lado durante... durante... la ceremonia? —preguntó Latch.
—Coronel, si me lo permite, preferiría no tener que hacerlo —contestó Cornwall.
Latch pensó sorprendido que le parecía haber visto que Cornwall miraba extrañamente a Cynthia. Recordó que Cornwall odiaba a las mujeres. Lester salió al exterior, y Creik y el vaquerc entraron.
—Señor —dijo el mejicano en voz baja—, nuestro negrero tiene un fajo grande de billetes...
—Te voy a cortar esa asquerosa lengua que tienes! —le interrumpió Creik.
—Creik, divide por partes iguales lo que has hallado —ordenó Lach con severidad—. Pero espera... Aquí está Mandrove.
El ministro proscrito había regresado con algo más que su biblia: un cambio de semblante, de expresión. Hasta su voz, cuando comenzó a leer el servicio matrimonial, pareció diferente, Una mano rodeada de un vendaje ensangrentado, sostenía el libro.
Mandrove leía bien, fácilmente, con una entonación y unas inflexiones de voz que obligaron a Keetch a murmurar: í —¡Dios trío! ¡No hay duda de que es un predicador! Y siempre creí que era un embustero...
En el que parecía ser el más largo y el más emocionante de los momentos de la vida de Latch, Mandrove terminó diciendo:
—...os declaro marido y mujer.
Mandrove cerró la Biblia y se arrodilló.
—Recemos.
Los miembros de la banda, que lo estaban observando, lo contemplaron con ojos asombrados, con el rostro lleno de visajes. , —Dios Todopoderoso: no permitas que Tus divinas palabras carezcan de verdad y de fuerza porque hayan sido pronunciadas por un ministro proscrito en presencia de unos hombres tan depravados y descarriados como él mismo. El bien puede surgir del mal. Uno solemnemente a esta pareja, como último acto de mi vida religiosa, y te suplico, ¡oh, Señor!, que obres sobre ellos y su vida futura por tus inescrutables designios. Son los caídos quienes siempre han obtenido la ayuda divina. Bendice esta unión de dos amantes que han pecado y que han padecido. Bendice su matrimonio. Guíalos fuera de esta vida malvada de sangre y de robo. Dispénsales alguno de los favores de Cristo, algún inmutable decreto del Cielo para que al fin puedan salvarse, para que, por lo menos, sus almas se salven. ¿Quién, sino Tú mismo, podría decir por qué volvieron a encontrarse este hombre y esta mujer en las desnudas llanuras de este bravío desierto? Si el amor los perdió, ¡oh, Señor!, todavía puede salvarlos el amor. Pido piedad para él y para ella. Pido que tu paternidad les aparte de su sórdida carrera de sangre y de codicia. Y que, de este modo, por medio de esta mujer que le abandonó, que traicionó su amor, el hombre pueda elevarse nuevamente. ¡Amén!


VII
La primavera llegó muy tempranamente aquel año de 1863 a Fort Union. Había habido con anterioridad un viento desacostumbradamente templado en las montañas de Colorado y Nuevo Méjico. El gran negocio del comercio de pieles había atravesado su época de mayor esplendor unos años antes. Sin embargo, todavía desarrollaban una gran actividad los tramperos que trabajaban por su cuenta. La temporada había sido muy favorable para ellos y un centenar de cazadores, o acaso más, surgió de las montañas cargado de pieles. Los castores eran aún los más solicitados, mas las pieles de marta, zorro, visón y nutria, alcanzaban altos precios.
Había en el fuerte diez tramperos indios por cada trampero blanco; y como quiera que era más fácil entenderse con aquéllos que con éstos, los comerciantes recogieron una buena cosecha de negocios. Tullt y Compañía compraron cien mil pieles aquella temporada.
El día!.0 de abril hubo en Fort Union más actividad que durante cualquier otro día desde el comienzo de la Guerra Civil. Aquel día llegaron dos caravanas, una de ellas compuesta de setenta y cuatro carros, procedentes de Santa Fe y que se dirigía hacia el Este; la otra se componía de ochenta y seis carros, llevaba escolta desde Fort Dodge, y seguía el Cruce de Cimarrón y el Camino Seco. Esta caravana iba dirigida por Bill Burton, un antiguo explorador, y llevaba varios muertos y heridos como consecuencia de un encuentro con los comanches. Si no hubiera contado con la escolta de dragones, esta caravana habría sido completamente aniquilada.
Burton contempló disimuladamente a los novecientos o mil indios de diversas tribus que se hallaban en el fuerte. En su opinión, no existían piel-rojas pacíficos o de buenos sentimientos para los blancos.
Con sus muchas tiendas y cabañas en el exterior, Fort Union presentaba el aspecto de un campamento. Millares de caballos y de cabezas de ganado pastaban la grama descolorida del terreno. Las cumbres de las montañas estaban todavía cubiertas de la blancura de la nieve, pero algunos lugares ennegrecidos y algunas rocas desnudas denunciaban los estragos del sol primaveral. La ancha puerta del fuerte se hallaba siempre abierta del todo y sin guardia, con el fin de que pudiera entrar en el fuerte o salir de él quien lo desease. Tullt y Compañía tenían una gran cantidad de mercancías detrás de la empalizada, entre las que había toda clase de artículos, desde un carro para viaje por las praderas, hasta bolsas de caramelos. Los indios adquirían la mayoría de éstos. Y en muchas ocasiones, compraban un carro para transportar sus pieles a Independencia o Missouri, donde se pagaban precios mucho más altos. Los indios presentaban un abigarrado aspecto. Todos ellos iban vestidos con pieles de ciervo muy ajustadas, y calzados con abarcas de piel de gamo. Algunos de ellos se cubrían con sombreros como los de los hombres blancos, pero la mayoría llevaba la cabeza descubierta. Algunos, pocos, tenían mantas, y casi todos pieles de búfalos, que llevaban sobre los hombros. La mayoría era sucia y desvalida, y estaba constantemente en las cercanías de las tiendas, sin razón alguna. Había, además, alrededor de veinte hombres blancos, vestidos como los indios, y tan sucios y descuidados como ellos. Eran la chusma de la frontera, la plaga de los fuertes. Pero nada podía hacerse para remediarlo. Llegaban, y se marchaban, lo mismo que los indios, y no eran muchos los rostros que llegaban a ser fácilmente reconocibles de los soldados. Pasaban el día entero jugando y bebiendo. Las luchas a tiros no se presentaban a cada momento, como sucedía en Fort Dodge. Sin embargo, las pistolas se disparaban con frecuencia, y muchos de los disparos eran solamente oídos por los buitres nocturnos y por los soldados que prestaban guardia.
El mayor Greer mandaba diez escuadrones de dragones. Antes de la guerra había dispuesto de una cantidad doble de tropas, la que, según acostumbraba declarar, era muy inferior a la que necesitaba Fort Union era por entonces un punto de distribución para todo Nuevo Méjico. Y, a causa de la creciente hostilidad de los indios, el movimiento de transportes y la escolta de caravanas se había hecho extraordinariamente difícil.
El frío era lo suficientemente intenso para que el fuego encendido en la desnuda choza de leños en que el mayor tenia instalado su despacho se hiciese agradable. El mayor Greer estaba sentado a su mesa. Tenía el tipo característico del soldado habituado a prestar servicio en las llanuras rojizas y pobladas de riscos de la época. Pero Fort Union estaba muy lejos de Fort Leavenworth, donde el mayor había adquirido su experiencia de la frontera.
—Capitán —dijo dirigiéndose a un oficial de mediana edad que tenía el rugoso rostro inclinado sobre un montón de papeles—, ¿dónde he oído hablar de la caravana de Bowden antes de ahora?
—¿Bowden?... Veamos... —replicó, el capitán Massey—. Me parece conocer ese nombre.
Recibimos una pregunta de Washington...
—¡Demonios! ¡Todo lo que tenemos son preguntas! —le interrumpió destempladamente el mayor—. Llame al sargento Riley.
Massey salió y regresó inmediatamente con un hombre de mirada dura, un irlandés de quijada cuadrada que habría podido parecer un hombre de la frontera si no hubiera sido por el uniforme que vestía.
—Sargento, ¿recuerda usted la caravana de Bowden o algo acerca de ella? —preguntó el mayor Greer.
—Sí, señor. La caravana de Bowden fue una caravana perdida.
—Sí. Esta carta me informa de ello. Ahí está el busilis de la cuestión —replicó el oficial mientras repasaba nuevamente la carta—. Veamos... Hace alrededor de año y medio la caravana de Bowden salió de Independencia en dirección a California. Se ha podido comprobar que estuvo en Fort Dodge. Salió de allí con cincuenta y tres carros, dirigidos por un guía llamado Anderson. No llevaba escolta. Tomó el Camino Seco, y jamás se ha vuelto a saber de ella.
—Mayor, todo lo que recuerdo, si la memoria no me engaña, es que la Bowden es una de las caravanas desaparecidas —añadió el sargento.
—Han desaparecido muchas caravanas desde que comenzó la guerra —murmuró Greer, pensativo—. Según los informes de la oficina principal, ese Bowden era un hombre de buena posición y de buena familia. Su hija... No, su sobrina, una tal señorita Cynthia Bowden, le acompañó. Y esto significa que esa señorita hereda una gran fortuna. Eran de Boston. Bien, se nos indica que averigüemos qué ha sido de la caravana de Bowden.
—¡Hum! —exclamó Massey.
—Sí —dijo el mayor secamente—. Si algunos señores oficiales de sillón y de puros de gran tamaño vinieran alguna vez al Oeste, tan olvidado de Dios... Pero el caso es que se nos hace una gran presión para que investiguemos. Bowden tiene parientes y amigos de gran influencia... ¿No será conveniente que preguntemos a los guías? ¿Está por ahí todavía Kit Carson?
—Sí, señor. Y Dick Curtis, y Baker, y John Smith.
—Sargento, hágame el favor de suplicarles que vengan —concluyó el mayor.
El soldado regresó al cabo de poco tiempo acompañado de tres paisanos.
—Mayor, no he podido encontrar a Baker y Curtis —anunció el sargento.
—Buenos días, mayor —respondió Kit Carson al saludo del oficial. El gran guía y explorador estaba vestido con piel de ante. Había pasado ya la mediana edad, pero era un hombre ágil y erguido, de facciones abiertas y de ojos de águila.— Probablemente conocerá usted ya a Jack Smith... Y este otro es Beaver Adams, que sabe muchísimo más que yo acerca de las llanuras.
Greer estrechó la mano a los guías y, después de ofrecerles asientos y cigarrillos, expuso concisamente la pregunta que había recibido respecto a la caravana de Bowden.
Jamás oí hablar de ella —dijo Carson llanamente—. Pero hace dos o tres años que no he ido a Dodge.
—Yo he estado, y no hace mucho tiempo —añadió Jack Smith. Era un hombre de las llanuras, delgado y gigantesco, que no tenía necesidad de decir que había vivido en la frontera por espacio de veinte años—. El pasado otoño..., a finales de octubre..., estuve en el campamento de Ute y entré en el Fuerte de Old Bent. Oí que un hombre de Dodge hablaba de la caravana de Bowden. Estaba hablando con varios trajineros novatos y comprendí que se refería a las muchas caravanas que han desaparecido como fuegos fatuos... No me metí en la conversación Me limité a oír. Y nunca olvido lo que oigo.
—Parece estar demostrado que ha existido una caravana de Bowd ers que desapareció —añadió el mayor Creer.
—Sí, eso es todo lo que puede saberse y todo lo que se sabrá —exclamó Carson.
—A menos de que desapareciese por accidente —añadió Beaver Adams. Era un trampero, como su primer nombre indicaba, y su voz serena y profunda, sus agudos ojos y su espléndida estatura dieron a su observación una energía que impresionó al mayor Greer.
—¿Qué sugiere usted al decir por accidente?
—Al repasar mi experiencia del Oeste, recuerdo muchos acontecimientos y muchas historias extrañas. La caravana de Bowden se metió en el Camino Seco en un verano muy malo para los viajeros que cruzaban las llanuras. Los kiowas, los comanches, los apaches, los pawnees, todos estaban en pie de guerra. Bowden llevaba una pequeña cantidad de hombres, todos desconocedores de la frontera. Conocí; a Pike Anderson. Era un guía digno de confianza. Pero ¿qué podrían hacer unos cincuenta y tantos hombres, la mayoría inexpertos en estas cuestiones, para defenderse de un ataque en masa de los injuns? Los que formaban la caravana fueron asesinados. El accidente a que me refiero tiene una probabilidad en contra de un millón de que, algún día, un injun deje escapar su secreto. Los injuns son amigos de fanfarronadas. Y cuando están borrachos, las lenguas se les sueltan.
—Seguramente que sólo hay una probabilidad contra un millón —reconoció con pesimismo Carson—. Pero eso que nos refiere usted es muy interesante. Me refiero a lo que sabemos acerca del carro de Tullt y Compañía número 1 A. Ese carro fue visto en Dodge.
—Los injuns no suelen conservar los carros —indicó Jack Smith.
—Y ¿de qué utilidad podría servirnos el hallar ese carro? —preguntó Kit Carson.
—Supongo, señores, que se trata de establecer la seguridad de la muerte de una tal señorita Cynthia Bowden —continuó el mayor Greer—. Esta señorita es heredera de una gran fortuna. Lo más probable es que no pueda disponerse de tal fortuna, hasta que la muerte de ella pueda ser demostrada : la ley es todavía peor que la burocracia militar.
—Si la caravana ha desaparecido, la señorita ha desaparecido también —declaró el capitán Massey.
—Seguramente también, pero podría no haber desaparecido —dijo Carson—. Comprendo el punto de vista del mayor Greer. Si hay una fortuna que está esperando ser entregada a un heredero..., 1 es una lástima! Yo diría que lo mejor que podríamos hacer sería aventurarnos a intentar averiguar algo por el procedimiento sugerido por Beaver Adams.
—Perfectamente, Kit; hable en seguida —replicó Greer, cuyo interés crecía por momentos.
—Ese Camino Seco que se ha mencionado comienza en el Cruce del Cimarrón y corre alrededor de trescientas millas en dirección al Oeste. En realidad, vuelve a encontrarse con el camino principal en Wagon Mount. Ahora bien : lo que deberemos intentar es averiguar si la caravana de Bowden llegó hasta tal punto. Apostaría cualquier cosa a que no fue así. Fort Union es el punto de dispersión para todos los piel-rojas y forajidos desde el Llano Estacado hasta Raton Pass, desde Panhandle hasta Pecos. En este mismo instante tiene que haber un piel-roja o un proscrito allá que sepa lo que fue de la caravana de Bowden.
—¡Hum! Y, además, muchísimas cosas más —declaró Jack Smith.
—Kit está haciendo proyectos, como siempre —intercaló Adams—. Y creo que leo con claridad lo que hay en su pensamiento.
—Continúe, Kit. Es una esperanza de realización muy poco probable, pero una esperanza al fin —dijo el mayor—. He recibido órdenes severas... ¿Qué sugiere usted?-Mayor, no permita que esa petición de información sea conocida de alguien más que de los que estamos presentes —continuó Carson—. Pero yo se la daré a conocer a Curtis y Baker. Todos tenemos amigos entre los injuns; Baker es amigo de una india. Una mujer de kiowa... Comenzaremos una investigación callada en busca de pistas. Dick es una especie de jugador. Puede obligar a concertar una apuesta al más reacio a las apuestas de todos los que estamos aquí. Y cuando alguno de nosotros tenga una ocasión, podremos hacer indiferentemente una pregunta a las personas con quien nos encontremos. Es posible que necesitemos meses, acaso años para ponernos en la pista de algo interesante, pero vale la pena de intentarlo y de hacerlo...
—De acuerdo. Escribiré al Departamento e insistiré sobre la importancia que reviste el misterio de la desaparición de esa caravana de Bowden. Y añadiré que se tardará mucho tiempo en descubrirlo, si es que al fin se consigue.
—Mayor, no sería difícil averiguar cuál fue la caravana que siguió a la de Bowden en el Cimarrón —dijo Carson pensativamente—. ¿Por qué no pide usted información a Fort Dodge sobre este punto? Si lo averiguáramos, yo podría hablar con el guía que dirigiese la expedición.—Habría informado a las autoridades si hubiera haliado señales de una batalla o de una matanza en masa —contestó Greer.
—Pero sería posible que el tal guía no hubiera venido jamás por aquí. Podría haberse dirigido a otro lugar... Con tantas caravanas como pasan a diario durante la temporada, esto es corno buscar una aguja en un pajar.
—¿Conoce usted a algún indio amigo a quien pueda enviar al interior de las tribus? —preguntó Greer.
—Sí. Y a menos que esa caravana de Bowden se desvaneciese como la niebla bajo el sol de la mañana, encontraremos alguna huella suya.
Kit, sospecho de los kiowas —dijo meditabundo Beaver Adams.
—Eso no le hará gracia a Baker —contestó riendo Carson.
—Dígame, ¿por qué no se oye hablar de Satana como antes? —preguntó el mayor Greer.
—¡Diablos! —exclamó Carson mientras se daba una palmada en la rodilla—. ¿Por qué? Era un diablo sanguinario.
—Satock es un jefe de los kiowas más grande que Satana —declaró Smith—. Ha sido el jefe de guerra desde el cincuenta y cinco. ¡Un injun condenadamente malo! Hace continuos «raids» en torno a Santa Fe y a lo largo del río Vermigo. ¡Afortunada es la caravana que puede llegar hasta allá sin tener algún encuentro con Satock!
—Sí. Es muy malo. Pero Satock no puede igualar a Satana en sagacidad y en ferocidad...
Me sorprende que se oiga hablar de ese Satock en lugar de Satana. Me pregunto si Satana tendrá algo que ver con esas caravanas desaparecidas.
Kit Carson se interesaba visiblemente en la investigación indicada por el oficial del Ejército.
—Una sosa más, antes de que se me olvide —dijo Greer—. El doctor McPherson ha venido hace una hora, poco más o menos. Entre sus pacientes hay uno a quien considera digno de ser conocido. Le ha recordado a Maxwell...
—¡Cómo! ¿Mi amigo Maxwell?
—Sí. El doctor ha citado el nombre de usted. Bueno, este paciente es un hombre del Sur, un hombre de buenas prendas. Es educado, guapo, de buen tipo, y evidentemente, ha sido arruinado por la guerra. Se llama Latch.
Stephen Latch. McPherson oyó que uno de sus hombres lo llamaba así. Parece ser que ese Latch tiene amigos aquí. Usted, Kit, conoce a todos los de la frontera. ¿Qué sabe usted de Latch?
—Jamás he oído hablar de él.
—¿Y alguno de ustedes? —preguntó Greer, dirigiéndose a los otros.
—Yo he oído ese nombre de Latch —dijo Beaver Adams—. Pero no recuerdo cuándo ni dónde.
—¿Qué sucede con ese Latch? —preguntó con curiosidad Carson.
—Nada de particular. Me interesaba por él solamente porque Mac me ha hablado de él.
Por lo que he comprendido, Latch vino con una caravana hace varias semanas... o acaso varios meses. Estaba malamente herido, y permaneció en cama durante mucho tiempo antes de que lo trajeran aquí.
—A qué se dedica ahora?— preguntó significativamente Carson—. ¿Qué es? ¿Trajinero, comerciante, colono...?
—Por lo que he oído al doctor, yo diría que nada de eso. Tiene mucho dinero. Paga su estancia en el hospital, y tiene una enfermera india de día y una de las enfermeras de Mac por las noches.
—Si está arruinado, ¿de dónde saca tanto dinero?
—No me lo pregunte. Sin embargo, es un hombre que me interesa, y me propongo visitarlo. ¿Querrá usted venir conmigo? —replicó el mayor Greer.
—¡Claro que sí! Iría al fin del mundo por ver a un hombre parecido a Maxwell —dijo el guía.
Stephen Latch ocupaba una de las tiendas del ejército en un rincón interior de la empalizada. Su aislamiento podía haber sido muy significativo para quien conociera a Stephen Latch. Pero, con excepción de alguno de sus hombres, ninguno de los del fuerte le había visto jamás. Cornwall, compañero inseparable suyo, ocupaba la misma tienda que Latch. Estaba dotada de mayores comodidades que las usuales tiendas de los soldados; tenía estufa, cómoda, lavabo, espejo y algunos otros artículos que Latch había comprado a Tullt y Compañía.
Latch y su banda, un poco más de un año antes, habían estimado conveniente unirse a una caravana que se dirigía hacia Independencia. Durante todo aquel tiempo, sus propósitos habían sido honestos. Cuando la caravana fue atacada por los comanches, cerca de Point of Rocks, que era un lugar muy apropiado para tender emboscadas. Latch y sus hombres lucharon con tal valor y con tal celo, que el guía los recomendó y elogió grandemente ante el comandante del Fuerte Larned. Mandrove había muerto. Keetch perdió una pierna, y todos los demás, con excepción de Cornwall, que llevaba una vida deliciosa, resultaron heridos. Las heridas de Latch fueron muy graves. Latch permaneció durante varios meses entre la vida y la muerte, y olvidó frecuentemente lo que le rodeaba. La convalecencia comenzó lentamente.
Tan pronto como se halló en condiciones de ser trasladado, se le transportó a Fort Union, que estaba más al Sur y cuyo clima era menos riguroso. En este punto, después de varias semanas de reposo, comenzó a reponerse francamente.
En aquella soleada mañana de abril, en la cual soplaban frías ráfagas que descendían de las nevadas cumbres, la pequeña estufa despedía un calor agradable y tonificador. Cornwall, que había acarreado leños, los estaba partiendo con la satisfacción de un hombre a quien agradase el manejo del hacha. Una mujer india llevó a la tienda la comida de los dos hombres, que procedía de las: cocinas militares. Varios días antes Latch había renunciado a los servicios de un soldado.
—Lester, me gustaría sentarme en la cama si no hiciera tanto frío —dijo Latch.
—Coronel, progresa usted muchísimo —respondió Cornwall—. Tenemos un día primaveral.
Se nota el olor del campo. . Y no hace frío. Lo que sucede es que ha perdido usted mucha sangre. Tenga paciencia. Antes de que haya transcurrido un mes podrá montar a caballo.
—¿Paciencia? ¡Dios mío! —dijo Latch mientras aspiraba profundamente una bocanada de aire—. ¿No me he agarrado desesperadamente a la vida?... ¿Cuánto tiempo hace, Lester?
—¿Hace...? ¿De qué? —preguntó Lester en tanto que se volvía hacia Latch. La juventud había desaparecido de su rostro. Su hermosura se había desvanecido. Pero nada, no siendo la muerte, podría apagar jamás el brillo de aquellos ojos implacables y azules.
—Desde que salimos de... Tela de Araña —murmuró el jefe. Era la pregunta primera que formulaba en voz alta referente al pasado. Pero este pasado, ¡cómo le abrasaba la memoria!
—Hace cerca de año y medio. El tiempo vuela, coronel.
—¿Cuándo mandé regresar a Keetch?
—En octubre pasado. Muy poco tiempo antes de que le llevasen a Bent, donde todos creíamos que moriría usted. Pero no murió. Ha habido algo que le ha mantenido vivo... Ha tenido usted algunas horas de lucidez, y tan pronto como Keetch se repuso del estado que le ocasionó la pérdida de la pierna, le mandó usted que regresase.
—Sí, recuerdo. Le di dinero para que construyese habitaciones y corrales en la cabeza del Campo de Latch... Le dije que comprase ganado, que se hiciese amigo de los kiowas —añadió Latch con ansiedad.
—Espero que nuestro cojo carcamal no se habrá jugado y bebido el dinero.
—No. Keetch es honrado. Confío en él como confío en ti, Lester.
—Y... muy pronto podrá usted regresar a su querido desfiladero..., junto a su hermosa esposa... —añadió Cornwall con envidia.
—¡Pronto! ... Hace ya siglos... La espera me matará... ¿Lo comprendes, muchacho, Lester?
El joven, que ya no era joven, inclinó el rostro sobre la estufa para colocar en su interior otro tronco de leña. Su silencio parecía algo que no debiera ser roto. Pero Latch, acuciado por recuerdos y siempre curioso con relación a aquel joven, se rindió a la exigencia del momento.
—Lester, ¿no has querido jamás a una joven?
Cornwall levantó el pálido rostro en el que le brillaban fieramente los ojos. Latch creyó hallarse mirando al interior de un infierno caótico.
—A cualquier hombre... que no fuese usted... lo mataría por recordármelo.
—¡Ah!... ¿De modo que eso sucede? ¡Perdóname, camarada! Ya me dirás tu historia cualquier día... Oíste a Cynthia referir la mía, hace mucho tiempo, cuando me salvé... Pero, Lester, permíteme que te pregunte..., y no te ofendas..., si no tienes padre, madre... a quienes todavía quieras,.. Lo pregunto porque creo que vamos a renunciar a seguir desarrollando nuestro juego... Tengo dinero... Podrías aventurarte a regresar a tu casa, a comenzar tu vida de nuevo... O podrías venir conmigo a mi rancho y tener una parte en él...
—Sí, coronel, tengo padre... madre... ¡Malditos sean!
—¡Chist, muchacho! —gritó Latch, horrorizado.
—¡Los odio!
—¡Odiarlos! Por qué?
—Ellos me odiaron cuando nací... porque me interpuse entre ellos... Soy hijo de ella..., pero no de él.
—¡Qué cruel es la vida! ... ¿No tienes hermana a quien querer, entonces..., ningún hermano?
—Sí. Tenia un hermano —contestó soñador el joven—. Le llamábamos Cornie, no porque nuestro nombre sea Cornwall, sino porque su cabello tenía el color del maíz más sazonado que llamamos corn... Cornie tendrá diez años ahora... ¡Y pensar que jamás... volveré a verle!
Después de murmurar trágicamente estas palabras, Lester se enderezó, como si recordase el presente, y con un gesto de altivo furor salió de la tienda.
Latch miró cómo se alejaba, presa de encontradas emociones.
«¡Qué muchacho más bueno está destinado al infierno!», se dijo. «Me pregunto si será demasiado tarde... para él. Es un tigre de sangre fría... ¡Ah, qué extraña e increíble me parece la realidad! Aquí estamos Cornwall y yo... Somos ladrones, asesinos..., compañeros de los hombres más viles y de los salvajes más feroces de la frontera... ¡Con la ayuda de Dios, quiero hacer que todo esto termine para mí!»
Y se entregó a un sueño que se había convertido en una absorbente pasión. Compraría a su banda su propia libertad, volvería junto a Cynthia, enterraría su sangriento pasado bajo el honrado trabajo del agricultor y una inquebrantable devoción a su esposa. Contuvo la respiración al sentir el dolor angustioso que le producía siempre el recuerdo del desfiladero de Tela de Araña, el de Cynthia, el de la solitaria cabaña en que la había dejado al cuidado de unos fieles servidores...
Habiéndolo perdido todo, Cynthia había hecho del amor su felicidad. Pero durante todos aquellos meses de soledad en que él estuvo escondido en las profundidadesdel desfiladero, Cynthia jamás cesó en sus apasionadas solicitudes para arrancarle de su unión con aquellos forajidos blancos y con el rojo Satana. Y había vencido. Pero el mismo día en que Cynthia obtuvo su victoria, unos jinetes indios llegaron con mensajes procedentes de Keetch y Satana. Le llamaban para realizar un gran ataque. Latch juró arrodillado que sería su última maldad, y, huyendo de la enloquecida joven, corrió a unirse a sus fuerzas. ¡Dieciocho meses!, ,Era posible que las horas, los días, las semanas, los meses pasasen tan rápidamente?
Pero habían estado llenos de una vida dura, peligrosa, emocionante, hasta el momento en que fue herido en la lucha de Point of Rocks. Después de esto... el olvido durante meses y más meses..., y luego el terrible y lento despertar de nuevo a la acerba vida...
Cornwall regresó y arrancó a Latch de sus ensueños.—Leighton quiere pasar con sus nuevos camaradas —anunció bruscamente el joven.
Latch lanzó una maldición.
—¡Querría haberlo matado aquel día...! Todavía será capaz de terminar con todos nosotros.
—Saldré y le mataré ahora mismo —contestó Cornwall, imperturbable.
—¡Calma, maldito gallo de pelea!... No quiero que mates de ese modo a Leighton. Eso nos ocasionaría muchos disgustos. Y si te arriesgaras a romper definitivamente con él, podrías...
—¡Bah! Algún día iré a buscar con la pistola en la mano a ese embustero... Coronel, he visto lo que hay detrás de ese cambio de Leighton desde el día en que usted le disparó un tiro para salvar a Cynthia. Es un gran embustero. Odia a usted con un odio tan grande, que ese odio le ha transformado.
—Pero, Lester, si así fuera, podría haberme disparado un tiro por la espalda hace mucho tiempo —protestó Latch—. Leighton ha cambiado, es cierto, pero en sentido de mejoramiento.
—E1 matarle a usted no sería suficiente para Leighton —replicó Cornwall hablando con la fría y desapasionada sabiduría de un hombre prudente—. Necesita una venganza horrible.
Quiere torturarle... Le gustaría arrebatarle a Cynthia o hacer algo peor aún, si es posible... Lo siento, coronel, lo percibo... Sé que ese hombre está jugando una partida a la espera. Su modo paciente y persistente de intentar hacerse amigo lo demuestra. ¡Está todo tan claro...! Y todo esto aparte la mala impresión que ha causa-de aquí, en el fuerte. El mayor Grer y sus oficiales desprecian a la cuadrilla que sigue a Leighton. ¡No olvide usted a esos guías y exploradores de olfato de zorro!... No permita usted que ninguno de ellos descubra que Leighton es uno de nuestros hombres.
—Exageras, Lester —contestó Latch con inquietud—. Odias a Leighton...
—No. Veo lo que hay en su interior. Eso es todo. Lo mejor será que me permita usted ir a matarlo. Así terminarán las incertidumbres.
Latch se agitó al oír las palabras de su joven lobo. El instinto de conservación le ponía en guardia. Y, sin embargo, no quería escuchar. Si Leighton tenía que ser eliminado, Latch quería ser quien lo matase personalmente. Este pensamiento halló calor en sus venas. Por otra parte. Latch no quería provocar la enemistad de los amigos de Leighton. Podría no ser conveniente para su proyecto de conseguir su libertad. ¿Por qué no permitir que Leighton continuase dirigiendo la banda? Esto habría sido una buena Idea si se hubiera podido tener la seguridad de Que Leighton no habría de continuar utilizando el desfiladero de Tela de Araña, el Campo de Latch y a los valientes de Satana. Latch no se encontraba aún en condiciones de abordar de lleno este problema.
—Cornwall, soy contrario a esa determinación por muchas razones —contestó inmediatamente.
—Perfectamente. Usted es mi jefe. Pero antes de ceder a su petición, permítame decirle esto: Leighton sabe que tiene usted una gran cantidad de dinero en su cinturón. Lo vi claramente en sus ojos cuando estuvo aquí. Siempre anda detrás del dinero. Me debe, y debe dinero a casi todos los hombres de la banda. Las mujeres se llevan todo el dinero que no se bebe o pierde en el juego.
—Precisamente por eso he retenido una parte importante de su participación en aquel...
negocio de septiembre contestó cansado Latch, bajando la voz hasta convertirla en un susurro— . Tengo aquí diez mil dólares que pertenecen a Leighton y a los demás. El resto lo mandé con Keetch para que lo escondiera. Llevaba una albarda llena... en la que también había oro.
—No se lo diga a Leighton. Y si le diera más dinero, déselo en pequeñas cantidades...
¿Qué hacemos de esos dos hombres que le acompañan?
—¿Quiénes y qué son esos hombres?
—Sam Blaise y Handy no sé qué. Sam es un hombre de cabeza de estopa, del cual no me fiaría ni tanto así..., y Handy es uno de esos occidentales tranquilos a quienes es preferible dejar solos...
—Di a Leighton que espere hasta que me sea posible salir. No tardaré mucho. Así podré mirar a esos dos hombres y...
—¡Chsst!
Cornwall miró por entre las aberturas de la tienda. De repente retrocedió con ojos que centelleaban como el sol sobre el hielo.
—El mayor Greer viene con un guía vestido de piel de ante. Creo que es Kit Carson...
Coronel, ahora es cuando tiene usted que pensar con rapidez.
Latch, tras del primer sobresalto, pensó velozmente. En realidad, no perdió tiempo en hacer conjeturas ni en sorprenderse. Lo que hizo fue animarse y reunir todas sus facultades para hacer frente a un encuentro que acaso fuera amistoso, pero que sería, de todos modos, escudriñador.
—¿Se puede pasar? —preguntó una voz autoritaria. Cornwall abrió las lonas que cubrían la entrada a la tienda.
—Adelante —respondió cordialmente.
Latch había visto al pequeño oficial, pero el guía le era desconocido, no siendo por su nombre y su fama. Muchos de los grandes hombres de la frontera habían pasado ante la mirada de Latch. Carson era un ejemplar típico, pero tenía los ojos más penetrantes que Latch había conocido. El mayor le saludó y le estrechó la mano.
—Le presento a Kit Carson. Es probable que haya estado usted en la frontera el tiempo suficiente para haber oído hablar de él... ¡Ja, ja! El doctor McPherson me ha hablado de usted; creía que sería agradable visitarle, y Carson llegó en el mismo momento...
—Son ustedes muy amables, señores —replicó cortésmente Latch—. Quisiera poder ofrecer a ustedes alguno de los sillones de mi casa de Luisiana... y un julepe de menta... Pero no me es posible, como ven ustedes. Tengan la bondad de sentarse en algún cajón. Lester, trae cigarrillos.
No hubo ni siquiera la menor vacilación. Los visitantes aceptaron los asientos y los cigarros y miraron a Latch con el mayor interés.
—¿Ha guardado usted cama durante mucho tiempo, según dice McPherson? —comenzó preguntando Greer.
—¡Mucho tiempo! Me han parecido años. Estoy acostado desde el pasado septiembre —contestó Latch—. Lester, enciende un cigarrillo para mí. Voy a intentar fumar.
—Algún disparo de malos efectos, según supongo? preguntó Carson.
—Ya comienzo a estar restablecido; y esto es todo —replicó Latch—. Acaso hayan oído ustedes hablar de la caravana de Melville, que fue atacada por los comanches en Point of Rocks el pasado septiembre.
—¿Iba usted con aquella caravana? Bien, háblenos de ella —invitó Carson inclinándose hacia delante.
Latch tenía poderosas razones para hacer un relato claro y detallado de aquella lucha, y lo hizo lo mejor que pudo.
—Eso fue cosa de Caballo Negro, tan seguro como Dios creó el mundo —declaró calurosamente Carson—. Mayor, ese jefe comanche se ha dedicado a realizar ataques contra las caravanas últimamente. Si esta guerra civil dura mucho tiempo, los piel-rojas terminarán por expulsarnos de las llanuras.
—¿Cómo marcha la guerra, caballeros? —preguntó Latch.
—Usted es del Sur, ¿verdad? —preguntó Greer—. La guerra se desenvuelve desfavorablemente para los meridionales.
—Sí.
—¡Ah! Supongo que la guerra le habrá arruinado, como sucedió a tantos agricultores, ¿no es así? —preguntó Carson casi con indiferencia, sin apartar la mirada de sus ojos aquilinos del rostro de Latch.
—Arruinarme? ¡Oh, sí, aunque no financieramente! —respondió Latch con la desenvoltura y la serenidad de un aristócrata del Sur—. Supongo, Carson, que usted se inclinará del lado de los yanquis.
—Sí. Pero deploro que se haya producido esta guerra. No solamente ha llevado la ruina al Sur, sino que además ha ocasionado grandes perjuicios al Oeste. En el caso de que dure mucho tiempo aún, nadie puede predecir lo que sucederá aquí...
—¿Quiere usted decir que una horda de espantajos quedará en libertad para imponerse en esta frontera-Exactamente. Y predigo los años más sangrientos para el movimiento occidental. Mi amigo Maxwell, que es del Sur, dicho sea de pasada, dice que lo peor de todo llegará después de la guerra.
—¿Maxwell, el Maxwell de Maxwell Grant, allá en las orillas del Vermigo?
—El mismo. Solamente hay un Maxwell. ¿Ha visto usted el rancho Maxwell?
—Una vez. Y desde entonces he tenido deseos de volver... —replicó Latch con calor—. Es un hombre maravilloso. Indios de todas las tribus, trajineros, guías, tramperos, proscritos, forajidos..., todos son bien acogidos en su rancho. ¡Llegar y quedarse...! Todo el Oeste es amigo suyo.
—Latch, ha interpretado usted perfectamente a Maxwell —afirmó Carson, favorablemente impresionado—. Si dispone usted de los medios necesarios para establecer un rancho al estilo del del Maxwell y tiene la voluntad de tratar a los blancos y a los rojos como él lo hace, podrá hacer mucho en favor de a paz de esta frontera.
—Con ello ayudaría mucho á los soldados y su causa —añadió cordialmente Greer.
—Tengo los medios y la voluntad, señores —continuó Latch para aprovechar la coyuntura en beneficio propio—. Y, lo que es más importante, he encontrado el lugar en que he de establecerme. Está al norte de aquí, al este de las montañas y del río Canadiense. Es un valle maravilloso, un valle superior a toda ponderación, en el que hay hierba, agua, árboles, caza en abundancia... ¡Un paraíso!
—¡Al este del río Canadiense! —exclamó distraídamente Carson, como si estuviera dibujando un mapa con la imaginación—. Ésa es la región de Kiowa, Latch.
—Es la única desventaja —reconoció Latch con la conveniente inflexión de pena en la voz.
—¿Conoce usted a Satana? —preguntó el guía.
Latch hizo frente a aquella escrutadora mirada y a la pregunta con toda la fortaleza y la astucia que nacían del convencimiento de que la felicidad de Cynthia y su vida estaban en juego.
—Entonces, ¿de qué modo se propone usted conquistar la buena voluntad de Satana, por no hablar del otro demonio de Satock?
—Estoy reuniendo un puñado de hombres duros, buenos fusileros, que tengan en poco aprecio su vida en las llanuras.
—Es una buena idea, si consigue usted gobernar a un puñado de esos hombres. Es posible que un día le maten a usted para apoderarse de todo lo que posea.
—Debo aceptar ese riesgo, por lo menos durante algunos años. Luego amansaré a los kiowas por medio de regalos. Y tendré siempre mi casa abierta, lo mismo que Maxwell.
Es posible que resulte eficaz el procedimiento. Usted es hombre enérgico. No ponga allá demasiadas cabezas de caballos o de ganado en los primeros momentos. Vaya paso a paso... ¿Ha oído usted hablar de Jim Blackstone?
—¿Blackstone? Ese nombre me parece conocido... No, no puedo decir verdaderamente que lo recuerde —replicó Latch, mintiendo tranquilamente.
Blackstone y su pandilla se esconden en no sé lugar próximo al río Purgatorio —explicó Carson—. Es un hombre del que conviene mantenerse alejado. Últimamente se han despertado sospechas de que está atracando a los coches que siguen aquel camino.
—¿De veras? Tendré cuidado con él. Muchas gracias por el aviso. De todos modos, Carson, teniendo presente el ejemplo de Maxwell, mi casa estará siempre abierta para todos los que lleguen a ella.
—Es un buen procedimiento si... si no quiebra pronto —concluyó Carson mientras se levantaba—. Bueno, Latch, me alegro de haberlo conocido y procuraré no perder el contacto con usted.
—Gracias. Y no deje de ir a mi casa el próximo invierno para asistir a una cacería de búfalos —respondió cordialmente Latch.
El mayor Greer le estrechó también la mano.
—Deseo que se restablezca pronto. Vaya a visitarme cuando le parezca conveniente. Si en algo puedo servirle, mándeme como desee.
Kit Carson se detuvo cuando se hallaba junto a la salida.
—Latch, voy a darle un consejo: si se encuentra usted suficientemente restablecido, hay un modo de que doble pronto la cantidad que invierta en un negocio. Podría decirse que desde las montañas está cayendo aquí una lluvia de pieles. Nunca he visto nada parecido. ¡Hay más de un millar de tramperos por aquí! Y, usted lo sabe, antiguamente fui trampero también... Ha sido un invierno maravilloso para la caza.
—Gracias. Podría fácilmente comprar un carro de pieles... Pero, ¿cómo podría disponer de ellas para venderlas?-Tullt podrá transportarlas en alguna caravana que lleve escolta.
—¡Muy bien! ¿Quiere comprar un carro de pieles para mí? Le daré una comisión, naturalmente.
—Lo haré con mucho gusto.
—Venga mañana por la mañana, y tendré el dinero preparado para entregárselo... Y, ya que hablamos de dinero, me agradaría tomar un carro de Tullt con caballerías y abastecimientos, mejor que el dinero.
—Eso es fácil de conseguir. Pero, ante todo, compremos las pieles —dijo Carson riendo mientras salía.
Cuando los visitantes se fueron, Latch y Cornwall se miraron en silencio durante unos instantes.
—¿,Qué deduces de todo esto? preguntó al fin Latch.—Greer es un yanqui muy torpe —replicó Cornwall despectivamente—. Pero ese otro, Kit Carson, tiene todos los atractivos del Oeste en sí. Me ha agradado mucho. ¡Qué modo de taladrarme con la mirada...! Supongo que Greer vino con el fin de estudiarle a usted... Pero nadie podría haberse conducido mejor que usted. Es, usted un maestro en el arte del disimulo, coronel. La idea de hablar de Maxwell fue prodigiosa. Con ella se ganó usted la buena voluntad de Carson. Y eso de tener la casa abierta para todos los hombres de la frontera... ha sido de un efecto formidable. Pero desde hoy en adelante, usted es... un hombre señalado.
—¡Por Dios, que así es! —exclamó Latch—. También a mí me ha agradado Carson..., el más grande de todos los occidentales... ¡Y yo, Stephen Latch..., el extremo opuesto..., el más bajo, el: más vil, el más despreciable de todos los proscritos del Oeste...!


