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jueves, 8 de junio de 2017

Espíritu De Conquista (Zane Grey)

Espíritu De Conquista
Zane Grey

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Las obras se ven dificultadas por dos obstáculos: los indios liderados por el jefe Caballo Pinto y un grupo de forajidos comandado por Jack Slade (MacLane). De ahí la necesidad de contar con el concurso de un especialista capaz de garantizar la seguridad de las personas, los materiales y las obras. Lang realiza sus tres westerns a partir de su afición al género, su interés por la historia del país, su fascinación por la mitología y la ética del viejo Oeste y la particular seducción que siente por los temas de la venganza y la redención. La relación de Lang con el western no es casual, no responde al imperativo de necesidades elementales y no se plantea contra sus gustos y preferencias. De ahí que sus tres trabajos dentro del género incorporen aportaciones personales que dejan en ellas su impronta singular.
¡PUEDE REALIZARSE!
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV

Zane Grey
ESPÍRITU DE CONQUISTA
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¡PUEDE REALIZARSE!
No hace mucho tiempo, el Presidente Abraham Lincoln levantó los ojos, profundamente cavernosos, hacia su amigo y visitante, Hiram Sibley, director de la Western Union Telegraph Company.
—Sibley, aunque su idea sea maravillosa, su realización parece fantástica y visionaria. Sin embargo, pediré al Congreso que conceda el crédito necesario para su ejecución.
He aquí la idea de Sibbley: tender una línea telegráfica a través de las Grandes Llanuras y de las Montañas Rocosas, hasta el Pacífico. Mucho antes de saber si el Congreso le ayudaría o no y de conocer si sus consocios aprobarían un proyecto de tal magnitud, Sibley llamó a su ingeniero-jefe, Edward Creighton, que acababa de regresar de un viaje de un año de duración a California.
—Oiga. Vea este mapa —dijo Creighton—. ¡Esto es! He aquí la línea del Camino de Oregón. La seguiremos. He hablado con rancheros y soldados, con cazadores de búfalos y jinetes del Pony Express. He hablado a los mormones. Hay millares de salvajes hostiles, millones de búfalos, centenares de millas de pradera sin árboles para hacer postes. El proyecto parece impracticable e imposible, pero puede realizarse.
El Congreso concedió solamente cuatrocientos mil dólares para la construcción de la línea telegráfica, lo que constituyó un terrible desencanto para Sibley y Creighton. Pero la construcción de una línea telegráfica que una al Este con el Oeste está en vías de ejecución. Y hoy señala el principio de la extensión de ese delgado alambre que nace en Omaha y se dirige hacia el Oeste, bajo la dirección de Creighton.


I
Era un día de verano del año 1861 cuando subí a una diligencia que se dirigía a Omaha, Nebraska; me encontraba al fin de mis recursos.
Volví a guardarme en el bolsillo el recorte del periódico que me había inspirado cuando más lo necesitaba. A los veinticuatro años de edad, todo cuanto intenté había fracasado lamentablemente. Tuve durante mucho tiempo dudas respecto a si podría haber en mí algo realmente valioso.
Mi padre quiso que fuera abogado; fui a Harward, estudié durante un año, y tuve que renunciar. Intenté estudiar medicina por espacio de otro año. El resultado fue el mismo. Me interesaba la medicina, pero no podía permanecer encerrado en un interior y estudiar. Aquellos dos años perdidos, no obstante, me revelaron lo que en realidad me sucedía. El deseo de mis padres y de mis parientes de que estudiase una carrera, o de que, en otro caso, siguiese la de los negocios había influido poderosamente en mí contra lo que verdaderamente anhelaba.
Necesitaba alejarme de Boston y de Nueva Inglaterra, marchar a cualquier lugar campesino, preferiblemente al Oeste, donde podría ser más libre. Mi madre era escocesa y decía que yo era como uno de sus hermanos, un highlander, un montañés que amaba las cumbres y los ríos y las contiendas de su país.
Aparte que era fuerte y voluminoso y ligero de pies, no tenía cualidades, que yo sepa, para la vida de los precursores y colonizadores del Oeste. Y, sin embargo, era el Oeste lo que me atraía a cada momento con más intensidad.
Por otra parte, había estado preocupado por los rumores que corrían acerca de una guerra entre el Norte y el Sur. La guerra era ya una realidad.
Mi padre era meridional de nacimiento y todos sus sentimientos eran de franca hostilidad para los yanquis. No creía que existiese razón alguna por la que no hubiera podido ser un buen soldado, puesto que en la vida del soldado había algo de libertad, de aventura y de peligro, circunstancias que me atraían. No obstante, hallándose mis padres divididos respecto al resultado de la guerra civil me encontraba entre la espada y la pared. Esto, unido a mi desventura y a mi disgusto, fue lo que me aiiimó a emprender el largo viaje hacia el Oeste.
Al mirar a mi alrededor, me di cuenta repentinamente de que era la primera persona que había subido a la diligencia. No se hallaba nadie más en ella, ni siquiera el conductor. Finalmente, comenzaron a llegar los restantes viajeros.
Había entre ellos dos soldados, uno con el grado de sargento; hombres curtidos por el tiempo; jóvenes toscos que, evidentemente, estaban recobrándose de los efectos de una intimidad demasiado estrecha con la botella; un hombre de ojos agudos que me pareció un ranchero, y una mujer rolliza, que debía de ser su esposa. Otro pasajero se había encaramado al asiento del conductor. El último de los que subieron, juzgando por su aspecto y por su rojo rostro, debía de ser un comerciante acomodado. Tomó asiento a mi lado.
Cuando nos hallábamos a punto de ponernos en marcha en dirección al campo abierto, un clamor de voces amigas se elevó para despedirse de nosotros y desearnos un buen viaje. No podía dudarse de que algunas de las personas que gritaban conocían a algunos de los pasajeros; pero, al darme cuenta de la intensidad del griterío, comprendí que la partida de aquel rechinante vehículo constituía un acontecimiento para los habitantes del pueblo. Y hasta me pareció que algunos de los adioses que sonaron iban dirigidos a mí.
El río Platte corría a nuestra izquierda. Su lecho era ancho y se componía de dos corrientes rápidas separadas por bancos de arena y bajíos.
Las orillas estaban pobladas de saucedales y algodoneros, que comenzaban a cubrirse de un verdor brillante. Por segunda vez vi el gran río, el ancho Missouri, cuyo cauce se hallaba completamente lleno de agua y cuya fuerte y revuelta corriente arrastraba innumerables maderos. También vi, a lo lejos, un barco de vapor con rueda de paletas.
Muy pronto nos hallamos alejados de la ciudad del río, corriendo a buena velocidad sobre una carretera llena de tránsito que parecía extenderse en el centro de cierta cantidad de caminos. En realidad había un espacio de alrededor de un centenar de yardas, o acaso más, que había sido hundido en una profundidad de varios pies por la interminable corriente de vehículos que sobre él se había deslizado. Había marcas antiguas y recientes a ambos lados de nuestro camino.
Comprendí en el acto que viajábamos por una de las ramas de la senda de Overland, que era el camino del Oregón y que era desde hace muchos años el de Independence, Missouri, a Oregón. Entraríamos en el camino principal de Oregón al llegar a Grand Island.
Mi asiento se hallaba inmediato a la abierta ventana, por la cual vi el retorcido río y la lisa pradera gris que se extendía hasta lo que parecía el infinito. A intervalos pasamos ante ranchos y yuntas de ganado diseminadas, mas nos hallábamos en las proximidades de la región mon-taraz. Vi patos silvestres en el agua, garzas azules en los lugares en que la profundidad era pequeña, guaridas de ratas almizcleras que sobresalían de la corriente, un número creciente de liebres y conejos y algunos animales grises, de poblada cola y que tenían un definido aspecto lobuno.
Miré y miré, sin cansarme nunca de la gris monotonía del escenario.
Pero no por ello dejé de oír ninguna de las escasas conversaciones de los pasajeros. El caballero que se sentaba junto a mí hizo afablemente algunas consideraciones acerca del tiempo y de lo agradable de nuestro viaje y finalmente me preguntó adónde me dirigía.
—Voy a trabajar en la Western Union —contesté.
—¡Ah! Es muy interesante... Yo mismo me he puesto en viaje para ver la marcha de los trabajos. Me llamo Williamson.
—Tengo mucho gusto en conocerle, señor. Yo me llamo Wayne Cameron y soy de Boston.
—Lo había supuesto —replicó el otro riendo—. Los naturales de Nueva Inglaterra somos fácilmente identificables. Soy de Nueva York. ¿Qué clase de trabajo va usted a efectuar para las compañías telegráficas?
—Todavía... no tengo ningún trabajo..., pero espero conseguirlo.
—No le será muy difícil. A causa de la guerra y otras circunstancias se tropieza con muchas dificultades para encontrar trabajadores.
Nos enredamos en una conversación durante el curso de la cual intenté hacerme tan agradable como me fue posible. Una de las cosas que Williamson me dijo fue que los trabajos de construcción habían comenzado ya en la costa del Pacífico bajo la dirección de un ingeniero llamado Gamble, quien debía construir la línea telegráfica del Este para unirla a la de Edward Creighton. Creighton había extendido su línea de alambre casi hasta Gothenburg.
Unos momentos más tarde, Williamson reanudó la conversación.
—Cameron —me dijo—, ¿tiene usted noticias del viaje de Creighton a través de las llanuras y de las montañas para estudiar el terreno y sus condiciones?
—Sí, he leído algo acerca de ese viaje —repliqué—. Me parece que ha sido heroico.
—Ha sido más que heroico. No he visto jamás a Creighton y me satisface el pensar que voy a conocerlo dentro de poco tiempo. Por lo que he oído decir, es un hombre maravilloso. Algunas de las líneas que ha construido en el Este no han sido unos trabajos fáciles ni muchísimo menos; pero esta idea de la línea occidental es extraordinaria. He oído a Hiram Sibley hablar acerca del viaje de Creighton a través de la vertiente, hasta la costa. No hay palabras que puedan describirlo. Tuvo que recorrer a caballo seiscientas o setecientas millas por las regiones más silvestres de la nación. Iba solo y no tenía mucha seguridad respecto a la dirección. Una parte del recorrido fue realizada en invierno, a través del valle de Humboldt. El viento huracanado arrastraba arena, tierra alcalina y nieve que se introdujeron en los ojos del jinete solitario hasta casi cegarle por completo. El rostro de Creighton mudó tres veces de piel. Cuando llegó a Carson estaba más muerto que vivo. ¡Es maravilloso, ciertamente, que no pereciera! Pero su magnífica constitución y su indomable voluntad fueron los factores que le permitieron cumplir hasta el fin el cometido que se había propuesto.
Me volví frecuentemente para ver la línea telegráfica respecto a la cual me llamó la atención en repetidas ocasiones. Los amarillentos y pelados postes, la sencilla línea de alambre que se extendía hacia el Oeste..., todo ello ¡parecía tan pequeño, tan insignificante, tan frágil para transportar el tremendo peso y la importancia de las comunicaciones rápidas entre el Este y el Oeste! Pero todo ello estaba allí, en aquel delgado alambre...; allí estaba el mágico mensajero del amigo de Hiram Sibley, el inventor Morse.
A la hora de la puesta del sol llegamos a un amplio rancho en cuya casa pasamos la noche.
A la mañana siguiente, a temprana hora, ya estábamos de nuevo recorriendo el camino del Oregón, hacia el Oeste; algunas veces nos era posible ver nuevamente el río Platte, y siempre teníamos a nuestro lado grandes extensiones de pradera, de tierras verdes que separaban unos ranchos de otros. Dentro de poco tiempo, ya no existiría ni un solo rancho.
Aquella noche, cuando nos detuvimos para pernoctar, lo cual hicimos en una aldehuela donde había un almacén, diversas chozas y una taberna, hice diferentes sugerencias al conductor de la diligencia. Le invité a tomar unas copas, y descubrí que era un hombre afable y muy interesante. El pasajero que viajaba a su lado había llegado a su punto de destino, y cuando me enteré de ello solicité su asiento.
Jim Hawkins, que tal era el nombre del cochero, desempeñaba su oficio desde hacía diez años, lo que me causó una profunda alegría, ya que supuse que podía constituir una mina de informes para mí. La posibilidad de sentarme a su lado durante las largas horas de la jornada me facilitaba la ocasión de hacerle preguntas.
A medianoche, cuando aún me encontraba despierto, oí el extraño y melodioso grito de los gansos silvestres que volaban en dirección al Norte.
Al día siguiente, que era luminoso y brillante me encaramé al asiento inmediato al del conductor. La pradera se extendía hacia el Oeste, tan verde y tan brumosa como la de los primeros días, pero se iba convirtiendo de modo gradual y apenas perceptible en más silvestre e inhabitable. Llamé la atención del cochero acerca de las nubes polvorientas del horizonte y de una línea larga e irregular que se alargaba sobre el terreno, todo lo cual era nuevo para mí.Bien, joven —contestó—, puede usted estar satisfecho de su vista. Cuando esos agudos ojos que tiene usted aprendan a conocer lo que ven, podrán salvarle la vida en alguna ocasión. Ésa es la primera caravana de carros que encontramos en nuestro camino. Y parece muy grande. De ahora en adelante, hasta llegar a Fuerte Kearney, encontraremos muchas más. Cuando no son muy numerosas, suelen llevar una escolta de soldados.
—El sargento que viaja con nosotros me ha dicho que los trabajos de construcción de la línea telegráfica se realizan bajo la protección de una guardia de dragones. ¿Es del todo necesario a causa de los indios?
—Casi completamente —replicó el conductor—. Los cheyennes comienzan a ponerse nuevamente agresivos, pero los más peligrosos son los sioux. Los encontraremos al oeste de Fuerte Laramie y a lo largo del Sweetwater y en el Paso del Sur. Estos indios descienden de las montañas del Wind River, roban por sorpresa, como los comanches, y se vuelven de nuevo a sus montañas, donde no hay soldados que puedan encontrarlos. Todas las tribus de pieles rojas alimentan cierto odio contra los blancos, lo que no es de extrañar. Y algún día, dentro de diez años, o acaso más, cuando los blancos comiencen a exterminar a los búfalos, todos los indios, desde los de Dakota hasta los de Río Grande, se levantarán en armas para luchar como demonios enfurecidos que son. Pues los búfalos son su medio de vida.
—Pero he leído que existen tres millones de búfalos —dije—. Es seguro que la caza de búfalos para apoderarse de su. carne y de sus pieles no tendrá una gran importancia en cuanto al número de los que puedan matarse.
—Creo que la tendrá —contestó Hawkins mientras negaba con un movimiento de la gris cabeza—. Los búfalos y los ciervos y toda la caza durarían eternamente si sólo fueran cazados por los indios. Los hombres blancos son devastadores, así como codiciosos y faltos de escrúpulos.
Conozco a un indio viejo que dijo en cierta ocasión que los hombres blancos son como manadas de puercos.
—¡Pero existe una cosa que llamamos progreso! —protesté—. América tiene que expandirse, que desarrollarse. La corriente del Imperio se extiende hacia el Oeste. Primeramente llegaron los misioneros españoles; luego los comerciantes en pieles; después los exploradores; luego los pioneros, los precursores, y los buscadores de oro... Y ahora tenemos la línea telegráfica.
Y tan seguro como el triunfo del telégrafo es que algún día habrá unos ferrocarriles que atraviesen el continente.
—Seguro, hijo, seguro; es cierto —replicó Hawkins—. Todo esto es tan cierto como que ahora estamos sentados aquí. Pero eso no borra el hecho de que ésta era la tierra de los hombres rojos, de que los blancos los hemos de-pravado con el alcohol, de que les hemos robado, de que continuaremos robándoles hasta que se rebelen y luchen contra fuerzas muy superiores; el resultado de la lucha será que los indios serán empujados hacia las vastas llanuras del Oeste. No puedo suponer de qué modo apreciará Dios esta cuestión. Pero esto es lo que opino que sucederá.
Aquella disertación del viejo cochero me proporcionó un concepto nuevo acerca del indio americano.
Avanzamos rápidamente para alcanzar a la caravana de carros. Antes de que llegásemos junto a ella tuve ocasión de contar los vehículos que la componían: eran sesenta y tres en total, todos arrastrados por bueyes. A ambos lados de los carros iban unos hombres a caballo. Los grandes vehículos parecían vivir y avanzar con el mismo espíritu que dominaba a los pioneros. Semejaban enormes barcos montados sobre grandes ruedas y con unas anchas cubiertas de lona parda. Sin embargo, acá y acullá podían verse carros que no llevaban la cubierta. Unos corrían por uno de los lados del ancho camino del Oregón y otros por el opuesto.
Cuando alcanzamos a la caravana, Hawkins disminuyó la velocidad de su tiro. Sin embargo, nuestra marcha fue todavía lo suficientemente rápida para que al pasar junto a los vehículos tuviéramos la impresión de que éstos se hallaban detenidos. Los enormes bueyes se inclinaban de uno a otro lado, con las cabezas inclinadas; los asientos de los conductores, además de los propios conductores, estaban generalmente cargados de chiquillos y jóvenes; acá y allá, veíase alguna mujer.
Cuando pasamos junto a ellos, los pioneros devolvieron las expresiones de buenos deseos y mejor suerte que Hawkins y los demás viajeros de la diligencia les dirigieron alegre y ruidosamente. Las aberturas redondas de las cubiertas de lona se animaron con la presencia de algunas mujeres jóvenes. Los que iban a caballo, hombres que, por regla general, viajaban solos, eran robustos e iban vestidos con las ropas imperfectas y toscas de los exploradores.
Al pasar junto a uno de los grandes carromatos pude ver a una hermosa joven que iba sentada al lado de un hombre forzudo— y de cabello gris que era el conductor. Su mirada se cruzó con la mía durante un momento; me pareció experimentar la impresión de que jamás olvidaría aquellos ojos ni el brillo de su abundante cabello. Agite el sombrero para saludarle y ella levantó una enguantada mano. Luego la joven desapareció de mi vista conforme avanzábamos y otros carros se interponían entre el suyo y nuestra diligencia. Miré y miré, mas no pude volver a verla. Me habría agradado que hubiéramos continuado avanzando junto a aquel vehículo durante todo el resto del día. Pero proseguimos solos.
Experimenté una impresión de angustia cuando comprendí que había visto una mujer a la que habría podido amar y a quien seguramente jamás volvería a ver.
El grupo de jinetes que acompañaba a los carros que abrían camino era más numeroso que los otros, y una media docena de hombres, o quizá más, armados de carabinas, rompía la marcha.
Nos adelantamos a los primeros vehículos de la caravana y nuevamente nos hallamos frente a las llanuras sin fin. Volví la cabeza para mirar hacia atrás en algunas ocasiones, y cuando, finalmente, la caravana desapareció en la distancia, suspiré y no volví a mirar. Aquella muchacha me había interesado. No olvidaría fácilmente el resplandor de sus ojos, el rubor que tiñó sus mejillas, el brillo de su cabello castaño ni el amistoso ondear de su mano.


II
En los días siguientes no hubo nada que ocupase el lugar de aquella seductora caravana de carros. Grand Island, adonde llegamos una noche, me pareció igual a los restantes puntos de estacionamiento de Nebraska, salvo que tenía más edificios, más luces y más habitantes. Allí fue donde tomamos el camino principal de Oregón, que era más ancho y profundo que los anteriores.
Nuestra primera parada fue en Fuerte Kearney, donde nos abandonaron los soldados que viajaban en nuestra compañía. El Fuerte de Kearney era solamente un cuartel, y me decepcionó.
Dejamos Kearney y continuamos hacia el Oeste. Un día vi a lo lejos un puntito moviente y unas nubecitas de polvo. Se hallaban a tan gran distancia, que no pude apreciar lo que serían.
—¿Qué es aquello que se aproxima, conductor? —pregunté.
—Si no me engaño —replicó después de mirar fijamente —debe de ser Jed Schwartz. Aquí es donde solemos cruzarnos. Jed es el jinete del Pony Express. Mi curiosidad aumentó sobremanera. Había oído hablar en muchas ocasiones del heroísmo de los caballistas del Pony Express, y en aquel momento tenía ante mí a uno de ellos, que se aproximaba con gran rapidez a nosotros. En aquella rarificada atmósfera del Oeste los objetos parecen hallarse a una distancia mucho menor que la real. Era sorprendente el ver cómo aquel punto negro moviente se agrandaba hasta adquirir las proporciones de un jinete y su caballo. Cuando se hubo aproximado más a nosotros, vi que el caballo corría estirado, bajo, de modo constante e igual, con las crines y la cola extendidas, y que la corbata del jinete semejaba flamear a la luz del sol y ondulaba a sus espaldas.
Hawkins dirigió sus caballos a la derecha para dejar paso al jinete del Pony Express, que se lanzó hacia nosotros con la velocidad del viento, con demasiada rapidez para que me fuera posible ver algo más que el movimiento que hizo con la mano para saludar a Hawkins, al mismo tiempo que profería un alegre grito. Nuestro conductor contestó con otro grito tan fuerte como el suyo.
Me volví para observar cómo se alejaba el caballo por la carretera. Era un animal grande y enjuto, veloz y fuerte; y el modo que tuvo de aumentar las distancias que le separaba de la diligencia, fue una cosa digna de verse.
Era la primera vez que yo contemplaba uno de aquellos veloces animales del Oeste, en donde los caballos son una cosa de importancia extraordinaria. Y después, en respuesta a mis apasionadas preguntas, Hawkins dijo:
—Supongo que esa línea telegráfica que usted va a ayudar a instalar significa el fin del Pony Express. Algunos buenos trabajadores se van a quedar sin ocupación, pero es de suponer que se alegrarán de poder conservar la cabeza sobre los hombros. Transportan actualmente el correo, al precio de cinco dólares por cada onza de peso. Los jinetes cambian de caballos cada diez millas aproximadamente y mantienen a los que montan a una carrera continuada desde cada una de las estaciones hasta la siguiente. Tardan solamente ocho días en llegar desde San Jo, en Missouri, hasta la Costa. He conocido a varios buenos jinetes del Pony Express. Jed Shwartz es uno de los mejores. Es un muchacho duro, audaz. Lleva siempre dos revólveres y dicen que se da buena maña para manejarlos.
—Me gustaría ser jinete del Pony Express —dije casi para mí mismo.
—Llega usted tarde para serlo —replicó el cochero, quien debía de haber oído mis palabras—. Pero se hartará usted de carreras y de disparos en el Oeste... si mis suposiciones no son equivocadas.
Hawkins era un hombre lo suficientemente locuaz para satisfacer la insaciable curiosidad de un advenedizo como yo era. Le hice más de un centenar de preguntas, y me reservé otra para formularla cuando nuestra amistad fuera más estrecha. La tal pregunta era cómo debería conducirme cuando hubiese llegado a la frontera. No tuve valor para preguntárselo todavía.
Al día siguiente encontramos una nueva caravana, más pequeña que Ja anterior, compuesta de vehículos que transportaban postes telegráficos.
Me alegré mucho, ya que el encuentro parecía indicar que me hallaba próximo a mi punto de destino. Llegamos a Gothenburg unos momentos después del anochecer. Las mismas luces amarillas, la misma carretera polvorienta, las mismas chozas y tiendas de campaña, —las mismas fachadas de madera que ya se me habían hecho familiares parecían componer aquella ciudad de Gothenburg.
—Éste es un lugar de vicio y corrupción, hijo-me advirtió Hawkins con gesto despectivo—. No le aconsejo que deje de ver todo lo que se le presente, pero tenga mucho cuidado con los pasos que da. Creo que el campo de construcción debe estar muy cerca de aquí, y que la ciudad estará llena de animación. Desde luego, todos le tomarán por un advenedizo, por un inexperto. Es cosa de la que ningún recién llegado se libra. Cuando entre en el garito de juego de Red Pierce, si tiene algún dinero, mire las caras pintadas de las mujeres y aléjese a toda prisa de las mesas de juego.
La taberna en que se alojaban los viajeros era antipática vista desde el exterior, pero interiormente resultaba cómoda y agradable. La habitación y su lecho eran buenos, y la cena, a la que hice justicia, también. Había dos muchachas sirviendo a las mesas, y una de ellas era decididamente bonita.
Tenía unos ojos picarescos y expresivos, y me recordó a la joven del carromato, la que me había dirigido una sonrisa y un saludo. Comencé a sospechar que cuanto más me alejara de ella, tanto más fuerte sería mi pesadumbre.
Después de cenar me decidí a dar un paseo por la calle y a conocer la ciudad. Cuando salí, Williamson se acercó a mí y me dijo con satisfacción:
—Bien, Cameron, ya hemos llegado. Los talleres de Creighton y su campamento provisional se hallan a pocas millas de aquí. La ciudad está llena de trabajadores. Voy a hacer investigaciones sobre Creighton; y si viniera a la ciudad, le hablaré de usted.
Le di gracias y saliendo al camino de tablas intenté habituar los ojos a la opaca oscuridad, que apenas era rota por las luces amarillas. A la puerta de la taberna, atados a los hierros de la barandilla, había varios caballos ensillados. Vi algunos peatones, pero no los suficientes para que se justificase el ruido que parecía provenir de la plaza principal situada al final de la calle.
Comencé a caminar en aquella dirección y encontré un abigarrado conjunto de hombres compuesto por una veintena, más, acaso. Había algunos ganaderos y vaqueros, pero, en su mayor parte, los peatones parecían agricultores.
Un poco más adelante llegué ante un amplio y tosco edificio construido de tablas y que se destacaba por razón de la gran cantidad de hombres que salían por el ancho hueco de su puerta abierta y por la cantidad no menos grande que en él entraba o salía. Vi una muestra pintada sobre la puerta, en la que con letras imperfectas se leía: «Red Pierce».
Entré con pulso acelerado en lo que era el primer garito de juego que visitaba en el Oeste. Todo lo que había supuesto resultaba diferente a lo que la tal casa de juego era en realidad, pero no me sentí decepcionado. El salón era enorme, tenía tres lámparas grandísimas colgadas en el centro y un largo mostrador a izquierda, ante el cual había un grupo numeroso de hombres que bebían, reían y hablaban.
A la derecha, frente al mostrador, se hallaba cierta cantidad de mesas, en torno a las cuales se sentaban unos jugadores; y otros permanecían en pie tras ellos. Oí el ruido de la rueda de la ruleta, el sonido musical de las monedas; mas si los jugadores hablaban, si entre ellos sonaban algunas voces, sus conversaciones o sus gritos eran ahogados por el clamor que promovían los bebedores.
En aquel momento comenzó a sonar una música muy animada. Miré hacia el fondo del salón, y vi que varios hombres se encontraban en pie ante un espacio en el que bailaban varias parejas. Vistas desde aquella distancia, las mujeres parecían atractivas. Todas tenían el rostro blanco, los labios escarlata y los brazos desnudos.
En torno a las mesas de juego había espectadores, y me uní a ellos para observar el desarrollo de la partida. Cuando me cansé de este espectáculo, me retiré y me aproximé al fondo del salón con el fin de ver a los bailadores. No se me ocurrió pensar hasta que una de las muchachas me miró fijamente, como si pretendiera pasarme revista, de pies a cabeza, que seguramente mi presencia llamaba la atención, que mi aspecto me distinguía del de los restantes miembros de la multitud. Me resultó enojoso; mas recordando el consejo de Hawkins, decidí quedarme donde y como me hallaba. Lamenté tal decisión tan pronto como el baile concluyó y una de las muchachas se acercó a mí. No recuerdo que en toda mi vida se me haya mirado tanto como en aquellos momentos.
—¿No quieres bailar? —me preguntó la joven en tanto que me dirigía una sonrisa. Tenía una voz dulce y agradable, y no me pareció, de ningún modo, una muchacha como las que suelen hallarse en los salones de baile.
—Sí —respondí—. Me agradaría bailar, pero soy forastero, acabo de llegar y creo que...
Y como viera que dudase, la joven me asió de un brazo y me interrumpió:
—Eres forastero, no hay duda, pero eso no importa. Todos los días llegan aquí forasteros. Vamos a bailar. Espero que muy pronto conseguiré que te encuentres como entre tus propios amigos de siempre.
Estaba a punto de rendirme a su sugerencia, y no sin agradables sensaciones, cuando la joven me fue arrebatada rudamente por un hombre alto y cetrino, un camorrista de aspecto y que, evidentemente, se hallaba bajo la influencia de las bebidas.
—Ven conmigo, Ruby —dijo con voz espesa—. ¿Qué diablos te propones al acercarte a ese novato? Me habías prometido este baile.
Y tiró de ella y la alejó de mí, aun cuando no pudo impedir, a pesar del apresuramiento con que lo hizo, que yo me diese cuenta del disgusto de la joven. Ruby me lanzó una sonrisa amistosa que fue, por no decir más, muy prometedora para mí. No me impresionó mayormente la interrupción, puesto que no me habría agradado bailar, pero la ordinaria referencia a mi calidad de novato, me irritó sobremanera, por lo que pensé que lo mejor que podría hacer sería alejarme de aquel establecimiento. Y ya estaba a punto de salir a la calle cuando algo me detuvo; y me dije: «¡No! ¡No quiero marcharme! Si así es la vida del Oeste, debo intentar familiarizarme con ella lo antes posible!»
Y me dediqué a observar a los jugadores durante varios minutos. Se me acercaron diversos, ninguno de los cuales tenía aspecto de trabajador, que me miraron con ojos escrutadores, como si pudieran atravesar con la mirada el tejido de mi ropa y ver el interior de mis bolsillos. Me invitaron a que participase en este juego o en aquél, pero decliné los ofrecimientos.
Cambié de posición y me situé tras uno de los jugadores que se hallaban sentados en torno a la mesa de la ruleta. Durante algunos momentos nadie me molestó. Luego observé a los jugadores de póquer, sobre la mesa de los cuales había muchas monedas de oro con el águila doble y fajos de billetes. Era una partida importante. Y los tres hombres que acompañaban a los dos que vestían unas ropas negras, no tenían tipo de labradores.
Luego mi atención fue atraída, lo mismo que la de todas las personas que ocupaban el local, por el estruendo de una riña que se desarrollaba en el exterior. Sonaron voces fuertes, el ruido de rudas botas y un disparo, tras lo cual renació el silencio. Los jugadores reanudaron sus juegos y unos cuantos hombres se separaron del mostrador para mirar desde la puerta y ver lo que podría haber ocasionado el barullo. Me uní a ellos, mas no pude descubrir signo alguno de lo que seguramente había sido una pelea.
Resultaba evidente que barullos como aquél eran corrientes en Gothenburg. Y tan corriente como aquel hecho era la circunstancia de que todos los hombres llevasen armas. Pregunté a un espectador si había agentes de la ley en la ciudad, y el preguntado me respondió con una carcajada. Esto no resultaba muy satisfactorio. Entonces me pregunté si no habría sido prudente seguir el consejo del cochero, Hawkins, que me comprase un revólver.
En aquel instante, cuando comenzaba a alejarme de las mesas de juego, se me acercaron tres hombres, uno de los cuales era el camorrista que me había arrebatado la muchacha de entre los brazos, quien dijo al hombre que se hallaba en el centro algo acerca de que yo era el «socio», o algo por el estilo. Este hombre central del trío, era bajo y tenía una frente estrecha y unos ojos prominentes.
—¿Eres forastero, eh? —me preguntó—. ¿A qué diablos has venido aquí?
—Eso es cosa mía —contesté secamente.
—Oye, forastero, no es conveniente para los forasteros, especialmente para los novatos, contestar descortésmente en estas tierras.
—No he querido ser descortés. He contestado en el mismo tono en que se me preguntó.
—Bueno; hueles a yanqui por todas partes, compañero. Y si no fuera por el olor, podríamos saber que eres yanqui por tu manera de hablar.
Soy yanqui, ciertamente —repliqué comenzando a ponerme nervioso.
—Bien, ¿y si nos convidases a unas copas...? —sugirió con insolencia.
—No haré nada parecido. Y si quisiera convidar a alguien escogería las personas que hubieran de acompañarme a beber.
—¡Oye, oye, novato! —exclamó el camorrista de rostro cetrino—. Eso es un insulto. Y me parece demasiado después de haberte propasado con mi novia.
—¡Usted está loco... o borracho! —repliqué acaloradamente—. No me he propasado con ninguna mujer.
Y entonces, sin más ni más, mi antagonista me abofeteó; y no puedo decir que lo hiciera suavemente. El golpe me asombró y me enfureció a la vez. Tomé impulso, me lancé contra él y le descargué un golpe que le hizo caer patiabierto al suelo. Algunos de los jugadores interrumpieron su juego para ver el incidente, mas en seguida lo reanudaron, en tanto que muchos de los espectadores reían. Aun cuando estaba mirando cómo mi enemigo se levantaba lentamente del suelo, pude ver con el rabillo del ojo que dos figuras entraban de la calle y se colocaban a mis costados. Una de las dos figuras era alta y delgada; la otra era corta y patizamba. Ambas desaparecieron del radio de mi vista, pero supuse que se interesaban por mi encuentro con aquel trío y me molestó la idea de que se situasen detrás de mí. Pero no podía volverme en aquel momento, ya que el hombre que me había acometido sacaba en aquel momento, el revólver y me apuntaba con él a los pies.
Novato, te ordeno que nos convides a beber y que bailes para divertirnos.
—¡No haré nada de eso! —grité enfurecido.
—¡Sí! ¡Lo harás! Da unos pasos de baile... o te perforaré una pierna.
—¡Váyase al infierno! ¿No estamos en un país en que impera la libertad?
¿Quién es usted para amenazarme con un arma solamente porque no quiero ponerme en ridículo?
—¡Danza, pardillo! —aulló demoníacamente. Y su revólver escupió una llamarada roja y produjo un ruido estrepitoso.
Sentí la quemadura de una bala, que me produjo una rozadura sobre el tobillo. Me encontré aturdido y repentinamente entregado a dos sentimientos : la furia y el terror. Mi enemigo había atraído la atención de todos los presentes, y resultaba indudable que se disponía de nuevo a dispararme a los pies. Yo no sabía qué hacer.
No tengo ni siquiera la menor idea de cómo habría reaccionado en aquella situación. Pero la necesidad de tomar una decisión me fue evitada por una voz que sonó a mis espaldas y que pronunció una vibrante palabra que no pude entender. Y entonces brotó el disparo de un revólver, también a mis espaldas. El camorrista dejó caer su arma, lanzó un grito de dolor y se llevó con rapidez la mano derecha al hombro. Vi que de entre sus dedos brotaba sangre. Súbitamente, el bravucón se transformó en un hombre diferente cuyo rostro mostraba las angustias del dolor y un miedo extraordinario.
Desde uno de mis costados, las dos figuras avanzaron hasta ponerse bajo mi vista. La más alta llevaba en la mano un revólver humeante, y mientras avanzaba, señalaba con él hacia el suelo.
—Ésta es la segunda vez que me ha molestado usted hoy —dijo despacio, con voz fría en la que se percibía claramente un acento meridional—. ¡Tenga cuidado con no hacerlo por tercera vez!
Y el humeante revólver señaló de nuevo hacia el suelo. Los tres malhechores, en el caso de que realmente lo fueran cumplieron con toda rapidez la insinuación que les hacía. Uno de ellos recogió el arma que yacía en el suelo, y los tres salieron del local atropelladamente. Y el repentino silencio que se había producido se rompió entonces por el sonido de las voces y por ruido de la ruleta.
Dejé de mirar a mis agresores para hacerlo con quien me había salvado.
Estaba enfundando el revólver y tenía la vista fija en los hombres que se hallaban en el mostrador, algunos de los cuales habían protestado por el barullo promovido.
—¡Muchas gracias! ¡Me ha hecho usted un gran favor! —dije cuando el hombre volvió el rostro hacia mí. Era un rostro juvenil, liso, tostado, de singular atractivo. El compañero de este hombre se dirigió a mí.
—Ese hombre le habría herido —dijo—. Me parece que tiene usted la pierna un poco temblorosa; permítame que se la reconozca—. Se arrodilló en el suelo y pasó las manos por mi pierna izquierda—. ¡Ah! Tiene un agujero en el pantalón... Pero no hay sangre...; sin duda le ha producido una quemadura solamente. ¡Bien puede decir que ha tenido suerte! La bala podría haberle roto un hueso... —Se puso en pie, tenía el rostro, rojizo y ordinario, fruncido por una mueca burlona—. Supongo que ésta debe ser la primera vez que ha sentido usted la impresión que produce un trozo de plomo caliente...
—Lo es, ciertamente —contesté aplacado.
—Le ha faltado sólo un pelo —continuó—. En la mayoría de las ocasiones, los recién llegados tienen que pagar mucho más caro su error de meterse en algún lugar donde no debieran haber entrado.
—Sé muy bien que soy un novato, señores; pero, de todos modos, no sé cómo habrían reaccionado en mi situación.
—No lo hizo usted mal —replicó amistosamente el hombrecillo—. Hemos estado escuchando y observando lo que sucedía. Ha dado usted un buen golpe a ese matón, y me regocijé mucho al ver cómo caía al suelo. Cree que es el propietario de esa bailarina, de Ruby, y se equivoca de medio a medio.
La muchacha se ha mostrado muy simpática conmigo y con Vance, que es este amigo mío.
—Oiga, desconocido, ¿quiere usted beber unas copas con nosotros? —preguntó el hombre alto.
—Sí, muchas gracias. Lo cierto es que necesito reanimarme un poco.
Y el hombre me precedió camino del mostrador, donde los bebedores se apresuraron a abrirle paso. Un instante después los tres nos encontrábamos cara a cara y teníamos unos vasos en la mano. Creí que había llegado el momento de hacer mi presentación.
—Me llamo Wayne Cameron y soy de Boston. He venido en busca de trabajo en la línea telegráfica.
—No necesitaba usted decirnos, Cameron, que es yanqui —replicó el hombre bajo mientras reía—. No es una recomendación para andar por aquí...
Mi compañero, Vance Shaw, es un rebelde acérrimo, y yo soy de Missouri.
Pero es probable que eso no sea obstáculo para que hagamos buenas migas.
¡Ah, lo olvidaba! Yo me llamo Jack Lowden.
Estreché las manos de los dos hombres. Había una gran similitud en los apretones de manos de ambos, pero una gran diferencia en cuanto a fuerza física. La mano de Lodwen era basta y callosa, pero ejercía una presión fuerte y amistosa. La de Shaw era delgada y fina, aunque apretaba como si fuera de acero. Después, procedimos a tomarnos las bebidas.
Supongo que ustedes deben de ser vaqueros —dije en tono interrogativo.
—Sí, trabajamos como vaqueros... en lo que se refiere a montar a caballo y a disparar tiros.
—¿Me permiten que los invite a otra copa? —pregunté.
—No, gracias. Una sola es suficiente —contestó Shaw—. ¡Vámonos de aquí! Ruby ya me ha visto, y supongo que quiere acercarse a nosotros. Si volviéramos a bailar, me vería obligado a «darle lo suyo» a ese bravucón.
—¡Que se vaya al infierno! —exclamó Lowden—. Ya deberías haberlo hecho anoche. ¡Cómo! ¿Vas a renunciar a la amistad de esa muchacha, solamente por culpa de ese carcamal? A ti te gusta la chica, ¿no es cierto?
—Sí, es cierto —replicó Shaw, pensativo—. ¡Mucho más de lo que debe gustar una bailarina a un hombre como yo! Pero no tiene más que diecisiete años... Es todavía una niña inocente... y me da lástima. Ya te dije, Jack, que no me seduce el ambiente. Me parece que en este salón de baile hay gato encerrado... Si estuviera aquí un poco más de tiempo... Ya me conoces compañero. No me sería posible contenerme y...
—Acaso sea ésa precisamente la razón por la que no debieras marcharte —afirmó secamente Lowden—. Bueno, vámonos.
Salimos a la calle y nos detuvimos bajo la brillante luz, a la derecha de la ancha puerta de entrada, donde invité a mis nuevos amigos a que me acompañasen a mi hospedaje para charlar, fumar y beber amistosamente.
—Me agradaría mucho —contestó Shaw—. Pero quedémonos aquí durante unos momentos. Estoy esperando a alguien.
—Oye, compañero, casi desde que salimos de Río Grande no has dejado de buscar a ese hombre de Texas —dijo Lowden con desdén—. Nunca lo encontraremos por aquí.
Nos entretuvimos ociosamente ante la casa de juego, y mientras mis amigos inspeccionaban detenidamente a los transeúntes que deambulaban de un lado para otro, aproveché la oportunidad para examinar a ambos con una atención que jamás recuerdo haber dedicado a ninguna otra persona.
Shaw era alto y esbelto; pero al mirarlo detenidamente se apreciaba que era un hombre de magnífica constitución, de anchos hombros y caderas estrechas; cuando hacía algún movimiento, los músculos de las piernas y de los brazos se le marcaban a través de las ropas. Llevaba unos zahones azulados muy usados y polvorientos en algunos lugares. Olía a cuero, a carne de caballo y a humo. Calzaba unas botas altas y de altos tacones muy destrozadas.
Su cinturón era oscuro por completo, excepto en aquellos lugares en que brillaban los extremos de las balas, y el fundón, también oscuro, ocultaba por completo el revólver, con excepción del extremo de la negra culata. Este fundón y el arma pendían de manera poco ostentosa hasta más abajo de la cadera; y pude ver que el cinturón en que portaba los proyectiles lo tenía colocado algo más bajo que el que le servía para sujetarse los pantalones. Sobre la camisa llevaba un chaleco indefinible, también de color oscuro, y su sombrero de anchas alas aparecía polvoriento y lleno de agujeros. Éste, sin embargo, no llegaba a cubrirle el cabello, que era rubio y muy espeso.
A pesar de sus sorprendentes ropajes, lo que más me fascinaba era su rostro. Tenía un perfil limpio como el de un camafeo, oscuro, frío y al mismo tiempo juvenil. No obstante, visto en la sombra, aparecía ajado. Volví a percatarme de que poseía los ojos más extraordinarios que jamás he visto.
Debía de ser un hombre tan excelente como me había parecido en los primeros momentos; y le dediqué toda mi simpatía con emoción nueva.
Lowden era también notable por su aspecto, aun cuando ofrecía desde todos los puntos de vista un vivo contraste con su compañero. Era pequeño de estatura, rechoncho y fortísimo, tenía unos brazos demasiado largos para su cuerpo, y las piernas ligeramente arqueadas, sin duda como consecuencia de haber montado mucho a caballo. Cuando se hallaba en reposo, su rostro era feo y arrugado. Tenía los ojos azules y en ellos había la misma expresión que caracterizaba a los de Shaw, aunque no tan intensamente marcada.
A medida que estudiaba más y más a aquellos dos meridionales, me propuse hacer todo lo posible por conquistar su amistad. Shaw se hallaba silencioso, en tanto que u compañero, que vigilaba tan atentamente como él, hacía cáusticas observaciones acerca de los transeúntes. Repentinamente, el tono de Lowden demostró que el hombrecillo se hallaba interesado por algo.
—¡Oye, compañero, oye! ¿Ves aquel vaquero que viene en esta dirección?
Me parece que va a acercarse a nosotros. Parece que debe hallarse en mala situación. Roto, sucio, sin afeitar, y como si hubiera dormido entre los zarzales...
Volví rápidamente la mirada hacia el individuo a quien Lowden describía. Se aproximaba a nosotros, primero como dudando, luego con más decisión. Debía de ser de nuestra misma edad aproximadamente; pero su rostro macilento no permitía formar un juicio concreto respecto a este extremo. Tenía unos ojos orgullosos, en los cuales me pareció ver una sombra de esperanza, y se detuvo ante nosotros.
—¡Hola, vaqueros! —dijo—. Perdonadme si os molesto, pero sois los primeros vaqueros con aspecto tratable que he encontrado.
—Buenas noches —respondió Jack en tono amistoso—. Sí, somos bastante tratables.
—Deseo preguntaros si queréis comprar un caballo muy bueno.
—¿Qué le sucede al vaquero para que quiera vender su buen caballo? —contestó concisamente Shaw.
—¿Qué demonio supones? —replicó con enojo el vaquero, como si hubiera comprendido la insinuación—. He ido de un lado para otro, de rancho en rancho para arrancar hierbajos durante varios días... Y los ranchos y los terrenos de agricultura están muy lejos unos de otros, y son muy escasos...
Y estoy casi muerto de hambre.
—Me parece una razón suficiente —respondió Shaw, pensativo—. No te compraremos tu hermoso caballo, pero intentaremos hacer que puedas comer algo. ¿Es eso lo que deseas?
—Gracias, vaquero... Hace tanto tiempo que no deseo otra cosa, que ya he olvidado lo que es buscar trabajo.
Mientras los dos hombres, que eran casi iguales en estatura, hablaban, Lowden dio un paso adelante y se situó entre ambos.
—Vaquero, no podrías haber encontrado mejores personas que nosotros, si no está mal que yo mismo lo diga. Puedes hablar o no, según te parezca más conveniente. Mi compañero es de Texas, y yo soy su mano derecha.
Este otro muchachote que está con nosotros es un yanqui que acaba de llegar al Oeste; pero suponemos que es una buena persona.
—No me importaría hablar después de haber comido y bebido —contestó el desconocido.
—Perdóname que haya sido tan brusco. Toma este dinero. En esa casa de al lado hay un figón donde dan buena comida. Entra y hártate. Nosotros esperaremos aquí durante un rato... si es que quieres volver a vernos.
El vaquero cogió el dinero con una expresión de agradecimiento y, sin decir una sola palabra más, abrió la puerta de la casa de comidas y entró.
—Vance, ¿qué piensas acerca de ése? —preguntó Lowden.
—¿De quién? —respondió su compañero.
—¡Maldito tonto! ¿Ha comenzado a agriarse en tu pecho la esencia de la bondad humana?
—No, Jack, creo que no; pero me parece que empieza a tener un sabor un poco amargo.
—¡Eres un embustero, condenado! —replicó Lowden.
—Cameron, ¿qué piensa usted acerca de ese hombre que se ha acercado a nosotros?
Requerido de este modo, expuse francamente la impresión que el hombre me había producido. Lowden lanzó un resoplido de satisfacción cuando terminé.
—Oye, compadre. Nuestro amigo, el novato yanqui, es buen observador.
Ese hombre es un caso desgraciado. ¿No es cierto que parece un fugitivo?
—Así me lo ha parecido. Ese vaquero ha matado a alguien, y no hace mucho tiempo. Pero yo no diría por eso que sea un criminal.
—Tampoco lo diría yo, compañero; pero va sabes que nosotros, los vaqueros de corazón tierno, hemos cometido errores antes de ahora. Como quiera que sea, esperemos un poco para ver lo que nos dice.
No se habló más por el momento, y los dos vaqueros reanudaron el examen de los transeúntes. Me sentí inclinado a hacer lo mismo. Encontré que me resultaba difícil adoptar una actitud en consonacia con mis nuevos amigos, el tiempo y el lugar. Mi principal interés no se relacionaba con el alejamiento de Nueva Inglaterra, pero súbitamente descubrí en mí instintos y sentimientos que jamás había sabido que poseyera. Intenté formar un juicio respecto a cada transeúnte que se acercaba, de modo que me fuese posible identificarle como vaquero, obrero, caballista, jugador y así sucesivamente. Ya no pasaban por la calle tantos transeúntes como en las primeras horas de la noche.
Encontré un gran placer al ver que una pareja de indios se aproximaba.
Estaban muy lejos de ser como los ejemplares sublimizados y románticos que mi imaginación había imaginado. Llevaban los cuerpos, cortos y gruesos, cubiertos por amplias mantas; el negro pelo les caía sobre las espaldas, y sus rostros atezados resultaban interesantes, mas no atractivos.
Cuando pasaron ante nosotros, Lowden dijo en voz baja y como para sí :
—¡Malditos pieles rojas!
No vi ni una sola mujer en la calle durante la media hora que en ella permanecimos. Probablemente, habría muy pocas mujeres en la población.
Sentí curiosidad por ver nuevamente a la muchacha del salón de baile, Ruby, y de pronto mi imaginación fue acometida por el recuerdo de la joven a quien había visto en uno de los carros de la caravana, y cuyo inolvidable rostro me obsesionaba más a cada momento. En aquel instante salió de la casa de comidas el desgraciado vaquero y se acercó directamente a nosotros.
—Me alegro de que me hayan esperado, amigos. Ahora soy un hombre diferente.
—Sí, cuando un hombre que está hambriento se llena la barriga, se encuentra luego muy diferente. Lo sé por experiencia.
Volví a sugerir que fuéramos a mi hospedaje, donde podríamos charlar, fumar y beber.
—¿Dónde está tu caballo? —preguntó Shaw al vaquero.
—Lo he atado fuera de la ciudad. No hay más que un poco de hierba, pero por esta noche tendrá que conformarse con eso. Iré a verlo de vez en cuando.
Mientras caminábamos a través de la concurrida calle en dirección a mi hospedaje, mi atención se concentró más sobre mis compañeros que sobre los hombres con quienes nos encontrábamos y sobre el ambiente. El gran salón de la taberna con aspecto de granero estaba completamente atestado, por lo que decidí conducir a mis amigos a mi habitación. Era una estancia grande, desnuda, con cuatro camastros y muy pocos muebles. La lámpara producía muy poca luz. Dije a mis compañeros que se instalasen a sus anchas mientras yo iba en busca de otra lámpara y de algo para beber y tabaco. El propietario me dijo que nadie más que yo ocupaba aquella habitación, y le contesté que en tal caso podría invitar a mis amigos a que pasaran la noche en mi compañía. Regresé con los artículos que había solicitado y con la nueva lámpara, que produjo un ambiente más agradable, si esto era posible.
—Ahora, compañeros —dije cordialmente—, tenemos aquí tabaco y bebidas. Espero que terminaremos por ser los mejores amigos.
—¿Qué diablos supone usted de nosotros? —me dijo Lowden secamente—.
Si conociera usted mejor a los occidentales, sabría que somos buenos amigos suyos desde hace mucho tiempo.
Con el fin de ofrecer motivo de conversación, les hablé levemente acerca de mí mismo y terminé diciendo cuánto me satisfacía el haberlos conocido y cuán agradecido estaba por su ayuda y favor.
—Bien, Wayne —dijo ceremoniosamente el vaquero Shaw, que sonrió por primera vez. La sonrisa le transformó por completo y pareció darle una nueva personalidad—. Si me es posible olvidar que es usted yanqui, creo que nos llevaremos muy bien.
—¡Diablos, compañero! Todavía no hay guerra por aquí —le interrumpió Jack Lowden—, y supongo que nunca la habrá.
—Eso es tan seguro como que hemos de morirnos. Si fueras de Texas en lugar de ser de Missouri, lo habrías visto hace mucho tiempo.
—Escuche, Shaw —dije—, he olvidado decir en mi historia que mi casa está dividida. Mi padre es yanqui y mi madre es del Sur. Sus negocios le obligan a vivir en el Norte, pero su corazón está en su tierra natal.
—¡Demonios! —exclamó Lowden—. Esa circunstancia le clasifica a usted, de todos modos, por lo menos como semirrebelde.
—Bueno, compañeros, ahora hemos de mirar a Cameron desde un punto de vista diferente dijo Shaw—. Y me parece que vamos a llevarnos muy bien.
Ahora, tú, Jack, di a Wayne y a nuestro nuevo compañero quiénes somos nosotros y qué hacemos.
—Eso es fácil —contestó Jack mientras exhalaba una enorme bocanada de humo—. Y lo voy a hacer con brevedad. Somos solamente una pareja de vaqueros, y no muy buenos, de Río Grande. No tenemos hogar ni familia de que hablar, no tenemos dinero ni novia, sino solamente las ropas que llevamos puestas y las armas, sin olvidar dos de los caballos más hermosos que un vaquero haya podido poseer jamás. Se nos pusieron las cosas muy difíciles allí abajo, porque no había trabajo pagado, y nos pareció conveniente correr la aventura de dirigirnos hacia el Norte. Hace ya varios meses que salimos de allá, y he olvidado lo que sucedió en el camino.
Cuando estábamos en Panhandle, oímos rumores acerca de esta línea telegráfica que va a construirse a lo largo de las llanuras y del mucho trabajo que habría, y por eso estamos aquí.
—A Jack le ha gustado siempre no acordarse de algunas cosas, amigos —dijo Shaw—. Debería haber dicho que tuvimos que salir de Texas a uña de caballo. Todo lo que habíamos hecho era matar a una pareja de bandidos, los cuales tenían una gran cantidad de parientes de pelo en pecho.
—¿Cuánto tiempo hace que están ustedes aquí, Vance, y qué saben acerca de esta línea de la Western Unión? —pregunté.
—Hemos llegado hace un par de días, pero hemos tenido tiempo suficiente para que haya habido disgustos con algunos hombres despreciables por culpa de aquella chiquilla, Ruby. Y para descubrir que esa línea telegráfica significa el esfuerzo más grande que jamás se haya realizado en el Oeste..., en el caso de que pueda construirse. He visto a ese hombre, Creighton, y le he oído hablar. Y me ha dado la impresión un hombre de acero. Creighton vale tanto como otro cualquiera para trabajos duros, y me ha parecido uno de esos seres que tienen poder suficiente para convencer a los demás para que vayan al mismo infierno por él.
—Tenía la misma opinión —contesté—. Es posible que todos consigamos trabajar con él.
—No sería difícil —añadió Jack—. Hemos averiguado que Creighton tropieza con muchas dificultades para encontrar trabajadores y conservarlos. Tengo ciertas dudas sobre Vance y sobre mí mismo. A los dos nos molesta el trabajo; quiero decir que no nos gusta ese trabajo de abrir agujeros y zanjas, estar de pie, cortar y serrar maderas, y todo lo que sea una faena pesada...
—¡No te preocupes, compañero! —dijo Vance —Creighton no podrá nunca construir esa línea sin la ayuda de jinetes, cazadores y luchadores contra los injuns... Para eso es para lo que tenemos más habilidades, y ése es el trabajo que debemos pedir. Y cuanto antes, mejor.
—Eso sirve para vosotros tres —dije, y miré interrogativamente al cuarto miembro de la reunión.
Había estado sentado un poco alejado, sin tomar parte en la conversación. En aquel momento se puso en pie y se colocó bajo la luz.
Tenía unos movimientos inquietos y nerviosos, y su pálido rostro expresaba inquietud. Inmediatamente pensé que sería un joven de aspecto agradable sin la barba, las huellas del viaje y los estragos de la preocupación. Nos miró sucesivamente a todos con mirada especulativa, como si con ello pretendiera indicar que podía encararse con cualquiera. Aquella mirada aumentó la simpatía que me inspiraba.
—Compañero —comenzó diciendo roncamente—, me habéis sido muy simpáticos, los tres, y ya me lo parecisteis_ en el primer momento en que os vi. Pero no sabría decir si debo o no contar mi historia... o si sería preferible que continuase mi camino.
—Dinos o no lo que tengas que decirnos, vaquero —contestó Shaw—. Debo declarar que puedo responder por mi amigo Jack y por Cameron..., y por mí mismo, es claro. Quédate con nosotros, y vamos todos a ayudar a ese gran hombre, a Creighton, a resolver las dificultades con que tropieza.
—Muchas... gracias, Shaw —replicó el vaquero, que estaba luchando contra sus propias emociones—. Eso es precisamente lo que temía. Me encuentro en una situación tan lastimera, que no puedo evitar el rendirme en cuanto escucho media docena de palabras amables. ¡Dios mío, cómo me gustaría unirme a vosotros! ¡Si me atreviera! ...
—Creo que has comprendido lo que mejor te conviene —le interrumpió Shaw con voz sonora; y su expresión y su gesto me hicieron adivinar lo que sería el tenerlo por amigo.
—¡Mirad! —estalló el vaquero casi con violencia; y situándose ante nosotros, bajo la luz de la lámpara, se despojó de la chaqueta, se desabotonó la camisa, muy sucia y muy rota, y se la quitó con un rápido movimiento. El vaquero poseía un desarrollo muscular maravilloso, pero estaba demasiado delgado para la estatura que tenía. Luego, con ojos trágicos y avergonzados, añadió roncamente—: Esto no es una cosa que se haga fácilmente...
Se volvió repentinamente y nos mostró la espalda. Era una masa de ronchas azules y de cortes, algunos de los cuales no estabais todavía cicatrizados. Contuve la respiración al comprender que aquel joven había recibido una terrible paliza, y que la vergüenza que esto le producía y la razón de ello debía de formar parte de la tragedia a que había aludido.
Mi mirada se clavó sobre aquellas marcas, algunas de las cuales estaban hinchadas y sobresalían por lo menos un par de centímetros sobre su piel. Ninguno de nosotros habló. Luego, el joven se volvió, hizo una profunda aspiración de aire y volvió a ponerse la camisa.
—Demonios y avernos, joven! —exclamó Jack casi gritando—. No me extraña que te hayas comportado de una manera tan rara. ¿Podemos preguntarte cómo diablos y dónde te han puesto de ese modo?
—Vaquero, eso es peor que ser ahorcado —añadió Shaw con acritud.
Las preguntas se agolpaban en mis labios, pero no acerté a articular ninguna.
—Me alegro mucho, compañeros, de haber tenido el valor de mostraros lo que habéis visto dijo el vaquero consolado en cierto modo—, y puedo ver por vuestras caras que pensáis que no he merecido ese castigo, porque de otro modo no me habría atrevido a mostraros sus huellas.
—Eso es lo que pienso —dijo Lowden—. Pero, ¡diablos, compañero!, no deberías habérnoslas mostrado si te proponías no contarnos sus causas.
—Así es —admitió el vaquero—. Pero quiero hacerlo. Creo que el contarlo me servirá de consuelo. Algunas veces he pensado que terminaría por reventar si no podía referir a alguien lo sucedido. Sí, voy a hacerlo. Y luego ya veremos lo que sucede. Sé bien que debería marcharme tan lejos como sea posible... Pero, de todos modos, para bien o para mal, me agradará hacer una parada donde pueda trabajar y comer y dormir nuevamente.
Lo que nos has enseñado y lo que nos has dicho, me hace desear, más que nunca, que te detengas y te quedes con nosotros —dijo Shaw con vehemencia.
—Cuatrocientas o quinientas millas es una distancia muy grande en esta región. Es posible que sea la distancia suficiente para que pueda vivirse con seguridad —contestó el vaquero—. Y hasta es posible que haya sido una cobardía el correr hasta tan lejos... Bueno, escuchad: me llamo Darnell. He estado en Wyoming solamente muy pocos años, en la parte alta del río Sweetwater, en la parte occidental del territorio. Allí se encuentran el mejor rancho ganadero de todo el Oeste y la ciudad minera de South Pass, de la cual todos habréis oído hablar, y que se ha convertido en la ciudad más rica, más desenfrenada y más sangrienta que jamás haya existido. De todo esto os hablaré más adelante.
»El rancho de Sweetwater fue creado por unos colonizadores que viajaban en carros, y que al ver las posibilidades que ofrecía el terreno, decidieron detenerse e instalarse allí. Tras ellos llegaron los ganaderos y los rancheros, hasta que el rancho Sweetwater alcanzó una extensión de muchas millas. Todos los que allí viven han prosperado mucho. Esa región será tan rica en ganadería como South Pass lo es en oro. Solamente hay un tejano entre aquellos ganaderos, que yo sepa. Es un buen ranchero, pero muy duro para sus trabajadores, y en la lucha que se avecina entre los ganaderos y los vaqueros tengo la seguridad de que lo matarán a tiros. Los ladrones de ganado han comenzado a llegar al Sweetwater. El robar ganado será un negocio bueno dentro de cierto tiempo en aquella región; pero todavía no lo es.
»Todos los vaqueros que conozco se apoderan de ganado sin marcar. El mal hábito se ha extendido excesivamente. Y los ganaderos se enfurecen de una manera terrible. Tuve la desgracia de que me cogieran con las manos en la masa. Me ataron, y atado me tuvieron encerrado por espacio de varios días. Únicamente me dieron pan y agua para comer y beber. No quise decirles lo que querían averiguar, porque en ello iba envuelto el honor de una mujer. Finalmente, los dos cabecillas de los equipos de vaqueros del territorio me sacaron una noche de mi encierro, me llevaron a los mimbrerales cercanos al río, y me ataron y desnudaron después de haber encendido una gran hoguera.
»La media docena, o acaso más, de hombres que fueron llevados para realizar aquella repugnante tarea, tenía el rostro cubierto por máscaras y ninguno de ellos habló ni una sola palabra; de este modo, no pude reconocerlos. Pero los dos rancheros no llevaban ocultos los rostros. Me ataron unas cuerdas a los brazos y tiraron de ellas para obligarme a mantenerlos estirados; y me dijeron que si no les manifestaba lo que les interesaba conocer, me darían una paliza que me pondría a las puertas de la muerte. Me reí de ellos y los maldije en voz alta. Y entonces me apelearon.
Un hombre tras otro, todos me golpearon hasta que los mimbres, de más de dos centímetros de grosor, que llevaban, se rompieron en sus manos. Pero no abrí la boca. Hicieron un alto en el apaleamiento y me pidieron nuevamente que «cantase». Y todo lo que dije fue que, tan seguro como que Dios ha creado las manzanitas, estaba dispuesto a matar a los dos ganaderos tan pronto como pudiera hacerlo.
»Y entonces decidieron seguir apaleándome, hasta que mi sangre saltó al rostro de los que me martirizaban, quienes al fin sintieron una repugnancia tan grande, que tuvieron que renunciar a seguir maltratándome. Me volvieron a llevar a la bodega en donde había estado encerrado, y tres días más tarde pude escaparme. Robé un caballo y corrí, con la espalda desnuda, para alejarme del valle, en dirección a South Pass.
Llegué allí por la mañana. Mucha gente me vio atravesar la ciudad velozmente, con la espalda sangrante, como una bandera roja.
»Fui en busca de unos vaqueros a quienes conocía, los cuales me prestaron el revólver que empuño y las ropas que visto. Y 'me dijeron que precisamente en aquellos momentos se celebraba una reunión de ganaderos en la ciudad. Y pregunté si los dos a quienes había jurado matar se encontraban entre ellos. Estaban. Los vaqueros me dijeron dónde tenía que ir y me desearon buena suerte. Volví a la, ciudad, me abrí paso entre la gente que rodeaba el lugar, y entré para enfrentarme con los dos ganaderos. Los maté, salí de la ciudad, y desde entonces he estado cabalgando hasta llegar aquí.
»No me habría detenido, si no hubiera sido a causa del caballo. Olvidé deciros que aquellos dos vaqueros me dieron también una silla. No sé cuántos días hace que salí de South Pass, pero sí puedo deciros cuántas veces he tenido algo qué comer... Y ésta es mi historia, amigos. Y juro que todo lo que he dicho es verdad.
Después de unos instantes de intenso silencio, Vance Shaw dijo fríamente:
—Me parece que todo eso merece que bebamos una copa.
Seguimos la sugerencia, y en el mismo momento la situación pareció hacerse menos violenta.
Lowden dijo:
—Necesito un poco de aire fresco, tanto como necesitaba esa copa.
Darnell, ¿qué opina usted respecto a que vayamos a dar un paseo, y veamos su caballo? Hay una cuadra cerca de aquí, y me parece que ese caballo es digno de que se le dé una buena comida y se le proporcione un buen lugar en que dormir y descansar.
—Sí, lo merece —contestó Darnell—. Me había olvidado de él. Me alegro mucho de que vaya usted conmigo a buscarlo.
Y entonces hablé yo. Y dije:
—Aquí hay cuatro camastros. ¿Por qué no se quedan todos ustedes conmigo esta noche?
Todos ellos accedieron inmediatamente, lo que me plació muchísimo.
Shaw y yo salimos con los otros hasta la calle, y los vimos alejarse en busca del caballo. Luego, volvimos a mi habitación.
—Había adivinado que algo terrible le había pasado a ese vaquero —dijo Shaw, pensativo—. Jamás he visto una cantidad tan grande de heridas y cardenales en el cuerpo de un ser humano. Debe de haber sufrido mucho. Y mentalmente... no debe de haber sufrido menos. Los vaqueros son gentes un poco extrañas. Acaso no quiera usted creerlo, pero tienen orgullo y espíritu. —Y sin esperar a que yo pudiera hacer algún comentario, continuó—: Si pudiéramos conseguir que ese amigo se quedara junto a nosotros, le haríamos un gran beneficio... y quizá a nosotros mismos también. Ha estado a solas demasiado tiempo. Y se avergüenza, y cree que todos los hombres están en contra suya.
—Ha habido algo que me ha intrigado en lo que ha dicho. Naturalmente, no sé cómo marchan las cosas en el Oeste, no conozco esta vida. Dijo que le habían sorprendido con las manos en la masa cuando estaba robando...
¿Qué fue lo que dijo?
—Mavericks. Un maverick es una ternera sin marcar, de las que suele haber muchas en los ranchos. Y el que se encuentra una de ellas que esté sola, sin la compañía de su madre, no roba nada si se hace cargo de ella. Los vaqueros nunca consideramos que el recoger para nosotros terneras abandonadas y sin marcar sea un robo.
—Pero ¡esa manera de apalearlo, de maltratarlo! ... Dijo que había algo que no quiso decir, que en ello iba envuelto el honor de una mujer. ¿Qué piensa usted de esto?
—¡Sólo Dios lo sabe! Yo no sé nada. Pero tengo el presentimiento de que en el valle de Sweetwater suceden cosas anormales, y que es probable que intervengamos en algunas de ellas. Pero eso no es cosa inmediata. Es posible que no estemos juntos tanto tiempo.
—Lo estaremos —contesté decididamente—. Tengo la impresión profética..., lo que ustedes llaman una corazonada..., de que hemos de hacerlo.
—Me alegro mucho de que así lo crea —respondió Shaw—. Veo que intenta liar un cigarrillo como lo hacen los vaqueros. Lo hace usted muy mal, muy mal. Permítame que le enseñe. Si hay una cosa que señale claramente a alguien como novato, es la manera de liar los cigarrillos.
Y Shaw comenzó seria y laboriosamente a enseñarme el arte de liar un cigarrillo con la mano izquierda. Puedo vanagloriarme de no haber procedido con torpeza en aquella ocasión; pero estropeé una docena de cigarrillos antes de aprender. Al fin, conseguí dominar la treta. El vaquero tuvo la amabilidad de decir que me daba buena maña. Le hice muchísimas preguntas acerca del trabajo de construcción, a la mayoría de las cuales pudo contestarme sa-tisfactoriamente. Y unos momentos después, regresó Jack Lowden acompañado de Darnell.
—Oye, oye, compañero —dijo abruptamente Jack—: este vaquero de Wyoming tiene un caballo que es tan bueno como el mío, y tengo la seguridad de que el tuyo se quedaría a mitad de camino si los pusiéramos en competencia en una carrera.
—Jack, ¿has perdido la cabeza? Mi caballo Range es el mejor de todos estos alrededores —replicó enérgicamente Shaw—. ¿Lo habéis traído con vosotros?
—Lo hemos encerrado abajo, en la cuadra —contestó Darnell—. Y créame, Pies Alados se comportó como si agradeciese el favor.
—¿Pies Alados? ¡Es un nombre muy adulador! Bueno, ya veremos lo que hacemos.
—¡Ah! —replicó Darnell—. No quiero correr el riesgo de ver a Pies Alados derrotado, ni el de iniciar una discusión con ustedes, compañeros.
Shaw recogió rápidamente la insinuación.
—¿Quiere usted significar que está decidido a unirse a nosotros?
—Sería un imbécil si no lo hiciera;
—Oye, tú, ¿qué crees que le he dicho para atraerle a nuestro campo? —preguntó alegremente Jack.
—No puedo tener ni la más ligera idea. Pero apostaría cualquier cosa a que has exagerado mucho.
—Le dije que era un error continuar corriendo, huyendo siempre. Le dije que si tú hubieras sido el apaleado, en lugar de serlo él, te habrías quedado allá arriba hasta matar a todos aquellos malditos granujas. Le dije que en el curso natural de los acontecimientos es seguro que algún día se encuentre metido en algún aprieto. Y, bueno, que aquí hay tres amigos en quienes puede confiar cuando llegue ese caso. Le dije que era cosa digna de verse la manera que tiene nuestro novato de pegar puñetazos cuando llega la ocasión. Le dije que soy el hombre más endiabladamente hábil que existe cuando surge una pelea. Y, finalmente, le dije que tú eres el demonio más listo del mundo para manejar una pistola y el mejor tirador que ha habido en Texas.
—¡Bah! ¿Eso es todo? —preguntó lenta y secamente Shaw—. Temía que hubieras exagerado algo.
Hasta la expresión de Darnell cambió al oír tales palabras.
—Me arrojo en vuestros brazos, compañeros, y juro por todo lo existente que jamás lo lamentaréis.
—¡Es seguro! —respondió Shaw mientras le dirigía otra de sus animadoras sonrisas—. Ahora, vamos todos a dormir. Todos estamos cansados, y Darnell está casi muerto de pie... Mañana será otro día; y un día en el que tendremos muchísimo que hacer.
Muy poco se habló después de esto. Antes de que am-has lámparas fueran apagadas, observé que los preparativos que hacían los vaqueros para acostarse consistían en quitarse las botas y las espuelas. Sin embargo, y fiel a mis costumbres, me desnudé y, apagando la última lámpara, me introduje en el lecho, entre las mantas. Apenas me había tumbado cómodamente cuando hice el notable descubrimiento de que los tres vaqueros estaban ya completamente dormidos. Se hallaban tumbados como perros, respirando lenta y regularmente. Lowden comenzó a roncar un poco. Pero yo me encontraba en exceso excitado para que pudiera dormir.
Y permanecí tumbado entre la fría oscuridad, cómodo y caliente bajo las mantas, y escuché los ruidos que llegaban hasta mí desde el exterior. En aquellos instantes, hallándose en silencio la habitación, me fue posible oír el chocar de las monedas y de los vasos, el repiquetear de la bolita de la ruleta, el zumbido de las voces, entre el que sonaba la risa corta y dulce de una mujer. Y esto hizo que mis alborotados pensamientos tomasen un rumbo diferente.
En mis cálculos acerca de la vida futura en el Oeste, había omitido completamente a las mujeres; mas no podía esperar que así sucediera en la realidad. Había un algo fascinador en la muchacha del salón de baile, Ruby.
Y no era precisamente porque fuese muy joven y linda, sino porque parecía que debía de ser desgraciada y mala. Y entonces pensé en la caravana de carros y recordé a la joven de la mirada profunda, del cabello castaño y ondulado, y volví a ver el movimiento de su brazo al saludarme. Y llegué a la conclusión de que si en alguna ocasión volviese a encontrarla en mi camino, estaría irremisiblemente perdido...
Era difícil de comprender la realidad de mi presencia en aquel lugar. Me encontraba ya en la frontera, en contacto con gentes levantiscas; muy pronto me hallaría entre indios y búfalos, lo que me serviría para poner a prueba mi temple. Y volví a pensar en aquellos tres camaradas que dormían junto a mí.
Yo era natural de Nueva Inglaterra, pertenecía a una familia de alta calidad y de sólidos principios religiosos, y no me era posible en aquellos momentos reprimir mi repugnancia por el hecho de haber entablado tan fácilmente amistad con unos hombres que habían matado a su prójimo. Me pregunté si me vería precisado a matar en alguna ocasión a algún hombre.
La experiencia del suceso ocurrido en el salón de baile me dijo que no tendría que hallarme para ello más enojado que lo estuve cuando golpeé a aquel miserable matón. Y de todo esto deduje que la situación sería dictada por los hombres y las mujeres con quienes me reuniese. Necesitaba amistad, lazos fuertes de afecto y fortalecer un espíritu que hasta entonces había estado excesivamente acorralado.
Me propuse ganar y conservar la amistad de los tres vaqueros, costase lo que costase. Me prometí intentar prever siempre los acontecimientos y estar en toda ocasión preparado para hacerlos frente. Y, al fin, se me cerraron los párpados y la modorra se apoderó de mí, y mis pensamientos se borraron y se fundieron en las sombras del sueño.