VIII
Latch se paseó agarrado al brazo de Cornwall. Se encontraba muy animado. El cálido sol primaveral, la verdeante hierba y los nutridos capullos de las bayas, el olor de madera..., todo le enternecía profundamente. Antes de que transcurriera mucho tiempo, estaría disfrutando de todo esto en su reclusión del desfiladero de Tela de Araña. La certidumbre de que aquel día se hallaba próximo, le ayudaba a soportar la espera sin lo que anteriormente ha-bía sido una impaciencia casi insoportable. Y un pensamiento más le invadió, que contribuyó a tranquilizarle, no era seguro que los caballos pudieran hacer frente a la corriente del arroyo de Tela de Araña, que estaría muy crecido por efecto del derretimiento de las nieves de las cumbres.
El almacén de Tullt estaba tan lleno de indios y tramperos, que Cornwall insistió en quedarse en el exterior. Una nueva expedición de pieles acababa de llegar de las montañas.
Las mercancías alcanzaban en el interior del almacén una altura que sobrepasaba la cabeza de un hombre. Dos caravanas habían llegado aquella misma mañana: una de ellas para descargar abastecimientos para el Oeste; otra, para recoger pieles para el Este.
—Lester, si pudiéramos apoderarnos de esa caravana cargada de pieles de castor, no tendríamos necesidad de volver a trabajar en toda nuestra vida —dijo Latch.
—Envíe el aviso con Ojo de Halcón —dijo el temerario joven.
—¿Estás loco, muchacho? La caravana se compondrá de más de un centenar de carros, y llevará escolta de dragones... Además, lo había olvidado: se acabaron los atracos para mí.
El joven se rió con una risa fría, vibrante y zumbona.
—Coronel, usted morirá con las botas puestas —declaró.—Dando Datadas al aire, ¿eh? No, ¡por todos los Cielos! No nací para ser ahorcado.
Latch estaba cansado y tuvo que sentarse para reposar. Su respiración era fatigosa; grandes perlas de sudor cubrían su frente. La única herida, que había sido casi mortal, aun cuando ya se hallaba plenamente curada, le dolía como si la bala de plomo que la había causado estuviera todavía quemándola la carne. Pero Latch sabía que la mano o la mejilla de Cynthia sobre su dolorido pecho, donde el orificio palpitaba y latía, podrían aplacar todas las angustias, del mismo modo que el amor de esta mujer podría proporcionarle la paz.
Y observó a la multitud. Cornwall se separó de él para cumplir un encargo. Indios, soldados, trajineros, tramperos y todos los tipos de parásitos que viven en las proximidades de los campamentos del ejército, desfilaron ante él. Latch comprendió que estaba observando el movimiento occidental en su nacimiento. Quería anticiparse a los acontecimientos y suponer lo que el porvenir llevaría a aquella frontera. En aquellos tiempos era cruda, dura y sangrienta..., lo que constituía una fase en el desarrollo de una gran región. En cierto modo, la escena llena de vida, de acción, de color, le oprimía el corazón y despertaba nueva mente su antiguo deseo de contribuir al progreso del imperio. Latch poseía, también, un poder adivinatorio o intuitivo que le permitía leer en la expresión, en los pasos, en las miradas de un hombre rojo, lo mismo si era amigo que si era hostil. Algunos indios eran verdaderamente hermanos, pero, con la excepción de algunos casos aislados, como el de Kit Carson o el del Maxwell, todo lo que los indios recibían como recompensa era traición, intolerancia y sangre. Latch había vivido en la frontera el tiempo suficiente para saber con certeza que, en el caso de que la Unión ganase la Guerra Civil, habría después una guerra india a la que hacer frente. Ningún ejército de soldados podría librar jamás a las llanuras de aquellos fieros demonios salvajes.
Latch comprobó que su asociación con Satana le había despertado una simpatía y un respeto sorprendente hacia los indios. El pensamiento de que él era un forajido, de que Greer tenía motivos suficientes para ahorcarle, puso fin a su ensueño.
Cornwall regresó, y Latch dijo que se encontraba animado a dar un paseo por el exterior del fuerte. Había algunas toscas edificaciones de madera a lo largo de la polvorienta calle, y la más lejana de todas parecía rivalizar con la de Tullt en lo que se refería a ruido y animación.
Era una tienda y taberna, al mismo tiempo.
Entre los indios que haraganeaban por el exterior, Latch reconoció a Ojo de Halcón y a otro de los bravos kiowas. Parecía como si no hubieran visto nunca a Latch. Su misión en el fuerte consistía en esperar a Latch para guiarle al desfiladero de Tela de Araña. Latch entró en la taberna en compañía de Cornwall. La taberna tenía aspecto de pajar, estaba sin terminar de instalar, carecía de suelo y se hallaba provista de unas toscas mesas y bancos y de un largo mostrador. El ruido, el humo, el olor a tabaco y a ron llenaban el local.
—Búscame... un asiento —jadeó Latch—. Tan pronto como haya descansado... un poco...
saldremos de... este infernal agujero.
Pero permaneció por espacio de una hora, que fue mucho más de lo que habría deseado.
Mano Negra y Augustine se acercaron a él. El primero iba borracho y estaba atrozmente alborotado.
—¿Cómo va la salud? —gritó a pleno pulmón—. ¡Déme dinero!
Y como insistiera en sus gritos, Cornwall le golpeó en la cabeza con la culata de la pistola, lo que tumbó al rufián sin conocimiento. Nadie prestó especia atención al incidente.
Pero Augustine mostró los dientes amarillos con la expresión de un lobo enojado.
A continuación, Leighton se levantó de una mesa donde había estado jugando, hizo una seña a sus compañeros para que se retiraran, y cruzó el salón a grandes zancadas para saludar a Latch. Las dos últimas veces que Latch había visto a aquel aliado suyo del Sur fue a la incierta luz de la tienda del ejército. Leighton había cambiado notablemente durante los cinco meses en que Latch guardó cama. ¿Había transcurrido solamente año y medio desde el día en que el disparo de Latch destrozó las que antiguamente habían sido hermosas facciones?
El lado izquierdo de la cara de Leighton tenía una cicatriz retorcida, lívida, en forma de triángulo, que le daba una expresión horrenda y deformada. Se había hecho más pesado de cuerpo, más sucio, más ordinario. Sin embargo, tenía una expresión meditabunda, como si se hallase poseído por algún pensamiento oculto.
—Latch, te aconsejo que te vayas de Fuerte Unión inmediatamente —dijo sin ningún saludo previo. Jamás habla vuelto a Jamar a Latch «jefe» o «patrón».
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Latch.
—Esos exploradores y espías se interesan demasiado por nosotros.
—¿Qué espías?
—Todos ellos... No me refiero a Carson directamente, aun cuando no podemos saber cuál será su actitud... Me refiero en especial a Curtis y a Beaver Adams.
—Bien, tus compañeros tienen la culpa de todo eso.—¿Te refieres a Handy y Blaise? —preguntó Leighton con brusquedad.
—Sí.
—No son diferentes a docenas y docenas de otros haraganes que andan por aquí. He estado jugando con todos ellos... Latch, creo que tú eres el hombre por el que se interesan los espías.
—¿Por qué lo sospechas? —preguntó rápidamente Latch, siempre alerta y suspicaz.
—Es cosa de Handy. Ese hombre es un zorro. Hace varios años que anda siempre por los alrededores de estos fuertes. No sé lo que habrá visto u oído. Pero ha sido él quien me ha avisado.
—Dile que venga, Latch se vio forzado a reconocer que el desconocido, Handy, producía la impresión de un hombre de buenas cualidades. Tenía un aire frío, despreocupado, altivo, una mirada dura y una voz que se emparejaba con lo demás. Después de unas preguntas indiferentes, Latch abordó la cuestión que le interesaba.
—¿Cuáles son tus quehaceres en la frontera?
—Soy un caballero ocioso —replicó Handy mientras sonreía.
—¿Sabes cabalgar?
—¡Claro que sí! En el asiento de un carro. Comencé haciendo transportes desde Independencia el año cincuenta y cinco.
—¿Sabes manejas una cuerda?
—Creo que cualquier día estiraré alguna.
—Lo que quiero decir, es: ¿sabes arrojar el lazo?—¡No, diablos!
—¿No te agradaría ser vaquero?
—No..., si se trata de trabajar. Pero soy muy hábil con la pistola.
—Así fue cómo conquistaste tu sobrenombre, ¿verdad?
—No lo elegí yo. Si me llaman hábil... no sé por que será.
—Perfectamente, Handy, o Hábil... Me agradan tu aspecto y Los palabras. ¿Qué piensas de mí?
—Ya me había figurado cómo sería usted antes de que Leighton me lo dijese.
La vieja cólera, que durante meses había estado muerta o dormida, renació de nuevo en las venas de Latch. Pudo frenarla instantáneamente, y se quedó pensativo... Comparado con aquel hombre, Latch sabía que era un novato de las llanuras. Sc preguntó si Kit Carson o cualquiera de sus compañeros le habrían calibrado de una manera tan exacta como aquel forajido. Probablemente no había sido así. Latch conocía bien sus cualidades para el disimulo, y quedó convencido de que el famoso explorador y espía no sentía hostilidad hacia él. Sin embargo, Carson no había vuelto a hablarle acerca de la compra de pieles.
Latch solicitó hablar con Blaise, a quien encontró, igual a tantos y tantos otros proscritos de las fronteras, torpe, indiferente y que vivía miserablemente.
—¿Sirves para trabajar en un rancho? —le preguntó Latch.
—Sí. Me eduqué entre caballos y vacas. También sé arrancar frutas de los árboles. Soy un buen carpintero y herrero, y mejor cocinero. No soy un mal doctor y...
—Di que tú solo eres toda una brigada de trabajadores! le interrumpió secamente Latch—.
¿Sabes manejar un arma?
—Muy bien cuando se trata de cazar ciervos y búfalos. Mas no tengo valor para matar hombres.
—¿.Por qué has estado tanto tiempo en la frontera?-Cuestión de suerte. Pero puedo marcharme cuando quiera.
—Latch, tiene una pistola con seis muescas en la culata —intercaló Leighton.
—Sí. Ya estaban en ella cuando robé la pistola —reconoció Blaise.
Latch tomó rápidamente una decisión. Aquel hombre sería mucho menos peligroso por el momento si era llevado en unión de los demás de la cuadrilla. A Latch no le torturaba mucho la perspectiva de tener que deshacerse de un indeseable. Blaise había averiguado demasiado acerca de Latch para que pudiera ser dejado en la frontera.—¿Y si vinierais con nosotros y dierais el pecho a lo que se presentase...? —sugirió Latch a ambos hombres.
Los dos aceptaron sin hacer preguntas. Por lo cual, Latch les dijo que buscasen caballos, y bestias de carga.
—Tenemos carro, bestias de tiro, abastecimientos. Estoy tan débil como un gato enfermo.
Pero si no puedo montar a caballo, podré hacer el viaje acostado.
Proyectaron hacer los preparativos aquel mismo día y salir a la mañana siguiente, junto a la caravana que se dirigía hacia el Este. Cuando llegasen hasta un punto en que no les interesase tener compañía, Latch podría explicar que necesitaba viajar más despacio a causa de su estado.
Cuando Latch Cornwall salieron de la taberna, Cornwall dijo:
—Leighton debe de tener buenas razones para desear marcharse muy pronto.
—Lo he comprendido, Lester. Bueno cuanto más pronto, tanto mejor. No puedo tener confianza mientras ande haraganeando por estos fuertes. El gran error de todos estos forajidos de la frontera, consiste en permitir que se les vea la cara.
Coronel, en lo que se refiere a Leighton, solamente hay un modo seguro de poder confiar en él: matándolo.
—¡Demonios! ¡Qué muchacho más sanguinario eres!
—Y yo diría: «¡Diablos, qué soñador más extraño es usted!» Conozco bien esta vida de la frontera, y si me importase un pepino la vida, sabría bien lo que habría de hacer para conservarla durante cierto tiempo.
—i Escuchen al joven prudente! —exclamó riendo Latch, aunque jamás tomaba a la ligera los consejos de Cornwall—. Dime, ¿cómo podría conducirme en esta frontera para poder vivir?
—Siete de cada diez hombres buenos no podrán vivir en este Oeste. Y ningún hombre malo alcanzará larga vida aquí, coronel, usted es en realidad un hombre bueno... que se ha vuelto malo. Si usted quiere..., bueno, hacer que las caravanas se desvanezcan de la superficie de la tierra, haga que sean pocas y distanciadas..., y espere morir ahorcado.
—No hay cuerda para mí. No la hay para Stephen Latch —replicó Latch respirando con dificultad. ¿Por qué no comienza usted ahora? —¿Qué?
—A poner en práctica su idea de renunciar a este género de vida.
—Me propongo hacerlo. ¿Quieres venir conmigo, Lester?
—Sí. Necesitará usted alguien que le ayude a borrar lo que ya ha hecho. Y durante tanto tiempo, como alguno de esos forajidos permanezcan sobre la tierra, jamás estará usted seguro.
Latch se alegré de llegar a su tienda y de poder tumbarse de nuevo. Envió a Cornwall a los almacenes de Tull y Compañía para que completase la compra de provisiones y para que se cerciorara de si todo lo adquirido podría cargarse en un solo carro, o comprase uno más en caso contrario. Desde este punto, Latch permaneció tumbado, descansando y soñando por espacio de varias horas, hasta las últimas de la tarde, cuando Kit Carson se presentó a visitarle.
—¡Buenas tardes, Latch! —exclamó alegremente al entrar—. Me alegro de que ya se encuentre usted en condiciones de caminar.
—Me encuentro muy bien. Todavía un poco débil, pero impaciente por emprender el viaje. Me iré dentro de un día o dos.
—¿Tan pronto? Lamento que se vaya usted. Y, dicho sea de paso, he venido para hablar del asunto de las pieles. En casa de Tullt hay unas pieles de zorro muy buenas. Mis amigos de Ute, las han vendido todas...
—Muchas gracias, de todos modos, Carson. No se pierde mucho por ello, puesto que creo que, un poco más pronto o más tarde, voy a andar escaso de dinero.
—Latch, será más bien pronto si se pone usted en camino con ese Leighton y sus compinches —declaró Carson bruscamente.
—¡Oh! Bueno, ya le dije que iba a contratar a un grupo de hombres de pelo en pecho del Oeste.—¿Conoce usted a ese Leighton?
—No mucho. Es un vagabundo del Sur y...
—Sí va había supuesto que a usted le agradaría rodearse de rebeldes —dijo Carson viendo que Latch se interrumpía—. Leighton ha despertado sospechas aquí. No tengo inconveniente en decirlo. Lo que debe usted hacer es aprovecharse de lo que le digo, sacar partido de ello.
Leighton está jugando una partida de no sé qué clase, probablemente contra usted. Si decide llevar a Leighton consigo, tenga cuidado y duerma con un ojo abierto. Como quiera que Leighton haya sido en el pasado, actualmente se está deslizando por la pendiente del mal. Los vagabundos que beben y juegan y se divierten con la gentuza de los suburbios, es preciso que dispongan de dinero para poder hacerlo. No son la clase de gente que puede hacer que el Oeste prospere. Todo lo contrario: detienen su marcha. Y muy pronto detienen también balas o estiran cuerdas de cáñamo.
—¿Ha... hablado usted con Leighton?
—Dos veces. Ayer me acerqué a él en el almacén de Tullt y le dije: «Oiga, Leighton, antes de tener esa cicatriz ha debido de ser un hombre guapo, ¿verdad?» Pronunció unas maldiciones y me dijo que eso no me importaba a mí condenadamente nada. Insistí y añadí :
«Bueno, veo que usted jamás ha sido un hombre de los que llevan un guante en la mano derecha y que miran a ver lo que el otro lleva en la suya...» Conozco a los hombres de la frontera. Leighton no es un pistolero limpio, un proscrito del tipo de ese Handy. Este hombre jamás le hará una porquería. Pero Leighton sí. Espero que aceptará usted mi insinuación.
Después de la marcha de Carson, Latch experimentó tanto júbilo como recelo. La manera amistosa de Carson demostraba que Latch estaba todavía libre de sospechas para los soldados y los espías del fuerte. Pero nunca podría ya volver a conceder a Leighton los beneficios de la duda.
Tres días después de la salida de Fort Unión, la caravana dirigida por el explorador Dave Prescott se detuvo en Stinking Springs para acampar. Era una caravana grande, compuesta de grandes carros completamente cargados y arrastrados por bueyes, por lo que se movía con lentitud. Prescott se inclinaba por seguir el Camino Seco desde Wagon Mount, con lo que acortaría la duración del viaje por un período que oscilaba entre diez días y tres semanas. La caravana iba con escolta y tenía poco que temer de los indios.
Latch descubrió que el viajar en un carro era una prueba mucho menos dura que lo que había supuesto. Su segundo carro, que era muy espacioso, había sido equipado con un lecho confortable en el que le era posible ir tumbado o sentarse y mirar de un lado para otro mientras la caravana proseguía su marcha. Había instalado su campamento fuera del de los trajineros y comerciantes, y sus hombres, Leighton, Mano Negra, Augustine, Cornwall y los dos nuevos miembros, Blaise y Handy, más dos kiowas, se turnaron para realizar los trabajos necesarios. La jactancia de Blaise acerca de sus habilidades como cocinero de campamento no era infundada.
Alejados del Fort Unión por unos días de camino, los hombres establecieron una especie de camaradería. La bebida era siempre lo que más estrechos hacía los lazos de amistad, y el juego no daba lugar a que se manifestaran más frecuentemente unos impulsos naturalmente agradables. Latoh pasaba por un ranchero convaleciente que regresaba a su rancho, situado en un lugar distante, al sur y al este de Canadá.
—No sé dónde demonios está esa región —dijo Prescott, que había cebrado cierto afecto a Latch—; pero me rueda por la cabeza que debe hallarse en los dominios de los kiowas.
—Sí, ciertamente —respondió Latch.
¿Cómo diablos va usted a arreglárselas para hacer que no le arranquen el cuero cabelludo, sin tener en cuenta lo difícil que le será conseguir que no le roben todo el ganado? —preguntó Prescott.
—Siendo un verdadero amigo de los piel-rojas.
—¡Hum! Leyendo en el libro de Maxwell, ¿eh?
—No pienso trabajar en tan gran escala. Comienzo ahora mi negocio. Mi rancho es tan bueno como el Vermigo. Y mi residencia-será mejor que la de Maxwell. Todo esto, con el tiempo, naturalmente, no ahora... De momento estoy comenzando a caminar, podría decirse.
Otros trajineros se unieron a Prescott en el campamento donde Latch estaba sentado, recostado en un sillón. Un cigarro y una copa de buen coñac esperaban a todos los que visitaban a Latch, hecho que era celosamente guardado en secreto por los trajinantes que habían tenido ocasión de descubrirlo. Entre ellos se encontraba Jim Waters, quien había de convertirse, unos años más tarde, en uno de los más famosos jefes de camino y que perdió la vida en el gran ataque de los comanches en Pawnee Rock. Era un hombre joven, de gigantesca estatura, natural del Oeste, y explorador y espía por naturaleza.
—Latch, piensa usted acertadamente —reconoció—. La mayoría de los piel-rojas siempre recuerdan un favor y jamás olvidan un agravio. ¿Conoce usted a Satana?
—Lo he visto una vez. ¿Por qué lo pregunta?
—Porque es el que realiza la mayoría de las hazañas que se atribuyen a Satock. Esos dos jefes han menudeado sus visitas en torno a las hogueras de mis campamentos. Yo desconfiaría de Satock, pero confiaría por completo en Satana. ¡Es tan fiero como el mismo diablo!
—¿Dónde están ésos jefes ahora?
preguntó Latch.
—¡Solo el Señor lo sabe! El guía que usted lleva es kiowa. Voy a ver si puedo averiguarlo —contestó Waters; y se dirigió al kiowa. Ojo de Halcón sabía hablar bastante bien el idioma de los blancos, circunstancia que ocultaba en aquellos momentos. Se mostró altivo, tranquilo, taciturno y bravo. Sus respuestas a Waters fueron breves, pero instantáneas, y sus gestos tan apropiados como expresivos.
—Satock está preparando la guerra contra los Pawnees —dijo a continuación Waters—. Y Satana está lejos, en el Sur, cerca del río Rojo, esperando que lleguen las manadas de búfalos procedentes del Norte.
—Ahora que hablamos de kiowas —añadió Prescott—, recuerdo que Kit Carson, Beaver Adams y los demás espías del fuerte Unión han tenido demasiadas ganas de hablar esta primavera.
—¿Qué hay de extraño en ello? —preguntó Waters—. Son una pandilla de tramperos holgazanes a los que nada agrada más que el charlar junto a las hogueras de los campamentos.
—Es posible, no lo sé —replicó pensativo Prescott—, Casi llegaron a emborracharme antes de que pudiera darme cuenta de que querían sonsacarme no sé qué... Waters, ¿has oído hablar de la caravana perdida de Bowden?
—Sí. He oído hablar de todas las que se han perdido.
—Bueno, pues sucedió que yo dirigía la caravana que salió de Bowden, hace año y medio. Kit Carson fingió no abrigar un interés especial, y me preguntó sin rodeos cuál fue la última parada de Bowden en el Camino Seco. Y le contesté que Tanners Swale. Carson no quiso saber más, pero los demás exploradores me marearon a fuerza de preguntas.
—¡De modo que tú eras aquel explorador...! —exclamó Waters.
—Sí. Y ha sido una cosa que siempre me ha molestado mucho —reconoció Prescott—.
Compréndelo: yo iba con prisa. Ya sabes que nunca se está tranquilo en aquel Camino Seco.
Y no me preocupé mucho de si Bowden acampó o no en Tanners. ¿Cómo diablos iba a saber yo que su caravana había de desaparecer allí mismo? Pero así fue. No pude encontrar huellas de Bowden. Me pareció muy extraño, mas no me torturé ni quise siquiera pensar en ello. Por eso, después, en Independencia, cuando me llamaron para que declarase, no me sentí muy satisfecho.
—Debías haber visto más de lo que viste, Dave —replicó Waters con gravedad.
—Sí, es cierto. Pero no lo vi.
—¿Has vuelto a estar en Tanners desde entonces?
—En más de una ocasión. Y no me agradaría tener que ir en esta época... Si, podríamos conseguir dar una tunda a Satock, a Satana y a Caballo Negro por añadidura... Pero no tengo ganas de pelear.
—Voy a decirte lo que pienso hacer, Dave. Si no se acaban los ataques a las caravanas, voy a llevar en mi carro un cañón de seis pulgadas.
—¡Un cañón! ¿Para qué diablos...?
—Para disparar contra los piel-rojas.
Prescott rió sinceramente ante la idea de que un jefe de caravana conocedor del camino pretendiera intimidar o vencer a los kiowas con un cañón del ejército.
—Es demasiado peso... y no serviría para nada —declaró.
—Ya lo veremos —replicó obstinadamente Waters—. He sido artillero, y sé bien lo que puedo hacer con un cañón.
Latch había notado que un ligero calor comenzaba a disipar el frío terror que le mordía las entrañas. La hoguera del campamento se había extinguido temporalmente, de modo que se encontraba sentado casi en la oscuridad. ¡Qué extraordinaria y fija atención ponían aquellos hombres en Leighton y Mano Negra! O ¿sería en él mismo?
—¿Qué sucedió a esa... caravana perdida de Bowden? —preguntó indiferentemente tras arrojar una bocanada de humo de su cigarrillo—. Creo recordar haber oído tal nombre...
Bowden...
Estas palabras le forzaron a oír de nuevo la historia de la famosa caravana perdida. En aquella ocasión el relato tenía un interés extraordinario, puesto que la refería el explorador que siguió a Bowden en el Camino Seco. Prescott tenía más cosas que decir respecto al trágico acontecimiento que cualquier otro narrador. Y un nuevo sorbo de coñac contribuyó a calentarle la boca. Había encontrado a Bowden en Fort Dodge, y lo describió minucio-samente. Recordó a su hija (o ¿era su sobrina?), la muchacha del cabello rojizo, y a los niños.
Los oídos de Latch se ensordecieron, se cerraron, volvieron a ensordecerse al oír la terrible y ruidosa explicación de Prescott con relación a este extremo. Prescott recordaba haber hallado un zapato de niño, lo que olvidó de manifestar al comandante de Fort Bent. Pero se lo había dicho a los espías de Fort Unión.
Aquella escena a la luz de la hoguera viviría siempre en la memoria de Latch : Ojo de Halcón, observando los rojos rescoldos con ojos inescrutables; Leighton, sentado en la sombra, como una estatua; Cornwall, a la luz, con el hermoso rostro frío, sereno, tan inescrutable como el del kiowa; el vaquero fumando un cigarrillo, con la negra mirada fija en el narrador; Mano Negra inclinando la desaliñada cabeza...
Latch vio solamente a los hombres a quienes conocía.
A la mañana siguiente el equipo de Latch subió solo y lentamente a la meseta. La caravana de Prescott parecía ya una larga hilera blanca que se perdía en la bruma y descendía en la lejanía del Camino Seco. Durante todo el día Latch estuvo enfermo y dolorido en el lecho de su carro. Pero lo abandonó a la hora de la puesta del sol, cuando el campamento quedó instalado entre unos grupos de cedros, en la altura, junto al agua fría que descendía de las cumbres. Latch paseó despacio de un lado para otro y comenzó a restablecerse gradualmente. La soledad, la rusticidad del escenario, el olor a cedro quemado, el susurro del agua. la llamada de los lobos y el lamento de los coyotes..., todo esto se apoderó de su imaginación y contribuyó a despertar su siempre latente temor.
Días después, cuando Ojo de Halcón condujo la pequeña caravana hacia la parte baja de la margen del desfiladero de Tela de Araña, Latch fue el antiguo Latch. Había recobrado las energías, por lo menos en cantidad suficiente para sentirse activo de nuevo.
¡Qué bien recordaba aquel lugar! Había una superficie pétrea a lo largo del borde, labrada por el viento y la lluvia. Era un gneis, una roca sobre la cual no dejaban huellas las herraduras de las caballerías ni las ruedas de los carros. Los cedros crecían en apretados grupos en las zonas en que había tierra para arraigar. Un arroyuelo brotaba de una hendedura de la roca. Y la extraña grieta, llamada desfiladero de Tela de Araña, bostezaba allá abajo, llena de oro del sol y de púrpura. Este lugar se hallaba a un día de cabalgadura de la parte del desfiladero en que Latch había instalado su cabaña, la cabaña en que Cynthia le estaría esperando. El corazón, atribulado y hambriento, le saltó dentro del pecho. Solamente un esfuerzo de la voluntad pudo impedir que actuase como un loco. Se alejó de sus camaradas con el fin de no oírlos más. Leighton había dicho:
—¡Por todos los diablos...! Aquí mismo fue donde mi carro «Tullt y Compañía número A» dio el salto al abismo!
Y esto fue todo lo que Latch pudo soportar.
¡Qué bien recordaba cómo aquel carro del letrero rojo comenzó a deslizarse suavemente por la pendiente, para ganar rapidez, clavando las rechinantes ruedas de hierro en la roca, para saltar sobre el borde del abismo y lanzarse al espacio! Latch creía oír aún el fantástico ruido que le llegó desde abajo. El carro de Bowden, por ignoradas razones, fue dejado para el final.
Todos los demás le habían precedido en la carrera cuesta abajo y en el salto al abismo. Todos ellos iban vacíos, con excepción de los que estaban cargados de los cuerpos corruptos y malolientes de las personas que componían la expedición de Bowden. Las cincuenta y tres cargas de abastecimientos, lechos, tiendas, vajillas, rifles y municiones habían sido escondidas en el fondo del desfiladero para ser transportadas a lomos de caballerías después de izadas hasta lo alto por medio de cuerdas. Fue una tarea gigantesca que duró varios meses.
Todos estos detalles volvieron a la imaginación de Latch mientras luchaba por contenerse, por mantenerse en estado de cordura durante algunos días más. Y al mirar, la. extraña belleza y la soledad de aquel retiro de Kiowa le inundaron. Estaba tan lejos, más abajo del borde en que él se hallaba, que solamente le era posible distinguir el humoso vacío. Pero el borde opuesto sobresalía lleno de oro, adornado de sus cedros, rajado y unido al muro occidental, diferente a su parte inferior, del que las rocas se elevaban ininterrumpida y audazmente hacia las alturas.
¡Una grieta solitaria en la tierra! ¡Una madriguera para un hombre perseguido! La sangre de Latch apresuró el ritmo de su circulación, sus pulsos latieron aceleradamente y sus ojos se anublaron de tal modo, que el abismo purpúreo y las accidentadas rendijas se cerraron para él, y sus labios resecos no habrían podido pronunciar el adorado nombre de Cynthia, aunque ella se hubiera presentado repentinamente ante él. ¿Estaría la joven bien, feliz, segura de su regreso, sonriente y fiel? Aun cuando su convicción le pareciera increíble, la sentía en el corazón oprimido, en el fluir de su sangre. Cynthia era una mujer como solamente había otra igual entre cada millón, toda pasión, inabatible, inapagable. Latch se rindió al recuerdo de sus besos, de sus abrazos. Su remordimiento por la larga separación le atacaba con dolorosos golpes, como los de las grandes olas contra una represa. Pero la había preparado para una larga espera. A Cynthia le agradaban la soledad, la Naturaleza. Jamás se cansaría del desfiladero de Tela de Araña. Los días se convertirían en meses mientras ella soñaba, trabajaba, estudiaba, esperaba. Y de este modo, Latch aplacó la quieta y débil voz de la conciencia, de este modo suavizó el trueno de su ruidoso corazón, de este modo se adhirió al éxtasis de sus locos sueños.
La posibilidad de que hubiera un camino que condujese desde aquel campamento situado junto al borde del desfiladero de Tela de Araña, hasta el Campo de Latch, obligó al guía de Kiowa a retroceder hacia el Norte sobre la alta meseta. Las mercancías que Latch había cargado estaban destinadas al rancho del que Keetch había sido encargado de desarollar.
De este modo, Latch se vio forzado a retrasar el tumultuoso deliquio de la visión de la cabaña de leños que Cynthia habitaba en el fondo del desfiladero de Tela de Araña. Latch aceptó el retraso pacientemente. ¡Sólo unos pocos días más!.
Al segundo día, en las últimas horas de la tarde, Ojo de Halcón condujo a los expedicionarios hasta el borde de una meseta pendiente, desde donde el valle en que se hallaba el Campo de Latch ofrecía un magnífico panorama allá abajo. El ademán del indio estaba lleno de grandeza en su movimiento lento. A Latch le emocionó, porque vio en él anuncio de que algo grande habría de suceder.
Acamparon en aquella pendiente. Esto suponía que tendrían que emplear un día para seguir la zigzagueante senda descendente y cruzar la cabeza del valle. Entre tanto, Latch buscó un punto desde el que le fuera posible contemplar el panorama en toda su extensión.
Era la hora próxima al crepúsculo. Los dorados rayos del sol descendían de las alturas y quemaban las verdes hierbas y los árboles del valle. Muy lejos, unas manchas negras ocultaban en algunos puntos el verdor del suelo. ¡Búfalos! La inmensa manada se dirigía hacia el Norte, y algunas reses dispersas se acercaban a las puertas de la casa. Satana estaría allá abajo con sus cazadores.
La cabeza del valle —los millares de acres de tierra que Latch había comprado al cabecilla de Kiowa y que se llamaban Campo de Latch— estaba solamente a una distancia de doce a quince millas. La suave púrpura de las arboledas contrastaba vívidamente con el espacio abierto, bañado de sol. ¡Qué valle más hermoso y protegido! Este valle iba a ser su hogar. Y tras la puerta posterior de la casa, se abría el pasaje secreto del desfiladero que conducía al oculto retiro de Satana. Latch se creía ya seguro. En el caso de que no volviera a cometer ningún nuevo crimen, aquel valle sería seguramente un buen asilo. Latch ansiaba, con un ansia terrible, hallarse a solas en él con su hermosa esposa.
A simple vista le era posible apreciar la oscura grieta desigual en la muesca del risco donde nacía el riachuelo de Tela de Araña, la línea ondulante de los saucedales enrojecidos por el crepúsculo, las arboledas de algodoneros y castaños, los innumebles trechos de pradera herbosa entre árboles y, finalmente, el espacio abierto.
Y con la ayuda de los gemelos le fue posible ver los corrales, los establos y la casa que Keetch había comenzado a construir. Esta útima era una edificación inacabada, amarilla bajo la luz del sol, con unas alas que se extendían como las de un fuerte. Cuando estuviera completa, aquella casa ranchera solamente sería inferior a la de Maxwell.
Al otro lado del arroyo y mucho más lejos, Latch distinguió dos cabañas de madera muy separadas una deotra. Habiendo ganado que pacía a su alrededor, presentaban el aspecto de ser unos ranchos menores; y ciertamente, no se hallaban allí la última vez que Latch observó aquel escenario. Estas dos casas le interesaron. No creía que Keetch hubiera hecho más de Io que se le había ordenado.
—No pueden ser colonizadores —se dijo Latch—. Pero no quiero preocupaciones. Esperaré.
Sin embargo, lo inesperado introdujo la primera vaga inquietud de su alegría. No volvió a mirar, regresó al campamento para comer y descansar, para tumbarse con los ojos abiertos durante muchas horas, para esperar la llegada de otro día interminable.
Este otro día terminó con la llegada de la caravana de los dos carros de Latch al pie de un alto castaño situado en al cabeza del valle cuando el sol se ponía tras los altos riscos.
Durante la última hora Latch había estado sentado en el asiento del conductor, con todo u ser vibrante como una cuerda tirante.
Unos troncos limpios y unas piedras amontonadas veían-se cerca del lugar en que había comenzado a ser erigida la pintoresca casa ranchera. Latch notó olor a humo. Los indios se alejaron con sus caballos en dirección a los grupos de árboles. Latch vio un hombre blanco que miró los carros y luego corrió hacia una cabaña. La atmósfera del lugar le pareció extraña.
Keetch se aproximó ayudándose de su muleta.
—¡Por Dios! ¡Si es el jefe! —gritó con una alegría que no daba lugar a duda respecto a la cordialidad de la acogida.
Las facciones del viejo proscrito no eran fácilmen apreciables en a semioscuridad del crepúsculo, pero parecían no haber cambiado.
—¡Hola, Keetch. —replicó Latch con voz curiosamente autoritaria—. Me alegro de venir... a casa.
—Has tardado mucho en volver, patrón. Y pareces estar muy estropeado.
—He estado cinco meses tumbado en la cama, casi sin conocimiento... Y, después la convalecencia ha sido lenta. ¡Dios mío, creí que me moriría! Pero me he repuesto, y aquí me tienes.
—Patrón, es... es una... lástima —comenzó diciendo roncamente Keetch.
—No. He pagado mis culpas. Y me alegro de que así haya sido —contestó Latch sin comprender las palabras del otro—. Ya no quiero más de aquello... Dime, ¿cómo está Cynthia?
—¿No recibiste mi carta, patrón?
—¿Carta?... ¡No!
—Pues te la envié por medio de un jinete injun.—Adónde?
—A Fort Bent. No, no te asustes por eso, patrón... Tuve buen cuidado con lo que escribí... Y ¿no la has recibido?
—¿Cuándo la enviaste?
—El pasado otoño. Creo que en el mes de noviembre... Poco después...
Y al llegar a este punto Keetch condujo a Latch hasta donde no pudieran ser oídos por Cornwall y los demás hombres del equipo.
¿Cuándo estuviste por última vez en el desfiladero? —preguntó rápidamente Latch. Su impaciencia le hizo mostrarse severo. Y, repentinamente, experimentó frío. El cojo Keetch se inclinó sobre su muleta para caminar y arrastró a Latch hacia el gran castaño que estaba próximo a la casa ranchera.
—No he vuelto desde entonces —contestó Keetch.
—¿Por qué? ¿Ha nevado? ¿Ha habido inundaciones?
—No. Porque no había necesidad, jefe —se apresuró a replicar Keetch—. Compréndelo...
Llevé a tu esposa allá abajo el pasado otoño... Estaba enferma... y era lo mejor que podía hacerse... Un colono llamado Benson se había quedado a vivir junto al arroyo... Es un buen hombre... y su mujer aconsejó...
—¡Cynthia enferma!... ¡Y la trasladaste...! —exclamó incrédulamente Latch, mientras daba a Keetch un golpe violento en el pecho.
—Sí. Y fue una suerte que lo hiciera... —replicó Keetch con enojo—. ¡Si hubieras recibido mi carta...!
—¡Fuego del infierno! —gritó Latch—. ¿Qué quieres decir?
—No es muy fácil, patrón —resopló el viejo forajido—. Estoy intentando decirte... acerca de Cynthia..., que no pudimos salvarla..., pero salvamos...
Latch apenas oyó. Y ordenó fieramente a Keetch que le llevara a donde estaba Cynthia.
—Patrón... ¡Lo siento mucho! ... Ha muerto... y am... ahí está su tumba... —murmuró Keetch roncamente mientras se alejaba cojeando y se perdía en la oscuridad.
Aturdido por un terrible temor, Latch miró hacia el lugar respecto al cual Keetch había atraído su atención. ¡Un montón de tierra, cubierta de hierba, con una piedra blanca en la parte alta! ... ¡Una tumba! ... De mono que Cynthia había muerto...
Pudo comprenderlo, y exhaló un grito de angustia. Y al alzar este grito, con la muerte en sus propias entrañas, Latch se arrojó sobre aquella tumba.
Pasaron las largas horas de la noche. Los coyotes lanzaron sus lamentos en los llanos.
Los lobos aullaron en las alturas. El viento murmuró entre las ramas de los castaños. Nada más rompió el silencio de la pradera.
Bajo la melancólica, luz gris del alba, Latch se levantó. Era un nombre agotado, desolado.


IX
Durante los últimos años de la guerra civil el tránsito fue menos intenso a través de las Grandes Llanuras y, como consecuencia, ocurrieron menos desastres de las caravanas. Sin embargo, salieron caravanas de Wesport {después llamada Kansas City) y de Independencia para el Oeste. Les trajineros profesionales no pudieron ser obligados a abandonar el Camino Viejo; pero estos aventuras habían estado aprendiendo desde la guerra mejicana de 1846 y transmitieron su método a los que les sucedieron. Cuando llevaban escolta de soldados, les esperaban muy p000s peligros en sus viajes. Los indios de las diversas tribus habían atacado de vez en cuando a caravanas escoltadas, pero raramente les ocasionaron daños importantes en vidas o propiedades.
Sin embargo, las caravanas de otro género de aventureros, los precursores, o primeros colonizadores, abandonando la vida viciosa y sin freno. Llegaron del Norte y del Sur, y muchos de ellos se dedicaron a jinetes de las praderas. Las bandas de forajidos de la frontera se convirtieron en algo que no podía ser despreciado en la organización y construcción del Oeste. En efecto: estas bandas de forajidos florecieron casi incesantemente por espacio de cerca de veinte años después de terminada la guerra civil. La guerra campesina de Lincoln, una lucha entre proscritos y ganaderos, que culminó con la muerte de trescientos hombres, entre los cuales se hallaba el famoso Billy the Kid, marcó el período más activo del régimen de forajidos de la frontera.
Al final de 1860, la pistola resumía la fuerza y el derecho. Muy pronto, las fuerzas y los puestos militares, desde Toas y Nuevo Méjico hasta Council Groove, de Kansas, se vieron atestados de vagabundos. Unos repulsivos desconocidos llegaban en cada diligencia, o a caballo, reunidos en pequeñas bandas. El asalto contra las diligencias se convirtió en un accidente corriente. Las tabernas, los salones de baile, las casas de juego comenzaron a imponer su sangriento imperio en la frontera.
La cuadrilla de Jim Blackstone saltó desde la oscuridad a la fama en aquel período. Jim era un hombre grandote, barbado, que perteneció primitivamente a una de las guerrillas de Quantrell. Se había hecho ladrón v, operando con la ayuda de algunos aliados, consiguió elevarse a la jefatura de una docena, o acaso más, de los proscritos más temibles de las llanuras. Blackstone y sus hombres habían invernado en diversos fuertes durante los primeros períodos de la guerra civil. Mas cuando la guerra terminó, no habría podido mostrar su rostro barbado en ninguno de ellos impunemente. Sin duda, Blackstone fue acusado de muchos crímenes que no cometió jamás. Kit Carson sostenía esta opinión de modo categórico.
—Jim es un hombre peligroso, ciertamente-afirmaba—. Pero hay otros hombres mucho más sanguinarios y más peligrosos y de los cuales no hemos oído hablar tanto como de él.
Mas para la masa de viajeros que cruzaba las llanuras, estos cabecillas a que se refería Carson poseían un carácter mítico. Jamás se atrevían a hacer acto de presencia ante una caravana numerosa de carros escoltada. Se oía hablar de ellos, mas nunca se les veía, En los finales del sexto decenio del siglo nació una nueva era que constituyó un tremendo progreso: la era del guía de caminos y de sus ganados de largos cuernos, de Texas.
La guerra dejó a Texas sin dinero, arruinada, excepto en lo que se refería a los millares de cabezas de ganado que poblaban sus vastos ranchos. Un intrépido ganadero tejano, llamado John Chisholm, concibió una idea que, cuando fue puesta en ejecución, cambió el destino del Estado de la Estrella Solitaria. Y esta idea consistía en conducir grandes manadas de ganado al Norte, desde más abajo del río Brazos hasta lugares del Sur tan distantes como Río Grande, hasta Dodge City y Abilene. El camino de Chisholm marcó muy pronto sus huellas que se dirigían hacia el Norte, a través de las ondulantes praderas que anteriormente sólo eran cruzadas por los búfalos. Una casta prodigiosa de jóvenes jinetes y luchadores, que aprendieron a cabalgar de los vaqueros mejicanos y desarrollaron su propio espíritu de fuego y destreza con las pistolas, representó su papel en la construcción del imperio del Oeste.
Una continua corriente de ganados de largos cuernos afluyó a Kansas. La conducción del ganado requería e] empleo de tres a cinco meses e iba acompañada de todos los riesgos que acechaban a los trajineros en las llanuras, además del cruce de ríos, las terribles tormentas, las desbandadas originadas por las manadas de búfalos, los ataques de los comanches y otros peligros menores. Pero el ganado continuaba llegando en número siempre creciente.
Dodge City poseía una maravillosa vegetación de hongos. Casi de la noche a la mañana, ese puesto de la frontera, que durante muchos años había sido un punto importante de parada en el Camino Viejo, se convirtió en una de las ciudades más atrafagadas, ruidosas y sangrientas que jamás hayan brotado en la frontera.
Durante todo el día, en la calle, larga, ancha, polvorienta, constituida por unas edificaciones abigarradas, se desarrollaba una escena de incesante actividad. Corrientes de hombres cubiertos de polvo; de menudos guías de ojos de fuego; de viajeros; de colonizadores; de soldados, aventureros, negros, indios, mejicanos; de desconocidos, en suma; de hombres de todas las clases, estados y condiciones, cruzaban la atrafagada vía. Por la noche, a la luz amarillenta de las lámparas, la misma escena era singularmente marcada por los compases de la música, por las semidesnudas bailarinas de ojos de águila, por los en-lutados jugadores de rostros pálidos y ojos agudos.
Era una enorme población flotante que iba y venía, y que debía la mayor parte de su importancia a los millares de centenares de cabezas de ganado que se encontraban en los cercados y en los pastos de las afueras de la población.
Fue una noche de los últimos días de octubre, en Dodge. Un viento frío y crudo soplaba del Norte en dirección a las llanuras de Kansas y levantaba tal cantidad de polvo en la calle Mayor, que los componentes de la codeante multitud que llenaba ambos lados de la ancha avenida no podían distinguirse unos a otros a través de la amarillenta nube. Las muchas luces de la calle tenían un brillo oscuro y apagado.
Stephen Latch y Lester Cornwall estaban sentados en el vestíbulo del Hotel Thail-Drivers y observaban el paso de la multitud. Los años de vida dura habían marcado su huella en el hermoso rostro del más joven de los dos hombres. Todavía poseía el atractivo propio de la juventud y aquel aire maravillosamente frío y de aislamiento que le caracterizaba. Cornwall parecía una extraña combinación de águila y cuervo.
Pero Latch había cambiado mucho. La madurez se reflejaba en él, principalmente en su cabello gris, en las profundas y sesgadas líneas de su cara de máscara, en el volumen de su cuerpo.
Estaban sentados, separados de los demás hombres que ocupaban el vestíbulo y, como siempre, por efecto del largo hábito, hablaban en voz baja.
—Coronel, vamos hacia el Sur —dijo Cornwall, pensativo.
—¡Al Sur! —exclamó Latch.
—No quiero decir a Texas ni a Luisiana. ¡No! No quiero volver a ver ese Sur —replicó con rapidez el joven—. Lo que quiero decir es que vayamos hacia un lugar más al Sur, donde el invierno no sea frío. Hemos pasado los inviernos de varios años en esos fuertes y puestos militares del demonio. Santa Fe y la residenciade Maxwell no fueron lugares tan desagradables, ni siquiera en invierno. No podemos volver a ellos. La mayoría de los fuertes del Oeste están cerrados para nosotros. A cada invierno nos vemos empujados más hacia el Este. Esta pradera de Kansas es un sitio azotado por las ventiscas, donde no es posible tener calor en la cama, ni siquiera sentándose encima de una estufa. Lo vengo pensando desde hace varios días. ¡Vámonos al Sur, coronel!
Latch movió la cabeza negativamente, como si la proposición no pudiera llegar hasta su conciencia.
—¿Qué finalidad tiene este jugar noche tras noche durante todo el invierno? —preguntó Cornwall.
—Ninguna, lo reconozco.
—¿Pretende usted amasar más dinero?
—No.
—¡Tiene usted millares y millares de dólares! Tenía usted desde hace mucho tiempo escondida una fortuna en Tela de Araña. Y, si se puede tener confianza en ellos, los jinetes de Kiowa han escondido otra fortuna para usted en aquel desfiladero.
—Ojo de Halcón es digno de confianza —replicó Latch.— Le he mandado allá seis veces con paquetes de oro, de billetes y de joyas para que los ocultase. Y siempre ha regresado.
Lester, si amparas a los indios, especialmente a los kiowas, siempre te serán fieles.
—Lo creo —contestó Cornwall, sin su acostumbrada serenidad—. Pero jamás he estado completamente seguro de Keetch. Y la vuelta de Leighton al Campo de Latch..., eso jamás me ha parecido razonable.
—No es posible dudar de Keetch. Ha envejecido. Le agrada la vida del rancho. Sus informes despiertan mi ansiedad por ver el campo... cuando me atrevo a pensar en... en... Pero Leighton es un traidor. Si hubiera sospechado que he enviado botines para que fueran escondidos en Tela de Araña, ya habría registrado cada rendija y cada grieta del desfiladero.
—Muy bien; ésa es una razón más para que regresemos.
—¡No, diablos! ¿No querrás decir que regresemos... allí?
—Sí. Eso es lo que quiero decir. Ya es hora de que volvamos. El último ataque proyectado por usted..., el único fracaso que hemos tenido..., le ha hecho conocido en la frontera. Y ha servido para demostrar su relación con Satana. Jim Waters le vio a usted, coronel.
—Sí. Ha sido una lástima. Jamás estuve animado a atacar aquella caravana. Los trajineros que se dirigen al Este son más fuertes que los demás... Lucharon con empeño. Pero Satana estaba enojado. ¡Había esperado durante tanto tiempo...! Por eso accedí a su deseo y labré nuestra desgracia. De todos modos, Waters no podría demostrar que estuviéramos con los indios.
—¡Hum! No lo crea. Su aviso llegará a todos los fuertes, desde Leavenworth hasta Taos... Hemos estado pateando sobre una capa de hielo muy delgada durante mucho tiempo.
Coronel, el hielo se ha roto.
—¿Por qué tienes ahora el rostro tan serio? —preguntó despectivamente Latch—. Antes solías reír aun en las mismas garras de la muerte.
—Y todavía puedo reír. Pero últimamente me encuentro más débil, o más blando...
Quiero volver a nuestro hermoso desfiladero... y pasar el resto de mi vida recordando... Y, además, coronel, no quiero verle a usted oscilando al extremo de una cuerda.
—Lester, has sido para mí un verdadero amigo..., un hijo... ¡Honrado y fiel a toda prueba...! Has sido el espía mío en la banda. Si no hubiera sido por ti, yo habría muerto hace mucho tiempo. Agradezco mucho todo esto. Eres todo lo que me queda en el mundo... Sin embargo, creo que no podré regresar... todavía.
—¿Por qué, coronel? Es el momento más convincente.
—Esta vida de juego me ayuda a olvidar —replicó Latch roncamente.
—Pero, coronel, después de los años que han transcurrido, el recuerdo no puede dolerle...
Jamás le he contado a usted mi historia. Y es mucho más triste que la de usted... Volvamos a la vida solitaria. Me gustaría criar caballos... Me agradaría pescar y cazar, vivir lejos de estos lugares infectos de alcohol, con sus hombres, su humo y sus tunantas... Lo anhelo con toda mi vida.
—Y ¿si me negase a complacerte, Lester?... —preguntó Latch, conmovido por la transformación de su lugarteniente.
Cornwall inclinó el moreno rostro, liso como el mármol, y medita durante unos momentos.
—Jamás le abandonaré a usted —dijo al fin. Eso basta para decidirme. Iremos, Lester exclamó Latch inspirado por la fidelidad de Cornwall—. ¿Quién sabe? Más de una vez me has llevado por el camino más conveniente para mí... Y, además, estoy cansado de la vida. Quizás el Campo de Latch... Ven. Vamos a tirar de la oreja a Jorge por última vez.
El «Palacio de la Suerte», un cubil destinado a beber, a bailar y a jugar, no había recibido un nombre muy apropiado, no siendo por su relación con las incertidumbres de la vida. Era uno de los peores lugares de Dodge City, donde todos eran malos.
A medianoche de aquel día de noviembre, Latch Cornwall estaban sentados jugando una partida de póquer con un negociante en ganados, de San Luis, un desconocido del Este, eI director de uno de los almacenes de Tullt y Compañía y un guía de rostro delgado, natural de Texas.
Las puestas eran muy pequeñas, si se tiene en cuenta lo mucho que solía elevarlas Latch, y la mayoría de ellas habían ido a parar al lado de la mesa que éste ocupaba.
—Bueno, estoy limpio —dijo el tejano fríamente mientras se recostaba en el respaldo de la silla—. Los dólares han volado como si fueran villanos.
—¿Qué te sucede?-se apresuró a preguntar Cornwall.
—Nada. Pero ese modo que tenéis los del Sur de llevaras todo el dinero...
—¿Qué quieres decir con eso de que nos llevamos el dinero? —preguntó Cornwall mientras dejaba caer las cartas. Su mano derecha tembló sobre la mesa. Latch lo vio y se interpuso entre los dos hombres.
—Lester, quiere decir que somos buenos jugadores... y afortunados.
—No he insinuado nada más que eso —replicó el guía—. Me estaba lamentando de mi desgracia. He perdido todo mi dinero y no tengo ni para un trago.
Latch le arrojó un billete.
—No vuelvas a jugar al póquer, hijo.
El juego continuó. La suerte fue alterna para Cornwall y los otros dos jugadores, pero, como siempre, permaneció fiel a Latch. Ganaba siempre en los juegos de cartas. Si su juego era fullero, nadie había podido probarlo. En realidad, Latch constituía una anomalía de la frontera, puesto que era un jugador honrado. Pero era extremadamente frío, calculador y hábil. La Fortuna amontonaba ante él dinero, probablemente por la sencilla razón de que no le importaba ganar o perder.
—¿Quieren que continuemos, señores —preguntó al interrumpirse momentáneamente el juego.
—Quiero tener ocasión de recuperar mis pérdidas —afirmó el empleado de Tullt.
—Entonces, elevemos el fondo —sugirió el desconocido del Este.
A partir de aquel momento, el juego continuó con creciente interés. Y los jugadores comenzaban a acalorarse cuando una de las muchachas del salón de baile se acercó a Cornwall por la espalda y le puso las manos sobre los hombros.
Los habituales concurrentes al garito la llamaban Lily. Era joven, hermosa, descarada y tenía los ojos bravíos. Su vestido, sin mangas y exageradamente escotado, le prestaba un encanto muy atrayente. Tenía costumbre de aproximarse a Cornwall cada vez que éste frecuentaba el establecimiento, seducida, sin duda, en opinión de Latch, como lo habían sido otras muchas mujeres de su condición, por el hermoso rostro del joven, por sus ojos extrañamente azules, por su frialdad, por su inasequibilidad y, especialmente, por su cortesía, que tanto se destacaba en aquel ambiente de granujería.
—Ven, precioso, ya has ganado o perdido bastante esta noche —dijo zalameramente.
Cornwall puso las cartas sobre la mesa para quitarse de los hombros las manos de la muchacha.
—Te suplico que no interrumpas el juego —dijo—. Nuestro amigo, el tejano que está a mi derecha, no juega ya. Dedícale tus zalamerías, por favor.
—Me agradaría mucho —dijo lentamente el guía con una franca sonrisa que le iluminó el tostado rostro—. Pero, ya lo ve, señorita, me han limpiado por completo; solamente poseo estos veinte dólares que me ha dado el coronel. Podría invitarte a tomar alguna bebida...
La joven le dio las gracias y rodeó con las manos, blancas y llenas de sortijas, el cuello de Cornwall.
—¡Querido niño...! ¡Tan frío como un iceberg...! ¡ Niñito de ojos azules...! ¡Muñequito de mamá...! ¡Por amor de Dios, ven conmigo para demostrarme que eres un hombre!
Cornwall le apartó las manos como si le hubieran quemado. Una ola de color escarlata cubrió su pálido rostro, se desvaneció y lo dejó más pálido que anteriormente. Durante unos minutos Latch vio en aquellos ojos azules un relámpago que estaba muy lejos de ser de disgusto o de odio. Y comprendió que el contacto de los brazos desnudos de la joven en el cuello de Cornwall había provocado en éste algún recuerdo doloroso.
—Lily, haz el favor de marcharte y dejarnos jugar en paz —rogó amablemente Cornwall—.
Y te haré un regalo.
—¡Vete al infierno! —replicó la joven. Y luego, colocándose junto a Lester, se sentó en el brazo del sillón y le pasó uno de los suyos por encima del cuello. Lester se levantó para apartarla de él, y lo hizo suavemente, aun cuando con firmeza, sin pronunciar ni una sola palabra. Luego volvió a sentarse.
—Ven conmigo, Lily —sugirió el guía—. Con toda seguridad que no te agrada estar donde no quieren que estés.
—¡Es gracioso que yo quiera de este modo a ese condenado bruto! —exclamó la Joven mientras reía con fuerza—. Pero desde pequeñita me han gustado los hombres tímidos.
Cornwall recogió las cartas. Latch observó que los dedos le temblaban. Y también observó el resplandor que brotaba en los ojos de la muchacha. La situación habría podido hacerse comprometida si en el salón hubiera estado alguno de los admiradores de Lily. El desconocido del Este miró a la joven con simpatía.
—Me agradaría sustituir a nuestro indiferente compañero —dijo—. Sin duda, es un enemigo de las mujeres.
¡No se meta en mis asuntos, señor! —le interrumpió con acento amenazador Cornwall—.
En lo que se refiere a llevarse de aquí a esta mujer, todos se lo agradeceremos mucho.
—No he querido ofenderle. Lo único que he pretendido ha sido aprovechar la ocasión de su indiferencia —replicó amablemente el desconocido.
—Escucha, hermoso —continuó la bailadora—. No me importas ni siquiera un pepino. Es cierto. Pero he hecho una apuesta con aquella francesa tonta. Dice: «Es, un... ¿cómo lo llamáis aquí?... ¡Palomino?... Un palomino atontado.» Y he apostado cincuenta a que consigo desatontarte... ¡Anda, sé amable! ¡Ayúdame a ganar la apuesta!
—¿Hasta qué punto debo ser amable contigo? —preguntó Cornwall, que, evidentemente, estaba interesado.
—Hasta el punto de bailar conmigo..., de hacerme el amor... —dijo suplicante la joven—.
Mira, ahí viene esa maldita francesa.
Una muchacha de ojos sorprendentemente oscuros y de cabello negro entró en el garito.
Iba acompañada de un hombre de gran corpulencia y de facha descarada. Pa saron cogidos del brazo por entre las mesas y se detuvieron acá y allá para hablar con algunos amigos jugadores. Y, luego, ambos vieron a Lily. Esto no solamente pareció ser una señal para que los dos se aproximasen, sino que, además, obligó a Lily a hacer un esfuerzo desesperado. Se volvió de espaldas a la mesa, se sentó en el brazo del sillón de Lester, cara a cara con é1,-e intentó abrazarle.
—¡Déjame en paz..., perra piojosa! —exclamó Cornwall; y la rechazó tan violentamente, que la muchacha cayó de espaldas sobre el sucio suelo.
Lily se puso en pie de un salto, con rapidez gatuna. Su grito de rabia atrajo todas las miradas hacia ella. Y se quedó en pie junto a Cornwall, con las manos engarfiadas, como si se preparara a arañarle. Cornwall podría, del mismo modo, no haber tenido noticia de su presencia. Imperturbable y frío se inclinó sobre las cartas. Y súbitamente, antes de que el hombre de ojos de águila, Latch, pudiera moverse o hablar, la joven arrancó al tejano el revólver que tenía en el cinto y disparó a Cornwall en la cabeza. Sin lanzar un grito, sin hacer un gesto, el joven inclinó la cabeza sobre la mesa. Los sobrecogidos espectadores, mudos por el momento, vieron que un chorro oscuro y espeso manchaba las cartas bajo los inertes dedos de Cornwall.
La luz gris del alba iluminaba las ventanas del hotel donde Latch había pasado las últimas horas de aquella noche. Olvidado del frío, permaneció durante todo este tiempo fumando y reflexionando.
Latch había estado siempre dispuesto para la muerte en cualquier forma que pudiera sobrevenir, para él o sus compañeros. No obstante, la vida de Cornwall parecía haber estado encantada. Cornwall parecía inmune a todos los peligros. Y, finalmente, conseguía escapar a la amenaza de la cuerda o de las pistolas. Una mujer le había arruinado, indudablemente; otra mujer, evidentemente, le había asesinado. Latch tuvo que soportar el golpe, el segundo en dureza de toda su vida. Cornwall le fue fiel hasta un punto increíble. Había sido el genio de Latch. Había comprendido a Latch, le sirvió y seguramente le había querido. Y ya estaba muerto... Muerto, como Augustine, como Mano Negra, como Nigger jack, como Lobo Solitario y como Sprall, Creik, Waldron, Texas, como todos los que integraron la antigua cuadrilla de Latch, con excepción de Keetch y Leighton. Su puesto no podría ser ocupado jamás por nadie.
El aguijonazo de la tragedia despertó en la atormentada imaginación de Latch algo de su primitivo poder introspectivo. Un severo sondeamiento de su cerebro sombrío le sirvió para descubrir lo que ya sabía que no quería morir al final de una cuerda, o como había muerto el pobre Lester. Una vez que este hecho quedó establecido, Latch tuvo que enfrentarse con la alternativa que se le presentaba. Por esta causa, la muerte de Cornwall le llevaba nuevamente al viejo proyecto de rivalizar con Maxwell y con su rancho. Pero la antigua ambición, el antiguo encanto de una posesión cultivada, de las grandes manadas de caballos y de ganados, de las traíllas de podencos que le siguieran cuando fuera de caza, todo ello, había sido un sueño de juventud, todo parecía tan muerto y tan frío como unas cenizas antiguas. No obstante, existía el Campo de Latch, al otro lado de la pradera y de la Jornada; allí estaban el hermoso valle v el desfiladero solitario, el rancho instalado y desarrollado por Keetch, el ganado que había nacido y se había multiplicado desde su trato con Satana. Latch contó los años transcurridos cinco..., seis, casi siete..., y le pareció imposible.
Finalmente, un intenso anhelo de descansar, de ocultarse, y una curiosidad por ver su propiedad le llevaron con amargo remordimiento a volver al Campo de Latch, como Cornwall le había aconsejado. ¡Demasiado tarde para aquel extraño y frío joven cuyo corazón debió de haber sido un verdadero volcán!
Una caravana tardía, la última del año, salió de Dodge City el día primero de noviembre; y Latch, con dos bestias de carga y un joven vaquero, comenzó a atravesar con ella la inhóspita pradera.
Al llegar al Cruce del Cimarrón —punto fatal de elección para tantas caravanas— el jefe de la expedición decidió seguir el camino central a lo largo del famoso río. Latch imaginó que de tal modo se evitaría el verse acometido por recuerdos dolorosos; pero no sucedió así. En Wagon Mount, donde el Camino Seco se une nuevamente al Camino Viejo, Latch se separó de la caravana se dirigió hacia el Sur.
Jim Waters era el guía y jefe de aquella caravana que se encaminaba al Oeste, circunstancia que fue ignorada por Latch hasta después de haberse iniciado el viaje. Cuando lo descubrió ya era demasiado tarde para que pudiera remediarlo. Latch percibió el interés, la curiosidad y las sospechas de Waters. No podía hacer nada, como no fuese mostrarse amigo y cariñoso con los trajineros y los hombres de las llanuras que se reunían en torno a las hogueras nocturnas de los campamentos. Y, como siempre, consiguió producir una impresión favorable. Sin embargo, Jim Waters se mantuvo alejado de él. Al llegar a Wagon Mount, cuando Latch se hubo instalado en su silla para cabalgar tras el vaquero, Waters se aproximó a él con un significado brillo en sus ojos de hombre habituado a la vida al aire libre.
—Bien, Latch, veo que nos abandona usted, ¿eh?-Sí. Lamento mucho tener que separarme de tan buena compañía —contestó Latch tranquilamente.
—Ahí comienza la región silvestre... ¿Se muestra Satana amistoso con usted?
Compré a Satana el Campo de Latch... Hasta ahora, él y sus kiowas me han tolerado...
—¡Ah! —exclamó Waters mordazmente—. Bien, informaré en Fort Union que existe un hombre blanco a quien el viejo diablo rojo tolera...
Antes de que Latch pudiera contestar, el guía dio media vuelta y se alejó de él. Otros trajinantes habían oído el último disparo verbal. Había sucedido lo que Latch debía esperar; sin embargo, constituía una circunstancia grave y digna de meditación. ¿Podría Latch destruir las sospechas? ¿Podría borrar la sombra que se extendía sobre su pasado? ¿Podría olvidar los pasos que se oían en su camino?
Con gran sorpresa y pesadumbre encontró una senda trazada por las bien definidas huellas de unas ruedas que partían de Wagon Mount y se dirigían hacia el Sudoeste. Las caravanas que partían de Texas, en lugar de seguir la vieja senda hasta el Cruce del Cimarrón, habían subido a lo alto de la meseta. Se preguntó si tal camino dividía en dos el Campo de Latch.
El íntimo anhelo de Latch, encontrar la soledad, aumentó mientras cruzaba el gris paisaje. En el caso de que el valle de Kiowa, donde había instalado su rancho, se poblase en alguna ocasión, Latch podría retirarse cuando lo desease a la soledad del desfiladero de Tela de Araña. Sus temores parecían infundados, no obstante, puesto que la bien definida senda se desvanecía gradualmente y se convertía en diversos caminos antiguos y borrosos, que se extendían sobre una ancha área. Y llegó a la conclusión de que diferentes caravanas, viajando en tiempos diversos, habían marcado aquellas señales. En muchas ocasiones encontró dificultad para seguir el viejo camino que conocía. Su jinetes mejicano no había estado jamás en aquella parte de la región. Latch tenía que ser su propio guía, circunstancia que comenzó lentamente a interesarle.
Latch había cargado cierta cantidad de vasijas. Existían en el camino manantiales y pozos. Aun cuando, estos últimos debían de hallarse \llenos, puesto que era la época otoñal, Latch no había querido correr riesgos. El primer día después de su separación de la caravana de Waters corrió tan rápidamente, que fue sorprendido por la llegada del crepúsculo antes de que pudiera darse cuenta del rápido volar de las horas. Acampó cerca de un lugar en que había algunas matas, en el que le fue posible procurarse una pequeña cantidad de leña. El mejicano era un hombre perezoso, pero un compañero alegre y silbador. Latch echó una mano a las tareas que tanto le complacieran en el pasado y que había abandonado durante varios años. Y encontró un vago placer en el trabajo de partir las delgadas ramas, en el de encender una hoguera, en el olor del humo, en la necesidad de emplear las manos.
El crepúsculo endoseló la honda cuenca. Los coyotes corrieron de un lado para otro, ladrando y aullando, y el lamento de los lobos intensificó la soledad. Los antiguos recuerdos se introdujeron en la aislada pobreza de sus pensamientos. Lejos del ruido y de los hombres, en el campo abierto, bajo la cúpula aterciopelada del cielo. en el que brillaban blancas las estrellas, le pareció que era excitado por unas fuerzas inescrutables. Pero no concedió mucha atención a estas ni a otras sensaciones. Preparó su lecho y se introdujo entre las mantas con la impresión de que no le importaba mucho que un comanche le matase con su hacha de guerra o que no lo hiciese. Y, cansado, quedóse dormido.
El vaquero le despertó. El día había llegado, frío y crudo, y Latch lo acogió con alegría, a pesar de algunos sentimientos que no quiso analizar. ¡Qué agradable era el calor del fuego! Y al percibir el apetitoso olor del tocino, la boca se le hizo agua. Al fin y al cabo, no le era posible evitar estas sensaciones. Su carne estaba todavía viva. La Naturaleza hacía sus acostumbradas peticiones. Antes de que el sol hubiera terminado de salir, los dos hombres se habían puesto de nuevo en camino.
El interés de Latch se despertó inmediatamente. Los ciervos y los caballos mesteños, silvestres, cubrían la amarillenta pradera. Después de haber sentido sobre sí el sol por espacio de una hora, el crudo frío se atemperó. Recordó Latch que estaba viajando hacia el Sur para alejarse de la ventisquera zona de Kansas. Disponían de buenos caballos, y las bestias de carga, ligeramente obstaculizadas, marchaban al trote sobre la ondulante pradera. Cuando Latch llegó a lo alto de una elevación del terreno pudo ver las cumbres azules y oscuras de las montañas del Sur, lo que le produjo una emoción singular. Recordaba perfectamente aquel terreno. ¡Se le veía tan claro, tan bien dibujado, a una distancia de apenas diez millas...!
Pero calculó que en realidad la distancia sería de alrededor de setenta y cinco, o acaso cien millas. Cerca de la base de la meseta, comenzaba la pendiente que el desfiladero de Tela de Araña cortaba con sus profundos y oscuros abismos. Y en aquel mismo momento Latch se quedó pensativo. Continuó caminando ansiosamente, deseoso de descubrir otros accidentes del terreno que le fuesen conocidos. Cuando llegó a un terreno pantanoso y bajo, Latch lamentó el desvanecimiento de las manchas de nieve iluminadas por el sol que cubrían las distantes cumbres.
Había acampado en aquel mismo lugar, con los hombres de su cuadrilla y trescientos kiowas en otra ocasión. Dónde estaban los círculos de cenizas grises y blancas, los restos de las hogueras que conoció? Pero habían transcurrido más de seis años desde que acampó allí...
Antes de que el vaquero hubiera terminado de descargar las bestias, Latch había matado un ciervo y un pato silvestre. Nuevamente se vio turbado e intrigado por extrañas y antiguas sensaciones que, no obstante, no le impidieron realizar los trabajos de acampamiento a que se entregó. Y se inquietó vagamente. El recuerdo de Cornwall, a quien tanto echaba de menos, le produjo un vivo malestar. De allí en adelante, durante todo el resto de su vida, habría de estar solo. Le pareció que debía ser una cosa imposible de soportar para un hombre cuerdo.
Al tercer o cuarto día después del pasado en aquel campamento, cuando el sol poniente se hubo ocultado tras la purpúrea extensión, Latch comenzó a correr con una creciente impaciencia, dejando atrás a su vaquero, y llegó hasta el borde de un alto risco.
Un valle gris, triangular, de gran extensión, que se ensanchaba en la lejanía, maravillosamente hermoso con sus pastos verdes, con los grupos redondos de árboles, se desarrollaba ante él. Era el Campo de Latch. Unos violentos dolores despertaron en su pecho.
Había vuelto. Lo imposible se había realizado.
Solamente la parte superior del valle había cambiado. Unas grandes casas rancheras, de tejados grises, se erguían sobre el verde terciopelo de la vegetación. Los graneros y los cobertizos estaban más escondidos que las casas; unos lagos brillantes y pequeños, orillados de arbustos, resplandecían entre el verdor; unas manchas de oro le desconcertaron hasta que recordó cuál era su planta favorita: el girasol. Unos campos cercados, de centenares de acres de extensión, se desenvolvían en la amplia pradera.
Al otro lado del brillo del arroyo, el cambio que sorprendió la mirada de Latch había sido mayor aún. ¡Casas, cabañas, tiendas! Se quedó estupefacto. ¿Qué demonios había hecho Keetch? Al cabo de un momento comprendió el significado y la importancia de lo que estaba viendo.
¡Era un pueblo, un caserío en su propio campo! El furor se apoderó de él. Y por espacio de unos breves momentos, maldijo a Keetch y a todos los que habían ido a su soli tarjo paraíso sin que nadie los hubiera llamado. Muy pronto observó que la casa ranchera estaba separada por dos millas, o acaso algo más, de aquella lamentable ciudad. Keetch había defendido su terreno, lo había conservado para él. Todas las habitaciones de este poblado, según pudo apreciar, estaban situadas al otro lado del arroyo, en la base de la decreciente pendiente de aquella zona.
Latch, presa de las emociones, descendió por un retorcido camino. Su decepción le parecía mucho más intensa a causa de la sorpresa que le produjo el saber Que todo ello pudiera importarle.
Su primer impulso, matar a Keetch, se desvaneció. ¡Qué lugar más maravilloso! La casa ranchera de Maxwell era más espaciosa, tenía más aspecto de fortificación propia de un barón feudal, pero no podía ser comparada con aquélla en lo referente a belleza. Latch corrió a través del terreno liso, se aproximó a la casa, al enorme castaño y a los algodoneros que se erguían en estático aislamiento. Un ancho pórtico, evidentemente la entrada principal de la casa, se hallaba frente a los grandes árboles. Y el terreno situado al pie de la edificación era tan verde y tan liso como si se tratara de un parque bien cuidado.
No se veía a persona alguna por aquella parte. Ni ningún caballo ni vaca. Latch vio ardillas, conejos de largas orejas y ciervos que no le prestaron atención. Deteniéndose ante el alto pórtico, Latch gritó. No obtuvo respuesta. Al descabalgar vio a su vaquero y los animales de carga siluetados ante la línea del horizonte. Latch volvió a llamar.
En aquel momento una muchacha muy joven, de cabello dorado y peinado en tirabuzones, llegó corriendo y fijó la mirada de sus ojos, totalmente abiertos, sobre Latch.


X
Una mujer mejicana salió del edificio detrás de la niña. Latch se disponía a llamarla cuando otra mujer, blanca, rolliza, se acercó a la puerta. Miró a Latch y luego, evidentemente sorprendida, volvió a entrar en la casa. Latch la oyó llamar, y a continuación una voz profunda y el golpeteo de una muleta le produjeron una viva emoción, porque adivinó que estos sonidos eran producidos por su antiguo compañero Keetch.
El hombre que se presentó era ciertamente Keetch; pero un Keetch de cabello gris, que ya no tenía el rostro severo ni la mirada dura.
—¡Dios mío! ¡Si es Latch! —exclamó con placer que se llenaba de incredulidad. Y estuvo a punto de caer como consecuencia del apresuramiento con que cruzó el pórtico.
Latch soltó la brida y se acercó a las escaleras para encontrarse con Keetch. Ambos se estrecharon las manos. Latch vio impresa en el rostro del proscrito la lealtad de que jamás había dudado.
—¿Cómo te va, Keetch? —Éste fue su saludo.
—Bien... Te he estado esperando... Te he estado buscando día a día durante los dos últimos años. Y me alegro mucho de verte, patrón —contestó cordialmente Keetch—. Baja del caballo y entra, jefe. Tenemos algunas sorpresas para ti.
—Espera un momento..., Keetch —dijo Latch, un poco jadeante— cada cosa... a su tiempo...
—¿Vienes solo, patrón? —preguntó Keetch en voz más baja que anteriormente.
—Sí..., aunque traigo conmigo a un mejicano... Allá viene con los fardos.
—¡Ah! Ya lo veo... Eso está bien. Tenemos ya demasiados hombres haraganeando por aquí.
—¿Cómo es eso? —replicó Latch—. Ven, Keetch, acércate—. Y luego, mientras aflojaba las cinchas de la caballería, clavó una penetrante mirada en su fiel aliado—. Es una casa maravillosa, Keetch. ¿Cómo has podido construirla?
Keetch sonrió vanidosamente.
—Es toda una historia... Acaso no sepas que en mis tiempos fui carpintero. Antes de que me convirtiera en un caballero desocupado... ¡ja, ja! Sí, lo he sido. Y me ha sido útil, Latch, he tardado tres años en construir la casa... Y eso, a pesar de que he tenido muchos ayudantes.¡-Estoy asombrado! ¿Dónde conseguiste la madera?-Flotaba arrastrada por el Tela de Araña durante las avenidas de la primavera. El castaño lo cortamos en el valle. Tuve que serrar todas las maderas... Hemos utilizado muy pocos clavos, puesto que no los teníamos. Y es preciso que concedas a Benson mucho mérito..., tanto como a mí.
—¿Quién es Benson?
—¡Diablos! ¿No te lo dije la última vez que estuviste aquí? Crea que no... Bien: Benson y su esposa vinieron acá... Veamos... Esta última primavera ha hecho siete años. Se salvaron de un ataque comanche en el río Rojo, y vinieron a pie... Declaro que sin ellos no me habría sido posible hacer lo que he hecho. La señora Benson es una mujer muy valiosa. Fue ella quien cuidó a tu esposa cuando...
Latch estaba preparado para las palabras y los hechos dolorosos, pero ante esta primera torcedura, la vieja herida comenzó a sangrar. Latch levantó una mano para interrumpir a Keetch.
—¿Los Benson, eh? Es decir, que estoy en deuda con ellos... ¿Han tomado parte en tu trabaja y han vivido contigo?
—Sí. Han hecho de este rancho su hogar. Te sorprenderás cuando te diga... cuando te diga todo... Pero Benson, pensando en el porvenir, ha instalado un rancho allá abajo, y trabaja en él cuando tiene tiempo libre.
—¿Y Leighton? —preguntó con interés Latch.
En aquel momento llegó el vaquero con las bestias de carga de Latch. Keetch indicó al mejicano que depositase los fardos en el pórtico y que llevase los caballos a los corrales.
Luego, se inclinó sobre Latch miró cautamente a su alrededor y continuó en un susurro:
—Leighton vino un par de años después de tu marcha. Pasó el invierno en Tela de Araña.
Después, regresó y permaneció aquí por espacio de un par de años. Y viendo • el giro que tomaba el Campo de Latch, construyó para sí un gran edificio al otro lado del arroyo. Y ha estado explotando una taberna, una sala de juego y madriguera para vagabundos a quienes no agraden las llanuras de Kansas durante el invierno. ¡Ja, ja! ¿Comprendes, jefe?-Creo que sí —respondió Latch, pensativo.
—Leighton tiene sus amigas... Una pandilla tan mala como la peor que en nuestra vida hayamos podido encontrar —continuó Keetch—. No sé si conoces a Bruce Kennedy...
Latch repitió el nombre.
—Me suena. Pero no creo que haya pertenecido a mi cuadrilla.
—Es un hombre malo. Y ahí está también Smilin Jacabs. Y Wes Manlay... Son los tres amigos de corazón de Leighton. Además de éstos algunos de nuestros antiguos obreros se quedan aquí durante el invierno: Jerry Blain, Seth Cole, Tumbler, Johnson Mizzouri y Plug Halstead.
—Todos hombres buenos y fieles, con excepción de Halstead. Mizzouri es la sal de la tierra —murmuró para sí mismo Latch—. Debería haberlo esperado. Pero jamás supuse... Jamás pensé... ¿Quién más, Keetch?
—Y una veintena de hombres más, cuyos nombres no he oído nunca. Y al otro lado de la cumbre, en el valle cercano..., a pocas millas de distancia... Jim Blackstone está pasando el invierno con su cuadrilla.
—¿Qué demonios dices...? Eso no me gusta nada —exclamó Latch.
—Pero es así... Tendrás que intentar obtener el mejor partido posible de ello... Debo reconocer que hasta ahora no nos han ocasionado disturbios. Están escondidos, patrón.
—¿Conoce esa gente el desfiladero de Tela de Araña?
—Creo que no. Y, aunque lo conocieran, no irían allá. Satana ha estado invernando en Tela de Araña. Y te digo, jefe, que al viejo kiowa no le serían de ninguna utilidad esos desconocidos. Pero les permite que vayan y vengan...
—¿.Me han relacionado esos forasteros con el jefe kiowa?
—¡De ningún modo! Leighton es mudo para las cosas que pueden comprometer su piel.
Ha ido diciendo por todas partes que todos los hombres son bien acogidos en el Campo de Latch.
—¡Mis propias palabras! —exclamó Latch levantando las manos.
—Exactamente. Y eso puede resultarnos molesto.
—Un poco... Keetch, ¿cuántas veces ha venido Ojo de Halcón a traerte cartas y paquetes por encargo mío?
—Seis. No necesito contarlas. Y, patrón —y el forajido volvió a mirar cautamente a su alrededor, como si no quisiera confiar ni siquiera en el aire—, todo lo que has enviado está escondido en lugar seguro.
—¿En la caverna secreta de Tela de Araña?
—¡No, diablos! No podía arriesgarme a ocultarlo allí. Leighton sabe que en Tela de Araña hemos guardado ron y un tesoro. Y va allá todas las primaveras y todos los otoños. ¡A pescar y a cazar, dice él! ¡Bah! Y es posible que vaya a cazar..., pero no carne comestible...
Por esta razón, no podía arriesgarme a ocultar nada en Tela de Araña... Patrón, he cavado un escondrijo secreto debajo de esta casa. Y todo lo que has enviado está guardado en él. No confío ni siquiera en Ojo de Halcón.
¡Eres un compañero bueno y fiel, Keetch! —exclamó conmovido Latch—. Aquí estoy de nuevo, amigo, y esta vez para siempre. Tengo el gran rancho y el dinero preciso para vivir como quiera..., para comprar lo que se me antoje... ¡Como Maxwell o quizá mejor...! ¡Si no fuera por aquello...!
—¿Qué es aquéllo, patrón? —preguntó roncamente Keetch.
Latch susurró:
—La sombra de la caravana desaparecida de Bowden se yergue ante mí... Keetch, los guías y los hombres de las llanuras sospechan de mí. Me parece oír el ruido de los pasos de Kit Carson, que sigue mi camino...
—¡Dios mío, Latch! Ésas son malas noticias... ¡Tendrás que apartarte de Satana!
—Ya me he apartado de ese viejo hace tiempo. Hemos deshecho nuestro pacto.
—Latch, ya has deshecho todos tus pactos de todas clases en esta frontera..., excepto el de la honestidad.—Ésa es mi opinión, viejo camarada. De ahora en adelante la lucha va a tener un carácter diferente. Va a ser una lucha para borrar el pasado. Pero dejemos esa cuestión por el momento... ¿Quién ha venido al Campo de Latch, además de nuestros indeseables compañeros?
—Latch, te agradará conocer que a nuestro valle han llegado algunos colonos que vinieron por casualidad. Los he contado e] otro día, y he visto que hay catorce colonos honrados en el valle. Y todos están trabajando sus tierras y sus ganados para el porvenir...
Entre esos rancheros no cuento a Jud Smith, que tiene una tienda y comercia con los indios.
Ni a Rankin, el herrero, que tiene dos hijos. Ni a Hep Pofter, que es agricultor y sane injertar árboles frutales. Ha traído muchísimos árboles. Tienes una huerta hermosa, jefe.
—¡Hombres honrados..., colonos! exclamó arrebatado y conmovido Latch—. Keetch, ¿saben esos hombres honrados que el Campo de Latch es un punto de reunión de forajidos?
—Si lo saben, no lo dicen. Benson lo sabe, con toda seguridad, aunque no se lo he dicho.
Pero creo que a ninguno de ellos le importa absolutamente nada. Al menos, por ahora.
—Me has dicho, Keetch, que el Campo de Latch es un punto de mucho porvenir.
—Lo tiene, con toda seguridad, patrón.
—Y ¿a qué lo atribuyes?
—A que desde que terminó la guerra ha venido muchísima gente... No son solamente los soldados arruinados los que emigran. El auge se extiende por todas partes. ¿Ha oído usted hablar del camino de ganado de Chisholm?
—Sí. Vengo de Dodge City, que es el término occidental de ese camino. Era un punto de parada para los trajineros, pobre y soñoliento, y se ha convertido de la noche a la mañana en una ciudad floreciente y estruendosa. La animación es extraordinaria. Hay más vida en Dodge en una sola hora que en cualquier otra ciudad del Oeste en toda una noche.
—Lo comprendo. Bien, el hecho de que tanto ganado siga ese camino, está relacionado con el terrible crecimiento del Campo de Latch. ¡Ja, ja! ... Mira, patrón: el Campo de Latch está solamente a unas cincuenta millas del sitio en que el Cimarrón cruza el Camino de Chisholm. Y es posible que a otras cincuenta millas más de Camp Supply, que es un puesto militar. El recodo norte del río Canadiense cruza allí el camino de Chisholm. Un camino para carros corre a lo largo del recodo norte y se dirige rectamente a nuestro valle. El arroyo de Tela de Araña es uno de los que desembocan en el recodo norte. Esto origina la mayor parte del tránsito en esta dirección. Naturalmente, las caravanas no siguen este camino. Pero lo siguen muchos carros, que a veces marchan aislados, y a veces en grupos de dos o tres.
Algunos de esos colonos se han quedado aquí. Webbe y Barlett se han casado a la manera de los injuns; uno, con una mujer kiowa; el otro con una cherokee. Algunos de los restantes colonos tienen familia. Son gentes muy buenas y que nos conviene tener cerca de nosotros...
ahora. —Es una píldora amarga, Keetch. No sé por qué, pero no puedo tragarla. De todos modos, procuraré sacar el mejor partido posible de todo. Una pregunta más acerca de ellos:
¿esperan todos esos colonos prosperar por medio de la cría de ganados?
—Sí. Y no es una esperanza vana. El ganado dominará todo el Oeste, tan pronto como los búfalos hayan desaparecido. Va a haber en esta frontera la época más infernal que se haya conocido. La veo llegar... Los injuns lucharán por sus búfalos. ¡Pobres diablos! No los censuro, claro es. Y, al fin, serán los cazadores de búfalos, no los soldados, quienes aniquilen a los indios y hagan posible el desarrollo del Oeste.
—Keetch, tienes inteligencia —contestó admirado Latch.— He olvidado las instrucciones que te di acerca del ganado. ¿Qué cantidad de cabezas tenemos en el valle?
—No podría decirlo exactamente. Alrededor de diez mil reses y quizás un millar de caballos. No me gustan los corderas, y espero que no querrás que los criemos en este valle.
—¡Tantos...! Bien, soy ranchero desde antes de saberlo... ¿Quién se encarga de cuidar todo ese ganado?
—No necesita muchos cuidados en este valle. Todavía no. Pero el Señor sabe que los necesitará cuando comiencen a llegar los ladrones de toros y caballos. ¡Y es indudable que vendrán! Por ahora, todos nuestros trabajadores, excepto los Benson, son mejicanos. Son baratos, y buenos trabajadores.
—Todas esas noticias son maravillosas, Keetch! No quiero intentar darte gracias ahora...
Baste todo esto por el presente... Continuaremos luego..., dentro de unos momentos..., cuando haya pasado un rato... junto a la tumba de Cynthia... Tú te has cuidado de ella..., ¿no es cierto?
—Es cierto, jefe —replicó rápidamente Keetch—. Está allí, bajo ese nogal grande, rodeada de verja y cubierta de verdor... También hay flores. Pero el frío las marchitará muy pronto.
Veo que las hojas del castaño comienzan a caer... No, jefe, no lo he olvidado. Y la señora Benson y Estie... Espera, patrón, tengo algo más que decirte...
Latch le hizo una seña para indicarle que guardase silencio y se encaminó despacio hacia el gran nogal. El sol se ocultaba. Unos rayos de oro se filtraban por entre el follaje y caían sobre el césped. Tras las delgadas barras de una verja, la luz dorada brillaba sobre una lápida. Un conejo se deslizó por entre los barrotes y se alejó. Las hojas secas caían, como copos de nieve amarillenta. Latch percibió unos débiles sonidos que provenían de la lejanía: el rebuznar de un burro, el mugido del ganado, la música lánguida de una guitarra...
Se recostó en el enorme árbol de morena corteza y bajó la vista hacia el interior del terreno cercado por la verja: un montículo pequeño y verde —un monumento tosco—, y la palidez del oro y de las flores que se destacaban entre la hierba... El corazón se le angustió.
Parecía librarse una batalla, haber una gran tensión en el interior de su pecho, como si unas emociones contenidas durante largo tiempo comenzasen a despertar y a apreciar la dolorosa realidad. Este desvelo no sería lo que Latch había temido tanto. Estaba dispuesto a soportarlo.
¡Cynthia! Toda la hermosura que ella le había dado, todo el sacrificio y la expiación, la pasión que le ofreció, todo yacía enterrado en aquel lugar. La vida dura, la vida de crimen que Latch había llevado, ¿hasta matado su dolor, su arrepentimiento? En el pecho sintió la angustia de un insoportable dolor. Pero no lo sentía agudo, vivo, vibrante. Aquella tumba era esl final de su jornada. Su ardiente voluntad de continuar la lucha por la vida no encontraba alientos allí.
Le bastaría con regresar al Campo de Latch para comprobar verdaderamente, su jornada había sido la Jornada del Muerto. ¿Qué podría importarle ya el poseer o no un rancho que pudiera competir con el Maxwell? En aquel instante, Latch habría sido capaz de revelar a Kit Carson quién era el culpable de que se hubiera producido el ataque a la caravana perdida de Bowden.
¿Qué significado podría poseer para él, de allí en adelante, una mesa de juego? No había ya descanso, ni esperanza, ni paz, ni trabajo, ni afanes para él en el mundo. Y un largo y temloroso suspiro de resignación se escapó de sus labios.
En aquel instante, algo le rodeó una pierna. Bajó la vista. y vio que una niña había salido del pórtico pare aproximarse a él. Tenía una cabecita dorada, y sus tirabuzones llegaban a la altura del cinturón de Latch. Estaba mirándole con aquellos ojos, anchos y oscuros, que tanto le habían sorprendido cuando los vio a su llegada a la casa.
—Hazme el favor de marcharte, niña —dijo Latch con acento cariñoso—. Quiero estar solo.
—¡Papaíto! —contestó la nena con una vocecita aflautada.
—No soy tu papaíto, nena —replicó Latch, vagamente sorprendido.
Yo soy Estie. ¿No te ha hablado tío Keetch nunca de Estie?
No. Tío Keetch no me ha hablado nunca de Estie. Escribe muy pocas cartas... Hazme el favor de marcharte; Estie. Ésta es la tumba de una persona muy querida para mi.
—¡Oh, ya lo sé! —dijo la nena con fervor.
—¿Que sabes, criatura? —preguntó Latch, extrañamente arrancado a su melancolía.
—Yo también la quiero mucho. Todos lo s días vengo aquí...
—Eres una nena buena, Estie. Muchas gracias. Yo... yo... Pero, chiquilla, ¿por qué vienes todos los días a esta tumba?
—Porque es la tumba de mi madre.
Latch la oyó. Su reacción no fue instantánea. Cuando este mensaje llegó a su cerebro, pareció producirle un terror paralizador.
—Yo soy Estie. Tío Keetch me ha ordenado que venga a decírtelo —añadió ansiosamente la niña.
—Estie, ¿quién...? —Los labios de Latch apenas pudieron articular un vago y ronco susurro.
—Soy Estie Latch. Me llamo Estelle, pero tía Benson me llama siempre Estie. Es la que me da lecciones. Iba a escribirte para decirte que vinieras.
—¡Dios de los cielos! —murmuró Latch. Y se arrodilló para tomar entre sus temblorosas manos el rostro de la nena—. Criatura... ¿quién eres?
—Estie Latch —replicó con dulzura la nena—. ¿No lo crees? Nací aquí. Tengo casi siete años... Ésta es la tumba de mi mamá... Has tardado mucho en venir a casa, papá.
Y entonces la angustia que se apoderó de Latch pareció hallarse traspasada por una verdad casi increíble. Un último rayo oblicuo de sol cayó sobre los dorados rizos de la nena.
¡Qué iguales eran en su color al de aquella cabellera que antiguamente hablase apoyado en el pecho de Latch! Los ojos de Cynthia parecían mirar nuevamente los de él. ¡Eran los mismos ojos de color violeta oscuro que constituyeron el mayor encanto de la belleza de Cynthia!
—Vuelve a llamarme... eso... otra vez —murmuró.—1 Papaíto!— La nena le rodeó el cuello con los brazos.
Repentinamente, Latch apretó a la nena contra su pecho. ¡La hija de Cynthia! ¡Había nacido una nena! ¡Su nena, la nena de Latch! ¡Una criatura de cabellos rubios y ojos de color violeta! Y se sintió conmovido hasta el fondo del alma por el éxtasis que le producía la verdad, por el horror de la verdad. Por esto era por lo que todo el fuego y toda la violencia no habían podido poner un fin a la vida de Latch. Siendo el asesino de muchos niños inocentes, había de encararse con la espantosa verdad: tenía un hijo propio, una imagen de la mujer que le había amado, que le arruinó, que había muerto por él. Su propia hija: ¡Estelle Latch! La tenía junto así, tenía el cuello rodeado por sus brazos... Una mejilla húmeda se apoyaba en la de él... ¡La habían enseñado a querer a su padre! Aquel viejo chiflado de Keetch, aquella mujer desconocida... habían enseñado a la chiquilla a amar, a querer... ¡A amar a Stephen Latch, el compañero del sanguinario piel-roja, de Satana!
Pero la pequeña Estie no lo sabría jamás. Todo lo que había sido la antigua maldad de aquel hombre desgraciado se convirtió en un nuevo fuego presto a quemar lo que pudiera destruir la felicidad de la hija de Cynthia. Al oprimirla contra su pecho, todas sus pasiones se concentraron en una sola, en la de vivir para Estie, para salvarla, para compensar en ella cuanto su madre había padecido. La vida ya no podría tener un solo momento de paz para Latch. No; no la tendría en tanto que existiera aquella sombra que gravitaba sobre su nombre, en tanto que unos pasos siguieran sus huellas... Pero solamente rogaba por obtener la vida y el valor para hacer frente a todas las dificultades.
Un millar de pensamientos, de ideas, de proyectos se arremolinaron en su cerebro.
¿Podría dejar aquella criatura al cuidado de la desconocida y cariñosa mujer, e ir en busca de la horca que tanto había merecido...? ¡Imposible! La nena había esperado a su padre, aprendió a amarle, le había mirado con los ojos de Cynthia. ¡Jamás podría separarse de ella! Ni podría, tampoco, huir con ella a algún país lejano. ¡No! El Campo de Latch valía demasiado para que pudiera ser abandonado. El espíritu de Cynthia parecía llamarle, requerirle a que permanecie-ra con Estie en la tierra purpúrea en que había nacido, hija de un amor trágico y hermoso.
Estelle sería por completo igual a su madre. Sería una flor del Oeste. Amaría al Oeste y le convertiría en un factor que contribuyese al progreso del Oeste.
Latch estaba sentado con los Benson en la amplia estancia. Un fuego brillante ardía en la gran chimenea de piedra. En el exterior, el viento de noviembre aullaba en los aleros con un anuncio de tormenta.
Alec Benson tenía alrededor de cuarenta años, y era un hombre robusto de Pennsylvania. Su esposa era más joven que él. Era la mujer apropiada para un colonizador.
Ambos llegaron a la región para contribuir a su crecimiento.
Latch había escuchado silenciosamente la historia que la señora Benson le refirió acerca del nacimiento de Estie y de la muerte de Cynthia. Si Latch no hubiera huido aquella noche, hacía mucho tiempo, loco de dolor, podría haberse ahorrado seis años de vida atormentada y depravada. No se vería forzado a tener que borrar las huellas de sus culpas y de tantos crímenes. Y habría tenido a la hija de Cynthia para que lo consolase...
La parte de la historia de la mujer que más turbé a Latch fue la que se refería al hecho de que Cynthia intentase desesperadamente dejarle un mensaje. Pero había muerto sin conseguirlo. Cartas..., nacimiento..., fortuna... Estas inquietantes palabras fueron las únicas que la señora Benson pudo entender. Latch decidió alejar de su imaginación aquellas desasosegadoras palabras por el momento. No tenía duda, sin embargo, de que en lo futuro alcanzarían un valor importante.
—Debo mucho a ustedes —dijo a la pareja—. Mi agradecimiento debe ser expresado con actos, del mismo modo que la bondad de ustedes se ha inclinado hacia mí... Benson, si vino usted al Oeste para labrar su fortuna, no necesita dar ni un solo paso más. Puede hacerla aquí, a mi lado. Somos los primeros en venir aquí. Es usted el jefe de mi rancho, y le autorizo a que mientras desempeña este papel pueda desarrollar el suyo y criar sus propios ganados. ¿Quiere aceptar?
—¿Cómo no...? Señor Latch, con ello seré el más feliz y el más afortunado de todos los hombres de este mundo —contestó cordialmente, conmovido, el granjero.
—Queda, pues, convenido. Vivirán ustedes aquí, conmigo. Más adelante hablaremos de nuestros proyectos para desarrollar el rancho y mejorar nuestro porvenir —expuso Latch; y se volvió hacia la mujer del agricultor—. Señora Benson, sus atenciones para con Cynthia no po-drán ser jamás suficientemente recompensadas. Ni los cuidados que ha tenido para mi nena...
Pero si desea usted continuar ocupándose de la educación de Estelle, la recompensaré con esplendidez.
—Haría todo lo posible sin necesidad de recompensas —replicó, la señora Benson—. Quiero a Estie. Es una criatura extraña, adorable, preciosa... Fui, antiguamente, maestra de escuela.
Puedo encargarme de su educación hasta que tenga diez años, o acaso doce.
—¡Me parece muy bien) Cuando Estelle tenga doce años, la enviaré a una escuela del Sur.
Unas horas más tarde Latch se hallaba en la misma estancia en compañía de los hombres a quienes Keetch había convocado. Las bebidas fuertes abundaron, así como los cigarros. Latch estaba recostado en el respaldar de la silla y miraba alternativamente a aquellos proscritos que habían pertenecido, en una u otra ocasión a su banda.
Leighton, salvo en lo que se refería a la deformación de su rostro, parecía hallarse en condiciones mucho mejores que la última vez que lo vio Latch. Estaba menos grueso y tenía mejor aspecto. El frecuente uso de la botella y de los actos malvados no se acusaban tan marcadamente en sus ademanes. Pero era más fuerte que nunca la fuerza que de él irradiaba, así como la dominante pasión que lo poseía.
Jerry Bain, el proscrito pequeñito de quien ningún desconocido podría jamás esperar algún mal; Seth Cole, grueso, blandengue, perezoso, que había caído en la senda de la maldad porque era la más cómoda de seguir; Turbler Johnson, el artista de circo, un buen amigo y un enemigo peligroso; Mizzouri, el viejo, que hablaba lentamente, tenía los cabellos del color de la arena; el vaquero pecoso que se había entregado al mal; y, finalmente, Plug Halstead, el hombre de mirada aguda, el hombre de la frontera sobre quien se habían acumulado las inquietudes que solamente una pistola puede terminar..., todos los miembros de la banda de Latch en el pasado, los que habían sido cuidadosamente elegidos y lealmente tratados, los que por esta causa jamás le habían chasqueado.
—Tengo una sorpresa para todos vosotros, compañeros —dijo Latch después de una hora de conversación—. Recordaréis que siempre he acostumbrado ir al bulto sin andarme por las ramas...
—Sí; o sacar en seguida la pistola —replicó Plug Halstead.
—Bueno; jefe, dispare —dijo Mizzouri.
—La banda de Latch no existe ya. Ha terminado... por completo. Os pido a todos y a cada uno de vosotros que os hagáis hombres honrados.
La sorpresa provocada por esta petición pudo verse impresa en la dureza de todos los rostros; el hecho de que fuese recibida en silencio dio prueba del asombro que produjo.
—Seré honrado durante todo el resto de mi vida-continuó Latch—. Me dedicaré a pensar, a derrotar, a borrar mi pasado. Todas las circunstancias están en contra mía. No puede decirse si conseguiré mi propósito o no. Una sombra se cierne sobre mí. Alguien sigue mis huellas. Kit Carson, Dick Curtis, Beaver Adams... sospechan de mí. Los hombres de las llanuras y los jefes de las caravanas, como Jim Waters, conocen mi relación con Satana. Todos vosotros caéis bajo esta siniestra sombra. Todos habéis obedecido mis órdenes en los ataques realizados de acuerdo con Satana. Si se me descubre, vosotros seréis descubiertos también.
Esto, en lo que se refiere al pasado. Veamos ahora el porvenir. Ya me parece ver el día en que el. Oeste no pueda soportar a los proscritos. Es posible que esto no suceda en nuestros días, pero no es ésa la cuestión. La gran obra ha comenzado. La época de la construcción del imperio del Oeste se ha iniciado ya. Los trajineros desaparecerán, y también las caravanas, los hombres de las llanuras, los guías y exploradores; y, con todo ello, los indios y todos los criminales de la frontera. Hacia lo que quiero dirigir vuestra atención es hacia el hecho, hacia el movimiento que se ha iniciado. ¡No al resultado final! Ninguno de nosotros vivirá lo suficiente para verlo... Ahora, hablad todos, decidme lo que opináis sobre mi proposición.
—Pues, coronel —comenzó diciendo ruidosamente Keetch—, por mi parte creo entender que sugieres que este movimiento de la frontera terminará pronto con todos los proscritos...
—Exactamente.
Mizzouri chupó ansiosamente su cigarro y miró la nube azul de humo que producía, como si la idea sugerida por Latch fuese nueva para él.
—Hay mucha verdad en lo que dice usted, patrón. Siempre le he tenido mucho afecto, y si dice usted que quiere hacerse honrado, también lo querré yo.
—Y yo. Siempre he esperado verme colgado de una cuerda —dijo el negro.
—Latch, yo y Jerry Blain hemos estado hablando de esa misma cuestión no hace mucho tiempo —añadió meditabundo Seth Coe—. Y estamos de acuerdo... Lo malo en eso de hacernos buenos, es : ¿cómo diablos vamos a arreglárnoslas para ganarnos la vida?
—Coronel, siempre ha sabido usted que el ser malvado era una cosa que tuve que aceptar a la fuerza —dijo Plug Halstead—. Me parece que los hombres de mi naturaleza tienen que ser malos a la fuerza... si el sacar a tiempo las pistolas es una cosa mala... Bueno; supongamos que pasara la hoja y me hiciera juez o predicador... Muy pronto vendría algún hombre persiguiéndome... para ver si soy capaz de desenfundar la pistola y disparar antes que él.
Esta salida provocó una carcajada general. Leighton era el único que no había expuesto su opinión, si es que tenía alguna que exponer.
—La idea es buena, jefe —dijo con una sonrisa desconcertante—. En cuanto a mí... siempre he intentado pasar la hoja. Probablemente no hay mejor ocasión que ésta para intentarlo.
—¡Convenido! —exclamó Latch mientras se levantaba y comenzaba a pasear de un lado para otro—. Ahora, hablemos de los medios y de la forma. Este valle puede proporcionar el sustento para medio millón de cabezas de ganado, si logramos alejar a los búfalos de aquí. La era del ganado ha comenzado. Con él se están haciendo grandes fortunas en Dodge City. Los trajineros y los comerciantes compran el ganado a dos o tres dólares por cabeza, y lo venden en Dodge a quince. Este precio subirá más y más. Dentro de pocos años se pagarán cuarenta dólares por una res. ¡Cuarenta dólares por un novilleejo entregado en Dodge! ... Todos podremos hacernos ricos, amigos. En realidad, somos ricos ahora mismo...
—¿Podría usted demostrarnos que eso es cierto, patrón? —preguntó Mizzouri.
—Fuimos los primeros en venir aquí. El valle es mío. Como todos sabéis, se lo compré a Satana. Es un valle prodigiosamente rico de hierba, agua y clima. Las montañas están cubiertas de arbolado... Mi proposición para todos vosotros, excepto para Leighton, es ésta: os entregaré a cada uno un rancho y ganado... Por ejemplo: quinientas cabezas a cada uno. ¡Buen principio! Y, además, cinco mil dólares. Uníos a varios mejicanos y, bajo la dirección de Keetch, construid graneros, casas, corrales, hogares... Buscad esposas, aun cuando hayan de ser indias. Trabajad. Y borrad vuestro pasado.
Keetch produjo gran estrépito con la muleta al levantarse para defender la iniciativa de su jefe.
—¡Es una gran idea, muchachos! Todos podéis ver la conveniencia del proyecto de Latch, así como su generosidad. ¡Vamos! Todos vosotros podéis vivir aún muchos años...
¡Años de honradez!
El titerero negro movió circularmente los boyunos ojos.—Amo Latch, siempre he sabido que eres un hombre bueno. Sí, lo he sabido siempre.
Diablos, sí! exclamó Mizzouri.
Blain, Cole y Halstead, acuciados por el entusiasmo del momento, dieron con rapidez su opinión favorable.
—Leighton, tú no necesitas comenzar a instalar un rancho. Las cosas marchan bien para ti, según dice Keetch, en lo que se refiere a prosperidad. ¿Estás con nosotros? Latch se detuvo y se inclinó con ansia sobre su antiguo compinche.
—Latch preferiría continuar mi camino yo solo —replicó Leighton, de modo inescrutable—.
Pero estoy a vuestro lado en lo que se relaciona con el secreto de nuestra antigua banda.
—¿No quieres unirte a nosotros para seguir este camino hacia la honradez? —preguntó Latch.
—No quiero volver a unirme a ninguna banda —replicó roncamente Leighton—. Pero apruebo vuestro proyecto. Lo que sucede es que quiero elegir por mí mismo mi actividad.
—Me parece razonable —dijo Keetch—. Dejemos a Leighton que siga el camino que quiera..., siempre que sea honrado.
—Estoy de acuerdo —añadió Latch.
—¿Cómo pensáis apaciguar a Satana? —preguntó Leighton—. He venido hace poco tiempo del desfiladero de Tela de Araña. Fui a cazar... El viejo está un poco inquieto... Fueron nuestros convenios, como sabéis, lo que te alejó de la guerra. Va a resultar dificil entenderse con él.
—Eso, y los gastos que ocasione, corre de mi cuenta —declaró Latch.
—Pero hay una tarea más difícil que ésa. ¿Qué haremos con..., bueno, con los «hombres de nuestra clase que vienen aquí, cada vez en cantidades más grandes, todos los inviernos?
Todos serán bien recibidos. Los proscritos, los indios, los hombres de todas las clases y todas las castas, todos serán bien recibidos. Nuestra casa estará siempre abierta para ellos. Los ocultaremos en el caso de que sea necesario, les daremos alimentos, seremos amigos suyos...
Pero... ¡sin olvidar que nos hemos vuelto honrados!


XI
Corny dejó de mirar los ojos fijos y el rostro contraído del postrado guía.
Repentinamente, frío y angustiado, se alejó de él.
—Te forzó a luchar, Corny —dijo Weaver, el jefe de los guías, en tono áspero y apresurado—. Todos lo hemos visto: Pero ese hombre era el favorito de Lanthorpe, y ya sabes que Lanthorpe te tiene ojeriza... Márchate al galope, compañero, antes de que venga.
—Lo lamento mucho, Corny —añadió un jinete de rostro delgado—. Ninguno de nosotros apreciaba a Pitch. Era un hombre mezquino. Y ha encontrado lo que era natural que encontrase... Pero, como dice Weav, Lanthorpe le tiene cierto afecto. No podrás hacer nada mejor que escapar.
—Pues... tengo pensado quedarme —declaró mientras enfundaba la pistola.
—Sí. Y hacer lo mismo con él —añadió Weaver—. No lo hagas, Corny. Con eso solamente conseguirías convertirte en un proscrito. ¿No es cierto, Chet?
—¡Cierto como el infierno! Y te apreciamos demasiado para permitirlo, Corny. Si no quieres cuidarte de ti mismo, por lo menos piensa un poco en nosotros.
—Si ponéis las cosas de ese modo...—replicó Corny reflexivamente.
—Escucha, vaquero —le interrumpió Weaver, más tranquilo—. Ocultaremos todo esto a Lanthorne durante todo el tiempo que podamos. Tú, entre tanto, sigue el camino del río y alcanza a la ciudad. Anoche llegó una caravana que se marchará esta mañana. Vete con ella, Corny.
—1 Una caravana, Weav! Lo que haré será entenderme con algún ganadero para que me dé trabajo... y os veré de nuevo en Dodge:
—No, no lo hagas, Corny —aconsejó enérgicamente Weaver—. Lo que debes hacer es alejarte de esos lugares, dejar de recorrer estos caminos. Texas ya no es bastante grande para que quepas en ella... Corny, no discutas, no te enfades conmigo. Sigue mi consejo, y vete al Oeste.
—¿Adónde? —preguntó Corny, como si le intrigase la nueva idea.
—A cualquier parte del Oeste, aun a California... Corny, has pasado seis años en este Camino de Chisholm... buscando a aquel... a aquel hermano... Perdóname, Corny, pero es cierto. Jamás lo encontrarás. De modo que abandona el Camino en que has ganado tan mala reputación por tu facilidad para liarte a tiros... y comienza a vivir de nuevo.
—Corny, eso es hablarte con sentido común —añadió el otro guía—. Es sentido común. Tú no eres un hombre malo, no eres un pistolero, Corny, sino un hombre de buena familia de Texas, y...
—Vosotros ganáis —replicó fríamente Corny—. No inistáis más... Pero ¿adónde diablos puedo ir?
—Iba a decírtelo —continuó Weaver.
—Date prisa, jefe, que veo venir a Lanthorpe dijo desde detrás de él otro guía.
—Ponte en marcha con la caravana que te he dicho —continuó apresuradamente Weaver—.
Siguen la dirección de esa carretera de Lyons hacia el Oeste. Llega con ellos hasta el río Canadiense. Prueba tu habilidad como cazador de búfalos. Éste va a ser un gran año para los cazadores de búfalos... O, y será mejor, Corny, vete al Campo de Latch. Dicen que Latch tiene un rancho ma ravilloso en la bifurcación norte...
—¡El Campo de Latch! ¡Un punto de cita de forajidos y bandidos! ¿No es así?
—¡Habladurías, muchacho! Por lo menos, en lo que se refiere a Latch. Ya has oído en Dodge hablar de las bandas de criminales que pueblan el oeste del Cimarrón. Pero respecto a esta cuestión Corny, ¿quieres decirme dónde podrás ir en estos tiempos sin encontrarte con ellas? ¡Mira lo que ha sucedido en ese vicio camino ganadero desde que los cazadores de búfalos llegaron a él en tan gran cantidad! Aléjate de las carreteras y los caminos principales.
Eso es lo debes hacer, muchacho.
—Bien, muchas gracias a todos vosotros —contestó Corny, y se dirigió hacia su caballo y lo ensilló para dar comienzo a la jornada. Se alejó con él del campamento, y siguió la orilla del río, donde la vegetación de algodoneros y cardagueras le ocultó muy pronto. Mientras avanzaba en su camino, tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir la desagradable impresión que surgía en su interior y que comenzaba a atosigarle. Al llegar a un grupo de algodoneros se detuvo y se sentó en el suelo para liar un cigarrillo.
—Es cosa de empegar a pensar que Weav tenía razón en lo que dijo de Lester —pensó—.
Supongo que... Pero todo lo que he esperado durante todos estos años es descubrir solamente lo que haya sido de él... ¡Bueno!... No lo sabré jamás.
El hermano, hacía mucho tiempo perdido, se había convertido solamente en un recuerdo. Corny experimentó cierto consuelo y cierta satisfacción al abandonar una búsqueda que era desesperada. Y se sintió alegre también de no volver a pisar el Camino de Chisholm.
Había sido guía casi desde los dieciséis años. Aquella ruidosa conducción de ganados desde Río Grande a los mercados de Abilene y Dodge era una cosa que se acomodaba bien con su naturaleza. La constante acción, la presencia continuada del peligro de las desbandadas, las inundaciones, las tormentas, los indios, los búfalos, los ladrones, la lucha contra hombres tan duros, tan insensibles como él, el encanto y la magia que parecía encerrar el más grande movimiento de ganados que el Oeste había conocido..., todo esto había llenado la vida inquieta y desgraciada de Corny, todo esto le había salvado de convertirse en un vagabundo, en un pistolero profesional. Amaba a Texas. Le dolía mucho tener que renunciar a las interminables extensiones de terreno, a la vista del blanco Llano Estacado, a vadear el Nueces, el Brazos, el Rojo, el Canadiense, todos aquellos ríos a los Que tanto quería. Pero, por otra parte, estaba bien que Dodge, Abilene y Hays City no le vieran más. «La pistola de Corny ladra con excesiva frecuencia», había dicho un viejo guía. Corny confesaba que era cierto. Y él conocía mejor que los demás cuántas veces las pistolas de los otros ladraban para él.
Corny fumó otro cigarrillo, volvió a montar su caballo y se dirigió hacia la parte alta de la orilla del río, desde donde le sería posible ver el camino. La gran manada de Lanthorpe estaba cruzando el río allá, abajo. Una línea larga, moviente, oscura rompía la brillante serenidad de la corriente. Muy pronto quedó formado una especie de puente que se extendió de orilla a orilla y que estaba constituido por los largos cuernos de los animales. Los conductores tropezaban con dificultades para gobernar a la última sección de aquella manada triangular compuesta de más de tres cabezas.
—Weav me va a echar de menos cuando tenga que pasar las últimas reses —se dijo Corny con orgullo. Estaba orgulloso de su reputación de ser el mejor de todos los conductores en lo que se refería al manejo de las últimas cabezas de una vacada. Corny miró una vez más hacia abajo. Aquella era su mirada de despedida al Camino de Chisholm...
El duro golpear de unos cascos contra el terreno llegó hasta sus oídos. Un caballo avanzaba por entre los sauces de la parte baja de la orilla. Inmediatamente vio el negro sombrero de un jinete. Uno de los conductores de la manada le seguía. Corny salió del lugar en que se había ocultado y no tardó mucho en encontrarse ante el jinete.
—¿Por qué sigues mis huellas, Jeff? —preguntó.
—Porque quiero decirte adiós y entregarte esto —replicó el otro, mientras alargaba el brazo y entregaba a Corny un puñado de billetes.
Corny miró con asombro los billetes y luego a Jeff. Estaba intentando liar un cigarrillo mientras miraba a Jeff suplicantemente.
—¡Cógelo, compañero! Ha sido idea de Weav... Sabía que no tienes ni un solo dólar.
Weav dijo que todos debíamos contribuir a ayudarte. No quiero que comiences a vivir una vida diferente sin tener ni un céntimo en el bolsillo. Pero no te aficiones a la botella, Corny...
El amable consejo de Weaver, el regalo de sus camaradas, la fe y la esperanza expresadas en sus deseos de tener noticias de él..., todo esto rompió la reserva de Corny, que inclinó la cabeza.
—¡Dios mío! ... Y yo jamás me he cuidado de nadie... Y nadie me ha importado nunca...
sino él. —Sí... Lo comprendemos. Corny —replicó el otro suavemente—. Y ésta ha sido la razón de que a todos nosotros nos importases tanto tú... ¡Adiós, amigo! Weav dice que sigas el camino recto. No necesito decirte que debes, también, disparar rectamente...
Jeff dio vuelta al caballo y comenzó a correr con tanta velocidad, que cuando Corny quiso hablar, ya había desaparecido.
—¡Di a Weav que lo haré! —gritó roncamente Corny en dirección a la temblorosa enramada situada bajo él—. ¡Adiós, Jeff!
Corny se alejó de la orilla del río y comenzó a atravesar el terreno llano en dirección al camino. El sol estaba alto y era cálido. Los pájaros volaban entre la enramada y los conejos se dispersaban velozmente al paso del caballo, Corny vio pronto unas columnas de humo azul y luego las cabañas de las afueras de Findlay. Corny recordó los tiempos en que aquella colonia era solamente un punto de parada en el largo camino de los guías, un punto de compra y venta de mercancías. Una fetidez de cueros de búfalos hirió su olfato. Grandes balas de pieles velludas estaban repartidas por el suelo. Los trajineros cargaban apresuradamente. Corny pasó cerca de ellos, y se dirigió hacia un campamento en las afueras de Findlay, donde preguntó si había pasado por allí una caravana que llevaba dirección Oeste.
—Se marchó antes del amanecer —contestó un hombre de patillas rojas que echó una mirada llena de curiosidad a Corny—. ¿No te he visto con la manada de Weaver?
—Es posible ¡Buenos días, amigo! —respondió Corny.
Y se volvió hacia el Oeste y comenzó a seguir el polvoriento camino. Puso su caballo al galope hasta llegar a un alto recodo del camino, donde no podía vérsele desde el campamento, y luego continuó caminando lentamente. La larga carretera daba vuelta hacia el Oeste, desaparecía acá y acullá, reaparecía más allá. Era evidente que seguía el curso de un río, o de un ramal del río, curso que estaba marcado por las mimbreras y los grupos de árboles. Corny se inclinó para examinar las huellas de los carros que se marcaban en el camino. La caravana había pasado hacía varias horas. Corny decidió continuar avanzando descansadamente, de modo que no tuviera que alcanzar a la caravana antes de que hubiese llegado la hora de acampar para pasar la noche. ¡Un largo día, solo, en la polvorienta carretera, un día en que pensar...! Había dicho adiós para siempre al conocido Camino y a sus antiguos camaradas.
Debía, por medio de un esfuerzo de la voluntad, alejar de la memoria el recuerdo del hecho que le obligaba a separarse de ellos, cosa que ya había hecho en ocasiones anteriores. Y cuando apartó la mirada de la polvorienta carretera para dirigirla hacia la vasta extensión purpúrea, le pareció percibir, tanto con extrañeza como con cierto consuelo interior, que algo situado más allá de las montañas le llamaba con insistencia.
El mediodía encontró a Corny cuando trepaba a una alta loma, desde la cual vio altas columnas de polvo que se elevaban en la carretera, delante y detrás de él. La caravana que buscaba originaba, sin duda alguna, las primeras. Pero, ¿de dónde provenía lo que en el Oeste se llama «un paso en la senda propia». Lanthorpe era capaz de enviar algunos hombres en busca de Corny, y éstos eran los que originaban aquella polvareda que brotaba a espaldas de él. Pero una reflexión más detenida le mostró la falsedad de esta suposición. Weaver y sus acompañantes habían tomado la dirección Norte varias horas antes; y, de todos modos, Weaver y sus antiguos compañeros harían todo lo que estuviese en su mano por anular la decisión de Lanthorpe.
Continuó su camino a través de la larga pendiente, y descendió hasta un agradable valle en el que las arboledas y la hierba, así como muchas flores, bordeaban un arroyo serpenteante.
La sombra invitaba al descanso. Como dejó a su caballo en libertad para que bebiese, y luego se dirigió con él hasta una arboleda situada a corta distancia del camino. Después retrocedió, y encontró un lugar sombreado y oculto en el que se propuso esperar hasta que pasase lo que levantaba la nube de polvo que había visto detrás de sí.
Aquel rincón era fresco y placentero. La brisa del mediodía agitaba las hojas de los árboles; entre la arboleda se producían unos sonidos gratos. Corny tuvo que hacer un esfuerzo para no dormirse. ¿Cuándo habría dormido suficientemente un guía de ganados? Aun no habría transcurrido media hora, cuando llegó hasta él el ruido de unas pisadas de caballos. Su situación era tal, que cualquier jinete pasaría por la carretera antes de que Corny tuviera oportunidad de verle. Inmediatamente, dos hombres vestidos con ropas oscuras, que cabalgaban unos caballos bayos, se apartaron de la carretera y se presentaron ante la vista de Corny. Tenían ese aspecto que, por regla general, suele despertar las sospechas de los guías.
Desmontaron junto al arroyo, dieron de beber a los caballos, y se encaminaron hacia la espesura en que se hallaba oculto Corny. ¡Demasiado cerca para su tranquilidad! Sin embargo, a Corny no le fue posible oír lo que decían en voz baja. De todos modos, le pareció apreciar que se preparaba algún acontecimiento. La infalible desgracia y la fatalidad le habían conducido en dirección a algún nuevo incidente, probablemente calamitoso. Los jinetes no suelen desmontar y esconderse entre la espesura sólo para descansar y disfrutar de una temperatura fresca.
Corny supuso que algunos otros jinetes, y acaso algún carro retrasado de la caravana, se hallaban a punto de llegar. Aquellos dos hombres que se habían ocultado junto a él eran salteadores de caminos. Los robos y los atracos se sucedían con demasiada frecuencia por aquellos días en las carreteras y en las sendas de Texas.
Aun cuando Corny permanecía vigilante y era astuto, no estaba preparado para recibir la sorpresa que le produjo oír el rítmico trotar de cuatro caballos y el rodar de un coche que se acercaban y que aminoraban la marcha al llegar a las proximidades del agua.
En aquel instante, un arrastrar de pies y el tintinear de unas espuelas hizo conocer a Corny que los dos emboscados salían de entre la espesura. Miró por entre unas matas y los vio pasar cerca de él.
—Steve Latch pagará una buena recompensa si le devolvemos viva a su hija —dijo uno de los hombres.
—Sí, ya me lo has dicho muchas veces. Pero no conocemos esta región. Estudiemos bien las condiciones en que se hallan los viajeros, antes de echarles el alto —replicó el otro.
Y Corny ya no pudo oír más. Se sintió presa de la excitación. Murmuró en voz baja : «¡Bueno! ¿Qué demonios he encontrado ahora? ¡La hija de Stephen Latch...!» Se levantó sin hacer ruido, se inclinó y comenzó a zigzaguear por entre los arbustos y los macizos para aproximarse a la carretera. No podía verla, pero el ruido que producían los caballos al trotar lentamente le indicó el lugar en que se hallaban. Lo que principalmente quería descubrir era el sitio donde se habían detenido los dos salteadores.
Corny se aventuró a gatear hasta el borde del macizo. Desde allí le era posible distinguir la carretera a una distancia de varias yardas, pero no pudo ver a ninguno de los dos hombres. Debían de hallarse cerca, y sería muy probable que saltasen de un momento a otro para detener el coche. Corny preparó una de sus pistolas. En sus labios resecos se dibujó una amarga sonrisa. Bonita probabilidad de evitar una lucha a tiros! Pero las circunstancias le habían interesado profundamente.
De repente, el chasquido de unas ramas delante de él hizo que el circular de su sangre se hiciese más violento.— ¡Manos arriba todos!— gritó una voz estentórea.
El grito de una muchacha, el golpeteo de unos cascos, unos gritos sobresaltados y el chirriar de unas ruedas atestiguaron que el coche se había detenido. Corny sacó la cabeza de entre el macizo. Los ladrones y sus víctimas se hallaban fuera de su radio de visión, al otro lado del macizo. Salió arrastrándose, se irguió, corrió con ligeros pasos, se detuvo para respirar profundamente... y saltó.
Esta acción le situó a unas seis yardas de distancia de los dos hombres de ropajes oscuros, de los dos ladrones, que se hallaban vueltos de espaldas a él, apuntando con las pistolas al conductor del vehículo y al compañero que se sentaba a su lado. Ambos tenían las manos levantadas por encima de las cabezas, y el conductor aún conservaba entre ellas las riendas de las caballerías.
—Eh!— gritó Corny tan fuerte como le fue posible.
Los dos hombres giraron rápidamente, con las pistolas preparadas para disparar. Dos disparos de Corny interrumpieron sus movimentos. Uno de los forajidos descargó el arma mientras caía. El otro cayó sencillamente al suelo, como un saco vacío aI que se soltase de repente.
—¡Arre, arre! —voceó el conductor del vehículo a los caballos. Los caballos arrastraron el carruaje hasta más allá de donde se hallaban tumbados los dos hombres.
Al correr junto al vehículo, Corny vio tres mujeres de rostro lívido y una mujer negra, cuya cara parecía más negra aún por el contraste que ofrecía con los pálidos rostros de las otras mujeres. Uno de los dos caballos, el del lado izquierdo, se encabritó asustado. Corny lo asió con una mano de hierro y lo obligó a inmovilizarse.
—¿Ibas a llevarlos a beber allá, conductor? —preguntó Corny.
—¿No... no iba usted con esos hombres...? —preguntó el conductor, que evidentemente era víctima del temor y de la indignación. El negro que estaba sentado junto a él, sólo experimentaba temor.
—No. Voy solo —contestó Corny mientras enfundaba el arma.
El diablo cargue con sus puercos pellejos! —exclamó el conductor—. Los has arreglarlo, muchacho. Les has dado su merecido... Sí, quería que los caballos bebiesen allí... ¿Quieres hacerme el favor de tomar a los caballos de las riendas?
Corny cogió uno de los extremos en cada mano y guió los caballos hacia la sombra. El conductor saltó al suelo.
—¡Dame esa mano, muchacho! —exclamó mientras extendía la suya—. ¿Cómo te llamas?
—Pues... podría llamarme Jeff Davis; pero no me llamo así —contestó Corny.
—¡Ah! Yo me llamo Bill Simpson. Y soy el conductor de Latch, el del Campo de Latch.
—¿Cómo estás?... Me parece que eres un conductor muy descuidado para que puedas trabajar para el señor Latch... si lo que he oído acerca de él es cierto.
—¿Descuidado? ¡Sí, Dios mío! Peor que descuidado... Pero todo ha sido por culpa de la señorita Estie, vaquero; puedes creerme —dijo Simpson mientras desenganchaba los caballos—.
¡Baja, More, y ayúdame! ... Verás lo que ha sucedido, vaquero: llevo a la hija de Latch y a dos o tres amigas suyas al Campo de Latch. No hemos estado nunca a solas en el camino hasta esta mañana. Yo quería unirme a la caravana de Bridgemen. Pero las mujeres no se levantaron a tiempo, y cuando lo hicieron, la señorita Estie me dijo que corriera para alcanzar a la caravana de Bridgemen. Y esto es lo que quería hacer cuando esos hombres salieron de entre la enramada. Los he visto espiándonos esta mañana. Y si ese hombre fuerte y de cara pecosa no ha estado alguna vez en el Campo de Latch, entonces es que no soy bueno para recordar fisonomías.
—Bueno, ha sido una suerte que yo estuviera descansando a la sombra —dijo Corny.
—Una suerte... para nosotros. Y..., bueno, también es una suerte para ti si alguna vez vas al Campo de Latch... Tan pronto como haya dado de beber a los caballos voy a volver atrás para mirar de nuevo a esos hombres... Sí, señorita Estie, no hay ya peligro de ninguna clase, gracias a este vaquero.
—Haz el favor de mojarme el pañuelo. Marce se ha desmayado dijo la misma voz musical que había llamado a Simpson.
Corny dio un salto para coger el pañuelo que le tendía una mano enguantada que asomaba por la ventanilla del coche. Corrió hacia el arroyo, lo empapó en agua y volvió con él junto al vehículo. La misma mano lo recogió, pero esta vez no estaba enguantada. Su propietaria se inclinaba sobre un pálido rostro que se apoyaba en el regazo de la negra. La tercera muchacha estaba sentada, sin ánimos, decaída. La que Corny había supuesto que sería la señorita Latch tenía una cabellera de un color dorado-rojizo que asomaba en ondas bajo el torcido sombrero.
—Ya vuelve en si, señorita Estie —dijo la negra-He tenido miedo a desmayarme también...
Siéntese, señorita Marcella.
—Marce, ya se ha pasado el desvanecimiento —dijo la señorita Latch.
—¿Me he desmayado? ¡Qué tonta! ¡Oh, me habéis ahogado en agua! ... ¿Qué ha sido de esos... de esos hombres tan horribles?
Simpson se acercó y miró al interior del coche.
—Siento mucho que se haya llevado usted ese susto, señorita Marce... Pero usted misma puede decir que se lo ha buscado... Ha estado usted durante todo el viaje deseando que sucediera algo... Y ha surgido. Y podría haber sido peor que lo que ha sido... Aquí tiene usted a nuestro salvador, nuestro amigo el vaquero..., que dice que podría llamarse Jeff Davis..., pero que no se llama así.
Las jóvenes se hallaban en aquellos momentos demasiado preocupadas para que pudieran darse cuenta de la presencia de desconocidos o hacerse cargo de presentaciones. Por lo cual, Simpson condujo a Corny a la carretera y luego al lugar en que yacían los asaltantes.
—Perdóname, Simpson. Registra a esos hombres e identifícalos, si te es posible, mientras yo pongo en libertad a sus caballos —dijo Corny.
Corny apreciaba más a los caballos que a los hombres: Los libró de las bridas y de las sillas y los dejó en libertad. Luego, cruzó el arroyo para ir en busca del suyo. Cuando regresó, encontró a Simpson enganchando los del coche.
—Iré detrás de vosotros hasta que alcancemos a la caravana —anunció Corny.
—Me parece que debemos estar contentos de poder llevar tan buena compañía, vaquero —contestó el conductor.
—Tenga la bondad de acercarse, joven —dijo desde el interior del coche una voz imperiosa y juvenil:
Corny creyó percibir el aviso de que se fraguaba algún importante acontecimiento, para hacer frente al cual no estaba preparado. A causa de la tragedia de su hermano —que tuvo una mujer por causa principal—, Corny jamás se había dejado llevar por su tendencia natural. Temía a las mujeres, desconfiaba de ellas. Se quitó el sombrero y, con la brida del caballo sobre el brazo, se aproximó al coche. Si en toda su vida había visto un rostro hermoso, el que tenía delante en aquel momento, con su palidez y sus ojos violeta y sus labios rojos, eclipsaba el recuerdo.
—Nos ha salvado usted de ser robadas, si no de algo peor, señor —dijo la joven con gravedad—. Y el robo habría sido bastante grave sin necesidad de más complicaciones.
Llevamos una gran cantidad de dinero a mi padre, Stephen Latch, del Campo de Latch. Soy Estelle Latch. Estas dos señoritas son mis amigas la señorita Marcella Lee y la señorita Elizabeth Proctor.
Corny se inclinó.
—Me alegro mucho de haberlas conocido, señoritas —dijo; y una sonrisa iluminó su rostro.
—¿A quién debemos agradecer este salvamento? —dijo la señorita Lee débilmente—.
Quiero expresarle mi agradecimiento..., en primer lugar por habernos salvado; en segundo lugar, por la severa corrección que merezco. He venido pidiendo durante todo el camino que nos sucediera algo emocionante.
—¡Oh, señorita, no me lo agradezca! —contestó Corny con voz lenta y perezosa.
—Pero tenemos mucho que agradecerle —añadió la señorita Latch con seriedad—. Y queremos saber quién es usted.
—Creo, señorita Latch, que no importa mucho quién pueda ser yo... —replicó Corny mientras inspeccionaba con una mirada la distante llanura—. Soy solamente un guía de caravanas, un inútil que perdió su trabajo esta mañana y estaba descansando a la sombra.
—¿Están... muertos esos bandidos? —preguntó la señorita Latch con perfecta serenidad y en actitud tan en consonancia con el carácter del Oeste como Corny podía esperar de una hija de Stephen Latch.
—No lo he visto, en realidad —replicó lentamente Corny—. Parecía como si estuvieran durmiendo una siesta.
—Sin duda le agrada ser chistoso, señor guía de caravanas. Pero no pareció usted muy inclinado a las bromas cuando salió de entre la maleza.
—Reconozco que mi aparición fue un poco repentina —contestó Corny—. Pero lo cierto es que oí que uno de los bandidos decía que el padre de usted pagaría un bonito rescate por poder recobrarla viva. De modo que no abrigaba grandes temores por usted cuando intervine en la cuestión.
—¡Qué horroroso...! —exclamó la señorita Latch—. ¿Habéis oído? Esos rufianes no se proponían solamente robar... Es preciso que mi padre lo sepa, señor.
—Bien, no tengo inconveniente en que se lo diga usted, señorita. Pero no insista mucho en ello. No es muy honroso para mí el hecho de que estuviera tumbado a la sombra en tales circunstancias.
—¡Es usted un hombre muy extraño, joven! —declaró la muchacha dulcemente; y de nuevo los maravillosos ojos de color violeta lanzaron a Corny una mirada que le recorrió de arriba abajo—. ¿No comprende usted que mi padre querrá recompensarle..., darle trabajo..., demostrarle su agradecimiento... por el favor que nos ha prestado a mí y a mis amigas?
—Supongo que así será, señorita. Por eso no quiero seguir el camino que conduce al Campo de Latch.
—¿No querrá usted aceptar nada como recompensa por lo que ha hecho usted por nosotras? —preguntó sorprendida Estie.
—No..., no mucho —respondió lentamente Corny, a quien le pareció el interés de la joven tan halagador y tan grato como lo mejor que había conocido en toda su vida—. De ningún modo aceptaría dinero, señorita. Pero si usted y sus amigas se empeñan en recompensarme, no tendría inconveniente en aceptar un beso.
—¡No sea descortés, caballero! —exclamó la señorita Latch reprochándole en tanto que enrojecía.
—No he querido ofenderla, señorita. Ha sido hablar por hablar...
—Estie, no creo que haya sido una descortesía —intercaló con vehemencia la señorita Lee— . Yo se lo daré... si tú y Elizabeth lo hacéis también.
La señorita Latch parecía ofendida y desconcertada; pero aun siendo joven poseía una dignidad y un equilibrio que ningún sentimentalismo romántico podía romper.—Marce, este joven no habla en serio —dijo reprobatoriamente—. ¿No ves que está bromeando?
—¿Bromea usted? —preguntó Marcella inclinándose hacia el exterior del coche.
—Declaro que es cierto, señorita —contestó Corny—. La señorita Latch ha querido decir que no es correcto que un desconocido que acaba de derramar sangre pida besos a unas señoritas casi al mismo tiempo...
¡Es extraordinario..., si no es algo más que eso! —declaró la señorita Latch—. Pero todos estamos excitados..., aturdidos... Señor guía, debemos alcanzar a la caravana de Bridgemen a tiempo de poder acampar con ella para esta noche. ¿Qué retraso llevamos?
—Unas diez millas. Pueden alcanzarla antes de la puesta del sol.
—¿Nos acompañará usted?
—Si ustedes lo desean, podré ir detrás de su coche.
—Sí, hágalo, por favor. Me sentiré más segura de ese modo. La lástima es que no pueda usted ir delante también... Tenga la bondad de ir a verme a mi coche esta noche. Quiero...
quiero volver a hablar con usted.
—Representa un peligro terrible para mí, señorita Latch; pero lo haré —contestó Corny.
—Qué peligro? —preguntó ella, vivamente—. ¿Le persigue algún sheriff... f ... o... o...? —El único sheriff que encontré en el Camino de Chisholm, está muerto. No es probable que pueda perseguirme... No, el peligro a que me refiero es mucho más importante que la persecución de un sheriff. —¡ Oh! —exclamó la señorita Latch. Y su rostro se cubrió repentinamente de rubor—. Le ruego que nos permita conocer si se atreverá a afrontar ese terrible peligro con el mismo valor con que se enfrentó con esos bandidos.
Corny volvió a montar su caballo. Y cuando lo hubo hecho, el vehículo se hallaba ya en marcha. Al liar un cigarrillo se dio cuenta de que no le temblaban las manos. ¡Era extraño! Y, ciertamente, le habían temblado aquella misma mañana. Pero, de todos modos, aquello era diferente. Corny ni siquiera volvió la cabeza para mirar hacia el lugar a que Simpson había arrastrado los cadáveres. E inmediatamente comenzó a caminar detrás del coche y se mantuvo a una distancia constante de él, excepto en las cuestas arriba, en las que se distanció un poco más.
Transcurrió cierto tiempo hasta que se dio cuenta de que ninguna de todas las aventuras de su vida le había impresionado tanto como aquélla. Cuando descubrió que durante el trayecto de varias millas sólo había tenido pensamientos para aquella señorita de ojos de color violeta, la hija de Latch, se sorprendió y regocijé; luego, se disgustó y finalmente se aturdió.
«¡Diablos! —se dijo—. Acabo de matar a dos hombres, y únicamente pienso en una mujer de ojos de color violeta y labios como las cerezas... ¡Maldición! ¡He perdido la cabeza!»
Continuó la marcha, y de nuevo cayó bajo el influjo de la mágica atracción. La joven no debía de tener más de dieciséis años y era tan hermosa como las flores de coronillo que tanto les gustaban de chiquillos a él y a su hermano Lester. Pensó que su cabello era rubio, con un reflejo rojo, y que en sus ojos había una tonalidad purpúrea cambiante. Pero no le fue posible recordar el resto del rostro. ¡Qué extraño le pareció en aquel momento que Weaver le sugiriese que se dirigiera al Campo de Latch! En esta idea había un encanto desconocido e incalculable. Pero jamás podría realizarla. Ni siquiera la suposición de que le fuera lícito mirar a una joven desde lejos podría ser aceptada. Corny no era más que un vaquero, un vaquero que tenía las manos manchadas de sangre. Nunca había considerado este hecho de la defensa de su derecho a la vida como un crimen. Los ojos de la joven se habían dilatado, y su mirada se había apartado de él. Sin embargo, reflexionó Corny, la joven era hija de Stephen Latch. Era del Sur, probablemente de Texas. El espíritu del Alamo, la sangre de los mártires, debían de correr por sus venas.
Corny intentó recordar todo lo que oyera decir acerca de Stephen Latch y de lo que le había hecho notable en la frontera. Allá, en Brazos, en la tienda de Dean, en el camino de Abilene, en alguna casa de juego, habían llegado hasta sus oídos unas vagas conversaciones de rancheros. Esto aguzó su curiosidad. ¿Qué clase de hombre era aquel Stephen Latch? Otro Maxwell, sin duda; o un coronel Saint Vrain; u otro don Esperanza, o algún rico ganadero y barón, como los Chisholms. A Corny le produciría orgullo el hecho de trabajar para un hombre como él, en el caso de que fuera posible.
Y de este modo soñaba y reflexionaba mientras continuaba cabalgando sin perder de vista el coche. El avance se había hecho gradualmente más lento a causa de una ligera pendiente del terreno. Su costumbre de mirar hacia atrás le sirvió para apreciar la ligera inclinación ascendente de la pradera. Y todas las veces que lo hizo, experimentó una especie de sentimiento al pensar que abandonaba el viejo camino ganadero. No debería lamentarlo. El Camino de Chisholm le había proporcionado fatigas, privaciones, luchas y un nombre cruel;
y, al fin, le arrojaba de sí convertido, si no en un maleante, al menos en un guía proscrito.
El sol comenzaba a aproximarse al desigual horizonte cuando Corny vio que la caravana de Bridgemen abandonaba la carretera para acampar. Los carros cubiertos de lonas blancas, los caballos y los bueyes, el significado de su presencia y de su movimiento despertaron la admiración de Corny. ¡Colonizadores! ¡Constructores! Jamás le había intrigado este pensamiento. Además, el paisaje era tan pintoresco, tan bravío... Una pequeña manada de búfalos corría hacia la derecha levantando una nube de polvo; los ciervos se retiraban en dirección a la tupida maleza; el pequeño valle estaba moteado por los árboles. y el sol poniente ponía su brillo rosado sobre la hierba.
La vista del campamento que se estaba instalando recordó a Corny que debía ir en busca de la señorita Latch... Era un pensamiento perturbador. Su caballo, percibiendo la proximidad del descanso, del agua v de la hierba, comenzó a correr en repetidas ocasiones. Y, finalmente, Corny le permitió que corriera a su antojo. El coche se separé de la carretera, descendió una ligera pendiente y se detuvo junto a los primeros carros. Corny lo siguió, mas una vez que estuvo en el valle, giró hacia la derecha y desmontó junto a un enorme carro.
—¡Hola, jinete! gritó cordialmente un hombre de cabeza de estopa—. ¿Has venido con aquel coche?
—Sí. He venido detrás de él para escoltarle. Pero puedo comer con usted... si me invita —contestó Corny alegremente.
—¡Ja, ja! Bien venido, vaquero. Desensilla el caballo, y coge un hacha.
Corny se convirtió inmediatamente en objeto del interés de una familia llamada Prescott, y que se componía del padre, la madre, un hijo mayor, una hija de alrededor de dieciocho años y un muchacho de diez. Corny adivinó que eran de Georgia aun antes de oírlos hablar. Eran gente sencilla que se dirigía al Oeste para ganarse el sustento cultivando la tierra.
La muchacha era muy tímida, pero, sin embargo, le obsequié con unas lisonjeras miradas.
Corny hizo para sí mismo la observación mental de que, habiendo renunciado a la vida solitaria del guía de ganados, debería esperar encontrar mujeres por todas partes, en las carreteras, en los fuertes militares, en los mercados, en los ranchos... Era un pensamiento inquietante. Las muchachas jamás dejaban de hacerle objeto de sus atenciones. Era una cosa incomprensible para él. Sin duda, esto obedecía a que Corny era vaquero, llevaba un ancho sombrero y espuelas, y portaba pistolas. No siendo ésta la causa, Corny no podía comprender cuál podría ser.
—Oye, si dejaras las pistolas a un lado, podrías sentarte a comer con nosotros —dijo, el joven mientras Corny se arrodillaba, al modo de los vaqueros, para tomar parte en la generosa cena.
—Nunca es conveniente hacerlo, muchacho. Es preciso estar preparado para cualquier sorpresa de los comanches —replicó Corny sin dejar de observar los grandes ojos oscuros que le miraban desde el otro lado de la lona extendida sobre la hierba.
—; Bah! Los injuns no harán un ataque solamente por el gusto de hacerlo —observó el muchacho con disgusto.
—¿No? Espera hasta que hayamos avanzado más hacia el Oeste, a lo largo del río. Los piel-rojas están ahora persiguiendo a los búfalos.
—Tampoco hemos visto búfalos.
—Si miras con atención, mañana verás muchos.
El padre del joven había estado ocupado en sus trabajos y se estaba lavando las, manos en el interior del carro cuando otro miembro de la caravana se acercó a él.
—Bill, aquel coche ha sido atacado por los bandidos en la carretera —declaró con voz lo bastante fuerte para que fuese oída por los demás.
—¡Diablos I ¿ Qué dices? —exclamó el otro mientras se erguía con rapidez.
—Sí. Dos hombres siguieron al coche, que intentaba alcanzarnos. Los dos hombres fueron muertos a tiros por un vaquero. Según dice el cochero, ese vaquero ha seguido detrás de él durante todo el camino, y debe estar en este campamento; Bridgemen quiere verle.
—¡Ah! Supongo que es ese vaquero que está comiendo con nosotros.
Corny inclinó la cabeza para ocultar el rostro cuando oyó lo que se decía; pero era una acción inútil. Estaba visto: dondequiera que fuese, habría siempre de llamar la atención.
—¡Ah! —exclamó el joven en voz queda.
Corny se puso en pie lentamente para acercarse al mensajero. Los ojos alarmados de la muchacha parecieron expresar qué era lo que la había fascinado.
—¿Eres tú el jinete que vino con el coche de Latch? Corny asintió por medio de una lenta inclinación de cabeza.
—El jefe quiere verte.
—¿Para qué?
—No me lo ha dicho. Supongo que querrá que le informes acerca de ese atraco.
Corny permitió que se le condujera hasta un semicírculo de carros. Los fuegos humeantes, los fragantes olores, la gente sentada o atrafagada, todo atestiguaba que la hora de la cena había llegado. El coche de Latch estaba situado bajo un árbol, con la lanza apoyada en una rama baja. Corny vio con el rabillo del ojo cierta cantidad de mujeres, pero no se decidió a mirarlas directamente. No le agradaba aquella situación. Sin embargo, pensó que debía permitir que se le interrogara como un homenaje de cortesía que rendía a la señorita Latch.
—Aquí está el vaquero, Bridgemen —dijo el acompañante de Corny cuando ambos entraron en el círculo de carros.
La mirada de Corny se detuvo sobre el hombre más próximo, un tejano alto, tosco, de ojos grises y pequeños. Corny lo conocía, pero no sabía que se llamase Bridgemen.
—¡Demonios! —exclamó potentemente el jefe de la caravana mientras una sonrisa amable rompía la dureza de su rostro—. ¡Pero... si es Corny!
—¡El mismo! —respondió Corny; y experimentó una especie de satisfacción y de placer.
—¡Me alegro mucho de verte, vaquero! —declaró Bridgemen en tanto que le tendía una de sus enormes manazas—. ¿Cómo diablos ha sucedido que te halles tan lejos de tu camino y de tus ganados?
—¿De modo que usted se llama Bridgemen? —respondió con calma Corny—. ¡Demonios!
He oído hablar de usted. ¡Y le conozco desde hace mucho tiempo... y no sabía que ése era su nombre! Me alegro mucho de volver a verle... Y, ¿me permite que le pregunte qué hace usted tan lejos del Camino Viejo?
—Vendí mis propiedades, Corny. Y voy al Oeste para crecer y prosperar con la región.
—Diablos! Parece ser que hay mucha buena gente que está haciendo lo mismo.
—Es cierto. ¿Por qué no lo haces tú también?... Corny, va hemos tenido noticias del servicio que has prestado a la señorita Latch y a sus amiguitas.
—¿Sí? Está visto que no es posible inclinarse sobre e] caballo ni quitarse el sombrero delante de una señorita sin que las noticias corran de rancho en rancho y se extiendan por todas partes —contestó Corny en tono frío y despreocupado, seguro de sí mismo al ver que Bridgemen despejaba la situación en forma favorable para él.
—Compañeros, si no temiera turbar a este joven, os hablaría de él. Baste que os diga que tuve la suerte de que estuviera cerco de mí en cierta ocasión... y que si no hubiera sido así, ahora no podría encontrarme aquí... Pero no le hagáis preguntas.
—Si alguien me preguntase si es usted muy embustero, viejo, pues... sería una pregunta a la que me agradaría contestar —replicó Corny.
Bridgemen se volvió hacia las jóvenes que se acercaban al círculo.
—Señorita Latch, ahora resulta que el héroe de la aventurera de ustedes es un antiguo amigo mío —dijo, deseoso de impresionar y de ser agradable—. Lamento mucho, sin embargo, que no me sea posible presentarle con su nombre... Todo lo que sé es que se llama Corny...
Vaquero, te presento a la señorita Estelle Latch y a sus amigas.
—Buenas noches, señor Corny Guía —saludó la muchacha que se hallaba entre las otras dos.
Corny recordaba perfectamente aquella voz. Pero podría ser aquella joven la misma hija de Latch a quien había visto en el coche? Despojada de la chaqueta de lino, del sombrero y del velo; en pie en el terreno, de modo que destacaba su forma graciosa y esbelta y su hermoso rostro, la muchacha parecía completamente transformada, en el caso de que fuera la misma que había imperado durante toda la tarde en los pensamientos de Corny. Y, luego, vio sus ojos...
—Buenas noches, señorita Latch..., y buenas noches, señoritas —dijo Corny mientras se inclinaba ante las tres.— Me alegro muchísimo de verlas sanas y salvas junto a mi amigo, el señor Bridgemen. Es curioso que ninguno de los dos conociéramos el nombre del otro.
—Sí, es curioso el modo que algunos hombres tienen de olvidar el nombre de los demás —contestó la señorita Latch—. Pero mi papá dice siempre que los nombres no importan mucho al oeste del gran río... Lo que importa es lo que se hace y lo que se es. —Bien, en algunas ocasiones, lo eme se es y lo que se hace convierten en una cosa conveniente el olvido de un nombre.
—¿Querrá usted pasear con nosotras un poco? —preguntó Estelle con dulzura—. Estamos entumecidas de permanecer sentadas durante todo el día. Y dentro de unos momentos la oscuridad será completa y tendremos miedo a alejarnos de las hogueras del campamento.
—Lo haré con mucho gusto.
Pasearon bajo los árboles y a lo largo del arroyo. Corny no se había sentido jamás tan libre de azoramiento en presencia de mujeres jóvenes. Nada se dilo acerca del incidente del mismo día. La hija de Latch habló de la caravana y de la banda de indios kiowas que se hallaban en buenas relaciones de amistad con su padre, y que habría de salir a recibir a las mujeres a Adobe Walls y las escoltaría hasta el Campo de Latch.
—¡Oh, amigas mías! Adobe Walls es el sitio más interesante que conozco —exclamó conmovido—. Allí hubo una terrible batalla antiguamente. Un puñado de hombres blancos contuvo y rechazó a centenares de indios... ¿Ha oído usted hablar de esa lucha, señor Corny?
—Sí. Fue muy sangrienta.
—El recorrido desde Adobe Walls hasta Longs Road, donde el camino se bifurca, es parecido a este terreno, pero mucho más bravío y áspero desde la bifurcación en adelante. Mi valle es el lugar más hermoso del mundo.
—¡Es verdaderamente maravilloso! —murmuró Marsella Lee.
—¡Qué lugar más bonito! —exclamó Elizabeth.
Habían llegado a un páramo situado aproximadamente a un cuarto de milla del campamento, donde el arroyo, cuya corriente lo llenaba de orilla a orilla, estaba bordeado por altas hierbas y flores y parecía descansar y remansarse, como si se negase a continuar su marcha. El agua resbalaba suavemente hacia delante y se enrojecía por el reflejo del crepúsculo. Los caballos y los bueyes pacían en la parte baja del terreno.
—Es muy bonito —reconoció la señorita Latch con seriedad—. Maree, descansa aquí con Elizabeth unos momentos. El señor Corny y yo nos sentaremos en aquel tronco...
—¡Muy bien, Estie Latch! —exclamó Marcella, despavorida.
Elizabeth rió ruidosamente.
—¡Para eso, nos has obligado a salir a pasear!