III
Me pareció que mis sueños eran rudamente interrumpí dos por una voz extraña, que los disipó.
—¡Despierta, Wayne, muchacho, que ya ha amanecido y tenemos muchísimo qué hacer!
Era la alegre voz de Lowden, que me despertó instantáneamente. Me senté en la cama y arrojé hacia atrás las mantas. Un sol brillante inundaba la habitación, y el aire frío tenía aquel extraño tufillo al cual no me había acostumbrado todavía. Shaw estaba poniéndose las botas a costa de grandes esfuerzos.
—¡Maldición! —murmuraba—. Tengo que comprarme unos calcetines y otro par de botas.
Lowden, aún en calcetines, se dedicaba a despertar a Darnell, y lo hacía con gran dulzura y suavidad. Me arrojé fuera de la cama y comencé a vestirme con apresuramiento.
—Jack —dijo Shaw—, ahora que, por primera vez desde hace muchos meses, estamos alojados en un hotel lujoso, espero que me harás el favor de ir en busca de agua caliente. Lo mismo tú que yo hemos de afeitarnos. Y no le perjudicaría mucho a nuestro nuevo compañero el acicalarse un poco.
Tenemos que ir en busca de trabajo. Y nuestro flamante compañero, el joven yanqui, estará mucho mejor presentado que nosotros.
—Yo iré en busca del agua —dije. Y salí. En la cocina me entregaron una vasi a de metal con agua, tan caliente, que apenas me fue posible sostenerla.
Cuando regresé a mi habitación, los vaqueros estaban levantados, y dos de ellos fumaban unos cigarrillos. Darnell estaba sentado en su cama. Me dio los buenos días y me preguntó si tendría alguna camisa sobrante que pudiera prestarle.
—Es seguro que la tengo, y también calcetines contesté mientras abría la maleta para entregarle las prendas ofrecidas.
Oye, amigo, yo también sé usar camisas de esas que tienes —dijo Lowden con alegre desembarazo.
La tendrás, Jack. Y he aquí un par de calcetines para ti, Vance —repliqué—. Lamento no tener más que un par de botas. Y, como ves, son botas de cordones y tacones bajos, y no creo que los vaqueros uséis esta clase de calzado.
Habíamos comenzado a tutearnos casi sin darnos cuenta.
—¡Diablos! Sí, podría usarlas; pero no querría —contestó Jack—. ¿Qué crees que sucedería si montara a ca-hallo con unas botas como ésas?
—Jack, comienzo a pensar que no podremos trabajar en esas obras de la construcción sin botas, guantes y un montón de cosas por el estilo —observó Shaw.
—Te has vuelto muy listo repentinamente —replicó Jack—. Lo supe desde el mismo momento en que llegamos aquí. ¿Cuánto dinero tienes?
—Me ha dado miedo el mirarlo...
—Darnell no hay duda de que cuando te encontraste con nosotros estabas, también, completamente arruinado. ¿Es así? —preguntó Lowden.
—Lo habríais conocido con toda seguridad si me hubierais visto comer anoche —contestó Darnell con tristeza.
—Oíd, amigos, a mí me queda un poco de dinero —dije—. No mucho, pero creo que podrá ser lo suficiente para que nos sostengamos hasta que cobremos los primeros jornales.
—Wayne, ya comienzas a mostrar una de las características de los vaqueros —afirmó Lowden—. Y sería capaz de apostar mis espuelas a que no tardarás mucho tiempo en adquirir las demás.
Metí la mano en los bolsillos de la chaqueta y, sacando el portamonedas, dividí el dinero de que disponía entre los cuatro, por partes iguales. Este acto produjo un efecto muy placentero a mis amigos. Lowden se mostró alegre; Shaw me dio las gracias y Darnell pareció hallarse demasiado conmovido para que pudiera pronunciar siquiera una palabra.
Los cuatro continuamos nuestro tocado, y pude conocer cuán rápidamente hacen las cosas los vaqueros una vez que las han comenzado.
Unos minutos más tarde, todos estaban pulcramente afeitados y presentaban un aspecto mucho mejor que el anterior. Darnell se transformó de tal modo, que me pareció una persona completamente diferente, irreconocible.
Después de habernos desayunado, salimos a la calle; por primera vez, creí ser un chiquillo que se hallase a punto de emprender una aventura fascinante. Detuvimos al conductor de uno de los grandes carros, y le pedimos que nos condujera al campo de trabajo.
—Si vais en busca de trabajo, muchachos, lo mejor que podréis hacer será ver a Creighton aquí mismo. Está en la ciudad. Tuvo que despedir anoche a una pandilla de inútiles para el trabajo, y si alguno de vosotros quiere trabajar..., quiero decir trabajar, verdaderamente, podrá obtener un puesto.
—¿Dónde podremos encontrar al señor Creighton? —pregunté.
—Acabo de verlo en aquella tienda grande.
Me dirigí hacia la tienda, seguido de mis amigos, y busqué ansiosamente al señor Creighton. Varios hombres se encontraban charlando al fondo del establecimiento, entre los cuales reconocí al señor Williamson.
Me saludó afectuosamente y me dijo:
—Me alegro de verle, Cameron. Le hemos estado buscando. He dicho al señor Creighton que he tenido el gusto de viajar en compañía de usted, y aquí está... Creighton, permítame presentarle al joven de Nueva Inglaterra, Cameron, de quien le he hablado...
Me volví y me encontré ante un hombre robusto, todavía joven, con una cabeza leonina y ojos relampagueantes, completamente diferentes a los de Shaw, pero que produjeron en mí el mismo efecto cuando me atravesaron con una mirada. Juzgando por su aspecto, podría haberse creído que fuera un minero. El apretón de manos que me dio fue fuerte y rudo.
—¿Cómo está usted, Cameron? —me dijo—. Williamson me ha recomendado a usted, y juzgando por lo que he oído, no podría usted tener mejor recomendación que la de él.
Me sorprendió que, después de una amistad tan corta, Williamson se tomase tanto interés por mí y se atreviese a garantizarme.
—¿Vienen con usted esos muchachos? —continuó el señor Creighton.
—Sí, señor; lo mismo que yo, vienen en busca de trabajo.
—Entren todos ustedes —nos ordenó, y excusándose ante Williamson y los demás hombres, nos condujo hasta una pequeña estancia que, evidentemente, era un despacho—. Cameron —continuó dirigiéndose a mí—, Williamson dice que estaba usted cursando la carrera de medicina cuando salió de Harward. Es muy conveniente. No tengo ni un solo hombre en mis brigadas que conozca una sola palabra acerca de cirugía o medicina. Y es seguro que necesitamos uno que sepa algo de lo primero. Queda usted contratado. Ahora, vamos a hablar con esos jóvenes que le acompañan, y que son vaqueros, sin duda alguna. Llámelos uno a uno.
Hice una seña a Shaw, que se encontraba a la puerta y que entró con su paso lento y cadencioso. Siempre me había agradado su aspecto, pero en aquel momento, con la mirada limpia y atenta clavada en Creighton, aparecía singularmente llamativo.
—Me alegro de conocerle, Shaw —dijo Creighton una vez que hube hecho las presentaciones—, y espero que podré tener algún puesto en que pueda serme útil. ¿Qué podría usted hacer que pudiera servir de ayuda para un constructor abrumado por el trabajo?
—Supongo que ninguna clase de trabajo que sea el que corrientemente realizan sus trabajadores —contestó Shaw con soltura—. Pero tengo una idea de las dificultades que va usted a encontrar en su empresa, y en ese caso estoy seguro de que nos necesitará usted: a mí y a mis compañeros.
—¿Ha vivido usted en las llanuras?
—Podría decir que nací sobre un caballo. He vivido siempre en ranchos.
Conozco y sé manejar toda clase de ganado. Conozco los búfalos. Seré de gran utilidad en los lugares difíciles en que sus obreros han de encontrarse.
—¿Ha luchado usted contra los indios?
—Sí, casi desde que estaba en pañales. Supongo, señor Creighton, que mi utilidad para sus brigadas será como explorador y cazador. Necesitará usted que monten a caballo, que den batidas, que vigilen la llegada de los indios, que busquen agua en las regiones secas, y carne; y tal como me figuro la situación, supongo, también que necesitará saber dónde puede encontrar madera.
—¡Ah! ¿Madera? ¿Para hacer postes telegráficos? Ha acertado usted exactamente al indicar la principal dificultad con que tropiezo. Queda usted contratado. Ya hablaremos más tarde del jornal. Llame a sus amigos.
Un momento más tarde entraba el rechoncho Lowden, el de las piernas arqueadas, con su paso resonante. Y, siguiéndole, el erguido Darnell, el de los ojos duros y llameantes. Creighton estrechó la mano a ambos y pareció absorberlos de una sola mirada.
—¿Qué sabe usted hacer? —preguntó a Lowden.
—Estoy acostumbrado a cabalgar en compañía de Shaw, y ése es el trabajo que me gusta. Sé manejar muy bien una pistola, aun cuando no puedo compararme en este aspecto con mi amigo Shaw. Shaw no habrá querido decirle que es él mejor tirador de Texas. Aparte eso, creo que no sirvo para nada.
Bien —contestó Creighton, riéndose—: queda usted contratado. Y ahora —continuó volviéndose hacia Darnell—, dígame por qué no me será posible construir esta línea telegráfica de la Western Unión sin la ayuda de usted.
Señor Creighton: solamente puedo decirle lo siguiente —contestó Darnell con vehemencia—: vengo del camino de Oregón. Conozco el valle de Sweetwater, el South Pass y su región, y toda la comarca hasta Bridger tan bien como pueda conocerla cualquier caballista de Wyoming. Como hombre que conoce todo esto, supongo que las mayores dificultades para usted surgirán entre Jalesburg y el río Sweetwater, y hacia el Oeste, en dirección al South Pass.
—¿Las mayores dificultades? ¿Qué quiere decir? —preguntó Creighton—.
—Prefiero a los indios. No se mostrarán muy favorables a este trabajo.
Los shoshones, bajo el mandato de su gran jefe, Washakie, que es un verdadero amigo de los hombres blancos, le ayudarán a usted; pero los sioux, los cheyennes y los arapahoes, y probablemente algunas otras tribus hostiles, harán imposible la vida a sus trabajadores.
Queda usted contratado, también —contestó el hombre a quien desde aquel momento consideramos como nuestro jefe—. Vayan ustedes en busca de Ben Liligh, mi capataz. Está en la ciudad. Probablemente, lo encontrarán en el taller de herrería. Tiene un carro descargado que servirá para transportarlos. Únanse a mi caravana de carros y vayan directamente a donde se está trabajando actualmente en la construcción. En cuanto a usted, Cameron, tengo en mi vehículo un par de equipos médicos. Hágase cargo de ellos. Espero que todos ustedes iniciarán su tarea mañana por la mañana. Tenía esperanzas de llegar con los trabajos hasta aquí esta misma noche, o mañana, pero unas dificultades tras otras, nos han detenido. Estoy esperando la llegada de una caravana de carros cargados de postes. ¡Postes, postes, postes! Me obsesionan hasta en sueños.
Y, después de pronunciar esas palabras, Creighton nos dejó. Y si mis compañeros compartieron mis propios sentimientos, puedo decir que todos nos encontramos exaltados y jubilosos, y hasta un poco atemorizados.
Cuando salimos de la tienda para ir en busca de Liligh, comenzó a alborear en nosotros la impresión de que habíamos sido favorablemente recibidos por Creighton.
—¡Bueno, hemos tenido suerte! —exclamó Shaw—. Esto hay que festejarlo con unas copas. ¿Qué opinas, Wayne?
Creo que una copa no me vendría mal —contesté.
Entramos en la taberna más próxima y bebimos. Y luego, volviendo a la calle, nos dedicamos a buscar la herrería. Oímos un ruido repiqueteante de metal, vimos un chorro de chispas, e inmediatamente nos hallamos en presencia del herrero, que estaba dotado de una enorme barba y que llevaba un delantal de piel.
Al acercarnos, vi a un hombre pequeñito, erguido, de rostro gris y cabellos grises, que bajaba de uno de los carros. Llevaba una camisa de ante sucia, orlada y adornada de abalorios, lo que le diferenciaba de los trabajadores que habíamos visto. Tenía el viejo y arrugado sombrero inclinado a un lado de la cabeza e iba fumando en pipa.
—Nos ha enviado el señor Creighton para que hablemos con su capataz Liligh —dije.
Cuando aquel individuo de la camisa de ante se volvió hacia nosotros, no me fue preciso ser muy perspicaz para comprender que me hallaba en presencia de otra personalidad fuerte. Su rostro era pálido y delgado, y parecía alumbrado por los agudos ojos. Pensé que si muchos hombres me mirasen de aquella manera, terminaría por disminuir de tamaño.
—Soy Liligh —contestó con voz seca y vigorosa mientras se quitaba la pipa de la boca—. ¿Qué tiene que decirme?
Le expliqué detallada y apresuradamente lo que Creighton nos había ordenado.
—¡Ah! ¿Es eso? Bien, creo que la cosa no tiene remedio. He conocido toda clase de obreros en este condenado trabajo, casi todos malos, pero reconozco que aún no hemos probado a ningún yanqui, y, desde luego, a ningún vaquero. Es cierto que no podrá perjudicarnos el hacer una prueba, pero no tengo mucha confianza en los yanquis y soy muy escéptico respecto a los vaqueros.
—Todo lo que pedimos es una ocasión de demostrar lo que valemos —contesté secamente.
Shaw dijo con fría y descarada insolencia:
—Oiga, señor Liligh, esa cicatriz que tiene usted sobre la oreja, ¿no indica que algún injun intentó arrancarle el cuero cabelludo?
El hombre de la frontera, fácilmente identificable como tal, se encogió como si lo hubieran golpeado. Y respondió enojado:
Tienes mucha razón, vaquero, y unos ojos muy perspicaces. Pero ¿a qué viene eso ahora, ni qué te importa?
—Es que si hubiéramos estado mi compañero y yo a su lado cuando eso sucedió, viejo, no le habría ocurrido nada.
—¡Oh, oh! Sois luchadores contra los indios, ¿eh? —replicó Liligh mientras inspeccionaba con aguda mirada al vaquero—. Venid conmigo para que veáis vuestro carro. Es un carro tan bueno, que yo lo quería para mí.
Está construido de modo que pueda flotar como un barco. Se le pueden quitar las ruedas, y transportar la carga al otro lado del río. Las ruedas están hechas de naranjo de Osage y de roble blanco, y deben durar toda la eternidad. El machihembrado es de la madera más fuerte, y las uniones son dobles. No hay nada en este carro que pueda ir mal. Está perfectamente ajustado. Tiene una lona nueva, y los pieles rojas no podrán atravesar las maderas con una flecha. ¡Un gran carromato para las praderas, muchachos, que no es demasiado grande ni pesado! ... Los granujas que dispusieron de este carro lo robaron todo, excepto los camastros y las mantas. Tendréis que completar el equipo.
—¿Tendremos que recoger alimentos y hacer nosotros mismos nuestra comida? —preguntó Shaw.
No. No hay que hacer nada de eso en la caravana de Creighton. Podéis recoger vuestros camastros y colocar vuestras pertenencias personales debajo de ellos, y luego ir al almacén y pedir lo que necesitéis por cuenta de Creighton. Cameron, he visto que tienes un sobre y un lapicero. Anota esta lista: rifles y muchas municiones; muchas municiones para vuestras seis pistolas; ropas de trabajo, y algunas prendas de abrigo, no lo olvidéis. Pero antes de nada, ¿sabe alguno de vosotros guiar un par de bueyes?
—¡Demonios! Yo sé conducir una pareja de parejas de bueyes —respondió Lowden tras de haber consultado a Shaw por medio de una mirada.
—Capataz, ese trabajo corre de mi cuenta —dijo Darnell—. Lo he hecho muchísimas veces. Caballos o mulas... para mí es lo mismo.
—Perfectamente. Veo que vamos a alguna parte —replicó Liligh—. Id a buscar 10 que he indicado en la lista, y cargadlo en el carro. Y vuestras posesiones personales, si es que tenéis alguna. Arreglad el carro de la manera que mejor os acomode, y como os parezca más a propósito.
Herramientas, cubos, jofainas, toallas y jabón, muchas vendas, bolsas de lana, una manta suplementaria para cada uno... y creo que eso es todo, a parte lo que queráis comprar por vuestra cuenta.
Fuimos presurosamente a la tienda para adquirir los objetos que Liligh nos había ordenado. Mis compañeros insistieron en que lo primero que debíamos adquirir era un rifle, una pistola y una pistolera para mí. Cuando me hubieron rodeado la cintura con una cartuchera completamente llena de proyectiles, pregunté ridículamente si debía tener siempre puesto el cinturón y la pistola.
—¡Sí, diablos! —exclamó Lowden—. ¿Qué creías? ¿Que todo esto es un adorno para cuando vayas de fiesta? Me parece que te hará falta más de una vez utilizar la pistola, yanqui. ¿Sabes?
—De todos modos, espero que no le sea necesario emplearla antes de que yo le haya enseñado a sacarla rápidamente de la funda y a disparar —le interrumpió Shaw.
—¿Sí? Apuesto lo que quieras a que necesitará utilizarlo antes de que hayas tenido tiempo de enseñarle.
—Escucha, compañero: nuestro amigo Cameron no nació sobre un caballo ni ha vivido entre gentes habituadas a usar las pistolas casi continuamente. No hagáis más chirigotas a costa de esta cuestión.
El paquete de balas que compraron para mí era, quizá, más pesado que ninguna otra carga que jamás haya llevado en mi vida. Mientras mis amigos continuaban escogiendo los rifles y las municiones, me dirigí a otro de-pendiente y adquirí una porción de artículos que creí que podrían serme necesarios. Cuando terminé, dije a mis amigos que iba a mi hospedaje para recoger mis pertenencias y transportarlas al carro.
Había cruzado media manzana de casas en dirección al hospedaje, cuando vi otra tienda que hasta entonces no sabía que existiera. Pasaba ante ella, y en aquel momento se acercó a mí una joven esbelta, que llevaba la cabeza descubierta. Me detuve y comencé a hablar con ella en tanto que me preguntaba dónde la había visto anteriormente. No tuve que mirarla de nuevo para apreciar lo muy linda que era. Tenía el cabello rojizo, casi rojo, los ojos azules. Y su rostro pálido, a pesar de que era, acaso, demasiado delgado, resultaba muy seductor.
Parece ser que me conoce usted, señorita.
—Soy Ruby. Me viste en el salón de baile de Red Pierce.
—¡Ah! —contesté sorprendido—. Me has parecido esta mañana tan... tan diferente... y más joven... ¿Cómo sabes mi nombre?
—Sé todo lo que hay que saber acerca de ti —respondió mientras sonreía de una manera que la hacía parecer más hermosa—. Los relatos y las murmuraciones corren mucha por estas tierras. Me interesaste cuando te vi; y luego, cuando diste aquel puñetazo a Hand Radford, me alegré tanto... que tenía muchísimos deseos de volver a hablar contigo.
—Entonces, ¿no eres novia de Radford? —pregunté.
—Soy novia de todos..., es decir: en lo que se refiere a bailar, a beber y a lo relacionado con mi trabajo —respondió reflexiva y amargamente—; pero me repugnan todos esos hombres. Y Radford es un miserable. Es brutal y cree que es mi dueño. Es casi tan malo como el hombre para el que trabajo.
¿Quién es? —pregunté profundamente interesado.
—Red Pierce, el dueño del salón de baile y de la casa de juego.
—Me parece comprender que te disgusta tu trabajo.
—¡Claro que me disgusta! Podrás ser un novato en estas regiones, pero demuestras poseer inteligencia.
—Y yo comienzo a sospechar que no soy tan inteligente como suponía.
¿Verdad que eres muy joven, Ruby?
—Tengo dieciséis arios; pero me parece que soy tan vieja como las montañas.
—¿Cuánto tiempo hace que te dedicas a ese trabajo?
Muy pocos meses..., que me han parecido muchos años.
—¿Dónde está tu casa?
—No tengo —contestó.
—¡Oh! ¿No tienes padres..., parientes...?
—No los tengo desde hace cierto tiempo —contestó dolorida—. Todos murieron en la matanza de la caravana de Scot. ¿No oíste hablar de ello? Los cheyennes nos atacaron cerca de Grand Island. Yo fui una de las pocas personas que fueron salvadas por los soldados.
—No, no había oído nada de eso. Lo siento mucho, Ruby. Ésta es la segunda tragedia con que tropiezo, aunque acabo de llegar. Entremos en la tienda un momento —sugerí—. No tienes el acento de los occidentales.
—He venido de Iowa, adonde nos trasladamos y donde nací y fui a la escuela.
—Pero —pregunté pensando rápidamente—, ¿cómo fuiste a parar al salón de baile de Pierce?
—Caí en él por casualidad... Tenía hambre, y no sabía adónde ir.
—¿Tienes el propósito de quedarte ahí?
—No más tiempo del que sea absolutamente necesario.
—¿Qué quieres decir? ¿Tiene Red Pierce algún derecho sobre ti?
—Me maltrata. Si estuviéramos ahora en mi habitación, te mostraría con cuánta crueldad.
—No. No necesito demostraciones. Me basta con tu palabra —respondí disgustado al recordar con un estremecimiento las heridas de la espalda de Darnell.
—Pierce volvería a pegarme si supiera que te lo he dicho —añadió Ruby—.
Y sería capaz de matar a cualquiera que intentara alejarme de él. Ya ha matado a un hombre.
—Bueno —repliqué—; yo no sé mucho acerca de luchar a tiros y de matar, puesto que soy un novato en el país; pero ya conoces a mis amigos, Vance Shaw y Lowden... De modo que si verdaderamente quisieras marcharte, dudo mucho de que Red Pierce se atreviera a hacer frente a Vance Shaw.
—¡Vance! Es un hombre magnífico. Tenía que haber ido a verme anoche al salón de baile, pero no fue. Supongo que habrá sido porque Pierce le vio bailando conmigo la noche anterior y se puso más celoso que nunca.
No tengo inconveniente en decirte que Shaw ha dicho que le agradas muchísimo, mucho más de lo que es natural que una mujer agrade a un hombre, y que si Pierce se atreviese a entremeterse y a crear disturbios cuando estuviese bailando contigo, no tendría escrúpulos en matarle.
—Vi a Shaw anoche en la calle, y ni siquiera me miró —replicó Ruby con calor—. Si es cierto que le agrado tanto como dices, ¿por qué no va en busca de Pierce?
No lo sé, Ruby —contesté—. No es ciertamente por miedo... Ese vaquero no tiene miedo a nadie. Estoy seguro de que ha matado algunos hombres. Y a pesar de eso le aprecio muchísimo. jamás he conocido un hombre como él.
—Sí. Yo también le aprecio. Quizá porque es del Sur... Los del Sur respetan a las mujeres, sin preguntarse quién sean... O acaso no sea porque es del Sur. Acaso sea porque es él... De todos modos..., y te ruego que no se lo digas..., estoy enamorada de él.
—Ruby —la interrumpí secamente—, no me digas más. Tengo prisa. Pero, antes de que nos separemos, háblame de ese hombre, de Red Pierce.
—Es un malvado y tiene unos compañeros igual que él... —dijo Ruby con rapidez—. Uno de ellos, Black Thornton, es su mano derecha. Es el que te lanzó el disparo al pie. Al tercer hombre, no lo conozco. Pierce posee una taberna y una sala de juego; pero lo interesante es que ha ido trasladando su negocio al compás del trabajo de construcción de la línea telegráfica desde Grand Island. Por eso sospecho que él y sus hombres tienen otros negocios... Están metidos en una cuestión misteriosa. Por lo que he oído decir, van a trasladar el salón de baile y de juego siguiendo la línea telegráfica hasta South Pass. Y tienen unos grandes proyectos relacionados con las minas de oro.
—Gracias, Ruby, por haberme referido todo esto —repliqué—. Y, o mucho me engaño, o esta noche verás a cuatro amigos en el salón de baile. Adiós.
¡Hasta luego!
Mi nerviosidad y mi excitación eran tan grandes, que mientras me encaminaba hacia mi hospedaje no me di cuenta del bullicio que imperaba en la calle. Cuando llegué a mi habitación, me senté en el camastro para meditar un poco.
Ruby había despertado mi más profunda simpatía. Y, lo que es más importante, la chiquilla me agradó y comencé a apreciarla, circunstancia que, según reflexioné, habría sido suficiente para poner los pelos de punta a la mayoría de mis paisanos. Si aquel frío meridional de Shaw había llegado a abrigar sentimientos más favorables que los que confesó hacia Ruby, me pareció que sería conveniente hablar con él acerca de tal cuestión tan pronto como me hallase a solas con él.
Estaba a punto de terminar de hacer mi equipaje cuando Darnell llegó acompañado del ruido metálico que producían sus espuelas al chocar contra el suelo. Y dijo:
—He supuesto que sería conveniente que viniera a ayudarte a llevar tus efectos al carro.
Al mirar su rostro impasible, recibí la impresión de que el vaquero experimentaba alguna simpatía por mí, lo que me produjo una viva satisfacción.
—Muchas gracias, compañero —dije—. Estas maletas pesan mucho.
¿Habéis comprado todo lo que necesitábais?
—Sí y ya está todo en el carro. He tenido tiempo para ir en busca de Liligh y he visto nuestros bueyes. Son cuatro animales hermosísimos. He viajado mucho por carretera y sé cómo se manejan los bueyes. Para viajes largos no hay animales más convenientes que ellos.
—Ahora recuerdo que eres tu el que ha de guiar nuestro carro. Shaw y Lowden, como es natural, irán a caballo. Y eso quiere decir que tu y yo hemos de ir juntos, ¿no es así?
—Sí. Tendrás que ir en el asiento delantero, con un rifle sobre las rodillas, practicando ejercicios de tiro contra los conejos que encontremos para que adquieras práctica y puedas disparar acertadamente contra los injuns cuando nos acometan a toda velocidad de sus cabalgaduras, gritando como locos y disparando desde detrás del cuello de los caballos. Haz caso de mi consejo. No tardaremos mucho en encontrarnos en esa situación.
—¡Hurra! —grité a pleno pulmón cediendo a un impulso irrefrenable.
Este grito me sorprendió tanto como a Darnell. Ordinariamente, me habría avergonzado de tal estallido de alegría, pero en aquellos momentos me pareció completamente natural.
—Oye, ¿te has vuelto loco... o estás solamente un poco trastornado? —preguntó Darnell mientras sonreía.
—Coge ese saco, Darnell —dije—. Echa una mirada para ver si nuestros amigos se han dejado algo por ahí, y sígueme. Voy a pagar la cuenta.
Al salir de la taberna, Darnell me condujo hasta una callejuela situada en las afueras, callejuela que era verdaderamente una parte de la llanura abierta, y desde la cual nos dirigimos a la herrería. El carro me pareció mucho más atractivo que la primera vez que lo vi, y esto fue suficiente para alegrarme. Aquellos vaqueros sabían lo que ha de hacerse con un carromato para convertirlo en un hogar con ruedas.
Habían puesto en el interior, detrás del asiento del conductor, varias cajas vacías, de forma que podían servir perfectamente como armario. Un pequeño espejo colgaba a cada uno de sus lados. Dos de los camastros, uno a cada lado, habían sido retirados un poco hacia atrás, con lo que se formaba en el centro un espacio en el que habían colocado un cajón que servía de asiento. Sobre una: improvisada mesa, había una lámpara con pantalla. Las mantas y los restantes artículos se hallaban distribuidos sobre los cuatro camastros. En la— parte posterior se encontraban los cubos, las jofainas y otras cosas; y una escalera que podía ser retirada, de tres escalones, servía para bajar del carro al suelo.
—¡Por esto he dejado mi casa, amigos! —dije con entusiasmo—. ¿Qué cama es la mía?
—Puedes escoger la que prefieras —respondió Shaw—. O es posible que desees que las cambiemos de lugar, de modo que puedas dormir entre nosotros...
No te preocupes por nada de eso, Vance. Lo que quiere, es comenzar en seguida a luchar contra los injuns —dijo un poco festiva y otro poco cordialmente Darnell.
Quiero aceptar todos los riesgos, Vance Shaw, y aceptar lo que el destino me haya deparado —dije—. Escogeré el camastro del lado derecho, que se halla más próximo al conductor.
—Tengo una idea —añadió Darnell—. Compremos uno de esos baldes grandes de madera y algunos cacharros que nos sirvan para guisar.
Tenemos aun sitio para media docena de estantes en este lado, detrás de las camas, donde podemos guardar comida. Tengo el presentimiento de que va a haber muchas ocasiones en que nos encontraremos lejos de la cocina de nuestra caravana.
Muy bien —replicó Shaw—. Y entonces, todo lo que tendremos que hacer será matar algún animal comestible... ¡Y estoy impaciente por comer un buen filete de jugoso solomillo de búfalo!
La tarde se hallaba ya bastante avanzada. Shaw y Lowden volvieron a la tienda para hacer las últimas adquisiciones. Mientras esperábamos su regreso, recibí nuevas muestras de que, Darnell se inclinaba hacia el terreno de la amistad y de la servidumbre. Me dijo que solamente el apuntar con un rifle era tan útil para adquirir práctica y puntería como el disparar efectivamente.
—Busca una mosca sobre la lona del toldo o sobre la tienda, por ejemplo —me recomendó—. Síguela con la mira del rifle. Cuando veas que va a comenzar el vuelo, oprime el gatillo.
En aquel momento oímos el fuerte chirrido de las ruedas de un carromato.
—Ahí viene Liligh —dijo Darnell.
—No traigo malas noticias, muchachos —dijo Liligh a modo de saludo—.
El patrón dice que no es preciso que os presentéis mañana mismo en el lugar de trabajo. Tomadlo con calma, y venid conmigo. Los trabajos han llegado tan lejos, en la parte del Oeste, como ha sido posible con la cantidad de postes de que disponíamos. Y después hemos hecho los hoyos necesarios para la colocación de nuevos postes, casi hasta llegar a esta ciudad. Ésta es la primera ocasión en que Creighton se ha visto detenido en su trabajo.
Esperábamos el arribo de dos caravanas de carros cargados de postes, pero no han llegado todavía. Uno de ellos debería estar a punto de llegar del Sur.
Creighton podría disponer de postes con toda seguridad, aunque tendría que ir a buscarlos muy lejos de aquí.
¿Detenido? —pregunté mientras pensaba en cuanto molestaban los retrasos a nuestro patrón. Y pensé también: «¿Qué sucederá cuando lleguemos a las llanuras, donde no puede hallarse ni un solo árbol que pueda ser utilizado como poste?» Y repetí esta pregunta en voz alta.
—¿Qué sucederá? —estalló Liligh—. Creighton tiene recursos para todo.
Podéis estar seguros. Creighton nos hará conseguir postes donde no haya ninguno. ¿Cómo marchan los preparativos de vuestro carro, Cameron?
—Venga a verlo.
Liligh inspeccionó nuestro carro.
—¿Dónde vais a poner la mesa para planchar las ropas, y el piano?
—Tendremos que pasarnos sin esas cosas —repliqué sonriendo.
—Éste es el carro mejor arreglado y dispuesto de todos los que tenemos.
En aquel instante llegaron Shaw y Lowden, cargados de fardos y paquetes que dejaron caer al pie de nuestro vehículo.
—Patrón —dijo Darnell—, ¿qué tal estaría que pusiéramos además un barril o una garrafa en el carro?
—¿Para qué lo quieres? —preguntó el patrón—. ¿Quieres llevarlo lleno de ron?
—No, Liligh, nos serviría para llevar agua —contestó Darnell—. Hay una gran extensión de terreno entre esta población y el Sweetwater donde no hay posibilidad de encontrar ni una sola gota de agua. Y, ya que hablamos de esto, le diré que tampoco hay madera para postes, ni paró quemar, ni animales que cazar en una extensión de Dios sabe cuántas millas.
—Lo he oído decir alrededor de nueve millones de ve-ves —advirtió irritado Liligh—. De todos modos, muchas gracias por tu iniciativa: pondremos unos pequeños barriles en todos los carros.
Liligh escupió jugo de tabaco contra una piedra situada a una distancia de tres metros, con singular puntería. Luego fijó la mirada en Shaw y volvió a mirarlo, una vez más, de alto a bajo. En seguida comprendí lo que se avecinaba.
—Shaw, ¿has encontrado algún hombre determinado en la ciudad? —preguntó.
El vaquero miró fijamente al otro hombre, como si creyera que la pregunta y el tono en que había sido formulada tuvieran importancia.
—No puedo decir que lo haya hecho, patrón.
—Entonces, ¿dónde tienes los ojos? ¿No eres uno de esos tejanos que siempre andan buscando a algún otro hombre?
—Ya no. Dejé de buscarlo cuando me hallaba al otro lado del río Red.
—Eso es bueno para ti... y probablemente no tan bueno para él. Ahora, lo que tienes que hacer es andar con cuidado, por si hubiera alguien que te anduviera buscando a ti. ¿Has oído hablar de un individuo llamado joe Slade?
—Nunca —contestó lacónicamente Shaw—. Nunca he oído ese nombre. —No obstante la firmeza con que lo dijo, supuse que el vaquero mentía, fuera por la razón que fuera—. ¿Quién diablos es Joe Slade? El nombre suena un poco a bandido...
—Supongo que, calibrado con arreglo a vuestros patrones de Texas, Slade no puede ser clasificado como un buen luchador a pistola; pero, de todos modos, es un matador de hombres. Ya tiene a su favor, o en su contra, más de diez muertos. Algunos de ellos eran hombres malvados, que debían morir, pero otros eran personas completamente honradas. Resulta pintoresco que Slade sea un individuo alegre y divertido en ocasiones.
Cuando no se le conoce, es difícil suponer que sea un asesino. Pero cuando odia a alguien, cuando siente enemistad por alguno..., resulta muy mal enemigo. Te aconsejo, Shaw, y también a tu compañero, que no os interpongáis en el camino de Slade ni irritéis de ningún modo su quisqui-llosa naturaleza.
Muchas gracias por el aviso, Liligh —contestó Shaw sin entusiasmo—.
¿Por qué, me pregunto, me ha elegido usted para darme ese consejo?
—No he querido ofenderte, Shaw. Conozco bien mi Oeste y conozco bien a mis occidentales... aunque a veces sean del Sur o de cualquier otra parte.
Y, como es natural, Shaw, lo más probable será que alguien se fije en ti. Es decir, no que solamente atraigas la atención de alguien, sino la de todos los que no sean buenos y antiguos conocedores de la frontera.
—Sí, comprendo. Y reconozco que no tengo motivos para darme por ofendido.
—Slade ha llegado esta tarde con dieciséis carros. Ha estado trabajando para la Compañía Overland —continuó Liligh—. No sé qué clase de trabajo oficial, según he oído decir... Y ha dicho que quiere ingresar en la Compañía, pero no creo que sea para trabajar... Bueno, tengo que volver a los carros para indicar a Smith las reparaciones que debe hacer.
Vi rápidamente las miradas que Shaw y Lowden se cruzaron.
—Compañero, ¿qué opinas de todo eso? —preguntó Lowden con irritación—. Reconozco que Liligh se ha comportado de una manera muy decente. Y es seguro que no ha querido ofenderte; pero te ha dado un consejo que me parece un poco misterioso.
—No sé lo que ha querido decir, Jack —respondió con calma Shaw—, y no me importa absolutamente nada. De todos modos, supongo que ha debido encontrarse con alguien de Texas que me conozca.
Después de unos momentos, dije:
—Muchachos, se está haciendo tarde, y tengo más hambre que un oso.
¿No os parece conveniente que desempaquetemos todo eso que habéis traído, lo coloquemos en el carro y nos vayamos a comer?
Es una gran idea —aprobó Lowden con su alegre sonrisa—. Y esto me recuerda una cosa: ¿quién va a ser el jefe de nuestra pandilla?
—Tienes razón, Jack. ¿Quién? Todos no podemos ser jefes.
—Si es necesario que haya uno, naturalmente tu debes ser el patrón —dije señalando a Shaw.
—¿Yo? ¿Por qué diablos he de serlo yo? —protestó Shaw.
—Porque ya pareces ser nuestro dirigente. Eso es todo.
—Quiere decir que eres tú el que habla más de todos —aclaró Lowden.
No. Voy a deciros lo que vamos a hacer: dejar que decidan las cartas —replicó Shaw sin tomar en cuenta mi proposición ni la observación de Lowden.
Shaw sacó de un bolsillo una baraja sucia y comenzó a barajar las cartas con notable destreza.
—Sentaos, compañeros. Quiero que todos tengamos la certeza de que la suerte va a decidir honrada y seriamente. Listas. Las cartas están perfectamente barajadas. Ahora, corta, compañero... Ya está. Ya podemos sacar cada uno una carta. Empieza tú, .Cameron.
—¿Yo? ¿Por qué? Yo no debo ser incluido en esto... Soy un novato, un inexperto. No sabría qué hacer...
—¡Hum! Bueno, saca una carta, de todos modos.
Retiré una carta del interior de la baraja y, al volverla, vi que era un as, lo que provocó unos agradables comentarios de mis amigos. Shaw sacó un dos. Darnell, una sota. Lowden, un diez.
—Ya está arreglada la cuestión —dijo Lowden—. Cameron, eres el jefe de este cuarteto, y me parece una suerte que lo seas. Por lo menos, eres un hombre escrupuloso y honrado. Darnell, nuestro compañero, tiene muchos arrebatos de malhumor para que pueda ser jefe. Al compañero Vance le molesta el trabajo, y, si fuera jefe, intentaría librarse de él por todos los medios. Y yo no sirvo para nada, en absoluto. Pero conocemos bien la situación, y tú podrás tomar decisiones prudentes después de oír nuestros consejos.
Y de este modo me encontré súbitamente convertido en director de nuestro pequeño grupo, lo que me encantó y me atemorizó. Los occidentales son gentes difíciles de comprender. Por qué se encontraban satisfechos de que yo fuese una especie de jefe suyo, el jefe de la escuadra, como si dijéramos, es una cosa que no he podido entender. ¿Cómo podría yo responder a las esperanzas que en mí ponían? ¿Habrían visto en mí, acaso, algo que yo jamás había descubierto? ¿Sería aquello el principio de lo que podría encontrar en el Oeste después de unos años malgastados infructuosamente? ¿Habría tenido la suerte de poner el pie en el umbral de lo que el sonriente Destino me reservaba?
Mientras pugnaba por vencer la emoción a fuerza de razonamientos, recordé la conversación que había sostenido con Ruby, la muchacha del salón de baile, y decidí que estaba obligado a ponerla en conocimiento de Shaw en la primera ocasión que me fuera posible. Mas cuando llegó esta ocasión y le dije que tenía que manifestarle algo, llamó a los demás muchachos, aun cuando le había advertido que se trataba de una cuestión particular.
—Wayne tiene algo que decir. Y creo que no hay nada relacionado con el bienestar de ninguno de nosotros que no pueda ser conocido de todos los demás, por lo menos en lo que a mí respecta.
Unos instantes después me encontraba sentado en mi camastro, frente a los tres vaqueros. Creo que tenía el rostro severo y la voz insegura cuando comencé a hablar.
—Escuchad, amigos: cuando os dejé para ir a la ciudad, encontré a aquella chiquilla del salón de baile, a Ruby.
Y continué explicando a mis compañeros lo que habíamos hablado y refiriendo la historia de Ruby. Y al final de mi relato descubrí que estaba proponiendo que hiciéramos algo en favor de ella. Cuando terminé advertí que la reacción de mis compañeros no se produciría inmediatamente.
Shaw se inclinó hacia atrás para recostarse en la lona, con un cigarrillo entre los labios, mientras me clavaba una mirada que me produjo el efecto de una puñalada. Tenía el rostro impasible, y no me fue posible adivinar cuál sería su reacción. Darnell lanzó una corta risita e, inclinando la cabeza sobre el pecho, murmuró algo acerca de que las mujeres tienen la culpa de todos los sinsabores de este mundo. Jack Lowden fue el primero en hablar.
—Dos días en la frontera y ya comienzas a cacarear... Quieres ir a salvar a una bailarina. Quieres acometer a una cuadrilla de malvados, liarte a tiros con ellos y perder el pellejo en la pelea... ¡Demonios! ¿Qué diablos pensarás hacer cuando dejes de ser un novato?
—Acaso haya propuesto algo terrible, desde vuestro punto de vista, Jack —protesté—; pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Mi aflicción fue tan grande, que obligó a Jack a enmudecer.
Shaw lanzó al aire una espesa bocanada de humo, tras de lo cual dijo con su lentitud característica:
—Yo sabía, compañeros, que esto tendría que suceder. Vamos a tomar una copa y a comer.
Descendimos del carro y comenzamos a caminar. Darnell y Lowden un poco adelantados a nosotros. Cogí a Shaw del brazo y le detuve unos momentos para aumentar la distancia que nos separaba de los que nos precedían.
—Escucha, Vance: no os lo he contado todo —dije presurosamente—. No quería decir nada delante de nuestros amigos hasta que tú lo supieras. La pobre muchacha está enamorada de ti, Vance.
—¿Cómo lo sabes? —me preguntó con voz fría. y suave.
—Lo adiviné desde el momento en que comenzamos a hablar, antes de que ella lo confesase. Me dijo que se había enamorado de ti porque... bueno, no importa lo que me dijo. Pero yo lo creí.
—¿No has pensado, muchacho, que esas bailarinas son más astutas que el demonio?
—Reconozco humildemente que soy un novato en estos lugares, Vance, pero no soy un tonto en lo que se refiere a la naturaleza humana. La vida, la tragedia y la angustia son lo mismo en esta frontera que allá en el Este. Y esa muchacha ha vivido una tragedia. Pierce puede haberla obligado a ser una saqueadora en su salón de baile, pero conmigo ha sido honrada y sincera. ¿Lo has entendido, amigo vaquero de Texas?
—Bien, eso mismo había supuesto —contestó lentamente Shaw mientras arrojaba su cigarrillo con ademán rápido y enojado—. Sabía desde hace tiempo que tendría que apagar a tiros los ojos de ese Red Pierce... Pero vamos a comer.


IV
Yo no sabía nada respecto a los proyectos que Shaw estaría madurando para rescatar a Ruby del salón de baile, en el caso de que efectivamente estuviera forjando alguno. Pero, como quiera que fuera, yo por mi parte estaba decidido a sacarla de aquel antro.
Había repartido mi dinero entre los cuatro que componíamos el grupo, y no me restaba lo suficiente para pagarle el viaje al Este en la diligencia y para que pudiera disponer de algunas reservas que le permitieran vivir hasta que encontrase un hogar. Mas en aquella región en que nos hallábamos el único lugar en que Ruby podía estar segura era a nuestro lado, junto a los cuatro amigos. Pero ¿cómo podría una muchacha sola viajar por el Oeste en un carro cubierto, en compañía de tres vaqueros y un novato que trabajasen en la construcción de una línea telegráfica?
Los cuatro nos hallábamos sentados ante el mostrador de una casa de comidas pequeña y no muy limpia. Vance estaba a mi lado. Los otros dos fueron los únicos que hablaron. Vance no lo había hecho desde que expuso aquella fría y amenazadora observación de que tendría que apagar a tiros los ojos de Red Pierce, observación que me produjo una gran sorpresa al advertir que no me emocionaba ni me atemorizaba.
Sabía que lo decía sinceramente, que se proponía hacerlo. Había algo en aquel muchacho que hacía imposible que se dudase de él. Si era cierto que yo no tenía culpa alguna en su enemistad con Red Pierce, por lo menos no podía negarse que la había fomentado. Yo no podía borrar aquella enemistad. Ni lo deseaba tampoco. No me disgustó el pensar que Vance iba a matar a Pierce, sino que más bien lo que me disgustó fue el saber que me habría agradado hacerlo yo mismo.
Cuando el chino colocó ante nosotros la cena, la conversación cesó, y todos, excepto yo, se, dedicaron a devorarla ávidamente. Había tenido hambre, pero no la tenía ya. No podía comprender cómo podría comer Vance con tanta apetencia, con tanto gusto sabiendo la crisis que inevitablemente debería presentarse. No podía comprenderlo. Me afané con la comida y fingí tomarla, y finalmente ingerí tan sólo media taza de café.
Cuando salimos a la calle observé que ya había anochecido y que el habitual ajetreo se había amortiguado. Y comenzamos a caminar calle arriba, en dirección a la taberna.
—Amigos —dijo Shaw—, separémonos y escuchemos lo que se habla.
Quiero averiguar lo que se está preparando...
Nos separamos y yo me dirigí hacia la chimenea de la taberna y, volviendo la espalda al calor que de ella brotaba, medité sobre la sugerencia de Shaw. Supongo que debí ofrecer una impresión de indiferencia al permanecer inmóvil, inspeccionando a los concurrentes. Mi aspecto exterior debía ocultar, ciertamente, la realidad de mis sentimientos.
En seguida abandoné la proximidad del fuego y me senté en un largo banco que se hallaba ocupado por dos hombres que estaban conversando con otro que se encontraba en pie.
—Pierce salió en la diligencia de la tarde para Omaha —dijo el hombre que estaba en pie—. No podrá volver muy pronto, y la venta de ganado que habíamos proyectado va a ser imposible por ahora.
—Nunca he tenido fe en Pierce, Barlett, ni en sus compras de ganado —contestó uno de los que ocupaban el banco.
—Puede comprarlos, porque está ganando mucho dinero en esa sociedad que ha formado —replicó el hombre a quien habían Ilamado Barlett.
—Pero ¿qué va a hacer ese hombre con una punta tan grande de ganado?
—Puede hacer lo mismo que nosotros queremos hacer —contestó el que había hablado en primer lugar—. El precio del ganado está subiendo. Ya sabéis que hay muy pocas reses entre esta ciudad y Ogahalla, y ninguna, que yo sepa, en esa extensión desnuda que llega hasta Fuerte Laramie.
Estos trabajos de construcción del telégrafo han hecho subir los precios. El proyecto de Pierce, según tengo entendido, consistía en avanzar con la línea telegráfica y vivir de los obreros que la construyen hasta llegar al Wyoming occidental. Puesto que el avance ha de hacerse por cortas etapas y a lenta velocidad, no es difícil conducir una manada de ganado y venderla a altos precios en el camino del Sweetwater.
—Ésa es la región ganadera del porvenir —exclamó uno de los otros—. Lo único que puedo imaginar es a Pierce haciendo cambalaches con el ganado.
Pero nada más.
—Bueno, y los cambalacheros están haciendo negocios estos días en el Oeste, y además roban ganado y lo venden, ¿no es cierto? Esperemos hasta que vuelva Pierce. No nos importa lo que se proponga hacer. Lo que nos interesa es que nos pague.
—Es cierto —afirmó el tercero—. Vamos a tomar una copa.
Experimenté una sensación de alivio al comprender que no podría haber una lucha a tiros entre Shaw y Pierce en los días próximos. Mi pensamiento inmediato, en oposición al primero, fue de triste lamentación porque Pierce se nos escapase de entre las manos. Y en tercer lugar pensé con sincera alegría que durante la ausencia de Pierce nos sería posible hacer algo por arrancar a Ruby de su salón de baile. Mi impulso siguiente fue apresurarme a buscar a Shaw. Luego, después de pensarlo con más dete-nimiento, decidí esperar a que él fuera a buscarme. N.o corría prisa el informe de que Pierce estaba ausente.
Continué en mi asiento, contemplando el fuego y mirando de vez en cuando a mi alrededor. La noticia de que había una nutrida caravana que avanzaba a lo largo del camino de Oregón y que tal caravana llevaba consigo una gran cantidad de ganado, volvió a mi imaginación y me intrigó. ¿Podría aquella caravana ser la que transportaba a la hermosa joven de la mano ondulante y de la sonrisa deslumbradora a quien había visto en uno de los carros? Me pregunté quién podría ser y por qué razones viajaría hacia el Oeste. ¿Iría hacia Oregón para casarse con algún colonizador solitario y robusto?
Parecía .probable que, debido al retraso ocasionado por la falta de postes, hubiéramos de quedar detenidos en Gothenburg o cerca de este lugar, lo que acaso permitiría a la gran caravana alcanzarnos. Teniendo presente en la imaginación el recuerdo de que me era completamente desconocida y de la cual jamás me había hallado a una distancia menor de varias yardas, comencé a construir sueños y fantasías románticas. No había tardado en entregarme a la subitaneidad típica del Oeste, según reflexioné.
Pero una voz interior me contestó al decir que había salvado varios abismos emocionantes en menos tiempo que se tardaría en describirlos. Solamente en pocos días había conocido el amor superlativo, el odio y la amistad. Dos de estas emociones las había experimentado ya. En el lugar de donde provenía, eran precisos años y más años para que se desarrollase lo que allí, en aquel crudo lugar de la frontera, era sólo cuestión de pocos minutos.
Resolví realizar los mayores esfuerzos, hacer todos los intentos que me fueran posibles por ver nuevamente a aquella muchacha, si la ocasión volvía a presentarse. Hallándome bajo el influjo de mis desvaríos mentales, apenas me daba cuenta del paso del tiempo. Al cabo de algunos instantes fue Darnell quien me vio y se acercó a mí.
—¡Hola, compañero! —me dijo alegremente en tanto que se sentaba a mi lado—. Te he estado mirando desde allá, y me ha parecido que tienes más interés en soñar al amor del fuego que en vigilar lo que sucede a tu alrededor.
—Sí, así ha sido durante un momento —repliqué riendo—. Apuesto cualquier cosa a que tengo más noticias para Vance que tú.
—¡Eres muy aficionado a las apuestas, amigo! Ahí vienen Shaw y Lowden, probablemente en busca de nosotros.
No tardé mucho tiempo en comunicar a mis compañeros la noticia de la ausencia de Pierce. Shaw no hizo ningún comentario, ni pudo adivinarse por su expresión si le satisfacía. Lowden, por su parte, nos dio a entender claramente que cuando se tenía pendiente de realización la tarea de matar a un hombre, cuanto más pronto se llevase a efecto, tanto mejor.
De todos modos, muchachos, creo que tenemos que ir a ver a Ruby —dijo Vance displicentemente. Salimos de la taberna y nos encaminamos hacia el brillante resplandor de luz amarilla que indicaba la situación del salón de baile y casa de juego de Pierce. Shaw caminó delante; y como Lowden y Darnell se rezagaron bastante, me apresuré a unirme al vaquero alto.
—Vance —le dije—: ahora será una buena ocasión para alejar a Ruby del salón de baile.
—¡Fuegos del infierno, Wayne! Eso mismo pensé cuando me dijiste que Pierce estaba ausente —replicó Shaw.
—¿Tienes pensado adónde la llevarás, lo que has de hacer...? —le pregunté.
—Lo primero que haremos será sacarla de aquella caverna del averno. Y después, ya pensaremos lo que más conviene. No te separes de mi lado, y ten los ojos bien abiertos. Pierce no está en la población, es cierto, pero la población está llena de hombres tan malos como él. Pierce tiene amigos, y no sabemos lo que puede suceder...
Cuando entramos en el salón de baile, no parecía haber tanto humo, ni tanto ruido, como habitualmente, aun cuando el murmullo de las voces de los bebedores, y las notas discordantes de la música no produjesen precisamente una impresión de quietud. La ruleta estaba parada en aquellos momentos; solamente se jugaban tres partidas en las mesas de juego. Al fondo del establecimiento, hacia donde dirigimos nuestros pasos, dos parejas estaban bailando, y varios hombres se hallaban sentados en bancos colocados a lo largo de las paredes. Había, también, dos hombres, que estaban en pie, hablando con una mujer a quien no pude ver por completo hasta que se alejó del más alto de los dos. Era Ruby. Si me había parecido seductora la noche precedente y linda la tarde en que la vi por primera vez, en aquel momento me pareció hermosa.
Ruby nos vio avanzar hasta el espacio destinado a los bailarines. Se estremeció ligeramente y sus ojos brillaron con alegría. Me pareció ver en ellos algo que no había apreciado anteriormente. Ruby sonrió y nos saludo con un movimiento de la mano.
Vance se había detenido un paso o dos delante de mí, y Lowden se encontraba a su derecha. Darnell se hallaba a mi espalda.
Instantáneamente, advertí que algo flotaba en el ambiente, mas no pude comprender lo que sería.
—Vance, ése es el individuo —murmuró Lowden—. Y no me parece que sea muy duro de pelar; pero ya sabes que muchos de los hombres de su clase engañan.
—Sí, es él, con toda seguridad —dijo lenta y fríamente Shaw—. Y está obligado a hacerse agradable a Ruby... Bueno, vamos a ver si Ruby nos lo presenta... Desplegaos un poco a mis espaldas, ¡carcamales!
Esta última orden iba dirigida a Darnell y a mí; pero no me fue posible comprender la situación. Lo único que comprendí fue que el individuo que pretendía adular a Ruby se hallaba en un momento muy poco satisfactorio.
Iba bien vestido, no ordinariamente como la generalidad de los ocupantes del salón, y era un hombre de aspecto agradable, de alrededor de treinta años.
Tenía un rostro liso, ojos hundidos y una singular conformación de los labios y de la barbilla, que denotaba firmeza. Mientras Ruby le hablaba nerviosa y rápidamente, el hombre se volvió para observar cómo nos acercábamos a él con lentitud. Fue entonces cuando observé que llevaba un cinturón lleno de balas brillantes y nuevas y que la pistolera colgaba a su derecha, casi fuera de la vista.
Shaw hizo un alto en su lento caminar a un par de pasos del grupo, y los demás le seguimos. Yo parecía tener el corazón en la garganta y no cesaba de preguntarme qué sucedería.
—¡Oh! ¿Habéis venido, amigos? —gritó Ruby con voz nerviosa y fuerte.
—Buenas noches, Ruby —respondió sencillamente Shaw. Y el resto de nosotros le imitamos en el saludo y nos quitamos galantemente los sombreros, como él lo hizo. —Éstos... son unos amigos míos que trabajan en las obras del Western Union —dijo Ruby a los dos hombres que con ella se encontraban—. Voy a presentároslos: éste es el señor Joe Slade... Y éste el señor Hall. Y estos amigos míos son Vance Shaw, el señor Cameron, y... y...
—Buenas noches, señores —dijo Shaw con perezosa voz, más marcada que de costumbre de su acento meridional. Dio un baso lento en dirección a los dos individuos, mas no les ofreció la mano. No pude ver hacia dónde se dirigía la mirada de Shaw, porque me hallaba observando la obsesionante expresión del rostro de Ruby y cohibido por hallarme en presencia del conocido asesino, Joe Slade. —Sentí que la boca se me secaba y que mi lengua intentaba vanamente llegar al cielo de la boca. Comencé a experimentar un sudor frío. Y no era que tuviera miedo, sino que comprendí que me hallaba ante una situación que podría dar lugar a una muerte violenta y rápida que destrozase todas mis ilusiones y esperanzas. Sabía que no conocía la manera como debía comportarme en aquellas circunstancias, y me limité a observar a Vance. Van-ce paseó fríamente la mirada sobre el grupo, con evidente intención de esperar a ver la situación que tomaban los acontecimientos.
—Buenas noches, señores —contestó Slade con amabilidad—. Tengo comprometido el próximo baile con la señorita Ruby.
Su placentera sonrisa y sus ademanes graciosos y señoriles parecieron disminuir la tensión del momento, por lo menos en lo que a mí se refería.
Lo había supuesto —dijo Shaw con voz y ademanes que se emparejaban perfectamente con los de Slade—. No importa. No me importa que mi novia baile con caballeros.
—Muchas gracias por el cumplido, Shaw —replicó Slade mientras reía ligeramente. No estaba fingiendo, sino que, verdaderamente, se sentía feliz en aquel momento—. Ven, Ruby, estoy seguro de que me ha de agradar mucho este baile... aun cuando seas la novia de este señor.
Ruby había permanecido inmóvil, como una adorable estatua, desde el momento en que Shaw hizo la afirmación de que poseía algún derecho sobre ella. No veía a nadie, sino a Vance, en aquellos instantes. Sus ojos brillaban de manera extraordinaria en el fondo de su pálido rostro. Y en ellos había, además, un algo admirativo e intrigado.
Todavía estaba mirando a Vance cuando Slade le pasó un brazo alrededor de la cintura y la arrastró hacia el terreno del baile. Slade demostró ser un gracioso bailador, y Ruby parecía entre sus brazos tan ligera como un villano. Mientras se alejaban, oí que Lowden murmuraba:
—Oye, amigo, ¿qué sabes acerca de todo esto?
—No puede nunca decirse nada acerca de algunos hombres, Jack. Es posible que Slade no sea una mala persona... Y creo que no podemos permitir que nos aventaje en lo relativo a mostrarse galante con una dama.
En aquel intrigante momento, una mano me tocó ligeramente en el brazo y una voz ronca me dijo al oído.
—¡Hola, simpático! Soy Flo. ¿Quieres bailar conmigo?
Me volví con rapidez y vi que una de las jóvenes del establecimiento se encontraba a mi lado. Iba vestida con un traje muy liviano. Me pareció muy hermosa, aun cuando sus ojos no expresaran alegría, como su sonriente boca.
—Sí, muchas gracias. Me agradará infinito —repliqué.
Me alegré mucho de haberme puesto zapatos en lugar de las pesadas botas. Un instante más tarde me encontraba girando sobre el suelo del salón de baile con una muchacha cuya ocupación consistía en hacerse agradable a los hombres. Habría sido inutil intentar huir de ella. En realidad, lo que hice fue corresponder al influjo que ejercía sobre mí. Y debo declarar que todo ello no era producto de la influencia que el Este tenía sobre mí.
Muy pronto nos hallamos cerca de Ruby y de su compañero, a quienes miré atentamente. Slade estaba intentando obtener el mejor provecho posible de la ocasión. Me pregunté si a Vance le agradaría ver a su novia tan estrechamente abrazada, sobre todo después de haber accedido tan cortésmente a la petición de Slade. No me atreví a volver la cabeza para ver cómo reaccionaba, pero, no obstante, experimenté la sensación de que aquel encuentro con Slade iba a tener un desenlace muy poco apetecible.
Mi mirada se cruzó con la de Ruby. Los ojos de Ruby me dieron a entender que comprendía cuáles eran mis sentimientos. La sonrisa de la joven aplacó momentáneamente la dura y triste expresión de su rostro.
—Oye, forastero, podrás ser un novato, pero eres un bailarín rematadamente bueno —dijo mi compañera.
—Gracias por la fineza, Flo —contesté—. Me alegra que alguien aprecie mis buenas cualidades de yanqui...
Aprendí a bailar en el Este.
—¿Cómo me dijiste que te llamas?... ¡Ah, gracias! No recordaba que no me lo has dicho ni te lo he preguntado.
—Wayne Cameron. Soy de Boston, y he venido a trabajar en la línea telegráfica.
—No tenemos la suerte de que vengan muchos orientales como tu por estas regiones.
—¿Por qué lo llamas suerte, Flo?
—Porque la mayoría de los orientales que vienen por aquí son enyiados por sus padres o por algunas otras personas, por razones que no hay necesidad de decir... ¿Comprendes lo que sugiero? Los envían porque no quieren tenerlos a su lado.
—¿Podrías decirme, Flo, si sabes dónde está Pierce?
—Sí, ha ido a Omaha, en busca de mujeres. Como sabes, sus negocios están creciendo y cree que necesita más muchachas para que sigan con él el camino de los constructores del telégrafo. Oye, ¿no te gusto más que Ruby?
Rehuí la inoportuna pregunta respondiendo sencillamente:
—Es Shaw el que está prendado de Ruby... En realidad, creo que los dos se quieren.
—Bien, permíteme que te dé un consejo. A Pierce le agrada también Ruby, y Shaw le disgusta. Le he oído decirlo. Shaw debe tener mucho cuidado con lo que hace.
—¿También tienes tu que andar con precauciones, Flo? ¿Te maltrata Pierce, como hace con Ruby? —pregunté.
—¡A mí! ¡No se atrevería a hacerlo! Si algún día me diera un golpe, le llenaría la cabeza de plomo a— respondió Flo, furiosa.
Después de dar un par de vueltas más, el baile terminó. Flo y yo nos detuvimos donde habíamos comenzado a bailar. Antes de que nos hubiéramos acercado a los demás, Flo me asió del brazo y me dirigió una mirada llena de atrevimiento.
¿No querrías bailar conmigo toda la noche? —me preguntó.
—Muchas gracias, Flo —repuse—. Me agradaría, ciertamente pero...
pero... tengo algunas cosas que hacer esta noche y...
Busqué un poco de dinero en un bolsillo y se lo puse a Flo en una mano.
—¿Quieres decir que me das todo esto para mí... sin siquiera bailar conmigo?
—No tiene importancia —respondí.
—Me ha gustado bailar contigo, Wayne. Eres un verdadero príncipe. Me parece que voy a invitar a ese vaquero amigo tuyo, el pequeñito y de ojos descarados, a que baile un poco conmigo... Y si necesitáis mi ayuda para algo relacionado con Ruby, no dejes de decírmelo.
Al reunirnos con los demás, miré ansiosamente a Shaw, que se hallaba entre Ruby y Slade. Cambiamos algunos lugares comunes acerca del baile, y Flo disparó la batería de sus ojos contra Lowden y le dijo:
—Oye, vaquero, me gustaría que bailases conmigo el próximo baile. ¿No podrías enderezar esas torcidas piernas que tienes lo suficiente para impedir que me destroces las medias con las espuelas?
—Señora, sé bailar mejor que nuestro amigo el yanqui —replicó Lowden zumbonamente—. Reconozco que tengo las piernas torcidas y que no son muy bonitas, pero, puedo sostener a una mujer entre los brazos sin permitirla que caiga al suelo.
—¿Es cierto? —preguntó ella con impertinencia—. Tendrás que invitarme a beber antes de que me arriesgue a comprobarlo, vaquero.
Slade se dirigió, con su enigmática y graciosa sonrisa, a Shaw.
—Su novia es una gran bailadora. Gracias por haberme concedido el honor de bailar con ella.
—Muchas gracias a usted por su amabilidad —con—, testó Shaw—. He bailado con muchísimas mujeres, pero jamás he hallado ninguna bailadora tan buena como ella. Y, después de pronunciadas estas palabras, Slade se inclinó y se dirigió hacia el mostrador, donde se unió a un hombre robusto, en quien reconocí a Black Thornton. Thornton lanzó una mirada relampagueante en dirección a nosotros.
—Ruby, pareces estar muy cansada —dijo solícitamente Shaw.
—Me caigo a pedazos, Vance. He tenido una pelotera terrible con Pierce un momento antes de marcharse y estoy deshecha.
—Lo siento mucho. Quería haber bailado contigo y supongo que nuestro amigo Wayne también lo deseaba. Pero lo dejaremos. Llévame a algún lugar reservado donde pueda decirte muchas cosas que tengo que comunicarte —dijo Shaw mientras paseaba distraídamente la mirada a su alrededor. A pesar del descuido con que lo hacía, estoy seguro de que su mirada no dejaba de percibir nada de lo que le importaba.
Vamos a mi habitación.
—Me parece muy bien. Wayne, ven con nosotros. Y tu, Darnell, ten cuidado con Jack. Evita que beba demasiado, lo que significa que tendrás que separarlo de esa mujer... Ruby nos precedió hasta una oscura escalera, que Shaw la ayudó a subir. Yo los seguí. Una luz opaca y débil brillaba en el descansillo alto. Creí apreciar que el piso de la casa había sido primitivamente un desván, más tarde dividido en varias habitaciones.
La habitación a que nos condujo Ruby resultó ser, según vi cuando Shaw hubo encendido una lámpara, tan desnuda y tan poco acogedora como las restantes dependencias del establecimiento. El suelo era de madera sin pulir, había una cama con una colcha roja, un lavabo rústico y ordinario con un espejo, y una cortina ante un rincón, que debía de ser el lugar en que Ruby colgaba sus escasas ropas. Shaw no perdió el tiempo, sino que comenzó a exponer inmediatamente el objeto de nuestra visita.
—Ruby, voy a sacarte de este agujero del demonio —dijo mientras se enderezaba, tras haber encendido la lámpara y se aproximaba a ella.
—¡Oh! —exclamó la muchacha; y se inclinó desfallecida sobre él y se-agarró a su chaqueta—. ¿Vas a llevarme de aquí?... ¿Adónde... y cómo?
—No sé exactamente adónde, pero voy a demostrarte cómo.
—¡Oh! ¡Será maravilloso...! Pero. ¿qué sucederá cuando Pierce regrese y advierta mi falta? No se resignará jamás...
—¡Váyase al infierno Pierce! Estaremos ya en camino antes de que Pierce regrese, y si se decide a perseguirte... Bueno, tanto peor para él.
—¡Vance! ¿Quieres matar a Pierce?
Ya está sentenciado, Ruby. Lamento mucho que se haya ausentado.
—Es malo y traidor. Y tiene una cuadrilla de asesinos.
—Ruby, no te preocupes por esa cuadrilla —replicó Shaw un poco impaciente—. Te he dicho que iba a arrancarte de aquí, ¿no es cierto? Puedo atenderte debidamente, y yo y mis amigos podemos hacer frente a Pierce y su cuadrilla cuando llegue la ocasión.
—¡Oh! ... No... no sé qué... qué decir —murmuró ella roncamente—. ¿Te ha contado Wayne lo que le dije? Wayne tenía pena por mí... ¿Te sucede lo mismo? ¿Vas a volver a enviarme al Este? No tengo amigos, no tengo casa, no tengo dinero... ¿O vas a tenerme a tu lado, como amiga tuya?
—Ruby, voy a casarme contigo tan pronto como encontremos un sacerdote.
—¡No puedes... no puedes hacerlo; Vance! —gritó Ruby con energía—.
No... soy digna de ser... tu esposa. ¡Viviré contigo..., seré tu esclava..., me mataré trabajando para ti..., pero no me casaré contigo! ¡No, no!-Es posible que me haya engañado, Ruby... ¿No me quieres?
—Sí..., sí.
—Me parece muy bien porque yo me enamoré terriblemente de ti desde el primer momento en que te vi, Ruby. He estado enamorado de muchísimas mujeres, una pareja de bailarinas, hace mucho tiempo, de más de una señorita mejicana, de una joven india en cierta ocasión, y de una hija de un ranchero, a cuyo novio tuve que matar; pero, después de pensarlo bien y de haber estado dos noches sin dormir al acordarme de ti, sé bien que nunca he querido a ninguna mujer como te quiero. De modo que, naturalmente, querida, no puedo hacer otra cosa que casarme contigo.
La respuesta de Ruby a estas palabras fue la cosa más hermosa y conmovedora que jamás he visto en las relaciones entre hombre y mujer. Se echó en brazos de Shaw, y habría caído a suelo si él no la hubiera sostenido.
Ruby no podía hablar. Se inclinó hacia atrás, con los brazos colgantes a lo largo del cuerpo, y levantó la mirada hacia el rostro del varón, con tanta admiración, tanta sorpresa y tanta adoración, que de su rostro se borró toda expresión de amargura.
Y me pregunté qué sabía acerca de amor y de tragedia. Aquella criaturita de las praderas tenía, para mí, un sentido exquisito y una suprema belleza. La mirada de sus ojos me dolió, y di gracias a Dios por haber sido instrumento de su ayuda. Un instante más tarde Ruby rompía en lágrimas y enterraba el rostro en el pecho del vaquero.
—Compañero —me dijo Shaw—, tendremos que salir de aquí y pensar rápidamente lo que hemos de hacer.
Ruby parecía transformada, atemorizada, y, sin embargo, radiante, incapaz de apartar sus ojos del rostro del vaquero.
—Ruby, ¿tienes algún objeto de tu propiedad? ¿Algunas ropas que quieras llevarte? ¡Al infierno esos vestidos de bailarina que has usado!
—No tengo gran cosa de mi pertenencia —respondió ella—. Un par de vestidos sencillos... Cuando me rescataron de manos de los indios, solamente poseía la ropa que llevaba puesta.
—¡Ah! ¿La conservas todavía? —preguntó Shaw.
—Sí. Todavía la tengo.
—Y ¿cómo es?
—Un mono azul, una blusa, un sombrero plano y un par de botas. Con esto iba vestida durante el viaje en el carromato.
—¡Bien! —exclamó el vaquero—. Con todo eso podrás desfigurarte. Veo que ahí está tu saco... Recoge en seguida todo lo que necesites y salgamos pronto de aquí.
Un par de minutos más tarde estábamos bajando las escaleras. Ruby nos mostró una puerta accesoria que conducía desde el vestíbulo hasta la parte posterior del edificio, y muy pronto nos encontramos bajo el cielo estrellado y al fresco aire de la noche. Así de fácilmente sucedió todo. Yo llevaba el saco de Ruby, y Shaw sostenía a la muchacha mientras nos encaminamos desde la zona posterior de los edificios hasta la parte baja de la ciudad.
Yo iba un poco delante de ellos y oía la voz murmuradora de Shaw y las rápidas y nerviosas respuestas de ella, pero no podía entender lo que decían.
En vano me torturaba la imaginación al preguntarme qué deberíamos hacer.
Tenía la seguridad de que Shaw no renunciaría a su trabajo, con lo que la cuestión quedaba reducida a que habríamos de llevar a Ruby con nosotros.
Y esto parecía prácticamente imposible. Estaba revolviendo en la imaginación estas insolubles cuestiones, cuando llegamos a nuestro vehículo, que se hallaba a pequeña distancia de la herrería. Había una hoguera agonizante en las proximidades, pero no se veía a nadie por allí. El sordo zumbido de la ciudad llegaba hasta mis oídos.
Enciende una luz, compañero —dijo Vance—, y dame ese abrigo que he comprado hace poco. Está encima de mi cama... Oye, Ruby, ponte esto y siéntate junto al fuego mientras Wayne y yo preparamos un sitio para ti.
—¿Dónde? —preguntó Ruby—. ¿Dónde? Me asusta mucho dormir al aire libre, y me moriría de frío.
—Bien, reconozco que tu alojamiento va a ser un poco deficiente —respondió Shaw—; pero tendremos que hacer lo que podamos hasta que encontremos algo mejor.
La condujo junto al moribundo fuego y colocó un asiento ante las rojas ascuas. Luego, regresó a mi lado. Los dos nos miramos mutuamente a la luz de las estrellas. Los ojos de Shaw reflejaban su audacia, y, de pronto, comenzó a reír, sin duda al ver mi expresión de perplejidad. Vol-vio la cabeza hacia la figurita que estaba inclinada sobre el fuego, y después me miró de nuevo.—Amigo Wayne: me has metido en .un lío de todos los diablos —me dijo.
—Palabra de honor, Vance que es cierto. Pero, de todos modos, no tengo nada de que arrepentirme.
—¡Siempre un caballeroso y galante yanqui! —continuó Shaw—. ¿Qué demonios van a decir Jack y Darnell cuando lo sepan? ¿Qué dirá ese vejestorio de capataz, Liligh? Y ¿qué hará Creighton?
—¡Solamente el Señor lo sabe! Vance, estoy sencillamente estupefacto.
Pero si he hecho algo de lo que esté orgulloso, es de haberte ayudado a salvar a esa muchacha. No obstante, ¿qué vamos a hacer ahora?
—¿Qué vamos a hacer, compañero? Vamos a llevarnos a Ruby con nosotros —respondió Shaw.