XII
Corny paseó junto a ella como si lo hiciera en un sueño. No obstante, comprendió que aquél era el acontecimiento más extraordinario de toda su vida. Al fin Y al cabo, Estie no era una niña. Tenía la cabecita coronada por el ondulado cabello rubio, que le llegaba a al altura del hombro. La joven caminaba delicadamente y se levantaba el borde de la falda en ocasiones para evitar que se adhiriesen a ella los hierbajos.
Un enorme algodonero se doblaba por completo y constituía un puente que servía para salvar el arroyo. Aun cuando estaba medio desarraigado, conservaba fresco su follaje verde.
La joven puso las manos sobre el tronco.
—Si tuviera un estribo en que apoyarme, podría subir al árbol —dijo, y se volvió—.
Levánteme.
Corny puso una mano sobre cada lado de su delgada cintura y la levantó en vilo. Pero pesaba más de lo que parecía.
La joven se estiró las faldas y luego bajó la vista hacia él, que estaba apoyado en el tronco. Si Corny hubiera sabido algo acerca de mujeres jóvenes, habría podido observar que aquélla estaba pálida y muy seria.
—¿No cree usted que éste es un modo de proceder muy extraño en una mujer como Estie Latch? —preguntó.
—No podría asegurarlo. Pero sí puedo decir que es muy desacostumbrado para mí.
—Un guía de caminos... ¿no está acostumbrado a tratar con muchachas... como yo?
—Este guía no está acostumbrado a tratar con muchachas de ninguna clase —replicó él como respuesta a la intención de la pregunta.
—Marcella y Elizabeth creen que soy coqueta —continuó ella—. Me he divertido mucho con sus hermanos y con los muchachos que tomaban parte en las reuniones de nuestro colegio.
Pero, en realidad, no soy coqueta.
Corny sólo podía estar seguro de lo que a él le parecía; pero en el vocabulario de los guías no existe palabra alguna que pueda expresarlo.
—Creo que no había necesidad ninguna de que me lo aclarara usted —dijo él mientras desviaba la mirada para rehuir la de aquellos ojos tan agudos.
Tras una pausa, ella continuó:
—¿De modo que no es usted, en realidad, un guía inútil que ha perdido su trabajo?
—¡Hum! —contestó él, riendo—. He perdido mi trabajo. Eso es cierto.
—Vi, al señor Bridgemen cuando le saludó. Y le oí. Sin duda tiene formada una alta opinión de usted.
—¡Hum! Y exagera mucho acerca de un pequeño favor que le hice...—replicó Corny, impaciente.
—Un favor como el que me ha hecho usted, probablemente.—No. No fue como ése.
—No importa nada, señor vaquero. La modestia sienta bien a los jóvenes. El señor Bridgemen dijo bien claramente cuánto le aprecia... Pero insinuó que ninguno de nosotros debía atreverse a hacerle preguntas.
—Sí. No es una cosa que pueda hacerse siempre con impunidad —contestó Corny con una sonrisa que restó importancia a sus palabras.
—Al principio, tuve miedo de usted... Pero ya no lo tengo. Es usted igual que un joven del que mi papá me ha hablado con frecuencia. Era un joven valiente y rebelde que murió por salvar la vida a mi padre.
—Reconozco, señorita, que soy rebelde y extraño, ciertamente; pero no creo que por ello sea digno de merecer la atención de usted.
—¿Por qué perdió usted su trabajo?
—Había un guía que me odiaba... Y... no pude mantenerme siempre lejos de su alcance...
—¿Riñeron ustedes?
Corny permitió que el silencio contestase por él.
—Señor Corny, me ha insinuado usted que es un hombre malo.
—Y reconozco que lo soy, ¡diablos!
—¿Qué sugiere usted al decir que es malo?-Solamente que no soy bueno, señorita.
—¿Bebe usted y juega?
—Pues... solía hacerlo... algunas veces —confesó Corny—, hasta que me cansé. Siempre me producía disgustos.
—He creído, por unas palabras que me ha dicho, que jamás ha ido usted detrás de las muchachas de los salones de baile de Abilene y Dodge... ¡Oh, las conozco muy bien!
—No, jamás las he perseguido... ni a ninguna otra joven —declaró, un poco secamente, Corny.
—Entonces, ¿es usted un ladrón de ganados y de caballos?
—¡No, Dios mío, no! Señorita, no soy un hombre malo de esa clase —contestó Corny, clavando en ella una mirada llena de severidad.
—Sabía que no lo era usted.
—Y ¿qué es lo que una criatura puede saber acerca cíe los hombres?
—Puede sentirlo, no saberlo —afirmó ella cálidamente mientras se inclinaba hacia él—.
Escuche. Usted sabe quién soy yo. Mi padre es Stephen Latch, de quien ya habrá oído hablar.
Todo el mundo le conoce. Es del Sur y ha estado en la frontera por espacio de veinte años. Yo tengo dieciéis años. Nací en el desfiladero de Tela de Araña, el lugar más solitario y más hermoso de todo el mundo, según creo... Todo lo que sé acerca de mi madre, es que pertenecía a una familia del Este, familia rica y culta. Hay cierto secreto en torno a ella, que murió cuando yo nací..., un secreto que papá me ha prometido revelarme cuando cumpla los dieciocho años... Hasta que cumplí los diez, jamás salí del Campo de Latch. La señora Benson me crió, me educó... Ha sido una madre para mí y la quiero mucho. Cuando cumplí once años, papá me envió a una escuela de Nueva Orleáns. ¡Oh, cómo me dolió el verme lejos de él por primera vez! Pero volví a casa a pasar los veranos. Y ahora vuelvo a ella para quedarme allí para siempre. Papá no lo sabe todavía... Ahora, señor vaquero, hágame el favor de decirme otro tanto acerca de usted.
—¡Hum! Ha sido usted muy amable al decírmelo, señorita, al hacer confidencias de ese género a un desconocido... —exclamó él—. Se lo agradezco mucho, claro es. Pero no puedo comprender por qué lo hizo usted... o por qué quiere saber algo acerca de mí.
—Porque quiero persuadirle a que vaya conmigo al Campo de Latch y a que trabaje para mi papá —declaró ella.
—¿Qué? —preguntó él, incrédulamente—. ¿Qué...?
—Creo que puede usted ser útil a papá... y hacer que mi casa sea un lugar más feliz —replicó Estie.
—Me hace usted objeto de excesivas lisonjas, señorita. Pero, ¿cómo podría ser útil a su papá?
—El verano pasado las cosas se desarrollaron de otro modo —continuó ella rápidamente—.
Hasta entonces fui la mujer más dichosa de este mundo. Pero las dificultades se concentraron en contra de papá. ¡Oh, ni siquiera tengo tiempo ahora para enumerarlas! Pero todas me angustiaron mucho. Papá creyó que podría mantenerme ignorante de lo que sucedía, mas descubrí que papá tenía enemigos. Hay un hombre en el Campo de Latch..., un hombre llamado Leighton..., que tiene una casa de juego y que se ha enriquecido durante los últimos años... Tiene tierras, ganados, mercancías..., caballos... Ha prosperado mucho. Sé que es el peor enemigo de papá.
—Sí. En esta parte de la frontera, cualquier hombre rico tiene enemigos. Continúe.
—Y luego, precisamente cuando llegó la época en que yo debía volver a la escuela, sucedió algo horroroso. Siempre están llegando desconocidos y forasteros al Campo de Latch.
Uno de ellos quería dinero..., amenazó a papá con algo..., no sé qué... ¡Y papá lo mató! ... Yo estaba en el pórtico. Vi como sacaban las pistolas... Vi que el hombre caía fuera del pórtico..., cómo se agitaba y estremecía en su propia sangre..., como un pollo al que cortasen la cabeza...
¡Oh, qué horrible! ¡Me horrorizó! He visto otras riñas antes de aquélla, casi desde que puedo recordar... Papá fue herido también, pero no gravemente... Bien, tuve que volver de nuevo a la escuela. Éste ha sido el invierno más largo y duro que he pasado fuera de casa. Sólo he recibido dos cartas de papá en todos estos meses... Estoy preocupada.
—Reconozco que tiene motivos para estarlo, señorita Latch —contestó amablemente Corny.
—Desde el pasado verano me ha parecido hallarme constantemente atormentada por una sombra... No puedo explicarlo. Es solamente algo que siento, que espero que. desaparecerá tan pronto como llegue a mi casa... Y ahora, señor vaquero, ya le he contado mi historia y le he suplicado que venga al Campo de Latch. ¿Lo hará usted?
—Para qué quiere usted que lo haga, señorita? —preguntó con curiosidad Corny.
—No sé por qué... como no sea por lo que he oído decir al señor Bridgemen.
—Como quiera que sea, su papá no me dará trabajo. No tengo recomendación ni presentación de ninguna clase.
—¡Tiene usted las mías! —contestó ella—. ¡Le prometo un trabajo!
—Perdóneme si me río, señorita —dijo despacio Corny—. La idea de que una niña como usted pueda dar órdenes a su papá es divertida... Apostaría cualquier cosa a que Latch es otro Chisholm o Maxwell, o acaso más...
—Hará todo lo que yo le pida-declaró la joven orgullosamente—. Es el mejor papaíto de todo el mundo.
—No me sorprende... Pero de eso a permitir que usted dirija su rancho y contrate a desconocidos... ¡Hum! ...
—¡Mmmm!... Señorita Latch, no lo creo.
—Eso no importa nada ahora. He puesto mi confianza en usted sin saber siquiera su nombre.
—Así es. Y es usted una tontuela... Y ¿si yo resultase un inútil, un ser despreciable...?
—Cada palabra que pronuncia usted fortalece ese sentimiento que me impulsó a rogarle que viniera conmigo. Pero no puedo hacer más que eso: rogarlo, pedirlo...
—¡Me avergüenza usted, señorita Latch! En realidad, lo que me he propuesto es evitar disgustos y decepciones... Soy un ser muy desgraciado. Los acontecimientos me persiguen...
Sin embargo, es cierto que todo eso no prueba que no pueda ser de utilidad para su papá, y que no pueda contribuir a tranquilizarla... Y por esta causa... me parece que iré.
—¡Muchas gracias! —exclamó Estie radiante, mientras extendía una mano—. ¡Venga esa mano!
Corny oprimió la delicada manecita, y descubrió que era fuerte y no en exceso suave, como la de una persona que conociera el trabajo y el modo de manejar una rienda. Y sin atrevimento ni propósito deliberado, la retuvo entre la suya.
—Iré a condición de que no diga usted a su papá absolutamente nada acerca de mí.
—¡Oh! ¿No es justo que, por lo menos, conozca el incidente del atraco? Bill lo dirá. Y mis amigas no podrían ocultarlo.
—Yo me encargaré de Bill, y usted se cuidará de que sus amigas no hablen de mí.
Entonces es posible que Latch me acepte como trabajador... solamente por mis méritos como guía.
—Muy bien... Señor vaquero, todavía no ha soltado usted mi mano —dijo ella como si se maravillase de que esto pudiera suceder.
—¡Ah, sí, es cierto! —contestó Corny sin cortarse lo mas mínimo—. Se había olvidado usted de este terrible peligro...
—Usted dijo que podría hacerlo... —replicó ella con cierta picardía mientras libertaba su mano—. Podría permitirle que la retuviera durante más tiempo, si no fuera por miedo a esas dos amigas mías de ojos agudos... ¿Qué pensarían?
—¡Sólo lo sabe Dios! —exclamó Corny—. ¿Qué pensaría cualquier otra persona?... Señorita Latch, le pido perdón. Ya sabe usted que ésta es la primera vez que una mujer ha querido que trabaje para ella.
—Y me alegro mucho de que ninguna otra se lo haya pedido antes —contestó Estie riendo.
Luego, adoptó nuevamente una expresión meditabunda—. Está haciéndose completamente de noche. Debemos irnos. Pero, antes que nada, ¿quién es usted? ¿No me dirá nada acerca de sí mismo?
—Sí. Pero no tengo nada interesante que contar. Me llamo Cornwall. Tengo veintidós años. Nací en Santone. Mi madre tenía una línea de diligencias antes de la guerra... Y... he... he tenido un hermano..., Lester. Era mayor que yo, mucho mayor. Pero siempre fuimos compañeros de juego. Íbamos juntos a la escuela... Y luego sucedió una cosa terrible. Éramos amigos íntimos de otra familia. El joven de esta familia era el mejor amigo de Lester... Lester estaba enamorado de la muchacha más hermosa de todo Santone. Era parcialmente española... Y esta mujer fue causa de la ruina de Lester; lo engañó con su mejor amigo... Lester hizo una cosa horrorosa. Y huyó. Madre murió, y mi padre se fue a la guerra. No he vuelto a saber de él.
Trabajé en ranchos hasta que tuve quince años. Y entonces me dediqué a conducir reses por los caminos. He viajado por espacio de seis años por el Camino de Chisholm. He llevado manadas de ganado a Montana y Wyoming. Siempre he estado buscando a Lester. Pero jamás encontré huellas de él. Creo que ha debido de morir... hace mucho tiempo... Bien, ese trabajo de conducir ganados resultó apropiado para mí. ¡Todo el día en la silla de montar, y a veces durante toda la noche también...! La larga, lenta caminata, mientras el ganado pastaba... Diez millas diarias era una buena velocidad. El sol caliente... ¡Conozco bien esos días sofocantes! Y ese del norte, de los mejicanos, un viento norte que parece brotar del cielo claro... y que te hiela hasta el tuétano... Pero las terribles tormentas y las inundaciones, las desbandadas del ganado, las rugientes manadas de búfalos, los taimados injuns, los rudos y duros compañeros de los campamentos y de los caminos..., todo ello parecía aliviar mi ansiedad..., atraer a ese algo fiero e indómito que hay en mí... Y, de este modo, señorita Latch, me habitué a manejar la pistola y a arrastrar mi carga..., y al decir que arrastro mi carga, me refiero a los lentos y mansos ganados que guiaban a las manadas que me seguían... Reconozco que no todos los conductores de ganados podrán hablar de mí de manera tan elogiosa como Bridgemen...
Bueno, ya he dado mi adiós al Camino Viejo. Y aquí me tiene usted, señorita Latch, feliz, al fin, y dispuesto a jurar que jamás lamentará usted la fe que ha depositado en mí...
—No lo lamentaré... ¡Oh, qué historia más triste y prodigiosa! Es preciso que me la refiera usted con más detalles alguna noche, cuando el del norte sople con furia y estemos sentados junto a la gran chimenea de papá... Ya ha llegado casi por completo la oscuridad. ¿Dónde están mis amigas? Si se escaparan, sería capaz de matarlas... Señor Corny Cornwall, ¿no me ha cogido de nuevo la mano?
—¡Maldición! ¡Qué distraído soy! —dijo lentamente y con tristeza Corny—. Ahí vienen sus amigas. Voy a bajarla de ahí, señorita... Me parece que tengo ganas de correr...
—No. ¡No corra! Y si lo hace, suélteme antes la mano... ¡Alto, Corny! Mis amigas son implacables... ¡Eh, muchachas, aquí estamos! Os hemos estado esperando... durante muchísimo tiempo...
Corny formó campamento con la familia de Georgia y la ayudó en lo que pudo durante los cuatro días de viaje hasta Longs Road.
Sólo vio en contadas ocasiones a la señorita Latch y a sus amigas, lo que se debió principalmente a su renuncia a acercarse de nuevo a Estie. Pensó en ella constantemente, la observó desde lejos, anhelaba estar con ella; pero la única ocasión en que se aventuró a aproximarse a ella, lo que hizo cuando el fuego de su hoguera ardía alegremente en las cercanías de su coche, había otras mujeres de la caravana a su lado, además de sus amigas, de modo que la muchacha apenas pudo hacer otra cosa que saludarle. Este saludo fue un poco frío, según pensó Corny; y los ojos oscuros y vacilantes de la muchacha se posaron sobre él de una manera que le llenó de timidez.
Durante el quinto día de viaje, cuando la caravana continuó su camino, después de dejar el coche de Latch y a sus ocupantes con los kiowas que debían escoltarlos, Corny aprendió un poco más acerca de la compleja naturaleza de una mujer joven.
—Buenos días —dijo la señorita Latch despacio, imitando la manera de hablar de él, cuando el joven se acercó al coche con su caballo—. Creíamos que se habría ido usted con la caravana... y con aquella muchacha georgiana de ojos grandes...
Corny se quedó estupefacto. Miró a la señorita Latch, cuyo rostro parecía una hermosa máscara en aquel instante. Con su expresión parecía destruir todas las esperanzas de Corny.
Sorprendido, aturdido, sólo pudo recurrir al empleo de la cínica indiferencia que es propia de un conductor de ganados.
—¡Buenos días, señorita Latch! ... Sí, pienso alcanzar a la caravana antes de que haya llegado a lo alto de la cuesta.
Unos momentos más tarde, mientras se agitaba inquieto en la silla y maldiciéndose por su estupidez, sin saber qué resolución tomar, se encontró ante una señorita Latch completamente diferente a la anterior.
—¿Verdad que no lo dijo en serio...? ¿No es cierto que no se irá usted con aquella caravana? —le preguntó en voz baja y furiosa. Corny no había visto en toda su vida unos ojos tan insondables, tan encendidos como los que en aquel instante tenía ante sí.
—¿Có... cómo...? —acertó a tartamudear.
—¡No es posible que sea usted tan... áspero..., tan embustero! ¡Oh, le he vigilado noche tras noche, cuando hablaba con aquella chiquilla de Prescott... Es muy linda y simpática. He hablado con ella... No, no le censuro... Soy indulgente... Es cierto; en torno a mi hoguera había siempre mucha gente... Pero abandonarme ahora..., después de haber prometido que me ayudaría..., y a mi papá... ¡Oh, sería una acción despreciable! ... ¡Abandonarnos... por una muchacha campesina de manos rojas y pies grandes...! ¡Oh, cuánto he cavilado acerca de usted!
—¡Ah! ¿Ha pensado usted en mí, Estelle? —preguntó con su habitual lentitud. Corny, al sentirse de repente arrojado a un feliz paraíso.
—Sí. Así es —gritó ella mientras movía afirmativamente la cabeza de modo tan insistente, que sus dorados rizos comenzaron a danzar y a agitarse. Era solamente una niña. En sus ojos ardía la llama de un reproche—. ¡Oh, todas aquellas zalamerías de usted, aquellas mentiras de que no sabía nada acerca de las mujeres...! ¡Apostaría a que ha sido un verdadero diablo para las muchachas!
Corny clavó la mirada en aquel hermoso rostro, y le pareció que era una suerte que su caballo se hallase entre él y la joven. Un algo parecido a un corneta encendido en fuego centelleaba en su cerebro.
—Estelle, a veces un hombre puede estar tan intensamente enamorado de una mujer, que corra lleno de cólera hacia cualquiera otra mujer... —dijo con toda intención. Y tan pronto como pronunció estas sorprendentes e impremeditadas palabras, se quedó aterrado, temblando materialmente...
—¡Oh! —murmuró ella—. ¡Yo..., usted...! —tartamudeó. La llama purpúrea se desvaneció de sus ojos, que se dilataron, se hicieron más redondos y más profundos, se llenaron de asombro.
Una onda de rubor brotó de su cuello y ascendió a lo largo de sus mejillas hasta llegar a la frente. Luego, Estelle huyó.
Corny continuó cabalgando al frente con los guías de Kiowa, uno de los cuales, un indio, le sorprendió al decirle:
—¡Hola, vaquero! Mi vio a tú en Dodge. Mí, soy Ojo de Halcón.
—¿Cómo te va, Ojo de Halcón, viejo guía? —replicó Corny, cuya imaginación se hallaba en estado de tan grande agitación, que casi bordeaba el delirio. Por momentos, se sentía alegre y optimista; un instante más tarde, caía en el abismo de las angustias. Tan pronto se mostraba apasionado como indiferente. Le acometía un impulso loco de lanzar su caballo a toda velocidad sobre la pradera; pero había algo que le ataba y sujetaba al coche de Latch.
Ojo de Halcón no era parlanchín. Corny agotó pronto el surtido de palabras inglesas que poseía el indio... o, por lo menos, el surtido de las que le parecía conveniente demostrar que sabía. Corny conocía muy bien a los indios y no era, uno de esos occidentales que creen que solamente los indios muertos son los indios buenos. Ojo de Halcón tenía un nombre apropiado, cuando menos por lo que se refería a su agudeza. Las arrugas de su bronceada piel parecían encubrir una astucia y una experiencia formidables. Corny decidió cultivar la amistad de Ojo de Halcón.
La carretera serpenteaba a través de un estrecho valle tras otro, y seguía el curso de un arroyo que Simpson había llamado Major Longs Creek. Un destacamento de soldados al mando de Long había abierto aquel camino en 1859. No parecía haberse viajado mucho por él, y en algunos lugares los progresos del coche fueron lentos. Corny no estaba muy seguro de sí mismo cuando pensó que aquella región era la más hermosa que había visto. El rico tono dorado de las ondulantes hierbas, el brillo y el color, el reflejo de las nubes blancas y del cielo azul en las aguas del arroyo, el encanto que parecía reposar sobre las cimas purpúreas..., todo ello podría ser una fantasía, una exageración del estado de ánimo de Corny. Estaba seguro, no obstante, de la topografía de los valles, de las cuevas y de las ciénagas, de los ciervos que había en los terrenos pantanosos y de los búfalos que trepaban a las cumbres, de los riscos de las elevadas montañas que horadaban el cielo,..
Aquellos kiowas eran buenos viajeros. Mantenían sus caballos a un trote igual. Cuando el coche se detenía atascado en el barro o en un terreno arenoso, desmontaban y lo arrastraban.
Corny los comparó con los guías de las caravanas. Recorrieron, según calculó el joven, alrededor de cuarenta millas, e hicieron alto para acampar en un valle ovalado y abrigado situado entre varias montañas. Algunos de los indios se alejaron para cazar.
Corny no tenía nada que hacer, sino desensillar y maniatar el caballo; cuando lo hubo hecho, se presentó a Simpson para ayudarle en las tareas propias del campamento.
—¿Sabes hacer comidas campestres? —preguntó el cochero —¡Muy bien! —contestó Corny.
—Nunca he conocido ningún vaquero que no sea un buen cocinero. Trae madera, enciende dos hogueras y acarrea agua.
Las jóvenes parecían divertirse como nunca en sus vidas. La señorita Latch se agitaba por efecto de la risa y corría y jugaba tan ruidosamente como sus dos amigas.
Corny observó, a pesar de todo, que la joven rehuía el mirar en la dirección en que él se hallaba, circunstancia que en los primeros momentos le agradó y después le preocupó.
Unos momentos después Corny estaba extendiendo una lona sobre la hierba y se preparaba para la cena.
—Oigan, jóvenes —dijo—. Yo creo que si todas ustedes pretenden casarse con hombres del Oeste, deberían aprender a realizar algunas tareas campestres...
Elizabeth y Marcella se acercaron corriendo, alegres de poder ayudar; pero la señorita Estie tenía, aparentemente, que realizar algunos trabajos urgentes en su coche. Tuvieron que llamarla dos veces. Corny tomó su cena en pie, junto a la hoguera, mientras Bill servía a las señoritas. La cena se desenvolvió en medio de gran alegría.
—Estie, si eres capaz de encontrar un hombre tan guapo como nuestro vaquero y que sepa guisar tan bien como Bill, me casaré con él en seguida —declaró Marcella en voz que no fue precisamente baja.
Esta observación destruyó el equilibrio de Bill y puso fin a la atención con que Corny escuchaba.
—¡Maldición! —murmuró—. ¡Se están burlando de mí!
Sin embargo, unos instantes después tuvo el valor necesario para proponer a las señoritas que le permitieran tender las mantas bajo un árbol, donde los jóvenes podrían hallarse más cómodas que en el interior del coche.
—Muchas gracias —contestó la señorita Latch fríamente—. Estaremos más seguras en el coche...
Corny volvió a entregarse a sus trabajos, después de haber sido desairado. No obstante, en medio de su congoja y de su sorpresa surgió un rayo de alegría al pensar en el encanto de su porvenir. Aquel viaje habría de proseguir por espacio de muchos días. Y Estie se hallaría cerca de él. En realidad, Corny va estaba sirviéndola. Aquella descarada observación de él a la joven había constituido un error. Y, además, no era cierta. Pero ¿y si ella la interpretaba como una verdad? Corny se agitó a causa del temor de que esto pudiera suceder. Y en la primera ocasión, lanzó una discreta mirada a la joven que había cambiado por completo el curso de su vida.
Se hizo oscuro. Los indios fumaban en torno a la hoguera. Los coyotes comenzaron a entonar sus coros, Todo esto encantó a las muchachas. Bill les indicó que fueran a acostarse, alegando que debían reemprender pronto la marcha a la mañana siguiente. Finalmente, se indignó.
—Oye, vaquero, llévate a esas chiquillas a sus camas —dijo a Corny, que estaba cultivando la amistad de Ojo de Halcón.
—Voy en seguida, Bill —replicó plácidamente Corny, como si se le hubiera ordenado que realizase alguno de los trabajos que eran de su incumbencia.
Como niños atemorizados, las muchachas corrieron hacia su refugio. Corny se aseguró de que quien iba en cabeza era la señorita Latch.
—¡Qué atrevido! —decía Estie a sus amigas—. Tengo la seguridad de que habría cargado con nosotras para transportarnos como si fuéramos unos sacos.
—Me parece que me gusta ese muchacho —contestó Marcella.
Corny fue en busca de su duro lecho, que se componía de una manta de silla y una chaqueta. Comenzó a madurar el proyecto de una argucia de vaquero de que pretendía hacer víctima a las muchachas, y estaba profundamente hundido en sus maquinaciones cuando cayó dormido.
El alba disipó todos los sueños. Llegó y pasó un nuevo día, y cuatro días más, todos ellos iguales en lo referente a viajes e incidentes, casi imperceptiblemente distintos en otros aspectos. Todos ellos estuvieron ligeramente teñidos de romanticismo. Sin embargo, Corny se mantuvo alejado de las muchachas, sin dirigirse a ellas más que cuando lo juzgó indispensable o cuando hubo de hacerlo para obedecer órdenes de Simpson. Marcella y Elizabeth dieron muestras de muda protesta, que Corny no pudo dejar de apreciar. Fingió ser grosero, v se sintió más libre al ver que la señorita Latch simulaba no darse cuenta de su presencia.
La larca sucesión de lomas de las montañas parecía como ondulaciones de la pradera que ascendieran hasta las cumbres. Llegó una mañana en la que Ojo de Halcón condujo a los viajeros al borde de una meseta desde la que se veía una extensión de terreno azul, amarillo verde hasta donde la vista alcanzaba a distinguir. Corny comprendió que las manchas negras que moteaban el terreno eran manadas de búfalos. Aquel día oyeron el estampido de unos tiros y vieron unos jinetes indios une cabalgaban en la lejanía. Pasaron junto a la choza de una india, y diez millas más adelante se detuvieron en el rancho de Hartwell, en el que vivía un colonizador en compañía de su esposa, india también.
A la mañana siguiente, cuando Corny se alejó con los kiowas, vio una extensión de tierra púrpura que se elevaba desde la pradera en dirección al Norte. Era la punta de la cadena de riscos que corría desde los pies de las montañas y formaba uno de los extremos del valle triangular que Latch señalaba como de su propiedad. La cadena de riscos que habían cruzado se dirigía abruptamente hacia el Oeste formaba, según supuso Corny, el límite sur del valle de Latch. En verdad que era un terreno magnífico. Manadas de búfalos se arracimaban entre las arboledas de la pradera, tan abundante en hierba.
Aquella misma tarde, a una hora más avanzada. Corny apreció la presencia de ganado.
El campamento fue instalado aquella noche cerca del primer rancho del valle. Corny se entregó ansiosamente a una conversación con un vaquero, y olvidó el cumplimiento de algunas de sus obligaciones. Unas preguntas expuestas descuidadamente le hicieron conocer de boca del jinete mucho más de cuanto podría haber averiguado en mucho tiempo por revelación de la señorita Latch.
A la mañana siguiente el coche estaba cargado y enganchado antes de la salida del sol; Bill manejaba las riendas, y las muchachas estaban alegremente excitadas. ¡El Camino de Latch se encontraba a una distancia de treinta millas solamente! Corny cabalgaba con un codo apoyado sobre la silla, mientras Bill agitaba el látigo. El coche rechinaba; las ruedas giraban.
Más tarde, Corny, que saludaba con un movimiento de la mano a Marcella Elizabeth, se sorprendió al ver que Estie le miraba atentamente por primera vez desde su ex abrupto de Longs Road. ¡Qué mirada más extraña, más oscura, más maravillosa! La mirada duró un momento muy largo. Luego la joven agitó una enguantada mano y volvió el rostro en otra dirección. Corny se sintió arrebatado hacia la altura por su éxtasis. ¿No significaban olvido aquella larga mirada y aquel movimiento de la mano? O ¿podrían significar algo más? Corny tardó bastante tiempo, más del que empleó para recorrer una milla, en desechar aquella loca esperanza A una hora bastante avanzada de la tarde, Corny cabalgó solo las últimas millas que le separaban del Campo de Latch. Los indios marchaban en cabeza. Corny se alegró de poder conducir al paso a su caballo, con el fin de disponer de tiempo para ordenar sus impresiones.
Pasó junto a una docena de ranchos de aspecto próspero y junto a millares de cabezas de ganado y de caballos antes de que llegara a la vista de la cabeza del valle. Un delgado arroyo rodeado de saucedales corría a lo largo del valle y lo cortaba a un tercio de su anchura en la parte izquierda, donde el rancho se encontraba entre la corriente de agua y la cordillera gris.
¡Nada más que campo abierto a su izquierda! Las reses que allí se hallaban tenían la marca L.
F., lo que indicaba que pertenecían a Latch. El ganado manchaba la gran extensión de terreno, a través de millas y más millas, en dirección a las cumbres del Norte.
Como todos los valles de la región, el de Latch se encontraba bajo una muesca de las montañas. Pero aquél era el más hermoso y sorprendente de cuantos Corny había visto. Unos grandes cuadros de tierra cubiertos de hierba atrajeron su atención. Los bosques de algodoneros, las pendientes pobladas de nogales, las vegas cubiertas de hierba, todo brillaba bajo el oro del sol.
«¡Dios mío! —se dijo Corny, con el entusiasmo y el arrobamiento que los jinetes de las llanuras experimentan en presencia de la Naturaleza—. ¡Latch supo bien lo que hizo cuando compró este terreno a los kiowas! Es el lugar más hermoso que he visto. Y es una verdadera mina de oro, si el Camino Viejo continúa derramando ganado y más ganado sobre el Norte...»
Unos instantes después Corny descubrió la casa ranchera de Latch, que ocupaba la parte superior del triángulo y estaba separada del pueblo por una milla o más de huertas v de masas de algodoneros. Corny no había visto jamás el rancho de Maxwell, pero habría sido capaz de apostar la vida a que el de Latch era casi tan importante como aquél. Por primera vez en su existencia, encontró un lugar en el que le habría agradado residir indefinidamente. Pero reconoció que no estaba muy seguro de que este sentimiento no hubiera sido originado por el recuerdo de la muchacha de ojos de color de violeta que, un día, sería dueña del rancho. Mas, de todos modos..., ¡sería un lugar hermoso aunque la muchacha no existiera! Huertas a los dos lados; grandes árboles y parques cubiertos de jugosa hierba hacia el Norte; lagos y jardines, y, por todas partes, los grises tejados que se asomaban sobre el verdor... La mirada experta de Corny apreció en toda su intensidad la belleza de aquel rancho.
Cerca de la ciudad del Campo de Latch, había cierta cantidad de casas de madera, casas rancheras, que estaban separadas unas de otras por distancias de media milla, o algo más.
Todas estas casas habían sido construidas al mismo tiempo, así como los graneros y los corrales. El hecho de que se hubieran plantado algodoneros con el fin de obtener sombra, proclamaba el espíritu previsor de Latch. Las granjas próximas eran fértiles y estaban bien cultivadas. Y en la lejanía, vagaban grandes manadas de ganado.
Cuando Corny entró en la ciudad, comprobó que el Campo de Latch no era diferente de cualquier otra ciudad occidental de algún distrito aislado. Una calle larga, ancha, polvorienta, estaba moteada de vehículos y formada por un abigarrado conjunto de edificios, nuevos y viejos, grandes y pequeños, la mayoría de los cuales tenía unas altas fachadas de madera.
Corny cabalgó despacio y pasó junto a chozas de indios, cabañas mejicanas, tiendas blancas y tiendas sucias, de varias clases y tamaños, hasta llegar a la zona en que los edificios eran más importantes. Y pasó, también, junto a una sucesión de tabernas.
—¡Lo mismo que en Dodge! —exclamó riendo—¡Maldición! ¡Éste no es un lugar apropiado para residencia de la futura señora Cornwall!
En el centro de la sección más pretenciosa de la ciudad, vio una gran muestra en la que brillaba, escrita con grandes letras, una sola palabra: «Leighton». Corny se aproximé con creciente interés, con un despertar de su antigua emoción.
—¡Tan seguro como que el mundo existe... tendré que dar que sentir a algún hombre de ahí adentro...! —murmuró.
El establecimiento de Leighton era muy grande. Un pórtico corría a lo largo de su fachada.
—¡Hum! ¡El señor Leighton ha montado un negocio por todo lo alto...!
Y con estas palabras, Corny quiso decirse que el establecimiento era tienda, hotel, lonja y taberna, con algunas dependencias despreciables.
La ciudad parecía estar viva. Unos cuantos hombres que caminaban despacio, unos cuantos jinetes, carros, grupos de trabajadores de botas polvorientas, algún hombre en mangas de camisa acá o acullá, todo ello ofrecía muestras de la reposada actividad de la ciudad del Campo de Latch en las horas del anochecer.
Algunos minutos más tarde, Corny descendió a través de una vereda y llegó al rancho de Latch. Le pareció que el acercarse a la puerta posterior de la casa era más apropiado para un guía de ganados. Preguntó a un mejicano, que le dirigió hacia un ancho patio rodeado de corrales y graneros. El patio tenía el aspecto y el olor característicos de un lugar destinado a punto de entrada a la casa, aun cuando en aquel momento no se hallase en él ningún jinete.
Unos hermosos caballos bebían de un amplio pilón situado en el centro. De no se sabía dónde, llegaba el rumor del agua corriente. Los burros rebuznaban, relinchaban los caballos, un garañón piafaba. Una ancha abertura del círculo conducía a un granero, la magnificencia del cual constituía uno de los encantos de la finca. Corny decidió quedarse a vivir allí. Y luego rió interiormente al pensar cuán imposible debía ser el intento de marcharse.
La mirada de Corny se posó sobre diversos caballos y jinetes que se hallaban más allá de la ancha entrada al granero. Corny se dirigió a ellos mientras liaba un cigarrillo. Si el hombre alto, el del sombrero negro y las botas altas era el señor Latch, como supuso el joven, el momento no podía ser más propicio. Pero Corny jamás era confiado cuando se trataba de entrevistarse por primera vez con un hombre, y siempre meditaba anticipadamente lo que debería hacer en su encuentro. Un hombre barbudo, grueso, apoyado en una muleta, y un vaquero de piernas arqueadas llamaron la atención al hombre alto acerca de la llegada de Corny.
Dirigió hacia él el caballo, pasó una pierna sobre la silla, lo que siempre era una indicación de propósitos desdén, levantó las manos y se introdujo en el granero.—Lo siento, muchacho —replicó Latch, aparentemente en dudas respecto a su visitante, a sí mismo, o a los dos...— A pesar de tu valor y de la alta opinión que tienes de ti mismo y de mis necesidades..., no deseo admitirte a mi servicio.
—Supongo que no le habré molestado —contestó Corny, pasando la pierna sobre la silla y comenzando a alejarse. Cuando había dado unos pasos oyó que el capataz decía a Latch:
—Patrón, permítame que llame otra vez a ese joven. Hay algo que...
Corny no pudo entender más. Continuó marchando, convencido de que había calibrado correctamente a Latch, y de que si el ranchero no tropezase con dificultades, si no estuviese obsesionado por la persecución de sus enemigos, habría reaccionado de modo diferente ante la misteriosa proposición de Corny.
—Bueno —se dijo a sí mismo, según costumbre de los jinetes que atraviesan caminos solitarios—; es seguro que me necesita, pero no quiere tomarme por ahora... Eso me proporciona la ocasión de poder estudiar y conocer bien esta población... ¡Ah, ah! Y ,qué diría la señorita Estie de todo esto? ¡Maldición! O mucho me engaño, o va a armar una tremolina de mil demonios con su papaíto.


XIII
La alegría de Latch por el regreso de Estelle, el precioso tesoro por quien había trabajado, luchado y vivido, disminuyó la importancia de los contratiempos que le asaltaban.
Con la hija de Cynthia en la casa, que andaba continuamente de un lado para otro, mandando y pidiendo, cantando nuevas canciones, gritando con placer al jugar con sus amigas, revelando de mil maneras diferentes su amor por él, el espíritu de Latch se reavivó y llegó a su primitivo nivel. Cynthia tenía dieciocho años cuando él la conoció, y era una jovencita reservada y digna. Esta alegre e importunadora chiquilla le recordaba continuamente a su madre. Su voz y su boca eran las mismas de Cynthia.
Era imposible que Latch no fuera feliz. Nada podría destruir aquella alegría profunda, rica, maravillosa, no siendo el descubrimiento por parte de Estie de su terrible pasado. La muchacha lo adoraba, le atribuía cualidades de héroe, le suponía un occidental de sangre azul que había dedicado su vida a la tarea de pacificar a los salvajes, de conquistar su amistad, de tener su casa abierta para todos los vagabundos de las llanuras. Para ella era un hombre grande y bueno, un padre del que el ser hija constituía un motivo de orgullo. Sin embargo, la vida de Latch estaba continuamente atormentada por un terrible temor: que sus pecados fuesen descubiertos, que Estelle averiguase la verdad. Y él sería capaz de morir del modo más violento y doloroso si con ello pudiera conservar su secreto.
—¡Papá, ya estoy en casa... para quedarme!— gritó Estie, mientras le rodeaba el cuello con los brazos—. No volveré más a aquella maldita escuela.
—¡Maldita! Seguramente no has aprendido esa jerga en la escuela de la señorita Delorme.
—No. De ningún modo. No la aprendí allí. Pero me gusta más que el francés... Papá, debería haber estudiado español. La mayoría de tus trabajadores hablan el español.
—Son mejicanos, querida... Pero tendrás que regresar a la escuela con tus amigas.
—Papá, solamente pueden estar aquí un mes... El señor Lee ya ha arreglado el viaje de modo que puedan ir a Fort Union y viajar con una caravana que lleve escolta. Pero no iré si se quedan hasta septiembre... Papá, ya estoy harta de escuela. Quiero quedarme en casa..., ayudarte..., compartir tus dificultades...
—Pero, querida criatura, yo no tengo dificultades.
—Me parece que eres un embustero terrible.
—¡Estelle —Bueno, no discutamos en estos momentos.
Sus menores deseos habían sido siempre una ley para Latch. Había comprendido hacía mucho tiempo que había mimado excesivamente a Estie, pero el hecho de que lo comprendiese no le hizo variar de actitud. Los restos de su amor, de su pasión, de su madurez, se habían concentrado en ella. Sólo pensaba en hacerla feliz. De este modo creía purgar, en cierta medida, la tragedia que había ocasionado a su madre.
—Muy bien. Te quedarás en casa —dijo Latch—. Yo pensaba solamente en tu educación.
Para mí será muy • agradable tenerte a mi lado. Pero ¿qué harás cuando la novedad de hallarte en casa se haya gastado?
—¡Jamás se disipará esa alegría! De todos modos, siempre tendré mucho que hacer: quiero montar todos los caballos, dirigir a tus vaqueros, llevarte los libros, administrar la casa... y buscar un marido.
Latch estaba demasiado sorprendido y sobresaltado para que pudiera reír. Estelle se había desarrollado, era ya una mujer.
—¿Marido? —la palabra era como una hoja que atravesase su corazón—. ¿Dónde crees que podrás encontrarlo?
—¿Dónde crees que podría ser, tonto? ¿Iré a buscarlo a Boston, o volveré a Nueva Orleáns? ¡No, no! Lo que quiero, es un sombrero grande, un par de botas altas con espuelas...
No, no te aterrorices de ese modo, querido papá. Es posible que tarde cierto tiempo en hallarlo... porque necesito que sea como tú. Latch se sonrojó bajo el fuego de aquella inocente expresión.
—En tal caso, intentaré conservar mi alma hasta que tan horrendo acontecimiento haya sucedido.
Esta conversación se desarrolló durante la misma hora de la llegada de Estie. Y en cada una de las ocasiones posteriores en que Estie fue en busca de su padre, o cuando lo encontró casualmente, el efecto que la presencia de la joven produjo al hombre fue siempre el mismo.
Estie poseía una vívida personalidad intensa y comenzaba a manifestar algunas de las cualidades que caracterizaron a su madre. Manejaba a Keetch a su antojo. En los viejos ojos del forajido se reflejaba la misma luz y sumisión que en los de un perrito cuando se hallaba en presencia de su amo. Los Benson no tenían hijos, y la llegada de Estie a la casa fue un acontecimiento de gran importancia para ellos. La señora Benson dijo a Latch:
—Ahora su viejo rancho va a arder en actividad.
Pero no explicó por qué se hallaba tan interesada en la cuestión.
Los criados mejicanos de la casa, los mozos de cuadra, los labradores, los trabajadores, los vaqueros, todos se precipitaron a recibir alegremente a la señorita. La vida del rancho pareció transformarse como por arte mágica. El corazón de Latch se llenó de felicidad.
Siempre había tenido grabada en la imaginación la idea de que aquella hora habría de llegar. Y la aceptaba y se alegraba y recibía de ella la fortaleza precisa para hacer frente a la última etapa de la vida tormentosa de Stephen Latch.
El gran salón, todo construido de nogal cortado en el valle, con su enorme mesa para cincuenta invitados, con su grande y prodigiosa chimenea en que aquella fría noche de primavera ardían unos leños; con sus paredes de nogal adornadas con cuernos y pieles y jaeces indios; con la formidable cabeza bovina de un búfalo sobre la repisa de la chimenea; con el ancho diván y las lámparas brillantemente coloreadas..., todo parecía haber estado esperando el regreso de Estelle para adquirir el carácter y la expresión de un hogar amado.
Después de la cena, que en aquella ocasión fue solamente compartida por los Benson y Keetch, todos se sentaron ante las resplandecientes llamas de la chimenea.
—Patrón, ¿has hablado a las mujeres acerca de ese pollo tomatero que quería obtener trabajo casi a la fuerza? —preguntó Keetch cuando se hubo sentado cómodamente y se disponía a fumar un cigarrillo.
—No, Keetch; lo he olvidado.
—¿Qué pollo... tomatero?— preguntó Estie mientras fijaba en su padre una mirada irresistible.
—Un vaquero que llegó cuando me encontraba en el granero, esta tarde a última hora. ¡Un granujilla descarado! Me dijo que le necesitaba, lo mismo si lo quería que si no —contestó Latch.
—¡Oh, qué interesante! —exclamó Estelle.
Las otras jóvenes acusaron algo más que interés. Latch, hábil como era para sorprender sutilezas, se preguntó si sabrían algo acerca de aquel joven.
—Cuéntaselo, Keetch —sugirió.
—Pues... poco antes de la puesta del sol, un joven llegó al patio —comenzó diciendo afablemente Keetch, con la afabilidad propia de las personas a quienes agrada hablar—. Llegó, dio las buenas tardes..., o buenos días... y pasó una pierna al otro lado del caballo. He visto muchísimos jinetes en toda mi vida, pero creo que ninguno más hábil que él... ¿Sabes lo que estoy pensando, patrón? Que me parece que no es tan huesudo como la mayoría de los vaqueros. Tiene una constitución muy robusta, es todo músculos, y está tan erguido como un injun... Y es guapo, además, muchachas. Tiene un rostro delgado, tostado por el sol, de perfil limpio y hermoso. Parece un poco frío, excepto cuando sonríe. No se quitó el sombrero, pero me parece que es pelirrojo. Y tiene el par de ojos más condenadamente seductores que he visto en toda mi vida. Estoy seguro de que os habría agradado, señoritas.
—¡Creo que sí! —exclamó Elizabeth Proctor con gazmoñería. Marcella se agitó al reír, y Estie permaneció estirada y atenta, previendo cuál habría de ser el final de aquel largo preámbulo.
—Llevaba dos pistolas. ¿Lo viste, jefe? —continuó Keetch—. Y ¡que la tierra me trague en este mismo momento si al sacar una de ellas de la funda no lo hizo con el ademán del que pone sobre la mesa una carta de su juego! Me pareció que debe de ser uno de esos vaqueros que conducen ganados... ¡La sal de la tierra! ... Bueno, el tal muchacho necesitaba trabajo. Se mostró hasta un poquito impertinente, y creo que tu papá se formó una idea muy pobre acerca de...
—¡De ningún modo! —le interrumpió Latch—. Me impresionó muy favorablemente. Y si no quise admitirle, fue porque me recordó al mismo muchacho que a ti, Keetch.
—¡Ah! ¡Claro que sí! También he pensado en ello... Es el primer caballista que te has negado a admitir, jefe... Pero, como quiera que fuese, nos miró fríamente, y se marchó del mismo modo que había llegado. No sé por qué, pero me entristecí al verle alejarse.
—Papá, ¿ha sido ese joven el primer caballista a quien te has negado a admitir y a ayudar? —preguntó rápidamente Estie mientras su rostro se cubría de rubor.
—Si Keetch lo dice, será cierto —contestó con pena Latch—. Lo siento mucho.
—¿Te recordó a algún otro muchacho?
—Sí, querida, así fue: a uno a quien quise muchísimo y a quien debo más...
—¡Oh, papá, alguna vez me has hablado de él...! ¡Qué cosa más extraña! —sus ojos se agudizaron y ensancharon al recordarlo—. Papá, es una lástima que no le dieses trabajo.
—¿Por qué? —preguntó Latch con una sonrisa llena de indulgencia.
—Porque ahora tendrás que ir en busca de ese vaquero y darle el trabajo que te pidió —afirmó la hija de Latch con vehemencia.
A Keetch le divirtió enormemente la situación y se tapó la boca con una de sus manazas para ocultar la risa.
—No puedo hacerlo, chiquilla. Me negué a admitirlo delante de Keetch y de Reynolds.
Pude ver claramente que a Reynolds no le agradó ese joven. No hago nunca ni digo nada que luego tenga que rectificar.
—Papá querido, si no vas en busca de ese vaquero y le empleas en tu casa..., lo haré yo —dijo Estella. Hablaba con demasiada suavidad, demasiado fríamente, estaba demasiado pálida para que se la pudiera dejar de tomar en consideración.
—Estelle, si eres que he sido injusto, meditaré sobre esa cuestión —declaró algo enojado Latch—. Y, verdaderamente, no te permitiría que fueses a buscarlo tú. Eso contribuiría a hacer de él un caballista predilecto, destacado en el Campo de Latch, y... ¿No es todo esto el fruto de uno de tus caprichos, querida?
—Papá, si no hubiera sido por ese vaquero, yo no estaría en esta casa esta noche... Estaría en el campo, no sé dónde, secuestrada por dos rufianes para obtener un rescate..., pues uno de ellos dijo al otro: «¡Latch pagará una buena cantidad si le devolvemos a su hija viva!
Latch se puso en pie para encararse con su hija.
—Estelle, ¿por qué me lo has ocultado? —preguntó. La muchacha palideció de repente.
—Papá, en Findlay, nos levantamos tarde, y no pudimos unirnos a la caravana de Bridgemen. Bill se enojó mucho. Pero yo le obligué a que se pusiera en marcha para alcanzar a la caravana... Bien, fuimos detenidos por dos bandidos. Tan pronto como Bill detuvo los caballos, oímos un grito: «¡Eh! »... Los bandidos giraron con las pistolas preparadas para disparar. La maleza crujió..., un hombre saltó de entre ella... ¡Oh, papá! ... Y disparó. ¡Pum..., pum! La pistola de uno de los bandidos saltó en el aire. Los dos hombres cayeron. ¡Los había matado! ... ¡Oh, fue horrible! Marcella se desmayó. Bill dirigió los caballos al borde de la carretera, a la sombra de unos árboles. Pedí agua... Ese joven cogió mi pañuelo, lo mojó, y con él conseguí que Marcella recobrase el sentido... Bien, era un vaquero; estaba descansando en el bosquecillo... Salvó todo el dinero que traíamos para ti... y me salvó, también, papá. Nos dijo que era un inútil, un guía de ganados que estaba sin trabajo. Le dije que me sentiría más segura en el caso de que realizase el viaje con nosotras. Y lo hizo, nos acompañó hasta el Campo de Latch... Y... ..., bueno; le he dicho que trabajase para nosotros...
—Estelle Latch, ¿por qué me lo has ocultado?
—Porque... porque no quería ocasionarte un disgusto nada más llegar —tartamudeó ella—.
Además, el joven dijo que no te pediría trabajo en el caso de que yo te contase lo que te he referido. Dice que acaso podrías conceder demasiada importancia a un pequeño favor, que quiere que si le admites sea por él mismo... Me ha costado mucho trabajo convencer a Bill para que no te lo dijera.
Latch se frotó meditabundo la barba con una mano temblorosa. En aquella preciosa hija suya residía el punto vulnerable de su armadura defensiva.
—La señora Benson dijo que ahora mi viejo rancho ardería en actividad —declaró Latch con seca alegría—... Hija mía, mi querida hija, casi convertida en una mujer... La señora Benson tenía razón. Pero deberías haberme contado lo sucedido tan pronto como llegaste. Comprendo la actitud del vaquero. Y ahora, me atrevería a decir que no querrá trabajar para mí...
—Yo puedo conseguir que lo haga —replicó Estie con timidez.
—¡Oh, seguramente! Yo diría que estabas pensando en él, cuando... cuando hiciste aquella notable observación de hoy.
—¡Papá! —gritó furiosa la joven—. Lo dije sólo en broma.
—Estie, es preciso que recompensemos a ese muchacho del mejor modo que podamos...
Ahora, muchachas, id a acostaros. Estáis muy cansadas.
Estelle se despidió de él dándole un beso. Estaba claramente satisfecha y sobresaltada de un modo misterioso, contenta de poder alejarse en unión de sus amigas.
Latch dirigió la mirada hacia el fuego.
—Dame un cigarro..., ¡viejo forajido!
—¡Ja, ja! No te importará que yo fume también... Patrón, ¿no es tu hija un verdadero gatito salvaje? ¡Dios mío! ¡Qué encantadora es! Me parece que hasta yo mismo me rejuvenezco cuando la veo...
—Keetch, he pensado lo mismo... ¡Dios la bendiga!
Fumaron en silencio mientras dirigían las miradas hacia las llamas que ardían en la chimenea, Keetch había envejecido al servicio de Latch. Y el propio Latch había comenzado a experimentar el influjo de los años pasados, años de violencia. En aquellos momentos los dos hombres eran dos fieles y viejos camaradas.
—¡Todo para la muchacha! Lo comprendí hace mucho tiempo... —dijo Keetch.
—Todo para ella, viejo compañero —replicó tristemente Latch—. Pero, ¿podremos...
podremos...?
—¡Dios me ayude! ... Patrón, solamente hay un hombre vivo que podría probarlo... Latch levantó una mano para pedir a su armo silencio o discreción.
He dicho probarlo... Kit Carson está muerto. Jim Waters está muerto. Blackstone y su cuadrilla, Charlie Bent, el renegado de entrañas negras, Satana y sus demonios rojos, todos murieron el año pasado en aquel terrible combate con la caravana de Buff Belmet en Point of Rocks... Todos muertos..., excepto Leighton... Todos los que podrían probarlo... —¿Cómo podemos saberlo, Keetch? —preguntó Latch mientras abría y cerraba repetidamente las manos—. No es imposible que Leighton se lo haya contado a alguien...
Keetch, debería haber matado a Leighton hace mucho tiempo... Pero acaso sea conveniente, también, que no lo haya hecho, puesto que de este modo acaso nos será posible averiguar a cuáles de sus compañeros se lo ha contado,... —Sí... Estamos de acuerdo... Patrón, ¿qué es lo que más te ha llamado la atención de aquel muchacho que vino a vernos esta mañana?
—¡Se parecía a... Cornwall! ¡Dios mío, que doloroso es el recuerdo! ¡Aquel joven, que fue como un hijo para mí...! Jamás me olvidaré de él, Keetch.
—Ni yo... Eso mismo me pareció. Había algo extraño en ese vaquero..., algo extraño que también había en Cornwall. No sé exactamente lo que sería..., como no sea la manera de mirar.
—¿Te he dicho en alguna ocasión, Keetch, que Corwall tenía un hermano, más joven que él, del que hablaba frecuentementemente con mucha tristeza, con mucha amargura?
—No. No me lo has dicho nunca, patrón. Y, ¡por todos los diablos!, es una cosa interesante. ¿Un hermano?... Ese vaquero es más fuerte que él. Parece como si hubiera nacido sobre un caballo... Tiene los ojos de los caballistas de los desiertos. Es un muchacho indolente, frío, de hablar suave, un tejano joven en años y viejo en experiencia. Patrón, la maldad no ha entrado en el alma de ese joven. Y ésta es la diferencia entre ambos..., en el caso de que sea efectivamente hermano de Cornwall. Creo que jamás podremos averiguarlo... Y, en segundo lugar, ¿qué es lo que te ha llamado la atención en él?
—Ha despertado en mí ese viejo temor, Keetch —murmuró roncamente Latch—. ¡Cómo lo he sentido, cómo he luchado contra él durante los años pasados...! ¿Qué sabe acerca de nuestras vidas ese desconocido? —Es cierto; hemos vivido bajo la sombra del temor. Pero aquí estamos, patrón, todavía vivos y activos. Estie tiene dieciséis años... ¡Estoy seguro de que continuaremos la carrera, de que la terminaremos! Ese vaquero ha salvado a Estie... Es posible que le haya salvado algo más que la vida... Ha caminado al lado de ella durante varios días interminables... Y podemos tener seguridad de que, sepa lo que sepa, conozca lo que conozca, jamás será capaz de hacer ningún daño a Estie. Quiere a la chiquilla, y sería capaz de matar a cualquier persona que constituyese una amenaza para ella.
—Siempre has sido más perspicaz que yo, Keetch. Es probable que tengas razón...
A la mañana siguiente Latch bajó a los corrales para buscar a Bill Simpson. Encontró al conductor en el pórtico del dormitorio de los vaqueros, en compañía de Reynolds. Keetch, Simmons y algunos vaqueros y trabajadores mejicanos. Bill conocía lo que se le preparaba, pero no se movió. Latch gritó con un enojo que no era completamente sincero, pero estaba obligado a continuar siendo Latch... Dirigió a Bill todos los insultos conocidos en el rancho y, luego, le obligó a girar y le dio una patada. Bill cayó al suelo, abierto de brazos y piernas, y Latch volvió a darle de puntapiés y le hizo caer del pórtico. Bill se puso en pie de un salto, tan rojo como un cangrejo cocido, y estalló en protestas mientras se sacudía el polvo.
—Puedo tolerar eso una sola vez, Stephen Latch —dijo cuando se le hubo agotado el repertorio de maldiciones—. Pero no vuelva a darme una patada en toda su vida.
—¡No vuelvas a ocultarme nunca lo que haya sucedido, maldito burro sentimental! —replicó Latch. Y pidió un caballo.
Latch se dirigió solo a la ciudad. Era todavía muy temprano, y dudaba de que el vaquero estuviera levantado ya. Amarró el caballo, y recorrió a pie la calle principal deteniéndose en las tiendas y mirando en el interior de las tabernas, excepto en la de Leighton, de la cual se apartaba siempre; pero no pudo hallar a quien buscaba. A continuación hizo diversas visitas a sus amigos los rancheros, viejos miembros de su banda de forajidos, que también habían comenzado, a seguir el camino de la honradez. Todos ellos permanecían fieles a su promesa.
Todos vivían, menos Plug Halstead, que fue asesinado el año precedente en la sala de juego de Leighton. Todos ellos eran rancheros prósperos. Tumbler Johnson era el único negro de la región que tenía una esposa india. Mizzouri tenía esposa y dos hijos y era feliz, lo que resultaba sorprendente. Latch pasó la mañana en compañía de aquellos viejos amigos, los invitó a la fiesta que iba a celebrar. Estie con motivo de cumplir los dieciséis años, y se alejó de nuevo, satisfecho de conocer lo que había conseguido que hicieran aquellos hombres a quienes tiempo atrás amenazaba constantemente la sombra de la horca.
Al cruzar otra vez la población, Latch vio a su presa, que se hallaba ante la tienda de Rankin hablando con el más viejo de los dos hijos del comerciante de este nombre.
—Ven, vaquero —dijo Latch mientras desmontaba junto al hierro en que solía amarrar su caballo—. Jim Rankin, puedes volver a tu trabajo. Tengo que hablar con este hombre.
Jim se retiró presurosamente en tanto que el vaquero se adelantaba con lentitud hacia Latch. Ambos se miraron. Latch experimentó una sensación de alegría. «¡Qué mozalbete más magnífico!», pensó.
—Buenos días, señor Latch. Veo que me ha estado buscando —habló con su habitual lentitud el vaquero.
Buenos días. No creo sea digno de elogios por haber venido a buscarte... Me habría agradado que hubieras visto cómo di de puntapiés esta mañana a Bill.
—¡Maldición! Lo siento mucho. Ha sido por culpa mía, señor Latch. No quería que supiera usted nada acerca del asalto hasta después de que yo hubiera hablado con usted.
—Y ¿por qué no querías que yo supiera nada de lo sucedido?
—Mis amigos dicen que soy un muchacho un poco raro. Me habría gustado trabajar para usted, que me diera trabajo por mis propios méritos. Pero creo que ahora no me agradaría aceptar el trabajo que me ofreciera usted.
—¿No querías aceptar dinero..., o tierras..., o caballos..., o cualquier otra cosa? —preguntó el ranchero.
—No. De ningún modo. Lo que hice por su hija, lo habría hecho igual por cualquiera otra persona. Pero siempre es agradable recordar que fue por la hija de Stephen Latch.
—Escucha, muchacho, no es posible que te niegues a aceptar una recompensa —protestó Latch con vehemencia—. Es cierto que eres el primer caballista a quien no he aceptado nor espacio de varios años. Y no lo hice porque seas un poco... un poco... extraño... ni porque me parecieses un poco fanfarrón..., sino porque me recordaste al joven que fue mi más fiel amigo..., que fue más que un hijo para mí.
—¿Qué infiernos dice usted? —replicó el joven con voz lenta y fría, voz que fue acompañada de una mirada que recordó a Latch los relámpagos azules—. Y si me lo negó usted entonces, ¿por qué me lo pide ahora?
—Me he propuesto ser sincero, y por eso debo decirte que he discutido un poco con Estie.
Estie dice que si no te doy un empleo, te lo dará ella. Y ¡que la tierra me trague ahora mismo si no la creo capaz de hacerlo!
—¡Maldición! —exclamó el joven visiblemente disgustado—. ¿No le ha contado a usted... la historia que yo le referí?
—Ni una sola palabra. Solamente me ha hablado del atraco.
—Latch, no puede usted permitir que su hija venga a ofrecerme empleos. La gente murmuraría... Este pueblo es muy aficionado a murmurar. He podido comprobarlo anoche.
—¡Claro que no puedo! Por eso he venido a buscarte.
—Bueno, diga usted a su hija que me ha ofrecido trabajo y que yo no he querido aceptarlo —replicó pensativo Corny—. Y que ha podido averiguar usted que soy un guía vago e inútil que se ha quedado sin trabajo a causa de estos defectos.
—No diré nada de eso a Estie, porque yo mismo no lo creo. ¿Qué es lo que te propones, muchacho?
—Como ve usted, Latch, no estoy precisamente haciendo un elogio de mí mismo.
—Sí, ya lo comprendo. Y creo que te equivocas. Has sido un buen amigo para mí. Me has salvado diez mil dólares..., el último dinero que me queda, si he de hablar con sinceridad. Has salvado, además, a Estella, que vale más para mí que todo el dinero del mundo. ¿Por qué no has de permitirme que te recompense de algún modo?
—Es cuestión de orgullo, señor mío, de orgullo... Estie es la muchacha más hermosa..., la más adorable que he visto en toda mi vida. Una señorita inocente y amable, llena de fuego y de romanticismo... Una mujer que puede hacer que enloquezca cualquier hombre... Bueno, eso es lo que no quiero que me suceda. ¿No ha pensado usted que podría tomarme afecto? ¡Dios mío!
¡No quiero que suceda, Latch! Estie es solamente una chiquilla, una criatura que acababa de salir de la escuela, que ha estado siempre demasiado... demasiado cerca de usted..., que jamás ha tenido un pretendiente... ¡Sí, he oído las conversaciones de las jóvenes...! En resumen: Estie es hija de usted, y será dentro de muy poco tiempo una señorita hermosa y rica... ¡No la mujer apropiada para un vaquero hábil en el manejo de la pistola!
—Ahora me has tocado en lo vivo, muchacho. No quiero aceptar tú ¡no! como una respuesta definitiva. Quiero ver la reacción de Estelle... y la tuya. Ven conmigo al rancho.
—¡Demonio de hombre! ¿No le he hablado con entera sinceridad? —exclamó el joven. Su fría ecuanimidad comenzaba a teñirse de enojo.
—La sinceridad siempre me ha seducido. Y, además, no me has demostrado que seas un inútil.
—¿Cómo demonios podría decir, Latch, que soy un inútil cuando la verdad es que soy tan hábil en mi oficio como el que más? preguntó acaloradamente el joven—. Pero ¿sabe usted lo que eso significa? Soy un caballista vagabundo, y no tengo ni un solo céntimo, excepto los dólares que mis compañeros recogieron y me entregaron. Todos los guías y los jefes de guías de Chisholm, todos los ganaderos para quienes he trabajado, con excepción de Lanthorpe, todos son amigos míos. Y sin embargo, disfruto de una mala reputación. Esa mala reputación me seguirá basta aquí. Tengo en las venas sangre tejana, una sangre tan pura como la más pura que pueda correr por las venas de cualquier otro, pero soy pobre, no tengo ilustración y estoy solo. Y no quiero correr el riesgo de hacer que una mujer sea desgraciada, o de que se avergüence por mi culpa...
—Entonces, criatura, ¿por qué fuiste a pedirme trabajo? —preguntó Latch.
—Sabía muy bien cómo debía pedirlo para que me lo negase usted.
—Las cosas han cambiado de aspecto ahora. Tengo confianza en ti. Vamos.
El vaquero hizo un gesto de desesperación, gesto que parecía extraño en un hombre en apariencia tan maduro firme en otros aspectos más duros v difíciles. Pero había también en aquel gesto un aire de decisión. Latch volvió a sorprender en el joven un algo indefinible que le recordó actitudes y gestos que le fueron familiares en los días pasados.
—¡Maldición! —exclamó el vaquero lentamente mientras arrojaba, el cigarrillo al suelo y se encaraba con Latch. Toda su hostilidad, su fuego, su altivez..., todo se había borrado en él.
Corny parecía más joven en aquel momento y más atractivo que nunca—. Usted y su hija no pueden negar que son ramas del mismo tronco. Ha ganado usted, Latch; pero he aquí mis condiciones: irécon usted ahora mismo, y trabajaré con afán y con lealtad hasta que el mismo infierno se hiele... Pero hay algo que quiero hacer antes que nada aquí... No le importa lo que pueda ser. Ha de tener usted confianza en mí. Y, entre tanto, diga a su hija que no soy un hombre bueno. Sin embargo, no lo crea usted mismo, ni crea nada de lo que oiga decir en este pueblo acerca de mí. ¿Comprende? ¿Está claro, Latch?
—No. No lo está. Pero acepto la condición y pondré mi confianza en ti, hagas lo que hagas. He tenido que recurrir al empleo de artimañas en mi trato con los hombres antiguamente... Tú tienes algo escondido en la manga, muchacho.
—Sí. Pero no es más que una pistola, Latch. Se estrecharon las manos sin decir más palabras, y Latch montó su caballo para regresar pensativo a su casa.
—Espere, patrón. Olvidaba..., sí, olvidaba... —dijo el joven con voz suave y lenta en tanto que se inclinaba sobre el hierro al que se ataba a los caballos—. Cuando comencé a trabajar como guía de ganados, todo el mundo me llamaba Slim Blue...
Latch había sido en exceso generoso en sus donaciones de dinero, ganados o tierras.
Había confiado en más hombres que cuantos podía recordar, solamente una parte de los cuales se había instalado en el rancho. Esto sucedió en los días del apogeo de su prosperidad, en 1875, cuando la cantidad de cabezas de ganado que se vendió en Dodge City fue sobradamente grande. Los rancheros que se dedicaban a la cría de reses obtuvieron beneficios de gran importancia. Latch, que llevó millares de cabezas al mercado cada temporada, creyó que sus negocios seguirían creciendo de continuo, y gastó el dinero que ganaba con excesiva prodigalidad.
Pero los años siguientes fueron crecientemente malos. Leighton apretó cada vez más los tornillos en sus peticiones de dinero. Al principio, lo había pedido prestado; después lo había obtenido por la fuerza. Satana fue un hombre fácil de convencer hasta el momento en que todo el ron que existía en el desfiladero de Tela de Araña quedó agotado. Luego Latch se vio obligado a comprar más ron y transportarlo hasta el Campo de Latch, a través de la Jornada del Muerto, a costa de grandes gastos.
Blackstone había invernado todos los años en el Campo de Latch en unión de otros forajidos, algunos de los cuales eran muy conocidos y otros desconocidos en absoluto. Todos ellos iban en busca de Latch para pedirle dinero. Latch era un amigo suyo, un hombre que estaba obligado a entregar el dinero para salvarse a sí mismo. Todos sabían que Latch había sido uno de ellos en años anteriores, y respetando el código de honor de los ladrones, jamás le habían traicionado. Cuando Blackstone y muchas otras de las sanguijuelas que agobiaban a Latch fueron eliminados en la contienda de Point of Rocks, donde Buff Belmet consiguió derrotar a los asaltantes, Latch se encontró libre de la mayor parte de los parásitos que le agobiaban.
Pero, para él por lo menos, la llegada de los cazadores de búfalos a la meseta dio comienzo a una época muy desastrosa.
La mayoría de los criadores de ganados se hallaban instalados en lugares fácilmente defendibles, donde el robo de reses no podía adquirir tan grandes proporciones como en los ranchos abiertos y extensos. Jesse Chisum, el ganadero, el que marcaba sus reses del modo llamado «de badajo de campanilla» —que era una manera peculiar de cortar a los terneros la oreja, con el fin de que a] caminar se agitase de arriba abajo— estaba instalado en el río Pecos con otros rancheros. Era el único rival de Latch en aquella región, pero sufrió relativamente unas pérdidas muy pequeñas a manos de los ladrones, en tanto que las de Latch fueron de gran importancia en la época de los cazadores de búfalos. Entre las hordas que componían dichos cazadores había muchos ladrones que aprovechaban todas las ocasiones que se les presentaban para perpetrar sus robos. Una banda solía correr desde el río Canadiense, o desde el río Rojo, llevarse todas las reses que podía, y no regresar jamás. Luego, otra banda repetía la misma operación. Latch pensó que tendría que ]imitarse a criar sólo pequeñas puntas de ganado, que pudiera tener en lugares muy próximos a su vivienda y por los que los vaqueros pudieran patrullar casi continuamente. Pero esto no le agradaba, puesto que lag utilidades que, obtuviera de este modo no podrían ser suficientes ni siquiera para pagar la mitad de sus gastos.
Su visita a Mizzouri, Seeth Cole, Blain y Johnson aumentó las sospechas que abrigaba de que alguien del Campo de Latch colaboraba con los falsos cazadores de búfalos, o que, no siendo así, cometía los robos por su propia cuenta. Latch empleaba únicamente a mejicanos, que trabajaban bajo las órdenes de Simmons y Reynolds, y estos vaqueros no eran buenos luchadores; quiso combinar un proyecto que le permitiera unir sus fuerzas a las de sus viejos compañeros, con el, fin de hacer frente a la intrusión de los depredadores, pero se vio precisado a abandonar el propósito cuando se convenció de que los gastos que originaría su puesta en práctica podrían arruinar a los ganaderos. El hecho de que ni Blain, ni Cole, ni Johnson, ni Mizzouri hubieran perdido ni una sola res, le pareció sorprendente. Esta revelación abrió los ojos a Latch, ya que en cualquier incursión de los ladrones de ganados procedentes de los campamentos de cazadores de búfalos, estos rancheros deberían perder también alguna res.
Esta circunstancia aumentó la perplejidad y el problema de Latch.
Hacía un año, o acaso algo más, había depositado en un Banco de Nueva Orleáns diez mil dólares con el propósito de adquirir nuevas cabezas de ganado en Texas. Había abandonado el proyecto, y envió a Estelle el encargo de que recogiera el dinero y lo llevara consigo, con el fin de utilizarlo para pagar algunas deudas atrasadas.
Otros pequeños contratiempos incrementaban las preocupaciones de Latch: aguas envenenadas, cabañas incendiadas, roturas de presas de riego, cercas cortadas, caballos y monturas robadas, desaparición de fieles vaqueros, saqueos de huertos, las dificultades crecientes para contratar nuevos trabajadores mejicanos... Todos éstos y otros muchos incidentes de la vida del ranchero comenzaron a tomar un carácter que estaba muy lejos de parecer accidental.
Finalmente, y de un modo mucho más desagradable que lo apuntado, Latch comenzó a observar cierta frialdad en la actitud de Rankin, el herrero, y en la de Jud Smith, el traficante y tendero, hombres honrados y dignos de confianza, que se habían instalado en el Campo de Latch. Y también Hep Poffer, el agricultor e injertador de árboles frutales, a quien Latch proporcionó mucho dinero, había comenzado a mostrarse hostil respecto a él. No podía in-dignarse a la vista de éstas u otras indignidades. Latch no poseía orgullo injustificado. Si los que le despreciaban lo hacían sinceramente, todo ello significaría que las sospechas que comenzaron a nacer en Fort Bent y en Fort Union arraigaron en la misma ciudad que Latch había fundado, poseído y regalado.
De este modo, resultaba que en realidad el antiguo espectro que le perseguía no se había desvanecido. En lo que se relacionaba con sí mismo, le importaban muy poco la ruina, la desgracia o la muerte... ¡aun cuando sabía que jamás habría de morir al extremo de una cuerda!
Era por Estelle por quien le importaba todo ello. ¡Qué dolorosa le era la idea de no haber vendido sus propiedades anteriormente y llevar a su hija a algún lugar distante! Pero Latch amaba el Campo de Latch y el desfiladero de Tela de Araña. Había vacilado y vivido en aquellos lugares hasta demasiado tarde. Algún día aquella llanura valdría una verdadera fortuna..., la fortuna que se proponía legar a Estelle. Debía, pues, economizar, prepararse para la lucha y derrotar a aquellos enconados y desconocidos enemigos en beneficio de la hija de Cynthia.


XIV
Durante sus seis años de conducción de manadas, Corny había conocido a millares de hombres que, de un modo u otro, ganaban su vida por medio del ganado. Había sido la suya una larga búsqueda; para cada persona que hallaba en su camino, siempre tenía por lo menos una pregunta. Durante una larga temporada no tuvo conocimiento de que poseía una habilidad claramente definida. El conocimiento llegó a él a través de los dones extraños del hombre hábil en el manejo de la pistola: la lectura de las intenciones del adversario, el estímulo para la acción, la mirada de enemigo. Después, desarrolló de modo consciente esta facultad. Corny era, en el interior de su alma, un lobo solitario. Pero el continuo contacto con millares de hombres, guías, conductores, ganaderos, cazadores de búfalos, espías, soldados, aventureros, colonizadores y proscritos de todas clases le había servido maravillosamente do escuela.
Una sombra se inclinaba en la llanura sobre Stephen Latch. Corny lo había comprendido a través de los vagos temores que Estelle, temores de algo que no sabía definir, abrigaba en su anhelo y en su simplicidad por defender a su padre. Con aquella sombra volvieron las murmuraciones del Camino Viejo. El rumor de que el Campo de Latch era un punto de reunión de forajidos había corrido, de campamento en campamento, a lo largo de la senda del imperio del ganado. Donde hay humo, debe haber fuego. El agresivo interés de Corny se agudizó por efecto de su deseo de defender a Estie Latch. Solamente una sombra sobre sus ojos violeta —la misma sombra que aleteaba sobre los de su padre— era suficiente para incrementar la llama cuyos rescoldos ardían siempre en el pecho de Corny. Pero parecía haber, además, otro incentivo, que él no acertaba a comprender... ¿Sería, acaso, el papel ignorado que Corny estaba destinado a desarrollar en las vidas del padre y de la hija?
Corny necesitaba disponer de un día, de una semana, de un mes, quizá de más tiempo, para penetrar en las guaridas del Campo de Latch, para descubrir lo que se encerraba en las hostiles imaginaciones de aquellas personas enemigas de la felicidad de los Latch. Quería adquirir certeza de un algo intangible que le parecía percibir.
¿Qué cosa más extraña podría encontrar, que prueba más fuerte de la certeza de su presentimiento, que el momento de su entrada aquella noche en el Salón de la Suerte, el ver el rostro desfigurado de Leighton, los ojos escrutadores de Leighton, guiados por un alma encolerizada turbulenta, la frente arrugada de un hombre poseso de los demonios, que el sentir de nuevo el frío repugnante que le helaba hasta la medula al encontrarse ante otro hombre a quien habría de matar? Corny había experimentado esta sensación en muchas ocasiones a lo largo de su camino. Pero, al hallarse frente a Leighton, fue solamente una sensación momentánea, que desapareció tan pronto como se produjo, y que le dejó frío y seguro de sí mismo, calculador y reservado como una serpiente.
Mirando hacia el interior del enorme local, a las mesas y los jugadores, y al salón de baile a través de la ancha puerta abierta, y nuevamente a Leighton y a sus acompañantes, que se hallaban sentados en un rincón de la estancia, Corny se creyó transportado a Dodge o Abilene. Y cuando se detenía se dio cuenta de que sobre él caían las miradas investigadoras que los hombres perversos dirigen en los períodos duros de sus vidas a los desconocidos.
—¡Hola, vaquero! ¿Has llegado ahora? —le preguntó Leighton mientras observaba a Corny de pies a cabeza. Al volver a levantar la mirada, la detuvo sobre las pistolas del joven, de culatas y fundas oscuras apenas visibles entre la oscuridad de las ropas.
—Sí. Y vengo terriblemente cansado —dijo con indolencia Corny.
—¿Buscas a alguien?
—No. Ni nadie me busca a mí... ¿Hay algún sheriff por este Campo de Latch?
—i Buena-pregunta, Bruce! —dijo Leighton volviéndose hacia uno de sus compañeros, cuyo rostro le habría hecho destacarse en cualquier reunión—. ¡En el Campo de Latch! ¡Es pintoresco que a nadie se le haya ocurrido relacionar los dos nombres! Puedes descansar con tranquilidad, vaquero. No hay ningún sheriff más cerca de Dodge. Y solamente uno de ellos se decidió una vez a cruzar la Jornada... Está muerto.
—¡Diablos! ¡Me alegro mucho! —replicó Corny con su sonrisa borrosa. Conocía su papel.
Tenía que representar el de uno cualquiera de los millares de guías de caravanas que había conocido. Era como una segunda naturaleza suya.
—¿De dónde vienes? —preguntó el acompañante de Leighton, que tenía un rostro de buitre.
—¡Diablos! ¿De dónde parece que vengo? —preguntó Corny.
—Es difícil decirlo. Tienes las botas manchadas de barro del río Rojo.
—Sí. He vadeado el río Rojo... por última vez, me parece. Hice el camino desde • Findlay con la caravana de Bridgemen.
—¡Ah! ... ¿te separaste de ella en la carretera de Long y continuaste con los kiowas que escoltaban el coche de Latch?
—No. He seguido al equipo indio hasta aquí.—Toma una copa.
—Gracias. Sí, quiero beber... Pero creo que me convendría más abandonar la botella.
—Pareces estar arruinado. Pero eso tiene remedio aquí...
—¿Qué dices? —preguntó Leighton mientras llenaba los vasos.
—No tengo necesidad de que nadie me ayude ahora... ¡Brindo por Campo de Latch!
Leighton se inclinó sobre el mostrador con una expresión que Corny no pudo descifrar.
—Perdóname una pregunta personal, forastero. No somos curiosos ni entrometidos por estos terrenos, pero tengo razones para preguntarlo, aparte la natural curiosidad... ¿Te llamas Cornwall?
Corny, preparado para hacer frente a cualquier sorpresa, pudo ocultar el dolor y la sorpresa que le produjo la interrogación.
No. Me llamo Slim Blue.
—Perdón... Te pareces mucho a un muchacho que conocí hace varios años.
—¿Dónde? —preguntó Corny fingiendo una curiosidad indiferente.
—Lo he olvidado. Me has recordado... Estás en tu casa, muchacho. Aquí hay entretenimientos y diversiones para todos los bolsillos, Blue.
Ésta fue la presentación de Corny a Leighton y al sector de su dominio en aquella colonia. Corny fingió poseer un carácter indiferente y negativo, demasiado indiferente y negativo para que pudiera esperarse de él que se prestase a hacer confidencias. Paseó de un lado para otro perezosamente, se sentó durante largas horas sin hacer nada, escuchó cuando parecía estar dormido, y esperó. Su papel era el de un proscrito que estuviera obligado a malgastar el tiempo.
Sin embargo, en más de una ocasión se puso en contacto con hombres, con mujeres, con chiquillos, con señoritas que se aproximaban a él amistosamente. Corny se limitaba a ser el hombre indiferente y apático de siempre. Una de las muchachas del salón de baile de Leighton juró que le había visto en Dorke y le puso en un aprieto con sus insinuaciones. Pero, mostrándose tímido al mismo tiempo que indiferente, consiguió engañarla, intrigarla, herirla en su vanidad y comenzar a averiguar algo acerca de la vida subterránea de los proscritos del Campo de Latch.
Solía entrar en la tienda de Smith y malgastar horas y más horas para hacer una compra cualquiera, lo que tanto Smith como su hija consideraban que era solamente una artimaña para obtener la amistad de la joven. Se detenía con frecuencia en la herrería de Rankin, en primer lugar para herrar a su caballo; después, para conversar largamente. Acudía también a otras tiendas, siempre desempeñando el papel que se había propuesto. Detuvo los caballos desbocados de Webb, e hizo amistad con Bartlett por medio de un pequeño favor que le prestó.
Corny parecía poseer la infalible facultad de distinguir a las personas honradas de Campo de Latch de las que no lo eran. Comprendió que, hacía tiempo, personas honestas se habían instalado allí sin conocer la naturaleza de sus vecinos. Únicamente necesitó mirar una vez a Mizzouri para saber que era un hombre que tenía un pasado poco recomendable. Blain, Cole y Johnson, el extraño negro, constituían unos seductores temas de estudio. Todos ellos habían prosperado al mismo tiempo que Campo de Latch. Corny comenzó a investigar en sus pasados y en el origen de su instalación en la población. Resultó una tarea parecida a cavar en terreno duro, hasta que tuvo la suerte de conocer a un hombre llamado Hep Poffer. Este individuo era agricultor e injertador de árboles frutales, un hombre bueno incapaz de ver el mal en nadie ni en nada. Su esposa era una mujer muy parlanchina, que tomó cariño a Corny y le regañó por su indolencia y sus costumbres. Corny se reunía también algunas veces con el kiowa llamado Ojo de Halcón, pues estaba interesado en cultivar la amistad de este indio fascinador. Ojo de Halcón era algo para Latch y nada para Leighton. Corny meditó largamente shore esta circunstancia.
Durante todos aquellos días de verano, Corny no cesó de observar las idas y venidas de los Latch y sus invitados. Lo observaba desde lejos. Los veía pasar cuando se hallaba perezosamente adormilado en el pórtico de Leighton con el fin de que quien le viera pudiera tomarle por un personaje más o menos sospechoso. Jamás cambió ni un ápice sus hábitos con la finalidad de evitar encontrarse con ellos. Una vez, se halló frente a frente de Latch, quien clavó en él una mirada llena de perplejidad y le dijo:
—¡Eres un haragán, no un vaquero! ¿Te has propuesto jugar conmigo?
Y Corny respondió con su habitual lentitud:—¡Buenos días, patrón! ¿No ha pensado usted nunca que he hecho trampa al darle las cartas?
Luego, el trascendental momento que Corny había preparado se presentó de manera tan inesperada que le dejó sin alientos y con el corazón aparentemente inmovilizado. Estella se enfrentó con él en la tienda de Smith.
Sin ningún saludo, y sin formalidades de ninguna clase, la joven le dijo con voz helada :
—¡Me ha engañado usted!
—¡Oh! ¡Buenos días, señorita! —respondió él mientras se quitaba el sombrero—. Lo dice usted por aquel empleo... Lo siento mucho. Pero me molesta trabajar en días de calor.
—Papá me dijo que no quería usted ir —continuó ella; tenía el rostro pálido, y sus ojos parecían más oscuros en la sombra interior de la tienda—. ¡Me dijo que es usted un inútil!...
¡:Oh, me puse tan furiosa..., tan furiosa! Pero he oído varias cosas acerca de usted. Todo el mundo se acerca a mí para decirme algo. ¡Qué guapo, qué simpático, qué buen amigo es usted...! Eso es lo que me dicen constantemente. Y que Elsie Smith está loca por usted. Todos dicen que es una verdadera pena que sea usted otro hombre malo, otro proscrito que haya venido a esconderse aquí...
—¡Demonios! ¡No creí que fuera tan popular! Sí, me gusta esa muchacha de Smith. Si no fuera un hombre inútil, un vago, me agradaría ir a conquistarla.
—Según se murmura, ya lo ha hecho usted. Y añaden que no es la única...
—¿Cuáles son las otras, señorita? Tengo una terrible curiosidad por saberlo —replicó Corny, que, en realidad, no tenía curiosidad de ninguna clase por averiguarlo.
—Otra, es Fanny Hand.
—¡Ah! Y ¿qué? ¡Pobre chiquilla! Seguramente necesita tener algún amigo. Leighton fue a buscarla..., le prometió solamente Dios sabe qué..., y está convirtiéndola en una pícara de salón de baile.
—No quiero oírlo —contestó la señorita Latch, enojada y adelantando la barbilla—. Lo que quiero indicar es esto: he dicho a mi papá que no es cierto que usted sea un vago y un inútil. Y le digo a usted que es un embustero.
—Bueno, eso es una cosa casi agradable, señorita Latch —replicó Corny, herido a través de la máscara. Resultaba inútil el intento de resistir los ataques de aquella muchacha. ¿Qué significado se encerraba en las miradas de sus altivos ojos oscuros?
—Voy a hablarle con toda claridad —continuó la joven—. Usted me prometió ayudarme. Mi papá está sufriendo contratiempos. Usted no quiere ayudarle. He esperado. Según parece, es usted un hombre aficionado a la bebida, al baile, al juego, a hacer el tenorio. Es un proscrito que ha venido a esconderse aquí. Pero no lo creo. Y continuaré sin creerlo.
—¡Muchas gracias! ¿Durante cuánto tiempo? —preguntó roncamente Corny.
—¡Jamás lo creeré!
—¡Bien! ... ¿Recuerda usted lo que le dije... desde la silla de montar... aquel día?
—Me... avergüenza el tener que confesar que no podría olvidarlo.
—Es cierto. Y ésa es parcialmente la causa de que siga el mal camino aquí, en Campo de Latch. La otra razón es mi deseo de ayudar a su papá, descubrir quiénes son sus enemigos, qué están haciendo... ¡Y estoy sobre la pista!
—¡Oh, Corny..., perdóneme! —tartamudeó Estie. Y extendió la mano y la retiró con rapidez.
—¡No hay nada que perdonar! —respondió él con brusquedad mientras reprimía un violento deseo de abrazar a la muchacha y apretarla contra su corazón—. Sus amigas la esperan.
¡Váyase!
—¿Querrá usted ir a mi fiesta? —preguntó ella con ansiedad—. Papá ha invitado a todo el mundo, menos a usted jura que si fuese usted, lo arrojaría... ¡Vaya! No haga caso de que lo haya dicho... ¿Irá?
—Sí..., con una condición: apenas sé bailar; pero iré si usted me promete... salir un poco...
para que podamos charlar... —dijo Corny, decidido a exponer la idea absurda e irresistible que le atormentaba.
—¿Qué tiene que decirme? ¿Es algo acerca de papá?
—Sí..., en cierto modo. Pero eso no es todo.
—Sí, saldré. Iré a buscarle esta noche —prometió Estie mientras con una mirada de sus brillantes y oscuros ojos hacía estremecerse al joven.
—¿Esta noche?
—Sí, no podría esperar... Y la luna brillará con fuerza —murmuró apresuradamente Estie—.
¡A las nueve en punto! junto a la arboleda de nogales... Allí hay un nogal muy grande que tiene un tronco retorcido... A unas trescientas yardas de distancia delante de nuestro pórtico...
¡Adiós!
Y se marchó. Corny quedó inmóvil, estupefacto, espantado de su locura, sorprendido al ver cómo había cambiado su primitiva intención. Estelle se unió a sus amigas y se alejó. ¡Si él le importase siquiera un poquito a aquella muchacha...! Mientras Corny estaba acariciando esta idea el dueño de la tienda se presenté ante él, y Corny se vio obligado a dar media vuelta y hacer un esfuerzo para recordar por qué razón había ido a la tienda.
Corny tenía una habitación en la parte posterior del segundo piso del establecimiento de Leighton. Subió por la escalera exterior, llegó a su dormitorio y se sentó junto a la ventanita. Y estuvo sentado hasta que llegó la hora del anochecer, obsesionado por pensamientos y emociones que jamás había conocido hasta aquel momento. Las nueve de la noche... Debería ponerse un poco presentable, puesto que tenía una cita con la más hermosa, la más encantadora, la más altiva de todas las mujercitas de todo el mundo. Y... ¡por deseos de ella!
Latch tendría razones suficientes para desear matarle cuando lo supiera.
Unos pasos que sonaron en el vestíbulo pasaron ante su puerta, comenzaron a bajar las escaleras. La escalera terminaba exactamente debajo de la ventana de Corny. Corny no podía ver desde donde se hallaba, pero podía oír. Más de una vez había experimentado curiosidad por el hombre que subía y halaba por aquella escalera posterior a horas tan singulares. Leighton tenía sus habitaciones en el mismo piso, en la parte delantera del edificio, hasta las cuales podía llegarse por la escalera interior que comenzaba tras la puerta principal.
—Sí..., sí..., ya lo sé. Pero tengo un poco de miedo...—¿Qué hará en el caso de que me descubra?
Corny oyó distintamente las palabras.
—Tumbler, no te descubrirá. ¿Qué demonios podría hacer Latch en el caso de que te descubriera? —La respuesta surgió con rapidez.
Pues, podría disparar, Conozco bien a ese hombre.
Le he visto, Kennedy. Pero Leighton me ha dado casi una barrica... Si no me decido a hacer lo que me ordena podría vengarse de mí...
—¡Bah, Johnson! Te estás atontando a medida que se te vuelve el cabello gris y que prosperas —replicó Kennedy en voz tan baja, que Corny no habría podido oírle si el que hablaba no se hubiera encontrado a una distancia de cinco pies de él—. Esta vez, dejaremos a Latch sin ganado. Luego Leighton se encargará de acabar con él. Leighton no quiere decir nada, pero me parece que la ruina y la muerte de Latch no será bastante para Leighton.
—¡Cuánto odia al patrón! Yo no estaba presente cuando Latch le mareé la cara. Pero conozco la marca...
—¡Eso es todo, Tumbler! —exclamó Kennedy de modo sibilante—. ¡Latch le disparó un tiro!
¿Por qué, Tumbler?
—Por cuestiones de mujeres... Pero ya he hablado demasiado. Ese whisky es dinamita pura... Me voy a casa ahora.
—! Espera, negro del demonio! —silbó Kennedy—. Y si Leighton te ha dado a beber una barrica entera, esperemos hasta que haya hecho lo que se propone, y luego hagamos lo mismo con él. Nos será más fácil hacerlo con él, que a él hacerlo con Latch.
—¿Oh..., cómo? ¿Engañar a Leighton...? ¿Traicionarle... como él traiciona al patrón?
—Exactamente. Y nos haremos ricos. Créeme. Leighton no debe terminar este negocio con vida... Dime pronto todo lo que sepas acerca de la cuestión de esa mujer que originó la disputa entre Latch y Leighton.
—No puedo jurar que todo ello sea cierto; pero me lo contó Mano Negra, un mulato que trabajó con el jefe cuando asesinaban a los viajeros de las caravanas en unión de los indios de Satana. Eso sucedió hace muchos años... Atendí a Mano Negra cuando se estaba muriendo y me lo dijo... Hace tiempo, durante la guerra, Latch y Satana atacaron a la caravana de Bowden.
Tenían que matar según ordenó el jefe, a todas las personas que la componían. Pero Leighton se apoderó de una mujer y se la llevó en un carro grande de Tullt y Compañía. Latch le encontró con la mujer y le disparó un tiro. Luego, Latch tuvo una pelea de cien mil pares de demonios con su banda para evitar que se apoderaran de ella. Estuvo a punto de matarlos a todos. El viejo Keetch podría contarlo mejor que Mano Negra, porque sabe mejor todo lo que sucedió. Uno de los miembros de la banda casó a Latch con aquella mujer... Luego la cogió y se la llevó, para esconderla, al desfiladero de Tela de Araña, que es donde todos ellos solían ocultarse. Esa hija de Latch, la señorita Estie, nació allá. Una vez, hace varios años, oí que Keetch y Leighton estaban discutiendo. Leighton se hallaba aquí cuando nació la niña, y robó algunas cartas, las pruebas de su herencia. Esto es lo que hizo Leighton, y lo que Keetch nunca s e atrevió a decir. Esa nena ha crecido y se ha desarrollado, y no sabe nada de que su padre haya sido el jefe más sanguinario de todas las bandas de la frontera. Pero va a saberlo.
Leighton se lo dirá cualquier día. He oído hablar a Cole, a Mizzouri y a Bain acerca de la venganza de Leighton. Quisieron enterar a Latch de lo que sucedía, pero Latch se rió de ellos.
—¡Por todos los demonios! —exclamó Kennedy—¡Eso es lo que Leighton tiene preparado contra Latch!... ¡Compañero de Satana! ... ¡La caravana perdida de Bowden! ... ¡No he oído nada más sensacional en toda la frontera! Ven conmigo, negro. Necesitamos echar otro trago.
Los dos hombres continuaron hacia da parte inferior de la escalera; Corny permaneció arrodillado junto a la ventana. La sangre se agolpaba violentamente en su cerebro. Se retiró con lentitud, se enderezó e intentó desentumecerse los acerados músculos. Después su imaginación se repuso de la conmoción originada por la sorpresa. La tragedia de la vida de Latch parecía estar escrita ante él en letras de fuego. ¡Asesino! ¡Compañero de los sanguinarios kiowas! Y, después, un verdadero amor y una vida de honradez... ¡Demasiado tarde! El sufrimiento que se reflejaba en la cara de Latch, el fuego que ardía en su mirada..., ¡todo tenía una explicación! El remordimiento, el tormento, el terrible temor de que Estelle lo descubriera, de que se alejara de él como de algo apestoso y aborrecible, de que pusiera fin a su vida arruinada...
Corny se sentó para permitir que la fresca brisa de la noche le acariciase el rostro. En la parte posterior de la casa, la oscuridad y la quietud eran completas. Desde la parte delantera llegaban voces y músicas. La estrella de la tarde brillaba solitaria en el cielo.
—Bueno, es un viejo gallo de pelea —monologó Corny—. Ha luchado por espacio de mucho tiempo para borrar su pasado... Es una cosa que otros muchos han hecho antes que él. ¡Ah!
Pero ¡el luchar por la .pobre criatura...! Si lo descubriera, seguramente que moriría... ¡Pobre chiquilla! Tiene motivos para preocuparse por su papá. Pero no tiene ni la más ligera idea de la verdad... ¡Y, si Dios me ayuda, no la conocerá jamás!
Corny no pudo comer. Apenas pudo permanecer tranquilo el tiempo necesario para lavarse, afeitarse y ponerse algunas de sus ropas nuevas. Su imaginación estaba clara, pero tenía cierta tendencia a volar alocadamente. Iba a reunirse con Estelle a las nueve en punto..., a reunirse con ella mientras tenía grabada en el cerebro la terrible impresión originada por la reciente revelación. Pero ella nada debía sospechar. Una sola cosa llamó a las puertas de su creciente alegría cuando el proyecto de salvar a Latch de la ruina y, como consecuencia, labrar la felicidad de Estelle, comenzó a adquirir forma en su pensamiento; y esta cosa era el temor de que la joven experimentase respecto a él los mismos sentimientos que él abrigaba para ella.
¡Puesto que Corny se vería obligado a derramar más sangre para salvarlos, a ella y a su padre...
y a huir después!
Mucho tiempo antes de que una pálida luz brillando sobre las escarpas anunciase la llegada de la luna, Corny paseó de un lado para otro bajo el gran nogal de remas anchas y extendidas.
El tronco del solitario monarca se partía en su parte inferior, y la sección de la derecha se inclinaba casi hasta tocar el suelo. Bajo el centro de la curvatura había sido instalado un asiento. Corny pasó la temblorosa mano sobre él, y lo limpié con el: pañuelo. Nunca en todos los días de su vida había esperado a ninguna mujer, ni de día ni de noche. El destino le ofrecía una cruel v enloquecedora iniciación en los misterios del amor y del romanticismo.
Corny continuó paseando entre la sombra que proyectaba el árbol. Acá y allá los grandes nogales se erguían separados, tal y como la Naturaleza los había creado. Bajo ellos se veían las luces de la casa ranchera. Momentáneamente, el pálido resplandor que se extendía sobre las cumbres se hacía más grande y más brillante. Estelle debería llegar antes de que te luna apareciese sobre los riscos, En el instante en que la viera, cuando pudiera comprobar que aquel hecho increíble no era una fantasía en su mente ni el éxtasis de un sueño, en aquel mismo instante le sería posible desprenderse del tumulto de pensamientos torturadores y de emociones violentas y mostrarse de nuevo frío y seguro de sí mismo.
Corny recordó a Weaver, su jefe amigo, y a aquel pobre diablo desorientado y provocador a quien se había visto obligado a matar. Alguna treta del Destino había dado origen al incidente y guiado sus pasos hacia el Campo de Latch. Y todos los incidentes sucedidos desde entonces, aun los más pequeños, le habían llevado al convencimiento del secreto de Latch, de su peligro, de la amenaza que se cernía sobre la casa, el honor y la felicidad de Estelle. ¡Cómo agradecía Corny a aquellos hombres que conducían el ganado el haberle guiado hacia aquel lugar! En la senda de la venganza de Leighton, Corny era un obstáculo insalvable, indestructible, inevitable. Era un instrumento enviado para hacer fracasar a aquel hombre, para anular sus proyectos. Corny sacó una de las pistolas de oscura culata, la enfundé y volvió a sacarla con una rapidez inspirada por el enojo interno y la larga práctica. Su habilidad como luchador a pistola, el recuerdo de la cual le avergonzaba, el profundo dolor moral que le originaba el tener que disparar sobre un ser humano, todo esto, por una vez en su vida, encontró en él una acogida llena de alegría.
Pero Corny rechazó el pensamiento de forzar los acontecimientos. Prefería esperar hasta adquirir pruebas de que Johnson, el negro, robaba los ganados de Latch, y formé un proyecto de apoderarse de cuanto Leighton pudiera poseer que arrojase luz sobre el trágico destino de la esposa de Latch y el nacimiento de Estelle. Sin duda. Latch ignoraba por completo lo que su implacable enemigo podría conocer acerca de él y mostrar en el momento que quisiera acusarle.
Un disco de plata asomé por encima de los riscos oscuros y accidentados, y en el valle se operé gradualmente un cambio mágico. Los coyotes aullaban en la lejanía. El viento de la noche agitaba con suavidad las hojas de los árboles. Corny se volvió en dirección a la casa ranchera. Muy pronto, su mirada, adiestrada por varios años de vigilar en la oscuridad de la noche el ganado, pudo ver una forma oscura que se movía ante las-luces de la casa. La muchacha se acercaba. La vida ya no podía ser jamás triste, solitaria, vacía, sucediera lo que sucediera... La desconfianza del amor, de las mujeres, que había atormentado a Corny desde la ruina y el desastre de Lester, se borraron para siempre en su corazón.
Corny avanzó hacia el terreno descubierto. La luna se había elevado más alta. Una blancura radiante se aproximaba hacia él a través del valle. Luego esta misma forma se deslizó bajo la sombra de los árboles, se detuvo detrás de cada uno de ellos, y continuó avanzando.
Un último árbol..., la última mancha de sombra... La joven surgió de entre ella.
—¡Oh.! ¡Aquí está usted...! —dijo la muchacha con voz queda—. He tenido miedo... Esto es nuevo para mí... Nunca me he reunido con ningún vaquero guapo... fuera de la casa..., al aire libre...
—Es usted valerosa, señorita —replicó él mientras cogía una manecita de Estie entre las suyas—. No he tenido ningún temor hasta el momento en que la vi. Y estoy asustado ahora, muy asustado... Latch tendría motivos para matarme por esto...
—¡Corny! ... No me ha sido difícil salir. Estamos seguros. Se lo he dicho a mis amigas...
Les he dicho que venía a verle... Están muy emocionadas e intrigadas... Vigilarán... Pero papá está en el salón, con Benson, Keetch, Mizzouri y no sé quién más... Sin duda sucede algo...
—¡Ah! ... Vamos hacia la sombra... Siéntese aquí, y cuando haya descansado, dígame qué es lo que sucede.
—¡Súbame a este árbol..., como me subió a aquél...!— dijo Estie; y se detuvo y extendió los brazos para que él pudiera levantarla.
Corny ejecutó lo que se le ordenaba. Esto hizo que él quedase más bajo que ella. La joven quedó sentada parcialmente bajo la luz de la luna, y si algo más se necesitaba para la total sumisión del joven y para su completa absorción, este algo fue aportado por el rayo de plata que iluminó el rostro de Estie.
—Es emocionante un encuentro... de esta forma..., ¿no es cierto? —preguntó ella mientras clavaba una insondable mirada en él.
—Terriblemente emocionante, chiquilla —replicó Corny—. Y en lo que a mí se refiere..., peligrosa. Pues no parece usted estar atemorizado.
—Pues lo estoy por completo.
—Corny, creo que me agrada más esto que si hubiera ido a mi casa... a cortejarme.
—Estoy cortejando a la muerte, querida. Seguramente acogería con alegría su llegada...
Mas no quisiera morir en este momento: tengo muchísimo que hacer antes de morir...
—¡No podrá usted asustarme, vaquero! Ya comprendo lo que se propone... Pero, antes de que yo le cuente todo, dígame... ¿Es verdaderamente cierto lo que me dijo usted... aquel día...
desde la silla de montar?
¡Cuán grandes y oscuros parecían sus ojos en contraste con el rostro blanqueado por la luz de la luna! Corny no tenía una experiencia que le ayudase a comprenderla. Pero percibía su ansiedad, podía ver que era en absoluto desconocedora de la crueldad que aquella dura prueba encerraba para él.
—Sí, Estelle, es cierto —contestó con inquietud.
Ella se inclinó, de modo que quedó fuera de la luz de la luna, y se cubrió el rostro con las manos. Corny se volvió un momento para dar tiempo a que se recobrase de su emoción. El hecho de que ella no ofreciese muestras de sorpresa ante la descarada actitud de un sencillo guía de caravanas, contribuyó mucho a que Corny se animase a hacer tan amarga confesión.
—Corny, he dudado de usted —continuó Estelle—. ¡La señorita Smith dijo que usted es solamente uno de esos vaqueros que se decidan a enamorar mujeres!
—Sí. es cierto, reconozco que es una cosa nueva para mí —dijo Corny despacio—. He estado varias veces en casa de Smith para hacer algunas compras, y, naturalmente, he hablado con ella de un modo petulante...
—Pero, ¿no le hizo usted el... el amor?
—¡Estelle, juro que no se lo he hecho! —exclamó Corny. asombrado.
—¿No ha flirteado con ella?
—No.
—Es diferente de lo que ella me ha dicho... Y, lo que es peor, Corny, me han dicho que también se ha mostrado usted muy galante con una de las bailadoras de Leighton, la muchacha del cabello rojo... ¿Es cierto?
—Creo que hay un poco de verdad en ello, señorita Latch. Pero observe que me atrevo a mirar a usted cara a cara...
—Sí... Pero, en ese caso... ¿qué...?
—Estelle, he estado averiguando cosas acerca de Campo de Latch. Y no he reparado en pelillos en cuanto al modo de descubrir lo que me interesaba.
—¡Corny! He sido desgraciada durante todo este último tiempo... Y me he despreciado a causa de mis celos y de mi mezquindad... Y sabía perfectamente que usted no sería capaz de engañarme, de decirme mentiras... Sin embargo, dudé, dudé... ¡Y ha estado usted trabajando durante todo ese tiempo en beneficio de mi papá!
—Puede tener seguridad de que así ha sido, Estie —replicó Corny dejándose arrastrar por la corriente. Había tenido el propósito de fortalecer las dudas de la muchacha, de envilecerse ante sus ojos... Y resultaba que se mostraba orgulloso de decirle la verdad.
—Perdóneme, Corny —le suplico ella. Y luego, poniéndole las manos sobre los. hombros, bajó la cabeza hasta que sus labios se encontraron al nivel de los de el.
La reacción de Corny tuvo la misma simplicidad que la invitación de Estelle. Y la besó sin comprender la gran importancia que este acto revestía. Pero en el mismo instante en que ella retiró tímidamente los labios, fríos dulces. Corny lo comprendió.
—¡Dios mío, chiquilla! —murmuró—. ¿Estoy borracho... o he perdido la cabeza?
—Eso no es muy halagador rara mí, Corny. Te he dado mi primer beso... ¡De verdad!
—Pero, criatura... No puedes hacerlo..., no podrías haberlo hecho... a menos que...
—¡Es claro! ¡No podría haberlo hecho...! —le interrumpió ella con rapidez—. Pero eso no importa ahora. Estoy... estoy también un poquito sobrecogida... Compréndelo, no nos conocemos por completo, Corny... Y todo ha sucedido por culpa mía, Corny Cornwall.
—Escucha, escucha, maravillosa mujercita: nadie sino tú conoce aquí mi verdadero nombre. Soy Slim Blue. ¿Comprendes?
—¡Slim Blue! No volveré a llamarte de otro modo. ¿Dónde adquiriste ese nombre tan precioso?
—Es mi nombre de guía de ganados, Estelle.
—Me gusta mucho, Pero estamos gastando el tiempo, Corny. No puedo permanecer aquí mucho más... ¡Oh, es tan hermoso el estar aquí...! Corny, a papá le sucede algo horroroso.
—Habla. Te escucho.
—He puesto todo mi empeño en averiguar lo que sucede. Pero no lo he conseguido. Papá pasea por su habitación durante la noche..., ¡durante todas las horas de la noche! Oigo que vienen y van hombres: Bain, Cole, Mizzouri, Webb, Bartlett... Los he visto o los he oído visitar a papá a altas horas de la noche. No son visitas corrientes, créeme. He oído a papá maldecir a Keetch... ¡Oh, he escuchado descaradamente! Pero jamás he podido entender lo que se decía. En cierta ocasión, creo que oí pronunciar el nombre de Leighton. Y luego vinieron otros hombres, cuyas voces no conozco... He mirado en su mesa y he visto. que la mayor parte de los diez mil dólares que traje a papá han desaparecido. ¡Y ni siquiera se ha pagado ni una sola de las. facturas pendientes...! Papá debe a casi todo el mundo. Viene mucha gente a importunarle... No lo comprendo, Corny.
—Eso de las facturas y de las deudas es fácil de comprender. Tu papá está en una situación difícil.
—Pero, ¿dónde ha ido a parar todo el cimero?
—No lo sé, Estelle.
—Quiero que lo averigües. Había entre los que traje muchísimos billetes nuevos de cincuenta y de cien dólares. Tienen que llamar la atención aquí.
—Creo que podría hallar alguno si lo intentara... Pero ¿qué es lo que te propones?
—Me agradaría saber a quién van a parar... Corny, papá se está consumiendo. ¡Lo sé bien!
Ha perdido peso, parece viejo, agotado, atormentado... Pero cuando me ve cambia por completo, de una manera que me asombra. Es todo sonrisas entonces, vuelve a ser mi papaíto de siempre. Es solamente cuando le observo a hurtadillas cuando puedo apreciar los estragos que ha sufrido, las penas que le acosan... Corny, todo esto me está destrozando el corazón.
¿Qué significa?
—Continúa, chiquilla, si tienes algo más que decirme —contestó fríamente Corny.
—Sí, hay más. Lo peor de todo. Estoy avergonzada... Nosotros, los Latch, estamos perdiendo prestigio... ¡en Campo de Latch, en mi propia cuna...! ¡En la ciudad que papá edificó! Cuando llegué a casa, pude darme cuenta de algún cambio. Me sentí intrigada.
¡Observé frialdad por parte de nuestros amigos! Corny, hoy se han confirmado mis sospechas.
La señora Webb ha hecho todo lo posible por no cruzarse conmigo en la calle. Y es una señora a quien he apreciado siempre mucho... Luego, cuando hablé con Edith Rankin acerca de mi fiesta, me dijo que creía que ninguno de los miembros de la familia Rankin podría concurrir a ella. Me quedé aturrullada, muda... Me dolió mucho... Creo que hay algo, murmuraciones de desocupados, que se están ensañando con el pobre papá.
—Seguramente. Yo mismo he lanzado algunas de esas hablillas.
—¿Contra mi papá?
—No. A favor de él.
—¡Ah! Corny, debería haberte visto mucho antes... Bien, lo último es tan desagradable, que no me atrevería a decírtelo si no fuera tan asombroso... Seguramente conocerás a ese jugador joven que es compañero de Leighton... Se llama Wess Manley. Tiene una presencia agradable... hasta cierto punto.
—Sí, conozco a Manley.
—Me ha ofendido.
—¡Cómo! —exclamó Corny apartando la mirada hacia un lado para no aumentar la turbación de la joven. Durante unos momentos, únicamente se preocupó por su propia reacción interior y por ocultarla.
—Me lo encontré en la calle. Mis amigas salían de la tienda de Smith. Es ,la segunda vez que hemos ido allá... Manley se mostró todo lo osado que tiene aspecto de ser. «¡Es Estie Latch!», dijo deteniéndome. «¡Hola, chica! ¡Cuánto has crecido! ¿Te agrado, nena?»... Corny, me quedé sin habla. Estaba furiosa del todo. Di media vuelta y comencé a alejarme, pero Manley me dijo a voces: «Veo que sigues tan orgullosa como siempre... Estie Latch, vas a descender unos cuantos escalones de tu posición. No está lejos el día en que me acompañes a beber en la taberna de Leighton.»
—Eso quiere decir que estaba borracho, Estelle —contestó Corny con firmeza y escondiendo la cólera de su alma—. No pienses en ello ni un momento más.
—Pero, borracho o sobrio, Corny, no podría haberlo dicho si no hubiera tenido alguna razón. Estaba, sin duda, muy seguro de que yo no se lo diría a papá.
—Es probable que lo estuviera. Y no se lo dirás, ¿verdad, Estie?
—No quiero decírselo. Papá mataría a tiros a ese perro. De todos modos, Corny, es una cosa que me encoleriza. Soy occidental a pesar de mi educación meridional... ¿Cómo te explicas todo eso?
—Es tan sencillo como el A B C, querida —contestó Corny. Después se vio obligado a contener la respiración al ver la reacción de ella ante esta inesperada declaración—. ¡Estie...!
¡Maldición! ¿Estoy loco?
—Los dos estamos locos. Continúa, Corny.
—Bien, Latch se halla al borde de la ruina. Ha dado lo que poseía con excesiva prodigalidad. Ha sido un verdadero príncipe para los colonizadores, para los indios, para los viajeros, para los proscritos, para todos los que vinieron, al Campo de Latch. No ha ahorrado nada, Es pobre en tierras. Le han robado millares de cabezas de ganado. Leighton es el peor de todos sus enemigos. Hay entre ambos una vieja enemistad que data de muchos años. Una deuda de juego..., unos tiros a consecuencia de ella... Tu papá desfiguró el rostro a Leighton con una bala de pistola. Bien, Leighton es el jefe de estos robos de ganado. Tiene una cuadrilla, en la que Kennedy es el principal compañero, y a la que también pertenece Manley.
Tumbler Johnson, el negro del otro lado del valle, se supone que es enemigo de tu papá, lo mismo que Mizzouri y los demás. Hoy mismo he oído hablar a Johnson y Kennedy. Tienen el proyecto de robar a tu papá todas las reses que le quedan. Eso sería bastante para arruinarle, pues tu papá no puede hacer frente a sus compromisos...: pagar las facturas y las deudas de que me has hablado... y que tiene contraídas con Leighton, según supongo. Y el proyecto es, naturalmente, obligar a Latch a que abandone su rancho.
—¡Dios mío! ¿Es posible, Corny? —dijo Estie apasionadamente.
—No. No lo es. Pero Leighton no sabe que... Creo que solamente hay un hombre que lo sabe.
—¡Tú!
—No me gusta fanfarronear, Estelle, pero me parece que yo soy ese hombrecillo... El proyecto de Leighton conliste en arruinar financieramente a tu padre. Terminará por hacerse cargo de ésas deudas. Y si no puede expulsar a tu padre de sus posesiones, le matará para tomar posesión de ellas después.
—¡Matar a papá! ¡Ese perro sarnoso! —exclamó incrédulamente Estelle.
—Desde el punto de vista de Leighton, no es una cosa difícil de realizar. Leighton jamás se enfrentará con Latch cara a cara. Es demasiado listo para que intente hacerlo. Lo que intentará será que algunos de sus compinches disparen contra Latch inesperadamente. Es probable que intente también matar a Keetch y a Benson, y .lo mismo a Mizzouri y a algún otro de los hombres que tanto deben a tu papá.
—¡Asesinar...! —exclamó Estelle.
—Me parece una palabra muy petulante, Estie, para esta frontera.
—¡Qué horroroso es todo eso! ... De modo que ¿ése es secreta? ¡Pobre papaíto! Y él está luchando por ocultarme sus preocupaciones, por ocultarme su ruina inminente...
—esta es la historia completa, Estelle.
—¡Oh, temí... temí... no sé qué! —gritó angustiada la Joven, mientras se arrojaba en brazos de él—. ¡Había algo que me angustiaba el alma continuamente...! Jamás me atreví a darle un nombre... Y resulta que es solamente villanía, odio, robo...
—Si, eso es todo.
—Papá es todo lo que he amado desde que era muy pequeña. Desde que vino a casa..., desde que me acerqué a el..., allí..., junto a la tumba de mamá.
—si, niña, es todo lo que has amado. Latch es uno de los grandes hombres del Oeste. Tan grande como Chishoim, o como Maxwell, o Saint-Vrain, o Carson..., tan grande como cualquiera otro. Ha sido generoso, bueno, noble, un gran amigo, un mal enemigo, up hombre duro, porque en aquellos primeros días de dureza tenía que ser duro para poder vivir... Pero honrado, limpio, bueno como el oro... Ha tenido muchos enemigos, a todos los cuales no ha podido matar... ¡Mala suerte! Y ahora, cuando está envejeciendo, cuando te tiepe a ti para que dulcifiques su vida, Leighton, el peor de sus enemigos, prepara su ruina, que ha ido incubando a lo largo de muchos años de odio y de ansia de venganza... Estelle, no tengas jamás ninguna duda acerca de tu papá.
—¡Nunca! ... Slim Blue, ¡te quiero! —dijo Estelle en voz baja. Y se dejó caer en brazos de él.
Corny la mantuvo entre ellos, y recibió sus ardientes besos. Pero pareció pasivo, indiferente...
—¡Eh! Déjame bajar al suelo... Nuestro... nuestro amor puede esperar... Corny Cornwall, me has devuelto algo precioso. Eres amigo mío, y el salvador de mi papá. No permitas que mi recuerdo, el pensar en mí, te impida obrar. Soy occidental, soy del Oeste, Corny. Nací en aquel desfiladero negro...
—Pues... ha sido una suerte... para mí —contestó Corny.
—Tengo que irme... Te veré de nuevo muy pronto... ¿En mi fiesta? Tengo el más bonito de todos los vestidos del mundo... Quiero que me veas con él... Corny, ¿por qué no hablas?
—¿Cómo quieres, que hable, si me has dejado sin habla?—¿Vendrás?
—Sí, Estelle, vendré. Vuelve a tu casa, y déjame aquí para pensar a la luz de la luna.
—¡Buenas noches..., Slim! —murmuró ella. E hizo un movimiento y levantó los labios hacia él. Pero repentinamente dio la vuelta y corrió bajo la luz de la luna; muy pronto se convirtió en una forma oscura y desapareció.