V
Tienes razón, muchacho. Estaba bromeando cuando te dije que me habías metido en un lío. Si no hubiera aprendido a apreciarte anteriormente, habría tenido que hacerlo esta noche. Ahora tengo una idea. Es una suerte que dispongamos de un carromato tan grande como éste. Vamos a arrastrar todos los camastros, menos uno, hacia atrás, y a preparar la parte delantera del vehículo para Ruby. Le cederé mi cama y yo dormiré en el suelo, en la parte trasera. Tenemos algunas mantas sobrantes y una piel de búfalo. Ese lienzo embreado que hemos comprado nos va a ser muy útil, porque vamos a utilizarlo como cortina para separar del nuestro el espacio destinado a Ruby.
Es una cosa muy sencilla. Vamos a hacerlo, y a pensar mientras tanto en la solución de otras cosas que no son tan sencillas como ésta.
Shaw efectuó en muy poco tiempo los preparativos que juzgó necesarios, tarea en la que le ayudé cuanto me fue posible. Estaba demasiado desconcertado para que nadie pudiera pronunciar ni una sola palabra. No tenía ni la más ligera idea respecto al tiempo que nos sería posible mantener oculta a Ruby, pero pensé que cuando fuera descubierta nos encontraríamos muy lejos de Gothenburg y de Red Pierce. Y este pensamiento me alegraba.
Sospeché que tanto Shaw como yo nos sentíamos dos muchachos felices mientras preparábamos el interior del carruaje de la forma prevista; y el resultado nos satisfizo plenamente. Luego fuimos en busca de Ruby, que continuaba sentada ante las rojas ascuas, ante cuyo resplandor sus ojos se mostraban sumamente elocuentes. Ruby observó al imperturbable vaquero, y yo hice lo mismo. Y acaso ambos nos asombramos del mismo modo.
Shaw lió un cigarrillo y se lo llevó a la boca. Levantó un ascua con un trocito de madera, y lo encendió. Dio unas chupadas y luego hizo una larga aspiración con el fin de poder expeler una gran nube de humo, tras la cual se ocultó momentáneamente su moreno rostro.
—Escucha, muchacha —comenzó diciendo—: todo va a marchar a las mil maravillas. No tienes nada que temer. Métete en la cabecita lo que voy a decirte: yo cuidaré de ti. Y apostaría todo lo que tengo a que mis compañeros serán capaces de llegar hasta el límite de sus fuerzas por ayudarme.
Tenemos que transformarte. Mañana te pondrás —ésas ropas de muchacho.
He recordado algo que sabía hacer á las mil maravillas cuando era un millón de años más joven que ahora. Y es hacer que un joven blanco parezca tan moreno como un mejicano.
«No querría cortarte ese cabello tan rizado que tienes, ni por todos los Pierces y todos los jefes que haya en el Oeste. Tendrás que recogértelo y esconderlo bajo el sombrero. Te enseñare a hablar mejicano, puesto que lo conozco tan bien como un libro. Debes estar siempre cerca del carro durante una temporada, excepto después del anochecer. Y cuando tengamos que hablar a alguien de ti, diremos que eres un pobre huérfano mejicano que fue abandonado por la última caravana... ¿Qué te parece todo esto, querida?
—Es como una novela —murmuró Ruby soñadora-mente.
—Wayne, ¿qué opinas tú?
—Me parece todo muy bien —dije, aun cuando abrigaba cierto escepticismo—. Estaremos lejos de esta ciudad antes de que regrese Pierce, y hasta es posible que jamás volvamos a verle... Ahora voy a dejaros a solas durante unos momentos; iré en busca de nuestros compañeros.
Me alejé de la pareja, que permaneció junto al fuego, y caminé a lo largo de las hileras de árboles que bordeaban la pradera. De vez en cuando volví la cabeza para ver las siluetas de las dos figuras. Había un algo de grandeza en Shaw, que me obligaba a pensar continuamente en ello. En mt amistad con él y el resto de mis amigos debía asimilar algo del carácter y de la personalidad de aquellos vaqueros. Y esto es lo que principalmente necesitaba y para lo cual tenía en verdad grandes ejemplos dignos de imitación.
Cuándo volví junto al fuego descubrí que Tom Darnell había regresado de la ciudad y que Ruby había desaparecido. Oí las últimas palabras del relato de Shaw acerca de la muchacha y la pregunta que respecto a su opinión hizo a Darnell.
—Las mujeres son una complicación para los hombres y especialmente para nosotros, los pobres vaqueros —contestó Darnell, pensativo—. No sé si será cierto, o si lo es, por qué sucede que los vaqueros nos enamoramos más rápidamente que los demás hombres; pero me parece que no hay duda de ello. Ningún vaquero ha sufrido tanto por culpa del amor como yo, pero no cambiaría aunque pudiera. Creo que sucede que la vida al aire libre, los días solitarios y las noches bajo las estrellas hacen a un hombre más susceptible a los encantos de las mueres y le obligan a necesitarlas más.
»Opino que lo que haces en favor de esta muchacha es magnífico, Vance. Estoy a tu lado. Creo que no podríamos obrar de otro modo. Soy un hombre extraño, Vance, en lo que se refiere, a corazonadas y presentimientos. He tenido dos desde que llegué a esta ciudad. Una de ellas fue cuando os vi a vosotros tres a la puerta del establecimiento de Pierce. La segunda corazonada me ha sucedido ahora mismo. Tu actitud hacia Ruby es correcta, y todo saldrá a pedir de boca.
—Escucha, escucha lo que dice, Wayne —me encareció Shaw con acento de broma que no lograba ocultar su emoción—. Es un vaquero filósofo...
¿Has oído a alguien expresarse mejor que él?... Muchas gracias, Tom... Bueno, creo que ya es hora de que nos retiremos.
Entonces pregunté a Darnell dónde se hallaba Lowden.
—Cuando lo vi por última vez, estaba bebiendo con aquella dama de los ojos negros.
—Creo que a Lowden no le sucederá nada —afirmé—. No os lo había dicho aún, compañeros, pero sé que Flo está de nuestra parte.
—Siempre sucede lo mismo con Jack —replicó Shaw—. No iremos a buscarle, y no le esperaremos levantados, pero va a tener un disgusto en el caso de que se emborrache. Este nuevo trabajo nuestro no es muy a propósito para emborracharse.
Di varias vueltas en torno al fuego; me era desagradable tener que abandonar las rojas ascuas, el susurro del viento en los árboles cercanos, el parpadeo de las grandes y blancas estrellas. Cuando volví al carromato, todo estaba tranquilo. Shaw se hallaba tumbado en el suelo, entre dos camastros, cubierto por completo con las mantas, excepto las botas, que no se había quitado.
Me senté sin hacer ruido en mi camastro, y aquella noche, como principio, no me quité sino los zapatos y la chaqueta. El aire era mordazmente frío; lo que me pareció un buen pretexto para mí mismo: Me estiré y me cubrí con la manta. Un bajo y constante zumbido llegaba hasta nosotros desde la calle principal de la ciudad, y en la pradera sonaba lo que parecía el ladrido de una jauría enfurecida. Estos perros tenían el ladrido más agudo, más extraño y feroz que jamás he oído. Con sus ladridos parecían aumentar la desolación de la pradera. Inmediatamente reconocí que no eran producidos por perros, sino por coyotes, según los relatos que había leído, lo que me tuvo impresionado hasta que me dormí.
Algo me despertó. Debía de ser cerca de la hora del amanecer. Un ruido producido en las cercanías del carromato rompió mi sueño. Antes de que volviera a oírlo nuevamente sentí una presión en un pie, y, levantándome hasta quedar incorporado y apoyado en un codo, vi que Shaw estaba sentado en el suelo y que su pistola brillaba oscuramente a la luz de las estrellas. La presión de su mano pareció destinada a imponerme silencio. Vi que repetía esta presión sobre Darnell. Luego oí unos pasos, un ruido de pies que se arrastraban en el exterior. No era un animal. Era, sin duda, un hombre, puesto que iba calzado. Lo que quiera y quienquiera que fuese, estaba murmurando en voz baja unas palabras imprecisas. Shaw me empujó para que me tumbase, y murmuró en mi oído:
—Es ese maldito carcamal. Me parece que está medio borracho. Está intentando entrar por la parte delantera del carro para evitar que nos despertemos.
—Pero va a asustar a Ruby —repliqué en voz baja.
—No creo que Ruby se asuste fácilmente. Esperemos. La (unción va a resultar divertida.
Darnell, que también se había apoyado en un codo, en posición tensa y de alerta, se tranquilizó al oírnos. Sin duda alguna, se figuraba la situación del mismo modo que Shaw. Entonces comprobé al ver la luz opaca que brillaba a. espaldas del carro y me permitía ver a Darnell, que la aurora había comenzado a nacer.
Después, oí a Jack, que intentaba subir al pescante del carro. Era una cosa difícil de conseguir sin hacer ruido, pero Jack se encontraba lo suficientemente sobrio para intentarlo. Se le oyó una o dos veces resoplar y murmurar. Al fin, consiguió encaramarse al asiento del conductor, y se desconcertó al encontrar la cortina que se extendía tras él.
—¿Qué... demo... nios es esto? Apos... taría un... millón... a que me he con... fundido de carro...
En aquel mismo instante Ruby se despertó y lanzó un grito. No fue un grito de terror, pero sí de susto.
—¡Vance, Vance, despierta! —dijo—. Hay un borracho que intenta meterse en el carro.
Una aspiración violenta de aire, un ruido de botas y un golpe al caer Lowden nos dieron a conocer la catástrofe que se le había venido encima.
—Estamos todos despiertos, Ruby —contestó Shaw—. Hemos oído perfectamente al borracho. Es Jack.
Y tras pronunciar estas palabras, Shaw se puso en pie y saltó al exterior.
—¡Ven aquí! —gritó; y cuando desaparecía de mi vista vi que Lowden emitía un resoplido de sorpresa. Decidí salir y lo hice a tiempo para ver cómo Shaw apercollaba al vaquero y le descargaba un formidable puntapié en la espalda que le obligó a caer.
—¿Eres tú, compañero..., o es que... he perdido... la fuerza...? preguntó con voz fuerte Jack.
—Lo único que te sucede es que estás completamente borracho —declaró Shaw.
—¿Qué diablos...? ¿Quieres hacerme... creer...? Si no —estoy borracho... o loco... hay una mujer en el carro...
—¡Cállate! ¡No grites! —le ordenó conminatoriamente Shaw—. ¡Claro que tenemos una mujer en el carro! Es Ruby, que desde ahora forma parte de nuestra sociedad.
—¡Infiernos y avernos! Creí que estaba delirando! Lo siento.
Shaw lo condujo hacia la parte posterior del carro. Lowden presentaba un aspecto ridículo y vergonzoso.
—Entra y duerme un poco, ¡inútil! El día comienza a nacer, y creo que los demás debemos dormir también algo. Tan pronto como volvamos a despertarnos encenderemos una hoguera, sacaremos comida del almacén y tomaremos un bocado y una taza de café.
Yo fui uno de los que no durmieron un solo minuto más. Me maravilló la manera como aquellos muchachos parecían, a voluntad, dormir o despertar instantáneamente. Vi que el alba gris se aclaraba, que el día rompía por oriente y que el rojizo cielo se encendía de luz resplandeciente por efecto del naciente sol. ¿Cuándo, en el transcurso de mi vida, había visto amanecer de aquella manera?
Llevando la chaqueta y las botas —en las manos, salí del carro y, después de habérmelas puesto, procedí a buscar leña para encender fuego.
No fue tarea fácil. Había muy pocas ramitas y estaban muy diseminadas.
Reuní una carga tan grande como me fue posible, y al regresar encontré a Darnell y Shaw levantados y dispuestos a abandonar el carro para ir a cumplir alguna misión.
—Rubypreguntó el vaquero a través de la lona—, ¿estás despierta?
La respuesta fue afirmativa.
—No salgas hasta que yo vuelva. Voy a buscar lo necesario para convertirte en un muchacho mejicano continuó Shaw—, y a comprar un poco de comida.
Luego Shaw se dirigió a mí.
—Buenos días, compañero. Veo que sabes recoger leña... Calienta un poco de agua cuando hayas encendido el fuego.
Shaw y Darnell se alejaron. Pensé que sería conveniente despertar a Lowden para que se levantase antes del regreso de los dos amigos que se ausentaban. Después de haber dormido tan poco, encontré sorprendente que el vaquero se despertase de la manera habitual.
—¿Qué ha sucedido anoche, jefe? —me preguntó.
Mientras se lavaba en un cubo y se peinaba el revuelto cabello, le ofrecí un breve resumen de lo sucedido hasta aquel momento.
—No me importa que Vance me diera aquel puntapié tan fuerte —replicó con tristeza mientras se frotaba el lugar en que había recibido el golpe—, pero no estoy dispuesto a tolerar que me llamase borracho. No lo estoy. No estaba borracho. Anoche averigüe la verdad sobre Pierce y su cuadrilla. Y ¿cómo habría podido tener la habilidad necesaria para hacerlo si hubiese estado borracho?
—Lo lamento mucho, Jack —dijo Ruby desde el interior del carro; mas, a pesar de sus palabras, su voz sonaba como si estuviera intentando contener una carcajada—. Lo siento mucho. Pero ¿qué podía suponer? Metiste el pie derecho en mi camastro.
—Muy bien, Ruby, muy bien —replicó Jack, nuevamente tranquilo—. Lo que te pido es que hables en mi favor a ese maldito compañero mío.
En aquel momento aparecieron Shaw y Darnell, cargados de paquetes, que depositaron sobre un trozo de lona.
—Buenos días, amigote —dijo alegremente Vance a Lowden Vosotros id preparando el desayuno mientras yo arreglo a Ruby—. Me juego la cabeza a que ninguno de vosotros la reconocerá después.
El olor del tocino y del café era tan apetitoso, que me olvidé completamente de lo que estaba sucediendo en el interior del carro. Mas cuando Shaw nos llamó, miré con rapidez. Había bajado ya del vehículo v Ruby lo seguía. Supe, naturalmente, que aquella segunda persona era Ruby, pero su aspecto era muy diferente al de la muchacha a quien recordaba.
Ruby era un muchacho delgado, con un mono muy raído, una chaqueta oscura y un sombrero blando inclinado sobre el rostro con el fin de ocultar el cabello. Todo ello ofrecía un contraste muy marcado con el aspecto anterior de la joven, pero su rostro era completamente irreconocible. Lo tenía manchado o teñido de un color muy oscuro, y en mi opinión, si se aspiraba a que se presentase como un ejemplar de joven mejicano, no podía dudarse de que lo era, y muy seductor.
Se acercó al fuego, cerca del cual varios platos fragantes y apetitosos se hallaban ya colocados sobre un lienzo embreado. Lowden interrumpió la operación de servir el café y miró con incredulidad. Darnell permaneció inmóvil.
—Compañeros, tengo el gusto de presentaros a nuestro ayudante mejicano —dio ceremoniosamente Shaw—. Se llama Pedro. Todos podéis mandar en él cuando haya cerca algún otro hombre que pueda oíros; pero cuando nos hallemos a solas no olvidéis que Pedro es una señorita que está destinada a ser la señora Shaw.
Resultaba casi completamente imposible discernir la expresión de Ruby, pero se advertía fácilmente su timidez. Shaw le ordenó que se retirase de nuevo al interior del carro, adonde le llevaría el desayuno; todos nos arrojamos con ansia sobre el nuestro y lo devoramos con apetito.
Cuando estábamos terminando la comida, otros trabajadores pertenecientes a carros que se hallaban próximos al nuestro se encaminaron hacia la ciudad, y por su apresuramiento podía comprenderse que había algún trabajo que realizar. El ultimo que pasó fue Liligh, quien nos dijo :
—¡Buenos días, vaqueros! Terminad pronto de comer, uncid los bueyes, y preparaos a seguirme. ¿Quién es el jefe de vuestro carro?
—Tenemos cuatro jefes, Liligh —respondió Shaw—. Pero Cameron es el que responde por todos.
Una hora más tarde salimos de Gothenburg en dirección al Oeste en nuestro carro, al que llamé «casa de huéspedes con ruedas» y que Lowden denominó el «fantasma». Yo iba sentado en el alto asiento del conductor, junto a Darnell. Ruby, arrodillada, iba tras de nosotros, mirando hacia el exterior. Debo declarar que Ruby no podía estar más encantada por su nueva aventura que yo por la mía. Al fin, me hallaba a punto de comenzar a trabajar en la labor de tender la línea telegráfica a través de las bravías extensiones.
Iban tres carros delante del nuestro, el último de los cuales era el de Liligh. Lo íbamos siguiendo sólo a distancia suficiente para librarnos de las molestias del polvo que levantaba. A lo largo del camino, desde la ciudad, en todos los lugares en que Creighton se había detenido, estaban cavados ya los hoyos para instalar los postes. El alambre extendido en el suelo, y junto a cada hoyo se encontraba el correspondiente aislador, la pequeña taza de cristal verde que había de sostener el hilo. Cuando llegasen los postes, la línea quedaría tendida en aquellas pocas millas como por arte de magia.
Vi que nos íbamos acercando al río, y después de un recorrido de varias millas, cuando hubimos coronado una suave pendiente del terreno, vimos extensiones de agua y de arena que corrían a lo largo de una línea de sauces, la cual obligó a mi mirada a concentrarse sobre un grupo compuesto de carros cubiertos de lonas blancas de bueyes que pacían, y sobre las columnas de humo y de polvo que marcaban el lugar en que se hallaba el campo de construcción. A ambos lados se extendía la llanura, que era en cierto modo hermosa, a pesar de la monotonía de la estéril extensión. A gran distancia, todo se desvanecía en la neblina gris del horizonte.
Finalmente, llegamos al campamento. Shaw se acercó a la parte delantera del carro y se inclinó sobre mi hombro para contemplar el terreno que teníamos ante nosotros.
—Hay unos diez carros —observó el vaquero—. Eso significa que la brigada de Creighton se halla aquí, pero ninguno de sus restantes carros.
—Mira un poco más adelante, hacia el Sur, Vance —sugirió Darnell—, y verás una gran cantidad de carros y muchísimos bueyes y caballos. Es una caravana muy extensa.
—Sí, ahora la veo. Hay una caravana acampada allá. Miré instantáneamente en la dirección indicada por Darnell. ¿Podría la joven a quien yo había —indudablemente de una manera tonta —tenido presente en mis sueños, la joven a quien deseaba hallar... encontrarse en aquel campamento?
—¿No será ésa la caravana de Slade, la caravana de que hemos oído hablar? —pregunté volviendo a la realidad.
—Slade tenía sus carros en la ciudad. Tom, condúcenos un poco afuera de la carretera, hacia aquella tupida masa de sauces, donde nos detendremos. Haremos alto en el exterior del campamento de Creighton, pero no demasiado lejos.
—¡Oh, Vance! ¿Qué haré cuando estemos allá? —murmuró Ruby ahogadamente—. ¿Habré de esconderme bajo mi camastro?
—Yo diría que no. De todos modos, cuando haya hombres cerca deberás dejarte ver muy poco. No te preocupes, Pedro. Nosotros arreglaremos las cosas de modo que no sufras contratiempos.
—Creo, muchacho, que alguno de nosotros deberá quedarse cerca del carro para hacer compañía a Pedro —sugirió Lowden con timidez.
—Tienes razón, Jack —contestó Shaw, que no había comprendido la forma festiva en que se le había hecho la sugerencia—. Uno de nosotros debe estar próximo a ella siempre que sea posible.
Nos detuvimos junto al cauce del río, cerca de la masa verde de sauces, al pie de la cual corría el agua clara sobre un lecho de blanca arena. Shaw sugirió que yo fuese a informar a Creighton de nuestra llegada y averiguar qué teníamos que hacer. En el caso de que no regresara pronto, él mismo iría a buscarme.
Me quité la chaqueta y, después de unos momentos de duda, me despojé del cinturón, la cartuchera y la pistola, y los dejé en el suelo. La mirada de halcón de Lowden me sorprendió.
—¡Eh, jefe! —gritó Jack—. ¡No abandones nunca tu ferretería!
Me eché a reír y me alejé pensando que su consejo era por el momento más festivo que digno de ser seguido. Dirigí los pasos hacia la concentración de carros y cuando hube llegado observé que varios hombres estaban ocupados en diversas faenas, tales como engrasar ruedas, hacer reparaciones y otras que en aquel instante no entendí.
Vi que había un carro lleno de rollos de alambre telegráfico, y que en uno de sus costados se hallaba un vehículo diferente a los demás, vehículo que al punto reconocí como uno de los que Darnell llamaba «coche comedor».
Había también dos fuegos, ya en rescoldos, en torno a los cuales un hombre bajo, rechoncho, de rostro jovial, y un ayudante negro estaban lavando utensilios de cocina. En el suelo se veían cacerolas y sartenes, y sacos que, indudablemente, habían sido utilizados como asientos. Más lejos se encontraba un carro muy bonito, cubierto de lona blanca, donde unos hombres se sentaban en torno a una mesa bajo la sombra que proyectaba el toldo del vehículo.
Había atravesado el campo corriendo, pero durante todo el tiempo que duró mi recorrido no dejé de apreciar ni un solo instante el color y el movimiento del cuadro, el sonido de los martillos y de las ásperas voces de los hombres, el olor del humo de la leña y, fuera del campamento, el grupo de bueyes que pacían. El hombre de la cara jovial me indicó dónde se hallaba el señor Creighton. Al acercarme, vi que era uno de los hombres que estaban sentados a la mesa; todos los demás, con excepción de Liligh, eran desconocidos para mí. Cuando llegué junto a ellos, me incliné y dije:
—Señor Creighton, venimos a incorporarnos a nuestro trabajo. Hemos llegado hace un momento, detrás del carro de Liligh, y los vaqueros están dispuestos a comenzar a trabajar.
—Buenos días, Cameron —replicó alegremente Creighton—. Liligh me dice que todos ustedes están ansiosos por comenzar a trabajar. Está muy bien.
Yo había previsto que así sería... Sunderlund, este joven es Wayne Cameron, un occidental y estudiante en Harward, que ha venido al Oeste para ayudarme a construir la línea telegráfica..., Cameron, le presento a Jeff Sunderlund, de Texas. Tiene una caravana muy numerosa camino del valle de Sweetwater. Un hermano suyo reside en Wyoming y se dedica al negocio de ganado.
Saludé a un hombre de aspecto agradable, que me tendió la mano y me habló con el mismo acento que había conocido y apreciado al ponerme en contacto íntimo con Shaw. Tenía el cabello claro y la piel clara también, aunque un poco teñida por el sol, ojos azules, cariñosos, y un rostro rugoso, fuerte, serio, al cual un bigote largo, caído y castaño confería una expresión de severidad y dolor. Fui presentado, además, a otros dos tejanos, Bligh y Stevens, que eran ganaderos y se habían unido a la caravana de Sunderlund, a la cual seguían en unión de cuatro mil cabezas de ganado que llevaban a Wyoming. El cuarto de los hombres era Liligh, que me habló con su seco acento.
—Cameron, siéntate sobre esa caja y toma una copa con nosotros.
—Muchas gracias —contesté.
—El señor Creighton me ha hablado hace unos momentos de esos vaqueros que te acompañan. Y me agradaría dijo Sunderlund —conocerlos especialmente al que acaba de llegar de Wyoming.
—Sin duda se refiere usted a Darnell —contesté—. Es verdaderamente un joven muy interesante. Estoy seguro de que podrá informarle de cuanto desee usted saber acerca del valle de Sweetwater.
—Sería muy conveniente —afirmó el tejano—. Hemos recibido últimamente informes contradictorios sobre los indios y los búfalos, y nos convendría conocer la verdad. Resulta muy penosa la labor de conducir una pequeña manada de novillos al Norte; pero cuando se trata de cuatro millares de cabezas, el trabajo se hace casi imposible.
—Lo comprendo perfectamente, señor Sunderlund. Mis amigos van a venir en seguida; mas en el caso de que tenga usted mucha prisa, podría ir a avisarlos.
—Gracias, Cameron. Esperaremos. Se está muy bien aquí a la sombra.
—Señor Creighton —pregunté ansioso— : ¿Estamos detenidos aquí?
—¿Detenidos? ¡Ni muchísimo menos! —contestó sombríamente nuestro jefe—. Uno de mis exploradores me ha dicho esta mañana que mi hermano Jones se encuentra en camino con seis grandes carros cargados de postes.
Espero que llegue de un momento a otro a la pradera. Además, está en camino una caravana de provisiones procedente de Omaha. Estas provisiones tendrán que durarnos hasta que lleguemos a Fuerte Laramie.
Supongo que mi hermano John llegará con su caravana dentro de muy pocos días. Y las otras caravanas que han sido enviadas en busca de postes, nos seguirán y alcanzarán, más pronto o más tarde. Llegaremos con la instalación de la línea hasta Gothenburg en las primeras horas de esta noche.
—¡Son unas espléndidas noticias! —exclamé con alegría—. Quiero salir pronto de esa ciudad. Ya he tenido una pelea, y creo que estoy a punto de tener otra más si no ando con cuidado.
—Cameron, tendrás peleas en todas partes, y la más importante de todas será a cielo descubierto —dijo Creighton mientras sonreía de un modo que restaba importancia a sus palabras—. Hemos tropezado con algunos obstáculos que nos han retrasado aquí, pero que creo que no nos detendrán durante mucho tiempo más; y, de todos modos, quiero continuar avanzando con mi brigada y la carga de postes de mi hermano y dejar atrás algunos hombres que reparen los daños ocasionados a la línea por el ganado que pertenece a nuestro invitado meridional, aquí presente.
—¿Daños? ¿Qué ha sucedido? —exclamé con sorpresa.
—Cameron, ha sucedido la cosa más disparatada del mundo —dijo disgustado Sunderlund—.
Cuando lo supe, me habría podido ahogar con un pelo... No me habría sorprendido que mi ganado se hubiera diseminado y que huyera; pero no fue esto, sino que, a lo largo de una extensión de varias millas, las reses derribaron los postes de telégrafo a fuerza de rascarse el lomo contra ellos.
—¿Lo comprendes? —preguntó Creighton con lo que podría llamarse un gesto de severo regocijo—. Esto nos demuestra que todo lo que es posible que suceda en este mundo, va a suceder para retrasar y dificultar el desarrollo de mi línea telegráfica. Pero no habrá nada que pueda detenerla definitivamente.
Miré a través del espacio que se abría entre los carros y vi a Shaw, que se acercaba con su andar erguido y ademán decidido. Iba sin chaqueta y resultaba una espléndida figura, arrogante y hermosa, con sus firmes movimientos y su rostro vivo y tostado por el sol. Como siempre, llevaba la pistola colgada al cinto, y me produjo la impresión de un hombre del que sería peligroso intentar huir.
Sunderlund se hallaba de espaldas al vaquero, de modo que no pudo verle hasta que, encontrándose Shaw a pocos pasos de él, volvió la cabeza.
Entonces, lo miró fijamente, lanzó una exclamación y se puso en pie a toda prisa. Shaw, siempre vigilante y alerta, observó el movimiento de Sunderlund, y en sus claros ojos pudo leerse que jamás experimentaba sorpresa alguna. El encuentro de ambos hombres me estremeció un poco.
Luego, el meridional habló con una voz cordial, demasiado profunda quizá, para que pudiera ser completamente espontánea.
—¡Vance! Si no eres tú mismo...; será que me he vuelto loco.
—¡Demonio de hombre! —exclamó Shaw. Su expresión sufrió un cambio instantáneo. Su rostro resplandeció como jamás lo había visto. Sus ojos perdieron su dureza—. Coronel, me alegro muchísimo de encontrarle aquí, y no me sorprende ni lo más mínimo.
—¡Lo mismo digo, vaquero! Me había preguntado algunas veces si tendría la suerte de volver a encontrarte en cualquier sitio... Y lo esperaba, sinceramente, lo deseaba. Esta región es muy grande, pero después de este encuentro, comienzo a sospechar que el mundo es demasiado pequeño.
Acortaron la distancia de pocos pasos que los separaba, y se dieron un enérgico apretón de manos. El más viejo de los dos hombres levantó el brazo izquierdo y rodeó con él al vaquero para demostrar más ampliamente la alegría que le producía aquel encuentro casual. El ver a ambos mirándome mutua y atentamente, acreció la estima y el respeto que yo experimentaba por Shaw. Era el hombre más sorprendente. Intriga, acontecimientos, aventuras románticas, todo parecía brotar a su paso. Los dos hombres se separaron.
—¿A qué se debe que nos hayamos encontrado aquí? —preguntó Shaw.
—Tengo una caravana en las inmediaciones, y una vacada muy grande.
Éstos son dos compañeros que, con toda seguridad, te conocen, aunque tu no los conozcas: Tom Bligh y Jim Stevens, de la parte baja del Brazos.
Vamos camino de Wyoming.
—¿De Wyoming? —preguntó Shaw con sequedad—. ¿Lleva a su familia consigo?
—Sí. Hemos levado anclas y abandonamos Texas. Nos ha sido muy doloroso, si he de ser sincero, pero Texas está ahora en malas condiciones, que serán peores cuando concluya la guerra civil.
—¡Qué lástima! ¡Lo siento mucho! Es posible que yo debiera haberme quedado en mi tierra; pero se puso un poco peligrosa para mí.
—Tengo buenas noticias que comunicarte, Vance. Te marchaste demasiado pronto. Después de tu marcha se descubrió la verdad acerca de Stanley. El hecho de que tú lo matases, en lugar de ser un crimen, ha resultado una cosa muy conveniente para la comunidad. Stanley vivía una doble vida, y tu eras de los pocos que sabían que era el jefe de una cuadrilla de ladrones, de una de las cuadrillas más peligrosas que la frontera ha conocido. Se te ha absuelto completamente. Serías muy bien recibido en Texas, pero, por mi parte, voy a intentar llevarte conmigo a Wyoming.
—Esas noticias son muy buenas, coronel. Me alegran muchísimo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo se ha averiguado la verdad sobre Stanley?
—Todo fue debido a la lealtad de tus compañeros del rancho Siddel y Harding. Recibieron informes, o lo sospecharon, sencillamente, de que Stanley no era lo que fingía ser. Y cuando, después de muerto Stanley, su cuadrilla se puso bajo la dirección de Duke Wells y comenzó a cometer fechorías, Siddel y Harding reunieron a varios rancheros y le tendieron una emboscada. Hubo una lucha sangrienta, en la que los rancheros vencieron; todos resultaron heridos, pero no murió ninguno. La cuadrilla quedó eliminada. Duke Wells vivió lo suficiente para confesar la perfidia de Stanley, y hoy, Vance, eres un héroe en la frontera de Río Grande..., si es que antes no lo eras ya.
—¡Demonios! ¡Lo que se descubre con el tiempo! Me alegro mucho. A mi compañero, Jack, le agradará saberlo... Coronel, ¿lleva a toda su familia al Norte?
—Sí, vaquero. Hasta Kit ha venido. En fin de cuentas, no se casó con Bert Knowles. Creo que su ruptura fue debida a que Knowles insistía en que tú eras un malvado; y cuando se supo la verdad, Kit le diría que la dejase en paz... Estoy seguro de que se alegraría mucho de verte. Kit es enojadiza, según sabes, pero creo que sabría aceptar sin vacilaciones la situación.
—¡Ah! No sé, no sé... También a mí me suceden esas cosas... Pero hablemos de su marcha a Wyoming. ¿A qué punto irán?
—Al valle de Sweetwater, Vance. ¿Sabes algo acerca de aquella región?
—He oído hablar mucho de ella —contestó el vaquero sombríamente—.
Hay un Jim Sunderlund por allá... y apostaría a que es hermano suyo.
—Lo es, Vance. He tenido noticias de él dos veces el año pasado, pero ninguna durante los últimos meses. Dice que Sweetwater es el mejor lugar de iodo el Oeste para la cría de ganados y que si puedo llevar allá una buena manada me haré rico en muy poco tiempo. La mitad de su rancho es de mi propiedad. Si sabes algo sobre Sweetwater, dímelo pronto.
—Bien, coronel, lamento tener que decirle que las cosas no andan muy bien por aquellas tierras. El terreno debe de ser magnífico —contestó Shaw sobriamente—. Hay muchísimos ganaderos y agricultores que se trasladan allá. Existen una docena, o acaso más, de grandes manadas de ganado en la cabeza del río, pero una guerra se aproxima rápidamente: una guerra entre ganaderos y vaqueros.
—¡Guerra! —exclamó Sunderlund—. ¡Entre ganaderos y vaqueros! Vance, no doy crédito a esas noticias más que en el caso de que seas tú quien me las comunique. ¿Qué es lo que sucede?
Sin duda alguna, yo estaba tan interesado en la conversación como los otros cuatro hombres que se sentaban en torno a la mesa. Sunderlund y Shaw parecían haber olvidado por completo de que estuvieran presentes otras personas. Creighton tosió una vez y comenzó a hablar; mas como no fue escuchado, volvió a guardar silencio.
—Bien; es el más rematadamente condenado asunto de vaqueros y negocios que he conocido.
—Debe serlo, seguramente. Pero, ¿qué clase de asunto?
—Un asunto que sería nuevo aun para Texas—. Vance dudó unos momentos y pareció decidirse a continuar. Luego lo pensó mejor, evidentemente, rectificó su propósito y no dijo nada de lo anunciado—.
Coronel, no supongo que lo que le dijera pudiera obligarle a volver atrás. Y lo que conozco es solamente de oídas... Todos nos juntaremos allá. Y cuando hayamos instalado esta línea telegráfica, pienso volver a la ganadería. Es posible que esa guerra de que se habla no estalle jamás. Hablemos de algo más agradable.
—Tienes razón, Vance. No quiero cruzar ningún puente hasta que haya llegado a él... Oye, ¿no te gustaría venir conmigo? Te pagaría lo que pidieras.
Te concederé la mitad de las utilidades que produzcan mis reses. ¡Y tengo cuatro mil! Y Kit se alegraría mucho, seguramente.
—Lo siento, viejo amigo, pero no me es posible aceptar. He hecho un trato con el señor Creighton, y además yo y mi compañero Lowden hemos formado una especie de sociedad con Cameron, aquí presente, y un vaquero de Wyoming llamado Darnell que es el que me ha contado lo le he dicho acerca de esa cuestión de Sweetwater...
—Me gustaría hablar con ese joven. Vance, ¿quieres ir a buscarlo?
—Lo haré con mucho gusto, coronel. Y puedo decir que ha sido una gran suerte lo que ha puesto a Darnell en nuestro camino, porque él podrá decirle lo que hay en el fondo de esa cuestión de Wyoming.
Shaw se inclinó ante Creighton, con una inclinación que iba asimismo destinada a mí y a las demás personas presentes, como si quisiera justificarse de la situación, y se apresuró a correr en dirección al río.
—Sunderlund, ¿quién es ese vaquero, Shaw? —preguntó Creighton.
¿Vance Shaw? No podría decir en una semana entera cuanto podría decir de él. Pertenece a una antigua familia de Texas. Su padre fue secuestrado y muerto, hace años, por los ladrones de ganado. Vance era el jinete más duro y el luchador, más bravo de todos los vaqueros de Texas.
Perteneció durante cierto tiempo al cuerpo de batidores tejanos. Es lo mismo que Bowie y Travis, que perdieron la vida en El Álamo. Podrá parecerle muy joven, pero tiene alrededor de treinta años, lo que representa toda una vida en Texas. Ha trabajado para mí durante tres años. Mató a mis peores enemigos. Luchó contra los comanches en mi rancho, y él y su brigada nos salvaron la vida a todos. No podría ni siquiera comenzar a describirle quién es y cómo es ese Vance Shaw.
—Pero, por lo pronto, me parece que es una buena adquisición para mi trabajo de construcción —dijo muy satisfecho Creighton.
E inmediatamente me indico que subiera hasta la parte más alta del terreno, en la parte opuesta a su campamento, para que viera si me era posible distinguir ya la caravana de su hermano james.
Mientras caminaba sobre la áspera hierba, recapacité sobre todo lo que había oído. Lo que en primer lugar pasó claramente a mi imaginación fue que Vance Shaw resultaba ser un hombre completamente digno de la admiración que yo experimentaba por los héroes. No podría haber soñado jamás con hacer amistad con un hombre más notable. No era nuevo para mí el oír que Vance era lo que los tejanos llaman un pistolero (en lo que no se encierra ninguna intención despectiva, sino todo lo contrario), pero el elogio de Sunderlund le confería magnitud de extraordinario. ¡Y yo había de trabajar a su lado, de luchar junto a él, de conocerlo a fondo a través de todos los acontecimientos imprevisibles que habrían de presentarse en nuestro camino! Y, además, pensaba en aquella muchacha, Kit Sunderlund, que era, sin duda, la joven a quien ansiaba encontrar. Había algo en mi interior que me anunciaba que el encuentro era inevitable. Si en aquella caravana había diez mujeres, diez jóvenes, la que me había saludado con un gracioso movimiento de mano tenía que ser, forzosamente, la que estaba sentimentalmente relacionada con mi amigo, el vaquero. Y, lo que era fácil de ver, aquella relación sentimental era favorablemente apreciada por Sunderlund. Pero ¿qué sucedería cuando Shaw se encontrase nuevamente con aquella Kit Sunderlund?
Shaw se había enamorado de Ruby; y si puedo juzgar respecto a esta cuestión, su amor era profundo y estaba inspirado por la juvenil belleza de Ruby, por su soledad, por su apasionado anhelo de escapar a una vida a la cual había sido empujada por una maligna travesura del Destino. Todas las preguntas que mi escéptica mente formulaba, tenían una respuesta negativa. Como quiera que fueran las relaciones que hubieran unido en el pasado a Vance Shaw y Kit Sunderlund, yo tenía la seguridad de que el vaquero no abandonaría jamás a Ruby.
Entre tanto, mi rápido paso me había conducido casi a la mayor elevación del terreno, a la derecha de 1a caravana de Sunderlund, y desde aquella elevación pude con-templar sin obstáculos el valle. Vi un largo grupo de carros de camino colocados de modo que trazaban un amplio círculo, y alrededor de ellos la pradera estaba salpicada de las manchas de las reses.
Abajo, a lo largo de la carretera que avanzaba junto al río, mucho más allá del campamento divisé una línea de postes telegráficos tiesos, erectos, unidos por una hebra de alambre que brillaba a la luz del sol. Luego se veía un lugar en el que los postes estaban derribados, algunos tumbados en tierra, otros en diversos grados de inclinación, hasta que en la más remota lejanía, según aprecié vagamente, todos ellos estaban caídos. Y en los límites de mi alcance visual, vi lo que deduje que sería una brigada de obreros trabajando en la reparación de la línea. Luego, dirigiendo la mirada hacia el Sur, me sentí terriblemente emocionado al divisar una caravana compuesta de ocho carros, de los cuales solamente uno estaba cubierto de lona blanca, que parecía retorcerse como una serpiente gigantesca. Estaban todos los vehículos cargados hasta el límite de su capacidad con postes, cuyos extremos asomaban por su parte delantera. Corrí de nuevo hacia el campamento para comunicar la noticia a Creighton.
Su rostro se iluminó con una radiante sonrisa. Me dio las gracias y anunció que su brigada comenzaría el trabajo de colocar los postes tan pronto como llegasen. Atravesé nuevamente el campamento para dirigirme a nuestro carro y encontré a Lowden y Ruby sentados a la sombra, pelando patatas para nuestra cena.
—Oye, Jack, pareces sentirte muy feliz. Y yo creía que te molestaban de manera absoluta esas labores domésticas. Y tu —continué diciendo—, Rub...
¡Pedro, he querido decir!, tampoco pareces estar muy triste.
—Soy mucho más feliz de cuanto creí que podría llegar a ser —murmuró Ruby.
—¿Dónde diablos te has metido, patrón? —preguntó Lowden—. He estado haciendo cábalas y conjeturas acerca de tu paradero. Os he visto a ti y a Shaw, allá, con aquellos hombres, y he visto a Shaw venir y llevarse casi a rastras a Darnell sin decirme ni siquiera una palabra. Creí al principio que era una broma... ¿Quién diablos es aquel vejestorio alto que estaba hablando con Vance? Me ha parecido un tejano.
—Es un tal coronel Sunderlund. Vance tiene mucho que contarte.
Jack lanzó una exclamación de asombro.
—¿Sunderlund, eh? ¡Bien puedes afirmar que Vance tiene mucho que decir! ¿Dijo si iba a algún lugar determinado..., quiero decir, a algún sitio lejos de aquí?
—Las noticias del coronel Sunderlund han sido muy buenas, Jack, según he podido comprender por lo que he oído.
—¿Te refieres a aquella cuestión de Brownville? ¿Se ha conocido al fin la verdad? —preguntó Jack ansiosamente.
—Así ha sido. Y ha contribuido mucho a glorificar a Shaw.
—¡Bien podía haber gastado dos minutos en decírmelo; el demonio del mamarracho ese, después de que he corrido con él más de un millar de millas muerto de hambre, medio ahogado y perseguido a tiros más de una docena de veces!
A través de la indignación de Lowden podía apreciarse claramente la profunda alegría que le producía el conocimiento de que su amigo hubiese sido absuelto del crimen que se le imputaba.
—¿Ha... ha traído Sunderlund a su familia consigo..., a las mujeres, también? —preguntó Lowden mientras clavaba en mí la aguda mirada de sus astutos ojos.
—Sí... creo que sí —contesté mientras hacía un intento por mantenerme en calma, puesto que comprendí repentinamente el significado de la pregunta.
—Y ¿lo sabe Vance?
—Vance y Sunderlund han hablado de una muchacha llamada Kit...
—¡Ah, ya lo suponía! —exclamó Jack—. Ese amigo no puede estar nunca libre de complicaciones. Yo creía que los indios, contra los que tuvimos que combatir, y acaso las desbandadas de los búfalos y los fuegos de las praderas serían bastante... Pero todo eso no es nada comparado con esa Kit Sunderlund. ¿Qué sucederá cuando Kit descubra todo lo relacionado con Ruby, lo que ha de suceder inevitablemente, un poco más pronto o un poco más tarde?... ¡Uf!


VI
Jack, antes de media hora ya habremos comenzado a trabajar—. Quería hacer a Jack un millón de preguntas, mas decidí renunciar a este propósito.
—¡Cómo! ¿Vance y yo haciendo agujeros en el suelo y colocando en ellos los postes? ¡Hum, hum! ¡No, en mis días! ¡Preferiría luchar contra los indios!
—He oído, Jack, que los vaqueros no os entusiasmáis con la idea de construir cercas, y mucho menos con la de cavar los hoyos para colocar los postes. Pero esto es una cosa diferente. Estoy seguro de que el trabajo acabará por gustaros antes de que lo hayáis concluido. Y me parece que a Liligh le entusiasmará el obligarnos a realizar trabajos duros. Apresurémonos a preparar una comida, con el fin de que no tengamos que comenzar a trabajar con el estómago vacío. Creo que antes de que anochezca habremos llegado a Gothenburg.
Antes de que hubiera transcurrido una hora, Creighton, con su propio carro seguido de otros varios, se puso en camino hacia la población. Nuestro vehículo era el primero que seguía a la caravana de Creighton. Los carros avanzaban en dirección a la ciudad, a lo largo de la línea telegráfica en construcción. Los hombres que iban en el último carro, cuando llegaban junto a un hoyo, se detenían y colocaban a su lado un poste.
Muy pronto, bajo la dominante dirección de Liligh, nos vimos entregados a un fatigoso trabajo. Había cuatro grupos de trabajadores que se dedicaban a levantar los postes y a colocarlos de pie en los respectivos agujeros. Nosotros llenábamos de tierra el espacio sobrante de los hoyos y la apisonábamos prietamente. Darnell guiaba nuestro carro. Ruby permaneció oculta en su interior. Un fornido trabajador de la brigada de Liligh completaba nuestro cuarteto. Se llamaba Sullivan, y era un irlandés muy jovial.
Pude observar, lo que me produjo una gran sorpresa, que Shaw se puso un par de guantes muy duros y nos ayudó con muy buena voluntad. El único que se quejó fue Lowden. Comencé a sospechar que los gruñidos de Lowden no eran sinceros, puesto que vi que trabajaba con tanta intensidad como cualquiera otro. Y el trabajo era lento y duro.
Me cansé de contar los postes, que eran innumerables. Apenas podía creer que solamente hubiera veinticinco por cada milla de terreno. El sol caía con fuerza, y el polvo era muy espeso. La fortaleza de que tanto había alardeado durante mis días de estudios, fue sometida a una difícil prueba. Al cabo de una hora ya tenía las ropas empapadas en sudor y la sed me atormentaba. Más aun cuando mi carne flaqueaba, mi espíritu era indomable. Puse todo mi corazón y toda mi alma en el trabajo.
A pesar de lo fatigoso de la tarea, la tarde transcurrió rápidamente; antes del anochecer, quedó erigido el ultimo poste, en las afueras de la población, donde decidimos acampar.
Cuando nos sentamos en tierra, con las piernas cruzadas, según era costumbre en mis compañeros, pensé que jamás había tenido tanta hambre, y aspirado un aroma tan fragante como el de la humeante comida. Ruby nos sirvió, y la rapidez de sus movimientos y sus brillantes ojos evidenciaban su felicidad. Vance estaba silencioso, como de costumbre, mas pude observar que miraba frecuentemente a la muchacha.
Mientras estábamos cenando llegó un mensajero para notificarnos que la expedición de los constructores sería suspendida durante el siguiente día para dar lugar a que la caravana y la manada de ganado de Sunderlund nos adelantasen y pudiesen ir delante de nosotros. Fueron unas noticias muy poco satisfactorias para mí, pero las recibí con complacencia a causa de mi cansancio físico.
—¡Ah, diablos! —gruñó Lowden—. Está visto que no podremos alejarnos de esta ciudad sin que tengamos disgustos.
Darnell dijo que la construcción de la línea avanzaría paralelamente a la marcha de la caravana, puesto que Sunderlund, con tantos carros y tanto ganado, no podría recorrer más de cinco o seis millas diarias.
Después del anochecer paseé de un lado para otro con el fin de estirar mis doloridos músculos, lo que conseguí hasta cierto punto. Vance y Ruby se encaminaron hacia el río, que se hallaba muy próximo, y entonces quedé a solas. Fui muy pronto en busca de mi camastro, y experimenté la impresión de que por primera vez en mi vida era capaz de apreciar plenamente el valor de un lecho para el descanso.
El sol estaba alto y brillaba con fuerza; sus rayos me daban en el rostro cuando Darnell me sacudió suavemente y me indicó que me levantase para desayunar.
—Sí, me parece que ése va a resultar un trabajo muy fácil, Tom, pero ¿cómo demonio voy a hacerlo? —contesté con un murmullo de protesta. Sin embargo, después de haberme layado y de dar unos pasos, comencé a encontrarme más ágil.
Durante el desayuno, Shaw preguntó a sus compañeros:
—¿Qué diablos es lo que os ha puesto tan malhumorados esta mañana?
—¡Maldición! No es una cosa que me guste decirte —reconoció Lowden, malhumorado.
—Y, sin embargo, no hay medio de ocultártelo —añadió Darnell.
—¡Venga, pues! ¡Hablad!
Después de dudar y de tartamudear, Lowden contestó:
—¿No podrías mandar a Rub..., ¡a Pedro!, a cualquier parte, o a contemplar el paisaje?
—Sí que lo podría, claro es; pero no quiero. Ruby es verdaderamente un compañero nuestro y todo lo que hayamos de hablar puede decirse en presencia suya.
—Muy bien. Es cierto lo que dices. Tenemos que hablar de Slade. El juicio que de él habíamos formado es correcto. No hay ningún defecto que ponerle cuando está sobrio. Pero es uno de esos hombres sanguinarios que cuando beben lo ven todo de un color rojo y extienden un color rojo por todas partes... Ayer mató a uno de sus conductores, y, por lo que he oído, lo hizo sin razón de ninguna clase..., a menos de que llamemos razón a su baja naturaleza. Creo que el conductor era también un hombre de naturaleza ruin, mas para el caso es lo mismo. Lo que nos ha indignado a Tom y a mí es que sabemos que Slade ha estado hablando horrores de Ruby..., y, muchachos, para nosotros, los del Sur, esas bajas murmuraciones acerca de «cualquier mujer», y mucho más si esa mujer es Ruby, a quien todos hemos comenzado a apreciar, no son perdonables... Y esto es lo que sucede, compañeros... Y tu, Pedro, no te angusties por ello.
—¡Oh! ¿Cómo queréis que no me angustie? Todo significa que habrá peleas y riñas, ¿verdad? Y acaso..., acaso...
—No, eso no significa que haya peleas —replicó Lowden.
—Yo os dije lo que pensé cuando vi que ese hombre galanteaba a Ruby —observó Shaw de modo lento y meditativo—. Pero me equivoqué al suponer que en este trabajo de construcción podríamos alejarnos de esos incidentes que son corrientes en la vida del rancho. Ahora veo que no es posible.
—Eso es hablar con buen sentido —continuó Lowden—. Hoy podemos disponer de todo nuestro tiempo; lo mejor que podremos hacer será ir a la ciudad y saldar pronto este asunto. He olvidado deciros que anoche fui al salón de Pierce y pregunté por Ruby. Alguien contestó que había desaparecido, pero fui en busca de Flo, y Flo me dijo, mientras guiñaba un ojo, que Ruby estaba enferma. Es una muchacha lista y no ha hablado a nadie de nosotros.
—Shaw, si no tienes inconveniente, preferiría quedarme en el campamento —dijo Darnell, pensativo.
—No sé qué decirte, compañero —respondió Shaw con una expresión que indicaba que estaba meditando—; pero creo que sería preferible que fueras con nosotros. Ruby puede, entre tanto, ocultarse en el carro. No tardaremos mucho en regresar.
La tranquilidad y la calma de los vaqueros acabó de proporcionarme un claro concepto de su implacable y fiero espíritu. Hablaban de la manera más natural acerca de un encuentro con un asesino desesperado, como si fuera alguno de los acontecimientos más vulgares y corrientes de la vida cotidiana.
Y también me sorprendió Ruby, que poseía el animado espíritu de la frontera. No pareció inquietarse ni llenarse de temor cuando Shaw le dijo adiós y que volvería pronto.
—Nos separaremos, y Jack seguirá conmigo —dijo Shaw cuando llegamos a las polvorientas afueras de la población—. No quiero entrar en todas las tiendas y tabernas en busca de Slade, a menos de que me vea obligado a hacerlo. Si me lo encontrase en la calle santo y bueno; pero apostaría dólares contra buñuelos a que no será así. Vosotros dos, Tom y Wayne, entraréis en las tabernas, en las tiendas, en todas partes..., y si veis a Slade le diréis que en la calle le espera un hombre que cree que es demasiado blanco para atreverse a hacerle frente.
Nos separamos y entramos en la calle por diferentes lugares. Yo estaba demasiado emocionado para que pudiera acordarme de mis dolores físicos, de mi cansancio, y Darnell, evidentemente, no se hallaba en disposición de ánimo propicio a la conversación. Entramos haraganeando, aun cuando yo debí de hacerlo de un modo excesivamente tieso y rígido, en la taberna y en otros lugares, y después salimos para ver si Slade se hallaría en la parada de la diligencia. No lo hallamos en ninguno de estos lugares, por lo cual decidimos caminar a lo largo de la calle e investigar en las tiendas y los restaurantes.
Finalmente llegamos al establecimiento de Pierce. La ancha puerta estaba totalmente abierta, lo que nos permitió observar que el local se hallaba lleno de humo, de ruido y de hombres, exactamente lo mismo que por la noche. Repentinamente los ojos de Darnell relampaguearon.
—Ahí está ese maldito hombre —murmuró—, jugando, en la mesa inmediata a la de la ruleta. Resulta difícil reconocerlo. Es extraño el efecto que el alcohol causa a muchos hombres. Es posible que ahora no esté borracho, pero lo ha estado.
Entramos despacio; experimenté la angustiosa sensación de que la garganta se me contraía, de que el corazón me golpeaba violentamente en el pecho. Me dolió aquella excitación. ¿Es que jamás habría de habituarme a tomar las cosas con calma, a aceptarlas fríamente?
—¿Por qué no me permites que sea yo quien se lo diga a Slade? —pregunté.
—No me parece una idea aceptable desde ningún punto dé vista. Si Slade es tan vil como parece, podría pegarte un tiro por tu atrevimiento de hablarle.
¡Qué disparate! No soy del Oeste. Soy un yanqui recién llegado, un —novato, y ese hombre tendría que estar completamente loco para agredirme sólo por transmitirle un mensaje.
—Es posible que tengas razón, pero iré contigo y me colocaré entre ti y Slade. Acerquémonos lentamente a la mesa, contemplemos el juego y, cuando te haga una seña, te aproximas a Slade y le dices lo que tienes qué decirle. Has de hablar muy alto, para que te oigan todas las personas que están en este local.
Nos aproximamos a la mesa de juego. Estaban jugando cuatro hombres, y Slade, situado frente a nosotros, tenía la cabeza inclinada sobre las cartas. Era fácilmente reconocible desde tan corta distancia, pero lo encontré por completo diferente de como le recordaba. El alborotado cabello le caía sobre la frente, e iba sin afeitar. Nos pusimos detrás de los jugadores y observamos la partida durante algunos momentos. Luego Darnell dio vuelta hacia la derecha, para situarse junto a Slade, y yo continué en mi sitio.
Un instante después Darnell me hizo una señal apenas perceptible; hice una profunda inspiración.
—Caballeros —comencé diciendo con voz potente—; perdónenme si les interrumpo el juego.
Esperé un momento. Los cuatro hombres levantaron hacia mí la mirada mas sólo vi el rostro de Slade. Sus ojos parecían tenebrosas ventanas por donde se asomaba la maldad de su alma.
—¿Quién diablos te ha dado vela en este entierro? —preguntó airadamente.
—Slade —grité para ponerme a tono con la situación—, en la calle te espera un hombre, que dice que eres demasiado blanco para atreverte a salir a hacerle frente.
Slade jadeó y emitió unos sonidos que parecieron los rugidos de un volcán próximo a hacer erupción. El furor le oscureció el rostro, que se cubrió de una expresión amenazadora. Su violencia, al extender el brazo derecho, hizo que las cartas y las fichas se desparramasen por la mesa y que la silla cayese ruidosamente al suelo. Se hizo un silencio absoluto en el lugar. Era imposible que las personas que en él estaban no lo hubiesen oído todo.
Slade sacó el revólver de la funda mientras pronunciaba enfurecida y amenazadoramente unas palabras, entre las cuales pude entender: novato y yanqui. Mas antes de que hubiera podido levantar el arma para apuntarme, Darnell le agarró de la muñeca y le obligó por medio de un esfuerzo a levantar el brazo.
—¿Qué ibas a hacer, asesino? —le preguntó roncamente Darnell—. ¿Ibas a matar a sangre fría a un hombre por haberte transmitido un mensaje? Eso demuestra que eres un perro cobarde.
Los otros tres jugadores se pusieron en pie; uno de ellos arrancó a Slade la pistola de la mano.
—Tiene razón, Joe —dijo este hombre estridentemente—. No puedes hacer eso aquí... Te lincharían los demás. Sosiégate. No te dejes arrastrar por los nervios. Soy amigo tuyo, Joe, y te hablo sensatamente.
Darnell soltó el brazo a Slade y, dando una vuelta en dirección a mí, me arrastró del lugar en que parecía haber echado raíces. Yo estaba sufriendo las angustias que me producían una terrible y mortificante indignación. Me hallaba a punto de saltar contra Slade, de derribarlo al suelo, de acometerle a golpes hasta dejarlo medio muerto. Darnell me condujo al exterior, y cuando llegué a la calle pude volver a respirar profundamente de nuevo.
—¡Dios mío, Tom! —tartamudeé—. Ese hombre habría sido capaz de matarme. ¡No es un hombre! ¡Es una bestia sedienta de sangre!
—¡Hemos salido bien del aprieto, compañero! —exclamó Darnell—. ¡Le has dicho claramente lo que tenías que decirle! Dentro de unos momentos toda la ciudad sabrá que Slade ha sido desafiado. Y si sale a la calle, veremos como Shaw termina con él.
—Demonios, Tom, mira allá! —exclamé horrorizado—. ¡Allí está Shaw, en medio de la calle! ¿Qué hace allí?
—De acuerdo con las reglas de los desafíos para una lucha a tiros, paseará de arriba abajo hasta que Slade se presente. Vámonos de aquí; no permanezcamos frente a la casa de juego.
Recorrimos unos cincuenta pasos por la acera, o acaso más; y nos detuvimos para observar. La multitud comenzaba a salir del establecimiento de Pierce. Una parte de los hombres se encaminó en cierta dirección, y otra parte en la contraria. Sus ademanes y sus excitadas conversaciones evidenciaban a los transeúntes que se aproximaba un algo fatal.
Shaw caminó por el centro de la calle hasta llegar a una distancia de cincuenta pasos de la puerta del establecimiento de Pierce, donde se detuvo.
Era maravilloso el verlo inmóvil, con la alta figura erguida, vuelto del lado derecho, en la dirección en que esperaba a su enemigo. Llevaba el brazo derecho extendido a lo largo del cuerpo.
—Mira, al otro lado de la calle está Jack —murmuró cerca de mi oído Darnell—. Hará una indicación a Shaw en el caso de que vea Slade aproximarse a la puerta.
Al cabo de unos tensos minutos, Shaw reanudó su paseo, aquella vez, hasta más allá de la puerta del establecimiento. Se volvió y caminó en dirección contraria. Los conductores de los vehículos, y otros que no habían estado en el establecimiento, observaban rápidamente lo que estaba a punto de suceder. Los que se hallaban más próximos a Shaw se apartaron de su camino y los que estaban cerca de la puerta del garito se detuvieron en las aceras y se aproximaron a los muros de las casas.
Todo parecía dispuesto para la celebración de uno de esos famosos duelos de la frontera, o «una ocasión nivelada», como suelen decir en el Oeste. El ruido de las botas al arrastrarse y el sonido de las excitadas voces se extinguieron. Se produjo un silencio que pareció interminable. Pero Slade no apareció.
Oí un grito y el ruido de unas pezuñas al golpear el suelo. Cuando me volvía para mirar, Darnell exclamó:
—¡Mira esos caballos que se acercan! ¡Se han desbocado!
Vi una pareja de furiosos caballos que arrastraba un carro de cuatro altas ruedas por el centro de la calle. La conductora era una muchacha, que tirando de las riendas desesperadamente, intentaba detener los caballos.
Resultaba evidente que su intento era inútil. Los gritos de los espectadores lo confirmaron. Instintivamente di un paso hacia delante y salté sobre la barra de hierro que se utilizaba para amarrar los caballos. Darnell me llamó la atención y gritó que tuviera cuidado, pero también saltó junto a mí.
De repente, cuando los caballos estuvieron cerca, reconocí en la conductora a la muchacha que me había dirigido una sonrisa y saludado con un movimiento de la mano durante mi viaje. Había pretendido instintivamente hacer algo en favor suyo, sin saber quién podría ser, pero al saberlo, sentí mis impulsos centuplicados. Desde la barra salté de nuevo hacia delante a medida que avanzaban los caballos, e inicié una carrera que me permitiera correr a su lado cuando me hubiesen alcanzado.
Calculé el tiempo exactamente y al llegar el momento oportuno, volví a saltar para agarrar la brida del caballo más próximo, la así con ambas manos y me colgué de ella con todas mis fuerzas y todo mi peso. Fui arrastrado por el animal, mas le obligué a caer arrodillado; y habría detenido a la pareja si el otro caballo no hubiera continuado la carrera tan enloquecidamente como antes; de todos modos, pude reducir la velocidad de la marcha.
Darnell saltó a mi lado, delante de los caballos, y se lanzó a coger el trozo de brida rota del que iba suelto. Se colgó de ella tirando hacia atrás con todas sus fuerzas y gritó:
—¡No podemos detenerlos! ¡Di a la muchacha que salte!
Solté la brida, me puse vacilantemente en pie y comencé a correr de nuevo al lado del asiento del conductor.
—¡Salte! —grité—. ¡Yo la recogeré! ¡Salte!
La joven se puso en pie, se lanzó al aire y me cayó exactamente sobre el pecho. La recogí y caí al suelo, mas conseguí amortiguar la fuerza de su caída contra el polvoriento suelo. La muchacha quedó sobre mí, cruzada. Lo-gré con dificultad incorporarme, y la ayudé a ponerse en pie. Al volverme vi que muchos hombres habían corrido para ayudar a Darnell, y que habían conseguido detener a los caballos. Entonces me volví hacia la muchacha.
—¡Vaya! ¿No es una coincidencia que haya sido usted mismo...?— exclamó; parecía olvidar el hecho de que acababa de librarse de un grave riesgo...
—¿Está usted... herida? —fue todo lo que pude tartamudear.
—No..., gracias a usted. Soy yo quien debería preguntar si está usted entero o partido en dos —replicó mientras me examinaba rápidamente—. Un hombre arrojó una piedrecita contra mis caballos. Ace es un poco rebelde, y se lanzó a correr. Podría haberlo dominado, pero una de las riendas se rompió.
Era, evidentemente, la muchacha a quien había visto en la caravana del camino. Nos quedamos en pie, mirándonos, y estoy seguro de que llegué a olvidar dónde nos hallábamos y lo que había sucedido un instante antes.
Comprobé que era el mismo dorado cabello que viera anteriormente, los mismos ojos, que eran de un color azul más oscuro de lo que me parecía recordar el mismo rostro atractivo que tanto me sedujo. Era una mujer alta.
Mientras se quitaba el polvo de la blusa, no apartó de mí la mirada. Observé que tenía una constitución graciosa y perfecta.
—Soy un hombre afortunado —me encontré diciendo—. Jamás me he olvidado de usted. He pensado constantemente en usted, señorita...
—Sunderlund, Kit Sunderlund. So_ y yo la afortunada —me respondió sonriendo.
—No lo he dicho refiriéndome a este incidente —continué.
—No es usted menos desenvuelto que los vaqueros de Texas para hablar, según puedo comprobar. Y... yo también me he acordado de usted. No es usted vaquero... ni un occidental.
—Soy yanqui, un novato en estas regiones, procedente de Boston.
Espero que lo que hay de yanqui en mí no será obstáculo que impida nuestra amistad, señorita Sunderlund.
—No se ha comportado usted como un novato —replicó ella con una cálida sonrisa y un brillo en los ojos que aumentaron mi entusiasmo—.
Reconozco a los orientales tan pronto como los veo. Nací en Texas, pero me eduqué en una escuela de Filadelfia. ¿No es usted el joven estudiante de Harward que trabaja en la Western Union?
—Sí, soy Wayne Cameron.
—Ahí viene mi padre. Vendrá a darle a usted las gracias; y yo lo haré, también, más tarde... Nos quedaremos en el hotel esta noche, y mañana alcanzaremos a la caravana. ¿Irá usted a visitarme?
—¿Si iré? Muchas gracias. Lo haré, con toda seguridad. No sé lo que hacer..., ni qué decir..., pero este encuentro ha sido el más maravilloso de toda mi vida.
—Y de la mía también —afirmó. Luego se volvió para mirar a su padre, que se aproximaba a ella. Era evidente que Sunderlund había presenciado todo lo sucedido, puesto que parecía alarmado.
—¿No estás herida, Kit?
—Nada en absoluto, padre, gracias a este joven.
—Cameron, yo también te doy las gracias; pero esto no es suficiente. He visto todo lo que ha pasado. Me hallaba esperando entre la multitud —ya sabes lo que todos aguardábamos—. Has realizado un acto valeroso. Los dos caballos del carro son muy veloces y potentes... Tu compañero Darnell debe acercarse para que le expresemos también nuestro agradecimiento.
La deslumbrante y prometedora sonrisa de la joven me dejó cegado cuando se alejó en compañía de su padre. ¿Sería aquel encuentro la consumación real de mis sueños? Me había sucedido algo extraordinario...
Sin duda, en el caso de que hubiera conocido a aquella muchacha en Boston, aun en el caso de que me hubiera prendado de ella, me habría sido posible mantener la serenidad y la compostura, aun cuando no puedo decir si habría podido conservar el imperio sobre mi propio corazón. Mas después del romántico encuentro en la caravana, después de mi gradual sometimiento y entrega al Oeste, el hallarla en aquella turbulenta ciudad de la frontera, el poder ayudarla en un momento en que me hallaba a punto de correr una extrema aventura..., todo esto era demasiado para mí; y en seguida me di cuenta que me había enamorado de Kit perdidamente.
Me recosté en la barra destinada a amarrar los caballos; estaba ofuscado; una confusión de pensamientos me obligaba a olvidarme de cuanto me rodeaba.
Repentinamente recordé el objeto de mi visita a la ciudad. La multitud comenzaba a abandonar el centro de la calle y se situaba en las aceras, junto a las fachadas de las casas. Dos gañanes llevaban a otra parte los fugitivos caballos. Darnell se aproximó a mí y me dijo:
—Nuestro compañero ha acobardado al gran asesino, que ya no es más que un perro cobarde a los ojos de todos los hombres de la ciudad. Este asunto ha terminado. Shaw y Lowden se han marchado calle arriba, supongo que a nuestro campamento. Vámonos.
—Tom, ¿viste cómo se arrojó esa joven a mis brazos y me derribó al suelo? —pregunté un tanto sobrecogido.
—¡Claro que lo vi! La cogiste en brazos, aun cuando te derribase. Y, juzgando por tu expresión de hace un par de minutos, creo que ha debido de derribarte también de otro modo diferente...
—Creo que es cierto. Tom, esa muchacha se llama Kit Sunderlund. y es hija del ganadero de Texas con quien hablaste.
—¡Diablos! ¿Es cierto? En ese caso, Jim Sunderlund, de Sweetwater, es su tío, y ella va con su padre a vivir en aquel valle... ¡Dios mío, eso es enojoso!
—¿Enojoso? ¿Por qué? —pregunté con viveza.
—Es difícil explicar lo que quiero decir. Es una joven demasiado hermosa para que sea puesta en contacto constante con todos aquellos vaqueros y ganaderos hambrientos de mujer.
—No me parece una afirmación muy tranquilizadora —repliqué reprobatoriamente—. ¿Habrán visto nuestros compañeros a la joven?... Shaw la conoce. Fueron amigos en Texas. El padre de ella me lo ha dicho, y Lowden me ha dado a entender que Shaw estuvo en un tiempo enamorado de Kit.
—¡Claro! ¿Cómo podría haberlo evitado? Pero creo que Ruby le interesa más profundamente. Hay un no sé qué en una muchacha como Ruby, que despierta en el hombre un sentimiento de protección.
Cuando hubimos llegado al final de la calle, alcanzamos a Shaw y Lowden, y comenzamos a cruzar la pradera para dirigirnos a nuestro campamento. No me pareció advertir ningún cambio en Shaw, pero Lowden caminaba dando rienda suelta a su indignación y dirigiendo a Slade una terrible cantidad de insultos verdaderamente crudos.
—Vance —dije—, has puesto en ridículo a ese hombre, a Slade.
—Creo que sí —repuso—, pero, naturalmente, no podemos estar muy confiados ni suponer que nos hemos quitado de encima un enemigo. ¿Qué sucedió en la taberna? Cuando saliste tenías el rostro completamente pálido.
—¿Te diste cuenta de ella, Shaw?-pregunté admirado.
—Sí. No dejé de observar ni una sola de las caras de quienes se hallaban en la calle. Podría decir que no me perdí de ver absolutamente nada.
Mientras Darnell refería con palabras exaltadas lo que habíamos hecho, no cesé de preguntarme si Vance habría visto, también, los caballos desbocados y a quien se hallaba en el carro que arrastraban.
—¡Rayos y truenos! —estalló Lowden—. ¡Ese Slade es el hombre más ruin que he conocido en toda mi vida!
—Puedo deciros, amigos —continuó Darnell—, que si yo no hubiera contenido a Wayne, habría tirado a Slade al suelo a fuerza de porrazos. No he visto a nadie tan enfurecido como a Wayne en aquel momento.
Hablando, y en este excelente estado de ánimo, llegamos a nuestro carro. Shaw dijo con voz fuerte:
—¡Aquí estamos, Pedro-Ruby, sin haber perdido ni un solo pelo! Nada ha sucedido, por lo menos a mí. Pero si no me engaño, algo terrible le ha sucedido a nuestro compañero el yanqui.
Ruby apareció y se sentó en el camastro de la trasera del carro, con las piernas colgantes. Mirándola distraída y ligeramente, parecía un joven mejicano de agradable aspecto; pero cuando clavó la mirada en Vance observé que sus ojos estaban irritados, llorosos, y que había en ellos una expresión que me llenó de angustia. Las huellas de su dolor, para dar lugar a un resplandor de adoración, me mostraron cuál había sido la intensidad de la prueba a que Ruby se había visto sometida. Su pecho se hinchaba con una agitada respiración, y sus manos temblaban. Sólo acertó a decir roncamente que se alegraba mucho de que todos hubiéramos regresado sanos y salvos.
—Compañeros —dijo Vance—, creo que sería una buena idea el que trasladáramos nuestro carro hasta más lejos de la ciudad, a la parte alta del río, y que acampáramos en cualquier otro lugar escondido entre los saucedales.
—Me parece muy bien —dije—, pero supongo que podré ir a la ciudad esta noche.
—¿Para qué, loco del demonio? —preguntó Shaw con rapidez—. Es muy probable que sufras algún disgusto en la ciudad si te empeñas en desafiar a la suerte.
—Pero es preciso que vaya, Vance. Estoy citado con... con aquella muchacha. ¿No viste el carro de los caballos desbocados? ¿No viste que Tom y yo los detuvimos... y que la joven saltó a mis brazos... y que me obligó a caer al suelo?
—Sí, Jack y yo lo vimos, aunque estábamos muy lejos... ¡Demonios, compañero, pareces destinado a tener mala suerte! La cosa no sería de tanta gravedad si no ocurriera que la joven a quien has salvado es precisamente Kit Sunderlund.
Miré fijamente a mi amigo el tejano, y luché por dominar la agitación que turbaba mi pecho y mi imaginación, ya que el tono de mi compañero me hizo presentir un algo horrible y calamitoso.
—Sí, Vance; la muchacha es Kit Sunderlund.
Lowden tenía la expresión más extraña que jamás he visto.
—¡Oh, Dios mío, Vance; es terrible la manera como se complican todas las cosas junto a ti!
—¡Ven conmigo! —exclamó Shaw, mientras me agarraba de un brazo y tiraba de mí.
Me arrastró hasta un lugar en que no podíamos ser oídos por los demás, y mientras giraba para encararme con él, le dije secamente:
—Vance, con todos los respetos debidos a tu estado de ánimo, permíteme que te diga que no veo la razón de que convirtamos en un misterio la circunstancia de que tenga una cita con Kit Sunderlund..., a no ser que tú mismo estés todavía enamorado de ella.
—¡Qué demonios tiene que ver nada de eso con lo que quiero decirte?
Pero si todavía estás en posesión de tus sentidos, me escucharás y me harás caso —replicó Shaw de manera un tanto cáustica—. No permitas que tu calidad de yanqui se apodere nuevamente de ti. Soy amigo tuyo. Hablas, muchacho, como un hombre que hubiera perdido la cabeza y el corazón.
Conozco bien los síntomas.
—Shaw, aciertas por completo. Tu mirada de vaquero de las praderas tiene una gran penetración. ¿Recuerdas que te dije que hace varios días vi a una muchacha en uno de los carros de una caravana? Pues bien, a pesar de que la vi solamente un momento, quedé profundamente prendado de ella. Y hoy mismo..., hoy no puedo ya dudarlo..., nunca he estado tan profundamente enamorado.
—Eso es precisamente lo que temía, muchacho contestó rápidamente Shaw sin soltarme el brazo—. Es una cosa un poco delicada de expresar, y no quiero de ninguna manera mostrarme irrespetuoso con Kit Sunderlund; pero eres amigo mío, y es preciso que te haga una advertencia. Kit Sunderlund ha sido la bella de Santone por espacio de varios años, desde que tenía quince hasta ahora que tiene veinte. Ha sido la muchacha más hermosa del Texas meridional, y es rica y de sangre azul. Y también es una coqueta nata. Ha tenido más pretendientes, más pobres diablos enamorados de ella, que ninguna otra mujer a quien yo haya conocido. Yo fui uno de ellos. He trabajado para su padre por espacio de tres años.
» Kit no puede evitar el coquetear con los muchachos, el forzarlos a que le hagan la corte. No hace otra cosa que sonreír y mostrarse alegre. Es así.
Hay un no sé qué intenso y vivo en ella. Pero, a pesar de todas las ocasiones que se me presentaron, no la he cogido de la mano más de un par de veces, y no la he besado más que una vez. Esto sucedió en una ocasión en que perdí los estribos y la arranqué de la silla, porque tenía que besarla... o morir. ¡Rayos y truenos! jamás lo olvidaré. Se enfureció tanto como una avispa.
—En todo lo que me has dicho, Vance, no he visto nada que... que me obligue a deplorar el haberme enamorado de ella. No has hecho otra cosa que elogiarla, aun cuando hayas afirmado que es una coqueta.
—No, compañero, eso no es todo —replicó Vance con energía—. Y no son solamente elogios mis palabras acerca de ella. Eso es lo malo de la cuestión: que no puedo comprender que Kit corresponda al amor de ningún hombre. Y eso es lo que temo que te enamores excesivamente de ella, y que ella no corresponda a tu amor. Sé muy bien que, consciente o inconscientemente, instiga y seduce a los hombres. Nosotros, los del Sur, somos todos iguales.
Pero supongo que un oriental como tú podría sufrir un golpe tan rudo, que sería suficiente para arruinar su vida totalmente. Y ese trabajo que hemos emprendido no es trabajo para un hombre que tenga el corazón destrozado.
—Lo comprendo perfectamente, Vance, pero protesto de tu afirmación.
Aun cuando mi corazón esté interesado en este asunto, eso no significa que Kit Sunderlund haya de destrozarlo.
—¡Claro que lo haría! He visto a muchos jóvenes muy valiosos caer de patitas en el infierno a causa de haberse enamorado perdidamente de Kit Sunderlund.
—Me colocas en una situación muy difícil, Vance. Compréndelo: durante los pocos momentos que he hablado con Kit me ha producido la impresión de que sus sentimientos respecto a mí son precisamente los míos para ella.
—¡Dios mío, compañero: ¡Debes de estar loco! Ni siquiera Kit podría hacerte enloquecer tan rápidamente.
—Vance, podría no tomar en consideración sus miradas y sus actos, aun cuando el cielo sabe lo cariñosos que fueron, pero lo decisivo para mí fue lo que dijo.
—¿Qué fue lo que te dijo? —preguntó Shaw.
—No quiero hacer traición a su confianza... Me sorprende tu petición, Vance. Conoces a la joven y eres lo bastante bondadoso para pensar en intentar ahorrarme dolores... Además, me has obligado a experimentar una terrible curiosidad por ella. Creo que lo más prudente será esperar. Si en realidad he caído enamorado de pies a cabeza de Kit Sunderlund..., perfectamente. Entonces me daré por vencido y aprovecharé las ocasiones que se me presenten a lo largo del camino. Nuestra línea telegráfica y la caravana de Kit avanzan hacia el Oeste, y lo más probable es que marchen paralelamente.
—Me obligas a vacilar, compañero —replicó Shaw con expresión de remordimiento—. No soy profeta. Es posible que esté equivocado. Lo que estaba haciendo era jugar las cartas tal como llegaron a mis manos.
Volvamos al carro y preparémonos para trasladarlo. Supongo que pensarás más detenidamente sobre esta cuestión, ya que eres muy despejado y tienes una imaginación rápida y certera.
Y, sin más palabras regresamos al carro y nos dispusimos a trasladarlo. Vi perfectamente las miradas escépticas que Lowden me dirigía.
Y resultaba evidente que él o Darnell habían puesto a Ruby en antecedentes de lo que sucedía, ya que ella fijaba en mí sus dulces y comprensivas miradas. Estuvimos dispuestos para partir, y Lowden se presentó conduciendo los tres caballos de los vaqueros.
El hecho de que ni siquiera mirase dos veces a los tres caballos más magníficos que jamás había visto, fue prueba de lo muy profundamente aturdido que me hallaba. Nos dirigimos hacia el Oeste, teniendo la precaución de viajar por las afueras de la población, siguiendo las huellas que habían dejado algunos de nuestros carros. Darnell guiaba los bueyes, según costumbre, y Ruby iba sentada al lado del conductor. Shaw y Lowden marchaban en cabeza, sobre sus caballos, y el de Darnell fue amarrado a la parte posterior del vehículo.
Me tumbé en uno de los camastros y me dediqué a reflexionar sobre mi situación y mi agitación interior sin poder olvidarme ni un solo momento de Vance, a quien no había acertado a comprender del todo. ¿Me había ofrecido unos consejos sinceros, o, como yo deseaba y oraba porque no hubiera sucedido, me había dado a entender, a su modo de vaquero, que todavía estaba enamorado de Kit?
Cuando llegamos más allá de la larga hilera de chozas y de casas de madera, me encontré mirando sentimentalmente en busca del alto carromato y la pareja de fogosos caballos que, surgiendo bruscamente en dirección a mi yida, me habían dejado, estaba seguro de ello, transformado.
Muy pronto entramos en el ancho camino; y un poco más tarde solamente el polvo y el humo de Gothenburg permanecieron bajo mi mirada en el lejano horizonte.
En mis melancólicas reflexiones relacionadas con Kit Sunderlund parecía albergarse una pugna entre la pequeña cantidad de cordura que pudiera quedarme y los hechos que Shaw me había referido. Tuve el buen sentido necesario para comprobar que todos mis sentimientos se habían aguzado y aumentado al primer contacto con el Oeste. Mis reacciones ante las diversas circunstancias que se me ofreciesen no estaban destinadas a ser las normales, por lo menos hasta tanto que por efecto de los rudos golpes, de las privaciones y de las catástrofes hubiera sido arrojado de las nubes y colocado nuevamente en contacto con la realidad. Era difícil de vencer, de anular aquella romántica obsesión.
Dejé que los hechos hablasen por sí mismos. Había renunciado a ver a Kit Sunderlund, y me hallaba de nuevo en camino, lejos de la vista de la ciudad. Pero descubrí que. era inútil intentar convencerme de que no estaba dolido. Jamás había estado tan enamorado de ninguna mujer. Muy a menudo volvían a mi imaginación las sensaciones que había experimentado cuando Kit saltó del carro, cayó en mis brazos y me obligó a caer, casi de cabeza, contra el suelo. Recordaba su contacto, el contacto que experimenté durante un solo instante, mientras ambos estábamos caídos en la calle, y luego cuando me puse en píe vacilantemente y la ayudé a levantarse; recordé también cómo se apoyó en mí y se apretó contra mí mientras me miraba rectamente a los ojos y se maravillaba de nuestro encuentro. Era algo que no podía olvidar. Fue un momento inolvidable, un momento que se hacía amargo por efecto de las palabras de Shaw, destinadas a socavar la exaltación de mi afecto hacia Kit.
Sin embargo, en lo más profundo de mi corazón había un instinto, un rebelde sentimiento que proclamaba que Shaw no era sino un amante desdeñado y que su opinión era parcial. Acaso habría obrado con cordura, pero estaba lleno de lamentaciones y de arrepentimiento y tenía el convencimiento de que mi novela de amor no había terminado, ni mucho menos. Debí de permanecer tumbado durante mucho tiempo, mientras luchaba por salir de mi desesperación e intentaba ponerme de acuerdo con mi destino. E inmediatamente sufrí el influjo de la severa atracción de la línea telegráfica de la Western Union, que retornó a mí y me inundó de emoción y deleite.
El carro hizo alto, lo que me indicó que habíamos llegado a nuestro nuevo punto de acampamiento. Shaw y Lowden estaban desensillando sus caballos y me acerqué a ellos para admirar aquellos corceles desde cerca. El espíritu de aquellos animales me sedujo. Ambos me miraron de una manera tan inteligente y tan escéptica como podría haberlo hecho un ser humano. El caballo de Shaw era roano, de raza pura, y contrastaba con el de Lowden, que era zaino, moteado y muy pequeño; pero tan fuerte y tan musculoso, que parecía grande.
—No intentes ponerle la mano encima, muchacho, intentaría matarte —me advirtió Lowden.
—¿No son dóciles vuestros caballos? —pregunté—. No quiero intentar cabalgar un caballo salvaje.
—No te aconsejaría que aprendieses a montar con mi caballo ni con el de Jack; pero Tom dice que el suyo es de carácter muy dulce.
—Si el caballo de Tom es dulce..., soy capaz de comérmelo —observó sarcásticamente Lowden.
—De todos modos, tú mismo lo descubrirás —afirmó Shaw—. Cuando pasamos junto a Liligh y su brigada, unas cuantas millas atrás, nos dijo que volviéramos y nos incorporásemos a nuestro trabajo.
—Entonces, ¿hemos pasado del final de la construcción? —pregunté.
—¡Claro que sí! —replicó Shaw.— Están detenidos no sé por qué causa.
¿No has mirado el camino por donde pasamos, Wayne?
—Sí, pero no pude ver todo lo que dejamos atrás.
—Mira aquella humareda que hay allá abajo, junto al río... ¿La ves? Es la caravana de Sunderlund. Se ha detenido para acampar allá. Creo que no debe de estar a una distancia mayor de cinco millas.
—Bueno, Vance; pero cinco millas son tanto como mil millas por lo que a mí respecta —respondí secamente.
—Tom, va a quedarse aquí —dijo Vance—. Tiene algunos trabajos que hacer en el carro. Nosotros tomaremos unos bocados y volveremos inmediatamente a nuestra tarea. De ahora en adelante ya a haber muchísimo trabajo y muchas fatigas, que es tanto como decir que no podremos distinguir una cosa de otra.
Miré la humareda que indicaba el lugar en que se hallaba la caravana de Sunderlund, y pensé que por mucho trabajo que hubiéramos de realizar nunca sería lo suficiente para aplacar la angustia y la desesperación que inundaba mi corazón.
Aquella tarde, a última hora, cuando nos hallábamos sentados en torno al fuego del campamento, Creighton me avisó para que recibiera, a mi modo, como aficionado, un mensaje que esperaba del Este. Este mensaje estaba relacionado con hombres, alambres y postes. Y también lo estaba con hombres de la misma nación que se hallaban en guerra unos contra otros.
—Amigos —dije sombríamente cuando, más tarde, hubo regresado—: la guerra civil adquiere mayor incremento. Se están librando grandes batallas, y muchos hombres del Norte acometen a tiros a los del Sur, y viceversa.
Se hizo el silencio durante unos momentos, silencio solamente roto por los chasquidos del fuego y por el suave viento que se arrastraba sobre la hierba.
Fue Darnell quien, al fin, habló.
—Supongo que nosotros, compañeros, estamos obligados a enfrentarnos unos contra otros, a través del fuego, hasta, que lo apaguemos a tiros.
—¡Es una gran idea! —dijo Lowden—. Pedro, dime de qué parte vas a inclinarte... porque yo quiero pertenecer a tu bando.
Ruby replicó:
—Lowden, sé que debo ser Pedro para todos vosotros; pero por el momento, sólo quiero ser Ruby.
—Y eso ¿qué quiere decir? —preguntó Shaw.
—Que me pongo al lado de las mujeres..., que no quiero guerra de ninguna clase.
Al mirar hacia atrás, a través de un intervalo de días y de semanas de dolores y de agotadores trabajos, me pareció que había sido interminable el tiempo que tardamos en aproximarnos a Ogallala, interminables los días que empleamos en acampar nuevamente desde que lo hicimos en los alrededores de Gothenburg. Aquel alto ha permanecido en mi memoria solamente porque en el campamento de Ogallala se presentaron, en su carro de altas ruedas, Sunderlund y su hija, con el fin de preguntar por mí. Yo los había visto aproximarse, y abandoné el campamento antes de su llegada, fiel a mi determinación de no entrevistarme nuevamente con Kit, al menos por aquellos días. Aun a aquella larga distancia, me sedujo de un modo enorme la hermosura de su rostro.
Este recuerdo vivía entre el recuerdo de la dura prueba de mi trabajo.
Había laborado hasta el momento en que no quedó en mí emoción de ninguna clase, ni ninguna agradable sensación. Acaso me había entregado a la tarea con excesiva ansiedad, para que pudiera conservar un poco de energía y de fortaleza. A los hombres de la brigada de Creighton les resultaba molesta y odiosa, sobre todo, la labor de cavar los hoyos para colocar los postes. Es una cosa maravillosa, digna de recordación: yo fui quien cavó la mayoría de los hoyos necesarios para colocar los postes a lo largo de muchas y fatigosas millas.
Cuando el trabajo cotidiano había concluido, siempre solían presentarse otras labores, y otras más, hasta el momento en que me sentía materialmente agotado. Si sólo se hubiera tratado de tender los alambres, de cavar hoyos y de levantar los postes, el trabajo no habría constituido una pesadilla tan obsesionante. Pero habían otras labores, demasiado variadas para que puedan ser enumeradas, que convertían la existencia en un molino abrumador. La línea telegráfica tenía que ser tendida casi en línea recta. La pradera, aquella vasta extensión que parecía lisa y sin obstáculos de ninguna clase, al mirarla superficialmente, estaba llena de engaños y de celadas. Se hacía preciso cruzar cenagales secos, pozas que serían insondables en tiempos de humedad, vadear arroyos, y siempre había que recoger leña para hacer fuego, y postes telegráficos donde no había ninguno.
Y, como si esta labor manual no fuera suficiente, jamás pasaba ni un solo día sin que fuera llamado para atender a algún trabajador herido. En los primeros momentos me sentí orgulloso de la confianza que Creighton depositaba en mí, de la alegría que manifestaba cuando me hallaba junto a él; mas a medida que transcurría el tiempo, esta misión médica se convirtió en una pesada carga. Las heridas y los cortes superficiales, todas las lesiones sin importancia que se producían constantemente, eran cosas fá— ciles de atender. Pero a veces se producían, también, roturas de piernas o brazos, de las que debía cuidarme, así como de heridas producidas por disparos de armas de fuego, una de las cuales resultó fatal, fiebres y disenterías y toda clase de padecimientos graves, que arrojaban la carga de una tremenda responsabilidad sobre la limitación de mis conocimientos médicos. En algunas ocasiones, a pesar de lo muy cansado que me encontraba, no me era posible dormir a causa de las preocupaciones.
Siempre consideraba a Creighton como un ejemplo. Era infatigable, indomable, como un verdadero conductor de hombres. Si nos veíamos forzados a interrumpir el trabajo algún día, al siguiente hacia que lo redoblásemos. Era alegre, amable, paciente, incansable, siempre el conductor y director infatigable. Intenté imitarle, mas mi fracaso me desanimó frecuentemente. Aquel día pude disponer de unos minutos de descanso a la hora del crepúsculo, y me senté y volví la mirada hacia el lugar en que había visto por última vez a Kit Sunderlund. Aun cuando las semanas parecían interminables, por razón del exceso de trabajo, en realidad había transcurrido muy poco tiempo. Observé lo destrozado de mis ropas, lo roto de mis botas, las heridas callosas que tenía en las palmas de las manos, los dorsos de éstas, quemados por el sol hasta parecer negros, la gran cantidad de barba que había brotado en mi rostro, que no me había afeitado desde no sabía cuánto tiempo podría hacer, me toqué los brazos y las piernas, más delgados que antes y tan duros como el hierro, y me sorprendí de los cambios que el trabajo, las fatigas y los sufrimientos pueden producir en un hombre.
No quería que el Oeste, con su belleza, con su tosquedad, con su creciente grandeza, con sus catástrofes, con todo lo que pudiera surgir en el cumplimiento de una empresa extraordinaria matase en mí lo que me había hecho tan ansioso y tan feliz cuando decidí unir al suyo mi destino.
Me incliné para mirar a mis camaradas, que estaban entregados a sus tareas de campamento, y me avergoncé de mi pasada indiferencia, del desánimo y del agotamiento que me habían obligado a abandonar el entusiasmo que me produjo nuestro primer encuentro. A pesar de mi letargo, todos ellos se me habían hecho a cada momento más queridos. Todo lo cual me convenció, mientras me hallaba sentado bajo la luz del sol poniente, de que disponía de una magnífica ocasión de hacerme digno de la confianza que en mí había depositado .Creighton, y de adquirir la sencilla nobleza occidental de mis compañeros.
Habíamos acampado en una elevación del terreno, cerca del río, a mitad de camino, aproximadamente, entre Ogallala y Julesburg. Eran los últimos días del mes de agosto. El tiempo había sido cálido y seco, y una neblina roja oscurecía el sol muriente.
La fragancia del sabroso tocino, del café y de las galletas calientes despertó en mi imaginación el pensamiento de la cena. Evidentemente, no estaba aún dispuesta, puesto que mis amigos no me llamaron. Era dulce y agradable contemplar a Ruby. .Parecía un muchacho, y podría haber engañado a unos espectadores indiferentes; pero para mí su feminidad y sus encantos se sobreponían a todo. No le era posible pasar junto a Shaw sin manifestar de algún modo su veneración. Era cierto que la nueva vida que había nacido para ella se centraba en él.
Mientras la observaba, no pude menos de pensar codiciosamente en alguna mujer que se consagrase a mí de aquella manera. Y cuando este pensamiento me condujo al recuerdo de Kit Sunderlund, lo deseché inmediatamente.
Durante la pasada media hora había visto a Shaw en diversas ocasiones detenerse en su camino, levantar la cabeza con aquel característico ademán de halcón y mirar hacia el Norte. No parecía tanto estar mirando como sintiendo. Había algo que le atraía hacia allá, a través de las llanuras, y Lowden no dejó de percibirlo.
—Compañero, ¿qué es lo que te sucede, que te tiene tan impaciente? —le preguntó.
—Nada me sucede, nada me impacienta, Jack. Lo único que pasa es que estoy muerto de hambre. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque te he visto detenerte y mirar al otro lado del río como hacías cuando presentías peligros para el ganado, o cuando andaban cerca de nosotros algunas cuadrillas de comanches, o cuando se presentaba alguna complicación...
—Desde que hemos llegado al Norte, viejo compañero, tu sentido del peligro parece haberse borrado. Si fueras tan perspicaz como antiguamente, habrías visto que lo que he hecho está relacionado con mi nariz.
Lowden, que se encontraba arrodillado junto al fuego, levantó la tapa del horno para ver si las galletas estaban suficientemente tostadas, y después se puso lentamente en pie.
—¿Con tu nariz? ¡Hum! ¿Qué hueles?
—Vuélvete y olfatea un poco.
Lowden obedeció rápidamente esta sugerencia, mientras Darnell levantaba la mirada hacia ellos y Ruby se detenía ansiosamente junto a Shaw. Yo también me puse hacia el Norte y aspiré la fresca brisa, pero no pude percibir otro olor que el seco aroma del aire libre, al cual ya me había acostumbrado.
—¡Diablos! —exclamó Lowden—. ¡Humo! ¡Humo! ¡Por todos los infiernos!
Tom, ¿no lo percibes?
—No, no lo percibo, compañeros; pero esto no significa nada. Mi olfato no responde bien desde que un caballo me dio una coz en la cara.
—Creía, Jack, que me dirías que es humo de alguna hoguera de un campamento —dijo Vance.—No puedo decirlo —respondió sobriamente Jack. Y se alejó de nuestra hoguera para dirigirse hacia el río. Mi curiosidad se convirtió en un gran interés. Había algo que era inconveniente. Aquellos vaqueros, habituados a la vida en campo descubierto, habían percibido olor de humo; y el humo, evidentemente, significaba peligro. Hice un esfuerzo por observar, y adquirí la certeza de que el viento aumentaba de manera casi imperceptible, mas no percibí ninguna señal de que hubiera humo. Caminé hacia la orilla del río para unirme a Lowden, y Shaw me siguió. Los tres permanecimos silenciosos durante varios momentos. Después llegó Ruby, que pasó un brazo bajo el de Shaw.
—¿Qué sucede, Vance? —preguntó atribulada.
—Esperaba que no hubiera necesidad de decirlo —respondió Shaw—, pero durante la ultima media hora he comprendido que me engañaba al suponerlo. No me ha gustado durante toda la tarde el aspecto de las nubes ni el aroma del aire. Era un viento pesado, que parecía que iba lanzado por algo en dirección al Sur. Pero hasta hace media hora no he percibido el olor a humo.
—Ese humo no es bueno —añadió Jack—. Estamos en el lugar más malo de todos los que hemos visto desde que salimos de Ogallada. Es un terreno pantanoso que se extiende detrás de nosotros hasta lo menos quince millas y que solamente Dios sabe hasta dónde llega en la dirección del río; está cubierto de hierbas y de matorrales completamente secos. No, no es bueno...
—¡Muchachos, decidme lo que sucede! ¡Decidme cuál es el peligro! —pedí ansiosamente.
—Fuego en la pradera! —exclamó Shaw—. Y si ese fuego corre empujado por un viento norte puede representar un serio peligro para nosotros. Creo que se acerca en esta dirección, pero no puedo tener la seguridad hasta dentro de media hora. Vamos a cenar, y esperemos unos momentos.
Regresaremos junto a la hoguera de nuestro campamento, que Jack fortaleció con ramas secas. Las llamas ardieron brillantemente, nos sentamos en torno a la tela embreada y nos entregamos a la tarea de comer silenciosamente; imité a los vaqueros en lo que se refería a que mientras comían volvían el rostro hacia el Norte, e intenté aguzar mis sentidos. Los coyotes habían comenzado su griterío. La agria concatenación de los gañidos parecía más penetrante que nunca. Después, desde el otro lado del río, y no desde muy lejos, nos llegó un aullido parecido al de un podenco, pero mucho más crudo, más largo, más lastimero, más aterrador.
—¿Qué es eso? —pregunté mientras detenía el movimiento de mano con que me llevaba a la boca la taza de café.
—Es un lobo, mi joven yanqui, y no está muy alegre —contestó Shaw sombríamente.
Me di cuenta de que el vaquero tomó su cena con mayor rapidez que solía hacerlo. En aquellos momentos, la brisa se había convertido en un viento frío, fuerte e inconstante que gemía entre los sauces, agitaba las lonas del carro, avivaba el fuego de nuestra hoguera, enrojecía los rescoldos y extendió chispas en el suelo. Y con el viento llegaba un olor picante a matorrales quemados. Shaw terminó el café, se levantó y dirigió nuevamente la atención hacia el Norte.
—No podemos esperar ya nada bueno, amigo —dijo con decisión—. Jack: tu y Tom recoged todo esto, buscad los caballos y uncid los bueyes. Wayne tu vendrás conmigo. Vamos a informar a Creighton. Es un fuego en la pradera, sin ninguna duda, empujado por un viento norte. Y estamos en el camino de los dos.