XV
Latch se había dado cuenta, hacía bastante tiempo, del creciente desvío que respecto a él manifestaban sus dos mejores amigos de todo el valle: Webb y Bartlett. Había intentado no darse por enterado de esta desagradable circunstancia, así coma de otras varias, pero no conseguía engañarse. Webb no era un meridional. Llegó de Illinois con su numerosa familia, y era hombre de medios y de influencia. Bartlett estaba casado con una mujer india y era muy respetado de todos los indios. Latch no podía permitirse el lujo de perder la amistad y el respeto de aquellos dos hombres, so pena de perder los propios en Campo de Latch. Encontró a ambos en la ciudad el día anterior al de la fiesta de Estelle, y le pareció haber encontrado una buena ocasión para conocer exactamente su situación respecto a ellos.
—¿Vendrá usted a la fiesta de mi hija, Bart? —preguntó cordialmente.
—Creo que no, Stephen —contestó el rudo ranchero mientras clavaba una dura mirada en Latch.
—¿Por qué no? Consideraría como una ofensa personal que no fuera usted. Y esto se refiere también a su esposa y su hija. Estelle quiere mucho a Wilda.
—¡Al diablo los escrúpulos, Sam! —exclamó Bartlett volviéndose hacia Webb—. Es cierto.
Seguiré siendo amigo de Latch..., digan lo que quieran.
Webb había vivido en el Oeste el tiempo suficiente para conocer lo delicado de la situación. Pero era hombre de carácter enérgico. En sus ojos azules había una expresión sospechosa cuando se encontraron con los de Latch.
=Lo siento, Latch. Mi familia no irá.
¿Hay algún enfermo? —preguntó despacio Latch.
—Todos están bien. Y la verdad es que todos quieres ir. Pero he decidido en contra de sus deseos.
—¡Ah! ¿Ha tomado usted esa decisión? ¿Puedo preguntarle por qué?
—Latch, me agradará mucho decírselo —contestó apresuradamente Webb—. Es a causa de esas hablillas de Leighton.
—¡Cállese la bocaza! —le interrumpió Bartlett.—Demasiado tarde, Bart —dijo Latch fríamente—. ¿Qué hablillas, Webb?
—Se ha venido murmurando de una manera extraña desde hace cierto tiempo, Latch. Pero hasta hace poco no ha podido averiguarse nada respecto a la procedencia de las murmuraciones. El pasado de usted ha estado durante mucho tiempo en la sombra. Se instaló usted en este valle y abrió su casa a todo el mundo. Yo no sabía que el Campo de Latch fuera un punto de reunión de proscritos, y si lo hubiera sabido, no me habría instalado aquí. Leighton está extendiendo este veneno. ¡Solamente insinuaciones y murmuraciones! Y todavía no se han extendido por todas partes, es cierto... Pero a algunos de nosotros nos importa mucho esa cuestión; no tengo inconveniente en manifestarlo.
—Ya lo veo —replicó Latch con mordacidad—. Debe de importarle mucho, puesto que se atreve usted a decírmelo cara a cara. De ello puedo deducir que cree usted a mis enemigos.
—Latch, no llego tan lejos —respondió Webb, nervioso—. Es solamente que... no me gusta..., no quiero que mi familia sepa...
—Lo comprendo perfectamente, Webb —dijo Latch con sequedad—. Todavía no me considero ofendido. Pero si usted y su honorable familia no acuden a la fiesta de Estelle, sabré del lado de quién se inclinan ustedes. Y en ese caso, puede usted ir en busca de su pistola tan pronto como volvamos a encontrarnos.
—Buenos días... Bart, gracias por su fe en mí —contestó Latch.
Al oír estas palabras, Webb estalló:
—¿Por qué diablos no va usted en busca de su pistola... si ese Leighton es un embustero?
Latch continuó caminando calle abajo. El retintín de aquella réplica le sonaba en los oídos como una campanilla. ¿Por qué, verdaderamente? ¿Por qué no terminaba de una vez la labor que antiguamente iniciara contra Leighton? La pregunta obtuvo la misma muda respuesta que otras preguntas: Estelle. Estelle le había visto matar a un hombre. La joven se aterró al presenciar el encuentro, y luego se horrorizó al ver la muerte... Esto sucedió varios años antes.
Estelle había comenzado a asimilar el carácter del Oeste, ya que no lo hubiera adquirido por herencia directa. Delicada, sensible, impresionable, no era en manera alguna una mujer cobarde. El herir sus sentimientos era cosa que probablemente no podría ser evitada. Pero el perder su amor, tan precioso para él, no era tampoco lo más importante de todo. Su honor, su nombre, su felicidad..., esto es lo que debía ser defendido a toda costa.
Latch había llegado al lugar en que amarró su caballo cuando encontró al joven conductor de ganados Slim Blue. Latch experimentó una violenta sacudida. En el estado de ánimo en que se hallaba, sobre el que gravitaba el peso del temor, la rápida vuelta del recuerdo de Cornwall fue suficiente para enfurecerle.
—Buenos días, patrón —dijo el joven apoyándose sobre la barra.
—Buenos días, tramposo del demonio —replicó Latch.
—¿Sí?... Bueno, no podrá usted decir que haya conseguido muchos ases últimamente.
—He oído que eres muy hábil para sacarte los ases de la manga.
—Veo, patrón, que Webb y Bartlett le han encolerizado...
—Estoy encolerizado, es cierto.
—He oído las últimas palabras de Webb acerca de por qué diablos no iba usted en busca de Leighton.
Latch había sido ultrajado antes de encontrarse con Blue; de modo que no se necesitaba provocarle mucho para que se irritase irrazonablemente. Comprobó que su antigua y fría serenidad le había abandonado e intentó recobrarla. Aquel joven le miraba con los ojos relampagueantes de Cornwall y esto era bastante por sí mismo. Latch había querido a su joven lugarteniente. Y aquel otro joven, el conductor de ganados, parecía ejercer sobre él un influjo, una suerte de fascinación de la misma especie. ¡Otro joven que seguía el mal camino! ¡Otro temerario producto de la época! Y entonces Latch recordó de repente que Slim Blue había conseguido entrar a su servicio gracias a unas insinuaciones suyas hechas a la joven, y por la joven a su padre... ¡Un vaquero adulador! ¡Una gota más de amargura ep la colmada copa de la decepción!
—Eso forma parte de tu ocupación de catacaldos-declaró Latch—. Blue, me acuerdo de lo mucho que se habla de ti...
—Lo creo. Y esto me recuerda que también he oído hablar mucho de usted dijo lentamente el guía.—¡Eres un vaquero insolente!
—Voy a darle otro consejo, Latch —añadió el joven mientras inmovilizaba al ranchero por medio de una mirada sostenida—: Aléjese de sus antiguos compañeros de la carretera del valle.
Y especialmente del negro Johnson. ¡Aléjese de la ciudad! ¡Aléjese de los corrales...! Lo mejor será que no salga de su casa. ¿Comprende, patrón?
—¡Fuego del infierno! Te oigo, pero no te comprendo.
—Bueno, usted podrá imaginarse lo que quiero decirle... Pero no espere jamás una lucha abierta y sincera en Campo de Latch. Y mucho menos mientras Leighton tenga las cartas en las manos.
—Gracias, Blue. Es natural que tu amistad con las gentes de los bajos fondos produzca el resultado de que oigas muchas cosas... Y supongo que ésa es la causa de que pases los días y las noches en casa de Leighton.
—Puede pensar lo que quiera acerca de mí, Latch.—Perfectamente. Y nada de lo que piense será bueno. Te agradeceré que no acudas a la fiesta de Estelle.
—Hum, patrón! Ha invitado usted a todas las personas de este valle: a las buenas y a las malas. Y, ¡por todos los diablos!, no me perdería esa fiesta ni siquiera por un millón.
Blue, si vas, te expulsaré.
—¡No, patrón, no puede usted hacerlo! —exclamó el vaquero en tanto que extendía ante él las manos.
Puedo, y lo haré.
—Pero después lamentaría usted mucho el haberlo hecho. La señorita Estelle diría que ésa sería una hospitalidad del Oeste muy extraña.
—¡Vanidoso haragán! ¿Crees que a mi hija le importaría algo que estuviese relacionado contigo?
—¡Claro que sí! ¡Me jugaría el cuello a que es cierto! —dijo Blue mientras sonreía. Y aquella amistosa sonrisa fue lo único que frenó el impulso de Latch, que se disponía a abofetear al joven.
—Muy bien, Blue: ve y ya verás lo que te sucede —concluyó Latch mientras subía al caballo.
—De todos modos, patrón, me necesitará usted muchísimo cuando la cuadrilla de Leighton...
Latch no ovó más. Se alejó al trote del caballo, enojado v desasosegado, profundamente disgustado de sí mismo. Poco a poco, una pequeñez sobre otra, todo se había acumulado hasta constituir un gran conjunto que incrementaba el temor que ensombrecía su vida por espacio de muchos años y que era anuncio de catástrofe. ¿Qué podría hacer él? ¿A quién podría volverse?
Keetch le era fiel, pero tenía un miedo inexplicable a Leighton. A Benson no podía informársele del secreto. Y no había nadie más. ¡Si aquel guía de mirada inescrutable hubiese respondido con sus actos a la impresión que había creado...! Latch se aproximó a los corrales de su finca en un estado de torturadora angustia.
Acababan de llegar media docena de jinetes polvorientos. Unas cansadas bestias de carga atestiguaban lo dificultoso y duro de su jornada. Keetch y Simmons hablaban con los recién llegados; los vaqueros presenciaban en silencio la escena. Cuando el caballo de Latch dio vuelta para entrar en el gran patio, todas las miradas se volvieron a él. Keetch avanzó torpemente, apoyándose en la muleta, en dirección a Latch.
—Es el equipo de Billy el Niño —dijo rápidamente en voz baja—. Conozco a Charley Bondre. Se portan bien cuando se les da un trato amistoso. Te recomiendo qué los acojas con arreglo a la vieja costumbre de la casa.
Latch se acercó al grupo y dirigió la mirada hacia el hombre de quien supuso intuitivamente que sería el joven forajido cuya mala fama se había extendido por toda la frontera.
—Buenos días, amigos. Apéense, y entren —los saludó cordialmente—. Keetch se encargará de atenderlos.
—Muchas gracias. Estamos muy fatigados —replicó el joven. No parecía contar más de dieciocho años. Tenía las ropas destrozadas. Un mechón de cabello claro le asomaba por debajo del sombrero. Llevaba la pistola al lado izquierdo, más bien alta, con la parte plana de la culata hacia el exterior, lo que llamó la atención de Latch. Billy el Niño, a pesar de su juventud, había tomado parte en más asesinatos que años tenía. Mostraba una fisonomía interesante, y habría ofrecido buen aspecto si no hubiera poseído aquel diente tan saliente de la boca. Sus ojos habrían podido prestar un carácter de decisión a cualquier rostro. Parecían grises o azules, pero su color no podía apreciarse con seguridad. Fue la mirada lo que atrajo principalmente la atención de Latch. ¡Otro Cornwall u otro Slim Blue, aumentado desde todos los puntos de vista! Billy el Niño era otra manifestación de un carácter extremado, de la vida turbulenta desarrollada en un período de turbulencia.
—No es preciso que les pregunte si vienen de lejos continuó Latch.
—Sí, venimos de muy lejos —contestó el forajido—. Hoy hemos recorrido alrededor de sesenta millas. Y todo con el exclusivo fin de verle a usted.
—Eso es muy lisonjero para mí..., según supongo. Mi casa continúa abierta para todos los viajeros —afirmó Latch.
—Hemos oído decirlo. Pero no hemos venido para comprobar su conocida hospitalidad.¿No? Entonces apara qué?
—Nos apoderamos de una manada de ganado de Chissum en el Pecos y la condujimos a Horsehead, al norte del Llano Estacado. La vendimos a un guía de caravanas cerca del río Rojo. Bien; cuando nos dirigíamos hacia el río Canadiense, nos encontramos con una cuadrilla que llevaba una gran cantidad de reses de largos cuernos que tenían la marca de la ganadería de usted. Es posible que le parezca pintoresco que hayamos robado el ganado de un ranchero y luego nos hayamos desviado de nuestro camino solamente para decirle que una cuadrilla le está robando sus ganados. Pero, entre otras razones, hay la de que no quería que ese robo me fuese atribuido.
—¡Ja, ja! ¿Pintoresco? Sí, me parece muy gracioso... ¿Sabes algo acerca de esto, Keetch?
—Es nuevo para mí, patrón —contestó Keetch con gran interés—. Y si es cierto... ya nos hemos quedado sin las últimas reses.
—Puede usted tener confianza en mi palabra, señor Latch —continuó Billy—. No supimos que el ganado era de usted hasta que un colono nos lo dijo ayer. Y por eso decidimos venir pronto. Esto es todo lo que puedo decir, señor Latch. Y si todavía mantiene usted su invitación, nos agradará mucho quedarnos a descansar un par de días. He oído hablar muchas veces del Campo de Latch.
—Bienvenidos, y muchas gracias por el aviso. Bajen después de la cena, usted y Bondre, para fumar un cigarro conmigo. Es probable que puedan darme algunas noticias de lo que sucede por esos mundos...
—Es seguro. Hemos estado en Dodge, en Old Bent y en Fort Union recientemente.
Latch abandonó el caballo y, después de decir a Keetch que fuese a verle tan pronto como hubiese instalado a sus huéspedes, se encaminó pensativo hacia la casa ranchera mientras murmuraba para sí «El complot se desarrolla... Las últimas cabezas de ganado... Leighton está detrás de todo esto... Me arruina... ¡Dios mío!... ¡Soy hombre perdido!...»
Encontró a Estelle y sus amigas en el salón, tan alegre y tan gozosa, que la tristeza se borró de su rostro como por encanto. Latch estaba dispuesto a engañar a su hija hasta el último momento. Pero, de todos modos, tenía que decirle algo...
—Tenemos un visitante, señoritas..., uno de los bandidos de peor fama de todo el Oeste..., un muchacho que aún no ha cumplido veinte años... ¡Nada menos que Billy el Niño!
—¡Qué encanto! —exclamó extáticamente Elizabeth.
—¡Billy el Niño! —añadió Estelle frunciendo la frente—. Papá, podrías invitarle a mi fiesta?
—Ciertamente. Será algo que algún día podrás contar a tus nietos...
Estelle se ruborizó y las otras muchachas comenzaron a parlotear alegremente.
—Creo que Billy pasaba accidentalmente cerca de Campo de Latch —continuó Latch—.
Pero, por lo general, las visitas de esta clase suelen producir ep las ciudades cierta excitación, por no decir algo más malo. Es posible que a nuestro dormido pueblo le haga falta algo de eso.
—¡Voy a flirtear espantosamente con Billy el Niño! —aseguró Marcella.
Pero en los oscuros ojos de Estelle se reflejó una turbada expresión. Estelle había oído algo. Latch salió de la estancia mientras el corazón le golpeaba en el pecho con sus violentos latidos. ¿Iban a perderse en el vacío todos sus años de remordimiento, de trabajo, de lucha?
¿Habría de ver a aquella inocente muchacha hundida en el abismo de la más negra desgracia?
Llegó a su habitación, se encerró, se sentó ante una ventana, sin ver nada del espléndido panorama que se desarrollaba ante él... «¡Es el fruto del pecado! —murmuró—. ¡Oh, Dios mío! ...
Quémame para siempre en el infierno..., pero ¡salva a Estelle! ¡Oh, Estelle, hija mía..., mi nena...! ¡Oh, Cypthia, mi amada Cynthia...! ¡Ojalá hubieras sido asesinada aquel negro día...!»
Keetch fue a buscarle en aquel momento. Los golpes de su muleta resonaron lentamente sobre la escalera. Al llegar a la puerta llamó con cierto temor.
—¡Adelante! —dijo Latch. Y no hizo esfuerzo alguno por ocultar la ira que se advertía en su rostro.
El viejo forajido cojo entró en la habitación, adusto y serio, y clavó una mirada reveladora sobre su amo. Latchle indicó que tomase asiento, le sirvió un vaso de una bebida alcohólica, y esperó.
—¿Han comprobado tus vaqueros si es cierto lo que Billy el Niño nos dijo acerca de mis ganados? —preguntó al fin.
—¡Ah!... No ha venido ningún caballista del valle... Supongo que los habrán matado o los habrán obligado a huir... He estado muy preocupado durante estos dos días... Patrón, Billy el Niño no ha mentido. Ante todo, Billy el Niño no es el tipo de hombre que mienta... Puedes tener la seguridad de que nos han robado las últimas cabezas de ganado que nos quedaban.
—¡Nuestros últimos recursos... vendidos a un conductor de ganados...! ¿No hay posibilidad de recuperación, Keetch? Ten en cuenta que nuestra marca es muy conocida, y que hay nada menos que tres mil cabezas...
—¡Diablos! Si pudiéramos demostrar quién las robó, podríamos recobrarlas. Pero lo único que sabemos es que unos ladrones desconocidos nos robaron las reses y las vendieron a unos desconocidos en el Camino Viejo. Antes de que pudiéramos llegar a Dodge o a Abilene, ya habrían desaparecido... Debes alrededor de cuarenta y cinco mil dólares, y hemos sido robados, arruinados...
—Económicamente... sí. Pero eso no importa nada, Keetch —replicó Latch.
—¡Dios mío! Estás arruinado. Estás lleno de deudas. Y Leighton se ha apoderado de todos tus papeles y te arrebatará tu rancho...
—¡Tendrá que pasar sobre mi cadáver!
—Leighton espera desde hace dieciséis años para ver tu cadáver. Pero, antes, terminará de arruinarte, de desgraciarte, de manchar tu buen nombre. Y finalmente, viejo compañero, sé que tiene la infernal idea de torturarte a través de Estie...
—¿Cómo lo sabes?
—Le oí decirlo.
—¿A quién?
—A mí.
—¿Cuándo?
—La última vez que lo vi. Y también miedo decirte que me concedió la ocasión de salvarme si me pasaba a su banda.
—Keetch, ¿qué influencia ejerce Leighton sobre ti?
—Te engañé hace varios años... No respeté los códigos del honor de los ladrones... Ha sido corno una espina que he tenido clavada en mi carne durante muchos años. Habría dado con gusto mi vida por no haberlo hecho.
—¡Ah! ... Keetch, viejo compañero. ¿Cómo me engañaste?
—No hay necesidad de que te lo diga ahora, patrón. Ya lo sabrás cuando yo haya muerto... Y tengo el presentimiento de que será dentro de no mucho tiempo.
—Deberías habérmelo dicho antes. Y yo lo habría perdonado... De todos modos, te perdono ahora. Has sido el hombre más leal y más fiel para mí... De modo que Leighton ¿quería que te volvieras contra mí?
—Sí, eso quería. No sé lo que se propone, patrón, pero lo ha estado preparando durante muchísimo tiempo... Ahora estamos ya con las espaldas vueltas hacia la zanja... ¡Me siento desconcertado!
—Pero hay un modo de salir de esta situación —replicó Latch mientras suspiraba profundamente.
—Seguramente... Aunque ¿dónde?... ¿Cómo?... ¿Cuál es ese modo? ¡Tú y yo... solos...
contra una cuadrilla completa...! Lo que temo más es que vayas en busca de Leighton para matarlo. Naturalmente, yo iría contigo... Pero es preciso que no intentemos engañarnos: no podremos matar a Leighton más que en el caso de que nos ayude la suerte de una manera que no parece dispuesta a ayudarnos en estos tiempos... Y esto supone que Estie quedaría sola frente a esa manada de lobos. Leighton jamás: sale solo. Siempre se halla rodeado de su guardia... Está siempre vigilante, como un halcón que observa a un topo... Bruce Kennedy es la mano derecha de Leighton. Es un malvado a todas luces... o yo no conozco a los hombres. Si tuvieras bastante dinero,-podrías conseguir que Kennedy se pasara a nuestro lado... Jacobs y Wess Manley son pistoleros profesionales... Cualquiera de ellos podría derrotarnos, a ti y a mí, manejando una pistola. Y cada uno de ellos tiene su cuadrilla propia.
—¡Duras circunstancias, Keetch! ¿Te han acobardado?
—¡No, por Dios! Tengo el presentimiento de que habrá una especie de milagro... que nos salvará... Sé muy bien lo que siento, pero no acierto a decirlo.
—¡Milagro! Quisiera poder compartir esa ciega confianza. Pero... sólo veo...
—¿Qué, patrón? preguntó roncamente Keetch al ver que Latch vacilaba.
—...la destrucción para mí... y el horror para mi hija.—Podrías llevártela de aquí... ¡No, porque Leighton os encontraría! ¡Os alcanzaría, acaso, en la pradera...! No, eso no podría hacerse... Quería poder pensar como antiguamente; pero tengo la cabeza llena de nieblas...— ¡Dios mío! Querría que Cornwall estuviera vivo a nuestro lado... Perdóname, patrón; pero he pensado continuamente en él... Tenía talento... aquel muchacho... Y nada le asustaba.
—Sí, Lester previó todo esto. Quiso muchas veces que le permitiera matar a Leighton.
Creo que yo mismo quería matarle... ¡De qué modo más extraño obra el Destino! Éste es mi castigo, Keetch. Cometí crímenes, y mis crímenes labraron mi destino... Solamente veo una probabilidad: de salvación contra mil: encararme con Leighton en su guarida...
—¡Sería como sacrificar tu vida, sin remedio!-Pero... también yo podría matarle —contestó Latch con voz ronca, fiero y decidido.
Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando los primeros invitados comenzaron a llegar, Latch fue, más que nunca, un cortés caballero del Sur, hospitalario para sus amigos y para sus: enemigos igualmente.
Sus invitaciones habían llegado hasta muy lejos del Campo de Latch. Algunos de los visitantes habían tenido que viajar por espacio de tres días. Llegaron vaqueros de Findlay, y un conductor abandonó su caravana en el río Rojo únicamente para poder asistir a la fiesta que se celebraba en honor de la rubia hijita de Latch. A mediodía el asombro de Latch se colmó al ver arribar a Saronto, el más fiero de los jefes comanches, rodeado de sus valientes, que cabalgaban unos caballos salvajes brillantes y ofrecían un aspecto lleno de colorido con sus ropas de piel y sus plumas: de águilas. Ojo de Halcón, que era jefe de los kiowas, con muchos guerreros a quienes Latch recordaba bien, llegó desde el desfiladero de Tela de Araña. Dirigida por Hannesy, arribó una caravana procedente de Texas: los individuos que la componían declararon que el Campo de Latch colmaba todos sus sueños y que deseaban instalarse en él.
También llegó un destacamento de soldados de Fort Unión. Hacia media tarde, el parque situado ante la casa ranchera parecía un gran campamento, y la fiesta se desarrollaba con brillantez. Todos los mejicanos del valle muchos del exterior se empleaban en preparar las suntuosas fiestas que habían de celebrarse al aire libre, así como las comidas, ya que Latch había reservado su gran mesa para los visitantes más distinguidos. Constituyó una extraña coincidencia la circunstancia de que la cuadrilla de forajidos de Jack el Negro, que solamente tenía como rival la de Blackstone, llegase al Campo de Latch al mismo tiempo que ésta, ya fuese por accidente o por designio. Latch acogió a todos con la misma cortesía; el credo de la frontera prohibía ep aquellas circunstancias todo lo que no fuese buena voluntad.
Todos los viejos aliados de Latch, excepto Nigger Johnson, acudieron a la fiesta. La familia Webb, con las muchachas alegremente ataviadas y los varopes de punta en blanco, con las corbatas flamantes, las ropas nuevas y las botas brillantes, precedió a los invitados de la ciudad. Leighton arribé rodeado de una cuadrilla de hombres tétricos. El compadre de Latch parecía e) petimetre de la época con su sombrero de copa baja, su larga chaqueta negra, su floreado chaleco y su ondeante corbata. Pero la horrible desfiguración de su rostro hacía que su vista fuera desagradable.
Billy el Niño, Bondre, seguidos de sus hombres, salieron al aire libre. Con ropas completamente nuevas, afeitados, con los cabellos recortados, el famoso y joven forajido tenía el aspecto sonriente y alegre de cualquier otro muchacho, y esperaba con impaciencia v agrado las fiestas.
—¡Buenos días, señor Latch —gritó—. ¡Buena fiesta! ¿Dónde hemos de dejar nuestra quincalla? —¿Buenos días, Billy!... Id a decírselo a Keetch... Y no os ofendáis si os registra en busca de otras armas que podáis llevar escondidas.
—! No las llevamos, caramba! Nos gusta mucho asistir a una reunión de personas decentes donde no hay que tener miedo a que alguien le acometa a uno a tiros.
Verdaderamente, fue una reunión social única. Los comanches se mantuvieron alejados de los kiowas; los diversos grupos de forajidos y proscritos no se mezclaron unos con otros; los rancheros, de los que habría un centenario quizá más, se congregaron en un círculo, bajo un enorme nogal; y por todas partes podían verse grupos de mejicanos, de indios, de vaqueros, de hombres cuya profesión no podía adivinarse por su aspecto.
Latch fue de un lado para otro, entre los diversos grupos, recogiendo acá y acullá algún invitado para el salón, donde se habían instalado mesas para setenta comensales. La hora de la puesta del sol, la más hermosa del valle, fue la que anunció la llamada para la comida. En el exterior de la casa, lo mismo el bélico comanche que el pacífico ranchero, el inculto vaquero o el criminal forajido, todos se sentaron en un ancho círculo para la cena.
En aquel momento Estelle salió corriendo para ser presentada a los invitados por su padre. Iba vestida de blanco, y su hermoso y ruboroso rostro pareció derramar bendiciones sobre los presentes. Latch, que sorprendía fácilmente todos sus gestos y adivinaba por ellos su estado de ánimo, vio que sus miradas recorrían el círculo y se detenían sobre el lugar en que se hallaban los vaqueros, como si intentara encontrar a alguno de ellos particularmente. Sucedió lo mismo cuando Estie entró en el salón, donde sus amigos, los vecinos, los jefes y forajidos se levantaron de sus asientos para recibirla. ¿A quién echaba de menos la joven? Latch sintió que su corazón se contraía. ¡A Slim Blue! Todas las personas del valle, todas estaban presentes..., excepto Slim.
Latch pidió a sus invitados que se sentasen, y continué en pie.
—Vecinos, amigos, enemigos, jefes y proscritos, todos los desconocidos que os halláis en mi casa..., ¡bienvenidos seáis a la fiesta de mi hija! Hoy es su cumpleaños. Hoy cumple dieciséis. Es del Oeste. Comed, bebed y sed felices.
—¡Oh, papá! —murmuró Estie clavando en él la mirada de sus ojos violeta—: ¡Temía que fueras a decir que mañana moriremos!
Durante el transcurso de la maravillosa comida, Latch tuvo pruebas de que su hija esperaba a algún invitado retrasado, puesto que continuamente dirigía la mirada hacia la puerta. Solamente él, acaso, pudo leer la decepción en sus ojos. Para todos los presentes excepto para el padre y la hija la suntuosa fiesta constituyó un gran éxito, Más tarde cuando las sillas y las mesas fueron retiradas para que el baile pudiera celebrarse; cuando los violinistas comenzaban a afinar sus instrumentos, un joven esbelto y guapo entró en la estancia. Era Slim Blue. No fue únicamente el rubor que cubrio las mejillas de Estie lo que le dolió a Latch: aquel joven guía de ganados abrió en su imaginación la cámara sellada de un antiguo recuerdo.
Parecía Cornwall, un Lester Cornwall que hubiera salido de la tumba para visitarle.
Slim Blue se mostró desembarazado, gracioso, frío al saludar a Estelle, que le presentó a sus amistades. Elizabeth y Marcella le acogieron con entusiasmo. El conocimiento se había convertido en amistad para ellos. Pero fue el brillo de alegría que había en los: ojos de Estie lo que rompió el nudo angustioso que oprimía el pecho a Latch. Cynthia le había mirado antiguamente con un brillo igual en los ojos.
Latch no reflexioné sobre el amargo furor que se había apoderado de él. Cruzó la gran estancia, y se detuvo ante los jóvenes.
—Te dije que no vinieras, Blue —dijo en voz alta y fría.
—Es cierto, señor Latch. No era fácil olvidarlo. Y lo cierto es que he venido para verle a usted.
—¡Bah! No te permitiré que me adules. Ahora mismo, vete... o te expulsaré de aquí.
—¡Padre!— gritó Estelle. Su rostro enrojeció por completo.
En Blue se advirtió un ligero cambio de actitud. Latch había visto anteriormente unos ojos como los suyos..., unos ojos tras los cuales se escondía la fría amenaza de la muerte.
—Oiga, Latch, no puede usted ofenderme de ese modo —dijo el guía de ganados.
—No podría ofenderte de ningún modo, Blue.
—¿Sí? Bueno, no estamos de acuerdo. Le he dicho que he venido para verle.
—¡Vete!
—¡Ah! ... ¡Todo el mundo es bien recibido aquí..., menos yo! —exclamó Slim mordazmente—. Mejicanos y piel-rojas; bandidos, ladrones de vacas, ladrones de caballos... ¿A todos se los: recibe con agrado..., menos a mí?
Latch señaló la puerta al conductor de ganados.
—¿Vete!
Estelle, con los ojos relampagueantes y el rostro pálido, se encaró con su padre.
—Padre, ¿has olvidado que este joven me salvó la vida?
—No. Prometí recompensar a Blue. Pero no quiero que esté aquí.
El conductor de ganados inclinó la cabeza y se volvió en dirección a la puerta. Estelle corrió a detenerle, pareció hacerle una súplica, y hasta llegó a agarrarle de un brazo. Blue no pudo resistirlo: avergonzado y pálido, la miró y luego volvió la mirada, encendida en fuego, hacia su padre. Estelle le condujo hasta el pórtico. Latch se quedó como petrificado al comprender el significado de este acto. Un terrible temor le asaltó. ¿Podría su hija, su querida hija, haberse interesado realmente por aquel gallardo joven? Estie regresó casi inmediatamente.
—Padre, durante toda tu vida me has dicho siempre: «Si» —anunció con una expresión de enojo que jamás había manifestado al dirigirse a él—. Es demasiado tarde para que comiences a decirme: «No».
—Pero, querida Estie, escucha... —estalló él.
La joven le traspaso el corazón con una mirada igual a las de Cynthia, y, altiva y ofendida, se separó de él para reunirse con sus amigas.
Latch buscó entre los restos de su autodominio algo que pudiese proteger su dignidad, algo que le ayudase a soportar aquel último y doloroso golpe. La gente joven, los muchachos y las muchachas, los blancos y los rojos, comenzaron a responder a la invitación de los músicos.
Los, vaqueros mejicanos y las señoritas entraron en la estancia con sus policromos ropajes.
Latch dejó a la astuta señora Benson la dirección de la fiesta y salió al atestado pórtico, en busca de un lugar desde el que le fuera posible observar sin ser observado. Su alegría por la fiesta de Estelle se había extinguido casi por completo. Pero sería posible que sus temores fueran exagerados. De todos modos, su amor y su orgullo eran tan grandes, que no pudo menos que regocijarse al ver el baile de su hija, que gozara al saberse propietario de ella, que entregarse nuevamente a los sueños que había alimentado acerca de la felicidad de su hija. Fue un gran momento para Latch, y sin duda para todos, especialmente para Estelle, aquel en que la señora Benson presentó a Billy el Niño a la hija del dueño de la casa; Estelle no dio muestras de considerarse superior a las restantes jóvenes de Campo de Latch, y le concedió graciosamente un baile; el joven forajido no parecía, ciertamente, un hombre digno de su fama, y obtuvo todas las veptajas posibles de la situación. Estelle obtuvo un baile para él de cada una de sus amigas. Soronto, el gran jefe, el asió de la mano y trazó algunas cabriolas a modo de baile. Sus fieros ojos ardían iluminados por el espíritu de la situación. Leighton permaneció en el exterior, en la sombra, ante una de las ventanas. Acaso solamente Latch sorprendió el furor que se asomaba a los ojos del meridional.
Había pasado una hora, llena de alegría y de bailes, cuando la aguda mirada de Latch sorprendió a Estelle, que cruzaba el pórtico, completamente lleno de gente, y corría en dirección a una de las sendas cubiertas de oscuridad. Latch la siguió, dolorido y sorprendido.
¿Qué otra cosa podría esperar? ¿No había sido él también joven y no había tenido la sangre ardiente? La luna brilló intensamente en aquel momento, de modo que Latch no tropezó con dificultades para seguir a la blanca forma,. Una vez que estuvo en el jardín, caminando a lo largo del borde de la huerta, Estelle avanzó hasta que llegó a la orilla del primer estanque. Allí se detuvo y comenzó a mirar hacia la sombra que proyectaban los árboles. Latch se torturó al repetirse una y otra vez esta pregunta:»¿Habría concertado su hija una cita con Blue?» ¡Era una suposición descabellada! Sin embargo, Estelle era ya una mujer. Y era la hija de Cynthia Bowden. Y Cynthia Bowden había amado a un renegado, a un sanguinario compañero del feroz Santana. Latch pensó que todo aquello era disparatado. Pero quiso comprobar la certeza de sus sospechas. La forma blanca de Estie se introdujo entre las sombras.
Latch dio rápidamente la vuelta al estanque, arrastrándose como un indio furtivo a lo largo de la maleza hasta llegar al lugar en que el agua se derramaba sobre las piedras cubiertas de musgo. Allí había un lugar recatado, bajo un enorme nogal; era un lugar muy visitado por las señoritas de ojos negros y los caballistas.
De repente, Latch se detuvo, como si se hubiera petrificado. Había llegado casi hasta el terreno descubierto antes de descubrir lo que buscaba: la esbelta figura de su adorada hija.
Estelle estaba apretadamente envuelta en el abrazo de Blue, y rodeaba con los brazos el cuello del joven. La muchacha le besaba con una sincera naturalidad, que no dejaba lugar a la duda respecto a la importancia que aquel joven vaquero tenía para ella.
—¡Oh, quer... ido..., cuánto te habría echado de menos! —dijo con voz baja y dolorida—.
¡Cómo me ha dolido el pensar que hubieras podido enojarte!
—No, querida. De todos modos, habría venido y me habría quedado hasta la mañana... —contestó Blue con desaliento—, porque éste será nuestro último encuentro.
—¡La última vez... que nos veremos!
—Creo que sí, querida.
—¡No! ¡No! Slim Blue, ¿me has obligado a quererte... para abandonarme en seguida...?
—¡Criatura! No te he obligado a quererme... y estoy terriblemente asustado y atormentado de que me quieras.
—¡Tú me obligaste a quererte! Sí... sí... ¡A quererte de este modo, y...!
El suave contacto de los labios acentuó el roto fipal de estas palabras.
—¡Maldición! No puedo remediarlo; eres una brujita... y te quiero enormemente... ¡Pero, Estie, aunque te parezca muy pintoresco, tengo mis ideas acerca del honor...!
—¡Honor! He supuesto que las tendrías... ¡No te importen las ofensas de papá, chiquillo!
¡Oh, se ha portado de un modo horrible! ¡He de hacerle sufrir por ello! ¡He de hacerle que se arrastre a mis pies...! Pero eso no quiere decir que todo haya tenido tanta importancia como para obligarte a abandonarnos.
—No, creo que no. Pero estoy procediendo aquí con engaños, obligándole a creer que soy lo que no soy... Y no puedo continuar haciéndolo.
—¿No le estoy engañando yo también, querido...? ¡Mi papá... ¡Oh, me matará cuando le diga... que... somos prometidos...!
—¡Dios mío, Estie...! ¿Cómo puedes decir upa cosa así?
—¿No me quieres?
—¡Deja de atormentarme!
—¿No me adoras?
—Es cierto. ¡El Señor me lo perdone!
—¿No es cierto que dijiste... que sería un cielo... con el cual nunca habías soñado... el que... fuéramos... el que yo fuera tu... esposa... y...?
—¡Claro que sí, claro que lo dije! exclamó el joven—. Pero todo eso fue solamente un sueño, unas palabras pronunciadas en sueños...
—¡Señor! Yo creí que con esas palabras me pedías que accediera a ser tu esposa... ¿No fue así?
—¡No! ¡De ningún modo, Estie! jamás me he atrevido a pensarlo de verdad.
—Entonces, déjame. Me juraste que tenías honor. No es honorable el hacer el amor a una joven..., dirigirle sonrisas..., decirle que se la quiere... y luego arrancarle a fuerza de besos y abrazos el corazón...
Estie, no puedo permitirte que te alejes en este momento. Es probable que dentro de unos instantes... sea más fuerte... Porque, no lo olvides, éste es nuestro adiós.
—¡Oh, no!
—Tiene que serlo. Tu padre jamás accedería a que nos casáramos.
—Bien. En ese caso, me casaría sin su consentimiento. Me fugaría contigo. Después, podríamos volver... ¡Oh, mi padre nos perdonaría!
—¿No es posible que tengas misericordia de un pobre hombre?
—Estie, todo esto son locuras. Todo ello contribuirá a que las circunstancias sean más dolorosas para ti. Y a desalentarme, a arrebatarme el valor que me queda... ¡Piensa en lo que he de hacer... y en lo preciso que me es el valor para realizarlo!
—Escucha, joven conductor de ganados —replicó ella, mientras le acariciaba el cabello con sus blancas manos—: Una vez que hayamos arreglado... este... este terrible asunto nuestro..., entonces te daré todo el valor, todos los ánimos necesarios para que seas otro Jason, otro Hércules, otro Goliat...
—¿Sí? ¿Quiénes eran esos vejestorios?
—¡No los llames vejestorios, querido! Fueron unos grandes héroes.
—Estie, nos estamos saliendo de la cuestión. Y lo que debes hacer es volver a toda prisa a tu baile.—j Ya estoy bailando... en tus brazos!
—¿No puedes tener seriedad, querida? Ésta es una cosa muy dolorosa para mí.
—No debería serlo —replicó ella con dulzura—. Voy a hablarte con seriedad. Escucha: tú me salvaste la vida..., mucho más que la vida. Me ayudaste a ser valerosa. Me devolviste mi fe en él. Tú me obligaste a amarte. Y no habrías podido obligarme si antes no me hubieras amado tú... Soy una Latch. Y después me referiste la historia de tu vida..., me hablaste de tu madre...
¡Oh, cuánto la habría querido yo! ¡Y a tu hermano...! Provienes de una familia meridional tan buena como la de mi padre. Y sólo porque eres pobre, sólo porque no tienes mucha ilustración..., sólo porque tu gran habilidad es el manejo de una pistola..., porque tu gran falta es el derramamiento de sangre..., por todo eso, tres que no eres suficientemente bueno para mí.
Pues lo eres... Y lo mejor que podrías hacer ahora mismo sería demostrar que es cierto el respeto que me juraste que me profesabas.
—¡Ah! ... Estie, si alguna vez..., si consigo salir del terrible lío en que me he metido..., ¿te casarías conmigo?
—¡Sí! Y saldrás de esa situación. Papá me enseñó anoche un aspecto de su temperamento que me era desconocido... Me pareció un extraño... Algunas veces me ha parecido que jamás le he conocido... Pero tú disipaste esos pensamientos... ¡Bendito seas!
—No pienses, criatura, más que una cosa acerca de tu padre: que es el caballero más noble y puro de todo el Oeste.
—Verdaderamente, querido, esa vieja convicción ha vuelto a mí. Esta noche, naturalmente, mi padre me ha ofendido... Pero todo ha sido fruto de su cuidado por mí, de su cariño... Y cree que eres un conductor de ganados inútil, un hombre depravado... ¡Oh, cuando sepa la verdad! ... j Qué sabrosa será mi venganza!
—Me has encendido, me has inflamado, Estie... Creo que ahora sería capaz de hacer cualquier cosa... Pero, ha sido muy doloroso para mí el tener que estar sentado en mi habitación, quieto como un ratón, hora tras hora, noche tras noche, esperando una ocasión...
La muchacha extendió los brazos y se separó de él.—Piensa en mí mientras esperas...
Abrázame ahora, querido... Toma todos los besos que necesites para adquirir la decisión que precisas... ¡Oh!
Los brazos de Estie se cerraron en torno al cuello de Blue, que la apretó entre los suyos.
Latch, mirando atentamente, con la respiración contenida, con los ojos fijos en la esbelta forma blanca que tan fuertemente se apretaba a la oscura, más alta que ella, revivió un pasado en el que Cynthia Bowden se abandonaba entre sus brazos.
—¡Oh! ... Estie, perdóname... —murmuró roncamente Blue—. Soy un hombre nuevo... y soy tuyo... ¡Pase lo que pase! Vuelve ahora a tu casa... y baila hasta que pierdas esa lindísima cabeza que tienes.
—Cuándo volveremos a vernos?
—No lo sé. No será pronto. Pero no pierdas la confianza en mí.
—¡Vivo en. ti! ... ¡Adiós, Slim Blue! ¡Oh, cómo adoro ese nombre! ¡Y pensar que jamás podré ser la señora Slim Blue!...
Y rió alegre y felizmente, se desprendió de los brazos de el, corrió hacia la luz de la luna, se deslizó casi volando a través de un espacio despejado y se desvaneció detrás de la maleza... Blue permaneció inmóvil como una estatua hasta que la perdió de vista, y luego se dirigió hacia la ciudad.
Latch tuvo que sentarse, como si las piernas se negaran a sostenerle. Aquella revelación había sido muy importante para él. ¡La última catástrofe! El dolor rompió su corazón, aunque le pareció que le dejaba libre. Repasó las diversas misteriosas observaciones que Blue y Estie habían cambiado, y el significado de las cuales no le era posible comprender. Únicamente adivinó que el joven debía de ser valioso, puesto que de otro modo jamás habría podido ganarle la batalla por el cariño de Estie. Latch luchó con todo su poder para librarse de los celos y del egoísmo. Estelle era sorprendentemente parecida a Cynthia, y había hecho su elección. Su padre debía atenerse a ella, aceptarla. La primera impresión que le produjo el fogoso y misterioso conductor de ganados volvió a él. Era otro muchacho del Sur, lo mismo que Lester, pero de corazón tierno en vez de tenerlo de roca... ¡Otro Billy el Niño, para la acción, pero que no había seguido la senda de los criminales!
Latch continué sentado durante largo tiempo, hasta que percibió que los grilletes que le inmovilizaron comenzaban a aflojarse. Estelle no quedaría ya sola frente a sus enemigos, puesto que aquel joven la defendería y la protegería. Un esposo, un luchador, un tejano...
Todas estas cualidades eran dignas de estima. Estelle sería capaz de querer tan profunda, tan apasionadamente como su madre, y la vida valdría la pena de ser vivida por ella, aun cuando la ruina y la catástrofe la hiciesen su víctima.
Nuevamente se preparó Latch para una batalla decisiva. Todos los dolores le habían acosado, todos le habían amenazado, excepto la angustia de ver que la hija de la mujer a quien había adorado, la sangre de su sangre, conociera su infamia y se alejase de él maldiciéndole.
Aquélla sería una cosa excesiva para que la naturaleza humana pudiera soportarla. Debía anticiparse a ella, prevenirla, evitarla. Y libre del temor de dejar a Estelle sola en el mundo, se levantó como un viejo león de batalla lleno de cicatrices, dispuesto a lanzarse contra su enemigo con una carga decisiva.


XVI
La casa estaba oscura y tranquila bajo la luz gris del alba. Una pálida luna, que cedía al apremio del naciente día, desaparecía sobre las cumbres. Todavía humeaban los fuegos del campamento de los indios. Los perros que pertenecían a la caravana ladraban a los aulladores coyotes. Los bueyes pastaban en las sombrías praderas. El último grupo de caballistas desfilaba en dirección al Norte.
Latch se hallaba sentado ante su abierta ventana, donde había permanecido por espacio de varias horas. Cuando el sol comenzase a iluminar el lejano fin de la purpúrea pradera, Latch se hallaría ya en camino para poner en ejecución el trágico proyecto que había forjado en sus horas de vigilia. Leighton v sus inseparables compañeros, después de una noche de hartazgo y de bebida, estarían dormidos. Latch se proponía forzar la entrada al local y matar a su archienemigo y a los demás. Había aceptado previamente su propia muerte como el precio de su siniestra liberación. Todavía le parecía que era ocasión de anticiparse a las maquinaciones dé Leighton. Latch veía claramente que las pruebas de sus crímenes desaparecerían con Leighton y sus compinches. Después quedaría solamente la antigua duda suscitada en los años antiguos de estancia en la frontera. Latch intentó borrar de su imaginación el recuerdo de Estelle.
Muy pronto, el borde de un sol rojo asomó sobre el extremo de la tierra de color de púrpura. Latch lo acogió con alegría. Poniéndose un pesado cinturón del que pendían dos pistolas y que contenía muchas municiones, abandonó su habitación, se deslizó por la escalera posterior de la casa y salió al patio. Buscó con afán un hacha de doble filo, atravesó la huerta para dirigirse a la pradera, dio vuelta al extremo occidental de la ciudad y caminó entre cabañas y malezas hacia la estrecha callejuela que conducía a la residencia de Leighton.
La ancha puerta estaba abierta. Oyó que los caballos pateabap en la cuadra. Vio la escalera que conducía a la parte alta del gran edificio. Y había, también, una puerta abierta, una puerta oscura, invitadora... Cuando atravesaba rápidamente el patio, le pareció oír voces.
Pero cerró los oídos. Sin mirar a su derecha ni a su izquierda, llegó a la escalera y comenzó a subir. Cada paso que daba le parecía que le llevaba a más altura y más cerca del antiguo Stephen Latch que fue. Llegó a retroceder hasta ser el mismo que había formado una terrible sociedad con Satana. Y fue fiel al hombre que resucitaba en él. Todo el amor, el remordimiento, la lucha, todo le pareció que jamás había existido. Las venas se le hinchaban, se le llenaban del rápido correr de la sangre. ¡Leighton! En el caso de que la suerte le favoreciese, aquella doble hacha hundiría su brillante cabeza en la de su compadre Leighton.
Latch abriría el vengativo demonio desde la garganta hasta las ingles. Latch se quemaba en la llama de un odio irrefrenable y demoníaco, de un ardiente deseo de que Leighton reconociese a su ejecutor, de que sufriese el terrible dolor de la derrota de la agonía de su carne mientras la sangre de su corazón brotaba presurosamente...
Latch llegó al descansillo, se detuvo en el vestíbulo. Una puerta abierta a su derecha, una habitación en desorden, una cama en la que nadie había descansado aquella noche... Otras puertas, a lo largo de la estancia, tampoco estaban cerradas. Repentinamente, Latch vio la cabeza y los hombros de un hombre que estaba tumbado tras el umbral de la última puerta de la izquierda. ¡La habitación de Leighton! Latch dejó el hacha apoyada en la pared, sacó una pistola, y saltó hacia el interior de la estancia. Una rápida mirada le demostró que estaba va-cía. Luego, Latch bajó la cabeza. En el suelo se hallaba, despatarrado, el cadáver de un mejicano, un hombre de Juárez que había pertenecido durante mucho tiempo a la cuadrilla de Leighton. Tenía el cráneo abierto. A continuación, la rápida mirada de Latch observó la puerta destrozada a golpes, las ropas y los objetos que se hallaban extendidos en el suelo, los cajones de una mesa arrojados a derecha e izquierda y, en un rincón, un baúl de-ruido: un baúl de hechura francesa, anticuado..., ¡que provenía, seguramente, de Nueva Orleáns! Había sido abierto a fuerza de golpes por medio de un hacha ensangrentada que se hallaba en el suelo, y saqueado. Una mano potente e implacable se había anticipado a la de Latch. Alguien había robado a Leighton mientras con sus compañeros asistía a la fiesta de Estelle.
Latch salió del aposento y bajó apresuradamente la escalera. Su proyecto había sido inutilizado. Sus pensamientos se arremolinaban, sus emociones se agolpaban y atropellaban.
Cuando llegó al patio, detuvo la rapidez de su marcha y enfundó el arma. Recorrió nuevamente, en sentido inverso, el camino por el que había llegado, y se escondió entre un grupo de matas. El abandonar la pasión y recobrar la serenidad era un proceso lento en aquellos momentos. Pero, al fin, consiguió realizarlo.
El Campo de Latch había estado lleno de forajidos durante la noche precedente. Era lógica la suposición de que uno de ellos habría matado al guardián de Leighton y saqueado la habitación. Sin embargo, esta idea no arraigó en la conciencia de Latch. En la conjetura se introducía un algo misterioso que no armonizaba bien con el resto. Latch comenzó a sospechar que el asesinato, el robo, la evidencia de una tangible hostilidad contra el poderoso Leighton estaba relacionada con él en cierto modo.
—«¡Slim Blue!», murmuró para sí mismo, como si la flecha de un pensamiento se-hubiese clavado en él. «¿Qué quiso expresar al decir que esperaba?... Se lo dijo a Es-tie,.. Y ella lo comprendió.., La noche pasada... Esta mañana... ¡Qué extraño aspecto tiene todo esto!
¡Dios se apiade de mí!»
Oyó el galopar de unos caballos calle abajo, y el de otros en dirección contraria. La ciudad había despertado. Pero ¿había dormido aquella noche? Latch surgió del lugar en que se ocultaba y, cruzando el riachuelo en dirección a la carretera, se encaró con la ciudad y comenzó a caminar con el paso de un hombre con el cual fuese peligroso cruzarse.
Pero Latch no llegó ni hasta la mitad del camino que le separaba del centro de la población. Un grupo de hombres, súbitamente desintegrado por el apasionamiento y la excitación, desapareció de su vista; disparos de pisto-los llegaron hasta él desde el interior de un lugar desconocido; gritos ásperos.., todo esto redujo la velocidad de Latch, mas no le detuvo. Humo, procedente de las pistolas, probablemente, se elevaba en la calle. La ocasión no parecía la más favorable para su propósito.
Cuando Latch se volvía para dirigirse de nuevo a su rancho, vio que una larga hilera de carros cubiertos de blancas lonas y arrastrados por bueyes de largas colas se extendía sobre la llanura. La caravana se ponía en camino hacia Fort Union, acompañada de la escolta de soldados. Entonces recordó Latch Que las amigas de Estelle habían de viajar con aquella caravana hasta llegar al fuerte, donde se unirían a otra caravana que se dirigiera hacia el Sur.
Sin duda alguna, alguno de los jinetes que se veían junto a los carros debía de ser Estie, que había prometido a Marcella y Elizabeth acompañarlas hasta lo alto de la pendiente. Latch se alegró de no tener que encontrarse con ella tan pronto como había supuesto. ¿Podía ser cierto que aquella misma noche, no antes, se hubiera celebrado la fiesta que durante tanto tiempo habían proyectado? Y luego, obsesionado por sus turbios pensamientos, volvió a olvidarse de su hija.
No se dio cuenta de que hacía calor, aun cuando se detuvo a la sombra de los algodoneros al llegar al segundo estanque. Latch se sentó para pensar más fácilmente. Hasta aquel pacífico y escondido lugar del valle no llegaba el brillo de la pradera, ni el rebuznar de los asnos, ni el golpeteo de los cascos de los caballos. Sin embargo, parecía haber en la atmósfera una suerte de tensión que no era natural... Latch se levantó de nuevo y se acercó al primer lago, en el que el sombroso rincón escondido, el murmullo del agua sobre las piedras y el enorme nogal le recordaron la increíble cita de Estelle con el vaquero. No, no podía detenerse allí. Paseó de arriba abajo por la senda de la huerta. Inmediatamente notó olor a humo y le pareció oír las voces distantes de unos hombres. Pero po prestó atención a nada de esto. Lo que intentaba reconstruir en toda su intensidad era aquel estado de ánimo de la noche anterior.
No obstante, un desorden procedente del exterior le sacó de sus abstracciones. Unos gritos de una intensidad que hacía inútil cualquier esfuerzo por no oírlos le obligó a ponerse en pie, intrigado y estremecido. Nuevamente oyó ruido de caballos, en aquella ocasión lanzados a una desesperada velocidad. Aun cuando pareciera increíble, algo debía de marchar mal en el exterior de sus propios pensamientos. Se apresuró a dirigirse a la casa, y cuando llegó a la vereda vio que Simmons corría a su encuentro. El vaquero de piernas arqueadas, desacostumbrado a tal modo de locomoción, no corría mucho, y gritó al ver a Latch El ranchero no tuvo más que observar el pálido rostro de su capataz para comprender que había sucedido alguna catástrofe. Como antiguamente„ su valor despertó para hacer frente a la adversidad.
—¡Dios mío! ... Patrón..., le he estado buscando... por todas partes... —tartamudeó Simmons con voz ahogada.
—¿Qué sucede, hombre? —preguntó incisivamente Latch.
—¡Una situación apurada...!
—¿Dónde?
—En los corrales. ¡Venga!
Latch se colocó junto al caballista y esperó. Estaba por completo seguro de que Estie se hallaba a salvo en aquellos momentos; y lo demás no le importaba.
—Escuche, patrón: yo estaba durmiendo... en el granero. Me despertaron las voces de alguien que hablaba en voz alta..., atosigando a Keetch... Miré al exterior y vi que Keetch se hallaba ante la verja del corral... frente a media docena de hombres... No reconocí a nadie.
hasta que oí la voz de Leighton. Y entonces los vi. Solamente uno de ellos estaba en pie...
Leighton agitaba una pistola..., tenía un puño apoyado en el rostro de Keetch..
Hablaba tan roncamente como... corno un toro... y por eso no pude entender lo que decía. Pero entendí perfectamente... a Keetch.
—Continúa! ¡Aprisa! —le ordenó con impaciencia Latch, viendo que el hombre se interrumpía para respirar.
—¡Leighton, estás borracho! —dijo Keetch—. ¡Acabo de levantarme de la cama en esfe momento! ¡He dormido vestido!
»—¡Eres un embustero! —gritó Leighton—. Nadie sabía que yo tuviera esos documentos.
Tú entraste en mi habitación... anoche... cuando estábamos divirtiéndonos..., mataste a José..., me robaste... No ha desaparecido ningún dinero... Sólo ha desaparecido la cartera de piel..., la cartera que solamente conocías tú.
»—Leighton, anoche ha habido en el rancho dos cuadrillas de forajidos. ¡Se marcharon al amanecer...!
»—Pero... ¡fuiste tú! Te digo que nadie más sabía nada acerca de la cartera... ¡Vete a buscarla en seguida... o te saltaré la tapa de los sesos!
»—Lo siento mucho, pero no puedo complacerte. He estado durmiendo hasta que me despertaste. Y puedo demostrarlo.
»—I Y aún dices que no la tienes! —gritó Leighton, apoyando el cañón de la pistola en el vientre de Keetch.
»Y entonces Kennedy dijo de manera impertinente:
»—Leighton, estás perdiendo el tiempo. Ese trabajo fue realizado por alguien que puede moverse con más rapidez que un cojo que maneje una muleta... Pero si eso ha de servirte para pensar con más claridad, sacúdele los tiros que te parezca conveniente.
»—¡Maldito sea! —rugió Leighton, echando espuma por la boca—. Tiene que haber sido Keetch quien me robé la cartera. No había ningún dinero en ella. Solamente él conocía la existencia de esos papeles y de esas cartas que para mí valían más que un millón.
»Entonces, Kennedy comenzó a lanzar maldiciones contra Leighton, y Manley añadió algunas maldiciones más. Todos querían marcharse. Pero Leighton había perdido los sentidos.
jamás he visto un hombre tan furioso como él. Había en él algo más que furia, créame. No podía dejar de amenazar a Keetch a causa de los papeles desaparecidos. De todos modos, Keetch comprendió que, lo mismo si se había apoderado de la cartera que si no, había llegado su última hora. Tengo la seguridad de que si hubiera tenido una pistola se habría liado a tiros con Leighton y sus acompañantes en aquel mismo momento..
»—¡Por última vez! —rugió Leighton—. ¡Te daré diez mil dólares por mi cartera!
»—Oye, Leighton; si hubiera sabido que era tan valiosa, yo mismo te la había robado hace mucho tiempo —contestó Keetch con gran sangre fría—; pero desecha la idea de que yo fuera el único que supiera que la tuvieras.
»—¿Quién más lo sabía? —exclamó Leighton.
»—No seré yo quien te lo diga —contestó riendo Keetch.»—I Latch! ¡Le arrancaré el secreto con un hierro de marcar reses!
—No, no es mi patrón el que lo sabe. Me dio miedo decírselo.
—¿Se lo dijiste a alguien?
»—¡Ja, ja! Leighton, te has equivocado. Has esperado demasiado tiempo. Y yo he tenido la boca cerrada durante demasiado tiempo también.
»—Entonces, ¡por todos los diablos!, te garantizo que no volverás a abrirla —aulló Leighton; y descargó sobre Keetch todas las balas de su Colt. Cuando Keetch cayó al suelo, Leighton subió a su caballo y se alejó. Yo salí corriendo y gritando para llamar la atención de los demás... Me arrodillé junto a Keetch y vi que ya no había esperanzas para él. Pero me dio a entender que tenía algo muy importante que comunicarle a usted. Y por eso he corrido a buscarle, y le he estado buscando desde entonces... Nadie en la casa ni en los campos sabía dónde estaba. La señorita Estie y José se fueron acompañando a la caravana... Creo que llegaremos demasiado tarde.
—Entonces, Simmons, deberías haber tomado la declaración que te hiciera Keetch para mí —declaró sombríamente Latch, cuya imaginación preveía terribles consecuencias de la muerte de su hombre de confianza. Comenzó a caminar a cada momento más aprisa, y al cabo de poco tiempo corría. Ya en los corrales, cruzaron el patio y llegaron al gran granero en que se habían reunido los vaqueros. Keetch yacía en el interior, cubierto por una manta. Simmons la descorrió para descubrir el rostro del viejo forajido, Cualquiera que hubiera sido el agravio que hubiese inferido a Latch, cualquiera que hubiera sido el secreto que le había ocultado.
Latch perdonó y olvidó todo en aquel instante. Teniendo en cuenta las circunstancias, Keetch había sido un hombre de una gran fidelidad. Latch ordenó que lo enterrasen bajo el nogal que prestaba sombra a la tumba de su esposa.
En aquel momento, Benson apareció en el patio. Las herraduras de su caballo repiquetearon ruidosamente sobre las piedras. Benson dispersé con su llegada a los vaqueros.
—Latch, la fiesta de anoche ha revolucionado a todo Campo de Latch-comenzó diciendo rápidamente; y luego, al ver al hombre muerto, se estremeció y asombró, en tanto que empalidecía—. ¡Keetch! ¿Quién le ha matado, patrón?
Leighton. ¿Lo has visto en la ciudad?
—Sí. Y si hubiera sido ciego, lo habría oído —respondió Benson—. Está como enloquecido.
No sé quién ha prendido fuego a su casa antes de que regresara. No se ha salvado más que un poco de alcohol...
—¡Fuego!
—¡Sí! ¿Dónde ha estado usted? Todos los indios estaban allá. Toda la ciudad salió a ver el incendio. La propiedad de Leighton se ha quemado por completo. Y media manzana de aquel lado de la calle. Pero esto no ha sido todo. Parece ser que ha habido tiros en la ciudad desde las primeras horas de la mañana. Ninguna de las personas que he visto sabe mucho acerca de lo sucedido. Uno de los individuos de la banda de Billy el Niño mató a un miembro de la cuadrilla de Black Jack. Eso debió de servir solamente para abrir el apetito para el desayuno... Pero las cuadrillas de bandidos se separaron pronto. He visto a Mizzouri, y me ha contado muchas cosas acerca de la muerte de Nigger Johnson. Dice que...
¡Johnson! —exclamó Latch con sobresalto a pesar de la acerada calma que había conseguido aparentar.
Sí. Johnson está tan muerto como su tatarabuelo. Lo he visto tumbado en una acera.
Tiene un disparo entre los ojos. La bala le ha destrozado la parte posterior de la cabeza.
—Una hazaña más de Leigton?
—Creo que no. Mizzouri dice que aquel joven vaquero, Slim Blue, estaba completamente borracho y furioso, Lo vio antes de que la casa de Leighton fuese incendiada en las primeras horas de esta mañana, según dice Mizzouri. Mizzouri estaba con Johnson, y los dos se detuvieron ante la tienda de,. Smith, donde tenían un caballo amarrado a la argolla y un cochecillo. Blue llegó muy triste, con los ojos inflamados. «¡Hola, negro!» gritó. «Saca esa pistola que tienes, para que cuando te mate no pueda decirse que no te he permitido defenderte.» Johnson intentó razonar con el vaquero. Pero todo fue inútil. Mizzouri se aparté a un lado. Entonces, parece ser que Blue llamó al negro algo escandaloso, sacó la pistola y afirmó que odiaba a todos los negros y que no quería que hubiera ninguno en Campo de Latch. Johnson entró en la tienda de Smith. Blue lo siguió y comenzó a darle de puntapiés, como se hace con un perro asqueroso, y lo obligó a salir nuevamente a la calle. Entonces, dice Mizzouri que Blue se acercó más a Johnson y le dijo algo que nadie pudo oír. Pero media docena de hombres dicen que vieron que el negro se ponía lívido e intentaba sacar le pistola de la funda. No consiguió hacerlo.
—¡Slim Blue! —exclamó Simmons—. ¿Aquel vaquero del Camino de Chisholm...? Pero, ¡diablos, patrón! , todo esto tiene un aspecto un poco pintoresco...
—A mí me parece lo mismo que a Mizzouri..., que es un poco extraño —afirmó Benson, que esperaba en vano un comentario de Latch—. Pero dejadme continuar. Blue caminó tambaleándose por la acera, y por fin desapareció, según dice Mizzouri. Esto es todo lo que Mizzouri me ha dicho. Ahora, voy a hablar por mi cuenta. Cuando llegue a la ciudad, Rankin no se había levantado, ni ninguno de sus hijos. ¡Demasiada fiesta...! A mi caballo se le había caído una herradura en el camino, y cojeaba al andar. Fui a casa de Martínez, el mejicano, que tiene una tienda detrás de la casa de Leighton, y mientras estaba allí vi a Blue, que llegaba en su caballo a toda velocidad, muy sereno... Le miré detenidamente, y si Blue estaba borracho en aquel momento... Bueno, entonces también lo estoy ahora yo. Martínez estaba inclinado sobre su trabajo y no pudo ver al vaquero. Un poco más tarde vi que salía humo en gran cantidad por la parte posterior de la casa de Leighton. Luego surgió una humareda muy densa y un ruido muy grande. La casa, que era toda de madera, prendió en llamas. Martínez había clavado la herradura a medias cuando subí a la silla y me alejé. No quise que me encontraran cerca de la casa que estaba ardiendo. Di un rodeo, subí al final de la calle, amarré el caballo y comencé á andar a pie. No había mucha gente en los momentos en que comenzó el incendio.
Solamente unos cuantos hombres penetraron en el establecimiento y comenzaron a sacar a la calle garrafas de bebidas. No fui uno de ellos. Después, llegaron los indios y los habitantes de la población. En menos de media hora la casa de Leighton y otras cuatro más quedaron reducidas a cenizas. Fue aproximadamente en aquellos momentos cuando Leighton llegó con su gente a toda carrera. Yo me hallaba cerca del lugar en que se apearon de los caballos.
Leigthon estaba como loco. Me pareció que no sería conveniente para mí el permanecer más tiempo en aquellas inmediaciones, y me marché.
Latch guardó para sí sus deducciones. Todas eran sorprendentes y estaban sujetas a nuevos cambios según el punto de vista desde el que se las examinase. Simmons y Benson cambiaron algunas conjeturas y preguntas mientras Latch iba y venía junto al cubierto cuerpo de su viejo aliado. ¿Qué le habría aconsejado Keetch en aquellas circunstancias? Latch supuso que debía prevenirse rápidamente contra la tormenta que, en forma de Leighton, habría de desencadenarse muy pronto. En lugar de ir a cazar a su enemigo, Latch esperaba la caza que habría de iniciarse contra él. Y, del mismo modo, esperaba que se desencadenaría una acción paralela a la de Leighton, por parte del misterioso Slim Blue. ¡Demasiado tarde comprendía Latch lo ciego de su actitud en relación cop el joven! ¡Con qué emoción colocó a aquel Slim Blue en el mismo plano que a Lester Cornwall! Pero Latch comenzó a comprender que Slim era más sutil, más profundo que el otro, y que estas características aumentaban su terrible habilidad para el manejo de las pistolas y le hacían más peligroso para los enemigos de Latch.
En el caso de que Blue Slim volviera a presentarse, lo que parecía inevitable, Latch podría saber, sin ningún género de dudas, que a través de Estie había conquistado el más formidable aliado de cuantos en aquellos años de desesperación derramaron su sangre por defenderle. Y esta creciente convicción comenzó a apoderarse de los turbulentos pensamientos de Latch, a poner orden en el caos de sus suposiciones, a destruir la atormentadora tendencia a la desesperanza, a inspirar, a incrementar el tamborileo de la antigua pasión, a encender de nuevo la antorcha de su indomable espíritu.
—Simmons, ensilla un caballo rápido y vete a toda velocidad a la casa —dijo de repente—.
Quiero que lleves una nota a Estelle. Es preciso que la detengas en su camino hacia la casa.
Cuídate de que siga con la caravana hasta Fort Union.
—Sí, señor —contestó el capataz. Dio un grito destinado a Ios vaqueros, y entró en el granero.
Estaba a punto de transmitir unas órdenes a Benson cuando la llegada de varios hombres le obligó a interrumpirse y a preparar la pistola. Pero los llegados eran Mizzouri, Seth Cole y Jerry Brain. Latch los vio acercarse. Al fin, la vieja guardia demostraba que permanecía fiel a su pasado.
—Buenos días, Stephen —dijo Mizzouri, mientras se detenía junto a él—. Es posible que lleguemos un poco tarde, pero aquí estamos...
—Muchas gracias, Mizzouri. Tarde o no, os lo agradezco mucho. Pero, ¿cuál es la causa de vuestra venida?
—Nos lo recomendó ese diablo de Blue... Patrón, que el diablo cargue con nosotros si sabíamos que el negro Johnson le estaba robando los ganados hasta que se Blue nos lo demostró. Esto sucedió después de matar al negro. Leighton y Kennedy tramaron el proyecto del último robo, y Johnson lo realizó.
—De modo que Johnson me traicionaba —dijo Latch, atormentado, como antiguamente, por la idea de ser traicionado.
—Exactamente. Es muy humillante para nosotros, patrón, el descubrirlo. Por mi parte, sólo lo había sospechado últimamente... Pero tan pronto como lo descubrimos y comprendimos lo que ahora puede suceder, decidimos venir en seguida.
—Mizzouri, si os ponéis a mi lado en la lucha que se avecina, ¿no podría vuestra actitud fortalecer las alegaciones y peticiones que Leighton pueda hacer?
—¡Sí, diablos! Pero los muertos no hablan —replicó sombríamente el menudo forajido.
—Es cierto, no hablan. No obstante, no quiero arriesgarme a poner en peligro vuestras vidas y vuestra buena reputación. Me conforta y anima el veros aquí. Pero volved a vuestras casas. No temáis por mí.
—Ya que pone usted las cosas de ese modo, Stephen, le diré que hace mucho tiempo que estoy deseando tomar parte en alguna lucha. La vida es demasiado pacífica aquí. De todos modos, supongo que no tiene usted necesidad de nuestra ayuda. ¿Dónde ha encontrado usted a ese Blue Slim del demonio? Patrón, me parece que es el...
Latch hizo una señal de despedida y se alejó hasta un punto desde donde no podía oírlos. No le importaba que sus antiguos compañeros vieran lo muy conmovido que se hallaba ¡De qué modo le alentaba y le fortalecía aquel resucitar de la vieja lealtad! Corrió a la casa, escribió apresuradamente una nota para Estie e incluyó en el sobre el último dinero de que disponía. El repiqueteo de los cascos de Simmons fue para él como una música halagadora.
—¡Corre, Simmons! —dijo al vaquero.
—He visto que los jinetes llegan a lo alto de la pendiente, patrón. Uno de ellos debe de ser la señorita Estío. ¡Allá voy!
Y clavó las espuelas al caballo y desapareció con la rapidez del viento.


XVII
Slim Blue obligó a su caballo a saltar a toda velocidad sobre dos verjas y sobre una zanja de riego. Brazo parecía haberse contagiado de la decisión de su dueño. Los largos días de holganza no habían adormecido la viveza del más rápido de todos los caballos de vaqueros.
Llegando al terreno descubierto, Brazos se lanzó a toda carrera y muy pronto arribé al desfiladero de Tela de Araña. Blue lo detuvo en un declive poblado de árboles y, por primera vez, volvió la vista hacia atrás para ver la conflagración a que había dado origen.
«No me equivoqué al pensar que aquella cantidad de paja que había por el suelo me sería muy útil», se dijo con fría satisfacción. Unas llamas fantásticas se elevaban bajo la ancha columna de humo negro. El vaquero se limpió el sudor del rostro. Luego, sin retirar la mirada del fuego, lió un cigarrillo. Slim fumaba lentamente. Cuando casi había consumido el cigarrillo la casa de Leighton y las inmediatas estaban reducidas a cenizas. Media hora más tarde, sólo unas nubes amarillentas de humo marcaban el lugar en que habían existido.
Blue no había dejado de buscar con la mirada la presencia de caballistas.
Evidentemente, en la excitación del momento, nadie sino el jinete que se hallaba en la herrería de Martínez le vio salir de la población al galope. Unos cuantos caballistas se habían dirigido por la carretera hacia la población. Blue calculó que alguno de ellos debería ya estar saliendo de ella. Y lo que se proponía era averiguar quiénes eran los jinetes que había visto.
«Aquel hombre a quien creo que herí, era Kennedy, casi con toda seguridad», monologó Blue, mientras recargaba las cámaras vacías de la pistola que había utilizado.
«Bueno, teniendo en cuenta el modo como se apresuró a ponerse a cubierto de los disparos, es seguro que alguna de mis balas le alcanzó... Podría asegurarse también que Kennedy conoció quién era el que disparaba; de modo, que ahora ya está el gato fuera de la talega... Mi modo de fingir que estaba borracho no convenció al! negro Johnson. ¡Dios mío! Me alegro mucho de no tener que andar fingiendo más tiempo...!
Blue había llegado, al fin, al término de su larga vigilancia. Había representado su papel. Aquel día le señalaba para siempre como aliado de Latch y enemigo de Leighton y de su cuadrilla, y de toso lo que de un modo o de otro tuviera relación con él. Apenas le había sido necesario fingir que se hallaba bajo los turbulentos efectos del alcohol. En realidad, ya se había sentido bastante ebrio por el éxito inicial de su empresa y de su liberación de la vigilancia atormentadora.
El tesoro que Leighton guardaba con tan inquebrantable cuidado era una cartera que contenía cartas, un certificado de matrimonio, papeles, dibujos y joyería que había pertenecido a la madre de Estelle. Blue no había tenido tiempo más que para repasarlos rápidamente, pero con ello pudo averiguar la relación de Cynthia Bowden con Stephen Latch y Estelle.
El joven no había descubierto aún el valor del complot de Leighton en lo que se relacionaba con el contenido de la cartera. Pero este contenido había de ser utilizado para arruinar a Latch, para tomar posesión del rancho, para desenmascararlo ante su hija. Leighton no tendría escrúpulos para revelar a Estie el horroroso pasado de Latch.
((Le he ganado a Leighton por la mano —continuó Blue sombríamente—. Tenía unas cartas, y quería jugarlas contra Latch. Y le he estropeado la partida. El negro Johnson, muerto; aquel mejicano, Juárez, muerto; la cartera, desaparecida; la casa, quemada; Kennedy, curándose una herida de bala... Y ahora, ¿qué?»
La acción tuvo que ser improvisada. Aquel mismo día, Leigton se proponía jugar su partida. Blue se vio obligado a ir a buscar al león a su propia guarida. No parecía muy probable que Leighton se decidiera a admitir en la intimidad de aquella proyectada hazaña a ningún otro miembro de su cuadrilla. Bruce Kennedy, Smilin, Jacobs y Manley... Estos hombres, hombres bregados, forajidos siempre dispuestos a liarse a tiros, rápidos de ingenio y en el manejo de las pistolas, éstos eran los cómplices de Leighton. Y, de ellos, Bruce Kennedy era un traidor que esperaba la ocasión de disparar contra Leighton por la espalda y continuar por sí mismo y en provecho propio la acción. Con toda probabilidad, Leighton emplearía a aquellos tres hombres para resolver sus conflictos con Latch y Keetch. Y el resto de la cuadrilla. Leighton lo emplearía, seguramente, para dar caza a Slim Blue.
«Latch, el pobre diablo, se encuentra entre la espada y la pared», se dijo Slim mientras vigilaba atentamente todos los caminos que procedían de la ciudad. «Y todo por su afán de defender la felicidad de su hija... No es posible que sepa lo que yo estoy haciendo con el mismo fin, y no quiero que vuelva a tener noticias mías hasta que su juego haya terminado.
Lo más probable es que se suponga que estoy aquí... Con toda seguridad. Y ahora ha llegado la ocasión de que Leighton juegue sus cartas, sin saber que tengo unos ases escondidos en la bocamanga. ¡Y uno de esos ases es Ojo de Halcón, el kiowa! ¡Ah! Creo que no soy tan torpe como suponía...»
Esto puso fin a sus soliloquios. Había transcurrido una hora, y antes de que transcurriese una más podrían suceder muchas cosas. Ojo de Halcón estaba vigilando á Leighton. En los primeros momentos, el kiowa se había mostrado reacio a acceder a las súplicas de Blue, pero los regalos y las pruebas de amistad vencieron su resistencia. Después un error cometido por Leighton hizo que el kiowa se convirtiera en enemigo suyo.
El primer jinete a quien Blue vio fue uno que salía del rancho y tomaba la dirección de la pendiente. Montaba un caballo muy rápido, un alazán que siempre cabalgaba Simmons.
Latch había enviado a su capataz a cumplir alguna misión. ¿Cuál? ¡De qué modo levantaba el polvo con su carrera aquel vaquero! Estelle había dicho a Blue que iba a acompañar a la caravana para permanecer algunas horas más junto a sus amigas antes de separarse. Esta decisión no le había parecido prudente, pero su objeción fue débil, porque cuando la hizo sentía sobre su cuello el delicioso contacto de dos brazos desnudos y la presión de unos dulcísimos labios sobre los suyos. Sin duda, Latch había permitido a Estelle que partiese acompañada de algunos servidores, naturalmente, y después había comepzado a preocuparse por ella. Si había previsto la situación que se avecinaba, sería posible que hubiera enviado al jinete con el fin de indicar a Estelle que continuase el viaje con la caravana.
Seis jinetes juntos aparecieron en la carretera y se dirigieron hacia el rancho de Latch.
Muy pronto abandonaron la carretera y continuaron por las sendas que pasaban junto a los estanques. Blue los perdió de vista cuando llegaron a las arboledas. Eran rancheros, evidentemente, y el que montaba el caballo blanco y grande era, sin duda alguna, Seth Cole.
Su visita a Latch, a las once de la mañana, tenía un significado cuya importancia no escapó a la atención de Slim. Antes de que hubiera transcurrido un cuarto de hora reaparecieron. Y casi en el mismo momento Blue se dio cuenta de la presencia de un nuevo jinete, un hombre que cabalgaba un mesteño indio y cruzaba la pradera en dirección la arroyo. Este jinete era el kiowa.
Slim salió a un espacio abierto con el fin de que Ojo de Halcón pudiera verle. El kiowa tenía importantes noticias, que expuso con brevedad. Leighton había matado a Keetch y enviado a Jacobs y Manley con el fin de que interceptasen a Estelle en el camino de regreso al rancho... Blue le hizo dos preguntas, a las que Ojo de Halcón contestó que los dos hombres habían salido unos momentos antes en persecución de la caravana y que la herida que Blue produjo a Kennedy era en el hombro izquierdo y que no le incapacitaba para la lucha.
—Eres un buen kiowa, Ojo de Halcón —le dijo Blue.— Vuelve a la población. Vigila a Leighton.
El vaquero se retiró para apretar las cinchas de su caballo y, montando de nuevo, dirigió una mirada al riachuelo, bordeado de vegetación, que corría ante sí. Tenía un lugar muy protegido por todas partes hasta donde la carretera daba vuelta e iniciaba la pendiente.
Bueno, Brazos, has estado impaciente por correr... ¡Vámonos de aquí!», dijo a su caballo. Manteniéndose a la izquierda de la hondonada, donde el camino era liso, el vaquero corrió por primera vez hacia la boca del estrecho desfiladero. La oscura entrada pareció atraerle. Cruzó por allí mismo, siguió por el terreno más poblado de maleza, y medio rodeó el rancho antes de comenzar a subir la pendiente zigzagueando. Brazos estaba descansado y era fuerte, pero Blue le evitó el esfuerzo de la subida hasta donde pudo acertar a hacerlo. Una vez llegado a lo alto de la pendiente, el joven abandonó el camino y continuó su marcha entre los árboles. Calculó que los hombres de Leighton no querrían llegar muy lejos, sino que se detendrían y emboscarían en algún lugar que les pareciera conveniente para apoderarse de Estelle cuando ésta regresase. Lo más probable sería que no prestasen singular atención a lo que sucediese a sus espaldas. Por otra parte, ni Manley ni Jacobs eran vaqueros. Blue no habría recorrido más que un par de millas de la suave pendiente cuando vio un caballo, ensillado y sin jinete, que estaba atado a un álamo.
Slim desmontó y dejó a Brazos en un nutrido grupo de árboles. Luego, manteniéndose tras las rocas y la vegetación, avanzó con extremadas precauciones y se aproximó a la carretera. Aquel caballo alazán debía de ser el de Simmons. Si Blue no se engañaba, Simmons había sido atacado a tiros por la espalda. Pero no pudo hallar el cuerpo del jinete por ninguna parte en los alrededores. Inmediatamente, la atenta vigilancia del vaquero le produjo el resultado de descubrir otros dos caballos, que estaban escondidos entre una alamedilla. A la derecha de la carretera había una eminencia rocosa medio oculta por los árboles y los matorrales. Los bandidos debían de haber escogido aquel lugar como más apropiado para una emboscada. Jacobs y Manley nunca se apartarían mucho de sus caballos.
Debían de estar escondidos entre la maleza, al pie de la plana roca.
Blue volvió junto a su caballo y despojándose del pañuelo, la chaqueta y las botas descendió por aquel lado de la carretera, dio una vuelta, hizo un largo rodeo y llegó hasta detrás de la eminencia rocosa. Tan pronto como se cercioró de que era la roca que le interesaba, y tras haber adquirido seguridad de que los caballos no podrían verle, se sentó para reposar y reflexionar sobre el modo de avanzar después. Como si la suerte lo hubiera dispuesto de este modo, comprobó que podría llegar arrastrándose hasta el borde de la mole de roca estando oculto durante todo el recorrido.
Blue no se detuvo mucho tiempo. Andando sobre las manos y las rodillas, deteniéndose muy frecuentemente, cruzó pronto el centenar de yardas que le separaba de su punto de destino. Desde aquel sitio de la pequeña eminencia podía verse la carretera. Cuando recorría con la mirada la línea del horizonte, dos jinetes aparecieron en ella y se destacaron, como dos siluetas oscuras, ante el cielo. Blue experimentó la emoción que siempre le producía el ver a su amada; pero en aquella ocasión había algo muy importante, algo decisivo que incrementaba su ansiedad. Estelle y su vaquero se hallaban a una distancia de dos millas... Mucho antes de que llegasen hasta un punto desde el que pudieran ser vistos u oídos por personas que se hallasen al pie de la roca, Blue habría dado fin a su desagradable y fácil empresa.
Por consiguiente, decidió escuchar. Antes de que oyera el murmullo de unas voces ahogadas, llegó hasta él olor a humo de tabaco. Decidió que sería más seguro y conveniente aproximarse al borde superior de la roca, que dar la vuelta y aparecer por uno de sus costados. Sacó una pistola y se arrastró como una serpiente hasta llegar al borde. La roca tenía una anchura de seis pies escasos. Las cimas de los álamos llegaban aproximadamente hasta su altura. Blue descansó un momento.
—Jacobs, te digo que he oído algo —dijo en voz baja y rápida Manley—. Ven aquí.
El ruido de unos pasos sonó casi exactamente debajo de donde Blue se encontraba.
—¡Eres una ardilla miedosa! —replicó despectivo Jacobs el Sonriente—. ¡Eres un cobarde!
—¡Hum! Acaso por eso he vivido hasta ahora...
—¡Bah! No hagas caso de lo que creas haber oído. Allá viene lo que esperamos. Mira por aquel lado de la roca.
Jacobs emitió un débil silbido.
—«Sonriente», tengo una idea... Leighton nos manda hacer muchos trabajos sucios...
¡Vamos a hacerle que nos pague bien éste!
—¡Diablos! Siempre nos ha pagado bien.
—Pero no bastante bien... Verás mi idea, escucha: en lugar de llevar a la muchacha a Tela de Araña, la llevaremos a cualquier otro sitio. Entonces, tú le obligas a que nos pague diez mil dólares. Y los pagará.
—¿Eh? ¡Sería capaz de matarme!
—No. Por lo menos, mientras no le entreguemos la muchacha. ¿No sabes por qué quiere que la llevemos al desfiladero solitario?
—Manley, eres up canalla. No quiero traicionar a Leighton.
—¿Por qué no? Al fin, lo más probable es que cualquier día te despida y...
—Tengo el presentimiento de que no tendrá tiempo de despedirnos... si continúa... ese demonio de vaquero loco suelto por ahí.
—¡Bah! ¿Quieres asustarme?
—Manley, comparado conmigo, eres un novato. Y Bruce...
Blue se arrastró hasta el borde de la roca y miró hacia abajo. Los dos hombres estaban lo bastante juntos para que su posición conviniese a Slim. Jacobs •estaba sentado en un saliente de la roca, con el costado izquierdo en dirección a Blue, lo que era una posición desfavorable para el manejo de la pistola. Manley se encontraba en pie, casi frente a su compañero, a pocos pasos de él, y miraba tras la esquina de la roca hacia la carretera.
Asomando la pistola sobre el borde de la roca, Blue dijo irónicamente:
—¡Buenos días, amigos!
Jacobs el Sonriente se estiró como si de repente le hubieran atravesado el cuerpo, de arriba abajo, con unas barras de acero. Manley se quedó inmóvil en el punto enque se hallaba.
Luego, Jacobs movió la cabeza ligeramente y miró hacia arriba, por lo que vio que Blue solamente asomaba la cabeza, un brazo y un hombro sobre el borde de la roca. Su oscuro rostro adquirió una espantosa tonalidad. Tenía unos ojos castaños que parecían emitir unos relámpagos oscilantes.
—¡Hola, Blue! —contestó con voz fría y lenta—. Hace un momento decía a mi compañero que debíamos esperarte.
—¡Dios todopoderoso! —resopló Manley, dolorido.
—¡Vaya! Es una cosa muy propia de ti... el rezar cuando es demasiado tarde —dijo burlonamente Jacobs.
—¡La culpa es tuya, Jacobs!... ¡Tú quisiste meterte en este agujero!... Yo quería continuar... en la carretera..., en terreno descubierto...
—¡Hum! Bueno, compañero, da la vuelta y recibe tu ración de plomo caliente.
Blue le interrumpió.
—¡No mováis ni una pestaña!... «Sonriente», ¿quieres hablar?
—¡No! —replicó Jacobs con violencia.
—¿Y tú, Manley?
—Sí... Hablaré —contestó Manley haciendo grandes esfuerzos por tragar algo que parecía obstruirle la garganta.
—¿Qué se propone Leighton con su provecto de enviaros a Tela de Araña con la hija de Latch?
—Dice que la utilizará para atraer a Latch hacia una trampa. Prometerá devolvérsela si Latch atiende sus peticiones de que le entregue el rancho. Pero sé que Leighton quiere...
Jacobs le interrumpió con un horrible juramento y, de repente, giró como una peonza y sacó la pistola. Cuando el vaquero disparé, el forajido hizo los mismos ademanes que si hubiera sido acometido por un carnero furioso. El segundo disparo de Blue alcanzó a Manley en la cabeza y le hizo caer sobre las matas, que le sostuvieron mientras preparaba la pistola para entrar en acción. Blue se encogió y rodó dos veces para retirarse del borde de la roca.
Luego, permaneció quieto durante unos instantes y ovó el estrépito de los disparos de Manley, que chocaron contra la dureza de la roca. Los últimos tres tiros del forajido, disparados de cualquier modo, sin hacer puntería, demostraron que se hallaba bajo los efectos del terror producido por una herida de importancia. Esperó. Agitar de matas, una respiración violenta y angustiosa, un tintinear de espuelas... Y, luego, silencio. Tras unos momentos más, Blue miró hacia abajo. Manley había caído entre los matorrales con las botas a mayor altura que la cabeza.
Poniéndose precavidamente en pie, Blue volvió a mirar para adquirir la seguridad de que su trabajo había concluido, y después se volvió para buscar con la mirada a los dos jinetes que avanzaban por la carretera. Todavía se hallaban a una milla de distancia, o acaso algo más. Al comprobarlo, Blue, con una decisión que suponía una previa determinación, se dirigió hacia los caballos de los dos bandidos, les quitó las sillas y los dejó en libertad. En cada una de las sillas había un saquito y una manta. Se apoderó de una de ellas, y se lanzó, a través de las matas, en dirección al caballo de Simmops. No pudo verlo en los primeros momentos, pero muy pronto descubrió su rojiza tonalidad y aproximándose a él le quitó la brida, v le dio up corte en un franco que hizo que la bestia se lanzase a correr por la carretera abajo. Blue continuó buscando el cuerpo de Simmons, pero su búsqueda fue vana. Luego, no queriendo gastar más tiempo, ya que le era tan necesario, corrió hacia el lugar en que había dejado atado a Brazos. —¡Por Satanás, estoy hecho un novato! —se dijo mientras se frotaba los miembros que habían establecido un doloroso coptacto con la roca y los cactos. Se puso las botas, el pañuelo y la chaqueta, montó sobre Brazas y se encaminó al terreno descubierto. Quería detener a Estelle en algún lugar que no estuviera próximo a la roca. El vaquero de Latch tenía una mirada muy aguda, y Blue po quería que descubriese ningún signo de lo que había acontecido.
Estelle estaba a la vista, pero más lejos de lo que Blue supuso. Blue avanzó a medio galope y se alegró mucho al ver que ella lo reconocía. La muchacha detuvo su caballo, como si estuviera desconcertada, y esperó. El vaquero aminoró la rapidez de la marcha y presté atención.
Fue entonces cuando Blue experimentó una sensación de contento y satisfacción. Era dueño de la situación. Se detuvo a pocos pasos de donde Estelle se hallaba, y procedió a encender lentamente un cigarrillo.
—¡Corny! —gritó Estelle.
Tenía el rostro pálido, y sus ojos de oscuro color de púrpura estaban distendidos como resultado del asombro.
Buenos días, señorita —respondió él, en tanto que se quitaba el sombrero.
—Ya es tarde... ¡Oh! ¿Has salido a la carretera para venir a buscarme?... ¿Estás bien?...
¿Y papá?
—Aparte la insoportable impaciencia nor ver a mi prometida, reconozco que estoy perfectamente bien —respondió él con su habitual calma.
—¡Slim!... Este vaquero entiende el inglés... —protestó ella mientras enrojecía—. ¡Oh, me engañas... acerca de algo...!
—Estie, tu papá estaba bien y sano cuando lo vi hace un par de horas. No tienes ningún motivo para preocuparte, querida.
—¿Lo juras?
—I Claro que sí!
—Pero... ¡tienes..., tienes un aspecto..., una expresión... tan diferentes a los de anoche...!
—Lo de anoche fue efecto de la luz de la luna y de la gloriosa confesión que me hizo cierta señorita... Ahora estamos en pleno día, Estie, y hablo completamente en serio.
—¡Si pudiera tener motivos para confiar en ti...! —murmuró ella, indecisa entre una duda intuitiva y una alegría irresistible.
—Bueno, querida, creo que es demasiado tarde para que intentes retirar tu promesa.
—¡Señor Cornwall! —replicó ella irguiendo la cabeza en tanto que el rubor cubría de nuevo sus mejillas.
Slim la observó con la fija y firme mirada del que toma posesión de lo que como amante aceptado le ha sido prometido. Sí, ciertamente, había transcurrido muy poco tiempo desde el momento en que había actuado con tan mortífero afán para que pudiera adquirir de nuevo su aire de indiferencia; pero debía hacer todo lo que le fuera posible para tranquilizar a la muchacha; y un llamamiento a sus sentimientos le pareció la táctica más acertada que podría seguir.
—¡Estie! No extiendas mi verdadero nombre por ahí... —protestó.
—Entonces... ¿has venido solamente porque deseabas verme? —replicó ella.
—Sí. Es cierto.
—¿No podías esperar hasta la noche?
—Si he de ser sincero, querida mía, la razón ha sido en parte que no quería que fueras a tu casa y te encontrases en un aprieto.
—¡Corny!
—No pierdas los estribos. ¡Demonios, eres una verdadera mujer del Oeste! Es preciso que sepas hacer frente a la situación...
—Podría hacer frente a todo lo que fuese necesario si tuvieras la amabilidad de decirme lo que sucede. Yo sabía que algo habría ocurrido... desde el mismo momento en que te vi.
¡Oh, Slim!
—¡No te precipites, Estie! —contestó él un poco seco.— Escúchame. No es mucho lo que ha sucedido... Leighton eligió el día siguiente al de tu fiesta para expulsar a tu papá de su rancho y tomar posesión de él.
—¡Leighton! ... ¡Es horrible, Corny!
—Lo es, verdaderamente... Pero Leighton posee un montón de papeles de tu papá, y, quieras que no, está dispuesto a arrojarle de su casa... Y me parece que eso puede originar alguna discusión un poco violenta...
—¿Discusión? Slim Blue, eso significa pistolas. Entre ellas, la tuya.
—Mira, querida, no dispongo de mucho tiempo para discutir contigo. Lo que quiero es que vuelvas atrás, que te unas a la caravana, que sigas con ella hasta Fort Unión y que te diviertas allí hasta que hayamos dado fin a este endemoniado lío.
—¡No lo haré! —replicó enojada la jovencita.
—¿No? Bien, en el caso de que estuviéramos casados..., entonces, ¿me obedecerías?
—Sí, lo haría. Pero, señor conductor de ganados, todavía no estamos casados... Y hay mucha distancia del dicho al hecho.
—¡Maldición! ¿Qué quieres decir?
—No te ofendas, Slim. Pero la verdad es que me obligas a enojarme.
—¿Por qué? No creo haber dicho ni hecho nada inconveniente o disparatado.
—¡Oh, lo que me enoja es esa actitud tuya, siempre fría, siempre desconcertante!... Slim, eres un embustero.
—¡Estie!
—No volveré para unirme a la caravana. Sería encantador el poder pasar unos días más con mis amigas, Marcella y Elizabeth, pero mis días de juego han concluido. Y cuanto más pronto lo comprendáis, tú y papá, tanto mejor para todos nosotros.
—¿Sí? Bien, me alegro de que me hayas abierto los ojos... Si te casas conmigo, señorita...
—¡No digas, .sí! Di cuando. —Muy bien. Cuando te cases conmigo, en el tiempo indeterminado y futuro, tendrás que trabajar.
—No me asusta el trabajo... Supongo, señor Cornwall, que no esperarás casarte con upa rica heredera.
—No. Seremos pobres y tendremos que ordeñar las vacas.
—¡Encantador! Todo lo cual significa, querido vaquero, que supones que papá perderá todas sus propiedades.
—No lo creo. De todos modos, supongo que si Latch lo hubiera perdido, podría recobrarlo. Leighton ha realizado una labor canallesca, Estie.
—¿Podrías demostrarlo? —preguntó Estie, ansiosa.
Sí.
—¡Oh, Corny! ¡Toda mi confianza y todas mis esperanzas se cifran en ti! —murmuró ella con ojos resplandecientes y llenos de lágrimas.
—No debes suponer, Estie, que nada de todo esto puede aminorar mi valor o hacerme perder la cabeza... ¿No quieres confiar en mí y volver a la caravana?
—No es una cuestión de confianza. Tú quieres ahorrarme dolores y molestias. No volveré.
—Perfectamente. Entonces ¿querrás hacer lo que voy a decirte? Permíteme que te lleve al valle, a casa de Bradley, que es un buen amigo mío. Está casado con una india, es cierto, pero he visto muchas mujeres blancas que no son tan buenas como su mujer y su hija, ambas rojas... En esa casa te instalarán con comodidades.
—Slim, ¿quieres esconderme... hasta que todo haya concluido? —preguntó espantada la joven.
—Sí, eso es..., si así quieres llamarlo —reconoció Slim sonriendo.
—¿Por qué? —preguntó ella gravemente.
—Porque me sentiría más libre..., más como yo mismo..., más capaz de ayudar a tu papá... al saber que estás a cubierto de todo peligro.
—Temes a Leighton.
—No, Estie.
—Lo temes. Tienes miedo a que me secuestre para vengarse de papá.
—Oye, ¿quién te ha metido esa idea en la cabeza?-Keetch. Y, lo que es más. Keetch me dijo que jamás salga de la casa sola.
—¡El demonio del viejo! Bueno, creo que no soy el único hombre que se ha enamorado de ti... Por estas latitudes, querida, la posesión se basa en nueve décimas partes sobre las leyes, y la otra décima parte en las pistolas.
—Leighton me pone carne de gallina... Pero temo más a su amigo, el jugador, a Manley.
—Comprendo. Ya no tienes por qué temerle, Estie. Y ahora, dime: ¿qué opinas sobre mi proyecto de llevarte a casa de Bradley?
—Iré, amo y señor mío. Pero ¿estás seguro de que comprendes el tremendo sacrificio que esto representa para mí?
—Reconozco... que eres una mujercita maravillosa —exclamó Slim con cálida gratitud—.
¡Dios mío...! ¡Te quiero de una manera terrible!
—¿De verdad? ¡Deberías habérmelo dicho antes!
—No quieras atormentarme, Estie. ¡Vamos pronto!
—¿No me tendrás oculta más que unos pocos días?—¡Claro que no, demonios! No puedo vivir sin ti.—Pero... ¿irás con frecuencia a verme..., a decirme...?
—Sí. Tan frecuentemente como me sea posible.—Tendré que disponer de ropas y de algunas cosas... ¿Puedo enviar a López a buscarlas?
—Sí. ¡Vamos, Estie! ¡En marcha!
Estelle ordené a López que fuese delante y, cabalgando al lado de Blue, le tendió su enguantada manecita mientras se entregaba a una charla romántica. Blue oía, pero nada tenía que decir. Observé al jinete que iba delante de ellos cuando pasó junto a la roca y a los cedros.
López miró los busardos que volaban en círculos, pero no vio nada que despertarse sospechas.
Blue y Estie avanzaron, la mano de uno en la del otro, hasta llegar a lo alto de la pendiente. Blue pudo ver con satisfacción que ninguna columna de humo se elevaba ya del lugar en que muy poco tiempo antes se había declarado un incendio. El rancho parecía dormitar bajo el sol de la tarde. ¡Qué significativo era que el valle de Latch no estuviera moteado por las manchas negras de las reses! Continuaron avanzando hacia el terreno liso, donde Blue pidió a Estie que enviase al vaquero a su casa para que comunicase la noticia de que estaba sana y salva y que muy pronto regresaría a su hogar. Estelle accedió a esta petición, dijo a López cuáles eran los objetos que deseaba que le llevase y, unos momentos más tarde, descendía acompañada del vaquero hacia la parte norte del valle, bajo la desigual escarpa. A causa de la escasez de agua en aquella zona, había muy pocos colonos en las treinta millas de terreno que se extendían hasta la pradera abierta. Bradley se había instalado en la entrada de un desfiladero, donde el verdor de unos campos daba fe de la eficacia de su labor. El hombre se hallaba en aquellos momentos en la ciudad. Blue dejó a Estie al cuidado de la mujer india, y estaba a punto de despedirse, cuando se acordó de la cartera de Leighton.
—Oye, Estie, después de lo que hemos hablado respecto a la confianza que yo pueda merecerte..., ¿puedo tener confianza en ti?
—¡Corny!
—¡Hum! Lo quiero decir es esto: ¿querrás guardar este objeto contigo y no perderlo de vista hasta mi vuelta?
—Lo prometo, Slim. ¿Qué contiene esta cartera? ¿Dinero?
—Algo mucho más precioso que el dinero, querida. Pero... ¡no la abras! Ve a acostarte, querida. ¡Estás muerta de sueño!
—¡Oh! ... ¡Adiós; Slim! ... ¡Ten cuidado! ... ¡Vuelve pronto! ...
Blue, mientras corría por el valle, movió una mano en el aire en señal de despedida.
Tenía que decidir sobre la conveniencia de ir en busca de Bradley para prevenirle que no debía asustar a Estie al contarle detalles de lo sucedido desde el final de su fiesta, en las primeras horas de la madrugada, hasta aquellos momentos, Blue se preguntó qué más habría ocurrido en la ciudad y en el rancho de Latch durante las horas que habían transcurrido desde que se separó de Ojo de Halcón. La fiesta de Estelle, durante tanto tiempo preparada, había precipitado los acontecimientos. Y habían tenido lugar algunos que Leighton no habría sido capaz de soñar ni de sospechar en su apreciación de las circunstancias y de los accidentes. En primer lugar, Leighton no podría adquirir la seguridad de que sus aliados, en los que había depositado su confianza, hubieran cumplido el encargo de llevar a Estelle al desfiladero de Tela de Araña. Blue había oído hablar en muchas ocasiones y desde hacía mucho tiempo de aquel lugar, casi inaccesible, que servía de punto de reunión a muchos bandidos. Sin duda alguna, Leighton tenía más de una buena razón para intentar atraer a Latch a la fortaleza de aquel desfiladero bravío. Finalmente, el vaquero llegó a la conclusión de que sería prudente entrevistarse con Ojo de Halcón antes de intentar alguna nueva acción.


XVIII
Brazos recorrió a toda marcha las varias milla que lo habían separado del estanque inferior de Latch. Allí terminaba el rancho descubierto, y el verdor de los árboles, los jardines, las huertas, las viñas comenzaban a mostrarse y a convertir el terreno en un lugar de paseo. Blue meditó durante unos momentos. Era una hora bastante avanzada de la tarde. Blue podía arriesgarse a echar unas miradas sobre los patios, los graneros y acaso la casa antes de ir a la hondonada en busca de Ojo de Halcón.
Ató a Brazos a unos matorrales y, manteniéndose en la parte interior de los setos, avanzó ciudadosamente. La distancia era larga. Pero la espesura se hacía más cerrada gradualmente a lo largo de la verja, y servía como muro de contención para el viento, la nieve y el polvo. Al llegar a los cercados, continuó moviéndose junto a las verjas hasta que llegó al pajar. Entró por el patio posterior, que no presentaba el habitual y colorido aspecto, lleno de animación, y vio que la puerta estaba abierta. Encontró una rendija, y miró hacia el interior. Estaba preparado para la eventualidad de encontrar a Leighton y su cuadrilla como dueños y señores del rancho, y proyectaba forzar los acontecimientos en el caso de que le fuera posible atacar por sorpresa a tales hombres.
Frío y seguro de sí mismo, Blue hizo la larga inspiración de aliento que se había convertido en un acto habitual para él en circunstancias similares, y puso un ojo en la rendija. En el extremo más lejano del granero, en donde el paso se dirigía hacia la ancha puerta que daba acceso al patio, vio un grupo de hombres. Detrás de ellos había dos carros de los que se utilizan para viajar por las praderas, con los caballos enganchados. Los caballos estaban comiendo heno. Habían llegado unos forasteros, sin duda, probablemente algunos miembros de una caravana. La rápida mirada de Blue sorprendió a dos hombres polvorientos, sin afeitar, vestidos con ropas de camino y calzados con gruesas botas. Uno de ellos, alto, flaco, de rostro estrecho, que le pareció conocido, estaba hablando con Benson; el otro hombre tenía aspecto de viajero. Había también varios vaqueros.
Blue se separó de la pared, para retirarse del granero y se detuvo tras la esquina del gran edificio. En aquel momento nada podría sorprender al conductor de ganados. Pero no supo de qué modo interpretar lo que había visto. Colonizadores, agricultores y viajeros, así como personas de otras características menos recomendables, llegaban con frecuencia al Campo de Latch. Tres de aquellos recién llegados llevaban pistolas. La única deducción que Blue pudo hacer no fue desfavorable para la situación de Latch.
Avanzó junto a la pared del granero y dio vuelta a la esquina más lejana. Un vaquero exclamó:
—¡Virgen Santísima!
Todos los hombres se volvieron; el salto de Benson indicó que su sorpresa era grande.
Blue se detuvo con la mano derecha apoyada en la cadera.
—¡Por Dios! ¡Es Blue! —exclamó Benson. Su tono, su expresión, todo demostró dos cosas : que tenía conocimiento por lo menos de una de las hazañas del conductor de ganados, y que la aparición de él, aim cuando le hubiese sobresaltado, era recibida con alegría.
—¡Hola, Benson! —dijo Blue, tranquilizándose.
¡Hola, Blue! ¿Dónde está Latch? —preguntó atropelladamente Benson.
Es lo mismo que iba a preguntarle —contestó Blue.
¿No lo sabes?
No lo sé. Pero creo que tengo motivos para suponerlo.
¿Dónde?
—Lo que yo suponía ha sucedido. La cuadrilla de Leighton lo tiene acorralado o secuestrado...
—No lo creo, Blue —replicó al instante Benson—. En realidad, estoy seguro de que no es así.
—Pues... ¡me alegro mucho de saberlo! Pero tendrá usted que hablarme rápido y sin vacilar para convencerme.
—Blue, he ido con el patrón y Pedro hasta la boca del desfiladero de Tela de Araña hace menos de una hora —anunció de modo impresionante Benson.
—¡Demonios! —exclamó Blue.
Sí. Latch tenía mucha prisa. No quería que nadie supiera adónde se dirigía.
Afortunamente, pudimos salir sin que nos vieran, estoy seguro... Y desde entonces he andado a caballo, de un lado para otro, en busca tuya... Tengo órdenes de que reúna media docena de hombres que defiendan el rancho y mantengan a raya a Leighton. Bradley va a venir con dos de sus caballistas. He encontrado a Mizzouri, y me ha jurado que vendría, lo mismo si le agrada a Latch que si no le agrada. Estos trajinantes de Independencia se pondrían de nuestro lado. Simmons volverá pronto. Y contigo...
Simmons no volverá nunca. Está muerto.
—¿Muerto? ¡Dios mío, Blue! ¿Cómo..., quién...? —exclamó Benson, horrorizado.
—Es una hazaña más de Leighton.
—Blue, el patrón envió a Simmons a que alcanzase a la caravana y dijese a la señorita Estelle que continuase con ella hasta Fort Unión. Si Simmons está muerto, no habrá podido cumplir el encargo. Debemos correr en busca de Estie.
—Venga, venga acá, Benson —replicó autoritariamente Blue. Y llevando a Benson a un lado, separado de los demás hombres que componían el grupo, le dijo—: Estelle se encuentra a salvo. La he dejado en casa de Bradley para que esté oculta hasta que la situación se haya aclarado. Bradley no estaba en su casa. No quiero que diga a Estie lo que ha sucedido.
¿Comprende?
—Bradley debería hallarse aquí ahora.
—Bien; si yo no estuviera cuando venga, dígaselo. Tengo que ir pronto a ver a Ojo de Halcón. Pero ¿por qué diablos se ha marchado Latch?
—El patrón estaba muy excitado, Blue —declaró Benson—. ¡No es extraño! Escuche, poco antes de mediodía, esos trajineros de Independencia llegaron a la ciudad con esos señores.
Uno de ellos se llama Bowden. Es abogado, y vive en Boston. Ha venido a ver a Latch para averiguar lo que pueda haber sido de una tal Cynthia Bowden, que se supone que desapareció hace varios años cuando viajaba con la caravana perdida de Bowden. Parece ser que Cynthia es heredera de una gran cantidad de dinero. Y el objeto del viaje de este abogado al Oeste es averiguar si ha dejado o no algún niño. Latch salvó la vida a Cynthia Bowden y se casó con ella. Estelle es hija suya... ¡Todo el dinero irá a parar a manos de Estelle! ¡Es una gran noticia!
Y todo esto sucede precisamente cuando Latch está arruinado... ¡Y luego hablan sobre si hay o no hay Providencia!
Slim abrió la boca con mudo asombro.
—Bueno, naturalmente que Latch tiene que aportar alguna prueba —continuó Benson—.
Bowden ha hecho investigaciones por espacio de cinco meses. Ha descubierto que Cynthia salió de Independencia con su tío en un coche especialmente construido para Bowden. Era como un magnífico barco sobre ruedas. Lo construyeron Tullt y Compañía. El viejo Tullt vive todavía, y recuerda perfectamente aquel coche. Recuerda también el momento en que Bowden y su sobrina comenzaron el viaje en él. La parte delantera del vehículo tenía pintado en letras grandes y rojas este letrero: «Tullt y Compañía. Número 1 A«.. Los indios llevaron los carros hasta un precipicio, donde-los arrojaron. Latch cree que podrá encontrar el carro.
Es la única prueba que posee de que salvó a Cynthia de manos de los indios y de que se casó con ella. El abogado está dispuesto a aceptarlo como prueba. ¡No es extraño que Latch preparase sus cosas a toda prisa y se marchase como loco! Estaba, sencillamente, fuera de sí... ¡De qué modo más extraño suceden muchas cosas! El nombre y la fortuna de Estie dependen solamente de un cartel de un viejo carro pintado en letras rojas... ¡Qué esperanza más... desesperada! Pero yo sé que Latch dijo la verdad. Y Bowden lo cree, también. Sin embargo, necesita tener una prueba tangible de que Latch...
—Bien —le interrumpió Blue con voz que sonó como la de una campana—; diga al abogado que hay pruebas escritas e impresas de que Estelle Latch es hija de Cynthia Bowden. joyas, dibujos, certificado de matrimonio... ¡Es cierto! Pero no puedo explicarlo ahora. Tengo que ir en busca de Leighton y detenerlo antes de que olfatee lo que sucede...
Tiene un olfato como el de un perro de caza.
—¡Blue! ¡Sería terrible que Leighton encontrara a Latch en Tela de Araña! —exclamó Benson, aterrorizado.
—¡Terrible!... Pero eso no sucederá. Yo diría que eso sería como la última paja sobre el pobre viejo... Su carga es ya muy pesada, Benson.
—¡Ahí viene Bradley! ¡Y Mizzouri! ¡Bien! Pero, ¿qué vamos a hacer sin ti, Blue?
—Encerrarse en la casa ranchera y detener a Leighton y a su cuadrilla... si vienen. No tenga miedo a que destruyan propiedades. Leighton quiere quedarse el rancho.
—Blue, no querrás enfrentarte con esa banda... tú sólo, ¿verdad? —contestó Benson roncamente.
—No me acercaré a ellos descuidado... Vigile con cuidado, Benson. Ponga toda su confianza en esos trajineros. Y dispare antes de hacer preguntas.
Blue dio vuelta para alejarse por donde había llegado, más cauteloso que nunca, adusto y rígido, reprimiendo sus emociones, las cuales le llenaban de vez en cuando de temor o de arrobamiento. No podía proyectar lo que debería hacer hasta que hubiera descubierto el paradero de Leighton. Finalmente, alcanzó su caballo. Cuando estuvo montado, corrió a través de los campos saltando sobre las zanjas, levantando nubes de polvo. Al cruzar la carretera dirigió una mirada a la ciudad. Unos grupos de hombres y de caballos se hallaban detenidos en las aceras. Blue continuó corriendo en dirección al desfiladero.
Tampoco se hallaba Ojo de Halcón en el lugar de la cita. Blue trepó hasta una elevación, desde la cual pudo ver al kiowa, que atravesaba el campamento indio. Blue descendió hasta el terreno descubierto para reunirse con él.
—¡Ugggh! —gruñó el impasible piel-roja—. Latch ha ido a Tela de Araña. Leighton... va detrás...
Blue lanzó un juramento.
—Ojo de Halcón, ¿cuántos hombres acompañan a Leighton?
El indio estiró dos dedos.
—¿Quiénes?
—Kennedy. Y ese hombre de cara de perro.
—Kennedy, es natural. Pero ese engendro de Breese... —murmuró Blue. Leighton, que durante tantos años había sido tan sutil, tan astuto, tan implacable, estaba poniendo el cuello en una trampa—. ¿Cuánto se tarda en llegar a Tela de Araña, Ojo de Halcón?
—Leigton tardar mucho... Yo tardar poco.
—Latch fue a Tela de Araña hace años y vio que los carros de la caravana eran arrojados al abismo. ¿Podrías encontrar esos carros?
—Mí no ir junto agua... Mí trepar..., dar vuelta..., bajar...
—Prepara un poco de carne y de pan, Ojo de Halcón. Ven a buscarme cuando haya anochecido. Vamos a ir.
—¡Ugggh!
Y se separaron.
Blue volvió a correr a través de la hondonada y por el camino llano. El sol comenzaba a ponerse, teñido de rojo, tras las negras cumbres del Oeste. El joven se sentía animado, alegre unos momentos, y después, deprimido y acobardado. Estelle volvería a sus dominios, sería dueña de ellos, cualquiera que fuese la suerte de su padre. La desgracia y la ruina que amenazaban destruir su felicidad quedarían anuladas para siempre, destruidas en aquel misterioso desfiladero en que ella había nacido. La única posibilidad de salvación que había para Leighton se fundaba en su unión a su banda y en llevar la lucha a terreno descubierto. Pero aquel anormal odio, sus proyectos de venganza, su imposibilidad de hacer prisionera a la hija de Latch, habían sellado su destino. Los huesos de Leighton se blanquearían al sol en la • soledad de aquel lugar de retiro de forajidos. La opresión que martirizaba el pecho de Blue provenía de la comprobación de que Latch había cometido el mismo fatal error que su enemigo. Bruce Kennedy y su compañero, el del rostro canino, tenían un proyecto siniestro y secreto. Si Latch escapaba a las asechanzas de Leighton, apenas podría escapar a las de aquellos dos traidores. Lo que más sorprendía y deprimía al joven era el extraordinario modo como aquella confabulación se había desarrollado y llegado a su culminación. Y tenía un deseo muy intenso de conocer la verdad acerca de aquellos antiguos forajidos.
Continuó directamente hacia el rancho de Bradley, y cuando se halló cerca vio a Estelle, que, sin duda, le había divisado en la lejanía y parecía estar esperándole. Blue contestó al saludo que la joven le hizo moviendo una mano. El corazón, con su duro latir, le producía un sordo murmullo en los oídos. La dulzura de la hora se apoderó de él. El cabello de la joven, herido por el sol poniente, brillaba con reflejos dorados y rojizos. Como quiera que él hubiera sido, por muy duro y triste y desesperado que fuese, a pesar de su pobreza y de su ignorancia, era el escogido de aquella mujer, el escogido entre todos los hombres, el novio, el que habría de ser su esposo. Y le sobrevino una emoción tan intensa, que se trocó en dolor. Mucho antes de que hubiera detenido a Brazos ante la casa, vio que Estie se había despojado de las ropas de amazona y puesto, en cambio, una alegre ropa gris. Esto significaba, naturalmente, que alguno de los vaqueros había llegado del rancho. Blue miró con ansiedad el rostro de la joven, en busca de huellas de dolor, pero no observó en él sino alegría y contento. Estie salió del pórtico y se adelantó saltando al encuentro de Blue, que todavía no había terminado de desmontar cuando llegó junto a él.
—¡Oh, querido...! ¡Qué pronto has venido! —exclamó alegremente—. ¡Si no nos viera nadie... te besaría!
—Buenas tardes, señora Cornwall —dijo con lentitud Blue mientras oprimía la mano de la joven.
—Todavía... no —contestó ella con timidez.
—Pero ¿crees que lo serás alguna vez?
—Si no lo creyera, habría disgustos para cierto joven.—Estie, estoy muerto de hambre. Y lo mismo le sucede a Brazos. Blue había sido siempre bien acogido en casa de Bradley. La esposa del ranchero y su hija, una linda muchacha de dieciséis años y ojos oscuros, se acercaron a saludarle.
—Me parece que no tengo el aspecto más apropiado para visitar a una señora —dijo Blue mientras se aproximaba al lavabo—. No me he lavado la cara ni las manos desde hace tres días.
—¡Sucio! ... Tendré que enseñarte muchas cosas muy pronto.
—Sí.
—Slim, voy a cuidarme de tu cena.
—Corre, querida; no puedo entretenerme mucho tiempo.
Unos instantes después, Blue Slim comprobaba lo maravillosamente dulce y extraño que era el ser servido por Estelle Latch. La joven le había llevado la cena al pórtico. El largo crepúsculo comenzaba a convertirse en oscuridad.
—¿Has visto a papá? —preguntó Estie ansiosamente, como si no pudiera reprimir la angustia de la zozobra.
—No, pero he visto a Benson.
—Corny, tienes malas noticias.
—¡Hum! Podrían ser peores. Antes de decírtelo, sin embargo, tengo que hacerte una pregunta íntima y muy importante.
—¿Cuál? —susurró ella, intrigada por la seriedad del joven.
—¿Insistes en tu ridícula promesa matrimonial a un conductor de ganados inútil e ignorante?
—¡Corny! ... ¿Eres tú quien no tiene fe en mí?
—Contéstame, Estie.
—Sí, insistiré..., a menos de que tú...
—¿Podrías ser feliz en un rancho pequeñito... como éste? ¿Podrías ser feliz teniendo que arreglar la casa, remendarme los calcetines... cuando los tenga..., ordeñar las vacas..., y haciendo todos los trabajos que realizan las mujeres de los colonizadores pobres... mientras yo me cuidase de una manada de reses?
—Corny, podría ser absolutamente feliz contigo en cualquier parte. Y no me asusta el trabajo propio de las mujeres de los rancheros pobres.
—Será una cosa muy dolorosa para ti, querida. Estás acostumbrada a los lujos, a las comodidades...
—Papaíto me ha mimado, me ha mimado excesivamente. Corno. Pero estoy segura de que aún no es demasiado tarde para corregirme.
—¿Podrías soportar los duros trabajos de un rancho..., el ser pobre..., el no tener ni siquiera tanto como tienen los Bradley..., el no tener dinero..., el no poder hacer viajes..., sino solamente el trabajar siempre, todos los días, hasta el último?... Naturalmente, yo te quiero tanto como creo que ningún hombre ha podido querer a ninguna otra mujer.
Corny, eso me compensaría de la falta de todo lo demás —replicó Estie con dulzura.
—I Dios mío! No comprendo cómo... Pero si sientes hacia mí la misma inclinación que yo siento hacia ti..., entonces todo es fácil de comprender.
—Ése es mi modo de sentir, Corny.
—Pero podrías casarte con un caballero del Sur, vivir en una plantación grande, tener...
Ella lanzó una carcajada.
—Quiero a mi Oeste y a mi vaquero.
—Hasta podrías casarte con uno de esos millonarios del Este...
—Escucha, Slim; Blue, ¿te propones ponerme a prueba?-No. Me propongo ser honrado.
Podrías casarte con cualquier hombre que quisieras.
—Muy bien. La cuestión está resuelta. Quiero casarme contigo.
Slim inclinó la cabeza, la apoyó en las manos y permaneció silencioso durante un momento. Los dioses del destino le habían elevado hasta un amor y una vida que estaba muy lejos de merecer. Pero ¡desde el momento en que lo habían hecho...! Se descubrió el rostro y buscó entre las últimas sombras del crepúsculo los ojos oscuros y compasivos de Estie.
—Vamos en busca de mi caballo. Luego puedes acompañarme hasta aquel árbol grande...
Fue Estelle quien condujo a Brazos. Y dijo:
—Corny, me parece advertir, a través de tu seriedad y de tu interés, que papá ha perdido todo.
No. No lo he dicho. He partido solamente de una suposición...
—Entonces, ¿todavía poseemos el rancho?
—Sí.
—¿Querías poner a prueba mi amor, mi fe?
—Creo que sí.
—¡Oh, Slim! ¿Cómo pudiste hacerlo?
—Pues... verás, querida. He descubierto que vales un millón. Y, naturalmente, estaba preocupado.
Ella se encaró con él en la oscuridad, abandonó las riendas y se dejó caer en los brazos de Slim.
—Querido, has dicho muchas cosas extrañas desde que llegaste. ¿Has bebido?
—No. En toda mi vida no he estado más sobrio —replicó él, en tanto que dirigía una sonrisa a la joven.
—¿Valer un millón...! Debes de haber perdido la cabeza, querido.
—Por ti, no hay duda. Pero no por lo del millón... Estelle: eres la heredera de un millón de dólares de la fortuna de los Bowden, del Este.
—¿Heredera...? ¿Bowden? Ése era el apellido de mi madre. Corny, ¿qué ha sucedido?
—Escucha. Ha llegado hoy un abogado de Boston. Se llama Bowden; es pariente de tu madre. Por ciertas razones, se ha dirigido al Campo de Latch. Tu padre, bien lo sabes, salvó a tu madre de morir a manos de los indios, se casó con ella... El rumor lo ha extendido durante los últimos años; Bowden lo ha oído decir no sé dónde. En Independencia, de donde tu madre salió con una caravana, el viejo Tullt recordó el carro en que inició el viaje. En realidad, fue él quien lo construyó. Un gran carro de viaje, que tenía pintadas al frente, en grandes letras rojas, estas palabras: «Tullt y Compañía. Número 1. A.. Bien; tu padre dijo al abogado que él salvó a tu madre y se casó con ella, que tú eres su hija. El abogado dijo que necesitaba alguna prueba de la certeza de esta afirmación. Latch declaró que podría encontrar el carro en que tu madre cruzó las llanuras. Los indios lo habían arrojado al fondo de un abismo, en cierto lugar situado al oeste de aquí. Podría ir en busca del letrero. Bowden, el abogado, accedió a considerar ese letrero como una prueba decisiva. Y, por esta causa, tu padre preparó los bártulos y se fue en compañía de Pedro...
—¡Es sencillamente maravilloso! —exclamó Estie.—Sí, lo es..., en cierto modo. Estoy aturdido.
—Pero, Corny, me parece absurdo que se crea posible encontrar el carro. ¡Después de tantos arios...! ¡Oh, ha debido de ser la última esperanza de papá! ¡Si ésa fuera la única prueba de que dispusiera para probar el derecho de mi madre...! ¡Oh, qué descorazonador sería one fracasase, que fallasen sus esperanzas! ¡Pobre papá! ¡Ha habido siempre algo tan inexplicable, tan extraño en él...! Pero es un gran occidental. Ha sido el mejor papá de todo el mundo. Por él, por salvar el rancho que tanto quiere..., deseo que encuentre las pruebas que busca. Pero yo soy capaz de soportar la decepción, Corny.
—¡Tú eres fuerte, chiquilla!... Escucha, no es necesario, ojos, grandes, que tu papá encuentre el carro de Tullt y Compañía para que se demuestre que eres la hija de Cynthia Bowden y la heredera de su fortuna.
—¡O...o...oh..., Cor... ny! —tartamudeó ella apretándose contra él, con los ojos abiertos y brillantes en la oscuridad.
—hubiera podido ver a Latch antes de su salida...! —continuó presurosamente Corny—.
Pero no lo vi. Y, al fin y al cabo, creo que acaso sea preferible que hayan sucedido las cosas de este modo. Estie, la cartera que te di para que la guardaras contiene todas las pruebas que necesitamos.
—¡Cómo! —murmuró ella.
—Cartas, papeles, dibujos, joyas, certificado de matrimonio... Todo ello perteneció a tu madre. Latch jamás vio esos objetos. Tu madre murió. Y Latch estuvo ausente hasta cinco años después de su muerte... Bien, he descubierto el proyecto de Leighton para arruinar a tu padre. Y he vigilado a Leighton. Le he oído hablar acerca de esas pruebas. Como en otra ocasión te dije, he estado escondido en mi habitación por espacio de varias semanas, esperando la ocasión de poder apoderarme de esa cartera. La ocasión llegó con tu fiesta, anoche. He tenido que embrollar las cosas un poco, pero lo he hecho sin vacilaciones: he obtenido las pruebas que buscaba, y he quemado la casa de Leighton después...
—¿Lo has sabido siempre?
—Creo que sí...
—¿Puedes demostrar que soy Estelle Bowden Latch?-Sí. Cuando vuelvas a la casa, mira los papeles que hay en la cartera.
La joven le rodeó repentinamente el cuello con los brazos.
—¡O... oh..., Cor... ny..., querido...! ¡Creo que voy a llorar hasta echar el corazón por la boca..., pero esperaré hasta que te hayas marchado! ¡Oh, es todo tan increíble...!
—Lo es. Ahora ya no podrás ser la esposa de un pobre trabajador, la mujer atrafagada y pobre de un ranchero.
—¡Oh, Slim, no es posible que me abandones ahora a causa de mi riqueza! —exclamó Estie en tono suplicante cu tanto que comenzaba a besarle con apasionamiento.
—No es eso lo que he intentado decir —replicó él con volubilidad. Podía comprender perfectamente la tribulación de Estie. La joven continuó oprimiéndole y besándole hasta que cayó, agotada, temblorosa, sobre su pecho.— Ahora, Estie, cuando se te haya disipado ese arrebato, si puedes serenarte y escuchar con tranquilidad, te diré upas cuantas cosas más y me marcharé inmediatamente.
—Sí... Habla —murmuró Estie.
—Me voy inmediatamente, como te he dicho, acompañado de un indio, ep busca de tu padre. Es posible que Leighton haya averiguado algo y se decida a seguirle. Si se encontraran... Pero no nos atribulemos por suposiciones. Voy a intentar evitar que se encuentren. Entre tanto, tú debes procurar ser la mujer fuerte que siempre has sido y prepararte para lo que pueda suceder. No salgas de aquí hasta que yo vuelva. No tardaré más de tres días. Y no te preocupes, no te aflijas, Estie: nuestra suerte ha cambiado.
Ella solamente pudo mirarle con ojos distendidos y acercándose más a él. Él la besó por última vez y, rompiendo el abrazo que los unía, saltó sobre Brazas y comenzó a correr rápidamente entre la creciente oscuridad.
Fue una cabalgata como las que el conductor había hecho en las noches que las reses se desbandaban. La acción parecía hallarse en armonía con la potencia de sus emociones y le ayudaba a alejarse de ellas, con lo que toda su astucia podía ser utilizada en la desesperada tarea de salvar a Latch de las asechanzas de Leighton.
Ojo de Halcón le esperaba en la melancólica penumbra. Montaba en un caballo mesteño y llevaba en la brida otro que estaba cargado con un gran fardo.
—¡Ugggh! Por dónde vamos, Blue? —Éste fue su saludo.
—¿Cuál es el mejor camino, kiowa?
—Por allí lejos. Leighton no mirar atrás. Yo verlos.
Ojo de Halcón hizo un lento gesto, con el que indicaba que el recorrido que habrían de hacer sería muy largo.
—En marcha, Ojo de Halcón. Blue te dará caballo, plata, mucho ron.
—¡Bien! —gruñó el kiowa. Y se encaminé hacia el Oeste a un vivo trote. Mientras le seguía, Blue intentaba escrutar entre las sombras que tenía ante sí. Cruzaron la cuenca y la carretera v, manteniéndose en el terreno abierto, pasarop cerca de la casa ranchera de Latch y llegaron a la altura. Ojo de Halcón subió por un camino que se empleaba con poca frecuencia y, una vez llegado a la meseta dio vuelta hacia el Oeste y se introdujo entre la vegetación de cedros. Blue calculó, observando las estrellas, que el kiowa caminaba en línea recta, de la que sólo se apartaba para dar la vuelta al llegar ante rocas, macizos u otros obstáculos que obstruyesen su marcha. Las horas volaron. La seguridad de que se hallaba orientado por un buen guía, y las millas que quedaron detrás de él al avanzar con un paso rápido y regular, fueron circunstancias satisfactorias para el conductor de ganados. Caminaron a través de los cedros dispersos, o sobre las quebradas alturas, cruzaron los someros arroyos, atravesaron terrenos llanos de dura piedra, siempre en línea recta. Los lobos aullaban y los coyotes ladraban en las lejanías. Algunas estrellas se hundieron tras el negro borde de la tierra y otras ocuparon sus lugares. En las últimas horas de la noche, una luna deforme y fantástica trocó la negra oscuridad en un gris opaco.
Blue no conocía el cansancio ni la modorra. Las noches en que había recorrido, en compañía de sus ganados, las sendas podían contarse por millares. No sentía impaciencia.
Algo de la impasividad de kiowa parecía incrementar su calma de hierro.