VII
Nos sumergirnos rápidamente en la oscuridad en tanto que nos abotonábamos las chaquetas y nos subíamos los cuellos. El viento norte era frío. Seguimos la carretera durante un trecho, y luego seguimos nuestro caprino en zigzag a través de terrenos baldíos que quedaban entre las altas hierbas y los matorrales, hasta llegar al campamento de los constructores.
Aquella noche el campamento de Creighton era mucho más amplio que habitualmente, puesto que había en él por lo menos un centenar de carros y tres centenas de hombres. Los hombres que se movían en torno a las hogueras del campamento, no tenían, al parecer, ninguna noticia del peligro que les amenazaba.
Creighton estaba en su Carro, escribiendo ante una mesa bajo una luz brillante.
—¡Hola, muchachos! Entrad —nos dijo cordialmente en respuesta a nuestra llamada—. Estás muy pálido, Cameron. Y tú, Shaw, pareces hallarte a punto de empuñar una pistola para comenzar a luchar...
—No es nada de eso, patrón, y quisiera que no fuera nada peor que el tener que disparar o recibir unos tiros —contestó el vaquero—. El viento norte sopla en esta dirección.
—Sí, me había parecido que comenzaba a sentir un poco de frío. Pero eso, por sí solo, no es una mala noticia.
—Ese viento, patrón, empuja hacia nosotros un incendio de la pradera.
—¿Sí? Eso es diferente, Shaw. ¿Es muy— importante?
—No puedo decirlo, señor Creighton; pero aun el mejor de todos no puede ser bueno. Esa extensión de terreno a lo largo del río está poblada de hierbajos y matas secas que arderán. Con ese viento detrás, el fuego correrá corno reguero de pólvora. Será un fuego terrible.
—Eso es nuevo para nosotros. Liligh está ausente, y no sé lo que debe hacerse.
—No pierda tiempo en enviar en busca de Liligh. Tenemos que hacer algo... ¡y pronto!
—Lo comprendo, Shaw. Pero ¿qué?
—Le aconsejo que, por todos los medios posibles, cargue en los carros todas sus provisiones, unza las caballerías y— los lleve al lecho del río. El agua corre principalmente en el lado norte, el cauce es muy ancho y hay muchas barras de arena seca que podrán sostener los carros. Tuve que hacer esto mismo hace tiempo, en Texas, cuando cuidaba ganados. Es una suerte que no tengamos ganado aquí, con excepción de su pequeña manada de bueyes, porque no nos sería posible impedir que se desbandasen. Si los uncimos a los carros, junto a las mulas y los bueyes de tiro, tenemos ciertas probabilidades de evitar que huyan. También es una suerte que el espacio entre las orillas del río sea ancho, porque, de otro modo, tendríamos que abandonar todo y correr para defender nuestras vidas.
—La situación es ciertamente grave —replicó Creighton mientras se levantaba y recogía su chaqueta—. Y representa una fortuna para mí el tener entre mis trabajadores a un hombre de las llanuras, como tú. ¿Puedes hacerme alguna indicación sobre el tiempo que el incendio tardará en llegar hasta nosotros?
—Todavía no. El cielo ha comenzado a ponerse rojo en el Norte. De todos modos, le aconsejo que nos demos prisa, señor.
—No es preciso más, Shaw. Vuelve a tu carro y prepáralo para el desplazamiento. Cameron, ven conmigo para dar a los hombres las órdenes oportunas. Liligh debía hallarse ya aquí.
Seguí a Shaw hasta el exterior del carro, y lo vi alejarse a grandes zancadas en dirección al río. Creighton salió tras de mí poniéndose la chaqueta, y ambos nos quedamos inmóviles durante unos instante mientras observábamos el extraño resplandor rojizo del Norte, que ya llegaba casi hasta el cenit. El viento era aún más frío y más fuerte y transportaba un olor picante que parecía de resina.
—No hay tiempo que perder, muchacho —me dijo Creighton—. Repite mis órdenes a los hombres de allá abajo y yo me cuidaré de los que se hallan cerca.
Permanecí junto a Creighton el tiempo suficiente para oírle instruir a los hombres que se hallaban en torno a la hoguera del campamento. Un oficial del ejército que hubiera de hacer frente a un ataque inesperado no habría hablado con más fuerza ni con más severidad. De pie, bajo el resplandor de la hoguera, Creighton era un hombre que imponía respeto y obediencia. Estaba con la cabeza descubierta, con el cabello agitado por el viento, y el fuego se reflejaba en sus ojos. Le abandoné para correr hacia donde se hallaba el grupo de hombres más próximo.
—¡Ordenes de Creighton! —grité—. Hay un incendio en la pradera. Que los tronquistas traigan todos los bueyes y las mulas y los enganchen a los carros. Los demás, que carguen todo con la mayor rapidez que sea posible.
Cuando me separaba de ellos para correr en busca de más hombres, vi con satisfacción que mis tajantes y enérgicas palabras alcanzaban el efecto deseado. Unos momentos más tarde, había dado a conocer a todos los obreros de aquella parte del campamento las órdenes de nuestro jefe y la necesidad de apresurarse. Después, comencé a caminar más lentamente, para normalizar la respiración, y me encaminé hacia donde se hallaba nuestro carro.
Jack y Tom estaban unciendo los bueyes, y los caballos se hallaban junto a ellos ensillados y embridados. Shaw estaba junto al cauce del río, mirando hacia el horizonte.
Me, acerqué a él, le dije cómo había transmitido las órdenes de nuestro patrón, y le pregunté si la situación era más grave que anteriormente.
—¡Lléveme el diablo si lo sé con seguridad, Wayne! —contestó—. Pero estoy atemorizado. Si hubiera por aquí cerca alguna elevación del terreno, montaría a caballo e iría a cerciorarme de la importancia del fuego. Pero todo el terreno es bajo y liso por estos contornos... De todos modos... ¡Mira! ¿No te parece que el resplandor es más brillante que antes?
—Perceptiblemente. Es de un rojo más claro.
—Creo que es una mala señal. Sí, me es posible verte el rostro más claramente que hace unos instantes. Y el resplandor es muy brillante y muy rojo. Ahora, irá hacia el río. Se ven perfectamente las extensiones de arena y los lugares de poca profundidad. Tendremos que dirigirnos hasta un poco más abajo, a lo largo de esta pradera, porque aquí hay una pendiente demasiado empinada para que podamos bajarla con nuestro carro. Vete en busca de unas palas, y di a nuestros compañeros que vengan a ayudarnos cuando hayan uncido los bueyes.
Nos pusimos a trabajar inmediata e incansablemente en la tarea de cortar una línea oblicua en la pendiente para que nuestro carro pudiera ser conducido hasta el nivel del río. Darnell llevó un hacha y cortó los troncos jóvenes y las ramas que obstruían el camino. No quise volverme hacia el Norte hasta después de haber concluido mi trabajo. Entonces, teniendo a Ruby a mi lado, miré y me asusté y estremecí por primera vez. El cielo estaba extrañamente rojo, y todas las estrellas parecían haber sido borradas.
—He visto un par de incendios de praderas, Wayne —dijo Ruby—; pero nunca en un lugar como éste. Es muy peligroso.
—¿Cuál es el peligro, Ruby? —pregunté—. Esos bancos de arena están a trescientos pies de la otra orilla y a cien pies de ésta. El fuego no podrá llegar hasta nosotros.
—¡Oh, no lo comprendes! —exclamó—. El viento arrastrará el fuego... Las llamas saltarán hacia lo alto y hacia delante... hasta una distancia de centenares de pies... El viento es fortísimo... Pero ¿no es hermoso el espectáculo? Mira cómo se refleja en el río ese cielo tan rojizo, cómo se han teñido de rojo los bancos de arena. Mira la oscura línea de los saucedales al otro lado brillan como si ya estuvieran incendiados. Y ¡aquella línea negra del horizonte, encendida ya con el color del fuego...! Wayne, el viento me quema las mejillas. Comienzo a asustarme.
—Podrás estar asustada, pero todavía sabes mostrarte poética —contesté—. Ahí vienen los muchachos con el carro y los caballos. Tendremos que apartarnos del camino. Vamos, Ruby. Si tuviéramos que atravesar algún trecho cubierto por el agua o por el barro, yo te llevaré.
Mas, procediendo cautelosamente y escogiendo el camino con cuidado, llegamos a uno de los bancos de arena sin que nos sucediera incidente alguno. El banco se componía de arena dura y piedras, y tenía una extensión de alrededor de medio acre. Me pareció que habíamos tenido la suerte de hallar una posición afortunada y me pregunté si les sucedería lo mismo a los restantes carros. Luego me volví para comprobar cómo marchaban las cosas para mis compañeros.
Shaw abría la marcha. Iba montado en su caballo, y conducía a los otros. Le oí dar instrucciones a Darnell, que dirigía a los bueyes. Lowden iba a pie. Cuando los bueyes llegaron al final del corte sesgado que habíamos hecho, se hundieron en el agua hasta las rodillas, lo que no tenía importancia para unos animales tan fuertes. Continuaron avanzando rectamente sobre la arena profunda. Al llegar el pesado carro al lugar en que la arena era más blanda, las ruedas se hundieron en ella y, finalmente, dejaron de girar.
—Ven, Jack; tenemos que enganchar también los caballos. Hemos de ayudar a los bueyes a sacar el carro de este agujero...
Me convertí en espectador del trabajo de mis compañeros, quienes ataron una cuerda al vehículo y ayudaron a los bueyes a arrastrarlo fuera del peligroso lugar. Fue necesario realizar un fatigoso esfuerzo, mas éste no resultó inútil y muy pronto nuestro carro con las provisiones y animales estuvieron a salvo junto a nosotros, en terreno firme.
Shaw desmontó y ayudó a Jack a atar los caballos a las ruedas del carro. Observó entre tanto que estaríamos seguros en aquel lugar, a menos que soplase un verdadero ciclón. Pero no se mostraron tan confiados en lo que se refería a los restantes vehículos. Aún podíamos divisar las hogueras que estaban ardiendo en el campamento de los constructores y que el ajetreo y el bullicio eran grandes, mas, por lo que pudimos observar, ninguno de los carros se había puesto todavía en marcha.
—Si no se apresuran, algunos de ellos se expondrán a sufrir un desastre —afirmó Shaw.
—Hemos conseguido el mejor sitio que puede hallarse por estos alrededores —dijo Jack—. Creo que hay espacio para dos o tres carros más en esta isla. ¿Qué opinas compañero?
—Que es cierto. Me parece que deberías ir a decir al señor Creighton que traiga aquí su carro y otra pareja más de los que prefiera. Uno de ellos deberá ser, con toda seguridad, el de las provisiones.
Lowden se alejó de nosotros y muy pronto desapareció en dirección a la orilla. Y Shaw dijo que la noche era muy fría y que iba a encender una hoguera. Me ordenó que cogiera una pala y que hiciera un banco de tierra detrás de los únicos matorrales de la isla. Cuando estaba entregado a esta tarea, Shaw y Tom fueron en busca de leña.
Ruby saltó del asiento del carro, donde se hallaba, y se acercó a mí.
Estaba evidentemente asustada y no quería permanecer sola. Su hermoso rostro, manchado por los chafarrinones con que Shaw lo había desfigurado, brillaba de un modo rojizo bajo el resplandor del cielo. La claridad era mayor a cada momento que transcurría. El incendio de la pradera no debería de hallarse ya muy lejos.
—Wayne —habló Ruby con timidez—, recuerdo que hace varios días, cuando nos hallábamos en el Camino, te alejaste del campamento al ver que se aproximaba Sunderlund y su hija. Vance te lo observó también. ¿Por qué lo hiciste?
—No es una historia larga de contar, Ruby respondí.
—No me pareces un hombre que se asuste de ninguna mujer —comentó Ruby como para sí misma.
Y entonces le referí sinceramente mi primer encuentro con Kit, lo que se había traducido en lo que suele llamarse «un flechazo», y conté cómo la había salvado el día en que se desbocaron sus caballerías; y añadí que en realidad me hallaba en el «séptimo cielo» hasta que Van-ce me hizo descender a tierra.
—Pero Shaw es un vaquero —comentó Ruby—. Para mí un verdadero príncipe..., el muchacho más bueno del mundo..., pero en realidad es un vaquero. Y los vaqueros no saben nada acerca de las mujeres. Me ha dicho que estuvo enamorado de Kit, pero que siempre supo que no podía abrigar ni siquiera la menor esperanza de ser correspondido.
—Ruby, es preciso que seas una muchacha muy buena para que puedas hablar de ese modo —repliqué expresivamente—, puesto que sabes que Vance estuvo loco por esa joven. No eres celosa, pero sospecho que Vance tiene celos de mí.
—No lo creo, Wayne. Aun cuando Shaw hubiese querido a Kit más de lo que a mí me quiere, es un muchacho demasiado generoso para que pueda tener celos. Sería capaz de morir antes que demostrarlo afirmó Ruby con vehemencia.
—Sería difícil encontrar un defecto en el carácter de ese vaquero... De todos modos, me gustaría conocer lo que habría sucedido si yo hubiera ido a ver a Kit Sunderlund aquella noche. Y me pregunto, al mismo tiempo, qué deberé hacer si alguna vez vuelvo a encontrarla.
—Es probable que la encuentres de nuevo, Wayne. Su caravana no debe de estar muy lejos de nosotros.
Los dos vaqueros regresaron, cada uno con una brazada de leña, y Shaw encendió inmediatamente una hoguera. A pesar de la fuerza del viento, las llamas ardieron a una altura regular y constante, en tanto que las chispas se dispersaban volando. En mi excitación, no me había apenas dado cuenta de que tenía las manos casi ateridas por el frío y de que me encontraba tiritando. El fuego me alivió bastante. Recordé que mi lugar de procedencia, en el viejo Este, no se sabía lo que era tener frío, cansancio o hambre, por no decir miedo.
—Tom —dijo en voz alta Shaw—, coge un cubo y llénalo de agua fresca, antes de que se ensucie. Y tú, Wayne, trae algunas botas.
Mientras llenábamos los recipientes, observé que el reflejo del resplandor en el agua era casi tan intenso como el de la luz del día, aunque mucho más rojizo. Shaw se irguió, con el cubo en la mano, y miró hacia el horizonte. Luego se volvió para poner un oído en la dirección que procedía el viento.
—El resplandor es mucho más grande —dijo—, y el olor a humo más fuerte. No oigo todavía nada, pero el fuego está ardiendo con intensidad, y si aumentase, podemos estar ciertos de que muy pronto llegará junto a nosotros. Quisiera que Creighton y los demás hubieran bajado ya. No olvides lo que te digo, Tom. Si no se apresuran, van a perder algo...
Volvimos junto al carro y cubrimos cuidadosamente los cubos; yo puse las botas en el interior del vehículo. El viento soplaba con tanta velocidad, que nos era preciso hablar a gritos para que pudiéramos entendernos. Los chasquidos de unas mimbreras de la orilla y las voces que un hombre dirigía a sus bueyes nos advirtieron que uno de los carros se acercaba. El carro llegó, al fin, a la orilla y, dirigido por Lowden, atravesó nuestra isla y se situó en la parte inferior. El hombre condujo a los bueyes hasta el momento en que se hundieron hasta las rodillas en el agua.
Desde aquel momento, las voces de los trabajadores y los chasquidos de las matas de la costa nos dieron a conocer el hecho de que otros carros se aproximaban al río. Vimos que uno de éstos surgía casi desde debajo de nosotros, de una profundidad de quince pies, o más, acaso, y que tropezaba con grandes dificultades al llegar a la arena. Más arriba, llegaban carro tras carro, se introducían en el lecho del río, unos de ellos directamente en el agua; otros, más afortunados, sobre bancos de arena.
Había luz suficiente para que pudiéramos ver con claridad, pero todo nos parecía extraño e irreal bajo el rojo resplandor. Un nuevo vehículo llegó y avanzó con ruido hacia la parte norte de nuestra isla.
Cuando hube mirado una vez más el espectáculo que se ofrecía en el Norte, descubrí que no me era posible separar de él la mirada.
El escenario cambiaba de aspecto. El cielo tenía .el color de las llamas.
El hecho de que la intensidad rojiza aumentase, significaba que el incendio se aproximaba a nosotros, impelido por el viento. Sobre el sonido de éste podían oírse los chasquidos de los ramajes, el chapoteo de los bueyes, el chirrido de las ruedas y de los vehículos, y las voces excitadas de los hombres que tropezaban con dificultades para introducirse en el río hasta un lugar en que pudieran hallarse seguros.
—El viento tiene una velocidad de alrededor de cuarenta millas —dijo con voz potente Shaw—. No es muy grande todavía, pero es peligrosa para nosotros. Y lo malo es que esa velocidad está aumentando. ¡Y, diablos, hace frío!
Ruby parecía fascinada por la catástrofe que se aproximaba. Estaba asida a mi brazo, miraba, miraba y no cesaba de llorar. En aquel momento, en el lugar en que la línea negra del horizonte se unía al carmín del cielo, unas densas nubes de humo comenzaron a elevarse. Los vaqueros gritaron al verlo. La rapidez con que estas nubes de humo se elevaban y desaparecían girando, me sorprendió y me dio una prueba de la violencia del viento.
Unos momentos más tarde, una cuarta parte del rojo cielo había sido borrada por las nubes giróvagas, efímeras, rugientes, maravillosamente hermosas con sus colores blanco, negro y amarillo, que se arrastraban hacia la altura y hacia delante y reflejaban el cambiante fuego que bajo ellas ardía. Yo esperaba ver surgir las llamas de un instante a otro.
Abajo, al pie de las nubes, una línea brillante se intensificó. Un momento más tarde, un grito potente de Jack, que se había encaramado sobre el toldo de nuestro carro, me sirvió para conocer la existencia de algo terrorífico que todavía estaba oculto para mí.
—¡Sí, lo veo, Vance! —gritó—. ¡El infierno se acerca! ¡Creo que si no nos tiramos al agua, nos vamos a asar!
—¡No, diablos! —gritó a su vez Shaw, mientras volvía hacia el Norte el delgado rostro, que el resplandor enrojecía—. Es seguro que sufriremos algunas quemaduras y que tendremos que luchar con el ganado, pero nuestras vidas están seguras aquí.
Tom se subió sobre la alta rueda delantera del carro y, agarrándose al borde del toldo, dio rienda suelta a exclamaciones de espanto, si no de temor. Yo creía que nada podría asustar a aquellos vaqueros. Tenía la piel tensa y aquella conmoción interna con la cual me había comenzado a familiarizar desde mi llegada a la frontera me asaltaba nuevamente.
—¡Ahora! —gritó Lowden desde lo alto del carro. Un instante después, como por arte de magia, vi las curvadas extremidades de unas llamas feroces que brotaron a lo largo de todo el horizonte. Había un algo sobrenatural en aquel espectáculo. La súbita y revuelta aparición me demostró la potente energía del fuego y del viento. Si las llamas habían saltado ante mi vista en un solo instante, en otro se extendieron sobre el terreno a gran altura; y entonces supe lo que es verdaderamente un incendio en la pradera.
Era un muro monstruoso de llamas arrastrado rápidamente por el ventarrón. Era maravillosa e increíble la celeridad con que los regueros y los chorros de humo se disparaban hacia lo alto, se retorcían y se extendían para formar nubes que componían una inmensa cortina de infinitas tonalidades, un dosel que se extendía hacia la altura y hacia nosotros con estremecedora rapidez.
—¡Es un incendio terrible, y llegará aquí muy pronto! ¡Oid el estruendo!
—gritó con voz vibrante Shaw al unirse a nosotros.
Escuché y pude percibir un sordo y bajo zumbido que aumentaba gradualmente. No era parecido a ninguno de los sonidos que hasta entonces había escuchado. El muro de fuego, coronado por las ondulantes y retorcidas lenguas de fuego, no debía de hallarse a más de media milla de nosotros, y se acercaba con terrible rapidez. Permanecía al mismo nivel durante su recorrido, aun cuando los puntos de fuego más altos variaban a lo largo de su línea. La espesa y alta vegetación que bordeaba el río habría de hacer mayor, necesariamente, la altura de las llamas.
En aquel instante, bajo la intensidad de la luz, la orilla opuesta no parecía tan alejada de nosotros, y el peligro reposaba en la posibilidad de que las llamas, extendiéndose y alargándose, se tendieran sobre nuestras cabezas, en cuyo caso estábamos sentenciados a morir. Aun cuando nos sumergiéramos en el río, el calor sería fatal. Pero, de todos modos, abrigué esperanzas, tuve confianza en que las llamas no podrían extenderse por encima del río hasta la distancia suficiente para hacer que nuestra situación fuese desesperada.
Vi pequeños trozos de ramas, de maderas y millones de chispas que subían y bajaban impulsadas por el viento, algunas de las cuales cruzarían el río y prenderían fuego en la maleza de la orilla opuesta. El muro de fuego, las retorcidas lenguas de llamas y el creciente zumbido se acercaban y nos sumían en un temeroso silenció.
Sentía las manos de Ruby como si fueran garfios de acero sobre mi brazo. El espectáculo fue aún más grandioso y aterrador cuando el fuego prendió en la espesa hierba y los matorrales que bordeaban la cuenca del río. Se produjeron, lo que nos pareció una tremenda explosión a lo largo del río, inmensas columnas de humo, de llamas y de chispas, y un sibilante chasquido destructor; jamás he soñado nada parecido. Observé que los pájaros comenzaban a volar, y vi millares de liebres y de otros animales, entre los cuales había coyotes y antílopes que huían como fantasmas bajo la fantástica luz saltaban al llegar a la orilla, y desaparecían. Vi, también, unos antílopes que cruzaban el río a nado.
Era una magnífica, infernal y espantosa tormenta de fuego que ocultaba la orilla y saltaba hasta el centro del río. El humo se elevaba sobre nosotros; y bajo él, una corriente interminable de ramitas incendiadas volaba en alas del viento. Grandes chispas, del tamaño de mis manos, caían continuamente en torno nuestro. Los bueyes se agitaban bajo sus yugos.
Los vaqueros saltaron a tierra para apaciguar a los caballos, que se hallaban cubiertos por mantas y lienzos embreados.
Y, entonces, la onda de calor nos asaltó. Me pareció que me secaba súbitamente, que me encogía y arrugaba. Ruby cayó arrodillada, en la parte delantera del carro; vi, con ojos secos y doloridos, el horroroso espectáculo que ofreció el fuego al llegar a su culminación en la orilla, antes de rodearse y oscurecerse de humo y polvo. Me cubrí el abrasado rostro con el tapabocas y me incliné sobre las rodillas, estremecido por el terror, mas sin dejar de observar ni un solo momento el terrible crujido del fuego y el zumbido del viento.
Medidos por mi angustia y mi temor, los momentos culminantes de la catástrofe fueron interminablemente largos y torturadores. Sin embargo, el zumbido comenzó a descender gradualmente, pasó desde la orilla opuesta a través del vacío, y se hizo más intenso a nuestras espaldas. La fuerza, del chasquido se alejó, y entonces comprendí que el viento arrastraba el fuego lejos de nosotros.
Y nuevamente oí que los hombres voceaban. Los vaqueros gritaban.
Abrí los ojos y me descubrí el rostro para observar lo que acontecía a mi alrededor. El terrible rugido se había alejado. Todo era oscuro, gris, todo estaba humeante en torno a nosotros. Se hacía difícil la respiración. En la orilla más próxima los árboles de la espesura se hallaban desnudos de ramas y tenían los troncos encendidos. Acá y allá, en diversos lugares, ardían aún algunos fuegos aislados. La catástrofe había pasado, y tras ella apenas había quedado algo que pudiera arder.
Río arriba y río abajo, había una gran agitación entre los hombres.
Roncos gritos sonaban por doquier. Los carros estaban ardiendo. Por todas partes, los hombres arrojaban cubos de agua; apaciguaban a los agitados bueyes, tiraban de los carros objetos encendidos o lanzaban al agua postes incendiados.
Shaw, que estaba trabajando incansablemente, me obligó a abandonar mi actitud contemplativa para que le ayudase a apagar el toldo de nuestro carro. Salté a tierra, cogí un cubo y me aproximé al agua. Entonces vi a Lowden, que pugnaba por apaciguar a los inquietos bueyes.
—¡Arrójales un cubo de agua, compañero! —gritó. Cumplí lo pedido con la mayor rapidez que me fue posible. Los bueyes se tranquilizaron al apagarse los rescoldos que habían caído sobre sus lomos. Llené nuevamente el cubo y me aproximé a nuestro carro. Darnell estaba en lo alto del toldo, apartando a golpes los trozos de lona que habían ardido.
—¡Aquí! —gritó—. ¡Echa agua aquí! ¡No te preocupes por mí! ¡El agua me alivia el dolor! Estoy hecho una brasa. ¡Echa más agua aquí y aquí! ¡Vete a llenar otro cubo!
Shaw había logrado tranquilizar a su caballo, y se acareó a mí con una herrada. Lowden permaneció junto a los bueyes.
Vance y yo apagamos prontamente todos los fuegos del interior de nuestro carro y de sus proximidades, y antes de que hubiéramos tenido ocasión de reponemos de nuestro cansancio y de ver lo que había sucedido alrededor de nosotros, oímos que el boyero del carro próximo al nuestro gritaba fuertemente en petición de ayuda. Los dos corrimos a socorrerle.
Las dos horas siguientes fueron una pesadilla. Río arriba, en una extensión de cerca de doscientos metros, encontramos que todos los carros habían resultado perjudicados. Las cubiertas de lona de la mayoría de ellos se habían quemado, y el contenido de casi todos estaba estropeado. Un cargamento completo de postes telegráficos había sido abandonado en las orillas. Tanto los postes como los carros que los conducían se habían incendiado. Creighton se hallaba muy afligido y enojado a causa de la pérdida de los postes, e intentaba apagarlos por todos los medios. No parecieron importarle muchos los carros destrozados; pero se mostró muy agradecido en cada ocasión en que conseguimos salvar alguno de sus preciosos postes.
Hacia medianoche habíamos conseguido apagar todos los incendios, y los carros y los bueyes se encontraban en la orilla. Dejamos nuestro carro en nuestra pequeña isla y desuncimos los bueyes para libertarlos del pesado yugo. Ruby había avivado la hoguera cuando regresamos, y después de haber visto el terrible incendio, me sorprendió que pudiéramos acoger con tanto agrado el fuego. Me senté para calentarme las manos, y me sorprendí de nuevo al ver que Ruby se reía de mí.
¡Pareces un golfillo! —me dijo—. Tienes la ropa destrozada, las manos y el rostro negros... ¡Estás hecho una facha! Oye, Wayne, ¿no podrías hacer algo por aliviarme las quemaduras de la espalda?
¡Claro que lo haré con mucho gusto, Ruby! Déjame que descanse un momento y que me lave las manos. Apuesto cualquier cosa a que no eres la única que ha sufrido quemaduras.
El humo había sido dispersado por el fuerte viento. Solamente podían verse en pocos lugares los resplandores de los rojizos rescoldos. La oscuridad nos envolvía de nuevo. Las estrellas brillaban claramente, y el viento del Norte continuaba soplando, aunque no con la velocidad que había acompañado al incendio. El terrible y hermoso espectáculo parecía haber sido una pesadilla. Pero mis quemaduras y contusiones me aseguraban que había sido una realidad.
Atendí a Ruby tan bien como me fue posible, a la luz de la hoguera.
Tenía una profunda quemadura en el centro de la espalda, de la que me pareció le quedaría «una cicatriz. Le puse aceite y un emplasto en la lesión, y la vendé con una tela ligera.
—Tienes una espalda muy bonita, Ruby. Es tan blanca y suave como la seda. Pero creo que de ahora en adelante habrá en ella una cicatriz.
—¡No me importa! —exclamó Ruby—. Jamás volveré a exhibir la espalda desnuda. He terminado para siempre con ese trabajo de bailarina....
Muchas gracias, doctor Wayne, por lo que has hecho en mi favor; pero no me agradaría que tuvieras que cuidarte de curarme una pierna en el caso de que me la rompiera.
—¡Qué desagradecida eres, picaruela! ¿Puedo saber por qué?
—¿Por qué? Porque eres demasiado rudo. Eso es todo.
—Creo que tienes razón, que te he tratado con rudeza —repliqué contritamente—; pero tengo las manos quemadas y entorpecidas. Y estoy tan cansado, que no me es posible ser más delicado.
Y resultó que no pudo haber descanso para el que tan cansado estaba.
Casi todos los hombres sufrían quemaduras y contusiones que debían ser atendidas. Y mientras me hallaba atendiendo a alguno de los lesionados, otros hombres me llamaron desde los carros o desde distintos lugares para que los asistiera. Ruby se acostó, pero los muchachos se quedaron en pie y me ayudaron cuanto les fue posible. Por lo menos, mantuvieron la hoguera encendida con el fin de que pudiera disponer de luz para mi trabajo y no me helara.
El carro de Creighton no había escapado incólume, y necesitaba que se le reparase la mayor parte de la cubierta de lona. El propio Creighton había sufrido una fuerte quemadura en una pierna. En su prisa por salvar los preciosos postes, había caído sobre uno que ardía. La quemadura la tenía debajo de la rodilla. Mientras la curaba me llamaron repetidamente hombres tras hombres. Cuando hube terminado de atenderle e hice algunos comentarios sobre la catástrofe, Creighton sonrió y me dijo:
—Esto ha sido solamente un incidente en la construcción de la línea telegráfica, joven; pero tu presencia nos sido muy útil...
Shaw me acompañó de carro en carro; fueron tantos los hombres que se hallaban lesionados, que la luz gris del amanecer comenzaba a nacer en el Este cuando ambos regresamos a nuestro vehículo.
—Lo mejor que podemos hacer, compañero, es dormir un poco; Creighton nos obligará a recomenzar el trabajo tan pronto como salga el sol, como si nada hubiera sucedido.
A pesar de los dolores que sufría, el extremado cansancio me hizo dormirme inmediatamente; el sol estaba ya muy alto cuando desperté. Mis compañeros preparaban los desayunos cuando bajé dolorida y trabajosamente de nuestro carro. Me consterné al ver el espectáculo que ofrecían las praderas negras y marchitas de ambos lados del río. El mirar en torno mío me sirvió para desechar la idea de que el incendio de la pradera hubiera sido solamente una pesadilla. Sin embargo, mis amigos y yo continuábamos componiendo una camarilla alegre.
—He de confesar, querida —dijo Shaw con su frío humor a Ruby—, que me es muy conveniente que te vayas acostumbrando al fuego, porque en el lugar adonde vas llegará un día en que un incendio como el de anoche sea una cosa corriente y sin interrupción.
—El infierno, quieres decir, vaquero despiadado —replicó Ruby—. Bien, en ese caso, tendré mucha compañía, puesto que tú y tus compañeros, quizá con excepción de Wayne, estaréis allá conmigo buscando un sitio donde pueda hallarse un poco de fresco.
—¡Hum! No hay por qué hacer una excepción con Wayne —contestó Shaw con una sonrisa burlona—. Según todos los indicios, Wayne irá de cabeza al infierno juntamente con nosotros.
—Si queréis que os diga la verdad exclamó Lowden—, me parece que ya tenemos aquí el infierno, y que nuestra recompensa será el cielo.
Me apresuré a dirigirme al nuevo campamento con el fin de buscar a Creighton y pedirle que me diese órdenes para el trabajo del día; mas le encontré demasiado ocupado para que me decidiera a interrumpirle. Al ver los daños que el incendio había ocasionado a los carros y las caballerías, comprendí que no sería posible que el trabajo de construcción fuese reanudado aquel mismo día. Liligh no se había presentado aún, y nadie sabía lo que les habría ocurrido a él y a sus hombres. Desde luego, podía suponerse que, probablemente, todos los postes, instalados o sin instalar, que se hallasen en el camino recorrido por el incendio, habrían quedado destruidos.
Cuando regresaba hablé con Herb Lane, quien me dijo que suponía que Creighton formaría una brigada con todos los hombres y los carros que pudieran ser utilizados para proceder a la reparación de lo que había quedado destrozado.
Estaba pensando en cambiarme de ropa, puesto que las que tenía puestas se hallaban terriblemente destrozadas, cuando llegó un mensajero y me indicó, por orden de Creighton, que me dirigiera inmediatamente a su carro con mi equipo de medicina. Mientras estaba recogiendo los diversos utensilios, Shaw observó fríamente:
—Me juego diez contra uno a que te avisan para que atiendas a Liligh y sus hombres. Y tengo el presentimiento de que también va a necesitarte Sunderlund, que viaja sin doctor. Si su caravana se encontraba en la ruta del fuego, deben de encontrarse en una situación muy comprometida.
—Vance, me parece muy remota tu suposición —contesté pensativamente—. Iría, naturalmente, si Creighton me lo ordenase; pero tengo demasiado trabajo aquí.
Ruby corrió tras de mí disimuladamente.
—Wayne, ten cuidado, y huye de esa muchacha de los ojos de color violeta.
Caminé presurosamente sobre las tierras ennegrecidas en dirección al nuevo campamento. Antes de llegar junto al carro de Creighton vi otro vehículo de altas ruedas y con un tronco de caballos negros, al que reconocí inmediatamente. Shaw había acertado. Al llegar junto a Creighton, vi que estaba charlando con el conductor del carro de altas ruedas.
—Cameron, hemos recibido un aviso de la caravana de Sunderlund.
Algunos de sus hombres han sufrido quemaduras graves, y su hija necesita especialmente tus cuidados. Ve allí y haz lo que puedas por ellos. Este mensajero ha encontrado a Liligh en el camino y me informa que ni los hombres ni los equipos han sufrido daños materiales. Detente a tu regreso para hablar con Liligh, e infórmame a tu llegada.
Asentí en breves palabras y subiendo al alto carro, coloqué mi equipo bajo el asiento. Me hallaba acometido simultáneamente por el disgusto y la emoción. «De modo que la señorita Sunderlund está herida, y que se me llama para que la atienda»», me dije. Muy pronto nos alejamos de nuestro campamento. Aquellos negros caballos, veloces y ágiles, corrían como si a su paso las millas se hiciesen más cortas.
—Hemos pasado una noche llena de peligros, como puede apreciar —dije al conductor para iniciar una conversación—. ¿Qué tal ha salido librada la expedición de Sunderlund?
—Hemos sufrido el peor de los contratiempos desde que salimos de Texas contestó. Era un hombre fornido, joven y tenía aspecto más de boyero que de vaquero—. Nuestro campamento estaba a unas diez millas de aquí, río arriba. Y algunos de los carros estaban en mal lugar, aunque la mayoría de ellos se encontraban en terreno sin vegetación. El viento soplaba con mucha violencia y el fuego fue muy intenso; pero lo mismo la hierba que la maleza eran muy escasas y cortas; de otro modo no habríamos salido del aprieto sin perder la vida.
¿Llevaron ustedes los carros al río, como hicimos nosotros? —pregunté.
Algunos de los hombres lo hicieron con los suyos, y salieron muy bien librados de la catástrofe, salvo la quemadura de algunos toldos y lonas. Los carros que se encontraban entre las arboledas y en las arenas fueron los que sufrieron más daños.
—Y ¿qué ha sucedido a los caballos de Sunderlund y a su ganado?
—El ganado se dispersó y huyó. Fue preciso que cada hombre se cuidase de sujetar un caballo para evitar que huyera también. Unos cincuenta caballistas han salido esta mañana en busca de las reses, para rodearlas, lo que me parece muy poco probable que consigan. Y poco antes de que, el fuego llegase al río, uno de nuestros vigilantes nos informó que una banda de injuns —dice que cree que son cheyennes— andaba por las cercanías de nuestro campamento. Estamos cerca de las posiciones de los cheyennes, que se han mostrado últimamente muy hostiles contra los blancos.
—¡Cheyennes! —exclamé—. ¡Eso ya es demasiado...!
—Así es. He oído decir a Sunderlund que se alegra de que el ganado haya huido, porque si no lo hubiera hecho, todas las reses habrían muerto abrasadas. Tenemos muy buenos jinetes y vaqueros en nuestro equipo, y si el ganado no ha huido demasiado lejos, hay ciertas esperanzas de que puedan recogerlo.
—¿Son importantes las lesiones de la señorita Sunderlund? —Ésta es la pregunta que habría deseado formular antes que ninguna otra, y que, al fin, decidí exponer.
—No lo sé, doctor —contestó el conductor—. Estaba en su carro... Tiene un carro suyo, para ella sola, muy bien acondicionado... Y se hallaba en la cama, atendida por su doncella. Pero Sunderlund me hizo venir a buscar a usted a toda prisa.
Y, después de recibidos estos informes, me encerré en un preocupado silencio que me llenaba de inquietud. Esperaba y deseaba que la joven no hubiese sufrido daños de importancia. Cuando hubimos recorrido alrededor de unas cinco millas, descubrí la caravana de Liligh a lo lejos, y muy poco tiempo después vi que los hombres se hallaban entregados a su trabajo. Recordé, entonces, que su tarea consistía en marchar delante de nosotros para extender el hilo y cavar los hoyos de los postes. Los trabajadores nos vieron pasar, y Liligh me saludó con un movimiento de la mano. A partir de aquel punto, los daños ocasionados por el incendio comenzaban a disminuir.
Después de haber avanzado varias millas más, pude ver una larga hilera de carros cubiertos de toldos blancos. Vi, también, muchos bueyes que pastaban en la pradera, pero observé que no era mucho el pasto que había quedado después del paso del incendio. El conductor abandonó el camino para seguir la marcha junto a la primera hilera de carruajes, y unos momentos más tarde me encontré en presencia del señor Sunderlund, que se hallaba conversando con algunos de sus consocios, a quienes yo conocía ya.
No pude dudar de la satisfacción que produjo mi llegada. Sunderlund me saludó y me preguntó ansiosamente si la caravana de Creighton había sufrido muchos daños. Cuando le hube referido los detalles de nuestros trastornos y perjuicios, me expresó su simpatía y me dijo que no había experimentado grandes males, pero que había perdido algunos carros y provisiones y todo el ganado.
—¿Cómo está la señorita Sunderlund? —pregunté.
—Ven conmigo a su carro —contestó—. Se ha quemado un pie. Creo que son quemaduras de cierta importancia.
El hecho sucedió después del incendio. Kit estaba corriendo de un lado para otro en la oscuridad, intentando ayudarnos, y metió el pie entre una pareja de ramas o de troncos que estaban todavía enrojecidos por el fuego.
No pudo sacar el pie, y llevaba varios instantes gritando cuando pudo recibir ayuda. Si quieres atenderla, te lo agradeceré muchísimo, Cameron.
El carro a que me condujo no era tan grande como el suyo, pero era más ostentoso y estaba mejor arreglado y cuidado. Aprecié a primera vista que el conductor del que me transportó me había hecho indicaciones correctas respecto al hogar con ruedas de la señorita Sunderlund. Poseía una escalera que llevaba hasta una cortina que lo cerraba en su parte posterior, y cuando Sunderlund la llamó, se presentó una rolliza criada negra que abrió la cortina. Sunderlund me precedió en la entrada al carro, me dio las gracias y se alejó.
Había varios departamentos en el interior del vehículo, y en el central, que estaba cómodamente, por no decir lujosamente, amueblado, se encontraba acostada la señorita Sunderlund, con la cabeza apoyada en un montón de almohadas. Tenía extendida sobre sí una ligera colcha, por debajo de la cual sobresalía uno de sus pies, torpemente vendado. Recordé que el rostro de la joven estaba muy tostado por el sol, pero en aquel momento me pareció completamente blanco; en sus ojos de color violeta había una expresión de dolor. Tenía puesta no sé qué ropa de mangas cortas, que solamente le llegaban hasta los codos. Al verla, el corazón me comenzó a latir apresuradamente.
—Buenos días, señorita Sunderlund —dije jovialmente, mientras colocaba mi equipo sobre un cofre—. Supongo que sus quemaduras no serán de mucha importancia. Así lo deseo.
—Tengo muchos dolores, mas deseo que comprenda usted que no fui yo quien le llamó—. Su tono estaba lleno de animación, y el acento de desdén que lo marcaba me sorprendió y me desconcertó.
—Su padre, según tengo entendido, fue quien me mandó llamar para que la atendiese... No soy doctor, pero intentaré hacer todo lo que pueda por aliviarla.
—Muchas gracias. Sí, ciertamente, ha sido usted muy atento al venir.
Pero quería que supiera que no le avisé yo... Marta, abre las cortinas para que entre más luz, y quédate cerca de aquí para el caso de que el doctor...
necesite ayuda.
—Lo único que necesito es un puchero de agua caliente.
Y luego, sin mirar siquiera a la joven, abrí mi equipo de medicina y saqué los vendajes y los remedios que precisaba. Atraje hacia mí un taburete almohadillado, y, adoptando el tono más profesional que me fue posible, dije :
—Voy a reconocerle el pie.
Kit tiró ligeramente de la colcha hacia arriba y dejó al descubierto el pie derecho y el bien torneado tobillo. No pude abstenerme entonces de mirarla y no dejé de apreciar que en sus bonitos ojos se reflejaban la duda y el desdén. No habría sido normal que yo no experimentase algún resentimiento por ello, pero continué mi trabajo con calma.
Le quité el vendaje del pie, no sin provocar algunas enérgicas protestas de la muchacha, y descubrí que la quemadura estaba situada en la parte inferior, que era muy superficial y carecía por completo de importancia, pero, que, de todos modos, debía producir grandes dolores. Algunas hilas del vendaje se le habían pegado a la piel y habrían de ser cuidadosamente despegadas, cosa que era materialmente imposible de realizar sin producir nuevos dolores a la joven. Una vez Kit me preguntó con mucha dulzura:
—¿Estudió usted en Harward para médico o para veterinario de caballos?
No quise hacer caso de la observación y, durante unos momentos, descuidé algún tanto el tratarla con cuidado. Por otra parte, mis doloridas manos me impedían trabajar con suavidad, lo que dio lugar a que ella gritase:
—¡Oh me hace usted mucho daño! ¡Es usted muy rudo! Y tarda demasiado tiempo... ¿Va usted a estar todo el día dedicado a este trabajo?
—He dicho a usted, señorita .Sunderlund, que no soy médico repliqué con toda la dignidad que me fue posible—. Y estoy realizando mi trabajo con toda la rapidez y dulzura que puedo. No pretendo prolongar la labor. Tiene usted un pie y un tobillo muy bonitos, y aquí, en su habitación, compone usted un cuadro encantador..., pero todo eso no me importa absolutamente nada. No he puesto en venir más interés que el que usted puso en llamarme.
—¿No podría usted acabar pronto y marcharse? —me lanzó indignada, mientras sus mejillas enrojecían.
Terminaría antes si dejara usted de agitarse... y de hacer observaciones innecesarias acerca de mi trabajo.
—Pero ¡me está haciendo mucho daño!
—Sí, es cierto, le hago daño. Tiene usted una quemadura bastante glande. No podrá usar zapato ni bota por espacio de un mes —contesté un poco exageradamente—. Y, además, ¿es usted una niña pequeñita, puesto que no puede soportar un poco de dolor?
—Señor Cameron, es usted tan rudo como grosero; y, sobre todo, tan rústico de aspecto como de hechos.
—¿Qué otra cosa esperaba usted, señorita Sunderlund? —pregunté enojado—. He estado luchando contra el fuego hasta medianoche, y después, curando a los heridos hasta el amanecer.
—Es una actitud muy digna, señor Cameron; pero no creo que nada de eso pueda ser de alguna utilidad para mí —replicó sarcásticamente.
—¡Cállese! —dije irritado por completo—. Estoy comenzando a creer algunas de las cosas que he oído acerca de usted.
Esto pareció aplacarla momentáneamente. Extendí un ungüento sobre la lesión y se la vendé. Y, mientras me volvía para recoger mis útiles, dije con indiferencia:
—Ya está... Esto le aliviará los dolores por ahora. No debe quitarse el vendaje hasta dentro de un par de días, y le aconsejo que no se apoye en el pie herido.
Mi padre le pagará, señor Cameron, el tiempo y el trabajo empleados y las molestias que se le han originado.
Lo único que hice al oír estas palabras fue reírme sinceramente. No podía dudar ya de que aquella joven estaba enojada conmigo. Pensé que era una señorita muy poco razonable. Por fortuna, la indignación que en mí había despertado me impidió volverme para mirarla, cosa que deseaba fervientemente hacer, y me libró de hacerme traición. Empleé de intento varios instantes, más de los debidos, para recoger mis utensilios, y entregué el puchero vacío a la criada.
¿Por qué faltó usted a la cita que concertamos el día que nos encontramos? —me preguntó en un tono que convertía la pregunta en una provocación.
—¿Por qué supone usted que lo hice, señorita Sunderlund? —contesté. Y me volví y la miré. La roja coloración había huido de sus mejillas, y si en sus ojos no había una expresión de desafío, yo debía de estar profundamente equivocado. Lo que pensé que en aquella situación era una expresión exagerada de los sentimientos íntimos, despertó mi curiosidad.
Sería posible, claro es, que ella hubiera tenido tantos deseos de verme como yo había tenido de verla—. Jamás he tenido tanto interés en acudir a alguna cita como tuve en acudir a aquella —continué.
—¿Cuáles supone usted que eran mis sentimientos? —replicó despectivamente.
—No sé cuáles eran sus sentimientos. Sólo puedo imaginarlos. Yo diría que un encuentro tan romántico es apenas un ligero incidente en la vida de usted; pero es un acontecimiento muy grande en la mía. Aquel día en que la vi por primera vez, en el asiento del carro, en la carretera..., aquel día, me sentí profundamente atraído hacia usted y no pude olvidarla. Continué esperando y soñando que la encontraría de nuevo. Y así ha sido. ¡Mala suerte! Cuando se echó en mis brazos, desde aquel carro con los caballos desbocados en la calle de Gothenburg y me arrojó al suelo, entre el polvo del arroyo, comprendí que me había enamorado de usted repentinamente...
—Sí, y pareció demostrarlo usted muy bien —replicó ella, burlona—. Pero no quiso hacer caso de la ocasión que le ofrecí. Y ahora, habla como un vaquero...
—Sí. Si he aprendido a pensar y hablar como un vaquero, tengo motivos para estar orgulloso..
—¿Qué le dijo Vance Shaw acerca de mí? —Kit se inclinó hacia mí, se sentó en el lecho y permitió que la colcha dejase de cubrirla, con lo que me ofreció nuevas muestras de su belleza.
—Me ha dicho muchas cosas —contesté.
—Las adivino; de modo que no es preciso que se tome la molestia de repetirlas. Si supiera usted cómo son los vaqueros, comprendería las razones de que una muchacha necesite defenderse.
—El hecho de que los vaqueros sean una especie de tenorios, no es una razón para que usted haga burla y engaño de sus afectos. Me dijo que le obligó a enamorarse de usted, y que usted no tuvo jamás el propó sito de corresponder a su amor.
—Es cierto, señor Cameron. Me han agradado los vaqueros. Pero siempre he esperado hallar uno de ellos, o cualquier otro joven, que me obligase a tomar en serio el amor... Y cuando lo encontré, ¿qué sucedió? Que resultó ser aún peor que los mismos vaqueros.
—¿Qué quiere usted decir, señorita Sunderlund? —pregunté; la curiosidad comenzaba a sobreponerse a mi indignación.
—No es usted tan inteligente ni tan sutil como parece a primera vista.
Puede usted ser de Boston, puede poseer un fondo oriental, puede usted ser, como dice, un estudiante de Harward... Pero, por esas mismas razones, es usted mucho más despreciable que cualquiera de esos vaqueros, que el propio Shaw.
—¿Puedo preguntar por qué? —pregunté con calma mientras sentía una oleada de enojo.
—Puede preguntarlo; y voy a decírselo respondió a gritos. Y una oleada de color carmesí le cubrió el rostro, desde el cuello hasta las sienes. Y sus ojos me parecieron dos duros diamantes azules—. Cuando fui a su campamento con mi padre y pregunté por usted y averigüe que no estaba allí, hice un descubrimiento. Usted tenía una mujer en su carro. Una mujer...
¡disfrazada de hombre! Estaba en la parte posterior del carro, parcialmente vestida, e intentó esconderse a mi vista a toda prisa. Pero la vi. Era una mujer joven y linda. Vive con usted en aquel carro. Y usted la compartía con sus amigos... o ellos la compartían con usted.
—De modo que ¿vio usted a Ruby? Bien; y eso es lo que piensa usted.
Hablé con un cáustico desdén que se emparejaba bien con el de ella; pero en mi expresión debió de reflejarse una sorpresa legítima.
—Sí, eso es lo que pensé. ¿Lo niega usted?
¿Por qué habría de negarlo? Usted parece utilizar sus femeninas prerrogativas..., pero no puedo apreciar en sus palabras esa caballerosidad meridional que es tradicional en los tejanos.
Soy, verdaderamente, una meridional sentimental, y he sufrido mucho, en más de una ocasión, a causa de esta debilidad. Pero no soy tonta. Si el ver a aquella bailarina en su carro no hubiese sido bastante, acaso le interese conocer que a mi padre le dijeron en .Gothenburg que usted se distinguía por sus atenciones hacia esa mujer, Ruby, y que fue usted quien la sacó del salón de baile.
Es cierto, señorita Sunderlund, lo hice, y estoy muy orgulloso de ello. Y me agradaría informar a usted que esa señorita, salida de un salón de baile es más noble y buena que usted y mucho más valiosa. ¡Buenos días!