XIX
El alba gris cayó en el Este. A su indecisa luz, Blue comenzó a discernir los oscuros confines de un desfiladero a lo largo de cuyo borde había seguido a Ojo de Halcón.
La rota meseta de rocas se inclinaba en una pendiente hasta convertirse en una ancha grieta de la tierra. Los cedros y los pinos crecían en abundancia en el blando terreno, muy escasamente entre las rocas. Llegó el día. ¡Qué hermoso panorama se ofreció a la vista del conductor de ganado! Unas largas inclinaciones de piedra gris se asomaban al borde del abismo. No podía verse el fondo de la profunda garganta. Al otro lado del azulado abismo se elevaba el muro opuesto, partido y accidentado, gris y verde, con una espesa vegetación de árboles en la cima. Más allá se elevaban unas cumbres agudas. Era una región solitaria y desolada, silenciosa como una tumba.
Ojo de Halcón giró hacia la derecha para alejarse del borde. Deteniéndose ante up lugar donde la rocosa inclinación semejaba la corriente de un arroyo cortada en piedra, dijo:
—Carros caer aquí.
Blue miré estremecido al comprender el significado de la afirmación del kiowa. Aquél, pues, era el lugar en que Latch y Satana habían sacrificado los vehículos que compusieron las caravanas. El duro granito no presentaba huellas ni arañazos; el desfiladero bostezaba como un abismo sin fondo. No parecía haber ningún punto desde el que fuera posible aproximarse al borde del desfiladero para mirar hacia su hondura. El borde del desfiladero estaba lejos de donde se encontraba el conductor de ganado.
El indio continuó avanzando. Blue lo siguió.
Tuvieron que sortear muchas quebradas que se lanzaban al abismo de un salto. El sol se elevó. El camino se hacía a cada momento más áspero y abrupto. No había ni la más ligera señal de una senda. Pero el kiowa no dudó ni un solo instante, porque conocía bien las rocas.
Finalmente, llegó hasta una hendedura inclinada, de piedras desnudas y resbaladizas, donde el conductor de ganado prefirió caminar a pie. Abajo, a mucha profundidad, esta hendedura se convertía en un estrecho desfiladero, tan sinuoso como una culebra. Los muros laterales eran rugosos, y estaban agrietados y llenos dé cavernas. Los rayos del sol no llegaban hasta aquella profundidad. Un delgado arroyuelo serpenteaba entre las enormes peñas. El avance de los viajeros fue muy lento. Todas las características del desfiladero parecían crecer, intensificar a cada milla de camino que se recorría, especialmente la escabrosidad. Si no hubiera sido por la presencia de helechos v musgos, de flores y enredaderas, de salvias y Arboles, el lugar habría constituido solamente una tumba de piedra dura, terrible.
Las horas pasaron. Blue comenzaba a cansarse a pesar del incentivo que le aguijoneaba.
¿Cuánto tiempo aún? El mediodía había llegado y pasado. Muy pronto, Leighton habría tenido tiempo para alcanzar a Latch. Y cuando Blue parecía hallarse al borde de la desesperación, Ojo de Halcón pasó a través de una grieta, apenas lo suficientemente ancha para que los caballos pudieran trasponerla, y salió a un desfiladero ancho, lujuriante, verde un valle, magníficamente aislado y cerrado por los lienzos de montaña casi verticales, en el que murmuraba deliciosamente un arroyo y sonaba el zumbido de las abejas y el cantar de los pájaros. Abajo, muy lejos, caía el agua blanca de una cascada; parecía una columna de humo que se elevase sobre las cumbres. Las águilas se remontaban sobre los solitarios riscos. Los ciervos estiraban las largas orejas y permanecían inmóviles. La hierba y las flores llegaban hasta la mitad de la altura de las patas de los caballos.
—Tela de Araña —dijo roncamente Ojo de Halcón. E indicando que Blue debía cuidar de los caballos y esperarle, desapareció entre los abetos. Blue ató los caballos en un lugar despejado y, buscando sombra en el lindero de la arboleda, se quitó las espuelas, los zahones, las botas, el chaleco y el sombrero, bebió un trago de agua en un manantial cristalino, se tumbó sobre la hierba y miró a través del follaje hacia el cielo azul. Su fortaleza parecía volver a él. Aquél era el desfiladero de Tela de Araña el conocido escondrijo de salvajes y forajidos. Latch estaba por allí cerca, seguido de Leighton. La hora casi había llegado. Blue descansó, se refrescó, pero no pudo contener la creciente impaciencia que le acometía. Sacó las pistolas, añadió una bala más a la cámara vacía de cada una, las sopesó, repitió la operación una y otra vez... Hasta allí había llegado. Era imposible establecer un proyecto de conducta, un plan de batalla. Sin embargo, muchos rápidos proyectos alteraron su resolución de no pensar en el camino que debía seguir que llegase el preciso momento.
El kiowa reapareció; era como una sombra vestida de piel de alce que brotase de la verde espesura. Caminaba furtivamente, y su rostro estaba tan impasible como el de una estatua. Pero la mirada de sus ojos negros obligó Blue a arrodillarse rápidamente, mientras un borbotón de sangre cálida le hinchaba las venas.
Ojo de Halcón se arrodilló junto a Blue, cogió una ramita, evidentemente para trazar un plano sobre el suelo, y dijo —¡Bueno!-El fuego de la inteligencia brillaba, mientras hablaba, en sus ojos negros—. Mí encontrar carros. Latch allí. Leighton los cogió..., ató... Prepara danza de guerra...
—¡Dios mío! ¿Ha atado Leighton a Latch?
El indio asintió.
—¡Bueno! —dijo, de modo tan firme que Blue comprendió que era sincero—. Tú ir conmigo. Como serpiente. Yo ir cerca. Leighton salta como loco... Cuida de Kennedy..., cara-perro hombre... Malos hombres.
¿A qué distancia, Ojo de Halcón? —preguntó Blue en tanto que se ponía el cinturón.
El kiowa estudió el muro del desfiladero. Luego señaló hacia el lugar del borde en que había una especie de muesca e indicó desde dónde habían sido arrojados los carros al abismo y donde, prisionero de sus enemigos, se hallaba Latch.
—¿Hemos de llegar muy cerca?
—Muy cerca.
A continuación, el kiowa hizo unos gestos que Blue interpretó como indicadores de que la hierba era muy alta y muy blanda, la maleza espesa, y que podrían disparar sin ser vistos.
—Muy bien, kiowa. Vamos despacio. Y no dispares hasta que yo grite.
—Leighton cargar despacio... Está hablando...—¡Ah! ¡Maldito! ¡Ha llegado su fin...!
Ojo de Halcón comenzó a caminar, seguido muy de cerca por Blue. La hierba no producía ruido alguno al ser pisada. El follaje apepas temblaba cuando se introdujeron entre los arbustos El indio caminó rápidamente por espacio de un cuarto de hora, y luego comenzó a hacerlo con cautela. Solía mirar hacia delante, mas a veces volvía la cabeza para escuchar Blue sólo podía oír el murmullo del agua de la cascada y el canto de las aves. Ojo de Halcón caminaba en zigzag entre los abetos, rodeaba al llegar a inmensas rocas, se detenía ante el terreno descubierto y soleado, miraba y escuchaba, luego echaba a correr con la rapidez de una flecha... Con los pies descalzos, Blue lo seguía en silencio. La marcha del indio se hizo más lenta gradualmente, hasta que al fin Ojo de Halcón se inclinó y se apoyó en las manos y las rodillas. Se hallaban ya cerca. Una risa fuerte y ronca, la de Leighton, hizo que el corazón de Blue saltase. Se llenó los pulmones de aire por medio de una profunda inspiración, se arrodilló, y siguió al indio. ¡No era preciso advertir al salvaje que avanzase despacio! Era como un cara-coll. No hacía más ruido que una serpiente. Apenas movía una hierba. Éste era el modo de proceder del kiowa, y Blue bendijo todas las atenciones que previsoramente le había guardado.
Blue no volvió a alzar la mirada. Solamente prestaba atención a los movimientos del kiowa, a las grandes precauciones con que procedía. Ante ellos, todo se hacía más densamente verde. Blue esperaba confiado que no se verían obligados a cruzar más lugares descubiertos. Le parecía sentir la presencia de la accidentada elevación a su izquierda y la del valle abierto a su derecha. El agua se deslizaba desde la altura cerca de ellos. El susurro de los pájaros hizo que Blue extremase sus cuidados. El indio se movía a cada momento con mayor lentitud, hasta que terminó por detenerse casi por completo. Blue levantó la cabeza y vio unos puntitos de luz entre las ramas. Las voces sonaron más distintamente. Los abetos habían desaparecido, y en su lugar aparecían robles enanos y zarzales que los ocultaban tan perfectamente como los abetos y les permitían moverse con más facilidad. Pulgada a pulgada, Ojo de Halcón continuó arrastrándose, como un gusano, bajo los árboles de ramas bajas. Blue, frío y seguro, con los labios apretados y los nervios tirantes, tenía la seguridad de que no movería ni una sola hoja ni quebraría una sola ramita. Todas sus facultades estaban concentra-das en este propósito. Cuando se encontrase próximo a los forajidos, donde pudiera servirse de la sorpresa, el destino de aquellos dos bandidos estaría decidido. Y era una cosa ya casi inevitable. Todos los largos años de cálculo y de odio de Leighton le habían conducido a tal situación.
La verde bóveda que había sobre su cabeza, se aclaró. Blue levantó la mirada y vio a Ojo de Halcón que se arrastraba hacia un claro, en dirección a un estrecho seto de espesura.
Las voces que sonaban más allá de aquelpunto indicaban el lugar en que se hallaban los forajidos. Hasta los dos hombres llegaba el humo de una hoguera. A su izquierda, una muralla natural, amarillenta y curvada, se elevaba a tanta altura, que Blue no podía ver su final. Bajo la muralla había un enorme montón gris de algo que a primera vista le pareció los restos de un deslizamiento de tierras que hubiese caído desde la altura.
Pero una segunda mirada lo percibió. El enorme montón, que se extendía hasta más allá de donde su vista alcanzaba, se componía de los restos de unos carros. Blue se levantó y apoyó la barbilla sobre uno de sus temblorosos brazos. Miró atentamente. ¡Ruedas, ruedas, ruedas! Oxidadas llantas, cubos rotos, millares de radios, lanzas de carros, que se elevaban como arbolitos sin hojas, asientos, lechos, aros, trozos desgarrados de lona, puños de frenos oxidados, tablas con inscripciones borrosas, todo lo que había formado parte de centepares de carros de viaje, componía aquel terrible conjunto de ruinas.
Todo parecía gritar con muchas voces agudas al conductor de ganado. Estaba amedrentado. ¡Horrorosas ruinas grises de las caravanas! ¿Cuántas vidas habían sido sacrificadas a la sanguinaria avaricia de la froptera? Rostros de toscos colonizadores, cabezas escalpadas de mujeres, cuerpos desnudos de niños parecían mirar desde el montón de ruinas a Blue. ¿No había visto él centenares de caravanas? ¿No conocía a los hombres de corazón de león, a las valerosas mujeres de ojos tranquilos, a los inocentes y juguetones pequeñuelos a quienes la corriente del imperio había conducido al Oeste? Nadie podría conocerlos mejor que él. Y se desalentó, se estremeció. ¡Había visto ya la obra de Latch y de Satana! ¡Sanguinarios demonios! Y apretó los dientes, hasta hacerlos rechinar, con rabia incontenible. Pero podría comprenderse la actitud del jefe indio, ya que los hombres blancos le habían forzado a retirarse hacia las estériles llanuras, le habían privado de su alimento. ¡Pero no la de Latch!
¡Qué monstruo! ¡Aquél era el secreto del desfiladero de Tela de Araña, aquélla era la sombra del pasado de Latch, aquél fue el destino de la caravana perdida de Bowden!
Blue solamente experimentó odio por Latch en aquel instante. Luchó por rechazar su resolución de salvarlo. Leighton podía obtener el desquite sobre su antiguo enemigo. Latch encontraría su merecido. Por muy brutal que fuera la venganza de Leighton, sería insuficiente.
Y entonces, entre la justa cólera de Blue relampagueó el recuerdo de Estelle. Su Estelle de cara de rosa, con su inocencia, con su dulzura, era la hija de aquel bandido de la frontera, de aquel asesino. Una tormenta de contradictorias y opuestas emociones agitó a Blue hasta el tuétano.
En aquel momento, Blue sintió que un pie, calzado de piel, del indio, se apoyaba sobre una de sus manos. Blue levantó la cabeza. Ojo de Halcón hizo un gesto imperioso indicando cautela. Lentamente, Blue ensanché los pulmones para hacer una inspiración de aire. Luego, siguió en silencio las huellas del kiowa, contento de hallarse de nuevo bajo cubierto.
Este último tedioso avance terminó en un pequeño lugar cubierto situado al borde mismo de la espesura. Acá y acullá las aberturas entre el follaje dejaban pasar rayos de brillante luz. El terreno descubierto se hallaba a una distancia de apenas un brazo; la única barrera que de él le separaba, estaba formada por hojas.
Blue imitó al indio, que se había levantado con cautela y apoyado sobre una rodilla para mirar a través de una abertura. Hasta aquel momento no advirtió Blue las voces que sonaban al otro lado de la verde pantalla.
—¡Jo! ¡Jo! ¡Y una botella de ron!
Era la bronca voz de Leighton, vibrante y con un acento de regocijo. Luego se produjo un sonido metálico que asombró a Blue.
¡Escucha esta música, Kennedy! ¡Jo, jo! ¡Oro! ¡Oro! ¡Oro!
El largo sonido metálico, que terminó en un ruido corto y vibrante, era, ciertamente, de oro. Blue reconoció aquel tintineo que se le había hecho familiar en las casas de juego de Dodge, y le sorprendió y desconcertó. ¿Oro en el desfiladero de Tela de Araña? Seguramente provenía de aquellas ruinas de carros. Se apoyó sobre una rodilla, y buscó una rendija entre las hojas.
A menos de cincuenta pies de distancia, ante el colorido fondo del desfiladero, iluminado por los rayos del sol, vio a Leighton, que estaba desnudo de medio cuerpo para arriba, con el odioso rostro radiante. Estaba sacando unos puñados de monedas de oro de una vasija que se hallaba sobre una roca plana y las dejaba caer de nuevo en regueros sonoros en la vasija. Cierta cantidad de saquitosde lona, atados por la boca, se amontonaba sobre la roca plana. Aquellos saquitos contaban una historia increíble. Latch, al aventurarse en el desfiladero para buscar la prueba que necesitaba, había encontrado un oro cuya existencia no conocían él ni ninguno de los individuos de su banda, y que había sido arrojado al abismo junto con los carros.
Blue tuvo que hacer un esfuerzo para conseguir retirar la mirada de Leighton. El segundo espectáculo que vio lo formaba el letrero de un carro, que estaba apoyado en un arbusto. Se hallaba en buen estado de conservación. Sobre su fondo verde, podían verse aún las grandes letras rojas, todavía legibles: «Tullt y Compañía. Número 1. A. . Latch había encontrado la prueba que buscaba y, además, una fortuna en oro. Leighton, siguiéndole hasta allí, le había sorprendido y capturado en el acto.
Unos pocos pasos más allá, Breese daba vueltas con entusiasmo en torno a la hoguera.
Era un hombrecillo flaco, nervioso, de rostro marchito. Aun cuando el día era cálido, tenía puesto todavía el cinturón de la pistola. El entusiasmado Leighton se había despojado del suyo.
Ojo de Halcón dio un codazo a Blue para llamar su atención y atraerla hacia otra abertura del follaje. A través de ella pudo ver a Bruce Kennedy, con el rostro inexpresivo, como e, de una máscara, que se hallaba sentado sobre una roca y tenía la inescrutable mirada puesta sobre Leighton. Unos pasos más allá, a su derecha, se encontraba Latch, atado a un arbolillo, las ramas más bajas del cual habían sido cortadas. Latch tenía la gris cabeza inclinada, de modo que Blue no pudo verle el rostro. Sin embargo, creyó apreciar que el cabello del hombre era más gris que cuando lo vio anteriormente. Latch parecía la imagen de la desesperación, del abatimiento.
Blue buscó a continuación una abertura mayor en el follaje que le permitiera ver a todos los hombres a un mismo tiempo. Tuvo que alejarse seis pies, o acaso más, del kiowa, quien le siguió e hizo un gesto de advertencia. Blue no hizo caso. El gran kiowa había realizado su labor. Blue estuvo a punto de reír. La partida era suya. El miserable Latch en su colapso, el enloquecido Leighton en su triunfo, el traidor Kennedy absorto en sus proyectos..., estos hombres no tenían sospechas de lo que los amenazaba. Pero se hacía preciso vigilar y observar a Breese.
Un ruido desacostumbrado en la floresta, el deslizarse de una ardilla o el grito de un grajo, nada de esto sería desoído ni despreciado por él. Blue dobló una rodilla, con la pistola en la mano, y miró furtivamente hacia el exterior, resuelto a llegar hasta el límite de su paciencia. La representación de aquel drama valía la pena de ser vista. La piedad llamó a las puertas del corazón de Blue para implorar en favor de Latch, pero no consiguió entrar en él.
Una vez más, Blue prestó atención a la charla de los forajidos.
—¡No sabía que el oro estaba en aquel carro! —dijo Leighton, dirigiéndose a Kennedy—.
Cuando encontré a Latch, estaba sacando los sacos del lecho del carro... No habría podido oír ni siquiera las trompetas del juicio final...
—¡Ja! Sí, eran las trompetas del juicio final —replicó Kennedy.
—Bruce, no parece alegrarte mucho este hallazgo dijo quejoso Leighton—. Hay unos cincuenta mil dólares en esos sacos.
—No estaré contento hasta dentro de un rato.
—¡Oh! ¡Y pensar que todo ese oro ha estado escondido en el fondo del carro durante tanto tiempo...! —exclamó Leighton mientras se retiraba del sol para secarse el sudoroso rostro— . Recuerdo bien aquel carro de Tullt. Había en él algo particular... Era que tenía un doble fondo. Pero yo estaba tan loco por la sobrina de Bowden, que no pude mirar nada más.
—¡Ah! Bueno, habla ahora —contestó sarcásticamente Kennedy—. Has tenido la boca cerrada durante muchos años. Ya es hora de que te desahogues hablando.
—Lo haré, puedes estar seguro, tan pronto como mi antiguo compañero Latch se reponga lo suficiente para que pueda ver y oír.
Breese oyó estas palabras, sin duda, puesto que abandonó su ocupación y se acercó a ellos.
—¿Piensas estar aquí durante cierto tiempo?
—Creo que sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Acaso días...
—No me parece una buena idea.
Leighton gruñó con la intolerancia del amo cuyas decisiones no pueden discutirse.— Sam, es la mejor idea que he tenido en toda mi vida.
—¡Ah! Bueno, no estamos de acuerdo. Dejaste a aquel endemoniado conductor de ganados vivo en la ciudad para que pueda perturbar nuestros proyectos...
—Lee, estoy de acuerdo con Sam —añadió con sequedad Kennedy.
—Ya veo que lo estás... Bien, ¿en qué estáis de acuerdo? —preguntó impaciente Leighton.
—En que no debemos permanecer aquí durante mucho tiempo —continuó Kennedy.
—¡Demonios! ¿No sabéis que Manley y Jacobs han de traer aquí...? —Leighton ahogó el resto de la pregunta.
—Bueno, tú crees que lo harán. Pero yo no lo creo —afirmó significativamente Breese.
El rostro de Leighton se cubrió de un color de púrpura. El bandido maldijo hasta la menor probabilidad de que sus proyectos no se realizasen. Aquélla era su hora, la de su venganza.
—Termina pronto lo que tengas que hacer con Latch —sugirió el frío Kennedy—. Y luego, habla de negocios con nosotros.
—¿Qué?
—Sí, ¿qué? ¿Qué va a tocarnos a nosotros?
Bruce, no me agrada ese tono —dijo secamente Leighton.
—Y a mí no me agrada tu manera de obrar. Lo que deseas es vengarte. No te importa ni siquiera un rábano el tener tierras o ganados o dinero... Pero a Sam y a mí nos importa.
Además, el hallazgo inesperado de ese oro ha cambiado el aspecto de la cuestión.
—Me lo repartiré con vosotros —dijo Leighton con ademanes de gran señor.
Si esperaba que sus dos compañeros le ofreciesen muestras de entusiasmo, obtuvo una decepción. Kennedy no se impresionó, y Breese se alejó de ellos para acercarse nuevamente a la hoguera.
—A mí me parece bien, si a Bruce le satisface —dijo volviendo la cabeza.
—¡Os habéis vuelto presuntuosos y exigentes... de re-repente! Bruce, ¿no eres capaz de ser rico sin engreírte?
—Nunca he tenido ocasión de probarlo. ¿Por qué no me ofreces una?
—Conforme, voy a ofrecértela... Vamos a ver qué te parece mi proposición: tan pronto como vengan Manley y Jacobs, podéis podéis ir a haceros cargo del rancho.
—Lo pensaré —contestó meditabundo Kennedy.
Leighton se puso en pie. Pareció hacerse repentinamente más alto y como si estuviera luchando con algún espíritu que le obligase a aplazar lo que se proponía hacer. Lo derrotó, y se transfiguró.
—Primo Stephen, ¿estás dispuesto a que hablemos de condiciones... —preguntó con voz estentórea.
Latch levantó la macilenta cara y clavó una dura mirada en su captor. Blue supuso que Latch habría sido privado del sentido a fuerza de golpes y que comenzaba a recobrarlo.
—Tengo todos tus papeles —continuó Leighton en tanto que con una mano señalaba en dirección al fardo que había sobre su silla de montar—. Todas las deudas que contrajiste en Campo de Latch..., todo me lo debes a mí ahora. Y lo mismo lo que debes a Dodge y Abilene.
—Bueno..., y ¿si así fuera?... replicó roncamente Latch mientras respiraba con dificultad—. No puedo pagarlas ahora.
—Tendrás que firmarme a mí la cesión de tu rancho.
—No... ¡Ladrón! —estalló Latch—. Me has robado el ganado. Robaste las manadas que vendí...
—No puedes demostrarlo, Latch.
—Conozco a un vaquero que podrá demostrarlo.
—¡Ese maldito Blue...! —exclamó Leighton, iracundo.
—No digo que sea él.
—No es preciso que lo digas, Latch. Lo sabemos —replicó Leighton con indignación—. Sé que te refieres a ese vaquero de ojos soñadores. Otro Lester Cornwall... Reconozco que nos ha engañado a todos, aunque no sé hasta qué punto... ¡Por los diablos! Ha matado al negro Johnson y a López, me ha robado, ha incendiado mis posesiones, ha herido a Kennedy... Y todo esto tendrás que pagarlo tú.
—No puedo pagar..., ya te lo he dicho.
—Lee, me meto en la conversación para decirte que acaso no hayan terminado todavía las hazañas de ese Slim Blue —le interrumpió agriamente Kennedy.
Leighton dirigió, sorprendido, unos juramentos a su camarada.
—¡Escuchad! ¡He oído algo! —dijo Breese mientras miraba a su alrededor—. Quizá haya sido el último extertor de ese mejicano contra quien disparé hace poco —añadió como para sí.
—O acaso haya sido un caballo. Jacobs y Manley deberían estar aquí ya —afirmó esperanzado Leighton. Y miró con ojos llenos de cólera hacia el desfiladero. El silencio siguió a sus palabras. Transcurridos unos momentos, los hombres se tranquilizaron. Leighton se aproximó a su alforja y extrajo cuidadosamente de ella unos paquetes envueltos en papel aceitado. Estos paquetes contenían papeles y plumas, que Leighton extendió sobre la roca.
—Tengo todo preparado, Latch. No tienes más que firmar... Bruce, cuando consienta en hacerlo, desátale las manos y busca algo plano para que pueda escribir. ¡Jo! ¡La muestra del carro! ¡Eso es! ... Latch, ¿por qué demonios te arriesgaste a venir aquí en busca de ese letrero del carro de Tullt?
Latch no contestó. Le era difícil tener que ceder. Blue sabía que los sacos de oro recién encontrados, que tenían un valor muy grande en aquella situación, no eran los factores determinantes de su vacilación.
—¿Qué es lo que pretendes, Leighton? —preguntó curioso Latch.
—Que firmes la renuncia a todas tus propiedades.—Y ¿si me negase a hacerlo?
—Te obligaría por la fuerza —gritó coléricamente Leighton—. Y te descubriré ante tu hija y ante todos los habitantes de la ciudad y de los ranchos.
—¿Me descubrirás ahora?
—Sí. Denunciaré ante todos tu asociación con Satana. Probaré tu participación en los asesinatos de los componentes de la caravana de Bowden y de otras caravanas.
—No podrás... demostrarlo —jadeó Latch. En su rostro se reflejaba un creciente terror. El sudor inundaba su frente y su cabello.
—¡Diablos! Mira ese montón de carros. Si necesitase pruebas, eso sería suficiente. Pero no las necesito. Puedo probarlo de otro modo. Sí, Latch, al fin te tengo entre mis garras.
Probaré a tu hija que eras el jefe de los asesinos y escalpadores de Satana..., que has sido durante mucho tiempo un forajido..., que construisteis Campo de Latch con dinero manchado de sangre... Probaré a tu hija que un bandido te casó con su madre..., que es una hija bastarda...
—Leighton, si accedo a firmar..., qué garantías tendré de que... de que jamás me harás traición? —preguntó Latch con un ronco susurro.
—¡Ja! Tendrás que conformarte con mi palabra, primo Stephen —declaró Leighton—.
Pero, en realidad, sé que me será más fácil y cómodo seguir cultivando mi rancho... si no digo a nadie la verdad sobre tu pasado.
—¿Cuántos hombres conocen la verdad?
—No muchos, Steve. Aparte yo, la conocen Manley, Jacobs, Bruce, que está aquí, y Breese. Y también aquel viejo kiowa, amigo tuyo, Ojo de Halcón. Mizzouri y algunos otros miembros de nuestra antigua banda se han vuelto honrados y no «graznarán)). De modo que si nosotros cerramos la boca, están a salvo.
—Fir... maré —decidió Latch.
Leighton parecía hallarse como ensartado en unas cuerdas metálicas y vibrantes cuando se dirigió hacia la roca para recoger un documento grande, que imitaba en su aspecto a los documentos judiciales, y lo desenvolvía. Luego introdujo la pluma en el frasco de tinta.
Breese había recogido el tablero del carro en tanto que Kennedy, armado de un cuchillo, se disponía a cortar las ligaduras que sujetaban a Latch.
—¡Ah! ¡Somos gentes de negocios los hombres de Tela de Araña! —parloteó volublemente Leighton—. Sam, acércale el tablero..., más cerca..., más bajo... ; así está bien.
Bruce, no cortes la cuerda. Es posible que la necesitemos. Desátale las manos.
Un momento más tarde, Latch estaba frotándose las manos. Se inclinó sobre el tablero, con el trágico rostro lívido, con el despeinado cabello cayéndole sobre la frente, y repasó el documento que Leighton mantenía bajo su mirada.
—¡Firma... aquí!-le ordenó Leighton con voz aguda.
Latch cogió la pluma y escribió con pulso firme. Cuando soltó la pluma, Leighton retiró el papel, leyó la firma con deleite, movió el documento en el aire para que la tinta se secase, y respiró con dificultad. Pero no miró a Latch en aquellos instantes.
—Bruce, átale de nuevo las manos —ordenó a continuación. Y envolviendo la escritura en el papel aceitado, se acercó a su alforja y la guardó cuidadosamente. Se arrodilló unos momentos después de haber concluido de hacerlo.
—He oído otra vez ese condenado ruido —murmuró Breese.
—¿Qué clase de ruido? —preguntó Kennedy.
—¡Que me muera si lo sé! ¡Un ruido muy pequeño y muy raro...! No es el ruido de un caballo. Este desfiladero debe de estar encantado.
Leighton se puso en pie de un salto, transfigurado súbitamente.
—¡Sí, debe de estar encantado! —gritó; y con largos pasos, se acercó de nuevo a Latch—.
Ya has saldado una deuda; pero quedan otras dos.
Latch se dejó caer contra el tronco del árbol y se dobló a pesar de las ligaduras. Luego inclinó la hirsuta cabeza, como si con este gesto quisiera indicar que se negaba a hablar.
El furor contraía la frente de Leighton con toda intensidad. En aquel momento de revelación, una terrible sinceridad, nacida de errores y de delitos, brilló en su rostro. Puso un dedo tembloroso sobre la lívida cicatriz que le cruzaba la sien y la mejilla izquierda,.., que deformaba tan horrorosamente sus facciones...
—Stephen Latch, pagarás «esto» con tu vida —gritó—. Pero no será antes de que hayas pagado tu otra deuda.
Los labios de Latch se contrajeron como para pronunciar una pregunta que no llegó a brotar de ellos. Sabía cuál era la otra deuda. Leyó claramente las intenciones de su enemigo.
Y una niebla pareció extenderse sobre sus facciones.
—¡Me robaste a Cynthia Bowden! —gritó Leighton bajo el imperio del furor que lo dominaba—. Latch, vivirás lo suficiente para verme descuartizar a su hija..., aquí mismo..., antes de que termine él día.
—¡Dios todopoderoso...! Leighton, ¡no es posible que seas... tan vil! ¡Mátame! ¡Mátame pronto...! ¡Acuérdate de tu madre..., de tu hermana...! ¡No martirices a esa inocente criatura!
—El quemarte vivo no me satisfaría. Conozco tu punto flaco. Por medio de Estelle, saldaré mi cuenta contigo, Stephen Latch... Jacobs y Manley la traerán aquí.
La hoja de acero penetró en el abdomen de Leighton..., levantó al hombre caído en su impulso... y le obligó a caer arrodillado...
Blue saltó de su escondrijo, con la pistola preparada. Pero ninguno de los tres hombres que estaban en pie pudo verle. Todos tenían la mirada puesta en el espectáculo que ofrecía Leighton, que intentaba detener con las manos el derrame de sangre.
Blue miró sólo un momento a Leighton. Saltó a un lado, para ponerse en una situación que le permitiera dominar tanto a Breese como a Kennedy, y dio rienda suelta a su contenido ardor por medio de un grito. Breese se volvió, describiendo un semicírculo con la pistola; el disparo de Blue hizo que el bandido cayese a tierra instantáneamente, y que su disparo se perdiese en el vacío. Kennedy se volvió más despacio, como si algo le impidiese obrar con rapidez, con una mano puesta sobre la cadera.
—¡Hola, Bruce! —dijo perezosamente el vaquero.
—¡Blue! —murmuró el forajido.
—Creo que sí... Y me parece que demasiado obsequioso... Debería haberte matado por la espalda.
El valor falló a Kennedy en el momento de desenfundar la pistola. Nunca llegó a oprimir el gatillo. Cayó bajo el fuego de Blue, con la boca y los ojos abiertos, privado en el último momento del espíritu de desesperación que le había ayudado a vivir.
Blue se acercó al ensangrentado Leighton, que, postrado, moría con rapidez. Latch se colocó a su lado y bajó la mirada hacia él. El kiowa fue el último en repetir la operación, y exclamó guturalmente:
—¡Ugggh!
Leighton conservaba aún el conocimiento cuando levantó la mirada hacia los tres hombres. ¿Dónde estaban ya su furor y sus pasiones? Se encontraba en los umbrales de las sombras, y lo sabía.
—Leighton, he de decirte que Jacobs y Manley no se apoderaron de la muchacha —dijo Blue lentamente.
El forajido comprendió perfectamente; pero el fracaso de su golpe definitivo no le importaba ya. Su convulsivo rostro se aquietó. Y sus ojos insondables pasaron de Blue a Latch, se volvieron y se apagaron.


XX
Cerca de la hora del crepúsculo del día siguiente, Latch volvió a ver su casa, como un hombre vuelve a ver en sueños el escenario de su infancia.
Blue y Ojo de Halcón le habían transportado desde el desfiladero de Tela de Araña.
Benson, Mizzouri, el abogado Bowden, los trajineros, Bradley y los vaqueros se congregaron a su alrededor, procedentes de la casa y de los encerraderos. Latch parecía hallarse en muy mal estado, pero aún conservaba la conciencia. Lo llevaron a su habitación y lo acostaron en el lecho que se hallaba próximo a la gran ventana occidental. El whisky reavivó su decaída fortaleza.
—Blue, ¿voy a morir? —preguntó con voz débil.
—No lo sé, patrón —replicó el vaquero—. Y si muere usted, no podrá ser a causa de la pérdida de sangre. Ese disparo que ha recibido usted no me habría impedido, si lo hubiera recibido yo, continuar trabajando como conductor de ganados. Pero usted se está comportan-do de una manera un poco rara...
—No tengo dolores... No siento nada... Estoy como muerto.
—Bien, iré en busca de Estelle —añadió Blue—. Benson, llame a su esposa. Quitadle las botas y las ropas. Tendrán que rasgarle la camisa, que está manchada de sangre, para quitársela. Véndenle la herida. No he podido extraerle la bala... Aféitenle y acicálenle un poco... Todos los demás que se vayan de la habitación. Ya sabrán todo lo sucedido mañana por la mañana.
—Blue..., ¡mira! —le indicó Latch mientras señalaba con una mano temblorosa la gran columna de humo que se elevaba en la distancia y oscurecía el crepúsculo.
—¡Es muy bonita! Es un fuego muy grande, patrón —respondió el vaquero en tanto que se asomaba a la ventana.
—Incendiaste... los carros...?
—Sí. Eran un montón de madera seca. Hace muchas semanas que no ha llovido por allá...
Ese fuego será tan violento, que derretirá hasta los pedazos más pequeños de hierro. No quedará después de él más que un montón de cenizas que muy pronto será cubierto por la vegetación.—¡La última huella... destruida!
—Sí, patrón; y su último enemigo, muerto —dijo Blue.— Es usted un hombre afortunado.
—¡Dios no se olvidó... de ella!
—No lo sé —dijo lentamente Blue, mientras sonreía fríamente.
—Blue, me equivoqué al juzgarte.
—¡Es natural! Soy un tipo difícil de juzgar... Pero el infierno ha concluido ya. No volvamos a hablar jamás de esto. Ésta es la vida de la llanura..., no hay modo de evitarlo...
Voy a buscar a Estelle. ¡Cuide usted de ser para ella el papá de siempre!
Latch permaneció quieto, mirando las nubes de humo que rodaban en la lejanía, que se encendían en oro y en rojo ante la negrura de las montañas. Era feliz. Únicamente había pedido una cosa al destino y a la vida: que salvasen a su hija. Pero había obtenido muchas cosas más.
La oscuridad comenzaba a adueñarse del valle y de la meseta en la parte occidental cuando, una hora después, la señora Benson encendió las lámparas y arregló las almohadas de Latch.
—Oigo caballos —dijo repentinamente.
Latch había oído ya el repetido golpeteo de los cascos, que se hacía poco a poco más intenso. Finalmente, se interrumpió, bajo la ventana del herido. Unos pasos rápidos sonaron en la escalera. Luego, un rostro hermoso, radiante aunque pálido, apareció en la puerta.
—¡Estie..., hija mía..., hija mía...!
—Oh, papá —gritó ella. Y se acercó al lecho con toda rapidez, cayó arrodillada, envolvió al hombre en un prieto abrazo, v aproximó su rostro al de él.
Cuando Blue subió la escalera, un poco más tarde, Latch tenía entre las suyas la mano de Estie, que estaba sentada a su lado.
—¿Qué me dices ahora? —preguntó Blue.
—Slim, querido, creí que me habrías engañado... otra vez —contestó ella—. Pero si mentiste, papá jura que es cierto.
—¿«Slim, querido»? —preguntó Latch, sonriente y sorprendido.
—Sí, papá —contestó Estie, en tanto que enrojecía.
—Es una cosa que Blue tendrá que explicarte cuando estés bueno.
—¡Ah, comprendo!
—No hay mucho que explicar, patrón —añadió Blue sin abandonar su habitual expresión de frialdad y de indiferencia—. Aquel mismo día en que la vi por primera vez, me volví loco por ella. Y eso es lo que me ha traído aquí y lo que me ha mantenido aquí.
—No es necesaria ninguna explicación, Blue. La familia Latch te debe más de cuanto podría pagarte...
—¡Ah! ... Oiga, no me llamo Blue.
—No, papá, no se llama Blue. Me gusto mucho el nombre que se puso cuando vino...
Slim Blue es un nombre muy bonito.
—Bien, entonces, si doy mi consentimiento..., ¿cual será tu nombre, en lugar del de «señora Blue»?
—¡!Si...»! Papá, no podrías negarlo.
—No podría, verdaderamente, Estie. Me hace feliz el poder otorgaros mi consentimiento y mi bendición. El nombre de Slim podría lo mismo ser Red, o White, o Blue; no importaría mucho. Los nombres tienen muy poca importancia en esta frontera. Lo que importa de un hombre es lo que él es. Siempre he deseado que te casases con un occidental. Serás rica.
—Heredarás un rancho muy grande... Y jamás he conocido un hombre —con excepción, quizá, de uno solo a quien yo te hubiera entregado con tanta alegría como te entrego a Blue.
—«Excepto, quizás, uno» —remedó Estelle—. Jamás lo habría pensado. ¿Quién fue ese hombre tan maravilloso, papá?
—Fue para mí como un hijo. Me salvé la vida más de una vez. Blue me lo recuerda mucho... También era tejano. Se llamaba Lester Cornwall.
—¡Dios mío!... Patrón..., ¿qué dice... usted? —balbuceó ansiosamente el vaquero, en tanto que su rostro se cubría de palidez.
—¡Papaíto!— exclamó Estelle, excitada—. Slim también se llama Cornwall. ¡Y tenía un hermano que se llamaba Lester. I —Sí, patrón. Es seguro que soy el hermano de Lester —añadió Blue, roncamente—. Hace muchos años... comencé a trabajar como conductor de ganados... sólo para poder buscarle. Y jamás cesé de buscarle... hasta que encontré a la hija de usted... Eso cambió mi vida... Si pudiera usted decirme algo acerca de Lester...
—Puedo decirte todo, hijo —replicó Latch rápidamente—. Encontré a Lester en 1863..., durante la guerra. Se había unido a unas guerrillas rebeldes. Era el joven más frío, más inquieto que he encontrado en toda mi vida. Dudo de que el mismo Billy el Niño tenga más valor que él... Después de la guerra fui de un lado para otro..., de un fuerte a otro..., desde los lugares en que se compra ganado hasta las ciudades... Lester no tenía interés en asentarse en ningún sitio. Pero cuando decidí convertir el Campo de Latch en un gran rancho, convino en venir conmigo..., en trabajar para mí... ¡Ah! Jamás pudo hacerlo... Lo mataron...
—¿Quiere usted decirme cómo sucedió, patrón? —preguntó roncamente Blue en tanto que hundía el rostro entre las manos.
Latch pudo frenar a tiempo la lengua. Vio de nuevo el maldito salón de juego y de baile de Dodge..., a la muchacha de los ojos de águila..., al desdeñoso Lester...
—Hijo, murió del modo que han muerto tantos y tantos hombres del Oeste —contestó Latch con un acento vibrante sobre la debilidad de la voz—: con la espalda apoyada en la pared..., con una pistola en cada mano..., ¡en mi defensa!
—¡Ahora..., me alegro de saberlo... al fin! —dijo con voz temblorosa Corny.
—¡Oh, papá, has vivido unos tiempos terribles! —murmuró tristemente Estelle—. Espero que ya hayan concluido... Corny, no te aflijas: tu hermano fue valiente; jamás cayó en el deshonor; estuvo junto a mi padre...
—Estie, ve a mi armario —le indicó Latch—. En el rincón... Esa vieja valija de piel... Busca entre las cosas que hay en el fondo... Encontrarás dos cinturones... Uno de ellos tiene dos pistolas. Tráelos.
Cuando Estie se aproximó, trayendo los dos cinturones, Latch continuó:
—Entrégaselos... Esto, hijo, es todo lo que pude salvar del equipo de Lester. Uno de los cinturones contiene dinero. Jamás ha sido abierto. Tómalo, así como las pistolas. Me alegro de poder entregarte esos recuerdos suyos... ¡Es una suerte que el joven que me quiso como a un padre fuera el hermano, del joven que va a ser mi hijo!
Latch abandonó el lecho pocos días más tarde y comenzó, ayudado de un bastón, a pasear de un lado para otro. En respuesta a la pregunta que se le hizo en relación con la bala que tenía alojada en el hombro, respondió que se proponía dejarla donde se hallaba para que hiciese compañía a la que de antiguo tenía en una cadera, con lo cual tendría algo de qué acordarse.
—Corny, ¿cómo te parece que podría explotarse este rancho? ¿Tienes alguna idea...? —preguntó Latch al regresar de los encerraderos y encontrar al joven en compañía de Estie.
—Sí, creo que tengo una buena idea —replicó el vaquero.
—Di tu idea, querido —le rogó Estelle.
—Muy bien: «Tu idea, querido».
Estelle levantó las manos decepcionada.
—¿Cuál es tu idea, hijo?
—No sé con seguridad si será muy buena... Pero creo que sí. Dice usted que Estie y yo hemos de ir al Este para cobrar esa condenada herencia suya... Bueno, en ese caso, podremos, alcanzar en pocos días a esa caravana que se dirige al Sur. Y en Santone yo recogeré los mejores conductores y guardadores de ganados que se han conocido... Bim Weaver... ¡Dios le bendiga! ... Y Red West-fall, y Long Tim Archer, y Fox Huggins, y... ¡maldito, sí! ... Gunsght Sharpe. Me comprometo a conseguir que sigan un camino recto... Los contrataré para toda la vida y les mandaré que vengan con las cinco mil cabezas de ganado que quiere usted.
—Me tu proyecto, Corny —declaró Latch.
—Son una gente un poco bravía... Pero, patrón, los necesitamos, y nos conviene que sean así. El robo de ganado ha llegado a estos terrenos. Es una cosa contra la que tendremos que luchar por espacio de varios años... Estie y yo regresaremos pronto...
—No, no vendremos pronto —le interrumpió con viveza la joven—. Papá y tus bravíos hombres se encargarán de gobernar el rancho. Éste será nuestro viaje de luna de miel, señor Cornwall. Y quiero sacar el mayor partido posible de él. Deberías estar encantado con nuestro viaje, en lugar de pensar únicamente en volver pronto para liarte a tiros con los ladrones de ganados.
—Estie, ese viaje me encanta; pero, por otra parte, tengo cierto miedo... ¡Si pudiera llevar mis botas y mi pistola...!
—Yo diría que no debes llevarlo.
—¡Maldición! Bueno, si puedo llevar mi sombrero... iré.
—Puedes llevar un sombrero nuevo, aunque sea tan ancho como este pórtico. No quiero que pierdas en seguida tu aire de occidental... Papá, ¿has estado alguna vez en Boston?
—Sí, hija. Allí es donde conocí a tu madre y me enamoré de ella.
—¡Oh! Pero creía que salvaste a mi madre de manos de los indios.
—También es cierto. Pero, de todos modos, la conocía con anterioridad.
—Tendrás que contarme algún día toda la historia... ¿Hay muchas muchachas guapas en Boston?
—¡Muchísimas!
—Corny es un muchacho tan voluble, tan inconstante y tan inexperto... —dijo Estelle con gazmoñería—. ¿Crees que podré sujetarle, papá? Quiero decir..., ¡Claro es! ... después de que estemos casados.
—Sí, supongo que sí.
—Entonces, lo mejor será que arreglemos el viaje... y a Corny— continuó Estelle, con ojos brillantes y las mejillas cubiertas de un rosado color—. Iremos hacia el Sur con la caravana.
Nos casaremos en San Antonio. Tomaremos el barco del Misisipí para ir a San Luis. Luego iremos en tren a Boston. Cobraremos la ¡condenada herencia! Intentaremos gastarla toda en Nueva York antes de regresar al Oeste... ¿Qué te parece mi idea, papá?
—¡Grandiosa!
—No conozco su opinión, señora —añadió Cornwall—. Pero todo lo que a usted se le antoja, me parece estupendo...
Después de la partida de los dos jóvenes, Latch intentó reanudar su antigua actividad, la rutina de su trabajo. Pero muy pronto descubrió que sus días de trabajo habían transcurrido ya. No podía perseverar en ninguna labor. Seguía queriendo a su rancho. Pero su primitivo interés y su afán declinaban.
En el tiempo previsto, llegó la manada de reses de largos cuernos, a cargo del más valiente, del más bravío sexteto de jóvenes tejanos que Latch viera jamás rcunidos en su solo grupo. Weaver no era ya un joven. Latch le tomó cariño inmediatamente, y este interés pareció mutuo.
Weaver y todos los muchachos tuvieron mucho que contar acerca de la boda de Corny .y Estelle, a la cual habían asistido. La carta que Estelle dirigió a su padre fue larga, amante, conmovedora e incoherente, en especial cuando se refería a aquellos infernales vaqueros y a sus estratagemas. Pero ya estaba casada, era inexpresablemente feliz, y seguía el camino de su nueva vida.
Esta carta marcó un momento crucial para Latch, up momento que pareció el final de una fase de su vida. Ya no se tomó ningún interés por nada, como no fuese en los acontecimientos de la frontera, a los cuales prestaba una diligente y extraña atención..
Paseaba por el rancho durante la mayoría de las horas más frescas del día y pasaba horas enteras en sus lugares predilectos, uno de los cuales era el asombroso banco situado a la orilla del primer estanque. Le agradaba pasear bajo los enormes nogales donde los kiowas habían solido acampar, o cruzaba las praderas donde había visto pastar a las reses. Las cosas pequeñas atraían su atención por largo tiempo los conejos, las abejas, las aves, las reses jóvenes. Soñaba mucho, y a la hora del crepúsculo se sentaba siempre junto a la tumba de Cynthia.
No volvió a invitar a nadie a su casa. El hospitalario comedor que había cobijado a tantos y tantos famosos infames personajes del Oeste, rojos o blancos, albergó a muy pocos más.
Junto al Campo de Latch, o a través de él, pasaron más viajeros que nunca. La ciudad crecía lentamente. La manzana en que habían ardido varias casas, se enorgulleció muy pronto de poseer nuevos edificios, no todos los cuales constituían un motivo de satisfacción o de alabanza para la comunidad. Hombres de mirada dura y boca obscena continuaron llegando a Campo de Latch.
Los acontecimientos de aquel período tuvieron un interés excepcional para Latch. Fue a la ciudad frecuentemente, siempre para recibir a alguna caravana o algún pelotón de soldados. El ahorcamiento de Mano Negra; la pelea de Adobe Walls, donde los rancheros tejanos rechazaron el ataque repetido de centenares de comanches; la extraña desaparición de una pequeña caravana entre Fort Lamed y el Paso de los Apaches; la elevación a la fama de que gozaban los malhechores de la frontera de Billy el Niño; el anuncio de la terrible guerra nacional de Lincoln; el duelo de Wild Bill Hickok contra cinco vaqueros de la ciudad de Hays; las murmuraciones de que el viejo Keese Chissum había sido primitivamente un ladrón de ganados; la noticia de que el rico granjero Settlee había sido ahorcado en Laramie, con gran honor de la comunidad que le había ayudado a elevarse y le tenía en gran estima..., todos estos rumores de sucesos y acontecimientos, y muchos más, que llegaban a sus oídos continuamente, parecieron obsesionar a Latch, y quedaron almacenados en su memoria, donde ya guardaba el recuerdo de tantos y tantos sucesos de la frontera y de su historia. Pero Latch era uno de esos hombres de la frontera que no hablan.
Lo que sucedía era que intentaba aprisionar en el fondo de su corazón todos los hechos y rumores que estuvieran relacionados con la historia de la frontera, con su desarrollo. ¡Qué extraño era el modo como unos hombres valerosos contribuían, en un turbulento período de una región bravía al progreso de un movimiento occidental de civilización! Jamás se perdonó su pasado ni encontró excusas para él, mas a medida que transcurrió el tiempo, a medida que los días se multiplicaron, comenzó a comprenderlo. ¡No era él quien debía ser censurado!
Los cazadores de pieles, los descubrimientos de minas de oro en California, las caravanas de trajineros que cruzaban las llanuras, la guerra civil, la invasión blanca del territorio indio, el sacrificio de los búfalos, los robos de ganado..., todo esto había influido en parte en el desarrollo del mal en el Oeste.
Por otro lado, Latch estaba continuamente atemorizado. El eterno remordimiento le impedía dormir. La angustia había muerto por sí misma aquel inevitable día del desfiladero de Tela de Araña. Pero a medida que se aproximaba más y más hacia lo que suponía que era su disolución, a medida que soñaba con ello, vivía más y másen el pasado. En las horas de oscuridad de la noche, permanecía despierto... y no estaba solo en aquella estancia. Al llegar la luz gris del alba, cuando los pájaros gorjeaban, recordaba sus vigilias en el desfiladero de Tela de Araña, junto a Cynthia... Aquellos días tan breves, constituían todos los momentos de felicidad que le era posible recordar. ¡Días que ya no podría volver a poseer! Pues en el mundo del espíritu le serían negados el amor y la compañía de su esposa. Había transgredido unas leyes, y Dios no podría perdonarle. En sus plegarias en favor de Estelle había ofrecido el sacrificio de su salvación, y tendría que pagar esta dcuda. Debería ser el montoncito de piedras desnudas situado en una costa oscura, con los alados demonios sobre la cabeza, las rocas retorcidas a sus pies, herido por las fieras espinas, y siempre y para sempre agitado por las tempestades plañideras que le empujasen hacia la horda de malos espíritus que moran en las tinieblas.
La carta de Estelle le animó, le hizo feliz por espacio de muchos días. Había sido escrita en los días centrales del verano. Y ya era otoño cuando la recibió. ¡Cómó pasaban los días! Latch leyó:
«Casa Hannover.»Boston, 21 de julio.
»Querido papaíto:
»Hace dos semanas que nos hallamos aquí y he estado tan atareada, que me ha sido imposible disponer de un minuto para escribirte. ¡Soy tan feliz al poderlo hacer ahora...! Pero pienso en ti continuamente, te quiero como siempre y rezo por ti todas las noches.
»Papaíto, Corny es una persona de quien se puede estar orgulloso... Pero he de decirte algunas cosas muy importantes. La cuestión de mis rentas ha sido completamente acordada.
La parte principal será puesta en el déposito hasta que yo cumpla los veintiún años.
Disfrutaré de las rentas..., ¡unos cuarenta cinco mil dólares al año! Y podré retirar del capital lo que necesite. ¡Hurra! Los documentos legales están en manos del albacea, pero me entregarán copias para que pueda llevarlas copmigo a casa.
»Las pruebas de mi herencia han despertado una tremenda curiosidad entre los Bowden y sus parientes. Puedes tener la seguridad de que me he negado a mostrarlas a todos los que me lo han pedido.
»Voy a hablarte de Corny. Cuando está vestido con ropas elegantes, es el hombre más guapo de todo el mundo. Pero tiene las piernas un poco torcidas y se empeña en llevar aquel sombrero ancho. Todos están locos con él. He conseguido modificar parte de su vocabulario vaquero, pero no hay nada que pueda hacerle variar ese tono lento, indiferente, y ese acento tejano.
»El tío John adora a Corny. Presta atención a lo que voy a contarte: el otro día, el tío nos invitó a cenar con él en un restaurante elegante. Corny tiene un aspecto distinguidisimo con traje de etiqueta. Lo difícil es conseguir que se lo ponga. Bien; fuimos a cenar. Había cuatro invitados, además, de nosotros dos. El tío John nos preguntó si querríamos tomar unas ostras de esas tan famosas de Cape Cod, y yo respondí: «Sí». Luego preguntó a Corny si le gustaba la salsa de tabasco. Mi querido esposo dijo: «¡Claro! ¡Me entusiasma!» Bien, ¿qué crees que hizo? Derramó alrededor de un cuarto de tabasco sobre las ostras, a pesar de los puntapiés que le di en las espinillas. Bien es verdad que siempre lo estoy haciendo.
»Luego Corny cogió una de las ostras y se la tragó. ¡Dios misericordioso! ¡Si hubieras visto la cara que puso! Le salió brillo, enrojeció, empalideció... Los ojos parecían ir a saltársele de las órbitas. Las lágrimas rodaron por sus mejillas...
»Tío John le preguntó: «¿Te ha gustado el raboseo?» Ya sabes que el tabasco es una pimienta muy fuerte. Y mi querido vaquero contestó heroicamente: «¡Claro que sí! ¡Es la mejor salsa de tabasco que he probado en toda mi vida!» Y cogió otra ostra más grande, la regó con una cantidad mayor de salsa (que después me dijo que sabía a setas), y se la engulló sin vacilar.
»El resultado fue terrible. Creí que Corny iba a reventar. Temí que muriera... Pero le serví un vaso de agua. Y luego otro. Y otro... No volvió a tomar más ostras.
»Pero la parte más pintoresca vino después. Corny no parecía él mismo aquella noche.
Estaba muy pensativo. A la mañana siguiente no se levantó para desayunarse, y cuando le llamé continuó tumbado.
»El tío John tenía algo que decirme. Estábamos desayunándonos y le vi alegre. Apenas podía contenerse. «Estelle, tu esposo me ha despertado a las cuatro de la mañana y me dijo que me acercase a la puerta porque deseaba hacerme una pregunta. Lo hice, temeroso de que estuvieras enferma. Tu esposo estaba tan sobrio como lo era su voz.
»—Tío John ¿qué demonios era esa mezcla roja que puse anoche en las otras?-me preguntó.
»Respondí que era salsa de tabasco.»—Salsa de tabasco, ¿eh? —repitió—. Bueno, es una cosa terriblemente caliente. Voy a comprar una cantidad muy grande para llevármela al Oeste y derramarla sobre nuestras tierras. Y entonces no habrá allá hielo ni nieve que nos llene de frío a los vaqueros...»

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