VIII
Casi salté al exterior del carro. Me sentía decepcionado y enfurecido, y me dirigí rápidamente al lugar en que se —hallaba el vehículo que hasta allí me había conducido. El señor Sunderlund no se encontraba a la vista. Subí al carro, dije al conductor que me llevase de nuevo al campamento de construcción e inmediatamente nos pusimos en marcha.
—¡Qué demonio era aquella joven! Desde mi punto de vista, era absolutamente imposible sospechar que en las acusaciones que me había hecho pudiera haber ni siquiera el menor asomo de justicia. Mas aun en mi amargo enojo y en mi resentimiento llegó hasta mí el recuerdo de sus ojos, oscuros y altivos, y de su belleza, que me había parecido mucho mayor por la agitación de la joven y por la intimidad de la ocasión.
El viaje de regreso al campamento de Creighton me pareció corto, lo cual fue sin duda debido a mi estado de ánimo. Vi que los carros de Creighton se trasladaban de lugar y que la catástrofe de la noche anterior no significaba ya sino un obstáculo vencido. Observé qúe Shaw paseaba de un lado para otro en el exterior de nuestro carromato, y tuve la seguridad de que me vio antes de que yo le viera. Cuando bajé de mi carro, Shaw se aproximó, clavó en mí su aguda y penetrante mirada, lo que me produjo la misma impresión que si un reflector hubiera sido dirigido hacia la maraña de mis emociones. Le informé en el mismo momento detalladamente de lo que había acontecido en el campamento de Sunderlund. El vaquero no hizo comentarios de ninguna clase, mas, al volverse para mirar en dirección al río, percibí que había en su garganta una especie de convulsión que le impedía respirar normalmente. Aparte esto, no ofreció otros indicios de su agitación que la presión de sus dedos de hierro sobre mi brazo.
Los hombres que componíamos nuestro grupo, en compañía de otros varios, fuimos encargados inmediatamente de reparar la parte oriental de la línea telegráfica que se había quemado. La seca orden de Creighton fue imperativa, y, sin embargo, sirvió para informarnos de que nuestro grupo habría de trabajar sin la ayuda de un capataz. Nos dijo que no podía permitirse el lujo en aquellos momentos de destinar un hombre a inspeccionar la labor de los demás.
Naturalmente, trabajamos con mayor intensidad a causa de la fe que Creighton depositaba en nosotros. Trabajamos durante tres días afanosamente, en lucha contra los alambres retorcidos y los postes quemados, y acampamos en los lugares en que al hacerse oscuro nos impedía continuar nuestra labor. Al cuarto día va teníamos la línea nuevamente en condiciones de prestar servicio, y viajamos hacia el Oeste, fuera va del cinturón negro que el fuego había trazado. Al anochecer, acampamos junto a Creighton.
Continuamos hacia el Oeste con toda la rapidez posible; en algunas ocasiones erigimos nada menos que siete millas de línea telegráfica en un solo día. Un regimiento de treinta dragones, procedente de Fuerte Laramie, se cruzó con nosotros en la pradera, y nos informó del levantamiento de los cheyennes y los sioux en Wyoming. El sargento Kinney dijo que la expedición de Sunderlund se encontraba a unas veinte millas delante de nosotros, y solamente había podido recobrar algunas de las cabezas de ganado que se habían desbandado durante el incendio. Esto, según supuse, habría resultado un rudo golpe para Sunderlund, lo que me obligó a experimentar cierta compasión por él.
Nos dedicamos a trabajar duramente desde las primeras horas de la mañana hasta que se hiciese de noche. Pero el trabajo estuvo muy lejos de resultarnos monótono, especialmente desde el momento en que hallamos una reducida manada de búfalos y un grupo de indios salvajes. Los indios se retiraron a nuestro paso, pero pudimos ver que abandonaban sus caballos en los cerros más altos, y que nos vigilaban. En muchas ocasiones pudimos observar que se comunicaban por medio de señales de humo con otros grupos de indios. Me pregunté cuáles serían los propósitos que se albergaban en las mentes de aquellos hombres rojos. Desde luego, no eran precisamente amistosos. Durante aquellas noches los carros fueron reunidos en un círculo, en el interior del cual encendimos hogueras e hicimos las comidas. Durante toda la noche patrullas de soldados vigilaron a lo largo de nuestro campamento.
Los días se convertían en semanas, y la línea telegráfica se aproximaba a la frontera del Colorado. Julesburg, con su fama hedionda, se encontraba a pocos días de nosotros. Nos habían sucedido tantas cosas, que no me era posible recordarlas todas. Muchas de ellas sobresalían inolvidablemente entre las demás.
Había matado el primer búfalo, y me sentía muy orgulloso de su hermosa, brillante, negra y leonada piel. Uno de los más agradables incidentes de todo el viaje, hasta aquel momento, fue la sensación que experimenté al probar por primera vez un solomillo de búfalo; era la carne más dulce y sabrosa que conocía, y el sabor silvestre no resultaba demasiado intenso.
Había visto el primer indio, cuando se hallaba intentando derribar el alambre telegráfico y había disparado contra él, con la deliberada intención de no acertar con el tiro, sino de obligarle a huir atemorizado. Sabía bien que mi aprendizaje en la frontera concluiría tan pronto como hubiese matado un hombre, va fuese blanco o rojo. No quería adquirir el título de matador de hombres, mas sabía que sería inevitable que así sucediera, y me hallaba de antemano) resignado a tal posibilidad.
El calor se hacía muy intenso en las horas centrales del día, y la continuidad de la labor se hizo casi insoportable en algunas ocasiones. Pero continuamos adelante. Crieghton me ordenaba en algunas ocasiones que clavara unos espigones afilados en los postes, a una altura de cuatro pies a partir del suelo, para evitar que el ganado se frotase los lomos contra ellos y los derribase. Daniel] solía acompañarme en tal trabajo, y se encargaba de transportar el pesado y molesto saco de los espigones, en tanto que yo transportaba los rifles. Jamás íbamos a ningún lado sin llevar un rifle.
Vimos jinetes indios todos los días. Todos se apartaban de nosotros.
Pero solían dar un rodeo desde detrás y se acercaban a la línea telegráfica a nuestras espaldas. Yo los observaba por medio de los gemelos.
Evidentemente, los indios consideraban que el hilo de alambre tendido de poste en poste era un algo lleno de misterio y de peligro. En algunas ocasiones, una pareja de indios solía desmontar de sus caballos, se sentaba al pie de algún poste y permanecía allí durante mucho tiempo. Finalmente, Darnell resolvió este problema al decir que «los diablos le llevasen si no sucedía que los indios estaban escuchando intrigadamente el zumbido de los alambres». Se lo dije a Creighton aquella misma noche, y sugerí que acaso fuese posible influir sobre el primitivismo y la credulidad de los indios relacionando los alambres del telégrafo con el Gran Espíritu.
Cuando los indios decidían cometer actos de violencia contra la línea, lo que no sucedía frecuentemente, solían amontonar huesos secos de búfalo al pie de algún poste y prenderles fuego. Esto raramente ocasionaba daños.
Después, intentaban cortar el poste por medio de golpes descargados con sus pequeñas hachas guerreras. Tardaban mucho tiempo en poder derribar alguno, pero de este modo conseguían derribar a tierra la línea telegráfica.
Sin embargo, el mensaje podía ser transmitido, salvo el caso de que cortasen también el alambre. Esto sucedía con la suficiente frecuencia para hacer que Creighton se mesase continuamente los cabellos. Creighton había dispuesto que un carro de una brigada de reparaciones, protegido por los soldados, se hallase continuamente a nuestras espaldas para efectuar las reparaciones necesarias. Los indios mostraban asimismo su resentimiento y su espíritu destructor al enlazar el alambre con sus largos lazos y tirar de él hasta romperlo. Liligh afirmaba que aquellas diseminadas parejas de indios y bandas de salvajes se dedicaban a averiguar dónde podrían encontrar búfalos, y que ningún peligro nos amenazaba en tanto que no tropezásemos con grupos más numerosos de indios. Algunos de los tales indios eran unos ladrones que se dedicaban a merodear, entraban en algún carro de noche, a pesar de la vigilancia, y se apoderaban de cuanto les era posible. Eran delgados; escurridizos, como demonios rojos, y se deslizaban como culebras por entre la corta hierba, sin producir ruido alguno en ella o en los matorrales.
Hacia el final de nuestro camino en dirección a Colorado, dos grandes caravanas se cruzaron con nosotros; una de ellas debía de componerse de alrededor de sesenta vehículos, y la otra de tres veces esta misma cantidad.
Vista desde cierta distancia, aquella caravana, que se retorcía en la llanura como una serpiente colosal, ofrecía un espectáculo imponente.
Su significado era muy importante. Millares de hombres y mujeres del Este y del Sur habían sido dominados por la esperanza de conquistar una vida mejor en el Oeste y, vivificados por su espíritu de precursores, habían roto sus raíces y cruzaban las llanuras. Esto constituía el comienzo del gran imperio del Oeste.
Sunderlund era el único precursor que conociésemos que hubiese entrevisto la posibilidad de hacer de las llanuras del Oeste, que se extendían ascendentemente hacia las Montañas Rocosas, un rancho de ganado destinado a empequeñecer en el futuro todos los ranchos existentes en —la actualidad. Pero, naturalmente, Sunderlund tenía un hermano en Wyoming que ya poseía ganado y que había averiguado que medraba de manera excelente.
Cuando hablamos a Shaw de esta cuestión, nos dijo:
—Es cierto. Siempre lo he sabido. Lo supe mucho antes de venir aquí, y lo he creído con más firmeza al ver que esta hierba que sirve de alimento a los búfalos podría servir también para alimentar a millones de cabezas dé ganado. ¿Por qué no? Hay ahora millones— de búfalos, y las reses del ganado ocuparán un día —su lugar. Tendrá que librarse una batalla muy dura entre los hombres blancos y los pieles rojas antes de que el Oeste se estabilice y goce de tranquilidad. Pero esto no tardará mucho en producirse. Los colonizadores y los cazadores que vengan tras ellos y luego los cazadores de pieles, matarán todos los búfalos. Y el tío Sam con su ejército tendrá que expulsar a los comanches de mi región y obligarlos a retirarse hacia Montana. Si algún día dejo de trabajar en esta instalación de la línea telegráfica de la Western Union... tengo el propósito de dedicarme a la cría de ganado.
Los trabajos de construcción, acompañados de una nueva escasez de postes, del cansancio de los hombres, las caballerías y los bueyes necesitados de reposo, arribaron una tarde de verano, terriblemente calurosa, cerca de la hora del crepúsculo, a las orillas del río South Platter, en Jalesburg, Colorado, donde se dispuso el acampamiento.
Era ya demasiado tarde para que me fuese posible ver qué especie de lugar era Jalesburg. El campamento, instalado junto al río, no se hallaba en un lugar que fuese agradable, ni siquiera por la noche. Todo lo que pude ver de la ciudad fueron algunas luces diseminadas, temblorosas y amarillentas.
Me senté junto a la hoguera del campamento hasta que el fuego murió y quedaron solamente unas brasas rojas. El aire de la noche era desapacible, y aun cuando me había habituado al creciente frío de aquellas alturas,:, tuve necesidad de ponerme la chaqueta y eché de menos el calor de la hoguera. Los coyotes habían comenzado a aullar cerca de nosotros, y jamás me cansaba de escuchar su estrépito. Eran unos animalitos curiosos, cobardes, ladrones, que solían acercarse por las noches hasta muy cerca del fuego del campamento. Oía el ruido de sus pasos cautelosos, y me había habituado completamente a sus largos, agudos y penetrantes aullidos. Pero el grito de los lobos de la pradera... era una cosa diferente. Era un plañido hambriento, que sonaba a sangre y tragedia, y en el cual, sin embargo, había un ritmo y una belleza singulares: era un sonido lanzado a plena garganta, agudo; un aullido similar al del sabueso, sostenido y prolongado, lleno de terrible melancolía.
Como siempre cuando me hallaba entregado a la ociosidad, recordé a Kit Sunderlund. Kit me parecía hallarse muy lejos de mí. Había perdonado sus injustas sospechas y recordaba solamente su belleza, la belleza del día en que la vi por última vez. Creía que podría haber amado a aquella mujer mucho más de lo que hasta entonces había querido a alguien.
A la mañana siguiente, a la hora de la salida del sol, di una vuelta para levantarme del camastro, como respuesta a la suave orden transmitida por la bota de Darnell, y me encontré descansado y dispuesto para todo, excepto para recibir nuevas lesiones y maltratos en los doloridos lugares de mi organismo. Mentalmente, me hallaba de nuevo activo y, en cierto modo, próximo a recobrar mi antigua felicidad.
Los muchachos estaban preparando el desayuno. Ruby, quien me saludó con una brillante sonrisa, deambulaba de un lado para otro, entre el fuego y el carromato. La mañana era fresca y clara. Cuando me hube lavado en el río, supe qué era lo que Darnell llamaba «el agua de la montarla». Decidí celebrar mi llegada a jalesburg afeitándome las hirsutas barbas, lo que pude conseguir a fuerza de paciencia. Ruby me recompensó de la dura prueba por medio de una de sus amables lisonjas.
—Pareces un hombre diferente, Wayne, cuando tienes el rostro liso. Con las ampollas desaparecidas, la cara delgada, la piel limpia y morena...
¡Seguramente vas a cautivar a las muchachas... si hallamos alguna en nuestro camino!
—Gracias, señora. He visto que te has despojado de una parte de tu disfraz, y pareces excepcionalmente linda esta mañana.
Mientras almorzábamos, Liligh recorrió los diferentes carros para transmitir a los trabajadores las órdenes precisas para la ejecución de la labor del día.
—Bueno, muchachos, ya estamos en Jalesburg. No hay —postes, es preciso hacer muchas reparaciones en los carros, y Jalesburg está amenazado por los pieles rojas. Tú, Shaw, y Lowden, iréis a explorar por los alrededores, mientras Darnell y Cameron se quedarán aquí para proteger vuestro carro. Es agradable llegar aquí, pero al cabo de poco tiempo de haber llegado, ya no es tan agradable la estancia.
Me encontré profundamente decepcionado por las cercanías. Sin razón alguna, había imaginado que Jalesburg era una ciudad digna de ser vista.
Pero la pradera era completamente estéril y hostil. El río era sólo un pomposo arroyuelo fangoso, orillado de desmedrados algodoneros junto a los cuales se veían los carros de la caravana. Y el gran Jalesburg mismo resultaba ser una hilera de cinco feos edificios toscos, grises, que tenían las fachadas de madera temerosamente encarados al Oeste.
Bajo esta impresión fui con Tom a la ciudad, vi la improvisada estación telegráfica, me detuve en la parada de la diligencia, llamada «Overland Trail and Pony Express Station», entré en la tienda, que era tan tosca interior como exteriormente, compré tabaco y algunas provisiones, y adquirí una cajita de dulces para Ruby.
Buscamos a Slade, y averiguamos que estaba ausente, en un viaje de negocios; camino de Overland y Denver. Esto nos tranquilizó. Yo sabía bien que Slade y Shaw habrían de chocar tan pronto como se encontrasen, y no deseaba en modo alguno que mi amigo tuviera desazones o se viera expuesto a peligros. Había una gran cantidad de hombres, mujeres y soldados en la ciudad, la mayoría de los cuales procedían de nuestra caravana o de otra que había acampado al otro lado del río. Estaban reunidos en grupos, conversando y bebiendo, junto al mostrador de la taberna. Los indios eran casi el tema principal de todas las conversaciones.
Habiendo visto cuanto digno de verse había en Jalesburg, y sabiendo que era conveniente —para nosotros oír lo menos que fuese posible acerca de la eventualidad de ser escalpados por los indios, Tom y yo regresamos al campamento de Creighton y a nuestro propio carro, donde tras haber entregado ceremoniosamente la cajita de dulces a Ruby, nos despojamos de las chaquetas y nos dedicamos a la realización de algunas tareas necesarias.
Shaw y Lowden volvieron a la hora del crepúsculo, después de haber recorrido un círculo de cincuenta millas en torno a nuestro estacionamiento.
Después que Shaw informó a Creighton, nos dijo que había visto una manada compuesta de un gran número de búfalos y que en dirección norte, por el oeste de Jalesburg, no habían visto indios, noticia que nos pareció inesperada y algo menos tranquilizadora. No obstante, a lo lejos, en todas las cumbres del horizonte, habían divisado las señales de humo de los indios, algunas de las cuales pudieron observar a través de sus gemelos de campaña.
Shaw manifestó que había ofrecido a Creighton y a Liligh una interpretación de tales señales, mas que no le parecía prudente revelarnos su significado. Lo encontré excesivamente severo para que me agradase su actitud. Con excepción de cuando miraba a Ruby, en sus ojos había un reflejo duro y metálico. Me pareció que el intenso color claro de los ojos de Shaw había variado. Jamás me había olvidado de ellos después de haberlos observado durante el paseo que había hecho en Gothenburg en espera de que Slade saliese a luchar con él.
—Estoy preocupado, compañeros —dijo repentinamente—. Estamos abocados a una batalla, tan seguro como que hay Dios. Al sur de este lugar, a una distancia de alrededor de veinte millas, Jack y yo llegamos hasta un terreno pantanoso. Es un lugar muy bueno para cazar, puesto que está lleno de ciervos, antílopes, osos y alces..., y también vimos dos grandes osos. Jack se vio obligado a agujerear a uno de ellos con su rifle, y tuvimos que salir de allí a toda velocidad. Pero en aquella ladera crecen unos grupos de abetos; cuando estaba haciendo mi informe, uno de los jefes de los carros de la caravana, uno que se llama Beal, me oyó. Me siguió después y me pidió que le indicase exactamente el lugar de que había hablado y su —emplazamiento.
Y después, sin decir nada a Liligh ni a ninguna otra persona, se marchó y se perdió tras los abetos. Apuesto lo que queráis a que jamás volverá ese carro al campamento.
Y esto era todo. Intenté examinar las circunstancias desfavorables a la misma luz que lo hacían mis compañeros. Durante la cena todos estuvimos más silenciosos que de costumbre. A la mañana siguiente el sol brotó de entre las nubes e inundó el cielo de púrpura, de blanco y de oro, lo que, por lo menos, sirvió para que el feo paisaje —se convirtiese en un algo lleno de color y de belleza.
Liligh nos visitó antes de la hora de la cena y pidió a Shaw que repitiese el informe que había dado a Creighton y que añadiese a dicho informe las observaciones y opiniones personales que no comunicó al jefe.
El vaquero le hizo un relato mucho más extenso que el anterior, que determinó que la expresión de Liligh se tornase —mucho más seria que nunca.
—Bien, muchas gracias, vaquero —dijo—. Eso se ajusta perfectamente a lo que había supuesto. Hay que reconocer que hasta ahora hemos tenido mucha suerte; pero creo que esa suerte ha desaparecido.
Seguramente. Lo que me agradaría saber es cómo va a acoger nuestro jefe el ser detenido en su trabajo.
—No será detenido, Shaw. Recuerda que la línea debe estar tendida antes de que comience a caer la nieve. Y sabes también, naturalmente, que el invierno llega pronto a esta parte de Wyoming. Lo que haremos será no decir nada de lo que suponemos a nuestro jefe.
—Pero, ¡hombre de Dios! , no podemos olvidarnos de la prudencia... Si no informamos a Creighton de la necesidad de proceder con cuidado, correremos el riesgo de que la línea no pueda adelantar mucho más.
Es posible que nos conviniera tener algún encuentro con los pieles rojas. Todos estamos armados y podremos luchar en condiciones ventajosas.
No hay necesidad de alarmar a Creighton. Eso es lo que no sería prudente.
De todos modos, estimo que sería conveniente que arrastraseis vuestro carro hasta ponerlo al lado de los demás y que tomáseis vuestro turno para hacer guardia.
—Tiene usted razón, Liligh. Todas las precauciones serán necesarias.
Eso es precisamente lo que iba a hacer por iniciativa propia.
Liligh nos dejó. Para los demás resultó evidente que su visita había impresionado desfavorablemente a Shaw.
Muy poco tiempo después de esta escena, Shaw nos dijo que estableciéramos turnos de vigilancia, y que él haría la primera guardia. Me fui a la cama inmediatamente y, descontando un corto tiempo en que permanecí despierto y oyendo el lúgubre aullido de los coyotes, no tuve conocimiento de nada hasta que llegó la madrugada. Los tres vaqueros habían distribuido entre ellos el período de guardia. Protesté con energía cuando descubrí que no me habían despertado para que cumpliera el mío, pero Shaw observó secamente:
—Tienes un aspecto muy lindo, compañero, cuando te quitas las barbas; pero no estarías más guapo si te arrancasen también todo el pelo.
—¡Ah! Sin duda es que continúo siendo un novato inexperto —repliqué—.
Muy bien. Por esta causa tendré que hacer guardia con uno de vosotros cada noche hasta que haya aprendido cómo debe hacerse.
—Me parece una gran idea —reconoció el vaquero.
Pasamos la mayor parte del día trabajando en diversas reparaciones de nuestro carro; y cuando concluimos esta labor, continuamos el trabajo para hacer que el vehículo fuera tan inconquistable, en caso de ataque, como nos fuera posible conseguir. Sobre los dos costados del carro, así como en la parte posterior, erigimos unos muros defensivos de más de un pie de altura para formar los cuales utilizamos, en lugar de maderas o hierros, trozos de piel de búfalo seca que Lowden adquirió en la tienda de la ciudad. Estos trozos de piel eran casi tan duros y tan tiesos como el hierro. Era posible arrodillarse detrás de la barricada y encontrarse perfectamente protegido contra las balas y las flechas.
Algunos de los otros hombres de la caravana nos dijeron que en la ciudad se hallaban muchos indios que vaganbundeaban de un lado para otro con insolente hostilidad y que miraban a todos con sus ojos de halcón.
Algunos de estos indios eran utes, de los que se suponía mantenían una actitud amistosa por aquellos días, y otros pertenecían a los arapahoes. A Shaw no le agradaron estas noticias, y dijo que iba a bajar a la ciudad para verlos por sí mismo. Le acompañé en tal caminata, y vimos que los indios se había ausentado ya. Al día siguiente, no obstante, se encontraban de nuevo en la ciudad, en mayor número que anteriormente.
Cuando terminamos nuestros trabajos de la jornada siguiente, fuimos a Jalesburg, donde me fue posible ver por primera vez a los verdaderos indios de las llanuras. No podría explicar la diferencia que había entre los utes y los arapahoes. De todos modos, no resultaba muy tranquilizador su aspecto. Era un día muy cálido, como corrientemente, y los indios solo iban vestidos con una especie de calzones y unas polainas y calzado de piel de ante, y transportaban sus mantas y sus armas. Tenían el cuerpo musculoso, fino, teñido de un color rojo oscuro. Sus rostros eran aquilinos, algunos de ellos tan llenos de arrugas como un pergamino viejo, y tenían los negros ojos de mirada hosca. Muchos de ellos llevaban el cabello largo pero ninguno arreglado, sino que su tocado se reducía a la colocación de unas cuantas cintas en torno a la cabellera, en la cual llevaban una única pluma de ave. Mientras permanecimos en la ciudad, los indios pasaron la mayor parte del tiempo haraganeando junto a la cabaña en que el operador del telégrafo trabajaba con sus instrumentos. Aquel extraño y metálico sonido que el aparato producía, los fascinaba, evidentemente. Parecían comprender que aquello significaba una especie de mensaje que se recibía o se enviaba, pero que dudaban de que fuera cierto. El sonido de los alambres del telégrafo los interesaba igualmente. Era fácil de apreciar que para ellos aquel alambre tenía alguna relación con la vida.
—Y ésta es la situación dijo reflexivamente Shaw—. Cada uno de estos condenados pieles rojas es tan hostil y traicionero como cualquier comanche o apache. Todos son espías. Apostaría mi pistola, y el caballo, además, a que hay una gran cantidad de indios escondidos por ahí, en cualquier parte, esperando el momento de cometer alguna diablura.
—Creo que al sargento Kinney no le gustó la situación más que a ti —observé.
—Ni a Liligh —respondió Shaw—. Vamos a buscarlos.
Hacia mediodía todos los indios se habían marchado.
Montaron sus potros mesteños y se dividieron en pequeños grupos, que partieron en diferentes direcciones. Shaw y yo nos preocupamos por la suerte de la pequeña caravana que, sin órdenes específicas, había partido en busca de postes.
Finalmente, hallamos al sargento Kinney, que se encontraba con Liligh y otros jefes de alguno de los carros.
—Liligh —dijo Shaw—: ¿qué opina usted sobre la marcha de esos injuns que han salido de la ciudad?
—No sé que opinar —replicó concisamente Liligh—. Lo único que podemos hacer es esperar y desear que las cosas no se desarrollen de un modo tan desagradable como aparentan. Ahora mismo estaba hablando con el sargento Kinney respecto a las medidas que deberíamos adoptar. ¿Quieres hacernos el favor de darnos a conocer tu opinión de tejano?
—Con mucho gusto, jefe. Lo mejor será traer todos los carros a la ciudad, ponerlos tan agrupados como sea posible y muy próximos a las casas, y llevar los bueyes a los matorrales de la orilla del río. Me atrevo a sugerir que el sargento Kinney ponga a la mitad de sus soldados de guardia en los extremos de los edificios y que la otra mitad se instale entre los carros y las otras casas. De esa forma, los injuns no podrían triunfar en su ataque. Pero debemos estar preparados para recibir malas noticias sobre esa caravana que ha salido en busca de postes; y algunos de nosotros, los que estamos realizando trabajos en lugares próximos a la ciudad, tendremos que correr un poco si queremos salvar nuestro cuero cabelludo..., o yo no conozco a los indios.
—Gracias, vaquero —dijo Liligh—. Hace unos momentos he comunicado al sargento mis suposiciones y proyectos, que no son muy diferentes de los tuyos. Ahora, Shaw, vete a hacer, en unión de Herb Lane, lo que se te ha encargado; y vosotros, vaqueros, tened los ojos bien abiertos. No os alejéis demasiado. Disponéis de unos equipos de mulas, y como quiera que los injuns no podrán tenderos asechanzas en la pradera, podréis comenzar a retroceder en el caso de que los veáis aparecer.
Hacia media tarde, los dos carros, bajo la dirección de Herb Lane, se hallaban a una distancia de unas cinco millas de la población. Cuatro hombres cavábamos un hoyo para la colocación de los postes. Shaw, mientras, vigilaba a un lado de nosotros y Lowden al otro. En algunas ocasiones cabalgaron hasta distancias de una o dos millas delante de nosotros o a nuestros costados, con el fin de explorar para descubrir una posible llegada de los indios.
La tarde fue muy calurosa y sofocante. Trabajé sin camisa, desnudo de cintura para arriba, y el sudor me corría por el tostado cuerpo. Unas nubes tormentosas se dibujaban en la lejanía, en la parte occidental, y vimos que unos débiles relámpagos surcaban el cielo, pero esto sucedía a tanta distancia, que no oíamos los truenos. Sin embargo, pudimos apreciar que comenzaba a formarse una de aquellas terribles tormentas de que habíamos oído hablar. Con excepción de los momentos en que conducía su vehículo desde el agujero de un poste hasta el inmediato Darnell inspeccionaba, sentado en su asiento de conductor, el horizonte a través de sus gemelos de campaña; por esta razón, ninguno de los trabajadores nos tomamos la molestia de escudriñar la pradera, aunque todos suponíamos que sucedería algo antes de la hora de la puesta del sol.
Y por esta causa estábamos preparados para oír la vibrante voz de Darnell.
—¡Injuns! —anunció—. ¡Allá, hacia el Oeste! ¡Subid al carro, que vamos a realizar una carrera!
Miré, violentamente sorprendido, en la dirección que Darnell indicaba, pero no pude ver ningún objeto moviente. En tanto que él y Lane volvían hacia una dirección contraria las mulas, arrojamos nuestras herramientas al interior de los vehículos, saltamos para instalarnos en ellos y cogimos Ios rifles y las cartucheras. Por aquel momento, los conductores habían logrado que las mulas emprendieran un vivo y rápido trote. La precaución de haber empleado mulas en lugar de bueyes para arrastrar nuestros carros nos resultó muy eficaz.
Había cuatro hombres en cada carro; los dos que se habían incorporado al nuestro eran Edney y Cliff Nelson, ambos missourianos duros para la pelea y dignos de toda confianza. Ninguno de los vehículos tenía toldo, lo que nos permitió vigilar atentamente en todas direcciones. Pude ver con gran excitación que a lo lejos, a nuestra espalda, se levantaban unas nubecillas de polvo; mas no me fue posible distinguir a ningún jinete.
—Tom, ¿estás seguro de haber visto algo? pregunté.
—¡Con toda seguridad! —respondió hoscamente Tom mientras tiraba de las riendas—. Estas condenadas mulas quieren correr... y acaso tengan razón... No, no miras al lugar debido, Wayne. Mira más al Sur. Ahora se los ve perfectamente... ¡Mira! Ahí viene Jack a toda marcha por el cauce del río...
Y entonces vi a Shaw que cruzaba la pradera a toda la velocidad de su caballo rojo y, detrás de él, a no podría decir qué distancia, un grupo de enfurecidos jinetes. Aun a aquella distancia de varias millas, tales jinetes parecían feroces en el sentido más amplio de la palabra. Se los veía en forma de silueta negra ante la línea del horizonte. Las crines y las colas de sus caballos se extendían y erizaban por la veloz carrera. El espectáculo era sobrecogedor. No experimenté temor alguno por Shaw, que iba montado en su magnífico caballo, pero comprendí que sería fácil que los indios nos alcanzasen. Volví la vista en otra dirección, y vi que Lowden se aproximaba a nosotros. Se hallaba a menos de una milla de distancia. ¡Qué jinete más extraordinario era!
Miré nuevamente hacia el cauce del río en busca de posibles enemigos, mas no vi ninguno. Luego volví a poner la mirada en Shaw. Me aterré al comprobar que los indios habían cambiado el curso de su carrera y se dirigían hacia nuestros carros. Y no me fue necesario mucho tiempo para apreciar la manera como ganaban terreno. Shaw también se había desviado de su carrera anterior para seguir en nuestra dirección.
Los tres hombres que ocupábamos el segundo vehículo asimos nuestros rifles, vigilamos atentamente y esperamos que se produjese el ataque que muy pronto habría de estallar junto a nosotros. No dejé de apreciar la gran valía de Darnell como conductor. El camino era bastante bueno, con excepción de algunas roderas y surcos que en él se marcaban a veces, y lo recorrimos a un galope sostenido. Lane debía de haber permitido que las mulas corriesen a su antojo, ya que su carro marchaba aún delante del nuestro, a corta distancia. Cuando llegábamos a algún mal paso en la carretera, Darnell gritaba para avisarnos que nos apoyásemos o asiésemos, pero aun de este modo nos resultaba difícil sostenernos en el carro sin caer.
Los instantes siguientes estuvieron singularmente cargados de extrañas sensaciones para mí. Lowden había cruzado el camino y corría para aproximarse a Shaw, quien había cortado el terreno de través para situarse entre los indios y los carros.
—¡Mirad! ¡Humo! —gritó Edney señalando cierto lugar—. ¿Ha comenzado el baile! ¡Algunos de esos malditos pieles rojas tienen armas de fuego! Es una cosa más de la que tenemos que culpar a los comerciantes sin conciencia.
Unas nubecillas de humo blanco se elevaban de entre el grupo de indios, y mi aguda mirada pudo sorprender unas nubecillas de polvo, más pequeñas que las anteriores, que se producían en el lugar en que las balas caían sobre el camino, a espaldas y lejos de los vaqueros.
—Si los indios están disparando, ¿por qué no disparan también nuestros amigos? —pregunté.
—Porque están demasiado lejos, supongo —contestó Edney—. Eso es un juego de niños para Shaw. Puedes tener la seguridad de que, cuando dispare, verás algo importante.
No podría decir ni siquiera aproximadamente cuánto tiempo duró aquella persecución sin que en ella se produjeran cambios, no siendo el gradual aproximamiento de los jinetes a nuestros carros. Me pareció un tiempo muy largo, pero lo probable es que fuese muy corto. Cuando los vaqueros se hallaban a pocos centenares de yardas de nosotros y los indios probablemente un cuarto de milla detrás de ellos, todos los jinetes cambiaron otra vez de rumbo. Los indios se dispersaron para correr a nuestra derecha, en fila. Shaw y Lowden se desviaron, también, y siguieron un curso paralelo al nuestro.
Conté hasta catorce indios en aquella larga hilera, que ya se hallaban lo suficientemente cerca para que me fuese posible apreciar su color y el aspecto físico de los mesteños y de los jinetes en sus más salvajes rasgos.
Algunos de ellos portaban arcos y flechas, pero la mayoría iban armados de rifles. Todos continuaban disparando. Me maravilló que fueran capaces de volver a cargar las armas a la velocidad con que corrían. Los vaqueros continuaron retirándose de su fuego, y no dispararon hasta el momento en que los salvajes se situaron a nuestro mismo nivel. La distancia era bastante grande aún y, por lo que pude ver, no acertaron con sus disparos, pero éstos produjeron una notable transformación del espectáculo.
Instantáneamente, los caballos mesteños parecieron continuar corriendo sin jinetes. ¿Se habrían caído los pieles rojas? Esforcé la vista y entonces pude observar que los indios se habían tendido al costado de sus monturas y continuaban cabalgando a terrible velocidad, de modo que solamente se; les veía una pierna, que apoyaban sobre el lomo de los mesteños. No ofrecían blanco. Y a medida que se adelantaban a nuestra marcha, se aproximaban a nuestros costados. Los vaqueros corrían entre ellos y los carros, y se hacía evidente que se proponían continuar haciéndolo. La carrera de aquellos mesteños y de los indios y el espléndido paso de los caballos de los vaqueros habrían sido una cosa maravillosa de presenciar si no hubiera sido por el significado mortal que tenían.
A continuación, los indios comenzaron a disparar desde debajo de los cuellos de sus caballos; vi que las balas se estrellaban en el suelo, ante los vaqueros, lo que indicaba que los indios se habían puesto a tiro. La situación de mayor peligro había llegado para los vaqueros, si no para todos nosotros. Darnell aflojó las riendas de sus mulas, que casi llegaron a alcanzar al carro que marchaba delante del nuestro. Ya podíamos ver claramente a Jalesburg y el gran grupo de carros que llenaba el espacio abierto entre las casas. Nos hallábamos apenas a una distancia de dos millas de la ciudad. Pero aprecié que los vaqueros se aproximaban más a nosotros para aminorar el riesgo de ser heridos. Y todavía se abstuvieron de disparar.
Los indios se acercaron lo suficiente para que me fuera posible ver sus oscuras cabezas y sus brazos bajo los cuellos de los caballos. En aquella posición disparaban. Y era increíble que pudieran hacerlo con tan buena puntería. Más pronto o más tarde, sería inevitable que terminasen hiriendo a alguno de los caballos o de los vaqueros. En aquel momento, los hombres que ocupaban el carro que precedía al nuestro lanzaron una descarga, que resultó completamente inútil, por lo que pudimos ver. Los indios se disponían a rodearnos y, mientras lo intentaban, los vaqueros continuaron ocupando las posiciones anteriores entre ellos y los carros, al mismo tiempo que se aproximaban algo más a nosotros. Los salvajes cruzaron el camino y giraron al llegar cerca del río, nos rodearon, pasaron una y otra vez delante y detrás de nosotros, cruzaron de nuevo el camino y recobraron su anterior posición a nuestra derecha, aunque a menos distancia que primitivamente.
¡Apenas cuatrocientas yardas de distancia! Y los vaqueros se hallaban a menos de la mitad.
Mis sentidos se aguzaron al ver que Shaw levantaba su rifle. Aun cuando me hallaba profundamente atemorizado, no pude menos de contemplar el cuadro que componía en unión de su caballo. No disparó con rapidez, pero cuando lo hizo, vi que uno de los mesteños de los indios caía de cabeza y arrojaba una forma salvaje y oscura, que rodó ante él.
Posiblemente, la bala habría atravesado al caballo y herido al jinete. Oí, también, el-agudo sonido del rifle de Lowden, que se sobrepuso al de los disparos de los indios, pero no me fue posible en aquel instante apartar la mirada de Shaw. Shaw disparó una y otra vez. Un nuevo caballo cayó rodando, y al cabo de tres disparos, otro más. Luego, al contar los indios que continuaban cabalgando y comprobar que faltaban cuatro, comprendí que Lowden había eliminado a uno de ellos. Los salvajes se desviaron otra vez para alejarse del radio de acción de las armas de los vaqueros dejaron de disparar, aun cuando continuaron corriendo a nuestro lado, paralelamente a nuestra carreta.
—Seguramente, habríamos tenido algo que lamentar si no hubiera sido por los vaqueros —gritó Edney—. ¡Diablos! ¿Qué demonios sucede en la ciudad?
—Es un ataque de los injuns —respondió a gritos Darnell—. ¡Hay muchísimos! Si nos ven acercarnos, el peligro será mucho más grande para nosotros.
Mas al acercarnos vimos que, afortunadamente, el ataque se producía en el otro extremo de la ciudad. A través del polvo y del humo pude ver que los caballos montados de los indios iban de un lado para otro incesantemente, mas no vi ningún soldado ni a ninguno de nuestros hombres.
Con las mulas a un galope furioso, pudimos recorrer la restante distancia hasta la ciudad, sin dar lugar a que nuestros perseguidores indios se unieran al cuerpo de los atacantes y nos cortaran el paso. Al atravesar el desierto círculo que rodeaba la ciudad, Shaw y Lowden corrieron para acercarse a nosotros. Shaw nos dijo a gritos:
—¡Aprisa! ¡Dirigíos hacia la casa más próxima y haced alto detrás de ella!
Continuamos corriendo para defender nuestras vidas, y entre el chirrido y los saltos de los vehículos y el infernal —barullo que sonaba a nuestro alrededor, no me fue posible ver ni oír nada del combate que se libraba en la ciudad hasta el momento en que Darnell detuvo el carro por medio de un vigoroso tirón de las riendas y medio salté y medio me vi arrojado al suelo. Entonces, un terrible barullo llegó hasta mis oídos. Era un coro infernal de gritos de indios acompañado de descargas y de disparos de rifles. Liligh surgió de entre el polvo y el humo, con ojos encendidos, con el rostro manchado de pólvora quemada y con un surco de sangre en un lado de la cabeza.
—¡Que uno de vosotros se encargue de desenganchar las mulas mientras los demás hacen guardia! —gritó de modo que su voz se elevó sobre el tumulto—. Dejad sueltas las mulas. Cuidad de los caballos. Disparad desde detrás o desde dentro del carro. ¡Estad vigilantes, porque hay un millón de indios en el otro extremo de la ciudad!
—¡Vamos pronto, muchachos! —voceó Shaw, que se hallaba en pie, con la brida del caballo en una mano y el rifle en la otra—. Yo voy a buscar a Ruby.
Con el concurso de siete hombres decididos, uno de los cuales, por lo menos, lo hacía acuciado por el temor, la labor fue realizada en un abrir y cerrar de ojos. Nuestro carro no se hallaba en un lugar hasta el cual nos fuese posible llegar en aquellos momentos. Los siete hombres nos ocultamos tras los vehículos y vigilamos en torno nuestro con los rifles dispuestos para disparar. Percibí un intermitente disparo de rifles, algunas veces descargas cerradas, y después nuevos disparos aislados. El barullo y el ruido procedían casi exclusivamente del demoníaco griterío de los indios.
Con las espaldas vueltas hacia la última de las casas y los dos carros a nuestro frente, observamos atentamente el terreno en busca de algún piel roja contra el que pudiéramos disparar. Pero no parecía haber ninguno por allí. Vi unas rayitas blancas y brillantes que surgían de entre el humo y caían a tierra; tales diminutos objetos eran flechas de los indios.
Unos momentos más tarde regresó Shaw, terriblemente preocupado.
—¡Ruby no está en nuestro carro! —me dijo roncamente al oído—.
Supongo que debe de hallarse en alguna de las casas. No he visto ningún soldado, y solamente a unos pocos de nuestros hombres. Pero sí un grupo de carros detenido cerca del río, y esos carros no estaban allí cuando nos marchamos. No me gusta la situación. Pero, ¡diablos!, tenemos que proceder con astucia si no queremos perder el cuero cabelludo. Hay una gran cantidad de indios, y están más furiosos que toros.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Lowden cuando se hubo reunido con nosotros y Darnell.
—¿Qué? Continuar escondidos y disparar contra cualquier piel roja que se nos presente.
Estas palabras habían sido pronunciadas por Shaw con el fin de despertar nuestro afán de lucha. A pesar de que me encontraba muy agitado, pude observar que mis compañeros se mantenían firmes y serenos.
Tuve que esforzarme por hacer lo mismo. Pero una terrible batalla se estaba librando en mi interior. Aquella situación había de ser la que sirviese para comprobar mi temple, pero se había presentado tan repentinamente que no me había dado tiempo a prepararme. De súbito, un grupo muy numeroso de chillones pieles rojas pareció surgir de entre el polvo y el humo, y se movió de acá para allá. Algunos de los indios iban armados de rifles, otros de hachas y los restantes con arcos. Eran unas imágenes repugnantes, pintadas, fantasmales, que no permanecían quietas ni siquiera un segundo.
Oí que mis compañeros disparaban, y yo intenté clavar un trozo de plomo en la cabeza de éste de aquel piel roja. Erré varias veces antes de conseguir acertar a uno. Al verle caer contraído en el polvo y agitarse espasmódica-mente, lancé un grito involuntario que brotaba de un lugar de mi naturaleza que hasta entonces me había sido desconocido. Continué mirando fijamente al indio, hasta que lo vi inmovilizarse. ¡Lo había matado!
¡Yo! Me asombré, pero no me estremecí. No supe cuáles eran en realidad mis sentimientos. En aquel momento sonó un golpe contra la rueda del carro, y un instante después, con un dolor angustioso, sentí que una flecha se me clavaba en un muslo. Agarré instintivamente la flecha y tiré de ella.
Pude arrancármela fácilmente, y vi que se teñía de sangre. Me había herido después de chocar contra la llanta del carro. El dolor y su causa parecieron transtornar mi naturaleza. Repentinamente, experimenté el deseo de correr a situarme entre aquellos indios y, utilizando un rifle a manera de porra, tundir a todos ellos. Un brazo de hierro me agarró y tiró de mí desde— la parte posterior del carro.
—¡Ahora terminan tus días de aprendizaje, compañero! —gritó Shaw muy cerca de mi oído—. Ya no eres un novato. Ahora, ¡lucha y ten cuidado de no exponerte a peligros inútiles!
La violencia de los gritos y de los disparos y los remolinos de pólvora y de humo, que me habían parecido anteriormente un terrible pandemónium, podía haber aumentado de volumen, pero yo la acogía de una manera diferente a la anterior. Me arrodillé, y mirando desde detrás del camastro, disparé contra cualquiera de los indios que se ofrecían ante mi vista. Detrás de nuestros carros oíase un fuego de rifle sostenido y continuo. Ante aquella parte de nuestra improvisada barricada veíanse muchos indios tendidos en el suelo. El resto de ellos, según pude ver, voló precipitadamente y se perdió de vista entre el humo al iniciar una carrera en dirección al otro lado de la ciudad, de donde procedían la mayor parte de los gritos y del humo.
Llegó luego un período durante el cual todos aquellos bélicos sonidos crecieron y aumentaron hasta un punto tremendo y comenzaron a disminuir repentinamente, hasta llegar un instante en el que sólo se oyeron ya los roncos gritos de los hombres blancos y los disparos de sus rifles.
Permanecimos escondidos tras nuestra defensa, atentos y vigilantes, dispuestos a hacer lo que la ocasión requiriese.
—¡Compañeros, va se han retirado! —gritó Shaw—. No se oye el ruido de los disparos, y el zumbido y los golpes de las flechas han cesado. ¡Todavía hemos quedado con vida algunos de nosotros! La situación ha sido muy grave durante unos momentos.
—¡Se dirigen en busca de los caballos y llevan consigo a los heridos! —dijo a voces Edney desde el otro carro—. ¡Mirad! Todos se retiran. Han tenido una recepción muy amable; si no hubiera que contar entre nuestras fuerzas muchos lesionados y quizás algún muerto, el espectáculo sería muy divertido.
—¡Lesionados! —exclamó Lowden—. ¿Cómo llamarías a esa flecha que se me ha clavado en una pierna? Y, además, he detenido el viaje de una bala; pero únicamente he desviado su trayectoria, puesto que la siento debajo de la piel.
—No estoy herido —contestó Shaw. Y al mirarle, vi que tenía el rifle en el suelo y que estaba recargando las dos pistolas. Las tres armas estaban descargadas. Entonces comprendí cuál debía de haber sido la eficacia de su labor, puesto que sabía que raramente dejaba de acertar con el blanco a que apuntaba.
Nos aventuramos a salir de nuestras defensas y a inspeccionar cautamente a nuestro alrededor. Vi que Edney golpeaba en la cabeza, a un indio que intentaba levantarse del suelo. Acá y acullá había otros salvajes tendidos en tierra. Con el cese del fuego, las nubes de polvo y de humo comenzaron a desvanecerse, y muy pronto pudimos distinguir las casas y las barricadas formadas por carros que había entre ellas. Las roncas voces de los hombres sonaron con mayor intensidad y luego se presentaron unos soldados y varios miembros de nuestra cuadrilla de trabajo. Todos ellos portaban pistolas y parecían buscar indios que estuvieran todavía vivos. Nos unimos a ellos, y cuando el humo se hubo disipado por completo, me sentí aliviado del temor que había experimentado a que los indios hubieran incendiado los carros o las casas. En aquel momento encontramos a Liligh.
—¿Cómo han ido las cosas para vosotros, muchachos? No parece que hayáis sufrido mucho.
—Es cierto que nos hemos perdido lo peor de la batalla —contestó Shaw.
Ha sido corta, pero mala durante todo el tiempo. Los pieles rojas atacaron en primer lugar la tienda, y supongo que han debido hacer en ella grandes destrozos.
—Liligh, ¿no ha visto usted a nuestro compañero Pedro? —preguntó Shaw con ansiedad.
Sí, lo he visto, pero no sé dónde.
—¿De quién son esos carros que se dirigían hacia el río cuando nosotros llegamos?
—Pertenecen a una caravana que llegó un momento antes de que comenzase el ataque. Dije a los conductores que alineasen sus vehículos con los nuestros y que luchasen con nosotros, y no he vuelto a saber más de ellos.
—Se fueron hacia el río. Los vimos cuando llegábamos a la ciudad.
Desde todos los puntos de vista, la batalla había sido corta y sangrienta. Liligh dijo que los indios, muy superiores numéricamente a los defensores, después de rodear la ciudad dos o tres veces, habían atacado por la parte sur de las líneas de casas y carros. Quince soldados habían muerto, la mayoría de ellos en las inmediaciones de la tienda, y cinco trabajadores de Creighton, uno de los cuales pertenecía a nuestro equipo.
Los indios habían llevado consigo, al retirarse, a todos sus heridos y la mayoría de sus muertos. Un mensajero enviado por Creighton nos transmitió la orden de que nos presentásemos en la parada del «Pony Express». Creighton había sido herido en el hombro; la herida era dolorosa, pero no grave. Nuestro jefe nos saludó con semblante adusto.
—Lamento mucho, jóvenes —nos dijo— que nos haya sucedido este accidente. Cameron, veo que estás herido, puesto que te hallas ensangrentado. Si te encuentras en condiciones de navegar, vas a tener muchísimo trabajo. Según me ha informado Liligh, muchos de nuestros hombres han recibido alguna herida de mayor o menor importancia.
Lo mío es solamente un arañazo, jefe —aseguré—. Tan pronto como recoja mis instrumentos y me haya vendado, vendré a atender a usted.
Esperaré —replicó nuestro jefe—. Hay muchos hombres que se encuentran peor heridos que yo. Atiéndelos antes que a mí.
Corrí a nuestro carro, y llamé a Ruby, sin obtener respuesta. Mi corazón latía con la misma violencia que cuando recibí la herida. Salté al interior del vehículo, y lo encontré vacío. Pero pronto comprendí que no era una ocasión apropiada para lamentaciones. Extendí un antiséptico sobre mi herida, la vendé cuidadosamente, me abroché el cinturón y recogí mi equipo médico. En el suelo del carro, había una nota. La recogí. Estaba dirigida a Shaw. Mientras me encaminaba presurosamente hacia el lugar en que se encontraba, en compañía de Tom y Darnell, no me atreví a pensar si sería portador de buenas o malas noticias. Sólo sabía que la nota era para Vance, y que debía entregársela sin retraso.
—Toma —le dije—. Esto es para ti.
Shaw leyó el papel rápidamente y empalideció.
—Toma... Compañero Wayne, léesela a los muchachos...
Y su voz se quebró.
Lentamente, con la voz llena de pesadumbre, comencé a leer:
«Vance: No puedo casarme contigo, como me has pedido. Debería habértelo dicho antes. Ya estaba casada. Por esta causa me marcho con una caravana. Adiós. Ruby.»


IX
Es probable que la herida que sufría en la cadera me habría producido grandes dolores y molestias, y que no hubieran sido menores mi repulsión y mi reacción contra el derramamiento de sangre, si no se me hubiese impuesto la necesidad imperiosa de atender a los heridos. Hasta mi gran desesperación por la desaparición de Ruby y mi pena por la angustia de Shaw quedaron anuladas por aquella necesidad.
Había sido una batalla desacostumbradamente sangrienta, según me informó Liligh, y no quedaban muchos hombres entre los trabajadores de Creighton que no hubieran sido heridos de mayor o menor importancia.
Vance Shaw parecía disfrutar de un privilegio especial. Sin duda, sabía bien cómo debía preservarse de los peligros mientras luchaba. Pero¡cuantísimo más grave era para él la pérdida de Ruby que cualquiera herida que pudiera haber recibido!
Había dos hombres peligrosamente heridos. No parecía haber salvación posible para Jenkins, uno de los boyeros, a quien una bala había atravesado el vientre. El otro hombre, que tenía lesionada una arteria, tuvo la suerte de que me fuera posible hacer algo eficaz en beneficio suyo. No descansé ni un solo minuto durante aquella larga noche, ni descansó tampoco el fiel Darnell, que siempre estuvo a mi lado con la linterna y me ayudó todo lo que pudo. No fue muy tranquilizador el saber que el sargento Kinney y los hombres de su fuerza que habían quedado con vida preveían un retorno y un nuevo ataque de los salvajes. Pero no nos visitaron aquella noche.
Me detuve en la barraca que se utilizaba como estación telegráfica par averiguar si el operador había resultado herido, y el operador me comunicó la mala noticia, recibida por el telégrafo militar, de que una caravana que se dirigía hacia el Oeste había sido atacada por los indios a unas veinticinco millas de Jalesburg. Habiendo sido advertida de la posibilidad de un ataque, dicha caravana se había asegurado una escolta militar.
Al saberlo, los indios habían reunido una partida tres veces más numerosa que las fuerzas blancas; antes de que los indios se retirasen, muchos ciudadanos civiles y soldados habían recibido muerte. Los supervivientes se retiraron al puesto militar situado a una distancia de dos millas, desde donde establecieron comunicación con Jalesburg y el mundo exterior.
Hacia medianoche enviaron un mensaje urgente desde la línea principal hasta un poste provisional que habían erigido. Adornando la cabeza de este poste había una bandera desgarrada y una flecha india que señalaba hacia el Oeste. Luego, los supervivientes habían enterrado al pie del poste un papel firmado por todos y cuyo contenido fue comunicado, según dijo el operador, a todo el mundo. El operador me mostró una copia del triste mensaje, del que había tomado nota:
«Las vidas de quince soldados y de cinco ciudadanos civiles fueron sacrificadas durante este terrible ataque; sus restos mortales han sido enterrados cerca de este lugar. En tanto que este poste continúe erguido, los alambres murmurarán un doloroso réquiem sobre las tumbas de los heroicos muertos...»
Cuando llegó la luz del día, no me fue posible resistir la tentación de ver los indios muertos, cuyos cadáveres se hallaban tendidos en el campo.
Desnudos, ensangrentados, con malévola expresión, aun después de muertos, ofrecían un espectáculo horrible. Por la mañana, Kinney ordenó que fuesen enterrados en la pradera. Durante el resto del día continué mis trabajos sin tomar alimento alguno y sin beber apenas, hasta que llegó el momento en que consideré haber hecho todo lo posible en beneficio de mis pacientes. Creighton estaba levantado y escudriñaba el horizonte, en dirección al Sur, a través de los gemelos, con la esperanza de ver regresar a su caravana.
Cuando, a la hora del crepúsculo, me dirigí tambaleante a nuestro carro, me hallaba a punto de caer al suelo sin sentido. La causa era algo más que el agotamiento. Tom y Jack me quitaron las botas y me acostaron, me desvendaron la herida, que se hallaba inflamada, y me dieron una bebida caliente. Durante los momentos siguientes, mientras me hallaba medio desvanecido, uno de ellos, o los dos, a veces, permaneció a mi lado.
Finalmente, caí dormido; y no desperté hasta una hora bastante avanzada de la mañana siguiente. Entonces, aparte los dolores y de la herida de la cadera, me pareció que me encontraba perfectamente bien.
Contra los deseos de mis compañeros, me levanté; mas la debilidad me venció de nuevo. Me senté en el lecho y pedí noticias.
—No hay muchas —contestó Lowden—. La opinión del agente y la de todos los habitantes de la ciudad es que el ataque de los pieles rojas iba dirigido contra Creighton y su trabajo de construcción. La línea telegráfica se encuentra derribada en el Oeste y aquí, pero se cree que podrá ser reparada hoy mismo, o esta noche, y que entonces Creighton podrá telegrafiar.¡Qué cosa más grande va a ser esa línea telegráfica! La mejor noticia de todas es que ha regresado la caravana que salió hace tres días.
Toda la caravana —continuó Lowden meditativamente—, con excepción de Beal y dos carros con tres o cuatro hombres. Sería demasiado esperar el suponer que Beal y sus acompañantes hayan podido salvarse también. De todos modos, Wainwright ha llegado con cuatro carros cargados de postes telegráficos delgados, duros; y al ver su expresión, podría suponerse que Creighton no ha sufrido ni un solo contratiempo...
—Pero ¿no podría salir alguien en busca de Beal? —pregunté.
—¡Claro que sí! respondió el vaquero—. Yo, Tom y Vance estamos a punto de ir en su busca... Es decir, en el caso de que no quieras que alguno de nosotros se quede contigo para cuidarte.
Respondí que me encontraba perfectamente. Y en realidad, a pesar de mi estado de postración, fue un suplicio para mí el intentar reposar; pero conseguí dormir por espacio de un par de horas. Cuando desperté y me puse en pie, descubrí con gran satisfacción que me encontraba mucho más fuerte y que no iba a sufrir fiebres ni otras consecuencias de la dura prueba mental y física a que me había visto sometido. Visité una vez más a mis pacientes y descubrí que, en medio de todo, no me había comportado mal como doctor. Y todos ellos, especialmente Creighton, me demostraron su agradecimiento y su satisfacción.
Los vaqueros regresaron a la hora de la caída de la tarde, con los caballos cubiertos de polvo y de espuma. Desmontaron ante el carro de Creighton y permanecieron allá durante breves momentos. Tom fue el primero en llegar a nuestro carro, y no tenía que preguntarle para averiguar cuál había sido la suerte de Beal y sus acompañantes. Bajo el polvo y la suciedad del rostro de mi compañero había una expresión de tristeza.
Desensilló y des-embridó su caballo y lo obligó a tumbarse en el suelo, en tanto que yo iba en busca de un cubo de agua. Cuando volví del río, Shaw y Lowden habían regresado con sus caballos. Los ojos agudos de Shaw mostraban todavía la luz de su bravo espíritu, pero no estaba silencioso. Sin embargo, un algo indefinible que había en sus palabras parecía forzado, innatural. Me preguntó acerca de mi estado y del de mis pacientes, y dijo:
—Creo que te has ganado merecidamente el título de caballero, amigo...
Me gustaría que hubieras podido ver la contienda que hemos sostenido con los injuns. Y si hubieras estado con nosotros, montado a caballo, habrías podido comprobar que un caballo rápido salva la distancia que hay de la muerte a la vida... Hemos encontrado los carros de Beal completamente carbonizados, pero sólo hemos hallado a tres hombres desnudos, mutilados y escalpados. El otro debió de conseguir huir, de los carros, por lo menos, pero lo más seguro, es que haya sido perseguido y muerto. No hemos podido hallarlo. Un grupo de indios que estaba, acampado en la cuenca del río nos vio y. se aproximó a nosotros como una manada de lobos. Esperamos hasta que los tuvimos al alcance de nuestros rifles, y entonces nos alejamos a toda velocidad mientras disparábamos contra ellos. Los indios pasaron un mal rato. No pudieron herirnos, ni a nuestros caballos, y finalmente algunos de ellos intentaron rodearnos y adelantarse a nosotros. Entonces, apretamos a correr y nos alejamos de ellos.
A la mañana siguiente, reanudamos la marcha bajo la dirección y las órdenes estrictas de Creighton. La expedición se componía de cuatro caravanas, en las que faltaban los hombres que habíamos perdido, y varias parejas de bueyes. No habíamos perdido ni una sola mula. Las caravanas de John y James Creighton, que se dirigieron con diverso rumbo en busca de postes, deberían unirse más adelante con la nuestra, que continuaría los trabajos de construcción. Hubo algunas murmuraciones por parte de los hombres, pero los pocos que se hallaban heridos de modo más importante fueron autorizados a acostarse en los camastros de los carros, y los demás, heridos o no, continuaron su trabajo lo mismo que si nada hubiera sucedido. Hacia mediodía, habíamos erigido los postes hasta una distancia de cinco millas de Jalesburg, más allá del lugar en que fuimos acometidos por los indios. Yo continué clavando pinchos en los postes, para impedir que se aproximasen a ellos los animales y los derribasen. Me parecía un trabajo absurdo, y siempre me enojaba cuando los vaqueros me dirigían unas sonrisas que se me antojaban burlonas y misteriosas.
Sucedió que Darnell y yo llegamos hasta el final de la línea del trabajo de aquella jornada, y que encontramos allí a Shaw y Lowden, que estaban montados en sus caballos. Todos nos sorprendimos al mismo tiempo al ver una misma escena. Y esta escena la representaba nuestro jefe, quien, en mangas de camisa, con una mancha roja de sangre en el hombro, con el rostro enrojecido y sudoroso bajo el sofocante sol, cavaba un hoyo para la colocación de un poste con un solo brazo. Así era Creighton. Jamás ordenaba a nadie que hiciera algo o que intentase algo que él mismo no estuviese dispuesto a hacer o intentar voluntariamente. Estábamos escasos de personal, mas el trabajo debía proseguir.
Aquella noche acampamos por última vez en la orilla del río South Platter. Desde allí, el camino se dirigía hacia el Noroeste y se internaba en Nebraska, siguiendo la línea del Lodge Pole Creek.
Muy poco tiempo después de haber cenado recibimos la desagradable noticia de que uno de los dos carros destruidos por los indios estaba lleno de provisiones y que desde aquel momento en adelante tendríamos que racionar —nuestras comidas.
Hasta entonces, y principalmente en tanto que habíamos podido encontrar carne de búfalo, los abastecimientos no habían escaseado.
Habíamos tenido harina para cocer galletas o pan, tocino y mucho café y azúcar. Hasta teníamos manteca envasada en recipientes de hojalata. Pero en lo sucesivo nos veríamos privados de una cantidad importante de tales alimentos. Tendríamos que recurrir al pemmican, una especie de tasajo indio que se hacía de carne de búfalo completamente seca y molida, hasta quedar reducida a polvo, y que se guardaba en unos sacos «de piel. Cuando se tomaba mezclado con harina, y hervido, componía una comida saludable que me agradaba mucho. También disponíamos de penole, que era maíz reseco y molido, y que se servía mezclado con azúcar y canela. No era preciso prepararlo de una manera complicada, sino solamente con agua añadida, y era muy vigorizante y sabroso. En cuanto a vegetales, empleamos algunas hierbas de las cuales extraíamos el jugo, y secábamos el resto en un horno. Este residuo, cuando era cocido, se hinchaba hasta adquirir un volumen cuatro veces superior al normal, y era verdaderamente apetitoso y nutritivo. Pero no nos importaba mucho el tener que vernos reducidos a tomar unas cantidades de alimentos inferiores a las habituales, puesto que sabíamos que muy pronto habríamos de encontrar búfalos nuevamente.
No obstante, lo que nos preocupaba era la seguridad de que en el caso de que no lloviese sufriríamos muy pronto de escasez de agua en aquella larga travesía de un rincón de Nebraska, y de las estériles llanuras de Wyoming, hasta llegar al río Laramie. Liligh había oído rumores de que el riachuelo de Lodge Pole, al que habríamos de llegar pronto, estaba a veces completamente seco en verano.
A la mañana siguiente, antes de que nos separásemos del gran río, Liligh nos ordenó que llenásemos de agua todas las barricas, los pellejos y los recipientes de que pudiéramos disponer y que restringiéramos su consumo hasta que hubiésemos atravesado las tierras malas.
A pocas millas del río, al llegar a una elevación del terreno, nos hallamos en la región más árida que hasta entonces habíamos conocido.
Vista desde cierta distancia parecía una pradera llena de ondulaciones de terreno, pero al aproximarse a ella se veía que era completamente llana.
Había una pequeña cantidad de vegetación, savia y las hierbas más resecas que habíamos visto. Los huesos blanquecinos de ganado de tiro, de búfalos y de otros animales que se extendían sobre el camino nos ofrecían una muestra de los efectos del hambre y de la sed. No encontramos agua hasta el final del tercer día, y no nos fue posible avanzar más de tres o cuatro millas diariamente.
Nos confortó muchísimo el saber que John y James Creighton habían llegado a Jalesburg con dos caravanas cuyos carros estaban cargados de postes, y que se dirigían a nuestro encuentro. Además, otro destacamento de dragones procedentes del fuerte Kearney iba a unirse a nosotros. Creighton transmitió órdenes de que los soldados reparasen los desperfectos y daños de la línea telegráfica que encontrasen a su paso.
Cierto día fuimos visitados por un grupo de indios. Eran unos indios que nos observaron con seriedad, pero no hostilmente. Liligh dijo que pertenecían a la tribu de los sioux y que dicha tribu no se había mostrado belicosa con nosotros. Su jefe era un hombre de hermoso tipo. Se llamaba Halcón Negro, tenía un aspecto inteligente y melancólico, y conocía algunas palabras inglesas. Lo mismo que los hombres que lo acompañaban y que los demás de la partida, se había sentido intrigado y absorto por los sonidos del telégrafo. Hasta nuestro campamento llegó en aquellos momentos un mensaje de Jalesburg que contestaba a otro enviado por nosotros, en el que se nos decía que en la ciudad se encontraban entonces varios indios de la fracción de los olagalla, uno de los cuales se veía claramente que debía ser un jefe. Creighton preguntó su nombre. Este nombre, traducido en la estación de Jalesburg, —era Nube de Guerra. La contestación de Halcón Negro fue solamente un gutural «¡Ugh!», y un cambio de expresión que demostró asombro e interés. Por esta causa, Creighton, Liligh y uno de los hombres de las, llanuras, que conocía a los indios, extractaron un mensaje de Halcón Negro que debía ser transmitido a Nube de Guerra, con el fin de poder conocer por su respuesta si el jefe sioux era sincero y leal. El mensaje era parecido a lo siguiente:
«¡Sin lluvia! Todo seco. El sol seca la hierba. ¿Dónde está el búfalo?»
La respuesta procedente de Jalesburg estaba concebida en estos términos:
«Llegaron las lluvias. Muchos búfalos. Nube de Guerra saluda a su hermano sioux.»
Aun cuando fuese maravilloso y sorprendente para él, el jefe sioux no se mostró plenamente convencido. Era un hombre tan astuto como inteligente. Envió un nuevo mensaje que estaba relacionado con el paradero de sus bravos y con lo que estaban haciendo, lo cual era, evidentemente, algo que los hombres blancos no podían conocer. Y la respuesta, aun cuando no fuese muy tranquilizadora para los hombres blancos, fue:
«Caballo de hierro muy valeroso. Danza guerrera en la Roca Blanca que está en La Altura.»
Esta respuesta convenció al sioux de lo prodigioso del telégrafo, y nos convenció a los demás de que debíamos esperar nuevas trifulcas con los indios en lo sucesivo. Pero Halcón Negro parecía tener la seguridad de que Creighton podía invocar el poder del Gran Espíritu para enviar palabras a través del aire, y aseguró firmemente que la tribu de los sioux protegería la línea telegráfica. Enviaría aviso a todos los jefes de las tribus en el sentido de que el jefe blanco no se proponía hacer ningún mal a los indios con sus postes y sus alambres que cruzaban las llanuras, y que todos debían protegerlos. Esto alegró a Creighton mucho más que cuanto hasta entonces le había satisfecho. También nos alegró a los demás.
Liligh dijo:
—Los sioux son gentes sinceras. Si creen lo que usted les dice, o sea, que no se propone hacerles ningún daño, y que no va a matar los búfalos, protegerán de verdad la línea telegráfica. Para ellos significa la voz del Gran Espíritu, pero...—y su pausa se hizo angustiosa—; bien, yo ordenaría que los dragones patrullasen a lo largo de la instalación.
Desde aquel día, conforme fuimos avanzando, siempre hubo indios a nuestro lado. Nos guiaron a los lugares en que podía hallarse agua, o nos dijeron dónde podríamos hallarla, lo que era muy importante para nosotros en aquellas circunstancias, ya que los veneros eran pocos y se encontraban separados por distancias de varias millas que debían ser recorridas bajo un sol abrasador. En algunas ocasiones nos veíamos obligados a dar a los bueyes agua en algún cubo para evitar que cayesen a tierra abrasados por la sed. Los días se hacían más y más calurosos, la llanura era cada vez más estéril y desnuda, y los trabajadores comenzamos a adelgazar por efecto de la dureza de la labor, la insuficiencia de la alimentación y el calor del sol.
Un jinete del Pony Express, procedente del Oeste, nos alcanzó y nos comunicó las noticias más inquietantes. Sunderlund había tenido que interrumpir el avance de su caravana para luchar contra los indios.
También nos comunicó el correo montado que la mitad de su ganado, en lugar de haber sido dispersado y ahuyentado por los indios, le había sido robado por los ladrones de reses, que lo habían seguido desde que salió de Texas. Shaw puso el mayor interés en conocer pormenores de la historia que nos refería el jinete. Y yo tenía ansiedad por conocer cuál era el nombre del jefe de los ladrones de ganado, y me preguntaba si. Shaw sospecharía, como yo, de Red Pierce.
Una tarde cuando hubimos acampado y nos sentamos para descansar e intentar refrescarnos, Lowden nos dijo que la caravana de Sunderlund se encontraba sólo a ocho millas de distancia.
—Oye, Wayne —dijo Darnell—, creo que debías ir esta noche a hablar con el señor Sunderlund.
—Si hablas con Sunderlund —añadió Jack—, no te olvides de saludar a su hija en mi nombre.
—Sé que lo decís por burlaros de mí —contesté—; pero, de todos modos, si es cierto que la caravana de Sunderlund se encuentra solamente a una distancia de ocho millas, iré, sin ningún género de duda, esta misma noche a visitarle.
Hasta aquel momento, Shaw había estado silencioso y quieto, pero me hizo una indicación de que me apartase de los demás para hablar con él.
—Wayne —me dijo—, sé que eres el jefe de nuestro carro, peso esta noche quiero ser yo el que mande. Y no irás a ver a Kit Sunderlund.
—¿Será posible que te hayas propuesto visitarla tú mismo? —pregunté bruscamente, sorprendido por la aparente decisión de Shaw de mantenerme alejado de Kit.
—¡No!
Y, sin decir una sola palabra más, Vance se separó de mí para ensillar su caballo. Me aproximé a él; mi indignación había comenzado a desvanecerse.
—Probablemente, Vance, eres el mejor amigo que tengo en el mundo.
¿No quieres que demos un paseo a caballo esta noche?
—No, Wayne, tengo que hacer unas investigaciones. Hasta luego.
Saltó a horcajadas y comenzó a cabalgar. Observé cómo se alejaba y me pregunté por qué razones habría sacado nuevamente a colación aquel tema.
Era una noche hermosísima y llena de calma. Pero para mí fue una noche cargada de zozobras. Por una parte, se me prohibía que visitase a Kit ; pero, por otra parte, no acertaba a comprender los propósitos de Shaw.
¿Tenía alguna razón definida para desear que yo no hiciese aquella visita?
¿Iba a hacerla él mismo? No podía llegar a convencerme de que Shaw intentara verdaderamente ver a Kit después de haberse negado a ir conmigo. Me torturé la imaginación sin conseguir que del caos de mi cerebro brotase más que una sola idea. Y esta idea solitaria fue la determinación de visitar inmediatamente a Kit Sunderlund y de desechar en absoluto su amarga acusación, como si jamás hubiera existido.
Cuando estaba ensillando el caballo, Darnell me llamó.
—Compañero —me dijo—: sabes ensillar el caballo como si en toda tu vida no hubieras hecho otra cosa. Es pintoresca la influencia de las mujeres sobre los hombres.
Lowden me dijo dónde podría hallar el campamento de Sunderlund, y unos momentos más tarde me encontraba cabalgando por una elevación del terreno situada entre dos barranquitos. La luna, que parecía roja, acababa de levantarse en el Este. La brisa que corría por las llanuras era cálida y seca. Supuse que me encontraba siguiendo una senda de los indios o del ganado silvestre, por lo que aflojé las riendas a Pies Alados. Mis pensamientos saltaban de un lugar a otro, de un tema a otro, pero siempre volvían al punto de partida: Kit Sunderlund Me proponía declararle mi amor de manera definitiva. Kit había demostrado su interés por mí. Si no fuera así, ¿por qué habría de haberse tomado la molestia de acusarme de hallarme en relaciones con Ruby? En el caso de que no hubiera ninguna esperanza para mí por parte de aquella animosa joven tejana, quería oírlo personalmente.
El punto en que llegué junto a la caravana de Sunderlund estaba situado al final de la pequeña elevación que había seguido en mi camino. Vi la gran cantidad de carros y las hogueras, diez o más, acaso, que ante ellos ardían. Pies Alados mordía el freno como si tuviera prisa por aliviarse de la carga que transportaba. Pude divisar el carro de Kit, y encaminé el caballo hacia él.
El carro de Kit había sido desaparejado bajo un ancho algodonero, un poco separado de los demás, pero no fuera del campamento. Al acercarme, oí voces. Y después, con gran sorpresa y disgusto, vi que el caballo de Shaw, con las riendas caídas a lo largo del cuello, estaba inmovilizado en la parte posterior del vehículo. Y, siluetado por el resplandor del fuego que brillaba tras él, pude ver al alto vaquero, que oprimía a Kit contra su pecho.
Ambos parecían hechizados. En circunstancias ordinarias, Vance habría oído las pisadas de Pies Alados desde una distancia de un cuarta de milla. Me detuve y comprendí que debía alejarme de aquel lugar lo más rápidamente que me fuera posible. Pero cierto impulso que no pude dominar me obligó a acercarme a ellos impetuosamente. Hablando furioso, y sin permitir a ninguno de los dos que me interrumpiera, acusé categóricamente a Shaw de haberme engañado.
Antes de que hubiera podido contestarme, me volví hacia Kit.
—Vance y yo éramos amigos, señorita Sunderlund. Y yo alimentaba algunas esperanzas de que... Son esperanzas que usted no podría comprender.
Mi mundo parecía reventar, romperse en torno mío, cuando salté nuevamente sobre el caballo. No sé cómo me encontré sentado en la silla, con las riendas furiosamente oprimidas por las manos.
Cuando Pies Alados comenzaba a correr, oí el ruego alarmado de Shaw, que decía:
—¡Compañero... Wayne..., espera!
Mas continué corriendo.


X
Nos detuvimos un día, a la hora en que el calor era más intenso, a la vista de la famosa Roca de la Chimenea, que era uno de los cotos más anhelados de los que podían hallarse a lo largo del camino de Oregón.
Estaba situada a no mucha distancia de los límites de Wyoming. Era una especie de dardo de roca, espectral, sombrío, que se elevaba entre la neblina del horizonte y perforaba el cielo. No tenía color, como no fuera un gris sombrío. Después de los interminables días de monótona pradera, parecía un objeto bello, increíble, un espejismo de las tierras altas. Los carros de Creighton estaban atollados. Por primera vez desde los comienzos de los trabajos, i o podían continuar. Los hombres se hallaban agotados por` la labor bajo el calor sofocante, debilitados por la escasa dieta, y tan sedientos que escupían algodón. Tenían los labios ampollados, las mejillas peladas, los ojos agostados de tanto y tanto mirar a través del aire caliente. Los bueyes y las mulas habían estado dos días sin tomar bebida, y solamente nos quedaba una pequeña cantidad de agua para aplacar la sed de los hombres. Todos los días, por la tarde, aparecían nubes en el horizonte y se oía el bajo murmullo de los lejanos truenos; mas la tormenta no estallaba jamás.
Creighton mandó llamar a Liligh, los vaqueros y otros diversos hombres del Oeste. Nuestro jefe acusaba tanto como cualquiera de nosotros el estrago producido por la dura prueba soportada a través de las áridas tierras que habíamos cruzado desde nuestra salida de Jalesburg. Estaba delgado, el sol le había marchitado el oscuro cabello y, excepto en los lugares en que la tenía protegida por la barba, su cara aparecía totalmente quemada por el sol. Pero su aspecto de águila, lo que en él había de indomable y de irreductible, parecía incrementado.
—Hombres —nos dijo—, he sido yo quien ha tomado la decisión de realizar esta jornada a través de las llanuras. Acepto por completo mi responsabilidad. Comprendo que estamos detenidos momentáneamente, por varias horas, quizá por más tiempo, pero mi imaginación se niega a admitir la posibilidad de que no podamos continuar. Os digo :¡adelante! , y eso es lo que hemos de hacer, naturalmente. Pero, por el momento presente, ¿qué tenéis que decirme?
—Jefe, no podemos volver atrás y tampoco continuar adelante —contestó Liligh—. Hemos llegado a nuestro límite. El obligar a los bueyes y las mulas a continuar la marcha, en tanto que no dispongamos de agua, sería como matarlos, porque caerían asfixiados... Si no llueve...
—No diga: «Si no llueve» —gritó con voz de trueno 1 nuestro jefe—. ¿Cuántas veces he de indicarle que debe decir: «Cuando llueva» ...? Shaw, con todos los respetos debidos a los viejos occidentales, quiero que me des a conocer tu opinión. Eres joven y tus juicios no se hallan enturbiados por el fracaso o la derrota. ¿Qué debemos hacer?
—Tal y como yo veo las cosas, señor, creo que deberíamos detenernos aquí, como ha dicho Liligh. No estoy de acuerdo con él en que no nos sería posible obligar a avanzar a los animales hasta que traspusiéramos esa elevación del terreno y viéramos lo que hay tras ella. Pero, jefe, acaso no quiera usted creerlo, y, sin embargo, es cierto, noto olor a lluvia.
—¿Olor a lluvia? —preguntó incrédulamente Creighton.
—Sí, señor, lo noto —contestó el vaquero con voz fuerte y vibrante—.
Siempre he notado muy pronto el olor a lluvia, y ahora lo percibo. Jamás me ha engañado el olfato. No tengo necesidad de explicarlo, jefe, ni es una cosa importante por el momento. He vivido durante toda mi vida al aire libre. He visto que hay hombres capaces de ver objetos a larga distancia, objetos que permanecen invisibles para la mayoría. He conocido indios que podían ver más lejos que ningún blanco. Mis sentidos tienen una gran agudeza. Me es posible oír las pisadas de los búfalos a mayor distancia que ninguno de los hombres de las llanuras que he conocido. Y ahora noto el olor a lluvia.
—Me animas, muchacho. Hombres, vamos a detenernos aquí hasta que suceda algo... Desenganchad a los animales y ponedlos, y poneos vosotros mismos, tan cómodos como os sea posible.
—Muy bien, jefe —contestó Liligh mientras escupía sobre la tierra seca una porción de tabaco, y, clavando la mirada en Shaw, continuó—: Has echado una gran responsabilidad sobre tus hombros, vaquero de nariz lu-pina. Pero me alegro de poder confiar en ti. Estamos todos destrozados.
Vamos, muchachos,¡manos a la obra!
Las palabras de Liligh sonaron vibrantemente en mis oídos.¡Cuánto podíamos todos confiar en aquel vaquero! Y, a pesar de la amargura que me inundaba el corazón, no pude menos que dedicarle un tributo de admiración.
En tanto que Darnell y yo denunciamos los desfallecidos bueyes, Shaw y Lowden aliviaron a los tres caballos del peso de las sillas y los condujeron a la sombra que proyectaba el carro. Luego, todos buscamos algún lugar en que el sol abrasador no llegase hasta nosotros. Fue un gran alivio poder descansar, puesto que aunque la hora del calor más intenso había pasado, resultaba muy penoso el respirar o el moverse. Una ligera cantidad de agua hizo que nuestra reseca piel se llenase de humedad.
Mientras inspeccionábamos el horizonte en espera de descubrir algún signo, por muy ligero que fuese, de un cambio de tiempo, mis pensamientos se dirigieron hacia aquella noche en que el mundo se había desplomado en torno a mí. ¿Tenía razón para pensar de este modo? Esto no estaba relacionado con la actitud de Kit Sunderlund ni tenía nada que ver con lo que hiciera ni con la elección que pudiera realizar. Había sido el descubrimiento de que Shaw se hallaba junto a ella, su aparente traición a la estrecha amistad, que yo imaginaba que existía, lo que había hecho que mi equilibrio se rompiese. ¿De qué modo debería interpretar su indicación de que esperase? ¿Podría haber justificado su presencia en el campamento de Sunderlund aquella noche, después de haberme ordenado que no fuera?
No habíamos hablado de esta cuestión. Había visto en varias ocasiones que Shaw me miraba de una manera singular durante los siguientes días.
Pero nunca me dijo ni una sola palabra de todo ello, y era imposible para mí abordar aquel tema. En lo que se refiere a nuestra relación exterior, superficial, ambos seguíamos conduciéndonos como si nada hubiera sucedido... Nuestras existencias estaban consagradas a la tarea de extender la línea telegráfica a través de la estéril comarca, y, además, en aquellos momentos nos hallábamos acosados por el problema de nuestra supervivencia.
Aquella tarde fue diferente a todas las demás. No parecía hacer más calor, pero era más sofocante. El aire era opresivo. La quietud de la vasta extensión de la pradera se hacía espantosa. No se veía ni un solo pájaro ni ningún animal de otra clase. Lo que nos había parecido una calma azulada en el Sur, comenzó a adquirir gradualmente la forma de nubes. No era posible verlas moverse, mas se extendían sobre todo el cielo; la tarde se oscureció poco a poco, no a causa de que se hallase ya en sus últimas horas, sino a causa de cierto peculiar espesamiento de la atmósfera, que adquirió un rico color i ambarino. Las nubes se desplegaron hacia el cenit lentamente y hasta más lejos, y su centro oscuro, casi de un tono de púrpura, se intensificó. Y entonces oímos por primera vez en la tarde el zumbido lejano de los truenos. Comenzó a sonar débilmente y muy lejos, y corrió a lo largo del cielo hasta casi llegar a nosotros.
—Compañero, tan seguro como que tú y yo existimos vamos a tener una de esas terribles tormentas de electricidad —dijo Shaw a Lowden—. No he visto ninguna aún en estas alturas, pero ya sabes que nos han dicho que son terribles.
—Si estas tormentas son tan malas como las que hemos visto en Panhandle, vamos a encontrarnos en un infierno de azufre y llamas —añadió Lowden.
—No me importa que así sea —dijo Darnell—. Las tormentas son malas en Wyoming, muy malas; pero prefiero morir alcanzado por un rayo antes que estrangulado por la sed.
—Amigo —dije, esperanzado—: no conozco nada de estas tormentas, pero puedo asegurar que va a llover.
—¡Ah! —exclamó Shaw, mientras se enderezaba con un rápido movimiento—. ¿Veis todos lo que estoy viendo?
Lowden, que había imitado su acción, lanzó también una exclamación.
—¡Diablos!¡Los injuns!¡Y un grupo muy numeroso! ¿Qué demonios se proponen hacer esos condenados?
—¿Hacer? ¿No lo ves? —resopló Shaw—. Están corriendo a lo largo de la línea telegráfica para ver dónde les será más conveniente inutilizarla.
Cogí los gemelos de campaña y me encaramé al asiento del conductor.
Liligh se llegó a nosotros.
—Oíd, hombres —dijo—: son órdenes del jefe. Una cuadrilla de pieles rojas se dispone a cometer no sabemos qué fechoría. Creighton dice que les permitamos hacer lo que les venga en gana. No podemos emprender una lucha en estos momentos. ¿Qué demonios importa que unos cuantos postes de telégrafo sean ahora derribados si se compara esto con el valor de nuestras jóvenes vidas? No disparéis más que en el caso de que nos acometan. Extended lonas y lienzos embreados de carro a carro para libraros de la lluvia.
Shaw gritó a Liligh:
—Pero usted, que conoce estas regiones, ¿cree que va a llover?
—Sí. Va a llover.
—¿No habéis visto, compañeros, que el sol se ha escondido tras esa nube? ¿No habéis notado que el aire ya no es de fuego? —preguntó Shaw.
—Lo hemos notado —contestó Lowden—. Pero creo que será mejor que continuemos a la sombra durante cierto tiempo todavía.
—Bien, mi amigo yanqui, ¿no podrías decirnos lo que ves? —continuó Shaw.
—Debe de haber unos cuarenta indios, o acaso más —contesté—. Ahora puede vérseles perfectamente. Se han detenido a una media milla de distancia, en la curva de la línea telegráfica, cerca del lugar donde comienza a subir en esta dirección. No me parecen indios como los que hemos visto en otras ocasiones... Es seguro que no son sioux ni arapahoes.
—Tienen el aspecto delgado y hambriento de los crows —gritó Shaw.
—En el caso de que sean crows podemos estar seguros de que tendremos algún disgusto —dijo Darnell—. Pero no estamos ahora en condiciones de luchar.
—Creo que veo a un jefe arengando a su tribu —continué—. Los demás indios se han congregado en círculo a su alrededor...¡Ah! Muchos de ellos se han apeado de sus mesteños. Están agitando los postes... Otros tiran del alambre...¡Ved! Están derribando los postes y el alambre. Veo que están cortando el hilo con sus hachas. Ya han derribado los postes en aquel lugar... Los indios corren a caballo, con la velocidad del viento, a lo largo de la línea... Van seguidos por otro grupo, otra docena de indios, que arrastran los postes conforme caminan... Me parece que están arrancando los aisladores... Allá, detrás de ellos, veo otro grupo de indios. No los había visto aún. Están a una milla de distancia, y se llevan la línea telegráfica consigo...¡Por todos los infiernos! Algunos de ellos van a pie y se cuelgan del alambre...
—Eso es una cosa nueva para mí. Los injuns no habían hecho nunca nada parecido —exclamó Shaw.
—Supongo que esos pobres diablos están convencidos de que si cortan una milla de alambre y se la llevan consigo, nos impedirán enviar mensajes por medio del Gran Espíritu —dijo Lowden.
Inmediatamente pudo verse una larga hilera de indios, unos de ellos a pie y otros a caballo, que tiraban de una milla de alambre y la arrastraban por la pradera, en dirección al Norte. Pude ver perfectamente que no había ni un solo indio de los que se hallaban más cercanos que no hubiera asido el alambre, bien fuera con las manos o por medio del lazo. En la quietud y el silencio del peculiar instante, sus gritos salvajes llegaron hasta nuestros oídos. Era extraño que los indios realizasen un acto de tal naturaleza. Todos ellos eran como niños. Podrían haber hecho por broma lo que hicieron, pero no me lo parecía así. Y me pregunté qué pensaría Creighton al averiguar que una milla completa de su línea había sido cortada y arrastrada no sabíamos dónde.
Un sonoro trueno distrajo mi atención, y al retirarme los gemelos de los ojos pude observar que durante el tiempo en que no había pensado en la tormenta las condiciones atmosféricas habían cambiado completamente.
Las nubes se habían acercado a nosotros y estaban muy bajas. Su centro era tan negro como la tinta, y la tierra de la pradera estaba oscurecida, por lo que semejaba un gran muro gris. Aquello significaba lluvia, lo que me alegro sobremanera. Al verlo, grité para comunicar a los demás la buena noticia. Pero otros de nuestros hombres lo habían observado antes que yo, y estaban corriendo para extender lonas entre los carros.
En lo que se refería a mis camaradas y a mí, las medidas defensivas contra la lluvia podían esperar un poco, puesto que estábamos profundamente interesados por los actos de los salvajes. Atraía mi atención, también, la progresiva densidad del aire, así como la extraña luz ambarina que parecía envolverlo todo, y el movimiento de aproximación de la gran nube negra que estaba surcada por los dardos zigzagueantes de los rayos.
Ya no había silencio. Los hombres gritaban mientras trabajaban, y lanzaban gritos de júbilo y de bienvenida a la tormenta.
De repente brotó del cielo un ofuscador relámpago, seguido inmediatamente por el terrible estrépito de un trueno ensordecedor.
Durante unos instantes me quedé deslumbrado, mas, sin embargo, pude apreciar que el rayo había caído más cerca de los indios que de nosotros.
Apenas lo había comprendido, cuando el cegador y ofuscante rayo de luz azulada y blanca corrió a lo largo del terreno con una rapidez inconcebible, dejando a su paso una onda de chispas eléctricas. El rayo había caído sobre el alambre del telégrafo que los indios arrastraban, y corrió por toda su extensión de un modo que pareció un estallido.
Durante un instante, el cárdeno resplandor de la luz oscureció la larga hilera de salvajes. Cuando se hubo disipado, observé que todos ellos yacían en tierra. Los mesteños, sin jinetes, corrían alocadamente a través de la llanura. Me pregunté si todos los indios habrían muerto, pero inmediatamente pude ver que uno tras otro se levantaban echaban a andar con paso vacilante recobraban el sentido y comenzaban a correr como codornices asustadas.
La risa ruidosa de Shaw sonó con fuerza.
—¿Qué os ha parecido esto, compañeros? El Gran Espíritu lanzó una exhalación contra el alambre que estos salvajes robaban. Apuesto dólares contra castañas a que jamás volverán a acercarse a la línea telegráfica.¡Hurra!¡Hurra!
—El Señor está con Creighton —gritó Lowden.
Pero yo me encontraba demasiado atemorizado, demasiado aturdido por el terrible fenómeno que había presenciado para que pudiera encontrar divertida la situación. Más bien me sentía inclinado a dar gracias a Dios por haberme librado del peligro.
—¡Ya viene la tormenta, compañeros! —gritó Shaw—.¡Y va a ser de las buenas!
Un instante después el cielo pareció derramar una lluvia de rayos de luz y unas bolas de fuego semejaron elevarse del terreno en los lugares en que el rayo caía, saltar y extenderse por la pradera como enormes globos de luz blanca. Los reventones de los rayos, el estampido y el estruendo de los truenos, el terrible brillo de la luz que iluminaba la escena, el ácido olor a azufre, el ambiente de aquella fantástica irrealidad, el creciente rumor del trueno, que se hizo ensordecedor..., todo esto me obligó a caer sobre el asiento del conductor y adherirme a él, medio aturdido, con los sentidos en tensión.
Se había hecho tan oscuro como si fuera de noche; pero los relámpagos eran tan continuos y tan potentes, que parecían existir una claridad ofuscadora y una oscuridad completa casi al mismo tiempo. Desde el lugar en que me encontraba, pude ver una parte del terreno cerrado por cuerdas en que los hombres habían colocado las caballerías. Shaw me había dicho que durante las tormentas eléctricas las mulas solían enloquecer casi por completo por efecto del terror. Aun cuando parezca increíble, vi bolas de fuego eléctrico que recorrían los lomos de las mulas, se deslizaban por sus cortas crines y se deshacían en sus orejas. La mayoría de las mulas estaban con las patas abiertas, como si se hallasen a punto de desplomarse.
La nube negra se cernía casi exactamente sobre nosotros. Parecía una cortina de tinta que se bambolease cerca del terreno. Debía de haber estado más alta, pero ya no se encontraba a una altura mayor de cien pies.
Darnell se aproximó a mí gritando algo que no pude oír. Mas al verle saltar al interior del carro tuve la suficiente serenidad para imitar su ejemplo. Un momento más tarde, la tormenta eléctrica había pasado más allá de nosotros, y las nubes de lluvia, transportadas en alas del viento, rompieron sobre nuestras cabezas, oscurecieron y borraron todo con su paño negro y casi anularon el rugido de los truenos con el ruidoso impacto del agua sobre toda la pradera.
Shaw y Lowden estaban tranquilamente tumbados en sus camastros y fumaban unos cigarrillos. Darnell se sentó en el suyo, y yo me arrodillé en la parte posterior del carro para mirar hacia el exterior. Si alguien habló, no lo noté. Me parecía experimentar la sensación de que no me era posible oír ni siquiera mis propios pensamientos. Mi corazón estaba lleno de agradecimiento. Habíamos suspirado por la lluvia, y en aquel instante llovía de un modo tal, que el agua amenazaba arrastrarnos por la llanura. La tormenta había dado fin a la sequía, había cubierto los huecos del terreno, llenaba los cauces de los arroyos y había sido la salvación de Creighton.
Debía de haber sido una justificación de su inquebrantable fe.
La lluvia duró menos de media hora; el negro velo se desvaneció, se alejó, y la luz brilló de nuevo. La ligera lluvia disminuyó, también, y también se alejó. Cuando los relámpagos y los truenos se hubieron distanciado de nuestra vista y de nuestro oído, la tormenta había concluido por completo. Y, lo que era increíble, aun cuando podíamos verlo, el sol brotó de nuevo, gloriosamente brillante, pero con su calor dulcificado.
Salimos del carro, y hallamos a todos los trabajadores y soldados en acción. Nuestro campamento estaba situado en el terreno alto, pero por todas partes el agua alcanzaba una profundidad de varias pulgadas. En la cuenca situada cerca de nosotros, que había estado seca, rugía una fangosa corriente de agua. Lagos y charcos brillaban por todas partes y reflejaban el sol y el cielo. Apenas me fue posible dar crédito a mis ojos cuando vi que el gris amarillento de las hierbas y de los arbustos se había trocado en un tono de púrpura y verde. Las lonas y las telas embreadas que extendimos entre los carros se combaban bajo el peso del agua. A cierta distancia, a la izquierda del campamento, los bueyes bebían en los charcos y en los arroyuelos, y hasta comenzaban a pacer de la escasa vegetación..
—Bueno, ahora, decidme: ¿quién es el mejor profeta de este carro? —preguntó solemnemente Shaw.
—Tú eres un profeta muy bueno, compañero, pero eres muy afortunado —contestó Lowden—. Sabes bien que dijiste a Creighton lo que le dijiste solamente con el fin de darle ánimos... Pero yo sabía ya entonces que iba a llover.
—Oíd —le interrumpió Darnell—: ¿no vendrán los búfalos detrás de esta lluvia?
—Es seguro que vendrán, más pronto o más tarde. Y tengo unas ganas terribles de comer un buen pedazo de solomillo.
—Ahí vienen Creighton y Liligh —dije—. ¿Qué proyectos tendrán ahora?
Apostaría cualquier cosa a que pretenden que comencemos a hacer hoyos para colocar postes.
Supongo que no, compañero. Es más de media tarde; mira el desierto que se extiende hacia el Sur por más de diez millas , —¡Cómo!¡Qué la tierra me trague si no veo una caravana! —gritó alegremente Lowden.
—Jack, tienes muy mala vista, excepto para las mujeres. No es una caravana, sino dos.
Me alegré muchísimo de ello. Creighton nos ordenó que matásemos dos de los bueyes que estaban lisiados y que habrían de constituir un obstáculo para nuestra marcha. Esto representaba una promesa de carne fresca para varios días, pero el problema de la leña nos atormentaba. No ha-bía nada combustible hasta donde nuestra vista abarcaba. Y teníamos muy poca cantidad de huesos de búfalo en los carros que habían ido de un lado para otro en busca de este extraño, pero satisfactorio combustible.
A la mañana siguiente, que fue clara y brillante, el trabajo de construcción se reanudó. Resultó que habíamos sido excesivamente optimistas al suponer que nuestras contrariedades habrían concluido. No era así.
Día tras día, continuamos viendo a lo lejos la roca de la Chimenea, a la que jamás parecía que nos acercásemos. El trabajo a lo largo de aquel terreno fue probablemente el más penoso de cuantos realizamos. Pero en él no hubo ansiedad y la angustia que nos atosigaron cuando nos encontrábamos medio muertos de hambre y de sed.
Todavía no hallamos signos de búfalos o de indios.¡Ni un solo jinete en el horizonte desde que estalló la gran tormenta! Cuando le interrogábamos, Shaw movía negativamente la tostada cabeza, pero no nos respondía.
Observé que, aun cuando siempre estaba alerta, se volvía con más frecuencia que habitualmente para mirar hacia el Sur. Liligh sostenía que los búfalos habían huido de nosotros. Aquel ancho camino que cruzaba el oeste de Nebraska y el este de Wyoming había sido la senda que siempre siguieron los búfalos al dirigirse hacia el Norte por espacio de una cantidad incalculable de años, acaso centenares de millares.
—Preferiría que la manada principal de búfalos se encontrase delante de nosotros —dijo el viejo conocedor de las llanuras.
Llegó otro día caluroso, asfixiante, durante el cual avanzamos de un modo excepcional. Aquella noche tuvimos una hoguera mucho mayor que la acostumbrada. En realidad, no la necesitábamos, ya que el aire era más templado y carecía del picante frío que era corriente por la noche. Era también, una noche tranquila. Eché de menos los coyotes. A lo largo de aquella árida extensión, había oído en muy contadas ocasiones sus lúgubres lamentos.
Estábamos sentados alrededor de las brillantes llamas de la hoguera, y no nos mostrábamos muy comunicativos, lo que atribuí a que nos encontrábamos cansados y deseosos de tendernos en nuestros camastros.
En tales infrecuentes circunstancias no me era posible reprimir los torturadores recuerdos de días que parecían hundidos desde hacía mucho tiempo en el pasado. Y la expresión de Shaw, que miraba fijamente al fuego y que se hallaba obsesionado, por sus propios y amargos recuerdos, no era la más apropiada para contribuir a que me olvidase de Kit Sunderlund. No, no la olvidaba. En diversas ocasiones habíamos oído decir que la caravana de Sunderlund se encontraba a nuestra izquierda, no muy lejos, y este pensamiento siempre quebrantaba el curso de mis días de aventura. No solamente me encontraba obsesionado por la muchacha, sino atosigado por la suposición de que jamás volvería a encontrarla. ¿Qué papel pintaba Shaw en todo ello...? Esto es lo que no me decidía a calcular.
En aquel momento vi que Shaw se volvía para poner un oído en dirección Sur y que se quedaba tan quieto como una piedra. Debía de haber estado escuchando. Le había visto hacerlo en diversas ocasiones, pero tan pronto como intentaba imitarle, me veía obligado a renunciar a la pre-tensión de oír algo. La noche era excepcionalmente tranquila. Se oía un ligero rumor de voces y algunos ruidos procedentes de los otros carros, pero en el exterior y fuera del campamento no me fue posible percibir ningún sonido.
El vaquero se puso en pie y se alejó de nosotros, hasta situarse casi fuera del círculo de luz que la hoguera proyectaba. De todos modos, pude discernir su quieta figura, ligeramente inclinada, como si estuviera escuchando.
—¿Qué diablos sucede? —murmuró Jack mientras se erguía y arrojaba al fuego su cigarrillo.
—Vance debe de estar escuchando algo —contestó Darnell en voz igualmente baja—. Está escuchando, con toda seguridad. ¿Qué crees que será, Jack? ¿Indios, tal vez?
—¡No, diablos! —exclamó Lowden en tanto que se ponía en pie—. Vance no se comporta de ese modo cuando hay indios en las cercanías.
—Entonces, ¿qué? —pregunté rápidamente. Pero nadie me contestó. Los tres continuamos inmóviles, observando a Vance con atención. Y repentinamente, Vance rompió su inmovilidad de piedra y regresó corriendo a nuestro lado.
—¡Búfalos! —anunció con voz vibrante—. ¡Es una manada de búfalos!¡Van a la desbandada!
—¡Cómo! —exclamó—. ¿Búfalos? ¿A la desbandada? —Tan seguro como de que hay infierno. Lo oí hace mucho tiempo. Pero he querido asegurarme de que nos hallamos en su camino.
—Bueno. Voy a escuchar... Ya sabes que no tengo mal oído —contestó Lowden; y se alejó del resplandor. Todos esperamos con el aliento contenido. Me di cuenta de que hasta el mismo aire se había cargado repentinamente de ansiedad. Después de un largo período, varios minutos, Lowden regresó a nuestro lado haciendo sonar las espuelas contra las piedras al caminar.
—No he oído absolutamente nada —confesó—. No hay viento. El aire no se mueve. Pero supongo que no debemos esperar...
—¡Esperar! Yo diría que no. Es posible que aun sin esperar no tengamos tiempo suficiente... Cameron, vete a avisar a Liligh. Vosotros, Jack y John, id en busca de los bueyes. Yo prepararé los caballos.
Corría en busca de Liligh; iba alarmado por la expresión y por la voz del vaquero, y me preguntaba a qué clase de peligro estábamos expuestos.
Si la principal manada de búfalos corría a la desbandada y nuestro campamento se hallaba en el camino que los animales seguían, la situación en que nos veríamos sería verdaderamente grave. Encontré a Liligh junto a su carro, donde se hallaba agazapado con sus hombres en torno a una hoguera, y le anuncié ahogadamente:
—Venga conmigo, jefe. Shaw quiere hablar con usted.
—¿Yo? —preguntó el capataz con rostro que se llenó de muecas y visajes—. ¿Para qué demonios me necesita ese vaquero? ¿Qué clase de complicación supone que se nos ha presentado ahora?
Mas, aun cuando habló y gruñó quejosamente, se apresuró a enderezarse y seguirme. Y corrí ante él a tal velocidad, que se lamentó y juró y me preguntó por qué diablos le arrastraba con tanta prisa.
—Jefe, Shaw ha oído a los búfalos. Dice que corren a la desbandada y que nos encontramos en su camino.
—¡Maldición! —exclamó Liligh—. Eso es algo. Yo por lo menos esperaría que no tuviéramos la mala suerte de encontrarnos al paso de la manada más importante.
Llegamos al cabo de unos instantes junto a nuestro carro, y descubrimos que Shaw estaba atando los caballos a las ruedas. Cuando nos vio, dijo:
—Liligh, temo que haya una manada muy grande de búfalos corriendo desesperadamente. Pero eso es precisamente lo que me ha tenido preocupado últimamente. Estaba casi loco por esta causa, usted lo sabe. Es posible que me engañe. Espero que Dios haga que así sea. Pero sepárese un poco del campamento, vuelva el oído en dirección al Sur, y detenga la respiración y los latidos de su corazón si quiere oír algo...
—¿Cómo diablos voy a detener los latidos de mi corazón y mi respiración, vaquero del infierno? —exclamó Liligh; mas comenzó a internarse entre las sombras. Lo seguí, y cuando me encontré en la oscuridad volví el oído hacia el Sur e intenté detener todos los murmullos de mi ser para poder escuchar.
Con intensa irritación por mi parte, comprobé que el corazón me golpeaba en el pecho como un martinete de fragua, y hasta el correr de mi sangre a través de mis venas. La gran bóveda salpicada de estrellas que es el cielo parecía cubrirnos vigilantemente. El silencio y la soledad eran intensos y estaban, sin duda alguna, engrandecidos por mi imaginación; se percibía suavemente, de una manera casi inapreciable, el respirar de la Naturaleza, o lo que acaso fuera un apagado murmullo producido por innumerables insectos; había cierta melancolía en la gran soledad y en el misterio que se extendían sobre la pradera. Mas, aunque escuché con toda la atención que me fue posible, no pude oír en absoluto nada fuera de lo habitual.
Cuando Liligh regresó junto a la hoguera del campamento, me apresuré a seguirle. Shaw levantó la vista del trabajo que estaba realizando, y vi que en sus ojos brillaban los reflejos del fuego.
—¿Qué opina usted, jefe? —preguntó con ansiedad.
—¡Mala suerte! —estalló el capataz—.¡Tienes razón! ¿Cuándo diablos estás equivocado, injun de Texas? Es una desbandada, exactamente. Y si no me engaño, hay millones dé búfalos en esa manada.
—Ésa es mi opinión. Tenemos el tiempo justo para prepararnos...
—Shaw, como es natural, me he encontrado muchas veces con búfalos que huyen —continuó apresuradamente Liligh—. Pero vosotros, los tejanos, sabéis más de estas cosas que nosotros, los hombres del Norte. ¿Cuál es tu idea? Dímelo rápidamente.
—Sólo tengo una idea. Diga a Creighton que ponga en movimiento a todos los trabajadores. Recojan los bueyes y las mulas. Pongan todos los carros juntos, en forma de cuña. La punta de la cuña, en dirección al frente. Pongan dos de los carros más viejos en cabeza. Tengan preparados unos cubos de petróleo para arrojarlos sobre ellos. Ponga dos hombres al frente de cada carro, con rifles y muchas municiones. Ordene que queden dos hombres en cada carro, con el fin de que hagan lo posible por contener el ganado. Ya conoce usted el resto.
Liligh corrió voceando. A sus voces siguió una tremenda actividad que brotó en el campamento. Gritos roncos, pisadas de botas duras, el sonido metálico de los arneses, hombres que corrían por la pradera portadores de linternas, voces, la llegada de Lowden y Darnell con nuestros bueyes, el rechinar de ruedas sobre las piedras e inmediatamente, en lo que me pareció un tiempo record, los carros fueron movidos y trasladados, algunos de ellos arrastrados por una docena de hombres, otros tirados por mulas.
Ayudé en esto y aquello lo mejor que pude, corrí de acá para allá siempre deseoso de imitar la actividad que se desenvolvía a mi alrededor.
Shaw me gritó al oído:
—¡Coge el rifle! ¡Llénate los bolsillos de municiones!¡Ven conmigo!¡Jack y Tom cuidarán de nuestro ganado!
El vaquero llevaba una linterna en una mano y un rifle en la otra.
Tenía puestos dos cinturones llenos de balas en torno a la cintura, y por el abombamiento de su chaqueta pude deducir que tenía los bolsillos llenos de municiones. Dio algunas instrucciones finales a Tom y Jack y luego giró y comenzó a caminar. Le seguí. Si lo que había brotado en aquel campamento en unos instantes no era un pandemónium, entonces es que yo no sabía lo que significaba esta palabra.
La mayoría de aquellos trabajadores y soldados sabían lo que es una desbandada de búfalos. Muchos de ellos habían visto alguna. Todos ellos trabajaron con la desesperación de hombres en situación de peligro. Detrás de la cuña formada por los carros, comenzaron a dejar un espacio libre, que estaba, evidentemente, destinado a albergar el ganado y las mulas. Sin embargo, muchas parejas de bueyes habían sido uncidas a los carros. Una luna creciente había brotado e iluminaba visiblemente la pradera. Los bueyes llegaban procedentes de ambos lados. El escaso ganado de que aún disponíamos mugía continuamente, lo que incrementaba el ruido y la confusión.
Trabajadores y soldados, armados de rifles y de fusiles, avanzaban hacia el frente, de dos en dos o de tres en tres, y todos ellos iban gritando roncamente, con excitadas voces. Por lo que me fue posible ver en la oscuridad nocturna, la cuña formada por los carros tenía, cuando estuvo terminada de componer, una longitud de alrededor de cien yardas por lo menos. Finalmente, llegamos hasta la punta del triángulo. Estaba compuesta por dos carros, situados uno junto a otro, lo que permitía que se colocasen otros dos carros detrás de los delanteros. Luego la anchura aumentaba hasta tres carros, hasta cuatro, y así sucesivamente hasta llegar a la anchura mayor del triángulo en su parte posterior. A cincuenta pies de distancia de la punta de la flecha se hallaban dos carros cubiertos de lonas, que eran evidentemente, los que estaban destinados a ser sacrificados por el fuego. Vi que pasaban algunos hombres cargados de cubos, y percibí el olor del petróleo.
Estaban congregados en aquel punto cincuenta trabajadores y soldados. Todos ellos gritaban fuertemente. Shaw no tenía nada que decir, y no me atreví a hacerle preguntas. No hallamos allí a Liligh, pero encontramos a Wainwright, Widing, Nelson, Edney y otros occidentales que trabajaban con nosotros. En sus rostros se reflejaban la preocupación y la resolución. Mientras hablaban, todos ellos miraban en dirección a la pradera ; sin duda, ponían tanta atención y tanto afán en escuchar como yo. La conmoción iba decreciendo gradualmente detrás de nosotros, lo que indicaba que a medida que terminaba la tarea de formar la cuña disminuía la necesidad de gritar. No obstante, continuaba la excitación. No sé por qué, creí que no podría quedar terminada la cuña antes de que se produjera la embestida de los búfalos.
Shaw me indicó que lo siguiera. Nos separamos de los grupos de hombres y nos adelantamos hacia los carros que habían de ser incendiados.
—Avancemos un poco más. Quiero ver si me es posible concluir de comprobar la dirección que siguen los búfalos.
Dimos unos cincuenta pasos, y nos detuvimos. En el mismo instante en que hicimos alto, oí un extraño y bajo estruendo, parecido en cierto modo al rodar del trueno en la lejanía, y que era para mí un ruido capaz de paralizarme el corazón.
—¿Lo has oído? —me preguntó Shaw con aquella inflexión de voz que siempre me hacía estremecer—. Me parece que me he engañado en mis cálculos. Esos búfalos estaban mucho más lejos y son muchos más en número de lo que había supuesto.¡Corren como locos, llenos de terror! Es extraño que toda una manada de búfalos pueda ser presa del terror sin causa ni motivo. Sucede, según supongo, porque su número es tan crecido, que el temor se extiende por todo el grupo... Túmbate, y pon el oído en tierra. Eso será algo nuevo para ti. Voy a regresar para decir a los hombres que arrojen el petróleo a los carros y que se preparen para prenderles fuego pronto.
Hice lo que el vaquero me indicaba y, quitándome el sombrero, apoyé la cabeza en el suelo y apreté el oído contra la tierra. Fue como si hubiera puesto el oído, junto a una colosal caracola marina y estuviera oyendo el ruido del mar. Era como esto, y, sin embargo, completamente diferente en muchos aspectos. Apenas podría decirse que fuese un rumor de trueno, pero parecía un trueno: un trueno que no era provocado por los elementos, sino por la vida. Allá, lejos, se agitaba una cantidad inconcebible de vida.
Era como un enorme latido que no estuviera interrumpido ni siquiera por una fracción infinitesimal de tiempo.
Intenté concentrar todas mis facultades para juzgar respecto a si el sonido crecía o no, y unos segundos más tarde llegué a la conclusión de que aumentaba tanto en volumen como en rapidez. Shaw volvió, me dio un golpecito con el pie y, cuando me hube levantado, me dijo:
—Ya no está lejos, compañero. Tengo esperanzas, ciertamente; pero en muchas ocasiones no hay más probabilidades de partir una desbandada que de detenerla. Haz lo que me veas hacer, y reza tus oraciones. Eso es todo.
Al volverse de espaldas a mí para regresar al campamento, tendí la mirada sobre la vasta pradera. Había una débil luz de luna, mas se me antojó que podía ver con claridad hasta una distancia de media milla.
Distinguí algunos postes del telégrafo, erectos como centinelas oscuras, pero en el lugar de donde procedía el inquietante sonido el espacio parecía opaco y espectral. En el estado de ánimo en que me encontraba, mi imaginación podría suscitar imágenes espantables; mas hice un esfuerzo por apaciguar mi excitación y permanecer sereno. Y no hay duda de que, exteriormente cuando menos, lo conseguí.
Cuando me volví para seguir a Shaw, los carros empapados en petróleo rompieron en llamas, y un gran espacio en torno nuestro se iluminó brillantemente. Los rostros de los hombres no parecían oscuros. Todos tenían la cabeza descubierta, la cara pálida, los ojos ardientes y fijos en la pradera. Todos ellos miraban en una misma dirección. Shaw los condujo hacia atrás y los situó al nivel de la punta de la cuña, al socaire de los dos carros delanteros. Si la manada se abría al llegar a los obstáculos, los búfalos pasarían a ambos lados de los carros y de los hombres. Si no...
Shaw me colocó junto a sí, en el interior de la cuña, y miró hacia delante, con el rifle dispuesto, mientras me decía a grandes voces, que, no obstante, sonaron como un susurro:
—Dispara cuando yo comience a disparar, y continúa haciéndolo.
Pronto comprendí por qué su voz sonaba tan débilmente; los búfalos se encontraban muy cerca de nosotros, pero en realidad no podía percibir por el momento nada del estruendo que promovían. Cuando saqué del bolsillo el reloj, para ver a la luz de la luna la hora que era, la mano me temblaba tanto, que apenas me fue posible distinguir las agujas. Eran las ocho y media. Mi inmediata acción consistió en mirar al frente, transido, convencido de que iba a vivir el momento supremo de toda mi vida.
Entonces vi algo a la luz de la pradera, en la pradera: era algo negro, que se movía. Era como la torrencial corriente de un océano detrás de la cual hubiera un número desconocido de leguas y más leguas de olas. El fuego, llegando a la parte superior de los carros, resplandecía. Aquella onda que se acercaba parecía devorar el espacio bañado de luz azul. En aquel momento, reconocí el frente peludo de una manada de búfalos corriendo atropelladamente. Ese frente estaba constituido por una línea casi recta que se extendía por ambos lados hasta donde me alcanzaba la vista, y seguramente por millas y más millas.
Me di cuenta de que oscilaba sobre los pies. El terreno parecía haberse hecho inestable. Temblaba debajo de mí.
En el mismo instante en que dejé de percibir una tremenda presión que se había producido en torno mío, comprendí que tal presión había sido originada por el estrépito que promovían los alocados animales, y que ya no me era posible oírlo. Estaba ensordecido. No había sonido alguno. Y supe que no había sonidos porque, aun cuando vi que Shaw levantaba el rifle como señal para que todos disparásemos, no hubo estampido alguno a continuación de la expulsión de fogonazos y humo. Ni siquiera podía oírse el estampido de todas las armas de fuego que dispararon simultáneamente.
Temblando como si padeciera de perlesía, imité el ejemplo de Shaw y vacié rápidamente mi rifle, disparando exactamente contra el centro de aquella masa negra y botadora poblada de miríadas de cuernos y de ojos encendidos. Mas, a pesar del temblor y de que me parecía hallarme pisando ascuas, me fue posible disparar y ver.
Y repentinamente, el centro de aquella línea arrolladora sufrió una tremenda conmoción, se desintegró. Unas formas enormes y negras, como por arte de magia, ocuparon su lugar hasta que el montón aumentó y se apiló en torno a los carros incendiados produciendo al chocar con ellos una dispersión de chispas procedentes de las lonas que ardían. Todas mis facultades, mi sangre, mi corazón, se habían detenido con aquel primer disparo, y la insoportable ansiedad y la suspensión del pensamiento me atormentaron hasta el momento en que adquirí la seguridad de que la mole integrada por los búfalos se había hendido y de que el mar negro que era la desbandada pasaba a ambos lados nuestros. Y entonces estuve a punto de desvanecerme. Todo aquello era demasiado para un joven inexperto.
Viendo que Shaw recargaba su rifle, hice lo mismo con manos torpes.
El arma de Shaw vomitaba llamas antes de que yo hubiera terminado de cargar la mía. Nos hallábamos en el período culminante de algo tan supremamente terrible, que me convertí en un autómata y reaccioné como una máquina. Disparé metódicamente, acomodando el fuego y la recarga del rifle al ritmo con que lo hacían Shaw y los demás hombres. Me vi asaltado por una furia de acción, por un vértigo irrefrenable e interminable de exterminar búfalos.
Una de las veces en que intenté volver a cargar el rifle, descubrí que las municiones que guardaba en uno de mis bolsillos se habían agotado y que debía recurrir a las que el otro contenía. Coloqué uno por uno los proyectiles en la recámara del arma, con dedos nerviosos, y disparé al frente. El brillante resplandor de los carros en llamas había muerto. No había mucha luz. Solamente ardía ya una de las camas de un carro. Una columna de humo se elevaba en el espacio. Mis ojos parecían haber cegado por efecto del cansancio, del terror o del espesamiento de la atmósfera al mezclarse con el humo. Miré durante cierto tiempo a través de la neblina, con ojos ansiosos. La enorme montaña de búfalos crecía rápidamente a ambos lados de los carros y la barricada de cuerpos muertos a derecha e izquierda aumentaba ante nuestra cuña.
El poder oír de nuevo se me antojó una cosa increíble e irreal. Tenía los oídos llenos de un ruido tronitoso, que disminuyó hasta convertirse en un zumbido. Al recobrar mi facultad auditiva comencé a salir del estado en que me había hallado. El temblor de la tierra bajo mis pies comenzó a disminuir.
Los hombres habían cesado de disparar. Las nubes de polvo se habían hecho menos espesas. Percibí que Shaw pasaba uno de sus brazos bajo el mío, probablemente con el propósito de sostenerme. Nuevamente llegó hasta mis oídos el tronar de un ruido igual al anterior. Estaba amenguando, y sonaba a nuestras espaldas. La terrible y espantosa pesadilla que se deslizaba a nuestros lados, había pasado; la tierra cesó de agitarse bajo mis plantas y se convirtió de nuevo en terreno sólido ; las nubes de polvo se desvanecían, como si fueran absorbidas por el vacío creado por el paso de la manada de búfalos. La desbandada se había alejado. Oí voces. Bajo la pálida luz de la luna, el rostro de Shaw aparecía negro de polvo y de pólvora quemada. Los de los demás hombres estaban iguales.
Los dedos de acero de Shaw se me clavaron en los brazos.
—Bueno, compañero, ha sido difícil el dispersar a una manada tan numerosa como esa que ha pasado. Es la peor y la más grande de las que he visto, pero hemos conseguido dividirla. Estoy orgulloso de ti, muchacho.
Tú no lo has visto, pero muchos de nuestros hombres se han amilanado ante el peligro. Bueno, ahora vamos a tener carne de búfalo en abundancia para cierto tiempo.
Media hora más tarde, algunos hombres impacientes estaban asando carne de búfalo sobre los rescoldos de 1 los dos carros incendiados. Todos ellos reían y hacían fiesta de ello.
Pero ninguno de los de nuestro grupo se les unió. Regresamos a nuestro carro pensando que se nos ordenaría que rompiésemos la cuña constituida por los carros y que formásemos el círculo que era habitual en el campamento. No recibimos órdenes de hacerlo, y me dirigí penosamente hacia el lecho, donde me dormí antes de que hubiera terminado de meterme bajo las sábanas. No me desperté ni soñé durante toda la noche, y Tom tuvo que zarandearme a la mañana siguiente para obligarme a levantarme. Noté el apetitoso aroma de la carne de búfalo asada; mas ni esto tuvo poder para obligarme a acelerar los movimientos. Pero una vez que comencé a ponerme en acción y que hube tomado un reconfortante desayuno de solomillo de búfalo, me encontré perfectamente bien.
Inmediatamente después de concluir el desayuno, me dirigí al lugar en que se había celebrado la batalla. Había un montón enorme de búfalos ante la cuña de carros. Tenía una profundidad de cinco o más animales en su centro, y se extendía hacia ambos lados. Era evidente que ni los carros en fuego ni los disparos de los rifles habrían tenido poder suficiente para dividir a la manada si no hubiera existido el obstáculo constituido por el montón de búfalos muertos, que eran los que marchaban al frente del grueso de aquel verdadero ejército.
¡Qué animales más grandes y hermosos eran! Algunos de ellos tenían los lomos y las enormes cabezas cubiertas de una crin larga, espesa, negra.
Los cuartos traseros los tenían leonados. Algunos de los trabajadores aprovecharon la ocasión de poseer pieles de búfalo, y yo me puse de acuerdo con dos de ellos, que decían que estaban desollando diversos cadáveres con el fin de que pudiéramos llevar la carne con nosotros, para que me proporcionaran dos de aquellas hermosas pieles.
—Creo que los búfalos han debido causar grandes destrozos en nuestra línea telegráfica —dijo Lowden.
—Las reparaciones requerirán el empleo de más de dos días de trabajo, según supongo —contestó Shaw.
—Tengo esperanzas de que se nos ordene quedarnos atrás para volver a colocar los postes derribados —dije.— —¡Hum! —exclamó Shaw mientras negaba con un movimiento de cabeza El jefe querrá que marchemos al frente de la expedición.
—Veo que el alambre del telégrafo no solamente ha sido arrancado, sino que ha desaparecido también —observó Darnell.
—Sí, y debe de estar lo menos... en Jericó a estas horas.
—Habrás querido decir en Wyoming, compañero. Tenemos una mañana hermosa y clara. Esa roca de la Chimenea se ve perfectamente. Wayne, ¿a qué distancia de nostros se encuentra?
—¡No me lo preguntes! —respondí—. Parece que está a unas cinco millas.
—¡Infiernos! Está ahora más lejos que hace diez días —exclamó Jack burlonamente.
Liligh dejó en aquel lugar a los hombres de tres de los carros para que hicieran las reparaciones necesarias, y para que terminaran de preparar la carne de búfalo que habíamos de llevar. El resto de nosotros recibió órdenes de prepararse para la marcha.
—Anoche sucedió una cosa muy pintoresca —me dijo Darnell—. Sucedió cuando tú estabas acostado y dormido. Todos los demás lo oímos, y nos regocijó mucho. Creighton vino aquí en busca de Liligh, y cuando lo encontró, le dijo a gritos:
»—Liligh, reúna varios hombres, y vaya a ver cuántos postes se hallan derribados.
»Liligh estaba sentado junto al fuego, ahí abajo, tan cansado como un perro, como podía apreciarse fácilmente, y al oír la voz del jefe se puso en pie de un salto.
»—¿Para qué demonios, jefe? respondió—. No habrá ahora más postes derribados que mañana por la mañana, y es posible que mañana haya más que ahora.
»—Necesito saber cuántos son —gritó el jefe con enfado.
n-Pero,-señor Creighton, no comprendo cómo podremos verlo de noche —dijo Liligh con calma y frialdad—. No me atrevería a ordenar a los hombres que vayan a trabajar en la oscuridad. Amo mucho mi vida.
—He contratado a usted y hasta el último de los hombres para que trabajen a cualquier hora del día o de la noche, siempre que sea necesario —continuó el jefe, que se había encolerizado—. Cuando hayamos llegado más adelante en el camino que seguimos, no habrá descanso de ninguna clase de noche ni de día.
»—Sí que lo habrá, jefe. Algunos de nosotros estaremos descansando tranquilamente en nuestras tumbas de la solitaria pradera.
»Y esto debió de impresionar al jefe, puesto que emitió una exclamación, miró a Liligh como si hubiera enloquecido y regresó a su carro.
—Sí, Tom, el jefe es un negrero —afirmé categóricamente—. Pero creo que tiene una visión de las cosas que no poseemos ninguno de nosotros. Es necesario un hombre como él para realizar un trabajo como éste.
—¡Sí! El jefe es un gran hombre —replicó Darnell.
Cuando empezamos a marchar, nuestros carros se extendieron sobre la pradera. Había mucho trabajo que realizar y, efectivamente, lo realizábamos. Encontramos grupos diseminados de búfalos, que marchaban lentamente, que no nos prestaban atención y que continuaban su camino.
Eran, sin duda, algunos ejemplares perdidos de la gran manada de la noche precedente.
El observar aquellos extraviados animales me resultó muy interesante.
Tom y yo íbamos en el último de los carros, y mientras Tom continuaba la marcha, deteniéndose ante cada uno de los postes, yo descendía del vehícu-lo y clavaba los agudos espigones en la parte inferior de los maderos. Vi en más de una ocasión que algún búfalo se detenía ante uno de los postes y lo miraba con curiosidad. Y al ver más de una vez que un búfalo se frotaba los lomos contra otro de los postes, recordé que detrás de nosotros habíamos dejado una .parte de la caravana para que hiciera reparaciones, lo que me tranquilizó. Sabía perfectamente que el aire misterioso de Shaw y la sonrisa de Lowden significaban que habíamos de averiguar aún algo más acerca de los búfalos.
El trabajo progresaba día a día a lo largo de aquella extensión; comenzábamos a aproximarnos a la roca de la Chimenea. Hasta entonces, habíamos marchado cuesta arriba en la pradera, pero la pendiente comenzaba a hacerse casi inapreciable. Empleé muchos momentos en mirar a la alta y estrecha roca que constituía uno de los mojones del camino de Oregón, y pensé en otro mojón, la roca de la Independencia, que habíamos de encontrar en el camino de Wyoming.
Todos los días nos cruzábamos con grupos diseminados de búfalos, unas veces con más, otras con menos. Las tormentas habían cesado, o se habían interrumpido durante cierto tiempo, lo que favoreció el progreso de nuestro trabajo. El desierto adquiría un fresco color verde. Había flores por todas partes, la mayoría de ellas brillantes girasoles que parecían haber brotado como por arte de magia. El agua abundaba todavía en los pantanos, y apenas pasaba un día en que no hubiéramos de vadear algún arroyo. Pero toda la región aparecía desprovista de vida, con excepción de los búfalos.
Cierto día, estando próxima la hora del crepúsculo, Liligh nos ordenó que acampásemos cerca de un pequeño lago que las lluvias habían formado.
Puesto que la cena no estaba dispuesta todavía, decidí alejarme un poco del terreno para observar los búfalos a través de mis gemelos. Me horroricé al ver que estaban haciendo considerables estragos en nuestra instalación de postes. Y vi que estos animales los derribaban en su camino en dirección a nosotros, o cuando se detenían para pastar.
Su procedimiento favorito parecía consistir en apoyarse en el poste y rozarse los lomos contra los afilados clavos que yo había colocado laboriosamente en las maderas a lo largo de días y más días, de semanas y más semanas de interminable labor. Algún enorme y peludo búfalo solía acercarse al poste y mirar hacia arriba, como si se dijera: «Bueno; vamos a ver qué es esto.» Y luego, comenzaba a rascarse contra el poste. Las agudas piezas de hierro le rozaban el lomo, y el descubrimiento semejaba llenarle de satisfacción. Los búfalos tenían una espesa capa de barro endurecido sobre los lomos y el contacto con los hierros les producía placer, se convertía para ellos en una delicia.
Me era posible ver cómo el polvo volaba de sus pieles. Cuando uno de aquellos enormes animales estaba frotándose y gozando con ello, otro tan grande como él lo observaba, e inmediatamente comenzaba también a rozarse el lomo. Los espigones estaban clavados alrededor del poste, por lo cual no era raro que hubiera tres de los peludos animales frotándose contra ellos y contra otro de los búfalos que estuviera esperando su turno. E inevitablemente, los postes terminaban por caer a tierra.
La aguda mirada de Liligh apreció muy pronto lo que sucedía, y los juramentos y las maldiciones que emitió contra los pobres animales fueron tan fuertes, que enrarecieron el aire. Envió a los vaqueros, a quienes hube de entregar los gemelos, a que recorriesen una extensión de ocho o diez millas para que estudiasen la importancia de los daños. Después, sin más razón apreciable que el deseo de encontrar consuelo en mi compañía, me arrastró hacia el carro de Creighton. El jefe estaba muy ocupado con sus operadores telegráficos.
—Lamento mucho molestarle, jefedijo Liligh—; pero los búfalos están causando daños en nuestros postes.
—¡No me moleste! —bramó Creighton—. ¿No ve que estoy ocupado?
—¡Claro que lo veo! —contestó el capataz provocativamente—. Y todos vamos a estar más ocupados que el infierno dentro de poco. La cuestión es ésta: ¿qué vamos a hacer?
—¿Hacer?¡Cielo santo! Hacer, ¿acerca de qué? —Acerca de esos molestos búfalos.
—¿Qué vamos a hacer?¡Ahuyentarlos!
Liligh y yo permanecimos inmóviles.
—Pero ¿por qué no obedece mis órdenes? —gritó el jefe.
—¡Demonios! ¡Porque no podemos! No hay más que unos diez mil búfalos. Tendremos que permitir que continúen siguiéndonos y produciendo destrozos como hasta ahora.
—¿Qué destrozos? —preguntó Creighton con mayor indignación.
—Pues... derribar nuestros postes.
En aquel preciso momento llegó Shaw cabalgando en su caballo.
—Ven aquí, Shaw —le ordenó Creighton—. Es posible que tú puedas informarme mejor. ¿Qué es eso de los búfalos y los postes?
—Vengo en este instante de recorrer la línea replicó el vaquero lacónicamente. No sé por qué, me pareció que a Shaw le divertía la situación—. Los postes están derribados en una extensión de alrededor de veinticinco millas.
—¡Veinticinco millas! —repitió nuestro jefe con incredulidad—. ¿Por qué no se me ha informado?¡Habla, vaquero!
—Muy bien, jefe, hablaré si me permite usted interrumpirle... Hay una gran cantidad de búfalos que siguen nuestro camino y que nos han adelantado hoy. Y han derribado los postes a fuerza de frotarse los lomos contra los hierros que usted mandó a Cameron que clavase en todos ellos.
—¡Cielo misericordioso! —exclamó Creighton—. ¡Eso es una catástrofe!
¿Los búfalos rozándose los lomos, rascándose contra los postes? ¿Quién oyó jamás nada parecido? ¡Rascándose los lomos! ¡Los hierros!¡Veinticinco millas de postes derribados...!¡Dios mío...! ¿Por qué no se me ha informado?
—Ya ha sido usted informado, jefe. Le he informado yo —replicó el vaquero con increíble serenidad y sin que un solo gesto contrajese su rostro.
Creighton le miró con asombro. El rostro se le enrojeció. Cayó en el arrebato de un furor extraordinario, y sus primeros actos y palabras fueron completamente incoherentes. Comenzó a caminar con grandes zancadas de un lado para otro, y todo el mundo se apartó de su paso. Después, sus palabras se hicieron lo suficientemente claras para que todos pudiéramos comprender su significado.
—¡Veinticinco millas de postes derribados...! ¡Seis días de trabajo para todos mis hombres...! Y todo porque los búfalos..., los búfalos querían rascarse los lomos... Y todo porque yo...,¡yo!, ordené que se clavaran unos hierros en los postes...¡Ja, ja, ja!¡Qué gran ingeniero soy!¡Qué gran constructor! Debería obligárseme a no hacer otra cosa que cavar hoyos...¡Esto es el colmo!¡Veinticinco millas!¡Hierros, pinchos...! Y se me dijo..., se me avisó... —Después de pronunciar estas palabras se volvió enojado hacia su espantado capataz, y gritó roncamente—:¡Liligh, pégueme una patada fuerte!
Y nuestro o jefe, vencido por el enojo, por el dolor y la vergüenza, se volvió de espaldas a Liligh, que permaneció quieto y con la boca abierta por el asombro.
—¡Jefe...! Ha perdido usted la serenidad... No puedo pegarle.
—Tendrá que hacerlo cualquier otro...! ¡Alguno que quiera castigarme...
Shaw, baje del caballo y pégueme una patada!
—Lo haré con mucho gusto —dijo lentamente Shaw, mientras sonreía de un modo lleno de éxtasis y delicia. Bajó de la silla, y dio a nuestro jefe una patada tan enérgica, que el golpe sonó como un tamborilazo. Creighton atravesó seis pies de espacio, y cayó más adelante, abierto de piernas y brazos, con el rostro hundido en el polvo.
Me estremecí al pensar en lo que podría suceder. Darnell y Lowden se oprimían los costados como para evitar el reventar de risa. El resto de los hombres se hallaba acometido por una mezcla de regocijo y de temor. Y luego Shaw se tumbó en el suelo y comenzó a dar vueltas y y a emitir aullidos con voz extraña y estrangulada. Durante un largo momento todos permanecimos paralizados. Creighton se puso trabajosamente en pie.
Estaba cubierto de polvo y suciedad de pies a cabeza. Se quitó el polvo del sudoroso rostro con un gesto fiero.
—¡Tú, vaquero infernal! —atronó—. ¡No te ordené que me matases!¡Quedas despedido!
Shaw se sentó en el suelo, y después de esperar un momento para serenarse, dijo con voz baja y ronca: —Usted mismo me mandó que lo hiciera, jefe...
—¡Sí..., pero te has aprovechado de mi confusión y de mi enojo! —replicó coléricamente nuestro jefe. Comenzaba a recobrar la calma, y resultaba evidente que estaba arrepentido de su arrebato.
Shaw se puso lentamente en pie.
Muy bien, jefe; estoy despedido. Y esto demuestra que usted, por primera vez, ha sentido miedo.
—¿Yo, miedo? —gritó Creighton.
—Sí, usted, jefe. Y es una cosa muy poco conveniente, muy mala, porque, ¿cómo demonios va usted a concluir su trabajo sin mi ayuda?
—¡Váyanse todos de mi vista, idiotas! —vociferó nuestro jefe como si no pudiera soportar ni un instante más nuestra presencia—. ¡Todos menos tú, Shaw! Ven conmigo. Tenemos que hablar.
—¡Ah! —exclamó el vaquero mientras hacía uno de sus burlones gestos—. Ahora es cuando vuelve usted a ser nuestro jefe. No tengo inconveniente en acompañarle. Y después de oír estas palabras, Creighton colocó un brazo sobre los hombros del vaquero y lo condujo a otro sitio.


XI
La tan anhelada roca de la Chimenea se elevaba, al fin, sobre nosotros.
Desde un campamento a unas cinco millas de distancia, vi la roca bajo la luz del crepúsculo, alta, brillaste, rojiza en las alturas y dorada en la base.
Al cabo de tantas semanas, que me habían parecido años, de llanura lisa y estéril, había un algo consolador y libertador en la presencia de aquella mole.
A la mañana siguiente, envuelta en la transparente atmósfera del alba, la vi como un gran centinela blanco que indicase a los viajeros que se acercasen a su cobijo y a la pureza del agua que había a su pie. Aquel día recorrimos las cinco millas de terreno en que instalamos postes telegráficos en un estado de ánimo que tenía e] carácter de una solemnidad, ya que fue un día en que pudimos olvidar las amarguras del duro trabajo.
La forma de la roca de la Chimenea era impresionante, aun vista bajo su sombra era un cono de naturaleza volcánica, de piedra gris, que se extendía sesgadamente hacia la cima, de la cual brotaba la alta saeta de roca que daba al conjunto su nombre. No era improbable que la singular impresión que la roca de la 'Chimenea causaba a los comerciantes, los tramperos y los emigrantes tuviera por origen más lo que representaba que su esplendor como fenómeno físico. Cuando desde lejos la divisaban los viajeros que se dirigían hacia el Oeste, sabían que su proximidad significaba para ellos el fin de las llanuras áridas y el principio de los serpenteantes caminos pendientes a través de la áspera comarca que conducía a las Rocosas.
Acampamos a su sombra mediada la tarde de un día que se había distinguido por el cielo cubierto de nubes y por la agradable temperatura.
Nuestro campamento era pequeño, y el número de los hombres que lo integraban era relativamente reducido. Creighton había partido de caza con algunos de sus hombres. Fue aquélla la primera ve en que vi que se tomase algunas horas para su recreo. Shaw y Lowden se habían ausentado, sin duda para subir a las alturas y contemplar desde allí el panorama. Darnell se entregaba a la realización de diversos trabajos en nuestro carro. Se había mostrado más tranquilo y reflexivo desde que comenzamos a acercarnos a las altas tierras de Wyoming. Yo había cesado hacía mucho tiempo de percibir su incansable vigilancia sobre mí. Esta vigilancia me irritó en los primeros momentos, mas he de reconocer que con ella me salvó de importantes peligros en diversas ocasiones. Desde entonces, comencé a considerarla bajo un aspecto diferente. Liligh estaba encargado de la dirección del campamento juntamente con Edney, Houser, Bob Wainwright y Cliff Nelson. Otro grupo de hombres se había alejado con un carro para tender un rollo de alambre a lo largo del camino.
Me encontré inexplicablemente nervioso y alerta, lo que atribuí a la ausencia de Shaw y Lowden y a la pequeña cantidad de hombres que quedaban en el campamento. Y esto sucedió, sin duda, porque descubrí que un grupo de jinetes se dirigía por el camino hacia donde nos habíamos detenido.
Recordé que Shaw me había dicho en cierta ocasión que era capaz de distinguir a primera vista si un grupo de hombres era de mala catadura, aun cuando se hallase a larga distancia. No era en virtud de una sencilla casualidad por lo que los bandidos de la frontera llevaban ropas oscuras y oscuros caballos. En aquel grupo había ocho jinetes, ante los cuales avanzaban diversas bestias de carga.
No me gustó el aspecto de los que se aproximaban, pero dudé sobre si debería informar a Liligh. Cuando se encontraron cerca de nosotros, Liligh los descubrió también y se detuvo para inspeccionarlos detenidamente.
Después, me dijo serenamente que llamase a Edney, Wainwrigh y los demás hombres del campamento.
—No veo a Shaw ni a Lowden. ¿Dónde están? —me preguntó.
—Se han ido... No sé adónde, jefe —contesté.
—Lo siento. ¿Por qué demonios se alejan siempre esos diablos de vaqueros cuando los necesitamos? —dijo en tono quejoso—. Apostaría todo lo que tengo a que estos hombres que se acercan no vienen con buenas intenciones. Quienquiera que sean y cualquiera que sea su juego, el mío consiste en ganar tiempo.
Había visto muchos tipos de malvados desde que me hallaba en la frontera, pero aquel grupo era probablemente el más repulsivo de cuantos había conocido. Se detuvieron a una distancia de alrededor de setenta yardas, y algunos de ellos desmontaron para recoger las bestias de carga y unirlas al grupo. Luego, dos de los jinetes se acercaron a nosotros. Uno de ellos era un hombre fornido, de barba oscura, que llevaba un sombrero arrugado inclinado sobre el rostro, de modo que sus ojos— parecían solamente dos relámpagos oscuros entre la negrura del rostro. Lo que más me llamó la atención fue que llevase el rifle atravesado sobre el arzón y, además, dos revólveres, uno a cada costado, ambos perfectamente visibles.
Su compañero era más joven, delgado, con tipo de ranchero del Oeste, de rostro cetrino y cabello encrespado; la experiencia me dijo que era tejano.
El hombre más voluminoso se volvió en la silla y llamó a otros con una voz áspera y potente:
—Compañeros, aquí hay todavía un poco de mi madera. No la han utilizado.
Tales palabras me sorprendieron e hicieron que Liligh lanzase una maldición en voz baja. Wainwright y los otros dos hombres se adelantaron con curiosidad y, al parecer, sin inquietud por hallarse desarmados.
—¡Eh, obreros del telégrafo! —gritó el hombre de la gran barba—. ¿Dónde está vuestro jefe?
—Si se refiere usted a Creighton, está ahora ausente del campamento —respondió Liligh—. Volverá pronto. En su ausencia yo soy el que ocupa su lugar.
—Bueno, no podemos perder el tiempo en conversaciones. Hemos seguido a vuestro equipo desde Jalesburg.
—¿Sí? No nos han alcanzado muy pronto —replicó sarcásticamente Liligh—. ¿Qué quieren ustedes?
—He visto que tienen cinco carros cargados de postes y que han utilizado por lo menos otros veinte carros. Esta madera ha sido cortada de mi propiedad de Jalesburg, y vengo a cobrar su valor.
—Oiga, oiga, ¿está usted loco o borracho?
—Supongo que usted podrá comprobarlo por sí mismo, pero no importa nada mi estado. Lo que quiero es que me pague mi madera.
—¡Eso es ridículo! —replicó Liligh acaloradamente—. Esta madera ha sido cortada a muchas millas de distancia de Jalesburg; pero aunque no fuera así, nadie nos cobraría nada por ella. Jamás he oído nada parecido.
—Bien, ya ha oído usted lo que he dicho. No me importa lo que piense usted —añadió el otro sombríamente—. Le requiero a que me pague mi madera. Y no quiero perder más tiempo en conversaciones.
—¡Ah! Entonces ¿esto es un atraco?
—Llámelo como le dé la gana, señor superintendente.
—¡Ja, ja! Es una nueva clase de atraco. Nos acusa de robar madera en las llanuras, donde no existe la propiedad... ¡Esto es el colmo!
El hombre de la barba negra inspeccionó a Liligh durante varios instantes y luego se volvió hacia los otros hombres; después, paseó la mirada por nuestro campamento.
—Entréganos cinco mil dólares inmediatamente —ordenó a Liligh con voz ronca.
Liligh estuvo a punto de ahogarse al intentar escupir una masa de tabaco de mascar, replicar y maldecir al mismo tiempo. Muy pronto se dio cuenta de la realidad de la situación, que era francamente desagradable. El hombre que acompañaba al que había hablado tenía un rifle sobre el arzón, y una rápida mirada llevó a nuestro capataz el convencimiento de que lo mismo sucedía con los restantes hombres de la cuadrilla. No podía abrigarse ni siquiera la más ligera de las dudas respecto a que los componentes de la partida no vacilarían en acudir a las armas de fuego para respaldar su petición.
No bastaba el valor de Liligh para resolver la situación, ni era posible ponerlo en duda. Liligh lucharía con valor en el caso de que fuese preciso ; pero era evidente que los hombres nos superaban en número y que, además, estaban armados, en tanto que nosotros no lo estábamos. Liligh era el director del campamento en ausencia de Creighton, e indudablemente conocía el lugar en que nuestro dirigente guardaba el dinero. Creighton habría preferido acceder a las demandas de los bandidos antes que permitir que alguno de nosotros fuera lesionado. El dinero era lo que menos importancia tenía en aquel grupo de los constructores del telégrafo de la Western Unión. Y sin embargo, la píldora era muy dura de tragar para Liligh.
—No me engañáis —respondió con irritación—. Sé que sois unos bandidos. No tenéis más derechos que cualquiera otra persona sobre esas maderas y, desde luego, mucho menos que nosotros, que nos hemos tomado el trabajo de cortarlas y transportarlas. ¿Qué pasa ría si me negase a entregaros los cinco mil dólares?
—No sería una determinación prudente —respondió el hombre de la barba, mientras se reía ordinariamente—. Si viéramos que te dispusieses a luchar, te llenaríamos de balas antes de que tuvieras ocasión de hacernos algún daño. Lo mejor que puedes hacer es pagarnos. ¡Y pronto! Supongo que a tu jefe no le agradará ver que esos cinco carros cargados de postes se convierten en humo.
Esto pareció decidir a Liligh, que mostró su abatimiento y se inclinó como si hubiera recibido una patada en el vientre. Estaba intentando reprimir su furor. No tenía posibilidad de hacer nada para resolver la situación, ni para prolongar la discusión. Yo me había recobrado de mi estupor y, mientras me entregaba al más profundo enojo, daba vueltas y más vueltas en la imaginación a la conveniencia de aprovechar alguna ocasión afortunada para atacar a los malhechores. Determiné que, en el caso de que fuéramos robados, dispararía un rifle contra aquellos hombres en el momento que emprendiesen la retirada.
Pero en el momento en que Liligh se rendía, con el rostro blanco y echando espuma por la boca, llegó hasta nosotros un rápido y creciente sonido de pisadas de caballos que provenía de detrás de nuestro carro, y repentinamente arribaron al lugar Shaw y Lowden, y detuvieron a nuestro lado los caballos, tan repentinamente, que levantaron una lluvia de piedras y tierra.
Vi que el más delgado de los jinetes daba un salto violento y le oí que decía al hombre fornido:
—Bill, aquí está tu viejo amigo, el vaquero Shaw. Ya te advertí que tuvieras cuidado con este asunto. Ahora, tú verás lo que haces...
Shaw pareció comprender la totalidad de la situación por medio de una rápida ojeada.
—Liligh, ¿qué demonios sucede? —preguntó con voz fría.
—Es un atraco, Shaw. Este hombre dice que hemos cortado madera para los postes de un terreno de su propiedad, y pide cinco mil dólares por ella.
Quiere que le entreguemos el dinero en el acto, y amenaza con tirotear— nos si no lo hacemos. Es el robo más escandaloso que jamás he conocido.
Shaw tenía la cabeza vuelta hacia los dos jinetes. Sólo me era posible ver su perfil, que se destacaba limpiamente ante la luz dorada, pero pude comprender la intensidad y la expresión de su mirada al ver el efecto que producía a los dos bandidos. Ambos estaban sentados en las sillas, inmóviles, con los rifles cruzados entre los arzones y con el aspecto de un algo terrible y amenazador que hubiera brotado repentinamente, como un rayo, en la calma de un cielo claro.
—¡Hola, Bill Peffer! —gritó el vaquero con una voz que me estremeció—.
Dicen que no has sido capaz de aprender nada nuevo... Y aquí estás robando, como siempre. Pero esta vez no has traído los hierros de marcar las reses...
—Esa madera es mía... y quiero que me la paguen...
¡Claro que sí! Te la pagaremos en seguida. Pero no será en dinero, ¡ladrón de vacas!
A estas palabras siguió un instante preñado de ansiedad y de tensión, que me recordó los momentos de calma que precedieron a la tormenta de unos días antes. Lowden, que estaba situado a espaldas de Shaw, se deslizó del caballo abajo. Lo vi de reojo, puesto que no me fue posible separar la mirada de los dos protagonistas principales de aquel inesperado drama.
—Vance, ¿conoces a este hombre —preguntó Liligh—. Me parece que le hablas de una manera familiar...
—¡Conocerlo! ¡Claro que sí! —contestó el vaquero con dureza—. Es un forajido. Lo llevé a la cárcel en Brownsville por robar ganado. Se escapó de la cárcel y mató a nuestro sheriff..., y aquí vuelvo a encontrarlo, camino de Wyoming.
—¡Alto! ¡Espera un momento, vaquero! —exclamó Liligh, en tanto que levantaba una mano—. Creighton preferirá que entreguemos a este hombre el dinero que exige antes que permitir que uno de nosotros corra el riesgo de ser herido.
Pero Shaw no se dio por enterado de estas palabras; si hubiéramos de juzgar por la fría y amenazadora mirada que dirigió al bandido, podríamos decir que ni siquiera _ las oyó.
—Peffer, hay una cosa que no puedo aceptar de la vida de los ranchos: que se detenga y encarcele a los bandidos, en lugar de matarlos en el acto.
Debería haberlo hecho contigo cuando tuve ocasión de hacerlo.
—Shaw, no comencemos a resucitar viejas cuestiones. Nos iremos... —contestó Peffer roncamente, con el rostro lívido y derramando gruesas gotas de sudor. Estaba temblando de pies a cabeza, y se inclinaba y encogía sobre la silla. Su posición demostraba su irresistible tentación de agarrar rápidamente el rifle que tenía ante sí.
Rápido como un relámpago, Shaw saltó de la silla y, cuando salió de detrás del caballo, su revólver vomitaba llamas y humo. Uno de los dos jinetes lanzó un gemido mortal. No supe en aquel momento cuál de los dos.
El hombre fornido se agitó en la silla, levantó los brazos, asió el rifle y cayó con él a tierra, donde comenzó a estremecerse y se desplomó.
El segundo de los dos jinetes había iniciado una acción que fue interrumpida por el fuego de Shaw. El hombre resbaló de la silla y fue a dar en tierra como un saco vacío. El rifle cayó sobre él. No volvió a moverse. Los caballos iniciaron la huida, con lo que patearon a los dos hombres que estaban en el suelo, y en aquel mismo instante el hombre grueso se estiró violentamente, clavó las espuelas en la arena y se quedó inmóvil.
Lowden se colocó al lado de Shaw y avanzó hacia delante en tanto que disparaba con sus dos revólveres simultáneamente. Los otros dos jinetes se encontraban a cierta distancia, y sus disparos no produjeron efecto. Pero su intención y sus gritos pusieron a los otros dos hombres en furiosa acción. Volvieron grupas y unidos a los otros tres que se habían detenido tras ellos sosteniendo las riendas de las bestias de carga, iniciaron una huida a todo galope.
Todo había concluido tan rápidamente, que apenas pude percatarme de cómo había sucedido. Shaw, con la humeante arma en la mano, se aproximó a los dos hombres derribados. No prestó atención al delgado, al que dirigió sólo una mirada ligera, pero retiró el sombrero negro del moreno rostro del hombre fornido y lo miró detenidamente. Me pregunté qué pensaría Shaw en aquellos momentos. Luego, volviéndose y enfundando el revólver se aproximó a su caballo, que no se había movido pese al , ruido de los disparos.
—Jefe —dijo a Liligh—. Creo que debería haber tratado a los ladrones de madera como se trata a los ladrones de ganado.
—Sí —respondió el capataz—. Ya veo cómo lo hacéis vosotros, los tejanos. No tengo inconveniente en proceder del mismo modo cuando sea preciso, pero me gustaría que no estuvieras ausente del campamento cuando, como en este caso, pueda necesitarte. He experimentado más temor que en toda mi vida.
Cuando llegamos a los altos terrenos de Wyoming, arrastrado por mi romanticismo, supuse que nuestro trabajo habría de ser desde aquel momento muy diferente al anterior y mucho más soportable. Pero el paso a una región mucho más pintoresca, los árboles, los pájaros, los animales silvestres y la radiante coloración de la vegetación que florecía a lo largo de los arroyos; el contraste que todo esto establecía con la monotonía del desierto que abandonábamos, todo esto no contribuyó a variar nuestro trabajo ni siquiera en lo más mínimo. Fue en algunas ocasiones más duro que nunca, lo que nos llevó a un estado de agotamiento físico y mental. La línea telegráfica continuaba extendiéndose. A cada paso tropezábamos con obstáculos diferentes. Disponíamos de gran cantidad de leña y de carne fresca; pero, como contrapeso, teníamos que estar continuamente en guardia contra los posibles ataques de las tribus indias, y, además, nos veíamos obligados a encontrar postes telegráficos en una región en que no había madera para producirlos. No hallamos más compañía en nuestro avance que los jinetes del «Poney Express» procedente del Oeste. Y habría sido preferible para nosotros que aquellos jinetes no nos informasen de lo que nos informaban. La temida guerra entre los ganaderos y los vaqueros del valle Sweetwater se había convertido en una realidad, y todo lo que oíamos referente al Paso del Sur nos aportaba la convicción de que la instalación de la línea telegráfica a través suyo habría de ser más difícil y dura que en toda su restante extensión.
Los indios se mostraban a cada momento más acometedores, y sostuvimos varias reyertas contra ellos. Una noche cuando me encontraba a solas en nuestro carro, ya que los vaqueros habían salido dirigiendo a una partida de hombres que perseguía a una cuadrilla de ladrones de bueyes, sufrí una experiencia tan dolorosa como una pesadilla. Después de uno o dos días de trabajo más penoso que el habitual, me encontré, a pesar de mis deseos, dormido. No creo que fuese el ruido lo que me despertó, sino algo extraño y terrible. Estábamos en plenilunio, y la luz brillaba a través de la lona que cubría el carro. Cuando abrí los ojos, me sentí horrorizado y casi paralizado al ver la sombra de un indio que estaba inclinado sobre mi lecho con un hacha en alto. Era una imagen siniestra y terrible. Acaso mi violento estremecimiento y mi salto fueron solamente instintivos, mas, como quiera que fuesen, cuando me deslicé del lecho, el hacha descendió sobre mi almohada, en el lugar en que había tenido apoyada la cabeza. Con la velocidad del rayo pude echar mano del revólver y disparar contra el indio.
Mientras arrastraba al exterior el cuerpo inerte y me estremecía al notar que su sangre caliente me bañaba las manos, no pude menos de mostrarme satisfecho por haber tenido la precaución de poner a mi lado el revólver en el momento de acostarme. Después de aquello, me fue imposible dormir nuevamente. Esperé el regreso de mis compañeros escondido bajo el carro, con el rifle entre las manos y mirando hacia el exterior, a través de los vanos de las ruedas, mientras escuchaba todos los ruidos de la noche.
De este modo sucedió que los días y las noches estuvieron marcados por la presencia de acontecimientos que no habían sido previstos en el programa de nuestro trabajo de construcción. Y mientras todo esto sucedía, la línea telegráfica continuaba extendiéndose día tras día, semana tras semana.
Mas cuando llegamos al río Laramie corrió de boca en boca el rumor de que de nuevo habríamos de vernos detenidos, puesto que el Laramie se había desbordado. Y mientras acampábamos en las primeras y frías horas de la mañana, algunos de nuestros hombres nos comunicaron que una diligencia y cierto número de cargadores se hallaban detenidos en la otra orilla, y que la caravana de Sunderlund se encontraba en el mismo lado que nosotros, a una distancia poco mayor que a tiro de piedra del lugar en que habíamos hecho alto.
Aquella noche empleé mucho tiempo paseando de un lado para otro a la luz de las estrellas, escuchando el rumor del río y sucumbiendo gradualmente a las dulces esperanzas y a los temores que me producía el saber que me hallaba de nuevo cerca de Kit Sunderlund. Shaw y mis otros dos compañeros se habían ausentado para ir no sé adónde. Como quiera que no regresaban, pensé que lo mejor que podría hacer sería acostarme. Y así lo hice, y muy pronto caí dormido, a pesar de mis escrúpulos de conciencia.
A la mañana siguiente fuimos avisados antes del amanecer. Nuestro demoníaco conductor, nuestro osado jefe, había ordenado que cruzásemos el río Laramie. Liligh, buen conocedor de los ríos meridionales, levantó las manos con asombro y protestó acalorada e ineficazmente contra tal determinación. Aun cuando los trabajadores se hallaban tristemente resignados a hacer frente a lo que pudiera suceder, no aprecié que se hiciera oposición alguna al cumplimiento de la orden de nuestro jefe.
Después del desayuno, mientras Tom y Jack preparaban los bueyes y los caballos, Shaw fue conmigo a echar un vistazo al río. Nos habíamos aproximado al campamento de Sunderlund, y el ruido y la actividad nos revelaron que la llegada de Creighton, con sus hombres y sus soldados, había animado a Sunderlund a cruzar el río también. Su manada de ganado no era tan numerosa como anteriormente, y la cantidad de novillos de Texas no era sino una sombra de lo que había sido.
Inmediatamente nos encontramos en la orilla del Laramie. No sé cuál sería el nivel del agua en condiciones normales, mas en aquellos momentos el río estaba lleno de orilla a orilla de agua rápida y fangosa, y corría for-mando remolinos y gorgoteando, lleno de maderas y ramas. Era más estrecho de lo que yo había supuesto. La orilla en que nos hallábamos se hundía bruscamente en eI agua y parecía 'como si, al otro lado, a cierta distancia, la corriente se ensanchase y se arrastrase sobre lo que debía de ser barras de tierra situadas a corta profundidad, ya que veíamos asomar sobre el agua raíces y troncos, matas y sauces. Veíamos, también, columnas de humo azul y carros en la otra orilla, y bueyes y mulas que pastaban.
—Está creciendo —dijo Shaw, después de haber observado el río—. Creo que deberemos cruzarlo pronto.
Probablemente, éste es uno de esos ríos que crecen después de cada tormenta que se desencadena en la parte alta. En Texas vi una vez un muro de agua de diez pies de altura, que avanzó desde un recodo y cayó sobre todos nosotros, lo mismo vaqueros que animales, y nos arrastró antes de que pudiéramos cruzar el río.
—Yo diría que el cruzar este río debe de ser terriblemente peligroso, Vance —dije meditabundo.
—¿Peligroso? ¡Sí, diablos! ¡Claro que lo es! ¿Todavía no te has acostumbrado a los peligros? Pero jamás he visto mulas o bueyes que no sepan nadar. De vez en cuando suele haber una vaca o un ternero que no sepan, y que caen bajo el agua. El peligro mayor consiste en la rapidez de la corriente, que podría arrastrar los canos hasta más allá de donde sea fácil poder llevarlos a tierra.
Mientras estábamos estudiando la situación y charlando, Liligh se aproximó a nosotros acompañado de Wainwright y Edney.
—¿Qué opinas, Vance? —preguntó el capataz.
—Pues que... que vamos a cruzar el río, jefe; esto es todo —respondió lentamente Shaw—. Pero es posible que los hombres de Sunderlund tropiecen con grandes dificultades. Creo que necesitará que le ayudemos.
—Sí. Sunderlund ha pedido a Creighton que le ayudemos. Y Creighton le ha preguntado que cómo podríamos arreglárnoslas para trasladar a la otra orilla todos sus canos, sus equipajes, sus novillos y todo lo demás...
¡Como si no tuviéramos bastantes dificultades con lo nuestro!
—Podríamos hacerlo. Sugiero que vayamos río arriba hasta encontrar un lugar en que sea fácil iniciar la travesía de modo que al arrastrarnos la corriente nos traiga hasta este sitio, donde la profundidad es pequeña. Voy a ir con Jack a caballo, para ver dónde y a qué profundidad encontramos tierra firme. La corriente es muy rápida. Pero, hagamos lo que hagamos, hemos de hacerlo pronto. Y recomiendo a Sunderlund que siga nuestro ejemplo.
No había transcurrido aún una hora cuando los carros se dirigieron río arriba hasta un punto situado a unos centenares de yardas del lugar en que Sunderlund había acampado y donde los hombres se reunieron en espera de órdenes. Cuando Tom y yo llegamos, nos encontramos en el corazón de la caravana y a una distancia no muy grande de la orilla del río.
Rompió en cierto modo mi tranquilidad el saber que estábamos rodeados de muchos de los carros que componían la caravana de Sunderlund. Sin embargo, resistí la tentación de mirar a mi alrededor y centré la atención en el río. En el lugar en que los carros se habían congregado, el ganado de Sunderlund fue llevado hasta la orilla, hasta una cuña de tierra que se introducía en el agua.
Debía de haber alrededor de doce hombres a caballo, a los lados y detrás del ganado, sin contar a Shaw y Lowden, que se encontraban en la parte más avanzada de la cuña. Resultaba evidente que nuestros vaqueros iban a encargarse de dirigir la operación de vadear el río. El ganado no parecía estar asustado.
Cuando comenzaron los empujones y los gritos detrás de la manada de reses, las que se hallaban delante avanzaron y se introdujeron en el río, seguidas de las restantes. Se amontonaban, resbalaban y chapoteaban el agua a su alrededor, y muchas de ellas desaparecieron de la vista, aunque muy pronto volvieron a asomar las narices fuera del agua. Lowden avanzaba con su caballo al frente de las reses y Shaw le seguía a corta distancia.
Me enderecé en el asiento de nuestro boyero para poder ver mejor la escena. Aun cuando ya estaba habituado a los peligros, no me fue posible dominar mi agitación. Antes de que la retaguardia del ganado hubiera llegado el agua, los primeros animales se hallaban en el centro del río, precisamente debajo del lugar en que me encontraba. La corriente fluía con gran rapidez. Los vaqueros continuaron gritando y empujando a las reses, y muy pronto todo el ganado estuvo en el agua, desordenadamente, deshecho el grupo inicial en forma de cuña, pero resistiendo valientemente la corriente.
Era, verdaderamente, un espectáculo hermoso. Vi una larga hilera de anchos cuernos que sobresalían del agua, y me sorprendí al ver lo fácil que parecía la operación. Doscientas yardas debajo de mí, Shaw y Lowden salieron del agua profunda y sus caballos pisaron tierra firme, seguidos de las primeras reses. Aquellos vaqueros estaban habituados a cruzar los ríos de tal modo.
En lo que me pareció un tiempo sorprendentemente corto, el ganado estaba vadeando la parte opuesta del río y pisaba la otra orilla; y cuando todas las reses estuvieron fuera del agua, los dos vaqueros caminaron río arriba y llegaron hasta un punto lejano, desde el que se dispusieron a regresar a nuestro lado.
Cruzar de nuevo el río, en dirección opuesta a la anterior, era una cuestión más difícil de realizar. A causa de la inclinación de la orilla de nuestro lado, los dos jinetes se veían obligados a encontrar el sitio-llano en que la vacada había abandonado la orilla. Fue emocionante el verlos, y muy satisfactorio observar que los dos vaqueros regresaban sanos y salvos después de cumplir la difícil misión.
Finalmente, resultó que el cruce del ganado se había efectuado con mayor orden y precisión del que hubo en el cruce de los carros. La excitación y el apresuramiento, el exceso de empujones y de ruidos, todo esto contribuyó a complicar las cosas. Los primeros carros que debían iniciar la marcha partieron con precipitación; los enormes carromatos se inclinaron, y la doble pareja de bueyes desapareció de la vista. Los carros que se utilizaban corno dormitorios se sumergieron hasta un par de pies, y volvieron a ponerse a flote completamente, con los bueyes erguidos y nadando valientemente, apremiados por dos hombres montados en mulas e instalados a sus lados. No pareció haber dificultad.
—Ove, compañero —dijo Darnell—. No tengo tanta confianza en mis bueyes. Me han dado mucho trabajo otras veces en el agua, y creo que deberías coger mi caballo y marchar con él a mi lado, de modo que en el caso de que los bueyes se atasquen o se ahoguen, me sea posible agarrarme a la cola del caballo para que me arrastre hasta la orilla. No, no me mires de ese modo, Wayne. Mi caballo se porta muy bien en el agua, y es posible que no corramos ningún peligro en realidad. Pero no tengo confianza en los bueyes ni en el carro. Este mismo es el punto de vista de Creighton, y estamos obligados a hacer todo lo posible por salir con bien de la empresa.
—Perfectamente, Tom. No me regocija esta perspectiva, pero...
Me dirigí a la parte posterior del carro, desaté el caballo de Tom y enrollando la cuerda a medida que el animal se acercaba, monté desde el vehículo en la silla. Me daba perfecta cuenta de la emoción que me oprimía el pecho y de los angustiosos latidos de mi corazón.
Había montado muchas veces aquel hermoso caballo bayo, estaba acostumbrado a su fogosidad y me sentía satisfecho de que el animal me hubiera tomado cariño. Era grande y fuerte, y por lo que de él dependiese, no albergaba dudas respecto a mi seguridad; pero temía la situación que se presentaba y a la que no sabía cómo hacer frente. De todos modos, pensé que aquello era un género diferente de aventura, y que si había salido con bien de todas las anteriores, algunas de ellas mucho más peligrosas, todo lo que necesitaba era serenidad y rapidez de pensamiento para poder terminar triunfalmente aquélla.
Seguí al carro cuando éste se dirigió lentamente hacia el lugar en que debía abandonar la tierra para meterse en el agua. La escena se llenaba de ruido y confusión. Las muchas ruedas y los muchos cascos de animales que siguieron aquel camino anteriormente habían trazado una profunda huella que disminuía la inclinación del terreno, hasta el punto que la entrada en el río se hacía mucho más fácil que para los primeros vehículos.
Al ocupar mi puesto a la derecha de Tom, había tres carros delante de nosotros, los cuales se hallaban a punto de dejar el terreno firme separados por una distancia de doce yardas aproximadamente. Algunas de las parejas de bueyes no necesitaban ser aguijoneadas para entrar en el agua, en tanto que se hacía preciso apalear a otras para que lo hicieran.
Cuando dicho trío comenzó a ponerse en marcha, el espectáculo fue digno de presenciarse. Los pesados carros empujaban a los bueyes hacia el río y, como en el primer caso, la parte delantera del vehículo, en la que se hallaba el asiento del conductor, se sumergía en el agua y salpicaba a su alrededor. Durante unos instantes, contuve la respiración. Pero los bueyes salieron a la superficie nuevamente. Y los carros se mantuvieron a flote. Las narices y los cuernos de los animales sobresalían por encima de la corriente, rápida y revuelta. Los conductores abandonaron las riendas, y dejaron de vocear. Luego, la rápida corriente arrastraba los vehículos y los llevaba río abajo con una velocidad mayor que la que utilizaban para cruzarlo.
Delante de ellos, flotando parcialmente en una larga inclinación del terreno, se hallaban otros carros de viaje, algunos agrupados estrechamente y otros más separados de los restantes. Todos luchaban por alcanzar el sitio en que la profundidad del río era menor. Por lo que me fue posible apreciar, no habían sufrido contratiempo alguno.
Edney, Wainwright y Herb Lane se habían situado al lado de Darnell.
Herb Lane dirigió unos gritos a nuestros hombres.
—Seguidme en fila —dijo—. No os aproximéis excesivamente. No es conveniente que vayamos demasiado juntos. El río está creciendo, y el agua está llena de ramas y maderas. ¡Adelante!
Uno tras otro, los grandes carros se deslizaron por la pendiente y llegaron al agua. Darnell iba el último, no muy separado de Wainwright. No me fue preciso espolear a mi caballo, que se dirigió hacia el agua al oír la llamada de Darnell, y se introdujo luego en la corriente, de la que solamente sobresalía la nariz. El agua me llegaba hasta la cintura. Experimenté cierto temor en el primer momento, mas en el instante que observé que salía a flote y que comenzaba a sacar el pecho a la superficie, mi temor se convirtió en regocijo. Aquel caballo sabía nadar y disfrutaba cuando se hallaba en el agua. Tuve que contenerle para evitar que en su avance se adelantase a Tom.
—Lo único que has de hacer es tener cuidado con las maderas —me dijo a grandes gritos Tom—. Si alguna se dirige hacia ti, inclínate y desvíate. Si tienes un poco de cuidado, podrás rehuir su encuentro.
Un momento más tarde nos hallábamos por completo en el río, más allá de la fronda de la orilla. Por lo que a nosotros se refería, no hubo dificultades de ninguna clase. Darnell había estado preocupado a causa de sus bueyes delanteros, pero ambos me pareció que se portaban de una maneta excelente. Me mantuve al nivel de Tom, a una distancia de unos treinta pies, y me sentí completamente seguro de mi caballo. Los otros tres carros de Creighton se hallaban delante de nosotros. Tras ellos, había un espacio abierto, y más atrás, avanzaban diseminados otros carros.
Mirando en la dirección que seguía la corriente, observé que ésta había aumentado y que también era mayoría cantidad de maderas y ramas que arrastraba. Miré hacia atrás y vi que los vehículos eran alineados apresuradamente para iniciar el cruce, y que los obreros y soldados que iban a pie gritaban y gesticulaban. Parecía existir una alarma mayor que anteriormente, lo que debía de obedecer al súbito crecimiento del caudal de agua del río. Llamé a Tom para hacerle estas manifestaciones, y Tom me contestó que temía que la cresta de la corriente nos alcanzase pronto y que suponía que los vehículos que no cruzasen el río en breve tiempo habrían de tropezar con graves dificultades e inconvenientes.
Los cargamentos de postes de Creighton se alineaban en la orilla, listos para iniciar la travesía tan pronto como se presentara la ocasión, y detrás de ellos había una masa de bueyes y carros, entre los que se hallaban los que componían la caravana de los soldados y tres o cuatro de los de Creighton. El resto, que era el más numeroso, pertenecía a la caravana de Sunderlund.
—¡Cuidado con ese árbol flotante! —gritó Tom—. Algunas de sus ramas deben de estar debajo del agua. Y si te enganchases en ellas..., ¡adiós, Wayne!
Era un árbol pequeño, aparentemente muerto, puesto que tenía las ramas desnudas de hojas, que corría dando vueltas y más vueltas impulsado por la corriente. Pasó muy cerca de mí, y se detuvo un momento, porque, sin duda, una de las ramas había tropezado con el fondo, lo que nos dio tiempo suficiente para que Tom y yo nos apartásemos de su camino.
Comencé a preocuparme al pensar que acaso podría no encontrar el lugar en que la profundidad era menor, y al que nos habíamos aproximado.
Mas cuando vi que los bueyes de Herb Lane se erguían y comenzaban a caminar de una manera que evidenciaba que habían pisado tierra, me tranquilicé. Wainwright lo siguió a muy corta distancia, y cuando el carro de Edney se hallaba aproximadamente a la mitad de su recorrido sobre el banco de arena, los bueyes delanteros del vehículo de Tom se hundieron en el agua, se elevaron, volvieron a sumergirse, clavaron las pezuñas en la arena y, por medio de un violento esfuerzo, arrastraron la segunda pareja de bueyes y el carro fuera de la profundidad del agua. Mi caballo pisó terreno firme unos instantes después, y anunció el hecho con un resoplido de satisfacción.
Salimos del río. Una vez en la orilla, Darnell detuvo los bueyes para concederles un instante de descanso y para mirar atrás.
—¡Bonito espectáculo! ¿Verdad, Wayne? —dijo a voces—. Si todo ese conjunto de carros consigue cruzar el río sin sufrir accidentes, será un milagro. No comprendo cómo los carreteros de Sunderlund pueden ser tan inexpertos después de su larga caminata a través de Texas; pero lo son, no hay duda. Acaso no hayan tropezado todavía con ríos crecidos como los que Shaw nos ha dicho...
—Sí, Tom, es un espectáculo hermoso respondí mientras observaba la escena. Lo que me sorprendió fue el silencio que reinaba entre los carros que se acercaban, silencio que contrastaba con el bullicio de su partida. Al otro lado, en la orilla, sin embargo, donde me pareció que los carros y las caballerías se reunían en un grupo demasiado cerrado e iniciaban la marcha con apresuramiento, se producía un ruidoso murmullo de roncas voces que me era posible percibir a pesar de la larga distancia que nos separaba.
—Bueno, compañero, tengo que marcharme de aquí —dijo Tom mientras cogía las riendas—. Ese carro que viene delante, me atropellaría si no lo hiciera.
—Me parece muy probable, Tom —respondí—. Vete. Pero ¿qué debo hacer yo?
—Creo que lo mejor de todo será que te quedes allá, abajo, en el banco de arena. Es posible que tengas necesidad de ayudar a alguien. No te preocupes por Pies Alados. Ese caballo tiene algo de pato, y no te pondrá en ningún aprieto.
Cuando Tom comenzó a recorrer la borrosa senda en dirección al bosquecillo y cuando el siguiente carro hubo vadeado hasta llegar a la orilla, descendí al nivel del agua y caminé a lo largo del banco de arena hasta llegar donde la profundidad era mayor y comenzaba la rapidez de la corriente. No me era posible comprender que ayuda podría prestar en el caso de que algún vehículo fuese arrastrado por la turbulenta corriente más allá de este punto, pero deseaba intentar hacer todo lo que estuviera en mi mano.
Era una posición excelente para observar desde ella el desfile que se dirigía hacia el río. Desde allí pude apreciar que el río había crecido un pie o dos, acaso, desde que comenzamos la travesía. Los diversos troncos de árboles que habían estado detenidos sobre el banco de arena se habían alejado flotando, y el agua llegaba hasta un punto más alto de los sauces y los hierbajos. Y había mayor cantidad de maderas y de 'ramas que anteriormente.
Pude ver un árbol muy grande, un algodonero a juzgar por su follaje, que se arrastraba por el centro de la corriente río arriba, más allá del punto de partida de los carros. Me parecía muy probable que los conductores pudieran rehuir un choque contra tan peligroso obstáculo. Uno a uno, los carros descendían, llegaban hasta el banco de arena y se perdían en la otra orilla, tras el ramaje. Luego, comenzaron a iniciar la travesía de dos en dos y de tres en tres.
Unos momentos más tarde, parecía que los últimos carros habían abandonado ya la orilla. Sobre la superficie del agua veíase una flotilla de blancas lonas que se deslizaban lentamente. Era un espectáculo hermoso.
A mi imaginación acudió el recuerdo de los primeros exploradores de aquel desconocido Oeste, quienes no tuvieron precedente alguno en que guiarse.
Hallándose en el río todos los carros restantes, que serían alrededor de treinta o cuarenta, el ruido y la algarabía que señalaron nuestro éxodo habían cesado. Solamente se oía de vez en cuando algún grito o un tiro de pistola aislados. Desde mi punto de observación pude ver un grupo de espectadores, algunos de ellos indios montados a caballo, profundamente abstraídos en el espectáculo.
Al mirar de nuevo hacia el río, pude observar que el enorme tronco de árbol se hallaba exactamente en el centro de los carros. El tronco chocó de refilón contra algunos de los vehículos y, afortunadamente, se desvió. Una vez, una pareja de soldados, caballeros sobre unas mulas, asió este obstáculo y lo retuvo hasta el momento en que se hubo alejado de su camino el carro para el que había constituido una amenaza. Pero este acto entrañó un peligro para el carro que marchaba detrás de aquel y para el otro que estaba situado en la parte exterior del grupo. Este carro era arrastrado por cuatro bueyes que no parecían soportar bien los embates de la corriente.
Exactamente en aquel instante se produjo una colisión entre los carros que iban detrás y se hallaban más próximos _ a la orilla. Los soldados montados y otros hombres se dirigieron presurosamente hacia el lugar en que se había producido el accidente, con el fin de ayudar a los conductores a desenredar sus bueyes. La situación me pareció muy mala, pero calculé que el lío de carros y bueyes podría llegar hasta el banco de arena, con más o menos dificultades, lo mismo si el enredo se deshacía antes que si no.
El pequeño carro que avanzaba en la parte exterior del grupo no pudo evitar el choque contra el gran tronco de árbol, que fue a golpear contra las ruedas. Vi que el extremo del árbol se levantaba detrás del carro, lo que sirvió para indicarme su longitud, y supuse que su peso obligaría al carro a desviarse, con lo que el tronco continuaría su marcha. Pero no sucedió así.
El carro se encontraba ya al nivel del lugar en que debía, unos metros más, adelante, tomar tierra en el banco de arena. Unos instantes más tarde, en el caso de que no pudiera librarse del obstáculo, habría sido arrastrado hasta un punto en que no podría alcanzar el banco de arena.
Espoleé a Pies Alados para que se introdujera en el lecho del río, y el caballo caminó hasta el punto en que la profundidad fue mayor que su altura. No sabía lo que debería hacer, no siendo aproximarme al carro y auxiliar al conductor antes de que el carro fuese arrastrado por la corriente.
Cuando me hallé a poca distancia, pude apreciar que el conductor era un negro, y que tiraba desesperadamente de las riendas, mientras voceaba con gran energía. Un segundo más tarde hice el sorprendente descubrimiento de que junto al conductor negro se hallaba Kit Sunderlund, totalmente pálida y con los ojos desorbitados.
La sangre comenzó a circular atropelladamente por mis venas. Mis pensamientos se enredaron y encresparon hasta el punto que me encontré por completo desconcertado. Entonces me vio Kit y me reconoció. Comenzó a agitar las manos desesperadamente y gritó con voz dulce y atiplada algo que no me fue posible entender, mas que supuse que sería una aterrorizada petición de auxilio.
Aguijoneé de nuevo a Pies Alados y lo lancé en dirección contraria a la corriente hasta que se halló al mismo nivel que el carro y a una distancia de alrededor de cincuenta pies de él. Le obligué a girar entonces y dejé que la corriente nos arrastrase y nos aproximase gradualmente al vehículo. El par de bueyes, delantero estaba casi del todo sumergido, y los otros dos bueyes no podían hacer grandes esfuerzos por arrastrar su carga a causa del tronco de árbol que se había introducido entre las ruedas.
Hice la espantosa observación de que solamente sobresalían del agua las narices de los dos bueyes traseros y de que el frente del carro se hundía en tanto que la parte posterior quedaba levantada por el tronco. En tal posición, carro y bueyes llegaron hasta un punto situado más abajo que el banco de arena y se aproximaron al recodo.
El agua encrespada, cubierta de ondas barrosas, se extendía desde el centro del río hasta la orilla opuesta, y, naturalmente, si el carro llegaba hasta aquel punto, estaría irremisiblemente perdido. De todos modos, creía que me sería posible salvar a la joven y al conductor. El peligro estribaba para mí en el hecho de que en el caso de que me aproximara excesivamente, el caballo podría quedar aprisionado por las ramas del árbol que estaba adherido al carro. Por esta razón, decidí continuar avanzando al mismo tiempo que me acercaba al vehículo.
—¡Eh, Sambo! —grité con todas mis fuerzas—. Sal del carro, coge a la joven... y nada hasta que me sea posible recogeros. No puedo aproximarme más. Una de esas ramas podría inmovilizar el caballo.
El negro abandonó las riendas. Cuando se —puso en pie, pude ver que el agua le llegaba a las rodillas. Cuando se hallaba a punto de ayudar a la joven a saltar del carro, un tremendo golpe del tronco le obligó a caer al agua en unión de la muchacha.
Ambos se hundieron. Cuando volvieron a salir a la superficie se hallaban separados por una distancia de varios pies. Resultaba evidente que el negro no era buen nadador. Kit sabía nadar bien, lo suficientemente bien para mantenerse alejada del carro y de los bueyes y no correr el peligro de ser golpeada contra ellos; pero existía el peligro de que fuese arrojada contra las ramas del árbol, que se hallaban a muy corta distancia de ella.
Com— prendí que debía asirla inmediatamente, y espoleé a Pies Alados. Cuando me inclinaba para coger a la joven, una de las ramas osciló y estuvo a punto de alcanzarla y golpearla y hundirla nuevamente en el agua.
Pero pude agarrarla y, animando al valiente caballo a alejarse del lugar, logréesquivar el peligro de chocar contra los bueyes o el carro. Pies Alados estaba nadando a gran velocidad, cuando, de pronto, su avance se vio dificultado por algo que supuse que sería alguna rama que se hubiera enredado en las patas. Volví la cabeza y descubrí que el negro se había agarrado a la cola del caballo y que estaba colgado de ella. No me pareció mal. Y tan pronto como pude conseguir que la cabeza y el hombro de la joven se apoyasen en mis rodillas y comenzamos a encaminarnos a ja orilla alejándonos del peligro, todos mis temores desaparecieron.
Nos dirigimos hacia la orilla, aun cuando la corriente nos arrastraba hasta más allá del recodo. Oí un sordo ruido, un chapotear y vi que el árbol que obstruía el paso del carro había sido arrastrado por la corriente. El carro se enderezó y la segunda pareja de bueyes continuó nadando. Ambos se hallaban fuera de la corriente.
No podía esperarse una tan buena fortuna. Pies Alados, en tanto, pisó fondo y, con tremendo esfuerzo y un potente resoplido, comenzó a vadear.
Nos hallábamos sobre el banco de tierra, en lugar seguro. Salté a la silla, me introduje en el agua, que me llegaba hasta la cintura, y cogí en los brazos a la joven. Tenía sangre en una sien, pero no había perdido el sentido.
Cargado con ella, me dirigí a la orilla, donde la puse en pie. Aparentemente, no había sufrido ningún daño de importancia, puesto que pudo continuar erguida, sostenida por mí. Pies Alados nos siguió y el negro se estaba poniendo en aquel momento en pie. Evidentemente, no había sufrido daño.
Bajo nosotros, a cierta distancia, los fuertes bueyes arrastraban a sus ahogados compañeros y al carro hacia la orilla. Entonces noté que los animales habían pisado ya tierra firme, puesto que los anchos lomos y sus yugos sobresalían del agua, y que se dirigían instintivamente hacia la orilla.
—Sambo, hemos tenido suerte —dije—. Puedes salvar el carro. Corre a lo alto de aquel bosquecillo y busca hombres que puedan ayudarte.
Y comencé a subir la pendiente de la orilla mientras sostenía a la muchacha.
—¡Ha sido un mal trago! —dije ahogadamente—. Pero hemos podido pasarlo... ¿Está usted bien... o se encuentra herida?
—Estoy... estoy viva —murmuró débilmente en tanto que aumentaba la presión de sus manos sobre mi brazo—. Fui golpeada por algo... que me aturdió... Y tragué mucha agua... sucia y barrosa...
—¡Diablos; ¡Qué suerte que no haya sido nada más que eso! —exclamé—.
Apóyese en mí: no nada usted con facilidad...
—Creo... creo... que tendré... que descansar un poco... —murmuró; y se dejó caer sobre las rodillas.
Al inclinarse sobre ella para sostenerla, la joven se desasió de mí y se tumbó de espaldas sobre la hierba. Me arrodillé a su lado, y al bajar la mirada hacia su rostro y hacia sus hermosos ojos oscuros y dilatados que se clavaban en mí con una inexplicable expresión, me sentí acometido por el temor de que pudiera estar herida y por una extraordinaria percepción de su belleza y de su desamparo. Y, también, por la circunstancia maravillosa de que la había salvado.
—Wayne Cameron... Me... me... ha salvado usted otra vez la vida —murmuró.
—Así parece —repliqué con tanta indiferencia como me fue posible fingir—. Es pintoresca esta costumbre que tengo de andar cerca de usted siempre que se encuentra en peligro.
—¡No lo tome a broma! —me dijo en tono implorante—. Esta segunda vez... esta segunda vez... es demasiado...
—¡Oh, está usted excitada! Es natural que esté sobresaltada... Pero no se atormente, querida.
—¿Querida? —sus ojos, negros e insondables, se clavaron en mí.
—Claro que sí...! ¡Naturalmente...! —contesté con vacilaciones—. Soy una de esas personas desafortunadas que..., bueno..., jamás se curan de...
No supe cómo concluir la frase. La joven tenía la mirada fija en mí.
Evidentemente, me encontraba un poco trastornado, pero no tanto como para que no me fuera posible pensar en su estado.
—¿De qué? —preguntó con voz más fuerte que la anterior.
—¡No importa de qué! Kit, es preciso que nos vayamos de aquí. Está usted completamente mojada.
—Wayne, ¿de qué?
—Si tanto insiste usted, no tendré más remedio que decir: de los encantos absolutamente irresistibles de una mujer que piensa mal de mí.
—¡Oh, perdóneme..., por favor...! —imploró —Van-ce Shaw me visitó anoche. Y lo que me dijo..., ¡oh! , jamás lo olvidaré... ¡Me hizo sentirme tan pequeña...! Perdóneme, Wayne, y permítame que le explique...
—Bien, Kit Sunderlund, lo pensaré —repliqué con seriedad mientras le dirigía una nueva mirada—. Pero no hable más ahora. Debo llevarla a la caravana... Veamos, veamos, tiene un corte y un golpe en la sien. No-parecen cosas de importancia y tengo la seguridad de que no le dejarán cicatriz.
—¡Como si mi aspecto pudiera tener importancia de ahora en adelante! —murmuró.
—Señorita, un objeto bello es una fuente eterna de placer. No lo menosprecie usted. Ahora, permítame que la ayude a subir al caballo.
La ayudé a montar a instalarse en la silla y, después de cerciorarme de que podría mantenerse en ella, cogí la brida y, con el corazón dolorido, conduje a la joven por una senda zigzagueante entre las matas y los arbustos.
Guiado por el ruido, me fue fácil encontrar el camino hacia su caravana, en la cual hallé a Sunderlund, que había efectuado la travesía felizmente y corría, frenéticamente de un lado para otro en busca de su hija.
Corté en seco sus exageradas manifestaciones de agradecimiento y le encaminé hacia donde, sin duda alguna, Sambo estaría intentando terminar de poner a salvo su vehículo. Luego, alegre de poder hallarme a solas, conduje a Pies Alados hacia la orilla del río.
Cuando llegué allá, el último tercio de la caravana se hallaba cruzando la corriente, y estaba claro que conseguiría terminar la travesía felizmente.
Tuve una gran alegría al comprobar que los cuatro carros de Creighton cargados de postes habían llegado al lugar en que la profundidad era muy escasa. Mi primer impulso consistió en correr para averiguar cuál era en realidad el papel que yo representaba para Kit Sunderlund, pero en aquel momento encontré a Shaw y Tom. Tom me dirigió unas voces y se agarró a mi brazo. y Shaw me dedicó unos cuantos ternos en voz baja. Y entonces llegó Creighton, completamente mojado, sucio, mugriento... pero alegre.
—Cameron, lo he estado buscando. Nuestros postes han cruzado ya el río, gracias a Dios, y ésta era mi principal preocupación. No hemos sufrido ninguna baja, pero hay algunos hombres heridos y lesionados. Coja su equipo médico y vaya a auxiliarlos.
Habría sido mucho más agradable para mí, por no decir más emocionante, el continuar sentado en la parte alta de la orilla y ver cómo los carros cruzaban el río y llegaban a la orilla opuesta, que el tener que ir en busca de los heridos para atenderlos y curarlos. Pero aquéllas eran las órdenes que había recibido, y aunque no lo hubieran sido, de todos modos habría sacrificado mi sed de emociones en aras del deber. Verdaderamente, me sentí muy satisfecho de disponer de los medios necesarios para cum-plirlo.
Me ocupó hasta la noche la tarea de atender a todos los que habían resultado lesionados. Solamente un hombre estaba herido de cierta importancia, pero su herida no era grave. Casi toda la caravana de Creighton había efectuado la travesía sin sufrir pérdidas, y las de la caravana de Sunderlund no eran mucho más importantes.
El carro de la señorita Sunderlund había sido llevado a tierra sin que sufriese grandes daños materiales aquel pequeño hogar rodante de Kit. Su doncella negra había sido encontrada en el suelo del carro: estaba desmayada. La pareja delantera de bueyes se había ahogado, y resultaba en verdad sorprendente que en tales circunstancias el vehículo hubiera podido ser salvado.
Cuando terminé mi labor, regresé al mismo lugar y vi que la línea telegráfica estaba ya tendida sobre el río y amarrada a un poste. Pregunté a Darnell cómo se las habían arreglado para tender el alambre de lado a lado, y me contestó que Shaw lo había cruzado nuevamente sobre su caballo llevando consigo el de Darnell. Al llegar al otro lado ató la punta del alambre a la silla de su caballo, le dirigió una dulces palabras y montó en el de Darnell y se introdujo en el río. Su caballo lo siguió. Creighton se mostró tan complacido al ver el feliz resultado de la operación, que colocó una de sus banderitas americanas en la punta del primer poste que se erigía en el oeste del Laramie, y gritó con su estentórea voz:
—¡Adelante, hacia el Fuerte Bridger!


XII
Había comenzado a alejarme de nuestro campamento en busca del señor Creighton, cuando Vance Shaw me alcanzó. Shaw sonreía, y en sus ojos había una expresión que yo no había visto desde hacía cierto tiempo.
—Te he visto sacar hoy del río a Kit Sunderlund ¡Santa María, y qué suerte tienen algunas personas! —me dijo alegremente.
—¿Suerte? ¿Cómo puedes decir que es suerte..., a menos que quieras decir que es mala?
—Oye, Wayne, ya que me lo dices cuando han pasado tan pocos minutos desde la conversación que he tenido con esa señorita, te diré que esa suerte no puede ser más buena de lo que es —declaró el vaquero con su lento modo de hablar—. Y esto es así, porque esa altiva señorita está dispuesta a hallarse arrodillada ante ti de ahora en adelante por todas las eternidades.
—¡Es sorprendente, desde tu punto de vista!
—Hace ya mucho tiempo que en esa joven se ha operado un cambio a tu favor, compañero. Acabo de descubrir lo terriblemente enamorada que está de ti.
—No me digas esas cosas, Vance. Lo que necesito saber de una manera definitiva, es esto: ¿estás tú enamorado de ella?
—¿Yo? ¿Enamorado de ella? ¡No, diablos! afirmó Vance; y dirigió la mirada hacia la lejanía. Sus ojos parecían ver algo que estuviera más allá del horizonte... Y había tristeza en ellos.
Se produjo un silencio que duró unos breves instantes, y durante ellos comprendí cuán idiota había sido al no entender que Shaw no quería a Kit, sino a Ruby.
—Vance —dije—, te ruego que me informes de lo que has dicho a Kit.
—No me acuerdo exactamente; lo he olvidado; pero la he atormentado —contestó Vance en tanto que volvía a mirarme.
—Muy bien; entonces, no me lo digas. Pero ¿no crees que, por lo menos, debes una especie de explicación a tu inexperto amigo?
—Voy a dártela. Solamente Lowden lo sabe. Allá, en Texas, estuve tan locamente enamorado de. Kit, que podría/ decir que estuve ciego. Es posible que ella no me obligara a enamorarme, y también es posible que lo hiciera.
No lo sé. Pero en todas las ocasiones que tu sabes que he ido a verla, lo hice con toda la intención de interponerme entre ella y tú. Compréndelo: conociéndote a ti y conociéndola a ella, hice todo lo que pude por separaros, hasta que tuve la completa seguridad de que los sentimientos de Kit hacia ti eran exactamente iguales a los tuyos hacia ella... y no como los que ella me dedicó allá, en Texas. Cualquiera que sea la explicación que oigas respecto a las causas de mi salida de Texas, o como quiera que, me hayas oído expresarme respecto a esta cuestión, la verdad es ésta: salí de Texas a causa de ella.
—Todo eso me parece bien, Vance —dije pretendiendo mostrarme ingenioso—; pero ¿qué me dices de aquella noche en que la encontré en tus brazos?
—Veo, amigo yanqui, que todavía no has aprendido mucho. Haces demasiadas preguntas. De todos modos, voy a darte una respuesta.
Exactamente un segundo antes de que tú llegaras, yo había terminado de decir a Kit que, aun cuando ya no fueras un inexperto novato en lo que se refería al Oeste, eras un inexperto novato en el fondo de tu corazón. Y puesto que la muchacha te amaba, le agradó mucho lo que acababa de decirle y se arrojó en mis brazos solamente para expresarme su agradecimiento por lo que le había comunicado. Si yo hubiese sido tú, hubiera mirado aquella luna llena que se extendía sobre la pradera, y habría ido a buscar a Kit inmediatamente. Porque, mi orgulloso amigo yanqui, puedes tener a aquella altiva muchacha entre tus brazos tan pronto como lo quieras.
Me separé por completo de Shaw. Es posible que fuese una suerte para mí la tardanza en encontrar los carros de Sunderlund. Estaban a cierta distancia de nuestro campamento, situados cerca de la orilla, entre el rumor del agua. Ardía una brillante hoguera, que los negros estaban alimentando, y Sunderlund se hallaba sentado, fumando y hablando con los ganaderos.
Tanto él como sus amigos me acogieron de la manera más cordial.
—Todos podemos decir que hemos tenido mucha suerte —respondí—.
Según Creighton, éste ha sido nada más que un episodio de los muchos que nos han sucedido. Pero he venido con el fin de preguntar por la señorita Sunderlund.
—Está muy bien. Al verla, no podría sospecharse que ha estado a punto de ahogarse —repuso alegremente Sunderlund.
—Señor Cameron, ¿por qué no viene usted a comprobarlo personalmente? —dijo Kit desde el carro. Y en su voz se notaba alegría.
Avancé unos cuantos pasos hasta situarme al final del carro, y allí la vi sentada, vestida de blanco; la luz de la hoguera y la de la luna la iluminaban. A pesar de mis exagerados pensamientos acerca de Kit, a pesar de cuanto la había exaltado en mis imaginaciones, me pareció una revelación. Pero, claro es, jamás la había visto vestida de aquella manera.
—¡Oh! —exclamé—. Si es usted capaz de continuar tan hermosa..., entonces debe de hallarse perfectamente bien a pesar del chapuzón.
—¿Muy bien? —me preguntó—. Todo eso es relativo. Si lo que quiere usted decir es... que soy feliz, sí, es cierto.
—Me alegro mucho. Creí que acaso se encontraría mal a causa de su accidente. Ha sufrido usted un golpe como consecuencia del cual podría habérsele provocado una depresión nerviosa...
—¡Así ha sido! —exclamó—. Ciertamente, así ha sido. He estado esperando y esperando, creyendo que vendría usted a darme a conocer su decisión. Ya sabe a lo que me refiero: dijo usted que lo pensaría y...
—Lo haré inmediatamente, si tiene usted la bondad de ponerse un abriguito y de pasear conmigo un poco. Hace una noche hermosa, no tan fría como habitualmente, y casi tan clara como el día.
Un momento más tarde Kit salía del carro vestida con un largo abrigo oscuro y una capucha. Me cogió del brazo, y caminamos hacia la orilla del río. No hubo vacilaciones en sus pasos: Por todo ello, pensé que era una mujer muy fuerte, puesto que había pasado por un trance tan duro con gran fortaleza y compostura.
Me sentí totalmente desconcertado, porque me pareció una muchacha en absoluto desconocida por mí. Y una desconocida hermosísima, por cierto.
Su limpio perfil se destacaba nítido a la luz de la luna, y su cabello se agitaba ligeramente por efecto de la brisa. Me hubiera gustado poder comenzar a hablar, mas tan sólo me fue posible permanecer en silencio.
Adiviné que aquella hora sería una de las más importantes de mi vida y me vi obligado a sofocar mis locas fantasías con cuantos razonamientos pude hacerme.
Avanzamos hasta cierta distancia a lo largo de la orilla sin pronunciar ni una sola palabra, y nos detuvimos en un pintoresco lugar, bajo un enorme algodonero, donde un tronco de árbol derribado nos cortó el paso.
—Verdaderamente, Kit, no debería haberle permitido caminar tanto —dije con fervor—. He aquí un sitio agradable y seco, en el que puede usted sentarse.
No hizo movimiento alguno para sentarse. Cuando me incliné sobre el tronco, ella continuó inmóvil, mirándome a la luz de la luna, todavía con la mano sobre mi brazo.
—No estoy tan excitada y por lo tanto no puedo mostrarme tan valerosa como lo fui allá abajo, en el río, cuando usted me salvó —tartamudeó.
—No es preciso que sea usted tan valerosa para decirme lo que tenga que decirme —repliqué.
—Es preciso más valor del que usted supone..., al menos para mí. Es probable que no tengamos mucho qué decirnos —continuó mientras me inspeccionaba la expresión del rostro con una sostenida mirada—, pero, de todos modos, por mi parte, sí que tengo algo que decirle..., que explicarle..., y algo porqué pedirle nuevamente perdón.
—Muy bien. Si insiste usted... No tengo inconveniente en declarar que, en cierto tiempo, me habría regocijado al oírla pronunciar esas palabras.
Pero ahora no tengo nada que perdonar. Soy muy feliz pudiendo estar al lado de usted.
—No me avergüence usted con su generosidad. Hay dos razones que explicarán mi error. Durante toda mi vida he estado habituada a tratar con vaqueros. Son unos hombres amables... y rudos. Papá dice que Texas no podría haber existido sin ellos. Son grandes camorristas, como ya debe de saber usted. Y no conocen la moral. Me acostumbré a que fueran a buscarme después de haber acudido a una cita con alguna otra mujer y a que me cortejaran, a que me jurasen indeclinable fidelidad y a que me pidie-sen que me casase con ellos. Vance Shaw lo hizo con mucha frecuencia, mas a pesar de su relajación fue un hombre a quien aprecié mucho..., a quien casi llegué a querer. 'Vance es caballeroso y delicado, pero no pudo comprender mi situación. Espero que usted, Wayne, podrá comprenderla.
—Kit, la comprendo. Y creo que ha juzgado usted erróneamente a Shaw.
Pero continué, y diga lo que tenga que decir.
—Como quiera que fuese, ésta fue una de mis debilidades. La otra fue algo que no sabía que poseyese. Y es... los celos. En los primeros momentos, a primera vista, comprendí que usted era el hombre apropiado para mí. Lo relacionado con las causas de mi desdén, todo lo que a esto se refiere... son cosas que le confesaré más tarde, si tiene usted interés en oírlas. Pero estuve celosa... Cuando miré por casualidad al interior de su carro y vi a aquella muchacha de ojos grandes..., casi completamente desnuda..., y, con toda seguridad, la muchacha más hermosa que he visto en toda mi vida..., cuando la vi, me sentí dominada por una cólera terrible. Supuse que, para eterna vergüenza mía, estaría usted enamorado de aquella hermosa joven del salón de baile... Y confieso que llegue a imaginar mucho más... Anoche, Vance me hizo ver no sólo lo profundo de mi error, sino, además, que soy una gata alocadamente celosa. Fue Shaw quien siempre estuvo enamorado de ella. ¡Qué tonta he sido!
—Bien, Kit. Si eso ha servido para consolarla, me alegro mucho.
Naturalmente, Shaw se propone casarse con Ruby. Lo más sorprendente acerca de esa mujer es el modo como su desamparo y su abandono suscitó la compasión del hombre que se encierra en cada uno de nosotros. Es joven, bella, y tiene un carácter que, unido a lo triste de su situación, nos conmovió a todos. Yo habría sido capaz de hacer todo lo que hubiera sido preciso en favor de Ruby. Puedo juzgar respecto al corazón de Vance únicamente por este detalle: desde que Ruby nos abandonó, es un hombre diferente.
—Wayne, espero que usted me defenderá con tanto empeño como lo defiende a él —replicó dulcemente Kit. —Y ahora... ¿va usted a perdonarme?
Está usted perdonada desde antes de que sucediera todo esto —contesté, y le besé la mano.
—Y ahora, ¿qué?
Repetí su pregunta.
—No la comprendo.
—¿Qué fue lo que me llamó usted allá, en la orilla del río?
—¡Oh! Aquello fue sólo un error, una ofuscación... Era muy natural en aquel momento. Créame, Kit, mi situación era terriblemente desconcertante en aquel momento.
—Si fue una ofuscación... —comenzó a decir Kit.
—No quiero decir que fuese un desliz ni una ofuscación en lo que se refiere a mi sinceridad. Lo que creo es que no debí ser tan osado al dirigirme a una orgullosa belleza del Sur.
Es una palabra que estoy acostumbrada a que se me dirija en muchas ocasiones, pero siempre, o casi siempre, sin mi consentimiento y sin que haya despertado jamás en mí el sentimiento que despertó cuando la pronunció usted.
—¿Me permite que le pregunte cuál fue ese sentimiento? —dije un poco secamente, en un intento por conservar la ecuanimidad.
—Amor.
Mi respuesta fue espontánea e irreprimible:
—Es usted una rebelde encantadora.
—Si soy rebelde..., he sido vencida.
Y en aquel momento, como si nos hubiéramos puesto previamente de acuerdo, caímos uno en brazos del otro. Para mí, los besos de Kit fueron como el resumen de toda la belleza y la grandeza de aquel Oeste, y durante unos instantes perdí la noción del tiempo y del lugar, de la brillante luna que se reflejaba en el turbulento río, del murmullo del agua, de los sollozos de los coyotes, del viento que agitaba las ramas de los algodoneros. Cuando salimos de aquel dichoso e irreflexivo estado, pensé que el éxtasis que se reflejaba en el hermoso rostro de Kit era el mismo que se reflejaba en el mío.
—Querida, creo que deberíamos regresar a los carros, donde me parece que será justo que hable con tu padre y le pida su consentimiento...
—Mi padre te lo concederá, Wayne —dijo Kit con voz baja y adornada por una risa—. Ha dicho que eres un joven yanqui a quien admira. Pero, en medio de todo, ¿no sería preferible que antes me lo pidieras a mí?
—Kit, supuse que no habría necesidad de hacerlo, que de todo lo que he dicho se desprende que... te he rogado que te cases conmigo.
—No, querido. No lo he sobreentendido. A una muchacha... es preciso decírselo claramente... Te acepto, Wayne, y... y soy inexpresablemente feliz... ¡Oh! ¡Si supieras cuántas y cuántas desdichadas horas he estado despierta por la noche torturada por tu recuerdo! .. .
—No es posible que hayas sufrido más que yo... Entonces, ¿estamos prometidos?
—Ciertamente, caballero. Y quiero asegurarme de que así es. ¿Tienes un anillo?
—No, señora. Siento mucho tener que decir que no lo tengo. Y me pregunto si en este incivilizado país habrá manera de conseguir uno...
—Yo tengo uno —respondió ella dulcemente—. Era de mi madre. Llévalo puesto hasta que puedas obtener uno para mí. —Y, colocándome el anillo en mi dedo, donde se ajustaba perfectamente, continuó—: Ahora, volvamos al campamento. Yo se lo diré a papá. Tenemos mucho de que hablar.
Llegaremos muy pronto al valle Sweetwater. Querido, cuando hayas terminado tu trabajo en la Western Unión, ven a buscarme.
El Fuerte Laramie ocupaba una pintoresca y dominante posición en la parte meridional del río Laramie. Era un edificio grande, tosco aunque sólidamente construido de fuertes maderas, y poseía una torre alta y dos bastiones a sus extremos. Al dirigir por primera vez la mirada hacia el fuerte, vi que unos soldados hacían guardia en torno a los bastiones, con los rifles colgados del hombro. Unas verdes pendientes corrían hasta la orilla del río, pendientes que presentaban un hermoso contraste con la monótona pradera por; la que durante tanto tiempo habíamos viajado.
Detrás del fuerte, camino de la alta colina, había un campamento de sioux, cuyas cónicas tiendas parecían casi blancas bajo la luz del sol. Acampamos a cierta distancia del fuerte, y Sunderlund, con su gran caravana, se instaló a mayor distancia, cerca del río.
Aquel fuerte, el más grande y famoso de todos los de la frontera, fue erigido en 1841. Constituía el punto principal de parada en el camino de Oregón y un lugar de cita entre las tribus indias y los tramperos.
En las últimas horas del día, cuando nuestro trabajo concluyó y el fuerte Laramie hubo sido puesto en comunicación telegráfica con el Este, los oficiales demostraron su aprecio por Creighton y sus trabajadores organizando lo que podría considerarse como un homenaje.
Barnes, el jinete del «Pony Express», quien se había hecho amigo mío y de los vaqueros, llegó aquel día y cenó con nosotros.
—Tengo muchas cosas que comunicaros, muchachos —dijo, sentándose junto a nuestra hoguera—. El Paso del Sur está lleno de agitación. Ya lo veréis cuando os acerquéis. Hay en él una amenaza contra vuestras vidas.
Si no andáis con ojo y no tenéis la precaución de alejaros de la población y de las casas de juego al llegar la noche, correréis el peligro de que os roben todo lo que poseáis y de que os den algún trastazo en la cabeza. He oído informes contradictorios acerca de las opiniones de los hombres del Paso del Sur en lo que se refiere a la línea telegráfica. La mayoría de ellos creen que es una buena cosa y que habrá de contribuir a la prosperidad del Oeste; pero he oído decir, también, que hay muchos que se muestran contrarios a su instalación, por razones que no puedo imaginar... Dios sabe bien que encontraréis dificultades y disgustos en el valle de Sweetwater y en el Paso, sin contar con la oposición de los hombres blancos. Pero tengo el presentimiento de que también habréis de tropezar con ella.
Otras de las noticias que nos comunicó Barnes fueron recibidas con sincera alegría. Bridgham Young, con sus jóvenes mormones, progresaba rápidamente en la instalación de la Western Unión en el Este, hacia el Fuerte Bridger. Y el equipo de trabajadores que se empleaba desde la ciudad de Carson en dirección a la ciudad de Salt Lake adelantaba espléndidamente. Parecía haberse emprendido una carrera para ver quién terminaba antes.
—Permitidme que os diga de nuevo, vaqueros, y a ti también, Cameron, que si lo que he oído es cierto —concluyó Barnes—, el negocio de la cría de ganado en el oeste de Wyoming va a ser un asunto muy próspero. Claro es que no podrá recogerse oro en las calles, como sucede en el Paso del Sur; pero de todos modos, allá hay una fortuna para cada uno de vosotros.
Durante varios días me fue dado contemplar a través de una neblina rosada el rústico paisaje de policroma belleza. La luz ambarina, que semejaba suspendida como un velo transparente sobre el valle, las elevadas cumbres purpúreas y los grises y arrugados riscos, los brillantes arroyos que corrían entre hileras de algodoneros dorados y verdes... Imaginé que toda esta belleza nacía de la emoción que en mí había provocado el amor.
Mas como quiera que trabajábamos agotadoramente desde la salida hasta la puesta del sol, comprendí finalmente que la belleza del paisaje podría haber sido exaltada por mis sentimientos, pero que existía en realidad y que aumentaba a medida que avanzábamos hacia el Oeste.
Conforme ascendíamos más y más por las tierras de Wyoming, las noches se iban haciendo cada vez más frías; y el rocío cubría todas las hojas a la madrugada, haciendo destacar su color verde, escarlata o pardo, lo que prestaba cada día una nueva tonalidad al paisaje. Comimos lo que nos restaba de nuestra provisión de carne de búfalo, con excepción de lo que habíamos destinado a hacer pemmican, y la reemplazamos con carne de antílope y de venado, y hasta de oso. Llegué a la conclusión de que una costilla de oso joven era exactamente tan sabrosa como el más fino pedazo de solomillo de búfalo.
Fue en aquella región donde el trabajo resultó más agradable para nosotros. La roca de la Independencia, el más famoso de los mojones del camino del Oregón, surgió ante nuestra vista inesperadamente. El Sweetwater nos cogió también de sorpresa, y todos recibimos su presencia con grandes gritos de alegría.
Cuando estábamos instalando nuestro campamento en un hermoso lugar cerca del río, donde el camino daba vuelta al pie de la afilada arista de la gran roca, nos vimos inesperadamente atacados por una banda de cheyennes. Luchamos contra ellos al abrigo de los carros, y la infalible puntería de nuestros hombres, especialmente la de los vaqueros, dio su merecido a la banda de salteadores indios. Mantuvimos una doble guardia durante toda la noche y permanecimos en extremo vigilantes. Pero los cheyennes no volvieron.
A la mañana siguiente, cuando tal y como nos había manifestado el vigía de Liligh, vimos que los indios habían desaparecido, subí con Tom a la cumbre de la roca de la Independencia. Era una gran mole de granito gris que parecía un mosaico de rocas irregulares y ensambladas y que terminaba a una altura de lo menos cien pies. Desde allí pude contemplar un maravilloso paisaje. El Sweetwater, claro y limpio, serpenteaba a lo largo del valle. Aquella posición nos proporcionó un punto de vista impresionante de la rugosa ladera y de la campiña a través de la cual habíamos instalado la línea telegráfica.
—¡Oh, Tom! —murmuré emocionado—. ¡Es hermoso!
—Sí, muchacho, es hermoso. Pero estás mirando en dirección contraria. Mira en esta otra dirección. Seguí la indicación de su dedo extendido y mi mirada halló ante sí, en el noroeste, lo que creí que sería el cielo. La atmósfera de las primeras horas de la mañana era extremadamente clara y transparente, y al ver una magnífica línea mellada, blanca, que corría ' a lo largo del horizonte para caer hacia tierra y volver a elevarse; pura y aguda, ante el azul del cielo, supuse que me hallaba en presencia de una maravillosa formación de nubes. Jamás había visto nubes como aquéllas. Bajo la línea mellada y blanca, se producía un zigzagueante cinturón negro, y tanto las líneas blancas como las negras terminaban fundiéndose con la extraña formación y surgían nuevamente en el sur.
Comencé a comprender que no se trataba de una formación de nubes.
—Compañero —me dijo Tom. Y su voz parecía provenir de muy lejos—, estás viendo por primera vez las Montañas Rocosas. Aquélla es la cadena montañosa de Wind River, la cadena más importante y hermosa de todo el Oeste. Aquella abertura es el Paso del que tanto habrás oído hablar. Los primitivos tramperos y exploradores lo cruzaron. Paso del Sur, la ciudad minera, está allá abajo, al final de esa montaña de la derecha. Y allá, puedes ver dónde las cumbres blancas se yerguen de nuevo para dirigirse hacia el Sur.
Tan hermoso era el espectáculo, tan soberbio aquel elevarse de la cordillera principal de las Montañas Rocosas, que no pude hablar. Aparté de las alturas la mirada y la dirigí hacia abajo, al pie de la Roca para contemplar los blancos carros, las mulas y los bueyes que pacían, las azules columnas de humo que se elevaban en el cielo, el río ambarino que brillaba entre unas orillas doradas y escarlatas. El valle Sweetwater serpenteaba entre las cumbres purpúreas, se alejaba y se fundía en la distancia con una neblina azul oscura de la cual brotaban las dos grandes secciones de los dientes de sierra de las montañas —en cuya división se abría el Paso y que se elevaban hacia el infinito del cielo.
Cuando hubimos descendido de la roca, apenas me fue posible creer que fuese cierto lo que había visto. Tom me ofreció una prueba más de la realidad; y aquella prueba de que me encontraba en un lugar que habría de ser histórico para siempre, la constituían las inscripciones que se hallaban trazadas en la lisa superficie de la Roca. En todas partes, en cualquier lugar en que fuese posible hacerlas, había inscripciones referentes a nombres o fechas. Algunas de ellas eran muy antiguas, indudablemente, y otras muy modernas. Todos los viajeros que habían pasado junto a la Roca de la Independencia y que dispusieron de tiempo para hacerlo, grabaron su nombre en la piedra.
Regresé a nuestro carro, recogí el hacha y un hueso de búfalo, y volví a la Roca, donde grabé mis iniciales y las de mi novia. Luego, añadí las de mis compañeros. Me reí de mí mismo al pensar que era un sentimental, pero me consolé con la idea de que las emociones enriquecen las experiencias de la vida.
De todos los campamentos, aquél fue el que más nos dolió abandonar.
Hasta el propio Creighton dijo que deseaba que todos nuestros campamentos fuesen en lo sucesivo tan hermosos como aquél. Mas, aun cuando al viajar a través del Sweetwater nos parecía que nos aproximábamos al paraíso, el tener que cavar hoyos, que erigir los postes e instalar el alambre, o tener que cubrir los hoyos con rocas y tierra, todas estas operaciones tuvieron que ser realizadas continua e interminablemente.
Siempre había habido un impulso que nos hacía trabajar con entusiasmo y con fe, pero el impulso y su causa habían crecido últimamente. Ya habíamos realizado algo; ya estaban a nuestras espaldas los frutos de nuestro trabajo: casi ochocientas millas de línea telegráfica, ya instalada y por la que se transmitían mensajes y más mensajes. Y continué trabajando, dominado por estos inspiradores pensamientos en los que se alternaba el recuerdo de la mujer que había conquistado. Y los días pasaban rápidamente.
Estaba tan absorto en mis sueños, a medida que me atrafagaba, que no pude hacer un descubrimiento conmovedor. El Sweetwater estaba lleno de truchas, algunas de ellas tan grandes como mi brazo. Fue Darnell quien me lo comunicó. Me agradaba pescar, y todas las, noches, —cuando terminaba mi trabajo, buscaba saltamontes en la pradera y los aporreaba, con el sombrero para poder utilizarlos como cebo para las truchas grandes.
Me parecía otro sueño, pero era cierto que cada vez que arrojaba uno de aquellos grandes saltamontes a las aguas del Sweetwater se producía un relámpago de oro y rojo, un estremecimiento del agua..., y me era posible apoderarme de una trucha.
De todos los que compusieron la larga jornada, los días pasados junto al Sweetwater fueron los que menos se prestaron a ser enturbiados por las sombras del duro trabajo. Para mí son inolvidables. La belleza, el color, la agreste Naturaleza y la vida rústica, los salvajes cuyas siluetas veíamos al pasar por el borde de una montaña, las señales de humo, la interminable y siempre cambiante hermosura del panorama..., todo esto constituyó una recompensa para mí mucho más importante que cuanto pueda haber sufrido, y encarnaba la realización de mis sueños.


XIII
Fui uno de los que no tuvieron en cuenta la distancia que separaba el Camino del río Green o del fuerte Bridger, donde esperábamos unirnos a los constructores mormones que trabajaban en la construcción de la línea en dirección al Este. Pero no pude menos que escuchar las conversaciones que acerca de este punto sostenían los empleados de Liligh. Darnell se hizo más silencioso y más alerta a medida que nos acercábamos al lugar de su ruina, donde, seguramente, le esperaban algunos disgustos y contratiempos. Pero su afecto hacia mí no disminuyó. Era una amistad de una clase diferente a la que los demás vaqueros me profesaban. Creo que Tom me consideraba una especie de héroe.
El camino del Oregón ascendía y serpenteaba gradualmente a lo largo de la gran pendiente que conducía a la división continental. Por esta causa, la instalación de los postes y del alambre telegráfico requirió el empleo de una cantidad mayor de tiempo por cada milla de extensión. Mas para compensar esta pérdida, nuestro jefe nos obligaba a levantarnos antes de que asomase el alba helada y —a no abandonar el trabajo hasta que se hacía oscuro.
Los días se acortaban, pero las horas en que brillaba el sol fueron las de temperatura más agradable de todas las que conocimos. El sol era templado, y no se hacía sofocante a las horas meridianas.
Mas el sol se ocultaba pronto todos los días tras la afilada línea de cumbres plateadas, y a partir de aquel momento el frío se intensificaba casi minuto a minuto. Nos aproximábamos a los terrenos altos. Nuestra gran esperanza, y lo que nos proponíamos, era cruzar el Paso del Sur y bajar del cerro de la división antes de que el invierno nos atrapase. Y en la proporción en que avanzaba nuestra labor, habríamos de lograrlo. A medida que transcurrían los días, la suave luz ambarina de la región baja, era reemplazada por una luz severa que carecía de color hasta que el ocaso producía en ella una maravillosa transformación. Cuando el oro del cielo se había desvanecido, una fría claridad se extendía por la pendiente, la cual llevaba consigo el viento de la noche, que mugía lastimeramente entre las lonas de los carros. Después del crepúsculo, la bóveda del cielo se hacía completamente azul, tachonada de infinitas estrellas, blancas y frías como el hielo. Era hermoso, pero me agradaban más los terrenos bajos.
Nos encontramos menos solitarios en nuestro trabajo que en cualquier otro período desde su comienzo. El tránsito de viajeros procedentes de Laramie se hacía a cada momento más intenso. Solamente encontramos una caravana muy reducida. No obstante, todos los días hallábamos trajineros, diligencias, jinetes seguidos de bestias de carga y, naturalmente, a los correos del «Pony Express».
Creo que la mayoría de mis camaradas ponía sus esperanzas y sus miradas en el Paso, pero mis sueños sobre el futuro se condensaban en largas miradas en dirección al valle purpúreo de Sweetwater, con la cinta ondulante de su claro río bordeado de líneas de oro. Mi corazón i estaba allá abajo, y yo creía que habría deseado construir mi hogar en el dorado valle aun cuando Kit Sunderlund jamás se hubiera interpuesto en mi senda.
Avanzamos por la pendiente, como una culebra gigantesca, y tendimos la línea telegráfica. Habíamos visto desde hacía tiempo el humo negro y amarillo que brotaba de las fundiciones de oro del Paso del Sur. Nos hallábamos a una distancia de una semana de fatigoso trabajo de aquel punto, cuando una mañana Vance Shaw regresó al lado de la caravana después de su excursión de exploración.
En aquella ocasión, se apeó del caballo al lado del carro en que con Tom estábamos entregados a nuestros trabajos. Los demás hombres estaban repartidos delante y detrás de nosotros.
—Malas noticias, compañeros. Vengo consternado —dijo—. Jack, ve en busca de Liligh y de Herb Lane, y no digas nada de lo que he dicho. Si el jefe te viera y te preguntara algo, no le hables de mi extraño viaje de hoy.
Darnell inclinó la cabeza, y vi que una sombra oscura se extendía por su rostro. Yo ardía en deseos de acosara Vance a preguntas, mas desistí de hacerlo. Unos momentos más tarde Jack regresó acompañado de Liligh y del conductor de la caravana, Herb Lane. Tenían una expresión interrogativa, mas no preocupada o ansiosa. No era una buena señal el que nuestro vaquero los hubiera llamado para hablar con ellos.
—Congregaos a mi alrededor de la manera más natural, y escuchad —comenzó diciendo Shaw mientras encendía lenta y deliberadamente un cigarrillo—. Es curioso que esta misma mañana haya pensado que hasta ahora las cosas se han desarrollado de una manera muy satisfactoria para nosotros. Y es cierto. Pero hemos tropezado con una dificultad. Es posible que no tenga mucha importancia. Es posible que vosotros podáis comprender su alcance. Pero me ha dado una corazonada, como suele decirse, y no me gusta tenerlas, porque generalmente suelen realizarse.
—Muy bien, Shaw. No te andes por las ramas. Dinos lo que tengas que decirnos —replicó Liligh.
—Me habéis visto venir de la parte alta del camino, Estaba siguiendo esas huellas que despertaron mis sospechas hace no mucho tiempo. Esta mañana he hecho mi recorrido por el camino que ya habíamos dejado atrás. He encontrado un poste derribado, no cortado a hachazos como otras veces, sino aserrado, y he visto que faltaban el aislador y un trozo de alambre. Me pareció una cosa muy extraña. A lo largo de las nueve mil millas que hemos recorrido, no hemos encontrado nunca un poste inutilizado por este procedimiento. Naturalmente, la fechoría es obra de un hombre blanco.
»Vi huellas de pisadas en el polvo, hechas anoche, de diferentes tamaños, y que no eran huellas de botas de jinete. Eran unas huellas en las que se dibujaba un clavo de herradura. Supuse que serían huellas de dos caballos y de un animal de carga. Pues bien: seguí esas huellas hasta una distancia de cinco millas y encontré otro poste cortado de la misma manera.
Y cinco millas más allá, sobre poco más o menos, un tercer poste. Puesto que las huellas de los animales no continuaban en dirección al Este, pensé que no tenía necesidad de correr más en aquella dirección. Las huellas se dirigían hacia el Camino desde la vertiente, y pude seguirlas hasta llegar a un bosquecillo, a una milla, aproximadamente, y desde allí hasta un barranquillo, donde esta noche han acampado dos hombres que se largaron esta mañana a primera hora. Alimentaron las caballerías con grano, y esto me ha parecido muy chocante.
»Desde allí, vine acortando hasta llegar de nuevo al Camino, detrás de la caravana, y continué delante de ella hasta que perdí las huellas que había estado siguiendo. Cuando el rocío humedeció las hierbas, me resultó muy difícil descubrirlas. Como es natural, podía descubrirlas y seguirlas de nuevo si dispusiera de tiempo para hacerlo, porque el descubrir y seguir huellas borrosas es lo que más me divierte. Ahora bien, este condenado descubrimiento me ha desconcertado por completo. Y me gustaría saber lo que ustedes piensan respecto a él.
—¡Demonios encendidos! —exclamó Liligh—. Eso encaja perfectamente con algo que he sospechado y que no me he atrevido a decir a nuestro jefe.
Puede sólo significar una cosa: que, por la razón que sea, hay algunos hombres blancos que no quieren que nuestros mensajes telegráficos lleguen al Oeste.
—Es lo mismo que he supuesto —respondió Shaw mientras arrojaba al espacio grandes nubes de humo.
—¿Quién diablos puede desear dificultar de ese modo el trabajo de Creighton? —pregunté.
—Tom, tú conoces bien esta región. ¿Qué opinas? —continuó Shaw.
—A mí me parece que se trata de un trabajo subterráneo que alguien realiza en el Paso del Sur.
—Bien, eso es decirnos algo; pero no nos explica nada.
—Por ahora, no importa mucho —siguió Liligh—. Creighton no tiene ningún operador de telégrafo, y dice que él mismo puede enviarlos, aun cuando no serán muy perfectamente transmitidos. Pero está esperando de un día a otro la llegada de un operador que debe venir en la diligencia, y si la línea telegráfica está cortada y por esta causa queda interceptado algún mensaje importante, la situación podrá ser desventajosa para nosotros.
Herb Lane dijo sosegadamente:
—Es posible que no convenga hacer cábalas acerca de esta cuestión hasta que veamos si esa labor de destrucción continúa esta noche o mañana.
—Eso es como mantener esperanzas contra la desesperanza dijo Liligh—. Entre tanto, voy a enviar un carro con varios hombres, sin que lo sepa Creighton, para que reparen los desperfectos de la línea.
—Creo que será conveniente que el jefe no se entere, en tanto que nos sea posible conseguirlo —dije con calor—. Acaso dijera que es solamente una picadura de mosquito, un incidente más en nuestro trabajo, pero todos ustedes saben que muchos mosquitos juntos pueden desesperar a un hombre y que un centenar de incidentes tienen fuerza suficiente para abatirlo. Estoy seguro de que todos ustedes habrán visto lo muy agotado que está (Creighton y lo delgado que se ha quedado. Ha perdido más peso que cualquiera de nosotros. Trabaja físicamente tanto como cualquiera de sus trabajadores, pero sobre todo su trabajo tiene el peso del esfuerzo moral y de la responsabilidad moral. Es sorprendente que haya podido soportarlo del modo tan admirable como lo ha hecho, pero hemos de tener en cuenta que no es un superhombre. Sugiero que no le digamos nada de lo que ha sucedido.
—Estamos de acuerdo —añadió Liligh—. Ahora tú, Shaw, acompañado de los vaqueros y de Cameron, también, recorred la línea por la noche, y ved lo que os es posible descubrir. Si averiguáis algo, no dejéis de informarme.
El trabajo de construcción se continuó, lo mismo que anteriormente y sin que nuestro jefe supiese nada de la nueva obstrucción de que había sido objeto. Aquella noche, a las doce, Tom me despertó, y ambos, envueltos en unos recios abrigos y con los rifles cargados, recorrimos una parte de la línea a pie, por espacio de cinco millas, o acaso más, sin que viésemos u oyéramos algo que pudiese despertar nuestras sospechas. Al volver al campamento, despertamos a Shaw y Lowden. Los dos amigos cogieron sus caballos, les envolvieron los cascos, y se dispusieron para la investigación.
—Falta aún un par de horas para que el cielo comience a ponerse de color gris, compañeros —dijo Shaw—. Entre tanto, vamos a caminar por espacio de unas millas en dirección opuesta a la que sigue la caravana. El mirar y el escuchar en la noche es cosa a la que estamos acostumbrados desde hace mucho tiempo. Pero, de todos modos, si nos encontramos ante unos hombres astutos, nuestra tarea va a resultar muy difícil.
Se alejaron entre la fría melancolía de la noche sin que sonase ruido de pisadas o de cascos. Tom y yo nos detuvimos unos momentos junto a la hoguera, nos calentamos las manos y los pies, y nos acostamos. Era un día soleado y brillante cuando despertamos, y la herbosa pendiente y las matas de salvia y las piedras resplandecían bajo su blanca capa de rocío.
Los vaqueros regresaron al campamento cuando nos estábamos desayunando, y tuvieron la precaución de fingir que venían del Oeste. Cada uno de ellos llevaba el cadáver de un antílope sobre la silla. La carne fue muy bien acogida, como es natural, pero lo que ambos se proponían era producir la impresión de que habían estado cazando. Descargaron su carga, desmontaron, y tomaron el desayuno con nosotros sin hacer comentarios de ninguna clase. Unos momentos más tarde, Liligh, Lane y Bob Wainwright, a quien se había encomendado la tarea de reparar los desperfectos de la línea, nos buscaron con impaciencia.
—¡Hola, cara de indio injun! ¿De qué puedes informarnos? —preguntó Liligh. De lo mismo que ya sabe usted..., sólo que peor —respondió Shaw mientras preparaba un cigarrillo.
—¿Peor? ¿Cómo es posible que sea peor?
—Verá usted; nuestros compañeros Wayne y Tom recorrieron anoche varias millas en sentido inverso al que seguimos con nuestro trabajo. No vieron nada nuevo. Luego Jack y yo nos fuimos a caballo, a los que envolvimos con trapos las pezuñas, muy despacio, deteniéndonos a menudo para escuchar, hasta una distancia de unas quince millas. Ni oímos ni vimos nada. Al regreso, después de recorrer cinco millas, había comenzado a nacer el día , y descubrimos tres postes derribados, a los que les faltaban los aisladores y unos trozos de alambre. Lo mismo que la noche anterior. Los postes están muy distanciados unos de otros. Después del último desperfecto, las huellas de pisadas de caballos se alejaban en dirección al Norte, fuera del Camino. El seguirlas habría resultado una tarea muy larga.
Un indio comanche buscador de huellas habría necesitado mucho tiempo para descubrirlas y seguirlas. Y por otra parte, creo que no habría sido prudente exponernos a que se nos sorprendiera siguiéndolas. Es probable que esos malhechores estuvieran vigilando desde cualquier escondrijo...
—¡Tres postes derribados y los alambres cortados en tres puntos! —exclamó Liligh sarcásticamente—. ¿Eso 'es todo? Yo había supuesto que todos los postes habrían sido derribados.
—No pierdas la paciencia ni los estribos, Liligh —dijo Lane con calma—.
¿Qué piensas de todo esto, Bob?
—Me parece que habéis tomado por una galerna lo que no es más que un poco de agitación en el agua de un vaso —contestó Wainwright—. ¿Qué importancia tienen para nuestras jóvenes vidas tres postes derribados cada noche?
—¡Muchísima, muchísima! —respondió rápidamente Liligh—. Si ayer tuviste que emplear ocho horas para volver atrás y hacer las debidas reparaciones, hoy necesitarás mucho más tiempo. El jefe precisará enviar mensajes muy pronto, y ¿cómo diablos va a poder hacerlo? Y ten en cuenta que no queremos que se entere de lo sucedido...
—Bueno, jefe, es preciso hacerse cargo de que no podemos evitarlo.
Aunque, claro es, lo intentaremos por todos los medios —añadió Shaw—. Es posible que Jack y yo tengamos la suerte de encontrarnos con esos hombres esta noche, u otra cualquiera, y cuando esto suceda... ¡lo van a pasar muy mal!
Pero las circunstancias parecían hallarse en contra de los vaqueros.
Durante tres noches consecutivas más, Shaw y Lowden recorrieron el Camino a caballo, mientras Darnell y yo salíamos a pie y caminábamos por espacio de media noche. Y todo fue inútil. Todos los días, tan pronto como amanecía, averiguábamos que habían sido cortados unos nuevos postes.
Los maleantes cortaban un poste más por cada noche que transcurría.
Durante esté período la caravana progresó quince millas más en dirección al distrito minero; la cuarta noche acampamos al pie de la montaña, tras de la cual se encuentran los primeros terrenos auríferos, llamados Atlantic, y que es un ramal del Paso del Sur. Aun cuando nos pareciera increíble, sólo nos separaban uno o dos días de otro de nuestros grandes objetivos. Y no era menos excitante el pensamiento de que íbamos a cruzar el más rico, sangriento y fabulosamente rico de todos los yacimientos de oro.
Por entonces, todos los hombres, o casi todos, de la caravana de Creighton tenían conocimiento de los desperfectos ocasionados en la línea, con excepción del propio Creighton. No sé qué serie de milagrosas circunstancias nos permitió mantenerle en el desconocimiento de lo sucedido. Era un hombre tan feliz, que ninguno de nosotros tuvo el valor necesario para decirle que desde hacía cuatro días la Western Union no habría podido transmitir mensajes aun cuando hubiera poseído un operador de telégrafo.
Aquella noche, Shaw y Lowden, según nos manifestaron a la mañana siguiente, salieron muy pronto y recorrieron el accidentado terreno situado al norte del Camino, y descubrieron en el centro de una arboleda una hoguera muy pequeña. Llegaron hasta cerca de ella arrastrándose como indios, e intentaron detener a los dos hombres que se hallaban allí, puesto que deseaban saber quién era el autor de las fechorías que se realizaban contra la línea telegráfica. Pero se entabló una lucha durante la cual resultó muerto uno de los dos hombres; el otro huyó y se escondió en el bosque.
Cuando los vaqueros avanzaron más, descubrieron que habían sido cortados otros tres postes y que la línea había sido derribada, presumiblemente por otro grupo de hombres, cuyas huellas fue posible hallar a la luz del día y que no eran las mismas que Shaw y Lowden hallaron anteriormente. Estas noticias nos llenaron de consternación, y Shaw y Lowden se hallaban profundamente indignados y furiosos. Shaw dijo que creía que ya no se trataba de una cuestión de poca monta inspirada por algún hombre, o algunos hombres traidores para satisfacer alguna de sus necesidades, sino de un asunto de mayor trascendencia, de-trás del cual se ocultaba algo de gran importancia.
Aquel día extendimos la línea telegráfica sobre la pendiente hasta llegar casi a Atlantic, y acampamos junto al Camino, cerca del borde de un cerro. La jornada de trabajo había sido corta, y únicamente habíamos tendido en ella unas tres millas de línea. Esta circunstancia me concedió tiempo para pensar en aquellos yacimientos de oro e interesarme por ellos.
Visto desde lo alto de la loma que el Camino atravesaba, el lugar era digno de ser observado, y muy diferente a como yo lo había supuesto. Me encontraba frente a una ancha quebrada, junto a la cual el Camino se retorcía, atravesaba un rugiente río y zigzagueaba al ascender por el otro costado. Acá y allá se veían manchas de abetos. Hacia la mitad de la altura de la vertiente nacía un enjambre de innúmeras cabañas extrañas, feas, chapuceras, entre las cuales se interponían diversas tiendas. Siguiendo con la mirada la dirección de tales cabañas, se veían otras edificaciones más grandes, y finalmente, en la parte baja unas casas mayores, feas, de madera que miraban hacia la pendiente.
Situada paralelamente al blanco e impetuoso torrente y a los árboles que se alineaban junto a él, corría una profunda cárcava que se extendía a lo largo de la quebrada, y en la tal cárcava y en sus proximidades se movían activamente muchos hombres, tantos y tan llenos de color con sus camisas rojas, y tan aparentemente frenéticos, que parecían un ejército de hormigas. Aquél era, pues, un heraldo del yacimiento de oro del Paso del Sur.
El mirar hacia abajo me hizo contener la respiración. ¡Pensar que aquel lugar se hallaba solamente a diez millas de distancia del valle Sweetwater y del rancho de Kit Sunderlund...! Entonces vi el camino, del cual me habían hablado, que seguía el curso del río a través de la quebrada y hasta el final.
Regresé a nuestro carro y comencé a referir a mis compañeros el efecto que me había producido la vista del yacimiento aurífero. Estaba intentando hacer una descripción cuando Darnell lanzó una exclamación y me señaló la llegada del jinete del «Pony Express». Era Barnes, nuestro amigo, que había desmontado y estaba entregando unos mensajes a Creighton. Ambos conversaron durante breves momentos, y luego Barnes se separó de nuestro jefe y se acercó corriendo a nosotros.
—¿Qué demonios le sucede a ese hombre? preguntó Shaw, mientras se ponía en pie—. He visto mucha gente con esa misma expresión...
—Sí, parece que está excitado, pero apuesto las espuelas a que no es a causa de malas noticias —replicó Jack.
—Acercaos todos, amigos dijo Barnes, en tanto que se aproximaba a mí—. Tengo que marcharme inmediatamente y no dispongo de tiempo para referir las cosas dos veces. No sé si esto te interesará más, Shaw, que a Cameron o cualquiera otro de vosotros; escuchad: hace cuatro días, en mi último viaje a través del Paso del Sur, vi a aquella muchacha, Ruby, de quien uno u otro de vosotros estaba enamorado.
—Bien —continuó Barnes, clavando la mirada fijamente en Shaw—; yo la he conocido antes que vosotros, cuando vivía en Grand Island. Es una muchacha muy buena y digna de piedad; la he visto en el Paso del Sur, y ella me vio también. Y, lo que es más, me reconoció. Su rostro se iluminó, agitó una mano para saludarme, y entonces alguien tiró de ella hacia atrás para obligarla a retirarse de la ventana... No, no me mires de ese modo, vaquero. No hay duda de ninguna clase; la vi claramente, y, además, ella me reconoció.
De una manera que me pareció muy sorprendente, fue hacia mí a quien se volvió Shaw en aquel doloroso instante. Sin duda, ello se debió a lo intenso de mi simpatía por él en lo que se relacionaba con aquella joven.
Shaw tenía los ojos cerrados y por debajo de sus párpados brotaban lágrimas. Su rostro se contraía convulsivamente, y la presión de su mano sobre mi brazo me pareció la de una garra de acero.
—Barres —dijo Lowden concisamente—, supe que traías buenas noticias, y te agradecemos mucho que nos las comuniques. Pero, dime ¿dónde viste a Ruby?
—No lo sé exactamente, Lowden. Y eso es lo malo de la cuestión contestó el jinete—. Me marchaba con gran prisa y estaba saliendo de la ' ciudad cuando la vi. Yo iba corriendo a toda velocidad. He intentado recordar dónde fue. Fue aproximadamente hacia la mitad del camino entre el puesto de correo del «Pony Express» y aquella hilera de casas que se ve allá abajo, en el lado de la calle que está junto al curso del arroyo. Ruby estaba en un piso alto, no lo olvidéis. Al regresar hoy, he mirado con atención desde la casa de juego que tiene un pórtico decorado en lo alto de una escalera, y he visto por lo menos una docena de ventanas, cada una de las cuales podría ser aquella en que se encontraba Ruby. De todos modos, la he visto. Y ahora, amigos, el encontrarla es cosa vuestra. ¡Buena suerte... y adiós!
Un instante más tarde, Shaw se había recobrado de su emoción. Ésta fue la única ocasión en que el vaquero dio muestras de sus sentimientos en presencia mía, y al ver el modo como se afectó pude calcular el efecto que la noticia de Barnes le había producido.
—Creo, compañeros, que tendremos que olvidarnos de los postes del telégrafo por cierto tiempo —dijo secamente—. Jack, trae los caballos y ensíllalos.
En el transcurso de breves instantes, durante los cuales intenté ordenar mis pensamientos, Shaw y Lowden terminaron sus preparativos y se alejaron, pendiente abajo, hacia los yacimientos a un paso vivo.
—¡Demonios, Tom! —exclamé—. No podemos continuar sentados ociosamente. ¿Qué podremos hacer?
—Opino que deberíamos seguirlos —contestó—. No creo que esto me ocasione disgustos. Con esta barba que me estoy dejando, no habrá nadie que me reconozca en el Paso del Sur. Voy en busca de mi caballo. Tú irás montado, y yo te seguiré a pie.
—No, iremos los dos andando si no podemos hallar otro medio para dirigirnos allá —contesté.
—Hay carros que van de uno a otro campamento de vez en cuando. Allá se los ve, subiendo la pendiente. Lo mejor será que lleguemos pronto hasta ellos. Con eso tendremos tiempo de pensar.
—Tienes razón, Darnell. Me ha alegrado tanto el saber donde está Ruby, que no me es posible pensar con claridad. Vamos. ¡Aprisa!
—Muy bien. Pero coge tu pistola. O mucho me engaño o vas a necesitarla. Ponte un puñado de balas en el bolso de la chaqueta.
Comenzamos a descender junto al desfiladero, exactamente cuando Shaw y Lowden llegaban a la cumbre de la elevación opuesta. Estaban cabalgando en la altura, y sus siluetas se destacaban ante la nube de humo amarillo que se elevaba de la fundición.
—Hasta ahora has visto algo de las batallas y las peleas de la frontera, compañero —iba diciendo Darnell—; pero es probable que lo que suceda hoy sea completamente distinto de lo que conoces. No pierdas la cabeza. Haz lo que yo te diga, o lo que me veas hacer.
—No recuerdo haberme encontrado jamás en un estado de ánimo como el actual —respondí—. No estoy excitado ni loco, como vosotros soléis decir.
Todo lo contrario: ardo en impaciencia y estoy muy animado.
—Bueno, camarada, si quieres decir que te encuentras como si flotases en el aire, es preciso que te decidas a volver a tierra.
Las observaciones de Tom me llevaron a la consideración de que nos habíamos embarcado en un negocio de difícil salida. Avanzamos rápidamente cuesta abajo y llegamos muy pronto a la hilera de cabañas.
Algunas de tales casitas eran lo suficientemente grandes para que un hombre que se hallase en su interior pudiera dar la vuelta. Todas ellas poseían unas chimeneas hechas de tubos de estufa, que sobresalían de sus frágiles tejados.
Pasamos entre una calle formada de cabañas de este género y llegamos a una calle más ancha, en el extremo más alto de la cual comenzaban los edificios más elevados y cómodos. Por cada tienda o almacén que se encontraba podían hallarse diversas tabernas, a la puerta de todas las cuales había unas rústicas muestras pintadas o clavadas.
Más abajo la calle formaba un recodo para cruzar los puentes que se extendían sobre la quebrada y sobre el arroyo; y en este punto había otras casas, todavía mayores que las anteriores, algunas entre ellas pretenciosamente pintadas. El nombre de una era «Descanso de los Mineros» y la inmediata, que era mucho mayor, se llamaba «Filón de Oro». Este último edificio parecía ser, por lo menos en aquella parte de la calle, un almacén de mercancías.
Se veía a muchos hombres, algunos de ellos mineros; pero la mayoría de los mineros, según habíamos visto desde la cumbre, se hallaba en su lugar de trabajo en aquellos momentos. Tuve la idea de entrar en el almacén para averiguar lo que me fuese posible.
—Prefiero quedarme en el exterior y ver la gente que pasa —dijo Darnell.
Entré, me dirigí a un hombre de mediana edad e imponente aspecto, que era, con toda evidencia, el comerciante, y pregunté:
—¿Sabe usted algo respecto a un tal coronel Sunderlund que se ha instalado recientemente en el valle Sweetwater, no lejos de aquí?
—Sí —contestó rápido—. Puedo informarle que Sunderlund ha venido aquí en diferentes ocasiones, la última de ellas, ayer.
—¿Conduce este camino a su rancho?
—Sí, completamente en línea recta. No tiene pérdida. El rancho se halla a la vista sobre el río, y parcialmente rodeado de árboles. Es el sitio más hermoso de todo el valle.
—Muchas gracias. Y ¿cuánto tiempo se tarda en llegar allá?
—Sunderlund llega en menos de una hora; pero su pareja de caballos negros es muy rápida.
Volví junto a Darnell con un estremecimiento provocado por la evidencia de que me encontraba cerca de Kit Sunderlund y de que podría verla muy pronto en el caso de que la suerte me favoreciera. Hablamos durante breves instantes, y mientras hablamos no dejemos de observar a nuestro alrededor con el fin de no perder nada de lo que ocurriera. Unos momentos más tarde llegó un carro descargado. Hicimos una seña al conductor, que nos manifestó alegremente que podíamos subir al vehículo, y cuando lo hubimos hecho, me senté sobre unos sacos, en tanto que Darnell se inclinaba sobre el asiento del conductor, a quien atosigó a preguntas.
Era alrededor de media tarde y el sol comenzaba a declinar. La subida de aquella parte de la quebrada era menos accidentada que la del otro; en ocasiones, unos grupos de pinos nos interceptaban la visión del paisaje situado al fondo y abajo. No obstante, cuando llegamos a la cumbre pudimos ver el curso del arroyo hasta donde nuestra vista alcanzaba, y unos grupos de mineros que trabajaban tan afanosamente como los castores. No había ni un solo trecho del arroyo en el que no pudiera verse a dos o tres hombres a cada lado metidos en el agua. El mirarlo me produjo un escalofrío. 'Cuando llegamos a lo más alto de la pendiente, vimos que la carretera conducía, después de un recorrido sobre terreno llano por espacio de una milla, aproximadamente, a una nueva quebrada, en apariencia más grande que la otra.
Más abajo del taller, la carretera iniciaba el descenso y se curvaba en torno a la estribación de una colina, en la que había muchas cabañas iguales a las que habíamos visto en Atlantic. A la derecha se abría un valle de forma triangular que estaba literalmente cubierto de viviendas de mineros. Algunas de ellas eran grotescas, otras pintorescas, algunas estaban destartaladas, pero todas ellas servían para su finalidad de ser habitadas.
Más allá, a larga distancia de ellas, había un nuevo arroyo en el que estaban muchos hombres como en el anterior.
Cuando dimos vuelta en la curva, el conductor del vehículo nos informó que aquello era el Paso del Sur. El Paso del Sur no me pareció otra cosa que el escenario en gran escala de una ópera cómica... Había una calle ancha, por lo que pudimos ver que se componía de dos hileras de edificios pintados de todos los colores imaginables, algunos de ellos azules y otros rosa. El arroyo y las dos estrechas aceras de madera estaban atestados de formas movientes. En uno de sus lados se hallaba una larga hilera de vehículos. Vi muchos letreros llamativos y vistosos a las puertas de las casas, pero no pude leer ninguno de ellos.
—Aquí hay una cuadra donde se alquilan caballos —nos dijo el conductor—. Aquel edificio grande de piedra es el Banco. Esa otra casa grande de la derecha es la tienda en que puede adquirirse todo lo que se necesite, y al otro lado de la calle está el mejor hotel de la ciudad. Esta carretera da vuelta luego hacia la derecha; es el mismo Camino Viejo del Oregón. Cruza el arroyo y sube hasta la cumbre... Supongo que os agradará tirar de la oreja a Jorge... ¿es así?
—Lo haremos, probablemente, si encontramos algún salón de juego donde la importancia de la partida esté de acuerdo con las posibilidades de nuestros bolsillos.
—Aquí encontraréis toda clase de juegos; y os advierto que en casi todos los salones se juega con ventaja. No entréis en esos garitos que hay allá abajo. Los de mejor aspecto son los menos recomendables.
Dimos gracias al conductor, y nos apeamos al llegar frente al gran almacén. Las anchas escaleras que se extendían ante el edificio nos proporcionaron un punto de vista ventajoso, mejor que el que nos ofrecía el hotel, que se hallaba al otro lado de la calle, y decidimos detenernos allí con el fin de mirar en todas direcciones para buscar a Shaw y Lowden. Había un tránsito de gente muy nutrido, compuesto en su mayoría por mineros con sus ropas de vivos colores. Pero vimos que había, también, muchas personas de otros tipos, y entre ellas, lo que nos sorprendió, cierta cantidad de mujeres.
El almacén que se hallaba detrás de nosotros estaba muy concurrido.
Miré a todos los transeúntes con unas rápidas miradas que nada expresaban. Sentía impaciencia esperando lo que creía que habría de suceder, y que no sospechaba qué podría ser. Vi con los ojos de la imaginación un cuadro que representaba aquella calle, en cuyo centro se encontraba Shaw con una pistola en la mano, que escupía humo y fuego. Y hasta pude ver otra escena en la que Shaw corría calle abajo, con Ruby en los brazos y seguido de Lowden, que con sus dos pistolas impedía el avance de los perseguidores...
En el mismo instante en que vi a una muchacha morenita que me miraba desde la puerta del establecimiento con ojos oscuros y alarmados, comprendí que lo que había imaginado estaba próximo a comenzar.
La muchacha me reconoció. Se retiró nerviosamente de la puerta, se adelantó hacia mí, y se detuvo y miró a su alrededor como si temiera ser vista. Era la misma joven del salón de baile, Flo, a quien habíamos conocido en Gothenburg y con la que yo había bailado.
—Mira, Tom; ahí está aquella muchacha de Gothenburg, Flo dije a mi compañero, al mismo tiempo que le daba un codazo.
—Es cierto. Es Flo, la joven que tanto simpatizaba con Ruby. Comienzo a creer que nuestra suposición no era equivocada.
—Me encaminé hacia la muchacha. Tom me siguió. Dirigiéndome a ella expresivamente, dije:
—¡Hola, Flo! Creo que te acuerdas de nosotros...
—Sí, sí, eres el señor Cameron. También recuerdo a tu amigo el vaquero —contestó presurosamente—. He estado esperando con ansia vuestra llegada a esta ciudad por espacio de varias semanas.
—Muchas gracias, Flo. Eso debe de significar que todavía eres nuestra amiga. Nuestro amigo, el jinete del «Pony Express», nos ha dicho que vio a Ruby en Paso del Sur. Shaw y Lowden están buscándola en la ciudad, y lo mismo estamos haciendo nosotros.
—Entra conmigo en la tienda. Me expondría a algún peligro muy grande si me vieran hablando con vosotros —dijo la muchacha. Y nos condujo al interior del establecimiento, hasta un lugar situado detrás de la puerta, donde había un pequeño espacio entre el mostrador y unos montones de mercancías, todo lo cual nos ofrecía un refugio contra miradas indiscretas.
Al mirar allí a Flo, pudimos apreciar su expresión de miedo. Nos habló en voz baja. Tenía el rostro pintado, pero su palidez se transparentaba tras las pinturas. Parecía más vieja y menos linda que cuando la vi anteriormente.
—Escuchad —comenzó diciendo—: Ruby fue raptada la noche del ataque indio por Red Pierce y su cuadrilla y conducida a Paso del Sur en una caravana. Ha estado aquí, en la ciudad, hasta hace pocos días. Entonces, Pierce se trasladó a Atlantic y la llevó consigo. Está ahora escondida en aquel garito y taberna que se llama «La Pepita de Oro». El primer establecimiento de la derecha después de cruzar el puente.
—¿La tiene prisionera allí? —preguntó Tom, con un susurro de voz.
—Es como si la tuviera prisionera. Ruby ha intentado escaparse en diversas ocasiones. Pierce la tiene celosamente vigilada.
—¿La maltrata?
—Sí, la»ha apaleado en varias ocasiones, pero ella se mantiene firme...
Me ha dicho que sabe que vosotros, los vaqueros terminaréis por descubrir su paradero y rescatarla. Pierce ha terminado enamorándose de ella, y Ruby tiene que derrochar el ingenio para mantenerlo alejado de sí. La he recomendado que finja interesarse por él, que lo engañe, que haga lo que sea necesario para aplacarle, y lo ha hecho.
—Pero Ruby escribió que estaba casada. Yo creí que sería cierto, que estaría casada con Pierce —dije.
—No. Ruby no está casada. La razón de que dejase aquella nota para Shaw la noche de la embestida de los indios, fue que uno de los miembros de la cuadrilla de Pierce, a quien Shaw no conoce, la obligó a hacerlo. Siguió a Ruby, y le dijo que dispararía por la espalda contra Shaw mientras estaba luchando contra los indios, en el caso de que no escribiera aquella nota. Y el mismo individuo dictó a Ruby lo que tenía que escribir, porque, según dijo «había oído hablar a los dos, a Shaw y Ruby, de su propósito de casarse aquel mismo día».
—Entonces, compañero, podemos decir que hemos llegado a tiempo —murmuró Darnell—. Cuéntanos algo más, Flo. Eres, seguramente, una respuesta del cielo a nuestras súplicas.
—¿Tiene Pierce algún establecimiento en esta ciudad? —pregunté.
—Sí. «Los Cuatro Ases», taberna y sala de juego, que es la segunda en importancia. Era propiedad de Emery, a quien ahorcaron en Sweetwater recientemente.
—Dinos más —añadí impaciente—. ¿Está Pierce aquí ahora?
—Sí. Está por lo general en un departamento reservado de la casa de juego; pero solamente sus hombres lo conocen por el nombre de Red Pierce.
Aquí se hace llamar Bill Howard.
—Entonces, ¿no es el mismo garito y la misma taberna, con el mismo baile y las mismas mujeres...? —pregunté.
—No te ofusques, Cameron. La taberna, la casa de juego y todo lo demás son asuntos de poca importancia para él. Tiene proyectos mucho más importantes. Anoche le oí que hablaba con varios hombres, uno de ellos el que es su mano derecha, Black Thornton; parecían tratar de negocios muy importantes, pero no sé exactamente de cuáles. Creo que se proponen asaltar un Banco. Y también, probablemente, un robo en gran escala contra los mineros. Quieren arramblar con todo lo que sea posible y marcharse a los yacimientos de oro de California. Pierce debe de ser un gran hombre en este campo. Es ladrón y asesino, y si no asesina a nadie directamente, compra los instrumentos que puedan hacerlo por él.
—Estamos en el camino directo, Tom —susurré—.
¡Un gran negocio! ¡Arramblar con todo lo que sea posible! ... Flo, ¿crees que es probable que Pierce esté relacionado con el sistemático corte de postes telegráficos y de la línea que se han producido estos últimos días?
—Sí.
—Y en ese caso, ¿por qué lo hace, Flo?
preguntó Darnell.
Los dientes le rechinaban al hacer esta pregunta.
—Es tan fácil como el A.B.C. La respuesta es ésta: le 'he oído hablar de esta cuestión. Pierce dijo que no le importa nada que se instale o no una línea telegráfica, pero que no quiere que pueda funcionar hasta que él haya realizado lo que llama «su gran negocio».
—Y ¿por qué? —Darnell disparó la pregunta, y yo la repetí tras él. Pero ambos conocíamos de antemano la respuesta.
—Pierce no quiere que puedan transmitirse mensajes al Fuerte Laramie en petición de soldados. Algunos de los hombres más importantes de aquí están realizando gestiones para obtener que se nos mande un sheriff que imponga el orden y la ley.
—Ésa es la respuesta, Tom —dije a mi amigo—. ¡Bendita seas, Flo! Eres una verdadera amiga. No lo olvidaremos jamás.
—Estamos perdiendo el tiempo, compañero. Flo, dinos una vez más cómo podremos encontrar a Ruby —concluyó Darnell.
—No sé exactamente dónde está. Hay un desván muy grande en las alturas de ese garito que se llama «La Pepita de Oro», y ese desván ha sido dividido en varias habitaciones. No he estado allí nunca, pero ha estado una de mis compañeras, que me lo ha dicho. Hay una puerta y una escalera a la derecha, conforme se entra en el establecimiento. Subid dicha escalera hasta llegar a un pequeño vestíbulo que tiene puertas a ambos lados; creo que la habitación de Ruby es la última de la izquierda, puesto qué esa compañera mía, me dijo que Ruby cuando estaba tumbada en la cama podía tocar el alero del tejado. De todos modos, no os será difícil encontrarla.
—¡Buena suerte! Y... ¡no os olvidéis de mí!
—¡No te olvidaremos!
Ésta fue la sorprendente respuesta de Tom.
Salimos del establecimiento. Como si nos hubiéramos puesto previamente de acuerdo, comenzamos a caminar simultáneamente en dirección a Atlantic. El cerebro de Darnell trabajaba con más rapidez que el mío. Mi amigo dijo que lo primero que necesitábamos era un carricoche y un par de caballos. No debíamos perder tiempo en el intento de buscar a Shaw.
Alquilamos un vehículo al hombre barbudo, que tenía carruajes para alquilar y, con Darnell manejando las riendas, unos momentos más tarde trotábamos pendiente arriba a gran velocidad. Había una piel de búfalo sobre uno de los asientos, y la extendí sobre mis rodillas. El sol había comenzado a perder calor, y el aire era ya frío.
Descendimos la cuesta y arribamos a la ciudad, cruzamos el puente, llegamos a la gran tienda y nos detuvimos ante el hierro que se utilizaba para amarrar los caballos y que se encontraba frente a «La Pepita de Oro».
En el interior de este salón sonaban las notas discordantes de una música, el ruidito de la rueda de la ruleta, el chocar de vasos y el rumor de conversaciones y grandes risotadas.
—Una advertencia final, compañero —murmuró Darnell a mi oído—: tenemos suerte, puesto que parece que no hay mucha gente en el salón.
Sígueme al interior, y haz lo que yo haga. Tengo el presentimiento de que van a sonar algunos disparos antes de que logremos salir.
Cuando hubimos traspuesto la ancha puerta del establecimiento, vimos un local grande, decorado de una manera llamativa, recientemente amueblado, en el que unos mineros se agrupaban ante el mostrador y otros en torno a la mesa de la ruleta. Salvo por la presencia de estos hombres, el local se hallaba vacío. Entramos, y nadie nos prestó atención. Había una puerta a la derecha, tras de la cual vimos un tramo de escaleras. Un instante más tarde, subíamos las escaleras. Todavía no había anochecido, por lo cual podíamos ver con la luz que provenía de lo alto del edificio.
Llegamos al corredor y recorrimos de puntillas el camino hasta la última puerta de la izquierda. Yo tenía, podría decirse, el corazón en la garganta cuando, obedeciendo a una seña de Darnell di unos golpes en dicha puerta.
Oímos algo, pero no pudimos distinguir qué sería.
—Ruby —dije con voz baja que no pude evitar resultara temblorosa—, ¿estás ahí?
Oímos un arrastrar de pies en el suelo, y luego una voz que hizo que mi corazón cesase de latir.
—Sí, estoy aquí, y soy Ruby. ¿Quién es usted?
—Soy Cameron. Darnell está conmigo —respondí, con los labios apoyados en el ojo de la cerradura Hemos venido a llevarte con nosotros. Flo nos dijo dónde estabas.
El primer grito incoherente que siguió a mis palabras, aun cuando fuese voluntariamente reprimido, estaba colmado de alegría.
—¡Oh, Wayne... Wayne! ... Sabía que habríais de encontrarme... Pero estoy encerrada..., estoy prisionera... ¡No puedo salir!
—Apártate a un lado! ... ¡Retírate de la puerta!
Me apoyé en la pared opuesta para hacerlo más fuertemente, y me lancé con todo mi peso contra la puerta. La puerta era muy débil, y su cerradura no muy fuerte. Mi primer empellón casi sirvió para que mi proyecto se realizara del todo. Y al dar el segundo empujón, la puerta, bisagras y cerradura, cayó con estrépito al suelo. El ímpetu de la acometida me llevó al interior de la habitación. Tom quedó a mis espaldas, vigilante. Y entonces vi a Ruby. Tenía el rostro tan blanco como el papel y sus grandes ojos parecían dos insondables abismos. La recogí en los brazos y la conduje al pasillo.
—Tenemos que apresurarnos, camarada dijo en voz baja Darnell mientras preparaba el revólver—. El ruido ha debido de oírse desde abajo. Es muy probable que tengamos dificultades... ¡Venid detrás de mí!
Corrió a lo alto de la escalera y, al seguirle, vi que un hombre cetrino subía a grandes saltos. Aquel hombre y Tom comenzaron a disparar al mismo tiempo. Creí oír el ruido de los proyectiles al chocar contra la carne.
Entre el rojo resplandor de los disparos reconocí al hombre que los producía desde abajo: era Black Thornton. Lanzó un grito mortal, soltó el revólver, que cayó con estrépito en el descansillo inferior, e intentó apoyarse en la pared; pero Darnell bajó unos pasos, le dio un puntapié, y Thornton cayó escaleras abajo produciendo un ruido que conmovió todo el edificio.
Me mantuve detrás de Darnell. Desde el establecimiento llegaban grandes voces. Oí, también, el sonido de unos pasos. Cuando Darnell pisó al hombre caído, vi que sus pasos eran vacilantes. Estaba herido. Mas, manteniéndose ante mí, volvió una mano y me arrastró sobre el cuerpo del hombre muerto hasta el salón. El ruido de los pasos que habíamos oído era producido por un hombre a quien conocía: el que había provocado la primera cuestión con-i migo en el salón de baile de Gothenburg. Tenía un revólver en una mano y en su rostro moreno había una expresión de sorpresa.
—¡No lo lograréis! —exclamó con indignación; y disparó un instante después de haberlo hecho Darnell. Pero Darnell estaba curvado por el dolor, y su disparo fue demasiado bajo. Me soltó la mano cuando nos hallábamos junto a la puerta, y se inmovilizó deliberadamente, con el fin de hacer de su propio cuerpo un escudo protector para Ruby y para mí. El segundo agresor continuó disparando una vez y otra vez. Las balas producían al penetrar en el cuerpo de Darnell un ruido que me llenó de angustia..
—Mátale, compañero! —me dijo con voz ahogada.
Yo había colocado a la muchacha detrás de mi costado izquierdo y preparé el arma. Me separé rápidamente de Darnell y disparé contra el otro hombre. El revólver se le escapó de las manos; el hombre se llevó ambas manos al vientre, profirió un grito horrible y cayó cara abajo ante nosotros.
Y un momento más tarde Darnell caía también. Su último aliento fue el que utilizó para pronunciar esta palabra:
—¡Corred!
Corrí al exterior del establecimiento, coloqué a Ruby en el asiento delantero del vehículo, desaté las riendas, salté al lado de la joven y lancé a los caballos a todo galope hacia la carretera que conducía a la quebrada. No habíamos recorrido muchos metros cuando del salón brotaron gritos y disparos. Los proyectiles no nos causaron ningún mal, sino que rebotaron al suelo, levantando unas pequeñas nubecillas de polvo a nuestro alrededor.
Unos instantes después continuábamos corriendo fuera del alcance de nuestros perseguidores, tras unas elevaciones de tierra protectoras.


XIV
El camino se desenvolvía en una larga recta, más allá de la quebrada, por espacio de varias millas, o así me lo pareció, sin que en toda su extensión me fuera posible ver ningún otro vehículo. La pareja de caballos estaba descansada y comenzó a correr a un paso rapidísimo. Comprendí que en el caso de que fuera perseguido por algún otro carruaje me sería posible conservar la ventaja inicial, pero esto no era aplicable a una persecución que se efectuase por medio de caballos de silla. En este caso, los jinetes que saliesen de «La Pepita de Oro» podrían alcanzarme antes de que llegase al valle. Pensé que si fuese perseguido por jinetes podría disparar contra ellos para defenderme sin interrumpir el ritmo de mi carrera. Un pensamiento me acudió demasiado tarde, que debería haber llevado a Ruby al campamento de los constructores del telégrafo; pero, desde el primer momento, había hecho el proyecto de escoger el rancho de Sunderlund como refugio para la muchacha.
El camino era bastante bueno, aun cuando en él hubiera diversos baches y algunos hoyos. Cuando el carricoche saltó sobre un montón de tierra, Ruby fue despedida del asiento y cayó al suelo del vehículo, todavía en estado de inconsciencia. Al mirarla, observé que daba señales de que comenzaba a recobrar lentamente el conocimiento. Sostuve las riendas tirantes con la mano derecha, y con la izquierda cubrí a la joven con la piel de búfalo. Fue una suerte que en el vehículo hubiera aquella piel, puesto que el viento era frío y cortante. Miré hacia atrás, a lo largo de la carretera, y comprobé que nadie nos seguía. Todavía tenía la garganta oprimida por la emoción.
Los caballos volaban carretera abajo. Tuve que realizar un esfuerzo para conseguir frenarlos un poco y mantenerlos a un paso vivo. En el caso de que se nos persiguiera, naturalmente, les daría rienda suelta y los obligaría a correr a mayor velocidad. Quería evitar a todo trance la posibilidad de un accidente y esquivar riesgos innecesarios. Durante unos momentos, que me parecieron interminables, no volví la cabeza para mirar hacia atrás. Cuando lo hice, observé que no se nos perseguía. Nada había la vista. Habíamos recorrido cinco millas, o acaso algo más, desde los yacimientos de oro, y nos encontrábamos próximos al recodo de la carretera.
Cuando lo hubimos recorrido, vi ante mí una nueva recta del camino. Hacia su final se señalaba un ensanchamiento de los márgenes y se veía un ancho espacio que debía ser el valle.
Me volví dos veces más, mientras recorría varias millas, para observar de nuevo si se nos perseguía. Cuando comprobé que no era así, se operó un súbito cambio en mis 1 emociones. El pensamiento de que Darnell había sacrificado su vida por Ruby, el premeditado modo de que se valió para evitar que fuese herida por las balas, todo esto volvió a presentárseme vívidamente en la imaginación, En aquel momento Ruby se agitó a mis pies y me llamó. Contesté, inclinándome sobre ella, que habíamos podido alejar el peligro y que podíamos decir casi con completa seguridad que ya nos encontrábamos a salvo.
—Pero... Tom..., ¿qué ha sido de él? —preguntó.
—No pienses en eso, Ruby —contesté vacilantemente.
—¿Dónde está Vance?
—Está con Lowden, buscándote en el Paso del Sur. Fue Barnes quien nos dijo que te había visto en una ventana. Encontramos a Flo. Me habló de ti..., dijo dónde podríamos encontrarte... Tom y yo no quisimos esperar a los otros dos, y fuimos solos a Atlantic.
¿Adónde me llevas Wayne?
—Al rancho de Sunderlund, allá en el valle, donde te atenderán y cuidarán hasta que vayamos a buscarte... ¿Estás bien, Ruby?
—Sí..., creo que sí. Estoy como aturdida... ¿Podrías cubrirme los pies?
Se me están helando.
Me incliné y tiré de la piel de búfalo hasta cubrir los pies y la cabeza de Ruby con ella. Ruby no volvió a hablar, y yo dediqué toda mi atención a guiar el fogoso tronco de caballos.
No pude resistir muchas veces la tentación de bajar la mirada hacia Ruby para ver su rostro blanco, sus anchos ojos oscuros, su cabello brillante, que se destacaban sobre el fondo de la piel de búfalo. Una de las veces Ruby me dirigió una sonrisa. Fue una sonrisa tan dulce, tan lastimera, tan llena de gratitud y de esperanzas, que no me atreví a mirarla nuevamente. Pero sí que miré el camino que habíamos recorrido.
No se divisaba jinete alguno, ningún vehículo... Habíamos llegado casi hasta el valle sin que nadie nos siguiera. Y el recuerdo de Tom Darnell me asaltó de nuevo. Quise alejarlo de mí. Era atormentador, desfallecedor.
La carretera trazaba un nuevo recodo tras el cual se abría el ancho valle de Sweetwater; no me hallaba en el estado de ánimo preciso para apreciar la belleza de un panorama, pero la perspectiva me impresionó, aunque sin emoción. A un par de millas de distancia, a lo lejos, en el valle, que era llano y tenía una tonalidad purpúrea, se marcaba el trayecto del río por la ancha línea de algodoneros y arbustos. Sus copas y el alto risco situado tras ellos, sobre el que se erigía una casa blanca, reflejaban los últimos dorados del sol poniente. Más allá, la colina aparecía todavía brillante por los rayos del sol.
Al acercarme al río descubrí el puente de madera que lo cruzaba, y la nueva curva del camino, que se torcía hacia la izquierda y comenzaba a ascender por la pendiente del risco. Crucé el puente, y me pareció ver que el Sweetwater era más estrecho y de una tonalidad ambarina más clara que como recordaba haberlo visto muchas millas más atrás. A la mitad de la pendiente percibí caballos y ganado que pastaban, pero no pude ver la casa hasta que hube ascendido hasta el final. Había cruzado una carretera que conducía tanto al sur como al norte antes de iniciar la subida.
A cierta distancia de nosotros había un letrero indicador; se hallaba demasiado lejos para que me fuera posible leer lo que en él estaba escrito. Al llegar a la casa, vi con gran alegría que había unos caballos ensillados, con las bridas colgantes, y un vehículo como el que yo llevaba. Estaban reunidos varios hombres, quienes parecieron interesarse vivamente al ver que me acercaba. Uno de ellos era el coronel Sunderlund.
Mientras tiraba de las riendas para detener los caballos, oí que Sunderlund decía en tanto que avanzaba hacia mí:
—¡Cómo! ¡Si es Cameron! ¿Qué demonios le ha traído aquí? ¡Ah! Estás pálido y...
—¡Hola, Coronel —dije—. No se sobresalte. Estoy perfectamente bien.
Tengo a una joven en el carricoche. Acaso la recuerde bien: es la novia de mi compañero Shaw. Ha 'habido una pelea. Darnell ha muerto en ella. ¿Quiere usted hacerme el favor de llamar a su hija? Quiero suplicarle que tenga la bondad de atender a Ruby hasta que Shaw venga a buscarla.
Salté del carricoche y, sacando a Ruby de debajo del asiento, la envolví más fuertemente en la piel de búfalo y la levanté en brazos. Entonces oí que Sunderlund llamaba a su hija. Miré hacia la casa y vi que tenía un pórtico que se extendía a lo largo de toda su fachada y en el que había varias puertas. Sunderlund se detuvo ante la última, que se abrió inmediatamente y tras la cual apareció Kit. Subí las escaleras del pórtico y me aproximé a Kit con mi carga en los brazos. Oí que Sunderlund hablaba rápidamente y las exclamaciones de sorpresa de su hija. Y entonces me encaré con ella.
—Kit, ha habido una trifulca —dije—. ¿Te acuerdas de Ruby, la novia de Shaw? Aquí está. Quiero que te encargues de cuidarla hasta que me sea posible encontrar a Shaw y podamos venir a recogerla.
La alegría que había en la expresión de Kit era mayor que su sorpresa, pero sus ojos azules parecieron dispararme unas flechas relampagueantes en tanto que me decía:
—¡Wayne Cameron! ¡Siempre estás salvando a alguna mujer joven!
¡Eres un verdadero caballero andante del Oeste! ¡Y esta vez es a tu amiguita Ruby a quien has salvado!
Había una nota de sarcasmo en su armoniosa voz, una expresión de altivez y de celos en sus oscuros ojos.
—¡Kit! ... —exclamé de modo reprobatorio—. Darnell ha muerto. Ha sacrificado su vida por Ruby. Y Shaw está buscándola furiosamente por todo el Paso, del Sur. Tengo que marcharme.
—¡Oh Wayne! —gritó impetuosamente mientras en su rostro se encendía una hermosa sonrisa que cambió por completo el aspecto de la cuestión—. ¡Ha sido esto una sorpresa tan grande para mí...! Ya sabes cuán... cuán... bromista soy... ¡Trae a Ruby al interior de la casa! ¡Cuidaré de ella con todo mi cariño!
Llevé a la joven hasta una habitación que me deslumbró por sus brillantes luces y sus colores, y la instalé sobre un canapé. Sunderlund entró y se puso solícitamente al lado de su hija. Los tres dirigimos la mirada hacia el pálido rostro de Ruby.
—Ruby, ahora estás segura —dije cariñosamente—. Tengo que regresar en seguida a Paso del Sur... para buscar a Shaw y Lowden y decirles que te hallas a cubierto de peligros...
Gracias..., Wayne —tartamudeó Ruby, que apenas podía hablar—. Di a Vance... que le he sido siempre... que le he sido fiel.
Sí, Ruby, no hay duda. Flo me ha dicho por qué escribiste aquella nota.
Informaré de todo a Vance—. Y me interrumpí, di media vuelta y me alejé de ella.
Kit me detuvo a la puerta durante un momento. La besé ardientemente, la abracé y le dije que volvería muy pronto, quizás antes de que el trabajo de construcción hubiera concluido. Luego me separé de ella y comencé a caminar rápidamente seguido de Sunderlund.
—Coronel, ¿hay algún modo de regresar al Paso del Sur sin necesidad de pasar por Atlantic?
—Sí. Sigue la carretera de la izquierda, una 'vez que hayas atravesado el puente. Este camino es solamente cuatro millas más largo que el otro, pero tiene la ventaja de ser mucho mejor. Llévate a Wilson, mi criado, contigo, para que conduzca el carruaje y puedas descansar. Mañana iré a recogerle a Paso del Sur, y hablaré contigo. Quiero estar allá cuando Creighton llegue con su línea telegráfica.
Desde el carricoche, cuando comenzamos a alejarnos, pude ver lo que me produjo una agradable sorpresa, que interrumpió la amargura de mi estado de ánimo. Vi que Kit estaba a la puerta de la casa, con un brazo tendido en torno a la cintura de Ruby. Kit me lanzó un beso. Ruby agitó una mano, y el conductor puso los caballos al trote.
Durante la rápida carrera, entre el aire frío, atosigué al vaquero de Sunderlund con innumerables preguntas, más con el fin de huir de mis propios pensamientos que para obtener informaciones acerca del Paso del Sur. Pero, aun así y todo, obtuve durante aquel corto espacio de tiempo muchas más noticias que cuantas podría haber conocido por cualquier otro medio.
Cuando bajábamos la larga pendiente que conduce a Paso del Sur y cruzábamos el puente, dije a Wilson que me llevase a la cochera en que había alquilado el carruaje.
—Es posible que allí pueda informarme de algo.
El hombre de la cochera me saludó con una efusión mucho mayor que anteriormente y de un modo tan laudatorio, que me pareció excesivo, aun en el caso de que estuviera informado de lo sucedido en «La Pepita de Oro». Sus primeras palabras me demostraron que así era, y que no sólo sabía lo que Darnell había hecho, sino que también conocía las andanzas de Shaw y Lowden.
—Esos dos vaqueros subieron a la cumbre al anochecer —dijo. Y cuando se marcharon, dejaron a esta ciudad alborotada. El Paso del Sur no ha tenido muchos visitantes como ese Shaw y ese Lowden. Yo estaba en la ciudad cuando comenzó el jaleo, cuando entraron a sangre y fuego en casi todos los garitos y covachas. Lo que se proponían esos dos vaqueros era obligar a hablar a los jugadores y a los propietarios de los garitos, obligarles a que dijeran dónde un hombre llamado Red Pierce había escondido a una muchacha llamada Ruby.. Pero no lograron averiguarlo.
»El hombre a quien llamaban Red Pierce resultó ser Bill Howard.
Conozco a Bill desde hace varias semanas, cuando comenzó a explotar un negocio de juego, uno de los más importantes de la ciudad. Yo estaba en «Los Cuatro Ases» cuando comenzó allí la cuestión. Howard, o Pierce, tenía el local más grande de toda la ciudad. ¡Jamás he oído un barullo semejante!
Los hombres gritando; las pistolas escupiendo fuego; las mesas, las sillas, las monedas, las fichas de póquer..., todo volando... Entré y encontré que los jugadores huían a toda prisa de los dos vaqueros, que tenían los Ojos encendidos y habían derribado a Howard... Dos de los hombres de Howard estaban muertos, pero él estaba vivo todavía. Y tenía el cuerpo lleno de balazos: en las piernas, en los brazos, por todas partes...
»Shaw le estaba ordenando que le dijera dónde había escondido a la joven. Howard juraba que estaba en su establecimiento, en «La Pepita de Oro», en Atlantic. Después he sabido que lo había dicho desde los primeros momentos, pero que Shaw no quiso creerle. Ese vaquero es el hombre de más sangre fría que jamás haya pisado algún establecimiento del Paso del Sur. Y, créame usted: todos los hombres duros del Oeste han venido aquí...
Y un instante después de haber entrado, oí que Shaw decía a Howard que le dejaría en paz si le decía la verdad, y Howard, ahogándose y resollando, medio tumbado y medio sentado, lleno por todas partes de sangre, con los brazos rotos, repitió la misma historia...
»No sé si Shaw le creería, pero lo cierto es que se marchó acompañado de su amigo. Cuando salí de «Los Cuatro Ases» en unión de la muchedumbre y vine aquí, los dos vaqueros estaban montando en los caballos que me habían dejado para que les diese pienso y agua. Se alejaron por la pendiente, y eso es todo lo que sé.
—Iremos a Atlantic y al campamento de los constructores —decidí.
La historia del hombre del establo me llenó más de consuelo que de horror, y me sirvió para comprender que debía buscar inmediatamente a Shaw.
—Me agradaría que me permitiera usted acompañarle, si no tiene inconveniente —dijo mi informador. Y cuando le hube contestado que me alegraría mucho el tenerle por compañero, trepó al asiento posterior del coche—. Wilson suba con calma esta pendiente; pero obligue a correr a los caballos cuando lleguemos a lo alta —dijo al conductor.
Cuando hubimos descendido a la quebrada y cruzado el puente, vimos una multitud de hombres ante «La Pepita de Oro». Estaban agrupados, tan interesados en sus conversaciones, que ni siquiera se dieron cuenta de nuestra llegada. Dije a Wilson que se detuviera fuera del círculo de luz y, saltando del vehículo, añadí que me cuidaría de los caballos en tanto que ellos entraban en el establecimiento con el fin de intentar adquirir nuevas noticias. En el caso de que sucediera algo violento e imprevisto, quería permanecer en la oscuridad. Wilson y el establero permanecieron ausentes durante lo que me pareció un breve instante. Cuando regresaron, subimos todos al coche y reanudamos nuestro viaje.
—Shaw y Lowden estuvieron aquí en las primeras horas del anochecer —dijo Wilson—. Sacaron las pistolas y amenazaron a los que se encontraban en el establecimiento, pero no dispararon ni un solo tiro. Pronto descubrieron que la muchacha había sido arrebatada por alguien, y encontraron el cadáver de su compañero en el exterior. Los vaqueros lo cargaron en un caballo, y se fueron por la carretera.
La certeza de la muerte de Darnell quebrantó al fin mi resistencia, y me dejé caer sobre la piel de búfalo, estremecido por el dolor y la pena. Sólo me había recobrado en parte cuando llegamos al campamento de los constructores. Había unas hogueras que ardían brillantemente, y muchos hombres sentados a su alrededor. Liligh salió a buscarme, y me tuvo agarrado de un brazo en tanto que me manifestaba que los vaqueros habían enterrado, hacía unos momentos, a Darnell al borde del camino.
—¿Se ha enterado Creighton de este horrible asunto? —pregunté.
—Sí. Claro que se ha enterado... Pero ha sido el último en saberlo. La noticia se ha extendido como reguero de pólvora.
—¿Y qué ha dicho el jefe?... Temo... Espero que no nos despedirá.
—¿Despediros? ¡Dios mío, todavía no conoces a tu jefe! Ha bramado como un toro, ha gritado..., pero ha sido en alabanza vuestra.
—Entonces... ¿le han informado del corte de postes de los últimos tiempos? ¿Sabe que era Red Pierce quien lo realizaba para impedir que se transmitieran mensajes?
—Creo que ésa ha debido ser la causa del enfurecimiento de Creighton, y, sin dudas de ningún género, la razón de que os elogiase y del gran aprecio que siente por vosotros. Y quiere colocar una lápida con una inscripción sobre la tumba de Darnell.
Busqué a Wilson, le transmití unos encargos para Sunderlund, Kit y Ruby, y le indiqué que regresara al Paso del Sur como el Coronel le había indicado. Luego, me dirigí presurosamente a nuestro carro, cerca del cual los dos vaqueros estaban fumando junto a una pequeña hoguera. Se pusieron en pie para acogerme; el recibimiento fue silencioso en los primeros momentos, pero la elocuencia del mudo saludo fue puesta de manifiesto por la fuerte presión de todas las manos sobre la mía.
—Vance, he llevado a Ruby... a casa de Sunderlund... para que Kit se encargue de cuidarla...—comencé diciendo con voz vacilante mientras respiraba roncamente—. Ruby se encuentra en perfecto estado. Estará en aquella casa hasta que tú vayas a buscarla...
Y entonces le transmití el mensaje de Ruby.
—Creo que jamás he dado suficientes gracias a Dios por mi buena suerte, compañero contestó sosegadamente—. Pero voy a hacerlo ahora, ya que le estoy agradecido por haberme proporcionado un camarada como tú.
Dinos todo lo relacionado con la lucha en que Darnell entró en la vida eterna.
Profundamente conmovido, relaté con todo detalle la historia de lo sucedido.
—¡Es una gran lástima que Jack y yo no estuviéramos con vosotros! —Éste fue el comentario del vaquero—. Habríamos podido herir a esos dos hombres sin matarlos. Y ya sabes que cuando un hombre está herido no puede disparar con buena puntería.
Unos instantes más tarde salí del círculo de luz que trazaba la hoguera del campamento y me dirigí hacia el montón de tierra que indicaba el lugar en que había sido enterrado Darnell. Estaba situado junto al camino del Oregón, en una alta y desnuda ladera; cerca de la solitaria y desolada tumba, el viento zumbaba entre los matorrales y los arbustos; y la gran montaña negra parecía fruncirse, y las blancas estrellas parpadeaban implacablemente.
En los primeros momentos no había podido llegar a comprender la terrible verdad de que Tom Darnell había sacrificado su vida por Ruby, una muchacha de un salón de baile..., y por mí. Pero ya en aquel instante apreciaba que la suya había sido una hazaña generosa y grande, un acto que ennoblecía mi vida. Aquellos vaqueros fogosos e impulsivos no habían sido comprendidos por los orientales. Debía de haber algo en su vida dura y solitaria que era lo que originaba su grandeza. Desde los primeros momentos Darnell había mostrado afecto y predilección por mí, había soportado muchas privaciones y contrariedades por mí; y al ver que había desaparecido, recordé que posiblemente ningún hombre había tenido un amigo tan puro y desinteresado como el que yo tuve...
A la mañana siguiente Creighton se acercó al lugar en que nos estábamos desayunando y nos dijo de sopetón:
—Shaw, quiero que tú y Cameron tengáis el día libre. Shaw me miró y me dijo:
—¿No comprendes el porqué de este deseo, compañero? Tú y yo vamos a ir inmediatamente al rancho de Sunderlund.
Y así lo hicimos unos instantes después, ya que los dos teníamos mucho que hablar acerca de nuestro porvenir y de las mujeres a quienes queríamos.
Al llegar a la casa, Kit corrió a mi encuentro y Ruby al de Shaw; pero Kit y yo no nos abrazamos. Permanecimos un poso separados, turbados. Los dos comprendimos que aquel momento pertenecía a Shaw y Ruby.
Después de haber dado a Ruby más de un beso cordial, Shaw se volvió hacia mí.
—Wayne, inexperto compañero: ¿no te has dado cuenta de que tenemos que regresar junto a Creighton y nuestro trabajo?
—Por qué tanta prisa, Vance? No habías visto a Ruby desde hace no sé cuánto tiempo...
—¡Tan seguro como que Dios nos ha creado, creo que tendré que continuar explicándote las cosas durante todos, el resto de mi vida! Cuanto más pronto regresemos y recomencemos nuestro trabajo, tanto más pronto llegará el alambre telegráfico al fuerte Bridger, y podremos casarnos.
j Y eras tú el que hablaba de obedecer las órdenes que se nos dieran!
—repliqué riendo.
Aquel mismo día el alambre cruzó la quebrada. Los mineros de Atlantic nos aclamaron. al pasar junto a ellos. Continuamos subiendo la pendiente, y nuestro trabajo continuó en dirección al Paso del Sur.
Paseé durante horas y más horas de aquella noche por la sencilla, indescriptible y única calle del Paso del Sur, pero no entré en ninguna de sus tabernas ni casas de juego, a las que me limité a asomarme en algunas ocasiones.
Encontré a Flo en la calle. Estaba apenada por la muerte de Tom Darnell, pero la muerte de Red Pierce y de sus paniaguados la había liberado, exactamente lo mismo que a Ruby. Flo me dijo que había un minero joven que quería casarse con ella. Era un hombre honrado, y se le apreciaba mucho por su laboriosidad.
—No soy digna de Jim —confesó Flo—. Lo sé bien, pero él no piensa del mismo modo.
A la mañana siguiente Creighton y su caravana salieron del Paso del Sur para iniciar la última jornada de su viaje. Yo dirigí nuestro carro. El cielo estaba nublado y el viento que soplaba, procedente de las cumbres, era helado y penetrante. Fuimos sorprendidos por una tormenta de nieve antes de que pudiéramos cruzar la alta llanura del Paso.
Acaso constituyese una ironía del Destino la circunstancia de que uno de los carros de Creighton, que iba cargado de postes, fuera el instrumento que hizo abortar una tragedia. Prendimos fuego a estos postes, y los tuvimos ardiendo durante toda la noche, mientras la tormenta se desencadenaba.
El ventarrón amainó en la mañana, cesó de caer la nieve, y el sol se elevó cegadoramente sobre un mundo vestido de blanco.
Continuamos trabajando, y a la mañana siguiente llegamos a la región de la salvia de color purpúreo, donde fue posible realizar grandes progresos en el tendido de la red telegráfica.
Habíamos derrotado al invierno. Cubrimos las ciento cincuenta millas de nuestro recorrido en dieciséis días, incluyendo en este período el cruce del Río Verde.
Al fin, el histórico Fuerte Bridger apareció ante nosotros, con sus muros de piedra medio ocultos por los algodoneros. Algunos ramales del río Black corrían tortuosamente delante y detrás del fuerte, donde sabíamos qué los mormones habían de unirse a nosotros.
Empleamos cuatro días llenos de impaciencia en esperar a los mormones, que debían completar con su llegada el tendido de la línea de la Western Union. Shaw y yo éramos los más impacientes de todos. Apenas nos era posible esperar el momento de marchar a Sweetwater y de hacernos cargo de cuanto esta partida significaba para nosotros.
Nos pareció que transcurrieron siglos y más siglos desde el momento en que vimos elevarse en el camino el primer poste del telégrafo erigido por los mormones en el horizonte hasta el instante en que vimos que el alambre llegaba ya al valle. Las grandes manos de Creighton temblaron cuando trepó a nuestro último poste para unir los hilos. La expresión de su rostro de caudillo no podría ser descrita. ¡Qué momento para él! ... Su misión en el trabajo había concluido.
Sin embargo, hubo un nuevo retraso más antes de que Creighton pudiera regocijarse, antes de que los dos extremos del Continente quedasen unidos por el alambre. La brigada que trabajaba al este de Sacramento, en dirección a Salt Lake City, había quedado detenida.
Esperamos por espacio de cuatro interminables días más. Durante estos cuatro días, Shaw y yo competimos, por decirlo así, en impaciencia por ponernos en camino. Entre tanto, había sido construido un refugio provisional, donde nuestro operador permanecía hora tras hora ante una mesita en que se hallaban sus instrumentos, esperando la palabra final.
Todos permanecimos inmóviles y silenciosos mientras intentaba interceptar el primer mensaje oficial transcontinental del Juez Supremo de California, Stephen J. Field.
En tanto que esperábamos, Creighton envió un despacho a su esposa, que se hallaba en Omaha. Su rostro se iluminó al ver cómo el operador trasladaba sus palabras, ansiosamente escritas, en el código de transmisión. Nuestro jefe entregó el mensaje a Shaw para que lo leyera, y mientras el vaquero lo hacía, sentí que un nudo se me instalaba en la garganta.
«Fuerte Bridger, 17 octubre, 1861.
»A la señora Edward Creighton. Omaha (Nebraska):
Puesto que éste es el primer mensaje que se transmite por la nueva línea desde el momento en que ha sido completada hasta Salt Lake, permíteme que lo utilice para saludarte. Dentro de muy pocos días, dos océanos habrán sido unidos.
»(Firmado) Edward Creighton.»
Finalmente, el telegrama durante tanto tiempo esperado pasó a través de la línea por Fuerte Bridger. El operador lo escribió y se lo entregó a Creighton. Nuestra misión había, ¡al fin! , concluido. Creighton temblaba mientras nos leía el telegrama.
«Para Abraham Lincoln, Presidente de los Estados Unidos:
»A causa de una ausencia temporal del gobernador del Estado, se me ha requerido para que envíe a usted el primer mensaje que será transmitido por los hilos de la línea telegráfica que enlaza los Estados del Atlántico con los del Pacífico. El pueblo de California quiere felicitar a usted por la terminación de esta gran obra. Este pueblo cree que contribuirá a fortalecer el afecto que liga a los pueblos tanto del Este como del Oeste a la Unión y desea que este primer mensaje que cruza el Continente sirva para expresar su lealtad a la Unión y su determinación de apoyar al Gobierno en estos días de prueba. Este pueblo apoya al Gobierno con su simpatía y está dispuesto a unirse a su suerte, cualquiera que sea.
»(Firmado) Stephen J. Field, juez Supremo de California.»
La voz de Creighton no se quebró, pero en varias ocasiones pareció que se hallaba a punto de hacerlo.
Casi inmediatamente llegó otro mensaje del alcalde Tes Chermacher, de San Francisco, para Wood, alcalde de Nueva York «El Pacífico envía sus saludos al Atlántico y expresa su voluntad de que ambos mares se sequen antes de que un solo pie de la tierra entre ellos se halla pueda pertenecer a una nación que no sea nuestra Unión.»
—¿Sabes —susurró Vance a mi oído que este silencio tan profundo es mucho más sonoro para mí que cualquiera de las desbandadas que he visto... y muchísimo más agradable para mis oídos?
Durante aquellos instantes tan elevados y tan satisfactorios, no me habría sido posible encontrar mi voz, aun cuando hubiera tenido algo que decir adecuado a la solemnidad de las circunstancias. Repentinamente, una mano se posó en mi espalda y al volverme vi al padre de Kit Sunderlund.
—Caballeros nos dijo a Shaw y a mí—: he tenido que realizar una larga jornada a caballo para llegar a tiempo de presenciar esta pequeña ceremonia. Seguramente la habría perdido si no hubiera sido por el aplaza-miento de ocho días para su realización. De todos modos, supongo que ninguno de vosotros querrá escuchar ahora las charlatanerías de un viejo como yo. Pero, ahora, cuando todo ha concluido, me pregunto si querréis volver conmigo al fuerte... Allí hay algo que quiero mostraros...
Shaw y yo le seguimos mecánicamente. Por una razón que no puedo explicar, no nos sorprendimos al ver que el coronel Sunderlund se hallaba en Fuerte Bridger. No pudimos suponer lo que se proponía hacer ni lo que significaban sus palabras.
Seguimos, pues, al coronel, al interior del fuerte. A pesar de que nos encontrábamos en una época muy avanzada del año, el cercado del fuerte estaba cubierto de flores amarillas. El aire era fresco, pero el sol parecía templado y dulce, como el sol del invierno de mi tierra.
Inmóviles junto al pozo, había dos figuras. Shaw se detuvo en seco como si le hubieran disparado un tiro. Miré, pero no quise dar crédito a mis ojos.
Las dos figuras se acercaron rápidamente a nosotros. Eran Kit y Ruby.
—¡Oh, Wayne! Queríamos ver la unión de los dos hilos, pero queríamos proporcionaros una sorpresa también —dijo Kit.
Oí que a mi lado sonaban algunos incoherentes murmullos que parecían ser de Shaw y Ruby; pero en la voz de ésta había un acento que yo no había oído jamás.
—No puedo creer que esto sea cierto —acerté a decir.
—Papá no quería permitirnos que hiciéramos el largo viaje a causa de las tormentas, pero no quisimos quedarnos en casa —continuó Kit.
Súbitamente Creighton surgió ante nosotros precedido por el trueno de su voz.
—¡Wayne, Vance! Os he< estado buscando por todas partes...
¡Enhorabuena!
Y dio unos estrechones de manos a todos los presentes. Luego prosiguió:
—Ahora que el trabajo de instalación de la línea telegráfica ha concluido, el ferrocarril vendrá a continuación. No lo olvidéis. Pero, según mi buen amigo el coronel Sunderlund, aquí presente, vosotros no podréis tomar parte en tales trabajos porque estaréis muy atareados con la cría de ganado. Yo también aspiro a meterme en esos negocios, y el coronel Sunderlund administrará mis propiedades. Mientras éstas se hallen en sus manos, en las de Vance y en las suyas, no tendré motivo de preocupación.
Y desapareció.
—¡Así es el señor Creighton! —dijo lentamente Shaw. ¡Telégrafo, ferrocarril, ganado! Su trabajo no termina jamás.
—Mirad, muchachos! —exclamó Kit.
Estaba señalando la larga hilera de postes que se extendía hacia el horizonte con la brillante línea que ponía el sol en los alambres y que se perdía en la lejanía.
—Mirad hasta donde alcance vuestra vista dije a los demás... y a mi mismo —y recordad las muchísimas torturadoras millas que hay tras esos postes y alambres; recordad las terribles dificultades con que hemos tropezado y que hemos tenido que vencer para que lo que ha sucedido hoy pudiera suceder.
—Sí —añadió Vance—, tiroteos y fuegos; truenos y desbandadas, indios y todo lo demás..., y todo ello solamente para conseguir que la puntita de un alambre se uniera a otra puntita de otro alambre...
FIN

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